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Imagen del crítico Diego Lerer
Diego Lerer
  • Cantidad de críticas: 233
  • Promedio: 65%
  • Críticas favorables: 191/233 (82%)
  • Críticas desfavorables: 42/233 (18%)
  • Diferencia absoluta: 9%
  • 35 Rhums
    35 Rhums
    Clarín
    Canciones tristes para sentirte mejor

    Un muy sensible y delicado filme sobre un padre y su hija.

    El secreto está en los detalles. En un regalo doméstico. En una mirada que la cámara nota cuando nadie está viendo. En un gato viejo que no se mueve. En una canción que dice más que muchos diálogos, especialmente cuando los protagonistas la bailan o se miran unos a otros bailar.

    Hablan poco Lionel y su hija Josephine. No hace falta más. Llevan mucho tiempo viviendo juntos y su relación parece establecida y apacible, sin conflictos. De hecho, si uno desconoce su relación, podría parecer una pareja de larga data, más allá de la diferencia de edad. El trabaja como conductor de trenes suburbanos y ella estudia en la universidad. La madre no está, luego sabremos qué fue de ella.

    Las otras dos personas del cuarteto central son Gabrielle y Noé. Ambos viven en el mismo edificio que Lionel y Josephine, y mantienen relaciones con cada uno, respectivamente. Pero ninguno parece poder alterar ese orden de cosas que padre e hija mantienen. Ni siquiera cuando en medio de un baile -central, como en todas las películas de Claire Denis, en este caso al ritmo de Nightshift , un éxito de The Commodores de 1985- les hace repensar su situación.

    En 35 rhums , Claire Denis hace su personal homenaje al cine de Ozu en una película que parece trabajar varios de los temas del realizador japonés, en especial el de la relación entre padre solo e hija devota, a lo que habría que sumar la icónica presencia de trenes, que vuelve aquí como figura central de la experiencia sensorial que en buena medida es la película.

    Si la historia es corta en despliegue argumental, es porque a Denis le alcanza con contar lo básico. La relación de Lionel y un compañero de trabajo que se jubila. Las miradas desde el balcón de Gabrielle. El gato de Noé. Josephine hablando sobre la deuda del Tercer Mundo en la Universidad. Los ejes están planteados y el desarrollo es vía tono e imágenes: los recorridos por las vías de tren con música de Tindersticks, una salida nocturna que se complica, las reuniones de compañeros de trabajo de la que surge el título del filme, dos hechos trágicos que se resuelven de manera seca y directa. Y así… Sin vueltas, sin subrayados, Claire Denis crea una historia de amor entre padre e hija, y entre una familia y la comunidad (laboral, étnica, de clase social) que la contiene. Y lo hace apelando a las sensaciones (la fotografía de Agnes Godard es tan magnífica como central) y a la emoción que se dispara cuando esos personajes silenciosos, contenidos, toman una decisión o son partícipes de algo que, en alguna medida, les cambia la vida. Un gato que muere. Un último shot de ron. O una canción que te recuerde que “al final de un largo día, todo va a estar bien”.
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  • No te enamores de mí
    Historias de amor cruzadas

    Drama romántico sobre complicadas relaciones de pareja, con Pablo Rago, Julieta Ortega y Violeta Urtizberea.

    Los amores y desamores, encuentros y desencuentros, de un grupo de personas entre los veinti y los treintilargos son el centro de No te enamores de mí, opera prima de Federico Finkielstain que intenta armar una especie de mapa de corazones rotos en una Buenos Aires de diseño. Construida coralmente, pero sin forzar demasiado los cruces entre unas y otras historias, No te enamores...

    observa lo que le pasa a un grupo de personas con malas relaciones de pareja y para las que el sexo (o la falta de él) es la manifestación más evidente de esa apatía.

    Sergio y Alejandra (Pablo Rago y Julieta Ortega) son amantes. Ella es soltera y quiere más que noches de sexo, pero él está casado y no quiere saber nada con el afuera. Su mujer es Paula (Violeta Urtizberea), una chica aplicada y estudiosa, que está dando sus primeros pasos como psicóloga (es acompañante terapéutica de Luli –Ana Pauls- una chica... desprejuiciada), y que el filme muestra como una chica casi frígida.

    Violeta le alquila un departamento a Martín (Guillermo Pfening), un fotógrafo que pasa poco tiempo en Buenos Aires y que ahora, al volver de un viaje, descubre que Sofía (Mercedes Oviedo), la novia de su hermano Maxi (Tomás Fonzi), a la que no conocía, está en crisis con su pareja. Y a esa crisis se suma una rápida atracción entre ambos, que tornará al asunto en un peligroso trío pasional, con la madre de los hermanos (Luisina Brando) observando todo de cerca.

    Las idas y venidas de esas relaciones son las que intentará trazar el filme con suerte dispar. En algunos casos, como en la relación entre Martín y Sofía, la película alcanza momentos de cierta complejidad que en otros se esfuma, tapada por frases hechas, canciones y bailes que no tienen nada que ver, y situaciones en extremo forzadas.

    El oficio de los actores saca al filme de algunos pozos de banalidad, en especial Pfening y Oviedo, que construyen algo que se intuye poderoso en esa relación prohibida. El triángulo Rago-Ortega-Urtizberea, en cambio, se maneja por carriles más prototípicos y allí sí ayuda la experiencia y el oficio de los tres para salir del paso ante situaciones de guión algo trilladas.

    Más allá de sus simplismos, el filme funciona a su manera como retrato generacional, aunque su moraleja de premios y castigos pueda ser un poco injusta, dividiendo a personajes en “buenos” y “malos” a punto tal de hacer perderles la ambigüedad que los hacía interesantes. Es una película despareja, fallida, cuyos momentos de genuina emoción alcanzan a tapar sus defectos más evidentes.
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  • 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas
    Un artista que vive de sus recuerdos

    El filme se centra en el pintor Nicolás Rubió.

    En base a los recuerdos del pintor Nicolás Rubió, el cineasta Fernando Domínguez construyó una suerte de documental que se divide en dos partes muy claramente diferenciadas y no igualmente logradas.

    Por un lado, y un poco a la manera de El sol del membrillo u otros filmes sobre artistas plásticos trabajando, Domínguez muestra a Rubió con sus telas y pinturas, encontrando formas y figuras. Luego sabremos que su obra trabaja incansable y obsesivamente sobre sus recuerdos en el pequeño pueblo de Vielles, en Auvergne, Francia, donde su familia se refugió durante la Guerra Civil española cuando Nicolás era pequeño.

    Ese trabajo de traer a la luz el pasado, la obsesión por encontrar, retener y hasta averiguar detalles de aquel lugar (durante una buena parte del filme el hombre quiere recordar cuántas ventanas tenía la casa en la que vivía) conforma la mejor parte de la película.

    El problema está en la otra mitad, en la que Nicolás, usando un tono de abuelito contando un cuento infantil (y con música en ese estilo) narra su historia en Vielles mientras se suceden las imágenes excesivamente figurativas de sus cuadros. Así, mientras la voz en off dice “llovía”, la cámara muestra gotas de lluvia en los cuadros, y mantiene ese grado de referencialidad y subrayado a lo largo de toda esa parte del relato.

    Por suerte, los momentos en los que 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas abandona el cuentito de cuna, el interés renace. No alcanza, claro, para convertirla en la muy buena película que podía haber sido. La convierte, en realidad, en una narración algo esquizofrénica entre un documental de arte y ensayo, y un cuento “animado” para llevar a la cama a los niños.
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  • Luján
    Luján
    Clarín
    Y la vida continúa...

    El filme se centra en la vida de un anciano.

    A los 60 años, Raúl Perrone, el prolífico realizador de Ituzaingó no parece tener deseos de frenar su ritmo de hacer casi una película por año (lleva más de 20 en otros tantos años de trabajo) y esto lo lleva a estrenar tres películas casi en simultáneo en el Cosmos, a las que integra en lo que gusta llamar un Tríptico. Ellas son Luján, Los actos cotidianos y Al final la vida sigue, igual .

    La primera en verse es Luján , de 2009, centrada en un hombre mayor, que bordea los 80 años, y que por un problema familiar se ha ido a vivir a lo de una vecina y amiga. Luján es callado, pero inquieto, y dedica su tiempo a colaborar en refacciones en la casa, mientras se encuentra con amigos, vecinos y familiares, con los que va compartiendo sus historias de vida, diversas viñetas que dejan entrever un mundo que es conocido para los habitués del cine de “el Perro”: vecinas, jóvenes, laburantes y personajes de la fauna de Ituzaingó.

    A diferencia de sus filmes anteriores, Luján inaugura un aspecto clave en este Tríptico y que es un cambio visual bastante radical en el cine de Perrone: son filmes en interiores y con una paleta de colores oscura, casi en busca de un realismo alejado del costumbrismo y más cercano al cine del portugués Pedro Costa, con sus cuartos derruidos, sus angulosos contrapicados y sus densos claroscuros.

    Pero el cine de Perrone no se caracteriza por la sordidez, sino más bien por la empatía con sus personajes, gente de barrio con sus problemas y dificultades emocionales, que busca algún tipo de salvación (vía el trabajo, la religión o la familia) de su realidad en apariencia complicada y hasta deprimente.

    Que Luján tenga más de diez hijos, que reciba una carta con noticias que uno supone terribles o que no pueda vivir en su casa con su mujer, es visto sin exceso de dramatismo, como si Luján estuviese atravesado por una suerte de resignación de la que sólo el trabajo manual parece sacarlo.

    Y así, entre sirenas de policía y enfrentamientos a tiros que se oyen pero no se ven, Luján lleva adelante su vida dispuesto a enfrentar las dificultades, a su manera, y sin esperar a que el tiempo venga a llevárselo de prepo.
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  • El campo
    El campo
    Clarín
    Lejos del mundanal ruido

    Sólido drama con Leonardo Sbaraglia y Dolores Fonzi.

    Para Santiago y Elisa, la posibilidad de irse “a vivir al campo” parece la mejor opción para este momento de sus vidas. Padres de una niña pequeña, suponen que encontrarán allí un remanso, un lugar calmo para criar a su hija lejos de la furia y las tensiones de la gran ciudad. Pero tan sólo al llegar allí se dan cuenta que las cosas no serán tan sencillas. El caserón al que se están mudando está bastante destruido y no es ni cómodo ni cálido. Y por más que Santiago intente demostrar que él será capaz de transformar ese ambiente tirando a hostil en un paraíso familiar, Elisa empieza a deprimirse y a sentir no sólo que se han equivocado en la decisión, sino que hasta algo extraño podría estar pasando allí y en los alrededores.

    En El campo , el director y coguionista Hernán Belón se maneja en el límite entre el drama y el terror psicológico, bordeando un territorio cercano al de Roman Polanski pero prefiriendo el tono menor y evitando casi todo efectismo de género. Con algunas señales externas equivocas (el sonido es un aporte fundamental), Belón intenta hacernos experimentar como una progresiva perturbación psicológica pone en riesgo a una familia, a partir de un enfrentamiento con la naturaleza (tanto la del campo, como la de la propia naturaleza humana) con la que el hombre y la mujer toman diferentes posturas. O bien, porque se topan con sus miedos más profundos y previos.

    Es Elisa (Dolores Fonzi, una presencia siempre intensa en la pantalla) la que lleva el peso de esa perturbación. Lo suyo puede ser frustración habitacional, dificultades con la maternidad o fricciones matrimoniales, pero también Belón deja entrever que los ruidos pueden ser reales, que hay personajes que pueden tener extrañas intenciones y que, más que nada, Eli no estaba realmente preparada para enfrentarse a tamaños cambios.

    Santiago (Leonardo Sbaraglia, más controlado, como su personaje lo requiere) puede parecer el hombre aventurero y emprendedor, pero también deja entrever una zona oscura, terca, hasta violenta; le cuesta ceder a los reclamos de su mujer y entender que tal vez ese sueño de irse al campo sea suyo y de nadie más.

    Uno podría esperar que el ritmo y la tensión se intensifiquen aún más con el correr del relato, pero el nervio de la película no pasa jamás por el impacto y la búsqueda del shock. Así, esta película ominosa, sugerente, muy bien fotografiada por Bill Nieto, se agrega a la lista de promisorias operas primas del cine nacional, ya que al menos en el terreno de la ficción Belón es un debutante. Presentada en el pasado Festival de Venecia, premiada en varios encuentros internacionales, El campo seduce con la idea de que la violencia y el temor pocas veces están en el afuera. Se llevan como marcas en la piel.
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  • Comando especial
    De vuelta al colegio

    Jonah Hill y Channing Tatum en una divertida comedia policial.

    Comando especial no parecía, en principio, la más feliz de las propuestas: una adaptación de una serie de TV de fines de los ’80 que sólo es recordada por lanzar al estrellato a Johnny Depp. Pero así como dicen que de las novelas menores se hacen mejores películas que de las grandes obras de la literatura, esta muy libre versión de aquel 21 Jump Street termina siendo una de las mejores sorpresas de la comedia de los últimos tiempos y una divertidísima serie de observaciones sobre la identidad y la cultura popular, disfrazadas de comedia de acción.

    Lo que hacen los directores Phil Lord y Chris Miller ( Lluvia de hamburguesas ) es armar un cruzado juego de cambios de roles en los que se aprovechan todas las situaciones cómicas posibles y, más allá de un excesivo tiempo dedicado al final a las escenas de acción, logran un filme no sólo divertido sino hasta muy inteligente.

    Tal vez no lo parezca a simple vista cuando vemos al típico gordito nerd (Jonah Hill) siendo burlado por el chico popular de la escuela (Channing Tatum), allá por 2005. Pero siete años después, ambos se encuentran en la academia de policía y descubren que hacen una buena sociedad ya que uno tiene lo que al otro le falta. Pero pronto pagan el precio de la inexperiencia y son ubicados en un programa que consiste en infiltrarse como alumnos de secundaria y tratar de descubrir una red de narcotraficantes que opera ahí con una droga de efectos bastante peculiares.

    El “choque cultural” se presentará de dos modos. En principio, porque en ese tiempo la escuela cambió y los típicos roles de macho agresivo y nerd humillado ya no funcionan como antes. Y, además, Jenko (un muy gracioso Tatum) es confundido con Schmidt (Hill, cada vez menos hiperactivo) y enviado con los nerds a las clases de ciencia, mientras que su más cerebral y tímido amigo ahora se junta con los “hipsters” de la escuela.

    Ambos irán investigando –y probando en carne propia en una escena de comedia física desopilante- los efectos de esta droga, mientras arman fiestas descontroladas y no siguen a rajatabla sus compromisos policiales para el fastidio de su capitán (Ice Cube).

    Así, entre algunos chistes que pueden parecer, en principio, bastante básicos y gruesos, Comando especial juega sus cartas de una manera curiosa. Es una película sobre cómo cambiaron los Estados Unidos en la última década, y una en la que el viejo género de la “buddy movie” (la película de colegas enfrentados que se vuelven amigos) deja al descubierto el subtexto sexual que siempre fue su disimulada marca de fábrica.
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  • El útimo Elvis
    Un monarca suburbano

    Inquietante opera prima de Armando Bo acerca de la vida de un imitador del Rey del Rock.

    Nunca quisiste ser otra persona? ¿Algún famoso, por ejemplo? ¿Imaginarte cómo puede ser tener la fama, el talento, el dinero y la voz de, digamos, Elvis Presley? A Carlos Gutiérrez no sólo le pasa eso, sino que parece estar convencido de ser la reencarnación del Rey del Rock & Roll. Sólo que este monarca suburbano trabaja en una fábrica metalúrgica del Gran Buenos Aires, tiene una solitaria existencia en una casa que en nada se parece a Graceland (el fastuoso hogar de su ídolo) y mira por televisión, incansablemente, conciertos y entrevistas del cantante. Eso sí, come todo el tiempo emparedados de mantequilla de maní y banana, tal como lo hacía Presley.

    En su opera prima, Armando Bo (nieto) elige contar la vida de este hombre, pero no desde la parodia ni desde el ridículo. Carlos es obsesivo y posiblemente esté al borde de la esquizofrenia, pero El último Elvis camina a su lado sin juzgarlo. Es obvio darse cuenta que ha sido y es un pésimo padre y que no por nada su mujer (Griselda Siciliani, muy bien en su rol y casi irreconocible en su aspecto) lo dejó y no quiere que se acerque demasiado a su hija (Margarita López). Pero hasta ella, que seguramente sufrió muchas cosas junto a él, le tiene más compasión y piedad que odio o bronca.

    Es que Carlos pasa de la obsesión al hecho, y si hay algo que no se puede negar es que es un gran imitador de Elvis. Con shows en casinos, clubes, boliches y hasta geriátricos, el hombre –que jamás se saca los auriculares “full time Presley” - se gana la vida haciendo temas como Suspicious Minds o Always on My Mind y se luce en la tarea. Pero su vida como imitador y operario parece no satisfacerlo del todo y asegura estar planeando “algo grande” por lo que renuncia a su trabajo.

    Pero, en medio de sus grandes planes, su ex mujer (a la que llama Priscilla, aunque su nombre sea Alejandra) tiene un accidente y la pequeña hija (Lisa Marie, por supuesto) queda a su cuidado, trastocando sus planes y forzándolo a volver a trabajar, a pasar tiempo con ella y así conocerla, algo que hará en esos días más de lo que pareció haberlo hecho hasta ahí. Eso sí, arrastrándola en su cotidiana lógica de una vida armada como perpetuo homenaje al Rey.

    El último Elvis es fascinante en su exploración de un personaje pequeño pero con ambiciones gigantes, de un hombre casi sin identidad y que ha tomado una que le permite evadirse de su realidad. Y todo eso dentro de un filme casi sin fisuras desde lo formal. Con su experiencia en publicidad, Bo maneja los tiempos del relato a la perfección, sus actores son impecables, el diseño de producción es notable (Graceland está reconstruido en estudios locales, por ejemplo) y hasta la bromita algo banal de mostrar una galería de imitadores (además de nuestro Elvis, hay un Jagger, un Lennon, un Iggy Pop, un Charly García y hasta Paolo el Rockero...) resulta simpática y hasta tierna.

    Es que pese a tratarse de una película oscura, hasta densa en su lógica –y en el casi depresivo personaje que la protagoniza-, Bo y el notable John Mc Inerny (un excelente imitador real de Presley) logran que nos involucremos en las peripecias, alegrías y desgracias de este tal Carlitos, que un día se convirtió en Elvis y, a su manera, se consagró para siempre.
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  • Pie de página
    La familia es lo primero

    Padre e hijo compiten en filme israelí.

    Pie de página es una fábula moral, en tono de comedia dramática, acerca de la relación entre un padre y su hijo, ambos estudiosos del Talmud, la obra que recoge y preserva la tradición oral del judaísmo.

    El padre, Eliezer, es un severo y riguroso hombre que se pasó la vida estudiando diferentes versiones del texto religioso. Su hijo, Uriel, lo sigue en esa carrera, sólo que con un acercamiento a esos estudios (y a la vida en general) muy distinto al de su padre. Su forma de entender el estudio le ha traído más éxito en su carrera, pero, también, el desprecio de Eliezer, que lo considera un “folclorista”. Allí donde el padre es hosco y huraño, no cede ante nada ni negocia, el hijo es sociable y generoso, amable y querido por todos.

    El problema se da cuando le dicen a Eliezer que ha ganado el prestigioso Premio Israel, galardón que le ha sido negado por más de treinta años. Esa premiación lo alegra al punto de tornarlo casi irreconocible de simpático. El problema del asunto es que se trató de un error: lo llamaron a Eliezer para darle la noticia, pero el premio en realidad era para Uriel.

    El hijo, cuando se entera de la confusión, tiene que lidiar con su conciencia y con las autoridades que lo premiaron para ver si hay forma de corregir el asunto o si lo correcto es dejarle el premio a su padre. Pero tampoco esta opción es tan fácil, ya que para hacer eso le piden a cambio algunas cosas que no sabe si puede, o si quiere, cumplir.

    Los desafíos y debates a los que se somete este Uriel son propios de un cuento jasídico actualizado o una historia tradicional con moraleja. Y Cedar maneja narrativamente muy bien el desarrollo de esas tensiones, con algunas escenas excepcionales (la reunión de Uriel con el jurado en un pequeñísimo cuarto) y un juego con textos en la pantalla que está inteligentemente usada para incorporar esas “notas a pie de página”.

    En otros momentos, la película israelí es algo esquemática: en las diferencias excesivamente marcadas entre padre e hijo, en sus respectivas esposas y en el rol que ambas juegan, en el uso sobrecargado de la música (que por momentos subraya excesivamente las escenas). Pero, pese a esos detalles, la película de Cedar ( Campire, Beaufort ) aporta una mirada más que original a un mundo que es muy particular y específico, es cierto, pero a la vez bastante universal y reconocible en los dilemas éticos y familiares que le plantea al protagonista. Y, por ende, a los espectadores.
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  • El mal del sauce
    Un hombre solo, es sólo el comienzo

    Sebastián Sarquís cuenta la historia de un hombre secuestrado.

    La opera prima de Sebastián Sarquís, hijo del cineasta Nicolás Sarquís (director de Palo y hueso y Facundo, la sombra del tigre , entre otras), que falleció en 2003, es un filme que trata sobre una relación entre padre e hijo, una película sobre encuentros y desencuentros, sobre pérdidas. Pero esa historia, si es que está ahí, aparece en el marco de otra, que ocupa buena parte del metraje de este fallido filme que no logra estar a la altura de sus ambiciones.

    El filme es, en principio, la historia de un secuestro. Un hombre llamado Franco (Jean Pierre Noher) se despierta solo, amordazado y atado, en una casa en lo que parece ser una isla del Delta. De a poco va descubriendo que no hay nadie allí, pero que tampoco puede escaparse y que nadie parece escucharlo gritar. Pronto aparecerá un niño, su hijo, que dice hacerse pasar por otro para ayudarlo a escapar. Pero mientras Franco espera y espera por esa oportunidad, su sanidad se complica y no está seguro si su hijo intenta salvarlo o algo más está pasando allí.

    Paralelamente, se nos muestra que una mujer está negociando telefónicamente con secuestradores pagar o no un rescate para liberar a un hombre, pero nunca nos queda del todo claro la relación entre ambos segmentos del relato. Recién sobre el final, como un sospechoso golpe de efecto, empezarán a caer algunas máscaras y se revelarán los supuestos secretos y sospechas.

    El problema de El mal del sauce es que, si bien mantiene su interés en los momentos en los que Noher recorre y descubre, en silencio, el lugar donde vive, sin saber muy bien qué es lo que está pasando ahí, la mayor parte de los diálogos y actuaciones del resto de los personajes entra en un territorio de lo inverosímil a punto tal que la limitada credibilidad de la situación desaparece del todo. Y las revelaciones del final, ligadas a la naturaleza del secuestro y de la relación entre el padre y su hijo, se sienten completamente descolgadas, traídas de otra película que aquí nunca estuvo.

    Es una pena que una película que logra algunos climas silenciosos y que demuestra cierta pericia visual no logre sostenerse cada vez que algunos personajes abren la boca. Esa es una deuda, una asignatura pendiente, que tienen muchos directores argentinos.
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  • Diario de un seductor
    Peligro y ron en Puerto Rico

    Depp vuelve a encarnar a Hunter Thompson.

    Los cinéfilos conocerán al excéntrico Hunter S. Thompson por la anterior adaptación de uno de sus textos, acaso el más célebre de todos, Miedo y asco en Las Vegas , que dirigió Terry Gilliam hace 14 años. Pero la figura del periodista y escritor, alcohólico y experimentador variado excede y por mucho los límites del cine. Interpretado aquella vez y también ahora por Johnny Depp –amigo íntimo de Hunter en los últimos años de su vida: se suicidó en 1998-, el hombre encarna a la perfección al mito del periodista/escritor que transforma su vida en su arte, o viceversa.

    Diario de un seductor (título engañoso si los hay: el original es “Diarios del ron” y la novela se llamó aquí Días de r) podría ser una trama de iniciación: la historia de cuando un escritor encontró su propia voz. Thompson la escribió en los ’60 pero no la consideró digna de ser editada y recién se publicó en los ’90 por insistencia de Depp. El libro -y la película dirigida por Bruce Robinson- transcurren en 1960 cuando un entonces joven Thompson viajó a Puerto Rico a trabajar en un diario local y terminó, casi casualmente, dando un vuelco importante a su vida.

    Entonces un alcohólico “en la franja más alta del bebedor social”, Paul Kemp (así se llama el personaje en la ficción) empieza a mezclarse en la complicada vida de la San Juan en la que, gracias a la compañía del fotógrafo Sala (Michael Rispoli), comienza a conocer los placeres del ron y, con la “ayuda” del sinuoso Sanderson (Aaron Eckhart) llega a descubrir no sólo la corrupción imperante sino a una bella mujer (Amber Heard) que, lamentablemente, es la esposa de este intrigante operador.

    Así, mientras no logra ser útil a su periódico -que sólo quiere dar buenas noticias sobre la isla- y bebe cada vez más, el descubrimiento de una operación hotelera gigante en una isla desierta lo lleva a cuestionar lo que pasa allí. A eso hay que sumarle, claro, la posibilidad de quedarse con la chica.

    Episódica, errática, por momentos atrapante y por otros irrelevante, Diario de un seductor interesará más a los que quieran saber de los inicios del escritor o los fascinados por la recreación de lugar y época. Estarán los fans del actor, que pese a ser el instigador principal del filme, no parece demasiado compenetrado en lo suyo. O tal vez, como el personaje que interpreta, también vea todo desde la idiosincrática distancia y los momentos de revelación que da el alcohol, en una película a la que también se siente un poco así, entre copa y copa.
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  • Las mujeres del 6° piso
    Una liviana farsa con Carmen Maura.

    Una suerte de fantasía retro, a mitad de camino entre la nostalgia y el absurdo, Las mujeres del 6° piso intenta contar, en tono de farsa casi teatral, una situación de la vida real como fue la vida de las mujeres españolas que, en los años ’60, se iban a Francia a trabajar como mucamas para escapar de la pobreza y del franquismo.

    Un grupo de ellas vive en el sexto piso de un edificio en el que muchas también trabajan. Allí, un piso más abajo pero sin casi darse por enterado de esa situación, vive Jean-Louis (interpretado con todos los tics posibles por Fabrice Luchini). Tras una disputa entre su mujer y la mucama que trabajó con ellos toda la vida (no una española), terminan echándola. Sin saber qué hacer con su casa, contratan a María (la argentina Natalia Verbeke, de El hijo de la novia ), recién llegada a París desde España y sin experiencia laboral, pero “recomendada” por su tía Concepción (Carmen Maura), una de las “mujeres del sexto piso”.

    Ese simple pretexto sirve para contar un cuento falsamente inocente sobre cómo la vida de un hombre francés cambia al conocer a su mucama, interesarse primero en ella y luego, ante las fricciones cada vez más constantes con su esposa (Sandrine Kimberlain), enamorarse de la chica.

    Ese interés por María lo llevará a conocer a “las chicas”, un grupete bastante gritón y estereotipado de señoras españolas que vive arriba (Lola Dueñas, Berta Ojea y Concha Galán completan el equipo, cada una con sus problemas específicos), ver las lamentables condiciones en las que conviven y su mezcla de bonhomía, solidaridad mutua y dureza en los reclamos, digamos, sindicales. Todo teñido de un entusiasmo y un joie de vivre que incluye su costado gastronómico. La ayuda será mutua: él tratará de mejorar sus condiciones de vida y ellas lo despertarán emocional y, claro, sensorialmente, si bien las sospechas entre ambos tarden un rato en disiparse.

    Se podría decir que el filme tiene algo de Historias cruzadas en el cruce entre el mundo de los “patrones” y las lecciones que aprenden de las mucamas, lo mismo que la idea de un hombre reservado y “civilizado” que descubre su otro lado más juvenil y rebelde al conocer bien la vida de “las chicas”. Pero Las mujeres del 6° piso ni siquiera se preocupa demasiado por cualquier costado social ni cinematográfico. Es una fantasía banal, una comedia de tono y tempo teatrales que ya quedaría vieja en la calle Corrientes, y que representa al lado más intrascendente y ñoño del cine francés.
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  • Tenemos que hablar de Kevin
    Semilla de maldad

    Tilda Swinton se luce en este duro filme sobre la relación entre madre e hijo.

    A mitad de camino entre la película de terror y el estudio psicológico de una tensa relación, Tenemos que hablar de Kevin es más bien el retrato de una crisis nerviosa, de la depresión en la que entra una madre luego de que su hijo adolescente comete un acto terrible de insoportables consecuencias.

    En términos narrativos, el tercer filme de la talentosa realizadora escocesa Lynne Ramsay (la excelente Ratcatcher y El viaje de Morvern ) cuenta la difícil relación entre una madre y su hijo desde el embarazo hasta ese momento de quiebre, la incómoda historia de cómo quien parece ser un hijo no deseado se va transformando en una especie de monstruo que parece querer castigarla por traerlo al mundo, por no quererlo lo suficiente o, simplemente, porque es más parecido a lo que ella sería si “la vida” no la hubiese domesticado.

    Pero esa visión literal del filme sería limitada, ya que la historia se presenta como la pesadilla, los pedazos de un espejo roto que Eva, la madre, revisa cuando mira su vida en un estado casi catatónico. Yendo y viniendo en el tiempo, reforzando (acaso demasiado, a partir de recurrentes motivos visuales y auditivos que lanza Ramsay al espectador) la idea de inestabilidad emocional, tal vez todo lo que vemos no sea más que una deformación afiebrada de esa relación.

    Es que más de un espectador podrá preguntarse, viendo el filme, hasta qué punto es posible que nadie se dé cuenta de los problemas de un chico que se niega a ir al baño solo hasta los 8 años, destruye el cuarto y las cosas de su madre, y la tortura con su desprecio, su falta de afecto y su tono burlón y cínico (a su padre, en cambio, lo trata con afecto, pero sólo para molestarla a Eva). Ramsay parece allí apelar a una visión distorsionada. Tanto para la madre como para el hijo, los únicos que existen son ellos, y la película es ese juego de ajedrez vuelto pesadilla.

    Ramsay quiere hablar de demasiadas cosas en el filme y en ese sentido su retrato “social” de cómo Eva (extraordinaria Tilda Swinton, mezcla de tolerancia, desprecio, bronca, miedo y depresión en cada plano) tiene que tolerar las consecuencias de los actos de su hijo a partir de las reacciones de otras personas, la lleva a un territorio algo obvio. Con pintar la relación y la vida familiar queda claro que, en el fondo, el filme es una crítica casi “lynchiana” al sueño americano. Transformar en monstruos a los demás puede ser excesivo, por más que integren en cierto sentido la permanente pesadilla que es su vida.

    Tenemos que hablar de Kevin es una película perturbadora, dura, incómoda. Un filme que cualquier madre (o padre) verá con cierto espanto y terror, pero que en algún lugar se reconocerá en esas sensaciones confusas y ambiguas que se pueden producir en la relación con sus propios hijos, por más que las chances de que salgan como Kevin sean, por suerte, ínfimas.
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  • El conspirador
    Una lección de educación cívica

    Redford indaga en el juicio a los asesinos de Lincoln.

    La historia del juicio a los que conspiraron en asesinar al presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, en 1865, le sirve a Robert Redford, en su rol de director (no actúa), para intentar trazar un paralelo con la situación actual de los Estados Unidos “en guerra” y en cómo la necesidad de encontrar y condenar a culpables de crímenes terribles no debe nublar la vista de los que imparten justicia y que -tanto entonces como ahora- deben hacerlo de las maneras constitucionalmente aceptadas.

    El filme se inicia con el famoso asesinato en un teatro de Washington, no sin antes informarnos que la Guerra Civil, que había terminado apenas unos días antes, todavía está más que presente en las mentes de todos los participantes. El principal es un héroe de guerra de la Unión (el Norte), Frederick Aiken (James McAvoy), un inexperto abogado a quien le encargan la tarea que menos quiere: defender a Mary Surratt (Robin Wright), acusada de conspirar en el asesinato, ya que en su casa se reunían John Wilkes Booth (el actor que mató a Lincoln y que fue luego asesinado), su hijo John Surratt (que se ha escapado y no lo pueden encontrar) y los otros sospechosos.

    De una manera metódica, correcta, llevadera pero para nada apasionante, Redford nos mete en el juicio de una forma tal que muy rápidamente sabemos (y si uno sabe cómo terminó la historia, peor, así que mejor no averiguar y dejarse sorprender) cómo se moverán todas las piezas.

    Aiken empieza repudiando el trabajo, pero luego se va dando cuenta de que es probable que la mujer no supiera bien lo que sucedía ni cuáles eran las intenciones de las personas que se reunían con su hijo en su casa. O bien, que en su deseo de salvar a su hijo, termine echándose culpas sobre sí misma, como parece pensar su hija (Evan Rachel Wood). Y queda claro que hay muy poco de “juicio justo” en el tribunal militar: todos parecen dispuestos a condenar sin mirar demasiado atentamente los hechos.

    Que Redford ponga los cuestionamientos a la forma de impartir justicia de los defensores de Abraham Lincoln es una interesante vuelta de tuerca para un cineasta “liberal” a quien le resultaría más sencillo encontrar una trama donde los villanos fueran los sectores más reaccionarios de ese país. Y ahí está lo más interesante del filme, en el hecho de indagar en cómo, por más razones morales que parezcan tener los acusadores, los hechos son los hechos y no es ético torcerlos por más justa que la causa parezca ser.

    Eso, claro, hace eco en lo que sucedió en los últimos años, con prisiones como Guantánamo y otros actos de dudosa justicia impartida por un país que se considera a sí mismo el máximo baluarte de la democracia. Redford no subraya esta conexión, pero es obvia. Lo que se lamenta es que haya filmado más una lección de educación cívica que una película verdaderamente atrapante.
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  • Reus
    Reus
    Clarín
    El choque urbano

    Fallido policial uruguayo centrado en un enfrentamiento entre bandas.

    Reus es un barrio montevideano en el que, al menos en los años que pinta la película que lleva ese título, se había tornado un sector peligroso, con bandas de delincuentes que robaban tanto a los negocios como a los transeúntes -ante la aparente impotencia de la policía-, motivados por la necesidad de dominar el barrio y conseguir drogas. Una banda de barrio, sin grandes conexiones, más salvaje por inexperiencia y descontrol que por otra cosa.

    En un combo que mezcla varias películas policiales juntas, por un lado la banda entra en crisis por el regreso de la cárcel de El Tano, su veterano jefe, que no acepta algunas de las prácticas más salvajes de los más jóvenes metidos en el consumo de la pasta base. Por otro, la policía y los comerciantes del lugar (en su mayoría judíos, ya que Reus tiene algo del Once porteño) deciden que ya es hora de parar de alguna manera estos robos violentos y deciden tomar cartas en el asunto. En el medio, se realiza allí un bar mitzvah (cumpleaños de 13) del hijo de Don Elías –el enemigo declarado del Tano-, justo cuando el fuego entre ambas partes empieza a crecer.

    El enfrentamiento es entre Elías y el Tano, pero allí tallan ex fuerzas de choque de la época de la dictadura y los elementos más densos de la banda, lo que hace que el asunto se vaya de las manos. El filme, codirigido por tres directores, también se va bastante de las manos, ya que pese a su tradicional estructura, casi nunca logra volverse convincente, pareciendo todo el tiempo una exagerada representación, casi caricaturesca, tanto de los delincuentes (en una onda “viejita” sobreactuada a la enésima potencia) y aún más de los comerciantes y parapoliciales que no hacen más que repetir frases salidas del manual del policial.

    Un éxito en Uruguay, Reus se plantea como un filme realista a la Pizza, birra, faso , pero en realidad es tan forzado y excesivo como Ciudad de Dios , aunque sin la solidez técnica de aquel más que discutible pero incuestionablemente potente filme brasileño.
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  • La sal de la vida
    La vecinita de enfrente...

    Gianni Di Gregorio dirige y protagoniza esta comedia sobre un hombre que quiere conquistar mujeres jóvenes.

    Los que vieron Un feriado particular saben bien quién es Gianni, el protagonista de aquel filme y de éste, La sal de la vida , en ambos casos interpretado por Gianni Di Gregorio, que es también guionista y director de ambas. Este sesentón, amable, tierno y hasta un poco discreto para los estándares italianos, tenía que lidiar, en el primer filme, con cuatro viejitas que quedaban a su cuidado en un fin de semana de vacaciones en Roma.

    En este nuevo filme -que no es estrictamente una secuela, pero parte de la misma idea, con los personajes llevando el nombre de los actores y una estética y planteo similar-, Gianni sigue teniendo a su madre alrededor causándole problemas (está internada en un geriátrico y no para de gastar dinero), pero el centro está en otra cosa.

    En esta ocasión, Gianni -casado, con una hija y viviendo en cuartos separados con su esposa- descubre que a su alrededor está lleno de bellas mujeres que le gustan y que lo miman, lo quieren, lo respetan. Pero lo tratan como un abuelo y punto. ¿Le alcanza con eso? El filme corre desde lo temático por una senda más convencional que el anterior. Si bien las “viejitas“ hacen su aparición para enredarle la vida al pobre Gianni, el asunto para él parece ser cómo hacer para que alguna de las tantas chicas que se cruzan por su camino (la que atiende a su madre en la clínica, su vecina, una ex pareja y hasta las bellas mujeres que caminan por la calle o las que venden en la feria) le preste atención.

    El hombre es amable, simpático, “un gran amigo” al que todas las chicas besan, abrazan y acarician. Pero la edad no implica que al pobre de Gianni no le pasen cosas con ellas. Lo interesante del filme es ponerse en la piel de un hombre de 60 años que sigue con los sentidos despiertos, pero al que ya las chicas se le vuelven inalcanzables. “Te quiero como a un nono”, le dice una. De ahí no se vuelve...

    Di Gregorio (que fue guionista de Gomorra ) estructura todo de manera similar a su película anterior. Se siente la improvisación de algunos textos, la naturalidad de las actuaciones, la estructura casi casual y nada forzada de encuentros y desencuentros, pero acaso por ser la temática algo más trillada, el filme no tiene la potencia humorística del anterior, aunque no pierde en melancolía y gracia.

    Al final, cuando suena Here Comes the Man , de The Pixies (sí, los Pixies en una comedia italiana para un público, eh, mayorcito), el círculo se cierra claramente. La vida, a los 60, tiene sus variados placeres, eso es innegable. Sólo que hay que saber dónde encontrarlos y, también, asumir que algunos otros habrá que resignar, por más que la vecinita de enfrente de 20 años sea pura sonrisa...
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  • El mal del sueño
    La mirada de los otros

    El alemán Ulrich Köhler enfrenta a la cultura occidental con la africana en un filme fascinante.

    Africa como un sueño, una pesadilla. Africa como un lugar donde las reglas cambian, la lógica se trastoca y el misterio le gana a la razón. En El mal del sueño , el alemán Ulrich Köhler cuenta dos historias en una, ambas ligadas a esa idea: el continente, como parecía dejarlo en claro Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas altera los sentidos, transforma a los hombres para siempre.

    Un médico alemán y su familia están a punto de dejar Camerún después de tres años de trabajo allí, tratando de combatir la epidemia del llamado “mal del sueño” que hace que la gente quede en un estado de pesada somnoliencia, con consecuencias fatales. Con la epidemia controlada, Ebbo y su familia deciden regresar a Europa. Mujer e hija se van mientras Ebbo queda ultimando detalles de su partida mientras prepara a su reemplazante y enfrenta lo que, él siente, es una extendida corrupción y falta de seriedad profesional en quienes lo rodean, tanto locales como un francés que quiere convencerlo de emprender allí un proyecto en apariencia hotelero.

    La película salta abruptamente a tres años después. Allí vemos a Alex, un doctor francés, negro, de origen congoleño, que arriba a Africa a hacer un informe de la situación médica. Con dificultades para adaptarse al lugar y a sus costumbres, Alex termina enredado en la búsqueda infructuosa de Ebbo, quien nunca se fue del lugar y que hoy parece haber asumido una forma de vida que antes rechazaba. Lo que pasará de allí en adelante entrara en un terreno misterioso, una suerte de juego de poder y de viaje a las profundidades de la selva en la que el espectador deberá sacar sus propias conclusiones.

    Alejado de toda “corrección política” imperante, jugando con las contradicciones que existen en la relación entre europeos y africanos, y llevando al espectador a meterse dentro de ese universo donde las cosas no funcionan de manera convencional, los parámetros de conducta son otros y en los que un hipopótamo puede aparecer y uno no sabe si es real o alucinación, Köhler vuelve a plantear ese choque cultural tan clásico a la literatura y al cine que es el encuentro entre la razón occidental y la forma de vida africana (o, podríamos decir, “tercermundista”), a las formas del post-colonialismo.

    Sin juzgar ni condenar, observando comportamientos y actitudes, dejando que el paisaje vaya haciendo su trabajo sobre el espectador, este realizador clave del llamado Nuevo Cine Alemán -que vivió de niño en Africa- entrega un filme corto, subyugante, un viaje en dos partes que hace recordar la historia de la búsqueda y encuentro del mítico Kurtz, un hombre transformado por sus experiencias y circunstancias. Enredado en el corazón de las tinieblas...
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  • El precio de la codicia
    El fin de la fiesta

    Se luce un gran elenco en este filme sobre Wall Street.

    Ninguno de ellos lo sabe, pero en poco más de 24 horas el mundo tal como lo conocen desaparecerá. O, al menos, se transformará radicalmente. Una tarde de 2008 se produce una enorme purga de personal en una empresa neoyorquina y poco antes de que el jefe de uno de los pisos (Kevin Spacey) arengue a los sobrevivientes diciéndoles que ellos quedaron por ser mejores y que deben aprovechar la oportunidad, uno de los despedidos (Stanley Tucci) le da a Sullivan, un joven analista de riesgos del mercado (Zachary Quinto), un pendrive y le deja una frase: “Tené cuidado”.La información obsesiona a Sullivan al punto que se queda después de hora descifrándola. Y lo que encuentra allí provocará no sólo un caos que podría acabar con su centenaria empresa, sino hasta causar una crisis financiera nacional. Lo que El precio de la codicia cuenta es una versión dramatizada de los hechos que llevaron al desbande económico de Wall Street. Y lo que nos dice es que la culpa, en realidad, es un poco de todos.Con la estructura de una pieza teatral en la que las palabras pesan mucho más que las acciones –y apenas unos pocos escenarios, en su mayoría en los pisos de la empresa-, la opera prima de JC Chandor intenta algo muy difícil: contar los manejos egoístas y codiciosos que llevaron a la crisis y, a la vez, mostrar que buena parte de estos personajes no tenía otra opción que hacer lo que hizo. Una suerte de canto a la obediencia debida: si el jefe máximo dice que hagas algo para salvarte sin importar a quién puedas dañar, bueno, lo hacés...Es raro que esta película que narra las idas y venidas que los distintos jefes de la compañía (Simon Baker, Demi Moore, Paul Bettany y Jeremy Irons como el único verdadero villano, el capo máximo) haya sido apropiada por el movimiento anti-Wall Street como bandera, ya que pareciera querer demostrar que los banqueros no han tenido más culpa en ésto que el común de los mortales, que los que manejaron mal el asunto son tan culpables como los que pidieron créditos que no podían pagar.Esa “humanización” sirve para dar un interesante grado de grises a los personajes, como a Rogers (Spacey), que no está convencido de las actitudes de sus superiores y que tan malo no debe ser porque llora por su perro enfermo. Pero un poco más arriba en la escala (los personajes de Baker y Moore) el gris se vuelve más oscuro y las motivaciones más espurias. Igual es el caso de Emerson (Paul Bettany), otro de los jefes.Pese a una longitud un poco exagerada y a un exceso de tecnicismos en los diálogos, la película se sigue con interés y la tensión crece, ya que nunca sabemos muy bien cómo explotará la situación y cómo afectará a cada personaje. Lo mejor que hace Chandor es lograr mantener a raya a actores propensos al exceso (como Spacey e Irons), que entregan muy buenas performances, ayudadas por un diálogo preciso y de rítmica teatral, veloz, a lo David Mamet. Sin terminar de convencer –ni cinematográfica ni ideológicamente-, El precio...es una buena película para entender lo mal que la pasan los que ganan 250 mil dólares al año por no poder ganar millones.
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  • Ghost Rider: Espíritu de venganza
    Calavera no chilla

    Más disparatadas aventuras con Nicolas Cage.

    Hay películas flojas, películas malas, películas absurdas y películas con Nicolas Cage. Aún dentro de este subgénero, hay pocas películas como Ghost Rider: espíritu de venganza , y uno no sabe bien qué actitud tomar al respecto. Y si bien es difícil considerarla como un producto logrado, tiene momentos de absurdo y gracia que muchas mejores películas nunca ofrecerán.Decir que es una mala película divertida no sería completamente cierto, porque implicaría que es graciosa a pesar suyo, por lo mala que es. Este caso no es así: da la impresión de que tanto los realizadores como el elenco sabían lo que buscaban. Y de alguna manera lo lograron. ¿De qué otra manera alguien se atreve a poner a Nicolas Cage a orinar chorros de fuego sin suponer que el espectador lo tomará como un absurdo? La secuela es más graciosa y excesiva que la primera parte y es por eso que es más entretenida como producto. Aquí cabe de todo, lo cual en una película con Cage y sus pómulos hinchados de botox, su peinado cada vez más enrarecido y su constante transformación en el cadavérico motoquero que encarna en este filme, es casi una garantía de entretenimiento.En la secuela, nuestro antihéroe con poderes gracias a un pacto con el Diablo recibe el encargo de salvar a un niño de las manos de Roarke (Ciaran Hinds), niño que podría tener poderes y que se escapa junto a su madre (Violante Placido). Tras él van los diabólicos esbirros de Roarke, mientras Johnny Blaze trata de llevarlo hacia un monasterio donde lo salvarán de los peligros diabólicos. Compinche en esta aventura es un cura francés, alcohólico, que encarna Idris Elba ( The Wire ). Es él quien quiere llevar al niño con los monjes, cuando en realidad no sabe muy bien con qué se encontrará ahí.En manos de la dupla Neveldine/Taylor, especialistas en violentas sacudidas de cámara como bien se vio en la saga Crank, Ghost Rider 2 es un filme de acción que no intenta disimular el nivel de absurdo en el que se maneja y hace partícipe muchas veces al espectador de esa gran exageración. Una película de superhéroes con poderes maléficos, monjes misteriosos y Christopher Lambert con la cara toda escrita en medio del Este de Europa, da para cualquier tipo de desborde. Y aquí los usan casi todos. Hasta tenerlo a Cage demostrando sus fogosas habilidades con todo el cuerpo cuando se transforma en el ¿temido? Rider. ¿Qué más se puede pedir?
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  • Proyecto X
    Proyecto X
    Clarín
    ¡Rompan todo!

    Un cumpleaños se escapa de control en esta violenta comedia.

    La fiesta inolvidable, Despedida de soltero, Animal House ... La historia del cine tiene varios filmes sobre fiestas descontroladas, que se van de las manos, pero acaso ninguna sea del todo como Proyecto X . Por un lado, porque está filmada como un falso documental, usando la que supuestamente es la cámara de un amigo que graba todo lo que sucede en la noche en la que se arma un fiestón de cumpleaños para un adolescente al que, digamos, no le sobran ni los amigos ni las chicas. Y, por otro, porque la película no tiene más que contar que la fiesta en sí.Cuando sus padres se van convenientemente de vacaciones, Thomas decide aceptar la propuesta de su amigo Costa y armar una gran fiesta para ganar popularidad en el colegio. Thomas quiere algo normal -30, 50 personas-, pero el asunto explotará vía redes sociales y pronto serán cientos y cientos de personas las que se diviertan, descalabren y terminen causando el caos en la casa del cada vez más confundido (y borracho) adolescente.El problema de Proyecto X es que, narrativamente, no es más que la suma de los momentos que van llevando al caos total. Casi no hay una trama o una idea narrativa que sostenga lo que se ve: una cadena de clips musicales con gente bailando, gente tirándose a la pileta, chicas sacándose la ropa, o objetos rotos de todo tipo, de vidrios a coches, a la cuadra entera. Por lo que, una vez planteada la lógica bestial del desastre, no quedará más que sentarse y verlo desarrollarse. Una subtrama sobre una amiga de Thomas con la que tiene una confusa relación tampoco agregará mucho al paquete.Si algún interés tiene el filme es pensar hasta qué punto una película como ésta refleja un cierto estado de cosas en los Estados Unidos. No se trata de un descontrol contracultural, ni de un personaje que desarma una fiesta ordenada, ni hay una boda en camino. Se trata, simplemente, de un ejercicio en romperlo todo, con lo contundente y a la vez monótono que eso puede ser como experiencia para el espectador, que no participa en la fiesta. Tal vez sea una señal de las motivaciones de una generación que no se ve con demasiado futuro: una especie de grito punk de las clases medias californianas cuyo futuro, acaso, no incluye el nuevo modelo de iPad. Y si hay que romperlo todo por eso, a no dudarlo.
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  • Sólo por dinero
    La cazadora de recompensas

    Katherine Heigl, en un filme que intenta combinar thriller y comedia.

    Sólo por dinero es como el episodio doble de presentación de una serie que uno no está muy seguro de querer seguir mirando. De hecho, algo de eso hay, ya que se trata del primero de los ¡18 libros! que Janet Evanovich escribió sobre esta especie de torpe cazadora de recompensas en la que se convierte una chica sin trabajo llamada Stephanie Plum e interpretada en el filme por Katherine Heigl.

    La idea, tal vez, sea la de armar una franquicia con el personaje y la actriz. En función del filme –y de la poca repercusión que ha tenido- el asunto parece bastante difícil.

    Mezclando comedia con una trama de thriller, la directora Julie Ann Robinson coloca a Heigl es un universo bastante más callejero y sucio que el habitual para esta actriz especializada en comedias románticas. Plum es una chica de un barrio obrero (Trenton), divorciada, que se acaba de quedar sin trabajo. Necesitando plata, termina aceptando trabajar para un pariente dedicado al negocio de las fianzas con el objetivo de capturar a Joe Morelli (Jason O’Mara), un policía que ha cometido un crimen y se ha escapado. No casualmente este policía, además de darle una jugosa suma de 50 mil dólares si lo captura y entrega, es un ex novio de la secundaria con el que había terminado muy mal.

    Entre momentos cómicos (ligados a la familia de Plum, con su pesada abuela interpretada por la veterana Debbie Reynolds) y situaciones de seducción, Plum irá descubriendo el universo en el que Morelli se mueve (entrenadores de box, prostitutas, traficantes) y, con su estilo poco ortodoxo y tirando a torpe, empezará a atar cabos para resolver la situación.

    El filme no logra nunca encontrar un tono apropiado. Su humor es muy banal y su trama no logra nunca salir de las reglas básicas del “best seller de aeropuerto”, una especie de Elmore Leonard ultra-light que apenas cobra algo de vida y gracia en las secuencias que Plum tiene con Ranger (Daniel Sunjata), que le enseña algunos trucos del trabajo, en especial a manejar armas.

    Entre escenas donde Heigl luce su buena figura (Plum es una agente con atuendos por lo menos provocativos para las zonas en las que se maneja) y otras en las que intenta descifrar, a los tumbos (y con explicaciones varias para potenciales espectadores confundidos), lo que sucede, pasa Sólo por dinero , un título que alguno pensará que tiene que ver con la actitud de Heigl al agarrar esta potencial franquicia. ¿Cómo saberlo?
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  • Centro
    Centro
    Clarín
    Las callecitas de Buenos Aires...

    Documental de Sebastián Martínez sobre el microcentro porteño.

    Centro es un estudio en imágenes y sonidos de una zona clásica de Buenos Aires (el microcentro, delineado por el largo de las peatonales Lavalle y Florida), que es un universo tan complejo como transitado, tan observado como asimilado, al punto que la gran mayoría de los porteños que han pasado muchas veces por allí sienten que lo conocen de memoria cuando, en realidad, no se han detenido mucho a mirarlo.

    Para los que -por diversas circunstancias- lo hemos hecho, Centro , documental de los llamados “observacionales”, dirigido por Sebastián Martínez, ofrece descubrimientos, incógnitas, sorpresas y también clichés, zonas obvias. Hay una mirada que intenta incluirlo todo, de personajes a lugares geográficos precisos: vendedores ambulantes, locales de ropa, cines viejos, nuevas e ignotas iglesias, vendedores, profesores de tango.

    En ese muestreo enorme de “íconos” hay hallazgos, pero también la extraña sensación de que, más allá de sus enormes diferencias con un documental convencional, Centro puede terminar resumiendo Buenos Aires de una manera no tan distinta de lo que lo haría un folleto turístico.

    Lo que más atrapa del filme es su punto de vista. No tanto lo que mira sino cómo lo mira, cómo mezcla sonidos e imágenes, reflejos de la calle en las vidrieras y puntos de vista inusuales. Lo mismo pasa con algunos personajes, como los dos nostálgicos de la “Lavalle de los cines”, los que conversan en una peluquería o el hombre que ensaya y luego hace un rito religioso. Y el atractivo del filme pasa por ahí: no por haberlos descubierto (hay que estar muy alienado en la ciudad para no ver gran parte de las cosas que se muestran), sino por elegir un original modo de retratarlos.

    La sinfonía urbana que es Centro tiene esa lógica de viaje del día hacia la noche y los personajes que muestra también se suman esa cronología. Ver ese “doble fondo” del centro porteño -oficinas de casas de cambio, lustradores de monumentos, gente que pega posters en los cines- tiene ese atractivo del detrás de la escena. Un atractivo que, mal que le pese al filme, también refuerza, en su variopinta diversidad, todos los lugares comunes que este Centro exhibe. Algo así como una lateral y extrañada manera de decir “así es mi Buenos Aires...”.
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  • La carrera del animal
    Fuga y misterio

    El filme de Nicolás Grosso ganó el BAFICI 2011.

    La idea de la fuga es un recurso y una figura central en La carrera del animal , opera prima de Nicolás Grosso que ganó como mejor filme en la competencia argentina de BAFICI 2011. Una fuga –escape, accidente, misterio- es lo que dispara los acontecimientos: el dueño de una fábrica ha desaparecido dejando a un montón de trabajadores en un estado de incertidumbre laboral absoluta y a sus hijos (en especial a uno de ellos, encarnado por Julián Tello) sin saber qué hacer y recibiendo las consecuencias de ese acto que no ha causado.

    Fuga es, también, la que emprende ese hijo, que no sabe, no quiere, no puede hacerse cargo de la situación y circula de la fábrica a las charlas con amigos, de una mujer a su hermano (algo más decidido o completamente loco), de un viaje al campo a una noche solitaria, siempre tratando de encontrar alguna tangente que le permita evadir la situación de tener que hacerse cargo.

    Y fuga es, también, el esquema, la puesta, de esta película de Grosso, que narra en forma de abismo continuo y permanente una historia cuyos ejes se desvanecen para dar pie a otros, donde las anécdotas se concatenan sin un clásico efecto causa-consecuencia y en la que la circulación de los personajes y de la cámara deja entrever esa indefinición que los acecha.

    Como buena parte de un Nuevo Cine Argentino originado en la Universidad del Cine en los últimos años, La carrera del animal apuesta por un relato extrañado, en blanco y negro y con una luz tenue, plagada de sombras (excelente fotografía de Gustavo Biazzi). Hay una línea casi invisible que une a este filme con otros como Castro, Como estar muerto/Cómo estar muerto o Un mundo misterioso , relatos que ponen en escena a personajes perdidos a lo largo de un período de tiempo determinado.

    La carrera...sobrevuela cuestiones sociales, pero nada más alejado en ella que hacer un filme de denuncia o del llamado “social”. Grosso utiliza ese disparador para movilizar a nuestro personaje a una serie de encuentros en donde deberá interactuar con curiosos personajes, de trabajadores de la empresa a personal jerárquico, su hermano y amigos, a los cuales escuchará hasta, finalmente, alzar su voz y tomar algún tipo de decisión personal. Tan elusiva, claro, como todas las otras.

    Visualmente subyugante aunque, por momentos, narrativamente inexpugnable, bordeando conscientemente el absurdo, La carrera del animal es un bello y enigmático rompecabezas intelectual, una película que absorbe de las vanguardias de los ’60 (se ha dicho hasta el hartazgo las influencias evidentes de la Nouvelle Vague más “rivettiana” y de nuestra Invasión , de Hugo Santiago) y entrega algo que, si bien no es del todo nuevo ni original, genera la intriga suficiente como para querer saber más.
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  • Caballo de guerra
    Ese placer cinematográfico

    Steven Spielberg tiene el talento necesario para hacer este filme emocionante.

    Hay que tener el talento de Steven Spielberg para hacer –y bien- una película como Caballo de guerra . Es que la sensibilidad de director de E.T.

    para narrar de forma épica, clásica y sin escaparle a las emociones es la mejor (¿la única?) manera de acercarse a esta historia que parece venir de otros tiempos, la leyenda del caballo valiente, su joven dueño que lo pierde y las peripecias de ambos durante la Primera Guerra Mundial.

    De entrada, con esos planos majestuosos de los campos ingleses. Con el nacimiento del caballo (se llama Joey) y la mirada del adolescente que lo ve crecer. Con la educación, casi compartida, de ambos. Y con el arribo del mundo real: pobreza, alcoholismo, crisis económica y la guerra que separará al muchacho de su animal. Todo esto suena muy “chapado a la antigua” y lo es. Y Spielberg no teme contarlo así, como un cuento de los que se cuentan a los niños antes de ir a dormir. Y si bien no es una película infantil (sería una clásica película “para toda la familia”), Caballo...

    apuesta a las emociones directas, a la sinceridad, a bajar la guardia y a dejarse llevar por la aventura y las emociones.

    Cuando la guerra comienza, el filme sigue a Joey en sus peripecias. Desde la despedida, a su llegada a Francia, y de ahí hacia donde el destino lo lleva (de dueño a dueño, de batalla a batalla), mientras Spielberg muestra la guerra de manera épica y con planos que, como en El imperio del sol , juegan con el punto de vista de un adolescente o, si se quiere, hasta del propio caballo, que observa todo y hasta parece ser lo único que entiende lo insensato de las masacres que se cometen.

    Esa capacidad de Spielberg para dotar de humanidad a animales, robots y criaturas y hasta objetos de todo tipo (camiones, tiburones, dinosaurios y siguen las firmas) está más que a la vista en Caballo de guerra , película que resume muchos de sus temas, y que tal vez sea un retorno -¿y despedida?- a un cine suyo que hasta él dejó de hacer en los ‘90. Comparada con las escenas bélicas de Rescatando al soldado Ryan , las de Caballo...

    parecen las de un Spielberg más inocente, aunque es sólo una estrategia narrativa, un modo de contar.

    Las citas al cine clásico de Hollywood están ahí, y es obvio que lo primero que salta a la vista es el cine de John Ford, y películas como Qué verde era mi valle o El hombre quieto , así como tantísimas películas bélicas o retratos de la vida rural hechas de los años ’30 a los ’50, o esas novelas adolescentes de tapas amarillas que han quedado guardadas en algún armario.

    Caballo de guerra es un regreso a esos tiempos y, entregarse a ese placer cinematográfico, es uno de los grandes regalos que uno, como espectador, puede hacerse hoy.
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  • Chacú
    Chacú
    Clarín
    Mucho dato, nada de cine

    Documental de Felipe Pigna sobre la provincia del Chaco.

    Ya se ha dicho mil veces: las buenas intenciones no necesariamente hacen buenas películas.

    Chacu , un documental de Felipe Pigna acerca de la historia de esa provincia argentina, es un ejemplo cabal de eso: un reporte investigativo, apresurado, confuso, sin matices, que intenta contar en 80 minutos más de medio siglo de historia, que abarcan choques culturales, raciales, políticos, geográficos y demás.

    El filme es un compilado de entrevistas, que se apilan una tras otra casi sin descanso. Eso, acompañado con unas pocas fotos y unos diagramas y dibujos que intentan explicar los cambios geográficos a lo largo de la historia del Chaco, puede servir como para una clase en una escuela secundaria. Y ni siquiera: la apurada sucesión de nombres, hechos, conflictos, batallas y situaciones sería imposible de recordar por alguien no ducho en la historia de la provincia. Y si esa persona lo es, este documental le es absolutamente innecesario.

    A lo sumo, lo que consigue Chacu es dejar en claro que las tribus originarias de la región (los qom, los wichi, los moqoit) han sido muy castigadas por el hombre blanco desde siempre, y que recién hace poco se empezaron a respetar sus ideas espirituales y esencia cultural.

    Más allá de las problemáticas políticas que tienen hoy a los qom en el centro de un conflicto nacional, Chacu , un filme producido por el Ministerio de Educación de esa provincia, no tiene ninguna estructura cinematográfica y no hay mucha lógica que explique su estreno comercial. Pero tampoco sirve dejarlo como un “buen producto educativo para TV”, porque tampoco lo es. Es un demo, un informe, un ensayo.
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  • La dama de hierro
    Retazos de vida

    Meryl Streep se pone en la piel de Thatcher.

    Filmar una película sobre Margaret Thatcher era una tarea más que compleja. Se trata de un personaje polémico y discutido, pero también -especialmente para los británicos más conservadores- una figura destacada, casi una heroína. Si encima se le da un sesgo feminista al retrato (Thatcher como la mujer que logró colarse en la cerrada secta machista del poder político británico), la forma de plantearse ante este personaje se complica aún más. Hay un tercer elemento en juego. Thatcher está viva y sufre demencia senil. Y la película no evita el tema.

    Ese balance muy difícil de lograr es el que no ha encontrado Phyllida Lloyd a la hora de hacer La dama de hierro . Pero los cuestionamientos al filme no son políticos ni mucho menos. No es cuestión de criticarlo porque la pintura de su gobierno pueda ser excesivamente amable (cada uno tendrá su opinión al respecto), sino por problemas puramente cinematográficos. Más allá de una actuación mimética perfecta de Meryl Streep, La dama de hierro no sabe qué contar ni mucho menos cómo contarlo.

    La semana pasada se estrenó J. Edgar , película de Clint Eastwood sobre un personaje aún más problemático como fue Hoover, el jefe del FBI. Las dos películas se organizan de similar manera, con el personaje desde un presente bastante gris, recordando su vida y su carrera. Pero allí donde Clint trazaba, en paralelo, una historia política y otra personal, Lloyd no sale de una serie de fugaces y poco reveladores clips en los que no se profundiza en nada la vida ni el pensamiento de Thatcher. Es un resumen apurado y lleno de “apuntes” de la carrera de esta mujer.

    Así, cada importante episodio político es un insert sin contexto ni desarrollo, seguido por otro, y otro más, y así. Todo sostenido desde un presente igualmente flojo, con Lloyd mostrando a Thatcher perder su sanidad mental mediante una serie de confusiones entre realidad y fantasía (le habla a su marido muerto, al que vemos conversar con ella, una y otra vez) en un trauma que, apuesta el filme, se resolverá cuando la anciana dama logre liberarse de ese fantasma.

    Si el presente resulta moroso y confuso, y el pasado impreciso y obvio, ¿qué queda por ver? Uno podría decir que la actuación de Streep. Es cierto, la actriz es extraordinaria y capta al personaje no sólo desde sus gestos sino que logra, por momentos, unir las puntas sueltas de este no-relato. Pero no alcanza, salvo para un espectador que vaya al cine a ver un show actoral, o para un actor que vaya a verla como tarea para el hogar...

    Otro tema que provocará curiosidad -al menos aquí- es el tratamiento del tema Malvinas, tal vez el episodio del pasado al que el filme más tiempo dedica (siete minutos, no esperen más). Pero tampoco hay allí demasiadas revelaciones, más allá de la idea de que la propia Thatcher fue la más decidida a ir a la guerra, contra los consejos de casi todos. Esto, el filme lo toma algo así como una demostración de feminismo (“yo voy a la guerra todos los días”, dice ella cuando alguien le cuestiona su conocimiento del tema), en una metáfora por lo menos absurda.

    Además, claro, estarán los que sientan que La dama de hierro celebra a Thatcher de una manera que para muchos puede resultar hasta irritante. La película es un poco celebratoria de su controvertida figura, pero ése es el menor de sus problemas. El mayor es no tener nada más que una actuación que la sostenga...
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  • J. Edgar
    J. Edgar
    Clarín
    Ciudadano Hoover

    Extraordinaria biografía del despiadado director del F.B.I. con una gran actuación de DiCaprio.

    Saber los secretos de los otros no es lo único que mantuvo a J. Edgar Hoover en la cima del poder político de los Estados Unidos durante casi medio siglo. Es cierto que el hecho de que el director del F.B.I., un hombre gris, obsesivo y paranoico, podía revelar las cuestiones más íntimas de los presidentes, debió ser atemorizante para todos ellos, de Roosevelt a Nixon, pasando por los Kennedy. Pero, también, Hoover logró lo que logró “desapareciendo” como persona física y convirtiéndose en una figura pública que tenía bastante poco que ver con la realidad.

    Como en La conquista del honor , Clint Eastwood confronta otra vez la imagen pública con la privada. En este caso, la de un hombre que supo, quiso y pudo manejar los medios a su favor, con una realidad mucho más oscura, casi cercana a la de un Norman Bates, el personaje hecho famoso por Hitchcock en Psicosis y que tenía una relación por lo menos enfermiza con su madre. Hoover era el hombre que espiaba y se ocultaba, alguien cuya vida personal era desconocida y sobre la que el guión de Dustin Lance Black se centra, pero eligiendo una respetuosa distancia, como no queriendo hacer con Hoover lo que él hacía con quienes espiaba.

    Ese es uno de los ejes principales de J. Edgar : contar la vida de Hoover a partir de la relación con su madre (una aterradora Judi Dench), de su dificultad para conectarse con las mujeres (Naomi Watts encarna a una potencial novia que se vuelve secretaria) y de su íntima amistad con Clyde Tolson (Armie Hamer), su segundo en el F.B.I. de toda la vida, con el que tuvo una relación más que personal, que Eastwood decide explorar hasta donde le parece adecuado y correcto. Lo demás quedará en cada espectador, no es la intención de Clint sacar del closet a alguien que no quiso nunca salir de ahí.

    Si bien ése es el eje personal de este filme severo y oscuro, a Eastwood le interesa plantear otros dos, tan o más relevantes: la idea de la vigilancia, el miedo y la sospecha, que ha reemplazado, en la mente de muchos, a la “libertad” como matriz fundacional de los Estados Unidos, y que es tema que atraviesa la película desde los años ’20 (cuando Hoover descubre su “vocación” por encontrar comunistas donde sea) hasta su muerte. Si J. Edgar va y viene de los inicios de la carrera de Hoover al momento en que relata su biografía (en los años ’60), la lectura de la película la lleva a ser pensada desde el post 11 de septiembre de 2001. Esto es: se sigue sin aprender nada de la Historia.

    Por otro lado, Eastwood juega con la idea del choque entre la realidad y la leyenda (tema clásico del cine histórico de Hollywood), mostrando a Hoover como alguien obsesionado por controlar su imagen, mintiendo acerca de su heroísmo y tratando de crear un personaje (el G-Man de las películas de Warner de los ’30, que Eastwood tanto admira y aquí cita) hasta en su propio dictado autobiográfico, en el que se atribuye arrestos y capturas que jamás hizo.

    Sobre esos tres ejes, y mediante un recorrido histórico que tal vez sea algo complejo de entender fuera de los Estados Unidos (va de atentados políticos de 1919 hasta el espionaje a Martin Luther King, de la mujer de Roosevelt a los affaires de J.F.K., pasando por mafiosos de los ’30 y el secuestro del bebé de Charles Lindbergh), Eastwood arma un relato seco y riguroso, alejado de todo sensacionalismo, por el que hasta fue acusado de “humanizar” demasiado la figura de Hoover.

    Es que en la piel de Leonardo DiCaprio –de excelente trabajo, pese a que su maquillaje al envejecer, como el de los otros actores, complica la credibilidad del asunto-, Hoover puede ser patético, cruel y perverso, pero también (a la manera de El Ciudadano , un filme que también es referencia en varios sentidos, narrativos, temáticos y visuales) una persona incapaz de darse cuenta de sus errores. El guión puede “psicoanalizarlo” un poco, pero Eastwood no lo justifica y, como es su costumbre, se mantiene alejado de todo subrayado innecesario.

    En la que es su mejor película desde Gran Torino ( Invictus era algo naive, Más allá de la vida ligeramente new age), Eastwood vuelve a su clásica oscuridad fotográfica (¿recuerdan Bird ?), a la descripción de personajes indescifrables e individualistas, a la distancia justa. Si Hoover representa algunas de las peores tradiciones y herencias estadounidenses, Eastwood –mediante sus grandes películas- simboliza las opuestas: respetar al otro, vivir y dejar vivir.
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  • Al borde del abismo
    Entre la espada y la pared

    Sam Worthington encarna a un ex policía que amenaza tirarse desde un edificio en este thriller de Asger Leth.

    Un hombre entra a un hotel en el centro neoyorquino y se dirige a su cuarto en uno de los pisos más altos. Entra, pide algo para comer, abre la ventana y se para en la cornisa, dando la impresión de que en cualquier momento se lanzará al vacío. La gente en la calle lo ve y a los pocos minutos la ciudad –policía, medios, curiosos, etcétera- estará revolucionada. ¿Qué llevó al hombre a esa situación? Y, más que eso, ¿de verdad está pensando en tirarse? Al borde del abismo , thriller del danés Asger Leth (hijo de Jorgen Leth), se centra en Nick Cassidy (Sam Worthington), un policía que fue a la cárcel por robarse un diamante de 40 millones de dólares. En un flashback que seguirá a su salida a la cornisa veremos cómo logró escaparse de prisión tras salir con permiso para el entierro de su padre y zafar de la policía allí, en el cementerio. Y sabremos que la intención de su intento de suicidio será probar su inocencia en el caso. Pero, ¿cómo piensa hacerlo? El plan es más complejo y mientras Nick llama la atención reuniendo a policías y consiguiendo una negociadora (Elizabeth Banks) a la que cree poder manipular, otras cosas están pasando en un operativo tan complicado como bastante inverosímil que involucra a familiares, robos de joyas, corrupción policial y varios etcéteras.

    Al borde...

    no se sostiene desde su lógica, sino desde la tensión y el nervio –y un tono exaltado de película Clase B- que durante buena parte del relato Leth logra dotar a la situación, tratando de aprovechar al máximo el mínimo espacio que Nick tiene para moverse, pero siempre moviéndose entre el resto de los personajes de una trama en la que participan actores como Jamie Bell, Ed Harris y Ed Burns.

    Las limitaciones que la situación presenta (Nick no puede moverse más de unos metros de izquierda a derecha) hacen recordar a aquella película que el padre de Leth hizo con Lars von Trier, Las cinco obstrucciones , en la que el cineasta se ve forzado, como también sucede en el caso del Dogma, a trabajar con severos y autoimpuestos límites. Y tal vez fue eso lo que atrajo a Leth de la trama, ya que lo demás parece correr por los carriles previsibles. No todo es lo que parece y nos esperan varias sorpresas. Pero a esta altura, sorpresivo sería que una película así no tenga infinitas vueltas de tuerca...
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  • La chica del dragón tatuado
    La leyenda de la indomable

    En la adaptación del primer libro de “Milennium”, el eje está en los personajes.

    El fenómeno que produjo la saga de tres libros Milennium -empezando por Los hombres que no amaban a las mujeres - se entiende a partir de esa creación llamada Lisbeth Salander (aquí encarnada por Rooney Mara). Digamos que la investigación de la extraña desaparición de una mujer en una familia empresaria sueca, si bien es intrigante, no es suficiente para transformar un libro en un éxito multimillonario. Y David Fincher entendió a la perfección que el “caso” es similar a algún episodio de una serie de TV en el que hay un asunto policial que resolver, pero lo importante son los personajes que lo animan semana a semana. En este caso, Salander y Mikael Blomkvist.

    Es que ella es bastante particular. Además de su look punk, esta chica silenciosa, entre agresiva y tímida, obsesiva y con impredecibles irrupciones de violencia, es capaz de hacer magia con los dedos en una computadora y resulta una investigadora a la que no conviene tener en contra. Blomkvist, el periodista al que Salander investiga cuando lo condenan por acusar sin pruebas a un corrupto empresario, acepta el llamado de otro empresario (Vanger, rival del anterior, encarnado por Christopher Plummer), que le hace una oferta que no puede rechazar: si Blomkvist escribe la historia de su familia y descifra la desaparición de su sobrina en los años ‘60 -que lo sigue acechando hasta hoy- él le entregará datos que podrán incriminar a su archirrival. Blomkvist y Salander se unirán para trabajar en el caso. Y esa unión tendrá implicancias que no imaginan.

    Pero más allá del misterio Vanger, lo que moviliza y atrapa de la historia, filmada por Fincher de una manera mucho más ágil, dinámica y oscura que en la rutinaria película sueca que se hizo antes, es entrometerse en las vidas de Lisbeth y Mikael. Ella es una chica a la que su tutor legal (lo tiene por ser “mentalmente inestable”) acosa y abusa sexualmente y que tiene relaciones con personas de ambos sexos sin parecer importarle demasiado su vida personal. Blomkvist (Daniel Craig) tiene un affaire con su socia en la revista Milennium (Robin Wright Penn), quien sigue casada pese a que la relación que los une ya lleva años.

    Los dos llegan a esa helada isla más que a resolver un misterio a tratar de encontrar respuestas sobre sí mismos, o alguna salida de los entuertos en los que están metidos. Esa unión de dos seres que son fuertes en lo profesional y aparentemente frágiles en lo personal es el corazón de la historia, algo que Fincher entendió a la perfección. El caso requiere una atención excesiva (las familias suecas son muy numerosas, como lo saben si vieron filmes de Bergman), pero es lo que motoriza la acción. Tratar de atrapar, como dice Blomkvist, a “un asesino de mujeres”, es un asunto que a él atrae desde lo moral y a ella, desde las entrañas.

    La chica del dragón tatuado es un relato intenso, una trama intrigante y con personajes complejos, de lo mejorcito que se puede esperar en este tipo de adaptaciones de best-sellers. Es cierto, también, que uno espera que Fincher tome desafíos mayores (después de Red social ya está consagrado como uno de los directores más importantes de Hollywood en actividad) que una remake o una adaptación de un libro exitoso.

    Tal vez sea parte de la mecánica hollywoodense (“si me financian Red social les hago La chica del dragón tatuado ”, podría haber sido la negociación), o realmente una historia que lo apasionó (ya ha hecho varios thrillers con toques similares, de Pecados capitales a Zodíaco ), pero lo cierto es que Fincher deja en claro que entendió el material y logró sacarle el máximo jugo posible, incluyendo unos cambios y vueltas de tuerca interesantes sobre el final. Ahora hay que esperar que los que dirijan las próximas no arruinen una potencialmente sólida trilogía.
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  • Secretos de estado
    El lado oscuro de los candidatos

    Un joven político pierde su inocencia en una campaña electoral.

    Secretos de Estado se maneja entre el drama político y el thriller policial. La historia de Stephen Meyers (Gosling), un joven idealista que trabaja en la campaña presidencial de un gobernador del Partido Demócrata, le sirve a Clooney (que dirige e interpreta al candidato, Mike Morris) para ofrecer una mirada agria y bastante desconsoladora de la política estadounidense. Sin embargo, ciertos elementos algo forzados de carácter “policial” le hacen perder algo de fuerza y contundencia al relato.

    Meyers –interpretado por Gosling, el actor/sex symbol del momento- es inteligente, talentoso y, como Morris, quiere hacer las cosas bien. En plena campaña por la primaria clave de Ohio –que viene muy pareja con su principal oponente-, se niegan a cambiar o negociar ciertos puntos de la plataforma que podrían traerles más votantes y, especialmente, el apoyo de un senador que podría asegurarle la candidatura. ¿Pero se puede pelear para ganar sin meter “las manos en el barro”? Allí es donde empiezan las complicaciones. Meyers se reúne con el jefe de campaña de su rival (Paul Giamatti), que quiere convencerlo de pasarse a su bando. Pero Meyers se niega y le avisa lo que sucedió al jefe de su campaña (Philip Seymour Hoffman), lo que origina una serie de disputas sobre “lealtad” que pondrán su carrera en peligro.

    Pero ese eje narrativo se ve opacado por otro, menos interesante y más típico de un thriller convencional. Meyers tiene un affaire con una joven voluntaria de la campaña de Morris (Evan Rachel Wood), que es hija de un importante miembro del Partido Demócrata. Ese “affaire” se complicará cuando Meyers descubra que la chica también guarda algunos secretos que pueden enredar aún más toda la situación.

    Ese par de “disparadores” serán los que precipiten el drama y la pérdida de la inocencia de Meyers, que tendrá que ver cómo hace para sobrevivir entre veteranos políticos que parecen saber jugar mejor que él este cínico juego de ajedrez que se esconde bajo la fachada de los discursos plagados de buenas intenciones.

    Lo que logra Clooney –en un tono mucho más desesperanzado de lo que uno imagina considerando su imagen pública- es ser impiadoso y frontal respecto al mundo de la política (el filme se basa en la obra teatral Farragut North , de Beau Willimon) y consigue una serie de actuaciones más que sólidas de su gran elenco.

    Lo que no puede impedir es que la mecánica de un thriller más standard, uno que podría suceder en cualquier otra circunstancia y que acumula giros de guión “sorpresivos”, le haga perder fuerza dramática en la segunda mitad del filme. Lo que Secretos de Estado gana en tensión cuando la situación se torne de vida o muerte, lo perderá en credibilidad. O, quién sabe, tal vez las cosas en el mundo de la política sean así de terribles como Clooney las pinta...
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  • El extraño Sr. Horten
    Los ojos cerrados

    Amable comedia noruega sobre un hombre que se jubila.

