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Imagen del crítico Diego Batlle
Diego Batlle
  • Cantidad de críticas: 1180
  • Promedio: 62%
  • Críticas favorables: 852/1180 (72%)
  • Críticas desfavorables: 328/1180 (28%)
  • Diferencia absoluta: 8%
  • Cabeza de ratón
    Triste réquiem para Río Gallegos

    En La parte automática Ivo Aichenbaum narraba el reencuentro con su padre, un ex comunista exiliado en Israel desde la crisis de 2001. En Cabeza de ratón propone otro diario de viaje, otro ensayo autobiográfico que también sirve como reflexión sobre el contexto sociopolítico. En este caso, el director regresa a Río Gallegos, ciudad donde creció y se formó, para ofrecer un desolador panorama sobre la política y el entramado humano de esa comunidad.

    En septiembre de 2011, tras haber terminado sus estudios en cine y una relación amorosa en Buenos Aires, Aichenbaum vuelve a Río Gallegos con la idea de desarrollar un proyecto y ganar algo de dinero. El día previo a tomar el avión, recibe la noticia de que uno de sus mejores amigos del lugar se ha quitado la vida (la ciudad tiene una de las tasas de suicidio más altas del país).

    La cámara siempre atenta de Aichenbaum para captar detalles que definen la tónica del lugar, su narración en off no siempre convincente (aunque decididamente confesional) y el uso de material de archivo de las campañas institucionales del gobierno local (donde aparece de forma recurrente la figura de Néstor Kirchner) conforman un panorama árido y desolador como el clima y la arquitectura del lugar.

    Cabeza de ratón es, como sostiene el propio Aichenbaum, un triple réquiem: para el amigo y baterista de su banda de black metal que ya no está, para ese mito que es Kirchner y para una ciudad a la que el propio director-protagonista considera muerta. Cine íntimo y político a la vez. Una verdadera rareza dentro del panorama del Nuevo Cine Argentino.
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  • El agente de C.I.P.O.L.
    Kuryakin y Solo, muy parecidos a otros

    Hay películas que, mejores o peores, tienen limitaciones tan evidentes, un techo tan bajo, que uno no puede pedirles más de lo que dan. Sin embargo, hay otras que con poco más podrían ser mucho mejores. En este segundo pelotón se ubica El agente de Cipol, un film bastante logrado y entretenido, pero que su director Guy Ritchie no alcanza a convertir en un referente del género y -por qué no- en el inicio de una lucrativa saga.

    Serie muy popular (y luego de culto) producida en los años 60, El agente de Cipol narraba las misiones de dos espías, el estadounidense Napoleon Solo (Robert Vaughn) y el soviético Illya Kuryakin (David McCallum), encomendadas por una misteriosa organización internacional liderada por el británico Alexander Waverly (Leo G. Carroll).

    La película abre con una extraordinaria secuencia de acción ambientada en las cercanías del Muro de Berlín en plena Guerra Fría y luego contará el surgimiento del dúo con una serie de enredos políticos y románticos que es mejor no adelantar (hay hasta un dispositivo nuclear como MacGuffin). Y, como en todo film de agentes secretos, aparecerán en sus caminos personajes femeninos en versión más inocente (Alicia Vikander) o en plan femme fatale (Elizabeth Debicki).

    No es difícil advertir las similitudes de este nuevo film del realizador de Juegos, trampas y dos armas humeantes y Sherlock Holmes con la saga de James Bond, aunque a El agente de Cipol le cuesta por momentos definir mejor su perfil. Es un poco gracioso y seductor como las aventuras de 007, un poco más serio como la franquicia de Jason Bourne y también tiene algo de Misión: imposible, aunque sus referentes principales sean clásicos sesentistas como El affaire de Thomas Crown o Faena a la italiana. Esa indecisión a la hora de consolidar sus climas le juega un poco en contra (por momentos se extrañan también el desenfado y la audacia de otros trabajos de Ritchie), aunque no le faltan escenas eficaces y hasta un final (que en realidad es un inicio) convincente.

    Para rescatar también la tarea de los dos protagonistas, que venían de actuaciones no demasiado lucidas: Henry Cavill (Superman/Clark Kent) y Armie Hammer (El Llanero Solitario) conciben a un Napoleon Solo y un Illya Kuryakin, respectivamente, que sostienen con bastante elegancia a sus héroes. Si El agente de Cipol no es la notable película que podría haber sido no es esencialmente por carencias actorales, sino por ciertos problemas de guión, narración y tono que los excede por completo.
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  • La sal de la tierra
    Los límites del documental-tributo

    Una exaltación del reverenciado fotógrafo Sebastião Salgado que fue premiada en Cannes y nominada al Oscar.

    Aclaro: Hace bastante tiempo que no me interesa lo que hace Wim Wenders y no me gusta demasiado la porno-miseria, el esteticismo del horror que propone el celebrado fotógrafo brasileño Sebastião Salgado. Por lo tanto, es probable que quienes aún siguen fascinándose por la obra del realizador alemán (que aquí codirige con el hijo de Salgado, Juliano) y se conmueven con las imágenes en blanco y negro sobre desplazados, matanzas, hambrunas, mineros (y, en los últimos años, sobre la naturaleza virgen y tribus de pueblos originarios) disfruten este film. A mi, en cambio, me irritó bastante.

    Encontré a La sal de la Tierra como un documental bello y cuidado (a-lo-National Geographic, digamos), pero también solemne y -como la obra del artista- un poco explotador (se ve cómo el fotógrafo muchas veces "arma" las situaciones que luego retrata). Los directores siguen los viajes de Salgado y lo filman mirando fotos y contando sus experiencias por Africa, Irak, la ex Yugoslavia, Siberia o los rincones más recónditos del planeta. Un film políticamente correcto y concientizador hecho para la hinchada.

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  • Boca Juniors 3D, la película
    Una película sin pimienta

    Este documental demasiado elemental es sólo para los (muy) fanáticos del Xeneize.

    Ante un documental de estas características se impone explicar desde dónde uno escribe. No soy hincha de Boca, pero vi decenas de partidos en la Bombonera durante mi infancia, ya que un amigo de mi padre solía llevarme. Siempre fui de Banfield, pero entiendo la pasión que despierta el sentimiento xeneize.

    Dicho esto considero a Boca Juniors – La película un producto bastante mediocre y en varios aspectos incluso cuestionable. Como escribí “en caliente” en Twitter tras la función de prensa en el Village Recoleta, si uno viera este documental elemental, solemne y efectista un domingo de lluvia tirado en el living de su casa por Fox Sports no habría ningún problema, pero estamos hablando de un “estreno cinematográfico” con entradas a 120 pesos. En ese terreno, es imposible recomendar su visión incluso al más fanático de los bosteros.

    Algunos aspectos que me interesan remarcar del film:

    1- La estructura del documental es clásica (por no decir televisiva) y se limita a presentar testimonios de distintos ídolos boquenses e imágenes de las principales gestas deportivas.

    2- El único elemento ficcional es un personaje llamado Funes, un viejo memorioso que archiva todos los datos sobre Boca y que funciona como narrador e hilo conductor. Un recurso que quita más de lo que aporta por su permanente bajada de línea tanguera y sentimental.

    3- Para el documental la historia de Boca parece limitarse a las últimas tres décadas. Si bien hay algunas referencias al penal que Roma le atajó a Delem, aparecen en pantalla Rattin, Marzolini, Rojas, Perotti, Mastrángelo o Suñé y se hace una breve reconstrucción de la era del Toto Lorenzo, el film tiene a los ídolos recientes (Riquelme, Palermo y Tévez) como grandes protagonistas relegando incluso bastante a la figura de Maradona.

    4- Los testimonios son abundantes (desde Guillermo Barros Schelotto hasta Schiavi, pasando por Abbondanzieri, Arruabarrena, Márcico, Brindisi, Navarro Montoya y Tévez en el campo de juego de la Juventus, algo que hoy queda demasiado ridículo), pero faltan varios claves: Riquelme, Bianchi y el propio Maradona sólo aparecen en imágenes de archivo.

    5- Lo del 3D sólo puede ser tomado como una broma. No hay un sólo efecto estereoscópico que justifique calzarse los anteojitos y pagar un plus por la entrada.

    6- La calidad de imagen es bastante pobre incluso en las escenas actuales filmadas en la Bombonera. Se entiende que el material de archivo (la Argentina no suele cuidar demasiado su patrimonio) no sea abundante ni óptimo, pero con la tecnología actual era lógico esperar un mejor acabado.

    7- El único periodista que aparece en pantalla es Fernando Niembro, actual candidato a diputado nacional del PRO, y Mauricio Macri -más allá de haber sido presidente del club entre 1995 y 2008- es uno de los “héroes” de la película con muchos minutos en pantalla, más incluso que los que se les dedican a ídolos históricos de Boca. Siendo el único dirigente que habla y al que se le rinden honores es difícil no ver a esta película como parte de su campaña presidencial actual.

    8- El film es lanzado por una distribuidora top hollywoodense (UIP) y contó con apoyo financiero estatal (vía INCAA). No es mi intención meterme donde no me corresponde, pero ambas decisiones -viendo la pobreza del producto final- parecen bastante injustificadas. Una película -permítanme la pícara y provocadora humorada futbolera- sin pimienta.
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  • Los 33
    Los 33
    Otros Cines
    Rescate emotivo

    La historia de los mineros de Atacama es bastante más digna de lo que podía preverse, pero menos genuina (chilena) de lo deseable.

    La ya muy remanida figura del vaso medio lleno o medio vacío sirve, sin embargo, para analizar los pros y los contras de Los 33, una película que se ubica lejos de lo que desearíamos (una mirada 100% chilena concretada por talentos locales), pero -por suerte- también de lo que tanto temíamos (exotismo y pintoresquismo for export).

    Dirigida por una realizadora mexicana sin grandes antecedentes, hablada en inglés, rodada en parte en Colombia, producida en una buena proporción por capitales estadounidenses y protagonizada por un elenco multinacional, podía esperarse lo peor de Los 33. En ese sentido, hay que decir que resultó una película bastante digna. También es cierto que no tiene demasiado riesgo y que no difiere demasiado de lo que cualquier telefilm sobre el tema podría haber mostrado.

    En una de las primeras escenas vemos a Juliette Binoche vendiendo empanadas de pino y tememos lo peor ¿Por qué una notable actriz francesa se presta a una escena así? Luego veremos que ella es María Segovia, conocida como “la alcaldesa del campamento Esperanza” y una de las protagonistas “emocionales” del film junto con el brasileño Rodrigo Santoro, que interpreta al ministro de Minería Laurence Golborne.

    Mucho se ha hablado de que la película -coproducida por Carlos Eugenio Lavín, procesado por corrupción y fraude tributario por el caso Penta- es una “excusa” para el relanzamiento político del ex presidente Sebastián Piñera, pero en verdad su figura (encarnada en la ficción por Bob Gunton) no tiene demasiado vuelo. En todo caso, el gran beneficiario político podría ser Golborne, que sí es uno de los “héroes” del film.

    No tiene demasiado sentido volver sobre la historia de Los 33 mineros de Atacama porque la misma fue contada una y mil veces y su rescate, transmitido en vivo por todos los canales del planeta. El film reconstruye (muy bien) el derrumbe de la vieja mina de oro y cobre de San José en Copiapó en agosto del 2010 para luego concentrarse en la supervivencia en condiciones infrahumanas a más de 700 metros de profundidad y el “cinematográfico” rescate ocurrido 69 días después.

    Los que sostienen el relato son actores extranjeros. No sólo por los citados Santoro y Binoche sino también porque el líder “Súper Mario” Sepúlveda está a cargo de Antonio Banderas; Luis Urzúa, de Lou Diamond Phillips; y Alex Vega, de Mario Casas. Y el ingeniero André Sougarret -responsable de la parte técnica del rescate- está interpretado por el siempre noble Gabriel Byrne. Ninguno de ellos construye la actuación de sus vidas, pero -otra vez- la melange no es lo ridícula que podía esperarse. A esos papeles hay que sumarles los cameos de Mario “Don Francisco” Kreutzberger y Leonardo Farkas, entre otros.

    La dirección de Patricia Riggen (La misma luna, Girl in Progress), correcta más por lo que evita que por lo que hace, la cuidada fotografía del peruano Checco Varese (marido de la realizadora y DF de El aura) y hasta la música del fallecido James Horner (con toques latinoamericanistas que se mezclan con temas clásicos como Gracias a la vida) conforman un largometraje prolijo, simple y, a su manera, eficaz ¿Que la historia daba para mucho más? Es cierto, como también que Los 33 es un film efímero y superficial. Pero ante la catástrofe que se preanunciaba termina siendo incluso una pequeña sorpresa.
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  • La utilidad de un revistero
    En el transcurso del tiempo

    Un único plano de 116 minutos para el lucimiento de dos actrices (María Ucedo y Yanina Gruden) en este más que promisorio debut de Salgado.

    Algunos lo evaluarán como un film “programático”, como un “ejercicio de estilo” o como una experimentación narrativa y visual extrema, y puede que haya algo de eso, pero este debut de Salgado (formado en la FUC y con experiencia sobre todo como sonidista) tiene sus méritos que exceden el marco del tour-de-force para sus dos actrices (María Ucedo y Yanina Gruden), que sostienen un ¡único! plano de 116 minutos.

    La “excusa” para este trabajo sobre la “pureza” del tiempo real y la no manipulación del espectador es una entrevista de trabajo. En efecto, una escenógrafa y vestuarista de experiencia (Ucedo) recibe a una joven aspirante (Gruden) para que eventualmente la asista en una puesta del clásico Caperucita Roja. Pero ese pretexto sirve para que ambas (muy diferentes entre sí) comiencen unas largas y cada vez más desatadas charlas sobre cine, sexo y arte. Aún con sus limitaciones y exigencias, se trata de una propuesta más que interesante que ganó el premio a Mejor Película Argentina del 28º Festival de Mar del Plata.
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  • Ney, nosotros, ellos y yo
    Desde Israel, documental y diario íntimo

    Reconocido productor, Nicolás Avruj debuta en la dirección de largometrajes con un film que combina, con muchos más aciertos que carencias, elementos propios del documental de observación, el diario íntimo, la épica de viaje, las películas familiares, el cine político y el ensayo social.

    Todo comenzó en 2000, cuando Avruj -por entonces de 25 años- emprendió un viaje de varios meses por Israel sin rumbo fijo ni objetivos definidos. Con su pequeña cámara a cuestas comenzó a filmar primero en Tel Aviv, para luego trasladarse a Jerusalén y más tarde a las convulsionadas zonas de Gaza y Cisjordania. Lo que había comenzado en plan casi vacacional terminó siendo un registro propio de un corresponsal de guerra.

    Avruj -proveniente de una familia de larga tradición judía con militancia en diferentes organizaciones y de ideales progresistas- convivió con habitantes de asentamientos judíos y con palestinos que sobrevivían en condiciones miserables con la idea de buscar explicaciones y, de manera bastante ingenua, apostar a la reconciliación y la convivencia en medio del odio (y el fuego) cruzado.

    Ese material (tan urgente, potente y visceral como por momentos desprolijo) quedó durante más de una década en un limbo hasta que Avruj decidió retomarlo para escribir y editar esta película que cumple con el doble papel de ser tanto un relato en primera persona, íntimo y confesional, como una aproximación respetuosa y rigurosa a uno de los conflictos más antiguos y sangrientos de nuestra historia. Una propuesta valiosa tanto por la honestidad y nobleza de su realizador/protagonista como por la potencia desgarradora de sus imágenes.
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  • Con derecho a roce
    Un paso en falso en la autoparodia

    Tanto se han explorado (y explotado) las fórmulas de la comedia romántica que a esta altura a los guionistas de Hollywood sólo les queda dar una vuelta de tuerca más y jugar con (y reírse de) los clichés del género. Eso es lo que propone e intenta esta ópera prima de Justin Reardon coescrita por los también inexpertos Chris Shafer y Paul Vicknair. El problema es que el juego autoparódico e irónico no funciona nunca y, por lo tanto, Con derecho a roce resulta aún más ridícula y menos eficaz que el exponente más elemental de la comedia romántica que pueda imaginarse.

    Un film de estas características ya arranca mal cuando todos los personajes tienen nombre menos los dos protagonistas: Chris Evans y Michelle Monaghan. Él es un guionista al que su agente le encarga escribir de apuro una comedia romántica. El problema es que el galán -habituado al sexo fácil y los encuentros efímeros- nunca ha estado enamorado y no sabe ni por dónde empezar. Pero un día conoce a "Ella" en un evento benéfico y, claro, quedará fascinado por su belleza e ingenio. Pero la muchacha está a punto de casarse y en principio deciden ser sólo amigos. No tiene sentido continuar con la descripción porque el lector podrá completar por sí solo la sinopsis y no errará ninguno de los conflictos, uno más obvio y trillado que el otro.

    El film intenta ser algo más moderno e ingenioso mediante algunos inserts absurdos y el uso permanente de la voz en off del Capitán América, que funciona como contrapeso cínico, como pensamiento defensivo ante las desventuras y enredos que sufre el protagonista.

    Evans, puro entusiasmo y simpatía, es lo mejor (o menos peor) del film, mientras que una notable actriz como Monaghan sigue en caída libre con unos últimos proyectos (Lo mejor de mí, Pixeles y éste) que jamás están al servicio (ni a la altura) de sus múltiples matices.

    Hay escenas en un bar -a la Cuando Harry conoció a Sally-, hay un cuarteto de amigos de él (Topher Grace, Aubrey Plaza, Luke Wilson y Martin Starr) tan patéticos como supuestamente graciosos, pero ni esos ni otros elementos de sitcom ni la química romántica funcionan mínimamente en un film tan esquemático y estructurado, tan poco fluido y gracioso, que lleva a preguntarse qué pudo haber pasado en el seno de una industria tan capacitada y profesional a la hora de concebir este tipo de productos como la de Hollywood.
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  • Mis sesiones de lucha
    Cuerpo a cuerpo

    Se estrena esta reciente película de Doillon, aunque en verdad resultan más valiosos los otros tres films que la Lugones exhibe como complemento.

    Jacques Doillon es un muy interesante director francés (allí está, por ejemplo, la notable El primero que llegue, que la Sala Lugones también exhibirá en próximos días), pero Mis sesiones de lucha me pareció un ejercicio bastante torpe de psicologismo no exento de regodeo en un sadismo lindante con la crueldad.

    Con sólo cuatro personajes en pantalla, esta sucesión de tensas discusiones de a dos, se parece demasiado a un ejercicio de teatro filmado, por más que la cámara en mano y la cercanía del lente con los rostros de los actores intente darle algo más de dinamismo y crudeza al relato.

    Ella (Sara Forestier) regresa a un pueblo rural para asistir al funeral de su padre, con quien nunca se ha llevado bien. En principio no quiere nada como herencia (sólo amaga con reclamar un piano que ella supo tocar), pero allí están su mejor amiga (Mahault Mollaret) y su hermana (Louise Szpindel) como receptáculos de sus rencores, traumas y venenos acumulados en el tiempo.

    Sin embargo, el eje de los conflictos son los sucesivos encuentros -dominados por recriminaciones, manipulaciones, seducciones, diálogos cínicos y arranques de furia- entre ella, una joven decididamente inestable, y él (James Thiérrée), un vecino algo más veterano y en apariencia menos violento. La intensidad de esos encuentros, que devendrán en las sesiones de lucha a las que alude el título, aumentan, pero no así el interés que despiertan en el espectador. Una propuesta extrema, sí, pero para mi gusto bastante irritante y fallida.
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  • 20.000 días en la tierra
    Notable película para un artista notable

    El multifacético Nick Cave (compositor, cantante, pianista, escritor, guionista de cine) participó de manera muy generosa de un proyecto que trasciende por completo de los lugares comunes de tanto rockumental vanidoso y promocional que abunda en estos tiempos.

    Cave abrió las puertas de su casa, de su estudio y de su archivo personal, escribió los bellos textos que él mimo lee en off y actúa (hay mucho de ficción en la propuesta) frente a la cámara. En los conmovedores, fascinantes y divertidos 95 minutos, conoceremos la intimidad, el pensamiento, su proceso creativo (sigue tipiando en su vieja máquina de escribir o escribe y dibuja en cuadernos) y lo escucharemos grabando con su grupo Bad Seeds o encantando a su público sobre el escenario.

    El ex líder The Birthday Party cuenta anécdotas imperdibles (como cuando conoció a la avasallante Nina Simone o cuando su padre le leyó a viva voz un capítulo de Lolita), comenta fotos de toda su vida, se lo ve comiendo pizza y viendo películas de acción con sus dos hijos, maneja un auto mientras charla con amigos como el actor Ray Winstone, su ex colaborador Blixa Bargeld y la diva pop (también australiana) Kylie Minogue, o va a cenar pescado a la casa de su socio artístico y gran amigo Warren Ealis.

    La puesta en escena pletórica de ideas narrativas y de riesgo estético, la virtuosa edición, el uso (no abuso) de los excelentes materiales de archivo y de la música (se incluyen grabaciones en estudio de temas completos) resultan complementos perfectos para acceder en profundidad a las múltiples facetas de un artista tan inteligente como esencial de la música de las últimas cuatro décadas.

    Así, en las antípodas del mero ejercicio nostálgico o de la auto celebración, se trata de un retrato que los seguidores de Cave sabrán disfrutar (y que los demás podrán descubrir).
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  • La piel de Venus
    La piel de Venus
    Otros Cines
    Cine como en el teatro

    El director de El cuchillo bajo el agua, El bebé de Rosemary y El pianista trabajó con Mathieu Amalric y Emmanuelle Seigner para la adaptación de otra popular obra al cine.

    Luego de su versión de Un dios salvaje, de Yasmina Reza, Roman Polanski adaptó en La piel de Venus otra obra teatral. En este caso, trabajó sobre una de David Ives que a su vez estaba inspirada en la novela de Leopold von Sacher-Masoch de fines del siglo XIX. Su esposa Emmanuelle Seigner y Mathieu Amalric son los dos únicos protagonistas de este film que transcurre íntegramente (salvo la escena de apertura) dentro de una sala de teatro. En un día de tormenta que deja a las calles de París casi vacías, Vanda (Seigner) llega empapada y muy tarde a las audiciones de casting que Thomas (Amalric), responsable de la puesta y de la adaptación de la obra, ya terminó de realizar. Vanda parece una mujer torpe, elemental, con un vocabulario y un look vulgares, y Thomas la recibe con bastante malhumor y desprecio, como si quisiera “sacársela de encima”. Pero ella insiste y logra convencerlo de que lea la obra con ella. Poco a poco, irá demostrándole que no sólo es la intérprete indicada para el papel sino que es una mujer mucho más preparada de lo que parecía.

    El film arranca con mucho humor y ligereza, pero con el correr del relato el tono se vuelve cada vez más oscuro, ya que los lugares de poder en esa relación director-actriz se van invirtiendo hasta llegar a un desenlace bastante perturbador. Hay tantos cambios que en vez de dos personajes parecen cuatro (auténtica inversión de roles) y ese parece ser uno de los principales desafíos y búsquedas del relato.

    La piel de Venus es un tour-de-force para los dos intérpretes (impecables) y para un Polanski que es lo suficientemente inteligente como para mover la cámara y quebrar así un poco el estatismo y esa densidad casi inevitable del teatro filmado. Así, más allá de sus limitaciones, la película fluye y convence. Es teatro, sí, pero también es cine.
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  • El clan
    El clan
    Otros Cines
    Encuentro con el Diablo

    El director de Mundo grúa, El bonaerense, Leonera, Carancho y Elefante Blanco ratifica su categoría narrativa con esta reconstrucción de la fascinante, sórdida y trágica historia de los Puccio, queribles vecinos de San Isidro que en verdad llevaban una doble vida secuestrando a integrantes de familias adineradas entre fines de la dictadura militar y los primeros años de la democracia. El eje del film es la relación padre-hijo entre Arquímedes (Guillermo Francella) y Alejandro (Peter Lanzani); y, si bien no todas las múltiples capas del relato funcionan con la misma intensidad y fluidez, el resultado final es bastante convincente y con todos los atributos como para convertirse en el éxito comercial del año para el cine argentino.

    Que Pablo Trapero es un sólido e intenso narrador no es algo que vaya a descubrirse recién ahora y El clan no hace otra cosa que ratificar esa virtud. Con el correr de su carrera, las películas de este referente insoslayable del Nuevo Cine Argentino de los años ’90 han crecido en dimensiones de producción, en ambiciones artísticas, en popularidad de sus protagonistas y en resultados comerciales hasta convertirse hoy en unos de los directores más consolidados de la industria. Sí, el creador de la influyente Mundo grúa es hoy el establishment, pero un establishment mucho más interesante que el de hace dos décadas.

    Ya no está Ricardo Darín como en Carancho o Elefante Blanco, pero Trapero recurrió a otra de las pocas estrellas del cine argentino como Guillermo Francella para que interpretara a Arquímedes Puccio, patriarca del tristemente célebre clan del título, responsable de varios secuestros seguidos de muerte (la banda asesinaba a sangre fría a sus víctimas luego de cobrar los rescates), y a una figura televisiva de enorme llegada entre los adolescentes como Peter Lanzani para que encarnara a Alejandro, uno de los cinco hijos, famoso también por integrar el equipo del CASI mientras participaba de las actividades delictivas familiares.

    Lo bueno de El clan es que se puede disfrutar conociendo o no en detalle la historia de los Puccio, esos vecinos “ejemplares” de San Isidro que en su propia casa mantenía ocultos a sus secuestrados. En ese sentido, el plano secuencia incluido también en el trailer del film, que arranca mostrando la aparentemente banal dinámica familiar para terminar en el horror de la privación de la libertad, sirve como resumen, como ejemplo perfecto de la doble vida, de la esquizofrenia de estos personajes.

    Si bien Trapero hizo un recorte de la profusa actividad delictiva de los Puccio (se concentra en los casos de Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet, Emilio Naum y el fallido secuestro final de Nélida Bollini de Prado), propone una compleja estructura que va y viene en el tiempo entre fines de la dictadura militar y la primavera alfonsinista, un entramado de hechos políticos (que incluye un uso no del todo convincente de materiales de archivo de varios discursos) y viñetas que permiten esbozar un panorama sobre las bandas (ahí aparece un par de veces la figura de Aníbal Gordon) que operaban con la cobertura (y algo más) de las propias fuerza de seguridad en épocas de violencia e impunidad.

    Estas múltiples capas del relato no siempre funcionan con la misma fluidez, precisión, rigor y profundidad, pero al menos le dan a la película una dimensión que va más allá del simple policial. Si bien los 110 minutos del film tienen una apuesta coral (además de los padres había cinco hijos), Trapero concentra buena parte de la narración en la relación padre-hijo, adoptando en varios momentos el punto de vista de Alejandro, el único con que el espectador puede identificarse al menos parcialmente (era un deportista consagrado, estaba de novio, tenía emprendimientos comerciales como una casa de artículos náuticos). El resto, es puro infierno sociopolítico, familiar e individual de un(os) psicópata(s).

    La película tiene un innegable profesionalismo en todos los rubros, una impecable reconstrucción de época (en términos visuales Trapero y su DF Julián Apezteguía apelan a lentes anamórficos y a una paleta de colores que dan un look “nostálgico”), pero no siempre crece y, por momentos, parece una mera acumulación de eventos e incluso con algunos problemas de estructura. Recién sobre la segunda mitad (y sobre todo cerca del final) El clan alcanza un espesor y una tensión que se extraña en varios pasajes.

    Otra decisión artística llamativa por parte de Trapero tiene que ver con la abundante selección musical que le sirve de base para varios clips (incluso como fondo de diversos golpes de la banda): Sunny Afternoon, de los Kinks; I’m Just a Gigolo, de David Lee Roth; Wadu-Wadu, de Virus; y la aquí explícita Encuentro con el Diablo, de Serú Girán, entre otras.

    Más allá de sus múltiples logros y algunas carencias, El clan le devuelve al cine argentino la posibilidad de acercarse a su trágica historia de una manera potente, inteligente y, a su manera, entretenida. La producción de Hollywood nos ha bombardeado (para bien o para mal) con la reconstrucción de casos reales. Trapero reinventa la trágica, fascinante y sórdida existencia de los Puccio con interesantes recursos cinematográficos. Bienvenido sea.
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  • Los 4 fantásticos
    Cuatro no tan fantásticos

    Tal como ya ocurrió con El Hombre Araña, Batman, Superman y tantas otras franquicias, Fox también apeló con Los cuatro fantásticos al "borrón y cuenta nueva" con la idea de reiniciar con un elenco más joven una de las tantas sagas basadas en personajes surgidos de las historietas de Marvel. El resultado, esta vez, es a todas luces decepcionante.

    Josh Trank, que venía de realizar la exitosa Poder sin límites, fue contratado como coguionista y director de este reciclaje, pero aquí no alcanza jamás el nivel de provocación, desparpajo, creatividad y humor negro de su ópera prima. Más allá de algunas secuencias de acción y del despliegue de efectos visuales, esta nueva versión de Los cuatro fantásticos no trasciende casi nunca una sumisión absoluta a las fórmulas más elementales, una narración que no crece y se despliega casi por inercia, y una medianía que -en el terreno de los superhéroes- resulta no sólo preocupante, sino alarmante.

    El prólogo narra la historia de dos niños unidos en 2007 por la curiosidad, las ganas de probar sus invenciones (nada menos que una máquina para teletransportarse), pero también por la burla de sus profesores, de sus compañeros y de sus familias disfuncionales. Siete años más tarde, en medio de una feria de ciencias de la secundaria, Reed Richards (Miles Teller) y Ben Grimm (Jamie Bell) son descubiertos por el Dr. Franklin Storm (Reg E. Cathey) y convocados para que trabajen en el prestigioso Instituto Baxter. Allí, claro, conocerán a Sue Storm (Kate Mara), a Johnny Storm (Michael B. Jordan) y al futuro malvado Victor von Doom (Toby Kebbell). Las accidentadas misiones que emprenden los protagonistas en sus viajes a otras dimensiones los transformarán en los personajes que muchos fans de los cómics y las películas ya conocen. La descripción de los orígenes de las cuatro criaturas es apenas discreta. La segunda parte, cuando debe desarrollar un film de superhéroes con todas las letras, ni siquiera llega a eso.
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  • La princesa de Francia
    Que viva el Bardo...

    Con múltiples innovaciones respecto de sus films previos también basados en las comedias shakespearianas (un protagonista masculino, la presencia de la radio, múltiples puntos de vista y una menor dependencia del texto que le permite conseguir un mayor lucimiento visual), Piñeiro construye una pequeña gran película (premiada en el último BAFICI), que continúa las interesantes búsquedas de Rosalinda y Viola, y lo consolida como uno de los cineastas más brillantes e inteligentes del panorama argentino contemporáneo.

    En su tercera entrega inspirada en las comedias de Shakespeare después de Rosalinda y Viola, Piñeiro construye la más grande de sus pequeñas películas, la más ambiciosa de sus siempre accesibles y disfrutables apuestas.

    Coral ("caleidoscópica", según el término que prefiere su joven director), La princesa de Francia tiene nada menos que seis diferentes puntos de vista: el del director de la troupe y los de sus cinco actrices/amantes. Apelando más que nunca al movimiento de cámara, incluso a planos generales, la narración fluye con una elegancia, una gracia y un poder de seducción que escasos directores (y muy pocos a los 32 años) suelen conseguir.

    Por primera vez, en el centro de la escena hay un personaje masculino (que supo interpretar a la Princesa de Francia del título), aunque orbitado, observado, tentado y en muchos casos manipulado por las mujeres. Y la presencia de la radio es otro de los aspectos que distinguen a esta nueva propuesta.

    En efecto, el film tiene como punto de partida los enredos amorosos y laborales de Víctor (Julián Larquier Tellarini), un director teatral que regresa a Buenos Aires luego de la muerte de su padre y tras un año en México, con el objetivo de realizar con su vieja compañía una serie de radioteatros. El piloto del proyecto será a partir de la última obra que la compañía ha realizado, Trabajos de amor perdidos.

    En la Argentina lo esperan cinco actrices con quienes ha tenido, tiene o pretende tener también algún tipo de vínculo sentimental. Allí están su novia, Paula (Agustina Muñoz), que desde hace doce meses intenta serle fiel; su amante, Ana (María Villar), que duda de la verdad de su amor; su ex, Natalia (Romina Paula), que piensa que sigue siendo la preferida; su amiga, Lorena (Laura Paredes), que sueña con quererlo un poco de más; y Carla (Elisa Carricajo), un vago recuerdo que después de todo puede llegar a ser su próximo amor.

    Piñeiro es uno de los directores más brillantes, inteligentes, formados y creativos de la segunda (o tercera) camada del Nuevo Cine Argentino. Su pasión cinéfila es sólo una de las múltiples aristas que aparecen en sus películas, donde lo culto y lo popular, la sofisticación formal y los conflictos terrenales, conviven con absoluta armonía y belleza.

    El film arranca con un largo y extraordinario plano-secuencia general con un partido de fútbol 5 mixto filmado desde lo alto de un departamento. Luego, Piñeiro se permitirá no sólo citar -claro- a su admirado Shakespeare o utilizar sinfonías de Schumann como fondo musical sino también sustentar buena parte de la estética y de la estructura narrativa de su película en un cuadro: Ninfas y sátiro, del francés William Adolphe Bouguereau. Así, no extraña que parte del relato transcurra dentro del Museo Nacional de Bellas Artes en Buenos Aires con un par de pinturas de Bouguereau de fondo.

    Con mayor apuesta al riesgo, con mucha información y movimiento dentro de cada plano (invalorable, otra vez, el aporte del DF Fernando Lockett para semejantes "coreografías"), con menor dependencia del texto y con su habitual capacidad para la experimentación, Piñeiro consigue una película que por un lado se opone y por otro complementa a Viola. Es una variación, una versión revisitada, corregida, ampliada y recargada de su obra anterior y un nuevo paso adelante hacia la construcción de una filmografía tan subyugante como decididamente singular.
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  • Mia madre
    Mia madre
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    Historia de amor, de locura y de muerte

    El notable actor y director de Aprile, Caro diario y La habitación del hijo cede esta vez el protagonismo a Margherita Buy en el papel de una directora (alter-ego del propio Moretti en versión femenina) que, en pleno rodaje de un largometraje, sufre la degradación y posterior muerte de su madre, algo similar a lo que le ocurrió al realizador mientras filmaba Habemus Papa. Un emotivo, cuidado y preciso retrato sobre la locura del cine y la resignificación de la vida con John Turturro como comic relief en medio del intenso drama familiar.

    Cuando estaba en plena realización de Habemus Papa a Nanni Moretti se le murió su madre. La sensación de estar dirigiendo una producción multimillonaria y de ser el máximo responsable de un inmenso equipo de filmación mientras sufría la pérdida de uno de sus seres queridos no pudo ser más contradictoria, dolorosa y absurda.

    A partir de esa experiencia, el creador de Aprile y Caro diario concibió Mia madre, película en la que le cede el protagonismo a Margherita Buy (tercera colaboración con ella), quien interpreta a una directora que comanda el rodaje de una película sobre la toma de una fábrica que está a punto de ser vendida a un empresario estadounidense (John Turturro), mientras su mamá se degrada física y mentalmente en un hospital. Moretti, de todas maneras, se reservó un papel clave como el hermano pragmático de Margherita (el personaje se llama igual que la talentosa actriz); es decir, con características opuestas a las que suele encarnar.

    Más allá del fuerte sesgo melodramático, Mia madre tiene unas cuantas logradas escenas humorísticas (sobre todo a cargo de Turturro, como un patético, egocéntrico y fabulador actor) y unos cuantos momentos de cine dentro del cine en el que se expone la locura (tanto en términos humanos como de producción) propia de todo rodaje.

    “En esta película me río de mi propia neurosis como director”, confesó el maestro italiano. En ese sentido, hay en Mia madre un parlamento a cargo del siempre exaltado personaje de Turturro que resume ese sentimiento: “Quiero salir de aquí, quiero volver a la realidad”.

    Entre las audacias y logros múltiples de Mia madre están el hecho de adoptar un punto de vista claramente femenino (el eje son tres generaciones de mujeres: la abuela, la madre y la hija) y el de trabajar diferentes diferentes planos (la realidad, la ficción, lo onírico, los recuerdos) que se entrecruzan de manera constante.

    Película intensa y por momentos desgarradora –es la más parecida a La habitación del hijo, que le valió en 2001 la Palma de Oro en el Festival de Cannes–, Mia madre muestra a un Moretti más maduro, sereno, simple y contundente en su exploración sobre las implicancias de la muerte y la resignificación del valor de la vida. Algunos fans de la primera etapa de su carrera extrañarán cierto desprejuicio, esa apuesta por el delirio, el absurdo y la provocación que lo hicieron famoso, pero los cineastas cambian –por suerte– y Nanni sigue buscando nuevos rumbos en su filmografía.
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  • Misión Imposible 5: Nación Secreta
    Intensa, creativa y disfrutable

    Mientras otras sagas se repiten y decaen (Terminator, Transformers y siguen las firmas), la de Misión: imposible, que ya está a punto de cumplir dos décadas de existencia, mantiene todo su esplendor. Mérito en especial de su protagonista y productor, Tom Cruise, que ha sabido elegir muy bien a los sucesivos directores: Brian De Palma, John Woo, J.J. Abrams, Brad Bird y ahora Christopher McQuarrie, también guionista de esta notable quinta entrega.

    Tras filmar Jack Reacher y escribir Al filo del mañana, McQuarrie vuelve a trabajar para Cruise en una película consagratoria. Se sabe que tanto esta franquicia como la de Jason Bourne le deben bastante a la de James Bond, pero esta suerte de montaña rusa cinematográfica que se desarrolla en medio planeta (de Minsk a París, pasando por Casablanca, Londres, Viena, Washington DC y La Habana) alcanza una intensidad, una precisión, una creatividad y un sentido del humor poco frecuentes en el cine a gran escala contemporáneo.

    El guión de McQuarrie trabaja sobre dos líneas argumentales que funcionan a la perfección: un enfrentamiento interno entre la CIA que maneja Alan Hunley (Alec Baldwin) y la FMI que lidera William Brandt (Jeremy Renner), y la lucha que emprende desde las penumbras Ethan Hunt (un impecable Cruise, a sus 53 años) contra una poderosa organización secreta, multinacional y ligada al terrorismo denominada el Sindicato, que encabeza el villano Solomon Lane (Sean Harris).

    Hunt -perseguido hasta por el gobierno estadounidense- contará, claro, con la ayuda de sus habituales y leales compañeros (Renner, Simon Pegg, Ving Rhames) y, de a ratos, de Ilsa Faust (Rebecca Ferguson), una doble agente británica que aprovecha muy bien cada uno de sus minutos en pantalla.

    Más allá de los vericuetos de la trama, esta quinta entrega de Misión: imposible regala también varias secuencias de acción de primera línea: El arranque en un avión en vuelo; un intento de asesinato en plena representación de Turandot, en la Ópera de Viena, que remite a El hombre que sabía demasiado (Alfred Hitchcock es, claramente, la mayor influencia de la película); una incursión subacuática; una persecución de motos.

    Hay más, mucho más en los 131 minutos de Misión: imposible -Nación secreta, un festival (un festín) para los amantes del mejor cine de género. Puro disfrute.
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  • Juego limpio
    Juego limpio
    Otros Cines
    Vigilar y castigar

    Una mirada despiadada y sin concesiones a la Checoslovaquia comunista de 1983 y, más precisamente, a las presiones políticas y a las miserias en el deporte de alto rendimiento.

    Anna (Judit Bárdos) es una joven corredora en la Checoslovaquia comunista de 1983. Su entrenador le ve condiciones para integrar el equipo preolímpico (se avecinan los JJ.OO. de Los Angeles ’84) y le ofrecen participar de un programa estatal para deportistas de alto rendimiento que incluye un tratamiento con esteroides anabolizantes.

    Las cosas no serán nada sencillas para nuestra rebelde antiheroína. Los efectos secundarios no tardarán en aparecer (las hormonas masculinas hacen estragos) y las presiones irán in crescendo, sobre todo porque su padre ha emigrado a Austria y su madre (Anna Geislerova), una ex tenista, está vinculada con un disidente.

    Fair Play resulta un interesante acercamiento casi de índole documentalista a las miserias del deporte de élite (los checos estaban obsesionados con competir no sólo con las potencias occidentales sino sobre todo con los rusos y los alemanes del este), pero se convierte en un drama bastante convencional y previsible cuando ofrece una mirada algo demagógica y manipuladora del sistema de vigilancia, persecución y delación instaurado por los regímenes comunistas. Como La vida de los otros, pero con menos vuelo (además hay una veta romántica con un joven músico que tampoco agrega demasiado)

    Ensayo sobre el control, el sacrificio, la mentira y la culpa, Fair Play está rodado con bastante sobriedad por la checa Andrea Sedlácková y sostenido por un sólido elenco. El resultado, aunque no del todo convincente, es valioso porque nos acerca a un universo y a un tiempo que es interesante conocer y, sobre todo, no olvidar.
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  • Vacaciones
    Vacaciones
    Otros Cines
    Sin destino de clásico

    Más de tres décadas después de la película homónima escrita por John Hughes y dirigida por Harold Ramis con Chevy Chase y Beverly D'Angelo que marcó a varias generaciones, llega esta comedia que recicla la historia de una familia tipo como el clan Griswold (matrimonio previsible con hijos patéticos) que intenta salir de su rutina con un largo viaje que recorre distintas regiones del territorio estadounidense. Más allá de algunos gags extremos que funcionan en plan guarro y escatológico, es una comedia negra con demasiados enredos que no escapan de la fórmula.

    En 1983 Harold Ramis dirigió un guión de John Hughes (basado en un cuento propio publicado originalmente en la revista humorística National Lampoon) con Chevy Chase y Beverly D'Angelo como protagonistas. Vacaciones se convirtió en un sorprendente éxito comercial, sirvió de base para una saga de siete largometrajes y marcó a varias generaciones.

    Como suele ocurrir en los últimos tiempos, Warner desempolvó aquel concepto para construir un reboot escrito y dirigido por Jonathan Goldstein y John Francis Daley, debutantes en la realización pero con el aval previo de haber concebido el guión de otra comedia negra/guarra/escatológica como Quiero matar a mi jefe.

    La idea de una familia tipo (patético exponente del medio pelo estadounidense) sufriendo todo tipo de desventuras y enredos en medio de un viaje turístico por el país no es precisamente revolucionaria, pero había un poco de curiosidad por apreciar cómo reciclaron aquel esquema de Ramis-Hughes con Ed Helms y Christina Applegate como nuevos protagonistas (un matrimonio de muchos años que intenta sin suerte romper con la rutina) y dos hijos decididamente patéticos (Skyler Gisondo y Steele Stebbins).

    Las comparaciones, se sabe, son odiosas y muchas veces frustrantes porque el resultado es bastante menos convincente que el de aquel clásico. Lo que no quiere decir que esta Vacaciones modelo 2015 sea enteramente frustrante o despreciable. Hay, sí, un puñado de gags que funcionan y hacen reir (y no sólo en plan de placer culposo), pero en la catarata de bromas, en esa montaña rusa de bromas hay demasiado material previsible y torpe.

    En la línea de, por ejemplo, la reciente ¿Quién *&$%! son los Miller? este film de Goldstein y Daley nos regala algunas situaciones extremas con algo de audacia, pero en el viaje de 4.100 kilómetros entre el hogar de Chicago y el objetivo final en un parque de diversiones (con paradas intermedias en zonas de aguas termales o de rafting) hay muchas escenas a pura fórmula concretadas con el manual más básico. Hay, sí, un par de apariciones: las de Chris Hemsworth jugando con los clichés del galán con cuerpo de Adonis junto a una desaprovechada Leslie Mann y, sobre el final, las de los mencionados Chase y D’Angelo en plan homenaje. Demasiado poco para convertir a la familia Griswold en dignos herederos de Los Picapiedra o los Simpson. Esta vez, sin destino de clásico.
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  • El tiempo encontrado
    Bello y respetuoso

    El tema de la inmigración parece obsesionar a Eva Poncet y Marcelo Burd. Una década después de ese muy buen documental que fue Habitación disponible, codirigido por ellos y Diego Gachassin, profundizan en El tiempo encontrado la mirada sobre una de las comunidades anteriormente retratadas: la boliviana.

    Documental de observación bello y respetuoso, El tiempo encontrado retrata la cotidianeidad laboral e íntima de tres personajes: Darío Rejas (un quintero), Berta Choque (que se dedica a la costura y el tejido) y Edwin Mamani (trabajador en una fábrica de ladrillos).

    Es cierto que se trata de un recorte (la película informa que hay más de 200.000 bolivianos radicados en el Gran Buenos Aires, muchos de ellos afincados en la zona de Florencia Varela), pero esas tres historias de vida -abordadas con rigor, paciencia y sensibilidad-permiten conocer los sueños y frustraciones, la búsqueda (y pérdida) de identidad, las contradicciones de estos inmigrantes que se debaten entre integrarse a la sociedad argentina y mantener las costumbres e idiosincrasia de origen.
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  • Pixeles
    Pixeles
    La Nación
    Retro ingenioso y muy amable

    En 2010, el francés Patrick Jean hizo un cortometraje de poco más de dos minutos sobre un bombardeo de? ¡píxeles! contra la ciudad de Nueva York a cargo de gigantescos personajes surgidos de las viejas máquinas de videojuegos como Donkey Kong o Pac-Man. Un ingenioso concepto y una buena concreción técnica que no tardó en seducir a productores de Hollywood.

    Cinco años más tarde llega Píxeles, película concebida al servicio de Adam Sandler con -claro- un mayor despliegue de recursos y efectos visuales que aquel corto original y la idea de combinar entretenimiento familiar y nostalgia para los "niños grandes" que hace tres décadas disfrutaban del universo arcade. En esencia, Píxeles es una comedia que juega con el anacronismo y la melancolía (como lo hizo hace poco el film animado de Disney Ralph, el demoledor) y una propuesta a-lo-Cazafantasmas con elementos propios del universo de Sandler, sobre todo el punto de vista de adultos inmaduros que se resisten a crecer.

    Intentar describir la trama es una tarea ardua no sólo por sus múltiples vericuetos, sino también por lo absurdo y hasta ridículo de la propuesta. Los protagonistas son diversos (aunque terminarán juntos peleando contra los invasores extraterrestres para salvar al mundo del apocalipsis): Sam Brenner (Sandler), un eximio jugador de arcade durante su infancia que no ha tenido demasiada suerte en la vida (se dedica a instalar equipo de audio y TV); Violet van Patten (Michelle Monaghan), una teniente coronel del ejército engañada por su marido; Cooper (Kevin James), el patético presidente estadounidense; Eddie (Peter Dinklage, de Game of Thrones), un enano tramposo y engreído, y Ludlow (Josh Gad), el típico gordito nerd de la comedia norteamericana.

    El director Chris Columbus (Mi pobre angelito y un par de entregas de la saga de Harry Potter) maneja las múltiples aristas del proyecto (aun con sus acumulaciones y derivaciones innecesarias) razonablemente bien y regala un abanico de referencias, homenajes y cameos a los amantes de los videojuegos clásicos y de la cultura popular de los años 80. A la presencia del Pac-Man y Donkey Kong se suman Space Invaders, Galaga, Centipede, Defender, Dojo Quest y Tetris, guiños al universo de Atari y Nintendo, música de Queen, apariciones del dúo Hall & Oates, imágenes de la serie La isla de la fantasía, reverencias a sex symbols como Olivia Newton-John y Sheena Easton y un larguísimo etcétera.

    No es la primera vez que Hollywood apela a la idea de trasladar un videojuego (y que la película sea, en esencia, como un videogame) al cine, pero Píxeles lo hace con bastante ingenio y, sobre todo, con mucho cariño. Esta vez la fórmula funciona.
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  • La lluvia es también no verte
    El país que no miramos

    Aunque limitada en su factura, esta película propone una contundente exploración sobre las secuelas íntimas y sociales que sigue dejando -tras más de una década- el caso Cromañón.
    La lluvia es también no verte (Argentina/2015). Guión y dirección: Mayra Bottero. Fotografía: Fernando Lorenzale. Edición: Valeria Racioppi. Sonido: Manuel de Andrés. Duración: 93 minutos. Apta para todo público. Salas: Centro Cultural Konex y Espacio INCAA - Artecinema de Constitución. A partir del 30/7 en el Espacio INCAA KM 0 – Gaumont.

    Este documental de la debutante Mayra Bottero intenta desentrañar, a diez años de la tragedia de Cromañón, algunas cuestiones que escaparon a la cobertura periodística. Quienes deseen encontrar detalles desconocidos deberán saber que no estamos ante una investigación con revelaciones inesperadas. La lluvia es también no verte tiene, sobre todo, dos ejes: acercar el pensamiento y las sensaciones de aquellos que sobrevivieron al incendio (y de los familiares de las víctimas); y exponer las deficiencias desde el ámbito público o directamente la corrupción estatal que permitieron que una catástrofe de estas dimensiones (194 muertos) ocurriera.

    Es en su aspecto íntimo, visceral, desgarrador, que La lluvia es también no verte encuentra su razón de ser, su principal hallazgo. La reconstrucción del hecho y de las sucesivas instancias judiciales es apenas correcto, las incursiones de la propia Bottero con un off demasiado escrito (“literario”) quitan más de lo que aportan, pero el film alcanza una bienvenida potencia cuando deja que sean los protagonistas de los hechos quienes expongan todos su dolor, su bronca, su frustración y sus deseos.

    Bottero y varios de los que prestan sus testimonios van más allá de Cromañón para ampliar la responsabilidad del Estado a otros hechos, como los choques de trenes, los accidentes aéreos o las consecuencias de las inundaciones. Es una tesis interesante, valiosa y atinada, que quizás merecía una mayor profundización. La lluvia es también no verte no es formalmente un documental demasiado logrado (es incluso bastante limitado), pero tiene la valentía y el rigor de darle voz e imagen a aquellos que la sociedad prefiere esconder. El país que no miramos...
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  • Michael Kohlhaas
    Contra los abusos de poder

    Estrenada hace dos años en la competencia oficial del Festival de Cannes y ganadora de dos premios César, Michael Kohlhaas es una transposición de la célebre novela corta publicada en 1810 por el autor alemán Heinrich von Kleist, a cargo del guionista y director francés Arnaud des Pallières (Adieu, Parc). La obra literaria, a su vez, estaba basada en la historia real de Hans Kohlhase, un criador de caballos que en 1532 emprendió un raid sangriento para vengarse de los abusos de un poderoso barón sajón.

    Des Pallières eligió como héroe del film al talentoso actor danés Mads Mikkelsen (visto, por ejemplo, en La cacería), un carismático hombre de familia que se siente ultrajado por una injusticia (le confiscan dos de sus caballos preferidos como peaje por pasar por unas tierras) y, ante la indiferencia generalizada, opta por abandonar su tranquila y holgada existencia, reclutar un ejército y desquitarse de los poderosos.

    Película dura y bella a su manera (las panorámicas de las Cevennes son imponentes), melancólica y con un tono entre ascético y austero pese a sus arranques de violencia, Michael Kohlhaas remite por momentos al Clint Eastwood de Los imperdonables. Un ensayo sobre un hombre íntegro e indignado dispuesto a cualquier cosa con tal de defender sus derechos y sostener sus principios.

    La propuesta combina el espíritu de las historias de capa y espada (aunque aquí hay muchas ballestas) con una estructura y una estética más propia del western sobre el honor y la justicia a-lo-John Ford.

    A Des Pallières parece no interesarle demasiado las escenas de acción y de masas espectaculares, sino concentrarse en el derrotero físico y emocional -que se torna un poco moroso- de un hombre próspero que es capaz de llegar hasta las últimas consecuencias y sacrificarlo todo por mantenerse fiel a sus convicciones.

    La decisión de filmar en francés con un protagonista danés también le quita un poco de fluidez y credibilidad a esta tragedia de índole moral, que, de todas maneras, resulta muy valiosa. Un estreno exclusivo en la Sala Leopoldo Lugones que merece ser visto.
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  • Ant-Man: El hombre hormiga
    Cuando menos es más

    Ant-Man es exactamente la película del universo Marvel que estábamos necesitando ¿Se trata de un film notable? Para nada, pero entre tanta producción grandilocuente, ambiciosa, ruidosa y a esta altura un poco agotadora, esta propuesta de Peyton Reed resulta un bienvenido remanso; una obra pequeña, sí, pero al mismo tiempo tan eficaz como disfrutable.

    La elección de Reed para un largometraje de Marvel parecía en principio un despropósito, ya que venía de rodar títulos como Abajo el amor, Viviendo con mi ex, ¡Sí señor! y varias incursiones en la TV, pero como Ant-Man es esencialmente una comedia antes que un film de acción la decisión fue más que acertada.

    El guión coescrito a ocho manos entre Edgar Wright (iba a ser el director originalmente), Joe Cornish, Adam McKay y el también protagonista Paul Rudd apuesta sobre todo al humor absurdo, a un tono leve que, por suerte, evita por completo la solemnidad de los parlamentos y las intrincadas y acumulatorias vueltas de tuerca de tantos films de Marvel. En ese sentido, está más cerca de Guardianes de la Galaxia que de, digamos, la saga de Thor.

    Ant-Man narra la historia de un querible perdedor llamado Scott Lang, (quién mejor para ese papel que Paul Rudd), un ladrón sin suerte que sale tras tres años en la prisión de San Quentin. Sin familia -su ex esposa (Judy Greer) está en pareja con un policía (Bobby Cannavale) y casi no ve a su pequeña hija- y sin trabajo (hasta lo echan de una cadena de comida rápida), no tiene más remedio que reincidir en el delito de la mano de su único amigo Luis (un hilarante Michael Peña) y su patéticos secuaces.

    Claro que también aparecen el típico científico de los films de Marvel (el doctor Hank Pym que interpreta Michael Douglas), su bella hija Hope (una no del todo aprovechada Evangeline Lilly) y el villano de turno, Darren Cross (Corey Stoll), ambicioso y despiadado discípulo de Pym.

    La parte “seria” es la menos interesante de Ant-Man, que fluye y entretiene cuando apuesta por el gag inocentón, cuando acompaña a los losers, cuando hace un uso divertido de las CGI que remite a El increíble hombre menguante (1957), de Jack Arnold, con un héroe diminuto en tierra de “gigantes”.

    Sí, hay cameo de Stan Lee, escena en el medio de los créditos finales, referencias a la organización S.H.I.E.L.D. y a otros cómics/películas de Marvel, pero en esencia Ant-Man es una comedia leve y muy simpática. Esta vez, menos es más. Misión cumplida.
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  • Ciudades de papel
    Un amor de novela

    Bajo la misma estrella no estaba mal. Ciudades de papel está bien, hasta podría decirse que muy bien. Me habré transformado en un crítico blando y conformista, afecto a los dramones basados en best sellers adolescentes de John Green, pero en ambos casos (y sobre todo en este) llegué a la proyección sin ninguna expectativa favorable y salí más que conforme.

    Si se indignaron con los golpes bajos y de efecto propios de las situaciones extremas de Bajo la misma estrella, cabe indicar que Ciudades de papel es una historia bastante más moderada, pero no por eso menos intensa. Es un film con un corazón enorme, que logra emocionar con recursos muchas veces genuinos, sin caer demasiado en las esperables manipulaciones.

    El director Jake Schreier (Un amigo para Frank) transforma el combo high-school + coming-of-age en algo bastante creíble y sensible con su exploración de los códigos de lealtad, los sueños, deseos, inseguridades y frustraciones de un puñado de adolescentes (los personajes están terminando la escuela secundaria y andan por los 17/18 años).

    Relato de iniciación (al sexo, a la adultez), Ciudades de papel narra las desventuras de Quentin Jacobson (Nat Wolff, el Isaac en Bajo la misma estrella), un muchacho de Orlando que pasa el tiempo con dos auténticos nerds llamados Radar (Justice Smith) y Ben (Austin Abrams). Quentin ha estado enamorado desde siempre de su vecina Margo Roth Spiegelman (la célebre modelo británica Cara Delevingne en un más que digno trabajo), quien de forma inesperada reaparece en su vida compartiendo una noche de locura, venganza y destellos románticos.

    Pero al día siguiente Margo desaparece y Quentin se convencerá de que tiene que seguir sus pasos (y convence también a sus amigos de que lo acompañen en un extenso viaje en auto no exento de peripecias y vueltas de tuerca inesperadas). No conviene adelantar nada más, pero esta segunda mitad, con algunos tópicos propios de la road-movie juvenil, también funciona razonablemente bien.

    No será una película innovadora y hasta sobrevuela múltiples clichés del subgénero (el debut sexual, el baile de promoción, las relaciones entre padres de clase acomodada e hijos adolescentes), pero Ciudades de papel nunca pierde el eje, la fluidez ni la naturalidad que le aportan sus intérpretes. No hay por qué poner entonces reparos injustos e innecesarios. En los términos en que está planteado, es buen cine y punto.
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  • Proyecto mariposa
    El amor en momentos difíciles

    Sergio "Cucho" Costantino se había destacado hasta ahora como director de rockumentales sobre Miguel Abuelo (Buen día, día) y Virus (Imágenes paganas). En Proyecto Mariposa incursiona por primera vez en el documental político con la reconstrucción de la historia de David Mazal y Catalina Garraza, dos militantes montoneros.

    Sin embargo, limitar el film a su veta política sería injusto, ya que en realidad se trata de la exaltación de una particular y conmovedora historia de amor. David y Catalina fueron encarcelados en 1976 y, producto de una serie de coincidencias y casualidades, comenzaron a entablar una cada vez más intensa e íntima relación epistolar. A partir de las lecturas de sus cartas (y de los testimonios de los dos protagonistas y de otras personas que conocieron de cerca los hechos), Costantino va exponiendo las características de la relación.

    No es spoiler (se sabe desde el comienzo) indicar que Mazal y Garraza fueron liberados el mismo día (3 de diciembre de 1983), se tomaron por primera vez de las manos y nunca más se soltaron: siguen juntos hasta hoy. Un documental simple, sin demasiados artilugios (aunque con algunos excesos innecesarios), pero decididamente emotivo en su reivindicación de la memoria y, claro, del amor.
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  • Terminator Génesis
    Una secuela innecesaria

    "Soy viejo, no obsoleto", repite una, dos, tres veces el androide interpretado por Arnold Schwarzenegger durante este regreso de la saga que lo hizo famoso. Pero, aunque la frase pretenda sostener la vigencia del héroe de acción austríaco de ¡68 años!, o apostar desde la ironía a la complicidad del espectador, en el contexto del film se parece más a un mantra propio de la meditación para sostener la autoestima.

    A 31 años del inicio de la franquicia, Terminator Génesis intenta con escasa fortuna recuperar el espíritu de los dos primeros films de James Cameron y revitalizar una carrera de Schwarzenegger que en los últimos años no ha podido trascender el mero sesgo autoparódico.

    Los guionistas Laeta Kalogridis y Patrick Lussier recurren al viejo artilugio de la máquina que permite viajar en el tiempo para que los protagonistas vayan a y vengan de distintas épocas (1984, 1997, 2017, 2029) intentando incidir en el pasado para cambiar el futuro. Kyle Reese (el galán australiano de la saga Divergente Jai Courtney), Sarah Connor (Emilia Game of Thrones Clarke, aquí en reemplazo de la mítica Linda Hamilton), John Connor (Jason Clarke) y el guardián de Schwarzenegger son los cuatro protagonistas de esta suerte de Volver al futuro con bastante más solemnidad que humor (las bromas, además, son poco lucidas e ingeniosas).

    En realidad, Terminator Génesis es un poco de todo y mucho de nada. Acumulatoria y derivativa, esta superproducción de 155 millones de dólares de presupuesto a propulsión de efectos visuales 3D (gentileza de Industrial Light & Magic) combina algo de ciencia ficción, un puñado de secuencias de acción y destrucción apocalíptica, un poco de romance y drama familiar, y el resto dedicado al humor poco sutil ya mencionado.

    Podía esperarse algo más de Alan Taylor (Thor: Un mundo oscuro no era ninguna obra maestra pero fluía bastante mejor que esta acumulación de enredos temporales). Así, el recuerdo de las joyas originales de 1984 y 1991 permanece inalterable y, lamentablemente, también inalcanzable.
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  • Locos sueltos en el zoo
    ¿Quiénes son los animales?

    Tras revivir las sagas de Brigada explosiva, Los superagentes y Bañeros, Argentina Sono Film produjo un film “original” que apunta a rapiñar unos cuantos billetes durante las siempre rentables vacaciones de invierno. Lo hace que distribución del grupo Disney y apoyo promocional de Telefé; es decir, dos de los principales jugadores del mercado local.

    Así como Socios por accidente 2 resultó una absoluta decepción, Locos sueltos en el Zoo no lo es por la sencilla razón de que no podía esperarse nada demasiado alentador. Es, en todo caso, una confirmación de las profundas limitaciones de este tipo de subproductos concebidos con ideas rancias y trilladas al servicio de figuras de la TV que apenas pueden “actuar” en cine.

    La gran paradoja que se está consolidando en los últimos años es que, mientras la TV está viviendo su época de oro (incluso en varios productos argentinos), el cine familiar autóctono está en franca involución. Salvo honrosas excepciones como Metegol, la idea preponderante parece ser la de hacer películas baratas, en poco tiempo y sin importar demasiado el resultado final.

    En Locos sueltos en el Zoo está (casi) todo mal, empezando por un guión elemental y rutinario, una puesta en escena berreta y torpe (no se cuida ni siquiera la continuidad), sobreactuaciones y recursos (como los animales que hablan) reciclados de films como Una noche en el museo, Babe, el chanchito valiente, Madagascar, Doctor Dolittle y siguen las firmas.

    Hay un punto de partida “emotivo” (Gregorio, el viejo y querible guardián del zoológico que interpreta Alberto Fernández de Rosa, abandona el lugar), una subtrama policial (el malvado Matías Alé contrata a dos detectives secretos, los hermanos Bielsa (ja, ja), que encarnan Pachu Peña y ?Alvaro? Navia, para robar animales gigantescos y luego traficarlos), vedettes que muestran sus curvas (Luciana Salazar y Karina Jelinek), cómicos que intentan sobrellevar los diálogos atroces (Fabián Gianola, Emilio Disi, Gladys Florimonte), alguien que intenta jugar al slaplstick (Nazareno Móttola) y cameos de famosos de la TV (Mariana Antoniale, Ivana Nadal y Marley). El resultado es desolador en todos los rubros.

    A los defensores incondicionales del cine argentino que suelen inundar los comments de este sitio les digo: no me vengan con que los críticos somos snobs. Vean Locos sueltos en el Zoo y después charlamos. Exaltar este tipo de afrentas al buen gusto que menosprecian al público de todas las edades no le hace ningún bien a la industria local. Serán negocios rentables (minimizar gastos, maximizar ingresos), pero nos ubican a años luz del estándar de calidad que hoy debe garantizar cualquier cinematografía que se precie de seria. Una auténtica animalada…
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  • Minions
    Minions
    Otros Cines
    Pequeñitos pero rendidores

    Tras las dos primeras películas de Mi villano favorito (recaudaron entre ambas más de 1.500 millones de dólares en todo el mundo) y antes de la tercera entrega que se estrenará dentro de dos años, llega este spinoff dedicado a las simpáticas y encantadoras pequeñas criaturas amarillas, que a la vez sirve como precuela de los films anteriores (sobre el final encuentran al querible malvado Gru).

    Pero no será fácil la búsqueda de un amo al cual servir (que es la razón de su existencia). Tras intentar sin suerte con un dinosaurio T-Rex, con un hombre de las cavernas, con Drácula, con Napoleón y así, tres de ellos salen de su refugio en la nieve para -ya en plenos años ’60- buscar una nueva figura aterradora, que terminará siendo la siniestra Scarlet Overkill, quien planea -por ejemplo- apoderarse de la corona de la reina de Inglaterra. El problema es que cuando el trío llega a una convención de malvados en Orlando la película cae en la trampa con la que suele tropezar la mayoría de los films animados: la acumulación de situaciones y personajes y una tendencia a la derivación y a la dispersión que resienten el interés, la cohesión y la solidez del relato.

    El francés Pierre Coffin y el estadounidense Kyle Balda consiguen varios pasajes entrañables y divertidos, pero la película luce -aún con su escasa hora y media de duración- demasiado larga y estirada (igual es muy superior a, por ejemplo, Los pingüinos de Madagascar). De todas maneras, dado el tremendo éxito de la saga y la indudable simpatía de los Minions, el fenómeno está muy lejos de extinguirse.
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  • La vida de alguien
    La vida en banda

    La vida de una banda o la vida en banda. De eso se trata este nuevo film de Ezequiel Acuña inspirado en (y con la música de) el grupo uruguayo La Foca. La sensación es agridulce: por un lado, se trata de un film muy disfrutable (sobre todo si al espectador le gustan este tipo de canciones), pero al mismo tiempo deja una sensación de déjà vu, de cierre de ciclo, de etapa cumplida. Es que si en Excursiones se perfilaba un cambio, un inicio de fuga dentro del cine de Acuña, La vida de alguien parece un regreso a las fuentes, un refugiarse en terreno conocido, más (o menos) de lo mismo.

    Que Acuña haya rodado la película en el ya casi extinto 35 milímetros es un detalle técnico que aporta a la veta melancólica de La vida de alguien. Eternos adolescentes, nostálgicos precoces, los personajes de Acuña son, en cierto sentido, jóvenes viejos, treintañeros acuciados por los recuerdos, los fantasmas del pasado.

    En este caso, el “conflicto” pasa por la posibilidad que se le abre al protagonista (Santiago Pedrero) de editar un viejo material inédito de su vieja banda. Esa alternativa lo obliga a contactarse con los ex integrantes (y amigos de la adolescencia), salvo con uno. Las dudas, las tentaciones, las ganas de volver a tocar juntos, la aparición de una joven cantante (Ailín Salas) que también se convierte en objeto del deseo y las habituales miserias del negocio del rock van surgiendo en esta suerte de Melody a la que Acuña riega con generosos segmentos musicales.

    Un viaje a las entrañas de una banda de música que los iniciados (en el tema y en el cine del director) seguramente celebrarán.
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  • Stockholm
    Stockholm
    La Nación
    Pequeña joya de un dúctil narrador

    Pequeña en recursos (fue financiada incluso vía crowdfunding), pero no así en ideas y ambiciones, esta película de Rodrigo Sorogoyen (8 citas) se constituyó en una de las bienvenidas sorpresas del cine español reciente.

    Un muchacho de veintipico (Javier Pereira) y una chica (Aura Garrido) se conocen en una fiesta y, tras las múltiples insistencias y coqueteos por parte de él (que hasta se desnuda en la calle como prueba de amor) y pese de las resistencias de ella, terminan pasando la noche juntos. Lo que en esa primera parte parece una típica historia romántica a-la-Antes del amanecer, de Richard Linklater (ellos caminan, charlan, se seducen) deviene en la segunda mitad en algo bastante más denso, enrarecido y enfermizo (el título hace referencia al síndrome de Estocolmo). No conviene adelantar nada más de la trama, pero sí indicar que Sorogoyen se muestra como un dúctil narrador, director de actores (los dos protagonistas están muy naturales y convincentes) y capaz de construir un universo de tensión y profundidad psicológica con apenas dos personajes, una locación y unos cuantos diálogos. Toda una proeza.
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  • Yarará
    Yarará
    Otros Cines
    Volver al lugar del cine

    Entre diciembre de 1966 y marzo de 1967 Nicolás Sarquís y un grupo de egresados de la Universidad Nacional del Litoral filmaron en el pueblo de San José del Rincón, en el norte santafesino, Palo y hueso, ópera prima coescrita con Raúl Beceyro y basada en el libro de Juan José Saer, que se convertiría con el tiempo en un clásico del cine argentino de los años ’60.

    Casi medio siglo después, el hijo del director, Sebastián (que fue engendrado durante aquel rodaje), regresa a la zona para ver qué fue del lugar y de los personajes de aquella emblemática película y filmar unas historias inspiradas en otro cuento de Saer, El camino de la costa.

    La idea era atractiva (desandar el camino del padre, homenajear a esos pioneros e indagar sobre las consecuencias del paso del tiempo con una estructura de cine dentro del cine), pero los recursos utilizados esta vez por el realizador de El mal del sauce no funcionan demasiado bien en este ensayo sobre los aspectos documentales que hay dentro de la ficción (y viceversa).

    Salvo algunos pocos pasajes conmovedores (como el momento en que Héctor Da Rosa -que interpretó a Domingo en aquel film- y Juanita Martínez -que encarnó a Rosita- se reencuentran tras una proyección de Palo y hueso en el lugar), Yarará luce casi siempre demasiado forzada, calculada, artificial e inverosímil en su aspecto “documental” y poco inspirada en sus zonas ficcionales (por allí aparecen Juan Palomino, Omar Fanucchi y Rudy Chernicoff). Hay, sí, algunas bellas imágenes de ese pueblo costero y de la fuerte interacción con la naturaleza, pero esta vez las ideas originales que motorizaron el proyecto parecen bastante más interesantes que el resultado final.
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  • Dos locas en fuga
    Torpe y sobreactuada comedia

    Las buddy movies (esas historias de camaradería entre dos personajes aparentemente opuestos entre sí, pero que luego terminan uniendo fuerzas y complementándose) han conformado uno de los subgéneros predilectos y más rendidores de Hollywood. En un principio dedicadas casi exclusivamente a protagonistas masculinos, en los últimos años la tendencia se amplió a las mujeres.

    Así, tras el reciente éxito de Chicas armadas y peligrosas, con Sandra Bullock y Melissa McCarthy como la pareja despareja, llegó el turno de Dos locas en fuga. Pero allí donde el film de Paul Feig funcionaba razonablemente bien, en esta comedia policial con Reese Witherspoon y Sofía Vergara todo resulta torpe, obvio, redundante y -su pecado mayor- poco divertido.

    La excusa argumental es que la estricta y reprimida agente Rose Cooper (Witherspoon) debe trasladar de San Antonio a Dallas a la extravertida y sensual Daniella Riva (Vergara), esposa de un mafioso asesinado, para que testifique contra el líder de un cartel del narcotráfico. En el camino, claro, se las verán con un par de policías corruptos, con sicarios y con las fuerzas del orden que las creen fugitivas.

    Más allá de la elemental apuesta del guión, lo peor del caso es la tendencia a la sobreactuación de Vergara (que grita todo el tiempo y parece llenar todos y cada uno de los casilleros del juego de estereotipos con que se suele reducir a los personajes latinos en el cine) y el escaso lucimiento de una otrora muy buena comediante como Witherspoon.

    Cuando los autores David Feeney y John Quaintance, y la directora Anne Fletcher (La propuesta) nos someten por enésima vez a los mismos "chistes" (la escasa altura de Rose o las prominentes curvas de una Daniella que sufre porque ya ha superado los 40 años) quedan expuestas las limitaciones del material y la absoluta falta de creatividad de sus creadores. Para aquellos que suelen disfrutar y reivindicar los valores de las comedias populares de Hollywood, Dos locas en fuga resulta, por lo tanto, una absoluta decepción.
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  • Un castillo en Italia
    Sensible e inquietante relato autobiográfico

    Notable actriz y, por lo visto en películas como Actrices y Un castillo en Italia, también una más que interesante guionista y directora, Valeria Bruni-Tedeschi ofrece un relato de neto corte autobiográfico (está basado en dos hechos extremos que afectaron su vida) que incursiona con solvencia tanto en el melodrama más denso como en la comedia de enredos más ligera.

    Una familia italiana de otrora exitosos industriales se ve obligada a deshacerse del "castillo" del Piamonte en el que vive. Mientras ese viejo mundo se desmorona, una de las hijas llamada Louise Rossi Levi (la propia Bruni-Tedeschi) se enamora a los 43 años de Nathan (Louis Garrel), un actor mucho menor con el que desarrolla una relación casi maternal.

    Las cosas no serán nada fáciles para esta auténtica antiheroína hasta entonces sin pareja, sin hijos, sin trabajo (ella ha decidido abandonar la actuación), pero con todo tipo de traumas y conflictos.

    Bruni-Tedeschi no pretende ser sutil ni prolija en esta exploración de la crisis de los 40, en su reflexión sobre los deseos y los miedos (la decisión de tener un hijo y la inminencia de la muerte de su hermano), pero tampoco es complaciente ni demagógica.

    Con El jardín de los cerezos, de Antón Chéjov, como principal fuente de inspiración, y su propia experiencia familiar como motor del film, Un castillo en Italia estrenada en la competencia oficial del Festival de Cannes 2013 trabaja sobre los contrastes, las oposiciones y las dudas más íntimas de la protagonista.

    El film, inquietante y por momentos incómodo, cambia todo el tiempo de tono, de género y de dimensión, pero nunca pierde esa sensibilidad, esa autenticidad, esa sensación de que la realizadora y protagonista está poniendo el cuerpo (y su talento, claro) en cada uno de los fotogramas.
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  • Reimon
    Reimon
    Otros Cines
    Las nuevas formas de la explotación

    El codirector de Mala época y El descanso y realizador de El custodio y Un mundo misterioso incluye antes del arranque de su más reciente film varios carteles en los que explica en detalle cómo financió y produjo este proyecto independiente que ni siquiera contó con aportes oficiales del INCAA. Con 34.000 dólares obtenidos en fondos de ayuda internacionales y otros 18.000 que pusieron sus socios alemanes de Rohfilms, más la cesión sin cargo de cámara, sonido y luces por parte de la Universidad del Cine (donde se formó y es docente), el director filmó Réimon en 25 jornadas durante el lapso de un año y medio que duró todo el proceso.

    ¿Por qué tanto detalles sobre las condiciones de producción? Lo que en principio podría sonar a tecnicismo o incluso a esnobismo encontrará respuesta con el correr de un film que es, también, un ensayo que excede el mero marco cinematográfico para convertirse en una reflexión sobre los medios de producción.

    El film describe la rutina cotidiana de Réimon (Marcela Dias), una empleada doméstica del sur del conurbano bonaerense que todos los días viaja en tren a la Capital para trabajar por horas en distintas casas. Mientras ella limpia o cocina, los dueños de uno de esos departamentos (Esteban Bigliardi y Cecilia Rainero) leen y discuten El Capital, de Karl Marx.

    ¿Qué tiene que ver una mujer humilde del Gran Buenos Aaires con la teoría marxista? Moreno también se encargará de responder esta pregunta. La explotación del proletariado en el marco del capitalismo adquiere hoy formas quizás más sutiles y leves, incluso muchas veces imperceptibles a simple vista, pero no por eso menos cuestionables, miserables e injustas.

    Como ya es habitual en su cine, el director sigue de cerca a su protagonista haciendo gala de una infrecuente capacidad de observación (aquí hay más incidencia de lo documental que en sus films previos), logrando que un detalle aparentemente insignificante en el plano o un mínimo gesto en el rostro de los personajes adquieran una resonancia, una repercusión inusitada. Un film para ver… y también para pensar y debatir.
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  • Escribiendo de amor
    Tribulaciones de un guionista

    Cuatro películas tiene como director el prolífico guionista Marc Lawrence y todas fueron protagonizadas por Hugh Grant. Tras Amor a segunda vista, Letra y música e ¿Y... dónde están los Morgan?, llega Escribiendo de amor, una comedia romántica, amable y efímera, que va de mayor a menor y deja cierta sensación de decepción, aunque jamás llega al extremo de irritar.

    Grant -ya con 54 años y cada vez más parecido a Robert Redford- es Keith Michaels, un guionista en plena crisis afectiva (divorciado), profesional (ganó el premio Oscar en 1999 por un film llamado Paradise Misplaced, pero desde entonces no ha escrito otro éxito) y económica.

    Las penurias financieras obligan a este cínico, arrogante, mujeriego y algo desubicado intelectual a aceptar a regañadientes un cargo de profesor de la cátedra de escritura de guiones en una universidad ubicada en Binghamton, una pequeña ciudad del norte del estado de Nueva York.

    Lo que en principio es resistencia, aires de superioridad y desidia en Keith se irá convirtiendo con el transcurso del relato en sentimientos bastante más nobles y sensibles. Allí están una rígida profesora con ascendencia en ese ámbito académico (Allison Janney), que no tardará en ponerlo en caja, y sobre todo Holly (Marisa Tomei), una madre soltera que sostiene dos trabajos para tratar de conseguir su título universitario.

    Película sobre segundas oportunidades algo obvia y previsible, Escribiendo de amor se sostiene gracias a unas simpáticas observaciones durante la primera mitad y al carisma (aunque también con un poco de piloto automático) de Grant, mientras que los personajes secundarios (además de Janney y Tomei aparecen desde J. K. Simmons hasta Chris Elliott) no están del todo aprovechados. Pudo ser mucho mejor, está claro, pero tampoco está mal.
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  • Intensa-Mente
    Intensa-Mente
    La Nación
    Imaginación e inteligencia

    Comencemos por lo esencial (que en el universo de Pixar todos damos por hecho, pero conseguirlo es de una complejidad suprema): Intensa-mente es de una belleza y creatividad visual apabullantes.

    Lo segundo que hay que remarcar en esta nueva película del director de Monsters Inc. y Up, una aventura de altura es que tiene un punto de partida muy auspicioso (la dinámica dentro del cerebro de una niña de 11 años, a partir de las contradictorias emociones que va atravesando en momentos en que se muda con su familia de la gélida Minnesota a la soleada San Francisco) y unos personajes (Alegría, Furia, Temor, Desagrado y Tristeza) absolutamente queribles e hilarantes.

    El tercer elemento destacable -otra constante en el universo Pixar y que la diferencia claramente de sus competidores- es la enorme cantidad de inteligentes referencias, códigos y reflexiones que sus realizadores comparten con el público adulto sin por eso resignar el entretenimiento para los más pequeños. En ese sentido, los padres disfrutarán no sólo de unas cuantas bromas sobre el por momentos sufrido arte de criar a sus hijos, sino incluso de varios pasajes que van de lo conceptual hasta lo abstracto, pasando por lo onírico y lo surrealista (ahí está, por ejemplo, el amigo imaginario de Riley con trompa de elefante, cola de gato y ademanes de delfín).

    Lo que impide que Intensa-mente pueda ser considerada una obra maestra como WALL-E o la saga de Toy Story es cierta sensación de piloto automático, de narración derivativa que se percibe cuando promedian sus algo más de 90 minutos. Sí surgen todo el tiempo situaciones y ambientes sorprendentes, pero esta vez Pete Docter y su colaborador Ronaldo Del Carmen ceden a la tentación un tanto facilista de acelerar el ritmo y apelar a una deriva a-la-Chuck Jones que resiente un poco el disfrute durante la segunda mitad.

    Tampoco está a la altura de sus predecesoras el cortometraje romántico-musical Lava, que precede a la exhibición de Intensa-mente. Más allá de este reparo y de ciertas zonas no del todo convincentes del largometraje de Docter, de más está decir que la propuesta sigue siendo muy recomendable. Pixar lo hizo de nuevo.
    Para fanáticos, triple función

    Intensa-mente se preestrenará hoy en las funciones nocturnas de la mayoría de las salas. Además del corto Lava y del film subtitulado (que permitirá disfrutar de las voces de Amy Poehler, Bill Hader, Mindy Kaling, Phyllis Smith, Diane Lane y Kyle MacLachlan), se proyectará por única vez Viajando intensa-mente por Pixar, documental de 20 minutos sobre el estudio.
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  • Bajo el mismo cielo
    Derrota digna

    Con Digan lo que quieran, Vida de solteros, Jerry Maguire: seducción y desafío y Casi famosos, Cameron Crowe se convirtió en uno de los guionistas y directores insoslayables y referentes de la década del ’90. Luego, entró en una pendiente con films irregulares (Vanilla Sky, Todo sucede en Elizabethtown, Un zoológico en casa) hasta llegar a la que es, sin dudas, su peor película: Bajo el mismo cielo.

    Todo lo que aparecía en zona de riesgo en sus anteriores trabajos (cierta tendencia a la corrección política, al artificio y a la cursilería), pero que era siempre compensado por su sensibilidad, su clasicismo y su desbordante energía cinéfila, se siente aquí como falso y artificial dentro de una narración demasiado caótica, torpe y, para colmo, pretenciosa.

    Cuesta entender cómo una película de un director y guionista consagrado, que contó con un presupuesto de 40 millones de dólares, la participación de dos majors (Fox y Sony), la presencia de más de media docena de importantes figuras (Bradley Cooper, Emma Stone, Rachel McAdams, Bill Murray, John Krasinski, Danny McBride y Alec Baldwin) y uno de los directores de fotografía top (el francés Eric Gautier) puede haber resultado tan fallida.

    Es tan errática, está tan fuera de tono y de registro Bajo el mismo cielo que genera hasta ternura y compasión. Porque en una industria en la que todo está tan controlado, tan pasteurizado, tan atado a las fórmulas y al cálculo, semejante anomalía (al servicio de los caprichos y arbitrariedades de un “autor” como Crowe) resulta un caso digno de análisis: ¿Cómo pudo hacer esto? O, mejor, ¿cómo lo dejaron hacer esto?

    Hay, entre varias otras cosas, un triángulo romántico (Emma Stone-Bradley Cooper-Rachel McAdams), militares al servicio de millonarios (como el excéntrico Bill Murray) y leyendas, fábulas y tradiciones propias de la mitológica zona de Hawaii.

    Plagada de diálogos ridículos, sobreactuaciones y subtramas inexplicables que se resuelven a los ponchazos, Bajo el mismo cielo eleva directamente a Los descendientes (una de las películas más flojas de Alexander Payne y con la que guarda más de una similitud) a la categoría de obra maestra.

    Está claro que todo lo que podía salir mal, resultó peor. Sin embargo, y sin querer resultar complaciente ni perdonavidas, siento que Cameron Crowe -un artista que me ha regalado varios momentos de gran cine- hizo una película honesta y arriesgada. Es un film casi patético, es cierto, pero hecho con convicción y corazón. Una derrota digna.
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  • La Patota
    La Patota
    Otros Cines
    Creer o reventar

    Tras ganar el Gran Premio de la Semana de la Crítica y el galardón de la FIPRESCI en el Festival de Cannes, se estrena el esperado segundo largometraje en solitario del director de El estudiante.

    La primera escena de La patota (un plano-secuencia de ocho minutos) podría ser perfectamente la continuación de El estudiante. Claro que no se trata de una asamblea universitaria en la Facultad de Ciencias Sociales sino de la charla (igual de descarnada y llena de cínicas chicanas) entre un influyente juez (Oscar Martínez) y su hija Paulina (Dolores Fonzi), que ha decidido abandonar su promisoria carrera judicial (abogada con doctorado) para embarcarse en un proyecto como maestra rural en la zona más profunda y desfavorecida de Misiones para dictar unos talleres de formación política.

    ¿Cuáles son los motivos que llevan a una mujer brillante, moderna e independiente a dejarlo todo y emprender un viaje en semejantes condiciones? ¿Acto de rebeldía, voluntarismo, militancia, hartazgo frente a una vida demasiado previsible? El diálogo (in)tenso entre padre-hija deja en claro que las contradicciones generacionales, los muy diferentes puntos de vista de cada personaje y los postulados de la corrección política estarán en el centro del debate, provocando y obligando al espectador a que se replantee una y otra vez sus convicciones, sus certezas.

    Porque La patota es no sólo una película política al igual El estudiante sino también una propuesta incómoda, capaz de dejar perplejo al espectador ante cada uno de sus conflictos (muchos de ellos extremos), pero también por cómo los personajes (sobre todo el de Paulina) absorben y reaccionan frente a los hechos que enfrentan. Así, por momentos, uno se siente o se ubica más cerca del “reaccionario, conservador y resentido” (sic) del padre que de la chica joven, bella y feminista.

    Inspirado en el clásico que Daniel Tinayre rodó en 1960 con Mirtha Legrand (hay algunas semejanzas generales, un par de tomas en “homenaje” y una locación principal –un edificio no terminado y abandonado– que se repite), el film de Mitre coescrito con Mariano Llinás desarticula la veta más religiosa del original para convertirse, en cambio, en un desafiante ensayo sobre las convicciones más intelectuales que místicas. ¿Cómo reaccionar frente a un hecho tan duro como una violación seguida de embarazo?

    La patota se arriesga con un juego pendular en el que podemos empatizar con y a los pocos segundos rechazar por completo a Paulina (a sus decisiones, a sus acciones y a sus omisiones). ¿Se trata de una necesidad íntima de perdonar o aceptar una desgracia por culpa, lástima o compasión ante las profundas injusticias sociales y las diferencias de clase? Cuando para ella se abre un abanico que podría ser más tranquilizador (un aborto, ayuda profesional y el castigo a los culpables de semejante acto de violencia y humillación) la película se torna cada vez más inquietante y desafiante para el público con dilemas éticos y morales que, otra vez, remiten a la mencionada El estudiante.

    Más allá de algunos pasajes donde el uso de la cámara en mano pegada a los personajes (un recurso bien dardenniano) transmite la precariedad y urgencia de la situación y del buen aprovechamiento de las locaciones naturales, La patota es, sobre todo, una película de actores. Sobre ellos (especialmente sobre la heroína/mártir que interpreta Fonzi, pero también sobre las contundentes apariciones de Martínez) descansa y se sostiene la potencia dramática –y por momentos emocional– de un film que desperdicia un poco a los personajes secundarios (los integrantes de la patota, el ex novio de Paulina que interpreta Esteban Lamothe) y que tiene algunas escenas (y varios diálogos y usos de la voz en off) que resultan demasiado forzados y didácticos, como para justificar exclusivamente ciertas vueltas de tuerca o reacciones posteriores.

    De todas maneras, más allá de esos pequeños pasajes que le quitan un poco de fluidez y credibilidad al relato, La patota resulta una película audaz e inteligente (maneja muy bien las diferentes lógicas de cada personaje), características que en el cine industrial (porque esta apuesta está alejada de los estándares de la producción independiente de bajo presupuesto) no abundan. “La patota” de Mitre, Llinás y compañía lo hizo de nuevo…
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  • La Salada
    La Salada
    La Nación
    Un mundo secreto y fascinante

    La feria de La Salada es un inmenso negocio ligado a un creciente fenómeno de consumo popular. En ese ámbito tan caótico como fascinante por su diversidad y dinámica interna confluyen los protagonistas y las tres historias de esta ópera prima de Hsu, ganadora de Cine en Construcción del Festival de San Sebastián 2013 y presentada en la competencia argentina del Bafici 2014.

    Yun Jin es una atractiva joven coreana, cuyo padre (un empresario que posee tres puestos en La Salada) le ha arreglado un casamiento con el hijo de un amigo. Ella, claro, no está de acuerdo, pero tampoco se anima a enfrentar a la dominante autoridad paterna, aunque empieza a coquetear con un muchacho argentino.

    Huang es de origen taiwanés y trabaja por las noches en un puesto de venta de películas truchas. Su madre, que vive en Taiwan, le pregunta por teléfono siempre lo mismo: "¿Ya conseguiste novia?" Y él intentará (de manera obsesiva y con bastante torpeza) acercarse a las mujeres.

    La tercera historia es la de Bruno, un adolescente de 17 años que llega desde Bolivia con su tío Kim y comenzará a deambular por distintos lugares y trabajos precarios.

    Lo mejor de este film cuidado y prolijo tiene que ver con ciertas pinceladas y viñetas respecto del funcionamiento interno, de los códigos y de las tradiciones de las comunidades de coreanos, taiwaneses y bolivianos que viven en la Argentina, sobre los prejuicios para con ellos, pero también sobre los de ellos hacia los demás.

    La Salada -más allá de los contrastes étnicos- también tiene bienvenidos rasgos de inocencia y ternura a la hora de retratar las angustias, inseguridades, los temores y las contradicciones internas de sus criaturas, aunque por momentos cede a ciertos lugares comunes, a resoluciones un poco superficiales y convencionales. Es una buena película, sin duda, pero deja la sensación de que con un poco más de vuelo y menos clichés podría haber sido todavía mejor.
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  • Jurassic World
    Jurassic World
    La Nación
    Entretenimiento de manual

    A 22 años del exitoso film original dirigido por Steven Spielberg, llega esta secuela -y cuarta entrega de la saga- que está ambientada también en la isla costarricense de Nubar. Allí se ha montado un descomunal parque temático en el que las decenas de miles de visitantes interactúan directamente con los dinosaurios como si se tratara de una simple granja o de un safari en Sudáfrica.

    A instancias del dueño (un excéntrico multimillonario, interpretado por el indio Irrfan Khan) y de Claire (Bryce Dallas Howard), la gerenta del complejo, un equipo de genetistas ha desarrollado un nuevo espécimen, el Indominus Rex, más grande, más fuerte y más letal incluso que el Velocirraptor y el Tiranosaurio Rex, con la idea de presentarlo como la próxima atracción e incrementar la facturación (la tentación, siempre presente). El espectador podrá imaginar, claro, que la bestia se escapará más temprano que tarde de su jaula para sembrar el pánico y generar un baño de sangre en el atestado parque.

    Es cierto que el guión de Jurassic World escrito a ocho manos es "de manual" (hay una subtrama "militar" con la caza del Indominus Rex en cuestión y la idea de utilizar a estas criaturas genéticas para la guerra, otra protagonizada por dos sobrinos de Claire y una tercera con toques románticos entre la protagonista y un ex militar devenido entrenador de Velocirraptors a cargo del galán Chris Pratt), y también que el director Colin Trevorrow (cuyo único antecedente era Safety Not Guaranteed) no es Spielberg ni Joe Johnston (responsable de la tercera entrega, en 2001), pero así y todo la película sostiene la tensión y el suspenso durante buena parte de sus dos horas apoyada, por supuesto, en el notable despliegue de efectos visuales e imágenes en 3D que permite "sentir" a los dinosaurios en la pantalla.

    Podrá argumentarse que la película recicla demasiados elementos de los films anteriores, que los personajes son estereotipados y superficiales, que no hay demasiados matices (ni mucho menos sutilezas), pero Jurassic World, con su presupuesto de casi 200 millones de dólares y su obsesión por el entretenimiento y el impacto, cumple sobradamente con sus objetivos y probablemente con las expectativas del público. Todo está servido, entonces, para un éxito comercial a escala mundial.
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  • Beatles
    Beatles
    Otros Cines
    Los cuatro fantásticos... de Oslo

    Oslo, 1965. Pleno furor de los Beatles y de fuerte cambios sociales. Kim tiene 14 años y en el colegio tiene que escribir una suerte de ensayo sobre modelos e influencias. Esa redacción (termina escribiendo casi una novela) sirve como excusa para una estructura de relato enmarcado, que tendrá a sus experiencias adolescentes y las de sus tres mejores amigos Ola, Gunnar y Seb (y a su pasión compartida por los Fab Four de Liverpool, claro) como ejes principales.

    Sí, los cuatro muchachos escuchan extasiados Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, imitan a John, Paul, George y Ringo, y hasta intentan armar una banda propia, The Snafus, con la idea de convertirse en estrellas como sus admirados referentes. Pero hasta ahí llegan las cosas. Quien crea que Beatles es algo así como un rockumental o una biopic sobre el grupo más importante de la historia de la música se llevará una absoluta decepción.

    La película (noruega) de Peter Flinth (danés) es, sobre todo, un relato de iniciación, un retrato sobre el despertar sexual, sobre los códigos de lealtad e identificación, las inocencias, contradicciones e inseguridades de unos chicos que crecen en un contexto que confronta a padres represivos con movimientos de protesta por la ampliación de los derechos civiles y contra el expansionismo bélico de las grandes potencias.

    El film propone las típicas situaciones de ensayo y error, de probar, de caer en excesos, de tensar los límites, tan propias de esa etapa de la vida llena de descubrimientos, pero también de decepciones y frustraciones. En sus mejores momentos lo hace con sensibilidad y humor (en la línea de Casi famosos o Cuenta conmigo); en otros, resulta demasiado sentimental y estereotipado (como Tango feroz, digamos), pero por suerte hay bastante más de los primero que de lo segundo. Un más que atractivo estreno de una cinematografía poco frecuente en la cartelera comercial argentina.
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  • El otro lado del éxito
    La intimidad femenina desde una óptica masculina

    Uno de los directores franceses más prestigiosos como Olivier Assayas (de 59 años durante el rodaje), una de las actrices más talentosas de ese origen como Juliette Binoche (50) y dos estrellas juveniles de los Estados Unidos como Kristen Stewart (24) y Chloë Grace Moretz (de apenas 17) conformaron una extraña pero virtuosa sociedad artística para Sils Maria, rebautizada para su estreno comercial en la Argentina como El otro lado del éxito.

    El director de Irma Vep (1996), Los destinos sentimentales (2000), Demonlover (2002), Clean (2004), Las horas del verano (2008) y Carlos (2010) retoma aquí uno de los temas que lo obsesionan: el paso del tiempo. En este caso, lo hace a partir de la historia de María Enders (Binoche), una actriz que está en el pináculo de su carrera y en pleno proceso de divorcio. Acompañada por su joven asistente (y algo más) interpretada por una muy solvente Kristen Stewart, María viaja a Suiza para participar en un homenaje a su trayectoria y luego empieza a desarrollar un extraño proyecto ligado con su pasado.

    Más de dos décadas antes, cuando era una desconocida actriz de 18 años, se había consagrado en el papel de Sigrid, una joven ambiciosa y encantadora que provoca el suicidio de una mujer madura llamada Helena. En la actualidad, le ofrecen protagonizar la misma obra teatral (que tiene mucho del universo de Rainer Werner Fassbinder), pero -claro- encarnando a Helena. Para hacer de Sigrid en la nueva versión, se contrata a JoAnn (Moretz), una figura en ascenso en Hollywood (Assayas incluye en un momento una divertida parodia a los films de X-Men).

    Con bellas imágenes de fondo tomadas en el pueblo del título ubicado en las alturas de los Alpes suizos, con impecables actuaciones del trío protagónico, con el habitual talento de Assayas para la puesta en escena, con incisivas observaciones sobre las miserias y códigos del mundillo artístico y con la sensibilidad infrecuente de una mirada masculina respecto de la intimidad femenina, El otro lado del éxito resulta una propuesta quizás un poco ardua en algunos pasajes, pero casi siempre atrapante e incluso fascinante. Bienvenido sea, pues, este algo demorado estreno.
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  • Su realidad
    Su realidad
    La Nación
    Melingo, fascinante y desconcertante

    Mariano Galperín estuvo desde siempre ligado a la música (filmó videoclips y/o ficción con Vicentico, Charly García, Gustavo Cerati, Andrés Calamaro, Mimi Maura y un largo etcétera), pero en el caso de Su realidad apostó directamente al retrato de un artista tan multifacético y provocador como Daniel Melingo.

