Natalia Trzenko
  • Cantidad de críticas: 127
  • Promedio: 60%
  • Críticas favorables: 93/127 (73%)
  • Críticas desfavorables: 34/127 (27%)
  • Diferencia absoluta: 9%
  • Email de contacto: No disponible
  • Twitter: @nataliatrzenko
  • Medio donde critica: La Nación
  • Lazos perversos
    Lazos perversos
    La Nación
    Durante gran parte -la mejor parte- de Lazos p erversos es poco lo que se sabe sobre lo que sucede en el hogar de la familia Stoker. Es tanto lo que no se cuenta y tan sugerente lo que se muestra que la imaginación se dispara. ¿Son éstos los últimos herederos de Bram Stoker, el autor de Drácula , los descendientes de ese personaje o simples psicópatas sin antepasados famosos, pero con más misterios que los que su aislada mansión puede contener? El hecho de no saber, de querer saberlo, mantiene al espectador en vilo, un encantamiento que tiene mucho de pesadilla, de retorcido cuento de hadas creado por el director coreano Park. Con un perfecto trabajo de fotografía (Chung-hoon Chung, habitual colaborador del realizador) y una banda de sonido que expresa mucho de lo que los personajes no pueden o saben cómo decir, el realizador de la inolvidable Oldboy construye un relato de suspenso inquietante, un estilizado trabajo de género que oculta más de lo que muestra, que se toma su tiempo para revelar las piezas de un rompecabezas que, una vez armado, resulta insuficiente. Es que nada podía, ningún misterio al descubierto iba a alcanzar para cumplir con las expectativas tan detalladamente encadenadas en el desarrollo del film. Claro que los resultados terminan siendo lo de menos frente a la experiencia que la película ofrece.

    EL SECRETO DE INDIA

    Una historia de una belleza plástica hipnótica que comienza y termina con India, una adolescente rara, la oscura princesa del cuento que se vuelve aún más opaca cuando el día de su cumpleaños su papá (su único amigo) muere y la deja sola con su madre, una gélida belleza pelirroja que nadie más que Nicole Kidman podría encarnar. Y lo mismo se puede pensar de Mia Wasikowska como India, una actriz que no necesita más que un par de palabras -"estoy usando la blusa de mi madre y el cinturón de mi padre"- y una postura -los hombros rígidos, el cuello de cisne estirado en estado de alerta- para trazar la curva de su personaje. De adolescente extraña a joven mujer que, ante la aparición del tío Charlie (Matthew Goode), hermano menor de su padre, empieza a florecer en todo su negro esplendor.

    Con un guión inspirado en La sombra de una duda , de Alfred Hitchcock, allí también hay un tío Charlie que llega a la casa familiar para alterar la paz y una sobrina que se debate entre la atracción y la repulsión por él, Lazos perversos es un film pleno de ambigüedades y recovecos, la historia de una familia unida tanto por la sangre como por el espanto.
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  • Los Croods
    Los Croods
    La Nación
    Tierna historia para toda la familia

    Hace unos años que el cine animado llegado de Hollywood, está intentando encontrar a un nuevo tipo de heroína. Las princesas, marca registrada de Disney, siguen encantado al público infantil, pero no alcanzan para contarle historias a los chicos del siglo XXI. A las protagonistas creadas para estos cuentos animados les cuesta estar a la altura de la tecnología con las que se realizan. Resulta paradójico que una historia sobre cavernícolas haya conseguido el personaje femenino más moderno de los últimos tiempos. Se trata de Eep, la hija adolescente de una familia que vive -más bien sobrevive- gracias al desarrollado instinto de protección de papá Grug. Decidido a mantener a toda su prole segura saliendo poco y nada de la cueva que es su hogar, el patriarca no entiende la manía de su hija por querer ir más allá, por querer cazar como los hombres y por sentir curiosidad por el mundo hostil que los rodea. En ese tira y afloje entre padre e hija, entre la necesidad de una de abandonar certezas para aventurarse más allá de los confines de la existencia conocida y el empecinamiento del otro por detener la evolución a puño limpio, está apoyado el relato de este film de notable belleza visual y certero mensaje familiar. Planteado el conflicto desde un inicio, todo tomará urgencia cuando la tierra bajo los pies de los Croods empiece a temblar y aparezca Guy, otro humano bastante más evolucionado que ellos. Allí comenzarán los peligros y la aventura que los llevará por zonas desconocidas y a enfrentarse con criaturas sorprendentes.

    En el marco de un mundo que por momentos se parecía demasiado al planeta Pandora de Avatar y una machacona insistencia en repetir las premisas en conflicto del guión, la indicación de Grug de tenerle miedo a todo en función del bien común, frente a la valentía en solitario de Guy, por momentos Los Croods puede resultar algo repetitivo y no demasiado original. Especialmente en el uso de la simpática mascota de Guy, Brazo el perezoso, como elemento cómico junto a la pequeña hermanita de Eep y su abuela, una anciana siempre lista para comer lo que se le ponga enfrente. Sin embargo, la interesante relación entre padre e hija y el creciente lazo entre Grug y Guy consiguen generar el suficiente interés y la emoción para hacer de Los Croods un film tan tierno como familiar.
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  • Mi novio es un zombie
    En principio, la combinación de géneros que propone Mi novio es un zombie suena extraña. La mezcla de los elementos de la comedia romántica con el cine de terror más gore podía resultar en un pastiche absurdo. Y, sin embargo, gracias al trabajo de adaptación y dirección de Jonathan Levine ( 50/50 ), el film contradice los prejuicios que su peculiar fórmula podía provocar.

    Basada en una novela entretenida que tiene como protagonista y narrador principal a un zombi llamado R, la película privilegia la historia de amor que el libro cuenta siempre desde el punto de vista del muerto vivo. Y lo hace con una importante dosis de humor, referencias a la cultura popular y una banda de sonido que acompaña y aligera el relato cuando lo necesita. Es que, después de todo, por más sentido del humor que tenga, lo cierto es que R apenas habla, su mundo interior es rico pero más cínico que otra cosa y cada tanto se siente hambriento y sale a comer personas. En una de esas incursiones, el zombi se cruzará con Julie, la hija del general que comanda la resistencia de los humanos en una ciudadela militariza y siempre lista para eliminar a los zombis que se acerquen por allí.

    Insinuando algún punto de contacto con Romeo y Julieta, aunque sin insistir en la analogía con los jóvenes amantes de Verona, el encuentro entre los protagonistas será de todo menos romántico. Ella intentará defender su vida y la de su novio mientras él saciará su hambre con el cerebro del muchacho en cuestión. Una primera impresión poco auspiciosa que irá cambiando a medida que el muerto vivo y la chica a la que no quiere comer si no proteger empiecen a conocerse.

    Si todo suena un poco raro es porque lo es, y sin embargo las piezas encajan perfectamente para hacer de esta mezcolanza una película tan tierna como divertida. Para lograrlo ayudan mucho las interpretaciones de Nicholas Hoult como el balbuceante R y de Teresa Palmer, encargada de ser la damisela en apuros pero nada indefensa que consigue enamorar al zombi.

    La torpe seducción de él y las desconcertadas reacciones de ella son manejadas con muy buena mano por un director que sabe lo que hace y que no tiene pruritos en demostrarlo. Un narrador joven que utiliza todos los recursos a su alcance -el uso de la canción "Pretty Woman" es ingenioso y le rinde homenaje a la comedia romántica-, para contar una sencilla, extraña y dulce historia de amor y, sí, también de horror.
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  • Los días
    Los días
    La Nación
    Mi mundo privado

    Cuando Martina y Micaela duermen es difícil distinguir dónde empieza una y termina la otra. Piernas entrelazadas, cabezas idénticas pegadas en el sueño, en la misma cama, en el sillón, necesaria plataforma para el inicio de la separación a la que obliga la vigilia. Martina y Micaela son gemelas, tienen ocho años, viven con sus padres en un departamento que queda arriba de la casa de su abuela. Martina y Micaela son dos nenas de clase media baja a las que este documental de Ezequiel Yanco sigue con una minuciosidad notable, mostrando todos los detalles de su cotidianidad en primer plano. En un comienzo nada tienen de extraordinarias sus vidas, salvo tal vez la singular circunstancia de nacimiento que las hizo muy parecidas, indistiguibles por fuera aunque a poco de comenzado el film ya es posible notar algunas peculiaridades de la personalidad de las chicas que ayuda a diferenciarlas.

    De los castings a los que asisten aparentemente sin suerte, a las clases de catequesis y las típicas peleas de hermanas, el desarrollo del relato comienza a tejer una red que atrapa al espectador de manera tan sutil como definitiva. Así, las pequeñas tragedias de la infancia, hacer la tarea o una penitencia, cobran una densidad inesperada, especialmente porque el director y guionista que también se ocupó del trabajo de cámara logra transmitir algo del universo femenino que se arma en la interacción entre las gemelas y de ambas con su madre. Esa presencia que muta en ausencia cuando la mamá, Norma, debe salir a trabajar y Martina y Micaela empiezan a crecer en serio. En el período que abarca el documental, aproximadamente dos años, el realizador atrapa al vuelo y plasma en pantalla el elusivo punto de quiebre entre la infancia y la preadolescencia. Mientras las chicas se preparan para la primera comunión, es la preparación a dúo de un puré de papas, lo que marca el momento en el que la inocencia empieza a dejar lugar al mundo adulto. Un relato mínimo, singular y al mismo tiempo universal ß Natalia Trzenko
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  • Hermosas criaturas
    Con el final de la saga Crepúsculo y el éxito de taquilla que fue la primera entrega de la trilogía de Los juegos del hambre, era sólo cuestión de tiempo que otros libros apuntados al público femenino adolescente llegaran a la pantalla grande.

    Por suerte, el primero en la lista de los estudios de Hollywood resultó ser Hermosas criaturas, que puede compartir espectadores con sus antecesoras, pero poco tiene del tono meloso de la primera o el pesimismo de la segunda. Romántico sin ser empalagoso, el film tiene un conflicto central que, a pesar de poner en juego las fuerzas del bien y el mal en el mundo, también consigue retratar las vicisitudes del primer amor y las dificultades de la adolescencia con una frescura, humor y ciertos toques de realismo que sorprenden, especialmente porque en el núcleo del relato hay una dinastía de hechiceros afincados en el sur de los Estados Unidos, más precisamente en el somnoliento pueblo de Gatlin, escenario ideal del gótico sureño que aquí se vuelve sugerente atmósfera gracias al trabajo del director Richard LaGravenese y, especialmente, el director de fotografía, Philippe Rousselot (El gran pez), que lo aprovechan para contar la historia de amor entre Ethan (Alden Ehrenreich) y Lena (Alice Englert).

    AMORES BRUJOS

    El muchacho lee sin parar (de Matadero cinco de Kurt Vonnnegutt a Trópico de Cáncer de Henry Miller) mientras pena la muerte reciente de su mamá y sueña con salir de su pueblo natal, en el que nada sucede nunca. Hasta que llega ella, la sobrina huérfana de Macon Ravenwood (Jeremy Irons), el hombre más poderoso del lugar en más de un sentido. Acusados de brujería y tan temidos como criticados por los fanáticos religiosos del pueblo, los familiares de Lena tienen mucho que ocultar, y ella también.

    Aunque no conviene revelar demasiado de la trama detrás de los secretos de la protagonista, el que conozca algo del género sabe que a pesar de los impedimentos del mundo de los humanos y el de los hechiceros el amor adolescente prevalecerá, al menos en principio. Pero Hermosas criaturas va algo más allá que el resto de las películas de su género, porque además de contar con un elenco secundario de lujo que incluye a Irons, una divertidamente desatada Emma Thompson y la siempre brillante Viola Davis, consigue presentar a un par de adolescentes interesantes, entretenidos y carismáticos más allá del derrotero de su romance a lo Romeo y Julieta con hechizos, confusas maldiciones y excéntricos familiares.
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  • La chica del sur
    Presentado en el Bafici de 2012, donde consiguió el premio del público, éste es uno de esos films que permanecen en la memoria del espectador, que con el tiempo redescubre las muchas capas de un relato tan complejo como fascinante. Claro que, más allá de su perdurabilidad -un valor del que no muchas películas pueden presumir-, el impacto de este documental es inmediato. Seguramente porque en el centro del relato se unen la experiencia personal de su realizador y una historia más amplia, que empieza siéndole ajena, pero que gracias al material conseguido y un cuidadoso trabajo de guión y edición termina siendo tan cercana como emocionante. Un recorrido que abarca las ilusiones de la juventud, las rigideces de la madurez y el final de las utopías como epidemia mundial.

    Todo comienza en 1989, con un viaje que el director, José Luis García, emprende hacia Corea del Norte para participar del XIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Al encuentro, organizado por la Unión Soviética, debía ir el hermano militante de izquierda del entonces estudiante de cine, que por una serie de casualidades termina volando hacia el exótico destino armado con una cámara de video prestada y más de un preconcepto sobre lo que se iba a encontrar en Pyongyang, capital del país asiático.

    Gracias a una aguda y precoz capacidad de observación, el realizador de Cándido López, los campos de batalla consigue retratar los últimos meses de un mundo que ya no existe con los jóvenes reunidos en pos de un mundo mejor, intentando arreglar los conflictos internacionales de sus respectivos gobiernos. Lo que podía quedar en documento político/turístico y retrato de época (con la curiosa aparición en cámara de unos jóvenes Hernán Lombardi y Eduardo Aliverti) deviene en exploración íntima cuando García se entera de la historia de Lim Sukyung, una joven activista de Corea del Sur que llega al encuentro luego de dar la vuelta al mundo para terminar al norte de la frontera de su propio país.

    Encargada de abogar por la reunificación de las dos Coreas, territorio dividido y enfrentado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la chica del sur del título representa todas las esperanzas de conseguir un futuro más pacífico -mejor- además de un misterio que las imágenes captadas por García y su propio relato insinúan desde el comienzo. Con una sonrisa y la valentía prendida en el ojal, la mujer se propone cruzar una de las fronteras más vigiladas y militarizadas del mundo, un gesto que puede costarle la vida, pero que resulta en un encarcelamiento de tres años apenas pone pie en su lado del mundo.

    MUCHO MÁS QUE PASADO

    El acertijo de "la chica del Sur" impulsa la curiosidad del director, que veinte años después la recuerda y se propone encontrarla con la asistencia de su amigo y traductor Alejandro Kim, que rápidamente se transformará en otro fascinante personaje del film cuando ambos viajen a Seúl para insistir en la búsqueda de la elusiva Lim Sukyung. Perseverancia por parte del realizador y resistencia del lado de su protagonista que le darán una inesperada tensión al film.

    Es que junto a la exploración de los contrastes culturales, García también tiene que lidiar con un "objeto de estudio" muy poco dispuesto a serlo. Una persona que en la madurez es aun más misteriosa que en los tiempos de su juventud, alguien que carga sobre sus hombros con la desesperanza de lo que no fue y no sólo en el mundo, sino en su propia vida. Un reflejo imperfecto en el que se mira el director y por extensión los espectadores.
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  • El vuelo
    El vuelo
    La Nación
    Si es posible disfrutar de una película y al mismo tiempo sentirse desconcertado por su desarrollo, entonces El vuelo, de Robert Zemeckis, sea tal vez uno de los films más sorprendentes y sí, también disfrutables, que haya salido de Hollywood en los últimos tiempos. Con algo de film catástrofe de esos que ya no se producen, bastante de drama intimista y una pizca de intriga judicial, esta película tiene un tono tan cambiante como los ánimos de su personaje central, el piloto Whip Whitaker, que interpreta Denzel Washington. En un viaje directo al lado oscuro de la condición humana, el actor -nominado al Oscar por este papel- se anima a encarnar a uno de los protagonistas más crudos, complejos y humanos de sus últimos años de carrera. Si en Gángster americano y Día de entrenamiento Washington demostró que no temía encarar al villano de la historia y que su talento y su presencia escénica podían superar la antipatía de sus personajes, aquí se atreve a mucho más. Porque este piloto capaz de maniobrar exitosamente un avión a punto de estrellarse (una escena con virtuosa dirección que Zemeckis resuelve en el prólogo del relato), también es un hombre repleto de conflictos, un irresponsable y un alcohólico que va por la vida con una liviandad que destroza a los que se cruzan en su camino. Así, después de la pública tragedia aérea comenzará el calvario, privado primero y bastante público después, del piloto que se aferra a la convicción de que está del lado de los buenos, aunque no tenga forma de probarlo.

    SI TE DICEN QUE CAÍ

    En su espiral descendente, Whip ( interpretado por Washington con tanta sutileza y humanidad que por momentos resulta incómoda de ver), se cruzará en el camino de Nicole (Kelly Reilly), una adicta a las drogas en un camino tan autodestructivo como el suyo, aunque con una conciencia de su enfermedad de la que el omnipotente piloto carece. Así, si algo le faltaba a este film del director de Náufrago era el elemento romántico, que aporta la presencia del personaje que interpreta la actriz británica. Claro que el guión de John Gatins, nominado al Oscar, nunca pierde de vista que antes que una historia de amor, ésta es una tragedia humana, de vidas partidas por conflictos emocionales y adicciones.

    Aun cuando el inocultable carisma de Washington consiga generar empatía por un personaje que en manos de otro actor sería irredimible, lo cierto es que la película no se desvía de su objetivo: mostrar la caída de un hombre habituado a vivir al borde del abismo. Claro que en el desarrollo del relato, Zemeckis no transita el camino más directo sino que opta por tomar desvíos que obligan al espectador a cuestionar sus propias reacciones ante lo que está viendo. Así, cuando todo se vuelve demasiado denso, aparece el amigo de aventuras tóxicas del piloto, un personaje que John Goodman dota de un humor que en principio parece ir a contrapelo de lo que se está contando. Sin embargo, será cuando lleguen los tramos finales del relato que la irreverencia del amigo fiel demuestre su funcionalidad en la tragedia de Whip.

    Todo indica que luego de una docena de años dedicado a films realizados gracias a los avances de la animación digital -El expreso polar, Beowulf y Cuento de navidad-, Zemeckis decidió que si tenía que volver a poner a actores en pantalla lo iba a hacer con los protagonistas más dolorosamente humanos que pudiera encontrar. Tarea cumplida.
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  • El lado luminoso de la vida
    Hay muchas razones para ver El lado luminoso de la vida , la película dirigida por David O. Russell. A saber: el film está nominado a ocho premios Oscar, está recibiendo muy buenas críticas desde su estreno mundial en el festival de Toronto y es la única de las películas "importantes" de la temporada que se aleja de las polémicas ( Zero Dark Thirty-La noche más oscura ), los conflictos históricos ( Lincoln , Argo ) y los dramas ( Amour, Una aventura extraordinaria ) y puede ser considerada una comedia. Una comedia dramática que gira en torno a un puñado de personajes atravesados por enfermedades mentales, pero una comedia al fin. Y si todos esos argumentos parecen escasos, hay uno que los supera a todos, el único que debería inclinar la balanza para el espectador en duda: en esta película actúa y vive Jennifer Lawrence. La actriz, de 22 años, arrasa con cada escena en la que participa como un fenómeno de la naturaleza que no parece tener o necesitar ninguna distancia entre ella y su criatura. Así fue con Ree, la adolescente de Lazos de sangre, y así es ahora con Tiffany, la viuda joven que sufre de depresión y lidia con su duelo de maneras bastante autodestructivas. Hasta que se cruza en el camino de Pat, un hombre de salida de una institución mental a la que fue confinado después de atacar brutalmente al amante de su esposa, a la que está convencido (como sólo un paciente con trastorno bipolar puede estar convencido) de que podrá recuperar. De alguna manera de eso se trata El lado luminoso de la vida , de recuperar afectos perdidos y el camino extraviado en el lado oscuro.

    En esa cruzada de Tiffany y Pat -interpretado por un notable Bradley Cooper, que logra evitar la caída al transitar la delgada cornisa que implica jugar un personaje maníaco-depresivo-, también participarán los padres de él, despistados, amorosos, preocupados por el retorno al hogar del hijo no tan pródigo.

    Allí estará la mamá que defiende a Pat con uñas, dientes y bastante comida sin entenderlo demasiado, una interpretación conmovedora de Jackie Weaver que consigue destacarse a pesar de compartir la mayoría de sus escenas con Robert De Niro, en su mejor papel en años. El actor, que hacía tiempo no trabajaba con un personaje a la altura de su talento, completa un cuarteto protagónico que el director conduce con maestría y que incluye a personajes secundarios como los que interpretan John Ortiz (su hombre al borde de un ataque de nervios es inolvidable), Chris Tucker y Julia Stiles, entre varios otros.

    Russell tiene una especial habilidad para lidiar con elencos numerosos y conseguir pequeñas joyas de cada uno de sus integrantes, algo que ya había demostrado en su trabajo anterior, El ganador , otra historia de familias tan amorosas como disfuncionales. Claro que en este caso un guión con cierta tendencia a la cursilería y unas resoluciones en exceso convencionales conspiran en contra del resultado final. Que, de todos modos, es una película entretenida con algunos momentos emocionantes y repleta de vida todo gracias a su brillante elenco.
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  • Ralph: el demoledor
    El camino del héroe

    La emoción de pasar de nivel, de descubrir el truco para conseguir esa vida extra, ese premio que hacía que el juego durara un poco más. Hasta que se terminaba y volvía a empezar cada vez que la moneda pasaba por la ranura y el mundo del videojuego se encendía de nuevo para nosotros. Mucho de ese entusiasmo ya perdido, previo al avance y la explosión de las consolas de videojuegos personales, de la inocencia y la repetición de las historias de las maquinitas, regresa ahora gracias a Ralph, el demoledor, el nuevo film de Disney. Con una combinación de nostalgia, personajes perfectamente escritos y una animación tan colorida como funcional a la historia que está contando, este film le debe mucho al universo de Pixar y especialmente a Toy Story, pero sin dejar de tener identidad propia. En este caso, en lugar de contar la vida secreta de los juguetes se trata de espiar qué sucede cuando los viejos juegos manejados a joystick y botoncitos se apagan hasta el día siguiente. Allí está el Ralph del título, un gigantón de manos extra large que usa para hacer su trabajo: la destrucción del edificio que el héroe del juego reparará diligentemente. Es decir, Ralph es el villano del relato, pero no por intención, sino por profesión. Pero harto de ser el "malo" y luego de una poco útil sesión de terapia grupal con algunos de sus colegas de famosos "fichines" como el fantasmita del Pac-Man o Zangief de Street Fighter , el protagonista decide rebelarse. Una opción que no forma parte de la programada vida de los personajes detrás de la pantalla. Así, Ralph abandonará su mundo ochentoso para intentar convertirse en héroe en otros horizontes más actuales. Su recorrido lo llevará hacia un mundo postapocalíptico, donde se unirá a la tropa de la sargento Calhoun, un gran personaje de acción que además aportará mucha de la comedia que el film administra con delicadeza.

    Ralph, el demoledor logra sortear el riesgo de exagerar los momentos nostálgicos y consigue que el humor sea un genuino recurso narrativo y no sólo -como suele ocurrir en muchos films infantiles- un guiño para los padres.

    La mayor deuda que tiene el film con la trilogía de Toy Story reside en la creación de sus personajes. Gracias a que John Lasseter, mandamás de Pixar y ahora también de los estudios de animación de Disney, pensó en Woody y Buzz Lightyear y los transformó en criaturas sensibles pero nunca sensibleras, ahora el director Rich Moore pudo dotar a Ralph y sus amigos de un espíritu similar. Cada personaje del film tiene su momento para brillar, pero en su colorido y a veces frenético desarrollo lo que más se destaca es la relación entre el protagonista y la pequeña Vanellope. Niña rebelde y paria en su propio juego, la nena buscará también ser la heroína de su partida, un camino que la conduce a ser uno de los más modernos, fuertes y entretenidos personajes femeninos del cine de los últimos tiempos. Un enorme valor agregado para un género que suele presentar a las princesas como única alternativa para que las chicas sean protagonistas.
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  • El romance del siglo
    Más superficie que sustancia

    Para algunos, el romance entre la norteamericana Wallis Simpson y Edward Windsor, heredero al trono -y más tarde rey- británico, es uno de los romances más fascinantes de la historia. En medio de una Europa convulsionada por el avance de los fascismos, el amor entre una mujer casada y el futuro monarca de Inglaterra es materia de leyenda. Un amor con el que sueñan las mujeres del mundo, especialmente si no son felices en su vida cotidiana. Al menos eso es lo que cuenta Madonna en su segundo largometraje como directora, un proyecto que se parece más a una publicidad de lencería cara o un videoclip de aquellos que la cantante solía hacer en los años noventa. Pura belleza superficial, una puesta en escena atractiva y cuidada, pero que carece del peso dramático para sostenerse más allá de lo estético. Lejos de bucear en los detalles de El romance del siglo al que hace referencia el título, el film busca dar cuenta de lo complejo de la vida de dos mujeres atrapadas por circunstancias que las superan. Por un lado está la figura histórica: Wallis Simpson (Andrea Riseborough), cuyo amor puso en peligro la monarquía inglesa. Por el otro está Wally Winthrop (Abbie Cornish), joven esposa de un exitoso médico que languidece en su existencia como ama de casa de la alta burguesía neoyorquina mientras se obsesiona con la vida de Simpson.

    Con más obviedades que sutilezas, las vidas de una y otra mujer se entrecruzan en un relato que transcurre entre los años treinta y la década del noventa. Cuando viaja al pasado más lejano, el film toma prestados elementos visuales del documental y saca partido de trajes, escenarios y paisajes y logra sus mejores secuencias, especialmente por el notable carisma de Andrea Riseborough, la actriz encargada de interpretar a la intrigante Wallis Simpson. Aun con ciertos pasajes que abusan del clima creado por la fotografía de Hagen Bogdanski sin sostener las imágenes con coherencia narrativa, cada aparición de Riseborough en pantalla da una pista de lo que esta película podría haber sido en manos de un director más experimentado y menos preocupado por imponer su estrecho punto de vista en cada cuadro.

    Cuando la acción se traslada al pasado más reciente, la buena actriz Abbie Cornish (Bright Star) poco puede hacer para sostener a su penoso personaje, una mujer de fines del siglo XX con actitudes victorianas. Obligada a dejar su trabajo por su marido que la ignora y maltrata en igual medida, la joven se pasa media película reverenciando los objetos de la histórica pareja. Una fijación que aparentemente comparte con la directora de El romance del siglo, a la que el entusiasmo estético por el pasado no le dejó tiempo para ocuparse de construir un guión a la altura de su ambiciosa propuesta.
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  • Siete psicópatas
    Comedia al borde de la locura

    Nada en el desarrollo fracturado cronológicamente y atropellado narrativamente de este film de Martin McDonagh, director de la notable Escondidos en Brujas, es particularmente original. Con algunos pasajes que la acercan al cine de Quentin Tarantino y personajes que son puro artificio sin carnadura real o humana, la película podría ser una parodia de cierto cine inaugurado por Pulp Fiction . Si no llega a serlo es gracias a un sano nivel de autoconsciencia y autorreferencialidad que vuelve todo bastante más entretenido a medida que avanza la historia. Que es esencialmente un policial maníaco en el que Marty (Colin Farrell), un escritor irlandés más aficionado a la botella que a las letras, busca inspiración para un guión del que sólo tiene el título, Siete psicópatas , y la intención de que sea una película sobre asesinos violentos que predique un mensaje no violento. El problema es que todo lo que se le ocurre y le ocurre apunta más al baño de sangre que a la paz. Para ayudarlo en su búsqueda está Billy (Sam Rockwell), hiperquinético mejor amigo que se dedica al secuestro de perros y la recolección de macabras historias para la colección de Marty. En esa mezcla aparentemente sin sentido hay que agregar a Hans (Christopher Walken), un veterano socio de Billy, y a Charlie (Woody Harrelson) un gángster que ama a su perro hasta la locura. Por eso, cuando Billy se atreve a llevarse a la adorada mascota, la divertida reflexión metadiscursiva sobre el oficio de hacer una película queda en segundo plano para dar lugar a los tiroteos, las persecuciones y esa cabeza que, literalmente, estalla en pantalla.

    Con un guión que tiene grandes momentos -la escena que abre el film se destaca-, y pasajes bastante endebles-la reflexión sobre la misoginia en el guión de Marty no disculpa la que está presente en el de McDonagh-, la película cuenta con la enorme ventaja de tener al elenco perfecto hasta para sus costados menos logrados.

    A Farrell, que funciona como el apenas velado álter ego del director y guionista, este papel le permite una de sus interpretaciones más maduras y contenidas. Para hacerse cargo de los excesos está Sam Rockwell, perfecto como ese Billy que tiene los modos y la ansiedad por agradar de esos perritos que sustrae de sus dueños. Y todo funciona mucho mejor cuando Rockwell y Farrell comparten escenas con Walken. El veterano, sin demasiados gestos y apenas con unas líneas de diálogo, se roba cada una de las escenas en las que interviene. Lo mismo consigue Harrelson, el más prominente de los psicópatas del film que intenta darle rienda suelta a la locura de todos.
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  • Amanecer - Parte 2
    Los vampiros se despiden

    Después de cinco años y cuatro películas, la saga Crepúsculo cierra su marcha en el cine con el film más entretenido, coherente y autoconsciente de toda la serie. Reservado para los seguidores de la historia de Bella y Edward, la pareja formada por la tímida humana y el vampiro que se niega a tomar sangre humana, este último capítulo arranca exactamente donde había terminado el anterior: con la transformación de la heroína. Un momento fundamental del relato que el director Bill Condon muestra sin pausa ni demora, sabiendo que su mejor carta surgirá de allí. Es Kristen Stewart, que con Bella convertida en la vampira que siempre quiso ser consigue su mejor interpretación en la saga. Lejos de las angustias que torturaron hasta ahora a la adolescente enamorada, la actriz deja atrás ese personaje titubeante y de minúscula autoestima y se divierte interpretando a una chupasangre en pleno uso de sus capacidades. Así, después de demasiado tiempo tapada por los poderes y la belleza extraordinaria de sus dos pretendientes, el vampiro y el hombre lobo, el personaje de Stewart es ahora el más dinámico e interesante, algo que (a diferencia de Robert Pattinson y Taylor Lautner) la actriz hace creíble.

    De hecho, en este último episodio los pasajes más edulcorados -que muchas veces empujaban a la serie al borde de la parodia- están reducidos a su mínima expresión, lo mismo que las intervenciones de Pattinson y Lautner. Su tiempo en pantalla lo ocupa el bebe de Bella y Edward, cuyos rasgos fueron desprolijamente delineados digitalmente.

    Ya liberados del triángulo amoroso que era parte esencial de la trama y de la complicación de tener una pareja de enamorados separados por las diferencias entre humanos y vampiros, la guionista Melissa Rosenberg, el director Condon y la editora Virginia Katz logran un desarrollo intenso que cubre los puntos más destacados de la novela sin estancarse en ellos. Los realizadores también parecen haber abandonado toda pretensión de realismo en su trama o de densidad psicológica en sus personajes para aceptar la liviandad de una historia de fantasía romántica en la que los vampiros no tienen colmillos y los lobisones son modelos de músculos desarrollados. Dejando atrás el lastre del pasado, el conflicto aquí tiene que ver con los malvados Volturi, los monarcas del universo vampírico que, comandados por el siniestro Aro, buscarán apoderarse de las habilidades especiales de Edward y los suyos. Interpretado por el británico Michael Sheen, el personaje resulta tan ridículo como divertido, una bocanada de aire fresco en medio de muchas actuaciones mediocres y opacadas por el exceso de maquillaje que sufren los actores que interpretan a los vampiros en estado de alerta.

    Sin grandes despliegues en términos de efectos especiales -el costado más flaco en términos de producción de toda la saga-, el film presenta una creíble escena de batalla que sorprenderá a los conocedores de la historia de la novela. Esos que agradecerán los cuatro "casi finales" con los que Condon dará por cerrada la historia que los apasionó.
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  • Ni un hombre más
    Oscura comedia de enredos

    En algún momento, a poco de comenzada la comedia de enredos oscura que es Ni un hombre más, alguien hablará de un plan perfecto y no se necesita mucho para darse cuenta de que el plan, todos los muchos planes que se elaborarán durante el desarrollo de la trama, serán de todo menos perfectos. Por un lado está aquel urdido por Karla (Valeria Bertuccelli) y Ricky (Juan Minujín), un secuestro exitoso durante sólo unos minutos. Claro que entre el festejo por el cobro del rescate de 100.000 dólares y los problemas pasará muy poco tiempo. Una víctima que se muere en el baúl del auto, un choque en medio de la nada y la llegada a una hostería en la selva de Iguazú que será el escenario del desastre. Allí estará Charly (Martín Piroyansky), el joven encargado del lugar que vive obsesionado por las iguanas que estudia, caza y cocina en un guiso que es su especialidad y que disfraza de pollo para los turistas sensibles. Por ahí también aparecerá Rolo (Luis Ziembrowski), un guardaparques amigo de Charly que tendrá un rol esencial en las complicaciones que incluirán a una misteriosa pareja, un par de mujeres despechadas y algunos personajes más que completarán el carácter coral del film dirigido por Martín Salinas, experimentado guionista que con esta película debuta en el largometraje. Muy hábil para construir los diálogos y las interacciones entre sus tres protagonistas, Salinas no obtiene los mismos resultados del resto de los personajes en los que muchas veces recae la obligación de explicar y resolver partes fundamentales de la trama. Una ardua tarea que por momentos atenta contra el frenético ritmo construido con la contribución de las notables interpretaciones de Bertuccelli, Piroyansky y Ziembrowski. Cada aparición de ellos -juntos o por separado- en pantalla pone de manifiesto los costados más cómicos y al mismo tiempo tensos de la historia.

    La Karla con K de Bertuccelli consigue evitar la caricatura de la mujer desesperada y dispuesta a todo por lograr zafar del desastre en el que se transformó su plan perfecto, mientras que Piroyanski resulta el héroe verdadero, complejo y sutilmente gracioso del cuento. Menos sutil, pero igual de rendidor es el personaje interpretado por Ziembrowski, un hombre que comienza siendo incapaz de matar una mosca y termina de una manera bastante distinta.
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  • Histeria - La historia del deseo
    Una historia sobre la sexualidad

    Algunas cosas quedan claras muy rápido en Histeria. Por ejemplo, que en la Inglaterra victoriana la comprensión del alma femenina y el estado de la medicina están más cerca del medievo que del siglo XX. Otra certeza que aporta el guión de esta comedia que intenta ser romántica es que la represión es el único código de conducta aceptable para la época. Y la razón por la que todo el universo femenino se explica con una palabra: histeria. Las mujeres sufren de una aflicción uterina que sólo puede ser aliviada por los masajes genitales que aplica el doctor Robert Dalrymple (Jonathan Pryce) en su consultorio poblado de señoras en busca del alivio que nadie registra como sexual. A ese lugar llega el joven e idealista Mortimer Granville, médico harto de que los gérmenes sean considerados poco más que un rumor por su conservadores colegas, que tratan las infecciones con la aplicación de sanguijuelas. Reconfortado por la posibilidad de "curar" pacientes que salen del consultorio felices por el tratamiento, el doctor reparte su tiempo entre el consultorio y la casa de su benefactor, el aristócrata e inventor Edmund St. John-Smythe (interpretado por un irreconocible Rupert Everett).

    CUESTIÓN DE GÉNERO

    Más allá de los despistados personajes masculinos de la trama, lo más interesante del cuento sobre la invención del vibrador, un feliz accidente provocado por la fatiga manual del buen doctor, lo más interesante de esta liviana comedia dirigida por Tanya Wexler son sus personajes femeninos. Desde la señoras que necesitan "curarse" de su histeria hasta las hijas del doctor dedicado a ese menester. Por un lado está Emily, papel a cargo de la ascendente actriz británica Felicity Jones, una joven que cumple con todos los designios de su tiempo y que termina comprometida con Granville porque es eso lo que hará feliz a su padre. Padre que sufre porque Charlotte, su hija mayor, hace todo lo contrario. Interpretada por Maggie Gyllenhaal, Charlotte es una proto feminista que se niega a aceptar lo que la sociedad de su tiempo impone como el ideal femenino, que lucha por los derechos de los desamparados y es capaz de reírse del envarado Granville. Claro que no se necesita ser un experto en comedias románticas para entender muy rápidamente que los supuestos opuestos terminarán por atraerse y que el doctor deberá decidir entre la esposa ideal y la mujer que describe como irritante y volátil.

    Una actriz tan inteligente como sensible, en esta oportunidad Gyllenhaal debe arreglárselas con un guión que tiende a colocar a su personaje en situaciones algo forzadas, especialmente en el tramo final de la película. En una escena de tribunal en el que la directora decide -sin demasiadas explicaciones ni lógica- reunir a todo el elenco del film, el personaje de Gyllenhaal se ve obligada a dar un sentido discurso que parece más apropiado para el escenario que para una película que hasta ese momento pretendía ser una comedia de modales sobre la historia de la satisfacción sexual femenina..
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  • Errantes
    Errantes
    La Nación
    Una historia de lucha y desarraigos

    En el comienzo están las excavadoras, las paredes que caen, el terreno que parece más territorio de posguerra que barrio porteño. Pero de eso se trata: del inicio del documental Errantes, que también es el final del asentamiento conocido como La Lechería, entre La Paternal y Villa del Parque, donde solían vivir más de mil personas. Así, los directores Lisandro González Ursi y Diego Caraballi reconstruyen por medio de imágenes y testimonios el recorrido de sus habitantes para conseguir una vivienda digna a partir de la fundación de una cooperativa. Aunque en un principio se utilizan imágenes de noticieros para contextualizar la historia, la verdadera fuerza del relato está en el seguimiento de esas personas/personajes que luchan por cambiar su precaria situación habitacional.

    Las cámaras recorren laberínticos pasillos, se detienen en los juegos de los chicos al borde de las vías del ferrocarril San Martín y en las asambleas donde se discuten los detalles del inminente desalojo y la obligada mudanza. En todas esas escenas, los realizadores consiguen transmitir el sentido de urgencia que sobrevolaba el lugar y a sus habitantes, decididos a trasladarse a Mataderos, donde la cooperativa había logrado comprar un terreno para que el gobierno de la ciudad construyera las viviendas prometidas. Menos lograda es la construcción del relato en el que se abusan de las elipsis -no se explica la génesis de la cooperativa-, sin aportar algunos mínimos datos sobre los vecinos. Así, sus declaraciones pierden contundencia.
    Testimonios

    "Este lugar me ganó por cansancio", dirá, lapidaria, una de las protagonistas del documental, una mujer que cuenta lo difícil de sus primeros años en el asentamiento y que, cuando la conocemos, es una de las más activas integrantes de la cooperativa. La elección de los directores y guionistas de no identificarla -a ninguno de los personajes- ni siquiera con un apodo podría funcionar a modo de afirmación y defensa del trabajo comunitario, pero combinado con las constantes elipsis en el desarrollo de la historia acentúa la falta de información del espectador.

