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Imagen del crítico Diego Batlle
Diego Batlle
  • Cantidad de críticas: 1014
  • Promedio: 62%
  • Críticas favorables: 731/1014 (72%)
  • Críticas desfavorables: 283/1014 (28%)
  • Diferencia absoluta: 7%
  • Polvo de estrellas
    El mundo está loco, loco, loco... (y Hollywood aún más)

    Cronenberg propone una despiadada sátira a la industria del cine en la que se burla de los egos, las miserias, el universo new-age, la cienciología, la obscenidad, el cinismo, la hipocresía, la codicia y el desprecio de las estrellas (tanto preadolescentes como adultas) de la fauna hollywoodense.

    El director de Crash: Extraños placeres y Una historia violenta propone en Polvo de estrellas una estructura coral, aunque con la inmensa Julianne Moore (ganadora del premio a la Mejor Actriz en el último Festival de Cannes) como el eje de la narración en el papel de una actriz neurótica y desesperada por conseguir papeles que ahora suelen obtener colegas más jóvenes. Mia Wasikowska (como una chica inocente que llega a Los Angeles y desatará el caos), Robert Pattinson (un conductor de limusinas con aspiraciones artísticas), John Cusack (un millonario y excéntrico gurú espiritual) y Evan Bird (un cruel astro de 13 años a-lo-Justin Bieber) son otros de los personajes que desfilan por esta comedia negrísima, sin red, que incluye sexo, escatología, perversiones, diálogos chocantes y hasta explosiones propias del gore más explícito.

    Entre Las reglas del juego, de Robert Altman, y un tono que remite al Todd Solondz de Felicidad, el nuevo y desenfrenado trabajo de Cronenberg resulta una experiencia despareja, es cierto, pero con algunos inspirados momentos que tienen el sello de un director que sigue haciendo gala de una libertad y de una audacia asombrosas para el cine contemporáneo. Aunque no se ubique entre sus mejores pelìculas, un Cronenberg "menor" sigue siendo cine mayúsculo.
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  • Casa grande
    Casa grande
    La Nación
    Desolador retrato sobre Brasil

    Dentro de la muy valiosa iniciativa Encuentros con el Cine Brasileño se estrenó hace pocas semanas Sonidos vecinos, notable película de Kleber Mendonça Filho. La tercera entrega de este plan de lanzamientos de ese origen es con Casa grande, ópera prima de Fellipe Barbosa que aborda temas similares a los de aquel film ambientado en un condominio de clase media de Recife, aunque en este caso se trata de una mirada a la clase alta de Río de Janeiro.

    Menos inquietante y un poco más obvia y ampulosa que su predecesora, Casa grande tiene todos los elementos de un culebrón televisivo, pero condensados -con bastante inteligencia, es cierto- en los 112 minutos de un film que ofrece un retrato bastante desolador sobre el estado de las cosas en un Brasil que, más allá de sus innegables avances socioeconómicos y de derechos, sigue teniendo una profunda diferencia de clases, un racismo y una descontención que afloran todo el tiempo y muchas veces de la peor manera.

    El film está narrado desde el punto de vista de Jean (Thales Cavalcanti), un adolescente de 17 años que está a punto de terminar la secundaria y debe prepararse para los exámenes de ingreso a la universidad. En pleno despertar sexual y búsqueda de independencia, choca a toda hora con su tiránico, invasivo, violento, hipócrita y manipulador padre (Marcello Novaes) y, en menor medida, con su hermana menor (Alice Melo) y con su madre (Suzana Pires).

    Los conflictos, de todas maneras, no son sólo entre padre e hijo. La familia, más allá del inmenso hogar con jardín y pileta al que alude el título (es excelente el primer plano con los créditos de apertura que expone con la cámara fija las dimensiones del lugar), de los varios autos, del chofer y de las múltiples empleadas domésticas, está en plena debacle económica, y esa degradación acompañará a la decadencia moral de los personajes, con la excepción de Jean, quien encontrará en su relación con Luiza (Bruna Amaya), una joven de otro estrato y distinta formación, una manera de salir de ese encierro y de conocer otras realidades.

    La película aborda -por momentos de manera algo ingenua y subrayada- conflictos muy actuales, como la no siempre fluida integración racial, las contradicciones entre la educación pública y la privada, y la lucha de clases en un país donde la movilidad social y las reivindicaciones masivas han cambiado las dinámicas más tradicionales.
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  • El escarabajo de oro
    Vamos por todo...

    Tras una brillante escena de títulos (quizás de los mejores créditos de apertura de la historia del cine argentino), El escarabajo de oro propone un universo lúdico y ambicioso a la vez en el que se conjugan desde Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson y Victoria Benedictsson hasta Leandro N. Alem, el radicalismo, el feminismo, el colonialismo y las miserias de la coproducciones internacionales que tanto bien (y tanto mal) le han hecho a las películas nacionales.

    Ensayo meta-cinematográfico (de esos que reflexionan sobre sí mismos llevando la problemática de su producción a la misma esencia de su propuesta), se trata de un film de El Pampero en estado puro, que parece mixturar elementos de Castro y El loro y el cisne (ambas también de Moguillansky) con otros de Historias extraordinarias (Mariano Llinás es uno de los protagonistas y coguionista de El escarabajo de oro).

    Cine de aventuras, cine de época (y de épica), cine político y -como quedó dicho- cine dentro del cine, El escarabajo de oro va por todo. Con una vara tan alta, la sensación a medida que avanza la trama (o, mejor, las múltiples subtramas) puede resultar un poco frustrante, pero es que el film arranca tan bien, tiene tantas ideas, asume tanto riesgo, que es imposible sostener semejante nivel de excelencia, creatividad y capacidad de sorpresa durante 100 minutos.

    El film -como ocurría con UPA - Una película argentina- se ríe de las situaciones absurdas que se plantean en este tipo de coproducciones: en la ficción, hay productores europeos a los que los argentinos tratan de engañar, mientras que en la realidad El escarabajo de oro surgió como una iniciativa del festival danés CPH:DOX (y su laboratorio DOX:LAB) que apunta a financiar trabajos conjuntos entre directores escandinavos (la sueca Fia-Stina Sandlund en este caso) y realizadores "tercermundistas".

    Pero hay más (mucho más): Rafael Spregelburd hace de sí mismo y les cuenta a los integrantes de El Pampero que tiene el dato (y un mapa a descifrar) para encontrar un tesoro en Misiones, más precisamente en un pueblo llamado Leandro N. Alem. Los cineastas, que se habían comprometido con sus financistas europeos a realizar un film de tinte feminista sobre la trágica existencia de la autora sueca Victoria Benedictsson (se suicidó en 1888), pretenden viajar al norte argentino y usar el rodaje de una película sobre la figura de Alem como fachada para buscar el tesoro.

    La dinámica interna de un equipo de filmación, la relación de amor-odio, de cazador-cazado entre Europa y Argentina, la historia política nacional (con la señorial voz del mítico Hugo Santiago en la narración en off) y, claro, ese espíritu de comedia musical con escenas coreografiadas que sobrevuela todo el cine de Moguillansky son algunos aspectos que van surgiendo en El escarabajo de oro, un film con desniveles -es cierto- pero con unas cuantas escenas brillantes, memorables. Un cine libre, imperfecto, audaz, un poco arrogante y lleno de talento. Atributos que en el tantas veces adocenado cine argentino de hoy se agradecen mucho.
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  • El justiciero
    El justiciero
    La Nación
    Washington y la justicia por mano propia

    Una cruza entre El vengador anónimo y Taxi Driver con explosiones de violencia y una estilización formal a-lo-Quentin Tarantino. Así podría definirse El justiciero, reunión entre el director Antoine Fuqua y el actor Denzel Washington tras la exitosa experiencia conjunta con Día de entrenamiento (2001).

    Más allá de ciertas limitaciones del guión de Richard Wenk (basado en la serie televisiva que Edward Woodward protagonizó entre 1985 y 1989) y de una duración que excede las dos horas, El justiciero encuentra su razón de ser en la figura de Washington. Mientras la mayoría de las figuras de Hollywood busca regodearse en su expresividad con papeles más y más ampulosos y exhibicionistas, él apuesta por papeles más contenidos.

    Washington interpreta al calvo Robert McCall, un agente retirado de pasado traumático y presente solitario, que trabaja en un hipermercado de artículos para el hogar en Boston, y todas las noches va a la misma mesa del mismo bar a tomar un té y leer los libros que su fallecida esposa no llegó a terminar. Sus únicos contactos con el mundo son con una joven prostituta de origen ruso llamada Teri (Chloë Grace Moretz) y con un muchacho obeso (Johnny Skourtis), que intenta pasar un examen para obtener un puesto como guardia de seguridad.

    Washington -en un personaje que recuerda al Forest Whitaker de El camino del samurái, de Jim Jarmusch- casi no habla en toda la película. Le alcanzan pequeños gestos, su obsesividad para cronometrar hasta los más mínimos detalles y la mirada para transmitir la introspección, la calma, la serenidad y la sabiduría de su criatura. Lo peor de este nuevo largometraje del director de Tirador y Ataque a la Casa Blanca tiene que ver con los malvados de la historia. Los mafiosos rusos, que regentean clubes nocturnos y manejan una red de prostitución, dejan en la comparación a los de Promesas del este, de David Cronenberg, como personajes de un film de Disney. En ese sentido, todo es tan estereotipado y exagerado que le quita a esta exaltación de la venganza por mano propia bastante de su credibilidad y de su capacidad para generar algún grado de identificación. De todas maneras, quedó dicho, allí está la inmensa figura de Washington para sortear todos los baches y trampas de la película. Una estrella como las de antes
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  • El libro de la vida
    Unos muertos muy vivos

    Con producción de Guillermo Del Toro, música de Gustavo Santaolalla y guión y dirección de Jorge Gutiérrez (que venía de tener bastante éxito con sus aportes para la cadena Nickelodeon), esta película animada intenta exportar la iconografía y las tradiciones mexicanas del Día de los Muertos al resto del mundo, aunque -claro- el objetivo principal sea la audiencia latinoamericana.

    El resultado es, sobre todo en términos visuales, bastante digno. Si bien la historia se maneja en terrenos bastante transitados (un triángulo amoroso, la tensión entre cumplir con las expectativas de los padres o seguir un camino propio), la animación (hay versión en 3D) abandona por completo el naturalismo para ofrecer un rico universo plagado de vistosas figuras y elementos trabajados con una paleta de colores bien… ¡mexicana!

    Pero, como estamos hablando de una propuesta no destinada exclusivamente al consumo latino, entre las canciones que se escuchan hay versiones “mariachizadas” de populares temas de Mumford and Sons (I Will Wait), Radiohead (Creep) y Rod Stewart (Do You Think I'm Sexy?), entre varias otros.

    En este relato enmarcado hay una historia principal con dos viejos amigos de la infancia enamorados de la misma chica. El protagonista es Manolo (Diego Luna), un torero impulsivo; su “rival” es Joaquín (Channing Tatum), un popular cazador de bandidos con gigantescos bigotes surgido de la academia militar, y en el medio está María María (Zoë Saldana), una chica independiente, rebelde y divertida.

    No conviene adelantar nada más de la trama, pero la misma se divide entre la Tierra de los Recordados y la Tierra de los Olvidados (de los vivos y los muertos), que remiten en varios pasajes a las películas de Tim Burton y Henry Selick (de El extraño mundo de Jack a El cadáver de la novia, pasando por Frankenweenie).

    Así, más allá de que su historia no es particularmente sorprendente y hay algunos minutos en que avanza a los tumbos, acumulando enredos y desventuras, El libro de la vida termina siendo un entretenimiento más que aceptable: bello e incluso con algunos picos líricos y sensibles. No es poco en el competitivo y recargado universo de la animación internacional.


    PD: A los críticos nos proyectaron la versión original con subtítulos. Según informó Fox a OtrosCines.com, la película va en copia digital a todas las salas con la doble alternativa. Será decisión de cada complejo programar o no la versión subtitulada en alguna función nocturna. A consultar, por lo tanto, la cartelera.
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  • La esposa prometida
    Yo me quiero casar ¿Y usted?

    Esta ópera prima de la guionista y directora Rama Burshtein tiene varias particularidades. Además de la obvia -ser el debut en el largometraje de una mujer en un país como Israel-, hay que indicar que la realizadora forma parte de la comunidad jasídica y que su film está inspirado en un conflicto real ocurrido entre los sectores judíos más ortodoxos.

    La protagonista y dueña del punto de vista de la narración es Shira (Hadas Yaron, consagrada como mejor actriz en la Mostra de Venecia de 2012), una joven de 18 años que vive con su familia (el papá es un influyente rabino). Cuando su hermana mayor muere al dar a luz, el marido, Yochay (Yiftach Klein), recibe la propuesta de afincarse en Bélgica, donde lo espera una nueva esposa (los matrimonios son arreglados por los progenitores, pero la película deja en claro que la última palabra, el aval definitivo es siempre de los implicados). Ante la perspectiva concreta de que el bebé se vaya de Tel Aviv, los padres de Shira empiezan a presionarla para que sea ella quien se case con el viudo, quien no ve con malos ojos la posibilidad.

    No pocos cuestionaron a la directora por no tomar partido, por no criticar, cuestionar o incluso denunciar los procederes de una colectividad que, desde la perspectiva occidental y la corrección política, es claramente conservadora y machista. Pero justamente lo que hace de La esposa prometida un film valioso es que está contado “desde adentro”, con conocimiento de causa, casi como si fuera un registro etnográfico. Todo ese retrato de encuentros en la sinagoga, reuniones familiares, cantos religiosos y celebraciones milenarias está tan bien reconstruido (los actores elegidos no pertenecen a esa comunidad) que uno puede entender y hasta sentir cómo es la dinámica interna y hasta las contradicciones que enfrentan cada uno de ellos.

    La película tiene algunos desniveles narrativos, escenas que no alcanzan la misma intensidad que otras, pero estamos ante una propuesta distinta de una cinematografía que, salvo excepciones como La infiel (un éxito impensado), casi no llega a la cartelera comercial. Así, con un destino inevitable de discusión acalorada (especialmente dentro de la comunidad judía local), se trata de un estreno para celebrar.
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  • Alexander y un día terrible, horrible, malo... ¡Muy malo!
    Una comedia apta para el consumo familiar

    Una familia muy normal viviendo (padeciendo) situaciones decididamente anormales. Así podría definirse a esta comedia de enredos producida por Disney que propone tantas desventuras, accidentes, infortunios y catástrofes que en la comparación dejan a Un día de furia, Después de hora o Mi pobre angelito como películas minimalistas.

    Mamá hiperocupada en una editorial de libros infantiles (Jennifer Garner), papá ingeniero desocupado desde hace meses (Steve Carell) y cuatro hijos que van desde la adolescencia hasta un bebé. Si bien el protagonista es el Alexander del título (Ed Oxenbould), un típico perdedor que en el accidentado día en el que transcurre el relato cumple 12 años, la narración está lo suficientemente diversificada como para poder seguir las historias de cada uno de ellos (y de todos juntos).

    Mientras la madre intenta resolver un inconveniente que puede costarle la carrera, el padre trata de conseguir un puesto de diseñador de videojuegos en una empresa manejada por unos jóvenes nerds, la hermana (Kerris Dorsey) afronta el desafío de interpretar una comedia musical y el hermano mayor (Dylan Minnette) se prepara para dar el examen de manejo y asistir a un muy formal baile con su bella y tiránica novia (Bella Thorne), Alexander padece el bullying de sus compañeros de escuela y sufre porque -en simultáneo con la suya- el chico más popular del colegio hará una fiesta mucho más cool y a la que seguramente irán todos (¡incluido su mejor amigo!).

    La película apuesta al efecto de acumulación (todo lo que puede salir mal resulta peor), siempre con ritmo frenético, y lo hace con bastante suceso. No todas las situaciones son igualmente graciosas e inspiradas, pero hay una razonable proporción de gags físicos, verbales y hasta escatológicos que funcionan y lo convierten en un producto apto para el consumo familiar con suficientes atractivos para públicos de diferentes edades (no para los más chicos).

    El director de origen portorriqueño Miguel Arteta narra con buen pulso (y con el "manual Disney" en la mano), pero al mismo tiempo sin ningún destello autoral. Una curiosa elección, ya que se trata de un realizador que viene del cine independiente con una interesante carrera que incluye títulos como Star Maps, Chuck & Buck, La chica de mis sueños y Alocada convención.
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  • El juez
    El juez
    La Nación
    Duelo de actores

    Especialista hasta ahora en comedias de enredos con excesos escatológicos, el director David Dobkin sorprende con este salto a una ambiciosa película que combina melodrama sobre una tensa relación padre-hijo, thriller judicial y romance con una narración que apuesta por un bienvenido clasicismo old-fashioned.

    En el arranque, vemos a Hank Palmer (Robert Downey Jr.), un inescrupuloso, arrogante y exitoso abogado de Chicago, que suele lograr con múltiples artimañas que sus poderosos clientes salgan en libertad. "Los inocentes no pueden pagarme", le contesta a un colega con su habitual cinismo y desparpajo. Hank está a punto de divorciarse y, aunque es un padre ausente, está convencido de que logrará quedarse con la custodia de su hija de 7 años.

    En medio de un caso, recibe una noticia inesperada: su madre ha muerto. No tiene, por lo tanto, más remedio que volver a su pueblo natal de Carlinville, en Indiana, al que había jurado no regresar jamás. Enemistado con todos, pero muy especialmente con su padre, el juez local Joseph Palmer (Robert Duvall), asiste al funeral mirando (y mirado) de reojo, entre la culpa y la incomodidad. Se reencuentra en un bar con su novia de juventud (Vera Farmiga) y, cuando está listo para salir volando del lugar, un incidente lo obligará a quedarse bastante más tiempo del que había pensado.

    Así, el drama sobre familia disfuncional se abre hacia el terreno judicial a-lo-John Grisham con el hijo tratando de defender a su padre, que, además de acusado por un crimen, está gravemente enfermo, lleva 42 años en el cargo, es una eminencia en el pueblo y está obsesionado con su "legado". Todo eso ocurre en los primeros minutos del film, ya que luego viene el largo juicio que obligará a profundos replanteos no sólo entre Hank y su implacable progenitor, sino también con sus dos hermanos (Vincent D'Onofrio y Jeremy Strong).

    Dobkin aborda demasiadas subtramas y vueltas de tuerca que no conviene adelantar, y no todos los conflictos son resueltos de forma convincente (hay estereotipos y lugares comunes en los planteos), pero cuando la película parece trastabillar, aparecen los notables actores para rescatarla e insuflarle una credibilidad y una hondura psicológica que el esquemático guión no tiene. Más allá de sus clichés y sus excesivas derivaciones, estamos ante un duelo actoral de primer nivel con dos intérpretes de características opuestas (un Downey Jr. más expansivo y un Duvall más contenido), pero igualmente brillantes en su pirotecnia verbal. Son sobre todo ellos y los actores secundarios quienes terminan haciendo de El juez un film valioso e intenso.
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  • Tropicália
    Tropicália
    Otros Cines
    Cuando Caetano y Gilberto hicieron historia

    Cualquiera que conozca un mínimo de historia de la música brasileña sabrá las aspectos centrales del movimiento tropicalista que irrumpió a mediados y fines de los años ’60, y cautivó al mundo (decenas de artistas incluso anglosajones fueron influidos por su fuerza). Sin embargo, aun para los iniciados en el tema, Tropicália regala imágenes y testimonios muy poco vistos (incluso hay bastante material inédito). Además, ofrece una narración tan poderosa, vistosa (con un look por momentos psicodélico) y sensible a la vez que es difícil no emocionarse.

    Con un excelente trabajo de investigación (qué envidia provoca ver a los brasileños contar con tantos buenos archivos mientras en la Argentina se ha perdido buena parte de nuestra memoria audiovisual), Machado va reconstruyendo el surgimiento, apogeo y caída (o progresiva desintegración) de ese movimiento que reunió arte y política, vanguardia y protesta, combinando lo más genuino de la canción brasileña (desde la bossa nova a la música bahiana) con el rock, el hippismo y la psicodelia.

    Las imágenes íntimas y de presentaciones en vivo (y en muchos casos los inteligentes testimonios) de Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Os Mutantes, Tom Zé, Nara Leão, Rita Lee, Jorge Ben Jor y Rogério Duprat sirven como hilo conductor para un film que expone también el clima sociopolítico de la época, desde “la euforia adolescente”, como ellos mismos admitieron, hasta la represión, la cárcel y el exilio forzado de Gilberto y Caetano en Londres a partir de 1969.

    Las contradicciones entre los por entonces jóvenes artistas y los estudiantes, periodistas e intelectuales que los acusaban de “extranjerizantes”, la pasión que por ellos tuvieron los europeos y los estadounidenses, y el trabajo sobre “el espíritu de época” son otros hallazgos de Tropicália, que -además de un buen uso de imágenes de films de Glauber Rocha, Carlos Diegues, Júlio Bressane, Rogério Sganzerla y Leon Hirzman- termina con los propios Caetano y Gilberto viéndose en pantalla, 40 años después, y cantando a dúo con ellos mismos. Un cierre bello y conmovedor.
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  • Magia a la luz de la luna
    Nunca es tarde para amar

    Los críticos tendemos a dividir las películas de Woody Allen (una por año desde hace ya varias décadas) entre “importantes” y “menores”, aunque es cierto que se pueden hacer (y WA los ha hecho) malos films que buscan la trascendencia con temas “profundos” y buenos largometrajes que una apuesta más superficial, lúdica y fluida. En ese sentido, y sin querer contentarme con una mera categorización, Magia a la luz de la Luna es una buena película “menor”, cuyo principal problema es que viene después de un “importante” film “mayor” de la carrera del mítico director como Blue Jasmine.

    Magia a la luz de la Luna es una comedia romántica de época que trabaja sobre personajes, elementos, dualidades y contradicciones bastante elementales y que en muchos casos están muy cerca del estereotipo, apelando a cuestiones como el amor vs. el cinismo, el escepticismo vs. la espiritualidad, la razón vs. la superstición, con escalas obligadas en los paradigmas de las segundas oportunidades, los conflictos del cazador-cazado y un largo etcétera. No es precisamente de los films más inspirados ni sorprendentes de WA (la vuelta de tuerca se adivina desde el inicio), pero hay que admitir que el director y sus intérpretes (desde la magnética pareja protagónica hasta cada uno de los impecables secundarios) cuentan el cuentito de una manera inobjetable, simpática e irreprochable (al menos si no se hacen paralelismos con su vida personal como el ofuscado crítico de The New York Times A.O. Scott).

    Colin Firth (el alter-ego de WA en esta ocasión) es Stanley, un sarcástico mago británico que se sube al escenario como el chino Wei Ling Soo para trucos tales como hacer desaparecer un elefante o cortar a una muchacha en dos. De la Berlín de 1928 (allí Ute Lemper hace un homenaje a Marlene Dietrich en un cabaret) la acción salta a la luminosa y veraniega Costa Azul francesa, adonde Stanley es convocado para “desenmascarar” a Sophie (Emma Stone, radiante), una joven y bella médium estadounidense experta en telepatía y espiritismo que ha seducido (¿engañado?) a una familia aristocrática y, más precisamente, a la viuda (la gran Jacki Weaver) y al heredero de la fortuna (Hamish Linklater), que sin pensarlo demasiado le propone matrimonio.

    No conviene adelantar nada más, aunque el lector ya habrá adivinado el tono (leve, ligero) y el resultado de una película que, aun siendo demasiado previsible e ingenua, se disfruta como quien presta más atención al cómo antes que al qué. A veces, la forma resulta tan o más importante que el contenido. El viejo Woody lo hizo de nuevo…
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  • Dos disparos
    Dos disparos
    Otros Cines
    Cuando importa más es el viaje que el destino

    Si en una clase de guión se analizara el de Dos disparos con el manual clásico, el profesor bien podría decir que está todo mal. Arranca por lo que bien podría ser el final de un film sobre un adolescente (un intento de suicidio sin "jusfiticación"), cambia constantemente de punto de vista (y hasta de protagonismo), no cierra las diversas subtramas que abre, no remata las situaciones graciosas. En definitiva, no "explica", no busca la empatía ni ofrece gratificaciones directas al espectador.

    Pero todas esas decisiones, que no pasarían ni la primera revisión de un estudio en Hollywood o en cualquier productora dedicada al cine convencional/comercial, son las que hacen de la filmografía de Rejtman en general y de Dos disparos en particular una obra de autor, una historia con vuelo, tono y climas propios. Como bien sostuvo en la entrevista con OtrosCines.com, su nuevo film apunta a la dispersión, a la acumulación, a la deriva, va "contra la comedia", pero el absurdo y agridulce humor rejtmaniano "resiste" y aparece donde y cuando menos se lo espera. Nadie (nunca) está preparado para la siguiente escena del director, porque siempre hay un recurso inesperado listo para provocar, incomodar o seducir.

    Decir que este film es sobre la historia de Mariano, un muchacho de 16 años que encuentra un arma en el depósito de un quincho y, como impulso ante una insoportable ola de calor, se pega dos balazos (uno que le roza la cabeza y otro que se le queda incrustado en el estómago) sería minimizar los alcances de una apuesta decididamente coral, que se abre cual abanico y nos obliga a encontrar cada pieza como quien arma un enorme rompecabezas.

    Porque lo de Mariano es apenas el punto de partida (el disparador, chiste fácil) de una película que luego contará las desventuras afectivas de su hermano algo mayor, Ezequiel; los miedos de su madre (Susana Pampín), que esconde no sólo el arma sino también todo elemento cortante que pudiera "tentar" al "suicida"; la de Lucía (la chilena Manuela Martelli); la de los otros integrantes de un conjunto de flauta dulce que interpreta música barroca; y la de unos patéticos y en el fondo queribles personajes que terminan reuniéndose en balnearios grises como Lucila del Mar o Aguas Claras. Y así podría seguir la descripción. Las historias, por momentos, se recuperan, los personajes reaparecen, pero el director de Rapado, Silvia Prieto y Los guantes mágicos apuesta al esquema muñecas rusas porque siempre hay alguna nueva subtrama (más pequeña o más grande) por incorporar.

    Con un impecable equipo integrado por Lucio Bonelli (fotografía), Diego Vainer (música), Martín Mainoli (edición) y Mariela Rípodas (arte), y el apoyo de una producción que le permitió trabajar en múltiples locaciones (aprovechadas al máximo con planos generales casi siempre fijos, aunque pletóricos de movimiento y de encanto interno), Rejtman logra una película a la vez hipercalculada y deforme, sí, pero también de una extraña belleza y lirismo. Las atribuladas criaturas de su cine, el malestar que cada una de ellas arrastra, no alcanzan a enturbiar un relato lleno de recovecos, desprendimientos y sorpresas. Elige tu propia aventura.
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  • ¿Y ahora? Recuérdame
    Una vida de película

    Muy de vez en cuando el cine nos regala experiencias tan poderosas, descarnadas, viscerales y conmovedoras como ¿Y ahora? Recuérdame. Por eso, un entusiasmado consejo cinéfilo: ¡No la dejen pasar!

    Primero: ¿Quién es Joaquim Pinto? Se trata de un multifacético artista (actor, editor, camarógrafo, director de fotografía, productor, realizador de ficciones, documentales y animaciones y, sobre todo, eximio sonidista) que trabajó mucho con su mentor Joâo Cesar Monteiro, varias veces con Raúl Ruiz, y con otros autores como Manoel de Oliveira, Werner Schroeter, Joâo Canijo, Joâo Pedro Rodrigues y André Téchiné. Y es dueño de una filmografía que va desde Una piedra en el bolsillo (1988) hasta Evangelio según San Juan (2013).

    ¿Y qué es lo que hace tan especial a este film? El punto de partida es el de construir un diario íntimo para exponer el tratamiento con medicación experimental que el propio director emprendió durante un año en su larga y titánica lucha contra el SIDA y la Hepatitis C (está infectado desde hace casi dos décadas).

    Sí, en varios de los extraordinarios 164 minutos de ¿Y ahora? Recuérdame se habla de (¡y muchas veces se muestran!) infecciones crónicas, cirrosis, virus, bacterias, plaquetas, hemoglobina, inyecciones, píldoras, dolores que aquejan todo el cuerpo, insomnio, picazón, fotofobia y otros efectos colaterales…

    Pero quien crea que este film es un mero tratado médico y un bajón deberá saber que estamos ante un relato apasionante, de una inteligencia y una sensibilidad superiores. Pinto se expone en toda su intimidad (puede que haya algo de exhibicionismo en el proceso) y en toda su dimensión intelectual (por momentos puede pecar de demasiado pretencioso), pero el resultado es casi siempre atrapante.

    ¿Y ahora? Recuérdame es también un hermoso ensayo cinéfilo (reivindica a sus héroes y amigos de los años ’70, ’80 y ‘90: Pier Paolo Pasolini, Derek Jarman, Serge Daney y un largo etcétera), una gran historia de amor gay (Pinto vive con su pareja y socio laboral Nuno Leonel), un film sobre viajes, sobre música y literatura, sobre la crisis europea, sobre la relación directa con la naturaleza (ambos trabajan la tierra en una pequeña parcela en las islas Azores), sobre perros y sobre muchas, muchísimas cosas más.

    Pinto apela al collage, a un patchwork estilístico que incluye la lectura en off de sus caóticas notas médicas y de citas a grandes autores, una excelente selección musical y, ya en el terreno visual, pasajes en impecable HD y viejos materiales en Súper 8, largas tomas fijas e imágenes aceleradas, animaciones, efectos visuales y miradas al microscopio con las muestras extraídas de su cuerpo.

    Una película a-lo-Chris Marker mixturada con elementos de la vanguardia y del videoarte que resulta, sí, dura, ardua y hasta por momentos cruel, pero también hermosa y fascinante. Decididamente imperdible.
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  • Feriado
    Feriado
    La Nación
    Literal crítica a los prejuicios

    Estrenada en el último Festival de Berlín, esta ópera prima del guionista y director ecuatoriano Diego Araujo está cargada de buenas intenciones, pero el resultado final no está a la altura de sus muy dignas búsquedas y planteos. Es que sus temas principales (la búsqueda de la identidad, el despertar sexual, las diferencias de clases, el racismo, la impunidad y el machismo) están planteados de una manera demasiado explícita, por momentos burda, y cayendo en reiteradas oportunidades en la solemnidad, el subrayado y el maniqueismo.

    El antihéroe del film es Juampi (Juan Manuel Arregui), un atractivo muchacho de 16 años que llega a la hacienda familiar, donde su tío -un banquero corrupto que se esconde de la Justicia en medio de la corrida financiera que derivó, en pleno 1999, en la dolarización de la economía ecuatoriana- y sus primos llevan una vida totalmente ajena a la suya.

    Entre fiestas de Carnaval y tensiones sociales (se muestran los violentos enfrentamientos entre la burguesía local, apoyada por las fuerzas de seguridad, y la clase baja de origen indígena), Juampi sentirá una creciente incomodidad dentro de su círculo y se fascinará, en cambio, por Juano (Andrés Paredes), un amante del heavy metal de un origen socioeconómico opuesto al suyo. A pesar de sus miedos y represiones, el protagonista se sentirá cada vez más obsesionado por ese objeto del deseo.

    No es la primera vez que el nuevo cine latinoamericano incursiona en temáticas como las de Feriado (desde Deshora hasta la filmografía de Marco Berger podrían funcionar como referentes), pero probablemente sea una película importante para la joven producción ecuatoriana a la hora de visibilizar cuestiones muy arraigadas de su sociedad patriarcal y prejuiciosa. En ese sentido, este muy cuidado largometraje cumple su objetivo.

    El problema es que, en el terreno puramente artístico, cae -sobre todo en su segunda mitad- en no pocos clichés y convenciones que parecen calculados para seducir a los programadores y fondos de ayuda de los festivales europeos, en una puesta en escena de escasa sutileza, oposiciones demasiado evidentes, diálogos ampulosos y alegorías obvias.
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  • Perdida
    Perdida
    La Nación
    Audaz, perversa y memorable

    La nueva película de ese notable director que es David Fincher arranca con una desaparición. En un pequeño pueblo de Missouri, un periodista neoyorquino con ínfulas de escritor llamado Nick Dunne (Ben Affleck) regresa a su casa y descubre que su esposa, Amy (Rosamund Pike), ya no está. Hay rastros de violencia en el interior y todo indica que ha sido secuestrada. La comunidad se ve conmovida, hay cadenas de oración, equipos de voluntarios que salen en su búsqueda y un circo mediático que no tarda en armarse con guardias en la puerta que se mantienen las 24 horas. Pero no pocos miran a Nick con recelo y desconfianza. ¿Qué esconde ese hombre carilindo y amable? ¿Es realmente una víctima de las circunstancias o podría ser incluso el victimario?

    Ése es el planteo inicial de esta transposición de la exitosísima novela de Gillian Flynn (ella misma escribió el guión). Pero, en verdad, ése es apenas el arranque de la primera de las cuatro-películas-en-una que propone Perdida. Tendremos la versión de él, luego la misma historia narrada desde el punto de vista de ella y más tarde un par de vueltas de tuerca adicionales que no conviene ni siquiera mencionar. Y a eso hay que sumarle unos cuantos flashbacks que nos contarán el enamoramiento, la pasión, la consolidación y la progresiva decadencia de ese matrimonio durante los cinco años previos.

    El material puede sonar (y en algún lugar es) un poco trillado, pero es justamente la maestría narrativa, la extraordinaria capacidad para la dirección de actores y el virtuosismo visual del realizador de Pecados capitales, El club de la pelea, Zodíaco y Red social los que llevan a Perdida a trascender el marco de una simple pulp fiction para convertirse en una exploración impiadosa, inteligente y provocadora sobre el cinismo y la doble moral de una sociedad dominada por la paranoia y la manipulación de los medios y de la justicia.

    El film -heredero del mejor cine de Alfred Hitchcock, pero también de sus estilizados seguidores, como Paul Verhoeven o Brian De Palma- es bastante más que un simple thriller sobre las apariencias que engañan para convertirse en una mirada que vincula la degradación social (la falta de techo, la desocupación, la recesión) con la de una pareja que alguna vez fue modélica, ejemplar. La envidia de todos.

    Provocativa hasta límites inimaginables (tiene un grado de perversión poco habitual en el cine mainstream), Perdida le devuelve a Hollywood esa audacia que extrañaba quizá desde la generación del 70 y "dialoga" en no pocos aspectos con el éxito argentino Relatos salvajes.

    Es cierto que el film (o los films que van surgiendo cual ramificaciones) luce un poco apretado en el montaje final, pero aunque deja la sensación de que bien podría haber dado para una miniserie de varios episodios, la atención (la fascinación) que produce no se resiente jamás en sus dos horas y media.

    La sociedad entre un director de los recursos de Fincher y un elenco notable (lo de Rosamund Pike es prodigioso y se verá recompensado con decenas de premios) hace de Perdida un verdadero acontecimiento dentro de un cine estadounidense que -entre tanto producto efímero- regala por fin una película potente y compleja. Para analizar y discutir.
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  • Borrando a papá
    Borrando a papá
    Otros Cines
    ¿Víctimas o victimarios?

    Es muy difícil hacer una crítica "cinematográfica" de un documental cuyo eje no es el cine, sino la denuncia y la reivindicación sectorial, porque cualquier comentario estará siempre teñido por la mirada (incluso ideológica) que cada uno tenga respecto de la postura que los autores adopten.

    Borrando a papá es, a nivel formal, un trabajo bastante elemental, sustentado en el recurso de las "cabezas parlantes", con una musicalización poco feliz, con recursos torpes (como cuando la pantalla se llena de signos pesos para ilustrar los abusos del negocio de la judicialización), una estética televisiva (de la de antes) y un remate lacrimógeno y grasa con el videoclip casi completo de Peter Gabriel cantando Come Talk to Me.

    Pero eso no es lo importante para sus realizadores, sus adeptos ni sus detractores. El film está concebido (desde el dolor, la bronca y el rencor) por quienes se sienten víctimas del sistema judicial que, según ellos, siempre prioriza la tenencia de los hijos por parte de las madres y discrimina a los padres.

    Se exponen aquí varios casos y, como siempre, habrá algunas verdades y otras disfrazadas de tales. Desde sectores vinculados al feminismo y la mirada de género se ha cuestionado a varios de los que participan en el documental porque tienen denuncias por violencia doméstica y algunas de las mujeres que exponen una mirada contraria a la de los realizadores (y que aparecen bastante ridiculizadas en la edición) han enviado cartas-documento exigiendo que sus testimonios sean eliminados del montaje final, ya que -alegan- participaron engañadas de una película que no es lo que les dijeron que iba a ser.

    Borrando a papá arranca con uno de los recursos más bajos en la escala periodístico-cinematográfica como es el uso de la cámara oculta para mostrar a una madre que no deja ver a su hijo, pese a la existencia de una orden judicial en favor del padre. Puede que esa mujer haya cometido un desacato, pero iniciar así un film se acerca bastante al despropósito, al vale todo.

    Jamás desde OtrosCines.com pediremos la censura. Creo que los realizadores de Borrando a papá -y el lobby al que representan (que se basa en el denominado Síndrome de Alienación Parental)- tienen todo el derecho del mundo de exhibir su trabajo y de plantear el debate, pero por su calidad cinematográfica y por su discurso de barricada (el abogado Juan Carlos Dietze, al que más minutos le dan en pantalla, llama a las feministas como “feminazis”) creo que su financiación por parte del INCAA en este caso es errónea. De todas maneras, si su exhibición ayuda a ampliar el debate y (lo dudo) a acercar algunas posiciones, habrá tenido algún sentido todo este ruido mediático. De arte, esta vez, poco y nada.
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  • Necrofobia
    Necrofobia
    Otros Cines
    Pesadilla en lo profundo de la noche

    Con cortos como Sueño profundo (1997), La última cena (1999) y El martillo: Crónica de un mito (2003) y largos como La sombra de Jennifer (2004), La muerte conoce tu nombre (2007) y Hermanos de sangre (2012), Daniel de la Vega se convirtió en uno de los pioneros y referentes del saludable resurgimiento del cine de terror/fantástico en la Argentina.

    Por eso -y porque además venía con mucho hype antes de su estreno en el BAFICI- resultó decepcionante el resultado final de Necrofobia. La película es una combinación de elementos del giallo italiano, terror gótico, algo de Psicosis, toques a-lo David Lynch, esquemas remanidos con hermanos gemelos, juegos de espejos y estructura de doppelgänger. Y más: efectismo en la apuesta sonora (el golpe ampuloso que suena justo con el corte de montaje), clichés por todos lados (las campanadas y los relojes que se detienen a las 12, las palomas que sobrevuelan en los momentos “intensos”), la música grandilocuente y machacadora… Y así se podría continuar con la enumeración.

    Pero el problema más grave de Necrofobia es que su narración no convence. Un protagonista sobreactuado (el sastre fóbico que interpreta Luis Machín), personajes secundarios sin vuelo (hasta se desperdicia a la encantadora Julieta Cardinali) y vueltas de tuerca que no cambian nada.

    Sólo se disfrutan el logrado trabajo de diseño de producción y algunos encuadres e ideas de puesta por parte de un director con indudable ojo y oficio, pero que en este caso se ubica muy por debajo de sus propios trabajos previos y de la media de un cine de terror argentino que ha regalado muy buenos exponentes en los últimos tiempos.

    PD: La conversión a 3D vista en la función de prensa del BAFICI tenía un acabado muy malo. Como no volví a ver la película, dejo el beneficio de la duda. Ojalá se hayan completado los procesos técnicos para una versión final acorde con las posibilidades y exigencias del cine actual.
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  • Delirium
    Delirium
    Otros Cines
    ¿Quieres ser Ricardo Darín?

    La idea original era buena (o al menos ingeniosa): el recurso del cine dentro del cine en tono paródico (en la línea de ¿Quieres ser John Malkovich?, de Spike Jonze), un falso documental con la participación de reconocidas figuras de los medios (Susana Giménez, Diego Torres, Mónica Gutiérrez, Guillermo Andino, Germán Paoloski, Facundo Pastor, Juan Miceli, Cecilia Laratro, Sergio Lapegüe, Catalina Dlugi, Débora Pérez Volpin y Julio Bazán); y, sobre todo, la presencia de Ricardo Darín haciendo (y burlándose) de sí mismo.

    Pero, más allá de los guiños cómplices, de los buenos elementos para el marketing, esta ópera prima de Carlos Kaimakamian Carrau (uno de los primeros egresados de la FUC) nunca toma altura. Es cierto que en su vuelo rasante mantiene un espíritu lúdico y desprejuiciado que se agradece, pero el film nunca funciona más allá de una medianía bastante pobretona, una acumulación de chistes y diálogos que generan una media sonrisa, pero jamás una carcajada.

    El film arranca con tres antihéroes que bien podrían ser los de cualquier comedia indie (norte)americana del subgénero freaks/slackers/losers: tres amigos se reúnen en un bar para divagar entre cerveza y cerveza sobre la vida y lo mal que les va (cuando no están desempleados trabajan atendiendo un kiosco, repartiendo volantes o mangueando plata en un colectivo). Allí están Martín (Ramiro Archain), el “colgado”, el tímido patológico, el fan de Tolkien; Mariano (Emiliano Carrazzone), el “zarpado”, el mujeriego; y Federico (Miguel Di Lemme), el responsable, el centrado, en verdad un tipo común y corriente pero que al lado de los otros dos parece un genio.

    El trío empieza a fantasear sobre cómo salir de la malaria y, a los pocos días, a Federico se le ocurre “la” idea: filmar una película de bajo presupuesto para recaudar mucho dinero ¿Con quién? Con Ricardo Darín, claro, que viene de hacer Taiko, una coproducción con Japón vista por 3.750.000 espectadores (más que Relatos salvajes, je).

    La cuestión es que Darín confunde a Federico con el hijo de un conocido suyo y se suma a lo que cree será un cortometraje para una escuela de cine. Los tres patéticos protagonistas leen el libro Sos Spielberg en 10 lecciones porque no tienen la menor idea de cómo filmar una película (Ed Wood sería Martin Scorsese en la comparación) y allí empezarán los enredos y hasta las derivaciones policiales.

    La película apuesta, por supuesto, al absurdo, pero ese tipo de comedia extrema y negrísima le queda siempre muy grande, demasiado incómoda, a la propuesta. Hay, por ejemplo, una larga secuencia en el INNCA (Instituto Nacional del Nuevo Cine Argentino), donde buscan apoyo para una ópera prima, pero el chiste (como otros) se agota a los pocos segundos y el resto es puro desperdicio.

    Delirium funciona mejor en el papel que en la pantalla. Hay ideas, hay búsquedas, pero el resultado no es particularmente gracioso ni inspirado. No es una mala película e incluso hay algunos pasajes simpáticos y bastante entretenidos, pero se trata de un film menor con una figura mayor (un Darín con suficiente cancha como para zafar) de nuestra industria. En este sentido, habrá que ver si su sola presencia y un amplio lanzamiento a cargo de una representante local de las majors de Hollywood (UIP) alcanzan para conseguir otra vez un éxito masivo. Así, el sueño del pibe (o de los pibes) en la ficción se haría así realidad.
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  • En el tornado
    En el tornado
    La Nación
    Catastrófico film catástrofe

    En el tornado es una película sin argumento (o con uno muy malo), pero que en sus menos de 90 minutos de duración ofrece un par de secuencias impactantes y sobrecogedoras con los tornados más arrasadores que puedan imaginarse. Puede que para los amantes del cine catástrofe el irreprochable y hasta admirable trabajo de los expertos en efectos visuales (y de los sonidistas) sea suficiente como para justificar el pago de una entrada, pero para aquellos que exigen una historia con personajes y conflictos mínimamente desarrollados y justificados las decepciones en este caso serán mayúsculas.

    Los protagonistas (un padre ausente y sus dos hijos adolescentes, un cazador de tormentas obsesionado por filmar los fenómenos meteorológicos y al que poco le importan los riesgos y necesidades de los integrantes de su equipo; una madre soltera que hace mucho no ve a su pequeña hija) están ahí como muñecos posados sobre una escenografía, seres huecos que sirven como meros vehículos para que se vayan cumpliendo los dictados de un guión mediocre y, claro, se topen con tornados cada vez más violentos.

    La película intenta sintonizar de alguna manera con la generación de YouTube y propone algún atisbo de humor dentro de la tragedia (allí están dos patéticos émulos de los Jackass que también quieren tomar imágenes de los vendavales en un pueblo de Oklahoma para ganar seguidores en redes sociales y seducir a alguna chica), pero esos esfuerzos tampoco funcionan. Así, el pobre resultado eleva en la comparación a la no demasiado audaz Twister, aquel film bastante similar de 1996 con Helen Hunt y Bill Paxton, a la categoría de obra maestra.

    El director Steven Quale (responsable de Destino final 5 e integrante de la segunda unidad de dos films de James Cameron como Titanic y Avatar) parece construir una narración con piloto automático hasta desembocar en esa "tormenta perfecta" que llega al final y que bien podría funcionar como un demo independiente para mostrar las posibilidades que la tecnología les ofrece a los artistas de hoy en el terreno de los efectos visuales.
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  • El manto de hiel
    Paranoia sin rumbo

    Este nuevo film del aquí guionista, fotógrafo y director Gustavo Corrado arranca de manera intrigante y auspiciosa: vemos al protagonista, Julián (William Prociuk), un muchacho vestido de impecable traje oscuro, manejando un imponente BMW negro por las rutas de una zona desértica tan bella como desoladora. El auto se queda sin nafta y el joven terminará pidiendo ayuda en una casona del lugar. Claro que allí no encontrará inocentes vecinos, sino una comunidad bastante violenta y perversa. Quedará, por lo tanto, atrapado entre una falsa hospitalidad y promesas de combustible para su vehículo que nunca llega.

    El problema es que, tras esos primeros 10 minutos, la historia se le escurre de las manos al director de El armario y Garúa como la arena del árido lugar. Hay un misterioso maletín que funciona como McGuffin hitchcockiano, un atisbo de historia de amor con una muchacha que, junto con su hija, espera en vano desde hace años la llegada de su marido desaparecido, un terremoto, unas pesadillas en forma de flashbacks que explican algo del pasado del protagonista y claro las miserias y rituales de esa suerte de secta.

    El film no termina de encontrar nunca sus climas ni su rumbo. No llega a ser un relato de terror paranoico, no hay construcción de tensión ni suspenso, tampoco se logra un mínimo espesor psicológico dentro de ese clan, los diálogos son en muchos casos ampulosos, las actuaciones resultan en general bastante forzadas y, así, no hay manera de empatizar con los personajes ni de involucrarse en sus decisiones y acciones. Queda, por lo tanto, la posibilidad de apreciar la belleza del lugar, aunque ya estemos hablando de méritos más turísticos que cinematográficos.
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  • Yo, mi mamá y yo
    La guerra de un solo hombre

    Premiada tras su estreno en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2013 y ganadora de cinco de los principales premios César (los Oscar franceses), esta ópera prima escrita, dirigida, producida y protagonizada por Guillaume Gallienne fue un sorprendente fenónemo de crítica y público (tres millones de espectadores) en su país.

    Actor de la prestigiosa Comedia Francesa y con más pergaminos en el teatro y en la TV que en el cine, Gallienne se consagró con un unipersonal que montó entre 2008 y 2011 en el que interpretaba varios papeles para narrar con un humor su sufrida historia autobiográfica.

    Ese mismo recurso es el que utiliza en la transposición cinematográfica, encarnando no sólo a sí mismo con diferentes edades sino también a su avasallante, magnética y despótica madre, objeto de su obsesión y origen de muchos de sus traumas y miserias.

    El film está trabajado -sin esconder el artificio teatral que le dio origen (y con algunos elementos cercanos al realismo mágico)- como un típico relato de iniciación (coming-of-age según la terminología en inglés), un film sobre la identidad (sobre todo sexual). El niño Guillaume siempre fue un poco afeminado, de esos que gustan vestirse de mujer, y -por lo tanto- discriminado por sus compañeros de escuela y hasta por el resto de una familia conservadora, prejuiciosa, machista y cultora de los deportes rudos. Todos estaban convencidos de que era gay y lo trataban (lo encasillaban) como tal, sin respetar sus tiempos, sus búsquedas, sus necesidades, sus deseos.

    La película coquetea todo el tiempo con esa corrección política que suele terminar en bajada de línea demagógica, pero por suerte su artífice no necesita subrayar demasiado su reivindicación de la libertad. Trabajada de manera conciente a partir de clichés, convenciones y estereotipos (sobre todo en sus viajes por España donde se fascina por el flamenco y por Alemania), la narración apuesta a la exageración y, por momentos, al chiste obvio. De todas maneras, más allá de que no es el tipo de registro con el que más comulgo, el film siempre hace gala de un espíritu lúdico y de un desprejuicio que se termina agradeciendo.
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  • Comando especial 2
    Póquer de ases de la comedia

    Cuatro de cuatro. Así podría resumirse la aún incipiente pero meteórica y por el momento intachable carrera de la dupla Phil Lord y Christopher Miller. Dos joyitas animadas (Lluvia de hamburguesas y La gran aventura Lego) y las dos entregas de Comando especial, en la que esta segunda parte -en un hecho poco frecuente en el Hollywood contemporáneo- es incluso superior a la primera.

    ¿Estamos ante una obra maestra, ante verdaderos genios de la comedia? Para nada. Pero Comando especial 2 es una película impecable, premeditamente leve, superficial y hasta si se quiere algo boba, pero que al mismo tiempo funciona en todos los niveles, desde la tradición clásica de Harold Lloyd y Buster Keaton hasta la más reciente de Los Simpson o el cine absurdo de Will Ferrell o lo mejor de la factoría Apatow. Sí, puede que algunos chistes sobre el costado gay de la historia resulten un poco viejos y -para algunos- hasta ofensivos, o que ciertos elementos del subgénero bromance estén a esta altura algo gastados, pero en líneas generales los 112 minutos del film fluyen con un espíritu lúdico y una catarata de ideas que se agradecen y celebran.

    Los “hermanos” Schmidt (Jonah Hill) y Jenko (Channing Tatum) vuelven a las andadas y ahora pasan de una escuela secundaria a una universidad (los años no vienen solos), donde deberán desbaratar una organización que trafica una nueva droga sintética que ya ha provocado una víctima fatal.

    En el campus, Schmidt y Jenko se irán separando. El primero iniciará un romance con una bella estudiante de arte y aspirante a poetisa llamada Maya (Amber Stevens); y el segundo, una relación muy cercana con Zook (Wyatt Russell, hijo de Kurt Russell y Goldie Hawn), el rubio galán del lugar y capitán del equipo de fútbol americano

    Lo que sigue es una catarata de situaciones que sirven para mofarse con no poca inteligencia y creatividad de los clichés de los policiales, de las buddy-movies, de las historias románticas, de las desventuras universitarias, de los personajes nerds y del universo de las secuelas con un talento poco frecuente tanto para el humor físico de la screwball-comedy clásica como para el latigazo verbal punzante. Incluso hay tiempo e ingenio para desarrollar en la segunda mitad una suerte de versión masculina de la Spring Breakers, de Harmony Korine. Qué más se puede pedir…

    PD: No se pierdan la secuencia de créditos finales, un excelso “homenaje” a la industria de las franquicias de la que Comando especial se ríe y, claro, también saca provecho.

    PD 2: Atentos a Jillian Bell en el papel de Mercedes, la compañera de cuarto “mala onda” de Maya, un proyecto de enorme comediante (hiperactiva en los últimos años tanto en cine como en TV) que se roba todas las escenas en las que aparece. Ha nacido una estrella.
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  • El cerrajero
    El cerrajero
    Otros Cines
    Abrir puertas y ventanas

    Tras su notable debut con Rompecabezas, Natalia Smirnoff sigue interesada en retratar personajes con un rico universo propio, pero -al mismo tiempo- bastante disfuncionales y desconectados del mundo real.

    En este caso, el protagonista es Sebastián (Esteban “el actor del momento” Lamothe), un muchacho de 33 años -y el cerrajero del título- que vive solo porque nunca ha querido (o podido) sostener una relación afectiva con sus múltiples conquistas amorosas.

    Cuando Mónica (la siempre notable Erica Rivas), su última y más intensa pareja (llevan ¡cinco meses! de noviazgo), le informa que ha quedado embarazada (con la presunción bastante firme de que el bebé podría ser suyo) y se cruza en su camino una misteriosa y algo excéntrica inmigrante peruana llamada Daisy (Yosiria Huaripata, toda una sorpresa), que oficiará de una suerte de asistente, su previsible existencia -la mayor obsesión de este hombre medio anarquista es la de conseguir, reparar y coleccionar cajas musicales- comienza a complejizarse. Más aún cuando empieza a tener revelaciones, visiones incontrolables sobre los distintos clientes a los que visita para cambiarles o arreglarles las cerraduras.

    Si bien no siempre la mixtura entre tragicomedia romántica, elementos absurdos (¿sobrenaturales?) y paranoia urbana (potenciado por una extraña humareda que invadió Buenos Aires en 2008) funciona con la fluidez necesaria, se trata de una película entrañable, por momentos fascinante, con lúcidas observaciones sobre la crisis como motor de cambio y sostenida por dos talentosos intérpretes que son capaces de transmitir todas las contradicciones y matices (desde la contención hasta los quiebres emocionales) de sus atribuladas y queribles criaturas.
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  • Malka
    Malka
    Otros Cines
    Pacto de silencio

    ¿Quién fue Malka Abraham? ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de mentira en los mitos construidos alrededor de su figura? Sobre esas preguntas parte Walter Tejblum en Malka, una chica de la Zwi Migdal. A la manera de los policiales clásicos de la literatura y de varios documentales recientes, con El rascacielos latino como el exponente hasta ahora más novel, Tejblum se pone en la piel de un detective -con sobretodo incluido- para dilucidar los hechos ocurridos varios años atrás.