    Odd Horten ha vivido haciendo lo que tenía que hacer, con un orden y una prolijidad rigurosas. Conductor de un tren que hace el recorrido, bellísimo, que va de Oslo a Bergen, al solitario y silencioso Horten le ha llegado la hora de retirarse después de 40 años de trabajo para la empresa. Como todos los días, toma su pipa, se pone el uniforme y hace su viaje de ida y vuelta.

    Pero esa noche sus compañeros de trabajo le hacen una despedida en la que, tras regalarle una estatuilla de un tren y entretenerse adivinando el sonido de locomotoras, le insisten a Horten de seguir de fiesta. Y es allí que su vida controlada se empieza a desmoronar.

    Como esa figura literaria clásica del hombre solitario a quien un hecho fortuito le cambia la vida, el no volver a su casa esa noche desata una cadena de situaciones curiosas. Es que sin poder entrar a la fiesta, Odd se mete en una casa ajena de la que no puede salir, no llega a tiempo a su último viaje, termina en un aeropuerto siendo buscado por la policía y hasta conoce un hombre en la calle que no tiene mejor idea que manejar su auto con los ojos cerrados.

    En un estilo que recuerda al finlandés Aki Kaurismaki, al sueco Roy Andersson (no casualmente todos nórdicos) y a otros especialistas en el humor seco (de Buster Keaton a Jacques Tati), pero con un toque más convencional -en especial en el uso de la música para subrayar los distintos momentos-, Hamer ( Kitchen Stories, Factotum ) pone en primer plano lo que pasa cuando los miembros de una cultura organizada y no muy abierta a las sorpresas (en Noruega es normal coordinar una cena con amigos con tres meses de anticipación...), ni a los intercambios demasiado íntimos, se salen de “la rueda” y descubren que en ese sistema de vidas paralelas hay muchos cruces y universos posibles.

    Ese hombre que Horten conoce y que maneja con los ojos cerrados puede ser el ejemplo más claro de lo que habla este filme amable, ligero y curioso. Es probable que logres andar a ciegas sin chocarte con nadie. Lo que no te vas a dar cuenta es que lo podés hacer porque los demás te esquivan.

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  • Los Muppets
    Historia de muñecos

    Con guiños al pasado y encantadores números musicales, las clásicas criaturas regresan con gloria.

    No era una tarea sencilla hacer regresar a los Muppets. Por varias razones. Muñecos de una era predigital, caseros en su factura, hay algo que los aleja y mucho del modelo de entretenimiento infantil actual. Y hasta sus comportamientos están bastante distanciados del tono irónico que prima hoy en el rubro. Es que Los Muppets son criaturas sencillas, de corazón abierto, un humor algo retro y, si se quiere, demodé.

    Pero la tarea se pudo cumplir gracias a dos factores que funcionaron a la vez. Por un lado, Jason Segel, comediante de la escuela Judd Apatow ( Ligeramente embarazada ), se cargó con el proyecto –escribió el guión y protagoniza el filme- y, por otro, tuvo la colaboración de James Bobin y Bret McKenzie, director y músico, parte del grupo que hizo de Flight of the Conchords una de las comedias de culto más entretenidas de la TV y que posee un espíritu similar.

    Lo que lograron es un filme clásico, respetando la lógica de los personajes, pero adaptado a un mundo que no entiende ni qué son ni a quién le importan los Muppets. Gary (Segel) y su hermano Walter se obsesionan con los Muppets al punto de que cuando Gary viaja a Los Angeles con su novia Mary (Amy Adams), Walter decide acompañarlos para visitar a esas adoradas criaturas que, sospechosamente, se parecen tanto a él.

    Al llegar encuentran que el teatro de los Muppets está casi en ruinas, que un empresario petrolero (Chris Cooper) quiere comprarlo para perforar esa zona, y que los muñecos están alejados entre sí, muchos de ellos peleados. La trama contará el intento de Walter y Gary de reunir a los Muppets (de la rana René/Kermit a Miss Piggy, pasando por Animal, el oso Fozzie/Figaredo y todos los demás) para montar un show y recaudar dinero y así salvar al teatro.

    Pero la trama es casi secundaria. La simpatía del filme está puesta en su espíritu lúdico, jovial y en la manera en la que su formato de casi irónico musical (hacen canciones y luego miran a la cámara admitiendo lo agotador del asunto, o viajan rápidamente de lugar a lugar “vía mapa” y en la pantalla se ve… un mapa y una línea que los lleva de un lugar a otro) no hace perder de vista del todo que es un musical, con canciones pegadizas. Y hasta tiene un momento autorreflexivo (durante la canción Man or Muppet ) que hace recordar a los conflictos de los personajes de Toy Story y que logra emocionar.

    Con sus típicas apariciones breves de famosos (Mickey Rooney, Selena Gomez, Dave Grohl y una no tan breve de Jack Black), la película pierde un poco de fuerza al no lograr que el nuevo personaje esté a la altura de los clásicos. Pero las animaladas de Animal, la simpatía de Fozzie y las peleas “románticas” de Kermit y Piggy, además de los chistes que incluyen un grupo de falsos Muppets (en los que se destaca una falsa Piggy, Poogy) sostienen la felicidad que provoca el reencuentro entre estos viejos amigos. Y de estos amigos con los que están en la sala, y con los que, si la magia se produce, serán amigos a partir de ahora.

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  • Historias cruzadas
    La candidata de la gente

    Drama racial en el sur estadounidense.

    Una de las potenciales -y sorpresivas- contendientes al Oscar a la mejor película, Historias cruzadas es uno de esos filmes que buscan el impacto emotivo directo y que, en un estilo narrativo tradicional y sin vueltas -y pese a sus evidentes fallas y problemas- en varios momentos lo consigue. Es una película cuya intención es satisfacer al público y estrujar sus emociones, a veces con recursos nobles y otras no tanto, pero sin duda que es efectiva. Los 170 millones de dólares que lleva recaudados en los Estados Unidos lo prueban.

    El filme transcurre en Mississippi, a principios de las ’60, en plena segregación y racismo indisimulados. La historia de derechos civiles que cuenta el director Tate Taylor hace eje en la vida de un grupo de mucamas que son bastante maltratadas por sus patronas blancas, aun cuando han vivido con esas familias todas sus vidas y criaron a sus hijos. Son esos mismos hijos, ahora adultos, los que parecen haberse olvidado de que fueron amamantados por estas mujeres y ahora las martirizan.

    A la ciudad vuelve Skeeter (Emma Stone), una chica diferente a las demás, que se fue a Nueva York y quiere ser escritora. Al regresar y ser testigo de un par de humillantes situaciones con algunas mucamas (las principales las encarnan Viola Davis y Octavia Spencer, la primera notable, la segunda aporta más desde lo cómico), Skeeter decide escribir un libro con las vidas de mucamas que han vivido sirviendo a patrones blancos. Hacerlo no es sencillo: todos deben ocultar su identidad y esos encuentros pueden ser peligrosos.

    Así, entre anécdotas de las mujeres con distintas patronas (la insoportable dama de sociedad que encarna Bryce Dallas Howard, la amable y marginal que interpreta Jessica Chastain, entre otras), situaciones humillantes y revanchas supuestamente graciosas, el libro se va escribiendo y el sur empieza a enfrentarse a los cambios de la época, con la muerte de Kennedy, las manifestaciones por los derechos civiles y los problemas que implica cambiar una cultura en la que ese casual racismo –usar el baño de afuera, cubiertos separados, etc.- está tan arraigado que se lo da por sentado.

    El filme pasa de historia a historia, episódicamente, y le sobran minutos, subtramas y sentimentalismos varios. Pero también logra emocionar sin pretensiones y, gracias al trabajo de Davis, darle una carnadura algo más realista y menos “best-seller”. Un poco como Un sueño posible –aquella película que le dio el Oscar a Sandra Bullock-, a la hora de los premios, Historias cruzadas es algo así como “la candidata de la gente”.

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  • Sherlock Holmes: Juego de sombras
    ¿Dónde está el misterio?

    Guy Ritchie reitera sus trucos en la secuela.

    El que tuvo la idea de convocar a Guy Ritchie para hacerse cargo de las nuevas películas de Sherlock Holmes podrá congratularse por haber conseguido armar una exitosa franquicia con un personaje que parecía juntar polvo en librerías de viejo. Eso sí, que no espere demasiado cariño: sus películas podrán funcionar comercialmente y son irreprochables en lo técnico, pero tienen tanto que ver con el personaje creado por Arthur Conan Doyle como, bueno, como cualquier cosa filmada por este cineasta para el que, parece, todo lo humano le es ajeno. Sherlock Holmes: juego de sombras es la segunda de estas aventuras y no cambia demasiado el formato de la primera. En la piel del hiperactivo Robert Downey (tanto por la cantidad de películas que hace como por el estado en el que se lo ve en ésta), Holmes es un mago del disfraz y un hombre que aplica su inteligencia, más que nada, en saber si las piñas y cuchillos van a venir por la derecha o por la izquierda. En lo que es la “toma registrada” de la saga, una y otra y otra vez Holmes predice todo lo que van a hacerle en una pelea, y la mayor de las veces sobrevive. Golpeado, pero vivo.

    Con un Watson cada vez más desdibujado (Jude Law lo encarna como “el tipo que tiene que bancarse a Holmes/Downey”), nuestro héroe enfrenta a su archirrival, el profesor Moriarty (Jared Harris), en una serie de encuentros, persecuciones, peleas con sus esbirros, viajes por Francia, Alemania y Suiza, mientras su enemigo intenta hacernos creer que los asesinatos y explosiones que se suceden predicen una guerra mundial, cuando en realidad es él que la está “creando” para obtener beneficios económicos.

    Más allá de la reiteración de la cámara lenta y el plano detalle, hay algunas escenas de acción que funcionan, como la del tren y alguna otra que tiene lugar cerca del final del filme, pero lo que no hay es algo que motive y movilice al espectador a seguir esa trama. Downey encarna a un personaje cuyo ingenio parece derivarse del copioso consumo de estupefacientes y Law es el pobre hombre que se lo banca. Y hasta los insistentes intentos de la película en “hacernos pensar” que hay una suerte de historia de amor no admitida entre ambos resultan finalmente agotadores.

    La pretendida modernidad del estilo Ritchie chocando contra el Londres de fines del siglo XIX puede resultar una curiosidad por un rato, pero finalmente cansa, salvo la bienvenida aparición de Stephen Fry como el hermano de Holmes, en un personaje que parece respirar la mejor tradición del humor británico más irónico. Igual de agotadores terminan siendo los intentos de Downey en terminar cada escena con un remate “gracioso” o “sorprendernos” con una solución inesperada. Pura técnica, algo de ingenio, cero alma. En síntesis: una franquicia con todo para triunfar.

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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Pura adrenalina

    La cuarta parte de la saga tiene a Tom Cruise superando obstáculos.

    Misión: Imposible parece ubicarse en un lugar intermedio entre las dos sagas de agentes especiales que marcaron al género en las últimas épocas, las de James Bond y Jason Bourne. Girando por el mundo como fichas de T.E.G., los espías de estas sagas se caracterizan por su capacidad para sortear todo tipo de riesgos en los sitios visualmente más recomendados por las agencias de viajes. Pero allí donde Bond es fantasía pura y Bourne intenta que el espectador considere plausible lo que le sucede, Tom Cruise y sus muchachos se mueven en esa zona extraña donde lo imposible podría volverse real.

    De alguna manera, eso refleja lo que es Cruise como estrella de cine y figura de acción. Con su ritmo frenético (da la impresión de que ninguno de sus músculos sabe lo que es descansar) y su sonrisa magnética/maníaca, con su obsesiva compulsión por hacer él mismo las escenas de riesgo, pretende que el espectador se crea todo lo que él atraviesa. Y lo logra.

    Después de Brian de Palma, John Woo y J.J. Abrams (cada uno con un estilo diferente), Cruise se arriesgó con Brad Bird un director que demostró su talento para la acción, pero en animación, con Los Increíbles . Y aquí trae esa energía juguetona, absurda, a una trama que supera todos los niveles lógicos, pero en la que Cruise y su equipo logran meternos de lleno.

    Tom es capaz de hacer rebotar piedras contra la pared como si fueran pelotas de tenis, saltar por un edificio de 150 pisos, lanzarse en un auto boca abajo y zafar de una explosión que destruye buena parte del Kremlin. Y Bird y los guionistas le van poniendo trampas en el camino para que las resuelva, como si fuera la encarnación humana del concepto de energía pura: nada lo detiene, nunca.

    Aquí su equipo es abandonado a su suerte cuando esa explosión en el Kremlin los hace quedar como agresores de los ahora amigos rusos. Pero ellos saben que el culpable es otro, un tal Cobalt, que quiere hacerse de ojivas nucleares para, bueno, ya saben, desparramar el mal por el mundo con alguna filosofía bizarra propia de algún bloguero delirante.

    Pero no importa, la amenaza nuclear crece y Ethan Hunt (Cruise), Jane Carter (la gabysabatiniana Paula Patton), el nerd Benji (Simon Pegg, empezando a repetirse con el mismo chiste) y el recién llegado y misterioso Brandt (el muy requerido Jeremy Renner, que será el protagonista de la cuarta Bourne) van de Rusia a Dubai, de Dubai a India, y así, mientras superan trampas imposibles con gadgets cada vez más rebuscados y originales (prestar atención al cinéfilo “espejo” del Kremlin o a unos muy especiales lentes de contacto).

    La trama será casi imposible de seguir con coherencia, pero Bird ofrece generosas secuencias de acción e ingeniosos montajes paralelos que van manteniendo la atención y sorprendiendo (como la persecución en medio de una tormenta de arena) hasta convertirse en la verdadera razón de existir de la película.

    Protocolo fantasma está hecha a la medida de Cruise, acaso el actor más cinematográfico de todos los tiempos, uno que entiende que el cine es movimiento puro y hace que su cuerpo sea narrativa, su expresión trama y su sonrisa, felicidad.
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  • Canciones de amor
    Cantar para vivir

    El musical del francés Christophe Honoré es una delicia para los fans del género.

    Una comedia, una tragedia, un drama, un musical. Todo eso es -a veces al mismo tiempo- Las canciones de amor , la película que Christophe Honoré estrenó en 2007 y que llega aquí cuatro años y medio después. El riesgo “tonal” es bastante severo, ya que no sólo el espectador debe aceptar la convención -cada vez más resistida- de que los personajes se canten sus sentimientos los unos a los otros, sino que lo que pasa en la película hace, por momentos, que la aparición de canciones sea por lo menos extraño.

    Pero Honoré resuelve el asunto con talento e inteligencia. Y, también, con extraordinarias canciones de Alex Beaupain que funcionan como una suerte de “opereta”, variaciones sobre un par de melodías que se adaptan (letrística y melódicamente) a las diferentes situaciones que se van viviendo. Para el fan del musical -y de la versión francesa del musical, más específicamente-, Las canciones...

    será un placer de principio a fin.

    El filme cuenta la historia de amor entre Ismael (Louis Garrel) y Julie (Ludivine Sagnier), quienes deciden sumar a su pareja a Alice (Clothilde Hesme) hasta formar un “menage-a-trois” que parece funcionar bastante bien hasta que aparecen los celos. Mientras la situación se le comenta a la familia de Julie como si tal cosa, las canciones van dando muestra de ese cruce entre el entusiasmo y las dudas que se genera allí.

    Pero a la media hora de película (dividida en tres episodios) sucede algo trágico que no conviene revelar. Lo cierto es que el triángulo se rompe e Ismael debe lidiar con su tristeza y con las relaciones que se van formando con el paso del tiempo. Relaciones que no son las que ni él, ni el espectador, imaginan.

    El amor, el dolor, la pasión, el paso del enamoramiento a la decepción, la capacidad de volver a empezar después de una muerte, la necesidad del otro -como apoyo, como una nueva posibilidad de amar- están en el centro del filme de Honoré. Y son las canciones (once en total) las que no sólo van comentando los temas del filme, sino las que le dan ese tono naturalista, casi cotidiano que tiene.

    Cerca en espíritu, pero lejos de la grandilocuencia dramática de la música de Michel Legrand para Los paraguas de Cheburgo , de Jacques Demy -evidente influencia, lo mismo que el primer Godard-, las canciones se sienten como el disco que uno escucharía en esos cambios de ánimo: del tema pop fresco al romántico, de la balada triste a la nostálgica. Y los actores diciendo (más que cantando) las letras le agregan vitalidad al filme.

    No siempre todo funciona. Por momentos Garrel se excede en lo payasesco de su personaje y otras situaciones son algo forzadas. Pero el género lo admite casi todo. Y así, mientras Chiara Mastroianni homenajea a su madre (Catherine Deneuve) cantando con un paraguas y Louis le pone estribillo a un código policial (en “Delta Charlie Delta”), Las canciones...

    se convierte en un placer romántico, triste y lúdico a la vez. Los vaivenes de la vida amorosa cantada en voz alta por la calle, como debe ser.
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  • El juego de la fortuna
    Una segunda oportunidad

    Brad Pitt se luce en esta historia deportiva.

    Parece casi contradictoria la propuesta de El juego de la fortuna y no sólo por el equívoco título en castellano. Se trata de una película que celebra cierto estilo clásico de narrar historias, centrado en personajes complejos y ambiguos, que se toma tiempo para hacerlos crecer y desarrollarlos, y que no va por los transitados caminos de la “película deportiva”. Sin embargo, este estilo “a la antigua” se usa para celebrar y dar a conocer el trabajo de un manager de béisbol, Billy Beane (que existe en la vida real) que hizo exactamente lo contrario: abandonó las rutinas clásicas y de “la vieja escuela” de béisbol para poner en funcionamiento un sistema computarizado y estadístico a la hora de elegir jugadores para su equipo, los Oakland Athletics, quienes bajo su conducción lograron salir de una de sus peores crisis.

    Ahora, si se mira bien la película –si no se la observa con la mirada que puede tener un fanático del fútbol, donde “inventar” y “crear” es más importante que “metros corridos” o “goles convertidos por minuto”- se entiende que el planteo no es tan contradictorio como parece. Primero, porque el béisbol es un deporte con otro formato, en el que el rendimiento individual puede ser cuantificado. Y, segundo, porque el sistema “estadístico” que Beane puso en funcionamiento sirvió para sacar de la oscuridad a una serie de jugadores menospreciados y desvalorizados, que rindieron más al equipo que algunas estrellas. Pero no por la típica arenga de vestuario, ni por jugar al formato de “los losers” que pueden más que los ganadores. Simplemente, porque eran mejores.

    Bennett Miller se topó con un tema difícil: ¿cómo hacer una película deportiva y casi técnica e involucrar al público no fanático de ese deporte? Al recibir un proyecto abandonado por Steven Soderbergh y con un guión escrito, separadamente, por Steven Zaillian y Aaron Sorkin –dos de los mejores guionistas de los últimos años-, necesitó de la presencia de Brad Pitt, una estrella con carisma suficiente no sólo para que el estudio lleve el proyecto adelante, sino para transformar a este algo frío manager en un personaje con el que podamos simpatizar.

    Si bien la historia no se va demasiado del campo deportivo –Beane es separado y tiene una buena relación con su ex mujer y su hija-, su pasado como frustrado beisbolista, alguien en quien los “scouts” de la época creyeron y que no pudo demostrar profesionalmente el talento que tenía, le da un marco dramático a su historia. Ahora, juntándose con un joven que es el graduado que él nunca pudo ser (Jonah Hill), otro inesperado “ganador”, Beane logra sacar de la mala a un equipo que pierde a sus tres estrellas principales. ¿Cómo? Reemplazándolos con “los Schiavi” del béisbol, esos jugadores que, sin ser aptos para tapas de revistas ni publicidades, rinden más de lo que parecen. Hacen bien su trabajo.

    Contada con tiempo para los detalles, El juego... es una celebración de las pequeñas victorias, de las segundas oportunidades y de la posibilidad de alterar un establishment que sólo responde a conceptos perimidos. Todo esto sin endulzar excesivamente el “paquete”. Como su personaje, Bennett cuenta la historia sin golpes bajos ni demasiadas vueltas. Casi como una joven versión de Clint Eastwood, hace una oda al profesionalismo y al trabajo, a la perseverancia y también a la paciencia. Y al deporte que, después de todo, es lo que vibra en el corazón de esta extraordinaria película.
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  • La campana
    La campana
    Clarín
    Un misterio en lo profundo del mar

    Durante Malvinas, un marinero se interna en el océano y no vuelve.

    Extraño es este debut en la dirección del marplatense Fredy Torres, que escribió un episodio de Historias breves 2, Líneas de teléfonos , con algunos puntos de contacto con esta historia, allá por 1996. Como aquel filme, que jugaba con dos personajes que se conectaban telefónicamente en una misma casa pero separados en el tiempo, La campana juega con esa idea, pero de una manera algo más lateral.

    Durante buena parte de su relato, es una historia que transcurre en el puerto de Mar del Plata en el final de la dictadura, arrancando antes del comienzo de la Guerra de Malvinas y extendiéndose hacia sus inicios. El filme se centrará en la relación de uno de los pescadores, Juan (Jorge Nolasco) con una chica más joven, Laura (Rocío Pavón), que está enamorada de él y quiere unirse al grupo de duros pescadores, quienes no la aceptan. El también prefiere la compañía de una prostituta (María Fernanda Callejón), que no mira con buenos ojos a Laurita.

    Y mientras la guerra comienza y algunos deben partir al combate, un viejo marinero (Lito Cruz) cuenta la historia de “la campana”, un mítico lugar en el que los hombres de mar se pierden y donde el tiempo pasa mucho más rápido de lo normal. Y cuando algo fuerte suceda con Laura, Juan se internará en el mar y se perderá en ese vortex espacio/temporal. Pero, como eso sucede bastante cerca del final del filme, adelantar qué pasa luego de eso sería arruinar buena parte del desenlace de la historia.

    En realidad, tampoco sería demasiado problemático, porque no hay demasiados hilos narrativos de los que agarrarse, más allá de este triángulo amoroso que sucede durante Malvinas por motivos no del todo claros. Algunas buenas actuaciones y ciertos momentos de lirismo visual en el puerto no logran darle vida a una propuesta que parece haberse quedado en el medio entre una buena idea y una película con poca vida.
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  • Judíos por elección
    Una decisión difícil

    Un documental informativo.

    En el documental de Matilde Michanié, Judíos por elección , se cuentan diversas historias de personas que decidieron tomar la religión judía y convertirse. Por distintos motivos, esta serie de personas -la mayoría argentinos y un peruano, muchos viviendo acá y algunos en Israel- optaron por distintas “ramas” de la religión: están los que quisieron seguir la línea ortodoxa, otros la conservadora y algunos el ala reformista, con las notables diferencias que tienen.

    Lo que hace el filme de Michanié es mostrar a los personajes contando sus deseos y planes de convertirse al judaísmo, las dificultades que tuvieron la mayoría de ellos para hacerlo (hay una ley en la Argentina que impide la conversión y que los ortodoxos siguen al pie de la letra) y cómo viven hoy, como judíos, su nueva situación dentro y fuera de la colectividad.

    El filme combina sus testimonios con explicaciones o historias contadas por rabinos (también, de estas tres ramas) acerca de las dificultades de ese proceso, de las complicaciones que pueden tener y de cómo no siempre la relación con la comunidad judía es tan buena como esperaban. Por otra parte, algunos “convertidos” se quejan de lo poco que los judíos siguen la mayor parte de los “mitzvot” (mandamientos) de la religión.

    Judíos por elección es limitada y despareja desde lo cinematográfico, tiene algunos momentos y anécdotas más interesantes que otras y avanza el interés en función de la riqueza (o no) de ese frondoso anecdotario de idas y venidas. Es un filme que deja la sensación de que el asunto de la conversión resulta tan complicado que más vale tener muchos deseos para tomar la decisión de hacerlo. Y esa necesidad no está del todo bien explicada en una película que nunca termina de lograr salir del formato de reporte informativo, casi de especial para televisión.
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  • La vida en tiempos difíciles
    La tristeza no tiene fin

    Secuela de “Felicidad”, de Todd Solondz, retoma a los personajes 12 años después.

    Las películas de Todd Solondz producen una sensación extraña en el espectador. Por su estilo, su puesta en escena y por la forma en la que sus diálogos van y vienen del miserabilismo a la crueldad, de la victimización a la agresión más artera, es fácil tomarlas como comedias. Vistas con un público que se empieza a reír de las penosas circunstancias que muchos de los personajes deben pasar –congratulándose por no ser tan patéticos como ellos-, la sensación que transmiten es de incomodidad, a veces hasta de fastidio con lo que se ve en la pantalla.

    Pero algunos de sus filmes, y en especial La vida en tiempos difíciles , requiere un esfuerzo especial: no tomarla como comedia, no suponer que un diálogo bizarro sobre sexo entre una madre y su hijo tiene que ser gracioso, no dar por sentado que el sufrimiento de una chica por las malas parejas que elige (y que resulta en citas desastrosas) está puesto para ser tomado con sorna. Vista así, La vida...

    es un drama bastante triste, amargo y denso. Una película sobre padres e hijos, sobre culpa y redención, y sobre si olvidar y perdonar es posible o, simplemente, una paradoja irresoluble.

    La vida...es una secuela rara de Felicidad , la más conocida de sus películas, de 1998. Retoma la historia de las tres hermanas doce años después, con la particularidad de que tanto ellas como el resto de los personajes están interpretados por distintos actores que en aquel filme. Aquí está la menor, Joy (Shirley Henderson en lugar de Jane Adams), que viene de una pésima relación tras otra y se siente perseguida por el fantasma de un ex (Paul Reubens) y sonríe pese a que nada parece salirle bien.

    Trish (Alison Janney en lugar de Cynthia Stevenson) tiene una situación igual de complicada. Su hijo Timmy está por hacer su bar-mitzvá y se acaba de enterar que su padre, el pedófilo del primer filme, no está muerto como su madre le dijo. Es más, acaba de salir de la cárcel.

    A la vez Trish está enamorada de un viudo (Michael Lerner) que tiene sus propios inconvenientes y un hijo depresivo. Pero el pequeño Timmy es el verdadero corazón del filme: confundido con lo que experimenta en relación a su padre y con las enseñanzas de la preparación de la ceremonia judía (en la que se transformará en un hombre al cumplir 13 años), se hace las preguntas que el filme lanza al espectador: ¿se puede olvidar?, ¿se puede perdonar?, ¿puedo querer a mi padre por más que haya hecho algo imperdonable?, ¿es lo mismo un terrorista que un pedófilo? Preguntas densas, situaciones igualmente agobiantes, escenas de diálogos en las que Solondz parece saborear esa confusión potencial entre la condescendencia y la empatía, y una aparición rotunda de Charlotte Rampling que sorprenderá a más de uno, La vida en tiempos difíciles es más una reflexión, o un análisis crítico que una secuela de Felicidad . Un poco a la manera de Un hombre serio , de los Coen, Solondz mezcla humor y pathos, haciendo un filme sobre la depresión, la melancolía y la angustia existencial. Si es comedia o no será cuestión de si el espectador prefiere mirar desde la distancia cómoda de su butaca o comprometerse con lo que les pasa a los personajes.
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  • La última noche
    Una noche de tentaciones

    Keira Knightley y Sam Worthington son una pareja en problemas.

    Con un elenco plagado de estrellas como Keira Knightley, Sam Worthington, Eva Mendes y el francés Guillaume Canet llama la atención que La última noche , opera prima de Massy Tadjedin, haya tenido tan poca repercusión en su estreno mundial, meses atrás. Y más todavía si se tiene en cuenta su tema/trama: la infidelidad en una pareja. Pero lo cierto es que al ver el filme se entiende un poco que no haya disparado emociones potentes: se trata de una película discreta, medida, calculada. Con mucho juego de espejos y relativa sustancia dramática.

    En una fiesta, Joanna (Knightley), la mujer de Michael (Worthington, de Avatar ), descubre miraditas cruzadas entre su marido y una compañera de trabajo de él que jamás le había mencionado. La chica no es otra que la muy sexy Laura (Mendes). Al volver a casa hay una previsible escena de celos: él promete que no pasa nada, pero la tensión queda flotando.

    El giro dramático es que poco después Michael parte a Filadelfia en un viaje de negocios con un grupo de gente que incluye a Laura. Y, justo justo, Joanna se cruza en su camino con Alex (Canet), un ex amante francés que estaba por Manhattan. ¿De casualidad? El filme contará las noches de ambos y las situaciones y decisiones que tomarán ante la manera en la que se van presentando los hechos. Nada es demasiado sorprendente ni shockeante: habrá insinuaciones, miedos, indecisión, culpa, y cada uno hallará la respuesta que crea conveniente. O la que le resulte inevitable...

    Lo que no logra del todo Tadjedin es llevar a este grupo de buenos actores a zonas algo más jugosas, prefiriendo ir y venir con el montaje paralelo entre situaciones y dejando que todo transcurra demasiado civilizadamente. ¿Es más peligroso para la pareja una infidelidad casual o darse cuenta de que no se está con la persona que se quiere? Eso deja en el aire, sin explotar del todo en sus consecuencias, La última noche.
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  • Alamar
    Alamar
    Clarín
    El sol, el agua, el cielo y la Tierra

    Bello relato sobre padre e hijo conviviendo con la naturaleza.

    Un filme que mezcla ficción con documental, Alamar , de Pedro González-Rubio, es la clase de películas que consiguen impactar a los jurados de los más exigentes festivales y al público por igual, algo muy poco habitual, al menos en los últimos años. Ganadora del premio del jurado y del público en el BAFICI 2010, el “milagro” del filme mexicano está en presentar una historia sencilla, con formato de documental observacional, pero que hace centro en una muy universal (y, a la vez, particular) relación entre padre e hijo. Y, especialmente, porque transcurre en un bellísimo arrecife de coral donde esta familia pasa una temporada viviendo, literalmente, en el medio del agua, entre peces, aves y un mar turquesa.

    La historia parte de un hecho real y está filmada como tal, pero son varios los elementos ficcionales que la enmarcan. Natan es el hijo de la relación entre Jorge, un mexicano, y Roberta, una italiana que, después de un tiempo juntos, se han separado. Natan vive en Italia, con su madre, y viaja a México a pasar una temporada con su papá, un verdadero hombre de mar: pescador, medio hippie, relacionado con la naturaleza de una manera que es inédita para el chico de ciudad.

    El filme contará su experiencia en conjunto, con un hombre mayor (¿el abuelo?) también siendo parte del grupo familiar que vive en esa suerte de choza algo precaria en el medio del agua. Natan deberá aprender a bucear, a pescar, compartirá comidas y juegos con su padre, se “enganchará” con una paloma, Blanquita, que circula alrededor de la casita permanentemente. Pero, básicamente, forjará una relación con su padre en ese marco que seguramente será inolvidable a lo largo de su vida.

    Por momentos la película se torna algo National Geographic, casi mostrando un paraíso abandonado en el medio de la Tierra, con sus personajes bajo el agua celeste seguidos por una cámara subacuática. Pero pronto queda claro que no todo es sencillo ni simple ahí, y que la naturaleza tiene sus costados oscuros. De cualquier manera, el centro es la relación que Natan y Jorge tienen entre sí y en contacto con esos elementos. No tienen necesidad de hablarse ni decirse mucho (salvo alguna excepción, que es tocante por eso, por ser excepcional). Lo que hacen es estar juntos y compartir experiencias. El mundo que arman alrededor suyo siempre será de los dos.
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  • Tata Cedrón, el regreso de Juancito Caminador
    Las mil y una vidas del Tata

    Un notable documental.

    La verdulería de Jonte y Cuenca, allá en Villa del Parque, en una esquina transitada que de tanto en tanto es interrumpida por la guitarra del Tata Cedrón y amigos que se suman entre vasos de vino, choripanes y zapallitos a la venta. Boedo, La Boca, Saavedra. El Tata recorre Buenos Aires y cuenta historias: se explaya, se enfervoriza, cruza nostalgia con la necesidad de transmitir que esa sensación puede ser recuperada. Y suena su música, los poemas musicalizados, sus interpretaciones solistas, acompañado por bandoneón o junto al Cuarteto con el que empezó a construir un universo musical a mediados de los ’60, universo que con alteraciones, pérdidas, exilios y distancias, continúa hoy.

    Tata Cedrón...

    es una biografía del músico tan expansiva, desorganizada y carismática como su protagonista, que puede pasar de pelearse con un vecino troglodita a compartir la mesa con Leopoldo Federico y Horacio Salgán. Lo muestra con su “alumno” Eduardo Makaroff (Gotán Project), a quien se cruza a orillas del Sena, recorriendo estaciones europeas, haciéndose un tatuaje (“una flor, un barco y un nombre: Rosita”) y tocando aquí, allá y en todas partes.

    La historia de los Cedrón excede el marco de esta crítica. Juan, creador del Trío Cedrón, luego convertido en Cuarteto, se exilió en 1974 y estuvo en Francia hasta 2004, año en el que decidió volver acá. Con archivo de diferentes épocas (y soportes), Pérez construye una autobiografía impresionista, que se deja llevar por los relatos de Cedrón, sus recuerdos del Gotán, sus noches con “amigos” (Tuñón, Gelman, Piazzolla, Mercedes Sosa, Rovira y así…), su visita a la tumba de su hermano Jorge (el cineasta asesinado en París en 1980) y la emotiva ceremonia en la que fue declarado ciudadano ilustre.

    Cedrón no empuja la emoción. La encuentra en la falta de afectación de sus relatos, en la forma de presentarse en el escenario, en la fuerza vital que transmite. Es un gran documento de un artista vital, de un tipo de barrio, alguien que devuelve a la música a la gente.

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  • La mala verdad
    Secretos y mentiras

    Alberto de Mendoza se luce como un personaje monstruoso.

    Un personaje monstruoso con la apariencia de un abuelo tierno y comprensible. Ese es el personaje, y el reto, que enfrenta Alberto de Mendoza en La mala verdad , de Miguel Angel Rocca. Con una composición medida, ajustada, finalmente siniestra, bajo un tono apacible que de a poco se va desdibujando, el veterano actor ofrece un trabajo admirable, lo mejor de una película que no siempre está a la altura de esa performance.

    La historia que cuenta el filme se centra en una niña callada que empieza a mostrar en el colegio comportamientos extraños, como hacerse pis encima, fallar en exámenes o titubear a la hora de cantar en el coro. La psicopedagoga del colegio que la atiende nota, a partir de los dibujos que ella hace, que algo no anda bien en su familia. Y empieza a investigar. Eso la llevará a hablar con el abuelo de la niña, que podría llegar a tener algo que ver con ese malestar que todos niegan o nadie quiere ver.

    La madre de Bárbara (Analía Couceyro), por algún motivo, siempre prefiere mirar para otro lado, y su pareja (Carlos Belloso) tampoco parece poder ni querer entrometerse. El mayor mérito del filme está en lo que no se dice ni se ve: lo que podría suceder entre el abuelo y la niña, en no saber si la familia no cree que algo pueda pasar o si prefiere callarlo.

    La película peca de algunas obviedades (la canción Desarma y sangra , de Serú Girán, funciona de manera demasiado evidente; lo mismo que ciertos comentarios y actitudes de la gente del colegio) y algunas actuaciones secundarias no son del todo convincentes, pero como tratamiento de un tema complicado y áspero, Rocca elige el tono bajo, medido, la discreción, elecciones que tal vez no produzcan resultados dramáticos espectaculares, pero sí dan a la película un tono sobrio, hasta respetuoso si se quiere.

    Y, además, está Alberto de Mendoza, que ya anunció su retiro y deja esta excelente performance como un legado, una clase de actuación cinematográfica.
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  • Lo siniestro
    Pasado y presente

    Filme de terror argentino dirigido por Sergio Mazurek.

    Se dice que se hace poco cine de género en la Argentina. O que buena parte de la producción under de cine de terror, especialmente, jamás llega al estreno comercial. Es cierto el comentario: la explosión del género existe (están los festivales como el Buenos Aires Rojo Sangre para probarlo) y las salas comerciales, salvo excepciones, les dan la espalda. Eso no quiere decir que todas las películas hechas en ese circuito sean buenas.

    Lo siniestro es un ejemplo claro de eso.

    Esta es una historia muy simple, básica, empujada a fuerza de efectos de sonido y, en menor medida, visuales. Cuenta la historia de una mujer (Paula Siero), maltratada verbal y físicamente por su marido (Carlos Echevarría), que sufre de alucinaciones y siente que hay extrañas presencias en su casa.

    Tras leer una carta, decide marchar a Mar Sereno, donde está la casa en la que pasó la infancia y en la que se encontrará con algunas sorpresas. Con la ayuda de un policía (Luis Ziembrowski) con quien se involucra, la mujer irá descubriendo misterios que tienen que ver con su pasado, del que podemos ver flashbacks a través de toda la narración.

    Falta de cohesión dramática, recurriendo a efectos para llamar la atención cuando ésta decae, en algunos casos pobremente actuada, Lo siniestro no alcanza a convertirse en una digna representante de su género. Es saludable que se estrene, de eso no hay duda. También sería saludable que fuera un poco mejor película.
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  • Happy Feet 2: El pingüino
    Bailando por un sueño

    Continúan las aventuras de los pingüinos.

    Como su padre antes que él, Erik no se lleva nada bien con las costumbres de su grupo, los pingüinos emperadores, empecinados animalitos que no tienen mejor idea que cantar y bailar temas pop como si la televisión del Polo Sur pasara American Idol 24 horas al día. Entre coros, zapateos y lo que parece ser la gran producción de un musical de Broadway On Ice, el pequeño Erik se siente fuera de lugar. El padre, que pasó por una situación parecida en su juventud (la dramática historia de Mumble que cuenta la primera película), entiende lo que le sucede, pero quiere hacerlo partícipe de la fiesta popular. Erik empieza a bailar, pero pronto queda claro que no es lo suyo. Sintiéndose humillado –los pingüinos son más severos que el jurado de Bailando por un sueño -, el pingüinito se escapa con destino incierto.

    Happy Feet 2 , la trabajosa y menor secuela del filme de George Miller, seguirá los pasos de Erik, que lo llevan a otra comunidad pingüina, acaso más mística que la suya, liderada por un animalito mutante que... ¡puede volar! Y Erik se convence de que él también puede. Y que si lo desea mucho, puede hacer lo que quiera en la vida. Pero su padre llegará hasta allá para hacerlo volver a casa. Y en el viaje de vuelta, y al regresar al hogar, quedará claro que las habilidades de ambos deberán combinarse para salir de un problema ecológico que amenaza con terminar con la vida de los suyos.

    Película con mensaje ecológico, un humor bastante simple y con una cantidad de referencias al mundo real que bordean el abuso, Happy Feet 2 mejora en sus momentos más intensos, que prueban que el director George Miller no olvidó del todo esa oscuridad que caracterizaban a filmes suyos como Mad Max , y hasta los momentos más densos de Babe . Pero también se nota que después del fracaso de la secuela de aquel filme -dura, pero extraordinaria-, se ve que no quiere repetir la experiencia y se cuida.

    Esos momentos “fuertes” –en especial los ligados a un bruto y brutal elefante marino-, sumados a la historia paralela de dos krills perdidos en los océanos intentando “nadar contra la corriente” y filosofando en el camino, aportan alguna gracia y tensión que despierta a la película en sus momentos más chatos. Que los tiene. Y son varios.

    Si uno tolera los enésimos chistes de Ramón, el pingüino latino mujeriego y muy chévere , y la necesidad de transformar toda situación dramática en el título de una pegadiza canción ( We Are the Champions, Under Pressure , y así), Happy Feet 2 – 3D puede ser una experiencia entretenida. Y no mucho más que eso. Salvada por el jurado en la gala de eliminación, digamos...
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  • La mujer sin piano
    Retrato en movimiento

    Una mujer decide abandonar su rutina en este filme español.

    Javier Rebollo, que viene de filmar su tercera película, hace pocos meses, en la Argentina ( El muerto y ser feliz , protagonizada por José Sacristán), se hizo conocido en España con sus dos primeros filmes, Lo que sé de Lola y La mujer sin piano , que se estrena aquí poco más de dos años después de su estreno en el Festival de San Sebastián 2009.

    La mujer...

    sigue las peripecias de Rosa (Carmen Machi), una depiladora de más de 40 años que vive una vida tan rutinaria como aburrida, de la que apenas un molesto zumbido en el oído saca de la monotonía casi absoluta. Como si ese silbido fuera la señal de alguna incomodidad existencial, una noche Rosa se decide a salir por la ciudad, a la aventura, intentando que la vida la golpee de alguna manera.

    Siempre con la parquedad y austeridad que caracteriza una puesta en escena con elementos cercanos al cine de Aki Kaurismäki –y la comedia distanciada y silenciosa, de cierto cine de Jim Jarmusch-, Rebollo va subiendo la apuesta a partir de las peripecias nocturnas de Rosa que -con valija, peluca y labios pintados- empieza a circular por la ciudad hasta terminar en una estación de micros con la idea de viajar a algún lado. Pero salir prueba ser más complicado que lo que pensaba y allí empieza a enredarse con otros personajes, en particular con un extraño ¿espía? polaco.

    Desdramatizada y precisa, alejada de todo convencionalismo propio de cierto cine español, en especial sus comedias (Machi actúa con mínimos movimientos, lejos del humor expansivo por el que se hizo famosa), La mujer...

    es un retrato en movimiento, que mezcla humor absurdo, contemplación y un cariño por los personajes que lo aleja del humor burlón, que podría haber sido el camino más fácil.

    Rebollo –parte de una camada de cineastas españoles que intenta despegarse de las formas del relato tradicional- maneja códigos similares al de su opera prima, llevando “lo real” hacia zonas inquietantes, raras, si bien en este caso en un tono más liviano. Ese extraño deambular de Rosa por una Madrid de madrugada tal vez sea un reflejo de que otra vida, al igual que otro cine, siempre es posible.
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  • El invierno de los raros
    Promisoria opera prima del cordobés Rodrigo Guerrero, centrada en un grupo de seis personajes perdidos.

    En apenas algunos planos de su primera película, Rodrigo Guerrero demuestra ser un cineasta con muy claras ideas visuales y sonoras. La presentación de seis personajes, cada uno por su lado, va evidenciando el planteo de su filme, El invierno de los raros . Dos chicas andan a caballo por el campo. Un hombre en su camioneta. Una joven rubia y alta que cuida su cuerpo moldeado. Un hombre solitario, que espera. Una mujer sola, en su casa, que sufre.

    Estas escenas, acompañadas por una música sugerente y misteriosa, presentan a los personajes. Lo que veremos será un relato coral, con varias historias paralelas que se cruzan, apenas, entre sí. Pero Guerrero no apuesta a una historia en el sentido convencional. Sus personajes son seres perdidos, sin rumbo, que circulan en una especie de limbo sin saber bien para dónde arrancar. Y esa circulación es la que irá contando el filme.

    Guerrero encuadra con elegancia, sutileza: recorta objetos, cuerpos, combina planos detalle con otros, más largos, hasta generar una sensación de estar ahí, compartiendo el espacio con los protagonistas. Por momentos se excede en secuencias de montaje un tanto aparatosas, acaso engolosinado con ese particular ritmo visual que tiene el filme. Porque sabe, además, que el fuerte de El invierno...

    está en contar desde la observación y no desde la trama.

    Las historias de la chica de ojos claros y su pareja (Lautaro Delgado), la de la visitante recién llegada al pueblo, la de la observada y el observador (Luis Machín), la de las madres y sus hijas, irán moviéndose casi coreográficamente, sin avanzar demasiado (acaso, con 110 minutos, sea un filme algo largo para este tipo de narración impresionista), pero las sensaciones permanecerán en el espectador: el invierno en el pueblo chico, las calles solitarias, un debut sexual, miradas atrás de un vidrio sucio o el encuentro de dos viejos conocidos. Extraños paisajes del alma.
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  • Poesía para el alma
    Mirar las cosas por primera vez

    Notable drama del coreano Lee Chang-dong.

    Para escribir un poema hay que mirar las cosas como si fuera la primera vez”, le dice a Mija, mientras sostiene una manzana, el hombre que le da clases de poesía. Mija se ha acercado al centro cultural del pueblo interesada en el tema (“me gustan las flores y digo cosas raras”, explica) y ha empezado a estudiar con el objetivo de poder escribir un poema al final del curso. Acaso ese problema de memoria que está teniendo -se olvida sustantivos, no recuerda cosas- la haya llevado hasta allí. O tal vez la necesidad de pensar un poco la relación con su nieto adolescente, que vive con ella.

    Es que el chico podría estar involucrado en un delito -con un grupo de amigos habrían violado repetidas veces a una compañera de la escuela- que concluyó con el suicidio de la chica, imagen que abre el filme. Pero en la escuela lo que quieren –tanto las autoridades como los padres de los otros chicos- es sacarse el problema de encima y están dispuestos a pagar por el silencio de la madre de la víctima. Mija no sabe, no entiende muy bien qué es lo que debe hacer. Y para eso está la manzana, la poesía, para ayudarla a mirar mejor.

    En Poesía para el alma , el quinto filme del coreano Lee Chang-dong ( Oasis, Peppermint Candy ), hay varios ejes narrativos que se van uniendo hasta conformar las distintas facetas de un persona, de una vida. La de Mija, en este caso, una elegante mujer de unos 70 años cuya vida aparentemente tranquila se desmorona de un día para el otro entre su nieto y el incipiente Alzheimer. Ese relato íntimo le permite a Lee acercarse a otro, más complejo: es una historia acerca del arte (la literatura, sí, pero también el cine) y cómo nos puede no sólo ayudar a sobrevivir sino también a mirar mejor lo que pasa a nuestro alrededor.

    Lee puede ser directo y casi obvio en lo que quiere transmitir, pero la forma en la que lo hace es muy sutil, entrando a su temática de la manera más lateral posible.

    Poesía… es un drama y un policial, pero más que nada es un relato pausado que va acumulando tensión dramática mientras gira lentamente su eje, al punto en que, al final, esa manzana que Lee nos va mostrando ya no es la misma que al principio.

    Con sobriedad y recursos nobles, sin gestos ampulosos ni golpes dramáticos impostados, el notable realizador coreano construyó un filme que se detiene en detalles (una reunión de incipientes poetas borrachos, una caminata de Mija bajo la lluvia, la contemplación de un árbol), porque son ellos, más que los acontecimientos, los que cuentan la historia de esta mujer que entendió que la vida y el arte se cruzan -y retroalimentan- de las formas más insospechadas.
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  • La prima cosa bella
    Todo sobre mi madre

    Comedia dramática italiana sobre la relación entre un hijo y una mamá muy particular.

    El reencuentro de un hijo con su madre, a quien ha dejado de ver y hoy sufre una enfermedad terminal, no parece el argumento más adecuado para una comedia. Y si bien el nuevo filme de Paolo Virzi ( Carolina en la ciudad ) tiene sus elementos dramáticos, en su tono, sus elecciones estéticas y su “desparpajo” apuesta a un humor que surge de la comprensión, del sentirnos parte de una experiencia de vida.

    Bruno (Valerio Mastandrea) es un profesor de literatura bastante amargo, adicto a lo que sea que le permita evadirse. Un día su hermana viene a buscarlo para decirle que su madre está enferma y lo último que Bruno quiere hacer es ir a verla. Pero termina yendo. Y es ahí donde el filme empezará a contar en dos tiempos el reencuentro y el origen de esa difícil relación.

    Flashback a 1971. Bruno es un niño y no le gusta nada que todo el mundo mire a Anna, su madre, tan bella como liberal en sus comportamientos (la encarna Micaela Ramazzotti, antes, y Stefania Sandrelli, ahora). Cuando le dan un premio a “Miss Madre” en el pueblo su marido empieza a celarla y termina echándola a patadas. Ella se lleva a los chicos y de allí en adelante vivirá con sus sueños de fama, pasando por casas de distintos “amigos” ante el fastidio de su hijo y la fascinación de la niña.

    En el presente, y pese a la enfermedad, Anna sigue siendo una mujer descuidada y salvaje, que desaparece del hospital para irse a pasear, y se cambia y pinta como si en cualquier momento fuera a comenzar una fiesta. Y con esa madre, Bruno deberá lidiar, y tratar esta vez de no juzgarla.

    Con un material que daba para el sentimentalismo y la nostalgia, Virzi arma una comedia con apuntes dramáticos más cercana a la voracidad narrativa y casi festiva de los filmes italianos de Gabriele Muccino ( El último beso ) que a los de Giuseppe Tornatore, con elecciones visuales, musicales y apuntes cómicos inesperados que le quitan pomposidad a los momentos más dramáticos sin por eso hacerles perder fuerza.

    El filme tendrá revelaciones, subtramas y diversos episodios (demasiados, la alargan innecesariamente), pero en lo central quedará grabado en el espectador la impresión de haber conocido a una serie de personajes que llevan encima sus contradicciones, sus complicadas historias, y hacen lo mejor que pueden para vivir con ellas.
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  • Flamenco, Flamenco
    La magia de los intérpretes

    Documental musical de Carlos Saura.

    En Flamenco, flamenco , Carlos Saura continúa en el estilo de documentales musicales que tan buenos réditos comerciales le han dado a esta última década y media de su carrera, a la vez que regresa al género musical que le dio inició a todo este proceso, que ya tradujo en imágenes Sevillanas y Flamenco , en la década del ‘90.

    Tras pasar por el tango y el fado, aquí vuelve al flamenco y a utilizar un estudio y enormes paneles como decorados -acaso pintados con motivos más figurativos que en anteriores experiencias, en las que solían servir básicamente para jugar con los colores-. Está, también, la lustrosa fotografía llena de claroscuros y colores fuertes de Vittorio Storaro. Y los intérpretes, claro, que son la razón de ser de estos filmes no narrativos.

    Flamenco, flamenco recorre distintos estilos del género y va desde grandes números coreografiados a grupos pequeños y sin instrumentos (Miguel Póveda, brillante), pasando por una amplia variedad que va desde la guitarra de Paco de Lucía hasta el zapateo de Farruquito, y figuras de distintas generaciones como José Mercé, Estrella Morente, Tomatito, Sara Baras, Niña Pastori y Rocío Molina, entre muchos otros.

    Si bien el filme (toda la serie, en realidad) tiene todo el aspecto de ser un producto comercial casi for export , y que Saura se mete demasiado en cada performance cortando más de lo necesario entre puestas de cámara, es indudable que son los músicos, cantantes y bailarines los que determinan en cierto sentido el placer y deleite con el que se puede seguir el filme. Y ellos están más que a la altura de las circunstancias. O mejor...

    Sigue siendo curioso, de cualquier manera, entender porqué Saura toma géneros musicales de fuerte conexión popular y urbana, y los lleva al estudio, los “estiliza” y descontextualiza de esta manera. Logra, sí, un bonito espectáculo casi teatral de música e imágenes (casi como si uno estuviera sentado en primera fila de un magnífico concierto multiestelar), pero teniendo las posibilidades cinematográficas -y, acaso, éticas- de devolver esos géneros a las calles, resulta difícil entender su empeño en encerrar a los intérpretes a mirarse en el espejo.
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  • Crónicas de la gran serpiente
    Las venas abiertas

    Documental sobre los pueblos originarios.

    Crónicas de la gran serpiente intenta mostrar mediante una serie de viñetas un recorrido por la historia del sometimiento de los pueblos originarios argentinos y latinoamericanos a manos de los españoles. El documental de Darío Arcella se conforma a partir de historias contadas de padres a hijos, a través de generaciones indígenas, acerca de las luchas, las imposiciones religiosas y comerciales, y las humillaciones a manos del “hombre blanco”, saltando de lugar en lugar y de siglo en siglo.

    Armado a partir de imágenes de archivo, filmaciones actuales, fotografías, animación y usando testimonios actuales más otros leídos de cartas de distintas épocas, Arcella da cuenta de esa historia de dominación, pero también de supervivencia. Y refleja también una suerte de mirada ideológica colectivista, solidaria, que las comunidades indígenas tienen y que ha sobrevivido, se dice, a los intentos de forzarlos a un cambio, si se quiere, filosófico.

    El filme tiene algunos problemas. La caricaturización que se hace de los españoles mediante el uso de una voz en off hecha por actores imitando su acento y que -como si fuera un filme para niños- sobreactúan un tono de villano, no ayuda mucho a tomarse en serio el proyecto. Y, por otro, si bien el “sampleado” por distintas épocas y tribus permite dar un panorama de la situación, a la larga todo termina empatándose, ya que cada viñeta se apoya en las mismas ideas que se repiten a lo largo del tiempo.

    Esto se traduce en una simplificación un poco radical de siglos y siglos de historia. Y más allá de las buenas intenciones y de la visión generalista que el planteo ofrece, por momentos al espectador no le queda otra que pensar en aquella frase de “el que mucho abarca, poco aprieta”. A veces, un sólo ejemplo es más revelador que un apretado collage sobre seis siglos, una decena de tribus y un continente entero.
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  • El agua del fin del mundo
    Con un toque personal y auténtico

    La historia de dos hermanas, con Facundo Arana en el medio.

    Tras la opera prima de Juan Minujín, Vaquero , estrenada la semana pasada, le llega el turno a una actriz pasar del otro lado de la cámara. En este caso, Paula Siero, que estrena El agua del fin del mundo , una película en la que no actúa (como sí lo hace Minujín), pero a la que le encuentra un toque personal y auténtico.

    El filme cuenta la historia de dos hermanas, Laura y Adriana, interpretadas por Guadalupe Docampo y Diana Lamas, que deben lidiar con la enfermedad de la segunda -la mayor- a la que parece quedarle pocos meses de vida. El centro será la relación entre ambas y el sueño de Adriana de viajar a Ushuaia antes de morir. El problema, claro, es que no tienen dinero para hacerlo.

    Laura se ocupa de Adriana y de su trabajo en un bar, pero su jefe no le da ni el tiempo ni el dinero para programar ese viaje. Adriana es poco lo que puede hacer: dedica su tiempo a pintar su casa, buscando concentrarse en algo. En el medio aparece Martín (Facundo Arana), un músico callejero, alcohólico, que generará algunas rispideces y celos internos (ambas se lo disputan, aunque él parece estar más pendiente de la ginebra que de las chicas) y se suceden algunas recaídas en la salud de Adriana.

    El agua del fin del mundo es un filme sencillo, sin muchas vueltas, con un desenlace tal vez demasiado “liviano”, pero que consigue transmitir sus ideas (el cuidado del familiar enfermo y las relaciones complicadas que eso produce; la inesperada solidaridad de los extraños) de forma cuidada y con actuaciones que sostienen con intensidad lo que podría ser, en otras manos, una situación algo desgastante.

    Docampo y Lamas dan la química justa para esas hermanas que se pelean y celan, sin caer en el miserabilismo de la “película de enfermos”. Y Arana compone un personaje muy alejado de su modelo habitual: sucio, desprolijo y alcohólico. Igual, claro, las chicas se pelean por él. Eso, se ve, no cambia por la falta de shampú.
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  • El extraño caso de Angélica
    La revelación

    Un fotógrafo se obsesiona con un retrato en el nuevo filme del portugués Manoel de Oliveira.

    A las 5 de la mañana, bajo la lluvia, un hombre sale con urgencia a buscar un fotógrafo. Una mujer, la Angélica del título, acaba de morir y la familia –una de las más ricas de la zona- desea sacarle unas últimas fotografías antes del entierro. El único fotógrafo al que encuentran es un joven judío (la familia de la difunta es cristiana, devota) al que le gusta hacer “las cosas a la antigua”. Tanto su vestimenta como su tecnología lo hacen parecer venido de otros tiempos.

    Angélica (Pilar López de Ayala, la misma actriz española que protagoniza Medianeras ) ha sido acomodada, en un sillón, inmaculadamente vestida y sonriente. Cuando Isaac intenta sacarle una foto, ella cobra vida y le sonríe, una y otra vez, mirando al lente. Es algo que sólo él ve (o cree ver), pero que lo cambiará para siempre. Encima, al volver a su casa, revela las fotos y al colgarlas frente al balcón, la bella Angélica le sigue sonriendo, “viva”, desde el papel.

    El asunto comenzará a afectar a Isaac, que se va volviendo cada vez más ensimismado y ajeno a lo que pasa a su alrededor, para preocupación de la dueña de la pensión en la que habita. Mientras sigue sacando fotos a obreros trabajando, Isaac comienza a tener alucinaciones cada vez más fuertes, en las que Angélica sigue siendo una figura central. Y así, hasta alejarse cada vez más del mundo de los “mortales” y empezar a vivir una inexplicable relación con ese “fantasma”.

    Con un guión que escribió en los años ’50 –pero que recién ahora hace a causa de la necesidad de ciertos efectos especiales-, el realizador de 102 años involucra mansamente al espectador en este juego misterioso que es más una exploración cinematográfica que un drama psicológico. La cámara sigue a Isaac mientras escucha conversaciones sobre energía (“cuando la materia y la antimateria se dan un abrazo”, dicen por ahí), brujería y maldiciones, va a sacar fotos a iglesias y lugares religiosos, acompaña a los trabajadores en el campo o, simplemente, se queda extasiado mirando las fotos de Angélica.

    Manoel de Oliveira filma ese encantamiento, esa devoción, ese extraño amor que nace entre un hombre extranjero (en todo sentido) y una mujer muerta, como si Vértigo de Hitchcock pudiera mezclarse con un drama religioso europeo de los años ’50. Sin prisas (los tiempos narrativos del portugués son calmos, los parlamentos de los personajes precisos y pausados), pero involucrando al espectador en esa fascinación (que es también la fascinación por el cine, por la magia de las imágenes y sus fantasmas), el infinito De Oliveira entrega una de sus mejores y más accesibles películas. Una delicia más que bienvenida en la pobre cartelera cinematográfica actual.
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  • Medianeras
    Medianeras
    Clarín
    El amor en la ciudad de la furia

    Comedia romántica, sobre un premiado cortometraje, acerca de lo difícil que es conocer gente real en estos tiempos virtuales.

    Otro debut se suma hoy a la cartelera local. Un debut “tramposo”, en realidad. Gustavo Taretto es, a los 45 años, un experimentado director publicitario y premiado cortometrajista. Y Medianeras , de hecho, es la versión largometraje de un corto del mismo título que recorrió el mundo a partir de 2004. Al realizador le tomó casi siete años poder transformar esa historia (que coincide con la primera parte del largo) en un filme en el que esos mismos personajes pudieran tener mayor desarrollo. Y, pese a algunos deslices y excesos, logra un producto efectivo.

    Medianeras son tres películas en una. Por un lado, es una serie de reflexiones “woodyallenescas” del propio Taretto puestas en la boca de los dos protagonistas (una chica y un chico que viven a metros de distancia, pero jamás se encuentran) acerca de Buenos Aires, su arquitectura y cómo esta influye en el comportamiento de la gente, aislándolos en lugar de unirlos, generando espacios cerrados de conexión virtual en el que conocer gente “real” se vuelve difícil. Esas reflexiones “hipocondríaco/geográficas” son por momentos muy divertidas y, en otros, reiteran clisés vistos en decenas de películas.

    Lo mismo sucede con la trama. Por un lado está Martín (Javier Drolas), un fóbico que casi no sale de su “caja de zapatos” y se la pasa todo el día frente a la computadora desde que una novia (Romina Paula) lo dejó. Algo no tan distinto sucede con Mariana (la española Pilar López de Ayala), que se está recomponiendo de una relación que fracasó (con Alan Pauls) y que acarrea también sus miedos y obsesiones.

    Entre infinitas referencias a la cultura pop (algo bienvenido por lo inusual en el cine nacional: personajes que consumen películas, discos y programas de TV como el común de los mortales) y complicados intentos de “conocer gente nueva” (él, con Inés Efron y Carla Peterson; ella, con Adrián Navarro y Rafael Ferro), las historias se van desarrollando paralelamente con el modelo de la comedia romántica estadounidense de fondo.

    Con algo de Amélie , de 500 días con ella y hasta de Sintonía de amor , Medianeras se construye como un peculiar Buscando a Wally que toma situaciones de la realidad y las convierte en material de comedia pop. Como con las reflexiones, las situaciones pasan de graciosas a intrascendentes, pero con un gran acento puesto en una voz en off que construye esa otra película que no se puede contar en las imágenes y viñetas que dispone Taretto. Una voz que es más angustiada y angustiante que lo que el tono de la película parece hacernos creer.
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  • Testimonio de una vocación: Edmund Valladares
    La vida de un artista

    Documental biográfico.

    La vida y la obra estética del artista plástico y cineasta Edmund Valladares son el centro de este documental realizado por Educaro López, Jorge Valencia y Jaime Lozano en base a entrevistas con el artista -hoy de 79 años- y con testimonios y aportes críticos que recorren su historia.

    En un documental de formato convencional y más apto (por duración, también) para su paso por televisión, lo mejor de Testimonio de una vocación tiene que ver con evitar el tour por “cabezas parlantes” y preferir que las imágenes que acompañan a lo que se dice de la obra de Valladares sean sus propias obras, en un collage de pasa de sus pinturas a sus esculturas, deteniéndose en películas suyas como Nosotros los monos, I Love You... Torito y El sol en botellitas .

    El testimonio del propio Valladares sirve para armar su historia de vida y su intención por retratar, combinando diversas vanguardias estéticas en un estilo que sólo puede definirse como propio y personal, la problemática social argentina y latinoamericana.

    El resto del filme son consideraciones de otros (colegas, críticos, especialistas) que han escrito sobre su obra, en textos que son leídos, en su mayoría, por Juan Leyrado. A través de ellos se ofrece una panorámica de las ideas que circulan sobre la obra de Valladares tanto en la Argentina como en el resto del mundo.

    Las escenas de sus filmes (en especial las de Nosotros los monos ) le otorgan algo más de fuerza y dinámica a este documental respetuoso, atento y discreto, que no escapa de lo previsible, pero logra evitar varios lugares comunes.
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  • El guardián del zoológico
    Animales sueltos

    Un hombre habla de amor con jirafas, gorilas y leones.

    Así como existe la Factoría Apatow en la comedia de Hollywood (por el responsable de Vírgen a los 40 ), hay otra “factoría”, menos respetada pero igualmente prolífica que es la que encabeza Adam Sandler, con películas e nlas que actúa o produce para sus amigos. En este caso es para Kevin James quien, dirigido por Frank Coraci ( La mejor de mis bodas ), protagoniza esta historia acerca de Griffin, un tierno cuidador de un zoológico quien viene de un rechazo sentimental fuerte que lo ha dejado algo deprimido.

    Años después Griffin sigue en el zoo y no hace más que contarles sus penurias a jirafas, elefantes, leones y primates. En una fiesta previa a la boda de su hermano, reaparece Stephanie (Leslie Bibb), la chica que lo dejó y que ahora lo vuelve a mirar con interés.

    Ahí es cuando los animales deciden reunirse y, hablando en perfecto inglés (una lástima que la película aquí sólo se vea doblada ya que las voces de Nick Nolte, Sylvester Stallone, Cher y Sandler le otorgan una cuota extra de humor), se ponen de acuerdo para ayudarlo a reconquistarla. Lo que ellos no saben, pero el público sí, es que Stephanie quiere que Griffin abandone el zoo. Ni tampoco ven, como nosotros, que la colega que encarna Rosario Dawson (lo mejor de la película) es una mejor conquista para él. Griffin escuchará a los animales y, luego del shock inicial, cual Dr. Doolittle podrá entablar relaciones con ellos, en especial con un gorila triste y recluído.

    Hasta la mitad, el asunto podría calificarse como bastante divertido. Pero llegado un punto la trama se estanca en las complicaciones prácticas de “conseguir a la chica” y, como comedia familiar que es, apuesta a un humor físico poco original (con excepción de una escena de baile en la boda). De ahí en adelante, casi es más interesante la amistad entre Griffin y el gorila que su problemática entre dos mujeres que, a decir verdad, uno nunca termina de creerse que puedan estar interesadas por él.

    Sin apostar del todo al absurdo ni tampoco a la comedia romántica, El guardián del zoológico se queda a mitad de camino y no llega a ser la muy buena comedia que prometía. De cualquier manera, con sus desniveles, encuentra varios momentos de humor inesperados con algunos comentarios de los animales. Bah, al menos en inglés son divertidos. Doblados, ¿quién sabe? «
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  • La princesa de Montpensier
    Por el corazón de Francia

    Bélica y romántica.

    No hay duda de que un cineasta como Bertrand Tavernier es de los más recomendables si uno desea ver un filme francés épico, bélico, en el siglo XVII. Es que, a diferencia de muchos pares, el realizador de Capitán Conan viene de una tradición de cine clásico –lleva en la sangre los westerns y filmes históricos de la época de oro de Hollywood, es fanático de John Ford- que hace que este tipo de relatos tengan un clima más de aventura que de pesado drama de época.

    En La princesa de Montpensier , Tavernier hace lo imposible por insuflar vida y acción a un relato que en manos de otro director sería casi agobiante. No logra, del todo, transformar a esta pelea de cuatro hombres por una princesa en el marco de las guerras religiosas en Francia entre protestantes y católicos en un éxito completo (demasiado larga y centrada en reiterativas intrigas palaciegas, una protagonista no tan carismática como para ser tan deseada), pero logra mantener, al menos, “la llamita ardiendo” por 140 minutos.

    La princesa... arranca como un filme bélico. La cámara recorre un territorio de batallas y cadáveres. El Conde de Chabannes (Lambert Wilson) entra a una casa y masacra a una familia. Se da cuenta de la bestialidad de sus actos y se convierte en desertor. Se encuentra con el Príncipe de Montpensier, un viejo conocido que va en camino a su boda arreglada con Marie de Mezieres (Melanie Thierry) El Príncipe esconderá al Conde, sin saber que el hombre también se enamorará de su mujer.

    Pero hay un problema aún peor: Marie está enamorada de Henri de Guise (Gaspard Uliel), un joven guerrero que la cortejaba antes del matrimonio arreglado. Entre disputas territoriales y regresos al campo de batalla se desarrolla lo que se podría interpretar como una historia por la posesión del corazón de la misma Francia, representada en esta rubia inaccesible, caprichosa y por momentos impenetrable. Con quien decida quedarse –o no- parecerá marcar un destino más simbólico que otra cosa.

    Los 140 minutos son excesivos (y verla en DVD, como se estrena, le quita parte del placer visual que Tavernier le otorga), pero de cualquier manera La princesa...

    es más ágil y menos pomposa de lo que uno podría imaginar de una novela del siglo XVII de Madame de Lafayette. Sí, claro, tiene algo de “cine de qualité”, pero hecho con el ojo más puesto en la narración cinematográfica que en su origen literario. Algo es algo...
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  • Damas en guerra
    Con amigas así...

    Divertida comedia sobre los caóticos preparativos de una boda.

    En la comedia hollywoodense a lo largo de la última década se ha
    generado un espacio cada vez mayor para las llamadas “comedias de
    amigos”, siendo la factoría de Judd Apatow la principal proveedora de
    este subgénero que algunos dan por llamar /“bromance”/ (juego de
    palabras entre /“brothers”/ y /“romance”/ o “romance entre amigos”).
    *Virgen a los 40* y *Supercool* (por citar algunas generadas por Apatow)
    o los amigos de *¿Qué pasó ayer?* y tantos más son los ejemplares más
    conocidos.
    Pero hasta *Damas en guerra* , producida por... Apatow, parecía que este
    género no era apto para lmujeres, a quienes se las marginaba bastante en
    las otras películas y a quienes parecían dejarle el género de la comedia
    romántica tradicional como su “quintita”.
    Aquí, el director Paul Feig y la protagonista (y guionista) Kristen Wiig
    probaron que sí se pueden hacer películas de amigas que no respondan ni
    al modelo *La boda de mi mejor amigo* ni al de *Sex and the City* . Esto
    es: una comedia ácida, zarpada, un poco absurda y física (con gags,
    digamos, algo “ecatológicos”) que, sin dejar el juego de las relaciones
    de por medio, pone el acento en las amigas.
    Más que amigas, recién se conocen muchas de las protagonistas de *Damas
    en guerra* . Son las “damas de honor” de la boda de Lillian (Maya
    Rudolph), amiga de la infancia de Annie (Wiig), quien debe lidiar con el
    caos y el descontrol que se desata entre ella (bastante neurótica,
    solitaria, ácida) y las demás a la hora de preparar la despedida de
    soltera. Las “demás” son la hermana del novio (la descontrolada y
    graciosa Melissa McCarthy), la casada que quiere “guerra” (Wendi
    McLendon-Covey), la inocentona (Ellie Kemper) y, principalmente, la
    nueva amiga de Lillian, Helen (Rose Byrne), esposa del jefe de su
    marido, una millonaria que se quiere adueñar de todos los planes,
    generando infernales celos en Annie... y actitudes que harán que la
    propia boda corra peligro.
    Pero salvo por un policía que quiere conquistar a Annie, los hombres
    casi no aparecen. Y está bien que así sea. Esta es una película sobre y
    para mujeres, con las que los varones también se identificarán por
    motivos obvios. Si bien se expresan de diferentes maneras, los
    conflictos y celos entre amigos no son tan distintos.
    Lo que sí es curioso en *Damas en guerra* es que, pese a la comedia
    absurda, el filme no abandona del todo el drama de la protagonista, una
    chica cuya vida –en otro contexto- podría dar casi para una drama de
    cine independiente. El caos, el humor físico, la hilarante escena cuando
    se prueban vestidos o la competencia de discursos a la novia no dejan de
    lado que Annie está al borde de la depresión. Y que, más que ninguna
    otra cosa, necesita de su amiga. El problema es que Lillian es la que se
    casa, lo que no implica que Annie pueda dejar sus conflictos de lado.
    Feig se las arregla para no mostrar las escenas más obvias, desde eludir
    momentos claves hasta mostrar al novio como alguien que tampoco parece
    ser “la gran conquista”. Esas mujeres imperfectas son las que hacen de
    *Damas en guerra* una gran comedia, mucho más real y palpable que las
    que traen a chicas glamorosas paseando por Manhattan.
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  • Día naranja
    Un test latinoamericano

    Tres mujeres -en Colombia, Venezuela y la Argentina- piensan que pueden estar embarazadas en esta comedia dramática.

    Una de esas curiosas coproducciones latinoamericanas que surgen, de tanto en tanto, Día naranja es un filme que cuenta un día en la vida de tres mujeres -en Caracas, Bogotá y Buenos Aires- en la que a todas se les presentan situaciones potenciales de embarazo, ya que todas están con retrasos menstruales. Ese día en el que cada una pensará si será o no madre, y cómo eso afectará a sus parejas y al resto de sus vidas es lo que cuenta esta película con una estética aniñada, medio Amélie , más apta para un público de 12 a 15 años que mujeres que piensan en ser madres.

    Patricia vive en Caracas y tiene veintipico. Sale con un DJ hace pocos meses y su problema mayor parece ser la falta de dinero. Sol, de Bogotá, se acerca a los 30 y es una artista gráfica, que tiene un novio nuevo, una posible beca al exterior y un amor previo que se le aparece. Por último está Ana (Bernarda Pagés), porteña de treintaypico que diseña ropa (de novias) y prepara un casamiento familiar..

    Cada una desarrollará su día hasta llegar al famoso test. Y lo que pasará irá marcando la evolución de esta comedia pretendidamente feminista, pero que apuesta más a un estilo de revista pop para teenagers (clips, collages, situaciones oníricas), como si la directora tuviera diez años menos que las protagonistas. Eso sí, cada viñeta o situación “clipera” está hecha, como toda la película, con el mayor cuidado. Lo que sobra es profesionalismo. Lo que falta es… interés.

    Como curiosidad, está el dato de que mientras las chicas colombianas y venezolanas son risueñas, sueltas y fiesteras, la argentina Ana es tensión y frialdad permanente. Siendo un filme esencialmente de producción venezolana, da una idea clara de cómo se ven a las argentinas en el resto de América latina. Lo que para ellos es una simpática “alerta naranja”, acá es una “alerta roja” de temer...
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  • La vida nueva
    Preludio y fuga

    Santiago Palavecino dirige esta mezcla de drama de amores cruzados y policial de pueblo chico.

    Las transiciones, los momentos de calma, tensión”, le explica Laura (Martina Gusman) a Sol (Ailín Salas), su alumna de piano a la que está preparando para una audición con “Preludio y fuga de Bach en Do mayor BWV 846”. La chica se esfuerza, pero la mente de Laura parece estar en otra cosa. Acaba de enterarse de que está embarazada, pero su relación matrimonial con Juan (Alan Pauls) no está pasando su mejor momento y no sabe muy bien qué hacer. Se revela, además, en la escena inicial, que ella ya abortó en el pasado.

    En el drama de pueblo chico que involucra a Laura y a Juan entrarán a jugar varios elementos más que, a modo de las indicaciones de la profesora sobre Bach, hacen que La vida nueva sea una película que mezcla “transiciones, momentos de calma y tensión”.

    Juan es veterinario, seco, de gesto adusto y pocas palabras. Una noche, merodeando por el pueblo tras una discusión con Laura, se topa con unos adolescentes en plena pelea. Cuando intenta intervenir, uno de ellos, Nicolás, le clava un cuchillo a César y lo deja en coma. El problema es que Nicolás es hijo de Martínez, “capo” del pueblo, que no quiere saber nada con que su hijo aparezca como sospechoso, y presiona y chantajea a Juan para no declarar lo que sabe.

    Esos dos puntos de partida sirven para dar entrada al tercero y principal. El tío del chico en coma, César, es Benetti (Germán Palacios), un músico de rock que dejó el pueblo para irse a Buenos Aires, pero regresa a estar con su sobrino. El tal Benetti –así son los dramas de pueblo chico- fue pareja de Laura muchos años atrás y el reencuentro, en plena crisis de la profesora de piano, pondrá todo, digamos, en “clave mal temperada”.

    Policial y melodrama, triángulo amoroso en el que la pelea de dos hombres por una mujer se refleja, cíclicamente, en los problemas que hoy tienen los adolescentes allí (el conflicto entre César y Nicolás es por Sol), La vida nueva no se ahorra conflictos ni subtramas para un metraje que apenas llega a los 75 minutos. Producido por Pablo Trapero –cuyo estilo de ritmo sincopado puede notarse observando las bruscas elipsis narrativas y los momentos de contemplación que siguen a las explosiones-, el filme de Palavecino se asemeja a un “noir” local, con la fotografía brumosa de Fernando Lockett acentuando aún más ese clima ominoso.

    Si un problema tiene el filme (que a algunos puede resultar bastante molesto) es que, más allá de Gusmán, Palacios y Salas, el resto del elenco está un poco fuera de registro. Esto se complica, en especial, en el caso de Pauls, ya que si bien su personaje es reservado y “corto”, el escritor no consigue darle el peso necesario como para transformarlo en un elemento fuerte en ese triángulo amoroso, más allá de que fotogénicamente rinda como una suerte de Sam Shepard criollo.

    Con sus defectos, su curioso beat de tensiones y calmas (comparable a como Glenn Gould hace ese mismo “Preludio y fuga”, de Bach), La vida nueva termina siendo un filme más ríspido y fracturado que melancólico y elegante. Menos nostálgico y clásico, pero bastante más perturbador.
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  • Sin escape
    Sin escape
    Clarín
    El hombre que corre

    El alemán Benjamin Heisenberg cuenta la historia real de un maratonista que también era ladrón.

    El planteo suena absurdo. Tanto que, más de uno, al escuchar la historia podría pensar que se trata de una comedia. Pero no. Nada más alejado que eso es Sin escape , la película del alemán Benjamin Heisenberg titulada originalmente El ladrón y presentada en competencia en Berlín 2010.

    El filme alemán se basa en una historia verídica que transcurrió en Austria en los ’80, años en los que Johan Kastenberger se convirtió en un famoso maratonista. Lo que nadie sabía es que Johan aprovechaba esa velocidad también... para robar bancos. Era inalcanzable y sus talentos se combinaban a la perfección. Pero, pese a eso, las cosas no eran tan simples.

    Johan es un hombre solitario que casi no habla con nadie y sus relaciones son mínimas o pasajeras. Se puede decir que correr es una forma de fugarse hacia ninguna parte y que ambas actividades (maratón y robos) son maneras de experimentar la adrenalina de estar vivo y, a la vez, escapar de un mundo en el que no está a gusto.

    La película tiene elementos de cine de acción, pero con cuentagotas. Un largo robo, extraordinariamente filmado, será la pieza central del relato, la que lance a Johan hacia su mayor desafío “atlético”. Un hombre que ya pasó por la cárcel, que no tiene cómo insertarse socialmente, se ve casi forzado a volver a sus hábitos. Y pese a que intenta detenerse –y hay una mujer que podría ayudarlo-, le es imposible resistirse a la tentación.

    Sin escape es un silencioso drama sutilmente psicológico en el que casi nada se explica de sus motivaciones. Cualquiera que haya corrido y sentido la sensación que eso provoca –la adrenalina, el silencio, la idea de que uno está en su propio viaje personal- podrá adentrarse en esta historia en la que hay menos explicaciones y más la transmisión de un estado de desesperación, de angustia, pero también de extraña libertad.

    El título local, igual, es certero. De uno mismo no hay escape, por más rápido que se corra, por más que evitemos enfrentarnos a la realidad. El ladrón/corredor es un ejemplo de esa compulsión a fugarse de todo lo que sea rutina, responsabilidad. Y este estudio “bressoniano” sobre un hombre que huye es la manifestación visual perfecta de esa metáfora.
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  • Paul
    Paul
    Clarín
    En la ruta, con un extraterreste

    Dos fans de la ciencia ficción se topan con un alienígena.

    Como Platero, Paul es pequeño y suave, aunque no tan peludo. Su cuerpo pequeño y su cabeza gigante dejan en claro que es un alien, hecho y derecho. Pero además de la piel gris, los ojazos enormes, la pelada, ciertos poderes y demás características clásicas, a Paul lo distingue algo muy concreto: habla, putea, bebe, fuma y se rasca como cualquiera. Más que un extraterrestre, parece un nerd disfrazado de alien.