    Por momentos conmovedor y visualmente atractivo -el contraste entre la ruina de La Lechería y la construcción de las nuevas viviendas-, el documental consigue escenas de impresionante crudeza, aunque no logre armar con ellos un conjunto del todo fluido. Las dificultades y desvíos en el camino hacia sus nuevas casas son mostrados en detalle, especialmente la discriminación y prejuicios que padecen los vecinos, pero poco y nada se explica de los resultados de esa injusticia..
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  • El día que cambió la historia
    Un documental que abarca demasiado

    El título de este documental hace referencia al 17 de octubre de 1945, pero comienza mucho antes. En realidad, los hechos puntuales de ese día recién aparecen en el tramo final del recorrido, que entremezcla lecciones de historia con escenas ficcionalizadas y los testimonios de quienes participaron de esa jornada fundamental para la historia argentina. El relato elige retroceder hasta fines del siglo XIX para explicar los orígenes del movimiento obrero peronista desde el punto de vista de los trabajadores de los frigoríficos asentados en la zona de Berisso. Un interesante y rico recorte en términos históricos que no se llega a plasmar en lo cinematográfico. Por momentos manual de historia con ánimo didáctico y expositivo que incluye recortes de diarios de la época y los aportes académicos de historiadores como Osvaldo Bayer, Norberto Galasso, Sergio Pujol y Roberto Tarditti y por otros floja ficción que utiliza viñetas protagonizadas por Lito Cruz y Rubén Stella para intentar personalizar lo que la voz en off explica con datos. Una estrategia innecesaria que estira y suma escenas que no agregan demasiado a lo que se quiere contar. Así, en una de esas secuencias ficcionalizadas se intenta resolver en pocos minutos y sin demasiadas sutilezas la relación entre la movilidad social de los trabajadores y sus consumos populares utilizando el tango como ejemplo. Un tema que daría para varios documentales y que aquí es tratado sin mucho rigor. Apenas una excusa para introducir una escena absurda entre Cruz y Stella, un paso de comedia tan innecesario como anacrónico además de la participación de Amelia Bence como una cabaretera milonguera que canta el tango "De mi barrio".

    Por otro lado, cada vez que aparecen los testimonios de los testigos directos del surgimiento del movimiento obrero en los frigoríficos y sus recuerdos del Berisso de aquellos tiempos, de su cotidianeidad y su lucha, este documental insinúa lo que podría haber sido, pero no es. Es allí, en la familiaridad de esos hombres y mujeres -ya ancianos- y su rescate emotivo y político de los hechos y personas que llevaron al histórico día del título donde el film escrito y dirigido por Jorge Pastor Asuaje y Sergio Pérez muestra su verdadera fuerza e interés. Una historia atrapante -además de relevante-, que no logra traducirse en un documental de igual medida.
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  • Montenegro
    Montenegro
    La Nación
    Un documental conmovedor

    Cuando le preguntan sobre la amistad, Montenegro contesta ofuscado. "Nulo, nulo, nulo", dice, como si se tratara de un mantra. Que inmediatamente pondrá en duda aclarando que "amistades sí, amigos no". Montenegro se llama Juan de Dios Manuel Montenegro y es el protagonista del documental realizado por Jorge Gaggero que lleva su nombre. Montenegro es también un anciano que vive en una isla con la única compañía de sus perros y las visitas de César, un vecino que cría cerdos y con el que sale a pescar. El primero aporta las redes; el segundo, el bote. Se complementan y entonces la soledad casi militante en la que vive Montenegro no es tan extrema, aunque sí profundamente conmovedora. De hecho, Gaggero y su equipo consiguen un documental repleto de emociones siguiendo a un sujeto que hace un culto de la insensibilidad. Aunque sus miradas lo desmientan. La cámara del director capta, atrapa al vuelo, las pocas expresiones que dejan traslucir Montenegro y César. Y con esas expresiones talladas en sus rostros curtidos y de una fotogenia sorprendente cuenta una historia aparentemente sencilla.

    Claro que ni el protagonista ni el desarrollo dramático de Montenegro son verdaderamente sencillos. Todo lo contrario. Porque por toda su rusticidad física, Montenegro se acomoda un hueso literalmente a los golpes, el hombre es un manojo de contradicciones. Un ser que elige vivir como un ermitaño, pero que cuando una situación aparentemente menor lo distancia de César cambia. Pocas escenas en el cine documental -y en el argumental también- logran transmitir mejor la soledad que esa en la que Montenegro prepara la cena para el amigo al que supone ofendido. Velas, vino -el objeto de la discordia- y un grito que parte el alma.

    Con ciertos rasgos de humor -a veces Montenegro y César parecen dos viejos gruñones tan hoscos como tiernos-, el film consigue crear un clima, un mundo tan propio y aislado de lo cotidiano que cuando aparece alguien hablando por celular no se puede evitar la extrañeza. Así, Gaggero logró captar el universo de Montenegro en detalle y profundidad, con su belleza y, sobre todo, una profunda tristeza que el imponente protagonista niega mientras sus ojos lo desmienten.
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  • El amigo alemán
    Un relato repleto de historia

    Hay tantos elementos históricos, emocionales y generacionales en El amigo alemán que hacia el final del film dirigido por Jeanine Meerapfel cuesta identificarlos, recordarlos. Todo comienza en la década del 50 en la Argentina, cuando Sulamit, una nena hija de alemanes judíos, entabla una amistad con Friedrich, su vecinito de enfrente, hijo de alemanes con pasado de criminales nazis. La historia de Capuletos y Montescos, con sus peculiaridades históricas e interesante carga dramática, habría alcanzado para toda la trama, pero la directora eligió ampliar el espectro y sumar ingredientes que terminan por desdibujar su interesante mirada, esa que aparece en los pequeños detalles sobre la distante, pero concreta convivencia barrial entre los sobrevivientes del Holocausto y sus perpetradores y la sutil exposición sobre esa primera generación de hijos nacidos en la Argentina aunque anclados en el país -y el pasado- de sus padres.

    En el contexto de golpes de estado en la Argentina, revueltas estudiantiles en Alemania y persecuciones políticas en ambos países, la historia de amor entre Sulamit y Friedrich avanza. Al menos en lo que respecta al personaje que interpreta Celeste Cid con la suficiente solvencia y sensibilidad para que resulte tan creíble como adolescente y como mujer de mediana edad. Menos logrado es el Friedrich a cargo del actor alemán Max Riemelt, que debe remontar un personaje que carece de dobleces. Sus convicciones políticas, fogoneadas por la culpa de ser quien es y los conflictos de identidad, lo transforman en el menos romántico de los héroes románticos. Así, las situaciones dramáticas que sufren los personajes centrales de El amigo alemán no llegan a traducirse en escenas igual de profundas.
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  • ¿Qué voy a hacer con mi marido?
    Mucho más que una comedia

    Esta película parece una cosa, pero es otra. En la superficie aparenta ser una comedia de Nancy Meyers al modo de Alguien tiene que ceder o Enamorándome de mi ex con la que ¿Qué voy a hacer con mi marido? comparte protagonista y unos títulos traducidos con la sutileza de un hachazo. Pero, por suerte, hay mucho más que superficie en este film de David Frankel, responsable de Marley y yo y El diablo viste a la moda, película en la que consiguió una de las mejores actuaciones de Meryl Streep de los últimos años. Que no es decir poco. Y, con un personaje en las antípodas de aquella Miranda Priestley (temible editora en control de su destino), aquí el dúo Frankel-Streep lo hace de nuevo.

    Gracias a un inteligente manejo de la fotografía y el ritmo de planos, a la actriz le alcanza con un suspiro y unas miradas en las que sus ojos se llenan de dolor, tristeza, frustración y resignación para contar la historia de un amor que sigue existiendo, pero despojado de todo menos un parco compañerismo. Kay y Arnold (Tommy Lee Jones) están casados hace 31 años y sus hijos ya no viven en la casa que ellos comparten como si fueran colegas, amables cohabitantes que se cruzan a la hora del desayuno y la cena, pero duermen en cuartos separados hace tiempo. Decidida a cambiar las cosas, Kay intentará seducir a su marido sin éxito y, al borde de la desesperación, se cruzará con el libro y el tratamiento intensivo de un terapeuta experto en arreglar estos entuertos.

    Hacia allá marchará el matrimonio por insistencia de la mujer y con el marido protestando por todo, desde el precio del hotel, la comida y, sobre todo, las sesiones de terapia. Será precisamente en esos pasajes con Steve Carell -inusualmente contenido- interpretando al analista donde la película mostrará su esencia.

    Allí, entre la resistencia inicial de Arnold y la entrega de Kay se irán descubriendo temas pendientes y una falta de comunicación que excede -sin minimizar-, la falta de actividad sexual de la pareja que ya no sabe, no se acuerda, cómo estar junta. Y que tal vez nunca lo supo. Una posibilidad que el guión de Vanessa Taylor plantea con honestidad, humor y algo de seriedad también. El resultado es un relato sobre la madurez y los vínculos desgastados que, gracias al trabajo de su director, actores y escritora, es mucho más de lo que aparenta.
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  • El circuito de Román
    La memoria poco emotiva

    Un científico de prestigio internacional regresa a la universidad donde se formó y desarrolló una teoría en el campo de la neurociencia sobre el funcionamiento de la memoria, que lo convirtió en sensación en el mundo académico. De aquel triunfo pasó una década. El retorno de Roberto Román aviva un pasado que tanto él como su viejo jefe y un colega que se quedó con su lugar en la universidad de siempre y con su novia también parecen no querer -o poder- recordar del todo bien.

    Todos los sentimientos provocados por la vuelta al hogar materno y a la institución de la que se fue como vencedor -y que ahora lo reclama pese a su resistencia- no se explicitan. En su lugar, el guión escrito por el también director chileno Sebastián Brahm hace que sus personajes dialoguen sobre complejas teorías científicas hasta conseguir que lo que podría haber sido un interesante viaje por las formas y representaciones del pasado se limite a tediosos intercambios difíciles de seguir. Mucho más sugerentes son esos pasajes en los que el protagonista transita silencioso por los espacios que en otros tiempos eran parte fundamental de su cotidianeidad. Allí, la fotografía, siempre en tonos plomizos, grises, acompaña a la historia que, por otro lado, sufre con unas actuaciones monocordes hasta la exasperación. Especialmente en la interpretación del protagonista Cristián Carvajal, al que le toca sostener, sin lograrlo, un relato que a mitad de camino abandona la linealidad para poner en práctica e imágenes las teorías que el film plantea. El recurso complica aún más al críptico guión que termina encerrado sobre sí mismo y sin dar lugar a una parte fundamental de la memoria: las emociones.
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  • Tinker Bell: El secreto de las hadas
    Sencilla y sin sobresaltos, la nueva aventura del hada resulta ideal para los más chicos

    La nomenclatura "cuento de hadas" es tan amplia que puede incluir los relatos de los hermanos Grimm, a todas las princesas de Disney y hasta relatos de acción con elementos fantásticos que involucren algún que otro reino en manos de una reina malvada. Claro que en el caso de TinkerBell y el secreto de las hadas la definición de cuentos de hadas se aplica de manera literal. Se trata de una nueva historia que transcurre en el bello mundo de TinkerBell, aquella hadita aventurera que acompañaba a Peter Pan en la Tierra de Nunca Jamás, creada por J. M. Barrie. Un relato que con dulzura y sin sobresaltos, ideal para los más chiquitos, amplía el universo de la ex Campanita, que ya había mostrado en 2010 TinkerBell: Hadas al rescate. Esta vez, todo transcurre en los bosques, donde las hadas viven una existencia feliz y laboriosa, cada una aportando su habilidad y destreza para el cambio de las estaciones. En el bosque de la artesana TinkerBell siempre es verano, primavera y otoño, pero el invierno queda afuera, más allá de las fronteras, donde viven las hadas del invierno. Apenas un paso divide el clima tibio de las tierras heladas. Por supuesto, la curiosidad de la protagonista la llevará a donde ninguna de sus amigos ha ido antes y una vez allí descubrirá que además de la belleza de los copos de nieve y la diversión de patinar sobre hielo algo mucho más fuerte la une a la tierra nevada.

    Más allá del pequeño misterio en el centro del relato, el guión del film no va más allá de la presentación del bosque y sus personajes, una sencillez que le quita vuelo pero al mismo tiempo resulta ideal para espectadores más chicos, que a veces son relegados a propuestas infantiles, donde se apunta más a entretener a los padres que a los chicos. Aquí no hay villanos ni parodias para hacer reír a los adultos, se trata de un cuento con y de hadas. No es poco.
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  • La era del rock
    La era del rock
    La Nación
    La era del rock comenzó como un musical de Broadway que utilizaba conocidísimas canciones del rock de los ochenta para contar una historia de amor, triunfo, decepciones y reencuentros. Su traspaso al cine podía resultar en objeto de museo o en divertida fábula con guitarras y pelos al viento. Por suerte, el director Adam Shankman consiguió inclinar la balanza hacia la segunda opción, hacia el cuento con final feliz, moraleja y un sentido del ridículo y la diversión apropiado para las canciones al frente del relato.

    Todo empieza en un ómnibus de larga distancia que traslada a la pueblerina Sherrie (Julianne Hough) hasta el corazón de la movida del hair rock, el Sunset Strip de Los Angeles. Allí comienza un largo número musical, pura energía para sacudir las oxigenadas cabelleras, que servirá de presentación para otra parte del elenco: el joven Drew (Diego Boneta), un aspirante a cantante que trabaja en el backstage del bar Bourbon Room que manejan Dennis (Alec Baldwin) y Lonny (Russell Brand). Centro neurálgico para todos los fanáticos del rock de Def Leppard, Joan Jett, Journey y Bon Jovi, cuyas canciones aparecen en la película, el bar necesita de una nueva moza, puesto perfecto para la rubia Sherrie que Hough interpreta con corrección, aunque su falta de experiencia la haga palidecer -lo mismo ocurre con el méxicano Boneta-, frente al carisma de Baldwin y Tom Cruise. Este logra una de sus apariciones más divertidas de los últimos tiempos: parece que cuando le toca correrse del lugar de protagonista absoluto del film, el gran actor de cine que es Cruise se anima a divertirse y termina por robarse la película. Aquí interpreta a Stacee Jaxx, un dios del rock que tiene a un mono como mejor -y único amigo-, desconoce la existencia de las camisas y vive dominado por sus excesos y su manager, papel a cargo del siempre interesante Paul Giamatti.

    A pesar de su previsible guión y el par de villanos de caricatura que interpretan Catherine Zeta Jones y Bryan Cranston, La era del rock logra ser algo más que artefacto retro: logra ser una película entretenida.
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  • Abraham Lincoln: Cazador de vampiros
    Una propuesta irreverente que imagina a los Estados Unidos como un territorio invadido por hambrientos vampiros

    La premisa de este film prometía. Si es que a uno le interesan los films que combinan aventuras, acción y fantasías vampíricas. Es que la posibilidad de imaginar que uno de los próceres de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, era, además de presidente, cazador de chupasangres le agrega -en los papeles- un condimento cuando menos novedoso al resurgimiento de las películas de vampiros, que no parece cerca de agotarse. Aunque viendo este ejemplo del subgénero ya sería tiempo de que fuera menguando el entusiasmo de sus productores. Después de los vampiros románticos y "vegetarianos" de Crepúsculo ahora llegó el turno de los chupasangres esclavistas. Sí, porque según el guión de Seth Grahame-Smith -adaptado de su novela-, la guerra civil norteamericana tuvo como objetivo liberar a los esclavos de sus dueños, vampiros que los utilizaban como alimento. Una propuesta tan absurda e irreverente necesitaba de una dirección y un tono acorde. Algo que el realizador Timur Bekmambetov ( Se busca ) no pudo conseguir. En lugar de intensificar la locura y el absurdo de mezclar la historia de los Estados Unidos con la más pura fantasía en la que Lincoln aprende a usar un hacha enchapada en plata para cortar cabezas, Bekmambetov se pone serio.

    Y en lugar de la diversión -básica, pero diversión al fin- que la premisa inicial anticipaba todo es un poco tedioso. Especialmente cuando el relato insiste en meter sucesos reales de la vida y obra de Lincoln para equilibrar los fantaseados. Frente a la locura de imaginar que la madre del protagonista murió asesinada por un temible vampiro y que en busca de venganza el hombre se transformará en un cazador implacable de monstruos hay largos pasajes sobre su experiencia como estadista que detienen la acción y la vuelven bastante menos entretenida cuando se reanuda. Especialmente por el abuso de los efectos especiales, que cubre todo con un efecto de museo de cera digital del que resulta difícil abstraerse. Las cosas mejoran bastante cuando aparece el villano central de la historia, un vampiro llamado Adam, que el británico Rufus Sewell interpreta con el necesario desenfado. Algo similar hace Dominic Cooper, que con su personaje -guía y entrenador de Lincoln en sus tareas como cazador-, se parece mucho al mejor Robert Downey Jr. Tal vez, haber interpretado a su padre en Capitán América le haya contagiado algo de ese carisma y energía que Downey Jr. suele transmitir en pantalla. Que es exactamente lo que le falta a Benjamin Walker, el actor encargado de la difícil tarea de darle nueva y aventurera vida al bronce de Lincoln.
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  • Historias breves 7
    Desigual antología de cortometrajes del Incaa

    La más reciente edición de Historias breves , nueve cortometrajes, seleccionados a través del concurso del Incaa, realizados por directores noveles, no funciona como una película. Y eso no sería necesariamente problemático si el grupo, aunque diverso, tuviera una coherencia y una presentación formal que los unificara. Así como están las cosas, de los nueve cortos, algunos dejan vislumbrar las posibilidades de sus realizadores para el futuro, pero otros apenas logran sostener las condiciones de contenido y técnicas necesarias para ser consideradas profesionales.

    Entre los trabajos más destacados, están aquellos que trabajan sobre los géneros, ya se trate del romanticismo que insinúa Fábula, de Agustín Falco: el policial de Crónica de la muerte de Paco Uribe, protagonizado por Alberto Ajaka ( que consigue dotar a su personaje de una intriga y profundidad que excede los estereotipos), y hasta la comedia con En carne viva, de Federico Esquerro,que hace explotar los prejuicios sobre el cine independiente y el trabajo de los actores, a partir de una historia bastante graciosa, aunque previsible. Algo similar -en cuanto a la previsibilidad- puede decirse sobre Tres historias cuatro, de Anahí Farfán, que aprovecha la limitación de su formato para contar una historia.

    Claro que si la impresión general que deja este Historias breves es más bien pobre se debe más al criterio de sus compaginadores. Inexplicablemente, decidieron abrir el film con dos de los trabajos más endebles de todo el conjunto: Cenizas , de Gwenn Joyaux, un relato de supuesto suspenso, en el que abundan los problemas técnicos y escasea la trama, y El hombre rebelde, de Martín Salinas.
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  • Valiente
    Valiente
    La Nación
    Bellas imágenes para esta modernización de las princesas de cuento

    La marca Pixar es tan fuerte, son tantas las maravillas que el estudio puso en pantalla desde el estreno de Toy Story, en 1997, y tan pocos sus pasos en falso, que cada nueva película que sale de esa productora arranca con la desventaja de tener que alcanzar los altos estándares establecidos por sus predecesoras, con los espectadores esperando ser al mismo tiempo entretenidos y encantados. Ya se trate del público infantil -su audiencia natural pero no exclusiva- o del adulto, del estudio responsable de Buscando a Nemo, Bichos y Monsters Inc. se espera mucho. Por todo esto conviene decirlo de antemano: Valiente no llega a las alturas creativas de Ratatouille, Toy Story o Wall-E, aunque sí logra presentar un universo de impresionante belleza visual y una historia que intenta modernizar a las princesas de cuento.

    La noble en cuestión es Merida, una adolescente que desde chiquita prefiere pasar el tiempo corriendo por los bosques y descubriendo la naturaleza que la rodea que encerrada en el castillo, donde su papá tolera su afán de aventuras y su mamá intenta domarla a toda costa. Una arquera experta y displicente estudiante de los buenos modales necesarios para convertirse en reina, Merida es feliz a lomo de su caballo Angus, escalando los picos escoceses y bebiendo de los manantiales. De hecho, esa secuencia, una explosión de libertad que representa el espíritu del film y celebra las ilimitadas capacidades de la animación, es de lo mejor de la película, que en su desarrollo, y por el afán por diferenciarse de los clásicos relatos de princesas de Disney, pierde algo de ese impulso, de ese sentido del asombro que está presente en el comienzo de la película.

    Más allá de mostrar a Merida como la rebelde de pelos al viento, de las graciosas secuencias con sus candidatos y sus movedizos hermanos trillizos, Valiente se detiene en intentar profundizar en la relación que la une con su madre, la reina Elinor, que espera de ella que sea otra: una versión más disciplinada y apocada que lo que es. Pero la que terminará cambiando es la reina: primero por una poción mágica encargada por la princesa a una hechicera y luego, enseñanza de vida mediante, al entender que el destino de su hija puede ir más allá de un casamiento conveniente.

    Aunque al desarrollo del film no tenga el vuelo y la sensibilidad usualmente presentes en los films de Pixar, lo cierto es que el conflicto central de Valiente es lo suficientemente profundo y hasta novedoso como para cumplir con las expectativas de sus espectadores.
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  • Pompeya
    Pompeya
    La Nación
    Película de género que maneja con agudeza escenas de gran violencia

    "El cine es fantasía, es ilusión", dice uno de los personajes centrales de este film que transcurre entre dos planos de realidad que justifica la afirmación. Claro que la fantasía y la ilusión creadas por la directora y guionista Tamae Garateguy son más bien oscuras, intensas, sangrientas. Una mirada sobre el cine de género tan cruda como interesante que no suele aparecer en el cine nacional.

    Todo comienza con una reunión de trabajo entre un director de cine, un guionista y su asistente. El plan es armar una historia de acción, de una banda de delincuentes liderados por un tal Dylan. De hecho, por capricho de los impostados cineastas, todos los personajes tendrán nombres en inglés a pesar de que sus violentas aventuras transcurran en Pompeya. Así, el film empieza a desarrollarse en esos dos planos, un ejercicio de cine dentro del cine que funciona mucho mejor cuando la acción se traslada a las calles, cuando la cámara sigue a Dylan (José Luciano González), su hermano Timmy (Federico Lanfranchi) y su amigo Shadow (Hernán Bustos). Aun pensados como estereotipos y dotados de artificiosas características para darles cierta profundidad a sus viñetas de violencia a puñetazo limpio y cuchillada sangrienta, los tres consiguen generar bastante más interés que el equipo de cineastas que los está "imaginando". Especialmente cuando dejen de ser delincuentes freelance para involucrarse con la mafia rusa que pelea con la coreana por adueñarse de las calles de Pompeya. Es en ese momento cuando los cadáveres empiezan a acumularse y las imágenes se vuelven cada vez más explícitamente violentas. Un recurso propio del género que la directora y su editora, Catalina Rincón, manejan con notable agudeza e intuición, aunque para algunos espectadores pueda resultar excesivo.

    Tal vez para alivianar esos momentos de intensos enfrentamientos o para recordarnos que sólo se trata de una ficción, la película intercala las viñetas de Pompeya con las discusiones y pequeñas miserias de los cineastas. Ellos que entre discusiones sobre las referencias borgeanas que su guión puede tener o no, se dedican a herir egos y acuchillar narcisismos como si se tratara de cuestiones de vida o muerte. Como si estuvieran peleando por un lugar en las calles de Pompeya.
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  • El secreto de Albert Nobbs
    Un fallido relato que explora la cuestión de género en la Irlanda del siglo XIX

    Desde su primera aparición en pantalla queda claro que el Albert Nobbs del título no es lo que se dice un hombre sociable. Cuidadoso, obsesivo y obsecuente, Nobbs es un ser patético. Un hombrecito gris que vive para contar -con patológica meticulosidad- sus ahorros y no parece existir más allá del trabajo en un hotel y el cuarto en el que esconde su dinero. Pero hasta el sumiso Albert tiene algo que esconder. Rodeado de sus compañeros sirvientes, hostigado por la dueña del hotel y despreciado por los huéspedes, el personaje que interpreta Glenn Close es en realidad una mujer. Un hecho que, llamativamente, no consigue hacerlo más interesante. Todo lo contrario. Según la actuación de Close, que ya había encarnado a Nobbs en una versión teatral de la historia que impregna el ritmo -o la falta de él-del relato, se trata de un personaje tan rígido como miserable. En pánico por un incidente que podría revelar su secreto, Nobbs empieza a descubrir que podría haber otra vida para él/ella. Una forma de librarse de esa soledad que el director Rodrigo García se empecina en machacar con una insistencia que sólo puede interpretarse como sádica. Hasta los momentos de "triunfo" del personaje son fallidos y si el guión pretendía plantear algún argumento de denuncia sobre el papel de la mujer en la sociedad decimonónica, logra casi lo contrario. Y si la idea era poner sobre el tapete el lugar de la homosexualidad o transexualidad en la Irlanda de aquellos años lo que se ve desmiente las buenas intenciones. Tal vez lo mejor de una historia que produce más aburrimiento que emoción sean las pocas escenas en las que es posible vislumbrar algo de la vida del resto de los empleados del hotel y sus visitantes.

    Allí están la siempre excelente Mia Wasikowska (Alicia en el país de las maravillas) como el improbable objeto de cariño de Nobbs, el gran Brendan Gleeson, interpretando a un doctor que le aporta cierta bondad al mundo del protagonista y Janet McTeer, cuyo personaje funcionará como catalizador del despertar a la vida de Nobbs. Claro que la aparición de estos grandes actores queda aplastada por una dirección que los obliga a asumir poses excesivamente forzadas, a girar en torno del personaje de Close que -al igual que McTeer-, consiguió una nominación al Oscar por este papel. Premio que finalmente ganó Meryl Streep, otra actriz que atrajo la atención de la Academia de Hollywood por una interpretación cubierta de maquillaje. Claro que en el caso de Streep se trató de interpretar a Margaret Thatcher en una película menor y superficial aunque jerarquizada-hasta cierto punto-, por su actuación. En El secreto de Albert Nobbs, Close intensifica el efecto opuesto.
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  • Blancanieves y el cazador
    Una versión del cuento de hadas llena de acción

    Nuestar los cuentos de hadas clásicos para transformar lo conocido, visto y repetido en otra cosa está de moda en Hollywood. Si los cómics aportan una fuente de material rico para construir películas dirigidas a un público mayoritariamente adolescente y masculino, la adaptación de cuentos de hadas popularizados y eternizados por Disney parece ser un guiño para el público femenino. Ese al que con darle un título, Blancanieves y el cazador, ya sabe de qué va la cuestión y sólo le queda acercarse al cine para ver en qué cambió la historia que ya conoce. No mucho. Blancanieves sigue siendo la niña más linda y buena del reino, huérfana de madre primero y muy pronto de padre también, cortesía de su madrastra, Ravenna, una belleza tan impresionante como malvada. Claro que interpretada con apropiada grandilocuencia por Charlize Theron esta villana tiene razones para utilizar la magia más oscura en pos de permanecer siempre hermosa.

    Abusada justamente por su aspecto físico y luego descartada, la atormentada Ravenna está decidida a mantenerse siempre joven y hermosa para sostener su poder. Y la única que puede arrebatárselo es la princesa que tiene encerrada en la torre. Un personaje al que Kristen Stewart le aporta una intensidad que la película derrocha por todos los costados. De hecho, en su intento de transformar el cuento de hadas en una fantasía de acción, más cerca de El señor de los anillos que de los dibujos de Disney, el film no consigue despegar. Con un diseño de producción, vestuario y efectos especiales impactantes, el desarrollo insinúa maravillas que no se concretan. Y por cada innovación, el relato visita los puntos más conocidos de la historia: allí está el espejito, espejito que revela quién es la más bella del reino aunque ahora se parezca más a un oráculo con forma humana que a un reflejo, la manzana envenenada, los siete enanos, el príncipe y el cazador. O el primer arrepentido del mundo de los cuentos de hadas que aquí es un veterano de guerra, borracho y traumatizado que hará de guía y general del ejército de Blancanieves. El papel con tanto despliegue físico como emocional es interpretado por Chris Hemsworth, un actor con más recursos de los que su trabajo como Thor había insinuado, a tal punto que logra robarles protagonismo a las eficaces Stewart y Theron.
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  • Hombres de negro 3
    La tercera parte de la serie recupera el humor y el absurdo del primer film

    Cerca de quince años pasaron desde que se estrenó Hombres de negro , una comedia delirante, repleta de momentos absurdos y una de las más exitosas adaptaciones de un cómic a la pantalla grande. Los muchos méritos de la comedia de ciencia ficción protagonizada por Tommy Lee Jones y Will Smith -y el gran suceso en las taquillas del mundo- obligaron a una desastrosa secuela que alejó a los agentes K (Jones) y J (Smith) del cine. Pero ahora están de vuelta y en su mejor forma. Hombres de negro 3 es una comedia para toda la familia, algo sentimental y que se adscribe a una fórmula probada en el primer film de la trilogía pero evita convencionalismos, y eso la separa de muchos de los productos de Hollywood pensados con espectador preadolescente en mente. Aunque no descuida a su público más joven, la historia escrita por Etan Cohen ( Una guerra de película ) se anima a construir situaciones humorísticas para adultos. Pequeñas referencias de política e historia del siglo XX entremezcladas con las fantásticas criaturas de Rick Baker resaltan en una historia que comienza en una cárcel lunar con la fuga de Boris El Animal, cuyo nombre y aspecto lo delatan desde el vamos como el villano de la película. El extraterrestre es un viejo conocido del agente K, responsable de apresarlo en 1969, fecha en la que el taciturno personaje de Jones cambió -para peor- para siempre. Así lo cuenta O (Emma Thompson), la nueva jefa de la agencia secreta encargada de monitorear la actividad extraterrestre en la Tierra. Preocupado por los más que resecos modos de su compañero, el agente J -un Smith que despliega morisquetas algo forzadas para un intérprete de su edad- se topará con más misterios que revelaciones. Claro que todo cambiará cuando el horripilante Boris, interpretado por Jemaine Clement, la mitad del dúo de comediantes y músicos neozelandeses de Flight o f the Conchords, consiga un adminículo que le permite viajar en el tiempo, retroceder hasta 1969 y modificar su destino y el de su planeta con ínfulas conquistadoras. Hacia el pasado también irá el agente J, que aterrizará en 1969 para encontrarse con una versión más joven y menos hosca de su compañero K, que interpreta Josh Brolin. Con una actuación que consigue capturar todos los modismos de Jones sin ser una mera imitación, Brolin le inyecta nueva vida al relato, que por momentos se dispersa un poco y pierde su buen ritmo pero que nunca abandona el humor absurdo e inteligente al mismo tiempo.
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  • Los padrinos de la boda
    Una comedia de enredos fallida que no consigue divertir

    Hace cuatro años la comedia Muerte en un funeral se transformó en un inesperado éxito de taquilla. Un film modesto, sencillo y efectivo que funcionaba en la mejor tradición de la comedia de enredos de pura cepa británica y que contaba con un elenco que lograba tocar cada uno de los transitados pero divertidos puntos de la trama con destreza. Ninguno de todos esos logros se repite en Los padrinos de la boda, que comparte con aquel éxito guionista -Dean Craig- y productores. Lo que en la película original era simpático caos acá es confuso desorden en una trama que parece tropezar, más que avanzar, de una escena a la otra.

    Todo comienza en una isla remota donde David (Xavier Samuel), un muchacho británico, conoce a la bella Mia (Laura Brent), una australiana de la que se enamora y a la que casi inmediatamente le pide casamiento. El romance no será del todo bien recibido por los amigos de David que lo esperan en Londres. De todos modos, Tom (Kris Marshall), Graham (Kevin Bishop) y Luke (Tim Draxl) acompañarán a su amigo a la boda que se celebrará en la casa de la novia en Australia. Allí, el enamorado David se enterará de que su novia es hija de un prestigioso senador, empeñado en perpetuar su poder a través de ella, y que su casamiento es el evento social de la temporada. A la sorpresa no ayudará el despiste de sus amigos que por descuido terminarán por casi arruinar la boda al "invitar" a un traumatizado vendedor de drogas al festejo. Además de perder a la mascota de la familia, un carnero de considerable tamaño, que complicará aun más las cosas.

    Por allí, habrá también una suegra, interpretada por la estrella de la era disco Olivia Newton John, la única intérprete que logra transmitir algo de diversión y desparpajo en un elenco que no consigue hacer demasiado con el mediocre material con el que cuentan. Un guión que intenta reírse del choque cultural entre el Reino Unido y Australia pero que no despierta ni una sonrisa.
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  • Piratas! Una loca aventura
    Un film divertido y tierno para que disfruten chicos y adultos en igual medida

    Esta es, oficialmente, la primera película de los estudios Aardman que utiliza la tecnología 3D para el stop-motion . Pero lo cierto es que extraoficialmente desde los tiempos de Wallace & Gromit los personajes y las historias creadas por los artistas ingleses Peter Lord y Nick Park son en algo más que en dos dimensiones. Una cualidad extra aportada por la animación cuadro por cuadro de esos muñequitos de piel de plastilina y los guiones que siempre respetaron sus orígenes. Los personajes de Aardman son británicos hasta su médula plástica y los protagonistas de ¡Piratas! Una loca aventura no son la excepción. Aunque no se estrene en la Argentina la versión original en la que Hugh Grant le prestó su voz al Capitán Pirata, el personaje no pierde ni un ápice de su espíritu inglés aunque hable en castellano. Allí está él junto a su tripulación, un grupo humano que se deleita con todas las tareas de la piratería pero que, sobre todo, disfruta de una buena pata de jamón cortada por la espada de su líder. Alegres y algo inocentes a pesar de su ocupación sanguinaria, Pirata y los suyos no son grandes saqueadores, ni tienen los cofres llenos pero aun así aspiran a ganar el trofeo de pirata del año. Una gesta tan atrevida como imposible de conseguir, especialmente si se trata de competir con gigantes de los siete mares como Black Bellamy y Liz, una sexy capitana con la voz de Salma Hayek. Humillado por sus pares y desesperado por ganarse el respeto de su tripulación, el Capitán Pirata hará de todo por elevar su perfil en el mundo de la piratería. En esa búsqueda se cruzará con un joven Charles Darwin, más interesado en su mala suerte con las mujeres que en sus teorías evolucionistas.

    Ambientado en una era victoriana no demasiado apegada a la realidad histórica, el film pasa de una situación a otra con el ritmo propio de una comedia de enredos un poco absurda. La colección de bromas y situaciones graciosas resultan tan disfrutables para el público infantil como el adulto que hará esfuerzos por no perderse detalle del elaborado diseño de cada una de las escenas de la película.

    Aunque cuenta con un conjunto de personajes divertidísimos encabezados por el capitán de tupida barba roja, la gran cantidad de escenas de acción le quitan algo de espacio para desarrollarse. Es que en poco menos de una hora y media el héroe pasa de ser el hazmerreír de los mares a convertirse en el pirata con el mayor botín, para volver a ser un descastado que cuelga la espada para dedicarse a vender ropa de bebé por las calles de Londres. Aunque suene algo ridículo-porque lo es-, todo lo que sucede en ¡Piratas! Una loca aventura divierte, fascina. Ya sean los abordajes en el medio del océano -una de las mejores secuencias del film-, o la visita a la cámara de los tesoros del imperio británico del que el film se burla constantemente.
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  • Espejito, espejito
    Un cuento de hadas más cerca de la parodia que de la fantasía

    Los cuentos de hadas escritos por los hermanos Grimm son en su mayoría recopilaciones de leyendas centroeuropeas que, examinadas de cerca, contienen demasiadas crueldades y fatalidades para ser aptas para el público infantil. Oscuros relatos llenos de muerte, sufrimiento y, sí, también príncipes y princesas. Y algo de toda esa esencia persiste en Espejito, espejito, aunque el tono del film tenga más de parodia que de tragedia. Aquí la archiconocida historia de Blancanieves y su egocéntrica madrastra funciona como una farsa algo fría y cómica, aunque no demasiado.

    Todo comienza con un pequeño resumen animado -lo mejor, por lejos, de toda la película- en el que la reina explica cómo fue que consiguió su trono y cómo piensa conservarlo siendo la más bella del reino. Interpretada por Julia Roberts, la villana está llena de peculiaridades y pequeñas obsesiones vanidosas y, con su conocimiento de la magia negra, mantiene todo bajo control. Usualmente una fuerza cinematográfica irrefrenable y una intérprete carismática como pocas, aquí Roberts nunca logra despegar su actuación de una serie de tics con los que ella parece encantada pero que no convencen desde el punto de vista del espectador. Pura exterioridad y no demasiada sustancia, una combinación que se extiende también a Lilly Collins, encargada de interpretar a esta Blancanieves de espadas tomar, y a la película en general. Dirigido por Tarsem Singh ( Inmortales , La celda ), el film contiene las marcas de estilo del realizador, un detallista y elaborado diseño de producción y vestuario que asombra y deleita. Claro que el repertorio visual encuentra su límite en un guión y unas interpretaciones que parecen al servicio de los trajes y los escenarios cuando lo ideal sería que ocurriera exactamente lo opuesto.