    Varios que en realidad son muchos, ya que se sabe que Malka llegó a la Argentina un siglo atrás. A partir de aquí, las suposiciones: que vino en engañada por una red de trata de personas conocida como Zwi Migdal de la cual logró escapar y fugarse a Tucumán, donde empezó a regentear su propio prostíbulo. Mal no le fue, ya que llegó a acaparar una fortuna estimada en cuatro millones de pesos y varias propiedades en las zonas más caras de la capital provincial ¿Qué ocurrió con ella? La asesinaron en 1957 ¿Quién? Aún no se sabe ¿La herencia? Fue a parar a distintas entidades judías locales, permitiendo incluso la refacción de la escuela religiosa más prestigiosa de la ciudad.

    Tejblum parte a Tucumán para reconstruir el caso mediante los testimonios de distintos personajes de la comunidad. Personajes que no dudan de mirarlo de reojo ante la mención de Malka, como si sobre ella existiera un manto de silencio que nadie parece muy predispuesto a romper. Salvo Tejblum -claro- quien, en su rol de periodista/investigador, logra incomodar a más de uno a fuerza de información, precisión y determinación. Las fisuras de un relato preestablecido y la forma en que el film muestra cómo progresivamente comienza a resquebrajarse son los puntos más altos.

    Punto alto que, paradójicamente, conlleva al más bajo. Quizás demasiado preocupado por la narración/investigación y el valor periodístico de su trabajo -que lo tiene, y mucho-, Tejblum nunca intenta llevar su relato más allá del formato tradicional de los documentales expositivos, con cabezas parlantes diciendo muchas veces aquello que podría haberse expresado a través de las imágenes.
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  • Tunteyh o el rumor de las piedras
    Bello y elocuente documental

    En los últimos años, el cine argentino ha salido de su habitual centralismo porteño en busca de historias en el interior ligadas en muchos casos a los pueblos originarios. La situación de los wichis, por ejemplo, ha sido abordada tanto desde el documental (Sip'ohi, el lugar del Manduré, de Sebastián Lingiardi) como desde la ficción (Nosilatiaj: La belleza, de Daniela Seggiaro). A esos dos valiosos aportes se suma ahora esta ópera prima de Marina Rubino.

    Hablado -como en los dos ejemplos apuntados- en lengua wichi (y, claro, subtitulado), Tunteyh o el rumor de las piedras es un muy cuidado documental etnográfico que elude las principales trampas en las que podía haber caído: no se excede en la denuncia (aunque la hay), no cede a la tentación de la corrección política y no adopta una mirada paternalista ni demagógica.

    Un poco como en Soy Huao, de Juan Baldana (en aquel caso rodado en plena selva amazónica de Ecuador), Tunteyh? es una mirada antropológica -en el punto justo entre curiosa y respetuosa- sobre cómo los Nop ok wet, comunidad wichi de Salta, subsisten prácticamente aislados del mundo "criollo" gracias a un río que les provee desde la comida (son expertos pescadores) hasta el agua que usan para beber o lavarse. El problema es que ese río ya no es lo que era: su cauce ha sido desviado hacia Paraguay, los desechos propios de estos tiempos modernos (sobre todo de unas minas de Bolivia) lo han contaminado y ponen en riesgo su salud, mientras que el cambio climático producto de los crecientes desmontes genera inundaciones o sequías que también complican su supervivencia.

    La voz en off de Jairo, un maestro que oficia de narrador del film, y -sobre todo- sus elocuentes imágenes hacen de Tunteyh (palabra que define a un ancestral juego infantil con piedras que se transmite de generación en generación) una experiencia bella, sensible y por momentos fascinante.
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  • Maze Runner - Correr o morir
    Tensión y suspenso en una nueva saga

    Los estudios de Hollywood se sabe buscan éxitos comerciales, pero tienen una obsesión aún mayor: las sagas; es decir, la posibilidad de generar una franquicia de larga duración. En ese sentido, las expectativas de Fox con el lanzamiento de The Maze Runner - Correr o morir no se remiten sólo a cómo le vaya a esta ópera prima de Wes Ball, ya que de su resultado comercial dependerá la viabilidad de adaptar también las secuelas (y precuelas) escritas por James Dashner (Prueba de fuego, la segunda parte, ya está en producción a la espera de los primeros números de Maze Runner en todo el mundo). Así se maneja la industria hoy y, por eso, la gran incógnita pasa por desentrañar si éste puede ser o no el inicio de una lucrativa serie de películas.

    En principio, Maze Runner parece tener elementos (atractivos) similares a los de varias sagas recientes: algo de Divergente, otro tanto de Los juegos del hambre (y bastante de clásicas novelas como El señor de las moscas). Un grupo de jóvenes queda atrapado entre unos muros altísimos y debe sobrevivir a partir de la autogestión y de unos pocos víveres que los promotores del experimento (sobre el final se verá quiénes son y por qué lo motorizan) les proveen.

    A ese misterioso ámbito llega desde el subsuelo y dentro de una jaula el protagonista, Thomas (Dylan O'Brien), quien pronto demostrará que tiene pasta de líder y de corredor. ¿Correr para qué? Es que la única conexión que podría haber con el mundo exterior es a través de un intrincado laberinto vigilado por unos poderosos robots (con caras que remiten de los monstruos de la saga de Alien y estructuras similares a los skitters de la serie Falling Skies). Los corredores, entonces, son los encargados de encontrar las posibles salidas y, claro, de eludir esas amenazas.

    Más allá del reciclaje de elementos y conflictos ya vistos en otras películas, Ball maneja con buen pulso (es decir, construyendo tensión y suspenso) tanto la dinámica interna del grupo (con las inevitables alianzas y enfrentamientos de bandos) como la acción (los intentos de fuga). Si bien el desenlace luego de la batalla final luce un poco abrupto y confuso, se debe no tanto a carencias de la película como a la necesidad de abrir el camino para las futuras entregas. Exigencias de esta era del cine dominada por las sagas de largo aliento.

    La impecable fotografía del ecuatoriano Enrique Chediak (Exterminio 2, 127 horas), el logrado diseño de la prisión a cielo abierto y la utilización (siempre económica y funcional, nunca ostentosa) de los efectos visuales son otros hallazgos de esta distopía que está en línea con otros exponentes recientes de una ciencia ficción quizá menos espectacular, pero al mismo tiempo más humanizada y reconocible.
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  • Las aspas del Molino
    El país que no miramos

    Daniel Espinoza García es uno de los tantos jóvenes chilenos que cruzaron los Andes con la idea de estudiar (cine en su caso) y disfrutar de una experiencia iniciática en Buenos Aires. Como todo extranjero, alquilar algo en la ciudad se convirtió en una misión imposible (por la exigencia de las garantías) y, así, terminó viviendo en 2007 en el edificio ubicado sobre la mítica confitería Del Molino. Allí estuvo dos años y allí se quedaron (hasta hoy) algunos compatriotas también dedicados al arte.

    Lo de vivir es un eufemismo, ya que más bien lo suyo fue SOBREvivir. Producto del escalofriante deterioro edilicio y de una eterna disputa con los dueños (la familia Roccatagliatta), los moradores (bastante lúmpenes, por cierto) dejaron de pagar el alquiler ¿La respuesta? Se les cortaron el agua, el ascensor y el gas, y no hay desde hace años (décadas) ningún tipo de mantenimiento.

    Algo similar ocurre desde el cierre, en 1997, de la emblemática confitería, declarada Patrimonio de la Ciudad y eje de múltiples proyectos de expropiación que -por supuesto- jamás avanzaron. Hay agrupaciones de vecinos que luchan por su recuperación y reapertura con fines culturales, pero la negativa de los dueños y la habitual inacción de los políticos y funcionarios argentinos impidieron recuperar esa mágica construcción de Callao y Rivadavia. Un hallazgo del film es cuando logran introducir una pequeña cámara en lo que fue el salón principal y ver lo que queda del mismo.

    Entre todos esos terrenos se mueve (con mayores y menores logros) Las aspas del Molino, un film que va de lo autobiográfico a lo social, de lo íntimo a lo político. Está la historia de vida del propio director y de sus amigos durante los últimos siete años, pero también la del lugar y una mirada -interesante porque además proviene de alguien que no es de aquí- sobre la falta de memoria y esa desidia tan propia de la Argentina.

    Hay testimonios graciosos, otros esclarecedores y algunos que se alargan demasiado (como el del pretencioso filósofo Esteban Ierardo) y, más allá de que no siempre en ese pendular entre lo micro y lo macro se logra la armonía deseada, la película se sigue con interés y resulta, en definitiva, un impiadosa, despiadada y, en cierto sentido, necesaria descripción de las contradicciones de una sociedad que tiende a esconder o directamente a negar sus propias miserias. Que, claro, como en este caso, están a la vista.
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  • Un mundo conectado
    El (sin)sentido de la vida

    Hubo una vez un director que hacía películas vanguardistas y provocativas. Hoy, Terry Gilliam es apenas una sombra, un fantasma o simplemente una mala imitación de sí mismo. En este sentido, Un mundo conectado es una suerte de “grandes éxitos” de sus films anteriores (sobre todo de su clásico Brazil), sólo que esta vez nada funciona (salvo, si se quiere, el vistoso diseño de producción).

    Gilliam nunca fue un director sutil (la ampulosidad es una de sus marcas de fábrica), pero en los últimos año se volvió cada vez más y más obvio, redundante… ¡y menos gracioso! Pese a los conmovedores esfuerzos del aquí pelado Christoph Waltz por sostener el material que le toca en suerte (o en desgracia) casi ninguna situación resulta inteligente, inquietante ni divertida. Así, la película genera un efecto bola de nieve irritante en su acumulación de situaciones torpes y subrayadas.

    ¿De qué va Un mundo conectado? De las desventuras de Qohen Lethun (Waltz), un científico (o experto en tecnología, o algo así), un pobre tipo, neurótico, traumado hasta la médula, con problemas de personalidad (habla siempre de “nosotros”), tímido hasta lo fóbico, que trabaja a destajo para una corporación explotadora. Este antihéroe solitario espera que un llamado le explique el sentido de la vida… mientras lleva una vida sin sentido. Embarcado por decisión de su supervisor (David Thewlis) y su patrón (Matt Damon) en un proyecto denominado The Zero Theorem, empieza a vincularse con una psicóloga a distancia (Tilda Swinton), con la bella y seductora Bainsley (Mélanie Thierry) y con un entusiasta y joven asistente (Lucas Hedges), pero pronto descubrirá que todos forman parte de la misma confabulación.

    En esta distopía bastante berreta (la alienación, las omnipresentes publicidades, la realidad virtual que lo lleva a una playa paradisíaca) se hablará de “una abeja en un panal” y otras frases por el estilo que explican lo que ya queda suficientemente claro desde el primer fotograma. Gilliam parece haberse quedado sin ideas originales y cae demasiado seguido en la auto indulgencia y el piloto automático. Un film que, en definitiva, no me animo a recomendárselo ni siquiera a los más fieles seguidores del ex Monty Python.
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  • Las insoladas
    Las insoladas
    Otros Cines
    Sueños de un día de verano

    Hay decepciones y decepciones. Están las que se producen cuando uno no espera demasiado y, efectivamente, nada ocurre (una suerte de confirmación de los malos presagios). Y están las que duelen, las que sobrevienen cuando se mantenían no pocas esperanzas. Este segundo tipo de desilusiones, de desencantos, me generó Las insoladas, una película que fui a ver con ganas porque tenía todo para ser una propuesta leve, simpática y disfrutable.

    Le puse ganas, le puse mucha onda (Gustavo Taretto me parece un tipo con talento, Medianeras me había gustado y el elenco femenino que mixturaba estrellas de TV con actrices del cine indie y el teatro off prometía bastante), pero no pude entrar en el juego: no me pareció original, ni divertida, ni siquiera demasiado entretenida ¿Es una mala película? Para nada ¿Está mal producida? Tampoco. Simplemente, para mí no funciona como comedia eficaz, como exploración inteligente y desprejuiciada de los códigos de la amistad femenina ni como mirada sociológica a los efectos del penoso período menemista. Es un film que se queda casi siempre en el gesto, en el diálogo banal, en el costumbrismo ramplón, en un medio tono por momentos agradable, pero que no le permite crecer (ni tampoco, por suerte, caer en la catarsis colectiva, en el confesionario, en la bajada de línea, en la moraleja con mensaje incluido, cuando tenía todo para eso).

    La película (con una muy cuidada fotografía de Leandro Martínez) arranca con una Buenos Aires nocturna que va amaneciendo (con la melodía de una versión instrumental y con aires latinos de la canción harrisoniana Here Comes the Sun de fondo). Estamos en el 30 de diciembre de 1995 y en una terraza, en pleno centro porteño y en medio de una ola de calor que superará los 40º, se irán reuniendo seis amigas que se preparan para participar en un concurso de salsa. Entre mates y churros, con un cassette TDK (rebobinado con birome, claro) sonando, estas adoradoras del sol se irán tostando mientras sueñan con un objetivo común: viajar a Cuba (con el dinero que no tienen y discuten cómo conseguir) y disfrutar así del verano eterno.

    Los personajes tratan de cubrir el mayor espectro posible, pero en general resultan bastante estereotipados y superficiales: Vicky (Violeta Urtizberea) es una atractiva empleada a la que le ofrecen la oportunidad de ganar buena plata en películas porno; Kari (Elisa Carricajo) es la especialista en terapias alternativas y onda new age; Sol (Maricel Alvarez) se las sabe todas (o eso cree); Vale (Marina Bellati) vive angustiada por sus problemas con los hombres (se está divorciando y ya tiene un nuevo amante casado); Lala (Luisana Lopilato), recién llegada al núcleo, es bastante naïf, cholula y obsesionada con la vida extraterrestre; y Flor (Carla Peterson) es la líder del grupo. Una peluquera, una psicóloga, una empleada de un laboratorio fotográfico, una telefonista de una empresa de radiotaxis, una manicura y una promotora que serían algo así como exponentes que resumen la idiosincrasia de la clase media algo decadente, frustrada (o que aspira a más) de la consumista Buenos Aires de los años ’90.

    A la película le sobran parlamentos (no siempre ocurrentes ni inspirados) y le falta fluidez. Las distintas escenas resultan demasiado armadas, calculadas y/o forzadas (el baile grupal con mímica parece un videoclip que podría extrapolarse) o demasiado cerca del cliché y del lugar común (se fuman un porro con música de… reggae, se apela a referencias de época bastante obvias con énfasis en la tecnología como la llegada del CD, el boom de los videoclubes y sus VHS, la aparición de los primeros celulares, etc.). Así, más allá de cierto encanto de algunos pasajes y de la innegable belleza (de las chicas y de las imágenes), Las insoladas resulta un triunfo del concepto y de la forma por sobre el contenido.
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  • Lucy
    Lucy
    Otros Cines
    Scarlett, ese diamante

    Lucy (Scarlett Johansson) es una atractiva estudiante que disfruta de unos días de agite nocturno en Taipei. Lleva apenas una semana de romance con Richard (Pilou Asbæk), un típico chanta que le pide (y luego la obliga a) que entregue un maletín a unos mafiosos liderados por el cruel Mr. Jang (el coreano Min-sik Choi). El portafolio tiene varios paquetes de CPH4, una poderosa droga sintética diseñada a partir de sustancias humanas (generadas por embarazadas para más datos).

    La cuestión es que a la inocente Lucy la obligan a transformarse en mula para llevar a los Estados Unidos uno de esos paquetes oculto dentro de su cuerpo. Tras recibir unos cuantos golpes en el estómago, el contenido empieza a esparcirse por su organismo convirtiéndola en poco menos que una superheroína digna de Marvel (sí, ya sabemos que ScarJo también es La Viuda Negra de los Avengers). "Siento todo", dice ella, mientras su cerebro se expande del 10% que usa cualquier ser humano hasta el mismísimo 100%. Así, no sólo empieza a tener una fuerza descomunal sino también la capacidad para mover elementos y hasta manipular el accionar de otras personas: Lucy in the Sky with... Guns.

    Si esta premisa puede sonar ridícula, todavía más lo son las conferencias que da un experto en la materia (el profesor Norman que interpreta Morgan Freeman) y ni que hablar los "documentales" que resumen las miserias, catástrofes, hallazgos y milagros de la sociedad con el correr de los siglos (editados que tienen algo de filosofía barata y toques new age) ¿Importa? ¿Molesta? Claro que no. Lucy -la película- es premeditada, obscenamente absurda y berreta, pero al mismo tiempo decididamente graciosa y disfrutable.

    Besson no se toma demasiado en serio, se ríe de sí mismo, juega al cine clase B, apuesta por el humor negrísimo, acumula excesos sangrientos, regala un par de set-pieces memorables (como en todo tanque francés hay una notable secuencia automovilística) y se regodea con Scarlett como diva y mujer de acción (¿recuerdan Nikita?). Por lo visto en la taquilla (es la película más exitosa de su carrera), la apuesta a Besson le salió muy bien. Y hasta se dio el gusto de inaugurar el muy cinéfilo Festival de Locarno. Negocio y prestigio. Más no se puede pedir.
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  • Historias breves 9
    Apenas correctas

    Historias Breves, iniciativa del Incaa surgida en 1995 con la idea de promover la producción de cortometrajes de primera calidad, fue fundamental para el surgimiento de lo que luego se conocería como Nuevo Cine Argentino. De sus primeras ediciones salieron, entre otros (y nada menos), Israel Adrián Caetano, Daniel Burman, Lucrecia Martel y Rodrigo Moreno.

    Con la explosión de la tecnología digital y el apoyo de las escuelas de cine, la realización de un corto es hoy algo bastante menos épico que 20 años atrás y, en ese sentido, la importancia relativa de Historias Breves es menor. Pero, más allá de su lugar histórico, lo que llama la atención es cómo el nivel artístico general de la propuesta fue decreciendo con los años hasta llegar a esta pálida novena edición.

    Se supone que el cortometraje es un ámbito para arriesgar, para experimentar, para provocar, para mostrarse (ha sido y es la carta de presentación para muchos directores que luego saltan al largo con más seguridad y mayor apoyo de los productores) y lo que ofrece Historias Breves 9 es un conjunto de trabajos que, en el mejor de los casos, pueden ser definidos como correctos y cuidados. Si bien hay algunas excepciones, como una propuesta animada (la cordobesa El gran Vairitosky), una historia de época (En crítica, sobre el paso de Roberto Arlt por el diario Crítica en 1928) y un par de apuestas más cercanas a los géneros (como Estacionamiento, la mejor de todo el programa), lo que predominan son historias pueblerinas, minimalistas, solemnes, con muchos personajes infantiles o preadolescentes que, de alguna manera, adscriben a ciertas marcas de aquel Nuevo (y hoy ya un poco avejentado) Cine Argentino. En ese sentido, hay algunas rescatables (como Videojuegos, de Cecilia Kang), pero la sensación de déjà vu, de repetición de búsquedas y climas (¿fórmulas?) es inevitable.

    Una buena muestra de lo que debería ser Historias Breves hoy es Estacionamiento, trabajo de Luis Bernárdez (experimentado asistente de dirección) rodado en blanco y negro y ambientado íntegramente dentro de un garaje de varios pisos. Mariela y Gabriel (Elisa Carricajo y Edgardo Castro) llegan en su auto con la idea de tener un encuentro sexual (pronto van a casarse), pero las cosas no serán tan sencillas. Con una idea ingeniosa (los protagonistas descubren que sólo pueden descender a un subsuelo inferior, nunca subir) y mínimos elementos dramáticos (muy bien aprovechados), el corto se va enrareciendo hasta conseguir un tono alucinatorio, paranoico, casi surrealista, que lo convierten en el gran (y único) hallazgo de esta edición.
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  • El hombre más buscado
    Inteligente, fascinante y brutal

    Tras El sastre de Panamá, El jardinero fiel y El topo, es el turno de El hombre más buscado, nueva transposición al cine de una novela del celebrado escritor inglés John Le Carré. A seis años de su publicación, se estrena esta más que interesante adaptación que dirigió el holandés Anton Corbijn (Control, El ocaso de un asesino).

    De todas maneras, más allá de sus hallazgos narrativos y visuales (que los tiene y en buena cantidad), este film será recordado como una suerte de testamento actoral de Philip Seymour Hoffman. No sólo porque fue uno de los últimos trabajos antes de su prematura muerte sino porque también quedará como uno de los mejores de su extraordinaria carrera.

    Hoffman interpreta a Günther Bachmann, jefe de un comando antiterrorista que opera de forma secreta en Hamburgo (el puerto alemán desde donde se planearon los ataques del 11 de septiembre de 2001) para descubrir, a partir de agentes infiltrados, posibles amenazas dentro de la comunidad islámica. Este hombre solitario y alcohólico, de andar cansino y mirada triste, pero también meticuloso, obsesivo, perspicaz, sensible, intuitivo y brillante resulta el personaje ideal para una película de climas melancólicos y atmósferas opresivas (está ambientada casi siempre de noche y varias escenas transcurren en bares muy sórdidos) que parece pensada para una despedida a lo grande.

    Claro que Hoffman no está solo: esta película tiene uno de los mejores elencos de los últimos tiempos, que incluye también a Rachel McAdams (una activista de derechos humanos), Willem Dafoe (un banquero involucrado en operaciones non sanctas), Robin Wright (una agente de la inteligencia estadounidense) y los alemanes Nina Hoss y Daniel Brühl (integrantes del equipo de Bachmann). Y en el medio de todos ellos, claro, aparece "el hombre más buscado" al que alude el título, un inmigrante veinteañero, mitad checheno, mitad ruso, que ha sufrido todo tipo de torturas y llega a Hamburgo para reclamar una millonaria herencia.

    Lejos de la adrenalina del cine de acción contemporáneo, con un interés por el detalle y una profundidad psicológica que escasean en la producción actual a gran escala, Corbijn y sus intérpretes construyen con paciencia y talento una película de espías que resulta inteligente, fascinante y brutal a la vez. Una (bienvenida) rareza.
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  • Sin City 2: Una mujer para matar o morir
    Nuestros problemas con las mujeres

    Casi una década después del exitoso film original (casi 160 millones de dólares de recaudación en 2005), llega esta segunda entrega que ofrece más (o un poco menos) de lo mismo. Las críticas de este secuela han sido en general bastante flojas (en varios casos, lapidarias) y con evidentes signos de frustración, pero debo admitir que a mí la primera no me pareció tan buena ni esta tan mala. Es más, disfruté bastante dos de las cuatro historias (el prólogo y el desenlace no funcionan) y, si bien es cierto que el efecto de la apuesta estética ya no es igual (a nadie le gusta que le cuenten dos veces el mismo chiste), sigue siendo un trabajo valioso y, por momentos, hasta fascinante y seductor.

    ¿Que es un ejercicio de sadismo, machismo y misoginia? Evitemos por esta vez el análisis políticamente correcto y concentrémonos en los términos que proponen las novelas gráficas de Frank Miller y, por ende, en ciertos cánones y tópicos del noir más clásico.

    En ese sentido, la aparición en esta segunda parte de la francesa Eva Green (Los soñadores, Sombras tenebrosas, 300: El nacimiento de un imperio), probablemente la sex-symbol más magnética y desquiciada del cine contemporáneo (y ahora también de la TV gracias a Penny Dreadful), es un verdadero hallazgo. Emula de la Barbara Stanwyck de Pacto de sangre y la Jane Greer de Retorno al pasado, su Ava Lord es una femme-fatale feroz, una bomba erótica (está más tiempo desnuda que con su vestido azul) y una máquina de manipular hombres a la que se presenta, con toda justeza, como bruja depredadora y diosa devoradora.

    Es su segmento (coprotagonizado por el atribulado Josh Brolin) y otro que encabeza el ambicioso jugador de cartas interpretado por Joseph Gordon-Levitt los que de alguna manera justifican la película, ya que la introducción con el personaje de Marv (Mickey Rourke) y el cierre con la venganza de la stripper Nancy (Jessica Alba) dejan gusto a demasiado poco (y aburren).

    Entre los logros del film liderado en casi todos los rubros por el prolífico Robert Rodriguez cabe mencionar al malvadísimo senador Roark (el inmenso Powers Boothe) y hasta un simpático cameo de Lady Gaga como la empleada de un bar, mientras que entre los actores desaprovechados figura, por ejemplo, un fantasmal Bruce Willis, que bien podría no haber aparecido.

    Filmada en blanco y negro (y calcando en algunos casos los cuadros de las historietas de Miller) y con los típicas detalles en color (la sangre, el fuego, un letrero, unos ojos, una cabellera, la ceniza de un cigarrillo, la luz de un patrullero, una prenda de vestir, etc.), Sin City 2 no aprovecha demasiado el 3D, aunque su uso tampoco llega a incomodar o entorpecer la visión.
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  • Winter: el delfín 2
    El Winter de nuestro descontento

    Casi 170 millones de razones (dólares) llevaron a la concreción de esta secuela. Es que esa fue la recaudación del film original en 2011. Nada mal para una producción que había costado 37 millones. Debo admitir que aquella primera entrega sobre la relación entre un niño y un delfín sin aletas (y con prótesis) me resultó bastante eficaz y, por momentos, hasta emotiva, aún con sus inevitables golpes bajos.

    En esta secuela, en cambio, nada parece funcionar. Sólo quedan esos golpes siempre por debajo de la cintura, el didactismo políticamente correcto y una acumulación insoportable de lugares comunes. Sawyer (Nathan Gamble) ya no es un niño sino un adolescente devenido en estrella gracias a los avances logrados con Winter, pero el delfín (o “delfina”, ya que siempre hablan de “ella”) está triste: su vieja compañera llamada Panamá (vieja y ciega para más datos) muere y la falta de una sustituta podría obligar a su traslado a otro acuario. Pero esto es Hollywood, así que en la escena siguiente aparece el épico rescate de Mandy ¿Se aceptarán mutuamente para conformar una nueva pareja? Mientras tanto, a Sawyer le ofrecen una beca universitaria para concretar un viaje de estudio en un barco junto a expertos en biología marina ¿Es momento de abandonar a los seres queridos y tener una experiencia iniciática?

    Esos son los “conflictos” que este film escrito y dirigido otra vez por Charles Martin Smith deberá desarrollar y dilucidar. Si la trama de por sí es bastante pobre y esquemática, todavía peor son los injertos (un pelícano como comic-relief), las anodinas participaciones de intérpretes consagrados como Ashley Judd, Morgan Freeman o Kris Kristofferson, y la sensación de que estamos ante un largo infomercial del acuario en cuestión plagado de buenas intenciones y malas resoluciones. Nadie espera de este entretenimiento familiar un drama de dimensiones shakespearianas, pero el resultado de esta secuela (sobre todo teniendo en cuenta que delante y detrás de cámara están los mismos realizadores del más que digno film previo) es tan decepcionante como desolador.
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  • Hércules
    Hércules
    La Nación
    Un Hércules que no hace milagros

    Será el hijo de Zeus, pero Hércules no hace milagros en el cine. Segunda película sobre el héroe "bastardo" que llega este año desde Hollywood (en febrero se estrenó La furia de Hércules) y otra decepción.

    Las figuras detrás de esta enésima versión sobre el personaje de Hércules para la pantalla grande permitían tener ciertas esperanzas: dirección de Brett Ratner, un artesano capaz de incursionar en sagas tan disímiles como las de Rush Hour o X-Men; fotografía en 3D del italiano Dante Spinotti y el papel protagónico de Dwayne "The Rock" Johnson, un astro de acción dispuesto a hacer olvidar a Lou Ferrigno, Arnold Schwarzenegger, Steve Reeves, Kevin Sorbo y tantos otros que interpretaron al semidiós caído en desgracia.

    Lamentablemente, no hay nada en el guión de esta apenas discreta Hércules que no se haya visto ya en las franquicias de 300 o Furia de titanes, por nombrar sólo un par de éxitos recientes. Y eso no es todo: estamos ante una película que intenta quebrar la solemnidad de tantas épicas históricas, pero la apuesta sale mal porque el humor casi nunca funciona. Otro problema: el film trata de maquillar los excesos sangrientos de otras aproximaciones (quizá para evitar una calificación que le impidiera contar con el público adolescente) y no apela a la estética del cómic original del consagrado Steve Moore. El resultado, por lo tanto, es un híbrido, un producto tímido marcado por la indecisión artística, por el tironeo entre lo que pretende ser y lo que busca soslayar.

    En ese contexto, y tras un prólogo que nos sintetiza en unos pocos minutos la historia de Hércules dentro de la mitología griega, Ratner se limita a narrar las aventuras de Hércules y su equipo de cinco colaboradores (incluida una hermosa Amazonas experta con el arco y la flecha), quienes se han convertido en mercenarios al mejor postor: van y luchan donde les aseguren una buena cantidad de oro. Así, terminarán en el bando del rey Cotys (John Hurt), en medio de una guerra civil en la que descubrirán que han sido engañados. Tendrán, por supuesto, la posibilidad de redimirse y reencontrarse con el honor, la mística y la ética que habían perdido.

    Johnson, que en los últimos años ha demostrado que -más allá de su esplendor físico- tiene pasta para la comedia, aquí hace lo que puede (y no es mucho) con un personaje sin matices (deambula dominado por el trauma tras la muerte de su familia) y que luce hasta ridículo con su cabeza de león y su melena artificial. Las escenas de masas y las coreografías de batallas tampoco son demasiado ingeniosas ni lucidas y, así, surge la inevitable sensación de que esta película ya fue vista muchas, demasiadas veces.
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  • Mujer lobo
    Mujer lobo
    Otros Cines
    Las chicas superpoderosas

    Mujer lobo es una de esas películas que sólo pueden disfrutarse si uno entra en (y adscribe a) las convenciones y claves genéricas de ese cine clase B más trash, con importantes dosis de violencia y sexo (debe ser récord de desnudos en la historia del cine argentino). Como en Mala, de Israel Adrián Caetano (o en la saga tarantinesca de Kill Bill), tenemos a una mujer vengadora (interpretada en sus diversas personalidades por tres actrices distintas: Mónica Lairana, Luján Ariza y Guadalupe Docampo) y a hombres perversos que recibirán su merecido. Hay, claro, un antagonista, que en este caso es un policía, un pesado, que investiga el caso y trata de desquitarse de la/s chica/s.

    Perversa, lúdica, grasa y estilizada a más no poder, Mujer lobo tiene un alcance limitado porque resulta un poco redundante, obvia, subrayada en los cambios psicológicos del personaje central (de tímida y dócil a impulsiva y avasallante) y porque algunas situaciones no son del todo contundentes y sólidas.

    Pero aún con sus desniveles y carencias (y con sus logros, como la fotografía en blanco y negro de Pigu Gómez o el uso del subte como una de las locaciones principales), la película exploitation de Garateguy (nuestra directora más osada dentro del cine de género) resulta una apuesta seductora, descarada, extrema. Bienvenidas sean estas irrupciones desinhibidas y atorrantes dentro del muchas veces adocenado panorama local.
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  • Si decido quedarme
    La épica de una pequeña gran actriz

    Chloë Grace Moretz tiene apenas 17 años y unas 50 participaciones en películas, series, telefilms y videoclips. En Carrie, Sombras tenebrosas, Kick-Ass, La invención de Hugo Cabret y Déjame entrar ya había demostrado toda su ductilidad, sus múltiples matices interpretativos. Este año, descolló en Cannes junto a Juliette Binoche y Kristen Stewart en Clouds of Sils Maria, de Olivier Assayas. Y ahora llega Si decido quedarme, tearjerker en la línea de Bajo la misma estrella que la tiene como protagonista casi exclusiva.

    Soy de los que creen que los grandes intérpretes se aprecian sobre todo en las malas películas. No digo que Si decido quedarme sea especialmente mala, pero su material, sus conflictos, su tono, sus diálogos, su “mensaje” son una pesadísima carga para cualquier actriz y, en ese sentido, es conmovedor ver la capacidad, la cantidad de recursos que Chloë expone para luchar, sostener, enaltecer y, de alguna manera, redimir a un melodrama romántico demasiado obvio, torpe y con elementos propios del realismo mágico que la dejan al borde del ridículo.

    Mia (Grace Moretz) es una estudiante secundaria bastante tímida y con las típicas inseguridades de toda adolescente de 17 años. Su pasión -para sorpresa de sus padres “rockeros” (Mireille Enos y Joshua Leonard)- es el violonchelo, instrumento al que le dedica buena parte de las horas del día. Su perseverancia y su capacidad la llevan a estar a las puertas de la mismísima Juilliard. Hasta sus progenitores y su hermano menor (Jakob Davies), que admiran más al punk que a la música clásica, a Iggy Pop antes que a Franz Schubert, la apoyan ante semejante muestra de obsesividad y talento. Y allí aparece Adam (Jamie Blackley), el galán de turno, el guitarrista, cantante y líder de una banda de rock en pleno ascenso, para conmover a la chica e iniciarla en los caminos del amor. Hasta aquí, una típica historia de iniciación y enredos afectivos juveniles.

    Pero la película -basada en una exitosa novela de 2009- nos tiene reservados una “sorpresa”, un hecho trágico (un choque automovilístico en una ruta nevada de Oregon) cuyo desenlace es mejor no adelantar. Y es en esa segunda parte donde sobrevienen todos los excesos lacrimógenos y no exentos de sadismo, la veta espiritual, los golpes bajos y los momentos más (involuntariamente) risibles de la trama. Pero, incluso cuando todo se derrumba, allí está Chloë (acompañada por el inmenso Stacy Keach como el abuelo) para ofrecer su corazón, su dignidad y salvar(se) a (de) una película que la desmerece y que ella trasciende por mucho. La épica de una pequeña gran actriz.
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  • Que extraño llamarse Federico
    Al maestro con cariño

    Scola y Fellini fueron amigos, compañeros de ruta y figuras clave del cine italiano (más el segundo que el primero, claro). A los 83 años, Ettore concretó un homenaje a Federico en el que se combinan elementos ficcionales y documentales. Entre recreaciones, dramatizaciones (no demasiado inspiradas), un uso aislado de materiales documentales y pasajes editados de clásicos del viejo maestro, el resultado es un patchwork, un collage bastante irregular, que probablemente convenza y hasta emocione a los fanáticos acérrimos tanto de quien homenajea como del que es homenajeado, pero que también puede irritar a ciertos cinéfilos no tan afines a este tipo de apuestas (me hizo recordar por momentos al artificio de los tributos musicales de Carlos Saura).

    El film alcanza cierta intensidad emotiva cuando el realizador de Nos habíamos amado tanto, Feos, sucios y malos y Un día muy particular sale de lo obvio, cuando se involucra más personalmente y también eleva el interés cuando incluye rarezas (imágenes de detrás de cámara de La dolce vita, pruebas de actores para Casanova), pero cae en reiteradas ocasiones en la exaltación previsible del universo fellinesco (sus mujeres, lo circense, etc.) con algunas decisiones artísticas por lo menos discutibles (o directamente cuestionables).

    Scola regresa a Cinecittà, la fábrica de sueños de Fellini, y recupera algunos momentos esenciales de su carrera y de la historia del cine italiano (como cuando ganó el Oscar al mejor film extranjero por La strada), pero también dedica demasiados minutos a escenas de ficción poco trascendentes (que narran sobre todo los comienzos de su carrera, desde que en 1939 viajó de Rimini a Roma para cumplir con el sueño del pibe de convertirse en historietista en un semanario de humor político satírico en pleno auge del fascismo) y machacados por un narrador que le habla a cámara en un recurso ya demasiado transitado y poco eficaz.

    Qué extraño llamarse Federico -estrenado 20 años después de la muerte del creador de Los inútiles y Amarcord- deja por momentos la sensación de ser un tributo algo cansino y hasta demodé, pero seguramente encontrará no pocos adeptos entre los seguidores incondicionales de Scola y Fellini. A ellos, en definitiva, está destinado y dedicado este extraño y por momentos emotivo film.
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  • El ardor
    El ardor
    Otros Cines
    La violencia está en nosotros

    Western moderno y revisionista con un elenco internacional encabezado por el mexicano Gael García Bernal y la brasileña Alice Braga, El Ardor fue rodado en la selva misionera más profunda y describe la historia de Kai, un (anti)héroe solitario con algo de chamán, que decide enfrentarse a tres mercenarios (Claudio Tolcachir, Jorge Sesán y Julián Tello) que trabajan para poderosos intereses que apuntan a incendiar la zona y a atacar a los pequeños campesinos (que se dedican sobre todo a la explotación tabacalera) para quedarse cada vez con mayores extensiones de tierra.

    Más allá de que pueda leerse como un manifiesto “políticamente correcto” en su mirada ecologista que condena la deforestación de zonas vírgenes, El Ardor retoma el eterno conflicto entre naturaleza y civilización, entre tradición y modernidad, oponiendo las leyendas ancestrales de la zona (hay algo en este sentido del cine del tailandés Apichatpong Weerasethakul) al avance del capitalismo más salvaje con las topadoras de empresarios codiciosos y de cazadores a sueldo con sus machetes y sus balas.

    Si bien hay algunas zonas del relato donde la tensión se diluye y resiente frente a un existencialismo algo torpe, el talentoso director de El asaltante y La sangre brota (ambas también presentadas, como esta, en el Festival Cannes) apuesta con criterio y convicción al cine de aventuras en la línea de La Reina Africana; al western que explora (y pone en cuestión) la figura del héroe (con homenajes evidentes a cultores del género como John Ford y Clint Eastwood); a la crueldad del hombre y de su entorno en la línea de Deliverance/La violencia está en nosotros, de John Boorman; a una subtrama romántica (con escena de sexo bajo la lluvia incluida entre los personajes de Bernal y Braga al borde del cliché); a algunas explosiones sangrientas propias del género gore (hasta se apela al recurso de la motosierra); y a múltiples elementos ligados al clasicismo narrativo que desembocan en un apoteósico y épico duelo final.
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  • Nuestro video prohibido
    Tan vulgar como poco eficaz

    Jay (Jason Segel) y Annie (Cameron Diaz) son dos treintañeros exitosos: él trabaja en una radio musical y ella tiene un popular blog que está a punto de ser adquirido por una corporación. Ambos se aman desde la universidad, pero entre las exigencias laborales y las complicaciones propias de criar a dos hijos pequeños, su otrora activa vida sexual se ha extinguido casi por completo.

    Angustiados por la situación, apelan a distintos trucos y juegos eróticos para recuperar la pasión y, casi sin proponérselo, terminan haciendo un video casero ¡de tres horas!, con diversas acrobacias sexuales. Lo concreto es que esa grabación terminará en las manos equivocadas y, así, el matrimonio deberá iniciar una carrera contra el tiempo para impedir que las imágenes explícitas (algunas de las cuales se irán mostrando al espectador) se suban a un sitio porno en Internet.

    Lo que en principio aparece como una propuesta provocadora es, en realidad, de una falsa audacia. Pero lo peor de este film de Jake Kasdan no es que resulte absolutamente concesiva y tranquilizadora, sino que tampoco funcione en los terrenos más básicos de la comedia. La película es siempre obvia, torpe y banal, con una alarmante falta de timing para el humor y con recursos (ella, acelerada bajo los efectos de la cocaína; él, luchando contra un perro guardián) vistos demasiadas veces.

    El director de Efecto Zero, Mala racha, Camino duro: La historia de Dewey Cox y Malas enseñanzas (otra comedia picaresca con Cameron Diaz bastante superior a ésta), sus dos protagonistas y los intérpretes secundarios hacen todos los esfuerzos a su alcance (y no son pocos) por mantener el material a flote, pero la torpeza de las situaciones, la falta de sorpresas, sus diálogos poco inspirados y su constante apelación a los lugares comunes de la comedia más rancia hacen imposible evitar el hundimiento. No hay aquí, tampoco, ninguna reflexión medianamente inspirada sobre cuestiones como la invasión a la privacidad o el consumo de pornografía en la red. El resultado, por lo tanto, es un producto tan vulgar como poco eficaz.
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  • Historias de Cronopios y de Famas
    Un collage cortazariano

    En coincidencia con las celebraciones por los 100 años del nacimiento de Julio Cortázar, se estrena esta auténtica y bienvenida rareza: una aproximación (relectura) desde el cine de animación a una de sus creaciones más surrealistas y corrosivas.

    Dividido en cuatro partes y conformado por fragmentos, viñetas y cuentos cortos (algunos de apenas un par de párrafos), Historias de cronopios y de famas no parecía, en principio, un libro fácil de adaptar a la gran pantalla, pero Julio Ludueña (mítico director combativo de films como Alianza para el progreso) apostó por el inevitable recorte (tomó 10 de los 64 minirrelatos), por la diversidad estética (trabajó con un artista distinto por episodio) y por acentuar la mirada política (sobre todo en esa particular lucha de clases) que se desprende de la siempre irónica y sarcástica obra de Cortázar.

    La película tiene un poco de todo: episodios con muchos diálogos (por momentos, demasiado pomposos y exagerados), con narración en off, con una fuerte veta musical o directamente prescinden de cualquier conversación (como es el caso de "Las líneas de la mano").

    Más allá de la mayor o menor eficacia en ese trabajo en el guión y en el uso de las voces, lo que hace de Historias de cronopios y de famas un film valioso son sus múltiples y variadas búsquedas visuales. En efecto, Ludueña trabajó con diez artistas de la categoría de Carlos Alonso, Daniel Santoro, Antonio Seguí, Crist, Luis Felipe Noé y Ana Tarsia, entre otros, para que, a partir de creaciones especialmente concebidas para el film o de obras previamente realizadas, hicieran su aporte a cada uno de los episodios y se sumaran, así, a esta suerte de collage colectivo, a este verdadero patchwork estilístico.

    A partir de esas creaciones hechas a partir de técnicas y estéticas muy disímiles, Ludueña y el equipo liderado por Juan Pablo Bouza trabajaron con una animación artesanal (y recurriendo siempre a programas de software libre), pero no por eso falta de creatividad ni de sorpresa. Puede que, por momentos, el film resulte un poco arduo para aquellos no iniciados en el universo cortazariano, pero incluso en sus pasajes más farragosos las imágenes nunca pierden su fuerza, su belleza ni su poder evocador. Así, tras casi siete años de arduo trabajo, la película llega justo a tiempo para sumarse a los festejos de quien fue su gran inspirador.
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  • Sonidos vecinos
    Sonidos vecinos
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    Historia del miedo

    Esta ópera prima del ex crítico, periodista y programador de cine Kleber Mendonça Filho -premiada en decenas de festivales y candidata por Brasil al Oscar al mejor film extranjero en 2013- narra con una impecable estructura coral las vivencias de varios vecinos de una zona residencial de clase media en la ciudad de Recife.

    La llegada de unos guardias de seguridad privada dará, en una primera instancia, una sensación de mayor orden y control al barrio, pero los muchas veces angustiados personajes empezarán pronto a experimentar otras sensaciones bastante opuestas.

    Un director con un mundo y un estilo muy propios (hay algún punto de conexión con la reciente Historia del miedo), que incluye desde citas cinéfilas hasta un gran rigor formal, pasando por un minucioso trabajo con distintas capas de sonido (desde el ladrido de un perro hasta los ruidos callejeros) para describir la creciente alienación urbana. Todo un descubrimiento del nuevo cine brasileño.
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  • Anagramas
    Anagramas
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    Deseo y decepción

    Si Antes del estreno era una película concentrada, de cámara, sobre la neurosis, contradicciones e inseguridades de una actriz (Erica Rivas) a poco de presentar su nueva obra de teatro, Anagramas resulta una apuesta mucho más abarcadora, amplia, coral, pero con un espíritu similar que remite como principal referente al cine de John Cassavetes. De hecho, está presentada como la segunda entrega del Manifiesto Grupo Acción, que celebra la creación colectiva con mucho de experimentación e independencia (este proyecto fue concebido con un presupuesto mínimo y en blanco y negro).

    En su quinto largometraje, el director de Toda la gente sola y Las hermanas L pierde parte de la intensidad emocional alcanzada en su notable film anterior. La acción aquí se divide entre tres subtramas (la de un matrimonio en crisis con tres hijos, la de una pareja gay y la de una joven harta de su marido, un director de teatro presuntuoso y maltratador más pendiente de su nueva obra y de sus actrices) que se irán entrecruzando y complejizando.

    Giralt se ocupó de casi todos los rubros (con la excepción de la música y el sonido) y apostó a la desmesura y al artificio, con un tono en las actuaciones (con algo de exageración y bastante de griterío) que puede irritar a los cultores del naturalismo y la austeridad formal.

    De todas maneras, si el espectador logra ingresar en el registro y los códigos que proponen Giralt y sus intérpretes, el film ofrece unas cuantas observaciones punzantes y provocadoras (llenas de misterio y fantasía) sobre el amor, el deseo y la infidelidad, la identidad sexual, la paternidad/maternidad, la fragilidad íntima y el proceso de creación artística. No es poco.
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  • Viva la libertá
    Viva la libertá
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    ¿Dónde estás, hermano?

    Enrico Oliveri (Toni Servillo, el mismo de La grande bellezza) llega a la convención del partido de izquierda que lidera y vacila durante varios segundos sobre si ir o no al baño antes de subir al estrado. La duda será el preludio de una performance desastrosa, síntoma de una crisis política interna generada a su vez por otra externa. Los primeros minutos de Viva la libertà atisban un fresco crudo sobre una sociedad en crisis y desencantada, con el director Roberto Andò retratando con sequedad y distancia los resquebrajamientos de los mecanismos del poder.

    El resultado de las repercusiones de la convención será la desaparición repentina de Enrico. Ante esto, su asistente recurrirá a su hermano gemelo recientemente dado de alta de un neurosiquiátrico para que lo reemplace. Hermano que, como es de esperarse, representa el opuesto perfecto del político ¿Acaso se tratará de una comedia? Algo de eso habrá, ya que el Enrico apócrifo hará de las suyas dando entrevistas y escupiendo bilis sobre el sistema.

    La cuestión será que el “verdadero” Enrico busca hospedaje en la casa de una ex novia francesa (Valerie Bruni-Tedeschi) ahora casada con un prestigioso realizador cinematográfico ¿Cuál es la pasión oculta de Enrico? Bingo: el cine. A partir del planteamiento de la contraposición entre ambos protagonistas, Viva la libertà seguirá ambas historias, esfumando la crudeza política de su inicio para convertirse en un relato acerca de autodescubrimiento y las auténticas pasiones atemperadas por el tiempo. El comienzo y sus primeros minutos presagiaban algo distinto… y mejor.
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  • El cazador
    El cazador
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    Perros de la ruta

    Tras la consagratoria Reino animal (Animal Kingdom), el australiano David Michôd estrenó en el último Festival de Cannes una road-movie apocalíptica ambientada en un futuro cercano (diez años después de un evento no especificado al que todos llaman "El Colapso"), que remite a su coterránea Mad Max y al Quentin Tarantino de Perros de la calle (y, por efecto transitivo, al cine Clase B, al thriller y al western).

    Historia de duelos y venganzas, película de gángsters de poca monta, de tipos duros y solitarios que se juegan a cada minuto la subsistencia (la amenaza está siempre a la vuelta de la esquina o -mejor- en la curva siguiente de la ruta), El cazador encuentra en el imponente Guy Pearce y en el esta vez bastante digno Robert Pattinson a sus dos protagonistas.

    No se trata de una película demasiado sorprendente y hasta puede irritar en algún momento por su narración algo árida y minimalista, pero al mismo tiempo tiene un look, unos climas y varias escenas en las que Michôd consigue la tensión necesaria como para resultar poco menos que irresistible. Al menos, para los que gustan de este tipo de relatos sórdidos, estilizados e hiperviolentos. Un buen exponente del cine de género.
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  • Aprox
    Aprox
    La Nación
    Gestos y poder en el ámbito laboral

    Inspirado en varios postulados que fueron tomados de un manual de técnicas de ventas de los años 80, este largometraje de Víctor Kesselman se propone como un ensayo desprejuiciado sobre ciertos intentos por analizar el lenguaje corporal, sobre todo en el ámbito laboral con sus inevitables manipulaciones psicológicas y luchas por el poder.

    Entre el falso documental (hay incluso un narrador que da ejemplos con gráficos y animaciones que recuerdan al Telebeam de las transmisiones deportivas) y la ficción (dramatizaciones de las situaciones planteadas en el marco de una oficina, de varias llamadas telefónicas y hasta de algunos encuentros sexuales), Aprox está estructurada a partir de viñetas que apuestan casi siempre al humor absurdo.

    El principal problema de este film de espíritu experimental es que no resulta demasiado gracioso. Los conflictos entre jefes y empleados, por ejemplo, están llevados siempre al extremo (desde el tono de las actuaciones hasta la musicalización estridente), pero sólo en algunos pocos momentos alcanza el grado de inspiración y provocación suficiente como para conseguir una mirada irónica y despiadada sobre ciertas verdades que se han manejado respecto del lenguaje corporal en el ámbito de los negocios y, más precisamente, a la hora de disputar espacios de decisión.

    La película apela a múltiples recursos narrativos, pendula entre tonos muy distintos (va de la seriedad "científica" al ridículo de algunos comportamientos humanos y al artificio de un puñado de poco inspirados números musicales) con la idea de desmitificar ciertas verdades supuestamente sistematizadas, exponer sus contradicciones, y dejar en evidencia los secretos y mentiras tanto del sistema como de los individuos.

    Lo mejor del film -además, claro, de su audacia, de su permanente apuesta al riesgo a la hora de probar con elementos que no siempre funcionan- pasa por algunas actuaciones como, por ejemplo, la de Elisa Carricajo, en el papel de una empleada de medios de una agencia de publicidad, y por la curiosidad de breves apariciones de artistas como Marcos López o Vivi Tellas. Se trata, en definitiva, de una verdadera rareza, aunque esta vez sólo con hallazgos parciales.
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  • Relatos salvajes
    Relatos salvajes
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    Cuando el cine argentino entra en la dimensión desconocida

    Como para compensar su ausencia de casi una década (Tiempo de valientes es de 2005), Damián Szifron vuelve con una película que, en verdad, son ¡seis! historias sin más vinculación entre ellas que ofrecer en todos los casos una mirada impiadosa, desgarradora y, sí, salvaje (como bien sostiene el propio título del proyecto) sobre la argentinidad al palo, con todas sus miserias, sus contradicciones, su cinismo y su doble moral.

    En principio, hay que decir que Szifron contó con los recursos necesarios para desplegar en todas las facetas imaginables su creatividad como guionista, su inventiva visual, su destreza como narrador en un film que encuentra muy escasos antecedentes dentro del cine argentino industrial en cuanto a ambición, riesgo y audacia. La cantidad de figuras convocadas, de locaciones conseguidas y de posibilidades técnicas (incluidos sofisticados efectos visuales) que tuvo a su disposición lo ubican en una dimensión que hasta hace poco parecían imposibles de alcanzar para la producción mainstream local (quizás, en otro registro, Metegol también fue precursora).

    Con La dimensión desconocida y Cuentos asombrosos como lejanos pero posibles referentes, Relatos salvajes arranca con un pequeño episodio (Pasternak) incluso previo a los títulos de apertura con Darío Grandinetti en el papel de un crítico de música clásica que, en pleno vuelo y de la manera más inesperada, descubre que todos están a bordo por un motivo en común.

    Aquí ya se aprecia una de las constantes de Szifron: el humor negro, negrísimo, que puede alcanzar dosis muy altas de crueldad (la mirada del director hacia sus personajes es una de las cuestiones que seguramente generará más de un cuestionamiento) y hasta irrupciones extremas a puro gore.

    La segunda historia (Las ratas) tiene como protagonistas a Julieta Zylberberg y Rita Cortese, como moza y cocinera de un restaurante de un parador de ruta. Allí llega, en medio de una noche de lluvia torrencial, un candidato a intendente (César Bordón) que, en verdad, es un mafioso y usurero que ha tenido a la familia del personaje de Zylberberg como una de sus víctimas ¿Es la oportunidad perfecta de una venganza tardía? Surge aquí otro de los temas recurrentes en este film de Szifron y que está muy a tono con el debate de la Argentina contemporánea: el dilema de la justicia por mano propia.

    La tercera entrega (El más fuerte) -probablemente la mejor en cuanto a puesta en escena y capacidad de sorpresa- tiene que ver con la lucha de clases, con los prejuicios sociales más arraigados, los resentimientos, la paranoia, esa violencia contenida que crece y crece hasta explotar de la peor manera con un exponente de clase alta (Leonardo Sbaraglia) en su reluciente Audi 0 KM, que vivirá una verdadera pesadilla en una ruta de Salta.

    Otra estrella como Ricardo Darín es el protagonista del cuarto capítulo (Bombita) en el papel de un ingeniero experto en detonaciones y demoliciones. El antihéroe debe llegar a tiempo para el cumpleaños de su hija, pero las cosas no saldrán precisamente como esperaba. A pura tensión, Szifron apela a un esquema cercano a Después de hora, de Martin Scorsese; y con algo del Michael Douglas de Un día de furia para describir la indignación del hombre común frente a un sistema burocrático e insensible en un auténtico descenso a los infiernos.

    El penúltimo relato (La propuesta) parece inspirado en varios casos de la crónica periodística reciente, ya que un joven de clase alta atropella a una embarazada causando la muerte de ella y del niño por nacer. Sus padres (Oscar Martínez y María Onetto) llaman de urgencia a su abogado (Osmar Núñez) para planear una salida negociada con el fiscal a cargo haciendo cargo del accidente al jardinero (Germán De Silva). El tráfico de influencias, la corrupción generalizada (incluida la Justicia), la mentira y la codicia son los ejes principales de este tratado moral inquietante, provocativo y perturbador.

    El cierre es con Hasta que la muerte nos separe, la historia que ofrece más humor (siempre oscuro, claro) y más recursos con un casamiento judío a todo trapo en el que la novia (Erica Rivas) descubre in situ que su flamante marido (Diego Gentile) la engaña con una de las asistentes al evento. En medio de un ataque de nervios por la infidelidad (esta tragicomedia tiene una fuerte veta almodovariana, así como en varios pasajes afloran referencias a la comedia italiana del estilo Los monstruos, de Dino Risi), la humillada protagonista generará un crescendo de locuras y excesos que transformarán al evento en una fiesta a todas luces inolvidable.