    Y esa es la conexión que se genera cuando el tal Paul se cruza, en medio del desierto, con dos freaks ingleses que, con sus remeras de Star Wars y su comics bajo el brazo, han ido hasta Comic-Con, la convención anual de todo lo que tiene que ver con los géneros fantásticos. Esa clase de lugar donde miles de personas lloran de emoción si se topan con algún actor secundario de...

    Galáctica, astronave de combate .

    Viniendo de la mano maestra para mezclar ironía, acidez y pasión por reflotar ese tipo de géneros del tándem que componen los británicos Simon Pegg y Nick Frost ( Shaun of the Dead, Hot Fuzz : el primero escribe y actúa, el segundo sólo actúa), sumándole la gran elección del director estadounidense Greg Mottola ( Adventureland, Supercool ) para darle un toque americano y “sensible” a la historia (si algo se nota en Mottola es un gran cariño para con sus personajes), Paul no podía fallar. Y no falla. Acaso no esté a la altura de las anteriores (que parodiaban el cine de zombies y las películas tipo Arma mortal ), pero es mucho más graciosa que el 80% de las comedias que circulan.

    En esta época de tanto rescate de los ’80 (de Super 8 a las publicidades de Volver al futuro ), Paul va a la ciencia ficción alienígenea combinando E.T.

    y Encuentros cercanos del tercer tipo en la historia de estos dos fans que, en tour por lugares míticos tipo Area 51, se topan con el tal Paul, que no sólo es un alien, sino que habla (con la voz de Seth Rogen) y tiene otros hábitos muy alejados del aniñado modelo de Spielberg. El tipo, además, confiesa que está en la Tierra hace 60 años y que muchas de las cosas que suponemos saber de los extraterrestres vienen de él.

    Como buena película del género, los amigos, el alien y una recién llegada que se les suma (la genial comediante Kristen Wiig, pronta a verse en Damas en guerra ) deben escapar de un agente secreto (el talentoso Jason Bateman) y dos torpes policías locales, a quienes maneja una voz en el teléfono que pronto sabremos quién es.

    Como ella, son muchos los cameos, frases, chistes y referencias a la ciencia ficción de los ’70 y ’80. Lo bueno es que más allá del jueguito, hayan conseguido hacer una comedia que funciona por sus propios medios: divertida y burlona, por momentos llena de guiños, pero también tierna y muy humana. Como para llevarse un Paul a casa, ponerle una lamparita adentro y usarlo como velador. Bueno, pensándolo bien, tal vez no...
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  • Juan y Eva
    Juan y Eva
    Clarín
    Pasión y política

    Paula de Luque se centra en la primera etapa de la relación entre Juan Domingo Perón y Eva Duarte.

    La historia de amor entre Juan Domingo Perón y Eva Duarte es lo que cuenta Juan y Eva , el nuevo filme de Paula de Luque que elige, con inteligencia, centrarse en el breve período de la relación entre ellos que va desde que se conocieron, en enero de 1944, luego del terremoto de San Juan, hasta el 17 de octubre del ‘45.

    La inteligencia de la decisión se nota en dos hechos. Por un lado, porque invita a conectar ese período iniciático con lo que después sería la más pública presidencia de Perón -y los hechos más conocidos de las vidas de ambos- sin tener que mostrarlos. Y, por otro, por entrar en un terreno algo más especulativo y dable a la ficción. ¿Quién sabe realmente cómo fue la vida privada de esta mítica pareja? Paula de Luque lleva a buen puerto un filme que, si bien no sorprende, está correctamente organizado desde lo narrativo, bastante bien actuado y no cae demasiado en los clichés (frases célebres, situaciones archiconocidas) que tienden a plagar este tipo de producciones históricas. También, se nota, es una producción de relativo bajo presupuesto que se las arregla ingeniosamente para resolver situaciones épicas -concentraciones de gente- con bastante cuidado.

    Sí se deja ver en esa relación, tal vez por tener a una directora al comando, una mirada mucho más puesta en la figura de Eva (muy bien Julieta Díaz), quien de a poco demuestra que no teme hablar cuando nadie del círculo que rodea a Perón la invita, ni deja de enfrentar a otras mujeres que rodean al entonces Coronel (desde lo personal a lo político, amantes, secretarias; gran trabajo de María Ucedo aquí) con la fiereza y personalidad que muchos le conocieron.

    A Perón (Osmar Núñez, alejadísimo de la caricatura) se lo ve tironeado entre el establishment con el que tiene que manejarse y la propia Eva, que ve crecer el odio alrededor de ella y, luego, de ambos. Dividida en capítulos, Juan y Eva tiene, claro, la pátina de película oficial sobre el tema, de hagiografía si se quiere. Pero De Luque se cubre de esa acusación al mostrar flancos discutibles de los personajes que hacen destacar su humanidad y las duras circunstancias que debieron atravesar para que esa historia de amor termine siendo, para muchos, una de las grandes historias del siglo XX.
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  • Rita y Li
    Rita y Li
    Clarín
    Un cuento chino, pero sin gracia

    Intenta contar la vida de dos inmigrantes en la Argentina. Y todo es tedio.

    Rita es una inmigrante paraguaya que acaba de llegar a Buenos Aires y busca trabajo en una lavandería. Allí conoce a Li, una mujer china que trabaja ahí desde hace un tiempo. Tras una breve entrevista con el dueño del local (Juan Palomino), Rita (Julieta Ortega, con un acento paraguayo que se “centroamericaniza” por momentos) empieza a trabajar y se muda a l cuarto de la casa de un señor viudo y en apariencia amable (Juan Manuel Tenuta).Esta historia sencilla, demasiado sencilla (casualmente con varios puntos en común con Un cuento chino , pero ni siquiera una pizca de su gracia), jamás se aleja del lugar común y de los apuntes más obvios. Rita y Li se van haciendo amigas mientras descubren que su jefe no es tan santo como parece, que el viejito se pasa de rosca cuando se toma unas copas de más, y que hay un par de clientes (Enrique Dumont y Antonio Birabent) que le van echando el ojo a la chica. Por su parte, Li tiene su propio trauma y un sueño: ponerse un restaurante propio.Mientras Rita y Li viven y sueñan juntas, va pasando esta película de Francisco D’Intino que no tiene demasiado para ofrecer, más que un cuentito casi ñoño -casi una obrita escolar- sobre estas dos inmigrantes y un grupo de vecinos (el jefe con lazos criminales, la vieja chusma, el cliente gay, el padre soltero, el muchacho enamoradizo) que las rodean. No hay nada especialmente malo en el filme, pero nada tampoco que amerite su visión. Ni desde la historia ni de la puesta en escena ni de las actuaciones.Rita y Li parece una película de otra época, con cierta corrección política como única diferencia identificable. Y nada más.
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  • El estudiante
    El otro puntero de la pantalla

    Cuenta la historia del despertar político de un alumno.

    Roque atraviesa los pasillos de la facultad como un forastero recién llegado a un mundo apocalíptico en pleno caos. Ve paredes con pintadas que no comprende del todo, gente que va y viene pegando carteles y escucha diálogos que lo dejan frío. En realidad está más interesado en las chicas: en una compañera de cursada, primero, y luego en una profesora adjunta que milita en una agrupación (llamada “Brecha”) a la que empieza a frecuentar hasta involucrarse de lleno en la política universitaria.

    “La Walsh, La Vertiente, Prisma, La Juntada, Contrahegemonia”, cita la voz en off que, de tanto en tanto, organiza el relato. Para Roque (Esteban Lamothe), esas referencias no significan demasiado. Pero Santiago Mitre, director que debuta “en solitario” con este largo, va a ir velozmente metiéndonos en tema. En plan de seguir a Paula (Romina Paula), Roque se descubre como un inteligente operador político. De hecho, lo descubre Acevedo (Ricardo Felix), profesor y cerebro de esa agrupación, cuando Roque hace una jugada inteligente que le permite a Brecha una “salvación política”.

    Roque se convierte en el puntero de Acevedo. Pero ambos tienen un interés común: Paula. El juego crecerá cuando lleguen las elecciones del Rectorado. Roque, el provinciano, acaso no tiene la “labia” de sus compañeros, pero es resolutivo. Cuando un amigo suyo se roba la plata de la fotocopiadora, hace las conexiones necesarias para hacerlo zafar. Usa a un compañero de facultad para hacer andar rumores que lo benefician. Y Acevedo lo nota. Y Paula también.

    Ahora, ¿quién juega con quién? ¿Hasta dónde se puede llegar con la rosca, la devolución de favores? ¿Hay un límite moral, ético? El estudiante se mete en este mundo y en estas preguntas, pero jamás desde un lugar dogmático o en forma de debate. Como su protagonista, Mitre analiza en acción: son los hechos, las miradas cruzadas –en cómo Paula camina al lado de Roque y luego hace unos pasos para no dejar solo a Acevedo, en un llamado telefónico de un locutorio- donde la película cuenta de verdad.

    La captura es casi documentalista. Cualquiera que haya atravesado una universidad pública se sentirá transportado. No sólo por el bullicio político permanente, sino en las fiestas, los diálogos, los detalles que Mitre incorpora y que le dan ese toque de verdad que la película tiene en casi todo su metraje. La más claramente guionada escena final dará lugar a debates, pero queda claro que ese final es más abierto y enrarecido de lo que parece en primera instancia.

    Como Pizza, birra, faso , Mundo grúa o Historias extraordinarias , la película de Mitre es un hito del joven cine argentino. En este caso, porque habilita la entrada de un cineasta de esta generación a un universo que parecía vedado: poder conjugar ese ya dominado realismo cotidiano con una historia atrapante, tipo thriller, donde las piezas y los elementos funcionan a la perfección.

    Un párrafo aparte merecen los actores. Si el universo y el tono pueden ser pensables como un combo entre los mundos de Mariano Llinás y Pablo Trapero (el primero colaboró en la historia, el segundo es parte de la producción, pero trabaja con Mitre en sus propias películas desde Leonera), la dirección actoral es un mérito sin deudas aparentes. Lamothe, Paula, Felix, además de Agustín Rittano, Julian Larquier Tellarini, Valeria Correa y todos los demás, hacen de El estudiante no sólo una película intensa y atrapante, sino creíble en cada uno de sus diálogos.

    El estudiante es una película de iniciación, de aprendizaje. Es sumergirse en un mundo extraño hasta aprender a dominarlo.
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  • Quiero matar a mi jefe
    La venganza es lo último que se pierde

    Tres humillados empleados traman un plan...

    Extraños en un tren (también conocida como Pacto siniestro ), una de las mejores películas del genial Alfred Hitchcock, tenía como eje central de su trama un intercambio de asesinatos entre dos hombres. En tono de comedia, Quiero matar a mi jefe intenta llevar esta idea a tres personas (amigos entre sí, pequeño problema) y con un objetivo común que está claramente expresado en el título del filme. Los resultados no son ni por lejos los hitchcockianos, pero alcanza para pasar un rato más o menos divertido.Los Estados Unidos post crisis parecen dar tela para nuevas tramas, como se vio también en la reciente Larry Crowne . Aquí está Nick (Jason Bateman), el sacrificado oficinista al que su insoportable jefe (Kevin Spacey) lo hace correr de acá para allá sólo para finalmente negarle su esperado ascenso. Kurt (Jason Sudeikis) vive una situación idílica ya que en la fábrica en la que trabaja tiene una excelente relación con su jefe (Donald Sutherland) quien... muere en la primera escena del filme. A cargo del negocio queda su hijo (Colin Farrell, irreconocible), un cocainómano, desaforado e insoportable personaje que no tolera ni es tolerado por Kurt.El que tiene el menor de los problemas es Dale (Charlie Day). Muy enamorado de su futura esposa, este asistente dental es permanente y agresivamente acosado por la ninfómana dentista para la que trabaja, la Dra. Julia, interpretada magistralmente por Jennifer Aniston en uno de los mejores papeles de su carrera. Los tres quieren contratar un asesino a sueldo (Jamie Foxx), que no es lo que se dice un talento en la materia.Y así, de las humillaciones laborales (la parte más graciosa de la película, la inicial) a las complicaciones de cumplir el no muy elaborado plan (la segunda mitad, algo desperdiciada en su potencial cómico) va pasando la película de Seth Gordon (director del gran documental The King of Kong y de varios episodios de series como Community y The Office ), en la que la crisis toca muy de cerca ya que ninguno de los tres se atreve, simplemente, a renunciar.Los que se llevan la mejor parte son los villanos, con Spacey sacando jugo a un empresario despiadado, Farrell divirtiéndose como si fuera el playboy más decadente del mundo y la ya citada Aniston, más sexy y vulgar de lo que estamos acostumbrados a verla. En un papel breve, Foxx prueba también que menos puede ser más cuando de comedia se trata.Si bien la premisa es demasiado exagerada, especialmente para estos tres medio ineptos amigos a mitad de camino entre Los tres chiflados y la banda de ¿Qué pasó ayer? , de a ratos funciona muy bien. Y, seguramente, muchos espectadores encontrarán motivos para identificarse. Salvo con el sacrificado asistente de Aniston, claro, un tipo definitivamente de otro planeta...
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  • El amante
    El amante
    Clarín
    Una muñeca rusa

    En este melodrama de Luca Guadagnino, Tilda Swinton encarna a una mujer cuya vida da un vuelco.

    Las referencias surgen al segundo de comenzada la película: Luchino Visconti y El gatopardo ; el melodrama norteamericano y Douglas Sirk; El Padrino y Coppola, y así hasta llegar a la reciente Vincere , de Marco Bellocchio. Luca Guadagnino, el director de esta bellísima y emotiva película, es consciente de que El amante pertenece a ese universo. Se ve en los títulos, en cada plano que recorre la suntuosa casa familiar, en los planos detalle de ese universo de lujos, en el personal doméstico preparando una cena como si fuera un ejército de precisos movimientos. Nada escapa a la cinefilia, pero sin embargo la película no se ve como juego, ejercicio u homenaje, sino que se vibra desde adentro, desde el drama de la protagonista, la extranjera.

    Tras una impecable escena inicial, una cena familiar de unos 25 minutos, todos los “platos” narrativos están servidos. Se trata de un clan empresario italiano, con un abuelo a punto de dejar el negocio familiar a sus herederos (un hijo y tres nietos) y en el que se destaca la presencia de dos “extraños”. Por un lado está Emma (Tilda Swinton), una mujer rusa que se ha casado con el hijo del patriarca y que parece sentirse más apegada al ama de llaves que a los orgullosos empresarios milaneses. Y, más tarde, aparecerá Antonio, un joven chef, amigo de su hijo, procedente de una familia sin tanto poder económico. Lo más sorprendente, sin embargo, llega al final de la escena, cuando tomamos conciencia de que no estamos en los años ’50, sino en la actualidad...

    La decisión del “nono” de dejar la empresa a su hijo y a sólo uno de sus tres nietos empieza a desatar el conflicto. Pero a Emma más la impacta descubrir que su hija Elisabetta (Alba Rohrwacher), que se ha ido a estudiar arte a Londres, es lesbiana y está en pareja con otra chica. Ese impacto no es negativo, sino liberador, le permite imaginarse a sí misma, a los 50, algo más separada de ese opresivo clan familiar. Y el joven chef está ahí, rondando, de manera perturbadora.

    El filme se va volviendo más trágico y melodramático con el correr de los minutos, pero la actuación internalizada, sutil y casi etérea de Swinton lo mantiene en el terreno de lo humano y emocional. Ese mundo de tradiciones se empezará a fracturar de la misma manera que el relato se fractura y hasta la puesta en escena formalista del principio se va liberando (observen la manera en la que la cámara se “suelta”) con los cambios de la protagonista, cuyo apetito (vital, sexual y gastronómico) se abre.

    El amante es un filme excesivo que bordea la autoparodia. La música de John Adams lo recorre casi como si estuviéramos viendo un concierto en paralelo, y algunos motivos de la trama bordean el ridículo. Pero como todo gran melodrama, el mérito está no sólo en saber llevar adelante esos riesgos tonales, sino en comprometer al espectador, lograr que se olvide de esos formalismos genéricos.

    Y Guadagnino lo logra magistralmente. Y tiene a Swinton como su Madame Bovary, su Lady Chatterley, la mujer que siente que esa vida no le pertenece y que descubre que hay algo más allá. Y que un buen plato de sopa, preparado con una magia ancestral, es más que un placer refinado. Es una magdalena proustiana que trae de vuelta el pasado, abre el presente y pone en riesgo el futuro.
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  • Cerro Bayo
    Cerro Bayo
    Clarín
    Las similitudes y las diferencias

    Comedia dramática de Victoria Galardi sobre una familia disfuncional.

    Películas como Cerro Bayo parecen reflejar un estilo cinematográfico que muchos nuevos cineastas han empezado a abordar, especialmente las directoras. A mitad de camino entre la radicalidad severa de los filmes más independientes que circulan por festivales internacionales y los productos más ostensiblemente comerciales, existen filmes como el segundo de Victoria Galardi, donde la directora de Amorosa soledad juega con una historia chiquita, en tono bajo, que refleja emociones finalmente grandes y fundamentales.

    A esa noción estilística habría que agregarle un fuerte componente temático: la familia disfuncional que se reúne, el pueblo chico, el conflicto asordinado que sale a la luz. De La Ciénaga a Los Marziano , de Encarnación a Una semana solos , de XXY a la inminente y premiada Abrir puertas y ventanas -por citar sólo algunas, todas ellas dirigidas por mujeres-, uno podría trazar casi una tradición a la que Cerro Bayo se amolda, con sus similitudes y diferencias.

    La película se centra en lo que pasa en una familia que atraviesa el sorprendente intento de suicidio de la abuela, que cierra puertas y ventanas y prende el gas, no sin antes dejar algo de dinero en la tumba del que fue su marido. La mujer no muere -queda en coma-, pero la situación trae de vuelta al pueblo de la zona de Villa La Angostura a una de sus hijas, Mercedes (Verónica Llinás), con sus conflictos personales y familiares, que se enfrenta a su abnegada hermana, Marta (Adriana Barraza, la actriz mexicana de Babel ), al marido de ella, Eduardo (Guillermo Arengo) y a los hijos de esta pareja, Inés (Inés Efron) y Lucas (Nahuel Pérez Biscayart).

    Cada cual tiene sus propios asuntos por resolver en lo específico además de uno, común a todos, que es el de entender lo que une y separa a esa familia aparentemente armónica. El dinero escondido será un eje importante para Mercedes y Lucas, mientras que Inés (en la parte más cómica del filme) estará preocupada por tener una relación sexual, así logrará “aflojar la tensión en el rostro” que, supone, le podría impedir ganar un concurso local de belleza en el que rivaliza con Romina (Marcela Kloosterboer).

    La película por momentos se sale de ese tono menor que caracteriza buena parte de su metraje y apuesta por un registro, si se quiere, más cercano al de cierto cine independiente norteamericano, agregando una secuencia musical (con un bello tema de la banda Beirut), alguna cámara lenta y ciertos apuntes que recuerdan a títulos como Historias de familia o Pequeña Miss Sunshine .

    Una película delicada, cuidada, certera en sus observaciones, sutil, Cerro Bayo no debería pasar inadvertida ante títulos más grandes que se estrenan hoy. Es el tipo de película que va dejando sus marcas de a poco, pero que son duraderas. Como muchos de los filmes nacionales citados antes, el cine de Galardi es un muy digno agregado a esta notable generación de cineastas argentinas.
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  • ¿Diferente de quien?
    Hora de elecciones

    Una comedia centrada en un candidato a alcalde gay.

    El cine italiano podría patentar un estilo: la comedia con cafeína. De El último beso a esta parte, y a juzgar por las muy pocas comedias populares de ese país que aterrizan por aquí, da la impresión de que el género allí se ha convertido en una competencia de velocidad: de planos, situaciones y, especialmente, diálogos. A los 7 minutos de esta película (contados “por reloj”) ya habían pasado más cosas de las que suceden en toda la trilogía de El Señor de los anillos ...

    Probablemente sea una exageración, pero lo cierto es que ¿Diferente de quién? es una película que corre a ninguna parte durante 90 minutos. Hora y media que, extrañamente, parece el doble, ya que las volteretas narrativas son muchísimas y, pese a la velocidad, la cosa no termina jamás.

    Una comedia centrada en el ámbito de la política, intenta contar lo que pasa cuando, por una casualidad propia del cine de Frank Capra, un precandidato gay a alcalde de Roma de un partido “de centro” termina ganando la candidatura por accidente. Pero el partido no lo quiere porque imagina que la gente no está preparada, mucho menos ellos, para un alcalde gay.

    Pero como él no se baja, lo “emparejan” con una vice completamente distinta: una mujer recatada, seria y profesional, que viste de traje y habla de valores familiares tradicionales. Cómo es que las dos personas pertenecen al mismo partido es algo difícil de entender, pero aquí tenemos muchas experiencias similares, así que un espectador local podrá tomarlo como lo más natural del mundo...

    De llevarse mal a llevarse bien habrá sólo un tramo. Pero cuando se enamoran y ponen en peligro la estabilidad sentimental de él (en pareja hace 14 años; ella es divorciada), la cuestión se hundirá en terrenos cada vez más pantanosos. Husmear, aunque sea de manera absurda, cómo los italianos ven sus manejos políticos, puede ser simpático por un rato, pero luego la película abandona el tema casi por completo para dedicarse a pintar un triángulo amoroso de confusión sexual que finalmente es mucho más pacato y poco “progresista” de lo que pretende ser.
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  • La oscuridad
    Amenaza fantasma

    Efectivo filme de terror y suspenso sobre un extraño apocalipsis urbano.

    La oscuridad tiene uno de los mejores arranques del cine de terror de los últimos tiempos. Y también una premisa atrapante, naturalmente cinematográfica. Un proyectorista de cine está pasando una película en su cabina en penumbras cuando se corta la luz (y, obviamente, la proyección). Al salir de su cubículo encuentra que la gente en la sala no está, pero que han quedado sus vestimentas en sus asientos. Al irse al hall del complejo se topa con lo mismo: un vacío total y prendas tiradas sin los cuerpos que las vestían. Luego sale a la calle y la visión es aún más aterradora.

    ¿Qué sucedió? Habrá que ver la película para saberlo, o suponerlo. Cercano en espíritu al cine de John Carpenter o al estilo catástrofe minimalista de M. Night Shyamalan, el director Brad Anderson propone un misterio intangible, casi metafísico. Da la impresión de que es la propia oscuridad la que se lleva los cuerpos, una negrura que arrasa con todo a su paso y a la que sólo se puede combatir teniendo algún tipo de luz encima. Esto es literal, por un lado (linternas, focos, lámparas, todo lo que funcione a batería) y, finalmente, metafórico.

    El proyectorista (John Leguizamo), un conductor de TV (Hayden “Anakin Skywalker” Christensen), una mujer que no encuentra a su pequeño hijo (Thandie Newton) y un preadolescente, hijo de la dueña de una taberna, terminan convergiendo en ese lugar tratando de mantener viva la luz mientras la ciudad (¿o el mundo?) parece sumergida en una oscuridad sin fin, ya que ni el sol parece poder salir.

    La segunda mitad del filme –claramente inspirado en títulos de Carpenter como La niebla y Asalto al precinto 13 ; o Señales , de Shyamalan- casi no saldrá de ese bar y se centrará en el grupo intentando sobrevivir, mientras vamos conociendo sus historias y explorando sus relaciones.

    Anderson allí no logra mantener la tensión y la intriga que sí sabían lograr sus maestros, y La oscuridad empieza a girar en falso, a volverse algo mística y hasta tediosa. Pero la economía de recursos, la inteligencia a la hora de plantear un misterio sólo con sombras y con un villano inasible, resulta un recurso que, por momentos, funciona muy bien.

    La explicación, seguramente, convencerá a pocos. Pero también es tarea del espectador poder disfrutar de un filme o una serie (como Super 8 o Lost ) sin la imperiosa necesidad de que el fin justifique los medios. El suspenso es ese “medio”. Si las cosas no cierran como uno quisiera, más allá de una justificable decepción, no debería arruinar del todo la experiencia.
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  • Larry Crowne
    Una caja de chocolates

    Un hombre pierde su trabajo y vuelve a estudiar en esta comedia con Tom Hanks y Julia Roberts.

    Hace diez, quince años, una comedia romántica protagonizada por Tom Hanks y Julia Roberts podría haber hecho explotar la taquilla. Dos de las estrellas más populares de los ’90, Tom y Julia (entonces no hacía falta más que los nombres de pila, probablemente hoy tampoco) movían los hilos de Hollywood.

    Pero hoy las cosas han cambiado. Y no sólo porque ni Tom ni Julia siguen llevando, al menos en los Estados Unidos, la misma cantidad de gente que entonces (en el resto del mundo las figuras consagradas tienen una vida útil bastante más larga), sino porque el concepto mismo de películas que se venden por la fama de sus actores ha caído, vencido por los tanques que aseguran novedosos efectos especiales, secuelas, adaptaciones de cómics y otras variedades.

    Sería maravilloso poder decir que Larry Crowne marca un notable regreso a un cine más humano y clásico, pero lo cierto es que si bien las intenciones son ésas, los resultados no llegan a la altura de sus pretensiones. Dirigida con economía y simpleza por el propio Hanks, el filme intenta ser una comedia contemporánea acerca de cómo la crisis económica y el consecuente desempleo alteran la vida de un hombre por completo. Y cómo es posible salir de la desesperación gracias a... bueno, a toparse con alguien como Julia Roberts.

    Hanks es Larry, un hombre en apariencia simplón y solitario, repositor de una gran tienda durante décadas, que de golpe se queda sin trabajo, supuestamente, por no tener educación terciaria. Imaginando que hacer la universidad le permitirá conseguir trabajo, Larry se anota en un Community College (esas universidades públicas muy poco prestigiosas, lugares adonde van los que estudian de grandes o los que no tienen o dinero o promedio para entrar a una facultad “en serio”) y uno de los cursos que le recomiendan es el que da Mercedes (Roberts).

    Se trata de una clase de oratoria para poder hablar de cualquier tema en público, algo muy caro a las interacciones sociales en ese país. Y Mercedes es una mujer bella pero dura, cortante, con una pareja que es un cero a la izquierda (interpretado por Bryan Cranston, en el rol más problemático del filme junto al del vecino de Larry que encarna Cedric the Entertainer). Allí es donde primero se ignorarán y luego darán tímidos primeros pasos.

    La historia tiene algunos otros vericuetos y personajes secundarios (como la banda de motoqueros más buena del mundo), pero el problema del filme es que su visión edulcorada, amable y, uno supone, ideada en la época en la que Barack Obama parecía que iba a cambiar radicalmente el curso de las cosas allí, es demasiado ñoña e inocente. Sólo algunos pasajes y salidas entretenidas, especialmente gracias a Roberts, que parece más despabilada que el propio Tom (enfrascado en hacer de un más veterano y adaptado Forrest Gump), levantan el “paquete”.

    Larry Crowne es menos que la suma de las partes y, seguramente, logrará brindar algunas sonrisas a los espectadores nostálgicos que esperan ver destellos del talento de Tom y Julia. Pero no mucho más que eso. En lo fundamental, se siente como una oportunidad perdida. La mayoría de las comedias románticas juveniles, hoy, son más certeras, graciosas y políticamente afiladas que este apenas pasable intento de hacer un cine “por la gente y para la gente”.
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  • Empleadas y patrones
    Arriba y abajo

    Coproducción centrada en una difícil relación.

    Empleadas y patrones es un acercamiento a la relación siempre extraña que se da entre patrones y empleados domésticos. El documental ambientado en Panamá, un país con muchas diferencias culturales específicas con el nuestro, muestra que hay circunstancias (acusaciones, recelos mutuos, etc.) que se repiten, al menos, en toda América latina. Mientras que en otros puntos las cosas no son tan similares.

    El realizador panameño Abner Benaim cuenta a partir de muchos testimonios las vicisitudes a las que se enfrentan ante este particular contrato que deviene en relación personal. Los patrones hablan de la inoperancia de algunas empleadas, de su falta de rigor y/o seriedad, de que roban, de que no hacen bien las tareas y, en algunos casos, de otras que han sido “fieles” compañeras de una familia durante décadas.

    Las empleadas, por su parte, aportan desde denuncias por maltratos, abusos y falta de pago hasta anécdotas de patrones exigentes, pasando por algunos casos de empatía mayor -los menos- en los que parecen sentirse parte de la familia.

    Tal vez las costumbres panameñas hagan que la experiencia no sea del todo representativa aquí, donde la relación entre dueños de casa y personal doméstico cubre espectros más amplios de clase y genera hábitos menos tradicionales que los que se ven en el filme.

    Los tópicos pocas veces sorprenden y, en sus mejores momentos, aparece cierta emoción ante una anécdota dolorosa (de muerte, de abuso, etc.) o surgen las risas ante una historia simpática. A lo largo de 64 minutos, esta coproducción panameño/argentina se ve con ligereza. No mucho más, ni mucho menos, que eso.
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  • Super 8
    Super 8
    Clarín
    Escenas de los suburbios

    J.J. Abrams se luce en esta película de aventuras con niños.

    Corre 1979 y Joe, un chico de 13 años, acaba de perder a su madre en un accidente. Unos meses después, al terminar el colegio, se juntará con sus amigos “geeks” para ocuparse de su mayor obsesión: hacer una película de zombies en Super 8.

    El equipo, que integra también un “actor” y un especialista en explosiones (Joe se especializa en maquillaje, efectos y construcción de modelos), suma a Alice (Elle Fanning), quien oficiará de actriz y conductora del auto que los lleva a la estación de tren, donde filmarán una escena clave de la película.

    Aprovechando el dramatismo que da la aparición de un tren, los chicos filman en el momento. Lo que no imaginan -pero Joe, y luego la camarita, alcanzan a captar- es que ese tren va a ser interceptado por una camioneta, descarrilará violentamente y de allí surgirá algo que pondrá en peligro la vida de los habitantes de ese pueblo de Ohio.

    En un filme que homenajea a películas de Steven Spielberg como Encuentros cercanos del tercer tipo y E.T.

    , junto a otros filmes producidos por su compañía Amblin (como Goonies, Gremlins y Poltergeist ), así como otros títulos y realizadores de fines de los ‘70 y principios de los ‘80 ( Los exploradores , Zemeckis, el Stephen King de Cuenta conmigo y varios etcéteras), J.J. Abrams crea una película propia, que logra conservar ese espíritu temático, estético y, hasta cierto punto, narrativo.

    Hay una serie de dramas de preadolescencia (la relación familiar, la llegada del primer amor, la amistad, la pasión por el cine) que arman la base y son la verdadera sustancia para lo que viene después: un conflicto intenso que incluye a la Fuerza Aérea, apagones, explosiones, extrañas y posiblemente monstruosas apariciones, y varias amenazas que van desde la invasión rusa hasta posibles derivaciones del accidente nuclear en Three Mile Island.

    Con esas situaciones, Abrams arma un relato más que fluido, en el que el caos circundante (acaso excesivo si se lo compara con el algo más reposado cine que hacían sus maestros) sirve como teatralización de los conflictos de los personajes. En determinadas escenas, Abrams canaliza al Spielberg de E.T. y Encuentros cercanos..., aunque le suma un gusto algo más fuerte por el cine de terror.

    Pero en todos los casos, Super 8 conserva algo mágico y muy difícil de lograr: cada plano y cada corte -además de las expresiones y caracterizaciones de los actores y todos los detalles de producción- remiten directamente a películas de la época. Apenas el exceso de ritmo (la acción arranca con todo ya a los 15 minutos) y algunos efectos delatan la reconstrucción, la mirada del siglo XXI.

    Pero, ¿es más Super 8 que el eco de esas películas que adornaron la infancia de los que hoy rondan los 40? Sí y no. Sí, porque Abrams reconstruye también un espíritu que parece faltar hoy: el de una aventura a escala humana, reconocible, mágica y a la vez terrenal. Y no, porque esos mismos condimentos estaban en las películas de entonces, por lo que se siente más como “homenaje” que como una nueva forma de plantearse las superproducciones de aquí en más.

    Más allá de esas consideraciones, la experiencia de ver Super 8 es extraordinaria. Un viaje de regreso a una época, sí, pero más que nada a una forma de mirar el mundo. Esa mirada de los 13 años, en la que todo puede ser extraño, sorprendente, mágico y aterrador. Y donde los amigos, el primer amor y las películas están ahí, al lado nuestro, acompañándonos en la complicada travesía.
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  • Copia certificada
    Mucho más que dos

    Abbas Kiarostami dirige a Juliette Binoche en una historia sobre un raro encuentro amoroso en la Toscana italiana.

    Un viaje a Italia. Es eso lo que inicia, de dos maneras diferentes, la trama y la experiencia cinematográfica de Copia certificada , de Abbas Kiarostami. Ese viaje, literalmente, es el de un ensayista inglés que va hasta la región toscana a presentar un libro suyo que lleva el título del filme. Y si de historia del cine se trata, el Viaje a Italia es el título de un clásico filme de Roberto Rossellini sobre el que esta película, cual “copia certificada”, parece cabalgar.

    Kiarostami tiene aquí un paisaje de tarjeta postal y a Juliette Binoche demostrando su talento para la actuación y los idiomas, pero en lo fundamental poco ha cambiado de su época de oro de los ’90: su filme es la crónica de un viaje zigzagueante, sinuoso, con historias y personajes que parecen ir mutando en esas mismas curvas del camino, y un límite cada vez más difuso, ya no entre realidad y ficción, sino entre capas de ficción.

    A primera vista, la premisa es simple. James, el escritor (el cantante de opera inglés William Shimmel), conoce a una francesa (Binoche) que tiene allí su galería de arte. Juntos salen de paseo en auto por la Toscana y se detienen Lucignano, donde caminarán, tomarán un café, comerán algo, verán bodas, plazas y museos y, básicamente, conversarán (sobre el arte, sobre ellos, sobre “la vida”) en un plan de aparente seducción mutua. Pero las cosas no son tan simples y claras como parecen.

    De la misma manera que en Close-Up, El sabor de la cereza o A través de los olivos , Kiarostami pondrá en duda, a partir de mitad de la película, nuestras certezas sobre esos personajes: quienes son, quienes dicen ser. No conviene revelar más porque es parte de la intriga y el disfrute del filme, del giro que tuerce la trama, el que lo vuelve más complejo y enigmático, más misterioso y hasta aterrador.

    Copia...

    no es una película sobre el mundo del arte, sino una que usa el arte (el cine) para hablar de las relaciones entre las personas. ¿Somos quienes decimos ser? ¿Vemos en el otro a quien es o a quien queremos ver? ¿Cuánto de persona y de personaje hay en cada uno? ¿Cuánto de actor, de espectador? Estas preguntas no están llevadas a la pantalla de una manera densa o pomposa. Kiarostami se propone un acercamiento lúdico, falsamente naturalista, usando similares elementos al de aquel filme de Rossellini: la historia de una relación de pareja a través de un viaje sin aparente destino. Sólo que aquí le agrega un elemento autoconsciente, como si Binoche y Shimell jugaran a ser Ingrid Bergman y George Sanders en aquel filme.

    En cada diálogo, Copia...

    va anunciando –a veces, sutilmente; otras, no tanto- hacia donde se dirige. “No hay nada simple en ser simple”, dice él. Hablan de Jasper Johns, de Andy Warhol. El se niega a ver cuadros y esculturas que Kiarostami no nos muestra. Ambos hablan mirando a cámara. Una camarera confunde (o no) sus identidades. Y así... Da la impresión de que ellos (y Kiarostami) juegan un juego a través del cine de arte europeo de los ’50 y ’60 escapándose siempre por alguna tangente. Pero, más que eso, la suya es una historia de amor sobre las historias de amor, sobre cómo proyectamos nuestras vidas en las vidas de otros y llamamos a eso Arte.

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  • La reencarnación de los muertos
    Lejos de la rutina

    George A. Romero regresa a la saga de los zombies.

    La sexta entrega de la saga de zombies creada por George A. Romero 43 años atrás encuentra al ya veterano realizador en un extraño dilema: ¿cómo seguir contando distintas versiones de la misma historia después de tanto tiempo? Y lo interesante es que, en lugar de convertir el asunto en una rutina, Romero sigue teniendo ideas creativas y hasta arriesgadas para resolver ese tipo de problemas. Los resultados no siempre están a la altura de sus ambiciones, pero lo cierto es que nunca se repite.

    Después de la estructuralmente compleja El Diario de los muertos –en la que jugaba con la idea del falso documental-, en La resurrección de los muertos parece querer volver a lo básico y directo, una suerte de western político con los zombies como espectadores, casi, de un enfrentamiento que bien podría darse sin ellos.

    La trama de La resurrección...

    tiene como protagonistas a dos líderes de clanes enfrentados entre sí, cada uno –literalmente- con cadáveres en sus placares, y a un grupo de soldados que, después de una serie de enfrentamientos y fugas, caerán en el medio de esta pelea, deberán tratar de entenderla y luego saber de qué lado ponerse. Los zombies serán como bombas de tiempo que obligan a los personajes a apurar decisiones, relojes narrativos que llevan a los protagonistas a actuar.

    Esa batalla de clanes, en manos de Romero, es una metáfora más que evidente de la guerra política establecida en los Estados Unidos, esa lucha fratricida que enfrenta a demócratas con republicanos, estados “azules” con estados “rojos”, y así. Salvo algunos aparatosamente berretas efectos digitales, Romero hace una película como si los ’80 nunca hubieran terminado: gore básico y brutal, personajes caricaturescos, humor acaso involuntario, todo absurdamente excesivo y a la vez casero. Más cercano al origen de la saga que a la pretendida complejidad de Diario...

    Este “regreso a lo básico” no siempre es del todo feliz ni logrado, y la trama se vuelve algo confusa e intrascendente, pero muestra que Romero, a una edad en la que podría poner piloto automático cual zombie en la dirección, todavía se plantea cómo seguir contando, una y mil veces, la historia de un mundo dominado por los zombies que acaso sea más realista de lo que él mismo imaginaba allá, a fines de los años ’60.
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  • Malas enseñanzas
    Una maestra muy particular

    Cameron Diaz protagoniza esta ácida comedia de Jake Kasdan.

    Intentar construir una comedia zarpada alrededor de Cameron Diaz puede parecer una idea algo absurda a esta altura. Hay comediantes más cercanas al tono de humor, por momentos muy ácido, que plantea esta comedia de Jake Kasdan, a las que seguramente las bestialidades que salen de la boca de la bonita Diaz les serían más naturales. Pero también es cierto que, de no estar Cameron –con su mezcla de picardía e inocencia- el personaje que interpreta sería demasiado detestable como para interesarnos por su suerte.

    Es que, de hecho, Elizabeth lo es. Una ex maestra que está por casarse con un hombre que no soporta sólo por dinero -para ser una mantenida el resto de su vida- debe volver a dar clases cuando el tipo se da cuenta y la deja poco antes de la boda. Y Elizabeth vuelve, a regañadientes, más preocupada en “ponerse tetas” para poder competir en el mercado de solteros con chicas más jóvenes y pulposas, que por enseñar algo a sus alumnos. Y una de las formas en las que trata de conseguir plata es, directamente, robándosela a los chicos de todas las maneras imaginables.

    Esto recién empieza: como educadora, su concepto de “dar clase” consiste en tirarse patas para arriba en el escritorio, poner una película tipo Mentes peligrosas y tratar de sacarse de encima la resaca de la noche anterior. De a poco, Elizabeth empezará a relacionarse con Russell (Jason Segel), un profesor de gimnasia que se da cuenta del plan de la chica y comparte cierto cinismo respecto al comportamiento algo ridículo de algunos profesores excesivamente entusiastas, como Amy (Lucy Punch).

    Y la aparición de Scott (Justin Timberlake), un maestro suplente que parece venir de una familia de dinero, llevará a Elizabeth a pensarlo como su próxima víctima. Pero el particular maestrito parece más cerca al espíritu “animador de fiestas infantiles” de Amy que a sus propuestas más encaradoras.

    Malas enseñanzas tiene momentos brillantes y muy divertidos, gracias a un trío como Diaz, Punch y Segel (Timberlake está algo desdibujado con un papel de “maestrito pavo”) que le sacan jugo a cada escena y a cada ironía escrita por el equipo de guionistas responsable de The Office . Algunos términos que usa Díaz en clase podrán perder efectividad en la traducción, pero son literalmente impublicables en cualquier idioma, y más aún dichos a una clase de niños que pintan bastante inocentones.

    Malas enseñanzas podría verse como una versión femenina de películas como Escuela de rock o Un Santa no tan santo . Y el recorrido que hace la película y el personaje es similar al de los protagonistas de ambas. Si aquí no termina de funcionar tan bien como esas dos es porque, más allá de los gags específicos (verbales y/o visuales), la trama en sí (el triángulo/cuarteto romántico, la obsesión de Diaz por ponerse siliconas) no se sostiene demasiado por fuera de los gags en cuestión. Cuando la película intenta cambiar de tono o entrar en ciertos desarrollos narrativos, uno se queda esperando un nuevo chiste, un nuevo remate demoledor, un nuevo cuchillazo.

    Si hay comedias que son adaptables a sitcoms televisivas, Malas enseñanzas es una candidata firme. A la manera de la propia The Office, Community o Curb Your Enthusiasm , nos presenta personajes al borde de lo intolerable, pero que no podemos dejar de mirar. Ni de querer.
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Crash! Boom! Bang!

    El lado oscuro de la luna” La tercera película de la saga es otra sinfonía de hierros retorcidos.

    Si Michael Bay se viera obligado a dirigir el tráfico en alguna esquina sin semáforos no podría evitar que los autos chocaran entre sí de a decenas. Y, luego del desastre, no se podría identificar qué causó el accidente, por qué pasó, ni cómo se dieron las situaciones. Eso sí, el hombre se retirará del lugar con una sonrisita y un gesto de “misión cumplida”.

    Imaginemos que ese Bay, antes de ubicarse en esa esquina esperando el choque, deposita media docena de cámaras para filmarlo. Luego toma todo el material grabado, lo mezcla y lo llama película. Bueno, algo así es ver Transformers: el lado oscuro de la luna , una especie de interminable sinfonía de hierro retorcido, de Metal Machine Music del cine pero sin intenciones experimentales (como el homónimo disco de Lou Reed) sino con la idea de conformar una cacofonía de motivos visuales y sonoros que llevan tres películas (y más de siete horas) reiterándose prácticamente sin variaciones.

    En Transformers 3 , Bay expande el universo de esta pelea intergaláctica entre Autobots y Decepticons para incluir episodios de la historia contemporánea. La justificación narrativa de este filme es que la carrera espacial entre rusos y estadounidenses tuvo que ver con la búsqueda de un material llegado a la Luna desde el planeta Cybertron, en plena guerra civil entre ambos bandos. Y que parte de ese material sigue allí, otro aquí y que todo terminará con la aparición de un nuevo Prime (como Optimus, el hasta ahora líder de los Autobots), quién podría lograr que todo Cybertron venga a la Tierra.

    Y más allá de si el planeta viene o no, lo que se siente es que para Bay no existe mucho más -a la hora de pensar cinematográficamente- que tratar de idear escenas de acción para luego arruinarlas en la ejecución. Tras un planteo mínimamente interesante (que tarda media película en explicar), Bay ya no sabe qué hacer con él. En sus películas, la acción no incluye a la trama: la detiene de igual manera que un solo de batería detiene una canción, para mostrar una pretendida y tediosa destreza muscular.

    No debe haber en la historia de los “tanques” de taquilla personajes menos interesantes que los Transformers. Casi indistinguibles unos de otros -los buenos de los malos, y ambos de los indecisos-, verlos combatir es lo más parecido a ver un chico de tres años estrellar un juguete contra otro durante horas hasta que todas las partes terminan repartidas por el living. Da la impresión de que Bay es uno de esos niños que en un momento se cansa de armar su castillo y lo patea por el aire a ver dónde caen las piezas. Y si terminan en la cabeza de alguien, mejor.

    Y si las secuencias potencialmente interesantes están mal narradas (toda la batalla que se produce en Chicago), el “factor humano” es mínimo, risible. Sam Witwicky (Shia LaBeouf) es un personaje de carisma nulo, y se agradecen las apariciones de personajes secundarios (John Turturro, John Malkovich, Kevin Dunn, Ken Jeong) que tienen al menos la gracia de un chiste malo en medio de un velorio: en esas circunstancias, uno se ríe de cualquier cosa, se agarra de lo que puede. Respecto a la reemplazante de Megan Fox, la británica Rosie Huntington-Whiteley, se puede decir que es muy bonita y que Bay la filma como si cada aparición suya fuera un comercial de shampú que interrumpe el filme.

    Esto no quiere decir que no haya espectacularidad visual y un uso del 3D más discreto que lo esperado en un cineasta tan abusivo desde lo sensorial. Lo que no hay es nada que conecte a lo que se cuenta con algo humano, algo que lleve el interés de una escena a la siguiente. Ya no digamos a lo Spielberg (ver su nombre ligado a esta franquicia duele): hasta Emmerich es sutil y poético al lado de Bay. Por momentos uno siente que Michael se burla de sus propios clichés (los soldados avanzando en cámara lenta, las frases altisonantes, los chistes malos, las sobreactuaciones), pero al final se convence de que no. Que es consciente de ellos, pero que está orgulloso de sus aportes al cine de estos tiempos.

    Lo que molesta, también, de Transformers 3 , es que tanto técnico talentoso y artista visual competente esté perdiendo el tiempo en esta franquicia inerte. Y que sea el bolsillo, finalmente, el que le dé la razón a una saga sin alma, sin vida, sin corazón.

    Ah, no se les ocurra poner El lado oscuro de la luna , de Pink Floyd, a ver si “coincide” con la película. Jamás podrán volver a escuchar el disco otra vez. No es broma...
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  • Daddy Longlegs
    ¿Alguien vio a papá?

    Comedia dramática sobre una familia muy particular.

    Es curioso el efecto que genera una película como Daddy Longlegs (también conocida en festivales como Go Get Some Rosemary ), de los hermanos Ben y Josh Safdie. Uno ve al padre que la protagoniza y podría calificarlo, sin vueltas, como un desastre. Sin embargo, pese a su confusión, su locura y su descontrol, termina siendo un tipo querible. Y no sólo para sus hijos -que tal vez no se dan del todo cuenta de la extraña manera que tiene de ocuparse de ellos las dos semanas al año que le toca- sino hasta para el público.

    Un ejemplo lo pinta a las claras: como una noche debe trabajar hasta muy tarde (es proyectorista de un cine) y no tiene con quién dejar a los chicos, no tiene mejor idea que zafar dándoles una pastilla para dormir. La cuestión es que les da una tan potente que a los chicos les toma días despertarse.

    Y eso no es nada: sale con una chica y se los lleva a la rastra hasta su casa y allá se topan con que ella tiene pareja; los manda solos a través de un barrio muy denso a hacer compras (tienen 7 y 9 años) y así... Un niño/adulto, irresponsable pero encantador, que quiere ser amigo de sus hijos más que su padre, Lenny (basado en el verdadero padre de los directores) es un gran personaje que Ronald Bronstein (un realizador que debuta como actor) construye con una energía y un carisma que hacen que le perdonemos casi todo.

    El filme de los Safdie tiene la energía y el nervio de Lenny. Una cámara en mano y en 16 mm., una Nueva York vibrante y nerviosa, y una notoria influencia del cine de John Cassavetes hacen que Daddy Longlegs se convierta en una película tan atractiva y ambigua como su personaje principal.
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  • 8 minutos antes de morir
    El pasado que vuelve

    Jake Gyllenhaal viaja en el tiempo para evitar un atentado en este intenso thriller.

    Como decía una canción de Talking Heads, un día podés levantarte y preguntarte: “¿Que estoy haciendo acá?”. Algo así le sucede a Colter Stevens (Jake Gyllenhaal) cuando se despierta de lo que parece ser un sueño en un tren que viaja a Chicago. La mujer frente a él le habla como si lo conociera, pero él no tiene idea quién es, ni dónde está, ni por qué. Ni siquiera la ropa que tiene puesta es suya. Enseguida irá al baño y, al mirarse al espejo, notará que la imagen que ve allí tampoco es la suya: es la de otro hombre, un desconocido. Y, encima, mientras trata de descifrar la situación, el tren explota y todos vuelan por el aire.

    En 8 minutos antes de morir veremos esa situación repetirse varias veces, pero siempre con variantes. En esta suerte de versión ciencia ficción de Hechizo del tiempo sabremos que Colter es un soldado apostado en Afganistán que es parte de un experimento. Para descubrir al autor de ese atentado, es enviado a través del tiempo -mediante un complejo código científico- ocho minutos antes de la explosión a tratar de evitarla. Pero el hombre no viaja realmente. Lo hace... mentalmente. Y tampoco viaja al pasado real: viaja uno posible, a un vector, a... bueno, ya verán, pero tiene que ver con la física cuántica o algo por el estilo.

    Lo interesante del filme de Duncan Jones ( Moon ) es que no se enreda mucho, como El origen , en explicar su sistema. Lo hace rápidamente y confía que el espectador no se pondrá a hacer cálculos científicos para probar si es posible, porque seguro que no lo es.

    Es una película mucho mas pequeña que aquélla. Son dos escenarios: el tren donde debe investigar y el extraño lugar en el que Colter está como encerrado recibiendo ordenes de una pantalla (¿es una prisión? ¿una cápsula espacial? ¿un lugar imaginario?). Pero, a su vez, la apuesta es más alta (evitar una explosión que volará Chicago) y sus conflictos vitales/emocionales están puestos en el centro de la acción.

    Es que, a través de cada uno de sus ocho minutos en el tren, y mientras busca al sospechoso, Colter irá conociendo a la gente que viaja y a trazar relaciones con ellos, en especial con Christina (Michelle Monaghan), la chica que lo mira con cariño y que no conocía. Paralelamente se relacionará con la agente que le da órdenes (Vera Farmiga) e intentará descubrir qué es ese otro extraño lugar donde todo es también muy raro.

    Con puntos de contacto con Los agentes del destino , pero con una lógica interna más consistente y narrativamente mucho mas intensa, Jones plantea una situación “hitchcockeana” de manera notable y lo hace con mínimos recursos, un pequeño grupo de actores (además de los citados esta Jeffrey Wright, como el creador del “código”, y otros pasajeros del tren) y mucho ingenio para ir encontrando ejes narrativos distintos (y no sólo sospechosos) en cada “viaje”.

    Como en los grandes filmes que homenajea ( La ventana indiscreta e Intriga internacional ), Jones hará como Hitchcock: pondrá el eje más en las relaciones y menos en el mecanismo. Si bien se reserva una serie de sorpresas que modificarán la trama, lo que más le importa es la situación emocional del personaje y su relación con los demás. Como en Hechizo del tiempo , de ese momento que se repite una y otra vez no se sale aprendiendo de memoria las rutinas. Se sale encontrándole algún sentido a lo que se hace. O bien, teniendo un buen motivo para salir.


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  • Las marimbas del infierno
    Las huestes del heavy metal

    Muy divertida comedia guatemalteca.

    Las marimbas del infierno es una comedia brillante y absurda por donde se la mire, graciosa y conmovedora a la vez, cuyo eje central resulta una excelente excusa para crear un relato divertido y original. A partir de la situación, aparentemente real y filmada cual documental, en la que se ve contando su historia de vida a un veterano músico guatemalteco, Don Alfonso, intérprete de ese enorme y folclórico instrumento que es la marimba (similar al xilófono), el director Julio Hernández Cordón lo enreda en una serie de situaciones absurdas.

    Ya sin grupo propio y con la marimba a cuestas, Alfonso recorre bares y restaurantes para encontrar que a nadie lo interesa contratarlo y que prefieren reemplazarlo por un DJ. En su periplo se topa con su ahijado, Chiquilín, más interesado en aspirar pegamento que en cualquier otra cosa, y luego con Blacko, legendaria figura del rock guatemalteco (esto es verdad, no invención del filme), con quienes se termina uniendo para ser parte de una banda de death metal con Blacko como baterista, Chiquilín como improvisado (y bastante malo, por cierto) cantante y el agregado musicalmente insólito de un marimbista folclórico.

    El choque de este trío podría ser un chiste que se acaba pronto, pero Hernández-Cordón lo aprovecha al máximo, no sólo en su potencial humorístico, sino en la forma en la que lo transforma en un retrato de tres generaciones: un músico folclórico indígena y tímido desocupado y perseguido por deudas, un adolescente villero y hip-hopero, y un veterano rocker que parece extraído de una cueva del Oeste bonaerense de los años ’80, con sus referencias satánicas y su carrera paralela como... doctor.

    Todo esto lo consigue, además, manteniendo siempre la ilusión de un retrato documental. De hecho, los personajes son quienes dicen ser en la vida real, es sólo la situación que los reúne la inventada. Esa confrontación entre lo real y el gag hacen inmejorable a una película que, en otras manos, podría haber caído en la burla, la sorna o la condescendencia. Aquí eso no sucede jamás. Alfonso, Blacko y Chiquilín son tres personajes queribles, nobles y hermosos, a los que el director adora y respeta.

    Cuánto tardarán los productores de Hollywood en ver el enorme potencial para una remake que tiene esta película no se sabe. De cualquier manera, sería deseable que nadie se quede a esperar esa versión: este notable filme de Guatemala es una de las mejores comedias latinoamericanas en mucho tiempo, una verdadera joyita que no conviene dejar pasar.
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  • Carlos
    Carlos
    Clarín
    Enemigo público número uno

    Notable filme de Olivier Assayas sobre el terrorista “El Chacal”.

    Olivier Assayas asumió el encargo de hacer una miniserie para el Canal + francés acerca de Ilich Ramírez Sánchez, más conocido como “Carlos, el Chacal”, célebre terrorista y ejecutor de varios notorios atentados en los ’70 y ’80. Su contrato incluía entregar una versión para cine que es la que se estrena hoy aquí.

    Con una duración de 165 minutos -la mitad de los 330 que duraba la miniserie-, Carlos es una apasionante exploración de ese mundo, tan lejano y tan cercano a la vez, a partir de un hombre de acción, una mezcla de Che Guevara y James Bond, y sus cambios de joven idealista de armas tomar (a nombre del Frente Popular de Liberación de Palestina) a ser casi un mercenario a sueldo de diversos gobiernos de países árabes.

    Esa película de geopolítica contemporánea está disimulada dentro de un relato de acción y suspenso apasionantes, con un personaje por lo menos magnético como Carlos. Brazo armado de una revolución árabe marxista -muy distinta a la fundamentalista que llegaría después-, Carlos era una mezcla de galán latino, ejecutor nato, líder carismático y notable estratega que empezó a perder un poco el rumbo a partir de cierta fama conseguida y su transformación en una suerte de mito urbano.

    El más célebre de sus operativos –que ocupa casi la mitad del relato- es la toma de rehenes en la reunión de delegados de la OPEP, en Viena, 1975. Con un grupo comando asaltó esta reunión de ministros de países exportadores de petróleo con un falso objetivo, los subió a un avión y se vio enfrentado a la situación de un mundo árabe más complejo de lo que suponía.

    Si la película no llega a la excelencia de la miniserie es porque el relato de largo aliento de aquélla permitía entrelazar mejor las secuencias de acción y suspenso, con la vida personal de Carlos, pero sobretodo con la compleja estructura política en la que se hallaba inserto, trabajando para nombres que siguieron sonando por décadas, como Gadafi o Saddam Hussein. Permitía, también, por motivos del formato, diversos y sucesivos picos dramáticos.

    Pese a sus 160 minutos, ésta se siente como una versión clipeada, apurada y resumida de 25 años de historia. Lo cual no afecta su calidad como entretenimiento. De hecho, se podría decir que ahora es un relato de acción y suspenso, con unos pocos intervalos. Assayas conduce con mano maestra las escenas de acción, siempre pendiente de que el espectador entienda lo que pasa, porqué y cuáles son las fuerzas enfrentadas sin perder de vista el impacto o la tensión.

    Con un uso brillante de la música (prueba de que bandas como Wire, A Certain Ratio, New Order o The Feelies pueden ser propulsivos motores de escenas de acción, si bien son posteriores a muchos de los hechos) y una actuación magnética del venezolano Edgar Ramírez, Carlos es un filme que -como Munich , de Steven Spielberg-, hace que las palabras acción política cobren otro significado: el de género cinematográfico.
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  • Los agentes del destino
    ¿La suerte está echada?

    Intrigante thriller metafísico con Matt Damon.

    La obra de Philip K. Dick ha sido llevada varias veces al cine, desde Blade Runner a Minority Report , pasando por El vengador del futuro , por citar las más famosas. En esos filmes de ciencia ficción, los planteos del autor entraban en perfecta sintonía con un mundo desplazado del real, incorporando fluidamente sus juegos con la memoria, el tiempo y sus típicos mundos paralelos.

    En Los agentes del destino la situación es más complicada y el grado de credibilidad del espectador al que aspira George Nolfi (guionista de Bourne: el ultimátum ) en su opera prima como director es mucho más alto ya que decide, en su versión muy libre del cuento de 1954 Adjustment Team , ubicar esos juegos metafísicos propios de Dick aquí y ahora.

    Matt Damon encarna a David Norris, un joven congresista de Nueva York cuya ascendente carrera se cae a pique cuando se publican en la prensa unas fotos comprometedoras de su juventud (bastante inocentes, en realidad). En el momento en que está por dar su discurso aceptando su derrota en una elección, conoce a una bella chica inglesa (la excelente Emily Blunt) que lo seduce de inmediato, llevándolo a cambiar su discurso y renovando su potencial político.

    Pero eso es sólo el comienzo de una suerte de eventos extraños en la vida de Norris. Primero el espectador (y luego él) descubre la presencia de un grupo de personas, todos con sombrero, que circulan alrededor suyo. Pronto sabremos que son algo así como “ajustadores del destino”, seres con poderes para modificar la vida de las personas y llevarlas a determinados lugares, haciendo que lo que parezca azaroso no lo sea tanto.

    Para no revelar mucho de la trama, digamos que este grupo tendrá a Norris entre ceja y ceja y harán lo imposible para evitar que se aleje de su trazado destino. Y la chica en cuestión sería un impedimento para ese plan. Pero, claro, Norris sabe de sus intenciones y, enamorado de esa escurridiza mujer, hará lo imposible por escapar de la trama prefijada de su vida.

    Una mezcla de Bourne y Las alas del deseo , en términos temáticos –más cerca de la primera en su ritmo-, Los agentes...

    tiene una muy buena y hitchcockeana primera hora, pero de a poco empieza a volverse algo simplona y obvia, y sólo la capacidad de estos “enviados” de modificar la realidad (pueden mover objetos, salir del Central Park y aparecer en un estadio de béisbol, y así) termina siendo motivo de entretenimiento.

    A favor de la película, la historia de amor que justifica todo el caos que se genera alrededor tiene en Damon y Blunt a dos actores capaces de tornarla creíble y hasta emotiva. Y es eso lo que asegura que, por más simple que se vuelva la supuestamente compleja y filosófica trama (azar versus destino, la existencia del libre albedrío, etc), Los agentes...

    se siga con interés hasta el final. Eso, y la capacidad de ver qué trucos “mágicos” pueden salir de la literal galera -y de esa suerte de iPad de la vida- que manejan los poderosos “simuladores” de Philip K. Dick.
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  • La peli de Batato
    Texto disponible sólo en la edición papel del día 10/06/2011.
  • Retornos
    Retornos
    Clarín
    Cine negro a la gallega

    Un hombre vuelve a su pueblo y se enreda en una situación policial.

    Estrenada, como dicen, “entre gallos y medianoche” (es una coproducción argentina, lo que justificaría su salida comercial mínima), Retornos es una especie de filme noir a la gallega que mezcla una historia familiar con un caso (o un par de casos) policiales que ocultan que, en ese pueblo pequeño y brumoso del interior de Galicia, pasan más cosas que las que uno imagina.

    El filme de Luis Avilés Baquero se centra en Alvaro (Xavier Estévez), un hombre que vuelve al pueblo tras irse a vivir a Suiza después de una confusa situación policial (para el espectador) que lo ha hecho “persona non grata” en su lugar. Un llamado de su hija, a la que casi no conoce, avisándole de la inminente muerte del padre de él lo hace reencontrarse con unos viejos vecinos que le dan vuelta la cara, incluyendo su ex esposa, hoy en pareja con un hombre, al parecer, importante del lugar.

    Estando allí vuelve a suceder otra situación desafortunada cuando atropella con su auto a una joven, amiga de su hija, y ella muere. Pero él está convencido de que la chica ya estaba muerta al chocar. Mientras se trata de determinar la causa de la muerte, Alvaro investigará algunos secretos del pueblo ya que esta chica, centroamericana, trabajaba en un prostíbulo en el cual el nuevo marido de su ex mujer está involucrado y en el que pasan cosas densas, que parecen impensadas en ese pueblito gallego en apariencia tranquilo.

    El asunto, intrigante en un momento, se irá complicando de más, ya que se involucra su hermano y otras cuestiones que no conviene adelantar. Esas resoluciones apresuradas intentan desentrañar una maraña innecesariamente compleja dejando de lado lo más interesante del filme: el drama familiar, el retorno, la relación con su hija, la descripción del ambiente.

    Allí, Retornos se transforma en un thriller más que podría ocurrir en cualquier pueblo estadounidense sin las particularidades de una tierra de exilios, idas y vueltas como es Galicia. Cuando el filme no pierde de vista dónde está, es cuando mejor funciona.
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  • Hanna
    Hanna
    Clarín
    Del tal padre, tal hija

    Una adolescente criada en soledad por un ex agente de la CIA sale al mundo a conocer su identidad.

    Hanna es una película extraña, rara. En tiempos en que gran parte del cine de Hollywood parece funcionar como una organizada procesadora de escenas y secuencias, la película de Joe Wright se destaca por sus diferencias. Es que el filme del director de Orgullo y prejuicio y Expiación, deseo y pecado parece trabajar a caballo entre dos tradiciones, la del cine de suspenso y la de arte/autor, y lo que le sale es, bueno, Hanna , una película... rara.

    La primera escena impacta. En el medio de la nieve, en un paraje desolado, una adolescente (la Hanna del título, Saoirse Ronan) persigue, mata y descuartiza un enorme animal con la frialdad y decisión de una pequeña Terminator. Pronto iremos sabiendo más de ella. Que vive en ese paraje con su padre (Eric Bana), un ex agente de la CIA que desapareció, literalmente, del mapa. Que su padre es su único contacto con el mundo: le enseña a hablar en varios idiomas y la educa y entrena por cuenta propia tanto en la lectura como en, bueno, en lo que ya le vimos hacer...

    Pero Hanna ya es adolescente y quiere saber que hay afuera. El padre le explica algo ligado a un botón rojo (que, si lo toca, dará cuenta a sus jefes de su paradero) y le advierte de los peligros de hacerlo, pero tarde o temprano, la manzana hay que morderla. Hanna toca el botón, el padre se fuga y la chica es atrapada por la CIA, comandada por Marissa (Cate Blanchett). De allí Hanna se escapará y otra película comenzará, suerte de Bourne mezclado con Alias/Nikita .

    Por un lado, Wright maneja con maestría escenas de suspenso como la que sucede entre una estación de micros y un subte en Berlín (un plano secuencia de más de tres minutos) con Bana escapándose de perseguidores. Y, más tarde, con la propia Hanna peleando con tres matones entre enormes containers. Todo en plan de reencontrarse con su padre y, de paso, saber quién es y cuál es la razón de esa indómita fuerza.

    Pero la extrañeza del filme no está ahí: Wright ocupa igual o más tiempo en narrar la fuga de Hanna como si fuera un oscuro cuento de hadas, con situaciones y personajes que parecen salidos de la fantasía (los matones alemanes, de hecho, parecen más bien sacados de El gran Lebowski ) y entrando al territorio de la trama de iniciación. Hanna se hace amiga de una chica de su edad y de su familia de acampantes a través de lo que parece ser el Norte de Africa y el sur de España, lugar en el que Wright se toma el tiempo para mostrar un número de flamenco... íntegro.

    Ese choque es lo que hace a Hanna una película extraña, no siempre lograda, pero inquietante. Tiene la capacidad de sorprender y sacar al espectador de la rutina, aunque muchas de esas salidas produzcan un choque entre realismo y fantasía que casi obliga a tomar partido por una u otra parte.

    Pocas películas salen airosas de este combo (imagine un Bourne dirigido por Tim Burton y piénselo), pero Wright lo logra. Con grandes momentos y otros discutibles, se las arregla para disfrazar lo simple de la trama y crea un filme que merece verse con atención.
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  • Lo que más quiero
    Texto disponible sólo en la edición papel del día 10/06/2011.
  • Alfredo Li Gotti. Una pasión cinéfila
    El coleccionista

    Documental sobre un obsesivo del séptimo arte.

    Alfredo Li Gotti es un coleccionista de películas: Super 8, 9 ½, 16mm., lo que pueda conseguir. Lleva una vida entera dedicada a ésa, su gran pasión. La otra son los equipos, los proyectores: tiene más de 50. En un filme que recorre su vida y su obsesión –y que habla poco, finalmente, de cine, que parece ser algo tangencial-, Li Gotti queda presentado como un hombre noble y amable, de esos coleccionistas que saben compartir los tesoros conseguidos (encontrados y comprados), al punto de tener una sala propia en la que proyecta su colección para el público, en forma gratuita.La obsesión de Li Gotti parece haber sido heredada por su nieto y ha sido, si se quiere, “soportada” por su mujer, que ya ha entregado cuartos enteros a apilar cientos y cientos de latas de filmes. Entre encuentros con amigos a ver películas, entrevistas a quienes lo conocen (entre los que están los programadores/críticos Fernando Martín Peña y Luciano Monteagudo) y las historias de su vida (su pasado como cantante y actor, entre otros) se desarrolla Una pasión cinéfila , el filme de Roberto Angel Gómez que lo homenajea.Hay, sin embargo, algo curioso y extraño en el filme, en Li Gotti y –al menos es materia opinable- en la actividad de los coleccionistas de películas. Si bien a Alfredo se lo celebra por su generosidad a la hora de compartir y educar con sus tesoros, da la impresión que el hecho de coleccionar cine tiene más que ver con un intenso hobby, obsesivo, y no necesariamente cinéfilo, en el que el aparato mecánico y el fetichismo de la copia en fílmico tienen tanta o más importante que las películas en sí.Poco se habla de cine en el filme y hasta poco parece importar. De hecho, Li Gotti se vanagloria de sonorizar y poner diálogos a clásicos del cine mudo, una operación que cualquier cinéfilo vería horrorizado y que el director no cuestiona. Tampoco los protagonistas parecen preocupados en cuanto al cine como concepto, como tema, en las películas en sí. Al verlo a Li Gotti mirar más el proyector (y hablar de su fascinación por el ruido que hace y por cómo la película circula a través de él), más que mirar la pantalla, da la impresión que la tarea del coleccionista y la de la persona a la que el cine afecta por sí mismo son cosas muy distintas.Más allá de la discusión sobre las distintas formas de manifestarse, por lo que se ve en el filme, Li Gotti es una persona apasionada por el cine (podría serlo por otra cosa, da la impresión, y mucho no cambiaría el asunto) y alguien que ha entendido que el valor de haber acopiado tanto material está en ponerlo a disposición de todos. Serán ellos, entonces, gracias a personas de enorme nobleza como Alfredo, los que se ocuparán de completar las películas
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 2
    Pasados de rosca

    Despedida de soltero descontrolada... en Tailandia.

    Los memoriosos –o los fanáticos de los ’80- recordarán un hit musical de aquella época llamado One Night in Bangkok , de Murray Head. El título de la canción (que hará una aparición especial y con un intérprete más que particular también) podría haber sido el subtítulo de esta película por dos motivos. Uno, básico: casi todo transcurre durante una noche en Bangkok, Tailandia. Y el otro, si se quiere, lógico: el concepto de ¿Qué pasó ayer?Parte II es una paradoja temporal que el filme no puede resolver jamás.

    El “ayer” del filme es otro, claro. Esto es: otra despedida de solteros. En vez de Las Vegas, el escenario es Tailandia, donde el dentista Stu (Ed Helms) se casará con su nueva novia, Lauren, cuya familia es de allí. Lo harán en un lujoso resort y Stu ha decidido que no quiere irse de fiesta previa con sus amigos después de lo que pasó en la primera parte.

    De hecho, Stu ni siquiera invitó a Alan (Zach Galifianakis), el más caótico e impredecible miembro del grupo. Pero Phil (Bradley Cooper) y Doug (Justin Bartha) le dicen que Alan no soportará ser dejado de lado y, finalmente, el cuarteto viaja, tras hacer un brunch en una cadena de comida rápida como toda partuza .

    Pero en una recepción previa a la boda, todo cambia. Junto al hermano de la novia (un adolescente prodigio que es el orgullo del padre de Lauren, severo hombre que no tolera a Stu) la banda sale a tomar una cerveza a la playa y, acto seguido, ya es el día siguiente y los tres amigos (Doug se queda en el hotel) están en similares e incomprensibles condiciones que en la original.

    Lo que sigue no conviene describirlo demasiado (incluye también animales, prostitutas, destrucción de inmuebles, cambios de apariencia y una persona que desaparece), aunque no es muy distinto al filme anterior, tanto en lo que sucede como en la manera de estar contado. Demasiado parecido, al punto de que le cuesta retener la frescura del original, más allá de la gracia que las reiteraciones (el personaje de Ken Jeong, de la serie Community , como Chow, se roba la película) provocarán en los fans de la original.

    Como en la primera, sigue siendo interesante la estructura. Una comedia armada como thriller en la que se manejan varios tiempos narrativos y en la que las desventuras que se cuentan son siempre una especie de secuela de algo que los espectadores van descubriendo al mismo tiempo que los protagonistas, quienes no recuerdan nada de lo que sucedió.

    Por suerte siguen estando las camaritas digitales que aún en las más lisérgicas ocasiones guardan los retazos de lo que fue una noche salvaje y zarpada, y que siempre terminan siendo el bonus que dan a la película su golpe de gracia final. Siendo varios amigos, claro, hay tela para varias despedidas más. Y si bien la estructura funciona, ya uno quisiera, directamente, ver qué pasó anoche y compartir la diversión con los muchachos, más que sufrir las consecuencias...
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  • El dedo
    El dedo
    Clarín
    Elecciones digitadas

    La comedia de Sergio Teubal se centra en un pueblo cordobés con un candidato a intendente en formol.

    En este pueblo chico del norte cordobés, en 1983, llegan por primera vez las elecciones. “Somos 501 habitantes”, dice Don Hidalgo (Gabriel Goity), el “capanga” del lugar y el candidato más fuerte a quedarse con el puesto a intendente. Sin embargo, sus chances de ganar se complican. También está Baldomero (Martín Seefeld), el hermano de Florencio (Fabián Vena), que podría pelearle el puesto. Pero un hecho fortuito parece salvarlo: a Baldomero lo matan. Ahora bien, sin Baldomero no hay 501 habitantes y sin 501 habitantes no hay elección. Entonces, costumbre de pueblo chico, Hidalgo convence a Florencio de no firmar el acta de defunción hasta después de la elección. Lo que no sospecha es que el asunto se le volverá en contra porque, en un frasco, en formol, el dedo del difunto lo complicará todo.

    Una especie de cuento picaresco que, afortunadamente, es tratado con discreción y cierta elegancia por Sergio Teubal, El dedo cuenta una historia bastante absurda, pero que, curiosamente, se apoya en una anécdota real que sucedió en el retorno a la democracia.

    El núcleo son los secretos y enfrentamientos pueblerinos que se suceden allí. Está el dueño del almacén de ramos generales (Vena, con un problemático acento cordobés), la chica que quiere conquistar corazones con gualichos (la excelente Mara Santucho), los ocultos affaires amorosos (el que tiene Baldomero con la mujer del carnicero y que termina con su vida), el viajante francés que sólo quiere que el colectivo pare allí para irse, pero nunca lo logra. Y así...

    Esta serie de anécdotas, unidas a una trama troncal sobre un dedo con “poderes mágicos”, podría haber dado para un grotesco intragable, lleno de gritos, sobreactuaciones y chistes de humor grueso. Y si bien hay algunas elecciones desacertadas (el uso de la música, algunas subtramas), Teubal se las arregla para tomar las riendas del asunto de una manera que, si bien no llega a funcionar del todo, logra unos cuántos momentos cómicos, más cercanos al absurdo que al realismo mágico.

    Después de todo, este universo de relaciones manejado por un dedo en formol que termina siendo un candidato político capaz de digitar la vida de un montón de seres desamparados, no es más que la historia de un grupo de gente a la espera de un colectivo que, en vez de seguir siempre de largo, se detenga allí de una buena vez...
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Que se doble pero que no se rompa

    Más allá de un nuevo director, poco cambió en la saga.

    La fórmula para reiniciar la saga Piratas del Caribe parecía ser, como pidió el propio Johnny Depp, simplificar las casi incomprensibles tramas de las últimas entregas. Y eso es algo que, en parte, han hecho para Navegando aguas misteriosas , cuyo relato resulta más o menos entendible. Lo que tal vez no anticipó Depp –o los productores- es que al cambiar de director (sale Gore Verbinsky, entra Rob “ Chicago “ Marshall) lo que se ganaba por un lado se iba a perder por el otro. Sí, la película se entiende, pero Marshall tiene un pulso bastante endeble para el relato de acción.

    En cierto sentido, todo esto importa poco y nada.

    Piratas del Caribe se transformó en El Show de Johnny Depp , y lo que lo rodea es, casi, secundario. Da la impresión que lo importante aquí es ponerlo en situaciones potencialmente ridículas y darle alguna ocurrencia para decir, mientras el resto corre en paralelo. De lo simpático o no que Jack Sparrow le caiga, a esta altura, a cada espectador, estará buena parte del disfrute. Si te fascina cada gesto y mueca del Capitán es más probable que te lleves mejor con la película que los que buscan mucho más que eso.

    A quien esto escribe, Sparrow le caía simpatiquísimo al comienzo y aquí, en esta cuarta parte, está llegando al punto de saturación. Digamos: no sé si en una quinta no se volverá agotador. Es que es un personaje con tantos tics y peculiaridades (el tono alcoholizado, el saltito al caminar, el revoleo de ojos, etc.) que es difícil que no se vuelva repetitivo. Es claro que no se convirtió en una caricatura: siempre fue una. Y allí reside buena parte de la fascinación que produce el personaje.

    En la cuarta parte, Sparrow escapa ingeniosamente a una condena a muerte, termina encontrándose con Angélica, una ex pareja de la que, cree recordar, estuvo enamorado (una Penélope Cruz muy bella, pero con ese tono de recitado por fonética que tiene cuando actúa en inglés que es bastante irritante), y se embarca, paralelamente a Barbossa (Geoffrey Rush) y Barbanegra (Ian McShane, quien podría ser el padre de Angelica), en la búsqueda de la Fuente de la Juventud. Por otro lado, los españoles arman su propia misión.

    Junto a personajes secundarios de siempre y otros nuevos (un clérigo que se enamorará de una... sirena), Sparrow deberá sortear los previsibles obstáculos para llegar a destino, como una persecución en las calles de Londres, un ataque de feroces y bellas sirenas y la lucha por dos cálices con poderes, pasando por el encuentro con su propio padre (Keith Richards), quien le da sus “sabios” consejos.

    Piratas del Caribe 4 mejora bastante en su segunda mitad, tras el ataque de las sirenas y el arribo a la isla, donde parece encontrar su mejor ritmo narrativo. Pese a sus 140 minutos, la película no se excede en subtramas o salidas absurdas (como la tercera parte), aunque en plan simplificación bien podrían haber aligerado su duración. Pero así como el ritmo levanta, lo que no mejora es la torpeza de Marshall para dirigir escenas de acción: lo suyo es apilar cuerpos en primeros planos, y el espectador ve objetos y personas volar sin tener mucha idea de qué está pasando. Su talento para la coreografía (en este caso, de las escenas de acción) parece tener más que ver con el impacto visual que con la comprensión de lo que pasa.

    Como deja entrever la escena que viene tras los créditos finales, la brújula de Jack lo llevará todavía a vivir nuevas aventuras. Da la impresión, aquí, que los espectadores lo seguirán en su viaje. Pero también queda claro que, de no torcer un poco el rumbo, el barco empezará a navegar en círculos.
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  • Vienen por el oro vienen por todo
    Los cazadores de riquezas

    Documental sobre la mina de Esquel, Chubut.

    Vienen por el oro, vienen por todo” es el texto que escribe un manifestante contra la explotación de una mina de oro en Esquel al comienzo de este documental que se centra, principalmente, en los esfuerzos de los habitantes de esa ciudad por impedir que una multinacional canadiense explote los recursos minerales de la zona con las graves consecuencias ecológicas y ambientales que eso conllevaría.

    Un poco a la manera del documental de Pino Solanas, Tierra sublevada: oro impuro , lo que se intenta contar aquí es cómo los recursos son saqueados por compañías que directamente se llevan todo el dinero y las riquezas minerales que el país es capaz de producir, dejando a su paso pobreza, contaminación en el agua y el aire, y las consecuentes enfermedades que eso produce.

    Pero el filme no intenta jamás escuchar a las dos partes ni analizar en profundidad la situación. Toma claramente partido desde el principio y relata la epopeya de los que se opusieron a la mina y lograron, en un plebiscito de 2003, que no se permita su instalación. Hay poco, muy poco, del otro lado de la batalla dialéctica para que el espectador pueda analizar seriamente los hechos y entender mejor la complejidad del tema. El filme es más un repaso de una gesta heroica que un análisis concienzudo de un complejo problema político, económico y social.