    Combinando elementos de comedia con la fantasía romántica, allí está el príncipe valiente aunque algo simplón que interpreta Armie Hammer ( J. Edgar ), objeto de deseo tanto de la reina madura como de la posadolescente princesa, Espejito, espejito intenta modernizar esos cuentos de hadas que Disney supo transformar en imágenes icónicas consumidas por el mundo entero. Así, pone en manos de Blancanieves y los legendarios siete enanos que la rescatan del siniestro bosque la posibilidad de cambiar su destino, vengar los maltratos recibidos y conseguir el final feliz. Claro que el mensaje no demasiado trabajado ni cuidado por el guión de Melisa Wallack y Jason Keller empalidece frente a los coloridos trajes y escenarios que asombran, pero nada más.
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  • Furia de titanes 2
    No era bueno Furia de titanes. Estrenado hace dos años, el film que jugaba a reempaquetar la mitología griega para el público ávido de aventuras en 3D, a duras penas entretenía siempre y cuando las expectativas del espectador fueran muy bajas y no esperara demasiado ni del guión ni de los efectos especiales. Por todo eso, a esta secuela que retoma la historia de Perseo una década después de los eventos de la película anterior, no le quedaba otra opción que mejorar. O profundizar el desastre. La mentablemente, Furia de titanes 2 no consigue hacer una cosa ni la otra. Con un guión que utiliza elementos de la mitología griega pasados por el filtro de las familias disfuncionales más habituales en los dramas, la trama arranca con Perseo (Sam Worthington) viviendo junto a su hijo en un pueblo de pescadores, dándole la espalda a su condición de hijo de Zeus (Liam Neeson), mientras se ensucia las sandalias igual que el resto de los mortales. Claro que pronto el hombre recibe la visita de su padre, que le confirma lo que él ya había advertido: algo está pasando en el Tártaro y todos los monstruos se están escapando. Incluido el temible titán Cronos, padre de Zeus. Primero resistiéndose a su destino y luego conmovido por los problemas de su padre y su tío Poseidón (Danny Huston), atacados por el desterrado Ades (Ralph Fiennes) y el resentido Ares (un desperdiciado Edgar Ramírez), Perseo irá a su rescate montado en su fiel corcel alado Pegaso. En el camino se cruzará con la reina griega Andrómeda (Rosemund Pike) que lucha, sin demasiado éxito, para detener a los escapados del inframundo y con Agenor (Toby Kebbell), otro semidios y su primo. Si todo suena algo ridículo es porque lo es, especialmente cuando entre pelea y pelea con gigantes digitales y en 3D, el inexpresivo Perseo de Worthington -que entre una película y la otra se dejó crecer el pelo pero no adquirió mucho más en el receso-, debe lidiar con su peculiar familia.

    A diferencia de lo que sucedía en la primera película, en esta secuela los efectos especiales en 3D son mucho más vistosos -especialmente en el viaje al inframundo-, aunque por momentos los movimientos de cámara exageren su dinamismo hasta transformar imágenes en borrones.

    Para aportar la cuota de humor que este tipo de film insiste en agregar aunque siempre lo hace como si fuera una idea de último momento, aparece el mencionado Kebbell (Rock´nRolla), una especie de rastaman griego y el siempre interesante Bill Nighy, como el desquiciado Hefesto. Pero no alcanza con tener algunos buenos actores haciendo lo que pueden cuando el guión está tan en ruinas como el templo de Zeus.
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  • Los juegos del hambre
    Una historia que va mucho más allá del fenómeno literario

    La adaptación al cine de una novela popular es un emprendimiento riesgoso. La legión de seguidores que descubrieron y se enamoraron de la historia en papel sueñan con ver su historia favorita en el cine, pero no desean que esas imágenes se alejen demasiado de lo que ellos mismos imaginaron. Así, el director se encuentra con la imposible tarea de intentar conformar a quienes conocen el relato al dedillo y al mismo tiempo intentar atraer a aquellos que se acercarán a él por primera vez. Es usual entonces que sin querer traicionar a ninguno de sus potenciales espectadores, el film termine no satisfaciendo a ninguno. El caso de Los juegos del miedo es la excepción a esta regla. Gracias a la inteligente mirada del director y guionista Gary Ross, la fantasía futurista que imagina un mundo oprimido en el que los integrantes más jóvenes de la sociedad son obligados a luchar a muerte entre ellos una vez al año, atrapa e interesa aun cuando nunca se haya oído hablar de la trilogía de novelas que dio origen a la película. Y aquellos que las conocen no tendrán demasiado de qué quejarse ya que todos los elementos fundamentales del libro están presentes en el film. Los realizadores tomaron especial cuidado en el ingrediente principal y necesario de la trama: su protagonista. La historia gira alrededor de Katniss Everdeen, una adolescente obligada a crecer de golpe por la muerte trágica de su padre, la incapacidad de su madre de cuidarla a ella y a su hermana y, finalmente, el mundo hostil que la rodea. Tanta responsabilidad y seriedad podría haber conformado un personaje denso, demasiado oscuro. Y aunque ambos elementos están presentes, la cierto es que desde el primer momento que aparece en pantalla Katniss es básicamente una sobreviviente por la que el espectador tomará parte rápidamente. Esa identificación ocurre por una combinación de un guión preciso, el inteligente uso de la cámara en mano -un modo económico de presentar sus conflictos y temores-, pero sobre todo, por la presencia de Jennifer Lawrence. La joven actriz ya había llamado la atención en Lazos de sangre , donde como aquí su fotogenia y talento interpretativo se volvían el punto focal de todo el film. En este caso su Katniss es a la vez pura fuerza y profunda carencia, un rol bastante alejado de la heroína romántica que usualmente aparece en este tipo de historias dirigidas -aunque no exclusivas, claro-, al público adolescente. Aunque el triángulo amoroso tendrá su espacio, especialmente de parte de Gale y Peeta, los dos muchachos que la rodean, el núcleo de la trama pasará por otro lado.

    Transformada en la proveedora y protectora de su familia, Katniss deberá participar de los mortales y televisados juegos organizados por el presidente Snow (un terrorífico y siempre rendidor Donald Sutherland). Algo así como el más extremo reality show, en el desarrollo del film -a diferencia de la novela-, la competencia será examinada desde el punto de vista tanto de sus jóvenes competidores, como de sus crueles organizadores. Allí cobrará importancia la intervención de Woody Harrelson como Haymitch que con su impecable tempo para la comedia aportará cierta liviandad a una historia que se torna más violenta a media que avanza la trama. Menos destacada -al menos por ahora porque su personaje crecerá en las próximas entregas-, es la participación de Lenny Kravitz como un bondadoso aliado de ese gran personaje que es Katniss.
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  • Enter the Void
    Enter the Void
    La Nación
    Con sus dos películas anteriores, Solo contra todos e Irreversible, el director franco-argentino Gaspar Noé nos demostró que lo suyo no son las sutilezas, ni las medias tintas, que su cine es indivisible de la provocación que generan sus relatos que tarde o temprano probarán los límites de lo tolerable para el espectador. Claro que más allá de la impresión que puedan causar algunas de sus imágenes -aquí un repetitivo pasaje dónde se ve en detalle dos cuerpos destrozados por un accidente automovilístico-, Noé también impresiona por su capacidad para transformar un film en una experiencia sensorial bastante alejada del cine convencional.

    De hecho, Enter the Void poco tiene de narrativa tradicional, apenas un par de apuntes sobre la historia de Oscar (Nathaniel Brown), un joven dealer que vive en Tokio junto a su hermana Linda (Paz de la Huerta), y con el que el espectador compartirá el punto de vista desde el comienzo de los, por momentos, tortuosos 161 minutos de película.

    Todo empieza con una escena de títulos fascinante, atractiva hasta lo hipnótico, un bombardeo de imágenes y música que apelan a un estado de consciencia alterado que se derramará por todo el film. Una imaginería alucinante y alucinada creada gracias a unos efectos digitales que separan al film de la media. Lo mismo que la insistencia en la perspectiva subjetiva de la cámara que oculta al protagonista, ese que busca drogas como negocio y para su consumo personal por unas calles de Tokio que parecen -a veces son- maquetas imaginadas por un arquitecto en pleno viaje provocado por los mismos alucinógenos químicos que Oscar codicia. Obsesionado con el Libro de los muertos tibetano, suerte de guía para los muertos en su camino a la reencarnación, el personaje central emprenderá un recorrido en el que el pasado, el presente y los futuros posibles se superpondrán para crear una percepción tan artificial como visualmente atractiva. Los vuelos rasantes de la cámara sobre un Tokio estallado de neón hablan del virtuoso ojo del director que se regodea tanto en ellos como en la
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  • Drive
    Drive
    La Nación
    Un gran film que cruza géneros para contar una historia violenta

    Hacia la mitad de Drive , uno de sus personajes más interesantes, un mafioso -interpretado por el comediante Albert Brooks- que con el correr del relato elevará de menor a mayor la incomodidad del espectador, cuenta que en un momento de su vida fue productor de cine. Las películas eran una porquería que le hicieron ganar dinero porque, dice, los críticos dijeron que tenían una mirada "europea". El comentario, intrascendente para algunos, cobra sentido y gracia al pensar que el director del film es un danés que tomó elementos del western y del cine de acción, géneros hollywoodenses por excelencia, y los reinterpretó hasta hacerlos propios. Lo que ya estaba gracias a su puesta en escena y particular punto de vista resultó en un todo novedoso. Aunque sus partes no lo sean.

    La historia gira en torno a un lacónico chofer de coches que cuando no trabaja en un taller mecánico -al que, nos cuentan, llegó sin explicaciones ni exigencias- se desempeña como doble de cine y necesario cómplice de ladrones que lo contratan para que los ayude a escapar una vez cometidos sus robos. Con planos precisos, ajustados perfectamente a las necesidades de la historia, Refn -ganador como mejor director en el Festival de Cannes de 2011 por este trabajo- y su director de fotografía (Newton Thomas Sigel) pintan a este hombre solitario en unas pocas escenas nocturnas. Las persecuciones policiales entre los puentes y las calles de Los Angeles, puro concreto, son el escenario ideal para esta historia dura que con el correr de los minutos se tensa y explota en una violencia gráfica, no apta para impresionables.

    El chofer sin nombre ni pasado, puro presente de mirada intensa y escarbadientes siempre en boca, se cruza con una vecina y su pequeño hijo y algo pasa. Algo similar a una amistad se forja en un par de encuentros entre estos dos personajes que no dicen mucho, casi nada, pero que parecen entenderse. Ella, interpretada por la británica Carey Mulligan, espera por su marido encarcelado que eventualmente quedará libre para complicar el incipiente romance de los protagonistas además de arrastrarlos a una compleja trama de deudas, robos y unos mafiosos que no perdonan.
    Aires de Tarantino

    Con el cruce de géneros y la utilización de una sorprendente banda de sonido que remite a la electrónica de los años ochenta, el film se acerca al cine de Quentin Tarantino, aunque mientras el realizador de Bastardos sin gloria utiliza el homenaje al género hasta volverlo pastiche, Refn se detiene antes, y el resultado es demoledor. Especialemente en su minucioso desarrollo de los personajes empezando por el protagonista que encarna Ryan Gosling. El actor de Secretos de E stado y Loco y estú pido amor consigue hacer del silencio de su personaje y de sus modos fríos e impasibles una bomba de tiempo. Un trabajo de interpretación que construye en cada interacción con el resto de los personajes. Además de su casto enamoramiento con la vecina, establecerá lazos con el pequeño hijo de ella y con su jefe, un perdedor empedernido, un amuleto de mala suerte al que Bryan Cranston (conocido por su papel en la serie Breaking Bad ) le exprime hasta la última gota de jugo. Lo mismo que hace con su personaje el mencionado Brooks jugando a ser ese criminal que va más allá de los estereotipos y clichés con los que suelen cargar este tipo de roles.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Una historia trágica que apunta a conmover al espectador

    Es muy complicado, casi imposible, juzgar y analizar los aciertos y desaciertos estéticos y formales de este film cuando lo que se pone en cuestión es su calidad, hasta su viabilidad, moral. Una película que toma una tragedia colectiva como el ataque terrorista a las Torres Gemelas y la transforma en un drama personal contado como si se tratara de un cruel cuento de hadas protagonizado por un niño profundamente perturbado alarma desde un lugar que supera la existencia o falta de méritos cinematográficos. ¿Era necesario mostrar el sufrimiento de ese chico que pierde a su padre en las Torres en un primer plano detallado que incluye la autoflagelación? Probablemente no. Si parte del pensamiento posmoderno discute fuerte con la idea de representar el horror, en referencia al cine dedicado a ficcionalizar el Holocausto, aquí, en otra medida, cabe una pregunta similar. La utilización de la imagen -la documental y la recreada para este film-, de las personas tirándose de los edificios a punto de derrumbarse para contar el drama de este niño resulta manipulatoria y más que cuestionable. Que todo se vuelva un juego de detectives como sólo un chico curioso pueda imaginar lo es más aún.

    Basado en la novela de Jonathan Safran Foer, la película cuenta con un estilo afectado, casi kitsch, la historia de Thomas (el debutante Thomas Horn), un nene que podría ser autista -las pruebas no fueron concluyentes, explica él mismo-, que vive fantásticas aventuras por Nueva York con su padre. El hombre (Tom Hanks), un joyero que quería ser científico, diseña misterios para que su hijo resuelva y así deba hablar con la gente, algo que al chico le cuesta bastante.

    Casi como el París de mentiritas que mostraba y explotaba Jean-Pierre Jeunet en Amelie , el director Stephen Daldry ( Billy Elliot ) construye un Manhattan y alrededores tan artificiosos como la tragedia que el guión del talentoso Eric Roth machaca. Porque acá más que relatar de lo particular a lo general la profunda herida que causaron las muertes de las víctimas del 9/11, todo apunta a conmover al espectador a como dé lugar. No hay espacio para la reflexión ni la emoción genuina cuando la historia vuelve una y otra vez a la imagen de un niño autoflagelándose física y emocionalmente.

    Ante tanta manipulación, las actuaciones de Hanks, Sandra Bullock y el precoz Horn, además de los aportes en papeles secundarios de Viola Davis, Max von Sydow y Jeffrey Wright, aunque notables quedan desdibujadas, un elemento más de un mecanismo que funciona sólo tracción a lágrimas.
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  • Jack y Jill
    Jack y Jill
    La Nación
    El film está repleto de referencias localistas y chistes de dudoso gusto

    Una película escrita, producida y protagonizada por Adam Sandler puede ser un exceso para algunos. A quienes el humor del comediante norteamericano no les resulte gracioso huirán despavoridos ante la noticia de que en Jack y Jill Sandler redobla la apuesta y, siguiendo las enseñanzas de Eddie Murphy -otro comediante que divide al público-, interpreta a los dos personajes del título. Por un lado está Jack, un exitoso director publicitario, casado y padre de dos hijos que vive muy bien en Los Angeles. Por el otro, su hermana gemela Jill, una poco agraciada -obvio, es Sandler disfrazado de mujer- solterona que siempre se las arregla para decir las cosas más molestas y que parece vivir más como una anciana que como una persona de cuarenta y dos años. Empeñada en pasar más tiempo con su hermano, Jill dejará su Bronx natal para pasar las fiestas en la soleada Los Angeles, para profunda molestia de Jack, que está preocupado por el futuro de su negocio. Si no convence a Al Pacino de hacer una publicidad de capuccinos perderá a su mejor cliente.

    Si hubo películas en las que Sandler combinó su tempo para la comedia con una aguda observación de algunos aspectos de la sociedad norteamericana, aquí perdió el equilibrio y no logra compensar un puñado de buenos remates humorísticos con una gran cantidad de escenas de ridículas a vergonzosas. El objeto de la burla es esa mujer que el propio Sandler interpreta con gestos que toma prestados de sus personajes anteriores. El ceceo de Jill es un elemento que la hace supuestamente más insoportable y digna de lástima, mientras que en El aguador le agregaba cierta ternura al zonzo que interpretaba Sandler.

    Entre chistes de dudoso gusto y cierto coqueteo con la xenofobia que justifica poniendo todas las frases racistas en boca del reconocido humorista mexicano Eugenio Derbez, aparece Al Pacino, jugando a ser una versión chiflada de sí mismo. Burlándose de su trabajo en teatro interpretando a Shakespeare, citando clásicos parlamentos de El padrino II y Caracortada, el actor le prende fuego a su leyenda. Y resulta el punto más divertido y sorprendente -especialmente en la escena en la cancha de básquet- de una película que se apoya demasiado en referencias a la cultura popular norteamericana, un exceso de localismo que deja a mucho público afuera.
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  • La dama de hierro
    Un film que le debe todo a su protagonista, Meryl Streep

    Personaje controvertido tanto para sus compatriotas como para los ciudadanos del mundo en general y específicamente los argentinos, Margaret Thatcher merecía una mejor película que La dama de Hierro. Por su influencia en la vida social británica y sus fuertes posturas de política tanto interna en los 11 años que permaneció en el poder, fue uno de los personajes más influyentes del planeta. Una posición nunca antes alcanzada por una mujer.

    Y aunque el film de Phyllida Lloyd, cuya otra única experiencia en el cine fue al frente de la espantosa Mamma Mia!, intenta resaltar la determinación y fuerza que una mujer necesitó para llegar tan alto, lo hace "denunciando" su falta de interés en asuntos más femeninos como su matrimonio e hijos. Una línea del relato que borronea el supuesto feminismo del guión escrito por Abi Morgan que imagina a la Thatcher de la actualidad como una anciana al borde de la demencia que recuerda porciones de su vida tanto pública como privada.

    Contradictoria respecto de su mensaje sobre las mujeres en el poder e insulsa cuando se trata de tomar partido, o no, por las ideas conservadoras de la primera ministro, la película cuenta con un valor inestimable, una ventaja que por momentos equilibra su desequilibrado desarrollo. Meryl Streep es el ingrediente para nada secreto que eleva a La dama de hierro y hace de cada una de las escenas algo más que la suma de sus desprolijas partes. Decir que Streep es una actriz excepcional y que es muy difícil no creerle cualquier papel que interprete no es novedad. Tampoco lo es su gran capacidad para la mímica de acentos que en este caso combina el inglés británico con las peculiaridades del habla de un personaje conocido y ampliamente documentado. Claro que aunque todo esto el espectador lo sabe cada vez que ve una película de Streep, su talento es de esos que nunca se vuelve redundante ni superficial.

    En este caso es ella, más que la guionista o la directora, quien entendió y encarnó la esencia de Thatcher, sus aspectos más admirables y sus costados despreciables. Gracias a un trabajo de maquillaje notable que acerca las facciones de Streep a las de su criatura sin exageraciones ni trazos gruesos -algo que no consiguieron los expertos con Leonardo DiCaprio y su J. Edgar Hoover-, la actriz más que interpretar habita a esa anciana que deambula por una casa vacía alucinando a quien ya no está. Ni la corte de políticos y estadistas que la acompañaron tanto como resistieron su presencia ni su marido Dennis, interpretado por Jim Broadbent, con la suficiente habilidad para no ser sobrepasado por el festival de Streep. Que se da el gusto o el permiso de humanizar a un personaje complejo que de anciana llega a aleccionar a un médico que comete el error de preguntarle cómo se siente cuando a ella siempre la preocuparon y ocuparon los pensamientos y no los sentimientos. Una declaración que cobra especial sentido durante las duras escenas en las que la señora en pleno ejercicio de su poder se ocupa de la Guerra por las Malvinas y manda a hundir el General Belgrano.
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  • J. Edgar
    J. Edgar
    La Nación
    El film de Clint Eastwood relata la vida pública y privada de un personaje polémico

    Cuando de películas biográficas se trata, J. Edgar es una rareza. Es que si bien relata hechos conocidos y documentados sobre la vida pública y profesional del temido director del FBI J. Edgar Hoover, también explora su intimidad. Esa parte de su existencia repleta de secretos, represión y traumas familiares que algunos -depende si se trata de defensores o detractores- niegan y otros afirman como la verdad detrás del hombre fuerte de las fuerzas de seguridad norteamericanas durante más de cuarenta años. Lo cierto es que el film dirigido por Clint Eastwood y escrito por Dustin Lance Black ( Milk ) consigue enlazar la historia política de los Estados Unidos y la influencia de Hoover en ella con el relato sobre su mundo privado formado por la educación a cargo de una madre implacable y unas frustraciones infantiles que dejaron profundas marcas en su personalidad.

    La película comienza en los últimos años del personaje frente al FBI, un hombre poderoso, en el ocaso de su vida, empeñado en contar su versión de los hechos para la posteridad. Para ello dictará la historia de la agencia de seguridad que ayudó a crear para perseguir a criminales y supuestos comunistas, una búsqueda que lo obsesionó toda su vida hasta límites que lo llevaron a abusar de ese poder que tanto luchó por conseguir y mantener. Así, el relato irá hacia el pasado para mostrar los comienzos del complejo hombre que Leonardo DiCaprio interpreta de la juventud a la ancianidad con la convicción y la seguridad del gran actor que es. Más impedido que ayudado por el maquillaje y la caracterización física del personaje, DiCaprio transmite la intensidad del hombre público y sus profundos conflictos íntimos. Especialmente en lo que respecta a su relación con Clyde Tolson, su mano derecha en el FBI y supuesto compañero sentimental. Y es ese vínculo, según la mirada de Eastwood, el punto de inflexión que despega al film de los rigores y rigideces de una película biográfica predecible. Sin forzar situaciones en función de acelerar el ritmo del film el director, fiel a su admirable estilo, se toma el tiempo para desarrollar cada una de las aristas del personaje y, especialmente, ese particular vínculo que lo unía a Tolson interpretado por Armie Hammer, conocido por su doble papel como los gemelos Winklevoss en Red social de David Fincher. Sutil y contenida la interacción entre uno y otro personaje evoluciona con el correr de la historia, mientras uno a uno los presidentes de los Estados Unidos intentan -y fracasan-, cuestionar el poder de Hoover. Eastwood dijo sobre esta película que es, más allá de su compleja trama política y los vínculos entre el pasado y la actualidad de su país, una historia de amor. Y así la interpretan ambos actores, brillantes cada uno en lo suyo al demostrar la represión y el sufrimiento que implicaba la expresión de la sexualidad en aquella época. Junto a ellos también se destacan las actuaciones de Naomi Watts, como la fiel secretaria que, entre la admiración y la preocupación, acompañó a Hoover hasta su muerte, y la de Judi Dench, en el papel de esa madre que formó a un hombre tan fuerte como atormentado.
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  • Historias cruzadas
    Al tiempo de su lanzamiento en los Estados Unidos, la novela en la que está basada Historias cruzadas resultó un fenómeno deventas inesperado. Pocos apostaban por el éxito del relato de la vida y los sufrimientos de las mujeres negras trabajando en casas de empleadores blancos en el Sur de mediados de los años sesenta. Para muchos el libro resultó controvertido en su liviandad y por el hecho de que está contado desde el punto de vista de una inocente, aparentemente ingenua, hija de la clase dominante de Jackson, Mississippi. Algo similar se le podría achacar al film, que comienza con el retorno al hogar de la mujer en cuestión, Skeeter Phelan, que luego de graduarse de la universidad aterriza en el lugar en el que creció para verlo con renovados ojos. Así, la aspirante a periodista se da cuenta de que para destacarse en lo suyo tendrá que encontrar una historia que pinte su aldea y por ello decide armar un libro con el relato de esas mujeres negras que se ocupan de la casa y los hijos de su madre y amigas, pero que no tienen permitido usar el baño de los dueños. Así, logrará convencer de participar de la peligrosa tarea a Aibileen Clark y Minny Jackson, dos mujeres que sufren el racismo flagrante de sus empleadores.

    Sin ser un relato de denuncia ni un alegato por los derechos civiles de la población negra, Historias cruzadas prefiere contar los detalles cotidianos de la interacción entre un grupo de mujeres viviendo en un mundo con reglas tan estrictas como inhumanas. Y tal vez en manos de otras actrices esa dirección de la trama podría haber resultado en un festival lacrimógeno sin demasiada sustancia. Sin embargo, cada una de las intérpretes de este film lo eleva más allá de las circunstancias del guión que el director Tate Taylor adaptó de la novela. En el papel de la no tan ingenua Skeeter aparece la ascendente Emma Stone, una actriz con gran talento para la comedia y que no parece tan cómoda en el drama, aunque claro que eso puede deberse a que muchas de sus escenas las comparte con la enorme Viola Davis, que interpreta a Aibileen. Sin gestos grandilocuentes y apenas con unas sonrisas cargadas de tristeza y unos gestos de dulzura infinita, Davis se transforma rápidamente en el centro del relato, en el corazón de esta historia conmovedora. La interacción del personaje de Davis con los niños blancos que cría y cuida cuando no pudo hacer lo mismo por el propio compensa cierta rigidez en el desarrollo de las villanas de la historia: esas jóvenes amas de casa que defienden la segregación racial a capa y espada.

    Para equilibrar tanto drama el relato cuenta con el personaje de Minny, una mujer que se niega a seguir siendo maltratada por su empleadora y que la actriz Octavia Spencer despliega con humor y desparpajo. Algo de eso tiene también el personaje de Jessica Chastain ( El árbol de la vida ), una mujer que es despreciada por la sociedad blanca por sus humildes orígenes y que no comprende del todo que no está bien visto ser amiga de la mucama. Como una suerte de Marilyn doméstica, gracias a la interpretación de la habilidosa Chastain, ese personaje merecería su propia película.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Tom Cruise vuelve a brillar como el intrépido agente Ethan Hunt

    Hubo un tiempo en que Tom Cruise era la estrella de cine por excelencia. Un actor que parecía nacido para electrizar la pantalla grande con un carisma a prueba de todo. Pero ese tiempo ya no es éste. Y el intérprete que con su sola presencia elevaba la película en la que participara quedó eclipsado por años de alta exposición mediática sobre su persona. Sin embargo, esta cuarta entrega de la saga Misión: imposible muestra a un Cruise intenso, decidido a demostrar sus habilidades como héroe de acción a pocos meses de cumplir los cincuenta años y dispuesto a todo para entretenernos. Y lo consigue. La película comienza en una cárcel de Budapest y de allí se transforma en una carrera sin descanso por Moscú, Dubai y la India repleta de maravillas visuales y una liviandad que el género no suele equilibrar demasiado bien. Gracias a la atención por el detalle de Brad Bird, director formado en el cine animado responsable de Ratatouille y Los increíbles, de Pixar, la puesta de cada una de las secuencias de acción combina la dosis justa de tecnología, humor y efectos especiales que remiten más a la magia del primer cine que a una industria dominada por las imágenes digitales. Entre un argumento algo absurdo que involucra a misiles nucleares, un científico sueco fuera de sí y una asesina francesa salida de un aviso publicitario de perfume, aparecen escenas como la persecución que mete a Ethan Hunt (Cruise) en medio de una tormenta de arena o esa en la que una cascada de autos se interpone entre el héroe y un portafolio que tiene que conseguir para salvar al mundo. Para encarar semejante misión el entrenadísimo Cruise está acompañado por Simon Pegg (Paul),que regresa para interpretar al agente Benji, que justo ahora que la agencia se disolvió pasó el examen y puede trabajar en el terreno, la bella agente Carter (Paula Patton) y William Brandt, un analista aparentemente más acostumbrado a manejar un teclado que un arma. Claro que en el universo de Misión: imposible nada es exactamente lo que parece y para interpretar esa ambigüedad aparece Jeremy Renner, un gran actor ( Vivir al límite ) que acá se adapta con naturalidad a las exigencias del género de acción aportándoles a su personaje y a sus escenas una naturalidad y fluidez que al guión por momentos le faltan. Cada vez que la trama detiene su marcha para explicar algún detalle de la historia algo se pierde y todo se vuelve un poco menos entretenido. Sin embargo, apenas llega otra secuencia de esas que pueden tener al protagonista colgando del edificio más alto del mundo o saltando sobre un camión en movimiento, la acción comienza de nuevo, y la diversión, también.
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  • A quién llamarías
    Un hombre en crisis y una familia quebrada

    Hacia el final de este film uno de sus personajes acusa a otro, el protagonista, de sombrío. Más que acusación se trata de una burla amable, amistosa, aunque completamente acertada. El hombre en cuestión actúa, habla y vive como un nihilista de a pie, un pesimista crónico que no hace más que bufar mientras a su alrededor la gente intenta vivir como le sale. Y lo toleran porque lo quieren, aunque no se entienda nunca por qué. De hecho, en el recorrido de este hombre en crisis y los amigos y familiares que arrastra en su penar ocurren muchas cosas pero ninguna explica ni justifica el interés en seguirlo.

    Todo comienza con una escena interesante, un hombre que espía a una mujer, su novia, charlando con otro en un bar. Ella le miente, él también, y hasta paga la ayuda de un mozo para completar el cuadro de infidelidad que justifica toda su amargura. Y un machismo que el guión justifica a cada paso. La novia es infiel, la hermana también, la madre es medio tonta y algo resentida, la ex mujer cruel y la potencial nueva novia una histérica intratable. Y en medio de tanta femineidad puesta en negativo está este hombre que se pasea fumando e intentando ponerle un toque de bajón a la vida de todos. Con todo esto alguien podría haber realizado una comedia entretenida, esa que se asoma en un par de escenas que sin enmarcar quedan fuera de tono, pero no es ése el resultado que consigue el director y guionista Martín Viaggio.

    Cada una de las viñetas, de edición bastante desprolija, que muestran al hombre en cuestión logran empantanar al personaje, que se mantiene establemente insoportable de principio a fin. Aunque el desarrollo de la historia no les da demasiado espacio, se destacan las actuaciones del protagonista (Roberto Birindelli); su novia, Inés (un notable trabajo de Carla Pandolfi), y su mejor amigo, Fredy (Iván Esquerré), interpretado con tanta naturalidad y soltura que por momentos dan ganas de empezar a seguirlo a él y dejar las poses sombrías por un rato. Pero no hay suerte. De principio a fin -con alguna irrupción onírica que no ayuda-, quedamos en las sombras.
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  • Tata Cedrón, el regreso de Juancito Caminador
    Un recorrido por la vida del músico que lo tiene a él como guía

    Hay una escena de este documental que define su objeto de observación, el músico Juan Tata Cedrón, y a sí mismo, en un solo movimiento. La cámara del director Fernando Pérez está siguiendo a Cedrón por las calles de La Boca mientras el músico recuerda, en detalle asombroso y fascinante, sus tiempos allí. El deambular los deposita en un almacén donde el músico insiste en charlar con los parroquianos, que lo miran con desconfianza cuando pide permiso para filmar unas imágenes para la película "de cuando yo vivía por acá". La conversación deriva en discusión cuando la Argentina de fantasía que Cedrón construyó en sus treinta años de exilio europeo se choca con la realidad de la xenofobia de los que se quedaron en el barrio. Allí está entonces desplegado el gran personaje que es el músico, que relata sus experiencias con la justa medida de nostalgia, alegría y una locuacidad que atrapa. Del mismo modo que lo hacen los pasajes musicales conseguidos por el director, intensos en sí mismos, además de un acierto de la edición que los intercala con las partes más emotivas del relato sin desestimar su fuerza, sino simplemente redirigiéndola hacia la música. Después de todo, éste es un film sobre un gran artista que es también un hombre que tuvo que dejar la Argentina por su militancia política durante la dictadura militar y que siempre supo que regresaría. "Pienso todos los días en volver. Seguro vamos a volver", dice un joven Cedrón en uno de los pasajes de archivo más valiosos conseguidos por el realizador. De hecho, es tanto el material con el que cuenta Pérez que a veces los pasajes más ricos -el violista Miguel Praino y su melancolía- aparecen apenas como notas al pie en el transitar de un personaje, el Tata Cedrón, inigualable.
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  • ¿Cómo lo hace?
    Un film que intenta equilibrar fantasía romántica y realidad

    La comedia romántica suele ser un género que no admite medias tintas. Hay quienes la aman a pesar de sus tropiezos y están aquellos que la odian más allá de sus aciertos. Y luego están esos a los que les da igual porque no llegan a comprender a qué viene tanto alboroto. Sea como fuere, pocos se detienen a pensar en lo complicado de hacer una comedia romántica que satisfaga a los espectadores que al mismo tiempo exigen fantasía y realismo de sus guiones. Tal vez lo mejor que tenga ¿Cómo lo hace? sea su intento de cumplir con ese objetivo aparentemente contradictorio. Claro que aquí no se trata de una historia típica del género sino de un relato en el que la protagonista, Kate (Sarah Jessica Parker), ya encontró el amor, tiene un marido y dos hijos, pero está a punto de perderlos por culpa de su trabajo. Para estructurar el film, el director Douglas McGrath utiliza el recurso del supuesto documental en el que muchos de los amigos y conocidos de Kate opinan sobre su complicada vida, una existencia de malabarista en la que intenta que su vida como esposa y madre no se vea perjudicada por sus ambiciones laborales. Para interpretar la locura de correr de la oficina al supermercado, de afear una torta comprada para que parezca casera y al mismo tiempo transmitir seguridad e inteligencia profesional nadie mejor que Parker, una consumada actriz cuando se trata de escenas de comedia física, como esa en la que tiene que luchar por mantener la compostura frente a su nuevo jefe, mientras sufre de un ataque de pediculosis aguda. Parker también sabe cómo transmitir la neurosis femenina puesta en evidencia con el divertido recurso de listas escritas en el aire alrededor del personaje.

    Claro que más de una vez la actriz cae en la trampa de repetir los gestos de su papel más famoso: Carrie Bradshaw, de Sex and the City . Aun con un par de personajes algo desaprovechados, como la mejor amiga, que encarna Christina Hendricks ( Mad Men ), y el rival laboral, a cargo de Seth Meyers ( Saturday Night Live ), ¿Cómo lo hace? tiene bastante que aportar al género de la comedia romántica, aunque lo haga desde los márgenes.
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  • Lo siniestro
    Lo siniestro
    La Nación
    Un relato de género que no consigue despegarse de las marcas de origen

    Este film comienza con una cita de Sigmund Freud en relación con el concepto de lo siniestro como aquello que "debiendo permanecer oculto se ha manifestado". Así queda expresamente manifiesta la intención de realizar una película de terror psicológico recurriendo a la fuente académica más autorizada y conocida. Se trata de explorar cómo los secretos de la infancia, la tragedia reprimida, afectan la vida actual de Clara, una mujer que sufre por el maltrato de su marido y unas pesadillas que representan imágenes terroríficas que podrían tener que ver o no con su pasado. Un pasado que se inmiscuye en el desarrollo de la trama como viñetas que muestran a dos nenas, hermanas, cuyos juegos terminan muy mal cuando caen en un pozo en el sótano de la casa de sus abuelos, escenario claustrofóbico y de abandono propio de los malos sueños de la infancia. Mientras un hombre las busca, ellas intentan consolarse mutuamente, aunque está claro que una tragedia está a punto de ocurrir. A esa misma casa volverá Clara (Paula Siero) buscando resolver incógnitas de su pasado, que la muerte de su madre y unas cartas llegadas desde el pueblo costero Mar Sereno dejaron sin responder.

    Utilizando todas las herramientas visuales de género que el espectador reconocerá inmediatamente, el director debutante Sergio Muzarek no consigue aportar demasiadas novedades estéticamente a este tipo de historias, bastante transitadas antes.

    Con el aporte del interesante trabajo de Siero y la participación de Luis Ziembrowski como un inspector de policía que intentará ayudar a la protagonista, el film consigue momentos prometedores, cierta ambigüedad en el relato que el propio guión ignora. La posibilidad de que todo lo que se ve sea creado por Clara, tan perturbada por la violencia a la que su esposo (Carlos Echevarría) la somete cotidianamente, se insinúa y abandona para seguir el camino más obvio entre las posibilidades narrativas.

    Entre luces que parpadean, escaleras que rechinan, una visita a la morgue y otra a un hospital psiquiátrico donde un personaje insinuará la resolución de un misterio que a esa altura el espectador habrá adivinado por su cuenta, Lo siniestro acumula marcas, huellas que hablan de un verdadero conocimiento del género del terror, del relato de fantasmas. Y tal vez el exceso al exponerlas sea la mayor debilidad del film, que, como algunos de sus personajes más macabros, queda atrapado en las mismas raíces que le otorgan su identidad y su origen.
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  • Amanecer - Parte 1
    El cuarto film de la saga respeta al pie de la letra su original literario; fanáticos, agradecidos

    Desde Crepúsculo , el primer film de la sagaadaptada a partir de los libros para adolescentes de Stephenie Meyer, la migración de la página a la pantalla fue respetuosa de las novelas y sus seguidores. Claro que la fidelidad con el material original no se traduce necesariamente en mérito cinematográfico. Más evento audiovisual que película que pueda sostenerse de manera independiente de su propio fenómeno literario, Amanecer-Parte 1 seguramente será muy disfrutada por los seguidores de la historia entre Bella (Kristen Stewart) y Edward (Robert Pattinson), un vampiro centenario, enamorados hasta la obsesión. Con todos los elementos del melodrama romántico y algunos tomados del cine de terror, este nuevo film -el primero de una despedida en dos pasos-, dirigido por Bill Condon ( Dreamgirls ), se ocupa de mostrar en detalle el casamiento de los jóvenes enamorados. Un poco de alegría y festejo para esta pareja que durante tres películas no hizo más que sufrir. Con la ayuda de la fotografía de Guillermo Navarro -habitual y talentoso colaborador de Guillermo del Toro-, el paso de la culminación de la historia de amor al horror transcurre con fluidez. Aunque no se pueda decir lo mismo de los diálogos entre los protagonistas. Almibaradas hasta lo empalagoso, las declaraciones de amor eterno entre Bella y Edward, además del despecho del tercero en discordia, Jacob (Taylor Lautner), el lobisón, alcanzan el absurdo y allí se quedan. Especialmente ridículas son las escenas en las que la manada de lobisones discuten, telepáticamente, qué hacer cuando la parejita de recién casados regresa de la luna de miel en Brasil con una sorpresa inesperada.

    Después de tres libros -y sus correspondientes films- predicando la abstinencia sexual y asfixiando todo aire de seducción relacionado con los vampiros en el cine y la literatura, finalmente en Amanecer-Parte 1, Bella y Edward, con casamiento de por medio, consumarán su amor. Que la consecuencia del sexo sea la destrucción anímica y física de la chica daría para más de un debate sobre el mensaje que la historia intenta transmitir a la legión de adolescentes que la consumen. Esos que por otro lado sólo están interesados en ver cómo se resolverá -si no quiere enterarse de elementos de la trama deje de leer ahora- el paso de humana a vampiro de Bella. Un desafío que Condon asumió con todas las imágenes que el cine de terror más sanguinolento le pudo prestar.

    Claro que los clichés, el ridículo y los cuestionables mensajes seudorreligiosos se hacen bastante más fáciles de procesar como entretenimiento inocuo gracias a la presencia de Stewart, una gran actriz en potencia que logra dotar de humanidad a un personaje empeñado en perderla.
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  • Un amor
    Un amor
    La Nación
    Retrato sensible y agudo sobre la adolescencia y los afectos en la adultez

    En la adolescencia, Lalo y Bruno eran inseparables. Un dúo de amigos que de un día para otro se vuelve trío cuando Lisa, una chica recién llegada al pueblo de Victoria, se mete entre ellos, no para separarlos sino para unirlos distinto. El nosotros infantil se vuelve despertar sexual, amoroso y un triángulo como sólo la adolescencia puede producir, tolerar y luego demoler. A partir de esa relación es que Paula Hernández construye el relato de Un amor, una historia que funciona entre el presente de los tres personajes como adultos y el pasado que los une a pesar de más de treinta años de separación.