    Más allá de que, como quedó dicho, no pocos seguramente atacarán a Szifron por la manera en que mira y hasta juzga a sus atribuladas criaturas, lo cierto es que este talentosísimo director, uno de esos auténticos "animales de cine", logra hacer creíble y disfrutable las situaciones más inverosímiles y delirantes sobre esas personas ordinarias que, llevadas a atravesar situaciones extraordinarias, pueden convertirse en verdaderos monstruos.

    De más está decir que las actuaciones son impecables, que el equipo técnico se luce en todos los rubros y que hay aquí más ideas por minuto que en buena parte del cine argentino de los últimos años. La polémica, inevitable, tendrá que ver con la ideología y el tono del retrato de una sociedad en descomposición. A nivel artístico, el resultado es apabullante, fascinante y demoledor.
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  • Amancio Williams
    Amancio Williams
    Otros Cines
    Al maestro con cariño

    Para los arquitectos (o para quienes conocen del tema), la figura de Amancio Williams (1913-1989) es la de un mito, una leyenda, un prócer, un pionero, un vanguardista, un soñador, un creador genial.

    Aunque muy pocas de sus ideas (esas que trabajaba obsesivamente en los planos) lograron cristalizarse, sus proyectos y las obras que sí se concretaron son objetos de estudio no sólo aquí sino en el mundo entero. Pero la vida de Amancio tiene también bastante de esa épica tan argentina que va de la veneración al olvido, de la glorificación al derrumbe.

    Allí está como ejemplo contundente -que sirve además como eje del impecable relato de Gerardo Panero- la historia de “La Casa del Arroyo” o “La Casa del Puente”, una de sus primeras obras (1943-1945) que concibió en Mar del Plata para el disfrute de su padre, el brillante compositor musical Alberto Williams. Una joya arquitectónica que hoy está abandonada luego de sufrir actos de vandalismo y dos incendios intencionales.

    En esa casa construida, efectivamente, sobre un arroyo se condensan varias de las principales ideas que reivindicó Williams: la integración con el medio ambiente, el respeto por la naturaleza, dejar el suelo libre, la tridimensionalidad (se ve desde los cuatro costados, pero también desde arriba y desde abajo) y la puesta en valor de los materiales, de los detalles y del diseño.

    A partir de un interesante trabajo de selección y montaje con los materiales de archivo, con los planos originales y con declaraciones de sus familiares (sobre todo de sus dos hijos), de sus viejos colaboradores y de reconocidos arquitectos que interpretan y realzan su obra, Panero va construyendo un relato apasionante, incluso para aquellos que no necesariamente tienen (tenemos) un conocimiento del personaje y su obra. En ese sentido, el film es didáctico sin resultar jamás obvio ni torpe.

    La tradición artística de esta familia de origen inglés (afincada en la Argentina desde 1821), su personalidad obsesiva y soñadora (casi utópica), su decisión de jamás transigir (lo que le valió numerosas peleas con los clientes) y la relación de admiración mutua con Le Corbusier (Williams fue el encargado de concretar la famosa Casa Curutchet en La Plata) son sólo algunos de los aspectos que se recorren en los 77 minutos de un film cuidado, respetuoso, sólido y fascinante sobre este referente insoslayable de la Arquitectura Moderna del siglo XX. Para no dejar pasar.
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  • Escuela de sordos
    Los sonidos del silencio

    Ganadora del premio a la Mejor Dirección en el Festival de Mar del Plata y al Mejor Documental en el de Cosquín, esta ópera prima de la cordobesa Frontini es un austero y riguroso registro sobre el denodado y conmovedor trabajo que realiza Alejandra Agüero, fundadora e impulsora de la escuela a la que alude el título en la localidad de Bell Ville.

    Con el cine del mítico Frederick Wiseman (experto en retratar instituciones) como modelo, la directora muestra en este delicado documental observacional la tarea de “Ale”, como la llaman todos, quien está a cargo de casos muy complejos con niños, adolescentes y jóvenes, así como una larga e inteligente charla (con la Lengua de Señas, por supuesto, debidamente subtitulada) con su amigo Juan, un referente internacional a la hora de pensar y visibilizar este tema.

    Más allá de su inevitable costado políticamente correcto, se trata de un meticuloso y emotivo retrato humano sobre una de esas épicas cotidianas de las que muy poco se conoce. Para no dejar pasar.
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  • Violette
    Violette
    La Nación
    Experto en biografías de mujeres artistas (venía de hacer Séraphine, sobre la pintora Séraphine de Senli), el director Martin Provost cambia de época y de universo para rescatar en Violette la historia de Violette Leduc (1907-1972), una escritora que ha sido revalorizada por la intensidad, la valentía, el descarnado erotismo y el espíritu siempre provocativo de su obra, de neto corte autobiográfico.

    El film arranca con un prólogo en el que se describe la tortuosa convivencia de Violette (otro extraordinario trabajo de Emmanuelle Devos) con el escritor gay Maurice Sachs (Olivier Py). La sufrida mujer abandona el campo y se instala en París, donde se gana la vida vendiendo alimentos en el mercado negro. Tras el fin de la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, alcanza a publicar su primera novela, L'Asphyxie, gracias al apoyo de una tal Simone de Beauvoir (la exquisita Sandrine Kiberlain).

    La relación entre Leduc y Beauvoir es uno de los ejes principales que sustentan a este film episódico: mientras Leduc se apasiona hasta la obsesión por la autora de El segundo sexo y Los mandarines, quien se convertirá no sólo en su objeto del deseo, sino también en su principal fuente de inspiración, la mítica escritora pondrá siempre una prudencial distancia, aunque jamás dejará de ser su mentora y hasta su mecenas (Leduc fue admirada también por Jean Cocteau, Jean Genet y otros intelectuales famosos).

    El film sobrevuela (pero no profundiza demasiado en) el círculo literario de los existencialistas en Saint-Germain-des-Près y expone de manera superficial los inicios de la lucha feminista contra los rígidos códigos morales de la mojigata sociedad francesa de la época, porque en verdad el énfasis está puesto en el desgarrador universo interior de esta mujer bastarda (su libro de memorias se tituló, precisamente, La Bâtarde).

    En este sentido, Provost (también conocido en la Argentina por El vientre de Juliette) se regodea demasiado con una serie de excesos melodramáticos al describir en detalle los problemas de autoestima, la autoflagelación, la acumulación de decepciones intelectuales y amores frustrados por parte de una mujer atormentada (fue varias veces internada y hasta tratada con electroshocks) que se sentía siempre miserable y abandonada.

    Durante las más de dos horas del film, también se exponen algunas situaciones pesadillescas, mientras la voz en off de Devos lee varios pasajes eróticos (tanto homo como heterosexuales), que en muchos casos resultarían censurados en su época, pero que luego alcanzarían -tanto por su audacia como por su valor literario- una merecida reivindicación.
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  • Mauro
    Mauro
    Otros Cines
    Mentiras verdaderas

    Con Mauro, Hernán Rosselli (hasta ahora reconocido montajista y uno de los editores de la revista Las Naves) consigue una de las óperas primas más destacadas del cine argentino en bastante tiempo, que le valió con absoluta justicia el Premio Especial del Jurado y el de la crítica internacional FIPRESCI en la Competencia Internacional del último BAFICI.

    No sé si es mejor que tantos otros debuts auspiciosos (me generó una euforia similar a la que en su momento me produjo, también en el BAFICI, Mundo grúa, de Pablo Trapero), pero logra construir un universo propio (temático, estético, narrativo) de una consistencia, una profundidad y una solidez infrecuentes en la producción actual. Y no sólo local.

    Con algunos elementos que me hicieron recordar también al cine de José Celestino Campusano (aunque tiene un tono y un vuelo muy distintivos), además de la inevitable vinculación con El dinero, de Robert Bresson, Mauro propone un registro, una descripción del sur del conurbano bonaerense que pocas veces resultó tan imponente e impactante.

    Mauro (Mauro Martínez) es un “pasador”; o sea, aquel que se dedica a comprar cosas con billetes falsos (haciendo diferencia con los vueltos) que vive pendulando entre la cocaína y los ansiolíticos. Además, instala con Luis (cuya mujer, Marcela, está embarazada) un taller de serigrafías para imprimir plata trucha. Y, más allá del trío protagónico, aparecerá una misteriosa mujer capaz de seducir al antihéroe (y conmover su previsible existencia), así como varios personajes secundarios típicos de este submundo, con su dinámica, sus técnicas, sus jerarquías, sus códigos y su jerga tan particulares.

    Rosselli tiene muy claro qué contar y cómo hacerlo. La puesta en escena, la distancia siempre justa de la cámara, el tono de las actuaciones, los climas conseguidos y el montaje son siempre funcionales a la premisa de sumergirnos en un mundo único, desconocido, fascinante. Una película pequeña y deslumbrante a la vez. Una de las revelaciones del año. Un debut a lo grande.

    (Esta crítica fue publicada con algunos cambios durante la cobertura del BAFICI 2014)
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  • Tiro de gracia
    Tiro de gracia
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    ¡Cuidado!: Usted está siendo filmado

    Un asalto con toma de rehenes contado a través de las imágenes de las cámaras de seguridad de una farmacia (se utilizaron 19 GoPro para el rodaje), pero con una estructura narrativa que va y viene en el tiempo. No es la primera vez que se utilizan esos dispositivos de vigilancia como elemento (gancho) narrativo y el director (egresado de la FUC y asistente de realizadores como Adolfo Aristarain, Marcelo Piñeyro, Eduardo Milewicz, Eduardo Mignogna y Sebastián Borenztein) lo aprovecha con ingenio y destreza técnica.

    El principal problema de esta suerte de Tarde de perros en versión Nac & Pop es (incluso más que las por momentos grotescas actuaciones) la forma manipuladora a la hora de delinear los personajes: el infortunado y humilde pibe chorro que en verdad sólo quería leche para su bebé, el patético encargado del lugar y los penosos exponentes de la peor y más rancia clase media argentina entre los clientes/rehenes.

    En lo formal, por lo tanto, se deja ver. En lo ideológico, aun comprendiendo su espíritu provocativo a la hora de abordar un tema espinoso como la lucha de clases, todo resulta demasiado obvio y maniqueo.
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  • Guardianes de la galaxia
    Tras el éxito conseguido con las películas de sus personajes más populares (y, sobre todo, con The Avengers: Los Vengadores, el film que los reunió), Marvel buscó en lo profundo de sus archivos para recuperar otro grupo de superhéroes: los Guardianes de la Galaxia. Nacidos en enero de 1969 y con varios intentos de reciclaje posteriores, estos renegados recobraron cierta popularidad en 2008 a partir del cómic de Dan Abnett y Andy Lanning.

    Y así llega la película con la que la productora (propiedad de Disney) intenta lanzar una nueva saga (ya se anunció la secuela con estreno para julio de 2017) y, por lo tanto, una nueva plataforma para merchandising, franquicias y subproductos. La buena noticia es que Guardianes de la Galaxia es un largometraje competente, simpático y eficaz. La mala, es que -salvo el irresistible Peter Quill que interpreta Chris Pratt (visto en la serie Parks and Recreation)- no parece haber otro personaje lo suficientemente atractivo como para sostener films "individuales", como sí los tienen Iron Man, Thor o Capitán América.

    Pero las comparaciones esta vez habría que hacerlas más con Star Wars (no casualmente otra reciente adquisición del grupo Disney) antes que con The Avengers. Guardianes de la Galaxia tiene que ver más con la estética y el tono de la creación de George Lucas que con el estilo de Joss Whedon. Es más, por su apuesta permanente al humor y a la nostalgia precoz de la cultura pop (citas a Footloose o el uso gracioso de temas como "O-o-h Child" o "Cherry Bomb"), estamos más cerca de un exponente de clase B (con un presupuesto de 170 millones de dólares, claro) que de la típica superproducción solemne, pretenciosa y de alto impacto.

    En ese sentido, mucho tiene que ver el amor por el costado más freak del cine de género (y por la estética del cómic) que profesa el director y coguionista James Gunn, formado en las huestes de la productora de cine fantástico de bajo presupuesto Troma y realizador de esa película de culto que es Súper.

    La historia en sí no tiene grandes hallazgos ni sorpresas. Hay un prólogo ambientado en 1988 que sirve para conocer el trauma del pequeño Peter Quill tras la muerte de su madre a causa de un cáncer. La acción salta 26 años con Peter (a quien luego se conocerá como Star-Lord) convertido en ladrón y Don Juan. Como en las otras películas de Marvel (recuerden el Teseracto) aquí hay un orbe (una esfera que contiene un poder inmanejable) que pasará de mano en mano y que será el germen de la conformación de los Guardianes.

    Además de Quill, integrarán este equipo una experta luchadora como Gamora (Zoe Saldana), un gigante musculoso como Drax (Dave Bautista) y dos criaturas "digitales": el arbóreo Groot (la voz de Vin Diesel que se limita a decir "Soy Groot") y el cínico e inteligente mapache Rocket Raccoon (la voz de Bradley Cooper). Y están, claro, los más o menos malos (como el pirata Yondu que compone Michael Rooker) y los muy malos como Ronan (Lee Pace) o Thanos (Josh Brolin). Y grandes actores en papeles menores, como John C. Reilly, Glenn Close o Benicio Del Toro.

    En definitiva, Guardianes de la Galaxia resulta no sólo una ingeniosa apuesta de marketing para ampliar horizontes comerciales sino también un más que digno producto con suficientes atractivos y niveles de lectura como para que lo puedan disfrutar desde los más pequeños hasta los adultos, pasando -claro- por ese target fundamental por su fidelidad: los adolescentes.
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  • Marea baja
    Marea baja
    Otros Cines
    Un maldito ladrón

    Tras El sueño del perro, Pécora regresa a la zona más agreste del Delta del Paraná para una película bastante más sórdida que aquella ópera prima conocida en 2009.

    Entre el film-noir, el drama romántico y con elementos del western, Marea baja narra la historia de un ladrón (el siempre convincente Germán de Silva) que llega con una herida y unos dineros a cuestas a un parador de la zona regenteado por dos mujeres (Susana Varela y Mónica Lairana). El parco y duro antihéroe, en su marcha hacia el Uruguay, decide quedarse un tiempo en el lugar porque en verdad busca desenterrar el botín de un golpe anterior. La tensión (erótica) crece entre el recién llegado y las dueñas (hay buenos momentos de voyeurismo en la construcción de ese triángulo amoroso); así como la sensación de que en cualquier instante los socios/cómplices del protagonista pueden llegar a reclamar su parte (Pécora expone las recurrentes pesadillas que lo atribulan).

    Casi sin parlamentos y evitando por completo el uso de la música, el director se basa en la potencia de las imágenes de esa naturaleza salvaje (hay, en ese sentido, una impecable utilización del sonido, aunque por momentos se recurre a algunos efectos innecesarios) y en la expresividad de sus intérpretes (tres centrales y dos secundarios) para generar climas opresivos, densos y ominosos dentro de una narración bastante cáustica y minimalista que sirve para describir la lucha de ese hombre, marginal y torturado, por apartarse de la maldición de su sino trágico.
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  • Avanti popolo
    Avanti popolo
    Otros Cines
    Galardonada en festivales como los de Roma, Brasilia, FICUNAM y Lima Independiente, esta austera, minimalista (transcurre en buena parte dentro de una habitación) y sensible película describe las desventuras de André (André Gatti) quien, luego de separarse de su esposa, vuelve a vivir con su padre (interpretado por el mítico director Carlos Reichenbach, fallecido poco después del rodaje), que parece bastante más interesado en su perro Baleia que en ver unas viejas películas en Súper 8 que su hijo va revisando metódicamente.

    Lo que en verdad aparece en esas viejas cintas es la historia de quien las filmó: el hermano mayor del protagonista, un militante desaparecido 30 años antes, en plena dictadura. Wahrmann -también incursionando en un terreno semi autobiográfico- combina con precisión el presente (a través de la distante relación padre-hijo) y el pasado, que regresa a través de esas viejas películas caseras de los años ’70. Experimentación con múltiples recursos y formatos, trabajo con no actores y una veta nostálgica y política a la vez se combinan para un muy interesante exponente del nuevo cine brasileño.
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  • Los insólitos peces gato
    La (bienvenida) invasión latinoamericana

    Claudia (Ximena Ayala) es una muchacha de 22 años que vive sola, trabaja en un supermercado y lleva una existencia al parecer bastante gris. Por una apendicitis termina siendo operada e internada en la guardia un hospital, donde conocerá a Martha (Lisa Owen), una entusiasta mujer de 46 años que lucha desde hace bastante tiempo contra el HIV. Cuando ambas salen de la internación, Martha invita a Claudia a su casa, donde conocerá a sus cuatro hijos. Por primera vez, la recién llegada empezará a sentir el contacto con una familia (numerosa, problemática, caótica, pero siempre querible) y, de a poco, a encontrar cierto sentido de pertenencia.

    Es cierto que por momentos esta película sobre la soledad, el miedo y el dolor, sobre familias adoptivas, sobre la redención y las segundas oportunidades (basada en experiencias autobiográficas de la propia Sainte-Luce) resulta un poquito demagógica y con cierta veta de “autoayuda” (con algunos esquemas que remiten al cine independiente norteamericano made in Sundance), pero nunca deja de ser una comedia costumbrista cuidada y sensible, narrada con una frescura y una solvencia infrecuentes en una directora debutante e interpretada por un elenco irresistible.

    Como plus no menor, la fotografía de esta película premiada en Toronto, Locarno, Gijón, Mar de Plata y La Habana, entre otros festivales, estuvo a cargo de la talentosa DF francesa Agnés Godard, habitual colaboradora de Claire Denis. Nada menos.
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  • Making off Sangriento: Masacre en el set de filmación
    Muertos de risa

    Si el Nuevo Cine Argentino made for BAFICI tuvo su exponente paródico en UPA! Una Película Argentina (2007), el cine de terror (más comedia negra con toques gore) encuentra su film burlón en Making off sangriento: Masacre en el set de filmación, título que en sí mismo es tan explícito que llega directamente al spoiler. Porque el largometraje de los hermanos Quintana (basado en el corto homónimo que ganó el premio del público en el Festival Buenos Aires Rojo Sangre) es precisamente eso: la filmación de una sucesión de asesinatos que ocurren durante el rodaje de un corto semi-amateur por parte de unos estudiantes de cine.

    El principal problema de Making off sangriento… es que su premisa se consume, se desinfla demasiado rápido. Las bromas sobre el cine Clase Z, su exaltación de lo berreta, las referencias cinéfilas o los chistes sobre el ámbito artístico local son demasiado obvias, por momento un poco torpes, y, así, todo resulta bastante efímero y banal.

    En principio hay un prólogo con una primera masacre en un rodaje. Los sobrevivientes deciden retomar el proyecto y convocan a un autor- presuntuoso- intelectual llamado… Lisandro Acuña (Lisandro Alonso + Ezequiel Acuña, cuac) y a un actor que se convertirá en el asesino serial de turno (el mítico rockero Marcelo Pocavida, de lo mejorcito del elenco) cuando llegue al set. También hay un patético detective llamado Caligari que sigue el caso (el reconocido director y aquí también coguionista Valentín Javier Diment).

    Lo que sigue es lo dicho: una acumulación de descuartizamientos, algunos más ingeniosos que otros (hay una escena de sexo oral bastante inquietante) y una permanente -para bien y para mal- apuesta por lo excesivo que nunca deja de ser lúdica y que podrá despertar cierto entusiasmo entre algunos fans no demasiado exigentes del género.

    Pero, sin ponerse en un lugar esnob, ya es hora de pedirle algo más a los realizadores locales del cine de género. Sin entrar en comparaciones odiosas e injustas respecto de lo que se hace en el Primer Mundo cinematográfico, incluso en el ámbito local el estándar se ha ido elevando en los últimos tiempos. En ese sentido, sin ser un despropósito, Making off sangriento… tiene gusto a poco, a bastante lugar común, a un cine que ya hemos visto demasiadas veces.
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  • Todo lo que necesitas es amor
    Dos a quererse

    La danesa Susanne Bier es una directora aclamada tanto en Europa como en los Estados Unidos. Con films como Corazones abiertos, Hermanos, Después del casamiento, Lo que perdimos en el camino y En un mundo mejor (ganadora en 2011 del Oscar a la mejor película extranjera), se convirtió en una cineasta con poder suficiente como para decidir qué hacer, cuándo hacerlo, con quién hacerlo y dónde hacerlo. Para mi gusto, es una de las realizadoras más sobrevaloradas de nuestro tiempo, una artista ambiciosa y pontificadora, con aires de profetisa, que condensa varios de los peores aspectos de la muy irregular producción de su país.

    En ese contexto, Todo lo que necesitas es amor se ubica entre lo menos interesante y más fallido de su filmografía: una tragicomedia que no emociona ni divierte, una película que aborda cuestiones supuestamente trascendentes y resulta siempre banal, y que -para colmo- cae en el pintoresquismo y en todo tipo de lugares comunes que hacen que uno pueda adelantarse a cada una de las secuencias y no errar cómo será la resolución.

    Los conflictuados protagonistas son un empresario británico (Pierce Brosnan), típico workaholic esquemático y obsesivo que a pesar de tener la pinta de Brosnan no tiene intenciones de mantener relaciones afectivas; y una peluquera danesa (Trine Dyrholm) que está recuperándose de un cáncer de mama, pero que cuando regresa a su casa encuentra a su marido teniendo sexo con una muchacha joven de su trabajo.

    La cuestión es que ellos y muchos más (daneses e italianos) terminarán en una hermosa villa de la paradisíaca zona de Sorrento, cerca de Nápoles, para participar en una fiesta de casamiento. Sin anticipar nada más del argumento, hay algunos momentos penosos, como cuando Philip ve a Ida sin su peluca (ha perdido el pelo en la quimioterapia) o cuando uno de los personajes acepta de manera súbita su homosexualidad.

    Todos los clichés y estereotipos que puedan imaginarse respecto de las segundas oportunidades, de ese amor que finalmente llega a pesar de los prejuicios, los problemas y el dolor acumulado, irán apareciendo en el transcurso de este film que no se decide por ser una comedia romántica liviana, un melodrama coral y aleccionar, una propuesta provocativa y perturbadora (por momentos tiene un aire a su connacional La celebración) o un manual de autoayuda. Es un poco de todo eso, pero sin llegar a ser convincente en ninguno de sus aspectos.
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  • 12 horas para sobrevivir
    Hace un año, el guionista y director James DeMonaco sorprendió con La noche de la expiación, pequeña película de acción y terror sobre una familia, liderada por Ethan Hawke y Lena Headey, que defendía su casa de ataques externos durante un día en el que -con el aval del gobierno- todo estaba permitido (incluidos los asesinatos).

    Ya no están los personajes del film original, pero DeMonaco regresa con una nueva purga. Estamos en la ciudad de Los Ángeles en el año 2023. La elite en el poder que se hace llamar Nuevos Padres Fundadores continúa con la costumbre de habilitar una vez al año esas 12 horas a las que alude el título local de esta secuela para que todos quienes quieran desaten sus más bajos instintos, se desquiten, se desahoguen, apelen a los excesos de violencia que se les antojen tras 364 días de ira contenida y frustraciones acumuladas.

    Así, decenas de marginales, de amantes de las armas (que no son pocos precisamente en los Estados Unidos) o de simples habitantes aburridos y ávidos de emociones fuertes se calzan las máscaras más atemorizantes y se hacen de machetes, hachas, bates de béisbol, lanzallamas, pistolas o ametralladoras de alta gama para... salir a cazar.

    Esta segunda entrega ya no transcurre dentro de una casa, sino en exteriores, sobre todo en las calles del centro de Los Ángeles con cinco protagonistas que deberán unir fuerzas para sobrevivir: un as del combate al que todos llaman Sargento (Frank Grillo), que en principio sale para vengar una muerte cercana; Eva (Carmen Ejogo), una atractiva camarera latina con su hija adolescente Cali (Zoë Soul), y un matrimonio joven en plena crisis afectiva (Zach Gilford y Kiele Sánchez), cuyo auto se descompone poco antes del inicio de la purga.

    12 horas para sobrevivir amplifica la mirada política del film previo (hay aquí un grupo revolucionario liderado por un profeta afroamericano que se opone a esa depuración que tiene a los pobres como principales víctimas y plantea una lucha de clases también por métodos violentos) y propone un estilo narrativo que por momentos recuerda a notables exponentes del cine clase B como Roger Corman, al Walter Hill de Los guerreros: The Warriors y, sobre todo, a John Carpenter (DeMonaco no casualmente escribió el guión de la remake de Asalto al precinto 13).

    La película no es precisamente sutil ni apela al buen gusto, pero en sus términos (sangre, sudor y lágrimas) resulta casi siempre sólida. Hay empatía entre los personajes, tensión y nervio en la narración y unos cuantos hallazgos a la hora de plantear vueltas de tuerca perturbadoras. No estamos ante un film que vaya a cambiar los cánones ni los estándares del cine de género, pero sí ante una secuela bastante noble y atrapante. Todo está listo, por lo tanto, para que dentro de unos meses tengamos una nueva purga en la pantalla.
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  • A vuelo de pajarito
    Al maestro, con cariño

    Una película sobre un periodista parece en primera instancia como una propuesta que sólo podría interesarle a sus colegas. Sin embargo, tratándose de un film que retrata la vida de Rogelio García Lupo no sólo estamos ante un mito de la investigación en medios de comunicación de las últimas seis décadas (empezó a trabajar a principios de los años '50), sino también frente a un testigo privilegiado de acontecimientos fundamentales de la historia latinoamericana de ese período. Esa perspectiva es la que aborda A vuelo de pajarito, documental de Santiago García Isler que se estrenó en el MALBA.

    García Isler no es un director más sino uno de los hijos del propio García Lupo y, entre los múltiples méritos del film, está el de haber eludido las solemnidades y los clichés propios de este tipo de tributos. Hay, sí, mucho respeto y amor hacia su padre, pero A vuelo de pajarito (al octogenario periodista se lo conoce como Pajarito) hace gala de un bienvenido desenfado y toques de humor a la hora de reconstruir la vida de este hombre que brilló en Marcha, Clarín, El Periodista y tantas otras publicaciones.

    La película tiene como punto de partida la decisión de García Lupo de donar su impresionante archivo personal a la Biblioteca Nacional. Mientras embala las cajas, empieza a recordar varios de los hitos de su trayectoria, que incluyeron la creación de Prensa Latina en la convulsionada La Habana de 1959 junto a Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh y Jorge Masetti (después contará cómo el Partido Comunista cubano atacó a los argentinos para quedarse con el control de la agencia de noticias) y su relación cercana con el Che Guevara; su encuentro casual con Jorge Luis Borges ("¿Usted siempre conspirando?", le dijo el escritor); su participación en el semanario de la CGT de los Argentinos con Walsh y Horacio Verbitsky; su trabajo al frente de la editorial Eudeba durante la presidencia de Héctor Cámpora, su exilio interior durante la dictadura militar (no escribió durante 9 años y trabajó en una compañía constructora) y su regreso al periodismo en 1982 con la primicia de la Guerra de Malvinas.

    Precisamente Verbitsky es uno de los que prestan su testimonio sobre este periodista siempre combativo, aunque también aparecen durante los 90 minutos de A vuelo de pajarito otros amigos como Isidoro Gilbert, Eduardo Galeano, Osvaldo Bayer o Daniel Divinsky.

    Pero lo mejor del film son las anécdotas y secretos sobre su trabajo que cuenta este viejo tan querible como cascarrabias que se pasó revisando de manera sistemática, día por día durante 50 años, los avisos fúnebres, los clasificados y el Boletín Oficial para encontrar allí, cual detective, material para sus investigaciones. Investigaciones que, como en el caso de la mafia de los pasaportes chinos, le valieron amenazas de muerte de las propias Tríadas.

    A vuelo de pajarito es un documental simple, contundente y emotivo. No tiene demasiados alardes técnicos ni narrativos (hay un buen uso del material de archivo y hasta simpáticas animaciones) porque lo esencial es escuchar y ver a García Lupo, referente ineludible del periodismo de investigación en la Argentina, que encuentra aquí una película a la medida de su notable trayectoria.
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  • La forma exacta de las islas
    Malvinas, en presente

    El cine argentino se ha ocupado bastante, tanto desde el documental como desde la ficción, de la Guerra de Malvinas. Sin embargo, no demasiadas veces ha logrado describir con más delicadeza que estridencia, con una mirada más íntima que política, las historias de vida de aquellos que directa o indirectamente estuvieron ligados con aquel conflicto de 1982, como Daniel Casabé y Edgardo Dieleke lo hicieron en La forma exacta de las islas.

    La estructura del film es un poco intrincada, pero también en su complejidad reside buena parte del atractivo. Hay un primer viaje concretado en diciembre de 2006 sobre Carlos y Dacio, dos veteranos de guerra que regresan a las islas y son filmados de manera muy casera durante una semana por una muchacha llamada Julieta. Y hay un segundo registro realizado cuatro años más tarde, que sirve -de alguna manera- para que ella pudiera completar todo lo que aquel film original había dejado pendiente.

    Es en esa sumatoria de miradas y voces de diferentes épocas (1982, 2006 y 2010), en ese abanico de perspectivas (las de los veteranos retratados; la de la joven que se ha involucrado sentimentalmente y ha atravesado momentos muy fuertes ligados a su maternidad, la de los pobladores del lugar que prestan sus testimonios en cámara; y, claro, la de los dos directores que construyen el relato) que La forma exacta de las islas se convierte en un caleidoscopio a través del que van aflorando las sensaciones, las emociones y, claro, las experiencias más traumáticas, las heridas aún abiertas que dejó la guerra con su carga de angustias y sus traumas.

    Se trata de un film que, más allá de los cuestionamientos que pueda hacérsele (algunas indecisiones narrativas, ciertos abusos con la voz en off o una musicalización no siempre funcional), resulta un acercamiento sensible, profundo, potente y distinto a lo que estamos acostumbrados a un tema tan controvertido, doloroso y con tantas connotaciones como este. Bienvenido sea.
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  • El color que cayó del cielo
    On the Rocks...

    Hubo que esperar 11 años desde la notable Yo no sé qué me han hecho tus ojos (codirigida con Lorena Muñoz) para reencontrarse con el cine de Sergio Wolf. En el medio -claro- estuvo su larga gestión al frente del BAFICI, pero El color que cayó del cielo constituye una muy digna continuación para su carrera como director.

    Ya no es la búsqueda detectivesca de una mítica cantante de tango "desaparecida" como Ada Falcón sino un tema en apariencia bastante más árido, más "científico", menos glamoroso: los meteoritos. Sin embargo, como en su film anterior, Wolf se aleja del documental convencional y "construye" una historia con múltiples elementos propios de la ficción que derivan en un entramado apasionante, por momentos cerca de la comedia de enredos y, por otros, con elementos propios del cine de aventuras y de la épica herzogiana.

    La película tarda unos minutos en encontrar su eje. En principio, son demasiadas subtramas, demasiada voz en off, demasiados personajes desperdigados. Historias de conquistadores españoles y pueblos originarios, lugareños con teorías insólitas e investigaciones científicas que se remontan a sucesos ocurridos 4.000 años atrás, cuando una lluvia de meteoritos convirtió a la región ubicada entre Chaco y Santiago del Estero y conocida como Campo del Cielo en "el" lugar para quienes se dedican al tema.

    Sin embargo, esa introducción en apariencia un poco anárquica o derivativa nos va llevando hacia los que son los verdaderos protagonistas (antagonistas) del relato (ambos estadounidenses para más datos): por un lado, el "superhéroe" Bill Cassidy, hoy ya veteranísimo, una eminencia que pasó buena parte de los años '60 investigando Campo del Cielo (luego se dedicó a explorar la Antártida); por el otro, el "villano" Robert Haag, que ha construido un imperio hasta convertirse en el mayor coleccionista (y traficante) de meteoritos del planeta, que se comercializan a precios millonarios vía Internet o incluso en ferias como la de Tokio.

    Wolf viajó a Pittsburgh para entrevistar a Cassidy y tuvo acceso privilegiado al archivo personal del científico, que le cedió imágenes nunca vistas de sus viejas incursiones en el Chaco. También mantuvo en Tucson hilarantes encuentros con Haag, un tipo lo suficientemente loco como para intentar (sin suerte) robarse en 1990 un gigantesco meteorito de 37 toneladas de la Argentina (con grúa y camión incluídos) y quedar luego detenido varias semanas. "Soy el Hombre Meteorito", grita el hiperkinético personaje a cámara, mientras con absoluta impunidad muestra algunas de sus posesiones más valiosas y cuenta anécdotas hilarantes, tan absurdas que resultan casi inverosímiles.

    La cámara siempre atenta de Fernando Lockett (habitual colaborador de Matías Piñeiro), el notable trabajo de edición de Alejandro Carrillo Penovi (El aura), la atrapante banda sonora de Gabriel Chwojnic (Historias extraordinarias) y, sobre todo, la innata curiosidad de Wolf y su capacidad para encontrar historias donde aparentemente no las hay, para quebrar las barreras muchas veces limitantes del documental observacional y sumergirnos en una historia con ribetes tragicómicos y fascinantes, son los grandes méritos de El color que cayó del cielo. La espera valió la pena. Wolf está de regreso.
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  • Socios por accidente
    La tinellización del cine de culto

    Dos realizadores “de culto” (al menos todo lo “de culto” que se puede ser en el cine argentino actual) como Nicanor Loreti (el ex editor de la revista La Cosa que filmó Diablo y La H) y Fabián Forte (Mala carne, Celo, La corporación) escribieron y dirigieron esta buddy-movie al servicio de dos figuras del clan televisivo de Tinelli: José María Listorti y Pedro “Peter” Alfonso (ambos en debuts cinematográficos no demasiado auspiciosos).

    La película no es del todo buena (tiene múltiples pequeños problemas), pero tampoco es un despropósito. En los términos en que está planteada (un pasatiempo superficial para el consumo familiar) podría decirse incluso que es medianamente eficaz ¿En qué quedamos? ¿El vaso medio lleno o medio vacío?

    Si la comparamos con, por ejemplo, Bañeros 4 (su horrorosa “competidora” nacional en estas vacaciones de invierno) estamos hablando poco menos que de una obra maestra. Ahora, si el parámetro que tomamos, en cambio, es cualquier buddy-movie de Hollywood del tipo Comando Especial sería una película menor y fallida, ya que sus escenas de acción son flojas y tiene errores (como múltiples problemas de continuidad que, con un poco más de tiempo y de recursos podrían haber sido borrados en la posproducción vía efectos digitales) que la ubican bastante lejos de los estándares del cine mainstream.

    ¿La trama? Padre ausente y divorciado, Matías (Listorti) es un traductor de ruso que después de mucho tiempo debe cuidar durante un fin de semana a su hija adolescente Rocío (Lourdes Mansilla), que -claro- lo considera un viejo patético y aburrido: un plomo. Su insufrible ex esposa (Anita Martínez) está en pareja con Rody (Pedro Alfonso), un típico canchero que trabaja como agente secreto de ¡Interpol! A partir de justificaciones por demás ridículas y caprichosas, ambos iniciarán juntos una misión con el neo-Bond burlándose de y al misma protegiendo a un Matías que parece más torpe que el Agente 86 y Los Tres Chiflados juntos.

    La película -que de alguna manera se inscribe en la línea de “clásicos” de los ’70, los ’80 y los ’90 como Los Superagentes, Brigada Explosiva y Los Extermineitors- apela de forma conciente a los estereotipos, a la exageración, a los guiños cinéfilos bastante obvios y a las fórmulas ya algo trilladas de este subgénero. El film no es demasiado sorprendente ni vistoso como para resultar un producto comercial distintivo (como sí lo fue Tiempo de valientes, de Damián Szifron) ni tampoco apuesta por un absurdo y un desenfado que le permita calificar como un exponente Clase B. Se queda, así a mitad de camino, con cierta dignidad y corrección, es cierto, pero también con un tono dubitativo, como si tuviera un fuerte problema de identidad: no sabe bien qué quiere (ni puede) ser.
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  • 7 cajas
    7 cajas
    Otros Cines
    El Mariachi paraguayo

    En primer lugar, un thriller paraguayo hecho con gran destreza técnica y narrativa es todo un hallazgo (lo fue especialmente en el contexto de su país, donde vendió más entradas que Titanic). Luego, sí, se podrá hablar de que esta ópera prima de la dupla Maneglia-Schémbori es un poco derivativa de Ciudad de Dios, Perros de la calle, Después de hora o El Mariachi, pero… qué importa.

    Se trata de un producto concebido con inobjetable profesionalismo y con un muy buen uso de las inmensas y sórdidas locaciones reales del Mercado 4 de Asunción. El film -con sus alegorías y simbolismos algo obvios- propone un tour-de-force, una montaña rusa donde todos quieren esas 7 cajas del título (o sea, un botín de 250.000 dólares) que, sin saber su contenido ni su valor, transporta Víctor (Celso Franco), un carretillero de 17 años ayudado por una amigovia.

    Película sobre la codicia y la tentación del consumo, hablada en su mayor parte en guaraní y ambientada durante un caluroso viernes, 7 cajas propone una mirada implacable sobre las profundas diferencias de clase y la desintegración social que no dejará indiferente a nadie…
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  • El planeta de los simios: Confrontación
    Mono sapiens

    Si uno se conmueve (tiene miedo, se emociona) viendo y escuchando a un mono que ha sido creado íntegramente a partir de la técnica de captura de movimiento, algo bueno deben haber hecho sus realizadores. Y eso es lo que ocurre cada vez que aparece en pantalla César, el “emperador” de los simios “interpretado” por Andy Serkis (entre sus genialidades ya figuraba también el Gollum de las películas de Peter Jackson).

    Por supuesto, no este el único hallazgo de una secuela que supera en casi todos los terrenos a (R)Evolución, la ya sólida primera entrega de esta saga / reboot (¿recuerdan el desastre que había hecho una década antes Tim Burton?). Más allá de ese y de otros prodigios visuales (las escenas de masas con los monos son de una creatividad notable), lo que hace de Confrontación una muy buena película es que todas las herramientas con las que cuenta Matt Reeves (que venía de un muy buen uno-dos con Cloverfield: Monstruo y Déjame entrar) están puestas al servicio ya no del mero exhibicionismo pirotécnico tan en boga en la producción hollywoodense actual o de la búsqueda del impacto instantáneo (ahí está, por ejemplo, la nueva Transformers) sino siempre en función de una narración clásica y contundente, con conflictos bien delineados. En Confrontación se entiende todo y hasta los personajes secundarios que hay entre los simios tienen su estructura psicológica, sus motivaciones y su desarrollo narrativo.

    El preámbulo del film nos muestra un planeta devastado por un virus que ha provocado tanta muerte y generado tanto caos social que prácticamente ha acabado con la raza humana. Quienes, en cambio, han sobrevivido y evolucionado son los simios del título. Expertos cazadores, pescadores y guerreros, viven en comunidad y han tomado de los humanos parte de su lenguaje, su escritura y sus costumbres. Buena parte del mérito, claro, pertenece a César, quien en el film previo había tenido un amplio contacto con el personaje de James Franco y supo transmitir e implementar lo aprendido. Claro que no todos están felices con el liderazgo “humanista” de César y allí aparece el violento Koba (Toby Kebbell), que se convertirá en su némesis, en el malvado perfecto.

    Si el bosque es el ámbito donde imperan los monos, la ciudad (San Francisco vuelve a ser el lugar elegido) se ha convertido en la imagen propia del Apocalipsis. Sin embargo, en una suerte de refugio resisten unos pocos humanos liderados por un hombre bueno (Jason Clarke) y otro… no tan bueno (Gary Oldman).

    Las internas no tardarán en desatarse tanto entre los hombres como entre los simios y, claro, habrá conflictos hacia el interior y hacia el exterior de ambas comunidades. Pero, también, rasgos de comprensión y solidaridad. No conviene adelantar nada más de la trama, pero -más allá de la imponentes batallas- Reeves nunca descuida el espesor dramático (con eje en las relaciones padres-hijos), aunque por momentos se pone demasiado sensiblero, cursi y solemne a la hora de exaltar los valores familiares.

    Más allá de esos excesos, el film jamás deja de entretener y fascinar. Los habituales desniveles entre los actores de carne y hueso y los creados por computadora aquí no se notan y, de alguna manera, el trabajo de Serkis, Kebbell y el resto de los “monos” nos obligan a repensar el tema de la actuación en la era digital. El cine está cambiando (si para bien o para mal es tema de otra discusión) y, en ese sentido, Confrontación sintoniza a la perfección con los mejores aspectos de esa evolución.
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  • Transformers 4: La era de la extinción
    Robots 1, humanos 0

    Hay una paradoja y una contradicción que definen a toda la saga, pero sobre todo a esta recargada (en todo sentido) cuarta entrega de Transformers: la verosimilitud que consigue Michael Bay en cada segundo de batalla entre los inmensos robots creados con una orgía de efectos visuales gentileza de Industrial Light & Magic es inversamente proporcional a la (nula) credibilidad y rigor que obtiene cuando un actor de carne y hueso aparece en pantalla y suelta algún diálogo. Así, el principal logro de Michael Bay es que el "alma" de su película reside en esos gigantes de acero creados digitalmente, mientras que su desgracia artística es que los humanos resultan siempre? artificiales.

    En la más cara (210 millones de dólares de presupuesto), más larga (165 minutos) y menos lograda de las cuatro entregas hasta la fecha, Bay inicia una nueva trilogía, ya sin Shia LaBeouf como protagonista y con Mark Wahlberg en el papel de Cade Yeager, un inventor texano acuciado por las deudas que ha quedado a cargo de Tessa, su atractiva hija de 17 años (Nicola Peltz), tras la muerte de su esposa. Ellos dos (y el carilindo novio de la adolescente que interpreta Jack Reynor) se sumarán a los Autobots que lidera el carismático Optimus Prime en una nueva carrera por la subsistencia.

    Esta vez la batalla no se reduce a un enfrentamiento entre los Autobots y los Decepticons, sino que tiene también a unos sádicos agentes de la CIA manejados por Kelsey Grammer, que se dedican a aniquilar mediante operaciones encubiertas a los queribles Autobots. Cuentan con la ayuda de Joshua Joyce (Stanley Tucci), un millonario experto en desarrollo tecnológico que utiliza el ADN del decapitado Megatron (visto en los films previos) para desarrollar una nueva "raza" de depredadores al servicio de los humanos.

    Si bien Bay nunca se preocupó demasiado por la coherencia de sus relatos, en el caso de La era de la extinción llama la atención la acumulación de arbitrariedades y caprichos en una trama que se alarga a partir de múltiples derivaciones que no tienen demasiado sentido ni justificación.

    Ni siquiera los críticos que adhieren al denominado vulgar auteurism, una reivindicación de los "autores vulgares" que tiene a Bay como uno de sus estandartes, han podido rescatar un film que es, antes que nada, una excelente jugada de marketing: desde la venta del merchandising (a los juguetes de Hasbro que originaron la franquicia se suman ahora los Dinobots, que parecen surgidos de la saga de Jurassic Park) hasta la expansión al mercado chino (el film ya es el más visto de la historia en ese país y supera en ingresos a lo recaudado en los Estados Unidos).

    Para eso, Bay y su equipo decidieron ambientar la última media hora del film en China (especialmente en Hong Kong) con la presencia de un par de personajes "atractivos" de ese origen y sin que aparezca allí ningún malvado que entorpezca el plan de seducción hacia el masivo público de la nueva meca del cine.

    Ya no están Megan Fox ni Rosie Huntington-Whiteley, pero Bay -al que poco parecen importarle sus intérpretes- se obsesiona a pura perversión con filmar las piernas de la rubia Peltz, mientras se regodea también con su habitual misoginia y con el machismo del padre sobreprotector de Wahlberg. Llena de desniveles narrativos y resoluciones ridículas, La era de la extinción apela siempre a una fuga hacia adelante. Todo aquí es más grande, más largo, más ruidoso, más espectacular. Así, entre tantos estímulos adrenalínicos y testosterónicos, poco importa la credibilidad o la empatía. El impacto antes que la emoción.
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  • AB
    AB
    Otros Cines
    Surgido de una de las iniciativas de coproducción del festival CPH:DOX, este film codirigido por el prolífico Iván Fund y el danés Andreas Koefoed narra la historia de Arita y Belencha, dos jóvenes de pueblo que comparten una intensa amistad (y, por lo tanto, también celos y tensiones cruzadas). En medio de la dinámica algo gris y chata del lugar, la tentación de viajar a Buenos Aires resulta casi inevitable.

    Los realizadores encuentran un insólito eje narrativo (digno de las "historias mínimas" a-la-Sorín) cuando su perra tiene siete cachorritos y no les queda otra que recorrer la zona y ofrecerlos uno por uno para su adopción. En esas caminatas se irán topando con entrañables y -en algún que otro caso- patéticos vecinos.

    Esa primera parte de unos 45 minutos (titulada "A", por Arita) es bastante clásica e indudablemente simpática. En la segunda (se llama "B", por Belencha), que dura apenas un cuarto de hora, la cosa cambia: se vuelve menos "narrativa" y -en una verdadera rareza para el cine independiente argentino- está filmada en 3D, aunque esa decisión poco aporta en términos artísticos.

    Película pequeña en todo sentido (lo de pequeño no es aquí peyorativo), AB resulta una vuelta de tuerca más para la carrera de un Iván Fund (aquí trabajando otra vez a cuatro manos) que sigue buscando, indagando, experimentando con los contenidos y las formas. En este sentido, sin ser un film de gran alcance, surge sí como un claro paso adelante.
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  • Bañeros 4: Los rompeolas
    Pasajeros de una pesadilla (El regreso de los muertos vivos)

    La saga integrada por Los bañeros más locos del mundo (1987), Bañeros II, la playa loca (1989) y Bañeros III, todopoderosos (2006), las dos primeras entregas dirigidas por Carlos Galettini y la tercera, por Rodolfo Ledo, generó un sorprendente éxito comercial y hasta se convirtió con el tiempo en objeto de culto por parte de ese sector de la cinefilia siempre dispuesto a exaltar el cine clase B más berreta.

    A 27 años del estreno de la película original y a 8 de la última, llega Bañeros 4: Los rompeolas, otra vez con Ledo al frente, y el resultado (en todos los sentidos, rubros y ámbitos) no podría ser peor. Un subproducto hecho a las apuradas, con desgano, con piloto automático, con chivos horribles, sin rigor, sin gracia (ni media sonrisa genera) y que, en definitiva, termina siendo una burla al espectador que paga la entrada.

    No tiene sentido explicar uno por uno los errores (horrores) de Bañeros 4, que incluyen desde las más básicas cuestiones narrativas (ni siquiera se respeta el eje de cámara o se cuida mínimamente la continuidad) hasta actuaciones dejadas a su suerte (léase gesticulaciones desmedidas, gritos y diversión fingida) por un no-guión con una pseudo trama policial sobre un mafioso que quiere quedarse con los terrenos y el balneario del Aquarium (los animales marinos son lo “mejor” del film).

    Nada en Bañeros 4 funciona: ni el humor físico (el peor slapstick que pueda imaginarse queda lejos de la torpeza de esta realización) ni la vulgaridad ni la misoginia de un film en el que Karina Jelinek y Luciana Salazar sólo están en cuadro para exhibir sus curvas y Fátima Flórez, para ofrecer imitaciones a Moria Casán, Susana Giménez (también aparecen, no se sabe por qué, émulos de Jorge Lanata y Juan Román Riquelme).

    Todo es tan feo y tan descuidado que quienes asistimos a la privada de prensa no podíamos creer lo que veíamos. Cruzábamos miradas para preguntarnos si en verdad no se trataba de una pesadilla porque eso que estaba en pantalla no podía ser verdad.

    Pero es verdad: el cine argentino vuelve, así, a los peores momentos del cine ochentista. Una pena inmensa porque justamente uno de los hechos más destacados de los últimos años fue que la producción industrial de nuestro sector audiovisual había alcanzado un estándar de calidad y solidez incuestionable. Bañeros 4, con su absoluta desprolijidad, su vulgaridad, su carencia de ideas, su nula capacidad de sorpresa, nos remite a los peores fantasmas, nos retrotrae a los momentos más oscuros de una historia que ya creíamos enterrada. El regreso de los muertos vivos.
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  • Mi gran oportunidad
    Con tragicomedias como El diablo viste a la moda, Marley y yo y ¿Qué voy a hacer con mi marido?, David Frankel se convirtió en uno de los directores más exitosos de la última década en Hollywood. Por eso, el estreno de su más reciente largometraje generaba una inevitable curiosidad. El resultado, sin ser vergonzoso, esta vez es un poco decepcionante.

    Basada en la historia real de Paul Potts, un muchacho tímido, obeso y poco agraciado que se convirtió en celebridad tras ganar la primera edición del reality show televisivo Britain's Got Talent, Mi gran oportunidad arranca como una de esas simpáticas comedias populares inglesas como Tocando el viento, Billy Elliot o Todo o nada: The Full Monty para luego derivar hacia una trama demasiado superficial, subrayada y previsible con enredos musicales y románticos (incluso hay varias secuencias ambientadas a puro pintoresquismo en la hermosa ciudad de Venecia) en un crowd-pleaser que luce demasiado calculado.

    El antihéroe del film es el mencionado Paul (James Corden), empleado de un negocio de venta de teléfonos celulares. Cantante amateur de ópera, ha sido desde siempre objeto de burlas (y hasta de violentos casos de bullying) por parte de compañeros y vecinos. Hasta su padre (Colm Meany), trabajador de la industria del acero, lo subestima e intenta reprimir todo el tiempo su veta artística. A pesar del apoyo de su madre (Julie Walters) y de la mejora en su autoestima cuando se pone por primera vez de novio con una chica de un pueblo vecino (Alexandra Roach) y obtiene una beca en Italia, las cosas no resultarán nada fáciles para este joven de clase media baja en el universo de la alta cultura.

    En esta película sobre las segundas oportunidades, sobre la fuerza de voluntad y la redención, se aprecia muy poco de la acidez, la ironía, la negrura, la sensibilidad y la mirada punzante que caracterizaron hasta ahora al cine de Frankel. El realizador apostó aquí por un relato más clásico y emotivo, pero nunca logra trascender el marco de la corrección política y de las buenas intenciones. Habrá que esperar, entonces, a sus próximos proyectos para ver si recupera sus mejores atributos.
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  • El inventor de juegos
    Al igual que la reciente Amapola, de Eugenio Zanetti, El inventor de juegos resulta otra clara muestra de un cine argentino que intenta ampliar mercados a partir de importantes coproducciones que incluyen la participación de reconocidos intérpretes extranjeros y la posibilidad de contar con un importante despliegue de recursos.

    Basada en la exitosa novela de Pablo de Santis, esta película coescrita y dirigida por Juan Pablo Buscarini (El arca, El ratón Pérez) apunta a un público preadolescente, aunque con una historia de aventuras fantásticas capaz de seducir también a esos adultos que acompañarán a las salas a niños de entre 8 y 13 años (su target principal).

    Hablada en inglés (y con un doblaje al castellano no del todo convincente), la película está dividida en cuatro grandes partes (la vida en familia del niño inventor, su paso por un rígido colegio pupilo tras la desaparición de sus padres, una breve convivencia con su abuelo y las desventuras en una corporación dedicada a la creación de juegos liderada por el malvado Morodian, que interpreta Joseph Fiennes), aunque por momentos las transiciones entre una y otra parecen un poco abruptas y forzadas.

    El film regala un bello diseño de producción (desde la dirección de arte, con un imponente trabajo escenográfico, hasta el aprovechamiento de locaciones como La República de los Niños) y una cuidada fotografía del alemán Roman Osin (Orgullo y prejuicio) que en algunos pasajes se ve empañada por algunos desajustes en la conversión a 3D.

    Si en términos visuales El inventor de juegos se ubica entre lo más ambicioso y fascinante que el cine argentino ha conseguido en el terreno infanto-juvenil, a nivel narrativo la película no alcanza la fluidez y la seducción como para convertirse en un entretenimiento del todo incuestionable. Más allá de que hay unos cuantos pasajes atractivos y entretenidos (incluso con algunos momentos de logrado lirismo), el film por momentos luce algo frío y mecánico. Así, sus casi dos horas resultan un poco extensas y, por lo tanto, la atención del espectador se resiente.

    Con elementos que remiten a la filmografía de Tim Burton (sobre todo a Charlie y la fábrica de chocolate y El gran pez) y a la saga de Harry Potter, esta transposición de El inventor de juegos es, más allá de sus apuntados desniveles, una digna apuesta al cine de entretenimiento familiar.
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  • Oldboy: Días de venganza
    ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

    Cuando se anunció hace ya varios años que se haría una remake norteamericana de Oldboy, la gema dirigida en 2003 por el coreano Park Chan-wook a partir del manga de Garon Tsuchiya y Nobuaki Minegishi que sacudió al Festival de Cannes, no pocos se preguntaron (nos preguntamos): ¿Por qué? ¿Para qué? Muchos realizadores (incluido Steven Spielberg) coquetearon con el proyecto hasta que finalmente fue Spike Lee -quien no atraviesa precisamente por el mejor momento de su carrera- el que dirigió a Josh Brolin en este thriller psicológico (paranoico) sobre la culpa y la venganza.

    Las peores presunciones se confirman, lamentablemente, con sólo ver unas pocas imágenes del film: Spike Lee jamás encuentra el rumbo para la historia de un antihéroe… sin rumbo. Brolin (generalmente un buen actor) interpreta con no poca exageración a Joe Doucett, un ejecutivo de una agencia de publicidad, padre ausente, alcohólico, agresivo y perverso que, tras una noche de furia en 1993, termina encerrado en una misteriosa prisión privada durante ¡20 años! Cuando sale en libertad, intentará desvelar qué pasó, quién fue el responsable y, claro, vengarse de semejante humillación. En su camino aparecen una dulce trabajadora social llamada Marie (Elizabeth Olsen) y dos malvados risibles (Samuel L. Jackson y Sharlto Copley), y -así- las cosas se complicarán aún más (en todo sentido).

