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Imagen del crítico Juan Pablo Ferré
Juan Pablo Ferré
  • Cantidad de críticas: 53
  • Promedio: 68%
  • Críticas favorables: 44/53 (83%)
  • Críticas desfavorables: 9/53 (17%)
  • Diferencia absoluta: 8%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: CinemaScope
  • Proyecto X
    Proyecto X
    CinemaScope
    Apología del sinsentido

    A principios del Siglo XXI, Todd Phillips ganó cierto renombre con una película zafada y ridícula llamada Old School (anteriormente ya había hecho Viaje censurado) en donde a tres amigos entrados en los treinta (Luke Wilson, Will Ferrel y Vince Vaughn) se les da por descontrolar cuando se hartan de lo mal que les va en sus vidas y aprovechan sus redimida libertad para volver a convertirse en los imbéciles inmaduros que alguna vez habían sido. Muchos años después Phillips volvió a las primeras planas cuando lanzó ¿Qué pasó ayer?, una buena comedia "juvenil-zafada" que sorprendía desde su narración intrigante y que llegó a ser considerada por muchos como una suerte de resurrección de la comedia estadounidense junto a las de la Factoría Apatow. A partir de ese momento, Phillips pasó a ser un nombre importante, un sello publicitario, una firma conocida dentro del género que sirve de respaldo desde la producción y atrae a los espectadores con solo aparecer de alguna forma en algún cartel de una película espantosa como puede ser Proyecto X.

    Proyecto X es la historia de una fiesta que -redes sociales mediante parecería insinuarse aunque nunca se aclara- se sale de todos los límites posibles de prever. Con la excusa de contar esa historia, el guión pone de protagonistas a tres estúpidos adolescentes y a un cuarto ser extraño que los filma durante el transcurso de la fiesta en lo que se supone que será un regalo para el cumpleañero Thomas una vez que todo haya acabado. Este tal Thomas (Thomas Mann) ofrece su casa para la fiesta cuando sus padres se van de viaje para festejar su aniversario de casamiento. Los clichés comienzan desde temprano con los tres personajes estereotípicos (el cancherito al que no le importa nada, el gordito nerd y el más centrado y culposo) y las primeras escenas del filme (el padre que le subraya "¡Que no le pase nada al Mercedes!"). De todos modos, esos estereotipos se van disolviendo rápidamente y sus marcas características terminan por desaparecer: los rasgos emblemáticos de cada uno (clichés, pero humanos al fin) se van homogeneizando y se transforman todos en entes inertes y faltos de sensibilidad a quienes nada en la vida parece importarles un comino. La fiesta que organizan tiene un motivo particular y nadie lo oculta: organizar una joda de proporciones los hará populares, ser alguien, que los reconozcan en el colegio, tener un nombre. No es una temática nueva para el cine (en especial el yanqui), pero cuando el filme nos remarca y subraya constantemente que lo único que vale la pena en sus vidas es la popularidad, que el ser reconocidos avala las transgresiones más insólitas y que todo lo que se destruya por el mero hecho de que "es una fiesta, viva la joda, rompamos todo" es en pos de que sepan tu nombre, ahí es cuando este filme se aleja de todos los filmes similares y pega el salto fundamental para convertirse en basura cinematográfica.

    Descontrolados
    Desde lo narrativo, este filme es un compendio de falencias. La historia no es la historia de sus personajes sino que es simplemente la historia de la fiesta. Sus personajes no importan, porque no nos interesan, porque son completamente vacuos, porque no nos generan la mínima empatía y menos aún simpatía (cosa que no sucedía en Old School, por ejemplo). Son tres idiotas con deseos de popularidad que están -cada vez más a medida que avanza el metraje- dispuestos a todo y no temen a las consecuencias. Precisamente esta falta de temor por las consecuencias, este borramiento de los rasgos de humanidad de los personajes (en especial del protagonista, al principio preocupado porque la fiesta se sale de control y luego simplemente le sigue el juego, disfrutando de las mieles de la popularidad) es lo que genera que la película no nos interese. Porque cuando el descontrol se sale de los límites es demasiado obvio que nada puede pasar, que no habrá consecuencias, que no hay nada que temer, que no hay motivos para seguir viendo la película porque lo único que mínimamente causa curiosidad es ver como todo el barrio termina prendido fuego (cosa que nos muestran en el trailer).

    Ni hablar de la vil excusa de pensar un filme siempre bajo la perspectiva de la cámara en mano del extraño muchacho que los filma durante la fiesta. Otra idea ganchera que no se sostiene desde el vamos y que cuando vemos el transcurso del relato descubrimos alimañas narrativas insalvables como que de repente aparezcan mechadas imágenes de celulares de otras personas, o contenido intercalado de un noticiero... ¡que encima cuenta con música extradiegética! La dirección de Nima Nourizadeh es torpe y hace demasiadas concesiones al tipo de relato que el mismo eligió. Eso sumado a que el filme en sí no tiene merito alguno, pone al novel director directamente en mi lista negra (ya puede acompañar a Eli Roth, Jason Friedberg, Aaron Selzer, Carlos Mentasti, Rodolfo Ledo y otros realizadores infames).

    "Se nos fue un poquito de las manos..."

    El filme no solo es berreta, carente de historia, estúpido en sus argumentos y un rejunte de imágenes puestas con idea de enganchar al espectador sin ningún sentido, sino que comete el peor pecado que puede cometer una comedia: no es gracioso en absoluto. A menos que te guste escuchar a tres amigotes adolescentes decirse groserías. A menos que te resulte gracioso ver como la juventud estadounidense elige reventarse sin motivo alguno, destruir sin motivo alguno, traicionarse sin motivo alguno, atar un perro a una docena de globos de helio solo para verlo volar. Ah, cierto. También incurre la presentación ininterrumpida de todo tipo de bajezas imaginables: vómitos por borrachera, chicas desnudas en una piscina porque "según el cartel, las chicas tienen que entrar desnudas en la piscina", drogas de todo tipo (el encuentro fortuito de un centenar de pastillas de éxtasis como si salieran de una enorme piñata es una invitación inevitable para los invitados de la fiesta que deciden unánimemente que las drogas gratuitas son una posibilidad que no pueden dejar pasar... ni siquiera sus tres protagonistas, que se bajan las pastillitas con unos tragos de birra). Y como si todo esto no fuera lo suficientemente molesto, Proyecto X también busca atraer público (¿o risas?) con el metodo Tinelliano/Gran Hermaniano de introducir un personaje enano (bien podría haber sido un ciego bailarín, un hermafrodita conflictuado) para encerrar en un horno o para que golpee a una decena de invitados en la ingle.

    Piscina sólo para chicas desnudas

    Sin ánimos de volvernos fundamentalistas, es necesario decir que Proyecto X es una película patética, aburrida y hasta peligrosa por los valores que difunde: la popularidad como dios y único anhelo, el renombre y lo cool como el único lugar al que pueden apuntar las miserables vidas de los adolescentes. Sobre lo que sería el epílogo del filme se llega al punto más triste de todos, cuando nos damos cuenta de lo que significó la fiesta para estos tres personajes. Proyecto X es basura, es humillante, difunde la ideología de la superficialidad y la exacerba como nunca antes haya visto, sin el menor atisbo de crítica al estado de situación de las cosas. Y lo peor de todo es que no es graciosa ni por asomo.
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  • Drive
    Drive
    CinemaScope
    El mundo del revés

    Desde los créditos iniciales, Drive sorprende. Llama la atención desde su música estridente y su tipografía pop, de un color fucsia furioso y aún más pop. Ganadora del premio a mejor director y nominada a la Palma de Oro en Cannes, aplaudida por la gran mayoría de sus espectadores, Drive se fue ganando un lugar y un renombre entre las películas del año y su director, Nicolas Winding Refn (Valhalla Raising, Bronson, Pusher) un merecido espacio entre los realizadores que no pasan desapercibidos (ya sea por méritos positivos o negativos, es innegable que lo ha logrado).

    Ryan Gosling (Diario de una pasión, El umbral, Lars y la chica real) protagoniza este curioso filme romántico y de acción en donde encarna a un conductor de escenas de riesgo para el cine que utiliza sus habilidades tras el volante para poner a salvo a maleantes luego de algún hecho delictivo que merezca la pena un escape rápido dentro de la ciudad de Los Angeles. Cuando el muchacho conoce a una joven camarera y a su hijo y los quiere sacar de un problema, los problemas se le vienen encima a montones.


    No me hagan enojar que tengo un martillo...

    Drive es una película con estilo: cada plano, cada color, cada nota musical que aparecen durante el metraje no están puestas azarosamente. El tratamiento de imagen, la fotografía y la composición de planos son ampulosos, complejos, a veces recargados, pero siempre imponentes y distantes del promedio de películas de acción que suelen verse en nuestros cines. Y la musicalización, siempre fulgurante y upbeat parece querer sacarnos de contexto constantemente. Porque si hay algo que es Drive es una película de contrastes, de
    Gosling y Mulligan, a su ritmo

    contrapuntos, de constantes descentramientos: un mundo del revés cinematográfico. Y eso también sucede cuando prestamos atención a su narración minimalista (los diálogos son escasos y las escenas mantienen caprichosamente a los personajes en silencios y demoras que la mayoría de las veces no parecen evocar más que el tedio de las vidas de los personajes. Ejemplo: "¿Saldrás conmigo?" Silencio. "Sí". Sonrisa. Silencio. Plano asfixiante, incómodo, pequeño. La sonrisa permanece y la escena perdura en la nada unos 30 segundos más.). Y todos estos elementos nos hacen pensar que en realidad no estamos frente a un filme de acción, ni a un thriller, ni a una cinta de suspenso y gangsters sino que la acerca a un drama al estilo europeo. Y cuando ya uno se acostumbra a los climas densos, a las escenas estiradas y al tratamiento estético "cool", acaece una violencia exacerbada de cabezas que estallan en pedazos al disparo de una Ithaca. Casi todo en este filme nos corre del lugar de donde nos acomodamos como espectadores, nos descentra, nos sorprende. Y en definitiva, Drive no es tanto una película de acción, sino una historia romántica de las más clásicas, de un caballero a bordo de un corcel motorizado intentando salvar a su sufriente doncella. ¿Sorpresa?


    Estridencias.

    El guión de Hossein Amini (Las cuatro plumas, El ave negra) no termina de cerrar, demasiado preocupado por su pretensión de estilo nos propone un final con toques lyncheanos no sin antes enredarnos más de la cuenta en idas y vueltas que no suman en suspenso y proponiendo un desarrollo del climax algo previsible (justo cuando debería, la historia no nos sorprende). La dirección del danés Nicolas Winding Refn, por su parte, es notable (principalmente porque se hace ver, llama la atención, pero también porque logra imprimir en el filme todas las características que ya hemos descripto y que son las que hacen de este un filme especial) y lo vuelven un director a seguir para cualquier cinéfilo que se precie.



    El ascendente Ryan Gosling estuvo bien elegido para este papel sombrio y austero, violento y caricaturesco (campera con escorpión, palillo entre los dientes, pocas palabras) y su chica, la bella Carey Mulligan (Enseñanza de vida) también convence desde su lugar de víctima irremediable. Pero lo mejor del casting está entre los chicos malos y no tanto, los que -por una razón u otra- tienen las manos sucias, como bien dice Bernie Rose el personaje del capo mafia muy bien logrado por Albert Brooks. Lo acompañan su socio Nino (Ron Pearlman, también conocido como Hellboy) y un allegado, Shannon (Bryan Cranston, protagonista de la estupenda serie Breaking Bad).

    Bryan "Breaking bad" Cranston, presente


    Drive es un filme donde todo parece mostrarse al revés de como suele ser. Con muchísimo mayor tratamiento estético que narrativo, mucho más preocupada por ser "cool" que por entretener, tendrá fanáticos acérrimos y detractores implacables y cada uno tendrá razones válidas para argumentar. Yo sólo les puedo recomendar que la vean y tomen partido.
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  • La invención de Hugo Cabret
    Homenajes

    Por más que lea y relea las críticas que abundan en los medios, deslumbrados por la última película de Scorsese, no he sido capaz de hacer coincidir tantos halagos con mi experiencia durante el visionado del filme. A los que se les hace agua la boca por Hugo, hablan básicamente de tres cosas: 1) homenaje, 2) emotividad y 3) impacto visual. Solo puedo decir que coincido con el último item, pues técnicamente, La invención de Hugo Cabret es sencillamente maravillosa. El homenaje -en este caso a George Melies, uno de los pioneros del cine- está presente a tal punto que Melies es el personaje principal de la segunda mitad del metraje, lo cual evidencia algunos problemas en el guión de John Logan (también responsable de Gladiador y El aviador). Por último, suena extraño decir que la historia de un huérfano que vive escondido en una estación de trenes en Paris tratando de descubrir una forma de reconectarse emocionalmente con su padre muerto a través de una especie de robot es poco emotiva, pero es la pura verdad: la historia de Hugo es sosa y fría, la conexión del autómata con la memoria de su padre está completamente agarrada de los pelos y a eso se le agrega el "peligro inminente" de que un guardia de la estación -interpretado payasescamente por Sacha Baron Cohen- lo atrape y lo envíe a un orfanato. Todo en la historia de Hugo es rebuscado y poco convincente aún para una película con tintes fantásticos.



    Padre, hijo y autómata: una relación caprichosa
    No es difícil elogiar a Scorsese, un verdadero maestro del cine contemporáneo, que con esta incursión en las películas aptas para todo público (¡y en 3D!), ya se puede decir que lo ha hecho todo. Y tampoco es difícil halagar a un filme que homenajea a un artista fenomenal, al primer tipo que pensó el cine como una forma de entretenimiento: George Melies inventó los efectos especiales, la compaginación y hasta podríamos decir la ficción en el cine que hasta ese momento tenía una función experimental y más ligada a lo "documental". La recreación de sus películas dentro de este filme es, sin dudas, sensacional y es un placer poder disfrutar de fragmentos (ya sean reales o reconstruidos) de aquellos filmes de fines del 1800 y comienzos del 1900. Sin embargo, no es suficiente como para aseverar que Hugo es una gran película, en especial porque toda la historia de este huérfano genio es una excusa para contar la historia de Melies. Tal es así que el protagonista pierde terreno sobre el final y es desplazado por la figura del viejo cineasta.


    No queda más que quitarse el sombrero con el apartado técnico del filme: el diseño de los escenarios y el uso del 3D es simplemente majestuoso. Scorsese juega mucho con planos secuencias y travellings larguísimos que atraviesan cosas, pero principalmente le da gracia a cada plano con una profundidad de campo impactante que nos hace sentir que el artilugio de las tres dimensiones es algo más que objetos flotando fuera de la pantalla.

    Muuuuucha profundidad de campo en las escenas, lo mejor del filme.

    El elenco cumple una muy buena tarea: cada intérprete logra hacer lucir a sus personajes pese a que el marco general en el que interactúan no les brinde tanto espacio para el lucimiento. El ejemplo más claro es el de Sacha Baron Cohen, quien logra un personaje simpático pese a que no tenga razón de ser dentro de la historia. La amenaza del guardia y su perro, apuntada hacia lo grotesco aunque resulte un peligro que se supone serio para el protagonista, no parece haber sido construída de la mejor manera, puesto que este doble juego entre cómico y peligroso termina por no funcionar ni para un lado ni para el otro. Mientras tanto, la posibilidad de un interés amoroso para este hombre es un hilo que el guión abre caprichosamente, tan solo para que sobre el final el personaje pueda demostrar la compasión que no tuvo durante todo el resto del metraje.


    Si Hugo no genera emoción es porque su guión es trunco e intermitente y carece del vuelo narrativo necesario. Claramente no es por culpa de Asa Butterfield (El chico del pijama a rayas), que hace todo lo que debe para generar empatía con un personaje que, en definitiva, nos deja de importar a medida que avanza el relato. Algo similar sucede con Chloe Moretz (Kick-Ass, Let me in, 500 días con ella) quien también logra un buen trabajo como para confirmar que no es una casualidad la cantidad de elogios que ha cosechado durante sus últimos filmes, pero cuyo papel termina siendo de mero instrumento dentro de una historia que está hecha para otro. Su personaje termina narrándonos la historia con una voz en off que nunca antes apareció durante el filme, lo que nuevamente demuestra un capricho de guión innecesario y difícil de explicar. Finalmente, Ben Kingsley y Helen McCrory, como Melies y su esposa, quienes logran las performances más eficaces, no porque sus performances sean tanto mejores a las de los demás, pero sí porque el guión les brinda la posibilidad de tener situaciones protagónicas de mayor dramatismo.



    Sin embargo, el peor pecado del guión no son sus caprichos, su arbitrariedad, su falta de emoción y hasta de aventura (¿lo peor que le puede pasar a Hugo es que ese guardia tontuelo lo atrape?), sino su falta de sorpresa. La invención de Hugo (¿qué invención? ¿acaso inventa algo?) es una película absolutamente predecible en donde sucede todo lo que se supone que va a suceder, pero con un ritmo denso y carente de fuerza. Visualmente imponente, Hugo es un filme digno de verse, sin duda, pero que adolesce de todo tipo de atractivo narrativo como para sostener tamaño artificio estético.
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  • Los descendientes
    ¿En busca de la felicidad?

    La múltiple ganadora de los Globos de Oro (mejor película dramática, guión y actor protagónico) fue la halagada Los descendientes, de Alexander Payne (Entre copas, Sr. Schmidt), un drama “sobre la vida” que abarca temáticas tan vastas como el amor, el odio, el rencor, la muerte, la familia, los legados, los engaños, la adolescencia, la madurez, la venganza, el desamor... ¿Demasiado para un solo filme? Parecería que sí, aunque Payne resuelve bastante bien sus premisas sin voces declamatorias.

    “La gente que no es de acá cree que los que vivimos en Hawai nos la pasamos en la playa, surfeando. Yo no me he subido a una tabla en décadas”, dice Matt King (George Clooney) por medio de una bastante injustificable voz en off, que aparece arbitrariamente a lo largo del relato y deja de aparecer de repente. Con esa frase King ilustra que es un hombre ocupado, a cargo de grandes decisiones, como la venta de un terreno familiar de los primeros terratenientes de la isla perteneciente a todos los herederos de su familia. A pesar de esa frase, la primera escena del filme nos muestra a una mujer viajando felizmente en una lancha a alta velocidad, lo que justifica el pensamiento que King quiere desterrar. La mujer es su esposa y en la siguiente escena nos enteraremos de que ha sufrido un accidente en ese viaje y ha quedado en coma, por lo que King deberá encargarse de algo de lo que se ha mantenido ajeno toda su vida: el cuidado de sus hijas, Alexandra (Shailene Woodley) de 16 y Scottie (Amara Miller) de 10 años.

    La pandilla va en busca de la verdad.
    A partir de esos disparadores, Payne trata las temáticas mencionadas anteriormente a través de un guión muy consistente por momentos, bastante cómico en determinadas escenas, pero también casi ridículo en algunas ocasiones. Básicamente, el guión funciona muy bien en la estructura general, en la gran mayoría de las situaciones dramáticas. Por otra parte, centra su arsenal cómico en el personaje de Sid (Nick Krause), el amigovio de Alexandra, la hija mayor (la escena dentro del auto es hilarante). Y sin embargo, se torna excesivamente extraña e inexplicable en la repetición de un recurso que se utiliza mucho en el cine, pero que aquí está usado de una manera rara y retorcida: varios personajes deciden hablarle a la mujer que permanece postrada y en coma. Lo inusual es que nunca son discursos en privado, sino en presencia de algún tercero. Y nunca son palabras bonitas, sino insultos, lo que implica que el tercero presente tenga que intervenir. Es probable que se trate de un recurso buscado con intención humorística, pero francamente le quita al relato mucha de la verosimilitud y de la seriedad con la que se desarrolla durante el resto del metraje.

    Shailene Woodley, un gran descubrimiento.
    La actuación de Clooney es muy buena y por eso se lo ha elogiado desde cada crítica que he leído. Pero también es cierto que Clooney desde hace rato viene demostrando que no es un actor del montón. Su performance en la atrapante Michael Clayton no tiene nada que envidiarle a esta, por nombrar sólo una. Vale la pena nombrar al resto del elenco, encabezado por Woodley (muy interesante, para poner atención a esta promisoria actriz) y Miller, pero también por Robert Forster como el suegro de King. Y por qué no mencionar a Krause cuyo personaje es increíblemente tonto, pero que concentra en su papel todo el contenido cómico del filme y logra hacernos reír bastante.

    El tipo de plano con el que Payne me aburre.
    Si bien el guión de Payne es muy llevadero y atractivo, se le nota su falta de tino tras las cámaras. Su nominación a mejor director es realmente exagerada y una injusticia para Fincher que no está ternado por La chica del dragón tatuado. Payne cansa con sus primero planos centrados, con personajes dirigiéndose a cámara (hablan y caminan hacia ella) y con imágenes poco cuidadas y faltas de estética. Promediando el metraje se puede hallar una escena en la que varios personajes miran una playa lejana desde lo alto de una colina. Luego de un paneo por sus rostros, Payne opone otro paneo general, en la dirección contraria y desde lo alto que no solo resulta excesivo o inútil desde lo descriptivo, sino que llega a ser algo chocante por la confluencia de movimientos de cámara.

    Los descendientes es una película interesante, llevadera y entretenida. También es profunda por momentos y llega a conmover. Es un filme que propone mucho y que nos mete de lleno en los personajes, nos identifica con ellos. Cuenta con un guión sólido y, esporádicamente, se vuelve muy graciosa. Sin dudas es una buena película y es muy recomendable, aunque tenga algunas falencias. Esas falencias son suficientes como para que no se trate de un filme deslumbrante o memorable. Pero no estuvo tan lejos.
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  • La chica del dragón tatuado
    Viaje a la Suecia profunda

    Ante unas nominaciones a los Oscar bastante peculiares, ya es hora de que este blog intente -humildemente- hacer algo de justicia: que David Fincher no esté nominado como mejor director por La chica del dragón tatuado y Alexander Payne sí esté nominado por Los descendientes es una burla tan grande como la que habrán sentido la mayoría de los trabajadores del cine que no consiguieron ninguna nominación y ven que una película menor como Damas en guerra está ternada en varias categorías.

    Una vez más, Fincher nos lleva por el camino del suspenso y la intriga, en búsqueda de un asesino o del esclarecimiento de una muerte. Como ya lo había hecho a lo grande en Pecados capitales (una de mis preferidas en el género, con un guión atrapante, un elenco estupendo y un final para el infarto) y en Zodíaco (la famosa historia del asesino serial conocido con ese mismo nombre, protagonizada por Jake Gyllenhall, Robert Downey Jr. y Mark Ruffalo), aquí nos metemos en el mundo de Mikael Blomqvist (Daniel Craig), un periodista que queda en el centro de la escena cuando un empresario le gana un juicio por calumnias e injurias y debe apartarse de la revista en que trabaja por un tiempo. Justo cuando decide alejarse de su empleo, un viejo millonario (Christopher Plummer) lo contrata para que investigue -así como hizo con el empresario que lo acusó- un asesinato cometido en la familia hace unos 50 años. Investigación mediante, se cruzará con Lisbeth, una taciturna y extrema joven que se dedica a asuntos similares.

    Cuando Blomkvist aún trabajaba...
    El guión, adaptación del best seller La chica del dragón tatuado, del difunto escritor Stieg Larsson, fue escrito por Steven Zaillian quien continúa cosechando elogios luego de una interesantísima carrera que incluye Despertares, La lista de Schindler, Pandillas de Nueva York, Gangester americano, El juego de la fortuna, entre otras. Aquí se nota que el libro original tiene una atractiva historia para contar (lamentablemente no he leído la novela ni he visto el filme sueco como para hacer las comparaciones pertinentes), pero también se nota la mano de un director consagrado, capaz de hacer de cada escena algo bello,llamativo, atractivo y hasta hipnótico (anímense a decir lo contrario de esa apertura monstruosa durante los créditos, con la música de Trent Reznor y Atticus Ross interpretando Inmigrant Song de Led Zeppelin).

    La chica en cuestión, una genial Rooney Mara


    Merece la pena mencionar al director de fotografía, Jeff Cronenweth, quién ya trabajó con Fincher en varias ocasiones (entre ellas Red social y El club de la pelea). Sin tener una carrera descollante como la de Zaillian, Cronenweth se está haciendo su lugar en el olimpo del séptimo arte, con estas intervenciones junto a Fincher. Es preciso nombrarlo porque mucha de la oscuridad que exuda este filme es su responsabilidad. Pero no sólo eso: parte de la belleza de las imágenes mencionada anteriormente es también mérito de él.


    Lisbeth y su tutor, una tortuosa relación

    El elenco funciona muy bien: cada uno de los personajes está muy bien logrado por su intérprete. Desde Daniel Craig en el papel protagónico (un rol muy distinto a Bond: este es un “héroe” temeroso y falible), hasta Christopher Pummer como Henrik Vanger, (el viejo que lo contrata) y Yorick Van Wageningen, como el tutor legal de Lisbeth y Stellan Saarsgaard como uno de los misteriosos familiares de Vanger. Pero sin dudas es Rooney Mara (quizás la hayan visto en Red Social, de Fincher, como la novia que abandona a Jerry Zuckerberg y lo impulsa a idear lo que luego será Facebook, aunque seguramente no la reconozcan) en el papel de Lisbeth Salander la que se lleva absolutamente todos los aplausos. Su oscurísima Lisbeth es avasalladora, desgarradora, culposamente cautivante. Un papel totalmente jugado para esta joven actriz que le pone el cuerpo como si fuera fácil.

    La chica del dragón tatuado es una experiencia cinematográfica poderosa, una gran historia, realmente atractiva desde el punto de vista visual y con un pulso cinematográfico que sólo decae un poco en el epílogo, demasiado vago como para resolver tamaña película.Otra vez desde el relato de investigadores, otra vez desde el descubrimiento y la intriga, desde el thriller y el suspenso, Fincher sobresale y nos entrega un filme apasionante, de lo mejor de los últimos meses.
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  • Historias cruzadas
    The Help, una de las nominadas a los Oscar, tiene bastante en común con Vidas cruzadas (Paul Haggis, 2004) además de un nombre muy similar: por empezar porque ambas películas tratan sobre el racismo. Mientras que Historias cruzadas se atiene solamente a la discriminación hacia la raza negra en Mississippi durante los años 60, Vidas cruzadas trataba el racismo a más grandes rasgos en Estados Unidos y en la actualidad. Vidas cruzadas terminó siendo la inesperada ganadora del Oscar el año de su estreno batiendo a pesos pesados como Capote, Munich, El secreto en la montaña y Buenas noches buena suerte. Puede haber sido inesperado para muchos críticos, pero en mi caso, fue uno de los premios que más festejé en los últimos años.

    El comienzo de una gran amistad...
    Se ha dicho que, como El juego de la fortuna, Historias cruzadas logró ser estrenada en el país a fuerza de elogios y nominaciones a premios. Sin embargo, no debería ser una sorpresa que una película de estas características se estrene en nuestro país. Si bien el racismo en Estados Unidos posiblemente no sea el tema preferido para un cinéfilo argentino, lo cierto es que estamos frente a una muy buena propuesta, un filme muy agradable, que difunde su mensaje pero que también cuenta historias particulares atractivas y que hacen que el espectador se interese, tanto por el desarrollo de la historia en general como de los personajes en su especificidad.

    Historias cruzadas cuenta la historia de Skeeter (Emma Stone), una joven que quiere convertirse en periodista o escritora y que decide contar la historia de las criadas de Jackson, Mississippi, todas mujeres negras que prácticamente continúan bajo un régimen esclavista que debió haber terminado hace rato. Estas mujeres se acostumbran a criar niñas blancas, rubias y de ojos claros, a enseñarles todo lo que sus madres no quieren o prefieren evitar y con el pasar de los años terminan trabajando para esas niñas que con el tiempo han crecido para ser madres y estar al cuidado de una casa.

