Un bello sol interior

Crítica de Aníbal Perotti - Cinemarama

Elle

La nueva película de Claire Denis marca su retorno a los ambientes parisinos e intimistas de Vendredi soir y 35 Rhums. La cineasta conserva la mezcla audaz de crudeza y sensualidad e incorpora un humor satírico y absurdo para retratar la tormentosa vida sexual de Isabelle. La película está organizada como una serie de escalas fragmentadas en el itinerario obstinado de una mujer que busca el amor absoluto. Un bello sol interior es un recorrido embriagador por una rutilante constelación de actores girando torno a una extraordinaria Juliette Binoche que nunca estuvo tan ligera, simple, vulnerable, disponible y radiante. La actriz vibra física y emocionalmente con un personaje que nunca es plenamente libre ni llega a caer en la desesperación absoluta.En cada momento, su fragilidad resplandece: su emoción se trasluce en el parpadeo intermitente de sus ojos, en la forma de sacarse unas botas demasiado apretadas o cuando posa las manos sobre sus rodillas y mira al otro de un modo implorante. Los primeros planos se detienen meticulosamente en los movimientos ínfimos de la actriz; la languidez y la suavidad de su cuerpo en los encuentros sexuales conforman pequeños momentos utópicos, su rostro bañado por la luz de Agnès Godard adquiere los reflejos de un cielo cambiante.

Las escenas de amor se presentan alternativamente como situaciones repetidas. Cuando los cuerpos desean expresarse con sinceridad, las palabras huyen creando malentendidos cómicos. Los retratos masculinos componen un mosaico de hombres seductores, mentirosos, hipócritas, cobardes, alcohólicos, egoístas y, sobre todo, charlatanes. La notable alquimia entre la escritura, el trabajo con la luz y la dirección de actores transmite una verdad sorprendente. La inestabilidad de la protagonista se refleja en un encadenamiento de secuencias con diferentes tonos. A la escena de encanto amoroso en el espacio cerrado del restaurante, le sigue una solitaria en el ventoso puente de la calle Riquet: pasamos sin escalas desde el control de Isabelle frente a su colega hasta la tempestad. La actuación de Juliette Binoche, que alterna fortaleza y candor, es potenciada con planos largos que se sostienen hasta desarrollar completamente la intensidad cambiante de sus emociones. Las lágrimas que corren por su rostro se diluyen en una sonrisa franca que disipa la gravedad de cualquier situación. Binoche encarna a la heroína de una manera sensible y sensitiva. Ella es el centro cautivante de cada plano hasta la escena final en la que queda fuera de campo por la aparición de un monumental Gérard Depardieu. La película no termina, el final se extiende durante los créditos, un dialogo memorable trasciende la ficción y nos ofrece un momento cumbre protagonizado por dos de los más grandes actores de la historia del cine.