    El director de 1000 boomerangs, Chicos ricos, El delantal de Lili y Dulce de leche aprovechó una extensa gira que Melingo emprendió por Europa para presentar su notable disco Linyera para construir lo que en principio parece un clásico rockumental con estructura de road-movie con el detrás de escena del tour, pero que luego va derivando hacia la ficción (con situaciones que van desde lo gracioso a lo forzado como un patético encuentro con dos policías franceses) y, sobre todo, al delirio unipersonal de un Melingo que da rienda suelta a su expresividad y su locura creativa.

    Más allá de lo caótica y derivativa que resulta por momentos la propuesta, quienes conocen el arte de Melingo encontrarán varios pasajes para el disfrute, como por ejemplo las zapadas íntimas con Calamaro en una habitación de hotel o con Jaime Torres en su casa.

    Su realidad (título que alude a la realidad vista desde la perspectiva de Melingo, pero también al espíritu surreal de la propuesta) está filmada en un hermoso blanco y negro que sintoniza a la perfección con la impronta melancólica, tanguera y de cabaret de su desconcertante, contradictorio y fascinante protagonista.
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  • Chappie
    Chappie
    La Nación
    Una distopía bastante elemental

    Tras su sorprendente debut con Sector 9 (2009) y la ambiciosa y decepcionante Elysium (2013), el joven director sudafricano Neill Blomkamp realizó Chappie, una película que en varios aspectos sigue la línea de sus dos films previos de ciencia ficción, pero que, lamentablemente, está más cerca de su fallido segundo largometraje que de aquella ópera prima que lo consagró.

    Ambientada -como sus largometrajes anteriores- en una Sudáfrica futurista y apocalíptica, Chappie nos muestra a una sociedad cuya seguridad está a cargo de unos muy eficientes robots policías construidos por una poderosa corporación. Cuando uno de ellos -el Chappie del título- queda prácticamente destruido tras un operativo, su diseñador (Dev Patel) lo recicla para que pueda aprender, pensar y sentir.

    El problema es que el inocente robot (una cruza entre el HAL 9000, de 2001, odisea del espacio, y el Spock, de Star Trek) cae en manos de unos patéticos delincuentes que le enseñarán a pelear y lo manipularán para robar. Así, entre las referencias a Robocop y a Frankenstein, Blomkamp construye un conflicto en principio bastante ingenioso.

    Sin embargo, hasta allí llegan los hallazgos del film: lo que sigue (más de una hora de relato) son personajes unidimensionales, sobreactuaciones, gags elementales y escenas de acción no demasiado inspiradas para una narración que luce demasiado deshilachada y por momentos hasta un poco caótica.

    Si bien Sharlto Copley, actor-fetiche de Blomkamp, se luce en su "interpretación" de Chappie (se utilizó la técnica de captura de movimiento que tan bien se aprovechó en sagas como las de El señor de los anillos y El planeta de los simios), el resto del elenco -incluidos reconocidos intérpretes como Hugh Jackman y Sigourney Weaver- naufraga por completo en un film que resulta demasiado obvio y torpe en su alegoría de los riesgos del avance tecnológico sobre las relaciones humanas y la convivencia social.
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  • Hawaii
    Hawaii
    Otros Cines
    Amores de provincia

    Si es cierta esa máxima (para mí, discutible) de que un director (sobre todo, un “autor”) hace siempre la “misma” película, Marco Berger podría ser su ejemplo perfecto. No estoy diciendo que Hawaii sea idéntica a su corto El reloj y a sus largometrajes Plan B y Ausente, pero surge como si fuera una suerte de relectura del mismo cuentito, una variación de la misma sinfonía, un nuevo episodio de una saga. Si se quiere, Hawaii es una versión depurada -y algo más optimista- de su mirada al universo (bastante contenido, reprimido, obsesivo) de las relaciones entre hombres.

    Los principales cambios de este nuevo film son que no transcurre en la gran ciudad sino en un pequeño pueblo de provincia y el uso (abusivo y ampuloso para mi gusto) de la música. Allí se encuentran de manera casual y luego conviven -entre pequeñas mentiras y engaños- Eugenio, un escritor en busca de inspiración, y Martín, un muchacho que busca changas para sobrevivir.

    El de Berger es un cine de miradas, gestos y detalles, de cuerpos y deseos. Por lo tanto, debe ser por definición austero y sutil (porque en estos terrenos la obviedad y el subrayado son poco menos que pecados mortales). En muchos pasajes, y más allá de su excesiva gravedad, la apuesta es bastante exitosa, aunque la sensación de déja vu, de cierto agotamiento, resulta inevitable.
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  • Spy, una espía despistada
    Queremos tanto a Melissa...

    Paul Feig en el guión y la dirección + Melissa McCarthy como protagonista + Jason Statham (un poco desaprovechado) en plan cómico + Jude Law como espía/galán = una entretenida parodia a la saga de James Bond con mucho humor físico (especialidad de la casa) y diálogos entre guarros y filosos. Es, sí, una vuelta de tuerca más a la fórmula (la de 007 debe ser la saga más reciclada y satirizada de la historia del cine), pero en este caso no sólo no irrita sino que en buena medida fluye y convence.

    Es cierto que Spy no llega a las alturas de Damas en guerra y que lo gigantesco de la producción -la historia salta de Varna (Bulgaria) a París, luego a Roma, más tarde a Budapest, etc.- no siempre juega a favor, pero la mixtura entre acción (hay conflictos y persecuciones en autos, motos, aviones, lanchas…) con un McGuffin ridículo (una bomba nuclear) y el humor negro habitual de Feig y compañía funciona razonablemente bien durante casi todas las dos horas de esta montaña rusa cinematográfica.

    Más allá de los buenos secundarios (el apuntado Law, algunas irrupciones autoparódicas de Statham, la malvada Rose Byrne, la patética y querible asistenta que interpreta la gran Miranda Hart, el Don Juan italiano que encarna Peter Serafinowicz), Spy es una película pensada y concebida para el lucimiento histriónico y físico de la monumental McCarthy (en una versión mejorada de su actuación en Chicas armadas y peligrosas) como una cuarentona sin suerte y con la autoestima por el subsuelo que trabaja en las oficinas de la CIA y termina abandonando el escritorio para arrasar -literalmente- con todo y con todos en el frente de combate como la agente secreta menos pensada.

    En un universo hollywoodense dominado por estrellas adolescentes, carilindas y esbeltas, McCarthy es una bienvenida rareza, una “anomalía” para celebrar. Una actriz cruda y desatada, una comediante de pura raza.

    PD: Hay un simpático gag tras los créditos finales. A quedarse…

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  • Mil veces buenas noches
    Sólo Binoche sale airosa

    El director noruego Erik Poppe fue un reconocido fotógrafo de guerra y en esta película reconstruye su propia historia en zonas de conflicto, pero con una actriz como la francesa Juliette Binoche convertida en su álter ego.

    El film arranca con una tensa secuencia ambientada en Kabul, donde Rebecca (Binoche) sigue a una joven que ha decidido inmolarse con su cuerpo cargado de explosivos. Un error suyo hace que la mujer-bomba estalle antes de tiempo y esa decisión casi le cuesta la vida. De regreso a su casa en Irlanda, Rebecca se encuentra con un ultimátum por parte de su marido Marcus (Nikolaj Coster-Waldau, visto en Game of Thrones): deberá elegir entre su carrera (es una de las cinco fotógrafas top) o su familia (la pareja tiene dos hijas). En medio de la angustia y la culpa, la protagonista decide abandonar sus riesgosos trabajos y dedicarse a la vida hogareña, pero las contradicciones, tentaciones y decepciones no tardarán en aparecer.

    Un viaje aparentemente sin riesgos a un campo de refugiados en Kenia acompañada por su hija mayor (una adolescente) termina con Rebecca en medio de un tiroteo entre dos bandas antagónicos. Cuando Marcus se entera, la relación se termina por derrumbar.

    El realizador de Aguas turbulentas construye intensas secuencias en Afganistán y Kenia, pero los conflictos familiares -que son el corazón de la película- resultan por demás obvios, torpes, maniqueos y subrayados con una música recargada e intrusiva. Binoche intenta darle algo de profundidad a su personaje, pero el material es tan elemental, con tan pocos matices, que ni siquiera una actriz de su categoría es capaz de rescatar a este film del naufragio.
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  • El incendio
    El incendio
    Otros Cines
    Jugar con fuego...

    Una joven pareja que ya convive llega al momento cumbre de comprar su primer departamento. El estrés por la inminente operación (para colmo tienen que llevar el dinero en efectivo) hace difíciles las horas previas, pero una inesperada dilación de 24 horas provocada por la parte vendedora hace que ese ya muy precario equilibrio se derrumbe cual castillo de naipes.

    El arranque de esta ópera prima en solitario de Schnitman es notable. Con apenas dos personajes como Lucía y Marcelo (una sublime Pilar Gamboa y un correcto Juan Barberini) logra un nivel de tensión y claustrofobia que la convierten en un ejemplo de thriller psicológico (el realizador citó a John Cassavetes y los hermanos Dardenne como algunos de sus referentes).

    Los nervios, las inseguridades, la desconfianza, los reproches mutuos van minando todos los códigos de lealtad y el amor que unía a estos treintañeros. Y hay más. Un arma que entra en escena. Un encuentro íntimo bastante penoso. Una acusación de abuso sexual hacia él en un ámbito escolar. Las diferencias sociales de sus familias. Algunos malestares físicos. Las tentaciones que han estado reprimidas durante demasiado tiempo… Del amor al odio, de la solidaridad al maltrato, del Cielo al Infierno…

    Los problemas del film aparecen en su segunda mitad, cuando Schnitman (talentoso narrador, dueño de buenas ideas visuales y de puesta en escena, dúctil director de actores) cae en vicios del psicodrama, en la manipulación emocional y en dosis de crueldad excesivas para un desenlace que no es todo lo convincente, aunque -cabe aclararse- nunca pierde el interés ni la potencia emocional. Un muy valioso debut.
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  • Cenizas del pasado
    La venganza será terrible...

    Con un par de años de demora llega esta muy buena película del director de Murder Party (2007). Tanto tiempo ha pasado que por estos días Jeremy Saulnier presentó en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2015 su más reciente trabajo, Green Room, un festival gore muy bien recibido por la prensa especializada. Fue precisamente en esa sección donde en 2013 Cenizas del pasado alcanzó su consagración y se quedó incluso con el premio FIPRESCI de la crítica internacional.

    Dwight (Macon Blair) es un homeless treintañero que vive en condiciones más que precarias dentro de su coche, un destartalado Pontiac azul. Nadie parece molestarlo y él permanece prácticamente aislado del mundo, usurpando por un rato casas vecinas sólo para darse un baño de inmersión y con los pocos dólares que obtiene reciclando basura tirada por la gente en las playas de Delaware.

    Sin embargo, un día una agente de policía le golpea el vidrio del auto y lo lleva a la comisaría. Podría pensarse que van a detenerlo, pero en realidad le informan que el asesino de sus padres ha salido en libertad luego de un acuerdo judicial. Esa noticia cambia por completo su forma y su sentido de vida. Así, ya atildado y mucho más decidido, nuestro patético antihéroe regresa a la casa familiar para iniciar un particular raid de venganza.

    Con algo de la brutalidad absurda y negra del cine de los hermanos Coen y bastantes más elementos que remiten a la filmografía de Jeff Nichols, Saulnier –también responsable de la climática fotografía– construye una película inclasificable e incómoda, ya que no es fácil identificarse con el protagonista. Sin embargo, la película jamás pierde su intensidad ni su coherencia para convertirse en una rara avis del cine independiente norteamericano que, más vale tarde que nunca, llega a las salas argentinas.
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  • Incomprendida
    Incomprendida
    Otros Cines
    Nadie me quiere

    En su tercer largometraje como directora tras Scarlet Diva y El corazón es engañoso sobre todas las cosas, Asia Argento -que aseguró que el film no es autobiográfico y que tuvo como principal referencia a la casi homónima Incompreso (1967), de Luigi Comencini- se sumerge en la caótica vida de Aria (notable trabajo de Giulia Salerno), una niña de 9 años que en 1984 debe lidiar con la violenta separación de sus padres (un actor egocéntrico interpretado por Gabriel Garko y una pianista más interesada en sus conquistas amorosas que en la maternidad encarnada por Charlotte Gainsbourg). Para peor, la chica sufre que sus hermanas y hermanastras sean las preferidas de sus padres y que en la escuela sea objeto de no pocas bromas pesadas (el bullying no es un fenómeno sólo actual). Su único refugio será, por lo tanto, un gato negro (y su creatividad).

    Aun con algunas dosis de crueldad excesivas y cierta tendencia a la sobreactuación (a Asia parece gustarle la ampulosidad del cine italiano de los años ’80), el resultado de esta tragicomedia es notable. Entre el retrato de familia disfuncional, la crítica al machismo, las observaciones lúcidas sobre la dinámica escolar y el despertar sexual, Incomprendida -algo así como Los 400 golpes del nuevo siglo- ratifica a Argento, siempre con propuestas desatadas y fuera de toda norma, como una directora de enorme potencia y talento. Un torrente, un torbellino cinematográfico
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  • Mad Max: Furia en el camino
    Mucho más que persecuciones

    "My name is Max" es lo primero que se escucha en esta demorada y muy esperada vuelta de la saga de fines de los años 70 y comienzos de los 80 que hizo famoso al director George Miller, a Mel Gibson y a Australia como potencia cinematográfica.

    Quien dice esa frase ya no es Gibson sino Tom Hardy, protagonista de este regreso (en verdad un reboot antes que una remake) con toda la espectacularidad que podía esperarse. Como si se tratara de un episodio de Tom y Jerry o de El Coyote y el Correcaminos, lo que Miller propone básicamente es una larga persecución de dos horas por imponentes pasajes desérticos. Pese a que esta sintética descripción puede sonar decepcionante, la película no lo es.

    Miller, quien tras su trilogía se dedicó sobre todo a películas para niños (Babe, el chanchito valiente y la saga animada de Happy Feet), combina sofisticados efectos visuales con un trabajo más artesanal y clásico ligado a los dobles de riesgo. Ayuda tecnológica e imágenes en 3D, sí, pero siempre en función del trabajo físico de los actores/luchadores, varios de ellos incluso tullidos o con deformidades varias (hay algo del clásico Fenómenos/Freaks, de Tod Browning, en la propuesta).

    Película de pocas palabras y mucha acción, Furia en el camino se concentra en la huida de Max, Furiosa (una Charlize Theron rapada, con un brazo menos y un muy convincente physique du rôle), Nux (Nicholas Hoult) y un grupo de bellas jóvenes (Rosie Huntington-Whiteley, Zoë Kravitz, Riley Keough, Abbey Lee y Courtney Eaton) a bordo de un camión lleno de gasolina, mientras distintas bandas de delincuentes y carroñeros los persiguen subidos a los más estrafalarios vehículos y con una iconografía que incluye calaveras, buitres y hasta transfusiones de sangre bastante extremas. Espíritu de cine clase B y guiños tarantinescos, pero dentro de una producción de más de 150 millones de dólares de presupuesto.

    Hay, también, voces interiores, alucinaciones, visiones de la infancia, un malvado exótico y temible (el Inmortal Joe interpretado por Hugh Keays-Byrne) que manipula a las masas a partir del uso del agua, pero -más allá de esas subtramas o derivaciones- Furia en el camino no es otra cosa que una película posapocalíptica sobre el instinto de supervivencia y la búsqueda de la redención en las peores condiciones imaginables.

    Si bien el relato está impregnado todo el tiempo de una violencia explícita y brutal, esas explosiones de sadismo y crueldad están matizadas por un humor negro y una apuesta por el absurdo (el guitarrista y los tamborileros que tocan todo el tiempo "en vivo") y por imágenes aéreas con drones o extraordinarias secuencias (la tormenta de arena) que lo convierten en un espectáculo fascinante y sobrecogedor. Un regreso a lo grande de una saga de culto que se tomó mucho (demasiado) tiempo en volver.
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  • Sin hijos
    Sin hijos
    Otros Cines
    Una receta conocida, pero con nobles ingredientes

    Gabriel (Diego Peretti) es un eterno “casi arquitecto” que está separado desde hace cuatro años. Maneja un negocio familiar dedicado a la venta de instrumentos musicales, pero su vida está dedicada casi exclusivamente a Sofía (Guadalupe Manent, actriz sin experiencia previa y toda una revelación), su querible pero bastante tiránica hija de ocho años que lo maneja como quiere.

    Mientras su ex esposa (Marina Bellati) ya tiene nueva pareja (Pablo Rago) y está a punto de dar a luz, nuestro perfecto antihéroe parece haber bajado definitivamente la persiana a las relaciones afectivas (hay al comienzo una cita a ciegas organizada por su mejor amigo que termina en previsible desastre). Pero Gabriel no contaba con la aparición de Vicky (Maribel Verdú, esplendorosa a sus 44 años), un amor platónico de la adolescencia que está de regreso en Buenos Aires. Inesperadamente, todo es perfecto con ella, salvo que… odia a los niños con una fobia digna de un análisis freudiano.

    Así arranca esta comedia romántico-familiar dirigida con muy buen pulso y timing por Ariel Winograd, un “autor” de “encargos” y “fórmulas”. Es cierto que el guión de Mariano Vera, basado en una idea original de Pablo Solarz es, en el mejor de los casos, eficaz y no demasiado original (imagínense cosas del estilo Un gran chico, con Hugh Grant), pero el realizador de Mi primera boda y Vino para robar convierte una película “de concepto” en un entretenimiento sumamente disfrutable. ¿Comedia blanca? ¿Estereotipos y clichés diseminados por toda la trama? Puede ser, pero el film tiene una puesta en escena cuidada, prolija y funcional, dos protagonistas con química, buenos secundarios, diálogos y remates dignos de una sitcom (y no es un demérito).

    ¿Que es demasiado derivativa de las comedias familiares de Hollywood? ¿Que tiene algunas ridiculeces en la trama por exigencias de la coproducción con España? ¿Que Winograd está ya para hacer comedias un poco más incorrectas, desatadas y arriesgadas? De acuerdo en todo, pero eso no quita que -en el contexto del cine industrial argentino actual- productos como Sin hijos sigan siendo una buena noticia.
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  • No todo es vigilia
    Juntos para siempre

    Felisa Lou y Antonio Paralluelo son dos octogenarios aragoneses que viven juntos desde hace seis décadas en una vieja casona de Muniesa, un pueblo gris, tradicional e irreconocible como tantos otros. Y son, además, los abuelos del director de la notable Yatasto, un auténtico trotamundos que filma donde quiere, puede y se inspira.

    Con sus costumbres y sus mañas (con su café con leche en las mañanas heladas y su dependencia de las noticias del correo, como si la modernidad nunca hubiera llegado para ellos), Felisa y Antonio se las ingeniaron para llegar hasta allí, casi sin ayuda externa. Pero la salud empieza a resquebrajarse. Cada visita al hospital es un suplicio de desatención y desorientación, aunque ambos resistirán como pueden la amenaza de terminar en un asilo, que para ellos es lo mismo que ceder, entregarse...

    Entre anécdotas y recuerdos (divertidos, coquetos) surge un relato que tiene tanto de documental como de ficcional, encantador y entrañable por momentos, cruel y melancólico en otros. Aunque no todos los recursos, herramientas y dispositivos a los que apela el director convencen de la misma manera (hay algo manipulatorio en ciertos procedimientos), a la larga se trata de un pequeño y muy valioso film.
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  • Historias breves 10
    Los cortos remontan vuelo

    A 20 años de su primera edición y con 10 entregas, Historias Breves ya tiene un lugar ganado en la historia del cine argentino como ámbito de producción (con características profesionales) y promoción de los nuevos realizadores. Es una iniciativa valiosa, estimulante y su sostenimiento por parte de diversas gestiones del INCAA habla de una coherencia no tan frecuente en nuestro país.

    Dicho eso, también queda claro que lo mejor de Historias Breves ya pasó. De allí surgieron desde Lucrecia Martel hasta Adrián Caetano, pasando por Daniel Burman, en tiempos en que rodar (¡en fílmico!) era poco menos que una utopía, una odisea y una épica. Hoy, con la tecnología digital a disposición de todos, casi cualquiera puede hacer un corto con calidad profesional (en pocos días tres films argentinos se verán en el Festival de Cannes).

    Si bien ninguno de los siete cortos de Historias Breves 10 alcanza la calidad de esas tres películas elegidas por Cannes, lo cierto es que el nivel general resultó bastante mejor que el de la decepcionante novena entrega conocida en septiembre último. Esta vez son tres los títulos valiosos, mientras que los cuatro restantes tienen al menos un impecable acabado técnico y formal.

    Entre lo mejor del conjunto merecen destacarse Diamante mandarín, en el que Juan Martín Hsu (La Salada) narra a pura tensión las vivencias de los dueños de un supermercado chino que, en pleno estallido de diciembre de 2001, se refugian dentro del establecimiento mientras fuera de campo se escuchan los golpes y los gritos de aquellos que quieren ingresar para saquearlo; El trabajo industrial, de Gerardo Naumann, que arranca como un retrato hiperrealista sobre la tarea cotidiana en una línea de montaje de una fábrica de artículos de limpieza, pero luego apuesta al artificio para trazar una analogía entre ese trabajo repetitivo y la rutina actoral; y Homúnculo, en el que Exequiel Sambucetti se arriesga con la ciencia ficción apocalíptica de mutantes con una Buenos Aires invadida por extrañas criaturas y virus que van invadiendo los cuerpos de sus habitantes. Un exponente del cine de género con efectos visuales que ratifica la cada vez mayor diversidad que, por suerte, se aprecia en Historias Breves.
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  • Viaje al centro de la producción
    La industria automotriz en la era kirchnerista

    Resurgimiento, apogeo y caída. Así podría definirse este documental de Ariel Borenstein y Damián Finvarb (director de La crisis causó dos nuevas muertes) sobre la industria automotriz en la era kirchnerista. La película arranca con imágenes de una de las ferias organizadas hace no demasiado tiempo para celebrar los éxitos y el esplendor del por entonces pujante sector y cierra con registros in situ del duro conflicto gremial por los despidos en la autopartista Gestamp. Más allá de la clara postura ideológica de los realizadores en favor de los delegados de izquierda y en contra de la burocracia sindical, se trata de un registro contundente y esclarecedor sobre los vaivenes de una industria esencial de la ciclotímica economía (sociedad) argentina.
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  • Crímenes ocultos
    Cruza de géneros con mal resultado

    Esta transposición del best seller publicado en 2008 por Tom Rob Smith es una anomalía (en más de un sentido) dentro del cine actual. En principio, porque cada vez se filman menos épicas históricas de estas dimensiones, sobre todo si, como en este caso, están ambientadas durante el estalinismo soviético. Y, también, porque a pesar de los talentosos artistas contratados (Daniel Espinosa, que venía de dirigir el exitoso thriller Protegiendo al enemigo; Ridley Scott en la producción; el cotizado escritor Richard Price como guionista, y un elenco multinacional pletórico de figuras) todo lo que podía salir mal? resultó peor.

    La cosa ya arranca de manera preocupante cuando escuchamos que el film está hablado en inglés, pero con un ridículo acento ruso (los actores son obligados a pronunciar mal las erres y las eses). Sin embargo, esa absurda decisión artística será el menor de los problemas que este film solemne, obvio y torpe acumulará durante sus extenuantes 137 minutos.

    Tras un par de prólogos (la hambruna de 1933 que mató a unas 25.000 personas por día y la toma de Berlín en 1945), la acción se sitúa en la Moscú de 1953, pleno imperio del terror de Stalin. El protagonista es Leo Demidov (una esforzada actuación de Tom Hardy, lo mejor del film), un ex héroe del Ejército Rojo devenido jerarca de la policía secreta, precursora de la KGB. Sin embargo, cuando todo parecía esplendoroso para Leo, una de las tantas investigaciones internas (estamos en el imperio de la delación, la tortura y la purga) termina con él y su esposa, Raisa (Noomi Rapace), desacreditados y desterrados en la aislada y sórdida zona de Volsk, donde con la ayuda de un general (Gary Oldman) empezarán a seguir la pista de un asesino serial de niños.

    Thriller psicológico, drama romántico, épica histórica, film de espías, película de propaganda, Crímenes ocultos intenta abarcar todo eso (y más) con resultados entre desconcertantes y fallidos. Se agradecen los esfuerzos de semejante epopeya cinematográfica, pero el balance final es muy poco estimulante.
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  • Soy Ringo
    Soy Ringo
    Otros Cines
    Anatomía de un asesinato

    Oscar Natalio "Ringo" Bonavena fue asesinado el 22 de mayo de 1976 en las puertas del Mustang Ranch, un burdel de Nevada, Reno. Había peleado de igual a igual contra Joe Frazier y el mismísimo Muhammad Alí para transformarse en un ídolo de multitudes en la Argentina. Era un genio de la provocación y la autopromoción (“histriónico, mediático y polifacético”, se lo define en el film) en épocas en que no existía la maquinaria de marketing actual. Su muerte -aparentemente a manos de un patovica/guardaespaldas llamado Ross Brymer- no hizo más que aumentar su aura mítica.

    Más cerca del policial que del documental deportivo, este trabajo de José Luis Nacci expone las múltiples teorías sobre un caso que conmovió a la sociedad argentina (al velorio en el Luna Park asistieron más de 100.000 personas) y que siempre tuvo a Joe Conforte, dueño del prostíbulo, como principal sospechoso de haber sido el autor intelectual.

    Con material de archivo, reconstrucciones, animaciones, ilustraciones y, sobre todo, testimonios de familiares, amigos y conocedores de su historia como los periodistas Ernesto Cherquis Bialo, Carlos Irusta o Ezequiel Fernández Moores, Nacci construye un prolijo rompecabezas con algunos fascinantes pasajes. Vale la pena.
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  • Saldaño, el sueño dorado
    Contra la pena capital

    El joven cordobés Víctor Hugo Saldaño se lanzó a recorrer el mundo y finalmente llegó a los Estados Unidos. Su sueño americano pronto derivó en pesadilla. Allí, en 1995, asesinó a un ciudadano de ese país y fue condenado a muerte en dos juicios dominados por la falta de garantías, el racismo y la discriminación. Gracias a la intervención de diversas organizaciones internacionales y del consulado argentino en Houston, Saldaño -que sigue recluido en el tenebroso Corredor de la Muerte en condiciones infrahumanas y con un creciente deterioro físico y mental- aún no fue ejecutado y hasta se lograron cambios en la rígida y anquilosada legislación del estado de Texas.

    Éste es el atroz y conmovedor caso que Viarruel reconstruye con un esquema básico (testimonio a cámara de abogados, familiares y funcionarios) y con las reveladoras imágenes del interrogatorio policial al que Saldaño fue sometido apenas capturado con una confesión que resultó la clave para su posterior condena. Sin grandes hallazgos artísticos, se trata de todas maneras de un documental revelador y que sirve para disparar la polémica sobre la pena capital.
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  • Amores infieles
    Amores infieles
    La Nación
    Tortuoso y, a la larga, irritante

    Hace poco más de una década, Paul Haggis ganaba el Oscar a mejor película y guión original por Vidas cruzadas (Crash). En Amores infieles reitera el esquema de narración coral a-la-Robert Altman con varias historias paralelas que en algunos momentos se van ligando y que, vistas en su conjunto, dan un panorama bastante desolador sobre la condición humana: amores torturados, familias en crisis, ambiciones desmedidas y perversiones varias; personajes desesperados con ansias de redención y dominados por la culpa, la soledad, la infidelidad, la angustia y un sino trágico que parece no abandonarlos nunca.

    Rodadas en París, Roma y Nueva York, las historias de Amores infieles -protagonizadas por una decena de intérpretes de primera línea- van desde un escritor en crisis (Liam Neeson) obsesionado por una bella y joven colega (Olivia Wilde) hasta una muchacha inestable (Mila Kunis) que lucha por poder ver a su hijo que vive con su ex marido (James Franco), pasando por un estafador norteamericano (Adrien Brody) que se enamora de una gitana (Moran Atias) y se ve involucrado en un chantaje.

    Reconocido guionista (escribió varios films para Clint Eastwood y para la saga de James Bond), Haggis hace gala no sólo de una mirada bastante pesimista, sino también de una fuerte dosis de sadismo y solemnidad a la hora de juzgar el comportamiento de sus criaturas. El resultado es un film pretencioso, manipulatorio, tortuoso e irritante, cuyos 136 minutos constituyen un verdadero tour-de-force incluso para el espectador más curtido.
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  • Una noche para sobrevivir
    Todo por mi hijo

    Tras Desconocido (2011) y Non Stop: Sin escalas (2014), el eficaz director catalán Jaume Collet-Serra (La huérfana) vuelve a trabajar con Liam Neeson, convertido con este tipo de films y sobre todo a partir de la exitosa saga de Búsqueda implacable en uno de los mejores héroes de acción, un duro a lo Charles Bronson al que no parecen pesarle demasiado los casi 63 años que ostenta.

    En Una noche para sobrevivir, Liam Neeson intepreta a Jimmy Conlon, un asesino a sueldo de Brooklyn con una vida cargada de violencia y alcohol que lo ha alejado de Mike (Joel Kinnaman), su hijo que tiene a su esposa embarazada (Genesis Rodriguez) y a dos niños pequeños. Pero cuando la vida de Mike está en peligro, el protagonista no dudará en ayudarlo, aunque para ello tenga que soportar durante toda la noche del título la persecución de su jefe narco (Ed Harris) y sus matones (entre ellos Common), y a la policía liderada por un querible detective interpretado por Vincent D’Onofrio.

    El film -que remite en varios aspectos a otro noble exponente reciente del género como Sin control (John Wick), con Keanu Reeves- no es demasiado sorprendente, pero tiene todo lo que tiene que tener: un guión ajustado; una puesta en escena virtuosa, pero sin estridencias; un par de escenas espectaculares (como una persecución automovilística por las calles de Manhattan), atractivas locaciones (un pub irlandés, un gimnasio de boxeo en el Bronx, etc.) y, sobre todo, buenas actuaciones con duelo Neeson-Harris incluido ¿Qué está construida con unos cuantos clichés y estereotipos? Puede ser, pero aun con sus lugares comunes el resultado es decididamente rendidor.
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  • Casa vampiro
    Casa vampiro
    Otros Cines
    Sangre, sudor... y risas

    No es la primera vez que se hace una comedia de vampiros, pero esta modesta producción neozelandesa tiene sus hallazgos particulares con una historia ambientada en la Wellington actual que trabaja sobre anacronismos y citas que van desde la vieja Drácula hasta las reciente Crepúsculo.

    Entre Vamps, de Amy Heckerling, y los films de Edgar Wright y Simon Pegg tipo Muertos de risa, esta película coescrita, codirigida y coprotagonizada por Taika Waititi y Jemaine Clement (Flight of the Conchords) es un falso documental con espíritu de reality-show (los realizadores son “invitados” a filmar la intimidad de los protagonistas) que nos presenta a un grupo de vampiros (el más joven de “apenas” 183 años y el más viejo, con su look Nosferatu, de 8.000, aunque todos se comportan como adolescentes) que comparten una decadente casa y por las noches salen a tener algunas aventuras que van desde entrar a un boliche o intentar alguna aventura sexual.

    Los protagonistas son muy distintos: está el romántico, el rebelde, el tímido y el recién llegado que debe aprender el métier en una descripción con toques homoeróticos, explosiones gore que remiten a los primeros films de su compatriota Peter Jackson y escenas en las que, por ejemplo, luchan con hombres lobos. No todas las situaciones son igual de inspiradas, creativas y simpáticas, pero se trata de una verdadera rareza por origen, por tono y por búsquedas. Vale la pena, entonces, arriesgarse y entrar por un rato a esta delirante Casa vampiro.
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  • Los Vengadores 2: Era de Ultron
    Superhéroes de antología

    El guionista y director Joss Whedon es quien mejor parece conocer el universo Marvel o por lo menos quien mejor ha logrado adaptarlo a los gustos y las necesidades de estos tiempos. Tres años después del inmenso éxito de la entrega anterior, estrena Era de Ultrón, una película que tiene el doble mérito de ser más oscura (hay algo de El padrino en la propuesta) y más divertida a la vez (los personajes no paran de disparar hilarantes dardos verbales incluso cuando son atacados por decenas de soldados o robots).

    Por supuesto, en una película como ésta, que apuesta a la coralidad (para colmo se suman varios nuevos superhéroes) y a la acumulación de conflictos de muy diversa índole surgen de forma casi inevitable sensaciones cercanas al caos y al agotamiento, pero al mismo tiempo cada una de sus piezas analizadas por separado tiene algo que aportar (desde la acción, el romance o la comedia) al rompecabezas de casi dos horas y media de duración.

    Los seis protagonistas de Los Vengadores -Iron Man (Robert Downey Jr.), Capitán América (Chris Evans), Thor (Chris Hemsworth), Hulk (Mark Ruffalo), Viuda Negra (Scarlett Johansson) y Hawkeye (Jeremy Renner)-se reúnen para salvar a la Tierra de la amenaza de un villano todavía más poderoso y temible como Ultrón (la voz de James Spader), surgido de las propias entrañas de las investigaciones de Tony Stark y Bruce Banner, y luego, en medio de un cambiante juego de alianzas, confabulaciones y traiciones cruzadas que es mejor no adelantar, aparecerán personajes como los de Aaron Taylor-Johnson (Pietro Maximoff-Quicksilver), Elizabeth Olsen (Wanda Maximoff-Bruja Escarlata), Paul Bettany (Jarvis-Visión) y Don Cheadle (James Rhodes-Máquina de Guerra).

    En este sentido, y teniendo en cuenta los cachets a estas alturas ya casi impagables de varias de las estrellas de la saga (Era de Ultrón costó más de 250 millones de dólares sin contar el lanzamiento), la presentación de estos nuevos superhéroes abre la puerta para una segunda generación de Avengers. Marvel, se sabe, toma elementos de films previos (en este caso, por ejemplo, de Capitán América y El soldado del invierno) y deja abiertas situaciones que se retomarán en futuras películas del estudio. Aquí no hay puntada sin hilo, no hay decisiones arbitrarias o azarosas. Todo forma parte de un marketing global y proyectado de aquí a muchos años.

    Sí hay un par de secuencias de acción espectaculares y también muchos bienvenidos gags. Sí hay un cameo gracioso de Stan Lee y una breve escena en medio de los créditos finales. Los fans tendrán todo lo que buscan. Y Whedon le dedica también muchos minutos a la cada vez más intensa relación entre Hulk y Viuda Negra (Scarlett Johansson filmó la película con un avanzado embarazo y debió ser ayudada por un ejército de dobles para la mayoría de las escenas). Es que en este universo dominado por la adrenalina, los efectos visuales y personajes enfundados en trajes de última generación también queda espacio para el romance, los conflictos psicológicos y las contradicciones íntimas.
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  • El cuarto azul
    El cuarto azul
    Otros Cines
    De amor, de locura y de muerte

    Desde hace ya muchos años sabemos que Mathieu Amalric es uno de los mejores actores del cine francés, pero con el tiempo también vamos comprobando que se trata de uno de los realizadores más valiosos en actividad. Tras Tournée (2010), que le había valido el premio a Mejor Director en la Competencia Oficial de Cannes, estrenó en la edición del año último del mismo festival esta moderna y creativa relectura del clásico literario publicado en 1964 por el mítico Georges Simenon.

    Lo que en principio parece ser un ego-trip con regodeo exhibicionista de sexo y cuerpos desnudos entre Julien (Amalric) y su amante Esther (Stephanie Cleau) deviene luego en un intrincado caso con posibles asesinatos, un largo testimonio ante la policía y juicio incluido que va y viene en el tiempo en una compleja estructura que el realizador despliega con precisión, sensibilidad y fluidez, haciendo palpable aquella pasión en contraposición de la frialdad del implacable sistema que los condena.

    Premiado como mejor director en el último Festival de Mar del Plata, Amalric ofrece un rompecabezas psicológico-judicial que en un principio puede parecer algo intrincado, pero con sus múltiples hallazgos visuales, narrativos y actorales ratifica que, en su doble rol de realizador y actor, estamos en presencia de un artista que tiene muy en claro qué decir y cómo hacerlo.
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  • Big Eyes
    Big Eyes
    La Nación
    Previsible mirada al éxito

    Dos décadas después de Ed Wood, Tim Burton se reunió con los guionistas Scott Alexander y Larry Karaszewski para otra biopic cuyos temas principales son esencialmente los mismos: la pasión, la convicción y la originalidad del creador frente a la mentira, la hipocresía y el desprecio dentro del ambiente artístico. Claro que el protagonista ya no es un director tan entusiasta como artesanal y patético, sino la artista plástica Margaret Keane y sus pinturas de los ojos grandes a los que alude el título en inglés.

    Amy Adams interpreta a una mujer que, tras un fallido matrimonio, llega con su hija a San Francisco en los años 50 (mala época para una madre soltera). Tras múltiples e infructuosos intentos por conseguir trabajo, conoce a Walter Keane (Christoph Waltz), un hombre seductor y de apariencia encantadora con enorme habilidad para las relaciones públicas, pero que, en verdad, es un mentiroso compulsivo y un experto en el engaño.

    Margaret y Walter no tardan en casarse y, mientras ella empieza a concebir cuadros cada vez más notables, él se dedica a comercializarlos. El problema es que -en principio sin decírselo- se hace pasar por el autor de las obras. Cuando el éxito crítico y comercial llega en forma de aluvión, ya es demasiado tarde: él se convierte en una celebridad, y ella, en la sufrida proveedora de pinturas que realiza siempre encerrada en la casa.

    Big Eyes, que en principio pendula entre la comedia negra y el drama romántico, tiene una segunda parte ambientada en los años 60 más ligada al thriller judicial con una clara (aunque algo obvia) mirada feminista. Si bien queda claro que tanto Burton como sus dos coguionistas (que ya habían escrito otras biopics como Larry Flint y El mundo de Andy) simpatizan con la figura de Margaret, la película se torna demasiado superficial, manipuladora y previsible.

    Otro de los problemas del film tiene que ver con la disparidad de los registros interpretativos. Mientras Amy Adams está impecable, siempre medida y convincente en su papel, lo de Christoph Waltz, en cambio, pasa por una composición exagerada. Aunque el actor austríaco consigue algunos logrados momentos humorísticos, está demasiado cerca del unipersonal ampuloso y acaparador en el estilo de los últimos trabajos de Johnny Depp para el director.

    Con respecto a Burton, más allá de que evidentemente incursiona en uno de sus temas favoritos y de que vuelve a hacer gala de su proverbial capacidad para la narración y el despliegue visual, sigue lejos de sus mejores trabajos. Tironeado entre una veta más autoral y los encargos de la industria, se trata de un brillante director en medio de una encrucijada artística. Ojalá tome los caminos correctos. Talento no le falta.
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  • La parte ausente
    La parte ausente
    Otros Cines
    Hermoso envoltorio, pero...

    Film noir con un investigador privado (Alberto Ajaka) y una enigmática y atractiva femme-fatale (Celeste Cid); ciencia ficción con estética retro-futurista y ambientación post-apocalíptica; elementos ligados al género de terror/fantástico con mutantes y experimentos genéticos; referencias al cómic y una bella banda sonora (con versión en vivo de Alma de diamante incluida), buenas locaciones como el universo de un hipódromo; estilización visual con muchas escenas nocturnas y el cine de Wong Kar-way y Blade Runner como algunos de sus referentes...

    Esas son las principales búsquedas y caminos por los que transita este debut en el largometraje de ficción de Maidana (La asamblea), un film que se luce en la forma (contó con la ayuda de un verdadero dream-team de productores, técnicos y artistas), pero hace agua en el contenido. Hay un encargo por parte de una mujer (Cid, siempre magnética pero esta vez bastante desaprovechada), un protagonista torturado, una persecución, un perseguido (Guillermo Pfening), un submundo (una misteriosa secta, el ambiente del turf) y algunos climas logrados y subyugantes.

    Sin embargo, más allá de sus indudables méritos formales, la película nunca consigue la tensión, el suspenso, la intensidad, la profundidad dramática, la cohesión y el poder de seducción que una historia de estas características exige para que el espectador se comprometa emocionalmente y se identifique con la suerte de sus personajes. Así, La parte ausente queda apenas como un muy bello envoltorio con un contenido bastante decepcionante. Un film para admirar, pero no para disfrutar.
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  • Mis sucios 3 tonos
    Adiós a la inocencia

    Esta ópera prima del misionero Juanma Brignole retrata un día (y un noche) en la vida de unos jóvenes de Posadas que se preparan para asistir a un recital de punk rock (en verdad, tienen entradas falsas para ver a Fun People). Se trata de un melancólico y algo previsible retrato sobre el fin de la adolescencia y el paso a la adultez.

    El film busca (por momentos encuentra) la espontaneidad, la ligereza en estas experiencias casuales, acaso banales, que tienen que ver con los códigos de compañerismo (y las pequeñas mentiras y traiciones), con el despertar sexual y la definición de la identidad.

    Brignole sigue (y quiere) a sus personajes y la puesta en escena tiene que ver más con "capturar" esa esencia más que en el rigor de la construcción o la solidez formal. También apuesta -para acrecentar la veta nostálgica, de fin de época- por mostrar en el contexto cómo la construcción de una represa inunda lugares tradicionales de la zona, que se pierden para siempre.

    El film se sigue con cierto interés, pero también es cierto que le juega en contra su "ligazón" con muchos exponentes previos del Nuevo Cine Argentino. Hay -más allá del sentido carácter autobiográfico de la historia- algo de "fórmula", de déjà vu en Mis sucios 3 tonos.
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  • La bella y la bestia
    Fábula demasiado oscura

    Los cuentos de hadas, con sus propuestas de corte fantástico, han servido para múltiples (re)creaciones. Ya sea en producciones animadas como, sobre todo ahora, en películas con intérpretes de carne y hueso, han seducido a espectadores de diferentes edades y durante varias generaciones. Si bien el cine estadounidense en general (y Disney en particular) se ha "apoderado" con mayor frecuencia de esos relatos, también han sido abordados en otras latitudes. Esta nueva versión de La bella y la bestia de origen francés (y con aportes alemanes) es un ejemplo de esa tendencia cada vez más global.

    Christophe Gans (realizador de Pacto de lobos y Silent Hill) fue el encargado de la transposición y del rodaje para una película que se parece demasiado a varias de sus "hermanas" norteamericanas, ya que a partir de un generoso presupuesto (más de 30 millones de euros) tiene un ambicioso y espectacular despliegue de decorados y efectos visuales, pero que en términos dramáticos hace agua por todos lados.

    Precisamente en el agua arranca la historia, ya que el naufragio de sus tres barcos lleva a la ruina a un mercader, cuya numerosa familia cae en la miseria y el desprecio social. La más joven de sus hijas, Bella (Léa Seydoux, vista en La vida de Adéle), terminará luego como una suerte de rehén de la Bestia (Vincent Cassel) en el marco de un acuerdo para salvar la vida de su padre. El proceso entre que ella ingresa al palacio de ese hombre convertido en monstruo por una maldición y ambos se terminan enamorando es tan torpe como brusco e inverosímil.

    Hay otras subtramas (como la de un malvado encarnado por el español Eduardo Noriega) que poco aportan y, más allá de los esfuerzos, la belleza y el carisma de Seydoux, esta tragedia romántica resulta demasiado tortuosa y oscura para los más pequeños y demasiado endeble para un público adulto más exigente. A mitad de camino.
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  • El desierto
    El desierto
    La Nación
    Deseo, traición (y algo de zombis)

    Nacido en Alemania, pero formado y radicado en la Argentina, Christoph Behl -de amplia trayectoria en el documental- debuta en el largometraje de ficción con una película que tiene todos los condimentos del cine de género apocalíptico y de zombis, pero que en verdad se concentra en la relación entre tres sobrevivientes (dos muchachos y una chica) que viven desde hace años refugiados en un búnker frente a la violenta amenaza exterior.

    Ana (Victoria Almeida) es un vértice del triángulo sentimental que completan Axel (Lautaro Delgado) y Jonathan (William Prociuk). Este último es la actual pareja de ella, pero Axel está obsesionado por la mujer. Mientras matan el tiempo jugando a viejos videojuegos, al TEG, a la Batalla Naval, practicando boxeo, tomando alcohol o haciéndose tatuajes, los protagonistas inician una suerte de proyecto, que consiste en grabarse frente a una cámara de video cual confesionario de un reality show.

    Así, la película pendula entre el thriller psicológico con toques eróticos y la reflexión sobre el encierro y sus efectos asfixiantes, que van desgastando y degradando las relaciones entre esos tres personajes, que al principio se consideran una familia. El problema es que la película se pierde en demasiados tiempos muertos y se ve dominada por unos cuantos diálogos ampulosos y supuestamente trascendentes. El terror -más allá de la aparición concreta de un zombi- está casi siempre en segundo plano o directamente en el fuera de campo, y relegado muchas veces a los efectos de sonido.

    El film tiene un impecable acabado técnico y algunas ideas visuales muy logradas, pero se queda a mitad de camino entre un envoltorio típico del cine fantástico y un interior dramático y alegórico no demasiado convincente.
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  • El Picasso de Persia
    El BAFICI antes del BAFICI

    Ganadora del Premio a la Mejor Película de la Competencia Internacional del BAFICI 2014, esta película llega a la cartelera comercial –casi como si fuese un precalentamiento– a pocos días del arranque de la 17ª edición del festival porteño.

    Bahman Mohasses fue uno de los pintores, escultores y poetas más importantes previos a la Revolución de 1979. Desde entonces, como todo creador que haya sido vinculado con el régimen anterior, fue prohibido y desechado. Las leyendas urbanas indicaban incluso que él mismo había destruido todas sus obras y había desaparecido. Así, para las nuevas generaciones, nunca existió, aunque en verdad se impuso un autoexilio de tres décadas.

    La bella y talentosa directora Mitra Farahani (ella misma también artista visual) va en busca de esa figura maldita de la mano de dos coleccionistas iraníes que han hecho fortuna en Dubai y están dispuestos a todo para conseguir obras de quien consideran un genio.

    Finalmente, un viejo y enfermo Mohasses aparece en Roma, donde no sólo conoceremos a este contradictorio personaje (uno de esos antihéroes tan malhumorados y chantas como seductores y finalmente queribles) sino también a muchas de sus creaciones "perdidas".

    Una película pletórica de ideas y hallazgos, que van de lo íntimo a lo general, desvelando también la caza de brujas concretada en Irán, que ha llevado a que verdaderos maestros hayan caído en el ostracismo y en el olvido. Un film fascinante, incluso para los que se sientan alejados por completo del ambiente de las artes plásticas.
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  • Rápidos y furiosos 7
    Ni la muerte los separa... (El largo adiós)

    “Las excusas no se filman”, es una de las máximas del negocio cinematográfico. Sin embargo, teniendo en cuenta que uno de los dos protagonistas de Rápidos y furiosos 7 (Paul Walker) se murió en medio del rodaje, hay algunos atenuantes para ciertos problemas que aparecen durante esta nueva entrega de la exitosa (y muy divertida) saga.

    Sólo las proezas técnicas de la industria de Hollywood en materia de efectos visuales permitieron maximizar lo poco que Walker había filmado antes de su accidente fatal, aprovechando también tomas descartadas de las películas anteriores y otras nuevas que se hicieron con su hermano gemelo Cody como “doble de cuerpo” e incorporándole luego el rostro de Paul.

    Se entiende, por lo tanto, que el personaje de Brian O'Conner (Walker) tenga esta vez menos presencia que en los films previos, que sean Dominic Toretto (Vin Diesel) y Letty (Michelle Rodriguez) quienes carguen la trama sobre sus espaldas. No se comprende, en cambio, por qué el Hobbs de Dwayne Johnson tiene aportes importantes al comienzo y al final pero desaparece en el resto de la película o por qué hay dos malvados: uno con mucho desarrollo y posibilidad de lucimiento en el terreno físico (el gran Jason Statham) y otro que es poco menos que una figura decorativa (Djimon Hounsou).

    ¿Eso quiere decir que Rápidos y furiosos 7 es una película fallida? Para nada. Simplemente se nota el “cortar y pegar”, el pastiche, el collage un poco desprolijo, el rompecabezas en el que no todas las piezas encajan. Como compensación tenemos no sólo a Statham sino también a un hilarante Kurt Russell, que parece salido de una película clase B a-lo-Carpenter.

    Es cierto que el malayo James Wan (realizador de la notable El conjuro) no es tan virtuoso ni parece comprender del todo la esencia de la franquicia como el taiwanés Justin Lin (responsable de cuatro entregas), pero lo suyo es más que digno y con algunas set-pieces (la Ferrari volando entre edificio y edificio y edificio de Abu Dhabi) realmente formidables.

    Que la película es grasa, absurda, ridícula… Sí, y a mucha honra. Que las chicas en bikini o las exhortaciones familieras de Toretto a esta altura se repiten demasiado, también. Pero para quienes vimos (más de una vez) las películas de la saga durante 15 años, hay un territorio tan conocido como disfrutable. Verdadero cine popular.

    ATENCIÓN: PEQUEÑO SPOILER

    Y, aunque por momentos está demasiado cerca del golpe bajo, uno no puede dejar de llorar durante los últimos cinco minutos concebidos en directo homenaje a Walker. La toma aérea cenital del final con los dos autos yéndose por diferentes caminos tiene un hermoso poder simbólico y lírico. Adiós, Brian…
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  • Tuya
    Tuya
    La Nación
    Secretos y mentiras de una pareja imperfecta.

    Tras Las viudas de los jueves (2009), de Marcelo Piñeyro; y Betibú (2014), de Miguel Cohan, llega al cine la transposición de otra novela de Claudia Piñeiro, autora que se ha convertido en un subgénero en sí mismo a partir de su impiadosa mirada a las miserias de la clase media alta argentina.

    En Tuya ya no es un country el ambiente elegido, sino el departamento de una familia integrada por Ernesto (Jorge Marrale), un exitoso empresario; su esposa, Inés (Andrea Pietra), y Lali (Malena Sánchez), la hija adolescente que está a punto de realizar su viaje de egresados. Como en todos los libros de Piñeiro, cada uno de los personajes acumula importantes secretos y mentiras que terminan desvelándose de la forma más insólita y con las consecuencias más inesperadas.

    En este caso, es una carta de amor para el protagonista de la que parece ser su amante la que desata la reacción (mezcla de indignación, fascinación y obsesión) de Inés por desentrañar la verdad. Esta ama de casa desesperada se convertirá así en una suerte de improvisada detective y, a partir de entonces, cual efecto bola de nieve, se sucederán todo tipo de vueltas de tuerca con asesinatos y engaños cruzados.

    No puede decirse que a Tuya le falten elementos de interés: hay sorpresas e ingenio a la hora de describir la intimidad de un matrimonio ya bastante desgastado, las tentaciones del marido, los miedos de la esposa ante la posibilidad de perderlo todo, la soledad y descontención de una joven como Lali, y esa mezcla de hipocresía y cinismo de la burguesía que tan bien han descripto en cine directores como Claude Chabrol.

    El problema principal de Tuya pasa por una puesta en escena poco fluida, por momentos incluso esquemática y forzada, por parte del guionista y director Edgardo González Amer, quien -a pesar de citas explícitas a brillantes exponentes del género como Alfred Hitchcock, Quentin Tarantino o los hermanos Coen- construye un relato bastante desdibujado, con situaciones y elementos demasiado obvios, recursos (como la voz en off de Pietra) que aparecen y desaparecen de forma caprichosa, y algunas actuaciones no del todo convincentes.

    Habrá que ver si, a pesar de sus evidentes desniveles artísticos, Tuya logra repetir el éxito de sus dos predecesoras. El público argentino, se sabe, está ávido de buenas propuestas ligadas a los géneros y este thriller psicológico, como los films previos basados en relatos de Piñeiro, tiene elementos tan provocativos como intrigantes.

    Lástima que el resultado final esta vez no esté a la altura de las expectativas.
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  • Leviathan
    Leviathan
    Otros Cines
    Algo huele mal en Rusia

    Premiado previamente en Cannes por The Banishment (2007) y Elena (2011), Andrey Zvyagintsev obtuvo el Premio al Mejor Guión en la edición 2014 del principal festival del mundo y consiguió luego el Globo de Oro y una nominación al Oscar extranjero por una pintura desoladora del creciente estado de descomposición de una sociedad rusa dominada por la corrupción, la codicia, la violencia y el arrasador avance del poder político, el económico y el religioso (en muchos casos asociados entre sí) contra los sectores más débiles y postergados de la población.

    El film -que ofrece el rigor y la belleza del mejor cine ruso- tiene una primera mitad muy lograda que incluye infrecuentes hallazgos de comedia negra en el marco de los enfrentamientos en el seno de la pequeña comunidad de un pueblo pesquero, pero en su segunda parte esta tragedia de fuerte carga simbólica y moral se va tornando cada vez más pretenciosa y solemne (¡la música de Philip Glass!), juzgando demasiado a sus personajes y apelando a dosis desmedidas de crueldad.

    De todas maneras, la fuerza alegórica, la dimensión lírica y, sobre todo, la maestría narrativa de Zvyagintsev (cada uno de sus largos planos tiene una potencia infrecuente en el efímero cine contemporáneo) son incuestionables y convierten a Leviatán en un estreno para no dejar pasar en la cartelera comercial.
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  • Mommy
    Mommy
    Otros Cines
    Amores que matan...

    El joven maravilla del cine canadiense llegó a la Competencia Oficial del Festival de Cannes con su quinta película, que finalmente obtuvo el Premio del Jurado en lo que resultó una suerte de consagración para este enfant-terrible.

    Ambientada en un futuro cercano en el que se han cambiado las leyes sanitarias de ese país, Mommy resulta una suerte de continuación de su aclamada ópera prima Yo maté a mi madre (2009), aunque esta vez Xavier Dolan cede el papel principal a Antoine Olivier Pilon y se reserva apenas un personaje secundario que aparece en una secuencia onírica.

    El film se centra en la (demasiado) cercana, simbiótica y dependiente relación entre Diane "Die" Després (Anne Dorval), una viuda inmadura llena de energía, y su hijo Steve, un muchacho descontrolado y violento (se la pasa insultando, golpeando e incendiando) que entra y sale de institutos correccionales. Para completar el triángulo de esta tragicomedia aparece Kyla (Suzanne Clément), una misteriosa vecina y profesora que va perdiendo el habla por un extraño trauma.

    Estas tres conflictuadas criaturas dan vida a otra de las historias ampulosas y desatadas del realizador de Les amours imaginaires, Laurence Anyways y Tom à la ferme. Rodada en buena parte de sus excesivos 139 minutos en un poco habitual formato cuadrado, Mommy ratifica el inmenso talento formal, la capacidad para dirigir actores con enorme intensidad y la incansable creatividad e ingenio de Dolan, pero también su tendencia al regodeo esteticista y al capricho, que le hacen perder muchas veces el foco respecto de lo esencial de sus películas.
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  • El 5 de Talleres
    El 5 de Talleres
    Otros Cines
    Fin y principio

    El Patón Bonassiolle (Esteban Lamothe) es el 5 de Talleres de Remedios de Escalada, su capitán, su líder dentro y fuera de la cancha. No es precisamente un virtuoso, sino un mediocampista metedor. Tan metedor que se le suele ir la pierna y, en el comienzo del film, es expulsado por una falta descalificadora a un rival. Cuando recibe 8 fechas de suspensión y se da cuenta de que sólo podrá jugar los últimos tres encuentros del campeonato, decide que es hora de colgar los botines a fin de año.

    El problema es que, una vez hecho el anuncio, primero a su esposa (Julieta Zylberberg), más tarde a un amigo y finalmente -tras muchas dudas e idas y vueltas- a la gente del club, se le vienen encima todos los miedos, toda la angustia, todo el vacío existencial ¿Qué hacer? ¿De qué vivir? Terminar la secundaria, intentar con un emprendimiento comercial… Más dudas que certezas, por supuesto.

    En su segundo largometraje tras la consagratoria Gigante (2009), Biniez -argentino pero radicado en Uruguay- consigue una de esas pequeñas grandes películas, de una sencillez y una nobleza formidables. Con una sensibilidad y un humor contenidos, asordinados, pero demoledores, consigue retratar un mundo (el del ascenso más terrenal de la Primera C) y, al mismo tiempo, describir la dinámica interna de una querible pareja (Lamothe y Zylberberg también conviven en la vida real) que debe redefinir unos cuantos aspectos para su futuro, pero que tiene el amor y la lealtad, y la solidaridad para sostenerse.

    El cine de Biniez es minimalista, evita los “grandes” momentos, los golpes de efecto, construye los climas y los conflictos de a poco, sin apurarse, sin apelar a subrayados. Los detalles, las observaciones, el color del ambiente son muchas veces más importantes que los propios “eventos”. Un costumbrismo que, por suerte, no cae en los excesos del género que tanto mal le han hecho al cine argentino. En ese sentido, la química de la pareja protagónica y los hallazgos de la mayoría de los personajes secundarios nos permiten no sólo entenderlos sino incluso identificarnos con sus inseguridades, contradicciones y búsquedas. Una linda película sobre fútbol, amor y segundas oportunidades ¿Qué más se puede pedir?
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  • Home
    Home
    La Nación
    Amable y efectiva.

    DreamWorks, la productora detrás de exitosas sagas como Shrek y Madagascar, busca recuperar terreno en el lucrativo pero siempre competitivo mercado de la animación con una historia sencilla, clásica y efectiva (aunque lejos de la audacia y la creatividad de la reciente Cómo entrenar a tu dragón 2) que recicla la fórmula de la amistad entre un niño y un extraterrestre vista en, por ejemplo, E.T., el extraterrestre o Lilo & Stitch.

    Más allá de la inevitable sensación de déjà vu, Home funciona con su calculada interacción entre los opuestos que se terminarán complementando y entendiendo, mientras que a los adultos acompañantes les quedará apreciar el despliegue visual de la animación 3D y sonreír frente a algunas citas y referencias un poco más elaboradas.

    Los Buv son unos alienígenas en problemas que invaden la Tierra y envían a los humanos a una suerte de campo de refugiados. Sin embargo, no se dan cuenta de que una niña llamada Tip ha quedado en su casa y, decidida y aventurera como es, saldrá en busca de su madre, Lucy. A ella y a su gato se les sumará Oh, un extraterrestre tan inteligente como torpe e individualista, que es perseguido por los líderes de su comunidad, especialmente por el patético Capitán Smek.

    Lo que sigue es una larga saga de enredos por escenarios de los Estados Unidos, China, Australia y Francia (la Torre Eiffel tiene un lugar decisivo en la trama) que apuesta, claro, a la tolerancia entre seres de diferentes orígenes y culturas.

    El director Tim Johnson (Vecinos invasores, Sinbad, Hormiguitaz) construye una narración leve y previsible que se sigue sin esfuerzo, sin demasiadas sorpresas, pero con una sonrisa permanente. Home, está claro, no pasará a la historia grande de la animación, pero es un producto familiar concebido con indudable profesionalismo.

    Algunos giros y acentos del doblaje resultan un poco molestos y hacen extrañar una versión original subtitulada con las voces originales de, entre otras figuras, Jim Parsons, Rihanna, Steve Martin y Jennifer Lopez.
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  • Insurgente
    Insurgente
    Otros Cines
    Atada con alambres

    Sin ser ninguna maravilla, Divergente, dirigida por Neil Burger, resultó un más que aceptable arranque para esta nueva saga juvenil/literaria (y van…), ya que sostenía con bastante fluidez y tensión sus 139 minutos. Exactamente un año después (parece que los productores estaban muy apurados por seguir recaudando) llega esta segunda entrega, Insurgente, que se ubica por debajo de su predecesora.

    Tenemos nuevo director (el alemán Robert Schwentke), nuevos guionistas y buenas incorporaciones en el elenco (como Naomi Watts), pero Insurgente no funciona del todo bien por ningún lado ¡Y eso que dura 20 minutos menos que el film original! La narración es más torpe (los planos generales aéreos y los encuadres cenitales tratan de dotar de algo de espectacularidad), los sueños “explican” los traumas (la culpa) de la protagonista, las secuencias de acción son pocas y pobres, el 3D molesta más de lo que aporta, y la lucha de clases y la represión desde el poder son descriptas de la manera más obvia posible.

    Es cierto que la saga Divergente no es mucho peor que Los juegos del hambre o que Maze Runner (que sin dudas están un par de escalones por encima) y también es cierto que Shailene Woodley es una más que digna protagonista incluso en una segunda parte tan deslucida como esta, pero en Insurgente se nota demasiado el apuro, la fórmula, el “que salga a tiempo como sea”. Una pena, sobre todo por los fans de la saga literaria de Veronica Roth que irán en masa a las salas y, más allá del fanatismo, seguramente saldrán bastante decepcionados. Ojalá la tercera entrega levante algo de vuelo. Esta estuvo a punto de estrellarse.
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  • En un patio de París
    Dos almas en pena

    Lo que empieza como comedia costumbrista termina muy cerca del melodrama lacrimógeno en En un patio de París, el más reciente trabajo del inclasificable e irregular director Pierre Salvadori. Se trata de un film desconcertante (para bien y para mal) que parece vendernos algo de entrada para luego darnos algo bastante distinto a lo prometido.

    Gustave Kervern (sí, el codirector con Benoît Delépine de varias joyas del humor negro francés) interpreta a Antoine, un músico que en plena gira abandona los escenarios con ataques de pánico, angustia y depresión. El artista terminará como portero de una suerte de conventillo en cuyo quinto piso vive Mathilde (la enorme, interminable Catherine Deneuve), una mujer que se dedica al voluntariado pero cuya sanidad mental es aún peor que la del encargado recién llegado, al punto de que su marido (Féodor Atkine) piensa en internarla.

    Las cosas arrancan mal entre Antoine y Mathilde (¡ella le arroja ciruelas desde su departamento mientras él derrocha agua jugando como un niño con la manguera!), pero poco a poco estas dos verdaderas almas en pena, estos personajes decididamente borderline, irán conectando, estableciendo lazos de amistad en medio de sus traumas y sus coqueteos con la locura.

    Es sobre todo la convicción con que los protagonistas sostienen las situaciones (varias de ellas bastante ridículas) lo que hace que En un patio de París no se derrumbe por completo en un grotesco obvio y ramplón. Por ellos y por cierta deformidad en las vueltas de tuerca finales, la película se convierte en una rareza que incomodará a algunos y emocionará a otros. Hay sorpresas…
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  • La Cenicienta
    La Cenicienta
    La Nación
    Un reciclaje que funciona.

    Enredados, Maléfica, Frozen y ahora esta nueva versión de La Cenicienta. Ya sea en producciones animadas o con actores de carne y hueso, Disney es el estudio que mejor entiende el (y mayor provecho saca del) universo de las princesas y las heroínas (en su asociación paralela con Pixar también incursionó hace poco en Valiente).

    La Cenicienta modelo 2015, dirigida por el otrora shakespeariano Kenneth Branagh y hoy "firma de la casa" (venía de filmar para ese holding una película de superhéroes como Thor), profundiza en la tendencia -no sólo de Disney- de personajes femeninos fuertes y con características más independientes y modernas que en los cuentos de hadas y los films clásicos donde aparecieron. En este sentido, tanto en sus méritos estéticos como en sus flaquezas narrativas, esta suntuosa producción pletórica de efectos visuales y grandes decorados tiene también unos cuantos puntos en común con la saga de Alicia en el País de las Maravillas.

    La película arranca con una suerte de prólogo que describe el origen feliz de Ella, mucho antes de convertirse en la desdichada Cenicienta. Tras esa introducción, irrumpe en escena la madrastra de Cate Blanchett, que se casa con su padre (Ben Chaplin) poco antes de que éste muera. Lo de "irrumpir" no es antojadizo, ya que la extraordinaria actriz se lleva (para bien o para mal) el film por delante. Es ella, en un tono ampuloso y camp que remite a la bruja que interpretó Meryl Streep en la reciente En el bosque, quien se adueña de la escena con su belleza, su capacidad de manipulación y su crueldad sin límites (no pocos han comparado su actuación con las de Joan Crawford y a su personaje, con el de Cruella de Vil).

    En cambio, tanto Lily James (Ella) como Richard Madden (el Príncipe), vistos en dos series que aquí también sirven de referencia como Downton Abbey y Game of Thrones, resultan bastante anodinos en sus aportes y con no demasiada química romántica. Entre los múltiples intérpretes británicos que desfilan en pantalla, se destaca la breve intervención de Helena Bonham-Carter como el hada madrina que, en una escena con un muy logrado despliegue visual, convierte calabazas en carrozas, ratones en caballos y harapos en vestidos deslumbrantes.

    Las aventuras no son todo lo sólidas o divertidas que podrían (y deberían) haber sido, pero aun así este reciclaje y modernización del cuento tradicional funciona. Tras el éxito de éste y otros proyectos similares algo queda claro: hay princesas para rato.
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  • La danza de la realidad
    Cuando el profeta le gana por goleada al cineasta

    Hacía 23 años que Alejandro Jodorowsky (que hoy tiene 86) no dirigía una película (su principal afición parecía ser en los últimos tiempos twittear en 140 caracteres aforismos espirituales para su legión de más de un millón de seguidores) y, por eso, la presentación de La danza de la realidad -sumada a la exhibición del bastante más valioso documental Jodorowsky's Dune- se convirtió en uno de los grandes eventos de la Quincena de Realizadores de Cannes 2013.

    El chileno es un auténtico director de culto y son todavía unos cuantos los que se siguen fascinando por sus imágenes absurdas, sus situaciones provocativas y sus frases "célebres"; otros, en cambio, nos quedamos afuera de ese ejercicio exhibicionista, exagerado y caprichoso por parte de un octogenario al que, efectivamente, notamos anclado en un cine viejo y a esta altura bastante torpe y berreta.

    Nunca fui demasiado fan de películas como El topo, Santa sangre o La montaña sagrada, pero entiendo que fueron importantes y hasta revulsivas en los contextos de su época (los años '70 y luego como "films de medianoche"). Hoy, las acumulaciones de simbolismos y metáforas, citas y homenajes de Jodorowsky resultan un artificio hueco y demodé que no funciona ni siquiera como curiosidad.

    ¿Qué propone Jodorowsky en su regreso al cine y a Chile? Ejércitos de freaks (marginales sin piernas ni brazos) a-la Tod Browning, gordas tetonas y enanos "fellinianos", travestis comunistas cantando La Internacional, retratos del fanatismo nazi y stalinista y del antisemitismo, imágenes circenses, fetichismo y perversiones varias, militares que torturan y reprimen, una mirada (espantada y espantosa) a las fuertes diferencias sociales en Chile, varios pasajes sobre la espiritualidad y las religiones y... ¡hasta una participación especial de Gastón Pauls cerca del final! Todo construido a los ponchazos en viñetas independientes que sólo en muy contados casos funcionan de manera autosuficiente.




    Basada en recuerdos y experiencias autobiográficas, La danza de la realidad arranca con un padre comunista, rígido hasta lo sádico (interpretado por Brontis Jodorowsky), que es capaz de exigirle al odontólogo que le aplique a su hijo el torno sin anestesia porque "el dolor se domina con la voluntad". Y está también su madre sufrida que habla cantando con su insoportable voz aguda como si estuviese en una ópera.

    Si Jodorowsky pone a su hijo Brontis haciendo de su padre, no se priva tampoco de aparecer de vez en cuando en pantalla tirando a cámara aforismos sobre el dinero cual profeta y gurú.

    La película pendula todo el tiempo entre la tragicomedia farsesca, el varieté (puro exotismo y pintoresquismo) y el melodrama televisivo (enfatizado para colmo por una música insoportable), pero nunca trasciende una superficialidad alarmante en su búsqueda del impacto fácil y efímero. Una absoluta decepción para quienes no formamos parte de la secta Jodorowsky.
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  • Voley
    Voley
    Otros Cines
    Relato salvaje

    En ese contexto, una comedia sexual tan desinhibida, franca y hasta un poco guarra como Vóley se agradece, aun con sus problemas. Segundo largometraje como guionista y director de Martín Piroyansky tras Abril en Nueva York, se trata de una película coral de enredos (ligados al sexo y las drogas, sobre todo) sobre seis amigos que viajan durante unos días de fin de año a una casona en el Delta del Tigre.

    El anfitrión y motor del relato es Nico (el propio Piroyansky en plan ego-trip), un muchacho de veintipico que invita a sus compinches de toda la vida: su amigovia Pilar (Inés Efrón), Cata (Vera Spinetta) y Nacho (Chino Darín) con su novia Manuela (Violeta Urtizberea). El protagonista es bastante lancero con las chicas y las cosas se complicarán aún más cuando Manuela invita -sin consultar al resto- a Belén (Justina Bustos), una bomba sexual que, claro, despertará una explosión hormonal en los dos muchachos del grupo.

    Puede que no todas las situaciones sean igual de inspiradas, que exista un tufillo misógino y sexista, que surjan algunos caprichos y arbitrariedades, pero así y todo Vóley es -como su título lo indica- una experiencia lúdica (¿deportiva?), con algunos pasajes realmente hilarantes, una muy digna factura técnica y una capacidad de provocación infrecuente por estos lares. Una película en algún sentido generacional y una cachetada a tanto cine argentino solemne, políticamente correcto e “importante”.
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  • Focus: maestros de la estafa
    Romances y estafas en una Buenos Aires de película.

    No es difícil encontrar las principales fuentes de inspiración de esta película de Glenn Ficarra y John Requa: algo del Alfred Hitchcock de Tuyo es mi corazón; la saga de La gran estafa, de Steven Soderbergh, y, por qué no, la argentina Nueve reinas, pero sobre todo el cine de David Mamet y la literatura de Elmore Leonard. O sea, una combinación entre acción, robos, romances, trampas, engaños y constantes vueltas de tuerca.

    En este caso, hay un atractivo extra: más de media película (toda la segunda parte) transcurre en Buenos Aires y, más allá de que esa resolución es menos satisfactoria que el arranque, ni siquiera el gobierno de Mauricio Macri podría haber imaginado un mejor institucional turístico: los guionistas y directores -confesos amantes de la ciudad- filman Caminito en La Boca o el mercado de San Telmo con la fascinación que muchos porteños han perdido. Hay incluso una escena en el aeropuerto de Ezeiza y hasta una larga toma aérea nocturna de Puerto Madero. ¿Qué más se puede pedir?

    En términos estrictamente cinematográficos, tenemos una típica historia de amor entre el estafador curtido que se las sabe todas (Will Smith) y la chica hermosa y novata que finalmente no será tan ingenua como parecía (Margot Robbie, la revelación de El lobo de Wall Street, en otro convincente trabajo no exento de humor).

    Como todo film de este subgénero, habrá golpes llenos de ingenio y audacia (como cuando Nicky y su equipo salen a robar en medio de una multitud que asiste a las celebraciones en Nueva Orleáns), escenas cómicas (brillante el duelo de apuestas con un millonario chino en medio de un partido de fútbol americano) y revelaciones inesperadas. El problema es que el segmento que transcurre en Buenos Aires (con una trama ligada a un fraude en el mundo de las carreras automovilísticas) no es particularmente logrado y Rodrigo Santoro tampoco resulta un antagonista de interés.

    ¿Más hallazgos? Una muy divertida aparición de Juan Minujín como el barman de una fiesta y los notables secundarios del veterano Gerald McRaney y de Adrian Martinez. Podrá decirse que Focus no está a la altura de Una pareja despareja, la muy audaz ópera prima de Ficarra y Requa con Jim Carrey, pero -aun con sus desniveles- resulta un entretenimiento más que digno. Y si ni siquiera eso convence siempre quedará la oportunidad única de apreciar la belleza de Buenos Aires en una producción hollywoodense.
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  • McFarland sin límites
    Honesta y emotiva mirada al deporte.

    Ejemplo perfecto de lo que en la jerga del cine se conoce como crowdpleaser (películas amables diseñadas para agradar a toda costa), McFarland es de esos productos que conmoverán hasta las lágrimas al segmento de público más emotivo e irritarán hasta el enojo a los más cínicos.

    Suerte de cuento de hadas inspirado en un caso real, este film producido por Disney y dirigido por la neozelandesa Niki Caro (Jinete de ballenas, Tierra fría), McFarland reconstruye la historia real de Jim White (Kevin Costner), un maestro sin empleo que en 1987 llega con su familia al decadente pueblo californiano Central Valley, cuya comunidad es casi íntegramente de origen mexicano.

    Una vez vencidos los inevitables prejuicios iniciales, Jim descubrirá que varios de los alumnos de la escuela tienen capacidades poco habituales para las carreras de largo aliento y se convertirá, así, en el entrenador del equipo de cross country. Será el comienzo de una épica deportiva, pero -claro- también de fuertes implicancias sociales.

    Más allá de algunos pocos excesos y golpes bajos, Caro mantiene el film dentro de un tono noble y honesto, apoyado en la jerarquía de Costner y Maria Bello (la esposa del protagonista). ¿Qué es una apuesta dominada por la corrección política, que aboga por la integración en un país marcado en muchos casos por la xenofobia como los Estados Unidos? Puede ser. Pero McFarland es, también, un sólido entretenimiento, que -por suerte- excede el marco de las buenas intenciones.
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  • Invasión
    Invasión
    Otros Cines
    La historia negada

    En diciembre de 1989 George Bush ordenó una invasión a Panamá para derrocar al general Manuel Noriega, el mismo que había llegado al poder en 1983 a través de un golpe de estado apoyado por la propia administración estadounidense. Ese hecho marcó a fuego la historia de ese país y de América Latina, pero hoy a casi nadie parece importarle. Incluso muchos niños panameños ni siquiera conocen los hechos. La historia olvidada, negada.

    Abner Benaim, reconocido documentalista formado en Israel y autor de varios trabajos como Empleadas y patrones, decidió reconstruir aquellos eventos y, sobre todo, reflexionar sobre cómo reaccionó la sociedad panameña. Sin apelar a los recursos habituales (imágenes de archivo, narración en off), se limita a entrevistar a aquellos que fueron testigos e incluso protagonistas de los hechos, a famosos como el boxeador Roberto “Mano de Piedra” Durán o el cantante Rubén Blades, y a simples vecinos de barrios como El Chorrillo, que fueran bombardeados con un saldo de centenares de muertos. También hay algunas ficcionalizaciones a-la-The Act of Killing que no agregan demasiado.

    Invasión resulta en muchos de sus pasajes apasionante por la minuciosidad de los testimonios, pero también por la forma en que Benaim los presenta. No hay meras “cabezas parlantes” sino recorridos (a pie, en auto) por los distintos lugares donde transcurrieron los hechos reales. En su cruzada contra el olvido, el director consiguió un sorprendente éxito de taquilla y ser el primer representante de su país en la carrera por el Oscar extranjero. Una buena oportunidad para encontrarse con un documental distinto de un país infrecuente en la cartelera comercial argentina.
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  • Francisco de Buenos Aires
    Creer o reventar

    Francisco de Buenos Aires es un documental convencional sobre una figura que ha alcanzado un lugar extraordinario en el mundo como Jorge Bergoglio. El director de Las patas mentiras ofrece un retrato sin vuelo cinematográfico y -aún peor- sin demasiados hallazgos a la hora de reconstruir la vida, la obra, el pensamiento y la acción del cardenal argentino devenido Papa.

    Rodríguez Arias intercala una veintena de testimonios de biógrafos, religiosos de diferentes credos, funcionarios y familiares para armar lo que, en definitiva, es un tributo obvio y menor, sin ningún tipo de matices, dimensiones, contradicciones, cuestionamientos ni contrapuntos, destinado a exaltar todas y cada una de las decisiones del homenajeado y su lugar “revolucionario” en el ámbito de la Iglesia y en el mundo en general.

    El esquema es el más básico de las talking heads (eso sí, filmadas a dos cámaras), bastante material de archivo (hay unas pocas imágenes poco vistas) y un viaje a Italia que se utiliza al comienzo y al final para realizar una analogía entre el Francisco de Bergoglio y San Francisco de Asís. Cualquier informe televisivo de programa periodístico tiene hoy más ideas innovadoras que este film. Todo muy obvio, bastante torpe y decididamente oportunista. Será, como dice la gacetilla de prensa, “la primera película realizada para cine sobre el Papa Francisco”. Dudo mucho que sea la mejor…
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  • Pistas para volver a casa
    Hermanos y detectives

    Comedia absurda, melodrama familiar, película de aventuras, road movie… Todo eso y más es Pistas para volver a casa, película despareja, pero al mismo tiempo llena de ideas, búsquedas y hallazgos.

    En el arranque conoceremos a dos hermanos bastante patéticos, dos personajes que rondan los 40, que han perdido la brújula y que, en esa desorientación cercana a la desesperación, son capaces de apelar a cualquier recurso. Dina (Erica Rivas) trabaja por las noches en una lavandería, no ha tenido demasiada suerte con los hombres y vive sola, entre arranques de angustia, muchos cigarrillos y una profunda devoción religiosa. Pascual (Juan Minujín) está a cargo de sus dos hijos (su mujer lo abandonó), no tiene trabajo y vive de aportes externos, por ejemplo el de una vecina muy veterana que lo ayuda a cambio de habituales encuentros sexuales.

    Los antihéroes del film no se llevan nada bien, pero deberán salir juntos en el destartalado Renault 12 de ella (él no maneja) porque su padre (Hugo Arana) ha sufrido un accidente y está postrado en un hospital de pueblo, donde tiene unas cuantas "laguna mentales". Y a partir de allí conoceremos la historia de la familia, con muchos secretos y mentiras, una madre abandónica y un dinero escondido. Tras ese prólogo arranca una suerte de búsqueda del tesoro con mapa incluido en esta suerte de regreso a Hansel y Gretel aunque en versión absolutamente deforme.

    La película tiene momentos intensos, divertidos, emotivos, pero también otros en el que los conflictos -casi siempre bastante extremos- parecen forzados y surgen atisbos de sobreactuación. Más allá de algunos lugares comunes (la escena del baile desenfrenado, por ejemplo), hay en Pistas para volver a casa una falta de prejuicios, un interesente pendular entre la ligereza y la densidad, entre lo fluido y lo enfermizo, un torrente de movimiento e intensidad emocional, que se valoran y se agradecen.
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  • Sueño de invierno
    Escenas de la vida conyugal

    El notable director turco Nuri Bilge Ceylan –que ya había sido premiado varias veces en el Festival de Cannes con films como Erase una vez en Anatolia, Tres monos y Lejano/Distante– ganó nada menos que la Palma de Oro en la última edición con esta ambiciosa (¡196 minutos!) historia de la crisis de pareja entre un veterano actor ya retirado de las tablas que regentea un hotel en Anatolia y su joven esposa.

    El film -un prodigio de puesta en escena, guión y actuaciones más allá de su por momentos impronta teatral y espíritu chejoviano- describe los conflictos del protagonista (un intelectual presuntuoso, arrogante, cínico y egocéntrico) no sólo con la bella Nihal sino también con su hermana Necla, que ha ido a vivir con él luego de un traumático divorcio, con su servicial asistente y con unos inquilinos que no pagan el alquiler.

    Sueño de invierno constituye un tratado angustiante y desolador -con algunos excesos de crueldad- sobre las diferencias de clase (que van del resentimiento a la sumisión), los conflictos religiosos en una sociedad con mayoría musulmana y las contradicciones internas de los cultores de la corrección política, que hace que aquellos que consideran al realizador de Nubes de mayo y Climas como un heredero directo de grandes autores como Ingmar Bergman, Andrei Tarkovsky y Théo Angelopoulos quizás no exageren demasiado. Su llegada a 13 salas argentinas, por lo tanto, es todo un acontecimiento cinéfilo.
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  • Joven y bella
    Joven y bella
    Otros Cines
    Juventud, divino tesoro

    Isabelle, la protagonista de Jeune & Jolie (interpretada por una bella modelo con mínima experiencia en cine como Marine Vacht), tiene 17 años. En la primera de las cuatro partes en que se divide el film (verano, otoño, invierno y primavera, cada una con una canción de Françoise Hardy como leit-motiv) vemos su pérdida de la virginidad, en la playa, con un ocasional amigo alemán. Pero en medio de su explosión hormonal y su confusión emocional, ella decide prostituirse.

    No hay presión ni apremios económicos para esta estudiante porque su mamá y su padrastro (muy buenos trabajos de Géraldine Pailhas y Fréderic Pierrot) le aseguran un holgado pasar: sólo la búsqueda de emociones fuertes e inmediatas y de experimentar con el propio cuerpo. Ella suma clientes y dinero hasta que un hecho policial termina con su "carrera". Cómo reacciona el entorno familiar al enterarse del suceso es el eje de la segunda mitad, basada sobre todo en la relación madre-hija.

    El prolífico François Ozon (Bajo la arena, La piscina, 8 mujeres, Potiche) maneja el relato con delicadeza y precisión, sin caer en psicologismos ni moralejas aleccionadoras, lo cual se agradece doblemente en este tipo de historias. El film es realista, pero sin perversiones; provocador, pero sin golpes bajos. También -sobre todo por la inexpresividad de Vacht- resulta por momentos algo atado, frío, previsible y hasta un poco anodino. De todas maneras, el interés nunca decae del todo y, sobre el final, le alcanzan cinco minutos a la inmensa Charlotte Rampling para levantar la película. No es mucho, pero alcanza.
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  • Se acabó la épica
    Un artista maldito bajo una mirada convencional.

    Néstor Sánchez es uno de los grandes escritores de culto, uno de los secretos mejor guardados de la literatura argentina.

    Si bien varias de sus novelas fueron lanzadas por editoriales grandes como Sudamericana o Seix Barral, llegó a ser publicado en Francia por Gallimard y elogiado con pasión por Julio Cortázar, el autor de Nosotros dos (1966), Siberia blues (1967), El amhor, los orsinis y la muerte (1969) y Cómico de la lengua (1973) dejó de escribir demasiado pronto, se distanció de sus seres queridos y desapareció del mapa. Durante mucho tiempo, todos creyeron que había muerto, pero vivió como linyera en Nueva York, San Francisco y Los Ángeles. Falleció recién en 2003, a los 68 años, en su barrio de Villa Pueyrredón.

    Michanié, directora de documentales como Judíos por elección y Licencia número uno, reconstruye la intensa y durísima existencia de Sánchez a partir de conmovedores testimonios de su hijo Claudio, su analista Ruth Taiano, el traductor francés Albert Bensoussan, el escritor Emilio Sánchez Ortiz o su hermano Carlos. Amante del jazz (cuya apuesta por la improvisación inundó su obra), bailarín de tango junto con Juan Carlos Copes, verdadero trotamundos (vivió también en Caracas, Roma, Barcelona y París), este artista influido por la Generación Beat, los surrealistas, la literatura experimental de James Joyce y heredero de la bohemia del Di Tella se convirtió con el tiempo en figura ineludible del contracanon y cuestionador acérrimo del boom latinoamericano que encandiló a Europa.

    Con el tiempo, Sánchez se fue peleando con sus amigos y distanciando del mundo real. Ligado a la Escuela del Cuarto Camino de Gurdjieff y a las enseñanzas de Carlos Castaneda, entró en una zona mística y esotérica que fue minando su sanidad y su creatividad literaria. Michanié -como hicieron con mayor vuelo Sergio Wolf y Lorena Muñoz en Yo no sé qué me han hecho tus ojos con la figura de la cantante Ada Falcón- intenta desentrañar el misterio Sánchez. El documental es, por momentos, demasiado obvio y convencional para una figura de las dimensiones de este artista maldito, pero aun con sus limitaciones no deja de ser una investigación valiosa sobre un personaje fascinante.
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  • Al cine con amor
    La apasionante vida de un crítico.

    No fue el mejor crítico de cine de los Estados Unidos, pero sí el más popular, el más influyente desde los años 70 hasta su muerte, en 2013, a los 71 años. Roger Ebert -de él se trata- fue una figura fundamental en el inicio de las carreras de directores de la talla de Martin Scorsese, Werner Herzog o Errol Morris, quienes aparecen en este documental reconociendo el impulso que recibieron cuando su futuro era a todas luces incierto.

    Este documental-tributo que Steve James comenzó a filmar en diciembre de 2012, cuando un ya muy decaído Ebert continuaba luchando contra un cáncer que lo aquejaba desde hacía demasiado tiempo, está basado en su libro de memorias publicado en 2012 (titulado, al igual que la película, Life Itself) y contiene fragmentos del libro narrados en off, pero -por suerte- es bastante más que eso.

    Más allá de una factura clásica y hasta por momentos algo elemental, se trata de un apasionante y conmovedor retrato de vida que excede el marco estrictamente cinéfilo. Ebert fue un bohemio y alcohólico que escribió durante décadas en un diario (el Chicago Sun Times), luchó contra sus adicciones, condujo junto a Gene Siskel (del diario rival Chicago Tribune) varios ciclos en televisión que tuvieron enorme éxito (sí, los del pulgar arriba/pulgar abajo) y los transformaron en la pareja más admirada y temida de Hollywood, se casó recién a los 50 años con una mujer afroamericana y se sometió a decenas de operaciones que lo dejaron prácticamente irreconocible (perdió buena parte de su cara y lo obligaron a comunicarse a través de una voz generada por una computadora), pero que jamás minaron su energía para seguir ligado al cine.

    Enfrentado con los críticos neoyorquinos más intelectuales y prestigiosos (desde Andrew Sarris hasta Pauline Kael), Ebert siempre se declaró un "populista", aunque eso no lo limitó a la hora de elogiar ante su público masivo a autores como Ingmar Bergman o Robert Bresson, o de viajar cada año para cubrir el Festival de Cannes.

    A partir de los testimonios de su esposa, Chaz; de colegas que lo admiraron (como A.O. Scott, de The New York Times), y otros que fueron fuertes detractores (como Richard Corliss, de Film Comment, o Jonathan Rosenbaum), el film no sólo analiza la trayectoria de Ebert, sino que se convierte también en un desgarrador retrato sobre la enfermedad y la inminencia de la muerte, en una gran historia de amor y en una sentida reivindicación de la pasión por el cine.
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  • El patrón: radiografía de un crimen
    En carne propia

    Esta primera incursión de Schindel en el largometraje de ficción luego de una amplia y sólida trayectoria como documentalista (Mundo Alas, El rascacielos latino, Rerum Novarum, Que Sea Rock, Germán, Cuba Plástica) es valiosa por lo que es (un implacable retrato sobre las prácticas poco menos que esclavistas que aún perduran en ciertas relaciones laborales) y también por lo que no es, o por lo que evita.

    Es que tratándose de una película dura y, por qué no, de denuncia (está inspirada en el libro homónimo de Neuman que a su vez se basó en un caso real), evita la bajada de línea discursiva y aleccionadora porque cree en la esencia del cine: el poder de la imagen, la intensidad de una mirada o de un gesto, la fuerza de una actuación (en ese sentido, es notable el trabajo de los “malos” que interpretan Germán De Silva y Luis Ziembrowski).

    El mayor riesgo, de todos modos, fue la elección de una figura reconocida como Joaquín Furriel (en una digna y esforzada caracterización) como el protagonista y víctima del film en el papel de Hermógenes Saldivar, un santiagueño analfabeto y con problemas físicos que llega a Buenos Aires con su esposa Gladys (Mónica Lairana) y empieza a trabajar en una cadena de carnicerías regenteada por un hombre violento, codicioso y manipulador llamado Latuada (Ziembrowski), capaz de vender carne podrida apelando a diversos trucos (son muy buenas las escenas en que el personaje de Armando encarnado por De Silva le explica cómo disimular los olores y colores inconvenientes).

    Dócil y temeroso, Hermógenes irá acumulando humillaciones e indignidades con el objetivo de mantener a su mujer y a su hijo por llegar. El resto tiene que ver con una subtrama policial y judicial que encabeza Marcelo di Giovanni (Guillermo Pfening), un abogado bastante arrogante que investigará en profundidad el derrotero de Saldivar (su paso casi sin escalas desde un cinismo absoluto en el comienzo a comprometerse con convicción en el asunto es el aspecto más torpe, maniqueo y superficial del film).

    Con el cine de Pablo Trapero (sobre todo El bonaerense) y de los hermanos Dardenne como ineludibles referentes y con un clasicismo narrativo que le hace muy bien al relato, Schindel hace gala de una llamativa solidez para combinar el costado humano, la mirada social y la trama policial de la historia. La fotografía de Marcelo Iaccarino ayuda y mucho a crear los climas (sobre todo dentro de esas carnicerías/aguantaderos) para una película desgarradora, implacable y, al mismo tiempo, necesaria.


    NOTA DEL AUTOR: Uno de los productores de esta película es mi hermano, Nicolás Batlle. Si algún lector considera que por eso esta crítica está viciada por "tráfico de influencias", "falta de ética" o "imparcialidad" puede descartar esta crítica de inmediato. Están avisados.
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  • Alma salvaje
    Alma salvaje
    Otros Cines
    El camino de los sueños

    Cheryl Strayed atravesó hace un par de décadas una situación límite en su vida: tras la muerte de su madre, el distanciamiento del resto de sus familiares, el consumo de heroína y un divorcio, decidió emprender, sola, un viaje a pie de 1.800 kilómetros por la costa del Pacífico, desde el desierto del sur de California hasta los bosques de Oregon, como forma de
    curación, redención y autodescubrimiento. Aquellas experiencias derivaron en un libro de memorias que se convirtió en impresionante best seller en 2012 y luego, claro, en esta película.

    Después de la consagratoria Dallas Buyers Club: El club de los desahuciados, el canadiense Jean-Marc Vallée (Mis gloriosos hermanos/C.R.A.Z.Y.) fue el director contratado para filmar este guión escrito por -extraña elección- el prestigioso autor inglés Nick Hornby (Alta fidelidad, Un gran chico), quien logró introducir momentos de humor en medio de la épica personal y contener bastante los casi inevitables pasajes con ínfulas de autoayuda.

    Con algunos elementos sobre las circunstancias físicas y mentales que Strayed debió atravesar que remiten a 127 horas, de Danny Boyle, con James Franco; y a Hacia rutas salvajes, de Sean Penn, con Emile Hirsch, Alma salvaje es una suerte de road-movie a pie (cargando una inmensa mochila que es, también, metáfora de su enorme peso emocional), con los imponentes paisajes de las distintas regiones como un personaje más (y no menor) para este viaje en buena parte solitario.

    Y es, por supuesto, un tour-de-force y una oportunidad única para el lucimiento de una actriz como Reese Witherspoon que se transformó de aquella adolescente que solía hacer de rubia tonta en comedias de toda índole en una intérprete madura de múltiples matices, capaz de transmitir toda la fuerza de voluntad, pero también toda la precariedad íntima de su personaje (fue nominada al Oscar por este trabajo, así como Laura Dern como intérprete secundaria).

    Película de, sobre y para mujeres (los pocos hombres que aparecen son más bien tontos o directamente una amenaza para su integridad), Alma salvaje es una exploración bastante intensa e inteligente sobre esos momentos en la vida en los que hay que desconectarse por completo del mundo para luego regresar en mejores condiciones.

    Bella, contemplativa y hasta emotiva de a ratos, la película de Vallée se sobrepone a su veta aleccionadora y a ciertos lugares comunes (sí, hay explicaciones y fotos de la Strayed real en los créditos finales) para convertirse, en definitiva, en una experiencia que en varios pasajes resulta fascinante.
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  • Invocando al demonio
    Una de terror que es más de lo mismo.

    Este debut del guionista y director David Jung es un ejemplo perfecto de la crisis que atraviesa el cine de terror. Ante la falta de ideas medianamente originales, quienes incursionan en el género apuestan a filmar con mínimos presupuestos y tratar de enganchar aunque sea a una mínima porción de la legión de fieles seguidores que este tipo de historias suele tener. En el caso de Invocando al demonio, Jung recurre a la fórmula del falso documental y el found-footage a la que ya apelaron con más rigor y creatividad las primeras entregas de sagas como Actividad paranormal o la española [REC].

    En la primera escena vemos a Michael King (Shane Johnson) filmando un video casero sobre su familia feliz (esposa, hija, perro) en un parque. Pero en la siguiente nos enteramos de que su mujer ha muerto. Para salir de su estado depresivo, el protagonista, un hombre escéptico y cínico, se plantea realizar un documental para cuestionar cualquier tipo de creencia en lo sobrenatural y, más precisamente, en lo diabólico. Comenzará, así, una serie de entrevistas con nigromantes, exorcistas y demonólogos, y hasta ofrecerá su propio cuerpo como campo de experimentación en diversos rituales con consecuencias físicas y mentales cada vez más devastadoras para él y los suyos.

    Podrá imaginar (y hace bien) el lector una larga acumulación de encuentros con el Diablo, sadismo y castigos autoinfligidos, todo filmado de manera sumamente explícita con una cámara en mano prolijamente desprolija para darle a la narración una sensación de urgencia, con profusos agregados de efectos digitales que quitan más de lo que agregan. Más (en verdad menos) de lo mismo.
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  • Kingsman, el servicio secreto
    Humor negro y delirio satírico.

    No es la primera vez (y probablemente no será la última) que se hace una parodia de las películas de agentes secretos, sobre todo de las de James Bond. Lo bueno de esta comedia de acción a cargo de Matthew Vaughn es que no se trata de un simple derivado, de un mero reciclaje de los elementos más obvios del universo de 007, sino que alcanza vuelo propio con una relectura desprejuiciada y pop de los tópicos del cine de acción con ese siempre distinguido sello británico. Algo así como la saga de Austin Powers, pero con mejores resultados.

    Fanático de las clásicas películas de Bond, pero también de series de su país como Los Vengadores o de apuestas estadounidenses como El agente de Cipol, Vaughn decidió tomar como punto de partida para Kingsman un cómic de Mark Millar, de quien ya había adaptado la no menos absurda y desquiciada Kick-Ass.

    Ambas películas (e historietas) parten de la idea de un muchacho sin demasiadas luces y no pocos problemas de conducta que se convierten en impensados héroes. En este caso, el protagonista es Gary "Eggsy" Unwin (Taron Egerton), un joven que es rescatado del submundo más sórdido de Londres por el agente secreto Harry Hart (un impecable, en todo sentido, Colin Firth), quien decide devolver un viejo favor a un colega ya fallecido y lo suma a un exigente plan de entrenamiento para jóvenes aspirantes a sumarse a sus huestes.

    Entre desafíos extremos (hay muy buenas coreografías de lucha) y los inevitables gadgets de este tipo de películas aparece un malvado tan exagerado como divertido interpretado en plan Goldfinger por Samuel L. Jackson. Su presencia -siempre acompañado por una letal asesina con afiladas piernas prostéticas que remeda a la Uma Thurman de Kill Bill- lleva a Kingsman al terreno puro del cómic con una segunda mitad totalmente jugada al gore (cuerpos despedazados, cabezas que explotan) y al delirio disparatado y satírico. No es, por lo tanto, una propuesta para todo tipo de sensibilidades, pero quienes gusten del humor más negro y de los excesos como provocación seguramente la pasarán muy bien.
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  • Annie
    Annie
    Otros Cines
    Huérfana de cine

    Casi 23 años después del film original y a casi tres décadas de su estreno como musical en Broadway (éxito que luego se diseminó por el resto del mundo), se estrena esta apenas discreta remake dirigida por Will Gluck (Se dice de mí, Amigos con beneficios). Sin llegar a ser el horror que tantos críticos estadounidenses destrozaron, hay que consignar que la película no alcanza a convencer del todo en ninguno de los terrenos (ni en la comedia, ni el drama familiar más emotivo ni, mucho menos, en el musical).