    ¿Tu mucama va al mismo baño que vos? ¡Horror!
    Si hay algo que se destaca claramente en Historias cruzadas son sus personajes, construidos con la simpatía suficiente como para interesar al espectador y ejecutados de manera brillante por todo el elenco, principalmente por las multinominadas Viola Davis (una vez más sorprende con una performance sobrecogedora) y Octavia Spencer (ganadora del Globo de Oro a mejor actriz de reparto), pero también por Jessica Chastain, Sissy Spacek y Bryce Dallas Howard -estas últimas quizás con papeles más burdos, demasiado exagerados, pero no por ello muy bien logrados-. Otras dos que merecen una mención especial son Eleanor y Emma Henry, dos pequeñas hermanitas que interpretan a Mae Mobley, la beba que Aibeleen (Davis) tiene que cuidar. En dos o tres breves apariciones las pequeñas logran emocionar, lo que en realidad habla muy bien de la dirección de actores (por algo este filme tuvo tantas nominaciones a "mejor elenco").

    Tate Taylor, director con poca trayectoria, adaptó el libro de Kathryn Sockett (Criadas y señoras) y se puso tras las camaras de este filme candidato al Oscar. Se le objeta haber tratado el tema demasiado banalmente, que sus personajes son caricaturescos y extremos (la mala nefasta de Dallas Howard y la buena buenísima de Chastain lo ejemplifican perfecto), sin embargo, todo parece indicar que la idea de Taylor era hacer una película agradable con un mensaje y no un manifiesto antiracista. Supongo que los críticos también nos ponemos extremos cuando se trata de temáticas serias y debemos tomar posición clara. En este caso no lo haré: The Help pasa del momento más dramático y duro de digerir al chiste más inocentón y ese tratamiento edulcorado y poco serio no me parece suficiente como para defenestrar al filme. Al contrario, es cierto que hay películas que tratan el tema del racismo de una manera mucho más lograda, profunda y seria, pero si todas tuvieran un enfoque similar terminaríamos criticando que se parecen demasiado o que no está a la altura de la del pasado.

    Celia trata muy bien a Minny
    ¿Sus personajes son caricaturescos y exagerados? ¿Llevados al límite absoluto? Sí. Pero gracias a esos personajes, el guión logra sacarle el jugo a las situaciones para hacerlas realmente cómicas. A fin de cuentas y pese a la gravedad de algunas escenas, The Help es una película que logra hacer reír de la mano de personajes como el de Chastain -una hiper inocente mujer casada con un millonario- o como el de Spacek -una mujer mayor, casi senil, pero con arranques de lucidez muy oportunos-. De todos los caracteres, quizás el más criticable sea el de la madre de Skeeter, que por no ser extrema si no cambiante, termina desentonando en un filme tan lineal. Sus comportamientos terminan resultando ambiguos y carecen de verosimilitud, por distanciarse de sus actitudes anteriores. Ante la estabilidad y linealidad del resto de los personajes, lo que termina resultando poco creíble es el cambio redentor.

    Quizás Historias cruzadas no sea el documento al cual acudamos para entender el racismo en los '60 en una versión cinematográfica. Pero sí podría ser una primera aproximación para alguien completamente desentendido que no busca información como para una tesis pero que sí quiere pasar un momento entretenido frente a la pantalla. Historias cruzadas es una película fácil de criticar, pero también es fácil de disfrutar si uno baja la exigencia y se divierte con su maravilloso elenco.
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  • 50/50
    50/50
    CinemaScope
    Una de las comedias revelación de los últimos meses, que llegó a nuestras carteleras con muy buenas críticas alrededor del planeta fue 50/50, escrita por Will Reiser (productor de varios programas cómicos con poca repercusión aquí, de entre los que se destaca Da Ali G show, con Sacha Baron Cohen) y dirigida por Jonathan Levine (un realizador con cierto renombre por ser responsable de The Wackness, una historia de un psicólogo adicto a la marihuana -Ben Kingsley- y un paciente con el mismo problema), y protagonizada por Joseph Gordon Levitt y Seth Rogen.

    Kyle tampoco lo puede creer
    Adam (Gordon Levitt) es un joven de 28 años que no fuma, hace ejercicio y "hasta recicla" como él mismo le aclara a su médico cuando este le informa sin eufemismos que le han detectado un cáncer en el pulmón y sus posibilidades de sobrevivir son, como dice el título, 50 y 50. El filme trata pues de las repercusiones que le genera al muchacho saber que puede morir en poco tiempo.

    Esta película, basada en la historia real de su escritor Will Reiser tiene otro paralelo con la realidad ya que Seth Rogen -que interpreta a Kyle, el mejor amigo de Adam- es realmente amigo de Will Reiser y lo acompañó durante su enfermedad así como lo hace en el filme.

    Pese a la seriedad del tema que trata, 50/50 no deja de ser una comedia simple, algo vulgar (Seth Rogen hace casi el mismo personaje de siempre) y en donde toda la comedia pasa por dos lugares: 1) chistes soeces más que nada disparados por situaciones de "levante" (el personaje de Rogen parece tener el único interés de seducir mujeres y trata de distraer a Adam con esos asuntos); y 2) situaciones desafortunadas en las cuales el espectador decidirá reír para no llorar: algo así como reírse de las desgracias.

    En terapia
    Gordon Levitt brilla una vez más y se va afianzando como uno de esos intérpretes que nos dan ganas de pagar la entrada de cine para ver. Seth Rogen simplemente sirve de partenaire y Anna Kendrick (Up in the air) está desaprovechada en un personaje demasiado soso (está claro que la psicóloga que interpreta es muy inexperta, pero los diálogos durante las sesiones son realmente pobres y superficiales). Por su parte, Anjelica Huston hace una gran labor como la dolida madre de Adam, dentro de una relación madre-hijo muy particular. También participa la muy ascendente Bryce Dallas Howard en un papel que le sienta bastante bien.

    Gran vuelta de Anjelica
    El guión oscila constantemente entre chistes algo zonzos y situaciones dramáticas que los terminan tiñendo. La más lograda de ellas, sobre el final, en la camioneta, es realmente conmovedora.

    50/50 es la más dramática de las comedias que han tenido presencia en cartelera en los últimos años. Con un buen elenco, un guión aceptable, pero un tema importante e interesante de tratar (sumado a la conexión obligada con la realidad del autor), esta comedia termina por destacarse mínimamente del promedio de películas que podamos encontrar entre lo que se ofrece usualmente. No brilla, pero vale la pena una mirada.
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  • El juego de la fortuna
    El gran DT

    - Bueno, en realidad Billy Beane no es DT, es Gerente de un equipo de béisbol.
    - ¿De qué?
    - Béisbol, ese deporte en el que un tipo tira la pelota y otro del bando contrario intenta batearla fuera del estadio. Y si queda adentro, todos corren de acá para allá.
    - ¿Y qué hace en la cartelera argentina una película sobre béisbol, si nosotros no cazamos un fulbo de eso?
    - Bueno, lo tiene a Brad Pitt en el poster y probablemente esté nominada al Oscar el próximo año. Aparte, es un drama deportivo de superación personal. Tiene chapa para ser premiada.
    - ¿Y ganará algo?
    - Y... No creo...

    El juego de la fortuna es la nueva película de Brad Pitt, basada en una historia real, sobre cómo un hombre cambió la forma de reclutar jugadores para armar equipos de béisbol. Billy Beane (Pitt) es un ex jugador devenido en gerente y "scout" (buscador de promesas, podríamos decir). Su modesto equipo, luego de perder una final contra los poderosos Yankees, queda diezmado porque tres de sus jugadores más importantes dejan la plantilla. La tarea de Beane y su grupo de colaboradores (unos pintorescos viejos que hablan de los posibles reemplazos como si estuvieran en la mesa de un bar) es conseguir nuevos jugadores con poco dinero para mantener un cuadro competitivo. En un intento de negociar con otro gerente por un jugador, Beane conoce a un joven economista (Jonah Hill, el protagonista de Supercool) con una extraña visión del deporte que lo ayudará a reformular el equipo que necesita. Basándose en las teorías del estadista y estudioso del béisbol Bill James, se dedican a analizar científicamente las características de los jugadores para sacar un número absoluto que les dijera quién es mejor y quién es peor, dejando de lado otro tipo de análisis más instintivos o de observación. Como si estuvieran jugando al Gran DT en vez de armando un equipo de verdad.

    Billy Beane no soporta ver los partidos en vivo...

    El guión de dos pesos pesados como Aaron Sorkin (Red Social) y Steven Zaillian (La Lista de Schindler, Gangster Americano, Pandillas de Nueva York) mantiene el interés del espectador a lo largo de las más de dos horas de metraje, con algunos esporádicos y pequeños gags y con una mayoría de elecciones correctas a la hora de elegir qué contar del libro de Michael Lewis en el que se basaron.

    La dirección también corrió por cuenta de un hombre con buenos pergaminos como Benett Miller, director de la aclamada Capote protagonizada por Philip Seymour Hoffman. Y pareciera que el manager de este equipo creativo se maneja como los administradores a los que Beane no se quiso parecer porque lo llenó de nombres famosos: en la dirección de fotografía trabajo el increíble Wally Pfister (El caballero de la noche, El origen, Memento), artista fetiche de Christopher Nolan.

    Jonah Hill interpreta al genio de las estadísticas
    El elenco está liderado por Brad Pitt, que una vez más cumple con una muy buena labor. Habría que preguntarse si todas esas escenas en las que aparece masticando algún tentempié y haciendo muecas con la boca habrán sido por parecerse al verdadero Beane o si serán algún capricho del director o del propio actor. Otro que cumple con creces su trabajo es Jonah Hill que finalmente aparece en un film en donde no está dedicado a la comedia y, pese a que mantiene su papel de tímido y retraído como en tantos otros largometrajes, logra una performance convincente. Ellos dos protagonizan la gran mayoría de las escenas del filme, pero los acompañan el genial Philip Seymour Hoffman como el entrenador de equipo y Robin Wright como la ex esposa de Beane entre los más conocidos aunque con breves apariciones y un vasto grupo de actores que interpretan a diferentes miembros del equipo, de entre los que se destaca Chris Pratt como Hattenberg, uno de los jugadores elegidos por Beane que el entrenador relega del equipo.

    El entrenador y el gerente no se llevan muy bien.
    El juego de la fortuna tiene un inconveniente fundamental para un mercado como el argentino que es demasiado grande como para no tenerlo en cuenta: se trata de una película sobre béisbol, un deporte sobre el que el argentino promedio no sabe ni un poco. Tener que escuchar a los protagonistas hablar durante dos horas de cosas que no le son ni siquiera mínimamente familiares puede ser realmente molesto. Tan sólo imaginense estar en la sala de cine y escuchar hablar de "enbasarse", "fildeo" o "hacer base por bolas" y tratar de descifrar de qué diablos están hablando o si hacer esas cosas es bueno o malo. Sin embargo, hay otro problema del filme que tiene que ver directamente con el género: las historias deportivas de superación personal pueden terminar con protagonistas vencedores o vencidos, con campeones o subcampeones, con final feliz o no tanto, pero sí o sí necesitan tener algún tipo de éxito individual o grupal como resultado. Cuando uno ve una historia de estas, está viendo casi siempre la misma, aunque a veces se trate de boxeadores, a veces de futbolistas, a veces de entrenadores o de gerentes, como en este caso.

    En conclusión, El juego de la fortuna es una película bien hecha, entretenida, con una historia que merece a duras penas ser contada, con un elenco fuerte y grandes artistas tras las cámaras. Y sin embargo, aunque el combo es insuficiente para lograr un filme inolvidable, el resultado final paga la entrada de cine.
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  • Damas en guerra
    Damas en guerra
    CinemaScope
    Lo primero que llama la atención de Damas en guerra es su protagonista: Kristen Wiig (también responsable del guión, como aclaramos en el prólogo) no es una cara conocida por nuestros pagos y sin embargo posee una química en pantalla que engancha al espectador de inmediato. Salida de la hiperprolífica cantera de Saturday Night Live (al igual que su coprotagonista Maya Rudolph), esta muchacha no sufre ningún pánico escénico a la hora de saltar a un protagónico en la gran pantalla y, sencillamente, se come la película.
    En una comedia esencialmente femenina y muy "moderna" (con ese estilo tan despreocupado y tan semi improvisado de las películas humorísticas de estos tiempos), su simpatía es el primer rasgo destacable del filme y que hace que Damas en guerra sea una película que uno puede recomendar, con reservas.
    La historia dice que Lillian (Maya Rudolph, protagonista de Away we go) se va a casar y su amiga de toda la vida Annie (Kristen Wiig) va a ser su dama de honor, junto con otras 4 mujeres, entre las cuales se encuentra Helen Harris (Rose Byrne), una amiga de la novia que se ha hecho muy cercana en los últimos tiempos. Annie era repostera, pero tuvo que cerrar su tortería cuando las cuentas dejaron de cuadrar. Y su novio la abandonó. Y se tuvo que mudar y compartir un departamento con un inglesito bastante peculiar, que llevó a vivir a su hermanita al hogar pero no quiere que contribuya con la renta. Y trabaja en una joyería convenciendo a cada pareja que va a comprar alianzas que en realidad el amor nunca es para siempre. Y su madre le recuerda que "lo bueno de estar en el fondo es que no se puede seguir bajando"... Cuando Annie conoce a Helen, la nueva preferida de Lillian, una cheta agrandada y superficial que se la pasa fanfarroneando de sus viajes y sus billetes, no puede más que odiarla. Y el asunto empeora cuando los planes de cada una para organizar los eventos previos a la boda empiecen a contradecirse.
    A partir de allí comenzarán los clásicos enredos que toda comedia tiene que irán increscendo a medida que avanza el metraje. Como no puede ser de otra manera en una comedia estadounidense, el espectador es sometido a -cuanto menos- una escena de humor escatológico: si esto no sucediera, no estaríamos frente a una comedia yanqui (¿será una regla impuesta por las productoras?). En este caso, la secuencia llega a límites insospechados (se incluyen vómitos, vómitos sobre vómitos, una mujer subida de peso haciendo sus necesidades en un lugar insospechado y frente a otras damas muy paquetas... en fin) y posiblemente sea la más recordada del filme: ustedes sabrán catalogar eso como bueno o malo.
    Los personajes secundarios que acompañan a la historia (en especial el resto de las damas de honor) contribuyen con algunos momentos cómicos en el filme aunque su desarrollo en sí no esté del todo logrado: dentro del conjunto tenemos a Rita (Wendi McLendon-Covey), una mujer harta de su matrimonio y, especialmente, de sus salvajes hijos; a Becca (Ellie Kemper), una recién casada hiper inocente y positiva -estos dos personajes tienen un pico de protagonismo y se esfuman sobre el final-; y esencialmente Megan (Melissa McCarthy, de la serie Mike and Molly), la desquiciada cuñada de la novia, una indescifrable mujer dispuesta a cualquier cosa y cuyos intereses nunca están demasiado claros. También forma parte del elenco el irlandés Chris O'dowd (protagonista de la serie The IT crowd, que se transmite por I-Sat, por lejos el mejor canal del cable convencional) como el muchacho común que puede enamorar a Annie y sacarla de sus miserias.
    ¿En qué falla Damas en guerra? Principalmente en el largo de su metraje (más de dos horas para una comedia tontuela siempre parece demasiado, y aún más si el resultado final es tan igual a todo el resto de las comedias que podamos encontrar) y en un guión que acierta más en el desarrollo de cada conflicto que la disposición de los mismos. ¿Y por qué acierta en el desarrollo de los conflictos? Porque en cada uno de ellos aparece una Kristen Wiig brillante, atractiva, chispeante, alocada. Su personaje sí está bien desarrollado, sí tiene profundidad, sí logra preocuparnos y hacernos sentir empatía. Tanto en su personalidad explosiva (Annie puede discutir como una niña con una adolescente en su puesto de trabajo o destruir todos los arreglos de una lujosa fiesta -ojalá esa sea la escena más recordada del filme- y siempre nos ponemos de su lado), en sus celos ante Helen, en su desconcierto ante sus extraños compañeros de casa o ante el amor abrasivo de su madre o en su desconfianza para con todo el género masculino, el personaje siempre nos da algo con lo que nos podemos identificar.
    Damas en guerra es todo lo buena que es porque Kristen Wiig está en ella y es todo lo mala que es porque ella misma falló al desarrollar el guión. Con esos elementos en la balanza, termina pesando más el primero y, con reservas, podemos decir que estamos ante una buena comedia. Entretenida, a veces chistosa y con una humorista muy talentosa en pantalla durante casi toda la historia. Y con eso nos quedamos.
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  • Quiero matar a mi jefe
    Qué bueno sería que no existieras...

    Más que una comedia disparatada, Quiero matar a mi jefe es una fantasía común de muchos trabajadores hecha película. Y, claro, a partir de allí, es una comedia disparatada. ¿Quién no ha sufrido a algún jefe de esos malos, de esos guachos que parece que hicieran todo lo posible para que uno la pase mal? ¿Y acaso nunca se nos ocurrió, luego de la peor conversación con su superior, arrojarlo por la ventana del piso 18? Bueno, a los protagonistas de este filme les pasa también. La única diferencia es que deciden llevarlo a cabo.


    El trío protagónico: Day, Sudeikis, Bateman. Hilarantes.
    Lo primero que se destaca de esta comedia es su efectividad para generar risas. Siguiendo ese estilo zafado, irreverente y hasta semi improvisado de las comedias actuales (pensemos en Todd Philips o Judd Apatow, con sus diferencias), Quiero matar a mi jefe se apoya en una idea interesante y se desarrolla sobre un guión desparejo, poco serio, desprolijo, pero hilarante, que se apoya principalmente en tres grandes actuaciones protagónicas (Charlie Day, Jason Bateman y Jason Sudeikis) y en estupendas participaciones secundarias de Kevin Spacey, Jennifer Aniston, Colin Farrel y Jamie Foxx. Todos estos grandiosos actores aportan una cuota de calidad a un filme que podría no necesitarla. Especialmente Kevin Spacey, que es en parte responsable de que una larga lista de películas formen parte de las listas de preferidas de muchos cinéfilos, como por ejemplo Pecados capitales, Belleza americana o Los sospechosos de siempre -estas dos últimas le valieron un Oscar- participa de varias escenas geniales que por sí solas valen el precio de la entrada de cine.

    El jefe de Nick se ríe de su dolor
    El extraño guión se sostiene con una serie de situaciones hilarantes concatenadas, aunque nunca abandona el nudo central de la historia que plantea. De principio a fin, se plantea el objetivo de eliminar a sus jefes y el cierre del filme es cuando ese fin se resuelve. En el camino, se dan las situaciones y los diálogos más extraños. Como ejemplo, cuando dos de ellos discuten sobre cuál de los dos sería más violado si estuvieran en la cárcel. No se puede decir que sea un guión profundo o interesante, pero muchos de estos diálogos -que según muestran las escenas quitadas del producto final durante los créditos parecen haber sido logrados en base a ensayo y error, a improvisaciones- son realmente efectivos. Y la mayor parte del crédito no se debe tanto al contenido en sí de esas líneas, si no a quienes lo dicen, cada uno de los personajes que no podríamos decir que son "complejos" pero sí bien construídos y fieles a sí mismos.

    Jamie Foxx es un ¡consultor de asesinatos!
    Su director, Seth Gordon, tiene mayor trayectoria en el ámbito del documental (realizó The King of kong, un celebrado filme sobre videojuegos) que en el de la ficción, en donde su único antecedente es una comedia navideña de poca monta con Reese Witherspoon y Vince Vaughn (Four Christmases), pero se ve que aprendió mucho de sus experiencias como director de varias de las sitcoms más famosas de la TV norteamericana, como Modern family, The office y Parks and recreation, porque Horrible Bosses demuestra una gran efectividad a la hora de hacer reír.

    Nada que se pueda decir de los apartados técnicos (hay alguna persecusión bien lograda y algún detalle de edición bien elegido) es realmente determinante a la hora de analizar esta película. Sólo se podría agregar que la resolución del guión parece sacada de otra película, porque ya a partir de que el conflicto debe resolverse hay un viraje hacia lo "detectivesco" que esta justificado por buscarle solución pero no tanto por el bien de la comedia en sí. Sin embargo, nada de eso es suficiente para que el filme decaiga en su intensidad cómica.

    Jeniffer Aniston interpreta a una abusiva jefa comehombres.
    Quiero matar a mi jefe es una película graciosa y efectiva. Cuenta con un elenco que se destaca tanto individualmente como en conjunto y tanto en sus personajes secundarios como en los protagonistas, con un grupo de actores con poca trayectoria que nos traerán seguramente muchas más risas en películas venideras.
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  • Malas enseñanzas
    La nueva incursión en la comedia de la algo gastada Cameron Díaz (si bien su carrera tuvo altibajos, no podemos ser contemplativos con una película como Lo que ocurrió en Las Vegas...) prometía bastante: la idea de una atractiva maestra de primaria con un total desinterés por la enseñanza y sus alumnos parecía ofrecer bastante en contraste con la clásica figura del profesor comprometido que da todo por los estudiantes. A Elizabeth Hasley (Díaz) lo único que le interesa en la vida es levantarse a un tipo que le pague una vida de lujo. Y ya tenía todo abrochado hasta que su futuro marido se da cuenta y la abandona. Perdido por perdido, Elizabeth retoma el trabajo en el colegio del que había renunciado hacía tan sólo unas semanas.

    Sin embargo, la vuelta de tuerca que le intentan dar los guionistas de The Office (de la versión estadounidense, Lee Eisenberg y Gene Stupnisky) pareciera ir demasiado lejos: Elizabeth no sólo no le interesa dar clases o respetar en lo más mínimo a su alumnado, si no que ni siquiera pareciera hacer lo mínimo e indispensable como para conservar su trabajo. A Dewey Finn (Jack Black), el protagonista de Escuela de Rock, le pasaba algo similar, pero al menos parecía preocupado por mantener su puesto. Y con el tiempo, también se terminaba interesando por sus alumnos. Elizabeth sólo muestra entusiasmo cuando aparece por los pasillos de la escuela un apuesto y casualmente rico profesor interpretado por Justin Timberlake. Y si a eso le sumamos que otra colega es demasiado estricta con las actividades y se la pasa vigilándola, el hilo que sostiene el interés en la verosimilitud (ok, es una comedia zonza, pero no por eso debería dejar de tener un sostén creíble) decae estrepitosamente.
    Aún peor es el desarrollo del personaje principal que eligieron los guionistas. Si realmente lo único que le interesa a Elizabeth es un novio que la mantenga para tener una vida fácil y su desinterés por el resto del universo es tal como se muestra en el comienzo del filme (Elizabeth pasa los primeros meses de clases pasando películas en lugar de dar clases de literatura, maltrata a sus alumnos, se emborracha y se droga en la puerta del colegio, hace una exhibición pública lavando coches y se queda con los fondos recaudados...) entonces no deberían alcanzarnos 40 minutos más de metraje para convencernos de que puede cambiar...

    En ese despilfarro de maldad que ejerce el personaje de Cameron Díaz, algunos personajes secundarios ofrecen algunos momentos de risa: en especial el profesor interpretado por Timberlake (un idiota incurable) y la maestra que personifica Lucy Punch (que trabajó últimamente en Conocerás al hombre de tus sueños, de Woody Allen, como la novia del personaje de Anthony Hopkins), una maniática cuyo único interés es el de ser reconocida como la mejor por el resto de los profesores. Un compendio de personajes completamente exagerados en donde el único que parece un tipo común y corriente es el de Jason Segel (el protagonista de Olvidándome de mi ex, siempre parsimonioso y tristón, pero algo desaprovechado en un papel que no le da lugar para demasiadas risas.
    Con un guión flojo, de personajes intermitentes y vacuos, Malas enseñanzas se queda en intentos y no sé decide si quiere ser mala, vil, vengativa y egoísta o simplemente una comedia más con la historia de siempre y la moraleja sobre el final. Cuando sobre el final del metraje el peso argumental va decantando esta última idea, ese comienzo que parecía promisorio -aunque en realidad fuera una ilusión del espectador por ver algo diferente y audaz- se diluye en los clichés de siempre condimentados con alguna que otra maldad y alguna que otra incursión en lo políticamente incorrecto y nos deja con sabor a poco.

    Malas enseñanzas es una comedia que se vende distinta, que aparenta personalidad, pero que carece de brillo y cae en los mismos errores que la gran mayoría. Es digna de algunas risas y tiene algunas actuaciones interesantes, es cierto, pero no deja de dar la impresión de que podría haber sido mucho mejor.
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Si bien la primera entrega de Transformers no era una obra maestra (difícil es encontrar una en la exitosísima aunque algo vacía carrera de Michael Bay), el encuentro de los Autobots con el cine había sido satisfactorio, aunque haya sido al menos por la nostalgia y la expectativa que generaban estos antiguos juguetes-dibujitos en los espectadores. Gran despliegue visual, chistes a lo Michael Bay, una agradable química entre los personajes de Shia LaBoeuf y Bumblebee, y la carta bajo la manga que significaba Megan Fox para atraer espectadores y disuadir a fuerza de curvas a los más críticos.

    La venganza de los caídos, segunda parte de la saga, nos reencontraba con los personajes, pero metía a su protagonista en un problema serio: los Decepticons lo buscaban para extraerle información. Una vez más, la película de Transformers contaba con una gran participación de los personajes humanos en detrimento del protagonismo de los robots-alienígenas, detalle que a medida que pasan los minutos en el metraje termina por aburrir insoslayablemente, por mucha garra y talento que le ponga LaBoeuf desde el papel de Sam Witwicky. Pero eso no era lo peor: el guión de los impresentables Ehren Kruger, Roberto Orci y Alex Kurtzman estaba lleno de huecos, falencias, inconsistencias y, lisa y llanamente, estupideces. Allí nos encontrábamos con situaciones intragables por doquier (el robot viejo que usa bastón, los robots "del guetto" que hablan como raperos, el pobre de John Turturro en un papel cada vez más tonto e imposible, pidiendo por teléfono a un avión que bombardee las pirámides de Egipto sin ninguna autoridad, pero "por el bien de la humanidad"... ¡y lo hacen!, etc.) y un desarrollo completamente absurdo de los padres de Sam Witwicky, que no dejaban de aparecer para decir alguna idiotez en el momento menos oportuno. Nuevamente la película se renovaba desde lo visual, por lo que justamente desde este blog la valoramos bastante, pero es un filme que no admite un segundo visionado, ya que la suma de situaciones incongruentes termina dando vergüenza ajena.


    Con la tercera parte, Transformers se reivindica de algún modo, corrigiendo los peores vicios de la segunda parte. Ya no hay tanta participación de los padres de Sam, el impacto visual vuelve a mejorarse -es sin ninguna duda, la mejor de las tres en este aspecto y la única en la cual las peleas entre robots se "entienden" claramente, gracias a efectos de cámara lenta y a mejoras en la diferenciación de los personajes- y, aunque aún las hay y por todos lados, existe una reducción considerable de las inconsistencias y tonterías que plagaban el guión de la segunda parte. Aquí nuevamente suceden cosas que no soportan ni el mínimo grado de análisis (cómo es que el personaje de John Turturro -sí, otra vez- pasa de un manicomio a formar parte del equipo antidecepticons de un momento a otro; de dónde sacó su ayudante una pericia sublime en el manejo de las computadoras; cómo es posible que haya un personaje humano que siga siendo fiel a los Decepticons aún cuando ya todo está perdido y sus intenciones de destruirlo todo son más que claras, y más...) y también mantienen algunas cosas criticables, como el protagonismo de los personajes humanos (sería mejor eliminar a los personajes de Josh Duhamel y Tyrese Gibson -por nombrar un par- más que quitarles protagonismo) y un metraje que va mucho más allá de lo necesario para contar la historia, en especial si tenemos en cuenta que el climax comienza ¡una hora! antes de la conclusión final de la historia y que el verdadero desenlace dura lo que un suspiro en una canasta...