    En el hoy, Lisa (Elena Roger) reaparece de improviso en la vida de Bruno (Diego Peretti) que ya no vive en el pueblo, ni lo visita y prefiere no hablar de Lalo (Luis Ziembrowski). Aunque ella insista impulsada por la nostalgia y algún problema médico que nunca se aclara del todo. En el pasado, Bruno está enamorado de Lisa, la hija de profesores universitarios en la clandestinidad que la obligan a mudarse de un momento para el otro y sin despedirse. Ni siquiera puede contarle a Lalo, su novio, que la ve irse y después no puede abrir las "19 cartas y una postal" que ella le envía.

    En la adolescencia primero y en la adultez después, Hernández consigue establecer los intensos lazos de amor, confusión, celos y resentimiento entre los tres personajes construidos con una complejidad que no siempre se refleja en los diálogos que sostienen (aunque sí en sus miradas de anhelo, deseo, amor y oportunidades perdidas). Y de eso se trata Un amor y el peregrinaje de Lisa hacia el pueblo: de recuperar lo perdido, de "volver a estar los tres juntos" como dice ella. A pesar de que en realidad se trate de una reunión de dos y uno más, Bruno, que siempre estuvo en los márgenes, testigo necesario de la relación de Lalo y Lisa.

    Evitando las obviedades y el subrayado de las diferencias evidentes entre la exiliada Lisa y el pueblerino Lalo -diferencias que el personaje de Peretti intenta destacar, celoso-, Hernández supo sacar lo mejor de sus actores. En el caso de Ziembrowski, su brillante interpretación de este personaje sencillo, profundo y contradictorio eleva las apuestas del film que Peretti y Roger también sostienen. Además se destacan las actuaciones de Agustín Pardella, Alan Daicz y Denise Groesman, que interpretan a Lalo, Bruno y Lisa en la adolescencia.

    Tal vez el costado menos consistente de Un amor sean sus diálogos que por momentos intentan explicar con cierta ampulosidad lo que ya estaba claro.

    Sensible y contundente, el tercer largometraje de Hernández la confirma como una cineasta talentosa y necesaria.
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  • Verano maldito
    Verano maldito
    La Nación
    Luis Ortega construye un film personal en el que se destaca la actuación de su hermana Julieta

    Cineasta personal y siempre capaz de construir universos tan densos como encerrados en sí mismos, Luis Ortega consigue con Verano maldito su obra más madura y convencional. Aunque lo convencional del director de Caja negra sea mucho más inspirado e interesante de lo acostumbrado en el cine nacional. El guión que el propio Ortega -junto a Alejandro Urdapilleta- adaptó de un cuento de Yukio Mishima utiliza pocas palabras para contar la historia de una familia en la que todo parece ser perfecto. Hasta que se la mira de cerca.

    En un puñado de secuencias, el director enuncia lo suficiente de sus personajes centrales como para que quede claro que bajo el lujoso exterior se esconden complejas relaciones familiares y personales. Sin adornos y apenas con una línea de texto -"¿Esa quién es? Qué linda"-, queda al descubierta para quien quiera oírla la inseguridad que Julieta (Julieta Ortega), la protagonista, lleva escondida entre ropa de marca y tonos displicentes. Ella, su marido Federico (Joaquín Furriel) y sus tres hijos reciben a Tito (Urdapilleta), un familiar caído en desgracia que no parece encajar en su mundo de apariencias y comodidades. Aun así, será el encargado de cuidar a los tres hijos de la pareja mientras juegan frente al mar y su madre duerme de espaldas a la ventana, más allá de todo lo que sucede fuera de la casa que su marido diseñó para unos ricos clientes. Repartiendo el peso dramático entre la subjetiva y algo desviada mirada de Tito y la obsesiva fijación en el cuerpo de Julieta, la cámara de Ortega consigue construir una tensión que anuncia la tragedia que vendrá. Los dos hijos mayores desaparecerán en el mar mientras su hermano menor los mira jugar desde la orilla. A partir de allí, el cuerpo en reposo, suave y seductor de la madre devendrá en envase de un dolor desgarrador, puro nervio a punto de estallar en desvaríos y fantasías destructivas.

    La enorme tarea de interpretar el descenso a los infiernos de esa madre desesperada recayó en Julieta Ortega que, al igual que su hermano, consigue su trabajo más maduro. Ausente esposa y mamá primero y paranoica detective de su propia tragedia después, la actriz transmite sus cambiantes y turbulentos estados de ánimo con gestos contenidos, sin recurrir al golpe bajo aunque sin caer tampoco en el desapego emocional.

    Cierta insistencia en la repetición de imágenes del lugar de la tragedia y una banda de sonido que por momentos cae en obviedades que el resto del film evita no le quitan mérito a una película tan perturbadora como valiosa.
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  • Los tres mosqueteros
    Anacrónica y desprolija versión del clásico de Alejandro Dumas

    La obra literaria de Alejandro Dumas fue adaptada y readaptada al cine muchas veces, con resultados más o menos exitosos y casi siempre entretenidos. Las características de folletines decimonónicos como Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo parecen calzar cómodamente en la forma de los films de aventuras. Tal vez por eso, cada tanto aparece una nueva versión que intenta que algo de aquellas ingeniosas historias se contagie a los deslucidos guiones del género en la actualidad. Algo que no ocurre en la película de Paul W.S. Anderson. Conocido por adaptar el videojuego Resident Evil al cine, el director británico y sus guionistas, Alex Litvak y Andrew Davies, consiguen transformar un jubiloso relato clásico en un pastiche absurdo, anacrónico, y a sus protagonistas, en los personajes más molestos de todas las versiones pasadas (y futuras posiblemente también).

    Todo comienza bastante bien, con la representación del polvorín que era Europa en el siglo XVII a través de ejércitos de soldaditos de plomo y bellos mapas antiguos que pronto serán reemplazados por filas de militares creados digitalmente con tanto descuido que todo vira hacia a la animación, aunque ésa no haya sido la intención. Claro que el exceso digital no sería más que una anécdota si Los tres mosqueteros no consiguiera herir de gravedad a la leyenda de los personajes que le dan nombre.

    En esta nueva aventura, Athos (Matthew MacFayden), Porthos (Ray Stevenson) y Aramis (Luke Evans) empiezan robando los planos de un prototipo de Leonardo da Vinci con el que Francia planea construir una cruza de galeón y globo aerostático que le otorgará al reino que lo tenga el dominio de todo el continente. Así, junto a Milady de Winter, los mosqueteros se harán de los planos sólo para ser traicionados por la mujer, doble agente que trabaja para el duque de Buckingham (Orlando Bloom). La inescrupulosa espía es interpretada con notable torpeza por Milla Jovovich, protagonista de la saga Resident Evil y esposa del director, un dato que se menciona porque sólo el nepotismo puede explicar las numerosas escenas en las que aparece su personaje utilizando movimientos vistos en películas de acción, de Matrix en adelante, que nada tienen que hacer en este relato. Lo mismo puede decirse de la desafortunada elección de Logan Lerman ( Percy Jackson y el ladrón del rayo ) para el papel de D'Artagnan. Con el tono del alumno más canchero -e insoportable- del colegio, el actor norteamericano hace lo posible por quitarle todo lustre a un personaje legendario.
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  • Solos en la ciudad
    Una pareja en conflicto es el centro del fallido film

    Todos sabemos qué se siente ser oyente de los conflictos amorosos de una amiga/o. Ante la angustia del otro, uno escucha comprensivo un rato hasta que ese rato se transforma en horas, y esas horas, en días y semanas. Y entonces uno soporta la repetición y el discurso poco interesante o coherente por el cariño que le tiene a esa persona que sufre por amor.

    En el caso de los personajes protagónicos de Solos en la ciudad, resulta muy difícil tolerar y ser testigos de sus conflictos después de unas cuantas secuencias organizadas en viñetas que pretenden aleccionarnos sobre la naturaleza del amor.

    Todo comienza en la Costanera con Florencia (Sabrina Garciarena) y Santiago (Felipe Colombo) mirando el amanecer mientras charlan sobre el casamiento al que acaban de asistir. Muy rápidamente el momento romántico -aunque cinematográficamente poco inspirado- se transforma en pelea por la diferencia de expectativas que cada uno tiene de sí mismo y de la pareja. El es profesor del secundario y sólo se entusiasma con un posible casamiento propio cuando piensa en la despedida de soltero que hipotéticamente le armarían sus amigos. Ella es abogada, paga las cuentas y ambiciona formar una familia empezando por el lavarropas. Así comenzará entonces un recorrido que los seguirá en su búsqueda de respuestas frente al conflicto amoroso que se les puso enfrente.

    El muchacho comenzará por el peor lugar y el peor interlocutor si de salvar la pareja se trata: Javi (Santiago Caamaño), un amigo siempre dispuesto a la fiesta y bastante adverso al compromiso. Con un monólogo escrito con un preocupante exceso de misoginia y una evidente falta de ritmo, la película inicia un desfile de personajes tan poco interesantes como los consejos que tienen para darle al protagonista.
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  • Justicia final
    Justicia final
    La Nación
    Buenos actores en función de un guión que no los acompaña

    "Tengo un don", dice Kenny Waters con una sonrisa entre irónica y resignada. Es cierto, el hombre es simpático, camorrero y encantador, capaz de hacer reír a los policías de su pueblo que siempre lo tienen en la mira y de transformar una situación violenta en una broma. Pero, sobre todo, el mayor tesoro del tipo es su hermana Betty Anne. Ella lo va a buscar a la cárcel cada vez que lo detienen, se ríe de sus chistes y hasta pondera sus habilidades como padre, aunque él haya decidido llevar a su bebe de meses a un bar. Kenny y Betty Anne se criaron a los golpes -literales y figurados- entre la casa de sus abuelos y varios hogares adoptivos con una única constante: la mutua compañía. En el comienzo de Justicia final varias escenas establecen ese vínculo además de mostrar aquello que lo pondrá a prueba: un asesinato brutal del que Kenny será acusado por una policía interpretada por la ganadora del Oscar Melissa Lea.

    En un comienzo la película, inspirada en un caso real, logra evitar las trampas del melodrama al explorar la relación entre los hermanos, pero una vez que comienza las luchas legales, todo lo que apuntaba a un profundo drama familiar se transforma en un superficial derrotero de lucha contra el sistema. Ni siquiera las actuaciones de Hilary Swank como Betty Anne y de Sam Rockwell como Kenny consiguen elevar el material que el director Tony Goldwyn resuelve de manera convencional. Si bien la historia y sus protagonistas son interesantes y hasta insinúan ciertas ambigüedades prometedoras, el desarrollo del film no cumple. De todos modos, la acumulación de obviedades no opaca del todo la maravillosa presencia escénica de Rockwell, que encarna los matices de su personaje de la cabeza a los pies. Un chanta simpático y entrador que podría también ser capaz de asesinar a sangre fría. En el caso de Swank, la intensidad y la emoción de su composición impresionan pero sobre todo provocan una pregunta incómoda.¿Cuando encontrará esta actriz (y este actor), un guión digno de su talento? Alguno que, como Justicia final , no quede atrapado, -enredado-, por los hechos reales que lo inspiraron y que se anime a superar las constricciones de un relato demasiado apegado a fórmulas probadas y demasiado transitadas.
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  • Conan el Bárbaro
    Remake del clásico de fantasía que no cumple las reglas del género

    Muchas veces ver una película exige del espectador habilitar al máximo la capacidad del disfrute sencillo y clausurar por un rato el pensamiento racional. Se trata de desconectar ese mecanismo que ayuda a distinguir lo que es creíble de lo que no lo es para apreciar un entretenimiento puro, directo, sin dobleces. En teoría, en ese grupo se debería alinear esta nueva versión de Conan, el bárbaro , personaje de la literatura más popular que hizo famoso a Arnold Schwarzenegger allá por los años ochenta. Pero algo se interpone en el desarrollo de esta fantasía de aventuras que no consigue su principal objetivo: entretener. Tal vez sea el guión que utiliza cada una de las funciones del relato más clásico y esquemático -el héroe solitario en busca de venganza que debe sortear todo tipo de obstáculos para conseguirla-, pero sin aportar nada demasiado nuevo o interesante a la fórmula.

    La historia comienza en un campo de batalla donde hombres y mujeres pelean a la par, incluso si la fémina en cuestión está embarazada y a punto de parir. El retoño, arrancado del vientre de la madre por el hacha del padre, es Conan, y su traumática llegada al mundo intentará explicar futuras aptitudes para la pelea. Y una notable insensibilidad para nada más que la venganza cuando su papá/partero sea asesinado. Que el villano sea un ambicioso general interpretado por Stephen Lang ( Avatar ), desesperado por ganar poder a través de las artes oscuras que practicaba su esposa muerta y ahora intenta su malvada hija, no modifica demasiado el tedio que las rígidas imágenes digitales provocan. Tampoco aporta mucho Jason Momoa como el Conan de físico imponente y poca expresión. Algo que no sería necesariamente malo -después de todo, pedirle profundidad o sensibilidad a su personaje sería no entender el género-, pero que sí necesitaba un estilo visual distinto del elegido por el director Marcus Nispel. El realizador -abusando de las posibilidades técnicas a su alcance- decidió darles un tono realista a las sangrientas batallas que el 3D vuelve exageradamente detalladas y explícitas.

    Poco espacio queda para la fantasía y el disfrute pochoclero después del decimonoveno plano de un desmembramiento visto desde todos los ángulos posibles como si se tratara de la imagen de un noticiero.
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  • Vaquero
    Vaquero
    La Nación
    Una película con una aguda mirada sobre el mundo y destacadas actuaciones

    La vida de Julián Lamar no está nada mal. El tipo es un actor profesional que tiene trabajo en teatro, en cine y está cerca de conseguir un papel que podría cambiar su carrera para siempre. Además su familia parece quererlo y apoyarlo. El único problema es que él no está de acuerdo con nada de lo anterior. Y lo dice. Aunque nadie lo escuche porque sus opiniones las expone de la boca para adentro en una serie de monólogos interiores amargos, tan ruines consigo mismo como con quienes lo rodean. Del lado del derecho, Julián sonríe mientras en el revés odia visceralmente a quien se le ponga enfrente.

    En ese juego de contrastes entre el exterior y el interior de un personaje central tan gracioso como patético y denso, se desarrolla Vaquero, ópera prima de Juan Minujín, quien también escribió el guión -junto con Facundo Agrelo Quintar-, e interpreta al profundamente neurótico Julián. Un esfuerzo notable que resulta en una película de igual medida.

    Puesto a pintar su aldea -el mundillo de los actores jóvenes consagrados o en camino de estarlo-, Minujín acierta con detalles que marcan el tono de una tragicomedia que vira hacia el drama unipersonal a medida que avanza el relato. Desde el inicio con una escena en el hall de un teatro donde el papá de Julián (un inspirado Daniel Fanego) insiste en lo bueno que son los otros, nunca él, pasando por la situación seudodegradante del casting, un ejercicio del auto marketing que les arruinaría el humor -y la vida- a muchos, Minujín construye un personaje que genera empatía pese a su agresivo mundo interior. Una dicotomía que el cuidadoso trabajo de fotografía de Lucio Bonelli interpreta impecablemente.

    Para aprovechar varios ángulos de la profesión del actor, Vaquero se detiene bastante en el rodaje de una película de época en la que Julián se cruza con los personajes interpretados por Leonardo Sbaraglia y Esmeralda Mitre, estrellas de ese film en el que al personaje de Minujín le toca un papel menor. Con pocos minutos en pantalla tanto Sbaraglia como Mitre consiguen sacarles el máximo provecho a personajes pequeños, pero de gran impacto para la trama. Lo mismo ocurre con Pilar Gamboa, como la seductora vestuarista que no se rinde ante los desplantes de Julián. En sus escenas compartidas Minujín y Gamboa logran algo tan difícil de conseguir como la química del romance: la química de la incomodidad. Así, mientras ella lo acorrala, a él sólo parece conmoverlo conseguir un papel en el western que un gran cineasta norteamericano llega para rodar en la Argentina. Esa figura mítica ni siquiera necesita aparecer en pantalla para aportarle densidad al relato e intensidad a la pelea interna de Julián, un vaquero suelto en la ciudad.
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  • Damas en guerra
    Damas en guerra
    La Nación
    Un film que celebra con humor las amistades femeninas

    La escena transcurre en un bar a la hora del calórico desayuno, desproporcionado premio por los minutos de gimnasia matutina. Annie (Kristen Wiig) le cuenta a Lillian (Maya Rudolph), su mejor amiga desde la infancia, sobre el hombre con el que está saliendo, un egocéntrico aunque bellísimo galán que no la aprecia como se merece. Lillian también aporta lo suyo, preocupada porque su novio de siempre últimamente está medio raro, distante. Una se ríe de la otra y finalmente concluyen que lo mejor será casarse entre ellas. Es una broma, apenas un diálogo de los muchos que sostienen estas dos mujeres que son el corazón de Damas en guerra. Es que, más allá del chiste al pasar, este film explora con un humor a veces zarpado, delirante y también sutil los misterios de la amistad femenina. Además de proponer una sensible mirada sobre la realización personal y los sueños de las mujeres de más de treinta.

    La tarea no era sencilla, especialmente porque las comedias protagonizadas por mujeres al borde de un ataque de madurez, si existen, suelen poner el foco en el romance, en la fiesta de bodas y la novia y no en lo que le sucede a la mejor amiga de ella. Que en este caso es Annie, una pastelera cuyo negocio quebró, a la que su novio abandonó y está viviendo con un par de hermanos británicos que cada tanto leen su diario íntimo como si fuera "una novela muy triste escrita a mano". Así, mientras Annie pasa su peor momento, a Lillian no se le ocurre mejor idea que casarse y nombrarla dama de honor en su cortejo matrimonial. Un grupo de mujeres que incluye a Meghan (Melissa McCarthy), la cuñada impresentable; Rita (Wendi McLendon-Covey), la prima casada hace una eternidad; la inocente Becca (Ellie Kemper), y la preciosa Helen (Rose Byrne), empeñada en ayudar a organizar las futuras nupcias.

    Sin un dólar que le sobre y ninguna perspectiva de éxito en el trabajo que le consiguió la mamá (una perfecta Jill Clayburgh que falleció poco después de terminar de filmar esta película), Annie intentará cumplir con los pedidos de su amiga. Los resultados serán tan desastrosos como graciosos, escenas inspiradas que irán del humor más sutil -como esa en la que Annie y Helen se disputan la última palabra y el micrófono en el homenaje a Lillian-, al más escatológico que algunos podrían encontrar de mal gusto pero que las protagonistas resuelven de manera extraordinaria. Especialmente Wiig, que en su doble rol de actriz y guionista se construyó un personaje perfecto y a su medida e hizo lo mismo por sus colegas. Cada una tiene su momento para brillar y hasta "robarle" escenas a la protagonista. Ahí está el personaje de McCarthy (flamante ganadora del Emmy) recordando sus tiempos de estudiante secundaria con tanto humor y dolor que conmueve; el de Rudolph luchando por llevar adelante su casamiento sin perder a su mejor amiga, o el de Byrne, que pasa de la egoísta villana a la tierna perdedora que sólo quiere que le presten un poco de atención. Todas mujeres terribles, graciosas, odiosas, perfectas.
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  • Winter: El delfín
    Un film para toda la familia que exagera los golpes bajos

    El difícil arte de conseguir que una película para toda la familia sea efectivamente un entretenimiento para los chicos y que los adultos también disfruten suele resultar en más intentos fallidos que en films exitosos. Especialmente cuando sus realizadores se empeñan en aportar un mensaje "importante" a lo que quieren contar. Algo que sucede en Winter, el delfín , que además está inspirado en una historia real, otro obstáculo para propuestas bienintencionadas que se pierden en el camino. Todo comienza bajo el mar con un delfín que parece estar disfrutando de su vida en el océano al mismo tiempo que en la superficie un grupo de pescadores se gana la vida atrapando cangrejos en una especie de jaula-trampa de aspecto peligroso. En tierra, un introvertido chico de 11 años llamado Sawyer la está pasando mal por el abandono de su padre, sus malas notas y la noticia poco alentadora de que su primo mayor, un reconocido atleta, se irá a la guerra para poder pagarse la universidad cuando regrese. Quien haya visto alguna vez una película, una serie de televisión o haya leído una novela sabe que el primo no regresará de la misma manera en que se fue y que, de alguna forma, la tragedia del delfín servirá como espejo de la del nene. Sawyer, interpretado con naturalidad y ternura por Nathan Gamble, tiene muchas lecciones que aprender y lo hará por medio del rescate de Winter. Encontrado en la playa del pueblo de Florida en la que vive Swayer con su mamá (Ashley Judd), el delfín tiene pocas posibilidades de sobrevivir, pero su conexión con el chico es inmediata. Y así, el nene que vivía encerrado en su mundo empieza a conectarse con el resto de la gente, especialmente con el doctor (Harry Connick Jr.) encargado de los animales en el casi abandonado acuario del pueblo. Allí llevarán a Winter para intentar salvarle la cola que le permite nadar. Intercalando golpes bajos y mensajes ecologistas, patrióticos y familiares en todo su desarrollo, Winter, el delfín exagera al intentar transmitir una moraleja que está bastante clara desde el inicio.

    Entre los papeles secundarios aparece Morgan Freeman como un doctor especialista en prótesis para amputados, uno de los pocos personajes que logran superar la tendencia al melodrama que propone el guión.
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  • Invasión a la privacidad
    Hilary Swank protagoniza este film que respeta las reglas del género de terror clásico

    Juliet Devereau necesita un departamento urgente. Se acaba de separar al descubrir que su pareja le fue infiel y se la ve deprimida mientras hace sus ejercicios matinales, camino a su trabajo y cuando le toca operar a un paciente a corazón abierto. Juliet es médica de emergencias y está acostumbrada a dormir donde y como puede, y por eso el departamento bellísimo pero ruidoso que encuentra a precio de oferta en Brooklyn le viene como anillo al dedo. Tampoco está mal que el dueño del edificio sea el lacónico, amable y muy buen mozo Max. Claro que nada en el lugar es lo que parece. Lo que le parece a la protagonista interpretada por Hilary Swank, porque el espectador sabrá desde el comienzo que en el edificio, con esas puertas de ascensores y esos ventanales que se cierran como guillotinas aparentemente por sí solas, algo muy raro sucede. Especialmente con Max y su abuelo August, papel en el que aparece Christopher Lee. La presencia del veterano actor no sólo funciona para agregar al clima ominoso del film que crea la dirección de fotografía de Guillermo Navarro -habitual colaborador de Guillermo del Toro-, sino que es también marca de fábrica, certificado de autenticidad. Es que esta producción dirigida por el finlandés Antti J. Jokinen es de la compañía Hammer Films, histórica usina de películas de terror de los años cincuenta que muchas veces protagonizó el mencionado Lee.

    Con un estricto respeto por las reglas del género de horror más convencional, pero al mismo tiempo efectivo, Invasión a la privacidad no esconde su trama y por ende tampoco sorprende y, sin embargo, su planteo entretiene. En tiempos en que las películas de terror derivan en festivales del sadismo y la tortura, este acercamiento más sencillo a los costados oscuros del comportamiento humano casi resulta un alivio para los espectadores que gustan de los buenos sustos cinematográficos pero prefieren no salir del cine con el estómago revuelto.

    Junto a la talentosa Swank aparece Jeffrey Dean Morgan ( Watchmen ), un actor que resuelve con soltura las escenas en las que su Max se muestra entre tímido y galante mientras esconde, como ese edificio, mucho más de lo que muestra.
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  • Noche de miedo
    Noche de miedo
    La Nación
    Una de vampiros protagonizada por Colin Farrell

    La receta que combina adolescentes y vampiros parece ser una de las pocas que circulan por los estudios de Hollywood en estos días. Interpretada como drama romántico en la saga Crespúsculo o profundo estudio de época en la versionada Déjame entrar , la fórmula consiguió un nuevo giro gracias a Noche de miedo .

    Teniendo como punto de partida La hora del espanto , un film de 1985 que sin pretensiones rupturistas se reía -con nostalgia- de los estereotipos del cine de horror y lograba asustar bastante, esta película consigue lo mismo aunque sus referencias sean muy distintas.

    Para los adolescentes de Noche de miedo , que el vecino de al lado pueda o no ser un vampiro no es tanto un imposible como una ridiculez que pertenece al mundo de los bestsellers y las películas taquilleras protagonizadas por galanes británicos. Los chupasangre forman parte de su cotidianeidad aunque sea desde la ficción, pero ninguno tiene un nombre tan prosaico como Jerry. Al menos eso es lo que piensa Charley (Anton Yelchin), un chico que vive con su mamá (Toni Colette, desperdiciada) en un barrio de casas idénticas de Las Vegas. Con un pasado de nerd y un presente que incluye a una novia linda y popular y excluye a su amigo de siempre, Charley elegirá no creer que detrás de tantas desapariciones en la zona se esconde un vampiro que no es otro que su nuevo vecino Jerry.

    Interpretado por Colin Farrell, el villano de este film que se estrena en 3D -recurso que la historia no aprovecha ni necesita-, es un depredador con igual capacidad para la seducción y la destrucción. Posiblemente en manos de otro actor el personaje hubiera causado más risas que tensión y sin embargo, gracias al carisma de Farrell, este vampiro es tan monstruoso como atractivo. Claro que el resto de los personajes, Charley, su novia Amy (Imogen Poots), su ex mejor amigo Ed (Christopher Mintz-Plasse) y el ilusionista experto en los descendientes de Drá cula que interpreta David Tennat, logran sostener la historia sin que se transforme en un festival del "robaescenas" Farrell. Gracias al sólido guión de Marti Noxon (experta en lo sobrenatural desde de los tiempos en que escribía la notable serie Buffy, la cazavampiros ), el relato entretiene y asusta bastante. Un buen resultado que resulta un poco menos disfrutable hacia el final, cuando el exceso de explicaciones perjudica el cierre de otra buena historia de colmillos extralarge y héroes con ortodoncia.
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  • Amigos con beneficios
    Si la premisa de esta comedia romántica suena conocida es porque lo es. Y no de una manera genérica, sino todo lo contrario. Específicamente, este film protagonizado por Justin Timberlake y Mila Kunis plantea, en teoría, lo mismo que Amigos con derechos, estrenada a fines de febrero. Claro que si bien la idea inicial es la misma -la posibilidad de que un hombre y una mujer que son amigos disfruten de una relación sexual sin comprometerse a ser una pareja formal-, el desarrollo del asunto en una y otra película es muy diferente.

    Aquel film encabezado por Natalie Portman y Ashton Kutcher suponía que, al invertir los roles y poner a la mujer en el lugar de quien se resiste a tener una relación afectiva tradicional, estaba aportando actualidad a un guión poco inspirado, cuando en realidad estaba consiguiendo exactamente lo opuesto, suponiendo que una mujer dedicada a su trabajo necesariamente empezaría a pensar y actuar como un hombre.

    Nada de eso ocurre en Amigos con beneficios, porque los personajes de Timberlake y Kunis tienen el privilegio -debería ser la norma, pero no lo es- de estar escritos con cuidado, detalle e inteligencia. Una pluma liviana y que al mismo tiempo logra momentos profundos, además de crear escenas para que se luzcan los talentosos Woody Harrelson y Patricia Clarkson. El, como el compañero de trabajo de Dylan (Timberlake) que siempre dice lo que piensa, y ella, como la madre de Jamie (Kunis), funcionan como informal y extremadamente despistados consejeros sentimentales de los protagonistas. Una función dramática de la que el género no puede prescindir.

    Decidido a evitar todos los clichés de las comedias románticas, aunque sin ignorar su existencia, el director -y también guionista- Will Gluck arremete contra los cuentos de hadas que Hollywood insiste en venderle al público femenino, aunque no castiga a Jamie por ser una romántica empedernida ni la transforma por eso en una mujer dependiente o menos capaz en su vida cotidiana. Cuando ella se cruza en la vida de Dylan, al que le consigue el trabajo soñado aunque él se resiste a dejar su Los Angeles natal por una poco amigable Nueva York, la química y el entendimiento entre ambos son instantáneos. De hecho, los diálogos que sostienen cruzan la pantalla a la velocidad de la luz y los mejores enamoramientos.

    Que ella se haya hartado de buscar al príncipe azul en cada esquina y que él esté cansado de los reclamos de mujeres que no lo entienden los convence de intentar el arreglo perfecto. Casi al unísono plantean la posibilidad de convertirse en amantes sin franquear nunca la frontera de la amistad que los une y siempre mantenerla como prioridad. Como cualquier conocedor del género sabe, el supuesto acuerdo ideal devendrá en desastre y por todas sus actitudes cancheras y superadas la pareja se encontrará frente al dilema de sus vidas.
    Comedia de la comedia

    Original a pesar de su transitado planteo, Amigos con beneficios les rinde homenaje a las comedias románticas de las que se ríe con el respeto de quien las conoce y admira, y además consigue presentar la mejor versión del Timberlake actor, que hace de Dylan un personaje redondo. Un hombre sensible, inteligente y con una personalidad compleja, y no la suma de excentricidades que suelen pasar por características humanas realistas en las comedias hollywoodenses. Y no se queda atrás Kunis, que después de su intrigante papel en El c isne negro demuestra tener tempo para la comedia, además de notable pericia en las escenas más dramáticas.

    Claro que la verdadera revelación del film -o la más significativa- es su director, Gluck, que con apenas tres films -éste es el primero que se estrena en las salas de cine locales- parece tener un excepcional entendimiento de la comedia clásica y cómo adaptarla a los usos y costumbres del siglo XXI.
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  • Destino final 5
    Destino final 5
    La Nación
    Tensión y mucha sangre, sólo para fans

    Los films de suspenso tienen, por definición, en algún momento de su desarrollo una o más escenas que tendrán al espectador al borde de su asiento, tensos por ver cómo se resolverá la historia que los llevó hasta ese momento álgido del relato. Desde hace más de una década, la serie de films Destino final utiliza la misma premisa para construir películas donde lo importante no es el desarrollo sino esas escenas en las que cualquiera que conozca la saga -y el que no, se enterará rápidamente- sabe que alguien va a morir y sólo se trata de cómo y cuán rápido sucederá. De la primera entrega a esta quinta pocas cosas cambiaron de la fórmula salvo que ahora las muertes son bastante más sangrientas y de elaboración más compleja y que se las puede ver en explícito 3D. Una suerte de efecto dominó en el que la última pieza en caer es siempre un cadáver.

    La cuestión es sencilla: un grupo de empleados de una papelera se dirige a un retiro empresarial cuando uno de ellos tiene la premonición de que el puente que atraviesa el micro en el que viajan colapsará con consecuencias fatales para todos. Después de la detallada visión, el muchacho logrará salvar a algunos de sus colegas, grupo que incluye a sus mejores amigos y a su novia. Pero a la Muerte, como saben los que conocen esta serie cinematográfica, no le gusta ser burlada: irá tras los sobrevivientes eliminándolos uno por uno de la manera más cruenta posible.

    Para los seguidores del terror de tortura al estilo de El juego del miedo, Destino final 5 será seguramente apenas un aperitivo liviano, pero para el resto de los espectadores la constante tensión de las escenas será demasiado. El realizador Steve Quale (codirigió Criaturas del abismo junto a James Cameron) mantiene intacta la efectiva fórmula que hizo famosa la serie y hasta consigue dotar a sus protagonistas de cierta expresividad más allá de las constricciones obvias del guión, especialmente al personaje central, Sam, interpretado por el agradable Nicholas D'Agosto.

    Aunque Destino final 5 apuntó más al impacto visceral que a la reflexión, en este caso el guión se reserva algo de espacio entre tanta desgracia para hacerles un guiño a sus fieles seguidores.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    Un inteligente y entretenido film que se suma a la famosa saga

    Puede que las expectativas fueran demasiado bajas y los prejuicios demasiado altos, pero en un principio el agregado de un nuevo capítulo a la saga de El planeta de los simios no parecía una buena idea. Y encima era una precuela en la que se intentaría explicar los eventos sucedidos en los desiguales y muchas veces confusos films anteriores. La película tenía todas las de perder y, sin embargo, gana gracias a un guión preciso, que trata temas profundos -sobre el futuro de la ciencia y los abusos cometidos por el hombre en busca de ganancias-, sin perder de vista su misión de entretener. Pero que, a diferencia de muchos de los tanques hollywoodenses de esta temporada, no compromete la coherencia y la lógica del relato para hacerlo.

    Todo comienza en la selva africana, donde un grupo de cazadores furtivos captura a unos chimpancés que terminarán encerrados en un laboratorio donde se los utilizará para probar un medicamento que podría curar el mal de Alzheimer. En esa búsqueda está el doctor Will Rodman (James Franco), que más allá de sus ambiciones profesionales necesita que el experimento funcione para poder curar a su padre, que sufre la enfermedad. Interpretado por John Lithgow, ese padre que es consciente de su deterioro progresivo es el centro emocional del relato. Hasta que aparece César, un chimpancé nacido en el centro de investigaciones que Will rescata sin convencimiento. Pero todo cambia cuando el científico descubre que la vacuna que inventó afectó el desarrollo cerebral del mono hasta volverlo extremadamente inteligente. Para interpretar esa inteligencia, instinto y sensibilidad animal, el director Rupert Wyatt decidió recurrir a la técnica de captación digital de movimiento y al actor más experimentado en esta innovación cinematográfica: Andy Serkis. El actor británico que fue Gollum en El señor de los anillos yKing Kongahora interpreta al chimpancé que comienza una revolución frente al abuso de los humanos. Sin recurrir a golpes bajos, Wyatt logra transferir el protagonismo de la historia al personaje creado por Serkis y hasta se anima a sostener la resolución del relato con unas cuantas escenas encabezadas por César y su ejército de primates. Tal vez a la hora de establecer las -malas- intenciones de sus villanos es cuando el film transita por caminos más obvios aunque talentosos intérpretes como Brian Cox, David Oyelowo y Tom Felton (sí, Draco Malfoy de Harry Potter ) logran sostenerlos. Aunque toma como punto de partida la mitología creada por los films anteriores (por ahí aparece una imagen de Charlton Heston y su famosa frase antisimio), El p laneta de los simios: (R)Evolución se sostiene sobre sus propios pies o patas.
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  • El mundo según Barney
    El film presenta un personaje central sin demasiados matices

    Desde la primera hasta la última escena de esta película es evidente que el mundo, desde el punto de vista de un señor llamado Barney Panofsky, es un lugar más bien triste, lleno de resentimientos y donde lo único que importa es justamente lo que Barney quiere. Un personaje egocéntrico y egoísta con una notable capacidad para rodearse y conseguir el amor de personas mucho más interesantes y generosas que él. Personas a las que, casi sin excepción, termina lastimando gravemente. El desafío de transformar a este hombre y su vida en un personaje atractivo como para encabezar el film recayó sobre Paul Giamatti ( Entre copas ), un talentoso actor que aquí no se luce como otras veces. Tal vez porque las escenas más significativas y emocionantes que tiene las comparte con Dustin Hoffman, que interpreta a su padre, Israel o Izzi como prefiere ser llamado. Con unas pocas apariciones, Hoffman se roba la película y consigue lo que el guión y el director debutante no logran nunca: aportarle dimensiones a su protagonista.
    Historia de vida

    El recorrido del film comienza con un joven Barney pasándola bien en Roma, rodeado de amigos bohemios y mujeres hermosas aunque desequilibradas como Clara, esa artista plástica que dice estar embarazada de su hijo. Menos enamorado e interesado en la mujer que en leer el manuscrito de Boogie, su carismático amigo escritor (interpretado por Scott Speedman, a años luz de su inexpresividad en Felicity e Inframundo ), el protagonista rápidamente cambiará su destino regresando a su Canadá natal. Allí, mientras comienza a trabajar como productor televisivo, se casará con la mujer equivocada (Minnie Driver) y se enamorará de la correcta (la bellísima y dúctil Rosamund Pike) en su propia boda. Y hasta esa retorcida forma del romance perderá su brillo por la incapacidad de Barney para reflexionar sobre sus propios errores y dificultades.

    Con el material aportado por una exitosa novela, el director debutante Richard J. Lewis realiza una labor correcta, pero no supera la estructura planteada por un relato que revisa la vida y obra de un personaje más bien insoportable aunque muy bien acompañado.
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  • Hermanitos del fin del mundo
    Fallida propuesta para toda la familia filmada en Ushuaia

    Hermanitos del fin del mundo transcurre en Ushuaia, y aunque no lo aclare, parece estar ambientada en la actualidad. Claro que los indicios tienen aquí más que ver con los celulares que usan algunos de los personajes y los televisores por los que espían a sus ídolos de reality show, otra marca de contemporaneidad que el guión desmiente en cada escena.

    Es que este film infantil protagonizado por Diego Topa, Muni Seligmann (ambos estrellas de la señal Disney Junior), Norma Pons y Fabio Aste tiene una historia que oscila entre la crueldad de los relatos decimonónicos y el estilo visual de un videoclip de los años 80. En el marco de los espectaculares paisajes del Sur -que de todos modos la fotografía no aprovecha del todo, repitiendo escenarios en la hora y media de película-, un orfanato de niños superfelices está en peligro de desaparecer. Para defenderlo están Pato (Topa) y Pirucha (Seligmann), la directora (Elizabeth Killian) y la profesora que interpreta Mimí Ardú. Del lado de los malos está Malva Daltón, una rica millonaria que se traslada en un auto antiguo y se parece mucho a Cruella De Vil. Claro que la villana que Norma Pons transforma hábilmente en caricatura no está interesada en maltratar perritos sino en vengarse de una muy infeliz infancia en el orfanato en cuestión. Para ello no se detendrá ante nada y hasta recurrirá al secuestro reiterado, un delito que el film infantil trata con una liviandad asombrosa.
    Estética televisiva

    Muy lejos de sus encantadores y didácticos personajes televisivos, Topa y Muni cantan y bailan como en la pantalla chica, pero sus actuaciones en formato cinematográfico no convencen. De hecho, todo el desarrollo del film tiene algo de tira televisiva cuyos conflictos se resuelven con menos coherencia que urgencia. En términos visuales, Hermanitos del fin del mundo también sigue lecciones de composición de la pantalla chica, aunque la cámara más bien estática sugiere una TV de hace unos cuantos años.

    De hecho, es muy difícil no establecer comparaciones entre el universo que pinta este film con aquel creado por Cris Morena en la época de Chiquititas. Y a pesar de todo el tiempo transcurrido, el programa de Morena parece estar a años luz en entretenimiento y didactismo de esta película. "Lo importante es que los chicos no sepan nada de esto", dirá un personaje en algún punto del film, instalando la mentira como una respuesta viable, aceptable y preferible en la relación entre adultos y niños.