    Gluck desaprovecha un elenco pletórico de figuras (ninguna con demasiados atributos para la danza), construye pálidas coreografías a-la-Stomp (a cargo de Zach Woodlee) que bien podrían verse en una muestra de fin de año de una escuela de arte y apela muchas veces a la fórmula más rancia para, de alguna manera, terminar traicionando un clásico que marcó, sobre tablas o en la pantalla, a varias generaciones.

    Dicho eso, tampoco es para caerle brutalmente encima a Annie como tantos colegas lo han hecho. La película se sigue por momentos con cierto agrado, con una que otra sonrisa y, si bien nunca levanta vuelo, al menos queda como un subproducto menor, fallido, pero medianamente entretenido.

    La historia original ambientada en la Depresión de los años ’30 es trasladada ahora a la Nueva York actual con la huérfana Annie (una muy simpática Quvenzhané Wallis, la revelación de La niña del sur salvaje) viviendo junto a otras niñas en un orfanato de Harlem manejado por la alcohólica, abusiva y despiadada Miss Hannigan (Cameron Diaz, lejos de sus mejores épocas, en el papel de una cantante frustrada). Casualmente, la pequeña es salvada en la calle de un accidente automovilístico por el multimillonario empresario de teléfonos celulares y candidato a alcalde Will Stacks (Jamie Foxx), cuya desvaída campaña empieza a repuntar cuando se conoce la noticia y la sonrisa de Annie empieza a acompañarlo en distintos actos. Ella terminará viviendo en su mansión y la vida de ambos ya no será la misma.

    Esta Annie reciclada, modernizada (y pasteurizada) no se decide por –o no encuentra– un tono preciso: no es estrictamente un musical (me hizo revalorizar bastante la reciente En el bosque), ni una comedia de enredos, ni una historia sobre las diferencias de clase que apueste a la redención aleccionadora y lacrimógena. Es un poco de todo eso, pero sin demasiadas luces, brillo ni ingenio. Una película menor, inocua en el mejor de los casos, que genera más nostalgia (por los recuerdos de las incursiones previas del personaje) que genuino placer cinéfilo.
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  • Selma: el poder de un sueño
    Juventud en marcha

    Las primeras escenas de Selma, tercer largometraje de la directora Ava DuVernay, hacían presagiar lo peor. Primero, vemos al reverendo Martin Luther King recibiendo el premio Nóbel en 1964; luego, una explosión que mata a unas niñas que bajan las escaleras de una iglesia filmada ¡en cámara lenta!; más tarde, a una mujer negra (la estrella de los medios y coproductora del film Oprah Winfrey) siendo rechazada con absoluto desprecio cuando va a inscribirse para votar. O sea, didactismo, golpes bajos, sensacionalismo y excesos propios de la corrección política mal entendida.

    Sin embargo, cuando empezamos a convencernos de que estamos ante otra biopic abyecta, Selma empieza a enderezar el rumbo incursionando en zonas bastante más interesantes: por un lado, narra la progresiva desintegración del matrimonio entre MLK (David Oyelowo) y su esposa Coretta (Carmen Ejogo) por las infidelidades de él y las crecientes amenazas que reciben; por otro, describe el espíritu de época con elementos de thriller político en el que aparecen desde sus encuentros (y desencuentros) con el presidente Lyndon B. Johnson (Tom Wilkinson) hasta las confabulaciones pergeñadas por el siniestro J. Edgar Hoover (Dylan Baker).

    Así, más cerca de Lincoln, de Steven Spielberg, que de las concientizadoras El mayordomo o 12 años de esclavitud, Selma encuentra su corazón en las tres marchas que entre Selma y Montgomery, en pleno reaccionario estado de Alabama, encabezaron MLK y el Student Nonviolent Coordinating Committee (SNCC). La reconstrucción de esas caminatas de 80 kilómetros (los primeros intentos fallidos por la brutal represión policial) es muy buena (intercalada con imágenes reales de archivo), así como los matices, la diversidad y las diferencias entre los integrantes de los diferentes grupos que integraron el movimiento por los derechos civiles (a esa altura, por ampliar a todos los negros el derecho a voto).

    Está claro que Selma -nominada al Oscar principal- no es la obra maestra que los principales críticos de Estados Unidos (calificación de 100/100 para The New York Times, Variety, Village Voice, etc.) aclamaron, pero tampoco un despropósito. Es un film que preanunciaba lo peor y termina siendo bastante noble y digno. Y resulta, sobre todo para el contexto actual de los Estados Unidos, donde el racismo y los abusos policiales están muy lejos de ser algo del pasado, una película importante y necesaria.
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  • Cincuenta sombras de Grey
    Fueron varios los medios que se animaron en la previa a hablar de esta transposición de la popular novela de E.L. James (más de 100 millones de copias vendidas) como la Último tango en París del nuevo siglo, pero tras apreciar el resultado final de la película sus méritos artísticos no sólo quedan a años luz de aquel clásico de Bernardo Bertolucci (o de la capacidad de provocación de otros directores que también incursionaron fuerte en el tema de la sexualidad, como Pier Paolo Pasolini, Nagisa Oshima, Stanley Kubrick o Lars von Trier), sino que en la comparación eleva a la bastante floja Nueve semanas y media -su principal inspiración- a la categoría de obra maestra.

    El realizador Sam Taylor-Johnson apela a una a esta altura ya perimida estética publicitaria sustentada en un esteticismo irritante que remite a lo peor del soft porn ochentista y noventista sobre yuppies de los Adrian Lyne y los Zalman King para narrar una historia que en muchos pasajes resulta involuntariamente risible, salvo en una lograda escena de comedia (una "cena de negocios" entre los protagonistas en la que ambos discuten los detalles y sobre todo los alcances del contrato sadomasoquista que están por firmar) en la que sí logra un nivel de delirio y absurdo que el resto del pomposo y solemne film jamás consigue.

    La pasión entre Anastasia Steele (Dakota Johnson, cuyas dos únicas expresiones parecen ser morderse el labio y suspirar), una estudiante avanzada de literatura inglesa todavía virgen, y Christian Grey (Jamie Dornan), un magnate y galán de 27 años con un oscuro pasado y un presente dominado por traumas que lo llevan a no dejarse tocar y a obsesionarse con las prácticas más perversas, es narrada siempre de una manera torpe, con diálogos que bordean el ridículo, con canciones cuyos títulos y letras también resultan obvios ("I Put a Spell On You"; "I'm on Fire") y una banda sonora (penoso aporte de un gran músico como Danny Elfman) que apela a todos y cada uno de los clichés del género erótico.

    Yendo a lo que muchos seguramente se preguntarán, las escenas de sexo también resultan bastante explícitas, pero iluminadas y editadas con un criterio que las vuelve artificiales y muy poco sensuales. Sí, hay esposas, palos y látigos, pero la acumulación de azotes, flagelaciones y sometimientos entre el amo y la esclava no generan más que castigos? al espectador. Ni escandalosa ni intimidante ni audaz, Cincuenta sombras de Grey es una película decepcionante y -vaya paradoja para una historia de este tenor- demasiado fría.
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  • Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)
    Iñárritu levanta vuelo

    Como la recordada El arca rusa, del ruso Alexander Sokurov, Birdman está construida íntegramente en un (falso) único plano-secuencia (se pueden adivinar dónde están los empalmes o los efectos digitales para unir diferentes tramos). En ese sentido, el trabajo del DF Emmanuel Lubezki (el mismo que ya hizo maravillas con Terrence Malick o con Alfonso Cuarón en Gravedad) es, otra vez, prodigioso.

    La propuesta del director mexicano Alejandro González Iñárritu -en su mejor trabajo desde Amores perros- permite, además, el lucimiento de un brillante elenco encabezado por Michael Keaton (uno de esos regresos a lo grande que tanto gustan en Hollywood) como Riggan Thomson, veterano actor que se hizo famoso un par de décadas atrás como protagonista de la trilogía de superhéroes de Birdman y en la actualidad intenta conseguir el prestigio que nunca tuvo produciendo, dirigiendo y actuando en Broadway la obra De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver; Edward Norton (un insufrible y egocéntrico intérprete que lo secunda); Naomi Watts (la tercera en discordia sobre el escenario); Emma Stone (la hija rebelde de Riggan que acaba de salir de rehabilitación); y Zach Galifianakis (abogado, coproductor y amigo del personaje principal).

    El film está lleno de humor negro, ingenio e ideas (incluso cuando aborda conflictos propios de la fauna teatral ya transitados muchas veces desde Opening Night, de John Cassavetes, para acá), pero pierde un poco cuando se regodea en su brillantez formal, en sus citas pretenciosas a Borges y Barthes, en sus referencias berretas al mundo de Hollywood (y su torpe ajuste de cuenta con los críticos) o cae en cierto desprecio no exento de crueldad y sadismo tan propios del cinismo de Iñárritu y de sus ya habituales coguionistas argentinos Armando Bo y Nicolás Giacobbone.

    Sin embargo, la película jamás deja de fluir y atrapar, e incluso alcanza en determinadas zonas (como la relación entre ese padre ausente/culpógeno y su hija) una intensidad emocional que el realizador de Babel y Biutiful nunca había conseguido antes. Ni la voz en off de los monólogos interiores, ni el sonido omnipresente de la batería (como en la reciente Whiplash: Música y obsesión) ni los momentos que están al borde del patetismo (Riggan corriendo en calzoncillos por Times Square y siendo filmado por decenas de personas) alcanzan a distraer de un film en el que, esta vez sí, el talento de Iñárritu le gana por goleada a sus excesos. Por suerte.
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  • En el bosque
    En el bosque
    La Nación
    En el bosque conjuga con bastantes logros dos tendencias crecientes en el cine de Hollywood: por un lado, llevar a la gran pantalla exitosos musicales de Broadway; por el otro, reciclar en clave bastante más oscura, realista y ambigua (incluso con toques perversos) los clásicos cuentos de hadas infantiles (recuérdense desde Maléfica hasta Hansel & Gretel, cazadores de brujas, pasando por La chica de la capa roja, Blancanieves y el cazador, Espejito, espejito o Jack, el cazagigantes).

    La obra original, estrenada en 1987 por Stephen Sondheim y James Lapine (autor también del guión de esta transposición), ya tenía todos los elementos de esta combinación e integración (mashup en la jerga artística) de distintas creaciones de los hermanos Grimm, como La Cenicienta, Caperucita Roja, Blancanieves, La Bella Durmiente y Rapunzel (también hay referencias a Las habichuelas mágicas y otros cuentos tradicionales), pero tenía que ser Disney -el estudio que más incursionó desde siempre en el segmento de las fábulas- quien encarara esta reunión cumbre en el cine.

    Con un experto en musicales cinematográficos como el director Rob Marshall (el mismo de Chicago y Nine) al frente, se trata de una historia coral que plantea un difícil desafío para el habitual público infantil y preadolescente de la factoría Disney: se trata de una por momentos algo morosa acumulación de situaciones con el bosque del título como nexo con muchas canciones originales del show de Broadway de fondo. Un festival para los amantes del género, sí, pero también una experiencia algo ardua de dos horas de duración para los más pequeños, más allá de que todos conozcan a los personajes protagónicos y haya unos cuantos intérpretes reconocibles en el elenco.

    De que se trata de un musical competente y vistoso (quizá con demasiados cortes de edición), con bellas canciones y buenas actuaciones (se lucen James Corden y Emily Blunt, como el matrimonio de panaderos que desean desesperadamente un hijo; Anna Kendrick, como la Cenicienta, y las apariciones de Meryl Streep, como la bruja malvada, y Johnny Depp, como el Lobo), no hay dudas. La incógnita pasa, entonces, por saber si esta producción de Disney puede trascender el nicho de los cultores del musical para convertirse en un entretenimiento masivo para todas las edades y gustos.
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  • Naomi Campbel
    Naomi Campbel
    La Nación
    No es fácil convertirse en otra persona.

    Naomi Campbel, ópera prima de los jóvenes directores chilenos Nicolás Videla y Camila José Donoso, mixtura documental y ficción para narrar la historia de Yermén (Paula Dinamarca), una tarotista transexual treintañera, tanto en sus vivencias íntimas en zonas marginales de Santiago (se rodó en el antiguo y decadente barrio de La Victoria) como en su lucha contra el rígido y costoso sistema médico para conseguir la operación de cambio de sexo (nació como varón, pero se siente y vive como una mujer) que no puede costear.

    Los realizadores combinan situaciones y personajes reales e inventados (desde un reality show televisivo sobre cirugías plásticas que podría ayudar a cumplir el deseo de la protagonista hasta la presencia de una inmigrante colombiana que desea operarse para ser igual a la modelo Naomi Campbell, pasando por imágenes caseras tomadas con su camarita por la propia Yermén y la participación de no actores que se interpretan a sí mismos) y consiguen un tragicómico retrato sobre la identidad de género que resulta fascinante y desgarrador, poderoso y pudoroso a la vez.

    Si bien no todos esos elementos funcionan y se articulan siempre de la mejor manera, la descomunal presencia en cámara de Yermén y algunos pasajes bastante extremos (como una explícita escena de sexo en un auto) hacen del film una experiencia cautivante, aunque -claro- no apta para espíritus prejuiciosos.
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  • La teoría del todo
    Mentes brillantes, películas normales

    Esta semana se estrenan en Argentina dos biopics británicas basadas en sendos best-sellers y nominadas al Oscar a Mejor Película sobre científicos geniales (el matemático Alan Turing en el film de Tyldum, el físico Stephen Hawking en el de Marsh) que atravesaron muy complejas y extremas existencias. No solemos publicar aquí críticas conjuntas ni comparativas, pero haremos esta vez una excepción para analizar de paso una de las tendencias que desde hace años más les gustan a los votantes de la Academia de Hollywood.

    Los puntos de contacto entre ambas películas son múltiples y exceden el marco de que El Código Enigma tenga 8 nominaciones al Oscar y La teoría del todo, 5. Un poco en broma (pero también un poco en serio) le decía hace unos días en Twitter a Axel Kuschevatzky que eran “casi la misma película”. Por supuesto, no en el sentido literal (son historias reales bien distintas) sino en su concepción y en sus búsquedas generales.




    Para mi gusto, El Código Enigma está un par de escalones más arriba por varias razones: un guión más moderno a-la-Red social, una dirección y un montaje más sólidos, buenos personajes secundarios y un tono british más contenido a-lo-John Le Carré que remite a las recientes El topo o El hombre más buscado, mientras que La teoría del todo me resulta más de fórmula, más calculada para conmover, con actuaciones como la de Redmayne pensadas para ganar premios.

    La épica íntima de Hawkins, con su deterioro físico, está puesta siempre en primer plano, mientras que la tragedia personal de Turing (quien poco después de haber descifrado el código de transmisiones usado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial fue perseguido y acusado de indecencia por sus relaciones homosexuales a principios de los años ’50) está trabajada de manera tangencial y explicada recién en los planos finales del film.

    El noruego Tyldum (Cacería implacable) construye un thriller no exento de tensión y suspenso, en el que la disfuncionalidad afectiva del protagonista es un elemento –valga el juego de palabras– funcional a la trama. En La teoría del todo, Marsh (de buenos antecedentes como documentalista con títulos como Man on Wire y Project Nim) apuesta a una narración todavía más convencional y con picos emotivos demasiado subrayados.




    Algo parecido ocurre con las interpretaciones: para mi gusto Cumberbatch (que casualmente ya había interpretado a Hawkins en un telefilm de 2004 para la BBC) resulta mucho más convincente que Redmayne, pero este tipo de actuaciones –con el show-off de la progresiva degradación motriz– son las que se quedan con los elogios y los reconocimientos.

    Puede que El Código Enigma no sea una película extraordinaria (el tema, incluso, ya había sido reconstruido en Enigma, de Michael Apted, con Dougray Scott y Kate Winslet), pero si no estuviese en la carrera fuerte por el Oscar la apreciaríamos como una muy digna y convincente película. La teoría del todo, en cambio, es más demagógica, genera más llanto fácil, pero es sólo una película correcta. Ni más ni menos que eso.
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  • El código enigma
    Mentes brillantes, películas normales

    Esta semana se estrenan en Argentina dos biopics británicas basadas en sendos best-sellers y nominadas al Oscar a Mejor Película sobre científicos geniales (el matemático Alan Turing en el film de Tyldum, el físico Stephen Hawking en el de Marsh) que atravesaron muy complejas y extremas existencias. No solemos publicar aquí críticas conjuntas ni comparativas, pero haremos esta vez una excepción para analizar de paso una de las tendencias que desde hace años más les gustan a los votantes de la Academia de Hollywood.

    Los puntos de contacto entre ambas películas son múltiples y exceden el marco de que El Código Enigma tenga 8 nominaciones al Oscar y La teoría del todo, 5. Un poco en broma (pero también un poco en serio) le decía hace unos días en Twitter a Axel Kuschevatzky que eran “casi la misma película”. Por supuesto, no en el sentido literal (son historias reales bien distintas) sino en su concepción y en sus búsquedas generales.




    Para mi gusto, El Código Enigma está un par de escalones más arriba por varias razones: un guión más moderno a-la-Red social, una dirección y un montaje más sólidos, buenos personajes secundarios y un tono british más contenido a-lo-John Le Carré que remite a las recientes El topo o El hombre más buscado, mientras que La teoría del todo me resulta más de fórmula, más calculada para conmover, con actuaciones como la de Redmayne pensadas para ganar premios.

    La épica íntima de Hawkins, con su deterioro físico, está puesta siempre en primer plano, mientras que la tragedia personal de Turing (quien poco después de haber descifrado el código de transmisiones usado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial fue perseguido y acusado de indecencia por sus relaciones homosexuales a principios de los años ’50) está trabajada de manera tangencial y explicada recién en los planos finales del film.

    El noruego Tyldum (Cacería implacable) construye un thriller no exento de tensión y suspenso, en el que la disfuncionalidad afectiva del protagonista es un elemento –valga el juego de palabras– funcional a la trama. En La teoría del todo, Marsh (de buenos antecedentes como documentalista con títulos como Man on Wire y Project Nim) apuesta a una narración todavía más convencional y con picos emotivos demasiado subrayados.




    Algo parecido ocurre con las interpretaciones: para mi gusto Cumberbatch (que casualmente ya había interpretado a Hawkins en un telefilm de 2004 para la BBC) resulta mucho más convincente que Redmayne, pero este tipo de actuaciones –con el show-off de la progresiva degradación motriz– son las que se quedan con los elogios y los reconocimientos.

    Puede que El Código Enigma no sea una película extraordinaria (el tema, incluso, ya había sido reconstruido en Enigma, de Michael Apted, con Dougray Scott y Kate Winslet), pero si no estuviese en la carrera fuerte por el Oscar la apreciaríamos como una muy digna y convincente película. La teoría del todo, en cambio, es más demagógica, genera más llanto fácil, pero es sólo una película correcta. Ni más ni menos que eso.
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  • El destino de Júpiter
    Derrumbe con clase

    Hay algo admirable en el cine de los Wachowskis (y en el de M. Night Shyamalan) que tiene que ver con su ambición y su perseverancia. Son directores que van por todo, sin miedo al ridículo… aunque muchas veces terminan siendo víctimas de sus propias pretensiones.

    Debo admitir de entrada –para los fans de la saga Matrix, V de venganza, Meteoro y Cloud Atlas: La red invisible– que la “filosofía” de los Wachowskis nunca me interesó, que me parecen siempre demasiado banales y poco inteligentes cuando apelan a la solemnidad y me resultan poco divertidos cuando juegan al cine clase B. En ese sentido, El destino de Júpiter es (mucho) más de lo mismo.

    Cuesta entender (y habla bien del poder de convencimiento de los Wachowskis) cómo un estudio de la talla de Warner les dio 175 millones de dólares para filmar un guión como este –absurdo, derivativo, denso e inverosímil por donde se lo mire–, pero al mismo tiempo es casi conmovedor apreciar el esfuerzo, la convicción y el fabuloso despliegue visual con que los hermanos encaran este despropósito.

    Mila Kunis es Jupiter Jones, verdadera heredera del trono de Abrasax, una dinastía en problemas en una galaxia muy, muy lejana, pero que vive en la Tierra limpiando baños con su madre de origen ruso. Sí, así como lo leen... Los malvados son tres ambiciosos líderes de aquel planeta como Balem (un penoso Eddie Redmayne, que podría ganar el Oscar al mejor actor por La teoría del todo, pero debería quedarse con el Razzie por este trabajo), Kalique (Tuppence Middleton) y Titus (Douglas Booth). Por suerte para Jupiter aparece por las calles de Chicago Caine Wise (Channing Tatum), un súper soldado renegado y con ADN de lobo (como el Wolverine de Hugh Jackman) para ayudarla y, claro, enamorarla.

    Entre temas “importantes” (los Wachowskis están obsesionados, por ejemplo, con la reencarnación) tratados de manera poco menos que risible; citas a Brazil, de Terry Gilliam; y un intento por construir un universo a-la-Star Wars, El destino de Júpiter ofrece, sí, unos cuantos pasajes en los que los directores dan rienda suelta a su estética camp, ese buen gusto por el mal gusto, que se disfruta en plan de placer culpable (¡y en 3D!). Pero eso solo no alcanza. Para comedia de ciencia ficción, mejor regresar a Guardianes de la Galaxia.
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  • El vals de los inútiles
    Esperanza y dolor en un retrato del pasado

    Premiado en los festivales de Valdivia y Mar del Plata, este primer largometraje documental de Edison Cájas se acerca al movimiento social que sacudió a Chile en los últimos años con sus demandas de una educación pública accesible y de calidad desde una perspectiva bastante novedosa: si bien las imágenes de las multitudinarias marchas (y las constantes represiones de los carabineros) o las voces de los funcionarios y políticos están presentes, el director las deja siempre en un segundo plano, como marco y contexto de lo que es el verdadero eje del relato: las historias de vida de dos personajes opuestos entre sí, pero cuya participación en las protestas les cambia (y de alguna manera les da significado a) sus vidas.

    Por un lado, un adolescente llamado Darío, que participa en una larga toma del Instituto Nacional, uno de los colegios más tradicionales de Santiago; y, por el otro, Miguel Ángel, un sexagenario ligado al tenis y con un buen pasar, pero que aún carga con las heridas del secuestro y las torturas sufridas en 1979, en plena dictadura de Augusto Pinochet. Así, pasado y presente, bronca y lucha, dolor y esperanza, se encuentran en un retrato que va de lo íntimo a lo político y alcanza algunos momentos de genuina emoción.
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  • Inquebrantable
    Inquebrantable
    La Nación
    Sólida, pero algo estereotipada.

    Una vida de película. La frase hecha, el lugar común tantas veces utilizado de manera recurrente y exagerada, le calza a la perfección a la épica de Louis Zamperini (Jack O'Connell), corredor olímpico devenido integrante de la fuerza aérea estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, período en el que pasó 47 días perdido en el mar a bordo de una balsa y luego dos años en condiciones infrahumanas en un campo de detención de los japoneses. Una historia extraordinaria narrada de forma bastante ordinaria (aunque con algunos méritos que deben reconocérsele) por Angelina Jolie.

    En su nueva incursión detrás de cámara, la diva hollywoodense propone tres películas en una y tamaña ambición hace que los 137 minutos se sientan tanto como el cansancio que sufre el protagonista en su faceta inicial de corredor, la sed y el hambre que nublan al náufrago en la segunda parte y el dolor que aqueja al torturado prisionero de guerra en el extenuante último episodio.

    Es cierto que Jolie apuesta en líneas generales por la contención (hay, sí, algunas frases "célebres" y algunos momentos donde cede a la tentación de subrayar el heroísmo y la nobleza "inquebrantable" de Zamperini), pero así y todo cuesta entender cómo escritores de la talla de los hermanos Coen, Richard LaGravenese (autor de Pescador de ilusiones) y William Nicholson (Gladiador) pudieron entregarle a Jolie un guión tan elemental, que arranca con estereotipos sobre la comunidad ítalo-norteamericana, remeda luego a Una aventura extraordinaria, de Ang Lee, y cierra con un regreso al rigor y el sadismo de los militares japoneses.

    Con el aporte de técnicos de primer nivel, como el extraordinario fotógrafo Roger Deakins, Jolie construye una película sólida y digna, es cierto, pero no demasiado atrapante. De todas maneras, su indudable oficio y el éxito comercial conseguido en los Estados Unidos le auguran un promisorio futuro también en la silla de directora. Delante de cámara, se sabe, ya lo tiene asegurado desde hace rato.
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  • Búsqueda implacable 3
    La hora del adiós

    Con las sagas de El transportador y Búsqueda implacable, el productor y coguionista Luc Besson ha conseguido hacer con financiación y técnicos en su mayoría franceses cine con una calidad media que nada tiene que envidiarle a la de Hollywood. Para algunos será apenas una digna copia; para otros, menos de lo mismo.

    Apoyado paradójicamente en estrellas británicas (el inglés Jason Statham en El transportador y el irlandés Liam Neeson en esta), Besson desarrolló lucrativas franquicias con el tema de la venganza como motor y con un indudable oficio para la construcción de tensión, suspenso y set-pieces (sobre todo para las persecuciones automovilísticas).

    Uno de los directores que suelen trabajar en la factoría Besson es Olivier Megaton, responsable de El transportador 3 y Búsqueda implacable 2, que regresa ahora con la que aparentemente será la despedida de esta saga.

    El planteo es básico, pero efectivo: Bryan Mills (Neeson), experimentado ex agente encubierto, es acusado de un crimen que no cometió. Deberá demostrar su inocencia, defender a su hija adolescente (Maggie Grace), mientras lo persigue la policía (liderada por Forest Whitaker) y se enfrenta -con la ayuda de un grupo de amigos/colegas- también a la todopoderosa y sádica mafia rusa.

    Algunos cuestionarán la justificación del ojo por ojo y la tortura que plantea el film, pero -más allá de lecturas ideológicas- el principal problema de esta tercera entrega tiene que ver con la edición de las escenas de acción. A la habitual cámara hiperkinética se le suma aquí una proliferación de cortes de montaje que intentan maquillar las limitaciones físicas de Neeson (de 62 años) y suplirlas con el trabajo de los dobles de riesgo que ocupan su lugar cuando tiene que correr o saltar. El resultado es un armado “videoclipero” que irrita más de lo que fascina.

    Más allá de ese cuestionamiento (no menor), Neeson le imprime a las escenas dramáticas su habitual aplomo para un film que, en definitiva, está un poco por debajo de sus predecesoras, pero que así y todo se sigue con bastante interés. Tiempo de despedida, entonces, para este vengador conocido y una franquicia que ha sido millonaria en ganancias.
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  • St. Vincent
    St. Vincent
    Otros Cines
    Bill Murray, el babysitter menos pensado

    Los detractores podrán decir que se trata de una película de Wes Anderson sin el talento ni la brillantez visual de Wes Anderson o de una nueva versión de Gran Torino sin la maestría de Clint Eastwood (aunque bastante más tierna), pero esta ópera prima del guionista y director Theodore Melfi es una agridulce e irresistible comedia de redención hecha al servicio (lucimiento) del genial Bill Murray.

    ¿Que se trata de un one-man-show? ¿Que está construida sobre clichés? Puede ser, pero eso no la hace menos noble ni entretenida. Murray interpreta a Vincent, un veterano de Vietnam bastante malhumorado, patético, alcohólico, fumador, jugador y decididamente poco sociable. Sólo parece mantener una buena relación con Daka (una divertida Naomi Watts permitiéndose sobreactuar), una prostituta rusa que está embarazada.

    Vincent vive en su mundo decadente pero autosuficiente hasta que llegan al vecindario de Brooklyn Maggie (la brillante Melissa McCarthy, aquí poco aprovechada) y su hijo adoptivo Oliver (Jaeden Lieberher) de 12 años. Casi sin darse cuenta, y a pesar del inevitable rechazo inicial, Vincent se convertirá en el “babysitter” del chico y, por supuesto, entre ellos irá desarrollándose una particular amistad.

    El film apuesta por momentos a la comedia de enredos, al subgénero de desventuras colegiales (el muchacho recién llegado sufrirá algo de bullying en una escuela católica) y sobrellevará algún que otro lugar común. En definitiva, estamos ante una pequeña película independiente amplificada por un sólido elenco y, sobre todo, por ese actorazo que es Murray, el mismo que nos hizo llorar de risa con Hechizo del tiempo, Tres son multitud (Rushmore) o Perdidos en Tokio, entre tantas otras películas. Imperdible para sus fans. Simpática para el resto.
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  • La dama de negro 2
    Poco terror y bastantes clichés.

    En 2012, La dama de negro transposición de la novela de fantasmas publicada en 1983 por Susan Hill se convirtió en un sorprendente éxito comercial con casi 130 millones de dólares de recaudación. No era una película extraordinaria, pero sí muy efectiva, con un Daniel Radcliffe en un registro muy distinto al de Harry Potter y un director de talento como James Watkins.

    Nada de eso se aprecia en esta apurada secuela en la que ya no están los principales artífices del film original. En este caso, en plena Segunda Guerra Mundial, un grupo de ocho niños (algunos huérfanos) es evacuado hacia un pueblo rural prácticamente abandonado bajo la supervisión de la rígida directora Jean Hogg (Helen McCrory) y el aporte de la joven y bienintencionada maestra Eve Parkins (Phoebe Fox). Así, los protagonistas llegan a la decadente casona de Eel Marsh, ubicada en una zona pantanosa que por momentos queda aislada del continente.

    Justo cuando intentan huir de los horrores de la guerra, los personajes deberán enfrentarse con fuerzas tan malvadas y destructivas como la de los nazis; más precisamente, con la vengadora dama de negro a la que alude el título.

    El director Tom Harper construye algunos climas ominosos (en la línea del film anterior) con esos pantanos cubiertos de neblina y las sucesivas apariciones sobrenaturales que generan unos cuantos sustos, pero la historia nunca logra trascender ciertos lugares comunes (el niño conflictuado que tiene visiones, los ruidos en una mansión destartalada, los juguetes diabólicos) del género. Una segunda entrega que no irrita, es cierto, pero que hace extrañar a su bastante más lograda predecesora.
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  • Con pecados concebidos
    El humor como arma

    El exitoso director croata Vinko Brešan (How the War Started On My Island; Marshal, Tito’s Spirit, Witnesses y Will Not Stop There) rodó esta tragicomedia con toques satíricos en la que se mete con irreverencia (aunque no siempre con sutileza) con cuestiones bastante irritantes en su país como las rígidas posturas de la Iglesia Católica respecto del sexo (se llega a hablar aunque de manera tangencial de los abusos de los curas).

    El protagonista del film es el padre Fabijan (Kresimir Mikic), un joven y entusiasta que llega a la isla adriática de Dnevnik, donde su popular predecesor, el padre Jakov (Zdenko Botic), hace la vista gorda con todo y con todos. Pero Fabijan descubre que la población de la comunidad se va reduciendo porque hay más muertes que nacimientos.

    Con la ayuda del kiosquero (Niksa Butijer) y del delirante farmacéutico del lugar (Drazen Kuhn), se encargará de pinchar cada uno de los preservativos que ambos venden y, así, recuperar el crecimiento demográfico (y evitar de paso el “pecado”). Todo desemboca en un verdadero baby-boom que pasa a ser incluso noticia en todo el país. Se sabe que el humor es una buena manera de acercarse a cuestiones controvertidas del entramado social y, en ese sentido, Brešan maneja en primera instancia un tono ligero y desenfadado que se agradece. El problema es que luego va cediendo poco a poco a la tentación de ponerse más serio, aleccionador en su denuncia “importante” (se exponen también las tensiones étnicas).

    Desde el tono de las actuaciones hasta el uso de la música, Con pecado concebidos se acerca a un costumbrismo exacerbado, al vodevil tan propio de buena parte del cine de Europa del Este. No es una gran película, es cierto, pero al menos constituye una auténtica rareza para la cartelera local.
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  • Mortdecai: El artista del engaño
    Una serie de eventos desafortunados

    Guionista de renombre (La muerte le sienta bien, Jurassic Park, Carlito’s Way, Misión: Imposible, La habitación del pánico, El hombre araña, Guerra de los mundos) y director con múltiples altibajos, David Koepp filmó esta comedia de enredos policiales y románticos a partir de una novela de 1973 (Don’t Point That Thing at Me, primera entrega de la trilogía de Kyril Bonfiglioli), cuya transposición extrañamente no hizo él sino Erick Aronson.

    Película decididamente fallida (básicamente porque de su andanada de gags muy pocos funcionan), se trata -de todas formas- de una producción particular. No está hecha con desgano, con desdén, tiene un ritmo trepidante, un despliegue de producción asombroso y un elenco de primer nivel (con varias figuras, como Gwyneth Paltrow o Jeff Goldblum, bastante desaprovechadas).

    A la hora de buscar referencias, el Charlie Mortdecai de Johnny Depp (cuya sobreactuación deja en la comparación a su pirata Jack Sparrow como un personaje minimalista) bebe tanto del Jacques Clouseau de Peter Sellers en la saga de La Pantera Rosa como del Austin Powers de Mike Myers.

    Se trata de un aristócrata en decadencia financiera y en crisis con su esposa (Paltrow) que es convocado por el inspector Martland (Ewan McGregor) para ocuparse del caso del robo de una pintura de Goya. El triángulo amoroso que involucra al trío protagónico, los chistes más bien torpes (por ejemplo, sobre el ridículo bigote que se deja Mortdecai) y la acumulación de absurdos eventos (robos, persecuciones, fiestas y una sucesión de engaños y traiciones) hacen del film una absoluta rareza, un producto demodé, un delirio sin rumbo matizado con algunas hilarantes intervenciones de Paul Bettany como un Don Juan y fiel guardaespaldas del protagonista. Un despropósito simpático, es cierto, pero despropósito al fin.
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  • Francotirador
    Francotirador
    La Nación
    Retrato de la adicción a la guerra

    Francotirador es una película notable, sí, pero incómoda. Puede disfrutarse como un imponente film bélico (o, mejor, como una relectura moderna del western), aunque también está abierta a muy diversas lecturas. Si en los Estados Unidos, donde se convirtió en un éxito comercial de enormes e insospechadas proporciones, generó un tenso debate entre la derecha y los veteranos de guerra, por un lado, y los sectores más progresistas que la cuestionaron por, supuestamente, glorificar a un asesino y la llegaron a acusar de "propaganda nazi", fuera de su país es muy probable que varios también la descalifiquen irritados por cuestiones extracinematográficas.

    Pero incluso cuando sea sometida a un impiadoso análisis ideológico, Francotirador resulta mucho más que una mera película patriótica (que lo es) para convertirse, en verdad, en una mirada desgarradora sobre la adicción a la guerra y sus consecuencias, tanto individuales como sociales. Una propuesta que se enmarca, también, en la tradición del cine clásico hollywoodense sobre la figura del héroe y en una filmografía como la de Clint Eastwood, que ha tenido desde siempre a la violencia y a la venganza dentro de un mundo que se derrumba como temas esenciales.

    El film está basado en la autobiografía de 2012 escrita por Chris Kyle, el más letal francotirador de los Navy SEAL (principal fuerza de operaciones especiales de la armada de los Estados Unidos) que en cuatro incursiones en Irak mató al menos a 160 enemigos (algunas fuentes aseguran que fueron muchos más). Eastwood y su guionista Jason Hall adoptan el punto de vista del protagonista (un convincente Bradley Cooper, alejado por complete del glamour que suele caracterizarlo) para narrar cómo opera en combate un experto como él, pero también su incapacidad para volver e integrarse al mundo real y conectarse con sus seres queridos (Sienna Miller interpreta a su esposa y madre de sus hijos).

    Es cierto que Eastwood elude todo análisis contextual (no hay referencias a la política exterior estadounidense) y que los enemigos son todos crueles y desalmados (incluidos mujeres y niños que esconden granadas bajo su ropa), pero está claro que el director es fiel a la mirada básica (incluso en sus diálogos elementales) de un "enfermo" por la acción como Kyle, apodado "Leyenda" por sus compañeros.

    En algo más de dos horas, Eastwood repasa con una claridad narrativa mayúscula y una bienvenida economía de recursos desde la niñez del protagonista (ya era un brillante tirador) hasta la relación con su rígido y religioso padre y con su hermano menor, la construcción de su familia, el durísimo entrenamiento militar y sus misiones en el frente (hay un par de secuencias bélicas memorables) que incluye varios enfrentamientos con Mustafa, un también certero francotirador surgido del equipo olímpico sirio, que se convierte en su némesis, en el antagonista perfecto.

    Como Vivir al límite; The Hurt Locker, de Kathryn Bigelow, Francotirador es una película sobre los profesionales de la guerra, sobre un hombre que se especializa en el arte de matar. Es, quedó dicho, un film abierto a múltiples interpretaciones y con inevitable destino de polémica. Y, también, otro notable aporte de un Eastwood que, a los 84 años, demuestra que sigue siendo uno de los directores más importantes del cine norteamericano de las últimas cuatro décadas.
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  • Whiplash: Música y obsesión
    Golpe a golpe

    A punto de cumplir 30 años, Damien Chazelle es uno de los guionistas y directores más interesantes que han surgido en los Estados Unidos en los últimos tiempos.

    Tras filmar en 2009 la hermosa Guy and Madeline on a Park Bench (búsquenla, véanla), rodada en blanco y negro, se consagró definitivamente con Whiplash: Música y obsesión, nominada a 5 premios Oscar (incluidos los de Mejor Película y Guión), ganadora absoluta del Festival de Sundance (máximo galardón del jurado y del público) y presentada en la Quincena de Realizadores de Cannes.

    Si en aquella pequeña ópera prima (vista en el Festival de Mar del Plata) el coprotagonista era un tímido trompetista negro de jazz, el antihéroe perfecto de esta irresistible tragicomedia es Andrew (Milles Teller, proyecto de actorazo visto en The Spectacular Now), talentoso baterista blanco (también de jazz) de 19 años que estudia en un exigente y elitista conservatorio de Manhattan (algo así como la Juilliard).

    La fría relación con su padre (un escritor frustrado interpretado por Paul Reiser) y un incipiente romance con Nicole (Melissa Benoist) convencen a este joven bastante freak de que debe focalizarse en lograr “grandes cosas”. Allí entrará en escena la figura de Terence Fletcher (un descomunal J.K. Simmons), el despiadado, sádico, perfeccionista e implacable profesor y director de orquesta.

    El duelo entre el maestro y el alumno, entre el mentor y el discípulo, es siempre fascinante y por momentos demoledor, de esos que pueden pasar de la complicidad a la agresión sin escalas, para un inteligente ensayo sobre los costos y sacrificios que conllevan la búsqueda de la perfección, de la excelencia.

    Más allá de algunos ingeniosos pero algo manipuladores trucos de guión y de un final que resulta un poco efectista y ampuloso (pero igualmente muy eficaz), se trata de un film notable, un crowd-pleaser con todas las de la ley que regala además un extraordinario trabajo con la música y, sobre todo, con el sonido. Chazelle, está claro, no va a ganar el Oscar, pero estamos en presencia de un cineasta con un futuro inmenso por delante.
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  • Los pingüinos de Madagascar
    Cómo exprimir una franquicia

    Después de haber participado como hilarantes personajes secundarios en las tres entregas de la franquicia de Madagascar (2005, 2008, 2012) y antes de que llegue la cuarta (2018), los pingüinos consiguieron su spinoff con resultados apenas aceptables.

    Sí, el despliegue visual, las escenas de acción con ritmo frenético tienen su espectacularidad y ciertas dosis de gracia, pero en un mercado de animación que nos ha regalado en los últimos meses joyas como La gran aventura LEGO, Grandes héroes o Cómo entrenar a tu dragón 2, este film codirigido por el veterano de la saga Eric Darnell y el novato Simon J. Smith (Bee movie, la historia de una abeja) resulta una suerte de sub-Looney Tunes con un impecable acabado técnico.

    El film tiene una primera secuencia en la que se describe el pasado (el origen) del cuarteto integrado por Skipper, Kowalski, Rico y el pequeño Private. Tras ese arranque (muy en la línea de Happy Feet), todo deriva hacia una típica trama de enredos de espionaje. Los protagonistas deberán enfrentar al Dr. Octavius Brine, un despiadado científico experto en genética que comanda un ejército de pulpos que se dedica a secuestrar pingüinos y convertirlos en mutantes. El malvado, claro, quiere vengarse de las queribles criaturas negriblancas porque, dice, les han robado a los pulpos todo el brillo y la popularidad en el zoológico del Central Park y en los distintos parques marinos. Para completar la operación –no demasiado creativa ni ingeniosa– aparecen también en escena unos agentes a-la-Bond.

    De todas maneras, aun con la sensación de ser un productor algo mecánico, construido con el piloto automático de la siempre eficiente maquinaria hollywoodense en la materia, Los pingüinos de Madagascar seguramente alcanzarán a cubrir las expectativas de los espectadores más pequeños. Aunque, claro, no quedarán en la historia grande de la animación moderna.
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  • El séptimo hijo
    Cuesta entender cómo una superproducción en la que participaron tantos artistas talentosos puede resultar tan decepcionante como El séptimo hijo. Un director ruso nominado al Oscar como Sergei Bodrov (Prisionero de las montañas, Mongol), dos guionistas con sólidos antecedentes como Charles Leavitt y Steven Knight (Promesas del Este), un maestro del diseño como Dante Ferreti (habitual colaborador de Martin Scorsese) y un experto en efectos visuales como John Dykstra (Star Wars) no lograron ni siquiera encaminar un relato que parece un burdo reciclaje de El señor de los anillos o Jack, el cazagigantes.

    Pero más triste aún es ver a notables intérpretes como Jeff Bridges (encarna a un caballero que parece como si tuviera una papa en la boca a la hora de intentar un acento inglés) y Julianne Moore (que en pocos días más podría ganar el Oscar) sometidos a personajes que están al borde del (o directamente en el) grotesco no buscado.

    Es que lo peor de este film sobre cazadores de brujas no es que sus escenas de acción con imágenes sobrenaturales sean apenas discretas o que la subtrama romántica entre el séptimo hijo de un séptimo hijo que es el aprendiz de Bridges (Ben Barnes, visto en Las crónicas de Narnia) y una joven y bella hechicera (la sueca Alicia Vikander) no funcione, sino que ni siquiera hay un mínimo atisbo de humor que relaje un poco una seriedad, una solemnidad mal entendida. En definitiva, un producto cinematográfico decididamente fallido.
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  • 13 pecados
    13 pecados
    Otros Cines
    Los jueguitos del miedo

    Un director alemán como Daniel Stamm (El último exorcismo) se basó en un film tailandés de 2006 (13: Game of Death) para narrar una historia ambientada en Nueva Orleans que intenta –con escasa fortuna– seguir la línea del porno-terror de la saga de El juego del miedo con algo más de humor negro. De todas maneras, la película (absurda hasta lo ridículo, cada vez más inverosímil a medida que avanza la trama y se complejizan los desafíos que debe atravesar el desventurado protagonista) se toma demasiado en serio a sí misma y es ahí ­–cuando podría haber apostado por un gore desquiciado y festivo– donde pierde la brújula y se transforma en un subproducto más y decididamente menor.

    Elliot Brindle (un digno Mark Webber) pierde su trabajo como vendedor de seguros justo cuando su pareja afroamericana está por dar a luz. En medio de una acumulación de deudas y de amenazas de desalojo y juicios, con su hermano discapacitado que ya no puede recibir el tratamiento que necesita y con su patético y tiránico padre que se va a vivir con ellos, el matrimonio está al borde de un ataque de nervios. Y es entonces cuando Elliot recibe un misterioso llamado que le propone millonarias ganancias a cambio de que vaya cometiendo los 13 pecados a los que alude el título (cada vez más pesados y con consecuencias más trágicas). El pobre tipo se irá convirtiendo en un monstruo para una mirada algo obvia a ese descenso a los peores infiernos personales.

    Hay unas cuantas vueltas de tuerca no demasiado ingeniosas, “sorpresas” que irritan más de lo que atrapan, y, así, más allá de cierta destreza narrativa y de la solidez del elenco, la cosa se torna muy mecánica y poco eficaz.
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  • Corazones de hierro
    Bastardos con gloria

    Un “tanque” sobre un tanque. Así podría definirse a Corazones de hierro, nuevo film del irregular director (Reyes de la calle, En la mira) y cotizado guionista (Día de entrenamiento) David Ayer.

    Más allá de las claras diferencias de búsquedas y estilos entre Ayer y Quentin Tarantino, es inevitable comparar a Corazones de hierro con Bastardos sin gloria, sobre todo porque en ambas aparece Brad Pitt al frente de un batallón de desahuciados devenidos –a su manera– en héroes. El Don 'Wardaddy' Collier es tan duro y despiadado como el Aldo Raine, aunque –claro– sin ese toque canchero y sobrador tan característico del universo tarantiniano.

    La película –bastante más clásica y old-fashioned que su predecesora– alcanza a retratar con bastante intimidad y sensación de urgencia la amistad, la camaradería, las lealtades de ese grupo de militares que se pasa buena parte de las más de dos horas del film dentro de un tanque Sherman en la Europa de 1945, poco tiempo antes del final de la Segunda Guerra Mundial (en ese sentido, hay algo de la israelí Líbano en la propuesta).

    El problema es que, más allá de la potencia de algunas escenas de acción y del notable aporte visual del DF Roman Vasyanov, Corazones de hierro termina apelando a bastantes lugares comunes a la hora de trabajar la relación maestro-alumno entre el personaje de Pitt y el novato Norman Ellison (Logan Lerman), en un típico relato de iniciación, de paso de la inocencia virginal a esa mezcla de cinismo, valor y patriotismo tan propios de los films bélicos como este. Tampoco escapan de los estereotipos varios personajes de esta historia coral como el latino Gordo de Michael Peña, ese sureño bruto que es Coon-Ass de Jon Bernthal o el místico y aleccionador Bible que encarna con bastante dignidad Shia LaBeouf. Nada que derrumbe el interés general por la historia, pero que de alguna manera la achata y la convierte en un film más sobre los profesionales y las miserias de la guerra.
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  • Sin control
    Sin control
    La Nación
    Para el inefable Keanu Reeves, la venganza será terrible

    A John Wick (Keanu Reeves) se le muere su esposa de cáncer y unos gánsteres rusos le matan a su adorable perro y le roban su preciado Mustang 1969. La venganza, claro, será terrible, sangrienta (léase: decenas de cadáveres). Así de básica es la propuesta de esta ópera prima de Chad Stahelski, experimentado doble de riesgo (incluso del propio Reeves) que demuestra un indudable oficio para construir un eficaz exponente del cine de acción clase B.

    Además de ser una buena carta de presentación para Stahelski, Sin control regala un convincente trabajo de Reeves. Al no tener que hablar ni ser demasiado expresivo (aspectos en los que nunca se destacó), el protagonista de Matrix está impecable como un ex asesino a sueldo que sale de su retiro y ya no tiene nada que perder en su maratón de venganza.

    Con una estilización formal que remite al cine coreográfico de los maestros asiáticos de los años 90 como John Woo, Ringo Lam o Tsui Hark; explosiones de violencia recargada de humor negro a-la-Luc Besson (suerte de reverso masculino de Lucy), y buenos personajes secundarios como los de Dafoe, Leguizamo, McShane y Nyqvist (notable como el jefe mafioso), Sin control no tiene grandes innovaciones, pero resulta absolutamente disfrutable para quienes suelen apostar a este género. El resto, mejor abstenerse.
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  • De tal padre, tal hijo
    ¿El amor nace o se hace?

    De tal padre, tal hijo es un trabajo algo menor de ese siempre inteligente y sensible cineasta que es el japonés Hirokazu Kore-eda. Como en casi todos sus films, el realizador de After Life, Nadie sabe y Un día en familia describe las siempre difíciles relaciones entre padres e hijos.

    En este caso, se aproxima a los conflictos familiares a partir de la historia de un matrimonio de clase media-alta (él, un arquitecto workaholic; ella, la típica madre/ama de casa sumisa y comprensiva) con un niño de seis años.

    Sus vidas cambian para siempre cuando un estudio genético demuestra que el pequeño no es en verdad el hijo “de sangre”, ya que en la maternidad al nacer fue cambiado por otro. La pareja (y también la que ha criado al chico que ellos concibieron) deberá definir qué hacer en términos prácticos, económicos (juicio por mala praxis) y, por supuesto, afectivos.

    Kore-eda maneja el relato -como es habitual en él- con gran sutileza, cuidado por el detalle y convicción para exponer los dilemas y contradicciones que una situación de semejante tenor inevitablemente conlleva.

    El film -aún con ese rigor, pudor y minimalismo que son marca de fábrica del director- no es todo lo sólido, conciso y fascinante que sí han sido muchos de sus trabajos previos, sobre todo porque cae en ciertos arquetipos al idealizar a la familia pobre y alegre en contraposición con la frialdad de la de clase alta. De todas formas, es un más que digno nuevo aporte a esa saga sobre las exploraciones en las profundidades más oscuras de las relaciones intrafamiliares que Kore-eda viene realizando desde hace ya varios años.
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  • Papeles en el viento
    Emocionar... como sea

    Fútbol, amigos, crisis laborales, negocios y una enfermedad terminal. Con esos elementos está construida esta tragicomedia que por momentos resulta demasiado forzada, subrayada, como si estuviera diseñada con el mandato de conmover como sea, a cualquier precio. El problema es que en cine uno no puede verse obligado a reaccionar de determinada manera. La emoción se genera o no, surge cuando está trabajada con buenos recursos, pero cuando una película está delineada de manera artificial para ser inevitablemente “entrañable”, “emotiva” y “humanista”, pasa lo que ocurre con Papeles en el viento: no le crees, le ves las costuras. Y, entonces, esa emoción impuesta que no se produce deviene en golpe bajo y se traduce en irritación.

    Papeles en el viento es como una película de Campanella sin la eficacia de Campanella. O sea, podrá gustar más o menos El secreto de sus ojos, pero las actuaciones, el tono, el “cuentito”, la narración resultan irreprochables. En este caso -trabajando también como en aquel caso sobre una novela de Eduardo Sacheri- Taratuto no logra articular diálogos y situaciones verosímiles. Todo resulta demasiado calculado y ampuloso. Una pena porque en No sos vos, soy yo, ¿Quién dice que es fácil?, Un novio para mi mujer y La reconstrucción había demostrado méritos suficientes como para pensar en un resultado mucho más alentador.

    Tampoco ayudan las actuaciones con escasa carnadura de buenos intérpretes como Diego Peretti, Pablo Echarri y Pablo Rago, la obvia estructura en flashbacks donde se muestra la etapa final del cáncer del personaje de Diego Torres, la música sensiblera de Iván Wyszogrod, o los personajes secundarios casi sin desarrollo. Para colmo, la resolución de la trama futbolera (los protagonistas manejan el pase de un jugador del interior) es por demás ridícula e inverosímil para quienes conocen mínimamente cómo se maneja el negocio en la actualidad. Papeles en el viento, con todo, no es una mala película, pero sí una importante decepción.
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  • Foxcatcher
    Foxcatcher
    Otros Cines
    100% lucha

    Experto en biopics e historias basadas en casos reales (venía de hacer Capote y la muy atendible Moneyball: El juego de la fortuna), Bennett Miller ganó el premio a Mejor Director en el último Festival de Cannes con un film en el que reconstruye la extraña relación que se estableció en los años ’80 entre el multimillonario John Eleuthère du Pont (notable trabajo de Steve Carell) y dos hermanos campeones de lucha libre (Mark Ruffalo y Channing Tatum).

    Así como en Moneyball… exploraba la trastienda del negocio del béisbol, aquí Miller expone en detalle la experiencia física de los luchadores, las tensiones entre estos dos hermanos, y luego las contrasta con el universo del excéntrico filántropo y referente del poderoso emporio químico obsesionado por convertirse en entrenador del equipo (al que llama Foxcatcher) que se prepara por competir en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988.

    No conviene adelantar nada más de la trama (aunque una rápida búsqueda en Internet puede convertirse en un spoiler indeseable), concebida por el talentoso director y sus tres extraordinarios actores con una amplitud de recursos y matices (van desde la comedia hasta el melodrama) que no suelen abundar en el cine mainstream norteamericano, sobre todo a la hora de reflejar las contradicciones entre clases sociales tan opuestas.
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  • Ouija
    Ouija
    Otros Cines
    El terror más rutinario

    Como para recordarnos que el cine de terror de bajo presupuesto hecho en serie, reciclando elementos vistos ya millones de veces, seguirá llegando una y otra vez, el año cinematográfico en la Argentina arranca con un subproducto de esos que inundaron las pantallas durante 2014. Ouija no tiene una sola idea innovadora, un mínimo atractivo que la distinga de la avalancha de films con adolescentes en problemas y elementos sobrenaturales.

    Que la fotografía es cuidada, que hay algunos climas logrados… Puede ser, pero eso no alcanza a redimir a una historia inundada de lugares comunes. Rutinaria, bastante boba y sin escaparse jamás de la fórmula, Ouija tiene a dos hermanas (Olivia Cooke y Ana Coto), sus respectivos novios (Daren Kagasoff y Douglas Smith) y una amiga (Bianca Santos) jugando el juego que menos les gusta para ir “al más allá” y contactar a una joven que se ha suicidado en misteriosas circunstancias al comienzo de la película.

    ¿Les suena conocido? Una auténtica berretada paranormal con visiones y efectos visuales que nunca puede trascender su estructura de clichés. Consejo: no pierdan el tiempo y vayan a (re)ver El exorcista o algún clásico del género.
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  • El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos
    Peter Jackson se despide del universo de J.R.R. Tolkien con su sexta película y tercera de la saga de El hobbit, tras Un viaje inesperado (2012) y La desolación de Smaug (2013). Y lo hace de manera convincente, regalando una de las épicas bélicas más monumentales del cine moderno, un despliegue de coreográficos y multitudinarios enfrentamientos en el marco de la batalla a las que alude el subtítulo del film. Vista por este cronista en la versión 3D de 48 cuadros por segundo en la inmensa sala IMAX, el despliegue visual de esta última entrega resulta estremecedor.

    La película arranca con otra espectacular secuencia de acción (el dragón Smaug, con la voz de Benedict Cumberbatch, incendiando un pueblo entero y siendo enfrentado desde una torre por el heroico Bardo que interpreta Luke Evans) y termina con la larga guerra en la que se cruzarán ejércitos de enanos, elfos, orcos y diversas criaturas caminantes y voladoras.

    En medio de esos dos picos de acción de las "apenas" poco más de dos horas de duración neta (la más corta de todas), aparece, claro, el derrotero personal de Bilbo Bolsón (Martin Freeman); la parte shakespeariana con el rey de los enanos, Thorin (un notable Richard Armitage), cegado por la codicia y paranoico ante el miedo a ser despojado del tesoro de Smaug, y la resolución del triángulo amoroso entre el pequeño Kili (Aidan Turner), la bella Tauriel (Evangeline Lilly) y Legolas (Orlando Bloom).

    Pero quizás el aspecto emocionalmente más potente de todo el film sea apreciar cómo Jackson va tendiendo los distintos puentes hacia lo que luego sería (aunque cinematográficamente fue previa) la saga de El señor de los anillos. Así, en una imponente secuencia, veremos juntos a Gandalf (Ian McKellen), Galadriel (Cate Blanchett), Elrond (Hugo Weaving) y a un Saruman (Christopher Lee, peleando espada en mano a sus ¡92 años!) que ya va acercándose de a poco a Sauron. Se cierra, así, el círculo de toda una gran franquicia de seis películas. Fue lindo mientras duró.
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  • El árbitro
    El árbitro
    Otros Cines
    El fútbol como catalizador y síntesis de la sociedad

    Curiosa coproducción entre Argentina e Italia rodada en blanco y negro en locaciones de Cerdeña y con el fútbol como excusa para exponer, en tono de comedia, ciertos excesos y miserias sociales.

    Como una suerte de cuento de Roberto Fontanarrosa filmado con aires experimentales (los planos son en su mayoría muy bellos), El árbitro se escapa por completo del naturalismo y no le incluso teme al artificio más furioso (escenas musicales, tono ampuloso). El resultado es una verdadera rareza, que se disfruta pero sólo si se entra en los códigos y convenciones que la película propone.

    Reconocido cortometrajista y documentalista, Paolo Zucca narra en su Cerdeña natal dos historias paralelas que luego se irán uniendo. Por un lado, la del Atlético Pabarile, el equipo más flojo de la tercera división de la región que es dirigido por… ¡un ciego! Y es sistemáticamente humillado por el Montecrastu, que maneja un poderoso hacendado/mafioso. Las cosas cambian por completo cuando regresa al pueblo rural -luego de un paso por la Argentina- el talentoso Matzuzi. Por otro, está el derrotero del ambicioso árbitro Cruciani (Steffano Accorsi), quien va ascendiendo en su carrera a fuerza de corrupción.

    El fútbol, se sabe, es catalizador y de alguna manera síntesis de los comportamientos sociales y, en ese sentido, El árbitro resulta una sátira bastante audaz, poco convencional, y con no pocos hallazgos narrativos y visuales.
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  • Una noche sin luna
    Algún lugar en el mundo

    Esta ópera prima del joven director y guionista uruguayo Germán Tejeira remite a esas historias mínimas del cine de Carlos Sorín y podría definirse también como unos relatos (poco) salvajes, bastante más austeros y menos explosivos que los de Damián Szifron.

    También dividida en episodios (tres en este caso) y ambientada durante la noche de Año Nuevo en un pueblo rural llamado Malabrigo, Una noche sin luna tiene como protagonistas a César (Marcel Keoroglián), un taxista divorciado que llega para cenar con la nueva familia de su ex mujer y reencontrarse con su pequeña hija; Antonio (Roberto Suárez), un mago que viaja para hacer su acto en la fiesta del lugar pero queda varado hasta que conoce a Laura, empleada de una estación de peaje; y Miguel (el argentino Daniel Melingo), un músico que recibe un permiso para salir de la cárcel y actuar en la patética cena show.

    La melancolía uruguaya y la melancolía de las fiestas (que recuerda a Felicidades, de Lucho Bender) conforman un universo algo triste (en medio de múltiples infortunios amplificados por constantes cortes de luz) para estos tres seres solitarios, que parecen no tener un lugar en el mundo. De todas maneras, Tejeira evita caer en el miserabilismo, no juzga ni tortura a sus atribuladas criaturas, y maneja siempre un medio tono amable y eficaz. Una película pequeña, entrañable y atractiva.
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  • Escobar: Paraiso perdido
    Un film clase B, lejano heredero de El padrino

    La corta, vertiginosa y fascinante vida de Pablo Escobar ha sido reconstruida en decenas de libros, producciones televisivas, documentales y películas de ficción. En este más que atendible debut en la dirección del actor italiano Andrea Di Stefano es Benicio del Toro el encargado de interpretar al narcotraficante colombiano en un papel que, si bien es secundario en cuanto a cantidad de minutos en pantalla, resulta esencial en la historia de ficción que se narra.

    El verdadero protagonista del film es Nick (Josh Hutcherson, el Peeta de la saga de Los Juegos del Hambre), un surfer canadiense que llega con su hermano (Brady Corbet) a Colombia en plan turístico y se enamora de María (la actriz española Claudia Traisac), una atractiva joven que desarrolla tareas asistenciales en zona carenciadas. Claro que María no es otra que la sobrina favorita de Escobar y, así, al poco tiempo Nick no sólo ingresará en el círculo íntimo del líder del Cartel de Medellín sino que se convertirá en una de las pocas personas de su confianza.

    Si la presencia de una veinteañero norteamericano en el universo del todopoderoso Escobar puede parecer un poco ridículo, hay que indicar que toda la trama (que incursiona en casi todos los géneros imaginables) resulta bastante absurda porque está construida en un tono de película clase B. Sin embargo, una vez aceptados los códigos y algunas carencias (como algunos personaje poco desarrollados) hay que admitir que Di Stefano regala largas y elegantes escenas de acción llenas de tensión y una descripción familiar que ubica a Paraíso perdido como una heredera (lejana, es cierto) de El Padrino de Francis Ford Coppola y del Vito Corleone de Marlon Brando.

    Otro de los aciertos de esta coproducción europea rodada por un italiano en locaciones de Panamá es la contratación de un puertorriqueño como Del Toro (que ya fue el Che Guevara). En cada una de sus apariciones, su Escobar resulta tan seductor como abominable, un monstruo perfecto que no necesita alzar la voz para asustar, que es capaz de regalar la sonrisa más amigable y a los pocos segundos mandar matar a una, diez o cien personas. En su amenazante y al mismo tiempo cautivante interpretación, y en el sorprendente oficio de un director debutante como Di Stefano se sostiene este film que, de alguna manera, cierra con dignidad la cartelera cinematográfica argentina de 2014.
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  • Buongiorno papá
    Buongiorno papá
    Otros Cines
    Commedia all'italiana

    Andrea (Raoul Bova) tiene 38 años, es un típico galán mujeriego, superficial, suerte de adolescente tardío y exitoso ejecutivo publicitario (más precisamente trabaja para una empresa de product placement en películas) que vive en un hermosa casa junto a un amigo bastante patético e incondicional (el también director Edoardo Leo) al que maltrata casi sin darse cuenta. Todo es fiesta, alcohol y modelos para este antihéroe perfecto hasta que aparece en su vida Layla (Rosabell Laurenti Sellers), una chica de 17 años (con su “rebelde” pelo teñido) que asegura ser su hija.

    El típico chanta italiano trata de zafar como puede, pero finalmente no tendrá más remedio que aceptar que Layla -cuya madre ha muerto- es efectivamente hija suya. Y allí empezarán las desventuras, los enredos de este padre improvisado, torpe y culpógeno ¿Les suena? Sí, la trama tiene no pocas similitudes con Igualita a mí, la comedia de Diego Kaplan con Adrián Suar y Florencia Bertotti, y con muchos otros productos sobre paternidades inesperadas y segundas oportunidades.

    La película es, efectivamente, una sucesión, una acumulación de lugares comunes y estereotipos, pero -al menos- Leo no intenta disimularlos y hasta se ríe de ellos. Se trata de una comedia ligera y convencional, por momentos simpática, un poco boba, es cierto, pero finalmente bastante disfrutable. Hay un par de personajes secundarios inspirados (un viejo rockero hippie que es el abuelo canchero de Layla) y una fluidez que se agradece. No estamos ante uno de esos exponentes del cine italiano más audaz, pero como producto del mainstream no irrita y hasta entretiene.
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  • La entrega
    La entrega
    La Nación
    Thriller tenso, oscuro y desgarrador

    Tras Bullhead, su elogiada ópera prima de 2011, el director belga Michaël Roskam fue convocado por Hollywood para filmar la transposición de Animal Rescue, cuento del cotizado Dennis Lehane (autor fértil al que ya recurrieron nada menos que Clint Eastwood en Río místico, Ben Affleck en Desapareció una noche y Martin Scorsese en La isla siniestra) que fue adaptado por el propio escritor. La acción transcurre en la gélida Brooklyn de fin de año y, más precisamente, en un bar que atienden dos primos (James Gandolfini y Tom Hardy), pero que en verdad pertenece a la mafia chechena y al que se utiliza en varias circunstancias para lavar dinero sucio.

    No faltan en este thriller tenso, oscuro y desgarrador la presencia femenina (Noomi Rapace), quien será el vértice entre el protagonista y por momentos narrador en off (Hardy) y el antagonista (Matthias Schoenaerts), ni el policía (John Ortiz) que investiga la acumulación de delitos (crímenes incluidos) que ocurrieron y siguen ocurriendo en el lugar.

    Con sólidas actuaciones (se destacan la de Hardy y la de Gandolfini en una de sus últimas apariciones en pantalla), personajes extremos que ocultan más de lo que muestran, La entrega es un típico drama sobre secretos y mentiras, sobre culpas, segundas oportunidades y redenciones (hay unos cuantos simbolismos religiosos a-la-Abel Ferrara) que no termina de ser todo lo intenso y fascinante que podría haber sido por algunas limitaciones narrativas y visuales (y hasta ciertas obviedades), pero que alcanza a retratar un universo que se sigue con interés. En definitiva, un más que digno debut de Roskam en el cine norteamericano.
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  • El perro Molina
    El perro Molina
    La Nación
    Fascinante tragedia de un descastado

    Incansable y consecuente, referente de un cine siempre potente y visceral sobre los conflictos sociales y la marginalidad en el conurbano bonaerense, José Celestino Campusano parece estar buscando nuevas geografías e historias. El Perro Molina -un viejo guión suyo para el que recién ahora consiguió los recursos necesarios- se rodó en la ciudad de Marcos Paz y sus próximos largometrajes estarán ambientados en el barrio porteño de Belgrano, en Valdivia (Chile) y en la zona de Esquel.

    El Perro Molina es una película más importante en cuanto a despliegue técnico y de producción (por ejemplo, el uso de grúas y de una cámara Red One), pero al mismo tiempo más contenida, más clásica que sus épicas como Fango o Fantasmas de la ruta.

    Inspirada -como todas sus películas- en hechos verídicos, la película se centra en las desventuras de Antonio "El Perro" Molina (Daniel Quaranta), un veterano y curtido delincuente de poca monta, un duro que intenta sostener sus códigos y lealtades en un universo donde todo eso se ha desbarrancado con "pibes chorros" que matan sin pruritos ni mayores consideraciones.

    El film tiene otros personajes fuertes: Natalia (Florencia Bobadilla), esposa del abusivo y corrupto comisario Ibáñez (Ricardo Garino) al que decide abandonar luego de múltiples infidelidades de él para ganarse la vida como prostituta; Calavera (Carlos Vuletich), un proxeneta amigo del Perro, y Ramón (Damián Ávila), un joven que tiene al protagonista como referente.

    Campusano sostiene la narración a partir de conflictos básicos (el triángulo amoroso entre Ibáñez, Natalia y Calavera, la relación maestro-alumno entre El Perro y Ramón; el sueño imposible de retirarse del hampa propio del film-noir), pero aun cuando la película se resiente por momentos por los habituales desniveles actorales o ciertos diálogos demasiado "escritos" y recitados con solemnidad por algunos intérpretes, jamás pierde la fuerza, la convicción y la credibilidad para una historia intensa y atrapante.

    Las contradicciones generacionales entre la vieja guardia del hampa y los adolescentes descontrolados de hoy, los negocios oscuros de la prostitución y aquellos manejados por la propia policía son algunos de los temas que Campusano expone en los 88 minutos de una película en la que hace un impecable uso de las locaciones de Marcos Paz y se nutre de los propios vecinos en varios de los papeles secundarios.

    Con elementos propios del policial y del melodrama romántico (aquí los hombres también lloran), esta nueva tragedia sobre un descastado, sobre alguien que intenta cuidar su linaje pero no logra revertir su destino, resulta un hito más en la prolífica, provocativa, audaz y siempre fascinante producción de Campusano.
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  • Adiós al lenguaje
    Como perros y gatos

    Siete meses después de haber ganado el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, se estrena en 15 salas argentinas (8 de ellas dotadas con tecnología 3D y las 7 restantes en formato 2D) esta nueva película del mítico director de Sin aliento, Pierrot el loco, El desprecio y Vivir su vida. Nada mal si se tiene en cuenta que, por ejemplo, en un mercado imponente como el del Reino Unido se lanzó directamente en DVD, sin un paso previo por los cines.

    En la línea que viene trabajando en las últimas décadas, el 39º largometraje de JLG resulta más un ensayo intelectual con una estructura fragmentaria (por momentos lo acerca al videoclip y al videoarte) que cine narrativo convencional.

    Hay, es cierto, algunas escenas de ficción (con sus actores mayormente desnudos), pero el eje vuelven a ser las citas literarias (de Aleksandr Solzhenitsyn a Jack London, pasando por William Faulkner, Fiódor Dostoyevski o el Frankenstein de Mary Shelley), otras múltiples referencias culturales (Nicolas de Staël, Claude Monet, Marcel Duchamp, Jean-Paul Sartre), extractos musicales (Beethoven, Tchaikovsky), imágenes de películas (Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Las nieves del Kilimanjaro) y sus reflexiones sobre el nazismo, la violencia que se imparte desde el Estado, Dios, la tecnología (habla de Google y aparece un iPhone mientras apela al filósofo contestatario Jacques Ellui) o los derechos de los animales.

    De hecho, más allá de que muestra en pantalla a una mujer casada y un hombre soltero que se aman y se maltratan (y varias veces mantienen sesudas discusiones con alguno de ellos sentado en el inodoro y con sonoras flatulencias de fondo que harían las delicias de los hermanos Farrelly), el verdadero protagonista de Adiós al lenguaje es un perro, que aparece en numerosas imágenes.

    Con respecto al patchwork visual, cabe destacar que el resultado formal es bastante más atractivo que en la anterior Film Socialisme y, si bien el uso del 3D es bastante artesanal y caprichoso, hay momentos en los que logra integrar o, por el contrario, escindir para la visión de cada ojo diversas imágenes con un resultado de corte experimental muy interesante (aunque también puede generar algún que otro mareo).

    Así, entre las nuevas tecnologías y la reivindicación de lo clásico, entre la alta cultura y lo escatológico, transcurren los tragicómicos 70 minutos de Adiós al lenguaje, una película que seguramente fascinará a sus acólitos e irritará a sus detractores, pero que no dejará indiferente a nadie. El viejo y maldito JLG lo hizo de nuevo…
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  • Calvario
    Calvario
    La Nación
    Tragicomedia existencial

    Tras su promisoria ópera prima de 2011, El guardia (también protagonizada por Brendan Gleeson), el británico John Michael McDonagh entrega un muy interesante segundo largometraje sobre un cura de un pequeño pueblo marítimo de Irlanda que -en la primera escena- es amenazado de muerte mientras toma confesión por parte de un hombre (al que no vemos) que asegura haber sido abusado de niño por un sacerdote. Le dice, además, que sólo le quedan siete días de vida.

    Lo que sigue es la descripción de esa semana (de domingo a domingo) en la que el protagonista deberá transitar el calvario del título, pagar las cuentas pendientes, sumergirse en sus propias miserias y lidiar con los otros personajes (Chris O'Dowd, Isaach De Bankole, Aidan Gillen, M. Emmet Walsh, Domhall Gleeson, Kelly Reilly y Marie-Josee Croze integran el espléndido elenco) de su bastante excéntrica comunidad.

    Relectura de Diario de un cura de campaña, de Robert Bresson, con la trascendencia del maestro francés, una despiadada mirada a los excesos contemporáneos, una formidable estilización visual para retratar la violencia extrema con elementos propios del western, y un muy logrado sentido del humor (negrísimo), esta tragicomedia ratifica a McDonagh como un talento a seguir muy de cerca.
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  • Una buena mentira
    Con las mejores intenciones

    La guerra civil en Sudán dejó no sólo miles de muertos, sino también millones de desplazados que terminaron en inmensos campos de refugiados instalados en Kenya. Esta película del canadiense Philippe Falardeau (el mismo de la multipremiada Profesor Lazhar) se inspiró en hechos reales para narrar la historia de cuatro huérfanos que llegaron a Kansas en el marco de un programa humanitario del gobierno estadounidense.

    En su nuevo destino, sin dominar el idioma ni mucho menos las costumbres, tres de ellos (la única mujer es enviada a vivir con una familia en Boston) son recibidos por Carrie Davis (Reese Witherspoon), una joven bastante cínica que tiene como misión ayudarlos a encontrar trabajos (bastante precarios, por cierto).

    La película se cuida de exaltar a los Estados Unidos como el paradigma de la generosidad (los recién llegados deben devolver el costo del pasaje y luego se toparán con problemas burocráticos con los papeles), pero igual no puede trascender del todo el sesgo aleccionador, el sentido de concientización tan propio de la corrección política y que aquí se percibe durante buena parte del relato.

    En el terreno de las relaciones humanas, Falardeau ofrece una cuantas viñetas divertidas a la hora de exponer las contradicciones sociales y las diferencias étnicas, pero tampoco puede evitar ese vuelco tan hollywoodense que hace el personaje en un principio tan licencioso y superficial como el de Witherspoon hasta convertirse en una conmovida luchadora por los derechos de los refugiados. Así, Una buena mentira resulta una propuesta tironeada entre la nobleza de sus intenciones, su solidez narrativa y sus evidentes limitaciones y lugares comunes.
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  • Zanahoria
    Zanahoria
    Otros Cines
    Secretos y mentiras

    Esta nueva película del director de El cuarto de Leo tenía unos cuantos elementos para resultar un interesante thriller político, en la línea de los clásicos del género de Costa-Gavras o Alan J. Pakula, pero termina siendo un fresco de época bastante torpe y recargado, plagado de diálogos solemnes y de un didactismo ramplón, como si no se creyera demasiado en la capacidad de interpretación de un espectador al que se le debe dar todo demasiado masticado y subrayado.

    Basado en un caso real e inspirado en crónicas periodísticas, el film reconstruye la denominada Operación Zanahoria en octubre de 2004. A pocas horas de la elección presidencial que depositaría por primera vez al Frente Amplio en el gobierno nacional, dos periodistas de un pequeño semanario de izquierda son abordados por un misterioso informante (un ex agente del servicio de inteligencia del ejército interpretado por César Troncoso) que asegura tener pruebas sobre crímenes cometidos durante la dictadura militar (incluidos datos sobre los lugares donde han sido enterrados y luego exhumados los restos de decenas de detenidos-desaparecidos).

    Los protagonistas, un veterano periodista con pasado militante (Abel Tripaldi) y un recién llegado a la profesión (el argentino Martín Rodríguez), abandonan por un tiempo la cobertura de las elecciones y a sus círculos íntimos para embarcarse en un viaje oscuro y sinuoso, lleno de oscilaciones, de idas y contramarchas, de dudas, miedos, secretos y mentiras.

    El problema de la película es que, cuando debe concentrarse en la creación de climas y en la construcción de la tensión y la paranoia, cede a la tentación de ser demasiado explícito, obvio y, así, el misterio se desvanece. Más allá de su cuidado formal, y de las buenas intenciones de combinar lo político con elementos del cine de género, resulta -en definitiva- un film bastante fallido.
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  • El blanco afuera, el negro adentro
    Adorables perdedores

    Ganadora con absoluta justicia de la Competencia Latinoamericana del reciente Festival de Mar del Plata, El blanco afuera, el negro adentro llega al Gaumont como la sexta y última entrega del año de ese notable ciclo que es Encuentros con el Cine Brasileño.

    Queirós vive en Ceilândia, una zona desfavorecida de la periferia de Brasilia donde se hacinan más de 600.000 personas y allí filmó ya seis películas. En El blanco afuera, el negro adentro con sus personajes tullidos (física y emocionalmente), con su look apocalíptico, podría haber caído en el patetismo, en el miserabilismo, en la crítica social obvia y subrayada. Nada de eso.

    El director pone en el centro de la escena a dos personajes negros, uno en silla de ruedas y otro con una pierna ortopédica, ambos víctimas de la policía racista en bailes de los años ’80 donde se reprimían las actividades populares.

    Entre el documental y la ficción (todas las apocalípticas locaciones fueron construidas para el film) e inclusive con elementos propios de la ciencia ficción a partir de un investigador enviado desde el futuro a desvelar los hechos, con una inevitable mirada política pero también con un lirismo y una reivindicación de estos antihéroes que remiten al cine de los portugueses Pedro Costa y Miguel Gomes, el realizador de Dias de greve, Fora de campo y A cidade é uma só? construye un film extrañísimo y fascinante a la vez.

    El mundo de las radios clandestinas, las fábulas, la música (hip hop, funk) y la rebelión anarquista forman parte de este film popular sin los lugares comunes del cine populista. Una bienvenida rareza del nuevo cine brasileño que resulta un buen regalo de fin de año. A no dejarla pasar.
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  • Grandes héroes
    Grandes héroes
    Otros Cines
    La unión hace la fuerza

    Primero Disney compró Pixar. Luego Disney adquirió Marvel. Ahora, Disney hizo una película basado en un cómic de Marvel y con el espíritu de Pixar. Más allá de los negocios, las asociaciones artísticas parecen estar funcionando muy bien.

    Con John Lasseter (el cerebro de Pixar) manejando toda la escudería animada de Disney no es difícil advertir cómo la producción del grupo va imbuyéndose del look, del estilo y de la creatividad de sus ahora líderes. OK, Grandes héroes no llega a las cimas de las mejores películas de Pixar y hasta tiene unos cuantos elementos “reciclados” de WALL-E y, sobre todo, de Los Increíbles, pero así y todo es un film que funciona, que entretiene, que divierte y que mantiene un nivel de creatividad visual con muy pocos equivalentes.

    Como en muchos films de Disney, todo arranca con una muerte (en verdad, con varias, ya que el protagonista es un huérfano). En la primera escena vemos que Hiro, de 14 años, se dedica a peleas clandestinas con robots (¿se acuerdan de Gigantes de acero?), pero en verdad es un brillante inventor que pronto será convencido por su hermano mayor para sumarse a una escuela de auténticos y queribles nerds en la futurística San Fransokyo (sí, una mixtura entre San Francisco y Tokio, pero que también en el terreno visual es un puente entre el animé/manga y la animación occidental). Sin embargo, en un incendio intencional su hermano muere y Hiro caerá en la más profunda depresión. Sólo un robot inflable y obeso del carisma y la simpatía del irresistible Baymax (diseñado en principio como asistente médico, pero luego devenido en superhéroe) podrá devolverlo a la acción, acompañado por un cuarteto de jóvenes y entusiastas científicos como él.

    Esa primera parte del film es notable. Luego, ya en una línea superheroica más previsible y con un cúmulo de enfrentamientos a-lo-Marvel, la cosa se vuelve menos creativa, más mecánica. Pero, aun cuando “va a los bifes”, el film nunca deja de sostener un nivel de narración y de imaginería visual fascinante. Bienvenida sea, entonces, este encuentro Disney-Pixar-Marvel. La unión, como dice el dicho, hace la fuerza.
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  • El hijo buscado
    El hijo buscado
    La Nación
    Rafael Ferro y María Ucedo dan vida a un matrimonio ya bastante desgastado que ha intentado durante muchos años y por todos los medios adoptar un niño. Entre resignado y enfurecido frente a la fría burocracia administrativa, él decide partir hacia la frontera con Paraguay y Brasil en busca de un recién nacido que pueda llenar ese vacío, esa angustia existencial.

    El camino, claro, no será nada sencillo, sobre todo cuando se tope con las mafias que manejan cerca de la Triple Frontera ese "comercio" a todas luces ilegal e inhumano. Más allá de exponer la corrupción y la sordidez de esos lugares, este thriller de Gaglianó (Solo de guitarra) sobre un hombre enfrentado al sistema jamás cae en la manipulación, en el subrayado, en la bajada de línea aleccionadora, y mantiene un tono tenso y seco, cercano al film noir (con otro notable aporte del talentoso director de fotografía Fernando Lockett), que lo hace casi siempre atractivo.
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  • Paddington
    Paddington
    La Nación
    Adorable pero bastante torpe

    Personaje de la literatura infantil británica creado hace ya más de medio siglo por el autor Michael Bond, el oso Paddington tiene aquí su primera incursión cinematográfica (se produjeron un par de series en los años 80 y 90) con resultados que no están a la altura de esta querible criatura que en términos de popularidad (y de ventas de merchandising) poco tiene que envidiarle a, entre otros "colegas", Winnie Pooh o Yogui.

    El film narra el origen (absurdo) de este antihéroe en plena selva peruana, donde ya profesa su pasión por todo lo que sea inglés. Tras la muerte del tío Pastuzo, el pequeño emprenderá un viaje en barco para llegar a la estación de Paddington londinense. Inglaterra, en primera instancia, no es el paraíso que tanto había soñado, hasta que los Brown (Sally Hawkins, Hugh Bonneville, los chicos Madeleine Harris y Samuel Joslin, y la veterana Julie Walters), una familia de Notting Hill que es una caricatura del british way of life, lo adopta y lo inicia en la vida social urbana.

    Y allí aparece Millicent (una sobreactuada Nicole Kidman), la taxidermista de un museo (parece una versión descafeinada de la Cruella De Vil de Glenn Close en 101 dálmatas) que, con la ayuda del señor Curry (Peter Capaldi), quiere capturar al pobre osito y sumarlo a su colección.

    Más allá de la pericia técnica y de ciertos hallazgos visuales que remiten al cine de Wes Anderson, es bastante decepcionante descubrir a varios de los mejores intérpretes británicos del momento sometidos a una serie de enredos bastante torpes y no demasiado divertidos. Mejor verlos en Dr. Who o Downton Abbey?
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  • Éxodo: Dioses y Reyes
    La mano de Dios

    A los 77 años, Ridley Scott presenta una carrera oscilante, incluso desconcertante si se quiere, pero -aun en sus films más fallidos- siempre con elementos valiosos para el análisis. Tras un arranque esplendoroso con Los duelistas, Alien: El octavo pasajero y Blade Runner, rodó títulos tan disímiles como Thelma & Louise, Gladiador o Gánster americano. Ahora, tras la incomprendida El abogado del diablo, llega la épica bíblica Exodo: Dioses y Reyes, para la que contó con un generoso presupuesto de 140 millones de dólares y con Christian “Batman” Bale como un Moisés que va del susurro al grito sin escalas intermedias.

    La primera parte (la presentación de los personajes y del conflicto dramático) es más bien esquemática y poco interesante. Estamos en el antiguo Egipto, en el 1.300 antes de Cristo, con el emperador Seti (John Turturro) al frente de un poderoso imperio que durante 400 años viene esclavizando a los hebreos. Su hijo de sangre es Ramsés (Joel Edgerton), pero el faraón tiene predilección por Moisés, quien salvará a su “medio hermano” en pleno campo de batalla. Tras la muerte de Seti y tras conocer de primera mano el trato inhumano que reciben los esclavos en las canteras y las construcciones, Moisés se entera de su origen hebreo, es desterrado y se termina casando y armando una familia con Séfora (María Valverde).

    Hasta allí lo más flojo del film, con situaciones elementales y personajes secundarios demasiado unidimensionales y recortados en el montaje final (totalmente desperdiciados Sigourney Weaver, Aaron Paul y Ben Kingsley, entre otros) para una película que parece hecha para el lucimiento exclusivo de Bale.

    Por suerte, en la segunda mitad la cosa mejora porque Scott se dedica al cine de aventuras de proporciones bíblicas a-lo-Cecil B. DeMille en Los Diez Mandamientos: un festival de CGI con las plagas de cocodrilos en el Nilo enrojecido, langostas, moscas, granizo, tormentas perfectas (no es spoiler lo de las aguas del mar que se abren, ¿no?) y escenas de masas. Y hasta hay unas cuantas charlas de Moisés con Dios encarnado en un niño…

    Bastante mejor que la reciente Noé (no hacía falta demasiado), Exodo… es un discreto melodrama que luego deviene en imponente épica. En sus propias contradicciones y desniveles están las dos caras, las múltiples facetas de un director como Ridley Scott, que probablemente haya concretados hace ya mucho tiempo sus principales aportes al cine, pero que en la etapa final de su carrera no deja de ser un realizador valioso y al que vale la pena seguir.
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  • Quiero matar a mi jefe 2
    Cruda, pero entretenida

    En 2011, una comedia negra sobre las desventuras de tres empleados con sus sádicos jefes se convirtió en un notable (y para muchos inesperado) éxito comercial. Lo esperado, claro, era que más temprano que tarde llegara su secuela. Ya no está Seth Gordon en la dirección, pero Sean Anders logra sostener los hallazgos de la entrega anterior e incluso potenciarlos, al menos durante la primera de las dos horas de duración. Anders fue coguionista de la reciente Tonto y retonto 2, y si bien Quiero matar a mi jefe 2 no es una exaltación tan radical de la comedia vulgar como aquella película de los hermanos Farrelly, sí resulta un exponente de la comedia hollywoodense cruda y ruda, sin demasiadas sutilezas, pero con situaciones extremas que entretienen y fluyen razonablemente bien.

    Tras los enredos de la película original, Nick (Jason Bateman), Kurt (Jason Sudeikis) y Dale (Charlie Day) deciden independizarse y montar un negocio propio (la venta de un sistema de ducha bastante particular). Tras una entrevista televisiva que los exalta como emprendedores, son abordados por un poderoso empresario (Christoph Waltz) y su hijo (Chris Pine) para asociarse en el emprendimiento que, por supuesto, saldrá del todo mal.

    Tras ese planteo inicial llegarán las vueltas de tuerca (incluso dentro del terreno policial) y en el desenlace todo se vuelve más mecánico y previsible. De todas maneras, la simpatía del trío protagónico (con sus matices, todos tienen su costado patético y querible) y el regreso de los secundarios de Jennifer Aniston (una adicta al sexo), Jamie Foxx (un hilarante gánster) y Kevin Spacey (un cínico y despiadado empresario que está en la cárcel) mantienen las cosas a flote. Sí, es un cine con algo de fórmula y bastante de caricatura, pero jamás esconde su esencia. Y funciona.
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  • Primicia mortal
    Primicia mortal
    La Nación
    Polémica sátira del sensacionalismo

    Reconocido guionista (Gigantes de acero, El legado Bourne), Dan Gilroy debuta como director con una provocativa sátira al periodismo más sensacionalista que se ubica en la línea de clásicos como Network: Poder que mata o Detrás de las noticias. Y el personaje de Louis Bloom que interpreta Jake Gyllenhaal se suma a la galería de esos descomunales psicópatas que, por ejemplo, Robert De Niro construyó para Martin Scorsese en Taxi Driver o El rey de la comedia. Una película que, sin dudas, generará debates y ganará unos cuantos premios.

    Bloom es un ladronzuelo (en la primera secuencia trata de vender unos alambres robados) que, de casualidad, descubre que filmar las situaciones más morbosas que ocurren cada noche en la ciudad de Los Angeles (víctimas de accidentes de tránsito o de asaltos) puede ser un excelente negocio.

    El film -quizá demasiado cínico y en algunos aspectos un poco previsible- sigue el derrotero de Bloom desde que es un principiante bastante inocente hasta que se convierte en un manipulador sin ética ni moral.

    Pero, más allá de los eventos en sí (no exentos de tensión y suspenso), lo que hace de Primicia mortal una muy buena película es la exploración psicológica del protagonista (es llamativo que Hollywood apueste a un protagonista tan extremo y perverso y, en ese sentido, el trabajo de Gyllenhaal es memorable) y, sobre todo, su relación con la veterana gerenta de noticias de una cadena de televisión de bajo rating (Rene Russo en un regreso a lo grande), cuyo futuro dependerá cada vez más de las imágenes que aporta Bloom, y con un joven asistente (Riz Ahmed) en sus sórdidos recorridos nocturnos.

    Poderosa y audaz en su narración, inquietante en su planteo, Primicia mortal encuentra en el trabajo del director de fotografía Robert Elswit (habitual colaborador de Paul Thomas Anderson) un aliado perfecto para también desde lo estético transportar al espectador a un universo que parece irreal, pero que al mismo tiempo resulta tristemente reconocible.
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  • Welcome to New York
    Las miserias del poder

    Los excesos, el poder, los demonios interiores y el sexo son algunos de los temas centrales de la filmografía de Abel Ferrara. Por eso, una película inspirada en la figura de Dominique Strauss-Kahn, el otrora mandamás del FMI que hasta sonaba como presidenciable en Francia y cuya carrera se derrumbó tras las acusaciones de abusos a distintas mujeres en su contra, parecía una muy buena idea. Y Welcome to New York, con sus logros (que son unos cuantos) y sus absurdos (que en este caso no molestan demasiado) es, en el mejor de los sentidos, un Ferrara auténtico.

    El primer hallazgo de Ferrara es la elección de su protagonista. Gérard Depardieu, con su cuerpo degradado, su apetito devorador (por las mujeres, entre otras cosas), resulta la criatura indicada, el monstruo perfecto para que el director de El rey de Nueva York y la reciente Pasolini (presentada en la apertura del Festival de Mar del Plata) exponga la impunidad y las miserias del poder y los poderosos.

    De las orgías con prostitutas de lujo (y con esas perversiones que tanto le gustan a Abel que en este caso incluye un por demás imaginativo uso de champagne y helado) al ultraje de una simple camarera de origen africano en la habitación de un hotel de Manhattan, la adicción al sexo de George Devereaux es el eje, el motor de un relato que gana todavía más densidad cuando entra en escena Simone (Jacqueline Bisset), la esposa del protagonista y verdadera titiritera en bambalinas. No sólo deberá aceptar los nuevos deslices de su patético marido, sino comandar también la estrategia judicial, mientras se da cuenta cómo esa carrera que ella había digitado y construido para su cónyuge se desmorona, se escurre como arena entre los dedos. Como bien indicó Scott Foundas en su crítica para Variety, las escenas entre Devereaux y Simone alcanzan una dimensión cassaveteana…

    Ferrara está loco, pero su locura se agradece. Es un animal de cine y resulta mucho más lúcido e inteligente de lo que sus por momentos caóticos films podrían indicar. Aquí, prescinde de las bajadas de línea, de los diálogos aleccionadores, de los subrayados innecesarios. Le alcanza con mostrar la carnalidad, la voracidad, la inestabilidad emocional de su antihéroe para dejarnos en claro que estamos en manos de seres humanos con tantos o más defectos que virtudes. La corrupción (empezando por la moral) está en todas partes.
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  • Jauja
    Jauja
    Otros Cines
    La otra mirada

    El nuevo film de Lisandro Alonso arranca con un cartel que habla de la leyenda de Xauxa, una suerte de paraíso terrenal, un lugar mitológico que muchos han buscado desde tiempos inmemoriales.

    Y precisamente de una búsqueda trata la que es su película más ambiciosa (en todo sentido) hasta la fecha. Ambiciosa porque tiene un nivel de producción varias veces más importante que en sus film anteriores, porque cuenta con una estrella de relieve internacional como Viggo Mortensen como protagonista (además de coproductor y músico), porque incursiona -con muchas libertades, es cierto- en el cine de época (con la ayuda del coguionista Fabián Casas), y porque por primera vez apuesta por lo narrativo sin por ello despegarse por completo de lo experimental.

    El director de La libertad, Los muertos, Fantasma y Liverpool (película esta última con la que mantiene más de un punto en común) se traslada otra vez al Sur y, más precisamente, a los tiempos de la Conquista del Desierto (1882) para narrar las desventuras de un militar danés cuya hija adolescente se fuga con un soldado raso, petiso y criollo. En esa tierra inhóspita, en medio de trincheras y de la guerra contra el indio, el protagonista saldrá en busca de la joven quinceañera, mientras empieza a apreciar los estragos que ha causado en la región un legendario coronel llamado Zuluaga.

    Si bien en el film hay un poco de todo (tiroteos, secuestros, persecuciones, torturas, cadáveres, encuentros místicos y más), Alonso nunca abandona del todo el estilo minimalista y contemplativo de sus trabajos previos. Hay, sí, elementos de género más fuertes (desde el western hasta el melodrama), pero el director no cede a la tentación de recurrir a resoluciones y golpes de efecto propios de un cine más industrial.

    Puede que algunos vean a Jauja como la película más "convencional" de Alonso, pero no es mi caso. Es igual (o más) audaz que su obra anterior (con el riesgo adicional de estar hablada en buena parte en danés) y con una apuesta hasta metafísica y espiritual por demás arriesgada (con diferentes dimensiones y viajes temporales). Estamos ante un Alonso más maduro y más conciente de sus búsquedas y de las herramientas a su alcance, un realizador que apuesta al cambio sin traicionarse, que se plantea nuevos desafíos manteniéndose fiel y honesto a sus convicciones.

    En Jauja -que se presenta en dos formatos distintos según la sala de exhibición (el 4:3 más angosto y el 16:9 más panorámico) y en la que trabajó por primera vez con el notable fotógrafo finlandés Timo Salminen, habitual colaborador de Aki Kaurismäki- hay algo del cine del portugués Miguel Gomes (sobre todo de Tabú) de -por qué no- La película del rey, de Carlos Sorín; de la filmografía del catalán Albert Serra (especialmente a la hora de apropiarse, revisitar y reescribir a su gusto la Historia, ya que lo más lógico hubiese sido que los protagonistas fuesen ingleses y no daneses), pero también esa capacidad para conseguir climas hipnóticos, oníricos y fascinantes.

    Un director que no busca la poesía de manera premeditada, presuntuosa ni artifical, pero cuya extraña sensibilidad hace que sus imágenes posean una carga lírica y una belleza infrecuentes en el cine contemporáneo. Hay otra mirada y es para celebrar.
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  • Minúsculos
    Minúsculos
    La Nación
    Audacia narrativa

    Los insectos siguen fascinando a decenas de documentalistas y animadores. En este rubro, tras producciones hollywoodenses como Bichos, Hormiguitaz o Bee Movie, la historia de una abeja, llega ahora a la cartelera argentina una propuesta francesa como Minúsculos.

    Hélène Giraud y Thomas Szabo se basaron en una serie de cortos que ellos mismos habían concebido para televisión y consiguieron trasladar aquel éxito inicial a la pantalla grande. Con un generoso presupuesto de 20 millones de dólares y una apuesta por demás arriesgada (la película prescinde por completo de los diálogos, ya que los insectos se comunican con simples zumbidos), convocaron a más de 1.500.000 espectadores en los cines de Francia y lograron ubicarla entre los 20 precandidatas al premio Oscar al mejor largometraje animado.

    Todo arranca con una pareja que llega a un encantador paraje de Provence para disfrutar de un picnic bajo el sol. Pero ella está embarazada y, apenas comienzan a sacar las exquisiteces de las canastas, la joven empieza a tener fuertes contracciones. Ambos abandonan raudamente el lugar dejando una generosa oferta alimenticia para miles de bichos de toda clase. La protagonista del film es una vaquita de San Antonio que pierde a su familia y es adoptada por una colonia de hormigas negras, que pronto deberá enfrentarse (cual batalla a-la-Corazón valiente) a las despiadadas hormigas rojas por un botín que, por ejemplo, incluye una caja con terrones de azúcar.

    Quizás un poco menos espectacular y algo más ardua (sobre todo para los más pequeños) que las propuestas norteamericanas que se sustentan en los diálogos y los gags calculados para generar impacto, empatía, identificación con los personajes y carcajadas, Minúsculos es -vaya paradoja- un gigantesco esfuerzo de producción con una audacia narrativa que merece ser reivindicada y celebrada.
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  • Sinsajo - Parte 1
    Hábil y escueto nexo hacia el clímax

    Esta tercera entrega de Los juegos del hambre deja una sensación contradictoria: por un lado, confirma a la saga como una de las mejores del universo literario-cinematográfico destinado sobre todo al público juvenil; por otro, se trata de un film de transición, un nexo indispensable pero no del todo decisivo hacia el cierre que llegará con Sinsajo Parte 2 en noviembre de 2015. No hay dudas de que los fans la disfrutarán tanto como las dos películas anteriores, pero un espectador "imparcial" podría sentir que en estas dos horas no hay tantos conflictos ni escenas de acción como en otros casos e incluso en comparación con las dos partes previas de esta franquicia.

    Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) ha sido rescatada y llevada al ultrasecreto Distrito 13 por la presidenta Coin (Julianne Moore) y su asesor Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman, en uno de sus últimos trabajos antes de su repentina muerte). Allí, luego de hacer que vea cómo el dictador Snow (Donald Sutherland) y su ejército han arrasado con el Distrito 12, del que ella es originaria, la convencen de que se convierta en el emblema, la cara de la revolución. Mezcla de modelo publicitaria, portavoz y líder guerrera, esta Juana de Arco moderna deberá convencer al resto de los distritos de que se sumen a la revuelta. El problema es que Peeta (Josh Hutcherson), su ex socio en los Juegos y su objeto del deseo, está en manos del Capitolio y al parecer con el cerebro lavado para que salga públicamente a denostar a los rebeldes.

    No conviene adelantar nada más de una trama que avanza hacia una confrontación bélica y que pone otra vez en el centro de la escena el tema de la manipulación de las masas con una mirada bastante satírica, aunque abandona el esquema de realityshow para concentrarse en el submundo (todo transcurre bajo tierra) del Distrito 13.

    Francis Lawrence y su tocaya Jennifer vuelven a demostrar su oficio para la dirección y la actuación, respectivamente, pero en ambos casos el resultado es menos estimulante que en los dos primeros films. Habrá que esperar, entonces, al desenlace para ver si, una vez alcanzado el clímax, la saga recupera aquel esplendor inicial que en esta tercera parte sólo aparece de a ratos.
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  • Soy mucho mejor que vos
    Trago amargo

    Con su ópera prima Te creís la más linda (pero erís la más puta) -rodada con apenas 3.000 dólares y estrenada de forma artesanal hace más de cuatro años- Che Sandoval consiguió un sorprendente éxito comercial en Chile, donde el film se convirtió en un pequeño fenómeno artístico y social. En aquel retrato de las desventuras afectivas de un veinteañero aparecía como personaje secundario el ya cuarentón Cristóbal (interpretado por Sebastián Brahm, también un reconocido director), que en esta suerte de spin-off tiene un protagonismo absoluto.

    Auténtico perdedor (su esposa se ha ido a Barcelona, la comunicación con sus hijos es casi nula, sus negocios están en la ruina...), nuestro antihéroe perfecto tendrá una noche de excesos y desventuras a la Después de hora (la tragicomedia de enredos de Martin Scorsese). A pura cámara en mano y con ese "slang" tan propio de las calles de Santiago, Sandoval consigue un simpático y al mismo tiempo desgarrador retrato sobre el machismo, la falta de compromiso, las obsesiones, las frustraciones y la angustia del hombre contemporáneo.

    Como en su primer largometraje, los diálogos -incluso más que la acción- son el verdadero motor de la narración, que en este sentido tiene más puntos de conexión con el Mumblecore estadounidense (y también con la filmografía de John Cassavetes) que con los exponentes más habituales del cine latinoamericano.

    Cristobal resume mucho de lo peor de Chile (es neurótico, arribista, misógino, racista, culpógeno, alcohólico y hasta con ciertas actitudes psicopáticas) y, en ese sentido, por momentos Sandoval parece regodearse en la crueldad hacia su criatura, pero finalmente su apuesta por el humor negro, la credibilidad del relato y la fluidez de la narración terminan haciendo de Soy mucho mejor que vos una experiencia disfrutable.
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  • Después de la lluvia
    Los amantes regulares

    Con una vasta carrera como cortometrajistas Marques y su colaboradora Hughes Guerreiro debutan en el largo con un film que combina -en general con buenos resultados- el ensayo político y el drama romántico juvenil. En efecto, se trata de una mirada impiadosa al Brasil de los años ’80 (y también de hoy) combinada con un relato de iniciación en el marco de la escuela secundaria.

    Estamos en 1984 y las imágenes de archivo (y Caminhando, la mítica canción de Geraldo Vandré) nos recordarán que en Brasil se luchaba en las calles por Diretas Já, elecciones libres para salir de una dictadura militar tenebrosa. El movimiento no consiguió su objetivo (el voto fue indirecto), pero terminaría pocos meses después con la elección de Tancredo Neves, quien murió antes de asumir por lo que la presidencia recayó en José Sarney.

    En ese contexto y en el ámbito de una escuela secundaria bahiana, aparece el protagonista del film, Caio (Pedro Maia), un muchacho de 16 años que vive con su madre (su padre ausente sólo les pasa dinero y lo llama ocasionalmente) y profesa sus ideas anarquistas, mientras experimenta sus primeras relaciones afectivas y cultiva sus gustos musicales. La aparición de Fernanda (Sophia Corral), una simpática chica con la que rápidamente conectará, y la posibilidad de participar en las elecciones del centro de estudiante aparecen como formas de canalizar su frustración, su descontento, su enojo, su bronca, su furia.

    En sus mejores momentos, Después de la lluvia remite al cine de Olivier Assayas y al Philippe Garrel de Los amantes regulares; en otros, a situaciones más alegóricas y pintoresquistas del Bernardo Bertolucci de Los soñadores y a la autóctona Tango feroz. Más allá de sus desniveles, se trata de un film inteligente, sincero y bastante provocador. Las heridas de Brasil todavía siguen sangrando.
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  • 2/11 Día de los muertos
    Un género, todos los géneros

    Aunque aún no ha alcanzado la masividad que sí suelen conseguir las producciones hollywoodenses, el cine de terror argentino continúa creciendo. Tras el reciente estreno de Necrofobia, llega 2/11 Día de los muertos, nueva incursión en el cine de género de un permanente cultor del mismo como el formoseño Ezio Massa (Más allá del límite, Cacería, Villa).

    En este caso, a partir de un guión coescrito con el periodista Sebastián Tabany, Massa narra una historia de pueblo chico-infierno grande que abreva en diferentes tópicos (varios de ellos constitutivos) del fantástico, el thriller psicológico, el policial, el drama familiar, el slasher, etc.

    Un joven aparece desnudo y ensangrentado en plena ruta. Un hombre veterano les cuenta a los vecinos (incluidos varios niños) una leyenda ligada a una loba que atrae a y arrasa con unos perros en pleno bosque. Así arranca 2/11 Día de los muertos, película que trabaja en diferentes tiempos y líneas narrativas en general con buenos resultados, aunque no todas las resoluciones sean igual de convincentes y por momentos pierda cierta cohesión y solidez.

    En el centro de la escena está la desaparición de un grupo de tres amigos y, también, un triángulo afectivo entre dos hermanos enfrentados entre sí, un policía del pueblo llamado Santiago (Juan Gil Navarro) y Elías (Nicolás Alberti), y una mujer (Agustina Lecouna) que fue la esposa del primero y hoy es la amante del segundo. Los dos muchachos deberán dejar las diferencias de lado para avanzar en una investigación y demostrar que Elías no es un asesino.

    Con elementos, referencias y encuadres que remiten a los autores ochentistas que son los héroes cinéfilos de Massa (con John Carpenter a la cabeza) y a partir de un vistoso trabajo estético que genera climas ominosos y sugerentes, 2/11 Día de los muertos termina trascendiendo sus desniveles para convertirse, en definitiva, en un buen exponente de un género que busca su definitiva consolidación.
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  • El grillo
    El grillo
    Otros Cines
    Verano caliente

    Luego de esa muy auspiciosa carta de presentación que fue Criada, Herrera Córdoba debutó en el largometraje de ficción con un film que se concentra en las vivencias de dos mujeres (María Pessacq y Galia Kohan) que comparten un par de semanas durante un verano de un calor insoportable. Una de ellas es una veterana actriz de teatro que prepara un monólogo para un inminente estreno, mientras que la dueña de casa se la pasa buscando a su gata, recordando a su marido muerto, y sosteniendo una relación con su jardinero y amante.

    El film está muy cuidado desde lo formal, con una llamativa preocupación por el más mínimo detalle de la puesta en escena, pero cierta solemnidad en el tono y ampulosidad en algunos diálogos a la hora de construir ese micromundo melancólico conspiran en parte contra el resultado final.
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  • Force Majeure: La traición del instinto
    Audaz e inquietante mirada sobre el patriarcado

    Una familia perfecta (matrimonio joven y encantador con una hija y un hijo) llega a un lujoso resort turístico en plenos Alpes franceses con la idea de disfrutar de una semana de esquí. Sin embargo, mientras comen algo en una terraza se acerca una avalancha. Las risas nerviosas del inicio se convierten en gritos de pánico. La madre, Ebba, abraza a los dos pequeños; Tomas, el padre, agarra su iPhone y sale corriendo del lugar. A los pocos segundos todos respirarán aliviados. El alud se detuvo unos metros antes y sólo están cubiertos de nieve. Pero, aunque ilesos, la experiencia extrema dejará secuelas de todo tipo. Las relaciones se empiezan a resquebrajar. Algo ha cambiado para siempre?

    Así arranca Force Majeure, nuevo trabajo de ese brillante director que es el sueco Ruben Östlund (Play), que no casualmente ha sido comparado con Ingmar Bergman y Michael Haneke por sus provocadoras exploraciones de las peores miserias, fantasmas y miedos de la burguesía europea.

    En este caso, lo que Östlund pone en cuestión es el lugar del hombre como patriarca, figura poderosa y ángel guardián de la familia. En principio, Tomas niega los hechos, no acepta su acto de cobardía, pero ante los reproches de su esposa y la posterior condena de amigos se hunde en la vergüenza, la angustia y la crisis existencial.

    Quien crea que Force Majeure es un melodrama desgarrador deberá saber que Östlund apuesta casi siempre por el humor (por momentos bastante negro) y, aunque acaso el espectador pueda sentir cierta incomodidad al reírse del patetismo del protagonista con su ego masculino herido, la película se desarrolla con una gracia y una fluidez que se agradecen.

    Östlund es un cineasta que combina un enorme talento visual (es notable cómo aprovecha tanto la estética kitsch del centro turístico como las inmensas pistas y bosques nevados) con una mirada llena de inteligencia, que arrasa con todos los valores que sostienen el machismo y jaquea incluso los postulados de la corrección política. Una película audaz e inquietante. Un estreno para celebrar.
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  • Tonto y retonto 2
    Sólo para fanáticos

    En 1994, los hermanos Farrelly eran unos ilustres desconocidos e irrumpieron en Hollywood con una comedia que hacía un culto del patetismo de sus dos protagonistas así como de la escatología y del mal gusto. El film fue incinerado por la crítica, pero se convirtió no sólo en un sorprendente éxito comercial sino incluso en el punto de partida de un nutrido subgénero con apuestas similares.

    Dos décadas han pasado y tanto los directores como Lloyd (Jim Carrey) y Harry (Jeff Daniels) han envejecido. Sin embargo, contra todos los prejuicios, puede afirmarse que esta secuela no defrauda. Al menos, claro, para quienes disfrutan de este tipo de humor extremo, ampuloso, desatado, con esa apuesta al absurdo y al gag físico (slapstick) que proviene de Los tres chiflados y, más atrás, de los pioneros del género.

    La trama, como siempre en estos casos es lo de menos: Lloyd sale de un estado vegetativo (y de un encierro de 20 años en un neuropsiquiátrico). Ya reunido con Harry, se enteran de que éste podría tener una hija adolescente, que podría ser la donante para un trasplante de riñón que él necesita.

    Este ridículo punto de partida es el disparador para que ambos salgan de viaje y se lleven a todo y a todos por delante (muchas veces, literalmente). El estilo Farrelly es el de ir siempre por más, por todo. No hay límite, no hay freno. En medio de ese aluvión de desmesura e incorrección política surgen unos cuantos chistes logrados y situaciones hilarantes. Cada espectador sabrá si éste es el traje que mejor le calza.
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  • El otro (no todo es lo que ves)
    Extraña bajada de línea espiritual

    Marcos (Guillermo Pfening) es un treintañero cínico y desesperanzado. Hijo de un militante de izquierda caído en los años 70, tiene una madre que se ha refugiado en la religión y un hermano menor, Jony (Gastón Soffritti), sumergido en el submundo de la delincuencia más pesada. La casualidad hace que el protagonista aparezca en su primer día de trabajo como cadete en una sucursal bancaria en el momento exacto en que la banda que integra Jony comete un asalto. Los resultados del golpe serán, en más de un sentido, devastadores. De Felippo intenta combinar la trama policial con el drama familiar, una mirada demoledora sobre la corrupción policial, pero apuesta -sobre todo- a la concientización con la aparición de un personaje "iluminado", capaz de concretar milagros y soltar discursos aleccionadores. Más allá de cierta pericia narrativa, el resultado es caótico y desconcertante, más cercano a la bajada de línea de valores espirituales que al genuino disfrute cinematográfico.
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  • El muerto y ser feliz
    Una sombra ya pronto serás

    El director de Lo que sé de Lola (2006) y La mujer sin piano (2009) filmó en buena parte del territorio argentino una road-movie existencialista (o, mejor, mortuoria) sobre un veterano killer profesional (José Sacristán, premiado en el Festival de San Sebastián por este trabajo) que se entera de que le queda poco tiempo de vida y -con un cargamento de morfina a cuesta para paliar sus crecientes dolores- se embarca en una Ford Falcon rural en un largo e imprevisible viaje final hacia el Norte lleno de enredos y vueltas de tuerca. Se le sumará luego una mujer desesperada con quien vivirá situaciones tragicómicas.

    Hasta aquí (película de camino, asesino a sueldo, el tema de la muerte) la narración podría transitar por caminos esperables y conocidos, pero Rebollo apela todo el tiempo a una ambiciosa (pretenciosa) voz en off que "dialoga", "interactúa" y por momentos se anticipa a la acción que veremos pocos segundos después.

    El mecanismo -que remite inevitablemente a Historias extraordinarias, de Mariano Llinás- abruma y distancia más de lo que aporta a un film que, visto desde la Argentina, pendula entre lo curioso, lo pintoresco, lo obvio y lo banal en su mirada a las desventuras de un antihéroe suelto en el interior profundo de nuestro país.
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  • Antes de despertar
    Más allá del olvido

    Christine Lucas (Nicole Kidman) se despierta cada mañana sin recordar nada de su vida. Durante la jornada, con la ayuda de su marido Ben (Colin Firth) y de una serie de fotos pegadas en una pared, va almacenando información sobre su pasado, pero por la noche –mientras duerme– volverá a olvidarlo todo. Sin embargo, gracias a sucesivos encuentros con un misterioso neuropsiquiatra llamado Dr. Nasch (Mark Strong) y a grabaciones de sus propios testimonios que hace con una cámara, empieza de a poco a recuperar algunos recuerdos (no demasiado gratos) y a reconstruir el complejo rompecabezas de sus traumáticas experiencias.

    El tema de la amnesia ha dado lugar a un sinfín de películas, algunos dramas memorables (Memento, recuerdos de un crimen, por ejemplo) y varias buenas comedias (desde el clásico inoxidable Hechizo del tiempo hasta la romántica Como si fuera la primera vez y hasta la animada Buscando a Nemo si quieren). Antes de despertar no se sumará a la lista…

    Con una carrera reducida como director (Brighton Rock), pero con una importante filmografía como guionista (Last Resort, Exterminio 2 y El ocaso de un asesino, entre otras), el hijo de Roland Joffé construye un thriller psicológico frío y melancólico, que resulta demasiado reiterativo, solemne, artificial y engañoso (manipulador en el mal sentido).

    Su look melancólico, sus toques perversos, sus intérpretes de primera línea (aunque Kidman está lejos de la actriz que supo ser y Firth parece trabajar “de taquito”) no alcanzan a reivindicar a un film –basado en el best-seller de S. J. Watson– con el que es imposible ya no identificarse sino siquiera involucrarse mínimamente desde lo emocional. Un mero ejercicio de estilo formal que carece de la provocación, la audacia y hasta del humor negro de Perdida. Mejor –en línea con su propuesta– olvidarla pronto.
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  • Torrente 5: Operación Eurovegas
    Torrente, un personaje que ha envejecido demasiado

    Pasaron 16 años desde que Santiago Segura, en su triple función de guionista, director y protagonista, sorprendió con el personaje de Torrente, un detective fascista, bruto, machista, corrupto, sucio y racista que se convirtió en emblema de la comedia negra políticamente incorrecta en El brazo tonto de la ley.

    La quinta entrega de la saga arranca muy bien: estamos en un futuro cercano (2018) con España expulsada de la Unión Europea, de vuelta a la peseta, con un IVA del 42% y con Cataluña independizada. En ese contexto, Torrente sale de la cárcel y es contactado por un ex soldado estadounidense paralítico (Alex Baldwin) para que arme una banda (que será de lo más patética, por supuesto) capaz de robar el único casino que sobrevivió al frustrado proyecto de Eurovegas.

    Y es en ese momento, cuando intenta ser una versión en broma de La gran estafa, Misión: Imposible y las películas de James Bond, que el film se vuelve mecánico y mediocre, desaprovechando a un actor inmenso como Baldwin, que parece no haber entendido jamás el registro y habla un penoso español. Incluso una espectacular secuencia de acción como la del cierre resulta un mero regodeo de los recursos de producción dentro de una saga que había comenzado con más ideas que dinero. Los chistes y las referencias se repiten, y ni los homenajes (a Tony Leblanc) ni los regresos de Chus Lampreave y Neus Asensi, ni el diluvio de cameos (de Ricardo Darín a Imanol Arias) logran salvar a esta nueva entrega de una franquicia que habrá crecido en presupuesto, pero envejeció mal. Las arrugas ya se notan demasiado.
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  • Los Boxtrolls
    Los Boxtrolls
    La Nación
    Verdadero prodigio visual

    La productora Laika es responsable de Coraline y la puerta secreta y ParaNorman, películas que combinan las tradicionales técnicas de animación stop-motion (cuadro por cuadro) con los últimos adelantos de la tecnología digital y, como el caso de Los Boxtrolls, también incursionan en el cine 3D.

    Los Boxtrolls, transposición del popular libro ¡Tierra de monstruos!, de Alan Snow, no tiene nada que envidiarles en términos visuales a sus dos antecesoras de Laika ni a ninguna producción animada reciente, pero no genera la misma empatía que la notable Coraline? y su humor es menos eficaz que en ParaNorman.

    Ambientada en la ciudad victoriana de Cheesebridge, esta película de Anthony Stacchi y Graham Annable tiene como protagonistas a los pequeños boxtrolls del título, unos queribles monstruos que se cubren con cajas de cartón, viven en las profundidades del lugar y salen por las noches en busca de desperdicios que sirvan para su subsistencia. Entre sus conquistas preferidas están los relojes y los muñecos a cuerda, toda una definición para una película que -ya desde su misma factura- reivindica lo artesanal por sobre lo industrial.

    Entre los boxtrolls aparece a los pocos minutos un ser extraño. No es otro que Eggs, un niño huérfano que ha sido criado por esas criaturas y que luego será fundamental para su supervivencia. Es que en la superficie -donde un grupo de aristócratas liderado por Lord Camembert disfruta de la opulencia y de su pasión por los quesos- unos sádicos exterminadores se dedican a erradicar a los boxtrolls y el chico (que luego se convertirá en valiente muchacho) deberá salir al mundo real para detener esa matanza.

    La película es de una belleza incuestionable y tiene algunos chistes simpáticos, pero esta vez los personajes y la mayoría de los conflictos carecen de la intensidad, la profundidad y la capacidad de identificación que otros productos similares (sean de Laika, Pixar, Aardman o DreamWorks) sí han conseguido. De todas maneras, aunque el guión no esté a la altura de su factura y su visión puede ser un poco ardua para los más chicos, ningún amante de la animación debería soslayar un prodigio visual como el de Los Boxtrolls.
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  • El estado de las cosas
    Vendedores de recuerdos

    Esta película de los veinteañeros Joaquín Maito y Tatiana Mazú tiene varios méritos, el principal de ellos haber registrado un universo muy particular como el de aquellos que se dedican a comprar y vender todo aquellos que la gente descarta

    Este muy cuidado film arranca con un grupo de fleteros en la madrugada porteña y luego expondrá las anécdotas de aquellos que se dedican a comprar casas “enteras”; es decir, absolutamente todo lo que hay en un hogar que sus nuevos dueños (en general hijos de un difunto) quieren vaciar. Son adquisiciones casi siempre a granel, sin siquiera distinguir entre lo verdaderamente valioso y lo que no.

    Algo similar pasa con la venta de esos objetos. Los directores encuentran el eje, el alma de su película en una casa de remates en Flores y, más precisamente, en un carismático martillero que se dedica a ofrecer todo lo que el lector pueda imaginar (desde posavasos hasta ollas) a un grupo de singulares compradores dispuestos a llevarse una oportunidad por 5, 20 o 50 pesos.

    El problema es que, una vez que alcanza su “climax”, aparecen otros personajes secundarios (un revendedor de Mercado Libre, un coleccionista con pasado de trabajador pesquero y la dueña de un anticuario), cuyas miradas e historias no alcanzan el mismo interés.

    De todas maneras, es El estado de las cosas un documental singular y valioso, construido a partir de una premisa inteligente (la venta de la historia, de los recuerdos, de la memoria de mucha gente olvidada en circunstancias casi risibles) y con una puesta en escena rigurosa y fluida a la vez. A seguirles los pasos, pues, a estos dos prometedores realizadores.
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  • Castanha
    Castanha
    Otros Cines
    Momentos de una vida

    Esta ópera prima estrenada en la Berlinale 2014 y luego premiada en la Competencia Internacional del último BAFICI transita por ese impreciso (y por lo tanto fascinante) terreno en el que lo documental y lo ficcional se confunden de manera permanente. El protagonista es Joâo Carlos Castanha, un hombre de 52 años, homosexual, fumador empedernido y bastante torturado, que vive con su madre de 72 (ella obsesionada por un nieto drogadicto) en un edificio de mala muerte, en un barrio de mala muerte, mientras trabaja todas las noches como artista transformista en un bar gay de mala muerte.

    Castanha también es poeta, autor e intérprete en pequeños emprendimientos teatrales independientes y, poco a poco, distintos aspectos de su vida (con crecientes conflictos afectivos y problemas de salud) y de sus actuaciones se van “contagiando” mutuamente. Con algunos elementos que remiten a la magnífica Morir como un hombre, del portugués Joâo Pedro Rodrigues, este retrato aborda circunstancias muchas veces extremas con una liviandad, un encanto y una naturalidad difíciles de conseguir. De lo mejor que nos ha regalado últimamente el nuevo cine brasileño.

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  • Planta madre
    Planta madre
    Otros Cines
    Asignatura pendiente

    La nueva película del director de Chicha tu madre es tan caótica y ambiciosa como fascinante (al menos en varios momentos). Un doble viaje (una road-movie hacia el Amazonas y uno interior, introspectivo, que incluye el consumo de Ayahuasca). Una historia que transcurre en el presente, aunque vinculada de forma permanente a través de largos flashbacks a una traumática relación entre hermanos en su juventud durante los años '70. Un film de fuerte impronta musical (recorre desde los inicios del rock nacional hasta la cumbia peruana actual), pero también un melodrama familiar, un relato de aventuras y, sí, un trip psicodélico y alucinógeno (es muy bueno el trabajo estético en este sentido).

    Robertino Granados es Diamond Santoro, un ex astro del rock de fines de los años '60, comienzos de los ’70, que emprende un largo derrotero hacia la selva peruana (hay algo de la épica de Herzog en la propuesta) para de alguna manera reconstruir, recomponer tan lejos y con la ayuda de un chamán una historia personal marcada por los traumas, la culpa autodestructiva y el dolor.

    Como en toda la obra de Quattrini, uno de los temas esenciales es el choque de culturas, la relación amor-odio que se establece, la integración, pero también el aprovechamiento, los resquemores y ciertos atisbos de racismo. En esta zona aflora cierta tendencia al pintoresquismo y al patetismo que le quitan algo de solidez a un film que es, en el mejor de los sentidos, una verdadera rareza. Bienvenido sea -aun con sus desprolijidades y vaivenes- un cine que escapa de toda fórmula y convencionalismo.
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  • Interestelar
    Interestelar
    Otros Cines
    Viaje a las estrellas (y a la trascendencia)

    Como suele ocurrir cuando uno sale de ver una película muy esperada, de alto impacto, dirigida por uno de los pocos creadores que, como Christopher Nolan, gozan de una llamativa libertad para hacer cine con enormes ambiciones y presupuestos dentro de la maquinaria de Hollywood, siempre con múltiples apuestas tanto desde lo formal como desde lo intelectual, hay una suerte de primera impresión vomitiva y catártica vía Twitter que considero valiosa en su visceralidad e inmediatez, pero -claro- inevitablemente incompleta y efímera.

    Por eso, me propuse como ejercicio (a ver qué queda) completar a continuación cada uno de los cinco tweets principales (luego escribí varios más en diferentes interacciones con otros usuarios) con una suerte de ampliación que “justifique” esos conceptos vertidos en menos de 140 caracteres pocos minutos después de haber disfrutado y padecido (sí, todo junto y así de contradictoria) la experiencia de ver Interestelar.


    Tweet Nº 1


    En efecto, hay en Interestelar no pocas referencias a y similitudes con 2001, odisea del espacio, Encuentros cercanos del tercer tipo, Gravedad, El árbol de la vida y, sí, también con lo peor de Señales y El fin de los tiempos. Se podrían sumar a la lista El mago de Oz, Star Trek, Contacto, Frequency y varias más porque Nolan va por todo y… ¿contra todos?

    Antes de ir al segundo tweet una breve presentación sin spoilers (cualquier referencia a los personajes de Matt Damon, Jessica Chastain y Cassey Affleck, por ejemplo, sería contar de más). El protagonista del film es Cooper (Matthew McConaughey), un ex piloto de la NASA devenido granjero y ya viudo que vive con Tom (Timothée Chalamet), su hijo de 15 años, Murph (Mackenzie Foy), su hija de 11, y su suegro (John Lithgow).

    Con un planeta que marcha irremediablemente hacia el Apocalipsis (la plaga de la roya arrasa con las plantaciones y amenaza con una hambruna generalizada), Cooper retomará la carrera espacial con una misión secreta liderada por el profesor Brand (Michael Caine) que incluye la expedición por planetas que podrían albergar a la humanidad en el futuro (de este futuro), aprovechando un agujero negro que permite acceder a otras galaxias. Así, a los 45 minutos (sobre un total de casi tres horas), Cooper, la hija de Brand (Anne Hathaway), un par de astronautas más (Wes Bentley y David Gyasi) y un sarcástico robot llamado TARS (la voz de Bill Irwin y no pocas conexiones con el HAL 9000 de Clarke/Kubrick) se aventurarán hacia el espacio exterior en busca de un nuevo hogar. O, al menos, eso parece…


    Tweet Nº 2


    Viajes intergalácticos en los que una hora de expedición significan siete años de vida en la Tierra, seres súper inteligentes que han concebido las cinco dimensiones… Interestelar está llena de intrigantes, fascinantes, provocadores planteos narrados con un generosísimo despliegue de recursos (se invirtieron 165 millones de dólares) y no menos de diez intérpretes de primera línea (varios de ellos completamente desaprovechados), pero la película pasa de lo genial a lo ridículo, de lo profundo a lo banal, con una facilidad que la convierten en un proyecto bastante fallido, aunque también en un OVNI cinematográfico que se sale de las normas, de las fórmulas, de los cánones del cine industrial contemporáneo.


    Tweet Nº 3


    La música omnipresente, solemne e invasiva de Hans Zimmer y la tendencia a la frase “célebre” sobre el destino de la humanidad convierten a los hermanos Nolan en profetas antes que en cineastas. Es la búsqueda de esa trascendencia la que convierten a Interestelar en varios pasajes en un film intrascendente. Soy de los que creen que la inteligencia no se desprende de un concepto “genial” recitado por un personaje y de que en cine muchas veces menos es más (o que casi siempre mucho termina siendo demasiado). La sutileza y la austeridad no son sus fuertes…


    Tweets Nº 4 y 5

    Del drama familiar al apocalíptico, de la ciencia ficción pretenciosa a la de aventuras, Interestelar cambia todo el tiempo de rumbo, de tono, convirtiéndose en un film por momentos realista, pero luego derivando hacia lo onírico e incluso hasta psicodélico, con una dosis no menor de sentimentalismo y una fuerte veta new-age a la hora de hablar de la fe y el sacrificio.

    En ese “vamos por todo” del que hablaba antes está la perdición y al mismo tiempo la principal virtud o audacia del film. Por momentos, el director de Memento, recuerdos de un crimen, Noches blancas (Insomnia), El gran truco, la trilogía de Batman y El origen es víctima de su propia ambición y en otros sí surge como un cineasta visionario capaz de concebir algunos momentos de esplendor visual y narrativo (con su habitual y notable uso del montaje paralelo), ya sea cuando trabaja un viaje por las estrellas o cuando apela a una biblioteca de libros como metáfora de los saberes acumulados durante siglos por el hombre. Es precisamente cuando se despoja de su discurso frío y pretencioso, cuando se calza el buzo de ese talentoso narrador que indudablemente es, que el film alcanza esos momentos de GRAN cine que salvan a su noveno largometraje de la ridiculez GRANDILOCUENTE.
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  • Cantinflas
    Cantinflas
    La Nación
    Biopic superficial

    Mario Moreno, Cantinflas, tuvo una larga y fecunda carrera. Por eso, que el cine le haya dedicado una película tan obvia, torpe y superficial como ésta resulta no sólo una injusticia, sino también una enorme decepción. Cantinflas trabaja sobre dos líneas narrativas: una describe la odisea del productor Michael Todd por concretar La vuelta al mundo en 80 días, film que consagraría a Cantinflas en el ámbito internacional; la otra, bastante más previsible, es una suerte de "grandes éxitos" de la vida del artista. Si la primera tiene algún interés cinéfilo (allí aparece Chaplin ya viejo y se muestra la dinámica de un estudio tan particular como fue United Artists), la reconstrucción de la vida de Moreno es trabajada siempre de forma subrayada y superficial, con diálogos didácticos, y gestos y miradas que no dejan lugar a dudas. La de Oscar Jaenada es una buena caracterización. Podría haber sido incluso una actuación convincente si le hubiesen tocado en suerte situaciones más estimulantes y menos obvias.
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  • Pelo malo
    Pelo malo
    La Nación
    Impiadosa mirada sobre los prejuicios

    Si alguien nos contara que Pelo malo es "una película venezolana sobre una joven madre soltera, sin trabajo fijo, con un hijo de 9 años y un bebe, que vive en un decadente monobloc" muy probablemente el prejuicio nos llevaría a pensar en los peores males (patetismo, pintoresquismo, porno-miseria) del cine latinoamericano más rancio. Por suerte, nada de eso ocurre en este nuevo trabajo de Mariana Rondón (Postales de Leningrado). Este film multipremiado en festivales como los de San Sebastián y Mar del Plata va eludiendo a fuerza de talento, recato e inteligencia todas y cada una de las trampas en las que podría haber caído para erigirse como un film noble e implacable sobre el estado de las cosas en una Caracas que parece estar siempre al borde del estallido.

    La película tiene a Junior (un notable Samuel Lange Zambrano) como el verdadero protagonista, un niño que -en medio de un contexto de múltiples carencias y desamparo emocional, y de las inseguridades, contradicciones y curiosidades propias de toda etapa de iniciación- está obsesionado con alisarse su "pelo malo" (enrulado) e imitar a sus cantantes favoritos, mientras su mamá (Samantha Castillo) trata de recuperar su trabajo como guardia de seguridad. La madre y su manipuladora abuela (Nelly Ramos) se disputan su tenencia y se preocupan del qué dirán porque lo notan demasiado "amanerado" y "afeminado" (la "desviación" sexual del pequeño debe ser reprimida y corregida).

    Rondón es durísima en su retrato de una sociedad polarizada y fragmentada (la tensión, la hostilidad, la violencia contenida en la ciudad se perciben a cada instante), pero jamás cae en la denuncia desde la corrección política más obvia y escandalizada. Pelo malo es, sí, un film sobre los prejuicios y la intolerancia, sobre lo difícil que es construir una identidad desde las diferencias, pero la directora evita el trazo grueso, la frase altisonante o la bajada de línea y prefiere concentrarse en la violencia de la mirada, del gesto, en esos detalles aparentemente banales que luego adquieren una significación y un alcance insospechado.

    En medio de una sociedad patriarcal (ante la ausencia de los hombres son las propias mujeres quienes se despojan de toda femineidad para repetir los comportamientos machistas y, así, la violencia doméstica pasa a estar completamente naturalizada), Pelo malo nos ofrece una mirada impiadosa, asfixiante por momentos, pero también cargada de humor y con una sensibilidad, un humanismo y un corazón enormes. Otra película latinoamericana para no dejar pasar.
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  • Tenemos un problema, Ernesto
    Comedia castrada

    ¿Y si un día despertás y descubrís que te falta el pene? Eso es lo que le pasa a Ernesto Ramponi, un guionista televisivo sin demasiada fortuna en el comienzo de esta comedia absurda escrita, producida, editada, dirigida y, sí, protagonizada por el hombre-orquesta Diego Recalde. El problema es que, tras ese inquietante planteo inicial, el film no está a la altura de sus ambiciones.

    Tan sorprendido como desesperado, Ernesto se separará de su novia, consultará con especialistas médicos y psicológicos, intentará tratamientos varios y deambulará por el amplio universo de lo espiritual/esotérico, que incluirá desde tarotistas hasta chamanes (muchos de ellos verdaderos chantas y expertos en la manipulación y el engaño).

    El film -que tiene una estética y un tono más televisivo que cinematográfico- está basado en una novela del propio Recalde y, por momentos, se asemeja bastante a un ego-trip. Recalde está todo el tiempo en pantalla y los personajes secundarios (y los múltiples cameos de figuras reconocidas del mundillo del standup y los medios como Cabito o Pablo Fábregas) no tienen el más mínimo desarrollo ni incidencia.

    Si este ensayo sobre la peor fantasía de la masculinidad no vuela demasiado alto, la parte final (que se pretende como una crítica al aprovechamiento del escándalo por parte de los medios más amarillistas) tampoco resulta particularmente incisiva ni mordaz. Es verdad que Recalde ofrece algunas observaciones corrosivas sobre el lugar del guionista en el entramado del negocio del entretenimiento y consigue un puñado de situaciones más o menos logradas en el derrotero de su atribulada criatura, pero la película nunca supera una medianía que jamás llega a generar entusiasmo. Una comedia… castrada.
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  • Refugiado
    Refugiado
    Otros Cines
    La violencia está en nosotros

    Refugiado describe la historia de Laura (Díaz), una mujer que se ve forzada a huir de su hogar en un decadente monoblock de Lugano con Matías (Sebastián Molinaro), su hijo de siete años, tras recibir una nueva golpiza por parte de su marido, quien la acusa de que el bebé que ella lleva en su panza no es suyo.

    El film -que por momentos apela a una vertiginosa cámara en mano en la línea del cine de los hermanos Dardenne, siguiendo siempre de cerca el constante deambular de los dos protagonistas- resulta un conmovedor registro sobre el miedo (el terror) que genera el abuso físico y moral, pero lo hace sin caer jamás en golpes bajos ni excesos explícitos.

    El director de Tan de repente (2002), Mientras tanto (2006) y La mirada invisible (2010) ratifica no sólo su notable capacidad de narrador (hay sólo unos pocos baches promediando el film, sobre todo cuando madre e hijo van a una isla del Tigre) sino también la austeridad, el rigor, el pudor, el recato y al mismo tiempo la potencia y la convicción con que encara un tema (la violencia de género) que, en otras manos, podría haber caído en una mera denuncia escandalizada y políticamente correcta sobre el machismo y el lugar de la mujer como víctima en vastos sectores de la sociedad.

    Lerman, por suerte, va mucho más allá, mostrando en profundidad y en todas sus dimensiones la problemática (cómo deben ir cambiando de esos refugios a los que alude el título ante la persecución del victimario), pero también los pequeños (y no tan pequeños) rasgos de solidaridad que van surgiendo y van recibiendo durante el tortuoso derrotero.

    Con las impecables actuaciones de los dos protagonistas (una actriz consagrada que ratifica aquí su versatilidad y el asombroso despliegue del pequeño Molinaro, cuyo punto de vista es esencial para el desarrollo del relato, ya que está presente en casi todas las tomas), Refugiado se convierte en una thriller psicológico (hay una buena construcción del suspenso y la tensión) tan inteligente como necesario, que excede por mucho el ya de por sí valioso marco de la concientización.

    Que un director de renombre y una estrella como Díaz se hayan arriesgado con un proyecto de semejante audacia y -sobre todo- que el resultado sea tan valioso es un hito para el cine de autor con factura industrial en la Argentina. Ojalá el público no lo rechace por temor a enfrentarse con la dureza de su tema y le dé una oportunidad. Se la merece con el mayor de los entusiasmos.
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  • Boyhood - Momentos de una vida
    En el transcurso del tiempo

    Puede decirse -sin caer en exageraciones- que Richard Linklater es de los pocos directores en actividad que no sólo piensan su cine y el cine en general, sino que se proponen reinventarlo con cada nueva película (o en una saga como la de Antes del amanecer / del atardecer / de la medianoche).

    Boyhood es una proeza de producción y una genialidad artística. Lo primero tiene que ver con que comenzó a rodarse en julio de 2002 y continuó filmándose durante 12 años (una semana cada temporada) para describir la infancia, la adolescencia y el paso a la adultez de Mason (Ellar Coltrane), desde que ingresa a la escuela primaria y hasta que accede a la universidad.

    Pero -más allá de la perseverancia de Linklater, sus actores y sus técnicos (trabajaron más de 450 personas durante toda su realización con un presupuesto mínimo de 200.000 dólares por año para concretar en total 146 escenas)- lo que en verdad importa es el resultado en pantalla. Y, en ese sentido, pocas veces el cine ha conseguido capturar el paso del tiempo de una manera tan contundente, tan convincente, tan conmovedora. La experiencia de ver cómo los personajes van envejeciendo ante nuestros ojos (sin necesidad de maquillaje o efectos visuales) es de una intensidad apabullante. Y el director de la trilogía Amanecer/Atardecer/Medianoche (otra apuesta por retratar la evolución de sus dos protagonistas de veinteañeros a cuarentones) lo hace a partir de una serie de brillantes viñetas que pueden resultar de a ratos hilarantes, dolorosas, despiadadas o emotivas.

    Ayudado por una exquisita selección musical (canciones que marcaron a cada uno de los años en que está ambientada la historia o bien que resultan importantes para la perspectiva de cada personaje) y utilizando unos mínimos elementos (como la evolución de la tecnología) o históricos (la guerra en Irak, el significado de la elección de Obama como presidente, por ejemplo), Linklater nos sumergirá en las experiencias cotidianas de un niño con padres divorciados (Ethan Hawke y Patricia Arquette), que lo tuvieron siendo unos veinteañeros, y con una hermana mayor (Lorelei Linklater, hija del director en la vida real).

    A partir de situaciones aparentemente banales pero plenas de significación (una salida de camping, una charla de educación sexual, su pasión por la fotografía), el espectador descubrirá durante las casi tres horas del film la transformación, el desarrollo físico y emocional de un niño/adolescente durante toda su etapa formativa, con una madre que lucha contra permanentes malas decisiones en el terreno afectivo (parejas abusivas), pero también para recibirse y convertirse en una elogiada docente de Psicología; y con un padre bastante ausente y músico frustrado que, de todas maneras, será una de sus ineludibles fuentes de referencia. Cada escena del film -con los actores más viejos pero cada vez más queribles- consigue el milagro de hacer reir a carcajadas y, ya sobre el final, de emocionar hasta las lágrimas.

    Así, lo que a su admirado François Truffaut le llevó varias películas con el personaje de Antoine Doinel, Linklater lo consigue en Boyhood, un relato de iniciación, descubrimiento, maduración y conformación de la identidad como pocas veces se ha visto en la pantalla. Por eso, y por los hallazgos de toda su carrera, estamos hablando -sin dudas- de uno de los directores más inteligentes y trascendentes (en el buen sentido del término) del cine norteamericano actual.
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  • Annabelle
    Annabelle
    La Nación
    Continuación previsible y obvia

    Uno de los grandes éxitos de crítica y público de 2013 fue El conjuro, la historia de una casa embrujada en la que aparecía una aterradora muñeca llamada Annabelle. Rápidos de reflejos para capitalizar el fenómeno masivo y antes de la secuela que llegará recién en 2016 -otra vez de la mano de James Wan- los productores concibieron este spinoff dedicado a Annabelle. El resultado, lamentablemente, es mucho menos logrado que en la película que le dio origen.

    Todo aquello que brillaba en El conjuro (los personajes, las actuaciones, los climas, la economía de recursos, la construcción de suspenso, el uso austero de los efectos visuales) se vuelve mediocre, obvio y previsible en Annabelle, film que rodó sin ningún destello particular John R. Leonetti, habitual director de fotografía de Wan.

    La acción transcurre en 1969 cuando Annabelle llega como regalo de un joven marido que está a punto de recibirse de médico (Ward Horton) para su bella esposa, que está con un avanzado embarazo (Annabelle Wallis), quien la incluirá en su colección de muñecas en una casa de Santa Mónica.

    Como bien indicaron varios críticos, el film tiene algunos puntos en común con El bebé de Rosemary, de Roman Polanski, y -en ese sentido- la aparición de imágenes televisivas y situaciones ligadas al clan Manson (cuyos integrantes mataron a Sharon Tate, esposa de aquel realizador) parece una decisión bastante torpe por parte del guionista Gary Dauberman. Las múltiples referencias religiosas tampoco se escapan de los lugares comunes de este subgénero de fuerzas sobrenaturales y posesiones diabólicas.

    Si en El conjuro Wan "dialogaba" con los admirados directores de la generación del 70 (John Carpenter, Brian De Palma, William Friedkin o el apuntado Polanski), aquí parece como si los realizadores no confiaran en sus propias capacidades. Annabelle está sostenida por una música ampulosa y, sobre todo, por efectos de sonido que acentúan todos y cada uno de los picos de tensión. Si bien hay unos cuantos sustos y situaciones bastante logradas, la película nunca consigue la fluidez ni la intensidad de su predecesora. Mientras en Hollywood ya planean una "cruza" entre Annabelle y otro muñeco famoso del género como Chucky, habrá que esperar al regreso de Wan con El conjuro 2 para recuperar todo lo que aquí se ha perdido.
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  • El último amor
    El último amor
    Otros Cines
    El show de Michael Caine

    La guionista y directora alemana Sandra Nettelbeck (Bella Martha) rodó en Francia una película al servicio de un astro inglés como Michael Caine. El último amor es un auténtico crowd-pleaser, una feel-good movie, un one-man show o, para aquellos que se enojan porque a veces usamos conceptos en inglés, uno de esos films sobre redenciones y segundas oportunidades que, de tan entrañables, rozan por momentos lo demagógico.

    Y es precisamente Michael Caine el gran atractivo (y prácticamente la única razón) que justifica la visión de esta esquemática y previsible película. Su Matthew Morgan es un viudo hosco, huraño, malhumorado, que vive solo y deprimido (con tendencia suicida y todo) en su enorme departamento parisino tras la muerte de su esposa (Jane Alexander) ocurrida tres años antes. Pese a llevar ya varios años radicado allí, este viejo cascarrabias no habla una sola palabra en francés porque siempre le cedió a su mujer la tarea de comunicarse con el mundo exterior.

    La película está concebida en función del lucimiento de un notable intérprete veterano como Caine, que tiene todo el tiempo necesario en pantalla (y todos los recursos expresivos, claro) como para exponer los múltiples matices y facetas que van surgiendo en su en principio unidimensional personaje, desde aquel encierro inicial hasta su “regreso” a la vida social después de conocer a Pauline (Clémence Poésy), una joven y atractiva maestra de danza que lo saca del letargo (y hasta lo hará bailar a los 81 años).

    La llegada de los fríos y calculadores hijos de él desde los Estados Unidos (Gillian Anderson y Justin Kirk, ambos bastante desaprovechados) sólo sirve para exponer los prejuicios de los más jóvenes frente a la posibilidad de que su padre pueda reencontrar el amor a la vejez y la sospecha de que Pauline lo está manipulando para beneficiarse económicamente de la relación.

    ¿Pocas sorpresas? Es cierto. Pero está Caine (en una papel que por momentos recuerda al Peter O’Toole de Venus) y está París como inmejorable trasfondo. Un enorme actor y una bella ciudad… Dos atractivos suficientes para maquillar las limitaciones del film.
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  • Polvo de estrellas
    El mundo está loco, loco, loco... (y Hollywood aún más)

    Cronenberg propone una despiadada sátira a la industria del cine en la que se burla de los egos, las miserias, el universo new-age, la cienciología, la obscenidad, el cinismo, la hipocresía, la codicia y el desprecio de las estrellas (tanto preadolescentes como adultas) de la fauna hollywoodense.

    El director de Crash: Extraños placeres y Una historia violenta propone en Polvo de estrellas una estructura coral, aunque con la inmensa Julianne Moore (ganadora del premio a la Mejor Actriz en el último Festival de Cannes) como el eje de la narración en el papel de una actriz neurótica y desesperada por conseguir papeles que ahora suelen obtener colegas más jóvenes. Mia Wasikowska (como una chica inocente que llega a Los Angeles y desatará el caos), Robert Pattinson (un conductor de limusinas con aspiraciones artísticas), John Cusack (un millonario y excéntrico gurú espiritual) y Evan Bird (un cruel astro de 13 años a-lo-Justin Bieber) son otros de los personajes que desfilan por esta comedia negrísima, sin red, que incluye sexo, escatología, perversiones, diálogos chocantes y hasta explosiones propias del gore más explícito.

    Entre Las reglas del juego, de Robert Altman, y un tono que remite al Todd Solondz de Felicidad, el nuevo y desenfrenado trabajo de Cronenberg resulta una experiencia despareja, es cierto, pero con algunos inspirados momentos que tienen el sello de un director que sigue haciendo gala de una libertad y de una audacia asombrosas para el cine contemporáneo. Aunque no se ubique entre sus mejores pelìculas, un Cronenberg "menor" sigue siendo cine mayúsculo.
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  • Casa grande
    Casa grande
    La Nación
    Desolador retrato sobre Brasil

    Dentro de la muy valiosa iniciativa Encuentros con el Cine Brasileño se estrenó hace pocas semanas Sonidos vecinos, notable película de Kleber Mendonça Filho. La tercera entrega de este plan de lanzamientos de ese origen es con Casa grande, ópera prima de Fellipe Barbosa que aborda temas similares a los de aquel film ambientado en un condominio de clase media de Recife, aunque en este caso se trata de una mirada a la clase alta de Río de Janeiro.

    Menos inquietante y un poco más obvia y ampulosa que su predecesora, Casa grande tiene todos los elementos de un culebrón televisivo, pero condensados -con bastante inteligencia, es cierto- en los 112 minutos de un film que ofrece un retrato bastante desolador sobre el estado de las cosas en un Brasil que, más allá de sus innegables avances socioeconómicos y de derechos, sigue teniendo una profunda diferencia de clases, un racismo y una descontención que afloran todo el tiempo y muchas veces de la peor manera.

    El film está narrado desde el punto de vista de Jean (Thales Cavalcanti), un adolescente de 17 años que está a punto de terminar la secundaria y debe prepararse para los exámenes de ingreso a la universidad. En pleno despertar sexual y búsqueda de independencia, choca a toda hora con su tiránico, invasivo, violento, hipócrita y manipulador padre (Marcello Novaes) y, en menor medida, con su hermana menor (Alice Melo) y con su madre (Suzana Pires).

    Los conflictos, de todas maneras, no son sólo entre padre e hijo. La familia, más allá del inmenso hogar con jardín y pileta al que alude el título (es excelente el primer plano con los créditos de apertura que expone con la cámara fija las dimensiones del lugar), de los varios autos, del chofer y de las múltiples empleadas domésticas, está en plena debacle económica, y esa degradación acompañará a la decadencia moral de los personajes, con la excepción de Jean, quien encontrará en su relación con Luiza (Bruna Amaya), una joven de otro estrato y distinta formación, una manera de salir de ese encierro y de conocer otras realidades.

    La película aborda -por momentos de manera algo ingenua y subrayada- conflictos muy actuales, como la no siempre fluida integración racial, las contradicciones entre la educación pública y la privada, y la lucha de clases en un país donde la movilidad social y las reivindicaciones masivas han cambiado las dinámicas más tradicionales.
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  • El escarabajo de oro
    Vamos por todo...

    Tras una brillante escena de títulos (quizás de los mejores créditos de apertura de la historia del cine argentino), El escarabajo de oro propone un universo lúdico y ambicioso a la vez en el que se conjugan desde Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson y Victoria Benedictsson hasta Leandro N. Alem, el radicalismo, el feminismo, el colonialismo y las miserias de la coproducciones internacionales que tanto bien (y tanto mal) le han hecho a las películas nacionales.

    Ensayo meta-cinematográfico (de esos que reflexionan sobre sí mismos llevando la problemática de su producción a la misma esencia de su propuesta), se trata de un film de El Pampero en estado puro, que parece mixturar elementos de Castro y El loro y el cisne (ambas también de Moguillansky) con otros de Historias extraordinarias (Mariano Llinás es uno de los protagonistas y coguionista de El escarabajo de oro).

    Cine de aventuras, cine de época (y de épica), cine político y -como quedó dicho- cine dentro del cine, El escarabajo de oro va por todo. Con una vara tan alta, la sensación a medida que avanza la trama (o, mejor, las múltiples subtramas) puede resultar un poco frustrante, pero es que el film arranca tan bien, tiene tantas ideas, asume tanto riesgo, que es imposible sostener semejante nivel de excelencia, creatividad y capacidad de sorpresa durante 100 minutos.

    El film -como ocurría con UPA - Una película argentina- se ríe de las situaciones absurdas que se plantean en este tipo de coproducciones: en la ficción, hay productores europeos a los que los argentinos tratan de engañar, mientras que en la realidad El escarabajo de oro surgió como una iniciativa del festival danés CPH:DOX (y su laboratorio DOX:LAB) que apunta a financiar trabajos conjuntos entre directores escandinavos (la sueca Fia-Stina Sandlund en este caso) y realizadores "tercermundistas".

    Pero hay más (mucho más): Rafael Spregelburd hace de sí mismo y les cuenta a los integrantes de El Pampero que tiene el dato (y un mapa a descifrar) para encontrar un tesoro en Misiones, más precisamente en un pueblo llamado Leandro N. Alem. Los cineastas, que se habían comprometido con sus financistas europeos a realizar un film de tinte feminista sobre la trágica existencia de la autora sueca Victoria Benedictsson (se suicidó en 1888), pretenden viajar al norte argentino y usar el rodaje de una película sobre la figura de Alem como fachada para buscar el tesoro.

    La dinámica interna de un equipo de filmación, la relación de amor-odio, de cazador-cazado entre Europa y Argentina, la historia política nacional (con la señorial voz del mítico Hugo Santiago en la narración en off) y, claro, ese espíritu de comedia musical con escenas coreografiadas que sobrevuela todo el cine de Moguillansky son algunos aspectos que van surgiendo en El escarabajo de oro, un film con desniveles -es cierto- pero con unas cuantas escenas brillantes, memorables. Un cine libre, imperfecto, audaz, un poco arrogante y lleno de talento. Atributos que en el tantas veces adocenado cine argentino de hoy se agradecen mucho.
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  • El justiciero
    El justiciero
    La Nación
    Washington y la justicia por mano propia

    Una cruza entre El vengador anónimo y Taxi Driver con explosiones de violencia y una estilización formal a-lo-Quentin Tarantino. Así podría definirse El justiciero, reunión entre el director Antoine Fuqua y el actor Denzel Washington tras la exitosa experiencia conjunta con Día de entrenamiento (2001).

    Más allá de ciertas limitaciones del guión de Richard Wenk (basado en la serie televisiva que Edward Woodward protagonizó entre 1985 y 1989) y de una duración que excede las dos horas, El justiciero encuentra su razón de ser en la figura de Washington. Mientras la mayoría de las figuras de Hollywood busca regodearse en su expresividad con papeles más y más ampulosos y exhibicionistas, él apuesta por papeles más contenidos.

    Washington interpreta al calvo Robert McCall, un agente retirado de pasado traumático y presente solitario, que trabaja en un hipermercado de artículos para el hogar en Boston, y todas las noches va a la misma mesa del mismo bar a tomar un té y leer los libros que su fallecida esposa no llegó a terminar. Sus únicos contactos con el mundo son con una joven prostituta de origen ruso llamada Teri (Chloë Grace Moretz) y con un muchacho obeso (Johnny Skourtis), que intenta pasar un examen para obtener un puesto como guardia de seguridad.

    Washington -en un personaje que recuerda al Forest Whitaker de El camino del samurái, de Jim Jarmusch- casi no habla en toda la película. Le alcanzan pequeños gestos, su obsesividad para cronometrar hasta los más mínimos detalles y la mirada para transmitir la introspección, la calma, la serenidad y la sabiduría de su criatura. Lo peor de este nuevo largometraje del director de Tirador y Ataque a la Casa Blanca tiene que ver con los malvados de la historia. Los mafiosos rusos, que regentean clubes nocturnos y manejan una red de prostitución, dejan en la comparación a los de Promesas del este, de David Cronenberg, como personajes de un film de Disney. En ese sentido, todo es tan estereotipado y exagerado que le quita a esta exaltación de la venganza por mano propia bastante de su credibilidad y de su capacidad para generar algún grado de identificación. De todas maneras, quedó dicho, allí está la inmensa figura de Washington para sortear todos los baches y trampas de la película. Una estrella como las de antes
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  • El libro de la vida
    Unos muertos muy vivos

    Con producción de Guillermo Del Toro, música de Gustavo Santaolalla y guión y dirección de Jorge Gutiérrez (que venía de tener bastante éxito con sus aportes para la cadena Nickelodeon), esta película animada intenta exportar la iconografía y las tradiciones mexicanas del Día de los Muertos al resto del mundo, aunque -claro- el objetivo principal sea la audiencia latinoamericana.

    El resultado es, sobre todo en términos visuales, bastante digno. Si bien la historia se maneja en terrenos bastante transitados (un triángulo amoroso, la tensión entre cumplir con las expectativas de los padres o seguir un camino propio), la animación (hay versión en 3D) abandona por completo el naturalismo para ofrecer un rico universo plagado de vistosas figuras y elementos trabajados con una paleta de colores bien… ¡mexicana!

    Pero, como estamos hablando de una propuesta no destinada exclusivamente al consumo latino, entre las canciones que se escuchan hay versiones “mariachizadas” de populares temas de Mumford and Sons (I Will Wait), Radiohead (Creep) y Rod Stewart (Do You Think I'm Sexy?), entre varias otros.

    En este relato enmarcado hay una historia principal con dos viejos amigos de la infancia enamorados de la misma chica. El protagonista es Manolo (Diego Luna), un torero impulsivo; su “rival” es Joaquín (Channing Tatum), un popular cazador de bandidos con gigantescos bigotes surgido de la academia militar, y en el medio está María María (Zoë Saldana), una chica independiente, rebelde y divertida.

    No conviene adelantar nada más de la trama, pero la misma se divide entre la Tierra de los Recordados y la Tierra de los Olvidados (de los vivos y los muertos), que remiten en varios pasajes a las películas de Tim Burton y Henry Selick (de El extraño mundo de Jack a El cadáver de la novia, pasando por Frankenweenie).

    Así, más allá de que su historia no es particularmente sorprendente y hay algunos minutos en que avanza a los tumbos, acumulando enredos y desventuras, El libro de la vida termina siendo un entretenimiento más que aceptable: bello e incluso con algunos picos líricos y sensibles. No es poco en el competitivo y recargado universo de la animación internacional.


    PD: A los críticos nos proyectaron la versión original con subtítulos. Según informó Fox a OtrosCines.com, la película va en copia digital a todas las salas con la doble alternativa. Será decisión de cada complejo programar o no la versión subtitulada en alguna función nocturna. A consultar, por lo tanto, la cartelera.
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  • La esposa prometida
    Yo me quiero casar ¿Y usted?

    Esta ópera prima de la guionista y directora Rama Burshtein tiene varias particularidades. Además de la obvia -ser el debut en el largometraje de una mujer en un país como Israel-, hay que indicar que la realizadora forma parte de la comunidad jasídica y que su film está inspirado en un conflicto real ocurrido entre los sectores judíos más ortodoxos.

    La protagonista y dueña del punto de vista de la narración es Shira (Hadas Yaron, consagrada como mejor actriz en la Mostra de Venecia de 2012), una joven de 18 años que vive con su familia (el papá es un influyente rabino). Cuando su hermana mayor muere al dar a luz, el marido, Yochay (Yiftach Klein), recibe la propuesta de afincarse en Bélgica, donde lo espera una nueva esposa (los matrimonios son arreglados por los progenitores, pero la película deja en claro que la última palabra, el aval definitivo es siempre de los implicados). Ante la perspectiva concreta de que el bebé se vaya de Tel Aviv, los padres de Shira empiezan a presionarla para que sea ella quien se case con el viudo, quien no ve con malos ojos la posibilidad.

    No pocos cuestionaron a la directora por no tomar partido, por no criticar, cuestionar o incluso denunciar los procederes de una colectividad que, desde la perspectiva occidental y la corrección política, es claramente conservadora y machista. Pero justamente lo que hace de La esposa prometida un film valioso es que está contado “desde adentro”, con conocimiento de causa, casi como si fuera un registro etnográfico. Todo ese retrato de encuentros en la sinagoga, reuniones familiares, cantos religiosos y celebraciones milenarias está tan bien reconstruido (los actores elegidos no pertenecen a esa comunidad) que uno puede entender y hasta sentir cómo es la dinámica interna y hasta las contradicciones que enfrentan cada uno de ellos.

    La película tiene algunos desniveles narrativos, escenas que no alcanzan la misma intensidad que otras, pero estamos ante una propuesta distinta de una cinematografía que, salvo excepciones como La infiel (un éxito impensado), casi no llega a la cartelera comercial. Así, con un destino inevitable de discusión acalorada (especialmente dentro de la comunidad judía local), se trata de un estreno para celebrar.
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  • Tres D
    Tres D
    Otros Cines
    De amor y por amor (al cine)

    Referente fundamental del Nuevo Cine Cordobés tras el éxito conseguido con De caravana, película que en 2010 se mantuvo 17 semanas en cartel y superó los 30.000 espectadores, Rosendo Ruiz llega a la cartelera comercial de Buenos Aires -luego del reciente estreno en su provincia y de un amplio recorrido por festivales como Rotterdam y BAFICI- con su segundo y también valioso largometraje.

    En Tres D Ruiz redobla la apuesta por construir un entramado ficcional en el marco de un evento real. Si en De caravana proponía una historia entre cómica y policial a partir de la figura y un show de la Mona Jiménez, aquí es una historia romántica con un festival de cine como trasfondo.

    Los protagonistas, Matías (Matías Ludueña) y Mica (Micaela Ritacco), se conocen en el marco del Festival Internacional de Cine de Cosquín (FICIC) y, mientras entrevistan a directores y críticos como José Celestino Campusano, Gustavo Fontán, Nicolás Prividera o Jorge García, inician un tímida pero tierna historia de amor.

    No es fácil hacer convivir con armonía elementos más propios del documental con situaciones armadas y, en ese sentido, la película funciona razonablemente bien, con bastante gracia y fluidez, tanto cuando se propone como un ensayo cinéfilo como cuando apuesta a indagar en las pequeñas desventuras cotidianas de sus personajes y en la dinámica de una comunidad festivalera. En definitiva, un buen segundo paso en este tan particular camino que viene trazando Ruiz.
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  • Alexander y un día terrible, horrible, malo... ¡Muy malo!
    Una comedia apta para el consumo familiar

    Una familia muy normal viviendo (padeciendo) situaciones decididamente anormales. Así podría definirse a esta comedia de enredos producida por Disney que propone tantas desventuras, accidentes, infortunios y catástrofes que en la comparación dejan a Un día de furia, Después de hora o Mi pobre angelito como películas minimalistas.

    Mamá hiperocupada en una editorial de libros infantiles (Jennifer Garner), papá ingeniero desocupado desde hace meses (Steve Carell) y cuatro hijos que van desde la adolescencia hasta un bebé. Si bien el protagonista es el Alexander del título (Ed Oxenbould), un típico perdedor que en el accidentado día en el que transcurre el relato cumple 12 años, la narración está lo suficientemente diversificada como para poder seguir las historias de cada uno de ellos (y de todos juntos).

    Mientras la madre intenta resolver un inconveniente que puede costarle la carrera, el padre trata de conseguir un puesto de diseñador de videojuegos en una empresa manejada por unos jóvenes nerds, la hermana (Kerris Dorsey) afronta el desafío de interpretar una comedia musical y el hermano mayor (Dylan Minnette) se prepara para dar el examen de manejo y asistir a un muy formal baile con su bella y tiránica novia (Bella Thorne), Alexander padece el bullying de sus compañeros de escuela y sufre porque -en simultáneo con la suya- el chico más popular del colegio hará una fiesta mucho más cool y a la que seguramente irán todos (¡incluido su mejor amigo!).

    La película apuesta al efecto de acumulación (todo lo que puede salir mal resulta peor), siempre con ritmo frenético, y lo hace con bastante suceso. No todas las situaciones son igualmente graciosas e inspiradas, pero hay una razonable proporción de gags físicos, verbales y hasta escatológicos que funcionan y lo convierten en un producto apto para el consumo familiar con suficientes atractivos para públicos de diferentes edades (no para los más chicos).

    El director de origen portorriqueño Miguel Arteta narra con buen pulso (y con el "manual Disney" en la mano), pero al mismo tiempo sin ningún destello autoral. Una curiosa elección, ya que se trata de un realizador que viene del cine independiente con una interesante carrera que incluye títulos como Star Maps, Chuck & Buck, La chica de mis sueños y Alocada convención.
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  • El juez
    El juez
    La Nación
    Duelo de actores

    Especialista hasta ahora en comedias de enredos con excesos escatológicos, el director David Dobkin sorprende con este salto a una ambiciosa película que combina melodrama sobre una tensa relación padre-hijo, thriller judicial y romance con una narración que apuesta por un bienvenido clasicismo old-fashioned.

    En el arranque, vemos a Hank Palmer (Robert Downey Jr.), un inescrupuloso, arrogante y exitoso abogado de Chicago, que suele lograr con múltiples artimañas que sus poderosos clientes salgan en libertad. "Los inocentes no pueden pagarme", le contesta a un colega con su habitual cinismo y desparpajo. Hank está a punto de divorciarse y, aunque es un padre ausente, está convencido de que logrará quedarse con la custodia de su hija de 7 años.

    En medio de un caso, recibe una noticia inesperada: su madre ha muerto. No tiene, por lo tanto, más remedio que volver a su pueblo natal de Carlinville, en Indiana, al que había jurado no regresar jamás. Enemistado con todos, pero muy especialmente con su padre, el juez local Joseph Palmer (Robert Duvall), asiste al funeral mirando (y mirado) de reojo, entre la culpa y la incomodidad. Se reencuentra en un bar con su novia de juventud (Vera Farmiga) y, cuando está listo para salir volando del lugar, un incidente lo obligará a quedarse bastante más tiempo del que había pensado.

    Así, el drama sobre familia disfuncional se abre hacia el terreno judicial a-lo-John Grisham con el hijo tratando de defender a su padre, que, además de acusado por un crimen, está gravemente enfermo, lleva 42 años en el cargo, es una eminencia en el pueblo y está obsesionado con su "legado". Todo eso ocurre en los primeros minutos del film, ya que luego viene el largo juicio que obligará a profundos replanteos no sólo entre Hank y su implacable progenitor, sino también con sus dos hermanos (Vincent D'Onofrio y Jeremy Strong).

    Dobkin aborda demasiadas subtramas y vueltas de tuerca que no conviene adelantar, y no todos los conflictos son resueltos de forma convincente (hay estereotipos y lugares comunes en los planteos), pero cuando la película parece trastabillar, aparecen los notables actores para rescatarla e insuflarle una credibilidad y una hondura psicológica que el esquemático guión no tiene. Más allá de sus clichés y sus excesivas derivaciones, estamos ante un duelo actoral de primer nivel con dos intérpretes de características opuestas (un Downey Jr. más expansivo y un Duvall más contenido), pero igualmente brillantes en su pirotecnia verbal. Son sobre todo ellos y los actores secundarios quienes terminan haciendo de El juez un film valioso e intenso.
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  • Tropicália
    Tropicália
    Otros Cines
    Cuando Caetano y Gilberto hicieron historia

    Cualquiera que conozca un mínimo de historia de la música brasileña sabrá las aspectos centrales del movimiento tropicalista que irrumpió a mediados y fines de los años ’60, y cautivó al mundo (decenas de artistas incluso anglosajones fueron influidos por su fuerza). Sin embargo, aun para los iniciados en el tema, Tropicália regala imágenes y testimonios muy poco vistos (incluso hay bastante material inédito). Además, ofrece una narración tan poderosa, vistosa (con un look por momentos psicodélico) y sensible a la vez que es difícil no emocionarse.

    Con un excelente trabajo de investigación (qué envidia provoca ver a los brasileños contar con tantos buenos archivos mientras en la Argentina se ha perdido buena parte de nuestra memoria audiovisual), Machado va reconstruyendo el surgimiento, apogeo y caída (o progresiva desintegración) de ese movimiento que reunió arte y política, vanguardia y protesta, combinando lo más genuino de la canción brasileña (desde la bossa nova a la música bahiana) con el rock, el hippismo y la psicodelia.

    Las imágenes íntimas y de presentaciones en vivo (y en muchos casos los inteligentes testimonios) de Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Os Mutantes, Tom Zé, Nara Leão, Rita Lee, Jorge Ben Jor y Rogério Duprat sirven como hilo conductor para un film que expone también el clima sociopolítico de la época, desde “la euforia adolescente”, como ellos mismos admitieron, hasta la represión, la cárcel y el exilio forzado de Gilberto y Caetano en Londres a partir de 1969.

    Las contradicciones entre los por entonces jóvenes artistas y los estudiantes, periodistas e intelectuales que los acusaban de “extranjerizantes”, la pasión que por ellos tuvieron los europeos y los estadounidenses, y el trabajo sobre “el espíritu de época” son otros hallazgos de Tropicália, que -además de un buen uso de imágenes de films de Glauber Rocha, Carlos Diegues, Júlio Bressane, Rogério Sganzerla y Leon Hirzman- termina con los propios Caetano y Gilberto viéndose en pantalla, 40 años después, y cantando a dúo con ellos mismos. Un cierre bello y conmovedor.
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  • Magia a la luz de la luna
    Nunca es tarde para amar

    Los críticos tendemos a dividir las películas de Woody Allen (una por año desde hace ya varias décadas) entre “importantes” y “menores”, aunque es cierto que se pueden hacer (y WA los ha hecho) malos films que buscan la trascendencia con temas “profundos” y buenos largometrajes que una apuesta más superficial, lúdica y fluida. En ese sentido, y sin querer contentarme con una mera categorización, Magia a la luz de la Luna es una buena película “menor”, cuyo principal problema es que viene después de un “importante” film “mayor” de la carrera del mítico director como Blue Jasmine.

    Magia a la luz de la Luna es una comedia romántica de época que trabaja sobre personajes, elementos, dualidades y contradicciones bastante elementales y que en muchos casos están muy cerca del estereotipo, apelando a cuestiones como el amor vs. el cinismo, el escepticismo vs. la espiritualidad, la razón vs. la superstición, con escalas obligadas en los paradigmas de las segundas oportunidades, los conflictos del cazador-cazado y un largo etcétera. No es precisamente de los films más inspirados ni sorprendentes de WA (la vuelta de tuerca se adivina desde el inicio), pero hay que admitir que el director y sus intérpretes (desde la magnética pareja protagónica hasta cada uno de los impecables secundarios) cuentan el cuentito de una manera inobjetable, simpática e irreprochable (al menos si no se hacen paralelismos con su vida personal como el ofuscado crítico de The New York Times A.O. Scott).

    Colin Firth (el alter-ego de WA en esta ocasión) es Stanley, un sarcástico mago británico que se sube al escenario como el chino Wei Ling Soo para trucos tales como hacer desaparecer un elefante o cortar a una muchacha en dos. De la Berlín de 1928 (allí Ute Lemper hace un homenaje a Marlene Dietrich en un cabaret) la acción salta a la luminosa y veraniega Costa Azul francesa, adonde Stanley es convocado para “desenmascarar” a Sophie (Emma Stone, radiante), una joven y bella médium estadounidense experta en telepatía y espiritismo que ha seducido (¿engañado?) a una familia aristocrática y, más precisamente, a la viuda (la gran Jacki Weaver) y al heredero de la fortuna (Hamish Linklater), que sin pensarlo demasiado le propone matrimonio.

    No conviene adelantar nada más, aunque el lector ya habrá adivinado el tono (leve, ligero) y el resultado de una película que, aun siendo demasiado previsible e ingenua, se disfruta como quien presta más atención al cómo antes que al qué. A veces, la forma resulta tan o más importante que el contenido. El viejo Woody lo hizo de nuevo…
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  • Dos disparos
    Dos disparos
    Otros Cines
    Cuando importa más es el viaje que el destino

    Si en una clase de guión se analizara el de Dos disparos con el manual clásico, el profesor bien podría decir que está todo mal. Arranca por lo que bien podría ser el final de un film sobre un adolescente (un intento de suicidio sin "jusfiticación"), cambia constantemente de punto de vista (y hasta de protagonismo), no cierra las diversas subtramas que abre, no remata las situaciones graciosas. En definitiva, no "explica", no busca la empatía ni ofrece gratificaciones directas al espectador.

    Pero todas esas decisiones, que no pasarían ni la primera revisión de un estudio en Hollywood o en cualquier productora dedicada al cine convencional/comercial, son las que hacen de la filmografía de Rejtman en general y de Dos disparos en particular una obra de autor, una historia con vuelo, tono y climas propios. Como bien sostuvo en la entrevista con OtrosCines.com, su nuevo film apunta a la dispersión, a la acumulación, a la deriva, va "contra la comedia", pero el absurdo y agridulce humor rejtmaniano "resiste" y aparece donde y cuando menos se lo espera. Nadie (nunca) está preparado para la siguiente escena del director, porque siempre hay un recurso inesperado listo para provocar, incomodar o seducir.

    Decir que este film es sobre la historia de Mariano, un muchacho de 16 años que encuentra un arma en el depósito de un quincho y, como impulso ante una insoportable ola de calor, se pega dos balazos (uno que le roza la cabeza y otro que se le queda incrustado en el estómago) sería minimizar los alcances de una apuesta decididamente coral, que se abre cual abanico y nos obliga a encontrar cada pieza como quien arma un enorme rompecabezas.

    Porque lo de Mariano es apenas el punto de partida (el disparador, chiste fácil) de una película que luego contará las desventuras afectivas de su hermano algo mayor, Ezequiel; los miedos de su madre (Susana Pampín), que esconde no sólo el arma sino también todo elemento cortante que pudiera "tentar" al "suicida"; la de Lucía (la chilena Manuela Martelli); la de los otros integrantes de un conjunto de flauta dulce que interpreta música barroca; y la de unos patéticos y en el fondo queribles personajes que terminan reuniéndose en balnearios grises como Lucila del Mar o Aguas Claras. Y así podría seguir la descripción. Las historias, por momentos, se recuperan, los personajes reaparecen, pero el director de Rapado, Silvia Prieto y Los guantes mágicos apuesta al esquema muñecas rusas porque siempre hay alguna nueva subtrama (más pequeña o más grande) por incorporar.

    Con un impecable equipo integrado por Lucio Bonelli (fotografía), Diego Vainer (música), Martín Mainoli (edición) y Mariela Rípodas (arte), y el apoyo de una producción que le permitió trabajar en múltiples locaciones (aprovechadas al máximo con planos generales casi siempre fijos, aunque pletóricos de movimiento y de encanto interno), Rejtman logra una película a la vez hipercalculada y deforme, sí, pero también de una extraña belleza y lirismo. Las atribuladas criaturas de su cine, el malestar que cada una de ellas arrastra, no alcanzan a enturbiar un relato lleno de recovecos, desprendimientos y sorpresas. Elige tu propia aventura.
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  • ¿Y ahora? Recuérdame
    Una vida de película

    Muy de vez en cuando el cine nos regala experiencias tan poderosas, descarnadas, viscerales y conmovedoras como ¿Y ahora? Recuérdame. Por eso, un entusiasmado consejo cinéfilo: ¡No la dejen pasar!

    Primero: ¿Quién es Joaquim Pinto? Se trata de un multifacético artista (actor, editor, camarógrafo, director de fotografía, productor, realizador de ficciones, documentales y animaciones y, sobre todo, eximio sonidista) que trabajó mucho con su mentor Joâo Cesar Monteiro, varias veces con Raúl Ruiz, y con otros autores como Manoel de Oliveira, Werner Schroeter, Joâo Canijo, Joâo Pedro Rodrigues y André Téchiné. Y es dueño de una filmografía que va desde Una piedra en el bolsillo (1988) hasta Evangelio según San Juan (2013).

    ¿Y qué es lo que hace tan especial a este film? El punto de partida es el de construir un diario íntimo para exponer el tratamiento con medicación experimental que el propio director emprendió durante un año en su larga y titánica lucha contra el SIDA y la Hepatitis C (está infectado desde hace casi dos décadas).

    Sí, en varios de los extraordinarios 164 minutos de ¿Y ahora? Recuérdame se habla de (¡y muchas veces se muestran!) infecciones crónicas, cirrosis, virus, bacterias, plaquetas, hemoglobina, inyecciones, píldoras, dolores que aquejan todo el cuerpo, insomnio, picazón, fotofobia y otros efectos colaterales…

    Pero quien crea que este film es un mero tratado médico y un bajón deberá saber que estamos ante un relato apasionante, de una inteligencia y una sensibilidad superiores. Pinto se expone en toda su intimidad (puede que haya algo de exhibicionismo en el proceso) y en toda su dimensión intelectual (por momentos puede pecar de demasiado pretencioso), pero el resultado es casi siempre atrapante.

    ¿Y ahora? Recuérdame es también un hermoso ensayo cinéfilo (reivindica a sus héroes y amigos de los años ’70, ’80 y ‘90: Pier Paolo Pasolini, Derek Jarman, Serge Daney y un largo etcétera), una gran historia de amor gay (Pinto vive con su pareja y socio laboral Nuno Leonel), un film sobre viajes, sobre música y literatura, sobre la crisis europea, sobre la relación directa con la naturaleza (ambos trabajan la tierra en una pequeña parcela en las islas Azores), sobre perros y sobre muchas, muchísimas cosas más.

    Pinto apela al collage, a un patchwork estilístico que incluye la lectura en off de sus caóticas notas médicas y de citas a grandes autores, una excelente selección musical y, ya en el terreno visual, pasajes en impecable HD y viejos materiales en Súper 8, largas tomas fijas e imágenes aceleradas, animaciones, efectos visuales y miradas al microscopio con las muestras extraídas de su cuerpo.

    Una película a-lo-Chris Marker mixturada con elementos de la vanguardia y del videoarte que resulta, sí, dura, ardua y hasta por momentos cruel, pero también hermosa y fascinante. Decididamente imperdible.
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  • Atlántida
    Atlántida
    Otros Cines
    El arte de filmar lo inasible

    La sensualidad, el erotismo, el deseo, las inseguridades, las contradicciones y la adolescencia en general (con su inocencia, su desamparo, sus angustias y hasta su crueldad) son algunos de los aspectos más difíciles de transmitir en imágenes sin caer en la obviedad, en el grotesco, en el subrayado con trazo grueso y torpe. Y eso es lo que consigue -con su sutil y fascinante ópera prima Atlántida- Inés María Barrionuevo, la más reciente revelación (y van…) del -ya no tan nuevo- Nuevo Cine Cordobés.

    Más allá de sus inevitables (y bienvenidos) lazos con el cine de Lucrecia Martel, Celina Murga y Milagros Mumenthäler, Barrionuevo encuentra una inusitada seguridad, madurez, sensibilidad y vuelo propio en este film sobre dos hermanas muy distintas entre sí, Lucía (de 15 años) y Elena (de 17), que están solas durante un caluroso día del verano de 1987 en un pueblo cordobés azotado por la sequía (y con una sensación de pesadez, de que se avecina una tormenta “bíblica”).

    Película de climas, de sensaciones, de estados de ánimo con la inminencia del despertar sexual como eje principal, Atlántida logra transmitir -con una cámara flotante que sigue siempre de cerca pero sin invadir ni manipular a los personajes- esa precariedad, esa latencia, esa intimidad tan propias de ese tiempo, de ese lugar y de esa edad.

    Un film sobre búsquedas (de autoestima, de identidad, de amor) y elecciones (muchas veces equivocadas) que se convierte en uno de los principales hallazgos del cine argentino de este año.
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  • Feriado
    Feriado
    La Nación
    Literal crítica a los prejuicios

    Estrenada en el último Festival de Berlín, esta ópera prima del guionista y director ecuatoriano Diego Araujo está cargada de buenas intenciones, pero el resultado final no está a la altura de sus muy dignas búsquedas y planteos. Es que sus temas principales (la búsqueda de la identidad, el despertar sexual, las diferencias de clases, el racismo, la impunidad y el machismo) están planteados de una manera demasiado explícita, por momentos burda, y cayendo en reiteradas oportunidades en la solemnidad, el subrayado y el maniqueismo.

    El antihéroe del film es Juampi (Juan Manuel Arregui), un atractivo muchacho de 16 años que llega a la hacienda familiar, donde su tío -un banquero corrupto que se esconde de la Justicia en medio de la corrida financiera que derivó, en pleno 1999, en la dolarización de la economía ecuatoriana- y sus primos llevan una vida totalmente ajena a la suya.

    Entre fiestas de Carnaval y tensiones sociales (se muestran los violentos enfrentamientos entre la burguesía local, apoyada por las fuerzas de seguridad, y la clase baja de origen indígena), Juampi sentirá una creciente incomodidad dentro de su círculo y se fascinará, en cambio, por Juano (Andrés Paredes), un amante del heavy metal de un origen socioeconómico opuesto al suyo. A pesar de sus miedos y represiones, el protagonista se sentirá cada vez más obsesionado por ese objeto del deseo.

    No es la primera vez que el nuevo cine latinoamericano incursiona en temáticas como las de Feriado (desde Deshora hasta la filmografía de Marco Berger podrían funcionar como referentes), pero probablemente sea una película importante para la joven producción ecuatoriana a la hora de visibilizar cuestiones muy arraigadas de su sociedad patriarcal y prejuiciosa. En ese sentido, este muy cuidado largometraje cumple su objetivo.

    El problema es que, en el terreno puramente artístico, cae -sobre todo en su segunda mitad- en no pocos clichés y convenciones que parecen calculados para seducir a los programadores y fondos de ayuda de los festivales europeos, en una puesta en escena de escasa sutileza, oposiciones demasiado evidentes, diálogos ampulosos y alegorías obvias.
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  • Perdida
    Perdida
    La Nación
    Audaz, perversa y memorable

    La nueva película de ese notable director que es David Fincher arranca con una desaparición. En un pequeño pueblo de Missouri, un periodista neoyorquino con ínfulas de escritor llamado Nick Dunne (Ben Affleck) regresa a su casa y descubre que su esposa, Amy (Rosamund Pike), ya no está. Hay rastros de violencia en el interior y todo indica que ha sido secuestrada. La comunidad se ve conmovida, hay cadenas de oración, equipos de voluntarios que salen en su búsqueda y un circo mediático que no tarda en armarse con guardias en la puerta que se mantienen las 24 horas. Pero no pocos miran a Nick con recelo y desconfianza. ¿Qué esconde ese hombre carilindo y amable? ¿Es realmente una víctima de las circunstancias o podría ser incluso el victimario?

    Ése es el planteo inicial de esta transposición de la exitosísima novela de Gillian Flynn (ella misma escribió el guión). Pero, en verdad, ése es apenas el arranque de la primera de las cuatro-películas-en-una que propone Perdida. Tendremos la versión de él, luego la misma historia narrada desde el punto de vista de ella y más tarde un par de vueltas de tuerca adicionales que no conviene ni siquiera mencionar. Y a eso hay que sumarle unos cuantos flashbacks que nos contarán el enamoramiento, la pasión, la consolidación y la progresiva decadencia de ese matrimonio durante los cinco años previos.

    El material puede sonar (y en algún lugar es) un poco trillado, pero es justamente la maestría narrativa, la extraordinaria capacidad para la dirección de actores y el virtuosismo visual del realizador de Pecados capitales, El club de la pelea, Zodíaco y Red social los que llevan a Perdida a trascender el marco de una simple pulp fiction para convertirse en una exploración impiadosa, inteligente y provocadora sobre el cinismo y la doble moral de una sociedad dominada por la paranoia y la manipulación de los medios y de la justicia.

    El film -heredero del mejor cine de Alfred Hitchcock, pero también de sus estilizados seguidores, como Paul Verhoeven o Brian De Palma- es bastante más que un simple thriller sobre las apariencias que engañan para convertirse en una mirada que vincula la degradación social (la falta de techo, la desocupación, la recesión) con la de una pareja que alguna vez fue modélica, ejemplar. La envidia de todos.

    Provocativa hasta límites inimaginables (tiene un grado de perversión poco habitual en el cine mainstream), Perdida le devuelve a Hollywood esa audacia que extrañaba quizá desde la generación del 70 y "dialoga" en no pocos aspectos con el éxito argentino Relatos salvajes.

    Es cierto que el film (o los films que van surgiendo cual ramificaciones) luce un poco apretado en el montaje final, pero aunque deja la sensación de que bien podría haber dado para una miniserie de varios episodios, la atención (la fascinación) que produce no se resiente jamás en sus dos horas y media.

    La sociedad entre un director de los recursos de Fincher y un elenco notable (lo de Rosamund Pike es prodigioso y se verá recompensado con decenas de premios) hace de Perdida un verdadero acontecimiento dentro de un cine estadounidense que -entre tanto producto efímero- regala por fin una película potente y compleja. Para analizar y discutir.
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  • Borrando a papá
    Borrando a papá
    Otros Cines
    ¿Víctimas o victimarios?

    Es muy difícil hacer una crítica "cinematográfica" de un documental cuyo eje no es el cine, sino la denuncia y la reivindicación sectorial, porque cualquier comentario estará siempre teñido por la mirada (incluso ideológica) que cada uno tenga respecto de la postura que los autores adopten.

    Borrando a papá es, a nivel formal, un trabajo bastante elemental, sustentado en el recurso de las "cabezas parlantes", con una musicalización poco feliz, con recursos torpes (como cuando la pantalla se llena de signos pesos para ilustrar los abusos del negocio de la judicialización), una estética televisiva (de la de antes) y un remate lacrimógeno y grasa con el videoclip casi completo de Peter Gabriel cantando Come Talk to Me.

    Pero eso no es lo importante para sus realizadores, sus adeptos ni sus detractores. El film está concebido (desde el dolor, la bronca y el rencor) por quienes se sienten víctimas del sistema judicial que, según ellos, siempre prioriza la tenencia de los hijos por parte de las madres y discrimina a los padres.

    Se exponen aquí varios casos y, como siempre, habrá algunas verdades y otras disfrazadas de tales. Desde sectores vinculados al feminismo y la mirada de género se ha cuestionado a varios de los que participan en el documental porque tienen denuncias por violencia doméstica y algunas de las mujeres que exponen una mirada contraria a la de los realizadores (y que aparecen bastante ridiculizadas en la edición) han enviado cartas-documento exigiendo que sus testimonios sean eliminados del montaje final, ya que -alegan- participaron engañadas de una película que no es lo que les dijeron que iba a ser.

    Borrando a papá arranca con uno de los recursos más bajos en la escala periodístico-cinematográfica como es el uso de la cámara oculta para mostrar a una madre que no deja ver a su hijo, pese a la existencia de una orden judicial en favor del padre. Puede que esa mujer haya cometido un desacato, pero iniciar así un film se acerca bastante al despropósito, al vale todo.

    Jamás desde OtrosCines.com pediremos la censura. Creo que los realizadores de Borrando a papá -y el lobby al que representan (que se basa en el denominado Síndrome de Alienación Parental)- tienen todo el derecho del mundo de exhibir su trabajo y de plantear el debate, pero por su calidad cinematográfica y por su discurso de barricada (el abogado Juan Carlos Dietze, al que más minutos le dan en pantalla, llama a las feministas como “feminazis”) creo que su financiación por parte del INCAA en este caso es errónea. De todas maneras, si su exhibición ayuda a ampliar el debate y (lo dudo) a acercar algunas posiciones, habrá tenido algún sentido todo este ruido mediático. De arte, esta vez, poco y nada.
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  • Necrofobia
    Necrofobia
    Otros Cines
    Pesadilla en lo profundo de la noche

    Con cortos como Sueño profundo (1997), La última cena (1999) y El martillo: Crónica de un mito (2003) y largos como La sombra de Jennifer (2004), La muerte conoce tu nombre (2007) y Hermanos de sangre (2012), Daniel de la Vega se convirtió en uno de los pioneros y referentes del saludable resurgimiento del cine de terror/fantástico en la Argentina.

    Por eso -y porque además venía con mucho hype antes de su estreno en el BAFICI- resultó decepcionante el resultado final de Necrofobia. La película es una combinación de elementos del giallo italiano, terror gótico, algo de Psicosis, toques a-lo David Lynch, esquemas remanidos con hermanos gemelos, juegos de espejos y estructura de doppelgänger. Y más: efectismo en la apuesta sonora (el golpe ampuloso que suena justo con el corte de montaje), clichés por todos lados (las campanadas y los relojes que se detienen a las 12, las palomas que sobrevuelan en los momentos “intensos”), la música grandilocuente y machacadora… Y así se podría continuar con la enumeración.

    Pero el problema más grave de Necrofobia es que su narración no convence. Un protagonista sobreactuado (el sastre fóbico que interpreta Luis Machín), personajes secundarios sin vuelo (hasta se desperdicia a la encantadora Julieta Cardinali) y vueltas de tuerca que no cambian nada.

    Sólo se disfrutan el logrado trabajo de diseño de producción y algunos encuadres e ideas de puesta por parte de un director con indudable ojo y oficio, pero que en este caso se ubica muy por debajo de sus propios trabajos previos y de la media de un cine de terror argentino que ha regalado muy buenos exponentes en los últimos tiempos.

    PD: La conversión a 3D vista en la función de prensa del BAFICI tenía un acabado muy malo. Como no volví a ver la película, dejo el beneficio de la duda. Ojalá se hayan completado los procesos técnicos para una versión final acorde con las posibilidades y exigencias del cine actual.
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  • Delirium
    Delirium
    Otros Cines
    ¿Quieres ser Ricardo Darín?

    La idea original era buena (o al menos ingeniosa): el recurso del cine dentro del cine en tono paródico (en la línea de ¿Quieres ser John Malkovich?, de Spike Jonze), un falso documental con la participación de reconocidas figuras de los medios (Susana Giménez, Diego Torres, Mónica Gutiérrez, Guillermo Andino, Germán Paoloski, Facundo Pastor, Juan Miceli, Cecilia Laratro, Sergio Lapegüe, Catalina Dlugi, Débora Pérez Volpin y Julio Bazán); y, sobre todo, la presencia de Ricardo Darín haciendo (y burlándose) de sí mismo.

    Pero, más allá de los guiños cómplices, de los buenos elementos para el marketing, esta ópera prima de Carlos Kaimakamian Carrau (uno de los primeros egresados de la FUC) nunca toma altura. Es cierto que en su vuelo rasante mantiene un espíritu lúdico y desprejuiciado que se agradece, pero el film nunca funciona más allá de una medianía bastante pobretona, una acumulación de chistes y diálogos que generan una media sonrisa, pero jamás una carcajada.

    El film arranca con tres antihéroes que bien podrían ser los de cualquier comedia indie (norte)americana del subgénero freaks/slackers/losers: tres amigos se reúnen en un bar para divagar entre cerveza y cerveza sobre la vida y lo mal que les va (cuando no están desempleados trabajan atendiendo un kiosco, repartiendo volantes o mangueando plata en un colectivo). Allí están Martín (Ramiro Archain), el “colgado”, el tímido patológico, el fan de Tolkien; Mariano (Emiliano Carrazzone), el “zarpado”, el mujeriego; y Federico (Miguel Di Lemme), el responsable, el centrado, en verdad un tipo común y corriente pero que al lado de los otros dos parece un genio.

    El trío empieza a fantasear sobre cómo salir de la malaria y, a los pocos días, a Federico se le ocurre “la” idea: filmar una película de bajo presupuesto para recaudar mucho dinero ¿Con quién? Con Ricardo Darín, claro, que viene de hacer Taiko, una coproducción con Japón vista por 3.750.000 espectadores (más que Relatos salvajes, je).

    La cuestión es que Darín confunde a Federico con el hijo de un conocido suyo y se suma a lo que cree será un cortometraje para una escuela de cine. Los tres patéticos protagonistas leen el libro Sos Spielberg en 10 lecciones porque no tienen la menor idea de cómo filmar una película (Ed Wood sería Martin Scorsese en la comparación) y allí empezarán los enredos y hasta las derivaciones policiales.

    La película apuesta, por supuesto, al absurdo, pero ese tipo de comedia extrema y negrísima le queda siempre muy grande, demasiado incómoda, a la propuesta. Hay, por ejemplo, una larga secuencia en el INNCA (Instituto Nacional del Nuevo Cine Argentino), donde buscan apoyo para una ópera prima, pero el chiste (como otros) se agota a los pocos segundos y el resto es puro desperdicio.

    Delirium funciona mejor en el papel que en la pantalla. Hay ideas, hay búsquedas, pero el resultado no es particularmente gracioso ni inspirado. No es una mala película e incluso hay algunos pasajes simpáticos y bastante entretenidos, pero se trata de un film menor con una figura mayor (un Darín con suficiente cancha como para zafar) de nuestra industria. En este sentido, habrá que ver si su sola presencia y un amplio lanzamiento a cargo de una representante local de las majors de Hollywood (UIP) alcanzan para conseguir otra vez un éxito masivo. Así, el sueño del pibe (o de los pibes) en la ficción se haría así realidad.
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  • En el tornado
    En el tornado
    La Nación
    Catastrófico film catástrofe

    En el tornado es una película sin argumento (o con uno muy malo), pero que en sus menos de 90 minutos de duración ofrece un par de secuencias impactantes y sobrecogedoras con los tornados más arrasadores que puedan imaginarse. Puede que para los amantes del cine catástrofe el irreprochable y hasta admirable trabajo de los expertos en efectos visuales (y de los sonidistas) sea suficiente como para justificar el pago de una entrada, pero para aquellos que exigen una historia con personajes y conflictos mínimamente desarrollados y justificados las decepciones en este caso serán mayúsculas.

    Los protagonistas (un padre ausente y sus dos hijos adolescentes, un cazador de tormentas obsesionado por filmar los fenómenos meteorológicos y al que poco le importan los riesgos y necesidades de los integrantes de su equipo; una madre soltera que hace mucho no ve a su pequeña hija) están ahí como muñecos posados sobre una escenografía, seres huecos que sirven como meros vehículos para que se vayan cumpliendo los dictados de un guión mediocre y, claro, se topen con tornados cada vez más violentos.

    La película intenta sintonizar de alguna manera con la generación de YouTube y propone algún atisbo de humor dentro de la tragedia (allí están dos patéticos émulos de los Jackass que también quieren tomar imágenes de los vendavales en un pueblo de Oklahoma para ganar seguidores en redes sociales y seducir a alguna chica), pero esos esfuerzos tampoco funcionan. Así, el pobre resultado eleva en la comparación a la no demasiado audaz Twister, aquel film bastante similar de 1996 con Helen Hunt y Bill Paxton, a la categoría de obra maestra.

    El director Steven Quale (responsable de Destino final 5 e integrante de la segunda unidad de dos films de James Cameron como Titanic y Avatar) parece construir una narración con piloto automático hasta desembocar en esa "tormenta perfecta" que llega al final y que bien podría funcionar como un demo independiente para mostrar las posibilidades que la tecnología les ofrece a los artistas de hoy en el terreno de los efectos visuales.
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  • El manto de hiel
    Paranoia sin rumbo

    Este nuevo film del aquí guionista, fotógrafo y director Gustavo Corrado arranca de manera intrigante y auspiciosa: vemos al protagonista, Julián (William Prociuk), un muchacho vestido de impecable traje oscuro, manejando un imponente BMW negro por las rutas de una zona desértica tan bella como desoladora. El auto se queda sin nafta y el joven terminará pidiendo ayuda en una casona del lugar. Claro que allí no encontrará inocentes vecinos, sino una comunidad bastante violenta y perversa. Quedará, por lo tanto, atrapado entre una falsa hospitalidad y promesas de combustible para su vehículo que nunca llega.

    El problema es que, tras esos primeros 10 minutos, la historia se le escurre de las manos al director de El armario y Garúa como la arena del árido lugar. Hay un misterioso maletín que funciona como McGuffin hitchcockiano, un atisbo de historia de amor con una muchacha que, junto con su hija, espera en vano desde hace años la llegada de su marido desaparecido, un terremoto, unas pesadillas en forma de flashbacks que explican algo del pasado del protagonista y claro las miserias y rituales de esa suerte de secta.

    El film no termina de encontrar nunca sus climas ni su rumbo. No llega a ser un relato de terror paranoico, no hay construcción de tensión ni suspenso, tampoco se logra un mínimo espesor psicológico dentro de ese clan, los diálogos son en muchos casos ampulosos, las actuaciones resultan en general bastante forzadas y, así, no hay manera de empatizar con los personajes ni de involucrarse en sus decisiones y acciones. Queda, por lo tanto, la posibilidad de apreciar la belleza del lugar, aunque ya estemos hablando de méritos más turísticos que cinematográficos.
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  • Yo, mi mamá y yo
    La guerra de un solo hombre

    Premiada tras su estreno en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2013 y ganadora de cinco de los principales premios César (los Oscar franceses), esta ópera prima escrita, dirigida, producida y protagonizada por Guillaume Gallienne fue un sorprendente fenónemo de crítica y público (tres millones de espectadores) en su país.

    Actor de la prestigiosa Comedia Francesa y con más pergaminos en el teatro y en la TV que en el cine, Gallienne se consagró con un unipersonal que montó entre 2008 y 2011 en el que interpretaba varios papeles para narrar con un humor su sufrida historia autobiográfica.

    Ese mismo recurso es el que utiliza en la transposición cinematográfica, encarnando no sólo a sí mismo con diferentes edades sino también a su avasallante, magnética y despótica madre, objeto de su obsesión y origen de muchos de sus traumas y miserias.

