Paraíso: Amor

Crítica de Daniel Cholakian - CineramaPlus+

TODO PARAÍSO SOLO PUEDE SER AHORA (SINO ES UNA FALSA PROMESA)

Paraíso: Amor, primera película de la saga de Ulrich Seidl sobre las falsas promesas, cuenta la historia de Teresa, una mujer adulta austríaca que viaja a las playas de Kenia con la pudorosa intención de probar aquello que su amiga le cuenta sobre los jóvenes negros. Además de las bondades de un resort vacacional donde el pasajero es invitado a liberarse de sus problemas, esta señora buscará jóvenes negros con quienes tener relaciones sexuales.

Para el lector apurado: la película es notable, no deberían dejar de verla. La cuestión sobre las múltiples interpretaciones posibles y los prejuicios que Seidl convoca con las desnudeces, las carnes blandas, los juegos explícitos y los cuerpos calientes, es algo que el espectador deberá experimentar por sí mismo.

El realizador abre una puerta para “entrar” a la película desde el primer fotograma. Es tal vez muy sutil, pero deja ver allí una de las ideas dominantes. En tres cortas escenas introduce la vida austríaca de Teresa. En esta, los cuerpos son los “otros cuerpos”. Son los cuerpos dejados de lado por la normalidad eurocéntrica. Discapacitados mentales, físicos, mujeres gordas y “feas”, adolescentes que solo piensan en comer dulces. Seidl propone una película donde el centro dramático es la subjetividad de los personajes pero haciendo eje en lo que esos cuerpos medidos, pesados, evaluados, observados desde la perspectiva étnica y etaria, suponen como espacios de disputas. Será entonces sobre esas personas en tanto sujetos deseantes cuyos cuerpos son sometidos por el poder simbólico que desarrollara esta falsa comedia sexual de varias noches de verano.

Vale aclarar que con gran talento la (re)construcción de esos cuerpos hace que sean bellos, deseables, eróticos. O patéticos. En definitiva, cuerpos que -contra lo que parecen decirnos los imaginarios occidentales- merecen ser vividos.

A esto corresponde prestar atención. Los incluidos en el estándar, esas personas no muy viejas, no muy gordas, no muy negras, no muy feas, no muy pobres, permanecen inmóviles durante toda la película. Están allí, en sus reposeras frente a la playa. Como si el realizador hubiera decidido congelar por un instante a los protagonistas de casi todas las películas industriales y sólo prestara atención al movimiento de los otros, de los secundarios del mundo. Para hacer evidente esa separación en el mundo es destacable un plano donde a derecha del cuadro están tirados inmóviles los turistas e izquierda del mismo una fila de hombres negros, parados frente a ellos y quietos también, están esperando que se muevan para intentar venderles algo, cualquier cosa. Entre ellos una soga que separa el resort de la costa y un guardia que camina entre ambos grupos, custodiando a los blancos de los negros.

En este contexto se desenvuelve la historia de Teresa, de su contradicción cultural entre ser mujer –oprimida sexualmente- y ser el sujeto capitalista –y por lo tanto opresora-. Deberá resolver la dialéctica entre esa voluntad de acceder al comercio sexual, a ser poseída salvajemente por un negro africano a cambio de unos dinerillos y al supuesto de la obligación del afecto.

Seidl constantemente obliga al espectador a sentirse incómodo. Incomodidad que surge de los paradigmas que revoluciona constantemente. La mujer que se propone pagar por sexo lejos de su casa y su familia, sufre por esa relación mercantil tan alejada del sexo amoroso. Odia a los jóvenes que le piden dinero, que la engañan porque son casados y aman a otra mujer, odia al que le repite que la ama, odia al que no está dispuesto a obedecerla en la cama. Juega a la mujer sensual y a la dueña del dinero que ordena lo que el otro debe hacer al mismo tiempo que padece su contradicción y no cesa de mentar a su cuerpo gordo y viejo.

El modo en que aquello que se supone una fiesta divertida y el imaginario de la potencia eréctil del macho negro se vuelven patéticos en la secuencia del festejo de cumpleaños, es un resumen de las tensiones puestas en juego, sobre las que Seidl no pontifica ni propone una mirada moralista. Lo que hace es cuestionar un conjunto de mitologías occidentales a propósito del cuerpo, el sexo, el amor y la innata bondad de los blancos europeos.

Lo genial del realizador es poner en esta situación de relaciones opresoras sexuales y de clase a personajes que son oprimidos. De tal modo, aquello que es evidente en cualquier otra situación, es aquí confuso, contradictorio, problemático. Y eso hace de Paraíso: Amor una gran película.

Por Daniel Cholakian
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