    Si la Oldboy original conseguía una extraña mezcla de ferocidad (sadismo) y lirismo con una puesta en escena subyugante plena de maestría, lo de Spike Lee es -en cambio- una narración bastante elemental y de vuelo bajo para una historia confusa y sin demasiados matices. Poco favorecida en la inevitable comparación, esta Oldboy made-in-Hollywood no resiste el análisis ni siquiera como película autónoma. Es una propuesta menor (mecánica, hueca, efímera e intrascendente) que quedará rápidamente sepultada por el olvido ante la imponente sombra de su predecesora.
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  • Amar es bendito
    Amar es bendito
    Otros Cines
    Los vericuetos del deseo femenino

    En su tercer largometraje después de Por sus propios ojos (2008) y Lengua materna (2010), la cordobesa Paolinelli describe la crisis que se desata en una pareja de lesbianas (Mecha y Ofelia) que lleva siete años junta cuando una de las dos confiesa una infidelidad. La presencia de una tercera (Ana Laura) derrumba la aparente solidez del vínculo y allí es donde empiezan a surgir -cual efecto bola de nieve- rencores, resentimientos, despechos, fantasías y revanchas (¿venganzas?) que llevan a los personajes (cuatro en total, porque también aparece un hombre violento y abusivo) a vivir situaciones cada vez más extremas.

    Por su temática, por su narración y hasta por su tono, Amar es bendito es un film difícil y provocador. No es que pretenda ser un trabajo intelectual o su estructura sea impenetrable para el espectador común (tiene incluso varios momentos logrados de humor), pero la guionista y realizadora apela a actuaciones, diálogos y situaciones bastante oscuras, inquietantes y asfixiantes que lo alejan del realismo y que hasta pueden resultar un poco chocantes.

    Hay ciertos parlamentos y algunos aspectos de las interpretaciones que me resultaron un poco forzados y antinaturales, pero aun cuando me costó creerme del todo los vericuetos, derivaciones y alcances de la trama reconozco la convicción y la audacia (la narración bordea lo policial, lo fantástico y regala incluso una coda musical) que hay en Amar es bendito, película que ratifica a la prolífica Paolinelli como una de las directoras más sensibles -sobre todo en su exploración del deseo femenino- del panorama actual.
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  • El rostro
    El rostro
    Otros Cines
    Cuando el cine juega a la poesía

    Contar la trama (la anécdota) de El rostro sería reducir los alcances del cine de Gustavo Fontán en general y de este film en particular. Si bien podría decirse que es uno de los films más “narrativos” o “ficcionalizados” de su carrera, eso no significa demasiado: el talentoso director no busca contarnos una historia en términos clásicos o convencionales sino que sigue explorando -con absoluta coherencia y consecuencia- ese universo inasible conformado por los climas, las atmósferas, los estados de ánimo, los sentimientos y -por qué no- el lirismo que puede conseguirse en el arte cinematográfico.

    Es probable que una propuesta tan abstracta genere no pocos rechazos en cierto público que necesita explicaciones concretas, que no tenga paciencia para sostener al tempo cinematográfico que propone Fontán, pero si el espectador logra ingresar a y conectar con ese universo la experiencia puede llegar a fascinarlo. En ese sentido, El rostro es una de las películas más logradas y exquisitas de su filmografía.

    Un hombre llega navegando a una isla en el Delta del Paraná y, ya en ese destino, comenzará a relacionarse con otros personajes (pescadores de rostros curtidos, mujeres y niños) y, también, con esa naturaleza avasallante de la zona (animales, árboles y, por sobre todo, el majestuoso río).

    Fontán es un verdadero artesano y poeta del cine y, para esta nueva y siempre melancólica apuesta, trabaja el blanco y negro en diferentes formatos de registro (desde el Súper 8 hasta el 16mm, pasando por el video), sin diálogos y con un sonido asincrónico que generan extrañas sensaciones a la hora de explorar el pasado y el presente de unos personajes y de su lugar en el mundo. Una experiencia infrecuente. Y muy recomendable.
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  • Transcendence: Identidad virtual
    Considerado como uno de los directores de fotografía más talentosos de Hollywood a partir de sus trabajos para Christopher Nolan, Wally Pfister debuta en la realización con una película que comparte ambiciones con, por ejemplo, El origen, pero cuyo resultado final queda a años luz de la maestría del cine de su mentor.

    No es que este guión escrito por el debutante Jack Paglen carezca de ideas provocadoras. El problema es que, a nivel narrativo, Pfister se queda muchas veces en la superficie a la hora de exponer cuestiones económicas, políticas y, sobre todo, éticas ligadas al irrefrenable avance de la ciencia y los riesgos de su aprovechamiento en términos personales y no en beneficio de las mayorías.

    El tema de las computadoras y robots inteligentes, que sienten, que tienen conciencia e interactúan con los humanos no es nuevo: desde 2001, odisea del espacio hasta la reciente Ella, pasando por Star Trek, hay decenas de ejemplos. Pfister y Paglen parecen haber visto esos y otros films y haber leído a Isaac Asimov, Philip K. Dick y William Gibson (también hay algo de la figura de Frankenstein) a la hora de elaborar Transcendence.

    ¿Puede un científico lograr a una suerte de inmortalidad por vía de la tecnología? ¿Puede un genio de la tecnología reencarnarse y convertirse en una suerte de dios todopoderoso y manipulador? Esos son algunos de los interrogantes que plantea -entre elementos de inteligencia artificial, juegos de realidad virtual con hologramas y una apuesta demasiado solemne y pretenciosa- esta película apocalíptica y paranoica de Pfister.

    El film arranca con la presentación de los tres protagonistas: Will Caster (Johnny Depp) y su esposa y colaboradora Evelyn (Rebecca Hall) son los máximos referentes de la comunidad científica más experimental. El mejor amigo que tienen es Max Waters (Paul Bettany), un experto en neurobiología que funciona además como narrador de la historia.

    No contento con la veta tecnológica, Pfister le agrega una subtrama romántica y aspectos propios del thriller, que incluyen a unos extremistas neoluditas (liderados por el personaje de Kate Mara) que se oponen con métodos violentos a los científicos, a un veterano experto interpretado por Morgan Freeman y a un agente del FBI (Cillian Murphy) que investiga tanto al grupo terrorista como a las actividades de Will.

    Son demasiadas aristas para una película que regala un virtuoso despliegue de efectos visuales, pero que se torna demasiado grave, ampulosa y derivativa. Tras una primera mitad que prometía varias cuestiones inquietantes sobre el fanatismo y la omnipotencia, termina apelando casi siempre al trazo grueso y al diálogo didáctico. Promesas incumplidas y, por lo tanto, un resultado frustrante.
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  • Ismael
    Ismael
    La Nación
    Marcelo Piñeyro, el director más exitoso del cine argentino de los años 90 con films como Tango feroz, Caballos salvajes y Cenizas del paraíso, desarrolló en la última década una carrera que penduló entre proyectos locales (Kamchatka, La viuda de los jueves) e incursiones en España. Allí, donde en 2005 ya había rodado El método, regresó para concretar Ismael, película que coescribió con su habitual guionista Marcelo Figueras.

    El film arranca con Ismael (Larsson do Amaral), un niño negro de ocho años, abordando solo en Madrid un tren rumbo a Barcelona. Tras múltiples promesas incumplidas por su madre Alika (Ella Kweku), de origen nigeriano, él ha decidido escaparse del hogar que comparte con ella y con su padrastro Eduardo (Juan Diego Botto) para ir en busca de su padre de sangre, Félix (Mario Casas), un maestro de escuela secundaria al que nunca conoció. Con una carta como única pista, se topará en un departamento con Nora (Belén Rueda), que no es otra que su abuela y dueña de un distinguido restaurante. Más allá de la sorpresa (incredulidad) inicial, ella recibirá y ayudará al pequeño.

    Las cosas, por supuesto, no serán sencillas para ninguno de los personajes (todos cargan traumas, sentimientos de culpa, rencores, secretos y torpezas varias) en un film coral que habla de los prejuicios, pero también de la posibilidad de la redención.

    Historia sobre una España multicultural y multirracial castigada por la crisis y la represión, sobre familias desmembradas y personas heridas en más de un sentido, Ismael es una película hecha a corazón abierto. Por momentos, resulta demasiado recargada, morosa y explícita en algunos diálogos confesionales. Allí está, por ejemplo, un niño protagonista que parece mucho más maduro que los adultos, viñetas superficiales sobre la dura convivencia en un colegio secundario o el personaje de un amigo de Félix interpretado por Sergi López, que se convierte en el comic-relief del relato mientras trata de seducir a Nora en una subtrama que termina por eclipsar al que aparecía como principal eje dramático del largometraje.

    Con una sobria puesta en escena que elude los golpes bajos y el aporte de sólidas actuaciones, Piñeyro consigue un film honesto y sensible -tiene algo de Martín (Hache), de Adolfo Aristarain-, que describe desde muy diversos puntos de vista las muchas veces conflictivas relaciones entre padres e hijos. De lo macro a lo micro, de lo social a lo íntimo, resulta una película que invita tanto a la reflexión como a la emoción.
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  • Bajo la misma estrella
    Contra todos los prejuicios

    Si a alguien le propusieran ver “una historia de amor entre una adolescente con un cáncer de tiroides fase IV que se ha expandido a los pulmones y un muchacho de 18 años que ha perdido su pierna derecha a raíz de un Osteosarcoma” muy probablemente lo primero que sentiría es un fuerte rechazo.

    No es la primera vez que el cine y la TV se atreven con el tema del cáncer (allí están desde 50/50 hasta The Big C), pero en este caso estamos hablando de una producción de Hollywood, de “la” estrella del momento (Shailene Woodley, la revelación de Los descendientes y estrella de Divergente, muy bien acompañada por Ansel Elgort) y de uno de los más exitosos best sellers de los últimos tiempos (la novela de John Green).

    El resultado, contra todos los prejuicios (incluidos, reconozco, los míos) es bastante digno ¿Estamos ante una película audaz, novedosa, arriesgada, sorprendente? No… y sí. Tiene sus momentos ridículos, sus golpes bajos, sus excesos edulcorados (como los aplausos de los turistas cuando ellos se besan en la casa de Anna Frank), su pintoresquismo cuando los protagonistas se pasean por Amsterdam y miles de posibles reparos. Pero, al mismo tiempo, es una película digna, auténtica, sentida, cristalina, de esas que no esconden ni su costado cursi ni su búsqueda de emocionar y concientizar. Un tearjerker en todo su esplendor… (y con varios momentos divertidos).

    El cinéfilo más purista, el espectador más escéptico, seguramente odiará muchos pasajes del film (hay varios colegas que huyeron en la mitad de la proyección), se sonrojará viendo a los “lynchianos” Willem Dafoe y Laura Dern trabajando en un producto de este tenor, pero Bajo la misma estrella es una historia de amor hecha y derecha, que al mismo tiempo nunca banaliza los alcances y los efectos de las enfermedades de sus personajes principales (hay una sucesión de radiaciones, quimioterapias, resonancias magnéticas, cirugías, tubos de oxígeno y todo tipo de medicamentos).

    La voz en off nos advierte en el comienzo de que estamos ante “una historia triste” que no será “suavizada como en las películas”. Es cierto que esa voice-over recurrente en algún lugar funciona como elemento tranquilizador, pero no molesta dentro de un film sintoniza a la perfección con ciertos sentimientos que afloran en los chicos de hoy como la necesidad de ser reconocidos, a no ser olvidados, a refugiarse y sentirse contenidos entre sus pares.

    Es cierto que, en ese sentido, esta comedia romántica (y oncológica) tiene algo de manual de autoayuda, pero aun con sus excesos lacrimógenos, su profusión de baladas desgarradoras y sus frases de poster (el “pequeño infinito” al que se alude en la relación entre sus dos héroes), Bajo la misma estrella nunca deja de ser genuina, potente y emotiva. A dejar, pues, el cinismo de lado. Al menos por esta vez.
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  • Jersey Boys: Persiguiendo la música
    La canción sigue siendo la misma

    A los 84 años, Clint Eastwood ya ha hecho casi de todo como actor y director. Entre las pocas cosas que le faltaban concretar detrás de cámara figuraba un musical (El guerrero solitario y Bird no califican en el rubro). Finalmente, llenó incluso ese casillero pendiente con esta transposición de uno de los shows de Broadway más exitosos y longevos (casi una década en cartel) basado en la historia real de Frankie Valli y los Four Seasons. Y, aunque no estamos ante uno de los mejores exponentes de su filmografía ni tampoco frente a una propuesta que vaya a conmover a los cultores de este género clásico, se trata de un largometraje amable y honesto, trabajado con ese estilo quizás a esta altura old-fashioned pero siempre bienvenido, con ese medio tono que caracteriza al querido Clint.

    Si bien tiene una coda que incluye el momento en que los Four Season son incorporados al Salón de la Fama del Rock en 1990, el film arranca en 1951 y recorre desde la formación de la banda hasta su ascenso a la fama y su repentina disolución, que desembocó en una larga carrera solista de Valli, un cantante que se hizo popular entre los jóvenes con su falsetes en temas como Sherry, Big Girls Don't Cry, Walk Like a Man, I've Got You Under My Skin, Grease y Can't Take My Eyes Off You.

    El inicio de Jersey Boys remite al cine de Martin Scorsese con esa pintura de la comunidad italiana en Nueva York (en este caso de Belleville, Nueva Jersey), con sus mafiosos (está muy bien Christopher Walken como el principal gangster local) y sus delincuentes de poca monta. A uno de ellos, Tommy DeVito (Vincent Piazza), se le ocurre -mientras entra y sale de la cárcel- formar un grupo y convoca a su amigo Frankie Valli (John Lloyd Young) para que se sume como cantante principal. Es el inicio de un largo y bastante tortuoso camino que incluirá conflictos con managers, productores musicales, prestamistas y -claro- familiares.

    El film no es particularmente gracioso (aunque Eastwood se permite incluir unas imágenes suyas de Rawhide, la serie que lo lanzó a la fama a fines de los años ’50), la estructura a-la-Rashomon que incluye constantes cambios en la narración en off con miradas a cámara a-la-House-of-Cards no aporta gran cosa, las escenas musicales no son demasiado inspiradas (la mejor es la que acompaña los créditos finales con todo el equipo participando de una coreografía), los conflictos dramáticos son muy básicos (nada que no se haya visto en La Bamba, The Commitments: Camino a la fama, etc.) y, sin embargo, Jersey Boys no… desentona. Es allí donde aparece Eastwood para moldear un material decididamente ajeno (en todo sentido) a su gusto, con su rigor, con esa sabiduría y ese aplomo que lo han convertido en el último reservorio del clasicismo hollywoodense. Sólo por eso ya vale la pena acercarse a este film noble y menor del viejo maestro.
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  • Pasión inocente
    Pasión inocente
    Otros Cines
    La inglesita me vuelve loco...

    Sophie (Felicity Jones) es una estudiante inglesa que llega por seis meses a partir de un programa de intercambio a la casona de una familia ubicada en los suburbios acomodados de Nueva York. Allí se encontrará con el patriarca Keith (Guy Pearce), un músico frustrado devenido maestro, su esposa Megan (Amy Ryan) y su hija adolescente Lauren (Mackenzie Davis). Desde los primeras miradas cruzadas podemos adivinar que entre Sophie y Keith pasa algo, una atracción mutua, una tensión creciente, una seducción inevitable.

    Hemos visto (y seguramente veremos) decenas, miles de películas sobre adulterios, sobre la relación entre un hombre adulto con su vida "hecha" y una muchacha atractiva que le mueve el piso, que lo lleva a replantearse todo, que le despierta fantasías de escaparse y reiniciar otra vida. En ese sentido, este film de Drake Doremus (el mismo de Like Crazy, también con la hoy tan de moda Felicity Jones) no propone nada demasiado novedoso.

    Sin embargo, Pasión inocente resulta una película medianamente valiosa no tanto por lo que es sino por lo que no es. Es un film cuidado, riguroso, austero, recatado, de esos que no caen en todas las trampas que aparecen tan a la vista. El largometraje (más allá de ese pianito que se escucha siempre de fondo) no es grasa, no cae en la perversión barata y expone el punto de vista de cada uno de los personajes con dignidad, sin caer en los estereotipos. Las viñetas de la vida escolar (Keith es docente de música en la misma institución donde Sophie y Lauren estudian) y la comunidad pueblerina ayudan a moldear un universo que resulta creíble y, por momentos, atrapante (hay algo de thriller en la construcción narrativa). Se trata de una película pequeña en ambiciones y alcances, pero hecha con nobleza. Es más de los que muchos "grandes" films nos regalan por estos tiempos.
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  • Cómo entrenar a tu dragón 2
    Cuatro años después de la muy atractiva y exitosa historia de vikingos y dragones llega una segunda entrega también inspirada en los personajes creados por la escritora británica Cressida Cowell que resulta incluso superior a la original.

    Que el trabajo de animación y el despliegue visual de esta producción de DreamWorks sean prodigiosos puede no sorprender demasiado, porque esos logros ya estaban presentes en la primera película (aunque cuatro años en la industria de Hollywood es mucho tiempo como para seguir mejorando las condiciones técnicas e incrementando las posibilidades artísticas), pero lo que sí llama la atención de esta secuela es que ha podido profundizar los conflictos de los personajes (hasta llevarlos a extremos bastante oscuros) sin por eso descuidar la veta humorística ni mucho menos el sentido de la aventura épica que sobrevuela todo el relato.

    Han transcurrido cinco años desde la historia anterior y la isla donde se asienta el pueblo vikingo se ha convertido en un paraíso para los dragones, que han encontrado allí refugio y cuidados múltiples. Entre carreras que apasionan a los habitantes y las actividades cotidianas, el veterano rey Estoico tiene decidido traspasar el trono a su hijo Hiccup, un joven con algunos problemas de autoestima que no tiene demasiadas ganas de asumir responsabilidades y prefiere vagar por el mundo. En uno de sus tantos viajes -siempre acompañado por la bella Astrid- descubrirá que hay otras sociedades y no pocas amenazas, sobre todo en el caso de Drago, un despiadado pirata que domina a todos los dragones a partir del control que sobre ellos ejerce un ejemplar gigantesco que parece salido de las películas del magistral animador japonés Hayao Miyazaki.

    El guionista y director Dean DeBlois (que ya había tenido una participación decisiva en el primer largometraje) sabe cómo dosificar las espectaculares secuencias de batallas y las vertiginosas escenas de vuelos (aprovechando en este caso todas las posibilidades de las imágenes en 3D) con la constante tensión padre-hijo, las subtramas románticas, las situaciones humorísticas y los elementos más fantásticos, espirituales y líricos de la propuesta que están ligados con las tradiciones y leyendas del lugar.

    Una de esas películas que logran la proeza de sostener con inteligencia y convicción muy diversos niveles de lectura y elementos que resultan atractivos para niños, adolescentes y adultos.
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  • Cae la noche en Bucarest
    A filmar que se acaba el cine

    No apto para cultores del “en esta película no pasa nada”, el tercer largometraje del notable director de Bucarest 12:08 (2006) y Policía, adjetivo (2009) es una carta de amor al cine y a una mujer (una actriz), un ensayo sobre la neurosis de un director y sobre las inseguridades propias de todo proceso creativo.

    Con ese rigor, experimentalidad y virtuosismo (que jamás cae en el regodeo) tan propios del nuevo cine rumano, Cae la noche en Bucarest está construida en apenas17 planos-secuencia que suman 89 minutos con largos diálogos entre los dos protagonistas (el realizador y su amante/musa inspiradora), aunque en algunos pasajes aparecen también un par de personajes secundarios (la productora del film que se está rodando y otro director).

    A Paul (Bogdan Dumitrache) le quedan dos semanas de rodaje y se siente insatisfecho con el material conseguido hasta el momento. Mantiene un affaire con Alina (Diana Avramut), una actriz secundaria que -a medida que avanza la relación afectiva- va ganando espacio en la trama de ficción. El la quiere filmar desnuda, pero ella no está convencida de que “esté justificado”.

    Paul es un fumador empedernido, alguien que come y bebe (alcohol, café) en demasía y, para colmo, a sus excesos le agrega una faceta hipocondríaca: cree estar somatizando en su cuerpo los conflictos mentales que le genera la producción y está convencido de tener una úlcera, aunque según el diagnóstico lo suyo es apenas una gastritis.

    En las largas y fascinantes escenas del film (varias de ellas trabajadas con planos fijos o dentro de un auto), este ser bastante egocéntrico, autoritario, inmaduro, mentiroso y manipulador expone su visión sobre el cine (la muerte del fílmico, el imperio del digital y los cambios en el concepto de lo que fue, es y será una película) o su obsesiva búsqueda de la credibilidad y el naturalismo en su obra, aunque también se sumerge en otras cuestiones como las diferencias entre la cocina oriental y la occidental o cómo sería vivir en Francia.

    No es difícil ver en Paul una suerte de alter-ego del propio Porumboiu, pero lo que en principio parecía servido para un ego-trip, una mirada nostálgica, autoindulgente y narcisista se convierte gracias a la capacidad irónica y la austeridad del director en un film tan inteligente como incómodo a la vez, que excede el mero marco del cine-dentro-del-cine y que se sostiene con las herramientas más puras de la narración.

    Una oda cinéfila (hay citas explícitas a Michelangelo Antonioni pero con irrupciones absurdas que remiten sobre todo a los films de Hong Sang-soo) sin artificios (mucha luz natural, no hay música que distraiga o subraye emociones) y con mucha sensibilidad, creatividad y talento.


    Aquí se puede leer una nota sobre este y otro reciente film de Porumboiu, The Second Game, exhibidos durante el último BAFICI.
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  • Buenos vecinos
    Buenos vecinos
    Otros Cines
    Son como niños (y con niños)

    Figura clave de la segunda ¿o tercera? camada de la denominada Nueva Comedia Americana, Nicholas Stoller fue otro descubrimiento de la factoría de Judd Apatow, ese Rey Midas que suele bendecir y lanzar a tantos realizadores e intérpretes para luego dejarlos en libertad de acción para que desarrollen de forma independiente sus carreras. Pese a los múltiples elogios recibidos, ninguno de los tres largometrajes previos de Stoller (tiene también un telefilm) se estrenaron en los cines argentinos, aunque sí llegaron con no poca demora al DVD (y, claro, circularon por todas partes en la web) con curiosos -por decir algo- títulos locales: Cómo sobrevivir a mi novia/Forgetting Sarah Marshall (2008), ¿Cómo sobrevivir a un rockero?/Get Him to the Greek (2010) y Eternamente comprometidos/The Five-Year Engagement (2012).

    Así como para dos de sus films apelaron al “Cómo sobrevivir a…”, en este caso bien podrían haberlo titulado “Cómo sobrevivir a los vecinos”, pero finalmente quedó el Buenos vecinos (el original es el aún más simple Neighbors).

    Mac y Kelly (Seth Rogen y la australiana Rose Byrne) son una pareja que está tratando de poner fin al período de abstinencia sexual luego de haber tenido una beba. El tiene un trabajo que no le gusta, pero que les ha logrado conseguir un techo propio. Ambos desean regresar de a poco al mundo “real”, recuperar ciertos hábitos de cuando eran jóvenes solteros, pero el sentido de la responsabilidad y, sobre todo, el cansancio hacen que se sientan bastante frustrados. Más o menos las mismas problemáticas de cualquier matrimonio con hijo...

    Pero a los pocos minutos ven cómo la adorable pareja gay de la casa de al lado se muda y, en su lugar, llegan decenas de adolescentes que conforman una cofradía fiestera denominada Delta Psi Beta, una hermandad de muchachos cuya único objetivo en esa etapa de la vida parece ser la parranda eterna. Mac y Kelly intentan convivir con sus bulliciosos vecinos liderados por Teddy (Zac Efron) y Pete (Dave Franco), primero por las buenas y luego, por supuesto, por las no tan buenas, dando lugar así a una guerra que generará todo tipo de enredos, confabulaciones y víctimas de ambos bandos.

    La película no es particularmente sorprendente ni inspirada, pero sostiene durante casi toda su hora y media de duración una innegable e irresistible simpatía (salpimentada por algunas irrupciones de humor absurdo que sí tienen efecto hilarante).

    Aun en sus momentos más mediocres (cuando no logra trascender los estereotipos a-lo-Adam Sandler o apela a los viejos chistes escatológicos de siempre), Buenos vecinos nunca cae por debajo de una medianía muy llevadera. Y, cuando logra conectar con ese síntoma social de la angustia de hombres inmaduros incapaces de asumir responsabilidades y compromisos (el personaje de Rogen), se convierte en una mirada bastante punzante y descarnada. No es una gran película (ni pretende serlo), pero bien vale acercarse a este primer desembarco de Stoller y compañía en los cines argentinos.
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  • Un golpe de talento
    Noble entretenimiento

    En el mundillo de Hollywood se asegura que toda película debería poder sintetizarse con un breve concepto. En ese sentido, Un golpe de talento sería algo así como una mezcla de Jerry Maguire: amor y desafío con Slumdog Millionaire - ¿Quién quiere ser millonario? Es que esta nueva incursión de Disney en el universo de las películas deportivas describe las desventuras laborales y afectivas de un otrora exitoso y siempre ambicioso agente de estrellas (Jon Mad Men Hamm) y lo vincula con la historia real de unos ignotos jóvenes de la India que desembarcaron en la poderosa liga profesional de béisbol de los Estados Unidos.

    El guión del siempre eficiente Tom McCarthy (Visita inesperada, Up, una aventura de altura) dirigido con convicción (y sin miedo al ridículo) por Craig Gillespie (Lars y la chica real, Noche de miedo) tiene como protagonista a JB Bernstein, un representante californiano que se ha quedado sin clientes y se embarca en un proyecto insólito: organizar en distintas zonas de la India una suerte de reality televisivo llamado (como el film) Million Dollar Arm, con la idea de encontrar un par de lanzadores con capacidad suficiente como para triunfar en el béisbol norteamericano y, así, explotar un mercado masivo y virgen como el de ese país asiático. Las cosas, claro, no serán fáciles (la película aborda los choques culturales jugando muchas veces con los clichés y los estereotipos), sobre todo porque se encuentra con muchos más entusiastas del cricket que de la especialidad que él busca.

    Con financiamiento de un millonario chino (el film sintoniza con la creciente globalización incluso en los deportes más tradicionales de los estadounidenses), finalmente encuentra dos candidatos (Suraj Sharma y Madhur Mittal), que lo acompañarán a Los Ángeles para su entrenamiento y posterior presentación ante los buscadores de talentos de los principales equipos. Aquí entran en escena varios personajes secundarios que potencian la labor de Hamm. Por un lado, dos veteranos expertos del béisbol (Bill Paxton y el interminable Alan Alda); y, claro, la contraparte femenina para la inevitable subtrama romántica (una estudiante de medicina que subalquila un sector de su casa y pondrá en jaque el costado más machista de este solterón empedernido, interpretada con gracia por Lake Bell).

    Aun cuando pueda resultar un poco superficial y estereotipada (sobre todo cuando transcurre en la India y se excede en el pintoresquismo local o cuando quiere mostrar la inocencia de los queribles jugadores indios en la selva mediática norteamericana), Un golpe de talento resulta siempre disfrutable. Una película digna, noble, porque no esconde nada de su esencia ni se disfraza de algo que no es. Cine popular bien entendido (y realizado)
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  • El hombre duplicado
    Dobles, simetrías, opuestos..No es que el director canadiense Denis Villeneuve ofrezca aquí una clase matemática, pero esta muy libre transposición de la novela de José Saramago tiene una estructura (circular por un lado y dominada por triángulos y cruces, por el otro) que bien podría ser analizada a través de cuadros, gráficos y diagramas.

    El hombre duplicado bebe del cine de David Cronenberg, Brian De Palma y David Lynch, al trabajar no sólo el tema del doble sino también al apelar al erotismo y sumergirse en el terreno de las obsesiones más enfermizas, con una apuesta que por momentos se enfoca más en la construcción de climas y en exponer los vericuetos psicológicos de sus personajes que en desarrollar una trama más clásica, precisa y contundente.

    El film está diseñado para el lucimiento de Jake Gyllenhaal (que también trabajó con Villeneuve en la reciente La sospecha), quien interpreta a dos hombres de rostros y físicos idénticos, pero muy distintos entre sí en cuanto a su personalidad: Adam es un tímido e inestable profesor universitario de historia que mantiene una aburrida relación con su novia Mary (Mélanie Laurent); y Anthony, un impulsivo actor de poca monta cuya esposa, Helen (Sarah Gadon), está embarazada de seis meses.

    Cuando viendo un video Adam descubre la existencia de Anthony no puede contener la ansiedad de conocerlo. Lo que en principio era una simple curiosidad se convertirá luego en obsesión y no sólo de él sino mutua y con alcances inesperados, que incluirán también a sus respectivas parejas.

    El talentoso director de Incendies regala a pura estilización algunos pasajes sugerentes y enigmáticos, con no pocos toques de un voyeurismo perverso (el arranque remite a Ojos bien cerrados, de Stanley Kubrick). La película -que algunos podrán conectar desde lo cinematográfico, también, con Vértigo, del gran Alfred Hithcock, o con ese clásico literario sobre el desdoblamiento de personalidades que es Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson- no es todo lo concisa y seductora que podría esperarse, pero aun con sus desniveles resulta una propuesta poco convencional, que asume múltiples riesgos y que, por lo tanto, resulta bastante valiosa.
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  • Love punch
    Love punch
    Otros Cines
    Ladrones sin destino

    Las historias que combinan enredos románticos, comedia y robos con los glamorosas locaciones de la Costa Azul de fondo conforman una suerte de subgénero en la historia del cine. Love Punch se suma a la movida con pocas luces: un subproducto que dos estrellas como Pierce Brosnan y Emma Thompson intentan sostener aportando mucha más dignidad que el previsible guión y la torpe realización de Joel Hopkins.

    El film -que podría definirse como una mixtura entre Los enredos de Wanda y Para atrapar al ladrón, con múltiples referencias más en el medio- narra la historia de Richard (Brosnan) y Kate (Thompson), ex pareja con hijos ya grandes (una chica que se marcha a la universidad y un adolescente hacker) que volverá a unirse para hacerse pasar por un matrimonio de texanos y concretar el improbable robo de un collar de 10 millones de dólares durante una fastuosa boda en Cannes. La víctima es una hermosa joven (Louise Bourgoin) que está a punto de casarse con un cruel empresario (Laurent Lafitte), quien ha vaciado la compañía londinense en la que Richard se desempeñaba como ejecutivo (él y todos sus compañeros se quedaron sin trabajo y sin pensión). La idea, por supuesto, es vengarse del desalmado capitalista (el típico tiburón de las finanzas) porque, como sostiene el dicho, quien roba a un ladrón…

    Love Punch es de esas películas en las que se puede predecir la escena siguiente y, por supuesto, el desenlace. La creatividad y la capacidad de sorpresa no parecen ser el fuerte de Hopkins (el mismo de Tu última oportunidad, también con Emma Thompson). Hay muy pocos momentos de humor logrado (pese a los esfuerzos de Timothy Spall y Célia Imrie como el matrimonio de amigos que llega para ayudarlos en el robo), una mínima química romántica entre Brosnan y Thompson (más por carencias atribuibles al director que a ellos) y una sensación de fórmula, de narración fatigada y siempre atada a las fórmulas. Demasiado poco… punch.
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  • Ramón Ayala
    Ramón Ayala
    Otros Cines
    La fiesta de todos (los sentidos)

    Extraordinario fotógrafo y artista plástico, Marcos López debuta en la dirección con una película disfrutable de principio a fin, y bastante más compleja y arriesgada de lo que en apariencia es (un retrato del ya casi nonagenario y eximio cantautor, poeta y pintor misionero Ramón Ayala).

    Viniendo de López -dueño de una capacidad de observación, de una creatividad, de una estética y de una sensibilidad únicas-, se sabía que las imágenes iban a ser bellas (Marcos puede ir del pop a lo político, de lo sórdido a la alta cultura sin mayores esfuerzos), que cada detalle adquiriría una dimensión inusitada. Pero, ¿le alcanzaría ese background para hacer una buena película? El cine, se sabe, no es “sólo” una sumatoria de lindos planos sino algo bastante más complejo, más vasto. Y, en este sentido, López sale más que airoso del desafío.

    En Ramón Ayala conviven la biopic, la reivindicación desde los más diversos ámbitos y, claro, el tributo en vida. Se mixtura el documental clásico (testimonios a cámara de artistas como Juan Falú, el Tata Cedrón, Liliana Herrero o los Tonolec) con unas cuantas incursiones en la ficción (hay actores que interpretan a personajes que parecen de “la vida real”) y hasta se incluye un fragmento -bien utilizado- de Las aguas bajan turbias, de Hugo del Carril, para conectarlo con el tema El mensú.

    López consigue momentos de enorme fluidez y naturalidad, mientras que en otros apela a (y expone) el artificio. Esta multiplicidad de capas, de elementos, de recursos no siempre funciona con la misma eficacia, pero los pasajes en que la estructura se resiente y se percibe un poco forzada son breves y no demasiado esenciales.

    Y, para compensar cualquier desnivel o desajuste, allí está el carisma descomunal de Don Ramón, capaz de recitar, cantar a capella o acompañado por su guitarrón para que la película sea una verdadera fiesta para (todos) los sentidos.
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  • Amapola
    Amapola
    La Nación
    Amapola es la película de un eximio diseñador de producción, pero también el debut de un director sin experiencia. Ambos aspectos quedan plasmados de forma contundente (para bien y para mal) en los poco más de 80 minutos de un film deslumbrante en lo visual, pero fallido en cuanto a su fluidez narrativa y solidez actoral.

    El cordobés Eugenio Zanetti ganó el Oscar por su aporte a Restauración (1995) y fue nominado tres años después al mismo premio por Más allá de los sueños. Se trata, por lo tanto, de un artista de prestigio internacional, pero que debió luchar durante mucho tiempo para concretar en la Argentina su ópera prima como realizador. Y lo hizo finalmente a partir de un guión propio que recorre tres décadas (arranca con la muerte de Evita, en 1952; tiene su pico dramático durante el golpe militar de 1966, y cierra durante la guerra de Malvinas, en 1982) de la Argentina. De todas maneras, y más allá de ciertas alegorías políticas, Amapola no pretende ser un fresco histórico, sino una fábula, un tragicómico cuento de hadas, un musical con elementos fantásticos.

    El film está narrado desde el punto de vista de Ama (la californiana Camilla Belle, con serios inconvenientes para trabajar en castellano y mucho más suelta cuando tiene que afrontar diálogos en inglés), una niña que es testigo de los cambios que se producen en el Gran Hotel Amapola, ubicado en Tigre, a orillas del Paraná.

    La protagonista va y viene (se habla de que posee una percepción del tiempo y el espacio diferente del resto) para intentar cambiar los destinos del imponente lugar (abandonado a su suerte fruto de constantes desmanejos económicos), de sus parientes y hasta de su amante Luke (el galán canadiense François Arnaud), un desertor de Vietnam que viaja sacando fotos por el mundo.

    Más allá de la apuntada subtrama romántica, de las sucesivas internas familiares, de las múltiples secuencias musicales (coreografiadas por Ricky Pashkus) a puro mambo o de una puesta de la shakespeareana Sueño de una noche de verano que se hace en el lugar, el film luce bastante caótico y deshilachado, con un abuso de la omnipresente banda de sonido de Emilio Kauderer (como si el director no confiara en la posibilidad de generar climas y sensaciones sólo con las imágenes), con una utilización muchas veces torpe e innecesaria del montaje paralelo, con personajes secundarios que desfilan por la pantalla casi sin desarrollo, carnadura ni profundidad y, en muchos casos, con diálogos ampulosos y con llamativos desniveles interpretativos en un mar de sobreactuaciones.

    Está claro que Amapola está jugada siempre al artificio, pero incluso una propuesta de esta índole debe generar algún rasgo de identificación y empatía con el espectador que el film no logra. Queda, por lo tanto, admirar el aporte del director de fotografía suizo Ueli Steiger (habitual colaborador de Roland Emmerich), que utiliza sobre todo tonos sepias para dar una pátina nostálgica al relato, y el exquisito trabajo de dirección de arte, supervisado, por supuesto, por el propio Zanetti. Un gran despliegue de producción que enriquece la forma, pero que no alcanza a salvar el contenido.
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  • Tutti I Santi Giorni
    Hijos nuestros

    Este penúltimo largometraje de Paolo Virzì (su más reciente trabajo, Il capitale umano, ya fue adquirido también para su estreno comercial en la Argentina) aborda un tema que obsesiona a muchas parejas (el deseo de tener hijos), sobre todo cuando afrontan dificultades para que la mujer quede embarazada. La presión social (de amigos y familiares, sobre todo), el paso del tiempo que va amplificando los conflictos, los múltiples y muy diversos tratamientos… Todo eso está retratado en el film. Y, en ese sentido, puede verse a Tutti I Santi Giorni como una película que sintoniza con las angustias, temores, mandatos y prejuicios de estos tiempos.

    El film -más allá de que siempre está trabajado sobre contrastes bastante obvios como los de esta pareja de intelectuales sensibles vs. la italianidad al palo con su machismo y su brutalidad- arranca con algunos toques de comedia que la hacen fluir con cierta dignidad. El problema es que, cuando la pareja empieza a desbarrancar, la cosa se pone cada vez más solemne, sentimental y, para peor, moralista.

    Los protagonistas son Guido (Luca Marinelli), un muchacho tímido y culto (está fascinado por la cultura clásica y el latín) que trabaja como conserje nocturno en un hotel de lujo; y Antonia (la compositora y cantante Thony, que tiene algo de P.J. Harvey), una pasional mujer de 33 años que atiende de día al público en una oficina de alquiler de autos mientras intenta desarrollar una carrera musical. Ellos se ven poco, pero tienen química y se entienden bastante bien tras seis años de estar juntos. El problema, claro, es que no quedan embarazados, mientras a su alrededor todos empiezan a tener más y más niños.

    El director de la exitosa La prima cosa bella evita en un principio caer en el subrayado discursivo y logra de sus intérpretes (sobre todo de Thony en su debut absoluto en cine) buenas dosis de naturalidad y credibilidad. Pero con el correr del film -que nunca lograba superar una medianía amable- se torna insostenible y en ciertos momentos hasta irritante… Un parto.
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  • A million ways to die in the west
    A los tiros (y a los pedos)

    El creador de Family Guy y Ted redobla su apuesta por el humor absurdo y provocador, pero esta vez jugando con los clichés, estereotipos y códigos del western. El resultado, sin ser del todo decepcionante, tampoco deja demasiado margen para el entusiasmo. Hay, sí, un puñado (¿5? ¿10? ¿15 con toda la furia?) de gags y diálogos inspirados, pero que no alcanzan a disimular la sensación de comedia bastante esquemática, artificial y forzada.

    Los anacronismos, la fuerte carga escatológica y los chistes sexuales funcionan razonablemente bien durante los primeros minutos, pero luego MacFarlane parece quedarse sin ideas y, con el tanque ya vacío, apela una y otra vez a los mismos recursos para llenar las casi dos horas de película.

    Hay desde el trabajo fotográfico (el imponente desierto de Arizona) y musical algunos homenajes bastante logrados al más tradicional de los géneros del cine norteamericano, pero en el terreno de la parodia MacFarlane no llega a ser ni la mitad de un, digamos, Mel Brooks.

    A nivel actoral, lo de Farlane es aún peor: su Albert Stark, típico antihéroe, hombre racional y sensible en una época (1882) donde todo se resuelve a los golpes o a los tiros, resulta muy poco atractivo. Abandonado por su novia (Amanda Seyfried), que pronto encontrará refugio en el adinerado y bigotudo Foy (Neil Patrick Harris), Albert -patético pastor de ovejas- se topará luego con Anna (Charlize Theron), la esposa del sanguinario villano Clinch Leatherwood (el siempre convincente Liam Neeson). Todo queda servido, por lo tanto, para una serie de enredos románticos y violentos (con duelos incluidos).

    MacFarlane se da unos cuantos gustos: desde un simpático homenaje a Volver al futuro con el mismísimo Christopher Lloyd y otros cameos de figuras como Ewan McGregor, Jamie Foxx o Ryan Reynolds, entre otros. El resto pasa por situaciones demasiado obvias, torpes, previsibles, con un mar de eructos, pedos y diarreas. El más terrenal espíritu adolescente (tardío) llevado al ambiente del Viejo Oeste.
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  • I am mad
    I am mad
    Otros Cines
    Ensayo sobre la locura

    Este film reconstruye la tortuosa vida de Miguel Ángel Danna, un cuarentón que pasó buena parte de su vida en el seno de una secta liderada en Córdoba por un gurú misógino que combinaba para sus “guerreros” filosofía oriental y de las otras, un riguroso entrenamiento en artes marciales y neo-hippismo (con mucho sexo, por supuesto).

    Su historia personal (padre divorciado y sin trabajo), la de su multitudinaria y caótica familia (que incluyó la muerte en una piscina de una de sus hermanas siendo una niña) y la de esa comunidad espiritual plagada de excesos, abusos y manipulaciones le permiten al director de Tiempo muerto y Planetario trabajar el tema de la despersonalización y la locura.

    Con testimonios conmovedores, una puesta en escena con varios momentos "lisérgicos" y materiales reveladores (sobre todos las imágenes en VHS tomados dentro de la secta), se trata de una incursión en los aspectos más profundos y oscuros del alma humana. Todo terminó en un sonado caso mediático con el profeta Mehir y la madre de Danna prófugos de la Justicia. Inquietante, perturbadora, por momentos aterradora, y siempre fascinante.
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  • Fango
    Fango
    Otros Cines
    Tango feroz

    A este penúltimo largometraje del director de Vil romance y Vikingo (luego rodó Fantasmas de la ruta) podrá cuestionársele miles de cosas (cierta desprolijidad, algunos problemas de fluidez, actuaciones desparejas), pero aún con sus carencias resulta un trabajo siempre fascinante y valioso.

    Como siempre, Campusano filma en locaciones reales del sur más profundo y menos favorecido del conurbano con gente de la zona, verdaderos "pesados" y artistas marginales (en este caso, músicos que mixturan el tango con el heavy metal). El resultado de este largo proceso creativo sin guión fijo, intentando captar en conjunto con sus intérpretes las facetas más verídicas y extremas de estas personas devenidas personajes, está lleno de hallazgos, de pequeños grandes momentos.

    La relación de amistad entre el Indio y el Brujo (impulsores del tangro trash), los affaires extramatrimoniales, unas lesbianas de armas tomar, los robos y secuestros, los duelos a cuchillo y los sangrientos ajustes de cuentas con los códigos del submundo dan vida a un melodrama tanguero tosco, es cierto, pero lleno de vida, de nobleza y de potencia cinematográfica. El cine de Campusano sigue gozando de buena salud.
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  • Historia del miedo
    Los paranoicos

    La ópera prima de Naishtat resulta toda una rareza y una audacia, de esas que sacuden al circuito de festivales (estuvo en las competencias oficiales de Berlín y el BAFICI y obtuvo premios en Jeonju y San Francisco). Es que -salvo en una larga escena no del todo lograda y demasiado explícita que aparece bastante cerca del final- este director formado en la FUC y autor de los cortos El juego (2010) e Historia del mal (2011) prescinde casi por completo de diálogos y apuesta, en cambio, por la construcción de climas perturbadores, de atmósferas ominosas para describir el estado de temor, de violencia latente (y no tan latente), de psicosis colectiva, de escisión (fractura) social y de diferencias de clase en la Argentina de hoy.

    Lo hace sin caer en la bajada de línea y -lo que es aún más interesante- apelando a elementos propios del cine de género (el thriller psicológico y el terror). Una búsqueda que -como él mismo indicó- bebe del cine de John Carpenter, pero también del de Lucrecia Martel (se podrían buscar paralelismos también con Caché/Escondido, de Michael Haneke; o con La zona, de Rodrigo Pla).

    Un helicóptero que sobrevuela el Gran Buenos Aires (en la impactante escena de apertura), el sonido de una alarma que tarda demasiado en apagarse dentro de un country, la aparición de gente “indeseable” en lugares públicos custodiados por seguridad privada o los crecientes cortos de luz en medio de un verano insoportable (premonitoria intuición del realizador) son algunas de las situaciones elegidas por Naishtat para construir tensión en este film de estructura coral que apuesta por un tono paranoico y un look apocalíptico.

    La veta experimental (las viñetas, en principio, parecen no confluir a un destino común) y el trabajo con los no-actores son otras apuestas arriesgadas de un film que no es todo lo sólido y riguroso que debía (en la segunda mitad hace algunas concesiones), pero que no deja de ser una muy valiosa carta de presentación para un director de indudable talento y múltiples ideas como Naishtat.
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  • Aire libre
    Aire libre
    Otros Cines
    Donde hubo amor…

    Tras Un año sin amor, Encarnación y Por tu culpa, Anahí Berneri indaga en la creciente crisis de un matrimonio joven (Leonardo Sbaraglia y Celeste Cid) con un hijo de siete años en medio de mudanzas y reciclajes. La propuesta -que tiene varios puntos en común con El campo, película de Hernán Belón también protagonizada por Sbaraglia aunque con Dolores Fonzi- mantiene la inteligencia, la ductilidad, la capacidad de inquietar y provocar de la que siempre hizo gala la talentosa directora, aunque resulta un poco menos sólida y algo más convencional que su notable film previo.

    Lucía y Manuel empiezan a sentir el desgaste del paso del tiempo: en la pareja, en la profesión (arquitectura) y en el cuerpo. Si bien recién rondan los 40, la presión laboral y económica, la falta de deseo, la rutina y el estrés de la ciudad van generando una acumulación de tensiones, insatisfacciones, tentaciones y reproches.

    Ambos apuestan a que una mudanza desde Buenos Aires a una casa con pileta en Malvinas Argentinas (que deben reciclar casi en su totalidad) podría darle ese “aire libre” (o nuevo) a la familia, pero los sucesivos cambios de domicilio no hacen más que acrecentar las desilusiones, la ironía hiriente y hasta las súbitas irrupciones de violencia doméstica.

    Manuel, asfixiado y decepcionado por los rechazos y reclamos de su pareja, se compra una moto, empieza a quedarse cada vez más seguido en lo de sus padres y se obsesiona con la familia de un obrero que ha sufrido un accidente de trabajo en una obra que él supervisa. Ella se instala en lo de su madre (¡Fabiana Cantilo haciendo de abuela!), pero sigue de cerca los múltiples requerimientos de la nueva casa y empieza a mirar con deseo a otros hombres.

    Los protagonistas (con su hijo que va de un lado para otro) comienzan a recuperar ciertas sensaciones que tenían dormidas o reprimidas desde su adolescencia y primera juventud, y a funcionar como divorciados, pero sin que la separación se haga del todo evidente y explícita (hay comidas en familia o salidas en pareja que mantienen una rendija abierta).

    Berneri es una notable directora de actores, una virtuosa narradora, una realizadora dueña de un ojo único y sutil para descubrir y transmitir esos pequeños detalles, esos momentos aparentemente banales o intrascendentes que luego tendrán múltiples e incalculables implicancias. Es, también, una artista lo suficientemente sobria y respetuosa como para hacer planteos cuestionadores, pero no dar todas las respuestas a la hora de abordar cuestiones como la fidelidad, el machismo, el deseo y la intimidad, la autoestima o el desarrollo individual en el contexto de una familia. Si bien hay pasajes en que la película no logra sostener la tensión e ingresa en ciertas zonas un poco obvias, Aire libre no deja nunca de interesar con su mirada visceral y por momentos desgarradora sobre la progresiva desintegración de una relación: donde alguna hubo amor y pasión, esta vez escombros quedan.
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  • Carta a un padre
    Carta a un padre
    Otros Cines
    Las piezas justas de un rompecabezas afectivo

    El cine y la literatura han servido en innumerables oportunidades para que un director/autor pueda recuperar (¿reinventar?) la historia de su familia. Eso es lo que hace Edgardo Cozarinsky en Carta a un padre, una de sus películas más modestas y, al mismo tiempo, más emotivas y logradas.

    El director de Fantasmas de Tánger y Nocturnos conoció poco a su padre, un marino que se pasó buena parte de su vida viajando. Con la ayuda de los testimonios de familiares y de un frondoso material de archivo (sobre todo cartas y fotos) que utiliza con precisión, no sólo reconstruye la historia de él sino también la de sus abuelos rusos y de esa inmigración judía que se asentó en distintas colonias de Entre Ríos desde fines del siglo XIX.

    Yendo de lo íntimo a lo social, del presente al pasado, de las palabras (el off es bello aunque en ciertos pasajes un poco recargado) a las imágenes (y a la música del Chango Spasiuk), Cozarinsky va encontrando distintas piezas para completar ese rompecabezas afectivo en un viaje personal sobre los viajes de su padre y los de toda una generación que escapó del caos y la miseria para buscar un nuevo lugar en el mundo en tierras entrerrianas.

    Carta a un padre -premiada en la Competencia Argentina del reciente BAFICI- es la película (lírica e inevitablemente nostálgica) de un viejo sabio: pequeña, noble, tierna, pero al mismo tiempo con una maestría que le permite cual gambeteador eludir todas las zancadillas de los lugares comunes propios de este tipo de relatos familiares y los golpes bajos sensibleros.
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  • No se aceptan devoluciones
    Un éxito... inexplicable

    Descomunal éxito comercial con más de 100 millones de dólares recaudados en todo el mundo (45 millones de ellos en los Estados Unidos, donde consiguió el récord para un film extranjero y también con cifras históricas en México), este film dirigido y protagonizado por Eugenio Derbez (figura de enorme popularidad en su país) debe haber tocado alguna fibra íntima, debe haber “sintonizado” con temas y problemáticas muy sensibles por estos tiempos a ambos márgenes del Río Bravo/Grande como para convertirse en un fenómeno de alcance sociológico. Porque, en términos estrictamente cinematográficos, no es más que una comedia de enredos bastante torpe, superficial y sustentada en no pocos lugares comunes y estereotipos.

    Derbez es Valentín, un Don Juan de Acapulco que tiene pánico a muchas cosas, sobre todo al compromiso afectivo. Salta de conquista en conquista (sus preferidas son las turistas) hasta que un día aparece en su casa una estadounidense llamada Julia (Jessica Lindsey) con una beba en brazos. No sólo le informa que es su hija sino que directamente la abandona allí.

    Luego de un editado que nos muestra los highlights de la niña cuando cumple uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis años, la historia describe la relación entre ese padre soltero y la ya no tan pequeña Maggie (Loreto Peralta), quienes terminarán en Los Angeles con él trabajando como doble de riesgo (la mirada a la industria del cine también está llena de clichés). Lo que en principio arranca como una leve comedia familiar, se convierte con el correr de los minutos en un relato pletórico de excesos sentimentales para luego caer directamente en el melodrama con la reaparición de la madre (convertida en poderosa y despiadada abogada) y su intento de quedarse con la tenencia de Maggie.

    Hay éxitos inexplicables y este es, sin dudas, uno de ellos. En términos de sorpresa es muy poco lo que tiene para ofrecer incluso dentro de los cánones de un cine popular al que no se le exija demasiado. Para algunos, quizás, puede valer como forma de acercarse a una historia que se convirtió en un inédito fenómeno de masas. De hallazgo artístico, esta vez, hay muy poco.
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  • Mujeres al ataque
    Una de las claves para que una comedia romántica funcione es que sea fluida y creíble, que el espectador pueda identificarse e involucrarse con las peripecias, penurias y logros de sus protagonistas. Ese verosímil y esa capacidad de seducción escasean en este film del irregular Nick Cassavetes, director que no parece haber recibido los genes, el talento ni la capacidad de provocación de su padre John.

    Este guión de la debutante Melissa Stack intenta reciclar algunos aspectos de las películas de Judd Apatow y Paul Feig, pero todo -desde su supuesta irreverencia hasta los elementos escatológicos- resulta demasiado forzado, artificial, prefabricado e inevitablemente falso. Comedia (es un decir) sobre la guerra de los sexos y la solidaridad entre mujeres para concretar una venganza contra un hombre, eleva en la comparación a discretas películas como las de Sex and the City o a El club de las divorciadas a la categoría de obras maestras (o casi).

    Las tres protagonistas (las víctimas que luego pasarán juntas al ataque que anuncia el título de estreno en castellano) son la sufrida esposa Kate (Leslie Mann) y las también engañadas amantes Carly (Cameron Diaz), una poderosa abogada de Nueva York; y Amber (la modelo Kate Upton), que es presentada como una nueva versión de la Bo Derek de 10, la mujer perfecta. Y está, claro, Mark King (Nikolaj Coster-Waldau, de Game of Thrones), como el galán irresistible, un seductor machista, mentiroso compulsivo y manipulador.

    Casi todo el acento cómico del film está puesto en el histrionismo de Cameron Diaz, pero más allá de un par de escenas simpáticas se extraña el desparpajo y hasta la capacidad para sacar provecho del ridículo que había mostrado no hace mucho en títulos como Malas enseñanzas o El abogado del crimen. Lo de Leslie Mann, en cambio, es bastante digno, sobre todo en el terreno del humor físico.

    Con una musicalización obvia y torpe (que incluye la melodía de Misión: Imposible, de Lalo Schifrin, cuando salen? en misión; y la de "Girls Just Want to Have Fun" cuando quieren? divertirse), Mujeres al ataque no sólo resulta una comedia fallida y previsible (se pueden adivinar sin dificultad todas las resoluciones) sino también muy convencional (por no decir reaccionaria) en su mirada a la mujer de hoy.

