La Salada

Crítica de Diego Batlle - La Nación

Un mundo secreto y fascinante

La feria de La Salada es un inmenso negocio ligado a un creciente fenómeno de consumo popular. En ese ámbito tan caótico como fascinante por su diversidad y dinámica interna confluyen los protagonistas y las tres historias de esta ópera prima de Hsu, ganadora de Cine en Construcción del Festival de San Sebastián 2013 y presentada en la competencia argentina del Bafici 2014.

Yun Jin es una atractiva joven coreana, cuyo padre (un empresario que posee tres puestos en La Salada) le ha arreglado un casamiento con el hijo de un amigo. Ella, claro, no está de acuerdo, pero tampoco se anima a enfrentar a la dominante autoridad paterna, aunque empieza a coquetear con un muchacho argentino.

Huang es de origen taiwanés y trabaja por las noches en un puesto de venta de películas truchas. Su madre, que vive en Taiwan, le pregunta por teléfono siempre lo mismo: "¿Ya conseguiste novia?" Y él intentará (de manera obsesiva y con bastante torpeza) acercarse a las mujeres.

La tercera historia es la de Bruno, un adolescente de 17 años que llega desde Bolivia con su tío Kim y comenzará a deambular por distintos lugares y trabajos precarios.

Lo mejor de este film cuidado y prolijo tiene que ver con ciertas pinceladas y viñetas respecto del funcionamiento interno, de los códigos y de las tradiciones de las comunidades de coreanos, taiwaneses y bolivianos que viven en la Argentina, sobre los prejuicios para con ellos, pero también sobre los de ellos hacia los demás.

La Salada -más allá de los contrastes étnicos- también tiene bienvenidos rasgos de inocencia y ternura a la hora de retratar las angustias, inseguridades, los temores y las contradicciones internas de sus criaturas, aunque por momentos cede a ciertos lugares comunes, a resoluciones un poco superficiales y convencionales. Es una buena película, sin duda, pero deja la sensación de que con un poco más de vuelo y menos clichés podría haber sido todavía mejor.