Osos

Crítica de Fernando López - La Nación

Lecciones de vida

Después de los Felinos de Á frica, de los Chimpancés y de aquella ambiciosa y grandilocuente La tierra, que vimos en 2009 y puso en marcha las actividades de Disneynature, las cámaras de Disney vuelven en busca de la vida natural para pintar un retrato de familia. En este caso, se han instalado en Alaska para contar las andanzas de un grupo de osos pardos -mamá y sus dos cachorros; no hay noticias de quien habrá sido el padre de las criaturas- durante el primer año de vida de los más chicos, es decir durante el largo proceso de aprendizaje que viven desde que salen de la hibernación hasta que muchos meses después, ya con muchos kilómetros recorridos y muchas lecciones aprendidas, sobre todo en lo que respecta al mundo que los rodea y a la pesca, empiezan a ser capaces de comportarse con más prudencia y de asistir a la voluminosa jefa de familia en la que resulta ser su principal ocupación: conseguir suficiente comida -preferentemente salmones- para que el invierno no la sorprenda sin la leche suficiente para nutrir a sus crías.

Los chicos -el macho se llama Scout y la hembra, Ember-, son lo suficientemente juguetones como para que la madre, Sky, tenga que vigilarlos de cerca. Y también para que sus monerías (si cabe la expresión) enternezcan o diviertan a los espectadores. Porque como puede esperarse en este tipo de productos de la marca, habrá, además de material didáctico, aventuras, suspenso, emoción, dos grandotes temibles como Magnus o Chinuk, un cuervo que suele proporcionar buena información y hasta un lobo que siempre está al acecho esperando una distracción de la mamá para sorprender a los menores. Y sobre todo habrá relato, mucho relato en off, que además de enlazar situaciones dispersas busca comentar humorísticamente algunas situaciones captadas por las cámaras. Es mucho más relato en off del que habría sido necesario si él guión hubiera sido elaborado con menos pereza y más imaginación. Bastaba con aprovechar lo que las cámaras recogían de las andanzas de los osos sin necesidad de aplicarles el siempre tan tentador e innecesario antropomorfismo. Y hablando de sobredosis tampoco hay que restarle mérito a George Fenton, que ofrece un muestrario de lugares comunes musicales para subrayar la tensión, la alegría, la emoción o el miedo.

Por fortuna, está la simpatía de los animalitos y, en especial, están los estupendos paisajes de Alaska que un ejército de camarógrafos ha sabido aprovechar tanto como la espontaneidad y la fotogenia de los verdaderos protagonistas de la película.