    En un guión que se apoya en un sinfín de estereotipos pasados de moda, un par de intérpretes logran elevar su trabajo por encima del material de origen. Entre ellos están la mencionada Pons y Fabio Aste, que hace de un despreciable trepador un malo que en principio aparece sin demasiados matices pero que el trabajo del actor logra dotar de la gracia de la que el resto de la película carece.
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  • Malas enseñanzas
    La vocación de Elizabeth Halsey es gastar dinero, trabajar lo menos posible y tener acceso ilimitado a drogas de todo tipo. Su trabajo, en cambio, es ser maestra de colegio secundario, una ocupación que eligió básicamente por los largos períodos vacacionales de los que disfrutan los docentes. En resumen, la señorita Halsey sólo está en la escuela hasta encontrar a un hombre que la mantenga de la manera en que ella está acostumbrada, es decir, con lujos, sin trabajar y borracha.

    Superficial y egocéntrica, Elizabeth decide que sus probabilidades de encontrar al príncipe azul aumentarán en forma directamente proporcional al tamaño de su busto. Para interpretar a la bella aunque egoísta perdedora está Cameron Diaz, que aprovecha cada cuadro del film para mostrar sus largas piernas, pero retacea bastante su famosa sonrisa. Es que los gestos dulces no van con la amargada Elizabeth, que hará lo que sea para conseguir el dinero para pagar su operación.

    Malas enseñanzas, una comedia zarpada en la misma línea de las de Todd Phillips (¿Qué pasó ayer?) y Judd Apatow (Ligeramente embarazada) -con quien el director Jake Kasdan trabajó en la efímera pero muy divertida serie Freaks & Geeks-, divierte aunque nunca consigue las carcajadas de sus modelos. Tal vez porque sus personajes no son más que estereotipos puestos en función de demostrar la "maldad" de la protagonista. Ahí está la nena que sueña con ser presidenta y le regala galletitas de avena a su profesora -que se las escupe casi en la cara-, el adolescente hipersensible del que todos se burlan y hasta la maestra rival, una docente con la frase hecha siempre lista y el refrán con moraleja en la punta de la lengua. Para interpretarla aparece Lucy Punch, la actriz británica que ya se había destacado en Conocerás al hombre de tus sueños, de Woody Allen, y que aquí directamente se roba la película como la tensa profesora adversaria de Elizabeth.

    Puede que el mayor hallazgo de este film sea mantener la esencia de esos dos personajes de principio a fin. Amy comienza controladora -y aunque para el final se le haya caído su máscara de bondad- y así terminará, mientras que Elizabeth apenas limará su aspereza y sus modos, que la califican como la peor maestra del mundo.
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  • No me quites a mi novio
    Poco amor y menos amistad gracias a un guión que no consigue divertir demasiado

    Rachel y Darcy son amigas desde siempre. Se quieren mucho, tanto que aunque sean completamente opuestas y se lo pasan compitiendo hasta por los zapatos hay que aceptar que sigan juntas ya cerca de cumplir los 30. Aunque Rachel (Ginnifer Goodwin) sea tímida y apocada mientras Darcy (Kate Hudson) busque ser siempre el centro de atención. Tal es su afán de protagonismo que consigue enamorar y comprometerse para casarse con Dex (Colin Egglesfield), compañero de estudios de su amiga que, obviamente, está enamorada de él. Más drama de enredos que comedia romántica, No me quites a mi novio funciona en dos registros incompatibles representados por sus personajes centrales. Rachel, que Ginnifer Goodwin interpreta como si el film fuera un drama, acepta el maltrato de su amiga y la indecisión del objeto de su afecto con una pasividad que hace muy difícil tolerarla. Y lo mismo pasa con el personaje de Hudson -actuando en una comedia que no es tal-, que de tan egoísta y egocéntrica hasta llega a dar pena, después de irritar mucho a todo el que se le pone enfrente. Incluido su novio, interpretado por Egglesfield con casi nula expresión y el aspecto del Tom Cruise de hace quince años.

    Si bien el costado romántico de la película no aparece nunca, tal vez el punto más débil de No me quites a mi novio sea el poco respeto que tiene por sus personajes centrales. La amistad entre Rachel y Darcy es representada como una colección de malas pasadas, resentimientos y declaraciones de amor incomprensibles. Un par de personajes secundarios interpretados por John Krasinski y Steve Howey dan un poco de respiro a un guión escrito por alguien que nunca escuchó hablar de comedias románticas ni amistades femeninas.
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  • Una misión en la vida
    El film cuenta las desventuras de un hombre en crisis en busca de la redención

    La acción de Una misión en la vida comienza en Jerusalén y termina en algún lugar del interior de un país del este europeo no identificado. El punto de unión entre tan disímiles territorios es el gerente de recursos humanos de una panificadora israelí que debe hacerse cargo de una tarea imposible: reconocer y devolver a su familia el cuerpo de una ex empleada muerta en un ataque terrorista. Con un tono realista que luego abandonará, las primeras escenas del film intentan presentar al personaje central -del que nunca se sabrá el nombre-, pero lo que consiguen es mostrarlo como un estereotipo del hombre en crisis. A todos sus contactos profesionales y personales les falta intensidad, emoción y sentido, tal vez porque, a excepción del protagonista Mark Ivanir, el resto de los actores carece de la habilidad para comunicar alguno de esos sentimientos. Tampoco ayuda la edición desprolija que atraviesa la película, que de todos modos gana en interés cuando el hombre decide viajar al país de origen de su empleada para resolver el grave problema de relaciones públicas que su muerte creó a la empresa. Siguiendo sus pasos está el periodista que dio a conocer la noticia, un personaje tan desagradable y poco logrado que consigue poner el film a la altura de la menos sofisticada de las telenovelas de la tarde.

    Una vez llegado a destino, el gerente intentará reparar algo del daño que la muerte de la mujer causó a su familia y para eso se pondrá al frente de una caravana que recorrerá el país. A partir de ese momento, el director Eran Riklis ( La novia siria ) intentará cambiar el tono realista por uno más absurdo, una road movie musicalizada con sonidos balcánicos que busca crear una atmósfera similar a los films de Emir Kusturica y no lo consigue, aun teniendo una camioneta que se empeña en romperse, un chofer borracho, un adolescente rebelde y un ataúd a bordo. La aparición de un refugio nuclear, una repentina enfermedad y un tanque agregan sinsentido pero nada del humor negro o trágico que el director quiso conjurar.
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  • Hanna
    Hanna
    La Nación
    La bella Saoirse Ronan brilla en un film que se excede en el cruce de géneros, que van del cuento de hadas al espionaje

    ¿Es el exceso de ideas algo malo? La respuesta inmediata sería que no. Por supuesto que nadie puede decir que mucha creatividad sea perjudicial para la expresión artística, y sin embargo eso es exactamente lo que impide que Hanna sea una mejor película de lo que es. El cuarto largometraje del director británico Joe Wright ( Orgullo y prejuicio ) es al mismo tiempo un cuento de hadas deforme, un relato de iniciación, tiene algo del cine de espías y una pizca de ciencia ficción. Tantos elementos conforman un collage que en lugar de destacarse por sus diferencias terminan anulándose entre ellos. Y en el centro de la tormenta de ideas está la historia de Hanna, la nena criada en el bosque helado para ser una sobreviviente y, consecuentemente, una asesina perfecta. Entrenada por Erik (Eric Bana), padre taciturno, intenso y ex agente secreto, la adolescente rubia, bella como una princesa de cuento, decidirá que está lista para salir al mundo, aunque más allá de la soledad nevada la espere la bruja mala. Exagerando la búsqueda de suspenso al no entregar demasiado de la historia, el guión queda en segundo plano frente al cuidado diseño de producción, la fotografía y la gran banda de sonido creada por The Chemical Brothers. Claro que cuando al realizador parece importarle más armar secuencias impactantes y bellas -aunque con cierta tendencia a la frialdad- que la historia que decidió contar, algo no funciona en el film. Lo contrario ocurre con su actriz protagónica. Saoirse Ronan interpreta a Hanna con la cantidad justa de expresividad que las experiencias de esta niña asesina, adolescente desesperada por algo de normalidad, necesitaban. Que su carisma frente a las cámaras es sorprendente queda demostrado cuando consigue ser siempre el centro de la escena, se trate de momentos de intensa acción como de otros más íntimos, como ese en el que descubre la música en un oasis marroquí. Y hasta logra quitarle fuerza a Cate Blanchett -que interpreta a la malvada bruja y agente secreto-, una de las actrices con mayor presencia escénica del cine actual.

    Lejos de la trampa de la vergonzosa Sucker Punch - otro film de chicas de armas blandir-, que confundía explotación femenina con liberación e igualdad, Hanna , a pesar de sus excesos, respeta la dignidad de su personaje central: la princesa asesina que quería vivir.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    La Nación
    Con una estructura no lineal que intercala el pasado y el presente, el drama cuenta la historia de un amor

    Hace tiempo que el recurso de armar un relato cinematográfico a partir de una línea de tiempo fracturada, no lineal, que avance y retroceda según las necesidades del guión, dejó de ser original. El uso y abuso que Alejandro González Iñárritu hizo del mecanismo narrativo logró extirparle casi toda su capacidad de interesar y entretener más allá de la manipulación emocional a la que el director mexicano acostumbra. Y sin embargo, eso es lo que consigue Blue Valentine: una historia de amor. Pero no sólo eso. Porque este drama romántico además conmueve mucho más allá de su estructura repetida, especialmente en el cine independiente.

    Con las emociones siempre a flor de piel y al borde del desborde, los personajes centrales, la pareja formada por Dean (Ryan Gosling) y Cindy (Michelle Williams), transitan situaciones cotidianas que los llevan al límite de su historia juntos y al dolor de la pérdida y el fracaso del proyecto en común. Y gracias a esos saltos temporales que forman parte del desarrollo de la trama, el espectador consigue entender qué es exactamente lo que Dean y Cindy están perdiendo. Un duelo compartido que justifica con creces la suspensión de la lógica cronológica.

    Aquí, a partir del derrumbe de una pareja se muestra cómo fue construida, tiempos mejores en los que ladrillo a ladrillo se armaban los cimientos de un amor fuerte, aparentemente indestructible y eterno. En el centro de la zona del desastre están Cindy y Dean, en ellos recae todo el peso dramático del relato, armado a partir de viñetas del pasado y el presente, pequeños detalles que de a poco, con sutileza, pintan un cuadro complejo, tan sombrío como luminoso.

    Magníficos actores por separado, Williams y Gosling juntos, en las escenas que comparten, consiguen dotar a sus personajes de una humanidad y una densidad que nunca pierden de vista el tono realista marcado por la dirección del debutante Derek Cianfrance. Esa secuencia del pasado en la que unos jóvenes Dean y Cindy elaboran un brillante momento musical callejero, partes iguales de juego de seducción y sincero desamparo, coloca a la película en un estado de gracia inusual. Algo similar sucede con un pasaje bastante menos feliz del presente de la pareja que transcurre en una habitación de hotel ridículamente futurista. Allí, gracias al trabajo del director de fotografía Andrij Parekh, la falta de circulación de aire, la asfixia del amor entre Dean y Cindy, se traduce en unas imágenes tan extrañas como bellas. Y aun en medio del desastre aparece el humor -amargo pero humor al fin-, que reconfirma la habilidad de los intérpretes.

    Tal vez el punto débil del film esté en las excesivas explicaciones, como de manual de psicología, respecto de las motivaciones de Cindy y Dean para convertirse en pareja primero y autodestruir su vínculo después que aparecen hacia el final de la película. Claro que el innecesario subrayado no le quita mérito a un film profundo y conmovedor.
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 2
    La segunda parte vuelve a divertir con un humor zarpado y políticamente incorrecto

    "Pasó otra vez", dice Phil al comienzo del film y la frase funciona tanto como puntapié inicial de la trama como explicación de lo que la película consigue. Es que a pesar de no contar ya con el elemento sorpresa en el guión que hizo de la primera parte un éxito de público y de crítica, ¿Qué pasó ayer? Parte II da mucho más de lo que se espera de ella. De hecho, su particular humor zarpado y políticamente incorrecto ganó en intensidad con el traslado de la acción de Las Vegas a Bangkok, hacia donde viajan los protagonistas para festejar el casamiento de Stu (Ed Helms). El dentista, que en la primera parte era maltratado por su novia y perdía un diente y se casaba con una prostituta en la despedida de soltero de Doug (Justin Bartha), ahora comienza mejor, pero ayudado por el carismático Phil (Bradley Cooper) y el indescriptible Alan (Zach Galifianakis) terminará peor. Ese peor implica un desorientado despertar en una sucia bañera de una habitación de hotel que no reconoce, lo mismo que el tatuaje que le cubre la mitad de la cara. Además, su joven cuñado no aparece por ningún lado y en su lugar quedó su dedo, un mono y Leslie Chow (Ken Jeong), el criminal que le había hecho la vida imposible al grupo en la primera película.

    A ese confuso amanecer seguirá un recorrido por las calles de Bangkok en busca desesperada y contra reloj del muchacho perdido. Básicamente lo mismo que Phil, Stu y Alan hacían en Las Vegas, aunque ahora sus aventuras incluyan situaciones bastante más explícitas y subidas de tono que las que vivieron en la ciudad del pecado norteamericana. Que, comparada con la versión de la capital tailandesa del director Todd Phillips, parece tan inofensiva como Disneylandia.

    El trío de detectives salvajes intentará reconstruir lo que les pasó. En camino a descubrir el misterio detrás de su noche olvidada consiguen otra comedia para adultos desopilante.
    Manada de lobos

    Más allá de la estructura de la historia -que es casi idéntica a la del primer film-, lo que evolucionó aquí es la relación entre los personajes, perfectos arquetipos que en solitario despertarían apenas unas sonrisas pero que juntos provocan carcajadas. El que más se destaca es Galifianakis, con su interpretación del peligrosamente aniñado Alan, un inmaduro con la capacidad para el desastre de un bebe en pañales y nula percepción de lo socialmente aceptable.

    Claro que aunque sus dos amigos parezcan más en sintonía con la realidad, cuando desbarrancan lo hacen a lo bestia. Así, Cooper es el actor perfecto para interpretar a Phil, que en teoría debería caerle mal a todo el mundo -es irresponsable, canchero y no demasiado amable-, pero tiene tanto carisma que hasta el monito parece tan fascinado por él como Alan y Stu. De los tres, el verdadero héroe de la historia es Stu, el sufrido dentista que padece una humillación tras otra -la sucesión incluye a su futuro suegro, un tatuador y una prostituta-, que Ed Helms transmite con pericia. En sus escenas, siempre al borde del quiebre emocional, el actor, conocido por su trabajo en la serie The Office, logra dotar de humanidad un relato que entre tanta locura la necesita. Y tal vez ése sea el mayor acierto de Phillips y los guionistas Craig Mazin y Scott Armstrong: conseguir que entre las carcajadas provocadas por situaciones tan sórdidas como graciosas se asome un sutil mensaje sobre los lazos de amistad masculina. Pasó otra vez.
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Johnny Depp vuelve a surcar los mares y los cines como el capitán Jack Sparrow

    La tarea de realizar la cuarta parte de una saga exitosa puede resultar tan complicada como caminar por la plancha de un barco pirata con tiburones esperando la caída. El riesgo de alejar a los seguidores cambiando mucho la propuesta original choca contra la necesidad de variar algo para mantener vivo el entretenimiento. En esa encrucijada está Piratas del C aribe: navegando aguas misteriosas. Aunque cambió de director -salió Gore Verbinski y entró Rob Marshall-, y abandonó la línea de relato que atravesó las tres películas anteriores, el film conservó intacta su mayor atracción.

    Johnny Depp vuelve a darse el gusto de hacer de bufón rockero con el capitán Jack Sparrow nuevamente en problemas con las autoridades, aunque ahora esté en Londres y en 3D. Sin que el guión se tome demasiadas molestias para explicarlo, Sparrow posee un mapa para encontrar la Fuente de la Juventud. Claro que no es el único en busca de ese mítico lugar. El rey Jorge II (Richard Griffiths) hará lo posible para que el rebelde capitán trabaje bajo sus órdenes y las del pirata devenido corsario Hector Barbossa. Interpretado por Geoffrey Rush, el personaje que podría quedar opacado por los fuegos artificiales que produce Depp, divierte y hasta logra robarle alguna escena al protagonista. No sucede lo mismo con Penélope Cruz. La actriz española es Angélica, una mujer del pasado de Jack Sparrow que regresa para utilizar las habilidades del pirata que la amó y la traicionó. Sin demasiado que aportar al entretenido festival de la sobreactuación que arma Depp, Cruz vuelve a demostrar su falta de expresividad a la hora de actuar en inglés. Así, en términos de parejas fuertes en pantalla, se destacan más las escenas que Sparrow comparte con Barbanegra, el nuevo villano (interpretado con la necesaria oscuridad por Ian McShane), y con Keith Richards, que repite en el papel de su padre en uno de los momentos más cómicos de la película.

    Este film insinúa una nueva trilogía de Piratas en el C aribe conpocos elementos dramáticos de las películas anteriores -hay souvenirs como Barbossa, el Perla Negra, la brújula y el monito de Jack-, y dos nuevos personajes que parecen asegurar la continuidad de la saga. Ojalá que el misionero Phillip, interpretado por el actor británico Sam Claflin, y la sirena Syrena (Astrid Berges-Frisbey) tengan mejores oportunidades para desarrollarse-la escena al final de los créditos así lo sugiere-, porque en ésta sufrieron por el desprolijo trabajo de edición.
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  • Winnie the pooh
    Winnie the pooh
    La Nación
    El nuevo film del personaje clásico fue realizado en animación tradicional

    A más de ochenta años de la publicación del primero de los libros dedicados a Winnie Pooh y sus amigos, y a cuarenta y cinco de la primera película que Disney realizó basada en el clásico de la literatura británica, este film de animación recupera a los conocidos personajes para los más chiquitos. El relato, compendio de cinco diferentes cuentos de A.A. Milne, comienza de la misma manera en que empezó la historia de Winnie Pooh: entre los muñecos de peluche de la habitación de un chico, Christopher Robin, que junto a ellos vive fantásticas aventuras en el animado Bosque de los Cien Acres. Allí está el osito -acompañado por sus fieles amigos Tigger, Igor, Conejo, Piglet y Búho-, que apenas despierta ya desespera por su comida favorita: la miel. En busca del manjar, Winnie Pooh se encontrará con el siempre sombrío Igor, que trajina el bosque sin cola, ya que parece que la perdió por algún lado y no consigue encontrarla. Todo el grupo de peluches animados se reunirá para asistirlo, aunque algunos aportarán más que otros. Es que Búho está muy distraído porque está escribiendo su biografía y Pooh no puede más del hambre.

    Una historia simple que apunta a los más chiquitos, público en el que las últimas tendencias del cine de animación no piensan demasiado. Con el dibujo clásico y a mano como mejor herramienta para contar el cuento, los directores, Stephen J. Anderson y Don Hall, consiguen un film agradable en su totalidad con algunos momentos muy ingeniosos, otros brillantes y unos pocos que exhiben ciertos problemas en el desarrollo de los conocidos personajes. Para comenzar con las buenas noticias, hay que decir que, a diferencia de muchas adaptaciones del libro a la pantalla, aquí se destaca el traspaso, se lo celebra y hasta se hace interactuar y jugar a los protagonistas con las letras de su propio cuentito. Entonces, para salir de una trampa en la que cayeron por su propia distracción -exagerada por momentos al límite de lo que la lógica de los personajes puede tolerar-, Pooh y los suyos usarán las letras que forman parte de su cuento.

    A pesar de que en algunas canciones que acompañan las diferentes escenas por momentos se nota demasiado la costura de los cinco cuentos unidos entre sí que constituyen el guión, éste no es un musical típico del departamento de animación de Disney. Ese que ya casi abandonó por completo la animación hecha a mano por la digital y que en este caso demuestra todas las posibilidades de ese arte casi perdido. La escena en la que el osito de la remera roja -siempre dos talles más chicos que lo que debería usar- imagina un mundo entero hecho de miel es divertida, además de un bello ejemplo de las capacidades del dibujo tradicional. Lo mismo sucede con la presentación de un nuevo personaje, el divertido monstruo Ponto, que revolucionará a los tiernos habitantes del bosque de los Cien Acres.
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  • Gnomeo y Julieta
    Un film de animación shakespeareano con canciones de Elton John

    Los años pasan, la tecnología avanza, el cine se entusiasma con el 3D pero algunas cosas permanecen. Entre ellas, el atractivo y las posibilidades narrativas que aporta un relato clásico como Romeo y Julieta, que ahora tiene una nueva reencarnación como film animado en 3D y protagonizado por dos familias de enanos de jardín que viven en casas de la calle Verona. Como los juguetes de Toy Story, que tienen vida y sentimientos más allá de la que sus dueños imaginan, en estos poblados de cerámica el viejo enfrentamiento entre Capuletos y Montescos continúa. Y se agrava cuando el joven Gnomeo conoce y se enamora de la vecinita de enfrente, que da la casualidad que es una Capuleto.

    Con iguales dosis de ternura y guiños para los conocedores -aunque sea superficiales- de la obra de William Shakespeare, la película cuenta con el valor agregado de las canciones de uno de sus productores: Elton John. A pesar de que el film se estrena en la Argentina doblado al castellano -una verdadera pena porque las voces originales incluyen a Michael Caine, Maggie Smith y Ozzy Osbourne, entre muchos otros-, los temas clásicos de la estrella británica aparecen en su inglés original y sin subtítulos. Y hasta uno de los personajes se sienta al piano con todos los oropeles que hicieron famoso a John.

    A partir de la muy conocida y versionada historia de los amantes desgraciados, el director Kelly Asbury (Shrek 2) y la casi docena de guionistas del film decidieron tapizar cada escena de él con referencias a la cultura popular que probablemente el público infantil no comprenda. Así se apilan chistes y homenajes que incluyen a Belleza americana, Borat, los Muppets y El tigre y el dragón, entre muchos otros. En esa acumulación que parece pensada para que los padres quieran llevar a sus hijos a ver un film animado, Gnomeo y Julieta pierde algo de la dulzura que compensaba su evidente falta de originalidad.
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  • Agua para elefantes
    Había una vez un circo en el que los animales eran maltratados y los trabajadores dependían de la venta de entradas para permanecer en los vagones del tren que los trasladaba de un lado a otro de los Estados Unidos durante los años de la depresión. A ese universo tan denso como fascinante llega Jacob, hijo de inmigrantes polacos y estudiante de veterinaria caído en desgracia. Allí se encontrará con August, el temible dueño del circo, y su esposa, Marlena. Gracias a la cuidada dirección de fotografía de Rodrigo Prieto ( Babel ), ese mundo que retrata Agua para elefantes -basada en un bestseller- atrae aunque el guión del usualmente efectivo Richard LaGravenese ( Los puentes de Madison ) produce el impulso inverso. En la adaptación de una novela de más de quinientas páginas a un guión de una película de dos horas el relato perdió profundidad, pero sobre todo emoción. Y aunque la historia y su puesta en escena transmiten cierta ingenuidad de la que carece la mayoría del cine hecho en Hollywood, lo cierto es que tiene su costado más flaco en las actuaciones. El inocente Jacob es interpretado por Robert Pattinson, que, por suerte, deja de lado al vampiro sufriente e intenso de Crepúsculo y logra dotar a su personaje de cierta liviandad, aunque cuando llega el momento del romance su química con Reese Witherspoon, que interpreta a la seductora Marlena, sea inexistente. Para encarnar al malvado aunque carismático dueño del circo aparece Cristoph Waltz, un muy buen actor que en este caso está cerca de repetirse a sí mismo creando una criatura bastante similar a la de Bastardos sin gloria .
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  • Scream 4
    Scream 4
    La Nación
    Aunque no asusta demasiado, su estilo autorreferencial funciona

    ¿Cuántos guiños a la cultura popular contemporánea, al propio pasado y a las convenciones de género puede permitirse una película de terror antes de dejar de provocar miedo y trocar los sustos por risas?

    Aparentemente, once años después de la tercera parte de la hasta ahora trilogía, los creadores de Scream se propusieron probar los límites de su propio invento. El experimento resultó mejor de lo que puede esperarse de una cuarta entrega de un film de miedo, aunque conviene aclarar que para divertirse con las nuevas desventuras de los habitantes de Woodsboro hay que tener cierto conocimiento de las películas anteriores. Y tratar de olvidarse de las cuatro entregas de Una película de miedo, versiones paródicas de Scream.

    Desde su primera escena -ingenioso prólogo en espejo-, este film le pide a su espectador que recuerde la historia de Sidney (Neve Campbell), Dewey (David Arquette) y Gale (Courteney Cox), los tres personajes centrales que lograron sobrevivir al asesino de la máscara de fantasma -y eterno grito a lo Eduard Munch- y se transformaron en leyenda.
    Recursos conocidos

    No hay escenas en Scream 4 que no hagan referencia a lo que sucedió en los primeros tres films y que no aprovechen hasta el límite el recurso que la primera película inauguró: utilizar los diálogos entre los personajes como reflexiones sobre los usos y costumbres de los films de terror.

    Dirigida por Wes Craven -responsable de todas las entregas además de reconocido creador de clásicos del terror como Pesadilla y La colina de los ojos malditos -, Scream 4 vuelve a poner el foco en un grupo de adolescentes fanáticos de las películas de miedo que se transforman en blanco del asesino enmascarado. A partir del regreso de Sidney -la histórica víctima de la saga- a Woodsboro para presentar su autobiografía, los cadáveres empiezan a apilarse de nuevo alrededor de ella y su joven prima Jill, interpretada por Emma Roberts. Allí estarán una vez más el policía Dewey (encantador David Arquette) para investigar los crímenes con aparente torpeza pero mucho corazón, que es lo que parece faltarle a Gale, la ex periodista sensacionalista que ahora es su esposa. Que, ironía externa al relato, interpreta Cox, su ahora ex mujer en la vida real, con toda la expresividad que sus reajustes estéticos le permiten.

    Esta vez, a tono con los tiempos del terror de "tortura" a la manera de las muchas -demasiadas- entregas de El juego del miedo, los asesinatos son bastante más cruentos que antes. Y, fiel a su estilo autorreferencial, el guión de Kevin Williamson ( Dawson's Creek ) dedica buena parte de sus entretenidos diálogos a hablar justamente de esa muy poco sana costumbre que adoptó el cine de horror que muchas veces resulta en una celebración del asco. No es éste el caso, porque Craven y Williamson son muy hábiles en lo suyo, aunque a veces la fluida pluma del guionista se vuelva pesada para imponer al film una innecesaria moraleja.
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  • La chica de la capa roja
    Valerie vive en un pueblo de aspecto medieval, al borde de un bosque oscuro, donde cada luna llena un lobisón ataca sin que nadie sepa cómo pararlo. En ese mismo bosque, la abuela de la chica tiene una casa y en su tiempo libre le cose una bonita capa roja que Valerie usa todo el tiempo. La nieve cae y cada movimiento de la chica de capa roja -Caperucita le decían en el cuento de los hermanos Grimm- es como un reguero de sangre que anuncia que nada bueno sucederá. Que es lo mismo que se puede decir de este film de Catherine Hardwicke, el primero que la realizadora emprende luego de hacer Crepúsculo. Sin poder desprenderse de la sensualidad pasteurizada para adolescentes del film de vampiros, Hardwicke confía demasiado en su joven elenco, aunque el guión -endeble- no les de mucho para hacer. Amanda Seyfried vuelve a demostrar que en fotogenia nadie le gana, mientras que sus galanes, Shiloh Fernandez y Max Irons, intentan demostrar una intensidad que nunca alcanza a la pantalla. La presencia de Gary Oldman como un excéntrico cazalicántropos agrega un poco de absurdo, bienvenido, a una propuesta que podría haber sido interesante.
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  • Ajami
    Ajami
    La Nación
    Un film político centrado en los conflictos humanos en Israel

    De principio a fin, durante todo su desarrollo -dividido en cuatro capítulos y un epílogo-, Ajami transmite una inmediatez, una sensación de cercanía frente a las historias que cuenta que la emparenta con el documental pero sin descuidar sus efectos dramáticos argumentales.

    Todo transcurre en el Ajami del título, un barrio en la ciudad israelí de Jaffa (parte de Tel Aviv) en el que conviven, o más bien comparten el espacio, árabes musulmanes, cristianos y judíos. Un polvorín a punto de estallar que de hecho lo hace cotidianamente, cuando los hechos de violencia callejera se acumulan hasta volverse la norma. En el medio de tanto conflicto, los directores cuentan fragmentos -presentados en forma no lineal ni cronológica- de las vidas de Omar (Shahir Kabaha), Malek (Ibrahim Frege), Binj (interpretado por uno de los directores del film, Scandar Copti) y Dando (Eran Naim). El primero es un muchacho de 19 años al que una disputa familiar lo obliga a huir del lugar. Pero él se niega un poco porque como dice "el miedo es la mayor vergüenza" y otro poco por Hadir, la hija del dueño del restaurante en el que trabaja y al que le debe mucho por haber intercedido por él en un juicio que constituye una de las escenas más interesantes de un film repleto de ellas. En el mismo restaurant trabaja Malek, un adolescente palestino desesperado por conseguir dinero para pagar una operación que necesita su madre. El actor no profesional que lo intepreta -verdadero habitante de la zona retratada-, consigue en un par de escenas establecer una empatía sin adoptar el punto de vista de la víctima.

    De hecho, uno de los más notables logros del film es mantener el equilibrio entre los diferentes grupos culturales que explora. No hay aquí buenos ni malos, sino personas caminando, viviendo en la cornisa, en la delgada línea -literal y metafórica-, que los divide. Allí se cruzan rateros callejeros con policías tan familiarizados con el crimen como los hombres que persiguen. Entre los perseguidores aparece Dando, un agente policial tan violento en las calles como sensible puertas adentro con su hija, y sus padres, desesperados por la desaparición de su hijo menor.

    Desgarradora sin recurrir al golpe bajo, Ajami tiene una estructura formal similar a Amores perros , 21 gramos y Babel de Alejandro González Iñárritu,pero donde el mexicano se regodea en acumular miserias en la pantalla, en este caso los directores-ambos nacidos en Israel, uno judío y el otro palestino-, pintan su convulcionada y compleja aldea.
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  • Pase libre
    Pase libre
    La Nación
    Un film que intenta hacer reír con bastante mal gusto y pocos aciertos

    Por más que les pese a sus detractores -casi tanto como alegra a sus seguidores-, los hermanos Peter y Bobby Farrelly tienen un lugar ganado en la comedia de Hollywood de las últimas dos décadas. Conocidos como los reyes del humor de inodoro, los hermanos también son cultores de historias donde la ternura de los personajes protagónicos es inseparable de su condición de perdedores y descastados. Así sucedía en Loco por Mary, Irene y yo... y mi otro yo y Amor ciego, entre otras. Mirando films como Virgen a los cuarenta de Judd Apatow o ¿Qué pasó ayer? de Todd Phillips es evidente la influencia de los Farrelly en la comedia norteamericana contemporánea, tan interesada en mostrar a hombres en estado de perenne adolescencia. Claro que del perfecto equilibrio entre la inocencia y el cinismo de los siameses de Inseparablemente juntos al dúo amigos en el centro de Pase libre mucha agua -cloacal- pasó bajo el puente de los Farrelly. Sólo como un homenaje malogrado a su propio estilo puede explicarse esta comedia que utiliza la rutina de dos matrimonios de años para poner a los amigos Rick (Owen Wilson) y Fred (Jason Sudeikis) frente a lo que parece el arreglo de sus vidas.

    Hartas de mirarlos mirar a otras mujeres con el deseo que ya no parecen sentir por ellas, sus esposas Maggie (Jenna Fischer) y Grace (Christina Applegate) les ofrecen una semana de libertad en la que los hombres podrán hacer lo que quieran sin cuestionamientos ni consecuencias. Como es de prever, lo que comienza con la realización de una fantasía evoluciona -involuciona, en realidad- en una seguidilla de planes fracasados y egos magullados. Situaciones sin demasiada gracia, pero con muchas chanchadas que casi consiguen reducir al mínimo el enorme carisma de Wilson y Sudeikis.

    De hecho, tal vez los momentos más incómodos de una película repleta de chistes escatológicos sean los que muestran al siempre cool Wilson como un viejo verde babeándose por una chica a la que dobla en edad. Entre los integrantes del grupo de amigos que observan fascinados la supuesta libertad de Rick y Fred se destaca Stephen Merchant, el socio creativo de Ricky Gervais en The Office y Extras , que aporta algo de frescura a un guión bastante rancio.

    Que las esposas del par de tarambanas sean tanto mejores -más lindas e interesantes- que las mujeres que terminan rodeándolos funciona como una moraleja que ni las más blancas comedias de Hollywood se atreven a transitar.
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  • El mal ajeno
    El mal ajeno
    La Nación
    El film cruza el melodrama con una trama de suspenso y elementos sobrenaturales

    "No mires, haz tu trabajo, pero no mires." La recomendación se la hace el doctor Diego Sanz (Eduardo Noriega) a su joven aprendiz, que se niega a seguir los pasos de su mentor, un reconocido médico que nunca se involucra personalmente con sus pacientes. Tanta frialdad se explica, en principio, porque el profesional trabaja con enfermos terminales a los que, pastillas mediante, les alivia algo del dolor físico que sienten. De las dolencias emocionales el doctor no se ocupa. Ni siquiera de las propias.

    Rodeado de tanta tragedia, el hombre no se decide a terminar con un matrimonio que ya no funciona y no consigue establecer una buena relación con su hija adolescente, rebelde de manual que la bellísima Clara Lago interpreta con torpeza. Su actuación es, sin embargo, la única nota de color de un film frío, tanto en su tono dramático como visual.

    Con escenas que transcurren casi en su totalidad entre quirófanos, salas de espera y habitaciones de hospital, la fotografía de Josu Incháustegui acompaña y eleva la calidad de un relato que mezcla géneros y no se decide por ninguno.

    El director debutante Oskar Santos parece haber tomado algunas lecciones con su productor, Alejandro Amenábar, experto en crear suspenso que bordea el terror y los sobrenatural. En los pasajes donde la película transita esos géneros, el interés crece, sin embargo decae cuando se aleja de ellos para acercarse al melodrama familiar y romántico.

    Mientras el personaje de Eduardo Noriega -que lo interpreta con contención y emoción- intenta mantener su insensibilidad ante lo que lo rodea, el mundo conspira contra él. Luego de que una de sus pacientes intenta suicidarse, la vida del buen doctor comenzará a desmoronarse. La muerte seguirá rodeándolo, pero ya no se acomodará a las explicaciones de la medicina que siempre practicó. En ese contexto conocerá a Isabel, la mujer quebrada emocionalmente que Belén Rueda interpreta con su destreza, aunque el guión no le dé demasiado material para trabajar.
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  • Justin Bieber: Never say never
    Un recorrido por la carrera y la vida del ídolo adolescente de 16 años

    Este documental musical que sigue los pasos del ídolo pop adolescente Justin Bieber está pensado, filmado y editado para promocionar la figura de su protagonista. Para quienes no lo conocen es un buen primer acercamiento a la meteórica carrera del chico de 16 años por el que suspiran sus hijas y para los que sí saben quién es, esas nenas que adoran sus canciones, su sonrisa y su pelo, supone un nuevo motivo para seguir adorándolo. Claro que más allá de las intenciones de los productores del film, entre los que está el propio Bieber, el documental resulta una interesante puesta en imágenes y palabras de lo que significa la popularidad y la fama en el siglo XXI.

    Todo comenzó -la película y la carrera musical- en Internet. Más precisamente con unos videos del chico cantando subidos a YouTube que compartían y competían por atención de los cibernautas con, entre otras, las imágenes de un panda bebé estornudando, un par de hermanos gemelos riéndose a dúo en su cuna y un gatito aplaudiendo.

    Videos familiares que alcanzan a cualquiera con una computadora a mano y algo de tiempo para explorar. Y en esa oferta indiferenciada, sin categorías ni más exigencias que el entretenimiento momentáneo, dice la película con un sentido crítico no intencional, nació una estrella. Allí vio Scooter Braun, un joven ejecutivo de la industria discográfica, a Justin, un preadolescente canadiense con una bonita voz y una evidente facilidad para llevar el ritmo desde su más tierna infancia.

    El film sigue las reglas del documental más convencional para contar la historia de Bieber desde que era un bebe de tres o cuatro años tocando la batería con asombrosa habilidad hasta su primer recital en el legendario Madison Square Garden de Nueva York. No hay nada demasiado original en el recorrido aunque sí sorprende que en él se hayan incluido varias reflexiones de los adultos que rodean al adolescente sobre lo dañina que puede ser la fama alcanzada a tan temprana edad. Se menciona a Michael Jackson-aunque ni su historia ni su talento sean comparables con los de Bieber-, pero la alerta sobre el peligro de una infancia perdida está mejor representada con la aparición de Miley Cyrus. Cuando comparten el escenario, la ex Hanna Montana del Disney Channel con dos años más que Bieber parece una veterana-en el peor sentido del término-. El uso del 3D no aporta demasiado aunque seguramente las fanáticas agradecerán sentir a su ídolo un poco más cerca.
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  • Soy el número cuatro
    Una historia que combina elementos de ciencia ficción con un romance adolescente

    Desde hace años, los estudios de cine están buscando incansablemente la próxima adaptación literaria de una saga infanto-juvenil que ocupe el espacio y se lleve los millones en taquilla de Harry Potter. La serie que pasó de la página a la pantalla que más se le acercó al mago de J. K. Rowling es Crepúsculo . Soy el número cuatro se ubica justo en medio de esos dos fenómenos tomando prestado un poco de cada uno. Por un lado, su personaje central, John (Alex Pettyfer), es un adolescente huérfano que debe ocultar al mundo que no es humano sino el cuarto integrante de una muy especial raza extraterrestre que podría salvar a la humanidad de unos malísimos guerreros llegados de su planeta de origen. Por el otro, obligado a huir junto a su padre adoptivo, el chico llega a un nuevo pueblo donde además de intentar esquivar a los estudiantes más populares que hostigan a sus compañeros por los pasillos conoce a Sarah (Diana Agron, de Glee ), solitaria fotógrafa aficionada.

