+
Imagen del crítico Santiago Armas
Santiago Armas
  • Cantidad de críticas: 41
  • Promedio: 71%
  • Críticas favorables: 33/41 (80%)
  • Críticas desfavorables: 8/41 (20%)
  • Diferencia absoluta: 10%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: ¡Esto es un bingo!
  • El juego de la fortuna
    El juego de la fortuna
    ¡Esto es un bingo!
    Se dice que en el futbol hay dos filosofías de juego. Una es la de los menottistas, aquellos que privilegian la idea no solo de buscar ganar un partido sino también hacerlo mediante el buen juego, el toque de pelota y buscando el arco rival a toda costa. Por el otro lado están los bilardistas, aquellos que creen que el futbol se basa simplemente en un sistema estratégico en el que lo único que importa es ganar cueste lo que cueste, aunque eso signifique colgarse del travesaño y ensuciarse un poco (hacer foules tácticos, contaminar bidones) con tal de conseguirlo. Con El juego de la fortuna podría decirse que estamos ante una película bilardista en su esencia y su temática, pero totalmente menottista a la hora de desplegarla en la pantalla.

    Billy Beane es el manager de los Oakland Athletics, un equipo chico cuyo presupuesto reducido le hace imposible lograr el ascenso a las ligas mayores de Beisbol. Con pocas chances ante los equipos grandes y en contra de lo que dicta la tradición del deporte, Beane decide ignorar el consejo de sus scouters (aquellos buscatalentos más interesados en encontrar a la próxima estrella para su propio beneficio en lugar de conseguir a quien mejor le sirva al equipo) y patea por completo el tablero. Con la ayuda de su nuevo asistente y nerd de la computación Peter Brand, Beane decide armar un equipo con jugadores en teoría menos espectaculares, pero que le rindan mejor al equipo. Básicamente se trata de armar un plantel con menos Cristiano Ronaldos y más Chapu Brañas. El relato no se mueve de ese eje principal, mostrando a su protagonista como un hombre determinado en demostrar que se pueden elegir caminos alternativos que puedan llevar a un team humilde a la gloria.

    Sí, el beisbol ocupa una parte importante dentro de El juego de la fortuna, y en más de una ocasión aquel que no sabe nada del deporte puede llegar a perderse entre tantos tecnicismos, pero por suerte el director Bennet Miller supo esquivar sabiamente los clisés que hacen a toda película deportiva y se enfocó en lo que pasa afuera del estadio, con el juego constante de comprar y vender jugadores y decisiones difíciles como decirle a un jugador que se busque otro equipo para la próxima temporada. Durante esos momentos es donde vemos la otra clave ganadora del film, el guión de Aaron Sorkin. El escritor de Red Social saca a relucir toda su capacidad a la hora de mostrar hombres que seducen mediante la palabra y quieren probarle al mundo que su visión de las cosas es la única plausible. En ese aspecto, Billy Beane no es diferente de Mark Zuckerberg o de Charlie Wilson (el protagonista de Juego de Poder, otro monstruo sorkineano). Sus criaturas son gente visionaria que decide ir en contra de los parámetros establecidos pese al costo profesional y personal que aquello pueda producir.

    “Adaptarse o morir” es lo que Beane le dice a uno de los scouters que no se siente cómodo ante la dirección a la que el manager quiere llevar a su equipo, y pareciera ser lo mismo que tanto Miller como Sorkin buscan probarle a los empresarios de Hollywood, que también puede haber formas menos espectaculares pero más rendidoras de lograr hacer una buena película, o mejor dicho, de llevar a un equipo hacia la gloria máxima.
    Seguir leyendo...
  • Gigantes de acero
    Gigantes de acero
    ¡Esto es un bingo!
    A veces el séptimo arte puede ser algo maravilloso que nos llena de una felicidad indescriptible. Lo gracioso es que no llegué a esta conclusión después de ver El árbol de la vida, sino después de ver una película por la que no daba ni dos pesos después de leer los antecedentes de su director ¿Cómo es posible que me haya emocionado hasta las lágrimas con una película que básicamente consiste en un futuro donde los robots se agarran a piñas en peleas profesionales y no con lo último de Terrence Malick? He aquí, damas y caballeros, el misterio del cine.

    Al ver Gigantes de acero uno puede hacer un conteo infinito de la cantidad de películas a las que remite, desde Rocky y Halcón (la influencia ochentosa de sendos films de Stallone es notoria) hasta El gigante de hierro y Transformers. Pero lo que hace genial a la de Shawn Levy (que venía de mediocridades tales como Una noche en el museo y Más barato por docena) es que aún conociendo el trayecto entero que va a recorrer la historia, es imposible no dejarse llevar por la emoción y la energía que transmite el camino a la gloria que transitan un padre, su abnegado hijo y un robot encontrado entre la chatarra para convertirse en campeones del boxeo metálico.

    Hay tres factores fundamentales en los que Levy acertó para lograr que el espectador se enganche con una historia que en teoría suena súper ridícula. El primer gran logro fue confiarle a Hugh Jackman el rol de ex boxeador al que la vida le dio más de un golpe. Este no es el Jackman pintón y carilindo al que la platea femenina está acostumbrada. Su Charlie Kenton es un hombre lleno de pesimismo al que sólo le importa hacer unos mangos llevando sus robots al cuadrilátero. Esa visión del mundo cambiará gracias a su interacción con su hijo Max, al que el principiante Dakota Goyo le entrega un carisma y una energía contagiosos. Es en esta relación que va desde el resentimiento hasta el amor mutuo (en parte gracias a la presencia de Atom, el robot al que ambos entrenaran para llevarlo a la victoria) en donde está el corazón de Gigantes de Hierro.

    ¿Pero qué pasa con las peleas robóticas? Este era el aspecto que más temía antes a ver el film, ya que si Michael Bay nos enseño algo con sus Transformers, es que ver a dos muñecos de metal dándose golpes durante más de dos horas puede ser algo agotador y aburrido. Es no es el caso. Primero porque desde el diseño cada robot tiene una personalidad definida (hay desde uno con sombrero de cowboy hasta otro que se parece al monstruo de Frankenstein) que los vuelve interesantes visualmente. Además, las peleas están filmadas con suma claridad, lo que hace que uno se involucre emocionalmente con el resultado final. Sí, señores, acabo de admitir que lloré viendo una película de robots luchadores ¿No es hermoso que el cine te sorprenda de esta manera?
    Seguir leyendo...
  • Super 8
    Super 8
    ¡Esto es un bingo!
    Nostagia trip

    La aparición del logo de Amblin Entertainment (ese que tiene la silueta de Elliot y ET cruzando la luna en una bici, imagen icónica de los 80 si las hay) ya lo dice todo, J. J. Abrams quiere homenajear a su ídolo y mentor, nada más y nada menos que Steven Spielberg. Lo del creador de Lost y director de la nueva Star Trek sigue siendo una incógnita dentro del cine, una similar a la que por nuestros pagos tuvimos con Damián Szifron: ¿Se trata de alguien al que la televisión le queda muy chica o de alguien al que el cine le queda muy grande? Misión Imposible 3 instaló esa duda (sobre todo en comparación con las anteriores películas de la saga, dirigidas por auténticos animales del celuloide como John Woo y Brian De Palma) mientras que su nueva versión de Viaje a las estrellas sorprendía a propios y extraños. Algo era muy claro, lo de Abrams es la primera división. Por eso la idea de querer realizar esta suerte de Greatest Hits Spielberguiano y ochentoso generaba sentimientos encontrados y alguna que otra duda. ¿Lograría Abrams ganarle al maestro en su propio terreno o estamos ante un mero imitador que busca emular a un narrador mucho más eficiente que el?

    Partiendo de una idea basada en las propias experiencias del realizador que de chico se juntaba con sus amigos a filmar películas caseras en su pueblo natal, Súper 8 confirma el innegable talento de Abrams como narrador y generador de las diferentes emociones. Por momentos J. J. consigue (al igual que el Spielberg de E.T. y Encuentros cercanos del tercer tipo) combinar el mejor cine pochoclero de aventuras con una historia intima y familiar, en la que la ausencia de las figuras paternas y el paso de la infancia a la adultez (los temas más recurrentes del Spielberg de aquel periodo) son la clave del relato.

    La historia es la de Joe, un joven que perdió a su madre y se comunica poco con su padre, y que mientras filmaba junto a sus amigos una película de zombies casera es testigo de un accidente ferroviario y el posterior escape de una misteriosa criatura del interior del tren descarrilado. Ese es el punto de partida para una aventura en la que habrá terror, un misterio por resolver y hasta una historia de amor prohibida entre Joe y su compañera (y actriz del film dentro del film) Alice. Sin dudas, es en este territorio más intimo en donde están las mayores virtudes de Súper 8, ya sea en la interacción natural entre los amigos al mejor estilo Los Goonies o The Monster Squad, como en la relación amorosa creciente entre Joe y Alice (a la que Elle Fanning dota de una humanidad contagiosa, sin dudas la mejor actuación de todo el film) o los conflictos disfuncionales entre padres e hijos que sirven de trasfondo dramático para el cuento principal.

    Si Abrams sólo se hubiera dedicado a contar esta linda y trágica fabula de amor y perdida de inocencia creo que hubiéramos estado ante una autentica obra maestra. Pero el problema es que el director no sólo quiso hacer su propio Cuenta Conmigo, sino que también buscó el gran espectáculo y entremezcló las historias personales con la “gran historia”, aquella que tiene al extraterrestre revoloteando por el pueblo y haciendo que el ejército se haga cargo de contener la situación a cualquier costo. Es en este punto, en el que las citas cinéfilas ahora pasan por Jurassic Park y Tiburón (sobre todo en la idea de dejar al bicho en fuera de campo hasta el final) es donde se sienten demasiado los hilos del relato, y quizás sea donde Abrams, si bien demuestra ser un tipo de un indudable talento similar al de su mentor (ambos comparten además el excesivo uso de Lens Flare en varios planos) todavía le faltan unos pasitos para lograr esa combinación exitosa de géneros por las que es famoso el barbudo realizador. Pese a estas fallas, no hay dudas de que J.J. Abrams sigue siendo un director a tener muy en cuenta, sólo faltan unos pequeños ajustes para que estemos hablando de un excelente autor con todas las letras. Mientras tanto, esperamos con ansias el anuncio oficial de la segunda parte de Star Trek.
    Seguir leyendo...
  • Capitán América - El primer vengador
    Buen trabajo, soldado

    Desde el primer minuto de Capitán América: El primer vengador queda muy claro que Joe Johnston era el director indicado para llevar al notorio superhéroe de la Marvel a la pantalla grande. Es que en esta época en donde nuestros héroes tienen que ser tipos conflictuados (Batman, Spider-Man) o súper cancheros (Iron Man, Linterna Verde), trasladar a un personaje como el Capitán, con su falta de humor y su absoluta creencia en luchar para el bienestar de su país, no parece una tarea de estos tiempos en los que demandamos más ironía y menos honestidad en nuestros enmascarados. Por eso, un tipo curtido en esto de las aventuras hechas con esfuerzo y cariño hacia el material como lo es Johnston cayó como anillo al dedo. Basta sino ver su anterior incursión en el mundo de los héroes de historieta con esa pequeña joyita de principios de los noventa llamada The Rocketeer. Al igual que en aquel film poco visto, Johnston hace la diferencia con Capitán América en el tono del relato, en donde se dedica a contar la travesía del soldado Steve Rogers desde ser un ridiculizado alfeñique con deseos de pelear en la Segunda Guerra Mundial y “patearle el culo a los Nazis” hasta someterse al experimento que lo convertirá en el único soldado capaz de liderar a su ejercito en la lucha contra la organización HYDRA liderada por el Cráneo Rojo, un ser que hace que Hitler parezca un nene de pecho.

    Como discípulo directo de Steven Spielberg que es, y al haber demostrado su mano de artesano en otras películas de aventuras como Hidalgo y Jurassic Park 3, Johnston sabe que todos los efectos por computadora del mundo no pueden opacar un relato clásico bien contado. Por eso, no es casualidad que haya tomado a Los cazadores del arca perdida como modelo a seguir (además de haber trabajado en ese film como director de segunda unidad). Así, Capitán América se mueve dentro del universo de la aventura retro propia de los antiguos seriales de los años 30 que también habían inspirado a Indiana Jones. Otra gran decisión de Johnston estuvo en la elección del reparto, desde un Chris Evans totalmente convincente no solo dentro del traje de superhéroe, sino también al comienzo, cuando lo vemos en el cuerpo flaquito de Steve Rogers, y acompañado por grandes actores como Tommy Lee Jones, Stanley Tucci y Hugo Weaving como el villano de turno (que cuando habla suena igualito a Werner Herzog).

    ¿Hay fallas? Seguro, sobre todo al final, en donde la interferencia de los estudios Marvel para que todo quede listo y preparado para el estreno de Los Vengadores el año que viene termina perjudicando la trama principal que se estaba contando (además de eliminar toda posibilidad de narrar más aventuras del personaje dentro del marco de la 2º Guerra). Igual no voy a engañar a nadie, después de ver el pequeño avance que hay luego de los créditos, yo también estoy contando los días para que sea mayo del 2012.
    Seguir leyendo...
  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Arma de destrucción masiva

    A Megan Fox la habrán echado de Transformers 3 por haber comparado a su director con Hitler, pero aunque sea un tanto exagerado asimilar a un mero realizador de tanques hollywoodenses con el peor dictador de la historia, en algún punto Megan no se equivoca: Michael Bay es una especie de genio del mal.

    A Bay la crítica lo calificó de muchas cosas menos lindo, y hasta algunos se levantan enojados diciendo que cada película suya representa la agonía del cine, con sus chorros de grasa escapando de la pantalla, su acción sólo apta para adolescentes adictos al Speed con vodka y su mirada política del mundo orgullosa(y republicana)mente norteamericana (las minorías siempre son denigradas en sus films). Pero quienes tenemos dos dedos de frente sabemos que, si bien no es una locura pensar que lo del director de Bad Boys y Armageddon a veces roza lo vomitivo, esa mirada adolescente esconde algunos destellos de locura y genialidad que hay que ver para creer. ¿Es buscada esa genialidad por el realizador? Lo dudo, pero no por eso deja de ser algo atractivo. Duden de mi capacidad como crítico, pero yo a La Roca la considero una maravilla que funciona del minuto 1 al 120 (¿quién puede odiar una película que tiene a Sean Connery diciendo la frase “Los cagones dicen que van a hacer lo mejor que puedan, mientras que los ganadores se van a sus casas y se cogen a la reina de graduación”?), y creo que Bad Boys 2 está tan llena de odio y maldad hacia la humanidad (desde una persecución en la que se arrojan cadáveres como obstáculos hasta un plano de cinco segundos de dos ratas cogiendo estilo perrito) que parece haber sido filmada por el mismo Satán. El problema es cuando Bay en lugar de abrazar su lado oscuro quiere hacer algo parecido a una película en serio, y allí surgen bodrios como Pearl “nunca voy a mirar un amanecer sin pensar en vos” Harbor o La Isla, en donde las risas no parecen intencionales sino involuntarias.

    Pero ocupémonos de Transformers. La idea de hacer una película basada en una serie de juguetes en la que unos robots buenos (los Autobots) pelean contra unos robots malos (los Decepticons), y todos se convierten en diferentes vehículos, sonaba demasiado estúpida como para hacerla realidad. Por ende, Michael Bay era el indicado para llevar adelante tal proeza. Lo único que uno espera de un concepto tan bobo es que al menos cuando los robots se matan a trompadas, el tipo lo haga lindo y entendible para que nos podamos distraer un rato y después ir a casa a jugar con los muñecos reales. Pero hete aquí el problema que Bay encara en toda la saga, incluida la reciente tercera parte. Primero, que cuando los robots no están en pantalla, a Bay se le da por perder el tiempo con Shia LaBeouf y sus “problemas adolescentes” o metiendo un sinfín de escenas de dudosa comicidad en donde los chistes racistas y de doble sentido a lo Poné a Francella están a la orden del día (en esta tercera parte es vergonzoso lo que obligan a hacer a buenos actores como John Malkovich y Frances McDormand). El segundo problema tiene que ver con la constante necesidad de crear una trama complicada alrededor de la acción que justifique las luchas robóticas. En la uno era una “Chispa Suprema” que buscaba el villano Megatron vaya a saber para qué, la dos tenía algo llamado “La matriz de liderazgo” que hacía que el sol se apague (¿?) y en la actual tenemos unos “pilares” que hacen de apertura del planeta robot a la tierra, y todo esto es explicado cientos de veces en diálogos que son pura solemnidad berreta (poco ayuda el tono de pocos amigos que tiene Optimus Prime).

    Pero ojo que cuando llega la acción y hay que mandar literalmente todo a la mierda, ahí aparece el Bay que más nos gusta. En la segunda parte de El lado oscuro de la luna es tal el nivel de destrucción y explosiones en la ciudad de Chicago que hace que el 11 de Septiembre parezca una caída de ceniza volcánica en Buenos Aires. Es en esa segunda mitad, en la que los Decepticons aniquilan a los humanos descarnadamente convirtiendo el lugar en un auténtico Ground Zero, en donde parece renacer el costado oscuro y misántropo de Bay que estallaba en Bad Boys 2. Sólo con eso, sumado a un par de escenas grandiosas, como un edificio vidriado colapsando con los protagonistas adentro y los soldados zambulléndose en plena batalla con unos trajes voladores especiales, pareciera que estamos por lo menos ante el mejor Bay que se pudo ver en toda la saga. Lástima que tengamos que esperar casi una hora y media de planos publicitarios y tomas sugestivas del culo de la reemplazante de Megan Fox para llegar a divertirnos con tanta malevolencia y destrucción. ¿Será el precio a pagar por presenciar la verdadera obra del diablo?
    Seguir leyendo...
  • Aballay
    Aballay
    ¡Esto es un bingo!
    Empanada western

    Últimamente siento que estoy en un capítulo de La dimensión desconocida. Ya me estaba acostumbrando a cosas tan extrañas como que lluevan cenizas o que River esté al borde de jugar en el Nacional B cuando me vengo a enterar, leyendo las críticas de los diarios y chequeando el sitio todaslascriticas.com.ar, que el consenso sobre la nueva película de Fernando Spiner dice que se trata de “un más que digno exponente del western hecho en Argentina”. Obviamente que estamos hablando de criterios subjetivos, pero me cuesta creer tan favorable recepción. Y aclaro que soy el primero en enarbolar la bandera de “más cine de género y menos películas festivaleras en nuestro país”, pero una cosa es homenajear o referenciar con respeto y profesionalismo (como en Fase 7) y otra es hacer cualquier pastiche a ver qué sale (Sudor frío).

    Pero volvamos al asunto en cuestión. El comienzo de Aballay es más que prometedor. Un grupo de gauchos cuatreros, liderados por el personaje del título (Pablo Cedrón, hundido entre tanta cabellera facial) asalta un carruaje custodiado por soldados del ejército en busca de oro. La escena de persecuciones a caballo y tiroteos remite claramente a La diligencia de John Ford, y Spiner la filma con la intensidad y tensión correspondientes. Pero luego de una sangrienta ejecución, y de que Aballay se da cuenta de que el hijo del asesinado fue testigo de la matanza, pasamos a un corte a negro y al famoso cartel de “10 años después”. Y acá todo se vuelve barranca abajo, principalmente porque el protagónico pasa a ser de Julián, aquel niño ahora convertido en un joven que sólo tiene la venganza de su padre como objetivo, pero que en la inexpresiva interpretación de Nazareno Casero (con falso bigote incluido) nos impide que logremos algún tipo de identificación con él. Tampoco ayuda que Spiner jamás pueda impregnar su cuento de un tono uniforme, buscando quizás los aires épicos del cine de Sergio Leone pero careciendo de la firmeza y la pasión características en los films del realizador italiano.

    Transcurrida la segunda mitad de Aballay todo empieza a tener un aire enrarecido, casi surreal, con planos en cámara lenta, un montaje plagado de transiciones sin sentido y actuaciones totalmente fuera de registro (entre ellos Horacio Fontova y un exacerbado Gabriel Goity escupiendo frases bíblicas en gallego, no miento). Sobre el final uno no sabe si el director realmente se quería tomar en serio lo que estaba contando o se dio por vencido y apostó por hacer de todo un absurdo gigantesco. A juzgar por el silencio absoluto que había en la sala donde se proyectó la película, me juego por lo primero. ¿Estamos hablando de un desastre absoluto? No, pero casi. Es admirable la apuesta de adoptar los códigos del western a la idiosincrasia gauchesca y se notan las buenas intenciones de sus realizadores, pero a esta altura el cine argentino ha avanzado demasiado como para que nos conformemos solamente con es
    Seguir leyendo...
  • X-men: Primera Generación
    X-men: Primera Generación
    ¡Esto es un bingo!
    Mutantes y orgullosos de serlo

    Cuando se habla de la resurrección que tuvieron en esta última década las películas de superhéroes, es inevitable mencionar a la primera X-Men de Bryan Singer como factor fundamental de este fenómeno. El director de Los sospechosos de siempre demostró que se puede adaptar un comic con mutantes y gente superpoderosa con la seriedad que corresponde, bien lejos de los mamotretos cercanos a la clase B que se venían haciendo anteriormente. Lo que siguió después (los Spiderman, los Batman Inicia y demás) ya es historia conocida; la cuestión es que actualmente los dólares y la tecnología han hecho que Hollywood pueda llevar cualquier superhéroe de historieta a la pantalla grande, convirtiendo lo que antes era conocido como un subgénero más dentro de la acción y la ciencia ficción en un género que ya tiene vida propia (y eso que este año todavía faltan dos apuestas importantes, Linterna Verde y Capitán América). Las posibilidades de sacar provecho de esta corriente son muchas, por eso a primera vista la idea de hacer una precuela de la primera X-Men contando los orígenes de Magneto y el Profesor X sonaba más a negocio que a otra cosa, y sumado a la dudosa calidad de las dos últimas películas de los mutantes (X-Men 3 y Wolverine), la cosa no daba para confiar.

