Sexy por accidente

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

QUISIERA SER LINDA

Al igual que en muchas películas de los 80’s, en Sexy por accidente hay un elemento mágico que genera un cambio en la protagonista: aquí, un golpe en la cabeza que hace que la obesa y depresiva Renee de repente tenga un autoestima por las nubes y se crea la más linda del mundo. No de gusto, esta comedia dirigida por Abby Kohn y Marc Silverstein cita deliberadamente a Quisiera ser grande. Y allí va, con Renee -al igual que Tom Hanks en la de Penny Marshall- involucrándose en el mundo empresarial y aportando una mirada novedosa, aquí una firma de cosméticos de alta gama que desea meterse en un mercado más popular. La diferencia entre ambas películas son claras en función de los resultados, pero sobre todo en el camino que toma el personaje: mientras en Quisiera ser grande se pone en crisis el deseo del protagonista, aquí en verdad la lectura es más dudosa porque la película tiene otras preocupaciones.

Una de ellas es la de instalar definitivamente a Amy Schumer en el mapa de la comedia cinematográfica norteamericana, algo que le cuesta a la actriz más allá de las fronteras de su país básicamente porque todavía no ha elegido ese proyecto que realce su talento. Conocida por su trabajo televisivo, Schumer se permite en la pantalla chica ser lo suficientemente virulenta, especialmente con un humor que mete sus garras en el pecho del corazón machista y en los ideales de éxito y belleza de la sociedad norteamericana. Su condición de luchadora de la causa feminista de hecho la ha convertido en una figura muy popular, con videos que se han convertido en virales y de gran inspiración para las mujeres norteamericanas. Sexy por accidente, entonces, es la película que debería instalarla en el gran público pero que además de explotar su figura (lo que hace con algo de gracia, hay que reconocerlo) lo que busca es también asimilar a la figura política y hacerla parte del relato. Y ahí es donde la película encuentra un límite, básicamente por un problema en la forma.

Como decíamos, la protagonista tiene su autoestima por el suelo pero a la vez su sueño es trabajar en la empresa que produce aquellos cosméticos, una oficina repleta de jóvenes delgadas y envaradas con destino de pasarela. Si su actitud resulta contraproducente, aquel golpe en la cabeza la convertirá en una mujer egomaníaca y narcisista. Lo que veremos a partir de ahí es casi una reversión de Amor ciego de los Farrelly, aunque ahora el punto de vista distorsionado sería el del personaje de Gwyneth Paltrow: la “fea” viéndose como “linda”. Y si hasta ahí la comedia funcionaba a medias, el guión de los directores comenzará a hacer demasiado ruido con una serie de vueltas de tuerca que estiran demasiado el conflicto hasta licuar la gracia, que surge esporádica. El problema es que Sexy por accidente no logra conciliar el humor irreverente de Schumer con la necesidad de ser políticamente correcto; es como un humorista que hace chistes jodidos y después le entra culpa. Los últimos minutos son un maratón de la obviedad, con Schumer sermoneando innecesariamente y diciendo en voz alta lo que ya las imágenes y los personajes habían dejado en claro (que hay que confiar en uno mismo, que lo que importa es lo que uno hace y que la mirada de los demás es problema de los otros). Sexy por accidente confunde de esta manera lo político con la autoayuda. Y así la película desaprovecha su escaso potencial, y muy especialmente una versión cómica de Michelle Williams que resulta toda una revelación.