    Así, Soy el número cuatro cambia a los magos perseguidos por el mal y los vampiros enamorados por un extraterrestre juvenil que, entre efectos especiales y unas cuantas persecuciones nocturnas muy bien coreografiadas, se hace el tiempo para declararle amor eterno a la chica de sus sueños.
    Camino al póster

    Más allá de que el guión tenga más de fórmula que de idea original, el relato entretiene, especialmente cuando logra olvidarse de los estereotipos -no es necesario acentuar las inclinaciones artísticas de la protagonista haciéndola usar una boina todo el tiempo-, para focalizarse en las escenas de acción. Aunque hacia la mitad del film dirigido por D. J. Caruso ( Paranoia ) el romance adolescente le gana espacio a la fantasía de ciencia ficción que prometía. En ese punto, el rubio Pettyfer adopta todos los gestos del conflictuado héroe que hace suspirar a las chicas.

    Así, el joven actor británico ingresó en el terreno que hasta ahora dominaba su compatriota Robert Pattinson gracias a Edward, el vampiro enamorado de la saga Crepúsculo. Para darle tiempo de establecerse como ídolo de adolescentes, la película planta indicios y presenta personajes que podrían desarrollarse en una secuela que, de realizarse, debería centrarse en la número seis, la extraterrestre bella, fuerte y poderosa que interpreta la actriz australiana Teresa Palmer. Y tal vez, si la segunda parte ocurre, los guionistas podrían darle algo más que hacer a Diana Agron, que en la serie Glee demostró bastante más rango actoral que en esta película.

    A pesar de algunas inconsistencias en el guión -como que el chico malo del secundario corrija sus modales sin explicaciones ni consecuencias de una escena a la otra-, Soy el número cuatro tiene el encanto de un entretenimiento sencillo que a pesar de sus pretensiones no se acerca a los films de Harry Potter.
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  • El ganador
    El ganador
    La Nación
    Una historia entretenida en la que se destacan las actuaciones de Christian Bale, Mark Wahlberg, Melissa Leo y Amy Adams

    Las películas centradas en el mundo del boxeo suelen hablar más sobre las familias y sus integrantes dedicados a él que sobre el deporte en sí. Toro salvaje , Rocky , Million Dollar Baby son representantes ejemplares de este concepto, además de ser, por la combinación de elementos argumentales, visuales y actorales, grandes films. El ganador pertenece a esta categoría.

    Inspirada por la historia real de la vida del boxeador norteamericano Micky Ward, la película dirigida por David O. Russell ( Tres reyes ) retrata un ambiente, un grupo de gente y un lugar que quedaron excluidos del sueño americano aunque no por eso dejan de perseguirlo. La salida de Lowell, Massachusetts, para los Ward es la habilidad boxística de Dicky (Christian Bale), el hijo mayor de una madre prolífica y aterradora que no parece darse cuenta de que el hombre perdió el tren y sólo vive de su leyenda construida a partir de una pelea con el campeón Sugar Ray Leonard que ni siquiera ganó.

    El film comienza con Dicky hablando a mil kilómetros por hora, -tan divertido como patético-, para la cámara de un documental que, dice, le permitirá conseguir su esperado/necesitado regreso. Pronto se lo adivinará fuera de cuadro, molestando a su hermano Micky (Mark Walhberg), revoloteando como una mosca hasta hacerlo reaccionar. Un instante que resume los roles asumidos y sostenidos en el trama por los actores que interpretan a los hermanos Ward. Por un lado, está Bale como el hiperkinético Dicky, pura emoción y muy poca razón, un hombre vencido que no se da por enterado de que la pelea terminó para él, engatusado por su propia leyenda y su adicción a las drogas. Un papel que el actor de Batman interpreta como una fuerza centrífuga que destruye su propia vida y las de lo que lo rodean con gestos grandilocuentes pero al mismo tiempo tan cargados de vulnerabilidad. Desde el otro extremo del espectro actoral lo espera, lo mira, lo aguanta Wahlberg con una interpretación tan sutil que si no se la observa detenidamente pasa inadvertida frente a los fuegos artificiales que dispara Bale cada vez que aparece en pantalla. Lo mismo ocurre con Melissa Leo, como la despiadada madre de los Ward, negadora patológica de la adicción de Dicky y sus más convencida defensora, y Amy Adams que tiene la difícil tarea de interpretar el papel de la antipática, peleadora y ambiciosa novia de Micky. Ambas, juntas y por separado, casi consiguen robarse una película que cuenta con un guión efectivo, aunque por momentos roce el melodrama, además de un trabajo de fotografía -a cargo de Hoyte Van Hoytema ( Criatura de la noche )-, y edición (Pamela Martin), notables.

    Film con múltiples nominaciones al Oscar, El ganador , seguramente podrá quedarse con las estatuillas de mejor actriz y actor de reparto para Leo y Bale, respectivamente. Pero más allá de los premios para ambos, el mayor mérito del film es su conmovedor retrato de una familia siempre preparada para dar y saber recibir las piñas.
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  • El Avispón Verde
    Con un gracioso guión, el film revitaliza a los superhéroes del cine

    Según las últimas películas encabezadas por superhéroes realizadas en Hollywood, estos señores que velan por la justicia y la seguridad de los ciudadanos tienen más de un conflicto interno que no se soluciona con trajes especiales, entrenamiento ninja o autos superveloces. Batman , El H ombre Araña y Iron Man son hombres en conflicto, amargados, perdidos y con serios problemas sociales; el Avispón Verde, no. Creado por Seth Rogen y Evan Goldberg, este justiciero se parece mucho a un tipo común y corriente, algo inmaduro aunque bueno, que se asombra y disfruta cada hazaña que realiza como si la hiciera otro. Primo cercano de los hombres que habitan los films de Judd Apatow -muchos de ellos interpretados por el propio Rogen-, el personaje provoca más risas que asombro o ternura y tal vez por eso la mirada de Michel Gondry ( Eterno resplandor de una mente sin recuerdos ) apenas se percibe. Conocido por sus innovadoras puestas que intentan no recurrir en exceso a los efectos especiales, el toque Gondry se insinúa en un par de escenas -como la de la pantalla dividida-, porque aquí la prioridad es mostrar a un superhéroe capaz de reírse de sí mismo.
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  • Noches de encanto
    Christina Aguilera debuta en un film que destaca su capacidad vocal

    El cuento es tan simple y antiguo como un melodrama decimonónico. Chica de pueblo, pobre pero honesta y talentosa, viaja a la gran ciudad para triunfar. Que en esta caso la gran urbe sea Los Angeles no modifica en nada el relato de Noches de encanto . Como un cuento de hadas que cambia el castillo y el príncipe por un local de varieté y un barman con aspiraciones de músico, el film dirigido y escrito por Steve Antin -es su ópera prima-, sí mantiene la ilusión de atemporalidad y fantasía además de la figura del hada madrina. Así, Ali, interpretada por Christina Aguilera, deja su pueblo natal en busca de su destino cargada con una vieja valija y una voz excepcional que pone en práctica a los pocos minutos de comenzado el film. Rápidamente queda claro que la pasión y el lugar en el mundo de la inocente Ali es el local nocturno que regentea Tess, una Cher que le hace justicia a su leyenda de ícono de la canción pop y la ornamentación exagerada al estilo Las Vegas, aunque a esta altura se parezca a su propia estatua de cera. Junto a ella, en el cabaret de luces tenues y cuerpos sinuosos apenas vestidos, aparece Sean, su fiel ladero, interpretado por el gran actor Stanley Tucci (que aquí repite casi calcado el personaje que hacía en El diablo viste a la moda). Pero Tucci no es el único intérprete que el directordesperdicia. Por allí aparece Alan Cumming, cuya interpretación teatral del maestro de ceremonias en el musical Cabaret le otorga al film cierto parentesco con Bob Fosse, aunque el actor sea más una nota al pie de la historia que un personaje.

    Más allá de su relato básico, el mayor acierto de Noches de encanto son los números musicales que, sin ser especialmente originales, consiguen explotar al máximo las capacidades musicales de Aguilera. Quien además de mostrar el alcance de sus "pulmones de mutante" como dice la villana-una desdibujada Kristen Bell-, consigue hacer creíble a su personaje especialmente en las escenas más livianas de la historia. Los pequeños momentos más dramáticos que el guión le exige tal vez hayan quedado un poco por encima de las posibilidades de la novel actriz, que parece recuperar la vitalidad cada vez que se pone las lentejuelas y se sube al recargado escenario.
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  • Los pequeños Fockers
    La tercera entrega de la serie perdió la gracia de sus antecesoras

    "Tenemos que reírnos de las cosas que nos hacen humanos." La frase, dicha por uno de los personajes principales hacia el final de Los pequeños Fockers, contiene un muy lindo mensaje. O lo que sería un lindo mensaje si para la película eso que nos hace humanos y de lo que vale la pena reírse implicara alguna otra cosa que vómitos, enemas, una cantidad considerable de sangre y un buen número de situaciones que obligan a visitar hospitales, además de humillar a niños y adultos casi en la misma medida.

    La comedia -supuestamente- familiar que protagonizan Ben Stiller y Robert De Niro, como el yerno y el suegro con la relación más tensa del mundo, tuvo una predilección por el humor escatológico desde su primera y exitosísima entrega pero aquí, la tendencia se vuelve una constante de la que no se salva prácticamente ninguna escena. Aquella premisa inicial de combinar en busca de risas incómodas, y de las otras, las opuestas personalidades del inflexible ex agente de la CIA Jack Byrnes (De Niro) con la del sensible enfermero Greg Focker (Stiller) se repite aquí con pequeñas variaciones.

    Para aquellos espectadores para los que la previsibilidad del relato y de cada una de sus resoluciones cómicas resulta tranquilizador y reconfortante esta es una película ideal. No hay aquí sorpresas ni chistes que no adelanten su remate mucho antes de su llegada. Desde el momento en que Greg lleva las muestras gratis de una pastilla recetada para tratar las disfunciones eréctiles se sabe que su suegro la probará con resultados avergonzantes tanto para los personajes como para los admiradores de De Niro, cansados de que su ídolo hace tiempo no haga papeles a la altura de su talento y su leyenda.
    Decepciones

    A pesar de un comienzo aparentemente armónico, rápidamente la relación de los opuestos volverá a tensarse cuando Jack se convenza de la infidelidad de Greg, acosado por una bellísima representante de la industria farmacéutica interpretada por Jessica Alba con su habitual ineptitud.

    De hecho, más allá de algunos momentos graciosos provocados por la reaparición de Kevin, el ex novio de Pam, papel creado a la medida de Owen Wilson- un comediante que parece siempre funcionar a una velocidad mucho más lenta que el resto de los mortales-, ninguno de los otros actores supera el ridículo al que los somete el guión de John Hamburg y Larry Stuckey y la dirección de Paul Weitz. Y eso incluye las breves apariciones de Harvey Keitel-cuyo personaje desaparece sin rastro ni explicación alguna de un momento para el otro-, Barbra Streisand y Dustin Hoffman como los abuelos Bernie y Roz Focker, un compilado de estereotipos que resultan algo ofensivos. Aunque la película insista en que nos estamos riendo con ellos y no de ellos, resulta difícil creerle.
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  • Enredados
    Enredados
    La Nación
    Los estudios Disney presentan un cuento de hadas tan clásico como actual

    En el universo de la animación actual, poblado de las maravillas de Pixar, los influyentes films del animé japonés y los algunas veces ingeniosos intentos de DreamWorks de reinventar el género infantil incluyendo a los adultos entre su público las princesas de Disney parecían ya no tener lugar. Hasta que llegó Enredados, una adaptación más que libre de Rapunzel, el clásico relato de los hermanos Grimm. Aquí están presentes todos los elementos, personajes y características que el estudio lleva casi setenta y cinco años perfeccionando incluidos el reino encantado, las princesas perdidas acompañadas de simpáticos animalitos, las brujas malas y los héroes montados en valientes corceles. Claro que esta vez ese héroe es un ladrón huérfano necesitado de atención, la princesa perdida es una adolescente curiosa y un poco furiosa y el corcel tiene evidentes problemas de identidad, ya que actúa como un perro sabueso. Con las lecciones aprendidas del primo Pixar y habiendo prestado atención a la repetida parodia del género que es Shrek, este film consigue mantener la tradición modernizándola, sin perder de vista sus raíces y la magia que parece ser sinónimo de Disney desde su nacimiento. En este caso conjurada por la combinación de las canciones compuestas por Alan Menken -el mismo de La sirenita, La Bella y la Bestia y Aladino- con las posibilidades estéticas de la animación digital y el 3D.
    Princesa en la torre

    La historia que cuenta Enredados gira en torno de Rapunzel, una princesa encantada que es secuestrada de su cuna por la malvada bruja Gothel, desesperada por utilizar el mágico cabello de la niña como su exclusivo tónico de la juventud eterna.

    Encerrada en su torre durante 18 años, Rapunzel añora el mundo que sólo conoce a la distancia, por lo que espía desde su ventana con la única compañía de su mascota, un camaleón que no necesita hablar para resultar uno de los más graciosos personajes de la película. Que los tiene en cantidad. Entre ellos, Flynn Ryder, un pícaro ladrón que sueña con tener un hogar y se indigna cada vez que los carteles de "buscado" reproducen una nariz que no se parece en nada a la suya.

    Lejos del convencional rescate de la chica por parte del príncipe azul, en este caso el encuentro entre la princesa solitaria y el forajido tendrá algo de comedia romántica -gracias al inspirado guión de Dan Fogelman-, y otro poco de comedia física que explota todas las posibilidades del 3D, especialmente cuando se pone en juego el largo pelo de la protagonista.

    Como si fueran las lianas de Tarzán, los cabellos de Rapunzel son escalera, hamaca y hasta arma siempre lista para lo que su dueña necesite. Claro que no le sirven para protegerse de la malvada Gothel, que no sólo le hizo creer que es su mamá, sino que la mantiene encerrada y aislada con una perversa mezcla de culpa y miedo al exterior. De todos modos, eso no impide que Rapunzel sueñe con conocer el mundo y bajar de su torre un mechón a la vez.
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  • Las hermanas L.
    Las hermanas L.
    La Nación
    Hermanas unidas por la pasión

    Se aman, se odian, no pueden vivir juntas, pero tampoco separadas. Las hermanas L. del título son Eva y Sofía, dos mujeres que cargan en sus mochilas de vida con un padre gay profesor de danza kabuki y una madre diva del cine nacional en decadencia que recibe a sus amantes mucho más jóvenes en un sauna de temperatura bien elevada. De hecho, si hay una constante en la historia que escribieron y dirigieron Eva Bär, Santiago Giralt, Alejandro Montiel y Diego Schipani es el hecho de que la comunicación entre los personajes se da través del sexo. Puede ser apasionada e indiferenciada, a la manera de Eva -la hermana mayor, que interpreta Silvina Acosta con la justa medida de sensualidad y desesperación-. O a la de Sofía- una actuación sutil y neurótica de Florencia Braier-, seductora en su aparente fragilidad. En medio, abajo y arriba de ellas está Lucho, el novio de Eva, que interpreta con solidez Esteban Meloni.

    Una comedia sexual por momentos absurda -las clases de kabuki del papá interpretadas por Daniel Fanego o la versión fotofóbica de un personaje de Graciela Borges que hace Soledad Silveyra-, Las hermanas L. se vuelve despareja y pierde de vista su tono cuando la parodia les gana espacio a los ingeniosos diálogos. Así, el intento de violación lésbico que sufre Sofía traza un estilo humorístico demasiado grueso aunque al mismo tiempo permite la llegada de una frase dicha por Eva respecto a su hermana menor -"Pobre, ni un violador como la gente le toca"-, que pinta a la perfección y con gracia la relación entre Las hermanas L.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 1
    La magia es cada vez más oscura

    Harry Potter y las reliquias de la muerte - parte 1 deja atrás las fórmulas ya transmitidas por la serie

    Hacia el final de Harry Potter y las reliquias de la muerte - parte 1, sus protagonistas habrán huido, llorado y sangrado mucho más que en todo el resto de la saga que a estas alturas -a una película del final definitivo- ya no tiene mucho de infantil.

    Oscuro y angustiante, el film le hace justicia al libro del que fue adaptado y, al igual que él, la historia y su desarrollo parecen ser aptos sólo para iniciados. La película, además de ser un preámbulo del capítulo final, que llegará en julio de 2011, se ocupa de atar todos los cabos sueltos de los seis films anteriores. Así, está repleta de datos y aclaraciones que en varios casos hasta los fanáticos de la serie tendrán dificultad en seguir. Claro que a diferencia de todo lo que vino antes, Las reliquias de la muerte se desprendió de la fórmula y la estructura de sus antecesoras, dejando atrás la seguridad de Hogwarts, la escuela de magia que fue el escenario principal del relato. Si Harry Potter y el príncipe mestizo terminaba con la decisión del personaje de salir al mundo para resolver de una vez por todas el azote de Voldemort, aquí la decisión se cumple desde el inicio con Harry, Hermione y Ron despidiéndose de lo que conocen para enfrentarse a los peligros que los acechan.

    Con la cuidadosa dirección de David Yates, que decidió utilizar la cámara en mano para las vertiginosas escenas de persecución con resultados dispares; la virtuosa fotografía del portugués Eduardo Serra ( La comedia del poder ), y el guión de Steve Kloves, todos los elementos de este film fueron puestos en función de comunicar un mensaje: la infancia llegó a su fin y el camino de la madurez es tan accidentado como peligroso.

    En la búsqueda por encontrar y destruir los objetos, horocruxes , que contienen el alma de Voldemort y le permiten seguir vivo, el trío protagónico será acechado por los secuaces del malvado, pero lejos de unirse los chicos no tan chicos se pelearán hasta casi disolver su fuerte vínculo. Antes de la dolorosa disputa, interpretada con la suficiente emoción por los jóvenes actores en su mejor trabajo de la saga, pasarán las secuencias más logradas del film tanto por sus efectos especiales como por el aporte a la trama. Obligados por su búsqueda a infiltrarse en el Ministerio de la Magia, los chicos tomarán una pócima que los transformará, físicamente, en villanos. Es a estas alturas que el film refuerza la conexión entre los malvados del mundo de fantasía y el fascismo muy real. Con excepcional dureza el film incluye torturas, limpiezas étnicas y hasta un brazo tatuado que remite directamente al nazismo.

    Desde el comienzo, esta serie tuvo a los mejores actores británicos a su disposición y en este caso la regla se mantiene, sobre todo del lado de los villanos, con los personajes de Helena Bonham Carter y Ralph Fiennes.
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  • Papá por accidente
    La paternidad, en su versión más neurótica

    Para algunos puede ser una mala noticia y para otros, una buenísima, pero bien vale explicarlo desde un principio: Papá por accidente no es una película de Jennifer Aniston, sino una película con Jennifer Aniston. Aquí, el que conduce la historia, su narrador y protagonista, es Wally Mars, el personaje que interpreta Jason Bateman.

    A diferencia de muchas de las comedias románticas de los últimos años, que parecen regocijarse en mostrar a sus heroínas como un amasijo de neurosis y conflictos -que el hombre en cuestión ama a pesar de todo-, en este caso es él quien tiene necesidad de un buen terapeuta. Wally no consigue sostener una relación sentimental y ama a su mejor amiga, Kassie (Aniston), aunque no se anime a aceptarlo ni frente al espejo.

    Así, sus fobias y visión pesimista de la vida -el dirá que es realista- empeoran cuando Kassie decide ser madre por medio de un donante de esperma. Sin salir a la búsqueda apurada y torpe del remate cómico, la película se toma el tiempo para establecer la visión del mundo según Wally, para entender cómo es que termina "secuestrando" la inseminación de su amiga.

    Basado en un cuento del novelista Jeffrey Eugenides ( Las vírgenes suicidas ) y dirigido por Josh Gordon y Will Speck ( Deslizando a la gloria ), el film, en apariencia, pertenece al género de la comedia romántica, aunque de hecho en su desarrollo impone sus propias reglas, coqueteando con las risas pero sin desatender ciertos pasajes dramáticos. Especialmente cuando el protagonista comparte escenas con Sebastian (Thomas Robinson), el pequeño hijo de su amiga; con su jefe Leonard (un gracioso Jeff Goldblum), y la excéntrica Debbie de Juliette Lewis.

    Ese complicado equilibrio entre un tono y el otro se mantiene, en gran medida, gracias a la actuación de Bateman. El actor, de larga trayectoria en la TV norteamericana, hace de Wally un personaje interesante, herido emocionalmente y profundamente humano. Y, por una vez, a la chica le toca ser la persona fuerte, inteligente y valiente que lo ama a pesar y gracias a cómo es.
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  • Todo un parto
    Todo un parto
    La Nación
    Una comedia sin mucho brillo

    Lo mejor de la película son las actuaciones de Robert Downey Jr. y Zach Galifianakis

    Para los seguidores de la comedia norteamericana más reciente, la combinación de los nombres de Todd Phillips, director de la divertida ¿Qué pasó ayer?; Zach Galifianakis, el comediante del momento, que se hizo conocido por aquella película, y Robert Downey Jr. sólo podía generar expectativas altísimas. Casi tan altas como la decepción que genera Todo un parto , la road movie cómica dirigida por Phillips y protagonizada por Galifianakis y Downey Jr.

    A diferencia de lo que sucedía con ¿Qué pasó ayer? -la comparación es inevitable-, a este film le falta frescura, ese aire de originalidad que posibilitaba que situaciones vistas mil veces antes parecieran de algún modo nuevas. Y muy graciosas. Si la anterior película de Phillips y compañía provocaba carcajadas continuas, ésta logra apenas un puñado de risas aisladas. Aunque lo que aquel éxito no tenía era a un actor como Downey Jr., su presencia y el dúo cómico que forma con el comediante Galifianakis son los elementos que inclinan la balanza en favor de Todo un parto.

    En el film, el protagonista de Iron Man interpreta a Peter, un arquitecto a punto de ser padre que debe tomarse un avión para regresar a su casa en Los Angeles a tiempo para el nacimiento de su primer hijo. En su camino se cruza con Ethan Tremblay, un aspirante a actor cuyo padre acaba de fallecer y está decidido a triunfar en Hollywood. Aunque este hombre de permanente en el pelo y perrito siempre en brazos es apenas una versión del personaje que el propio Galifianakis exprimió al máximo en ¿Qué pasó ayer?, resulta gracioso en contraste con el iracundo Peter de Downey Jr. Esto, a pesar de una tendencia de la historia a caer en chistes de mal gusto -el peleador veterano de guerra redefine el concepto de incorrección política- o al recurrir a bromas demasiado cercanas al humor de inodoro de los hermanos Farrelly ( Loco por Mary).

    Referencias del pasado

    Claro que, más allá de los puntos de contacto con ¿Qué pasó ayer?, esta película tiene una referencia temática y argumental bastante más cercana. Se trata de Mejor so lo que mal acompañado, el film que protagonizaron John Candy y Steve Martin y que dirigió John Hughes en 1987. Allí, como aquí, un hombre de familia (Martin) se veía obligado a un viaje con un personaje insoportable (Candy) que le complicaba la existencia hasta hacerle perder todas las formas.

    A pesar de la falta de originalidad, Todo un parto logra explotar al máximo el inmenso talento para la comedia de Downey Jr., que unos años atrás, y con muchos más vicios encima, bien podría haber interpretado al fumador empedernido de marihuana que le tocó en suerte a su compañero de elenco. Más maduro y seguro de su lugar en la industria del cine, ahora, Downey puede dejar que Galifianakis sea quien diga las frases más desopilantes -"conozco a Shakespeare, es un pirata y su nombre correcto es Shakesbeard"-, mientras él lo mira, mostrando sus fantasías asesinas apenas con abrir y cerrar sus expresivos ojos.
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  • Bebés
    Bebés
    La Nación
    Las nuevas vidas bajo la lupa

    El director Thomas Balmès filmó en Namibia, Mongolia, Estados Unidos y Japón

    Primero una advertencia: más allá de los méritos formales de Bebés ,lo cierto es que para aquel espectador que se sienta intimidado, aburrido o molesto por esos padres que se ven en la obligación de relatar al prójimo cada "hazaña" de sus retoños este documental será más suplicio que entretenimiento. Para todos aquellos que no tengan esos pruritos frente a las aventuras de los recién nacidos, este film ofrece una mirada compleja que no recurre a golpes bajos para conseguir provocar ternura, aunque lo logra sin siquiera intentarlo sencillamente dejando que sus protagonistas sean. Sin molestas voces en off que expliquen lo que se ve y sin siquiera utilizar subtítulos en las pocas escenas en la que madres y padres comparten el plano con sus niños, el documental muestra cuatro culturas diferentes a través de sus bebés.

    Dulces, tiernos, abrazables y asombrosos. Demandantes, llorones e incomprensibles. Toda esta crítica se podría completar apilando adjetivos calificativos tanto positivos como negativos en relación con los bebés. Que es exactamente lo que hace el documental realizado por el director Thomas Balmès, que puso su cámara a filmar el primero año de cuatro recién nacidos de partes muy distintas del mundo. En un extremo del planeta está Ponijao, el nuevo bebé de una tribu del desierto de Namibia, y en el otro está Hattie, nacida de padres modernos en la ciudad de San Francisco, en los Estados Unidos. Entre ellos, Bayar, el hijo de una pareja de pastores de Mongolia, y Mari, la beba nacida bajo las luces de neón de la futurista Tokio, en Japón. Tan distintos en sus orígenes como similares en sus capacidades como seres humanos recién estrenados, los cuatro protagonistas hacen ni más ni menos que lo que hacen sus pares más allá de la pantalla aunque gracias a la atenta mirada de los realizadores es posible descubrir sus personalidades desde el principio. Un hallazgo que también es la mayor debilidad del film, que por momentos se parece demasiado a la exhibición de videos caseros de desconocidos. Con una fotografía impecable, claro, que saca el mayor provecho de los paisajes que rodean a los cuatro protagonistas. Aunque se trate de las cuatro paredes de un pequeño departamento japonés.

    A pesar de que Bebés no subraya lo obvio por momentos recurre a un trazo más grueso en la edición para marcar las distancias entre sus objetos de estudio. Así, mientras las nenas de San Francisco y Tokio juegan con sus gatitos, el niño africano intenta atrapar unas moscas y el mongol es arrullado por un gallo que se sube a su camastro. Y, más cerca del primer cumpleaños del cuarteto, el director francés se detiene para mostrar el exceso de estímulos -juguetes, clases de yoga y música-, a los que son expuestos los bebés de los Estados Unidos y Japón. A la abundancia material de unos, la película enfrenta las experiencias más naturales y cercanas a la naturaleza de los otros en Mongolia y Namibia.
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  • Pax Americana y la conquista militar del espacio
    La peligrosa conquista del espacio exterior

    Un documental muy convencional

    En la producción de documentales, el hecho de contar con un tema interesante, novedoso o sensible para el público supone un gran inicio, la mitad de la batalla cinematográfica ganada a la que luego se suman las formas que conseguirán-o no-, completar un película entretenida e informativa.

    En el caso de Pax Americana y la conquista militar del espacio, entre una temática significativa y atrapante y su puesta en escena algo se perdió en el camino. Convencional y obvia en sus planteos estéticos, la película no logra despegar de cierto didactismo que la acerca más a un informe televisivo que a films como los de Michael Moore, vinculación inevitable teniendo en cuenta el tema del film.

    Aunque Moore sea un cineasta maniqueo en sus planteos y esté a veces más interesado en aparecer como un paladín de la justicia que en ser un realizador, lo cierto es que sabe cómo manejar los hilos del documental actual, algo que el francés Denis Delestrac no parece haber captado del todo. Aquí no hay personajes con los que comprometerse, ni historias en minúscula que seguir sino que todo gira en torno de la militarización del espacio, un proyecto del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. A partir del concepto de Pax Americana, el film explora los planes de ese país por mantener su rol de policía planetaria desde el espacio exterior.

    Así, el film reconstruye ayudado por una voz en off-un híbrido entre las que se escuchan en los ascensores y los contestadores automáticos-, y una batería de expertos que nunca identifica, la historia de la conquista del espacio desde las iniciativas del nazismo hasta la era del satélite.
    Guerra de las galaxias

    Por momentos, cuando Delestrac se mete en las clases de la escuela militar de aviación y presenta a uno de sus cadetes, el film insinúa una línea de desarrollo que luego no consigue completar, aunque es notable el acceso que logra a esos espacios en los que la guerra de las galaxias es mucho más que una película fantástica para chicos. Allí, la idea de que el espacio es el nuevo campo de batalla, la zona de conflicto del futuro no es una cuestión de ciencia ficción sino de política exterior de la potencia más guerrera del mundo.

    A modo de señal de emergencia, la película explica cómo la intención de lanzar al espacio satélites munidos de armas provocará un desastre planetario inédito. Para apoyar su tesis, el director convocó a un grupo de expertos entre los que aparece el lingüista y ensayista Noam Chomsky y el actor y activista Martin Sheen. Claro que, inexplicablemente, el director decide no presentar a ninguno de sus opinólogos, un olvido que le quita fuerza a sus declaraciones.

    Aunque resulta especialmente alarmante y muy interesante desde un punto de vista político, la nueva carrera armamentista emprendida por los Estados Unidos, lo cierto es que este documental carece de la calidad que su temática requería.
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  • Más allá del cielo
    Drama con aires fantásticos

    El actor de High School Musical protagoniza esta película para llorar a mares

    El primer papel protagónico que hizo Zac Efron apenas graduado del fenómeno mundial High School Musical fue 17 otra vez , una comedia ambientada en el secundario con una excusa argumental tan poco original como efectiva. Allí, por un pase mágico que no necesitaba demasiada explicación, un cuarentón deprimido se transformaba en Efron para volver a vivir la experiencia de ser un adolescente con toda la vida por delante. Aquel film, aunque poco inspirado, lograba sacar lo mejor de Efron, un joven carilindo desesperado por demostrar que podía hacer algo más que cantar y bailar al ritmo de Disney. Una desesperación que también parece haberlo guiado para interpretar al personaje central de Más allá del cielo . Dirigida por Burr Steers, el mismo realizador de 17 otra vez , la película sigue la vida de Charlie St. Cloud, un prometedor chico pobre de pueblo chico que por sus habilidades para la navegación está a punto de dejar todo atrás gracias a una beca universitaria.

    Claro que el auspicioso comienzo vira rápidamente a una terrible tragedia cuando Charlie y su hermano menor Sam sufren un accidente y el pequeño muere. Revelar la tragedia en el centro del relato no arruina ninguna sorpresa para el espectador, que rápidamente será testigo del declive de Charlie y su extraña relación con los que se fueron. Tarde a tarde, el muchacho pasará el ocaso del día jugando al béisbol con su hermanito fallecido, un recurso fantástico que la fotografía de Enrique Chediak acercará peligrosamente al realismo mágico.

    Con planos que sacan el mejor provecho de la belleza física de Efron y convierten su pueblito en un lugar de ensueño, el film adelanta sus intenciones melodramáticas desde la escena de apertura, y cuando intenta sorprender al espectador lo hace sin sutilezas. Más allá de su simbiótica relación fraternal, el protagonista tendrá una relación sentimental con Tess (Amanda Crew), una ex compañera del secundario que, aparentemente, intentará sacarlo de su aislada existencia.

    A medida que la trama avanza, su coherencia interna comienza a resquebrajarse y con ella el director opta por utilizar al máximo a su protagonista. Claro que cuando se trata de Efron, ídolo adolescente de póster inmaculado, ese uso tendrá que ver más con mostrar su cuerpo que sus capacidades interpretativas. Así, el actor, que de hecho posee el carisma y el potencial para convertirse en un buen actor, cae en la misma trampa de la que estaba intentando escapar. Empeñado en desprenderse de su imagen de galancito juvenil, eligió un proyecto que terminó por encerrarlo en esa casilla una vez más.
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  • Mi familia
    Mi familia
    La Nación
    Una comedia familiar como pocas

    Julianne Moore y Annette Bening son las dos madres que deben enfrentar la aparición del padre biológico

    La historia de Mi familia tenía el potencial para ser un panfleto político o un drama sobre las dificultades de un par de adolescentes creciendo con dos madres lesbianas y ningún papá a la vista. Pero el film de la directora Lisa Cholodenko, reconocida realizadora de la escena independiente norteamericana ( High Art ), no es ninguna de las dos cosas. Porque esta película es una comedia familiar como pocas. Lo que la diferencia del resto es que sencillamente es mejor que las demás.

    Su singularidad nada tiene que ver con un relato que gira alrededor de una familia homoparental. Con un guión que con elegancia elude lugares comunes y con humor explora las particularidades de la relación de la pareja que forman Nic y Jules, el film recorta un momento especial en la vida de las mujeres y sus hijos Joni (Mia Wasikowska, otra vez luminosa como en Alicia en el país de las maravillas ) y Laser (Josh Hutcherson). La primera está a punto de dejar la casa familiar para irse a la universidad y el segundo empieza a preguntarse sobre la identidad del donante de esperma que permitió su nacimiento.

    La curiosidad del chico deviene en preocupación de las madres y de allí a un par de escenas desopilantes cuando su mentalidad progresista se choca de frente con la necesidad de hablar sobre la sexualidad de su hijo varón adolescente.

    Actores en su elemento

    La aparición de Paul, el mencionado donante y padre biológico de los dos chicos, amenazará con modificar la dinámica familiar, pero sobre todo pondrá en estado de alerta máxima a la pareja de Nic y Jules, interpretadas respectivamente por Annette Bening y Julianne Moore. Un par de personajes, de mujeres, graciosas, tiernas, neuróticas, débiles y fuertes. Tan humanas como las actuaciones de Bening y Moore. Un par de profesionales en su elemento sacándole brillo a cada parlamento y cada mirada que la directora imaginó para ellas. Allí está Bening dotando a su perfeccionista y exigente Nic de una sensibilidad que estalla en la escena que habla de su amor por la cantante Joni Mitchell. A su tiempo, Moore aprovecha al máximo una de los mejores parlamentos del film en el que, entre otras cosas, describe el matrimonio como una maratón.

    Para interpretar al inmaduro, seductor y algo artificial Paul, aparece Mark Ruffalo -ya había compartido pantalla con Moore en la fallida Ceguera- , un gran actor al que le tocó el personaje aparentemente menos querible de la trama. Sin embargo, su interpretación tiene un encanto y una vulnerabilidad que lo salvan de la caricatura del villano que por momentos parece ser aun sin quererlo.

    Se podría traducir el título original de este film - The Kids Are All Right- como Los chicos están bien, una afirmación que la película entera corrobora. Estos chicos están bien, pero los que están complicados de las maneras más inteligentes, sensibles y divertidas son los adultos.
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  • Lula, el hijo de Brasil
    Retrato sin matices del presidente de Brasil

    Más cerca del manual de historia que del cine

    La increíble historia de vida de Lula Da Silva se merecía una película mejor, más interesante y profunda que Lula, el hijo de Brasil . Desde el humilde comienzo en el estado de Pernambuco hasta llegar a la dirigencia del sindicato de obreros metalúrgicos, cada episodio de la vida del presidente de Brasil es mostrado como si se tratara de un manual de historia escrito por su biógrafo oficial.

    El relato comienza en una choza dónde nace Luiz Inacio, séptimo hijo de padres campesinos y analfabetos que más tarde mudan a toda su prole a Santos, en San Pablo. Allí, el espíritu luchador de la madre, doña Lindu, interpretada con maestría por Glória Pires, contrasta con la violencia y el alcoholismo del padre, un villano sin matices que persigue a sus hijos a golpes cuando descubre que van a la escuela.

    De los humildes comienzos a la adultez con empleo y título de técnico tornero, según la película Lula va por la vida tranquilo a pesar de ser víctima del desempleo y un accidente de trabajo que mutila su mano. Así, aunque el film intenta mostrar al político bajo la luz más favorable, de hecho, el guión lo representa apático y poco interesado en la realidad de su país. Algo que cambiará cuando su primera esposa y su primogénito fallezcan y él comience a dedicarle todos sus esfuerzos al sindicato para evitar pensar en su tragedia.

    Al actor debutante en cine Rui Ricardo Diaz le tocó la complicada tarea de interpretar al actual presidente de su país además de una figura de peso para la política internacional y el imaginario de toda una región. A pesar del desafío, Díaz logra un retrato creíble hasta donde el limitado y superficial guión y la poco inspirada tarea del director Fábio Barreto se lo permiten.

    Más allá de la razonable dificultad de reproducir en un largometraje la vida de una persona pública en la plenitud, los realizadores de Lula , apenasaprovechan las posibilidades cinematográficas que esa vida les provee. Cuando lo hacen, como en la escena en la que Lula habla sin micrófono ante una multitud que repite sus palabras para que lo escuchen a la distancia, se puede vislumbrar la película que podría haber sido y no es.
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  • El Rati Horror Show
    Un documental de detectives

    A partir de un caso policial, Piñeyro crea un film tan entretenido como necesario

    "Hay que pensar una forma de decir todo esto", dice Enrique Piñeyro hacia la mitad de este documental, que entre muchas otras cosas demuestra que el objetivo se cumplió. Todo lo que se exhibe aquí fue pensado y resuelto para que el espectador se meta de lleno en una historia que involucra la muerte de tres personas y una conspiración policial que terminó con la condena a treinta años de cárcel para Fernando Ariel Carrera. Un hombre inocente que estuvo en el lugar indicado en el peor momento posible y fue implicado en una tragedia provocada por el accionar de efectivos policiales de la comisaría 34 de Pompeya. Una historia triste, dura, que involucra al sistema judicial, pero que Piñeyro y su equipo consiguieron hacer entretenida sin renunciar a una investigación meticulosa y didáctica.

    Cineastas y detectives

    El relato -lleno hasta reventar de pruebas periodísticas y judiciales- se apoya en recursos originales, como la animación y la utilización de muñecos en representación de los jueces que intervinieron en el caso, y otros más usuales, como el material de archivo periodístico. Cada uno de esos elementos se pone en acción por la presencia de Piñeyro. La omnipresente figura del director, guionista, productor y actor es en gran medida uno de los mayores aciertos del film, que codirigió Pablo Tesoriere.

    Piñeyro resulta un investigador apasionado, un personaje que pelea por contar lo más completa e interesantemente posible un drama real que involucra a un inocente condenado y a una fuerza policial más que sospechosa.

    Claro que, sin perder el eje de lo que quiere contar, por momentos el personaje detectivesco del director le gana al cineasta. Al enfrentarse con los personajes principales detrás de la conspiración que ni el guionista más creativo podría haber escrito más maquiavélica, el realizador utiliza la ironía con una soltura que a veces transforma en burla. Por momentos graciosos, sus comentarios también pueden sonar algo engreídos cuando se detiene en detalles no demasiado centrales a su causa.

    El documental busca mostrar el revés de una trama, de una tragedia y una condena que tienen una historia oficial y otra real exhibiendo el interior de su propio proceso de producción. Así, pone a la vista las grabaciones de la voz del locutor, despliega computadoras como si se tratara de una publicidad de Apple y hasta exhibe el trabajo de su editor, Germán Cantore, que también funciona como el Watson de su Sherlock Holmes.

