Los pequeños Fockers

Crítica de Roger Koza - Con los ojos abiertos

PEPSI Y COCA

La tercera es la vencida; no estaría mal que el dicho popular se cumpla en esta ocasión para describir el destino de la familia Focker.

Robert De Niro, Barbra Streisand, Harvey Keitel, Ben Stiller, Owen Wilson. Esto es Hollywood y, si se trata de divisar un tema preferencial en la fábrica de sueños, no hay duda de que la gran familia americana es el tema por antonomasia.

Naturalmente, los Fockers no son cualquier familia. Constituyen una suerte de utopía doméstica en donde se encuentran esas dos líneas que definen la vida política estadounidense. Nacer en una familia republicana no es lo mismo que nacer en una familia demócrata. Por eso, la segunda instalación de este producto funcionaba como una alegoría del mapa electoral del país. Tras los ecos del 2001, la nación estaba dividida en dos: rojos y azules casi por igual, paranoicos nacionalistas y liberales narcisistas, los partisanos de la seguridad y los amantes de la libertad. O en términos de Paul Weitz: los Byrnes y los Fockers.

Unos años más tarde, en tiempos de Obama, Los pequeños Fockers, más paródica que cómica, ancla su relato y sus conflictos en un universo ahistórico y apolítico. En todo caso, Weitz ahora ha elegido la política doméstica y una explotación del estereotipo psicológico. El humor se predica, como en la mayoría de las comedias de y con Ben Stiller, de la resistencia del astro a la humillación.

El motor narrativo es doble: ¿quién será el nuevo padrino de los Byrnes, ahora que el otro yerno ha resultado ser un adúltero? Greg es el posible heredero, el patriarca del porvenir, pero su candidatura, auspiciada por Jack, durará hasta que el suegro sospeche de su elegido. La fidelidad es un valor supremo en las comedias de Weitz, y ésta no es la excepción. Una promotora empresarial de un símil del Viagra apto para cardíacos le traerá problemas a Greg, ahora director general de enfermeros.

La escatología, la erección como tema humorístico, la propensión paranoica del milico y el narcisismo New Age de los Fockers son los vectores de esta comedia mecánica, forzada a repetir un pasado supuestamente glorioso que retorna para la carcajada de los fieles. Sin duda, lo mejor del film es la parodia de la educación de niños prodigio (y ricos). En Estados Unidos, aparentemente, la educación pública también está bajo sospecha.

Más ligada al universo de las sitcom que a la comedia clásica norteamericana, Los pequeños Fockers carece de timing y audacia política. La dicotomía Fockers versus Byrnes reproduce un espectro político en el que las diferencias entre un conservador y un liberal resultan mínimas. Allí radica, paradójicamente, su mediocridad festiva y su inesperada virtud involuntaria. Es que Los pequeños Fockers confirma una hipótesis: ser demócrata o republicano es casi lo mismo, como si se tratara de elegir entra la Pepsi o la Coca. Por eso es preferible “reír de las cosas que nos hacen humanos”, un postulado universal que maquilla las falencias de una cultura y afecta oblicuamente una tradición, la de la comedia norteamericana, cuya veta libertaria y anárquica queda reducida a un asunto de familia.