    Por suerte, si bien X-Men: Primera generación no llega a los niveles de un Batman: Caballero de la noche o un Hombre Araña 2, es un paso adelante para la saga de mutantes aunque sin llegar al nivel de la segunda parte (en mi opinión la mejor de la saga). Pero vayamos a los aciertos. El regreso de Bryan Singer en el rol de productor y coguionista se nota ya en la primera escena del film, una réplica exacta del comienzo de la primera X-Men adonde vemos cómo el joven Eric Lensherr es separado de su familia en plena época del Holocausto. Poco después veremos a un pequeño Charles Xavier en la cocina de su mansión descubriendo a la camaleónica mutante Raven (más adelante conocida como Mystique) a quien trata afectuosamente y termina adoptandocomo hermana. En ambos prólogos se delinean los perfiles de los dos protagonistas, y la relación creciente entre ellos constituye el corazón de esta nueva X-Men. La contraposición entre el pasado tormentoso de Eric y la infancia llena de privilegios que tuvo Xavier marcará los puntos de vista que más adelante adopten sobre la posición de los mutantes en la sociedad, uno llevado por el odio y el otro por la compasión. Estaríamos en problemas si estos dos personajes no funcionaran dentro del relato, y acá está el mayor merito de X-Men Primera generación, ya que tanto James McAvoy como Michael Fassbender le otorgan la profundidad y el carisma suficiente a sus papeles como para hacerlos propios sin caer en comparaciones con los actores de la trilogía original (nada menos que Sir Patrick Stewart y Sir Ian Mc Kellen).

    Otra gran jugada de Singer y el director Matthew Vaughn (que venía de la excelente Kick-Ass) fue la de situar a estos seres fantásticos en el marco de la crisis de misiles entre Estados Unidos y Cuba en los años 60 (similar a lo que Zack Snyder había hecho con Watchmen). Esa época de paranoia y peligro nuclear sirve como marco perfecto para el enfrentamiento posterior entre los mutantes y la humanidad que funciona como base de las primeras películas. También hay fallas, más que nada en el poco desarrollo de algunos personajes secundarios (algunos mutantes como Azazel o Havoc apenas tienen una línea de dialogo), el uso un tanto exagerado de efectos especiales (el maquillaje de Bestia por ejemplo) y la necesidad sobre el final de apurar los trámites para que cada personaje caiga exactamente en el lugar en donde se inicia la primera película (es inentendible en ese sentido la decisión que toma Mystique de pasarse al bando de Magneto). Pero más allá de sus aciertos y errores, se nota en X-Men: Primera generación la intención de sus realizadores de hacer un producto digno y evitar la ridiculez que fueron los últimos filmes de la saga. Mientras tengan a McAvoy y a Fassbender como protagonistas y a Vaughn y Singer detrás de cámaras, los Hombres X estarán en buenas manos.
    Seguir leyendo...
  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Monkey business

    Marina Y Santiago, sospechosamente de acuerdo (¿qué les está pasando, chicos?), vieron Piratas del Caribe 4 y vuelven para contarlo (via mail).

    Santiago: cuando escuché allá hace tiempo que iban a hacer una película de aventuras basada en un parque de diversiones de Disney pensé que se trataba de un mal chiste. ¿Qué iba a seguir después, una adaptación del Samba de Ital Park? Sin embargo la primer Piratas del Caribe fue una gran sorpresa, más que nada gracias a la excelente creación de Johnny Depp, ese pirata picarón y carismático llamado Jack Sparrow. Lo que el personaje demostró en la primera parte es que no basta con tener solo a un héroe perfecto y sin fallas que luche por rescatar a su amada (como el Will Turner que hacía Orlando Bloom), hace falta esa contraparte que carezca de la misma moral y cuyas acciones en el relato sean para su propio beneficio. Eso fue Han Solo en La guerra de las galaxias y lo es Jack Sparrow en Piratas del Caribe. Ahora llegamos a la cuarta película, en la que se coloca a Sparrow como el protagonista absoluto sin ningún partenaire masculino con quien generar esa tensión. Al menos para mí, de entrada no era una buena señal.

    Marina: bueno, pero tensión podía haber habido y de la buena porque digámoslo, vos hablás de “partenaire masculino” pero acá está Penélope Cruz, redonda y fajada, con las tetas más grandes que nunca y vestida de hombre casi todo el tiempo. ¡Podía haber tensión! De hecho me acuerdo de tu nerviosismo cuando después de la primera pelea, en la que ella está disfrazada de Jack Sparrow hasta con barba y bigotes, él la besa sin sacarle la barba y todo se pone un poco gay. Lo que pasa es que Penélope está fatal, con su inglés pésimo y su…no sé, ¿estatismo? Está como muy apagada, boba, no parece que se divierta, mientras que Johnny Depp bueno, se repite pero juega y de verdad, se nota que le encanta ser Jack Sparrow. Por eso el comienzo de la película es lindísimo, todo lo que esperamos de él, esa picardía de pinchar el pastel y burlarse del gordote rey inglés y escaparse por una ventana. Ojalá eso se hubiera mantenido, ¿pero qué diablos pasó después? Siempre pasa con Piratas del Caribe que hay un momento en que las películas se apelmazan, pierden el rumbo y la intensidad, ¿no? Dejás de entender y deja de importarte todo lo que pasa. Acá, un poco porque los personajes van saliendo como de la galera, y son bien flojos.

    Santiago: totalmente de acuerdo Marina. El problema es que si tu trama es una carrera contra el reloj en busca de un tesoro perdido (que es básicamente a lo que se resume toda la saga) necesitas darle cierto ritmo a ese relato mediante acciones, no con largas explicaciones de por qué tal aparato sirve para entrar a la tumba que esconde un objeto mágico que abre el cofre del tesoro (o lo que sea). Al menos en las anteriores había un director creativo como Gore Verbinsky, que supo inyectarle algunas dosis de locura y ridiculez a todo ese quilombo, pero acá tenemos al insulso Rob Marshall de Chicago y Nine, que parece incapaz de entregar una mirada distinta a las escenas de acción (básicamente son luchas de espadas y escapes de Sparrow que carecen de todo ingenio). Los únicos dos aspectos que para mi salen ilesos de esto son la presencia de Geoffrey Rush que parece pasarla bomba con su capitán Barbossa y (acá va a haber pelea) la inclusión de las sirenas, que no es del todo aprovechada (podían haber sido más misteriosas y menos monstruosas) pero al menos representan lo único que no se vio en las películas anteriores.

    Marina: bueno, pero eso es cambalache, tipo “a ver qué bicho podemos meter”. Es como hacer un guiso sin ideas buenas, y creeme que soy pésima cocinera y sé de qué te hablo, te puede salir muy mal. A mí me molesta que las sirenas no sean sirenas, es decir, primero son chicas de propaganda de Levi´s más que otra cosa, y cuando emergen del agua y rodean el barco está medio bien, pero después sacan los colmillos y resultan que son tipo vampiros, y encima saltan como pirañas y nadan a toda velocidad digital…ahí se desdibujan. Me quedé pensando que una historia de amor entre una sirena, que está todo el tiempo desnuda, y un curita, podía haber sido súper atractiva también. Pero capaz le estoy pidiendo a Piratas del Caribe una sensualidad que no da. Lo que sí se le puede pedir es aventura, y la verdad que al final resulta ser una copia confusa de Indiana Jones y la última cruzada, ¿no? Están los cálices, la fuente de la vida, la elección entre tomar de una u otra copa que pueden darte la inmortalidad o matarte, la decisión de Jack Sparrow de salvar a su chica como Indy quería salvar al padre, pero todo más fofo, con la aparición a último momento de esos españoles que estaban al principio de la película y después desaparecen de la trama. Siempre fue un problema de estas películas esa estructura demasiado laxa que las convierte en una sucesión de truquitos y gags mal cosidos (Jack Sparrow colgado de una palmera, Jack Sparrow saltando de un acantilado, Jack Sparrow haciéndose pasar por juez, etc.), y eso aburre. Es todo lo contrario a nuestra amada Rápido y furioso: sin control, que tiene escenas de acción zarpadas y bien metidas en una misión bien nítida. Vamos a ver qué pasa este jueves con The hangover 2, que viene con monito incluido y esperemos que no lo desaproveche como esta Piratas del Caribe.

    Santiago: Debería haber una regla en el cine que diga que toda película es mejor con la inclusión de un monito gracioso, aunque Marshall no piense lo mismo. En fin, veníamos bien con los tanques de Hollywood hasta ahora (tampoco olvidemos al querido Thor) así que espero que esto haya sido un simple traspié entre tanta producción pochoclera que se viene (yo le pongo mis fichas a Linterna Verde y a Super 8). En todo caso, siempre tendré La isla del Tesoro a mano o el Monkey Island en mi compu para recordar que las aventuras de piratas alguna vez fueron divertidas.
    Seguir leyendo...
  • Rápidos y furiosos 5
    Rápidos y furiosos 5
    ¡Esto es un bingo!
    Máxima velocidad

    Es extraña mi relación con Rápido y furioso. No soy fanático de ninguna de las cuatro películas que conforman la saga (aunque me parece muy entretenida la historia de amor gay disfrazada de película de acción que es Más Rápido más furioso), pero aún con sus irregularidades y defectos me resultan películas simpáticas. Es cierto, los guiones parecen haber sido escritos con crayones por nenes de cinco años y los actores, de madera terciada, no hacen otra cosa que posar para las cámaras y dárselas de cancheros que se las saben todas (Paul Walker especialmente). Pero hay algo que no puedo negar, y es que cuando veo una buena escena de acción en la que me siento involucrado, los diálogos tontos y los clisés constantes pueden pasar a un segundo plano. El problema es que con cuatro películas a cuestas el margen para la sorpresa se va achicando cada vez. ¿Cuánto más se puede exprimir una franquicia que sólo se basa en tener autos copados, chicas lindas en bikini y tipos musculosos?

    Mucho más parece, porque Rápidos y furiosos: Sin control es por lejos la mejor película de toda la saga. Hay varios aspectos fundamentales en los que Justin Lin (director también de la tercera y la cuarta) superó con creces todo lo hecho anteriormente. En primer lugar, estructuró esta quinta parte no como una película de carreras ilegales sino como un film de robos al estilo Oceans 11 y La estafa maestra. Luego se dedicó a un objetivo muy simple: hacer persecuciones de coches que te vuelen la cabeza, y vaya si cumple, con el mérito extra de no utilizar efectos por computadora y hacerlo a la vieja usanza con dobles de riesgo. Es que si no te parás y aplaudís después del robo a los autos de la DEA adentro de un tren (con caída libre de un puente incluida) o de la persecución final en la que nuestros héroes escapan de la policía brasilera cargando con sus autos una bóveda gigante (las leyes de la física no son del todo aplicables acá) y destruyendo medio Rio de Janeiro a su paso, es porque no tenés sangre en las venas o quizás querías ir a ver Agua para elefantes y te equivocaste de sala.

    Pero sin dudas el aspecto fundamental que eleva a esta quinta parte por encima de las demás se resume en un nombre: Dwayne “La Roca” Johnson. Ya desde su primera aparición como el agente federal encargado de encontrar a nuestros héroes, no hay dudas que la película entera la pertenece a él. Con su físico de luchador profesional que lo asemeja a una suerte de Godzilla anabolizado, y sudando constantemente como si no se hubiera bañado en semanas, La Roca le inyecta a la pantalla todo su carisma y su testosterona, que tendrá su punto máximo en la pelea mano a mano (brutal, con cada golpe sintiéndose como estruendos en la sala) con ese otro gigante de cabeza rapada llamado Vin Diesel. Todo esto, sumado al regreso de varios personajes de las películas anteriores como los raperos Tyrese y Ludacris (que aparecen en la segunda) y el japonés Han (que había muerto en la tercera, pero no pidan lógica en este universo), hace que Rápidos y Furiosos: Sin control sea una fiesta total de adrenalina y destrucción vehicular. Y juzgando por la escena que aparece después de los créditos, todavía tiene nafta para rato.
    Seguir leyendo...
  • Scream 4
    Scream 4
    ¡Esto es un bingo!
    Meta-terror posmoderno

    Cuando en 1996 se estrenó la primera Scream, Wes Craven y el guionista Kevin Williamson le dieron al cine de terror el shock necesario para reanimar el género y al mismo tiempo reflexionar sobre él. Más allá de las citas y de la autoconciencia sobre los clichés típicos de las “slasher movies” y sus reglas (lo que permitía que el creador de Pesadilla se riera también de sus propios films) la película era protagonizada por los mismos adolescentes que miraban esas slashers y se sabían todos sus trucos de memoria. Conciente o inconcientemente, Craven y Williamson retrataban a una generación específica, aquellos adolescentes frutos del posmodernismo que absorben elementos de la cultura pop y hacen del material ajeno algo propio. Con esa idea la dupla director/guionista se salió con la suya en dos ocasiones más (aunque la tercera contó con Williamson solo como productor y eso se nota) hasta llegar a esta cuarta entrega, estrenada casi diez años después de la anterior.

    Scream 4 arranca con dos chicas adolescentes discutiendo sobre películas de terror recientes como la saga El juego del miedo y Hostel, quejándose de cómo el genero fue reemplazado por la tortura y el shock, hasta que aparece la clásica llamada de Ghostface (“¿Whats your favorite scary movie?”) y la posterior mutilación de dichas jovencitas por parte del asesino enmascarado. Ah, pero no era Scream 4 lo que estábamos viendo sino Puñalada 4, el film dentro del film que sirve como parodia/espejo de la película principal. Ahora tenemos a Anna Paquin y a Kristen Bell frente a una tele hablando de las películas de terror posmodernas que se la dan de cancheras parodiándose a sí mismas y al género en general ¿Ya empezó Scream? No señor, el titulo dice Puñalada 5, el film dentro del film dentro del film. Y así sucesivamente, hasta que de una vez por todas aparece con toda la pompa el titulo SCREAM 4. Es un comienzo ingenioso que da la pauta del carácter autorreferencial que caracterizó siempre a esta saga, pero también supone una apuesta: que la película que ahora empieza constituya algo nuevo, que no caiga en las trampas en las que caen las secuelas en el cine de terror, y acá es cuando se ven los problemas de esta cuarta parte.

    Cuando ya sos conciente de la autoconciencia ¿Tiene sentido seguir siendo autoconciente? Estos diez años que pasaron entre la anterior Scream y esta cuarta parte no sólo daban el pie para comentar el estado del género, con la proliferación de films de “found footage” al estilo Actividad paranormal o el “torture porn” ya citado en el inicio, sino que permitían generar nuevas reglas y hasta un interesante comentario acerca de las remakes que buscan repetir el éxito del film inicial, pero no, porque más allá de algunos chispazos de ingenio (después de todo Craven sabe moverse en estas aguas) otra vez nos encontramos ante las repetidas desventuras de Sydney Prescott junto al policía Dewey y la (ahora retirada) periodista Gale, descubriendo al nuevo responsable de los asesinatos de Woodsboro al mejor estilo Scooby Doo mientras escapan de sus ataques. Muy vivos que son, tanto Craven como Williamson sabían que volver a las glorias pasadas era una tarea difícil, por eso deciden sobre el final de la película relegarle a Sydney una frase que resume todo el proyecto: Never fuck with the original. No hacia falta aclarar lo obvio, Wes.
    Seguir leyendo...
  • Thor 3D
    Thor 3D
    ¡Esto es un bingo!
    Dioses y monstruos

    Llevar a un personaje del comic como Thor a la pantalla grande no era una tarea fácil. Se pueden respetar ciertos aspectos del material original e ignorar otros, pero todo se reduce al tono requerido para contar su historia. Si vas a narrar el origen del dios del trueno con la gravedad propia de un Ricardo III corrés el riesgo de llevar al personaje a un grado de solemnidad que no lo amerita. Por otro lado, si te lo tomas demasiado para la chacota el resultado puede ser una berretada como Flash Gordon o He-Man: La película. Por suerte para nosotros (y los ejecutivos de la Marvel) el director Kenneth Branagh no optó ni por uno ni por otro. Simplemente se dedicó a respetar la historieta creada por Stan Lee y Jack Kirby, y logró como resultado una película de superhéroes que puede sentarse orgullosamente al lado de sus compañeras de rubro como la primera Iron Man y El increíble Hulk.

    Pero si bien el tono requerido para contar estas historias fantásticas larger than life son vitales para el éxito del proyecto, también es importante que el héroe en cuestión nos cause empatia y no sea otro de esos tantos carilindos sin carisma que se pasean en Hollywood, y he aquí el segundo gran hallazgo de Thor. Al igual que Robert Downey Jr. en Iron Man, el ignoto Chris Hemsworth está perfecto en el papel protagónico, mezclando nobleza, testarudez y humildad tanto en plena batalla contra gigantes de hielo en Asgard como paseándose perdido por la tierra buscando recuperar el poder de su martillo Mjolnir. Ayuda también que lo hayan rodeado de grandes actores, desde la científica que interpreta la bellísima Natalie Portman hasta el poderoso Odin que hace con oficio y sin exagerar (cosa que se temía) Anthony Hopkins.

    El argumento de Thor alterna entre el reino fantástico de Asgard, majestuosamente capturado por gracia y obra de los efectos digitales, y la estadía del héroe en nuestro planeta una vez que es desterrado por su padre ?el rey Odin? luego de actuar impulsivamente y desatar una guerra con el reino de Jogunheim. Es en la Tierra donde el film descansa de cierta gravedad previa con momentos de humor bastante logrados (la frase ¡give me a horse! hizo reír a la sala entera). También es cierto que produce algunos desbalances narrativos cuando uno ya se pone impaciente por ver a nuestro héroe recuperando sus poderes y destruyendo a sus enemigos a martillazo limpio. Pero los problemas no eclipsan el todo, porque a la hora de introducir un nuevo superhéroe de la familia Marvel, Thor es un más que digno exponente del género. ¿Qué significa esto para el megaproyecto de Los vengadores, a estrenarse el año que viene? Todavía es temprano para sacar conclusiones (hay que esperar también cómo rinde Capitán América en un par de meses), pero una cosa es segura: Con imaginar a Thor y a Tony Stark compartiendo pantalla y peleándose constantemente ya se nos hace agua la boca.
    Seguir leyendo...
  • El mecánico
    El mecánico
    ¡Esto es un bingo!
    El último gran héroe

    Lamentablemente ya no estamos en los ochenta, aquella época gloriosa del cine de acción en el que estrellas como Arnold Shwarzenneger, Silvester Stallone y Bruce Willis llevaban gente a las salas con solo nombrarlos. Tiempos en que los héroes de las películas de acción eran verdaderos animales cinematográficos, tipos musculosos y rudos que llenaban la pantalla con su sola presencia física. Ahora, lo que conocemos como héroes de acción son adolescentes carilindos como Orlando Bloom o Paul Walter, incapaces de intimidar a un pequinés. Sí, hay también algunos intentos (más que nada fallidos) de querer volver a esas épocas de gloria, con tipos como Vin Diesel y Dwayne “The Rock” Johnson, pero es inútil: las épocas de Arnie y Sly se terminaron (pese al intento de revival que significó Los indestructibles).

    Pero cuando parece que el modelo de estrella de cine de acción es cada vez más prehistórico, ahí lo tenemos al gran Jason Statham. Con su pelada resplandeciente, sus abdominales hiper trabajados y su rostro firme y decidido, este actor ingles logra mantener viva la llama del cine de acción más puro. Ya sea manejando su BMW por los techos de un edificio en la saga de El Transportador o corriendo a contrarreloj en las desaforadas Crank y Crank: High Voltaje, Statham logra convencernos de que cualquier proeza física es posible, y eso porque a diferencia de sus competidores, él sabe cuáles son sus limitaciones actorales (lo que no quiere decir que sea mal actor) y deja que sean sus puños y sus patadas los que actúen por él.

    En El Mecánico Statham interpreta un asesino a sueldo (¡cuándo no!) que luego de caer en una trampa que lo lleva a matar a su jefe, se dedica a entrenar en el oficio al hijo del mismo (Ben Foster), un joven drogadicto y sin rumbo que quiere vengar a su padre a toda costa. La película se deja ver, tiene un espíritu propio de los thrillers de los setenta como A quemarropa de John Boorman y las escenas de acción no están mal, pero no es algo que pasará a la historia ni mucho menos. Y es por eso que lo de Statham es más valorable todavía, ya que su sola presencia y su porte hacen de El Mecánico algo mucho más disfrutable de lo que realmente merecería ser. En un mundo perfecto no tengo dudas de que Jason Statham sería la superestrella de acción más codiciada del planeta, pero como dije al principio, ya no estamos en los ochenta.
    Seguir leyendo...
  • Sucker Punch: Mundo Surreal
    Sucker Punch: Mundo Surreal
    ¡Esto es un bingo!
    Fantasías de un nerd

    ¡Ay Zack Snyder! Ya no sabemos qué hacer con vos. Bah, en realidad los que se están preguntando eso son los ejecutivos de Warner Brothers, que después de la plata que les hiciste llover con 300, te dieron rienda suelta para que hagas lo que se te cante. Primero te la jugaste llevando al cine la inadaptable novela gráfica Watchmen, con resultados dispares (respeto tu fidelidad al material original, aunque le erraste con el tono buscado por momentos) y ahora te concedieron el capricho de que hagas “tu” película, que te la juegues con un proyecto personal salido de tu propia imaginación. ¿El resultado? Este mutante llamado Sucker Punch.