    Lo que hay aquí es la participación de varias estrellas del mundo del cine que por alguna extraña razón decidieron participar con personajes bastante tontos. Frances McDormand (Fargo) interpreta a la nueva jefa del operativo antidecepticon, mientras que John Malkovich hace monerías con su personaje de jefe de Sam Witwicky. También participa Patrick Dempsey (Encantada) el villano humano lamebotas de Megatron. Y por último, cuenta con la presencia de Rosie Huntington-Whiteley, modelo de Victoria Secret, como reemplazo de la mucho más voluptuosa e interesante Megan Fox. La pobre hace lo que puede sin ninguna clase de pericia actoral y le pone todo el cuerpo para que la cámara de Bay se deleite. Igual que Megan, pero peor.

    Michael Bay siempre será el rey del pochoclo, aunque no pueda evitar priorizar la explosividad visual ante un guión coherente. Lo hizo hasta en sus mejores películas, como La Roca, siempre con ese vicio de explicar cosas complicadas para resolverlas de un plumazo. Y sin embargo, suele hacer méritos suficientes como para que no lo odiemos.
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 2
    Cuando se estrenó ¿Qué pasó ayer? a mediados del año 2009, tanto la crítica como el público recibió a esta novedosa y desaforada comedia como una brisa de aire fresco. Las desventuras de Stu, Phil, Alan en busca de Doug, el novio a punto de casarse perdido durante la despedida de soltero contaba con un par de armas secretas: un elenco parcialmente conocido que sorprendió gratamente a todos por su gran capacidad para la comedia, un guión armado como una película de suspenso para propiciar la intriga y las risas. El resultado fue una de las mejores comedias del año, lo que puso al director Todd Phillips en un pedestal, en condiciones de competir con el nuevo rey de la comedia norteamericana, Judd Apatow.

    Sin embargo, pese a todas sus buenas condiciones, fue el éxito de taquilla lo que empujó a los productores a apostar (es un decir, porque la ganancia estaba asegurada) a una secuela y a intentar repetir la taquilla de la anterior. Hasta ahí vamos bien: es la historia de todos los días. El problema aparece cuando al tratar de igualar todo lo bueno de la primera entrega, se busca rehacer lo mayor posible y brindarnos prácticamente la misma película. Eso es lo que hicieron con esta segunda parte.

    Si ¿Qué pasó ayer? era una película zafada, irreverente, sin pruritos a la hora de buscar la risa, mezclando comedia física con chistes escatológicos o chabacanos, la segunda entrega lleva todo eso a los límites más impensados. Se ve que Phillips pensó que más siempre es mejor y llevó los chistes a derribar todas las barreras de lo políticamente correcto que podrían haber quedado de pie luego de la primera película. Donde antes teníamos golpes y caídas, aquí hay balazos, palazos y bombas molotov. Donde allí había dientes arrancados, aquí hay tatuajes en la cara. Donde antes había rophinol ahora hay ketamina. Donde había anteriormente prostitutas, ahora hay... Bueno, imagínenselo. Aquí todo es más. Y todo es peor, sin ninguna duda.


    Principalmente, el estilo de película de intriga deja de funcionar al repetirse tanto. Y claro, los personajes siguen teniendo su gracia, pero... ¿Cómo es posible que nadie agarre al idiota de Alan y lo boxee hasta que se deje de joder? ¡No existe amistad ni necesidad que pueda bancarse a ese tipo! Stu (Ed Helms) sigue siendo el más gracioso de los personajes (y el más castigado), Alan (Zack Galifianakis) el desequilibrado mental y Phil (Bradley Cooper) el carilindo que solo articula la relación de los otros dos. Y -sabiamente- el guión deja afuera de la aventura a Doug (Justin Bartha) que no había formado parte de las locuras de la primera, así que no forma parte de la verdadera manada. Ah, me olvidaba de -probablemente- el mejor actor del filme: un simpático monito que se la pasa de aquí para allá con un chaleco de los Rolling Stones.

    Lo único que cambia en esta entrega es el desaparecido: esta vez Doug se va a dormir temprano durante un festejo en la playa, mientras que el que se pierde en algún lugar de Bangkok es el cuñado de Stu, que es el que se esta casando en esta oportunidad. En esta entrega también hay actores rutilantes en papeles secundarios como Paul Giamatti (Entre copas) y Nick Cassavettes (Contracara), ambos en roles poco interesantes.

    ¿Qué pasó ayer 2? es una comedia totalmente desaforada, que busca conseguir risas generando más la sorpresa o el impacto del espectador que con gags inteligentes (está claro que no hay chiste sin sorpresa, pero no toda sorpresa conlleva una risa, por supuesto). Una comedia que termina siendo algo divertida más por "arrastre", por concatenación de locuras, que por un mérito propio de cada situación. Sólo para fanáticos.
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  • Que 'la cosa' funcione
    Qué la cosa funcione (fórmula tradicional pero con más risas)

    Muchos se decepcionaron con la última incursión de Allen en el cine. Conocerás al hombre de tus sueños no parecía estar a la altura de un realizador de su talla. Lo dijimos: tampoco se puede esperar que todo lo que haga sea oro. Sin embargo, este blog defendió aquel filme, discreto, simpaticón y mínimamente ingenioso. En su vuelta a las salas argentinas, Allen nos entrega Que la cosa funcione, una comedia en donde Larry David (creador de Seinfeld y otras sitcoms menos conocidas) interpreta al personaje que hubiera hecho Allen en otros tiempos: un viejo cascarrabias, negativo y neurótico, aunque aquí también es ateo y científico. En resumen, lo que ofrece el filme son bastantes chistes, como si se tratara de un par de capítulos de una sitcom unidos para que duren más de una hora. Las reflexiones sobre el amor, la vida, la vejez, la suerte, etc. están presentes, como siempre ocurre en las películas de Woody, tan solo que esta vez con un destino más humorístico que dramático. Podremos coincidir o no con que uno tiene que ser feliz con el tipo de amor que pueda encontrar en el mundo, premisa principal del filme, pero de todas formas disfrutar de los momentos cómicos desparramados a mansalva en un guión armonioso y sencillo y por un elenco al que Allen logra hacer funcionar una vez más, liderado por Evan Rachel Wood en uno de sus mejores papeles últimamente.
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  • Culpable o inocente
    Un abogado con contactos

    Matthew McConaughey interpreta a Nick Haller, un abogado algo excéntrico (en lugar de oficina, atiende sus asuntos dentro de un bonito automóvil con chofer), despreocupado y bastante insensible en este thriller de Brad Furman, un director con poca experiencia y que quizá comencemos a recordar después de esta interesante propuesta. Cuando un joven de clase alta lo busca para que lo defienda en un juicio de acoso sexual y agresión, Haller deberá poner toda su sapiencia a prueba para ir descubriendo la verdad de la milanesa. Culpable o inocente no es una obra maestra, ni tampoco un filme memorable. Se trata de un thriller que comienza muy lentamente, que parece resolverse pronto pero que va desenvolviendo nuevas e interesantes vetas a medida que se va acercando al final. Furman tiene un estilo inquieto, de planos que se acercan y alejan más de lo que el espectador promedio está acostumbrado, aunque sin llegar a la estética videoclipera de un, digamos, Boyle. Marisa Tomei, William H. Macy y el siempre ambiguo Ryan Phillippe engrandecen al elenco y le dan un toque de distinción, ese que McConaughey intenta sostener con su protagónico pero no siempre logra con sus insípidas caras de desencajado. Aunque si es cierto que logra despegarse un poco del formato carilindo con una película que lo mantiene ajado, preocupado, estresado y desaliñado todo el tiempo. No será un filme estupendo pero le sirve a Furman como carta de presentación hacia el futuro. Veremos cómo le va.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    CinemaScope
    Thor (o dolor de to-or).

    El superhéroe del martillo tiene la desgracia de poseer lo que podríamos denominar el síndrome de Superman: cuando un personaje tiene superfuerza, supervelocidad, un supermartillo, una supercapacidad de volar, una superresistencia al dolor... es difícil que al espectador le genere mucha empatía, porque ¿a quién se le puede ocurrir una forma de vencerlo si posee todas esas cualidades? De todas formas, y dejando de lado esa apreciación hipersubjetiva, Thor es una película con dos caras: un costado formal y solemne, el tan mentado y tan elogiado costado shakesperiano que las críticas mundiales le han felicitado a Kenneth Branagh y un costado más vulgar, más mundano, más humano, más cercano a todos nosotros, más parecido a todas las películas de la factoría Marvel y de toda película de superhéroes que se precie (también sucedía un poco en Kick-ass), que es esa situación en la que el héroe se tiene que adecuar a su nuevo mundo. Cuando apelan al humor mundano, funciona. Cuando Anthony Hopkins despliega un parlamento digno de un rey (o un dios, en este caso) también. Sin embargo, hay elementos que no terminan de encajar. Mientras la historia es mucho más interesante de lo que se le podía pedir, Branagh derrapa en las escenas de acción, es decir, la escencia de una película de superhéroes. ¿Qué importan los planes de un medio hermano por robar el trono de Odin si a la hora del enfrentamiento solo vemos algunos chisporroteos extraños y derroche de colores? También son dispares los efectos especiales y, por último, las actuaciones. Mientras que Hopkins, Skarsgard, Dennings y Portman elevan el film (algunos con altura, otros con frescura), los hermanitos macana interpretados por Chris Hemsworth y Tom Hiddleston lo rebajan con interpretaciones poco convincentes. Como presentación de un personaje que volverá en Los vengadores, Thor safa apenas. Como filme independiente de la otra historia, deja que desear.
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  • El gato desaparece
    Desde su reaparición en el cine nacional, el experimentado director Carlos Sorín nos había ofrecido muy buenas pequeñas películas. En 2002 volvió al cine luego de más de diez años con el lanzamiento de Historias mínimas, un filme que casi no contaba con actores profesional (la excepción de Javier Lombardo es la más notable) y que sorprendía desde su relato que entrelazaba los mundos de los pequeños personajes. Dos años más tarde, con Bombón: el perro (2004), Sorín redoblaba la apuesta, poniendo a un protagonista absoluto sin experiencia actoral y rodeándolo de intérpretes amateurs también. Nuevamente en la Patagonia argentina, El perro contaba la historia de Juan Villegas, un hombre viejo y taciturno, que iba en búsqueda de su can perdido siguiendo casi su instinto para hallarlo en el vasto y árido territorio del sur argentino. Más cerca en el tiempo, Sorín mantuvo su estilo lejano al mainstream y al cine comercial convencional para seguir contando historias pequeñitas, como la del joven que le acerca una rama curativa a un convalesciente Maradona que está internado en un hospital (en El camino de San Diego, 2006), o los pormenores de un viejo que acaba de sufrir un ataque cardíaco, nuevamente con el marco de la Patagonia adornando la fotografía (La ventana, 2008).

    Con El gato desaparece, Sorín se acerca claramente al cine más comercial y hasta de género, con una historia sobre un profesor universitario que vuelve a su casa luego de estar internado en un hospital psiquiátrico a causa de un brote de ira. Su mujer (Beatriz Spelzini) lo busca, contenta aunque algo temerosa por el diagnóstico de su marido. Pese a que los médicos le indican que todo está bien y que la medicación debería contener los arranques violentos de su marido sin problemas, ella no está tan segura. Y cuando llegan a la casa, luego de un breve altercado con la mascota de marras, el gato desaparece...

    Además de alejarse de ese cine austero, fotográfico, "mínimo", para acercarse a un relato tradicional y con mayor producción a nivel general, Sorín elige esta vez trabajar con actores de mayor trayectoria que lo que nos tenía acostumbrados. El filme se nutre con un buen elenco compuesto por Luis Luque y Beatriz Spelzini en los papeles protagónicos y María Abadi y Norma Argentina en los secundarios principales. Ninguno desentona, pero las palmas se la lleva la pareja protagónica: la paranoia creciente de Beatriz y la parsimonia ambigua de Luis, las principales armas que tiene el relato para mantener en vilo a los espectadores. Sin embargo, no se trata de un filme que nos ponga los pelos de punta. El interés se mantiene con lo justo, gracias a esta duda constante que se plantea desde un principio y que está muy bien llevada por estos dos actores.

    Al ser un filme de suspenso e intriga, necesita de momentos intensos. A pesar de que estos aparecen a cuentagotas, las veces que sucede, son escenas logradas, como la del sueño de la protagonista.

    El gato desaparece es una película pequeña, pero no tanto como nos tenía acostumbrados su director. Intrigante aunque de ritmo débil, logra mantener el interés y remata de manera satisfactoria. Una rareza dentro de la filmografía reciente de Sorín y al ser una propuesta de suspenso le viene muy bien al cine argentino, un poco ajeno a este género.
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  • Los Marziano
    Los Marziano
    CinemaScope
    Bichos no tan raros

    El último filme de Ana Katz podría tranquilamente considerarse entre los mejores largometrajes autóctonos del 2011. Sin grandilocuencias ni historias exageradas, pero con un guión sólido y algo escurridizo, actuaciones fenomenales, gran pulso narrativo y la cámara puesta donde debe estar, Los Marziano es un producto que cierra bien por todos lados, porque aunque parece dejar hilos sin resolver, cuenta todo lo que quiere contar en realidad.


    Juan sufre una extraña aflicción
    ¿Qué cuenta Los Marziano? Los pormenores de una familia que podría ser cualquiera: Arturo Puig interpreta a Luis, un hombre serio, de buen pasar económico, que vive en un espectacular barrio cerrado con su esposa Nena (una brillante Mercedes Morán) y que luego de sufrir un accidente al caer en un pozo hecho adrede en el campo de golf del country, dedicará todo su tiempo a descubrir a los culpables. En el otro extremo está Juan (Guillermo Francella), el hermano medio chanta, que vive pidiendo plata prestada y boya de proyecto en proyecto, de lugar en lugar, y que justo cuando todo parecía indicar que finalmente conseguiría un trabajo, sufre una extraña enfermedad que, misteriosamente, le impide leer. En medio de ellos está Delfina (Rita Cortese), una mujer separada a la que no le sobra nada, que trata de mediar en la tirante relación entre sus dos hermanos y entre Juan (que vive en Misiones) y su hija adolescente a quien no ve demasiado a menudo.

    El guión de Los Marziano avanza sobre esos frentes para contarnos de a poco lo importante de la historia, que es esa descripción minuciosa de los vaivenes familiares, las trayectorias de vida de sus integrantes, las decisiones de unos, las críticas de otros, los enojos, las separaciones, las recriminaciones y las mediaciones que existen en todas las familias y que se hacen más presentes cuando los hermanos ya no son solo hermanos sino también padres, tíos, tutores o encargados.

    A Luis lo obsesionan los pozos en su country
    Si hay algo que se destaca particularmente por sobre el guión es el conjunto de actores que la protagonizan, una verdadera orquesta con lucimiento tanto grupal como individual. El Luis amargado y recio de Arturo Puig es sencillamente demoledor, un personaje tan simpáticamente construido (podemos verlo obsesionado con los pozos del country, sofocado por una esposa que no le hace caso y a la que no quiere hacer caso, mezquino con el jugo de naranja y hasta desubicado al divertirse con su sobrina) como sobriamente ejecutado. Guillermo Francella vuelve a destacarse en el cine con un papel "semi-serio" (como en El secreto de sus ojos, no es payasesco aunque sobre él recaiga la mayoría de las secuencias cómicas) y le saca el jugo tanto al rol humorístico como al dramático. Mercedes Morán demuestra que el papel de señora bien le encaja mucho mejor que los miles de papeles de mujer de clase media que ha hecho: su esposa cheta, bonachona aunque mentirosa, es un verdadero deleite. Por último, Rita Cortese vuelve a dejar en claro que es una de las mejores actrices argentinas aun cuando los papeles no le exijan demasiado.

    Nena, genial composición de Mercedes Morán
    Es necesario remarcar la estilizada dirección de Ana Katz, que acierta en cada plano logrando belleza y hasta suspenso mediante la inteligencia en la elección de los planos.

    Los Marziano podrá no ser una película popular, ni la típica de Francella, ni una comedia desopilante y tampoco un drama intenso, y dejará a muchos con sentimientos encontrados hacia el final, pero es una gran película que describe con sinceridad y de forma entretenida los entretelones de una familia común y corriente.
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  • Revolución. El cruce de Los Andes
    Una superproducción argentina... que lo demás no importa nada

    Bueno, tampoco no importa nada. Importa, pero lo principal de este filme que cuenta la historia del cruce de los Andes del ejercito comandado por el General San Martín es que se trata de una superproducción con todas las letras, realizado con financiamiento del INCAA y de la Televisión Española. El dinero invertido en la película queda claro desde la primera imagen, una majestuosa vista aérea que sobrevuela los Andes nevados. Por lejos, la escena más bella del filme. Por supuesto que es una película que eleva al héroe nacional y lo muestra como un ser necesariamente rígido y bastante cascarrabias, aunque también como el notable líder y estratega que debió ser para planear estas guerras contra los españoles. Nada hay en el filme de esos rumores que se han vuelto vox populi gracias al sentido común encarnado que en nuestro país se llama Diego Maradona, que alguna vez dijo que el libertador cruzó los Andes en camilla y gravemente enfermo. La enfermedad de San Martín está presente en el filme, pero se lo ve firme a la hora de la lucha y del cruce. Aunque el debutante director (que también tiene un puesto importante dentro de canal Encuentro) Leandro Ipiña acierta al contar la historia mediante un personaje ficticio que hace las veces de secretario del General y puede así brindarle a la historia una perspectiva nueva, menos formal, más íntima y menos solemne, falla en la composición de algunos planos al perseguir durante una caminata a los protagonistas con cámara en mano que genera un efecto de documental que nos arranca inmediatamente de la historia (ficción) que estamos presenciando. Sin embargo, nos encontramos ante una película que pasa la prueba con comodidad, que entretiene y enseña, y que seguramente va a ser utilizada como material de apoyo estudiantil en muchas escuelas. Sin dudas, la película que el libertador de la patria merecía.
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  • Un cuento chino
    Un cuento chino
    CinemaScope
    Vaca-yendo...

    Creo que todos los que vean esta película van a coincidir en que Un cuento chino es una historia pequeña. Algunos dirán que de tan pequeña no tiene argumento válido como para hacerla durar una hora y media. Otros comprenderán que hay veces que menos es más. Un cuento chino se resume del siguiente modo: Roberto De Césare es un ferretero malhumorado y solitario que se ve obligado a alojar a un chino que se le aparece sorpresivamente y no tiene a nadie a quien acudir. Como el extranjero no habla castellano, ni el ferretero habla chino, la "relación" se torna compleja.

    El segundo largometraje de Sebastián Borenzstein -que había debutado con la interesante La suerte está echada- ya es hoy un éxito de taquilla: la película más vista de las últimas semanas con más de 500.000 espectadores. Es muy probable que mucho tenga que ver con el protagonista, Ricardo Darín, sin dudas el actor más importante del cine nacional. También su oportunísimo estreno en un fin de semana largo que llevó a una cantidad inusual de gente a las salas. Pero sin dudas que el boca a boca generado por esos espectadores que la vieron ha sumado mucho a la performance de la película desde su estreno. Porque modesta y chiquita como es, Un cuento chino es una película muy amable, muy simple, muy entretenida. Es sencilla, de fácil lectura, con actuaciones muy confiables y con buenos momentos cómicos a pesar de que no genera carcajadas. En definitiva, lo que logra la dupla Borenzstein-Darín es una película para todo el mundo, que no será absolutamente adorada, aunque dejará en la mayoría un buen sabor de boca.


    Roberto (Darín) es el eje principal de la película y, como de costumbre, se la come cruda. Su ferretero ortiva, casi antiguo, está muy bien construido y aún mejor logrado por esta gran estrella que es Ricardo Darín. Cada gesto, cada puteada, cada silencio está puesto en el lugar correcto por el actor fetiche de Campanella, que demuestra una vez más lo grande que es. A su lado, Muriel Santa Ana -la protagonista de Ciega a citas, la novela sensación del año pasado por Canal 7- cumple con creces su pequeño co-protagónico. Sin embargo, es el increíble Ignacio Huang -elegido en un casting-, el chino del cuento, que sin hablar una sola palabra de castellano en todo el filme logra transmitir a toda la audiencia el sufrimiento por el que tiene que atravesar. Borenzstein también remarcó la labor de Huang para orientar el guión en ciertos momentos en los que la verosimilitud parecía perderse: "un chino no haría eso", "no sería natural que un chino diga una cosa así", indicaba Huang durante el rodaje y obligaba a algunos retoques en la historia. Cuesta pensarlo, pero se podría decir que los protagonistas de este filme lograron una muy buena química en pantalla pese a no cruzar ninguna palabra en el mismo idioma. Sin dudas, un acierto del director.


    No por ser pequeña la historia se puede hablar de un intento fallido. Si por momentos redunda en las mismas situaciones -la imposibilidad de comunicarse entre Roberto y Jun, la insistencia de Mari por conquistarlo o las puteadas constantes de Roberto, casi ante cualquier tontería que lo moleste- es porque logra, con una buena construcción de sus personajes, sostener esas repeticiones que son precisamente la historia coherente por la cual ellos deben atravesar. Mari persigue a Roberto porque lo quiere de verdad y no cree poder encontrar en otra persona lo que él le puede brindar. Él, por su parte, es un hombre amargado y solitario, demasiado temeroso para animarse al amor. Todo su mal humor tendrá un justificativo -quizás algo rebuscado, eso sí- sobre el final, pero no deja de ser parte de la forma en que los escritores decidieron describir a su protagonista. En cuanto a las conversaciones truncas entre Jun y Roberto, tienen que ver con lo que cuenta la historia, dos personas que no conocen el idioma del otro y el destino los hace convivir, y que en cada situación logran aportarle un toque de gracia que hace salir airosa a la escena y para nada repetitiva.

    La pequeña gran película argentina del año, la más parecida a Magnolia, de Paul Thomas Anderson, el primer éxito nacional de taquilla, con un Darín notable como siempre y con una historia breve y sencilla, con mucho sentido del humor. Vale la pena verla.
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  • Fase 7
    Fase 7
    CinemaScope
    Si hay algo que tienen en común estás dos propuestas que hoy vinculamos es la voluntad de sus autores por hacer cine de género y, en especial, de dedicarse a unos que no son nada comunes en nuestro cine: mientras que El gato desaparece se mete en el terreno de la intriga, en Fase 7 nos encontramos con un claro exponente de la comedia de terror, ese semigénero que tan bien explotaron (sé que hay otros ejemplos, pero no me canso de nombrar a estos maestros contemporáneos) Edgar Wright y Simon Pegg en Shaun of the dead (Muertos de risa, 2004).

    Aquí la historia cuenta que la joven pareja conformada por Coco y Pipi (Daniel Hendler y Jasmín Stuart) y todos sus (pocos) vecinos de edificio (entre los cuales se encuentran los personajes de Yayo y Federico Luppi) se ven obligados a permanecer dentro de sus viviendas cuando las autoridades los ponen en cuarentena luego de que un extraño virus se expanda por la ciudad.

    Lo primero que hay que decir sobre esta inusual incursión del cine argentino en la comedia de terror es que no está a la altura de Shaun of the dead o Zombieland (Reuben Fleischer, 2009), por nombrar a dos bastante recientes, pero sí se sabe defender en un terreno que es, sin ninguna duda, bastante novedoso para el público autóctono. Fase 7 es un poco cómica sin ser ridícula ni del todo paródica y es un poco de terror, aunque el género en solitario le quede enorme. Es decir, consigue algunas risas y mantiene un interés, sostiene el suspenso sin generar demasiados sustos ni mantener al espectador al borde de la butaca.

    En este caso también nos encontramos con un filme que sin tener un presupuesto descomunal ni una batería de efectos especiales nunca vistos, se mantiene dentro de la línea de lo decente y no queda mal parada ante el género. Hay sangre, hay zombies y hay escenas realmente sorprendentes (o si no pregúntenle a Guglierini y Lange, los vecinos de abajo de Pipi).

    El elenco no es del todo equilibrado. Mientras que Hendler vuelve a tener un buen papel, siempre teniendo en cuenta que todos sus personajes son muy similares entre sí, Jazmín Stuart interpreta a una embarazada algo bipolar, entre la paciencia absoluta (necesaria para aguantar a su marido) y el desquicio repentino (también lógico dentro de la historia) que se traduce en gritos histéricos. Federico Luppi se mete en un papel que es todo una rareza, pero lo hace con gracia. Practicamente se ríe de sí mismo, hitaca en mano y con anteojos oscuros (sólo le falta decir "Hasta la vista, Baby") y los papeles secundarios de los vecinos ya nombrados, en manos de Abian Vainstein y Carlos Bermejo están muy bien.

    El que merece un párrafo aparte es Yayo: es claro que el título de actor le queda enorme y pese a que tiene un papel protagónico en esta historia, no logra decir un sólo parlamento sin que parezca que lo está leyendo de un teleprompter. Es cierto que su personaje es un paranoide enloquecido, pero nada atribuible al personaje lo salva en su interpretación, sosa y mecánica. Sólo se puede rescatar de su papel que el physic du role le da bien para su personaje y que uno termina por creer que es un loco desquiciado por los gestos. Pero cuando abre la boca es otro tema.

    Por último, Fase 7 cuenta con un guión que sostiene bien el clima de encierro y miedo que implica la cuarentena. Al tartarse de un filme con ánimos de causar gracia, las exageraciones en las que deriva cuadran bastante bien, pero no es tan sólida la manera en que se define la historia, como si de repente hubieran querido ponerle más drama del que la comedia debiera soportar. De todos modos, es preferible eso a una despilfarro de excesos e incoherencias que ni siquiera son graciosas, cosa bastante común en este tipo de propuestas.
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  • Biutiful
    Biutiful
    CinemaScope
    Función doble: hagamos sufrir al espectador

    Iñárritu y Aronofsky no se parecen, ya lo hemos dicho. El cine del mexicano -este último filme en particular- podría acercarse bastante, eso sí, a los últimos dos largometrajes de nuestro querido Pablo Trapero, en donde nos metíamos de lleno en mundos desconocidos, oscuros, horribles y sufríamos con sus personajes tanto como ellos.

    Algo muy parecido sentimos con Biutiful, en donde el director nos instala en un mundo extraño, sucio, desprolijo, ajado, perdido y triste, muy triste. Este mundo es el que tiene a Uxbal (Javier Bardem) como protagonista, un hombre que se gana la vida como puede: ser un vidente que escucha a los muertos para que tengan un mejor pasaje al otro mundo y organizar una red de venta de artículos truchos en la calle son dos de sus tareas de cada día. Se podría decir que Biutiful es una película que denuncia un mundo injusto lleno de miserias, corrupción y gente espantosa. Sin dudas que es así, pero quizás la forma de encarar esta propuesta por parte del director sea un tanto excesiva, rayana al sadismo.

    Es cierto, el mundo está podrido en muchos sentidos. Muchos de ellos son abarcados por este filme: la corrupción policial, la trata, la pobreza, la miseria, la tristeza, la enfermedad y la muerte son como lineas ordenadoras de este filme, lo van atravesando constantemente y no lo abandonan nunca. Y no está mal que una película hable de todas estas cosas, claro que no. Pero cuando las situaciones por las que atraviesa un personaje -con el cual logramos emparentarnos fácilmente, porque quizás no hace las cosas bien, pero lo intenta: Uxbal es, sin dudas, un buen hombre- no son otra cosa que capas y capas de mierda para llegar a caer en más mierda, más olorosa, más espesa, más horrible que la anterior sin que el director nos permita un respiro, una disgresión, un paréntesis, un hueco momentáneo para respirar, el espectador no tiene otra opción que asfixiarse, atrapado en un guión que no propone salidas.