    Lo que complica la situación en Esquel es la falta de trabajo y eso es lo que lleva a muchos habitantes a pensar que trabajar en la mina es mejor que morirse de hambre o seguir desempleados por años y años. Para eso no parece haber solución (tampoco es el rol del filme obtenerla) y, de hecho, tampoco para la presión de las empresas, que pese a los varios rechazos, continúan al día de hoy intentando explotar esos preciosos recursos nacionales.

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  • Que 'la cosa' funcione
    Yo, el peor de todosGracias a Larry David, Allen hace su filme más ácido en años.Mientras Woody Allen estrena su película número 41 en Cannes y se prepara para filmar su 42° en Roma, aquí llega con un retraso aún mayor que el habitual su opus 39, titulado

    Que “la cosa” funcione y estrenado mundialmente en 2009. El retraso puede deberse a la falta de estrellas que tiene la película, pero la demora es una lástima porque se trata de lo mejorcito que Allen ha hecho en los últimos años.

    La película lo devuelve a Nueva York y aquí encuentra a su mejor alter-ego en mucho tiempo, el cocreador de Seinfeld y figura de la serie de TV

    Curb Your Enthusiasm , Larry David. Tomando un guión escrito en los ‘70 para el fallecido Zero Mostel que nunca se filmó, Allen parece por momentos volver a esa mezcla de acidez, experimentación y ternura de sus filmes de entonces.

    David es Boris Yelnikoff, tal vez el más misántropo, y ácido de los protagonistas de Allen en toda su filmografía: un tipo desagradable que dejó a su mujer porque se llevaba demasiado bien, que sobrevive enseñando ajedrez a chicos a los que maltrata y tiene una teoría terriblemente nihilista para todo. Según él, pudo haber ganado un Nobel por su estudio de Física Cuántica, pero perdió “en la final”.

    Como en Annie Hall , Boris por momentos le habla a cámara y trata de hacer cómplice a la audiencia de la superioridad que siente respecto a los que lo rodean, inclusive a Melody (Evan Rachel Wood), la joven sureña algo tonta que un día se aparece en su casa y él, a regañadientes (casi como en

    Un cuento chino , película con la que tiene más de una similitud, especialmente en la negatividad de su protagonista), termina alojando.

    La chica es otra de esas criaturas prototípicas del universo “woodyallenesco”: rubia simplona, que no se da cuenta de su belleza ni de lo que provoca en los hombres y que termina modificando la vida de nuestro antihéroe. Mientras Boris se dedica a lanzar sus diatribas contra el mundo, a sufrir sus ataques de pánico y a recorrer hospitales por enfermedades que no tiene -y Melody lo acompaña, enamorada de su “sabiduría”-, la película encuentra su mejor ritmo.

    “Vi

    el abismo ”, le dice él cuando ella pone la TV. “No te preocupes, pongo otra película”, le responde ella. Ese ida y vuelta empieza a perderse cuando David cede protagonismo a los personajes que aparecen en la segunda mitad del filme: los padres de Melody, sus más jóvenes pretendientes que le complicarán su vida sentimental.

    No es que los aportes de Patricia Clarkson y Michael McKean como los padres tradicionalistas que cambian de vida al llegar a Nueva York sean malos. Sólo que la esencia del filme se pierde para pasar a otra comedia de enredos sentimentales, más típica de los últimos relatos de Allen y en donde se lo ve repitiéndose, sin poder entender demasiado el pulso de una relación actual.

    De cualquier manera, el filme es pura fábula. Por momentos cruel y ácida como la dupla Allen/David se atrevieron a hacerlo. Claro que el cinismo de Boris será curado, y la más oscura de las recientes comedias de Woody se convertirá en una película tímidamente luminosa. Tanto como se lo pueden permitir, a esta altura del partido, ese par de gruñones neoyorquinos.

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  • Rápidos y furiosos 5
    A toda velocidad

    Adrenalina pura en una saga de acción que mejora con cada nuevo episodio.

    Son muy pocas las sagas que crecen y mejoran en su cuarto, quinto episodio. Uno podría decir eso de Harry Potter , pero esa serie siempre fue pensada como un todo dividido en siete (u ocho) episodios. Y no sólo eso: se apoya en una serie de novelas que tienen fama por sí mismas.

    Rápido y furioso no tiene nada de eso. Es más bien la antítesis. No hay reputación que la sostenga: ni literaria, ni dramática, ni actoral. Se armó como un filme de acción con autos de carrera para público adolescente y “tuerca” y, de a poco, se fue transformando en una franquicia de acción que, acaso por esa falta de pretenciosidad, es una de las mejores de la actualidad.

    No hay 3D. No hay efectos especiales que llamen la atención por sí mismos (los hay, claro, pero se trata de que no se noten) y la trama no brillan ni por su originalidad, ni por su corrección política, ni por sus textos y/o actuaciones. Lo que hay aquí es nervio cinematográfico, puro y duro, de ese que apasiona en ciertas películas de Tarantino (pero sin el guiño referencial constante) y que remite a cierto cine de los ’70 de programa doble, pero con presupuesto de siglo XXI.

    Aquí vuelven Brian O’Conner (el carilindo Paul Walker) y Dom Toretto (ese opaco axioma que es Vin Diesel), escapándose a Brasil y lidiando allí con la persecución policial local, de los agentes de seguridad estadounidenses y de un narcotraficante que parece manejar las favelas de Río. Como una versión trash de La gran estafa (o una noventosa de Los indestructibles ), Brian y Dom reúnen a un grupo de especialistas. ¿Su objetivo? Robarle al narcotraficante 100 millones de dólares.

    El filme de Lin es un relato de acción con mínimas conexiones narrativas entre las escenas de persecuciones, tiroteos y/o peleas, pero con la convicción y el pulso para mantener la atención durante 130 minutos, y con una larga escena de acción final que pasará a la historia por su espectacularidad.

    No llama la atención que Lin haya sido nombrado como un posible director de una nueva Terminator . Como Jonathan Mostow, el director de la tercera, o el propio James Cameron antes de transformarse en gurú digital, Lin confía en el peso de las cosas: los golpes duelen, las caídas se sufren, los choques impactan. Ante tanto 3D y efecto donde todo parece inflable, ingrávido, donde lo espectacular anula lo creíble, una película de acción como ésta golpea e impacta con recursos clásicos, sólidos como una canción de AC/DC.

    Un párrafo aparte merece Dwayne Johnson, gran aporte a esta película. Como el comando que los persigue, el papel del ex The Rock como contrincante casi invencible le suma puntos al filme, una sorpresa de la temporada de “tanques” de Hollywood.
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  • Culpable o inocente
    ¿Será justicia?

    Matthew McConaughey en un sólido thriller legal.

    En los años ’80 y ’90, thrillers legales como Culpable o inocente eran casi rutina en la cartelera porteña. Pero los cambios tecnológicos, la obsesión de los estudios por ofrecer superproducciones en 3D –para un target de público- y comedias románticas –para otro-, hicieron que este género fuera desapareciendo, o quedara relegado a la televisión (series como La ley y el orden ), donde allí sí se multiplican.

    Este retorno del thriller judicial basado en un best seller (de Michael Connelly) merece ser celebrado no sólo por devolver al público esos placeres del policial de abogados con una vuelta de tuerca tras otra, sino por lo bien que Brad Furman se las arregla para crear un entretenimiento sólido, competente y, si bien no del todo original, al menos intrigante y bien actuado.

    Matthew McConaughey, tomándose un descanso de las comedias románticas, vuelve a sacar esa sonrisa de dientes blancos, pero en este caso hay algo perverso en ella: es la risita típica del abogado ganador, canchero, que sabe cómo sacar clientes de las garras de la ley sin importarle si son o no culpables. El título original – The Lincoln Lawyer - viene de un detalle que lo pinta claramente: Mick no tiene oficina, maneja sus negocios desde su auto, un Lincoln Continental.

    Un caso aparentemente sencillo se torna más que complicado y es el punto de partida del filme: Louis, un joven millonario y arrogante (Ryan Philippe), de familia poderosa, es acusado de golpear a una prostituta. El hombre se declara inocente, pero las pruebas no son contundentes a su favor. El caso se irá complicando porque se conecta con otro anterior que manejó Mike y en el que una prostituta fue asesinada. ¿Será Louis el responsable de ambos? ¿Y, de ser así, qué hará Mike tomando en cuenta de que se trata de su cliente? Más allá de lo intrincado que se va volviendo el asunto (tal vez el filme tenga un par de giros y finales de más), lo importante de Culpable o inocente no es tanto la plausibilidad de la trama como su interesante galería de personajes (y actores). Mike tiene una relación no del todo definida con su ex esposa (Marisa Tomei), también abogada, y su “investigador” es un personaje bastante peculiar que encarna a la perfección William H. Macy. John Leguizamo, Bryan Cranston, Josh Lucas, Frances Fisher y el propio Philippe agregan solidez y credibilidad al filme.

    Lo mejor de Culpable o inocente , sin duda, es su tono de la “vieja escuela”, su manera de contar sin apresuramientos, sin grandes efectos ni escenas de acción forzadas, construyendo un universo antes que generando impacto tras impacto. Sin llegar a la maestría de Clint Eastwood o Sidney Lumet, Furman parece seguir igualmente esa escuela (como Ben Affleck, por dar un ejemplo similar), y la de los viejos autores de cine negro, y crea aquí la versión cinematográfica de un personaje ya popular en la literatura de bolsillo.

    No sería extraño que, a la manera de tantos abogados/detectives de policiales recientes, Mike Haller (sobre quien Connelly ya escribió cuatro novelas) siga por un buen rato en la pantalla.
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  • Secuestro y muerte
    Tiempo final

    Rafael Filipelli se centra en la captura y condena de Aramburu.

    Secuestro y muerte es lo que dice su título. Pero no sólo por lo que narra, sino por cómo lo narra. Más una película de tesis que un drama psicológico convencional, el filme de Filippelli funciona como una puesta en escena de un conflicto, despojado de toda metáfora y subrayado. Y esa sequedad y rigurosidad es la que lo hace interesante y logrado.

    La película cuenta, paso a paso, cómo pudo haber sido el operativo en el que Monteneros capturó y luego condenó a muerte al General Aramburu, en 1970. La película no expresa simpatías concretas porque la puesta en escena no está armada en ese sentido ni las actuaciones (o diálogos) buscan la empatía del espectador. Lo que se intenta es exponer las dos posiciones posibles de un debate.

    Mientras Aramburu trata de justificar los fusilamientos de José León Suárez o lo que pasó con el cadáver de Eva Perón, el juicio popular va hacia su destino conocido. De cualquier manera, más allá del ángulo político con el que uno vea el filme, Secuestro y muerte excede esos debates para transformarse en un relato de una espera.

    Gran parte de la narración se centra en los cuatro secuestradores, sus charlas, sus silencios, sus juegos, sus nervios. Filippelli no busca construir tensión entre los miembros del grupo ni generar suspenso. El tiempo de espera incluye algún juego, una discusión (sobre si la llegada del hombre a la Luna es verdad o mentira) o una charla sobre cómo preparar una liebre para la cena. Y eso es todo.

    La película jamás apuesta al naturalismo y las actuaciones son sobrias, secas y funcionan en el registro riguroso y desapasionado que pide el filme.

    Secuestro... es arriesgada y potente. Filipelli va a un grado más básico y primal de las relaciones políticas: la puesta en escena de ideas, el debate, la contradicción. Es un buen proceso para volver a recorrer desde el principio.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    Clarín
    A martillazo limpio

    Kenneth Branagh dirige con intensidad esta presentación de otro superhéroe de la escudería Marvel.

    Teniendo a Kenneth Branagh al frente, y con una pelea familiar por poder de por medio, es muy tentador ponerse “shakespeareano” y decir que Thor es un filme “lleno de ruido y furia, que no significa nada”. Y algo de eso hay en esta nueva superproducción de un cómic de Marvel que marca la aparición de otro superhéroe de la escudería.

    Branagh dirige con su acostumbrado brío y con la intensidad que caracteriza sus mejores piezas, pero también con la confusión narrativa y el poco sentido del humor que tienen las más flojas. Con todo, Thor es un sólido agregado al grupo de The Avengers , que tendrá su filme con staff completo (Iron Man, Hulk, Thor, Capitan América, Hawkeye y otros) en 2012.

    Tras un rápido y confuso repaso por lo que parecen siglos de batallas entre los mundos de Asgard y Jotunheim (que terminan en una tregua), llegamos a la que va a ser la coronación de Thor (Chris Hemsworth), el hijo mayor de Odin (Anthony Hopkins), como Rey de Asgard. Pero en lo que parece ser una trampa armada por su hermano Loki (Tom Hiddleston), Asgard es atacada por los gigantes helados de Jotunheim, y Thor decide ir a la batalla pese a la tregua, lo que termina costándole el destierro.

    El hombre, sin los poderes que detentaba en su mundo, cae en Nuevo México, en un pueblito donde se topa con un grupo de investigadores que encabeza Jane Foster (Natalie Portman) y el Dr. Selvig (Stellan Skarsgard). La situación es confusa y supuestamente divertida: aunque habla bien inglés, Thor llega pidiendo un caballo para montar y con modales algo inusuales para los habitantes del pueblo.

    No lejos de allí cayó Mjolnir, el mítico martillo que le da todas sus fuerzas. Thor y sus nuevos amigos intentarán recuperarlo mientras, por un lado, tienen que combatir con las fuerzas de SHIELD (agencia de seguridad que investiga estos fenómenos) y, por otro, las intrigas palaciegas que siguen sucediéndose allá lejos en Asgard (con el rey al borde de la muerte y Loki complotando) terminarán por llegar también hasta la Tierra.

    Tal vez por su conocimiento del drama shakespeareano, las escenas del reino de Asgard son las que mejor maneja Branagh. Con un impactante diseño de producción, ese mundo (que parece salido de tapas de rock progresivo de los ’70) y esos personajes ofrecen mayor riqueza narrativa que lo que sucede aquí, que intenta ser jugado con cierto humor, pero que no siempre resulta efectivo.

    Thor es una presentación de personajes más que un filme hecho y derecho. Hemsworth tiene cierto talento como para brindar algo más que un físico bien trabajado, y junto a él la película introduce personajes que serán clave en Avengers , como Selvig, Loki y, en un cameo, Jeremy Renner como Hawkeye. Esto recién empieza.
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  • Scream 4
    Scream 4
    Clarín
    Volver a empezar

    Wes Craven regresa a su saga más famosa para seguir asustando.

    Más de una década después de la tercera y última parte de la trilogía Scream , la saga creada por Kevin Williamson y dirigida por Wes Craven regresa más como necesidad, parece, del guionista y director (que no han tenido una buena década laboral) que por motivos, digamos, dramáticos. Uno podría decir, y es cierto, que los cambios tecnológicos (internet, celulares inteligentes, cámaras omnipresentes y la super abundancia de reality shows) justifican adaptar las innovaciones temáticas de la saga a estos tiempos. Y, de hecho, el filme lo hace. El resultado, de cualquier manera, no agrega demasiado.

    Si las primeras tres películas de Scream marcaron, en su época (entre 1996 y 2000), una simpática puesta al día del género, colando citas autoreferenciales y haciendo que el propio género de terror (más precisamente las “slasher movies” de los asesinos invencibles) fuera parte de la trama, Scream 4 levanta la apuesta aún más, jugando con citas dentro de citas, películas dentro de películas, referencias a secuelas, a actores y apostando por una regla central: en esta época nadie respeta las reglas de antaño.

    Ergo, todo puede pasar en Scream , lo cual no quiere decir que el filme sea sorprendente. Por un lado, regresan al pueblo los protagonistas de la trilogía anterior, en este caso a 15 años de los crímenes, con motivo de la publicación del libro de memorias de Sidney Prescott (una muy poco entusiasta Neve Campbell). La periodista Gale Weathers (Courteney Cox) y su marido, el policía Dewey Riley (David Arquette) están también allí cuando una nueva serie de crímenes empieza a azotar la ciudad justo en el aniversario.

    Allí aparece la nueva generación de protagonistas de lo que, en los planes al menos, debería ser una nueva trilogía, con Hayden Panettiere (de la serie Héroes ), Emma Roberts (la sobrina de Julia) y Alison Brie ( Mad Men ), como parte de un nuevo grupo de jóvenes que deben enfrentar el regreso del asesino Ghostface.

    Dos especialistas en cine de terror que arman un festival con las siete partes del filme Stab (que en la saga vendría a ser como Scream , ya que ficcionaliza lo sucedido… en la ficción) se suman a la lista de posibles víctimas/sospechosos, además de algunos policías y las esperables rubias pulposas que, como todos saben, son las primeras en caer...

    Más allá de la historia, que sigue rutinariamente el formato de las anteriores, la gracia del filme está otra vez en los juegos entre realidad, ficción y relectura de géneros que propone, al punto que antes de matar a un personaje le toman una prueba de cuánto sabe de cine de terror. El juego, claro, incluye varias películas del propio Craven y hasta las series en las que trabajaron los actores del filme. Si a esto se le suman las referencias al universo online, Scream 4 termina siendo una cadena de citas que se muerde la cola.

    Los entusiastas del género, los fanáticos de Wes Craven y los seguidores de la saga disfrutarán del filme que no quita ni agrega nada a la trilogía previa. De hecho, hasta uno podría reciclar esta crítica de una de las secuelas y, algunos giros más, otros giros menos, sería más o menos igual.
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  • El hombre que podía recordar sus vidas pasadas
    En el más acá

    Magia tailandesa.

    Por qué te dejaste crecer tanto el cabello?”, le dice la tía Jen a Boonsang, cuando lo ve aparecer y sentarse a la mesa del patio junto al resto de la familia. La conversación, que podría tener lugar en las circunstancias más comunes, es entre una señora y un hombre que ha vuelto a su casa, luego de estar desaparecido varios años. El tema es que Boonsang regresa convertido en una criatura, peluda como un mono, y con ojos brillantes y colorados, pero eso no parece inquietar demasiado a Jen ni a su cuñado, Boonme.

    El Mono Fantasma (así se llaman estas criaturas que habitan en el bosque y con las que Boonsang se ha quedado a vivir hasta transformarse en una) no es la primera visita que reciben al enfermo Boonmee (sufre un severo problema renal), su cuñada y sobrino. Un rato antes se había sentado allí Huay, la esposa de Boonmee, que murió hace 19 años y se ha materializado como un fantasma. Más allá de la discreta sorpresa, la conversación prosigue como si nada. Sólo falta el mate para irse pasando.

    Este raro reencuentro familiar en lo que parecen ser los últimos días de Boonmee (también hay un inmigrante laosiano, que lo ayuda con su diálisis) ocupa buena parte del metraje de El hombre que podía recordar sus vidas pasadas y pone sobre la mesa las cartas con las que se maneja Apichatpong Weerasethakul en éste, su filme ganador de la Palma de Oro.

    Aquí, realidad y fantasía se mezclan, el mundo de los humanos, el de los seres que habitan los bosques y el que se mueve en el “más allá” pertenecen a un mismo tiempo y espacio que no es el tiempo y espacio que manejamos habitualmente, y mucho menos el cinematográfico, ya que a Weerasethakul le importan muy poco conceptos como causa y efecto a la hora de pintar su universo.

    Pintar, uno dice, porque más que contar, el director de Tropical Malady describe un universo, invita a los espectadores a sentirse cómodos dentro de él (lo que lo diferencia de David Lynch, para quien el mundo de sueños y pesadillas siempre tiene un costado siniestro) y convivir con sus criaturas. A mitad de la película, el director desvía su ruta para contar un cuento de princesas y peces parlantes que parece nada tener que ver con la narración, pero cuyos ecos repercutirán en el relato.

    Hay, dentro del universo de El hombre..., una dimensión política (el tío sufre por los asesinatos que cometió durante la guerra), otra social (la relación entre tailandeses y laosianos) y, fundamentalmente, una familiar, con la muerte, la resurrección, los arrepentimientos y la eternidad del amor como temas desarrollados en voz baja.

    Dejarse llevar por el filme es entrar en sintonía con esa forma de ver el mundo, salir de la prisión de la narrativa y la pereza de la lógica para adentrarse en un territorio donde lo desconocido se sienta a la mesa; donde la comedia y el misterio se mezclan, y donde muchos ojos rojos nos miran desde el bosque, pero no para asustarnos, sino para darnos la mano y decirnos que, aquí, allá o en cualquier otro lado, todo va a estar bien.
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  • Una esposa de mentira
    El anillo de la suerte

    Adam Sandler y Jennifer Aniston, en una remake.

    Una esposa de mentira es una remake bastante libre de Flor de cactus , la comedia que en 1970 consagró a Goldie Hawn, quien entonces acompañaba a Walter Matthau y a Ingrid Bergman en una farsa basada en una obra teatral francesa. Mucha agua ha pasado bajo el puente, y hoy es Adam Sandler quien encarna al protagonista, Danny, un hombre que –tras frustrarse su matrimonio- descubre que un anillo de casados es un imán para conseguir las chicas que desea.

    El problema empieza cuando se enamora de una en serio, la bella Palmer (la supermodelo Brooklyn Decker) y, como tiene que probarle que está a punto de divorciarse, inventa un elaborado plan con Katherine (Jennifer Aniston), su asistente en el consultorio en el que trabaja como cirujano plástico, que incluye llevar a todos (a Palmer, a Katherine, a los hijos de ella y a su primo) a Hawaii, donde las cosas se complican aún más.

    Ligeramente más elegante que Son como niños , centrada en una serie de gags bastante básicos (de esos que se tiran uno tras otro y se agradece si tres o cuatro funcionan de cada diez), Una esposa...

    funciona cuando Aniston se pone las pilas y saca a relucir parte de ese encanto que la convirtió en estrella y cuando Sandler deja de poner cara de “sufrido” (¡no sé si elegir a Jennifer o a la modelo de Sports Illustrated , pobre de mí!) y empieza a divertirse un poco, especialmente con los chicos, con los que parece tener más química que con cualquiera de las dos mujeres.

    La aparición de Nicole Kidman, en una película sobre un cirujano plástico que se la pasa viendo pésimas operaciones alrededor suyo, es un momento particularmente bizarro del filme. Uno no sabe si ella entró en el juego o si simula no darse cuenta de que, de todas las cirugías berretas que se muestran en la película, las suyas tal vez sean las más tenebrosas.
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  • Ajami
    Ajami
    Clarín
    El círculo del odio

    Varias historias paralelas dan vida a este intenso drama, nominado al Oscar.

    Algo en la estructura de Ajami hace sospechar lo peor. Al rato de comenzar el filme, cuando vemos que su estructura va por el camino del relato coral, con muchas subtramas paralelas que casi no se tocan al principio pero luego comienzan a encontrarse, tememos por uno de esos mazazos simbólicos al estilo Crash , en el que todo un universo de personajes (nacionalidades, religiones, clases sociales, etc.) se cruzan para que el director (en este caso, los directores) pueda decir algo sobre “el mundo”.

    Y si bien algo de eso hay en este filme, varias particularidades lo hacen distinguible y recomendable. Por un lado, el hecho de que sea codirigido por un israelí y un palestino lo transforma en un caso político peculiar. Y, por otro, la trama corre por zonas inesperadas, casi más cercanas al policial scorseseano que al discurso político.

    El filme empieza con un intento de asesinato equivocado y sigue con sus consecuencias. Omar es un joven metido en una guerra mafiosa entre beduinos que empezó cuando su tío mató a un miembro de otra familia y ahora debe conseguir mucho de dinero para parar el derramamiento de sangre.

    Por otro lado está Malek, un inmigrante palestino que trabaja en el mismo restaurante que Omar y también necesita dinero, pero para pagar una operación de su madre. A Dando también lo corre la de- sesperación: es un policía israelí que trata de saber qué pasó con su hermano, soldado, que ha desaparecido dejando a la familia deshecha. Y hay un cuarto actor de esta trama: Bin (interpretado por Scandar Copti, codirector, con el israelí Yaron Shani), un palestino de clase media que tiene una novia judía, algo que le trae bastantes problemas con sus amistades y que también se suma al ciclo de violencia.

    Las historias se tocan unas con otras, pero más allá de intentar hacer una conexión dramática a sangre y fuego, lo que Copti y Shani intentan hacer es describir vidas y conflictos posibles en Ajami, un barrio israelí que da título al filme, en el que se cruzan etnias, nacionalidades y religiones. Son escenas específicas, más que el todo interconectado, lo que resalta: cómo se maneja un juicio entre familias beduinas, cómo la desconfianza termina en una discusión y cómo se pasa a la acción.

    Ajami es una película violenta sobre un territorio violento. La metáfora obvia está servida, pero los directores tienen el nervio y el talento suficiente como para que la(s) historia(s) siempre ocupen el primer plano.
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  • Los Marziano
    De este planeta

    Gran comedia dramática de Ana Katz sobre una familia disfuncional.

    Los Marziano no se llevan nada bien. O, por lo menos, uno de los varones de la familia apenas puede tolerar al otro. Hay una hermana que trata de componer un poco las cosas y la mujer de uno de ellos, que “pasa informes” de situación. Pero los hermanos ni se hablan.Así empieza Los Marziano , de Ana Katz, quien en su filme de mayor producción no ha perdido el gusto por ese humor extraño y subterráneo (acá, literalmente) que caracteriza a su cine.Como en El juego de la silla , la familia que protagoniza el filme es bastante disfuncional. Luis (Puig) es un doctor que vive en un lujoso country con su esposa, Nena (Morán). Su mayor problema parece ser descubrir quién está haciendo unos tremendos pozos en los que la gente se cae. Y más aún cuando el que se cae es él... y termina enyesado.Más difícil la tiene su hermano Juan (Francella), quien parece nunca haber tenido un trabajo estable (y su hermano le ha prestado dinero que nunca devolvió) y ahora vive en Misiones, de-sempleado. Juan tiene su propio “accidente”: andando en moto se da cuenta, al mirar un cartel, que no puede leerlo. Misteriosamente, por un problema neurológico, perdió la capacidad de leer.El viaje de Juan a Buenos Aires a visitar médicos, su encuentro con su hermana Delfina (Cortese), su reencuentro con su ex esposa y una hija forman una de las líneas narrativas de la película. La otra -con la que apenas se cruzan telefónicamente o a través de Delfina- tiene a Luis investigando quién puede ser el culpable de los extraños pozos que complican su buen pasar.Película sobre la familia que tiene más en común con el cine de Wes Anderson que con el costumbrismo local, Los Marziano desacomodará con su tono a quien espere una comedia convencional. Sí, es una película “para reír”, pero no de la forma esperada. Katz filma planos largos, tira una escena “extraña” tras otra y nunca juega a la complicidad con el público.En una actuación contenida y, finalmente, conmovedora, Francella nunca pierde la cara de compungido a lo largo del filme y su parte de la trama brilla por sus pequeños detalles, como su escena con un médico desagradable (Daniel Hendler, marido de la directora), en un congreso de medicina y en su obsesión por digitalizar sus casetes con un programa de radio que solía hacer.La otra parte de la historia es algo más problemática (el uso de la música no ayuda, intentado “empujar” a la risa), pero allí se luce Puig, componiendo un personaje al borde de lo desagradable, incapaz de hacer nada pese a los infortunios de su hermano. Hay un historial que le impide compadecerse de Juan (cree que es un mentiroso), con lo cual tampoco es un simple villano.Los Marziano hace honor a su título. Es una aparición medio extraterrestre en el panorama local. Una comedia “indie”, enrarecida, lanzada como título taquillero y popular. Sería extraordinario que una figura como Francella consiga que cineastas como Katz se encuentren con el gran público, especialmente cuando lo hacen sin traicionar su cine.El de Katz es un filme sobre las familias y sus historias secretas: un pasado del que no se habla, un curioso presente, un improbable futuro. Las peleas, las distancias, los encontronazos, no crean ni héroes ni villanos, no permiten la risa fácil ni cómoda. Las familias nos fascinan y nos descolocan. Como la de esta noble, notable película.
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  • Pase libre
    Pase libre
    Clarín
    Solteros por una semanita

    Dos amigos tienen “permisos” de sus esposas en esta discreta comedia.

    Los hermanos Peter y Bobby Farrelly han sido precursores -con películas como Tonto y retonto, Loco por Mary y Amor ciego - de un tipo de comedia hollywoodense de creciente éxito últimamente, combinando humor físico, chistes un poco gruesos y personajes masculinos algo frágiles y bastante conflictuados.

    Sin embargo, ese modelo de comedia fue evolucionando (los filmes de Judd Apatow y de Adam McKay, películas como ¿Qué pasó ayer? , entre otras), y los hermanos han quedado un poco como reliquias de un pasado reciente. Recuerdos de la década del ‘90.

    En su décimo largometraje, Pase libre , los Farrelly no dan grandes señales de renovar su repertorio ni su estilo. Al contrario, creen que volviendo a sus orígenes lograrán refrescarse. Y no es del todo así: Pase libre , comparada con ¿Qué pasó ayer? , por ejemplo (película con la que tiene varios puntos en común), deja aún más en evidencia sus limitaciones. Es apenas un entretenimiento pasable, menor, que nunca cobra ritmo ni convence del todo con sus situaciones.

    Rick (Owen Wilson) y su amigo Fred (Jason Sudeikis, de la sitcom 30 Rock y el show humorístico Saturday Night Live ) son casados, pero no pueden evitar hablar de otras mujeres y mirarlas al pasar por la calle, para el fastidio constante de sus respectivas esposas.

    Después de un par de confusas situaciones, y agotadas las mujeres (Jenna Fischer y Christina Applegate) de la “baba” de sus maridos, ellas deciden -por consejo de una amiga, que asegura que a ella le funcionó muy bien- darles a ambos el famoso “pase libre”.

    ¿En qué consiste el asunto? En que durante una semana ambos podrán actuar como si no estuvieran casados, hacer lo que quieran con otras mujeres, y ver cómo les va. Ellas suponen que ellos idealizan su soltería y que, en la práctica, las cosas no les van a resultar tal como imaginan. El tema es que ellas también se toman su propio “pase libre” del matrimonio y, casi sin proponérselo, las cosas les empiezan a salir mejor que a ellos.

    Las situaciones cómicas y patéticas (con varios ejemplares del humor “grueso” de los Farrelly en, literalmente, toda su dimensión) se apilan y la proporción de éxito, digamos, apenas roza el 50 por ciento. El “recorrido” de los personajes (especialmente, el de los masculinos) se ve venir desde el principio y los gags no son lo suficientemente graciosos como para justificar del todo el viajecito.

    Sin embargo, el filme tiene sus momentos, y la mayoría son producto de las chicas y los romances que terminan encontrando. Y un buen aporte hace la bella actriz australiana Nicky Whelan (como una posible candidata de Rick), aunque no necesariamente en términos actorales...

    Sin encontrar del todo el rumbo, los hermanos Farrelly descansan en las chispas que puede sacar el siempre imprevisible Wilson. Pero acá son pocas, muy pocas. Es de esperar que en la ya muy demorada adaptación de Los tres chiflados , los Farrelly puedan volver a encontrarse con lo mejor de su cine. ¿Será posible todavía? ¿O ya es demasiado tarde? «
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  • El mecánico
    Escuela de asesinos

    Un criminal a sueldo le enseña a otro los secretos de “la profesión” en este thriller protagonizado por Jason Statham y Ben Foster.

    Jason Statham es una de las caras más repetidas de la inagotable cantera de remakes de películas clase B de la década del ’70. Después de títulos como La estafa maestra y La carrera de la muerte ahora le llegó el turno a El mecánico , remake del thriller de 1972 protagonizado por Charles Bronson y dirigido por Michael Winner (dupla que se repetiría dos años después en El vengador anónimo ), que aquí se conoció como Asesino a precio fijo .

    Y se entiende el porqué de esta asociación. A diferencia de otros héroes de acción (los musculosos de los ’80, digamos), el británico Statham maneja bien la dureza y cierta solemnidad de los antihéroes de la década previa, y su forma de manejarse le debe más a Bronson, Clint Eastwood y Lee Marvin que a sus más fornidos colegas de Los indestructibles .

    El mecánico arranca muy bien, con ese tono de thriller metódico y silencioso de los ‘70. Statham encarna a Arthur Bishop, un asesino a sueldo cuya primera misión es deshacerse de un narcotraficante colombiano. Y lo hace a la antigua: oculto, sin escándalos, amenazas ni explosiones. Discreción pura.

    Al regresar recibe la orden para hacer un nuevo trabajo: asesinar a su “mentor”, Harry (Donald Sutherland), al que termina matando y haciendo pasar como un accidente. En el entierro Arthur conoce a Steve (Ben Foster), el hijo de Harry, que busca venganza por la muerte de su padre, sin saber que Arthur fue el culpable. Y Arthur termina enseñándole al más impulsivo y desorganizado Steve los secretos de su profesión, pero las circunstancias los llevarán a vivir situaciones inesperadas.

    De las tres partes en las que se divide El mecánico , la primera es la mejor. Luego, el entrenamiento y los primeros pasos en el trabajo de Steve sostienen en cierta manera el interés, pero ya van dando muestras hacia dónde se dirige el filme y cómo todo ese bajo perfil del comienzo terminará perdiéndose. Y en la última parte, cuando las traiciones y descubrimientos abundan, Simon West ( Con Air, Tomb Raider ) parece más interesado en poner toda “la carne al asador” dejando bastante de lado la relación entre los personajes y los conflictos centrales de la trama.

    El mecánico es relativamente disfrutable, también, como un choque entre un action man como Statham y un actor “intenso” como Foster ( El mensajero ). No llega a ser un seco policial como los que intenta remedar, pero tampoco da vergüenza en el intento.
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  • Cacería de brujas
    ¿Estará embrujado?

    Otro paso en falso en la errática carrera de Nicolas Cage.

    La carrera de Nicolas Cage debe ser una de las más extravagantes de la historia del cine. De actor de culto a estrella con Oscar, de héroe de acción de grandes “tanques” a películas independientes, el hombre trabaja como si tuviera que alimentar a diez familias (o pagar deudas, quién sabe) y en los últimos años parece haber encontrado un nicho como “cara conocida” en películas que, por su estilo y temática, parecen ser de ésas que salen “directo a DVD”.

    Si no fuera por el peso de los efectos especiales, los paisajes “espectaculares” y el rostro familiar aunque cansino de Cage, Cacería de brujas podría ir directo al cable o al videoclub. El filme comienza con Behmen (Cage) y Felson (Ron Perlman) como dos cruzados del siglo XIV quienes, tras demostrar sus dotes en el campo de batalla, deciden desertar al notar los crímenes horrendos que deben cometer. En su escape terminan en un pueblo que –se vio en una escena inicial- está siendo azotado por la gran Plaga Negra.

    Los habitantes del lugar acusan a una bruja del hecho y fuerzan a la dupla (bajo amenaza de denunciarlos como desertores) a llevarla hasta un monasterio alejado en el que, lectura de textos sagrados y rituales mediante, la mujer perdería sus poderes y la ciudad sería curada de la plaga.

    Ellos van, acompañados por un cura, un joven guerrero que sueña ser Caballero, un líder del pueblo cuya familia murió a causa de la plaga y un presidiario que sabe el camino que hay que tomar, ya que para llegar allí hay que cruzar un bosque peligroso.

    En el medio de todos ellos, la bruja, encarcelada, que trae a Behmen recuerdos de horrendos crímenes cometidos en las Cruzadas, juega con los viajantes (y con el espectador), manteniendo el misterio acerca de si es culpable o inocente de lo que la acusan.

    Dirigida por Dominic Sena ( 60 segundos ), tras un inicio relativamente prometedor y épico (al estilo de la última Robin Hood , digamos), la película empieza a perder su rumbo casi tanto como esa “carreta” que lleva a los viajantes en esta mezcla de western, filme de acción/suspenso y terror con criaturas y efectos fantásticos.

    Esa mezcla, que podría dar resultados interesantes, nunca termina por funcionar. Cage tiene cara de querer irse a casa pronto, los toques de humor son innecesarios y poco convincentes, y la situación escala hasta un final directamente absurdo. Si alguien se salva de todo esto es la joven bruja (Claire Foy), capaz de mantener un cierto grado de misterio e intriga hasta el final, cuando todo el elenco ya parece estar en camarines cambiándose y dándose una ducha.
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  • Bummer Summer
    Un verano para recordar

    La opera prima de Zach Weintraub, sobre unos días en la vida de un grupo de amigos, se estrena en el Cosmos.

    Presentada en competencia en BAFICI 2010, Bummer Summer es la opera prima de Zach Weintraub y un retrato pequeño y muy personal sobre las desventuras de un adolescente en un verano que, de acuerdo al título, podría definirse como “un bajón”.

    Weintraub (quien actualmente se encuentra en la Argentina rodando The International Sign for Choking , filme basado en sus experiencias aquí como estudiante de intercambio) rodó en blanco y negro y con un estilo que podría ser comparado al de las primeras películas de Jim Jarmusch los caminos que emprende Isaac (Mackinley Robinson) en un aburrido verano, en compañía de su novia Maya (Maya Wood).

    Ambos llegarán a un concierto en el que se toparán con Ben (el propio Weintraub) y la ex novia de éste, Lila (Julia McAlee), una cantante que toca esa noche allí.

    Lo que sucede es poco y está contado con pequeñas pinceladas. A Isaac le gusta Lila, su novia Maya lo deja, fastidiada, y se va. Los otros tres inician un viaje en el que algunas complicaciones irán surgiendo mientras conocemos mejor las personalidades y la relación que mantienen.

    El filme tiene un tono ligero, casi cómico, que se da a partir de los momentos extraños (silencios, especialmente) que atraviesan los personajes. Sin más pretensiones que retratar unos días en la vida de un grupo de estudiantes universitarios que bordean entre el final de una etapa y el comienzo de otra (tema que el cine estadounidense ha retratado incontables veces, aunque pocas con este grado de minimalismo), Bummer... es un pequeño y delicado objeto de culto que vale la pena atesorar.
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  • El predio
    El predio
    Clarín
    El pasado en presente

    Riguroso documental dirigido por Jonathan Perel sobre la ESMA.

    El predio al que se refiere el título de la película de Jonathan Perel no es otro que el de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro clandestino de detención de personas durante la dictadura. Y el título es perfecto: tanto en lo narrativo como en lo metafórico del filme, de El predio es de lo que se habla.

    El de Perel es un documental de observación riguroso. No hay entrevistas ni declaraciones ni historias para contar, al menos no en el sentido convencional. Todo es presente: planos fijos de 30 segundos, rodados en 2009, donde se muestran distintas zonas del lugar: caminos, edificios, monolitos, puertas, ventanas, actividades que se desarrollan en esta nueva etapa (la proyección de películas parece ser una de las favoritas), objetos del pasado, objetos (y sujetos) del presente.

    El predio puede ser sujeto a muchas lecturas y eso es lo más interesante que tiene el filme. Puede ser visto como descriptivo, casi como una serie de fotos sobre la ESMA hoy, en esta transición a convertirse en un museo, con las diversas actividades que allí se realizan.

    Puede ser visto como un trabajo de mostrar cómo un lugar signado por el terror va cobrando vida a partir de la aparición de manifestaciones artísticas, actividades, gente que hace cosas, convierte el lugar en algo más ligado con “la vida” que con “la muerte”.

    Pero también una podría considerar que Perel es crítico. Que la serie de actividades que hoy son parte del lugar de alguna manera banalizan lo que sucedió, convierten en un paseo amable algo que debería tomarse de otra manera.

    El filme da tiempo al espectador a que respire, piense, elija lo que quiere ver y pensar. El pasado deja sus fantasmas: uno puede perderse dentro del predio y toparse con una salvaje jauría de perros que no sabe de cambios políticos y ataca al que pasa, trayendo a la memoria inmediata el pasado. Uno puede admirar que todo empiece a estar reconstruido y bien pintado, ¿pero es eso realmente a lo que uno iría a la ESMA? ¿O sería mejor sentir lo que el lugar, intacto como entonces, impone sobre nuestras memorias, nuestro pasado? El predio permite perderse en esas sensaciones. Los autos que pasan y la ciudad, afuera, observan todo, prefiriendo, de cualquier manera, seguir de largo...
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  • Un cuento chino
    La vaca voladora

    Sebastián Borensztein arma una efectiva comedia dramática sobre un curioso episodio real.

    La suerte, el destino, la casualidad, los encuentros fortuitos son temas que estaban en La suerte está echada , la opera prima de Sebastián Borensztein en la que un pobre Marcelo Mazzarello parecía ser la persona menos afortunada sobre la Tierra. Y la situación se repite en Un cuento chino , en la que dos hombres -un argentino y, eh, un chino- están indirectamente conectados por desgracias del pasado y directamente conectados por situaciones del presente.

    Jun es un joven chino que, cuando está a punto de proponerle matrimonio a su novia en un barco, es testigo de uno de los accidentes más bizarros posibles (y uno que, de una manera algo diferente, sucedió en la vida real y fue el puntapié para esta trama): una vaca cae del cielo, literalmente, sobre su chica, aplastándola del golpe.

    Paralelamente, Roberto vive en Buenos Aires una vida muy solitaria. Es dueño de una ferretería que parece tener pocos clientes. Sus costumbres cotidianas son rigurosas: contar los clavos que le dan en un paquete, sacar la miga del pan francés, acostarse siempre, obsesivamente, a las once en punto. Tiene otras dos “manías”: junta diarios buscando noticias extravagantes (algunas de las cuales Borensztein recrea en viñetas muy en estilo Amélie ) y se le da por estacionar su auto frente a Aeroparque a ver despegar aviones.

    En eso está cuando ve a Jun siendo lanzado de un taxi. Se acerca a ver qué sucede y el joven, que no habla ni entiende castellano, se le pega y trata de explicarle lo que pasa. Roberto, huraño como el peor, quiere sacárselo de encima, pero termina dándole pena y se lo lleva a su casa. Luego entenderá que Jun está buscando a su tío, pero no puede encontrarlo, y no le queda otra que acostumbrarse a vivir con él, lo cual es un riesgo para sus rutinas y obsesiones.

    Mientras una chica del interior (Muriel Santa Ana) lo busca para salir, él sólo piensa en sacarse a Jun de encima. Pero no es fácil y así empezará una relación que será casi de tres y que terminará permitiéndole salir de ese extraño pozo en el que se ha metido por un hecho del pasado, también extraño, que lo perturba hasta hoy.

    Un cuento...

    es una pequeña fábula, graciosa por momentos, emotiva en otros, pero que peca por rondar siempre demasiado cerca del cliché. Tanto las risas por malos entendidos como los momentos nobles de Jun no salen del catálogo del “así son los chinos”.

    Darín hace que el filme vibre porque casi todo pasa a través de su cara. Una escena silenciosa en la Embajada de China la maneja de manera genial, por más que el remate “chistoso” se pase de obvio. Ricardo puede darle humanidad a una piedra, y eso genera una gran corriente de simpatía respecto a un personaje casi insoportable.

    Y si bien uno no es del todo ducho en mandarín, podría asegurar que Ignacio Huang está más que a la altura de las circunstancias a la hora de seguirlo a Darín en sus peripecias.

    Un cuento...

    no será un filme brillante y basa su humor en confusiones algo excesivas (¿tanto tiempo le toma encontrar a un traductor?), pero es efectivo, entretenido y termina logrando llevar a los espectadores a algo parecido a la emoción. Y si hablan mandarín, llorarán el doble.
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  • Amor sin límites
    Fantasías irlandesas

    Curiosa fábula de Neil Jordan, con Colin Farrell.

    La carrera del irlandés Neil Jordan es curiosa. A lo largo de casi 30 años, en muchas de sus películas navegó por el terreno de las raras conexiones entre fantasía y realidad. Si bien es más conocido por títulos no fantásticos ( El juego de las lágrimas y El ocaso de un amor ), en filmes como En compañía de lobos, Entrevista con el vampiro y otros lo muestran jugando en esos límites, con mayor o menor éxito.

    En Amor sin límites se juega nuevamente en esa frontera, pero en un tono que tiende más a la fábula infantil, contando una historia folclórica acerca de un pescador en la fría costa irlandesa de Cork, que se ha separado, ve poco a su hija (que tiene un problema de salud) y tiene un pasado alcohólico del que quiere recuperarse.

    Un día, literalmente, pesca en el mar con su red a una mujer que casi no habla, dice llamarse Ondine y prefiere esconderse en la casa del pescador para que nadie la vea. Annie, su hija, la descubre y cree que es una selkie, una criatura mítica mutada en humana. El pescador, que no sabe bien qué pensar, se va enamorando de esta mujer mientras algunas situaciones sospechosas comienzan a acumularse. ¿Será tan fábula el asunto como Annie cree o la realidad de Ondine es mucho más dura y mundana? Como filme familiar, Amor...

    es tortuoso y cruento, entre la enfermedad de la niña, el alcoholismo del padre y las revelaciones brutales de la trama. Y como drama para adultos es bastante banal, más allá de la contenida actuación de Colin Farrell, la encantadora Alison Barry (Annie) y Alicja Bajleda, en el rol de la mujer misteriosa.

    El nivel de crueldad se acrecienta sobre el final, donde la salud y hasta la vida de Annie están en peligro. Hay emoción, también, pero se siente más forzada que ganada con recursos limpios. En suma, otro paso en falso para un director que hace ya más de una década no realiza un título memorable.
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  • Familia para armar
    Heridas que no cierran...

    Fallido drama de Edgardo González Amer.

    El segundo filme de Edgardo González Amer, Familia para armar , es un pequeño relato acerca de una familia desmembrada que vive en un hotel cercano a la playa en una ciudad turística a la que se ve fuera de temporada.

    Ernesto es quien lo maneja, con la ayuda de su madre y su hermana. Un hombre nervioso, serio y reconcentrado, altamente fastidioso, debe lidiar con una sorpresa inesperada cuando se aparece allí su hija adolescente, que vive con su mamá.

    Ambos no tienen una buena relación y ninguno hace esfuerzos por mejorarla. Ernesto quiere que Julia vuelva a su casa cuanto antes. Y Julia no se toma el trabajo de explicarle porqué no puede volver.

    Ernesto lidiará con una pileta que no puede arreglar, con un extraño grupo de chicas que se está quedando en el hotel y con quienes su hija empieza a juntarse, con su madre, su hermana y el misterio de su ex mujer.

    Familia... es una película previsible, llena de diálogos bastante obvios y filmada con planos cortos, casi televisivos, que le quitan ritmo y peso cinematográfico. Las revelaciones de la trama y los conflictos que se van presentando son resueltos de una manera bastante chata, y las escenas se suceden sin mucha lógica, dando la sensación de haber sido una película retocada en la sala de edición.

    A Oscar Ferrigno (h) le cuesta ponerse la película al hombro, ya que su personaje parece tocar una sola cuerda: fastidioso, preocupado, molesto, irritante para el espectador. Y Aleandro, en un papel secundario, aporta eficiencia en sus pocas escenas. Acaso lo mejor sea el descubrimiento de Malena Sánchez, que interpreta a la hija, una actriz que tiene una presencia y un rostro interesantes, y que ayudada por un mejor texto podría sobresalir.
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  • Sólo tres días
    Aprenda todo en Internet

    Con la ayuda de la red, Russell Crowe arma un plan para sacar a su esposa de la cárcel en este thriller de Paul Haggis.

    Si uno se toma más o menos en serio lo que sucede en Sólo tres días , la película es prácticamente absurda. Ahora bien, si uno se la toma ligeramente, como si fuera fantasía pura, el asunto puede llegar a ser un poco más entretenido. El problema aquí es que Paul Haggis, su director y guionista, parece tomárselo todo muy, muy seriamente, con lo cual el asunto, en vez de tornarse intenso, se vuelve involuntariamente divertido.

    Uno podría pensar que, más allá de ser un thriller acerca de un hombre que arma un muy complejo plan para sacar a su esposa de la prisión, Sólo tres días es una película acerca de cómo se puede aprender todo por Internet. Es que John (Russell Crowe, serio y compenetrado), un maestro de escuela algo timorato que enseña Don Quijote a sus alumnos (anoten metáforas en un papel), cansado de intentar sacar legalmente a su esposa Lara (Elizabeth Banks, afeada) de la cárcel (fue apresada supuestamente de manera injusta por haber matado a su jefa) no tendrá mejor idea que liberarla por su cuenta.

    Y para eso, bueno, están Google y YouTube, que enseñan a truchear reportes médicos y a armar llaves multiuso, y hasta uno puede averiguar dónde conseguir pasaportes falsos y comprar armas y cosas así. De golpe, nuestro héroe anda metido entre gángsters mientras cuida al hijo de ambos, sigue dando clases en el colegio y visitando a su esposa, que ni enterada está de lo que trama.

    Sólo tres días podría haber sido una mejor película si Haggis la hacía con un espíritu más hitchcockiano, cercano a James Bond (es guionista de las últimas dos) o a Jason Bourne. Pero aquí, el director de Crash está queriéndonos decir algo supuestamente importante (no se sabe muy bien qué, de cualquier manera) y pretende que nos creamos las desventuras del tal John al pie de la letra.

    Más allá de ese tono sombrío, varias escenas (y un buen grupo de actores secundarios) salvan a la película del papelón, especialmente la primera (una charla/pelea de antología), la secuencia en la que John prueba una llave falsa en la cárcel y, fundamentalmente, la última media hora, cuando el plan se pone en marcha. Allí aparece la película que Sólo tres días podría haber sido y se disfruta. Sólo que ya pasaron dos días y medio…
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  • Sanctum
    Sanctum
    Clarín
    En el centro de la Tierra

    Un grupo trata de sobrevivir atrapado en cavernas.

    No hay dudas de que el realizador australiano Alister Grierson tiene talento para crear suspenso. Si supiera dirigir actores, tal vez estaríamos hablando de un nuevo gran talento, pero evidentemente ese asunto se le escapa casi por completo.

    Sanctum 3D es una película que genera dos clases de nervios: la de saber qué les pasará a los personajes y la de escucharlos recitar (más bien gritar) sus diálogos como si estuvieran en una obrita escolar.

    Una pena, realmente, porque hay material en Sanctum para una muy buena película. El filme se centra en una expedición que se hace en las cavernas de Esa’ala, en Australia, donde varios grupos de personas se terminan reuniendo en las profundidades cuando un ciclón les impide salir del lugar.

    La incomodidad y la claustrofobia que genera la situación en la que se encuentran los personajes -la mitad del tiempo bajo el agua y la otra escalando-, va in crescendo, y luego de una primera parte de presentación de personajes de manual (un millonario aventurero, su novia algo despistada, un veterano explorador y su joven hijo con el que no se lleva nada bien), la aventura de encontrar una salida desde las profundidades de la Tierra hace recordar a cierto cine catástrofe de los ‘70 (tipo La aventura del Poseidón ), con el agua al cuello y cada vez menos luz, equipamiento y comida.

    El problema de Sanctum es que sus personajes no son interesantes, salvo Frank McGuire (Richard Roxburgh), el veterano explorador, de esos duros que piensan que para salir hay que abandonar a los rezagados antes de correr el riesgo de perecer todos por salvarlos. Esa posición lo enfrentará con el resto de los sobrevivientes, pero uno ya sabe para donde irá la situación al segundo de conocerlo.

    Si uno se pone realista, la película resulta un poco incómoda de ver en función del reciente terremoto y tsunami japonés. Pero si lo toma como entretenimiento, este filme producido por James Cameron (y con muchos elementos en común con películas suyas como Abismo, Titanic , y hasta el uso del 3D inmersivo alla Avatar ) propone unos cuantos momentos de intensidad, de esos que obligan a taparse los ojos o involuntariamente contener la respiración.

    De haber tenido un guión digno y saber dirigir actores, Grierson podría haberle dado algo de fuerza a los conflictos dramáticos que rodean a esta fuga del centro de la Tierra (los que mueren en el intento, los “sacrificios” que hay que hacer). Pero allí el asunto se le va de las manos. Cameron, aún trabajando con diálogos imposibles, se las arregla para estamparnos sus películas en el cerebro. A su aprendiz todavía le falta mucho.
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  • Un feriado particular
    Grupo de familia

    Encantadora comedia sobre un hombre que debe pasar un feriado con cuatro ancianas.

    En Bolonia me hacían tortellini, o a veces lasagna”, le cuenta a Gianni una de las ancianas que ha quedado a su cargo en el feriado italiano de mediados de agosto que da al filme su título original. La mujer no se puede, o no se quiere, dormir, y repasa su vida en voz alta mientras Gianni, que tiene que ocuparse de ella y de otras tres señoras mayores más (incluyendo a su madre) ya no puede más. “Duerma aunque sea un cuarto de hora”, le suplica, mientras ya sale el sol.

    En esta humana y realista comedia de Gianni di Gregorio, guionista de Mateo Garrone ( Gomorra ), que debutó aquí como realizador y actor protagónico (el filme es de 2008 y Di Gregorio ya hizo otro filme, Gianni e le donne , una suerte de secuela de éste), nuestro protagonista cincuentón, acosado por las deudas y al cuidado de su excéntrica madre, decide aceptar un pedido de Alfonso, el administrador del edificio: que cuide a su propia madre así él se puede tomar el feriado. ¿A cambio? Le perdonará las deudas de expensas.

    Gianni acepta y Alfonso se aparece con su madre, y también con su tía, ante la mirada fastidiada de la señora de la casa. Como si un trío de ancianas fuera poco, el médico de Gianni le pide lo mismo con su madre y así se suma una cuarta viejita a la casa.

    Cada una tiene sus peculiaridades y Gianni, al principio, sólo quiere tratar de seguir su vida tranquila y que no lo molesten demasiado. Pero será imposible. A su madre no le caen bien las visitas y las mira de lejos, la madre del médico no quiere cumplir el régimen impuesto por su hijo y mucho menos cuando la tía de Alfonso le enrostra en la cara las riquísimas pastas al horno que va a cenar mientras ella debe comer vegetalini . “Eso no es comida”, le dice. Y ni hablar de la madre de Alfonso, que -rebosante de juventud- a la noche desaparece, y quién sabe adonde se fue.

    Todo esto podría dar pie para una comedia de enredos y gags de lo más convencional. Pero nada es así en Un feriado particular . Di Gregorio no es actor y las señoras tampoco. Las situaciones no parecen surgir de un guión estricto, sino de ponerse a filmar conversaciones con un grupo de señoras que rondan los 80 años y cuya comicidad sale naturalmente, casi de manera documental.

    Si bien hay momentos donde el realizador subraya el tono cómico con cierta música y algún clip innecesario (aunque bello) por las calles de Roma, la película se aprecia como una comedia de personajes, casi un biodrama, más cerca de películas como La pivellina , digamos, que de la comedia alla’italiana más clásica.

    “No estás cansado, fingís que estás cansado, pero tenés ojitos pícaros”, le dice la madre de Alfonso a Gianni mientras bebe y fuma, convertida en una inesperada femme fatale de la tercera edad, ante un dueño de casa que no sabe qué hacer para manejar un grupo cada vez más rebelde y conspirativo. Y Gianni hará lo que recomiendan desde siempre: “si no puedes vencerlas, únete a ellas”. Y así, la pesadilla de “ferragosto” se transformará en una celebración muy tierna y humana de la amistad, del valor de las relaciones y, más que nada, del compartir una buena mesa de comida. Y si es “pasta al forno”, mucho mejor.
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  • La revelación
    Dos peso pesado

    El duelo De Niro-Norton procura sostener el filme. No siempre lo logra.

    Ya lo decía John Curran: “Con actores como Robert De Niro y Edward Norton, uno no tiene más que ubicar la cámara y dejarlos hacer”. Esa sentencia deja en evidencia lo bueno y lo malo que tiene ésta, su cuarta película. Por un lado, es cierto: De Niro y Norton, enfrentándose en largos diálogos en una sala de una cárcel, pueden crear tensión donde no la hay, y sacarse chispas actorales por puro acto de presencia. Y, por otro, revela una cierta falta de control sobre el proceso: dos actores, por más potentes que sean, no hacen solos una película. Más allá de sus momentos, y de la algo extravagante historia que justifica esos duelos actorales, La revelación no sostiene la tensión ni la intriga a lo largo de su metraje.

    El comienzo es potente, con una escena cruda que deja en claro que, de joven, el personaje que luego encarnará De Niro, era capaz de actos bastante cruentos. Así que la sorpresa es mayor cuando la historia retoma en el presente y Jack se aparece convertido en una persona opaca, timorata y religiosa, trabajando con presos, a quienes entrevista para saber si están en condiciones de salir en libertad.

    Uno de esos presos es “Stone” (Norton), con el pelo trenzado, que entra en escena con intención de llevarse el mundo por delante y sin importarle si podrá o no salir de allí. Pero luego cambiará radicalmente, también se volverá religioso (más bien, místico) e intentará mostrar ese lado a su interlocutor. ¿Se trata de una conversión real o de un plan cuidadosamente preparado con su novia (Milla Jovovich), que persigue a Jack por su cuenta, para aprovecharse de este hombre, engañarlo y salir en libertad? ¿Y él se dará cuenta o no? La revelación es extraña, cuidada en sus detalles e intrigante. Nunca se sabe bien para dónde irá, y eso la torna atractiva. Pero, a la vez, Curran no sostiene esa tensión por mucho tiempo, llevándola a territorios narrativos pantanosos y dándoles a los actores demasiada cuerda cuando una mano más severa podría haber controlado mejor el asunto. De hecho, por momentos, la subtrama entre Lucetta (Jovovich), tratando de conquistar a Jack, resulta la más atractiva, y es la actriz, que parece llevar la historia hacia lugares impensados, la que la saca de su zona más gris.
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  • Fase 7
    Fase 7
    Clarín
    La peste llegó al consorcio

    En su promisorio debut como director, Nicolás Goldbart combina suspenso con humor negro. Daniel Hendler y Jazmín Stuart, los protagonistas.

    El cine de horror y suspenso tomado con humor no tiene una gran tradición en la Argentina. Y Fase 7 , la opera prima del reconocido montajista Nicolás Goldbart, se dedica a explorar un territorio que aquí es casi virgen, pero que en el resto del mundo tiene cientos de ejemplos, y de adeptos. Y si hay algo de Fase 7 que recuerda a películas españolas como REC o algunas de Alex de la Iglesia ( La comunidad , especialmente), es porque en ese país hay un mercado para este tipo de cine. De hecho, el debut mundial del filme fue en el Festival de cine fantástico de Sitges, casi la matriz de esta clase de películas, especialmente las habladas en castellano.

    En Fase 7 se cuenta lo que sucede después que por una epidemia virósica los pocos vecinos de un edificio quedan encerrados en cuarentena. Coco y Pipi (Daniel Hendler y Jazmín Stuart) conforman una pareja con un bebé en camino, y han quedado dentro del edificio. Lo mismo que Horacio (Yayo), un bastante paranoico y solitario vecino, que empieza a tejer complicadas tramas para sobrevivir.

    Y también está Zanutto (Federico Luppi), otro personaje bastante extraño, que vive supuestamente con su mujer que jamás sale de su casa, y con el que deberán lidiar los otros vecinos cuando la situación llegue a límites complicados y difusos. ¿Por qué? Porque hay alguien matando a vecinos y, así es que Fase 7 se convierte en un “sálvese quien pueda” empujado por la desesperación, pero más que nada por la desconfianza.

    Goldbart propone un juego de un humor bastante negro, combinado con escenas de suspenso y tensión que nada tienen que envidiarle a ciertas películas de género norteamericanas. El filme falla, por momentos, al no explotar del todo las posibilidades de un guión no muy sólido. De cualquier manera divierte, entretiene y tiene en Yayo a toda una revelación como intérprete, en un rol que no es particularmente humorístico pero que se vuelve cómico por su presencia.

    Fase 7 es un debut promisorio de un realizador que, a la manera de Damian Szifron, es un producto de escuelas de cine que ha decidido correr por la senda de las películas de género, algo no del todo usual en ese tipo cineastas. Más allá de sus fallas, Fase 7 se hace notar en un universo y en un género que, como el edificio y las personas que retrata, parece aquí no tener reglas.
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  • 127 horas
    127 horas
    Clarín
    En la montaña del miedo

    James Franco sufre un raro accidente en este filme de Danny Boyle.

    Hay accidentes y accidentes. El que sufrió Aron Ralston tal vez sea uno de los más peculiares que uno vio en mucho tiempo. Se podría decir que, por su personalidad aventurera y su aparente desconocimiento del miedo, algo así podía sucederle en cualquier momento. Pero lo que le pasó es digno de entrar en un libro de curiosidades.

    Aron (encarnado por ese muy buen actor que James Franco parece esconder bajo el look de galán) es un montañista, un hombre capaz de salir a recorrer cañones en el medio de la nada, con un pequeño kit de ayuda, una bicicleta, una botella de agua y no mucho más. Ah, y sin avisarle a nadie de su paradero.

    El tipo se encuentra con dos chicas, les hace descubrir un bello oasis entre los cañones y luego se va solo, “tierra adentro”. Pero se cae en una grieta profunda entre dos enormes formaciones rocosas, con tanta mala fortuna que una inmensa piedra cae justo sobre su brazo derecho aplastándoselo contra una de las paredes.

    El hombre está, literalmente, atrapado y por más que lo intente de mil maneras no consigue sacar su brazo de ahí y, por consiguiente, no puede mover su cuerpo. El filme narrará las 127 horas que Aron pasará allí adentro, con la lógica tensión y frustración del caso, y se centrará en lo que debe hacer si quiere salir de allí con vida, mientras se va quedando sin agua, sin energías y sin recursos.

    Boyle, a su manera siempre algo excesiva, lanza un arsenal de recursos visuales para no convertir la historia de Aron en la de un tipo encerrado en un metro cuadrado. La cámara va y viene por la zona, por sus recuerdos que se van convirtiendo en delirios, juega con la cámara de video en la que el propio Aron graba mensajes, no deja de crear tensión a partir del movimiento y el montaje. La historia puede ser pequeñita, pero para el director de Trainspotting no hay nada tan chico como para no recibir su “tratamiento completo”.

    Ahí dentro será una batalla entre la pirotecnia visual de Boyle (ver El extranjero , pág. 20) y la creciente desesperación de Aron, que ve que sólo le va quedando una opción si quiere salir con vida, algo que el espectador seguramente adivinará al rato de ver la película.

    En 127 horas , el realizador de Slumdog Millionaire vuelve a contar otra historia de supervivencia, de lucha contra la adversidad y de victoria pese a todos los pronósticos (algo muy lejano a lo que hacía al principio de su carrera). Aquí, por suerte, a diferencia de su anterior filme, no hay demasiado lugar para el sentimentalismo ni el exceso melodramático.

    ¿El morbo? Sí, claro, pero eso lo viene haciendo desde que nos tuvo en vilo con aquel bebé en Trainspotting , así que no se hagan los sorprendidos. Están avisados.
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  • Amigos con derechos
    ¿Sexo sin compromiso?

    Natalie Portman y Ashton Kutcher, en una comedia romántica de Ivan Reitman.

    ¿Lo habrá calculado así Natalie Portman? ¿Que en medio de su pico máximo de fama gracias al éxito y el posible Oscar por El cisne negro se estrenara una comedia romántica simple y sencilla que, además de darle otro éxito de taquilla, demostrara su versatilidad como actriz? Difícil. Primero, porque nadie podía suponer lo que iba a suceder con El cisne...

    Y, segundo, porque los riesgos eran muy grandes: nadie en Hollywood olvida cuando Eddie Murphy era gran candidato por Dreamgirls y poco antes del Oscar estrenó la terrible Norbit y terminó perdiendo. Con estas cosas no se juega.

    Es cierto que los riesgos de Portman eran menores.

    Amigos con derechos es una comedia romántica amable, que puede gustar más o menos, pero que no arruinará la reputación de nadie. Al contrario, le permite a la actriz mostrar un lado sexy como no muchas veces la vemos en la pantalla grande, casi siempre seria e intensa.

    Amigos... se centra en la relación entre Emma (Portman) y Adam (Ashton Kutcher), dos viejos compañeros de la universidad que se reencuentran un par de veces a lo largo de los años y finalmente terminan enganchándose en una relación particular... la que le da el título a la película. Es Emma, especialmente, la que no quiere saber nada con un noviazgo. Está haciendo una residencia en un hospital y tiene poco tiempo “para esas cosas”.

    El es un asistente de TV que trabaja en un programa tipo High School Musical , pero que sueña con crecer en la industria. En realidad, su principal problema es que su novia lo abandonó y se acaba de enterar que ahora sale con su padre (Kevin Kline), una estrella de Hollywood en decadencia. Y es a partir de esa crisis que acepta salir con Emma... en sus términos.

    Obviamente que la situación virará para otros lados, con las idas y vueltas del caso, pero lo mejor del filme de Ivan Reitman ( Los cazafantasmas, Dave ) es que, al menos hasta los últimos 15 minutos, el hombre maneja los giros de la relación de una manera ligera, humana y relativamente realista, sin tantos evidentes “trucos de guión”. Es la historia de dos jóvenes que la pasan bien juntos pero que le temen, especialmente ella, a las “consecuencias” de una relación romántica verdadera.

    Si bien el filme no es tan sexy como promete el trailer, a Portman se la ve suelta y cómoda en un rol de esos que podrían antes haber hecho Cameron Diaz o Julia Roberts. Y Kutcher ya parece manejarse como un pez en el agua en este género, con un papel tal vez más tierno, si se quiere, que los que habitualmente hace.

    Amigos con derechos tiene un elenco secundario que le suma puntos, aunque no estén del todo aprovechados (Greta Gerwig, Ludacris, Olivia Thirlby, Ophelia Lovibond y Lake Bell, entre otros), pero la película pasa esencialmente por esta pareja que, por más extraña que parezca en los papeles, funciona con bastante química en la pantalla. No como para encenderlas a fuego de manera memorable (la de Portman con Mila Kunis, compañera de Kutcher en That 70’s Show es mucho más sexy en El cisne negro ), pero sí al menos para mantener la llamita encendida. En piloto, que le dicen...
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  • Temple de acero
    ¿Y será justicia...?

    Un filme de una belleza esperable de los Coen.

    A lo largo de su ya extensa carrera (15 largos en 27 años), los hermanos Coen han hecho repasos y relecturas de géneros. El policial, el film noir y la comedia clásica pasaron bajo el severo filtro de Joel y Ethan, que imprimen su huella a cada cosa que tocan, para bien o para mal.

    Temple de acero , más que una aproximación a un género, es directamente una remake. El filme de Henry Hathaway, de 1969, lo protagonizó John Wayne, quien ganó un Oscar a mejor actor por el rol que ahora encarna Jeff Bridges. Pero los hermanos dirán que es otra adaptación de la celebrada novela de Charles Portis. Más allá del origen de la trama (o quizás a partir de combinar sensibilidades con las del autor), los Coen han hecho la que quizás sea su película más clásica, humana y conmovedora.

    Temple de acero , con su tono cambiante y sus dos partes bien diferenciadas, parece arrancar desde la típica mirada burlona de los Coen, pero de a poco el asunto se va tornando serio, sin perder el humor pero sin caer en la parodia.

    La histo ria es sencilla y clásica. Un hombre es asesinado y el criminal se escapa. Mattie llega al pueblo con el deseo de atrapar al asesino de su padre y, de ser necesario, hacer justicia por mano propia. El caso tiene dos particularidades: la instigadora de la búsqueda es una niña de 14 años (la sorprendente Hailee Steinfeld, de 13 años cuando se filmó) con una personalidad fuerte. Y el veterano sheriff al que contrata es Rooster Cogburn (Bridges), borracho perdedor, violento, que se caracteriza por disparar primero y preguntar después.

    En la primera parte que tiene lugar en el pueblo, los Coen describen las idas y vueltas de la niña para conseguir dinero y contratar al contrariado Rooster. Allí, aprovechando el enrevesado lenguaje de la época y de la novela original, dan rienda suelta a otra estilizada aproximación al género, a mitad de camino entre cita y parodia, que se acrecienta cuando aparece en escena LaBoeuf, un pintoresco oficial texano que busca al asesino por otra causa, y que Matt Damon encarna al borde de la caricatura.

    La segunda parte se inicia cuando Mattie decide ir con ellos a la caza del criminal, del otro lado del río y en medio de territorio indígena, donde los peligros y las sorpresas acechan. Desde allí el filme se centrará en la búsqueda, en la relación entre estos tres personajes y en los encuentros que tendrán en su recorrido, que, en casos, terminarán en violentos enfrentamientos.

    Para los Coen, este ejercicio de retomar un género les permitió aflojar un poco las riendas de su habitual control maestro y dejar que el filme fluya con naturalidad, dándole a los personajes inesperadas dosis de humanidad y otorgando pequeños momentos de humor paródico.

    Esta puede ser una historia de justicia por mano propia (y un enorme éxito en los Estados Unidos que algunos leyeron como una evidencia del retorno de un pensamiento reaccionario en ese país), pero excede esa lectura desde la misma construcción del trío, un grupo dispar y con una pésima relación al empezar su aventura, y que terminarán uniéndose cuando la situación se ponga difícil.

    Temple de acero es de una belleza cinematográfica esperable ya en el cine de los Coen y apenas podría criticársele una confusa edición en las escenas de acción. Bridges vuelve a lucirse en un rol con similitudes al de Loco corazón por el que ganó el Oscar, y Damon sabe hasta dónde llevar la extrañeza de su personaje, evitando el chiste fácil. Pero el real descubrimiento, y el verdadero temple de acero, es el de la intensa Steinfeld, una niña de la que seguramente volveremos a oír hablar.

    Lo que torna a Temple de acero en una de las mejores películas de los Coen es la capacidad de empatía que parecen demostrar con las criaturas (solidarias, falibles, llenas de grises) que retratan. Sobre el final, en una noche estrellada y desesperada, surge algo parecido a la emoción. Para Joel y Ethan –la dupla más canchera de la clase-, es casi un hecho histórico.
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  • Dulce espera
    El amor, detrás de las paredes

    El filme de Laura Linares se centra en la relación de una chica con un preso en la zona de Bariloche.

    La película de Laura Linares funciona en una zona gris, extraña. Si uno no sabe cómo y cuáles fueron las circunstancias de su rodaje, no logrará darse cuenta si se trata o no de un documental, o si es una ficción que parece documental. El filme sigue a sus personajes tan íntimamente y los toma de manera tal, que da la impresión de que estamos allí, con ellos, atravesando sus circunstancias.

    Lo más probable es que el filme funcione como una reconstrucción: los mismos protagonistas de la historia reviviendo para la cámara algo que les sucedió en la realidad. De cualquier manera, es lo de menos: la impresión se logra y cala hasta los huesos.

    Dulce espera tiene como punto de partida una situación rara, bastante original. Valeria es una chica que le dedica temas por la radio y se cartea con un preso al que no conocía anteriormente. Así inician una relación bastante particular: puro romanticismo y galantería a distancia, la posibilidad de encuentros ocasionales y ninguna chance de otro tipo de conflictos, personales o con “la ley”. La cárcel es una metáfora bastante paradójica para una relación de pareja.

    Pero la relación con Lucas depara un hijo, que Valeria cuida con ayuda de amigas y de la madre de Lucas. El, en tanto, parece haber aprendido “la lección” y saldría de la cárcel en cualquier momento.

    Salir de allí, claro, llevará las cosas a un lugar inesperado. Esa relación armada en base a frases dichas a una radio, a cartas escritas a mano y a encuentros breves en la prisión no será igual cuando los dos deban convivir, con un hijo de por medio, y con la dificultad extra que implica ser un ex presidiario.

    El de Linares es un filme de observación. De las rutinas de Valeria, de su relación con sus amigas, de su “relación virtual” con Lucas. Y de Lucas, en la cárcel, tratando de entender que el camino del delito no es el más adecuado para su vida. Y también está su madre, Ana, que pone más que nada su fe religiosa en el futuro de su hijo.

    Como buen filme de observación, que lo es, Dulce espera crece en momentos específicos, cuando la cámara capta pequeños detalles que hacen única a la historia: el deseo de Valeria de “verse linda” para Lucas; los primeros días en la vida del hijo de ambos; el conflicto interno de Lucas a la hora de pensar en su futuro.

    En una Bariloche muy distinta a la de las postales turísticas, donde la nieve es más densa e incómoda que pintoresca, las historias de Valeria, Lucas y Ana quedan en la memoria.
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  • Morir como un hombre
    El cielo y el infierno

    La historia de un travesti en un sorprendente filme portugués.

    La historia de un travesti en decadencia. Un melodrama familiar. Una película sobre los conflictos de una pareja. Un filme bélico. Un musical. Todo eso puede ser Morir como un hombre , la extraordinaria película del portugués Joao Pedro Rodrigues.

    Ambiciosa e íntima a la vez, abrumadora y emotiva, la película se centra en Tonia (Fernando Santos), un travesti que ve que se acercan sus últimos días como estrella de shows. Por la edad y las enfermedades, ya no puede competir con las figuras más jóvenes que le van quitando espacio. Y un implante de siliconas que se hizo se le complicó y ha desarrollado un cáncer con malas perspectivas.

    Los problemas de Tonia no acaban ahí: su hijo no lo acepta, mientras que su pareja más joven (y adicta a las drogas) insiste en que se haga una operación para cambiar de sexo, lo cual deriva también en problemas entre ambos.

    La situación no es fácil para la torturada Tonia, pero Rodrigues crea un universo alrededor suyo a mitad de camino entre la magia y la pesadilla, mezcla de Almodóvar con Ripstein: una atmósfera recargada y oscura rodeada de momentos luminosos ligados en buena parte a algunos números musicales (un tema de Baby Dee, escuchado íntegramente por los protagonistas en un plano secuencia, y un fado sobre el final se destacan especialmente) y a una puesta en escena que enorgullecería al Fassbinder más desbordado.

    Rodrigues lleva a sus personajes a confrontaciones personales (entre padre e hijo, en la pareja, en el trabajo), los muestra en su intimidad, nos lleva con ellos a un viaje casi onírico y nos sumerge en ese submundo de triste belleza de manera casi impresionista, saltando de escenas con una lógica narrativa alejada de todo realismo.

    Morir...

    es una fábula acerca de un personaje único en una película que no se parece a ninguna otra que haya pasado por los cines locales recientemente. Una drag queen que intenta conservar su dignidad, recuperar las piezas de un rompecabezas desarmado antes de lo que parece una partida segura, y a la vez entregarse a los placeres sensuales que todavía el mundo le puede ofrecer.

    Acaso el único “pecado” de Rodrigues es terminar convirtiendo a Tonia casi en una santa, suerte de martir religiosa que lleva en su cuerpo cada vez más frágil, todos los dolores del mundo. Pero nunca cae del todo en la conmiseración. Hay algo de pureza, de inocencia, en su existencia, en su forma de ver al mundo, que la torna menos una figura icónica que una persona reconocible, dañada.

    Morir como un hombre , finalmente, es una elegía: a una época, a un tipo de figuras, a una generación. Es como una balada al piano, con momentos oscuros y tenebrosos, pero teñida de luz, de pasión y de enorme cariño.
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  • La mentira
    La mentira
    Clarín
    En construcción

    Un hombre engaña a los habitantes de Un pueblo y los hace construir una ruta en este drama francés.

    Muy distinta -al menos en lo aparente- a su anterior película, El cantante , la nueva producción del francés Xavier Giannoli trae a la mente los primeros filmes de Laurent Cantet. Pero el hombre no se atreve a ir tan lejos y lo que arranca, de manera brillante, como la historia de un estafador que se encuentra con una oportunidad inesperada de hacer mucho dinero, derivará de manera bastante simplista hacia el viaje de un cínico que descubre la posibilidad de una redención.

    Francois Cluzet (ya, oficialmente, un clon del Dustin Hoffman de décadas atrás) es Paul, un estafador que, falsificando papeles y haciéndose pasar por quién no es, comete engaños en la ruta, vendiendo sus “beneficios” a mafiosos encabezados por Gérard Depardieu.

    Siempre en su auto, Paul para en un pueblito y se hace pasar por representante de una compañía constructora de rutas. Allí descubrirá que todos están felices al recibirlo porque suponen que viene a retomar el trabajo en una autopista abandonada y enseguida le ofrecen coimas para que contrate a tal o cual empresa local.

    El verá una montaña de dinero encima y, a la vez, será testigo de cómo el pueblo cobra vida, cómo le agradecen su llegada y hasta se descubrirá interesado en la alcalde de la ciudad (Emmanuelle Devos). Con el correr de los días, empiezan los problemas: los pagos se demoran, las sospechas crecen y Paul (que se hace llamar Philippe) deberá pensar entre escapar con el dinero conseguido o hacer algo para solucionar el embrollo.

    La mentira parece combinar las temáticas de Recursos humanos y El empleo del tiempo , dos filmes sobre el trabajo o la falta de él. La desocupación, la relación patrón/empleado y la pintura de una Francia profunda en crisis son los temas centrales de un filme cuya mejor parte (especialmente en lo visual) está dedicada a mostrar el trabajo en sí: la construcción, las grúas, los problemas meteorológicos, la aventura de construir una autopista en el medio de la nada mostrada como si fuera un sueño. Y, de hecho, lo es. Y ahí es donde la película vuelve a la realidad.

    El problema es que al durar 130 minutos y al tornarse previsible la ruta narrativa general, el viaje se hace algo largo y reiterativo. La relación entre Paul y la viuda no tiene mucha fuerza (de hecho, es más interesante el triángulo tenso que él mantiene con su secretaria y el novio de ésta, un traficante/ladrón que se da cuenta que algo raro pasa) y la pintura de los habitantes del pueblo -si bien Giannoli deja en claro los bolsones de corrupción- es algo condescendiente.

    Pese a sus momentos desiguales, La mentira es una buena combinación de thriller y película social. Un grado de incorrección y virulencia mayores podrían haberla convertido en una gran película.
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  • De amor y otras adicciones
    Píldora romántica

    Comedia dramática con impensados efectos secundarios.

