Metegol

Crítica de Benjamín Harguindey - EscribiendoCine

Gol de mediocampo

Si algo ha dejado en claro Juan José Campanella a lo largo de la extensa cruzada publicitaria de Metegol (2013) es que se trata de un film de animación “a nivel internacional” con el visto bueno de “grandes compañías como DreamWorks y Pixar”. Campanella es un buen director, y ha conseguido exactamente lo que quería: una película indistinguible de las de DreamWorks o Pixar, con sello argentino a modo de novedad.

El escenario es un idílico y anónimo pueblo interino, donde Amadeo ha pasado toda su vida encerrado en un café bar, arbitrando partidos imaginarios de fútbol entre los muñequitos de su mesa de metegol. Su aniñada vida – y la del pueblo – entran en riesgo con la reaparición del súper crack de fútbol Ezequiel Grosso, que regresa colmado de fama con las escrituras del pueblo y un deseo de revancha contra Amadeo, que de chico le quitó la atención de Laura, pero más importantemente, le ganó al metegol.

Es en este momento de crisis que por arte de magia los muñequitos del metegol cobran vida, se desatornillan y juran ayudar a Amadeo en nombre de los cientos de partidos jugados en su nombre. El trío principal consta de Capi, el líder (voz de Pablo Rago), Beto, el vano (voz de Fabián Gianola) y Loco, el poeta (voz de Horacio Fontova). Los demás no reciben mucha caracterización; hay algún acento por acá, algún peinado por allá.

El personaje más interesante es, por lejos, Grosso, que ha gestionado una exitosa carrera a raíz del odio y el resentimiento, pero es lo suficientemente estúpido como para que no sea del todo deleznable. Amadeo es, por el contrario, un apasionado fracasado y provee el sano y mandatorio eje moral de una fábula ATP acerca de la tolerancia y la inclusión. A Laura, su novia, le toca la peor parte – ser la única mujer en una película de personajes masculinos. Tiene tan poco para hacer que se convierte en damisela en apuros por sí misma.

Metegol está preciosamente animada y hace pleno uso de las facultades 3D. La película tiene un único gran momento – el climático partido de fútbol, secuencia en la que los malabares visuales poseen carga dramática – mientras que el resto se sostiene con la ecuanimidad del buen entretenimiento, lleno de pequeñas persecuciones y peripecias contadas desde la perspectiva de pequeños juguetes (en ese sentido, las comparaciones con Toy Story son más o menos insoslayables). La animación de ojitos nerviosos y movimientos repentinos a lo Disney es instantáneamente reconocible y si no fuera por el criollo original (el lunfardo más soez es “fanfarrón”) y la temática del fútbol apasionado, pasaría discretamente por otra película de Pixar. Lo cual, según su director, quizás sea la idea.