    El film está trabajado -sin esconder el artificio teatral que le dio origen (y con algunos elementos cercanos al realismo mágico)- como un típico relato de iniciación (coming-of-age según la terminología en inglés), un film sobre la identidad (sobre todo sexual). El niño Guillaume siempre fue un poco afeminado, de esos que gustan vestirse de mujer, y -por lo tanto- discriminado por sus compañeros de escuela y hasta por el resto de una familia conservadora, prejuiciosa, machista y cultora de los deportes rudos. Todos estaban convencidos de que era gay y lo trataban (lo encasillaban) como tal, sin respetar sus tiempos, sus búsquedas, sus necesidades, sus deseos.

    La película coquetea todo el tiempo con esa corrección política que suele terminar en bajada de línea demagógica, pero por suerte su artífice no necesita subrayar demasiado su reivindicación de la libertad. Trabajada de manera conciente a partir de clichés, convenciones y estereotipos (sobre todo en sus viajes por España donde se fascina por el flamenco y por Alemania), la narración apuesta a la exageración y, por momentos, al chiste obvio. De todas maneras, más allá de que no es el tipo de registro con el que más comulgo, el film siempre hace gala de un espíritu lúdico y de un desprejuicio que se termina agradeciendo.
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  • Comando especial 2
    Póquer de ases de la comedia

    Cuatro de cuatro. Así podría resumirse la aún incipiente pero meteórica y por el momento intachable carrera de la dupla Phil Lord y Christopher Miller. Dos joyitas animadas (Lluvia de hamburguesas y La gran aventura Lego) y las dos entregas de Comando especial, en la que esta segunda parte -en un hecho poco frecuente en el Hollywood contemporáneo- es incluso superior a la primera.

    ¿Estamos ante una obra maestra, ante verdaderos genios de la comedia? Para nada. Pero Comando especial 2 es una película impecable, premeditamente leve, superficial y hasta si se quiere algo boba, pero que al mismo tiempo funciona en todos los niveles, desde la tradición clásica de Harold Lloyd y Buster Keaton hasta la más reciente de Los Simpson o el cine absurdo de Will Ferrell o lo mejor de la factoría Apatow. Sí, puede que algunos chistes sobre el costado gay de la historia resulten un poco viejos y -para algunos- hasta ofensivos, o que ciertos elementos del subgénero bromance estén a esta altura algo gastados, pero en líneas generales los 112 minutos del film fluyen con un espíritu lúdico y una catarata de ideas que se agradecen y celebran.

    Los “hermanos” Schmidt (Jonah Hill) y Jenko (Channing Tatum) vuelven a las andadas y ahora pasan de una escuela secundaria a una universidad (los años no vienen solos), donde deberán desbaratar una organización que trafica una nueva droga sintética que ya ha provocado una víctima fatal.

    En el campus, Schmidt y Jenko se irán separando. El primero iniciará un romance con una bella estudiante de arte y aspirante a poetisa llamada Maya (Amber Stevens); y el segundo, una relación muy cercana con Zook (Wyatt Russell, hijo de Kurt Russell y Goldie Hawn), el rubio galán del lugar y capitán del equipo de fútbol americano

    Lo que sigue es una catarata de situaciones que sirven para mofarse con no poca inteligencia y creatividad de los clichés de los policiales, de las buddy-movies, de las historias románticas, de las desventuras universitarias, de los personajes nerds y del universo de las secuelas con un talento poco frecuente tanto para el humor físico de la screwball-comedy clásica como para el latigazo verbal punzante. Incluso hay tiempo e ingenio para desarrollar en la segunda mitad una suerte de versión masculina de la Spring Breakers, de Harmony Korine. Qué más se puede pedir…

    PD: No se pierdan la secuencia de créditos finales, un excelso “homenaje” a la industria de las franquicias de la que Comando especial se ríe y, claro, también saca provecho.

    PD 2: Atentos a Jillian Bell en el papel de Mercedes, la compañera de cuarto “mala onda” de Maya, un proyecto de enorme comediante (hiperactiva en los últimos años tanto en cine como en TV) que se roba todas las escenas en las que aparece. Ha nacido una estrella.
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  • El cerrajero
    El cerrajero
    Otros Cines
    Abrir puertas y ventanas

    Tras su notable debut con Rompecabezas, Natalia Smirnoff sigue interesada en retratar personajes con un rico universo propio, pero -al mismo tiempo- bastante disfuncionales y desconectados del mundo real.

    En este caso, el protagonista es Sebastián (Esteban “el actor del momento” Lamothe), un muchacho de 33 años -y el cerrajero del título- que vive solo porque nunca ha querido (o podido) sostener una relación afectiva con sus múltiples conquistas amorosas.

    Cuando Mónica (la siempre notable Erica Rivas), su última y más intensa pareja (llevan ¡cinco meses! de noviazgo), le informa que ha quedado embarazada (con la presunción bastante firme de que el bebé podría ser suyo) y se cruza en su camino una misteriosa y algo excéntrica inmigrante peruana llamada Daisy (Yosiria Huaripata, toda una sorpresa), que oficiará de una suerte de asistente, su previsible existencia -la mayor obsesión de este hombre medio anarquista es la de conseguir, reparar y coleccionar cajas musicales- comienza a complejizarse. Más aún cuando empieza a tener revelaciones, visiones incontrolables sobre los distintos clientes a los que visita para cambiarles o arreglarles las cerraduras.

    Si bien no siempre la mixtura entre tragicomedia romántica, elementos absurdos (¿sobrenaturales?) y paranoia urbana (potenciado por una extraña humareda que invadió Buenos Aires en 2008) funciona con la fluidez necesaria, se trata de una película entrañable, por momentos fascinante, con lúcidas observaciones sobre la crisis como motor de cambio y sostenida por dos talentosos intérpretes que son capaces de transmitir todas las contradicciones y matices (desde la contención hasta los quiebres emocionales) de sus atribuladas y queribles criaturas.
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  • Malka
    Malka
    Otros Cines
    Pacto de silencio

    ¿Quién fue Malka Abraham? ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de mentira en los mitos construidos alrededor de su figura? Sobre esas preguntas parte Walter Tejblum en Malka, una chica de la Zwi Migdal. A la manera de los policiales clásicos de la literatura y de varios documentales recientes, con El rascacielos latino como el exponente hasta ahora más novel, Tejblum se pone en la piel de un detective -con sobretodo incluido- para dilucidar los hechos ocurridos varios años atrás.

    Varios que en realidad son muchos, ya que se sabe que Malka llegó a la Argentina un siglo atrás. A partir de aquí, las suposiciones: que vino en engañada por una red de trata de personas conocida como Zwi Migdal de la cual logró escapar y fugarse a Tucumán, donde empezó a regentear su propio prostíbulo. Mal no le fue, ya que llegó a acaparar una fortuna estimada en cuatro millones de pesos y varias propiedades en las zonas más caras de la capital provincial ¿Qué ocurrió con ella? La asesinaron en 1957 ¿Quién? Aún no se sabe ¿La herencia? Fue a parar a distintas entidades judías locales, permitiendo incluso la refacción de la escuela religiosa más prestigiosa de la ciudad.

    Tejblum parte a Tucumán para reconstruir el caso mediante los testimonios de distintos personajes de la comunidad. Personajes que no dudan de mirarlo de reojo ante la mención de Malka, como si sobre ella existiera un manto de silencio que nadie parece muy predispuesto a romper. Salvo Tejblum -claro- quien, en su rol de periodista/investigador, logra incomodar a más de uno a fuerza de información, precisión y determinación. Las fisuras de un relato preestablecido y la forma en que el film muestra cómo progresivamente comienza a resquebrajarse son los puntos más altos.

    Punto alto que, paradójicamente, conlleva al más bajo. Quizás demasiado preocupado por la narración/investigación y el valor periodístico de su trabajo -que lo tiene, y mucho-, Tejblum nunca intenta llevar su relato más allá del formato tradicional de los documentales expositivos, con cabezas parlantes diciendo muchas veces aquello que podría haberse expresado a través de las imágenes.
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  • Tunteyh o el rumor de las piedras
    Bello y elocuente documental

    En los últimos años, el cine argentino ha salido de su habitual centralismo porteño en busca de historias en el interior ligadas en muchos casos a los pueblos originarios. La situación de los wichis, por ejemplo, ha sido abordada tanto desde el documental (Sip'ohi, el lugar del Manduré, de Sebastián Lingiardi) como desde la ficción (Nosilatiaj: La belleza, de Daniela Seggiaro). A esos dos valiosos aportes se suma ahora esta ópera prima de Marina Rubino.

    Hablado -como en los dos ejemplos apuntados- en lengua wichi (y, claro, subtitulado), Tunteyh o el rumor de las piedras es un muy cuidado documental etnográfico que elude las principales trampas en las que podía haber caído: no se excede en la denuncia (aunque la hay), no cede a la tentación de la corrección política y no adopta una mirada paternalista ni demagógica.

    Un poco como en Soy Huao, de Juan Baldana (en aquel caso rodado en plena selva amazónica de Ecuador), Tunteyh? es una mirada antropológica -en el punto justo entre curiosa y respetuosa- sobre cómo los Nop ok wet, comunidad wichi de Salta, subsisten prácticamente aislados del mundo "criollo" gracias a un río que les provee desde la comida (son expertos pescadores) hasta el agua que usan para beber o lavarse. El problema es que ese río ya no es lo que era: su cauce ha sido desviado hacia Paraguay, los desechos propios de estos tiempos modernos (sobre todo de unas minas de Bolivia) lo han contaminado y ponen en riesgo su salud, mientras que el cambio climático producto de los crecientes desmontes genera inundaciones o sequías que también complican su supervivencia.

    La voz en off de Jairo, un maestro que oficia de narrador del film, y -sobre todo- sus elocuentes imágenes hacen de Tunteyh (palabra que define a un ancestral juego infantil con piedras que se transmite de generación en generación) una experiencia bella, sensible y por momentos fascinante.
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  • Maze Runner - Correr o morir
    Tensión y suspenso en una nueva saga

    Los estudios de Hollywood se sabe buscan éxitos comerciales, pero tienen una obsesión aún mayor: las sagas; es decir, la posibilidad de generar una franquicia de larga duración. En ese sentido, las expectativas de Fox con el lanzamiento de The Maze Runner - Correr o morir no se remiten sólo a cómo le vaya a esta ópera prima de Wes Ball, ya que de su resultado comercial dependerá la viabilidad de adaptar también las secuelas (y precuelas) escritas por James Dashner (Prueba de fuego, la segunda parte, ya está en producción a la espera de los primeros números de Maze Runner en todo el mundo). Así se maneja la industria hoy y, por eso, la gran incógnita pasa por desentrañar si éste puede ser o no el inicio de una lucrativa serie de películas.

    En principio, Maze Runner parece tener elementos (atractivos) similares a los de varias sagas recientes: algo de Divergente, otro tanto de Los juegos del hambre (y bastante de clásicas novelas como El señor de las moscas). Un grupo de jóvenes queda atrapado entre unos muros altísimos y debe sobrevivir a partir de la autogestión y de unos pocos víveres que los promotores del experimento (sobre el final se verá quiénes son y por qué lo motorizan) les proveen.

    A ese misterioso ámbito llega desde el subsuelo y dentro de una jaula el protagonista, Thomas (Dylan O'Brien), quien pronto demostrará que tiene pasta de líder y de corredor. ¿Correr para qué? Es que la única conexión que podría haber con el mundo exterior es a través de un intrincado laberinto vigilado por unos poderosos robots (con caras que remiten de los monstruos de la saga de Alien y estructuras similares a los skitters de la serie Falling Skies). Los corredores, entonces, son los encargados de encontrar las posibles salidas y, claro, de eludir esas amenazas.

    Más allá del reciclaje de elementos y conflictos ya vistos en otras películas, Ball maneja con buen pulso (es decir, construyendo tensión y suspenso) tanto la dinámica interna del grupo (con las inevitables alianzas y enfrentamientos de bandos) como la acción (los intentos de fuga). Si bien el desenlace luego de la batalla final luce un poco abrupto y confuso, se debe no tanto a carencias de la película como a la necesidad de abrir el camino para las futuras entregas. Exigencias de esta era del cine dominada por las sagas de largo aliento.

    La impecable fotografía del ecuatoriano Enrique Chediak (Exterminio 2, 127 horas), el logrado diseño de la prisión a cielo abierto y la utilización (siempre económica y funcional, nunca ostentosa) de los efectos visuales son otros hallazgos de esta distopía que está en línea con otros exponentes recientes de una ciencia ficción quizá menos espectacular, pero al mismo tiempo más humanizada y reconocible.
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  • Las aspas del Molino
    El país que no miramos

    Daniel Espinoza García es uno de los tantos jóvenes chilenos que cruzaron los Andes con la idea de estudiar (cine en su caso) y disfrutar de una experiencia iniciática en Buenos Aires. Como todo extranjero, alquilar algo en la ciudad se convirtió en una misión imposible (por la exigencia de las garantías) y, así, terminó viviendo en 2007 en el edificio ubicado sobre la mítica confitería Del Molino. Allí estuvo dos años y allí se quedaron (hasta hoy) algunos compatriotas también dedicados al arte.

    Lo de vivir es un eufemismo, ya que más bien lo suyo fue SOBREvivir. Producto del escalofriante deterioro edilicio y de una eterna disputa con los dueños (la familia Roccatagliatta), los moradores (bastante lúmpenes, por cierto) dejaron de pagar el alquiler ¿La respuesta? Se les cortaron el agua, el ascensor y el gas, y no hay desde hace años (décadas) ningún tipo de mantenimiento.

    Algo similar ocurre desde el cierre, en 1997, de la emblemática confitería, declarada Patrimonio de la Ciudad y eje de múltiples proyectos de expropiación que -por supuesto- jamás avanzaron. Hay agrupaciones de vecinos que luchan por su recuperación y reapertura con fines culturales, pero la negativa de los dueños y la habitual inacción de los políticos y funcionarios argentinos impidieron recuperar esa mágica construcción de Callao y Rivadavia. Un hallazgo del film es cuando logran introducir una pequeña cámara en lo que fue el salón principal y ver lo que queda del mismo.

    Entre todos esos terrenos se mueve (con mayores y menores logros) Las aspas del Molino, un film que va de lo autobiográfico a lo social, de lo íntimo a lo político. Está la historia de vida del propio director y de sus amigos durante los últimos siete años, pero también la del lugar y una mirada -interesante porque además proviene de alguien que no es de aquí- sobre la falta de memoria y esa desidia tan propia de la Argentina.

    Hay testimonios graciosos, otros esclarecedores y algunos que se alargan demasiado (como el del pretencioso filósofo Esteban Ierardo) y, más allá de que no siempre en ese pendular entre lo micro y lo macro se logra la armonía deseada, la película se sigue con interés y resulta, en definitiva, un impiadosa, despiadada y, en cierto sentido, necesaria descripción de las contradicciones de una sociedad que tiende a esconder o directamente a negar sus propias miserias. Que, claro, como en este caso, están a la vista.
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  • Un mundo conectado
    El (sin)sentido de la vida

    Hubo una vez un director que hacía películas vanguardistas y provocativas. Hoy, Terry Gilliam es apenas una sombra, un fantasma o simplemente una mala imitación de sí mismo. En este sentido, Un mundo conectado es una suerte de “grandes éxitos” de sus films anteriores (sobre todo de su clásico Brazil), sólo que esta vez nada funciona (salvo, si se quiere, el vistoso diseño de producción).

    Gilliam nunca fue un director sutil (la ampulosidad es una de sus marcas de fábrica), pero en los últimos año se volvió cada vez más y más obvio, redundante… ¡y menos gracioso! Pese a los conmovedores esfuerzos del aquí pelado Christoph Waltz por sostener el material que le toca en suerte (o en desgracia) casi ninguna situación resulta inteligente, inquietante ni divertida. Así, la película genera un efecto bola de nieve irritante en su acumulación de situaciones torpes y subrayadas.

    ¿De qué va Un mundo conectado? De las desventuras de Qohen Lethun (Waltz), un científico (o experto en tecnología, o algo así), un pobre tipo, neurótico, traumado hasta la médula, con problemas de personalidad (habla siempre de “nosotros”), tímido hasta lo fóbico, que trabaja a destajo para una corporación explotadora. Este antihéroe solitario espera que un llamado le explique el sentido de la vida… mientras lleva una vida sin sentido. Embarcado por decisión de su supervisor (David Thewlis) y su patrón (Matt Damon) en un proyecto denominado The Zero Theorem, empieza a vincularse con una psicóloga a distancia (Tilda Swinton), con la bella y seductora Bainsley (Mélanie Thierry) y con un entusiasta y joven asistente (Lucas Hedges), pero pronto descubrirá que todos forman parte de la misma confabulación.

    En esta distopía bastante berreta (la alienación, las omnipresentes publicidades, la realidad virtual que lo lleva a una playa paradisíaca) se hablará de “una abeja en un panal” y otras frases por el estilo que explican lo que ya queda suficientemente claro desde el primer fotograma. Gilliam parece haberse quedado sin ideas originales y cae demasiado seguido en la auto indulgencia y el piloto automático. Un film que, en definitiva, no me animo a recomendárselo ni siquiera a los más fieles seguidores del ex Monty Python.
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  • Las insoladas
    Las insoladas
    Otros Cines
    Sueños de un día de verano

    Hay decepciones y decepciones. Están las que se producen cuando uno no espera demasiado y, efectivamente, nada ocurre (una suerte de confirmación de los malos presagios). Y están las que duelen, las que sobrevienen cuando se mantenían no pocas esperanzas. Este segundo tipo de desilusiones, de desencantos, me generó Las insoladas, una película que fui a ver con ganas porque tenía todo para ser una propuesta leve, simpática y disfrutable.

    Le puse ganas, le puse mucha onda (Gustavo Taretto me parece un tipo con talento, Medianeras me había gustado y el elenco femenino que mixturaba estrellas de TV con actrices del cine indie y el teatro off prometía bastante), pero no pude entrar en el juego: no me pareció original, ni divertida, ni siquiera demasiado entretenida ¿Es una mala película? Para nada ¿Está mal producida? Tampoco. Simplemente, para mí no funciona como comedia eficaz, como exploración inteligente y desprejuiciada de los códigos de la amistad femenina ni como mirada sociológica a los efectos del penoso período menemista. Es un film que se queda casi siempre en el gesto, en el diálogo banal, en el costumbrismo ramplón, en un medio tono por momentos agradable, pero que no le permite crecer (ni tampoco, por suerte, caer en la catarsis colectiva, en el confesionario, en la bajada de línea, en la moraleja con mensaje incluido, cuando tenía todo para eso).

    La película (con una muy cuidada fotografía de Leandro Martínez) arranca con una Buenos Aires nocturna que va amaneciendo (con la melodía de una versión instrumental y con aires latinos de la canción harrisoniana Here Comes the Sun de fondo). Estamos en el 30 de diciembre de 1995 y en una terraza, en pleno centro porteño y en medio de una ola de calor que superará los 40º, se irán reuniendo seis amigas que se preparan para participar en un concurso de salsa. Entre mates y churros, con un cassette TDK (rebobinado con birome, claro) sonando, estas adoradoras del sol se irán tostando mientras sueñan con un objetivo común: viajar a Cuba (con el dinero que no tienen y discuten cómo conseguir) y disfrutar así del verano eterno.

    Los personajes tratan de cubrir el mayor espectro posible, pero en general resultan bastante estereotipados y superficiales: Vicky (Violeta Urtizberea) es una atractiva empleada a la que le ofrecen la oportunidad de ganar buena plata en películas porno; Kari (Elisa Carricajo) es la especialista en terapias alternativas y onda new age; Sol (Maricel Alvarez) se las sabe todas (o eso cree); Vale (Marina Bellati) vive angustiada por sus problemas con los hombres (se está divorciando y ya tiene un nuevo amante casado); Lala (Luisana Lopilato), recién llegada al núcleo, es bastante naïf, cholula y obsesionada con la vida extraterrestre; y Flor (Carla Peterson) es la líder del grupo. Una peluquera, una psicóloga, una empleada de un laboratorio fotográfico, una telefonista de una empresa de radiotaxis, una manicura y una promotora que serían algo así como exponentes que resumen la idiosincrasia de la clase media algo decadente, frustrada (o que aspira a más) de la consumista Buenos Aires de los años ’90.

    A la película le sobran parlamentos (no siempre ocurrentes ni inspirados) y le falta fluidez. Las distintas escenas resultan demasiado armadas, calculadas y/o forzadas (el baile grupal con mímica parece un videoclip que podría extrapolarse) o demasiado cerca del cliché y del lugar común (se fuman un porro con música de… reggae, se apela a referencias de época bastante obvias con énfasis en la tecnología como la llegada del CD, el boom de los videoclubes y sus VHS, la aparición de los primeros celulares, etc.). Así, más allá de cierto encanto de algunos pasajes y de la innegable belleza (de las chicas y de las imágenes), Las insoladas resulta un triunfo del concepto y de la forma por sobre el contenido.
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  • Lucy
    Lucy
    Otros Cines
    Scarlett, ese diamante

    Lucy (Scarlett Johansson) es una atractiva estudiante que disfruta de unos días de agite nocturno en Taipei. Lleva apenas una semana de romance con Richard (Pilou Asbæk), un típico chanta que le pide (y luego la obliga a) que entregue un maletín a unos mafiosos liderados por el cruel Mr. Jang (el coreano Min-sik Choi). El portafolio tiene varios paquetes de CPH4, una poderosa droga sintética diseñada a partir de sustancias humanas (generadas por embarazadas para más datos).

    La cuestión es que a la inocente Lucy la obligan a transformarse en mula para llevar a los Estados Unidos uno de esos paquetes oculto dentro de su cuerpo. Tras recibir unos cuantos golpes en el estómago, el contenido empieza a esparcirse por su organismo convirtiéndola en poco menos que una superheroína digna de Marvel (sí, ya sabemos que ScarJo también es La Viuda Negra de los Avengers). "Siento todo", dice ella, mientras su cerebro se expande del 10% que usa cualquier ser humano hasta el mismísimo 100%. Así, no sólo empieza a tener una fuerza descomunal sino también la capacidad para mover elementos y hasta manipular el accionar de otras personas: Lucy in the Sky with... Guns.

    Si esta premisa puede sonar ridícula, todavía más lo son las conferencias que da un experto en la materia (el profesor Norman que interpreta Morgan Freeman) y ni que hablar los "documentales" que resumen las miserias, catástrofes, hallazgos y milagros de la sociedad con el correr de los siglos (editados que tienen algo de filosofía barata y toques new age) ¿Importa? ¿Molesta? Claro que no. Lucy -la película- es premeditada, obscenamente absurda y berreta, pero al mismo tiempo decididamente graciosa y disfrutable.

    Besson no se toma demasiado en serio, se ríe de sí mismo, juega al cine clase B, apuesta por el humor negrísimo, acumula excesos sangrientos, regala un par de set-pieces memorables (como en todo tanque francés hay una notable secuencia automovilística) y se regodea con Scarlett como diva y mujer de acción (¿recuerdan Nikita?). Por lo visto en la taquilla (es la película más exitosa de su carrera), la apuesta a Besson le salió muy bien. Y hasta se dio el gusto de inaugurar el muy cinéfilo Festival de Locarno. Negocio y prestigio. Más no se puede pedir.
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  • Historias breves 9
    Apenas correctas

    Historias Breves, iniciativa del Incaa surgida en 1995 con la idea de promover la producción de cortometrajes de primera calidad, fue fundamental para el surgimiento de lo que luego se conocería como Nuevo Cine Argentino. De sus primeras ediciones salieron, entre otros (y nada menos), Israel Adrián Caetano, Daniel Burman, Lucrecia Martel y Rodrigo Moreno.

    Con la explosión de la tecnología digital y el apoyo de las escuelas de cine, la realización de un corto es hoy algo bastante menos épico que 20 años atrás y, en ese sentido, la importancia relativa de Historias Breves es menor. Pero, más allá de su lugar histórico, lo que llama la atención es cómo el nivel artístico general de la propuesta fue decreciendo con los años hasta llegar a esta pálida novena edición.

    Se supone que el cortometraje es un ámbito para arriesgar, para experimentar, para provocar, para mostrarse (ha sido y es la carta de presentación para muchos directores que luego saltan al largo con más seguridad y mayor apoyo de los productores) y lo que ofrece Historias Breves 9 es un conjunto de trabajos que, en el mejor de los casos, pueden ser definidos como correctos y cuidados. Si bien hay algunas excepciones, como una propuesta animada (la cordobesa El gran Vairitosky), una historia de época (En crítica, sobre el paso de Roberto Arlt por el diario Crítica en 1928) y un par de apuestas más cercanas a los géneros (como Estacionamiento, la mejor de todo el programa), lo que predominan son historias pueblerinas, minimalistas, solemnes, con muchos personajes infantiles o preadolescentes que, de alguna manera, adscriben a ciertas marcas de aquel Nuevo (y hoy ya un poco avejentado) Cine Argentino. En ese sentido, hay algunas rescatables (como Videojuegos, de Cecilia Kang), pero la sensación de déjà vu, de repetición de búsquedas y climas (¿fórmulas?) es inevitable.

    Una buena muestra de lo que debería ser Historias Breves hoy es Estacionamiento, trabajo de Luis Bernárdez (experimentado asistente de dirección) rodado en blanco y negro y ambientado íntegramente dentro de un garaje de varios pisos. Mariela y Gabriel (Elisa Carricajo y Edgardo Castro) llegan en su auto con la idea de tener un encuentro sexual (pronto van a casarse), pero las cosas no serán tan sencillas. Con una idea ingeniosa (los protagonistas descubren que sólo pueden descender a un subsuelo inferior, nunca subir) y mínimos elementos dramáticos (muy bien aprovechados), el corto se va enrareciendo hasta conseguir un tono alucinatorio, paranoico, casi surrealista, que lo convierten en el gran (y único) hallazgo de esta edición.
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  • El hombre más buscado
    Inteligente, fascinante y brutal

    Tras El sastre de Panamá, El jardinero fiel y El topo, es el turno de El hombre más buscado, nueva transposición al cine de una novela del celebrado escritor inglés John Le Carré. A seis años de su publicación, se estrena esta más que interesante adaptación que dirigió el holandés Anton Corbijn (Control, El ocaso de un asesino).

    De todas maneras, más allá de sus hallazgos narrativos y visuales (que los tiene y en buena cantidad), este film será recordado como una suerte de testamento actoral de Philip Seymour Hoffman. No sólo porque fue uno de los últimos trabajos antes de su prematura muerte sino porque también quedará como uno de los mejores de su extraordinaria carrera.

    Hoffman interpreta a Günther Bachmann, jefe de un comando antiterrorista que opera de forma secreta en Hamburgo (el puerto alemán desde donde se planearon los ataques del 11 de septiembre de 2001) para descubrir, a partir de agentes infiltrados, posibles amenazas dentro de la comunidad islámica. Este hombre solitario y alcohólico, de andar cansino y mirada triste, pero también meticuloso, obsesivo, perspicaz, sensible, intuitivo y brillante resulta el personaje ideal para una película de climas melancólicos y atmósferas opresivas (está ambientada casi siempre de noche y varias escenas transcurren en bares muy sórdidos) que parece pensada para una despedida a lo grande.

    Claro que Hoffman no está solo: esta película tiene uno de los mejores elencos de los últimos tiempos, que incluye también a Rachel McAdams (una activista de derechos humanos), Willem Dafoe (un banquero involucrado en operaciones non sanctas), Robin Wright (una agente de la inteligencia estadounidense) y los alemanes Nina Hoss y Daniel Brühl (integrantes del equipo de Bachmann). Y en el medio de todos ellos, claro, aparece "el hombre más buscado" al que alude el título, un inmigrante veinteañero, mitad checheno, mitad ruso, que ha sufrido todo tipo de torturas y llega a Hamburgo para reclamar una millonaria herencia.

    Lejos de la adrenalina del cine de acción contemporáneo, con un interés por el detalle y una profundidad psicológica que escasean en la producción actual a gran escala, Corbijn y sus intérpretes construyen con paciencia y talento una película de espías que resulta inteligente, fascinante y brutal a la vez. Una (bienvenida) rareza.
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  • Sin City 2: Una mujer para matar o morir
    Nuestros problemas con las mujeres

    Casi una década después del exitoso film original (casi 160 millones de dólares de recaudación en 2005), llega esta segunda entrega que ofrece más (o un poco menos) de lo mismo. Las críticas de este secuela han sido en general bastante flojas (en varios casos, lapidarias) y con evidentes signos de frustración, pero debo admitir que a mí la primera no me pareció tan buena ni esta tan mala. Es más, disfruté bastante dos de las cuatro historias (el prólogo y el desenlace no funcionan) y, si bien es cierto que el efecto de la apuesta estética ya no es igual (a nadie le gusta que le cuenten dos veces el mismo chiste), sigue siendo un trabajo valioso y, por momentos, hasta fascinante y seductor.

    ¿Que es un ejercicio de sadismo, machismo y misoginia? Evitemos por esta vez el análisis políticamente correcto y concentrémonos en los términos que proponen las novelas gráficas de Frank Miller y, por ende, en ciertos cánones y tópicos del noir más clásico.

    En ese sentido, la aparición en esta segunda parte de la francesa Eva Green (Los soñadores, Sombras tenebrosas, 300: El nacimiento de un imperio), probablemente la sex-symbol más magnética y desquiciada del cine contemporáneo (y ahora también de la TV gracias a Penny Dreadful), es un verdadero hallazgo. Emula de la Barbara Stanwyck de Pacto de sangre y la Jane Greer de Retorno al pasado, su Ava Lord es una femme-fatale feroz, una bomba erótica (está más tiempo desnuda que con su vestido azul) y una máquina de manipular hombres a la que se presenta, con toda justeza, como bruja depredadora y diosa devoradora.

    Es su segmento (coprotagonizado por el atribulado Josh Brolin) y otro que encabeza el ambicioso jugador de cartas interpretado por Joseph Gordon-Levitt los que de alguna manera justifican la película, ya que la introducción con el personaje de Marv (Mickey Rourke) y el cierre con la venganza de la stripper Nancy (Jessica Alba) dejan gusto a demasiado poco (y aburren).

    Entre los logros del film liderado en casi todos los rubros por el prolífico Robert Rodriguez cabe mencionar al malvadísimo senador Roark (el inmenso Powers Boothe) y hasta un simpático cameo de Lady Gaga como la empleada de un bar, mientras que entre los actores desaprovechados figura, por ejemplo, un fantasmal Bruce Willis, que bien podría no haber aparecido.

    Filmada en blanco y negro (y calcando en algunos casos los cuadros de las historietas de Miller) y con los típicas detalles en color (la sangre, el fuego, un letrero, unos ojos, una cabellera, la ceniza de un cigarrillo, la luz de un patrullero, una prenda de vestir, etc.), Sin City 2 no aprovecha demasiado el 3D, aunque su uso tampoco llega a incomodar o entorpecer la visión.
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  • Winter: el delfín 2
    El Winter de nuestro descontento

    Casi 170 millones de razones (dólares) llevaron a la concreción de esta secuela. Es que esa fue la recaudación del film original en 2011. Nada mal para una producción que había costado 37 millones. Debo admitir que aquella primera entrega sobre la relación entre un niño y un delfín sin aletas (y con prótesis) me resultó bastante eficaz y, por momentos, hasta emotiva, aún con sus inevitables golpes bajos.

    En esta secuela, en cambio, nada parece funcionar. Sólo quedan esos golpes siempre por debajo de la cintura, el didactismo políticamente correcto y una acumulación insoportable de lugares comunes. Sawyer (Nathan Gamble) ya no es un niño sino un adolescente devenido en estrella gracias a los avances logrados con Winter, pero el delfín (o “delfina”, ya que siempre hablan de “ella”) está triste: su vieja compañera llamada Panamá (vieja y ciega para más datos) muere y la falta de una sustituta podría obligar a su traslado a otro acuario. Pero esto es Hollywood, así que en la escena siguiente aparece el épico rescate de Mandy ¿Se aceptarán mutuamente para conformar una nueva pareja? Mientras tanto, a Sawyer le ofrecen una beca universitaria para concretar un viaje de estudio en un barco junto a expertos en biología marina ¿Es momento de abandonar a los seres queridos y tener una experiencia iniciática?

    Esos son los “conflictos” que este film escrito y dirigido otra vez por Charles Martin Smith deberá desarrollar y dilucidar. Si la trama de por sí es bastante pobre y esquemática, todavía peor son los injertos (un pelícano como comic-relief), las anodinas participaciones de intérpretes consagrados como Ashley Judd, Morgan Freeman o Kris Kristofferson, y la sensación de que estamos ante un largo infomercial del acuario en cuestión plagado de buenas intenciones y malas resoluciones. Nadie espera de este entretenimiento familiar un drama de dimensiones shakespearianas, pero el resultado de esta secuela (sobre todo teniendo en cuenta que delante y detrás de cámara están los mismos realizadores del más que digno film previo) es tan decepcionante como desolador.
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  • Hércules
    Hércules
    La Nación
    Un Hércules que no hace milagros

    Será el hijo de Zeus, pero Hércules no hace milagros en el cine. Segunda película sobre el héroe "bastardo" que llega este año desde Hollywood (en febrero se estrenó La furia de Hércules) y otra decepción.

    Las figuras detrás de esta enésima versión sobre el personaje de Hércules para la pantalla grande permitían tener ciertas esperanzas: dirección de Brett Ratner, un artesano capaz de incursionar en sagas tan disímiles como las de Rush Hour o X-Men; fotografía en 3D del italiano Dante Spinotti y el papel protagónico de Dwayne "The Rock" Johnson, un astro de acción dispuesto a hacer olvidar a Lou Ferrigno, Arnold Schwarzenegger, Steve Reeves, Kevin Sorbo y tantos otros que interpretaron al semidiós caído en desgracia.

    Lamentablemente, no hay nada en el guión de esta apenas discreta Hércules que no se haya visto ya en las franquicias de 300 o Furia de titanes, por nombrar sólo un par de éxitos recientes. Y eso no es todo: estamos ante una película que intenta quebrar la solemnidad de tantas épicas históricas, pero la apuesta sale mal porque el humor casi nunca funciona. Otro problema: el film trata de maquillar los excesos sangrientos de otras aproximaciones (quizá para evitar una calificación que le impidiera contar con el público adolescente) y no apela a la estética del cómic original del consagrado Steve Moore. El resultado, por lo tanto, es un híbrido, un producto tímido marcado por la indecisión artística, por el tironeo entre lo que pretende ser y lo que busca soslayar.

    En ese contexto, y tras un prólogo que nos sintetiza en unos pocos minutos la historia de Hércules dentro de la mitología griega, Ratner se limita a narrar las aventuras de Hércules y su equipo de cinco colaboradores (incluida una hermosa Amazonas experta con el arco y la flecha), quienes se han convertido en mercenarios al mejor postor: van y luchan donde les aseguren una buena cantidad de oro. Así, terminarán en el bando del rey Cotys (John Hurt), en medio de una guerra civil en la que descubrirán que han sido engañados. Tendrán, por supuesto, la posibilidad de redimirse y reencontrarse con el honor, la mística y la ética que habían perdido.

    Johnson, que en los últimos años ha demostrado que -más allá de su esplendor físico- tiene pasta para la comedia, aquí hace lo que puede (y no es mucho) con un personaje sin matices (deambula dominado por el trauma tras la muerte de su familia) y que luce hasta ridículo con su cabeza de león y su melena artificial. Las escenas de masas y las coreografías de batallas tampoco son demasiado ingeniosas ni lucidas y, así, surge la inevitable sensación de que esta película ya fue vista muchas, demasiadas veces.
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  • Mujer lobo
    Mujer lobo
    Otros Cines
    Las chicas superpoderosas

    Mujer lobo es una de esas películas que sólo pueden disfrutarse si uno entra en (y adscribe a) las convenciones y claves genéricas de ese cine clase B más trash, con importantes dosis de violencia y sexo (debe ser récord de desnudos en la historia del cine argentino). Como en Mala, de Israel Adrián Caetano (o en la saga tarantinesca de Kill Bill), tenemos a una mujer vengadora (interpretada en sus diversas personalidades por tres actrices distintas: Mónica Lairana, Luján Ariza y Guadalupe Docampo) y a hombres perversos que recibirán su merecido. Hay, claro, un antagonista, que en este caso es un policía, un pesado, que investiga el caso y trata de desquitarse de la/s chica/s.

    Perversa, lúdica, grasa y estilizada a más no poder, Mujer lobo tiene un alcance limitado porque resulta un poco redundante, obvia, subrayada en los cambios psicológicos del personaje central (de tímida y dócil a impulsiva y avasallante) y porque algunas situaciones no son del todo contundentes y sólidas.

    Pero aún con sus desniveles y carencias (y con sus logros, como la fotografía en blanco y negro de Pigu Gómez o el uso del subte como una de las locaciones principales), la película exploitation de Garateguy (nuestra directora más osada dentro del cine de género) resulta una apuesta seductora, descarada, extrema. Bienvenidas sean estas irrupciones desinhibidas y atorrantes dentro del muchas veces adocenado panorama local.
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  • Si decido quedarme
    La épica de una pequeña gran actriz

    Chloë Grace Moretz tiene apenas 17 años y unas 50 participaciones en películas, series, telefilms y videoclips. En Carrie, Sombras tenebrosas, Kick-Ass, La invención de Hugo Cabret y Déjame entrar ya había demostrado toda su ductilidad, sus múltiples matices interpretativos. Este año, descolló en Cannes junto a Juliette Binoche y Kristen Stewart en Clouds of Sils Maria, de Olivier Assayas. Y ahora llega Si decido quedarme, tearjerker en la línea de Bajo la misma estrella que la tiene como protagonista casi exclusiva.

    Soy de los que creen que los grandes intérpretes se aprecian sobre todo en las malas películas. No digo que Si decido quedarme sea especialmente mala, pero su material, sus conflictos, su tono, sus diálogos, su “mensaje” son una pesadísima carga para cualquier actriz y, en ese sentido, es conmovedor ver la capacidad, la cantidad de recursos que Chloë expone para luchar, sostener, enaltecer y, de alguna manera, redimir a un melodrama romántico demasiado obvio, torpe y con elementos propios del realismo mágico que la dejan al borde del ridículo.

    Mia (Grace Moretz) es una estudiante secundaria bastante tímida y con las típicas inseguridades de toda adolescente de 17 años. Su pasión -para sorpresa de sus padres “rockeros” (Mireille Enos y Joshua Leonard)- es el violonchelo, instrumento al que le dedica buena parte de las horas del día. Su perseverancia y su capacidad la llevan a estar a las puertas de la mismísima Juilliard. Hasta sus progenitores y su hermano menor (Jakob Davies), que admiran más al punk que a la música clásica, a Iggy Pop antes que a Franz Schubert, la apoyan ante semejante muestra de obsesividad y talento. Y allí aparece Adam (Jamie Blackley), el galán de turno, el guitarrista, cantante y líder de una banda de rock en pleno ascenso, para conmover a la chica e iniciarla en los caminos del amor. Hasta aquí, una típica historia de iniciación y enredos afectivos juveniles.

    Pero la película -basada en una exitosa novela de 2009- nos tiene reservados una “sorpresa”, un hecho trágico (un choque automovilístico en una ruta nevada de Oregon) cuyo desenlace es mejor no adelantar. Y es en esa segunda parte donde sobrevienen todos los excesos lacrimógenos y no exentos de sadismo, la veta espiritual, los golpes bajos y los momentos más (involuntariamente) risibles de la trama. Pero, incluso cuando todo se derrumba, allí está Chloë (acompañada por el inmenso Stacy Keach como el abuelo) para ofrecer su corazón, su dignidad y salvar(se) a (de) una película que la desmerece y que ella trasciende por mucho. La épica de una pequeña gran actriz.
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  • Que extraño llamarse Federico
    Al maestro con cariño

    Scola y Fellini fueron amigos, compañeros de ruta y figuras clave del cine italiano (más el segundo que el primero, claro). A los 83 años, Ettore concretó un homenaje a Federico en el que se combinan elementos ficcionales y documentales. Entre recreaciones, dramatizaciones (no demasiado inspiradas), un uso aislado de materiales documentales y pasajes editados de clásicos del viejo maestro, el resultado es un patchwork, un collage bastante irregular, que probablemente convenza y hasta emocione a los fanáticos acérrimos tanto de quien homenajea como del que es homenajeado, pero que también puede irritar a ciertos cinéfilos no tan afines a este tipo de apuestas (me hizo recordar por momentos al artificio de los tributos musicales de Carlos Saura).

    El film alcanza cierta intensidad emotiva cuando el realizador de Nos habíamos amado tanto, Feos, sucios y malos y Un día muy particular sale de lo obvio, cuando se involucra más personalmente y también eleva el interés cuando incluye rarezas (imágenes de detrás de cámara de La dolce vita, pruebas de actores para Casanova), pero cae en reiteradas ocasiones en la exaltación previsible del universo fellinesco (sus mujeres, lo circense, etc.) con algunas decisiones artísticas por lo menos discutibles (o directamente cuestionables).

    Scola regresa a Cinecittà, la fábrica de sueños de Fellini, y recupera algunos momentos esenciales de su carrera y de la historia del cine italiano (como cuando ganó el Oscar al mejor film extranjero por La strada), pero también dedica demasiados minutos a escenas de ficción poco trascendentes (que narran sobre todo los comienzos de su carrera, desde que en 1939 viajó de Rimini a Roma para cumplir con el sueño del pibe de convertirse en historietista en un semanario de humor político satírico en pleno auge del fascismo) y machacados por un narrador que le habla a cámara en un recurso ya demasiado transitado y poco eficaz.

    Qué extraño llamarse Federico -estrenado 20 años después de la muerte del creador de Los inútiles y Amarcord- deja por momentos la sensación de ser un tributo algo cansino y hasta demodé, pero seguramente encontrará no pocos adeptos entre los seguidores incondicionales de Scola y Fellini. A ellos, en definitiva, está destinado y dedicado este extraño y por momentos emotivo film.
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  • El ardor
    El ardor
    Otros Cines
    La violencia está en nosotros

    Western moderno y revisionista con un elenco internacional encabezado por el mexicano Gael García Bernal y la brasileña Alice Braga, El Ardor fue rodado en la selva misionera más profunda y describe la historia de Kai, un (anti)héroe solitario con algo de chamán, que decide enfrentarse a tres mercenarios (Claudio Tolcachir, Jorge Sesán y Julián Tello) que trabajan para poderosos intereses que apuntan a incendiar la zona y a atacar a los pequeños campesinos (que se dedican sobre todo a la explotación tabacalera) para quedarse cada vez con mayores extensiones de tierra.

    Más allá de que pueda leerse como un manifiesto “políticamente correcto” en su mirada ecologista que condena la deforestación de zonas vírgenes, El Ardor retoma el eterno conflicto entre naturaleza y civilización, entre tradición y modernidad, oponiendo las leyendas ancestrales de la zona (hay algo en este sentido del cine del tailandés Apichatpong Weerasethakul) al avance del capitalismo más salvaje con las topadoras de empresarios codiciosos y de cazadores a sueldo con sus machetes y sus balas.

    Si bien hay algunas zonas del relato donde la tensión se diluye y resiente frente a un existencialismo algo torpe, el talentoso director de El asaltante y La sangre brota (ambas también presentadas, como esta, en el Festival Cannes) apuesta con criterio y convicción al cine de aventuras en la línea de La Reina Africana; al western que explora (y pone en cuestión) la figura del héroe (con homenajes evidentes a cultores del género como John Ford y Clint Eastwood); a la crueldad del hombre y de su entorno en la línea de Deliverance/La violencia está en nosotros, de John Boorman; a una subtrama romántica (con escena de sexo bajo la lluvia incluida entre los personajes de Bernal y Braga al borde del cliché); a algunas explosiones sangrientas propias del género gore (hasta se apela al recurso de la motosierra); y a múltiples elementos ligados al clasicismo narrativo que desembocan en un apoteósico y épico duelo final.
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  • Nuestro video prohibido
    Tan vulgar como poco eficaz

    Jay (Jason Segel) y Annie (Cameron Diaz) son dos treintañeros exitosos: él trabaja en una radio musical y ella tiene un popular blog que está a punto de ser adquirido por una corporación. Ambos se aman desde la universidad, pero entre las exigencias laborales y las complicaciones propias de criar a dos hijos pequeños, su otrora activa vida sexual se ha extinguido casi por completo.

    Angustiados por la situación, apelan a distintos trucos y juegos eróticos para recuperar la pasión y, casi sin proponérselo, terminan haciendo un video casero ¡de tres horas!, con diversas acrobacias sexuales. Lo concreto es que esa grabación terminará en las manos equivocadas y, así, el matrimonio deberá iniciar una carrera contra el tiempo para impedir que las imágenes explícitas (algunas de las cuales se irán mostrando al espectador) se suban a un sitio porno en Internet.

    Lo que en principio aparece como una propuesta provocadora es, en realidad, de una falsa audacia. Pero lo peor de este film de Jake Kasdan no es que resulte absolutamente concesiva y tranquilizadora, sino que tampoco funcione en los terrenos más básicos de la comedia. La película es siempre obvia, torpe y banal, con una alarmante falta de timing para el humor y con recursos (ella, acelerada bajo los efectos de la cocaína; él, luchando contra un perro guardián) vistos demasiadas veces.

    El director de Efecto Zero, Mala racha, Camino duro: La historia de Dewey Cox y Malas enseñanzas (otra comedia picaresca con Cameron Diaz bastante superior a ésta), sus dos protagonistas y los intérpretes secundarios hacen todos los esfuerzos a su alcance (y no son pocos) por mantener el material a flote, pero la torpeza de las situaciones, la falta de sorpresas, sus diálogos poco inspirados y su constante apelación a los lugares comunes de la comedia más rancia hacen imposible evitar el hundimiento. No hay aquí, tampoco, ninguna reflexión medianamente inspirada sobre cuestiones como la invasión a la privacidad o el consumo de pornografía en la red. El resultado, por lo tanto, es un producto tan vulgar como poco eficaz.
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  • Historias de Cronopios y de Famas
    Un collage cortazariano

    En coincidencia con las celebraciones por los 100 años del nacimiento de Julio Cortázar, se estrena esta auténtica y bienvenida rareza: una aproximación (relectura) desde el cine de animación a una de sus creaciones más surrealistas y corrosivas.

    Dividido en cuatro partes y conformado por fragmentos, viñetas y cuentos cortos (algunos de apenas un par de párrafos), Historias de cronopios y de famas no parecía, en principio, un libro fácil de adaptar a la gran pantalla, pero Julio Ludueña (mítico director combativo de films como Alianza para el progreso) apostó por el inevitable recorte (tomó 10 de los 64 minirrelatos), por la diversidad estética (trabajó con un artista distinto por episodio) y por acentuar la mirada política (sobre todo en esa particular lucha de clases) que se desprende de la siempre irónica y sarcástica obra de Cortázar.

    La película tiene un poco de todo: episodios con muchos diálogos (por momentos, demasiado pomposos y exagerados), con narración en off, con una fuerte veta musical o directamente prescinden de cualquier conversación (como es el caso de "Las líneas de la mano").

    Más allá de la mayor o menor eficacia en ese trabajo en el guión y en el uso de las voces, lo que hace de Historias de cronopios y de famas un film valioso son sus múltiples y variadas búsquedas visuales. En efecto, Ludueña trabajó con diez artistas de la categoría de Carlos Alonso, Daniel Santoro, Antonio Seguí, Crist, Luis Felipe Noé y Ana Tarsia, entre otros, para que, a partir de creaciones especialmente concebidas para el film o de obras previamente realizadas, hicieran su aporte a cada uno de los episodios y se sumaran, así, a esta suerte de collage colectivo, a este verdadero patchwork estilístico.

    A partir de esas creaciones hechas a partir de técnicas y estéticas muy disímiles, Ludueña y el equipo liderado por Juan Pablo Bouza trabajaron con una animación artesanal (y recurriendo siempre a programas de software libre), pero no por eso falta de creatividad ni de sorpresa. Puede que, por momentos, el film resulte un poco arduo para aquellos no iniciados en el universo cortazariano, pero incluso en sus pasajes más farragosos las imágenes nunca pierden su fuerza, su belleza ni su poder evocador. Así, tras casi siete años de arduo trabajo, la película llega justo a tiempo para sumarse a los festejos de quien fue su gran inspirador.
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  • Sonidos vecinos
    Sonidos vecinos
    Otros Cines
    Historia del miedo

    Esta ópera prima del ex crítico, periodista y programador de cine Kleber Mendonça Filho -premiada en decenas de festivales y candidata por Brasil al Oscar al mejor film extranjero en 2013- narra con una impecable estructura coral las vivencias de varios vecinos de una zona residencial de clase media en la ciudad de Recife.

    La llegada de unos guardias de seguridad privada dará, en una primera instancia, una sensación de mayor orden y control al barrio, pero los muchas veces angustiados personajes empezarán pronto a experimentar otras sensaciones bastante opuestas.

    Un director con un mundo y un estilo muy propios (hay algún punto de conexión con la reciente Historia del miedo), que incluye desde citas cinéfilas hasta un gran rigor formal, pasando por un minucioso trabajo con distintas capas de sonido (desde el ladrido de un perro hasta los ruidos callejeros) para describir la creciente alienación urbana. Todo un descubrimiento del nuevo cine brasileño.
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  • Anagramas
    Anagramas
    Otros Cines
    Deseo y decepción

    Si Antes del estreno era una película concentrada, de cámara, sobre la neurosis, contradicciones e inseguridades de una actriz (Erica Rivas) a poco de presentar su nueva obra de teatro, Anagramas resulta una apuesta mucho más abarcadora, amplia, coral, pero con un espíritu similar que remite como principal referente al cine de John Cassavetes. De hecho, está presentada como la segunda entrega del Manifiesto Grupo Acción, que celebra la creación colectiva con mucho de experimentación e independencia (este proyecto fue concebido con un presupuesto mínimo y en blanco y negro).

    En su quinto largometraje, el director de Toda la gente sola y Las hermanas L pierde parte de la intensidad emocional alcanzada en su notable film anterior. La acción aquí se divide entre tres subtramas (la de un matrimonio en crisis con tres hijos, la de una pareja gay y la de una joven harta de su marido, un director de teatro presuntuoso y maltratador más pendiente de su nueva obra y de sus actrices) que se irán entrecruzando y complejizando.

    Giralt se ocupó de casi todos los rubros (con la excepción de la música y el sonido) y apostó a la desmesura y al artificio, con un tono en las actuaciones (con algo de exageración y bastante de griterío) que puede irritar a los cultores del naturalismo y la austeridad formal.

    De todas maneras, si el espectador logra ingresar en el registro y los códigos que proponen Giralt y sus intérpretes, el film ofrece unas cuantas observaciones punzantes y provocadoras (llenas de misterio y fantasía) sobre el amor, el deseo y la infidelidad, la identidad sexual, la paternidad/maternidad, la fragilidad íntima y el proceso de creación artística. No es poco.
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  • Viva la libertá
    Viva la libertá
    Otros Cines
    ¿Dónde estás, hermano?

    Enrico Oliveri (Toni Servillo, el mismo de La grande bellezza) llega a la convención del partido de izquierda que lidera y vacila durante varios segundos sobre si ir o no al baño antes de subir al estrado. La duda será el preludio de una performance desastrosa, síntoma de una crisis política interna generada a su vez por otra externa. Los primeros minutos de Viva la libertà atisban un fresco crudo sobre una sociedad en crisis y desencantada, con el director Roberto Andò retratando con sequedad y distancia los resquebrajamientos de los mecanismos del poder.

    El resultado de las repercusiones de la convención será la desaparición repentina de Enrico. Ante esto, su asistente recurrirá a su hermano gemelo recientemente dado de alta de un neurosiquiátrico para que lo reemplace. Hermano que, como es de esperarse, representa el opuesto perfecto del político ¿Acaso se tratará de una comedia? Algo de eso habrá, ya que el Enrico apócrifo hará de las suyas dando entrevistas y escupiendo bilis sobre el sistema.

    La cuestión será que el “verdadero” Enrico busca hospedaje en la casa de una ex novia francesa (Valerie Bruni-Tedeschi) ahora casada con un prestigioso realizador cinematográfico ¿Cuál es la pasión oculta de Enrico? Bingo: el cine. A partir del planteamiento de la contraposición entre ambos protagonistas, Viva la libertà seguirá ambas historias, esfumando la crudeza política de su inicio para convertirse en un relato acerca de autodescubrimiento y las auténticas pasiones atemperadas por el tiempo. El comienzo y sus primeros minutos presagiaban algo distinto… y mejor.
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  • El cazador
    El cazador
    Otros Cines
    Perros de la ruta

    Tras la consagratoria Reino animal (Animal Kingdom), el australiano David Michôd estrenó en el último Festival de Cannes una road-movie apocalíptica ambientada en un futuro cercano (diez años después de un evento no especificado al que todos llaman "El Colapso"), que remite a su coterránea Mad Max y al Quentin Tarantino de Perros de la calle (y, por efecto transitivo, al cine Clase B, al thriller y al western).

    Historia de duelos y venganzas, película de gángsters de poca monta, de tipos duros y solitarios que se juegan a cada minuto la subsistencia (la amenaza está siempre a la vuelta de la esquina o -mejor- en la curva siguiente de la ruta), El cazador encuentra en el imponente Guy Pearce y en el esta vez bastante digno Robert Pattinson a sus dos protagonistas.

    No se trata de una película demasiado sorprendente y hasta puede irritar en algún momento por su narración algo árida y minimalista, pero al mismo tiempo tiene un look, unos climas y varias escenas en las que Michôd consigue la tensión necesaria como para resultar poco menos que irresistible. Al menos, para los que gustan de este tipo de relatos sórdidos, estilizados e hiperviolentos. Un buen exponente del cine de género.
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  • Aprox
    Aprox
    La Nación
    Gestos y poder en el ámbito laboral

    Inspirado en varios postulados que fueron tomados de un manual de técnicas de ventas de los años 80, este largometraje de Víctor Kesselman se propone como un ensayo desprejuiciado sobre ciertos intentos por analizar el lenguaje corporal, sobre todo en el ámbito laboral con sus inevitables manipulaciones psicológicas y luchas por el poder.

    Entre el falso documental (hay incluso un narrador que da ejemplos con gráficos y animaciones que recuerdan al Telebeam de las transmisiones deportivas) y la ficción (dramatizaciones de las situaciones planteadas en el marco de una oficina, de varias llamadas telefónicas y hasta de algunos encuentros sexuales), Aprox está estructurada a partir de viñetas que apuestan casi siempre al humor absurdo.

    El principal problema de este film de espíritu experimental es que no resulta demasiado gracioso. Los conflictos entre jefes y empleados, por ejemplo, están llevados siempre al extremo (desde el tono de las actuaciones hasta la musicalización estridente), pero sólo en algunos pocos momentos alcanza el grado de inspiración y provocación suficiente como para conseguir una mirada irónica y despiadada sobre ciertas verdades que se han manejado respecto del lenguaje corporal en el ámbito de los negocios y, más precisamente, a la hora de disputar espacios de decisión.

    La película apela a múltiples recursos narrativos, pendula entre tonos muy distintos (va de la seriedad "científica" al ridículo de algunos comportamientos humanos y al artificio de un puñado de poco inspirados números musicales) con la idea de desmitificar ciertas verdades supuestamente sistematizadas, exponer sus contradicciones, y dejar en evidencia los secretos y mentiras tanto del sistema como de los individuos.

    Lo mejor del film -además, claro, de su audacia, de su permanente apuesta al riesgo a la hora de probar con elementos que no siempre funcionan- pasa por algunas actuaciones como, por ejemplo, la de Elisa Carricajo, en el papel de una empleada de medios de una agencia de publicidad, y por la curiosidad de breves apariciones de artistas como Marcos López o Vivi Tellas. Se trata, en definitiva, de una verdadera rareza, aunque esta vez sólo con hallazgos parciales.
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  • Relatos salvajes
    Relatos salvajes
    Otros Cines
    Cuando el cine argentino entra en la dimensión desconocida

    Como para compensar su ausencia de casi una década (Tiempo de valientes es de 2005), Damián Szifron vuelve con una película que, en verdad, son ¡seis! historias sin más vinculación entre ellas que ofrecer en todos los casos una mirada impiadosa, desgarradora y, sí, salvaje (como bien sostiene el propio título del proyecto) sobre la argentinidad al palo, con todas sus miserias, sus contradicciones, su cinismo y su doble moral.

    En principio, hay que decir que Szifron contó con los recursos necesarios para desplegar en todas las facetas imaginables su creatividad como guionista, su inventiva visual, su destreza como narrador en un film que encuentra muy escasos antecedentes dentro del cine argentino industrial en cuanto a ambición, riesgo y audacia. La cantidad de figuras convocadas, de locaciones conseguidas y de posibilidades técnicas (incluidos sofisticados efectos visuales) que tuvo a su disposición lo ubican en una dimensión que hasta hace poco parecían imposibles de alcanzar para la producción mainstream local (quizás, en otro registro, Metegol también fue precursora).

    Con La dimensión desconocida y Cuentos asombrosos como lejanos pero posibles referentes, Relatos salvajes arranca con un pequeño episodio (Pasternak) incluso previo a los títulos de apertura con Darío Grandinetti en el papel de un crítico de música clásica que, en pleno vuelo y de la manera más inesperada, descubre que todos están a bordo por un motivo en común.

    Aquí ya se aprecia una de las constantes de Szifron: el humor negro, negrísimo, que puede alcanzar dosis muy altas de crueldad (la mirada del director hacia sus personajes es una de las cuestiones que seguramente generará más de un cuestionamiento) y hasta irrupciones extremas a puro gore.

    La segunda historia (Las ratas) tiene como protagonistas a Julieta Zylberberg y Rita Cortese, como moza y cocinera de un restaurante de un parador de ruta. Allí llega, en medio de una noche de lluvia torrencial, un candidato a intendente (César Bordón) que, en verdad, es un mafioso y usurero que ha tenido a la familia del personaje de Zylberberg como una de sus víctimas ¿Es la oportunidad perfecta de una venganza tardía? Surge aquí otro de los temas recurrentes en este film de Szifron y que está muy a tono con el debate de la Argentina contemporánea: el dilema de la justicia por mano propia.

    La tercera entrega (El más fuerte) -probablemente la mejor en cuanto a puesta en escena y capacidad de sorpresa- tiene que ver con la lucha de clases, con los prejuicios sociales más arraigados, los resentimientos, la paranoia, esa violencia contenida que crece y crece hasta explotar de la peor manera con un exponente de clase alta (Leonardo Sbaraglia) en su reluciente Audi 0 KM, que vivirá una verdadera pesadilla en una ruta de Salta.

    Otra estrella como Ricardo Darín es el protagonista del cuarto capítulo (Bombita) en el papel de un ingeniero experto en detonaciones y demoliciones. El antihéroe debe llegar a tiempo para el cumpleaños de su hija, pero las cosas no saldrán precisamente como esperaba. A pura tensión, Szifron apela a un esquema cercano a Después de hora, de Martin Scorsese; y con algo del Michael Douglas de Un día de furia para describir la indignación del hombre común frente a un sistema burocrático e insensible en un auténtico descenso a los infiernos.

    El penúltimo relato (La propuesta) parece inspirado en varios casos de la crónica periodística reciente, ya que un joven de clase alta atropella a una embarazada causando la muerte de ella y del niño por nacer. Sus padres (Oscar Martínez y María Onetto) llaman de urgencia a su abogado (Osmar Núñez) para planear una salida negociada con el fiscal a cargo haciendo cargo del accidente al jardinero (Germán De Silva). El tráfico de influencias, la corrupción generalizada (incluida la Justicia), la mentira y la codicia son los ejes principales de este tratado moral inquietante, provocativo y perturbador.

    El cierre es con Hasta que la muerte nos separe, la historia que ofrece más humor (siempre oscuro, claro) y más recursos con un casamiento judío a todo trapo en el que la novia (Erica Rivas) descubre in situ que su flamante marido (Diego Gentile) la engaña con una de las asistentes al evento. En medio de un ataque de nervios por la infidelidad (esta tragicomedia tiene una fuerte veta almodovariana, así como en varios pasajes afloran referencias a la comedia italiana del estilo Los monstruos, de Dino Risi), la humillada protagonista generará un crescendo de locuras y excesos que transformarán al evento en una fiesta a todas luces inolvidable.

    Más allá de que, como quedó dicho, no pocos seguramente atacarán a Szifron por la manera en que mira y hasta juzga a sus atribuladas criaturas, lo cierto es que este talentosísimo director, uno de esos auténticos "animales de cine", logra hacer creíble y disfrutable las situaciones más inverosímiles y delirantes sobre esas personas ordinarias que, llevadas a atravesar situaciones extraordinarias, pueden convertirse en verdaderos monstruos.

    De más está decir que las actuaciones son impecables, que el equipo técnico se luce en todos los rubros y que hay aquí más ideas por minuto que en buena parte del cine argentino de los últimos años. La polémica, inevitable, tendrá que ver con la ideología y el tono del retrato de una sociedad en descomposición. A nivel artístico, el resultado es apabullante, fascinante y demoledor.
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  • Amancio Williams
    Amancio Williams
    Otros Cines
    Al maestro con cariño

    Para los arquitectos (o para quienes conocen del tema), la figura de Amancio Williams (1913-1989) es la de un mito, una leyenda, un prócer, un pionero, un vanguardista, un soñador, un creador genial.

    Aunque muy pocas de sus ideas (esas que trabajaba obsesivamente en los planos) lograron cristalizarse, sus proyectos y las obras que sí se concretaron son objetos de estudio no sólo aquí sino en el mundo entero. Pero la vida de Amancio tiene también bastante de esa épica tan argentina que va de la veneración al olvido, de la glorificación al derrumbe.

    Allí está como ejemplo contundente -que sirve además como eje del impecable relato de Gerardo Panero- la historia de “La Casa del Arroyo” o “La Casa del Puente”, una de sus primeras obras (1943-1945) que concibió en Mar del Plata para el disfrute de su padre, el brillante compositor musical Alberto Williams. Una joya arquitectónica que hoy está abandonada luego de sufrir actos de vandalismo y dos incendios intencionales.

    En esa casa construida, efectivamente, sobre un arroyo se condensan varias de las principales ideas que reivindicó Williams: la integración con el medio ambiente, el respeto por la naturaleza, dejar el suelo libre, la tridimensionalidad (se ve desde los cuatro costados, pero también desde arriba y desde abajo) y la puesta en valor de los materiales, de los detalles y del diseño.

    A partir de un interesante trabajo de selección y montaje con los materiales de archivo, con los planos originales y con declaraciones de sus familiares (sobre todo de sus dos hijos), de sus viejos colaboradores y de reconocidos arquitectos que interpretan y realzan su obra, Panero va construyendo un relato apasionante, incluso para aquellos que no necesariamente tienen (tenemos) un conocimiento del personaje y su obra. En ese sentido, el film es didáctico sin resultar jamás obvio ni torpe.

    La tradición artística de esta familia de origen inglés (afincada en la Argentina desde 1821), su personalidad obsesiva y soñadora (casi utópica), su decisión de jamás transigir (lo que le valió numerosas peleas con los clientes) y la relación de admiración mutua con Le Corbusier (Williams fue el encargado de concretar la famosa Casa Curutchet en La Plata) son sólo algunos de los aspectos que se recorren en los 77 minutos de un film cuidado, respetuoso, sólido y fascinante sobre este referente insoslayable de la Arquitectura Moderna del siglo XX. Para no dejar pasar.
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  • Escuela de sordos
    Los sonidos del silencio

    Ganadora del premio a la Mejor Dirección en el Festival de Mar del Plata y al Mejor Documental en el de Cosquín, esta ópera prima de la cordobesa Frontini es un austero y riguroso registro sobre el denodado y conmovedor trabajo que realiza Alejandra Agüero, fundadora e impulsora de la escuela a la que alude el título en la localidad de Bell Ville.

    Con el cine del mítico Frederick Wiseman (experto en retratar instituciones) como modelo, la directora muestra en este delicado documental observacional la tarea de “Ale”, como la llaman todos, quien está a cargo de casos muy complejos con niños, adolescentes y jóvenes, así como una larga e inteligente charla (con la Lengua de Señas, por supuesto, debidamente subtitulada) con su amigo Juan, un referente internacional a la hora de pensar y visibilizar este tema.

    Más allá de su inevitable costado políticamente correcto, se trata de un meticuloso y emotivo retrato humano sobre una de esas épicas cotidianas de las que muy poco se conoce. Para no dejar pasar.
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  • Violette
    Violette
    La Nación
    Experto en biografías de mujeres artistas (venía de hacer Séraphine, sobre la pintora Séraphine de Senli), el director Martin Provost cambia de época y de universo para rescatar en Violette la historia de Violette Leduc (1907-1972), una escritora que ha sido revalorizada por la intensidad, la valentía, el descarnado erotismo y el espíritu siempre provocativo de su obra, de neto corte autobiográfico.

    El film arranca con un prólogo en el que se describe la tortuosa convivencia de Violette (otro extraordinario trabajo de Emmanuelle Devos) con el escritor gay Maurice Sachs (Olivier Py). La sufrida mujer abandona el campo y se instala en París, donde se gana la vida vendiendo alimentos en el mercado negro. Tras el fin de la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, alcanza a publicar su primera novela, L'Asphyxie, gracias al apoyo de una tal Simone de Beauvoir (la exquisita Sandrine Kiberlain).

    La relación entre Leduc y Beauvoir es uno de los ejes principales que sustentan a este film episódico: mientras Leduc se apasiona hasta la obsesión por la autora de El segundo sexo y Los mandarines, quien se convertirá no sólo en su objeto del deseo, sino también en su principal fuente de inspiración, la mítica escritora pondrá siempre una prudencial distancia, aunque jamás dejará de ser su mentora y hasta su mecenas (Leduc fue admirada también por Jean Cocteau, Jean Genet y otros intelectuales famosos).

    El film sobrevuela (pero no profundiza demasiado en) el círculo literario de los existencialistas en Saint-Germain-des-Près y expone de manera superficial los inicios de la lucha feminista contra los rígidos códigos morales de la mojigata sociedad francesa de la época, porque en verdad el énfasis está puesto en el desgarrador universo interior de esta mujer bastarda (su libro de memorias se tituló, precisamente, La Bâtarde).

    En este sentido, Provost (también conocido en la Argentina por El vientre de Juliette) se regodea demasiado con una serie de excesos melodramáticos al describir en detalle los problemas de autoestima, la autoflagelación, la acumulación de decepciones intelectuales y amores frustrados por parte de una mujer atormentada (fue varias veces internada y hasta tratada con electroshocks) que se sentía siempre miserable y abandonada.

    Durante las más de dos horas del film, también se exponen algunas situaciones pesadillescas, mientras la voz en off de Devos lee varios pasajes eróticos (tanto homo como heterosexuales), que en muchos casos resultarían censurados en su época, pero que luego alcanzarían -tanto por su audacia como por su valor literario- una merecida reivindicación.
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  • Mauro
    Mauro
    Otros Cines
    Mentiras verdaderas

    Con Mauro, Hernán Rosselli (hasta ahora reconocido montajista y uno de los editores de la revista Las Naves) consigue una de las óperas primas más destacadas del cine argentino en bastante tiempo, que le valió con absoluta justicia el Premio Especial del Jurado y el de la crítica internacional FIPRESCI en la Competencia Internacional del último BAFICI.

    No sé si es mejor que tantos otros debuts auspiciosos (me generó una euforia similar a la que en su momento me produjo, también en el BAFICI, Mundo grúa, de Pablo Trapero), pero logra construir un universo propio (temático, estético, narrativo) de una consistencia, una profundidad y una solidez infrecuentes en la producción actual. Y no sólo local.

    Con algunos elementos que me hicieron recordar también al cine de José Celestino Campusano (aunque tiene un tono y un vuelo muy distintivos), además de la inevitable vinculación con El dinero, de Robert Bresson, Mauro propone un registro, una descripción del sur del conurbano bonaerense que pocas veces resultó tan imponente e impactante.

    Mauro (Mauro Martínez) es un “pasador”; o sea, aquel que se dedica a comprar cosas con billetes falsos (haciendo diferencia con los vueltos) que vive pendulando entre la cocaína y los ansiolíticos. Además, instala con Luis (cuya mujer, Marcela, está embarazada) un taller de serigrafías para imprimir plata trucha. Y, más allá del trío protagónico, aparecerá una misteriosa mujer capaz de seducir al antihéroe (y conmover su previsible existencia), así como varios personajes secundarios típicos de este submundo, con su dinámica, sus técnicas, sus jerarquías, sus códigos y su jerga tan particulares.

    Rosselli tiene muy claro qué contar y cómo hacerlo. La puesta en escena, la distancia siempre justa de la cámara, el tono de las actuaciones, los climas conseguidos y el montaje son siempre funcionales a la premisa de sumergirnos en un mundo único, desconocido, fascinante. Una película pequeña y deslumbrante a la vez. Una de las revelaciones del año. Un debut a lo grande.

    (Esta crítica fue publicada con algunos cambios durante la cobertura del BAFICI 2014)
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  • Tiro de gracia
    Tiro de gracia
    Otros Cines
    ¡Cuidado!: Usted está siendo filmado

    Un asalto con toma de rehenes contado a través de las imágenes de las cámaras de seguridad de una farmacia (se utilizaron 19 GoPro para el rodaje), pero con una estructura narrativa que va y viene en el tiempo. No es la primera vez que se utilizan esos dispositivos de vigilancia como elemento (gancho) narrativo y el director (egresado de la FUC y asistente de realizadores como Adolfo Aristarain, Marcelo Piñeyro, Eduardo Milewicz, Eduardo Mignogna y Sebastián Borenztein) lo aprovecha con ingenio y destreza técnica.

    El principal problema de esta suerte de Tarde de perros en versión Nac & Pop es (incluso más que las por momentos grotescas actuaciones) la forma manipuladora a la hora de delinear los personajes: el infortunado y humilde pibe chorro que en verdad sólo quería leche para su bebé, el patético encargado del lugar y los penosos exponentes de la peor y más rancia clase media argentina entre los clientes/rehenes.

    En lo formal, por lo tanto, se deja ver. En lo ideológico, aun comprendiendo su espíritu provocativo a la hora de abordar un tema espinoso como la lucha de clases, todo resulta demasiado obvio y maniqueo.
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  • Guardianes de la galaxia
    Tras el éxito conseguido con las películas de sus personajes más populares (y, sobre todo, con The Avengers: Los Vengadores, el film que los reunió), Marvel buscó en lo profundo de sus archivos para recuperar otro grupo de superhéroes: los Guardianes de la Galaxia. Nacidos en enero de 1969 y con varios intentos de reciclaje posteriores, estos renegados recobraron cierta popularidad en 2008 a partir del cómic de Dan Abnett y Andy Lanning.

    Y así llega la película con la que la productora (propiedad de Disney) intenta lanzar una nueva saga (ya se anunció la secuela con estreno para julio de 2017) y, por lo tanto, una nueva plataforma para merchandising, franquicias y subproductos. La buena noticia es que Guardianes de la Galaxia es un largometraje competente, simpático y eficaz. La mala, es que -salvo el irresistible Peter Quill que interpreta Chris Pratt (visto en la serie Parks and Recreation)- no parece haber otro personaje lo suficientemente atractivo como para sostener films "individuales", como sí los tienen Iron Man, Thor o Capitán América.

    Pero las comparaciones esta vez habría que hacerlas más con Star Wars (no casualmente otra reciente adquisición del grupo Disney) antes que con The Avengers. Guardianes de la Galaxia tiene que ver más con la estética y el tono de la creación de George Lucas que con el estilo de Joss Whedon. Es más, por su apuesta permanente al humor y a la nostalgia precoz de la cultura pop (citas a Footloose o el uso gracioso de temas como "O-o-h Child" o "Cherry Bomb"), estamos más cerca de un exponente de clase B (con un presupuesto de 170 millones de dólares, claro) que de la típica superproducción solemne, pretenciosa y de alto impacto.

    En ese sentido, mucho tiene que ver el amor por el costado más freak del cine de género (y por la estética del cómic) que profesa el director y coguionista James Gunn, formado en las huestes de la productora de cine fantástico de bajo presupuesto Troma y realizador de esa película de culto que es Súper.

    La historia en sí no tiene grandes hallazgos ni sorpresas. Hay un prólogo ambientado en 1988 que sirve para conocer el trauma del pequeño Peter Quill tras la muerte de su madre a causa de un cáncer. La acción salta 26 años con Peter (a quien luego se conocerá como Star-Lord) convertido en ladrón y Don Juan. Como en las otras películas de Marvel (recuerden el Teseracto) aquí hay un orbe (una esfera que contiene un poder inmanejable) que pasará de mano en mano y que será el germen de la conformación de los Guardianes.

    Además de Quill, integrarán este equipo una experta luchadora como Gamora (Zoe Saldana), un gigante musculoso como Drax (Dave Bautista) y dos criaturas "digitales": el arbóreo Groot (la voz de Vin Diesel que se limita a decir "Soy Groot") y el cínico e inteligente mapache Rocket Raccoon (la voz de Bradley Cooper). Y están, claro, los más o menos malos (como el pirata Yondu que compone Michael Rooker) y los muy malos como Ronan (Lee Pace) o Thanos (Josh Brolin). Y grandes actores en papeles menores, como John C. Reilly, Glenn Close o Benicio Del Toro.

    En definitiva, Guardianes de la Galaxia resulta no sólo una ingeniosa apuesta de marketing para ampliar horizontes comerciales sino también un más que digno producto con suficientes atractivos y niveles de lectura como para que lo puedan disfrutar desde los más pequeños hasta los adultos, pasando -claro- por ese target fundamental por su fidelidad: los adolescentes.
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  • Marea baja
    Marea baja
    Otros Cines
    Un maldito ladrón

    Tras El sueño del perro, Pécora regresa a la zona más agreste del Delta del Paraná para una película bastante más sórdida que aquella ópera prima conocida en 2009.

    Entre el film-noir, el drama romántico y con elementos del western, Marea baja narra la historia de un ladrón (el siempre convincente Germán de Silva) que llega con una herida y unos dineros a cuestas a un parador de la zona regenteado por dos mujeres (Susana Varela y Mónica Lairana). El parco y duro antihéroe, en su marcha hacia el Uruguay, decide quedarse un tiempo en el lugar porque en verdad busca desenterrar el botín de un golpe anterior. La tensión (erótica) crece entre el recién llegado y las dueñas (hay buenos momentos de voyeurismo en la construcción de ese triángulo amoroso); así como la sensación de que en cualquier instante los socios/cómplices del protagonista pueden llegar a reclamar su parte (Pécora expone las recurrentes pesadillas que lo atribulan).

    Casi sin parlamentos y evitando por completo el uso de la música, el director se basa en la potencia de las imágenes de esa naturaleza salvaje (hay, en ese sentido, una impecable utilización del sonido, aunque por momentos se recurre a algunos efectos innecesarios) y en la expresividad de sus intérpretes (tres centrales y dos secundarios) para generar climas opresivos, densos y ominosos dentro de una narración bastante cáustica y minimalista que sirve para describir la lucha de ese hombre, marginal y torturado, por apartarse de la maldición de su sino trágico.
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  • Avanti popolo
    Avanti popolo
    Otros Cines
    Galardonada en festivales como los de Roma, Brasilia, FICUNAM y Lima Independiente, esta austera, minimalista (transcurre en buena parte dentro de una habitación) y sensible película describe las desventuras de André (André Gatti) quien, luego de separarse de su esposa, vuelve a vivir con su padre (interpretado por el mítico director Carlos Reichenbach, fallecido poco después del rodaje), que parece bastante más interesado en su perro Baleia que en ver unas viejas películas en Súper 8 que su hijo va revisando metódicamente.

    Lo que en verdad aparece en esas viejas cintas es la historia de quien las filmó: el hermano mayor del protagonista, un militante desaparecido 30 años antes, en plena dictadura. Wahrmann -también incursionando en un terreno semi autobiográfico- combina con precisión el presente (a través de la distante relación padre-hijo) y el pasado, que regresa a través de esas viejas películas caseras de los años ’70. Experimentación con múltiples recursos y formatos, trabajo con no actores y una veta nostálgica y política a la vez se combinan para un muy interesante exponente del nuevo cine brasileño.
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  • Los insólitos peces gato
    La (bienvenida) invasión latinoamericana

    Claudia (Ximena Ayala) es una muchacha de 22 años que vive sola, trabaja en un supermercado y lleva una existencia al parecer bastante gris. Por una apendicitis termina siendo operada e internada en la guardia un hospital, donde conocerá a Martha (Lisa Owen), una entusiasta mujer de 46 años que lucha desde hace bastante tiempo contra el HIV. Cuando ambas salen de la internación, Martha invita a Claudia a su casa, donde conocerá a sus cuatro hijos. Por primera vez, la recién llegada empezará a sentir el contacto con una familia (numerosa, problemática, caótica, pero siempre querible) y, de a poco, a encontrar cierto sentido de pertenencia.

    Es cierto que por momentos esta película sobre la soledad, el miedo y el dolor, sobre familias adoptivas, sobre la redención y las segundas oportunidades (basada en experiencias autobiográficas de la propia Sainte-Luce) resulta un poquito demagógica y con cierta veta de “autoayuda” (con algunos esquemas que remiten al cine independiente norteamericano made in Sundance), pero nunca deja de ser una comedia costumbrista cuidada y sensible, narrada con una frescura y una solvencia infrecuentes en una directora debutante e interpretada por un elenco irresistible.

    Como plus no menor, la fotografía de esta película premiada en Toronto, Locarno, Gijón, Mar de Plata y La Habana, entre otros festivales, estuvo a cargo de la talentosa DF francesa Agnés Godard, habitual colaboradora de Claire Denis. Nada menos.
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  • Making off Sangriento: Masacre en el set de filmación
    Muertos de risa

    Si el Nuevo Cine Argentino made for BAFICI tuvo su exponente paródico en UPA! Una Película Argentina (2007), el cine de terror (más comedia negra con toques gore) encuentra su film burlón en Making off sangriento: Masacre en el set de filmación, título que en sí mismo es tan explícito que llega directamente al spoiler. Porque el largometraje de los hermanos Quintana (basado en el corto homónimo que ganó el premio del público en el Festival Buenos Aires Rojo Sangre) es precisamente eso: la filmación de una sucesión de asesinatos que ocurren durante el rodaje de un corto semi-amateur por parte de unos estudiantes de cine.

    El principal problema de Making off sangriento… es que su premisa se consume, se desinfla demasiado rápido. Las bromas sobre el cine Clase Z, su exaltación de lo berreta, las referencias cinéfilas o los chistes sobre el ámbito artístico local son demasiado obvias, por momento un poco torpes, y, así, todo resulta bastante efímero y banal.

    En principio hay un prólogo con una primera masacre en un rodaje. Los sobrevivientes deciden retomar el proyecto y convocan a un autor- presuntuoso- intelectual llamado… Lisandro Acuña (Lisandro Alonso + Ezequiel Acuña, cuac) y a un actor que se convertirá en el asesino serial de turno (el mítico rockero Marcelo Pocavida, de lo mejorcito del elenco) cuando llegue al set. También hay un patético detective llamado Caligari que sigue el caso (el reconocido director y aquí también coguionista Valentín Javier Diment).

    Lo que sigue es lo dicho: una acumulación de descuartizamientos, algunos más ingeniosos que otros (hay una escena de sexo oral bastante inquietante) y una permanente -para bien y para mal- apuesta por lo excesivo que nunca deja de ser lúdica y que podrá despertar cierto entusiasmo entre algunos fans no demasiado exigentes del género.

    Pero, sin ponerse en un lugar esnob, ya es hora de pedirle algo más a los realizadores locales del cine de género. Sin entrar en comparaciones odiosas e injustas respecto de lo que se hace en el Primer Mundo cinematográfico, incluso en el ámbito local el estándar se ha ido elevando en los últimos tiempos. En ese sentido, sin ser un despropósito, Making off sangriento… tiene gusto a poco, a bastante lugar común, a un cine que ya hemos visto demasiadas veces.
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  • Todo lo que necesitas es amor
    Dos a quererse

    La danesa Susanne Bier es una directora aclamada tanto en Europa como en los Estados Unidos. Con films como Corazones abiertos, Hermanos, Después del casamiento, Lo que perdimos en el camino y En un mundo mejor (ganadora en 2011 del Oscar a la mejor película extranjera), se convirtió en una cineasta con poder suficiente como para decidir qué hacer, cuándo hacerlo, con quién hacerlo y dónde hacerlo. Para mi gusto, es una de las realizadoras más sobrevaloradas de nuestro tiempo, una artista ambiciosa y pontificadora, con aires de profetisa, que condensa varios de los peores aspectos de la muy irregular producción de su país.

    En ese contexto, Todo lo que necesitas es amor se ubica entre lo menos interesante y más fallido de su filmografía: una tragicomedia que no emociona ni divierte, una película que aborda cuestiones supuestamente trascendentes y resulta siempre banal, y que -para colmo- cae en el pintoresquismo y en todo tipo de lugares comunes que hacen que uno pueda adelantarse a cada una de las secuencias y no errar cómo será la resolución.

    Los conflictuados protagonistas son un empresario británico (Pierce Brosnan), típico workaholic esquemático y obsesivo que a pesar de tener la pinta de Brosnan no tiene intenciones de mantener relaciones afectivas; y una peluquera danesa (Trine Dyrholm) que está recuperándose de un cáncer de mama, pero que cuando regresa a su casa encuentra a su marido teniendo sexo con una muchacha joven de su trabajo.

    La cuestión es que ellos y muchos más (daneses e italianos) terminarán en una hermosa villa de la paradisíaca zona de Sorrento, cerca de Nápoles, para participar en una fiesta de casamiento. Sin anticipar nada más del argumento, hay algunos momentos penosos, como cuando Philip ve a Ida sin su peluca (ha perdido el pelo en la quimioterapia) o cuando uno de los personajes acepta de manera súbita su homosexualidad.

    Todos los clichés y estereotipos que puedan imaginarse respecto de las segundas oportunidades, de ese amor que finalmente llega a pesar de los prejuicios, los problemas y el dolor acumulado, irán apareciendo en el transcurso de este film que no se decide por ser una comedia romántica liviana, un melodrama coral y aleccionar, una propuesta provocativa y perturbadora (por momentos tiene un aire a su connacional La celebración) o un manual de autoayuda. Es un poco de todo eso, pero sin llegar a ser convincente en ninguno de sus aspectos.
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  • 12 horas para sobrevivir
    Hace un año, el guionista y director James DeMonaco sorprendió con La noche de la expiación, pequeña película de acción y terror sobre una familia, liderada por Ethan Hawke y Lena Headey, que defendía su casa de ataques externos durante un día en el que -con el aval del gobierno- todo estaba permitido (incluidos los asesinatos).

    Ya no están los personajes del film original, pero DeMonaco regresa con una nueva purga. Estamos en la ciudad de Los Ángeles en el año 2023. La elite en el poder que se hace llamar Nuevos Padres Fundadores continúa con la costumbre de habilitar una vez al año esas 12 horas a las que alude el título local de esta secuela para que todos quienes quieran desaten sus más bajos instintos, se desquiten, se desahoguen, apelen a los excesos de violencia que se les antojen tras 364 días de ira contenida y frustraciones acumuladas.

    Así, decenas de marginales, de amantes de las armas (que no son pocos precisamente en los Estados Unidos) o de simples habitantes aburridos y ávidos de emociones fuertes se calzan las máscaras más atemorizantes y se hacen de machetes, hachas, bates de béisbol, lanzallamas, pistolas o ametralladoras de alta gama para... salir a cazar.

    Esta segunda entrega ya no transcurre dentro de una casa, sino en exteriores, sobre todo en las calles del centro de Los Ángeles con cinco protagonistas que deberán unir fuerzas para sobrevivir: un as del combate al que todos llaman Sargento (Frank Grillo), que en principio sale para vengar una muerte cercana; Eva (Carmen Ejogo), una atractiva camarera latina con su hija adolescente Cali (Zoë Soul), y un matrimonio joven en plena crisis afectiva (Zach Gilford y Kiele Sánchez), cuyo auto se descompone poco antes del inicio de la purga.

    12 horas para sobrevivir amplifica la mirada política del film previo (hay aquí un grupo revolucionario liderado por un profeta afroamericano que se opone a esa depuración que tiene a los pobres como principales víctimas y plantea una lucha de clases también por métodos violentos) y propone un estilo narrativo que por momentos recuerda a notables exponentes del cine clase B como Roger Corman, al Walter Hill de Los guerreros: The Warriors y, sobre todo, a John Carpenter (DeMonaco no casualmente escribió el guión de la remake de Asalto al precinto 13).

    La película no es precisamente sutil ni apela al buen gusto, pero en sus términos (sangre, sudor y lágrimas) resulta casi siempre sólida. Hay empatía entre los personajes, tensión y nervio en la narración y unos cuantos hallazgos a la hora de plantear vueltas de tuerca perturbadoras. No estamos ante un film que vaya a cambiar los cánones ni los estándares del cine de género, pero sí ante una secuela bastante noble y atrapante. Todo está listo, por lo tanto, para que dentro de unos meses tengamos una nueva purga en la pantalla.
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  • A vuelo de pajarito
    Al maestro, con cariño

    Una película sobre un periodista parece en primera instancia como una propuesta que sólo podría interesarle a sus colegas. Sin embargo, tratándose de un film que retrata la vida de Rogelio García Lupo no sólo estamos ante un mito de la investigación en medios de comunicación de las últimas seis décadas (empezó a trabajar a principios de los años '50), sino también frente a un testigo privilegiado de acontecimientos fundamentales de la historia latinoamericana de ese período. Esa perspectiva es la que aborda A vuelo de pajarito, documental de Santiago García Isler que se estrenó en el MALBA.

    García Isler no es un director más sino uno de los hijos del propio García Lupo y, entre los múltiples méritos del film, está el de haber eludido las solemnidades y los clichés propios de este tipo de tributos. Hay, sí, mucho respeto y amor hacia su padre, pero A vuelo de pajarito (al octogenario periodista se lo conoce como Pajarito) hace gala de un bienvenido desenfado y toques de humor a la hora de reconstruir la vida de este hombre que brilló en Marcha, Clarín, El Periodista y tantas otras publicaciones.

    La película tiene como punto de partida la decisión de García Lupo de donar su impresionante archivo personal a la Biblioteca Nacional. Mientras embala las cajas, empieza a recordar varios de los hitos de su trayectoria, que incluyeron la creación de Prensa Latina en la convulsionada La Habana de 1959 junto a Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh y Jorge Masetti (después contará cómo el Partido Comunista cubano atacó a los argentinos para quedarse con el control de la agencia de noticias) y su relación cercana con el Che Guevara; su encuentro casual con Jorge Luis Borges ("¿Usted siempre conspirando?", le dijo el escritor); su participación en el semanario de la CGT de los Argentinos con Walsh y Horacio Verbitsky; su trabajo al frente de la editorial Eudeba durante la presidencia de Héctor Cámpora, su exilio interior durante la dictadura militar (no escribió durante 9 años y trabajó en una compañía constructora) y su regreso al periodismo en 1982 con la primicia de la Guerra de Malvinas.

    Precisamente Verbitsky es uno de los que prestan su testimonio sobre este periodista siempre combativo, aunque también aparecen durante los 90 minutos de A vuelo de pajarito otros amigos como Isidoro Gilbert, Eduardo Galeano, Osvaldo Bayer o Daniel Divinsky.

    Pero lo mejor del film son las anécdotas y secretos sobre su trabajo que cuenta este viejo tan querible como cascarrabias que se pasó revisando de manera sistemática, día por día durante 50 años, los avisos fúnebres, los clasificados y el Boletín Oficial para encontrar allí, cual detective, material para sus investigaciones. Investigaciones que, como en el caso de la mafia de los pasaportes chinos, le valieron amenazas de muerte de las propias Tríadas.

    A vuelo de pajarito es un documental simple, contundente y emotivo. No tiene demasiados alardes técnicos ni narrativos (hay un buen uso del material de archivo y hasta simpáticas animaciones) porque lo esencial es escuchar y ver a García Lupo, referente ineludible del periodismo de investigación en la Argentina, que encuentra aquí una película a la medida de su notable trayectoria.
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  • La forma exacta de las islas
    Malvinas, en presente

    El cine argentino se ha ocupado bastante, tanto desde el documental como desde la ficción, de la Guerra de Malvinas. Sin embargo, no demasiadas veces ha logrado describir con más delicadeza que estridencia, con una mirada más íntima que política, las historias de vida de aquellos que directa o indirectamente estuvieron ligados con aquel conflicto de 1982, como Daniel Casabé y Edgardo Dieleke lo hicieron en La forma exacta de las islas.

    La estructura del film es un poco intrincada, pero también en su complejidad reside buena parte del atractivo. Hay un primer viaje concretado en diciembre de 2006 sobre Carlos y Dacio, dos veteranos de guerra que regresan a las islas y son filmados de manera muy casera durante una semana por una muchacha llamada Julieta. Y hay un segundo registro realizado cuatro años más tarde, que sirve -de alguna manera- para que ella pudiera completar todo lo que aquel film original había dejado pendiente.

    Es en esa sumatoria de miradas y voces de diferentes épocas (1982, 2006 y 2010), en ese abanico de perspectivas (las de los veteranos retratados; la de la joven que se ha involucrado sentimentalmente y ha atravesado momentos muy fuertes ligados a su maternidad, la de los pobladores del lugar que prestan sus testimonios en cámara; y, claro, la de los dos directores que construyen el relato) que La forma exacta de las islas se convierte en un caleidoscopio a través del que van aflorando las sensaciones, las emociones y, claro, las experiencias más traumáticas, las heridas aún abiertas que dejó la guerra con su carga de angustias y sus traumas.

    Se trata de un film que, más allá de los cuestionamientos que pueda hacérsele (algunas indecisiones narrativas, ciertos abusos con la voz en off o una musicalización no siempre funcional), resulta un acercamiento sensible, profundo, potente y distinto a lo que estamos acostumbrados a un tema tan controvertido, doloroso y con tantas connotaciones como este. Bienvenido sea.
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  • El color que cayó del cielo
    On the Rocks...

    Hubo que esperar 11 años desde la notable Yo no sé qué me han hecho tus ojos (codirigida con Lorena Muñoz) para reencontrarse con el cine de Sergio Wolf. En el medio -claro- estuvo su larga gestión al frente del BAFICI, pero El color que cayó del cielo constituye una muy digna continuación para su carrera como director.

    Ya no es la búsqueda detectivesca de una mítica cantante de tango "desaparecida" como Ada Falcón sino un tema en apariencia bastante más árido, más "científico", menos glamoroso: los meteoritos. Sin embargo, como en su film anterior, Wolf se aleja del documental convencional y "construye" una historia con múltiples elementos propios de la ficción que derivan en un entramado apasionante, por momentos cerca de la comedia de enredos y, por otros, con elementos propios del cine de aventuras y de la épica herzogiana.

    La película tarda unos minutos en encontrar su eje. En principio, son demasiadas subtramas, demasiada voz en off, demasiados personajes desperdigados. Historias de conquistadores españoles y pueblos originarios, lugareños con teorías insólitas e investigaciones científicas que se remontan a sucesos ocurridos 4.000 años atrás, cuando una lluvia de meteoritos convirtió a la región ubicada entre Chaco y Santiago del Estero y conocida como Campo del Cielo en "el" lugar para quienes se dedican al tema.

    Sin embargo, esa introducción en apariencia un poco anárquica o derivativa nos va llevando hacia los que son los verdaderos protagonistas (antagonistas) del relato (ambos estadounidenses para más datos): por un lado, el "superhéroe" Bill Cassidy, hoy ya veteranísimo, una eminencia que pasó buena parte de los años '60 investigando Campo del Cielo (luego se dedicó a explorar la Antártida); por el otro, el "villano" Robert Haag, que ha construido un imperio hasta convertirse en el mayor coleccionista (y traficante) de meteoritos del planeta, que se comercializan a precios millonarios vía Internet o incluso en ferias como la de Tokio.

    Wolf viajó a Pittsburgh para entrevistar a Cassidy y tuvo acceso privilegiado al archivo personal del científico, que le cedió imágenes nunca vistas de sus viejas incursiones en el Chaco. También mantuvo en Tucson hilarantes encuentros con Haag, un tipo lo suficientemente loco como para intentar (sin suerte) robarse en 1990 un gigantesco meteorito de 37 toneladas de la Argentina (con grúa y camión incluídos) y quedar luego detenido varias semanas. "Soy el Hombre Meteorito", grita el hiperkinético personaje a cámara, mientras con absoluta impunidad muestra algunas de sus posesiones más valiosas y cuenta anécdotas hilarantes, tan absurdas que resultan casi inverosímiles.

    La cámara siempre atenta de Fernando Lockett (habitual colaborador de Matías Piñeiro), el notable trabajo de edición de Alejandro Carrillo Penovi (El aura), la atrapante banda sonora de Gabriel Chwojnic (Historias extraordinarias) y, sobre todo, la innata curiosidad de Wolf y su capacidad para encontrar historias donde aparentemente no las hay, para quebrar las barreras muchas veces limitantes del documental observacional y sumergirnos en una historia con ribetes tragicómicos y fascinantes, son los grandes méritos de El color que cayó del cielo. La espera valió la pena. Wolf está de regreso.
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  • Socios por accidente
    La tinellización del cine de culto

    Dos realizadores “de culto” (al menos todo lo “de culto” que se puede ser en el cine argentino actual) como Nicanor Loreti (el ex editor de la revista La Cosa que filmó Diablo y La H) y Fabián Forte (Mala carne, Celo, La corporación) escribieron y dirigieron esta buddy-movie al servicio de dos figuras del clan televisivo de Tinelli: José María Listorti y Pedro “Peter” Alfonso (ambos en debuts cinematográficos no demasiado auspiciosos).

    La película no es del todo buena (tiene múltiples pequeños problemas), pero tampoco es un despropósito. En los términos en que está planteada (un pasatiempo superficial para el consumo familiar) podría decirse incluso que es medianamente eficaz ¿En qué quedamos? ¿El vaso medio lleno o medio vacío?

    Si la comparamos con, por ejemplo, Bañeros 4 (su horrorosa “competidora” nacional en estas vacaciones de invierno) estamos hablando poco menos que de una obra maestra. Ahora, si el parámetro que tomamos, en cambio, es cualquier buddy-movie de Hollywood del tipo Comando Especial sería una película menor y fallida, ya que sus escenas de acción son flojas y tiene errores (como múltiples problemas de continuidad que, con un poco más de tiempo y de recursos podrían haber sido borrados en la posproducción vía efectos digitales) que la ubican bastante lejos de los estándares del cine mainstream.