    Película curiosa la de Edward Zwick. Más cercana a su etapa como creador de la serie treintaypico que a la de sus dramas políticos o históricos ( El último samurai, Diamante de sangre ), De amor y otras adicciones deja en claro su origen literario: es tan fluctuante en tonos y temas y direcciones narrativas que sólo pueden tener sentido y organicidad en una novela. Sin embargo, quienes la han leído aseguran que la película se toma muchísimas libertades respecto al original.

    Uno de los ejes del libro y de la película es la evolución del personaje de Jamie Randall (Jake Gyllenhaal, cada vez con más gimnasio encima), un vendedor que empieza a trabajar en la compañía farmacéutica Pfizer, vendiendo el antidepresivo Zoloft en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. Allí, como todo visitador médico, debe conseguir que los doctores lo atiendan y recomienden su producto. Pero es complicado, ya que todos parecen preferir el popular Prozac, y él tendrá que usar métodos raros para hacerlos cambiar.

    En la clínica conoce a Maggie (Anne Hathaway), una artista que sufre de Mal de Parkinson, pero lo tiene muy controlado. Sabiendo de su enfermedad, no quiere establecer una relación muy seria con Jamie. Pero se gustan, se enganchan, y pronto tienen sexo a diario, cosa que Zwick muestra en escenas llamativamente francas para una comedia romántica (aunque siempre... hasta ahí).

    La película tiene un primer giro cuando Jamie empieza a vender un nuevo producto de su compañía: algo llamado... Viagra. Y allí su popularidad crece y todo el mundo quiere su producto. Paralelamente, la enfermedad de Maggie va empeorando, lo que lleva la película a otro tono, y a una segunda hora en la que los logros de la primera parecen ir perdiéndose.

    Como ácida descripción del detrás de la escena de una gran compañía, el filme intenta acercarse al estilo de Jerry Maguire o filmes de Jason Reitman ( Gracias por fumar, Amor sin escalas ) y, si bien plantea algunas escenas divertidas, le falta garra. Lo mejor, sin dudas, es la primera hora, y la relación entre Jamie y Maggie: sexy, ácida, plagada de buenos diálogos en la mejor tradición de la comedia romántica entre iguales, con una mujer fuerte e independiente, capaz de “dar vuelta” a su pretendiente.

    Pero luego recrudecerá la enfermedad y allí la película entrará en otro viaje, en el que casi no se evitan los lugares comunes que se venían esquivando.

    De amor y otras adicciones (“otras drogas”, es el más apropiado título original, en su acepción medicinal) es como las pildoras sobre las que el filme habla: depende el efecto que cada una tiene en el espectador, la sensación cambiará. Y la última, es un poco difícil de digerir: tiene efectos secundarios impensados.
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  • Uritorco
    Uritorco
    Clarín
    Un viaje psicodélico

    En el filme de Homero Cirelli, tres amigos suben al cerro cordobés en busca de una fiesta y se pierden.

    Uno podría resumir la trama de Uritorco y, si bien sería fiel a lo que sucede en la película, no serviría demasiado para explicar la experiencia. De hecho, hasta hace suponer una película que Uritorco no es.

    Un poco como sucedía en Porno , que Homero Cirelli dirigió en 2006, el título y la trama es una excusa para que el realizador tome la cámara y explore cinematográficamente esos espacios y esas situaciones.

    Uritorco arranca contando la subida al cerro que una chica argentina y dos venezolanos hacen buscando una fiesta de música electrónica que, les han asegurado amigos vía celular, sucederá esa noche en la cima.

    Pero el trío se pierde -o la fiesta no existe- y el celular deja de tener señal, por lo que terminan acampando con otras personas (un vendedor de artesanías, una mujer mayor y un personaje extraño y sospechoso). Al otro día, uno de los venezolanos se pierden y la búsqueda cambiará de eje.

    Más allá de la descripción, lo que Cirelli intenta aquí es poner al espectador en una suerte de trance psicodélico, representando más el estado químicamente alterado de los viajantes que algo parecido a la aventura.

    Como en sus otros filmes, la cámara de Cirelli se detiene y avanza a través de la naturaleza, montando escenas directamente en relación a la música electrónico-industrial que se impone sobre el espectador. Así, el filme va pasando de la calma, la contemplación y la charla banal a las luces saturadas y los sueños/pesadillas/delirios de los protagonistas, derivados de la experiencia ácido/mística de la subida a ese cerro, que es famoso por su extraña energía y en el que, se supone, se pueden avistar extraterrestres. O, quien dice, encontrarse con uno cuando la noche cae, rojiza y más psicodélica que nunca.
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  • El ilusionista
    La magia nunca se termina

    El animador Sylvain Chomet toma un guión inédito de Tati y entrega un filme bello y melancólico.

    La historia de un mago itinerante que a finales de los años ‘50 viaja de Francia a Escocia en busca de nuevos horizontes para encontrarse allí con una sorpresa algo inesperada fue un guión que Jacques Tati dejó sin filmar. Aseguran que el comediante francés lo consideraba demasiado serio y melancólico -y sin el suficiente humor- como para que sea una de las aventuras de su alter ego cinematográfico, Monsieur Hulot, a quien conocimos a través de clásicos como Las vacaciones de Mr. Hulot y Mi tío , entre otros filmes.

    Y algo de eso hay.

    El ilusionista , retomado medio siglo después de haber sido escrito por el animador Sylvain Chomet (director de la excepcional y muy curiosa Las trillizas de Belleville ), no es una historia demasiado graciosa y apenas unas pocas situaciones llevan a la risa. Pero Chomet no tuvo miedo de entrar en este terreno: el filme es la historia de un artista en decadencia, de un viaje a un lugar de encanto y decepción, de un encuentro fortuito y de un mundo en vías de extinción.

    Hay una combinación de dos artes que desaparecen que le agrega peso y densidad a la película de Chomet. Por un lado, la magia clásica y el antiguo vaudeville, que van perdiendo terreno en esa época frente a otros espectáculos de más impacto (como el rock: el filme transcurre en 1959). Y, por otro, la propia animación en 2D, para adultos, de dibujos simples y elegantes, de fondos tradicionales a los que Chomet agrega (en una mala decisión) algún que otro toque ostensiblemente digital.

    El ilusionista sigue las peripecias de Tatischeff (el apellido real de Tati), un mago de esos que sacan conejos de galeras, hacen trucos con flores y fuego y no se caracterizan por la espectacularidad. Al hombre le va mal en Francia y termina llegando a un pueblito perdido de Escocia. Allí encuentra que su arte no sólo es más apreciado, sino que se topa con una niña que cree que su magia es real y que termina fugándose del pueblo cuando él concluye su paso por el lugar.

    La chica y el mago viajan a la bellísima Edimburgo, que el filme animado captura en toda su espectacularidad (Chomet hizo la película viviendo durante años allí) y en donde el hombre consigue un nuevo trabajo. Allí termina convirtiéndose en una especie de padre de esta preadolescente que -fascinada por la gran ciudad- se va volviendo más caprichosa y exigente con el tiempo, haciéndolo trabajar de más con algunas graciosas consecuencias.

    La película narra la historia de esta relación de forma mesurada, tranquila, con muy pocos espacios para gags. Aunque el conejo que el mago arrastra tiene sus momentos, Chomet abandona la pretensión de crear un filme animado cómico para toda la familia y prefiere apuntar a la extrañeza de esa relación padre-hija (se especula que el guión tiene elementos autobiográficos sobre una hija que Tati tuvo en Escocia y abandonó), a la melancolía que genera un mundo algo romántico en decadencia (el de la magia, pero también el de todo el concepto de music hall ) y a transmitir una sensación de tristeza, casi de desolación.

    Para los fans de Tati habrá varios guiños, dos de los cuales son muy evidentes. Por un lado, la forma en la que la película es semi-muda, con diálogos casi ininteligibles (ellos hablan en distintos idiomas, de hecho). Y, por otro, cuando el Tati animado se encuentra, en la pantalla, con el real, en una escena de Mi tío . Y allí el círculo se termina de cerrar.
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  • Tron: El legado
    El futuro ya llegó...

    La secuela del clásico filme es una expansión de su universo original.

    A más de 28 años de su estreno, la original y entonces revolucionaria Tron puede parecernos hoy como los primeros palotes en la era de los efectos especiales. Sin embargo, también esa distancia permite verla como una película adelantada a su tiempo, casi una pionera de los efectos digitales y de todos los cruces entre universos “reales” y “ciberespacios” que no sólo formarían parte del cine de Matrix en adelante, sino de la vida cotidiana del siglo XXI.

    Esa Tron –fría, dura, seca, casi mecánica en su rutina lumínica/geométrica- tiene poco que ver con su secuela, Tron: el legado , que parte de las infinitas posibilidades que hoy existen en ese campo y las usa a gusto y placer, generando un universo mucho más complejo y rico en detalles, pero a la vez -cuestión de costumbres, más que de la película en sí- ya no tan sorprendentes.

    El legado es una película más cercana a Avatar en su universo completamente digitalizado (al menos cuando todos están dentro del mundo virtual), pero también su narrativa ya no parte de líneas y puntos básicos, sino que es una suerte de gran rejunte de citas tanto a motivos clásicos del géneros de ciencia ficción/aventuras como a películas como Star Wars, Blade Runner, 300 , la citada Matrix y hasta chistes “para entendidos” con El gran Lebowski , por la presencia de Jeff Bridges, o la música de los robóticos Daft Punk.

    Pese a ser un “producto engordado” por la ambición, el presupuesto y el target, El legado resulta un filme entretenido, con una segunda hora especialmente inventiva y veloz, en la que los prototípicos conflictos dramáticos que la conforman encuentran un equivalente visual y narrativo apropiado.

    El filme se centra en las peripecias de Sam Flynn (el poco expresivo Garrett Hedlund), hijo de Kevin Flynn (Bridges), protagonista de la original. Kevin, tras entrar y salir de ese mundo de bits que es Tron , en la primera película, creó un imperio informático, pero nunca pudo abandonar la adicción que le generaba ese mundo y sus posibilidades. Así fue que, en un momento de la infancia de Sam, el hombre desapareció y no se supo si lo hizo para alejarse de todo o para hundirse en ese universo paralelo.

    Sam, que poco quiere saber con el gran grupo informático del cual es principal accionista, recibe un mensaje que parece provenir desde las entrañas de Tron y allí parte en busca de su padre. Encontrará que, ahí, el propio Kevin aparece desdoblado en Cluj, su alter ego digital, que luce como Bridges en los ’80, y el propio Flynn, avejentado y alejado de las violentas competencias y ejércitos guerreros que el propio Cluj ha creado en su ambición de poder.

    A lo Indiana Jones , padre e hijo (y una criatura muy especial llamada Quorra e interpretada por la bella Olivia Wilde) deben reencontrarse y no sólo ayudarse para batir a Cluj y a su ejército cibernético, sino también para lograr salir con vida. Con evidentes paralelos entre el mundo digital (en 3D) y el real (en su mayoría en 2D), Tron intenta bajar una línea de crítica a las corporaciones y el uso y abuso de los productos digitales, lo cual no deja de resultar irónico siendo éste un producto de Disney, con todo lo que eso implica.

    La belleza y creatividad de algunas escenas, la dosis de humor puestas aquí y allá, la presencia de Bridges, Wilde y, en una aparición especial, Michael Sheen (el Tony Blair de La Reina ), El legado no es una película adelantada a su tiempo, como la original, pero sí es una consecuencia muy digna del universo que Tron ayudó a crear. Profecía autocumplida, que le dicen...
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  • Querido asesino
    Enredados en un hotel

    Francis Veber dirige una tercera versión de la misma trama.

    Uno de los últimos sobrevivientes de una vieja guardia de la comedia (no por edad, sino por estilo), Francis Veber tiene una carrera de éxitos en cine y en teatro, en Francia y en el resto del mundo, gracias a sus farsas y películas de enredos, de las cuales las más famosas últimamente han sido La cena de los tontos y El placard , pero no habría que olvidar otros títulos como Los compadres , de los ‘80.

    Pero, más allá de su no tan prolífica carrera como realizador (doce títulos en 33 años), Veber es un reconocido guionista y autor, siendo acaso La jaula de las locas su película más conocida en este sentido. Hay que ir más atrás para reconocer los orígenes de Mi querido asesino , su más reciente filme como director ya que, si la trama le resulta familiar es porque, bueno, ya se llevó al cine dos veces.

    El filme de Veber acerca de los conflictos y enredos entre un asesino a sueldo y un periodista suicida que habitan cuartos de hotel adjuntos mientras esperan la llegada a la Corte de un testigo contra la mafia, proviene de una pieza teatral de Veber que fue llevada al cine por Edouard Molinaro en 1973 y protagonizada nada menos que por Lino Ventura y Jacques Brel, en los roles del criminal Frank Milán y de su tontuelo vecino, ese ya reiterado personaje de la carrera de Veber que es Francois Pignon. Esa película tuvo luego una remake en Hollywood: Buddy Buddy , última película del gran Billy Wilder, protagonizada por Walter Matthau y Jack Lemmon. Ni hace falta decir quién hacía cada personaje.

    Veber retoma, como si el tiempo no hubiera pasado y la comedia de enredos fuera un formato inamovible, la trama aquella para darle su particular toque, que no se diferencia mucho de los anteriores. Aquí el asesino es Richard Berry, quien está preocupado en cumplir su misión mientras que Pignon es encarnado por Patrick Timsit, quien lo complica, metiéndolo en sus problemas personales e impidiéndole realizar su tarea.

    Así, mientras se abren y cierran puertas y la cosa pasa de un cuarto a otro, Mi querido...

    va repitiendo la mecánica de enredos de aquellos filmes: una ventana que no abre, un sedante aplicado a la persona equivocada, un botones que aparece siempre en el momento menos indicado y así... El asunto ya no divierte como en algún momento (la de Wilder tampoco era una gran película) y no hay aportes que la actualicen, ni temática ni visualmente. Ah, sí, se menciona una foto que será subida a Facebook. Toda una diferencia...
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  • Historias Breves VI
    Los primeros pasos

    Nueva edición de la selección de cortometrajes nacionales.

    Como siempre, es muy difícil juzgar a los cortos que integran Historias Breves como un todo. Se puede, sí, observar cosas en común que tienen unos con otros, pero da la impresión aquí de que se tratan más de coincidencias circunstanciales que de una cuestión programática o estilística.

    Lo que sí se puede, como balance, es considerar a esta muestra como discreta, no demasiado trascendente ni original, descripción de la que se escapan dos, uno de ellos ya reconocido a partir de competir en Cannes como es Rosa , de Mónica Lairana, el punto más alto de esta sexta edición.

    Rosa es la historia de una mujer sola, de unos 60 años (Norma Argentina), que atiende las rutinas de su casa con la misma parsimonia con la que se masturba. Una salida de su casa a visitar a un familiar, el encuentro con un hombre, serán los mínimos datos que Lairana nos da de ella. Pero con eso logra crear un mundo que muchas veces no observamos en este tipo de personajes: la soledad, la sexualidad, una callada angustia. Sin lugar para especulación ni juicio ni morbo, Rosa nos pinta un día en la vida de una mujer.

    Otro corto intenso es Coral , de Ignacio Chaneton, sobre la “relación” entre una mujer y una serpiente que puede ayudarle a resolver sus problemas. Técnicamente impecable, tiene una vuelta de tuerca que desmorona la gravedad que parece tener el asunto.

    Alicia , de Tamara Viñes, es la simpática historia de una chica que se prepara para una fiesta donde espera conquistar a un cadete, pero las cosas no salen como lo pensaba. La sombría Arbol , de Lucas Schiaroli, se centra en una familia azotada por el frío y un árbol que puede ayudar a resolver el problema.

    Cinco velitas , de Paula Romero Levit y Michelina Oviedo, parte de una buena idea (una mujer que deja a su hijo en cumpleaños de desconocidos para irse a trabajar), pero no logra buenos resultados.

    El sueño sueco , de Gustavo Riet Sapriza, es una confusa historia de un chofer cansado que sueña, o no, con una misteriosa pasajera sueca, mientras que a La araña , de Sihuen Vizcaíno, la redime apenas su vuelta de tuerca final.

    Los teleféricos , de Federico Actis, se concentra en la relación entre un joven, su abuelo y una voz en off, mientas que La última , de Cristian Cartier, pone el eje en la paranoia del dueño del “Emporio del huevo”.
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  • Wendy & Lucy
    Piedra rodante

    Una chica en problemas es el centro de este drama.

    No se trata de una nueva realizadora -su primer filme es de 1994 y luego estuvo haciendo cortos y dando clases en universidades durante varios años antes de volver al largometraje con Old Joy en 2006-, pero lo cierto es que Kelly Reichardt, gracias a sus últimos tres filmes, se ha convertido en una de las realizadoras más interesantes del panorama actual del cine norteamericano.

    Entre medio de Old Joy y Meek’s Cutoff (de 2010, en competencia en la reciente edición de Venecia), Reichardt realizó en 2008 la que sería su película más popular con Wendy & Lucy , retrato íntimo, personal -y a la vez social- de una joven que viaja junto a su perro y con poquísimo dinero con la idea de irse a la zona de Alaska donde la espera un trabajo.

    Los problemas para ella comienzan cuando se le rompe el auto en el medio de la nada, cerca de un pueblo chico en una zona bastante abandonada. Allí deberá permanecer mientras intentan reparar el auto, aunque no parece muy probable que la chica pueda hacerse cargo de los gastos. No se sabe mucho de su pasado, pero intuimos que sus recursos son mínimos.

    La situación se complica más cuando ella decide robar algo de comida para su perra (la Lucy del título), un empleado la descubre, la detiene y termina en la comisaria con una multa. Allí no acaban los problemas. Además de sin dinero y sin auto, Wendy se queda sin su fiel perra, que desaparece en medio de estas complicaciones.

    Contado así, puede parecer una comedia de enredos. Nada más lejano que eso. Reichardt (los que vieron Old Joy pueden atestiguarlo) es una cineasta apegada al realismo, a cierto lánguido naturalismo en el que las cosas suceden a su tiempo y se desarrollan de una manera tan calma como inevitable. No hay histrionismo ni explosiones dramáticas en Wendy & Lucy . Lo que hay, en cambio, es una creciente desesperación por la suerte de la chica, interpretada por Michelle Williams, que recibió varios premios por este rol y también protagonista de Meek’s Cutoff .

    Enfrentada a gente del pueblo que la mira con desdén y a otros -en general vagabundos y desposeídos- que la ayudan en su mala pasada, Wendy termina deambulando por ese olvidado pueblo del noroeste estadounidense, buscando a su perra, atrapada en su libertad. A mitad de camino entre el primer neorrealismo (se la podría comparar en cierto modo con Ladrones de bicicletas ) y cierto aire bressoniano (Wendy tiene algo de mártir, como la protagonista de Mouchette ), en realidad Wendy & Lucy más se asemeja a algún blues o balada popular norteamericana que pone en paralelo la depresión de los años ‘30 con los Estados Unidos de la entonces inminente crisis económica de 2008.

    O, más que cualquier otra cosa, uno podría imaginarse a la historia de la chica vagabunda, su auto roto, su perro perdido, el pueblo chico y la ruta, la larga ruta con destino incierto, como una canción de Bob Dylan llevada al cine. Algo de eso hay.
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  • El inmortal
    La venganza es lo último que se pierde

    Jean Reno es un gángster retirado que sobrevive a una lluvia de balas y sale en busca de revancha.

    El hombre parece disfrutar de una tarde apacible con su pequeño hijo, manejando el auto y cantando con él. Uno sabe que la situación no va a terminar bien, se siente en el ambiente, en la puesta en escena, en la belleza casi epifánica de ese momento familiar. Y así sucede.

    El hombre estaciona el auto y ocho hombres enmascarados y armados hasta los dientes le estampan 22 balas (con ese título se conoce a la película en inglés) en la cara y en el cuerpo. Pero aquí en la Argentina el filme de Richard Berry, más conocido por su trabajo como actor, se llama El inmortal , y uno supone que el hombre sobrevivió porque es un superhéroe o que algo sobrenatural está sucediendo.

    No.

    El inmortal es una película de gángsters y el hombre, Charly es su nombre, simplemente (habría que decir acá “milagrosamente”), sobrevive a los 22 disparos a quemarropa. Pierde buena parte de los sentidos y una enorme cicatriz atraviesa su rostro, pero sigue siendo Jean Reno, reconocible con o sin barba, con o sin heridas en la cara.

    Luego de unas semanas de hospital, el tal Charly -de quien iremos sabiendo que se trata de un gángster retirado- se irá de la clínica y allí la película contará una doble persecución: la suya, para vengarse de quienes quisieron asesinarlo, y la de los criminales en cuestión, que querrán terminar la tarea que dejaron a medias. ¿El resultado? 25% investigación, 75% de persecuciones y balas.

    Con algunos flashbacks centrados en la adolescencia de Charly y, específicamente, de un pacto con sus amigos ladronzuelos de entonces -que podría dar pistas sobre quienes hoy son sus aliados y enemigos-, el filme de Berry será la saga del vengador, tratando de eliminar (al mejor estilo Kill Bill ) a quienes lo dieron por muerto, mientras los asesinos buscan detenerlo o amenazarlo de alguna otra manera. En el medio, previsiblemente, está la policía, que casi siempre llega tarde y pifia, más allá de los esfuerzos de una oficial (Marina Föis), cuyo pasado la hace simpatizar más de lo debido con el vengador que, digámoslo, pese a que sea “el héroe” del filme, es un mafioso de temer como cualquiera de los otros.

    Acción bien dosificada y una dureza típica de policial francés clásico hacen que El inmortal sea bastante disfrutable pese a una narración que avanza por caminos más que previsibles, y en la que podemos adivinar fácilmente hasta las supuestas sorpresas que la trama esconde.

    Reno siempre es una presencia imponente y creíble hasta cuando con su cuerpo medio destrozado es capaz de aniquilar bandas enteras como si fuera Terminator. Más cerca de Kitano, por momentos, que de un héroe de cine occidental (la película tiene bastante de policial asiático), Reno liquida, impasible, a sus enemigos. ¿Podrá con todos ellos?
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  • La hora de la religión
    La sonrisa de mamá

    Un drama de Marco Bellocchio centrado en un hombre cuya madre va a ser canonizada.

    Por más italiano que alguien sea, nadie está preparado para recibir la visita de un párroco y que el hombre le diga: “Su madre está en proceso de ser canonizada”. Esa es la noticia que recibe Ernesto (Sergio Castellitto), al comienzo de La hora de la religión , película del gran Marco Bellocchio que se estrena en la Argentina ocho años después de su lanzamiento en Cannes 2002.

    El asunto se complica por varios motivos. Primero, Ernesto es ateo y no quiere saber nada con la religión organizada. Segundo, no tenía una muy buena relación con su madre. Tercero, necesitan su testimonio ante las altas esferas eclesiásticas para “probar” la santidad de su madre, una mujer que fue asesinada por uno de sus hermanos, mentalmente inestable. Su testimonio debería confirmar que su madre le sonrió y perdonó a su torturado hijo antes de morir.

    La presión familiar es fuerte. Sus otros hermanos quieren llegar a destino con la canonización y su mujer (de la que se está separando) también piensa en los beneficios que la santidad podría darle al hijo de ambos, quien encima toma clases de catecismo y parece muy interesado en saber detalles sobre la existencia de Dios, tema del que su padre no es buen interlocutor por más que intente disimularlo.

    Con un clima que se va enrareciendo cada vez más al punto de que no se sabe si ciertas escenas son reales o pesadillas de Ernesto, que es dibujante de libros infantiles, Bellocchio va llevando la historia por caminos inesperados. Más que narrar lo que sucede con la canonización, prefiere centrarse en las sensaciones de su protagonista y en las extrañas cosas que le van pasando: el encuentro, y enamoramiento, con la profesora de religión de su hijo; un enfrentamiento que termina en duelo con un conde monárquico, el reencuentro con su hermano perturbado y con los otros -que quieren convencerlo de seguir adelante con el tema- y la temida audiencia con Su Santidad para dar testimonio de algo en lo que, sinceramente, no cree.

    Con similares recursos “operísticos” que pudieron observarse en Vincere , pero con una narración que avanza de manera más impresionista y con un modelo autoral casi en desuso (plagado de símbolos, visiones, un tono onírico que bordea por momentos lo surrealista), La hora...

    tal vez no sea una película tan lograda como lo fue esa historia de la primera esposa de Mussolini, pero va al centro de una de las preocupaciones fundamentales del director a lo largo de su carrera: el rol y el peso de la religión organizada en la cultura y la política italiana que, en el filme, actúa y funciona como una mafia.

    El filme se llamó en algunos países “La sonrisa de mi madre”, debido a esa actitud de comprensión y perdón que podría transformar a una mujer que él creía “tonta y fría” en una santa. En la interpretación de lo que trasluce esa sonrisa estará lo que cada uno quiera ver: gracia, sorpresa, estupor o, simplemente, una sonrisa. La misma que Ernesto empezará a usar al ver cómo los acontecimientos lo envuelven cada vez más. ¿Amor, comprensión o sarcasmo? Los caminos del Señor son insondables...
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  • Burma VJ
    Burma VJ
    Clarín
    La rebelión de las cámaras

    Intenso documental sobre la protesta y represión en Birmania, con imágenes de videoperiodistas.

    Birmania debe ser uno de los países más cerrados y secretos del mundo. Con un gobierno totalitario que controla cada protesta al punto de encerrar violentamente a un hombre por levantar un cartel en la calle, es poco lo que trasciende de la brutal dictadura que maneja ese país hace décadas ante un pueblo que en muy contadas ocasiones se ha rebelado contra ese poder criminal.

    Burma VJ se centra en un grupo de reporteros (en uno, especialmente, que narra el documental, que se hace llamar Joshua) que han decidido salir a las calles a filmar con sus cámaras de video lo que sucede realmente en su país y enviar ese material, contrabandeado o vía Internet, hacia el exterior, para que se sepa la verdad.

    De la manera en la que la narración está organizada, se entiende que esos reporteros se topan con la que va a ser la primera y mayor revuelta política interna desde 1988, año en el que la última rebelión fue brutalmente aniquilada.

    Corre 2007 y a partir del aumento del precio del gasoil y la consecuente inflación, el pueblo empieza a salir tímidamente a la calle a protestar, siendo reprimidos en cada ocasión. Pero la situación va creciendo y explota cuando los monjes budistas no sólo se suman a las protestas, sino que las lideran con una valentía asombrosa, suponiendo que el respeto religioso hacia ellos impedirá que se los ataque.

    Pero las cámaras de los reporteros -casi todo lo que se ve en el filme proviene de esas filmaciones- mostrarán que no fue tan así, en una serie de cada vez más violentos enfrentamientos, donde la investidura religiosa de los monjes no tiene peso alguno y en el que, pese al crecimiento exponencial de la protesta popular, el gobierno no duda en una represión salvaje, de-saforada, que las cámaras captan en algunas escenas shockeantes.

    El filme de Anders Ostergaard fue nominado al Oscar y es un documento no sólo de la crueldad y brutalidad del régimen de Birmania (Myanmar es el nombre oficial del país, pero no es aceptado por la gente), sino de las posibilidades de la tecnología (videos, Internet y, lo que luego serían las redes sociales) para revelar los actos encubiertos y los secretos que se desconocen de un país que sufre a puertas cerradas. En tiempos de Wikileaks y otras revelaciones de documentos secretos, el trabajo de los “videoperiodistas” de Birmania muestran que la tecnología es útil y necesaria para dar a conocer situaciones que se ocultan al mundo.

    Después, si sirven o no, si complican o ponen en peligro la vida de los que las difunden, es otra cosa. Finalmente, cuando Myanmar atraviese las brutales idas y venidas de la rebelión de los monjes, se topará con uno de los tsunamis más terribles de todos los tiempos. Y contra eso, la tecnología no podrá hacer demasiado.
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  • Skyline: La invasión
    La amenaza esponjosa

    Extraterrestres se sitúan sobre Los Angeles y el caos comienza.

    Hay películas flojas que terminan resultando buenas, involuntariamente.

    Skyline: la invasión bordea, por momentos, la autoparodia, y uno se ríe en situaciones y diálogos ridículos que se acumulan a lo largo de sus minutos. Pero no es lo suficientemente absurda como para que se la termine disfrutando. Es, simplemente, una muy floja película.

    De hecho, y pese a lo que puede parecer en sus avances y afiches, Skyline es una película pequeña, casi Clase B, que sólo al final revela algo más que efectos especiales animados seguramente montados después del rodaje con los cinco o seis actores principales de este drama. Dos amigos, sus novias, alguna amante y poco más. Una torre tipo condominio con una piscina. Un departamento lujoso y su terraza donde sucede gran parte del filme. Y, en el fondo, una animada amenaza extraterrestre pegajosa y difícil de vencer.

    Es que Colin y Greg Strause, los directores, son especialistas en efectos y han trabajado en eso para clásicos como Titanic y Avatar . Y deberían seguir haciendo eso. Los efectos no están mal aquí, especialmente si se considera que tuvieron mucho menos presupuesto. Pero parecen desconocer casi todo lo demás -guión, actuación, puesta en escena, etc.- que implica hacer una película.

    Jarrod y Elaine son una pareja que va a Los Angeles a visitar a un amigo de él, Terry, al que le va muy bien económicamente. Ella se acaba de enterar de que está embarazada y al llegar se da cuenta de que Terry quiere convencerlos de quedarse a vivir allá y trabajar para él.

    Pero mientras Terry se divierte entre fiestas y chicas, y la pareja piensa qué hacer, una amenaza extraterrestre se planta sobre el cielo de Los Angeles y todo lo demás pasa a segundo plano. De ahora en adelante será cuestión de zafar de los alienígenas, mezcla de pulpos, lagartos y mariscos de todo tipo y color. Babosos y gomosos, de esos.

    Casi todo lo que sucede es previsible -salvo el final, que depara alguna sorpresa que lleva a pensar en futuras secuelas-, pero de la peor manera. Una mezcla de La guerra de los mundos con Sector 9 y Alien vs. Depredador (la dupla dirigió la secuela), pero en versión miniatura y no particularmente celebrable por eso. Digámoslo de otra manera: no es un John Carpenter ni un clásico de Clase B. Es una película mediocre y pegajosa, pero el efecto, por suerte, se pasa muy rápido.
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  • Papá por accidente
    Neuróticos anónimos

    Jason Bateman y Jennifer Aniston, en una comedia de enredos sobre un hijo inesperado.

    Las promociones dirán, obviamente, que es una comedia romántica con Jennifer Aniston. Y no mentirán ya que, en cierta manera, lo es. Pero en realidad se trata de algo diferente. Más que ella, el protagonista es el notable Jason Bateman (el padre adoptivo de La joven vida de Juno , el jefe de Clooney en Amor sin escalas , el protagonista de esa gran y poco vista sitcom que fue Arrested Development ).

    Bateman es un gran comediante -gran actor- y aquí encarna a Wally, un neoyorquino neurótico y pesimista que puede competir tranquilamente con Woody Allen en depresiones y obsesiones macabras. Pero es más joven y “presentable”, por lo cual su personalidad termina siendo insoportable para quienes lo rodean. Y especialmente para sus citas, quienes tras escucharlo un rato, o largan a llorar, se deprimen o directamente abandonan la salida.

    Pero Wally tiene un cable a tierra y ella es Kassie (Aniston), con la que salió brevemente tiempo atrás (imaginamos que ella no toleró su oscuridad y/o sus sweaters rayados) y ahora han quedado como mejores amigos. Kassie ronda los 40 y quiere tener un bebé. A falta de pareja, optó por la inseminación artificial, algo que a Wally le molesta y fastidia. ¿Por qué no su esperma? Bueno, Kassie le confiesa que no desea que su hijo tenga genes parecidos a los suyos...

    Kassie se embarca en un proceso por el cual conoce a un profesor universitario (el rubio Patrick Wilson) que ofrece lo suyo porque necesita dinero para comprar una casa con su novia. Y la amiga de Kassie (Juliette Lewis) arma una fiesta alrededor del evento. Y Wally, en el primer momento clásico de enredo del filme, borracho y frustrado, termina sin querer reemplazando el esperma del donante por el suyo. Pero nadie se entera. Ni él mismo, de hecho, demasiado pasado de copas.

    Kassie queda embarazada, se va a tener a su hijo a su pueblo natal, pasan varios años y vuelve a Nueva York. Wally, igual que siempre. ¿Qué ha pasado en el medio? Lo imaginable: el niñito es una copia fiel al padre. Y mientras Kassie se reencuentra con el que ella cree que es el verdadero (que se separó), el niño comienza a relacionarse con “el tío Wally” con las previsibles confusiones.

    La rareza de Papá por accidente es que es un filme a mitad de camino entre dos géneros. Parece pivotear entre la comedia dramática, digamos, “independiente”, con Bateman como un personaje al borde de la depresión crónica y centrada en sus problemas de conexión con el mundo: es allí donde el filme hace notar que proviene de un texto de Jeffrey Eugenides, el autor de Las vírgenes suicidas y Middlesex : se trata de un cuento titulado Baster y publicado en The New Yorker en 1996. El filme lo toma, apenas, como punto de partida.

    Y, por el otro, propone los conflictos y enredos típicos de la comedia romántica convencional, con escenas que no parecen del todo corresponderse con las demás (en especial, la involución del personaje de Wilson) y que quedan un poco descolocadas aunque, sin duda, ayudarán a que la película sea más comercial. Un poco Allen, un poco Stiller, el secreto es Bateman, especialmente cuando debe lidiar con su “mini-yo” (Thomas Robinson) en escenas que son graciosas y tiernas. La “envoltura” del filme de Will Speck y Josh Gordon (los mismos de la bizarra comedia con Will Ferrell, Blaze of Glory ) es curiosa pero no termina de arruinar lo que es, en definitiva, la pintura de un hombre en crisis, que no sabe bien cómo afrontar su vida hasta que la realidad se le presenta y lo obliga a tomar decisiones importantes. Entre ellas, abandonar los sweaters con rombitos. No da.
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  • La cantante de tango
    Primero hay que saber sufrir

    El filme de Diego Martínez Vignatti se centra en la crisis que atraviesa una intérprete que atraviesa una crisis.

    Las películas sobre tango son un subgénero complicado para un realizador argentino. Desde que el tango es más pasado que presente, más nostalgia, evocación y metáfora que realidad circundante, muy pocas películas han salido bien de la parada. Hablando de cine de ficción, habría que remontarse a Las veredas de Saturno , de Hugo Santiago y con Rodolfo Mederos, para encontrar una gran película sobre el tema.

    De entrada, La cantante...

    tiene tres cosas a favor. Su realizador, Diego Martínez Vignatti, es argentino pero vive en Bélgica, con lo cual puede ofrecer una mirada que, si bien no está exenta de la nostalgia del “exiliado”, tampoco exagera el poder metafórico del género.

    Otro punto a favor es el haberse concentrado en el tango-canción en lugar de la danza, una zona menos explorada y que funciona, en relación con los contenidos del filme, como coro y comentario.

    Y el tercero es que Vignatti es un gran director de fotografía (cumplió esa labor en dos filmes de Carlos Reygadas, Japón y Batalla en el Cielo ) y muchos de sus planos-secuencia ofrecen un deleite visual que no es habitual en muchas de estas producciones que suelen apostar por estereotipos.

    La historia arranca de manera sencilla y luego de va enrareciendo. Helena (Eugenia Ramírez Miori) es una cantante de tango abandonada por su pareja de la que está enamorada. El hecho, en lugar de hacerla sacar sus penas más profundas en su voz, la paraliza al punto que no puede cantar.

    En medio de todo esto, las clases de canto con el maestro Oscar Ferrari (que murió luego de realizarse el filme) ofrecen una mirada íntima a su preparación como cantante.

    Tras lo que aparenta ser un intento de suicidio, la película se parte en dos y no sabremos muy bien si una de esas dos partes pertenece al orden de lo onírico. Por un lado ella sigue cantando aquí, tratando de superar sus conflictos, que también incluyen una difícil relación con su padre, un tanguero a la antigua que mucho no respeta su estilo de cantar y su grupo musical. Y, en otro “plano” del filme, ella viaja a Calais, Bélgica, donde conoce a otro hombre (el gran actor francés Bruno Todeschini, igualito a Manu Ginóbili) y empieza a mostrar su talento allí.

    Si es o no una buena cantante de tangos, es algo que excede esta crítica, si bien la película tiene muchas (acaso demasiada) escenas de canciones en vivo. Cierta fragilidad y debilidad en la voz parecen apropiadas para representar los miedos e inseguridades del personaje, aunque eso no siempre genere grandes performances vocales.

    El problema que Vignatti no consigue del todo resolver es el de cierto “turismo autóctono” que aparece en la película. Sabe de su talento visual y por momentos lo pone en primer plano aún a costa de irse más allá de lo que pide el personaje o la historia. Pero son problemas, si se quiere, menores, en un filme que sale bastante bien parado de un desafío que ha hecho fracasar a muchos realizadores más experimentados.
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  • Como bola sin manija
    Anclado en Bernal

    Sobre un hombre que nunca sale de su casa.

    Tal vez no sea lo más cómodo y común escribir la crítica del filme de un realizador que también es periodista, trabaja conmigo y se sienta a unos pocos metros de donde yo estoy ahora. Pero mientras él no espía, aprovecho para escribir de Como bola sin manija , el documental de Miguel Frías (crítico de cine de esta sección), Roberto Testa y Pablo Osores, un proyecto que es fruto del trabajo de varios años y que se centra en la figura de un tal Rubén, un hombre de 77 años (al momento de rodarse el filme) que ha tomado la decisión, 30 años atrás, de no salir de su casa nunca. Jamás.

    Su mecánica de funcionamiento es clara. Vive en una casa construida detrás de la que tienen sus sobrinos y ellos -uno de los cuales vive adelante-, junto a dos de sus vecinas, se ocupan de resolverle los problemas cotidianos básicos, como hacer las compras, pagar impuestos y... apostar a los caballos y a la Quiniela.

    Rubén es un poco hosco y huraño, pero no parece ser intratable ni mucho menos. Extrañamente ocurrente y por momentos simpático, pesimista a más no poder (nihilista, casi), pero irónico y gracioso, no se mueve demasiado de su cocina ni parece cambiarse nunca de ropa. Y así, entre mates, partidos de Rácing que sufre por TV y conversaciones con sobrinos y vecinos, ve pasar la vida. Algo que acaso no sorprenda tanto en alguien de casi 80 años, pero él rondaba los 50 cuando decidió encerrarse.

    ¿A qué se debe el encierro? Ese es el “MacGuffin”, como diría Hitchcock, la trama a resolver, que en realidad no es más que el hilo conductor para conocer a este extraño personaje, casi el opuesto perfecto de Sofía, la mujer del documental de Hernán Belón, que era todo optimismo, alegría y jovialidad... y tenía cien años. Hay algún amor perdido, cuestiones de personalidad, comodidad y una relación extraña con un primo que vive en Rojas con el que dejó de hablarse, que puede haber tenido algo que ver con su decisión. Pero cuando conocemos al famoso “Manija”, cuesta pensar que ese bonachón y tímido hombre de pueblo pueda causarle a Rubén algún tipo de trauma. Aunque, nunca se sabe...

    El filme íntimo, pequeño de Frías y dos de los codirectores de Flores de septiembre , respira por todos lados un aire de familia. De hecho, Rubén es un personaje cercano al mundo personal de Frías y gente muy cercana también aparece en la pantalla, por lo general hablando con Rubén y tirándole las cartas (Ana, su sobrina tarotista), buscando respuestas donde no parece haberlas (Nora, su otra sobrina) y criticándolo (Nicolás, el sobrino con el que convive y el que menos paciencia parece tenerle).

    Más allá de alguna excesiva búsqueda de algún tipo de respuesta (simbólica, al menos) por el lado del tarot, lo interesante de Como bola sin manija es que no presiona para llegar hacia ese “Rosebud” que explicaría todo, como aquel trauma infantil que en El Ciudadano se usaba para explicar la personalidad de Charles Foster Kane. El mundo de Rubén es mucho más pequeño y discreto, y sus fastidios son más de resignación ante un mundo que lo agobia y altera, lo atemoriza y fastidia. O, simplemente, será lo que le sucede a cualquiera cuando es hincha de Racing durante toda una vida.
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  • Agora
    Agora
    Clarín
    Togas y piedrazos

    Esta superproducción de Alejandro Amenábar se centra en la lucha entre ciencia y religión en el siglo IV.

    No siempre las buenas intenciones resultan en buenas películas.

    Agora , superproducción de 70 millones de dólares que Alejandro Amenábar ( Mar adentro, Los otros ) filmó en inglés con Rachel Weisz, está planteada como una película que, a partir de contar la destrucción de la Biblioteca de Alejandría en el siglo IV (más los acontecimientos previos y posteriores a ese hecho), quiere llegar a un saludable e inteligente punto: hacer una crítica de los fanatismos religiosos y cómo han sido perjudiciales para el desarrollo del conocimiento a lo largo de la historia hasta llegar a hoy.

    El problema del filme es cómo lo hace: Agora no es más que una suma de discursos dichos más a los espectadores que hablados entre los personajes que debaten (cual asamblea o reunión de consorcio en togas) los puntos que la película trata. Como la reciente El origen (que al menos tenía la suficiente pirotecnia visual para distraernos), Agora necesita explicarse todo el tiempo. Pero no trata de aclarar sus complejidades de guión, sino directamente hablar de los temas del propio filme.

    Un filme de ideas, es cierto, no es algo que abunde entre las superproducciones. Pero Amenábar no sabe cómo crear drama a partir de ellas. Y, por otro lado, los conflictos que intenta crear -el religioso/científico; y el romántico, con tres hombres distintos que se enamoran de Hypatia (Weisz)- nunca crecen ni se conjugan. Da la sensación de que el filme es una pegatina de debates, escenas de muchedumbre (no hay mucha acción ya que los conflictos se dirimen, en su mayoría, con brutales piedrazos) y explicaciones de los avances científicos de Hypatia.

    Ella cree sólo en la ciencia y aborrece la idea de lo religioso. Eso la aleja del creciente cristianismo, y de las disputas entre paganos y cristianos que terminarán en la destrucción de ese monumento del conocimiento del que logran salvar poco material. Y también están los judíos de por medio, ofreciendo otro potencial conflicto.

    Y mientras ella trata de descifrar cómo orbita la Tierra alrededor del sol, tres hombres que fueron sus estudiantes y que siempre intentaron, sin suerte, conquistarla (parece que el amor y la pasión están más a mano de los religiosos que de los fríos científicos) van participando de los violentos cambios que atraviesa el Imperio Romano hacia su previsible decadencia.

    Pomposa, con apenas Weisz saliendo airosa del desafío actoral que es recitar parlamentos como si fuera una obra escolar en el tono más solemne imaginable, Agora tampoco aporta mucha acción, algo que Amenábar intenta disfrazar con ampulosos planos aéreos con los que trata, uno imagina, de mostrarle a sus productores en qué se gastó el dinero en una película cuyos temas podrían haberse debatido en un par de salones.

    Agora es una didáctica obra de teatro transformada en una extraña superproducción. Y la transformación resulta un híbrido casi sin vida.
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  • Vikingo
    Vikingo
    Clarín
    Motores encendidos

    Potente filme de José Campusano sobre las tribus motoqueras.

    Después de Vil romance , película centrada en el choque entre los códigos “pesados” del conurbano y una relación homosexual, José Campusano retoma temas y personajes de un documental previo ( Legión: tribus urbanas motorizadas ) en Vikingo , su filme de 2009 que se mete en el universo de las tribus de motoqueros, sus códigos, costumbres y, también, los potenciales peligros que las atraviesan.

    Vikingo es el líder de una de estas tribus, dueño de un particular código de conducta, que implica muchas reglas a cumplir (en su familia directa y su “gran familia” motoquera), aunque en otros asuntos actúa de manera algo más laxa.

    Dos situaciones lo pondrán a prueba. Por un lado está la llegada a su casa de otro motoquero (Aguirre), un tipo que se ha separado de su mujer y que termina uniéndose al grupo de Vikingo, aunque difiera en algunos de los rigurosos códigos que aquel mantiene. Y algo similar pasa con un sobrino del protagonista, que va entrando en una rutina delictiva peligrosa, poniendo en peligro la frágil estabilidad social del grupo.

    Campusano cuenta su historia de manera simple y directa, sin embellecimientos y con los errores (de actuación, en especial) que conlleva ese acercamiento. Pero, a la vez, esa forma de encarar el tema y el universo le da al filme frescura, humanidad y verdad.

    Esa paz entre las tribus, entre las generaciones (los mayores se dedican a beber alcohol copiosamente y no ven con buenos ojos el consumo de drogas y el tráfico que ejercen los más jóvenes) y entre los mismos miembros del grupo de Vikingo es la que estará amenazada y la que será fuente de todos los conflictos del filme, que empieza de forma más “documental” y va creciendo en intensidad dramática con el correr de los minutos.

    Y son los primeros, más que los segundos, los que hacen de Vikingo una buena película: se nota que el mundo está mirado desde adentro, sin juicios de valor (a lo sumo, Campusano se apega a la ética de su protagonista, que pese a su temerario y duro aspecto resulta bastante sensible en muchos sentidos) y sin condescencia, ironía ni intención de “explotación” sensacionalista.

    Realismo crudo, si se quiere, con ruido de motores a tope.
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  • Bebés
    Bebés
    Clarín
    Una ternura excesiva

    El seguimiento de cuatro criaturas de culturas diversas, aún con momentos deliciosos, es reiterativo.

    Bebés es un documental paradójico: ¿hay algo más encantador que ver a niños en su primer año de vida aprendiendo a gatear, a caminar, sonreír, dormirse y jugar? No hay duda de que cualquier padre atesora esos videos de sus niños dándose un golpe al intentar pararse, con algún berrinche incontenible, ese momento en el que (ingrese aquí el nombre que corresponda) se queda, lentamente, dormido en su cochecito. De ahí a ver una película sobre cuatro bebés que, en distintas partes del mundo, hacen, reiteradamente, estas mismas cosas, hay una distancia insalvable.

    La idea del actor francés Alain Chabat, productor del filme, y del director Thomas Balmes, es la de mostrar el primer año de vida de cuatro bebés de distintos lugares del mundo, y con hábitos y costumbres completamente diferentes. Y probar, en un punto, cómo más allá de las evidentes diferencias económicas, sociales y culturales, en el fondo son todos muy parecidos. Es decir: lloran, se ríen, patalean, comen, se duermen y así todo.

    Pese a la reputación previa del director de tocar temas sociales en sus filmes, Bebés más bien parece un producto por encargo, una especie de simpático y largo aviso de Benetton donde criaturas de Japón, Namibia, Mongolia y los Estados Unidos (San Francisco, para ser más preciso) son capturados por la cámara en esos momentos que, imaginamos, serán maravillosos de ser repasados por familiares, amigos y, llegado el caso, por un turista que se haga pasar por antropólogo. Pero no tiene ninguna profundidad ni densidad ni interesa más allá de eso.

    Aclaremos: el filme tiene momentos deliciosos. La niña de Namibia peleándose con su hermano o jugando con animales salvajes; la japonesa enredada con un rollo de papel higiénico; los paisajes que recorre el niño de Mongolia y la cara de la pequeña californiana durmiéndose o pelando una banana con una delicadeza que no tendría un adulto. Y así, por 80 minutos seguidos, algunos más tiernos que otros.

    Para que el asunto se transforme en una película debería haber algo más que una “cámara sorpresa” siguiendo a bebés durante meses. Y si lo hay -Balmes deja ver las diferencias sociales, por un lado, y a la vez parece decir que la vida de la niña de Namibia es mucho más pura y libre que la cuidada y controlada existencia de la rubiecita californiana, por ejemplo-, no salen de la obviedad y el lugar común de una larga tanda publicitaria o un videoclip de las viejas épocas de Michael Jackson.

    Es innegable que la película será disfrutada por muchos. Para otros, será algo parecido a sentarse en la casa de algún pariente muy lejano a ver un video de todo lo que grabaron de su seguramente hermoso y divino bebé seguido por un: “¿Y qué tal si ahora les mostramos el de nuestro viaje a Africa?”.
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  • Amerrika
    Amerrika
    Clarín
    Una adaptación difícil

    Una madre palestina y su hijo emigran a Illinois, en los Estados Unidos. Llegan en el peor momento y no la pasan nada bien.

    Ocupación?”, le pregunta el agente de migraciones a Muna cuando quiere entrar a los Estados Unidos con su hjo adolescente. “Sí, estamos bajo ocupación hace 40 años”. La pregunta y la respuesta marcan a las claras el tono y la intención de Amerrika , película que intenta tocar, con un tono amable, hasta liviano si se quiere, los distintos (y confusos) conflictos que vive una madre y su hijo de origen árabe (palestinos) que emigran a una ciudad pequeña de Illinois tratando de escapar de una situación complicada y metiéndose, sin saberlo, en otra.

    Muna y su hijo (el marido la dejó por una mujer más joven) se van a los Estados Unidos cuando Fadi consigue una beca para estudiar allí. Si bien ella tiene un trabajo en un banco, la situación política y familiar los fastidia y abruma tanto que, apenas aparece la carta, deciden marcharse. El problema es que llegan allí justo cuando los Estados Unidos invaden Irak y, digamos, cualquier persona de origen árabe resulta sospechosa. Si bien tienen familiares que hace tiempo viven allí, a Muna y a Fadi no les resulta fácil adaptarse.

    En Illinois, ella no consigue trabajo en empresas ni bancos, y termina en una cadena de comida rápida, aunque le miente a su hijo y a su hermana (quien, con su marido y tres hijas los recibe en su casa) acerca de lo que hace. Fadi, por su parte, tiene que empezar a convivir con las agresiones de sus compañeros de escuela, que se burlan de él, lo tratan de terrorista y le complican bastante la vida. Y otros personajes -el director de la escuela, su compañero en la “hamburguesería”- intentan probar que no todos en los Estados Unidos pensaban (o piensan) igual.

    De cualquier manera, la directora Cherien Dabis -que basa su película en experiencias propias- no lleva las cosas a extremos: peleas, discusiones, incomodidades, nostalgia, sí, pero no hay situaciones extremadamente densas. Prefiere el medio tono, casi naive, con momentos de comedia. Y ese acercamiento, si bien la aleja del costado potencialmente más obvio y cruento del tema que trata, también transforma Amerrika en una película demasiado simplista, buscando accesibilidad a toda costa.

    Lo más interesante del filme de Dabis es el universo de confusiones y malos entendidos que presenta, aún desde la exageración y el efecto cómico: ese simplismo étnico de los personajes, esa reacción banal ante cualquier diferencia cultural (desde la ropa hasta el acento, pasando por la comida) que se exhibe muchas veces, aún desde la “corrección política”. Y el problema de su filme es exactamente el mismo: en pos de la universalidad, termina reduciendo una serie de conflictos (el tema Israel-Palestina, la guerra de Irak, etc.) a una sola cosa, única y entendible. Y se banaliza a sí mismo.
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  • Franzie
    Franzie
    Clarín
    Encuentros cercanos del primer tipo

    La opera prima de Alejandra Marino, protagonizada por Mimí Ardú y Enrique Liporace, se centra en la relación de una mujer con una enfermedad terminal y un hombre casado.

    Películas como Franzie dejan a las claras que hacer cine es una cuestión que excede la suma de sus partes constitutivas. Uno podría decir que, salvo alguna excepción, los actores no están mal. También se podría agregar que el guión tiene apuntes interesantes y que los personajes no están mal construidos. Y así seguir, detalle por detalle, hasta llegar a un número redondo pero imposible de la matemática cinematográfica: si sus elementos funcionan, el todo debería hacerlo también.

    Bueno, no es así. Y este caso lo prueba casi desde lo esencial: es una película sin película o una suma de partes que nunca constituyen un todo. Hay escenas, momentos, alguna frase, pero la película nunca se construye, nunca cobra vida, no respira. Transcurre, deriva, avanza, como por inercia.

    Franzie , dirigida por Alejandra Marino, cuenta la historia de una mujer que guarda en relativo secreto que está enferma y que le queda poco tiempo de vida. Encarnada por Mimí Ardú, Franzie es una mujer que no se deja del todo derrotar por su enfermedad, pero que también la usa, en raras maneras, cuando le conviene.

    Emmanuel (Enrique Liporace) es un escritor frustrado que trabaja como corrector, que espera un hijo, y que se topa en su vida con Franzie. Una propuesta, un intercambio, acaso una confusión, llevan a que ambos se relacionen y generan una extraña forma de intimidad, que fluctúa entre la amistad, el fastidio y algo inexplicable que podría llegar a ser otra cosa. O no.

    En el medio circula de aquí para allá la madre de Franzie (Norma Pons), mujer con problemas mentales, cuya sola presencia desequilibra toda la ya de por sì bastante frágil estructura del relato.

    Y así Franzie transcurre, sin prisas, por más de 90 minutos que no logran capturar del todo la atención del espectador. Hay cierta dureza en la puesta en escena que hace que la mayoría de las situaciones, por más armadas y originales que puedan parecer en el papel, no resistan ni siquiera el tiempo que duran. Es una película forzada, trabajosa, trabada, y así hasta sus potenciales buenos momentos quedan enredados en medio de la difícil y complicada tarea que es hacer cine.
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  • Red social
    Red social
    Clarín
    A un click de distancia

    El filme de David Fincher analiza la historia detrás del éxito de Facebook.

    La idea de David Fincher y de Aaron Sorkin era clara: construir, con la historia del fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, y las disputas legales que surgieron de sus inicios, una suerte de El Ciudadano contemporáneo. Los elementos están ahí: el trauma iniciático, la soledad del multimillonario, el intento por ingresar a un mundo “ajeno”, la narración armada a partir de testimonios y la idea de los costos que implica la creación de un imperio.

    Pero Fincher es más modesto en su ambición temporal –es apenas el inicio de la carrera de Zuckerberg- y también estética, manteniéndose desde lo visual siempre funcional al relato, sin replantearse la idea de puesta en escena en cada plano.

    Las comparaciones son odiosas y más si esta dupla tiene el “tupé” de mirar de frente a la considerada “mejor película de la historia”. Y si en esa partida pierde con Welles, hay otra en la que el filme revela sus mejores armas: Red social es una película acerca de su época, un relato fiel –en ritmo, estilo y comprensión del comportamiento de sus criaturas- a la historia que cuenta.

    El filme se inicia con la ruptura sentimental de Mark (Jesse Eisenberg, en una actuación contenida y rigurosidad) y cómo esa frustración lo lleva a inventar un website en el que se compara la belleza, o no, de las estudiantes de Harvard. Por el éxito de ese sitio lo convocan dos mellizos pertenecientes a la elite de esa universidad, a la que Mark (un chico judío, nerd y poco sociable) no podía ingresar, para armar otra página que conectara a los estudiantes privilegiados de allí.

    Pero Zuckerberg empieza a pensar en grande y toma esa idea para crear TheFacebook (así se llamaba), una red social que crece a niveles insospechados y pronto sale de Harvard y del mundo de las universidades. Su gran colaborador en la tarea es Eduardo Saverin (Andrew Garfield), el alma del filme, el que le otorga un grado de humanidad que el aparentemente insensible Zuckerberg no tiene.

    Red social tiene una pátina de thriller empresario que recubre otra cosa: una cruda, pero nunca cruel, mirada a una generación obsesionada por los contactos más que por las relaciones, por la “pertenencia” más que por los afectos, en donde el dinero, la notoriedad y la posibilidad de ser “aceptados” es central.

    Y si bien el guión de Sorkin –veloz, sagaz- pinta a un grupo humano con el que resulta difícil sentir empatía (Timberlake como el fundador de Napster, le otorga brillo a un papel maquiavélico), el logro de Fincher es que podamos conectarnos con esos tipos brillantes y obsesivos, talentosos y solitarios.

    Fincher ha demostrado su comprensión por ese tipo de personajes apasionados y autodestructivos, y es gracias a él que Zuckerberg nunca es un monstruo, sino un chico confundido, sobrepasado y llevado (por falta de carácter, inseguridad y una imposibilidad por entender ciertas complejidades de lo humano) a ganar el paraíso de los millones, perdiendo a la gente que, en el mundo no virtual, lo tenía en cuenta.

    No es un filme sobre Facebook en el sentido de la experiencia del usuario. La red aquí es otra: la que liga y separa lo virtual de lo real. Cuando la experiencia se torna cuantificable, Red social parece decirnos que algo de lo humano se nos escapa. O que, tal vez, estemos ante el nacimiento de una era en la que ciertas nociones del siglo XX (humanista en el sentido tradicional) estén muriendo para dar paso a un nuevo tipo de persona que hoy nos resulta distante y temible. Pero que, a la vez, sentimos reconocible, cercana, a un click de distancia.


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  • Gigante
    Gigante
    Clarín
    Satisfacción garantizada

    Esta premiada coproducción uruguayo-argentina se centra en un enamoradizo guardia de seguridad de un supermercado.

    La opera prima de Adrián Biniez, Gigante , fue una de las sorpresas del cine uruguayo de los últimos años. Presentada en competencia en Berlín 2009, se fue de allí con dos galardones importantes (el Gran Premio del Jurado y el Alfred Bauer) y después tuvo un largo recorrido por festivales.

    Biniez cuenta una historia sencilla que combina, como pocas, rigurosidad y liviandad, minimalismo y humor, en un estilo que ya es casi una marca de cierto cine uruguayo (como Whisky ) y que tiene como referencias a maestros como Jim Jarmusch y Aki Kaurismaki.

    Pero Gigante es todavía más contenida y seca que sus predecesoras. Cuenta la historia de Jara (Horacio Camandulle), empleado de seguridad de un supermercado en Montevideo que se dedica a seguir lo que sucede dentro del local a través de las cámaras de vigilancia. Como su trabajo es nocturno, no hay tanta presión: la cámara sólo registra empleados limpiando (o robándose algo, discretamente) y otros pequeños accidentes.

    Pero Jara, un grandote con tamaño de guardaespaldas (de hecho, su trabajo de fin de semana es en la entrada de un boliche nocturno) y fanático del hardcore y el thrash metal (porta una remera de Biohazard casi toda la película) encuentra un motivo de obsesión en su tarea. Ella es Julia (Leonor Svarcas), una empleada del local, a la que sigue, primero a través de la cámara y luego, literalmente, por las calles. Y si bien no se atreve a hablarle, se involucra lateralmente en su vida sin que ella, aparentemente, se entere.

    Esta persecución/seguimiento jamás resulta morbosa para el espectador porque de entrada da la impresión de que, pese a su aspecto, Jara es un tipo sensible, tierno y nada peligroso, más allá de lo discutible u obsesiva que pueda ser su devoción por una chica que no conoce. Pero los apuntes de humor, las situaciones que debe resolver con colegas, con su sobrino y hasta en el boliche, dejan a las claras que es un tipo tímido y enamoradizo, que no sabe cómo acercarse a la chica que lo apasiona. Aunque, nunca se sabe...

    Minimalista, ligera, con apuntes certeros de la vida cotidiana en Montevideo (la escena de la transmisión televisiva de un partido de fútbol donde un comensal critica al árbitro Larrionda, el del error del gol inglés contra Alemania en el Mundial, resulta sin quererlo muy graciosa) y musicalizada, en parte, por el propio Biniez, esta pequeña Gigante es una película medida y controlada desde lo formal, es cierto, pero que trasciende la habitual frialdad que puede tener cierto cine contemplativo gracias, también, a la actuación y a la presencia de Camandulle en el rol central, uno de esos personajes que tiñen a toda una película con su curiosa, simpática pero también intrigante personalidad.
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  • El ocaso de un asesino
    Armado y misterioso

    George Clooney encarna a un hombre parco y con secretos en este seco thriller.

    Acaso para cambiar de aire, o porque le quedaba más cerca la zona de rodaje de su casa en el Lago Como, George Clooney se embarcó en un proyecto inusual como es El ocaso de un asesino . El filme, dirigido por el realizador de Control , el también fotógrafo holandés Anton Corbijn, en bellas locaciones de Italia, difere bastante de los proyectos que usualmente encara el actor. Si bien Clooney es un hombre que toma riesgos en su carrera -lo ha hecho muchas veces, especialmente como realizador-, esta película plantea algo inédito en su filmografía. Es una película europea.

    En realidad, El ocaso... es un choque de estilos. Por un lado remite a cierto cine estadounidense de los años ‘60 y ‘70 (con antihéroes solitarios y lacónicos, como Steve McQueen, Lee Marvin o el mismo Clint Eastwood), con un asesino silencioso y misterioso, del que apenas sabemos unos datos que quedan claros en el arranque: unos suecos lo están buscando para matarlo. ¿O no es tan así? Lo cierto es que después de ese comienzo que promete -como el trailer- un filme riguroso pero duro, intenso, casi un western que se mudará a los pequeños pueblos de Abruzzo, Corbijn opta por un estilo más contemplativo, intentando acaso remedar a El samurai , de Melville/Delon, o hasta estilos aún más secos (de la línea Antonioni/Bresson) o el de la reciente Limits of Control , de Jim Jarmusch. Pero se queda a mitad de camino entre ambos.

    Siempre rodeado de bellas mujeres (una prostituta, Clara, especialmente), el hombre -que puede llamarse Edward o Jack o Mr. Butterfly- se escapa y se esconde, se hace pasar por fotógrafo, comienza a construir un arma a pedido (acción que ocupa un largo rato del filme), a tener conversaciones pseudofilosóficas con un cura y uno, como espectador, sabe que el estallido no tardará en volver a aparecer.

    El ocaso de un asesino homenajea con conocimiento y respeto a esos antecesores, pero no consigue emular ni su tensión ni su fuerza dramática. Parece, casi, un ejercicio de estilo o una recreación fotográfica, donde las piezas están todas ubicadas en el lugar correcto pero el filme cobra vida sólo intermitentemente, acaso por la dedicación algo excesiva del director en destacar la belleza del lugar. Y, claro, de Clooney y sus varias mujeres.

    Haber hecho el filme de Corbijn es una elección respetable y noble de parte de Clooney. Lástima que el resultado no esté a la altura de sus pretensiones y que, finalmente, el filme no convoque ni interese tanto como otros trabajos suyos cercanos a este estilo como Syriana o Michael Clayton.
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  • Momentos que duran para siempre
    Cámara con mirada de mujer

    Denso drama histórico del sueco Jan Troell.

    Junto a Bo Wideberg, Jan Troell es uno de los más respetados cineastas suecos post-Bergman, con una carrera larga pero limitada en cantidad de títulos que arrancó a mediados de los ’60. Es, además, poseedor de varios e importantes premios (un Oso de Oro y un premio a mejor director en Berlín, dos nominaciones al Oscar) y títulos considerados semiclásicos como la saga de Los emigrantes y La nueva tierra , ambos filmes de principios de los ’70 que contaban novelísticas historias de la emigración sueca hacia los Estados Unidos en el siglo XIX.

    Momentos que duran para siempre , estrenada ayer, la filmó a los 77 (ahora tiene 79), y en ella demuestra que su estilo sigue imperturbable pese al paso del tiempo: largas tramas épicas en las que las vidas de un grupo de personas se cruzan con los grandes eventos históricos. Todas bellamente fotografiadas, ya que si hay algo en lo que siempre se destacó Troell fue en su exquisito y por momentos preciosista trabajo en ese campo. Como aquí se estrena en formato DVD, lamentablemente, uno de los aspectos más interesantes del filme pasará inadvertido.

    El filme toma la vida de una familia humilde sueca a principios del siglo XX y se centra en las experiencias de Maria, madre de seis hijos y esposa de un marido alcohólico y bastante maltratador, quien un día sale a vender una cámara fotográfica que había ganado en un sorteo, pero la convencen de quedársela y aprender a usarla.

    Esa anécdota, si bien no cambiará del todo su vida (sus complicaciones familiares, su falta de dinero y, especialmente, la brutalidad de su esposo seguirán) la ayudará a atravesar los momentos más difíciles y le permitirá observar el mundo de otra manera.

    Tal vez esa sea la metáfora más evidente: la del uso de la cámara para aprender a captar cierta realidad que no se aparece de manera obvia a los ojos del que pasa por la vida sin observarla. Troell pone esa metáfora en juego en una saga dividida en dos tiempos y que pinta tiempos difíciles con una belleza acaso excesiva. Ese, tal vez, sea el mayor problema de la película: convertir experiencias traumáticas en una serie de bonitos cuadros. Las cámaras (la de Troell y la del filme) pueden ayudar a mirar, pero tal vez no sean lo suficientemente intensas como para penetrar del todo la superficie.
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  • Orquesta roja
    Red de mentiras

    Notable documental sobre un curioso hecho político.

    Orquesta roja cuenta un episodio “político/mediático” muy curioso de la historia argentina reciente que parece de ficción. Pero fue cierto. Y el ingenio y originalidad de esta opera prima de Nicolás Herzog es trabajar el tema desde varios ángulos y con varios formatos, pasando desde el documental tradicional de entrevistas a momentos ficcionalizados y a un “detrás de cámara” que, finalmente, deja por sentado que todo lo que se cuenta es, finalmente, una construcción mediática.

    El episodio en cuestión tuvo lugar en Concordia, Entre Ríos, en abril de 2000, cuando Crónica TV transmitió en vivo entrevistas a un grupo guerrillero que, al mejor estilo zapatista, anunció que se preparaba para tomar las armas e iniciar una serie de atentados. Con el canal y Radio 10 difundiendo la noticia, el resto de la prensa se sumó y no tardaron en aparecer las autoridades políticas.

    Lo cierto es que el comando guerrillero del “Chelo” Lima, Carlos Sánchez y Patricia Rivero era bastante menos peligroso de lo que se pensaba: eran militantes piqueteros que armaron una puesta en escena, exagerada, con pasamontañas y todo, que el canal no sólo compró sino que hasta estimuló, generando una de esas tantas “situaciones reales” que son pura ficción, como las que pululan por la pantalla a partir de “peleas” entre famosos o los “reality” shows.

    Orquesta roja se centra en los testimonios actuales de los tres integrantes de ese “Comando Sabino Navarro”, recordando la situación (y el detrás de escena de aquel momento) y observando la cobertura mediática que se hizo en el momento. Otras entrevistas (a políticos y periodistas que estuvieron allí) y algunas reconstrucciones de la situación sirven para armar un filme que, a su vez, se “muestra” a sí mismo para terminar armando una cadena de ficciones en la cual queda claro que no hay película que no sea una puesta en escena. Y que tanto la vida, como el cine, siempre dependen de un ojo que mira. Y que está dispuesto a creer en lo que ve.
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  • Bajo el mismo techo
    Como en la tele

    El filme con Katherine Heigl tiene un planteo de sitcom.

    El inicio de Bajo el mismo techo deja tan en evidencia casi todo lo que va a suceder en el resto de la película que, pese a que las circunstancias se alteren y no sean tan amables como el espectador imagina que serán, todo conduce a un destino ineludible. Es normal -forma parte de la lógica del género- que las parejas de las comedias románticas no parezcan, de entrada, hechas a medida. Pero lo que sucede aquí es tan exagerado que cualquier solución a ese problema parece muy forzada.

    Holly (Katherine Heigl) es una chica que tiene una tienda de comidas, bastante seria y nerviosa, a la que no le cae nada bien que el hombre con el que le arman una cita, un amigo de amigos, llegue una hora tarde, venga en moto y no en auto, no haya hecho reservas en ningún restaurante y que, encima, reciba llamadas telefónicas con un “Plan B” en caso de que la noche no vaya por el camino esperado.

    Messer (Josh Duhamel) es también, misterios de la naturaleza, amigo de la misma pareja que ella, y pese a que la primera cita termina siendo un desastre (de hecho, ni siquiera arranca), se seguirán topando a lo largo de años por los amigos en común, que se casan y tienen una beba. Hasta que un día, esa pareja que integran Peter y Alison (Hayes MacArthur y Christina Hendricks, la bella secretaria Joan de la serie Mad Men ) sufre un accidente y mueren ambos, dejándoles la criatura a cargo a ambos sin haberse tomado el trabajo de preguntarles ni de avisarles.

    Tras ese golpe bajísimo, la dupla deberá, de un día para otro, decidir qué hacer con la niñita (y con la enorme casa), y la opción de convivir Bajo el mismo techo y cuidar de Sophie aparecerá como una posibilidad antes que dejarla al cuidado del Estado. Y, pese a que ambos se llevan mal, no se entienden en casi nada y son, digamos, “el agua y el aceite”, las circunstancias y la criatura harán que las cosas empiecen a cambiar.

    Como es de esperar, con dos personas que ni siquiera soñaban días antes con ser “padres”, abundan los chistes de bebés indomables en una película que bien podría ser el planteo de una sitcom televisiva (se recomienda, desde acá, que la muerte de los padres de la criatura suceda antes del inicio de la narración en ese caso). De hecho, tanto el director Greg Berlanti (productor de Brothers & Sisters ), como Heigl ( Grey’s Anatomy ) y Duhamel ( Las Vegas ) han comenzado sus carreras allí.

    En estos tiempos raros en el que muchas series de TV tienen calidad cinematográfica (y hasta son mejores que mucho de lo que sale en pantalla grande), resulta raro toparse con una película que remeda a una serie de las que ya casi no se hacen. Tal vez el panorama esté cambiando y, cada día más, uno encuentre “cine” en la TV y “televisión” en el cine.
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  • Huellas y memoria de Jorge Prelorán
    Una vida por el cine

    Una sobria biografía del realizador.

    Cerca del final de Huellas y memoria de Jorge Prelorán , de Fermín Rivera, el realizador Manuel Antín, que fue director del Instituto de Cine en la época alfonsinista, asegura que si el cine argentino ha tenido una figura relevante a nivel mundial, ése fue Prelorán. La definición, tajante, puede resultar un poco exagerada para algunos, pero lo cierto es que la valiosa obra del realizador etnográfico sigue mereciendo al día de hoy un reconocimiento mayor al que tuvo en vida.

    El filme es un recorrido por la vida y la carrera de Prelorán, hijo de padre argentino y madre norteamericana, que pasó buena parte de su vida en los Estados Unidos, estudiando primero y enseñando luego en prestigiosas universidades, y que llegó a ser nominado al Oscar en 1981 como codirector de Luther Metke at 94 y que desarrolló un largo trabajo en documentales sobre personajes viviendo en circunstancias difíciles ( Hermógenes Cayo, Cochengo Miranda ), que siempre tuvieron mayor difusión en ámbitos universitarios que en los comerciales.

    Prelorán, que para algunos no era lo “revolucionario” que debía ser por el carácter observacional y no político de sus filmes, y para otros era “izquierdista” precisamente por el tipo de universos y personas que retrataba, vivió en el exilio y se caracterizó a lo largo de su carrera por un modelo narrativo cercano a cierta escuela estadounidense que prioriza la descripción de ambientes recortando en historias de vida individuales.

    Además, Prelorán prefería (primero por cuestiones técnicas, luego estéticas) registrar audio y video por separado, lo que sirve para armar una de las más simpáticas escenas del filme, donde el propio entrevistado cuestiona a los realizadores del documental acerca de lo que hacen. “No me gusta que me filmen hablando, con una cámara a 45 grados”, les dice.

    Huellas...

    servirá para dar a conocer a quienes no oyeron hablar de él a uno de los directores más interesantes que tuvo el cine argentino. Si el filme permite que sus películas se revisen y vuelvan a ser analizadas por una generación con cierta distancia de la coyuntura que las rodearon durante su gestación, tal vez genere futuros e interesantes estudios sobre su revelador trabajo.
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  • Sin retorno
    Ni blanco ni negro

    Un policial centrado en un accidente con imprevisibles consecuencias.

    Un caso policial puede dispararse hacia cualquier lado, cambiando la vida de todos los implicados en él. Pero no sólo los responsables directos, sino la de todos aquellos que, por circunstancias del destino, aparecen mezclados en él. Y la tesis expuesta en Sin retorno –en el título, sin ir más lejos- es que de esas situaciones no se vuelve. Al menos, no como se entró.

    El caso que narra el filme es, en principio, simple. Un hombre para (mal) su bicicleta en una avenida para recoger unos importantes papeles que se le cayeron y que se los dio su padre (Federico Luppi). Justo en ese momento pasa en su auto Federico (Leonardo Sbaraglia), un ventrílocuo que viene de trabajar, y se lleva la bici por delante al esquivar un muy poco claro (cinematográficamente hablando) desvío de tránsito. El golpe arruina la bicicleta, pero no le hace nada al muchacho en cuestión.

    Pero apenas un minuto después pasa lo peor: Matías (Martin Slipak) sale con un amigo de una fiesta para buscar más hielo, y ellos sí se llevan por delante con fuerza al hombre, que todavía estaba ahí, shockeado por el accidente anterior. Los adolescentes dudan, pero deciden escapar de la escena del crimen (el hombre sangraba, parecía muerto), esconden el auto y mienten respecto a lo sucedido.

    La aparición de la noticia en los medios, la ineficiencia de la policía y la Justicia, y el consecuente escándalo (Luppi termina convertido en una especie de Blumberg) llevan a que Federico, que estaba justo saliendo del país de vacaciones (ay, esas casualidades de guión) pase a ser el sospechoso principal, y que los vecinos “testigos” confundan ambos accidentes, asegurando que él fue el responsable, por más circunstanciales que sean las evidencias.

    Durante su primera hora, Sin retorno es un policial menor, no mucho más complejo ni desarrollado que un capítulo de alguna serie estadounidense tipo La ley y el orden , ni tampoco mucho más cinematográfico en su tratamiento. Sólido y bien actuado, pero rutinario y metódico, casi programático.

    Pero las cosas mejoran, y bastante, en su última media hora, aunque contar qué es lo que sucede allí sería revelar demasiado. Digamos que las cartas cambian de mano, que la tensión y el peligro son mayores, y que los dilemas morales no se enuncian sino que se ponen en juego en cuestiones de vida o muerte. Y que los personajes, especialmente el Federico de Sbaraglia (su transformación de timorato humorista a potencial vengador es sorprendente), crecen y se vuelven más ricos y complejos.

    Lo interesante, además, de Sin retorno , es observar las consecuencias de un caso policial que puede ser sólo un accidente (¿no será, finalmente, el hijo del personaje de Luppi el que causó todo el caos posterior?), pero que termina generando infinidad de versiones.

    “Cada uno tiene sus razones”, decía Jean Renoir y a esa máxima le hace honor Cohan: llevados por las circunstancias, todos toman decisiones moralmente cuestionables pero, a la vez, entendibles desde la confusión y/o la debilidad. Y la película no busca culpables en los protagonistas. Llegado el caso, la culpabilidad podría recaer en una sociedad que pretende que las cosas sean siempre claras, de manual, blancas o negras. Y no es así: el gris es el más común de los colores.
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  • No se lo digas a nadie
    Tenés un e-mail

    Thriller francés centrado en un extraño crimen.

    Algunas películas son porciones de vida, las mías son porciones de torta”, decía Alfred Hitchcock, y si bien la frase está gastada por el uso, se aplica a la perfección a No se lo digas a nadie , el enrevesado thriller de Guillaume Canet, que bien podría ser una sumatoria de temas y situaciones “hitchockianas”: una combinación de Intriga internacional con Vértigo , con un poco de Psicosis y algo de El hombre equivocado .

    Al ser un filme francés, acaso por costumbre, el espectador se quede esperando un mayor grado de realismo psicológico. Pero si bien la película arranca por ese lado (casi como un drama sobre un hombre perturbado por el misterioso asesinato de su mujer, ocho años atrás), pronto nos daremos cuenta que hemos entrado en un juego de trampas y vueltas de tuerca, de persecuciones y falsas pistas, y lo mejor será dejar de lado cualquier exigencia de realismo y entregarse al rompecabezas que propone Canet y su gran elenco.

    No se lo digas...

    retoma la vida de Alexander (Francois Cluzet, cada vez más parecido al Dustin Hoffman de los ’70), justo en el aniversario de la muerte de su esposa, un crimen extraño del que muchos lo consideran sospechoso, pero nunca han encontrado pruebas en su contra. Dos hechos se unen ese día para reavivar el caso: aparecen los cuerpos de dos hombres en la escena del hecho, uno de los cuales tiene una llave a un locker de Margot (Marie Josée Croze) que contiene reveladoras fotos. El otro es aún más misterioso: Alex recibe un e-mail que lo lleva a ver un video en el que aparece Margot viva, caminando por las calles. Ahora.

    Describir lo que sucede después tomaría cien líneas y arruinaría buena parte del entramado que la película ofrece al espectador, una suma de eventos acaso excesiva para una sola película (hay material para una miniserie) y que va llevando la trama hacia un juego de dobles, espejos, engaños y secretos, y que, paralelamente, ofrece la tarea de un grupo de notables actores, desde André Dussolier a Kristin Scott-Thomas pasando por Francois Berléand, Natalie Baye, Jean Rochefort y el propio Canet, en un rol pequeño pero clave.

    Las derivaciones del caso llevarán a Alex a fugarse cuando las evidencias parecen volver a implicarlo, a ser perseguido por matones enviados por alguien que no se sabe quién es, a hacer su propia investigación de lo que pasó, a unirse a una banda de matones y, más que nada, a averiguar si su mujer continúa viva o si está siendo víctima de alguna trampa.

    Canet narra con notable eficiencia esta adaptación de un best seller de Harlan Coben (coguionista), un escritor estadounidense, algo que se nota a partir de su mayor preocupación por los mecanismos de la trama que por la plausibilidad, lógica o realismo de los hechos.

    No se lo digas a nadie necesita un espectador dispuesto a entrar en ese juego y no uno que se la pase buscando los agujeros narrativos que existen (¿por qué hizo esto y no lo otro?, ¿cómo zafó de esa situación?, etc.) en la trama.

    Volviendo a Alfred Hitchcock: “Verosimilistas, abstenerse”. Los demás, a disfrutar.
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  • El descenso 2
    Entre las sombras

    Secuela de la película de terror de culto, con nuevas aventuras bajo tierra.

