Megamente

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

Supermal

El tema de las voces de actores conocidos en el cine de animación es todo un caso. A ver… cómo disfrutar de este artilugio y comprender el producto completamente, puesto que se trata de una parte importante del trabajo final, si nos toca escuchar la versión doblada (al idioma que sea): uno supone que los guionistas y diseñadores pensaron en una voz que define al personaje y lo completa. Creo, particularmente, que la solución a este conflicto es pensar la voz no de forma abstracta, sino física y tangible: que la voz sea un complemento de la personalidad de aquel que la porta y tenga una forma. Entonces, lo que tendremos, más que una voz es un espíritu, algo que sobrevuela al relato y le aporta sentido trascendiéndolo. No hablamos aquí de personajes antropomórficamente similares a los actores que le dan vida, porque sino estaríamos ante algo lamentable como El espanta tiburones: una película donde el pececito se parece a Will Smith porque tiene sus labios y ahí se termina el chiste -si lo hubiera-. En el caso de Megamente estamos ante uno de esos ejemplos efectivos donde actor y personaje logran una comunión feliz: hablamos de Will Ferrell.

Megamente es lo nuevo de Dreamworks, es decir, esa empresa que piensa la animación como un recipiente de chistes y referencias pop. Este año, no obstante, sorprendieron con la autónoma Cómo entrenar a tu dragón, un film con una historia fuerte y con personajes complejos, que hasta lograba construir una criatura como Chimuelo que se valía sólo de gestos y era pura expresividad. En el lado opuesto, es verdad, está Megamente: sí una película que incorpora todo lo recurrente y reiterativo de la empresa -las referencias musicales que van de AC/DC a Elvis, los chistes veloces, la intertextualidad, los personajes histriónicos y anárquicos, la parodia al mundo del cine, la influencia “looneytunesca”- pero que lo hace con inteligencia y lógica, y sobre todo con mucha gracia. Todo arranca muy bien con un prólogo sobre cómo Megamente -el villano- y Metroman -el superhéroe- arribaron a la Tierra. Y esta reversión a dos puntas de Superman se convierte en una atractiva reflexión sobre cómo el heroísmo es un bien de consumo que puede fabricarse al igual que un televisor de moda o un artista pop.

En el film, Megamente hace lo que todo villano desea desde el inicio de los tiempos: eliminar a su antagonista. Desde ahí, el malvado hombre azulado tomará el poder de Metrocity y, definitivamente, se aburrirá mucho al comprobar que el poder, así de solitario, es algo intrascendente. Por eso es que tiene que hacer algo y fabrica un superhéroe de un zopenco (Titan, el camarógrafo que acompaña a la cronista Roxanne). Valiéndose de los recursos típicos de las historias de superhéroes, Megamente reconstruye todos los códigos ante la vista del espectador para, así, elaborar un relato que hace de la autoconciencia su fuerte. Como en un juego de cajas chinas, se trata de un film sobre la construcción del héroe en el que se ve, precisamente, cómo se edifica ese heroísmo. Porque no sólo está aquel superhombre que el personaje Megamente instala, sino además el propio Megamente pasa de villano (a su pesar) a héroe (a su pesar). A la manera de Mi villano favorito, pero utilizando otros elementos (mientras aquella hablaba de lo familiar y la relación padre hijo, esta habla de los vínculos de pareja y lo romántico), la película es el recorte de la vida de un hombre muy malo en el mismísimo momento en que decide cambiarse de bando.

Y si todo esto no funcionara, igualmente el film de Tom McGrath (hombre de la casa y conocedor, con las Madagascar, de los códigos del humor elástico y veloz) logra ser mortalmente cómico y, como decíamos en un principio, tiene el plus de una voz como la de Will Ferrell que toma forma física y ayuda a construir un universo. Lo que pasa aquí es similar a lo de Jack Black en Kung fu panda: Ferrell logra transmitir su estilo humorístico al personaje, pero además contagiar ese espíritu a varias escenas, que se destilan en los tiempos lánguidos del humor ferrelliano. Es así como el personaje puede tener un monólogo absurdo frente a un “pajarito que bebe” como aquel que tenía Homero Simpson o revolcarse en un hedonismo adolescente, como también ser un poco caprichoso y aniñado. Y último, pero no menor logro, hacer con las historias de superhéroes lo mismo que con el automovilismo, los reporteros, los hermanastros o el patinaje sobre hielo: capturar la esencia de ese universo, ponerlo patas para arriba, descubrir su punto débil y remontarlo, feliz, como un barrilete. Esa despreocupación hace que Megamente nunca se ponga lo suficientemente solemne y que, definitivamente, sea una película alegre, vital y alocada.