    Y lo peor que tiene Biutiful es que en esta batería desbocada de situaciones torturantes por las que hace pasar a sus personajes son tristes, son dolorosas, son absolutamente deprimentes, pero tan extenuantes son que no llegan a ser conmovedoras. Uno como espectador llega a un punto tal de agotamiento que prefiere apartarse un poco, cerrarse, defenderse ante tanta miseria y la emoción queda de lado.

    Mientras que Aronofsky nos gritaba en el oído y nos refregaba imágenes perturbadoras, Iñárritu propone un camino más solemne, una música oportuna -a este punto, clásica de Santaolalla- y sin dudas un abanico de temáticas más serias y formales, pero eso no le impide ser ridículamente explícito al sumergirse en la tan mentada miseria que aparece en cada rincón del relato. Y si alguien cree que no, puede recordar al bebé muerto, la paloma caminando sobre el indigente o a Uxbal en pañales para recordar lo que es un golpe bajo. Y eso sin entrar en detalles sobre el amague que nos hace el guión sobre el final...

    El realizador mexicano y su director de fotografía Rodrigo Prieto -quien lo acompañó a lo largo de toda su filmografía- hacen un trabajo fenomenal para componer imágenes que inspiran tristeza, mugre y depresión, incluso en la bella ciudad de Barcelona. No sólo la gente anda cabizbaja, enferma, sucia; no es sólo Uxmal es que despide orina de color oscuro y vómito o su mujer la que escupe nicotina: la ciudad exhala humos espesos por sus chimeneas, el cementerio y el mar devuelven cadáveres, y así sigue la lista.

    Se ha dicho que Biutiful es la mejor película de González Iñárritu. Déjenme opinar lo contrario. Si bien toda su trilogía de películas corales (Amores perros, 21 gramos, Babel) tenía su costado depresivo e inevitable, su nueva historia va mucho más allá y, a pesar de que por primera vez abandona las historias cruzadas y los relatos no lineales, estas estructuras terminan por extrañarse porque le daban al guión una sorpresa, un interés que aquí no termina de crecer.

    Es cierto que Bardem vuelve a descollar con una performance brillante y también es cierto que está rodeado de un elenco estupendo, encabezado por una fenomenal Maricel Álvarez. A esta altura, a nadie le sorprende una actuación genial de la figura española, pero la actriz argentina es toda una revelación: su interpretación de una mujer bipolar que no puede hacer las cosas bien es demoledora.


    Hay un muy buen trabajo de montaje de sonido, en especial sobre el final, en donde la banda de sonido toma mayor presencia. En una película con mucha participación argentina (el guión está coescrito por dos argentinos: Armando Bo y Nicolás Giacobone, además de Iñárritu, y la ya nombrada presencia de Álvarez y Santaolalla), la música diegética también tiene un toque argento, con canciones que nos suenan muy familiares como "Me volvió loco tu forma de ser" y "Ritmo de la noche".

    En conclusión, Biutiful es una película que quiere mostrar los costados más oscuros que una vida puede tener y lo hace sin sutilezas, delicadezas ni metáforas porque su director prefiere regodearse morbosamente en la miseria que pretende exhibir. No es que sea una mala historia, es sólo que pareciera buscar gratuitamente el sufrimiento del espectador. Y lo peor es que lo logra.
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  • El cisne negro
    El cisne negro
    CinemaScope
    Función doble: hagamos sufrir al espectador

    Esta nueva función doble tiene como sentido poner en consideración a dos películas que comparten un sentimiento que para las audiencias ha sido casi unánime: el espectador sufrió al verlas. Aronofsky e Iñárritu no se parecen demasiado, pero en estos dos filmes logran -cada uno a su forma- poner al espectador en una picadora de carne emocional. Ambos utilizan un enorme despliegue de golpes de efecto, pero mientras que en El cisne negro la intensidad emotiva, más de tono psicológico y perturbadora desde lo visual, resulta un viaje duro, peligroso, pero divertido y hasta conmovedor, en Biutiful, González Iñárritu propone que nos sumerjamos con los personajes en lo más profundo de sus vidas miserables, haciendo que el viaje sea un suplicio insalvable. Miren si será rara la vida, que si nos fijamos sólo en la estructura del guión, Biutiful termina siendo más sólida, pero ante el producto completo me quedo con El cisne...

    Bienvenidos a una experiencia cinematográfica perturbadora. Hay mucho por decir, debatir y discutir sobre El cisne negro, pero lo unánime entre los que hayan atravesado la prueba de ver la última de Darren Aronofsky es que hace transitar al espectador por momentos de tensión notables. Y les adelanto desde temprano que eso es lo mejor que tiene el filme.

    El cisne negro cuenta la historia de Nina, una tímida y esforzada bailarina de ballet que lucha por conseguir un papel protagónico en alguna obra, luego de años de buen trabajo y dedicación. Las oportunidades se abren cuando la experimentada figura del elenco es pasada a retiro forzoso y se avecinan los ensayos para la tradicional obra "El lago de los cisnes". Pero no todo será tan sencillo, puesto que el director la encuentra demasiado correcta y poco pasional como para estar a la altura del personaje principal y la aparición sorpresiva de una compañera nueva (el personaje de Mila Kunis), fresca, despreocupada y enigmática, generará una tácita competencia que no le saldrá barata.

    El nuevo film de Aronofsky (responsable de una interesante filmografía que incluye Requiem para un sueño, Pi, El luchador, entre otras) acierta en la descripción de un mundillo hipercompetitivo como el del ballet, en donde nadie regala nada y las sonrisas son de cartón. Pero más que nada acierta cuando compone un mundo paralelo, surreal, paranoico y por demás terrorífico. Aronofsky lo compone con una predominancia de las tonalidades oscuras, con -quizás excesivos- juegos de espejos, con planos cercanos, cámaras en mano y ritmo vertiginoso, y con una profusión de imágenes perturbadoras y música ominosa a alto volumen. Un cocktail efectista, sí, pero también efectivo, para lograr incomodar al espectador y generarle una inusitada tensión. Un efecto de montaña rusa en donde disfrutamos del miedo y el stress, que por sí solo vale la entrada al cine.


    Hay otros condimentos que hacen de El cisne negro una interesante propuesta: el elenco está a la altura de las circunstancias, con unos tremendos Vincent Cassel y Barbara Hershey (profesor y madre de la protagonista, claves en la configuración psicológica de Nina), una gran Wynona Rider (su papel es menor, pero su intensidad es alarmante), una enigmática y oscura Mila Kunis, y un estupendo trabajo de Natalie Portman, en el papel de su vida, que se hace responsable de toda la carga emocional con la que debe lidiar Nina y que le pone el cuerpo (más literalmente de lo que solemos utilizar la frase) a su bailarina de forma notable. Nina baila, salta, gira, se transforma, llora, grita, escapa, se asusta, se emborracha, explora su lado oscuro, se violenta y todos los ojos -y en especial la cámara, que se le pone encima casi obsesivamente- se posan en ella.


    El guión de Mark Heyman, Andres Heinz y John McLaughlin (tres debutantes) funciona muy bien en la construcción del personaje principal, sus presiones y sus consecuencias, se hace bastante evidente en la metáfora de los cisnes y los personajes, y mantiene en vilo al espectador en el entramado de los dos mundos de Nina, aunque en ese juego entre lo real y lo irreal, quizá peca de excesivo al forzar demasiado los límites del verosímil sobre el final del relato. Y para muchos será imperdonable.


    El cisne negro es una buena película si se la toma como lo que es y no se le buscan pretensiones de cine arte que algunos críticos quisieron encontrar no sé con qué fundamento. Es un thriller psicológico bien construido, que propone momentos de tensión estupendos mediante golpes de efecto válidos y utilizados a la perfección. Aronofsky no está buscando la sutileza, eso está claro: el filme nos grita y nos pone nerviosos. Tanto como la bajada vertiginosa de una montaña rusa. Claro que no a todos les gustan los parques de diversiones.
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  • El discurso del rey
    A cada rey su corona

    Tom Hopper no es un nombre muy conocido dentro del mundo del cine. Al menos no lo era cuando estrenó su ópera prima The damned united, la historia del polémico entrenador de fútbol Brian Clough, interpretado por Michael Sheen (Frost/Nixon) que sólo duró 44 tumultuosos días en su cargo. En su segundo filme Hopper logra destacarse no solamente por un relato interesante -de superación personal, mezclada con historia, un clásico candidato a distintos premios- sino que logra imprimirle a la dirección un pulso narrativo y estilistico con el que deja una marca.

    El discurso del rey cuenta la historia del rey Jorge IV, que tuvo que afrontar grandes dificultades en su vida política por culpa de una muy notoria afección del habla: su tartamudez. Jorge le hace caso a sus laureados doctores y trata de hablar con pelotas en la boca, pero no soporta las humillaciones y los fracasos y abandona todas las terapias que comienza. Pero su carrera política en ascenso lo hacen volver a intentar cuando parece claro que el rey Jorge V no va a vivir mucho más y que su hermano Eduardo es demasiado díscolo como para hacerse cargo de esa responsabilidad. Entonces debe acudir a Lionel Logue (Geoffrey Rush), un estrafalario terapeuta que se encargará de tratar su afección.

    La historia avanza de manera lineal, con algunos saltos temporales de varios años, que comienzan cuando Jorge aún era duque y tiene que enfrentarse por primera vez ante un micrófono para dar un discurso y su tartamudez se lo impide. Hopper es inteligente para crear los planos, especialmente en los actos públicos de Jorge, en donde los micrófonos y el auditorio aparecen gigantescos ante la pequeñez del futuro rey. La dirección también se destaca en la composición de los planos construidos por el realizador durante los primeros encuentros entre Lionel y Jorge. La incomodidad del mandatario se traslada a la pantalla, a los extraños encuadres, totalmente descentrados, con aire en los lugares equivocados y con lentes de amplitud en momentos en donde el espectador esperaría una perspectiva más normal. Sólo con lo dicho, sería justo que Hopper ganase el Oscar a mejor director.


    Otro punto destacado de El discurso del rey es el guión, en especial en la construcción de las escenas en donde se producen los encuentros entre el futuro rey y su terapeuta. Se trata de sesiones realmente imperdibles: Logue está convencido de que la única manera de que el tratamiento funcione es que ambos se traten como iguales, por lo que el contrapunto se hace presente todo el tiempo y los momentos cómicos afloran. Además de un buen drama histórico -con sus licencias, claro está, puesto que el rey no parece tener demasiados defectos más que su terquedad-, El discurso del rey es una película muy entretenida y con mucha comicidad.


    Por último, vale la pena señalar las estupendas actuaciones de Colin Firth y Geoffrey Rush, muy bien acompañados por un elenco secundario muy bueno, comandado por Helena Bonham Carter, que demuestra que también puede hacer buenos papeles sin máscaras o maquillaje. Lo de Firth es fenomenal, porque logra transmitir la pesada carga con la que tiene que vivir, la impotencia de no poder superar sus problemas y la angustia de saber que el momento de ser rey se acerca y que él no estará en condiciones de hacerse cargo. Rush, por su parte, vuelve a sobresalir en un papel histriónico, exagerado, bastante grotesco, y a esta altura queda claro que son los que mejor le caen.

    El discurso del rey es una gran película, una sentida historia, filmada con una pericia y una personalidad notables por este promisorio director inglés llamado Tom Hopper, con un gran elenco y unas actuaciones protagónicas geniales. Solo se le puede criticar un poco de benevolencia para con su personaje principal y alguna toma de más justo antes de los créditos finales que ensucia con una busqueda de emotividad innecesaria una película por demás agradable.
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  • Temple de acero
    Temple de acero
    CinemaScope
    Todo en orden en el viejo oeste

    Los hermanos Coen ya se habían acercado al western en esa enorme película llamada Sin lugar para los débiles, cuando contaban las peripecias de un cowboy que encontraba un par de millones perdidos en el desierto. En este caso, con Temple de acero, se meten de lleno en el género para rehacer una película de igual nombre estrenada en 1969 que también estuvo ligada a los Oscar, ya que su protagonista, John Wayne, se llevó la estatuilla por su papel de Rooster Cogburn.

    Los Coen no hicieron una remake tradicional del filme -a pesar de que es la misma historia con el mismo nombre- sino que reelaboraron el guión basado también en la misma novela de Charles Portis (True grit, 1968). En este caso, los papeles principales están a cargo de un fenomenal Jeff Bridges como Rooster, una brillante Hailee Steinfeld -nominada al Oscar a mejor actriz protagónica y que hace, dicho sea de paso, su debut en la pantalla grande con este rol- y un cumplidor y eficaz Matt Damon en el papel de LaBoeuf.


    Temple de acero cuenta la historia de Mattie Ross, una jovencita de 14 años que sufre el asesinato de su padre a manos de un miserable asesino y decide contratar a un sheriff para buscar al culpable. Claro que Rooster no es un alguacil cualquiera: para resumirlo en dos palabras, es de esos que primero disparan y después preguntan. Pero Mattie también es una adolescente muy singular y por eso se encargará ella misma de conseguir no sólo al cazador sino también los caballos que harán falta para seguir el rastro del asesino, negociando como una fiera con un comerciante del pueblo -en una escena de las mejores del filme, que no sólo pinta de una vez la personalidad de la chica sino que entretiene con diálogos muy ocurrentes-. LaBoeuf, por su parte, es un Texas Ranger (algo así como un alguacil pero de otro estado) que busca al mismo asesino por otros crímenes más importantes y querrá atraparlo también para llevarse los laureles.

    Seguramente que lo mejor que tiene Temple de acero es la construcción de los personajes y lo más flojo es la resolución de las situaciones dramáticas. Todo lo bueno que hacen los Coen para describir en acciones a sus protagonistas lo descuidan a la hora de rematar las curvas narrativas y las situaciones de tensión. Pareciera que los Coen hacen hoy un cine de antaño y resuelven las peripecias de los personajes a la manera antigua, como en los viejos westerns. Pim, pam, pum. Se acabó.


    El guión se destaca también con sus diálogos -nuevamente, una victoria compartida con la construcción de los personajes que hacen creíble que digan las cosas que dicen-, en donde nos regalan constantemente ocurrencias y pequeños gags que hacen a la historia más verosímil y llevadera.

    Las actuaciones son muy buenas, de eso no caben dudas. El Rooster Cogburn de Bridges será un personaje emblemático del cine actual, así como lo es su Dude de El gran Lebowski. Este experimentado actor, ganador del Oscar protagónico el año pasado por su papel en Loco corazón, le imprime a su personaje toda la suciedad, la necedad, la fanfarronería, la indiferencia y, finalmente, la humanidad que le hace falta a cualquier héroe imperfecto para hacerlo atractivo. Lo más sorprendente de Hailee Steinfeld es que no había trabajado antes en cine y fue elegida en un casting. Interpreta a una niña de 14 años y realmente tiene 14 años, por lo que podríamos augurarle una carrera promisoria. La eficacia de Matt Damon a esta altura es insoslayable. No es un actor que me emocione, sus gestos me aburren bastante desde En busca del destino en adelante, pero lo cierto es que haga el papel que haga, siempre cumple. Y este caso no es la excepción: su LaBoeuf termina convirtiéndose en un personaje muy entretenido. Completan en elenco estelar Josh Brolin y Barry Pepper (Milagros inesperados), pero al contrario de los protagonistas, estos antagonistas no están tan desarrollados, por lo que sus actuaciones no brillan demasiado.


    Hay algo extraño con Temple de acero. Es una buena película, producida de forma excelente, con un guión bastante bien ensamblado -exceptuando los puntos que critiqué anteriormente-, con actores que se destacan y con algunas escenas memorables -las de la cabaña más que nada-. Una buena historia, bien contada, pero que, sin embargo, carece del plus emocional que nos enamora.
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  • Conocerás al hombre de tus sueños
    Cuando vemos películas de directores que no sólo poseen una larga trayectoria, sino que han logrado con sus filmes hacernos pasar momentos memorables en las salas, es muy difícil ponernos en una nueva situación de espectadores y no tener expectativas altas. En definitiva, es como todo: uno no va a su pizzería preferida a comer una calabresa que esté más o menos buena; espera la mejor, la que nos hizo pensar que esa y no otra era nuestra predilecta. Me dirán: "Hacer una pizza y hacer una película no son la misma cosa" y tendrán razón. Pero cada vez que uno se sienta en una sala de cine a ver una película de Woody Allen, espera que nos haga descostillar de la risa como Todo lo que siempre quiso saber sobre sexo..., o que nos mantenga en vilo como Crímenes y pecados, por sólo poner dos ejemplos. Y si no es así, esperamos que el viejo Woody nos brinde una obra decente, que se pueda disfrutar. Algo así como un certificado de calidad. Para la desgracia de los detractores de este experimentado director, me temo que -tal como lo logra Eastwood en su extraña Más allá de la vida- lo logra.

    ¿Qué quiero decir con esa larga introducción? Que si bien Conocerás al hombre de tus sueños no es una película deslumbrante, que se nos grabará en la memoria durante décadas y memorizaremos con orgullo sus diálogos, es una buena película, agradable, interesante y muy bien interpretada por un elenco de lujo. Está claro que no estamos ante la mejor película de Allen, pero tampoco es cierto que sea un fiasco y lo peor que haya hecho en años, como dicen muchos. Y si en verdad fuera lo peor que hizo en años, realmente Woody se merece una felicitación porque hasta cuando hace las cosas mal le salen bien.

    Conocerás al hombre de tus sueños es un relato coral que comienza contando el divorcio de Helena y Alfie (Gemma Jones y Anthony Hopkins) cuando a este le agarra una crisis a partir de la cual decide que aún es joven y sale en busca de una noviecita a la cual le doble la edad. Mientras tanto, su hija Sally (una convincente Naomi Watts) atraviesa también una crisis matrimonial cuando ve que su relación con su marido Roy (Josh Brolin) está estancada, su situación económica se ve complicada y ambos comienzan a sentirse atraídos por terceros (los personajes de Antonio Banderas y Freida Pinto, respectivamente).


    Y el certificado de calidad que le pedimos a Allen todos los que disfrutamos de su cine aquí se da principalmente en una sobria dirección -con la inclusión de algunos planos secuencia para darle otro sabor a las discusiones de los personajes-, una bella musicalización -casi siempre fondo más que figura- y un elenco que brilla por luz propia, pero que además tiene a un buen realizador detrás para mejorar sus performances.

    El guión no tiene ni la chispa ni la intensidad de otras obras de este autor neoyorquino, pero tampoco tiene baches ni es tedioso. La historia avanza sobriamente, con naturalidad, sin sobresaltos y siempre con un tono de comedia que nos mantiene una sonrisa -los momentos hilarantes corren por cuenta del personaje de Lucy Punch, la joven novia de Alfie-, pero también jugando y alternando con situaciones trágicas. Como se ha dicho, quizá no es la mejor historia de Allen, pero cualquier cineasta del montón quisiera tener un guión tan hermético como este sobre su escritorio. Sobre el final, pareciera que algunas historias podrían haberse cerrado de otro modo, pero Woody prefiere dejar algunas clausuras narrativas libradas al azar.


    Conocerás al hombre de tus sueños no será la película más memorable de la filmografía de Allen, pero nos permite pasar un buen momento, disfrutar de diálogos interesantes, creíbles y por momentos intensos y sufrir con los personajes cuando se enfrentan ante la peripecia (en el sentido más tradicional y aristotélico). Si existiera un certificado de calidad en el cine, todas las películas de Allen lo tendrían.
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  • De amor y otras adicciones
    Fresca y variada como una ensalada

    Luego de una seguidilla de películas con tono épico, el experimentado director Edward Zwick (El último samurai, Desafío, Diamante de sangre) nos brinda una fresca comedia dramático-romántica -permítanme el término-, llena de caras bonitas, cuerpos esculturales, amor sin ataduras y muchas otras cosas más que se van acoplando al argumento de manera más o menos adecuada, según a cuál de ellas nos refiramos.

    La historia comienza mostrándonos la vida de Jamie Randall (el carilindo número 1, Jake Gyllenhaal), un gigolo que es expulsado abruptamente de su trabajo de vendedor de electrodomésticos y comienza una nueva vida como visitador médico, con el difícil trabajo de vender una droga que compite con el popular Prozac (cabe mencionar que la película transcurre en el año 1996). Bastante tarde en el metraje aparece Maggie Murdock, (carilinda numero 2, Anne Hathaway), una joven que padece de mal de parkinson a pesar de su corta edad. Desde el primer vistazo, Jamie se percata de que no podrá vivir consigo mismo si no seduce a Maggie. El romance comienza, con la particularidad de que ambos deciden tener una relación sin ataduras, pero el amor se avecinará y les traerá muchos problemas.

    Como se puede ver con sólo leer la sinopsis, la trama nos brinda gran cantidad de hilos a seguir y el metraje los va tratando de manera escalonada, comenzando una temática para abandonar la anterior sin volverla a retomar. Es así como el espectador puede disfrutar de conocer los pormenores de la venta de drogas legales y entretenerse con las ocurrencias de Jamie para vencer a sus contrincantes, para luego pasar a enredarse en los entretelones de una pareja que quiere atenerse sólo a lo sexual sin involucrarse a nivel personal pero no puede, y de allí a la desgracia de saber algo más sobre el día a día de una persona con una enfermedad neurológica y, por qué no, conocer al hermano de Jamie -que más bien parece el hermano de Jonah Hill en Supercool o cualquiera de sus películas-, en lo que vendría a ser un manotazo al volante para llevar la película hacia la "nueva comedia americana" (si es que tal cosa existe), más osada y chabacana que otra cosa.


    Queda claro que dependerá a fin de cuentas de la tolerancia del espectador ante tanta voltereta argumental si la película pasa la prueba del sabor o no. Pero así como los contenidos del guión se van mezclando en la trama como dentro de una licuadora, es cierto que los personajes dentro del filme se mueven con una frescura admirable: la química entre la pareja protagónica funciona tan bien que terminan por importarnos sus historias, ya sea que se trate del progreso en la relación entre los personajes principales, o de la enfermedad que la aqueja a ella o de los problemas que esta le trae a él.

    El filme también cuenta con grandes participaciones en los papeles secundarios, como Oliver Platt y Hank Azaria (que hace las voces de varios personajes de Los Simpsons en su versión original, pero que quizás recuerden como el instructor de buceo con acento francés de Mi novia Polly) o el ya mencionado hermano de Jamie, interpretado con el grado de patetismo necesario por Josh Gad (Un rockero de locura).


    De amor y otras adicciones es una comedia de amor con toques de drama, mucha desnudez, algunos gags trillados, otros mejores y una batería de hilos argumentales que se van intercalando sin demasiado equilibrio, pero que está interpretada de manera decente por su elenco, en especial su pareja protagónica: dos bellos seres humanos bien dispuestos a exhibirse en pantalla y que, en definitiva, logran que su historia nos importe, al menos un poquito. Una comedia fresca, con muchos altibajos, pero que puede llegar a atraer a cualquiera por la variedad de elementos que ofrece.
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  • Más allá de la vida
    El viejo Clint. Ese es el apodo cariñoso que se ha ganado el señor Clint Eastwood en este blog, a fuerza de historias clásicas, sensibles y poderosas que lo han puesto -no sólo en este humilde sitio sino en el mundo- entre los mejores realizadores que trabajan actualmente. Si repasamos algunas de las obras de este genial autor norteamericano nos encontramos con tantos clásicos que nos da escalofríos: tan solo en las últimas dos décadas, Eastwood nos deleitó con nombres como Los imperdonables, Un mundo perfecto, Los puentes de Madison, Río místico, Million dollar baby, El sustituto o Gran Torino. Cualquier director del montón se alegraría de tener al menos uno de esos nombres en su filmografía.

    Si bien hay muchos dramas dentro de los filmes que dirigió, esta vez Eastwood se mete en un terreno bastante poco explorado: Más allá de la vida es una película que, tal como lo indica su título, relata historias que tienen que ver con la muerte y con lo que hay más allá. Matt Damon interpreta -con su habitual solvencia, a pesar de que su gesto adusto y tristón aburra un poco- a George Lonegan, un obrero que tiene la capacidad de comunicarse con el más allá, aunque ya no se dedica a eso y se resiste a utilizar sus "poderes". Mientras tanto, Marie (Cecile de France) es una periodista que casi muere luego de que un tsunami arrase la ciudad en la que vacaciona y es resucitada a último momento. Por su parte, los hermanos mellizos Frankie y George McLaren interpretan a dos hermanitos que tienen que lidiar con su madre adicta y que cerrarán el triángulo coral que propone el argumento.


    La dirección de Clint se hace más notoria que otras veces cuando admiramos la escena inicial en la que el tsunami arrastra a Marie y a todo lo que encuentra a su paso en una ciudad paradisiaca. También se nota su mano en las convincentes actuaciones -esta vez el elenco no tiene fallas, no como algunos de los personajes de Gran Torino-, en la cadencia de la acción, en la intensidad dramática de algunas escenas y en la insistencia sobre algunas temáticas que se repiten a lo largo de sus filmes -la familia vista de modo interesado y el tema del abuso infantil vuelven a rondar el relato, aunque bastante más como condimento que como tópico-.

    El guión es de Peter Morgan, el mismo de La reina y Frost/Nixon, que también había colaborado en los guiones de El último rey de Escocia y El nuevo entrenador (la anterior película del director Tom Hooper, responsable de El discurso del rey). Eastwood y Morgan nos ofrecen una historia coral cuyos protagonista deben cruzarse y tardan mucho en hacerlo, con una cadencia "a la francesa" (no por nada gran parte del metraje transcurre en Francia) y en la que el hilo conductor es el mundo del más allá, pero todo transcurre en el más acá.

    El filme tiene momentos muy buenos desde lo narrativo -los segmentos en los que participan Damon y la bellísima Bryce Dallas Howard realmente inspiran el amor de una pareja naciente-, desde lo dramático -la escena del accidente automovilístico, aunque predecible, está bien lograda- y desde lo visual -la ya mencionada escena del tsunami-, sin embargo -y aunque es por todos sabido que la película apunta a que los tres personajes principales se reúnan- no está nunca demasiado claro a dónde se está yendo con la narración.


    En definitiva, estamos ante la misma cuestión que abordamos con Woody Allen y es por eso que comparten esta reseña: no es la mejor película de Eastwood, no se trata de un filme con escenas memorables ni una historia que nos atrapará para no soltarnos, como sucedía con muchas de sus últimas historias. Sin embargo, la solvencia de este gran director de 80 años hace que hasta su película más extraña y menos atractiva sea una película interesante y digna de verse. Certificado de calidad, que le dicen.
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  • El ilusionista
    El ilusionista
    CinemaScope
    Realismo mágico

    En el año 2003, Sylvain Chomet se hizo famoso con Las trillizas de Beleville, un largometraje de animación tradicional que llegó a ser nominado a dos premios de la Academia -terna en la que fue vencido por el tanque de Pixar Buscando a Nemo- y recibió una catarata de elogios y premios a lo largo del mundo. Su relato contaba la historia del secuestro de un ciclista durante el Tour de France y la alocada búsqueda que emprendían su abuela, su perro y las trillizas del título para dar con su paradero. Un filme casi mudo en donde los dibujos hablan y cuentan la historia sin necesidad de más.

    Con El ilusionista pasa algo bastante similar. Nuevamente se trata de una película casi muda -existen algunos diálogos, pero los personajes hablan en distintos idiomas y no se entienden entre sí, por lo que se decidió que los espectadores tampoco se enteren de lo que están diciendo-, sólo que esta vez se trata de una historia un poco más amarga y sin tanta fantasía, en la que un mago itinerante que va boyando de teatrito en teatrito buscando quién contrate su avejentado espectáculo y que se ve desplazado por las nuevas formas de entretenimiento (el rock es el ejemplo más claro que muestra el filme) y que en uno de sus viajes de trabajo conoce a una jovencita dulce a la que termina adoptando casi sin querer.