    Lo que parece ser en principio una reivindicación de la independencia, es en verdad una descripción de estereotipos femeninos incapaces de definirse si no es en función de los hombres. Una pena.
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  • La gran noticia
    La gran noticia
    Otros Cines
    Cerca de la revolución

    La filmografía de Lionel Baier es conocida gracias al BAFICI. Allí pudimos ver varias de sus películas, incluida la notable Un autre homme (algo así como una precursora de la argentina El crítico). Se trata de uno de los directores más interesantes del cine suizo, al punto que ha establecido una compañía con otros colegas como Jean-Stéphane Bron, Frédéric Mermoud y Ursula Meier, quienes no sólo son aquí sus coproductores sino que también interpretan a simpáticos personajes secundarios.

    La gran noticia, atractiva combinación entre la road-movie, la screwball-comedy y el drama histórico, tiene a dos protagonistas opuestos entre sí que trabajan para la Radio Suiza a principios de los años ‘70: Julie (la francesa Valérie Donzelli) es una politizada militante feminista que conduce un talk-show sobre el tema; mientras que Cauvin(el también galo Michel Vuillermoz) es un veterano, mujeriego y cínico reportero que se las sabe todas, de esos que viven alardeando de todas las coberturas que ha realizado a lo largo de su carrera (Baier dijo haberse inspirado en el célebre periodista polaco Ryszard Kapuscinski).

    Ambos reciben el encargo de viajar a Portugal a bordo de una camioneta Volkswagen acompañados por un conductor y sonidista muy particular llamado Bob (Patrick Lapp). Para paliar los contratiempos que generan las barreras idiomáticas (un recurso humorístico que se repite demasiado), contratan a un adolescente local llamado Pelé (Francisco Belard), que ha aprendido el francés viendo películas de su ídolo Marcel Pagnol y terminará con ellos en plena explosión de la Revolución de los Claveles de abril de 1974.

    El director de Como los ladrones (al Este) y Garçon stupide citó a Lubitsch y a Tati (pero también a Demy y Truffaut) como referencias de La gran noticia, una desenfadada tragicomedia que rescata el espíritu de época (la liberación sexual, la liberación política tras una cruenta dictadura) y que se permite jugar con el musical (abundan las composiciones de Gershwin) y la picaresca.

    No todas las situaciones son igual de logradas (hay momentos de bienvenido riesgo e inspiración y otros más forzados donde afloran los lugares comunes, el pintoresquismo, el artificio y los clichés), pero el balance final de este nuevo trabajo de Baier es positivo. Un buen motivo para acercarse a la obra de un referente insoslayable del hoy tan de moda cine suizo.
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  • Brick Mansions
    Brick Mansions
    La Nación
    Tan absurda como entretenida

    Brick Mansions es una película extraña en múltiples aspectos. En principio, porque es una remake en inglés y ambientada en los Estados Unidos (pero con financiación francesa) que el productor y guionista galo Luc Besson hizo de Distrito 13, film de 2004 que él mismo había escrito y encargado al director Pierre Morel. En un terreno más sentimental, se trata del último largometraje protagonizado por Paul Walker, el actor de la popular saga Rápido y furioso recientemente fallecido en un accidente automovilístico. Y es también bizarra (el adjetivo que mejor le calza) por su propuesta, fácilmente cuestionable por su absurda trama y nula verosimilitud, pero al mismo tiempo reivindicable por su falta de prejuicios y por el placer (¿culpable?) que sus coreográficas escenas de acción provoca.

    Ópera prima de Christophe Collette (hasta ahora reconocido editor y futuro director de El transportador 4), Brick Mansions transcurre en un futuro muy cercano (2018) y en una de las ciudades más devastadas del mundo (Detroit). Allí, con una tasa de delincuencia por las nubes y donde impera el estado de sitio, se ha construido un altísimo muro que divide a los ciudadanos de primera de los habitantes de Brick Mansions, conjunto de monoblocks donde se acumulan gánsteres y traficantes de drogas.

    La trama (por llamarla de alguna manera) encontrará a un policía encubierto (Walker) y a un ex convicto francés (David Belle, todo un prodigio atlético) luchando contra un todopoderoso zar de los "Projects" llamado Tremaine (el rapero RZA, líder del grupo Wu-Tang Clan), aunque con el correr del relato habrá unas cuantas vueltas de tuerca con policías y políticos corruptos.

    Los recursos del guión son del todo trillados (hay hasta un viejo misil ruso con cuenta regresiva incluida), pero es precisamente ese juego con los clichés genéricos el que hace de Brick Mansions un más que aceptable exponente de cine clase B. Eso y, por supuesto, las adrenalínicas persecuciones automovilísticas (una especialidad de las producciones de Besson) y las muy creativas peleas cuerpo a cuerpo en las que Belle aventaja siempre en elasticidad y astucia a Walker (y éste se ríe de eso).

    No estamos frente a una actuación descomunal de Walker (a quien, obviamente, el film está dedicado en una foto final), pero sí ante una digna (y lamentablemente temprana) despedida de este galán que había aprendido con el tiempo a potenciar sus limitadas capacidades expresivas y a disimular sus carencias. Se lo extrañará.
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  • La mirada del hijo
    Algo huele a podrido en Rumania...

    Ganador del Oso de Oro del Festival de Berlín 2013, este film de Calin Peter Netzer (María, Medalla de honor) resulta un nuevo exponente (y van…) de la solidez, rigor, profundidad, inteligencia y capacidad de provocación del cine rumano.

    Coescrita por Răzvan Rădulescu (La noche del Sr. Lazarescu), la película tiene como protagonista a Cornelia (descomunal trabajo de Luminita Gheorghiu), una arquitecta y diseñadora que mantiene una tensa, difícil relación tanto con su marido ausente como con su hijo cuarentón, Barbu (Bogdan Dumitrache), y su nuera Carmen (Ilinca Goia).

    Cornelia es una mujer autoritaria, dominante, avasalladora, manipuladora y a veces hasta un poco cruel. Sus habilidades (y sus miserias) saldrán a relucir cuando su hijo quede involucrado en un accidente automovilístico con un chico de 14 años como víctima fatal. Ella apelará a sus contactos, a su dinero y a su poder para mantener a Barbu -con quien casi no puede entablar una mínima conversación- fuera de la cárcel.

    Lo interesante de los comportamientos de Cornelia es que están motivados por el amor, por la protección que quiere dar a un hijo bastante cobarde e incapaz. Pero, para lograr sus objetivos, deberá concretar acciones muchas veces reñidas con la ley.

    Es que La mirada del hijo muestra una sociedad rumana post-Ceausescu dominada por la corrupción, la impunidad, el tráfico de influencias y el poder del dinero de unos nuevos ricos sin pruritos ni escrúpulos.

    Como en buena parte del cine rumano, Netzer construye largos planos-secuencia con cámara en mano para darle nervio, tensión y contundencia a la tarea mayúscula de sus intérpretes (otro pilar de las películas de ese origen) a la hora de sobrellevar diálogos de gran intensidad y situaciones extremas. Una película incómoda y perturbadora, es cierto, pero también de notable factura y enormes alcances y connotaciones.
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  • Casi un gigolo
    Casi un gigolo
    La Nación
    Formas de ganarse la vida

    Nueva York (Brooklyn sobre todo). Comedia picaresca. John Turturro (también guionista y director) y Woody Allen como protagonistas. Humor italiano y humor judío (con sus múltiples cruces y coincidencias). Los ingredientes son tentadores y, si bien el resultado final dista bastante de ser un manjar cinéfilo, Casi un gigoló tendrá seguramente muchos "comensales" en la Argentina.

    Fioravante (Turturro) y Murray (Allen) son amigos de toda la vida, pero ambos transitan por un presente complicado, ya que el segundo se ve obligado a cerrar su librería en la que el primero atendía al público. Súbitamente desempleados (aunque Fioravante también se las ingenia como florista), ambos encontrarán una inesperada salida laboral.

    A partir de una insinuación de la dermatóloga de Murray (Sharon Stone), éste convence a Fioravante de trabajar como taxi-boy (la propuesta incluirá un ménage à trois con nada menos que la voluptuosa Sofía Vergara). Pero, claro, la "amenaza" del verdadero amor para este insólito e improbable seductor aparecerá en la figura de Avigal (Vanessa Paradis), una viuda a la que la cerrada comunidad hasídica (y sobre todo un policía interpretado por Liev Schreiber) pretende mantener alejada de "contaminaciones" externas.

    Si alguien espera un tratado sobre los efectos socioeconómicos de la prostitución masculina en la madurez o los excesos de los fanatismos religiosos deberá orientar hacia otro lado: Casi un gigoló está construido con un tono premeditadamente zumbón, superficial, lúdico, casi inocente y, en ese sentido, incluso valiéndose de fórmulas y estereotipos, resulta un entretenimiento menor, pero bastante eficaz.

    Casi un gigoló es una mirada por momentos simpática y no exenta de ternura a las contradicciones, dilemas, tentaciones y códigos masculinos, así como una descripción de la interacción cosmopolita de Nueva York (el Murray de Allen, por ejemplo, convive con una mujer y varios niños afroamericanos).

    Humor, erotismo y mucha música es la fórmula que el Turturro guionista y realizador tiene para ofrecer aquí. Esos elementos -y, claro, la presencia de Allen en un papel diseñado para su lucimiento en esta etapa de su vida- conforman una propuesta algo previsible, es cierto, pero que para muchos espectadores resultará poco menos que irresistible.
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  • El día trajo la oscuridad
    Vampiros argentinos (y a mucha honra)

    Bosque, mar, casona, noche, invierno, viento, fuego. Chicas misteriosas. Primas que se atraen. Mujeres en problemas. Sueños premonitorios. Pesadillas. Hombres rudos. Padres preocupados. Vecinos alarmados. Armas. Médicos. Animales que se mueren. Leucemia. Virus. Rabia. Y, sí, vampirismo...

    Sobre esos elementos genéricos Martín Desalvo (codirector de Las mantenidas sin sueño) construye un film de terror “universal” con tinte “local”. Las referencias son múltiples, pero no importa demasiado enumerarlas. Por fin, el cine argentino hace una película “de climas”, “de atmósferas” en la que no todo es obvio, en la que la información se va dosificando con criterio, en la que cada plano es inquietante y perturbador.

    Dos buenas actrices (Mora Recalde y Romina Paula), dos solventes secundarios (Luciano Suardi y Pablo Caramelo), unas locaciones y exteriores bien aprovechadas, un impecable equipo técnico y un director (anoten el apellido Desalvo) que sabe cómo filmar una historia que tiene más de psicológica y onírica que de horror sangriento se suman para redondear una pequeña y muy agradable sorpresa que alcanza su merecido estreno comercial en una decena de salas luego de un amplio recorrido por el circuito festivalero.
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  • Muppets 2: Los más buscados
    La vuelta al mundo en una película

    El doble programa arranca muy bien con El fiestódromo, corto de Monsters University -gentileza de Pixar, claro- en el que los novatos les roban (literalmente) una fiesta a los más experimentados. Y sigue de la mejor manera, ya que la primera media hora de Los más buscados es extraordinaria, al mismo nivel (o incluso mejor) que la entrega anterior, también dirigida por James Bobin en 2011.

    La secuencia inicial es una gema de ironía y autoparodia con los Muppets terminando el rodaje anterior y luego riéndose de la “obligación” de hacer una secuela. Luego, sí, empieza la trama (delirante, absurda como siempre) con un despiadado agente (Ricky Gervais) que los llevará de gira mundial (Berlín, Dublín, Madrid, Londres…), aunque en verdad se trata de un engaño para cometer de forma paralela varios robos de pinturas y joyas. Y, para completar una propuesta que tiene elementos propios de esos thrillers a esta altura demodé sobre la Guerra Fría, Kermit (que para nosotros será siempre René) es secuestrado, enviado a una cárcel de máxima seguridad en Siberia (donde se las verá con la mandamás Nadya que interpreta Tina Fey) y reemplazado en la troupe artística por Constantine, una cruel rana idéntica al carismático líder (bueno, con un lunar de más).

    Hay varios buenos números musicales que juegan con los estereotipos, un desfile incesante de cameos de famosos (en algunos casos, llegan a algo más que eso con participaciones que duran algunos minutos), que incluye -entre otros- a Tony Bennett, Hugh Bonneville, Sean Combs, Celine Dion, Lady Gaga, Zach Galifianakis, Salma Hayek, Tom Hiddleston, Toby Jones, Frank Langella, Ray Liotta, James McAvoy, Chloe Grace Moretz, Miranda Richardson, Saoirse Ronan, Danny Trejo, Jemaine Clement, Stanley Tucci y Christoph Waltz, y la simpatía descomunal de los torpes y queribles muñecos que ya son un clásico para varias generaciones que crecimos de la mano de Jim Henson y compañía.

    Que es menos eficaz e inspirada que la anterior, que se desinfla un poco en la segunda mitad… Todo eso es cierto, pero Los más buscados es una más que aceptable secuela para que tantos los adultos (¡aprovechen la versión subtitulada!) como aquellos que vayan con niños (en la versión doblada) sabrán disfrutar.
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  • Los tentados
    Los tentados
    La Nación
    Dos amantes en Mar del Plata

    Luego de su consagratoria ópera prima Somos nosotros, retrato de skaters marplatenses que rodó antes de cumplir los 20 años y fue premiado en la Competencia Argentina del Bafici 2010, Mariano Blanco se consolida como un director a tener muy en cuenta con este film -también presentado en la sección oficial del festival porteño durante su edición 2013- sobre una joven pareja que convive en una casa, en aquel balneario.

    El realizador opta por escatimar algunos datos esenciales (no sabemos si sus personajes trabajan, si estudian, si son mantenidos por alguien) para concentrarse en su cotidianeidad y sus desventuras afectivas. Vemos que se aman, que tienen una activa vida sexual y social, pero también que hay algo agresivo, egoísta y rutinario en ese vínculo, que genera ciertas tensiones y que los lleva (sobre todo a él, que es bastante machista, inmaduro e impaciente) a pensar en aventuras por otros ámbitos.

    La película es liviana y rigurosa a la vez (Blanco da un claro salto cualitativo en cuanto a sofisticación de la puesta en escena sin perder la frescura y credibilidad de su primer film), pero en la segunda parte la narración divaga tanto como sus personajes, que recorren las calles, centros nocturnos y playas marplatenses (demasiado vacías para una historia que transcurre antes, durante y después de la Navidad) sin rumbo fijo. Un film sobre personajes en tránsito, sobre estos seres tentados a probar nuevas experiencias, a cambiar. Aunque muchas veces ni siquiera sepan cómo hacerlo ni para qué.
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  • El sorprendente Hombre Araña 2
    Más no es siempre mejor

    Esta segunda entrega (de la segunda tanda) de la saga de El Hombre Araña intenta cubrir los múltiples flancos del hoy tan de moda subgénero de superhéroes y, en esa tentación por tenerlo todo, pierde cohesión y solidez; desperdicia así parte de sus logros (que no son pocos).

    Tras la trilogía inicial de Sam Raimi con la dupla Tobey Maguire-Kirsten Dunst, el director Marc Webb retomó el personaje en estos dos films cuyo principal sostén sigue siendo la extraordinaria química romántica que se ha establecido entre el Peter Parker/Hombre Araña de Andrew Garfield y la Gwen Stacy de Emma Stone. Por eso, se entiende que buena parte de las más de dos horas del relato se dedique a los enredos amorosos de estos jóvenes que se aman, pero que no pueden estar juntos (ni separados).

    Las contradicciones entre los deseos de un típico veinteañero como Peter Parker y las responsabilidades que conlleva ser un superhéroe al servicio de la comunidad neoyorquina como El Hombre Araña también están presentes en esta segunda parte del reboot y a eso hay que sumarle los traumas que acarrea desde la infancia tras la desaparición de sus padres (de hecho, el prólogo de este episodio reconstruye su muerte a bordo de un avión).

    Tampoco faltan las escenas de acción (breves, eficaces, no demasiado espectaculares), los clásicos vuelos del protagonista por entre edificios y el tráfico que permiten aprovechar todas las posibilidades de los efectos 3D y, a tono con la tendencia de sumar a la trama muy diversos personajes, esta vez no hay uno, sino tres malvados: en la segunda secuencia aparece un mafioso ruso llamado Aleksei Sytsevich (Paul Giamatti), que luego se convertirá en Rhino; un patético empleado de OsCorp (Jamie Foxx), que sufrirá un accidente que lo transformará en el despiadado Electro del título, y el joven heredero que queda a cargo de la mencionada corporación (Dane DeHaan), al que veremos como otro personaje conocido por los fans de este cómic de Marvel: el Duende Verde.

    El problema principal que enfrenta Marc Webb es la dificultad de encadenar tantos eslabones sueltos. La sensación, por momentos, es que su función parece ser la de alguien que intenta dosificar como puede demasiados elementos, esparcir drama, comedia (hay unos cuantos chistes logrados), romance, acción y propuestas de corte fantástico. La mezcla (como suele suceder cuando es arbitraria) tiene un efecto algo caótico en su acumulación, pero -volviendo a la analogía gastronómica- hay unos cuantos ingredientes y sabores que justifican el disfrute, aunque más no sea de forma parcial.

    Tratándose de una película de Marvel, es bueno advertir que (al contrario de lo que ocurre con las sagas de Los Vengadores, Thor, Iron Man y Capitán América) aquí no hay escenas durante ni después de los créditos finales. Salvo que quieran leer durante varios minutos miles y miles de apellidos, pueden abandonar la sala sin culpa cuando Peter Parker ya no esté en pantalla.
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  • Buscando al huemul
    Tiempos menos modernos

    Este documental aborda múltiples temas muy en boga por estos tiempos (la identidad y la memoria, la reivindicación de los pueblos originarios y la condena más explícita de la masacre de la Conquista del Desierto, el cuidado del medio ambiente y especialmente de aquellas especies animales en vías de extinción). No digo que se trate de un film oportunista, pero sí que su selección para la Competencia Argentina de un festival como el de Mar del Plata (estuvo allí en 2012) se debió más a su corrección política (y a que viene del interior y como resultado del concurso Raymundo Gleyzer) que a sus estrictos valores artísticos.

    No hay nada demasiado reprochable en este trabajo de Kantor (las imágenes son cuidadas; el sonido, impecable; el acabado técnico, inmejorable), pero también es cierto que este viaje por las montañas cercanas a Bariloche que emprende el joven mapuche Ladislao Orosco (acompañado por Nazareno Rodríguez) en busca del huemul del título no supera una medianía llevadera pero poco trascendente y con analogías un poco trilladas.

    Los protagonistas/”actores” caminan y andan a caballo, toman mate y leen libros sobre épicas indígenas, buscan rastros y huellas, cocinan con leña y escuchan la radio local. Algunas tomas parecen postales a-la-National Geographic y el uso de la música -sobria por suerte- resulta un poco abusivo.
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  • Santa Lucía
    Santa Lucía
    La Nación
    Santa Lucía es un pequeño pueblo tucumano, pero con una larga y trágica historia que, de alguna forma, resume los avatares de la Argentina. Durante décadas fue el centro de una región azucarera, pero tras el cierre en 1968 del enorme ingenio que era el eje de la producción local se convirtió en poco menos que una comunidad fantasma dominada por la desocupación (aunque parte de la población se reorientó hacia la actividad ligada a los cítricos).

    Santa Lucía fue también el lugar elegido por el ERP para sus experiencias de guerrilla rural y por el ejército, para instalar la base del Operativo Independencia (posteriormente el viejo ingenio se convirtió en uno de los centros clandestinos de detención durante la última dictadura militar). Y, en el terreno cinematográfico, fue el eje de un clásico del cine neorrealista como El camino hacia la muerte del viejo Reales (1971), de Gerardo Vallejo.

    La guionista y realizadora Andrea Schellemberg regresa a ese paraje para acompañar la investigación de Lucía Aguilar, una joven profesora de Historia en la escuela primaria del lugar, que intentar esclarecer los hechos sucedidos allí durante aquellos tiempos oscuros de represión y miedo (un miedo que, en muchos casos, aún se percibe entre los vecinos).

    La película tiene las mejores intenciones, ya que intenta acercarse tanto a lo personal como a lo familiar y a lo social, pero lo hace a partir de una construcción narrativa bastante errática, planos muchas veces descuidados, una voz en off que intenta disimular los baches y una musicalización poco atractiva.

    Algunos pasajes donde la cámara se acerca a la intimidad de los integrantes de la comunidad, ciertos materiales de archivo y testimonios conseguidos -omo el del teniente coronel (R) Jorge Mittelbach- resultan lo mejor de un film de tono didáctico que resulta más interesante por su temática (y sus múltiples connotaciones) que por una apuesta formal demasiado elemental y esquemática.
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  • Los dueños
    Los dueños
    La Nación
    Cruda postal de la lucha de clases

    Con una infrecuente madurez -ambos tenían 30 años y una limitada experiencia en cortometrajes y obras de teatro en Tucumán cuando rodaron esta ópera prima-, la dupla integrada por Agustín Toscano y Ezequiel Radusky concibió una película que expone las tensiones de clase en el marco de una estancia ganadera de esa provincia.

    El film tiene, en una primera instancia, contactos directos con La ciénaga (hay algo del erotismo, del voyeurismo, de esa decadencia de la burguesía rural del interior que tan bien retrató Lucrecia Martel), pero aquí los directores se deciden a ofrecer los dos puntos de vista antagónicos: el de los patrones y el de los empleados del lugar.

    La vieja e imponente casona familiar (que incluye pileta, bosque y explotación ganadera, y donde transcurre casi todo el film) suele ser visitada por dos hermanas con sus respectivos maridos (uno de ellos es, además, una suerte de administrador y capataz). Sin embargo, cuando los dueños a los que alude el título no están hospedados, el lugar es "tomado" por los caseros, que aprovechan para disfrutar sin inhibiciones de sus comodidades.

    Ése es el planteo inicial, pero -claro- la película no tardará en exponer las contradicciones, miserias y múltiples sorpresas (negociados, tentaciones y affaires cruzados). Un cúmulo de secretos y mentiras que -una vez desvelados- podrían ser usados a manera de manipulación y chantaje.

    Los directores son lo suficientemente hábiles como para ir dosificando la información, como para no ser obvios ni subrayar demasiado los estados de ánimo ni las distintas búsquedas y motivaciones de cada uno de los personajes. Además, aprovechan el excelente trabajo de fotografía a cargo de Gustavo Biazzi (Castro, El estudiante y Un mundo misterioso) para pintar los ambientes (los interiores de la casa y los exteriores de los alrededores) en los que se desarrolla la trama, no le temen al humor absurdo (sin caer jamás en el patetismo tan habitual en este tipo de conflictos) y consiguen impecables actuaciones de intérpretes más reconocidos (como la protagonista Rosario Bléfari o Germán de Silva) y de otros con menos trayectoria, pero de igual convicción y expresividad.

    Por momentos, parece como si Toscano y Radusky se regodearan un poco con el costado más perverso de la trama (que tiene que ver con lo sexual y con los abusos de poder) y están muy cerca de caer en el tratado moral a-lo-Michael Haneke sobre la paranoia y el pánico burgués, pero por suerte tienen el pudor suficiente como para no ir más allá de lo necesario. El film es muy crudo e inquietante, pero esas cualidades están conseguidas desde las más puras herramientas cinematográficas y no desde el discurso aleccionador. Otra primera película que sirve para demostrar que el cine argentino (y, en este caso, el del interior) sigue dando a conocer nuevos talentos de indudable vuelo creativo.
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  • Divergente
    Divergente
    Otros Cines
    Los jueguitos del hambre

    Cuando una película remite (casi) todo el tiempo a otra es que estamos en problemas. Y eso es lo que ocurre con Divergente, primera entrega de la saga basada en tres novelas de Veronica Roth (serán cuatro films porque el último libro se dividirá en dos) que es poco más que un burdo reciclaje de múltiples elementos ya vistos en la bastante superior Los juegos del hambre.

    Distópica y post-apocalíptica, Divergente nos traslada a una Chicago que ha sobrevivido a una guerra que arrasó con casi todo el resto del mundo. Allí se han establecido cinco distritos/facciones (en los Juegos del Hambre son 13) y cada adolescente a los 16 años debe unirse a uno de ellos: Verdad (para los sinceros), Abnegación (para los altruistas), Osadía (para los valientes), Cordialidad (para los pacíficos) y Erudición (para los inteligentes).

    Ocurre que Tris (la insulsa Shailene Woodley, lejísimos de esa actriz que prometía tanto en Los descendientes) es una divergente y, por lo tanto, una amenaza, un ser incontrolable para un sistema con mucho de totalitario (ay, esas referencias obvias al nazismo). La heroína se une a los intrépidos integrantes de Osadía (aquellos que deben custodiar a la comunidad) y allí conocerá a un instructor hot llamado Four (Theo James), con quien mantendrá una relación casta bien a la… Crepúsculo (sí, no se privan de ninguna analogía).

    El director Neil Burger había demostrado su oficio narrativo con Los afortunados, El ilusionista y Sin límites, pero aquí su capacidad queda por completo desdibujada (así como la de una actriz absolutamente desperdiciada como la aquí malvada Kate Winslet) en medio de una trama de alegorías banalizadas y elementos melodramáticos (sobre todo familiares) y románticos de una superficialidad pasmosa incluso en el contexto de una saga adolescente sin demasiadas exigencias. Todavía quedan tres películas para remontar la franquicia… o padecerla.
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  • El crítico
    El crítico
    Otros Cines
    Profecía autocumplida

    Tardé varios días después de verla en el BAFICI 2013 en ponerme a escribir sobre esta película. Necesitaba tomar distancia para que me "decantara" internamente y poder encontrar así el tono justo. Conozco desde hace muchos tiempo a Hernán Guerschuny, colega de profesión y de "generación" (soy cuatro años más viejo que él). No somos amigos, pero siempre hubo (hay) respeto y buen trato mutuo. Sabía del tiempo y del esfuerzo que le había demandado concretar su ópera prima y que, para “colmo”, se trataba de la historia de un crítico de cine, con sus múltiples miserias intelectuales y afectivas, y eso me provocaba una inquietud adicional.

    En principio, cabe establecer que -más allá de sus logros y carencias- El crítico es una película. Una que está bien narrada y actuada, de irreprochable acabado en todos los rubros técnicos. Al mismo tiempo, siento que le falta algo, que está demasiado atada a su guión "de hierro", que por momentos se queda a mitad de camino entre la negrura del relato inicial y la comedia romántica de la que tanto reniega el protagonista y que inevitablemente terminará viviendo.

    El film arranca con la descripción del universo íntimo, bastante patético por cierto, de Víctor Téllez (Rafael Spregelburd), un crítico demasiado influido por la nouvelle vague (hasta sus pensamientos -en off- son en francés) que trabaja para un diario en el que le cambian los textos y vive sólo en un departamento que se viene abajo. Neurótico, malhumorado, huraño, cínico, prejuicioso y negador, Téllez es un antihéroe perfecto. Su vida cambia por completo cuando por casualidad conoce a una joven atractiva, impulsiva y avasallante (Dolores Fonzi en plan Amélie), que le moverá hasta los cimientos.

    El Infierno tan temido, la profecía autocumplida... Lo cierto es que Téllez se verá inmerso en una historia a-lo-Cuando Harry conoció a Sally con todo el romance y hasta la cursilería de la que tanto solía renegar en sus sesudas críticas.

    La primera parte -filmada en uno de los microcines al que solemos asistir y con la participación de críticos y agentes de prensa reales no sólo no me molestó sino que me pareció liviana. OK, está el cliché de aquel que se mete varias medialunas en el bolsillo, pero hasta me hubiese gustado enojarme, indignarme con alguna verdadera maldad por parte de Hernán. Y, ya en el terreno de la comedia romántica, la cosa también funciona parcialmente, aún con el simpático juego de acumular los lugares comunes más edulcorados del género (los fuegos artificiales, la corrida bajo la lluvia, la escena en el aeropuerto, etc.) y el encanto de Dolores Fonzi.

    El modelo de Guerschuny parece ser el cine de Spike Jonze-Charlie Kaufman u otros títulos como Más extraño que la ficción. Si el resultado de esta "índie" argentina no es del todo convincente, al menos quedan sí unos cuantos pasajes inspirados y situaciones graciosas. Es una más que aceptable primera película, una muy digna carta de presentación. A Hernán podrán atacarlo de ahora en más por cualquier cosa, pero no podrán decirle que es un director frustrado.
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  • Río 2
    Río 2
    Otros Cines
    Lo primero es la familia

    Perdonen la infidencia personal, pero vi esta película escapándome un rato de la maratón del BAFICI (¡si bien incluso este tanque animado formó parte de la sección Baficito del festival porteño!) y en una versión subtitulada que nos exhibieron en el microcine de Fox (el público la verá doblada al castellano); es decir, con las voces originales de Jesse Eisenberg (como Blu) y Anne Hathaway (como Jewel). Por eso, puede que mi visión de esta secuela haya estado un poco “distorsionada” luego de días enteros de tanto cine experimental, extremo, vanguardista, autoral o como quieran llamarlo y, claro, no habrá aquí comentarios sobre la pertinencia o no del doblaje y esas cuestiones que suelen incluirse en este tipo de reseñas de films familiares de consumo masivo.

    Esta secuela del inmenso éxito comercial de 2011 (recaudó 486 millones de dólares, 341 de ellos fuera de los Estados Unidos) retoma a los personajes de Blu y Jewel. La acción arranca en las playas de Río de Janeiro, en pleno festejo del fin de año, pero pronto se trasladará al Amazonas, donde la pareja de guacamayos azules y sus tres traviesos hijos (Bia, Tiago y Carla) descubrirán que no están solos. Sumarán fuerzas con el matrimonio de científicos conservacionistas que fueron sus dueños anteriores (Leslie Mann y Rodrigo Santoro) frente a los malvados de turno, que incluyen desde animalitos (el papagayo Nigel que busca venganza y la rana venenosa Gabi) hasta mercenarios y depredadores de la selva. Todo servido en bandeja, por lo tanto, para una reivindicación de la familia y la comunidad, por un lado; y para un mensaje ecologista y políticamente correcto en favor del cuidado del medio ambiente y el respeto por la diversidad de la naturaleza salvaje, por el otro.

    El director Carlos Saldanha (vinculado a la primera entrega y también a la aún más exitosa franquicia de La Era de Hielo) hace las cosas con profesionalismo absoluto: colores impactantes, un fascinante diseño concebido para el despliegue de los efectos 3D, mucha música (desde temas interpretados por Carlinhos Brown, Sergio Mendes y Milton Nascimento que combinan samba y hip hop hasta covers de temas populares como I Will Survive de Gloria Gaynor) y esa alegría un poco forzada que Brasil ha sabido exportar al mundo.

    Hay escenas a puro vértido de esas que devuelven el precio de la entrada (como un viaje en bote por un río torrentoso que desemboca en una catarata), coreografías para quienes gusten de los números musicales y un humor omnipresente que en muchos casos no funciona demasiado bien. Hay bastante de fórmula y piloto automático en el desarrollo de la trama, pero así y todo el resultado (sobre todo en términos de una animación deslumbrante) es poco menos que incuestionable.
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  • Betibú
    Betibú
    La Nación
    Atractivo policial centrado en el periodismo

    Todo empieza con un asesinato. En el distinguido country La Maravillosa, una empleada doméstica descubre que su patrón, Pedro Chazarreta (Mario Pasik), ha sido degollado. El hecho no tarda demasiado en convertirse en una noticia de fuerte impacto nacional: la víctima no sólo era un influyente empresario sino también el principal sospechoso de haber matado a su esposa.

    Con ese punto de partida, Miguel Cohan (director de Sin retorno y coguionista de esta transposición del best seller de Claudia Piñeiro) construye un atractivo thriller que combina con bastante precisión elementos propios de la dinámica periodística con otros aspectos vinculados con los manejos turbios (corrupción, tráfico de influencias) en las altas esferas del poder económico y político.

    Los protagonistas de Betibú son tres: el personaje que le da título a la película, interpretado por Mercedes Morán (una brillante autora que ha abandonado por decisión propia la escena literaria para refugiarse como escritora fantasma) y dos prototípicos exponentes de la sección policiales: el periodista veterano, bohemio y ya desgastado (está a punto de firmar su retiro voluntario) que encarna Daniel Fanego; y el joven un poco arrogante y bastante inexperto (Alberto Ammann) que asume como jefe de El Tribuno, un diario manejado por capitales y ejecutivos españoles.

    Ellos -por diferentes motivos y circunstancias personales- coincidirán en investigar el caso de Chazarreta y, claro, sus inesperadas derivaciones y múltiples alcances que no conviene adelantar aquí. Betibú es un film sostenido sobre todo por los diálogos y -más allá de algunos pasajes en que pueden resultar un poco forzados por ciertos desniveles actorales- la construcción de la tensión y el interés nunca se resienten.

    En favor de Cohan y su equipo juegan la minuciosa y creíble descripción del funcionamiento interno de una redacción de diario (incluida la relación con informantes y hasta con jerarcas policiales) y de la vida cotidiana en los countries (Piñeiro ya había escrito Las viudas de los jueves, también llevada luego al cine). El resto (quién o quiénes son los culpables, cómo se organizan y operan muchas veces desde las sombras las principales estructuras del poder) deberá descubrirlo el espectador en pantalla. Vale la pena.
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  • Noé
    Noé
    Otros Cines
    Creer o reventar

    Esta nueva película del cotizado director de Pi, El luchador y El cisne negro es muchas cosas a la vez, aunque en ninguna de sus múltiples aristas alcanza una dimensión suficiente que la redima en su totalidad. Es, claro, una épica bíblica solemne (probablemente no convencerá a muchos estudiosos de la religión con sus no pocas licencias); es un entretenimiento en 3D a gran escala (130 millones de dólares de presupuesto, 138 minutos de duración) que se torna demasiado tortuoso para un público “familiar” masivo; y es -en línea con otro film de Darren Aronofsky como La fuente de la vida- una bajada de línea ecologista/naturista/new-age muy a tono con estos tiempos.

    ¿Y qué propone Aronofsky? Una mixtura (por momentos un cocoliche) entre sueños lisérgicos (bah, pesadillas premonitorias), actuaciones a pura gravedad (Russell Crowe está en su salsa), secuencias a puro despliegue de CGI (las procesiones de los animales, el arca en plena tormenta, las escenas de masas), concesiones al cine de aventuras hollywoodenses (como el malvado súper cruel que con mucha dignidad encarna el gran Ray Winstone), situaciones tomadas prestadas de El señor de los anillos (vean sino a Los Vigilantes, esos gigantes de roca que defienden a Noé y los suyos); secuencias “líricas” a-lo-Terrence Malick; citas a Ray Harryhausen; algunos momentos fuertes de canibalismo, pánico, caos y descontrol social; y videoclips bien grasas y didácticos en los que se resumen los “grandes éxitos” de la Biblia (el Génesis de Adán, Eva, Caín y Abel for dummies).

    En Twitter -ámbito ideal para la ironía y el cinismo- bromeaba con chistes fáciles jugando con términos como milagros, inundaciones (hacer agua), naufragios y diluvios. Pero así como no me sumo al coro góspel de críticos estadounidenses que aclamaron la película en medios como Variety, The New York Times o Rolling Stone, tampoco da para la burla. Aronofsky es un narrador que pone garra, que se arriesga y, si bien Noé está claramente tironeada entre lo que quiere y lo que debe ser, y termina siendo demasiado contradictoria (no es ni una cosa ni la otra), también tiene unos cuantas escenas para admirar, celebrar y discutir. Es bastante más de lo que logra la mayoría de las películas del cine contemporáneo.
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  • Capitán América y el soldado del invierno
    Superhéroes a escala humana

    Hace tres años se estrenó Capitán América: El primer vengador con críticas correctas y un aceptable resultado comercial. Algo parecido a lo que había ocurrido ese mismo año, tres meses antes, con Thor. Sin embargo, en ninguno de los dos casos se desató el fenómeno masivo que tanto se esperaba. Pero en 2012 llegó el descomunal éxito de The Avengers y, así, la sociedad entre Marvel y Disney logró potenciar cada una de sus franquicias.

    En esta segunda entrega dedicada al Capitán América -el personaje del "supersoldado" que surgió en la historieta creada en 1941 por Joe Simon y Jack Kirby- ya no está Joe Johnston como director, sino los hermanos Anthony y Joe Russo. Una curiosa elección, ya que ambos llegaban con algunas comedias para cine (Bienvenidos a Collinwood, Tres son multitud) y para televisión (Arrested Development, Community), pero sin antecedentes en este tipo de blockbuster.

    La apuesta salió bien, porque El soldado del invierno no sólo es un producto de acción competente y bastante eficaz en sus más de dos horas, sino que además mejora el resultado final conseguido por El primer vengador. Prueba del respaldo que los Russo consiguieron es que, incluso bastante tiempo antes del lanzamiento de esta segunda entrega, ya han sido confirmados para Capitán América 3.

    Christopher Markus y Stephen McFeely (guionistas de la primera parte de esta saga y de la reciente Thor: Un mundo oscuro) construyeron una historia paranoica con un doble enemigo (interno y EXTERNO) que algunos vieron con acierto como una suerte de remake no acreditada de Los tres días del cóndor, de Sydney Pollack. Y, a la hora de buscar coincidencias, el protagonista de aquel thriller de 1975, Robert Redford, aparece en El soldado del invierno, aunque aquí en un papel de villano. Redford, el otro malvado (el soldado del invierno del título que interpreta Sebastian Stan) y El Halcón/Falcon (Anthony Mackie) son las tres principales incorporaciones de esta secuela, aunque los fans disfrutarán más del protagonismo que esta vez sí tienen tanto la Viuda Negra/Black Widow de la aquí pelirroja Scarlett Johansson como el Nick Fury de Samuel L. Jackson.

    Es que el jefe Fury, la Viuda Negra, El Halcón y -claro- el Steve Rogers/Capitán América de Chris Evans (un personaje que esta vez alcanza una mayor dimensión psicológica) deberán unirse para salvar a la organización S.H.I.E.L.D., que ha sido infiltrada por todos lados y ha puesto en riesgo la seguridad mundial.

    Si bien la amenaza de una hecatombe a escala global está siempre presente, lo llamativo de El soldado del invierno es que sus escenas de acción están trabajadas en una escala humana; buenas coreografías de lucha cuerpo a cuerpo, un par de persecuciones automovilísticas y no tanta parafernalia tecnológica ni dependencia de sofisticados efectos visuales (aunque, claro, hoy todo se "retoca" en computadora).

    La película arranca con Rogers sin saber qué hacer con su tiempo libre en Washington DC, pero ese preámbulo ofrece un logrado tono humorístico que se extrañará bastante durante el resto de la narración (los chistes son más bien pocos). Lo que sí reaparecen son los esperados "clásicos" de la factoría Marvel: desde el simpático cameo del mítico Stan Lee hasta las dos escenas que aparecen durante y después de los créditos de cierre. Los fans, claro, agradecidos.
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  • Berberian sound studio
    Aullidos

    Ganador de la Competencia Internacional del último BAFICI, este inquietante, fascinante segundo largometraje del británico Peter Strickland luego de su promisoria ópera prima Katalin Varga no es tanto un film de terror (más bien sería una película sobre cómo se construye un film de terror) sino -como definió el propio director- un drama de observación sobre un hombre demasiado sensible sometido a una situación de maltrato laboral y las consecuencias que eso le genera en él.

    El ingles Gilderoy (impecable trabajo de Toby Jones) es un ingeniero de sonido muy reprimido e inocentón que llega a un estudio de grabación para trabajar en una película de horror italiana titulada El vórtice ecuestre. Se encuentra allí con seres bastante despreciables (entre manipuladores y chantas) y un producto artístico de terror en más de un sentido.

    Strickland va construyendo en crescendo un universo cada vez más oscuro, sórdido, ominoso, surrealista y perturbador, en el que se perciben múltiples ecos y huellas cinéfilas (David Lynch, Micheal Powell, Brian De Palma y siguen las firmas) y -claro- un homenaje lleno de referencias al “giallo” de Darío Argento, Mario Bava, Sergio Martino y Lucio Fulci.

    Un vistoso thriller psicológico trabajado con colores saturados y climas propios del terror gótico que resulta, al mismo tiempo, una suerte de ensayo/tratado sobre la importancia del sonido (por entonces todavía analógico, con efectos fabricados artificialmente) en la experiencia cinematográfica. Para disfrutar -y escuchar- en pantalla grande.
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  • El pasado
    El pasado
    Otros Cines
    ¿Debo irme o debo quedarme?

    Tras ganar el Oscar al mejor film extranjero con La separación, el iraní Asghar Farhadi se arriesgó a rodar en Francia (y en francés) El pasado, película protagonizada por la argentina Bérénice Bejo (El artista) y Tahar Rahim (Un profeta). Más allá de un desenlace que no es del todo convincente, el resultado de esta incursión europea de Farhadi (como la que ya había hecho su compatriota Abbas Kiarostami en Copia certificada) lo mantiene como uno de los directores más inteligentes, precisos y profundos del panorama actual.

    Como en La separación, el eje de El pasado es un proceso de divorcio con varios enigmas por resolver, aunque en un contexto muy diferente. Ahmad (Ali Mosaffa) llega a París desde Teherán para sellar ante un juez el fin de su matrimonio con Marie (Bejo, mejor actriz en Cannes 2013 por este trabajo), a quien no ve desde hace cuatro años. Al poco tiempo, se enterará de que ella está en pareja con y embarazada de Samir (Rahim), quien a su vez tiene a su esposa en un coma irreversible tras un intento de suicidio ¿Más complicaciones? Marie vive con dos hijas de diferentes padres (una de ellas una adolescente muy conflictuada) y con el pequeño y díscolo hijo de Samir.

    En la interacción entre estos seis personajes, Farhadi construye un rompecabezas emocional no exento de sorpresivas revelaciones que llevan a cada uno de ellos a tomar todo el tiempo decisiones muy difíciles ligadas al dilema central: ser fieles al pasado o abandonar esa lucha y moverse hacia el futuro. Aunque por momentos (sobre todo, al final) la película para demasiado “escrita” y “calculada” (y en la última media hora pierde bastante el eje al acumular demasiados elementos), el melodrama familiar está trabajado con esa capacidad de observación, esa sensibilidad y esa agudeza tan infrecuentes en el cine de hoy y que constituyen la marca de fábrica del creador de About Elly.

    Como pocas veces, el espectador puede entender la historia desde el punto de vista de cada uno de los protagonistas y empatizar con todos ellos. Los intérpretes (incluso los niños) están impecablemente dirigidos por un director que, aún cuando no alcance la cumbre de su obra, siempre entrega mucho material para el análisis y el disfrute cinéfilo.
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  • El sobreviviente
    Digno exponente de género

    Peter Berg (El reino, Hancock) consigue su mejor película hasta la fecha como guionista y director con esta precisa, implacable reconstrucción de una trágica misión real ocurrida en el marco de la intervención de los Estados Unidos en Afganistán: en junio de 2005, un equipo de operaciones especiales integrado por apenas cuatro soldados fue enviado a la región de Kunar con la misión de apresar o asesinar al líder talibán Ahmad Shah y a sus seguidores.

    Luego de una introducción plagada de clichés sobre los entrenamientos y la camaradería masculina en el cuartel, la película se concentra en el operativo, que a los pocos minutos se ve truncado por la presencia de pastores de ovejas en la montaña donde los militares estaban escondidos. Lo que sigue, por lo tanto, es una larga caza por parte de los 140 talibanes para atrapar a los cuatro estadounidenses, quienes lucharon no sólo en semejante inferioridad numérica sino también en condiciones físicas, geográficas y hasta tecnológicas (incomunicados por completo) casi imposibles, pero con un heroísmo digno de... una película de Hollywood.

    Lo que importa aquí no es tanto el desenlace (el título original y el de estreno local son en sí mismos un spoiler) sino la forma en que Berg -basándose en un libro de memorias del "sobreviviente" Marcus Luttrell- describe el accionar, la mística, la moral y los códigos de estos combatientes.

    En esa mirada quirúrgica, en esa descripción con impronta casi documental que recuerda al cine de la Kathryn Bigelow de Vivir al límite y La noche más oscura van surgiendo de la manera más inesperada los rasgos de personalidad de cada uno de los cuatro protagonistas, interpretados con convicción, visceralidad y compromiso tanto dramático como físico por Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Emile Hirsch y Ben Foster.

    Sí, hay algunos (pocos) excesos patrioteros, momentos inundados de música épica, y carteles y fotos reivindicatorias sobre el final, pero El sobreviviente es, sobre todo, un sólido film de guerra que utiliza muy bien las locaciones naturales de Nuevo México (que recrean las de Afganistán), un impecable trabajo de edición a cargo de Colby Parker Jr., de fotografía gentileza de Tobias Schliesser, y de sonido. Atributos técnicos y artísticos que se combinan para un muy digno exponente del cine de género.
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  • El desconocido del lago
    Amor (locura y muerte) a primera vista

    Tras participar en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes con No Rest for the Braves/Pas de repos pour les braves (2003) y The King of Escape/Le roi de l'evasion (2009), el siempre provocativo director francés Alain Guiraudie saltó en 2013 a la sección oficial Un Certain Régard (donde fue consagrado como Mejor Director) con una película en varios aspectos perturbadora y extrema, pero de notable factura y múltiples alcances, matices y connotaciones.

    Ambientada íntegramente en una playa nudista frecuentada por gays y en los bosques adyacentes donde los habitués se encuentran cada tarde para mantener sexo casual, El desconocido del lago tiene como protagonista a Franck (Pierre Deladonchamps, Premio César al Actor Revelación), un joven que ingresa a ese universo y de inmediato se fascina con Michel (Christophe Paou), fornido nadador que ya tiene pareja. Al poco tiempo, siendo ya casi de noche, ve cómo su objeto del deseo ahoga a su compañero. Al día siguiente, aun sabiendo de los riesgos que corre, Franck inicia un apasionado romance con Michel, mientras la policía descubre el cadáver en el lago y un patético detective inicia la investigación del caso.

    El film se excede quizás un poco en las largas escenas de sexo explícito (de esas que incomodan al público "común" y genera en algunos casos el éxodo de la sala de ciertos espectadores), pero en los distintos terrenos es de una solidez encomiable. El largometraje funciona a la vez como melodrama romántico y tragedia griega, como película queer y comedia de enredos, y -sobre todo- como un clásico policial hollywoodense con una precisa construcción del suspenso, la intriga y los misterios, amplificada por el uso de locaciones en plena naturaleza. También, por supuesto, funciona como una incisiva mirada a los vericuetos del amor, la pasión, el placer, los celos y la obsesión (muchas veces lindante incluso con lo patológico).

    Una película que -es cierto- desafía e inquieta, un relato que construye un universo propio, con un tono y unos climas que no se parecen en nada al cine pasteurizado, superficial, previsible que tanto abunda en estos tiempos. Una de las gratas sorpresas de la producción francesa reciente. Un estreno... milagroso.
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  • El gran hotel Budapest
    Elige tu propia aventura...

    Pocos directores estadounidenses pueden darse el lujo de hacer lo que quieren y cómo quieren, de contar con elencos pletóricos de grandes figuras, de desarrollar con continuidad un estilo propio que se ubica en las antípodas de los modelos hollywoodenses más convencionales, y -sobre todo- de experimentar, de jugar al cine (y con el cine) en todas sus dimensiones y posibilidades. Wes Anderson es uno de ellos y, por lo tanto, uno de los exponentes más interesantes del panorama actual. En ese sentido, El Gran Hotel Budapest lo encuentra -por suerte- más ambicioso, desprejuiciado y desatado que nunca.

    Si bien buena parte de la historia transcurre dentro del hotel del título ubicado en la cima de una montaña (se accede vía funicular) de un ficticio país de Europa (la República de Zubrowka), la trama está subdividida en cuatro episodios principales (como capítulos de una novela), con saltos temporales que van de 1985 a 1968 y de allí a los años '30, con múltiples narradores en off y con ramificaciones que transforman al film (esencialmente una comedia negra sobre la dinámica del lugar) en una historia de mentor-discípulo (entre el conserje Gustave que encarna Ralph Fiennes y Zero Moustafa, un niño refugiado que trabaja en el lobby y es interpretado por el novato Tony Revolori), en un thriller con asesinato incluido, en una película de (fuga de) cárcel y así hasta completar casi todos los géneros posibles (siempre encontrando elementos trágicos en los momentos de humor y gags físicos o verbales incluso en los pasajes más dramáticos).

    El director de La vida acuática y Viaje a Darjeeling citó al novelista y dramaturgo austríaco Stefan Zweig como la principal inspiración, mientras que la otra fuente principal a la hora de diseñar el trabajo con los actores fueron los clásicos de los años ’30 dirigidos por Ernst Lubitsch (desde la mirada al nazismo de Ser o no ser hasta Ninochtka) o la casi homónima Grand Hotel, de Edmund Goulding. Pero incluso con esas referencias, la película no deja de ser 100% wesanderseriana, con su estilo reconocible en todos y cada uno de sus planos.

    En su octavo largometraje, el realizador de Tres es multitud y Los excéntricos Tenenbaum apela otra vez al artificio (con un vistoso diseño entre retro y kitsch digno de los países del ex eje comunista), a un rompecabezas de muchas piezas, al interminable juego de muñecas rusas (siempre hay una capa más por añadir, una nueva dimensión por explorr). Quizás el resultado es menos sensible y algo más frío que en el caso de la anterior Moonrise Kingdom y no todos los notables intérpretes que dan vida a los 16 personajes centrales tienen el mismo espacio para lucirse, pero no por eso El Gran Hotel Budapest deja de ser una historia tan delirante como fascinante. Otra joyita de su personalísima y casi siempre brillante filmografía para este autor de tan sólo 44 años. Así, cada nuevo estreno de Wes Anderson se convierte en un hito cinéfilo insoslayable.
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  • La segunda muerte
    Pueblo chico, infierno grande

    Estrenada en una de las secciones paralelas del BAFICI 2012, La segunda muerte es otra interesante aproximación del cine argentino a los géneros narrativos clásicos, en este caso al terror de tintes místicos/religiosos/policiales.

    En ese sentido, la ópera prima de Santiago Fernández Calvete se adecúa a gran parte de sus normas: una foránea –en este caso la policía interpretada por Agustina Lecouna- que llega a un pueblo chico intentando huir de su pasado y cuya voz en off es la encargada de llevar adelante la narración, un grupo de habitantes oscilantes entre la parquedad y lo ominoso, la tranquilidad citadina acicateada por un crimen macabro (la aparición de un chico calcinado) y la faceta sobrenatural del fenómeno, encarnada primero a través de un niño con visiones y luego con un elemento que no conviene develar.

    Fernández Calvete acierta con la coherencia narrativa de su dispositivo, demostrando además una profunda creencia y conocimiento en la narración de este tipo de relatos. Sin embargo, La segunda muerte parece por momentos demasiado fascinada por el poderío de su trabajo visual y sonoro -muy buenos, por cierto- antes que en la construcción de sus personajes, imposibilitando la plena comprensión de la motivación personal de cada uno de ellos.
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  • Need for speed
    Need for speed
    La Nación
    Efectiva road movie de acción

    Tras el inmenso éxito de la saga de Rápido y furioso, y aprovechando -claro- la popularidad de la franquicia de videojuegos de carreras homónima (150 millones de copias vendidas), llega Need for Speed, una película básica y al mismo tiempo bastante eficaz. Lo de básica tiene que ver con que el guión de George Gatins está construido de manera consciente a partir de estereotipos y clichés del cine popular: el chico de clase media-baja en problemas, pero bienintencionado, versus el rival rico y despiadado; el protagonista que es acusado de un crimen que no cometió y luego sale en busca de la venganza (que deberá ser una reivindicación moral antes que una del tipo ojo por ojo); la historia de amor entre el antihéroe con su corazón endurecido y la muchacha (inglesa para más datos) excéntrica, entusiasta y finalmente mucho más valiente y desprejuiciada de lo que parecía.

    Si el cinéfilo está esperando un film que les haga honor a clásicos como Reto a muerte o Bullit, o que tenga el desparpajo de las películas con Burt Reynolds y la más reciente A prueba de muerte, puede que esta experiencia resulte un poco frustrante. Es que estamos en el imperio de las convenciones, los diálogos elementales y hasta un poco torpes, con ese cuentito clásico y -por qué no- algo demagógico para un público adolescente y juvenil que no pretende complicarse con los vericuetos de una trama con demasiadas curvas y contramarchas.

    A cambio, este film de Scott Waugh -que antes de dirigir fue doble de riesgo- regala un puñado de set-pieces (esas escenas de acción que de alguna manera definen la contundencia del producto) construidas con todo el vértigo, la adrenalina y la espectacularidad necesarias para impactar y fascinar.

    El protagonista del film es Tobey Marshall (Aaron Paul, la revelación de la serie Breaking Bad), un mecánico y corredor de carreras callejeras que deberá enfrentar al cruel y arrogante Dino Brewster (Dominic Cooper), mientras sobrelleva el duelo por la muerte de uno de sus mejores amigos (de la que es injustamente culpado) y una crítica situación económica que pone en riesgo el funcionamiento de su taller. Pero no todas serán penurias para Tobey, ya que en su vida aparecen la bella Julia (Imogen Poots) y un promotor de carreras (el aquí desatado Michael Keaton), que lo acepta en la De León, una competencia exclusiva que puede cambiarle la vida. Lo que sigue es una típica road movie llena de contratiempos y aventuras en busca de la ansiada reivindicación y la redención final.
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  • Ella
    Ella
    La Nación
    En su cuarto largometraje como director (primero concebido íntegramente por él y distinguido hace pocos días con el premio Oscar al mejor guión original), Spike Jonze construye una historia de amor poco convencional entre un hombre y un sistema operativo.