    ¿La trama? Padre ausente y divorciado, Matías (Listorti) es un traductor de ruso que después de mucho tiempo debe cuidar durante un fin de semana a su hija adolescente Rocío (Lourdes Mansilla), que -claro- lo considera un viejo patético y aburrido: un plomo. Su insufrible ex esposa (Anita Martínez) está en pareja con Rody (Pedro Alfonso), un típico canchero que trabaja como agente secreto de ¡Interpol! A partir de justificaciones por demás ridículas y caprichosas, ambos iniciarán juntos una misión con el neo-Bond burlándose de y al misma protegiendo a un Matías que parece más torpe que el Agente 86 y Los Tres Chiflados juntos.

    La película -que de alguna manera se inscribe en la línea de “clásicos” de los ’70, los ’80 y los ’90 como Los Superagentes, Brigada Explosiva y Los Extermineitors- apela de forma conciente a los estereotipos, a la exageración, a los guiños cinéfilos bastante obvios y a las fórmulas ya algo trilladas de este subgénero. El film no es demasiado sorprendente ni vistoso como para resultar un producto comercial distintivo (como sí lo fue Tiempo de valientes, de Damián Szifron) ni tampoco apuesta por un absurdo y un desenfado que le permita calificar como un exponente Clase B. Se queda, así a mitad de camino, con cierta dignidad y corrección, es cierto, pero también con un tono dubitativo, como si tuviera un fuerte problema de identidad: no sabe bien qué quiere (ni puede) ser.
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  • 7 cajas
    7 cajas
    Otros Cines
    El Mariachi paraguayo

    En primer lugar, un thriller paraguayo hecho con gran destreza técnica y narrativa es todo un hallazgo (lo fue especialmente en el contexto de su país, donde vendió más entradas que Titanic). Luego, sí, se podrá hablar de que esta ópera prima de la dupla Maneglia-Schémbori es un poco derivativa de Ciudad de Dios, Perros de la calle, Después de hora o El Mariachi, pero… qué importa.

    Se trata de un producto concebido con inobjetable profesionalismo y con un muy buen uso de las inmensas y sórdidas locaciones reales del Mercado 4 de Asunción. El film -con sus alegorías y simbolismos algo obvios- propone un tour-de-force, una montaña rusa donde todos quieren esas 7 cajas del título (o sea, un botín de 250.000 dólares) que, sin saber su contenido ni su valor, transporta Víctor (Celso Franco), un carretillero de 17 años ayudado por una amigovia.

    Película sobre la codicia y la tentación del consumo, hablada en su mayor parte en guaraní y ambientada durante un caluroso viernes, 7 cajas propone una mirada implacable sobre las profundas diferencias de clase y la desintegración social que no dejará indiferente a nadie…
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  • El planeta de los simios: Confrontación
    Mono sapiens

    Si uno se conmueve (tiene miedo, se emociona) viendo y escuchando a un mono que ha sido creado íntegramente a partir de la técnica de captura de movimiento, algo bueno deben haber hecho sus realizadores. Y eso es lo que ocurre cada vez que aparece en pantalla César, el “emperador” de los simios “interpretado” por Andy Serkis (entre sus genialidades ya figuraba también el Gollum de las películas de Peter Jackson).

    Por supuesto, no este el único hallazgo de una secuela que supera en casi todos los terrenos a (R)Evolución, la ya sólida primera entrega de esta saga / reboot (¿recuerdan el desastre que había hecho una década antes Tim Burton?). Más allá de ese y de otros prodigios visuales (las escenas de masas con los monos son de una creatividad notable), lo que hace de Confrontación una muy buena película es que todas las herramientas con las que cuenta Matt Reeves (que venía de un muy buen uno-dos con Cloverfield: Monstruo y Déjame entrar) están puestas al servicio ya no del mero exhibicionismo pirotécnico tan en boga en la producción hollywoodense actual o de la búsqueda del impacto instantáneo (ahí está, por ejemplo, la nueva Transformers) sino siempre en función de una narración clásica y contundente, con conflictos bien delineados. En Confrontación se entiende todo y hasta los personajes secundarios que hay entre los simios tienen su estructura psicológica, sus motivaciones y su desarrollo narrativo.

    El preámbulo del film nos muestra un planeta devastado por un virus que ha provocado tanta muerte y generado tanto caos social que prácticamente ha acabado con la raza humana. Quienes, en cambio, han sobrevivido y evolucionado son los simios del título. Expertos cazadores, pescadores y guerreros, viven en comunidad y han tomado de los humanos parte de su lenguaje, su escritura y sus costumbres. Buena parte del mérito, claro, pertenece a César, quien en el film previo había tenido un amplio contacto con el personaje de James Franco y supo transmitir e implementar lo aprendido. Claro que no todos están felices con el liderazgo “humanista” de César y allí aparece el violento Koba (Toby Kebbell), que se convertirá en su némesis, en el malvado perfecto.

    Si el bosque es el ámbito donde imperan los monos, la ciudad (San Francisco vuelve a ser el lugar elegido) se ha convertido en la imagen propia del Apocalipsis. Sin embargo, en una suerte de refugio resisten unos pocos humanos liderados por un hombre bueno (Jason Clarke) y otro… no tan bueno (Gary Oldman).

    Las internas no tardarán en desatarse tanto entre los hombres como entre los simios y, claro, habrá conflictos hacia el interior y hacia el exterior de ambas comunidades. Pero, también, rasgos de comprensión y solidaridad. No conviene adelantar nada más de la trama, pero -más allá de la imponentes batallas- Reeves nunca descuida el espesor dramático (con eje en las relaciones padres-hijos), aunque por momentos se pone demasiado sensiblero, cursi y solemne a la hora de exaltar los valores familiares.

    Más allá de esos excesos, el film jamás deja de entretener y fascinar. Los habituales desniveles entre los actores de carne y hueso y los creados por computadora aquí no se notan y, de alguna manera, el trabajo de Serkis, Kebbell y el resto de los “monos” nos obligan a repensar el tema de la actuación en la era digital. El cine está cambiando (si para bien o para mal es tema de otra discusión) y, en ese sentido, Confrontación sintoniza a la perfección con los mejores aspectos de esa evolución.
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  • Transformers 4: La era de la extinción
    Robots 1, humanos 0

    Hay una paradoja y una contradicción que definen a toda la saga, pero sobre todo a esta recargada (en todo sentido) cuarta entrega de Transformers: la verosimilitud que consigue Michael Bay en cada segundo de batalla entre los inmensos robots creados con una orgía de efectos visuales gentileza de Industrial Light & Magic es inversamente proporcional a la (nula) credibilidad y rigor que obtiene cuando un actor de carne y hueso aparece en pantalla y suelta algún diálogo. Así, el principal logro de Michael Bay es que el "alma" de su película reside en esos gigantes de acero creados digitalmente, mientras que su desgracia artística es que los humanos resultan siempre? artificiales.

    En la más cara (210 millones de dólares de presupuesto), más larga (165 minutos) y menos lograda de las cuatro entregas hasta la fecha, Bay inicia una nueva trilogía, ya sin Shia LaBeouf como protagonista y con Mark Wahlberg en el papel de Cade Yeager, un inventor texano acuciado por las deudas que ha quedado a cargo de Tessa, su atractiva hija de 17 años (Nicola Peltz), tras la muerte de su esposa. Ellos dos (y el carilindo novio de la adolescente que interpreta Jack Reynor) se sumarán a los Autobots que lidera el carismático Optimus Prime en una nueva carrera por la subsistencia.

    Esta vez la batalla no se reduce a un enfrentamiento entre los Autobots y los Decepticons, sino que tiene también a unos sádicos agentes de la CIA manejados por Kelsey Grammer, que se dedican a aniquilar mediante operaciones encubiertas a los queribles Autobots. Cuentan con la ayuda de Joshua Joyce (Stanley Tucci), un millonario experto en desarrollo tecnológico que utiliza el ADN del decapitado Megatron (visto en los films previos) para desarrollar una nueva "raza" de depredadores al servicio de los humanos.

    Si bien Bay nunca se preocupó demasiado por la coherencia de sus relatos, en el caso de La era de la extinción llama la atención la acumulación de arbitrariedades y caprichos en una trama que se alarga a partir de múltiples derivaciones que no tienen demasiado sentido ni justificación.

    Ni siquiera los críticos que adhieren al denominado vulgar auteurism, una reivindicación de los "autores vulgares" que tiene a Bay como uno de sus estandartes, han podido rescatar un film que es, antes que nada, una excelente jugada de marketing: desde la venta del merchandising (a los juguetes de Hasbro que originaron la franquicia se suman ahora los Dinobots, que parecen surgidos de la saga de Jurassic Park) hasta la expansión al mercado chino (el film ya es el más visto de la historia en ese país y supera en ingresos a lo recaudado en los Estados Unidos).

    Para eso, Bay y su equipo decidieron ambientar la última media hora del film en China (especialmente en Hong Kong) con la presencia de un par de personajes "atractivos" de ese origen y sin que aparezca allí ningún malvado que entorpezca el plan de seducción hacia el masivo público de la nueva meca del cine.

    Ya no están Megan Fox ni Rosie Huntington-Whiteley, pero Bay -al que poco parecen importarle sus intérpretes- se obsesiona a pura perversión con filmar las piernas de la rubia Peltz, mientras se regodea también con su habitual misoginia y con el machismo del padre sobreprotector de Wahlberg. Llena de desniveles narrativos y resoluciones ridículas, La era de la extinción apela siempre a una fuga hacia adelante. Todo aquí es más grande, más largo, más ruidoso, más espectacular. Así, entre tantos estímulos adrenalínicos y testosterónicos, poco importa la credibilidad o la empatía. El impacto antes que la emoción.
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  • AB
    AB
    Otros Cines
    Surgido de una de las iniciativas de coproducción del festival CPH:DOX, este film codirigido por el prolífico Iván Fund y el danés Andreas Koefoed narra la historia de Arita y Belencha, dos jóvenes de pueblo que comparten una intensa amistad (y, por lo tanto, también celos y tensiones cruzadas). En medio de la dinámica algo gris y chata del lugar, la tentación de viajar a Buenos Aires resulta casi inevitable.

    Los realizadores encuentran un insólito eje narrativo (digno de las "historias mínimas" a-la-Sorín) cuando su perra tiene siete cachorritos y no les queda otra que recorrer la zona y ofrecerlos uno por uno para su adopción. En esas caminatas se irán topando con entrañables y -en algún que otro caso- patéticos vecinos.

    Esa primera parte de unos 45 minutos (titulada "A", por Arita) es bastante clásica e indudablemente simpática. En la segunda (se llama "B", por Belencha), que dura apenas un cuarto de hora, la cosa cambia: se vuelve menos "narrativa" y -en una verdadera rareza para el cine independiente argentino- está filmada en 3D, aunque esa decisión poco aporta en términos artísticos.

    Película pequeña en todo sentido (lo de pequeño no es aquí peyorativo), AB resulta una vuelta de tuerca más para la carrera de un Iván Fund (aquí trabajando otra vez a cuatro manos) que sigue buscando, indagando, experimentando con los contenidos y las formas. En este sentido, sin ser un film de gran alcance, surge sí como un claro paso adelante.
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  • Bañeros 4: Los rompeolas
    Pasajeros de una pesadilla (El regreso de los muertos vivos)

    La saga integrada por Los bañeros más locos del mundo (1987), Bañeros II, la playa loca (1989) y Bañeros III, todopoderosos (2006), las dos primeras entregas dirigidas por Carlos Galettini y la tercera, por Rodolfo Ledo, generó un sorprendente éxito comercial y hasta se convirtió con el tiempo en objeto de culto por parte de ese sector de la cinefilia siempre dispuesto a exaltar el cine clase B más berreta.

    A 27 años del estreno de la película original y a 8 de la última, llega Bañeros 4: Los rompeolas, otra vez con Ledo al frente, y el resultado (en todos los sentidos, rubros y ámbitos) no podría ser peor. Un subproducto hecho a las apuradas, con desgano, con piloto automático, con chivos horribles, sin rigor, sin gracia (ni media sonrisa genera) y que, en definitiva, termina siendo una burla al espectador que paga la entrada.

    No tiene sentido explicar uno por uno los errores (horrores) de Bañeros 4, que incluyen desde las más básicas cuestiones narrativas (ni siquiera se respeta el eje de cámara o se cuida mínimamente la continuidad) hasta actuaciones dejadas a su suerte (léase gesticulaciones desmedidas, gritos y diversión fingida) por un no-guión con una pseudo trama policial sobre un mafioso que quiere quedarse con los terrenos y el balneario del Aquarium (los animales marinos son lo “mejor” del film).

    Nada en Bañeros 4 funciona: ni el humor físico (el peor slapstick que pueda imaginarse queda lejos de la torpeza de esta realización) ni la vulgaridad ni la misoginia de un film en el que Karina Jelinek y Luciana Salazar sólo están en cuadro para exhibir sus curvas y Fátima Flórez, para ofrecer imitaciones a Moria Casán, Susana Giménez (también aparecen, no se sabe por qué, émulos de Jorge Lanata y Juan Román Riquelme).

    Todo es tan feo y tan descuidado que quienes asistimos a la privada de prensa no podíamos creer lo que veíamos. Cruzábamos miradas para preguntarnos si en verdad no se trataba de una pesadilla porque eso que estaba en pantalla no podía ser verdad.

    Pero es verdad: el cine argentino vuelve, así, a los peores momentos del cine ochentista. Una pena inmensa porque justamente uno de los hechos más destacados de los últimos años fue que la producción industrial de nuestro sector audiovisual había alcanzado un estándar de calidad y solidez incuestionable. Bañeros 4, con su absoluta desprolijidad, su vulgaridad, su carencia de ideas, su nula capacidad de sorpresa, nos remite a los peores fantasmas, nos retrotrae a los momentos más oscuros de una historia que ya creíamos enterrada. El regreso de los muertos vivos.
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  • Mi gran oportunidad
    Con tragicomedias como El diablo viste a la moda, Marley y yo y ¿Qué voy a hacer con mi marido?, David Frankel se convirtió en uno de los directores más exitosos de la última década en Hollywood. Por eso, el estreno de su más reciente largometraje generaba una inevitable curiosidad. El resultado, sin ser vergonzoso, esta vez es un poco decepcionante.

    Basada en la historia real de Paul Potts, un muchacho tímido, obeso y poco agraciado que se convirtió en celebridad tras ganar la primera edición del reality show televisivo Britain's Got Talent, Mi gran oportunidad arranca como una de esas simpáticas comedias populares inglesas como Tocando el viento, Billy Elliot o Todo o nada: The Full Monty para luego derivar hacia una trama demasiado superficial, subrayada y previsible con enredos musicales y románticos (incluso hay varias secuencias ambientadas a puro pintoresquismo en la hermosa ciudad de Venecia) en un crowd-pleaser que luce demasiado calculado.

    El antihéroe del film es el mencionado Paul (James Corden), empleado de un negocio de venta de teléfonos celulares. Cantante amateur de ópera, ha sido desde siempre objeto de burlas (y hasta de violentos casos de bullying) por parte de compañeros y vecinos. Hasta su padre (Colm Meany), trabajador de la industria del acero, lo subestima e intenta reprimir todo el tiempo su veta artística. A pesar del apoyo de su madre (Julie Walters) y de la mejora en su autoestima cuando se pone por primera vez de novio con una chica de un pueblo vecino (Alexandra Roach) y obtiene una beca en Italia, las cosas no resultarán nada fáciles para este joven de clase media baja en el universo de la alta cultura.

    En esta película sobre las segundas oportunidades, sobre la fuerza de voluntad y la redención, se aprecia muy poco de la acidez, la ironía, la negrura, la sensibilidad y la mirada punzante que caracterizaron hasta ahora al cine de Frankel. El realizador apostó aquí por un relato más clásico y emotivo, pero nunca logra trascender el marco de la corrección política y de las buenas intenciones. Habrá que esperar, entonces, a sus próximos proyectos para ver si recupera sus mejores atributos.
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  • El inventor de juegos
    Al igual que la reciente Amapola, de Eugenio Zanetti, El inventor de juegos resulta otra clara muestra de un cine argentino que intenta ampliar mercados a partir de importantes coproducciones que incluyen la participación de reconocidos intérpretes extranjeros y la posibilidad de contar con un importante despliegue de recursos.

    Basada en la exitosa novela de Pablo de Santis, esta película coescrita y dirigida por Juan Pablo Buscarini (El arca, El ratón Pérez) apunta a un público preadolescente, aunque con una historia de aventuras fantásticas capaz de seducir también a esos adultos que acompañarán a las salas a niños de entre 8 y 13 años (su target principal).

    Hablada en inglés (y con un doblaje al castellano no del todo convincente), la película está dividida en cuatro grandes partes (la vida en familia del niño inventor, su paso por un rígido colegio pupilo tras la desaparición de sus padres, una breve convivencia con su abuelo y las desventuras en una corporación dedicada a la creación de juegos liderada por el malvado Morodian, que interpreta Joseph Fiennes), aunque por momentos las transiciones entre una y otra parecen un poco abruptas y forzadas.

    El film regala un bello diseño de producción (desde la dirección de arte, con un imponente trabajo escenográfico, hasta el aprovechamiento de locaciones como La República de los Niños) y una cuidada fotografía del alemán Roman Osin (Orgullo y prejuicio) que en algunos pasajes se ve empañada por algunos desajustes en la conversión a 3D.

    Si en términos visuales El inventor de juegos se ubica entre lo más ambicioso y fascinante que el cine argentino ha conseguido en el terreno infanto-juvenil, a nivel narrativo la película no alcanza la fluidez y la seducción como para convertirse en un entretenimiento del todo incuestionable. Más allá de que hay unos cuantos pasajes atractivos y entretenidos (incluso con algunos momentos de logrado lirismo), el film por momentos luce algo frío y mecánico. Así, sus casi dos horas resultan un poco extensas y, por lo tanto, la atención del espectador se resiente.

    Con elementos que remiten a la filmografía de Tim Burton (sobre todo a Charlie y la fábrica de chocolate y El gran pez) y a la saga de Harry Potter, esta transposición de El inventor de juegos es, más allá de sus apuntados desniveles, una digna apuesta al cine de entretenimiento familiar.
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  • Oldboy: Días de venganza
    ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

    Cuando se anunció hace ya varios años que se haría una remake norteamericana de Oldboy, la gema dirigida en 2003 por el coreano Park Chan-wook a partir del manga de Garon Tsuchiya y Nobuaki Minegishi que sacudió al Festival de Cannes, no pocos se preguntaron (nos preguntamos): ¿Por qué? ¿Para qué? Muchos realizadores (incluido Steven Spielberg) coquetearon con el proyecto hasta que finalmente fue Spike Lee -quien no atraviesa precisamente por el mejor momento de su carrera- el que dirigió a Josh Brolin en este thriller psicológico (paranoico) sobre la culpa y la venganza.

    Las peores presunciones se confirman, lamentablemente, con sólo ver unas pocas imágenes del film: Spike Lee jamás encuentra el rumbo para la historia de un antihéroe… sin rumbo. Brolin (generalmente un buen actor) interpreta con no poca exageración a Joe Doucett, un ejecutivo de una agencia de publicidad, padre ausente, alcohólico, agresivo y perverso que, tras una noche de furia en 1993, termina encerrado en una misteriosa prisión privada durante ¡20 años! Cuando sale en libertad, intentará desvelar qué pasó, quién fue el responsable y, claro, vengarse de semejante humillación. En su camino aparecen una dulce trabajadora social llamada Marie (Elizabeth Olsen) y dos malvados risibles (Samuel L. Jackson y Sharlto Copley), y -así- las cosas se complicarán aún más (en todo sentido).

    Si la Oldboy original conseguía una extraña mezcla de ferocidad (sadismo) y lirismo con una puesta en escena subyugante plena de maestría, lo de Spike Lee es -en cambio- una narración bastante elemental y de vuelo bajo para una historia confusa y sin demasiados matices. Poco favorecida en la inevitable comparación, esta Oldboy made-in-Hollywood no resiste el análisis ni siquiera como película autónoma. Es una propuesta menor (mecánica, hueca, efímera e intrascendente) que quedará rápidamente sepultada por el olvido ante la imponente sombra de su predecesora.
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  • Amar es bendito
    Amar es bendito
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    Los vericuetos del deseo femenino

    En su tercer largometraje después de Por sus propios ojos (2008) y Lengua materna (2010), la cordobesa Paolinelli describe la crisis que se desata en una pareja de lesbianas (Mecha y Ofelia) que lleva siete años junta cuando una de las dos confiesa una infidelidad. La presencia de una tercera (Ana Laura) derrumba la aparente solidez del vínculo y allí es donde empiezan a surgir -cual efecto bola de nieve- rencores, resentimientos, despechos, fantasías y revanchas (¿venganzas?) que llevan a los personajes (cuatro en total, porque también aparece un hombre violento y abusivo) a vivir situaciones cada vez más extremas.

    Por su temática, por su narración y hasta por su tono, Amar es bendito es un film difícil y provocador. No es que pretenda ser un trabajo intelectual o su estructura sea impenetrable para el espectador común (tiene incluso varios momentos logrados de humor), pero la guionista y realizadora apela a actuaciones, diálogos y situaciones bastante oscuras, inquietantes y asfixiantes que lo alejan del realismo y que hasta pueden resultar un poco chocantes.

    Hay ciertos parlamentos y algunos aspectos de las interpretaciones que me resultaron un poco forzados y antinaturales, pero aun cuando me costó creerme del todo los vericuetos, derivaciones y alcances de la trama reconozco la convicción y la audacia (la narración bordea lo policial, lo fantástico y regala incluso una coda musical) que hay en Amar es bendito, película que ratifica a la prolífica Paolinelli como una de las directoras más sensibles -sobre todo en su exploración del deseo femenino- del panorama actual.
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  • El rostro
    El rostro
    Otros Cines
    Cuando el cine juega a la poesía

    Contar la trama (la anécdota) de El rostro sería reducir los alcances del cine de Gustavo Fontán en general y de este film en particular. Si bien podría decirse que es uno de los films más “narrativos” o “ficcionalizados” de su carrera, eso no significa demasiado: el talentoso director no busca contarnos una historia en términos clásicos o convencionales sino que sigue explorando -con absoluta coherencia y consecuencia- ese universo inasible conformado por los climas, las atmósferas, los estados de ánimo, los sentimientos y -por qué no- el lirismo que puede conseguirse en el arte cinematográfico.

    Es probable que una propuesta tan abstracta genere no pocos rechazos en cierto público que necesita explicaciones concretas, que no tenga paciencia para sostener al tempo cinematográfico que propone Fontán, pero si el espectador logra ingresar a y conectar con ese universo la experiencia puede llegar a fascinarlo. En ese sentido, El rostro es una de las películas más logradas y exquisitas de su filmografía.

    Un hombre llega navegando a una isla en el Delta del Paraná y, ya en ese destino, comenzará a relacionarse con otros personajes (pescadores de rostros curtidos, mujeres y niños) y, también, con esa naturaleza avasallante de la zona (animales, árboles y, por sobre todo, el majestuoso río).

    Fontán es un verdadero artesano y poeta del cine y, para esta nueva y siempre melancólica apuesta, trabaja el blanco y negro en diferentes formatos de registro (desde el Súper 8 hasta el 16mm, pasando por el video), sin diálogos y con un sonido asincrónico que generan extrañas sensaciones a la hora de explorar el pasado y el presente de unos personajes y de su lugar en el mundo. Una experiencia infrecuente. Y muy recomendable.
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  • Transcendence: Identidad virtual
    Considerado como uno de los directores de fotografía más talentosos de Hollywood a partir de sus trabajos para Christopher Nolan, Wally Pfister debuta en la realización con una película que comparte ambiciones con, por ejemplo, El origen, pero cuyo resultado final queda a años luz de la maestría del cine de su mentor.

    No es que este guión escrito por el debutante Jack Paglen carezca de ideas provocadoras. El problema es que, a nivel narrativo, Pfister se queda muchas veces en la superficie a la hora de exponer cuestiones económicas, políticas y, sobre todo, éticas ligadas al irrefrenable avance de la ciencia y los riesgos de su aprovechamiento en términos personales y no en beneficio de las mayorías.

    El tema de las computadoras y robots inteligentes, que sienten, que tienen conciencia e interactúan con los humanos no es nuevo: desde 2001, odisea del espacio hasta la reciente Ella, pasando por Star Trek, hay decenas de ejemplos. Pfister y Paglen parecen haber visto esos y otros films y haber leído a Isaac Asimov, Philip K. Dick y William Gibson (también hay algo de la figura de Frankenstein) a la hora de elaborar Transcendence.

    ¿Puede un científico lograr a una suerte de inmortalidad por vía de la tecnología? ¿Puede un genio de la tecnología reencarnarse y convertirse en una suerte de dios todopoderoso y manipulador? Esos son algunos de los interrogantes que plantea -entre elementos de inteligencia artificial, juegos de realidad virtual con hologramas y una apuesta demasiado solemne y pretenciosa- esta película apocalíptica y paranoica de Pfister.

    El film arranca con la presentación de los tres protagonistas: Will Caster (Johnny Depp) y su esposa y colaboradora Evelyn (Rebecca Hall) son los máximos referentes de la comunidad científica más experimental. El mejor amigo que tienen es Max Waters (Paul Bettany), un experto en neurobiología que funciona además como narrador de la historia.

    No contento con la veta tecnológica, Pfister le agrega una subtrama romántica y aspectos propios del thriller, que incluyen a unos extremistas neoluditas (liderados por el personaje de Kate Mara) que se oponen con métodos violentos a los científicos, a un veterano experto interpretado por Morgan Freeman y a un agente del FBI (Cillian Murphy) que investiga tanto al grupo terrorista como a las actividades de Will.

    Son demasiadas aristas para una película que regala un virtuoso despliegue de efectos visuales, pero que se torna demasiado grave, ampulosa y derivativa. Tras una primera mitad que prometía varias cuestiones inquietantes sobre el fanatismo y la omnipotencia, termina apelando casi siempre al trazo grueso y al diálogo didáctico. Promesas incumplidas y, por lo tanto, un resultado frustrante.
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  • Ismael
    Ismael
    La Nación
    Marcelo Piñeyro, el director más exitoso del cine argentino de los años 90 con films como Tango feroz, Caballos salvajes y Cenizas del paraíso, desarrolló en la última década una carrera que penduló entre proyectos locales (Kamchatka, La viuda de los jueves) e incursiones en España. Allí, donde en 2005 ya había rodado El método, regresó para concretar Ismael, película que coescribió con su habitual guionista Marcelo Figueras.

    El film arranca con Ismael (Larsson do Amaral), un niño negro de ocho años, abordando solo en Madrid un tren rumbo a Barcelona. Tras múltiples promesas incumplidas por su madre Alika (Ella Kweku), de origen nigeriano, él ha decidido escaparse del hogar que comparte con ella y con su padrastro Eduardo (Juan Diego Botto) para ir en busca de su padre de sangre, Félix (Mario Casas), un maestro de escuela secundaria al que nunca conoció. Con una carta como única pista, se topará en un departamento con Nora (Belén Rueda), que no es otra que su abuela y dueña de un distinguido restaurante. Más allá de la sorpresa (incredulidad) inicial, ella recibirá y ayudará al pequeño.

    Las cosas, por supuesto, no serán sencillas para ninguno de los personajes (todos cargan traumas, sentimientos de culpa, rencores, secretos y torpezas varias) en un film coral que habla de los prejuicios, pero también de la posibilidad de la redención.

    Historia sobre una España multicultural y multirracial castigada por la crisis y la represión, sobre familias desmembradas y personas heridas en más de un sentido, Ismael es una película hecha a corazón abierto. Por momentos, resulta demasiado recargada, morosa y explícita en algunos diálogos confesionales. Allí está, por ejemplo, un niño protagonista que parece mucho más maduro que los adultos, viñetas superficiales sobre la dura convivencia en un colegio secundario o el personaje de un amigo de Félix interpretado por Sergi López, que se convierte en el comic-relief del relato mientras trata de seducir a Nora en una subtrama que termina por eclipsar al que aparecía como principal eje dramático del largometraje.

    Con una sobria puesta en escena que elude los golpes bajos y el aporte de sólidas actuaciones, Piñeyro consigue un film honesto y sensible -tiene algo de Martín (Hache), de Adolfo Aristarain-, que describe desde muy diversos puntos de vista las muchas veces conflictivas relaciones entre padres e hijos. De lo macro a lo micro, de lo social a lo íntimo, resulta una película que invita tanto a la reflexión como a la emoción.
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  • Bajo la misma estrella
    Contra todos los prejuicios

    Si a alguien le propusieran ver “una historia de amor entre una adolescente con un cáncer de tiroides fase IV que se ha expandido a los pulmones y un muchacho de 18 años que ha perdido su pierna derecha a raíz de un Osteosarcoma” muy probablemente lo primero que sentiría es un fuerte rechazo.

    No es la primera vez que el cine y la TV se atreven con el tema del cáncer (allí están desde 50/50 hasta The Big C), pero en este caso estamos hablando de una producción de Hollywood, de “la” estrella del momento (Shailene Woodley, la revelación de Los descendientes y estrella de Divergente, muy bien acompañada por Ansel Elgort) y de uno de los más exitosos best sellers de los últimos tiempos (la novela de John Green).

    El resultado, contra todos los prejuicios (incluidos, reconozco, los míos) es bastante digno ¿Estamos ante una película audaz, novedosa, arriesgada, sorprendente? No… y sí. Tiene sus momentos ridículos, sus golpes bajos, sus excesos edulcorados (como los aplausos de los turistas cuando ellos se besan en la casa de Anna Frank), su pintoresquismo cuando los protagonistas se pasean por Amsterdam y miles de posibles reparos. Pero, al mismo tiempo, es una película digna, auténtica, sentida, cristalina, de esas que no esconden ni su costado cursi ni su búsqueda de emocionar y concientizar. Un tearjerker en todo su esplendor… (y con varios momentos divertidos).

    El cinéfilo más purista, el espectador más escéptico, seguramente odiará muchos pasajes del film (hay varios colegas que huyeron en la mitad de la proyección), se sonrojará viendo a los “lynchianos” Willem Dafoe y Laura Dern trabajando en un producto de este tenor, pero Bajo la misma estrella es una historia de amor hecha y derecha, que al mismo tiempo nunca banaliza los alcances y los efectos de las enfermedades de sus personajes principales (hay una sucesión de radiaciones, quimioterapias, resonancias magnéticas, cirugías, tubos de oxígeno y todo tipo de medicamentos).

    La voz en off nos advierte en el comienzo de que estamos ante “una historia triste” que no será “suavizada como en las películas”. Es cierto que esa voice-over recurrente en algún lugar funciona como elemento tranquilizador, pero no molesta dentro de un film sintoniza a la perfección con ciertos sentimientos que afloran en los chicos de hoy como la necesidad de ser reconocidos, a no ser olvidados, a refugiarse y sentirse contenidos entre sus pares.

    Es cierto que, en ese sentido, esta comedia romántica (y oncológica) tiene algo de manual de autoayuda, pero aun con sus excesos lacrimógenos, su profusión de baladas desgarradoras y sus frases de poster (el “pequeño infinito” al que se alude en la relación entre sus dos héroes), Bajo la misma estrella nunca deja de ser genuina, potente y emotiva. A dejar, pues, el cinismo de lado. Al menos por esta vez.
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  • Jersey Boys: Persiguiendo la música
    La canción sigue siendo la misma

    A los 84 años, Clint Eastwood ya ha hecho casi de todo como actor y director. Entre las pocas cosas que le faltaban concretar detrás de cámara figuraba un musical (El guerrero solitario y Bird no califican en el rubro). Finalmente, llenó incluso ese casillero pendiente con esta transposición de uno de los shows de Broadway más exitosos y longevos (casi una década en cartel) basado en la historia real de Frankie Valli y los Four Seasons. Y, aunque no estamos ante uno de los mejores exponentes de su filmografía ni tampoco frente a una propuesta que vaya a conmover a los cultores de este género clásico, se trata de un largometraje amable y honesto, trabajado con ese estilo quizás a esta altura old-fashioned pero siempre bienvenido, con ese medio tono que caracteriza al querido Clint.

    Si bien tiene una coda que incluye el momento en que los Four Season son incorporados al Salón de la Fama del Rock en 1990, el film arranca en 1951 y recorre desde la formación de la banda hasta su ascenso a la fama y su repentina disolución, que desembocó en una larga carrera solista de Valli, un cantante que se hizo popular entre los jóvenes con su falsetes en temas como Sherry, Big Girls Don't Cry, Walk Like a Man, I've Got You Under My Skin, Grease y Can't Take My Eyes Off You.

    El inicio de Jersey Boys remite al cine de Martin Scorsese con esa pintura de la comunidad italiana en Nueva York (en este caso de Belleville, Nueva Jersey), con sus mafiosos (está muy bien Christopher Walken como el principal gangster local) y sus delincuentes de poca monta. A uno de ellos, Tommy DeVito (Vincent Piazza), se le ocurre -mientras entra y sale de la cárcel- formar un grupo y convoca a su amigo Frankie Valli (John Lloyd Young) para que se sume como cantante principal. Es el inicio de un largo y bastante tortuoso camino que incluirá conflictos con managers, productores musicales, prestamistas y -claro- familiares.

    El film no es particularmente gracioso (aunque Eastwood se permite incluir unas imágenes suyas de Rawhide, la serie que lo lanzó a la fama a fines de los años ’50), la estructura a-la-Rashomon que incluye constantes cambios en la narración en off con miradas a cámara a-la-House-of-Cards no aporta gran cosa, las escenas musicales no son demasiado inspiradas (la mejor es la que acompaña los créditos finales con todo el equipo participando de una coreografía), los conflictos dramáticos son muy básicos (nada que no se haya visto en La Bamba, The Commitments: Camino a la fama, etc.) y, sin embargo, Jersey Boys no… desentona. Es allí donde aparece Eastwood para moldear un material decididamente ajeno (en todo sentido) a su gusto, con su rigor, con esa sabiduría y ese aplomo que lo han convertido en el último reservorio del clasicismo hollywoodense. Sólo por eso ya vale la pena acercarse a este film noble y menor del viejo maestro.
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  • Pasión inocente
    Pasión inocente
    Otros Cines
    La inglesita me vuelve loco...

    Sophie (Felicity Jones) es una estudiante inglesa que llega por seis meses a partir de un programa de intercambio a la casona de una familia ubicada en los suburbios acomodados de Nueva York. Allí se encontrará con el patriarca Keith (Guy Pearce), un músico frustrado devenido maestro, su esposa Megan (Amy Ryan) y su hija adolescente Lauren (Mackenzie Davis). Desde los primeras miradas cruzadas podemos adivinar que entre Sophie y Keith pasa algo, una atracción mutua, una tensión creciente, una seducción inevitable.

    Hemos visto (y seguramente veremos) decenas, miles de películas sobre adulterios, sobre la relación entre un hombre adulto con su vida "hecha" y una muchacha atractiva que le mueve el piso, que lo lleva a replantearse todo, que le despierta fantasías de escaparse y reiniciar otra vida. En ese sentido, este film de Drake Doremus (el mismo de Like Crazy, también con la hoy tan de moda Felicity Jones) no propone nada demasiado novedoso.

    Sin embargo, Pasión inocente resulta una película medianamente valiosa no tanto por lo que es sino por lo que no es. Es un film cuidado, riguroso, austero, recatado, de esos que no caen en todas las trampas que aparecen tan a la vista. El largometraje (más allá de ese pianito que se escucha siempre de fondo) no es grasa, no cae en la perversión barata y expone el punto de vista de cada uno de los personajes con dignidad, sin caer en los estereotipos. Las viñetas de la vida escolar (Keith es docente de música en la misma institución donde Sophie y Lauren estudian) y la comunidad pueblerina ayudan a moldear un universo que resulta creíble y, por momentos, atrapante (hay algo de thriller en la construcción narrativa). Se trata de una película pequeña en ambiciones y alcances, pero hecha con nobleza. Es más de los que muchos "grandes" films nos regalan por estos tiempos.
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  • Cómo entrenar a tu dragón 2
    Cuatro años después de la muy atractiva y exitosa historia de vikingos y dragones llega una segunda entrega también inspirada en los personajes creados por la escritora británica Cressida Cowell que resulta incluso superior a la original.

    Que el trabajo de animación y el despliegue visual de esta producción de DreamWorks sean prodigiosos puede no sorprender demasiado, porque esos logros ya estaban presentes en la primera película (aunque cuatro años en la industria de Hollywood es mucho tiempo como para seguir mejorando las condiciones técnicas e incrementando las posibilidades artísticas), pero lo que sí llama la atención de esta secuela es que ha podido profundizar los conflictos de los personajes (hasta llevarlos a extremos bastante oscuros) sin por eso descuidar la veta humorística ni mucho menos el sentido de la aventura épica que sobrevuela todo el relato.

    Han transcurrido cinco años desde la historia anterior y la isla donde se asienta el pueblo vikingo se ha convertido en un paraíso para los dragones, que han encontrado allí refugio y cuidados múltiples. Entre carreras que apasionan a los habitantes y las actividades cotidianas, el veterano rey Estoico tiene decidido traspasar el trono a su hijo Hiccup, un joven con algunos problemas de autoestima que no tiene demasiadas ganas de asumir responsabilidades y prefiere vagar por el mundo. En uno de sus tantos viajes -siempre acompañado por la bella Astrid- descubrirá que hay otras sociedades y no pocas amenazas, sobre todo en el caso de Drago, un despiadado pirata que domina a todos los dragones a partir del control que sobre ellos ejerce un ejemplar gigantesco que parece salido de las películas del magistral animador japonés Hayao Miyazaki.

    El guionista y director Dean DeBlois (que ya había tenido una participación decisiva en el primer largometraje) sabe cómo dosificar las espectaculares secuencias de batallas y las vertiginosas escenas de vuelos (aprovechando en este caso todas las posibilidades de las imágenes en 3D) con la constante tensión padre-hijo, las subtramas románticas, las situaciones humorísticas y los elementos más fantásticos, espirituales y líricos de la propuesta que están ligados con las tradiciones y leyendas del lugar.

    Una de esas películas que logran la proeza de sostener con inteligencia y convicción muy diversos niveles de lectura y elementos que resultan atractivos para niños, adolescentes y adultos.
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  • Cae la noche en Bucarest
    A filmar que se acaba el cine

    No apto para cultores del “en esta película no pasa nada”, el tercer largometraje del notable director de Bucarest 12:08 (2006) y Policía, adjetivo (2009) es una carta de amor al cine y a una mujer (una actriz), un ensayo sobre la neurosis de un director y sobre las inseguridades propias de todo proceso creativo.

    Con ese rigor, experimentalidad y virtuosismo (que jamás cae en el regodeo) tan propios del nuevo cine rumano, Cae la noche en Bucarest está construida en apenas17 planos-secuencia que suman 89 minutos con largos diálogos entre los dos protagonistas (el realizador y su amante/musa inspiradora), aunque en algunos pasajes aparecen también un par de personajes secundarios (la productora del film que se está rodando y otro director).

    A Paul (Bogdan Dumitrache) le quedan dos semanas de rodaje y se siente insatisfecho con el material conseguido hasta el momento. Mantiene un affaire con Alina (Diana Avramut), una actriz secundaria que -a medida que avanza la relación afectiva- va ganando espacio en la trama de ficción. El la quiere filmar desnuda, pero ella no está convencida de que “esté justificado”.

    Paul es un fumador empedernido, alguien que come y bebe (alcohol, café) en demasía y, para colmo, a sus excesos le agrega una faceta hipocondríaca: cree estar somatizando en su cuerpo los conflictos mentales que le genera la producción y está convencido de tener una úlcera, aunque según el diagnóstico lo suyo es apenas una gastritis.

    En las largas y fascinantes escenas del film (varias de ellas trabajadas con planos fijos o dentro de un auto), este ser bastante egocéntrico, autoritario, inmaduro, mentiroso y manipulador expone su visión sobre el cine (la muerte del fílmico, el imperio del digital y los cambios en el concepto de lo que fue, es y será una película) o su obsesiva búsqueda de la credibilidad y el naturalismo en su obra, aunque también se sumerge en otras cuestiones como las diferencias entre la cocina oriental y la occidental o cómo sería vivir en Francia.

    No es difícil ver en Paul una suerte de alter-ego del propio Porumboiu, pero lo que en principio parecía servido para un ego-trip, una mirada nostálgica, autoindulgente y narcisista se convierte gracias a la capacidad irónica y la austeridad del director en un film tan inteligente como incómodo a la vez, que excede el mero marco del cine-dentro-del-cine y que se sostiene con las herramientas más puras de la narración.

    Una oda cinéfila (hay citas explícitas a Michelangelo Antonioni pero con irrupciones absurdas que remiten sobre todo a los films de Hong Sang-soo) sin artificios (mucha luz natural, no hay música que distraiga o subraye emociones) y con mucha sensibilidad, creatividad y talento.


    Aquí se puede leer una nota sobre este y otro reciente film de Porumboiu, The Second Game, exhibidos durante el último BAFICI.
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  • Buenos vecinos
    Buenos vecinos
    Otros Cines
    Son como niños (y con niños)

    Figura clave de la segunda ¿o tercera? camada de la denominada Nueva Comedia Americana, Nicholas Stoller fue otro descubrimiento de la factoría de Judd Apatow, ese Rey Midas que suele bendecir y lanzar a tantos realizadores e intérpretes para luego dejarlos en libertad de acción para que desarrollen de forma independiente sus carreras. Pese a los múltiples elogios recibidos, ninguno de los tres largometrajes previos de Stoller (tiene también un telefilm) se estrenaron en los cines argentinos, aunque sí llegaron con no poca demora al DVD (y, claro, circularon por todas partes en la web) con curiosos -por decir algo- títulos locales: Cómo sobrevivir a mi novia/Forgetting Sarah Marshall (2008), ¿Cómo sobrevivir a un rockero?/Get Him to the Greek (2010) y Eternamente comprometidos/The Five-Year Engagement (2012).

    Así como para dos de sus films apelaron al “Cómo sobrevivir a…”, en este caso bien podrían haberlo titulado “Cómo sobrevivir a los vecinos”, pero finalmente quedó el Buenos vecinos (el original es el aún más simple Neighbors).

    Mac y Kelly (Seth Rogen y la australiana Rose Byrne) son una pareja que está tratando de poner fin al período de abstinencia sexual luego de haber tenido una beba. El tiene un trabajo que no le gusta, pero que les ha logrado conseguir un techo propio. Ambos desean regresar de a poco al mundo “real”, recuperar ciertos hábitos de cuando eran jóvenes solteros, pero el sentido de la responsabilidad y, sobre todo, el cansancio hacen que se sientan bastante frustrados. Más o menos las mismas problemáticas de cualquier matrimonio con hijo...

    Pero a los pocos minutos ven cómo la adorable pareja gay de la casa de al lado se muda y, en su lugar, llegan decenas de adolescentes que conforman una cofradía fiestera denominada Delta Psi Beta, una hermandad de muchachos cuya único objetivo en esa etapa de la vida parece ser la parranda eterna. Mac y Kelly intentan convivir con sus bulliciosos vecinos liderados por Teddy (Zac Efron) y Pete (Dave Franco), primero por las buenas y luego, por supuesto, por las no tan buenas, dando lugar así a una guerra que generará todo tipo de enredos, confabulaciones y víctimas de ambos bandos.

    La película no es particularmente sorprendente ni inspirada, pero sostiene durante casi toda su hora y media de duración una innegable e irresistible simpatía (salpimentada por algunas irrupciones de humor absurdo que sí tienen efecto hilarante).

    Aun en sus momentos más mediocres (cuando no logra trascender los estereotipos a-lo-Adam Sandler o apela a los viejos chistes escatológicos de siempre), Buenos vecinos nunca cae por debajo de una medianía muy llevadera. Y, cuando logra conectar con ese síntoma social de la angustia de hombres inmaduros incapaces de asumir responsabilidades y compromisos (el personaje de Rogen), se convierte en una mirada bastante punzante y descarnada. No es una gran película (ni pretende serlo), pero bien vale acercarse a este primer desembarco de Stoller y compañía en los cines argentinos.
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  • Un golpe de talento
    Noble entretenimiento

    En el mundillo de Hollywood se asegura que toda película debería poder sintetizarse con un breve concepto. En ese sentido, Un golpe de talento sería algo así como una mezcla de Jerry Maguire: amor y desafío con Slumdog Millionaire - ¿Quién quiere ser millonario? Es que esta nueva incursión de Disney en el universo de las películas deportivas describe las desventuras laborales y afectivas de un otrora exitoso y siempre ambicioso agente de estrellas (Jon Mad Men Hamm) y lo vincula con la historia real de unos ignotos jóvenes de la India que desembarcaron en la poderosa liga profesional de béisbol de los Estados Unidos.

    El guión del siempre eficiente Tom McCarthy (Visita inesperada, Up, una aventura de altura) dirigido con convicción (y sin miedo al ridículo) por Craig Gillespie (Lars y la chica real, Noche de miedo) tiene como protagonista a JB Bernstein, un representante californiano que se ha quedado sin clientes y se embarca en un proyecto insólito: organizar en distintas zonas de la India una suerte de reality televisivo llamado (como el film) Million Dollar Arm, con la idea de encontrar un par de lanzadores con capacidad suficiente como para triunfar en el béisbol norteamericano y, así, explotar un mercado masivo y virgen como el de ese país asiático. Las cosas, claro, no serán fáciles (la película aborda los choques culturales jugando muchas veces con los clichés y los estereotipos), sobre todo porque se encuentra con muchos más entusiastas del cricket que de la especialidad que él busca.

    Con financiamiento de un millonario chino (el film sintoniza con la creciente globalización incluso en los deportes más tradicionales de los estadounidenses), finalmente encuentra dos candidatos (Suraj Sharma y Madhur Mittal), que lo acompañarán a Los Ángeles para su entrenamiento y posterior presentación ante los buscadores de talentos de los principales equipos. Aquí entran en escena varios personajes secundarios que potencian la labor de Hamm. Por un lado, dos veteranos expertos del béisbol (Bill Paxton y el interminable Alan Alda); y, claro, la contraparte femenina para la inevitable subtrama romántica (una estudiante de medicina que subalquila un sector de su casa y pondrá en jaque el costado más machista de este solterón empedernido, interpretada con gracia por Lake Bell).

    Aun cuando pueda resultar un poco superficial y estereotipada (sobre todo cuando transcurre en la India y se excede en el pintoresquismo local o cuando quiere mostrar la inocencia de los queribles jugadores indios en la selva mediática norteamericana), Un golpe de talento resulta siempre disfrutable. Una película digna, noble, porque no esconde nada de su esencia ni se disfraza de algo que no es. Cine popular bien entendido (y realizado)
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  • El hombre duplicado
    Dobles, simetrías, opuestos..No es que el director canadiense Denis Villeneuve ofrezca aquí una clase matemática, pero esta muy libre transposición de la novela de José Saramago tiene una estructura (circular por un lado y dominada por triángulos y cruces, por el otro) que bien podría ser analizada a través de cuadros, gráficos y diagramas.

    El hombre duplicado bebe del cine de David Cronenberg, Brian De Palma y David Lynch, al trabajar no sólo el tema del doble sino también al apelar al erotismo y sumergirse en el terreno de las obsesiones más enfermizas, con una apuesta que por momentos se enfoca más en la construcción de climas y en exponer los vericuetos psicológicos de sus personajes que en desarrollar una trama más clásica, precisa y contundente.

    El film está diseñado para el lucimiento de Jake Gyllenhaal (que también trabajó con Villeneuve en la reciente La sospecha), quien interpreta a dos hombres de rostros y físicos idénticos, pero muy distintos entre sí en cuanto a su personalidad: Adam es un tímido e inestable profesor universitario de historia que mantiene una aburrida relación con su novia Mary (Mélanie Laurent); y Anthony, un impulsivo actor de poca monta cuya esposa, Helen (Sarah Gadon), está embarazada de seis meses.

    Cuando viendo un video Adam descubre la existencia de Anthony no puede contener la ansiedad de conocerlo. Lo que en principio era una simple curiosidad se convertirá luego en obsesión y no sólo de él sino mutua y con alcances inesperados, que incluirán también a sus respectivas parejas.

    El talentoso director de Incendies regala a pura estilización algunos pasajes sugerentes y enigmáticos, con no pocos toques de un voyeurismo perverso (el arranque remite a Ojos bien cerrados, de Stanley Kubrick). La película -que algunos podrán conectar desde lo cinematográfico, también, con Vértigo, del gran Alfred Hithcock, o con ese clásico literario sobre el desdoblamiento de personalidades que es Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson- no es todo lo concisa y seductora que podría esperarse, pero aun con sus desniveles resulta una propuesta poco convencional, que asume múltiples riesgos y que, por lo tanto, resulta bastante valiosa.
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  • Love punch
    Love punch
    Otros Cines
    Ladrones sin destino

    Las historias que combinan enredos románticos, comedia y robos con los glamorosas locaciones de la Costa Azul de fondo conforman una suerte de subgénero en la historia del cine. Love Punch se suma a la movida con pocas luces: un subproducto que dos estrellas como Pierce Brosnan y Emma Thompson intentan sostener aportando mucha más dignidad que el previsible guión y la torpe realización de Joel Hopkins.

    El film -que podría definirse como una mixtura entre Los enredos de Wanda y Para atrapar al ladrón, con múltiples referencias más en el medio- narra la historia de Richard (Brosnan) y Kate (Thompson), ex pareja con hijos ya grandes (una chica que se marcha a la universidad y un adolescente hacker) que volverá a unirse para hacerse pasar por un matrimonio de texanos y concretar el improbable robo de un collar de 10 millones de dólares durante una fastuosa boda en Cannes. La víctima es una hermosa joven (Louise Bourgoin) que está a punto de casarse con un cruel empresario (Laurent Lafitte), quien ha vaciado la compañía londinense en la que Richard se desempeñaba como ejecutivo (él y todos sus compañeros se quedaron sin trabajo y sin pensión). La idea, por supuesto, es vengarse del desalmado capitalista (el típico tiburón de las finanzas) porque, como sostiene el dicho, quien roba a un ladrón…

    Love Punch es de esas películas en las que se puede predecir la escena siguiente y, por supuesto, el desenlace. La creatividad y la capacidad de sorpresa no parecen ser el fuerte de Hopkins (el mismo de Tu última oportunidad, también con Emma Thompson). Hay muy pocos momentos de humor logrado (pese a los esfuerzos de Timothy Spall y Célia Imrie como el matrimonio de amigos que llega para ayudarlos en el robo), una mínima química romántica entre Brosnan y Thompson (más por carencias atribuibles al director que a ellos) y una sensación de fórmula, de narración fatigada y siempre atada a las fórmulas. Demasiado poco… punch.
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  • Ramón Ayala
    Ramón Ayala
    Otros Cines
    La fiesta de todos (los sentidos)

    Extraordinario fotógrafo y artista plástico, Marcos López debuta en la dirección con una película disfrutable de principio a fin, y bastante más compleja y arriesgada de lo que en apariencia es (un retrato del ya casi nonagenario y eximio cantautor, poeta y pintor misionero Ramón Ayala).

    Viniendo de López -dueño de una capacidad de observación, de una creatividad, de una estética y de una sensibilidad únicas-, se sabía que las imágenes iban a ser bellas (Marcos puede ir del pop a lo político, de lo sórdido a la alta cultura sin mayores esfuerzos), que cada detalle adquiriría una dimensión inusitada. Pero, ¿le alcanzaría ese background para hacer una buena película? El cine, se sabe, no es “sólo” una sumatoria de lindos planos sino algo bastante más complejo, más vasto. Y, en este sentido, López sale más que airoso del desafío.

    En Ramón Ayala conviven la biopic, la reivindicación desde los más diversos ámbitos y, claro, el tributo en vida. Se mixtura el documental clásico (testimonios a cámara de artistas como Juan Falú, el Tata Cedrón, Liliana Herrero o los Tonolec) con unas cuantas incursiones en la ficción (hay actores que interpretan a personajes que parecen de “la vida real”) y hasta se incluye un fragmento -bien utilizado- de Las aguas bajan turbias, de Hugo del Carril, para conectarlo con el tema El mensú.

    López consigue momentos de enorme fluidez y naturalidad, mientras que en otros apela a (y expone) el artificio. Esta multiplicidad de capas, de elementos, de recursos no siempre funciona con la misma eficacia, pero los pasajes en que la estructura se resiente y se percibe un poco forzada son breves y no demasiado esenciales.

    Y, para compensar cualquier desnivel o desajuste, allí está el carisma descomunal de Don Ramón, capaz de recitar, cantar a capella o acompañado por su guitarrón para que la película sea una verdadera fiesta para (todos) los sentidos.
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  • Amapola
    Amapola
    La Nación
    Amapola es la película de un eximio diseñador de producción, pero también el debut de un director sin experiencia. Ambos aspectos quedan plasmados de forma contundente (para bien y para mal) en los poco más de 80 minutos de un film deslumbrante en lo visual, pero fallido en cuanto a su fluidez narrativa y solidez actoral.

    El cordobés Eugenio Zanetti ganó el Oscar por su aporte a Restauración (1995) y fue nominado tres años después al mismo premio por Más allá de los sueños. Se trata, por lo tanto, de un artista de prestigio internacional, pero que debió luchar durante mucho tiempo para concretar en la Argentina su ópera prima como realizador. Y lo hizo finalmente a partir de un guión propio que recorre tres décadas (arranca con la muerte de Evita, en 1952; tiene su pico dramático durante el golpe militar de 1966, y cierra durante la guerra de Malvinas, en 1982) de la Argentina. De todas maneras, y más allá de ciertas alegorías políticas, Amapola no pretende ser un fresco histórico, sino una fábula, un tragicómico cuento de hadas, un musical con elementos fantásticos.

    El film está narrado desde el punto de vista de Ama (la californiana Camilla Belle, con serios inconvenientes para trabajar en castellano y mucho más suelta cuando tiene que afrontar diálogos en inglés), una niña que es testigo de los cambios que se producen en el Gran Hotel Amapola, ubicado en Tigre, a orillas del Paraná.

    La protagonista va y viene (se habla de que posee una percepción del tiempo y el espacio diferente del resto) para intentar cambiar los destinos del imponente lugar (abandonado a su suerte fruto de constantes desmanejos económicos), de sus parientes y hasta de su amante Luke (el galán canadiense François Arnaud), un desertor de Vietnam que viaja sacando fotos por el mundo.

    Más allá de la apuntada subtrama romántica, de las sucesivas internas familiares, de las múltiples secuencias musicales (coreografiadas por Ricky Pashkus) a puro mambo o de una puesta de la shakespeareana Sueño de una noche de verano que se hace en el lugar, el film luce bastante caótico y deshilachado, con un abuso de la omnipresente banda de sonido de Emilio Kauderer (como si el director no confiara en la posibilidad de generar climas y sensaciones sólo con las imágenes), con una utilización muchas veces torpe e innecesaria del montaje paralelo, con personajes secundarios que desfilan por la pantalla casi sin desarrollo, carnadura ni profundidad y, en muchos casos, con diálogos ampulosos y con llamativos desniveles interpretativos en un mar de sobreactuaciones.

    Está claro que Amapola está jugada siempre al artificio, pero incluso una propuesta de esta índole debe generar algún rasgo de identificación y empatía con el espectador que el film no logra. Queda, por lo tanto, admirar el aporte del director de fotografía suizo Ueli Steiger (habitual colaborador de Roland Emmerich), que utiliza sobre todo tonos sepias para dar una pátina nostálgica al relato, y el exquisito trabajo de dirección de arte, supervisado, por supuesto, por el propio Zanetti. Un gran despliegue de producción que enriquece la forma, pero que no alcanza a salvar el contenido.
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  • Tutti I Santi Giorni
    Hijos nuestros

    Este penúltimo largometraje de Paolo Virzì (su más reciente trabajo, Il capitale umano, ya fue adquirido también para su estreno comercial en la Argentina) aborda un tema que obsesiona a muchas parejas (el deseo de tener hijos), sobre todo cuando afrontan dificultades para que la mujer quede embarazada. La presión social (de amigos y familiares, sobre todo), el paso del tiempo que va amplificando los conflictos, los múltiples y muy diversos tratamientos… Todo eso está retratado en el film. Y, en ese sentido, puede verse a Tutti I Santi Giorni como una película que sintoniza con las angustias, temores, mandatos y prejuicios de estos tiempos.

    El film -más allá de que siempre está trabajado sobre contrastes bastante obvios como los de esta pareja de intelectuales sensibles vs. la italianidad al palo con su machismo y su brutalidad- arranca con algunos toques de comedia que la hacen fluir con cierta dignidad. El problema es que, cuando la pareja empieza a desbarrancar, la cosa se pone cada vez más solemne, sentimental y, para peor, moralista.

    Los protagonistas son Guido (Luca Marinelli), un muchacho tímido y culto (está fascinado por la cultura clásica y el latín) que trabaja como conserje nocturno en un hotel de lujo; y Antonia (la compositora y cantante Thony, que tiene algo de P.J. Harvey), una pasional mujer de 33 años que atiende de día al público en una oficina de alquiler de autos mientras intenta desarrollar una carrera musical. Ellos se ven poco, pero tienen química y se entienden bastante bien tras seis años de estar juntos. El problema, claro, es que no quedan embarazados, mientras a su alrededor todos empiezan a tener más y más niños.

    El director de la exitosa La prima cosa bella evita en un principio caer en el subrayado discursivo y logra de sus intérpretes (sobre todo de Thony en su debut absoluto en cine) buenas dosis de naturalidad y credibilidad. Pero con el correr del film -que nunca lograba superar una medianía amable- se torna insostenible y en ciertos momentos hasta irritante… Un parto.
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  • A million ways to die in the west
    A los tiros (y a los pedos)

    El creador de Family Guy y Ted redobla su apuesta por el humor absurdo y provocador, pero esta vez jugando con los clichés, estereotipos y códigos del western. El resultado, sin ser del todo decepcionante, tampoco deja demasiado margen para el entusiasmo. Hay, sí, un puñado (¿5? ¿10? ¿15 con toda la furia?) de gags y diálogos inspirados, pero que no alcanzan a disimular la sensación de comedia bastante esquemática, artificial y forzada.

    Los anacronismos, la fuerte carga escatológica y los chistes sexuales funcionan razonablemente bien durante los primeros minutos, pero luego MacFarlane parece quedarse sin ideas y, con el tanque ya vacío, apela una y otra vez a los mismos recursos para llenar las casi dos horas de película.

    Hay desde el trabajo fotográfico (el imponente desierto de Arizona) y musical algunos homenajes bastante logrados al más tradicional de los géneros del cine norteamericano, pero en el terreno de la parodia MacFarlane no llega a ser ni la mitad de un, digamos, Mel Brooks.

    A nivel actoral, lo de Farlane es aún peor: su Albert Stark, típico antihéroe, hombre racional y sensible en una época (1882) donde todo se resuelve a los golpes o a los tiros, resulta muy poco atractivo. Abandonado por su novia (Amanda Seyfried), que pronto encontrará refugio en el adinerado y bigotudo Foy (Neil Patrick Harris), Albert -patético pastor de ovejas- se topará luego con Anna (Charlize Theron), la esposa del sanguinario villano Clinch Leatherwood (el siempre convincente Liam Neeson). Todo queda servido, por lo tanto, para una serie de enredos románticos y violentos (con duelos incluidos).

    MacFarlane se da unos cuantos gustos: desde un simpático homenaje a Volver al futuro con el mismísimo Christopher Lloyd y otros cameos de figuras como Ewan McGregor, Jamie Foxx o Ryan Reynolds, entre otros. El resto pasa por situaciones demasiado obvias, torpes, previsibles, con un mar de eructos, pedos y diarreas. El más terrenal espíritu adolescente (tardío) llevado al ambiente del Viejo Oeste.
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  • I am mad
    I am mad
    Otros Cines
    Ensayo sobre la locura

    Este film reconstruye la tortuosa vida de Miguel Ángel Danna, un cuarentón que pasó buena parte de su vida en el seno de una secta liderada en Córdoba por un gurú misógino que combinaba para sus “guerreros” filosofía oriental y de las otras, un riguroso entrenamiento en artes marciales y neo-hippismo (con mucho sexo, por supuesto).

    Su historia personal (padre divorciado y sin trabajo), la de su multitudinaria y caótica familia (que incluyó la muerte en una piscina de una de sus hermanas siendo una niña) y la de esa comunidad espiritual plagada de excesos, abusos y manipulaciones le permiten al director de Tiempo muerto y Planetario trabajar el tema de la despersonalización y la locura.

    Con testimonios conmovedores, una puesta en escena con varios momentos "lisérgicos" y materiales reveladores (sobre todos las imágenes en VHS tomados dentro de la secta), se trata de una incursión en los aspectos más profundos y oscuros del alma humana. Todo terminó en un sonado caso mediático con el profeta Mehir y la madre de Danna prófugos de la Justicia. Inquietante, perturbadora, por momentos aterradora, y siempre fascinante.
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  • Fango
    Fango
    Otros Cines
    Tango feroz

    A este penúltimo largometraje del director de Vil romance y Vikingo (luego rodó Fantasmas de la ruta) podrá cuestionársele miles de cosas (cierta desprolijidad, algunos problemas de fluidez, actuaciones desparejas), pero aún con sus carencias resulta un trabajo siempre fascinante y valioso.

    Como siempre, Campusano filma en locaciones reales del sur más profundo y menos favorecido del conurbano con gente de la zona, verdaderos "pesados" y artistas marginales (en este caso, músicos que mixturan el tango con el heavy metal). El resultado de este largo proceso creativo sin guión fijo, intentando captar en conjunto con sus intérpretes las facetas más verídicas y extremas de estas personas devenidas personajes, está lleno de hallazgos, de pequeños grandes momentos.

    La relación de amistad entre el Indio y el Brujo (impulsores del tangro trash), los affaires extramatrimoniales, unas lesbianas de armas tomar, los robos y secuestros, los duelos a cuchillo y los sangrientos ajustes de cuentas con los códigos del submundo dan vida a un melodrama tanguero tosco, es cierto, pero lleno de vida, de nobleza y de potencia cinematográfica. El cine de Campusano sigue gozando de buena salud.
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  • Historia del miedo
    Los paranoicos

    La ópera prima de Naishtat resulta toda una rareza y una audacia, de esas que sacuden al circuito de festivales (estuvo en las competencias oficiales de Berlín y el BAFICI y obtuvo premios en Jeonju y San Francisco). Es que -salvo en una larga escena no del todo lograda y demasiado explícita que aparece bastante cerca del final- este director formado en la FUC y autor de los cortos El juego (2010) e Historia del mal (2011) prescinde casi por completo de diálogos y apuesta, en cambio, por la construcción de climas perturbadores, de atmósferas ominosas para describir el estado de temor, de violencia latente (y no tan latente), de psicosis colectiva, de escisión (fractura) social y de diferencias de clase en la Argentina de hoy.

    Lo hace sin caer en la bajada de línea y -lo que es aún más interesante- apelando a elementos propios del cine de género (el thriller psicológico y el terror). Una búsqueda que -como él mismo indicó- bebe del cine de John Carpenter, pero también del de Lucrecia Martel (se podrían buscar paralelismos también con Caché/Escondido, de Michael Haneke; o con La zona, de Rodrigo Pla).

    Un helicóptero que sobrevuela el Gran Buenos Aires (en la impactante escena de apertura), el sonido de una alarma que tarda demasiado en apagarse dentro de un country, la aparición de gente “indeseable” en lugares públicos custodiados por seguridad privada o los crecientes cortos de luz en medio de un verano insoportable (premonitoria intuición del realizador) son algunas de las situaciones elegidas por Naishtat para construir tensión en este film de estructura coral que apuesta por un tono paranoico y un look apocalíptico.

    La veta experimental (las viñetas, en principio, parecen no confluir a un destino común) y el trabajo con los no-actores son otras apuestas arriesgadas de un film que no es todo lo sólido y riguroso que debía (en la segunda mitad hace algunas concesiones), pero que no deja de ser una muy valiosa carta de presentación para un director de indudable talento y múltiples ideas como Naishtat.
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  • Aire libre
    Aire libre
    Otros Cines
    Donde hubo amor…

    Tras Un año sin amor, Encarnación y Por tu culpa, Anahí Berneri indaga en la creciente crisis de un matrimonio joven (Leonardo Sbaraglia y Celeste Cid) con un hijo de siete años en medio de mudanzas y reciclajes. La propuesta -que tiene varios puntos en común con El campo, película de Hernán Belón también protagonizada por Sbaraglia aunque con Dolores Fonzi- mantiene la inteligencia, la ductilidad, la capacidad de inquietar y provocar de la que siempre hizo gala la talentosa directora, aunque resulta un poco menos sólida y algo más convencional que su notable film previo.

    Lucía y Manuel empiezan a sentir el desgaste del paso del tiempo: en la pareja, en la profesión (arquitectura) y en el cuerpo. Si bien recién rondan los 40, la presión laboral y económica, la falta de deseo, la rutina y el estrés de la ciudad van generando una acumulación de tensiones, insatisfacciones, tentaciones y reproches.

    Ambos apuestan a que una mudanza desde Buenos Aires a una casa con pileta en Malvinas Argentinas (que deben reciclar casi en su totalidad) podría darle ese “aire libre” (o nuevo) a la familia, pero los sucesivos cambios de domicilio no hacen más que acrecentar las desilusiones, la ironía hiriente y hasta las súbitas irrupciones de violencia doméstica.

    Manuel, asfixiado y decepcionado por los rechazos y reclamos de su pareja, se compra una moto, empieza a quedarse cada vez más seguido en lo de sus padres y se obsesiona con la familia de un obrero que ha sufrido un accidente de trabajo en una obra que él supervisa. Ella se instala en lo de su madre (¡Fabiana Cantilo haciendo de abuela!), pero sigue de cerca los múltiples requerimientos de la nueva casa y empieza a mirar con deseo a otros hombres.

    Los protagonistas (con su hijo que va de un lado para otro) comienzan a recuperar ciertas sensaciones que tenían dormidas o reprimidas desde su adolescencia y primera juventud, y a funcionar como divorciados, pero sin que la separación se haga del todo evidente y explícita (hay comidas en familia o salidas en pareja que mantienen una rendija abierta).

    Berneri es una notable directora de actores, una virtuosa narradora, una realizadora dueña de un ojo único y sutil para descubrir y transmitir esos pequeños detalles, esos momentos aparentemente banales o intrascendentes que luego tendrán múltiples e incalculables implicancias. Es, también, una artista lo suficientemente sobria y respetuosa como para hacer planteos cuestionadores, pero no dar todas las respuestas a la hora de abordar cuestiones como la fidelidad, el machismo, el deseo y la intimidad, la autoestima o el desarrollo individual en el contexto de una familia. Si bien hay pasajes en que la película no logra sostener la tensión e ingresa en ciertas zonas un poco obvias, Aire libre no deja nunca de interesar con su mirada visceral y por momentos desgarradora sobre la progresiva desintegración de una relación: donde alguna hubo amor y pasión, esta vez escombros quedan.
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  • Carta a un padre
    Carta a un padre
    Otros Cines
    Las piezas justas de un rompecabezas afectivo

    El cine y la literatura han servido en innumerables oportunidades para que un director/autor pueda recuperar (¿reinventar?) la historia de su familia. Eso es lo que hace Edgardo Cozarinsky en Carta a un padre, una de sus películas más modestas y, al mismo tiempo, más emotivas y logradas.

    El director de Fantasmas de Tánger y Nocturnos conoció poco a su padre, un marino que se pasó buena parte de su vida viajando. Con la ayuda de los testimonios de familiares y de un frondoso material de archivo (sobre todo cartas y fotos) que utiliza con precisión, no sólo reconstruye la historia de él sino también la de sus abuelos rusos y de esa inmigración judía que se asentó en distintas colonias de Entre Ríos desde fines del siglo XIX.

    Yendo de lo íntimo a lo social, del presente al pasado, de las palabras (el off es bello aunque en ciertos pasajes un poco recargado) a las imágenes (y a la música del Chango Spasiuk), Cozarinsky va encontrando distintas piezas para completar ese rompecabezas afectivo en un viaje personal sobre los viajes de su padre y los de toda una generación que escapó del caos y la miseria para buscar un nuevo lugar en el mundo en tierras entrerrianas.

    Carta a un padre -premiada en la Competencia Argentina del reciente BAFICI- es la película (lírica e inevitablemente nostálgica) de un viejo sabio: pequeña, noble, tierna, pero al mismo tiempo con una maestría que le permite cual gambeteador eludir todas las zancadillas de los lugares comunes propios de este tipo de relatos familiares y los golpes bajos sensibleros.
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  • No se aceptan devoluciones
    Un éxito... inexplicable

    Descomunal éxito comercial con más de 100 millones de dólares recaudados en todo el mundo (45 millones de ellos en los Estados Unidos, donde consiguió el récord para un film extranjero y también con cifras históricas en México), este film dirigido y protagonizado por Eugenio Derbez (figura de enorme popularidad en su país) debe haber tocado alguna fibra íntima, debe haber “sintonizado” con temas y problemáticas muy sensibles por estos tiempos a ambos márgenes del Río Bravo/Grande como para convertirse en un fenómeno de alcance sociológico. Porque, en términos estrictamente cinematográficos, no es más que una comedia de enredos bastante torpe, superficial y sustentada en no pocos lugares comunes y estereotipos.

    Derbez es Valentín, un Don Juan de Acapulco que tiene pánico a muchas cosas, sobre todo al compromiso afectivo. Salta de conquista en conquista (sus preferidas son las turistas) hasta que un día aparece en su casa una estadounidense llamada Julia (Jessica Lindsey) con una beba en brazos. No sólo le informa que es su hija sino que directamente la abandona allí.

    Luego de un editado que nos muestra los highlights de la niña cuando cumple uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis años, la historia describe la relación entre ese padre soltero y la ya no tan pequeña Maggie (Loreto Peralta), quienes terminarán en Los Angeles con él trabajando como doble de riesgo (la mirada a la industria del cine también está llena de clichés). Lo que en principio arranca como una leve comedia familiar, se convierte con el correr de los minutos en un relato pletórico de excesos sentimentales para luego caer directamente en el melodrama con la reaparición de la madre (convertida en poderosa y despiadada abogada) y su intento de quedarse con la tenencia de Maggie.

    Hay éxitos inexplicables y este es, sin dudas, uno de ellos. En términos de sorpresa es muy poco lo que tiene para ofrecer incluso dentro de los cánones de un cine popular al que no se le exija demasiado. Para algunos, quizás, puede valer como forma de acercarse a una historia que se convirtió en un inédito fenómeno de masas. De hallazgo artístico, esta vez, hay muy poco.
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  • Mujeres al ataque
    Una de las claves para que una comedia romántica funcione es que sea fluida y creíble, que el espectador pueda identificarse e involucrarse con las peripecias, penurias y logros de sus protagonistas. Ese verosímil y esa capacidad de seducción escasean en este film del irregular Nick Cassavetes, director que no parece haber recibido los genes, el talento ni la capacidad de provocación de su padre John.

    Este guión de la debutante Melissa Stack intenta reciclar algunos aspectos de las películas de Judd Apatow y Paul Feig, pero todo -desde su supuesta irreverencia hasta los elementos escatológicos- resulta demasiado forzado, artificial, prefabricado e inevitablemente falso. Comedia (es un decir) sobre la guerra de los sexos y la solidaridad entre mujeres para concretar una venganza contra un hombre, eleva en la comparación a discretas películas como las de Sex and the City o a El club de las divorciadas a la categoría de obras maestras (o casi).

    Las tres protagonistas (las víctimas que luego pasarán juntas al ataque que anuncia el título de estreno en castellano) son la sufrida esposa Kate (Leslie Mann) y las también engañadas amantes Carly (Cameron Diaz), una poderosa abogada de Nueva York; y Amber (la modelo Kate Upton), que es presentada como una nueva versión de la Bo Derek de 10, la mujer perfecta. Y está, claro, Mark King (Nikolaj Coster-Waldau, de Game of Thrones), como el galán irresistible, un seductor machista, mentiroso compulsivo y manipulador.

    Casi todo el acento cómico del film está puesto en el histrionismo de Cameron Diaz, pero más allá de un par de escenas simpáticas se extraña el desparpajo y hasta la capacidad para sacar provecho del ridículo que había mostrado no hace mucho en títulos como Malas enseñanzas o El abogado del crimen. Lo de Leslie Mann, en cambio, es bastante digno, sobre todo en el terreno del humor físico.

    Con una musicalización obvia y torpe (que incluye la melodía de Misión: Imposible, de Lalo Schifrin, cuando salen? en misión; y la de "Girls Just Want to Have Fun" cuando quieren? divertirse), Mujeres al ataque no sólo resulta una comedia fallida y previsible (se pueden adivinar sin dificultad todas las resoluciones) sino también muy convencional (por no decir reaccionaria) en su mirada a la mujer de hoy.

    Lo que parece ser en principio una reivindicación de la independencia, es en verdad una descripción de estereotipos femeninos incapaces de definirse si no es en función de los hombres. Una pena.
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  • La gran noticia
    La gran noticia
    Otros Cines
    Cerca de la revolución

    La filmografía de Lionel Baier es conocida gracias al BAFICI. Allí pudimos ver varias de sus películas, incluida la notable Un autre homme (algo así como una precursora de la argentina El crítico). Se trata de uno de los directores más interesantes del cine suizo, al punto que ha establecido una compañía con otros colegas como Jean-Stéphane Bron, Frédéric Mermoud y Ursula Meier, quienes no sólo son aquí sus coproductores sino que también interpretan a simpáticos personajes secundarios.

    La gran noticia, atractiva combinación entre la road-movie, la screwball-comedy y el drama histórico, tiene a dos protagonistas opuestos entre sí que trabajan para la Radio Suiza a principios de los años ‘70: Julie (la francesa Valérie Donzelli) es una politizada militante feminista que conduce un talk-show sobre el tema; mientras que Cauvin(el también galo Michel Vuillermoz) es un veterano, mujeriego y cínico reportero que se las sabe todas, de esos que viven alardeando de todas las coberturas que ha realizado a lo largo de su carrera (Baier dijo haberse inspirado en el célebre periodista polaco Ryszard Kapuscinski).

    Ambos reciben el encargo de viajar a Portugal a bordo de una camioneta Volkswagen acompañados por un conductor y sonidista muy particular llamado Bob (Patrick Lapp). Para paliar los contratiempos que generan las barreras idiomáticas (un recurso humorístico que se repite demasiado), contratan a un adolescente local llamado Pelé (Francisco Belard), que ha aprendido el francés viendo películas de su ídolo Marcel Pagnol y terminará con ellos en plena explosión de la Revolución de los Claveles de abril de 1974.

    El director de Como los ladrones (al Este) y Garçon stupide citó a Lubitsch y a Tati (pero también a Demy y Truffaut) como referencias de La gran noticia, una desenfadada tragicomedia que rescata el espíritu de época (la liberación sexual, la liberación política tras una cruenta dictadura) y que se permite jugar con el musical (abundan las composiciones de Gershwin) y la picaresca.

    No todas las situaciones son igual de logradas (hay momentos de bienvenido riesgo e inspiración y otros más forzados donde afloran los lugares comunes, el pintoresquismo, el artificio y los clichés), pero el balance final de este nuevo trabajo de Baier es positivo. Un buen motivo para acercarse a la obra de un referente insoslayable del hoy tan de moda cine suizo.
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  • Brick Mansions
    Brick Mansions
    La Nación
    Tan absurda como entretenida

    Brick Mansions es una película extraña en múltiples aspectos. En principio, porque es una remake en inglés y ambientada en los Estados Unidos (pero con financiación francesa) que el productor y guionista galo Luc Besson hizo de Distrito 13, film de 2004 que él mismo había escrito y encargado al director Pierre Morel. En un terreno más sentimental, se trata del último largometraje protagonizado por Paul Walker, el actor de la popular saga Rápido y furioso recientemente fallecido en un accidente automovilístico. Y es también bizarra (el adjetivo que mejor le calza) por su propuesta, fácilmente cuestionable por su absurda trama y nula verosimilitud, pero al mismo tiempo reivindicable por su falta de prejuicios y por el placer (¿culpable?) que sus coreográficas escenas de acción provoca.

    Ópera prima de Christophe Collette (hasta ahora reconocido editor y futuro director de El transportador 4), Brick Mansions transcurre en un futuro muy cercano (2018) y en una de las ciudades más devastadas del mundo (Detroit). Allí, con una tasa de delincuencia por las nubes y donde impera el estado de sitio, se ha construido un altísimo muro que divide a los ciudadanos de primera de los habitantes de Brick Mansions, conjunto de monoblocks donde se acumulan gánsteres y traficantes de drogas.

    La trama (por llamarla de alguna manera) encontrará a un policía encubierto (Walker) y a un ex convicto francés (David Belle, todo un prodigio atlético) luchando contra un todopoderoso zar de los "Projects" llamado Tremaine (el rapero RZA, líder del grupo Wu-Tang Clan), aunque con el correr del relato habrá unas cuantas vueltas de tuerca con policías y políticos corruptos.

    Los recursos del guión son del todo trillados (hay hasta un viejo misil ruso con cuenta regresiva incluida), pero es precisamente ese juego con los clichés genéricos el que hace de Brick Mansions un más que aceptable exponente de cine clase B. Eso y, por supuesto, las adrenalínicas persecuciones automovilísticas (una especialidad de las producciones de Besson) y las muy creativas peleas cuerpo a cuerpo en las que Belle aventaja siempre en elasticidad y astucia a Walker (y éste se ríe de eso).

    No estamos frente a una actuación descomunal de Walker (a quien, obviamente, el film está dedicado en una foto final), pero sí ante una digna (y lamentablemente temprana) despedida de este galán que había aprendido con el tiempo a potenciar sus limitadas capacidades expresivas y a disimular sus carencias. Se lo extrañará.
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  • La mirada del hijo
    Algo huele a podrido en Rumania...

    Ganador del Oso de Oro del Festival de Berlín 2013, este film de Calin Peter Netzer (María, Medalla de honor) resulta un nuevo exponente (y van…) de la solidez, rigor, profundidad, inteligencia y capacidad de provocación del cine rumano.

    Coescrita por Răzvan Rădulescu (La noche del Sr. Lazarescu), la película tiene como protagonista a Cornelia (descomunal trabajo de Luminita Gheorghiu), una arquitecta y diseñadora que mantiene una tensa, difícil relación tanto con su marido ausente como con su hijo cuarentón, Barbu (Bogdan Dumitrache), y su nuera Carmen (Ilinca Goia).

    Cornelia es una mujer autoritaria, dominante, avasalladora, manipuladora y a veces hasta un poco cruel. Sus habilidades (y sus miserias) saldrán a relucir cuando su hijo quede involucrado en un accidente automovilístico con un chico de 14 años como víctima fatal. Ella apelará a sus contactos, a su dinero y a su poder para mantener a Barbu -con quien casi no puede entablar una mínima conversación- fuera de la cárcel.

    Lo interesante de los comportamientos de Cornelia es que están motivados por el amor, por la protección que quiere dar a un hijo bastante cobarde e incapaz. Pero, para lograr sus objetivos, deberá concretar acciones muchas veces reñidas con la ley.

    Es que La mirada del hijo muestra una sociedad rumana post-Ceausescu dominada por la corrupción, la impunidad, el tráfico de influencias y el poder del dinero de unos nuevos ricos sin pruritos ni escrúpulos.

    Como en buena parte del cine rumano, Netzer construye largos planos-secuencia con cámara en mano para darle nervio, tensión y contundencia a la tarea mayúscula de sus intérpretes (otro pilar de las películas de ese origen) a la hora de sobrellevar diálogos de gran intensidad y situaciones extremas. Una película incómoda y perturbadora, es cierto, pero también de notable factura y enormes alcances y connotaciones.
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  • Casi un gigolo
    Casi un gigolo
    La Nación
    Formas de ganarse la vida

    Nueva York (Brooklyn sobre todo). Comedia picaresca. John Turturro (también guionista y director) y Woody Allen como protagonistas. Humor italiano y humor judío (con sus múltiples cruces y coincidencias). Los ingredientes son tentadores y, si bien el resultado final dista bastante de ser un manjar cinéfilo, Casi un gigoló tendrá seguramente muchos "comensales" en la Argentina.

    Fioravante (Turturro) y Murray (Allen) son amigos de toda la vida, pero ambos transitan por un presente complicado, ya que el segundo se ve obligado a cerrar su librería en la que el primero atendía al público. Súbitamente desempleados (aunque Fioravante también se las ingenia como florista), ambos encontrarán una inesperada salida laboral.

    A partir de una insinuación de la dermatóloga de Murray (Sharon Stone), éste convence a Fioravante de trabajar como taxi-boy (la propuesta incluirá un ménage à trois con nada menos que la voluptuosa Sofía Vergara). Pero, claro, la "amenaza" del verdadero amor para este insólito e improbable seductor aparecerá en la figura de Avigal (Vanessa Paradis), una viuda a la que la cerrada comunidad hasídica (y sobre todo un policía interpretado por Liev Schreiber) pretende mantener alejada de "contaminaciones" externas.

    Si alguien espera un tratado sobre los efectos socioeconómicos de la prostitución masculina en la madurez o los excesos de los fanatismos religiosos deberá orientar hacia otro lado: Casi un gigoló está construido con un tono premeditadamente zumbón, superficial, lúdico, casi inocente y, en ese sentido, incluso valiéndose de fórmulas y estereotipos, resulta un entretenimiento menor, pero bastante eficaz.

    Casi un gigoló es una mirada por momentos simpática y no exenta de ternura a las contradicciones, dilemas, tentaciones y códigos masculinos, así como una descripción de la interacción cosmopolita de Nueva York (el Murray de Allen, por ejemplo, convive con una mujer y varios niños afroamericanos).

    Humor, erotismo y mucha música es la fórmula que el Turturro guionista y realizador tiene para ofrecer aquí. Esos elementos -y, claro, la presencia de Allen en un papel diseñado para su lucimiento en esta etapa de su vida- conforman una propuesta algo previsible, es cierto, pero que para muchos espectadores resultará poco menos que irresistible.
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  • El día trajo la oscuridad
    Vampiros argentinos (y a mucha honra)

    Bosque, mar, casona, noche, invierno, viento, fuego. Chicas misteriosas. Primas que se atraen. Mujeres en problemas. Sueños premonitorios. Pesadillas. Hombres rudos. Padres preocupados. Vecinos alarmados. Armas. Médicos. Animales que se mueren. Leucemia. Virus. Rabia. Y, sí, vampirismo...

    Sobre esos elementos genéricos Martín Desalvo (codirector de Las mantenidas sin sueño) construye un film de terror “universal” con tinte “local”. Las referencias son múltiples, pero no importa demasiado enumerarlas. Por fin, el cine argentino hace una película “de climas”, “de atmósferas” en la que no todo es obvio, en la que la información se va dosificando con criterio, en la que cada plano es inquietante y perturbador.

    Dos buenas actrices (Mora Recalde y Romina Paula), dos solventes secundarios (Luciano Suardi y Pablo Caramelo), unas locaciones y exteriores bien aprovechadas, un impecable equipo técnico y un director (anoten el apellido Desalvo) que sabe cómo filmar una historia que tiene más de psicológica y onírica que de horror sangriento se suman para redondear una pequeña y muy agradable sorpresa que alcanza su merecido estreno comercial en una decena de salas luego de un amplio recorrido por el circuito festivalero.
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  • Muppets 2: Los más buscados
    La vuelta al mundo en una película

    El doble programa arranca muy bien con El fiestódromo, corto de Monsters University -gentileza de Pixar, claro- en el que los novatos les roban (literalmente) una fiesta a los más experimentados. Y sigue de la mejor manera, ya que la primera media hora de Los más buscados es extraordinaria, al mismo nivel (o incluso mejor) que la entrega anterior, también dirigida por James Bobin en 2011.

    La secuencia inicial es una gema de ironía y autoparodia con los Muppets terminando el rodaje anterior y luego riéndose de la “obligación” de hacer una secuela. Luego, sí, empieza la trama (delirante, absurda como siempre) con un despiadado agente (Ricky Gervais) que los llevará de gira mundial (Berlín, Dublín, Madrid, Londres…), aunque en verdad se trata de un engaño para cometer de forma paralela varios robos de pinturas y joyas. Y, para completar una propuesta que tiene elementos propios de esos thrillers a esta altura demodé sobre la Guerra Fría, Kermit (que para nosotros será siempre René) es secuestrado, enviado a una cárcel de máxima seguridad en Siberia (donde se las verá con la mandamás Nadya que interpreta Tina Fey) y reemplazado en la troupe artística por Constantine, una cruel rana idéntica al carismático líder (bueno, con un lunar de más).

    Hay varios buenos números musicales que juegan con los estereotipos, un desfile incesante de cameos de famosos (en algunos casos, llegan a algo más que eso con participaciones que duran algunos minutos), que incluye -entre otros- a Tony Bennett, Hugh Bonneville, Sean Combs, Celine Dion, Lady Gaga, Zach Galifianakis, Salma Hayek, Tom Hiddleston, Toby Jones, Frank Langella, Ray Liotta, James McAvoy, Chloe Grace Moretz, Miranda Richardson, Saoirse Ronan, Danny Trejo, Jemaine Clement, Stanley Tucci y Christoph Waltz, y la simpatía descomunal de los torpes y queribles muñecos que ya son un clásico para varias generaciones que crecimos de la mano de Jim Henson y compañía.

    Que es menos eficaz e inspirada que la anterior, que se desinfla un poco en la segunda mitad… Todo eso es cierto, pero Los más buscados es una más que aceptable secuela para que tantos los adultos (¡aprovechen la versión subtitulada!) como aquellos que vayan con niños (en la versión doblada) sabrán disfrutar.
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  • Los tentados
    Los tentados
    La Nación
    Dos amantes en Mar del Plata

    Luego de su consagratoria ópera prima Somos nosotros, retrato de skaters marplatenses que rodó antes de cumplir los 20 años y fue premiado en la Competencia Argentina del Bafici 2010, Mariano Blanco se consolida como un director a tener muy en cuenta con este film -también presentado en la sección oficial del festival porteño durante su edición 2013- sobre una joven pareja que convive en una casa, en aquel balneario.

    El realizador opta por escatimar algunos datos esenciales (no sabemos si sus personajes trabajan, si estudian, si son mantenidos por alguien) para concentrarse en su cotidianeidad y sus desventuras afectivas. Vemos que se aman, que tienen una activa vida sexual y social, pero también que hay algo agresivo, egoísta y rutinario en ese vínculo, que genera ciertas tensiones y que los lleva (sobre todo a él, que es bastante machista, inmaduro e impaciente) a pensar en aventuras por otros ámbitos.

    La película es liviana y rigurosa a la vez (Blanco da un claro salto cualitativo en cuanto a sofisticación de la puesta en escena sin perder la frescura y credibilidad de su primer film), pero en la segunda parte la narración divaga tanto como sus personajes, que recorren las calles, centros nocturnos y playas marplatenses (demasiado vacías para una historia que transcurre antes, durante y después de la Navidad) sin rumbo fijo. Un film sobre personajes en tránsito, sobre estos seres tentados a probar nuevas experiencias, a cambiar. Aunque muchas veces ni siquiera sepan cómo hacerlo ni para qué.
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  • El sorprendente Hombre Araña 2
    Más no es siempre mejor

    Esta segunda entrega (de la segunda tanda) de la saga de El Hombre Araña intenta cubrir los múltiples flancos del hoy tan de moda subgénero de superhéroes y, en esa tentación por tenerlo todo, pierde cohesión y solidez; desperdicia así parte de sus logros (que no son pocos).

    Tras la trilogía inicial de Sam Raimi con la dupla Tobey Maguire-Kirsten Dunst, el director Marc Webb retomó el personaje en estos dos films cuyo principal sostén sigue siendo la extraordinaria química romántica que se ha establecido entre el Peter Parker/Hombre Araña de Andrew Garfield y la Gwen Stacy de Emma Stone. Por eso, se entiende que buena parte de las más de dos horas del relato se dedique a los enredos amorosos de estos jóvenes que se aman, pero que no pueden estar juntos (ni separados).

    Las contradicciones entre los deseos de un típico veinteañero como Peter Parker y las responsabilidades que conlleva ser un superhéroe al servicio de la comunidad neoyorquina como El Hombre Araña también están presentes en esta segunda parte del reboot y a eso hay que sumarle los traumas que acarrea desde la infancia tras la desaparición de sus padres (de hecho, el prólogo de este episodio reconstruye su muerte a bordo de un avión).

    Tampoco faltan las escenas de acción (breves, eficaces, no demasiado espectaculares), los clásicos vuelos del protagonista por entre edificios y el tráfico que permiten aprovechar todas las posibilidades de los efectos 3D y, a tono con la tendencia de sumar a la trama muy diversos personajes, esta vez no hay uno, sino tres malvados: en la segunda secuencia aparece un mafioso ruso llamado Aleksei Sytsevich (Paul Giamatti), que luego se convertirá en Rhino; un patético empleado de OsCorp (Jamie Foxx), que sufrirá un accidente que lo transformará en el despiadado Electro del título, y el joven heredero que queda a cargo de la mencionada corporación (Dane DeHaan), al que veremos como otro personaje conocido por los fans de este cómic de Marvel: el Duende Verde.

    El problema principal que enfrenta Marc Webb es la dificultad de encadenar tantos eslabones sueltos. La sensación, por momentos, es que su función parece ser la de alguien que intenta dosificar como puede demasiados elementos, esparcir drama, comedia (hay unos cuantos chistes logrados), romance, acción y propuestas de corte fantástico. La mezcla (como suele suceder cuando es arbitraria) tiene un efecto algo caótico en su acumulación, pero -volviendo a la analogía gastronómica- hay unos cuantos ingredientes y sabores que justifican el disfrute, aunque más no sea de forma parcial.

    Tratándose de una película de Marvel, es bueno advertir que (al contrario de lo que ocurre con las sagas de Los Vengadores, Thor, Iron Man y Capitán América) aquí no hay escenas durante ni después de los créditos finales. Salvo que quieran leer durante varios minutos miles y miles de apellidos, pueden abandonar la sala sin culpa cuando Peter Parker ya no esté en pantalla.
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  • Buscando al huemul
    Tiempos menos modernos

    Este documental aborda múltiples temas muy en boga por estos tiempos (la identidad y la memoria, la reivindicación de los pueblos originarios y la condena más explícita de la masacre de la Conquista del Desierto, el cuidado del medio ambiente y especialmente de aquellas especies animales en vías de extinción). No digo que se trate de un film oportunista, pero sí que su selección para la Competencia Argentina de un festival como el de Mar del Plata (estuvo allí en 2012) se debió más a su corrección política (y a que viene del interior y como resultado del concurso Raymundo Gleyzer) que a sus estrictos valores artísticos.

    No hay nada demasiado reprochable en este trabajo de Kantor (las imágenes son cuidadas; el sonido, impecable; el acabado técnico, inmejorable), pero también es cierto que este viaje por las montañas cercanas a Bariloche que emprende el joven mapuche Ladislao Orosco (acompañado por Nazareno Rodríguez) en busca del huemul del título no supera una medianía llevadera pero poco trascendente y con analogías un poco trilladas.

    Los protagonistas/”actores” caminan y andan a caballo, toman mate y leen libros sobre épicas indígenas, buscan rastros y huellas, cocinan con leña y escuchan la radio local. Algunas tomas parecen postales a-la-National Geographic y el uso de la música -sobria por suerte- resulta un poco abusivo.
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  • Santa Lucía
    Santa Lucía
    La Nación
    Santa Lucía es un pequeño pueblo tucumano, pero con una larga y trágica historia que, de alguna forma, resume los avatares de la Argentina. Durante décadas fue el centro de una región azucarera, pero tras el cierre en 1968 del enorme ingenio que era el eje de la producción local se convirtió en poco menos que una comunidad fantasma dominada por la desocupación (aunque parte de la población se reorientó hacia la actividad ligada a los cítricos).

    Santa Lucía fue también el lugar elegido por el ERP para sus experiencias de guerrilla rural y por el ejército, para instalar la base del Operativo Independencia (posteriormente el viejo ingenio se convirtió en uno de los centros clandestinos de detención durante la última dictadura militar). Y, en el terreno cinematográfico, fue el eje de un clásico del cine neorrealista como El camino hacia la muerte del viejo Reales (1971), de Gerardo Vallejo.

    La guionista y realizadora Andrea Schellemberg regresa a ese paraje para acompañar la investigación de Lucía Aguilar, una joven profesora de Historia en la escuela primaria del lugar, que intentar esclarecer los hechos sucedidos allí durante aquellos tiempos oscuros de represión y miedo (un miedo que, en muchos casos, aún se percibe entre los vecinos).

    La película tiene las mejores intenciones, ya que intenta acercarse tanto a lo personal como a lo familiar y a lo social, pero lo hace a partir de una construcción narrativa bastante errática, planos muchas veces descuidados, una voz en off que intenta disimular los baches y una musicalización poco atractiva.

    Algunos pasajes donde la cámara se acerca a la intimidad de los integrantes de la comunidad, ciertos materiales de archivo y testimonios conseguidos -omo el del teniente coronel (R) Jorge Mittelbach- resultan lo mejor de un film de tono didáctico que resulta más interesante por su temática (y sus múltiples connotaciones) que por una apuesta formal demasiado elemental y esquemática.
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  • Los dueños
    Los dueños
    La Nación
    Cruda postal de la lucha de clases

    Con una infrecuente madurez -ambos tenían 30 años y una limitada experiencia en cortometrajes y obras de teatro en Tucumán cuando rodaron esta ópera prima-, la dupla integrada por Agustín Toscano y Ezequiel Radusky concibió una película que expone las tensiones de clase en el marco de una estancia ganadera de esa provincia.

    El film tiene, en una primera instancia, contactos directos con La ciénaga (hay algo del erotismo, del voyeurismo, de esa decadencia de la burguesía rural del interior que tan bien retrató Lucrecia Martel), pero aquí los directores se deciden a ofrecer los dos puntos de vista antagónicos: el de los patrones y el de los empleados del lugar.

    La vieja e imponente casona familiar (que incluye pileta, bosque y explotación ganadera, y donde transcurre casi todo el film) suele ser visitada por dos hermanas con sus respectivos maridos (uno de ellos es, además, una suerte de administrador y capataz). Sin embargo, cuando los dueños a los que alude el título no están hospedados, el lugar es "tomado" por los caseros, que aprovechan para disfrutar sin inhibiciones de sus comodidades.

    Ése es el planteo inicial, pero -claro- la película no tardará en exponer las contradicciones, miserias y múltiples sorpresas (negociados, tentaciones y affaires cruzados). Un cúmulo de secretos y mentiras que -una vez desvelados- podrían ser usados a manera de manipulación y chantaje.

    Los directores son lo suficientemente hábiles como para ir dosificando la información, como para no ser obvios ni subrayar demasiado los estados de ánimo ni las distintas búsquedas y motivaciones de cada uno de los personajes. Además, aprovechan el excelente trabajo de fotografía a cargo de Gustavo Biazzi (Castro, El estudiante y Un mundo misterioso) para pintar los ambientes (los interiores de la casa y los exteriores de los alrededores) en los que se desarrolla la trama, no le temen al humor absurdo (sin caer jamás en el patetismo tan habitual en este tipo de conflictos) y consiguen impecables actuaciones de intérpretes más reconocidos (como la protagonista Rosario Bléfari o Germán de Silva) y de otros con menos trayectoria, pero de igual convicción y expresividad.