    Para muchos, El descenso , de Neil Marshall (2005, pero estrenada aquí en febrero de 2006), es un clásico del cine de terror contemporáneo. Hecho con poco presupuesto, en Inglaterra, el filme se destacó por acercarse a los miedos primarios de la caída en un abismo de una manera original, haciendo de sus pocos recursos su valor principal. Esto es: el miedo a lo que no se ve. Aquella era, literalmente, una de las películas más oscuras en mucho tiempo.

    Ya sin Marshall, dedicado a películas más grandes (y con más luz) en las que no parece estar yéndole demasiado bien (su última película, Centurion , fue un raro caso de una gran producción que tuvo una limitadísima salida comercial), El descenso 2 cayó en manos aparentemente confiables y con experiencia: las de Jon Harris. Si bien se trata de su opera prima como realizador, Harris es montajista de filmes de Guy Ritchie, Matthew Vaughn, la original El descenso y la nueva película de Danny Boyle, 127 horas , donde también tiene que lidiar con crear tensión en pequeños y cerrados espacios.

    La secuela del filme de Marshall arranca donde la anterior terminaba. Una sobreviviente (Shauna MacDonald) de ese descenso a los infiernos oscuros y plagados de repugnantes criaturas todavía está en shock por lo sucedido cuando es forzada por un equipo de rescate a volver para ver qué pasó con sus amigas que, aparentemente, fueron liquidadas por las criaturas de las cavernas. Y ella, aún atontada, entra nuevamente para encontrar que sus traumas siguen creciendo, que los bichos siguen ahí y que esta vez, por suerte, hay más linternas para repartir.

    El filme funciona de manera similar al anterior (de hecho, hay varios minutos de escenas del original a modo de flashbacks), sólo que ya la sorpresa no está ahí, y los sustos se han vuelto algo más previsibles. La mayor producción casi que le juega en contra, porque si algo impactaba en el filme original era el terror causado con mínimos recursos.

    Aquí, otra vez tendremos una primera mitad de suspenso y algo parecido a desarrollo de personajes seguida de una segunda parte de batallas con bastante contenido gore para el deleite del espectador fanático del género.

    Harris ha hecho una secuela eficiente y sin mucho vuelo, casi para salir del paso, y no sorprende que en los Estados Unidos, por ejemplo, haya salido directamente en DVD. Lo suyo no es la dirección de actores (sólo basta ver un filme detrás del otro para darse cuenta) y sí se lo nota más en su elemento a la hora de crear tensión. De esas que alcanzan para pegarte unos sustos una nochecita oscura en el living de tu casa.
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  • Ni dios, ni patrón, ni marido
    Contra el autoritarismo

    La historia de las mujeres anarquistas.

    De gran despliegue de producción, este filme realizado con capitales argentinos y españoles en la provincia de San Luis sorprende por su opulencia: de elenco, arte, vestuario, reconstrucción de época y varios etcéteras. Ya la lista de actores que integran el elenco da la sensación de tratarse de una película de presupuesto importante: Eugenia Tobal, Jorge Marrale, Esther Goris, Laura Novoa, Daniel Fanego, Joaquín Furriel, María Alche, Alejandra Darín y, en su última participación en cine, Ulises Dumont. Todos dirigidos por la española Laura Mañá.

    Ni Dios, ni patrón, ni marido cuenta dos historias. Por un lado es la épica trama de la vida de Virginia Bolten (Tobal), una militante anarquista y feminista de fines del siglo XIX que llegó a Buenos Aires y trató de concientizar a las mujeres de una fábrica que eran explotadas por su dueño (Marrale).

    Por otro lado, el filme cuenta la historia de Lucía Boldoni (Goris, también guionista e impulsora del proyecto), una cantante lírica famosa a quien las circunstancias irán reuniendo con el grupo de mujeres militantes que empiezan a llamar la atención del poder.

    Bolten y el resto de las obreras que se suman a su lucha intentarán ponerle límites a su patrón (los abusos no son sólo laborales, sino también físicos) y se encontrarán con la dificultad de que sus exigencias no son atendidas, no sólo por las demandas específicas, sino por que su condición femenina casi les impide ser tomadas en cuenta. A Bolten se la recuerda por ser la fundadora de La Voz de la Mujer , periódico anarco/feminista publicado entre 1896 y 1897, y que fue el que logró que estas mujeres fueran escuchadas y, también por eso, perseguidas y atormentadas.

    El filme de Mañá, lamentablemente, no parece tener mucho más vuelo que una cuidada telenovela de época, políticamente crítica, pero no por eso estética ni narrativamente diferente. Es curioso como el cine genera productos que, desde lo discursivo (la línea política que se baja) se proponen progresistas y críticos, pero desde lo cinematográfico se presentan conservadores, tradicionalistas y hasta rancios. Como si un cambio de paradigma ideológico no pudiera extenderse a la puesta en escena. De hecho, lo más crudo del filme es su título, que parece remitir a un filme maoísta de los ’70.

    La película se sigue de una manera bastante mecánica y con toda la previsibilidad del caso, con actores que no parecen estar bien contenidos desde la dirección (o que fueron impulsados a un tono exaltado) y con un drama que nunca cobra vida. Lo más valioso del filme será que da a conocer la obra y la experiencia de este grupo de mujeres que combatieron tremendas injusticias más de un siglo atrás. Injusticias (laborales y sexuales) que hoy, aunque en menor medida, parecen seguir vigentes.
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  • Wall street 2 - El dinero nunca duerme
    El regreso del gurú de las finanzas

    Stone y Douglas vuelven a hacer de las suyas.

    Gordon Gekko es el nombre que en el imaginario de la cultura popular estadounidense pasó a representar la década del ’80 y sus excesos, el capitalismo salvaje y la búsqueda obsesiva del beneficio económico. Aún más que Ronald Reagan, o quienes colaboraron con esos turbios manejos económicos de esa época (que hoy parecen juegos de niños), Gekko y su frase célebre (“la codicia es buena”) pasaron a sellar esa década a sangre y fuego. Y en cierta medida, lo mismo se puede decir de Michael Douglas, actor que antes y después de ese filme se convirtió en el símbolo de una sociedad que se mostraba ambivalente y confundida.

    Ahora, circunstancias económicas mediante, Gekko/Douglas ha vuelto. Y cuando sale de la cárcel, al principio del filme, da la sensación de que sí, se trata de una reliquia del pasado: con su celular antiquísimo y un aspecto desmejorado respecto al de sus épocas de gloria. Pero, como si la hecatombe económica lo llamara, la economía estaba por volver a caer y él estaba allí para, bueno, se verá para qué … Gekko es una figura secundaria en esta historia, como también lo era en Wall Street (1987), cuyo protagonista era Charlie Sheen. En esta secuela que llega 23 años después de la original, el joven ambicioso que se mete en un mundo de negocios tan tentador como tambaleante es Shia LaBeouf. El joven actor encarna a Jake, empleado de una firma de Wall Street con el conocimiento, la obsesión y los contactos como para jugar fuerte en un mundo donde cada vez se apuesta más y las caídas pueden no tener fondo.

    Jake está casado con Winnie (Carey Mulligan), que no es otra que la hija de Gekko. Si bien la chica no se habla con el padre por sus “delitos ochentosos” no tuvo mejor idea que elegir para su vida a alguien con similares obsesiones y universo. No sólo eso, sino que Jake idolatra a su mítico suegro.

    Cuando Gekko regresa al mundo, dando charlas universitarias y publicando libros para sobrevivir, busca reencontrarse con su hija y, al hacerlo, conocerá a Jake y se adentrará en el nuevo estado de cosas de Wall Street. Y, claro, será más fuerte que él empezar a mover las fichas. El filme de Stone planteará la duda de si Gekko salió cambiado de la cárcel y ayudará a su familia o si volverá a hacer de las suyas.

    Con su ritmo trepidante, diálogos ácidos y furiosos y una trama compleja de venta de empresas, bonos y paquetes accionarios que sólo podrá ser comprendida en su totalidad por economistas, Wall Street 2 funciona como entretenimiento, logrando hacer un paralelismo evidente entre aquella época y ésta al dar a entender que nada ha cambiado y que el sistema está ahora en su versión más salvaje.

    El drama personal es algo menos interesantes. LaBeouf no es un actor versátil y no es rival para Douglas (ni para Brolin, Wallach o Langella) que parecen comérselo crudo. Sin “marcar” la época como el primer filme (que tampoco era una obra maestra), el filme cumple con su objetivo. No debe haber muchas secuelas hechas un cuarto de siglo después de la original, con el mismo director y protagonista y que sigan mostrando con precisión el pulso de los tiempos que corren. ¿Será que finalmente nada ha cambiado?
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  • Yuki y Nina
    Juntas para siempre

    Un director japonés y otro francés se unen para este notable retrato de la amistad entre dos niñas.

    Hay algo del universo de la infancia y de la amistad entre chicos, de la manera en la que se observa y se comprende el mundo a esa edad, que es muy difícil de capturar en cine. Es usual caer en la ñoñería, en el realismo mágico o en imponer un punto de vista adulto a esa mirada. Si bien ese punto de vista está en el filme (los directores dejaron de ser chicos hace mucho), ambos han logrado captar en Yuki & Nina algo que bien puede llamarse un realismo enrarecido infantil.

    Si bien el filme tomará, en algún momento, una senda que podríamos llamar de “realismo mágico” lo hará de una manera tan discreta y poética (más cercano al mundo de Naomi Kawase que a los momentos surrealistas de la literatura de Haruki Murakami, digamos) que jamás traicionará su esencia: la de contar la historia de dos niñas, una amistad, dos universos que se unen y separan.

    Yuki es hija de una mujer japonesa y un francés. Viven en París y, como se está separando, su madre planea volver a vivir a Tokyo con ella. La pequeña no quiere saber nada con nada: no entiende los motivos de la separación y no quiere ir a Japón, en especial porque implicaría separarse de su amiga Nina, una chica francesa con la que comparte casi todo su tiempo.

    Ambas intentan por sus medios evitar la doble separación, al punto de escribir una carta a los padres de Yuki (a nombre de “El hada del amor”) pidiendo que no se divorcien, carta que la madre de Yuki lee delante de la niña en una de las escenas más emotivas (por su simpleza y falta de subrayado, sólo un plano largo y fijo entre madre e hija) que dio el cine en años.

    En la conjunción entre un maestro del cine japonés como Nobuhiro Suwa ( H Story, Una pareja perfecta ) y un actor/director como Hyppolite Girardot, se produce casi el combo ideal, si se quiere, entre una sensibilidad oriental y una francesa para producir un filme.

    Yuki & Nina propone un naturalismo en el que la difícil situación familiar es tratada con distancia y respeto por las emociones de los participantes. Y, a su vez, la presencia de un bosque -espacio para la exploración-, abre la puerta a un costado más lúdico y misterioso.

    Esos mundos, si bien pueden parecer opuestos entre sí, se combinan maravillosamente bien en el filme, más que nada porque el punto de vista es siempre de las niñas y ese bosque que las rodea termina sirviendo (casi a la manera de Donde viven los monstruos , de Spike Jonze, joyita editada directo en DVD) como un espacio donde poner en juego esos deseos y miedos propios de las chicas.

    Uno podría decir que, como filme sobre la infancia, Yuki & Nina está a mitad de camino entre La pivellina y el citado filme de Jonze. Pero, a la vez, es otra cosa. Es una película sobre la amistad entre chicos capturada con una delicadeza y una verdad que pocas veces el cine logra transmitir.
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  • Flores de septiembre
    Adolescencia interrumpida

    Se estrena el documental centrado en alumnos desaparecidos del Colegio Pellegrini.

    Flores de septiembre , la película de Pablo Osores, Roberto Testa y Nicolás Wainszelbaum, que se terminó de rodar en 2003 y recién ahora se estrena en salas, cuenta la historia de los alumnos del Colegio Carlos Pellegrini que, durante o después de su paso por esa institución, fueron desaparecidos por la dictadura.

    El filme funciona casi como un documento testimonial de una época en la que el horror solía colarse en las cosas más pequeñas y cotidianas. “No había un cartel diciendo: ‘Usted está en una dictadura’. Creíamos que lo que pasaba era normal”, dice uno de los entrevistados, de apenas 13 años al momento del golpe. Ese dato es clave: muchos de los chicos que empezaron a militar en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) tenían entre 13 y 15 años y, en pleno entusiasmo revolucionario de la época, tal vez no eran del todo conscientes de lo que podía suceder.

    El filme es una colección de entrevistas –acaso un recurso formal algo reiterativo- a alumnos, docentes, autoridades y padres que dan contradictorias versiones de lo que sucedió en la escuela a lo largo de una década, empezando por el fin de la dictadura 66/73, pasando por la “primavera” del regreso de Perón, luego el ascenso de José López Rega y la Triple A, el golpe propiamente dicho hasta llegar a la caída de la dictadura y el regreso de la democracia en 1983.

    Esos testimonios dan cuenta del clima que se vivía en el colegio, de los pequeños actos de represión, de los ánimos de cambio de los alumnos hasta empezar a centrarse en casos concretos de los que desaparecieron, o bien de los que fueron secuestrados y lograron salir, casi siempre a partir de testimonios de amigos y familiares.

    Si bien el filme tiene evidentes limitaciones, si se quiere, visuales (uno podría escuchar gran parte de la película y no cambiaría demasiado), Flores de septiembre es un documento clave para recuperar esas historias de adolescentes que, militantes o no, fueron aplastados por un aparato represivo demoledor. En una edad en la que recién estaban empezando a entender de qué se trataba todo, la violencia y la muerte los pasaron por encima.
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  • El rebelde mundo de Mía
    A punto de explotar

    La difícil vida de una chica de 15 años, explorada en este filme de Andrea Arnold.

    Esa especie de subgénero que es el realismo social británico ha dado para todo tipo de películas, desde obras maestras indiscutibles (los primeros filmes de Ken Loach, Stephen Frears o Shane Meadows, la obra de Alan Clarke, etc.) hasta experimentos insoportables en miserabilismo (lo más reciente de Mike Leigh, sin ir más lejos) y/o condescendecia. Pero seguramente dio pocas películas como El rebelde mundo de Mia .

    Obviando el desafortunado título local (el original es Fish Tank ), el filme es un conciso, poderoso, original y muy inquietante retrato, sí, de una familia de clase baja de un suburbio, con madre soltera alcohólica y sus dos hijas, con noches de sexo y violencia, un amante posiblemente peligroso y una protagonista siempre al borde hacer algo extremo. Pero más allá de que esos “estereotipos” de la vida de pueblo chico inglesa, lo que la directora Andrea Arnold ofrece es un retrato de una chica de 15 años (encarnada por la debutante y muy talentosa Katie Jarvis) a la que no resulta fácil catalogar.

    Con algo del personaje de Rosetta de los hermanos Dardenne (clara influencia en la directora de Red Road ), Mia vive peleada con el mundo: discute a los gritos con su madre, tiene pésimas relaciones con sus pares y sueña con transformarse en bailarina de hip-hop, llevando su grabador a todas partes aunque lo suyo va más por descargar agresión a través del baile que por tener real talento para la cuestión.

    El conflicto estallará del todo con la aparición de Connor (el muy de moda Michael Fassbender, de Bastardos sin gloria ), un hombre que su madre trae a su casa, que se convierte en su nueva pareja y que, en una inesperada vuelta de tuerca para este tipo de películas, hasta parece un buen tipo y todo.

    La que no vive bien esa situación es Mia. Bien por celos o bien por la obvia atracción que le produce, empieza a interesarse más de “lo permitido” por Connor, por más que el tipo resista una y otra vez sus avances.

    Lo que pasará luego testeará los límites de la convivencia familiar y de la empatía del espectador con Mia -que va poniéndose cada vez más agresiva-, pero Arnold siempre elegirá rutas poco transitadas para contar su historia, aún cuando le sale mal, como una subtrama en el que Mia quiere liberar un caballo blanco, encadenado, que pide a gritos llamarse Metáfora.

    Arnold le escapa al paternalismo, a la condescendencia, a juzgar rápidamente a sus personajes por las apariencias y entiende que en ellos conviven gestos nobles y otros muchos más discutibles. Y que esa ambigüedad, esos grises, son los que los tornan reconocibles y humanos.
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  • Sofía, cumple 100 años
    Vivir para contarlo

    El documental de Hernán Belón se centra en una mujer centenaria.

    No hay muchas personas que lleguen a vivir cien años. Y, seguramente, son muchísimas menos las quellegan a esa edad con la vitalidad, la frescura, la inteligencia y el carisma que tiene en esta película Sofía Yussen. El documental de Hernán Belón, Sofía , es un repaso, un recorrido, por la vida de esta espléndida mujer en las semanas previas y en los festejos del centenario de su vida.

    La película no intenta trazar una historia de vida completa. Son partes, retazos: hijos, nietos, sobrinos y sobrinos nietos entran y salen de la vida de Sofía, comparten con ella momentos –reuniones, almuerzos, charlas, situaciones cotidianas- mientras el espectador observa cómo la mujer, con su andador a cuestas, se maneja con la suficiencia y hasta la ironía de una persona que podría tener la mitad de su edad.

    Si bien el filme es algo caótico y poco claro narrativamente, con el correr de los minutos vemos que es un tema secundario. Todos esos personajes que departen con la centenaria mujer juegan roles diferentes y pronto sabremos quienes sí son claves en su vida. Su hermana, que la acompaña casi todo el tiempo y con la que vive “peleándose” (tiene 95 años) y uno de sus hijos, cuya relación abre la puerta a lo que es el segmento más emotivo del filme y que tiene que ver con la pérdida (desapareció durante la dictadura militar) de otro hijo suyo, un trauma que Sofía, si bien disimula con su permanente bonhomía, se nota que la perturba al punto de llorar al instante cada vez que se lo menciona.

    Sofía es tan activa que termina siendo, casi, su propia enemiga, al caerse varias veces, romperse la cadera y terminando internada apenas unas semanas antes de su esperadísimo cumpleaños, ya que le cuesta permanecer quieta. Sus respuestas por momentos ácidas (cuando le preguntan qué desea para el festejo, por ejemplo; o cuando le dice a Juan Minujín porque no le gusta que le den besos en la mano), su ternura mezclada con una personalidad que se adivina también fuerte, la convierten en uno de esos personajes inolvidables. Del cine, sí, pero más que nada de la vida. Es un placer conocerla.
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  • El ambulante
    Un filme a la medida de la gente

    El documental refleja a una persona que hace películas a medida.

    El protagonista de El ambulante es un hombre bueno. Al menos, al verlo retratado en este documental, uno no debería tener dudas de que se trata de una persona amable, amorosa, socialmente responsable, divertida y generosa. Así es el retrato que Adriana Yurcovich, Eduardo de la Serna y Lucas Marcheggiano hacen de Daniel Burmeister en el filme.

    Daniel se dedica a recorrer pueblos del país ofreciendo a las autoridades de cada lugar producir una película en VHS con y para la gente del pueblo. Películas pobres, de amigos, armadas con la buena predisposición de la gente del lugar que se divierte saliendo de su rutina y entrando en algo parecido a un “star system” de entrecasa.

    El filme -que compitió en el Bafici- toma una de esas experiencias y a través de ella vemos los distintos procesos del filme, empezando por la propuesta a las autoridades municipales, los pasos previos que Daniel da preparando la película, el cásting, el bastante improvisado rodaje y la exhibición del filme. Amable, sencillo, con algo de condescendiente y sin ponerse realmente a analizar si ese personaje es algo más de lo que exhibe (algún comentario al pasar y una breve comunicación telefónica parecen dar a entender que es más complejo), el filme divierte en tanto y en cuanto el espectador se ubique en la cómoda situación de “superioridad” que le da su lugar. Es, casi, como divertirse mirando los errores y pifies de un acto escolar, aunque ahí causa gracia y simpatía porque son los hijos o familiares...

    Esas risas son las que han hecho de El ambulante un documental inusualmente popular y, probablemente, pueda hasta ser de los más exitosos en su género. Es el cariño que transmiten los realizadores por la gente a la que retratan lo que logra alejarlo de la burla fácil. Aunque sólo por momentos.
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  • Fragmentos de una búsqueda
    ¿Dónde está Marita Verón?

    El documental, tras la trata de personas.

    Los difíciles años que atravesó Susana Trimarco, desde que el 3 de abril de 2002 su hija Marita Verón fue secuestrada en la calle y desapareció, fueron de una angustia y una lucha permanentes. Esa batalla, en sus distintas etapas y circunstancias, es la que retrata Fragmentos de una búsqueda , el documental de Pablo Milstein y Norberto Ludin, que fue premiado en varios festivales.

    El filme empieza con un premio que le otorgan en los Estados Unidos a Trimarco por su labor, que terminó por conseguir sacar a muchas mujeres de prostíbulos en los que estaban siendo explotadas y denunciar una situación tremenda que tiene lugar en la Argentina, haciendo centro –en su caso- en las provincias de Tucumán y La Rioja.

    El filme sigue, paralelamente, el derrotero de Susana en la búsqueda de su hija, de 23 años al momento de desaparecer, y a la vez retrata la vida familiar de la mujer, en especial la relación con la hija de Marita, Micaela, que ha quedado al cuidado de sus abuelos.

    De la desaparición de Marita se sabe que está relacionada con la mafia de los prostíbulos, que varias personas la vieron en distintas ocasiones, que estuvo yendo y viniendo entre distintas zonas y que las autoridades policiales y los funcionarios políticos de ambas provincias, más que ayudarla a Susana en su búsqueda le ponían todo tipo de trabas e impedimentos, dejando en claro que esta “trata de personas” se sostiene también gracias a autoridades que miran para otro lado.

    Documental de denuncia, es cierto, pero más de retrato y observación, siguiendo a la par las vivencias de Susana y su familia (tal como su título lo indica), Fragmentos de una búsqueda es la desesperante constatación de que poco y nada ha cambiado en ese universo hasta el día de hoy. Y que hará falta la lucha de muchas personas como Susana para que esa perversa trama mediante la cual el poder sigue rondando el secuestro y la desaparición de personas se termine en la Argentina.
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  • Un día en familia
    Retratos de la intimidad

    De Hirokazu Kore-eda, un retrato humanista.

    Tal vez no sea del todo original, por parte de Hirokazu Kore-edaa, tomar como base el cine de su compatriota Yasujiro Ozu para contar un drama familiar en el que se habla de las complicadas relaciones entre padres e hijos. Pero no hay dudas de que, adaptándolo a una sensibilidad, si se quiere, algo más accesible y menos rigurosa, lo que logra en Un día con la familia es, por un lado, realizar un cariñoso homenaje al maestro y, a su vez, actualizar la temática de sus filmes a ciertos requerimientos contemporáneos.

    El drama en Un día en familia se circunscribe a la visita a la casa de sus padres de su segundo hijo, acompañado por su nueva esposa (que es viuda) y el hijo de ella. La ocasión es la de rememorar un nuevo aniversario de la muerte del hijo mayor de la familia, Junpei, que murió al tratar de salvar a un niño que se ahogaba hace doce años.

    Entre preparaciones de comidas, almuerzos y charlas alrededor de la casa, pronto nos daremos cuenta que Ryota no se lleva nada bien con su padre y que estas visitas anuales son para él una tortura. El padre, que tenía a Junpei como su hijo favorito (“mi heredero”, dice), lo trata con frialdad y distancia. Y presentar a su nueva esposa le agrega otra cuota de incomodidad, por más que su madre, su hermana y el marido de ella hagan lo posible por disimular la tensión.

    Si bien puede haber diferencias culturales específicas entre lo que sucede en el filme y familias de costumbres, digamos, occidentales, lo que el filme revela es la universalidad de esos conflictos familiares, plagados de silencios, de cosas dichas por la mitad, de sobreentendidos y de cuentas pendientes nunca aclaradas del todo.

    Como lo demostró en sus otros filmes (desde After Life a Nadie sabe ), Kore-eda es un realizador sensible e inteligente para captar esos pequeños y sutiles momentos que hacen excepcionales a una historia. Humanista a prueba de todo, es la clase de cineasta que encuentra, como decía Renoir, que “todo el mundo tiene sus razones” y permite que entendamos lo que atraviesa cada personaje sin jamás tomar partido por uno u otro, por más discutibles que sean sus acciones.

    Como en todos sus filmes, Kore-eda da espacio para el humor, los juegos de niños, los apuntes casuales (una canción, una anécdota mal recordada) que parecen pequeños desvíos de la historia pero no lo son. Triste y sensible, siempre conteniendo las emociones en un punto y a una distancia que podríamos considerar justas (sólo la música puede ser un tanto excesiva), Un día en familia incluye todos esos momentos que hacen parte de la vida de un grupo familiar: los bellos, los dolorosos, los pasajeros. Son sólo unos días en la vida. O, como diríamos por acá, muchos años de terapia.
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  • Luz silenciosa
    Y llegará la paz...

    Bellísimo y conmovedor filme de Carlos Reygadas.

    Mezcla de paraíso y cárcel sobre la tierra, el universo que habitan los personajes de Luz silenciosa es hermoso y aterrador a la vez. En medio del campo, en algún lugar remoto de México, donde las puestas del sol pueden observarse como si fueran manifestaciones de la existencia de algún ser superior, un hombre cree descubrir que ha vivido equivocado. Se casó y tuvo media docena de hijos con una mujer para darse cuenta, en un momento, que en realidad ama a otra. Y que no se trata de un affaire pasajero, sino de algo mucho más profundo.

    “Si esto es obra del Diablo, lo lamento por mí”, le dice Johan a su padre, predicador de la aldea menonita en la que transcurre el filme. Johan no oculta lo que le sucede: Esther, su mujer, lo sabe y parece soportarlo estoicamente. Y Marianne lucha por controlar sus sentimientos, sabiendo que nada bueno puede salir de ello, pero incapacitada de resistir la tentación.

    Ese triángulo amoroso en una comunidad religiosa es la anécdota del tercer filme del director de Japón y Batalla en el cielo , el más luminoso, diáfano y menos revulsivo de los tres. Pero allí no está el secreto de su belleza, de la conmoción que puede provocar en el espectador. Aquí, Reygadas busca acercarse a la naturaleza a la manera de Malick o Tarkovsky, recorriendo con su cámara escenarios naturales, dejando que la luz moldee esos increíbles parajes hasta otorgarles vida propia.

    De hecho, la película parece nacer de la idea de pensar en el mundo como una “luz silenciosa” que abraza a los personajes, que los protege y trata de conducirlos a un lugar de paz espiritual, que ellos mismos se han negado a abrazar por sus restricciones religiosas. Es una libertad de los espacios y de los cuerpos la que los sacude. En la escena de sexo entre Johan y Marianne queda claro que su conexión es tan fuerte como inexplicable. “Siento tu corazón”, él le dice. Ella llora e intenta cortar porque, “la paz es más fuerte que el amor”.

    Pero Johan no quiere abandonarla. “Aún vendrá más dolor, pero luego llegará la paz y después la felicidad”, le dice pensando en un futuro que tal vez no sea como él imagina. Los acontecimientos irán derivando en unos 50 minutos finales que son, básicamente, dos largas secuencias: un viaje en auto y un velorio. En ellas habrá muerte, sacrificio, vida, milagro y resurrección, como si se tratará de una épica bíblica retomada para nuestros tiempos, más cerca del cine de Dreyer (cuyo clásico Ordet se homenajea) que de cualquier referente contemporáneo.

    Con un filme atravesado por la compasión y por el aura de permanente descubrimiento, sin la necesidad de ciertas provocaciones de antaño pero tampoco cayendo en la ñoñería, Reygadas se las arregla para crear una obra maestra contemporánea que se sostendrá a través del tiempo gracias a escenas impresionantes (el principio y el final, la escena de los niños bañándose en el río y muchas más) y al aura de épica de los sentimientos que atraviesa todo el relato.

    Más allá de algún exceso de preciosismo, Luz silenciosa opera hipnóticamente sobre el espectador, que puede reconocerse en todos los personajes. Una historia de tres personas que intenta conmovernos a partir de la naturaleza misma de las cosas: una tormenta, un abrazo, una flor que se abre, un beso revelador. Todos, pequeños milagros cotidianos.
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  • Agente Salt
    Corre, Jolie, corre

    A la manera de Bond y Bourne, Angelina encarna a una eficiente espía.

    En algún momento de su desarrollo, el Agente Salt era Tom Cruise. La película se retrasó, Tom tenía otros compromisos y fue reemplazado, pero no por otro “hombre de acción” sino por Angelina Jolie, en el que probablemente sea el único caso de cambio de género en una película de este tipo. Las “malas lenguas” dicen que Cruise se llevó muchas ideas del guión para su Encuentro explosivo , pero lo cierto es que la decisión del cambio, por más arriesgada que parezca en términos comerciales, resulta ser sólida, convincente. Jolie vuelve a demostrar que este tipo de roles es el que mejor le sienta en una película que le debe mucho a sagas de espías como las de Jason Bourne, James Bond y, por supuesto, Misión: imposible .

    Pero también, y acaso por haber elegido como villanos los viejos y queridos espías rusos, el filme hace recordar a filmes como Sin salida, La caza al Octubre rojo o títulos de los ‘60, todos ellos con agentes de identidades fluctuantes como protagonistas. La diferencia es que en esas épocas era posible sospechar que una estrella de una superproducción podía ser un doble agente. Aquí, por más que la película haga un encomiable esfuerzo por hacernos creer que Jolie es una espía rusa, todos sabemos que finalmente se revelará que no es tan sí y a lo sumo sabremos que tiene pies grandes y calza como 45. O que, bueno, tal vez se haya hecho algunas operaciones estéticas mientras trabajaba en la CIA.

    El filme es, esencialmente, una larga persecución, muy bien manejada por Phillip Noyce, el australiano que no casualmente dirigió dos episodios de la saga Jack Ryan (el de las novelas de Tom Clancy) y que ha vuelto luego de unos años de malas elecciones.

    Jolie es una dura agente de la CIA a la que un supuesto espía ruso delata como “doble agente” por lo que debe, básicamente, fugarse, tratando, a la vez, de evitar (o cometer) un atentado, dejando siempre al espectador en duda (en la medida de lo posible) respecto a cuál es su verdadera identidad y filiación. Buenas escenas de acción y suspenso (una en la que se disfraza de hombre no sólo es un guiño a la anterior encarnación del personaje sino que prueba que, como tipo, Jolie es bastante fulero) logran que el filme sea entretenido y disfrutable. Especialmente porque Noyce no abusa de los efectos especiales, y las escenas se sienten bastante orgánicas y plausibles.

    Finalmente, por su carrera permanente, su tema de confusión de identidades y su final abierto a secuelas varias (la película funcionó bastante bien, así que...), Agente Salt parece tener a Bourne como principal modelo y objetivo. Y ahora que la saga de Ludlum/Damon parece estar terminada, tal vez sea el turno de Salt, Evelyn Salt.
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  • Otro entre otros
    Minoría en minoría

    El documental se centra en jóvenes gays de la comunidad judía.

    Las historias de vida de cuatro personas homosexuales, miembros de la colectividad judía argentina, es lo que cuenta Otro entre otros , emotivo documental de Maximiliano Pelosi que, de manera simple y hasta cándida, narra el pasado y el presente de sus protagonistas: sus relaciones familiares, con sus amigos, el descubrimiento de su sexualidad, el rechazo que sufrieron por parte de la colectividad y, luego, los distintos caminos que fueron tomando en su vida adulta.

    La película consiste, básicamente, en entrevistas a los protagonistas, a algunos amigos de ellos, a un familiar y a un rabino, combinado con muchas fotografías. Simple, si se quiere rudimentario, y con un formato más apto para su paso por la televisión que para una sala de cine, Otro entre otros se las arregla, sin embargo, para emocionar al espectador a base de esos testimonios por momentos conmovedores.

    Las historias tienen cierto parecido entre sí y dan cuenta de una relación con la comunidad judía que no es tan diferente de lo que podría serlo con la sociedad en general, yendo de las primeras dudas sexuales al rechazo de los padres, la soledad en el colegio, las cargadas de los compañeros, hasta finalmente poder hablar del tema con padres y amigos con las distintas reacciones de cada caso (una de ellas es muy dramática).

    El filme se centrará luego en los intentos de crear un espacio y una organización judía gay en la Argentina (la JAG) y en las dificultades que tuvieron para ser tomados en cuenta (y en serio) por el resto de las instituciones de la colectividad. El filme no habla específicamente de judíos religiosos. En general, los protagonistas provienen de familias en mayor o menor medida observantes y practicantes, cuyo rechazo a la sexualidad de sus hijos parece tener que ver más con cuestiones generacionales que específicamente religiosas (de hecho, ninguna de las grandes religiones organizadas acepta la homosexualidad).

    Lo que la película no logra transmitir es por qué los cuatro protagonistas deciden seguir formando parte activa de una colectividad que los rechaza, cuando la asimilación podría ser una opción ante la constante desidia y hasta maltrato. Pero, más allá de la película, uno sabe que a cuestiones de identidad es muy difícil renunciar.

    Un tema clave del filme es la doble dificultad de ser una minoría dentro de una minoría, y la bronca de los protagonistas por saberse parte de una religión perseguida y darse cuenta de que, igualmente, pueden sentirse oprimidos y perseguidos dentro de ella.

    Ese “otro entre otros” termina siendo el mismo espectador: una extraña ecuación matemática que parecería revelar, finalmente, que esa otredad es la que finalmente nos revela como seres únicos.
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  • La mirada invisible
    La sociedad disciplinaria

    La dictadura dentro del colegio, en un filme de Diego Lerman.

    El silencio y los pasos. Lo primero que llama la atención –lo que mueve al recuerdo- es el vacío de los patios del colegio. Los chicos en fila, ordenados, avanzando por los pasillos tras cantar el himno y llegando hasta la puerta de la división casi como si fuera un desfile militar. Los rituales: tomar distancia, entrar ordenadamente, saludar, pasar lista.

    La mirada invisible ubica enseguida al espectador en su escenario y su época.

    Es el Nacional Buenos Aires pero, más allá de algunas cuestiones específicas, podría ser cualquier colegio estatal durante la dictadura. Los ojos de María Teresa (Julieta Zylberberg) son nuestra entrada en el mundo que narra la película, pero “la mirada invisible” no es necesariamente la suya. Si hay algún logro especialmente destacable en el filme, que lo transforma en una transposición literaria exitosa, es poder contar mediante la puesta en escena ese juego de miradas, de poder y de vigilancia (el célebre “panóptico” de Foucault) que se sucede en ese ámbito y, por consecuencia, en el país.

    La mirada es de María Teresa, que decide que para hacer bien su trabajo debe espiar a los chicos hasta en el baño para ver si fuman. Pero también es la de Biasutto (Osmar Nuñez), temible jefe de preceptores que la ha elegido como discípula favorita (o al menos eso parece). Es la de los chicos, que observan la circulación de miedo, represión y participan en la del deseo, más oculta. Y la de los otros poderes que, sucesivamente, van observando, marcando y pautando las vidas de estos personajes. Esa cadena de miradas arranca en la macropolítica (Argentina, marzo de 1982, previo a Malvinas) y termina en una chica encerrada en un baño apretando su bombacha en la mano derecha.

    El filme de Diego Lerman adaptado de la novela Ciencias morales de Martín Kohan es la historia de la relación perversa que se establece entre todos estos seres que miran y son mirados, pero especialmente la que hay entre María Teresa y Biasutto. Ella vive con su madre y su abuela, es una chica de 23 anos en extremo tímida y reprimida (se burlan de ella hasta sus colegas preceptores) y que va despertando a cierto deseo confuso que no sabe bien cómo manejar. Por un lado, hacer bien su trabajo, ser respetada por Biasutto. Y, por otro, saber más de esas vidas sexualizadas de esos chicos de 14, 15 años, que la movilizan de una manera que ella misma no alcanza a comprender muy bien.

    El rol de Biasutto, si se quiere, es más clásico y prototípico, y tal vez el flanco más débil del filme: severo y rígido, capaz de repetir como mantra aquello de que “acá hay una guerra y hay que extirpar el cáncer de la subversión”, irá revelando con el correr del filme que su severidad disimula un deseo que, de alguna u otra manera, deberá canalizar.

    El nuevo filme del director de Tan de repente , cuyo estilo es cambiante en cada filme y difícil de predecir, propone una mirada diferente hacia esos años de la dictadura: contar desde un micromundo, el clima, la tensión y el horror de una etapa que va llegando a su fin. Que esos alumnos, acaso, sean los actuales o futuros líderes políticos (o personalidades de influencia cultural) de la Argentina podría servir para entender tanto aquella época como la que vivimos ahora.
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  • Depredadores
    Directo a los bifes...

    Acción al por mayor en esta nueva y eficiente secuela de la saga iniciada en la década del ‘80.

    A 23 años de la Depredador original, protagonizada por el hoy gobernador de California Arnold Schwarzenegger y dirigida por John McTiernan (un cineasta hoy a punto de ir a la cárcel por espionaje e invasión de privacidad), esta Depredadores es la secuela más noble y genuina que ha tenido la saga desde su creación, en una lista que incluye Depredador 2 , de 1990, y dos episodios de Alien vs. Depredador , ninguno de los cuales estuvo a la altura de la original.

    Pero ésta, dirigida por Nímrod Antal (un estadounidense que creció en Hungría y se hizo cineasta allí) y basada en un guión de (y producida por) Robert Rodríguez, es la que mejor recupera el espíritu de acción pura, clase B, y eficiencia en los recursos de producción de la original.

    Se sabe que Rodriguez escribió este guión en 1994 y que nunca logró que lo financiaran. La productora, buscando revivir la saga, encontró aquel texto y lo convocó. Robert, con otros proyectos, cedió la dirección a Antal y lo que hay aquí es un eficiente y efectivo relato acerca de un grupo de hombres y una mujer (la brasileña Alice Braga) que, como si fueran personajes de Lost , caen literalmente del cielo en lo que parece ser una isla selvática.

    Todos son hombres violentos y con pasados oscuros: mercenarios como Royce (Adrian Brody, con mucho gimnasio encima), el comando ruso Nikolai, el yakuza japonés Hanzo, el narco Cuchillo (Danny Trejo, actor fetiche de Rodriguez, con quien ya tiene un filme, Machete ) y la propia espía ¿israelí? que encarna Braga. Además, hay un condenado a muerte y un médico (Topher Grace, de That 70’s Show ).

    Una vez allí descubrirán no a una sino a varias criaturas, deberán enfrentarlas, descifrar cómo vencerlas, escaparse, encontrarán un sobreviviente de otra aventura (Laurence Fishburne, bastante avejentado), deberán entender qué lugar es ése y cómo salir de ahí y, además, resolver los conflictos internos que se plantean en este grupo humano que de tierno y comprensivo tiene poco y nada.

    Depredadores no vende otra cosa que lo que es: cien minutos de adrenalina bastante bien orquestada, con un guión acaso básico, pero lo suficientemente presentable para mantener el suspenso y la acción que Antal monta con precisión y sin espectacularidad. Aquí no hay grandes ni impactantes efectos especiales. El filme, de hecho, parece uno de esos programas dobles de los ‘70, los mismos que Rodriguez “parodiaba” en Planet Terror . Sin llegar a ese nivel de delirio, Depredadores es un filme de acción y violencia de la vieja escuela. Sin vueltas, sin trampas, sin pretensiones. A los bifes...
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  • Interview
    Interview
    Clarín
    Mentiras y video

    Steve Buscemi dirige y protagoniza esta remake de un filme holandés.

    Cuando el cineasta holandés Theo Van Gogh (bisnieto de Theo, el hermano de Vincent Van Gogh) fue asesinado en 2004 tras hacer una controvertida película sobre el trato de las mujeres musulmanas, tenía encaminado el proyecto de hacer una remake de su filme, Interview , en los Estados Unidos. Tras su muerte, el actor que había elegido para protagonizarla, Steve Buscemi, decidió hacerse cargo de la dirección (ya cumplió ese rol varias veces, en cine y en TV) y con Sienna Miller, como su coprotagonista.

    El filme es casi una obra teatral filmada, con la vitalidad y energía que le da el uso de tres cámaras simultáneas y hasta otras dos que usan los protagonistas. Hay algo del cine de Robert Altman o Neil LaBute, aunque más contenido narrativamente (son casi todo el tiempo sólo ellos) y con la cámara centrada en rostros y cuerpos.

    Pierre (Buscemi) encarna a un periodista político que no se lleva bien con su jefe y al que -en medio de un escándalo en Washington- le asignan un trabajo que odia: entrevistar a una actriz de telenovelas y películas clase B, más famosa por sus cirugías estéticas y escándalos públicos que por su talento.

    Sienna Miller (Katja) no da demasiado el tipo y encima la situación arranca mal cuando, en el restaurante acordado para la entrevista, él la ignora y la maltrata, y ella se levanta y se va. En la calle, Pierre se sube a un taxi, tiene un accidente, ella lo ayuda y lo lleva a su casa. Entre curaciones y una copiosa ingesta de alcohol empezarán los juegos de poder: trampas, seducción y revelaciones.

    Si bien -al menos en la experiencia de este cronista- este tipo de entrevistas tienen ínfimas posibilidades de terminar así, supongamos que el alcohol ha operado en ellos lo suficiente como para llevarlos a este juego cada vez más intenso que incluye arranques sexuales, besos, provocaciones, confesiones personales en cámara y espionajes varios.

    Un desafío actoral, finalmente, que se sostiene gracias al talento de ambos (la belleza de Miller también ayuda, hay que admitirlo), Interview -que está llena de homenajes al fallecido Van Gogh y citas a la película original- transcurre en un universo mucho más “fantasioso” de lo que la puesta en escena realista podría sugerir.

    Pero como ese juego de verdades y mentiras son parte de la historia, lo que termina por ser más intrigante es cuál de los personajes -y no los intérpretes- es mejor actor en esos perversos juegos de seducción y engaño.
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  • Vincere
    Vincere
    Clarín
    La historia oculta detrás de El Duce

    La película de Marco Bellochio sobre Benito Mussolini es rotundamente política y contemporánea.

    El material con que contaba Marco Bellocchio para Vincere daba para una ópera. Y el veterano realizador, sabiendo eso, dio a su nuevo e impactante filme un trato similar. La historia de Ida Dalser, la nunca reconocida primera mujer de Benito Mussolini, ignorada por la historia hasta ser redescubierta hace unos pocos años, y quien fuera madre del primer hijo del dictador, tiene todos los ingredientes -históricos, políticos, dramáticos- para una tragedia conmovedora, socialmente relevante y emotiva.

    Bellocchio hace eso, pero no del todo en Vincere . Cineasta talentoso, inteligente y cerebral, el director de El diablo en el cuerpo ubica a Dalser (una intensa Giovanna Mezzogiorno) en el centro del torbellino político y emocional, casi en carne viva, haciendo lo imposible por ser reconocida, tenida en cuenta -ya que no amada- por Mussolini (Filippo Timi en su juventud, luego mostrado sólo a través de archivo). Pero alrededor de ella arma un rompecabezas donde juega con material de la época (para contextualizar), con los registros cinematográficos (va variando de acuerdo a la era que retrata) y con la ficción ( La pasión de Juana de Arco , de Dreyer, y El pibe , de Chaplin, entre otras), que sirve como contrapunto para una historia basada en la vida real, pero cuyos materiales -manipulados, ya que no hay registros- son puro cine.

    Vincere es la historia de una serie de traiciones y engaños de Mussolini: a sus ideas socialistas, a su partido, a su mujer, a su hijo y, más que nada, al pueblo italiano. También a la Iglesia, pero en sentido inverso: fue un hombre no creyente que empieza desafiando la existencia de Dios y luego entra de lleno en sus manejos. A través de la Iglesia El Duce mantiene al pueblo a raya y a su mujer encerrada en un manicomio. Bellocchio, cineasta anticlerical si los hay, deja en claro su punto de vista.

    Ida puede ser ese pueblo traicionado. Como todos, fue seducida por Mussolini y llevada al paroxismo por su ímpetu delirante y belicoso. Pero, a diferencia de casi toda la población, cuando creció su figura política, ella fue alejada y encerrada después, ya que su verdad podía revelar la “flaqueza moral” de su marido. Se podrá decir que ella arriesgó demasiado al no querer aceptar ciertas reglas y seguir gritando verdades que la “condenaban”. Pero esa misma pasión que siguió sintiendo por El Duce la convierte en un gran personaje.

    La maestría de Bellocchio está en poner al espectador en época y evitar los recursos psicologistas (no hay pasado que justifique, ni hay explicaciones de esa pasión). El futurismo que tanto admiraba Mussolini es un fuerte referente estético de la primera parte, mientras que el melodrama toma más fuerza en la segunda. Las emociones que explotan en el rostro de Mezzogiorno mirando a Chaplin remarcan -quizás demasiado, pero la película necesita el golpe- la dureza de la obligada separación entre esa madre y un hijo que no sabe bien cuál es su lugar.

    En esa intersección inteligente entre ópera y película social, Bellocchio va de las causas a las consecuencias del fascismo a través de cuerpos y rostros que explotan y se consumen. Es la historia de un amor y de una traición. Una película rotundamente política y contemporánea.
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  • Un loco viaje al pasado
    Los ‘80, aquí y ahora

    Divertida comedia, por momentos hilarante, de Steve Pink, con John Cusack.

    Al ver películas como Un loco viaje al pasado es imposible no imaginarse al guionista, director, elenco, productores y amigos -todos ellos, de 40 para arriba- recordando los ‘80 en cada mínimo detalle: la canción de moda, la ropa, los productos, las marcas... Pero, y sobre todo, las películas. El filme de Steve Pink parece haber encontrado un dispositivo que permite hacer revivir a todos los filmes de mediados de los ‘80 con una impronta, si se quiere, algo más ácida.

    Esta historia en la que tres cuarentones con una vida personal complicada terminan viajando en el tiempo y cayendo en los ‘80 combina la estética, la narrativa y hasta el estilo de Volver al futuro y de las obras completas de John Hughes ( El club de los cinco , La chica de rosa , Experto en diversión ) para contar una historia tan absurda omo simpática, una que seguramente Adam Sandler y sus amigos se estarán arrepintiendo por no haberla pensado antes.

    John Cusack -otro referente de esa época de cine- encarna a Adam, un hombre al que su mujer acaba de dejar. Craig Robinson es Nick, quien descubrió que su esposa lo engañó. Lou (Rob Corddry) es el que peor está y el que motiva la reunión del trío: alcohólico, acaba de tener un accidente/intento de suicidio, y zafó por muy poco. Con el sobrino de Adam a cuestas (Jacob/Clark Duke), el grupete decide hacer un viaje para “animar” al amigo y rehacer lazos. Así van a parar a un hotel/spa que en los ‘80 fue el lugar donde sus vidas cambiaron de rumbo (entre romances, alcohol, drogas y peleas) y que hoy es casi un lugar abandonado.

    Tras reparar el jacuzzi, se meten en él y, por culpa de un curioso accidente, terminan transportados en el tiempo hacia mediados de los ‘80. Nosotros los vemos en sus cuerpos actuales (y ellos se ven así también), pero los espejos revelan el look que tenían entonces y que es como los demás los ven. Salvo Jacob, que está idéntico. El viaje al pasado les permitirá repasar ciertas decisiones de esa noche siempre con una duda imposible de resolver: si cambiamos algo de lo que hicimos, ¿cambiarán nuestras vidas futuras? ¿Y eso es bueno o malo? Con una banda de sonido que es un grandes éxitos de esos años (David Bowie, Talking Heads, INXS, Men Without Hats, Poison, Spandau Ballet) y apariciones de íconos ochentosos como Crispin Glover y Chevy Chase, Cusack y sus amigos atravesarán situaciones que parecen extrapoladas de las películas antes citadas, pero con el ingenio suficiente como para que tengan valor narrativo por sí mismas.

    Divertida -hilarante, por momentos-, sin ningún tipo de mirada cínica ni gesto de superioridad sobre la época (de hecho, los adolescentes de entonces parecen mucho más conectados, sociales, en “el mundo real”, de lo que podrían serlo los de hoy), Un loco viaje... es una comedia que, desde el disparate, resulta una divertida forma de conectar generaciones y de ver que, más allá de las obvias diferencias puntuales (“¿qué es un email?”), los placeres y complicaciones de las distintas épocas no son tan diferentes.

    Eso sí: los ‘80 a la distancia, parecen increíblemente divertidos. Créanme, no lo fueron tanto. Pero en las películas sí lo eran...
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  • Policía, adjetivo
    Las palabras y las cosas

    El filme de Corneliu Porumboiu se centra en un policía que no está de acuerdo con la tarea que le encomendaron: detener a un joven por consumo de droga.



    Si jugás mal al fútbol, vas a jugar mal al fútbol-tenis”, le dice un oficial a otro al comienzo de Policía, adjetivo , la premiada película del rumano Corneliu Porumboiu. “Es una ley”, agrega. Y si bien habrá una escena de fútbol-tenis más adelante, ni la conversación ni ese deporte tienen, aparentemente, importancia alguna dentro del filme. Lo que sí hace esa escena es establecer una de las rutinas que ocupan buena parte del filme: las discusiones casualmente filosóficas (semiológicas, lingüísticas, etc.) que se plantean entre los personajes mientras siguen su rutina cotidiana.

    En este caso, Cristi (Dragos Bucur) tiene una tarea policíaca bastante rutinaria y tediosa (que el filme se esmera en mostrar como tal, tal vez generando cierta impaciencia del público, pero completamente a tono con la evolución del personaje y la situación): debe seguir a un adolescente que fuma hachís con sus amigos en la puerta del colegio y averiguar quién le provee las drogas. Todo parece indicar que el “dealer” sería su hermano mayor.

    Pero Cristi no logra avanzar demasiado en la investigación y todo parece indicar que sus días y horas de seguimiento y espera terminarán sirviendo para atrapar al chico por consumo y hacerlo pasar hasta ocho años en prisión. Y Cristi no quiere hacer ninguna de las dos cosas “No quiero obligarlo a denunciar a su hermano, no quiero eso en mi conciencia”, dice. Y luego, cuando el asunto parece limitarse sólo al consumo, es para él aún peor: “No quiero arruinarle la vida por una ley que no estará mucho tiempo en vigor: ya no existe en ningún lugar de Europa”, le dice a un superior.

    Policía, adjetivo es un policial, digamos, diferente. La tensión se va acumulando de a poco, como en buena parte del nuevo cine rumano ( La noche del Sr. Lazarescu, o bien 4 meses, 3 semanas, 2 días ), y no hay escenas de acción ni tiroteos. Es un caso menor, de esperar, seguir, observar, humorísticamente retratados en los largos y detallados informes que Cristi entrega a sus superiores relatando cada uno de sus pasos. Una tarea que al policía le parece inútil y que, a la vez, le genera problemas de conciencia.

    Entre rutina y rutina policial (muchas escenas podrían llevarse a cabo en una comisaria del Gran Buenos Aires y las diferencias serían mínimas), aparecen las conversaciones que van llevando el tema hacia uno de los finales más curiosos en mucho tiempo, en el cual Cristi y su superior discuten, diccionario de por medio, cuestiones como la conciencia, la ley y la ética en el marco de la tarea policíaca.

    Antes de eso, Cristi tendrá conversaciones con su mujer sobre anáforas y metáforas en canciones melódicas, lectura de prospectos de remedios, una discusión sobre la función de la Academia Rumana de Letras y cosas así. Los diálogos no son tan libres y espontáneos como uno quisiera: intentan ir cerrando el círculo de lecturas y significaciones que derivarán en el final.

    Policial metalingüístico, entonces, extraño, ambiguo y fascinante en su construcción, Policía, adjetivo tiene un final abierto a diversas interpretaciones. El eje sería hasta qué punto un funcionario (en este caso, un policía) puede decidir, de acuerdo a su conciencia, si está bien o no cumplir una determinada ley.

    Relacionando el filme con la actualidad local (el caso de los jueces que dijeron que se negarán a oficiar matrimonios entre personas del mismo sexo, por ejemplo, aunque el sesgo ideológico sea casi opuesto), Policía, adjetivo se torna aún más rica y compleja para ser analizada. Es un filme sobre palabras, sobre ideas, sobre la relación entre la ética, la conciencia, la ley y la justicia. No todos los días uno encuentra películas así. Que sea un policial, es casi secundario. La palabra clave en ese título es “adjetivo”.
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  • El viaje de Avelino
    En el camino

    Una historia real llevada a la ficción con sus protagonistas.

    Francis Estrada se vio, uno imagina, ante una decisión complicada a la hora de recrear los hechos reales que inspiraron la historia que se cuenta en El viaje de Avelino .

    Una opción era documentar el hecho: el viaje de un padre, a lomo de burro, con su hija enferma, para llevarla al pueblo más cercano a ser tratada. Debería usar testimonios y materiales de ese estilo para eso. Pero, sabía decisión, decidió evitar esa opción.

    Lo que hizo fue, si se quiere, más cercano a ciertas estéticas predominantes hoy: la recreación del hecho, pero no con actores sino con los mismos protagonistas, algo que es usual en el cine iraní, por ejemplo (Abbas Kiarostami y Jafar Panahi han hecho experiencias similares) y que aquí se usó poco.

    El resultado es prolijo, limitado en su alcance, cuidado en su realización, pero que no alcanza a cobrar vida del todo a lo largo de los escasos 64 minutos que dura el filme. La anécdota es simple y las imágenes deberían proporcionar el misterio y el agobio de la increíble proeza de Avelino. Pero no lo logra del todo. Estrada muestra momentos de ese recorrido, algunos diálogos, los detalles y pequeñas situaciones que se generan, pero no logra acumular tensión o involucrar al espectador del todo en la travesía.

    Tal vez, parte del problema tenga que ver con que los participantes de esta historia, puestos a “actuar de sí mismos”, desnudan el artificio permanentemente con diálogos en los que se los ve incómodos, forzados. Esa naturalidad, ese hilo tenue que une a la ficción con el documental, allí desaparece.

    El viaje de Avelino no se arriesga a extremos contemplativos como los del cine de Lisandro Alonso. Tampoco intenta -por suerte- atornillarnos desde el sentimentalismo. En la vida real habrá llegado a destino, pero en la cinematográfica se queda a mitad de camino.
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  • Son como niños
    Volver a los trece

    Varios amigos de la infancia pasan un fin de semana juntos, pero ahora con sus familias.



    El universo que ofrece Adam Sandler no es para todos los espectadores. Es de esperar que buena parte de ellos, ante lo que propone Son como niños , salga preguntándose cómo es que Sandler y el grupo de comediantes que lo acompaña aquí (Chris Rock, Kevin James, Rob Schneider y David Spade) son considerados como algunos de los tipos más graciosos de los Estados Unidos.

    Y, en parte, tendrán razón. Esta es otra de esas películas en las que la mezcla de comedia y “película de lecciones familiares” no combinan del todo bien, generando que la cuestión no termine de funcionar ni para uno ni para los otros.

    En la primera parte, un típico grupo sandleriano de hombres que se comportan como niños (aunque el personaje de Sandler es el más serio de todos) se reúne después de 30 años cuando muere el entrenador de básquet que los sacó campeones en el secundario.

    Ese reencuentro viene acompañado de un fin de semana en un bonito caserón frente a un lago donde pasaron los cinco parte de su infancia y adolescencia, y al que vuelven ya con familias (madres, esposas, hijos) y con vidas que han tomado rumbos muy diversos.

    Sandler es un agente de Hollywood, casado con una diseñadora (Salma Hayek), y tienen tres muy malcriados hijos y una nana a disposición. James es un vendedor obeso cuya mujer aún da de mamar a su niño de cuatro años. Rock encarna a un amo de casa que no es muy bien tratado ni por su esposa ni por su madre. Schneider es un devoto de todo lo New Age y está en pareja con una anciana. Spade es el único soltero y eso, aparentemente, lo transforma en un baboso y alcohólico.

    Mientras reparan cuestiones de pareja, rearman lazos familiares, se reencuentran con su “niño interior” y logran que los chicos aprecien la vida al natural y compartir experiencias en familia, Son como niños combina escenas de humor físico y disparatado (ver el cameo de Steve Buscemi o lo que hace la suegra de Rock), con cargadas e ironías permanentes lanzadas entre los amigos, hasta que el asunto va trocando -pero no mucho- hacia la zona sentimental.

    No es de las películas más interesantes de Sandler (otras, mucho mejores, como No te metas con Zohan no se estrenaron) y apenas tiene elementos como para entretener a sus fans más acérrimos y, porqué no, al que gusta de las comedias gruesas con un estilo reminiscente a cierta saga de “bañeros” locales.
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  • Miss Tacuarembó
    La vida es sueño

    Natalia Oreiro en un musical pop e irreverente.

    En tiempos de éxito de series como Glee (de culto aquí, masiva en los Estados Unidos), un musical irreverente como Miss Tacuarembó debería ser una apuesta segura. Pero no lo es, acaso porque el público local, en especial el de vacaciones de invierno, busca entretenimientos más fácilmente clasificables. Digámoslo de otra manera: de parecerse más a High School Musical , pero con Natalia Oreiro, estaríamos hablando de un exitazo. Pero ni Oreiro ni Martín Sastre (director), ni Dani Umpi (escritor) querían hacer algo así. Que la película se venda de esa manera es problema de otros.

    Miss Tacuarembó cuenta la historia de Natalia (Oreiro de grande, Sofía Silvera, de niña), una chica de un pequeño pueblo que sueña con salir y triunfar como estrella, empezando por ganar el concurso del título. Talentosa pero loser , con su amigo Carlos (Diego Reinhold), irán tras ese sueño que deparará más frustraciones que otra cosa.

    A la vez, la vemos treintañera, aún buscando la fama que la elude y trabajando en un parque de diversiones de temática cristiana e intentando entrar al mundo del espectáculo. De alguna manera, esta Natalia sueña con ser la verdadera, y ese juego de referencias le da una gracia extra a la película.

    Pese a algunos baches narrativos –no es fácil manejarse con tiempos paralelos, realismo, fantasía, música, coreografías-, el filme combina muy bien nostalgia con irreverencia, inocencia con picardía, ironía y acidez, con una ternura pop que la hacen, por momentos, irresistible.

    Con los primeros ‘80 como referencia, la película alude a íconos de la época como Flashdance , la telenovela Cristal o Los Parchís, y las canciones de Ale Sergi (de Miranda!) apuntan hacia esa zona que, al menos los de treintaypico, guardan en algún lugar de la memoria.

    Apariciones almodovarianas como las de Rossy de Palma, de la realeza del cine local (Graciela Borges) y un rol clave y zarpado de Mike Amigorena se juntan con una Oreiro en un papel doble en una película acaso ambiciosa en demasía, pero a la que se le pueden perdonar esos excesos en función del espíritu festivo y livianamente irreverente con el que está hecha.
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  • Encuentro explosivo
    Corre, Tom, corre

    Cruise y Cameron Diaz, en fuga permanente.

    Hay algo impenetrable en la sonrisa de Tom Cruise que lo convierte en un enigma. En Encuentro explosivo , esa impresión juega a su favor: Cruise es un agente secreto al que no deberíamos saber si creerle o no.

    A juzgar por la primera y mejor secuencia del filme, uno debería suponer que la segunda opción es la más probable. Pero sabemos que Cruise es Cruise, y por más sonrisa maliciosa y actos inhumanos, hay pocas chances de que sea el villano. De cualquier manera, ese arranque hace imaginar que el filme puede adentrarse en zonas ambiguas. ¿Será un asesino redimido por amor? ¿O un frío agente dispuesto a sacrificarse? Esa primera escena encuentra a Roy (Cruise) en un aeropuerto buscando a alguien. Su mirada se topa con June (Diaz), que arrastra con la mezcla de torpeza e inocencia que la caracteriza, una valija. Allí se chocan, se conocen y ella queda embobada. Pero cuando van a subir al avión nos enteramos que ella tiene pasajes para un vuelo posterior al suyo, a Boston.

    Allí se revelará el primer secreto: el vuelo de Cruise está bloqueado. El tipo está siendo monitoreado por agentes del FBI. Cuando descubren a la chica deciden mover influencias y hacerla subir al avión: ¿será una forma de controlarlo o ella también está metida en esto? En el avión él despachará a una docena de pasajeros que lo persiguen hasta terminar en un aterrizaje forzoso y la revelación (¿real?) de los motivos de tamaño caos: Roy estaría protegiendo una fuente de energía de manos de agentes que quieren venderla a mafiosos.

    De allí en adelante, la intriga se reduce y queda entonces disfrutarla (o no) por las escenas de acción y persecución, y el conato de romance entre los protagonistas.

    Y si bien están profesionalmente realizadas por James Mangold, ninguna de las dos cosas funciona muy bien. Las secuencias de acción son reiterativas, con volteretas imposibles de los efectos especiales (CGI), y sólo son “creíbles” en su exageración cómica.

    Más problemático es el romance. De un tiempo a esta parte, a los personajes de Cruise les cuesta “conectar” con los otros. Sus ojos parecen estar más pendientes del próximo obstáculo que de generar una relación romántica. Es por eso que las chispas que genera la dupla se parece más a la que hay entre amigos, o hermanos, que a las de una posible pareja.

    Esa “ausencia” genera un vacío imposible de resolver, más allá de que el carisma personal de cada uno tape los agujeros. La pericia técnica está, los diálogos rápidos e ingeniosos también, la estructura hitchcockiana se sostiene, pero Encuentro… tiene un agujero en el centro tan enigmático e indescifrable como la sonrisa de Tom.
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  • La Pivellina
    Y el tiempo nos llevará...

    Una familia de artistas recoge a una niña abandonada.

    Los otros tienen un pasado y, posiblemente, un futuro también misterioso. En un punto en la vida, fortuito acaso, se cruzan con nosotros y crean lazos que con el tiempo mutan, se transforman. Y esas mismas personas, esos otros, algún día pueden marcharse y todo lo que les sucederá después será igualmente ajeno e inaccesible. ¿Nos recordarán? ¿Los recordaremos? ¿Será ese cruce en la vida algo importante o nos convertiremos todos en algo borroso, en eso que el tiempo se llevó? La pivellina es una película sobre el tiempo, en más de un sentido. Lo es, porque se centra en el que una niña pasa con una familia: desde que la encuentran hasta que termina la historia, de final abierto. Y es una película sobre el tiempo porque su narrativa se estructura a partir de ese concepto: no es un filme de acontecimientos, es uno de momentos, de lo cotidiano, es el cine como experiencia viva.

    Asia (“Aia”, lo pronuncia la nena de dos años) es el nombre que le pone Patty a la niña que encuentra un día en un parque, al parecer abandonada. La pelirroja Patty es una artista de un circo ambulante que vive con su marido y un adolescente en condiciones algo precarias en las afueras de Roma. La llegada de “Aia” produce todo un cambio familiar y es motivo para el deleite, el placer, pero también la incomodidad, el peligro y la culpa.

    Es que, al encontrarla, la chica tenía en su ropa un mensaje pidiendo que la cuiden y que se hagan cargo de ella por un tiempo, hasta que puedan venirla a buscarla. Walter (el marido de Patty) supone que tenerla les traerá problemas con la ley. Ella, consciente de ese peligro, es incapaz de dejarla en un instituto y se hace cargo.

    Así, mientras las rutinas de preparación del humilde acto circense continúan y las relaciones familiares se van revelando, “Aia” se suma con una simpatía a prueba de todo al esquema. Covi y Frimmel registran esos hechos sin recargar las tintas del drama que está planteado en ese encuentro inicial: hay una tensión circundante que hace que cada acto, por menor que sea, adquiera un carácter dramático.

    Hay mucho de los Dardenne en el filme de Covi y Frimmel, quienes también son documentalistas con larga experiencia (de hecho, la pareja de artistas circenses aparece en su documental Babooska ) que debutaron en la ficción con este filme que pasó por Cannes 2009. Si algo los diferencia de los belgas es una visión menos oscura de lo cotidiano, más luminosa y cálida. El peligro y los problemas acechan, es cierto, pero quedan casi siempre fuera de campo o se presentan de manera desdramatizada.

    La pivellina juega en el límite entre la ficción y el documental, pero no sólo por la puesta en escena, sino por la presencia de “Aia”, cuyas actitudes y movimientos, cuya mirada y ternura, son imposibles de ser “dirigidas” por la voluntad de cineastas. Es así que el espectador se va dejando llevar por el relato a través tanto de la experiencia de estos súbitos padres sustitutos, como también mediante la mirada de la niña, esa niña con un pasado misterioso y un futuro que podrá serlo también. O no.

    Así, el filme crece hasta convertirse en una experiencia emocional devastadora. Con unos pocos elementos, construye un mundo de afectos, de contención, de alegría. Como en Donde viven los monstruos (recién editada en DVD), el filme es un segundo hogar, un resguardo en la tormenta. Afuera, las cosas serán distintas. Mejores o peores, quién sabe. Sí, seguro, serán ajenas, lejanas, misteriosas.
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  • El recuento de los daños
    Un retrato de sobrevivientes

    Un singular drama familiar de Inés de Oliveira Cézar.

    El recuento de los daños es una película curiosa. Por un lado, plantea, con un estilo distanciado y formalista, el recorrido que hace un hombre que viaja hacia una fábrica en las afueras de Rosario con el objetivo de auditarla. Ese viaje no concluye de la forma previsible: hay un accidente extraño y un hombre puede haber muerto, algo que el conductor (Santiago Gobernori) no sabe.

    La noche, la bruma, la ruta, el accidente: uno se imagina entrando a un moderno policial negro, algo similar a lo que están haciendo muchos de los cineastas de la Escuela de Berlín (Thomas Arslan, Christian Petzold). Pero poco después nos daremos cuenta que, si bien algunas particularidades de esa estética con algún toque “Antonioni” sobreviven, El recuento de los daños cambiará de eje, registro y estilo.

    Una vez llegado a la fábrica, el hombre descubrirá que allí las cosas no están del todo bien. La dueña del lugar (Eva Bianco) acaba de quedar viuda y su hermano trata de mantener las riendas de una fábrica que tiene algunos problemas. Y la relación entre el recién llegado y los dueños se complicará a partir de otros hechos y revelaciones que no conviene adelantar acá, si bien no se trata de una película que haga su centro en el misterio o el suspenso.

    Descriptiva, oscura y extrañamente bella, pero algo sentenciosa en los textos (el filme funciona mejor... en silencio), El recuento...

    pasa a adentrarse en los territorios de la tragedia griega mezclados con la historia política argentina. ¿Es posible que ese muerto, esa mujer y ese hombre más joven estén relacionados entre sí y que esa relación haya nacido en la etapa más oscura de la historia argentina reciente? Suena -y es- forzado, es cierto, pero Oliveira Cézar no apuesta al realismo ni al cine de denuncia política. Sus películas (las anteriores son Extranjera y Como pasan las horas ) trabajan lazos atávicos, pero jamás lo hacen desde las zonas previsibles. Estilización, modernidad, distanciamiento, llámenlo como quieran. La directora logra subyugar desde la puesta en escena. Es un filme de imágenes ominosas, sonidos disruptivos, extrañas músicas humanas. Un oscuro retrato de sobrevivientes.
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  • Veronika decide morir
    La vida y sus extraños caminos

    Tras un intento de suicidio, una mujer tiene una nueva chance.

    Decir que la película Veronika decide morir es de carácter terapéutico no está necesariamente relacionado con el hecho de que su autor sea el gurú de la autoayuda Paulo Coelho. No, es algo mucho más concreto: es terapéutica porque se centra, entre otras cosas, en la relación entre una mujer y su psiquiatra en el marco de una clínica de rehabilitación mental.

    Veronika (Sarah Michelle Gellar, la actriz de Buffy, la cazavampiros ) está deprimida. Imagina un futuro de vida clásica, si se quiere convencional (“me casaré, tendré un hijo, mi marido tendrá una amante, me separaré, etc.”), y ante esa perspectiva que supone terrible decide regresar a casa de su buen trabajo, poner música muy fuerte (Radiohead, de hecho), abrir un whisky, disponer de unas cuantas pastillas para dormir y empezar a combinarlas hasta que el cuerpo no dé para más.

    Al otro dia alguien la encontrará tirada en su casa, la llevará a una clínica y lograrán salvarle la vida, algo que a Veronika no parece caerle en nada simpático. En la clínica de rehabilitación, reunida con dos psiquiatras, le dirán una noticia inesperada: si bien zafó del intento de suicídio, su cuerpo ha quedado muy debilitado y matrecho, y es probable que sólo tenga unas pocas semanas de vida.

    Los pasos siguientes de Veronika tendrán que ver con continuar sus sesiones terapêuticas, con conocer a otros pacientes del lugar (se interesa particularmente en un joven callado), con enfrentar a sus padres inmigrantes y con empezar a vivir nuevas experiencias y confrontaciones que la llevan a hacerse un replanteo de su realidad.

    Basada en el best seller de Coelho y dirigida por Emily Young, Veronika decide morir es la saga de una mujer que tiene que intentar encontrarse, redescubrirse, aunque le quede poco tiempo de vida y su futuro sea incierto. Para el filme –y para el espectador-, lo que pase después no importa mucho. Imaginable como filme “con mensaje”, lo que aquí tiene que quedar claro, palabras más, palabras menos, es algo similar a aquel “vale la pena estar vivo” de un viejo filme nacional.

    Los buenos actores (Gellar, David Thewlis como su psiquiatra, y Florencia Lozano como otra especialista, más apariciones de Erika Christensen y Barbara Sukowa) hacen lo que pueden con un texto flojo (escrito por Larry Gross, de las míticas 48 horas y Calles de fuego ) y con situaciones y enfrentamientos predecibles.

    Más allá de alguna sorpresa o vuelta de tuerca, todo el filme parece desarrollarse frente al espectador con la inevitabilidad de un texto aprendido de memoria. Sabemos –ella, ellos, nosotros- las lecciones de vida que el filme nos deparará al acercarse al final de su recorrido. El resto del tiempo uno, simplemente, irá viendo como el asunto avanza, sin pausa pero sin prisa, a un destino prefijado en varios manuales: los de autoayuda, sí, pero también los de guion, que muchas veces suelen ser bastante parecidos entre sí.
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  • Independencia
    Una historia de película

    El filme del filipino Raya Martin rescata la estética de los años ‘30.

    A lo largo de la historia del cine, la manera más tradicional de tratar temas históricos es y ha sido el realismo en todas sus variantes. Pero el filipino Raya Martin no es un cineasta tradicional. A los 25 años, lleva ya siete películas realizadas, todas ellas diferentes en forma, estilo y duración (todas se pueden ver, desde cortos a largos de más de cuatro horas, en la Retrospectiva Integral que se da en la Sala Lugones del Teatro San Martín) y no es la clase de realizador que optaría por una solución convencional.

    Así nace Independencia , presentada como segunda parte de una trilogía sobre períodos conflictivos de la historia filipina, todos ellos armados en función de un estilo cinematográfico específico. La primera fue Una película corta acerca de Indio Nacional (centrada en la ocupación española) mientras que Independencia tiene como trasfondo la ocupación estadounidense de fines del siglo XIX y toma como referencia estética los filmes del último período silente y de los años ‘30 de Hollywood.

    La trama de Independencia es simple, arquetípica. Una madre y su hijo se escapan de la invasión estadounidense y se refugian en medio de la jungla, donde tratan de sobrevivir con muy poco. Allí encontrarán a una mujer, que se convertirá en la esposa del hijo. Tiempo después, la mujer dará a luz un hijo producto de haber sido violada por un soldado estadounidense.

    En blanco y negro, y con el formato 4:3 (pantalla casi cuadrada) del cine clásico, Martin usa fondos pintados, una jungla construida en estudios, intérpretes que usan un estilo de actuación exagerado y muchas referencias del “cine exótico” de aquellos tiempos. Y es un placer cinematográfico de principio a fin: un filme hecho con inteligencia y sensibilidad, político y humano a la vez, estilizado pero curiosamente real si se lo mira más allá de la apariencia. Si los mitos son mentiras que se convierten en verdades, este filme es pura verdad cinematográfica.
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  • Karate Kid
    Karate Kid
    Clarín
    A las patadas por Beijing

    Jackie Chan y el hijo de Will Smith, en la remake del filme de los ‘80.

    Karate Kid parece una película hecha en los años ‘80. Y esto debe ser leído como un elogio. Da la impresión de que el realizador -el holandés Harald Zwart- entendió que hay algo en la lógica del filme, en su narrativa y estética, que hace que sea sensato transmitir esa sensación sin ningún tipo de ironía, distancia o estilización. Sí, es cierto, se trata de una remake de un filme de 1984, pero podría haber sido arruinada tratando de “adaptarla” a la estética contemporánea.

    La trama del filme, en lo principal, se mantiene casi idéntica al original. Lo que han cambiado son los escenarios y la circunstancias. Y la edad del protagonista. Dre Parker (Jaden Smith, el carismático hijo de Will Smith y Jada Pinkett) tiene 12 y no 16, como tenía el personaje de Ralph Macchio. Con su madre no se muda a la costa oeste de los Estados Unidos sino a China. Y, fundamentalmente, no aprenderá “karate” sino “kung fu”, lo cual deja al título del filme en un absurdo equívoco cultural.

    Además de eso tiene a Jackie Chan en el rol del maestro Han, el solitario y taciturno portero del edificio al que Dre y su madre se mudan cuando llegan a Beijing. El pequeño Dre es maltratado por un grupo de chicos después de que lo ven conversando con una niña. Tras una serie de golpizas - kung fu style - en el colegio, Han sale en su ayuda y, solito, detiene a los cinco chicos. Dre le pide que sea su maestro y, tras negarse varias veces, finalmente Han termina aceptando.

    La educación en las artes marciales no será fácil para Dre, ya que Han le propone acciones repetitivas y aburridas como colgar y descolgar una campera. Pero, claro, todo tendrá sentido cuando Dre vaya a competir en un torneo de kung fu contra sus enemigos y lo aprendido funcione de maneras inesperadas.

    En el medio, Karate Kid (que, para no ofender sensibilidades, se estrena como Kung Fu Kid en todo Asia) tendrá tiempo para convertirse en un folleto turístico de China (es una coproducción que servirá para abrir mercados), para contar una serie de minidramas familiares (de Dre, de Han y de su noviecita) y para funcionar como clásica épica deportiva con enseñanza incluida.

    Si bien 140 minutos son demasiados casi para cualquier cosa, el filme nunca aburre (tampoco sorprende, eso es cierto) ni molesta. Algunos esperarán más “acción” de parte de Chan -que tiene un rol relativamente secundario-, y otros considerarán que los protagonistas son demasiado chicos tanto para los golpes que se dan (incluyendo algunas fracturas) como para el conato de romance que surge entre el precoz Dre y su novia china. Pero, más allá de eso, la película funciona como un regreso a cierta estética “ochentosa” que uno ya creía abandonada para siempre. Hacer un programa doble con el show de Peter Cetera sería el plan más apropiado.
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  • La carretera
    El viaje hacia ninguna parte

    Viggo Mortensen es un padre que recorre con su hijo las rutas de un mundo post-apocalíptico en esta adaptación de la novela de Cormac McCarthy.

    Cada día es más gris que el anterior y cada semana más fría, mientras el mundo lentamente muere”, dice El Hombre en la voz en off que recorre La carretera , la post-apocalíptica película de John Hillcoat basada en la premiada novela de Cormac McCarthy, el escritor de Sin lugar para los débiles . El texto ha sido modificado del original –la prosa de McCarthy es en extremo poética, imposible de ser puesta en palabras-, pero la idea es clara: el mundo muere y hay muy poco que El Hombre y su Hijo pueden hacer más que sobrevivir. Pero, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿a qué precio? La carretera imagina un mundo devastado por algún tipo de cataclismo no explicado. Puede haber sido natural o causado por el hombre, lo cierto es que las ciudades están abandonadas, los árboles caen y mueren, el sol casi no sale y la raza humana se ha prácticamente extinguido. Los pocos sobrevivientes siguen recorriendo rutas casi sin destino: buscando comida, tratando de evitar a lo que consideran la mayor plaga, los caníbales, escapando del fin del mundo o acaso yendo hacia él.

    El Hombre y el Niño (Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee) han dejado atrás, hace años, una vida familiar que el filme pinta como idílica en escenas que no están en la novela y que sirven, si se quiere, para alivianar un poco el denso y fatalista recorrido del filme, además de dotar de un rasgo humano y reconocible al drama. Hubo un tiempo que fue hermoso, con una Madre (Charlize Theron) y un futuro posible, pero todo eso concluyó. Y ahora sólo queda seguir el viaje hacia ninguna parte.

    Para el padre, hay dos objetivos: llegar hasta la costa esperando encontrar allí algo, y proteger al hijo, aunque eso implique matarlo antes que entregarlo a potenciales zombies que comen todo lo que encuentran a su paso. Y un tercero: hacer ese recorrido siendo parte “de los buenos”, de los que “llevan el fuego”, los que conservan eso que los hace humanos. Con el paso del tiempo y las complicaciones del viaje, será difícil saber cuál es el límite que separa a “buenos” de “malos” en una descarnada y paranoica lucha por la supervivencia.

    El australiano John Hillcoat, director del western Propuesta de muerte , consigue trasladar visualmente –con la ayuda del director de fotografía español Javier Aguirresarobe y de los diseñadores de producción- el clima ominoso de la novela de McCarthy. El mundo es un lugar desolado y desesperante, desprovisto de luz y de color, frío, amenazante y gris, siempre gris. Y también es muy respetuoso del laconismo de la novela. Pocas palabras, pocos incidentes: con transmitir la angustia y lograr que el espectador se conecte con ese padre y ese hijo alcanzará para que el asunto funcione.

    Hillcoat no llega a transformar a La carretera en una obra maestra (alguien decía que haría falta un Tarkovsky para lograrlo) ni para convertirla en una película amable o accesible. Se puede decir que es una película de terror, pero sin casi ninguno de los elementos típicos del género. Es un terror palpable, de miedo a la soledad, al silencio, al fin de las cosas. Pura angustia.