    Ahora, entre nosotros: hay algo que está claro, y es que Snyder es un gran creador de imágenes y no hay un segundo en Sucker Punch que no tenga su firma. Cada plano está pensado estéticamente al detalle; es casi como ver una serie de storyboards animados moviéndose constantemente. El problema es que Snyder, al pensar más como dibujante de comics que como director de cine, se preocupa más por lo que rodea al cuadro que lo que contiene el cuadro en sí. La historia es la de Babydoll, una adolescente abusada por su padrastro que luego de matar accidentalmente a su hermana menor va a parar a un hospital psiquiátrico. Allí, con la ayuda de cuatro compañeras ideará un plan para escaparse, no sin antes robar cinco objetos que facilitarán su liberación. Parece sencillo de explicar, de no ser porque el amigo Snyder cree que la mejor manera de mostrar esta liberación es a través de la imaginación de la protagonista, que se ve a sí misma como una guerrera salida de un manga (dale Zack, admití que de chico te masturbaste viendo Sailor Moon) y que junto a sus amigas lucha contra robots samurais, zombis nazis, orcos, dragones y cualquier otro monstruo salido de la cabeza de un freak con mucho tiempo jugando con su Nintendo. Voy a reconocerlo: como autodeclarado nerd que soy reconozco que disfruté algunos de los delirios visuales, que mezclan la sexualidad fetichista de comics tipo Heavy Metal con el ralenti propio del videoclip (la banda sonora tiene covers de Pixies y Queen) y la narración a modo de niveles de un videogame. Pero ese disfrute es superficial, porque a Snyder poco parece importarle el sentido o la conexión que dichas fantasías tienen con la historia principal, y simplemente son una excusa para volver a lanzar toda su parafernalia pop hacia el espectador. Todo muy súper cool y colorido, pero cuando más allá de las luces, las chicas con ametralladoras, los monstruos y los ralentis no hay casi nada más, el interés de uno dura lo que un videoclip o una viñeta de comic. Ok, lindo. ¿Qué sigue?

    Los caprichos de un director tienen su costo a veces. Por cada Donnie Darko hay un Southland Tales. Lo mismo pasa con Matrix con sus secuelas y con Brazil y Los Hermanos Grimm. Ahora a Snyder le toca hacer la nueva de Superman. ¿Dejará de lado sus fantasías nerds o las reforzará al máximo? Por el amor que le tengo al hombre de acero, espero que sea lo primero.
    Seguir leyendo...
  • Invasion del mundo. Batalla - Los Ángeles
    Join the army

    La moral está baja en los Estados Unidos. Después de sendos fracasos en las campañas de Irak y Afganistán, parece que el ejército del país del norte necesita nuevas formas de motivar a la gente a enlistarse en sus filas. No basta con la ayuda de Michael Bay y sus Transformers y Pearl Harbors, hay que meterle en la cabeza a los jóvenes yanquis que ser un soldado americano puede ser una experiencia similar a la de jugar un videogame de guerra en vivo y en directo ¿Qué mejor propaganda entonces que una película en donde “nuestros valerosos Marines” tienen que vérselas con una invasión alienígena? Señores, bienvenidos a Invasión del mundo: Batalla Los Ángeles.

    Ok, dejemos de lado el hecho de que se trata de un obvio panfleto pro-militar y pasemos a analizar la película en sí. El comienzo no puede ser más prometedor, con el batallón subido a un helicóptero y a punto de entrar en acción, en medio del miedo y la incertidumbre de no saber a qué se están enfrentando realmente. Esa mezcla de euforia y pánico entre los soldados al ver la destrucción provocada por cientos de naves extraterrestres que invaden la tierra no puede ser menos que contagiosa. Lamentablemente, luego viene un corte a negro y un cartel que dice “24 horas antes de la invasión”. Sí, es hora de conocer un poco a nuestros futuros héroes: el sargento a punto de retirarse, el otro que se quiere casar, uno que está esperando un bebé, el que tiene traumas psicológicos y la lista de clisés sigue y sigue. No tengo problemas con el hecho de jugar con ciertos estereotipos del cine bélico, pero la poca originalidad del guión es demasiado evidente acá. Y más todavía cuando lleguemos al centro de la acción una vez empezada la batalla, en donde es prácticamente imposible diferenciar un personaje de otro, gracias a una cámara en mano vertiginosa salida de la escuela de Paul Greengrass.

    Sin embargo, en el plano de la acción en sí es donde el film encuentra sus méritos. El enfoque del director es muy claro; se trata de recrear La caída del halcón negro con bichos en vez de somalíes, usando auténticas tácticas militares y un tratamiento más cercano al cine bélico que a la ciencia ficción más humana de La Guerra de los mundos o la reciente Skyline. Y aunque por momentos tanta cámara movediza nos distancie un poco de la acción, también sirve para acrecentar la sensación de pánico que se vive en la pantalla. Qué lástima entonces que semejante labor técnica tanto en imagen como en sonido (les recomiendo una sala con mucho surround para disfrutarla en su plenitud) quede a veces aplastada por un guión pobre que obliga a un actor sólido como Aaron Eckhart a tirar frases como “De ahora en más eres mi pequeño Marine” (esto dicho a un pequeño latino que acaba de perder a su padre). En conclusión, Batalla: Los Ángeles entretiene y no es un desastre absoluto, pero sí una oportunidad perdida. Si se hubiera asumido más como película tonta de acción y menos como video de reclutamiento militar, el resultado podría haber sido mejor. Con lo que hay, prefiero prender mi Playstation y seguir jugando al Call of Duty.
    Seguir leyendo...
  • Rango
    Rango
    ¡Esto es un bingo!
    Busco mi destino

    Antes de ser conocido como el director de la saga Piratas del Caribe, Gore Verbinski empezó su carrera como realizador de comerciales. El más conocido es el de las tres ranas de Budweiser, esas que aparecían a cada rato cantando la marca a coro. Son propagandas cortitas, que apenas duran quince segundos, pero en ese breve lapso se podía ver a un realizador interesado por capturar la personalidad de esos anfibios y con cierta sensibilidad por lo raro. Esa locura y ese amor por el slapstick animal propio de los mejores cartoons de la Looney Tunes aparecería en su máxima expresión en su debut en la pantalla grande, con la subvalorada Un ratoncito duro de cazar, suerte de mezcla extraña de Tom y Jerry con el humor negro de los hermanos Coen. Luego vinieron otras películas un poco más olvidables hasta llegar a lo que fue el gran éxito de su carrera hasta ahora, con las películas protagonizadas por el gran capitán Jack Sparrow de Johnny Depp. Y si bien algo de la impronta de Verbinski puede avizorarse en el primer film de la trilogía y en algunos pasajes de la segunda, daba la sensación de que esa obsesión por lo extraño e inusual estaba restringido por los dictámenes de la corporación Disney, más preocupada por mantener una franquicia a flote cueste lo que cueste.

    Pero como le había sucedido hace unos años a otro verdadero autor como Sam Raimi, que abandonó la saga de Spider-Man por la personalísima Arrástrame al infierno, a Verbinski le dieron rienda suelta para que haga lo que quiera, y el resultado es esta cosa tan rara y tan magnífica llamada Rango. Seguro vieron los avances previamente, pero les aseguro que ningún trailer puede representar el carácter bizarro y fascinante que tiene este film. Ya desde la escena inicial, con la lagartija del título recreando historias en su imaginación dentro de su pecera junto al torso de una muñeca y un pescadito de juguete, sabemos que estamos ante algo diferente, fuera de toda norma. En esa escena vemos que el bicho siempre actúa de héroe de sus propias historias inventadas, pero como él mismo dice, carece de la motivación suficiente que lo lleve a comprometerse con ese papel. La oportunidad de hacerlo le llegará cuando, luego de un accidente que lo deja varado en pleno desierto, vaya a parar al desvencijado pueblito de Dirt, acosado por la falta de agua. Una vez allí el verdoso camaleón asumirá la identidad de Rango, será declarado sheriff por el alcalde y se convertirá en la única esperanza de los habitantes del pueblo, que desconocen que están ante un farsante. Las referencias van a volver loco a más de un cinéfilo, desde los paisajes de desierto propios de los mejores westerns de John Ford hasta similitudes con Chinatown, escenas oníricas propias de Alejandro Jodorowsky, alusiones tanto visuales como musicales al cine de Sergio Leone, y hasta escenas de acción que parecen mezclar lo mejor de películas como Star Wars e Indiana Jones. Pero a diferencia de los dibujos de Dreamworks, que utilizan las citas para ocultar que no hay nada detrás, en Rango el director se adueña de ellas y las integra a la historia como si fueran propias, sin guiñar el ojo a la pantalla buscando complicidad, sino como herramientas que empujen la historia hacia adelante.

    La atención al detalle prestada por Verbinski junto a su equipo de colaboradores de Industrial Light & Magic es demasiada para el ojo humano. No estamos ante animalitos dulces y cariñosos como para poner en la cajita feliz de un McDonald´s, sino ante bichos sucios y malolientes, de esos que vemos en medio de una ruta y tratamos de no pisar con el auto. Desde una tortuga que se mueve en silla de ruedas hasta un coro de búhos mariachis que predicen la muerte del protagonista a cada rato, con Rango inmediatamente nos damos cuenta de que no estamos ante algo pensado por un comité de ejecutivos, sino ante el resultado de la creatividad y la astucia de un grupo de artistas que quisieron hacer algo extraño y fuera de lo establecido por el mercado cinematográfico infantil. Como le dice el villano al protagonista por la mitad del film, a veces la gente tiene que creer en algo que le dé esperanzas. Yo sí tengo esperanzas, de que existan más directores alocados como Verbinski y sobre todo de que sigan habiendo películas tan originales como Rango.
    Seguir leyendo...
  • El cisne negro
    El cisne negro
    ¡Esto es un bingo!
    El lado oscuro del corazón

    El debate es interminable. Que la película es esto, que Aronofsky es lo otro. Que Polanski esto, que Cronenberg lo otro, etc. etc. Pero algo es indiscutible, y es que El cisne negro genera sensaciones fuertes en el espectador, ya sea un amor desbordante o un odio furioso (algunos críticos importantes la calificaron con un 0). El film cumplió su objetivo: el de tener a todos hablando. Intentaré poner un poco de paños fríos a la contienda, pero algo es claro en este asunto, y es que sólo las obras hechas con mucha pasión por lo que se está contando pueden generar semejantes reacciones de amor/odio.

    Ahora bien, si me preguntan a mí qué es El cisne negro, la respuesta es simple: se trata del trash en su máxima expresión, y no lo digo como algo negativo sino todo lo contrario. Si se hubiera hecho en los noventa, no tengo dudas de que la dupla Paul Verhoeven/Joe Eszterhas la hubiera filmado y una joven Sharon Stone la hubiera protagonizado. El tema es que estamos en el siglo XXI y la película es de Darren Aronofsky, aquel que tanta controversia generó con la abominable Réquiem por un sueño (el peor comercial antidrogas que vi en mi vida), con las rayadas Pi y La fuente de la vida, y quien se encargó de devolverle el estrellato a Mickey Rourke en El luchador. Su cine no es el de las segundas lecturas ni los tonos grises, más bien es el de la provocación y el dolor en su faceta más carnal. Es que los cuerpos y su gradual descomposición a lo largo del tiempo son los temas de cabecera del realizador, y cada una de sus películas se ha encargado de retratarlos de la forma más dolorosa y visceral posible. Sabiendo esto, ¿qué mejor película para él que la historia de una bailarina de ballet clásico que decide sacrificar su cuerpo y su sanidad mental en pos de lograr la perfección artística?

    En una entrevista que leí cuando presentó la película en el festival de Toronto el año pasado, Aronofsky manifestó que veía a El cisne negro y El luchador como películas complementarias, y que esperaba que en un futuro pudiera realizar una doble función con ambas proyectadas una atrás de la otra. Es cierto, hay similitudes entre las dos, ambas tienen protagonistas que deciden alcanzar la perfección en sus respectivas artes, y deciden finalmente realizar el sacrificio definitivo sin importar sus consecuencias, ya sean físicas o mentales. Pero mientras que en El luchador Aronofsky optaba por la solemnidad y el tono depresivo para narrar el ascenso y (sobre todo) caída de su Randy “The Ram” Robinson, en Black Swan se va al terreno del terror en su vertiente más grandilocuente y pesadillesca, desde el juego de dualidad propio de Brian De Palma hasta el erotismo latente de Lynch, Polanski y el ya citado Verhoeven.

    Por eso la cámara en mano sigue constantemente la espalda de Nina Sayers, la envuelve en ambientes extremos (espejos por todos lados, corredores interminables, boliches con música tecno infernal), la coloca en un laberinto mental del cual jamás podrá escapar si es que no se deja llevar por sus impulsos primarios. Es que además de ser una historia de sacrificio y locura, El cisne negro es el cuento de una nena de mamá que de a poco empieza a descubrir lo que es su cuerpo y su instinto le pide a gritos que se suelte de una buena vez. Ese despertar sexual de Nina es el que la despojará de ese mundo color rosa y lleno de peluches al que fue llevada por su madre hasta liberarla definitivamente. Pedirle a Aronofsky que filme todo esto con la sobriedad de un Clint Eastwood es inútil, sólo hay que dejarse llevar por el ballet endemoniado que tanto el director como la protagonista nos proponen.

    Toda perfección se consigue siempre y cuando uno deje entrar la oscuridad en su interior, parece decirnos Aronofsky. Y allí estará Natalie Portman, el conejillo de indias de este científico loco, para padecer los macabros experimentos de su creador. Se lo podrá discutir, hasta repudiar por tal extremismo, pero algo es seguro: nadie va a poder ignorar a El cisne negro. Y con la mediocridad que reina hoy día, eso es todo un logro.
    Seguir leyendo...
  • Temple de acero
    Temple de acero
    ¡Esto es un bingo!
    Más corazón que odio

    La Temple de acero original, de 1969, fue y será recordada por ser la película que le dio el único Oscar de su carrera a John Wayne, donde interpretaba al tuerto y borracho alguacil Rooster “El gallo” Cogburn. En esa película a Wayne se lo ve viejo y gordo, y esa imagen servía para representar el estado en que se encontraba el western de aquella época. Se estaba acabando la era dorada del género que tuvo su esplendor en las décadas del 40 y 50, y se daba paso a un enfoque revisionista que más adelante encontraría su pico máximo con Los Imperdonables, la obra maestra de Clint Eastwood. Desde ese punto era entendible que los hermanos Coen, expertos en tomar géneros como el noir y la screwball comedy para revisarlos bajo su mirada irónica y desafectada, hayan querido retomar la historia que tiene su origen en una novela de Charles Portis del año 1968.

    Sin embargo, transcurridos los primeros minutos de la actual Temple de acero, queda claro que la intención de los hermanos es completamente diferente. No es que falten la ironía y el humor absurdo propios de su filmografía, pero a diferencia de sus anteriores películas como Sin lugar para los débiles o De paseo por la muerte, no hay una mirada cómplice detrás de lo que se nos esta contando: estamos ante un western hecho y derecho, sin guiños ni relecturas de ningún tipo. En esta ocasión los hermanos se tomaron las cosas en serio y sus manos dentro del relato son mucho menos visible que en otras películas como Un hombre serio, donde sus huellas quedaban impresas por todos lados.  

    Leí en algún lado que el objetivo de los Coen con esta nueva versión era la de ser más fieles a la novela original de lo que había sido el film de Wayne. Si bien no leí el libro de Portis hay que decir que aunque el argumento recorra el mismo camino en ambas versiones (una joven de 14 años llamada Mattie sale en busca del asesino de su padre junto a un alguacil borracho y un oficial de Texas) hay algunos aspectos fundamentales con los que los Coen hacen la diferencia. El más trascendente es darle el protagonismo mayor al personaje de Mattie, que en la original era (obviamente) opacada por la inmensa figura del Rooster de Wayne. La Mattie Ross versión 2011 es quien tiene el auténtico temple de acero en la película, no sólo para adentrarse en la peligrosa aventura que es encontrar al asesino de su padre, sino también para enfrentarse cara a cara con cualquier adulto que se le cruce; como en la excelente escena en la que con su astucia y verborragia logra negociar a su favor el precio de unos caballos. Ese ingenio de Mattie contrastado con la tosquedad de Cogburn (interpretado aquí por un increíble Jeff Bridges) constituye el motor por el cual se mueve la película. Los intercambios verbales entre estos disímiles personajes (al que también se suma el caricaturesco Ranger LaBoeuf que hace Matt Damon) podrían considerarse como los momentos más característicos del cine de los Coen que tiene esta nueva Temple de acero.

    Pero avanzado el relato, y bien hasta el final de la película, la relación entre Mattie y Cogburn crece desde la incredulidad y la desconfianza hasta el respeto y la admiración mutua. Ahí es cuando algo nos empieza a hacer ruido. Sí señores, aunque no lo quieran hacer muy evidente, la ironía y el distanciamiento propio de los hermanitos ha sido reemplazado por algo similar a los sentimientos y la emoción. Es que como dice una Mattie cuarentona y más sabia al final de la película, el tiempo se nos escapa a todos. Parece que los Coen están de acuerdo, aunque con ellos nunca podemos estar seguros.
    Seguir leyendo...
  • El Avispón Verde
    El Avispón Verde
    ¡Esto es un bingo!
    Luchamos y nos divertimos

    Las expectativas eran extrañas antes de ver El avispón verde. Recuerdo cuando Kevin Smith anunció hace bastante tiempo que iba a dirigir esta adaptación de la vieja serie de televisión que hizo saltar a la fama internacional a Bruce Lee. Eso no me interesaba mucho, dada la poca capacidad de Smith como director con dotes visuales (ojo, me gusta el tipo, pero convengamos que su fuerte son los diálogos irónicos con referencias a la cultura nerd). Después escuché que Seth Rogen se hacía cargo del proyecto como guionista y protagonista, y que el genial Stephen Chow (Shaolin Soccer, Kung-Fusion) no sólo iba a ser el director sino que también iba a interpretar al ayudante Kato, y allí mi interés subió hasta el cielo. Pero parece que hubo ciertas diferencias entre Rogen y Chow sobre el tono general de la película (por lo que leí en algún lado, Chow quería que el héroe principal manejara a Kato con un control remoto) y lamentablemente el astro chino se volvió a su país natal. Así, cuando parecía que el proyecto se caía definitivamente, apareció Michel Gondry. ¿Me están diciendo que el hiper creativo y ultra delirante director de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y La ciencia del sueño se iba a hacer cargo de una película de superhéroes? La idea era tan extraña como desconcertante, y el resultado podía haber sido algo genial o catastrófico. La curiosidad todavía estaba presente.

    La realidad es que al ver El Avispón verde nos damos cuenta de que no estamos ante una película de Michel Gondry, sino ante una de Seth Rogen. Ojo, el toque Gondry aparece a cuentagotas a lo largo del film, pero el tono general es 100% proveniente del autor de Supercool y Pineapple Express junto a su fiel coguionista Evan Goldberg. No solamente el estilo de humor es similar al de aquellos filmes, sino que El Avispón verde comparte con ellos una idea en común: la de los lazos de amistad entre hombres. Sí, antes que un film de superhéroes (que lo es y a mucha honra) El avispón verde es una auténtica bromantic movie, una en la que los dos protagonistas, el Britt Reid de Rogen y su asistente Kato, encuentran en los disfraces, las máscaras y los gadgets la posibilidad de cumplir la fantasía que tanto anhelaron de chicos, y que fue impedida por James Reid, padre del primero y jefe del segundo, cuya misteriosa muerte sirve como disparador de la historia. Gondry se dedica a seguir la relación entre ambos, desde la fraternidad y la diversión que supone el hecho de crearse una identidad secreta para salir a combatir el crimen hasta los celos y la envidia por decidir quién la juega de héroe y quien de secuaz de héroe. El sello del director sólo puede verse en el desarrollo de algunas escenas de acción (las peleas con “Katovisión” por ejemplo) y en algunas secuencias de montaje en las que hace un creativo uso de la pantalla dividida.

    A fin de cuentas, poco importa si el estilo Gondry está presente o no en la película, mientras que el interés se mantenga en el dúo de superhéroes. En ese sentido, El avispón verde es todo un logro, porque esa felicidad que Britt y Kato irradian cada vez que salen a luchar contra el mal por las calles es la que tenemos nosotros cuando vemos a esta particular pareja imponiendo su extraño y delirante sentido de la justicia.
    Seguir leyendo...
  • La casa muda
    La casa muda
    ¡Esto es un bingo!
    Oscuridad no es terror

    Antes de su estreno, a La casa muda la estaban vendiendo de dos formas. Por un lado se la promocionaba como una película de terror producida en conjunto por Argentina y Uruguay (como si el sólo hecho de que acá se pueda hacer cine de terror ya fuera un elogio en sí). Por el otro, nos anticipaban el gran hallazgo de haber sido filmada con una sola cámara y en plano secuencia, o sea, sin cortes de ningún tipo (al estilo La soga de Hitchcock, que como todos saben tiene varios cortes). Uno entiende que en estos últimos tiempos el género de terror hizo del marketing y el misterio sus mejores armas para captar la atención del público (pregúntenle sino a los productores de Actividad paranormal), pero la verdad la conocemos todos: con saber vender tu proyecto no alcanza si no tenés una película que banque semejante promoción.

