La vida misma

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

UNA BROMA DE MAL GUSTO

Hay un par de secuencias en La vida misma que juegan con el humor y fallan bastante estrepitosamente: la primera sucede al comienzo, involucra una breve aparición de Samuel L. Jackson y pretende utilizar la comedia para abrirle paso al drama de manera totalmente abrupta e inadecuada; la segunda recurre a una situación de embarazo, coquetea con la idea del aborto y finalmente convierte todo en un pésimo chiste para básicamente dejar mal parado a un personaje, y es tan indefendible que causa gracia pero por las razones equivocadas. Ambas escenas pintan de cuerpo entero a una película que, por más que quiera acumular lecciones de vida cada treinta segundos, no hay que tomarse muy en serio.

En La vida misma se quiere hacer hincapié en cómo acciones, decisiones y eventos que solo parecerían afectar a un pequeño grupo de personas en verdad afectan a muchos más individuos, por más que estén alejados espacial y/o temporalmente; porque todos somos parte de historias que nos trascienden e incluyen a la vez; y claro, nuestras existencias son impredecibles en su desarrrollo. O sea, algo a mitad de camino entre Babel y El efecto mariposa, dos films terribles, por cierto. Acá el asunto no llega a tanto, aunque la película de Dan Fogelman hace su esfuerzo, partiendo de una pareja (Oscar Isaac y Olivia Wilde), que se conocen en la universidad, se enamoran, se casan y están por tener un bebé hasta que…bueno, interviene la película, con su ferviente deseo de acumular tragedias, desgracias y miserias por doquier, porque la vida se trata de eso, de muchas cosas horribles y alguna que otra cosa relativamente buena. Dios te quita, Dios te da, dirían los creyentes. Acá es Fogelman el que quita y da, a su antojo.

Dividida en capítulos como si fuera un libro (para, de paso, dar pie a disquisiciones literarias bastante obvias e insustanciales), La vida misma se la cree tanto que por momentos haría sonrojar a cineastas como Alejandro González Iñárritu, y eso es decir. Esta autoindulgencia la lleva a que se pretenda seria, reflexiva, profunda, disruptiva e intrincada narrativamente, cuando en verdad la historia que hilvana es totalmente lineal, superficial y extremadamente previsible, particularmente en su media hora final. De hecho, hay una enorme cantidad de situaciones en el relato que se podrían haber contado de formas más simples y efectivas (el film podría haber durado tranquilamente 40 o 50 minutos menos), pero Fogelman siempre está metiendo mano desde el guión para complicar todo de balde, incapaz de darle libertad a sus personajes, quitando toda chance de sorpresa y conduciendo al aburrimiento.

La intención de conectar personas y subtramas de formas originales, que le había funcionado bastante bien a Fogelman como guionista de Loco y estúpido amor y creador de This is us, acá es un completo desastre, que atraviesa una multitud de tópicos –depresión, suicidio, abuso sexual, abandono, maltrato, violencia y más depresión- sin profundizar cabalmente en ninguno. Ese caos temático y sensiblero posee una explicación básica: en la película dirigida por John Requa y Glenn Ficarra, y en la serie ganadora del Globo de Oro los personajes toman decisiones, eligen con un margen de autonomía, aún en circunstancias que pueden parecer antojadizas. En La vida misma, el que elige es el realizador, que desde el guión quiere acomodar todas las piezas a su antojo, porque todo está en función de un discurso moralista. En el medio, se pierde la chance de encontrar rastros de humanidad y verdadera sensibilidad en los protagonistas, que naufragan a la par del relato. De ahí que solo quede un film que quiere ser importante y trascendente, pero no pasa de lo banal, y que ni siquiera funciona como comedia involuntaria.