Proyecto X

Crítica de Juan Pablo Ferré - CinemaScope

Apología del sinsentido

A principios del Siglo XXI, Todd Phillips ganó cierto renombre con una película zafada y ridícula llamada Old School (anteriormente ya había hecho Viaje censurado) en donde a tres amigos entrados en los treinta (Luke Wilson, Will Ferrel y Vince Vaughn) se les da por descontrolar cuando se hartan de lo mal que les va en sus vidas y aprovechan sus redimida libertad para volver a convertirse en los imbéciles inmaduros que alguna vez habían sido. Muchos años después Phillips volvió a las primeras planas cuando lanzó ¿Qué pasó ayer?, una buena comedia "juvenil-zafada" que sorprendía desde su narración intrigante y que llegó a ser considerada por muchos como una suerte de resurrección de la comedia estadounidense junto a las de la Factoría Apatow. A partir de ese momento, Phillips pasó a ser un nombre importante, un sello publicitario, una firma conocida dentro del género que sirve de respaldo desde la producción y atrae a los espectadores con solo aparecer de alguna forma en algún cartel de una película espantosa como puede ser Proyecto X.

Proyecto X es la historia de una fiesta que -redes sociales mediante parecería insinuarse aunque nunca se aclara- se sale de todos los límites posibles de prever. Con la excusa de contar esa historia, el guión pone de protagonistas a tres estúpidos adolescentes y a un cuarto ser extraño que los filma durante el transcurso de la fiesta en lo que se supone que será un regalo para el cumpleañero Thomas una vez que todo haya acabado. Este tal Thomas (Thomas Mann) ofrece su casa para la fiesta cuando sus padres se van de viaje para festejar su aniversario de casamiento. Los clichés comienzan desde temprano con los tres personajes estereotípicos (el cancherito al que no le importa nada, el gordito nerd y el más centrado y culposo) y las primeras escenas del filme (el padre que le subraya "¡Que no le pase nada al Mercedes!"). De todos modos, esos estereotipos se van disolviendo rápidamente y sus marcas características terminan por desaparecer: los rasgos emblemáticos de cada uno (clichés, pero humanos al fin) se van homogeneizando y se transforman todos en entes inertes y faltos de sensibilidad a quienes nada en la vida parece importarles un comino. La fiesta que organizan tiene un motivo particular y nadie lo oculta: organizar una joda de proporciones los hará populares, ser alguien, que los reconozcan en el colegio, tener un nombre. No es una temática nueva para el cine (en especial el yanqui), pero cuando el filme nos remarca y subraya constantemente que lo único que vale la pena en sus vidas es la popularidad, que el ser reconocidos avala las transgresiones más insólitas y que todo lo que se destruya por el mero hecho de que "es una fiesta, viva la joda, rompamos todo" es en pos de que sepan tu nombre, ahí es cuando este filme se aleja de todos los filmes similares y pega el salto fundamental para convertirse en basura cinematográfica.

Descontrolados
Desde lo narrativo, este filme es un compendio de falencias. La historia no es la historia de sus personajes sino que es simplemente la historia de la fiesta. Sus personajes no importan, porque no nos interesan, porque son completamente vacuos, porque no nos generan la mínima empatía y menos aún simpatía (cosa que no sucedía en Old School, por ejemplo). Son tres idiotas con deseos de popularidad que están -cada vez más a medida que avanza el metraje- dispuestos a todo y no temen a las consecuencias. Precisamente esta falta de temor por las consecuencias, este borramiento de los rasgos de humanidad de los personajes (en especial del protagonista, al principio preocupado porque la fiesta se sale de control y luego simplemente le sigue el juego, disfrutando de las mieles de la popularidad) es lo que genera que la película no nos interese. Porque cuando el descontrol se sale de los límites es demasiado obvio que nada puede pasar, que no habrá consecuencias, que no hay nada que temer, que no hay motivos para seguir viendo la película porque lo único que mínimamente causa curiosidad es ver como todo el barrio termina prendido fuego (cosa que nos muestran en el trailer).

Ni hablar de la vil excusa de pensar un filme siempre bajo la perspectiva de la cámara en mano del extraño muchacho que los filma durante la fiesta. Otra idea ganchera que no se sostiene desde el vamos y que cuando vemos el transcurso del relato descubrimos alimañas narrativas insalvables como que de repente aparezcan mechadas imágenes de celulares de otras personas, o contenido intercalado de un noticiero... ¡que encima cuenta con música extradiegética! La dirección de Nima Nourizadeh es torpe y hace demasiadas concesiones al tipo de relato que el mismo eligió. Eso sumado a que el filme en sí no tiene merito alguno, pone al novel director directamente en mi lista negra (ya puede acompañar a Eli Roth, Jason Friedberg, Aaron Selzer, Carlos Mentasti, Rodolfo Ledo y otros realizadores infames).

"Se nos fue un poquito de las manos..."

El filme no solo es berreta, carente de historia, estúpido en sus argumentos y un rejunte de imágenes puestas con idea de enganchar al espectador sin ningún sentido, sino que comete el peor pecado que puede cometer una comedia: no es gracioso en absoluto. A menos que te guste escuchar a tres amigotes adolescentes decirse groserías. A menos que te resulte gracioso ver como la juventud estadounidense elige reventarse sin motivo alguno, destruir sin motivo alguno, traicionarse sin motivo alguno, atar un perro a una docena de globos de helio solo para verlo volar. Ah, cierto. También incurre la presentación ininterrumpida de todo tipo de bajezas imaginables: vómitos por borrachera, chicas desnudas en una piscina porque "según el cartel, las chicas tienen que entrar desnudas en la piscina", drogas de todo tipo (el encuentro fortuito de un centenar de pastillas de éxtasis como si salieran de una enorme piñata es una invitación inevitable para los invitados de la fiesta que deciden unánimemente que las drogas gratuitas son una posibilidad que no pueden dejar pasar... ni siquiera sus tres protagonistas, que se bajan las pastillitas con unos tragos de birra). Y como si todo esto no fuera lo suficientemente molesto, Proyecto X también busca atraer público (¿o risas?) con el metodo Tinelliano/Gran Hermaniano de introducir un personaje enano (bien podría haber sido un ciego bailarín, un hermafrodita conflictuado) para encerrar en un horno o para que golpee a una decena de invitados en la ingle.

Piscina sólo para chicas desnudas

Sin ánimos de volvernos fundamentalistas, es necesario decir que Proyecto X es una película patética, aburrida y hasta peligrosa por los valores que difunde: la popularidad como dios y único anhelo, el renombre y lo cool como el único lugar al que pueden apuntar las miserables vidas de los adolescentes. Sobre lo que sería el epílogo del filme se llega al punto más triste de todos, cuando nos damos cuenta de lo que significó la fiesta para estos tres personajes. Proyecto X es basura, es humillante, difunde la ideología de la superficialidad y la exacerba como nunca antes haya visto, sin el menor atisbo de crítica al estado de situación de las cosas. Y lo peor de todo es que no es graciosa ni por asomo.