    Por momentos, parece como si Toscano y Radusky se regodearan un poco con el costado más perverso de la trama (que tiene que ver con lo sexual y con los abusos de poder) y están muy cerca de caer en el tratado moral a-lo-Michael Haneke sobre la paranoia y el pánico burgués, pero por suerte tienen el pudor suficiente como para no ir más allá de lo necesario. El film es muy crudo e inquietante, pero esas cualidades están conseguidas desde las más puras herramientas cinematográficas y no desde el discurso aleccionador. Otra primera película que sirve para demostrar que el cine argentino (y, en este caso, el del interior) sigue dando a conocer nuevos talentos de indudable vuelo creativo.
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  • Divergente
    Divergente
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    Los jueguitos del hambre

    Cuando una película remite (casi) todo el tiempo a otra es que estamos en problemas. Y eso es lo que ocurre con Divergente, primera entrega de la saga basada en tres novelas de Veronica Roth (serán cuatro films porque el último libro se dividirá en dos) que es poco más que un burdo reciclaje de múltiples elementos ya vistos en la bastante superior Los juegos del hambre.

    Distópica y post-apocalíptica, Divergente nos traslada a una Chicago que ha sobrevivido a una guerra que arrasó con casi todo el resto del mundo. Allí se han establecido cinco distritos/facciones (en los Juegos del Hambre son 13) y cada adolescente a los 16 años debe unirse a uno de ellos: Verdad (para los sinceros), Abnegación (para los altruistas), Osadía (para los valientes), Cordialidad (para los pacíficos) y Erudición (para los inteligentes).

    Ocurre que Tris (la insulsa Shailene Woodley, lejísimos de esa actriz que prometía tanto en Los descendientes) es una divergente y, por lo tanto, una amenaza, un ser incontrolable para un sistema con mucho de totalitario (ay, esas referencias obvias al nazismo). La heroína se une a los intrépidos integrantes de Osadía (aquellos que deben custodiar a la comunidad) y allí conocerá a un instructor hot llamado Four (Theo James), con quien mantendrá una relación casta bien a la… Crepúsculo (sí, no se privan de ninguna analogía).

    El director Neil Burger había demostrado su oficio narrativo con Los afortunados, El ilusionista y Sin límites, pero aquí su capacidad queda por completo desdibujada (así como la de una actriz absolutamente desperdiciada como la aquí malvada Kate Winslet) en medio de una trama de alegorías banalizadas y elementos melodramáticos (sobre todo familiares) y románticos de una superficialidad pasmosa incluso en el contexto de una saga adolescente sin demasiadas exigencias. Todavía quedan tres películas para remontar la franquicia… o padecerla.
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  • El crítico
    El crítico
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    Profecía autocumplida

    Tardé varios días después de verla en el BAFICI 2013 en ponerme a escribir sobre esta película. Necesitaba tomar distancia para que me "decantara" internamente y poder encontrar así el tono justo. Conozco desde hace muchos tiempo a Hernán Guerschuny, colega de profesión y de "generación" (soy cuatro años más viejo que él). No somos amigos, pero siempre hubo (hay) respeto y buen trato mutuo. Sabía del tiempo y del esfuerzo que le había demandado concretar su ópera prima y que, para “colmo”, se trataba de la historia de un crítico de cine, con sus múltiples miserias intelectuales y afectivas, y eso me provocaba una inquietud adicional.

    En principio, cabe establecer que -más allá de sus logros y carencias- El crítico es una película. Una que está bien narrada y actuada, de irreprochable acabado en todos los rubros técnicos. Al mismo tiempo, siento que le falta algo, que está demasiado atada a su guión "de hierro", que por momentos se queda a mitad de camino entre la negrura del relato inicial y la comedia romántica de la que tanto reniega el protagonista y que inevitablemente terminará viviendo.

    El film arranca con la descripción del universo íntimo, bastante patético por cierto, de Víctor Téllez (Rafael Spregelburd), un crítico demasiado influido por la nouvelle vague (hasta sus pensamientos -en off- son en francés) que trabaja para un diario en el que le cambian los textos y vive sólo en un departamento que se viene abajo. Neurótico, malhumorado, huraño, cínico, prejuicioso y negador, Téllez es un antihéroe perfecto. Su vida cambia por completo cuando por casualidad conoce a una joven atractiva, impulsiva y avasallante (Dolores Fonzi en plan Amélie), que le moverá hasta los cimientos.

    El Infierno tan temido, la profecía autocumplida... Lo cierto es que Téllez se verá inmerso en una historia a-lo-Cuando Harry conoció a Sally con todo el romance y hasta la cursilería de la que tanto solía renegar en sus sesudas críticas.

    La primera parte -filmada en uno de los microcines al que solemos asistir y con la participación de críticos y agentes de prensa reales no sólo no me molestó sino que me pareció liviana. OK, está el cliché de aquel que se mete varias medialunas en el bolsillo, pero hasta me hubiese gustado enojarme, indignarme con alguna verdadera maldad por parte de Hernán. Y, ya en el terreno de la comedia romántica, la cosa también funciona parcialmente, aún con el simpático juego de acumular los lugares comunes más edulcorados del género (los fuegos artificiales, la corrida bajo la lluvia, la escena en el aeropuerto, etc.) y el encanto de Dolores Fonzi.

    El modelo de Guerschuny parece ser el cine de Spike Jonze-Charlie Kaufman u otros títulos como Más extraño que la ficción. Si el resultado de esta "índie" argentina no es del todo convincente, al menos quedan sí unos cuantos pasajes inspirados y situaciones graciosas. Es una más que aceptable primera película, una muy digna carta de presentación. A Hernán podrán atacarlo de ahora en más por cualquier cosa, pero no podrán decirle que es un director frustrado.
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  • Río 2
    Río 2
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    Lo primero es la familia

    Perdonen la infidencia personal, pero vi esta película escapándome un rato de la maratón del BAFICI (¡si bien incluso este tanque animado formó parte de la sección Baficito del festival porteño!) y en una versión subtitulada que nos exhibieron en el microcine de Fox (el público la verá doblada al castellano); es decir, con las voces originales de Jesse Eisenberg (como Blu) y Anne Hathaway (como Jewel). Por eso, puede que mi visión de esta secuela haya estado un poco “distorsionada” luego de días enteros de tanto cine experimental, extremo, vanguardista, autoral o como quieran llamarlo y, claro, no habrá aquí comentarios sobre la pertinencia o no del doblaje y esas cuestiones que suelen incluirse en este tipo de reseñas de films familiares de consumo masivo.

    Esta secuela del inmenso éxito comercial de 2011 (recaudó 486 millones de dólares, 341 de ellos fuera de los Estados Unidos) retoma a los personajes de Blu y Jewel. La acción arranca en las playas de Río de Janeiro, en pleno festejo del fin de año, pero pronto se trasladará al Amazonas, donde la pareja de guacamayos azules y sus tres traviesos hijos (Bia, Tiago y Carla) descubrirán que no están solos. Sumarán fuerzas con el matrimonio de científicos conservacionistas que fueron sus dueños anteriores (Leslie Mann y Rodrigo Santoro) frente a los malvados de turno, que incluyen desde animalitos (el papagayo Nigel que busca venganza y la rana venenosa Gabi) hasta mercenarios y depredadores de la selva. Todo servido en bandeja, por lo tanto, para una reivindicación de la familia y la comunidad, por un lado; y para un mensaje ecologista y políticamente correcto en favor del cuidado del medio ambiente y el respeto por la diversidad de la naturaleza salvaje, por el otro.

    El director Carlos Saldanha (vinculado a la primera entrega y también a la aún más exitosa franquicia de La Era de Hielo) hace las cosas con profesionalismo absoluto: colores impactantes, un fascinante diseño concebido para el despliegue de los efectos 3D, mucha música (desde temas interpretados por Carlinhos Brown, Sergio Mendes y Milton Nascimento que combinan samba y hip hop hasta covers de temas populares como I Will Survive de Gloria Gaynor) y esa alegría un poco forzada que Brasil ha sabido exportar al mundo.

    Hay escenas a puro vértido de esas que devuelven el precio de la entrada (como un viaje en bote por un río torrentoso que desemboca en una catarata), coreografías para quienes gusten de los números musicales y un humor omnipresente que en muchos casos no funciona demasiado bien. Hay bastante de fórmula y piloto automático en el desarrollo de la trama, pero así y todo el resultado (sobre todo en términos de una animación deslumbrante) es poco menos que incuestionable.
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  • Betibú
    Betibú
    La Nación
    Atractivo policial centrado en el periodismo

    Todo empieza con un asesinato. En el distinguido country La Maravillosa, una empleada doméstica descubre que su patrón, Pedro Chazarreta (Mario Pasik), ha sido degollado. El hecho no tarda demasiado en convertirse en una noticia de fuerte impacto nacional: la víctima no sólo era un influyente empresario sino también el principal sospechoso de haber matado a su esposa.

    Con ese punto de partida, Miguel Cohan (director de Sin retorno y coguionista de esta transposición del best seller de Claudia Piñeiro) construye un atractivo thriller que combina con bastante precisión elementos propios de la dinámica periodística con otros aspectos vinculados con los manejos turbios (corrupción, tráfico de influencias) en las altas esferas del poder económico y político.

    Los protagonistas de Betibú son tres: el personaje que le da título a la película, interpretado por Mercedes Morán (una brillante autora que ha abandonado por decisión propia la escena literaria para refugiarse como escritora fantasma) y dos prototípicos exponentes de la sección policiales: el periodista veterano, bohemio y ya desgastado (está a punto de firmar su retiro voluntario) que encarna Daniel Fanego; y el joven un poco arrogante y bastante inexperto (Alberto Ammann) que asume como jefe de El Tribuno, un diario manejado por capitales y ejecutivos españoles.

    Ellos -por diferentes motivos y circunstancias personales- coincidirán en investigar el caso de Chazarreta y, claro, sus inesperadas derivaciones y múltiples alcances que no conviene adelantar aquí. Betibú es un film sostenido sobre todo por los diálogos y -más allá de algunos pasajes en que pueden resultar un poco forzados por ciertos desniveles actorales- la construcción de la tensión y el interés nunca se resienten.

    En favor de Cohan y su equipo juegan la minuciosa y creíble descripción del funcionamiento interno de una redacción de diario (incluida la relación con informantes y hasta con jerarcas policiales) y de la vida cotidiana en los countries (Piñeiro ya había escrito Las viudas de los jueves, también llevada luego al cine). El resto (quién o quiénes son los culpables, cómo se organizan y operan muchas veces desde las sombras las principales estructuras del poder) deberá descubrirlo el espectador en pantalla. Vale la pena.
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  • Noé
    Noé
    Otros Cines
    Creer o reventar

    Esta nueva película del cotizado director de Pi, El luchador y El cisne negro es muchas cosas a la vez, aunque en ninguna de sus múltiples aristas alcanza una dimensión suficiente que la redima en su totalidad. Es, claro, una épica bíblica solemne (probablemente no convencerá a muchos estudiosos de la religión con sus no pocas licencias); es un entretenimiento en 3D a gran escala (130 millones de dólares de presupuesto, 138 minutos de duración) que se torna demasiado tortuoso para un público “familiar” masivo; y es -en línea con otro film de Darren Aronofsky como La fuente de la vida- una bajada de línea ecologista/naturista/new-age muy a tono con estos tiempos.

    ¿Y qué propone Aronofsky? Una mixtura (por momentos un cocoliche) entre sueños lisérgicos (bah, pesadillas premonitorias), actuaciones a pura gravedad (Russell Crowe está en su salsa), secuencias a puro despliegue de CGI (las procesiones de los animales, el arca en plena tormenta, las escenas de masas), concesiones al cine de aventuras hollywoodenses (como el malvado súper cruel que con mucha dignidad encarna el gran Ray Winstone), situaciones tomadas prestadas de El señor de los anillos (vean sino a Los Vigilantes, esos gigantes de roca que defienden a Noé y los suyos); secuencias “líricas” a-lo-Terrence Malick; citas a Ray Harryhausen; algunos momentos fuertes de canibalismo, pánico, caos y descontrol social; y videoclips bien grasas y didácticos en los que se resumen los “grandes éxitos” de la Biblia (el Génesis de Adán, Eva, Caín y Abel for dummies).

    En Twitter -ámbito ideal para la ironía y el cinismo- bromeaba con chistes fáciles jugando con términos como milagros, inundaciones (hacer agua), naufragios y diluvios. Pero así como no me sumo al coro góspel de críticos estadounidenses que aclamaron la película en medios como Variety, The New York Times o Rolling Stone, tampoco da para la burla. Aronofsky es un narrador que pone garra, que se arriesga y, si bien Noé está claramente tironeada entre lo que quiere y lo que debe ser, y termina siendo demasiado contradictoria (no es ni una cosa ni la otra), también tiene unos cuantas escenas para admirar, celebrar y discutir. Es bastante más de lo que logra la mayoría de las películas del cine contemporáneo.
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  • Capitán América y el soldado del invierno
    Superhéroes a escala humana

    Hace tres años se estrenó Capitán América: El primer vengador con críticas correctas y un aceptable resultado comercial. Algo parecido a lo que había ocurrido ese mismo año, tres meses antes, con Thor. Sin embargo, en ninguno de los dos casos se desató el fenómeno masivo que tanto se esperaba. Pero en 2012 llegó el descomunal éxito de The Avengers y, así, la sociedad entre Marvel y Disney logró potenciar cada una de sus franquicias.

    En esta segunda entrega dedicada al Capitán América -el personaje del "supersoldado" que surgió en la historieta creada en 1941 por Joe Simon y Jack Kirby- ya no está Joe Johnston como director, sino los hermanos Anthony y Joe Russo. Una curiosa elección, ya que ambos llegaban con algunas comedias para cine (Bienvenidos a Collinwood, Tres son multitud) y para televisión (Arrested Development, Community), pero sin antecedentes en este tipo de blockbuster.

    La apuesta salió bien, porque El soldado del invierno no sólo es un producto de acción competente y bastante eficaz en sus más de dos horas, sino que además mejora el resultado final conseguido por El primer vengador. Prueba del respaldo que los Russo consiguieron es que, incluso bastante tiempo antes del lanzamiento de esta segunda entrega, ya han sido confirmados para Capitán América 3.

    Christopher Markus y Stephen McFeely (guionistas de la primera parte de esta saga y de la reciente Thor: Un mundo oscuro) construyeron una historia paranoica con un doble enemigo (interno y EXTERNO) que algunos vieron con acierto como una suerte de remake no acreditada de Los tres días del cóndor, de Sydney Pollack. Y, a la hora de buscar coincidencias, el protagonista de aquel thriller de 1975, Robert Redford, aparece en El soldado del invierno, aunque aquí en un papel de villano. Redford, el otro malvado (el soldado del invierno del título que interpreta Sebastian Stan) y El Halcón/Falcon (Anthony Mackie) son las tres principales incorporaciones de esta secuela, aunque los fans disfrutarán más del protagonismo que esta vez sí tienen tanto la Viuda Negra/Black Widow de la aquí pelirroja Scarlett Johansson como el Nick Fury de Samuel L. Jackson.

    Es que el jefe Fury, la Viuda Negra, El Halcón y -claro- el Steve Rogers/Capitán América de Chris Evans (un personaje que esta vez alcanza una mayor dimensión psicológica) deberán unirse para salvar a la organización S.H.I.E.L.D., que ha sido infiltrada por todos lados y ha puesto en riesgo la seguridad mundial.

    Si bien la amenaza de una hecatombe a escala global está siempre presente, lo llamativo de El soldado del invierno es que sus escenas de acción están trabajadas en una escala humana; buenas coreografías de lucha cuerpo a cuerpo, un par de persecuciones automovilísticas y no tanta parafernalia tecnológica ni dependencia de sofisticados efectos visuales (aunque, claro, hoy todo se "retoca" en computadora).

    La película arranca con Rogers sin saber qué hacer con su tiempo libre en Washington DC, pero ese preámbulo ofrece un logrado tono humorístico que se extrañará bastante durante el resto de la narración (los chistes son más bien pocos). Lo que sí reaparecen son los esperados "clásicos" de la factoría Marvel: desde el simpático cameo del mítico Stan Lee hasta las dos escenas que aparecen durante y después de los créditos de cierre. Los fans, claro, agradecidos.
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  • Berberian sound studio
    Aullidos

    Ganador de la Competencia Internacional del último BAFICI, este inquietante, fascinante segundo largometraje del británico Peter Strickland luego de su promisoria ópera prima Katalin Varga no es tanto un film de terror (más bien sería una película sobre cómo se construye un film de terror) sino -como definió el propio director- un drama de observación sobre un hombre demasiado sensible sometido a una situación de maltrato laboral y las consecuencias que eso le genera en él.

    El ingles Gilderoy (impecable trabajo de Toby Jones) es un ingeniero de sonido muy reprimido e inocentón que llega a un estudio de grabación para trabajar en una película de horror italiana titulada El vórtice ecuestre. Se encuentra allí con seres bastante despreciables (entre manipuladores y chantas) y un producto artístico de terror en más de un sentido.

    Strickland va construyendo en crescendo un universo cada vez más oscuro, sórdido, ominoso, surrealista y perturbador, en el que se perciben múltiples ecos y huellas cinéfilas (David Lynch, Micheal Powell, Brian De Palma y siguen las firmas) y -claro- un homenaje lleno de referencias al “giallo” de Darío Argento, Mario Bava, Sergio Martino y Lucio Fulci.

    Un vistoso thriller psicológico trabajado con colores saturados y climas propios del terror gótico que resulta, al mismo tiempo, una suerte de ensayo/tratado sobre la importancia del sonido (por entonces todavía analógico, con efectos fabricados artificialmente) en la experiencia cinematográfica. Para disfrutar -y escuchar- en pantalla grande.
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  • El pasado
    El pasado
    Otros Cines
    ¿Debo irme o debo quedarme?

    Tras ganar el Oscar al mejor film extranjero con La separación, el iraní Asghar Farhadi se arriesgó a rodar en Francia (y en francés) El pasado, película protagonizada por la argentina Bérénice Bejo (El artista) y Tahar Rahim (Un profeta). Más allá de un desenlace que no es del todo convincente, el resultado de esta incursión europea de Farhadi (como la que ya había hecho su compatriota Abbas Kiarostami en Copia certificada) lo mantiene como uno de los directores más inteligentes, precisos y profundos del panorama actual.

    Como en La separación, el eje de El pasado es un proceso de divorcio con varios enigmas por resolver, aunque en un contexto muy diferente. Ahmad (Ali Mosaffa) llega a París desde Teherán para sellar ante un juez el fin de su matrimonio con Marie (Bejo, mejor actriz en Cannes 2013 por este trabajo), a quien no ve desde hace cuatro años. Al poco tiempo, se enterará de que ella está en pareja con y embarazada de Samir (Rahim), quien a su vez tiene a su esposa en un coma irreversible tras un intento de suicidio ¿Más complicaciones? Marie vive con dos hijas de diferentes padres (una de ellas una adolescente muy conflictuada) y con el pequeño y díscolo hijo de Samir.

    En la interacción entre estos seis personajes, Farhadi construye un rompecabezas emocional no exento de sorpresivas revelaciones que llevan a cada uno de ellos a tomar todo el tiempo decisiones muy difíciles ligadas al dilema central: ser fieles al pasado o abandonar esa lucha y moverse hacia el futuro. Aunque por momentos (sobre todo, al final) la película para demasiado “escrita” y “calculada” (y en la última media hora pierde bastante el eje al acumular demasiados elementos), el melodrama familiar está trabajado con esa capacidad de observación, esa sensibilidad y esa agudeza tan infrecuentes en el cine de hoy y que constituyen la marca de fábrica del creador de About Elly.

    Como pocas veces, el espectador puede entender la historia desde el punto de vista de cada uno de los protagonistas y empatizar con todos ellos. Los intérpretes (incluso los niños) están impecablemente dirigidos por un director que, aún cuando no alcance la cumbre de su obra, siempre entrega mucho material para el análisis y el disfrute cinéfilo.
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  • El sobreviviente
    Digno exponente de género

    Peter Berg (El reino, Hancock) consigue su mejor película hasta la fecha como guionista y director con esta precisa, implacable reconstrucción de una trágica misión real ocurrida en el marco de la intervención de los Estados Unidos en Afganistán: en junio de 2005, un equipo de operaciones especiales integrado por apenas cuatro soldados fue enviado a la región de Kunar con la misión de apresar o asesinar al líder talibán Ahmad Shah y a sus seguidores.

    Luego de una introducción plagada de clichés sobre los entrenamientos y la camaradería masculina en el cuartel, la película se concentra en el operativo, que a los pocos minutos se ve truncado por la presencia de pastores de ovejas en la montaña donde los militares estaban escondidos. Lo que sigue, por lo tanto, es una larga caza por parte de los 140 talibanes para atrapar a los cuatro estadounidenses, quienes lucharon no sólo en semejante inferioridad numérica sino también en condiciones físicas, geográficas y hasta tecnológicas (incomunicados por completo) casi imposibles, pero con un heroísmo digno de... una película de Hollywood.

    Lo que importa aquí no es tanto el desenlace (el título original y el de estreno local son en sí mismos un spoiler) sino la forma en que Berg -basándose en un libro de memorias del "sobreviviente" Marcus Luttrell- describe el accionar, la mística, la moral y los códigos de estos combatientes.

    En esa mirada quirúrgica, en esa descripción con impronta casi documental que recuerda al cine de la Kathryn Bigelow de Vivir al límite y La noche más oscura van surgiendo de la manera más inesperada los rasgos de personalidad de cada uno de los cuatro protagonistas, interpretados con convicción, visceralidad y compromiso tanto dramático como físico por Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Emile Hirsch y Ben Foster.

    Sí, hay algunos (pocos) excesos patrioteros, momentos inundados de música épica, y carteles y fotos reivindicatorias sobre el final, pero El sobreviviente es, sobre todo, un sólido film de guerra que utiliza muy bien las locaciones naturales de Nuevo México (que recrean las de Afganistán), un impecable trabajo de edición a cargo de Colby Parker Jr., de fotografía gentileza de Tobias Schliesser, y de sonido. Atributos técnicos y artísticos que se combinan para un muy digno exponente del cine de género.
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  • El desconocido del lago
    Amor (locura y muerte) a primera vista

    Tras participar en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes con No Rest for the Braves/Pas de repos pour les braves (2003) y The King of Escape/Le roi de l'evasion (2009), el siempre provocativo director francés Alain Guiraudie saltó en 2013 a la sección oficial Un Certain Régard (donde fue consagrado como Mejor Director) con una película en varios aspectos perturbadora y extrema, pero de notable factura y múltiples alcances, matices y connotaciones.

    Ambientada íntegramente en una playa nudista frecuentada por gays y en los bosques adyacentes donde los habitués se encuentran cada tarde para mantener sexo casual, El desconocido del lago tiene como protagonista a Franck (Pierre Deladonchamps, Premio César al Actor Revelación), un joven que ingresa a ese universo y de inmediato se fascina con Michel (Christophe Paou), fornido nadador que ya tiene pareja. Al poco tiempo, siendo ya casi de noche, ve cómo su objeto del deseo ahoga a su compañero. Al día siguiente, aun sabiendo de los riesgos que corre, Franck inicia un apasionado romance con Michel, mientras la policía descubre el cadáver en el lago y un patético detective inicia la investigación del caso.

    El film se excede quizás un poco en las largas escenas de sexo explícito (de esas que incomodan al público "común" y genera en algunos casos el éxodo de la sala de ciertos espectadores), pero en los distintos terrenos es de una solidez encomiable. El largometraje funciona a la vez como melodrama romántico y tragedia griega, como película queer y comedia de enredos, y -sobre todo- como un clásico policial hollywoodense con una precisa construcción del suspenso, la intriga y los misterios, amplificada por el uso de locaciones en plena naturaleza. También, por supuesto, funciona como una incisiva mirada a los vericuetos del amor, la pasión, el placer, los celos y la obsesión (muchas veces lindante incluso con lo patológico).

    Una película que -es cierto- desafía e inquieta, un relato que construye un universo propio, con un tono y unos climas que no se parecen en nada al cine pasteurizado, superficial, previsible que tanto abunda en estos tiempos. Una de las gratas sorpresas de la producción francesa reciente. Un estreno... milagroso.
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  • El gran hotel Budapest
    Elige tu propia aventura...

    Pocos directores estadounidenses pueden darse el lujo de hacer lo que quieren y cómo quieren, de contar con elencos pletóricos de grandes figuras, de desarrollar con continuidad un estilo propio que se ubica en las antípodas de los modelos hollywoodenses más convencionales, y -sobre todo- de experimentar, de jugar al cine (y con el cine) en todas sus dimensiones y posibilidades. Wes Anderson es uno de ellos y, por lo tanto, uno de los exponentes más interesantes del panorama actual. En ese sentido, El Gran Hotel Budapest lo encuentra -por suerte- más ambicioso, desprejuiciado y desatado que nunca.

    Si bien buena parte de la historia transcurre dentro del hotel del título ubicado en la cima de una montaña (se accede vía funicular) de un ficticio país de Europa (la República de Zubrowka), la trama está subdividida en cuatro episodios principales (como capítulos de una novela), con saltos temporales que van de 1985 a 1968 y de allí a los años '30, con múltiples narradores en off y con ramificaciones que transforman al film (esencialmente una comedia negra sobre la dinámica del lugar) en una historia de mentor-discípulo (entre el conserje Gustave que encarna Ralph Fiennes y Zero Moustafa, un niño refugiado que trabaja en el lobby y es interpretado por el novato Tony Revolori), en un thriller con asesinato incluido, en una película de (fuga de) cárcel y así hasta completar casi todos los géneros posibles (siempre encontrando elementos trágicos en los momentos de humor y gags físicos o verbales incluso en los pasajes más dramáticos).

    El director de La vida acuática y Viaje a Darjeeling citó al novelista y dramaturgo austríaco Stefan Zweig como la principal inspiración, mientras que la otra fuente principal a la hora de diseñar el trabajo con los actores fueron los clásicos de los años ’30 dirigidos por Ernst Lubitsch (desde la mirada al nazismo de Ser o no ser hasta Ninochtka) o la casi homónima Grand Hotel, de Edmund Goulding. Pero incluso con esas referencias, la película no deja de ser 100% wesanderseriana, con su estilo reconocible en todos y cada uno de sus planos.

    En su octavo largometraje, el realizador de Tres es multitud y Los excéntricos Tenenbaum apela otra vez al artificio (con un vistoso diseño entre retro y kitsch digno de los países del ex eje comunista), a un rompecabezas de muchas piezas, al interminable juego de muñecas rusas (siempre hay una capa más por añadir, una nueva dimensión por explorr). Quizás el resultado es menos sensible y algo más frío que en el caso de la anterior Moonrise Kingdom y no todos los notables intérpretes que dan vida a los 16 personajes centrales tienen el mismo espacio para lucirse, pero no por eso El Gran Hotel Budapest deja de ser una historia tan delirante como fascinante. Otra joyita de su personalísima y casi siempre brillante filmografía para este autor de tan sólo 44 años. Así, cada nuevo estreno de Wes Anderson se convierte en un hito cinéfilo insoslayable.
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  • La segunda muerte
    Pueblo chico, infierno grande

    Estrenada en una de las secciones paralelas del BAFICI 2012, La segunda muerte es otra interesante aproximación del cine argentino a los géneros narrativos clásicos, en este caso al terror de tintes místicos/religiosos/policiales.

    En ese sentido, la ópera prima de Santiago Fernández Calvete se adecúa a gran parte de sus normas: una foránea –en este caso la policía interpretada por Agustina Lecouna- que llega a un pueblo chico intentando huir de su pasado y cuya voz en off es la encargada de llevar adelante la narración, un grupo de habitantes oscilantes entre la parquedad y lo ominoso, la tranquilidad citadina acicateada por un crimen macabro (la aparición de un chico calcinado) y la faceta sobrenatural del fenómeno, encarnada primero a través de un niño con visiones y luego con un elemento que no conviene develar.

    Fernández Calvete acierta con la coherencia narrativa de su dispositivo, demostrando además una profunda creencia y conocimiento en la narración de este tipo de relatos. Sin embargo, La segunda muerte parece por momentos demasiado fascinada por el poderío de su trabajo visual y sonoro -muy buenos, por cierto- antes que en la construcción de sus personajes, imposibilitando la plena comprensión de la motivación personal de cada uno de ellos.
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  • Need for speed
    Need for speed
    La Nación
    Efectiva road movie de acción

    Tras el inmenso éxito de la saga de Rápido y furioso, y aprovechando -claro- la popularidad de la franquicia de videojuegos de carreras homónima (150 millones de copias vendidas), llega Need for Speed, una película básica y al mismo tiempo bastante eficaz. Lo de básica tiene que ver con que el guión de George Gatins está construido de manera consciente a partir de estereotipos y clichés del cine popular: el chico de clase media-baja en problemas, pero bienintencionado, versus el rival rico y despiadado; el protagonista que es acusado de un crimen que no cometió y luego sale en busca de la venganza (que deberá ser una reivindicación moral antes que una del tipo ojo por ojo); la historia de amor entre el antihéroe con su corazón endurecido y la muchacha (inglesa para más datos) excéntrica, entusiasta y finalmente mucho más valiente y desprejuiciada de lo que parecía.

    Si el cinéfilo está esperando un film que les haga honor a clásicos como Reto a muerte o Bullit, o que tenga el desparpajo de las películas con Burt Reynolds y la más reciente A prueba de muerte, puede que esta experiencia resulte un poco frustrante. Es que estamos en el imperio de las convenciones, los diálogos elementales y hasta un poco torpes, con ese cuentito clásico y -por qué no- algo demagógico para un público adolescente y juvenil que no pretende complicarse con los vericuetos de una trama con demasiadas curvas y contramarchas.

    A cambio, este film de Scott Waugh -que antes de dirigir fue doble de riesgo- regala un puñado de set-pieces (esas escenas de acción que de alguna manera definen la contundencia del producto) construidas con todo el vértigo, la adrenalina y la espectacularidad necesarias para impactar y fascinar.

    El protagonista del film es Tobey Marshall (Aaron Paul, la revelación de la serie Breaking Bad), un mecánico y corredor de carreras callejeras que deberá enfrentar al cruel y arrogante Dino Brewster (Dominic Cooper), mientras sobrelleva el duelo por la muerte de uno de sus mejores amigos (de la que es injustamente culpado) y una crítica situación económica que pone en riesgo el funcionamiento de su taller. Pero no todas serán penurias para Tobey, ya que en su vida aparecen la bella Julia (Imogen Poots) y un promotor de carreras (el aquí desatado Michael Keaton), que lo acepta en la De León, una competencia exclusiva que puede cambiarle la vida. Lo que sigue es una típica road movie llena de contratiempos y aventuras en busca de la ansiada reivindicación y la redención final.
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  • Ella
    Ella
    La Nación
    En su cuarto largometraje como director (primero concebido íntegramente por él y distinguido hace pocos días con el premio Oscar al mejor guión original), Spike Jonze construye una historia de amor poco convencional entre un hombre y un sistema operativo.

    Theodore Twombly (otra magistral interpretación de Joaquin Phoenix) es un hombre atribulado y en pena. Alguna vez un escritor promisorio, ahora se gana la vida escribiendo cartas íntimas a pedido. Y sufre con cada recuerdo, cada vestigio de una intensa relación afectiva que resultó en fracaso.

    Más allá de que mantiene algún esporádico contacto con su ex pareja (Rooney Mara), con una amiga depresiva (Amy Adams) y con un compañero de trabajo (Chris Pratt), Theodore es un solitario casi patológico. Ambientada en un futuro cercano (¿o que ya llegó?), la nueva película del realizador de ¿Quieres ser John Malkovich? es un ensayo lúcido e impiadoso sobre esta época en la que una herramienta tecnológica puede anestesiar, tapar, "maquillar" esa crisis existencial: una conexión virtual para desconectarse del doloroso mundo real.

    Y en esa virtualidad aparece "ella", el sistema operativo que se hace llamar Samantha (la magnética, seductora voz de Scarlett Johansson, que reemplazó durante la posproducción a la original de Samantha Morton) y que despertará en nuestro antihéroe las reacciones más inesperadas y contradictorias: se enamorará, se obsesionará, sentirá celos, intentará controlarla.

    A pesar de cierta frialdad en el vistoso diseño en el marco de una Los Ángeles deshumanizada y del tono melancólico de la película (amplificado por la música de Arcade Fire), Ella es una apuesta romántica que excede por mucho el mero ingenio de su propuesta inicial.

    En la credibilidad y en los múltiples matices de la historia, mucho tienen que ver la convicción y ductilidad de Phoenix (que vuelve a sostener, como en Los amantes y The Master, largos y complejos primeros planos con sus "máscaras" perfectas) y el aporte no menor de Johansson para darle entidad -incluso "física"- a un personaje que, en principio, sólo existe a partir de su voz.

    La gran paradoja de la película -y lo que la hace más inquietante- es que el protagonista por momentos parece una máquina anodina, mientras que el sistema operativo contratado por el cliente se comporta -en todo sentido- como una mujer "de carne y hueso".

    Mucho se ha escrito sobre las referencias (desde el personaje de James Stewart en Vértigo hasta el clásico relato de Pinocho), pero lo cierto es que Spike Jonze ha sintonizado como pocos con los conflictos humanos de esta época contradictoria, angustiante y al mismo tan interesante para el análisis. Tiempos de consumismo exacerbado, de estímulos constantes y, a la vez, la auténtica era del vacío.
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  • La tercera orilla
    Rebelde con causa

    Con Ana y los otros (2003), Una semana solos (2008) y el documental Escuela Normal (2012), Celina Murga ya había demostrado su sensibilidad, su capacidad para observar y retratar a los adolescentes (también a los pre y a los post), pero nunca había posado su mirada tan fuertemente sobre el universo masculino, en especial sobre la relación padre-hijo, sobre los mandatos paternos en una sociedad machista, conservadora y bastante hipócrita como en La tercera orilla, ambientada en una ciudad de su Entre Ríos natal como Concepción del Uruguay.

    La película -coescrita a cuatro manos con Gabriel Medina (director de Los paranoicos y La araña vampiro)- está narrada desde el punto de vista de Nicolás (convincente debut de Alián Devetiac), un muchacho de 17 años cuyo padre -un influyente médico del lugar- lleva desde “siempre” una doble vida. En efecto, el muchacho forma con sus hermanos menores del sector no reconocido socialmente (su madre sería la “amante”, mientras paralelamente está la esposa con su familia “oficial”), pero su papá ha decidido que él sea su sucesor tano en los negocios (que administre su campo) como en su profesión (que estudie medicina y supervise la clínica).

    Nicolás casi no habla, pero en cada uno de sus gestos, en su mirada, en sus decisiones (cómo lo evita en varias ocasiones) se va percibiendo con absoluta precisión la forma en que van creciendo el miedo, el resentimiento, la bronca, la humillación, el odio, la violencia contenida hacia un hombre que decide absolutamente todo y para todos (desde el reparto del dinero hasta la compra de un nuevo televisor para la casa “sustituta”).

    Lo mejor de La tercera orilla, una pequeña película de gran solidez y múltiples connotaciones, es que no ubica a Nicolás en el esteretotipo de víctima torturada (si bien hay algo de eso) ni a su padre Jorge (notable trabajo de Daniel Veronese) como un dictador, un tirano, un abusador compulsivo o un monstruo (aunque por momentos tenga algunos gestos monstruosos). Lo que el film expone con suma claridad y sin juzgar a los personajes es cómo esas relaciones de poder están naturalizadas y aceptadas (muchas veces con dolor y resignación) por un entramado social que precede por mucho y marca desde siempre a las dinámicas familiares.

    Si bien se trata de la película más narrativamente clásica de Murga, en la que más se construye la tensión y el suspenso (¿qué hará finalmente Nicolás ante la presión y los condicionamientos?), La tercera orilla es un film donde la sutileza, el cuidado por el detalle y la construcción de climas (extraordinario trabajo de cámara y fotografía de Diego Poleri con Tierras malas/Badlands, de Terrence Malick, como inspiración, edición y sonido) adquieren muchas veces más importancia que la resolución de cada uno de los conflictos que se plantean (un ejemplo: la escena del karaoke).

    Tengo mis reparos respecto de la eficacia de cómo se cierra la historia en sus dos últimas secuencias, pero no es cuestión de “spoilear” un film que tiene múltiples hallazgos. Más allá de cualquier cuestionamiento que pueda hacérsele, se trata de una película que consagra de forma definitiva a una directora que sigue creciendo en cuanto a virtuosismo formal, inteligencia para sumergirse en las contradicciones juveniles y profundidad psicológica. Bienvenida sea, entonces, esa constante evolución.
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  • Heredero del diablo
    El regreso del Anticristo

    Un hombre es interrogado por la policía el 30/3/2013. Tiene el rostro ensangrentado, pero repite: “Yo no lo hice”. La historia se retrotrae 9 meses y vemos entonces a una pareja joven y bella (Zach Gilford y Allison Miller) que se casa, y se va de Luna de Miel a República Dominicana. Poco después, ella le informa a él que está embarazada. La felicidad que embarga al matrimonio se transformará en -literalmente- un infierno cuando empiecen a ocurrir cosas muy extrañas -no conviene adelantar demasiado- durante ese proceso de gestación.

    La película de la dupla Matt Bettinelli-Olpin-Tyler Gillett es una mixtura no demasiado audaz de El bebé de Rosemary con Actividad paranormal, un reciclaje de elementos del subgénero de terror a-la-Anticristo con elementos sobrenaturales, estética “documentalista” y recursos narrativos (la omnipresente cámara subjetiva que cargan los protagonistas a toda hora, las imágenes tomadas por diversas cámaras de seguridad) que ya se han visto una y mil veces en los últimos años.

    Película pesadillesca y paranoica, El heredero del Diablo está dignamente construida, regala algunas escenas inspiradas y unos cuantos sustos (por momentos, apelando a un exceso de sadismo), aunque finalmente cede al festival de efectos visuales para un desenlace quizás más ampuloso de lo deseado. Un exponente del “nuevo” cine de terror tan correcto, tan profesional, como efímero.
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  • Balada de un hombre común
    El cantante que nunca estuvo

    Esta nueva película de los hermanos Joel y Ethan Coen narra la historia del Llewyn Davis del título (Oscar Isaac, toda una revelación), joven cantautor sin éxito profesional, económico ni afectivo (y perseguido además por la peor de las suertes a cada instante de su vida) que vive de casa en casa. Se suma, así, a la larga galería de patéticos perdedores de los creadores de Fargo, Barton Fink, El gran Lebowski, Simplemente sangre y Sin lugar para los débiles.

    En la primera escena del film, con Llewyn Davis cantando uno de sus temas en The Gaslight Café -pleno Greenwich Village de 1961-, se puede ver entre el público a un joven muy parecido a Bob Dylan. Cerca del final de la película, cuando el protagonista abandona el escenario, ese muchacho se sube al estrado y, efectivamente, escuchamos a quien luego sería la figura clave del folk (con Joan Baez, Joni Mitchell y tantas otras).

    Porque Inside Llewyn Davis es eso: la “apropiación” que los Coen hacen de esa era pre-Dylan a partir de un personaje de ficción inspirado en la figura real del hoy músico de culto Dave Van Ronk. Así, más que una reconstrucción de época hay aquí una recreación o, mejor, una invención fiel al estilo desprejuiciado pero respetuoso a la vez de los directores, quienes -sin embargo- logran transportarnos a la bohemia de bares, clubes nocturnos, intelectuales esnobs y artistas frustrados.

    La película -ganadora del Gran Premio del Jurado en el último Festival de Cannes aunque prácticamente ignorada en los recientes Oscar- está plagada de situaciones absurdas, con ese humor negro y espíritu tragicómico (hay desde suicidios hasta embarazos no deseados) que son el sello de los Coen. Y, esta vez, los gatos son casi tan importantes en la trama como los protagonistas (y mucho más queribles que ellos). Todos los temas (bellísimos, gentileza del productor musical T Bone Burnett) se cantan en vivo y ¡completos! En ese sentido, Isaac entrega no sólo impecables interpretaciones sino también un aire melancólico, tristón, chaplinesco, que se engancha con la nostalgia de aquella época y su look 100% loser.

    En los habituales y simpáticos personajes secundarios del cine de los Coen se lucen Carey Mulligan, Garrett Hedlund, Justin Timberlake y F. Murray Abraham. En cambio, en esta oportunidad, no es tan logrado el trabajo de John Goodman, como un músico de jazz que acompaña a Davis en una larga secuencia típica de road-movie (un viaje nocturno entre Nueva York y Chicago) que no es de las más inspiradas de un film, que contó con el inestimable aporte estético del DF francés Bruno Delbonnel en la creación de climas siempre nostálgicos y fascinantes.

    Para quienes detestan que los Coen "maltraten" a sus personajes y los miren siempre desde arriba, Inside Llewyn Davis no va a reconciliarlos precisamente con su cine, pero sí es de esas pequeñas películas (las menos pretenciosas) de los hermanos que -por lo menos en mi caso- más se disfrutan.
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  • Luna en Leo
    Luna en Leo
    Otros Cines
    Cita a ciegas

    Leo (Ismael Serrano) es un español radicado en Buenos Aires. Llegó como ejecutivo de un banco extranjero, pero ahora es un aspirante a periodista (tiene una investigación a punto de publicarse aunque se gana la vida escribiendo los horóscopos sin saber nada de Astrología). Luna (Carla Pandolfi, vista en Días de Vinilo y en la serie Violetta) es una joven tan bonita como cínica (incluso un poco cruel).

    Ambos antihéroes (él todavía más loser que ella) se encuentran de madrugada en un boliche para la primera cita. La sensación inmediata es de incomodidad, de escasa fluidez, de incompatibilidad de personalidades (ella extrovertida e impune; él bastante más introspectivo, torturado, tímido). Lo que en principio parece será una noche breve y olvidable, se va estirando: una cerveza más, un partido de pool, una caminata por Puerto Madero, unos tacos en un restaurante mexicano, un paso por la fiesta de cumpleaños de una amiga de ella…

    La película -segunda colaboración del director Juan Pablo Martínez con el popular cantautor ibérico tras El hombre que corría tras el viento- se pretende un retrato íntimo y al mismo tiempo generacional sobre las contradicciones, miedos, represiones y miserias de los de “treintaypico”, con una preponderancia absoluta del diálogo en la línea de tanto cine indie norteamericano.

    El problema es que el co-realizador de Desmadre no consigue que sus dos protagonistas consigan esa química, esa tensión romántica tan fundamental para que una historia de estas características funcione, atrape. Los diálogos muchas veces resultan forzados, suenan demasiado “escritos” y poco casuales. La credibilidad, así, se va diluyendo. Y el interés, también. Una pena porque había en la propuesta inicial varios aspectos simpáticos, atractivos. El resultado final, lamentablemente, no está a la altura de lo que prometía.
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  • Tras la puerta
    Tras la puerta
    Otros Cines
    Mi pasado me condena

    Con Una película de amor, Confianza, Mephisto, Coronel Redl, Hanussen, Encuentro con Venus, Tomando parte, Sunshine, el amanecer de un siglo o Conociendo a Julia, por nombrar sólo algunos títulos, István Szabó se convirtió en uno de los directores húngaros (y europeos) más prestigiosos y de mayor proyección internacional. Sus largometrajes fueron reconocidos en festivales y hasta en los Oscar, contó muchas veces con importantes presupuestos y con el aporte de intérpretes consagrados.

    Por eso, en el marco de semejante filmografía, Tras la puerta es una película chica en dimensiones y -lamentablemente- menor en sus resultados artísticos. A pesar de contar con una de las mejores actrices en actividad (Helen Mirren) y de adentrarse en conflictos que Szabó conoce bien y ya ha trabajado (las huellas de la Segunda Guerra Mundial, las relaciones entre mujeres), en este caso se queda a mitad de camino con una apuesta morosa (estática), densa y solemne, casi de índole teatral, trabajada para colmo con simbolismos torpes (ay, las tormentas) y un uso demasiado explícito de los flashbacks para descubrir los traumas de los personajes.

    La película -hablada en inglés- está ambientada en la Hungría de los años ’60 (plena posguerra y régimen comunista), pero aquí el trasfondo está poco aprovechado (o desaprovechado) porque Szabó decide casi prescindir del afuera para concentrarse en la relación de amor-odio, fascinación-repulsión, lealtad-rechazo entre las dos protagonistas.

    Mirren es Emerenc, una mujer decididamente contradictoria y escindida (víctima y victimaria, educada y despiadada, dulce y amarga, dócil y brutal, testaruda y servicial) que empieza a trabajar como empleada doméstica de un matrimonio de vecinos de una clase social, económica e intelectual más alta. El marido, Tibor (Károly Eperjes), es bastante reacio a su presencia, pero la esposa, Magda (Martina Gedeck, vista en La vida de los otros), es una escritora en pleno ascenso que empieza a obsesionarse por la personalidad de Emerenc, quien se va transformando en una suerte de musa inspiradora de su nueva novela.

    Lo que en principio parecía servido para una mirada a la lucha de clases deriva, sin embargo, hacia el ensayo psicológico y, si bien la siempre solvente Mirren (aquí lejos de sus mejores trabajos) le da cierta carnadura y tensión a su personaje, este film -basado en la novela autobiográfico de Magda Szabó- resulta demasiado ampuloso y obvio en su exploración de esos pasados que condenan, de esos secretos y mentiras que agobian.
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  • 300: El nacimiento de un imperio
    Siete años después del inmenso éxito comercial conseguido por 300 (influyente película que tuvo quizá demasiadas imitadoras), llega esta segunda entrega, cuya historia transcurre antes, durante y después de aquella épica sobre los valientes espartanos que resisten una masiva invasión persa. Esta vez, ya no figura Zack Snyder detrás de cámara (fue reemplazado por el director de comerciales Noam Murro), pero sí como productor y como autor del guión, basado otra vez en una novela gráfica de Frank Miller ( Xerxes ).

    La estética del cómic, la estilización visual y la violencia extrema vuelven a ser los pilares sobre los que se construye un film de propuesta eficaz en los términos en que está planteado, aunque al mismo tiempo bastante limitado en su alcance. Estamos ante una de esas películas hechas "para la hinchada" (que, como quedó demostrado con el largometraje original, es bastante masiva), pero que al repetir varios de los esquemas narrativos, al caer otra vez en ese regodeo esteticista, en la voz en off solemne y en un tono siempre ampuloso, ya no logra el mismo impacto que había conseguido Snyder. Además, para quienes no se sientan atraídos por la acumulación de excesos gore, les resultará -lisa y llanamente- un regodeo insoportable. Pura pornografía de la violencia.

    Esta historia ambientada en el año 480 a.C. arranca con el general Temístocles (Sullivan Stapleton) matando en plena batalla y con un lejano disparo de flecha al rey persa Darío (Igal Naor). Será entonces su hijo Jerjes (Rodrigo Santoro), devenido en su sucesor y en algo así como un nuevo dios, quien emprenda la venganza junto a la brutal Artemisia (Eva Green), comandando una imponente flota naval que amenaza con arrasar a las mucho más endebles fuerzas griegas. ¿Se sumarán a la defensa los espartanos liderados por la ahora reina viuda Gorgo, interpretada nuevamente por Lena Headey? Cabe aclarar, en este sentido, que el personaje de Leónidas que consagró a Gerard Butler sólo aparece en unas pocas tomas recicladas de la 300 original.

    No hay muchas más incógnitas en esta trama básica y elemental, pero que regalará a los fans de este subgénero un festival de fluidos (baños de sangre, sudor y lágrimas), de efectos visuales en 3D (los enfrentamientos en alta mar son de gran espectacularidad) y de luchas cuerpo a cuerpo presentadas en cámara lenta y con una fragmentaria edición con espíritu de videoclip.

    Lo mejor -y, en algún sentido, más sorprendente- de la propuesta es el personaje de Artemisia, una griega abusada de niña y luego rescatada y criada por los persas. Eva Green, la bella actriz francesa de Los soñadores y Sombras tenebrosas , construye una malvada desatada y desaforada, una femme fatale dueña de una crueldad, una tensión erótica, una ferocidad y una negrura que se extrañan en el resto de los personajes y las actuaciones.

    En Green y en ciertos hallazgos formales residen los principales sostenes de esta segunda entrega, destinada sólo a los incondicionales seguidores de una saga que tendrá que demostrar si todavía queda interés por este tipo de propuestas luego de la limitada repercusión obtenida en todo el mundo por las recientes La leyenda de Hércules y Pompeii.
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  • En la casa
    En la casa
    La Nación
    El juego del gato y el ratón

    El prolífico, talentoso y muchas veces desconcertante director francés François Ozon se basó muy libremente en una obra teatral del español Juan Mayorga para esta mixtura entre la comedia, el drama y el thriller que remite al tono de sus primeros trabajos (Los amantes criminales, Sitcom, Gotas de agua sobre rocas calientes) y que resulta una suerte de regreso modernizado al Alfred Hitchcock de La ventana indiscreta, al cine de Woody Allen (en este caso, hay incluso un homenaje explícito cuando los protagonistas van al cine a ver Match Point) y a la fascinación por los relatos morales sobre la burguesía de Claude Chabrol.

    A partir de un guión propio, el realizador de Bajo la arena, 8 mujeres y Potiche narra en su penúltimo largometraje (posteriormente realizó Joven y bella) la historia de Germain (otro notable trabajo de Fabrice Luchini), un profesor de literatura de escuela secundaria harto de su trabajo y, sobre todo, de la mediocridad de sus alumnos. En medio del fastidio acumulado, mientras corrige con "piloto automático" los distintos trabajos (composiciones sobre qué hicieron los adolescentes durante el fin de semana), se topa con uno que lo sorprende, lo intriga, lo fascina.

    Es que uno de los jóvenes que apenas se hacen notar en clase redacta una historia llena de misterio, erotismo, perversión. Germain se lo lee a su esposa, Jeanne (la siempre convincente Kristin Scott Thomas), una galerista avant garde , y ambos quedan entre perturbados y enganchados con el relato. Es que Claude (Ernst Umhauer), que intenta salir de su poco contenedor hogar de clase media-baja, cuenta cómo se ha inmiscuido e insertado dentro de la familia "perfecta" de un compañero de clase llamado Rapha (Bastien Ughetto). Germain se siente cada vez más obsesionado por la trama e insta al autor a profundizar su estudio antropológico-literario y, por qué no, incluso a seducir a Esther (Emmanuelle Seigner), la madre de su amigo.

    Lo que sigue es un simpático y atrapante (al menos durante buena parte de los 105 minutos) péndulo entre ficción y realidad con manipulaciones cruzadas (hay algo de juego de gato y ratón, de cazador-cazado), cuyos tragicómicos resultados hacen de este thriller psicológico un ensayo inquietante y fascinante sobre la relación maestro-estudiante, sobre las contradicciones generacionales y sobre el efecto motivador de la literatura. Aunque no todos los recursos son igualmente logrados (no siempre funcionan las fantasías en las que Germain también aparece como personaje), En la casa es una película con suficiente ingenio, picardía, gracia, ligereza y fluidez como para seducir al espectador sin por eso resultar superficial o banal. Bienvenido sea, entonces, este regreso de esta buena versión de Ozon a la cartelera argentina.
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  • Non-Stop: Sin escalas
    Paranoia y angustia en el aire

    Con películas como La casa de cera, La huérfana y Desconocido (esta última, también con Liam Neeson como protagonista), el catalán Jaume Collet-Serra se posicionó en Hollywood como uno de esos directores que pueden incursionar en géneros populares como el terror y el thriller con oficio, aportando desde el exterior esa solidez que tanto agradecen en la principal industria cinematográfica.

    En su nuevo film, Collet-Serra narra con buen pulso y a pura tensión una historia que transcurre casi íntegramente dentro de un avión en vuelo, en el que nunca se sabe muy bien qué pasa, de dónde provienen las amenazas, quiénes son los buenos y quiénes los malos, pero con la posibilidad de la catástrofe siempre latente, inminente.

    El protagonista (y antihéroe) del film es Bill Marks (Neeson), un veterano agente que viaja de incógnito en los aviones para garantizar la seguridad de los pasajeros. Alcohólico y fumador empedernido (se las ingenia para prender un cigarrillo en el baño tapando los detectores de humo), hombre traumado por una tragedia familiar, es asignado a su pesar para un vuelo transatlántico entre Nueva York y Londres.

    No conviene adelantar mucho más. Este claustrofóbico film sobre la paranoia post-11 de Septiembre tiene elementos clásicos (una bomba con cuenta regresiva, por ejemplo) y otros más ligados a las nuevas tecnologías. Si bien el guión hace un uso abusivo de los teléfonos celulares en pleno vuelo y apela de manera ridícula al recurso de que todos los pasajeros vean un noticiero ¡en vivo! en sus pantallas individuales, la película no pierde jamás su credibilidad gracias a la consistente narración de Serra, el aplomo de Neeson y los buenos aportes de los personajes secundarios interpretados por Julianne Moore, Corey Stoll y Lupita Nyong'o, entre otros.

    Si a esos atributos se les suman escenas de peleas cuerpo a cuerpo bien coreografiadas en espacios reducidos y sobre el final un sobrio despliegue de efectos visuales generados por computadora, Non-Stop: Sin escalas una película sobre la redención y las segundas oportunidades surge como un más que digno entretenimiento. Quizá no ofrezca nada demasiado novedoso, pero su propuesta está concebida desde la nobleza y el profesionalismo.
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  • La corporación
    La corporación
    Otros Cines
    La chica de tus sueños

    El director de Mala carne, Celo y ¡Malditos sean! abandona aquí el género de terror y parte de un guión más que interesante (con múltiples ideas, derivaciones y alcances inquietantes), aunque el resultado final -sin ser decepcionante- no alcanza a explotar todas las posibilidades de esta historia que incursiona con suerte dispar en el drama romántico y familiar, el thriller financiero y hasta en algunos elementos que coquetean con el cine fantástico, el noir y la ciencia ficción.

    El protagonista del film es Felipe (Osmar Núñez, buen actor pero que probablemente no haya sido la mejor elección para el papel), un exitoso, despiadado y cínico empresario que contrata a una misteriosa corporación los servicios de Luz (la irresistible Moro Anghileri), una joven que convive con él y hace las veces de su esposa. Ella, en verdad, está casada con otro hombre (Sergio Boris) y el cliente no cumple con el contrato cuando la presiona con tener un hijo con ella. Allí arranca la faceta más tensa y enfermiza de un estudio sobre el poder, la dominación, la obsesión, el control, el deseo y la paternidad.

    Se trata de un buen film, sin dudas, con no pocos hallazgos (y el plus de participaciones especiales de intérpretes de la talla de Federico Luppi y Juan Palomino, entre otros), pero también deja la sensación de que daba para algo más. En Hollywood, con una propuesta así, se hacen un verdadero festín...
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  • Dallas Buyers Club: El club de los desahuciados
    Cuando los opuestos se atraen

    A veinte años de Filadelfia, discreto film de Jonathan Demme con Tom Hanks y Denzel Washington que -sin embargo- generó en su momento un gran revuelo y fue muy importante para visibilizar el tema del SIDA en el cine de Hollywood, Dallas Buyers Club recupera aquella problemática con mejores recursos y resultados.

    El canadiense Jean-Marc Vallée -el mismo de Mis gloriosos hermanos (C.R.A.Z.Y.)- reconstruye la historia de Ron Woodroof, un electricista y estafador que en 1985 es diagnosticado con el virus y al que los doctores le dan apenas 30 días de vida. Lo interesante de Dallas Buyers Club es que -al menos en buena parte de sus casi dos horas- evita tanto los lugares comunes de la corrección política como el golpe bajo a puro sentimentalismo.

    Es que el Ron que compone Matthew McConaughey (“él” actor del momento gracias a este trabajo y al de la serie True Detective) es todo lo contrario a lo que la corrección política propondría como ideal para un activista que lucha por los derechos sociales de una minoría. Homofóbico, machista, violento, borracho, drogadicto, este auténtico cowboy redneck pasó de frecuentar los rodeos y el sexo con prostitutas a liderar una causa que puso en jaque al gobierno estadounidense (más puntualmente a la Food and Drug Administration) y a las corporaciones farmacéuticas que se enriquecieron con los costosos tratamientos contra el HIV con medicamentos que no sólo no generaban las mejoras prometidas sino que empeoraban de forma arrasadora la salud de los pacientes.

    Estamos en la hiperconservadora Texas de 1985 y el esquelético Ron (McConaughey adelgazó 18 kilos para el papel) gambetea varias veces la muerte inminente para empezar a traficar desde México cócteles prohibidos por entonces en los Estados Unidos elaborados por un médico anarco (excelente Griffin Dune). Su actividad -que luego deviene en el “club de los desahuciados” a los que alude el subtítulo local- empieza a generar un interés masivo dentro de la comunidad gay y un creciente malestar por parte de las autoridades, que lanzan una fuerte ofensiva contra la iniciativa.

    La película funciona por la convicción (la cámara en mano, la urgencia, la crudeza) con que Vallée construye el relato, que evita tanto el miserabilismo como la compasión culpógena para incluso incursionar en pasajes de comedia lograda, y por la contundente, conmovedora actuación de McConaughey. Para mi gusto, el film no fluye en los mismos términos con el personaje del transexual que encarna Jared Leto (una de esas actuaciones que tienen todos los elementos servidos en bandeja para ganar el Oscar) ni con el asordinado romance con la médica que interpreta Jennifer Garner (que sirve, sí, para exponer las contradicciones entre lo burocrático/institucional de lo hospitalario y lo humano/experimental de la propuesta de Ron y sus seguidores), pero aun cuando sobre el final debamos soportar algunos diálogos demasiado “escritos” y un poco aleccionadores Dallas Buyers Club no deja de ser un film intenso, provocativo y en muchos aspectos fascinante. Para ver y, claro, para discutir.
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  • Operación monumento
    El arte de la guerra (y la guerra por el arte)

    Operación Monumento, la nueva película como actor, guionista, productor y director de George Clooney, está ambientada durante la Segunda Guerra Mundial y muy libremente inspirada en un caso real: el de un batallón del ejército aliado conocido como MFAA (Monuments, Fine Arts and Archives) que se dedicó a rescatar obras de arte (estamos hablando de obras de Miguel Ángel, Da Vinci, Rembrandt, Van Eyck, Vermeer, Renoir o Cezanne) que habían sido robadas por los nazis.

    Se trata de una historia fascinante que Clooney -en su quinto largometraje como realizador- maneja con su habitual apuesta por el clasicismo narrativo con un tono medio, un humor bastante asordinado, algunos subrayados y cierto sentimentalismo (la muerte de un integrante del escuadrón genera el debate interno respecto de si vale la pena o no sacrificar vidas humanas para recuperar un cuadro o una escultura).

    El film arranca con la gestación de la Operación Monumento del título liderada por el historiador del arte Frank Stokes (el propio Clooney), quien luego irá recorriendo distintos lugares para sumar a viejos amigos y colegas académicos (Matt Damon, John Goodman, Jean Dujardin, Bill Murray, Bob Balaban y Hugh Bonneville) hasta completar un equipo de veteranos expertos que parecen una versión geriátrica del pelotón de Bastardos sin gloria.

    Más cerca de la parodia de M.A.S.H. (sobre todo con las desventuras de los personajes de Balaban y Murray) o del clásico El tren (1964), de John Frankenheimer, que del virtuosismo y del sadismo de Quentin Tarantino, Operación Monumento es algo así como una cruza (con menos logros) de La gran estafa con Argo. La película en líneas generales funciona, pero tiene varias subtramas desaprovechadas e intrascendentes, como por ejemplo el atisbo de romance en la París ocupada entre el James Granger de Damon (personaje inspirado en James J. Rorimer, que luego sería director del Metropolitan Museum of Art de Nueva York) y la Claire Simone de Cate Blanchett (nada menos), que está basada en una de las líderes de la Resistencia como Rose Valland.

    Se trata, en definitiva, de un film simpático, entrañable, con un impresionante despliegue visual (otro gran trabajo en pantalla ancha de ese notable director de fotografía que es Phedon Papamichael) y bastante entretenido, aunque también algo superficial y menor dentro de la filmografía del creador de Confesiones de una mente peligrosa, Buenas noches y buena suerte, Secretos de Estado y Jugando sucio.
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  • Las aventuras de Peabody y Sherman
    Esta producción de DreamWorks Animation -que retoma los personajes de Peabody y Sherman surgidos a fines de los 50 en el marco del programa El show de Rocky y Bullwinkle - propone una simpática y por momentos delirante relectura de distintos momentos de la historia universal a partir del clásico recurso de la máquina que permite viajar por el tiempo. Ese invento es obra de Peabody, un perro parlante y brillante científico egresado de Harvard que -para completar lo ridículo de la propuesta- tiene un hijo adoptivo (un huérfano llamado Sherman) que ocupa el lugar de la mascota traviesa y de inseparable compañero de aventuras.

    La acción arranca en Nueva York, donde Peabody sufre la presión de una despiadada asistente social, la señorita Grunion, que no está de acuerdo con que un perro sea el padre sustituto de un niño, mientras que Peabody deberá lidiar con los desplantes de una competitiva compañera de clases llamada Penny.

    Típica película de enredos narrados a puro vértigo y con guiños cómplices para chicos y adultos, Las aventuras de Peabody y Sherman llevará a los dos antihéroes y a Penny por distintos tiempos y lugares: desde la corte de Versalles de 1789 con María Antonieta sufriendo la rebelión popular y los protagonistas evitando la guillotina y la ira de Robespierre hasta el antiguo Egipto, con emperadores, momias y (falsos) dioses enfurecidos; pasando por la Florencia de 1508, con un Leonardo da Vinci incapaz de hacer sonreír a Mona Lisa, o por la Guerra de Troya, del siglo XII a.C.

    Este film episódico propone un atractivo despliegue formal (el talentoso fotógrafo mexicano Guillermo Navarro se desempeñó como consultor visual) para reconstruir esos distintos hitos de la historia, pero apela, de manera innecesaria y poco lograda, al recurso del 3D.

    Rob Minkoff, codirector de El Rey León y realizador de las dos entregas de Stuart Little, La mansión embrujada y El reino prohibido , sostiene el relato con bastante fluidez, con algunos gags físicos y diálogos ingeniosos, aunque por momentos el recurso de los sucesivos viajes en el tiempo puede abrumar a cierto segmento del público (sobre todo el de los más pequeños), ya que no hay un desarrollo demasiado profundo de unos personajes que, de esta manera, no generan esa empatía que ha sido la base del éxito de otros films animados. Habrá que ver, entonces, si el público logra identificarse con los protagonistas o, al menos, se ve seducido por esta relectura de la historia que poco tiene que ver con la que se enseña en los libros escolares.
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  • Errata
    Errata
    Otros Cines
    Buscando a Borges en pantalla

    Dedicado a la memoria de Luis Alberto Spinetta y con múltiples referencias a la obra de Jorge Luis Borges, este primer largometraje de Iván Vescovo (director formado en la FUC) resulta un trabajo algo pretencioso, aunque también con unos cuantos elementos -sobre todo visuales- arriesgados e interesantes.

    Rodada en blanco y negro (Súper 16mm), con mucha cámara en mano, algo de esteticismo publicitario y una música por momentos demasiado estridente, la película describe la desesperada búsqueda que un joven fotógrafo emprende para encontrar a su novia desaparecida en una Buenos Aires atemporal e inasible.

    Estudio sobre la obsesión, la culpa y la esquizofrenia, Errata incursiona también en el thriller (el plan para robar un preciado libro, la aparición de una gemela, un secuestro, una extorsión) y la estética del film-noir con un relato fragmentario en el que hay irrupciones oníricas, surrealistas, alucinatorias.

    Ese patchwork estilístico nunca alcanza a fascinar del todo (hay, sí, ciertas atmósferas logradas) y desemboca en una acumulación de capas narrativas, subtramas y personajes donde abundan el capricho y la arbitrariedad. Una pena porque se intuye en Vescovo un talento para la creación de climas e intrigas con no poco lirismo. Habrá que esperar a sus próximos trabajos para que pueda madurarlo y exponerlo con mayor continuidad que aquí, donde sólo hay atisbos y aislados destellos.
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  • Beatriz Portinari
    ¿Angel o demonio?

    Me pasó algo extraño con este documental: me interesó como ensayo sobre las dificultades y los dilemas éticos de los realizadores frente a su “objeto” artístico (en este caso, una anciana dueña de un carácter muy fuerte y cambiante), pero no tanto como retrato de una escritora de culto a la que conocía poco (y que, luego de ver el film, sigo sin conocer demasiado).

    La película es bastante superficial, no ahonda ni ofrece testimonios o materiales de archivo lo suficientemente valiosos o reveladores a la hora de reconstruir la trayectoria de la escritora platense Aurora Venturini, de 91 años, que fue amiga y trabajó con Eva Perón; se relacionó en París con los existencialistas (incluidos Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre), y recibió un premio de manos del mismísimo Jorge Luis Borges.

    Sin embargo, resulta fascinante cuando expone las propias contradicciones de los directores (a los que Venturini llama “vinchucas” y a los que termina echando de su casa para olvidarse por completo de su compromiso con el documental) ¿Cómo continuar la investigación? ¿Cómo no manipular a (ni ser manipulados por) una viejita que es tan querible y simpática como cruel y despiadada? Allí está el verdadero corazón de este film, que lleva implícita desde su título una dicotomía interna (no se explica bien el tema, pero Beatriz Portinari es el seudónimo que usó Venturini para presentarse en 2007 al concurso Nueva Novela, organizado por Página/12, en el que obtuvo el gran premio por la aclamada Las primas).

    Mientras Venturini acompañó el proyecto, ofreció a cámara unos cuantos filosos testimonios de espíritu tragicómico, con esa ironía única de la que ella es capaz. Para mi gusto, no alcanzan para comprender en toda su dimensión las múltiples facetas de esta prolífica escritora. El misterio, por lo tanto, se mantiene. Habrá que seguir desvelándolo en sus poemas, columnas y novelas.
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  • Pompeii, la furia del volcán
    Se viene el estallido...

    Paul W.S. Anderson, director y/o guionista de varias de las entregas de la saga de Resident Evil, abandona la ciencia ficción y viaja desde el futuro apocalíptico hasta el pasado, más precisamente al año 79 D.C., para una película que va del espíritu del viejo y querido Péplum al cine catástrofe y de allí al melodrama romántico. Es que esta épica histórica apuesta a una fórmula que sería algo así como: Gladiador + Volcano + Un amor imposible de todo épico; todo eso -claro- amplificado con una profusión de CGI, imágenes en 3D, música ampulosa, una estética kitsch y unas resoluciones que son premeditada, consciente, alevosamente cursis. Como queda claro, nada de sutileza. Tómelo o déjelo.

    La excusa histórica es la famosa erupción del Vesubio que arrasó con Pompeya. La excusa dramática es la venganza de un joven esclavo de origen celta devenido gladiador contra los romanos que masacraron a su pueblo y lo dejaron huérfano (eso se explica en el prólogo, ambientado 17 años antes). La excusa erótica es la presencia de dos jóvenes carilindos como protagonistas (Kit Harington como el esclavo y Emily Browning como la hija de los líderes de Pompeya). La excusa de acción son las luchas cuerpo a cuerpo en las arenas de los coliseos ante un público enfervorizado. Y, por último, la excusa para el gran espectáculo son los efectos visuales para reconstruir el estallido del volcán + terremoto + tsunami.

    Muchas “excusas”, es cierto, para una película construida en base a estereotipos y clichés (todo el relato está sostenido por convenciones y presupuestos que el espectador deberá aceptar y compartir) con unos romanos que son caricaturescos en su sadismo, especialmente el villanesco y corrupto senador que compone Kiefer Sutherland.

    No estoy 100% convencido de que Pompeii sea una buena película, pero resulta bastante disfrutable si uno se libera de sus prejuicios, entra en su registro, si no opone resistencia, si se deja llevar por su espíritu popular/populista, grandilocuente hasta lo risible, falsamente solemne y decididamente grasa. Es un film demodé concebido con la última tecnología. Una rareza. Un divertimento menor. Ni más ni menos que eso.
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  • La grande bellezza
    ¿Quieres ser Federico Fellini?

    Difícilmente lean una crítica "tibia" como esta sobre el nuevo film del director de Il divo y This Must Be the Place. Es que las reacciones que genera este enfant-terrible, para muchos el nuevo mesías, el gran renovador del cine italiano, van casi siempre de obra maestra (para casi todos) a una vergüenza (para sus ya no tantos detractores), casi sin escalas intermedias. No creo que sea ninguna de esas dos cosas, pero lo cierto es que este ambicioso (pretencioso) realizador y pseudo filósofo me suele irritar bastante.

    Podrá ganar el Oscar -ya se ha hecho con decenas de otros premios-, pero hay algo que tiene que ver con las formas, con el tono que usa, con la ostentación que propone, con el regodeo en el patetismo y los excesos que expone que no terminan de enganchar con mi sensibilidad. No le encuentro demasiadas otras explicaciones a por qué los demás (incluidos colegas que respeto mucho) ven en Paolo Sorrentino poco menos que a un genio y yo no.

    Aquí, en “su” Dolce Vita, ese satirista desbordado que es Sorrentino contó con el gran Toni Servillo en el papel de Jep Gambardella, un escritor bon vivant que es algo así como el gran animador de las descontroladas fiestas de la aristocracia romana en plena euforia berlusconiana de lujuria y la bellezza del título a cualquier costo. Pero ese mundo grasa y patético de “MILFs” mantenidas a pura cirugías estéticas e inundadas de Botox, de viejos verdes y de intelectuales decadentes se va derrumbando a fuerza de angustia, melancolía y vacío existencial al igual que esa sensación de impunidad, de inmortalidad de una sociedad siempre superficial y negadora.

    El problema es que Sorrentino nos somete en muchos pasajes a una estética publicitaria poco feliz, a múltiples referencias fellinianas que quitan más de lo que agregan, y a diálogos cínicos e "ingeniosos" plagados de sentencias célebres sobre el estado de las cosas. El final, para colmo, va hacia la sátira religiosa y la trascendencia espiritual en una película que por momentos se pierde en su propia suntuosidad y auto indulgencia.

    Le reconozco, sí, al creador de Las consecuencias del amor y El amigo de familia su inagotable inventiva, su apuesta permanente por el riesgo, un muy particular espíritu provocador y algunos pasajes donde el film alcanza a conectar a pura ironía con estos tiempos tan difíciles de su país. No alcanza a entusiasmarme del todo, pero se trata, sí, de una película para ver y debatir de manera apasionada. Sobre todo, si el domingo 2 de marzo vemos a Sorrentino sobre el escenario del Teatro Dolby de Hollywood levantando la estatuilla dorada de la Academia.
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  • Nebraska
    Nebraska
    Otros Cines
    Un camino hacia mí

    Que se estrena. Que se suspende el lanzamiento. Finalmente, tras muchas marchas y contramarchas, llega por suerte a los cines argentinos esta pequeña gran obra del talentoso realizador de Citizen Ruth (1996), La elección (1999), Las confesiones del Sr. Schmidt (2002), Entre copas (2004) y Los descendientes (2011) que, además, fue nominada a 6 premios Oscar: película, director, guión original, actor protagónico (Bruce Dern), actriz de reparto (June Squibb) y fotografía.

    Alexander Payne regresa aquí al universo de las road-movies tragicómicas (más cómicas que trágicas) que ya transitara con Las confesiones del Sr. Schmidt o Entre copas con una apuesta rodada en blanco y negro y que en su esencia remite a los trabajos patagónicos del argentino Carlos Sorín y, sobre todo, a Una historia sencilla, de David Lynch, aunque -claro- con esos toques entre absurdos, cínicos y finalmente queribles propios de este cineasta nacido, precisamente, en Nebraska.

    A los 77 años, el gran Bruce Dern (consagrado como mejor actor en el último Festival de Cannes por este trabajo) se luce interprendo a Woody Grant, un anciano en plena decadencia física y mental que está decidido a viajar desde su pueblo de Montana hasta la Nebraska del título para retirar el premio de un millón de dólares que una carta (que evidentemente contiene un engaño) le promete. Mientras su esposa no para de quejarse y los vecinos se burlan, uno de sus hijos (Will Forte) decide acompañarlo en el largo y caótico trayecto (luego más gente se irá sumando a la travesía).

    Las películas de viajes, la mirada a esa Norteamérica profunda un poco patética y las relaciones entre padres e hijos son temas que parecen obsesionar a Payne, quien maneja este agridulce relato -que tiene otro hallazgo como recuperar a Stacey Keach en un nuevo papel de malvado- con ligereza y, al mismo tiempo, con sensibilidad y rigor, sin descuidar la belleza de las imágenes conseguidas por el DF Phedon Papamichaels. Un film cuyo abanico va desde la sátira más impiadosa hasta un profundo humanismo. En definitva, una fórmula ganadora.
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  • La paz
    La paz
    La Nación
    Austero y minimalista melodrama

    El prolífico y multifacético Santiago Loza, talentoso director de películas como Extraño, Rosa Patria y Los labios , regresa al circuito comercial con una película que ganó la Competencia Argentina del último Bafici.

    Liso (Lisandro Rodríguez) es un joven de clase media-alta que en la primera escena del film sale de una internación en un neuropsiquiátrico. Este personaje border (vive medicado para sostener un muy delicado equilibrio emocional) regresa a la casa familiar con una madre dominante y un padre casi ausente, pero frente a esos dos extremos él parece estar bastante más cómodo en compañía de Sonia, la empleada doméstica de origen boliviano que trabaja en el lugar, y con su abuela, con quien comparte largos paseos en moto.

    El atribulado protagonista intenta también conectarse afectivamente (con una ex pareja) y sexualmente (con una prostituta), pero en su interior este muchacho contenido e introvertido no puede alcanzar "la paz" a la que alude el título (también tiene una connotación geográfica que se entenderá apreciando el film). Sólo le quedará estallar, rebelarse a su manera y huir (no conviene anticipar detalles de lo que ocurre en la segunda mitad de la narración).

    Loza apuesta una vez más por un cine austero, casi minimalista, para construir un melodrama de cámara, intimista, atmosférico, en el que las observaciones y los pequeños gestos adquieren más valor que la palabra (los diálogos son más bien escasos).

    La cámara siempre atenta y precisa de Iván Fund y la rigurosa puesta en escena del director nos permiten seguir el derrotero interno y externo de Liso. Loza lo retrata con honestidad y respeto, quizá por momentos con un poco de sequedad y frialdad (el realizador jamás cae en la demagogia, el subrayado o el exceso), pero incluso en su bienvenida contención y pudor el film ofrece algunos momentos en los que surgen rasgos de alegría, de liberación y de genuina emoción.
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  • Philomena
    Philomena
    Otros Cines
    En el nombre del hijo

    Stephen Frears no es precisamente lo que los franceses (y los cinéfilos que aún defienden la “política” o la “teoría” nouvelle-vaguera) consideran un “autor”. Ha incursionado en casi todos los géneros posibles, ha trabajado sobre novelas, a partir de guiones de terceros y -como buen artesano- ha sabido en casi todos los casos sacarle el máximo jugo posible a esos materiales ajenos (no siempre valiosos).

    Tras algunos films menores, el director de Ropa limpia, negocios sucios, Relaciones peligrosas, Alta fidelidad y La reina regresa en su mejor forma con una película de pequeñas dimensiones, pero múltiples connotaciones; de denuncia (contra la Iglesia católica), pero que nunca pierde su dignidad, su carga emotiva y al mismo evita tanto la demagogia como la bajada de línea obvia, recargada, discursiva (tenía todo servido para eso).

    Inspirado en un libro que a su vez se basó en un caso real, el film narra la historia de Philomena Lee, una adolescente irlandesa que queda embarazada y su bebé es entregado a las monjas del convento de Roscrea, quienes luego lo venden -como a tantos otros niños- a acaudalados estadounidenses. Ese es sólo el punto de partida, ya que cinco décadas más tarde, Philomena (ya interpretada por una aquí muy contenida y creíble Judi Dench) acepta salir de su encierro, de su negación, de su resignación y buscar a su hijo. Lo hace con la ayuda de un periodista (de fugaz y penoso paso por el gobierno de Tony Blair) que es su antítesis, pero resultará su complemento perfecto (la veterana creyente, sensible e inocentona vs. el intelectual cínico, ateo y avispado).

    La película logra narrar una historia durísima sin que el espectador se resienta por el golpe bajo y la rechace de plano. Y, al mismo tiempo, no banaliza el conflicto y da a entender que los tiempos han cambiado, las formas también, pero mucho de la hipocresía, la doble moral y el cinismo se mantienen casi inalterables.

    Vale la pena adentrarse, por lo tanto, en la historia de Philomena (la persona) y en la interpretación que de ella hace Philomena (la película). Es un film que emociona con buenas armas, con nobles recursos. No es algo tan frecuente en el cine de hoy.

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  • Salsipuedes
    Salsipuedes
    Otros Cines
    El mal en la banalidad

    El tema de la violencia contra la mujer ha sido abordado por el cine casi siempre de manera obvia, subrayada, didáctica, políticamente correcta, militante, con el énfasis puesto más en la denuncia que en los valores artístico. Por eso, esta ópera prima del joven director cordobés es tan valiosa y, al mismo tiempo, implacable. Porque muestra lo que hay que mostrar para que la propuesta sea inquietante para el espectador.

    No hay aquí terribles golpizas ni ultrajes, sino esos rasgos de violencia cotidiana (casi diría socialmente admitida, institucionalizada) que se dan en circunstancias aparentemente banales y que tienen que ver con las entonaciones de la voz, los chistes con doble sentido, las frases humillantes, los gestos amenazantes de quien se siente más poderoso.

    A partir de un generoso y minucioso trabajo previo con los dos protagonistas (un matrimonio en crisis en medio de un camping serrano) y de una puesta en escena muy pensada, pero al mismo tiempo fluída, que se permite con la cámara inquieta observar y encontrar la esencia de los conflictos, Luque -de apenas 27 años- va construyendo un entramado inteligente y pertubador. Aunque no todas las situaciones funcionan con la misma eficacia, por lo visto en este largometraje y en otros cortos de su autoría estamos ante un gran director en potencia.
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  • La gran aventura Lego
    Como ya lo hicieron con Lluvia de hamburguesas y Comando especial , los guionistas y directores Phil Lord y Christopher Miller lanzan a pura creatividad y desenfado una nueva saga, en este caso basada en el universo de los juguetes de la marca Lego.

    Si bien buena parte de la historia transcurre en el ámbito de la construcción, hay en esta comedia de aventuras narrada a toda velocidad unos cuantos elementos fantásticos; superhéroes (de Batman a Superman, pasando por Linterna Verde y La Mujer Maravilla); referencias a las franquicias de Star Wars, Harry Potter, Piratas del Caribe, Tran s formers y El señor de los anillos ; figuras históricas como Abraham Lincoln y William Shakespeare, y hasta aisladas apariciones de actores de carne y hueso, como el aquí malvado Will Ferrell o un personaje concebido a la medida del popular ex basquetbolista Shaquille O'Neal.

    El film propone un clásico enfrentamiento entre las fuerzas del Bien (lideradas por el mago Vitruvius) y las del Mal (encabezadas por el ambicioso Lord Business), y en el medio aparecen -además de los personajes ya citados desde el Policía Bueno/Policía Malo (hilarante creación de un agente con doble personalidad) hasta el todopoderoso Hombre de Arriba.

    El protagonista es un típico antihéroe llamado Emmett, un albañil ingenuo e idealista (su canción favorita es la pegadiza "Todo es increíble"), quien será reclutado por error por una sociedad de Maestros Constructores para combatir al tiránico Lord Business y a sus Gerentes Obsesivos. Para acompañarlo en la disparatada misión habrá, claro, una presencia femenina: la intrépida y rebelde Wyldstyle.

    Aun cuando el film por momentos puede resultar un poco caótico en su acumulación de personajes, conflictos y vueltas de tuerca, es de agradecer el grado de irreverencia y delirio creativo de la dupla Lord-Miller, quienes aprovechan toda la imaginería de Lego y los efectos visuales en 3D para construir, en definitiva, una de las mejores apariciones en el universo animado desde la saga de Toy Story.
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  • Agosto
    Agosto
    La Nación
    Pocas obras han ganado tantos premios (desde el Pulitzer hasta el Tony) y han conseguido tanto éxito en los teatros de todo el mundo incluidos los argentinos como la creación de Tracy Letts y, por lo tanto, esta transposición al cine dirigida por John Wells -con guión a cargo del propio Letts tiene que "competir" contra los logros y hallazgos de su antecesora.

    Para sortear semejante desafío, Wells contó con uno de los elencos más imponentes de los últimos tiempos: una docena de reconocidos intérpretes que y éste es uno de los principales méritos tanto de la obra como de la película tienen espacio y material suficientes como para lucir todo su arsenal de recursos expresivos, sus múltiples matices, sus facetas más diversas (la trama pendula entre la crueldad y la vulnerabilidad, entre la perversión y la compasión, entre el odio y el desprecio más profundos a la dependencia más absoluta y el amor más desesperado).

    La película reducida de tres a dos horas respecto del original teatral tiene al personaje de Violet (Meryl Streep) en el centro de la escena como la matriarca de los Weston, una familia de Oklahoma tan amplia como decididamente disfuncional. Tras la repentina desaparición de su marido (Sam Shepard), un poeta alcohólico que, pronto sabremos, ha decidido quitarse la vida, esta mujer despótica e inestable (adicta a todo tipo de pastillas) recibe a sus tres hijas (Julia Roberts, Juliette Lewis y Julianne Nicholson), quienes llegan acompañadas para el funeral por sus propios maridos, novios y en el caso de la mayor (Roberts) hasta con su propia hija preadolescente (Abigail Breslin).

    Lo que sigue es una batalla dialéctica entre esas tres generaciones de los excéntricos Weston (y varios otros personajes que los rodean), en la que, además, se irán acumulando y luego desentrañando todo tipo de secretos y mentiras, de excesos y abusos.

    La película funciona bastante bien en los términos en que está planteada (extensos y desgarradores diálogos escritos a puro virtuosismo para el lucimiento histriónico de sus estrellas), pero este despliegue de ácidos y cínicos parlamentos resulta al mismo tiempo su principal limitación.

    Es que, más allá de los esfuerzos de Wells y de su director de fotografía, Adriano Goldman, por dotar al film de cierto movimiento, de "airearlo" con imágenes de los exteriores rurales de esa región en plena explosión veraniega, estamos ante el imperio de la palabra y de las actuaciones (sobre todo la de Streep), que muchas veces rompen con el naturalismo y se acercan casi inevitablemente a cierta ostentación y grandilocuencia teatral.

    La película es como un culebrón culto, un muestrario de las ruindades, de la peores miserias, de toda esa carga de hipocresía, cinismo y hasta sadismo que puede albergar un núcleo familiar. Hay algo de fascinante, pero también de patético en esa articulación entre mujeres dominantes (de apariencia fuerte, pero también de enormes carencias afectivas) y hombres entre sumisos y dependientes, muchas veces ausentes, inmaduros e irresponsables.

    Agosto, con su aura de obra prestigiosa, con sus intérpretes de primera línea, con su provocativo estilo de comedia negra con picos escabrosos, tiene atractivos suficientes como para seducir a cierto segmento de público. El resto, en cambio, es muy probable que salga indignado de la sala. La película no esconde lo que es ni lo que propone. Sólo hay que saber de qué lado se para cada uno a la hora de decidir enfrentarse o no a los conflictos que aquí se exponen con absoluta crudeza e intensidad.
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  • Deshora
    Deshora
    Otros Cines
    Deseo y decepción

    Esta ópera prima dirigida por una mujer -una saludable tendencia a la que por suerte nos tiene acostumbrado el (ya no tan) Nuevo Cine Argentino- se estrena luego de un paso por importantes festivales (Berlín, BAFICI, Cartagena, etc.).

    Bárbara Sarasola-Day describe cómo el arribo de Joaquín (Alejandro Buitrago), un joven colombiano que trata de combatir su dependencia a las drogas duras, a la casa de su prima Elena (María Ucedo) cambia por completo la existencia de ella y de su marido Ernesto (Luís Ziembrowski), quienes conforman un matrimonio de larga data que lucha contra el desgaste de toda pareja, la dificultad de explotar una hacienda tabacalera en Salta y la frustración de no haber podido tener hijos.

    El recién llegado -con su desenfado y su libertad sexual- conmueve a ambos protagonistas, generando tensiones, pero también tentaciones varias. Con algo de déja-vu (la referencia al cine, también salteño, de Lucrecia Martel es inevitable), Deshora -narrada con precisión, sutileza y elegancia- resulta una más que interesante propuesta, realzada desde lo visual por un aprovechamiento de las locaciones naturales y por el aporte en ese sentido del talentoso director de fotografía Lucio Bonelli.
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  • 12 años de esclavitud
    Admirando el horror

    Raíces, El color púrpura, Amistad, Gloria, Amada hija, Rosewood, la reciente El mayordomo (y no olvidemos, claro, Lo que el viento se llevó)… El racismo y, sobre todo, la esclavitud es un tema importante para el cine y la TV de los Estados Unidos y, por lo tanto, suele ser abordado con reverencia, solemnidad, algo de culpa y con el manual de la corrección política siempre abierto (Quentin Tarantino tuvo el mérito de salirse del libreto con Django sin cadenas).

    Sólo así se entiende el consenso casi absoluto que 12 años de esclavitud tuvo entre la crítica norteamericana (promedio de 97/100 según que las 48 reseñas compiladas por el sitio Metacritic). No digo que este tercer largometraje del inglés Steve McQueen no pueda ser elogiado por más de un especialista, pero me resisto a creer que TODOS la consideren una obra maestra, una película PERFECTA. Para mí hay algo de temor en esa unanimidad, algo del estilo “a ver si me consideran un racista si le cuestiono algo”.

    Muchos textos elogian el virtuosismo formal del director de Hunger (otra sobre un preso sometido a vejámenes varios) y Shame: Sin reservas (otra sobre el cuerpo como prisión), así como la “valentía” expuesta en la crudeza extrema de sus imágenes (esclavistas que hacen gala de un enorme sadismo psicológico y físico con violaciones y torturas incluidas). Yo sentí exactamente lo opuesto: el esteticismo, el regodeo con esos planos-secuencia esplendorosos de 10 minutos, esa cámara cenital, esas panorámicas circulares o todos esos “firuletes” de videoartista que tanto le gustan a McQueen, me resultaron contradictorios con la pretendida honestidad, visceralidad y credibilidad del relato inspirado en el libro de memorias que Solomon Northup publicó en 1855.

    Sí, la reconstrucción de época es impecable, muchas de las actuaciones (empezando por la del británico Chiwetel Ejiofor como ese violinista y padre de familia en Nueva York que es engañado en 1841 y luego esclavizado en el Sur profundo hasta su liberación en 1853) son impecables, hay escenas en las plantaciones de algodón de Louisiana que logran transmitir esa sensación de impotencia, de injusticia, de degradación absoluta de la condición humana, y que trabajan de manera incisiva tanto la cotidianeidad del protagonista como los alcances del sistema esclavista, pero de allí a convertirse por eso en “la” película de 2013 hay -siempre según mi criterio y mi sensibilidad- una enorme distancia.

    Hay también en 12 años de esclavitud un (raro) mérito que proviene seguramente del tenor, de la dimensión, de la singularidad de su propuesta: algunos salen extasiados, conmocionados por la experiencia que propone; otros, en cambio, terminan no sólo decepcionados sino incluso indignados. Estamos ante uno de esos films que generan sentimientos diversos, muchas veces encontrados, pero que jamás dejará indiferente al espectador. Luego de tantos premios recibidos (e, intuyo, aún por recibir), es tiempo de la polémica, de la apasionante discusión cinéfila, también en la Argentina.
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  • Ajuste de cuentas
    Rocky y Toro Salvaje, frente a frente, en un combate evitable

    En 1976 Sylvester Stallone se consagraba con el personaje de Rocky Balboa. Cuatro años más tarde, Robert De Niro ganaba un Oscar por su interpretación de Jake LaMotta en Toro salvaje. Dos clásicos incombustibles del boxeo en el cine.

    Más de tres décadas después, Sly y De Niro vuelven con Ajuste de cuentas, una suerte de comedia no demasiado divertida en la que juegan -como la mayoría de los viejos actores hoy- a la auto parodia. Parece que en Hollywood ya no hay espacio para que las estrellas de más de 60 o 70 años puedan conseguir papeles dignos y sólo les queda vivir de viejas glorias y jugar a la nostalgia riéndose de su propia decadencia física.

    Así, Ajuste de cuentas es como juntar a Rocky con El Toro Salvaje para una berretada sentimental con un triángulo romántico (con una bella y desperdiciada Kim Basinger en el medio), con una obvia relación padre-hijo (un De Niro que ha estado ausente e intenta redimirse) y con una fórmula de película deportiva que incluirá idas y vueltas, accidentados entrenamientos, bromas sobre el peso de la edad y, claro, el enfrentamiento final con algo de épica por parte de estos dos ex campeones de Pittsburgh.

    Peter Segal (Locos de ira, Como si fuera la primera vez) no se juega por nada: ni por el humor negro, ni por la emoción desatada. El resultado, entonces, es una película que resulta larguísima en sus 113 minutos, que se queda siempre a mitad de camino y que no funciona ni como placer culpable (como sí ocurre con la saga de Los indestructibles). Uno se ha formado como cinéfilo viendo a Stallone y a De Niro en pantalla. La testosterónica y geriátrica Ajuste de cuentas, lamentablemente, no le hace honor a aquellas experiencias ni a la dignidad de las carreras de semejantes figuras.
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  • Esto no es un film
    Esto es una obra maestra

    El gran evento artístico y político del Festival de Cannes 2011 fue el estreno de Esto no es un film, documental íntimo que Jafar Panahi -uno de los principales líderes de la oposición al régimen iraní- rodó apenas un par de meses antes de que arrancara esa muestra dentro de su hogar con la ayuda de su colega Mojtaba Mirtahmasb. La película, de hecho, fue sacada de forma clandestina de su departamento -y luego del país- en un pequeño Pendrive.

    Sentenciado en ese entonces a 6 años de prisión y a 20 años de prohibición para filmar, dar entrevistas y viajar al exterior, el notable director de El espejo, El globo blanco, El círculo, Crimson Gold y Offside muestra -con la ayuda de una cámara profesional HD, pero también de su iPhone- un día de su vida, entre charlas con su abogada para presentar la apelación (le informan que -más allá de una probable reducción en su condena- tendrá que ir a la cárcel), sus tareas culturales y políticas, y otras actividades más banales como alimentar a una iguana, que es la mascota de su hija.

    Pero Esto no es un film no se queda sólo en esa mera descripción: en esta pequeña gema el director explica a cámara (“no me lo impide la sentencia”, dice) el guión de una película -no autorizada por el gobierno, claro- sobre una joven a la que sus padres religiosos le prohíben estudiar arte en la universidad, cuenta jugosas anécdotas de sus rodajes (con imágenes de los making of) y, más tarde, entrevista al portero de su edificio mientras éste saca la basura hasta llegar a la puerta, desde donde se ven violentos enfrentamientos callejeros.

    Todo eso construido con una fluidez, una sensibilidad, una credibilidad, una lucidez y una furia propia de los grandes creadores. Se dice (y se ha discutido bastante al respecto) que en cine muchas veces menos es más, que la austeridad de recursos obliga a redoblar la imaginación y la creatividad. Al menos en este caso, esa idea puede darse como cierta y probada. Una obra maestra concebida en las peores circunstancias. Doble mérito, entonces.
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  • Yo, Frankestein
    Yo, Frankestein
    La Nación
    Como su protagonista, la monstruosa creación del doctor Frankenstein aquí devenida héroe de acción, este segundo largometraje como director de Stuart Beattie es una historia sin corazón ni alma.

    Cotizado guionista ( Piratas del Caribe, Colateral ), el realizador resume en los primeros dos minutos la historia original de Mary Shelley y, luego de una secuencia inicial ambientada en 1795, salta directamente un par de siglos hasta la actualidad, con el ya rebautizado Adam (Aaron Eckhart) en medio de una lucha entre fuerzas demoníacas lideradas por el cruel Naberius (Bill Nighy) y las angelicales Gárgolas encabezadas por la sabia reina Leonor (Miranda Otto).

    Los productores de la saga de Inframundo tratan de reciclar los principales aspectos de aquella franquicia, pero este film luce moribundo ya desde los primeros instantes. Beattie -que escribió el guión a partir de una novela gráfica de Kevin Grevioux- intenta reanimarlo con un despliegue de vertiginosos movimientos de cámara, (sobre)abundancia de efectos visuales con estética gótica y golpes de efecto pensados para su visión en salas 3D. El resultado es precisamente el contrario, ya que ese shock artificial de adrenalina abruma y aburre más de lo que impacta.

    Con una narración en voz siempre solemne, música ampulosa, actuaciones mediocres (buenos intérpretes como Eckhart, Nighy y Otto hacen enormes esfuerzos por sobrellevar los torpes materiales que les tocan en desgracia) y una puesta en escena que pocas veces adquiere rigor y sentido, los escasos 92 minutos se estiran como un chicle que nunca tuvo sabor. Un triste regreso al cine de un personaje emblemático de la literatura fantástica.
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  • El sueño de Walt
    Mary Poppins (1964) es considerada un clásico de clásicos, una de las películas más veneradas y exitosas de la historia de Disney. El sueño de Walt , producida, sí, por Disney, reconstruye la compleja negociación y concepción del film, sobre todo por las múltiples exigencias de la creadora del popular personaje, la escritora británica P.L. Travers.

    En una de las primeras secuencias vemos que Travers (una magnífica Emma Thompson) está pasando por una profunda crisis económica. Sus libros han dejado de venderse y su agente la convence de salir del ostracismo en su casa londinense y viajar a Burbank para trabajar en la versión cinematográfica de su obra que el mismísimo Walt Disney (un correcto Tom Hanks) lleva dos décadas intentando concretar para cumplir con una promesa que les ha hecho a sus hijas.

    Pese al pasaje en primera clase, el hotel de cinco estrellas y la limusina (manejada por un Paul Giamatti que aprovecha cada minuto en pantalla para construir un querible personaje secundario), Travers luce durante sus dos semanas en la California de 1961 como una malhumorada, ácida, irascible y despótica presencia para los aterrorizados artistas que deben desarrollar el musical: el guionista Don DaGradi (Bradley Whitford) y los letristas Richard y Robert Sherman (unos hilarantes Jason Schwartzman y B.J. Novak). Es que ella odia los "estúpidos" dibujitos de Disney y las coreografías, y no tiene ningún tapujo en hacérselo notar a los gritos a sus interlocutores.