    Theodore Twombly (otra magistral interpretación de Joaquin Phoenix) es un hombre atribulado y en pena. Alguna vez un escritor promisorio, ahora se gana la vida escribiendo cartas íntimas a pedido. Y sufre con cada recuerdo, cada vestigio de una intensa relación afectiva que resultó en fracaso.

    Más allá de que mantiene algún esporádico contacto con su ex pareja (Rooney Mara), con una amiga depresiva (Amy Adams) y con un compañero de trabajo (Chris Pratt), Theodore es un solitario casi patológico. Ambientada en un futuro cercano (¿o que ya llegó?), la nueva película del realizador de ¿Quieres ser John Malkovich? es un ensayo lúcido e impiadoso sobre esta época en la que una herramienta tecnológica puede anestesiar, tapar, "maquillar" esa crisis existencial: una conexión virtual para desconectarse del doloroso mundo real.

    Y en esa virtualidad aparece "ella", el sistema operativo que se hace llamar Samantha (la magnética, seductora voz de Scarlett Johansson, que reemplazó durante la posproducción a la original de Samantha Morton) y que despertará en nuestro antihéroe las reacciones más inesperadas y contradictorias: se enamorará, se obsesionará, sentirá celos, intentará controlarla.

    A pesar de cierta frialdad en el vistoso diseño en el marco de una Los Ángeles deshumanizada y del tono melancólico de la película (amplificado por la música de Arcade Fire), Ella es una apuesta romántica que excede por mucho el mero ingenio de su propuesta inicial.

    En la credibilidad y en los múltiples matices de la historia, mucho tienen que ver la convicción y ductilidad de Phoenix (que vuelve a sostener, como en Los amantes y The Master, largos y complejos primeros planos con sus "máscaras" perfectas) y el aporte no menor de Johansson para darle entidad -incluso "física"- a un personaje que, en principio, sólo existe a partir de su voz.

    La gran paradoja de la película -y lo que la hace más inquietante- es que el protagonista por momentos parece una máquina anodina, mientras que el sistema operativo contratado por el cliente se comporta -en todo sentido- como una mujer "de carne y hueso".

    Mucho se ha escrito sobre las referencias (desde el personaje de James Stewart en Vértigo hasta el clásico relato de Pinocho), pero lo cierto es que Spike Jonze ha sintonizado como pocos con los conflictos humanos de esta época contradictoria, angustiante y al mismo tan interesante para el análisis. Tiempos de consumismo exacerbado, de estímulos constantes y, a la vez, la auténtica era del vacío.
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  • La tercera orilla
    Rebelde con causa

    Con Ana y los otros (2003), Una semana solos (2008) y el documental Escuela Normal (2012), Celina Murga ya había demostrado su sensibilidad, su capacidad para observar y retratar a los adolescentes (también a los pre y a los post), pero nunca había posado su mirada tan fuertemente sobre el universo masculino, en especial sobre la relación padre-hijo, sobre los mandatos paternos en una sociedad machista, conservadora y bastante hipócrita como en La tercera orilla, ambientada en una ciudad de su Entre Ríos natal como Concepción del Uruguay.

    La película -coescrita a cuatro manos con Gabriel Medina (director de Los paranoicos y La araña vampiro)- está narrada desde el punto de vista de Nicolás (convincente debut de Alián Devetiac), un muchacho de 17 años cuyo padre -un influyente médico del lugar- lleva desde “siempre” una doble vida. En efecto, el muchacho forma con sus hermanos menores del sector no reconocido socialmente (su madre sería la “amante”, mientras paralelamente está la esposa con su familia “oficial”), pero su papá ha decidido que él sea su sucesor tano en los negocios (que administre su campo) como en su profesión (que estudie medicina y supervise la clínica).

    Nicolás casi no habla, pero en cada uno de sus gestos, en su mirada, en sus decisiones (cómo lo evita en varias ocasiones) se va percibiendo con absoluta precisión la forma en que van creciendo el miedo, el resentimiento, la bronca, la humillación, el odio, la violencia contenida hacia un hombre que decide absolutamente todo y para todos (desde el reparto del dinero hasta la compra de un nuevo televisor para la casa “sustituta”).

    Lo mejor de La tercera orilla, una pequeña película de gran solidez y múltiples connotaciones, es que no ubica a Nicolás en el esteretotipo de víctima torturada (si bien hay algo de eso) ni a su padre Jorge (notable trabajo de Daniel Veronese) como un dictador, un tirano, un abusador compulsivo o un monstruo (aunque por momentos tenga algunos gestos monstruosos). Lo que el film expone con suma claridad y sin juzgar a los personajes es cómo esas relaciones de poder están naturalizadas y aceptadas (muchas veces con dolor y resignación) por un entramado social que precede por mucho y marca desde siempre a las dinámicas familiares.

    Si bien se trata de la película más narrativamente clásica de Murga, en la que más se construye la tensión y el suspenso (¿qué hará finalmente Nicolás ante la presión y los condicionamientos?), La tercera orilla es un film donde la sutileza, el cuidado por el detalle y la construcción de climas (extraordinario trabajo de cámara y fotografía de Diego Poleri con Tierras malas/Badlands, de Terrence Malick, como inspiración, edición y sonido) adquieren muchas veces más importancia que la resolución de cada uno de los conflictos que se plantean (un ejemplo: la escena del karaoke).

    Tengo mis reparos respecto de la eficacia de cómo se cierra la historia en sus dos últimas secuencias, pero no es cuestión de “spoilear” un film que tiene múltiples hallazgos. Más allá de cualquier cuestionamiento que pueda hacérsele, se trata de una película que consagra de forma definitiva a una directora que sigue creciendo en cuanto a virtuosismo formal, inteligencia para sumergirse en las contradicciones juveniles y profundidad psicológica. Bienvenida sea, entonces, esa constante evolución.
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  • Heredero del diablo
    El regreso del Anticristo

    Un hombre es interrogado por la policía el 30/3/2013. Tiene el rostro ensangrentado, pero repite: “Yo no lo hice”. La historia se retrotrae 9 meses y vemos entonces a una pareja joven y bella (Zach Gilford y Allison Miller) que se casa, y se va de Luna de Miel a República Dominicana. Poco después, ella le informa a él que está embarazada. La felicidad que embarga al matrimonio se transformará en -literalmente- un infierno cuando empiecen a ocurrir cosas muy extrañas -no conviene adelantar demasiado- durante ese proceso de gestación.

    La película de la dupla Matt Bettinelli-Olpin-Tyler Gillett es una mixtura no demasiado audaz de El bebé de Rosemary con Actividad paranormal, un reciclaje de elementos del subgénero de terror a-la-Anticristo con elementos sobrenaturales, estética “documentalista” y recursos narrativos (la omnipresente cámara subjetiva que cargan los protagonistas a toda hora, las imágenes tomadas por diversas cámaras de seguridad) que ya se han visto una y mil veces en los últimos años.

    Película pesadillesca y paranoica, El heredero del Diablo está dignamente construida, regala algunas escenas inspiradas y unos cuantos sustos (por momentos, apelando a un exceso de sadismo), aunque finalmente cede al festival de efectos visuales para un desenlace quizás más ampuloso de lo deseado. Un exponente del “nuevo” cine de terror tan correcto, tan profesional, como efímero.
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  • Balada de un hombre común
    El cantante que nunca estuvo

    Esta nueva película de los hermanos Joel y Ethan Coen narra la historia del Llewyn Davis del título (Oscar Isaac, toda una revelación), joven cantautor sin éxito profesional, económico ni afectivo (y perseguido además por la peor de las suertes a cada instante de su vida) que vive de casa en casa. Se suma, así, a la larga galería de patéticos perdedores de los creadores de Fargo, Barton Fink, El gran Lebowski, Simplemente sangre y Sin lugar para los débiles.

    En la primera escena del film, con Llewyn Davis cantando uno de sus temas en The Gaslight Café -pleno Greenwich Village de 1961-, se puede ver entre el público a un joven muy parecido a Bob Dylan. Cerca del final de la película, cuando el protagonista abandona el escenario, ese muchacho se sube al estrado y, efectivamente, escuchamos a quien luego sería la figura clave del folk (con Joan Baez, Joni Mitchell y tantas otras).

    Porque Inside Llewyn Davis es eso: la “apropiación” que los Coen hacen de esa era pre-Dylan a partir de un personaje de ficción inspirado en la figura real del hoy músico de culto Dave Van Ronk. Así, más que una reconstrucción de época hay aquí una recreación o, mejor, una invención fiel al estilo desprejuiciado pero respetuoso a la vez de los directores, quienes -sin embargo- logran transportarnos a la bohemia de bares, clubes nocturnos, intelectuales esnobs y artistas frustrados.

    La película -ganadora del Gran Premio del Jurado en el último Festival de Cannes aunque prácticamente ignorada en los recientes Oscar- está plagada de situaciones absurdas, con ese humor negro y espíritu tragicómico (hay desde suicidios hasta embarazos no deseados) que son el sello de los Coen. Y, esta vez, los gatos son casi tan importantes en la trama como los protagonistas (y mucho más queribles que ellos). Todos los temas (bellísimos, gentileza del productor musical T Bone Burnett) se cantan en vivo y ¡completos! En ese sentido, Isaac entrega no sólo impecables interpretaciones sino también un aire melancólico, tristón, chaplinesco, que se engancha con la nostalgia de aquella época y su look 100% loser.

    En los habituales y simpáticos personajes secundarios del cine de los Coen se lucen Carey Mulligan, Garrett Hedlund, Justin Timberlake y F. Murray Abraham. En cambio, en esta oportunidad, no es tan logrado el trabajo de John Goodman, como un músico de jazz que acompaña a Davis en una larga secuencia típica de road-movie (un viaje nocturno entre Nueva York y Chicago) que no es de las más inspiradas de un film, que contó con el inestimable aporte estético del DF francés Bruno Delbonnel en la creación de climas siempre nostálgicos y fascinantes.

    Para quienes detestan que los Coen "maltraten" a sus personajes y los miren siempre desde arriba, Inside Llewyn Davis no va a reconciliarlos precisamente con su cine, pero sí es de esas pequeñas películas (las menos pretenciosas) de los hermanos que -por lo menos en mi caso- más se disfrutan.
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  • Luna en Leo
    Luna en Leo
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    Cita a ciegas

    Leo (Ismael Serrano) es un español radicado en Buenos Aires. Llegó como ejecutivo de un banco extranjero, pero ahora es un aspirante a periodista (tiene una investigación a punto de publicarse aunque se gana la vida escribiendo los horóscopos sin saber nada de Astrología). Luna (Carla Pandolfi, vista en Días de Vinilo y en la serie Violetta) es una joven tan bonita como cínica (incluso un poco cruel).

    Ambos antihéroes (él todavía más loser que ella) se encuentran de madrugada en un boliche para la primera cita. La sensación inmediata es de incomodidad, de escasa fluidez, de incompatibilidad de personalidades (ella extrovertida e impune; él bastante más introspectivo, torturado, tímido). Lo que en principio parece será una noche breve y olvidable, se va estirando: una cerveza más, un partido de pool, una caminata por Puerto Madero, unos tacos en un restaurante mexicano, un paso por la fiesta de cumpleaños de una amiga de ella…

    La película -segunda colaboración del director Juan Pablo Martínez con el popular cantautor ibérico tras El hombre que corría tras el viento- se pretende un retrato íntimo y al mismo tiempo generacional sobre las contradicciones, miedos, represiones y miserias de los de “treintaypico”, con una preponderancia absoluta del diálogo en la línea de tanto cine indie norteamericano.

    El problema es que el co-realizador de Desmadre no consigue que sus dos protagonistas consigan esa química, esa tensión romántica tan fundamental para que una historia de estas características funcione, atrape. Los diálogos muchas veces resultan forzados, suenan demasiado “escritos” y poco casuales. La credibilidad, así, se va diluyendo. Y el interés, también. Una pena porque había en la propuesta inicial varios aspectos simpáticos, atractivos. El resultado final, lamentablemente, no está a la altura de lo que prometía.
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  • Tras la puerta
    Tras la puerta
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    Mi pasado me condena

    Con Una película de amor, Confianza, Mephisto, Coronel Redl, Hanussen, Encuentro con Venus, Tomando parte, Sunshine, el amanecer de un siglo o Conociendo a Julia, por nombrar sólo algunos títulos, István Szabó se convirtió en uno de los directores húngaros (y europeos) más prestigiosos y de mayor proyección internacional. Sus largometrajes fueron reconocidos en festivales y hasta en los Oscar, contó muchas veces con importantes presupuestos y con el aporte de intérpretes consagrados.

    Por eso, en el marco de semejante filmografía, Tras la puerta es una película chica en dimensiones y -lamentablemente- menor en sus resultados artísticos. A pesar de contar con una de las mejores actrices en actividad (Helen Mirren) y de adentrarse en conflictos que Szabó conoce bien y ya ha trabajado (las huellas de la Segunda Guerra Mundial, las relaciones entre mujeres), en este caso se queda a mitad de camino con una apuesta morosa (estática), densa y solemne, casi de índole teatral, trabajada para colmo con simbolismos torpes (ay, las tormentas) y un uso demasiado explícito de los flashbacks para descubrir los traumas de los personajes.

    La película -hablada en inglés- está ambientada en la Hungría de los años ’60 (plena posguerra y régimen comunista), pero aquí el trasfondo está poco aprovechado (o desaprovechado) porque Szabó decide casi prescindir del afuera para concentrarse en la relación de amor-odio, fascinación-repulsión, lealtad-rechazo entre las dos protagonistas.

    Mirren es Emerenc, una mujer decididamente contradictoria y escindida (víctima y victimaria, educada y despiadada, dulce y amarga, dócil y brutal, testaruda y servicial) que empieza a trabajar como empleada doméstica de un matrimonio de vecinos de una clase social, económica e intelectual más alta. El marido, Tibor (Károly Eperjes), es bastante reacio a su presencia, pero la esposa, Magda (Martina Gedeck, vista en La vida de los otros), es una escritora en pleno ascenso que empieza a obsesionarse por la personalidad de Emerenc, quien se va transformando en una suerte de musa inspiradora de su nueva novela.

    Lo que en principio parecía servido para una mirada a la lucha de clases deriva, sin embargo, hacia el ensayo psicológico y, si bien la siempre solvente Mirren (aquí lejos de sus mejores trabajos) le da cierta carnadura y tensión a su personaje, este film -basado en la novela autobiográfico de Magda Szabó- resulta demasiado ampuloso y obvio en su exploración de esos pasados que condenan, de esos secretos y mentiras que agobian.
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  • 300: El nacimiento de un imperio
    Siete años después del inmenso éxito comercial conseguido por 300 (influyente película que tuvo quizá demasiadas imitadoras), llega esta segunda entrega, cuya historia transcurre antes, durante y después de aquella épica sobre los valientes espartanos que resisten una masiva invasión persa. Esta vez, ya no figura Zack Snyder detrás de cámara (fue reemplazado por el director de comerciales Noam Murro), pero sí como productor y como autor del guión, basado otra vez en una novela gráfica de Frank Miller ( Xerxes ).

    La estética del cómic, la estilización visual y la violencia extrema vuelven a ser los pilares sobre los que se construye un film de propuesta eficaz en los términos en que está planteado, aunque al mismo tiempo bastante limitado en su alcance. Estamos ante una de esas películas hechas "para la hinchada" (que, como quedó demostrado con el largometraje original, es bastante masiva), pero que al repetir varios de los esquemas narrativos, al caer otra vez en ese regodeo esteticista, en la voz en off solemne y en un tono siempre ampuloso, ya no logra el mismo impacto que había conseguido Snyder. Además, para quienes no se sientan atraídos por la acumulación de excesos gore, les resultará -lisa y llanamente- un regodeo insoportable. Pura pornografía de la violencia.

    Esta historia ambientada en el año 480 a.C. arranca con el general Temístocles (Sullivan Stapleton) matando en plena batalla y con un lejano disparo de flecha al rey persa Darío (Igal Naor). Será entonces su hijo Jerjes (Rodrigo Santoro), devenido en su sucesor y en algo así como un nuevo dios, quien emprenda la venganza junto a la brutal Artemisia (Eva Green), comandando una imponente flota naval que amenaza con arrasar a las mucho más endebles fuerzas griegas. ¿Se sumarán a la defensa los espartanos liderados por la ahora reina viuda Gorgo, interpretada nuevamente por Lena Headey? Cabe aclarar, en este sentido, que el personaje de Leónidas que consagró a Gerard Butler sólo aparece en unas pocas tomas recicladas de la 300 original.

    No hay muchas más incógnitas en esta trama básica y elemental, pero que regalará a los fans de este subgénero un festival de fluidos (baños de sangre, sudor y lágrimas), de efectos visuales en 3D (los enfrentamientos en alta mar son de gran espectacularidad) y de luchas cuerpo a cuerpo presentadas en cámara lenta y con una fragmentaria edición con espíritu de videoclip.

    Lo mejor -y, en algún sentido, más sorprendente- de la propuesta es el personaje de Artemisia, una griega abusada de niña y luego rescatada y criada por los persas. Eva Green, la bella actriz francesa de Los soñadores y Sombras tenebrosas , construye una malvada desatada y desaforada, una femme fatale dueña de una crueldad, una tensión erótica, una ferocidad y una negrura que se extrañan en el resto de los personajes y las actuaciones.

    En Green y en ciertos hallazgos formales residen los principales sostenes de esta segunda entrega, destinada sólo a los incondicionales seguidores de una saga que tendrá que demostrar si todavía queda interés por este tipo de propuestas luego de la limitada repercusión obtenida en todo el mundo por las recientes La leyenda de Hércules y Pompeii.
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  • En la casa
    En la casa
    La Nación
    El juego del gato y el ratón

    El prolífico, talentoso y muchas veces desconcertante director francés François Ozon se basó muy libremente en una obra teatral del español Juan Mayorga para esta mixtura entre la comedia, el drama y el thriller que remite al tono de sus primeros trabajos (Los amantes criminales, Sitcom, Gotas de agua sobre rocas calientes) y que resulta una suerte de regreso modernizado al Alfred Hitchcock de La ventana indiscreta, al cine de Woody Allen (en este caso, hay incluso un homenaje explícito cuando los protagonistas van al cine a ver Match Point) y a la fascinación por los relatos morales sobre la burguesía de Claude Chabrol.

    A partir de un guión propio, el realizador de Bajo la arena, 8 mujeres y Potiche narra en su penúltimo largometraje (posteriormente realizó Joven y bella) la historia de Germain (otro notable trabajo de Fabrice Luchini), un profesor de literatura de escuela secundaria harto de su trabajo y, sobre todo, de la mediocridad de sus alumnos. En medio del fastidio acumulado, mientras corrige con "piloto automático" los distintos trabajos (composiciones sobre qué hicieron los adolescentes durante el fin de semana), se topa con uno que lo sorprende, lo intriga, lo fascina.

    Es que uno de los jóvenes que apenas se hacen notar en clase redacta una historia llena de misterio, erotismo, perversión. Germain se lo lee a su esposa, Jeanne (la siempre convincente Kristin Scott Thomas), una galerista avant garde , y ambos quedan entre perturbados y enganchados con el relato. Es que Claude (Ernst Umhauer), que intenta salir de su poco contenedor hogar de clase media-baja, cuenta cómo se ha inmiscuido e insertado dentro de la familia "perfecta" de un compañero de clase llamado Rapha (Bastien Ughetto). Germain se siente cada vez más obsesionado por la trama e insta al autor a profundizar su estudio antropológico-literario y, por qué no, incluso a seducir a Esther (Emmanuelle Seigner), la madre de su amigo.

    Lo que sigue es un simpático y atrapante (al menos durante buena parte de los 105 minutos) péndulo entre ficción y realidad con manipulaciones cruzadas (hay algo de juego de gato y ratón, de cazador-cazado), cuyos tragicómicos resultados hacen de este thriller psicológico un ensayo inquietante y fascinante sobre la relación maestro-estudiante, sobre las contradicciones generacionales y sobre el efecto motivador de la literatura. Aunque no todos los recursos son igualmente logrados (no siempre funcionan las fantasías en las que Germain también aparece como personaje), En la casa es una película con suficiente ingenio, picardía, gracia, ligereza y fluidez como para seducir al espectador sin por eso resultar superficial o banal. Bienvenido sea, entonces, este regreso de esta buena versión de Ozon a la cartelera argentina.
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  • Non-Stop: Sin escalas
    Paranoia y angustia en el aire

    Con películas como La casa de cera, La huérfana y Desconocido (esta última, también con Liam Neeson como protagonista), el catalán Jaume Collet-Serra se posicionó en Hollywood como uno de esos directores que pueden incursionar en géneros populares como el terror y el thriller con oficio, aportando desde el exterior esa solidez que tanto agradecen en la principal industria cinematográfica.

    En su nuevo film, Collet-Serra narra con buen pulso y a pura tensión una historia que transcurre casi íntegramente dentro de un avión en vuelo, en el que nunca se sabe muy bien qué pasa, de dónde provienen las amenazas, quiénes son los buenos y quiénes los malos, pero con la posibilidad de la catástrofe siempre latente, inminente.

    El protagonista (y antihéroe) del film es Bill Marks (Neeson), un veterano agente que viaja de incógnito en los aviones para garantizar la seguridad de los pasajeros. Alcohólico y fumador empedernido (se las ingenia para prender un cigarrillo en el baño tapando los detectores de humo), hombre traumado por una tragedia familiar, es asignado a su pesar para un vuelo transatlántico entre Nueva York y Londres.

    No conviene adelantar mucho más. Este claustrofóbico film sobre la paranoia post-11 de Septiembre tiene elementos clásicos (una bomba con cuenta regresiva, por ejemplo) y otros más ligados a las nuevas tecnologías. Si bien el guión hace un uso abusivo de los teléfonos celulares en pleno vuelo y apela de manera ridícula al recurso de que todos los pasajeros vean un noticiero ¡en vivo! en sus pantallas individuales, la película no pierde jamás su credibilidad gracias a la consistente narración de Serra, el aplomo de Neeson y los buenos aportes de los personajes secundarios interpretados por Julianne Moore, Corey Stoll y Lupita Nyong'o, entre otros.

    Si a esos atributos se les suman escenas de peleas cuerpo a cuerpo bien coreografiadas en espacios reducidos y sobre el final un sobrio despliegue de efectos visuales generados por computadora, Non-Stop: Sin escalas una película sobre la redención y las segundas oportunidades surge como un más que digno entretenimiento. Quizá no ofrezca nada demasiado novedoso, pero su propuesta está concebida desde la nobleza y el profesionalismo.
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  • La corporación
    La corporación
    Otros Cines
    La chica de tus sueños

    El director de Mala carne, Celo y ¡Malditos sean! abandona aquí el género de terror y parte de un guión más que interesante (con múltiples ideas, derivaciones y alcances inquietantes), aunque el resultado final -sin ser decepcionante- no alcanza a explotar todas las posibilidades de esta historia que incursiona con suerte dispar en el drama romántico y familiar, el thriller financiero y hasta en algunos elementos que coquetean con el cine fantástico, el noir y la ciencia ficción.

    El protagonista del film es Felipe (Osmar Núñez, buen actor pero que probablemente no haya sido la mejor elección para el papel), un exitoso, despiadado y cínico empresario que contrata a una misteriosa corporación los servicios de Luz (la irresistible Moro Anghileri), una joven que convive con él y hace las veces de su esposa. Ella, en verdad, está casada con otro hombre (Sergio Boris) y el cliente no cumple con el contrato cuando la presiona con tener un hijo con ella. Allí arranca la faceta más tensa y enfermiza de un estudio sobre el poder, la dominación, la obsesión, el control, el deseo y la paternidad.

    Se trata de un buen film, sin dudas, con no pocos hallazgos (y el plus de participaciones especiales de intérpretes de la talla de Federico Luppi y Juan Palomino, entre otros), pero también deja la sensación de que daba para algo más. En Hollywood, con una propuesta así, se hacen un verdadero festín...
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  • Dallas Buyers Club: El club de los desahuciados
    Cuando los opuestos se atraen

    A veinte años de Filadelfia, discreto film de Jonathan Demme con Tom Hanks y Denzel Washington que -sin embargo- generó en su momento un gran revuelo y fue muy importante para visibilizar el tema del SIDA en el cine de Hollywood, Dallas Buyers Club recupera aquella problemática con mejores recursos y resultados.

    El canadiense Jean-Marc Vallée -el mismo de Mis gloriosos hermanos (C.R.A.Z.Y.)- reconstruye la historia de Ron Woodroof, un electricista y estafador que en 1985 es diagnosticado con el virus y al que los doctores le dan apenas 30 días de vida. Lo interesante de Dallas Buyers Club es que -al menos en buena parte de sus casi dos horas- evita tanto los lugares comunes de la corrección política como el golpe bajo a puro sentimentalismo.

    Es que el Ron que compone Matthew McConaughey (“él” actor del momento gracias a este trabajo y al de la serie True Detective) es todo lo contrario a lo que la corrección política propondría como ideal para un activista que lucha por los derechos sociales de una minoría. Homofóbico, machista, violento, borracho, drogadicto, este auténtico cowboy redneck pasó de frecuentar los rodeos y el sexo con prostitutas a liderar una causa que puso en jaque al gobierno estadounidense (más puntualmente a la Food and Drug Administration) y a las corporaciones farmacéuticas que se enriquecieron con los costosos tratamientos contra el HIV con medicamentos que no sólo no generaban las mejoras prometidas sino que empeoraban de forma arrasadora la salud de los pacientes.

    Estamos en la hiperconservadora Texas de 1985 y el esquelético Ron (McConaughey adelgazó 18 kilos para el papel) gambetea varias veces la muerte inminente para empezar a traficar desde México cócteles prohibidos por entonces en los Estados Unidos elaborados por un médico anarco (excelente Griffin Dune). Su actividad -que luego deviene en el “club de los desahuciados” a los que alude el subtítulo local- empieza a generar un interés masivo dentro de la comunidad gay y un creciente malestar por parte de las autoridades, que lanzan una fuerte ofensiva contra la iniciativa.

    La película funciona por la convicción (la cámara en mano, la urgencia, la crudeza) con que Vallée construye el relato, que evita tanto el miserabilismo como la compasión culpógena para incluso incursionar en pasajes de comedia lograda, y por la contundente, conmovedora actuación de McConaughey. Para mi gusto, el film no fluye en los mismos términos con el personaje del transexual que encarna Jared Leto (una de esas actuaciones que tienen todos los elementos servidos en bandeja para ganar el Oscar) ni con el asordinado romance con la médica que interpreta Jennifer Garner (que sirve, sí, para exponer las contradicciones entre lo burocrático/institucional de lo hospitalario y lo humano/experimental de la propuesta de Ron y sus seguidores), pero aun cuando sobre el final debamos soportar algunos diálogos demasiado “escritos” y un poco aleccionadores Dallas Buyers Club no deja de ser un film intenso, provocativo y en muchos aspectos fascinante. Para ver y, claro, para discutir.
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  • Operación monumento
    El arte de la guerra (y la guerra por el arte)

    Operación Monumento, la nueva película como actor, guionista, productor y director de George Clooney, está ambientada durante la Segunda Guerra Mundial y muy libremente inspirada en un caso real: el de un batallón del ejército aliado conocido como MFAA (Monuments, Fine Arts and Archives) que se dedicó a rescatar obras de arte (estamos hablando de obras de Miguel Ángel, Da Vinci, Rembrandt, Van Eyck, Vermeer, Renoir o Cezanne) que habían sido robadas por los nazis.

    Se trata de una historia fascinante que Clooney -en su quinto largometraje como realizador- maneja con su habitual apuesta por el clasicismo narrativo con un tono medio, un humor bastante asordinado, algunos subrayados y cierto sentimentalismo (la muerte de un integrante del escuadrón genera el debate interno respecto de si vale la pena o no sacrificar vidas humanas para recuperar un cuadro o una escultura).

    El film arranca con la gestación de la Operación Monumento del título liderada por el historiador del arte Frank Stokes (el propio Clooney), quien luego irá recorriendo distintos lugares para sumar a viejos amigos y colegas académicos (Matt Damon, John Goodman, Jean Dujardin, Bill Murray, Bob Balaban y Hugh Bonneville) hasta completar un equipo de veteranos expertos que parecen una versión geriátrica del pelotón de Bastardos sin gloria.

    Más cerca de la parodia de M.A.S.H. (sobre todo con las desventuras de los personajes de Balaban y Murray) o del clásico El tren (1964), de John Frankenheimer, que del virtuosismo y del sadismo de Quentin Tarantino, Operación Monumento es algo así como una cruza (con menos logros) de La gran estafa con Argo. La película en líneas generales funciona, pero tiene varias subtramas desaprovechadas e intrascendentes, como por ejemplo el atisbo de romance en la París ocupada entre el James Granger de Damon (personaje inspirado en James J. Rorimer, que luego sería director del Metropolitan Museum of Art de Nueva York) y la Claire Simone de Cate Blanchett (nada menos), que está basada en una de las líderes de la Resistencia como Rose Valland.

    Se trata, en definitiva, de un film simpático, entrañable, con un impresionante despliegue visual (otro gran trabajo en pantalla ancha de ese notable director de fotografía que es Phedon Papamichael) y bastante entretenido, aunque también algo superficial y menor dentro de la filmografía del creador de Confesiones de una mente peligrosa, Buenas noches y buena suerte, Secretos de Estado y Jugando sucio.
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  • Las aventuras de Peabody y Sherman
    Esta producción de DreamWorks Animation -que retoma los personajes de Peabody y Sherman surgidos a fines de los 50 en el marco del programa El show de Rocky y Bullwinkle - propone una simpática y por momentos delirante relectura de distintos momentos de la historia universal a partir del clásico recurso de la máquina que permite viajar por el tiempo. Ese invento es obra de Peabody, un perro parlante y brillante científico egresado de Harvard que -para completar lo ridículo de la propuesta- tiene un hijo adoptivo (un huérfano llamado Sherman) que ocupa el lugar de la mascota traviesa y de inseparable compañero de aventuras.

    La acción arranca en Nueva York, donde Peabody sufre la presión de una despiadada asistente social, la señorita Grunion, que no está de acuerdo con que un perro sea el padre sustituto de un niño, mientras que Peabody deberá lidiar con los desplantes de una competitiva compañera de clases llamada Penny.

    Típica película de enredos narrados a puro vértigo y con guiños cómplices para chicos y adultos, Las aventuras de Peabody y Sherman llevará a los dos antihéroes y a Penny por distintos tiempos y lugares: desde la corte de Versalles de 1789 con María Antonieta sufriendo la rebelión popular y los protagonistas evitando la guillotina y la ira de Robespierre hasta el antiguo Egipto, con emperadores, momias y (falsos) dioses enfurecidos; pasando por la Florencia de 1508, con un Leonardo da Vinci incapaz de hacer sonreír a Mona Lisa, o por la Guerra de Troya, del siglo XII a.C.

    Este film episódico propone un atractivo despliegue formal (el talentoso fotógrafo mexicano Guillermo Navarro se desempeñó como consultor visual) para reconstruir esos distintos hitos de la historia, pero apela, de manera innecesaria y poco lograda, al recurso del 3D.

    Rob Minkoff, codirector de El Rey León y realizador de las dos entregas de Stuart Little, La mansión embrujada y El reino prohibido , sostiene el relato con bastante fluidez, con algunos gags físicos y diálogos ingeniosos, aunque por momentos el recurso de los sucesivos viajes en el tiempo puede abrumar a cierto segmento del público (sobre todo el de los más pequeños), ya que no hay un desarrollo demasiado profundo de unos personajes que, de esta manera, no generan esa empatía que ha sido la base del éxito de otros films animados. Habrá que ver, entonces, si el público logra identificarse con los protagonistas o, al menos, se ve seducido por esta relectura de la historia que poco tiene que ver con la que se enseña en los libros escolares.
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  • Errata
    Errata
    Otros Cines
    Buscando a Borges en pantalla

    Dedicado a la memoria de Luis Alberto Spinetta y con múltiples referencias a la obra de Jorge Luis Borges, este primer largometraje de Iván Vescovo (director formado en la FUC) resulta un trabajo algo pretencioso, aunque también con unos cuantos elementos -sobre todo visuales- arriesgados e interesantes.

    Rodada en blanco y negro (Súper 16mm), con mucha cámara en mano, algo de esteticismo publicitario y una música por momentos demasiado estridente, la película describe la desesperada búsqueda que un joven fotógrafo emprende para encontrar a su novia desaparecida en una Buenos Aires atemporal e inasible.

    Estudio sobre la obsesión, la culpa y la esquizofrenia, Errata incursiona también en el thriller (el plan para robar un preciado libro, la aparición de una gemela, un secuestro, una extorsión) y la estética del film-noir con un relato fragmentario en el que hay irrupciones oníricas, surrealistas, alucinatorias.

    Ese patchwork estilístico nunca alcanza a fascinar del todo (hay, sí, ciertas atmósferas logradas) y desemboca en una acumulación de capas narrativas, subtramas y personajes donde abundan el capricho y la arbitrariedad. Una pena porque se intuye en Vescovo un talento para la creación de climas e intrigas con no poco lirismo. Habrá que esperar a sus próximos trabajos para que pueda madurarlo y exponerlo con mayor continuidad que aquí, donde sólo hay atisbos y aislados destellos.
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  • Beatriz Portinari
    ¿Angel o demonio?

    Me pasó algo extraño con este documental: me interesó como ensayo sobre las dificultades y los dilemas éticos de los realizadores frente a su “objeto” artístico (en este caso, una anciana dueña de un carácter muy fuerte y cambiante), pero no tanto como retrato de una escritora de culto a la que conocía poco (y que, luego de ver el film, sigo sin conocer demasiado).

    La película es bastante superficial, no ahonda ni ofrece testimonios o materiales de archivo lo suficientemente valiosos o reveladores a la hora de reconstruir la trayectoria de la escritora platense Aurora Venturini, de 91 años, que fue amiga y trabajó con Eva Perón; se relacionó en París con los existencialistas (incluidos Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre), y recibió un premio de manos del mismísimo Jorge Luis Borges.

    Sin embargo, resulta fascinante cuando expone las propias contradicciones de los directores (a los que Venturini llama “vinchucas” y a los que termina echando de su casa para olvidarse por completo de su compromiso con el documental) ¿Cómo continuar la investigación? ¿Cómo no manipular a (ni ser manipulados por) una viejita que es tan querible y simpática como cruel y despiadada? Allí está el verdadero corazón de este film, que lleva implícita desde su título una dicotomía interna (no se explica bien el tema, pero Beatriz Portinari es el seudónimo que usó Venturini para presentarse en 2007 al concurso Nueva Novela, organizado por Página/12, en el que obtuvo el gran premio por la aclamada Las primas).

    Mientras Venturini acompañó el proyecto, ofreció a cámara unos cuantos filosos testimonios de espíritu tragicómico, con esa ironía única de la que ella es capaz. Para mi gusto, no alcanzan para comprender en toda su dimensión las múltiples facetas de esta prolífica escritora. El misterio, por lo tanto, se mantiene. Habrá que seguir desvelándolo en sus poemas, columnas y novelas.
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  • Pompeii, la furia del volcán
    Se viene el estallido...

    Paul W.S. Anderson, director y/o guionista de varias de las entregas de la saga de Resident Evil, abandona la ciencia ficción y viaja desde el futuro apocalíptico hasta el pasado, más precisamente al año 79 D.C., para una película que va del espíritu del viejo y querido Péplum al cine catástrofe y de allí al melodrama romántico. Es que esta épica histórica apuesta a una fórmula que sería algo así como: Gladiador + Volcano + Un amor imposible de todo épico; todo eso -claro- amplificado con una profusión de CGI, imágenes en 3D, música ampulosa, una estética kitsch y unas resoluciones que son premeditada, consciente, alevosamente cursis. Como queda claro, nada de sutileza. Tómelo o déjelo.

    La excusa histórica es la famosa erupción del Vesubio que arrasó con Pompeya. La excusa dramática es la venganza de un joven esclavo de origen celta devenido gladiador contra los romanos que masacraron a su pueblo y lo dejaron huérfano (eso se explica en el prólogo, ambientado 17 años antes). La excusa erótica es la presencia de dos jóvenes carilindos como protagonistas (Kit Harington como el esclavo y Emily Browning como la hija de los líderes de Pompeya). La excusa de acción son las luchas cuerpo a cuerpo en las arenas de los coliseos ante un público enfervorizado. Y, por último, la excusa para el gran espectáculo son los efectos visuales para reconstruir el estallido del volcán + terremoto + tsunami.

    Muchas “excusas”, es cierto, para una película construida en base a estereotipos y clichés (todo el relato está sostenido por convenciones y presupuestos que el espectador deberá aceptar y compartir) con unos romanos que son caricaturescos en su sadismo, especialmente el villanesco y corrupto senador que compone Kiefer Sutherland.

    No estoy 100% convencido de que Pompeii sea una buena película, pero resulta bastante disfrutable si uno se libera de sus prejuicios, entra en su registro, si no opone resistencia, si se deja llevar por su espíritu popular/populista, grandilocuente hasta lo risible, falsamente solemne y decididamente grasa. Es un film demodé concebido con la última tecnología. Una rareza. Un divertimento menor. Ni más ni menos que eso.
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  • La grande bellezza
    ¿Quieres ser Federico Fellini?

    Difícilmente lean una crítica "tibia" como esta sobre el nuevo film del director de Il divo y This Must Be the Place. Es que las reacciones que genera este enfant-terrible, para muchos el nuevo mesías, el gran renovador del cine italiano, van casi siempre de obra maestra (para casi todos) a una vergüenza (para sus ya no tantos detractores), casi sin escalas intermedias. No creo que sea ninguna de esas dos cosas, pero lo cierto es que este ambicioso (pretencioso) realizador y pseudo filósofo me suele irritar bastante.

    Podrá ganar el Oscar -ya se ha hecho con decenas de otros premios-, pero hay algo que tiene que ver con las formas, con el tono que usa, con la ostentación que propone, con el regodeo en el patetismo y los excesos que expone que no terminan de enganchar con mi sensibilidad. No le encuentro demasiadas otras explicaciones a por qué los demás (incluidos colegas que respeto mucho) ven en Paolo Sorrentino poco menos que a un genio y yo no.

    Aquí, en “su” Dolce Vita, ese satirista desbordado que es Sorrentino contó con el gran Toni Servillo en el papel de Jep Gambardella, un escritor bon vivant que es algo así como el gran animador de las descontroladas fiestas de la aristocracia romana en plena euforia berlusconiana de lujuria y la bellezza del título a cualquier costo. Pero ese mundo grasa y patético de “MILFs” mantenidas a pura cirugías estéticas e inundadas de Botox, de viejos verdes y de intelectuales decadentes se va derrumbando a fuerza de angustia, melancolía y vacío existencial al igual que esa sensación de impunidad, de inmortalidad de una sociedad siempre superficial y negadora.

    El problema es que Sorrentino nos somete en muchos pasajes a una estética publicitaria poco feliz, a múltiples referencias fellinianas que quitan más de lo que agregan, y a diálogos cínicos e "ingeniosos" plagados de sentencias célebres sobre el estado de las cosas. El final, para colmo, va hacia la sátira religiosa y la trascendencia espiritual en una película que por momentos se pierde en su propia suntuosidad y auto indulgencia.

    Le reconozco, sí, al creador de Las consecuencias del amor y El amigo de familia su inagotable inventiva, su apuesta permanente por el riesgo, un muy particular espíritu provocador y algunos pasajes donde el film alcanza a conectar a pura ironía con estos tiempos tan difíciles de su país. No alcanza a entusiasmarme del todo, pero se trata, sí, de una película para ver y debatir de manera apasionada. Sobre todo, si el domingo 2 de marzo vemos a Sorrentino sobre el escenario del Teatro Dolby de Hollywood levantando la estatuilla dorada de la Academia.
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  • Nebraska
    Nebraska
    Otros Cines
    Un camino hacia mí

    Que se estrena. Que se suspende el lanzamiento. Finalmente, tras muchas marchas y contramarchas, llega por suerte a los cines argentinos esta pequeña gran obra del talentoso realizador de Citizen Ruth (1996), La elección (1999), Las confesiones del Sr. Schmidt (2002), Entre copas (2004) y Los descendientes (2011) que, además, fue nominada a 6 premios Oscar: película, director, guión original, actor protagónico (Bruce Dern), actriz de reparto (June Squibb) y fotografía.

    Alexander Payne regresa aquí al universo de las road-movies tragicómicas (más cómicas que trágicas) que ya transitara con Las confesiones del Sr. Schmidt o Entre copas con una apuesta rodada en blanco y negro y que en su esencia remite a los trabajos patagónicos del argentino Carlos Sorín y, sobre todo, a Una historia sencilla, de David Lynch, aunque -claro- con esos toques entre absurdos, cínicos y finalmente queribles propios de este cineasta nacido, precisamente, en Nebraska.

    A los 77 años, el gran Bruce Dern (consagrado como mejor actor en el último Festival de Cannes por este trabajo) se luce interprendo a Woody Grant, un anciano en plena decadencia física y mental que está decidido a viajar desde su pueblo de Montana hasta la Nebraska del título para retirar el premio de un millón de dólares que una carta (que evidentemente contiene un engaño) le promete. Mientras su esposa no para de quejarse y los vecinos se burlan, uno de sus hijos (Will Forte) decide acompañarlo en el largo y caótico trayecto (luego más gente se irá sumando a la travesía).

    Las películas de viajes, la mirada a esa Norteamérica profunda un poco patética y las relaciones entre padres e hijos son temas que parecen obsesionar a Payne, quien maneja este agridulce relato -que tiene otro hallazgo como recuperar a Stacey Keach en un nuevo papel de malvado- con ligereza y, al mismo tiempo, con sensibilidad y rigor, sin descuidar la belleza de las imágenes conseguidas por el DF Phedon Papamichaels. Un film cuyo abanico va desde la sátira más impiadosa hasta un profundo humanismo. En definitva, una fórmula ganadora.
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  • La paz
    La paz
    La Nación
    Austero y minimalista melodrama

    El prolífico y multifacético Santiago Loza, talentoso director de películas como Extraño, Rosa Patria y Los labios , regresa al circuito comercial con una película que ganó la Competencia Argentina del último Bafici.

    Liso (Lisandro Rodríguez) es un joven de clase media-alta que en la primera escena del film sale de una internación en un neuropsiquiátrico. Este personaje border (vive medicado para sostener un muy delicado equilibrio emocional) regresa a la casa familiar con una madre dominante y un padre casi ausente, pero frente a esos dos extremos él parece estar bastante más cómodo en compañía de Sonia, la empleada doméstica de origen boliviano que trabaja en el lugar, y con su abuela, con quien comparte largos paseos en moto.

    El atribulado protagonista intenta también conectarse afectivamente (con una ex pareja) y sexualmente (con una prostituta), pero en su interior este muchacho contenido e introvertido no puede alcanzar "la paz" a la que alude el título (también tiene una connotación geográfica que se entenderá apreciando el film). Sólo le quedará estallar, rebelarse a su manera y huir (no conviene anticipar detalles de lo que ocurre en la segunda mitad de la narración).

    Loza apuesta una vez más por un cine austero, casi minimalista, para construir un melodrama de cámara, intimista, atmosférico, en el que las observaciones y los pequeños gestos adquieren más valor que la palabra (los diálogos son más bien escasos).

    La cámara siempre atenta y precisa de Iván Fund y la rigurosa puesta en escena del director nos permiten seguir el derrotero interno y externo de Liso. Loza lo retrata con honestidad y respeto, quizá por momentos con un poco de sequedad y frialdad (el realizador jamás cae en la demagogia, el subrayado o el exceso), pero incluso en su bienvenida contención y pudor el film ofrece algunos momentos en los que surgen rasgos de alegría, de liberación y de genuina emoción.
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  • Philomena
    Philomena
    Otros Cines
    En el nombre del hijo

    Stephen Frears no es precisamente lo que los franceses (y los cinéfilos que aún defienden la “política” o la “teoría” nouvelle-vaguera) consideran un “autor”. Ha incursionado en casi todos los géneros posibles, ha trabajado sobre novelas, a partir de guiones de terceros y -como buen artesano- ha sabido en casi todos los casos sacarle el máximo jugo posible a esos materiales ajenos (no siempre valiosos).

    Tras algunos films menores, el director de Ropa limpia, negocios sucios, Relaciones peligrosas, Alta fidelidad y La reina regresa en su mejor forma con una película de pequeñas dimensiones, pero múltiples connotaciones; de denuncia (contra la Iglesia católica), pero que nunca pierde su dignidad, su carga emotiva y al mismo evita tanto la demagogia como la bajada de línea obvia, recargada, discursiva (tenía todo servido para eso).

    Inspirado en un libro que a su vez se basó en un caso real, el film narra la historia de Philomena Lee, una adolescente irlandesa que queda embarazada y su bebé es entregado a las monjas del convento de Roscrea, quienes luego lo venden -como a tantos otros niños- a acaudalados estadounidenses. Ese es sólo el punto de partida, ya que cinco décadas más tarde, Philomena (ya interpretada por una aquí muy contenida y creíble Judi Dench) acepta salir de su encierro, de su negación, de su resignación y buscar a su hijo. Lo hace con la ayuda de un periodista (de fugaz y penoso paso por el gobierno de Tony Blair) que es su antítesis, pero resultará su complemento perfecto (la veterana creyente, sensible e inocentona vs. el intelectual cínico, ateo y avispado).

    La película logra narrar una historia durísima sin que el espectador se resienta por el golpe bajo y la rechace de plano. Y, al mismo tiempo, no banaliza el conflicto y da a entender que los tiempos han cambiado, las formas también, pero mucho de la hipocresía, la doble moral y el cinismo se mantienen casi inalterables.

    Vale la pena adentrarse, por lo tanto, en la historia de Philomena (la persona) y en la interpretación que de ella hace Philomena (la película). Es un film que emociona con buenas armas, con nobles recursos. No es algo tan frecuente en el cine de hoy.

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  • Salsipuedes
    Salsipuedes
    Otros Cines
    El mal en la banalidad

    El tema de la violencia contra la mujer ha sido abordado por el cine casi siempre de manera obvia, subrayada, didáctica, políticamente correcta, militante, con el énfasis puesto más en la denuncia que en los valores artístico. Por eso, esta ópera prima del joven director cordobés es tan valiosa y, al mismo tiempo, implacable. Porque muestra lo que hay que mostrar para que la propuesta sea inquietante para el espectador.

    No hay aquí terribles golpizas ni ultrajes, sino esos rasgos de violencia cotidiana (casi diría socialmente admitida, institucionalizada) que se dan en circunstancias aparentemente banales y que tienen que ver con las entonaciones de la voz, los chistes con doble sentido, las frases humillantes, los gestos amenazantes de quien se siente más poderoso.

    A partir de un generoso y minucioso trabajo previo con los dos protagonistas (un matrimonio en crisis en medio de un camping serrano) y de una puesta en escena muy pensada, pero al mismo tiempo fluída, que se permite con la cámara inquieta observar y encontrar la esencia de los conflictos, Luque -de apenas 27 años- va construyendo un entramado inteligente y pertubador. Aunque no todas las situaciones funcionan con la misma eficacia, por lo visto en este largometraje y en otros cortos de su autoría estamos ante un gran director en potencia.
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  • La gran aventura Lego
    Como ya lo hicieron con Lluvia de hamburguesas y Comando especial , los guionistas y directores Phil Lord y Christopher Miller lanzan a pura creatividad y desenfado una nueva saga, en este caso basada en el universo de los juguetes de la marca Lego.

    Si bien buena parte de la historia transcurre en el ámbito de la construcción, hay en esta comedia de aventuras narrada a toda velocidad unos cuantos elementos fantásticos; superhéroes (de Batman a Superman, pasando por Linterna Verde y La Mujer Maravilla); referencias a las franquicias de Star Wars, Harry Potter, Piratas del Caribe, Tran s formers y El señor de los anillos ; figuras históricas como Abraham Lincoln y William Shakespeare, y hasta aisladas apariciones de actores de carne y hueso, como el aquí malvado Will Ferrell o un personaje concebido a la medida del popular ex basquetbolista Shaquille O'Neal.

    El film propone un clásico enfrentamiento entre las fuerzas del Bien (lideradas por el mago Vitruvius) y las del Mal (encabezadas por el ambicioso Lord Business), y en el medio aparecen -además de los personajes ya citados desde el Policía Bueno/Policía Malo (hilarante creación de un agente con doble personalidad) hasta el todopoderoso Hombre de Arriba.

    El protagonista es un típico antihéroe llamado Emmett, un albañil ingenuo e idealista (su canción favorita es la pegadiza "Todo es increíble"), quien será reclutado por error por una sociedad de Maestros Constructores para combatir al tiránico Lord Business y a sus Gerentes Obsesivos. Para acompañarlo en la disparatada misión habrá, claro, una presencia femenina: la intrépida y rebelde Wyldstyle.

    Aun cuando el film por momentos puede resultar un poco caótico en su acumulación de personajes, conflictos y vueltas de tuerca, es de agradecer el grado de irreverencia y delirio creativo de la dupla Lord-Miller, quienes aprovechan toda la imaginería de Lego y los efectos visuales en 3D para construir, en definitiva, una de las mejores apariciones en el universo animado desde la saga de Toy Story.
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  • Agosto
    Agosto
    La Nación
    Pocas obras han ganado tantos premios (desde el Pulitzer hasta el Tony) y han conseguido tanto éxito en los teatros de todo el mundo incluidos los argentinos como la creación de Tracy Letts y, por lo tanto, esta transposición al cine dirigida por John Wells -con guión a cargo del propio Letts tiene que "competir" contra los logros y hallazgos de su antecesora.

    Para sortear semejante desafío, Wells contó con uno de los elencos más imponentes de los últimos tiempos: una docena de reconocidos intérpretes que y éste es uno de los principales méritos tanto de la obra como de la película tienen espacio y material suficientes como para lucir todo su arsenal de recursos expresivos, sus múltiples matices, sus facetas más diversas (la trama pendula entre la crueldad y la vulnerabilidad, entre la perversión y la compasión, entre el odio y el desprecio más profundos a la dependencia más absoluta y el amor más desesperado).

    La película reducida de tres a dos horas respecto del original teatral tiene al personaje de Violet (Meryl Streep) en el centro de la escena como la matriarca de los Weston, una familia de Oklahoma tan amplia como decididamente disfuncional. Tras la repentina desaparición de su marido (Sam Shepard), un poeta alcohólico que, pronto sabremos, ha decidido quitarse la vida, esta mujer despótica e inestable (adicta a todo tipo de pastillas) recibe a sus tres hijas (Julia Roberts, Juliette Lewis y Julianne Nicholson), quienes llegan acompañadas para el funeral por sus propios maridos, novios y en el caso de la mayor (Roberts) hasta con su propia hija preadolescente (Abigail Breslin).

    Lo que sigue es una batalla dialéctica entre esas tres generaciones de los excéntricos Weston (y varios otros personajes que los rodean), en la que, además, se irán acumulando y luego desentrañando todo tipo de secretos y mentiras, de excesos y abusos.

    La película funciona bastante bien en los términos en que está planteada (extensos y desgarradores diálogos escritos a puro virtuosismo para el lucimiento histriónico de sus estrellas), pero este despliegue de ácidos y cínicos parlamentos resulta al mismo tiempo su principal limitación.

    Es que, más allá de los esfuerzos de Wells y de su director de fotografía, Adriano Goldman, por dotar al film de cierto movimiento, de "airearlo" con imágenes de los exteriores rurales de esa región en plena explosión veraniega, estamos ante el imperio de la palabra y de las actuaciones (sobre todo la de Streep), que muchas veces rompen con el naturalismo y se acercan casi inevitablemente a cierta ostentación y grandilocuencia teatral.

    La película es como un culebrón culto, un muestrario de las ruindades, de la peores miserias, de toda esa carga de hipocresía, cinismo y hasta sadismo que puede albergar un núcleo familiar. Hay algo de fascinante, pero también de patético en esa articulación entre mujeres dominantes (de apariencia fuerte, pero también de enormes carencias afectivas) y hombres entre sumisos y dependientes, muchas veces ausentes, inmaduros e irresponsables.

    Agosto, con su aura de obra prestigiosa, con sus intérpretes de primera línea, con su provocativo estilo de comedia negra con picos escabrosos, tiene atractivos suficientes como para seducir a cierto segmento de público. El resto, en cambio, es muy probable que salga indignado de la sala. La película no esconde lo que es ni lo que propone. Sólo hay que saber de qué lado se para cada uno a la hora de decidir enfrentarse o no a los conflictos que aquí se exponen con absoluta crudeza e intensidad.
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  • Deshora
    Deshora
    Otros Cines
    Deseo y decepción

    Esta ópera prima dirigida por una mujer -una saludable tendencia a la que por suerte nos tiene acostumbrado el (ya no tan) Nuevo Cine Argentino- se estrena luego de un paso por importantes festivales (Berlín, BAFICI, Cartagena, etc.).

    Bárbara Sarasola-Day describe cómo el arribo de Joaquín (Alejandro Buitrago), un joven colombiano que trata de combatir su dependencia a las drogas duras, a la casa de su prima Elena (María Ucedo) cambia por completo la existencia de ella y de su marido Ernesto (Luís Ziembrowski), quienes conforman un matrimonio de larga data que lucha contra el desgaste de toda pareja, la dificultad de explotar una hacienda tabacalera en Salta y la frustración de no haber podido tener hijos.