    Cada hipótesis intenta probarse y es desarrollada frente a la cámara de un Piñeyro que demuestra sentirse cómodo tanto en el lugar del director como en el del investigador que no teme poner el cuerpo -él mismo prueba las armas y hasta le dispara a una res para mostrar cómo su escucha un tiro de verdad- para sostener lo que piensa.
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  • El baile de la victoria
    Una fallida adaptación de la literatura al cine

    El film está basado en una novela de Antonio Skármeta

    La adaptación de una obra literaria al cine siempre es riesgosa y requiere de un exhaustivo trabajo de sus guionistas para utilizar exitosamente el mismo material, la misma historia pero en un contexto y medio completamente distinto. En el caso de El baile de la Victoria parecía que el riesgo era mínimo y las posibilidades de un traspaso exitoso bastante altas teniendo en cuenta que el director Fernando Trueba ( Belle epoque ) trabajó en la adaptación junto al autor del texto original, Antonio Skármeta. Además de contar con Ricardo Darín para intepretar uno de los personajes principales de la trama. Semejante equipo, sin embargo, no consiguió un film a la altura de sus trayectorias individuales.

    La historia de un trío de marginales -el legendario ladrón de bancos Nicolás Vergara Grey (Darín), el novato soñador que dio el mal paso y terminó preso, Angel Santiago (Abel Ayala) y la muda bailarina e hija de desaparecidos Victoria Ponce (Miranda Bodenhofer)- transcurre lenta, pesada, por la densidad de un relato que explica demasiado. Como si no confiara en el poder de las imágenes o la interpretación de sus actores. Y ahí es dónde el experimentado Trueba da su verdadero paso en falso. Es que el elenco hace lo posible, sin demasiados aciertos, por atravesar tanto el costado policial del relato como los pasajes más cercanos al drama sentimental. Aunque hasta el más capacitado de los intérpretes tropezarían ante, por ejemplo, una escena en la que la bailarina - traumatizada por la violencia de la dictadura militar chilena-, es rechazada por un grupo de profesores que parecen sacados del peor telefilm hollywoodense.

    La participación de Darín es apenas una sombra, casi una caricatura, de sus papeles en Nueve reinas o El aura ,dónde interpretaba a otros ladrones que decían mucho menos y transmitían mucho más.

    Por momentos, en sus intercambios con el inocente Santiago -una creación extraordinaria de Ayala- aparece un atisbo de lo que el actor puede hacer, pero incluso su innegable talento queda encorsetado por un diálogo que no pudo desprenderse de su origen en la página escrita al pasar a la pantalla grande.
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  • Tinkerbell: Hadas al rescate
    Un inocente cuento de hadas

    El film de animación de Disney retoma el personaje mágico que tenía un papel secundario en Peter Pan

    Desde la Tierra de Nunca Jamás hasta la pradera británica de principios del siglo XX el hada que acompañaba a Peter Pan, Tinker Bell (Campanita, en las versiones de doblaje previo a los efectos de la globalización), consiguió su propio universo de animación digital. El film está lejos de las maravillas para todas las edades de Pixar y bastante cerca de la sensibilidad de clásicos de Disney como Bambi o Dumbo. Una nena, Lizzie, de madre ausente sin explicación alguna, padre demasiado ocupado para prestarle atención y un mundo interior que incluye aquel en que las hadas existen aunque no las veamos. Hasta que aparece la verdadera protagonista de este film supervisado por John Lassetter -el señor Pixar y mandamás de la división animada de los estudios Disney-, Tinker Bell, un hada artesana que disfruta de arreglar todas las máquinas con las que ella y sus amigas decoran el mundo, además, de explorar los límites de su bosque encantado. Así, el hadita se encontrará de frente con Lizzie, que confirmará sus fantasías sobre el mundo mágico que su papá, un científico que caza mariposas para clavarlas en sus libros y luego estudiarlas, se niega a aceptar.

    El valor de la inocencia

    Ingenuo y dulce aunque un tanto anticuado, el guión -que tiende más de un puente con su texto de origen, el Peter Pan de J. M. Barrie-, no cae en la tentación como muchos en su género del chiste o el guiño para los adultos. Acá está claro que el público de referencia son los chicos, para ellos fue pensada y dibujada la historia y no hay línea de diálogo (doblado al castellano para su estreno local) que no apunte a ellos.

    Con una animación cuidada, moderna y con influencia del animé, pero sin haber olvidado el conocido y probado estilo Disney, Tinker Bell: Hadas al rescate , no es la más actual ni atrapante de las historias, pero la inocencia de su relato la convierte en un cuento de y con hadas ideal.
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  • Amor a distancia
    Romance a la medida de Drew Barrymore

    Se luce en una comedia actual, fresca y divertida

    No es fácil hacer una comedia romántica que se ocupe de contar de manera entretenida y sensible la historia de un amor. Muchos lo intentan creyendo que es sencillo, que con un par de protagonistas bonitos cuyos personajes se conozcan de manera graciosa alcanza, pero no. Más allá de las fórmulas y las reglas, que este género las tiene y muchas, sin un buen guión el emprendimiento fracasa por cursi, simplón o poco realista. Tres características de las que Amor a distancia carece completamente. De hecho, esta comedia evita, en su mayor parte, la sensiblería y las respuestas obvias para contar el enamoramiento de Erin y Garrett, interpretados por Drew Barrymore y Justin Long.

    A partir de un encuentro casual en un bar -nada extraordinario por ahí- ocurre la maravilla: resulta que la aspirante a periodista y el empleado de una discográfica son almas gemelas. Y se nota. La interpretación de Barrymore y Long no deja lugar a dudas de que estos dos son el uno para el otro. Ella es inteligente, linda y se ríe de los chistes que él hace y hasta tolera a su compañero de casa. Ese que se empeña en musicalizar con canciones de los ochenta cada etapa de su primera noche juntos. El único problema es que Garrett vive en Nueva York, donde se conocen, y ella debe volver a San Francisco para terminar sus estudios y encaminar su vida profesional.

    Con algo de la sensibilidad de 500 días con ella y tomando prestado los modos de esos adultos por momentos todavía anclados en la adolescencia de Alta fidelidad, Amor a distancia, consigue contar un romance actualsin recurrir a la caricatura ni la humillación de sus personajes como últimamente se mal acostumbraron a hacer otras películas de su tipo.

    Aciertos y errores

    El guión escrito por Geoff LaTulippe acierta al construir a los protagonistas y su contexto familiar y laboral aunque no logra los mismos resultados en el armado de los personajes secundarios. Mientras Barrymore brilla en cada una de las escenas que le toca interpretar, no se puede lucir de la misma manera la actriz Christina Applegate, una consumada comediante que aquí hace lo que puede con la neurótica hermana de Erin, un papel sin demasiados matices que le quita verosimilitud al relato. Lo mismo puede decirse de los fieles amigos de Garrett, Dan (Charlie Day) y Box (Jason Sudeikis). Encargados de aportar el costado más gracioso en medio de los conflictos amorosos de la pareja, los personajes de Day y Sudeikis (experimentados cómicos televisivos) parecen malas fotocopias de aquellos perfectos secuaces del protagonista de la mencionada Alta fidelidad ( Jack Black yTodd Louiso). Tan excéntricos como entrometidos, el par desentona en un film que si no fuera por ciertas concesiones en su relato bien podría destacarse entre las mejores comedias románticas del año.

    La directora Nanette Burstein, responsable de varios notables films documentales ( The Kid Stays in the Picture, que se vio por HBO), debuta aquí en la ficción y, aunque hizo un trabajo aceptable, se quedó corta a la hora de privilegiar en pantalla a su mejor jugadora: la talentosa señorita Barrymore.
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  • Agente Salt
    Agente Salt
    La Nación
    Un cuento de espías a la medida de su estrella

    La actriz es lo mejor del film que dirige Phillip Noyce

    ¿Qué sería de Agente Salt si no estuviera protagonizada por Angelina Jolie? Si la actriz en su versión de heroína de acción no apareciera en el noventa por ciento de las escenas ésta sería una película de acción modesta, entretenida aunque un poco absurda en el desarrollo de su trama. Claro que a estas alturas es imposible imaginar a cualquier otra actriz haciendo lo que hace Jolie. Desde sus atrevidas secuencias dignas de una doble de riesgo hasta aquellas en las que apenas un batir de pestañas le alcanza para expresar su angustia.

    La mezcla de una historia de espías que incluye a malvados agentes rusos dispuestos a provocar una guerra nuclear con una seguidilla de persecuciones e increíbles escapes funciona. Claro que el sombrío guión de Kurt Wimmer se sostiene más por el oficio de los actores y el director que por sus propios méritos.

    Jolie interpreta a Evelyn Salt, una agente de la CIA que parece disfrutar de su trabajo y ser feliz en su matrimonio con un experto en arácnidos que la acepta tal cual es. Aunque, por supuesto, ésa es la cuestión. ¿Quién es la agente Salt? ¿Una eficiente espía norteamericana o una aún más eficiente espía rusa entrenada desde la cuna para desestabilizar al gobierno de los Estados Unidos?

    La duda será sembrada por un extraño personaje que se presentará en el cuartel general de la CIA para denunciar un complot para asesinar al presidente norteamericano.

    Interpretado por el legendario actor polaco Daniel Olbrychski (favorito de Andrzej Wajda), el personaje aportará el costado más nostálgico del film, un retorno a aquellos tiempos en los que el cine de Hollywood presentaba a los rusos sin matices ni rasgos positivos; más bien como seres fríos capaces de cualquier cosa por lograr su objetivo. Hasta de robar chicos y adoctrinarlos para infiltrarse en las agencias de seguridad del enemigo jurado: los Estados Unidos.

    Más cerca del cine actual, el director Phillip Noyce ( El americano ) utilizó toda su experiencia como realizador de films de suspenso y acción para conseguir unas secuencias tan adrenalínicas como entretenidas, que incluyen una graciosa, por caricaturesca, escena en la que el personaje de Jolie domina el curso de un coche aplicándole shocks eléctricos a su conductor.

    Sin la densidad de la saga del agente Jason Bourne -aunque con su juego de identidades falsas o cambiadas- ni la sofisticación de la serie de James Bond, Agente Salt logra revitalizar los cuentos de espías para la pantalla grande del siglo XXI.
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  • El último maestro del aire
    Un film que no cumple con las expectativas

    Está basado en una serie animada

    Con una sola película, el director M. Night Shyamalan consiguió decepcionar a tres grupos de entusiastas del cine y la televisión que no tenían ninguna cosa en común hasta que él decidió adaptar y realizar El último maestro del aire. Por un lado, están los jóvenes seguidores de la original serie animada de Nickelodeon que tuvieron que ver cómo sus queridos y graciosos personajes de la TV se convirtieron, bajo la mirada del director de Sexto sentido , en aburridas caricaturas apenas útiles para contar la historia. Por el otro, los espectadores que gustaban del suspenso y el terror al estilo de Shyamalan que, en este caso, no encontrarán ni uno ni el otro. Y, finalmente, a los interesados en las bondades del 3D, una tecnología que aquí fue aplicada en posproducción y parece complicar la experiencia visual del espectador más que intensificarla.

    Esperando al mesías

    El relato comienza en las heladas tierras del pueblo del agua, una tribu oprimida por los poderosos señores del fuego desde que, cien años atras, el último maestro del pueblo del aire, y posible mesías capaz de dominar todos los elementos, desapareció sin dejar rastro. Hasta que los hermanos Katara (Nicola Peltz) y Sokka (Jackson Rathbone), integrantes de la tribu, descubren a un niño atrapado en una esfera de piedra que podría ser el tan necesitado Avatar, nombre por el que se conoce al posible maestro de todos los elementos. Aun contando con el interesante material que aporta la serie animada realizada al estilo animé y con un argumento que incluye mitologías cercanas a creencias del budismo como la reencarnación y el poder de la meditación, Shyamalan no logra elaborar aquí un cuento demasiado coherente. Ni siquiera entretenido. Si hay un elemento que es posible rescatar del film, parte de una trilogía cuya segunda entrega ya fue confirmada aunque con otro director, es la actuación de Dev Patel ( Slumdog Millionaire ) que consigue dotar a su personaje, el príncipe Zukko, de una sensibilidad de la que carece el resto de la película. Un film de temperatura tan baja como los paisajes que muestra.
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  • Chloe
    Chloe
    La Nación
    Sugestivo drama de relaciones

    Lo mejor del film del canadiense Atom Egoyan son sus actrices protagónicas

    Con las formas de un thriller erótico y las pretensiones de un drama psicológico, Chloe , del director canadiense Atom Egoyan, coquetea con una trama distinta, construida más por miradas que por palabras sin terminar de animarse a conquistarla del todo. Inspirado en la sugestiva película francesa Nathalie X, este filmcomienza presentado a la Chloe del título, una bella prostituta interpretada por Amanda Seyfried, que asegura conocer los secretos para conquistar a sus clientes. Tanta seguridad es la que dejó de sentir Catherine, una ginecóloga de mediana edad que parece desconectada de la vida en general y de su matrimonio en particular. En el papel de esa mujer que espía la vida de los otros sin animarse a examinar la suya aparece Julianne Moore, una actriz de enormes capacidades interpretativas que aquí se muestra asustada, desesperada por la sensación del paso del tiempo y la intuición de que su marido prefiere estar en cualquier lugar antes que con ella. La radiante belleza de ambas actrices protagónicas, aprovechada al máximo por Egoyan y su director de fotografía, Paul Sarossy, casi anula la presencia del resto del elenco en pantalla. Hasta un actor de la solidez de Liam Neeson aparece desdibujado como el marido supuestamente infiel al que su mujer pone a prueba. "La clienta soy yo", le dirá Catherine a Chloe cuando la contrate para que intente seducir a su esposo y luego le cuente en detalle sus encuentros.

    Con cada nuevo relato de la prostituta la relación con la despechada esposa irá intensificándose hasta alcanzar un punto sin retorno en el que la seducción cambiará de dirección. Lo mismo que la película, que en su desenlace pierde la sutileza que había exhibido en un comienzo y cierra el relato dejando de lado sus costados más ambiguos e interesantes.
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  • Un loco viaje al pasado
    La máquina del tiempo es un jacuzzi

    Otra comedia que homenajea a los 80

    ¿Qué hacer cuando la mejor parte de tu vida ya pasó? Para los amigos cuarentones Adam, Nick y Lou, la respuesta es quejarse, rememorar su juventud supuestamente gloriosa y andar por el mundo con una mirada de continuo desagrado por todo. Muy malos en la tarea de ser adultos, estos tres hombres creen, en cambio, haber sido excelentes en el arte de la adolescencia tardía.

    Así comienza Un loco viaje al pasado, una nueva película que explora y explota la nostalgia por los años ochenta. Claro que, a diferencia de Karate Kid y Brigada A , versiones actuales de éxitos ochentosos, este film no sólo mira hacia el pasado, sino que literalmente viaja hasta él.

    Ante el aparente intento de suicidio de Lou -interpretado por el comediante Rob Corddry-, Adam y Nick deciden distraerlo llevándolo a ese lugar de vacaciones en el que fueron tan felices más de veinte años atrás.

    Lejos de su pasado esplendor, el centro de esquí les reserva una sorpresa en forma de un jacuzzi que los transportará a aquel fin de semana de 1986 pico de sus tristes vidas. "Eramos jóvenes, era nuestro momento, estábamos ganando", dirá Adam, interpretado por John Cusack, que es también productor del film que dirige su amigo y socio Steve Pink (productor de Alta fidelidad, que debuta aquí como realizador). Cusack, protagonista de una buena cantidad de películas emblemáticas de los ochenta (si hasta usa un sobretodo tan parecido al que tenía en la película Digan lo que quieran , la ópera prima de Cameron Crowe), parece estar burlándose de sus propios comienzos. O tal vez se trate de un homenaje a esos tiempos en que se podía fumar en los bares, las luces de neón eran obligatorias y Michael Jackson era negro. A modo de guiño para memoriosos aparece Crispin Glover, que no es otro que el actor que interpretaba a George McFly en la saga Volver al futuro, clave en la tan citada década.

    Con un humor de trazo grueso, algunas bromas desagradablemente escatológicas y unos cuantos hallazgos a la hora de marcar los paralelismos entre los jóvenes de aquel entonces y los de ahora, la película tiene un desenfado que la hace divertida y tierna. Al menos cuando deja de lado los chistes que involucran vómitos y otros accidentes estomacales.
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  • Miss Tacuarembó
    Un feliz musical ochentoso

    La ópera prima del artista Martín Sastre es entretenida, aunque despareja

    Con el estreno de las nuevas versiones de Karate Kid y Brigada A, el cine de Hollywood ensayó un guiño nostálgico a los años ochenta que parece haber tenido más que ver con el agotamiento de sus ideas que con el homenaje sensible al pasado reciente. Para eso tenía que llegar Miss Tacuarembó , ópera prima en el largometraje del videoartista uruguayo Martín Sastre. Repleta hasta reventar de sus propias costuras de imágenes, recuerdos, objetos y hasta aromas de la infancia transitada en la mencionada década, la película, basada en la novela homónima de Dani Umpi, transcurre entre un pasado nada idílico en el pueblo uruguayo y el presente desencantado en Buenos Aires.

    En el centro del relato está Natalia, una soñadora nena que se viste con sus mejores galas para ver su telenovela favorita, Cristal , que ensaya la coreografía de Flashdance junto a su mejor amigo, Carlos, y que asiste a las clases de catequesis convencida de que Cristo le debe fidelidad a ella y no a la inversa. Mientras planea su huida de Tacuarembó a bordo del título de Miss, Natalia canta y baila sus alegrías y sus penas, porque antes que nada éste es un film musical. Interpretada en la niñez por la encantadora Sofía Silvera, cuando crezca ya instalada en Buenos Aires -pero sin haber abandonado ni sus sueños ni su memorabilia ochentosa- Natalia es Natalia Oreiro. O al revés. La popular y carismática actriz se apropia, desaparece en su tocaya, tan frustrada, algo torpe y bastante triste porque la fantasía de éxito y fama artística está cada vez más lejos.

    Luces de neón

    Un iconoclasta enamorado de símbolos tanto religiosos como culturales que utiliza combinados con una pizca de realismo mágico y un gran espíritu de juego, Sastre consigue una película tan interesante como despareja. A veces brillante -el número musical realizado a dúo por Oreiro y Mike Amigorena interpretando una versión pop de Cristo-, y a veces fallido -el reality show conducido por la almodovariana Rossy de Palma-, el film se pierde en la acumulación de citas generacionales y un juego de espejos e identidades que pierde fuerza y coherencia a medida que se acerca el final de la historia.

    Hay muchas Natalias en el film: primero está la niña que duerme con un muñeco de Alf bajo el brazo y sueña con ser una heroína de telenovela como lo fue tantas veces Oreiro; luego aparece la pretendida Miss Tacuarembó, y, finalmente, Cándida, la reprimida y vengativa villana del film, que también interpreta Oreiro. La estrella de un film distinto, excesivo, irrespetuoso y muy feliz.
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  • Brigada A
    Brigada A
    La Nación
    Unos mercenarios bastante poco magníficos

    El film apenas tiene detalles de la serie original

    Cuando un adulto regresa a un espacio querido, añorado, que solía visitar de niño, usualmente lo encuentra más pequeño y menos impresionante de lo que lo recordaba. Muchas veces cuesta ver con los ojos de la experiencia adquirida qué era tan especial del lugar en cuestión. Algo similar sucede con Brigada A: los magníficos Aquella serie que atrapó a los chicos y adolescentes de la década del 80 no atravesó del todo bien el paso de los años y tampoco su traspaso a la pantalla grande. Los personajes principales están todos aquí: Hannibal Smith, Mario Baracus, Face y Murdoch, pero lo que falta en el film es el sentido de absurdo, la sensación de que nada se tomaba en serio del ciclo televisivo.

    Aquí, las misiones del grupo de militares rebeldes pero orgullosos de pertenecer a las fuerzas norteamericanas y entusiastas de la guerra, pueden ser extravagantes pero cuando los cadáveres empiezan a acumularse, las risas y el asombro por un plan bien pensado se apagan.

    La película funciona como una suerte de precuela de la serie, en la que se explica cómo fue que se formó la brigada y por qué cuatro capaces militares terminaron trabajando como mercenarios. De hecho, para los nostálgicos, algo de aquel tono que sostenía el ciclo televisivo se mantiene en la película gracias a dos de sus protagonistas. Se trata de Bradley Cooper y Sharlto Copley (el fenomenal protagonista de Sector 9 ) que interpretan al vanidoso Face y al desequilibrado Murdoch, respectivamente. Cooper, un comediante preciso con aspecto de galán, se burla de su atractivo al mismo tiempo que lo exhibe cada vez que puede y Copley consigue hacer del loco del grupo una presencia tan cómica como tierna.

    No corren con tanta suerte Liam Neeson como Smith y Quinton "Rampage" Jackson como Baracus. A ellos les toca interpretar los costados menos logrados del guión: intentan defender la no violencia de Gandhi, al que citan, para terminar concluyendo que matar está mal salvo que se tenga una muy buena razón para hacerlo. Por supuesto que los personajes encuentran su justificación para tanto disparo y, en menor medida, los espectadores más memoriosos también lo harán si se quedan en la sala hasta que terminen los largos títulos.
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  • Cartas a Julieta
    Dulce romance a la italiana

    Con ternura y coherencia dramática, este film consigue sus objetivos

    No hay escena (en realidad, no hay siquiera un cuadro) en Cartas a Julieta que no tenga algún elemento romántico. De principio a fin, este film, dirigido por Gary Winick ( Guerra de novias ), se esmera por pintar su historia de color rosa. Si bien puede que el objetivo sea poco ambicioso para algunos, uno de los méritos de la película es que lo sostiene a rajatabla, demostrando una coherencia y honestidad con el material con el que cuenta que no muchos films consiguen.

    Todo comienza en Manhattan, cuando Sophie, una aspirante a periodista que se dedica a chequear los datos de las notas escritas por otros, tiene que encontrar a una de las personas que aparecen en la famosa -y romántica- foto tomada en Times Square de un marinero y una mujer besándose en el final de la Segunda Guerra Mundial. En pocos minutos, el guión establece los deseos profesionales de la chica y la manera en que su carácter dulce le impide tanto explicitarlos frente a su jefe -el siempre efectivo Oliver Platt- como cuestionar las verdaderas razones de su novio Víctor para emprender el viaje a Italia que están a punto de comenzar.

    Tan tierna e ingenua parece Sophie -interpretada por Amanda Seyfried con solvencia y unos enormes ojos siempre al borde de las lágrimas- que podría ser demasiado empalagosa, un derrotero del que la película se salva gracias al humor.

    Aunque no hay demasiadas sorpresas en el guión -no las necesita-, sí sorprende que el despistado novio que interpreta Gael García Bernal resulte lo más gracioso del film. Sin ridiculizarlo pero llevando al límite el carácter latino e hiperkinético del personaje, Bernal consigue hacerlo gracioso sin perder cierto aire de galán que el papel necesita.

    Claro que desde un principio es evidente que la historia de amor, el corazón que hace latir a Cartas a Julieta , no es el de Sophie sino el de Claire, una estudiante inglesa de intercambio en Italia que cincuenta años atrás le escribió una carta a la Julieta de Shakespeare para pedirle consejos amorosos.

    Cuando Sophie llega a Verona descubre no sólo la supuesta casa del personaje sino la costumbre de las misivas románticas y se sumará a las mujeres que se ocupan de contestarlas. Así conocerá a Claire, que medio siglo después está decidida a recuperar a su amor perdido. Para interpretar a la romántica en la madurez aparece Vanessa Redgrave, que transmite, sin aparente esfuerzo, cada sensación y sentimiento que atraviesa a su personaje. Y las emociones serán muchas cuando emprenda, junto a Sophie y a su nieto Charlie (Christopher Egan), la búsqueda del amor de su vida.

    La extremadamente fotogénica Toscana italiana servirá como telón de fondo de este relato encantador que, inspirado en la trágica historia de los amantes de Verona, propone una visión del mundo igual de romántica, pero de desenlace más sencillo y mucho más feliz.
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  • Sex and the city 2
    Las chicas sólo quieren divertirse

    La nueva entrega cinematográfica de Sex and the City recupera el espíritu de la serie en formato más largo

    En la primera escena de Sex and the City 2 , la voz en off de Sarah Jessica Parker explica -como lo hizo durante seis temporadas en la serie de HBO- que existe una Nueva York AC y otra DC. Es decir que la Gran Manzana fue una antes de Carrie Bradshaw y otra muy distinta después de que la inquieta comentarista recalara en sus costas. Lo mismo puede decirse del efecto que ella y sus tres amigas, Miranda (Cynthia Nixon), Charlotte (Kristin Davis) y Samantha (Kim Cattrall), causaron en la platea eminentemente femenina que las sigue desde el ciclo de TV, que se entusiasmó con la primera entrega cinematográfica y que ahora volverá a los cines buscando una nueva dosis de la serie que amó. Y esta vez puede que la encuentre, aunque sea diluida bajo montones de cambios de vestuario y zapatos. Algo del humor, las ideas y el espíritu del programa consiguieron trasladarse a la pantalla grande a pesar de las evidentes dificultades de Patrick Michael King, autor y director, para entender el lenguaje cinematográfico. Claro que este film, aún en mayor medida que su antecesor, es más un desfile de modas de las marcas más caras del mundo que una película con argumento original.

    Aquí, las cuatro fabulosas de Manhattan pasan de reunirse para la elaborada fiesta de casamiento gay de sus amigos Stanford y Anthony - una exagerada puesta en escena más cercana a un musical de Broadway que a una película de Hollywood, que incluye a Liza Minelli como juez de paz y número ¿vivo?- a idear un viaje a Abu Dhabi. La idea es, en el caso de Carrie, alejarse del marido, que prefiere quedarse mirando la tele que salir a divertirse; en el de Charlotte, poner distancia del constante llanto de su nena de dos años; en el de Miranda, distraerse de la falta de empleo, y el de Samantha, disfrutar del paroxismo del lujo que sólo los Emiratos Arabes Unidos de esta fantasía pueden ofrecerle.

    No hay diálogos ni escenas sutiles en Sex and the City 2 y sí hay un par de torpes intentos de comparar la situación de las mujeres en Medio Oriente con las de Occidente. Sin embargo, entre tanto taco brilloso y tantas dunas del Sahara cada tanto aparece el destello de aquello que convirtió a estas mujeres en íconos globalizados. Allí está entonces la escena que abre la película con el cuarteto caminando por Manhattan, la charla entre Charlotte y Miranda -magníficas Davis y Nixon- sobre los sinsabores de la maternidad, el desfile principesco de Carrie por el zoco de Abu Dhabi y el momento del karaoke, un pastiche que no funcionaría en ningún otro contexto salvo en Sex and the City. Incluso en el marco de este film, el ridículo sobrevuela la secuencia y sin embargo gracias al carisma de sus cuatro protagonistas termina siendo una celebración. De sus seguidoras, de la amistad entre mujeres y de las ganas de divertirse aunque sea de la manera más superficial, probándose zapatos y vestidos a través de la gran pantalla.
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  • Samarra
    Samarra
    La Nación
    La guerra como nadie la quiere ver

    Perturbador film de Brian De Palma sobre un caso de violación y asesinato en Irak

    "¿Qué hacemos acá?", se pregunta uno de los soldados apostados en Samarra, Irak, mientras a su alrededor el tiempo pasa entre ráfagas de violencia y un tedio constante que perturba. De hecho, cada plano de este film escrito y dirigido por Brian De Palma es perturbador. El realizador de Doble de cuerpo y Pecados de guerra , película con la que Samarra tiene más de un punto en común, eligió contar a través de un collage de imágenes recreadas para la ficción el caso de la matanza de Mahmudiya, donde una chica iraquí de 15 años fue violada y asesinada por un grupo de soldados norteamericanos que también asesinaron a su familia. De Palma imaginó a uno de los integrantes de esa unidad como un cineasta en ciernes decidido a grabar toda su experiencia en la guerra. Así, los videos "caseros" se suman a las imágenes de noticieros locales, a las escenas tomadas en las salas de interrogatorios, a las videoconferencias entre los soldados y sus familias, a los cortometrajes subidos a la Internet y hasta un documental francés sobre la cotidianidad del ejército invasor. Nada de lo que De Palma muestra es real y sin embargo todo es verdadero: reconstrucciones de lo que sucedió, conversaciones que recopiló en una investigación que lo llevó a mostrar todo lo que nunca se muestra de esta guerra, todo lo que se pierde entre la intención de censura y su ejecución en la sala de edición. De hecho, el título original del film hace referencia a esos documentos del gobierno norteamericano que son editados para que no se conozca la verdad de lo que sucede en Irak.

    El impresionante material fílmico recreado y la manera en que el director eligió estructurarlo causan impacto aun cuando su sucesión pueda resultar algo caótica y por momentos se subraye en exceso el punto de vista del que parte el film. Tal vez su costado más débil sea la representación de los soldados violadores y asesinos como seres malvados sin demasiadas dimensiones. Interpretados por actores desconocidos, los villanos resultan más creíbles en la superficie pero carecen de profundidad dramática. Claro que el mayor logro de esta película es el que, por momentos, la hace casi insoportable de ver. Porque aquí la violencia no es bella ni está estilizada en pos de tranquilizar al público, y la distancia entre él y la imagen parece borrada. A pesar de utilizar supuestas imágenes de los medios masivos audiovisuales a disposición, esas a las que el espectador ya está acostumbrado y hasta inmunizado, De Palma apela a su reacción, busca conmoverlo y, en gran medida, lo consigue.
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  • La hora de la siesta
    Sugerente film sobre la adolescencia

    La directora debutante Sofía Mora consigue un relato intrigante con una bella fotografía en blanco y negro

    Toda la trama de este film transcurre en un día, más precisamente durante una tarde tan fuera del tiempo y del espacio para sus protagonistas, tan extraordinaria por su imposibilidad de repetición que el film cobra un aire de fantasía macabra digna de un relato de terror. Todo comienza con la muerte del padre de Checa y su hermano menor, "Flaco", una tragedia que no se explica ni se muestra, lo mismo que la ausencia de la madre, encerrada en una habitación con el cuerpo mientras su casa se llena de familiares que comen sandwichitos y pellizcan mejillas. Intentando esquivar la invasión de los dolientes, la mirada y la pregunta de los otros a la que sólo responden con un movimiento de hombros, marca registrada del adolescente taciturno, los chicos salen a la calle. Allí, con pocas palabras, Checa manda y comanda el recorrido del paseo sin rumbo.
    Cerrar los ojos

    Con una edición que estructura el relato en pequeños episodios divididos por segundos de pantalla negra -casi como si una escena y la otra estuvieran separadas por el lento parpadeo entre la vigilia y el sueño-, los chicos pasean por una plaza y una iglesia casi desierta en donde sostienen un diálogo aparentemente intrascendente pero gracias al que la directora Sofía Mora logra contar algo más sobre sus personajes. Allí están entonces la inocencia extraña de él y la sensualidad incipiente de ella, una tirana obsesionada con la capacidad de "los yanquis". Interpretada con notable naturalidad por la joven Belén Poviña, Checa parece convocar a quienes la rodean. Si recuerda a Genaro, un compañero de clases algo trastornado, su casa semiabandonada se le cruzará en el camino y él se materializará allí como si se tratara de un espectro de los confusos tiempos por venir, del final definitivo de la niñez y el comienzo de una adultez asfixiante. Como la de la madre de ella encerrada con el cadáver o como la de Genaro, luchando sin aliento por respirar.

    Más allá de cierta morosidad en su desarrollo, algunos diálogos fuera de tono y la despareja actuación de Elías Maidanik (El Flaco), La hora de la siesta consigue transmitir con mínimos elementos un estado de ánimo y el reverso de un momento de la vida tan angustiante y confuso como la adolescencia.
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  • Synecdoche New York. Todas las vidas, mi vida
    Las pesadillas y los sueños de un artista

    Film del guionista de ¿Quieres ser John Malkovich?

    Entre las pesadillas y el mundo real, en ese reino brumoso, condensado y desplazado de los sueños freudianos transcurre la ópera prima de Charlie Kaufman. El guionista de ¿Quieres ser John Malkovich? y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos trasladó de aquellos trabajos a ésta historia el denso aire melancólico, el humor nacido de la más desesperada angustia existencial y sus preocupaciones sobre el sentido y objetivo del arte pero esta vez sin contar con un director que frenara sus impulsos narrativos.

    Ahora, en lugar de confiarle su historia a Spike Jonze o Michel Gondry, Kaufman decidió contarla él mismo. El resultado es exitoso tanto en su gigantesca ambición como en su microscópica atención al detalle de cada plano, cada diálogo y cada sonido en pantalla.

    Como las bellas y minúsculas obras de arte que crea la esposa del protagonista, este film requiere de una mirada atenta y concentrada, aun en esos pasajes en que parece querer abarcar el mundo entero mostrando sólo una de sus muchas partes. Y a uno de sus más conflictuados habitantes: se trata de Caden Cotard, un dramaturgo y director teatral interpretado por Philip Seymour Hoffman con la suficiente cantidad de pesimismo y neurosis como para provocar que su esposa, la artista plástica Adele Lack (Catherine Keener) confiese a su terapeuta -la siempre maravillosa Hope Davis- que a veces fantasea con la muerte de su marido para poder ser libre.

    Allí está la pareja en un principio compartiendo una casa como cordiales extraños con una pequeña hija y gigantes resentimientos en común. Con una obra a punto de estrenarse, una versión de Muerte de un viajante de Arthur Miller que provoca una mueca de disgusto en Adele, Caden empieza a sufrir extraños síntomas de enfermedades que podrían ser tanto reales como imaginarias.

    Esa atmósfera de irrealidad es la columna vertebral de este film en dos actos. El primero termina cuando el protagonista es abandonado por su mujer, que se lleva a su hija a Berlín para convertirse en una estrella en alemán y al mismo tiempo -aunque la sucesión cronológica aquí es más intermitente que lineal-, gana una beca "para genios" que le permitirá alcanzar la gloria creativa.

    Allí comienza entonces la segunda parte de la historia, con el dramaturgo penando la pérdida de Hazel, esa mujer misteriosa que vive en una casa en permanente estado de incendio -interpretada con una naturalidad cercana a la perfección por la británica Samantha Morton-y armando una réplica de Manhattan y la vida de sus habitantes en busca de la verdad artística.

    Como un juego de muñecas rusas al infinito, la obra de Caden crece y se repite sin fecha de estreno ni público. Un sueño obsesivo y megalómano, tan pretencioso como confuso y emocionante. Algo similar a lo que provoca este film que narra una vida trágica, conmovedora, ridícula, como si a través de ella estuviera contándolas todas.
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  • Pecados de mi padre
    Cuando la astilla no quiere parecerse al palo

    Pecados de mi padre, un sólido documental

    La historia que cuenta este documental realizado por el director argentino Nicolás Entel tiene corazón colombiano, pero su mensaje es universal. Se trata de padres e hijos, de ausencias y orfandades provocadas por la lucha política y económica que dividió a aquel país en los tiempos de Pablo Escobar. Más allá de sus crímenes, de quienes lo consideraban un Robin Hood moderno o de aquellos que intentaron ponerle freno al narcotraficante de más alto perfil de la historia, lo cierto es que aquí la mira está puesta en su familia. Más específicamente, en las vivencias de su hijo varón, Juan Pablo. Con el nuevo nombre de Sebastián Marroquín, y desde su vida actual en la Argentina, el heredero de una historia de sangre y lágrimas protagoniza este relato fascinante. Y no sólo decide ponerse frente a cámaras, sino que, junto al director, se propone una suerte de reconciliación con su pasado tanto privada como pública. A través de una gran cantidad de material de archivo inédito y de imágenes ya conocidas pero igual de impactantes, Entel reconstruye al hombre que era Pablo Escobar desde la perspectiva de su hijo y, en menor medida, de su viuda. Claro que aquí lo que más impacta es la vida de este hombre, Sebastián, criado primero entre todos los lujos que el dinero del narcotráfico pudo comprar y que luego, con 16 años a la muerte de su padre, se transformó en un perseguido tanto de la justicia como de los carteles que buscaban reclutarlo o eliminarlo.

    Padres e hijos

    Lejos de quedarse en las anécdotas de su peculiar infancia, este documental se juega por una línea argumental conmovedora: intentar reunir a Sebastián con los hijos de Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán, dos renombrados políticos colombianos asesinados por Escobar. Con un tema tan rico desde el punto de vista tanto testimonial como emocional, el film no se atreve demasiado en términos estéticos. Prolijo pero sin salir demasiado de los recursos básicos del documental biográfico, en Pecados de mi padre nada desentona, pero tampoco nada se destaca demasiado desde una perspectiva cinematográfica. La voz en off, tal vez una de las herramientas más utilizadas en este género, utiliza constantemente la primera persona del plural, un nosotros inclusivo que termina por enfatizar escenas y situaciones que no necesitaban de esa ayuda.

    Aun así, Pecados de mi padre construye un relato apasionante a partir de las revelaciones de una vida tan trágica y tumultuosa.
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  • Nuevamente Amor
    Nuevamente Amor
    La Nación
    Un romance con pocos matices

    La historia que cuenta este film podría figurar como una de esas anécdotas o fábulas con moraleja que aparecen en los libros de autoayuda. Una receta para el romance que tiene todos los ingredientes necesarios para la mezcla y sin embargo el resultado es un plato bastante insípido. En el centro del relato está Burke, un viudo que a partir del proceso de duelo que tuvo que sobrellevar cuando su mujer murió en un accidente se transformó en autor de unos mencionados libros de autoayuda. Conferencista y gurú al borde de dar el gran salto para esparcir su mensaje al gran público sufriente de los Estados Unidos, el hombre está en una encrucijada personal y profesional. Porque lejos de enseñar con el ejemplo, el hombre no cumple lo que predica, y aunque pasaron años del fallecimiento de su mujer él aún no superó la pérdida. Interpretado por Aaron Eckhart ( Batman: El caballero de la noche ), Burke resulta un personaje frío y contradictorio, pero no de una manera interesante o misteriosa, sino sencillamente poco atractiva. Algo similar sucede con Eloise (Jennifer Aniston), la mujer que comienza a interesarle a pesar de que en su primer encuentro ella finge ser sordomuda para evitar una invitación a salir. Aniston, una experimentada comediante, no consigue darle demasiada carnadura a su Eloise, que desde el guión es una sumatoria de tics y neurosis, la caricatura de una mujer adulta en busca del amor que últimamente los films de corte romántico repiten como si se tratara de calcos.