    Lejos del institucional autocelebratorio -aunque con el sesgo políticamente correcto de Disney-, El sueño de Walt nos regalará un paseo por el célebre parque de diversiones, pero también unas cuantas bromas sobre su propio universo (como cuando Travers desecha todos los muñecos, incluido un Ratón Mickey gigante, que le dejan en su habitación como obsequios).

    El principal problema de El sueño de Walt es que dedica casi la mitad de sus dos horas a narrar una "segunda" película ambientada en la Australia rural de 1906: la de una niña atribulada por la situación de un papá tan seductor y lúdico como borracho y finalmente depresivo (Colin Farrell). Si bien esa subtrama es fundamental para entender el trauma de P.J. Travers y la génesis de Mary Poppins (se trata, sobre todo, de un ensayo sobre las relaciones entre padres e hijas), la película resulta bastante forzada y se resiente cada vez que abandona la narración principal y regresa a ese pasado trabajado de manera bastante obvia y recargada.

    De todas maneras, aun con las contradicciones internas y los desniveles en su propuesta tragicómica, El sueño de Walt resulta en buena parte de su narración un film simpático, atractivo y disfrutable.
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  • Código sombra: Jack Ryan
    Atractivo, pero sin sorpresas

    En los últimos 30 años, el personaje de Jack Ryan concebido por el escritor Tom Clancy tuvo incursiones en el cine bastante esporádicas e intermitentes. En esta quinta película, tras La caza al Octubre Rojo , Juegos de patriotas , Peligro inminente y La suma de todos los miedos, y por primera vez con Chris Pine en el papel que antes interpretaron Alec Baldwin, Harrison Ford y Ben Affleck, el resultado artístico es bastante digno, pero al mismo tiempo no demasiado sorprendente.

    En esta oportunidad no se trata de la transposición de una novela del autor fallecido en octubre de 2013 sino de un guión de Adam Cozad y el cotizado David Koepp, cuyo protagonista es otra vez este experto en economía devenido agente secreto de la CIA.

    En este reinicio (reboot en la jerga del cine) de la franquicia encontramos al "nuevo" Jack Ryan de Pine completando sus estudios universitarios en Londres justo cuando en 2001 vuelan las Torres Gemelas. Dos años más tarde, se salvará de forma milagrosa en una misión militar en Afganistán para, luego de una compleja rehabilitación física y con el apoyo de su mentor (Kevin Costner), ingresar en la CIA para realizar inteligencia financiera, con el objetivo de descubrir el desvío de fondos que apoyan al terrorismo internacional.
    Doble aporte de Branagh

    Pero lo que en principio estaba destinado a ser "un trabajo de escritorio" se convertirá pronto en una misión en Rusia, donde deberá desentrañar una compleja conspiración para atacar al dólar, sembrar el pánico en Wall Street y hundir la economía de los Estados Unidos. Su principal contrincante en Moscú no es otro que Kenneth Branagh, quien además de un hilarante malvado es el director del film.

    Y Branagh concreta su doble aporte actoral y narrativo con absoluta convicción y profesionalismo, aunque la película en su conjunto está lejos del nivel de otras sagas como las de Jason Bourne o James Bond. Es que, más allá de la tensión y el suspenso a partir de esas típicas cuentas regresivas antes de que una alarma suene o unos explosivos estallen, Código Sombra surge como un film algo anticuado y previsible. Además, algunas situaciones -como que la suerte de una compleja operación sostenida con la última tecnología para espiar y hackear dependa en definitiva de que alguien le robe a un millonario su billetera en la calle y poco después se la vuelva a poner en el bolsillo sin que en ninguno de los dos casos la víctima se dé cuenta- resultan demasiado forzadas e inverosímiles cuando el resto del relato sí está jugado por completo al realismo.

    De todas maneras, aun con sus "licencias" y sus momentos absurdos, o con una química romántica más bien escasa entre Pine y Keira Knightley, Código Sombra resulta un film clásico y old-fashioned construido con bastante nobleza y unos cuántos atractivos formales y dramáticos. El saldo es positivo.
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  • Ladrona de libros
    Leer para vivir

    La lista de Schindler, El pianista, The Reader, El niño con el pijama de rayas y siguen las firmas. La eterna fascinación de Hollywood por el Holocausto continúa ahora con uno de los peores exponentes: la transposición de Ladrona de libros, el best seller de Markus Zusak.

    Como en la novela, la historia comienza con la narración de La Muerte (la voz grave de Roger Allam) y ese recurso -horroroso- invadirá varias veces la narración. Pero ese arranque no es lo peor: posteriormente escucharemos cómo los actores hablan en un inglés germánico (otros, en cambio, lo harán con perfecto acento británico) para interpretar a personajes alemanes en pleno ascenso del nazismo y la posterior explosión de la Segunda Guerra Mundial.

    ¿Quieren más? Una mirada superficial, torpe y bastante edulcorada sobre el Holocausto (hay un tono casi de cuento de hadas para contraponer la inocencia infantil con el horror de los nazis) descripta desde el punto de vista de una niña analfabeta que es enviada a vivir con padres adoptivos y pronto desarrollará una fascinación por los libros, personajes sin matices ni encanto, y metáforas y referencias obvias (como la de Ana Frank).

    Que la narración y la ambientación de época lucen cuidadas, que las actuaciones son dignas… Puede ser, pero es demasiado poco para un film dirigido por Brian Percival, aclamado por su trabajo en la serie Downtown Abbey. La corrección política, esta vez, no alcanza ni para conseguir una mínima corrección cinematográfica.
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  • Escándalo americano
    Un cuento moral que seduce… pero no enamora

    David O. Russell se ha convertido sobre todo en los últimos dos años en el gran mimado de la Academia de Hollywood y de los críticos estadounidenses con una propuesta y un estilo que pueden considerarse como herederos de Martin Scorsese y Paul Thomas Anderson. Estamos, sin dudas, ante un narrador ingenioso, punzante, cool, con una gran destreza narrativa para articular las múltiples aristas de sus historias, trabajadas siempre de la mano de actores seductores e “intensos”, pero que para mi gusto no llega a concretar ese gran cine que tantos colegas norteamericanos aclaman (el film promedia ¡90/100! en Metacritic).

    En la misma senda que Buenos muchachos, Casino y Boogie Nights (y con ecos del clasicismo de Raoul Walsh y Preston Sturges), Escándalo americano se propone como un relato moral, una mirada descarnada sobre las relaciones peligrosas entre la mafia y la política, sobre la hipocresía, la corrupción, la impunidad y la doble moral de la sociedad estadounidense, sobre el surgimiento de los nuevos ricos, sobre la contracara de esa "tierra de oportunidades", de ascenso social, pero también de supervivencia del más apto en un mundo dominado por una creciente violencia y traiciones cruzadas.

    No vale la pena adelantar demasiado del argumento, que arranca en el mítico Hotel Plaza frente al Central Park neoyorquino en abril de 1978 (otro realizador de moda fascinado por los años '70), pero Escándalo americano tiene que ver con mega emprendimientos inmobiliarios en Atlantic City, operaciones encubiertas del FBI, políticos populistas en actividades non sanctas, fraudes financieros, mujeres que están siempre en segundo plano pero terminan dominando a los hombres, gangsters de poca y no tan poca monta, y hasta falsos jeques árabes.

    Escándalo americano es un film sobre la puesta en escena, pero no tanto sobre la puesta en escena del cine sino sobre las estrategias que montan los propios personajes en sus múltiples engaños (hay algo, lejano, de Nueve Reinas en el procedimiento). Estamos frente a una película sobre el artificio, sobre el tráfico de influencias, sobre la manipulación para ganarse la confianza y aprovecharse luego de la misma para concretar diversas estafas, sobre las falsas lealtades, las alianzas por conveniencia que todos saben -o al menos intuyen- se pueden resquebrajar en cualquier momento.

    Más allá del innegable talento del director de Tres reyes, El ganador y El lado luminoso de la vida hay algo demasiado cínico, caprichoso y canchero en su ambiciosa acumulación de capas, de saltos temporales, de diferentes narraciones en off, de ese universo de música disco, Duke Ellington y Paul McCartney, en sus personajes masculinos -británicos, italianos y judíos- sobreactuados y no del todo verosímiles (Amy Adams y Jennifer Lawrence están mucho mejor que Christian Bale y Bradley Cooper).

    El film tiene, además, bastante de ese cálculo, de esos guiños “para ganar el Oscar”: que Christian Bale haya tenido que subir 20 kilos para su personaje y así pueda mostrar su generosa panza en pantalla, que Jennifer Lawrence tenga su momento a pura pose erótica y su pasaje musical (canta Live and Let Die), y así…

    La película, quedó dicho, es bastante fluida, se sigue con interés, tiene unos cuantos pasajes imponentes y se sumerge con gracia en el espíritu de época setentista, pero también deja la sensación de quedarse por momento a mitad de camino entre el drama familiar, la tragicomedia de época, la denuncia económica y política, el thriller psicológico y el film-noir. Es un film con ínfulas y astucia, es cierto, pero con esos atributos no alcanza para convertirla en una obra maestra sino “apenas” en una buena (o muy buena) película.
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  • El tiempo de los amantes
    Una pareja muy enigmática

    Alix (la exquisita Emmanuelle Devos) es una actriz de 43 años que está interpretando una obra de Ibsen en el puerto de Calais, en el marco de una decadente compañía de teatro independiente. Ella debe realizar un viaje relámpago a París -donde desde hace ocho años convive con su pareja en una relación que está atravesando una profunda crisis- para presentarse a un casting. Cuando se sube a un tren lo primero que ve es a un misterioso hombre inglés (Gabriel Byrne), con quien iniciará un juego de miradas cruzadas, entre huidizas y seductoras.

    Tras ese prólogo, seguiremos a Alix (que a los conflictos afectivos le suma una precaria situación económica) en su intimidad y luego en sus sucesivos y cada vez más carnales encuentros con aquel enigmático caballero británico, que arriba a París para participar de un? funeral.

    El guionista y director Jérôme Bonnell maneja la historia de estos dos extraños amantes (dos almas en pena) con sensibilidad y una bienvenida ligereza (no hay solemnidad, no se recargan las tintas, no se juzgan a los personajes, no se apela al pintoresquismo en sus recorridos por las calles de la Ciudad Luz) y, aunque no se trate de un film particularmente sorprendente, el tono, los climas y -sobre todo- las actuaciones del dúo protagónico resultan más que convincentes. Quizás el aspecto menos logrado sea la omnipresente banda sonora que abusa de unos violines que quitan (o más bien irritan) más de lo que agregan.

    El tiempo de los amantes podría verse como una versión más sexual y menos intelectual de la trilogía de Richard Linklater con Julie Delpie y Ethan Hawke, como una apuesta menos enfermiza pero con ciertas similitudes con el clásico Último tango en París , de Bernardo Bertolucci; y hasta con algo de la hondura psicológica del François Truffaut de La mujer de la próxima puerta . Pero, más allá de sus referencias y reminiscencias, se trata de una historia de amor con suficientes atractivos y hallazgos como para darse una vuelta por el cine.
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  • Familia peligrosa
    Nuestro pasado nos condena

    No sé si es que se hacen muchas películas así o los distribuidores argentinos las eligen siempre, pero en los últimos meses abundaron las películas (auto)paródicas sobre veteranos (especialmente gangsters) que vuelven al ruedo y deben sobrellevar el peso de los años, del cuerpo y de los golpes de la vida. Robert De Niro es un abonado especial a esta suerte de reciclajes un poco en broma, un poco en serio y aquí se le suma otra que ha estado “casada con la mafia”: Michelle Pfeiffer (también fue parte de Scarface).

    Lo cierto es que De Niro y Pfeiffer son un matrimonio que viene huyendo de otros mafiosos que quieren vengarse y vive de incógnito gracias a un plan de protección de testigos del FBI que lo lleva cada pocos meses por distintas zonas de Francia, siempre con identidades falsas. Tras un período en París, les toca en suerte un pequeño pueblo de Normandía, donde pronto ellos y sus dos hijos, la seductora Belle (Dianna Agron, vista en Glee), de 17 años, y Warren (John D’Leo), de 14, conmoverán al vecindario y al colegio secundario a puros arranques de violencia.

    No es que a Luc Besson -productor, coguionista y director del proyecto- le falte experiencia y oficio para esta mezcla entre la comedia física y el film de gangsters, pero aunque en su mixtura de screwball y noir consigue algunos buenos pasajes, el material en líneas generales es bastante rancio, previsible, con mucho regusto a fórmula ya demasiado transitada.

    Desde hace mucho tiempo, De Niro viene trabajando con piloto automático “por el cheque” (viviendo de sus viejas glorias como mafioso) y, en esa línea, su Fred Blake resulta menos patético que otros personajes suyos recientes. Pfeiffer tiene pocas posibilidades de lucimiento y lo de Tommy Lee Jones (como el agente del FBI que supervisa el estado de la “familia peligrosa”) es directamente penoso, sobre todo porque él siempre ha logrado dotar de enorme dignidad a sus muy diversos trabajos.

    El director de Nikita, El quinto elemento y El perfecto asesino se dio el gusto de parodiar todos y cada uno de los lugares comunes, clisés, prejuicios y amores/odios que unen a las culturas estadounidense y francesa. También hay aquí algo del espíritu de Mini Espías y hasta de Los Increíbles. El saldo no es vergonzoso, es cierto, pero está lejos de sorprender o fascinar. Un divertimento menor.
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  • El juego de Ender
    Los chicos de la guerra

    Basada en la primera de las cuatro y muy exitosas novelas de Orson Scott Card, El juego de Ender es una solemne y no demasiado lograda apuesta de ciencia ficción sobre una sociedad militarizada que lucha por su subsistencia ante constantes amenazas extraterrestres. Cinco décadas después de salvarse de forma casi milagrosa de la extinción (una arriesgada acción individual de un guerrero detuvo un ataque que parecía letal para el planeta), los invasores se han robustecido y preparan una nueva ofensiva.

    El futuro de la Tierra dependerá en buena medida de las aptitudes de unos niños que son entrenados con videojuegos, simuladores y escenarios elaborados gracias a la realidad virtual. Uno de ellos, el Ender Wiggin del título, podría ser a sus 12 años “el elegido” para una estrategia que contenga y luego destruya a las fuerzas enemigas por su destreza, pero también por sus características psicológicas. Es que él ha logrado lo que su padre primero y su hermano mayor después no han conseguido: ser la joya militar elegida por el coronel Hyrum Graff (Harrison Ford), que es el supervisor/mentor del asunto.

    La referencia a los videogames no es antojadiza: la película es lo más parecido que hay a la experiencia de jugar a la guerra en una Wii, una Xbox o una PlayStation. Allí se condensa (y se limita) buena parte de la propuesta de este film dirigido con el manual básico por el sudafricano Gavin Hood, el mismo que llamara la atención en 2005 con Mi nombre es Tsotsi y luego ingresara de lleno al cine norteamericano con El sospechoso y X-Men orígenes - Wolverine.

    Si la película se ve con cierto agrado es, sobre todo, gracias a la expresividad y solvencia del pequeño Asa Butterfield, quien ya había demostrado su potencial como protagonista de La invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese. A su lado, los adultos (el apuntado Ford, Viola Davis o un ridículo Ben Kingsley con tatuajes maoríes) son poco más que elementos decorativos.

    A nivel visual, la película tiene ese despliegue de CGI, vértigo y explosiones al que nos tienen acostumbrados (y por lo tanto ya no sorprenden demasiado) los tanques hi-tech hollywoodenses. Una suerte de sub-Tron: El legado con algo menos de vuelo formal y, debe admitirse, un poco más de nobleza.
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  • Entre sus manos
    Entre sus manos
    La Nación
    Joven y reconocido actor (en los últimos años trabajó en films como E l origen, 50/50, Batman: El caballero de la noche asciende, Looper: Asesinos del futuro y Lincoln ), Joseph Gordon-Levitt debuta como guionista y director con una provocadora y despiadada mirada a la sexualidad masculina. Es que bajo la pátina externa de comedia cínica y cool (su aspecto menos logrado), Entre sus manos esconde lo que es su verdadera esencia y su principal hallazgo: un retrato casi etnográfico sobre los jóvenes de hoy, con sus obsesiones, miedos y miserias a cuestas.

    El propio Gordon-Levitt interpreta a Jon Martello, un atractivo muchacho de Nueva Jersey que, si bien es todo un Don Juan (no hay chica que se le resista cuando sale de "caza" en los clubes nocturnos), se convierte en un adicto al porno en Internet. En las primeras escenas del film, el protagonista -31 años, de familia católica, con look y cuerpo de marine trabajado en horas de gimnasio- explicará todas y cada una de las ventajas de masturbarse frente a la pantalla de la laptop antes que soportar las exigencias y defectos de cada una de sus conquistas amorosas.

    Así planteadas las cosas, el lector (especialmente la lectora) pensará que estamos ante una película machista y misógina, pero no es así. Es que las cosas cambian por completo cuando Jon se enamora de Bárbara (notable Scarlett Johansson), una hermosa y voluptuosa joven que poco a poco empezará a mostrar su costado más dictatorial y manipulatorio, y -así- nuestro antihéroe pasará de dominador a dominado, el otrora arrogante seductor devenido en hombre sumiso, el cazador-cazado.

    Más allá de algunos lugares comunes y estereotipos a la hora de plantear las diferencias entre ambos (que se condensan, por ejemplo, en los opuestos gustos cinematográficos), el film funciona muy bien en su primera mitad gracias a un humor filoso e imágenes (de irónica estética publicitaria) bastante audaces para los cánones actuales de Hollywood.

    El problema es que en la segunda parte -cuando los roces entre Jon y Barbara y las mentiras de él ponen en crisis la relación- aparece en escena una mujer madura de pasado trágico (la siempre dúctil Julianne Moore) y allí la película entra en una zona bastante más convencional, supuestamente sensible y demasiado aleccionadora. De todas formas, Gordon-Levitt sostiene siempre el relato con inteligencia y dignidad, se muestra como un gran director de actores (se lucen Tony Danza y Glenne Headly como sus padres y Brie Larson como su hermana Monica), y termina construyendo un incisivo ensayo sobre los cambios en las formas tradicionales de la masculinidad. Otra estrella de Hollywood que demuestra que tiene un promisorio futuro también detrás de cámara.
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  • Museum hours
    Museum hours
    Otros Cines
    Nacido en Afganistán hace 50 años, pero radicado en Nueva York, Jem Cohen es uno de los directores más prolíficos, diversos e interesantes del panorama internacional. Su filmografía incluye desde documentales hasta varios videoclips para la banda R.E.M., pasando por decenas de cortos (desde trabajos experimentales hasta registros dedicados a figuras musicales como Patti Smith, Fugazi, Vic Chesnutt o Elliott Smith) y elogiados largometrajes de ficción como Chain y Museum Hours.

    Precisamente, Museum Hours -película premiada en los festivales de Locarno y Toronto- se estrena de manera exclusiva en el MALBA (Figueroa Alcorta 3415), donde se exhibe todos los viernes de enero, a las 22; y todos los domingos, a las 18.

    Y nada mejor que el cine de un ámbito como el MALBA para albergar a un film cuyo punto de partida es el Museo de Historia del Arte de Viena. Los protagonistas de esta encantadora historia son Johann (Robert Sommer), un ex manager de bandas en la ruidosa escena musical que ahora se desempeña como guardia en la quietud de la sala dedicada a la obra de Pieter Brueghel el Viejo. Allí conocerá a Anne (la compositora canadiense Mary Margaret O'Hara), una mujer de unos 50 años que llega desde Montreal a Austria casi sin dinero ni idea de cómo es el país debido a una emergencia: acompañar a una amiga de la infancia que está en coma en un hospital.

    Museum Hours -que tiene bastante puntos de contacto con Antes del amanecer, de Richard Linklater, más allá de que sus personajes son más veteranos que los de Julie Delpy y Ethan Hawke- es una delicada película de encuentros en cafés, charlas entre dos seres frágiles y en crisis, caminatas por las hermosas calles de la ciudad nevada, viajes en el transporte público y reflexiones siempre inteligentes sobre el museismo, la historia del arte, la soledad y la madurez, Viena y el cine. Una pequeña joyita para no dejar pasar.
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  • Actividad paranormal: Los marcados
    Un spin-off innecesario

    La saga de Actividad paranormal arrancó en 2007 con un inteligente uso del found-footage para un terror que apostaba más por la creación de climas y la sugestión que por el impacto. El éxito de la franquicia hizo que las películas se fueran acumulando (la quinta llegará en octubre próximo), pero no contentos con semejante bombardeo ahora Oren Peli y compañía nos someten a un spin-off con fuerte impronta latinoamericana y de muy bajo nivel.

    Dos amigos chicanos de 18 años acaban de terminar la secundaria y se dedican a registrar todo lo que hacen en Los Angeles con su cámara. Mientras pierden -como buenos adolescentes- el tiempo en pruebas tipo Jackass descubren de manera fortuita que en un departamento del mismo edificio se practican… rituales demoníacos.

    Lo que sigue es un reciclaje de ideas ya vistas en decenas de películas, que van desde posesiones diabólicas, transformaciones, baños de sangre, sótanos ominosos, atmósferas sórdidas y elementos fantásticos (es para rescatar el divertido uso que se hace de un viejo juego Simon) en el contexto de las costumbres cotidianas de familias de origen latino.

    El problema central, de todas formas, ni siquiera es la absoluta falta de originalidad de la propuesta sino sus tremendas flaquezas formales, su absoluta falta de rigor en el punto de vista y los múltiples caprichos sin justificación de la puesta en escena.

    Es lamentable que mucho público vaya a ver este subproducto bajo el “engaño” del título, que promete una nueva entrega de la saga cuando en realidad es una derivación muy menor. Se trata, de todas maneras, de un arma de doble filo: lo que empezó como una promisoria franquicia ya se parece demasiado a un abuso y da claras, contundentes señales de fatiga.
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  • Frozen, una aventura congelada
    Desde la llegada de John Lasseter a la dirección creativa de Walt Disney Animation Studios, este pionero de Pixar ha logrado combinar el clasicismo que ha sido desde siempre la marca de fábrica de la productora más tradicional de Hollywood con una impronta, guiños y un look más modernos. Es paradójico que, justo en momentos en que esa compañía en muchos sentidos revolucionaria que es Pixar recibe todo tipo de cuestionamientos por cierto achatamiento de sus películas (sobre todo por apostar más a las secuelas de sus éxitos que a films originales), las mayores sorpresas provengan del ala supuestamente más conservadora del holding.

    Luego de la audaz y nostálgica Ralph el demoledor , Disney regresa a un terreno que le dio muy buenos resultados con Enredados y que continúa la línea histórica de sus princesas que luchan por conseguir independencia y libertad. Si en aquel film de 2010 el punto de partida fue un cuento de hadas de los hermanos Grimm, aquí la inspiración original proviene de La reina de las nieves , del danés Hans Christian Andersen.

    El resultado es narrativamente impecable (las casi dos horas que suman entre el también notable corto previo en homenaje al ratón Mickey y este largometraje transcurren a toda velocidad y con enorme fluidez) y visualmente prodigioso.

    Pocas veces la tan mentada "magia", los poderes sobrenaturales y los elementos fantásticos fueron captados y transmitidos con el despliegue de recursos y el virtuosismo formal que a cada instante aflora en Frozen .

    Los directores Chris Buck ( Tarzán, Reyes de las olas ) y Jennifer Lee (guionista de la mencionada Ralph el demoledor ) cuentan la historia de dos hermanas: la entusiasta e impulsiva Anna y la fóbica Elsa. En el caso de esta última, debe hacerse cargo del trono de Arendelle tras la muerte de sus padres, pero tiene pánico del alcance de sus poderes (es capaz de congelar todo con una facilidad asombrosa), ya que nunca ha podido controlarlos cuando se pone nerviosa o se enoja.

    La tensión entre estas dos hermanas de personalidades opuestas crece cuando deben abrir el palacio al pueblo y cuando Anna empieza a tener sus primeras experiencias amorosas. El poder de Elsa se convierte en su peor enemigo y en el sino trágico de sus súbditos, que sufren un invierno desolador e interminable.

    Tras un arranque típico de intrigas palaciegas con números musicales algo convencionales, en la segunda mitad llegan los múltiples momentos de comedia (que los espectadores más pequeños sabrán agradecer), sobre todo con la aparición de un reno y de un muñeco de nieve con nariz de zanahoria llamado Olaf.

    Pero, más allá de su logrado reciclaje de la simbología de una típica historia de amor del siglo XIX con enfrentamiento entre el Bien y el Mal, de esas que contraponen la inocencia y la codicia, lo que distingue por sobre todo a este 53º largometraje animado de Disney es su belleza deslumbrante, aquí amplificada por el uso del 3D y el trabajo esplendoroso con imágenes en pantalla ancha.
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  • La vida de Adele
    La vida de Adele
    Otros Cines
    Es la historia de un amor como no hay otro igual

    Conocido en la Argentina gracias a Juegos de amor esquivo y Cous Cous, la gran cena, Abdellatif Kechiche consigue el mejor film de su carrera con una propuesta tan audaz y ambiciosa (dura tres horas) como fascinante y conmovedora. A partir de una novela gráfica de Julie Maroh, el director de origen tunecino narra la historia de Adèle (Adèle Exarchopoulos), una quinceañera en pleno despertar sexual.

    Lo que arranca como un sensible retrato de las contradicciones, inseguridades y confusiones de una adolescente que busca reafirmar su identidad, luchar contra su inestabilidad emocional con irrupciones de angustia, y sostener su autoestima en el ámbito de un colegio secundario, derivará luego hacia otras etapas -con un ingreso como auxiliar en un jardín de infantes y más tarde como maestra en una escuela primaria- con un recorrido que alcanzará seis años de su vida.

    De todas maneras, el eje principal de este film es la apasionada historia de amor que la protagonista mantiene con Emma (interpretada por Léa Seydoux), una artista plástica algo mayor que ella que la iniciará en el universo gay-lésbico. Mucho se han comentado las largas y explícitas escenas de sexo que la película contiene, pero no hay en ellas nada de explotación ni de regodeo voyeurista. Están narradas con la misma intensidad, cercanía y naturalidad con que se expone cada instante de la vida de estas dos chicas.

    La de La vida de Adèle es de esas experiencias transformadoras que son imposibles de explicar en palabras. Se podría hablar de la consagratoria actuación de Exarchopoulos (sin dudas, ha nacido una estrella), del inmenso talento de Kechiche para poner la cámara en el lugar justo, para marcar y al mismo tiempo “liberar” a sus actrices, para observar y captar cada ínfimo detalle que luego adquiere dimensiones insospechadas, para ir y volver de la comedia al drama con una facilidad asombrosa… Pero ninguno de estos conceptos alcanza para describir la verdad que el realizador de Vénus noire y sus dos intérpretes consiguen en cada fotograma.

    La conflictiva cotidianeidad escolar, los diversos entornos familiares, el universo de la militancia secundaria, el mundo queer, el ámbito de los intelectuales y los galeristas, las referencias literarias (Marivaux sobre todo)… Esos y muchos otros elementos conviven -con insólita armonía- durante las magistrales tres horas de este fascinante, conmovedor e inolvidable film.
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  • La increíble vida de Walter Mitty
    Nunca es tarde para amar (ni para viajar)

    En sus cuatro películas previas como director -Generación X (1994), El insoportable (1996), Zoolander (2001) y Una guerra de película (2008)-, Ben Stiller había demostrado una infrecuente capacidad para la comedia negra y satírica, así como para el gag a puro humor físico (heredero de la clásica screwball comedy), pero sin descuidar la sensibilidad y hasta cierta nobleza de sus muchas veces patéticos y tragicómicos personajes.

    Luego de dos décadas de compleja producción (decenas de reescrituras y de cambios de estudios y de elencos), Stiller regresa como realizador y protagonista de esta muy libre remake del film de 1947 dirigido por Norman Z. McLeod con Danny Kaye, Virginia Mayo y Boris Karloff (a su vez inspirado en el cuento de dos páginas publicado por James Thurber en 1939 en la revista New Yorker), en la que gana en delirio visual, pero pierde bastante en su capacidad de provocación. Es que La increíble vida de Walter Mitty -sobre todo en su segunda mitad- abandona su veta más absurda (era una suerte de cruza entre el cine de Wes Anderson y el de Aki Kaurismäki) para convertirse en algo bastante parecido a un cuento de hadas, un viaje iniciático y transformador, una alegoría bien propia de estas épocas navideñas y hasta con un dejo de autoayuda y espiritualidad new-age. De todas formas, si el resultado final no es enteramente satisfactorio, se trata de una experiencia rica y bastante más valiosa de lo que la mayoría de los críticos estadounidenses ha descripto.

    Stiller es Walter Mitty, un perdedor que ha pasado 16 de sus 42 años como encargado de la sección de negativos de la mítica revista Life. La publicación ha sido adquirida por un holding que envía a un joven y despiadado ejecutivo (Adam Scott) para editar el último número en papel y convertirla luego en un medio digital. Sean O'Connell (Sean Penn), famoso fotógrafo que vive de aventura en aventura por todos los rincones del planeta sin que nadie conozca su paradero, ha mandado por correo la imagen para la tapa de despedida, pero el atribulado Walter no la encuentra. El -que nunca ha salido de Nueva York y vive teniendo viajes imaginarios- deberá emprender una larga travesía (Groenlandia, Islandia, Afganistán) en busca de ese fotógrafo nómade y del negativo extraviado.

    Más allá de las desventuras de nuestro (algo estereotipado) antihéroe, Stiller también desarrolla su historia de amor con Cheryl (la enorme Kristen Wiig, aquí no del todo aprovechada), una compañera de trabajo a la que ha intentado en vano contactar vía un servicio de citas online.

    El film -que logra unos cuantos climas sugerentes a partir de los temas neo-folk del ¡argentino! José González y un uso bastante creativo aunque un poco abusivo de las CGI- tiene simpáticas parodias (como la de El curioso caso de Benjamin Button), ocurrentes secundarios (como el empleado del sitio de citas por Internet que interpreta Patton Oswalt) y grandes momentos (como la versión de la canción Space Oddity en Groenlandia). Así, aún llena de desniveles y problemas (por momentos hasta tiene un tono bastante esquizofrénico que pendula entre el drama adulto y la película familiar a-la-Forrest Gump), La increíble vida de Walter Mitty regala unos cuantos minutos de muy buen cine. No es el film brillante y audaz que uno hubiese querido de Stiller, pero no está nada mal como antídoto para combatir las inclemencias veraniegas.
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  • El lobo de Wall Street
    El precio de la codicia

    A Martin Scorsese se lo viene cuestionando desde hace años por parte de la “vanguardia” cinéfila porque -aseguran sus detractores- sus películas son cada vez más grandes y más superficiales. Lo mismo han empezado a decir quienes ya vieron la excéntrica El lobo de Wall Street. Más allá de que no todos sus films son igual de logrados (una obviedad en un realizador con cuatro décadas de carrera), creo que cada uno regala múltiples aristas valiosas, así como una intensidad y una excelencia narrativa que distinguen a Marty por sobre el 99% de sus colegas.

    Cuando se aprecian las adrenalínicas, descomunales, embriagadoras, fascinantes tres horas de El lobo de Wall Street uno no deja de preguntarse cómo hace, a sus 71 años, el director de Taxi Driver y Toro salvaje para sostener la energía desbordante y desbocada de esta tragicomedia tan ambiciosa como provocadora.

    A partir de un guión de Terence Winter (Los Soprano, Boardwalk Empire: El imperio del contrabando) basado a su vez en el libro autobiográfico de Jordan Belfort, Scorsese recupera el brío y muchos de los temas trabajados en Buenos muchachos y Casino (la impunidad, la codicia, el cinismo, la lucha despiadada por el poder, la lealtad y la traición, el poder seductor del dinero) para describir el ascenso, apogeo y caída de un joven zar de la bolsa entre fines de los años ’80 y principios de los ’90.

    En su quinta colaboración con Marty, Leonardo DiCaprio reedita aquí la megalomanía de su Jay Gatsby en El gran Gatsby, aunque su Belfort por momentos parezca una cruza entre el Gordon Gekko de Michael Douglas en Wall Street y el Tony Montana de Al Pacino en Scarface.


    El rey de las finanzas

    Con apenas 22 años, el protagonista llega en 1987 a Wall Street para cumplir su sueño de hacer fortuna. En una de las primeras e hilarantes escenas en un restaurante, su mentor (Matthew McConaughey) le dispara los tips para convertirse en un as de las finanzas. Y vaya que Belfort lo cumplió: a los 26 ya era un multimillonario que llevó hasta las últimas consecuencias el lema de sexo (orgías), drogas (desde pastillas hasta cocaína) y rocanrol (la selección musical de Robbie Robertson es brillante). Claro que una década más tarde estaba purgando 22 meses de cárcel por cada uno de sus fraudes y excesos cometidos por su emporio Stratton Oakmont.

    La película de Scorsese es arrolladora, excesiva en todos los sentidos posibles (el director debió cortar no sólo una hora de narración sino también muchísimas imágenes con sexo y droga para evitar la condenatoria calificación NC-17 en los Estados Unidos), y -más allá de ciertos caprichos, de su misoginia, de su exhibicionismo o del recurso algo rancio del protagonista hablando a cámara- resulta un festival para los sentidos (la fotografía “ochentista” está a cargo del mexicano Rodrigo Prieto).

    Si bien el film es un tour-de-force de DiCaprio (con sus discursos motivacionales, sus problemas con las mujeres y ese descontrol permanente que hace mella en el cuerpo), Scorsese tiene durante las tres horas (que no pesan para nada) tiempo suficiente para desarrollar los múltiples personajes secundarios: desde el ladero de Belfort Donnie Azoff (excelente Jonah Hill), hasta su segunda esposa Naomi (la bomba sexual australiana Margot Robbie con destino inevitable de estrella), pasando por el agente del FBI Patrick Denham (impecable composición minimalista de Kyle Chandler), que investiga y va minando el poder del arrogante y egocéntrico antihéroe.

    ¿Perfecta? Para nada. Pero incluso en su desmesura y en sus inevitables desniveles El lobo de Wall Street regala un viaje furioso, un trip físico y mental hacia el corazón de la ambición; es decir, el núcleo básico del sueño americano.
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  • Ritual sangriento
    Para comerte mejor...

    Una película sobre el canibalismo es siempre una experiencia límite. Una gran película sobre el canibalismo es una rareza y -por qué no- hasta una proeza. Si bien podríamos incluir en este subgénero a films de inmensa popularidad y reconocimiento crítico como El silencio de los inocentes, pocas veces historias con estos alcances y connotaciones salen bien paradas. Los excesos, la provocación, la explotación y el morbo suelen ganarle por goleada a la inteligencia y el talento. Por suerte, no es este el caso.

    Basada en el largometraje mexicano Somos lo que hay (2010), de Jorge Michel Grau, esta remake de Jim Mickle tiene otro infrecuente mérito: supera al original. El film arranca con la muerte de la madre (en la película de Grau era el padre) de una familia tradicional de la zona de Catskill. Las dos bellas hijas, Iris (Ambyr Childers) y Rose (Julia Garner), y el pequeño Rory (Jack Gore) quedan al cuidado del patriarca Frank Parker (un contenido y al mismo tiempo temible Bill Sage), que continúa con unos extraños rituales que tienen su orígenes religiosos en el siglo XVIII.

    Lo que sigue -no conviene adelantar demasiado de la trama- es un exponente de horror gótico construido con rigor y destreza, con climas ominosos (hay un excelente trabajo de fotografía en pantalla ancha que remite al cine de Terrence Malick y Jeff Nichols), tensión y suspenso (se lanza una investigación por la sucesiva desaparición de varios habitantes del pueblo).

    Lejos del cine de terror contemporáneo alimentado a fuerza de efectos visuales concebidos en la posproducción, Ritual sangriento apuesta a la narración, a la psicología de los personajes, a ricas observaciones sobre el fanatismo y la dinámica de una familia enfermiza, y se sostiene gracias a las impecables actuaciones, a citas literarias y a un logrado dispositivo visual, sonoro y musical.

    No será, claro, un típico cuento de hadas para esta época navideña (hay varios momentos chocantes y perturbadores), pero sí un verdadero hallazgo dentro de una temática que hacía presumir otra cosa. A veces, por suerte, los prejuicios quedan sepultados por el buen cine.
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  • La chispa de la vida
    Sin chispa y sin vida

    Qué triste derrotero el de Alex de la Iglesia. Director fundamental del cine español de los años ’90 con films como Acción mutante y el Día de la Bestia, mantuvo el interés por su obra hasta La comunidad o crimen ferpecto. El presente lo encuentra con su segundo estreno comercial del año en las salas argentinas (luego de la reciente Las brujas), que en este caso se trata de su penúltimo largometraje y uno de los peores de su carrera.

    Un creativo publicitario (José Mota) lleva dos años sin trabajo y, pese al apoyo irrestricto de su entusiasta y bella esposa (Salma Hayek), es un alma en pena, algo así como el estereotipo del español caído en desgracia. Tras una (otra) entrevista de trabajo fallida, sufre un improbable accidente (queda con su cráneo clavado al piso por una estaca de hierro en posición de crucifixión en medio de un anfiteatro), y pronto se convertirá en un freak, una víctima, un mesías y una estrella mediática del periodismo sensacionalista.

    El problema central es que el film no es divertido, inteligente ni provocativo (y resulta incluso bastante conservador en su reivindicación de la familia como refugio ante los males de este mundo): se toma demasiado en serio para ser una mirada absurda y su crítica social (con la crisis económica de fondo) es siempre obvia, subrayada y hasta torpe. Otro paso en falso de un cineasta con talento y destreza narrativa, pero que desde hace bastante tiempo viene en picada. Esperemos recupere el ímpetu, la creatividad y la audacia de su primera época.
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  • Último viaje a Las Vegas
    Viejitos no tan piolas

    A principios de año se estrenó Tres tipos duros (Stand Up Guys), con Al Pacino, Alan Arkin y Christopher Walken como tres veteranos ex mafiosos que vuelven a las andadas. Y 2013 termina con otros viejos amigos (Michael Douglas, Robert De Niro, Morgan Freeman y Kevin Kline) reencontrándose luego de mucho tiempo para la despedida de soltero de uno de ellos -que se está por casar con una jovencita- en Las Vegas, en una suerte de versión geriátrica de ¿Qué pasó ayer? en la que uno de cada diez chistes o diálogos funciona y genera alguna mínima sonrisa. Demasiado poco para intérpretes de pasado glorioso que aquí parecen estar actuando “de taquito”, como sobrando el penoso material que les toca en suerte, como quien va a la cola del banco a cobrar la jubilación (sus cheques, claro, son bastante más jugosos).

    Lo peor -además de las bromas berretas, la misoginia y los malos cameos (como el del rapero 50 Cents)- es que todo termina en una moralina decididamente conservadora, reivindicando el papel de la esposa o la pareja madura y “condenando” cualquier encuentro entre un hombre veterano y una mujer joven. Una comedieta rancia hecha con piloto automático.
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  • Paraíso: Amor
    Paraíso: Amor
    Otros Cines
    El dinero no puede comprar amor

    Confieso que no soy muy fan del cine del siempre revulsivo y provocativo director austríaco Ulrich Seidl (Dog Days, Import/Export), pero esta película -y la trilogía Paraíso en general- me resultó más que interesante, de lo mejor de su filmografía.

    El largometraje empieza de la peor manera (con una escena de chicos con Síndrome de Down en los autitos chocadores) y continúa de una forma también bastante chocante (con una descripción algo grotesca del turismo sexual de unas señoras gordas en un resort playero de Kenia, donde utilizan su dinero para conseguir negros esculturales como juguetes eróticos).

    Sin embargo, poco a poco, Seidl va mostrando facetas “sensibles” poco exploradas en su cine previo, ya que expone las contradicciones de esas relaciones (y nos obliga a empatizar alternativamente con unos y otros personajes) y deja en claro que -más allá de la explotación y del racismo- lo que allí aparece por parte de las veteranas damas europeas es una gran dosis de angustia, aburrimiento y soledad, así como una necesidad casi compulsiva de tapar ese agujero existencial con emociones fuertes e inéditas. Pero, se sabe (o creemos saber), el dinero no puede comprar amor.
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  • En el camino
    En el camino
    La Nación
    Mirada superficial a un clásico

    En el camino era -al momento de estrenarse en la competencia oficial del Festival de Cannes de 2012- uno de los films más esperados tanto por cinéfilos como por expertos en literatura, ya que se trataba de un proyecto que Francis Ford Coppola (dueño de los derechos del mítico libro de Jack Kerouac ) había intentado concretar -sin suerte- durante mucho tiempo y que finalmente rodó el brasileño Walter Salles con el aporte de un amplio elenco internacional. Pero la película no funcionó comercialmente en casi ningún mercado y, de hecho, aquí llega con más de un año y medio de retraso.

    Esta road-movie del director de Estación Central sobre los viajes iniciáticos de dos aspirantes a escritores (Garrett Hedlund y Sam Riley) durante fines de los años 40 y principios de los 50 contó con guión de José Rivera (quien ya había trabajado con Salles en un proyecto con varios elementos en común con éste, como Diarios de motocicleta) y -como curiosidad- con varias escenas de nieve filmadas en la zona de Bariloche.

    El film tarda en "arrancar", ya que Salles se toma varios (quizá demasiados) minutos en presentar a estos jóvenes intelectuales fascinados por Proust, por el jazz y la cultura afroamericana, por el sexo, el alcohol, las drogas y los tugurios de la bohemia neoyorquina. Luego, sí, llega el turno de los viajes por esa Norteamérica profunda, a toda velocidad, sin límites, a puro desenfreno. En este sentido, una de las mayores "audacias" de la película son los desnudos de Kristen Stewart, famosa por su recatado papel en la popular saga Crepúsculo.

    Con una narración muy cuidada, una excelente reconstrucción de época e impecables aportes del argentino Gustavo Santaolalla en la música y del francés Eric Gautier en la exquisita fotografía, En el camino alterna secuencias inspiradas con varios otros pasajes algo anodinos que conspiran en definitiva contra la solidez y fluidez del relato.

    Nada desentona demasiado en esa película bella, cool y distanciada, pero es precisamente esa prolijidad la que hace "ruido" en oposición al original literario, que hacía culto de lo opuesto: visceralidad, sordidez, intimidad, realismo, intensidad. Así, esta versión cinematográfica de En el camino puede verse como una mirada bastante superficial, simplificada (pasteurizada) sobre aquellas experiencias de Kerouac y compañía que conmovieron al mundo. La generación beat para? la generación Wikipedia.
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  • La esencia del amor
    Nunca es demasiado tarde...

    El director de London to Brighton y The Cottage concibió un auténtico crowd-pleaser, una de esas películas “encantadoras” tan demagógicas como previsibles, otra comedia “geriátrica” que toca -no siempre de forma afinada- ciertas fibras sensibles y emotivas que la vinculan con films como Rigoletto en apuros, Tocando el viento, Chicas de calendario, ¿Y si vivimos todos juntos? o El exótico Hotel Marigold, por nombrar sólo algunas.

    Hasta el espectador más desatento o poco intuitivo podrá adivinar desde el primer fotograma que el viejo gruñón, aparentemente insensible y bastante despótico, que interpreta el gran Terence Stamp terminará involucrándose de lleno, a fondo, en aquello que al principio desprecia: el coro que dirige la bellísima Gemma Arterton y en el que participa su esposa (Vanessa Redgrave), que padece un cáncer irreversible ya en fase terminal. Y que también terminará reconciliándose con su hijo (Christopher Eccleston), al que jamás le ha dado una palabra de aliento.

    Porque estamos ante una suerte de cuento de hadas contemporáneo, un film sobre la redención, las segundas (o terceras) oportunidades, sobre viejitos que cantan rock y bailan rap (aunque eso les cueste que al rato venga a buscarlos una ambulancia), un antídoto contra el cinismo de estos tiempos.

    Confieso que es un subgénero que en general no me gusta demasiado, al que suelo encontrar algo rancio, arcaico, forzado y facilista en la aplicación constante de las mismas fórmulas. Pero sé, al mismo tiempo, que hay un segmento de público no menor que suele elegir, disfrutar y celebrar con los demás cuando llega a la cartelera comercial una propuesta así. Está en cada uno, entonces, elegir si acompañan o no a Stamp en ese viaje íntimo desde el Infierno al Paraíso.
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  • Jackass: el abuelo sinvergüenza
    La guía de cine para pervertidos

    Luego de la serie de MTV y las películas de Jackass, Johnny Knoxville salta a un film como “solista” en el que mantiene algo de la apuesta extrema en lo sexual y escatológico de aquellos trabajos previos (penes, golpes, flatulencias, excrementos, insultos, perversiones, misoginia, cámaras ocultas), pero también con varios cambios: una apuesta narrativa más convencional (hay una “historia”) y un cierto dejo de crowd-pleaser a-la-Un papá genial, de Adam Sandler.

    Knoxville no es un padre sino “el abuelo sinvergüenza” del título. En efecto, el actor de 42 años interpreta a Irving Zisman, un viejo verde de 86 pirulos que sufre (en verdad, goza) la muerte de su esposa “gruñona” (Catherine Keener), con quien ha compartido casi cinco décadas de vida, pero con la que se llevaba bastante mal y ya no mantenía relaciones sexuales desde hacía mucho tiempo. Liberado, entonces, del yugo matrimonial, se apresta a disfrutar de la vida cuando aparece en escena su hija, una adicta al crack que debe volver a la cárcel y le deja a su nieto Billy (brillante Jackson Nicoll), un gordito de 8 años bueno para nada. El problema es que deben cruzar medio país (y Estados Unidos no es precisamente un territorio pequeño) para trasladar al pequeño desde Nebraska hasta Carolina del Norte, donde lo espera su no menos patético padre (Greg Harris).

    Tras un fallido funeral (cargan el cadáver en el baúl del auto) e intentar (sin suerte, claro) enviar al chico por micro oculto en una encomienda, arranca la road-movie con el abuelo iniciando al nieto en vicios varios y en el universo femenino (el anciano se lanza con toda mujer que se le cruza). Desde un pene atorado en una máquina hasta las desventuras en un club de strippers masculinos, pasando por robar y comer en un supermercado, destrozar una boda o participar en un concurso de belleza para niñas (con el gordito disfrazado, por supuesto), El abuelo sinvergüenza ofrece todo tipo de escenas capaces de generar carcajadas o incomodidades que harán que el espectador se tape la cara. El humor negrísimo, el desparpajo absoluto, son las claves del humor del trío Knoxville, Jeff Tremaine y Spike Jonze, aunque aquí la cosa se vuelve sobre el final un poco más condescendiente y demagógico (si bien también hay cierta sensibilidad, debe admitirse). De todas maneras, para los iniciados en el universo de Jackass hay muchos momentos para el disfrute genuino y liberador.

    PD: Quédense a los créditos finales: están plagados de outtakes, detrás de cámaras y gags que valen la pena. Además, muestran el trabajo (sobre todo de maquillaje y caracterización) para el personaje de Knoxville.
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  • Un lugar para el amor
    Escritores en crisis

    Bill Borgens (Greg Kinnear) es un escritor de culto, un novelista que tuvo su momento de gloria (éxito comercial y prestigio), pero que está en medio de un bloqueo creativo demasiado largo. Divorciado, pero aún obsesionado por su ex (como para no estarlo si es nada menos que de Jennifer Connelly), quien se ha vuelto a casar, este hombre posesivo y egocéntrico la espía en su nueva casa, mientras se ocupa de supervisar la carrera literaria de sus dos hijos: Samantha (Lily Collins), una muchacha cínica y promiscua que consigue un prematuro suceso con un libro autobiográfico; y el mucho más tímido y falto de autoestima Rusty (Nat Wolff), de 16.

    Esta ópera prima del guionista y director Josh Boone cae en todos y cada uno de los lugares comunes y fórmulas del cine indie sobre familias disfuncionales, intelectuales en conflicto, padres confundidos y adolescentes descontenidos (para colmo transcurre durante la festividad de Acción de Gracias, como para hacer más "emotivo" el asunto). Lo hace, eso sí, con buenos actores sosteniendo con profesionalismo el discreto material y con algunos chispazos de encanto, humor y sensibilidad. No alcanzan para reivindicar por completo al conjunto, pero al menos hacen bastante soportable el tránsito de estos 97 minutos. En esta misma línea, resultaba mucho más lograda Fin de semana de locos (Wonder Boys), de Curtis Hanson.

    Lo peor del film, de todas maneras, son sus citas (obvias, torpes, falsamente “sesudas”) al universo literario y musical. Las canciones son en general muy lindas (van desde Bon Iver hasta Bright Eyes, pasando por The National), pero Un lugar para el amor quedará para siempre con el estigma de haber destruido un temazo como Between the Bars, de Elliot Smith, durante una de las peores escenas románticas que se recuerden. Eso sí es imperdonable.
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  • Policeman
    Policeman
    Otros Cines
    El enemigo interno

    Que este film haya ganado el Premio Especial del Jurado en Locarno, el del Público en Nantes y el máximo galardón de la Competencia Internacional del BAFICI 2012 y -peor aún- que sea aclamado por no pocos críticos de primera línea como una obra maestra a contracorriente del cine “convencional” me hace pensar en la sobredosis de esnobismo y en lo mal que está por momentos el circuito de festivales (o, en caso contrario, lo mal que puedo estar yo).

    La película -que me recordó a los peores trabajos de Amos Gitaï- es de una banalidad, una torpeza, un trazo grueso, con personajes tan forzados y caricaturescos, que poco menos que indigna. Sobre todo, porque se mete con temas muy pesados como el (anti)terrorismo en Israel.

    En este caso, Lapid describe el accionar de unos policías que, esta vez, no deben enfrentarse con fanáticos palestinos sino con un patético grupo revolucionario integrado por compatriotas. Ni el espíritu tragicómico, ni algunas osadas observaciones sobre la contradictoria sociedad israelí, ni su "moderno" y experimental sistema narrativo alcanzan a redimir a una película que no tiene prejuicios, es cierto, pero tampoco demasiado talento.

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  • El Hobbit: La desolación de Smaug
    La desolación de Smaug, segunda entrega de la trilogía cinematográfica basada en el clásico literario de J.R.R. Tolkien, empieza con un chiste: un cameo del propio director, Peter Jackson, emulando a los que solía hacer en sus películas Alfred Hitchcock.

    Esa efímera broma cinéfila sintetiza de alguna manera los logros nada menores de esta segunda entrega, que resulta bastante más fluida, alegre, articulada y llevadera que la primera. Aun sin las escenas musicales del film inicial e incluso con la inevitable acumulación de diálogos pomposos recitados con voces graves y solemnes, La desolación de Smaug ofrece -por un lado- una mayor densidad dramática y -por otro- más y mejores escenas de acción. En este sentido, se destaca, por ejemplo, un escape de los enanos a bordo de unos barriles por un río correntoso en medio de un enfrentamiento entre elfos y orcos, que constituye una maravilla coreográfica.

    Este segundo episodio sigue el siempre tortuoso derrotero de los pequeños y aguerridos protagonistas en su largo viaje hasta la Montaña Sagrada (Montaña Solitaria en el libro original) custodiada por el dragón Smaug con el objetivo final de que Thorin (Richard Armitage) pueda recuperar el reino de Erebor.

    Como si fuese un recorrido por un parque temático, Bilbo Bolsón (Martin Freeman) y la docena de compañeros de aventuras -ocasionalmente ayudados por el mago Gandalf (Ian McKellen)- se enfrentarán con arañas gigantes en un bosque, contra los elfos (que los encarcelarán durante un tiempo) y los horrendos orcos (que también buscan las riquezas de Erebor), mientras reciben ayudas esenciales, como la del personaje del contrabandista Bardo (Luke Evans).

    Esta segunda película -que si bien no alcanza la jerarquía de El señor de los anillos significa una sustancial mejora respecto de Un viaje inesperado- tiene un humor menos obvio y más logrado e intenta construir cierta tensión romántica a partir del triángulo amoroso entre el guerrero Legolas (Orlando Bloom), la bella Tauriel (Evangeline Lilly) y el enano Kili (Aidan Turner).

    Mucho se ha discutido sobre el exceso de convertir las menos de 300 páginas del libro de Tolkien en una saga de tres películas y 9 horas en total, pero mientras Un viaje inesperado tardaba demasiado en arrancar y su duración se sentía en el cuerpo, aquí la experiencia resulta mucho más satisfactoria. A Peter Jackson, esta vez, habrá que darle la razón.
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  • Huellas
    Huellas
    Otros Cines
    Un relato sobre la historia de la familia del director con narración en off y con el protagonista en cámara cubriría, en principio, todos los lugares comunes del documental de autor que domina el panorama local en los últimos tiempos. Sin embargo, Colombo trasciende aquí el ombliguismo y las modas para convertirse en una suerte de detective que desvela un complejo entramado de secretos, mentiras, abusos y excesos que dominó a varias generaciones de su familia. La obsesión del realizador por la historia de su abuelo (un italiano que combatió en la Segunda Guerra Mundial y se instaló luego en Santiago del Estero, donde llevó durante años una doble vida y tuvo siete hijos) lo lleva luego a bucear en los traumas de su propia madre y de varios otros integrantes de su familia. El film se mete con temas muy pesados, pero lo hace siempre con una extraña mezcla de intimidad y pudor, de contundencia y recato. El resultado es por momentos conmovedor y siempre fascinante.
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  • Boxing Club
    Boxing Club
    Otros Cines
    Tras incursionar en la ficción con El perseguidor, Víctor Cruz -reconocido productor- regresa al documental luego de La noche de las cámara desiertas con este trabajo observacional sobre la relación entrenador-pupilo en el gimnasio El Ferroviario que el gremio La Fraternidad tiene en el subsuelo de la estación Constitución. El film arranca y termina con una pelea (relatada por el gran Walter Nelson) y, en el medio, expone la trastienda del ambiente (desde los entrenamientos hasta el pesaje previo a un combate) en un ámbito poblado por pugilistas -la mayoría de segunda o tercera línea- del sur del conurbano bonaerense. No es precisamente el primer documental sobre boxeo nacional o extranjero (de hecho, ya se había filmado allí Boxeo Constitución, de Jakob Weingartner; y el gran Frederick Wiseman hizo hace un par de años Boxing Gym), pero Cruz logra capturar pequeños grandes momentos (como la charla sobre los códigos de honor en la saga de El Padrino) con el sólido aporte del DF Diego Poleri (y la colaboración de Lucio Bonelli) y el impecable trabajo de sonido de Martín Grignaschi.

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  • Esclavo de Dios
    Esclavo de Dios
    Otros Cines
    Fanatismos de ambos bandos

    Este joven director venezolano radicado en los Estados Unidos construyó un tenso thriller que trabaja (con elementos ficcionales pero sobre indicios surgidos de las investigaciones reales) sobre la hipótesis de un tercer atentado que debía producirse en Buenos Aires poco después de la voladura de la sede de la AMIA en 1994.

    El film está narrado desde los puntos de vista opuestos de Ahmed (Mohammed Al Khaldi), un fundamentalista libanés que vive de incógnito en Venezuela -donde llega a formar una familia- a la espera de instrucciones para un atentado suicida; y de David (Vando Villamil), un agente del Mossad que sigue las distintas pistas para desentrañar la compleja madeja de intereses.

    Concebida con indudable oficio y con un sólido acabado técnico, pero con algunos lugares comunes y estereotipos a la hora de describir el fanatismo religioso (de ambos lados), Esclavo de Dios se constituyó en una verdadera rareza dentro de la Competencia Latinoamericana del reciente Festival de Mar del Plata. Pocos días más tarde, llega el momento de su estreno comercial en una decena de salas. Una película para debatir…
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  • Paranoia
    Paranoia
    Otros Cines
    Durmiendo con el enemigo

    Cuesta entender cómo el director de Legalmente rubia puede haber caído tan bajo. En este thriller sobre espionaje industrial no deja fórmula y estereotipo sin gastar, sobre todo a la hora de denunciar la ambición desmedida de las grandes corporaciones y la codicia (y falta de escrúpulos) de sus despiadados ejecutivos.

    Tras la profunda crisis de Wall Street, las cosas ya no son fáciles para los jóvenes emprendedores. Lo sabe bien Adam (Liam Hemsworth), que se queda sin trabajo y debe pagar el tratamiento médico de su padre (Richard Dreyfuss). Así, quedará en medio de dos peces gordos del negocio de los celulares (Harrison Ford y Gary Oldman) y se enamorará de una bella experta en marketing (Amber Heard), a quien perderá por sus actividades non sanctas y, obviamente, recuperará cuando muestre su faceta más sensible.

    Luketic ya había trabajado en 21: Blackjack la idea de jóvenes brillantes que ponen en jaque a (y también son víctimas de) los grandes holdings. Aquí se maneja siempre a fuerza de lugares comunes, con una superficialidad pasmosa y con muy poco ingenio y creatividad (la escena casi calcada de La conversación, de Francis Ford Coppola), con dos protagonistas carilindos como Hemsworth (Los juegos del hambre) y Heard (esta semana también en Machete Kills) y actores veteranos (Ford, Oldman, Dreyfuss) en papeles secundarios que sólo tienen un par de chispazos y momentos simpáticos. Demasiado poco para semejantes talentos involucrados.
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  • Machete kills
    Machete kills
    La Nación
    Así como extendió (quizá más de lo conveniente) la inspirada saga de Mini espías , Robert Rodriguez decidió que una película sobre Machete -el ex agente federal mexicano devenido inmigrante ilegal, agente secreto, implacable asesino a sueldo e irresistible donjuán en los Estados Unidos- no era suficiente y, apenas tres años después de aquella comedia negrísima, decidió retomar al personaje interpretado por el casi septuagenario y monosilábico Danny Trejo.

    Si el primer film funcionaba bien -aunque con un efecto bastante efímero- con su mezcla de violencia con excesos gore (cabezas cortadas, chorros de sangre, cadáveres al por mayor), erotismo primario (mujeres voluptuosas exponiendo sus curvas y exagerando sus gestos seductores y su adoración por Machete) y cierta incorrección política (dar vuelta los estereotipos con un héroe mexicano haciendo estragos en medio del establishment estadounidense), en esta secuela la propuesta nostálgica de ese cine clase B de explotación mixturada con algo de la saga de James Bond se agota mucho antes.

    Tras un prólogo muy simpático (un trailer a-la- Star Wars con Machete luchando en el espacio y un look retro con efectos de copia en 35mm rayada), arranca el film con el protagonista siendo reclutado por el mismísimo presidente de los Estados Unidos (Charlie Sheen) para enfrentar a un malvado esquizofrénico (Demián Bichir), cuya personalidad escindida (mitad narco, mitad "revolucionario") lo lleva a apuntar un misil hacia Washington. En la segunda mitad -cuando la película ya naufraga en un mar de clichés y repeticiones-, aparece un segundo villano llamado Voz (Mel Gibson), un traficante de armas que utiliza sus millones para sembrar el caos en el mundo. Para completar el panorama de enemigos de Machete está Sofía Vergara ( Modern Family ) como la dueña de un burdel de armas tomar.

    Uno de los principales placeres de Machete Kills consiste en disfrutar de estrellas que desfilan brevemente en pantalla en delirantes personajes secundarios (algunos no llegan más que a cameos): desde Antonio Banderas hasta Cuba Gooding Jr., pasando por la ex Disney Vanessa Hudgens o la diva pop Lady Gaga.

    Sin embargo, con el correr de sus 107 minutos la eficacia de esta secuela se va desintegrando y, así, la acumulación de caprichos, homenajes obvios y situaciones extremas no funciona ni en plan de "placer culpable". Una pena, porque el director de El mariachi y Del crepúsculo al amanecer es un artista con indudable talento, creatividad y pasión cinéfila. Su prolífica carrera permitirá reencontrarnos pronto con sus mejores atributos.
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  • Kon-Tiki - Un viaje fantástico
    En 1947 (con el mundo todavía en plena crisis de posguerra), el antropólogo noruego Thor Heyerdahl decidió emprender junto con otros cinco acompañantes un largo viaje a bordo de una precaria balsa de madera construida con la misma técnica usada por aborígenes peruanos varios siglos atrás con la idea de demostrar su teoría de que la Polinesia había sido poblada desde América del Sur y no desde Asia, como sostenían los científicos de la época.

    Lo que reconstruye, entonces, esta ambiciosa producción (una de las más caras del cine escandinavo, con casi 17 millones de dólares de presupuesto) es la travesía de 7000 kilómetros -no exenta de desafíos y complicaciones- durante 101 días por el océano Pacífico desde el puerto del Callao hasta la Polinesia.

    No es la primera vez que esta historia de Kon-Tiki -nombre de la balsa, en honor al dios solar de los incas- se hace pública. De hecho, el propio Heyerdahl la convirtió en un best seller literario primero, y luego en un documental ganador del premio Oscar. Pero ahora, con todos los medios del cine contemporáneo a disposición (incluidos, claro, los efectos visuales concebidos en computadora), los directores Joachim Rønning y Espen Sandberg la transformaron en un intenso drama de supervivencia (sacrificio, solidaridad y fortaleza moral) de épicas proporciones. Es que sólo uno de los seis tripulantes tenía conocimientos de navegación, mientras que el protagonista, Thor, ni siquiera sabía nadar. Y los tiburones, en esas aguas, abundan y acechan?

    Es cierto que la película pierde bastante en la casi inevitable comparación con la reciente Una aventura extraordinaria (Life of Pi), ya que el film de Ang Lee alcanzó mayores dimensiones líricas y espirituales, pero Kon-Tiki recupera con absoluto profesionalismo un estilo old-fashioned cercano al clasicismo hollywoodense, que hace muy eficaz y llevadera la narración. No extrañó, por lo tanto, que la Academia la nominara al Oscar al mejor largometraje extranjero. El público argentino tendrá la posibilidad de determinar si semejante reconocimiento fue o no merecido.
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  • El otro hijo
    El otro hijo
    Otros Cines
    Hace pocos meses vi en la competencia oficial del Festival de Cannes una joyita de Hirokazu Kore-eda titulada Like Father, Like Son, donde dos matrimonios deben repensar y reconstruir sus vidas cuando se enteran de que en verdad sus hijos no son sus hijos sino que fueron intercambiados por error en la maternidad del hospital. La premisa no es nueva -algo de eso hay también en clásicos como El príncipe y el mendigo (Mark Twain) o La comedia de las equivocaciones (William Shakespeare-, pero el maestro japonés expuso en toda su dimensión psicológica las contradicciones, dudas, rechazos, enojos, frustraciones y resentimientos de quienes hasta entonces tenían una existencia determinada y, a partir de esa revelación, se ven obligados a adaptarse (o no) a una nueva realidad. El comentario social estaba presente, sí, pero en el trasfondo, nunca en primer plano ni subrayado.

    En El otro hijo el punto de partida es prácticamente el mismo, pero aquí la moraleja tiene alcances sociopolíticos y religiosos en función del conflicto palestino-israelí. Y allí donde surge la alegoría es donde el conflicto íntimo se resiente. De todas maneras, hay que aclarar de entrada que la directora Lorraine Lévy (Mes amis, mes amours y La première fois que j'ai eu 20 ans) maneja la cuestión con bastante elegancia y recato, sin caer en la bajada de línea, aunque también es cierto que la resolución (el tema de la aceptación del otro, del distinto) es un poco complaciente y concesiva.

    El error del hospital se conoce aquí al principio de la trama: Joseph, el presunto hijo judío de un matrimonio formado por un coronel israelí y una médica de origen francés, se hace la revisión médica para cumplir con su servicio militar, pero su examen de sangre no es compatible con los datos genéticos de su padre. Es, en verdad, hijo de una pareja palestina, cuyo supuesto hijo (que en verdad no es palestino sino judío) regresa luego de haber estudiado en París. Y allí arranca una larga serie de enredos y confesiones, peleas y reconciliaciones, (re)descubrimientos y nuevas relaciones. La película se sigue con interés y sin dificultad, pero también es cierto que uno puede adivinar (casi) todo lo que irá ocurriendo y esa previsibilidad, esa falta de sorpresa, termina conspirando contra el resultado final.
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  • Este es el fin
    Este es el fin
    Otros Cines
    El apocalipsis, ahora, está encantador

    En su primer largometraje como directores, Rogen y Goldberg recuperan el espíritu delirante, desenfadado, provocador, lúdico y descontrolado de sus guiones para Super cool, de Greg Mottola; y Piña Express, de David Gordon Green.

    Comedia sobre el fin del mundo, sátira sobre los tópicos (clichés) del cine de terror religioso (diabólico), autoparodia sobre la comunidad artística de Los Angeles (con hilarantes cameos incluidos), ensayo sobre los códigos, miserias y temores (lealtades y traiciones) de la amistad masculina, Este es el fin combina el tono de sketch a-lo-Funny or Die, ciertos elementos popularizados por la factoría de Judd Apatow, la celebración del descontrol de la saga ¿Qué pasó ayer? y la irreverencia cinéfila respecto de los géneros clásicos del cuarteto británico Edgar Wright-Simon Pegg-Nick Frost-Martin Freeman.

    Lo primero que llama la atención de Este es el fin es que todos los personajes son actores conocidos haciendo de… ¡sí mismos! Seth Rogen recibe a su amigo (un inseguro de manual) Jay Baruchel y -luego de una buena dosis de drogas, alcohol y videojuegos- van a una fiesta organizada en su nueva casa por… James Franco. Mientras las estrellas de Hollywood (cobardes, neuróticas y narcisistas) se divierten, afuera se desata el apocalipsis. Sí, Los Angeles se convierte -literalmente- en el infierno.

    Entre cameos extremos (véanse, por ejemplo, los de Michael Cera o Channing Tatum), bastante humor escatológico, algo de misoginia y mucha testosterona, los seis protagonista intentarán resistir el fin del mundo atrincherados en la mansión de Franco, entre múltiples referencias al cine de terror, de ciencia ficción y, claro, a la comedia negra a pura adrenalina.

    Si bien ciertos aspectos sobre la adolescencia tardía, la incapacidad (o desinterés) por madurar resultan a esta altura un poco repetidos, Este es el fin trasciende el mero ejercicio de la comedia sobre “niños-grandes” al inscribirla dentro de una historia llena de adrenalina, sorpresas, enredos y delirios narrativos y visuales. Esa creatividad, esa desfachatez de la dupla Rogen-Goldberg, es la que hace de esta película una muy simpática y disfrutable experiencia, de implicancias… casi lisérgicas.
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  • Mujer conejo
    Mujer conejo
    La Nación
    Este tercer largometraje de ficción de Verónica Chen (dirigió Vagón fumador y Agua, además del breve documental-ensayo Viaje sentimental ) es una bienvenida rareza, una propuesta que -más allá de sus imperfecciones- resulta audaz, provocativa y, en varios pasajes, fascinante.

    Ambientada en buena parte en un barrio chino porteño que en pantalla gigante luce todavía más pintoresco que en la realidad, Mujer conejo propone una explosiva combinación entre el thriller, el drama romántico, elementos fantásticos e irrupciones del gore más sangriento a partir de un festival de efectos visuales y secuencias de animé. Y, para completar el cóctel, tampoco falta la mirada política sobre la xenofobia y la discriminación en el seno de una sociedad que todavía no termina de aceptar del todo su ya incuestionable sesgo cosmopolita.

    La heroína de Chen se llama Ana (la hermosa Haien Qiu), una joven de lejano origen chino y que ni siquiera habla ese idioma. Integrada a la vida en la Argentina, ella trabaja en el área de habilitaciones del gobierno porteño, mientras va y viene con un novio médico (Luciano Cáceres). En una de sus tantas inspecciones, empieza a descubrir que esa zona de Buenos Aires no es sólo un polo gastronómico y de venta de chucherías importadas.

    Lo que sigue es una inquietante articulación de elementos que incluyen desde el trabajo esclavo instrumentado por la mafia china, la corrupción administrativa y oscuras investigaciones genéticas con animales que convierten a los conejos en una rabiosa plaga asesina.

    Aún con sus desniveles narrativos y actorales que le impiden ser un producto del todo convincente, este film anómalo y desprejuiciado (sostenido por un excelente equipo técnico que le dio un impecable acabado visual y sonoro) termina trascendiendo sus irregularidades para convertirse, en definitiva, en una valiosa mirada a la problemática de la identidad a partir de un arrasador despliegue de creatividad y delirio. Bienvenidos sean los riesgos en el muchas veces adocenado cine argentino actual.
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  • La sospecha
    La sospecha
    La Nación
    Un realizador de prestigio como el canadiense Denis Villeneuve (su anterior trabajo, Incendies , estuvo nominado al Oscar), un elenco de lujo pletórico de figuras (Hugh Jackman, Jake Gyllenhaal, Viola Davis, Maria Bello, Terrence Howard, Melissa Leo y Paul Dano), un eximio director de fotografía (Roger Deakins), productores famosos como Mark Wahlberg, y un guión que combina una premisa inquietante (el secuestro de niños), un crescendo de tensión y suspenso propio del cine de género, y cuestiones de múltiples implicancias (la culpa, la venganza y la redención). Así de ambiciosos son los 153 minutos de La sospecha , película que se vincula con otros dramas adultos de Hollywood como Río místico y thrillers como Zodíaco .

    Lo que en principio aparece como una descripción de la sencilla existencia de la clase media urbana de Filadelfia se transforma a los pocos minutos en un verdadero calvario (para los protagonistas y también para un espectador que deberá afrontar todo tipo de situaciones extremas). Es que durante una celebración conjunta del Día de Acción de Gracias entre dos familias de amigos, las hijas menores de ambos matrimonios (Hugh Jackman y Maria Bello, por un lado; y Terrence Howard y Viola Davis, por el otro) desaparecen de la manera más inesperada y absurda.

    Cada uno de los padres reaccionará de muy diferentes maneras (obsesión, violencia, depresión) y -sobre todo el visceral carpintero que interpreta Jackman- apelarán a todos los recursos que estén a su alcance para desentrañar el caso. Aquí, claro, entran a jugar los dilemas morales (la justicia por mano propia, el ojo por ojo y más) y el público se verá obligado a cuestionarse cómo actuaría ante una situación semejante.

    En la segunda mitad adquiere un fuerte protagonismo el personaje de Loki (Jake Gyllenhaal), el joven y eficaz detective que investiga el caso en una carrera contra el tiempo complicada no sólo por las contradicciones íntimas y la dureza de los hechos que debe afrontar, sino también por las permanentes presiones de los padres.

    La película es de una densidad psicológica infrecuente en el Hollywood contemporáneo. El problema es que, en ese saludable intento de abarcar las múltiples facetas policiales y emotivas de la historia, termina en una maraña de situaciones y en una acumulación de vueltas de tuerca que dificultan su seguimiento. De todas formas, en un contexto superficial como el actual, se agradece este tipo de cine que busca y arriesga con no pocas dosis de inteligencia y profundidad.
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  • El amor dura tres años
    La mujer de mi vida

    Frédéric Beigbeder es una estrella mediática en la sociedad francesa: crítico literario, exitoso escritor, animador de TV, editor periodístico y, ahora, también director a partir de una película basada en su propia novela autobiográfica El amor dura tres años.

    En los títulos de apertura hay una suerte de videoclip con estética publicitaria que resume el enamoramiento, esplendor, decadencia y fin de una pareja durante los tres años a los que alude el título.

    Luego del divorcio, Marc Marronnier (Gaspard Proust), alter-ego de Beigbeder, se convierte en un alma en pena, un loser depresivo y decadente. En medio de la crisis de angustia y soledad escribe con seudónimo un libro (sí, con el mismo título de la película) que se convertirá en best-seller y ganador de un prestigioso premio literario.

    Justo cuando parece encontrar al amor de su vida (la hermosa Louise Bourgoin, vista en Un suceso feliz) y todo marcha viento en popa, se hace público que él es el autor del popular libro en cuestión. Alice, claro, se siente traicionada (sobre todo porque se trata de un ensayo bastante misógino para una joven de mirada feminista) y ella lo abandona.

    El film arranca como una (tragi)comedia un poco obvia y superficial, de esas que parecen adscribir a todo tipo de fórmulas recicladas del cine norteamericano, pero poco a poco se va tornando cada vez más simpática e irresistible porque los personajes están bien, los intérpretes son graciosos, los conflictos sobre las relaciones de pareja (que van de lo edulcorado a lo amargo) resultan creíbles, la narración es fluida y la mirada a la sociedad francesa no es condescendiente. Si a eso se le suma la incidencia en la trama de la música del gran Michel Legrand (con aparición personal incluida), El amor dura tres años surge como una más que atractiva propuesta.
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  • Una segunda oportunidad
    Despedida a lo grande

    “Estoy cansada de ser graciosa”, dice Eva -la masajista (y casi terapeuta) que interpreta Julia Louis-Dreyfus- en lo que parece ser algo así como una confesión de honestidad brutal y poco menos que el leit-motiv del film. Es que la película -que durante muchos minutos es divertida a partir de su andanada de diálogos punzantes escritos por esa consumada satirista que es Nicole Holofcener- de golpe se va volviendo más y más melancólica, tristona… y final. Final, también, porque uno no puede dejar de pensar en cada fotograma en el que aparece el gran James Gandolfini en que ya no estará más, en que se fue demasiado pronto…

    La guionista y directora de Confidencias / Walking and Talking (1996), Lovely and Amazing (2002), Amigos con dinero (2006) y Saber dar (2010) concibió -sin saberlo, claro- una despedida a la medida del inmenso talento (no siempre aprovechado en el cine) de quien sí descollara en la TV como Tony Soprano. Y también saca el máximo provecho de otra gran comediante de exitoso paso por la pantalla chica y de trabada carrera en la grande como Julia Louis-Dreyfus, la Elaine de Seinfeld. Para completar el trio de talentosas “MILFs” aparecen en jugosos personajes secundarios Catherine Keener y Toni Collette. Cartón lleno…

    Eva se la pasa yendo de casa en casa para hacer masajes a gente pudiente de Los Angeles. Son, en general, clientes bastante insufribles y en ella -que tampoco ha tenido demasiada suerte con los hombres- se acumula una creciente insatisfacción y un íntimo convencimiento (aceptación, resignación) de que nunca encontrará al hombre de su vida. Pero en una fiesta conoce a dos personas que le cambiarán la existencia: Marianne (Keener), una poetisa excéntrica y fascinante; y Albert (Gandolfini), un gordito simpático pero en apariencia algo patético que trabaja en el museo de la televisión de la ciudad.

    No sin resistencias, el improbable romance entre Eva y Albert avanza, pero allí aparecerá el personaje de Keener (y las hijas ya adultas de ambos) para complicarlo todo en una tragicomedia con enredos y vueltas de tuerca que Holofcener se encarga de preservar de los clichés y lugares comunes de la comedia romántica más convencional.

    Que en las impagables charlas de Una segunda oportunidad se hable de tetas verdaderas (y, por lo tanto, imperfectas) y del mal aliento, o que se muestre un sexo sin glamour publicitario son ejemplos de un acercamiento a la crisis de la mediana edad (y de la vida urbana de hoy en general) pletórico de nobleza y, sobre todo, de absoluta credibilidad.

    Más allá de la tristeza que -al menos a mí- me generó verlo a Gandolfini (¡que para colmo está tan encantador en pantalla!) y de ciertos momentos “ingeniosos” que resultan un poco forzados (y sobre escritos), Una segunda oportunidad resulta un film inteligente, sensible y, por los diferentes motivos ya expuestos, emotivo. La combinación entre una de las autoras más inteligentes del cine independiente norteamericano como Holofcener y la dupla Dreyfuss-Gandolfini hacen de esta una experiencia decididamente disfrutable.
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  • Diana
    Diana
    La Nación
    Si el lugar común "una vida de película" puede aplicarse a una figura sin caer en el ridículo ni en la exageración, la de Diana, con su apasionante, cambiante y finalmente trágica existencia, es una de ellas. Su muerte en París, en agosto de 1997, con apenas 36 años, terminó de convertir en mito a una mujer que desde siempre ocupó los primeros planos de la agenda mediática, despertó odios y pasiones, y cambió las reglas de juego y la imagen de la realeza británica.

    El cine no podía dejar pasar la oportunidad de acercarse a una personalidad como la de la princesa de Gales, heroína y mártir, sufrida esposa, amante y madre, estrella y víctima de la TV y de los tabloides amarillistas, filántropa y estadista. ¿Cuántas personalidades en el mundo estuvieron tanto tiempo y tantas veces como protagonistas en ámbitos tan diversos y disímiles? Para este desafío nada sencillo se contrató al guionista Stephen Jeffreys ( El libertino ) y al director alemán Oliver Hirschbiegel ( La caída ), pero el resultado está lejos de los antecedentes de ambos; Diana -la película- sólo en muy pocos pasajes logra retratar y transmitir las múltiples facetas, contradicciones, atractivos y dimensiones de semejante personaje.

    El film arranca cerca del final, y luego va y viene en el tiempo para reconstruir sobre todo los dos últimos años de Diana, en especial la relación apasionada (y "prohibida") con el cirujano paquistaní Hasnat Khan (Naveen Andrews). En efecto, bastante antes de su promocionado romance con el multimillonario y playboy Dodi Al-Fayed (Cas Anvar) y después de su separación de hecho (y posterior divorcio) del príncipe Carlos, ella vivió el que para muchos fue el gran amor de su vida.

    La película regala algunos momentos de humor, de intensidad o simplemente curiosos (las distintas maneras en que ella o sus visitantes salían y entraban a escondidas desde y hacia el palacio de Kensington, sus encuentros nocturnos en los parques públicos), pero en buena parte de sus casi dos horas es una biopic demasiado chata y convencional, que parece haber sido concebida con el manual del subgénero de biografías cinematográficas.

    Diana (más allá de los esfuerzos de la siempre digna Naomi Watts) resulta en varios pasajes demasiado obvia, incluso cuando se quiere mostrar los aspectos más cuestionables (sus contactos directos y manejos manipulatorios con los paparazzi que ella misma denunciaba públicamente) o los más laudatorios (la inteligencia e ingenio que exponía en sus campañas políticas y humanitarias) de su personalidad, Hirschbiegel apela muchas veces al trazo grueso que subraya una y otra vez de manera torpe todo aquello que ya había sido expuesto en palabras e imágenes.

    Esa limitación en su relación con el espectador resulta el mayor pecado de un film impecable desde lo formal, pero en definitiva poco convincente en su retrato psicológico y social.
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  • El quinto poder
    El quinto poder
    Otros Cines
    WikiLeaks para la generación Wikipedia

    La historia de WikiLeaks -el famoso website que desveló decenas de casos de corrupción, abusos, masacres y mentiras de gobiernos y corporaciones- es apasionante. La enigmática, contradictoria personalidad de su fundador, Julian Assange, también. Sin embargo, más allá del notable esfuerzo artístico y de producción a la hora de intentar retratar las múltiples facetas y alcances de semejante fenómeno político y mediático, El quinto poder no es una gran película y se queda bastante lejos de la intensidad e importancia de los hechos que reconstruye y de los personajes que retrata.

    El quinto poder va y viene en el tiempo, salta de una ciudad a otra, expone uno y otro caso (desde el vergonzoso accionar de Estados Unidos en Afganistán aniquilando civiles y periodistas, las matanzas en Kenia, los secretos de la poderosa banca suiza y así), pero no parece encontrar nunca el eje ni el tono (pendula entre la denuncia política y el drama íntimo, entre el thriller psicológico y el registro más documental, entre las internas del poder gubernamental y mediático, el romance y los celos más básicos).

    Bill Condon impone al relato un ritmo frenético, hiperkinético, apelando a un patchwork estético y estilístico en apariencia moderno, pero en definitva bastante grasa (ay, esas escenas oníricas en la supuesta redacción de WikiLeaks), derivativo y obvio.

    Las comparaciones casi inevitables son con las recientes Red Social (infinitamente superior a El quinto poder) y Jobs (tiene varios problemas similares). Ni siquiera un actor de moda como Benedict Cumberbatch puede hacer de su Assange un personaje que genere cierta fascinación, mientras que "la voz de la conciencia" está expuesta a través del personaje det Daniel Domscheit-Berg (Daniel Brühl), como un experto en informática y activista que fue hasta cirto punto el principal colaborador del despótico creador de WikiLeaks.

    El uso de los flashbacks, de las escenas fantásticas, de los editados sobre los medios (como la secuencia de créditos iniciales con los hitos del periodismo) son bastante torpes y banales. Es como si el film sobre WikiLeaks fuese pensado para la generación Wikipedia, esos internautas que quieren todo explicado de manera fácil y didáctica para hacer copy y paste en sus trabajos prácticos estudiantiles. Un caso como este merecía (exigía) un tratamiento más amplio, profundo e inteligente y una película más sólida y contundente.
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  • Tanta agua
    Tanta agua
    La Nación
    Alberto (Néstor Guzzini), un cincuentón divorciado y padre bastante ausente, lleva a sus dos hijos (una chica de 14 años y un varón de 8) a un complejo vacacional en las termas de Arapey, cerca de Salto, con la idea de (re)componer la relación bastante distante que mantiene con ellos.

    Pero las cosas, claro, no salen como estaban previstas: el lugar dista mucho de ser agradable y, para colmo, la lluvia parece acompañarlos siempre (las tormentas eléctricas les impiden incluso meterse en las piscinas). Las tensiones entre los tres (sobre todo entre la adolescente Lucía y su padre) no tardan en aparecer, las diferencias y frustraciones afloran y el aburrimiento (hasta se ven obligados a conseguir una televisión que Alberto había descartado) se apodera de ellos luego de horas de visitas a lugares anodinos, y de juegos de mesa.

    Pero esta tragicomedia bien uruguaya no es para nada aburrida (hay algo de ese humor asordinado, con un dejo entre patético y querible a la vez, de films del mismo origen como Whisky o Gigante , y con reminiscencias del cine absurdo y nostálgico de Aki Kaurismäki), ya que en su segunda mitad Tanta agua deriva hacia una típica y lograda historia coming-of-age (de iniciación) con Lucía escapándose del lugar en plena noche para vivir una experiencia extrema en una discoteca.

    Un film al que quizá le sobren unos minutos y al que cuesta ingresar del todo en su primera mitad, pero que crece a medida que avanza y resulta una propuesta inteligente y valiosa, de esas que exponen con sensibilidad las diferentes lógicas de cada uno de los distintos personajes sin juzgarlos. Una más que auspiciosa ópera prima de Guevara y Jorge que -luego de un amplio recorrido por festivales de todo el mundo alcanza un limitado, pero merecido estreno local.
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  • El mayordomo
    El mayordomo
    La Nación
    El mayordomo, cuarto largometraje del director Lee Daniels, se inscribe en ese grupo de películas importantes, concientizadoras, que abordan como lo hicieron El color púrpura o, más recientemente, Historias cruzadas conflictos básicos y esenciales (fundacionales) de la sociedad estadounidense que el cine de Hollywood recién en los últimos tiempos ha decidido visibilizar en toda su dimensión. En este caso, el racismo y la lucha del movimiento por los derechos civiles son los principales ejes que sostienen el relato.

    Ese costado políticamente correcto, por momentos casi didáctico, muchas veces subrayado, es el objetivo, pero también la principal debilidad de este nuevo film del realizador de Preciosa y The Paperboy . En efecto, se trata de una película noble y bienintencionada, construida a puro clasicismo, que intenta vincular la historia pequeña de una familia con la historia grande de los Estados Unidos, pero también surge como una "causa", un estandarte que levantaron sus casi 40 productores, la veintena de estrellas que aportaron (apoyaron) con su presencia, ya sea en papeles centrales o en simples secundarios, y hasta la inmensamente popular Oprah Winfrey (algo así como la Susana Giménez norteamericana), coprotagonista, principal impulsora pública del proyecto y responsable en buena medida del enorme éxito comercial en su país.

    Más allá de un prólogo ambientado en una miserable plantación de algodón en la Georgia de 1926, esta épica recorre más de tres décadas a partir de la historia de Eugene Allen (Forest Whitaker), un afroamericano que ingresó a trabajar en la Casa Blanca en 1952 y se retiró como jefe de mayordomos, luego de servir a siete presidentes (desde Eisenhower hasta Reagan, pasando por Kennedy, Johnson, Nixon, Ford y Carter) en 1986.

    La película pendula entre lo íntimo la relación con su esposa Gloria (Winfrey) y con su rebelde hijo Louis (David Oyelowo), militante por los derechos civiles de los negros y los grandes hitos de aquellos tiempos (desde Vietnam hasta los magnicidios de John Fitzgerald Kennedy y Martin Luther King). El resultado no siempre es logrado (hay momentos, sobre todo en los últimos minutos, donde todo tiende a resolverse con demasiada grandilocuencia y solemnidad), pero la historia nunca deja de interesar y, por momentos, de fascinar.

    Entre las múltiples propuestas de El mayordomo , una es descubrir a grandes intérpretes encarnando a figuras de la alta política. Por la pantalla desfilan, por ejemplo, Jane Fonda como Nancy Reagan, Alan Rickman como Ronald Reagan, Robin Wiliams como Dwight D. Eisenhower, James Marsden como JFK, John Cusack como Richard Nixon y Liev Schreiber como Lyndon Johnson. Un simpático juego cinéfilo para una película con no pocos atractivos.
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  • Sola contigo
    Sola contigo
    Otros Cines
    Mi pasado me condena

    Con casi 60 años y una docena de largometrajes, Alberto Lecchi incursionó en casi todos los géneros posibles. En Sola contigo, su tercera colaboración con la española Ariadna Gil (Nueces para el amor y Una estrella y dos cafés), propone -como en su ópera prima Perdido por perdido- un drama revestido de thriller; en este caso, una mirada despiadada y descarnada a las desventuras afectivas y hasta existenciales de una mujer en un contexto dominado por chantajes y crímenes.

    La película -que arranca con una enigmática sesión de chat en la que se acuerda un oscuro trabajo por encargo- tiene como protagonista a María (Gil), una catalana de 45 años que trabaja en Buenos Aires en el área de recursos humanos. Pero esta ejecutiva esconde un pasado de depresión, alcoholismo y un accidente trágico que la tuvo como responsable. Así, esta mujer divorciada sufre una orden de restricción judicial que le impide acercarse a la casa de su ex marido y visitar a sus dos hijas.

    A partir de una serie de hechos que no conviene adelantar y apremiada por una voz a-lo-Scream que vía celular la obliga a tomar determinadas decisiones bajo amenaza de matarla en el plazo de cinco días, María inicia un descenso a los infiernos, un calvario íntimo en el que debe confrontar sus miserias y fantasmas.

    La película es un tour-de-force para Ariadna Gil, ya que no sólo la acción está concentrada en ella y narrada desde su punto de vista, sino que además los distintos personajes secundarios nunca alcanzan demasiado desarrollo. Ni siquiera en el caso del comisario Esteban Fuster (un desdibujado Leonardo Sbaraglia) que aparece en la segunda mitad para investigar el caso.

    Sola contigo resulta, en sus mejores momentos, un interesante trabajo sobre la culpa, sobre la faceta autodestructiva (con tendencia suicida incluida) que aflora en una mujer desesperada, border, dañada y dañina, y consigue en ciertos pasajes algunos climas impactantes, pero en términos de suspenso y de tensión la película nunca alcanza la solidez que una estructura de género necesita (sobre el final hay un par de vueltas de tuerca que resignfican bastante la trama). Así, los saltos temporales o la acumulación de capas complican más de lo que aportan a la comprensión y disfrute de este viaje interno y externo de una protagonista que busca recuperar a sus dos niñas (en algunos aspectos, una suerte de reverso femenino de Ricardo Darín en Séptimo). Un thriller psicológico con regusto agridulce. No está mal, pero con poco más podría haber sido mucho mejor.
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  • El abogado del crimen
    Sin lugar para los débiles

    El abogado del crimen es una de las películas más desconcertantes, inasibles, inclasificables y discutibles de los últimos años. Para algunos colegas muy respetables (entre ellos, Manohla Dargis o Scott Foundas) es poco menos que una obra maestra. Y para muchos otros -igualmente reconocidos-, es poco menos que… un desastre. Yo pasé durante sus casi dos horas de la fascinación a la irritación, de las carcajadas a la incredulidad. Aún ahora, cuando empiezo a escribir estas líneas, no sé bien si me gustó mucho, poco… o nada.

    Reconociendo que es cualquier cosa menos “sólida y gratificante” (términos que utilizaron con frecuencia sus detractores), estamos ante una “anomalía” de Hollywood que merece ser analizada y debatida sin caer en el facilismo de despreciarla por lo que no pudo, no quiso o no supo ser.

    ¿Por qué hablo de “anomalía”? Porque estamos ante una película demasiado extrema, experimental y pretenciosa para los parámetros del cine mainstream actual (incluso para los del cine “adulto”). Porque había demasiadas estrellas involucradas (léase demasiado ego) y el resultado -por momentos ridículo, siempre provocativo- no es precisamente lo que los agentes y representantes suelen aconsejarles para consolidar sus respectivas carreras en la industria.

    Más allá de la presencia de Ridley Scott detrás de cámara (lo que garantizaba una estilización visual y también sus habituales regodeos), la mayor curiosidad que generaba El abogado del crimen era apreciar el primer guión original escrito por el ya octogenario, legendario y admirado Cormac McCarthy. Y el ganador del premio Pulitzer entregó cualquier cosa menos una historia sencilla y clásica.

    El film empieza con una audaz escena de sexo (más audaz por lo que dicen que por lo que muestran) entre el abogado corrupto del título (nunca sabremos su nombre) que interpreta Michael Fassbender y el amor de su vida (Laura, encarnada por Penélope Cruz). Tras ese romántico punto de partida, la cosa se pone cada vez más hostil, sórdida y cruel con una pátina moralista frente a las miserias del capitalismo, simbolismos varios (el guepardo persiguiendo al conejo) y una veta tragicómica que seguramente no pocos odiarán.

    Y empieza también el desfile de grandes estrellas en excéntricos personajes: la manipuladora y despiadada Malkina (Cameron Diaz), el ampuloso narcotraficante Reiner (Javier Bardem con otro de sus raros peinados nuevos); Westray (Brad Pitt), un cowboy experto en negocios sucios y en frases filosóficas, y muchos otros (están, claro, los latinos feos, sucios y malos).

    Entre estereotipos y arquetipos, caprichos y excesos, y mientras un camión de residuos sépticos transporta un inmenso cargamento de cocaína desde Colombia hasta Chicago, Scott y McCarthy se empecinan con diálogos de una ambición y complejidad que no recuerdo desde… Cosmopolis, de David Cronenberg.

    El abogado del crimen nos regala escenas épicas (como Cameron Diaz haciendo el amor con… un auto, en un remedo del fetichismo del Crash, extraños placeres, de -otra vez- Cronenberg), nos asesta una catarata de chivos (product placement en la jerga del negocio), nos lleva a más ciudades que todas las películas de Bond y Bourne juntas, nos compensa con algo de acción y tensión (en su tercio final), y nos ofrece imágenes de gran belleza cortesía de ese inmenso DF que es Dariusz Wolski.

    Si fuera un cronista de espectáculos radial, el conductor después de toda esta perorata me preguntaría: “¿Pero la recomendás o no?” Y mi respuesta más honesta debería ser: “No sé”.
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  • Thor: Un mundo oscuro
    Superhéroes Para Todos

    Esta segunda entrega de la saga de Thor es una película tironeada entre fuerzas muchas veces contrapuestas: debía ser una historia de superhéroes de cómic que no defraude a los fans más leales al espíritu freak de Marvel y, al mismo tiempo, apostar a un registro sencillo y llevadero para el menos exigente consumo familiar; ser creíble (y seria) en el planteo general de su trama, pero evitar la solemnidad a fuerza de golpes de comedia y romanticismo. Esa tensión se percibe y, aunque el conjunto no resulte tan fluido, sólido y convincente como en las Iron Man y, sobre todo, en la notable The Avengers, Un mundo oscuro regala suficientes momentos de disfrute como para que las sonrisas superen con holgura a las decepciones.

    Aunque lo suyo es correcto (profesional, digamos), podía esperarse algo más de Alan "Game of Thrones" Taylor. Se dice -y a los rumores que corren en Hollywood hay que creerles bastante- que tuvo mucha presión de los productores (Marvel/Disney) para no "desarreglar" nada y que hasta recibió ayuda directa en el set de... sí, Joss Whedon, quien reescribió y hasta filmó algunas escenas.

    Luego de un prólogo que nos cuenta una historia prehistórica sobre una energía poderosísima (el Aether) y un malo malísimo llamado Malekith (Christopher Eccleston) sabremos que Loki (Tom Hiddleston, lo mejor por lejos de toda la película con sus brillantes one-liners) está preso, que Thor resuelve a puros martillazos una serie de guerras civiles en los Nueve Reinos, que su padre Odin (Anthony Hopkins) tiene todo planeado para que el héroe carilindo sea el nuevo Rey de Asgard, pero que él prefiere -claro- a su amor en la Tierra, la científica Jane Foster (Natalie Portman).

    Pero justo cuando está investigando unas extrañas anomalías gravitacionales, Jane desencadena la energía del Aether hasta entonces oculta y ella misma se "contagia" de esa fuente de poder. Lo que sigue es una larga serie de peripecias, vueltas de tuerca (no siempre bien delineadas) y cambios de tono, que incluyen muchos momentos de humor (Loki y, en menor medida, los personajes de Kat Dennings y Stellan Skarsgard funcionan como comic-relief) y enfrentamientos a puro CGI en 3D que justifiquen el pago extra de la entrada (nada que no se haya visto últimamente, aunque la última set-piece tiene su encanto). La decisión de sacar buena parte de la acción de Asgard y otros planetas para trasladarla a la Londres actual también le da al film un look más contemporáneo y relajado.

    Más allá de los análisis y hasta de los reparos que puedan hacérsele por sus evidentes desniveles, Thor 2 funciona con esa idea de darle un poco a cada segmento de público: unos besos para los románticos, unos monstruos para los freaks, unas bromas para los chicos (el chiste del Capitán América, por ejemplo), unos planos del escultural torso desnudo del galán rubio Chris Hemsworth para las adolescentes y así... No esperen, por lo tanto, un film arriesgado sino más bien uno en el que se nota bastante el cálculo. Así y todo -y allí reside el mérito de esta receta de múltiples ingredientes- el resultado es más que digno.


    Nota 1: Vi la película dos veces: la primera, en la función de prensa, en la versión original subtitulada. Luego, unos días más tarde, en una avant-premiere doblada. Fue como apreciar dos películas completamente distintas. Si no tienen que ir con niños, no duden en escuchar las voces reales de los intérpretes.

    Nota 2: Como siempre, Marvel nos regala sorpresas importantes en los créditos finales. Aquí hay una escena que tiene que ver con el futuro de la(s) saga(s) en la mitad de los títulos de cierre y ¡otra! cuando los mismos terminan. Vale la pena hacer el esfuerzo de soportar los no pocos minutos y miles de nombres de técnicos que participaron en el film para disfrutar ese segundo (o tercer) final.
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