Sieranevada

Crítica de Diego Lerer - Micropsia

Otra gran demostración del enorme talento del director de “La noche del Sr. Lazarescu”, este relato se centra en un encuentro familiar en el que, en medio de discusiones políticas y comida que se hace esperar, surgen problemas, reproches y revelaciones. Con una magistral puesta en escena de planos largos e intrincados, Puiu crea una comedia dramática amarga, humana y muy realista.

Buena parte de la maestría del cine del rumano Cristi Puiu, el director de LA NOCHE DEL SR. LAZARESCU, está en el poder de observación de los detalles y en la manera en la que, al filmarlos de manera continua –planos secuencia largos, penetrantes, poderosos– de a poco se van convirtiendo en otras cosas, mucho más misteriosos e inquietantes. Con el tiempo real como un factor de nuevo clave, SIERANEVADA es una película de planos largos y no necesariamente lujosos pero siempre ajustados desde lo narrativo y lo observacional, pensados por alguien que parece tener muy claro su concepción de la puesta en escena.

La película cuenta una historia que se ha visto en más de una ocasión, pero pocas veces de esta manera y con esta duración (casi tres horas). El filme comienza de una manera curiosa y simpática: tras unos desencuentros callejeros vemos a una pareja teniendo una discusión sobre fábulas clásicas y sus respectivas películas de Disney en función de unas compras que el padre le hizo a su hija para un acto escolar. Luego sabremos que ambos van a una reunión familiar en homenaje al padre de una extendida familia, quien ha muerto 40 días atrás. La reunión, entonces, con sus distintos personajes –excéntricos, raros y problemáticos pero reconocibles– será el centro de la película y la casa su escenario principal. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Pero esto no es una película de Hollywood, así que nada funciona formalmente por los carriles convencionales.

De entrada, más allá de esta pareja, nos cuesta hacer pie en el relato. No sabemos quién es quién y las cosas no se clarifican por un buen rato, por lo cual lo que vemos parece ser una reunión de parientes que hablan de política y los temas del día, como si estuviéramos presenciando un velorio de desconocidos. Pero de a poco las rarezas, peculiaridades y conexiones empiezan a saltar, y en un tono que da lugar a muchos momentos graciosos, el telón familiar empieza a caer, desde lo personal e íntimo hasta lo sociopolítico.

A lo largo de esa serie de esperas que hacen que la comida en cuestión se atrase y atrase habrá una ceremonia religiosa, la revelación de la doble (o triple) vida amorosa de un familiar, la aparición de otra –más joven– con una amiga en un estado lamentable tras una noche de alcohol, otro que tiene que usar el traje del fallecido que le queda enorme, peleas dentro y fuera de la casa; llantos, reproches y recriminaciones. Todo esto mezclado con charlas sobre política, desde teorías conspirativas sobre el 11 de septiembre hasta reclamos y fuertes discusiones en relación al pasado comunista rumano. Y la comida, que se hace pero no se come hasta, bueno, hasta que todo se calme, algo que nunca parece concretarse.

Puiu filma casi todo en una casa pero sus largos y tambaleantes planos secuencia le dan al filme la sensación de estar siguiendo en vivo con una cámara lo que pasa en una suerte de reality show familiar. Más aún cuando los clásicos secretos familiares empiezan a aparecer y a enrarecer el ya de por sí extraño ambiente. El protagonista principal es Lary, hijo del fallecido Emil, y a partir de él giran los demás personajes: su esposa Sandra, su madre (la viuda del fallecido), sus hermanas, cuñados, sobrimos, primos (no vale la pena esforzarse en sacar todos y cada uno de los parentescos) y otros que irán apareciendo en la casa, incluyendo curas, otros parientes, amigos y hasta desconocidos.

La maestría en el manejo de las situaciones de Puiu no se pierde en ningún momento. De principio a fin entiende que lo mejor que puede hacer es es observar a esos personajes como si la cámara fuese la mirada del difunto que husmea el mundo que dejó y que, sin él, parece irse en picada. Puiu los deja ser, hacer, hablar, encontrarse y desencontrarse. Y el espectador se sentirá tan (incómodamente) cerca como si estuviera en una reunión de su propia familia extendida. Todo lo que puede surgir en una especie de velorio surgirá, desde el cariño y la comprensión hasta los previsibles griteríos, reproches y reclamos. Todos pasamos o pasaremos por algo así.

SIERANEVADA –el título es un tanto inexplicable– pone el eje en las relaciones familiares, en las infidelidades y traiciones internas, pero nunca deja de lado el contexto político. Acá los personajes hablan del atentado a Charlie Hebdo y, sí, hay discusiones sobre el pasado de Rumania pero también sobre su conflictivo presente. Así, mientras la cámara de Puiu circula, busca, pierde y encuentra de nuevo a sus personajes e historias –filmándolos por momentos desde lugares muy poco convencionales–, este drama familiar va mostrando todas las facetas en las que se mueven sus criaturas: personas con problemas propios y específicos pero que forman parte inequívoca del mismo mundo en el que vivimos todos. Pinta tu aldea, como dicen por ahí…