Zootopia

Crítica de Emiliano Fernández - A Sala Llena

La sabiduría del callejón.

Si hay un estudio hollywoodense que suele mostrarse orgulloso de su conservadurismo, sin lugar a dudas es Disney: tantas décadas en el mercado inevitablemente derivaron en una serie de rasgos formales y de contenido que reaparecen una y otra vez en cada nuevo producto de la factoría, como si la introducción de elementos novedosos -o un simple reordenamiento de la cadena de referencias- desvirtuase la “marca registrada” o ahuyentase al público cautivo de turno (se supone que son los niños/ adolescentes aunque la tendencia de los últimos lustros, vinculada a un proceso de aggiornamiento leve, pareciera indicar que los adultos también pasaron a ser el objetivo). Aclarado el panorama a nivel macro, es momento de afirmar que Zootopia (2016) funciona como un intento bienintencionado por torcer un poco la línea narrativa de la compañía y volcarla hacia el campo de los policiales.

Pensando a la película dentro del entramado mainstream de nuestros días, resulta amena por la suma de sus partes y no gracias a cada capítulo específico: de hecho, para olvidar la previsibilidad de cada acto en solitario debemos sopesar a la propuesta en su conjunto, la cual está sustentada en cambios de tono muy pronunciados. La trama comienza con el viejo esquema del “pueblerino idealista en la gran ciudad” y su primer golpe de realidad (aquí Judy Hopps, una hembra de conejo, viaja a la urbe de Zootopia y cumple su sueño de ser policía, una profesión reservada a los predadores, pero es asignada al control del tránsito y el estacionamiento), en el nudo del relato el asunto deriva hacia un film noir bastante lelo (desapariciones misteriosas y un submundo criminal de por medio) y todo termina en el terreno de un drama de conspiraciones (para colmo con una fuerte conciencia antirracista).

Hoy la dialéctica de las diferencias aparece precisamente bajo una suerte de dirigencia de mamíferos predadores, los cuales dominan el destino de Zootopia, y la posición relegada de las “presas”, quienes conviven en relativa armonía con los primeros aunque con abusos esporádicos y dicha hipocresía, centrada en la disparidad de oportunidades. El film, al igual que su protagonista, en buena medida se lava las manos en lo que respecta al apartado ideológico y decide coquetear -desde la seguridad ATP y una más que generosa distancia para con el trasfondo sórdido- con algunos motivos de ¿Quién Engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit?, 1988), aquella maravilla del Robert Zemeckis más audaz, ya desaparecido. El contrapeso de Judy, un personaje quizás demasiado simplón, es Nick Wilde, un zorro que se dedica a pequeñas estafas y que aporta toda la sabiduría del callejón.

Otro punto interesante de Zootopia pasa por el catalizador de la historia, relacionado con súbitas reconversiones hacia lo “salvaje” por parte de determinados secundarios y/ o víctimas, no obstante el detalle tampoco se profundiza más allá de lo políticamente correcto para un producto de la Disney (por supuesto que el fantasma de la intolerancia y el odio se transforma en el gran enemigo al momento de redondear la moraleja, por más que sea en los términos ambiguos del desenlace). El opus de Byron Howard, Rich Moore y Jared Bush amaga con una verdadera metamorfosis en cuanto al típico “camino del héroe” y su estructuración general, sin embargo se queda en la medianía y lamentablemente desperdicia una chance única orientada a maquillar un semblante industrial alicaído. Aun así, la obra cumple desde su ligereza y hasta llega a sorprender en algunas escalas de su desarrollo…