    Pero en el fondo, y más allá de la circunstancia, se podría decir que el filme y la novela tratan sobre la relación entre un padre y su hijo, sobre lo que uno está dispuesto a hacer por el otro, sobre ese lazo de protección que puede transformarse, sin quererlo, en una trampa. Viendo enemigos en todos lados, eligiendo la confrontación como ideología para sobrevivir, el padre intenta llevar a su hijo a través del desierto hacia la Tierra Prometida, pero sabiendo que el destino es incierto y aún más para él. Si hay un futuro -y quien sabe si lo hay-, será para los que logren ver el mundo con ojos nuevos.
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  • New York, I love you
    La ciudad de los corazones rotos

    Diez directores en una película colectiva con historias de amor y desamor.

    Las películas colectivas son un formato bastante particular y especialmente difícil de analizar como un todo.

    New York, I Love You no es la excepción. Se trata de una adaptación a la ciudad estadounidense del concepto de Paris Je t’aime : una serie de cortos, viñetas, en torno a historias de amor o desamor en grandes ciudades.

    El productor es el mismo (Emmanuel Benbihy) y la idea es seguir llevando ese concepto a otros lugares, digamos, turísticos (Shanghai, Jerusalén y Río de Janeiro son problables destinos). El concepto no acaba ahí. El sistema incluye dos días de rodaje y ocho minutos de duración, como máximo, por corto.

    New York, I Love You tiene diez y uno que funciona a manera de transición/conexión entre los demás.

    Así, entonces, hay cortos mejores y peores, y a lo sumo se puede observar cierta similitud estética entre varios (un estilo, llamémoslo, ligeramente publicitario) y algún previsible hilo común, como las vueltas de tuerca “sorpresivas” del final, algo bastante habitual en el formato corto. También, claro, hay un elenco de notables y reconocidos actores.

    Destacables hay, apenas, cuatro. Bradley Cooper ( ¿Qué pasó ayer? ) y Drea De Matteo ( Los Soprano ) juegan con su voz en off y sus cuerpos una relación con pasado fugaz y presente misterioso dirigidos por Allen Hughes. Por otro lado, Robin Wright Penn y Chris Cooper, por un lado, y Ethan Hawke y Maggie Q., por el otro, manejan cierta picardía de conquista sexual con finales inesperados, dirigidos por el francés Yvan Attal.

    Sin ser un gran corto es un deleite ver el intercambio entre los veteranos Eli Wallach y Cloris Leachman tratando “de caminar” la ciudad en el corto de Joshua Marston, mientras que hay otro pequeño misterio en la relación entre Orlando Bloom, Christina Ricci y un tal Dostoievski, dirigidos por el japonés Shunji Iwai.

    Otros, como la noche de graduación entre Anton Yelchin y Olivia Thirlby, dirigidos por Brett Ratner, no pasa del chiste apenas simpático, lo mismo que el cruce entre Andy García, Hayden Christensen y Rachel Bilson en el que dirige el chino Jiang Wen, o el que se establece entre un pintor y una mujer asiática (Shu Qi) en el filme de Fatih Akin.

    Natalie Portman decepciona por partida doble. No es su culpa en el corto de Mira Nair (el problema allí es conceptual, de banalidad temática étnico/religiosa de la anécdota), pero sí lo es en el que ella dirige, sobre un hombre latino que pasea a una niña por el Central Park. El más flojo, pese al elenco (Julie Christie, John Hurt), es el de Shekhar Kapur, que parece sacado de otra película.

    Cuatro cortos interesantes, seis entre flojos y pasables. El turismo a Nueva York no va a crecer ni se va a caer porque existan más o menos películas simpáticas, pero intrascendentes, como ésta.
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  • Cómplices del silencio
    La cara oculta del Mundial ‘78

    El italiano Stefano Incerti dirige esta fallida coproducción.

    Ya se ha dicho mil veces que con las buenas intenciones no alcanza para hacer una buena película. Y algo parecido a eso es lo que pasa con Cómplices del silencio , un enrevesado melodrama italiano-argentino, dirigido por Stefano Incerti y que transcurre durante el Mundial de Fútbol de 1978.

    La premisa, en principio, es simple. Maurizio, un periodista italiano (Alessio Boni, uno de los dos inolvidables hermanos que protagonizaban La mejor juventud ), viene al país a cubrir la Copa del Mundo para un diario, acompañado por un amigo. En la Argentina tiene unos familiares, a los que va a visitar: tíos, primos y una larga serie de parientes que, milagrosamente, han mantenido muy bien el uso del italiano.

    A partir de ese encuentro, Maurizio irá interiorizándose cada vez más de lo que está pasando en la Argentina en ese momento, con los secuestros y las desapariciones forzadas de personas. Pero al principio parece más interesado en conquistar a Ana (Florencia Raggi), una mujer que se ha divorciado y de la que queda prendado instantáneamente.

    Mientras el Mundial pasa a ser un reflejo cada vez más distante, la historia de amor entre ambos (con alguna escena hot) y la trama política se mezclarán de maneras totalmente previsibles, con un guión dispuesto a llevar los distintos hilos narrativos (que son demasiados) hacia los choques más obvios, tanto familiares como sociales y políticos.

    A todo esto hay que sumarle diálogos literalmente imposibles de ser dichos (parece por momentos una parodia de una película sobre la dictadura, de ser esto posible) y el trabajo de actores que, evidentemente, responden a sus propios impulsos y que parecen dejados a su suerte por el director. Salvo excepciones (Raggi, por momentos, o el propio Boni), todos parecen actuar en distintas películas. Algunos, acaso sin darse cuenta, en una comedia.

    Las intenciones, entonces, de develar/revelar secretos de los ’70, podrán ser nobles y valiosas. Los resultados de Cómplices del silencio , lamentablemente, son decepcionantes.
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  • La última canción
    Esas cuestiones del corazón

    Miley Cyrus protagoniza un melodrama familiar y romántico.

    Si la idea era ir sacando a Miley Cyrus del exclusivo mercado de chicas adolescentes que consumieron con devoción toda su etapa Hannah Montana, la idea de ponerla como protagonista de una adaptación al cine de una novela de Nicholas Sparks -autor de melodramas románticos como Diario de una pasión, Noches de tormenta o la más reciente Querido John -, sonaba como la adecuada. En un punto, los filmes basados en textos de Sparks son como la evolución natural tanto para una actriz como ella como para sus fans: son fantasías similares, sólo que apuntan a un público algo más grande... en edad.

    En La última canción , Cyrus encarna a Ronnie, una adolescente rebelde de 17 años, a la que le toca compartir un tiempo con su padre (Greg Kinnear) y con su hermano menor, en una ciudad costera de Georgia, alejada de Nueva York, ciudad en la que ahora está radicada. Ronnie tiene una muy mala relación con su padre, ya que lo culpa de la ruptura familiar. El, un pianista clásico y maestro, intenta pero no puede conectarse con ella. Aunque comparte la pasión por la música, algo falla ahí.

    Como si fuera un melodrama de los ‘50, Ronnie conoce en la playa a Will (Liam Hensworth), un adolescente hijo de una familia muy rica con el que, de a poco, comienza a tejer una relación sentimental. Allí, como en todas las tramas de Sparks, las cosas se tornarán, por un lado, románticas y, por otro, entrará el drama en sus formas más tortuosas. La reconciliación familiar y el despertar sentimental irán de la mano de una catarata de golpes bajos difíciles de asimilar.

    Como actriz, Cyrus es competente y si la película es floja no es por su culpa. Sus problemas son parte de la idea de que evolucionar como espectador (y como actor) es salir de las fantasías pop y pasar a dramas de novelas de bolsillo. Y no tiene por qué ser así. Promediando el filme, uno ya quiere que regrese Hannah Montana.
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  • Los senderos de la vida
    Infancia interrumpida

    Abandonadas por su madre, dos niñas van a vivir con familiares en este notable filme.

    La impronta del neorrealismo atraviesa todo el relato de Los senderos de la vida , el segundo largometraje de Kim So Yong, la realizadora coreano/estadounidense que se hizo conocida (al menos en el mundo de los festivales de cine) a través de su opera prima, In Between Days , premiada en la edición 2007 del Bafici.

    Los senderos...

    (que, bajo su título original, Treeless Mountain , estuvo en el mismo festival porteño en 2009) tiene características bastante autobiográficas y cuenta la historia de dos niñas que viven en Seúl y que se van de la ciudad para quedar al cuidado de su tía cuando su madre decide partir a la búsqueda de su pareja, que la dejó, con la promesa de volver.

    Las niñas tienen seis y cuatro años, y su tía, claramente, no está en condiciones de cuidarlas. Ni a ellas ni a sí misma. Alcohólica, agresiva y bastante negligente, deja a las chicas prácticamente libradas a su suerte, ocupada en sus propios asuntos. Y como las niñas tampoco están capacitadas para cuidarse, terminan yendo a vivir al campo, a la casa de su abuela, donde encuentran algo más parecido a un hogar.

    Si bien hay varias películas asiáticas que cuentan historias de niños en situaciones de semiabandono y/o de reencuentro familiar (de Nadie sabe , de Hirokazu Kore-eda, a la coreana Camino a casa ), la de Kim no apuesta ni a la desesperación de la primera ni al sentimentalismo de la segunda. Su registro es más cotidiano, mezclando pequeñas anécdotas de las niñas, sus paseos y sus pequeñas actividades y juegos.

    Hay algo del cine de Yasujiro Ozu que se cuela en este relato calmo y revelador en sus detalles (si bien la puesta en escena es muy distinta, con la cámara bien cerca de cada movimiento de las chicas), aunque también se puede trazar una relación con cierto cine independiente estadounidense, que es el marco en el que Kim desarrolla su carrera.

    De hecho, su marido, Bradley Rust Gray (que dirigió The Exploding Girl y produce sus filmes) tiene en sus películas un tono similar de observación y de captura de pequeños momentos y epifanías. Si bien no son demasiado novedosas, las películas de ambos, que combinan tradiciones realistas varias, son de las más interesantes del cine contemporáneo.
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  • Kick-Ass
    Kick-Ass
    Clarín
    Superhéroe casero

    Un adolescente decide “convertirse” en un superhéroe y se termina metiendo en serios problemas.

    Por qué a nadie se le ocurrió ser un superhéroe en la vida real?”, se pregunta la voz en off de Kick-Ass al comenzar la película. Tanto adolescente fanático de los cómics, nerds marginados en el colegio y con poco acceso a las chicas, ¿por qué en lugar de consumir fantasías acerca de volverse poderoso, amado y admirado, directamente no pasan a los hechos aunque no tengan, en realidad, ningún poder especial? Eso es lo que piensa Dave -y luego veremos que no es el único- en el comienzo de Kick-Ass , la nueva película del inglés Matthew Vaughn, quien fuera productor de Guy Ritchie y tras la muy buena película de gángsters Layer Cake se convirtió en director.

    El arranque de Kick-Ass es muy diferente. Parece tratarse de una parodia de superhéroes jugada por los protagonistas de Supercool , o tantas otras comedias sobre nerds de secundaria. Como en aquélla, aquí son tres amigos de los cuales uno, tratando de impresionar a una chica, decide calzarse un traje verde y, sin talento alguno, salir a cazar villanos por Manhattan.

    Esa primera parte es la más divertida: paródica pero no obvia, cruzando el género con cierto realismo y con algunos toques que hacen acordar a gemas literarias que atraviesan escenarios similares como La fortaleza de la soledad , de Jonathan Lethem.

    Pero Vaughn no se conforma con eso. En realidad, sólo funciona como punto de partida para una película mucho más “ Guy Ritchie” de lo que parecía en un principio. Habrá gángsters, un padre y una hija obsesionados por las armas (quienes, al ver la fama que termina alcanzando el tal Kick-Ass se lanzan a combatir lo que se les cruce en su camino) y también el hijo del mafioso, otro chico solitario en busca de atención paternal, encarnado por Christopher Mintz-Plasse, el McLovin’ de Supercool .

    En extremo violenta -aunque en un tono paródico que la acerca, si se quiere, más a Kill Bill que a El Hombre Araña , su referente temático más cercano-, el filme termina tomándose demasiado en serio como película de acción y perdiendo un poco el eje entre subtramas y diversos personajes.

    Da la impresión de que, tras un comienzo en clave humana, Vaughn quiso demostrar que era capaz de dirigir la nueva película de X-Men y puso sus fichas en eso. Lo logró: dirigirá la próxima X-Men . Y, aparentemente, también Kick-Ass 2 . Aquí demuestra su talento para el género, pero también sus limitaciones como director.
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  • Legión de ángeles
    Criaturas no tan celestiales

    Vienen del Más Allá... con propósitos violentos.

    Puede una película tener una primera mitad muy interesante y luego irse cuesta abajo sin retorno? ¿Y cómo se la juzga? ¿Por sus muy buenos primeros 50 minutos o por sus muy flojos últimos 45? De hecho, es algo bastante normal y habitual en el cine estadounidense, especialmente en los últimos años: crear una trama interesante y potencialmente atrapante, y luego tirarla a la basura y reemplazarla por interminables y confusas secuencias de acción regadas de efectos especiales.

    Digamos que Legión de ángeles empieza con el modelo de clásicos como Asalto al Precinto 13 , de John Carpenter (o la anterior Río Bravo , de Howard Hawks), y la mezcla con una suerte de Terminator místico/religioso. Y bien en plan Clase B.

    El asunto arranca cuando un ángel (Paul Bettany) cae del cielo, roba unas armas y mata a unas personas. De ahí pasamos a un restaurante en medio del desierto de Mojave y a las vidas de los que están allí: el dueño (Dennis Quaid), su hijo, una familia que ha parado allí a comer, un hombre divorciado que acaba de detenerse en el lugar, el cocinero y la chica que atiende, que está embarazada.

    De a poco las historias se conectarán. Aparecerá una anciana escapada de El exorcista llevando tensión al grupo. Luego serán invadidos por una plaga de moscas. Y enseguida, nuestro ángel caído aparecerá allí con sus armas. ¿Qué busca? ¿Viene a atacarlos o a defenderlos? ¿Y qué es esa horda de personas que vienen llegando con cara de pocos amigos? Esa primera mitad, de tensión creciente, de encierro y amenaza, es lo mejor de la película. Pero luego empiezan las explicaciones (que no conviene adelantar aquí, pero que apuntan por el lado de “la ira de Dios”, tema que hizo que muchos grupos cristianos boicotearan el filme), los diálogos pomposos y, finalmente, los combates a mansalva, con cuerpos despedazados y una inercia narrativa que lleva al filme, sin muchas variantes, a previsible destino.

    La sensación final, claro, no es demasiado agradable. Uno siente que se echó a perder una de esas películas potencialmente nobles que a veces se cuelan en el mainstream hollywoodense, obligada a ceder a la grandilocuencia digital que hoy se les exige a todos estos productos. Una lástima.
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  • Stella
    Stella
    Clarín
    Golpe a golpe, beso a beso

    Sensible drama francés de Sylvie Verheyde sobre una chica de once años.

    Stella tiene once años y acaba de entrar a un colegio en el que no se siente muy cómoda. Le tocó por sorteo (por el apellido) y se trata de una escuela de chicos ricos y aplicados que la dejan de lado todo el tiempo.

    De hecho, ella tampoco hace muchos esfuerzos por integrarse. Y ni siquiera por aprender lo que allí enseñan. En la voz en off que recorre Stella , la nueva película, bastante autobiográfica, de la francesa Sylvie Verheyde (la historia transcurre en 1977), la chica confiesa que no presta atención en las clases, que no le interesa nada de lo que allí se habla. Y sus pésimas calificaciones lo dejan en clara evidencia.

    También es cierto que en su casa a nadie parece importarle mucho el asunto. Stella vive detrás de un bar (pub, boliche, bodegón, hostería) y sus padres trabajan allí todo el día, beben con los habitués (una serie de personajes bien de bar) y no le prestan demasiada atención a lo que hace o deja de hacer.

    Pero algo empezará a cambiar cuando Stella conozca a Gladys, la aplicada e inteligente hija de unos exiliados argentinos (a quienes se ve en un momento cantando aquello de “ Por las sendas argentinas/Va marchando el Errepé ”). En su familia se lee, se habla de política, se escuchan cantautores. En la de Stella: cerveza, pool, Eddy Mitchell y peleas de borrachos.

    Ese despertar al mundo de Stella tendrá otros ingredientes: una visita a la familia de su papá en el campo, los problemas matrimoniales de sus padres (encarnados por una intensa Karole Rocher y un apocado Benjamin Biolay, sí, el cantante, que luce demasiado cool para el rol de perdedor que le dieron) y su amistad con otros personajes del bar: un veterano que la mira con demasiado cariño y el taciturno Alain Bernard, encarnado por Guillaume Depardieu en uno de sus últimos papeles antes de morir.

    Stella es un filme de iniciación, reflejando de manera muy ajustada esa etapa de cambio entre la infancia y la adolescencia. Por momentos Verheyde busca epifanías un poco obvias (abundan las secuencias musicales) o lleva a los personajes a funcionar en un modelo causa-consecuencia que suena algo forzado (Stella ve a su madre besándose con otro hombre; escena siguiente está a los golpes en la escuela), pero sin duda logra captar no sólo el estado mental y emocional del personaje, sino esa época de finales de los ‘70, a través de elecciones musicales y de arte/vestuario más que acertadas.

    Una película pequeña y humana, muy sensible, que sabe cortar en el momento justo, que entiende y no juzga a los personajes -equivocados o no, confundidos o no-, Stella es más que una agradable película: es un espejo de ese niño (o niña) que todos fuimos alguna vez.
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  • Pesadilla en Calle Elm
    Uno, dos, aquí vengo otra vez más...

    Esta remake de la original "Pesadilla en lo profundo de la noche", de 1984, tiene a un nuevo actor en el papel de Freddie Krueger y pocos cambios más.

    En el avance cronológico de las remakes -y agotadas casi todas las de los '70-, era obvio que tarde o temprano iba a tocarle a Pesadilla en lo profundo de la noche, aquel perturbador filme de Wes Craven de 1984 sobre los crímenes de un tal Freddie Krueger, que durante años llevó el rostro (severamente quemado, es decir, maquillado) de Robert Englund.

    Lo mejor que hicieron los productores de la remake (entre los que se cuenta Michael Bay) fue elegir a un actor que genuinamente causa miedo para reemplazarlo. Se trata de Jackie Earl Haley, el pedófilo de Secretos íntimos o el mismísimo Rorschach de Watchmen. Pero los esfuerzos del enjuto Haley no alcanzan.

    La trama no se ha modificado demasiado de la original. Krueger aparece en los sueños de un grupo de adolescentes y es allí donde puede matarlos. Ellos, en tanto, intentan permanecer despiertos la mayor cantidad de tiempo posible y así tratan de descubrir quién es el sujeto que los tortura en sus pesadillas y porqué.

    Y así irán cayendo, amigo tras amigo, todos conectados a un hecho del pasado que desconocen y que, claro, los une al misterioso y "afilado" Freddie.

    Los recursos son los mismos de antaño y más allá de algunas mejoras obvias en los efectos especiales, no hay muchas sorpresas en un filme que trata sustos de 26 años atrás (el ya típico ruido de las cuchillas de Krueger sobre la pared o su perversa cancioncita de una) como si fueran novedades.

    Tomando en cuenta el éxito de su estreno en los Estados Unidos, es obvio que hay un mercado dispuesto a consumir refritos de éxitos del pasado, especialmente si no vieron los otros ocho capítulos de la saga. Para los que pasamos por todos (o casi todos) ellos, esta nueva pesadilla (el título local, Pesadilla en la calle Elm, esta vez sí respeta el original), no es otra cosa que un "cover" hecho por una banda menor de un tema que, en algún momento, fue original.
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  • Carancho
    Carancho
    Clarín
    Calles salvajes

    Un negrísimo e impactante policial de Pablo Trapero, con Ricardo Darín y Martina Gusman.

    A los golpes, así anda Sosa. Intentando ser domesticado a las piñas, como buen antihéroe de todo policial. Arranca, nomás, siendo pateado en algún descampado. Y volverá, varias veces, a acumular cortes y heridas en su rostro. Pero parece que el hombre se alimenta de esos golpes, que lo ponen en funcionamiento. Con la sangre todavía fresca sobre el rostro, Sosa (Ricardo Darín) se presenta en un accidente de autos dispuesto a colaborar con los médicos de emergencia. ¿Qué hace allí? ¿Cómo llegó antes que ellos?

    El filme define su profesión como la de "carancho", un ave de rapiña, carroñera: un abogado que, más que perseguir ambulancias, recibe el dato de los accidentes -gracias a una serie de contactos- y llega al lugar antes que todos para ofrecer sus servicios legales a nombre de una fundación. El "paquete" funciona: de lo que paga el seguro, la víctima cobra una pequeña parte, los abogados una mayor y habrá comisión para policías y paramédicos. "A un tipo que no tiene nada y aparece tirado debajo de un puente a las tres de la mañana, lo mejor que le puede pasar es encontrarse a un tipo como Sosa", se justifica Pico, conductor de la ambulancia.

    En la ambulancia viaja Luján (Martina Gusman), una joven médica que hace guardias en un hospital de San Justo. En ese choque conoce a Sosa y descubrirá a qué se dedica. Lo verá varias otras veces -Sosa tiene la particularidad de siempre estar rondando, como buen carancho, a la caza de su presa- tendrán una rara cita. Rara porque funciona en los horarios y las condiciones que la poco glamorosa profesión de ambos requiere.

    Claro que, de allí en más, todo se complicará. Luján descubrirá que el "carancheo" de Sosa no es tan simple como parece, él se enredará en problemas con su jefe en la Fundación y la relación se quebrará. Todo lo que hará falta para reunirlos, como reza la tradición del cine negro, es un último trabajito para poder escapar de ese mundo sin salida. Y allí empezará, casi, otra película, una en la que el dinero, las armas y las persecuciones irán acelerando el pulso de los protagonistas y de los espectadores.

    En Carancho, como en El Bonaerense -la película de Trapero a la que más se asemeja-, el universo que rodea a los personajes es hostil, oscuro, por momentos desesperante. El punto de vista del espectador es el de Luján: es a través de ella que descubrimos las capas de corrupción, el negocio que se maneja detrás de los accidentes de tránsito, los lazos que unen a los distintos "jugadores".

    Si bien ya ha empezado a conocer algunos vicios de su profesión, Luján todavía trata de hacer lo correcto, cree en los que la rodean y no dejará de hacerlo hasta que la realidad le pruebe lo contrario.

    Sosa es diferente. Es un viejo zorro, un hombre que conoce su territorio y que quiere salir de allí antes de que sea demasiado tarde. Ella es su ángel, la chica que conquista y la que le permite ilusionarse con una vida fuera del infierno.

    Policial negro, puro y duro, que no da respiro al espectador, Carancho nos mete en una situación que imaginamos en extremo realista pero la tiñe de la lógica y los condimentos del género, como una versión sucia de los policiales norteamericanos de los '70. Es una película "scorseseana" (de Calles salvajes a Vidas al límite, pasando por Taxi Driver) en su combinación de tradición y modernidad, de estilización de guión (las "reglas" del género) y de observación del mundo (neorrealismos varios).

    Carancho es una película tan real como brutal, tan cercana como lejana (eso pasa acá, todos los días, muy cerca de la casa de cada espectador, pero parece un mundo aparte), tan cotidiana como sórdida. En ella Trapero demuestra, también, una solidez narrativa más clásica y detalles de puesta en escena (prestar atención a la cantidad de asombrosos planos secuencia) notables.

    Fatalista, sangrienta, impiadosa (acaso demasiado) y violenta, Carancho se suma a la tradición de los policiales que viene haciendo Ricardo Darín. Y tal vez este sea el más duro de todos ellos, más aún que El aura y ni hablar de El secreto de sus ojos. Su cara ya tiene pegado ese agotamiento ante el mundo: es como si el actor y el personaje estuvieran pidiendo por alguien que los saque de allí, urgentemente. Y para eso deberá estar Luján, personaje en el que Gusman vuelve a lucirse como una de las mejores actrices del cine argentino, encontrando esa difícil mezcla entre inocencia y dureza, simpatía y temeridad.

    Carancho no es una película fácil de ver ni todas las elecciones de Trapero son acertadas -el final generará algún que otro debate-, pero se trata sin dudas de un filme, y de un realizador, que no hace concesiones. Tener una estrella taquillera, mayor presupuesto y una distribuidora grande no le torcieron el pulso. Al contrario: Carancho es la película de alguien seguro de lo que hace y convencido de su recorrido en el mundo del cine.
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  • Iron Man 2
    Iron Man 2
    Clarín
    La leyenda del indomable

    Un nuevo show actoral de Robert Downey Jr. es lo mejor de una secuela apenas entretenida.

    El superhéroe menos heroico está de regreso. Tony Stark, el empresario multimillonario, playboy incorregible, egomaníaco y alcohólico, ya es conocido por todos como Iron Man. Se acabaron los secretos. Pero para Stark no es un problema. Al contrario, es motivo para más show, para inflar más su ya exacerbado narcisismo. Es él, y nadie más, el único capaz de salvar el planeta. "Privaticé la paz mundial", se vanagloria.

    En Iron Man 2, Stark se verá enfrentado a diversos problemas (y villanos) paralelos. Esa "justicia privatizada" no le cae nada bien al gobierno estadounidense, que quiere su tecnología para controlar ellos la seguridad mundial. Y por allí está también Justin Hammer (Sam Rockwell), un fabricante de armas que también quiere esos secretos. Y en el medio está Rhodey (Don Cheadle, que reemplazó a Terrence Howard), el amigo de Stark, que duda si debe o no dejar la seguridad del planeta en manos de semejante irresponsable. Y aún falta lo mejor: Ivan Vanko (Mickey Rourke), el hijo de un científico ruso que quiere vengarse de Stark por un asunto del pasado, y que es quien más cerca está, tecnológicamente hablando, de presentar una seria amenaza para Tony.

    Todo esto, claro, sin hablar de su relación siempre distante con Pepper Potts (Gwyneth Paltrow), su atracción por Natalie Rushman, una misteriosa asistente recién llegada a su empresa (Scarlett Johansson) y, finalmente, su problema principal: el reactor que le funciona como corazón está arruinando su cuerpo y puede matarlo si no encuentra una solución rápida.

    Con todos estos materiales juntos, es claro que no puede haber una película sino una sucesión de escenas, enfrentamientos y, lo que patentó muy bien la película original, oportunidades para que Downey luzca su timing cómico frente a distintos partenaires.

    Pese a eso, el asunto fluye con bastante naturalidad y no se transforma en el pastiche que fue El Hombre Araña 3. Más que nada porque el director Jon Favreau, sabe que el fuerte de la saga está en el jugo que los actores le sacan a cada escena, más que en su algo irrelevante trama o en sus escenas de acción, que no ocupan ni la mitad del tiempo de lo que lo hacen, por ejemplo, en Transformers.

    Se ve que Favreau entiende que ver chocar a dos estructuras voladoras de metal durante una hora es agotador y prefiere mantener los enfrentamientos (salvo el primero y más espectacular, en un Grand Prix en Mónaco) en su justa medida. O bien, los productores se dieron cuenta de que, después de Avatar, las escenas de acción en 2D, ya no lucen tan bien como antaño y las recortaron.

    Menos interesante que la primera (o al menos ya no causa la misma sorpresa la interpretación entre cómica y desaforada de Downey), pero indudablemente entretenida, Iron Man 2 es, a su manera, una suerte de despedida a los grandes tanques de acción en 2D. Se trata de una especie, como los superhéroes impecables de los años '50, en vías de extinción.
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  • Synecdoche New York. Todas las vidas, mi vida
    El arte de sufrir

    De la pluma de Charlie Kaufman, un viaje hacia lo profundo de una mente torturada.

    "No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre -¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!- lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno(...)"

    (Jorge Lus Borges, "La Biblioteca de Babel")

    A las 7.44, Caden Cotard comenzó su día. A las 7.45, lo habrá terminado. O no. En este metarompecabezas que es Todas las vidas, mi vida, todo lo que le sucede al protagonista puede o no haber sido un sueño que duró sólo un minuto. En él pasa toda su vida: sus pasiones, sus proyectos, sus amarguras, sus frustraciones. Y el tiempo que, literalmente, se lo lleva por delante.

    Cotard (Philip Seymour Hoffman) es un autor teatral que vive con su mujer artista (Catherine Keener) y su hija de cuatro años en un pueblo en las afueras de Nueva York. Allí monta una producción de La muerte del viajante con actores jóvenes porque, dice, todos terminarán envejeciendo y muriendo, igualmente.

    Es evidente que el protagonista del primer filme como realizador del guionista de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos no es una persona optimista. Al contrario: es un depresivo severo, pesimista de manual, enfermizo y enfermante. Alguien que no encuentra sentido a su vida, y menos aún cuando su esposa, cansada, lo deja y se va con la niña a Berlín.

    Cotard (el Síndrome de Cotard existe y habla de personas que se sienten muertas en vida) intentará reconstruir su vida de diversas maneras. Y en esa serie de reconstrucciones -simulacros- se le irán los años. Mantendrá una relación con una dulce empleada del teatro (Samantha Morton) y un romance con una actriz (Michelle Williams) con la que tendrá una hija a la que siempre llamará con el nombre de la anterior, a la que adora y extraña. Pero, fundamentalmente, ganará una beca millonaria y con ella intentará producir la obra de teatro más ambiciosa jamás realizada.

    Para eso conseguirá un enorme galpón en Nueva York y juntará allí a actores, sin guión alguno, para producir entre todos "algo real, honesto, la cruda verdad", en la que cada uno -pero especialmente él- pondrá en escena sus conflictos personales. El asunto crecerá y crecerá hasta ocuparle al hombre todo su tiempo: la reconstrucción de su vida será, en definitiva, su vida misma. Y esto, para los que conocen los guiones de Kaufman, recién empieza a complicarse ahí.

    Tan ambiciosa como angustiante, acaso una de las películas más tristes y depresivas jamás hechas, Todas las vidas... es un racconto de las experiencias de un hombre que, como él mismo dice, va "camino hacia la muerte aunque estoy, por el momento, vivo". Enfermedades, amores frustrados, separaciones, dolor, muertes y más muertes. El tiempo que se esfuma ("Mi mujer se fue hace una semana", dice. "Ya pasó un año", le contestan). No hay casi lugar para la luz en la vida de Caden, salvo aquella que perdió y no logra recuperar.

    En sus guiones para Spike Jonze (¿Quieres ser John Malkovich?, El ladrón de orquídeas) o Michel Gondry (Eterno resplandor...), Kaufman dejaba sus complejos artefactos en manos de cineastas que uno podría llamar lúdicos, juguetones. Con él mismo al frente del barco, se pierde ese lado liviano y cómico (lo intenta en un principio, pero no lo logra) y deja en primer plano todas las preocupaciones metafísicas y filosóficas, y a un personaje frustrado y frustrante, con el que, finalmente, resulta muy difícil identificarse por más que se compartan ciertas obsesiones, temas y (malas) elecciones.

    De cualquier manera, Kaufman sigue siendo un fascinante creador de universos, capaz de intentar crear una "sinécdoque" (figura retórica que refiere a una parte que representa un todo; de allí viene el título original del filme) del mundo entero y de todas las preocupaciones humanas y, al no poder reducirlo, termina construyendo una vida dentro de otra, un simulacro que lo consume. A él y a Caden.

    Ambiciosa y desmedida, creativa y voraz, angustiante a más no poder, Todas las vidas... es un extraño viaje por el mundo de las ideas, pero un filme acaso demasiado cerebral para que toda la experiencia humana que debería contener nos interpele y nos conmueva.
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  • Aguas Verdes
    La playa del misterio

    El filme de Mariano de Rosa, con Alejandro Fiore, sigue a una familia en unas complicadas vacaciones en la costa.

    Entre la comedia y el misterio, Aguas verdes, de Mariano de Rosa, es una apuesta de riesgo de la que el director -que hizo uno de los mejores cortos de Mala época (1998) y debuta, más de una década después, como "solista"- no consigue exprimir todas sus posibilidades.

    La película arranca, costumbrismo puro, con una familia yéndose de vacaciones al balneario que da título al filme. Pero, pronto, el padre de familia (Alejandro Fiore) comienza a sentir que su hija adolescente y su esposa le prestan cada vez menos atención, situación que recrudece cuando un joven atractivo y misterioso aparece en la playa y empieza a ser el centro de las miradas de todas las mujeres del balneario.

    Estudio sobre los celos, sobre la paranoia y los roles cambiantes en una familia de clase media, Aguas verdes empieza a correrse hacia el suspenso y la contenida violencia.

    Pese a tener muchas escenas mal resueltas desde lo formal y lo actoral, Aguas verdes se sostiene como un ejercicio, esforzado, de hacer un filme de género(s) con bajos recursos.
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  • Sólo un hombre
    Triste, solitario y final...

    En algunas ocasiones, la tarea de un actor puede elevar a una película a límites emocionales que, de otra manera, no hubiese alcanzado. Y eso es exactamente lo que sucede en Sólo un hombre, debut en la dirección del diseñador de modas Tom Ford.

    Sin la presencia de Colin Firth en el rol de George Falconer -el profesor universitario desolado y al borde del suicidio por la muerte de su pareja con la que convivió durante 16 años-, el filme de Ford sería un elegante y bello tratado visual sobre la tristeza y la melancolía, más cerca de un estilizado aviso publicitario "de autor" que de una película conmovedora y tocante.

    Pero Firth se las arregla para meterse dentro de esa superficie en extremo lustrosa y empaparla de emociones genuinas. Su mirada agobiada, su tristeza infinita, los pequeños atisbos de luz y de deseo que todavía alcanza a registrar, elevan ese museo de diseño que es el filme hasta conmover profundamente al espectador.

    Ford adaptó para su opera prima la novela A Single Man, de Christopher Isherwood, texto de 1964 considerado una pieza de relevancia histórica al centrarse en un personaje homosexual. Corre 1962 y la crisis de los misiles con Cuba se escucha por la radio. Falconer, en tanto, cumple con su rutina: se baña, se viste, prepara su desayuno, acomoda todo a la perfección en su bellísima casa vidriada de las afueras de Los Angeles y marcha a dar clases a la universidad. Eso sí, lleva consigo una pistola.

    El filme lo seguirá a lo largo de un día, a través de varios encuentros: con un alumno joven y bello que lo busca (el irreconocible Nicholas Hoult, el niño de Un gran chico), con un taxi-boy (el modelo español Jon Kortajarena), con su inseparable y alcohólica amiga Charley (Julianne Moore) y con sus vecinos. Todo ese recorrido estará salpicado por flashbacks de su pasado con Jim (Matthew Goode), con quien parecía tener una existencia perfecta que, un día, se acabó de golpe tras un accidente.

    Ford abreva en modelos conocidos a la hora de plantear visualmente su filme. Se puede decir que tiene mucho de Wong Kar-wai (especialmente de Days of Being Wild y Con ánimo de amar), desde los motivos visuales y musicales hasta la cuidada composición de cada cuadro; un toque estilístico que recuerda a la serie Mad Men y, el mundo de los melodramas de antaño (los mismos a los que recurría Todd Haynes en Lejos del paraíso), pero con un estilo, digamos, más cercano a la publicidad o a los avisos de revistas tipo Esquire.

    Esa fabulosa serie de "tableaux vivants" (alguno los comparó con publicidades de perfume y no está del todo errado) no sería más que una cáscara glamorosa pero impenetrable de no estar Firth otorgándole respiración, humanidad y hasta desesperación a cada plano. La suya es una personificación implosiva (muy británica), casi sin excesos, que logran hacer pasar al espectador de la contemplación a la compasión, de la observación a la compenetración. Pocas veces el dolor por la pérdida de un ser amado fue representado de una manera tan conmovedora.
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  • ¡Está vivo!
    El bebé ataca de nuevo

    Flojísima remake de un filme de terror clase B de los años ´70.

    No se trataba de un clásico a la manera de El exorcista o La masacre de Texas, pero para muchos fanáticos del cine de clase B, Está vivo (It's Alive!), de Larry Cohen, es uno de esos filmes de culto de los años '70 que permanecen en la memoria como un recuerdo simpático. De hecho, el filme tuvo bastante éxito y deparó dos secuelas.

    Ahora, como tantos otros filmes de terror de esa época, Está vivo tuvo su actualización y remake. El guión sigue siendo muy similar -en los créditos figura el mítico e inagotable Cohen- y, más allá de algunas actualizaciones y cambios de motivación, la historia es la misma.

    Una chica embarazada (Bijou "voz de helio" Phillips) y su novio (James Murray) se mudan juntos, y la panza de ella comienza a crecer desmedidamente. Ya en el parto quedaba claro que lo que había dentro no era un bebé convencional: sólo al salir del vientre liquida a todos en la sala de partos. Menos a la madre, claro, a la que defiende, literalmente, con uñas y dientes.

    Con un hambre que lo hace devorar animalitos domésticos, luego otros más grandes para terminar con policías, familiares, amigos y vecinos, el bebé en cuestión se transforma en un enemigo público, si bien nadie sospecha de él por motivos obvios.

    Como en la original, la película tiene el buen tino de dejar las carnicerías del niñito fuera de campo (se intuye el peligro y luego se ven las consecuencias), pero uno supone que es más por falta de dinero para efectos especiales que por una cuestión de buen gusto o de discreción.

    Está vivo es un filme de terror muy menor: mal actuado, peor filmado, casi sin suspenso. Por suerte apenas dura 80 minutos.
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  • Querido John
    Cartas de amor

    Lasse Hallström dirige este melodrama sobre una relación a distancia.

    El melodrama bélico supo acompañar el regreso de los veteranos de guerra en la segunda mitad de los años '40 y durante la década siguiente. Los posteriores conflictos armados tuvieron menos melodramas: para la generación que hacía cine a fines de los '60 y '70, el melodrama era un género menor, a ser mirado con desprecio y hasta sorna.

    El tiempo pasó y los estilos cambiaron, pero se siguen haciendo muy pocos melodramas que tengan a la guerra como centro (el reciente Hermanos, de Jim Sheridan, es un caso posible). Querido John, dirigido por el sueco Lasse Hallström en base a una novela de Nicholas Sparks (autor de las románticas Diario de una pasión y Noches de tormenta), intenta recuperar ese espíritu al contar una historia de una pareja: el soldado John y la joven Savannah que se conocen y enamoran cuando él está de vacaciones esperando volver al frente.

    El se va y durante mucho tiempo se enviarán cartas escritas a mano. Si bien el filme transcurre en esta década, la excusa de no tener internet "en el frente" permite volver a la carta clásica. Pero el tiempo y los años irán modificando las cosas. El tendrá un accidente, ella no podrá esperarlo, el padre de él (un hombre obsesivo-compulsivo, al que ella considera autista) tendrá problemas, ella sufrirá los propios. Y así. El destino (y la política internacional) se meterán en el medio para hacer que esta pareja nunca pueda conectarse.

    Pero si bien el núcleo es clásico del melodrama y Hallström muestra cierta discreción en el manejo del asunto, Querido John no parece lograr nunca salir del formato de "película de llanto" más rancio y convencional. Las tibias escenas de sexo filmadas publicitariamente, las cancioncitas que resumen años, los cuerpos brillando a la luz del sol: el director de ¿A quién ama Gilbert Grape? no logra sacar a la película de esa trillada zona. Tampoco lo ayuda mucho el guión y sus obvias y algo redundantes metáforas.

    Una buena actuación de Jenkins (en el rol del padre) es lo más destacado de un filme que, de cualquier manera, puede llegar al éxito, como el best-seller en el que se basa y muchísimos otros libros de tapas sensuales y barrocas tipografías. Esta película es, casi, el equivalente de la literatura del corazón.
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  • La caja mortal
    La decisión de Norma

    Curioso thriller apocalíptico, de Richard Kelly y con Cameron Diaz.

    Si algo no se le puede cuestionar a Richard Kelly es su ambición. En Donnie Darko, su opera prima, todo un filme de culto, y en Southland Tales, su segundo y apocalíptico revoltijo de influencias, el hombre se despacha con otra saga de ciencia ficción apocalíptica a la que, como siempre, llega desde los lugares más inesperados.

    La caja mortal retoma, en principio, el "frasco chico" de su primer filme. Basado en un cuento de Richard Matheson (Button, button), que ya fue adaptado a un capítulo de La dimensión desconocida en los años '80, el filme arranca con una premisa simple y atractiva, de esas que prometen tensión. Norma y Arthur, una pareja de clase media en los años '70 (Cameron Diaz y James Mardsen; ella maestra, él trabaja en la NASA), recibe un regalo misterioso en la puerta: una caja con un dispositivo arriba y el anuncio de que más tarde vendrá alguien a explicar su funcionamiento.

    Es allí cuando aparece Arlington Steward (Frank Langella), un hombre intrigante y extrañísimo, con casi medio rostro en carne viva. El les explica la propuesta que viene con el regalo: si apretan el botón, les dice, alguna persona desconocida morirá y ellos se quedarán con un millón de dólares. Y si no quieren participar, la caja pasará a otra persona. Ellos dudan, no saben que hacer, tratan de ver las posibilidades hasta que en un arranque Norma aprieta el temido botón.

    Y ahora, ¿qué sucederá?

    Lo que pasa es difícil de resumir aquí y es hasta complicado de entenderlo del todo en la pantalla. Digamos que "la caja" en cuestión dispara una suerte de disputa interplanetaria, con extraterrestes y cosas por el estilo, y que la NASA no está del todo alejada del conflicto. Se puede decir que Arlington es, en cierta manera, un heredero de Klaatu, el extraterrestre que bajaba a la Tierra para juzgar el comportamiento humano y allí decidir qué hacían con el planeta en el clásico El día que paralizaron la Tierra.

    La tentación de la pareja los meterá en terrenos insólitos y ante opciones inconcebibles. Y Kelly arma su filme como si estuviera hecho en los años '70, con un clima propio de algunos clásicos de Stanley Kubrick (y con esa densidad en el manejo de los tiempos y los planos) hasta lograr que La caja mortal parezca, por momentos, una de las viejas películas de Spielberg deformada por algún discípulo de David Lynch.

    Pero como en su anterior película, Kelly no sabe bien cuándo parar y no tiene ningún miedo al ridículo, llevando la apuesta a lugares que muchos espectadores considerarán bastante insólitos e improbables. De cualquier manera, sus fallas son creativas, de ambición, y en un medio que nos acostumbra, semana a semana, a lo previsible y correcto, una película como La caja... se destaca por meterse en zonas que muchos tratan de evitar. Va al infinito y más allá también.
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  • El padre de mis hijos
    Más allá de los sueños

    Un intenso retrato familiar basado en la vida de un productor de cine francés.

    Grégoire es un productor de cine muy ocupado. Sin perder la elegancia ni la amabilidad en el trato, se ve que está metido en problemas. Nunca se despega de su teléfono mientras trata de resolver un complicado rodaje en Suecia a las órdenes de un director demandante, o manejar las deudas acumuladas que lo podrían obligar a vender su más preciado capital: sus películas.

    De cualquier manera, al llegar al cálido y enorme caserón de fin de semana que tiene con su esposa, Sylvia, los problemas parecen esfumarse: allí se entretiene con sus simpáticas y creativas hijas, pasea con ellos y trata de alejarse del día a día profesional.

    Pero en un momento determinado, los mundos eclosionan y, sorpresivamente, Grégoire (Louis-Do de Lencquesaing) toma una tremenda decisión. De allí en adelante, su familia deberá aprender a lidiar con las consecuencias.

    En su segunda película, la realizadora Mia Hansen-Love, de sólo 29 años al filmarla, se basó en un caso real: el del productor francés de cine de autor, Humbert Balsam, a quién conoció cuando buscaba financiación para su primer filme (Tout est pardonné).

    El padre de mis hijos cambia bastantes hechos de la vida real (los cineastas que aparecen en el filme son, con los nombres cambiados, reconocidos autores europeos) y, en un momento, asume el punto de vista de la esposa, encarnada por Chiara Caselli, quién debe tomar mayor protagonismo en la segunda parte del relato. Y allí también empezará a pesar la figura de la hija adolescente, otro personaje que se enfrenta de golpe con una nueva vida.

    El padre... es un hallazgo en todos sus aspectos. Desde la primera parte, en la que el día a día de una productora de cine está visto como una combinación peligrosa entre arte y comercio (Grégoire adora producir cineastas poco comerciales y parece bancarse los fracasos), hasta la segunda, en la que la situación cambia y hay que hacer lo posible para salvar a la compañía. Y a través de todo eso, la extraordinaria manera (casual, simpática, con tensiones en segundo plano) en la que Hansen-Love pinta la vida de esa familia.

    Sin sentimentalismos forzados, con una mirada casi documental para retratar situaciones y emociones bastante fuertes, Hansen-Love hace un retrato honesto y genuino de un productor de cine que se jugaba por lo que creía y una familia que hizo siempre lo posible por acompañarlo. Un homenaje, sí, pero más que eso un gran filme.
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  • Fama
    Fama
    Clarín
    Todos por un sueño

    La remake del filme de Alan Parker se acerca a la estética de los realities.

    Treinta años atrás, la película Fama, de Alan Parker, se convirtió en un modelo que hoy es imitado hasta el hartazgo, especialmente en televisión, a través de decenas de reality shows en los que el talento de algún joven y/o adolescente, mezclado con su historia familiar, forma parte de una narrativa inacabable.

    Si bien el modelo "backstage" es un clásico hollywoodense muy anterior (de los musicales de los años '30), Fama puso en primer plano la idea de la "escuela de artistas" como lugar en el que jóvenes con distintos talentos (músicos, actores, bailarines, etc.) se reúnen y combinan el aprendizaje en sus respectivas artes con lo que llamaríamos "lecciones de vida".

    Y esa popularidad del subgénero hace que poco y nada de lo original que podía haber en aquella película sobreviva hoy. Esta remake cruza escenas y situaciones de ese filme, pero se siente más como una mezcla de High School Musical con incontables realities tipo American Idol, X Factor o los locales Operación triunfo y Talento argentino, por citar sólo algunos. Además, claro, de la explosión de MTV y los videoclips (que cuando Parker hizo su Fama estaban en pañales), lo que transforma a esta remake, por lo menos, en redundante.

    Una primera media hora se sostiene gracias a cierto ritmo, los primeros cruces entre los personajes (una bailarina talentosa pero fría, un actor demasiado intenso, una actriz muy tímida, una pianista clásica frustrada, un cineasta, y así.) y los números musicales "improvisados" que surgen en medio de la escuela.

    Pero al rato, cuando el filme pasa (rápidamente, de año a año) a los conflictos entre los personajes y de cada uno de ellos con su familia, el asunto empieza a derrapar sin remedio, tomando como modelo más esos filmes musicales de los años '50 que siempre terminaban con un padre aceptando, entre gruñidos, pero "moviendo la patita", que su hijo/a adolescente "rebelde" tiene algún talento. Musicalmente el filme es casi nulo -más allá de algún momento pasable- y los personajes no salen nunca del trazo grueso.

    Una remake innecesaria, como tantas. Y en breve se viene Footloose, y así. Todo se recicla.
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  • Ernesto Sábato, mi padre
    El mundo privado

    Mario Sabato muestra el lado íntimo del escritor.

    A un año de cumplirse el centenario de su vida (nació en 1911), Ernesto Sabato es protagonista y también receptor de este especial homenaje cinematográfico, una suerte de recorrido por momentos íntimos y familiares suyos capturados, en la mayoría de los casos, por su hijo, el realizador Mario Sabato.

    El documental del realizador de India Pravile es el compendio de materiales que Mario fue filmando con su padre a lo largo de varias décadas, con entrevistas y paseos, recorridos por lugares familiares, anécdotas íntimas y un poco de historia contada (con la voz en off y también presente en cámara) por el propio realizador.

    Sin intentar hacer ningún análisis de Ernesto como figura literaria, el filme encuentra a Sabato mostrando la casa de su infancia en Rojas y contando su niñez (con diez hermanos y un padre muy severo), para pasar luego a sus años en la Universidad de La Plata (la que también recorre) en donde estudió y enseñó Física.

    El resumen de su vida personal hará centro, claro, en su larga estancia en Santos Lugares, su relación de toda la vida con su mujer Matilde y, brevemente, en su obra literaria, para lo cual su hijo lo hará recorrer lugares mencionados en novelas suyas como Sobre héroes y tumbas, además de mostrar escenas de El poder de las tinieblas, su adaptación de Informe sobre ciegos, de 1979, entre otras imágenes de archivo. Cierto aire lúgubre y fantasmal, muy típico de la obra de Sabato, recorre estos tramos del filme.

    Testimonios de figuras célebres (China Zorrilla, Raúl Alfonsín y Mercedes Sosa; el documental está terminado en 2007) se mezclan con los de sus nietos y los del propio realizador hasta llegar a la etapa de Sabato como presidente de la CONADEP.

    El filme luego hablará de la muerte de su mujer (y la profunda depresión en la que se sumió Ernesto) y algunas imágenes posteriores del escritor en 2006 y 2007 (las entrevistas tienen más de una década). Si bien cinematográficamente el filme es limitado, es entendible ya que se trata más de un registro personal que algo hecho con destino de salas. Ernesto Sabato: mi padre sirve como archivo y homenaje en vida y es un filme que debería tener un amplio recorrido televisivo y como material de consulta para los interesados en la figura del escritor.
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  • Amante accidental
    Una segunda oportunidad

    Catherine Zeta-Jones encuentra un novio sin buscarlo.

    La fórmula de Amante accidental no puede ser más antigua y, en manos de Bart Freundlich -un cineasta que parecía tener un futuro promisorio pero que, además de ser el marido de Julianne Moore, no ha hecho gran cosa con su carrera desde aquella inicial El mito de las huellas digitales, de 1997- tampoco es transformada en nada demasiado nuevo, sustancioso u original. Pero acaso gracias al carisma de sus protagonistas, una comedia como Amante... puede resultar en un amable pasatiempo de fin de semana. Pero no más que eso.

    La siempre bella Catherine Zeta-Jones (que está necesitando alguna película que la empuje a retomar la buena senda de su adormecida carrera) encarna a Sandy, una aparentemente feliz mujer casada y con dos niños que un día descubre casualmente -en el fondo de un video casero- a su marido siéndole infiel con una mujer. Al segundo, Sandy y sus niños están yéndose hacia Nueva York con la idea de iniciar una nueva vida allí.

    En plan de conectar con "el hombre indicado", Sandy tiene varias citas con una serie de tipos impresentables mientras deja a sus chicos al cuidado de Aram (Justin Bartha, el novio que desaparece en la despedida de solteros de ¿Qué pasó ayer?), el veinteañero que atiende el café de abajo de su casa y que tiene un aspecto más bien tímido e inofensivo. Tan inofensivo es, que se presta a ser punching bag de una curiosa terapia de descarga para mujeres divorciadas a la que, caramba, también va la enojada Sandy.

    Es claro que, pese a la diferencia de edad y de universos, la bella y madura Sandy pronto empezará a mirar a Aram de otra manera, especialmente a partir de la relación que él tiene con sus hijos. Y él, lo mismo. Pero no será demasiado sencillo conciliar ambos mundos, por lo que el filme de Freundlich deparará algunas sorpresitas para su segunda mitad.

    Es claro que a Freundlich (que también hizo Parejas y dirigió varios capítulos de la serie Californication) no le sobra talento para la comedia romántica. Digamos que apenas cumple con su trabajo de llevar el guión a destino y entrega el comando del asunto a sus actores, quienes son los que sacan a flote el filme, no debido necesariamente a su talento sino a su carisma.

    Catherine Zeta-Jones, encarnando una variante de la mujer madura que intenta conciliar trabajo e hijos. Y Justin Bartha como el eterno adolescente judío, con padres bastante metidos (su papá es Art Garfunkel... el de Simon & Garfunkel) y un casi masoquista gusto por la permanente humillación cotidiana.

    Amante accidental funciona de a ratos (algunos pequeños momentos entre ambos protagonistas y la simpatía de los chicos de Sandy son más interesantes que las supuestas situaciones cómicas) y, finalmente, no es otra cosa que la prueba de que una estrella de cine como lo es Zeta-Jones (Bartha no lo era al hacer esta película, rodada antes de ¿Qué pasó ayer? y al día de hoy todavía no estrenada en los Estados Unidos) puede darle cierto impulso a un filme que, de otra manera, no lo tendría. Lo suyo es pura presencia.
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  • Un sueño posible
    Liviana y accesible

    La película por la que Sandra Bullock ganó el Oscar es, en líneas generales, mediocre.

    La historia del cine está repleta de flojas películas con grandes actuaciones. Si bien lo que hace Sandra Bullock en Un sueño posible tampoco puede llegar a considerarse una gran actuación, sí es cierto que está bastante por arriba del nivel general de la película, que es más bien mediocre.

    En otras circunstancias -sin el Oscar o los 250 millones de dólares que la película de John Lee Hancock recaudó en los Estados Unidos-, un filme como éste iría en la Argentina directo al DVD. Una historia sobre fútbol americano, basada en un caso real (el de Michael Oher), que se puede describir como una "película para TV" (o una versión liviana, amable y accesible de Preciosa), Un sueño... carga encima con todos los clichés del cine de inesperados triunfos deportivos, de jóvenes que superan sus difíciles circunstancias y del famosos género "hecho real".

    Pero, sin embargo, el filme tiene algunas particularidades que le dan cierta gracia. En principio, porque el personaje de Bullock es en sí bastante especial: una mujer republicana, ultra religiosa, fanática del fútbol americano y que se ocupa de ese tema en su blanquísimo y puritano colegio del medio oeste pro-Bush del país. "¿Quién iba a decir -comenta con su marido cuando conoce a una profesora que le da clases a Oher-, que en tan poco tiempo íbamos a conocer a un negro y a un demócrata?"

    Ella es una mujer activa, decidida, literalmente de armas tomar. Y cuando este chico aparece rondando por la escuela y es evidente que por su peso y tamaño tiene todo para ser un gran defensor de fútbol americano, la mujer se lo lleva a su casa y termina haciéndolo parte de su familia, para la sorpresa de sus amigas y el escándalo social.

    Todo lo que sucederá de aquí en adelante, en este filme "de unidad nacional" (no todos los negros se matan entre sí, no todos los blancos republicanos son racistas... ese tipo de pavadas) es lo que uno imagina que puede suceder. Chispazos de Bullock, algunas gracias de su hijo (un pequeño bastante pícaro) y, por suerte, la discreción para evitar las gruesas y literales descripciones de un filme como Preciosa hacen que uno pueda tolerarlo. Pero no hay mucho más que eso. Lo que sí hay son películas mucho mejores que salen directo a DVD (sin ir más lejos, lo nuevo de Wes Anderson, El fantástico Sr. Zorro) que deberían estrenarse antes que Un sueño posible.
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  • Están todos bien
    Una para llorar

    El filme con Robert De Niro es una trama familiar que presiona puntos sensibles del espectador.

    Hay bastantes similitudes entre dos de los estrenos "grandes" de esta semana: Un sueño posible y Todos están bien. Ambas son películas dispuestas para el lucimiento de sus protagonistas (Sandra Bullock en aquella; Robert De Niro en esta); ambas tienen una estética tradicional y ambas, digamos, huelen a rancio, a convencional.

    Las diferencias básicas entre ambas son dos: esta está basada en una película previamente realizada (la homónima de Giuseppe Tornatore) y el elenco está compuesto por importantes figuras: Drew Barrymore, Kate Beckinsale, Sam Rockwell y, claro, De Niro, personificando el rol que Marcello Mastroianni tenía en aquella película.

    Pero las adaptaciones no son particularmente sencillas. Aquí no sólo se trata de convencernos que un norteamericano va a recorrer todo el país en trenes y micros, sino básicamente una cuestión de diferencias de relaciones entre familias italianas y norteamericanas.

    Pocos meses después de la muerte de su mujer, Frank (De Niro) quiere reunir en su casa a sus cuatro hijos, pero todos le cancelan a último momento. Por su salud algo delicada, decide viajar por Tierra e ir sorprendiendo a sus hijos, con los que no tiene demasiada comunicación.

    Su viaje no será fácil, ya que ninguno de sus cuatro hijos vive de la forma que él supone, y su inesperada llegada los hará inventarse realidades (u ocultarlas) para dejarlo ir tranquilo en la ignorancia de que "están todos bien" cuando tal vez no sea tan así.

    El drama sigue, en líneas generales, la trama del original italiano, con Frank visitando a sus hijos y todos ellos tratando de sacárselo de encima lo más rápido posible. Amy es una ejecutiva publicitaria que trata de mantener las apariencias cuando se nota que hay algo que no funciona del todo bien; Robert (Sam Rockwell) le ha dicho siempre que era un conductor de orquesta cuando en realidad es otra cosa; Rosie (Drew Barrymore) trabaja en Las Vegas, pero no de la manera en la que su padre cree. Y David. bueno, David no aparece por ningún lado.

    El problema de un filme como Están todos bien no está tanto en las genuinas emociones que quiere expresar -todas ligadas a las difíciles relaciones entre padres e hijos, especialmente cuando no se ven a menudo-, si no en la forma en la que están expresadas, con escenas desprovistas de imaginación.

    Algo en el filme que recuerda a Las confesiones del Sr. Schmidt, con otro actor mítico recorriendo el país, su familia y su pasado. Pero aquel filme con Jack Nicholson tenía un gran ingenio para crear situaciones y personajes. Aquí, De Niro parece tener menos espacio para maniobrar, cuando su actuación podría funcionar casi como una suerte de "arrepentimiento" o "pedido de disculpas" cinematográfico por tantos personajes agresivos y duros que supo componer. Pero eso no está ahí: la película no hace eco en la carrera de De Niro. Es sólo su rostro, un par de sus muecas, contenidas esta vez.

    Es inevitable no pensar en esta película y recordar cierta publicidad que se ve actualmente por TV en la que una espectadora llora mientras se escucha la voz de un crítico usando términos similares a los de este texto para una película que ella está viendo. Están todos bien hará llorar a cualquier padre con difíciles relaciones con sus hijos (y viceversa) y sobre el final será imposible no sacar pañuelos y pensar en la propia situación familiar de cada espectador. Lo cual no quiere decir que sea una buena película: es una que presiona los puntos sensibles del espectador hasta conseguir lo que quiere. Y las lágrimas conseguidas casi nunca se sienten merecidas.
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  • Un fueguito. La historia de César Milstein
    Homenaje a un gran científico

    Valioso documental de Ana Fraile.

    La historia personal y la fundamental tarea científica del Premio Nobel argentino César Milstein son el centro del documental Un fueguito: la historia de César Milstein, de Ana Fraile.

    El filme combina material del archivo personal, entrevistas al propio Milstein (que falleció en 2002), a su mujer, a familiares y a muchas de las personas que colaboraron con él durante sus estudios y estadía en la Universidad de Cambridge, en Gran Bretaña.

    Milstein ganó el Nobel de Medicina y Farmacología por su trabajo sobre el sistema inmunológico y por haber descubierto una técnica para producir anticuerpos monoclonales. Y eso, que puede sonar terriblemente académico o difícil de explicar en la pantalla, es uno de los elementos más interesantes del filme.

    Es que Fraile no teme atreverse a explicar en concreto (con dibujos, animación, etc.) lo que Milstein logró y los beneficios que eso generó, convirtiéndose en uno de los pocos documentales que logra atrapar con un tipo de material que habitualmente pertenece más a círculos universitarios. Pero todos los involucrados facilitan el entendimiento de su obra.

    Si el filme tiene un defecto, tal vez tiene que ver con su factura más bien televisiva, de entrevistas tras entrevistas, con una voz en off algo impostada de parte de Juan Leyrado, y con poco espacio o interés en generar climas o usar el registro documental de una manera que no sea sólo informativa.

    También, claro, al ser una suerte de "biografía oficial", no se llega a conocer demasiado las contradicciones del personaje. Pero el propio tono irónico de Milstein permite que él mismo de a conocer algunos de sus lados flacos, en especial -dice- en el terreno de lo emocional y de las relaciones familiares.

    Pero teniendo en cuenta el personaje y su obra, los huecos o fallas de la película son un problema menor. Un fueguito es el tipo de filme que bien puede servir para mostrar en escuelas secundarias y universidades (su duración de apenas poco más de una hora es la clásica para ese tipo de proyección), especialmente las dedicadas a temas médicos y bioquímicos.

    La figura de Milstein, acaso no tan conocida como debería, se merecía una película.
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  • ¿Y... dónde están los Morgan?
    Si uno se topa con ¿...Y dónde están los Morgan? en un micro de larga distancia o en un avión, le parecerá un buen programa. La voz de Hugh Grant dejando un patético mensaje telefónico en la casa de su mujer, de la que se acaba de separar, refiere a tantas comedias románticas que el inglés ha hecho y que han perdurado en el tiempo. Y cuando vemos que ella es Sarah Jessica Parker, una famosa vendedora de mansiones que no le perdona una infidelidad, estamos preparados para las idas y vueltas, peleas y reconciliaciones, terceros en discordia y así. Pero a los diez minutos, la película pega un vuelco y el interés no sólo se le agota a los espectadores sino, parece, a los actores también.

    ¿Que sucede? Una de esas ideas que raramente funcionan: ambos están caminando por Nueva York y son testigos de un asesinato mafioso. El criminal los ve y a ellos les aconsejan meterse en el Programa de Protección de Testigos, pese a su negativa a dejar la ciudad.

    Juntos, a la fuerza, van a parar a Ray, Wyoming, un pueblito tan exagerado que, salvo los supermercados, nada parece haber cambiado desde los '50. Todos usan armas, los osos andan sueltos, los hombres trabajan y las mujeres cocinan, los Demócratas son como alienígenas (lo mismo que los vegetarianos) y allí las cosas no se resuelven... de otra manera.

    Ambos mundos chocan y tras los previsibles fastidios y errores, los Morgan verán que, tal vez, tienen una nueva posibilidad.

    Este nuevo subgénero neoconservador, de moda en los últimos años (La propuesta, Nueva en la ciudad y Hannah Montana, entre otras) puede tener mejor o peor factura, más o menos gracia, más allá de su previsibilidad. Esta no tiene ninguna. A Grant se lo nota incómodo y no sólo porque el personaje debe estarlo: cuando dice algo supuestamente gracioso parece mirar a cámara como diciendo "¿qué quieren? No fue idea mía".

    Y a Parker tampoco parece agradarle mucho la situación, ni se siente química alguna con Grant. Se los nota como fastidiados: con el guión, con el otro, con el director. Y como la película arranca con ellos separados, tampoco es fácil imaginarlos como pareja.

    Viniendo de un director que hizo con Grant una muy simpática comedia llamada Letra y música, Los Morgan es una decepción absoluta. Recuerden, si uno se la topa en un micro o en un avión, tal vez termine apagando o agarrando un libro a la media hora.
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  • Loco corazón
    Una muchacha y una guitarra

    Jeff Bridges se luce como un cantante country en decadencia.

    Loco corazón es una película que se presenta ante el espectador desde una extrema simpleza. Es directa, va al grano, no tiene inesperadas vueltas de tuerca ni esconde ningún sorpresivo as bajo la manga.

    En uno de esos encuentros de forma y fondo que pocas veces se dan en el cine, la película se organiza como el mundo que trata: es una canción de música country, pura y dura, de la vieja escuela. Simple, directa y de contenida emoción. Sin extravagancias ni adornos.

    El músico alcohólico que busca una nueva chance, sus problemas, sus enfrentamientos con los demás y consigo mismo, la posibilidad de una nueva vida a partir de una mujer que conoce, la redención como objetivo. Eso, más los bares, las chicas de la noche, el alcohol y las rutas hacen de Loco corazón una película honesta y simple, como un tema de Hank Williams, Waylon Jennings o Johnny Cash.

    No hay villanos en Loco corazón; o el propio Bridges, llegado el caso, lo es. Hay una serie de personajes que se cruzan en sus respectivos caminos, con cada uno tratando -a su manera- de salir del pozo, de la crisis, del alcoholismo, del sinsentido que hay en sus vidas.

    Hay eso y hay canciones. Directas, contundentes, de manual. Guitarra, bajo y batería, acaso un steel guitar, como mucho algún teclado. Y punto. Loco corazón conoce su mundo bien y lo transmite al espectador.

    Uno podría decir que el filme es similar, en su arco narrativo, a El luchador, otra historia de un veterano "performer" que supo ser famoso y que hoy trata de sobrevivir de lo que le queda de su antigua gloria. Aquel era un filme más duro y su personaje presentaba aristas más prototípicas (traumas del pasado, heridas físicas, etc.), pero es innegable la similitud.

    Además de ser la historia de una ex figura de la música que hoy toca para comprar whisky, seguir manejando y vomitando, conseguir una fan por pueblo que quiere el recuerdo de haberse acostado con una leyenda, también es la exposición cruda del talento actoral de un tipo que se lleva la película a cuestas.

    Allí era Mickey Rourke. Aquí, el enorme Jeff Bridges. Y el actor de El gran Lebowski y Tucker es ideal para el rol de "Bad" Blake. Se mete dentro del papel y jamás lo juzga, lo sobredimensiona, lo convierte en ejemplo o metáfora de nada. Jeff vive en Blake, lo lleva puesto en sus encuentros con la periodista que se interesa tal vez más de lo indicado en su vida (Maggie Gyllenhaal), en el reencuentro con su protegido (Colin Farrell), hoy convertido en super estrella del género, en sus idas y venidas con el alcohol.

    El director debutante Scott Cooper no explota el potencial dramatismo angustiante al que la situación podría llevar. Lo sobrevuela y lo deja ahí, para que el espectador complete la melodía. Un poco como Clint Eastwood, Cooper hace un filme de seres humanos reales, con conflictos potencialmente densos, pero que saben que su vida es una sola y que tiene que salir adelante de la mejor manera posible. Con una guitarra y una muchacha, sí, pero también con algo para poder cantar.
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  • Mongol
    Mongol
    Clarín
    La metamorfosis de Genghis Khan

    El filme de Sergei Bodrov estuvo nominado al Oscar hace dos años.

    Una de las cosas de los argentinos que más llama la atención a los extranjeros cuando viajamos al exterior es cuánto tiempo nos pasamos hablando de la Argentina: de cómo somos, cómo no somos, de nuestras costumbres y nuestros hábitos, sea para celebrarlos o criticarlos. Viendo Mongol, el épico filme sobre la vida y ascenso al poder del mítico Genghis Khan era inevitable no recordar esas anécdotas.

    Gran parte del tiempo que no se va en elegantes, sangrientas y súper producidas batallas entre distintos clanes en un país que luego Khan uniría con mano dura, el director Serge Bodrov se ocupa en que nos enteremos (ellos se lo dicen unos a otros) cómo son los mongoles, qué hacen y qué no, sus ritos, códigos y costumbres.

    Veamos: "Los mongoles no matan niños". O bien: "Los mongoles no van a la guerra por una mujer". O: "Los mongoles roban y matan". O una más específica y difícil de probar: "Los mongoles mueren en jaulas". Se ve que, además de mostrar las duras circunstancias de la vida de Temudjin (el futuro Khan, encarnado por el japonés Tadanobu Asano), se plantea como la saga fundacional de un pueblo.

    Superproducción de bella factura visual e increíbles escenarios, armada pensando en un espectador internacional, con la esperable escena de sexo a contraluz y la sangre mezclándose con hielo en cámara lenta, Mongol relata la serie de peripecias que atraviesa Temudjin, que por casarse con la mujer de un clan que no correspondía, debe atravesar un infortunio tras otro: le matan a su padre, le secuestran a su mujer, lo encarcelan y torturan, y siempre logra liberarse, para volverse a meter en problemas. Apenas vemos una escena pacífica ya sabemos que un minuto después un ejército de guerreros vendrán a arruinarle la vida. "Los mongoles necesitan leyes: se los haré entender aunque tenga que matar a la mitad de ellos", dirá. Cerca del final, en un lírico descanso con su fiel mujer, el futuro Genghis le habla de sus planes a futuro. "Algún día todos entenderán mongol", le dice. A juzgar por este visualmente espectacular pero pedestre filme (primero de una planeada trilogía) tal vez no logremos entender el Ser Mongol, pero sí lo que un mongol hace cuando quiere una nominación al Oscar.
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  • La isla siniestra
    Nadie sale vivo de aquí

    Leonardo DiCaprio debe resolver un extraño caso en este impactante thriller de Scorsese.

    Si muchos escenarios de películas parecen reflejar más un estado de la mente que un lugar concreto, en La isla siniestra, el neuropsiquiátrico que alberga a criminales con problemas mentales, con sus peñascos y bosques, sus tormentas y sus barracas semidesiertas, es casi mapa de la confusión por la que atraviesa Teddy Daniels, el perturbado agente federal que llega hasta allí a resolver un caso misterioso: una mujer ha desaparecido y no la encuentran. ¿Adónde se fue? ¿Dónde se esconde? ¿Qué le pasó?

    Salir de la isla de Scorsese es imposible. No sólo por las obvias dificultades físicas que acarrea (digamos que Alcatraz es un juego de niños, a la hora de comparar) sino porque, como diría Jim Morrison -usando una figura verbal que bien puede repetirse en buena parte de la filmografía del director de Taxi Driver y Cabo de miedo- "nadie sale vivo de aquí".

    La isla siniestra es muchas cosas y por eso es que resulta complejo abordarla. Tiene el formato de una película de suspenso, clase B, de los años '50, con motivos del cine negro y de terror. Uno puede pensar en Hitchcock y también en Jacques Tourneur, en ciertos filmes de Fritz Lang y también de Nicholas Ray, especialmente por lo exaltado de las emociones aquí expuestas y hasta por el estilo actoral, que recuerda tanto a su Delirio de grandeza como a Shock Corridor, de Sam Füller.

    A primera vista, La isla... es pulp fiction, literatura popular, con sus figuras modélicas y un viaje de descubrimiento como eje. Daniels -y un colega (Mark Ruffalo)- llega allí y en su búsqueda se topa con sus propios traumas. Una vez que empiezan a revelarse sus obsesiones, uno nota que son otros los motivos que lo llevaron al lugar.

    Es entonces que La isla... se transforma en lo que finalmente es: un drama psicológico, la historia de un hombre que carga con una historia demasiado dura como para meterse en la boca del lobo y que esos traumas no afloren. Sea en forma de pesadillas o, simplemente, transformando al mundo que ve alrededor en una isla como la de Lost: enrevesada y confundida, como sus personajes.

    Si bien no parece al principio, Teddy (gran actuación de Leonardo DiCaprio, similar en más de un sentido a su Howard Hughes en El aviador) es un hombre violento. No sólo porque lo comentan los demás, sino porque lo vemos perder "la línea" cada vez más. Entre el Jack Torrance de El resplandor (una película que también combina literatura popular y cine de autor) y criaturas como Travis Bickle o Jake La Motta -de anteriores películas de Scorsese como Taxi Driver o Toro salvaje-, Teddy es un hombre de impulsos violentos que trata de controlarse para así comprender la lógica de un lugar manejado por un extraño psiquiatra (Ben Kingsley) que dice creer en la terapia como cura, pero cuyo aire enigmático lo transforma en un potencial sospechoso.

    Scorsese juega con las expectativas del género, las subvierte una y otra vez (primero para desarrollar personajes, luego para hacer ¡tres! finales sorpresa consecutivos que dejan al espectador pensando y repensando lo que vio) y crea una fuerte experiencia cinematográfica: es una película de un cinéfilo obsesivo, sí, pero de uno que entiende que la historia del cine es un material maleable, accesible para entrometerse en las complejidades del alma humana.

    Un exceso de subtramas y algunas escenas desagradables (si bien justificables por motivos que no conviene revelar) impiden que La isla... sea la gran película, que podría haber sido. Scorsese siempre favoreció la intensidad y las pasiones en primer plano, y aquí encontró un modelo perfecto para canalizar esos temas que lo persiguen a lo largo de su carrera, aún "pasándose de rosca" aquí y allá.

    Con música contemporánea como banda sonora (temas de Ligeti, Cage, Feldman o Penderecki, creando climas lúgubres y disonantes, como también lo hizo Kubrick con éste último), y gracias a un elenco que entiende a la perfección lo que la situación pide de ellos, Scorsese hizo una película que, a primera vista, es un atrapante e intensa experiencia de cine de género. Pero, si uno elige reverla, se convierte en un angustiante drama sobre las batallas internas que se juegan en la cabeza de un hombre, en el eterno resplandor de una mente sin recuerdos.
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  • Alicia en el país de las maravillas
    Cosas imposibles

    Tim Burton y una adaptación visualmente asombrosa, pero falta de misterio.

    La combinación suena ideal en los papeles: Tim Burton, uno de los directores de más excéntrica imaginación, haciéndose cargo de llevar al cine uno de los libros más extravagantes de la literatura, y no sólo la infantil: Alicia en el País de las Maravillas. Y sí, los papeles eran los correctos. Burton es el indicado y lo que logra en ésta, su primera superproducción en 3D, es precisamente eso: ser el indicado y el correcto. Ahora, ¿es eso lo que uno busca cuando se mete en el universo de Lewis Carroll? ¿Y en el del creador de El jóven manos de tijera?

    Con la ayuda de la frondosa imaginación expuesta por el autor británico en sus dos libros -el filme cruza personajes y situaciones de Alicia en el País de las Maravilas y de A través del espejo, más un marco inventado por la guionista Linda Woolverton-, Burton da rienda suelta a su propio universo de maravillas para convertirse en una suerte de ilustrador de lujo de la historia de Alicia, una chica de ahora 19 años que, escápandose de un matrimonio arreglado y de la pacatería de la sociedad victoriana, se mete en "la madriguera del conejo" para introducirnos en Underland, ese fantástico universo en el que las proporciones desaparecen, los animales hablan, las caras se desentienden de los cuerpos y el lenguaje pasa a ser algo así como un gran efecto especial.

    Con el aporte de Mia Wasikowska en el rol de Alicia -una gran actriz, aquí algo atada por un guión que la pone siempre a observar lo que sucede con una mirada siglo XXI cargada de psicologismos feministas básicos- y el habitual despliegue de excentricidades de su amigo Johnny Depp (como El Sombrerero Loco) y su esposa Helena Bonham-Carter (haciendo a la Reina Roja con un impecable timing cómico y robándole la película a Depp), Burton pone a Alicia regresando a ese lugar de sus sueños/pesadillas y debiendo ser la encargada de liberarlo de los dominios de esa malvada Reina para devolverlo al de la supuestamente más sensata Reina Blanca (Anne Hathaway). Para eso, claro, debe perder sus miedos y derrotar al malvado dragón Jabberwocky.

    Usando y reacomodando las piezas de Carroll (están Tweedle-Dee y Tweedle-Dum, pero no Humpty Dumpty; las cartas desaparecieron y el ajedrez sólo aparece si uno se fija en los detalles), Burton entrega el esperable festín visual, otra ensalada alucinógena que, tras el frondoso mundo de Pandora que vimos en Avatar, nos invita a pensar que, definitivamente, la psicodelia de los '70 está de vuelta.

    Pero a la película parece, a la vez, faltarle y sobrarle algo.

    ¿Qué le falta? Pese a lo que Burton dice que trató de hacer, no parece haber demasiada palpitación vital ni real misterio en la historia: las oscuras emociones que el director solía soltar hasta en franquicias como Batman han sido domesticadas al exceso. Parece que, en la vieja disputa Burton/Disney, la empresa ganó la partida incorporando sus antes intensas imágenes en formas aceptadas y convencionales para sus grandes filmes. De hecho, una versión Pixar de Alicia podía haber sido, por la vía del sinsentido verbal especialmente, más original.

    ¿Y qué le sobra? Trama. Alicia era la excusa perfecta para que Burton dé rienda suelta a lo que algunos consideran uno de sus defectos: su predilección por lo episódico, arbitrario y hasta lo confuso. Pero no. Las manos de Woolverton (La Bella y la Bestia, Mulan) conducen todo hacia el territorio de lo obvio (la batalla entre el Bien y el Mal, la recuperación de Alicia de su "muchness"), más cerca de Las crónicas de Narnia que de las zonas más misteriosas que uno espera del realizador.

    Pese a lo apuntado, y tomando en cuenta que a los preadolescentes y niños a quienes está dirigida la película el apellido Burton no significa nada, Alicia... es un gran espectáculo visual, con muchos momentos para el placer y el asombro, superior en ese sentido a la mayoría de los relatos fantásticos que circulan por la cartelera.

    Pero para los que esperamos muchness de parte de Tim Burton, la película perfecta sobre el tema ya se hizo hace poco y lo involucra. Se llama Coraline y la puerta secreta. Esta Alicia..., pese a tirarse todo el colorido placard encima, no puede opacarla.
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  • Aquel querido mes de agosto
    Esa ficción llamada realidad

    El filme de Miguel Gomes combina géneros y estilos.

    Aquel querido mes de agosto, la película de Miguel Gomes ganadora del BAFICI 2009, propone una combinación de tantos elementos que, de sólo citarlos, parecería ser el colmo de lo pretenciosa. Pero, sin embargo, se trata de una de las películas más vitales, amables, alegres y festivas vistas en mucho tiempo.

    El realizador portugués mezcla documental con ficción, falso detrás de escena con improbables sesiones de cásting, números musicales en vivo y un melodrama digno de una telenovela: todo con una gracia y naturalidad tal que, más que chocar entre sí, esos elementos dispares se combinan para entregar una película subyugante.

    El filme es también un objeto extraño en cuanto al lugar cultural que ocupa. Se trata de un filme apegado a la cultura popular del interior portugués y, a la vez, uno que ofrece una mirada analítica de esos fenómenos pero sin jamás distanciarse irónicamente de lo que cuenta.