    El guión del filme fue escrito hace 55 años por el mimo, actor y director francés Jacques Tati y llegó a manos de Chomet gracias a su hija, a quien le dedicó la película en los créditos finales. El personaje principal del ilusionista se llama Tatischeff (nombre verdadero de Tati) y es una representación de aquel memorable actor de Las vacaciones del señor Hulot, Playtime y Mi tío.


    Si bien se trata de una historia agradable y placentera de ver, hay a lo largo del metraje un halo de nostalgia que la cubre de principio a fin. Se lo puede ver en los tugurios en los que el mago trabaja, en la tristeza o apatía del público que lo acompaña -o mejor dicho, que no lo acompaña- en sus funciones, en la superficialidad con la que son presentados los nuevos entretenimientos que van desplazando las viejas artes -además de magos, hay otros personajes que forman parte del mismo universo como payasos y ventrílocuos, cada uno más deprimente que el anterior-. Sin embargo, El ilusionista también es una comedia, plagada de momentos cómicos y gags que no dejan que la melancolía se apodere del espectador completamente.


    Tal como sucedía con Las trillizas..., El ilusionista es una película profundamente bella, en donde cada cuadro, cada dibujo, es un espectáculo singular digno de apreciar con detenimiento. Las escenas panorámicas, de paisajes, por ejemplo, merecerían estar colgadas en algún museo. Y también es impresionante la reproducción de la ciudad de Edimburgo, capital de Escocia, en donde los personajes se instalan durante gran parte del metraje. Hay un mágico realismo en los dibujos de Chomet que lo pone inmediatamente en una categoría distinta a las caricaturas a las que estamos acostumbrados -las de Pixar, Disney o Dreamworks, digamos-.


    Cabe mencionar que la decisión de no subtitular ni traducir el filme es exagerada. Es comprensible que si los personajes no se entienden entre sí, los espectadores puedan percibir que se trata de diálogos intrascendentes y que no tienen valor argumental. Sin embargo, sobre el final de la película hay una nota con una frase que cierra el círculo de la historia y esas palabras tampoco tuvieron traducción, por lo que muchos espectadores se habrán perdido de esa clausura.

    En resumen, Chomet es un realizador notable, que sabe contar historias y que, ante todo, es un virtuoso de la animación tradicional, un hombre capaz de hacer emocionar a través de las imágenes increíbles que nos presenta y que gracias a eso puede contar historias sin necesidad de utilizar demasiados diálogos o extensos parlamentos. El ilusionista es una película de animación adulta de alta calidad y de una belleza impresionante.
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  • Todo un parto
    Todo un parto
    CinemaScope
    Mejor solo...

    Hay un problema esencial que tiene la última película de Todd Philips, nuevo niño mimado de la crítica y de la audiencia norteamericana, luego de la hiperpromocionada -aunque bastante divertida al fin- ¿Qué pasó ayer?: pese a sus esfuerzos por ser irreverente, socarrona, soez, chabacana y al límite, Todo un parto se reescribe sobre el esquema argumental de Mejor solo que mal acompañado (Trains, airplanes and automobiles, John Hughes, 1987) y no lo abandona jamás. Esta vez está Robert Downey Jr. en el lugar de Steve Martin y el rimbombante Zack Galifianakis en el papel que hacía aquella vez John Candy, pero la historia es exactamente la misma.

    Peter Highman (Downey Jr.) tuvo que viajar a lo largo del país por trabajo y tiene todo planeado para llegar justo a tiempo para el nacimiento de su primer hijo. Una serie de eventos desafortunados lo llevarán a tener que compartir un auto alquilado con un hombre insoportable (Zack Galifianakis) con el que se había topado un rato antes y que es el responsable de que le impidan viajar en avión. Sin dinero ni documentos, despachados en el vuelo del que tuvo que bajarse forzosamente, Peter sube al auto de Ethan al saber que no tiene otra opción si quiere ver el nacimiento de su bebé. Y su compañero ocasional no sólo es un joven irresponsable y tontuelo que se queda dormido manejando, fuma marihuana por montones y tiene extrañas costumbres antes de irse a la cama -qué curioso, ¡el personaje de John Candy también!-, además está atravesando una etapa de duelo por la muerte de su padre, cuyas cenizas transporta en una lata de café porque venía "envasado al vacío".


    El juego de oposiciones es claro y clásico: mientras que Peter es la sobriedad y el raciocinio, Ethan representa la inocencia, la falta de responsabilidad y la estupidez. Sin embargo, como la comedia la dirige Todd Philips (que ya nos trajo comedias "sacadas" como Viaje censurado, Old school o la particular versión de la serie Starsky y Hutch) y no John Hughes (responsable de las sagas de Mi pobre angelito y Bethoveen) estos personajes son llevados a los límites más insospechados. Peter tendrá la particularidad de ser una persona violenta y alterarse en exceso, mientras que Ethan será poco más que un niño imbécil en el cuerpo de un gordo fumón y, por momentos, asqueroso.

    Todo un parto cuenta también con participaciones estelares en papeles menores, como la de Juliette Lewis (Del crepúsculo al amanecer, Asesinos por naturaleza) en el papel de una vendedora de drogas, Jamie Foxx (ganador del Oscar por Ray, y coprotagonista de Colateral) y Michelle Monaghan (Desapareció una noche) como la mujer de Peter. Sus apariciones son un tanto anecdóticas y no suman demasiado a una historia que se sostiene por la química de la dupla protagónica en cada momento. En eso no hay vuelta atrás, si los actores no son del agrado del lector, va a tener que elegir otra película de la cartelera.

    Si hay algo que tienen en común las dos últimas cintas de Todd Philips es que ninguna de las dos tiene un marco de verosimilitud demasiado estricto. Si en ¿Qué pasó ayer? las peripecias del personaje de Justin Bartha, las ocurrencias del de Galifianakis o las exageraciones del de Bradley Cooper eran poco creíbles, aquí también nos encontramos con personajes y situaciones forzadas al extremo con el único fin de generar la sorpresa y, consecuentemente, la risa. ¿Cuánto tiempo se les ocurre que se puede escapar por las rutas norteamericanas con una camioneta robada a la aduana mexicana? Según el filme, mucho más de lo que nos imaginaríamos. Y a pesar de que desde el comienzo de la historia sabemos que después de todo los personajes van a terminar siendo grandes amigos, en el guión esa amistad se forja de manera automática, sin demasiadas explicaciones y como por arte de magia.


    Todo un parto es un ejemplo de lo que uno de los representantes de la nueva comedia americana nos puede brindar: políticamente incorrecta, con un humor exagerado al extremo y con figuras fuertes en los roles protagónicos. Su mayor problema es que es una vil copia de un clásico de la comedia blanca y que, a pesar de que es una película entretenida, sólo apunta al público más eufórico y menos reservado.
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  • Atracción peligrosa
    Se hace camino al andar

    El "ex actor mediático" Ben Affleck sorprendió a todos cuando, en 2007, se puso tras las cámaras para rodar Desapareció una noche, aquel gran thriller sobre una niña desaparecida que hacía acordar al caso Madeleine y que la protagonizaban su hermano Casey, Morgan Freeman, Ed Harris y Amy Ryan -con una actuación que le valió una nominación al Oscar-. De inmediato, muchos -este blog fue uno de ellos- festejaron su traspaso a la dirección y recomendaron que se dedique solo a su nuevo rol. Con Atracción peligrosa el buen Ben nos da la razón y también nos contradice: si bien su nueva propuesta es un recomendable filme de acción, el protagonista -con una actuación de las más decentes que nos haya brindado- es él mismo.

    Atracción peligrosa cuenta la historia de un grupo de ladrones que viven en el barrio de Charlestown, en Boston, cuna de los mejores del país, según cuenta la leyenda que aparece antes de los créditos de inicio. Luego de un robo bien ejecutado, los malhechores secuestran a una empleada y la liberan, pero sospechan que la joven puede haber percibido algunas de sus señas particulares y temen que los denuncie. Doug Mc Ray (Affleck) se hará cargo de mantenerla vigilada para asegurarse de que no los meta en problemas, pero el muchacho terminará sintiéndose atraído por la mujer, lo que generará una serie de conflictos para él y su equipo.


    Nos encontramos con una película de género, clásica y contada de manera severa. No hay lugar en el metraje para gags, chistes o momentos relajados. El guión de Peter Craig y el propio Affleck -a los que se le sumó luego Aaron Stockard, el mismo de Desapareció una noche- y basado en la novela de Chuck Hogan "The prince of thieves" está armado de manera lineal, muy sobria y con una acción creciente que deriva en escenas finales que por más que están muy bien logradas desde el punto de vista visual, flaquean un poco en lo que cuentan. De todas formas, y a pesar de que no se trata de un guión demasiado original -la historia es realmente trillada: el ladrón bueno que quiere dejar el trabajo y al enamorarse de una chica encuentra la excusa para hacerlo-, el filme logra salir más que airoso porque nos cuenta un relato conocido pero con un muy buen trabajo de la dirección que nos hace disfrutar de un ritmo frenético y de grandes escenas de acción. Seguramente Alexander Witt, director de segunda unidad responsable de peliculones como Gladiador, Máxima velocidad, Casino Royale y Gangster americano haya tenido mucho que ver con eso.

    Es por eso que podemos decir que lo de Ben detrás de las cámaras es todo un hallazgo y debemos estar ansiosos de esperar su próximo trabajo. La película tiene escenas de acción realmente grandiosas, como la del robo inicial o la persecución por las pequeñas calles del barrio. Se trata de fragmentos adrenalínicos, intensos, capaces de cortarnos la respiración como no estamos acostumbrados a que lo hagan.


    Y Affleck también se hizo cargo en este caso del papel protagónico, lo que le agrega aún más heroísmo a su labor. El elenco funciona bien, especialmente el papel de Jeremy Renner (Vivir al límite), el bruto de la banda de ladrones, que a esta altura ya se puede convertir en el clásico actor para hacer de treintañero inestable (ahora que Edward Norton ya está un poco más quemado). Rebeca Hall (Vicky, Cristina, Barcelona) también tiene una tarea destacada como la banquera secuestrada, lo mismo que el gran Pete Postlethwaite (que lamentablemente falleció hace pocos días) como el "puntero" del barrio. El único al que le hubiera faltado un poco de garra es al personaje de John Hamm (un actor con una carrera hecha en variadas series como Mad Men, 30 Rock y The unit), pero es probable que haya sido un problema de guión y no de actuación.


    Atracción peligrosa es una confirmación de que lo de Desapareció una noche no fue una casualidad para Ben Affleck. Como si fuera poco, en este filme se reivindica como actor -a pesar de no tener una performance que le vaya a valer nominaciones, no deja de ser el protagonista y hacer el trabajo con holgura- y nos cierra la boca a muchos. Pero como si eso fuera poco, Atracción... es una de las mejores películas de acción serias que haya dado el año y una de las candidatas a rankear en el Top Ten del 2010. Quizás tambalea sobre el final con escenas inocentonas y resoluciones demasiado convencionales, pero no deja de ser una gran propuesta de género, con secuencias de acción memorables y una gran labor desde la dirección de parte de Ben Affleck.
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  • Enterrado
    Enterrado
    CinemaScope
    ¿Y ahora quién podrá ayudarme?

    Cuando la película se estaba empezando a promocionar, era probable que al ir por la calle y ver uno de los carteles con el título del filme y la imagen de Ryan Reynolds dentro de un ataúd uno dijera: "Bueno, ya es suficiente. ¿Qué más quieren inventar?". Es lo que me pasó a mí, al menos. Me costaba mucho pensar cómo se las iban a ingeniar para contar una historia de 100 minutos que partiera desde un tipo dentro de un cajón. Y eso que todavía no sabía que todo el desarrollo de la trama se daba en ese encierro.

    Lo primero que me vino a la mente fueron algunas otras ideas sobre encierros, como la saga de El juego del miedo, La habitación del pánico o el tremendo fiasco que fue Bajo anestesia, en donde Hayden Christensen se encontraba encerrado dentro de sí mismo, por decirlo de alguna manera. Lo cierto es que Enterrado multiplica la apuesta de cualquier clima opresivo y nos confina los 100 minutos invariablemente dentro del cajón. De allí surge su acierto, su originalidad y, si me permiten, su magia.


    Ryan Reynolds interpreta a Paul Conroy, un contratista que trabaja en Irak y que se despierta, para su sorpresa, golpeado, maniatado y encerrado en un cajón de madera a unos cuantos metros bajo tierra. Pronto descubrirá que cuenta con algunos elementos que le servirán para intentar escapar y que le permitirán al director a contar la historia: un moderno Blackberry con media batería -y con crédito ilimitado, al parecer-, un encendedor tipo Zippo y algunas otras cosas que le sirven de luz cada tanto. Solo eso será suficiente para que el director pueda iluminar las escenas -en un estupendo trabajo- e involucrarnos en un relato atrapante, asfixiante y lleno de emociones.

    ¿Quién podrá ayudar a Paul Conroy, a punto de quedarse sin aire, a punto de quedarse sin batería en el celular y sin tener la menor idea de dónde está ni el por qué de su encierro? Sobre esa pregunta se apoya el filme y es la respuesta a esa pregunta la que va guiando todo el metraje. Es increíble que tan solo esa inquietud pueda sostener al público en vilo durante toda la película, pero un magnífico trabajo de dirección y un guión bien ensamblado pueden hacer maravillas.

    Rodrigo Cortés dirigió este largometraje con una sapiencia sorprendente para un principiante. Si bien la locación es única durante todo el filme, el director se las ingenió para hacer de ese único ambiente opresivo un lugar asfixiante pero no insoportable para el espectador. Para ello, trabajó con seis cajones distintos especialmente diseñados. Las tomas que elige el director son de lo más variadas, lo que le da a la película un dinamismo extraordinario y muy útil. También se dice que Cortés eligió filmar las tomas en orden, para que la actuación de Reynolds sea más natural y creíble.


    Párrafo aparte se merece, justamente, Ryan Reynolds. Nunca mejor dicho que "se banca" toda la película él solo. Su performance es impresionante: no sólo por el hecho de que transmite en la pantalla todo lo que Paul Conroy está sufriendo, sino también porque me cuesta imaginar a un actor trabajando en una posición más incómoda que la que se tuvo que someter este muchacho. Se supo que tuvo que sufrir además varias quemaduras por sostener el Zippo, lo que suma un poco más a la leyenda.

    En definitiva, Enterrado es un pequeño gran filme, que tiene el mérito extraordinario de ser una película de locación única y que esta sea un cajón, con un tipo encerrado dentro. Saber eso y saber que la cinta no sólo no aburre sino que entretiene a montones dan ganas de aplaudir a su único intérprete, pero más que nada a su habilidosísimo director, un tipo con la inteligencia suficiente como para animarse a esta locura sin aburrir al publico al someterlo -al menos un poquito- a las torturas por las que pasa el personaje. Rodrigo Cortés quedará anotado en mi lista a seguir, espero que en las suyas también.
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  • El Rati Horror Show
    Reír para no llorar

    La tercera película del documentalista Enrique Piñeyro vuelve a ser tomada por la crítica como de visión obligatoria. El ex piloto y actor ya había incursionado en el cine documental y de denuncia -como siempre escribe, dirige y actúa- con Whisky Romeo Zulú, sobre la tragedia de LAPA, y con Fuerza Aerea S.A., en donde denunciaba el deplorable estado de la aviación civil en el país.

    Esta vez Piñeyro sigue metiéndose en temas escabrosos y peligrosos, al punto en que uno como espectador llega a preguntarse hasta dónde puede llegar y cómo logra la valentía para animarse a algo así. El tema del filme es el caso de Fernando Carrera, un hombre que actualmente se encuentra preso por ser condenado injustamente -de manera deliberada- por un hecho delictivo confuso y mediante la connivencia de la policía de la zona con el aparato judicial. Piñeyro no se guarda nada, investiga a fondo y explica con lujo de detalles los pormenores del hecho, para que el espectador comprenda sin problemas hasta donde llega la corrupción de los involucrados. Luego acusa y arremete sin pelos en la lengua contra los culpables de esta condena aberrante sin parecer temeroso de las consecuencias. Y quizás se queda algo corto cuando se "enfrenta" a los jueces de la causa (que en realidad son unos muñecos a los que llama con los nombres de los jueces) y les explica que los que deben estar presos son ellos; luego de tanta valentía, da la sensación de que hubiera sido audaz un encuentro cara a cara con ellos.


    Para quienes no lo conocen -como yo, debo admitir-, Piñeyro es un tipo bastante simpático y que cae muy bien en la pantalla. Él se hace cargo del relato la mayor parte del tiempo y le pone el cuerpo a las explicaciones en el lenguaje más coloquial posible, permitiendo descripciones claras que no dejan afuera a nadie. Es un tipo que asume su rol de director en pantalla y termina siendo, con sus gestos y sus ironías, uno de los atractivos principales del filme. El otro atractivo, sin dudas, es el despliegue visual utilizado para describir los acontecimientos, incluyendo su arsenal de tecnología -todo convenientemente de la marca de la manzanita- y la original narración, que transcurre como si los espectadores fuéramos testigos de la producción del filme, como si estuviéramos presenciando una suerte de backstage que termina siendo la película misma.

    El apartado técnico es muy bueno: la imagen se ve muy correcta y el sonido se escucha perfectamente. Y, como ya se ha dicho, el despliegue visual de las descripciones es una frutilla del postre notable.


    No hay mucho más para decir porque todo lo que tiene que ver con la causa judicial y la triste historia de Carrera está dicho de manera inmejorable en el filme. Tal vez se pueda criticar la falta de algunos elementos en el desarrollo de la historia y un excesivo intimismo en la producción del relato que transcurre quizás demasiado puertas adentro.

    El rati horror show es una historia que merece ser escuchada, un documental de visión obligatoria que está contado de una manera atractiva y poco solemne, pero no por eso menos sentida, que denuncia un ejemplo de corrupción policial y judicial como tantos que hay en nuestro país. Y en donde Piñeyro hace lo mismo que hacemos nosotros como espectadores, reír para no llorar.
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  • El hombre de al lado
    Contrastes

    Hacerle caso al cartel que dice "la película argentina más premiada del año" a veces rinde sus frutos y esta es la ocasión. En un cine nacional "para todo el mundo" en notable crecimiento y unos últimos tiempos con películas "comerciales" decentes (piensen en Música de espera o la reciente Igualita a mí), con figuras del cine doméstico en un nivel sobresaliente (rellenen con Campanella o Trapero según sus gustos personales) y el otro cine, algo más particular, con pasos más fugaces por las salas pero recibiendo halagos de la crítica especializada (aquí se me ocurre un Pablo Fendrik con sus dos estrenos del año pasado y la vigencia, al menos ante El amante, de Lucrecia Martel), llega a nuestras salas una película que ha participado de muchos festivales y ha ganado premios a lo largo del mundo y que, de la mano de dos buenas actuaciones, desopilantes diálogos y una historia que propone un interesantísimo contrapunto entre dos mundos evidentemente distintos, logra llenar salas desde su primer día de estreno.

    La historia parte de una sencilla premisa: Leonardo (un convincente Rafael Spregelburd) es un exitoso arquitecto, adinerado, ocupado, de familia bien, que vive con su familia en la única casa de América Latina que fue diseñada por el famoso diseñador y urbanista Le Corbusier, un caserón enorme y vanguardista, espacioso e iluminado, lleno de vidrios y ventanales. El filme comienza cuando su vecino decide romper una medianera que comparten para hacer una ventana "para que le entre un rayito de sol, de ese que a usted le sobra", como le dice a Leonardo. Victor, por su parte, con su pequeña casita y sus extraños modales, construye el contrapunto ideal para que el conflicto se desarrolle. La sola ventana, más allá de ser ilegal, como repite el damnificado cada vez que puede, resulta molesta porque es una vidriera a su propia intimidad. Y serán esa ventana y el responsable de ella los que den vuelta la rutina de Leonardo hasta sacarlo de quicio, ya sea por paranoia, por la molestia del constante ruido de la construcción vecina o por el mero hecho de que, en realidad, detrás de ese caserón hermoso y elegante, de ese trabajo exitoso y de ese auto reluciente, Leonardo no es lo que parece.

    El guión de Cohn y Duprat, responsables anteriormente de una basofia pseudoperiodística-documental llamada Yo, presidente (producida por Luis Majul), es muy bueno en la estructura y genial en los diálogos elegidos para proponer el juego de oposiciones que da vida al filme, pero también se deja llevar demasiado lejos por el mensaje que quiere formular, ese que al final del relato termina imponiéndose caprichosamente y en donde todo lo bueno de la comedia que se había visto hasta el momento parece tambalear, ese mensaje con el que abre la película, con el parlamento inicial de Leonardo: "Qué país feo este, la puta madre".


    Por su parte, la dirección también tiene altibajos: por un lado, se eligen constantemente planos cortos, cerrados, asfixiantes que dan lugar a la sensación de desesperación de Leonardo mientras sus problemas con el vecino no se resuelven y su vida diaria se va desarmando. La espectacular casa, con ese único diseño que le imprimió LeCorbusier, es tan protagonista como los personajes antagónicos, tanto por ser disparadora del conflicto como por ser el ambiente natural en el que se desarrolla el 95% de la película. Sin embargo, la cámara en mano se vuelve molesta en planos tan cerrados y algunos efectos "retro" que buscaron imprimirle al relato terminan por desconcertar. El otro punto flojo de la dirección se ve en el climax, en donde Aráoz no se ve tan convincente y los actores secundarios que participan son realmente pobres y terminan arruinando el punto de interés mayor en el relato.

    A pesar de esto, tanto Aráoz como Spregelburd se llevan todos los laureles con sus geniales performances, muy bien acompañados por participaciones menores de todo el elenco, en especial de Eugenia Alonso en el papel de la mujer de Leonardo y Lorenza Acuña, como la empleada de limpieza de la casa. Es destacable la pequeñísima participación de un muy bien elegido Juan Cruz Bordeu como un cheto tonto invitado a cenar, que contribuye en lo que deben ser las mejores secuencias del filme y donde el juego de oposiciones entre la vida "bien" y lo "grasa" del vecino se hace más patente que nunca.

    El hombre de al lado es una comedia muy graciosa, que avanza tanto en su costado cómico como también en su costado misterioso y de suspenso gracias a la estupenda construcción de sus personajes principales y a una gran actuación de sus protagonistas, con un Araoz tan medido y divertido como intimidante. Un juego de oposiciones muy bien llevado que si no fuera por una especie de moraleja que va flotando por sobre el buen correr de la cinta y estalla fuertemente sobre el final, resultaría aún mejor de lo que fue. Merecedora de los premios internacionales ganados y una muy buena propuesta para lo que apuestan al cine nacional. Recomendada.
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  • Los Indestructibles
    Pura y dura

    Sylvester Stallone volvió con todo... o con todos... o con algunos de los más grandes ídolos del cine de acción de los últimos 30 años, en especial, él mismo. Con la excusa de querer contar una historia de acción pura y dura, brutal, impactante y en donde menos vale maña que fuerza, nos entrega exactamente lo que se propone, un filme en donde el espectador debe olvidarse un poco de su sentido común y "disfrutar" de las trompadas, patadas y explosiones.

    El golpe marketinero de juntar a todos esos héroes en una misma película funcionó desde el primer aviso. Estamos hablando de ídolos de acción de los últimos tiempos -Jason Statham, Jet Li, el cómico grandulón Terry Crews o los pseudoactores Steve Austin, Randy Couture- mezclados con algunas figuras de los '80 -Stallone, Rourke, Dolph Lundgren (mejor conocido como Ivan Drago) y las apariciones estelares de Bruce Willis y Arnold Schwarzenneger, en una participación muy promocionada y bastante menos especial de lo esperado para lo que supuestamente sería la escena más memorable del filme-. Con todos esos pesos pesados juntos en una misma pantalla, uno no puede esperar menos que ametralladoras grandes, huesos rotos, cabezas volando por los aires y explosiones por doquier. Y el filme, aunque no lo haga de la mejor manera, nos brinda todo eso.

    La principal crítica ya está hecha, pero hablando técnicamente se trata de un pobre guión, diseñado únicamente para el lucimiento de las escenas de acción. Sin embargo, es mucho peor que eso, porque una dirección descuidada hacen que todo el artificio que esperamos ver y que nos venden esté desplegado en pantalla de manera desordenada o mal enfocada. Durante el metraje hay una insistencia por parte del director de poner la cámara demasiado cerca de la acción y no permitir que las coreografías de peleas o los movimientos grupales se perciban decentemente. Es cierto, hay patadas y explosiones por doquier, pero la manera de mostrarlas no es la más adecuada.


    Siguiendo con detalles del guión, dirección y organización, es obligatorio nombrar al imaginario estado dictatorial que nos propone la historia para que nuestros héroes salven. Se trata de una extraña republiqueta bananera, media hispana, media brasileña (hay carteles en portugués en los fondos de las escenografías) y en donde ni siquiera sus propios habitantes saben hablar un idioma coherente. Tanto el pobre de David Zayas (quizá lo conozcan como Batista en la serie Dexter) que interpreta al gobernante del lugar como la pobre de Giselle Itié (que es brasileña, dicho sea de paso) que juega el papel de la bella de turno, ¡nadie en todo el metraje puede hilar una frase coherente en español! ¡El hiperpolíglota Viggo Mortensen o el "arameo por un rato" Jim Caviezel deben sentirse orgullosos!


    Párrafo aparte se merecen las actuaciones. Lo de Randy Couture, Steve Austin (ambos luchadores profesionales invitados a participar por sus músculos) como el querido Dolph "Drago" Lundgren tienen performances absolutamente patéticas. El propio Dolph dijo en una entrevista "hacía 20 años que no tenía tantos diálogos en un filme", por lo que podemos ser un poco permisivos. Pero héroes de acción experimentados como Jet Li y el propio Stallone también dejan mucho que desear. O quizás es que las cirugías hicieron que sus rostros se quedaran sin expresión. El único que se salva de las grandes figuras es Statham, que con su carisma de siempre logra remontar casi solo un elenco que pesa. Y con su participación estelar, Mickey Rourke nos brinda una escena memorable, sentida y comprometida en donde no sólo se luce como actor, si no que le brinda al filme un manto de sensibilidad, de valor y de sentido con un parlamento genial que termina significando el alma de la historia, la materia que une a todos los músculos en un objetivo común.

    Por último, el personaje de Eric Roberts es el que más nos hace acordar a este supuesto homenaje a las películas de los años '80: un yanqui explotador que maneja a los títeres que se encargan del trabajo sucio logrado con bastante carísma y mucha exageración, que suponemos que es buscada. Ah, y destacable es el hecho de que Stallone, bien pasados los 60 pirulos sea capaz de correr a gran velocidad por un muelle y saltar para colgarse de un avión que está arrancando. Sencillamente impresionante.

    Los destruídos... Digo, Los indestructibles es una película que cumple con lo que promete: golpes, patadas, tiros, patadas, golpes, tiros y más patadas, sólo que no lo hace de la manera esperada para un director experimentado -aunque nunca genial- como es Sly. Recomendable sólo para los fanáticos del género y alguno que siente nostalgia de estos ídolos de acción de los '80, es un filme que no resiste el análisis detallado, pero que como producto cinematográfico dedicado al público masivo funcionará de mil maravillas, porque, pese a todo, no deja de ser un filme entretenido. Ustedes deciden...
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  • El origen
    El origen
    CinemaScope
    Nolan y su originación

    La reaparición del fenomenal Christopher Nolan luego de The dark knight, esa brillante película de acción con trasfondo de superhéroes que creó para la secuela de su saga de Batman, fue una de las películas más esperadas de los últimos tiempos desde el día en que se anunció. Un enorme hermetismo refugió al filme de cualquier filtración y los avances promocionales se encargaron de mantener el suspenso y el velo de incertidumbre que cubría el largometraje. Todavía es demasiado pronto para saber si El origen va a convertirse en un clásico, pese a que tiene las herramientas -en especial las visuales y las narrativas- para lograrlo, pero sí podemos afirmar que será la película más comentada del año y ya ha generado un furor virtual irrefrenable.