    El recién llegado -con su desenfado y su libertad sexual- conmueve a ambos protagonistas, generando tensiones, pero también tentaciones varias. Con algo de déja-vu (la referencia al cine, también salteño, de Lucrecia Martel es inevitable), Deshora -narrada con precisión, sutileza y elegancia- resulta una más que interesante propuesta, realzada desde lo visual por un aprovechamiento de las locaciones naturales y por el aporte en ese sentido del talentoso director de fotografía Lucio Bonelli.
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  • 12 años de esclavitud
    Admirando el horror

    Raíces, El color púrpura, Amistad, Gloria, Amada hija, Rosewood, la reciente El mayordomo (y no olvidemos, claro, Lo que el viento se llevó)… El racismo y, sobre todo, la esclavitud es un tema importante para el cine y la TV de los Estados Unidos y, por lo tanto, suele ser abordado con reverencia, solemnidad, algo de culpa y con el manual de la corrección política siempre abierto (Quentin Tarantino tuvo el mérito de salirse del libreto con Django sin cadenas).

    Sólo así se entiende el consenso casi absoluto que 12 años de esclavitud tuvo entre la crítica norteamericana (promedio de 97/100 según que las 48 reseñas compiladas por el sitio Metacritic). No digo que este tercer largometraje del inglés Steve McQueen no pueda ser elogiado por más de un especialista, pero me resisto a creer que TODOS la consideren una obra maestra, una película PERFECTA. Para mí hay algo de temor en esa unanimidad, algo del estilo “a ver si me consideran un racista si le cuestiono algo”.

    Muchos textos elogian el virtuosismo formal del director de Hunger (otra sobre un preso sometido a vejámenes varios) y Shame: Sin reservas (otra sobre el cuerpo como prisión), así como la “valentía” expuesta en la crudeza extrema de sus imágenes (esclavistas que hacen gala de un enorme sadismo psicológico y físico con violaciones y torturas incluidas). Yo sentí exactamente lo opuesto: el esteticismo, el regodeo con esos planos-secuencia esplendorosos de 10 minutos, esa cámara cenital, esas panorámicas circulares o todos esos “firuletes” de videoartista que tanto le gustan a McQueen, me resultaron contradictorios con la pretendida honestidad, visceralidad y credibilidad del relato inspirado en el libro de memorias que Solomon Northup publicó en 1855.

    Sí, la reconstrucción de época es impecable, muchas de las actuaciones (empezando por la del británico Chiwetel Ejiofor como ese violinista y padre de familia en Nueva York que es engañado en 1841 y luego esclavizado en el Sur profundo hasta su liberación en 1853) son impecables, hay escenas en las plantaciones de algodón de Louisiana que logran transmitir esa sensación de impotencia, de injusticia, de degradación absoluta de la condición humana, y que trabajan de manera incisiva tanto la cotidianeidad del protagonista como los alcances del sistema esclavista, pero de allí a convertirse por eso en “la” película de 2013 hay -siempre según mi criterio y mi sensibilidad- una enorme distancia.

    Hay también en 12 años de esclavitud un (raro) mérito que proviene seguramente del tenor, de la dimensión, de la singularidad de su propuesta: algunos salen extasiados, conmocionados por la experiencia que propone; otros, en cambio, terminan no sólo decepcionados sino incluso indignados. Estamos ante uno de esos films que generan sentimientos diversos, muchas veces encontrados, pero que jamás dejará indiferente al espectador. Luego de tantos premios recibidos (e, intuyo, aún por recibir), es tiempo de la polémica, de la apasionante discusión cinéfila, también en la Argentina.
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  • Ajuste de cuentas
    Rocky y Toro Salvaje, frente a frente, en un combate evitable

    En 1976 Sylvester Stallone se consagraba con el personaje de Rocky Balboa. Cuatro años más tarde, Robert De Niro ganaba un Oscar por su interpretación de Jake LaMotta en Toro salvaje. Dos clásicos incombustibles del boxeo en el cine.

    Más de tres décadas después, Sly y De Niro vuelven con Ajuste de cuentas, una suerte de comedia no demasiado divertida en la que juegan -como la mayoría de los viejos actores hoy- a la auto parodia. Parece que en Hollywood ya no hay espacio para que las estrellas de más de 60 o 70 años puedan conseguir papeles dignos y sólo les queda vivir de viejas glorias y jugar a la nostalgia riéndose de su propia decadencia física.

    Así, Ajuste de cuentas es como juntar a Rocky con El Toro Salvaje para una berretada sentimental con un triángulo romántico (con una bella y desperdiciada Kim Basinger en el medio), con una obvia relación padre-hijo (un De Niro que ha estado ausente e intenta redimirse) y con una fórmula de película deportiva que incluirá idas y vueltas, accidentados entrenamientos, bromas sobre el peso de la edad y, claro, el enfrentamiento final con algo de épica por parte de estos dos ex campeones de Pittsburgh.

    Peter Segal (Locos de ira, Como si fuera la primera vez) no se juega por nada: ni por el humor negro, ni por la emoción desatada. El resultado, entonces, es una película que resulta larguísima en sus 113 minutos, que se queda siempre a mitad de camino y que no funciona ni como placer culpable (como sí ocurre con la saga de Los indestructibles). Uno se ha formado como cinéfilo viendo a Stallone y a De Niro en pantalla. La testosterónica y geriátrica Ajuste de cuentas, lamentablemente, no le hace honor a aquellas experiencias ni a la dignidad de las carreras de semejantes figuras.
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  • Esto no es un film
    Esto es una obra maestra

    El gran evento artístico y político del Festival de Cannes 2011 fue el estreno de Esto no es un film, documental íntimo que Jafar Panahi -uno de los principales líderes de la oposición al régimen iraní- rodó apenas un par de meses antes de que arrancara esa muestra dentro de su hogar con la ayuda de su colega Mojtaba Mirtahmasb. La película, de hecho, fue sacada de forma clandestina de su departamento -y luego del país- en un pequeño Pendrive.

    Sentenciado en ese entonces a 6 años de prisión y a 20 años de prohibición para filmar, dar entrevistas y viajar al exterior, el notable director de El espejo, El globo blanco, El círculo, Crimson Gold y Offside muestra -con la ayuda de una cámara profesional HD, pero también de su iPhone- un día de su vida, entre charlas con su abogada para presentar la apelación (le informan que -más allá de una probable reducción en su condena- tendrá que ir a la cárcel), sus tareas culturales y políticas, y otras actividades más banales como alimentar a una iguana, que es la mascota de su hija.

    Pero Esto no es un film no se queda sólo en esa mera descripción: en esta pequeña gema el director explica a cámara (“no me lo impide la sentencia”, dice) el guión de una película -no autorizada por el gobierno, claro- sobre una joven a la que sus padres religiosos le prohíben estudiar arte en la universidad, cuenta jugosas anécdotas de sus rodajes (con imágenes de los making of) y, más tarde, entrevista al portero de su edificio mientras éste saca la basura hasta llegar a la puerta, desde donde se ven violentos enfrentamientos callejeros.

    Todo eso construido con una fluidez, una sensibilidad, una credibilidad, una lucidez y una furia propia de los grandes creadores. Se dice (y se ha discutido bastante al respecto) que en cine muchas veces menos es más, que la austeridad de recursos obliga a redoblar la imaginación y la creatividad. Al menos en este caso, esa idea puede darse como cierta y probada. Una obra maestra concebida en las peores circunstancias. Doble mérito, entonces.
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  • Yo, Frankestein
    Yo, Frankestein
    La Nación
    Como su protagonista, la monstruosa creación del doctor Frankenstein aquí devenida héroe de acción, este segundo largometraje como director de Stuart Beattie es una historia sin corazón ni alma.

    Cotizado guionista ( Piratas del Caribe, Colateral ), el realizador resume en los primeros dos minutos la historia original de Mary Shelley y, luego de una secuencia inicial ambientada en 1795, salta directamente un par de siglos hasta la actualidad, con el ya rebautizado Adam (Aaron Eckhart) en medio de una lucha entre fuerzas demoníacas lideradas por el cruel Naberius (Bill Nighy) y las angelicales Gárgolas encabezadas por la sabia reina Leonor (Miranda Otto).

    Los productores de la saga de Inframundo tratan de reciclar los principales aspectos de aquella franquicia, pero este film luce moribundo ya desde los primeros instantes. Beattie -que escribió el guión a partir de una novela gráfica de Kevin Grevioux- intenta reanimarlo con un despliegue de vertiginosos movimientos de cámara, (sobre)abundancia de efectos visuales con estética gótica y golpes de efecto pensados para su visión en salas 3D. El resultado es precisamente el contrario, ya que ese shock artificial de adrenalina abruma y aburre más de lo que impacta.

    Con una narración en voz siempre solemne, música ampulosa, actuaciones mediocres (buenos intérpretes como Eckhart, Nighy y Otto hacen enormes esfuerzos por sobrellevar los torpes materiales que les tocan en desgracia) y una puesta en escena que pocas veces adquiere rigor y sentido, los escasos 92 minutos se estiran como un chicle que nunca tuvo sabor. Un triste regreso al cine de un personaje emblemático de la literatura fantástica.
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  • El sueño de Walt
    Mary Poppins (1964) es considerada un clásico de clásicos, una de las películas más veneradas y exitosas de la historia de Disney. El sueño de Walt , producida, sí, por Disney, reconstruye la compleja negociación y concepción del film, sobre todo por las múltiples exigencias de la creadora del popular personaje, la escritora británica P.L. Travers.

    En una de las primeras secuencias vemos que Travers (una magnífica Emma Thompson) está pasando por una profunda crisis económica. Sus libros han dejado de venderse y su agente la convence de salir del ostracismo en su casa londinense y viajar a Burbank para trabajar en la versión cinematográfica de su obra que el mismísimo Walt Disney (un correcto Tom Hanks) lleva dos décadas intentando concretar para cumplir con una promesa que les ha hecho a sus hijas.

    Pese al pasaje en primera clase, el hotel de cinco estrellas y la limusina (manejada por un Paul Giamatti que aprovecha cada minuto en pantalla para construir un querible personaje secundario), Travers luce durante sus dos semanas en la California de 1961 como una malhumorada, ácida, irascible y despótica presencia para los aterrorizados artistas que deben desarrollar el musical: el guionista Don DaGradi (Bradley Whitford) y los letristas Richard y Robert Sherman (unos hilarantes Jason Schwartzman y B.J. Novak). Es que ella odia los "estúpidos" dibujitos de Disney y las coreografías, y no tiene ningún tapujo en hacérselo notar a los gritos a sus interlocutores.

    Lejos del institucional autocelebratorio -aunque con el sesgo políticamente correcto de Disney-, El sueño de Walt nos regalará un paseo por el célebre parque de diversiones, pero también unas cuantas bromas sobre su propio universo (como cuando Travers desecha todos los muñecos, incluido un Ratón Mickey gigante, que le dejan en su habitación como obsequios).

    El principal problema de El sueño de Walt es que dedica casi la mitad de sus dos horas a narrar una "segunda" película ambientada en la Australia rural de 1906: la de una niña atribulada por la situación de un papá tan seductor y lúdico como borracho y finalmente depresivo (Colin Farrell). Si bien esa subtrama es fundamental para entender el trauma de P.J. Travers y la génesis de Mary Poppins (se trata, sobre todo, de un ensayo sobre las relaciones entre padres e hijas), la película resulta bastante forzada y se resiente cada vez que abandona la narración principal y regresa a ese pasado trabajado de manera bastante obvia y recargada.

    De todas maneras, aun con las contradicciones internas y los desniveles en su propuesta tragicómica, El sueño de Walt resulta en buena parte de su narración un film simpático, atractivo y disfrutable.
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  • Código sombra: Jack Ryan
    Atractivo, pero sin sorpresas

    En los últimos 30 años, el personaje de Jack Ryan concebido por el escritor Tom Clancy tuvo incursiones en el cine bastante esporádicas e intermitentes. En esta quinta película, tras La caza al Octubre Rojo , Juegos de patriotas , Peligro inminente y La suma de todos los miedos, y por primera vez con Chris Pine en el papel que antes interpretaron Alec Baldwin, Harrison Ford y Ben Affleck, el resultado artístico es bastante digno, pero al mismo tiempo no demasiado sorprendente.

    En esta oportunidad no se trata de la transposición de una novela del autor fallecido en octubre de 2013 sino de un guión de Adam Cozad y el cotizado David Koepp, cuyo protagonista es otra vez este experto en economía devenido agente secreto de la CIA.

    En este reinicio (reboot en la jerga del cine) de la franquicia encontramos al "nuevo" Jack Ryan de Pine completando sus estudios universitarios en Londres justo cuando en 2001 vuelan las Torres Gemelas. Dos años más tarde, se salvará de forma milagrosa en una misión militar en Afganistán para, luego de una compleja rehabilitación física y con el apoyo de su mentor (Kevin Costner), ingresar en la CIA para realizar inteligencia financiera, con el objetivo de descubrir el desvío de fondos que apoyan al terrorismo internacional.
    Doble aporte de Branagh

    Pero lo que en principio estaba destinado a ser "un trabajo de escritorio" se convertirá pronto en una misión en Rusia, donde deberá desentrañar una compleja conspiración para atacar al dólar, sembrar el pánico en Wall Street y hundir la economía de los Estados Unidos. Su principal contrincante en Moscú no es otro que Kenneth Branagh, quien además de un hilarante malvado es el director del film.

    Y Branagh concreta su doble aporte actoral y narrativo con absoluta convicción y profesionalismo, aunque la película en su conjunto está lejos del nivel de otras sagas como las de Jason Bourne o James Bond. Es que, más allá de la tensión y el suspenso a partir de esas típicas cuentas regresivas antes de que una alarma suene o unos explosivos estallen, Código Sombra surge como un film algo anticuado y previsible. Además, algunas situaciones -como que la suerte de una compleja operación sostenida con la última tecnología para espiar y hackear dependa en definitiva de que alguien le robe a un millonario su billetera en la calle y poco después se la vuelva a poner en el bolsillo sin que en ninguno de los dos casos la víctima se dé cuenta- resultan demasiado forzadas e inverosímiles cuando el resto del relato sí está jugado por completo al realismo.

    De todas maneras, aun con sus "licencias" y sus momentos absurdos, o con una química romántica más bien escasa entre Pine y Keira Knightley, Código Sombra resulta un film clásico y old-fashioned construido con bastante nobleza y unos cuántos atractivos formales y dramáticos. El saldo es positivo.
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  • Ladrona de libros
    Leer para vivir

    La lista de Schindler, El pianista, The Reader, El niño con el pijama de rayas y siguen las firmas. La eterna fascinación de Hollywood por el Holocausto continúa ahora con uno de los peores exponentes: la transposición de Ladrona de libros, el best seller de Markus Zusak.

    Como en la novela, la historia comienza con la narración de La Muerte (la voz grave de Roger Allam) y ese recurso -horroroso- invadirá varias veces la narración. Pero ese arranque no es lo peor: posteriormente escucharemos cómo los actores hablan en un inglés germánico (otros, en cambio, lo harán con perfecto acento británico) para interpretar a personajes alemanes en pleno ascenso del nazismo y la posterior explosión de la Segunda Guerra Mundial.

    ¿Quieren más? Una mirada superficial, torpe y bastante edulcorada sobre el Holocausto (hay un tono casi de cuento de hadas para contraponer la inocencia infantil con el horror de los nazis) descripta desde el punto de vista de una niña analfabeta que es enviada a vivir con padres adoptivos y pronto desarrollará una fascinación por los libros, personajes sin matices ni encanto, y metáforas y referencias obvias (como la de Ana Frank).

    Que la narración y la ambientación de época lucen cuidadas, que las actuaciones son dignas… Puede ser, pero es demasiado poco para un film dirigido por Brian Percival, aclamado por su trabajo en la serie Downtown Abbey. La corrección política, esta vez, no alcanza ni para conseguir una mínima corrección cinematográfica.
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  • Escándalo americano
    Un cuento moral que seduce… pero no enamora

    David O. Russell se ha convertido sobre todo en los últimos dos años en el gran mimado de la Academia de Hollywood y de los críticos estadounidenses con una propuesta y un estilo que pueden considerarse como herederos de Martin Scorsese y Paul Thomas Anderson. Estamos, sin dudas, ante un narrador ingenioso, punzante, cool, con una gran destreza narrativa para articular las múltiples aristas de sus historias, trabajadas siempre de la mano de actores seductores e “intensos”, pero que para mi gusto no llega a concretar ese gran cine que tantos colegas norteamericanos aclaman (el film promedia ¡90/100! en Metacritic).

    En la misma senda que Buenos muchachos, Casino y Boogie Nights (y con ecos del clasicismo de Raoul Walsh y Preston Sturges), Escándalo americano se propone como un relato moral, una mirada descarnada sobre las relaciones peligrosas entre la mafia y la política, sobre la hipocresía, la corrupción, la impunidad y la doble moral de la sociedad estadounidense, sobre el surgimiento de los nuevos ricos, sobre la contracara de esa "tierra de oportunidades", de ascenso social, pero también de supervivencia del más apto en un mundo dominado por una creciente violencia y traiciones cruzadas.

    No vale la pena adelantar demasiado del argumento, que arranca en el mítico Hotel Plaza frente al Central Park neoyorquino en abril de 1978 (otro realizador de moda fascinado por los años '70), pero Escándalo americano tiene que ver con mega emprendimientos inmobiliarios en Atlantic City, operaciones encubiertas del FBI, políticos populistas en actividades non sanctas, fraudes financieros, mujeres que están siempre en segundo plano pero terminan dominando a los hombres, gangsters de poca y no tan poca monta, y hasta falsos jeques árabes.

    Escándalo americano es un film sobre la puesta en escena, pero no tanto sobre la puesta en escena del cine sino sobre las estrategias que montan los propios personajes en sus múltiples engaños (hay algo, lejano, de Nueve Reinas en el procedimiento). Estamos frente a una película sobre el artificio, sobre el tráfico de influencias, sobre la manipulación para ganarse la confianza y aprovecharse luego de la misma para concretar diversas estafas, sobre las falsas lealtades, las alianzas por conveniencia que todos saben -o al menos intuyen- se pueden resquebrajar en cualquier momento.

    Más allá del innegable talento del director de Tres reyes, El ganador y El lado luminoso de la vida hay algo demasiado cínico, caprichoso y canchero en su ambiciosa acumulación de capas, de saltos temporales, de diferentes narraciones en off, de ese universo de música disco, Duke Ellington y Paul McCartney, en sus personajes masculinos -británicos, italianos y judíos- sobreactuados y no del todo verosímiles (Amy Adams y Jennifer Lawrence están mucho mejor que Christian Bale y Bradley Cooper).

    El film tiene, además, bastante de ese cálculo, de esos guiños “para ganar el Oscar”: que Christian Bale haya tenido que subir 20 kilos para su personaje y así pueda mostrar su generosa panza en pantalla, que Jennifer Lawrence tenga su momento a pura pose erótica y su pasaje musical (canta Live and Let Die), y así…

    La película, quedó dicho, es bastante fluida, se sigue con interés, tiene unos cuantos pasajes imponentes y se sumerge con gracia en el espíritu de época setentista, pero también deja la sensación de quedarse por momento a mitad de camino entre el drama familiar, la tragicomedia de época, la denuncia económica y política, el thriller psicológico y el film-noir. Es un film con ínfulas y astucia, es cierto, pero con esos atributos no alcanza para convertirla en una obra maestra sino “apenas” en una buena (o muy buena) película.
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  • El tiempo de los amantes
    Una pareja muy enigmática

    Alix (la exquisita Emmanuelle Devos) es una actriz de 43 años que está interpretando una obra de Ibsen en el puerto de Calais, en el marco de una decadente compañía de teatro independiente. Ella debe realizar un viaje relámpago a París -donde desde hace ocho años convive con su pareja en una relación que está atravesando una profunda crisis- para presentarse a un casting. Cuando se sube a un tren lo primero que ve es a un misterioso hombre inglés (Gabriel Byrne), con quien iniciará un juego de miradas cruzadas, entre huidizas y seductoras.

    Tras ese prólogo, seguiremos a Alix (que a los conflictos afectivos le suma una precaria situación económica) en su intimidad y luego en sus sucesivos y cada vez más carnales encuentros con aquel enigmático caballero británico, que arriba a París para participar de un? funeral.

    El guionista y director Jérôme Bonnell maneja la historia de estos dos extraños amantes (dos almas en pena) con sensibilidad y una bienvenida ligereza (no hay solemnidad, no se recargan las tintas, no se juzgan a los personajes, no se apela al pintoresquismo en sus recorridos por las calles de la Ciudad Luz) y, aunque no se trate de un film particularmente sorprendente, el tono, los climas y -sobre todo- las actuaciones del dúo protagónico resultan más que convincentes. Quizás el aspecto menos logrado sea la omnipresente banda sonora que abusa de unos violines que quitan (o más bien irritan) más de lo que agregan.

    El tiempo de los amantes podría verse como una versión más sexual y menos intelectual de la trilogía de Richard Linklater con Julie Delpie y Ethan Hawke, como una apuesta menos enfermiza pero con ciertas similitudes con el clásico Último tango en París , de Bernardo Bertolucci; y hasta con algo de la hondura psicológica del François Truffaut de La mujer de la próxima puerta . Pero, más allá de sus referencias y reminiscencias, se trata de una historia de amor con suficientes atractivos y hallazgos como para darse una vuelta por el cine.
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  • Familia peligrosa
    Nuestro pasado nos condena

    No sé si es que se hacen muchas películas así o los distribuidores argentinos las eligen siempre, pero en los últimos meses abundaron las películas (auto)paródicas sobre veteranos (especialmente gangsters) que vuelven al ruedo y deben sobrellevar el peso de los años, del cuerpo y de los golpes de la vida. Robert De Niro es un abonado especial a esta suerte de reciclajes un poco en broma, un poco en serio y aquí se le suma otra que ha estado “casada con la mafia”: Michelle Pfeiffer (también fue parte de Scarface).

    Lo cierto es que De Niro y Pfeiffer son un matrimonio que viene huyendo de otros mafiosos que quieren vengarse y vive de incógnito gracias a un plan de protección de testigos del FBI que lo lleva cada pocos meses por distintas zonas de Francia, siempre con identidades falsas. Tras un período en París, les toca en suerte un pequeño pueblo de Normandía, donde pronto ellos y sus dos hijos, la seductora Belle (Dianna Agron, vista en Glee), de 17 años, y Warren (John D’Leo), de 14, conmoverán al vecindario y al colegio secundario a puros arranques de violencia.

    No es que a Luc Besson -productor, coguionista y director del proyecto- le falte experiencia y oficio para esta mezcla entre la comedia física y el film de gangsters, pero aunque en su mixtura de screwball y noir consigue algunos buenos pasajes, el material en líneas generales es bastante rancio, previsible, con mucho regusto a fórmula ya demasiado transitada.

    Desde hace mucho tiempo, De Niro viene trabajando con piloto automático “por el cheque” (viviendo de sus viejas glorias como mafioso) y, en esa línea, su Fred Blake resulta menos patético que otros personajes suyos recientes. Pfeiffer tiene pocas posibilidades de lucimiento y lo de Tommy Lee Jones (como el agente del FBI que supervisa el estado de la “familia peligrosa”) es directamente penoso, sobre todo porque él siempre ha logrado dotar de enorme dignidad a sus muy diversos trabajos.

    El director de Nikita, El quinto elemento y El perfecto asesino se dio el gusto de parodiar todos y cada uno de los lugares comunes, clisés, prejuicios y amores/odios que unen a las culturas estadounidense y francesa. También hay aquí algo del espíritu de Mini Espías y hasta de Los Increíbles. El saldo no es vergonzoso, es cierto, pero está lejos de sorprender o fascinar. Un divertimento menor.
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  • El juego de Ender
    Los chicos de la guerra

    Basada en la primera de las cuatro y muy exitosas novelas de Orson Scott Card, El juego de Ender es una solemne y no demasiado lograda apuesta de ciencia ficción sobre una sociedad militarizada que lucha por su subsistencia ante constantes amenazas extraterrestres. Cinco décadas después de salvarse de forma casi milagrosa de la extinción (una arriesgada acción individual de un guerrero detuvo un ataque que parecía letal para el planeta), los invasores se han robustecido y preparan una nueva ofensiva.

    El futuro de la Tierra dependerá en buena medida de las aptitudes de unos niños que son entrenados con videojuegos, simuladores y escenarios elaborados gracias a la realidad virtual. Uno de ellos, el Ender Wiggin del título, podría ser a sus 12 años “el elegido” para una estrategia que contenga y luego destruya a las fuerzas enemigas por su destreza, pero también por sus características psicológicas. Es que él ha logrado lo que su padre primero y su hermano mayor después no han conseguido: ser la joya militar elegida por el coronel Hyrum Graff (Harrison Ford), que es el supervisor/mentor del asunto.

    La referencia a los videogames no es antojadiza: la película es lo más parecido que hay a la experiencia de jugar a la guerra en una Wii, una Xbox o una PlayStation. Allí se condensa (y se limita) buena parte de la propuesta de este film dirigido con el manual básico por el sudafricano Gavin Hood, el mismo que llamara la atención en 2005 con Mi nombre es Tsotsi y luego ingresara de lleno al cine norteamericano con El sospechoso y X-Men orígenes - Wolverine.

    Si la película se ve con cierto agrado es, sobre todo, gracias a la expresividad y solvencia del pequeño Asa Butterfield, quien ya había demostrado su potencial como protagonista de La invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese. A su lado, los adultos (el apuntado Ford, Viola Davis o un ridículo Ben Kingsley con tatuajes maoríes) son poco más que elementos decorativos.

    A nivel visual, la película tiene ese despliegue de CGI, vértigo y explosiones al que nos tienen acostumbrados (y por lo tanto ya no sorprenden demasiado) los tanques hi-tech hollywoodenses. Una suerte de sub-Tron: El legado con algo menos de vuelo formal y, debe admitirse, un poco más de nobleza.
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  • Entre sus manos
    Entre sus manos
    La Nación
    Joven y reconocido actor (en los últimos años trabajó en films como E l origen, 50/50, Batman: El caballero de la noche asciende, Looper: Asesinos del futuro y Lincoln ), Joseph Gordon-Levitt debuta como guionista y director con una provocadora y despiadada mirada a la sexualidad masculina. Es que bajo la pátina externa de comedia cínica y cool (su aspecto menos logrado), Entre sus manos esconde lo que es su verdadera esencia y su principal hallazgo: un retrato casi etnográfico sobre los jóvenes de hoy, con sus obsesiones, miedos y miserias a cuestas.

    El propio Gordon-Levitt interpreta a Jon Martello, un atractivo muchacho de Nueva Jersey que, si bien es todo un Don Juan (no hay chica que se le resista cuando sale de "caza" en los clubes nocturnos), se convierte en un adicto al porno en Internet. En las primeras escenas del film, el protagonista -31 años, de familia católica, con look y cuerpo de marine trabajado en horas de gimnasio- explicará todas y cada una de las ventajas de masturbarse frente a la pantalla de la laptop antes que soportar las exigencias y defectos de cada una de sus conquistas amorosas.

    Así planteadas las cosas, el lector (especialmente la lectora) pensará que estamos ante una película machista y misógina, pero no es así. Es que las cosas cambian por completo cuando Jon se enamora de Bárbara (notable Scarlett Johansson), una hermosa y voluptuosa joven que poco a poco empezará a mostrar su costado más dictatorial y manipulatorio, y -así- nuestro antihéroe pasará de dominador a dominado, el otrora arrogante seductor devenido en hombre sumiso, el cazador-cazado.

    Más allá de algunos lugares comunes y estereotipos a la hora de plantear las diferencias entre ambos (que se condensan, por ejemplo, en los opuestos gustos cinematográficos), el film funciona muy bien en su primera mitad gracias a un humor filoso e imágenes (de irónica estética publicitaria) bastante audaces para los cánones actuales de Hollywood.

    El problema es que en la segunda parte -cuando los roces entre Jon y Barbara y las mentiras de él ponen en crisis la relación- aparece en escena una mujer madura de pasado trágico (la siempre dúctil Julianne Moore) y allí la película entra en una zona bastante más convencional, supuestamente sensible y demasiado aleccionadora. De todas formas, Gordon-Levitt sostiene siempre el relato con inteligencia y dignidad, se muestra como un gran director de actores (se lucen Tony Danza y Glenne Headly como sus padres y Brie Larson como su hermana Monica), y termina construyendo un incisivo ensayo sobre los cambios en las formas tradicionales de la masculinidad. Otra estrella de Hollywood que demuestra que tiene un promisorio futuro también detrás de cámara.
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  • Museum hours
    Museum hours
    Otros Cines
    Nacido en Afganistán hace 50 años, pero radicado en Nueva York, Jem Cohen es uno de los directores más prolíficos, diversos e interesantes del panorama internacional. Su filmografía incluye desde documentales hasta varios videoclips para la banda R.E.M., pasando por decenas de cortos (desde trabajos experimentales hasta registros dedicados a figuras musicales como Patti Smith, Fugazi, Vic Chesnutt o Elliott Smith) y elogiados largometrajes de ficción como Chain y Museum Hours.

    Precisamente, Museum Hours -película premiada en los festivales de Locarno y Toronto- se estrena de manera exclusiva en el MALBA (Figueroa Alcorta 3415), donde se exhibe todos los viernes de enero, a las 22; y todos los domingos, a las 18.

    Y nada mejor que el cine de un ámbito como el MALBA para albergar a un film cuyo punto de partida es el Museo de Historia del Arte de Viena. Los protagonistas de esta encantadora historia son Johann (Robert Sommer), un ex manager de bandas en la ruidosa escena musical que ahora se desempeña como guardia en la quietud de la sala dedicada a la obra de Pieter Brueghel el Viejo. Allí conocerá a Anne (la compositora canadiense Mary Margaret O'Hara), una mujer de unos 50 años que llega desde Montreal a Austria casi sin dinero ni idea de cómo es el país debido a una emergencia: acompañar a una amiga de la infancia que está en coma en un hospital.

    Museum Hours -que tiene bastante puntos de contacto con Antes del amanecer, de Richard Linklater, más allá de que sus personajes son más veteranos que los de Julie Delpy y Ethan Hawke- es una delicada película de encuentros en cafés, charlas entre dos seres frágiles y en crisis, caminatas por las hermosas calles de la ciudad nevada, viajes en el transporte público y reflexiones siempre inteligentes sobre el museismo, la historia del arte, la soledad y la madurez, Viena y el cine. Una pequeña joyita para no dejar pasar.
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  • Actividad paranormal: Los marcados
    Un spin-off innecesario

    La saga de Actividad paranormal arrancó en 2007 con un inteligente uso del found-footage para un terror que apostaba más por la creación de climas y la sugestión que por el impacto. El éxito de la franquicia hizo que las películas se fueran acumulando (la quinta llegará en octubre próximo), pero no contentos con semejante bombardeo ahora Oren Peli y compañía nos someten a un spin-off con fuerte impronta latinoamericana y de muy bajo nivel.

    Dos amigos chicanos de 18 años acaban de terminar la secundaria y se dedican a registrar todo lo que hacen en Los Angeles con su cámara. Mientras pierden -como buenos adolescentes- el tiempo en pruebas tipo Jackass descubren de manera fortuita que en un departamento del mismo edificio se practican… rituales demoníacos.

    Lo que sigue es un reciclaje de ideas ya vistas en decenas de películas, que van desde posesiones diabólicas, transformaciones, baños de sangre, sótanos ominosos, atmósferas sórdidas y elementos fantásticos (es para rescatar el divertido uso que se hace de un viejo juego Simon) en el contexto de las costumbres cotidianas de familias de origen latino.

    El problema central, de todas formas, ni siquiera es la absoluta falta de originalidad de la propuesta sino sus tremendas flaquezas formales, su absoluta falta de rigor en el punto de vista y los múltiples caprichos sin justificación de la puesta en escena.

    Es lamentable que mucho público vaya a ver este subproducto bajo el “engaño” del título, que promete una nueva entrega de la saga cuando en realidad es una derivación muy menor. Se trata, de todas maneras, de un arma de doble filo: lo que empezó como una promisoria franquicia ya se parece demasiado a un abuso y da claras, contundentes señales de fatiga.
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  • Frozen, una aventura congelada
    Desde la llegada de John Lasseter a la dirección creativa de Walt Disney Animation Studios, este pionero de Pixar ha logrado combinar el clasicismo que ha sido desde siempre la marca de fábrica de la productora más tradicional de Hollywood con una impronta, guiños y un look más modernos. Es paradójico que, justo en momentos en que esa compañía en muchos sentidos revolucionaria que es Pixar recibe todo tipo de cuestionamientos por cierto achatamiento de sus películas (sobre todo por apostar más a las secuelas de sus éxitos que a films originales), las mayores sorpresas provengan del ala supuestamente más conservadora del holding.

    Luego de la audaz y nostálgica Ralph el demoledor , Disney regresa a un terreno que le dio muy buenos resultados con Enredados y que continúa la línea histórica de sus princesas que luchan por conseguir independencia y libertad. Si en aquel film de 2010 el punto de partida fue un cuento de hadas de los hermanos Grimm, aquí la inspiración original proviene de La reina de las nieves , del danés Hans Christian Andersen.

    El resultado es narrativamente impecable (las casi dos horas que suman entre el también notable corto previo en homenaje al ratón Mickey y este largometraje transcurren a toda velocidad y con enorme fluidez) y visualmente prodigioso.

    Pocas veces la tan mentada "magia", los poderes sobrenaturales y los elementos fantásticos fueron captados y transmitidos con el despliegue de recursos y el virtuosismo formal que a cada instante aflora en Frozen .

    Los directores Chris Buck ( Tarzán, Reyes de las olas ) y Jennifer Lee (guionista de la mencionada Ralph el demoledor ) cuentan la historia de dos hermanas: la entusiasta e impulsiva Anna y la fóbica Elsa. En el caso de esta última, debe hacerse cargo del trono de Arendelle tras la muerte de sus padres, pero tiene pánico del alcance de sus poderes (es capaz de congelar todo con una facilidad asombrosa), ya que nunca ha podido controlarlos cuando se pone nerviosa o se enoja.

    La tensión entre estas dos hermanas de personalidades opuestas crece cuando deben abrir el palacio al pueblo y cuando Anna empieza a tener sus primeras experiencias amorosas. El poder de Elsa se convierte en su peor enemigo y en el sino trágico de sus súbditos, que sufren un invierno desolador e interminable.

    Tras un arranque típico de intrigas palaciegas con números musicales algo convencionales, en la segunda mitad llegan los múltiples momentos de comedia (que los espectadores más pequeños sabrán agradecer), sobre todo con la aparición de un reno y de un muñeco de nieve con nariz de zanahoria llamado Olaf.

    Pero, más allá de su logrado reciclaje de la simbología de una típica historia de amor del siglo XIX con enfrentamiento entre el Bien y el Mal, de esas que contraponen la inocencia y la codicia, lo que distingue por sobre todo a este 53º largometraje animado de Disney es su belleza deslumbrante, aquí amplificada por el uso del 3D y el trabajo esplendoroso con imágenes en pantalla ancha.
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  • La vida de Adele
    La vida de Adele
    Otros Cines
    Es la historia de un amor como no hay otro igual

    Conocido en la Argentina gracias a Juegos de amor esquivo y Cous Cous, la gran cena, Abdellatif Kechiche consigue el mejor film de su carrera con una propuesta tan audaz y ambiciosa (dura tres horas) como fascinante y conmovedora. A partir de una novela gráfica de Julie Maroh, el director de origen tunecino narra la historia de Adèle (Adèle Exarchopoulos), una quinceañera en pleno despertar sexual.

    Lo que arranca como un sensible retrato de las contradicciones, inseguridades y confusiones de una adolescente que busca reafirmar su identidad, luchar contra su inestabilidad emocional con irrupciones de angustia, y sostener su autoestima en el ámbito de un colegio secundario, derivará luego hacia otras etapas -con un ingreso como auxiliar en un jardín de infantes y más tarde como maestra en una escuela primaria- con un recorrido que alcanzará seis años de su vida.

    De todas maneras, el eje principal de este film es la apasionada historia de amor que la protagonista mantiene con Emma (interpretada por Léa Seydoux), una artista plástica algo mayor que ella que la iniciará en el universo gay-lésbico. Mucho se han comentado las largas y explícitas escenas de sexo que la película contiene, pero no hay en ellas nada de explotación ni de regodeo voyeurista. Están narradas con la misma intensidad, cercanía y naturalidad con que se expone cada instante de la vida de estas dos chicas.

    La de La vida de Adèle es de esas experiencias transformadoras que son imposibles de explicar en palabras. Se podría hablar de la consagratoria actuación de Exarchopoulos (sin dudas, ha nacido una estrella), del inmenso talento de Kechiche para poner la cámara en el lugar justo, para marcar y al mismo tiempo “liberar” a sus actrices, para observar y captar cada ínfimo detalle que luego adquiere dimensiones insospechadas, para ir y volver de la comedia al drama con una facilidad asombrosa… Pero ninguno de estos conceptos alcanza para describir la verdad que el realizador de Vénus noire y sus dos intérpretes consiguen en cada fotograma.

    La conflictiva cotidianeidad escolar, los diversos entornos familiares, el universo de la militancia secundaria, el mundo queer, el ámbito de los intelectuales y los galeristas, las referencias literarias (Marivaux sobre todo)… Esos y muchos otros elementos conviven -con insólita armonía- durante las magistrales tres horas de este fascinante, conmovedor e inolvidable film.
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  • La increíble vida de Walter Mitty
    Nunca es tarde para amar (ni para viajar)

    En sus cuatro películas previas como director -Generación X (1994), El insoportable (1996), Zoolander (2001) y Una guerra de película (2008)-, Ben Stiller había demostrado una infrecuente capacidad para la comedia negra y satírica, así como para el gag a puro humor físico (heredero de la clásica screwball comedy), pero sin descuidar la sensibilidad y hasta cierta nobleza de sus muchas veces patéticos y tragicómicos personajes.

    Luego de dos décadas de compleja producción (decenas de reescrituras y de cambios de estudios y de elencos), Stiller regresa como realizador y protagonista de esta muy libre remake del film de 1947 dirigido por Norman Z. McLeod con Danny Kaye, Virginia Mayo y Boris Karloff (a su vez inspirado en el cuento de dos páginas publicado por James Thurber en 1939 en la revista New Yorker), en la que gana en delirio visual, pero pierde bastante en su capacidad de provocación. Es que La increíble vida de Walter Mitty -sobre todo en su segunda mitad- abandona su veta más absurda (era una suerte de cruza entre el cine de Wes Anderson y el de Aki Kaurismäki) para convertirse en algo bastante parecido a un cuento de hadas, un viaje iniciático y transformador, una alegoría bien propia de estas épocas navideñas y hasta con un dejo de autoayuda y espiritualidad new-age. De todas formas, si el resultado final no es enteramente satisfactorio, se trata de una experiencia rica y bastante más valiosa de lo que la mayoría de los críticos estadounidenses ha descripto.

    Stiller es Walter Mitty, un perdedor que ha pasado 16 de sus 42 años como encargado de la sección de negativos de la mítica revista Life. La publicación ha sido adquirida por un holding que envía a un joven y despiadado ejecutivo (Adam Scott) para editar el último número en papel y convertirla luego en un medio digital. Sean O'Connell (Sean Penn), famoso fotógrafo que vive de aventura en aventura por todos los rincones del planeta sin que nadie conozca su paradero, ha mandado por correo la imagen para la tapa de despedida, pero el atribulado Walter no la encuentra. El -que nunca ha salido de Nueva York y vive teniendo viajes imaginarios- deberá emprender una larga travesía (Groenlandia, Islandia, Afganistán) en busca de ese fotógrafo nómade y del negativo extraviado.

    Más allá de las desventuras de nuestro (algo estereotipado) antihéroe, Stiller también desarrolla su historia de amor con Cheryl (la enorme Kristen Wiig, aquí no del todo aprovechada), una compañera de trabajo a la que ha intentado en vano contactar vía un servicio de citas online.

    El film -que logra unos cuantos climas sugerentes a partir de los temas neo-folk del ¡argentino! José González y un uso bastante creativo aunque un poco abusivo de las CGI- tiene simpáticas parodias (como la de El curioso caso de Benjamin Button), ocurrentes secundarios (como el empleado del sitio de citas por Internet que interpreta Patton Oswalt) y grandes momentos (como la versión de la canción Space Oddity en Groenlandia). Así, aún llena de desniveles y problemas (por momentos hasta tiene un tono bastante esquizofrénico que pendula entre el drama adulto y la película familiar a-la-Forrest Gump), La increíble vida de Walter Mitty regala unos cuantos minutos de muy buen cine. No es el film brillante y audaz que uno hubiese querido de Stiller, pero no está nada mal como antídoto para combatir las inclemencias veraniegas.
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  • El lobo de Wall Street
    El precio de la codicia

    A Martin Scorsese se lo viene cuestionando desde hace años por parte de la “vanguardia” cinéfila porque -aseguran sus detractores- sus películas son cada vez más grandes y más superficiales. Lo mismo han empezado a decir quienes ya vieron la excéntrica El lobo de Wall Street. Más allá de que no todos sus films son igual de logrados (una obviedad en un realizador con cuatro décadas de carrera), creo que cada uno regala múltiples aristas valiosas, así como una intensidad y una excelencia narrativa que distinguen a Marty por sobre el 99% de sus colegas.

    Cuando se aprecian las adrenalínicas, descomunales, embriagadoras, fascinantes tres horas de El lobo de Wall Street uno no deja de preguntarse cómo hace, a sus 71 años, el director de Taxi Driver y Toro salvaje para sostener la energía desbordante y desbocada de esta tragicomedia tan ambiciosa como provocadora.

    A partir de un guión de Terence Winter (Los Soprano, Boardwalk Empire: El imperio del contrabando) basado a su vez en el libro autobiográfico de Jordan Belfort, Scorsese recupera el brío y muchos de los temas trabajados en Buenos muchachos y Casino (la impunidad, la codicia, el cinismo, la lucha despiadada por el poder, la lealtad y la traición, el poder seductor del dinero) para describir el ascenso, apogeo y caída de un joven zar de la bolsa entre fines de los años ’80 y principios de los ’90.

    En su quinta colaboración con Marty, Leonardo DiCaprio reedita aquí la megalomanía de su Jay Gatsby en El gran Gatsby, aunque su Belfort por momentos parezca una cruza entre el Gordon Gekko de Michael Douglas en Wall Street y el Tony Montana de Al Pacino en Scarface.


    El rey de las finanzas

    Con apenas 22 años, el protagonista llega en 1987 a Wall Street para cumplir su sueño de hacer fortuna. En una de las primeras e hilarantes escenas en un restaurante, su mentor (Matthew McConaughey) le dispara los tips para convertirse en un as de las finanzas. Y vaya que Belfort lo cumplió: a los 26 ya era un multimillonario que llevó hasta las últimas consecuencias el lema de sexo (orgías), drogas (desde pastillas hasta cocaína) y rocanrol (la selección musical de Robbie Robertson es brillante). Claro que una década más tarde estaba purgando 22 meses de cárcel por cada uno de sus fraudes y excesos cometidos por su emporio Stratton Oakmont.

    La película de Scorsese es arrolladora, excesiva en todos los sentidos posibles (el director debió cortar no sólo una hora de narración sino también muchísimas imágenes con sexo y droga para evitar la condenatoria calificación NC-17 en los Estados Unidos), y -más allá de ciertos caprichos, de su misoginia, de su exhibicionismo o del recurso algo rancio del protagonista hablando a cámara- resulta un festival para los sentidos (la fotografía “ochentista” está a cargo del mexicano Rodrigo Prieto).

    Si bien el film es un tour-de-force de DiCaprio (con sus discursos motivacionales, sus problemas con las mujeres y ese descontrol permanente que hace mella en el cuerpo), Scorsese tiene durante las tres horas (que no pesan para nada) tiempo suficiente para desarrollar los múltiples personajes secundarios: desde el ladero de Belfort Donnie Azoff (excelente Jonah Hill), hasta su segunda esposa Naomi (la bomba sexual australiana Margot Robbie con destino inevitable de estrella), pasando por el agente del FBI Patrick Denham (impecable composición minimalista de Kyle Chandler), que investiga y va minando el poder del arrogante y egocéntrico antihéroe.

    ¿Perfecta? Para nada. Pero incluso en su desmesura y en sus inevitables desniveles El lobo de Wall Street regala un viaje furioso, un trip físico y mental hacia el corazón de la ambición; es decir, el núcleo básico del sueño americano.
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  • Ritual sangriento
    Para comerte mejor...

    Una película sobre el canibalismo es siempre una experiencia límite. Una gran película sobre el canibalismo es una rareza y -por qué no- hasta una proeza. Si bien podríamos incluir en este subgénero a films de inmensa popularidad y reconocimiento crítico como El silencio de los inocentes, pocas veces historias con estos alcances y connotaciones salen bien paradas. Los excesos, la provocación, la explotación y el morbo suelen ganarle por goleada a la inteligencia y el talento. Por suerte, no es este el caso.

    Basada en el largometraje mexicano Somos lo que hay (2010), de Jorge Michel Grau, esta remake de Jim Mickle tiene otro infrecuente mérito: supera al original. El film arranca con la muerte de la madre (en la película de Grau era el padre) de una familia tradicional de la zona de Catskill. Las dos bellas hijas, Iris (Ambyr Childers) y Rose (Julia Garner), y el pequeño Rory (Jack Gore) quedan al cuidado del patriarca Frank Parker (un contenido y al mismo tiempo temible Bill Sage), que continúa con unos extraños rituales que tienen su orígenes religiosos en el siglo XVIII.

    Lo que sigue -no conviene adelantar demasiado de la trama- es un exponente de horror gótico construido con rigor y destreza, con climas ominosos (hay un excelente trabajo de fotografía en pantalla ancha que remite al cine de Terrence Malick y Jeff Nichols), tensión y suspenso (se lanza una investigación por la sucesiva desaparición de varios habitantes del pueblo).

    Lejos del cine de terror contemporáneo alimentado a fuerza de efectos visuales concebidos en la posproducción, Ritual sangriento apuesta a la narración, a la psicología de los personajes, a ricas observaciones sobre el fanatismo y la dinámica de una familia enfermiza, y se sostiene gracias a las impecables actuaciones, a citas literarias y a un logrado dispositivo visual, sonoro y musical.

    No será, claro, un típico cuento de hadas para esta época navideña (hay varios momentos chocantes y perturbadores), pero sí un verdadero hallazgo dentro de una temática que hacía presumir otra cosa. A veces, por suerte, los prejuicios quedan sepultados por el buen cine.
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  • La chispa de la vida
    Sin chispa y sin vida

    Qué triste derrotero el de Alex de la Iglesia. Director fundamental del cine español de los años ’90 con films como Acción mutante y el Día de la Bestia, mantuvo el interés por su obra hasta La comunidad o crimen ferpecto. El presente lo encuentra con su segundo estreno comercial del año en las salas argentinas (luego de la reciente Las brujas), que en este caso se trata de su penúltimo largometraje y uno de los peores de su carrera.

    Un creativo publicitario (José Mota) lleva dos años sin trabajo y, pese al apoyo irrestricto de su entusiasta y bella esposa (Salma Hayek), es un alma en pena, algo así como el estereotipo del español caído en desgracia. Tras una (otra) entrevista de trabajo fallida, sufre un improbable accidente (queda con su cráneo clavado al piso por una estaca de hierro en posición de crucifixión en medio de un anfiteatro), y pronto se convertirá en un freak, una víctima, un mesías y una estrella mediática del periodismo sensacionalista.

    El problema central es que el film no es divertido, inteligente ni provocativo (y resulta incluso bastante conservador en su reivindicación de la familia como refugio ante los males de este mundo): se toma demasiado en serio para ser una mirada absurda y su crítica social (con la crisis económica de fondo) es siempre obvia, subrayada y hasta torpe. Otro paso en falso de un cineasta con talento y destreza narrativa, pero que desde hace bastante tiempo viene en picada. Esperemos recupere el ímpetu, la creatividad y la audacia de su primera época.
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  • Último viaje a Las Vegas
    Viejitos no tan piolas

    A principios de año se estrenó Tres tipos duros (Stand Up Guys), con Al Pacino, Alan Arkin y Christopher Walken como tres veteranos ex mafiosos que vuelven a las andadas. Y 2013 termina con otros viejos amigos (Michael Douglas, Robert De Niro, Morgan Freeman y Kevin Kline) reencontrándose luego de mucho tiempo para la despedida de soltero de uno de ellos -que se está por casar con una jovencita- en Las Vegas, en una suerte de versión geriátrica de ¿Qué pasó ayer? en la que uno de cada diez chistes o diálogos funciona y genera alguna mínima sonrisa. Demasiado poco para intérpretes de pasado glorioso que aquí parecen estar actuando “de taquito”, como sobrando el penoso material que les toca en suerte, como quien va a la cola del banco a cobrar la jubilación (sus cheques, claro, son bastante más jugosos).

    Lo peor -además de las bromas berretas, la misoginia y los malos cameos (como el del rapero 50 Cents)- es que todo termina en una moralina decididamente conservadora, reivindicando el papel de la esposa o la pareja madura y “condenando” cualquier encuentro entre un hombre veterano y una mujer joven. Una comedieta rancia hecha con piloto automático.
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  • Paraíso: Amor
    Paraíso: Amor
    Otros Cines
    El dinero no puede comprar amor

    Confieso que no soy muy fan del cine del siempre revulsivo y provocativo director austríaco Ulrich Seidl (Dog Days, Import/Export), pero esta película -y la trilogía Paraíso en general- me resultó más que interesante, de lo mejor de su filmografía.

    El largometraje empieza de la peor manera (con una escena de chicos con Síndrome de Down en los autitos chocadores) y continúa de una forma también bastante chocante (con una descripción algo grotesca del turismo sexual de unas señoras gordas en un resort playero de Kenia, donde utilizan su dinero para conseguir negros esculturales como juguetes eróticos).

    Sin embargo, poco a poco, Seidl va mostrando facetas “sensibles” poco exploradas en su cine previo, ya que expone las contradicciones de esas relaciones (y nos obliga a empatizar alternativamente con unos y otros personajes) y deja en claro que -más allá de la explotación y del racismo- lo que allí aparece por parte de las veteranas damas europeas es una gran dosis de angustia, aburrimiento y soledad, así como una necesidad casi compulsiva de tapar ese agujero existencial con emociones fuertes e inéditas. Pero, se sabe (o creemos saber), el dinero no puede comprar amor.
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  • En el camino
    En el camino
    La Nación
    Mirada superficial a un clásico

    En el camino era -al momento de estrenarse en la competencia oficial del Festival de Cannes de 2012- uno de los films más esperados tanto por cinéfilos como por expertos en literatura, ya que se trataba de un proyecto que Francis Ford Coppola (dueño de los derechos del mítico libro de Jack Kerouac ) había intentado concretar -sin suerte- durante mucho tiempo y que finalmente rodó el brasileño Walter Salles con el aporte de un amplio elenco internacional. Pero la película no funcionó comercialmente en casi ningún mercado y, de hecho, aquí llega con más de un año y medio de retraso.

    Esta road-movie del director de Estación Central sobre los viajes iniciáticos de dos aspirantes a escritores (Garrett Hedlund y Sam Riley) durante fines de los años 40 y principios de los 50 contó con guión de José Rivera (quien ya había trabajado con Salles en un proyecto con varios elementos en común con éste, como Diarios de motocicleta) y -como curiosidad- con varias escenas de nieve filmadas en la zona de Bariloche.

    El film tarda en "arrancar", ya que Salles se toma varios (quizá demasiados) minutos en presentar a estos jóvenes intelectuales fascinados por Proust, por el jazz y la cultura afroamericana, por el sexo, el alcohol, las drogas y los tugurios de la bohemia neoyorquina. Luego, sí, llega el turno de los viajes por esa Norteamérica profunda, a toda velocidad, sin límites, a puro desenfreno. En este sentido, una de las mayores "audacias" de la película son los desnudos de Kristen Stewart, famosa por su recatado papel en la popular saga Crepúsculo.

    Con una narración muy cuidada, una excelente reconstrucción de época e impecables aportes del argentino Gustavo Santaolalla en la música y del francés Eric Gautier en la exquisita fotografía, En el camino alterna secuencias inspiradas con varios otros pasajes algo anodinos que conspiran en definitiva contra la solidez y fluidez del relato.

    Nada desentona demasiado en esa película bella, cool y distanciada, pero es precisamente esa prolijidad la que hace "ruido" en oposición al original literario, que hacía culto de lo opuesto: visceralidad, sordidez, intimidad, realismo, intensidad. Así, esta versión cinematográfica de En el camino puede verse como una mirada bastante superficial, simplificada (pasteurizada) sobre aquellas experiencias de Kerouac y compañía que conmovieron al mundo. La generación beat para? la generación Wikipedia.
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  • La esencia del amor
    Nunca es demasiado tarde...

    El director de London to Brighton y The Cottage concibió un auténtico crowd-pleaser, una de esas películas “encantadoras” tan demagógicas como previsibles, otra comedia “geriátrica” que toca -no siempre de forma afinada- ciertas fibras sensibles y emotivas que la vinculan con films como Rigoletto en apuros, Tocando el viento, Chicas de calendario, ¿Y si vivimos todos juntos? o El exótico Hotel Marigold, por nombrar sólo algunas.

    Hasta el espectador más desatento o poco intuitivo podrá adivinar desde el primer fotograma que el viejo gruñón, aparentemente insensible y bastante despótico, que interpreta el gran Terence Stamp terminará involucrándose de lleno, a fondo, en aquello que al principio desprecia: el coro que dirige la bellísima Gemma Arterton y en el que participa su esposa (Vanessa Redgrave), que padece un cáncer irreversible ya en fase terminal. Y que también terminará reconciliándose con su hijo (Christopher Eccleston), al que jamás le ha dado una palabra de aliento.

    Porque estamos ante una suerte de cuento de hadas contemporáneo, un film sobre la redención, las segundas (o terceras) oportunidades, sobre viejitos que cantan rock y bailan rap (aunque eso les cueste que al rato venga a buscarlos una ambulancia), un antídoto contra el cinismo de estos tiempos.