    Ojo, durante la primera parte de La casa muda la cosa no viene mal. Vemos a una chica y a su padre ingresando a una casa desvencijada y sin luz en medio del campo. Con una cámara en mano se sigue el trayecto de ella sin abandonarlo nunca. Hasta ese momento los climas generados por el director Gustavo Hernández nos prometen la tensión de que en cualquier momento puede pasar algo aterrador, pero también hay cosas que empiezan a hacer ruido: ¿por qué si todavía es de día a nadie se le ocurre abrir una ventana para que entre más luz en la casa? Pequeños detalles como estos, o el hecho de que la chica hable con su padre susurrando cuando todavía no pasó nada terrorífico y no hay nadie que pueda escucharlos, nos hace pensar que el realizador partió de una idea clara para encarar la historia (utilizar la oscuridad y el fuera de campo visual y sonoro como herramientas para generar miedo) pero que no supo crear una estructura sólida para rodear esa idea. Esto da como resultado un film que llega a tener, por momentos, los climas de tensión deseados, pero sin lograr llevar la historia más allá de eso. Y para colmo, hacia el final se reserva una vuelta de tuerca que quien haya visto un par de películas recientes del género sabrá adivinar enseguida (¡ejem, Alta tensión, ejem!). En cuanto a la tan publicitada “filmación con una sola cámara”, si bien es cierto que la película contiene varios planos secuencia de larga duración, es tal la oscuridad de la imagen que uno puede llegar a creer que el efecto haya podido falsearse en ciertos pasajes. Lo que nos deja La casa muda como conclusión es que los actuales directores de cine de terror prefieren inspirarse más en El proyecto Blair Witch que en el cine de John Carpenter o de Wes Craven. Y eso sí es algo que mete mucho miedo.
    Seguir leyendo...
  • El turista
    El turista
    ¡Esto es un bingo!
    Si Alfred los viera

    Se puede imaginar por qué Angelina Jolie y Johnny Depp se sintieron atraídos con este proyecto. La verdad, ¿quién no querría pasarse unos meses filmando en la hermosa Venecia y encima tener la posibilidad de vestir ropas de diseñador carísimas, usar joyas deslumbrantes y entrar en los hoteles más lujosos del mundo? Además, el éxito de taquilla mundial estaría asegurado, ya que las caras de ambos actores en un póster garantiza de por sí la presencia del público en las salas. Hasta se debe haber especulado con todo lo que dirían los programas de chimentos durante el rodaje para conseguir publicidad gratis (¡Uy, parece que Brad se puso celoso con las escenas de amor que Angelina tiene con Johnny!, ¿Se vendrá el divorcio?). El problema es que si bien los productores deben haber tenido en cuenta todos estos pasos a la hora de concebir El turista, se olvidaron de un pequeño detalle: el de hacer un guión medianamente interesante que justifique semejante emprendimiento.

    Construida en plan “tratemos de recrear lo que tan bien hizo Hitchcock con Intriga Internacional y Notorious pero sin un mínimo de onda y de astucia”, El turista hace más agua que toda la que contienen los canales de Venecia. La historia de dos desconocidos sumergidos en una aventura en donde intervienen tanto la mafia rusa como la Interpol ya se vio antes y mucho mejor hecha, tanto por maestros como Hitchcock como en películas más contemporáneas como El caso Thomas Crown (si no la vieron alquílenla o bájenla ya por favor). No sólo el director Florian Henckel Donnersmarck no tiene ni la mínima idea de cómo generar tensión y darle cierto ritmo e intriga a la historia, sino que además falla en crear algún tipo de química entre la pareja protagónica.

    A Depp se lo ve en plan “todavía no me saqué a Jack Sparrow de la cabeza” y solamente se limita a poner caras de asombro y protagonizar momentos que se suponen graciosos pero que carecen de todo timing de comedia (ejemplo, la persecución por los techos de un hotel). En cuanto a Angelina, creo que esta película demuestra que los roles de mujer glamorosa que esconde secretos definitivamente no son lo suyo, a diferencia de las películas de acción puramente física como Salt, que es donde más se luce. El problema es que estamos tan acostumbrados a ver a la Angelina real paseándose por la red carpet usando vestidos de Versace con su rostro y cuerpo perfectos que la sola idea de soportar eso en una pantalla grande se vuelve algo aburrido y carente de imaginación.

    Si a todo esto le sumamos un guión que se propone ingenioso sumando vueltas de tuerca y traiciones por doquier pero fallando constantemente en provocarnos alguna sensación que siquiera se acerque a la intriga o el suspenso, nos queda decir que El turista es una oportunidad perdida al no poder hacer algo mejor contando con las dos estrellas más grandes del Hollywood actual. Pero quizás la película nunca estuvo destinada a nosotros, sino a esos chimenteros y a esas revistas que tantas páginas y tapas llenan con sus rostros y sus asuntos “del corazón”, como se dice.
    Seguir leyendo...
  • Imparable
    Imparable
    ¡Esto es un bingo!
    Cumple y dignifica

    Dios bendiga a Tony Scott. Ya sé, suena cursi y ridículo decir esto del director de Top gun, Días de trueno y Marea roja, pero en este momento lo siento así. ¿Tienen idea de lo afortunados que somos de tener un director como él hoy en día? En este mundo de posmodernos cancheros, de “nos hacemos los cool con camaritas digitales y mil cortes por minuto y fotografía súper canchera y encuadres raros”, Tony Scott constituye un oasis, el de la sofisticación, el profesionalismo y la confianza para saber dónde hay que estar parado para contarnos una historia.

    Pero acá viene lo gracioso de este asunto, porque Tony Scott es efectivamente un cineasta posmoderno, su fotografía es súper canchera y sus películas (sobre todo desde Juego de espías en adelante) suelen tener mil cortes por minuto. ¿Cuál es la diferencia entonces entre los chicos cool y el cine de Tony? Es el oficio, básicamente. Mientras que los Guy Ritchies de este mundo se regodean con la técnica y el esteticismo visual al punto de ponerlos por encima del relato, Tony Scott los utiliza como auténticas herramientas de narración, como medios para un fin, y ese fin en todo su cine es el de generar adrenalina constantemente. Es por eso que cada vez que encuentro Hombre en llamas, El último Boy Scout o Enemigo público haciendo zapping me quedo enganchado aunque las haya visto mil veces, no porque quiera encontrar detalles que no vi antes, sino porque me siento arrastrado por la velocidad y la pulsión constante que generan sus películas.

    En este marco, la historia de un tren cargado de explosivos que avanza sin freno alguno y debe ser detenido antes de que estalle en un pequeño pueblo es ideal para las sensibilidades de Scott, y vaya si lo hace notar. Con su fiel protagonista Denzel Washington al frente del asunto, el realizador saca a relucir todo su arsenal visual para narrar los esfuerzos de dos operarios de trenes por intentar frenar a toda costa este auténtico demonio sobre rieles. Con sus múltiples cámaras captando la acción desde varios puntos de vista, un montaje frenético e innumerables planos de reacción –tanto de noticieros como de los personajes secundarios- de lo que sucede en pantalla, Scott filma la acción como si estuviéramos viendo la dramática final de un mundial de fútbol.

    Ese carácter épico que le imprime al relato (pero se trata de una épica donde la acción es la única protagonista), esa apuesta a que todo lo que sucede delante nuestro parezca creíble y auténtico por mas ridículo que sea, es lo que separa a Imparable de cualquier película pochoclera que se haya estrenado en este último tiempo. Y eso se debe solamente a la habilidad y el timing de Scott como narrador para saber cuándo apretar el acelerador (que lo hace mucho acá) y cuándo meter el freno de mano para desarrollar a los personajes (aunque aquí es lo que menos importa).

    Pero hay un pequeño mérito más que hace de Imparable una película especial dentro de su género, y es que los héroes del film no son gente importante ni especial, son simplemente laburantes, hombres pertenecientes a la clase trabajadora norteamericana que sienten la misión como un deber a cumplir, como algo que hay que hacer y punto, sin redenciones ni segundas oportunidades. Ese profesionalismo de los protagonistas se puede comparar con la carrera de Tony Scott, un director que hace su trabajo con solvencia y eficacia, aunque se trate de llenar un tren con explosivos, filmar esa bomba a toda velocidad y salir sano y salvo.
    Seguir leyendo...
  • Skyline: La invasión
    Skyline: La invasión
    ¡Esto es un bingo!
    Fuck this planet

    Skyline representa un síntoma que lamentablemente cada vez se hace mas común en Hollywood: el creer que con una sola imagen como gancho se puede hacer una película. El avance del filme mostraba una breve escena que generaba cierta expectativa, la de una nave espacial aterrizando en Los Ángeles (¿adónde si no?) y succionando humanos como si fuera una aspiradora gigante. Quizás esa imagen fue suficiente para que los directores consiguieran financiación, pero eso solo no hace una película. La realidad es que durante la primera hora y pico de Skyline parece que estamos ante una mediocre película de fin del mundo. Por suerte el desenlace la transforma de una película floja en uno de esos filmes que de tan malos terminan siendo, bueno, también malos, pero al menos son de una maldad simpática. Ya retomaremos este asunto mas adelante.

    Dirigida por unos tales hermanos Strause, diseñadores de efectos digitales devenidos directores (sigan con lo primero por favor), Skyline pertenece a ese subgénero dentro de las películas de invasiones extraterrestres que podríamos llamar “la mirada humana”, en el que acontecimientos catastróficos tipo fin del mundo son presenciados desde el punto de vista de personas comunes y corrientes, generalmente familias disfuncionales como en La guerra de los mundos o Señales. El problema aquí es que para los hermanitos Strause ese punto de vista reside en un grupo de jóvenes millonarios que viven en un penthouse espectacular con pileta, persianas automáticas y todos los lujos, provocando cero identificación por parte nuestra. Todo comienza cuando Jarrod llega con su novia Elaine a Los Angeles invitado por su mejor amigo Terry, dueño de dicho penthouse que se dedica a diseñar efectos por computadora para filmes (démosle crédito a los Strause, los tipos escriben sobre lo que saben). Hasta aquí pareciéramos presenciar esos típicos dramones de televisión por cable al estilo The OC o Gossip Girl en el que muchachos carilindos que viajan en Ferrari y escuchan rock alternativo no pueden ser felices con sus parejas (a Jarred le ofrecen trabajar en LA y la novia no quiere, ella está embarazada pero no sabe como decírselo, etc.), lo que hace que uno desde la butaca esté impaciente por que aparezcan los malditos aliens y se lleven a todos estos pantristes de una buena vez.

    Cuando por fin llegan esas naves espaciales emanando una luz celeste que hace que la gente quede hipnotizada y termine siendo succionada, parece que lo divertido va a empezar, por que ya nos estábamos cansando de tanta telenovela previa. Pero aquí radica el otro grave error de Skyline: no sólo que no nos importe nada la suerte de estos modelitos de Pancho Dotto sino que cada decisión que toman a la hora de enfrentar la situación parece volverlos más idiotas de lo que eran antes. Que nos quedamos en el edificio, que salimos porque en el agua parece que los bichos no atacan, en fin, los típicos dilemas sobre qué hacer cuando el mundo allá afuera parece estar extinguiéndose (en un momento de máxima tensión Elaine y la mujer de Terry discuten por la decisión de la segunda de ponerse a fumar estando Elaine embarazada, ¡dramático!). El tema no es la falta de interés en esta clase de conflictos, sino también la pasividad de los directores para lograr al menos una puesta de escena interesante que justifique la estadía de los personajes en el edificio mientras ven que del otro lado de la ventana parece haberse desatado una guerra interplanetaria.

    Pero por suerte para estos modelitos los alienígenas no parecen tener una inteligencia mayor a la de ellos que les permita atraparlos, ya que si bien tienen toda la tecnología disponible para llevarse millones de personas de un saque, les cuesta una vida tratar de abrir una puerta cerrada con llave o atravesar una ventana cerrada con persianas automáticas. ¡Ah! Y tomen nota en sus casas; si bien estos bichos cuentan con un arsenal capaz de derrotar al ejército americano, basta con el amor al prójimo y la fuerza de voluntad de los humanos para poder vencerlos a puño limpio, como lo hace nuestro amigo Jarrod cuando una especie de alien con forma de pulpo está por llevarse a su amada sobre el final.

    Así, llegamos al desenlace (alerta de SPOILER por si no quieren saberlo). Una vez que los esfuerzos por sobrevivir fueron inútiles, la pareja protagónica es succionada por la nave espacial, lo que nos lleva al interior de la misma. Ahí vemos que los aliens le sacan el cerebro a la gente y se los ponen de sombrero (por qué motivo, no se sabe). Mientras a Elaine (que está embarazada, recuerden) están por liquidarla, un alien se pone el cerebro de Jarrod y empieza a actuar extraño y con dolores de cabeza. ¿Qué hace el bicho cuando la ve a Elaine a punto de morir? ¡Decide entrar en acción y protegerla matando a todos los otros bichos que estaban ahí! Así, el plano final nos muestra a Jarrod alienígena tomando a la bella Elaine en sus brazos al mejor estilo La bella y la bestia. ¿Se viene una secuela? ¿Podrá el hijo de ambos aceptar la nueva condición del padre? ¿Puede haber sexo interracial entre humanos y extraterrestres? Y lo más importante: ¿nos importa todo esto, o nuestros cerebros también fueron extraídos mientras mirábamos la película y no nos dimos cuenta?
    Seguir leyendo...
  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 1
    Magia negra

    En Mar del Plata NO se estrenó Harry Potter, y un pequeño cinéfilo indignado pasó por la puerta del Ambassador, sede del Festival, y gritó sacando la cabeza por la ventanilla: ¡¡¡Harry Potteeeeeeeeeeeeeeeeeeer!!! Pero mientras tanto, en Buenos Aires, nuestro experto Santiago asistía al estreno y acá nos cuenta lo que pudo pensar en medio de los gritos de las chicas.

    Antes que nada, comento mi relación con el universo Potter. Allá por el año 2000 recuerdo haber leído Harry Potter y la piedra filosofal, y quedé enganchado, tanto que no sólo me compré inmediatamente el segundo libro, sino que esperé ansiosamente el estreno de la primera película (que por lejos es la peor de toda la saga). Para cuando llegué al tercer libro, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, empecé a distanciarme del mundo del joven aprendiz de mago. Lo que siento con los libros de Potter, y que de alguna manera se extiende al universo cinematográfico, es que J.K. Rowling intenta crear una mitología tan compleja alrededor del personaje principal, con una innumerable cantidad de personajes y elementos que aparecen y desaparecen de las historias, que al final me cansé y abandoné la lectura por el cuarto libro. Total, si las películas son adaptaciones bastante fieles a las novelas ¿para qué me iba a molestar en seguir leyéndolas?

    Por suerte, ese problema fue fácilmente solucionado en el traspaso a la pantalla grande. Es realmente admirable en ese sentido el trabajo del guionista Steve Kloves (autor de todas las películas de la saga), que logra condensar tanta información y hacerla fácilmente digerible para el espectador que no se haya leído los libros millones de veces. Es que Kloves decide concentrarse en lo que Rowling, a medida que pasaron los libros, pareció olvidar. Lo mejor de esta saga no pasa por los hechizos, las varitas mágicas o los partidos de Quiditch. Lo que más nos atrae de Harry Potter es la relación que se va desarrollando entre Harry, Ron y Hermione, y cómo se va complejizando esa amistad a medida que avanzan las historias.

    En Las reliquias de la muerte Parte 1, esta relación entre el trío protagonista llega a un punto de inflexión importante. El comienzo de la película, en el que vemos a cada uno separándose de sus respectivas familias (lo más duro es ver a Hermione borrándose de la memoria de sus padres) da la pauta del grado de madurez al que han llegado los personajes. Son tiempos oscuros los que se aproximan para ellos, con Dumbledore derrotado y Voldemort al mando del universo de los no muggles, y el camino que se aproxima estará lleno de pérdidas y de dolor. Hemos acompañado durante casi una década a Harry desde los momentos de máxima felicidad –cuando descubría Hogwarts por primera vez- hasta hoy, donde la oscuridad se adentra cada vez más en su interior, y su amistad con Ron y Hermione será puesta a prueba.

    A diferencia de las películas previas, en Las reliquias de la muerte ya no somos sometidos a la clásica estructura narrativa en la que Harry vuelve a Hogwarts y encuentra un misterio particular que debe resolver. La acción ahora transcurre en las afueras, en donde el trío deberá encontrar los horrocruxes que contienen el alma de Voldemort y destruirlos, mientras los persiguen los secuaces del villano. Esta nueva estructura permite que pasemos más tiempo junto a ellos mientras acampan y discuten como continuar la búsqueda. Así, los celos y la tensión entre los amigos vuelven al relato mucho más interesante que la típica historia dentro de la escuela que sucedía en los episodios anteriores, y es aquí también donde los actores se ponen a la altura de la oscuridad que la historia requiere. Sobre todo Ron, que antes cumplía la mera función de ser el comic relief de la saga.

    Pero pese a estas mejoras en lo narrativo, todavía persisten algunos problemas en el mundo cinematográfico de Potter. En primer lugar, ¿me parece a mí o esta es la saga con mayor cantidad de McGuffins en la historia del cine? No me gusta cuando se empiezan a acumular Horrocruces, Piedras filosófales, Cálices de Fuego o en este caso, reliquias de la muerte, como mera excusa para hacer avanzar la acción. Es un recurso fácil que nos distrae de la atracción principal que es el desarrollo de los personajes, y hace que la historia se asemeje a un videogame como el Zelda en donde hay que encontrar tantos objetos mágicos para pasar de nivel. Otro problema son los personajes adultos. Es una lástima ver a los mejores actores de Inglaterra apareciendo pocos minutos y diciendo no más de cinco líneas, como es el caso de Bill Nighy, un actorazo condenado a decir un par de frases y morir fuera de cámara. Estos reparos ya se notaban en los últimos capítulos, y poco han hecho tanto Kloves como el director David Yates para solucionarlos.

    Es una sensación rara la que tenemos cuando la historia llega a su final. Primero sentimos que fuimos estafados, por haber sido espectadores no de una película completa sino de la mitad, y va a ser necesario ver el desenlace para saber si la decisión de dividirla en dos partes es acertada. Pero al mismo tiempo, es tan largo y complejo el viaje que hicimos junto a Harry a lo largo de siete películas, que no nos queda otra que esperar con ansiedad a junio del 2011 para poder presenciar la conclusión definitiva. ¿Esto quiere decir que los creadores hicieron bien su trabajo, o que estamos hartos y queremos que de una vez por todas se termine este fenómeno? Quizás haya un poco de las dos cosas.
    Seguir leyendo...
  • Jackass 3D
    Jackass 3D
    ¡Esto es un bingo!
    Culo: la película

    Transcurrida la mitad de Jackass 3D hay un breve momento que me pareció absolutamente revelador. En un plano en cámara lenta, Johnny Knoxville lanza un consolador directo hacia el lente de la cámara. Siendo esta una película en 3D, el uso del efecto hizo que pareciera como si el consolador estuviera adentrándose hacia nuestros sentidos (metafóricamente, claro). Ese momento me hizo acordar al famoso plano final de Asalto y robo al tren en donde un cowboy dispara a la cámara. Es irónico como el film que es considerado como el que dio inicio al cine narrativo clásico y esta película, que para muchos significa la muerte del séptimo arte, logren crear un vínculo en común, aunque sea por la similitud de un plano.

    La cuestión es simple: con el mundo Jackass estás adentro o afuera. Mi misión con esta crítica no será ni convertir a los ateos ni alejar a los creyentes, solamente me dedicaré a contar qué es lo me pasa cuando veo a este grupo de infradotados cometer cualquier tipo de locuras delante de una cámara. Porque la realidad es que estos muchachos, que durante tres películas y varias temporadas en MTV se dedicaron a cometer atrocidades que van desde tomar semen de toro hasta lanzarse en charcos de excremento, no están bien de la cabeza. Tanto su líder Johnny Knoxville como el resto de la banda (Steve O, Bam Marguera, Chris Pontious y el enano Wee Man entre otros) son capaces de hacer cualquier cosa, y digo CUALQUIER COSA, con tal de hacer reír al espectador. Uno piensa que toda esta locura debe haber comenzado como una apuesta entre amigos del tipo “a que no te animás a tomar el agua del inodoro”, y cuyas consecuencias se prolongaron hasta límites insospechados. Y si tal grado de repugnancias te resulta demasiado obsceno y vulgar, no te culpo. Hasta yo mismo reconozco preguntarme por momentos por qué estoy presenciando semejante nivel de bajeza humana, y si bien no puedo contestarme claramente, hay dos motivos que no quiero dejar pasar.

