Sicario 2: Día del soldado

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

EL PROBLEMA DE LA CULPA

Sicario: día del soldado es un experimento raro, que intenta ser una continuidad pero también una ruptura respecto a su predecesora, sin llegar a completar el recorrido por ambas vías. Es una secuela pero también un spinoff, y a la vez no termina de ser ninguna de esas cosas. Esa tensión no resuelta se da a partir de la primera decisión importante del film, que es quitar de la ecuación al personaje de Kate Macer (Emily Blunt) –que no solo era la protagonista, sino también el eje moral de la primera película- para centrarse en los personajes de Alejandro (Benicio Del Toro) y Matt Graver (Josh Brolin), los tipos encargados de hacer todo el Mal necesario en pos del Bien requerido. Ese cambio, que podía tener un gran potencial disruptivo –poniendo en foco a tipos convencidos de sus puntos de vista pero a la vez casi amorales en su accionar- queda a mitad de camino.

“Esta vez voy a tener que ensuciarme”, le explica Grave a un grupo de autoridades políticas y militares que le piden que haga lo necesario para combatir a los carteles mexicanos, que ya no solo trafican droga por la frontera, sino también personas, algunas de las cuales son terroristas y terminan cometiendo atentados en suelo estadounidense, con lo que han pasado a ser el nuevo Enemigo Número 1. “Sin reglas esta vez”, le dice luego a Alejandro cuando le explica una nueva misión, que consiste en secuestrar a la hija de un jefe narco para agitar una guerra entre carteles. Pero esas frases, que suenan a promesas por parte del relato, pronto se van revelando como engaños o de mínima verdades a medias, porque a medida que pasan los minutos, surgen nuevas normas, imposiciones, reencauzamientos y, principalmente, niveles de culpa, que empantanan la narración.

La clave, al igual que en el film anterior, pasa por la culpa: la necesidad de “humanizar” a Alejandro y Graver, de permitirles tener la capacidad de “ensuciarse”, de hacer cosas terribles, pero con la condición de que tengan pruritos morales, ciertos “principios” que los guíen. En eso es fundamental el personaje de la hija del narco, que funciona como una especie de reversión juvenil (y aún más vulnerable) de Macer: es la que queda en el medio del fuego cruzado, sometida no solo a los designios, pretensiones y objetivos de políticos, militares y narcos, sino también del guión de Taylor Sheridan, que la usa como un mero peón mensajístico. Su historia se complementa con la de un joven que se inicia dentro del negocio del narcotráfico y que eventualmente se cruzará con Alejandro, como para delinear de forma tajante (y con bastante trazo grueso) la pérdida de la inocencia que acarrea la acumulación de violencia. Pero tanta moralidad, tantos dilemas, tantas cavilaciones y reflexiones, llevan a Sicario: día del soldado a un terreno paradójico, donde la búsqueda constante y forzada de ambigüedad termina anulando todo elemento ambiguo.

Si la película repite defectos de la primera parte y solo se sostiene desde el profesionalismo de la violencia, la puesta en escena del italiano Stefano Sollima jamás se anima a dejar una huella propia, con lo que apenas replica la estética antes desarrollada por Denis Villeneuve. De ahí que Sicario: día del soldado sea una mera copia lavada de su predecesora, sin profundizar en su premisa geopolítica y quedándose en los lugares más cómodos a nivel dramático. Hasta pareciera que lo que verdaderamente le interesa es quejarse de la tibieza de los jefes políticos, que primero les dan a los militares órdenes de ir a fondo, para enseguida arrepentirse y retroceder sobre sus propios pasos. Aunque claro, sin dejar de resaltar lo terrible y traumática que puede ser la violencia en la vida de los jóvenes.

Lo que se puede intuir en Sicario: día del soldado es un velado fascismo, con una perspectiva en la que la única respuesta frente al problema del narcotráfico –potenciado por la inmigración ilegal y el terrorismo- pasan por las medidas directas y violentas. Eso, por más que no se esté de acuerdo, no deja de ser válido: al fin y al cabo, hay extensas vertientes del policial, el thriller y la acción que se apoyan en discursos fachos. El inconveniente es el tono solemne y culposo, donde lo que prevalece es el cálculo al extremo. Sicario: día del soldado, aún desde su máscara de oscuridad, jamás se sale del libro y apela a todos los lugares de la corrección política.