    Mucho se ha dicho sobre la complejidad de la nueva película de Nolan y no hay dudas de que recién un segundo visionado del filme logran completar con éxito el rompecabezas mental que nos plantea el director pese a una narración fenomenal. La cuestión pasa por dilucidar la cantidad de reglas del juego que se van proponiendo a lo largo del metraje y seguirlas con éxito. Pero su complejidad va mucho más allá de lo que cuenta literalmente el relato. En Inception nos topamos con imágenes elocuentes, si uno es capaz de pensarlas. Existe la posibilidad de reflexionar sobre una serie de metáforas que van más allá de la historia que se nos cuenta. Si Nolan fue capaz de organizar un relato tan escalonado y complejo, lleno de reglas, un mundo propio tan particular, entonces tiene que haber sido capaz de poner esas metáforas adrede y no por casualidad. Entonces, cuando Dom Cobb nos cuenta que con su mujer se pasó durante 50 años creando en sueños un mundo perfecto en donde solían vivir hasta que se dio cuenta de que no era real, podríamos hallar una imagen de la “american way of life”; o cuando vemos a los enormes edificios de ese mundo caerse a pedazos pensemos en el fin de la civilización; o cuando vemos que en el mundo de Inception se disputan el mundo desde corporaciones y no desde gobiernos, estamos hablando del mundo globalizado, del capitalismo salvaje y de la erosión de los estados nación; que cuando vemos que en la muerte está el despertar, no estamos sino ante la cultura de la muerte y no ante un simple lugar común...

    Ahora bien, más allá de todo esto, Inception cuenta una historia particular, la de Dom Cobb (Leo DiCaprio) un señor capaz de meterse dentro de tus sueños para robarte información. A Cobb le llega un ofrecimiento que no puede rechazar: debe realizar una “originación” (la inception del título), es decir, tratar de plantarle una idea nueva mediante sueños a una persona; si lo logra, podrá recuperar a su familia. Esa necesidad llevará a Cobb a juntar a un grupo de aventureros (el elenco de lujo formado por Joseph Gordon Levitt, Ellen Page, Ken Watanabe, Tom Hardy y Dileep Rao) a sumarse a su plan, que involucra entrar en los sueños de un empresario (Cillian Murphy) pero tan profundamente que puedan plantar la idea sin que le parezca algo artificial. A medida que nos vamos metiendo -insisto, bajo reglas autoimpuestas- dentro de más y más capas de sueños y sueños dentro de sueños, la narración va tomando el protagonismo que se merece y allí es donde Nolan nos muestra su habilidad: en la coordinación majestuosa de tres mundos paralelos pero en diferentes escalas temporales que van encajando a la perfección como piezas de relojería.

    Hay un truco -hay que decirlo- y está en esas mencionadas reglas que gobiernan el mundo de Inception. Podríamos pensar que es sencillo ganar un juego cuando las reglas las vamos poniendo a medida que avanzamos en el partido y es eso mismo lo que ocurre en este relato. Creo que ahí está su falla más notoria -la que nos separa de mantenernos inmersos en un filme que es de todas formas atrapante e hipnótico-, en develarnos con reglamentos, leyes y mandatos las manos del titiritero detrás de cámara. De la mano de esto, tenemos personajes que cumplen una función constantemente declamatoria y nos explican una y otra vez las situaciones por las que transcurren los protagonistas. Me temo que sin ello el filme quedaría estancado en la nada misma, pues sería imposible avanzar y que el público pueda captar hacia donde va el relato.

    Se ha dicho también que Inception no es un filme original porque remite a otras narraciones contemporáneas que están en la memoria popular. Se ha nombrado a Matrix, a Avatar y a La Isla siniestra -entre otras-, esta última por el parecido del personaje de DiCaprio, que confunde la realidad con sus sueños o alucinaciones. Pese a todo, no creo que esas relaciones le quiten originalidad a un relato que compone un mundo desde cero y con una magnificencia visual y narrativa notables. Dicho sea de paso, compararla con el cuentito tonto que Cameron adornó con efectos novedosos es una injusticia absoluta.
    En este punto, es necesario remarcar el nivel majestuoso de la realización. Nolan gasta todos los cartuchos en una puesta en escena espectacular, infalible y grandiosa, y no habrá quien salga de la sala de cine sin preguntarse cómo han hecho la escena en la que los personajes flotan por los pasillos del hotel. El filme es un conjunto maravilloso de escenas memorables entre las que se destacan la de la bañera y de la inundación en la en la secuencia inicial, los momentos tensos del viaje en camioneta en cámara lenta y el tramo épico dentro del hotel. Es preciso hablar de la fotografía magnífica de Wally Pfister, director de fotografía fetiche de Nolan y con razón. Cada imagen del filme logra ser más bella que la anterior y eso no es sólo merito del realizador.

    El elenco lleno de jóvenes estrellas es para aplaudir, pero no porque se destaquen con performances explosivas, intensas o demasiado esforzadas, sino porque simplemente cumplen a la perfección con su tarea, brindando el brillo propio de los grandes artistas. Joseph Gordon Levitt, con su oscuro y enigmático personaje y Tom Hardy, responsable de algunos buenos momentos cómicos, se llevan los laureles. Y la obligada mención a Leonardo DiCaprio, uno de los mejores actores del momento, que una vez más logra darle vida e intensidad a un personaje conflictuado y con matices. Marion Cotillard, logra un trabajo fenomenal al brindarle con muy poco el punch necesario para que su personaje nos asombre con sus desconcertantes apariciones. Por último, es destacable la labor del olvidado Tom Berenger en una reaparición digna de "Gente que busca a gente", el bizarro programa de Franco Bagnato.

    Inception tiene muchas herramientas para convertirse en un clásico del cine contemporáneo, posee las características suficientes para transformarse en una película de culto y es por sus propios méritos de realización, sin ninguna duda, un filme brillante y difícil de olvidar. Con una propuesta compleja, que no necesariamente engancha al espectador promedio al brindar un mundo demasiado ajeno y a la vez demasiado común para ser onírico, cae en un pequeño bache sobre el final, al enredarse en sus propios hilos, como queriendo ser más sorprendente y más intrincanda de lo que se promociona, pero cierra con la misma grandilocuencia con la que su narrativa se desarrolla, brindándole al público la posibilidad de pensar por sí mismo, de atar los cabos, de reflexionar, de dejarnos horas y horas hablando sobre las variables libradas al azar en este magnífico cuento de espías y sueños, proyecciones y patadas, limbos y caídas y explosiones y gente que flota y más...
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  • Toy Story 3
    Toy Story 3
    CinemaScope
    La vida es un juego

    Cuando en 1995, Woody y sus amigos aparecieron por primera vez, el mundo del cine de animación cambió para siempre. No sólo fue la primera película de la empresa de animación Pixar, sino que también fue la primera película de animación computarizada de la historia. Y como si esto fuera poco, nos brindaron un peliculón, tan divertido como emotivo y que comenzaba a mostrar cuál era la idea de Pixar para sus creaciones. Cabe mencionar que encima el film lo dirigió John Lasseter, hoy uno de los tipos más grossos de la empresa, que en aquel entonces había sido recontratado por Ed Catmull -gerente de Pixar- ya que la administración de Disney de aquel entonces, comandada por Michael Eisner, lo había dejado ir porque creía que si la animación computarizada no servía para recortar gastos, no servía para nada...

    Toy Story es una de las pocas películas que se puede jactar de tener una secuela tan buena como la original y, lo más impresionante, es que la tercera parte de la saga vuelve a estar a la altura de las circunstancias, al punto tal que uno no sabe cuál de las tres es mejor. No es tan loco lo que dice Cinesargentinos.com sobre esta saga: que va a quedar en la historia como una de las mejores trilogías del cine.

    En este caso la historia se pone en tono dramático rápidamente: se ve un video casero que nos muestra la vida de Andy, el dueño de los juguetes, en el que observamos cómo el niño pasó todos los momentos felices de su vida acompañado por sus inseparables amigos Woody, Buzz y los demás. Enseguida, el blanco y negro que enmarca el flashback desaparece y nos encontramos con un Andy de 17 años, empacando sus cosas para ir a la universidad. Menudo golpe para el espectador desprevenido, que ve como las ideas de los muñecos para que Andy juegue con ellos son vanas. Pero cuando, por error, los juguetes terminan yendo a parar en una caja hasta una guardería, comenzarán no sólo las aventuras sino también las risas, en grandes cantidades.

    Todos los personajes de la película tienen su rol característico y el desarrollo que se merecen. Son notables algunos personajes nuevos que aparecen, como Barbie, Ken -con la voz de Mike Amigorena en la versión en castellano- o el Oso de peluche que dirige a los juguetes de la guardería. Las risas van por parte de Ken y Barbie, de Mr. y Mrs. Potatohead, del dinosaurio Rex y de un abominable bebé que hace las veces de matón del oso, mientras que las aventuras y las partes dramáticas recaen sobre los personajes más importantes, como Woody, Buzz y el Oso Lotso.

    Lo mejor de Toy Story 3 es que es una película muy divertida y muy emotiva al mismo tiempo. Los personajes de los juguetes de Andy parecen ser tan amigos de él como de los espectadores que no pueden evitar sentir compasión por su sufrimiento. Al mismo tiempo, esta tercera parte va a agradar tanto a los chicos como a los grandes, así como lo hicieron las dos anteriores y hay varios guiños al público adulto, con algunos gags que los más chicos no comprenderán -"Qué bien actúas, ¿sigues el método?", le pregunta un juguete a Woody-, pero en especial con tomas que homenajean a grandes filmes que están en la retina de cualquier cinéfilo.

    Poco para agregar sobre la versión en 3D, que nos brinda un estilo cuidado y no abrupto y que se entrama suavemente con lo que es animación tradicional: de hecho, muy pocas veces se nota que estamos ante una película en tres dimensiones.

    Una vez más, Pixar hizo todo lo correcto y nos entregó una película memorable, llena de aventuras, de entretenimiento sin pausa y de una carga emotiva realmente fuerte. Toy Story 3 lo tiene todo: sirve para el entretenimiento y emoción de los niños, y para la melancolía de quienes hace un tiempo dejaron los juguetes, pero que hubieran preferido guardarlos en algún lugar o regalárselos a algún niño cercano y poder visitarlos cada tanto...
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  • Kick-Ass
    Kick-Ass
    CinemaScope
    Una patada en el medio de tu sensatez

    Desde el vamos, que Kick-Ass es una película que se escapa de los géneros y los límites. Nos encontramos con una cosa muy extraña desde cualquier lado que se lo mire. ¿Es una comedia? ¿Es de aventuras? ¿Es acción, comedia? ¿Y si fuera todo eso y un poco más? Lo es, aunque más no siempre quiere decir mejor. En este caso, responder a este interrogante será cuestión de cuánta resistencia tenga el espectador ante una serie de presiones extremas a la verosimilitud de géneros.

    Kick-Ass cuenta la historia de Dave Lizewski, un adolescente demasiado común, que un día como cualquier otro en su monotonísima vida, se da cuenta de que nunca a nadie se le ocurrió en la vida real ser un superhéroe y, sin más, decide disfrazarse para ayudar a la gente. En realidad, no se propone demasiado en un principio, pero una serie de circunstancias de lo más bizarras lo llevan verdaderamente a luchar contra el crimen.

    La película avanza con una narración bastante medida, muy similar a la primera parte de Spiderman de Sam Raimi, en donde el poco hábil jovencito intenta aprender las artes de la lucha contra el mal. Es cuando aparece quizás el personaje más emblemático de la película, la "superniña" Hit-girl, cuando el filme se le va de las manos hasta al más calmo de los espectadores. Resulta que la susodicha es una niña de unos once años -una estupenda Chloe Moretz- cuyo extremista padre -un medido Nicolas Cage- ha entrenado para matar y la ha preparado para que juntos ejecuten un plan de venganza.



    Los rasgos que destacan a la película son su constante búsqueda de humor, la extrema violencia (aún más perturbadora porque en su mayoría son niños los responsables de los baños de sangre) y un permanente forzamiento de los límites de lo verosímil, aún cuando, a grandes rasgos se trate de una película de superhéroes, por lo que uno sabe que puede esperar cosas fantásticas. Son notables los paralelismos que se pueden hacer con un puñado de películas bastante actuales y presentes en la memoria colectiva, como la ya mencionada Spiderman -más que nada en la introducción al personaje-, la extrema Kill Bill -por las geniales escenas de acción, mezcladas con una violencia arrolladora- o la también "border" Mini espías -que no por nada fue dirigida por Robert Rodríguez y en donde dos niños luchaban contra el crimen-.

    Una mención aparte se merece el gran director de esta extraña película, sir Matthew Vaughn, un tipo que debutó en el cine devolviéndole la magia a las películas de gangsters británicas -esa mística que los cinéfilos aún esperamos que Guy Ritchie recupere definitivamente- filmando ese gran thriller que fue Layer cake, no estrenado en los cines de nuestro país y que ahora tiene en carpeta la cuarta de la saga de X-Men y la secuela de Kick-Ass.


    Es difícil resumir la marea de sensaciones que genera Kick-Ass, una película sin dudas demasiado fuerte como para recomendársela a los más chicos y con ideas bastante peligrosas -aunque no imposibles, como veremos en el epílogo ad hoc- como para que a alguno se le ocurra implementarlas, y que, sin embargo, no deja de tener siempre presente un tono de comedia flotante y una vocación de película de acción con el acelerador a fondo.

    Lo más destacable es que nos encontramos ante una película capaz de torcer los géneros al punto de exasperar y dejar mal parado hasta al espectador más aguzado, que tiene una dirección muy a tono con la dimensión del filme y que cuenta con muy buenas actuaciones de los actores más inesperados: el desconocido Aaron Johnson, la pequeña Chloe Moretz (que ya se había destacado como la hermana de Tom Hansen en 500 días con ella), el extrañísimo Chris Mintz-Plasse (más conocido como McLovin, de Supercool) y el devaluadísimo Nicolas Cage. Con reparos, una película muy recomendable.
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  • Dos inútiles en patrulla
    Supónganse que se paran frente a la cartelera de cualquier cine y se encuentran ante la disyuntiva de ver una comedia de acción o una de acción con toques de comedia. ¿Cuál elegirían? No se preocupen, es una pregunta capciosa. Lo cierto es que podríamos aseverar que Cop Out es una película de policías sobre una base cómica, mientras que Date night -Una noche fuera de serie- es una película que es cómica desde su base y origen, pero que deriva en una película de acción (o de aventuras más que enredos). Y lo peor de todo es que el desarrollo que lleva a estos dos protagonistas a transformarse en héroes, detectives privados, sagaces fugitivos y hasta strippers no es para nada gradual, ni equilibrado, ni creíble.

    Cop Out es mucho más fiel al espectador, más previsible, más común, quizás también por todo eso, termina resultando mejor. Cuenta la historia de Jimmy Monroe (Bruce Willis), un policía bastante inepto que tiene entre sus más preciadas posesiones una tarjeta coleccionable de béisbol de la primera tanda que salió alguna vez: un objeto valuado en varias decenas de miles de dólares. Jimmy la necesita para pagar la boda de su única hija, pero cuando va a canjearla por dinero, unos ladrones de poca monta terminan por robársela y, por esas cosas del destino, tendrán que meterse con la mafia de drogas más importante de la ciudad para recuperarla.

    Las bondades de esta película no son demasiadas, pero están bien firmes: se trata de la clásica “buddy movie”, un filme sobre una pareja muy despareja de policías, en donde uno quiere ser serio y el otro (Tracy Morgan, famoso en el país del norte por el programa Saturday Night Live) no puede dejar de ser un payaso. En este caso nos encontramos con que el que quiere ser serio, también es bastante inútil, lo que ayuda bastante a generar una pequeña sorpresa para el espectador. Esa mínima elección distinta, la exageración en las puteadas y los toques de humor negro -o más ácido del típico de Hollywood- es lo único que nos hace percibir que quien está detrás de las cámaras es el particular Kevin Smith, realizador películas de culto como Clerks, Mallrats, Jay and Silent Bob strike back y de otras más ligadas al mainstream como La chica del sueter o Zack y Miri hacen una porno.

    Por su parte, Una noche fuera de serie es un filme que se apoya únicamente en la capacidad histriónica de dos grandes cómicos como Steve Carell y Tina Fey, ellos también de la inagotable cantera del legendario programa de sketches estadounidense Saturday Night Live. Lo que comienza por ser una película que nos cuenta en clave de comedia los pormenores de una pareja con dos hijos que cada vez se acostumbra más a la rutina, termina virando bruscamente en una película llena de persecuciones, tiros, autos chocados, robos, confusión, matones, etc. sin que estos supuestos enredos le brinden a la historia la posibilidad de ser más cómica, sino todo lo contrario. A medida que la confusión va tomando forma -la pareja es confundida por otra que es buscada por unos mafiosos-, la comedia se va desdibujando hasta quedar olvidada en una marejada de corridas, gritos, histeria y otras yerbas. A fin de cuentas, la floja justificación para que todo eso se sostenga es que finalmente la pareja logró evadir la rutina y hacer cosas inesperadas...

    Una vez escuché a un amigo decir que a Bruce Willis lo prefiere esquivando balas, caminando descalzo sobre vidrios rotos o tratando de evitar que un boeing se estrelle contra la pista de aterrizaje y no contando chistes. No me queda otra que retrucarle diciendo que yo prefiero que el que escape a gran velocidad en un Audi por Nueva York sea el simpático pelado y no Steve Carell. Sin dudas, termina siendo más molesto que un cómico se disfrace de superhéroe y no tanto que un duro se ponga el traje de bufón por un rato. O al menos esto es así siempre y cuando el guión lo acompañe, tanto a uno como al otro.

    Por el lado de Cop Out se puede celebrar la histriónica, exageradísima pero bastante simpaticona performance de Tracy Morgan, un payaso con todas las letras y la corta aparición de Sean William Scott, que como siempre, aparece para hacernos reír con esos chistes de los cuales da vergüenza reírse.

    Date night tiene sus momentos, en especial porque Carell y Fey llevan a la comedia en la sangre y no tienen manera de no hacer reir con tanto protagonismo. Hay una escena -me arriesgaría a afirmar que es pura improvisación- en la que se hacen pasar por asistentes de Will.I.Am en un restaurante fino, que es sencillamente genial. Pero el filme en general no hace más que derrapar más y más hacia el desinterés del espectador, al intentar surfear sobre la tabla agujereada que es su guión, no tan pobre desde el costado cómico como desde el lugar hacia donde se dirige la historia, en especial con ese pseudorelato de fugitivos y espionaje.

    Sin embargo, se podría decir que era de esperarse, puesto que su director es el responsable de comedias menores como Más barato por docena, Una noche en el museo y La pantera rosa, y sólo nos arrancó alguna risa tímida en Recién casados. Y como si eso no fuera suficiente, el señor Shawn Levy también fue productor de la flojísima Locura de amor en Las Vegas, entre otras basuras.

    Entonces, la próxima vez que se encuentren frente a la cartelera y tengan dos opciones, ¿qué verán? ¿Una con comediantes que se ponen en acción o una con tipos duros que se hacen los graciosos? Ante todo, mejor fíjense quién la escribió y después decidan. En este caso, Kevin Smith ganó sólo con la camiseta, porque en el filme su ojo cítrico ni se nota.
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  • Los perdedores
    Los perdedores
    CinemaScope
    Cómo destruir una película en 15 minutos Cómo destruir una película en 15 minutos

    Seamos francos, no es que antes de esos últimos quince minutos The losers -basada en un comic de DC con el mismo nombre- sea una película de acción inolvidable, un clásico del género, con escenas y diálogos que nos quedarán en la memoria por años. La verdad, no está ni cerca de eso, pero se podría decir que antes de esas fatídicas tomas finales, The losers era una película de acción con toques humorísticos mediánamente decente y que -y esto es lo más destacable de la mayoría de su metraje- no se iba por las ramas en las escenas de acción.

    The losers cuenta la historia de un equipo de soldados que es traicionado y quiere venganza. Para llevarla a cabo se sumará a la historia una mujer atractiva -la ascendente Zoe Saldana- que necesita de un equipo de soldados para... ejecutar su propia venganza contra el mismo enemigo. Este malvadísimo sujeto, un villano más malo que el demonio pero con un ridículo sentido del humor que le hace decir chistes sin parar -interpretado por Jason Patric con tanta mala puntería como la que tuvo el guionista al que se le ocurrió un papel tan grotesco- tiene el loco plan de comprar unas superbombas nucleares a unos árabes inocentones que creen estar haciendo negocios.


    De más está decir que el guión está lejos de ser una maravilla. Los personajes son clásicos: el jefe, su mano derecha, el payaso, el esforzado que se preocupa por su familia y el latino callado que sólo hace su trabajo conforman el grupo de guerreros de elite sin miedo a nada. Se destaca la labor de Chris Evans (Los cuatro fantásticos) como el bufón del equipo, un comodín, experto en computación pero también capaz de saltar techos y disfrazarse para meterse en lugares restringidos. Su personaje es quizás tan ridículo como la mayoría de la película, pero de alguna manera Evans logra sacarle el jugo a su papel y hacer reír con sus ocurrencias.

    Lo bueno de The losers es que no se toma a sí misma demasiado en serio. La mayoría de los personajes están construídos sobre una base cómica, muchos diálogos están orientados hacia el humor dentro del metraje, lo que genera que el espectador se relaje y no sea tan exigente con lo que la historia les va presentando.

    A pesar de todo esto, los hechos relatados -en especial las escenas de acción- mantienen hasta muy cerca del climax una cierta verosimilitud (la pérdida de credibilidad va in crescendo desde un comienzo bastante normal a un final intragable), un aura mínimamente creíble si nos esforzamos un poco y nos atenemos a que se trata de una película de acción moderna. Es difícil recordar películas de acción de los últimos años en donde el espectador no se quede con una sonrisa socarrona mirando las escenas de tiros y no diga "dejate de joder". Es cierto, nuestro equipo secuestra un camión blindado con un helicóptero y se lanza a un ataque sorpresa contra todo un ejército, pero son audacias que resultan mínimamente soportables dentro de lo esperable. Otra escena en donde el personaje de Evans mantiene a tres hombres armados amenazados con sus dedos en forma de pistola engancha más por el costado cómico -y la ocurrencia de la resolución del problema- de lo que molesta por su falta de correspondencia con el mundo real.


    Quien se lleva un poco de crédito por el filme termina siendo el director, que pese a ser el responsable de todo el producto, le imprime al metraje un estilo, un sello característico (muy a lo Guy Ritchie, con cámaras lentas y montajes rítmicos modernos) . En ese sentido, el poco rutilante Sylvain White sale bastante bien parado.

    En definitiva, The losers es una película de acción bastante tontuela -como esos amigotes pesados que se la pasan haciendo chistes hasta cuando el momento no lo amerita-, con algún que otro artificio visual atractivo (aunque también descarrila en ese sentido en algunas escenas) y con una historia a la que no hace falta prestarle demasiada atención para seguir. Su final nos invita a creer que habrá una continuación, aunque su floja performance en la taquilla norteamericana nos hace dudar de esta posibilidad.

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  • Carancho
    Carancho
    CinemaScope
    Con ustedes, Pablo Trapero

    Oscuridad. Sangre. Paisajes tortuosos. Suciedad. Soledad. Situaciones límite, personajes al límite. Condimentos suficientes para que una historia cobre un marco destacado. Pero no lo lograría sin un guión sólido, contundente, muy original, y un director con sabiduría para tomar las riendas de una película que se podría ir por las ramas en cualquier momento y nunca lo hace. El resultado: Carancho es un peliculón.

    Hay quienes dirían que Trapero hace un cine visceral. Otros opinan que hace un cine “de mierda” (como dijimos en la reseña de Leonera), porque muchas veces nos “somete” a situaciones angustiosas y nos hace sufrir con cada fotograma. Es difícil determinar si lo que hay en sus historias es un regodeo en la miseria de los personajes y el morbo de mostrarlos en sus peores penurias o si simplemente la magia de su cine está en hallar historias particulares, originales y narrarlas de la manera más verosímil que puede, pero podríamos apostar más a esta última opción.

    Si hay algo en donde se destaca Trapero en este filme es en la calidad de su trabajo para captar la historia, para lo cual utilizó un arsenal de herramientas a las cuales no nos tenía acostumbrados. La cámara en mano es una fija en su filmografía, pero no así los planos secuencia, los efectos de posproducción y los primerísimos primeros planos para contar escenas cuya acción transcurre fuera del plano que vemos. Estos acercamientos extremos a los rostros de los personajes nos cuentan mucho de ellos, pero también nos ayudan a comprender la sensación asfixiante de sus vidas, de andar siempre al filo de la navaja, pendiendo de un hilo. Trapero maneja la cámara con sobriedad, solvencia y mucha astucia para brindarnos un producto de altísima calidad cinematográfica.


    Tanto Darín como Gusman han demostrado previamente todo su talento, y aquí lo corroboran con un gran trabajo. Lo de Ricardo es sencillamente brillante, no hay hoy en día un actor como él, tanto por lo que transmite en pantalla como por lo que genera en las boleterías. Muy pocos argentinos no aman a Darín, y se lo tiene merecido. Gusman, en cambio, es una actriz de una trayectoria muy corta, que siempre trabajó para su marido (es la esposa de Trapero) y que siempre ha tenido trabajos destacados. En Leonera, se comía la película. Aquí tiene un papel un tanto más difícil de abordar, puesto que los distintos conflictos que atraviesan al personaje podrían hacernos creer que el “piloto automático” en el que vive sea parte de una mala actuación, y no de la adicción a las drogas o de sus insoportables trabajos de madrugada. Pero sobre el final, cuando la tensión supera todos los automatismos, nos encontramos con escenas estupendamente interpretadas por el elenco y en donde se vuelve indudable una vez más todo su talento.

    Las locaciones elegidas para filmar la película son poco menos que perfectas. El director supo retratar toda la atmosfera de la noche, la calle y la corrupción que engloban, seleccionando los lugares maravillosamente. Tanto el hospital como las calles elegidas nos sumergen instantáneamente a esos ambientes sin necesidad de artificios.


    Seguramente Carancho quedará en los rankings de este año como una de las mejores películas nacionales y todo lo dicho serán argumentos convincentes para que así sea. Trapero una vez más logró participar de Cannes con su película, y pese a que no ganó, es otro de los mimos que se merece por ser uno de los directores más originales, creativos y profusos de nuestro país.


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  • Una noche fuera de serie
    Supónganse que se paran frente a la cartelera de cualquier cine y se encuentran ante la disyuntiva de ver una comedia de acción o una de acción con toques de comedia. ¿Cuál elegirían? No se preocupen, es una pregunta capciosa. Lo cierto es que podríamos aseverar que Cop Out es una película de policías sobre una base cómica, mientras que Date night -Una noche fuera de serie- es una película que es cómica desde su base y origen, pero que deriva en una película de acción (o de aventuras más que enredos). Y lo peor de todo es que el desarrollo que lleva a estos dos protagonistas a transformarse en héroes, detectives privados, sagaces fugitivos y hasta strippers no es para nada gradual, ni equilibrado, ni creíble.