    Agosto no será de sencilla digestión para aquellos que no tienen una relación de curiosidad (amor/fastidio, cariño/paternalismo) con ciertas formas de la cultura y los mitos populares. El filme de Gomes tiene quince o veinte canciones interpretadas en su mayoría en vivo. Nada hay aquí de la elegancia exportable del fado: Agosto nos mete en un mundo de carnavales y fiestas veraniegas de pueblo, con canciones románticas, bailables y hasta una payada que sirven como marco narrativo, estético y temático del filme.

    La música es parte de las fiestas que se realizan durante el mes de agosto, que es cuando los emigrantes vuelven a visitar sus pueblos en plan vacaciones/reencuentro familiar. El filme de Gomes puede ser visto, en primera instancia, como un recorrido por esos pueblos, esas fiestas, esas músicas, y los curiosos personajes que los pueblan y que cuentan a cámara sus historias de amor, de locura y hasta de muerte.

    Pero esta narración está enmarcada por otra. Lo que vemos es casi una sesión de cásting, el recorrido que hace un equipo de filmación por una zona buscando locaciones, personajes, historias, inspiración para una película de ficción. De hecho, el propio director y varios miembros del equipo aparecen mientras que muchos de los personajes del pueblo hacen mención al rodaje, se quejan de los cambios o piden aparecer en cámara.

    Promediando el relato, la historia de ficción que Gomes está tratando de filmar empieza a surgir, casi imperceptiblemente. Hay un extraño triángulo "romántico" entre una chica, su padre (ambos miembros de una banda musical) y un primo que los visita y toca con ellos. No hay un corte de uno a otro relato, sino un traslado natural, en el que lo ficcional pasa a primer plano dejando al documental latiendo por debajo, lo contrario de la primera parte, que es documental en la forma pero plagado de "ficciones" -historias, fabulaciones- detrás.

    Las dos partes son más que una y hacen de Agosto la riquísima película que es, ya que ambas se retroalimentan todo el tiempo. Los entrevistados de la primera parte (la mujer que corrige a su marido en cámara, el tipo que vive emborrachándose y tirándose al río, y así) no son menos "personajes" que los creados por el director en la segunda parte. Ambos están a mitad del camino entre el realismo y la fantasía (televisiva, musical, de letras de cursis canciones de amor), jugando en el límite entre lo que son y lo que fabulan ser.

    El filme cierra con un debate entre los miembros del equipo acerca de ciertas músicas y ruidos que capturó el sonidista y que, según todos los demás, no deberían estar allí. Lo que se oye y lo que no, lo que la cámara capta, lo que muestra y lo que uno elige ver: el filme usa "la excusa" del documental para dejar en claro que eso que llaman realidad, es una construcción como cualquier otra.
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  • Adopción
    Adopción
    Clarín
    El documental, otra ficción

    David Lipszyc cuenta, en formato de "falso documental", la historia de un chico adoptado por una pareja gay en la Dictadura.

    Bastante curioso e intrigante este experimento llamado Adopción. En principio, para el espectador distraído, puede parecer un documental que mezcla entrevistas con películas caseras filmadas en Super 8. El tema, de por sí, agrega otra dimensión interesante: el caso que cuenta es el de un hombre gay que adoptó un chico en la época de la dictadura militar sin saber si era o no (sin preguntarse en el momento siquiera) hijo de desaparecidos.

    Pero de a poco se nota que algo raro pasa en la película. Los entrevistados (padre e hijo) suenan algo ensayaditos en sus palabras, como si sus modulaciones y expresiones fueran guionadas y no capturadas directamente por la cámara y el realizador. Y las películas caseras parecen haber registrado todo lo que los personajes hablan y lo que hicieron, con una obsesión propia del director/protagonista de Tarnation. ¿No será mucho?

    Lo que pronto queda en claro es que estamos ante un falso documental. Los protagonistas son actores y las películas caseras fueron filmadas "como si" fueran tales. La historia que se cuenta, sí, es real, pero acaso porque el realizador no pudo contar con la presencia de los verdaderos protagonistas y porque no quería hacer una previsible ficción sobre el tema, decidió usar este particular formato. Que intriga, que se presta a cuestionamientos éticos (especialmente por el tema que trata, esto no es Spinal Tap), pero que hacen a Adopción una película original, aunque por momentos también fallida.

    Los actores cuentan a cámara la historia de una adopción muy particular en un momento explosivo de la Argentina, y las películas caseras y el material de animación (con algo de Los rubios, de Albertina Carri) van completando los baches de la trama. Así sabremos lo que pasó con ese padre, con ese hijo, con la aparición de la pareja del padre, con la reacción del hijo y, finalmente, con el descubrimiento de quienes fueron sus verdaderos progenitores y qué pasó.

    David Lipszyc (La Rosales, El astillero) demuestra inquietud e ideas para salir de una parada difícil con recursos acaso debatibles, pero sin duda originales.
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  • Un hombre serio
    ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

    Otra joya de metafísico humor negro de los hermanos Coen.

    Todo lo que puede salir mal, va a salir mal". La frase, popularmente conocida como "La Ley de Murphy", podría aplicarse también al personaje principal de Un hombre serio y, en cierta medida, a esa mezcla de pesimismo, paranoia y culpa producto de la cultura judía que recubre el filme. Aunque no lo parezca, la nueva obra de los hermanos Coen tal vez sea la película más judía de la historia del cine. No tanto por lo que cuenta, sino por las sensaciones que transmite.

    Más allá de que los protagonistas sean judíos -conservadores y practicantes-, lo que los Coen han logrado es transmitir una especie de "estado de la mente" que, si bien no es exclusivamente propio de los que profesamos esa religión, incluye muchos tópicos identificables: obsesión, paranoia, culpa, miedo, confusión y la sensación de que, no importa lo que hagamos (y el esfuerzo que pongamos en la tarea) lo más probable es que salga mal.

    A Larry Gopnik le sucede todo eso y más. De a poco, su vida en los suburbios de Minneapolis a fines de los '60 se va desarmando, como una construcción que no se puede sostener más. El cambio es cultural (Jefferson Airplane suena en la radio; una vecina divorciada toma sol desnuda y fuma marihuana) y Gopnik está, literalmente, en el frente de la tormenta.

    Larry es un profesor universitario de física que trata de explicar a sus alumnos el Principio de la Incertidumbre de Heisenberg (o bien cómo la ciencia no puede determinar con exactitud ciertos hechos), pero le cuesta conseguirlo. Un estudiante intenta coimearlo para que lo apruebe y de ahí en adelante los caminos se encadenan hacia el cadalso: su mujer lo deja por un colega y él es quien debe mudarse de su casa; sus hijos ya no le prestan ninguna atención y le roban plata (o gastan a su cuenta); su hermano -que vive con ellos- está al borde de la locura y tiene problemas con la policía; su vecina intenta seducirlo, su vecino "goy"se adueña de su jardín, sus jefes empiezan a sospechar de él y así ...

    Larry, abrumado, termina recurriendo a "los rabinos" del lugar. "¿Por qué a mí? ¿Qué hice para merecer esto?", quiere saber. Pero los rabinos no resultan tan útiles como supone, con sus parábolas incomprensibles y sus metáforas bíblicas de confusa aplicación. Larry deberá enfrentar el mundo que cambia con las armas que le quedan. Esto es: solo y abandonado (por Dios, la ciencia, el destino) a su suerte.

    Los directores de Barton Fink -película a la que Un hombre serio se parece, en espíritu y tono misterioso- han contado varias veces historias de seres bastante patéticos a los que la vida y las circunstancias les juegan malas pasadas, condenados de entrada, bueno, por estar en una película de los Coen.

    Aquí las cosas no cambian demasiado en lo narrativo, pero sí en algo esencial: en la curiosa forma de empatía que los directores tienen por el sufrimiento de Larry. Tal vez sea por tratarse de una historia con tintes autobiográficos (y que los toca de cerca), pero lo cierto es que aquí mezclan el humor que generan las desgracias que atraviesa el protagonista con una sensación de tremenda tristeza y angustia por lo que debe soportar.

    Un exceso de malicia les impide que la película sea una obra maestra. Pero más allá de esa irrefrenable e infantil misantropía -no pueden evitar ser los chicos más vivos del grado-, los Coen encontraron en su infancia una forma de volver a sus temas más interesantes y a repasar su judaísmo, que aún desde la distancia irónica, es parte fundamental de su ADN como artistas y -uno supone- también como personas.
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  • Día de los enamorados
    Una tarjeta postal

    Es una colección de historias relacionadas con gran elenco.

    El día de los enamorados es una colección de historias interrelacionadas que suceden a lo largo de poco menos de 24 horas en la ciudad de Los Angeles. El filme de Garry Marshall toma a una veintena de actores y actrices exitosos de distintas generaciones (tratando de llegar a todo tipo de público) y los transforma en una serie de apenas definidos personajes que viven desventuras amorosas de todo tipo.

    Si bien el protagonismo está dividido, en el centro de la acción figura Reed (Ashton Kutcher), dueño de una florería que tiene su día más fuerte de trabajo del año y por donde se cruzarán muchos personajes, como si fuera un pueblo chico. Reed le propone matrimonio a Morley (Jessica Alba) y la chica acepta. A la vez, una amiga de Reed, Julia (Jennifer Garner) está saliendo con un doctor (Patrick Dempsey) que esa noche debe viajar a San Francisco. A ninguno las cosas le saldrán como esperaban.

    Por otro lado un solitario periodista deportivo de TV (Jamie Foxx) se cruzará con una publicista (Jessica Biel) con la que comparten el odio por el Día de San Valentín y el interés por una figura del fútbol americano (Eric Dane) en problemas. Estará también Liz (Anne Hathaway), cuya relación con Jason (Topher Grace) se complica por unas muy particulares cuestiones de trabajo de ella, y dos parejas de adolescentes (entre los que se cuentan Taylor Swift y Taylor Lautner) que viven el día con una alta cuota de excitación.

    La lista no termina allí. Holden (Bradley Cooper) y Kate (Julia Roberts) comparten un viaje de avión que deparará sorpresas mientras que Héctor Elizondo y Shirley MacLaine son una pareja con 51 años de casados que, de golpe, vive su primera crisis. Y hay más.

    En este ir y venir por las historias se van, como una golosina algo edulcorada, las dos horas de película, pasando de subtramas, personajes o actores más interesantes y con mejor timing cómico (como la dupla Grace/Hathaway o algunos momentos con Garner y Biel), a otros decididamente flojos (los adolescentes y los abuelos, entre otros).

    La película entera no es más que una gran tarjeta postal del Día de los Enamorados con una Los Angeles de fondo fotografiada en ese estilo. Esas tiernas y/o melosas tarjetas de salutación que, como la película, están para ser miradas un rato y luego abandonadas en la pila de recuerdos a medio olvidar.
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  • El Hombre Lobo
    Un lobizón con atractivos limitados

    Benicio del Toro protagoniza esta remake, mezcla rara de clasicismo y sustos digitales.

    Uno imagina que la idea original de Joe Johnston -o del que originó el proyecto de hacer una nueva remake de El hombre lobo- fue noble. Después de tantas vueltas con el personaje, ¿por qué no retomar la trama de la película original de 1941 y tratar de serle lo más fiel posible? En algún punto, sin embargo, ese respeto se perdió, o le quitaron al director la opción de mantenerlo (la película viene retrasando su estreno y sufriendo modificaciones desde hace más de un año), por lo que el filme que hoy termina estrenándose es una mezcla rara y poco apetitosa de clasicismo y sustos digitales. Y eso, en vez de sumar, resta.

    Uno supone que Johnston habrá entregado una película respetuosa, oscura y algo mórbida sobre el mito del hombre que, en noches de luna llena, se convierte en lobo y no puede controlar sus impulsos rabiosos y su furia vengativa, y que el asunto fue luego tomado por otras manos, desarmado y reconvertido en algo que ni es respetuoso con el original pero que tampoco alcanza a colocarse en el lugar de reinvención a la manera, digamos, de la reciente Sherlock Holmes.

    Y todo esto sin hablar de Benicio Del Toro, que habrá sido elegido para el rol por una cuestión de look, pero que no encaja de ninguna manera ni en el personaje ni en el estilo del filme, dando una de las más flojas actuaciones de su carrera.

    En El hombre lobo, Lawrence Talbot (Del Toro) es un actor que regresa al caserón familiar inglés desde los Estados Unidos al enterarse de que su hermano fue asesinado en circunstancias extrañas y violentas. Allí se reencuentra con su Sir John Talbot, su padre (Anthony Hopkins), un hombre peculiar que vive la mayor parte del tiempo encerrado en un enorme castillo solo con su asistente de origen hindú. Y también con Gwen (Emily Blunt, de La joven Victoria), la mujer de su hijo, ahora viuda.

    Ese triángulo tiene elementos oscuros y la aparición de otra luna llena y un mordisco oportuno dejan a Lawrence experimentando extrañas sensaciones. ¿Se habrá vuelto también él un hombre lobo? ¿Y quién fue el que lo mordió? La/s bestia/s estarán libres (en más de un sentido) y la aparición de un investigador (Hugo Weaving) complicará aun más las cosas para Lawrence, que ha empezado a sentir algo por Gwen, aún sabiendo que lo que le pasa por las noches de luna llena es un poco peligroso.

    La película ofrece atractivos bastante limitados, apenas una espectacular escena de escape por las calles y techos de Londres, en medio de efectos, maquillajes y vestuario que bordean el ridículo y que no lograrán revivir a los hombres lobo ni ponerlos de moda como a los vampiros. Por más que en Crepúsculo haya de ambas "razas" y aunque Del Toro cumpla el rol de galancete para las damas demasiado grandes para entusiasmarse con los adolescentes de la saga de Stephenie Meyers, difícil que este Hombre Lobo salga de Londres.
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  • La joven Victoria
    La princesa que quería vivir

    Historia de la heredera del trono inglés, con aspectos diferentes.

    Tal vez no sea del todo justo analizar La joven Victoria a la luz de la reciente muerte de Eric Rohmer, pero es imposible no prestarse al juego de las posibles comparaciones. Si bien la idea de centrarse en la vida y el amor juvenil de la Reina que dominó la vida británica desde que ascendió al trono en 1837 hasta su muerte, en 1901, podría haber interesado al realizador de La marquesa de O., seguramente los modos hubiesen sido muy distintos. Sino opuestos.

    El realizador canadiense Jean-Marc Vallée (de C.R.A.Z.Y. Mis queridos hermanos) no logra quitarse del todo el corset que parece atrapar a los cineastas cuando se ven metidos en el universo de la realeza. Si bien cierto espíritu juguetón, presente en su anterior filme, reaparece aquí y allá para darle algo de frescura a las desventuras de Victoria (unos saltitos luego de dar su primer discurso como Reina, por ejemplo, y poco más), la película no se atreve a ir más lejos, como lo hacía por ejemplo Sofía Coppola en Marie-Antoniette.

    Vallée se maneja en el terreno de una bastante oficialista biografía (antes de los créditos de cierre se habla de todos los logros de la Reina y no se menciona ningún posible defecto) y apenas se atreve a mostrar a la entonces adolescente Victoria cometiendo previsibles errores de manejo político y mostrando su incipiente terquedad en un par de escenas que sirven para humanizarla.

    De hecho, la elección de Emily Blunt, casi una comediante, para hacer el rol, muestra su interés por otorgarle un aspecto diferente al personaje (que no fue conocido por su afabilidad, precisamente) y al filme, pero sólo lo logra de a momentos.

    El problema es que el filme maneja varios hilos narrativos paralelos y no los profundiza. Están las intrigas palaciegas para marginarla del trono (solamente tenía 18 años cuando asumió), los problemas políticos que tuvo que afrontar al asumir (debido a su inexperiencia) y, principalmente, su historia de cortejo, amor y matrimonio con el príncipe Albert (Rupert Friend), la que más parece interesar a Vallée, ya que allí la película cobra una vida que no tiene en las idas y vueltas políticas de la monarquía de entonces, algo que parece más imposición del guión del muy británico Julian Fellowes que deseo del director.

    La película es ligera, aunque no tanto como debería, tal vez por ese peso de la figura que retrata y que parece intimidar hasta a la propia Blunt. De alguna manera, La joven Victoria -producida por Martin Scorsese y también por Sarah Ferguson- podría estar a mitad de camino entre los mundos de ambos productores: el de la pasión del realizador de La edad de la inocencia y el de las formas y cuidados de la realeza de la Duquesa de York. Eso sí, de Rohmer, más que la juventud y las idas y vueltas del romance de los protagonistas, nada de nada.
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  • Asesino Ninja
    Muerte en la sombra

    Nuevos efectos para una convencional historia de artes marciales.

    Asesino ninja es un extraño producto, en su mezcla de ambición y convencionalismo. Realizada por el director de V de venganza y producida por los hermanos Wachowski (Matrix), el filme posee el acabado técnico de una superproducción: las escenas de acción tienen efectos de última generación y la puesta en escena está cuidada a la manera de un "tanque". Pero, en el fondo, no es más que una versión aumentada de las películas de artes marciales de los '70, y sin la simpatía que tenían aquellos filmes de evidente clase B.

    En lo que parece un producto pensado para el desembarco en Hollywood de la estrella coreana Rain (que actuó con los Wachowski en Meteoro), el hombre encarna a Raizo, un brutal asesino ninja educado en las cruentas tradiciones del Clan de los Nueve. Moviéndose entre las sombras, puede matar a decenas de personas en segundos y con una brutalidad y eficiencia que envidiaría todo el universo de Marvel Comics.

    Cuando una agente de inteligencia, Mika (Naomie Harris), descubre la actividad de los comandos ninja y sospecha su función como un imperio mafioso, empieza a ser perseguida por estos "hombres de negro". Pero como la historia se cuenta en dos tiempos -la educación ninja de Raizo y su situación actual- nunca sabremos bien para qué lado él juega. ¿Querrá acabar con la investigación y cuidar a su clan? ¿O el pasado lo dejó con alguna deuda pendiente a resolver? Teniendo en cuenta que el filme es la plataforma de lanzamiento de Rain, uno puede suponer más o menos lo que sucederá.

    Asesino ninja dedica la mayor parte de su metraje a decenas de desmembramientos "cool", a brutales entrenamientos y a frases de confusa "filosofía oriental" dichas sin el guiño cinéfilo de Kill Bill. Y más allá de poseer algunas intensas escenas aprovechando el uso de la oscuridad (elemento esencial para el accionar silencioso de los ninjas), la película terminará siendo sólo una versión "hi-tech" de esos viejos programas dobles de cine de barrio de los '70 (o de Sábados de Super Acción) hecha por un equipo que parece creer que nadie se va a dar cuenta. O que no le va a importar.
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  • Excursiones
    Un soplo en el corazón

    Una comedia sobre la amistad de Ezequiel Acuña.

    Los vaivenes de una relación amistosa son, probablemente, los más difíciles de captar para un medio como el cine. Sin los componentes dramáticos más obvios de las relaciones filiales o de pareja, la complejidad, idas y vueltas, los detalles que arman y de-sarman amistades necesitan de un grado de sutileza que no muchos cineastas poseen. Esa sutileza es la que hace de Excursiones una gran película, capaz de captar la intensidad, la desazón, las pequeñas traiciones y los momentos divertidos en la vida de dos amigos.

    No hablamos aquí de la típica "buddy movie" americana, sobre dos hombres diferentes que terminan haciéndose amigos pese a tener personalidades opuestas. En Excursiones, Marcos y Martín eran amigos de la secundaria, pero cada uno tomó un camino separado y se dejaron de ver. Unos diez años después de esa "separación", Marcos (Matías Castelli), que trabaja en una fábrica de golosinas, decide terminar una obra teatral que había empezado en el colegio y llama a Martín (Alberto Rojas Apel), que se ha convertido en un guionista profesional, para que lo ayude.

    La obra teatral es la excusa para retomar esa relación, la que les sirve para reunirse semanalmente, para saber uno del otro y para hablar de esos otros amigos que Martín dejó de ver pero que Marcos aún frecuenta. Y para lidiar, además, con un fantasma del que casi no hablan: Lucas, un amigo de ambos que murió en un accidente, acaso la situación más evidentemente "guionada" de la película.

    El filme -que se construye a partir de los encuentros entre ambos- funciona por momentos como una muy ensamblada comedia: los diálogos, los reproches ("es la mía", le dice Marcos a Matías cuando lo ve usando una remera de Morrissey, "es large y vos no usás large") y las confusiones suelen ser muy graciosas, con los actores consiguiendo un timing perfecto en el que casi nunca se nota el armado. Se siente real, verdadera, honesta.

    El filme da espacio a la aparición de terceros, personajes que van a ejercer divisiones entre ambos y que permitirán que el espectador note que, pese al cariño que los une, ambos han armado universos bastante diferentes. Está la hermana vivaz de Marcos, Luciana (Martina Juncadella) y el hermano pedante de Matías, Ignacio (Ignacio Rogers); un actor que ayuda en los ensayos, pero que termina entrometiéndose demasiado (Martín Piroyansky) y un director teatral algo peculiar (Santiago Pedrero).

    Rodada en un bello blanco y negro que imprime al filme un tono nostálgico y le da cierta filiación con la comedia indie americana de Jim Jarmusch o Kevin Smith; con esas secuencias musicales, casi separadores, a los que el director de Nadar solo es tan afin (la música de la banda uruguaya La Foca es otro aporte al tono pop melanco que tiene el filme), Excursiones es una de las mejores películas argentinas que se han hecho sobre la amistad, sobre cómo el paso del tiempo modifica a las personas pero, a la vez, nunca termina por romper ciertos lazos. Y esos lazos, al traspasar a la platea, conectan al espectador con Marcos, con Matías, y con la experiencia casi sensorial de la amistad verdadera, hecha de experiencias, alegrías y penas compartidas... y no de contactos en Facebook.
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  • Halloween 2
    La sangre brota

    Violenta y disparatada secuela de la saga, dirigida por Rob Zombie.

    Sólo basta entrar a los foros de fanáticos de la saga para notar su furia con ésta, la segunda parte de esta nueva vida de Halloween. No le perdonan a Rob Zombie, su director, no respetar ciertos códigos, historias de personajes y "mitología" de la saga, y han declarado que el producto es un desperdicio total. Y no lo es...

    Para este crítico, que no es tan fiel a la saga más allá de la original de John Carpenter, las "libertades" no son un problema. Al contrario, refrescan una historia que parece repetirse hasta el hartazgo, con Michael Myers, el asesino enmascarado, destrozando criaturas sin poder ser liquidado.

    En realidad, la premisa no ha cambiado mucho. Para quienes los nombres del Dr. Loomis o de Laurie Strode no signifiquen demasiado, no verán muchos cambios: ahora Myers asesina con mejor sonido, el gore ha suplantado del todo a la sugestión y el medio en el que se mueve es más "clase obrera" que en otras películas. Pero el mecanismo sigue siendo similar.

    Lo que sucede es que Zombie agrega secuencias oníricas (no del todo logradas, con caballo blanco y todo), una más efectiva parodia sobre "el asesino como celebridad" (con Malcolm McDowell convirtiendo a Loomis en un payaso inaguantable que escribe un libro sobre su ex paciente) y un tono ramplón y "grasa" (bares nudistas, bandas de rockabilly, camioneros bigotudos y un aire ochentoso) que le agregan una cuota de entretenimiento que va casi en paralelo al recorrido de la máquina de matar.

    Myers sigue al acecho de su hermana, los traumas de ambos se apilan junto a los cadáveres y da la impresión de que Zombie se tomó el asunto de manera relajada y se despreocupó por la coherencia.

    Y más allá del grave error de no usar la célebre música creada por Carpenter (¿celos de músico, tal vez?), Rob ha hecho de Halloween una especie de berreta y cruenta payasada como para ver en un autocine, tomando cerveza y aullándole a la luna. Una película que le encantaría a Homero Simpson.
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  • La tigra, Chaco
    El amor, segunda parte

    Un chico y una chica, amigos de la infancia, se reencuentran.

    El título de la opera prima de Federico Godfrid y Juan Sasiaín invita a ver otra película. Uno imagina que se topará con un drama social de temática relevante sobre algún perdido pueblo chaqueño. El pueblo existe y las acciones transcurren allí, pero la historia tiene poco que ver, al menos directamente, con esas convenciones. Se podría decir que es una comedia romántica, o un triángulo amoroso, o lo que le pasa a un veinteañero cuando vuelve a su pueblo y descubre que su vecinita de la infancia se ha convertido, como diría su tía, en "una linda chica".

    Ezequiel Tronconi encarna a Esteban, un joven que se ha ido a Buenos Aires y que vuelve a La Tigra a visitar a su padre, que ha formado allí una nueva familia y que justo cuando él llega, está de viaje. Se queda en la casa de una tía simpática -a esta altura uno podría pensar que el filme es una cruza, en versión liviana y masculina, de Ana y los otros y Mundo grúa- y se topa enseguida con Vero (Guadalupe Docampo) y descubre que la compañerita de entonces ha cambiado bastante.

    El problema es que Vero está de novia con un chico que canta en una banda de rock y que trabaja en la carnicería del pueblo. Entre charlas con su tía, con las amigas de ella, una incipiente relación con su medio hermano y con la esposa de su padre, Esteban intentará acercarse a Vero. Pero no será fácil: no sólo el novio acecha casi siempre (el pueblo es bastante chico) sino que tampoco ella sueña con dejar el lugar e irse a Buenos Aires.

    La Tigra, Chaco cuenta esa historia pequeña casi como si fuera la primera vez: con una inocencia y encanto que tiene muchos puntos en común con la de los protagonistas. La atracción de Esteban por Vero, las dudas de ella, las sospechas de su novio: son todos elementos ya vistos en decenas de películas, pero los directores se las arreglan para darle naturalidad y frescura. Y los actores aportan su carisma, especialmente Docampo, con la doble dificultad de hacer un acento, junto a una serie de personajes secundarios (pobladores del lugar, seguramente) entrañables.

    Una pequeña historia de amor en un pueblo pequeño, La Tigra... no tiene más pretensiones que ser honesta con su mundo y sus criaturas. Y lo logra, lo cual es un mérito no tan usual como debería.
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  • Amante a domicilio
    Sólo un gigoló

    Ashton Kutcher es un conquistador de mujeres maduras.

    La impresión de que Amante a domicilio es una típica comedia romántica de Hollywood se disipa a los diez minutos, cuando tiene lugar la primera escena de sexo entre Nikki (Ashton Kutcher) y su más reciente conquista, Samantha (Anne Heche), una mujer mayor que él y que vive en una lujosa casa en las colinas de Los Angeles. Las escenas son inusualmente "fuertes" para el tipo de filme que uno supone estar viendo, y algo similar sucede con la cínica voz en off del protagonista, una especie de gigoló que vive de conquista en conquista, de casa en casa, usando y siendo usado por mujeres ricas con ganas de acción.

    Es que el filme es un híbrido entre la tradición hollywoodense del filme romántico en el que un hombre egoísta y desapegado de sus emociones descubre el amor verdadero, y una película independiente de costado más ácido y amargo. El híbrido funciona sólo por momentos y da la impresión de que la película no conformará del todo a ninguno de los dos públicos. Aunque sí, claro, a los que busquen el regreso de un cierto erotismo a la pantalla.

    El escocés David Mackenzie (de las interesantes Young Adam y Hallam Foe) se muda a Hollywood y no logra sortear del todo el desafío. Kutcher demuestra que es bastante mejor actor de lo que parecía al componer a un tipo que confunde viveza con crueldad, un individualista y seductor (cualquier comparación con la vida real es aceptada) que piensa que es capaz de conseguir lo que quiere con carisma, pinta y aparentes dotes en la cama. A Heche, en tanto, se la ve muy involucrada (y bastante bonita) como una conquista que prueba ser compleja de manejar.

    Pero la verdadera coprotagonista es Margarita Levieva (Adventureland), que encarna a Heather, una versión femenina de Nikki, que no cede fácilmente a sus encantos y parece moverse en un universo similar al de él.

    Amante... quiere mostrar el lado oscuro de Los Angeles, pero glamoriza todo y termina siendo cándida. Y si bien Kutcher está a la altura de las circunstancias, su presencia confundirá a sus admiradoras, que preferirian verlo en un rol más amable. La de Mackenzie es una película a mitad de camino entre dos mundos.
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  • Cena de amigos
    Cambio de vidas

    La situación es típica del cine francés. Un grupo de amigos y familiares se reúnen ante una mesa plagada de delicias. Antes, durante y después veremos que, entre ellos, las cosas no andan muy bien. Y la reunión será el catalizador para que la aparición en público (o no) de esos conflictos.

    A esa tradición se suma Cena de amigos, película que entretiene aunque no aporta mucho al subgénero, más que revisitar sus códigos en un tono algo cómico: malas relaciones entre padres e hijos, amantes por doquier, matrimonios mal avenidos, alguna enfermedad y así.

    Aquí está el matrimonio que componen M.L. (Karin Viard), una abogada y su marido de origen polaco, Piotr (Dany Boon), que está preparando un plato típico para recibir a los invitados. Allí llegan Juliette (Marina Hands) y Erwann (Patrick Chesnais), la hermana de M.L. y su novio, mayor que ella. También llegará el padre de las hermanas, Henri (Pierre Arditti), pero como Juliette no lo tolera se esconde en una pieza.

    Estará también la pareja de doctores Alain y Mélanie Carcassonne (Patrick Bruel y Marina Foïs), con ella a punto de dejarlo; el abogado Lucas Mattei y su esposa Sarah (Christopher Thomspon y Emmanuelle Seigner), que también están en crisis y la profesora de flamenco, Manuela (Blanca Li) y Mauzard (Laurent Stocker) un amigo al que le quieren presentar.

    Podrán imaginarse que a partir de esa cena las cosas no serán iguales. Promediando la comida, la historia avanzará un año e veremos, mediante flashbacks, cómo y porqué cambiaron. Con un elenco de grandes estrellas, los franceses no tendrán problemas en seguir todas las historias paralelas y los cruces. Aquí será algo más complicado. La suerte cambiará, pero los códigos -culturales y narrativos- seguirán iguales.
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  • Avatar
    Avatar
    Clarín
    Una pantalla al mundo nuevo

    James Cameron entrega un filme de ciencia ficción en 3D impactante y técnicamente revolucionario.

    Cuando se pensaba que James Cameron no podía apostar a hacer algo más grande que Titanic -o que había perdido la razón en el intento-, doce años después de aquel éxito aparece Avatar, una película que deja, al menos en tamaño, a aquel clásico como un filme pequeño ... y hasta es probable que lo supere también en taquilla.

    Cameron tenía todo servido para el gran fracaso: el tiempo transcurrido hacía pensar que se había enredado en una lucha tecnológica imposible y los adelantos vistos con las criaturas azules que pueblan el filme (los Na'vi, habitantes del planeta Pandora) eran risibles. Pero no hay más que calzarse los anteojos 3D, sentarse frente a la pantalla y las dudas desaparecen: Cameron está de vuelta. Y su regreso es más que bienvenido.

    Avatar cuenta una historia simple y de manera bastante tradicional, al punto que definirla como "Danza con lobos en el espacio" no es tan reduccionista como suena. El filme se centra en Jake Sully, un marine lisiado (Sam Worthington) enviado a Pandora en una misión especial: reemplazar a su hermano gemelo, un científico que ha muerto, como parte de un equipo de investigación en la cultura Na'vi. La forma de hacerlo es a través de un "avatar": el hombre se coloca en una camilla, su ADN es transportado al cuerpo inerte de un nativo y así puede ingresar a la increíble "caja/mundo" de Pandora.

    Pero, como Jake es marine, los militares apostados allí quieren utilizarlo para otro fin: convencer a los Na'vi de dejar su tierra ya que debajo del gigantesco árbol que les sirve de "hogar" hay una importante reserva de unobtanium, valioso material que quieren llevarse.

    Tras una serie de accidentes (cuando Sully pasa a su cuerpo azul y gigante se entusiasma con la posibilidad de correr), su avatar termina con los Na'vi, entra en su asombroso mundo (una mezcla de selva amazónica con pecera psicodélica que contiene la flora y la fauna más extravagante jamás vista) y, a lo largo del filme, deberá debatirse entre cumplir su misión militar o la científica.

    En el medio habrá espacio para una épica romántica (Sully se enamora de la Na'vi Neytiri), una bélica (será inevitable la batalla y la invasión militar), un recorrido geográfico-cultural (Neytiri le muestra a Sully, y a nosotros, los hábitos, costumbres y criaturas de Pandora y sus habitantes) y un combate entre varios mundos: el de la ciencia (con Sigourney Weaver a cargo del programa), el militar (con Stephen Lang como el comandante invasor, un Bush con esteroides) y el espiritual/ecológico que profesan los habitantes de Pandora, conectados a la "Madre Tierra" de una manera, digamos, inusual.

    Más allá del aspecto "virtual" de Sully que lo obliga a una extraña doble vida, hay muy poco en Avatar que escape a la estructura tradicional de un western o un filme bélico. Podrían hacerse lecturas del filme como una crítica a la política invasora de los Estados Unidos (de Irak para atrás, toda comparación funciona), tanto en lo militar como en lo cultural ("¿qué podemos ofrecerle a ellos? -se pregunta Jake en su videodiario-. ¿Jeans y cerveza light?"), al punto que uno se pregunta si lo que sucede en la Tierra, paralelamente (corre el año 2154), no se parecerá al futuro visto en Terminator.

    Lo que sí es diferente, revolucionario en el sentido de iniciar un cambio tecnológico clave, es su formato tridimensional y sus personajes digitales. En el primer caso, Avatar es un triunfo absoluto. Cameron ha creado un 3D inmersivo que permite al espectador ser casi otro "avatar" de todo el proceso, un participante más del asombroso universo de un filme hecho en base a incontables transferencias (psicológicas, físicas, metafóricas). Y lo hace casi sin apelar a los trucos de lanzar objetos al espectador: el 3D en Avatar engorda la pantalla, le otorga volumen, la expande. Cameron sabe que hay mucho en el cuadro para observar y tiene la discreción (o el clasicismo narrativo) de, más que tirárnoslo por la cabeza, hacernos entrar como en un encantamiento.

    Donde la película no termina de "revolucionar" es en el tema de los personajes digitales. Los Na'vi son un gran paso en ese camino, pero sigue habiendo algo indescifrable en ellos y resulta complicado meterse emocionalmente en la historia de la misma manera que se lo haría con actores. Sin embargo, el poder narrativo de Cameron es tal que, al ver el filme más de una vez, uno empieza a olvidar esa extrañeza y logra compenetrarse con esas criaturas gigantes, más allá de que se los pinte con un dejo de condescendencia (o inocencia, o decisión política) y un tufillo new-age.

    Avatar es un cúmulo de contradicciones. Una película ecologista y defensora de la naturaleza hecha casi toda digital, virtual. Un filme sobre el respeto a la identidad cultural de los pueblos que aterriza en los cines de todo el mundo a la manera de un ejército invasor. Una apuesta a una revolución técnica armada con una estructura narrativa propia de la literatura del siglo XIX. Una épica de motivos cristianos para una película que abraza una suerte de panteísmo científico. Y así se podría seguir al infinito.

    Sin embargo, todas esas contradicciones, más que arruinar la experiencia, la expanden, enriquecen sus lecturas. Sí, es una película con momentos y escenas cursis, con otras prestadas (de King Kong, Matrix, Pocahontas, El Rey León, Tarzán... Los pitufos y se podría seguir, interminablemente) y una buena cantidad de autocitas (Terminator y Aliens en lo audiovisual; El abismo en lo filosófico). Pero su poderío visual y narrativo procesa todo ese material sin fagocitárselo, sin llevárselo por delante. Cameron cuenta, seduce, involucra e impacta. Por momentos exagera y se le va mano, es cierto, pero en tiempos de entretenimientos que se esfuman en el momento en que la pantalla se pone en negro, uno agradece y celebra el exceso.
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  • Eden Lake
    Eden Lake
    Clarín
    El miedo a lo conocido

    La "controvertida" película del británico James Watkins no es más que un efectivo ejercicio de cine de terror.

    Jenny es una simpática maestra y Steve, su novio atlético y aventurero. Apenas empieza Eden Lake, Jenny se sube al auto de Steve para una pequeña aventura de fin de semana: ir de camping por unos días a un bonito lago a unas horas de Londres.

    Pero pronto empiezan los problemas. Paran en un hotel impresentable, los locales no parecen muy amables y el lago está a punto de convertirse en parte de un barrio privado. Pero eso no es nada: lo peor llegará cuando estén tomando sol y un grupo de chicos de 12 a 16 años se les plante a cien metros poniendo rap a todo volumen.

    Comentario va, reacción viene, irritación aquí, fastidio allá: el asunto concluye en una pelea en la que Steve, por accidente, mata al perro de Brett, líder de la pandilla. Y el asunto pasa a mayores: los chicos le robarán el auto y la escalada de agresiones hará que la pareja viva un infierno que deja a La violencia está en nosotros o a Funny Games como ñoñas.

    Es que Eden Lake juega a dos puntas. Por un lado abre las puertas a un drama social violento, a lo Perros de paja, pero por el otro apuesta a recursos clásicos del cine de terror duro de películas como El loco de la motosierra o más recientes ejemplares de "porno-tortura", con escenas para taparse los ojos ... por un buen rato.

    Como filme sobre un tema conflictivo -como es en Gran Bretaña la violencia infantil-, Eden Lake se cubre por todos los costados. Muestra a algunos niños terroríficos, pero a otros que actúan bajo presión. Y la pareja tampoco es un dechado de virtudes: se conduce con la banal superioridad que les da su clase. Lo mismo las familias de los niños: el director no quiere que nadie venga por su pellejo.

    Sin embargo, eso no quita que explote un miedo social en busca de morbo. Hay quien encontrará a eso moralmente repulsivo y otros que preferirán centrarse en lo bien o mal que Watkins ejecuta sus ideas. En este sentido se puede decir que, si bien el filme requiere de un alto grado de credulidad (Jenny y Steve cometen un error tras otro), es innegable que la tensión se siente y que por momentos llega a ser bastante inquietante.

    Ni obra maestra ni película repulsiva: Eden Lake es una de terror pasable que genera miedo sin más elementos que unos chicos, unas bicis, un bosque laberíntico y varios elementos, ay, cortantes.
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  • Juventud sin juventud
    Soñar despierto

    Este filme que marcó el retorno de Francis Ford Coppola es un curioso relato épico.

    Como una película de superhéroes -The Watchmen o algunas de las historias originarias de X-Men- pero sin acción ni extravagantes disfraces; como Lost pero sin suspenso, como una versión "eurotrash" de El curioso caso de Benjamin Button: el retorno al cine de Francis Ford Coppola en Juventud sin juventud es una de esas películas inclasificables en las que los diversos temas que suelen ser el subtexto de buena parte de los géneros (o los Mitos Originarios, en el caso de los superhéroes) están puestos en primer plano. Arriesgando su reputación con un filme al límite del absurdo, Coppola se basa en una novela del rumano Mircea Eliade para envolver al espectador en un universo de ideas, yendo de la filosofía al misticismo, de la religión a la lingüística, del romanticismo a la historia casi sin dejar asunto por explorar. Y con todo eso hace una película que, si bien es fallida en los términos convencionales del relato cinematográfico, también es admirable por lo ambiciosa, arriesgada y, básicamente, por ser cercana al espíritu de búsqueda y a las obsesiones de su realizador.

    Los que admiran al director de El Padrino que hay en Coppola deberían mantenerse lejos del cine. Este filme tiene más puntos en común con cosas de Apocalypse Now, Golpe al corazón, Peggy Sue, Drácula y hasta Jack, pero con un abandono formal que lo acerca -no lo suficiente, lamentablemente- a los más recientes experimentos de David Lynch.

    Es la historia de un académico rumano, Dominic Matei (Tim Roth), un lingüista anciano y depresivo que, en 1938, quiere suicidarse frustrado con su vida -un amor perdido tiempo atrás- y con la imposibilidad de concretar su obra: descubrir los orígenes del lenguaje. Pero un día, es alcanzado por un rayo y termina en un hospital. Y así se convierte... en un superhéroe.

    Es cierto que la película -como El protegido, de Shyamalan- jamás se adentra en las convenciones de ese género, pero no se puede decir otra cosa de la historia de un hombre que, tras ese accidente, descubre que su cuerpo rejuvenece (tiene más de 70, parece de menos de 40) y que tiene la capacidad de aprender idiomas en minutos y leer libros enteros con sólo mirarlos.

    En la primera hora, Matei será perseguido por los nazis que quieren experimentar con él, desarrollará un doble con el que debatirá asuntos filosóficos, soñará despierto (o viceversa) y deberá entender lo que le sucede mientras que, con renovado vigor, tratará de adquirir todos los conocimientos.

    Tras escaparse de los nazis, en un movimiento "lynchiano", Coppola terminará una película y empezará otra. En Suiza, ya mucho después de la guerra, conocerá a una mujer (Alexandra Maria Lara) que luce igual a su antiguo amor y que, de paseo por las montañas, tendrá un similar accidente meteorológico al suyo. Pero a ella le "pegará" de otro modo, tornándose mística, reencarnando en Rupini, una discípula de Buda con la que Dominic sólo se comunica... en sánscrito. De allí en adelante será la historia de esa relación y de las complejidades romántico-filosóficas que traerá, no muy distintas a las de Benjamin Button, pero con una estética más cercana a cierto cine de autor europeo de los '60.

    Si todo esto puede sonar absurdo, bueno, lo es y no lo es. Si uno resumiera la trama de la serie Lost se vería en una situación similar de coqueteo con el ridículo y ni hablar de cualquier mitología de algún comic de Marvel. Pero Coppola no atiende a las reglas que contextualizan las ideas de ese tipo de películas, sino que va de lleno a los temas, con una estética propia que es también un recorrido por la historia del cine. El problema, acaso, es que no se libera lo suficiente, y su necesidad de atar cabos lo dejan, por momentos, más cerca de Subiela que de Buñuel.

    El paso del tiempo que puede (o no) ser vencido (Jack, Peggy Sue), el mito del eterno retorno, la dualidad del ser humano (Drácula, Apocalypse Now), la necesidad del conocimiento frente al amor romántico y el deseo por la aventura que puede conducir al delirio (Apocalypse, La conversación, Tucker) son algunos de los temas -la familia, su otra gran obsesión, quedó para Tetro- que explora, sin miedo a nada, un Coppola que parece rejuvenecido y avejentado a la vez: disparado hacia la exploración pero haciendo base, todavía, en recursos discursivos gastados y algunas obvias metáforas visuales. Película fallida pero fascinante, Juventud... deja por lo menos en claro que, más allá del rayo que le desorganizó el cerebro (¿o será el éxito de sus viñedos?), Coppola sigue siendo fiel a su universo.
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  • Sarajevo, mi amor
    Paisaje después de la batalla

    El filme, ganador de la Berlinale, se centra en las consecuencias del conflicto de los Balcanes.

    El gesto adusto y la mirada perdida de Esma revelan que la mujer ha sufrido y sigue sufriendo. El espectador no sabe, exactamente, qué es lo que le sucedió, pero en una historia que transcurre en la Sarajevo de posguerra, bien puede imaginarse de dónde podría venir el problema.

    Es mejor no saber mucho qué es lo que le sucedió a Esma si uno desea entrar en la parte "intriga" de Sarajevo, mi amor, la opera prima de la bosnia Jasmila Zbanic que, sorprendentemente, ganó el Oso de Oro a la mejor película en el Festival de Berlín de 2006. Si se tiene en cuenta lo que le dice a su hija, Sara, una chica bastante rebelde de unos 12 o 13 años, su depresión viene de haber perdido a su marido en la guerra. Pero da la impresión de que ese no es exactamente el problema.

    El filme manejará varios hilos narrativos paralelos. Por un lado, Esma deberá juntar 200 euros para pagarle un viaje escolar a su hija y, como no llega, acepta un trabajo nocturno en un local manejado por una serie de aparentemente oscuros personajes. Tomando en cuenta la historia de Esma, la elección de ese trabajo es bastante curiosa, o deja en claro su desesperación.

    Por otro lado, la hija enfrenta sus propios conflictos en la escuela, empezando una especie de relación con un chico que no parece el novio más indicado para alguien como ella. Especialmente cuando un día se aparezca con un arma.

    Con la presión de conseguir el dinero como eje, Esma se meterá en problemas con los mafiosos del lugar, chocará con su hija y amigas, y no sabrá cómo responder cuando Sara le pida detalles de quién fue y qué pasó con su padre.

    Todos esos elementos se combinan para pintar un duro cuadro de situación en el que se sienten las secuelas y consecuencias de los horrores de la guerra en las actitudes y comportamientos cotidianos de todos los personajes. Ese pasado tremendo está muy cerca, y aunque todos intentan mirar para otro lado, es obvio que el dolor está a flor de piel.

    Sarajevo... no siempre logra salir de una cadena de acontecimientos armada por un guión demasiado estricto, que lleva a los personajes de las narices y los pone a representar distintas situaciones traumáticas de posguerra: familiares muertos, resentimientos étnicos, desconfianza, temores ante cualquier situación inusual. De hecho, Zbanic no puede (o no quiere) ser muy sutil a la hora de hablar del trauma de Esma, por lo que uno puede imaginarlo mucho antes de la explosiva revelación.

    Igualmente, cuando esa revelación llega -y por la forma en la que llega- no deja de ser tremenda. Y allí sí la directora opta por no usar flashbacks ni ningún otro mecanismo melodramático de ese estilo. Le basta con el rostro desencajado y sufriente de Esma y el llanto desgarrado de su hija para producir en el espectador un nudo en la garganta del que cuesta desprenderse por un buen rato.

    Sarajevo... -un poco como la peruana La teta asustada, también ganadora en Berlín, pero sin su pintoresquismo for export- es una de esas películas que consiguen premios al hablar de una dolorosa situación anclada en un dramático hecho real. Lo difícil del análisis es darse cuenta si, para eso, no lo están también explotando.
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  • Hablame de la lluvia
    En el pueblo de Avignon, todos hablan...

    Agnès Jaoui dirige y protagoniza esta historia familiar.

    Tras lograr cierta fama como actriz y guionista, Agnès Jaoui apareció como una gran realizadora con la notable El gusto de los otros (2000), una película que lograba combinar drama y comedia para meterse, perceptivamente, a analizar algunos de los comportamientos de la sociedad francesa.

    En Como una imagen, de 2004, esos tópicos volvían a aparecer de manera inteligente, pero ya con un grado mayor de misantropía y encierro en los modos y costumbres de la alta burguesía. Háblame de la lluvia, de 2008, continúa con esa tendencia, pero con resultados menos logrados. Jaoui sigue siendo una guionista con gran oído para diálogos y situaciones ingeniosas, pero parece haber perdido el rumbo (o repetido el rumbo) respecto a lo que quiere contar y cómo hacerlo.

    Aquí, Jaoui se enreda con muchas historias dentro del clásico formato del cine francés de la reunión familiar en casa de campo. Sin la creatividad visual y el ingenio dramático de Arnaud Desplechin (en El primer día del resto de nuestras vidas) ni la sensibilidad de Olivier Assayas (en Las horas del verano), Háblame... no llega a ser más que la suma de sus tópicos: raciales, sexuales, familiares, románticos y religiosos. Y al final, cuando la directora afloja y el filme muestra sus verdaderas -y emocionales- cartas, ya no alcanza para redimirlo del todo.

    La propia Jaoui encarna a Agathe, una escritora feminista y de personalidad bastante fría que quiere arrancar en la política y que viaja con su novio a la casa que su hermana tiene en Avignon. Allí, Michel, un cineasta en decadencia (el calvo Jean-Pierre Bacri, pareja de Jaoui en la vida real y coguionista de todos sus filmes) y Karim, un joven inmigrante que es el hijo de la mucama de la casa de su hermana (Jamel Debbouze, de Amèlie) le proponen hacer un documental sobre mujeres de éxito.

    El cineasta, digamos, tiene un affaire con la hermana (casada) de Agathe mientras que su "camarógrafo/socio", también casado, está al borde de tener su propio romance con una compañera del hotel en el que trabaja. Además, Agathe y su novio están al borde de la ruptura. Y esto... para empezar.

    Entre toques de comedia más o menos logrados centrados en la torpeza de los "documentalistas" para conseguir filmar una entrevista con Agathe (problemas de sonido, errores de grabación, distracciones varias), los dramas familiares y personales de todos ellos se van desarrollando: los problemas de pareja de todos, el racismo sutil y condescendiente ejercido por la familia de Agathe con Karim y su madre, la relación entre "la gente y los políticos", cuestiones de poder en las parejas. Demasiadas tramas y demasiados temas que no terminan de dejar que la película fluya cómodamente.

    De a poco, el filme irá abandonando esa especie de repaso de tópicos claves de la burguesía francesa para ir adentrándose en los sentimientos cruzados de la media docena de protagonistas. Allí la película se tornará más personal y los personajes dejarán de ser "ejes temáticos" para ganar en profundidad e individualidad. Y eso hará que la película se sostenga y vaya creciendo de a poco, más allá de la decepción que genera saber que Jaoui -que ahora también es cantante- no haya logrado mantener la promesa de su extraordinaria opera prima como directora.
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  • Cartas para Jenny
    Mar de lágrimas

    Una chica en problemas busca respuestas al viajar a Israel.

    Se llora mucho en Cartas para Jenny. Se llora cuando empieza, se llora cuando sigue y se llora al final. Llora la protagonista, lloran los que están cerca de ella y la intención es que el público no pare de lagrimear del principio al fin. De hecho, casi parece una exigencia: Si querés llorar, llorá... y si no querés, llorá también.

    Ese tipo de obligaciones suelen ser un poco indigestas. No hay nada malo en que una película busque tocar las fibras sensibles del espectador, pero cuando se lo hace tan descaradamente, la reacción suele ser la contraria.

    ¿Fastidio? ¿Irritación? Tal vez no tanto. Más bien preguntarse por qué muchos cineastas no se dan cuenta cuándo parar. Porque hay elementos en esta película capaces de hacer emocionar genuinamente, pero a la mitad de su metraje, uno ya empieza a sentir pena por la cantidad de lágrimas que le hicieron sacar a Gimena Accardi.

    Jenny es una chica que vive con su padre y su hermano y a la que conocemos en su bat-mitzvah, celebración de los doce años de las chicas de la colectividad judía (todavía allí no la encarna Accardi, claro). Y la primera lágrima es cuando le dedica una de las velas rituales que se encienden en la ocasión a su madre que murió.

    Luego de la ceremonia, su padre (Martín Seefeld) le da una carta que su madre le dejó. De hecho, la madre le ha dejado varias, una para cada ocasión importante (casamiento, embarazo, etc.), con la idea de ir entregándoselas en esos momentos. Ya más grande, Jenny queda embarazada antes de casarse con su novio, un músico español que la abandona el día antes de la boda para quedarse en Barcelona.

    Esto hará que Jenny decida -otra carta mediante- viajar a Israel a reencontrarse con su identidad (o a encontrarla), a descubrir secretos de su madre y a encaminar su vida. Y salir de la depresión.

    El nuevo filme de Diego Musiak contará el viaje de descubrimiento interior de Jenny y, de por medio, encontrará la forma de ser un recorrido turístico por Israel cuando Jenny se reencuentre allí con un amigo de la infancia, Eitan (Fabio Di Tomaso, que también llora), que ahora es un soldado israelí.

    La película intenta ser emotiva, íntima y personal, pero no logra casi ninguno de esos cometidos. De hecho, está más cerca de parecerse a alguno de los programas televisivos por los que los protagonistas son conocidos. Y no porque sean malos actores (de hecho, Accardi hace milagros con lo que le pide el texto), sino porque están dentro de una película que nunca termina de confiar en los detalles ni en la inteligencia del espectador. Y que prefiere, en cambio, lanzarle una caja de pañuelos directo a la cabeza.
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  • Aparecidos
    Aparecidos
    Clarín
    Rodeados de fantasmas

    El español Paco Cabezas rodó en la Argentina un filme de terror que toca el tema de los desaparecidos de la dictadura.

    Una película de suspenso con los desaparecidos de la última dictadura militar? ¿No será mucho? Eso pensarán muchos argentinos que no se atreverían a tratar un tema así para generar sustos en el público. Es por eso que la película, si bien se centra en un misterio ligado a los desaparecidos locales, es de origen español. Su director y sus protagonistas son de allí, más allá de que la acción transcurra en la Argentina.

    Y más allá de los reparos que se le pueden hacer -la explotación del tema no es uno menor- también se puede decir que es un producto más efectivo, más interesante aún en sus contradicciones y mejor intencionado que muchos otros filmes extranjeros que se adentraron en el tema con intenciones aparentemente más serias y resultados mucho más banales como Imagining Argentina, entre otros.

    Resumiendo una compleja trama, en Aparecidos -título complicado, si los hay- hay dos hermanos españoles que vuelven a la Argentina (nacieron aquí pero se fueron siendo pequeños) a gestionar la herencia de su padre, que está en estado vegetativo. Ellos han dejado de verlo pero, al volver, Pablo -el hijo menor- duda si desconectarlo o no, y prefiere conocer algo más de su vida, cosa que a su hermana Malena no le hace ninguna gracia. Ambos terminan en un auto del padre, viajando a la Patagonia y descubriendo en el coche un viejo cuaderno que hace mención a un crimen ocurrido en un hotel.

    Hacia allí van -regla del cine de terror: meter la cabeza donde no corresponde- y se topan con que esos crímenes se están cometiendo delante de sus ojos. ¿Lo leído era una premonición o el pasado está reapareciendo, fantasmagóricamente? De a poco se enterarán que son crímenes cometidos durante la dictadura y que su rol en ese entramado no es casual. ¿Cómo se liga la historia familiar con ese temible pasado que vuelve?

    Desde lo formal, Aparecidos es un producto de buena factura técnica, que hace uso y abuso de las panorámicas de la Patagonia, con una trama de suspenso rebuscada pero "legible" que no se diferencia mucho del formato hollywoodense: buenos efectos, sustos desparramados aquí y allá y un final con algunas "revelaciones".

    En cuanto al tema, si se quiere, más difícil, Cabezas supo armar un guión en el que su idea de generar una toma de conciencia -tanto en los protagonistas como en los espectadores- se conecta con un relato que no desvirtúa los hechos históricos. Siguiendo las reglas del género, no es una idea descabellada que los desaparecidos funcionen como espectros. Aparecidos no busca generar la sensación de un mundo paralelo al real (tampoco se atreve a ser tan tarantinesco y mejor que ni lo intente), sino que intenta que el espectador entienda que pasado y presente están entrelazados, y que los fantasmas seguirán entre nosotros en tanto las respuestas a los horrores de la dictadura sigan sin aparecer.
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  • El último aplauso
    Adiós muchachos

    El documental de Germán Kral se centra en el Bar El Chino.

    El proyecto de un documental se queda muchas veces en eso, en un proyecto. La realidad, en todas sus formas, tiende a entrometerse en esa "realidad" que los documentalistas necesitan construir para acotar su universo de trabajo, para armar sus hipótesis. Y eso genera mutaciones, modificaciones, cambios. De ahí a que, generalmente, el guión de los documentales suelen armarse durante y después del rodaje, en lugar de antes, como se acostumbra en la ficción.

    Algo así le ha pasado a Germán Kral, quien no imaginaba en el año 2000, cuando empezó a filmar un documental sobre el Bar El Chino -un reducto tanguero y gastronómico en el barrio de Pompeya- que una "realidad" inesperada se iba a colar en su proyecto y, a mitad de camino, se iba a quedar sin la posibilidad de concretar su idea original y con la necesidad de transformarla en otra cosa.

    El último aplauso arranca entonces como un documental sobre ese bar regenteado por Jorge "El Chino" García, un reducto ruidoso y amigable en el que, entre platos y copas, unos cuántos veteranos cantores (entre ellos, el propio dueño del local) y un guitarrista hacían de lo suyo a voz en cuello. Durante media hora, el filme sigue sus historias de vida y registra sus performances en el boliche. Pero, de golpe, "El Chino" García muere y Kral parece quedarse sin película: el bar queda al mando de la mujer de García, se produce un distanciamiento entre dueños y músicos, y adiós muchachos...

    Fue allí que Kral decidió continuar su documental centrándose en cómo siguieron las vidas de esos cantores del Bar El Chino luego del cierre del lugar: Cristina de los Angeles, Inés Arce, Julio César Fernán y el guitarrista Abel Frías son los principales, pero no son los únicos.

    No se explora mucho el porqué de la "fractura" que se produce tras la muerte de El Chino (¿problemas económicos?, ¿personales?), pero de allí en adelante, Kral se dedicará a reunir a los tres cantantes, años después, con una banda joven de tango (la Orquesta Típica Imperial) y a llevarlos al encuentro con ese esperado "último aplauso".

    Las interpretaciones de clásicos tangueros ocupan buena parte del metraje del filme (quedará en manos de los especialistas determinar la calidad musical de cada uno) y la película, que había comenzado como un entrañable documento de un lugar fascinante y un momento intenso del país (mediados de 2001), va forzando su propuesta de una manera que se adivina extremadamente preparada, guionada.

    Tanto el encuentro con los músicos jóvenes, como las situaciones que se van produciendo en la segunda mitad del filme están más cerca de la ficción (hasta se nota el tono "actuado" de muchos de los músicos, tono que no tenían previamente) que de un verdadero documental.

    Pese a esas objeciones, El último aplauso conserva su valor como propuesta gracias al encanto genuino de sus principales protagonistas. Las vidas -y las emociones- reales de Cristina, Inés, Julio y de los otros personajes secundarios se cuelan en el prolijo entramado exportable del filme y le dan una vitalidad y frescura que le permite lograr escaparse del concepto de "producto" que rodea a la película de Kral, un argentino radicado en Alemania. Es por ellos, y por las historias de vida que ponen en cada interpretación, que la película merece la pena.
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  • 2012
    2012
    Clarín
    ¡Rompan todo!

    El director de "Día de la Independencia" nos muestra su visión del fin del mundo.

    Si algo le quedaba a Roland Emmerich por destruir después de Día de la independencia, Godzilla y El día después de mañana, lo terminó por hacer reventar en 2012, por lo que ahora deberá buscarse algún otro trabajito. Por lo pronto, ¿qué tal sería conseguirse un guionista para la próxima película?

    2012 no es más que la suma de sus partes rotas, destruidas, una película sobre un apocalipsis ecológico -los mayas lo tenían claro, mucho antes que Al Gore- en la que se demuelen ciudades y monumentos mientras una familia disfuncional tiene su íntimo drama de rematrimonio en medio de lo que podría ser el fin del mundo.

    El filme comienza en 2009 cuando un geólogo, tras viajar a la India, se da cuenta de que el centro de la Tierra está ardiendo y que pronto el planeta podría dejar de existir. En esos años, secretamente, los gobiernos del mundo van buscando una salida (para pocos) al inevitable caos que viene. Pero el asunto llega antes de lo pensado y nada saldrá como estaba planeado.

    Yendo de lo global a lo personal, 2012 se centrará en Jackson Curtis, un escritor (John Cusack) separado de su mujer (Amanda Peet), la que se ha vuelto a casar. Con ella tiene dos hijos, con los que intenta relacionarse aunque su cabeza siempre parece estar en otro lado. Un día decide llevarlos al Parque Nacional Yellowstone y allí notará varias cosas raras que suceden, desde grandes operativos militares hasta extraños fenómenos naturales, pasando por un enloquecido profeta radial de desastres (encarnado por Woody Harrelson) que no para de predecir el inminente Apocalipsis.

    A partir de allí, la Costa Oeste norteamericana empezará a desmoronarse, literalmente, y unas grietas en la tierra darán paso al hundimiento y destrucción de Los Angeles. Todo, claro, mientras nuestra familia del siglo XXI (que a esta altura incluye a la ex esposa de Jackson con su nuevo marido) va esquivando edificios que caen, avenidas que se abren y autopistas que se derrumban como en un juego de Playstation.

    La película se divide en tres claras partes. La primera, en la que el caos se va preparando. La segunda, la destrucción propiamente dicha. Y la tercera, en la que se revelan los planes de "salvación de la especie". Y Emmerich va combinando, como en un juego de piezas móviles, una impactante escena de caos con una de narración "dramática", tan obvia como banal.

    Si al espectador le alcanza con disfrutar de los efectos especiales puestos al servicio de sí mismos, 2012 no los decepcionará. Los que esperan una película en la que toda esa parafernalia esté en manos de un cineasta con una historia para contar, seguramente sentirán que el asunto es interminable con sus 158 minutos de duración.

    Como alguien dijo por ahí, 2012 es como una película porno, a la que no tiene sentido pedirle ningún tipo de trama interesante, ni dirección de actores, ni diálogos que puedan ser dichos por seres humanos. Un filme que en el futuro la gente seguramente verá en fast forward pasando a las secuencias de destrucción y evitando todo lo demás. Cine Triple X.
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  • Goodbye Solo
    Y el viento los llevará

    La tercera película de Ramin Bahrani es un emotivo relato sobre la relación entre dos hombres.

    La primera escena de Goodbye Solo hará recordar a los espectadores a El sabor de la cereza. Un hombre anciano, con cara de pocos amigos, se sube a un taxi manejado por un inmigrante senegalés y le hace un extraño pedido: le pagará cien dólares para que lo lleve unos días después hasta Bowling Rock -el pico de una montaña en Carolina del Norte en el que se produce un extraño fenómeno meteorológico que hace que los objetos que se lanzan allí vuelvan a subir-, que lo deje ahí y se vuelva.

    Solo, el taxista en cuestión, sospecha que el hombre trama algo (¿suicidarse, acaso?) y empezará, de a poco, a inmiscuirse en su vida y a tratar no sólo de descubrir qué le sucede sino de contagiarle algo de esa energía entusiasta que a él le sobra.

    La vida de Solo no es perfecta: no está contento con su trabajo y su relación con su esposa latina es bastante tensa. Pero el tipo mira a la vida con otro prisma. Así como William -de quien sabremos poco a lo largo del filme, pero podemos imaginar que tiene un pasado duro y difícil sólo con ver su rostro y escucharlo farfullar- ha dejado de hacerse ilusiones, Solo las conserva, pese que que el mundo que lo rodea no ofrece demasiados motivos para el optimismo.

    Este choque/encuentro entre un veterano desanimado y un joven impetuoso podría generar todos los clichés imaginables del cine de Hollywood. Pero Ramin Bahrani, que trabaja en un universo paralelo al de los grandes estudios, los evita a conciencia. Por más que esos temas estén ahí, la belleza de Goodbye Solo (la misma que la de sus anteriores Man Push Cart y Chop Shop) está en la naturalidad, frescura y urbana poesía que el director le imprime a sus imágenes y a las actuaciones de su pequeño elenco.

    Bahrami es un cronista de ese "otro lado del sueño americano", parte de lo que algún crítico de los Estados Unidos ha llamado el "neo-neorrealismo" norteamericano. Sus admitidas influencias son Roberto Rossellini (dice que Las flores de San Francisco fue una inspiración para esta película), lo mismo que Vittorio De Sica, el primer Pasolini y no niega la filiación del filme con el de Abbas Kiarostami. De cualquier manera y pese a la sensación "documentalista" que trasluce su película, Bahrami estructura el relato de manera bastante clásica. William y Solo se irán conociendo, amigando, irritando, fastidiando, reconciliando, hasta que la situación llegue a su anunciado punto límite.

    La película evita sin embargo la mayoría de los lugares comunes y discursos (si bien hay un par de subrayados innecesarios) y crece, humanamente, gracias también a sus protagonistas. Red West, un veterano doble y actor de películas de Clase B cuya fama viene de haber sido amigo y guardaespaldas de Elvis Presley, tiene una presencia que empieza por asustar y termina por enternecernos. Con el taxista -el marfileño Souleymane Sy Savane- pasa lo contrario: su excesiva simpatía puede parecer irritante al principio, pero de a poco nos conquista con esa sonrisa que, sabemos, oculta bastantes pesares.

    Goodbye Solo es uno de los grandes estrenos de este año, y que se ofrezca en copias en fílmico (35 mm.), es casi un milagro. Una película pequeña, humana, más compleja de lo que deja entrever su aparente simplicidad. Una joyita en la cartelera porteña
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  • 500 días con ella
    La chica del adiós

    Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel se lucen en esta comedia romántica... diferente.

    ¿Habrá alguna manera nueva y original de contar una historia de amor? O bien, una historia que pudo haber sido de amor, pero que no fue, o que tal vez sí fue, depende a quien uno le pregunte. En (500) días con ella, el director Marc Webb y los guionistas Scott Neustadter y Michael Weber se hacen esa pregunta. Y lo que encuentran es un dispositivo con el que arman, si bien no algo nuevo ni original, al menos algo honesto, entretenido y real.

    De entrada, la voz en off nos dice que esta "no es una historia de amor" y nos invita a recorrer esos 500 días de manera no cronológica. Así, la historia de Tom y Summer, dos jóvenes que se conocen en una compañía de tarjetas de Los Angeles (él las escribe; ella es secretaria), empieza por lo que parece ser un final feliz, pero que tal vez no lo sea; vuelve a los inicios para contar "la previa" al primer chispazo, y así va saltando en el curso de los días que narra la película.

    Da la impresión de que los guionistas tomaron el ejemplo de las creativas vueltas de tuerca de Charlie Kaufman para Eterno resplandor de una mente sin recuerdos pero decidieron hacer algo más liviano y accesible. Y, a juzgar por los resultados, lo han logrado.

    Hay, en esa estructura de idas y vueltas, una interesante manera de observar una relación como una serie de momentos y situaciones, que el espectador va armando en su cabeza, si bien -al menos entre el Día 1 y el 300 y pico- la progresión es más o menos la prevista.

    Veamos: Tom (Joseph Gordon-Levitt), un chico enamoradizo que cree que algún día encontrará la mujer perfecta, cae rendido a los pies de Summer (Zooey Deschanel). Comparten gustos musicales (su primer contacto es a partir de una canción de The Smiths), cinematográficos (el filme hace varios homenajes a clásicos para reflejar el estado de la relación, yendo de El graduado a la Nouvelle Vague, de Cantando bajo la lluvia a Bergman) y la pasan bien juntos. El tema es que, de entrada, ella le aclara que no quiere una relación seria. El, a regañadientes, acepta. Así que cuando las cosas pasan a mayores, bueno, se podrán imaginar...

    Más allá del juego temporal, lo mejor es la forma en la que Webb muestra la relación siempre desde el punto de vista de Tom, por lo que los malos entendidos y lo que es fascinación y enamoramiento, corren por su cabeza. Nunca sabemos bien lo que le pasa a ella con él. Y ese misterio es el que mantiene la película viva. Tom está enamorado, lo sabemos, pero ¿es la real Summer a quién vemos o la Summer que él cree (quiere) ver?

    Tal vez más "light" de lo que podría haber sido como para considerarse un clásico (Adventureland, por ejemplo, llega más lejos, se anima a ir más hondo), (500) días con ella es una comedia romántica para todos los que se han quedado pensando porqué alguna relación en la que creían finalmente no funcionó. O bien, porqué no está funcionando ahora mismo. Nadie sabe muy bien cuántos son los 500 días de cada pareja...
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  • Volver a amar
    Amor con barreras

    El premiado filme belga se centra en el romance entre una mujer de 40 con un hombre más joven.

    El secreto del éxito de Volver a amar -ganadora de la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes y de varios premios internacionales- está en hacer lo mismo que hace Hollywood en incontables comedias dramáticas, (de las llamadas "románticas"), pero dándole una pátina de realismo cotidiano que la aleja de los estándares del cine industrial. Más allá de eso, la película del belga Christophe Van Rompaey no es más que una convencional y agradable historia de amores perdidos y encontrados entre personajes acosados por cuestiones del pasado que no terminan de resolver.

    Matty (Barbabra Sarafian, muy parecida a Frances McDormand) está separándose de su marido, Werner. Ella trabaja en el correo y él, que es profesor de arte, la dejó por una alumna suya, de 22 años. Matty tiene 41, tres hijos (una adolescente conflictiva y dos algo más chicos) y piensa que ya el amor acabó para ella. De hecho, lo único que desea es recuperar a su marido, que de entrada se ve que es bastante insufrible.

    Allí aparece el tal Johnny (Jurgen Delnaet), un camionero de 29 años que intenta conquistarla luego de tener con ella una fuerte discusión en un estacionamiento. El fastidio se transforma en atracción y eso troca en una cita. Pero Matty sólo le sigue el juego con la intención de usarlo para poner celoso a su ¿ex? marido (cosa que logra). Johnny, en cambio, parece estar enamorado de la mujer y hasta le canta canciones en italiano, idioma que mezcla en su conversación con resultados, supuestamente, románticos.

    El asunto es que Johnny tiene un pasado difícil, del que Werner se entera y se lo cuenta a Matty, que no sabrá qué decisión tomar. Además, la hija mayor de ella se aparece con una novia, cosa que no altera a Matty (uno de los puntos más logrados del filme es la relación madre-hija) sino que la hace acercarse más. Muchos problemas, parece, pero nada que no se pueda arreglar tras unos litros de cervezas en ruidosos bares, algunas peleas públicas y un par de canciones de amor en un karaoke.

    Con escenarios parecidos a los de una película de Ken Loach (barrios humildes de Ghent, en Bélgica), Volver a amar es una fábula teñida de una mano de pintura realista. No hay nada necesariamente malo en eso -como tampoco en las fantasías de Hollywood-, sólo que suenan un poco exagerados tantos premios y reconocimientos. Que la película sea europea no implica que va a escapar a algunos de los rancios convencionalismos con los que el cine se acerca al amor.
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  • Alicia y John, el peronismo olvidado
    Una pareja atravesada por la historia política

    "Alicia y John: el peronismo olvidado" Cooke y Eguren, en el recuerdo.

    John William Cooke es más conocido por su nombre que por los detalles de su larga militancia, primero peronista y luego, en Cuba, cercano a los líderes de la Revolución (Fidel Castro, Che Guevara). Pocos políticos argentinos llevan ese nombre anglosajón y eso, de entrada, le guarda un lugar inusual en los libros de historia política. Pero su vida y su militancia, las idas y vueltas de su relación con Juan Domingo Perón, y su relación de pareja con Alicia Eguren. De hecho, que la película se llame Alicia y John: el peronismo olvidado deja a las claras que sus figuras no adquirieron el peso histórico que, según este documental, deberían haber tenido.

    Con algunos momentos de ficción -llamémoslos "brechtianos"-, en los que los actores Carlos Portaluppi y Ana Celentano "interpretan" a John y a Alicia, y a la vez comentan sobre sus acciones separándose de sus personajes, el filme de Carlos Castro con guión de Graciela Maglie y el propio realizador está organizado como un documental clásico, con entrevistas a decenas de personas (compañeros de militancia, destacados políticos justicialistas, historiadores, amigos de la pareja, etc.), que van narrando el derrotero de la pareja desde el inicio de su relación con el peronismo (que fue extraña, ambos venían de la alta burguesía) hasta sus respectivas muertes, pasando por el exilio, su relación cada vez más tirante con el General Perón y su apasionamiento, ya en los años '60, por los ideales de la Revolución Cubana.

    El filme de Castro recupera las curiosas trayectorias de ambas figuras y también se plantea qué hubiese pasado si Cooke, a quien Perón en algún momento consideró su heredero pero a quien luego fue abandonando, hubiese estado vivo en los '70, usando su inteligencia política para organizar y conducir a los nuevos militantes revolucionarios. Un cáncer se lo impidió. A ella, se lo impidió el Golpe del '76 y hoy es una desaparecida, no sólo de la dictadura militar, sino de la gran historia política nacional. Algo que este filme intenta subsanar.
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  • El Torcan
    El Torcan
    Clarín
    Luis Cardei, una vida de películas

    Gabriel Arregui dirigió esta fallida biografía del gran cantante de tangos.

    La vida de Luis Cardei no da para una película: da para varias. Y eso es uno de los problemas de El torcan, el filme de Gabriel Arregui que trata de narrar la complicada vida de este cantante de tangos que murió en el 2000, con apenas 55 años.

    Cardei era hemofílico, sufrió polio de chico y quedó con problemas de huesos que le impedían caminar y moverse bien. Su padre (un tanguero llamado también Luis Cardei) murió cuando Luisito era niño y luego, para mitigar sus dolores físicos y emocionales, un joven Cardei se hizo adicto a la heroína.

    Todo esto debe haber sido muy dramático, pero a juzgar por la película, el amor de su abnegada madre y su buena predisposición para enfrentarse a todos sus problemas hicieron que, pese a todo, su infancia y juventud fueran soportables.

    Uno de los problemas del filme de Arregui, además de querer resumir toda la vida de Cardei, es que poco y nada resulta creíble: las actuaciones, las situaciones, los diálogos y la puesta en escena parecen extraídos de una floja película de los años '40. De hecho, uno hasta imagina que en cualquier momento aparece Luis Sandrini...

    En la segunda mitad (narrada por el hijo de Cardei, la primera la narra Osqui Guzmán), la película no mejora demasiado -se suman allí nuevos problemas familiares y de salud-, pero al menos se escuchan las canciones en sus interpretaciones originales. Y eso le da al oído -aunque no a la vista- un merecido descanso
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  • Tres deseos
    La mitad del amor

    ¿HAY AMOR? LOS CONFLICTOS DE UNA PAREJA SALEN A LA LUZ EN UN VIAJE A COLONIA.

    Una pareja con más de una década de convivencia, y con una hija, decide hacer un viaje solos a Colonia para festejar los 40 años de ella. Se nota que su relación es tirante, fría. Pero tal vez sea la costumbre y ya se tratan así, todo el tiempo al borde de la crueldad. ¿Permitirá el viaje recobrar algo de paz, recuperar esa "chispa" perdida con el tiempo?

    La respuesta no es fácil y Tres deseos lo deja claro. El viaje, más que curar heridas, las saca a la luz, las hace evidentes en los fastidios constantes que se producen entre Pablo (Antonio Birabent) y Victoria (Florencia Raggi).

    Tras una discusión, Pablo decide irse a caminar por la playa mientras Victoria vuelve al hotel. Allí, casualmente, se topa con Ana (Julieta Cardinali), que fue su novia antes de Victoria. Ella se acaba de separar de su pareja y ha viajado sola, "a pensar". La charla se transforma en un paseo, el paseo en un café y da la impresión de que ambos se están reconectando con ese viejo amor que parecía olvidado.

    En su primer filme de ficción, Vivián Imar y Marcelo Trotta construyen este triángulo amoroso alejándose de cualquier tipo de registro melodramático. El conflicto se arma a partir de diálogos puntuales, malos entendidos, silencios incómodos y conversaciones acerca del amor (o de su fin) que, si bien no se caracterizan por la originalidad, son bastante realistas.

    El filme no se centra, del todo, en el triángulo amoroso. Ana es una figura casi fantasmagórica, un ideal, una comparación que a Pablo le sirve para confrontar lo imaginado (lo que no fue) con lo real: su relación de pareja, que sí es el tema central. Y la película tampoco ofrece soluciones fáciles para esa conflictiva relación.

    La ciudad de Colonia juega un rol importante en el filme, con sus calles empedradas y sus playas ventosas que son recorridas por sus personajes. El nublado permanente parece aportar a la confusión que atraviesa el trío.

    El resto lo da el elenco. A la acostumbrada solvencia de Cardinali hay que sumarle la revelación de Raggi, que con gestos sutiles compone a una Victoria que va descubriendo lo poco que le queda para darle a esa relación. Más problemático es el rol de Birabent: su personaje (y su composición) es tan fría y distanciada, tan amarga y cruel, que uno se pregunta qué le ven las dos chicas, más allá de su pinta. Pero, se sabe, los misterios del amor son insondables.«
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  • Toy Story
    Toy Story
    Clarín
    Más allá del infinito

    El primero, y uno de los mejores y más encantadores largos de Pixar, vuelve en su versión 3D.

    Toy Story es el primero y uno de los mejores títulos de la factoría Pixar, que iniciaría con este filme, estrenado aquí en marzo de 1996, una secuencia de diez títulos casi todos excelentes (o al menos muy buenos) hasta llegar al hoy multinominado al Oscar Up, una aventura de altura.

    Pero entonces, cuando la animación por computadora era mucho menos sofisticada y todavía ocupaba una porción menor del mercado, Toy Story significó una revolución no sólo técnica sino también creativa. Aquí tenemos una película -luego, veríamos, una compañía- que le habla a grandes y a chicos por igual (en lugar de hacerlo, como otras, en paralelo), apostando al asombro infantil en tiempo presente y a la magia del recuerdo de los más grandes.

    Todos saben la historia del filme, que se centra en la tensión que se genera entre dos juguetes: Woody, un vaquero que es el favorito del niño Andy, y Buzz Lightyear, un comando espacial que él recibe como regalo y que lo reemplaza en atractivo. Las peleas y desventuras de estos personajes (y una docena de entrañables secundarios, como el dinosaurio Rex, el Sr. Cara de Papa, el perro Slinky, etc.) conforman una historia efectiva desde la aventura y el entretenimiento, pero que a la vez se constituye -la serie entera, que se completa con Toy Story 3, a estrenarse en julio- en una saga sobre la infancia, la amistad y el fin de la inocencia.

    Aquí, el que la pierde es Buzz (que cree ser verdadero y no sólo un juguete y cae en una crisis existencial) mientras que Woody debe dejar de lado sus celos y aprender el valor de la amistad.

    La película no cambió mucho en su paso a 3D. Se trata de la misma versión, a la que no se le agregó nada nuevo (al menos no lo parece: hasta las encantadoras voces en castellano son las mismas que uno recuerda de memoria) y cuyo mayor acierto es dar la impresión de mayor volumen espacial. Pero, lo mejor es que tenemos entre nosotros una pristina copia digital que permite verla como si no se hubiera hecho quince años atrás.

    La matriz de todos los éxitos de Pixar, Toy Story (y su secuela, que se estrena en dos semanas; ambas estarán sólo 14 días en cartel) sigue siendo una de las mejores películas de animación de todos los tiempos. Y lo seguirá siendo, más acá o más allá del infinito.
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