Western

Crítica de Roger Koza - A Sala Llena

La política de la amistad

Los misterios de la distribución son insondables. Toni Erdmann, de Maren Ade, no se estrenó jamás, Western, de Valeska Grisebach, sí, como lo atestigua la cartelera porteña. ¿Un milagro? La primera es una comedia alemana, apenas extraña para el estándar del cine mainstream, film respecto del cual incluso Hollywood intuyó su eficacia, quiso adaptar y hasta soñó con ese proyecto revivir a Jack Nilcholson en uno de los papeles clave. Western no es una comedia; pensar en un remake estadounidense es tan probable como el interés de la Casa Blanca por el cine de Werner Fassbinder, y además su protagonista, Meinhard Neumann, es insustituible.

Los títulos mencionados pertenecen a dos cineastas alemanas notables de una misma generación y asociadas a una misma escuela, la de Berlín. Más que todo un mito de origen y una categoría cómoda para la retórica de la crítica cinematográfica, la Escuela de Berlín es un difuso fantasma en el que se reúnen cineastas que poco tienen que ver entre sí, excepto por la autoconsciencia de saber que renovaron unas dos décadas atrás el cine independiente alemán. En efecto, Angela Schanelec no comparte absolutamente nada de la sensibilidad de Christian Petzold, los dos grandes referentes del presunto movimiento. Pero la generación más joven quizás sí tenga algo en común. Ade es la productora del film de Grisebach, y en las dos últimas películas de ambas existe una forma oblicua de ejercitar una crítica política sobre el capitalismo global mientras el centro narrativo está orientado a cuestiones afectivas. ¿Una coincidencia feliz? Quizás.

En Western, una compañía alemana de construcción envía a sus operarios a trabajar en una planta hidroeléctrica situada en algún paraje de Bulgaria, no muy lejos de Grecia. El pueblo en el que están es rural, y las condiciones materiales de subsistencia son bastante precarias para los visitantes.

Los locales observan con sospecha a los obreros alemanas. La desconfianza tiene justificación, no solamente por la prepotencia de las máquinas y en ocasiones también por la conducta de algunos de los operarios, sino porque varias décadas atrás los alemanes estuvieron de visita en este mismo territorio. En aquel entonces no se trataba de cuestiones energéticas, sino geopolíticas. La memoria histórica persiste tenuemente, y Grisebach establece con algún que otro comentario de sus personajes un hilo secreto entre el ominoso pasado alemán (y búlgaro) en la Segunda Guerra Mundial y el capitalismo del siglo XXI. Por otro lado, un plano de una bandera alemana flameando en el campamento de trabajo dista de ser un signo inocente. Los conquistadores repiten ese gesto incansablemente. ¿No es la bandera en un territorio lejano o inexplorado un gesto primitivo de posesión?

Pero la verdadera política de Western reside en otro lado, o en todo caso, su otra política, la que sí está del lado de Grisebach, se halla en las antípodas. Sucede que lo más hermoso del film se desarrolla en torno a una lenta amistad que se erige entre Meinhard, uno de los trabajadores, y un tal Adrian, un hombre de su misma edad que tiene una cierta importancia en la vida social del pueblo.

Lo notable de Western radica en ese vínculo, en tanto que el afecto mutuo entre los dos hombres prescinde de un requerimiento casi indispensable de cualquier amistad: la palabra. Al desconocer la lengua del otro, y al no funcionar el inglés como un idioma puente porque uno de ellos no lo habla, la relación depende de una precariedad lingüística compensada por gestos, una experiencia compartida de cómo sienten el mundo y acciones mínimas que confirman la indescifrable empatía inicial que está en el origen de todas las relaciones entre desconocidos, operación afectiva de la que nunca llega a revelarse del todo su razón. Grisebach es capaz de seguir ese movimiento interior por el cual dos extraños se reconocen, después de un tiempo, amigos; no lo explica, pero sí lo muestra.

El resto de Western se acomoda a los motivos que mueven el relato, que se despliega en el tiempo del ocio, propio de la amistad, algún que otro conflicto de poca intensidad vinculado al erotismo y la rivalidad entre hombres, los pasajes de trabajo y los precisos y económicos apuntes que resuenan de la Historia en el día a día de esta comunidad apenas conocida.

¿Qué más decir de este increíble film? Hay una virtud circunspecta en Western que nuestro cine contemporáneo no suele emplear: las grandes escenas ni siquiera se notan, porque pasan discretamente ente otras, como si no hubiera una demarcación entre lo ordinario y lo extraordinario. La falta de énfasis es la fuerza estética de Western. Trabajar a favor de lo imperceptible, esa es la poética que ilumina el tono sereno que cobija incluso los momentos de violencia. La poética de Western está ahí, frente a todos, sin que se enuncie. Esa sabiduría de la puesta en escena puede apreciarse en todo su pudoroso esplendor en el momento en que Meinhard siente el ritmo de la música de los otros y su rígido cuerpo no puede desentenderse de este y empieza a bailar. Es una de esas escenas que acompañan por siempre. Y no es la única que el film prodiga.