    Lo primero que me llama la atención de Jackass es el grado de autenticidad en cada número. Estamos en épocas en donde cualquier realidad puede ser falseada y manipulada a través de los medios digitales (un poco se habla de esto en la crítica de Marina de Actividad Paranormal 2), por eso me resulta refrescante ver que los diferentes actos y acrobacias realizados por estos muchachos son reales, juzgando por las reacciones de quienes están de testigos allí (como uno de los cameraman al que siempre se lo muestra vomitando). Un ejemplo de esto es cuando Knoxville le hace una joda a Bam Marguera y lo hace caer a un pozo lleno de serpientes (previamente se nos informa que Bam les tiene fobia, lo que llena ese momento de tensión). El rostro de Bam en ese instante, desesperado y al borde del llanto, nos involucra en la acción casi instintivamente, y es algo que se repite todo el tiempo en el resto de los sketches. Reacciones como ésa hacen pensar que, si bien uno sabe que a estos chicos las neuronas les fallan, igual son capaces de arriesgar su salud física y mental con tal de provocar un efecto determinado en nosotros, sea risa o asco. Y frente a eso uno no puede dejar de sentir algo de admiración.

    Pero el aspecto que a mí más me interesa de Jackass excede un poco lo meramente sensorial, y es que cada vez que veo a estos dementes en cada nueva aventura me siento un miembro más del grupo. Hay una verdadera unión y camaradería entre ellos, y cada momento de felicidad que tienen, como los chistes que se suelen hacer durante los rodajes (y que por suerte se ven en cada película), nos dan la sensación de estar viendo una filmacion casera de nuestros mejores amigos cuando se van de vacaciones. Esa gran amistad entre ellos se ve reflejada más que nunca durante los créditos finales, cuando vemos imágenes de las primeras temporadas de la serie en donde a Knoxville, Steve O y compañía se los ve mucho más jóvenes y vitales. Esas imágenes, seguidas luego de fotos de cada integrante cuando no tenían ni 10 años (demostrando quizás que antes de estos monstruos existieron inocentes criaturitas) dan la idea de que el paso del tiempo ha afectado definitivamente a estos muchachos, pero también hacen sentir cierta melancolía ante el hecho de que en algún punto la diversión para ellos va a tener que terminar. Que logre generarnos eso una película donde un tipo hace sonar una trompeta con su culo y otro usa su pene como bate de béisbol, no me parece poca cosa.
    Seguir leyendo...
  • Red social
    Red social
    ¡Esto es un bingo!
    Baby, you are a rich man

    En la primera escena de Red social presenciamos una conversación entre un chico y una chica en una cafetería de Harvard. El chico, que habla sin parar y toca varios temas a la vez, insiste con algo de entrar a los “clubes finales” y de ser aceptado dentro de la universidad. La chica le responde incrédula, a la vez que intenta, en vano, estar a la altura de la conversación. Sin embargo ella no puede mantener el ritmo, no tanto por una cuestión intelectual, sino porque su interlocutor no está ahí, junto a ella, sino que parece tener la cabeza en otro lado, hablando para él mismo y orgulloso de escuchar su propia voz. La acción está filmada en un clásico plano y contraplano a la misma altura entre los dos personajes, hasta que se decide cortar a un primer plano de ella (aquí ya nos enteramos de que es la novia de él, y está a punto de terminar la relación), que remata la charla con una frase demoledora: “Vos vas a ir por la vida pensando que las chicas no te quieren porque sos un nerd, y yo te quiero decir, con todo mi corazón, que no va a ser por eso, va a ser porque sos un imbécil”.

    Ese prólogo es vital (y me animo a decir que es la mejor charla de café entre dos personas desde el comienzo de Perros de la Calle) porque no sólo funciona como marco perfecto de todas las acciones que vendrán después, y como una muestra del perfil del protagonista. También nos da la pauta de uno de los tantos logros que tiene Red social: la unión perfecta entre los diálogos feroces y escupidos como misiles entre los personajes (al estilo de Ayuno de amor de Howard Hawks), y una dirección totalmente funcional a esa violencia. Definida banalmente como “la película de Facebook” antes de su estreno, y adaptada de la novela The accidental millionaires de Ben Mezrich, Red Social conjuga dos fuerzas engranadas de forma maravillosa.

    El guión inteligente e irónico de Aaron Sorkin, un experto en generar tensión con el solo hecho de tener a dos personas gritándose en una corte militar (Cuestión de Honor) o discutiendo estrategias políticas mientras caminan por los pasillos de la Casa Blanca (The West Wing), se complementa visualmente con la precisión quirúrgica de David Fincher. Reconocido por su perfeccionismo técnico (dicen que es de tirar treinta tomas por escena en un rodaje), aunque también acusado de cineasta frío y distanciado, Fincher, como ya había hecho con sus mejores películas (El Club de la Pelea y Zodíaco), se pone nuevamente en la posición de observador de la sociedad norteamericana. Si bien muchos críticos se apresuraron a definir a Red Social como “una película que define a la generación actual” por retratar el fenómeno Facebook, y cómo llegó a convertirse en algo vital para mucha gente hoy en día, hay algo más complejo en la forma en que tanto director como guionista intentan retratar cómo se mueven estos jóvenes millonarios capaz de hacerse de fortunas inimaginables con una sola idea.

    La película salta temporalmente entre dos épocas: primero, cuando el pasante de Harvard Mark Zuckerberg decide crear un programa que permita que los estudiantes puedan armarse un perfil online. Después están las audiencias judiciales posteriores, en las que Mark es acusado por compañeros de Harvard de haber robado la idea original de Facebook. En ambas, la película se adentra por completo en la cabeza del protagonista. Por eso la charla entre Mark y su ex novia al comienzo ejemplifica a la perfección cómo funciona la mente de Zuckerberg. Vemos cómo se jacta de estar siempre por encima de quien tenga enfrente, ya sean estudiantes, empresarios o abogados, y es esa brillantez mental, acompañada de un narsicismo y una grandilocuencia insoportables, la que lo lleva a convertirse en un ser que provoca desprecio y fascinación al mismo tiempo. Es en esa fascinación por un antisocial capaz de traicionar a quienes tiene más cerca para obtener lo que quiere en donde reside el máximo grado de contemporaneidad de Red Social. El tópico podría ser tanto Facebook como cualquier otro fenómeno social que se esté desarrollando actualmente, pero no es a las comunicaciones en la era digital adonde Sorkin y Fincher apuntan su mirada clínica. Se trata más bien de retratar los comportamientos de estos jóvenes que ya son millonarios e inician demandas legales por fortunas cuando apenas tienen veinte años, y de mostrar cómo tal grado de ambición los lleva finalmente a la traición y la soledad total.

    Con un tono que oscila entre la comedia irónica y el thriller judicial al mejor estilo Todos los hombres del presidente, y acompañada por una música de corte industrial y metálico (del gran Trent Reznor de Nine inch nails) que acentúa ese mundo digital poblado de gigabytes y servidores, Red Social no es tanto una fotografía del presente sino un alerta del futuro, que nos hace pensar hasta dónde uno es capaz de llevar sus ambiciones y el grado de alienación que eso puede llegar a provocar, al punto tal de tener sólo una laptop como única y fiel compañera.
    Seguir leyendo...
  • Ga’Hoole: La leyenda de los guardianes
    Imprimí la leyenda

    “Cuando la leyenda se convierte en un hecho, imprimí la leyenda” es una de las frases más memorables de la historia del cine, y pertenece a Un tiro en la noche, el notable western de John Ford en el que John Wayne y Jimmy Stewart se debatían por el verdadero valor del heroísmo. Claro, en principio parece demasiado exagerado traer a colación aquella obra maestra para hablar de la nueva película del director de 300 y Watchmen, pero lo hago porque el espíritu de aquella frase aparece flotando en el corazón de La leyenda de los guardianes.

    Desde que el cine de aventuras se hizo moneda corriente en Hollywood, la mayor parte de las películas pertenecientes a ese género cuenta con una base común por donde comenzar a contar una historia, y es la famosa idea del mito del héroe. Inspiradas en la figura arquetípica del héroe, cuya genealogía que arranca con la épica griega es imposible de trazar en el espacio de este texto, son innumerables las películas de género fantástico que se apropiaron de la idea de un protagonista común y corriente que debe luchar contra varios obstáculos para llegar no sólo a cumplir su objetivo concreto (rescatar a la princesa, salvar al mundo, etc.) sino también a encontrar su destino y adquirir él mismo un carácter mitológico. Desde Star Wars hasta la propia Avatar (y con escala en Harry Potter), esta idea sigue vigente y seguirá prevaleciendo porque, como dijo el escritor Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, dichos héroes “constituyen una especie de memoria biológica común a todos los seres humanos”. O sea, el espectador logra identificarse completamente con este arquetipo porque lo ve como una suerte de espejo perfecto de lo que uno podría llegar a ser si alcanzara a desarrollar su potencial al máximo.

    En La leyenda de los guardianes, el héroe es un búho llamado Soren. Durante su infancia, Soren creció con los cuentos de su padre sobre unos guerreros llamados Gahoole que libraron una batalla contra una raza opuesta denominada Puros, lechuzas siniestras que pretendían crear una raza única y superior en todo el reino de Saint Aggles, donde transcurre la acción. Ya adolescente, Soren es raptado junto a su hermano Kludd por una banda de Puros que quiere reclutarlo y así librar una nueva batalla para eliminar a todo aquel que no comparta su ideología. Soren logrará escapar y emprenderá un viaje en busca de aquellos guerreros que una vez fueron parte de sus fantasías, una aventura que al mismo tiempo le permite medir su propio valor como héroe.

    Como ven, la historia no se aleja de la formula campbelliana del héroe ante la adversidad. Sin embargo, el atractivo que le agrega la película pasa por dos puntos. Por un lado, el claro trasfondo histórico y sus paralelos con la realidad. No es difícil ver la figura de los nazis en los villanos del film, ni alusiones a la Segunda Guerra Mundial en las batallas aéreas que transcurren a lo largo del relato. Por eso, el carácter mítico propio del género se va adentrando en un terreno mucho más gris y sombrío al verse emparentado con hechos y símbolos de nuestra propia historia. Esta dualidad se expresa más claramente cuando, en la segunda mitad, Soren se topa con el que había sido su máximo héroe en aquellas leyendas que escuchaba de chico, ahora convertido en un veterano de guerra lleno de heridas y cicatrices de batallas. Allí se dará cuenta, por boca de ese mismo personaje, de que en la guerra no hay ni héroes ni villanos, y que no hay causas mayores por las que ir a pelear una batalla más que el cumplimiento del deber. De esta manera, el mito y la realidad van mutando y son trastocados a lo largo del film.

    Tratándose de una película de Zack Snyder, sin lugar a dudas lo más destacable de la película pasa por sus aspectos visuales. La animación de los búhos, con sus rostros expresivos y sus plumas atravesadas por el viento y el agua, son de una belleza impactante, como así también los escenarios y la fotografía en donde se destacan los colores fuertes como el rojo anaranjado (color que también era predominante en 300). Y si bien Snyder abusa demasiado de los efectos de ralenti y acelerado (toda una costumbre en su cine), al menos acá se lo ve menos forzado que en sus trabajos anteriores. La técnica del 3D sin dudas es la mejor utilizada desde Avatar, ya que Snyder prestó atención más que nada a distinguir las figuras de los fondos y a hacer uso de la profundidad de campo con mucha justeza. Esto es lo que pasa cuando un director sabe de antemano que su película va a ser en 3D y trabaja los planos en función de esa técnica (a diferencia de las “conversiones” en postproducción que se vieron en Fuga de titanes y El último maestro del aire). Pero dejando los tecnicismos de lado, La leyenda de los guardianes se destaca más que nada por entregarnos una aventura entretenida y eficiente que nos muestra que en estos tiempos todavía estamos necesitados de escuchar historias de héroes valientes, junto con los mitos de los que forman parte. Por eso dan ganas de que en el futuro, cuando se tenga que elegir nuevamente entre leyenda y verdad, se siga imprimiendo la leyenda.
    Seguir leyendo...
  • El Rati Horror Show
    El Rati Horror Show
    ¡Esto es un bingo!
    Maldita policía

    Con El Rati Horror Show, Enrique Piñeyro continúa, en la misma línea de su último documental Fuerza Aérea Sociedad Anónima, su cruzada quijotesca contra las altas esferas del poder de nuestro país. En esta oportunidad pone en la mira a la justicia y las autoridades policiales (la comisaría 34 para ser más precisos). El caso que toma el director aquí para elaborar su denuncia es el de la llamada por los medios “masacre de Pompeya”, sucedida en el 2005, en donde un comerciante, Fernando Carrera, quedó como único imputado y fue condenado a la pena de 30 años de cárcel por ocasionar la muerte de tres personas durante una persecución automovilística seguida de un tiroteo con dos policías de civil pertenecientes a la 34. Piñeyro, durante los casi 90 minutos que dura el documental, se dispone a hacer una disección del caso, tomando las declaraciones juradas de fiscales y testigos, y analizando los peritajes realizados por la policía del lugar mientras hace gala de efectos por computadora en algunos pasajes.

    Así, la posición del realizador con respecto al caso es clarísima. Sabemos que estará del lado del encarcelado y su munición gruesa apuntará hacia quienes debieron hacer su labor pero tanto por inutilidad como por encubrimiento no la cumplieron. Para formular estas acusaciones, el director toma un punto de vista interesante pero que, a la vez, constituye un arma de doble filo: el de ponerse él mismo delante de cámaras y “reaccionar” ante las pruebas que va encontrando (aunque todo el tiempo sea más que obvio que todo es una pantomima). Si bien Piñeyro demuestra tenerlas bien puestas al poner el pecho a todo lo que afirma sobre el caso, ese aire canchero, sobrador e irónico que maneja a la hora de analizar los pormenores del asunto por momentos lo llevan tanto a él como al film a crear una cierta sensación de condescendencia obligatoria. Igualmente, son tan contundentes las pruebas de Piñeyro y tan bochornoso lo que se escucha de boca de jueces y fiscales a lo largo de El Rati Horror Show que a uno no le queda otra que ponerse de su lado, y de paso lamentarse de las autoridades que rigen la ley de este país -pero eso ya lo sabíamos.
    Seguir leyendo...
  • Los Indestructibles
    Los Indestructibles
    ¡Esto es un bingo!
    Carta de un fan

    Nuestro redactor friqui declara su amor por Stallone y de paso le da un par de consejitos sobre cómo filmar, en una exhibición de su friquez tan sincera como imperdible.

    Querido Sylvester:

    Te escribo esta carta como un gran fanático tuyo y de tu carrera. Me acuerdo de chico cuando encerrado en mi cuarto vi Rocky 3 en una televisión de 14 pulgadas, que no fueron suficientes para frenar la emoción que me generaba ver cómo te reponías de la muerte de tu entrenador Mickey y terminabas por moler a piñas a Mr. T en la pelea final. Ahí nació mi fervor por tus películas y tus personajes, que fueron íconos del cine de acción de los ochenta y principios de los noventa. Rocky, Rambo, Cobra, Tango y Cash, El Demoledor y Cliffhanger, entre otras, fueron películas que marcaron mi infancia y adolescencia (junto con joyas como Comando, Duro de Matar y Depredador). Muchos cinéfilos, para hacerse los cool, tratan de olvidar cierto cine que veían de chicos, pero yo no reniego de mis orígenes. A mí lo que me hizo entrar en el mundo del séptimo arte son aquellas pelis donde tipos como vos o tu amigo Arnold lo único que hacían era reventar a balazos a un ejército entero sin ningún tipo de piedad ni remordimiento.

    Como decía, siempre fui un fan tuyo de la primera hora. Y sí, a veces eso hizo que me comiera mas de un garrón como Asesinos (película con el clímax mas aburrido de la historia), El Juez o El especialista (aunque vos seguro la pasaste bomba en tus escenitas con Sharon Stone), por no hablar de comedias como ¡Pará o mi mama dispara! (¿podés creer que de chico me llevaron al cine a verla?). Me acuerdo cuando hiciste Tierra de policías para demostrarle al mundo que podías ser más que una estrella de cine de acción, que podías hacer eso que los actores llaman “rol dramático”, pero nosotros sabemos que en el fondo lo tuyo no es el drama, que tus músculos anabolizados impiden que en tu cara pueda verse un mínimo de fibra emotiva. Y es cierto que tuviste una serie de fracasos económicos que te llevaron a repensar si todavía seguías siendo la gran estrella que por mucho tiempo fuiste.

    Pero después conseguiste algo milagroso. Allá por el 2004, cuando ya la prensa ni se acordaba de quién eras, anunciaste que ibas a hacer una nueva secuela de Rocky, lo que suscitó obviamente que se te cagaran de risa en la cara, haciendo los típicos chistes de que eras un viejo dinosaurio que buscaba exprimirle el último billete que quedaba a la marca que te había hecho famoso cuando no eras nadie. Y sin embargo los callaste a todos, porque hiciste una película chiquita y noble en donde no ocultabas el paso de los años y te permitías dialogar honestamente no sólo con tu carrera sino con tu propia figura icónica. No conforme con eso redoblaste la apuesta y resucitaste exitosamente a Rambo, demostrándole a la gilada cómo se hace una auténtica película de acción, con cuerpos mutilados atravesando la pantalla y vísceras colgando del lente de la cámara. Era un hecho: Sylvester Stallone había vuelto con todo.

    Lo que me lleva a Los Indestructibles. Cuando leí que querías juntar a varias estrellas para hacer LA película de acción que les enseñe a las nuevas generaciones cómo es que realmente hay que hacerlas, la verdad que me entusiasmé. Después leí que iban a estar Jason Statham, Jet Li, Mickey Rourke, Eric Roberts y ¡DOLPH LUNDGREN! y creo que por poco me internan en el Borda ¿Será posible?, pensé. ¿Sería ésta la película a la que toda tu carrera estuvo destinada, tu magnum opus? Había una cosa que me hacía dudar, y era el hecho de que para vos es imposible hacer tres películas buenas una atrás de la otra. Siempre encontrás la manera de arruinar un proyecto, especialmente cuando tu ego se pone por delante, como ya pasó otras veces (aunque siempre voy a bancar a Rocky 4 y toda su nefasta ideología reaganiana) ¿Te digo lo que pienso sobre cómo salió este último proyecto?

    Para mí, Los indestructibles es una película de momentos. Momentos que la hacen magnífica en su desfachatez por querer irse al carajo en cuanto a explosiones y muertes , pero también momentos que la vuelven estúpida, y no sólo por detalles como que en un país de Centroamérica no sepan hablar bien en español. A mí nunca me interesó la cuestión ideológica en tus películas (está claro que sos más facho que Bush y Schwarzenegger juntos), yo sólo quiero ver cómo ametrallás a los malos de las formas más salvajes posibles. Pero acá hay un asunto que no me podés negar, querido Sly (te puedo llamar Sly, ¿no?) y es que el guión está escrito a las apuradas y a medida que se iba ensamblando tu elenco soñado. Si hay algo que me enseñaron películas como Los 12 del patíbulo es que para que funcione un film del género “grupo de gente haciendo una misión”, se tiene que notar en pantalla la interacción, la camaradería del grupo, pero lo más importante de todo es que sepamos quién es y de dónde viene cada personaje.

    Acá tenemos un grupo de mercenarios cuya personalidad parece definida sólo por rasgos estereotípicos. Jet Li es chino, y por lo tanto su conflicto dramático es ser bajito; Jason Statham (el mas carismático de todos por afano) tiene una novia pero nos importa un bledo la relación que tienen; Terry Crews (el mismísimo presidente Camacho de La idiocracia) es el clásico negro simpaticón que tira chistes, y hay un tipo más que tiene una oreja que parece un coliflor y al que la terapia le viene bien, pero nada más. Ah, y está Mickey Rourke para que se mande un discurso dramático así el film tiene su cuota de “importancia”. Eso sí, al menos le diste a mi amigo Dolph la oportunidad de que muestre sus dotes actorales (aunque su dialecto inglés mezclado con ruso sigue generando risas involuntarias), dándole el rol de “el drogado e inestable del grupo”. Es cierto, los diálogos nunca fueron tu fuerte, lo tuyo es la acción y está bien, en ese rubro cumpliste con creces, sobre todo en el asalto final en donde se quiebran tantos cuellos como venas salen de tus brazos cual efecto 3D. Igual me hubiera gustado que no apeles tanto a filmar en planos cerrados y con tantos cortes de montaje, porque si tenés a tipos atléticos como Li y Statham junto a Gary Daniels y Corey Yuen como coreógrafo de las peleas estaría bueno ver más claramente los movimientos y las tomas utilizadas.

    La conclusión es que, pese a los problemas y a las decepciones que uno pueda llegar a tener, celebro esta resurrección tuya, porque vos la peleaste en serio a lo largo de tu carrera. Eso sí, ahora que estás en la cresta de la ola no te dejes estar, tratá de ver los errores cometidos así podes cumplir la promesa de entregar la película de acción que termine con todas las películas de acción. Mi humilde consejo para Los indestructibles 2 es que contrates un buen director (creo que John Mc Tiernan está disponible), un montajista decente y POR FAVOR que alguien te ayude a escribir escenas de diálogos (te recomiendo a Shane “Arma mortal” Black). Yo voy a estar ahí para verlo, como estuve en las buenas y en las malas.

    Atte.

