Pasajeros

Crítica de Natalia Trzenko - La Nación

Historia de amor inverosímil

Parecía que no había límite. Que Jennifer Lawrence podía brillar en cualquier papel. Sin embargo, para la actriz, el límite resultó ser el espacio. O el espacio según lo imaginaron el guionista Jon Spaihts y el director Morten Tyldum (El código Enigma). Puestos a realizar un pastiche que combina una historia de ciencia ficción -una nave espacial viaja con miles de pasajeros y tripulantes congelados para sobrevivir los más de 100 años que les llevará llegar a su nuevo planeta- y un relato de amor, los realizadores de Pasajeros equivocaron la trayectoria.

En el inicio vemos que un error provoca que una de las cámaras heladas se abra antes de tiempo. Solo en la gigantesca nave, el madrugador Jim (Chris Pratt) intenta de todo para volver a dormirse. Pero nada funciona. Acompañado por Arthur (Michael Sheen), un androide/barman, pasado un año el hombre toma una decisión: si está condenado a vivir y morir en esa nave, mejor pasar el tiempo junto a Aurora (Lawrence), bella durmiente helada que vio de casualidad. Jim se debate entre la necesidad de compañía y el hecho de que para conseguirla deberá condenar a otra persona a su mismo destino. Pero aunque se supone que es el héroe del film, lo hace igual. Lo que sucede una vez que Aurora despierta bien podría ser una película de terror al estilo de El resplandor, en la que un hombre pierde la razón en un ambiente aislado y ataca a sus seres queridos. Sin embargo, los espectadores somos empujados a aceptar que ésta es una historia de amor y son peligros externos que amenazan a la pareja. Ni siquiera la simpatía de Pratt y la presencia siempre brillante de Lawrence son capaces de convencernos.