    Empeñado en resaltar el dramatismo de su historia, el director y guionista debutante Brandon Camp le da más tiempo en pantalla al seminario que organiza el gurú de autoayuda que al incipiente romance. Allí, sufridas personas que perdieron algún ser querido se someten a ejercicios conductistas que incluyen ridículas salidas de compras y una caminata sobre brasas calientes para el olvido. Claro que en esas escenas aparece el punto más alto del film, la conmovedora actuación de John Carroll Lynch ( La isla siniestra ), un intérprete de carácter que consigue emocionar como un padre intentando recuperarse de la trágica muerte de su hijo adolescente.
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  • Recuérdame
    Recuérdame
    La Nación
    Un drama que golpea bajo

    Hay películas más o menos interesantes, entretenidas, profundas o superficiales. Y luego hay films tramposos. Recuérdame encabeza esa lista.El drama romántico promete ser una cosa, la historia de amor entre Tyler (Robert Pattinson) y Ally (Emilie de Ravin), pero sorpresivamente es varias otras y la sorpresa no es buena. El film dirigido por Allen Coulter (Hollywoodland) trata más bien de tragedias familiares y amores fraternales utilizados como excusa para explicar el comportamiento de un par de estudiantes universitarios bellos pero tan densos que aburren. Especialmente el personaje de Pattinson, protagonista de la saga Crepúsculo, que tanto en aquellas películas como en ésta demuestra tener un carisma frente a cámara que supera, por ahora, su capacidad como actor. Casi todas las escenas tienen al muchacho en estado de morosa reflexión mirando sufriente hacia la nada siempre iluminado para provocar el suspiro de las chicas que lo siguen desde su aparición como Edward Cullen en la película de vampiros. Aquí, el dolor de Tyler tiene origen en el suicidio de su hermano mayor y en la aparente indiferencia de su padre, interpretado por Pierce Brosnan. En el caso de Ally, el trauma tiene que ver con la violenta muerte de su madre durante un asalto del que ella fue testigo a los 10 años. Así, con esas mochilas a cuestas en común, los chicos se enamoran durante el verano neoyorquino de 2001. O al menos eso dice el guión, porque en cuanto a lo que se ve la química entre los protagonistas es inexistente. Ese mismo guión se toma mucho tiempo en plantear una situación al estilo Romeo y Julieta entre el muchacho y el padre de su enamorada que luego descarta rápido para ocuparse de otras cosas. Entre ellas, uno de los puntos más luminosos de esta sombría película: la relación entre Tyler y su hermana menor, Caroline, interpretada con emoción y sensibilidad asombrosa por la joven actriz Ruby Jerins. Es allí donde Pattinson logra mostrar algo más que las poses de modelo publicitario estratégicamente arreglado para parecer que su ropa necesita de un buen lavado. Siempre con un libro en el bolsillo y su cuaderno de poemas y reflexiones a mano y su empleo en una conocida librería de Nueva York, el personaje es un cliché andante. El contundente final de la película busca impactar al espectador, pero lo que consigue es asestarle un golpe de los más bajos.
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  • Un sueño posible
    Sandra Bullock y su papel para el Oscar

    Una historia menor de dolor y triunfo, que no invita a la reflexión y que cae en la sensiblería

    Desde la primera hasta la última escena de Un sueño posible se presenta una historia de dificultades, dolor y triunfo aparentemente muy simple. Un cuento a la manera de Charles Dickens, pero que tiene al fútbol americano como el pasaje de salida de las calles, la miseria, el analfabetismo y la soledad de un adolescente abandonado a su mala vida y suerte. Basada en la vida real de Michael Oher, un chico de la calle que por su habilidad atlética consigue una beca en un colegio católico privado, la película avanza fuerte sobre las emociones del espectador y logra conmover aunque no invita demasiado a reflexionar sobre lo que relata.

    Un cuento de hadas en el que la cenicienta es un deportista negro tamaño extra large y la madrina una privilegiada señora de sociedad sureña con un temple de hierro y la voluntad de un general preparado para cualquier batalla. Y así la interpreta Sandra Bullock, que gracias a este papel se quedó con el Oscar a la mejor actriz después de años de protagonizar comedias sin demasiado reconocimiento de la crítica.

    Luego de ver cómo juega a ser Leigh Anne Tuohy, pura actitud y muy poca interioridad, está claro que la estatuilla dorada tuvo mucho de premio a la carrera de Bullock y poco que ver con este papel en particular. Su trabajo es bueno y, sin embargo, como al resto del film, se le ven los hilos de la manipulación sensiblera por todos los costados. Muchas de las escenas entre Leigh Anne y Michael (el debutante Quinton Aaron) muestran cómo la mujer instruye al muchacho con métodos pavlovianos para obtener lo que quiere. Es apenas una anécdota que eso que quiere termine beneficiándolo a él.

    Habrá quien pueda pensar que este es un film racista en el que todos los personajes negros son en el mejor de los casos descuidados con el adolescente sin techo y, en el peor, maltratadores. Que un grupo de ricas mujeres blancas objeten la adopción de la familia Tuohy de manera casi caricaturesca no compensa el desequilibrio de un relato que intenta demostrar que el color de la piel nada tiene que ver con el amor y que, sin embargo, enfatiza las diferencias raciales con descuidado sentimentalismo.
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  • ¿Y... dónde están los Morgan?
    Una comedia romántica más allá del final feliz

    Una historia previsible que consigue divertir

    Es prácticamente una regla de género para la comedia romántica que la historia se termine cuando la pareja protagónica se junte. Usualmente, luego del "fueron felices y comieron perdices", los títulos empiezan a pasar por la pantalla. ¿...Y dónde están los Morgan? es una excepción. Porque el relato escrito y dirigido por Marc Lawrence ( Letra y música ) comienza más o menos por la mitad del matrimonio de Meryl y Paul Morgan, interpretados por Sarah Jessica Parker y Hugh Grant. Lamentablemente, hasta allí llega su intento de originalidad. Casi desde los primeros minutos del cuento, situado entre las calles de Nueva York y las praderas de Wyoming, es posible ver cómo se desarrollará la película casi escena por escena. Claro que, a diferencia de otras películas de su tipo, en este caso la previsibilidad no empaña lo entretenido de los diálogos. Bien escritos y bien actuados, especialmente por Grant, que hace años -desde El diario de Bridget Jones- que está perfeccionando diferentes versiones de este mismo personaje. Un hombre sofisticado, gracioso e irónico que esconde una gran vulnerabilidad. Por el lado de Parker, a la que le toca interpretar a Meryl, una mujer fuerte pero herida por la infidelidad de su marido, el síndrome Sex and The City hace las cosas un poco más complicadas de creer. Su personaje aquí es una versión desglamourizada de Carrie Bradshaw, y sin embargo está lo suficientemente cerca de ella para que el espectador no pueda distinguirlas demasiado. Es cierto que, lejos del desenfado de la serie televisiva y luego la película, la esposa engañada de ¿...Y dónde están los Morgan? tiene más nervios que zapatos, pero ese detalle no la hace más querible.

    Del amor al crimen

    Cuando la pareja sea testigo de un asesinato y deba refugiarse con nuevas identidades en un pueblito de Wyoming, la cercanía y el aislamiento ayudarán al romance, y el absurdo de poner a dos bichos de ciudad en el campo aportará algunas risas, más a expensas de ellos que de los pintorescos lugareños. Sin caer en ridículos, pero utilizando estereotipos bastante marcados, la película podría haber derrapado si no fuera por Sam Elliott y Mary Steenburgen, la pareja de alguaciles que refugiará a los Morgan y de paso funcionarán como improvisados consejeros matrimoniales. El interpreta, como ya lo hizo antes, al cowboy americano por excelencia, estoico y tan imponente como las armas que maneja el personaje de Steenburgen, una actriz versátil y bellísima en su madurez. Con un desenlace más de fórmula que atrapante, ¿...Y dónde están los Morgan? consigue sin embargo entretener contando una historia del amor después del amor.
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  • Adopción
    Adopción
    La Nación
    Pretenciosa película sobre la adopción

    El director David Lipszyc y un tema sensible

    Al tratar un tema como la adopción, tan sensible como susceptible de caer en el golpe bajo, el director y guionista David Lipszyc corrió un riesgo. Al encarar su película como un falso de documental, basado en una historia real, corrió otro. Al mezclar el caso de familia homoparental con las trágicas apropiaciones de chicos durante la dictadura militar, el realizador aumentó tanto la apuesta artística que terminó por construir un film confuso, cuyo bien intencionado contenido se pierde en desconcertantes elecciones de guión y edición.

    El relato comienza con unas confusas imágenes de los supuestos recuerdos de un niño. Gritos, llantos y un coche huyendo a la carrera sugieren más de lo que explican. Las explicaciones llegarán cuando la historia se ubique en el "presente" para mostrar a un padre y un hijo compartiendo un mate y hablando frente a cámara de su relación. Las miradas expresivas y cariñosas que comparten Juan (Ignacio Monná) y Ricardo (Ricardo González) quedarán aplastadas por unos textos más bien forzados en los que uno y otro contarán como llegaron a ser una familia.

    Del orfanato dónde vivía el chico de ocho años que Ricardo decidió adoptar a pesar de la desconfianza que su soltería generaba en el ámbito social y la necesidad de ocultar su homosexualidad y a su pareja, la película salta sin demasiada lógica dramática ni de estilo por diferentes etapas de la vida de Juan. Como separadores entre un segmento y otro aparecen juegos infantiles, muñequitos playmobil que por momentos representan, de manera bastante rudimentaria, a Juan, Ricardo y su pareja José.

    Los mejores pasajes de Adopción son aquellos que se centran en el establecimiento del lazo entre un niño conflictuado y su nuevo padre, claro que esas escenas pronto dejan lugar a desordenadas menciones a la historia argentina reciente. Tanto la Guerra de Malvinas como la represión y la desaparición de personas son usadas como marco para hablar de cuestiones más íntimas que, aunque estén basadas en situaciones verdaderas, son muy poco verosímiles.
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  • Percy Jackson y el ladrón del rayo
    Percy Jackson, un héroe que daba para más

    El film es una adaptación de una exitosa serie literaria sobre un adolescente que resulta ser el hijo de Poseidón

    Con la gran sombra de Harry Potter y su exitosa adaptación cinematográfica rondando, Percy Jackson y el ladrón del rayo comienza su marcha en la pantalla grande con algunas desventajas. Porque es imposible no comparar su historia con la del mago adolescente, a sus compañeros de aventuras con los de él y a la imponente Hogwarts con el campamento de verano en el que el protagonista aprenderá sobre su herencia paterna. Lo cierto es que la premisa de la saga literaria ahora convertida en película es de lo más atractiva. Percy, un adolescente disléxico y con problemas de atención, descubre de manera bastante violenta que el padre que no conoce es en realidad el dios Poseidón y que su tío, Zeus, le robó su rayo para comenzar una guerra entre los habitantes del Olimpo. Claro que del planteo del guión -que modifica y mucho el contenido del libro en el que está basado-, a las imágenes que finalmente están en la película, hay un trecho largo que tal vez en manos de un director algo más imaginativo que Chris Columbus hubiera dado un resultado mucho más divertido. Responsable de las dos primeras entregas de Harry Potter, Columbus filma apurado, sin dejar lugar para el asombro de sus personajes ni el de los espectadores. La película no aburre, pero lo cierto es que su material de origen daba para mucho más. No ayuda mucho el deficiente doblaje con el que se estrena localmente el film. Pensado para un público de preadolescentes, los diálogos son tratados como un mal necesario entre una pelea y otra.

    El contraste entre los mitos griegos sobre dioses y semidioses y la vida de los jóvenes protagonistas en los Estados Unidos del siglo XXI genera algunas escenas divertidas, especialmente cuando Percy (Logan Lerman) pasa de la escuela secundaria a luchar contra minotauros y furias que intentan castigarlo. Sin embargo, al tiempo que el trío de aventureros que completan Annabeth (Alexandra Daddario), la hija de la diosa Atenea y Grover (Brandon T. Jackson), el sátiro encargado de la seguridad del héroe, llegan a la guarida de Medusa, el choque de culturas se convierte en desvergonzada excusa publicitaria. Sin revelar demasiado de la trama se puede decir que la capacidad para convertir a los humanos en piedra de la malvada Medusa -interpretada sin demasiada inspiración por Uma Thurman-, encontrará su límite en la brillante superficie de un iPod.
    Pequeño gran héroe

    Uno de los puntos más atractivos de Percy Jackson y el ladrón del rayo es la aparición de las criaturas mitológicas que intentarán dar caza o ayudar al pequeño gran héroe. Toda una tropilla de centauros, comandada por Quirón (Pierce Brosnan) dirigirá el campamento donde los hijos de los dioses del Olimpo irán a cultivar sus habilidades. Allí, Percy, siempre con un detalle de azul marino en su ropa, se destacará del resto. Como Harry Potter. Aunque con menos magia.
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  • Día de los enamorados
    Historias de amor en la ciudad de Los Angeles

    Demasiados personajes para un film romántico

    "¡En el Día de San Valentín uno no piensa, sólo hace!" La frase dicha por unos de los muchos personajes protagónicos de Día de los E namorados es un muy buen resumen de la película. Repleto de actores y actrices famosos y en general bastante buenos en su trabajo -la excepción hecha de la bella pero acartonada Jessica Alba-, los responsables del film no se tomaron el tiempo para pensar en qué hacer con ellos.

    La clave para realizar una comedia romántica exitosa no es sólo mostrar a los protagonistas enamorándose, sino lograr que al espectador le importe el estado del corazón de esos personajes.

    En este caso, el director Garry Marshall, de probada experiencia en el género ( Mujer bonita ),adaptó suestilo más bien clásico de realización a un relato coral escrito por Katherine Fugate, la responsable del efectivo guión de Simplemente no te quiere. Claro que todo lo que funcionaba en aquel film aquí se complica, porque además del elenco multitudinario y transgeneracional, todas las historias se desarrollan en la ciudad de Los Angeles durante doce horas del día de los enamorados del título.

    Vidas cruzadas

    Así pasan las escenas de la dulce Julia (Jennifer Garner), enamorada de un hombre que no la merece; de Reed (Ashton Kutcher), enamorado de una mujer que no lo merece; de Liz (Anne Hathaway), que no logra disfrutar de los primeros días de un romance que promete. Y la lista sigue. Las escenas se acumulan sin destacarse ni distinguirse una de otra. Hasta que la historia se mete en la casa y la vida de Edgar y Estelle, una pareja casada hace más de cincuenta años que interpretan Hector Elizondo y Shirley MacLaine. Al mismo tiempo encantadores, románticos y graciosos, los actores y sus personajes son de los más logrados de la película.

    Algo similar sucede con el periodista que interpreta Jamie Foxx ( Ray ), un talentoso intérprete que merecía más tiempo en pantalla. Lo mismo que Julia Roberts, cuyo carisma cumple la doble función de elevar la calidad de Día de los E namorados, además de forzar las comparaciones con Mujer bonita , especialmente por una escena en los títulos finales que ningún fanático de aquella gran comedia romántica debería perderse.
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  • Astro Boy
    Astro Boy
    La Nación
    Astroboy, un fallido film en homenaje al animé

    Para los adultos que todavía recuerdan la emoción de ver volar al niño robot de ojos enormes y corazón aun más grande, la satisfacción de ver la nueva versión de Astroboy durará pocos minutos. Aquí poco queda de la serie de los años sesenta, una de las piedras fundacionales de la obsesión de Occidente por el arte del manga y el animé. Realizada por un director inglés, David Bowers ( Lo que el agua se llevó ), la película es un pastiche de referencias cinematográficas y literarias que en su profusión distraen a los chicos y no logran el objetivo de divertir a los adultos.

    La historia comienza en Ciudad Metro, un mundo artificial elevado sobre la tierra que, por descuido del hombre, se convirtió en un basural. En la nueva metrópolis los robots son esclavos fabricados por humanos inteligentes como el doctor Tenma y su hijo Toby. El chico, desesperado por la atención de su padre, se involucra en un experimento que tendrá terribles consecuencias.

    A pesar de que el público infantil, especialmente el masculino, está acostumbrado a cierto grado de violencia en sus programas y films, en el caso de Astroboy, la acción comienza a partir de la muerte de un niño y la aventura del robot niño a partir del desprecio de su creador. Un poco de Frankenstein y otro de Oliver Twist, la historia tiene además un villano con ambiciones desmedidas y una célula de robots revolucionarios que leen a Lenin. En este costado más bien absurdo, el realizador demuestra que no le faltaron ideas, aunque sí la necesaria reflexión sobre cómo ponerlas en marcha y en pantalla.
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  • Alvin y las ardillas 2
    Música, escuela y muchas más ardillas

    La secuela de Alvin y las ardillas, para los más chicos

    El modelo de High School Musical , el inesperado tanque de Disney parece no agotarse nunca y logra inspirar historias que en apariencia nada tienen que ver con los problemas de unos lindos adolescentes cantantes y bailarines. Pero como esta película lo demuestra, High School Musical da para todo. Hasta para prestarle parte de su conflicto central a Alvin y la ardillas . Aunque parezca imposible a primera vista, Alvin, la ardilla líder de un exitoso trío musical tendrá que pasar en este film lo mismo que Troy (Zac Efron) en las historias de Disney.

    La inquieta ardilla y sus hermanos Simón y Teodoro comenzarán a asistir a la escuela secundaria -aunque parezcan estar más preparados para el jardín de infantes-, y allí Alvin tendrá que decidir entre ser deportista y popular o músico y muy impopular.

    Más ardillitas

    En esta secuela de Alvin y las ardillas , los animados personajes centrales convivirán con nuevos humanos, cantarán canciones pop como si fueran los hermanos Jonas -pero con bastante más pelos- y aprenderán lo difícil que es ser adolescente, sea uno de la especie que sea.

    Especialmente cuando los matones de la escuela los persigan, y su padre y representante Dave (Jason Lee) deba guardar cama y queden al cuidado del primo Toby (Zachary Levi), más interesado en juegar con su computadora que en cuidarlos. Y todo será aun peor cuando el villano de la primera parte reaparezca en escena y no lo haga solo. A las tres ardillitas originales ahora se sumarán otras tres, las hermanitas Eleanor, Jeanette y Brittany, que también sueñan con cantar a todo pulmón y voces estridentes además de ser aceptadas por lo que son.

    La película está dirigida por Betty Thomas, una experimentada realizadora que ya había trabajado con la combinación de actores y personajes animados en la remake de Dr. Dolittle protagonizada hace unos años Eddie Murphy. A diferencia de aquellos animales que aparecían en pantalla para hacer más graciosos a los humanos, acá los verdaderos protagonistas son los roedores cantarines. Alvin y las ardillas 2 ofrece un tierno entretenimiento para los más chicos y gracias a las desopilantes versiones de canciones de Beyonce, Katie Perry y los Bee Gees, entre otros, los adultos no podrán evitar las sonrisas.
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  • La joven Victoria
    La joven Victoria, histórica y entretenida

    En 2006, Sofia Coppola dejó Tokio y viajó hasta Versailles para contar la historia de María Antonieta, la reina adolescente . El resultado de la moderna directora norteamericana poniendo su ojo en la vida de la rococó aristócrata europea provocó fríos elogios pero, sobre todo, calientes polémicas. La joven Victoria , otro relato con una reina adolescente como protagonista,causa reacciones mucho más templadas. El film, dirigido por Jean-Marc Vallée ( Mis gloriosos hermanos ), recorre la vida de una de las monarcas más importantes y poderosas del Reino Unido desde su infancia de princesita aislada del mundo hasta sus primeros años como la reina Victoria.

    El guión de Julian Fellowes ( Gosford Park, crimen a la medianoche ) hace un recorrido cronológico por la vida de la reina utilizando conocidos detalles de su cotidianeidad para repasar, rápido, la infancia solitaria de la pobre niña rica y luego meterse de lleno en los años previos y los inmediatamente posteriores a su coronación. Desde un inicio queda claro que las circunstancias de su nacimiento y las intrigas palaciegas de media Europa colaboraron en formar el carácter de una de las personas más poderosas del siglo XIX que, además, era una mujer. Para interpretar a un personaje tan complejo, más ícono que ser humano, el film requería de una actriz joven y al mismo tiempo con la suficiente presencia escénica para llevar toda la película sobre sus hombros. Emily Blunt es Victoria -aunque físicamente no se parezca en nada a la verdadera reina-, tanto en sus caprichos adolescentes, su enamoramiento del príncipe Alberto (interpretado con equilibrio por Rupert Friend) como en la fortaleza que deberá demostrar como monarca.

    La actriz, conocida por El diablo viste a la moda y por sus dotes de comediante, es lo mejor de un elenco de grandes intérpretes británicos: Paul Bettany en el papel del interesadamente solícito Lord Melbourne, Jim Broadbent como el anciano rey y Miranda Richardson en el rol de la madre de la futura reina (que interpreta con su acostumbrado rictus de amargura). Ni las impresionantes escenografías ni el excelente vestuario que pintan una época de floreciente progreso para la monarquía británica logran distraer la mirada de Blunt y su notable interpretación.
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  • La tigra, Chaco
    Emotivas y bellas postales desde el Chaco

    Una ópera prima local con variados aciertos

    En una de las primeras imágenes de este film, la cámara hace un paneo lento, a la velocidad necesaria para que el espectador pueda leer el cartel que marca la entrada al espacio escénico y al pueblo en que transcurrirá la historia. "La Tigra, rugir del Chaco", dice sobre el arco de ingreso del lugar al que regresará Esteban (Ezequiel Tronconi) en busca de su padre. Claro que ni el nombre del paraje ni su slogan tienen, en apariencia, demasiado que ver con sus calles más que tranquilas, donde hasta el sonido de los pájaros se escuchan al mínimo.

    En el marco de la eterna siesta en la que parece transcurrir el pueblo de cielos interminables (captados por una fotografía de notable lirismo y belleza, a cargo de Paula Gullco), Esteban no encontrará a su papá pero si tendrá la compañía y el cobijo de su tía Candelaria. Interpretada con soltura y una increíble dosis de melancolía por Ana Allende -más que notable en la escena aparentemente sencilla en la que le canta a su perro- una de las varias vecinas de La Tigra que participó de esta ópera prima de Federico Godfrid y Juan Sasiaín.

    Con un guión que se ahorra diálogos demasiado explicativos pero que al mismo tiempo, por su mismo estilo de dirección e interpretación, puede resultar algo repetitivo en sus intenciones, La Tigra, Chaco cuenta con un dúo protagónico tan expresivo como carismático. A la espera del padre camionero ausente y sus graciosos y tiernos intercambios con la tía Candelaria, Esteban irá en busca de Vero (Guadalupe Docampo), su amiga de la infancia. A partir de ese encuentro y sin dejar de lado la línea argumental del implícito conflicto familiar, la película explora la atracción, el seductor baile de acercamiento y distancia entre la pareja que comunica sus intenciones, sus deseos en conflicto con unas pocas miradas que la cámara apenas capta.

    Para el espectador iniciado en los temas y la cadencia del nuevo cine argentino, La Tigra, Chaco es una propuesta interesante pero sobre todo sorprendentemente emotiva.
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  • Avatar
    Avatar
    La Nación
    Avatar, la última gran aventura de Cameron

    Un film entretenido, lleno de efectos especiales.

    La promoción de Avatar insiste y promete que éste es el film que cambiará para siempre el modo en que vemos y disfrutamos del cine. Una enorme expectativa que la película, mal que le pese a su director, James Cameron, no cumple.

    Avatar es muchas cosas, muchas buenas y hasta muy buenas también, pero ciertamente no revolucionará el cine. Al menos no más de lo que lo hicieron en su momento El abismo , Terminator y hasta Titanic, por citar algunas de las mejores y más exitosas películas del director. Todos films que, como éste, pretenden impartir una lección sobre el uso irresponsable de la tecnología y las terribles consecuencias que podría enfrentar la humanidad -y la ecología- si se entusiasma con lo que es capaz de hacer y deja de pensar en si debería hacerlo. Y todo utilizando los más nuevos e impresionantes efectos especiales que las computadoras supieran conseguir. El de Cameron siempre fue y sigue siendo un cine de mensajes contradictorios y algo superficiales, y sin embargo extremadamente entretenido. Avatar no es la excepción, sino parte de esa regla, de ese estilo, que incluye, sobre todo, imágenes impresionantes, sorprendentes y, algunas veces, como es el caso, bellas en extremo.

    El director -fiel a su fama de megalómano, también se ocupó del guión y la edición- creó Pandora, un planeta que en el año 2154 está al borde de ser colonizado por inescrupulosos humanos en busca de un mineral que transformará el lugar de paraíso espiritual a infierno industrial. Con vegetación, paisajes y unos nativos más que exuberantes ?montañas flotantes, pterodáctilos de colores y árboles luminiscentes?, este nuevo mundo es materia ideal para el uso del 3D.

    Y, a diferencia del resto de las películas que utilizan la técnica sólo para impresionar al espectador como si se tratara del truco de un ilusionista, en Avatar funciona como un puente tendido para acercar lo que se ve en la pantalla a las butacas de la sala de cine. Lo que Cameron no logra con el guión algo previsible y unos diálogos que por momentos parecen dictados por Greenpeace lo consigue con sus imágenes, que incluyen a los Na?vi, habitantes originarios del mundo Pandora. Los gigantes azules de rasgos felinos, largas colas y cabello trenzado con unas prácticas terminaciones nerviosas en las puntas fueron diseñados con una tecnología similar al film de animación digital Los fantasmas de Scrooge. Claro que los personajes de Avatar están tan lejos ?y por encima? de los de la película de Disney protagonizada por Jim Carrey como la Londres victoriana del espacio exterior.
    Amor azul

    La historia que cuenta esta película de ciencia ficción comienza con la llegada de un grupo de mercenarios a la base humana en Pandora. Allí, una corporación prepara la definitiva conquista del suelo y de los habitantes del planeta, que aprendieron a desconfiar de los pequeños pero destructivos hombres. Así, para lograr que se rindan sin pelear, un grupo de científicos se acercarán a ellos transformados en versiones Na?vi de sí mismos creadas en un laboratorio.

    Entre los exploradores estará Jake Scully (Sam Worthington), un ex militar parapléjico que reemplazará en la misión a su fallecido hermano gemelo, un científico listo para integrar el equipo de la doctora Grace Augustine, experta y admiradora del nuevo planeta. Interpretada por Sigourney Weaver, la heroína de la saga Alien (cuya segunda entrega dirigió Cameron), Augustine se suma a la lista de mujeres poderosas, sensatas y sabias que el director suele poner al frente de sus relatos y de sus protagonistas masculinos. Y no es la única en Avatar. Para dar lugar al romance que sus films siempre incluyen aparece Neytiri, una suerte de princesa Na?vi, que será la encargada de enseñarle a Jake los usos y costumbres de los suyos.

    Con la voz y muchos de los rasgos de la actriz Zoe Saldana (Viaje a las estrellas), a este personaje le tocará transmitir las premisas new age que son el costado más flaco de la película, aunque lo hará desde el lugar de poder que antes ocuparon la Sarah Connor de Terminator, la teniente Ripley de Alien y el personaje central femenino de El abismo.
    Entretenimiento puro

    Si bien el director parece tener una habilidad especial para escribir mujeres creíbles y a veces más profundas que las tramas que protagonizan, no parece suceder lo mismo con sus contrapartes masculinas. El personaje de Scully, interpretado con solidez por Worthington, no logra mucho más que cumplir con el estereotipo del converso, mientras que al villano de la historia no le va mejor. El coronel Miles Quaritch (Stephen Lang) es un militar irracional, casi demente, cuyo único objetivo es destruir al enemigo con todas las armas a su disposición, sin aceptar más grises en su razonamiento que el de las bombas que está ansioso por lanzar.

    Sin contar con un guión especialmente original ni sutil en sus intenciones, Avatar es, de todos modos, un espectáculo cinematográfico alucinante, un viaje a un mundo que al final de las entretenidas más de dos horas y media de metraje al espectador le costará dejar atrás.
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  • Cartas para Jenny
    Una historia de pérdidas y de tristezas

    Lacrimógeno relato dirigido por Diego Musiak

    La película comienza con el ritual del encendido de las velas, costumbre secular pero fundamental de la ceremonia judía en la que los niños de trece años y las niñas de doce celebran su ingreso a la madurez para la religión. En la primera escena la festejada Jenny lee de una carpeta las dedicatorias a sus amigas, su tía, su padre y su hermano. La que falta, la que no está, es la madre, a la que recordará en su última vela. Tan emotivo como efectista, el ritual retratado con fidelidad le presta su tono a toda la película en cuyo guión se apilan la tragedia de la muerte de la mamá, un embarazo no deseado, un novio rockero y un viaje iniciático a Israel.

    Gracias a unas cartas dejadas por su madre como guía para un futuro del que no podrá formar parte por una enfermedad que nunca es explicada, Jenny conocerá algo de su historia pero, sobre todo, llorará mucho por su pérdida. Interpretada por Gimena Accardi, la chica carga con una tristeza que no impacta más allá de lo superficial ni aporta nada demasiado original en la representación cinematográfica del duelo. Cada vuelta del guión escrito por Andrea Bauab -la boda planeada a las corridas, las dudas sobre el final de la madre y hasta la posibilidad del romance con un amigo de la infancia (interpretado por Fabio Di Tomasso) instalado en Israel- cargan con la obviedad y la precipitación en el desarrollo de un melodrama televisivo sin contar con su encanto episódico, claro.

    Desde las escenas realizadas en San Luis, hasta los segmentos filmados en los puntos más reconocibles y turísticos de Israel, la cámara de Musiak pinta unos cuadros muchos más interesantes e intrigantes que el relato que acompañan.
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  • Igor El bueno de la película
    Igor, un genio escondido

    Hay personajes que nacieron para protagonizar y otros creados para acompañar. Claro que como premisa para un relato resulta muy divertido pensar en lo que pasaría si la criatura en las sombras tomara un lugar en el centro del escenario. Esta es la historia que impulsa a Igor . El film animado transcurre en el reino de Malaria, una tierra que luego de una supuesta tragedia que oscureció el sol encontró que la más lucrativa forma de sobrevivir era exportar maldades. Así, sus mayores productores son un grupo de científicos locos que fabrican extraños aparatos con gran capacidad para hacer el mal. Todos con nombres de sonoridad germánica, los inventores siempre tienen intenciones nefastas y un ayudante a mano, Igor, para bajar la palanca y darle vida al monstruo. Las referencias a Frankenstein dan el puntapié inicial de una catarata de guiños a la cultura popular -especialmente la norteamericana-, muy graciosos para los padres jóvenes pero que probablemente excedan los conocimientos y los intereses de los chicos a los que supuestamente está dirigido el film.

    Si en Shrek la idea de invertir los roles del héroe y el villano típico de los cuentos de hadas fue acompañado por un guión inspirado, aquí la intención de subvertir los papeles al imaginar al científico como un mediocre y a su ayudante como el verdadero genio desesperado por crear vida no va más allá de la buena idea inicial. Con una estética que le debe mucho al imaginario de Tim Burton (especialmente a El extraño mundo de Jack y El cadá ver de la novia), Igor intenta abarcar, con ironía, muchos aspectos de la vida moderna. Especialmente de la vida según Hollywood. Así, el monstruo creado por Igor resulta ser una mujer que por una serie de malentendidos cree ser una actriz a punto de triunfar. La criatura llamada Eva canta canciones del musical Annie y tiene en su lista de cosas para hacer tomar clases de yoga y adoptar chicos del mundo entero. Por momentos muy graciosa, en un estilo irónico y sorprendentemente incorrecto políticamente, la película funciona mejor como homenaje -merecidísimo- a El joven Frankenstein de Mel Brooks que como film para que disfrute el público infantil.
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  • Los fantasmas de Scrooge
    Tenebroso y fascinante cuento de Navidad

    Los fantasmas de Scrooge, no apta para los pequeños

    En esta nueva versión de la historia navideña creada por Charles Dickens en el siglo XIX, la moderna tecnología del siglo XXI que captura el movimiento de los actores para trasladarlos del escenario a la computadora -y de allí a la pantalla-, y el 3D, actualizan las imágenes del relato sin quitarle ninguno de los elementos que lo convirtieron en un clásico. Con un considerable número de adaptaciones tanto para el cine como para la TV, el cuento de redención del avaro Ebenezer Scrooge, prestamista amargado, despiadado e insensible al que Jim Carrey le presta el cuerpo -y la voz en la versión en inglés-, transcurre en una Londres cubierta de nieve, imagen de postal pintoresca y al mismo tiempo espacio de miseria y desolación para quienes no tienen refugio del frío.

    El director Robert Zemeckis ( Forrest Gump ), que hace unos años se fascinó con la captura de movimiento y ya realizó otras dos películas con la ayuda de la computadora ( El expreso polar y Beowulf ), respetó ese contexto y, aunque se trata de un film de Disney, decidió no escatimar escenas de terror tanto sociales como fantásticas. Cuando la cámara recorre la ciudad, sus edificios nevados y sus interiores oscuros y opulentos, el espectador está dentro del cuento tal como lo escribió Dickens. Un efecto de la historia con el que la tecnología 3D colabora, a diferencia de muchas otras películas en las que relato e innovación pelean por imponerse con la segunda siempre ganando la partida.

    Cuando el viejo Scrooge es visitado por sus fantasmas el film se vuelve tenebroso y al mismo tiempo fascinante aunque cabe aclarar que algunas de las secuencias pueden ser demasiado terroríficas para el público infantil. Especialmente la aparición del torturado Marley, el fallecido socio del protagonista y heraldo de los espíritus por venir.

    Con un lenguaje que respeta el estilo del original literario, con el que el doblaje local a veces tropieza en detrimento del desarrollo de la historia, Los fantasmas de Scrooge convierte una experiencia fílmica en una casi táctil, gracias a la belleza y el detalle de sus imágenes suntuosas. La llegada del fantasma de la Navidad presente resulta un momento culminante de esta elección estética del exceso.

    Para los seguidores de Carrey, el film es un deleite del rango físico e interpretativo del actor que aquí compone a los espíritus que lo visitan además de a las versiones más jóvenes del propio Scrooge que, una vez más, como en todas las Nochebuenas, volverá a sufrir para finalmente aprender a disfrutar de la blanca Navidad.
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  • Sangre del pacífico
    La vida es sueño y mucho más también

    Sangre del Pacífico no convence con sus líneas argumentales, pero logra contundentes y emocionantes imágenes.

    En el desarrollo de Sangre del Pacífico hay tantas ideas, algunas muy buenas, otras no tanto, como imágenes interesantes, emocionantes, bellas. Claro que en este film de Boy Olmi que debuta aquí como realizador de largometraje, el problema es que unas y otras no siempre logran amalgamarse. La historia muestra a un veterano actor y director de cine (Delfi Galbiati) que, aunque enfermo, sueña con dirigir y protagonizar una última película; a su hija, una antropóloga (Ana Celentano) que además de trabajar en el Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires realiza entrevistas con mujeres que trabajan en el servicio doméstico y, por último, a Charito (Emilia Paino), una joven peruana que deja su país en busca de un futuro mejor en la Argentina.

    Cada uno de estos personajes tendrá su momento y luego comenzarán a cruzarse en un giro del guión que comienza bien y luego tiene demasiado de resolución telenovelesca. Claro que, más allá de la estructura del guión, lo que marca la diferencia en Sangre del P acífico son sus pasajes oníricos, esos momentos en los que el director se sube a la cornisa y se anima a utilizar el recurso del realismo mágico. Lo usa para mostrar los delirios/recuerdos del viejo realizador, los conflictos internos de su hija, y sobre todo, el viaje exterior e interior que emprende Charito. El riesgo asumido por Olmi resulta lo mejor de un film que falla cuando intenta atar todos los cabos sueltos de un relato que hubiera ganado si confiaba más en sus bellas imágenes.
    Una actriz

    Aunque el protagonismo del film está repartido entre sus tres intérpretes principales, son las actrices, especialmente Paino -en su primer papel para el cine- quién lleva adelante el costado más emocional y emocionante de la película. Mientras la historia explora la vida y las experiencias de "los de arriba y los de abajo" desde un punto de vista de clase media bien pensante, con pocos gestos Paino consigue dotar a su personaje de una profundidad conmovedora. Como en los delirios del veterano director, Olmi encontró una musa a la altura del lirismo de sus imágenes.
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  • Tres deseos
    Tres deseos
    La Nación
    Crónica de un final dialogado

    Desde los minutos iniciales de este film dirigido por Marcelo Trotta y Vivián Imar queda claro que en la pareja formada por Pablo (Antonio Birabent) y Victoria (Florencia Raggi) algo anda muy mal. Apenas unos segundos del prólogo alcanzan para ver cómo la tensión entre ellos provoca largos silencios incómodos interrumpidos por rígidas frases que anuncian acciones y ocultan sentimientos. Así, en un puñado de escenas, el conflicto está planteado y sólo queda desarrollarlo. Claro que es entre la presentación de los personajes y su crecimiento dramático donde esta película encuentra sus mayores dificultades. Porque mientras caminan por la costa y las calles de Colonia, Uruguay, los personajes centrales de Tres deseos sostienen diálogos que opacan más que aclaran quiénes son y qué les pasa. El drama del final de un amor filmado con prolijidad se complica con la sorpresiva aparición de Ana (Julieta Cardinali), ex novia de Pablo, que en pocos segundos le explicará que se separó el día anterior y entablará con él un largo intercambio de superficiales ideas sobre la finitud del amor.

    Mientras caminan por las pintorescas calles de la ciudad y hablan, hablan y hablan, Ana y Pablo recuerdan a Celine y Jesse, de Antes del amanecer y Antes del atardecer, de Richard Linklater, claro que a esos personajes interpretados por Julie Delpy y Ethan Hawke, aunque pretenciosos, era un placer verlos y escucharlos. Aquí no pasa lo mismo.

    A Birabent le toca la ingrata tarea de interpretar a este hombre al que no le otorgaron ni un rasgo positivo para balancear los muchos negativos que ostenta: obsesivo, malhumorado, cobarde e infiel, cuesta creer que alguien como Pablo sea o haya sido deseado por Victoria y Ana. Especialmente por la primera que, gracias al trabajo de Raggi, consigue ser el personaje con más carnadura e interés de la película. Hacia la segunda parte de la historia, Victoria y la actriz que la interpreta crecen frente a la mirada del espectador, que puede verla más allá de su belleza y la clara infelicidad de su matrimonio. Algo que no sucede con los otros dos personajes, apenas dos bonitos globos de papel llenos de aire como los que cierran la última escena del film.
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Hoyts