    Santiago

    PD: Otro consejito más Sly, para la segunda pegales un llamado a Carl Weathers y a Bill Duke, que seguro andan necesitados de plata.
    Seguir leyendo...
  • Toy Story 3
    Toy Story 3
    ¡Esto es un bingo!
    Al infinito y más allá

    ¿Cuál es el secreto? ¿Qué fórmula mágica emplea la gente de Pixar para estrenar año tras año auténticas obras maestras dentro del cine de animación, y por qué no, del cine en general? ¿Cómo hacen John Lasseter y compañía para superarse constantemente y evitar caer en la mediocridad de sus colegas de Dreamworks y Fox (pregúntenle sino a Shrek o a los animalitos de La era del hielo)? Estoy sentado frente a mi PC intentando explicar qué es lo que hace de Pixar la productora con mejor promedio de excelencia que se haya visto en el cine en los últimos tiempos, y la verdad que es difícil no caer en algunos lugares comunes de la crítica.

    Al principio tenía mis dudas con respecto a Toy Story 3. Las dos entregas anteriores tienen un lugar muy especial para mí, por lo que mis expectativas eran muy altas. Vi la primera en el cine cuando tenía nueve años, y me acuerdo que apenas llegué a casa me encerré en mi cuarto a jugar con mis muñecos de Playmovil y las Tortugas Ninjas. Toy Story 1 era puro placer por la aventura y la imaginación, con un mensaje de fondo acerca de añorar lo que uno quiere para siempre pese a las cosas nuevas que aparezcan en nuestro camino. Luego vino Toy Story 2. Poco antes de verla me acuerdo de haber tenido que regalarle los pocos muñecos del Hombre Araña que me quedaban al nieto de la portera de mi edificio. No me arrepiento de haberlo hecho, pero me da cierta nostalgia por haberlos abandonado, por eso al ver esa increíble escena en que la vaquerita Jessie cuenta cómo fue desechada por su dueña no pude más que emocionarme hasta las lágrimas.

    Esta vez existía de entrada un factor que hacía temer que Pixar pudiera bajar en calidad al encarar la tercera parte de la saga que puso al estudio en el mapa cinematográfico allá por 1995, y es la ausencia de John Lasseter en la silla del director (ahora como jefe a cargo de departamento de animación de Disney) reemplazado por Lee Unkrich, quien debuta como realizador solitario luego de codirigir Buscando a Nemo y Monsters Inc. Pero afortunadamente Pixar es como esos equipos de fútbol en los que todo está tan bien aceitado que por más que entre un nuevo jugador a la cancha el sistema sigue mostrando la misma solidez de siempre. Diez años se tomaron para darle a estos entrañables personajes la despedida que realmente se merecían, y vaya despedida que les dieron, porque desafío a cualquiera que vea Toy Story 3 a que no suelte alguna lágrima durante los momentos finales de esta pequeña gran joya.

    Los diez años que pasaron entre una secuela y otra son los mismos que han transcurrido dentro del relato. Ahora Andy tiene diecisiete años y está a punto de irse a la universidad, por lo que Woody, Buzz y el resto de los juguetes temen por su destino final y se preguntan si será en el ático o en la basura. Luego de una serie de peripecias la banda irá a parar a una guardería, donde conocerá a un nuevo grupo de juguetes liderados por un oso de peluche llamado Lotso, que convertirá al lugar en una prisión de la cual no hay escapatoria posible. Así, Toy Story 3 pasa a formar parte del género de películas carcelarias al mejor estilo El gran escape y Sueños de fuga, y no sólo en lo narrativo sino también en lo estético, ya que hay planos en contrapicado y un fuerte juego de contraluces en la fotografía que remiten a films como Shock corridor, de Samuel Fuller. Unkrich y compañía no temen darle un tono absolutamente oscuro a la película, con la presencia de juguetes (como la bebé de rostro magullado o un mono de mirada diabólica) que van a causar más de una pesadilla en los más chiquitos, y dando a entender que ningún juguete está a salvo de un destino trágico.

    Lo que nos lleva al tema más importante de esta tercera entrega, que es la muerte. Mientras la primera película nos mostraba cómo Woody y Buzz aprenden a encontrar su lugar en el mundo y la segunda los desafiaba a darse cuenta de que la vida de un juguete no es infinita, esta tercera parte los pondrá definitivamente ante la idea de que el ciclo entre un muñeco y su dueño tiene un final. Por eso, pese al amor incondicional que alguien pueda tener por sus juguetes inevitablemente llegará ese momento en el que deba mirar al futuro y separarse de todo aquello que lo marcó cuando era chico. Obviamente que es un mensaje que afectará más a los adultos que a los niños, aunque creo que la idea de aferrarse a lo que uno más quiere es universal a todos, tengamos diez o noventa años.

    Pero no todo es oscuridad en el mundo de Toy Story 3, porque cuando parece que la cosa se va a poner densa es cuando sale a relucir el otro tema importante que acompañó a esta saga desde el principio, y es el de la amistad. La amistad inquebrantable entre Woody y Buzz, junto a Slinky, Jessie, Ham y el eterno Sr. Cara de Papa, junto con el espíritu de equipo, permitirá que ninguna prisión sea suficiente para librarlos del deseo de volver con su dueño legítimo, y los mantendrá fuertes y unidos cuando las cosas se les pongan difíciles, al punto de ir a parar directamente a un incinerador. El humor característico de Pixar siempre está presente, con gags imperdibles que es mejor no comentar por acá (esperen a ver a Ken con sus complejos sexuales o al Sr. Cara de Papa convertido en un panqueque). Tratando temas tan disímiles como la muerte y la amistad, Pixar logra capturar nuestra imaginación y llenarnos el corazón de felicidad año tras año. Espero que en el futuro continúen esta tradición, y como dice el mismo Buzz, puedan llevarla “¡hasta el infinito, y mas allá!”.
    Seguir leyendo...
  • Kick-Ass
    Kick-Ass
    ¡Esto es un bingo!
    Quiero ser superhéroe

    ¿Qué es Kick-Ass exactamente? A pocos días de haber visto la película todavía me lo estoy preguntando. Leo diferentes críticas y escucho opiniones por todos lados. Algunos creen que se trata de una parodia acerca de las películas de superhéroes y otros que es una sátira sobre los mismos, mientras unos pocos piensan que se trata de una reconstrucción del mito del héroe en la cultura moderna. La realidad es que Kick-Ass es una mezcla de todo lo anterior, pero hay algo más ahí, algo que se escapa la primera vez que uno ve la película.

    Kick-Ass es, antes que todo lo mencionado arriba, una fantasía. La fantasía de un adolescente cualquiera que un día se pregunta por qué en la sociedad de hoy nadie es capaz de ponerse un disfraz y ayudar desinteresadamente a alguien. Ahora bien, esto, a medida que transcurre el film, se volverá un poco mas complejo, pero ya llegaremos a ese punto. En el primer tercio de la película vemos las andanzas de Dave Lizewski, un chico común y corriente que en sus ratos libres se la pasa leyendo comics y masturbándose con videos de Internet. Un día Dave decide cambiar su aburrida existencia y, luego de comprar un traje de fábrica en E-Bay, sale a combatir el crimen para cumplir su fantasía personal, pero al no tener superpoderes ni el entrenamiento adecuado para hacerlo, lo acuchillan en la calle, acto seguido lo atropella un auto, y va a parar al hospital con heridas graves. Sin embargo, lejos de amedrentarse (y con la ayuda de unas placas de metal colocadas en su cuerpo que lo vuelven resistente al dolor) el testarudo de Dave decide salir a probarse el traje de héroe una vez mas, con mayor éxito que en su primera incursión, porque esta vez evita que unos pandilleros maten a golpes a un joven inocente. Este acto es capturado con una cámara de celular e inmediatamente subido a Youtube, lo que convierte a Kick-Ass en un fenómeno tanto popular como mediático (lo primero que hace el héroe al adquirir notoriedad es abrirse una cuenta en MySpace para recibir pedidos de auxilio).

    Hasta acá las intenciones del director Matthew Vaughn parecen más o menos claras. El film intenta imaginar lo que pasaría si alguien se convirtiera en un superhéroe en la vida real, donde no hay arañas radioactivas ni rayos gamma que incrementen nuestros poderes, y también hacer un comentario sobre la fama veloz y la popularidad en tiempos de redes sociales onda Youtube o Facebook. Pero ingresados en el segundo acto de la película entran en escena dos personajes que cambian por completo el rumbo del relato: se trata de Big Daddy y Hit Girl. La primera escena de este dúo lo dice todo, cuando vemos a Damon Macready metiéndole un balazo en el pecho a su hija de 11 años, Mindy. Convertidos también en superhéroes pero intenciones diferentes a las de Dave, el padre y la hija –ahora Big Daddy y Hit Girl- se embarcan en una cruzada personal contra un mafioso llamado Frank D’Amico, dejando a su rastro decenas de cadáveres y cuerpos mutilados. El camino de ambos se cruzará inevitablemente con el de Kick-Ass, lo que lleva al film a convertirse en un verdadero festival de sangre y violencia. Y lo más increíble es que gran parte de esa violencia es ejercida por una nena de 11 años, lo que pone a la película en un terreno moral bastante turbio.

    La aparición de estos dos personajes es definitivamente el elemento que más divisiones generará en el público por dos motivos muy claros. En primer lugar porque el tono aparentemente realista que buscaba tener la historia hasta ese momento cambia por completo, con escenas de disparos y masacres más cercanas al universo autoconciente de Kill Bill o de cualquier película de John Woo. Y además, porque es tan interesante la relación entre estos dos personajes que el foco de atención deja de estar sobre Dave, lo que genera ciertos desbalanceos narrativos. La pregunta que hay que hacerse es: ¿qué significa la presencia de este dúo en comparación con Dave? Big Daddy y Hit Girl son la contracara total del protagonista. Ellos sí tienen motivaciones reales y la preparación perfecta para calzarse el traje de héroe y combatir el crimen (otro punto interesante y controvertido de la película es el hecho de que para ser un auténtico héroe hay que asesinar a sangre fría, más cercanos en esto a la idea de un Punisher que a la de un Superman), lo que pone a Dave al descubierto no como un verdadero superhéroe, sino como un farsante que sólo pretende serlo sin tener idea de lo que eso realmente implica.

    A partir de ese contraste es como Kick-Ass se convierte en una suerte de juego de espejos en el que cada personaje encuentra su complementario, lo que produce una tensión narrativa constante. Esto es difícil de ver al principio, dado que varias tramas en la segunda mitad empiezan a cruzarse hasta armar un entretejido que cuesta digerir en medio del asalto visual y sonoro. Pero basta con ver todas las relaciones padre/hijo que se suceden a lo largo del film (no solo Big Daddy y Hit Girl, sino también Dave y su padre, y el mafioso D´Amico con su hijo Chris) para entender mejor este punto.

    Pero volvamos a lo que dije al principio, esa idea de que Kick-Ass se trata de una fantasía adolescente. Cuando llegamos al clímax de la película Dave inevitablemente se encuentra metido en una batalla que no es la suya, al quedar atrapado en medio de la venganza de Big Daddy y Hit Girl contra D’Amico. Luego de que Hit Girl lo rescate de una ejecución transmitida en vivo por Internet (lo que nos trae de vuelta al punto sobre la relación del héroe con los medios de comunicación que había mencionado antes) Dave intenta convencer a la pequeña Mindy de que ya no lleve a cabo su venganza y de que viva una vida normal como toda joven de 11 años, pero Mindy sabe que ya no puede volver atrás y tiene perfectamente asumido su alter ego de Hit Girl, mientras que Dave todavía es un pendejo con un traje de payaso. Es por eso que en la escena de acción final, cuando lo vemos volando arriba de un Jetpack para salvar a Mindy y pelear una batalla ajena, es cuando Dave cumple finalmente con el requisito de ser un superhéroe. Tanto el Jetpack como la bazooka que utiliza para eliminar al villano (que nuevamente alteran la idea de realismo que en principio se pretendía) funcionan como elementos que el cine le otorga como recompensa por dejar su egoísmo de lado y realizar un acto en forma desinteresada. Dave, como Batman, Spider-Man o la misma Hit Girl lo saben, se dará cuenta que el camino al verdadero heroísmo lleva consigo el sacrificio y no está exento de dolor y sufrimiento. Así, la película que hasta ese momento miraba al género de costado y guiñándole el ojo, se abraza a esos mismos clichés que antes parecía tratar irónicamente y se termina por convertir en una auténtica película de superhéroes, aplicando el concepto de que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Claro que en este universo ser responsable significa matar a sangre fría y olvidarse de toda ética.
    Seguir leyendo...
  • El escritor oculto
    El escritor oculto
    ¡Esto es un bingo!
    Apenas un fantasma

    Ya lo habíamos visto: la imagen es la del hombre común que debe emprender una cruzada personal ante fuerzas que van mas allá de su comprensión. Como el detective privado Gittes en Chinatown o la protagonista de El bebé de Rosemary, los personajes de las mejores películas de Roman Polanski son individuos que luchan, con determinación (y por qué no, alguna que otra torpeza) para encontrar la verdad. Lo que esos personajes nunca saben es que ellos mismos son apenas insectos ante la enormidad del entorno que los rodea, y que ese mismo entorno, ya sea en la forma de empresarios corruptos o de los mismísimos súbditos de Satán, hará lo imposible para impedirles llegar a esa verdad.

    Pero hay otra imagen (una que va más allá de lo propiamente cinematográfico) a la que estos héroes atrapados dentro de un sistema inquebrantable nos remiten, y es a la del propio director hoy día. Ver los intentos desesperados de Polanski dentro de una prisión suiza por lograr la extraditación a los Estados Unidos y que de una vez por todas la sociedad del país del norte lo perdone por haber abusado sexualmente de una menor hace ya más de 30 años (no quiero avalar el hecho, pero tengamos en cuenta que la propia victima ya le aceptó las disculpas al realizador en su momento) hace repensar gran parte de su obra como una especie de autobiografía. Polanski también es uno más entre esos individuos que luchan por mirar hacia adelante cuando el resto sólo piensa en el pasado.

    El nuevo héroe polanskiano por excelencia es “el fantasma”, como se conoce al personaje de Ewan McGregor en El escritor oculto. El es un ghost writer, un escritor contratado para redactar la autobiografía de un ex primer ministro inglés que está siendo investigado por la corte de La Haya debido a crímenes de guerra que involucran el secuestro y tortura de supuestos terroristas islámicos. La película empieza con la misteriosa muerte del primer ghost writer que deja la obra inconclusa. Enseguida, el muchacho McGregor es llamado para finalizarla, y es transportado a una isla en las afueras de Nueva York donde el ex mandatario actualmente reside. Allí, el joven investigará las razones de la muerte de su anterior colega y se verá inmerso en una red de mentiras y encubrimientos mucho más grande de lo que pensaba.

    En principio pareciera que estamos ante la ya clásica historia de “el hombre común frente a una gran conspiración” que viene siendo moneda corriente dentro del mundo de los thrillers de suspenso con fines comerciales en la actualidad, pero al adentrarse en El escritor oculto uno empieza a notar ciertos detalles que hace sobresalir al film de la media propia del género. La primera diferencia se encuentra en el tono elegido por Polanski para narrar las desventuras del protagonista. No vemos esa gravedad que caracterizó al género en los últimos años, en películas más preocupadas por hacer correr la trama desde una vuelta de tuerca a la próxima, sino que estamos ante un regreso a un cine de suspenso más cercano al de la década del 40 y 50, y sobre todo al cine de Hitchcock. Polanski decide tomarse todo el tiempo que sea necesario para que el espectador comprenda hacia dónde está siendo llevada cada acción, y además (y esto es lo más llamativo) el tono tiene una cierta liviandad (ayudada por la banda sonora de Alexander Desplat digna del mejor Bernard Herrmann) que logra que uno se divierta al mismo tiempo que intente descifrar las piezas del rompecabezas que el protagonista está intentando componer. Esto último asemeja mucho a El escritor oculto no sólo a las mejores obras de suspenso de Hitchcock sino también a la que quizás sea la película más popular y menos difundida del propio Polanski, Búsqueda frenética, en la que veíamos los esfuerzos torpes (con resbalones y acrobacias en los techos incluidos) de Harrison Ford por encontrar a su esposa raptada en una París totalmente alienígena para él.

    Pero pese a esta supuesta liviandad elegida a la hora de desarrollar la historia, sobre el final de El escritor oculto el director nos pondrá los pies sobre la tierra y nos hará dar cuenta de lo inútil que es luchar como individuos ante los grandes monstruos que se esconden detrás de la escena. Así, por más esfuerzo individual que el protagonista realice, en el fondo sabemos que la batalla estará perdida ante un sistema tan corrompido desde su raíz. Si lo sabrá el propio Polanski.
    Seguir leyendo...
  • Iron Man 2
    Iron Man 2
    ¡Esto es un bingo!
    Robert, el gigante de hierro

    Cuando en el 2008 se estrenó la primera Iron Man, la empresa Marvel se la estaba jugando bastante. No sólo se trataba de trasladar al cine un personaje de historietas no tan conocido para la gente en general (al menos no al nivel del Hombre Araña o los X-Men), sino que encima para interpretar a dicho superhéroe convocaron nada más y nada menos que a Robert Downey Jr., que si bien era considerado como un excelente actor para muchos, gracias a sus continuos arrestos y adicciones nunca terminó de convertirse en la estrella que siempre mereció ser. Pero había otro riesgo más que la empresa comiquera estaba corriendo, y es que Iron Man era la primera película financiada por la Marvel como un estudio de cine independiente. Eso iba a permitir que los ejecutivos realicen lo que en el ámbito de los comics se llama “crossover”, o sea, el estudio iba a tener la libertad absoluta de juntar superhéroes diferentes en una misma película, ya que los derechos de cada personaje les pertenecen exclusivamente a ellos y no a los estudios grandes como la Sony o la Universal (por eso jamás van a ver a Spider-Man cruzándose con los 4 Fantásticos por ejemplo, ya que pertenecen a estudios diferentes). Esto permitiría el desarrollo de ese proyecto muy soñado tanto por la empresa como por los fanáticos de los comics, la película de Los Vengadores, una suerte de Liga de la Justicia versión Marvel que une a Iron Man con Hulk, El Capitán America y Thor (estos dos últimos personajes ya tienen sus films en pleno rodaje para estrenarse el año que viene).

    La jugada les salió más que bien. La primera película fue un gran éxito de crítica y público que relanzó por completo la carrera de Downey en Hollywood, y por eso era esperable el grado de anticipación que generó esta secuela. Si revisamos las segundas partes en films de superhéroes, encontramos que en general suelen ser superiores a la película original, como es el caso de El Hombre Araña 2, Batman: El caballero de la noche o X-Men 2. La fórmula es clara: habiéndose sacado de encima la clásica “historia de origen” del propio superhéroe, las secuelas tienden a ampliar el mundo desarrollado por la antecesora, y en general las secuencias de acción suelen ser mucho más impactantes y explosivas. La pregunta entonces era lógica, ¿sería Iron Man 2 una digna representante de aquellas segundas partes que superan al film original?

    La respuesta, al menos por ahora, es que no. Esto no quiere decir que Iron Man 2 sea un fracaso, para nada. Es más, hay algunas áreas en donde este film representa un gran progreso con respecto al primero. En primer lugar, al director Jon Favreau se lo ve más seguro en el desarrollo de las escenas de acción. Tanto la primera batalla de Iron Man con el villano Ivan Vanko (un Mickey Rourke con acento ruso y tatuajes por todos lados) en una pista de carreras, como la secuencia final contra un ejército de robots, muestran una mejoría notable en ese aspecto. Hablando de los villanos, tanto Rourke como el inmenso Sam Rockwell (interpretando al rival de Stark en el negocio de venta de armas) se lucen como oponentes de nuestro héroe, uno motivado por la venganza y el otro por la envidia.

    Los principales problemas con Iron Man 2 se encuentran en el guión. Después de unos primeros cuarenta minutos muy interesantes en donde se plantean los principales dilemas al protagonista –por un lado su corazón artificial que le empieza a fallar y por otro las repercusiones de haber revelado al mundo su identidad– la historia en la segunda mitad empieza a tornarse algo larga y pesada, con la llegada de Nick Fury y el comando S.H.I.E.L.D. apareciendo de la nada y alargando la trama sin ningún propósito para el relato principal (sí, hay un propósito en realidad, el de sentar las bases para una futura película de Los Vengadores). Es en esas cuestiones, así como en el agregado de personajes que poco aportan a la trama (la Black Widow de Scarlett Johansson, también un guiño a los fans para una futura película) donde se ven algunos problemas en la mitad del relato. Es como si los ejecutivos de la Marvel de pronto hubieran decidido que, en sacrificio de la historia de Tony Stark, había que agregar más personajes del universo de las historietas en la pantalla grande pensando en el futuro de la franquicia más que en la película misma.

    Por suerte, cuando parece que a Favreau el relato se le va de las manos y uno empieza a desear que alguna escena de acción nos devuelva el interés hacia la historia, ahí esta el genial Robert Downey Jr. Siempre activo, siempre con sus frases irónicas y su encanto permanente, Downey continúa demostrando ser el arma principal en esta saga, y su sola presencia carismática logra salvar cualquier bache que el guión pueda llegar a tener. Así, el saldo final es positivo, pese a no llegar a la solidez de la anterior entrega. Esperemos que para la próxima película Favreau realice los ajustes que tenga que hacer y pueda romper el maleficio de las terceras partes, que generalmente son las que terminan por condenar a una saga tanto creativa como financieramente. Pregúntenle sino a Superman, a Batman o al Hombre Araña.
    Seguir leyendo...
  • Furia de titanes
    Furia de titanes
    ¡Esto es un bingo!
    ¿Por qué tan serio, Hollywood?

