Shalom Taiwán

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

EL CAMINO DE LA REDENCIÓN

En su debut en la ficción (antes dirigió los documentales Malka, una chica de la Zwi Migdal y La fidelidad) el director Walter Tejblum hace foco con Shalom Taiwán en una historia que parece apostar a la identificación cultural (un rabino que debe buscar donaciones por el mundo para sostener el templo de su comunidad) pero que progresivamente se vuelve universal. Y es que los temas que aborda la película están vinculados con cuestiones generales como las consecuencias de los propios actos, la tensión entre las obligaciones familiares y las obligaciones laborales, y la necesidad de renovar los objetivos personales cuando el horizonte se vuelve confuso, lo que en verdad vuelve una mera superficie a la liturgia judía que se pone en primer plano.

Con guión del propio Tejblum, junto a Sergio Dubcovsky y Santiago Korovsky (también coprotagonista), la película comienza como una comedia pura para convertirse, a medida que avanzan los conflictos (especialmente los familiares), en una suerte de drama moral sobre cómo corregir un camino errático. El rabino Aarón (Fabián Rosenthal) pidió una suma importante de dinero para acondicionar el templo donde se impone como referente de su comunidad, a la que ayuda y asiste en todo lo que necesita. Sin embargo, la crisis y los vaivenes de la economía argentina (lo político y coyuntural se filtra en los pliegues de la película) hacen que la devolución del dinero se vuelva poco menos que imposible y deba salir a buscar donaciones, lo que lo lleva -primero- a Estados Unidos y -posteriormente- a Taiwán, destino este que será fundamental como experiencia, tanto porque el título de alguna manera lo sugiere al darle preponderancia como porque los asiáticos parecen tener una conexión con lo espiritual que lleva a la revelación. El camino de Aarón por Taiwán será precisamente ese, el de aceptar aquello en lo que estaba fallando y tratar de corregirlo hacia el futuro. En ese sentido, Shalom Taiwán es una comedia dramática que no esquiva ninguna convención argumental o narrativa pero que tiene la inteligencia como para encontrar resoluciones que la distinguen. El camino de Aarón no deja de ser previsible, pero también es cierto que luce lógico y coherente con su arco dramático. Tejblum nunca tuerce decisiones y pone a su personaje por encima de la historia. Y funciona porque Aarón es un personaje amable, carismático, aún con sus pliegues y zonas oscuras. En definitiva, un protagonista y una película sumamente humanos.

Es cierto que Shalom Taiwán pierde un poco su mirada humorística y hasta puede ser acusada de simplona o conservadora en sus resoluciones (lo que tensa la cuerda mientras vemos a Aarón tratar de cumplir su objetivo es el tironeo familiar y fundamentalmente los reproches de su esposa), pero también es cierto que la película es honesta en relación a cómo su personaje debe hacerse cargo de sus propios errores y reconstruir en consecuencia. Como buen documentalista, Tejblum sabe dónde hacer foco: el último plano se sostiene precisamente en un rosto, una mirada y una sonrisa que, sin palabras, nos deja en claro que el aprendizaje del camino ha sido asimilado.