    Cop Out es mucho más fiel al espectador, más previsible, más común, quizás también por todo eso, termina resultando mejor. Cuenta la historia de Jimmy Monroe (Bruce Willis), un policía bastante inepto que tiene entre sus más preciadas posesiones una tarjeta coleccionable de béisbol de la primera tanda que salió alguna vez: un objeto valuado en varias decenas de miles de dólares. Jimmy la necesita para pagar la boda de su única hija, pero cuando va a canjearla por dinero, unos ladrones de poca monta terminan por robársela y, por esas cosas del destino, tendrán que meterse con la mafia de drogas más importante de la ciudad para recuperarla.

    Las bondades de esta película no son demasiadas, pero están bien firmes: se trata de la clásica “buddy movie”, un filme sobre una pareja muy despareja de policías, en donde uno quiere ser serio y el otro (Tracy Morgan, famoso en el país del norte por el programa Saturday Night Live) no puede dejar de ser un payaso. En este caso nos encontramos con que el que quiere ser serio, también es bastante inútil, lo que ayuda bastante a generar una pequeña sorpresa para el espectador. Esa mínima elección distinta, la exageración en las puteadas y los toques de humor negro -o más ácido del típico de Hollywood- es lo único que nos hace percibir que quien está detrás de las cámaras es el particular Kevin Smith, realizador películas de culto como Clerks, Mallrats, Jay and Silent Bob strike back y de otras más ligadas al mainstream como La chica del sueter o Zack y Miri hacen una porno.

    Por su parte, Una noche fuera de serie es un filme que se apoya únicamente en la capacidad histriónica de dos grandes cómicos como Steve Carell y Tina Fey, ellos también de la inagotable cantera del legendario programa de sketches estadounidense Saturday Night Live. Lo que comienza por ser una película que nos cuenta en clave de comedia los pormenores de una pareja con dos hijos que cada vez se acostumbra más a la rutina, termina virando bruscamente en una película llena de persecuciones, tiros, autos chocados, robos, confusión, matones, etc. sin que estos supuestos enredos le brinden a la historia la posibilidad de ser más cómica, sino todo lo contrario. A medida que la confusión va tomando forma -la pareja es confundida por otra que es buscada por unos mafiosos-, la comedia se va desdibujando hasta quedar olvidada en una marejada de corridas, gritos, histeria y otras yerbas. A fin de cuentas, la floja justificación para que todo eso se sostenga es que finalmente la pareja logró evadir la rutina y hacer cosas inesperadas...

    Una vez escuché a un amigo decir que a Bruce Willis lo prefiere esquivando balas, caminando descalzo sobre vidrios rotos o tratando de evitar que un boeing se estrelle contra la pista de aterrizaje y no contando chistes. No me queda otra que retrucarle diciendo que yo prefiero que el que escape a gran velocidad en un Audi por Nueva York sea el simpático pelado y no Steve Carell. Sin dudas, termina siendo más molesto que un cómico se disfrace de superhéroe y no tanto que un duro se ponga el traje de bufón por un rato. O al menos esto es así siempre y cuando el guión lo acompañe, tanto a uno como al otro.

    Por el lado de Cop Out se puede celebrar la histriónica, exageradísima pero bastante simpaticona performance de Tracy Morgan, un payaso con todas las letras y la corta aparición de Sean William Scott, que como siempre, aparece para hacernos reír con esos chistes de los cuales da vergüenza reírse.

    Date night tiene sus momentos, en especial porque Carell y Fey llevan a la comedia en la sangre y no tienen manera de no hacer reir con tanto protagonismo. Hay una escena -me arriesgaría a afirmar que es pura improvisación- en la que se hacen pasar por asistentes de Will.I.Am en un restaurante fino, que es sencillamente genial. Pero el filme en general no hace más que derrapar más y más hacia el desinterés del espectador, al intentar surfear sobre la tabla agujereada que es su guión, no tan pobre desde el costado cómico como desde el lugar hacia donde se dirige la historia, en especial con ese pseudorelato de fugitivos y espionaje.

    Sin embargo, se podría decir que era de esperarse, puesto que su director es el responsable de comedias menores como Más barato por docena, Una noche en el museo y La pantera rosa, y sólo nos arrancó alguna risa tímida en Recién casados. Y como si eso no fuera suficiente, el señor Shawn Levy también fue productor de la flojísima Locura de amor en Las Vegas, entre otras basuras.

    Entonces, la próxima vez que se encuentren frente a la cartelera y tengan dos opciones, ¿qué verán? ¿Una con comediantes que se ponen en acción o una con tipos duros que se hacen los graciosos? Ante todo, mejor fíjense quién la escribió y después decidan. En este caso, Kevin Smith ganó sólo con la camiseta, porque en el filme su ojo cítrico ni se nota.
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  • La isla siniestra
    ¿Es o no es?

    Hace poco hablábamos de directores confiables, como Juan Taratuto, que de alguna manera se ha logrado acomodar en sobre un piso de calidad en sus producciones que las abrazan más allá de que el producto final sea del agrado del público o no. En otro nivel, más millonario, hollywoodense, pero con una descripción similar, existe Martin Scorsese: uno de esos grandes directores, ganadores de premios Oscar y con una trayectoria notable. Sus películas pueden gustarnos o no, pero siempre mantienen ese nivel de calidad único. Pasó con Pandillas de Nueva York o con El aviador, dos filmes demasiado rimbombantes y extensos para el público promedio, que tuvieron sus detractores y sus fanáticos, pero de las que nadie puede dudar de su calidad como producto cinematográfico. Ocurrió lo mismo con Los infiltrados, una superproducción notable y ganadora del Oscar a mejor película y dirección, pero que decepcionó a muchos. Esta vez Martin no falló. Logró con La isla siniestra un largometraje de enorme clase y que posiblemente conquistará al público.

    El filme comienza con una edición desprolija y a las apuradas. Desde los créditos iniciales, las letras se amontonan como si hubieran compaginado con tijera y boligoma. Y así comienza el metraje, con Edward Daniels en un barco que se dirige a la isla de marras. La edición continúa errática durante unos momentos, con cambios de planos que resultan extraños a la vista o que directamente se ven inútiles, sin ningún valor narrativo con respecto al anterior, hasta que los personajes llegan a la isla y los exabruptos quedan atrás. Y también queda atrás cualquier duda de que lo que se está viendo es una enorme película.

    El detective Daniels y su nuevo compañero, Chuck Aule (Mark Ruffalo), son agentes del FBI enviados a una clínica psiquiátrica a la que confinan criminales peligrosos considerados inimputables para investigar la desaparición de una paciente. Pero para darle un toque algo más tenebroso, el hospital está ubicado en Shutter Island, una isla en la bahía de Boston. El clima de misterio que flota constantemente durante la estadía de los detectives en la institución psiquiátrica es el personaje intangible más importante de la historia y la sensación de intriga se apodera del espectador para no soltarlo hasta el final.


    A medida que la investigación comienza a avanzar, las imágenes se van volviendo más perturbadoras y enigmáticas. El detective Daniels padece de achaques diversos: además de mareos y jaquecas que van y vienen, algunas visiones de su pasado lo persiguen en forma de vívidos recuerdos y de siniestras pesadillas, por lo que la herramienta del flashback se vuelve una constante durante gran parte del metraje. Muchos de esos momentos, con una presencia de lo onírico y de lo surreal muy fuerte, son de una calidad artística notable (como la escena de los papeles volando en la oficina del jerarca nazi, realmente imperdible).

    Un párrafo aparte se merecen los dos condimentos esenciales de esos climas tan logrados que supo generar Scorsese con ayuda de su director de fotografía Robbie Robertson. Se trata, justamente, de la cinematografía compuesta por este último y la música, que curiosamente no es música original para el filme, sino que se trata de piezas ya existentes elegidas para la película por Scorsese y Robertson con un tino irreprochable. La misma puntería tuvieron ambos al elegir las locaciones, absolutamente terroríficas, laberínticas y misteriosas. Imágenes aterradoras enmarcadas en una música ominosa que acompaña cada escena, cada presentación de una nueva escenografía. Un clima magnífico e impresionante.


    Si hay algo que criticarle al filme es su compleja manera de hacer avanzar al relato. Cuando promedia el filme, el espectador tiene poca idea de lo que sucede y no sabe cómo explicarse la mayoría de las cosas que ve. Pero al mismo tiempo, sabe bien que el propio desarrollo narrativo se lo terminará explicando. Y allí está el punto más criticable de la historia: no deja demasiado lugar para que el espectador se figure lo que va a suceder. Por momentos el relato se hace tan confuso, tan enigmático, tan enrarecido, que jugar a adivinar lo que sigue se vuelve prácticamente imposible. Cuando finalmente llega el momento de explicar los diferentes interrogantes que el filme plantea, los hilos del director se notan demasiado y atentan un poco contra la verosimilitud del relato: hay personajes que aparecen de la nada en el momento en que son nombrados, otros que se presentan -únicamente en el momento oportuno- como narradores que confiesan finalmente toda la verdad y otros elementos a partir de los cuales surge una sensación de manipulación de los hilos del relato que van más allá de nuestra participación como espectadores. Sólo una segunda visión permite al espectador descubrir si todo lo que antecede al climax estuvo acomodado caprichosamente para generar un efecto al final, si hay o no agujeros en el guión o si es un relato bien armado y sin fallas. Aún a pesar de esos breves lapsos, el filme no deja de ser sensacional.

    El elenco es brillante y Di Caprio lo comanda una vez más con una solvencia extraordinaria. Este no joven hace rato que demostró -igual que Brad Pitt- que no es sólo una cara bonita sino que es un genial intérprete. En este filme muestra quizás algún sobresalto momentáneo, pero su actuación global es muy buena. Lo acompañan con muy buenas performances Mark Ruffalo, Ben Kingsley y Max Von Sydow (que interpretan a dos de los doctores más importantes del hospital) y Michelle Williams.

    La isla siniestra es la primera incursión de Scorsese en el subgénero llamado "thriller psicológico". No sería tan osado decir que es la mejor película que hizo en mucho tiempo, a pesar de que en los últimos años el director neoyorquino se llenó de galardones por todo el mundo. Pero a pesar de toda la calidad demostrada en sus últimos proyectos, ninguno contaba con esos climas entre Hitchcock y Kubrick que hacen de este filme la maravilla que es. Una película perturbadora, fuerte, confusa, intrigante y de inmensa calidad adorna una cartelera llena de propuestas. Será cuestión de aprovechar.
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  • Un hombre serio
    Un hombre serio
    CinemaScope
    Los Coen, en busca de enemigos

    Lo único que se puede decir a ciencia cierta a partir del visionado de un filme como Un hombre serio -nominada al Oscar como mejor película, más por los Coen que por lo que se ve en la pantalla- es que estos dos hermanitos irreverentes están en un punto de su carrera en el que se animan a hacer cualquier cosa. No es que Un hombre serio sea el primer largometraje de su carrera que deja a los espectadores con más dudas que certezas (pensemos en Barton Fink o The hudsucker proxy, quizás las más similares a su nuevo trabajo dentro de su historial) pero sin dudas es una de esas películas que hacen que los desprevenidos se levanten de su butaca y abandonen el cine.

    Cuenta la historia de Larry Gopnik, un profesor de física que está pasando por un momento bastante malo y no puede entender por qué: su mujer quiere el divorcio, sus hijos están entre la superficialidad y la indiferencia total, su hermano (que vive con él en su casa) está enfermo y tiene algunos problemas de adicción, alguien envía cartas a su trabajo para sabotear su ascenso y un estudiante lo quiere sobornar para que lo haga pasar de curso. Cada problema le va cayendo encima con su peso específico y Larry, que encima tiene problemas de dinero, se va abrumando cada vez más. Michael Stuhlbarg -nominado al Globo de Oro por su papel- interpreta a este personaje con maestría, soportando y sonriendo ante cada nueva contingencia y al mismo tiempo transmitiéndonos esa desesperación de que se está hundiendo pero que siempre mantiene viva la última llamita de esperanza. El elenco que lo acompaña -formado por un grupo de ilustres desconocidos, salvo quizás por algunas caras mínimamente familiares como las de Richard Kind, George Wyner y Simon Helberg, de la serie The big bang theory- cumple muy bien su labor, lo que vuelve a mostrar la buena mano que tienen los Coen para la dirección de actores.


    A partir de todos los inconvenientes que sufre el personaje principal, uno podría imaginarse una típica comedia de enredos en la cual el protagonista comete algún exabrupto y se va metiendo en cada vez más problemas. Este no es el caso, en absoluto. Los problemas le llueven sin que Larry pueda reaccionar y su única idea ante tanta mala suerte es visitar a algún rabino para que lo aconseje. Cuando su mujer le pide que se vaya de la casa para que ella pueda vivir con el hombre con el que se casará luego del divorcio, Larry acepta. Tampoco hace nada al ver que sus hijos no le hacen caso y ni siquiera le prestan atención. El vecino está intentando robarle parte del lote que le pertenece a su propiedad y él apenas si se anima a ir a charlar. Todo se va sucediendo para que Larry sea a cada minuto más desafortunado y aún así, no pueda ni siquiera imaginarse una manera de solucionar alguno de sus problemas. Las decisiones del personaje se pueden aceptar, como las de cualquier otro, porque son creíbles. Larry es así, timorato, sumiso. No hay nada en el que nos indique que sea capaz de enfrentarse con sus problemas. Pero lo que sí nos demuestra es que esta no es una comedia pura. Si nos reímos es ante las desgracias del protagonista, las ocurrencias de algún personaje secundario o algunos buenos momentos en los diálogos que nos sacan de un semi letargo provocado por una narración detallista y solemne, como en la secuencia en que el padre del estudiante coreano que soborna a Larry va a visitarlo para amedrentarlo, las escenas de sueños o los gags que funcionan por repetición (-Un gett. -¿Un qué?). Pero esos son sólo pequeños oasis en una narración bastante lenta, con planos largos en los que los personajes no hablan, sólo miran o son mirados, y se toman su tiempo para actuar.

    Si hay un problema que tiene este film es que es una película hecha por judíos, protagonizada por judíos y, hasta cierto punto, para judíos. Lo que, indefectiblemente, deja a todo aquel que no es judío un tanto afuera, por no tener las herramientas suficientes para apreciar el tono satírico, burlón, que sobrevuela la narración y que la hace lo que es.

    Los Coen han cosechado bastantes fanáticos durante su carrera. Dentro de su peculiar filmografía podemos encontrarnos con comedias, thrillers, películas de la mafia, dramáticas, de intriga, de todo. En sus últimas dos incursiones cinematográficas habían logrado dividir las aguas como nunca, en primer lugar, al ganar el Oscar con Sin lugar para los débiles, esa tremenda película que hablaba sobre la violencia de estos tiempos, y, en segundo lugar, con Quémese después de leerse, una comedia absurda sobre la estupidez norteamericana. En ambos casos, los Coen lograron cosechar una gran cantidad de enemigos, quizá por alejarse un poco de las convenciones del típico cine hollywoodense. Si aquellas películas no habían logrado que el espectador promedio decidiera dejar pasar a los Coen, Un hombre serio lo logrará, con su lentitud, su género inclasificable y su peculiar narrativa, enigmática, inconclusa y hasta desconcertante por momentos.

    Un hombre serio no es una mala película, en absoluto. Tiene el sello de los Coen -amplio y difícil de describir- en su alejamiento de lo esperable y en el terreno de lo visual, y logra por momentos hacer reír, más porque esperamos un chiste que porque el chiste esté allí. Con un gran elenco y la dirección estilizada de dos directores ganadores del Oscar, el filme tiene un grave problema: quizás sea buena, pero de tan extraña y difícil de abarcar, termina siendo imposible de recomendar.
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  • El imaginario mundo del Doctor Parnassus
    Una película de Heath y sus amigos

    La historia de esta película es probablemente mucho más interesante que la película en sí, desde el día en que Heath Ledger murió antes de que finalice su participación (muy importante, de hecho) en el film. El director de esta obra, Terry Gilliam, es conocido por sus arriesgadas producciones, su estilo particular y su pésima suerte a la hora de trabajar. No es que no haya tenido suerte a la hora de recaudar o que las críticas lo hayan tratado mal: su problema siempre ha sido con los presupuestos para las películas, las empresas productoras, los editores y, en algunos casos, como este, con desgracias que ocurrieron a sus actores. Detallemos un poco: una de sus películas más emblemáticas, Brazil (1985), estuvo guardada durante mucho tiempo antes de poder estrenarse porque sus productores querían darle un final más amigable y el director se negaba. Tuvo que exhibirla en secreto en festivales y lograr premios para que los Estudios Universal estrenen la película casi sin cambios. para Las aventuras del Barón Munchausen (1988), la producción gastó una suma impresionante de dinero (46 millones de dólares) y el filme recaudó tan sólo 8 millones en Estados Unidos. Luego tuvo problemas con El hombre que mató a Don Quijote, una película que aún no pudo estrenar porque el protagonista (Jean Rochefort) sufrió durante el rodaje de hernia de disco, lo que le imposibilitó al intérprete de Don Quijote subirse al caballo. A mediados de los '90, Gilliam y McKeown -los mismos creadores de ...Parnassus- idearon la secuela de Time Bandits, pero varios artistas de su elenco ya habían muerto. Cuando falleció Heath Ledger durante el rodaje de ...Parnassus, Terry Gilliam decidió cancelar la producción. Los estudios que la financiaban habían puesto el dinero con la condición de que Ledger fuera de la partida. Su muerte califica a Gilliam sin dudas como el gran realizador con peor suerte del mercado. Recién cuando algunos amigotes de Ledger (Johnny Depp, Colin Farrell y Jude Law) se ofrecieron a trabajar en el filme en su reemplazo y donar sus ganancias a la hija de Ledger, la producción se retomó. Una de las mejores cosas que tiene la película es poder brindar una locura -cuatro actores interpretando al mismo personaje- sin que quede desprolija.

    La historia cuenta que hace mucho, mucho tiempo el Dr. Parnassus fue tentado por el demonio, que le ofreció vida eterna a cambio de algún favor. Claro que, como siempre ocurre, el diablo no dejó de visitarlo y aparece cada tanto para ofrecerle alguna apuesta a la que Parnassus no puede negarse. En su ultima visita, Mr. Nick (el diablo, interpretado maravillosamente por el músico Tom Waits) le recuerda a Parnassus que faltan tres días para que su hija Valentina cumpla 16 años, con lo indefectiblemente el demonio se adueñaría de su joven alma.



    Valentina (Lily Cole) forma parte de la troupe de teatro del Dr. Parnassus junto con el joven Anton (Andrew Garfield) y el enano Percy (Verne Troyer, conocido por su papel de Mini-mi en la saga de Austin Powers y quien tiene las mejores líneas cómicas del filme). La estrella de este grupo de teatro itinerante es un espejo mágico que lleva a quienes lo atraviesan a explorar su imaginación y que fue un "regalo" del diablo.

    El guión de Gilliam y McKeown no es demasiado explicativo. Más bien deja que los hechos hablen por si mismos y los espectadores saquen sus propias conclusiones de qué es lo que ocurre dentro del espejo, cómo se produce y por qué. Y toma la misma iniciativa en cuanto al personaje de Heath Ledger, Tony, de quien se sabe muy poco desde un principio y recién al final terminamos de comprender cuáles son sus motivaciones e intereses.

    Heath Ledger fue desde el comienzo de su carrera un actor muy carismático. Lo comenzó a demostrar en su primer protagónico en 10 cosas que odio de ti, una comedia romántica juvenil bastante buena en donde hacía de un joven rebelde y revoltoso. Ya desde ese momento se le notaban algunos mohines algo exagerados, que lo acompañaron junto con su inmensa personalidad durante toda su carrera actoral. Más de esas muecas pudieron verse en Corazón de caballero, una película que se soporta bien gracias a su fresco elenco. Y sus gestos sobreactuados tuvieron su punto más alto cuando interpretó magnificamente a un Guasón al que todos esos mohines le eran absolutamente necesarios para evidenciar su desquicio. El personaje de Tony en ...Parnassus también tiene su carga de gestualidad exagerada y una vez más, la lleva con suficiente carisma como para que sea un adorno para el personaje y no una carga negativa.



    El resto del elenco cumple muy bien, en especial Christopher Plummer como Parnassus y Tom Waits como un diablo muy tramposo pero también muy calmo. Cabe destacar las presencias estelares de Depp, Law y Farrell que no desentonan en un personaje que no les es propio.

    El tratamiento visual del filme, a cargo de los efectos especiales por computadora y del director de fotografía Nicola Pecorini (colaborador usual de Gilliam, en Miedo y asco en Las Vegas, por ejemplo) que decidió filmar con equipos de angulo muy ancho, por lo que casi todas las imágenes que vemos son realmente muy extrañas: se genera un inusual efecto de claustrofobia tanto en las escenas en lugares cerrados como en las de exteriores, que por momentos dan la sensación de que fueron filmadas en un patio abandonado del barrio. Los efectos especiales -útiles para contar las secuencias dentro del espejo- están bastante bien, sin llegar a ser deslumbrantes, aunque sin abandonar jamás el toque limado y "fumón" de Gilliam.

    El imaginario mundo del Dr. Parnassus es una película que sería otra si Heath Ledger no hubiera muerto, que gana una popularidad y un renombre por ese motivo más allá de la enorme trayectoria de Gilliam. También es una película interesante, con el sello del director, pero que probablemente no pase a la historia como relato en sí, sino como la última película -como reza el crédito final- "de Heath Ledger y sus amigos". Sin dudas lo extrañaremos.
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  • Enseñanza de vida
    Disquisiciones sobre la educación

    Hay miles de maneras de contar una historia. Hay autores que opinan que los relatos son tan sólo un puñado y de ellos surgen todos los cuentos que se hayan contado. La historia de Enseñanza de vida no es demasiado original, pero plantea problemáticas interesantes y muy bien llevadas a partir de su premisa inicial: una jovencita estudiosa de un colegio inglés que se enamora de un hombre mayor que la lleva a conocer un mundo que su rígido padre le tiene negado. Desde ese lugar, la historia disparará una serie de interrogantes muy evidentes, que son planteados directamente por la protagonista a los demás personajes, que tienen que ver con el valor de la educación.

    La realizadora encargada de este proyecto es Lone Scherfig, una directora danesa que ha ganado notoriedad por filmar bajo los principios del Dogma 95 y también por un filme que ha tenido bastante circulación, llamado Italiano para principiantes, estrenado en nuestro país en el año 2002. En Enseñanza de vida se la ve cómoda en su trabajo, alejándose de los estrictos postulados del manifiesto danés.

    Carey Mulligan es la gran sorpresa de este filme, como Jenny, la joven estudiante, súper aplicada y cuyos padres obligan a dedicarse full time al estudio como única vía para un futuro próspero. Pero Jenny conocerá de casualidad a un encantador hombre mayor, llamado David (Peter Sarsgaard) que la convencerá de a poco y a fuerza de buenos modales, delicadeza y elegancia, de que el mundo del que la han privado y que ella anhela conocer -el mundo exterior, el mundo del arte, de los recitales, de las salidas nocturnas-, vale la pena. Pero, para ello, David deberá también persuadir a los padres de Jenny de que es un hombre decente y con buenas intenciones. Su encanto es tal que no tardan en caer rendidos a sus pies, pero lo interesante es cómo, de repente, el estudio deja de tener la importancia primordial que tenía en un comienzo. Y ese cambio, esa puja entre ganarse un futuro de la mano de una enseñanza superior o de la mano de un hombre rico que la quiera como esposa es la clave de la historia. Jenny le pregunta a su padre: "¿Por qué en vez de a la mejor escuela no me enviaste a un bar?" y en esa pregunta está la esencia del relato y lo que quiere disparar.


    A pesar de que Sarsgaard no da de inmediato el perfil de hombre encantador, se defiende bastante bien en su rol. Alfred Molina está muy bien en el papel de padre rígido y también hay buenas participaciones de Rosamund Pike -como Helen, una amiga de David que viene a ser la imagen del futuro de Jenny, una rubia superficial y completamente hueca, que hace honor a su lugar de mujer de un hombre rico- y de Emma Thompson como la directora del colegio, otro de los personajes interesantes que nos brinda el filme.

    Si Enseñanza de vida pierde algo de terreno es porque termina recurriendo a soluciones facilistas en el climax de la película. Construye un gran momento con una serie de circunstancias que terminan reacomodadas por circunstancias demasiado simples en el momento en que los problemas más feos se ponen. Pero, sin dudas, es valorable el buen trabajo del guión que va desarrollando con intensidad el relato y lo mantiene en un buen nivel hasta los últimos minutos. El final no es decididamente malo, pero pareciera ser demasiado liviano para un desarrollo que suponía algo más arriesgado.

    Enseñanza de vida es una buena historia, contada de una manera interesante y con una actriz que saltará próximamente a la fama, con un encanto muy particular y gran talento para la interpretación. Hay mil maneras de contar una historia y Lone Scherfig eligió una muy buena forma de meternos dentro de esta y que nos importe lo que sucede. Probablemente sea eso lo que la hace merecedora de una nominación a un Oscar.
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  • Invictus
    Invictus
    CinemaScope
    El último gran líder

    Clint Eastwood, luego de un año de aciertos cinematográficos, se lanzó a filmar una biopic sobre Nelson Mandela, que contara la historia de sus primeros años en el gobierno y de cómo vio en el rugby la posibilidad de unión de su históricamente dividido pueblo. A pesar de la sorpresa de muchos de sus seguidores, Clint le hizo caso a Morgan Freeman, que le envió el guión y le dijo que esa iba a ser la próxima película que dirigiría y que él iba a hacer de Mandela en ella, y se embarcó en esta aventura político-deportiva-biográfica. Y pese a algunos altibajos que tienen que ver con la propia historia, con un guión que evidencia en vez de sugerir y la dificultad de lograr suspenso en un campeonato de rugby que todos saben cómo terminó, Clint es efectivo como director y sigue sabiendo contar historias.

    Invictus cuenta cómo Nelson Mandela vio en el mundial de rugby -que se desarrollaría en Sudáfrica en el año que asumió como presidente- la oportunidad de unir a su pueblo, herido y dividido a causa del apartheid y del racismo. Y como se puede imaginar, el filme tiene dos partes bien diferenciadas: por un lado tenemos al segmento biopic, en donde se nos muestra al personaje de Mandela y los valores que defiende; por otro, el segmento deportivo, en donde la selección de Sudáfrica -que en aquel tiempo tenía un nivel bastante pobre- lucha por obtener la copa del mundo. No hace falta una investigación muy rigurosa para saber quién ganó ese mundial, pero esta página no será quien les adelante esa información.

    Se le puede criticar a Invictus un par de cosas que la alejan del escalafón de peliculón que han ganado varias de las últimas producciones de Eastwood. En primer lugar, como se ha dicho ya, es una película que ejemplifica todo lo que quiere contar. En algunos momentos se hace algo más sutilmente que en otros en los que directamente parece que al espectador le arrojaran los hechos delante como si no fuera capaz de dilucidar cosas por su cuenta. A medida que el metraje avanza, estas "imagenes de evidencia" se van repitiendo una tras otras y llega a resultar algo abusivo, aunque esas son cosas que le podemos criticar a Clint porque sabemos que es un director de altura y no lo haríamos con la gran mayoría de los filmes que vemos por cable, que caen en el mismo descuido. En segundo lugar, el filme tiene un problema que no es tanto del filme en sí, sino de los espectadores. Más particularmente de los espectadores jóvenes y aún más si viven en países como Argentina. El inconveniente es que el personaje de Mandela es inverosímil, pero no porque esté mal construido (quizás demasiado endiosado, pero es vox populi que el mandatario era un gran político y un héroe) sino porque un espectador argentino y joven se encuentra casi con la imposibilidad de creer que exista un político tan honesto, tan hábil, con tanta visión y tanta pasión para con su tarea. En una escena, uno de sus custodios le pregunta por su familia. Mandela lo mira muy seriamente y le contesta: "Tengo 40 millones de familiares" y, ofuscado, se retira. Esta escena es un ejemplo las dos críticas nombradas.