    Les voy a ser sincero de entrada, y quizás con esto pierda algo de credibilidad como crítico, pero me encantan las grandes producciones hollywoodenses. Sí, es cierto, fui al Bafici y me vi algunas películas “arties” (aunque no la ridícula cantidad que el resto de mis colegas de este sitio vieron) pero mis preferencias siempre se inclinaron hacia el mainstream. Desde que vi por primera vez Batman de Tim Burton cuando tenía seis años que mis pasiones de chico se volcaron hacia la aventura, lo fantástico, los superhéroes y la acción. Creo que vi Indiana Jones y los cazadores del arca perdida más de veinte veces, y ni hablar de El Imperio Contraataca, Terminator, Matrix, El Hombre Araña 1 y 2 (prefiero ignorar la 3), y todas las sagas de Mad Max, Alien, Duro de Matar y Arma Mortal. Pero más allá de estos gustos, lo que me encanta es ver estas películas en el cine, y si la sala está llena, mejor. La idea de compartir una experiencia en común con un grupo numeroso de extraños que sienten la misma expectativa que yo antes de que empiece la película es algo increíble. Nunca voy a olvidar cuando fui el día del estreno a ver Episodio 1: La amenaza fantasma. La película terminó siendo un desastre, pero la energía dentro del cine era algo incomparable.

    ¿A qué viene todo esto? El problema es que de a poco siento que estoy perdiendo esa pasión que tengo por los Blockbusters. Ya sé, es algo común a toda persona que ve más y más cine a lo largo de los años. Uno crece y se va poniendo más cínico, empieza a perder esa inocencia que siempre llevaba adentro a la hora de entrar en el universo fantástico de la ficción cinematográfica. Pero no creo que sea sólo eso, el problema es que actualmente Hollywood se olvidó de lo que era divertir a su audiencia. Hay una cualidad que tanto los Indiana Jones como los Star Wars del universo cinematográfico compartían y que ahora se encuentra completamente perdida, y esa cualidad se llama encanto. ¿Por qué en Hollywood parecen pensar que la seriedad y la solemnidad equivalen a calidad? Ya sé que estamos a años luz del Robin Hood de Errol Flynn, ¿pero es demasiado pedir un poco de encanto y humor en los héroes de hoy día? Ahora son tipos torturados, que quieren vengar la muerte del padre, la madre, el cuñado o quien sea, y no parecen pasarla bien dentro de la pantalla. Y por ende, nosotros tampoco. Ahora bien, hay ejemplos donde la solemnidad es bienvenida, tal es el caso de las ultimas Batman de Christopher Nolan, pero en este caso estamos ante un realizador que sí sabe caminar la cuerda floja entre dicha seriedad y el tono camp que las producciones de superhéroes inherentemente suelen tener.

    El ejemplo claro de este problema actual del cine pochoclero se puede ver claramente en la nueva versión de Furia de Titanes. Recuerdo haber visto la película original de 1981 hace poco. No es una obra de arte, pero entre los efectos especiales prácticos creados por el genial Ray Harryhausen y una historia sencilla acerca de un héroe llamado Perseo que debe matar a un monstruo gigante para salvar a la princesa que ama, el relato se puede disfrutar y no hace mal a nadie. Todo lo contrario a esta pésima versión dirigida por Louis Leterrier (el mismo de otra joya de la solemnidad, El Increíble Hulk). Acá no hay ni capacidad de asombro ante las criaturas (excesivamente digitales, otro problema del mainstream actual), ni ganas de divertir a nadie, ni nada. El Perseo versión 2010 es un tipo que está todo el tiempo enojado con el mundo y que ni siquiera se maravilla cuando su padre, el dios Zeus, le regala un caballo con alas para que se embarque en su aventura ¿Se puede saber qué le ven los productores de Hollywood a este tal Sam Worthington? Ya es la tercera película que este muchacho me arruina, con sus bíceps armados y su cara de culo constante.

    Quizás sea muy naif al esperar demasiado de Hollywood, ya lo sé. Muchos me dirán la clásica frase, esa de que “la industria está dominada por ejecutivos millonarios que de cine no saben nada y lo único que les interesa es ganar plata a toda costa” y lo entiendo. Pero ahí está también J.J Abrams con Star Trek, o Jon Favreau con Iron Man, o Guillermo Del Toro y su Hellboy, o el mismo Chris Nolan, para demostrar que todavía hay que tenerle fe al cine pochoclero, aunque lamentablemente se cuentan con los dedos de la mano estos ejemplos ¿Y saben qué es lo peor de todo? Que pese a toda esta queja, voy a seguir yendo a ver estas películas el día de estreno, y así seguir alimentando dicha mediocridad. Este jueves ya me anoté con Iron Man 2. Ojala Favreau y Robert Downey Jr. me conviertan en un creyente nuevamente, pero hoy en día me sobran motivos para desconfiar.
    Seguir leyendo...
  • Donde viven los monstruos
    Donde viven los monstruos
    ¡Esto es un bingo!
    La bestia interior

    Apenas aparece el primer fotograma de Donde viven los monstruos y ya algo empieza a hacer ruido en la mirada del espectador. Los logos de Warner Brothers y Legendary Pictures (las compañías productoras del film) aparecen con garabatos dibujados encima, como si un chico hubiera estado haciendo algún lío con el negativo original. Inmediatamente nos vemos sorprendidos por la violencia con la que irrumpe la primera escena, con una cámara en mano nerviosa y a baja altura que sigue al protagonista de la película, un chico de 9 años llamado Max, mientras baja las escaleras de su casa desaforadamente y rompe todo a su paso en la persecución de su perro. Esta introducción, tan incómoda para lo que en principio iba a ser una película “para chicos”, nos está indicando algo vital para la visión de la película entera, y es el punto de vista que va a tomar el director para contarnos dicho relato.

    En el cine para chicos estamos acostumbrados a una cierta mirada por parte de un protagonista infantil. Usualmente solemos ver cómo la imaginación de un chico que aún no llegó a experimentar los problemas de la adultez sirve como escape hacia un mundo mágico en donde se puede sentir seguro y resguardado de los problemas de la vida real (podemos citar ejemplos desde La historia sin fin hasta la reciente Alicia en el país de las maravillas, pasando por Laberinto, Mi vecino Totoro y Coraline). Lo que hace Spike Jonze, adaptando un popular cuento infantil de Maurice Sendak publicado en 1963, es completamente opuesto en estética y desarrollo a cualquier película de esta clase que se haya visto antes. La del cuento de Sendak es una historia básica, la de un chico de 9 años llamado Max que, al ser castigado por su mama por desobediente, crea un mundo en su imaginación en donde se declara rey de un grupo de monstruos gigantes y peligrosos. Lo que hizo Jonze es llevar esta premisa básica para contar, no una película para chicos, sino una película sobre lo que se siente ser un chico.

    Yo no sé si otros habrán tenido la infancia que yo tuve, pero los recuerdos que más me quedan desde que tenía 7 años hasta los 13 son los de un chiquilín insoportable que quería hacer lo que él quisiera, y al que la disciplina de sus padres nunca le alcanzaba para frenar esas actitudes. Mi mamá siempre me recuerda hasta el día de hoy lo pesado e insistente que era para que todos los viernes de la semana me fueran a comprar un autito de juguete en el kiosco de la esquina de mi casa de aquel entonces. Por eso, cuando vi esos ataques de furia de Max al comienzo de la película, no pude más que sentirme reflejado en algún punto. Creo que esta es la primera vez que una película muestra a la perfección esa mezcla de inseguridades, miedos, alegrías y desbordes que tienen los chicos a esa edad. Cada monstruo que habita la isla representa diferentes aspectos y actitudes tanto de Max como de las personas más cercanas que lo rodean. Su espejo más visible será el monstruo principal, Carol, un ser tan descontrolado y sensible que necesita sí o sí de un rey que lo gobierne, que le ponga límites. Al declararse rey de su propio universo imaginario Max pareciera haber encontrado lo que siempre quería, deshacerse de los límites impuestos por el mundo de los adultos y tener el control absoluto de todo lo que lo rodea. En este caso, de las criaturas y sus tierras, a las que utiliza a su antojo para jugar a tirarse barro o edificar un fuerte en donde “vamos a construir una máquina que le coma el cerebro a los que no queramos que entren”, según sus propias palabras. Pero a medida que pase el tiempo Max se dará cuenta de lo difícil que es vivir en un lugar sin reglas ni supervisión y esto lo llevará a adoptar una mirada objetiva sobre sus relaciones con sus seres queridos y con el mundo real en el que vive.

    El director no sólo es capaz de capturar esa sensación particular de ser un chico sino que (sobre todo cuando la película transcurre en la isla) la traslada a todos los aspectos técnicos y estéticos del film. Donde viven los monstruos no tiene ese típico diseño de película infantil, pulido y lleno de colores brillosos. Aca todo es sucio, caótico, desordenado. La fotografía de Lance Acord se vale de luces naturales y cámara en mano frenética en muchos pasajes, tanto los escenarios naturales como el diseño de los monstruos (otro gran mérito de Jonze es el de no usar nunca efectos digitales) nos hacen creer que este mundo es palpable, tangible, cercano a nosotros (a diferencia de la artificiosidad de la Wonderland de Tim Burton). Cuando vemos a Max en el bosque jugando con los monstruos, chocando con los árboles y cuidándose de no quedar aplastado por alguna de estas criaturas, sentimos temor por su vida (lo que extrañamente me hizo recordar a Jackass, programa del que Jonze fue productor).

    Quizás esta no sea una película fácil a primera vista. Jonze no busca que salgamos de ver el film con una sonrisa ni con tristeza. Lo que provoca Donde viven los monstruos es cierta melancolía por eso que fuimos cuando teníamos la edad de Max, hasta que llegó el momento en que tuvimos que hacer un clic y liberar ese animal interior que todos llevamos dentro.
    Seguir leyendo...
  • El desinformante!
    El desinformante!
    ¡Esto es un bingo!
    El hombre que sabía demasiado

    El cine se basa en mentir, en engañar al espectador constantemente. Por más fiel que una realidad pueda ser representada, siempre estamos ante algo falso, artificioso, cuando hablamos del séptimo arte. Steven Soderbergh sabe muy bien de falsedades, construyó una carrera por demás ecléctica en donde títulos comerciales como la saga de La Gran Estafa o Erin Brockovich se mezclan con experimentos independientes como Sexo, mentiras y video, Full Frontal y el reciente díptico sobre el Che Guevara. Podríamos decir que Soderbergh es una suerte de gran prestidigitador dentro de la industria hollywoodense. Un tipo que mientras se codea con actores como George Clooney y Julia Roberts busca ser reconocido por la comunidad “indie” realizando proyectos personales de bajo presupuesto. Un tipo con una personalidad algo ambigua y ecléctica, cinematográficamente hablando.

    Lo que nos pone ante su último film, El desinformante. Con este nuevo trabajo, podemos decir que el director consiguió su perfecto alter ego dentro de la pantalla, el protagonista Mark Whitacre (Matt Damon). En el film, basado en una historia real, Whitacre es un bioquímico de una gran empresa llamada ADM dedicada al mercado de aditivos para toda clase de alimentos. Todo empieza cuando Mark descubre que la lisina, un aditivo utilizado en el maíz, produce un virus que es descubierto por una empresa del mismo rubro en Japón. Eso sirve de punto de partida para que tanto ADM como las empresas competidoras se dediquen ilegalmente a negocios vinculados con el arreglo de precios a escala global. Whitacre parece en principio estar opuesto a estas prácticas, por lo que acepta convertirse en soplón para el FBI y llevar el caso a la justicia. Por ahora todo pareciera llevarnos al camino de los clásicos thrillers conspirativos propios de la década del 70 como Asesinos S.A. o Todos los hombres del presidente, pero hay algo que nos incomoda ¿Qué son esos monólogos internos del protagonista contando datos y anécdotas que nada tienen que ver con el caso principal? ¿Y qué sucede con la excesiva sobreexposición en la imagen, llena de colores fuertes y chillones? ¿Y esa música de fondo más acorde a una screwball comedy que a un thriller?

    Todas esas puntas nos van dando cuenta de cierta falsedad, de que lo real ha sido ligeramente magnificado. Será con el correr de los minutos que nos daremos cuenta en dónde estamos parados, y es en la propia mente de Whitacre. Ya desde el comienzo vemos en sus gesticulaciones, en la forma en que maquina su cerebro, que algo no anda bien con este muchacho. Si bien al principio creíamos que era el típico simplón que quería hacer lo moralmente correcto, ya lo veremos en la escena siguiente inventando una nueva historia para ponerse del lado de su empresa y hacer enojar a los agentes del FBI con quienes en principio decidió colaborar. Nunca son claras las intenciones finales que llevan a Whitacre a mentir descaradamente hacia uno u otro bando, lo que sí es sabido es que hay una patología mitómana visible en su comportamiento. Y es así como Soderbergh decide contar la historia de Whitacre, desde la mente del protagonista, con una fotografía saturadísima de naranjas y rojos como colores predominantes, y una música instrumental cortesía de Marvin Hamlish que alterna entre melodías propias de la screwball y acordes salidos de una película de James Bond de la era Connery. Esto le permite a Soderbergh no solo liberarse de las ataduras inculcadas por el género del thriller, sino que lo deja jugar con el espectador, como si se tratara de una versión cómica de Memento, y llevarlo al terreno de la duda y la ambigüedad. ¿Hasta qué punto no es toda la película un simple engaño hacia nosotros, de la misma forma que el protagonista engaña constantemente a sus colegas, a su familia y a las autoridades? Una clave importante para contestar esto último la podemos encontrar en un simple plano de Whitacre en el que mira con gran fascinación la película Fachada, en la que Tom Cruise interpretaba también a un hombre común decidido a desenmascarar las prácticas ilegales de su propia empresa. Para Whitacre todo es un juego de rol, en donde él cree ser el héroe de su propia película. Así, Soderbergh se permite hacer un comentario sobre el papel del cine para crear una realidad ficticia en donde uno puede jugar el papel que quiera dentro de su propio universo.

    Finalmente, no se puede dejar de mencionar la actuación de Matt Damon como Whitacre. Damon ya había interpretado en dos ocasiones a personajes que se mueven entre las falsas apariencias con Will Hunting y Tom Ripley. La diferencia que aquí tiene con aquellos personajes es el grado de humor y sinceridad que el actor le entrega a su criatura, convirtiéndolo por momentos en un ser absolutamente entrañable, aún si en el fondo sabemos que en realidad se trata de una pantalla tan falsa como cualquier decorado cinematográfico u efecto por computadora ¿Por qué a pesar de ello lo encontramos encantador? Quizás sea porque interiormente todos desearíamos vivir en el mentiroso mundo de las películas, tal como lo hace él.
    Seguir leyendo...
  • Un hombre serio
    Un hombre serio
    ¡Esto es un bingo!
    Aceptar el misterio

    Una vez finalizado el último plano de Un hombre serio seguido de la aparición inmediata y violenta de los títulos de crédito finales, una sensación de déjà vu entró en mi cerebro. Ese malestar que había entre los espectadores mientras se paraban de las butacas del cine (¿viste que hay cosas peores en la vida?, decía un hombre sentado delante de mí) ya lo había vivido, y fue después de ver Sin lugar para los débiles, un par de años atrás, lo que también me llevó a recordar la cara de asombro de la gente en la butaca una vez terminada El hombre que nunca estuvo, y así podemos seguir con El Gran Lebowsky, Barton Fink y otras tantas películas de los hermanos Joel y Ethan Coen.

    Es entendible el grado de distanciamiento que genera cada película de este particular dúo de realizadores. Lo que debe ser entendido cuando uno entra a ver un film de los Coen es la plena conciencia que genera en nosotros, los espectadores, el grado de manipulación que ellos ejercen sobre el relato que están contando. Los Coen se ponen siempre por arriba de sus personajes, jugando con ellos como si fueran soldaditos de juguete con un grado de humor negro e ironía que por momentos llega al sadismo y a la misantropía absoluta. En pocas palabras, los Coen se consideran los dioses de su propio universo cinematográfico. Ya se trate de las peripecias de un hippie drogón que busca recuperar su alfombra o de un peluquero de vida vacía y carente de emociones, los directores se encargan de llevar a sus criaturas por el camino que ellos quieren. En definitiva, lo que los Coen intentan mostrar son los hilos de sus relatos, hacer sentir la idea de que en el cine siempre (y por más invisible que pueda ser), siempre hay alguien por arriba del relato que tiene la capacidad de mover esos hilos a su antojo.

    Lo que nos lleva a Un hombre serio. La idea del caos, la incertidumbre y el libre albedrío nunca fueron ajenos al cine de los hermanos. Ya sean en los filmes donde trabajaban bajo los códigos del policial negro como Simplemente Sangre y Fargo o en esa revisión genial del cine de Frank Capra que es El gran salto. Pero lo que siempre fue una manipulación y un juego de marionetas bajo las reglas propias de los géneros cinematográficos (la screwball comedy de El amor cuesta caro, el musical de ¿Dónde estas, hermano?, el cine de gangsters de Miller’s Crossing) la última etapa de los Coen los traslada a un salto más profundo dentro de esta reflexión. Con Sin lugar para los débiles, Quémese después de leerse y Un hombre serio los hermanos llevan la idea del caos y del control absoluto de su narración hacia niveles que van más allá del mundo cerrado creado por los realizadores. Ahora la apropiación de los recursos narrativos del cine es utilizada en pos de contar algo que va más allá de los límites del propio cine. Están tratando de hablar del mundo de hoy.

    En el caso particular de Un hombre serio los Coen se meten con la religión, la judía para ser más exactos. La idea de mostrar cómo el protagonista del film, el profesor de física cuántica Larry Gopnik, sufre todo tipo de tropiezos y reveses tanto familiares como profesionales en el transcurso del film, no es simplemente el comentario de los directores sobre la presencia o ausencia de un ser superior que decide los destinos de las personas, sea este católico, judío, musulmán o quien sea. Como decía anteriormente, uno sabe que los únicos dioses en una película de los Coen son los propios hermanos Coen.

    Hay en mi opinión tres momentos claves de la película, dos de ellos ocurren cuando Larry acude al consejo de un par de rabinos para que le den la respuesta a su actual crisis existencial. En principio estos encuentros son jugados por los Coen como gags que parecieran establecer una crítica a ciertas costumbres propias del judaísmo, pero hay algo más ahí. En la primera reunión un rabino adolescente le aconseja a Larry que vea las cosas de forma más abierta, le ofrece una perspectiva diferente (“¡mira ese estacionamiento!”), mientras que en el segundo encuentro el rabino, mayor y supuestamente más respetado que el primero, le cuenta una anécdota, la del dentista que encuentra una palabra en hebreo (“¡Ayúdame!”) tallada de los dientes de un goy, y cómo eso lleva al mismo dentista a una búsqueda exhaustiva acerca del significado de tamaña revelación, para encontrar que en realidad no hay ningún significado en particular. Por último, la escena más reveladora del film se da previamente, cuando Larry tiene un encuentro con un estudiante oriental que quiere sobornarlo para obtener una nota alta en su examen final. Cuando Gopnik le pregunta al joven si efectivamente el sobre con dinero fue puesto en su escritorio por él, el estudiante le responde que “acepte el misterio”. En estos momentos mencionados pueden encontrarse dos claves para intentar comprender no solo la película sino a los Coen en general. El primer encuentro habla de ver más allá de lo mundano, de tener la decisión de ofrecer más de una mirada sobre lo que presenciamos. Ese consejo no solo se aplica a Larry, sino a nosotros como espectadores, el ver mas allá, el encontrar algo diferente a lo que ven el resto de las personas. El segundo encuentro habla de tener la necesidad de buscar una explicación para los fenómenos que nos rodean en la vida, aunque ello implique que no vamos a obtener una respuesta segura a esos cuestionamientos.

    El final de Un hombre serio nos llena de preguntas, y nos obliga a trabajar hacia atrás para encontrar una interpretación a aquello que acabamos de ver. ¿Será Larry castigado por tomar una decisión moral por primera vez en su vida? ¿O lo será su hijo? ¿O un evento no tiene nada que ver con el otro y son nada más que circunstancias de la vida que no tienen una verdadera explicación? ¿Y qué relación tiene ese prologo dentro del relato principal? La verdad es que yo no sé la respuesta, como tampoco sé si mis interpretaciones sobre Un Hombre serio y sobre el cine de los Coen son las correctas o son puras divagaciones, pero de algo creo estar seguro, y es que al menos me cuestiono lo que veo, y teniendo en cuenta lo extraño e inexplicable que es el universo hoy día, con terremotos, tsunamis y demás, prefiero no tener la respuesta. “Aceptar el misterio” como se le dice.
    Seguir leyendo...
  • El Hombre Lobo
    El Hombre Lobo
    ¡Esto es un bingo!
    El lado oscuro de la luna

    Entré a ver El hombre lobo con cierto temor. Para mí, el subgénero “películas con hombres lobo” es bastante difícil de hacer mal en el cine. Desde la primera versión del monstruo de la Universal protagonizada por Lon Chaney Jr. en 1941, pasando por una gema absoluta, no solo de este género sino del cine en general, como Un hombre lobo americano en Londres, de John Landis, la premisa del hombre lobo es tan básica como poderosa. Al igual que el mito de Dr. Jekyll y Mr. Hyde se trata simplemente de esa bestia que tenemos adentro y que llevamos reprimida hasta que ya no la podemos ocultar. Los hombres lobo en el cine son los “monstruos del armario” por excelencia, y cada film que trató el tema (al que podemos agregar la subvalorada Aullidos, de Joe Dante) se encargó, cada una a su manera, de mostrar la lucha del ser humano por contener ese costado primitivo y salvaje que sale a relucir en las noches de luna llena. Así que tenía ciertas expectativas por ver un regreso triunfal de esta criatura en la pantalla grande.

