Personal Shopper

Crítica de Leandro Arteaga - Rosario 12

Con la mirada y el cuerpo hundidos

La segunda colaboración entre el director francés y la actriz estadounidense ahonda en el misterio y descoloca con astucia.

Es perturbadora la nueva película del francés Olivier Assayas. Vinculada a la manera de un dueto con su film anterior, El otro lado del éxito, no sólo admite la presencia reiterada de Kristen Stewart, sino también la variación de un mismo personaje modélico: de asistente de una actriz a asistente de una luminaria de revistas y pasarelas. En todo caso, uno y otro film ofician como oscilaciones de un mismo mirar, situado a la sombra de cierta luz refulgente, cegadora, que opaca lo que de veras importa. Es en esta zona incierta, más densa, donde elige situarse Assayas.

En Personal Shopper hay una despersonalización en juego, que bascula entre la relación demandante que padece Maureen (Kristen Stewart) -‑visitas a casas de moda, joyerías, zapaterías‑- y el nexo traumático que tiene con su hermano, gemelo y fallecido. El inicio del film se preocupa por presuntamente descolocar: en una casona abandonada, Maureen procura atisbar alguna "presencia". Ella es, o entiende ser, médium. Posee la sensibilidad suficiente para sentir algún contacto. De acuerdo con la promesa hecha con su hermano, el primero en morir mandaría señales desde el más allá. Es eso lo que la mantiene todavía en París.

La presunción de "descolocar" al espectador viene dada por el hecho de que, a simple vista, Personal Shopper podría ser un film de fantasmas o un drama intimista, o algo así. Poco importa. El cine es tan amplio que los géneros sirven de soportes que viene bien hibridar. No interesa nominar, en este sentido, la película, sino atender a cómo ciertos recursos -‑algunos vinculados con el cine de terror-‑ ofician de cara a un malestar que la mirada y cuerpo hundidos de la Stewart saben componer.

De esta manera, lo que le sucede a ella es, siempre, una reverberación que se multiplica y toca a cualquiera de las demás aristas. El desgarro por la pérdida del ser querido es también parte de ese viaje que todavía no decide hacer con quien tal vez ama, así como parte sustancial del vínculo casi enfermizo que guarda con su jefa, siempre de viaje, atareada de fotos, de una vigilancia invisible que Maureen se empeña en cumplir.

Como una instancia intermedia, que precisamente imbrica así como altera, surge el nombre de la artista Hilma af Klint, y con ella la problemática del arte abstracto y el espiritismo, en un guiño que problematiza el estatuto mismo del cine, en tanto arte de fantasmas. Maureen procura informarse sobre ella, lo hace desde su teléfono; en verdad, hace todo desde su teléfono. Es en él en donde también, por ejemplo, mira cine y atiende así a las sesiones espiritistas que supo presenciar Victor Hugo. En algún momento, el teléfono sabrá contactarle con alguien más, misterioso, tal vez real.

El film roza los rasgos del zombi de moda, de narrativa omnipresente. Maureen podría ser una de ellos, activa pero dispersa.

Con habilidad, Personal Shopper roza los rasgos del zombi de moda, de narrativa omnipresente. Maureen podría ser una de ellos, activa pero dispersa, casi una autómata que poco mira lo que le rodea. En tanto sombra que anida tras los brillos de una celebridad, de a poco surge en ella el juego del doble, con la fascinación puesta en ocupar, aunque sea por un breve instante, ese lugar que detesta pero sin embargo le atrae.

Ahora bien, ¿hay presencia cierta de ese más allá? Por momentos, pareciera ser así. Pero también, todo esto no es más que un juego, una sesión espiritista que, para más datos, se llama cine. El film es consciente de esta situación y la persigue, para así encontrar en los momentos más ambiguos su mejor propuesta: es por eso que podría pensarse en cierto ángel guardián, también vengativo. Quizás sea el hermano que se extraña.

Ese extrañar no deja de ser, en mismo sentido, un extrañamiento. Maureen está sujeta a hilos invisibles, tironeada entre distintas posibilidades de vida, de países, de alquileres. A su vez hay una sumisión que no le permite tocar otra cosa que no sea la virtualidad de su teléfono. El único momento en donde experimente el goce estará mediado por esta situación, junto al fantasma mismo que supone ser una celebridad. Es por esto, tal vez, que la muerte aparezca como el momento integral, en tanto miedo humano. En algún momento, el film sabrá sorprender al respecto, casi desde las formas del relato criminal. Otro ardid con el cual jugar.

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