    Por su parte, el segmento deportivo del filme se lleva los aplausos por la calidad de filmación del partido de rugby. Los amantes del deporte no deben haber tenido muchas oportunidades de disfrutarlo en la gran pantalla, así que este es su merecido homenaje. También es muy bueno el desarrollo de la relación entre Mandela y François Pienaar, el capitán de la selección de rugby, interpretado por Matt Damon. El joven, blanco y de familia racista, no se suma a la causa de Mandela de un momento a otro y por capricho, sino que es convencido por el presidente que lo visita y lo llama y lo invita a verlo una y otra vez, y logra poco a poco que Pienaar entienda el valor de su "cruzada". Por eso es tan buena la escena de la selección dando una clínica de rugby para chicos en un potrero. Por supuesto, como hemos dicho antes, el hecho de que casi todos los espectadores sepan como va a terminar el mundial es un obstáculo más para desarrollo del suspenso del filme, pero que Eastwood logra sortear con un sólido trabajo y una historia digna de ser contada.

    Párrafo aparte para las actuaciones protagónicas de Damon -que fue "agrandado" digitalmente
    en varias escenas para emparejarlo con sus colegas rugbiers- y Freeman -que se ve realmente muy similar al personaje que interpreta-, a esta altura, más que una garantía a la hora de elegir películas.

    Quizás Invictus esté bastante lejos de la emoción de Gran Torino o el suspenso de El sustituto o la fantástica intriga de Río Místico, pero no por eso deja de ser una película muy recomendable. En especial para quienes han conocido la historia del mandatario y lo tienen en buena estima, que seguramente se conmoverán con el personaje y con la trama toda, y también, por qué no, para quienes no lo conocen mucho y quieren hacerlo.
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  • Tierra de zombies
    Adventureland en la tierra de los zombies

    Al fin una de zombies que nos saca de la cabeza esa plaga de vampiros que se aparece cada vez que uno mira un pantalla... A pesar de que Zombieland no es una "de zombies" convencional, porque está más orientada al humor que al terror, no deja de ser un soplo de aire fresco. Y más aún si tenemos en cuenta que logra su cometido y hace reir, al mismo tiempo que logra un par de sustos y momentos gore bien gore.

    Cuando Simon Pegg -un amigo de esta casa- se puso a las órdenes de Edgar Wright por primera vez fue para realizar la desopilante Shaun of the dead (conocida aquí bajo varios nombres, entre los que se conoce Muertos de risa), una comedia de zombies que parodiaba a la reciente remake de Zack Snyder El amanecer de los muertos (en inglés Dawn of the dead, nótese la rima humorística) marcó un hito en el cine contemporaneo al lograr una película genial, con dosis de humor y de gore bien equilibradas en todo momento y con personajes absolutamente adorables como el propio Shaun y su amigo Ed, interpretado por Nick Frost. Un par de años después, este trío de director-escritor y actores volvieron a reunirse para otra comedia estupenda, esta vez parodiando a las películas de acción y policiales. Su nombre en inglés es Hot fuzz, aunque en latinoamérica el canal de cable Cinecanal la ha vuelto famosa bajo el título Superpolicías. Ambos filmes son totalmente imperdibles, con un humor inglés fantástico e historias que realmente valen la pena a pesar de que el objetivo principal de la trama sea hacer reír.

    Zombieland es una buena película, que combina nuevamente estos dos géneros, pero en comparación con Shaun of the dead es sólo aceptable. La principal diferencia es que pareciera utilizar la excusa de los zombies como vehículo para la diversión y deja a la historia principal un tanto descuidada, tanto en la construcción de los personajes, como en las decisiones que van tomando a lo largo del metraje.

    Tierra de zombies cuenta la historia de Columbus (Jesse Eisenberg), un joven que cree ser el único hombre sobre la tierra, puesto que su país se ha infestado de zombies devoradores que no
    dan tregua y la única razón por la que sigue vivo es el hecho de que es fiel a una serie de reglas que él mismo se inventó para sobrevivir. A pesar de todo, pronto descubrirá que no está sólo y se topará con Tallahasse (Woody Harrelson), un sujeto algo demente y bastante sádico que lo acompañará en la búsqueda de su tierra natal. Luego se sumarán al grupo dos niñas, Wichita y Little Rock (una despampanante Emma Stone y la ascendente Abigail Breslin) que esconden más de lo que parece, en un tempranero giro de guión que se nos aparece un tanto ilógico.

    Si hay algo que sorprende en Zombieland es lo parecido que es el personaje principal, el de Jesse Eisenberg, al que él mismo interpretaba en Adventureland. Un joven inseguro, enamoradizo, virgen, inteligente pero a la vez algo torpe, etc. Demasiados parecidos para dos películas tan cercanas en el tiempo. Es como si al personaje de Adventureland se le hubiera infestado el mundo de zombies. Hasta el parque de diversiones aparece sobre el final, en otro sobresalto de guión que no termina de convencer.

    La principal falla de Tierra de zombies es intentar una historia demasiado "seria", con un personaje principal con un background algo extenso que invita más a la intimidad o a la sonrisa cómplice que a la carcajada. A diferencia de Shaun of the dead, Tierra de zombies pareciera ser más introspectiva y menos exagerada, y allí las risas disminuyen un poco. De todas maneras, no deja de ser un filme muy entretenido, bien dirigido por el debutante Ruben Fleischer (que se destaca con toques de estilo muy interesantes, como las placas con las reglas del personaje principal que van apareciendo escritas en cualquier parte o algunas cámaras lentas bien utilizadas). También tiene una presentación a todo trapo, con imágenes semi fijas bastante perturbadoras y cómicas y los parlantes del cine vibrando con For whom the bell tolls, el tema de Metallica del disco Ride the lightning (que tan sólo escucharlo con tanta calidad ya paga la mitad del precio de la entrada).

    En resumen, Tierra de zombies es una promisoria ópera prima, entretenida, bastante bien escrita aunque con algunas incoherencias y con un grupo de actores principales bastante simpáticos que hacen muy bien su trabajo. Y pese a todos esos elogios, a Shaun of the dead no le llega ni a los talones. Otra vez será.
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  • Amor sin escalas
    Amor sin escalas
    CinemaScope
    Clooney por las nubes

    Cada crítica que se encuentren sobre esta película les dirá -o les debería advertir- que Amor sin escalas es un nombre pésimo para un filme que originalmente se llama algo así como "En las alturas" o "Por los aires" (Up in the air) y que "amor" en el sentido -del género- romántico no tiene por ningún lado.

    El nuevo filme de Jason Reitman (La joven vida de Juno, Gracias por fumar) fue el más nominado para los Globos de Oro, pero también el más perdedor, pues sólo se llevó un premio: el de mejor guión. Ahora bien, ¿merecía ese galardón? Sin dudas, ese era un premio que la multiganadora Avatar no podía llevarse, con su inestable y facilista argumento. Y también es cierto que una película como Up in the air tiene en el guión y en sus actuaciones sus puntos más altos, porque pese a que la dirección es muy buena, no termina de destacarse. Pero (siempre hay un pero) también es cierto que, si bien la historia que cuenta y los personajes que describe no son para nada trillados, cerca del final el guión se vuelve bastante predecible, bastante común, bastante igual a todas las películas del mundo.

    Clooney, tal como ya lo ha dicho todo el mundo, casi que se interpreta a sí mismo: Ryan Bingham es un cincuentón encantador que vive con todos los gustos y que descree del matrimonio. Pero también es un tipo que trabaja para una compañía que se encarga de despedir gente, por lo que vive yendo y viniendo en avión de acá para allá y casi nunca está en su casa -cosa que odia-, en donde pasa "unos 40 horribles días al año". Cuando encuentra un hueco entre despido y despido, da charlas (¿motivacionales?) que hablan de lo bueno de estar sólo, de no encariñarse con sus pertenencias, de no apegarse a nada, ya sea una familia, una esposa, una casa, un auto. Pero entonces aparecerán dos elementos desestabilizadores de su perfecta vida nómade: por un lado, una joven ejecutiva (una algo irritante pero muy convincente Anna Kendrick) con un plan de revolucionar la industria de los despidos realizándolos vía teleconferencia, lo que implica que Ryan deberá abandonar su vida de hotel en hotel y de aeropuerto en aeropuerto, esa que tanto ama. Por otro lado, un encuentro fortuito en un hotel (con Alex Goran, interpretada por Vera Farmiga) le brindará la posibilidad de enamorarse. O algo parecido.


    Si el guión de Reitman se destaca es porque es capaz de brindar personajes creíbles, queribles, que nos provocan ganas de conocerlos más y mejor, y porque -y aquí está la genialidad del autor- nos brinda diálogos brillantes en cada escena, lo que genera la mayor parte de las risas y sonrisas de su metraje. La dirección de Reitman acompaña con su ritmo llevadero y su corrección. Sin embargo, la elección de mostrar a los empleados despedidos en continuado mirando a cámara quizá no haya sido la más acertada. Más de una vez sus reacciones parecen forzadas, cuando no directamente inverosímiles. Y el director se da el lujo de poner en su elenco -en letras grandes en los créditos- a dos buenos actores en alza como J.K. Simmons (el desopilante jefe de la CIA en Quémese después de leerse, que también aparece como el director del diario en toda la saga de Spiderman) y Zack Galifianakis (el cuñado trastornado de ¿Qué pasó ayer?) que simplemente aparecen unos minutos en el filme, como empleados que pierden su puesto.

    Amor sin escalas es una película agradable, sobre un personaje encantador en un mundo que, según su protagonista, es lo mejor que puede haber. Una comedia muy poco romántica con un guión muy bueno en su desarrollo y algo alicaído sobre el final, pero que redondea un entretenimiento apacible y hasta deja algunas preguntas flotando como para que pensemos mientras tomamos un café a la salida del cine. En su tercer filme, Reitman consigue mantener su status de nuevo-director-cool-pero-serio con una historia que, nuevamente, supera tranquilamente a las tantas comedias del montón que se estrenan durante el año, aunque quizás las constantes nominaciones sean algo exageradas. El tiempo lo dirá.
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  • Avatar
    Avatar
    CinemaScope
    Una exhibición visual con una historieta de fondo

    Desde hace mucho que escuchamos hablar de la película que revolucionaría el cine. La vuelta de James Cameron a la dirección después de muchísimos años, demasiados para un director de su envergadura. Avatar llegó a nuestro país para demostrar que, si bien probablemente no sea merecida la cantidad de premios Globo de Oro que se llevó, es un espectáculo visual soberbio. De eso no cabe ninguna duda: desde el punto de vista técnico, Avatar es impresionante, imponente e hipnótica. Y no se puede dejar de pensar de esa forma cuando uno se imagina que cada uno de los fotogramas que transcurren en Pandora están modelados por computadora.
    Pero su mayor virtud es, quizás, su mayor inconveniente: promediando el metraje, el espectador empieza a sospechar de que Avatar no es más que una exhibición de la magia que su director supo lograr a través de la magnífica puesta en escena virtual. Un segmento importante de la película es dedicado a mostrarnos cómo el protagonista explora y conoce este maravilloso mundo nuevo. Y cada nueva escena es aún más espectacular que la anterior.
    La historia que relata es por momentos algo compleja y por momentos demasiado pobre. Ambientada en el futuro, cuenta que los humanos han descubierto un planeta llamado Pandora, en donde existen cantidades de un precioso metal que vale millones cada kilogramo. Es imperioso conseguirlo, pero para ello hay que desplazar (o aniquilar) a los habitantes nativos (unos humanoides azules de tres metros de altura y cola de gato, llamados Na'vi). Entonces, mientras que los militares quieren utilizar la fuerza, hay científicos que prefieren buscar la manera de convencer a estas poblaciones de que se muden para que ellos puedan quitarles el mineral. Para contactarse con ellos, los humanos se "disfrazarán" de Na'vis conectándose virtualmente (casi como en Matrix...) a unos cuerpos artificiales nativos llamados avatares. Sam Wortington interpreta a un soldado que se mete en el proyecto avatar y será el encargado de conocer a los nativos un poco más. Con sólo leer esta breve sinopsis y calcular el tiempo que se toma el director para exhibirnos, pasarnos por nuestras narices, su maravilloso Pandora, se imaginarán por qué el filme dura casi tres horas.

    Aun si el único problema del filme fuera esta debilidad de regodearse en sus propias ventajas, es probable que merecería ganar muchos premios Oscar, pero lamentablemente no es así. Cameron logró representar un mundo imposible, pero a la hora de contar la historia se quedó bastante corto. El guión tiene varios agujeros difíciles de entender, explica poco donde debería explicar más y, para colmo de males, es bastante predecible en su progresión narrativa y remite constantemente a una infinidad de películas (Matrix, Jurassic Park, Alien I y II...). Entre los "plot holes" podemos contar que nunca queda demasiado clara la relación entre los humanos y sus cuerpos de Na'vi, los avatares. Supuestamente, cuando los avatares duermen, los humanos se desconectan de ellos, y sus ficticios cuerpos azules quedan durmiendo en Pandora. Pero eso recién se aclara al final, cuando eso ya sucedió varias veces y nadie nos contó que pasaba con los avatares durmientes en medio de la población de Na'vis que se preguntarían si se pasaron con el Melatol o vaya uno a saber qué...

    Hay quienes ven en los sosos mensajes que dispara el filme -el peligro de la avaricia humana, la barbarie de los exterminios de pueblos nativos, la sacra conexión de los Na'vi con la naturaleza y su costado espiritual- un motivo para enaltecerla. Será por esas moralejas que Avatar, por momentos, parece una película de Pixar. Ni hablar de algunos de sus personajes, como el Coronel Quaritch (Stephen Lang) o la soldado Trudy Chacon (Michelle Rodriguez): ambos son casos paradigmáticos de personajes lineales, áridos, cuadrados, lisa y llanamente espantosos y, por ende, poco creíbles. El Coronel Quaritch tiene que ser el peor villano (de una película medianamente seria) de los últimos tiempos: es indefectiblemente, insoslayablemente, 24 horas al día malísimo. Nunca deja de ser malo un rato para ser traicionero, vil, embustero, es únicamente muy malo, ridículamente malo. Y con Trudy pasa exactamente lo contrario: es tan buena que abandona al ejército en pleno bombardeo, con la frase: "Yo no me enlisté para esto". Casi tan ridículo como que el mineral se llame "unobtanium" ("inconseguibleum") y el personaje del heroe nativo (digamosló, los na'vi son como cualquier pueblo indígena pero azules y grandes) se llame Jake Sully, según los na'vi "sheiksulí", casi casi Shaka Zulu...
    Algún sabio dijo que Avatar era "del director de Terminator y el guionista de Titanic". La historia de Avatar camina por la cornisa mucho más que la de Titanic por el mero hecho de que tiene que inventar cosas de un mundo que no existe y en la de Di Caprio nos contaban como dos jovenes se enamoraban en un viaje en barco. Sin embargo y pese a todo, Avatar en 3D no deja de ser una película de vista obligatoria para cualquier cinefilo y casi para cualquier mortal. No porque de mirarla surjan las ideas para la revolución o porque no verla sea tan grave, sino simplemente porque es visualmente impactante, inabarcable, inolvidable y porque es un buen entretenimiento. Si merece o no Oscares y los Golden Globes que ganó, es otro asunto.
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  • Actividad paranormal
    Actividad paranormal es un experimento barato y simple del director debutante Oren Peli, que logró un fabuloso éxito de taquilla y gastó 15 mil dólares en los 10 días que duró la filmación. Con el obvio antecedente de El proyecto Blair Witch (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), la idea basal del filme es el registro de actividades paranormales con una cámara casera en la casa que habita la pareja protagónica.
    Las razones por las cuales la producción no costó mucho dinero son muy sencillas: el elenco es de cinco actores (dos de los cuales ocupan la pantalla durante el 95% del metraje), la locación única es una casa, el tratamiento de imagen no es importante por la excusa de la cámara casera. Y si se filmó en tan sólo diez días es también por una sencilla razón: no hay demasiado qué contar.
    Durante el "desarrollo" de la trama nos enteramos de que la chica ha sufrido el acoso de voces y presencias sobrenaturales desde pequeña y estas parecen estar persiguiéndola. Su valiente novio, entre porfiado y descreído, deja su trabajo para dedicarse exclusivamente a investigar los sucesos, cámara y micrófonos profesionales mediante. Entonces, todo nuestro contacto con la narración es el caprichoso registro de tomas, primero de los preparativos de la grabación -en que se van presentando los personajes y sus historias- y luego de los registros mientras ellos duermen que, atinadamente, el director nos muestra en "fast forward" con la hora de grabación en pantalla para que el espectador no se pierda.
    Lo curioso del filme es que, en parte, es más interesante ver como estos dos poco interesantes personajes hablan de estupideces mientras una cocina y el otro lo filma que ver como los numeritos se adelantan rápido y, de repente, se escucha un ruido sordo del otro lado de la casa. Cuando la acción comienza, la película se hace más aburrida. Y si bien todo filme de terror -con música, con climas, con el propio andar y la experiencia del espectador, que ya sabe que el pobre muchacho negro que hacía chistes al principio se va a morir primero que nadie- nos anticipa claramente que se viene un "susto", en Actividad paranormal, todo es demasiado previsible y el susto casi nunca está a la altura de tamaña evidencia.
    La construcción de los personajes también es bastante pobre: el muchacho entiende perfectamente que en su casa hay espíritus, demonios o algo similar, y entonces decide enfrentarlos. ¿Cómo? A los gritos, a las piñas, como sea. Algo no cierra.
    El filme tiene un final alternativo al que se ve en las pantallas argentinas. Ambos son muy similares, pero contados de distinto modo. De todas maneras, ningún final, por bueno que sea, sería capaz de levantar esta farsa. Lo único bueno es que termina... Y eso que no dura ni una hora y media.
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  • 500 días con ella
    Una película sobre el amor

    500 días con ella no es una película de amor. La voz en off al comienzo ya nos lo advierte pero es bueno saberlo antes de estar sentado en la butaca de nuestro cine preferido. Una vez que estamos enterados de esto, podemos disfrutar de la mejor comedia romántica –hay que ponerla en el género igualmente- que se haya estrenado en mucho tiempo. Porque 500 días… no es una película de amor, pero si sobre el amor, sobre los amoríos, sobre enamorarse, sobre tener el corazón roto y no entender la razón, es decir, sobre todo lo que puede suceder cuando nos enamoramos.

    Tom Hansen es un joven arquitecto que prefirió, más por comodidad que por otra cosa, trabajar en una empresa que se dedica a diseñar tarjetas de regalo, de esas que se regalan cuando es San Valentín o cuando alguien se recibe y no pudimos asistir a la tradicional tirada de huevos. Un día como cualquiera, que será el día 1 de los 500, su jefe le presentará a Summer (la bella y exótica Zooey Deschanel), la nueva empleada, y Tom no podrá más que enamorarse perdidamente de ella. La historia será contada de manera desordenada, pasando del día 1 al 124 y del 143 a 380 para volver otra vez a comienzo. Este ordenamiento algo caprichoso quizá no tenga un sentido argumental que le sume demasiado a la narración en sí, pero sí logra un efecto cómico interesante porque el protagonista pasa del amor al despecho en un segundo y la sorpresa es efectiva.














    Lo más destacado de este agradable filme es el guión, con personajes muy bien construidos, pero más que nada con diálogos estupendos constantes. Estos parlamentos no son geniales porque digan grandes cosas, sino justamente lo contrario. En la banalidad, en lo cotidiano, en lo más trivial de cada situación, lo que dicen los personajes, lo que piensan y también lo que se nos muestra en imágenes a los espectadores nos hace sentir parte de esa situación de pareja particular que estamos viendo en la pantalla. Es allí donde la película triunfa ampliamente: remitiéndole al espectador –absolutamente todos los que alguna vez se enamoraron deberán poder sentirse identificados con este filme- a lo que es la vida en pareja, ya sea cuando las cosas salen bien, como cuando las cosas salen mal.

    El director debutante Marc Webb transpone perfectamente en imágenes la maestría del guión –escrito por Scott Neustadter y Michael H. Weber- y se anima a jugarse el cuero con escenas que mal trabajadas podrían hacerlo caer en un desastre cinematográfico. En particular, una escena de coreografía y baile promediando la película, sería una típica escena para que los detractores se relaman y escupan toda su acidez. No creo que lo logren esta vez, pues se trata de una de las mejores escenas del filme. Por otra parte, su estética es totalmente particular y esa es otra decisión absolutamente acertada por parte de los responsables del filme.

    Hay un juego de expectativas constante en 500 días… que funciona de mil maravillas. Permanentemente se nos muestra en pantalla el mundo anhelado por el protagonista, el deseo consumado, lo que él espera e interpreta de cada situación de la historia y, de repente, la cruda realidad. Cerca del final, la hermanita de Tom le dice que quizás tiene que dejar de recordar sólo lo bueno de esos 500 días y entonces el juego se hace muy claro.

    El elenco merece un párrafo aparte porque no tiene fallas. Otra vez, un elenco de desconocidos –exceptuando a la pareja protagónica- nos sorprende con un trabajo fenomenal: los dos amigos y la hermanita del protagonista sirven de contrapeso humorístico y argumental en las poquísimas apariciones que tienen y logran un trabajo muy correcto. Por su parte Deschanel y Gordon Levitt brillan en cada fotograma en el que aparecen y es difícil imaginarse una pareja que pudiera haber hecho mejor su trabajo. Summer enamora desde su espontaneidad, desde su sonrisa, desde su ironía, pero también se hace desear en su distancia. Tan bien está en su papel que los Hombres Sensibles de Flores o alguna cofradía similar harían fila para recriminarle a Summer por algunas de sus actitudes. Levitt es simpatía pura, es carisma inolvidable aún cuando el mundo se le cae a pedazos.

    500 días… es una película fresca, simpática, difícil de olvidar, que retrata metonímicamente y de manera estupenda el macromundo del amor, de la vida en pareja, ya sea con un diálogo algo tonto, con un agradable jueguito entre dos novios que recién se conocen o con la durísima imagen de las manos que se desencuentran, del llanto que no se puede explicar o del mismo jueguito cuando ya no causa la misma gracia. En esa radiografía de la pareja en la que todos nos identificamos, 500 días… nos cuenta su historia de amor, una que por más que queramos no podremos borrar de nuestra memoria. Aplausos para ellos.
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  • Volver al futuro
    Volver al futuro
    CinemaScope
    "A donde vamos no necesitamos caminos..."

    Homenaje a la movida cinematográfica del siglo: Volver al futuro.

    Por si algún cinéfilo aún no se enteró, Volver al futuro, la película de Robert Zemeckis del año 1985, fue reestrenada en unos 30 cines argentinos, en horarios especiales gracias a la idea y el laburo del empeñoso Sir Chandler, responsable de la página de cine más visitada del país Cinesargentinos.com. Don Chandler se enteró que el filme había sido reestrenado en Estados Unidos para conmemorar los 25 años de el estreno oficial en el país del norte y se preguntó si la movida no podría extenderse hasta estos lares. Como ninguna productora se animaba a hacerse responsable de traer las copias al país por miedo a que fuera un fracaso comercial, Chandler se preguntó si no podía ser él quien se hiciera cargo y distribuyera las copias a los cines del país. Por medio de su página y las redes sociales se había armado un grupo interesante de gente (unas 5 mil personas) que "estarían" interesadas en volver a ver la película en formato digital en los cines. Lo primero que logró fue conseguir las copias en digital y luego arreglar con las salas para que pusieran la película en algún horario (la mayoría fueron muy temprano a la mañana o en horarios de trasnoche, porque las salas ya tenían acordados los horarios principales con las películas del circuito comercial que se estrenaban en esa semana). Así fue como el jueves pasado (13 de enero) Volver al futuro se estrenó en unas 30 pantallas alrededor del país. El propio Chandler se tomó el trabajo de ir cine por cine con la copia de la película y los posters correspondientes. Salió en muchos medios a nivel nacional: Clarín y La razón le dieron espacio en sus páginas, también apareció una nota en el noticiero Telenoche de canal 13. En ella, el protagonista de esta historia dijo sin vergüenza: "Si van 5.000 personas, salvo el auto". Ayer, lunes 17 de enero, Ultracine informó que Volver al futuro había sido vista por 24.500 personas en esos cuatro días de proyección y con solo (como mucho) dos horarios por sala. Hoy se informó que el reestreno estará disponible para los fanáticos durante una semana más. Un golazo.

    Todos los fanáticos del cine que como yo pudimos disfrutar de ver Volver al futuro digitalizada y con subtítulos en el cine no podemos más que alegrarnos por Chandler y estarle enormemente agradecidos por la valentía de haberse animado a lo que las grandes empresas de distribución no se arriesgaron. Desde aquí, mi felicitación sentida para este héroe de los cinéfilos que se tuvo lo que hay que tener y logró cumplir su sueño y el de muchos de nosotros.

    Ver una película como Volver al futuro es maravilloso, por algo es un clásico inoxidable (como lo demuestra este exitoso reestreno). La historia de Marty McFly, un adolescente algo revoltoso que viaja al pasado por accidente y sin querer enamora a su propia madre no solo es un relato de aventuras que contaba con grandes efectos especiales y mucha emoción, sino que también es un cuento muy entretenido y muy divertido de ver. Y verla en formato digital, con una calidad de imagen envidiable e imposible en su momento, le agrega muchísimo al visionado.


    Al tratarse del reestreno de un clásico, es evidente la abrumadora mayoría de la gente que asistió a los cines ya conoce la película, en muchos casos, al dedillo. Es sorprendente lo que cuenta el propio Chandler y lo que yo mismo he podido evidenciar en la sala: el silencio del público durante la proyección es arrollador y emocionante. Y todos los espectadores que concurren a este reestreno salen con una sonrisa eterna; realmente no me puedo acordar de cuál fue la última película que me hizo sentir así.

    Ya que esta no es tanto una reseña de la película sino del reestreno en sí, no voy a ahondar en detalles del argumento, pero sí quiero destacar que no recordaba que la película fuera tan cómica y tuviera tantas situaciones al límite. Revivirla me hizo despertar mi espíritu crítico para con la serie de sucesos espectaculares que se desencadenan sobre el climax, con el rayo en la torre, el Doc colgado, el cable, el DeLorean que no arranca, etcétera, etcétera. La secuencia termina por ser algo exasperante, aunque me da algo de vergüenza decirlo... Los clásicos como este son intocables.

    Zemeckis ya demostraba en aquel momento estar a la vanguardia de los efectos especiales -de la mano de Steven Spielberg, claro está- pero también mostrar un pulso envidiable para contar historias e hilar oportunamente los hechos uno con otro. El juego constante de efectos en el futuro que pueden desencadenar los cambios en el pasado es maravilloso y hoy en día, si tuviéramos una máquina del tiempo, seguro que pensaríamos en eso antes de generar el mínimo cambio. El director, hoy abocado a las películas que mezclan animación con actuación (como El expreso polar, Beowulf o Los Fantasmas de Scrooge), nos deleitaría unos pocos años después
    con La muerte le sienta bien, Forrest Gump y El náufrago.

    No se puede dejar de destacar la estupenda banda de sonido, que acompaña con el tema original del film durante el metraje y que también mecha grandes canciones como "The power of love" de Huey Lewis & the news, "The future is one step away" de Eric Clapton y la loca versión de "Johnny B. Goode" de Chuck Berry, que interpreta Marty en la guitarra para luego dejarnos su genial frase: "Quizás ustedes no están preparados para esto... pero a sus hijos les encantará".

    Un gran guión de aventuras para toda la familia, el ojo certero de Zemeckis tras las cámaras, efectos especiales de calidad y, en la nueva versión, una calidad digital que permite verla mejor que cuando se estrenó originalmente. Volver al futuro es una fiesta como producto cinematográfico y su reestreno en el país es un carnaval para los cinéfilos, que no podemos dejar de agradecer. Ojalá haya muchas más movidas como esta en nuestro país.
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