    Pero como decía al principio, no estaba confiado. Previo al comienzo del rodaje, se hizo público que quien iba a ser el director original del film, Mark Romanek (el mismo de Retrato de una obsesión) había sido echado por el estudio una semana antes de comenzar a filmar, para ser reemplazado a último minuto por Joe Johnston. Ahora bien, aunque no es para nada lo que se dice un autor, me gustan las películas de este director. Jumanji, Cielo de octubre y The Rocketeer son películas de género hechas y derechas, que demuestran que detrás de cámaras hay alguien apasionado por la aventura y con un estilo de narración clásico pero no falto de solidez. Johnston es lo que se considera en la industria un artesano, un tipo que filma lo que el guión le dicta a rajatabla. El tema es que Johnston jamás en su filmografía había mostrado experiencia alguna dentro del género del terror, y eso sumado a que toda la preproducción de la película la había empezado otra persona tampoco me llenaba de confianza. Hubo sí un factor que me hacia tener algo de fe: la decisión de contratar al genial maquillador y leyenda de Hollywood Rick Baker (El profesor chiflado, Ed Wood, Thriller) para ser el encargado de realizar las prótesis del hombre lobo. Ahí me interesé aún mas en el proyecto, ya que garantizaba que el film iba a confiar más en efectos especiales prácticos (estando a tono con la película original) a diferencia del excesivo uso de efectos digitales que plagan al cine de Hollywood hoy en día.

    Con toda esta incertidumbre, ¿cómo salió el resultado final? Digamos que pudo haber sido algo mucho peor de lo que uno podía imaginar al principio, pero aun así estamos ante una película frustrante. Frustrante porque se ve que ciertos departamentos cumplieron a la perfección con su trabajo, como el maquillaje de Baker, o el gran trabajo de dirección de fotografía de Shelly Johnson que evoca los climas sombríos y nebulosos provenientes de los films en blanco y negro de la Hammer, ayudado esto último también por una gran banda sonora a cargo del burtoniano Danny Elfman, que hace recordar a la música del Drácula de Francis Ford Coppola. Incluso la dirección de Johnston en las escenas que involucran los ataques del monstruo muestran un cierto grado de inspiración y respeto por los antepasados del género.

    Pero es en dos áreas fundamentales donde se ven los problemas de El hombre lobo. El primero que salta a la vista es la edición de la película. En los primeros 20 minutos uno nota que algo no anda bien en los ritmos internos del relato, es como si los productores hubieran forzado al director a punta de pistola para que llegue lo antes posible a la primera aparición del hombre lobo, sacrificando así todo tipo de desarrollo de personajes y sus conflictos en ese comienzo. Y hablando de conflictos, acá es donde vemos la falla mayor, la relación trágica entre el protagonista Lawrence Talbot (un Benicio del Toro demasiado para adentro) y su padre Sir John (Anthony Hopkins, en plan “exagero al máximo total me pagan bien”). El duelo entre ambos no parece tener un desarrollo dramático interesante para el espectador, como tampoco lo tiene la relación romántica de Lawrence con la viuda de su hermano Gwen (Emily Blunt, preciosa, pero con la misma expresión de disgusto en toda la película). Dado que los conflictos dramáticos no logran compenetrarnos, basta esperar a que llegue la luna llena para ver las transformaciones del protagonista y así poder regocijarnos con escenas de acción bien filmadas, un nivel aceptable de gore y alguna que otra escena de terror memorable, como la transformación de Talbot en hombre lobo delante de un grupo de psiquiatras escépticos, y la posterior persecución sobre los techos de los barrios de Londres.

    Habiendo pasado una semana después de verla, sigo sin saber bien qué pensar de la película. Festejo el hecho de que no sea el desastre absoluto que los rumores previos me llevaron a creer que sería, pero también pienso que con el talento que había tanto delante como detrás de cámaras se podía haber logrado algo mejor. Mientras que en un futuro no se atrevan a juntar a este hombre lobo con el Frankenstein que hizo Robert De Niro en 1994, yo me quedo conforme.
    Seguir leyendo...
  • Vivir al límite
    Vivir al límite
    ¡Esto es un bingo!
    Héroes anónimos

    A partir de los atentados del 11 de septiembre del 2001, Hollywood buscó incansablemente dar su punto de vista no sólo sobre el impacto que produjo ese hecho en la sociedad norteamericana, sino sobre las temibles consecuencias que los atentados y el manejo de los mismos por parte del gobierno de George W. Bush iban a acarrear en el futuro de los Estados Unidos. Es así como la cartelera cinematográfica se vio plagada de films panfletarios sobre los errores cometidos por la administración pre-Obama a la hora de mostrar las operaciones realizadas por el ejército norteamericano en Irak y Afganistán. Films como Red de Mentiras, Soldado Anónimo y Syriana intentaron con resultados dispares marcar claramente la posición liberal que tomaba Hollywood a la hora de comentar sobre los verdaderos motivos de la ocupación norteamericana en Medio Oriente, obviamente delineando el mensaje por encima del contenido en varios casos.

    El caso de The Hurt Locker parecería ser a priori un ejemplo más de los citados anteriormente, pero cuando el espectador se va adentrando dentro del relato se da cuenta de que la mirada de la directora Kathryn Bigelow es mucho más sutil, y al mismo tiempo más profunda y compleja para analizar. El film retrata el día a día de tres miembros del escuadrón anti bombas de la compañía Bravo, dedicados a desactivar bombas y minas terrestres en medio de las desoladas calles de Irak. El líder del grupo es el soldado James (Jeremy Renner), un auténtico cowboy cuyo arrojo y locura cada vez que debe entrar a una zona caliente a desactivar bombas le hacen ganar la antipatía de sus colegas Sanborn (Anthony Mackie) y Eldridge (Brian Geraghty), quienes temen que el abandono de James les pueda costar la vida en cualquier momento.

    No hay en esta película una “historia” en el sentido tradicional de la palabra. El guión del periodista Mark Boal (que concibió la historia luego de pasar varios meses con verdaderos integrantes de un escuadrón antibombas del ejército norteamericano) no se atiene a la típica estructura de tres actos de un film tradicional, sino que se dedica a seguir con sumo detalle las excursiones que el grupo realiza hacia zonas de extremo peligro y mostrar cómo este trabajo tan intenso termina de a poco extenuando y afectando la psiquis de los protagonistas. La cámara en mano de Bigelow, siempre nerviosa y siguiéndolos de cerca y en planos cortos, no busca emitir un juicio general a través de sus criaturas, ni tampoco el facilismo de afirmar que “la guerra es mala” o “matarse unos a otros es inútil”, como tantos otros films bélicos lo han hecho en el pasado. Por el contrario, acá hay un intento por entender lo que pasa por la cabeza de un soldado, de captar ese estado mental lleno de adrenalina que uno debe tener para querer ponerse un traje especial y adentrarse al peligro de saber que al menor error cometido puede volar en mil pedazos. Si bien hay momentos donde se ven los efectos que produce la vida en combate de estos soldados (particularmente una escena donde el trío, bajo los efectos del alcohol, empieza a soltar violentamente sus emociones en una habitación), la película se encarga, por otro lado, de respetar la labor que hacen por poner constantemente sus vidas en juego.

    Y hablando de esto último, si hay algo más en lo que se destaca The Hurt Locker es en la mano maestra con la que Bigelow (recordemos que ella no solo fue directora de Punto Limite y Días Extraños, sino que es la ex esposa de James Cameron) maneja el suspenso y la tensión en las escenas de acción. Durante las secuencias en donde James debe desactivar algún artefacto explosivo uno puede sentir el aire cortándose gracias a la tensión creada por la directora, que además demuestra tener un gran sentido de la geografía y el espacio para ubicar al espectador dentro de la escena. En otro momento memorable, Bigelow muestra un duelo de francotiradores con la dosis justa de silencio y angustia para que no sepamos cual puede ser el desenlace.

    Ayudada además por un trío de actores brillante, en donde Jeremy Renner merece mención especial por la forma impactante en que interpreta los diferentes estados emocionales de su soldado James, Bigelow nos demuestra que el mejor comentario sobre la guerra que puede hacerse es aquel en donde sus propios héroes sean quienes tengan la oportunidad de contarlo, si es que logran vivir lo suficiente.
    Seguir leyendo...
  • Amor sin escalas
    Amor sin escalas
    ¡Esto es un bingo!
    Ayúdate a ti mismo

    Con su tercer largometraje luego de Gracias por fumar y Juno, Jason Reitman, hijo del director de Los Cazafantasmas Ivan Reitman, parece haber encontrado un estilo bien definido, trabajando con guiones precisos, en donde el poder de los diálogos punzantes y estilizados cobra fuerza dentro del relato sobre todo para definir a cada uno de sus protagonistas. Reitman en los tres casos utiliza la voz en off para meterse de lleno en la cabeza de sus protagonistas, y para que veamos desde el punto de vista de ellos su visión del mundo y las relaciones que establecen dentro de él, ya sea trabajando de lobbysta en una compañía de cigarrillos o como una adolescente embarazada de 15 años.

    Ryan Bingham (George Clooney), al igual que Nick Taylor, el protagonista de Gracias por fumar, se gana la vida haciendo un trabajo despreciable, el de echar empleados de grandes empresas por encargo. Y para ello se vale de su mejor arma, la palabra. Bingham no cree en el termino “despedir” sino más bien en “dejar ir”, y pareciera no creer que le haga un mal a las personas a las que echa, sino que lo ve como una oportunidad para ellos de cambiar sus futuros, de empezar desde cero. Este trabajo además le permite llevar un estilo de vida con el que se siente cómodo, viajando en avión constantemente y manteniendo relaciones casuales y sin ningún tipo de compromisos con las mujeres, como lo hace con Alex (Vera Farmiga). Que George Clooney interprete a Bingham no es casualidad. Con su carisma y elegancia propios de un Cary Grant moderno, es difícil no ponerse de su lado, aunque sepamos como espectadores que sus actos a lo largo del film no sean de lo más dignos que digamos.

    Hay dos líneas narrativas definidas dentro de Up in the air. La más personal (y más lograda) tiene que ver con el mundo particular de Bingham, en donde conceptos como la familia y las conexiones con otras personas no tienen cabida dentro de su entorno, hasta que el guión lo ponga frente a situaciones en donde deberá inevitablemente repensar su posición. Es aquí donde tanto la trama, como la dirección de Reitman y sobre todo la actuación de Clooney logran su mayor lucimiento. Es genial ver la soltura y la gracia con la que Ryan interactúa con Alex (“Soy como vos pero con una vagina” le dice ella) o la relación maestro-alumno que mantiene con Natalie Keener (Anna Kendrick), la nueva joven empleada de su empresa que ideó una forma de despedir empleados mediante videochat, amenazando así con destruir el preciado estilo de vida de Bingham.

    Es en el relato mayor en el que Reitman intenta darle cierto aire de contemporaneidad política a la película en donde más se resiente el film. Al entrelazar la trama de Bingham con testimonios a cámara de gente que acaba de ser echada de sus trabajos (situando al film en un marco político propio de la crisis financiera actual de EE.UU.) el director pareciera querer contar una historia aun más “importante” que la que está actualmente contando. Es cierto que se puede establecer cierto paralelismo entre un hombre que, a la vez que vive desconectado del mundo, se dedica al mismo tiempo a desconectar a las personas de sus trabajos. Pero esa relación pareciera estar forzada dentro del guión en algunos casos, aunque lleve a algunos momentos brillantes como una notable escena entre Clooney y el gran J.K. Simmons y otra con el comediante Zack Galiafinakis.

    Hacia el final de la película, cuando Ryan pareciera haber hecho un giro de 180º con su persona, Reitman no emite juicio alguno sobre el protagonista, llevándolo así al terreno de la ambigüedad moral. No sabemos si Bingham va a intentar cambiar su vida o si va a quedar eternamente condenado a los aeropuertos y las habitaciones de hoteles cuando lo vemos al final mirando los horarios, las fechas y los lugares en el tablero electrónico de un aeropuerto, y él tampoco lo sabe. Lo mismo se puede decir de la carrera de Jason Reitman en algún punto. Su cine por momentos busca el clasicismo masivo propio de un film de Cameron Crowe o Hal Ashby, mientras que ciertas decisiones estéticas como los temas musicales lo acercan más al territorio indie de un Wes Anderson o un Alexander Payne. ¿Qué vuelo final tomará el director, el de la solidez como narrador (que sin dudas la tiene) o el del cine de “mensaje”? Es difícil saberlo ahora, pero por el momento los vuelos parecen llevarlo a buen destino, aunque a veces haya algunas turbulencias en el camino.
    Seguir leyendo...
  • Avatar
    Avatar
    ¡Esto es un bingo!
    Ojos que no ven

    Un abrir y un cerrar de ojos. Con esa imagen comienza y finaliza el nuevo opus de James Cameron, Avatar. Tanto se habló de este film antes de su estreno, que la tecnología iba a revolucionar el séptimo arte, que los efectos 3D iban a causar en el espectador una sensación jamás vivida delante de una pantalla de cine, y muchas cosas más. Es que esto es lo que genera el director de Terminator, Aliens y Titanic antes de cada nueva película suya. No contento con haber realizado la película más cara y taquillera (aún hasta hoy) de la historia, Cameron se tomó mas de 10 años para concebir su nuevo film, esperando, según sus propias palabras, que la tecnología esté al alcance de su visión original para su realización. Era tanta esa anticipación, que una vez mostradas las primeras imágenes y avances era inevitable la sensación de desilusión que iba a producir en ciertos sectores del público, incluido quien les escribe. ¿Qué eran esos alienígenas azules mezcla de Thundercats y Pitufos? Los avances parecían mostrar más un videojuego costoso antes que la nueva película del creador de uno de los mejores tanques hollywoodenses de la historia. ¿Lograría Avatar superar las expectativas creadas por el mismo director todos estos años, o estábamos ante otro blockbuster vacío y lleno de efectos especiales como nos tiene acostumbrados Hollywood hoy en día?

    Hablaba al principio de ese abrir y cerrar de ojos, y es que en esos dos planos está perfectamente resumida la intención del director con este film. Avatar es para ver con los ojos bien abiertos, para asombrarse con el grado de detalle e imaginación con el que Cameron concibió ese planeta extraterrestre llamado Pandora, para regodearse con el imaginativo uso de los efectos 3D para que nos sintamos adentro de ese universo, y para sentirse extasiado con las excelentes secuencias de acción que ocurren a lo largo del film. Y nada más, porque si bien Avatar es una delicia para los ojos, y es definitivamente un paso adelante en cuanto a utilización de efectos creados por computadora y captura de movimiento se refiere, los aspectos que tienen que ver con la trama y sus protagonistas dejan que desear bastante en algunos aspectos. No es que estamos ante un relato mal contado, Cameron ha demostrado con el tiempo ser un eximio narrador cinematográfico (vean sino la que para mí es su mejor película, El Secreto del Abismo). El problema reside en que esta historia, la del hombre que se cruza con una cultura en principio enemiga a la suya para después aprender sus costumbres y terminar aliándose con ellos, ya se ha contado mil veces, siendo Danza con lobos, Pocahontas, El último samurai y El nuevo mundo sus ejemplos más recientes.

    Cameron nunca fue un cínico, eso es sabido mirando su filmografía entera, y ese aspecto a veces le juega a favor y otras en contra en algunos pasajes del film. Cuando muestra los ritos y costumbres de los Navi’s, esa tribu alienígena concebida por el director y con muchas similitudes con los antiguos mayas e indígenas, uno ve que Cameron realmente cree en lo que está contando. Cuando muestra al detalle la exótica flora y fauna de Pandora, o los maravillosos planos de los Navi’s surcando los cielos arriba de unos bichos alados llamados Banshees, ahí se puede ver al realizador impactando y cautivando al espectador. Es en cuestiones formales como los diálogos fáciles (“vamos a combatir el terror con el terror” dice el líder militar a cargo de desalojar a los Navi’s de Pandora), la cantidad innumerable de clichés (como el papel del burócrata inescrupuloso que hace Giovanni Ribisi, similar al que Paul Reiser había interpretado en Aliens) o la poca dimensión de los personajes (solo Sigourney Weaver y Zoe Saldana parecen algo parecido a un personaje con profundidad en el relato) lo que por momentos amenazan con tirar al film más abajo que al Titanic luego de chocar con un iceberg. Poco ayuda la presencia bastante poco carismática de Sam Worthington en el papel principal, y mucho menos los monólogos internos que le toca decir en algunos pasajes del film.

    Pero cuando el Cameron guionista falla, aparece el Cameron director, ése que a lo largo de los años supo cómo montar un gran espectáculo ante su audiencia. Los momentos en donde los efectos especiales se lucen, como los detalles de las criaturas que habitan Pandora, o la increíble expresividad de los rostros de los Navi creados a través de la técnica de motion capture, es donde el realizador se siente más a sus anchas, culminando con una épica batalla final en donde los humanos y los alienígenas se enfrentan por el dominio de Pandora. Es en esos instantes donde Cameron pone en vergüenza a los Michael Bay, Stephen Sommers y Robert Zemeckis del universo cinematográfico. Si tan sólo le hubiera puesto la mitad de la dedicación que le puso a los efectos visuales en armar un guión más interesante, estaríamos hablando de un gran paso adelante para la ciencia ficción. Así como está, estamos ante un buen film que nos entretiene y hasta nos impacta en algunos pasajes, pero cuyo efecto duradero en nuestra memoria será tan largo como el de un abrir y cerrar de ojos.
    Seguir leyendo...
  • Criatura de la noche
    Criatura de la noche
    ¡Esto es un bingo!
    Susurros en la noche

    Qué increíble es nuestra cartelera porteña. A pocas semanas de estrenarse la segunda parte de la saga Crepúsculo, que rompe records de recaudación en todo el mundo y se convierte cada vez más en un fenómeno cultural de masas, esta semana tiene lugar (¡por fin!) la aparición de una pequeña joya de origen sueco llamada Let the right one in (Criatura de la noche: Vampiros). Y si a primera vista ambas películas tratan sobre el amor entre un humano y un vampiro, no podrían ser más diferentes en cuanto a tratamiento y calidad se refiere. En Crepúsculo tenemos un producto, mientras que Criatura de la noche derrocha cine por todos lados.

    Let the right one in (título original del film) trata sobre la amistad que entabla el joven Oskar, un chico de pelo blanco albino, abusado constantemente en su escuela y con curiosidad por coleccionar recortes de diarios sobre asesinatos y muertes macabras, con una vecina que acaba de arribar a su departamento. La extraña pequeña de 12 años se llama Eli, vive con un anciano misterioso llamado Hakan y se pasea por el patio del edificio a la noche en camisón blanco sin que le molesten las heladas temperaturas del lugar. Esta amistad despertará en Oskar una serie de sentimientos que jamás había experimentado antes y culminará en un profundo amor, ignorando que en realidad Eli es nada más y nada menos que un vampiro de más de 100 años. Pero no un vampiro pintón que se pasea con ropa de marca y mirada de emo cool por la vida, sino un salvaje animal con instintos primarios que necesita alimentarse violentamente de sangre humana para sobrevivir, lo que la obliga a cometer una serie de asesinatos que conmueven a los habitantes del pueblo en el que ella y Oskar residen.

    No es esta una obra de fácil absorción a primera vista. Hay varias lecturas que se pueden establecer sobre la película, en donde se mezclan géneros como el terror, el melodrama, el romance y el thriller. Pero lo que realmente impacta es el naturalismo con que el director Thomas Alfredson retrata las inquietudes sexuales del protagonista, con la curiosidad propia de un joven a punto de salir de la niñez y entrar en la adolescencia. Por esto, y dado también el origen de Eli, la relación entre ambos se hace cada vez más compleja a medida que avanza el relato ¿Sentirá ella la misma atracción hacia él, o será que ve en Oskar a un futuro asesino, como consecuencia de esa obsesión suya por los asesinatos y abusos sufridos en su colegio? ¿Conseguirá que Oskar sea su nuevo proveedor de sangre para que ella no tenga que salir a revelar su verdadera naturaleza? La respuesta no le será dada al espectador en forma tan sencilla, y esa habilidad del director para no mostrarnos el cuadro entero de la situación (hay pocas pistas sobre el origen de Eli, que hasta hacen dudar de su verdadera sexualidad) es lo que hace de Let the right one in un film tan extraño como fascinante.

    Pero esas son sólo algunas de las razones que hacen tan especial a la película. No mencioné aún las brillantes actuaciones de los chicos protagonistas, ni el excelente trabajo de fotografía que recalca el contraste entre el blanco puro de la nieve con el rojo pasión de la sangre que derrama Eli cuando aniquila a sus víctimas, ni el brillante trabajo de puesta de escena y fuera de campo a la hora de crear suspenso en las escenas más aterradoras (la parte final en la pileta es una de las escenas del año). Por todo esto y más, recomiendo que en lugar de hacer colas eternas con adolescentes gritonas para ver Luna nueva se crucen a la vereda de enfrente y no se pierdan de una verdadera, trágica y apasionante historia de amor. Se llama Criatura de la noche: Vampiros.
    Seguir leyendo...
Ahorr con Hoyts
CONCURSO: LOS PADRINOS DE LA BODA