    Confieso que es un subgénero que en general no me gusta demasiado, al que suelo encontrar algo rancio, arcaico, forzado y facilista en la aplicación constante de las mismas fórmulas. Pero sé, al mismo tiempo, que hay un segmento de público no menor que suele elegir, disfrutar y celebrar con los demás cuando llega a la cartelera comercial una propuesta así. Está en cada uno, entonces, elegir si acompañan o no a Stamp en ese viaje íntimo desde el Infierno al Paraíso.
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  • Jackass: el abuelo sinvergüenza
    La guía de cine para pervertidos

    Luego de la serie de MTV y las películas de Jackass, Johnny Knoxville salta a un film como “solista” en el que mantiene algo de la apuesta extrema en lo sexual y escatológico de aquellos trabajos previos (penes, golpes, flatulencias, excrementos, insultos, perversiones, misoginia, cámaras ocultas), pero también con varios cambios: una apuesta narrativa más convencional (hay una “historia”) y un cierto dejo de crowd-pleaser a-la-Un papá genial, de Adam Sandler.

    Knoxville no es un padre sino “el abuelo sinvergüenza” del título. En efecto, el actor de 42 años interpreta a Irving Zisman, un viejo verde de 86 pirulos que sufre (en verdad, goza) la muerte de su esposa “gruñona” (Catherine Keener), con quien ha compartido casi cinco décadas de vida, pero con la que se llevaba bastante mal y ya no mantenía relaciones sexuales desde hacía mucho tiempo. Liberado, entonces, del yugo matrimonial, se apresta a disfrutar de la vida cuando aparece en escena su hija, una adicta al crack que debe volver a la cárcel y le deja a su nieto Billy (brillante Jackson Nicoll), un gordito de 8 años bueno para nada. El problema es que deben cruzar medio país (y Estados Unidos no es precisamente un territorio pequeño) para trasladar al pequeño desde Nebraska hasta Carolina del Norte, donde lo espera su no menos patético padre (Greg Harris).

    Tras un fallido funeral (cargan el cadáver en el baúl del auto) e intentar (sin suerte, claro) enviar al chico por micro oculto en una encomienda, arranca la road-movie con el abuelo iniciando al nieto en vicios varios y en el universo femenino (el anciano se lanza con toda mujer que se le cruza). Desde un pene atorado en una máquina hasta las desventuras en un club de strippers masculinos, pasando por robar y comer en un supermercado, destrozar una boda o participar en un concurso de belleza para niñas (con el gordito disfrazado, por supuesto), El abuelo sinvergüenza ofrece todo tipo de escenas capaces de generar carcajadas o incomodidades que harán que el espectador se tape la cara. El humor negrísimo, el desparpajo absoluto, son las claves del humor del trío Knoxville, Jeff Tremaine y Spike Jonze, aunque aquí la cosa se vuelve sobre el final un poco más condescendiente y demagógico (si bien también hay cierta sensibilidad, debe admitirse). De todas maneras, para los iniciados en el universo de Jackass hay muchos momentos para el disfrute genuino y liberador.

    PD: Quédense a los créditos finales: están plagados de outtakes, detrás de cámaras y gags que valen la pena. Además, muestran el trabajo (sobre todo de maquillaje y caracterización) para el personaje de Knoxville.
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  • Un lugar para el amor
    Escritores en crisis

    Bill Borgens (Greg Kinnear) es un escritor de culto, un novelista que tuvo su momento de gloria (éxito comercial y prestigio), pero que está en medio de un bloqueo creativo demasiado largo. Divorciado, pero aún obsesionado por su ex (como para no estarlo si es nada menos que de Jennifer Connelly), quien se ha vuelto a casar, este hombre posesivo y egocéntrico la espía en su nueva casa, mientras se ocupa de supervisar la carrera literaria de sus dos hijos: Samantha (Lily Collins), una muchacha cínica y promiscua que consigue un prematuro suceso con un libro autobiográfico; y el mucho más tímido y falto de autoestima Rusty (Nat Wolff), de 16.

    Esta ópera prima del guionista y director Josh Boone cae en todos y cada uno de los lugares comunes y fórmulas del cine indie sobre familias disfuncionales, intelectuales en conflicto, padres confundidos y adolescentes descontenidos (para colmo transcurre durante la festividad de Acción de Gracias, como para hacer más "emotivo" el asunto). Lo hace, eso sí, con buenos actores sosteniendo con profesionalismo el discreto material y con algunos chispazos de encanto, humor y sensibilidad. No alcanzan para reivindicar por completo al conjunto, pero al menos hacen bastante soportable el tránsito de estos 97 minutos. En esta misma línea, resultaba mucho más lograda Fin de semana de locos (Wonder Boys), de Curtis Hanson.

    Lo peor del film, de todas maneras, son sus citas (obvias, torpes, falsamente “sesudas”) al universo literario y musical. Las canciones son en general muy lindas (van desde Bon Iver hasta Bright Eyes, pasando por The National), pero Un lugar para el amor quedará para siempre con el estigma de haber destruido un temazo como Between the Bars, de Elliot Smith, durante una de las peores escenas románticas que se recuerden. Eso sí es imperdonable.
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  • Policeman
    Policeman
    Otros Cines
    El enemigo interno

    Que este film haya ganado el Premio Especial del Jurado en Locarno, el del Público en Nantes y el máximo galardón de la Competencia Internacional del BAFICI 2012 y -peor aún- que sea aclamado por no pocos críticos de primera línea como una obra maestra a contracorriente del cine “convencional” me hace pensar en la sobredosis de esnobismo y en lo mal que está por momentos el circuito de festivales (o, en caso contrario, lo mal que puedo estar yo).

    La película -que me recordó a los peores trabajos de Amos Gitaï- es de una banalidad, una torpeza, un trazo grueso, con personajes tan forzados y caricaturescos, que poco menos que indigna. Sobre todo, porque se mete con temas muy pesados como el (anti)terrorismo en Israel.

    En este caso, Lapid describe el accionar de unos policías que, esta vez, no deben enfrentarse con fanáticos palestinos sino con un patético grupo revolucionario integrado por compatriotas. Ni el espíritu tragicómico, ni algunas osadas observaciones sobre la contradictoria sociedad israelí, ni su "moderno" y experimental sistema narrativo alcanzan a redimir a una película que no tiene prejuicios, es cierto, pero tampoco demasiado talento.

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  • El Hobbit: La desolación de Smaug
    La desolación de Smaug, segunda entrega de la trilogía cinematográfica basada en el clásico literario de J.R.R. Tolkien, empieza con un chiste: un cameo del propio director, Peter Jackson, emulando a los que solía hacer en sus películas Alfred Hitchcock.

    Esa efímera broma cinéfila sintetiza de alguna manera los logros nada menores de esta segunda entrega, que resulta bastante más fluida, alegre, articulada y llevadera que la primera. Aun sin las escenas musicales del film inicial e incluso con la inevitable acumulación de diálogos pomposos recitados con voces graves y solemnes, La desolación de Smaug ofrece -por un lado- una mayor densidad dramática y -por otro- más y mejores escenas de acción. En este sentido, se destaca, por ejemplo, un escape de los enanos a bordo de unos barriles por un río correntoso en medio de un enfrentamiento entre elfos y orcos, que constituye una maravilla coreográfica.

    Este segundo episodio sigue el siempre tortuoso derrotero de los pequeños y aguerridos protagonistas en su largo viaje hasta la Montaña Sagrada (Montaña Solitaria en el libro original) custodiada por el dragón Smaug con el objetivo final de que Thorin (Richard Armitage) pueda recuperar el reino de Erebor.

    Como si fuese un recorrido por un parque temático, Bilbo Bolsón (Martin Freeman) y la docena de compañeros de aventuras -ocasionalmente ayudados por el mago Gandalf (Ian McKellen)- se enfrentarán con arañas gigantes en un bosque, contra los elfos (que los encarcelarán durante un tiempo) y los horrendos orcos (que también buscan las riquezas de Erebor), mientras reciben ayudas esenciales, como la del personaje del contrabandista Bardo (Luke Evans).

    Esta segunda película -que si bien no alcanza la jerarquía de El señor de los anillos significa una sustancial mejora respecto de Un viaje inesperado- tiene un humor menos obvio y más logrado e intenta construir cierta tensión romántica a partir del triángulo amoroso entre el guerrero Legolas (Orlando Bloom), la bella Tauriel (Evangeline Lilly) y el enano Kili (Aidan Turner).

    Mucho se ha discutido sobre el exceso de convertir las menos de 300 páginas del libro de Tolkien en una saga de tres películas y 9 horas en total, pero mientras Un viaje inesperado tardaba demasiado en arrancar y su duración se sentía en el cuerpo, aquí la experiencia resulta mucho más satisfactoria. A Peter Jackson, esta vez, habrá que darle la razón.
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  • Huellas
    Huellas
    Otros Cines
    Un relato sobre la historia de la familia del director con narración en off y con el protagonista en cámara cubriría, en principio, todos los lugares comunes del documental de autor que domina el panorama local en los últimos tiempos. Sin embargo, Colombo trasciende aquí el ombliguismo y las modas para convertirse en una suerte de detective que desvela un complejo entramado de secretos, mentiras, abusos y excesos que dominó a varias generaciones de su familia. La obsesión del realizador por la historia de su abuelo (un italiano que combatió en la Segunda Guerra Mundial y se instaló luego en Santiago del Estero, donde llevó durante años una doble vida y tuvo siete hijos) lo lleva luego a bucear en los traumas de su propia madre y de varios otros integrantes de su familia. El film se mete con temas muy pesados, pero lo hace siempre con una extraña mezcla de intimidad y pudor, de contundencia y recato. El resultado es por momentos conmovedor y siempre fascinante.
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  • Boxing Club
    Boxing Club
    Otros Cines
    Tras incursionar en la ficción con El perseguidor, Víctor Cruz -reconocido productor- regresa al documental luego de La noche de las cámara desiertas con este trabajo observacional sobre la relación entrenador-pupilo en el gimnasio El Ferroviario que el gremio La Fraternidad tiene en el subsuelo de la estación Constitución. El film arranca y termina con una pelea (relatada por el gran Walter Nelson) y, en el medio, expone la trastienda del ambiente (desde los entrenamientos hasta el pesaje previo a un combate) en un ámbito poblado por pugilistas -la mayoría de segunda o tercera línea- del sur del conurbano bonaerense. No es precisamente el primer documental sobre boxeo nacional o extranjero (de hecho, ya se había filmado allí Boxeo Constitución, de Jakob Weingartner; y el gran Frederick Wiseman hizo hace un par de años Boxing Gym), pero Cruz logra capturar pequeños grandes momentos (como la charla sobre los códigos de honor en la saga de El Padrino) con el sólido aporte del DF Diego Poleri (y la colaboración de Lucio Bonelli) y el impecable trabajo de sonido de Martín Grignaschi.

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  • Esclavo de Dios
    Esclavo de Dios
    Otros Cines
    Fanatismos de ambos bandos

    Este joven director venezolano radicado en los Estados Unidos construyó un tenso thriller que trabaja (con elementos ficcionales pero sobre indicios surgidos de las investigaciones reales) sobre la hipótesis de un tercer atentado que debía producirse en Buenos Aires poco después de la voladura de la sede de la AMIA en 1994.

    El film está narrado desde los puntos de vista opuestos de Ahmed (Mohammed Al Khaldi), un fundamentalista libanés que vive de incógnito en Venezuela -donde llega a formar una familia- a la espera de instrucciones para un atentado suicida; y de David (Vando Villamil), un agente del Mossad que sigue las distintas pistas para desentrañar la compleja madeja de intereses.

    Concebida con indudable oficio y con un sólido acabado técnico, pero con algunos lugares comunes y estereotipos a la hora de describir el fanatismo religioso (de ambos lados), Esclavo de Dios se constituyó en una verdadera rareza dentro de la Competencia Latinoamericana del reciente Festival de Mar del Plata. Pocos días más tarde, llega el momento de su estreno comercial en una decena de salas. Una película para debatir…
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  • Paranoia
    Paranoia
    Otros Cines
    Durmiendo con el enemigo

    Cuesta entender cómo el director de Legalmente rubia puede haber caído tan bajo. En este thriller sobre espionaje industrial no deja fórmula y estereotipo sin gastar, sobre todo a la hora de denunciar la ambición desmedida de las grandes corporaciones y la codicia (y falta de escrúpulos) de sus despiadados ejecutivos.

    Tras la profunda crisis de Wall Street, las cosas ya no son fáciles para los jóvenes emprendedores. Lo sabe bien Adam (Liam Hemsworth), que se queda sin trabajo y debe pagar el tratamiento médico de su padre (Richard Dreyfuss). Así, quedará en medio de dos peces gordos del negocio de los celulares (Harrison Ford y Gary Oldman) y se enamorará de una bella experta en marketing (Amber Heard), a quien perderá por sus actividades non sanctas y, obviamente, recuperará cuando muestre su faceta más sensible.

    Luketic ya había trabajado en 21: Blackjack la idea de jóvenes brillantes que ponen en jaque a (y también son víctimas de) los grandes holdings. Aquí se maneja siempre a fuerza de lugares comunes, con una superficialidad pasmosa y con muy poco ingenio y creatividad (la escena casi calcada de La conversación, de Francis Ford Coppola), con dos protagonistas carilindos como Hemsworth (Los juegos del hambre) y Heard (esta semana también en Machete Kills) y actores veteranos (Ford, Oldman, Dreyfuss) en papeles secundarios que sólo tienen un par de chispazos y momentos simpáticos. Demasiado poco para semejantes talentos involucrados.
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  • Machete kills
    Machete kills
    La Nación
    Así como extendió (quizá más de lo conveniente) la inspirada saga de Mini espías , Robert Rodriguez decidió que una película sobre Machete -el ex agente federal mexicano devenido inmigrante ilegal, agente secreto, implacable asesino a sueldo e irresistible donjuán en los Estados Unidos- no era suficiente y, apenas tres años después de aquella comedia negrísima, decidió retomar al personaje interpretado por el casi septuagenario y monosilábico Danny Trejo.

    Si el primer film funcionaba bien -aunque con un efecto bastante efímero- con su mezcla de violencia con excesos gore (cabezas cortadas, chorros de sangre, cadáveres al por mayor), erotismo primario (mujeres voluptuosas exponiendo sus curvas y exagerando sus gestos seductores y su adoración por Machete) y cierta incorrección política (dar vuelta los estereotipos con un héroe mexicano haciendo estragos en medio del establishment estadounidense), en esta secuela la propuesta nostálgica de ese cine clase B de explotación mixturada con algo de la saga de James Bond se agota mucho antes.

    Tras un prólogo muy simpático (un trailer a-la- Star Wars con Machete luchando en el espacio y un look retro con efectos de copia en 35mm rayada), arranca el film con el protagonista siendo reclutado por el mismísimo presidente de los Estados Unidos (Charlie Sheen) para enfrentar a un malvado esquizofrénico (Demián Bichir), cuya personalidad escindida (mitad narco, mitad "revolucionario") lo lleva a apuntar un misil hacia Washington. En la segunda mitad -cuando la película ya naufraga en un mar de clichés y repeticiones-, aparece un segundo villano llamado Voz (Mel Gibson), un traficante de armas que utiliza sus millones para sembrar el caos en el mundo. Para completar el panorama de enemigos de Machete está Sofía Vergara ( Modern Family ) como la dueña de un burdel de armas tomar.

    Uno de los principales placeres de Machete Kills consiste en disfrutar de estrellas que desfilan brevemente en pantalla en delirantes personajes secundarios (algunos no llegan más que a cameos): desde Antonio Banderas hasta Cuba Gooding Jr., pasando por la ex Disney Vanessa Hudgens o la diva pop Lady Gaga.

    Sin embargo, con el correr de sus 107 minutos la eficacia de esta secuela se va desintegrando y, así, la acumulación de caprichos, homenajes obvios y situaciones extremas no funciona ni en plan de "placer culpable". Una pena, porque el director de El mariachi y Del crepúsculo al amanecer es un artista con indudable talento, creatividad y pasión cinéfila. Su prolífica carrera permitirá reencontrarnos pronto con sus mejores atributos.
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  • Kon-Tiki - Un viaje fantástico
    En 1947 (con el mundo todavía en plena crisis de posguerra), el antropólogo noruego Thor Heyerdahl decidió emprender junto con otros cinco acompañantes un largo viaje a bordo de una precaria balsa de madera construida con la misma técnica usada por aborígenes peruanos varios siglos atrás con la idea de demostrar su teoría de que la Polinesia había sido poblada desde América del Sur y no desde Asia, como sostenían los científicos de la época.

    Lo que reconstruye, entonces, esta ambiciosa producción (una de las más caras del cine escandinavo, con casi 17 millones de dólares de presupuesto) es la travesía de 7000 kilómetros -no exenta de desafíos y complicaciones- durante 101 días por el océano Pacífico desde el puerto del Callao hasta la Polinesia.

    No es la primera vez que esta historia de Kon-Tiki -nombre de la balsa, en honor al dios solar de los incas- se hace pública. De hecho, el propio Heyerdahl la convirtió en un best seller literario primero, y luego en un documental ganador del premio Oscar. Pero ahora, con todos los medios del cine contemporáneo a disposición (incluidos, claro, los efectos visuales concebidos en computadora), los directores Joachim Rønning y Espen Sandberg la transformaron en un intenso drama de supervivencia (sacrificio, solidaridad y fortaleza moral) de épicas proporciones. Es que sólo uno de los seis tripulantes tenía conocimientos de navegación, mientras que el protagonista, Thor, ni siquiera sabía nadar. Y los tiburones, en esas aguas, abundan y acechan?

    Es cierto que la película pierde bastante en la casi inevitable comparación con la reciente Una aventura extraordinaria (Life of Pi), ya que el film de Ang Lee alcanzó mayores dimensiones líricas y espirituales, pero Kon-Tiki recupera con absoluto profesionalismo un estilo old-fashioned cercano al clasicismo hollywoodense, que hace muy eficaz y llevadera la narración. No extrañó, por lo tanto, que la Academia la nominara al Oscar al mejor largometraje extranjero. El público argentino tendrá la posibilidad de determinar si semejante reconocimiento fue o no merecido.
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  • El otro hijo
    El otro hijo
    Otros Cines
    Hace pocos meses vi en la competencia oficial del Festival de Cannes una joyita de Hirokazu Kore-eda titulada Like Father, Like Son, donde dos matrimonios deben repensar y reconstruir sus vidas cuando se enteran de que en verdad sus hijos no son sus hijos sino que fueron intercambiados por error en la maternidad del hospital. La premisa no es nueva -algo de eso hay también en clásicos como El príncipe y el mendigo (Mark Twain) o La comedia de las equivocaciones (William Shakespeare-, pero el maestro japonés expuso en toda su dimensión psicológica las contradicciones, dudas, rechazos, enojos, frustraciones y resentimientos de quienes hasta entonces tenían una existencia determinada y, a partir de esa revelación, se ven obligados a adaptarse (o no) a una nueva realidad. El comentario social estaba presente, sí, pero en el trasfondo, nunca en primer plano ni subrayado.

    En El otro hijo el punto de partida es prácticamente el mismo, pero aquí la moraleja tiene alcances sociopolíticos y religiosos en función del conflicto palestino-israelí. Y allí donde surge la alegoría es donde el conflicto íntimo se resiente. De todas maneras, hay que aclarar de entrada que la directora Lorraine Lévy (Mes amis, mes amours y La première fois que j'ai eu 20 ans) maneja la cuestión con bastante elegancia y recato, sin caer en la bajada de línea, aunque también es cierto que la resolución (el tema de la aceptación del otro, del distinto) es un poco complaciente y concesiva.

    El error del hospital se conoce aquí al principio de la trama: Joseph, el presunto hijo judío de un matrimonio formado por un coronel israelí y una médica de origen francés, se hace la revisión médica para cumplir con su servicio militar, pero su examen de sangre no es compatible con los datos genéticos de su padre. Es, en verdad, hijo de una pareja palestina, cuyo supuesto hijo (que en verdad no es palestino sino judío) regresa luego de haber estudiado en París. Y allí arranca una larga serie de enredos y confesiones, peleas y reconciliaciones, (re)descubrimientos y nuevas relaciones. La película se sigue con interés y sin dificultad, pero también es cierto que uno puede adivinar (casi) todo lo que irá ocurriendo y esa previsibilidad, esa falta de sorpresa, termina conspirando contra el resultado final.
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  • Este es el fin
    Este es el fin
    Otros Cines
    El apocalipsis, ahora, está encantador

    En su primer largometraje como directores, Rogen y Goldberg recuperan el espíritu delirante, desenfadado, provocador, lúdico y descontrolado de sus guiones para Super cool, de Greg Mottola; y Piña Express, de David Gordon Green.

    Comedia sobre el fin del mundo, sátira sobre los tópicos (clichés) del cine de terror religioso (diabólico), autoparodia sobre la comunidad artística de Los Angeles (con hilarantes cameos incluidos), ensayo sobre los códigos, miserias y temores (lealtades y traiciones) de la amistad masculina, Este es el fin combina el tono de sketch a-lo-Funny or Die, ciertos elementos popularizados por la factoría de Judd Apatow, la celebración del descontrol de la saga ¿Qué pasó ayer? y la irreverencia cinéfila respecto de los géneros clásicos del cuarteto británico Edgar Wright-Simon Pegg-Nick Frost-Martin Freeman.

    Lo primero que llama la atención de Este es el fin es que todos los personajes son actores conocidos haciendo de… ¡sí mismos! Seth Rogen recibe a su amigo (un inseguro de manual) Jay Baruchel y -luego de una buena dosis de drogas, alcohol y videojuegos- van a una fiesta organizada en su nueva casa por… James Franco. Mientras las estrellas de Hollywood (cobardes, neuróticas y narcisistas) se divierten, afuera se desata el apocalipsis. Sí, Los Angeles se convierte -literalmente- en el infierno.

    Entre cameos extremos (véanse, por ejemplo, los de Michael Cera o Channing Tatum), bastante humor escatológico, algo de misoginia y mucha testosterona, los seis protagonista intentarán resistir el fin del mundo atrincherados en la mansión de Franco, entre múltiples referencias al cine de terror, de ciencia ficción y, claro, a la comedia negra a pura adrenalina.

    Si bien ciertos aspectos sobre la adolescencia tardía, la incapacidad (o desinterés) por madurar resultan a esta altura un poco repetidos, Este es el fin trasciende el mero ejercicio de la comedia sobre “niños-grandes” al inscribirla dentro de una historia llena de adrenalina, sorpresas, enredos y delirios narrativos y visuales. Esa creatividad, esa desfachatez de la dupla Rogen-Goldberg, es la que hace de esta película una muy simpática y disfrutable experiencia, de implicancias… casi lisérgicas.
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  • Mujer conejo
    Mujer conejo
    La Nación
    Este tercer largometraje de ficción de Verónica Chen (dirigió Vagón fumador y Agua, además del breve documental-ensayo Viaje sentimental ) es una bienvenida rareza, una propuesta que -más allá de sus imperfecciones- resulta audaz, provocativa y, en varios pasajes, fascinante.

    Ambientada en buena parte en un barrio chino porteño que en pantalla gigante luce todavía más pintoresco que en la realidad, Mujer conejo propone una explosiva combinación entre el thriller, el drama romántico, elementos fantásticos e irrupciones del gore más sangriento a partir de un festival de efectos visuales y secuencias de animé. Y, para completar el cóctel, tampoco falta la mirada política sobre la xenofobia y la discriminación en el seno de una sociedad que todavía no termina de aceptar del todo su ya incuestionable sesgo cosmopolita.

    La heroína de Chen se llama Ana (la hermosa Haien Qiu), una joven de lejano origen chino y que ni siquiera habla ese idioma. Integrada a la vida en la Argentina, ella trabaja en el área de habilitaciones del gobierno porteño, mientras va y viene con un novio médico (Luciano Cáceres). En una de sus tantas inspecciones, empieza a descubrir que esa zona de Buenos Aires no es sólo un polo gastronómico y de venta de chucherías importadas.

    Lo que sigue es una inquietante articulación de elementos que incluyen desde el trabajo esclavo instrumentado por la mafia china, la corrupción administrativa y oscuras investigaciones genéticas con animales que convierten a los conejos en una rabiosa plaga asesina.

    Aún con sus desniveles narrativos y actorales que le impiden ser un producto del todo convincente, este film anómalo y desprejuiciado (sostenido por un excelente equipo técnico que le dio un impecable acabado visual y sonoro) termina trascendiendo sus irregularidades para convertirse, en definitiva, en una valiosa mirada a la problemática de la identidad a partir de un arrasador despliegue de creatividad y delirio. Bienvenidos sean los riesgos en el muchas veces adocenado cine argentino actual.
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  • La sospecha
    La sospecha
    La Nación
    Un realizador de prestigio como el canadiense Denis Villeneuve (su anterior trabajo, Incendies , estuvo nominado al Oscar), un elenco de lujo pletórico de figuras (Hugh Jackman, Jake Gyllenhaal, Viola Davis, Maria Bello, Terrence Howard, Melissa Leo y Paul Dano), un eximio director de fotografía (Roger Deakins), productores famosos como Mark Wahlberg, y un guión que combina una premisa inquietante (el secuestro de niños), un crescendo de tensión y suspenso propio del cine de género, y cuestiones de múltiples implicancias (la culpa, la venganza y la redención). Así de ambiciosos son los 153 minutos de La sospecha , película que se vincula con otros dramas adultos de Hollywood como Río místico y thrillers como Zodíaco .

    Lo que en principio aparece como una descripción de la sencilla existencia de la clase media urbana de Filadelfia se transforma a los pocos minutos en un verdadero calvario (para los protagonistas y también para un espectador que deberá afrontar todo tipo de situaciones extremas). Es que durante una celebración conjunta del Día de Acción de Gracias entre dos familias de amigos, las hijas menores de ambos matrimonios (Hugh Jackman y Maria Bello, por un lado; y Terrence Howard y Viola Davis, por el otro) desaparecen de la manera más inesperada y absurda.

    Cada uno de los padres reaccionará de muy diferentes maneras (obsesión, violencia, depresión) y -sobre todo el visceral carpintero que interpreta Jackman- apelarán a todos los recursos que estén a su alcance para desentrañar el caso. Aquí, claro, entran a jugar los dilemas morales (la justicia por mano propia, el ojo por ojo y más) y el público se verá obligado a cuestionarse cómo actuaría ante una situación semejante.

    En la segunda mitad adquiere un fuerte protagonismo el personaje de Loki (Jake Gyllenhaal), el joven y eficaz detective que investiga el caso en una carrera contra el tiempo complicada no sólo por las contradicciones íntimas y la dureza de los hechos que debe afrontar, sino también por las permanentes presiones de los padres.

    La película es de una densidad psicológica infrecuente en el Hollywood contemporáneo. El problema es que, en ese saludable intento de abarcar las múltiples facetas policiales y emotivas de la historia, termina en una maraña de situaciones y en una acumulación de vueltas de tuerca que dificultan su seguimiento. De todas formas, en un contexto superficial como el actual, se agradece este tipo de cine que busca y arriesga con no pocas dosis de inteligencia y profundidad.
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  • El amor dura tres años
    La mujer de mi vida

    Frédéric Beigbeder es una estrella mediática en la sociedad francesa: crítico literario, exitoso escritor, animador de TV, editor periodístico y, ahora, también director a partir de una película basada en su propia novela autobiográfica El amor dura tres años.

    En los títulos de apertura hay una suerte de videoclip con estética publicitaria que resume el enamoramiento, esplendor, decadencia y fin de una pareja durante los tres años a los que alude el título.

    Luego del divorcio, Marc Marronnier (Gaspard Proust), alter-ego de Beigbeder, se convierte en un alma en pena, un loser depresivo y decadente. En medio de la crisis de angustia y soledad escribe con seudónimo un libro (sí, con el mismo título de la película) que se convertirá en best-seller y ganador de un prestigioso premio literario.

    Justo cuando parece encontrar al amor de su vida (la hermosa Louise Bourgoin, vista en Un suceso feliz) y todo marcha viento en popa, se hace público que él es el autor del popular libro en cuestión. Alice, claro, se siente traicionada (sobre todo porque se trata de un ensayo bastante misógino para una joven de mirada feminista) y ella lo abandona.

    El film arranca como una (tragi)comedia un poco obvia y superficial, de esas que parecen adscribir a todo tipo de fórmulas recicladas del cine norteamericano, pero poco a poco se va tornando cada vez más simpática e irresistible porque los personajes están bien, los intérpretes son graciosos, los conflictos sobre las relaciones de pareja (que van de lo edulcorado a lo amargo) resultan creíbles, la narración es fluida y la mirada a la sociedad francesa no es condescendiente. Si a eso se le suma la incidencia en la trama de la música del gran Michel Legrand (con aparición personal incluida), El amor dura tres años surge como una más que atractiva propuesta.
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  • Una segunda oportunidad
    Despedida a lo grande

    “Estoy cansada de ser graciosa”, dice Eva -la masajista (y casi terapeuta) que interpreta Julia Louis-Dreyfus- en lo que parece ser algo así como una confesión de honestidad brutal y poco menos que el leit-motiv del film. Es que la película -que durante muchos minutos es divertida a partir de su andanada de diálogos punzantes escritos por esa consumada satirista que es Nicole Holofcener- de golpe se va volviendo más y más melancólica, tristona… y final. Final, también, porque uno no puede dejar de pensar en cada fotograma en el que aparece el gran James Gandolfini en que ya no estará más, en que se fue demasiado pronto…

    La guionista y directora de Confidencias / Walking and Talking (1996), Lovely and Amazing (2002), Amigos con dinero (2006) y Saber dar (2010) concibió -sin saberlo, claro- una despedida a la medida del inmenso talento (no siempre aprovechado en el cine) de quien sí descollara en la TV como Tony Soprano. Y también saca el máximo provecho de otra gran comediante de exitoso paso por la pantalla chica y de trabada carrera en la grande como Julia Louis-Dreyfus, la Elaine de Seinfeld. Para completar el trio de talentosas “MILFs” aparecen en jugosos personajes secundarios Catherine Keener y Toni Collette. Cartón lleno…

    Eva se la pasa yendo de casa en casa para hacer masajes a gente pudiente de Los Angeles. Son, en general, clientes bastante insufribles y en ella -que tampoco ha tenido demasiada suerte con los hombres- se acumula una creciente insatisfacción y un íntimo convencimiento (aceptación, resignación) de que nunca encontrará al hombre de su vida. Pero en una fiesta conoce a dos personas que le cambiarán la existencia: Marianne (Keener), una poetisa excéntrica y fascinante; y Albert (Gandolfini), un gordito simpático pero en apariencia algo patético que trabaja en el museo de la televisión de la ciudad.

    No sin resistencias, el improbable romance entre Eva y Albert avanza, pero allí aparecerá el personaje de Keener (y las hijas ya adultas de ambos) para complicarlo todo en una tragicomedia con enredos y vueltas de tuerca que Holofcener se encarga de preservar de los clichés y lugares comunes de la comedia romántica más convencional.

    Que en las impagables charlas de Una segunda oportunidad se hable de tetas verdaderas (y, por lo tanto, imperfectas) y del mal aliento, o que se muestre un sexo sin glamour publicitario son ejemplos de un acercamiento a la crisis de la mediana edad (y de la vida urbana de hoy en general) pletórico de nobleza y, sobre todo, de absoluta credibilidad.

    Más allá de la tristeza que -al menos a mí- me generó verlo a Gandolfini (¡que para colmo está tan encantador en pantalla!) y de ciertos momentos “ingeniosos” que resultan un poco forzados (y sobre escritos), Una segunda oportunidad resulta un film inteligente, sensible y, por los diferentes motivos ya expuestos, emotivo. La combinación entre una de las autoras más inteligentes del cine independiente norteamericano como Holofcener y la dupla Dreyfuss-Gandolfini hacen de esta una experiencia decididamente disfrutable.
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  • Diana
    Diana
    La Nación
    Si el lugar común "una vida de película" puede aplicarse a una figura sin caer en el ridículo ni en la exageración, la de Diana, con su apasionante, cambiante y finalmente trágica existencia, es una de ellas. Su muerte en París, en agosto de 1997, con apenas 36 años, terminó de convertir en mito a una mujer que desde siempre ocupó los primeros planos de la agenda mediática, despertó odios y pasiones, y cambió las reglas de juego y la imagen de la realeza británica.

    El cine no podía dejar pasar la oportunidad de acercarse a una personalidad como la de la princesa de Gales, heroína y mártir, sufrida esposa, amante y madre, estrella y víctima de la TV y de los tabloides amarillistas, filántropa y estadista. ¿Cuántas personalidades en el mundo estuvieron tanto tiempo y tantas veces como protagonistas en ámbitos tan diversos y disímiles? Para este desafío nada sencillo se contrató al guionista Stephen Jeffreys ( El libertino ) y al director alemán Oliver Hirschbiegel ( La caída ), pero el resultado está lejos de los antecedentes de ambos; Diana -la película- sólo en muy pocos pasajes logra retratar y transmitir las múltiples facetas, contradicciones, atractivos y dimensiones de semejante personaje.

    El film arranca cerca del final, y luego va y viene en el tiempo para reconstruir sobre todo los dos últimos años de Diana, en especial la relación apasionada (y "prohibida") con el cirujano paquistaní Hasnat Khan (Naveen Andrews). En efecto, bastante antes de su promocionado romance con el multimillonario y playboy Dodi Al-Fayed (Cas Anvar) y después de su separación de hecho (y posterior divorcio) del príncipe Carlos, ella vivió el que para muchos fue el gran amor de su vida.

    La película regala algunos momentos de humor, de intensidad o simplemente curiosos (las distintas maneras en que ella o sus visitantes salían y entraban a escondidas desde y hacia el palacio de Kensington, sus encuentros nocturnos en los parques públicos), pero en buena parte de sus casi dos horas es una biopic demasiado chata y convencional, que parece haber sido concebida con el manual del subgénero de biografías cinematográficas.

    Diana (más allá de los esfuerzos de la siempre digna Naomi Watts) resulta en varios pasajes demasiado obvia, incluso cuando se quiere mostrar los aspectos más cuestionables (sus contactos directos y manejos manipulatorios con los paparazzi que ella misma denunciaba públicamente) o los más laudatorios (la inteligencia e ingenio que exponía en sus campañas políticas y humanitarias) de su personalidad, Hirschbiegel apela muchas veces al trazo grueso que subraya una y otra vez de manera torpe todo aquello que ya había sido expuesto en palabras e imágenes.

    Esa limitación en su relación con el espectador resulta el mayor pecado de un film impecable desde lo formal, pero en definitiva poco convincente en su retrato psicológico y social.
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  • El quinto poder
    El quinto poder
    Otros Cines
    WikiLeaks para la generación Wikipedia

    La historia de WikiLeaks -el famoso website que desveló decenas de casos de corrupción, abusos, masacres y mentiras de gobiernos y corporaciones- es apasionante. La enigmática, contradictoria personalidad de su fundador, Julian Assange, también. Sin embargo, más allá del notable esfuerzo artístico y de producción a la hora de intentar retratar las múltiples facetas y alcances de semejante fenómeno político y mediático, El quinto poder no es una gran película y se queda bastante lejos de la intensidad e importancia de los hechos que reconstruye y de los personajes que retrata.

    El quinto poder va y viene en el tiempo, salta de una ciudad a otra, expone uno y otro caso (desde el vergonzoso accionar de Estados Unidos en Afganistán aniquilando civiles y periodistas, las matanzas en Kenia, los secretos de la poderosa banca suiza y así), pero no parece encontrar nunca el eje ni el tono (pendula entre la denuncia política y el drama íntimo, entre el thriller psicológico y el registro más documental, entre las internas del poder gubernamental y mediático, el romance y los celos más básicos).

    Bill Condon impone al relato un ritmo frenético, hiperkinético, apelando a un patchwork estético y estilístico en apariencia moderno, pero en definitva bastante grasa (ay, esas escenas oníricas en la supuesta redacción de WikiLeaks), derivativo y obvio.

    Las comparaciones casi inevitables son con las recientes Red Social (infinitamente superior a El quinto poder) y Jobs (tiene varios problemas similares). Ni siquiera un actor de moda como Benedict Cumberbatch puede hacer de su Assange un personaje que genere cierta fascinación, mientras que "la voz de la conciencia" está expuesta a través del personaje det Daniel Domscheit-Berg (Daniel Brühl), como un experto en informática y activista que fue hasta cirto punto el principal colaborador del despótico creador de WikiLeaks.

    El uso de los flashbacks, de las escenas fantásticas, de los editados sobre los medios (como la secuencia de créditos iniciales con los hitos del periodismo) son bastante torpes y banales. Es como si el film sobre WikiLeaks fuese pensado para la generación Wikipedia, esos internautas que quieren todo explicado de manera fácil y didáctica para hacer copy y paste en sus trabajos prácticos estudiantiles. Un caso como este merecía (exigía) un tratamiento más amplio, profundo e inteligente y una película más sólida y contundente.
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  • Tanta agua
    Tanta agua
    La Nación
    Alberto (Néstor Guzzini), un cincuentón divorciado y padre bastante ausente, lleva a sus dos hijos (una chica de 14 años y un varón de 8) a un complejo vacacional en las termas de Arapey, cerca de Salto, con la idea de (re)componer la relación bastante distante que mantiene con ellos.

    Pero las cosas, claro, no salen como estaban previstas: el lugar dista mucho de ser agradable y, para colmo, la lluvia parece acompañarlos siempre (las tormentas eléctricas les impiden incluso meterse en las piscinas). Las tensiones entre los tres (sobre todo entre la adolescente Lucía y su padre) no tardan en aparecer, las diferencias y frustraciones afloran y el aburrimiento (hasta se ven obligados a conseguir una televisión que Alberto había descartado) se apodera de ellos luego de horas de visitas a lugares anodinos, y de juegos de mesa.

    Pero esta tragicomedia bien uruguaya no es para nada aburrida (hay algo de ese humor asordinado, con un dejo entre patético y querible a la vez, de films del mismo origen como Whisky o Gigante , y con reminiscencias del cine absurdo y nostálgico de Aki Kaurismäki), ya que en su segunda mitad Tanta agua deriva hacia una típica y lograda historia coming-of-age (de iniciación) con Lucía escapándose del lugar en plena noche para vivir una experiencia extrema en una discoteca.

    Un film al que quizá le sobren unos minutos y al que cuesta ingresar del todo en su primera mitad, pero que crece a medida que avanza y resulta una propuesta inteligente y valiosa, de esas que exponen con sensibilidad las diferentes lógicas de cada uno de los distintos personajes sin juzgarlos. Una más que auspiciosa ópera prima de Guevara y Jorge que -luego de un amplio recorrido por festivales de todo el mundo alcanza un limitado, pero merecido estreno local.
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  • El mayordomo
    El mayordomo
    La Nación
    El mayordomo, cuarto largometraje del director Lee Daniels, se inscribe en ese grupo de películas importantes, concientizadoras, que abordan como lo hicieron El color púrpura o, más recientemente, Historias cruzadas conflictos básicos y esenciales (fundacionales) de la sociedad estadounidense que el cine de Hollywood recién en los últimos tiempos ha decidido visibilizar en toda su dimensión. En este caso, el racismo y la lucha del movimiento por los derechos civiles son los principales ejes que sostienen el relato.

    Ese costado políticamente correcto, por momentos casi didáctico, muchas veces subrayado, es el objetivo, pero también la principal debilidad de este nuevo film del realizador de Preciosa y The Paperboy . En efecto, se trata de una película noble y bienintencionada, construida a puro clasicismo, que intenta vincular la historia pequeña de una familia con la historia grande de los Estados Unidos, pero también surge como una "causa", un estandarte que levantaron sus casi 40 productores, la veintena de estrellas que aportaron (apoyaron) con su presencia, ya sea en papeles centrales o en simples secundarios, y hasta la inmensamente popular Oprah Winfrey (algo así como la Susana Giménez norteamericana), coprotagonista, principal impulsora pública del proyecto y responsable en buena medida del enorme éxito comercial en su país.

    Más allá de un prólogo ambientado en una miserable plantación de algodón en la Georgia de 1926, esta épica recorre más de tres décadas a partir de la historia de Eugene Allen (Forest Whitaker), un afroamericano que ingresó a trabajar en la Casa Blanca en 1952 y se retiró como jefe de mayordomos, luego de servir a siete presidentes (desde Eisenhower hasta Reagan, pasando por Kennedy, Johnson, Nixon, Ford y Carter) en 1986.

    La película pendula entre lo íntimo la relación con su esposa Gloria (Winfrey) y con su rebelde hijo Louis (David Oyelowo), militante por los derechos civiles de los negros y los grandes hitos de aquellos tiempos (desde Vietnam hasta los magnicidios de John Fitzgerald Kennedy y Martin Luther King). El resultado no siempre es logrado (hay momentos, sobre todo en los últimos minutos, donde todo tiende a resolverse con demasiada grandilocuencia y solemnidad), pero la historia nunca deja de interesar y, por momentos, de fascinar.

    Entre las múltiples propuestas de El mayordomo , una es descubrir a grandes intérpretes encarnando a figuras de la alta política. Por la pantalla desfilan, por ejemplo, Jane Fonda como Nancy Reagan, Alan Rickman como Ronald Reagan, Robin Wiliams como Dwight D. Eisenhower, James Marsden como JFK, John Cusack como Richard Nixon y Liev Schreiber como Lyndon Johnson. Un simpático juego cinéfilo para una película con no pocos atractivos.
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  • Sola contigo
    Sola contigo
    Otros Cines
    Mi pasado me condena

    Con casi 60 años y una docena de largometrajes, Alberto Lecchi incursionó en casi todos los géneros posibles. En Sola contigo, su tercera colaboración con la española Ariadna Gil (Nueces para el amor y Una estrella y dos cafés), propone -como en su ópera prima Perdido por perdido- un drama revestido de thriller; en este caso, una mirada despiadada y descarnada a las desventuras afectivas y hasta existenciales de una mujer en un contexto dominado por chantajes y crímenes.

    La película -que arranca con una enigmática sesión de chat en la que se acuerda un oscuro trabajo por encargo- tiene como protagonista a María (Gil), una catalana de 45 años que trabaja en Buenos Aires en el área de recursos humanos. Pero esta ejecutiva esconde un pasado de depresión, alcoholismo y un accidente trágico que la tuvo como responsable. Así, esta mujer divorciada sufre una orden de restricción judicial que le impide acercarse a la casa de su ex marido y visitar a sus dos hijas.

    A partir de una serie de hechos que no conviene adelantar y apremiada por una voz a-lo-Scream que vía celular la obliga a tomar determinadas decisiones bajo amenaza de matarla en el plazo de cinco días, María inicia un descenso a los infiernos, un calvario íntimo en el que debe confrontar sus miserias y fantasmas.

    La película es un tour-de-force para Ariadna Gil, ya que no sólo la acción está concentrada en ella y narrada desde su punto de vista, sino que además los distintos personajes secundarios nunca alcanzan demasiado desarrollo. Ni siquiera en el caso del comisario Esteban Fuster (un desdibujado Leonardo Sbaraglia) que aparece en la segunda mitad para investigar el caso.

    Sola contigo resulta, en sus mejores momentos, un interesante trabajo sobre la culpa, sobre la faceta autodestructiva (con tendencia suicida incluida) que aflora en una mujer desesperada, border, dañada y dañina, y consigue en ciertos pasajes algunos climas impactantes, pero en términos de suspenso y de tensión la película nunca alcanza la solidez que una estructura de género necesita (sobre el final hay un par de vueltas de tuerca que resignfican bastante la trama). Así, los saltos temporales o la acumulación de capas complican más de lo que aportan a la comprensión y disfrute de este viaje interno y externo de una protagonista que busca recuperar a sus dos niñas (en algunos aspectos, una suerte de reverso femenino de Ricardo Darín en Séptimo). Un thriller psicológico con regusto agridulce. No está mal, pero con poco más podría haber sido mucho mejor.
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  • El abogado del crimen
    Sin lugar para los débiles

    El abogado del crimen es una de las películas más desconcertantes, inasibles, inclasificables y discutibles de los últimos años. Para algunos colegas muy respetables (entre ellos, Manohla Dargis o Scott Foundas) es poco menos que una obra maestra. Y para muchos otros -igualmente reconocidos-, es poco menos que… un desastre. Yo pasé durante sus casi dos horas de la fascinación a la irritación, de las carcajadas a la incredulidad. Aún ahora, cuando empiezo a escribir estas líneas, no sé bien si me gustó mucho, poco… o nada.

    Reconociendo que es cualquier cosa menos “sólida y gratificante” (términos que utilizaron con frecuencia sus detractores), estamos ante una “anomalía” de Hollywood que merece ser analizada y debatida sin caer en el facilismo de despreciarla por lo que no pudo, no quiso o no supo ser.

    ¿Por qué hablo de “anomalía”? Porque estamos ante una película demasiado extrema, experimental y pretenciosa para los parámetros del cine mainstream actual (incluso para los del cine “adulto”). Porque había demasiadas estrellas involucradas (léase demasiado ego) y el resultado -por momentos ridículo, siempre provocativo- no es precisamente lo que los agentes y representantes suelen aconsejarles para consolidar sus respectivas carreras en la industria.

    Más allá de la presencia de Ridley Scott detrás de cámara (lo que garantizaba una estilización visual y también sus habituales regodeos), la mayor curiosidad que generaba El abogado del crimen era apreciar el primer guión original escrito por el ya octogenario, legendario y admirado Cormac McCarthy. Y el ganador del premio Pulitzer entregó cualquier cosa menos una historia sencilla y clásica.

    El film empieza con una audaz escena de sexo (más audaz por lo que dicen que por lo que muestran) entre el abogado corrupto del título (nunca sabremos su nombre) que interpreta Michael Fassbender y el amor de su vida (Laura, encarnada por Penélope Cruz). Tras ese romántico punto de partida, la cosa se pone cada vez más hostil, sórdida y cruel con una pátina moralista frente a las miserias del capitalismo, simbolismos varios (el guepardo persiguiendo al conejo) y una veta tragicómica que seguramente no pocos odiarán.

    Y empieza también el desfile de grandes estrellas en excéntricos personajes: la manipuladora y despiadada Malkina (Cameron Diaz), el ampuloso narcotraficante Reiner (Javier Bardem con otro de sus raros peinados nuevos); Westray (Brad Pitt), un cowboy experto en negocios sucios y en frases filosóficas, y muchos otros (están, claro, los latinos feos, sucios y malos).

    Entre estereotipos y arquetipos, caprichos y excesos, y mientras un camión de residuos sépticos transporta un inmenso cargamento de cocaína desde Colombia hasta Chicago, Scott y McCarthy se empecinan con diálogos de una ambición y complejidad que no recuerdo desde… Cosmopolis, de David Cronenberg.

    El abogado del crimen nos regala escenas épicas (como Cameron Diaz haciendo el amor con… un auto, en un remedo del fetichismo del Crash, extraños placeres, de -otra vez- Cronenberg), nos asesta una catarata de chivos (product placement en la jerga del negocio), nos lleva a más ciudades que todas las películas de Bond y Bourne juntas, nos compensa con algo de acción y tensión (en su tercio final), y nos ofrece imágenes de gran belleza cortesía de ese inmenso DF que es Dariusz Wolski.

    Si fuera un cronista de espectáculos radial, el conductor después de toda esta perorata me preguntaría: “¿Pero la recomendás o no?” Y mi respuesta más honesta debería ser: “No sé”.
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  • Thor: Un mundo oscuro
    Superhéroes Para Todos

    Esta segunda entrega de la saga de Thor es una película tironeada entre fuerzas muchas veces contrapuestas: debía ser una historia de superhéroes de cómic que no defraude a los fans más leales al espíritu freak de Marvel y, al mismo tiempo, apostar a un registro sencillo y llevadero para el menos exigente consumo familiar; ser creíble (y seria) en el planteo general de su trama, pero evitar la solemnidad a fuerza de golpes de comedia y romanticismo. Esa tensión se percibe y, aunque el conjunto no resulte tan fluido, sólido y convincente como en las Iron Man y, sobre todo, en la notable The Avengers, Un mundo oscuro regala suficientes momentos de disfrute como para que las sonrisas superen con holgura a las decepciones.

    Aunque lo suyo es correcto (profesional, digamos), podía esperarse algo más de Alan "Game of Thrones" Taylor. Se dice -y a los rumores que corren en Hollywood hay que creerles bastante- que tuvo mucha presión de los productores (Marvel/Disney) para no "desarreglar" nada y que hasta recibió ayuda directa en el set de... sí, Joss Whedon, quien reescribió y hasta filmó algunas escenas.

    Luego de un prólogo que nos cuenta una historia prehistórica sobre una energía poderosísima (el Aether) y un malo malísimo llamado Malekith (Christopher Eccleston) sabremos que Loki (Tom Hiddleston, lo mejor por lejos de toda la película con sus brillantes one-liners) está preso, que Thor resuelve a puros martillazos una serie de guerras civiles en los Nueve Reinos, que su padre Odin (Anthony Hopkins) tiene todo planeado para que el héroe carilindo sea el nuevo Rey de Asgard, pero que él prefiere -claro- a su amor en la Tierra, la científica Jane Foster (Natalie Portman).

    Pero justo cuando está investigando unas extrañas anomalías gravitacionales, Jane desencadena la energía del Aether hasta entonces oculta y ella misma se "contagia" de esa fuente de poder. Lo que sigue es una larga serie de peripecias, vueltas de tuerca (no siempre bien delineadas) y cambios de tono, que incluyen muchos momentos de humor (Loki y, en menor medida, los personajes de Kat Dennings y Stellan Skarsgard funcionan como comic-relief) y enfrentamientos a puro CGI en 3D que justifiquen el pago extra de la entrada (nada que no se haya visto últimamente, aunque la última set-piece tiene su encanto). La decisión de sacar buena parte de la acción de Asgard y otros planetas para trasladarla a la Londres actual también le da al film un look más contemporáneo y relajado.

    Más allá de los análisis y hasta de los reparos que puedan hacérsele por sus evidentes desniveles, Thor 2 funciona con esa idea de darle un poco a cada segmento de público: unos besos para los románticos, unos monstruos para los freaks, unas bromas para los chicos (el chiste del Capitán América, por ejemplo), unos planos del escultural torso desnudo del galán rubio Chris Hemsworth para las adolescentes y así... No esperen, por lo tanto, un film arriesgado sino más bien uno en el que se nota bastante el cálculo. Así y todo -y allí reside el mérito de esta receta de múltiples ingredientes- el resultado es más que digno.


    Nota 1: Vi la película dos veces: la primera, en la función de prensa, en la versión original subtitulada. Luego, unos días más tarde, en una avant-premiere doblada. Fue como apreciar dos películas completamente distintas. Si no tienen que ir con niños, no duden en escuchar las voces reales de los intérpretes.

    Nota 2: Como siempre, Marvel nos regala sorpresas importantes en los créditos finales. Aquí hay una escena que tiene que ver con el futuro de la(s) saga(s) en la mitad de los títulos de cierre y ¡otra! cuando los mismos terminan. Vale la pena hacer el esfuerzo de soportar los no pocos minutos y miles de nombres de técnicos que participaron en el film para disfrutar ese segundo (o tercer) final.
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  • Un paraíso para los malditos
    Con cinco largometrajes en los últimos seis años, Alejandro Montiel se ha convertido en uno de los directores más prolíficos del cine argentino. Luego de Las hermanas L , 8 semanas , Chapadmalal y Extraños en la noche , el aquí también guionista sorprende con una combinación entre el thriller psicológico y el drama familiar que -si bien no resulta del todo convincente- tiene bastantes más hallazgos que carencias.

    El protagonista absoluto y héroe trágico del film -que arranca como una reversión de La ventana indiscreta , de Alfred Hitchcock, luego apuesta por el noir seco, duro y opresivo con algunos elementos de western y se termina vinculando con Un oso rojo , de Israel Adrián Caetano- es Marcial (digna caracterización de Joaquín Furriel), un joven solitario y lacónico que ingresa a trabajar como sereno nocturno en un decadente depósito de elementos de limpieza ubicado en una sórdida zona del conurbano bonaerense. Desde lo alto de la fábrica semiabandonada observa a diario los excesos y abusos de un grupo de marginales, pero también a otros vecinos que van llamando su atención.

    A los pocos minutos del relato descubriremos que Marcial es, en verdad, un asesino a sueldo, pero en uno de sus encargos descubre a un personaje del que se quedará prendado: un hombre postrado y con demencia senil (Alejandro Urdapilleta) al que empezará a cuidar y que se transformará en una suerte de padre sustituto. Con él y con su nueva pareja, Miriam (Maricel Álvarez), madre soltera de una niña llamada Ma-lena, conformarán una suerte de familia con un presente feliz, pero con muchas mentiras de por medio y cuentas pendientes que la amenazan.

    Hasta aquí el planteo inicial de Un paraíso para los malditos , una película de impecable factura técnica (los aportes de la fotografía, del sonido y de la dirección de arte ayudan a construir climas muy logrados), pero que en su segunda mitad se vuelve más convencional y con un desenlace algo abrupto.

    De todas maneras, en su película más madura y arriesgada, Montiel demuestra una mayor confianza en el poder evocador de su cine. En la primera parte del film casi no hay diálogos. Le alcanza con el rostro de Furriel y con una certeras y lúcidas observaciones para sumergirnos en el universo íntimo de un hombre casi sin vida al que le llegará -casi sin proponérselo- una segunda oportunidad. Y, con una identidad sustituta, hará todo lo posible por aprovecharla al máximo.
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  • Desierto verde
    Desierto verde
    La Nación
    Desierto verde es uno de los primeros documentales que expone en toda su dimensión los múltiples riesgos de la utilización de agroquímicos para mejorar el rinde del suelo. Rodada en varias provincias de la Argentina, pero también en China, Hong Kong, Francia, la India, Canadá y los Estados Unidos, esta investigación contó con la participación de una veintena de expertos mundiales en el tema, quienes advierten no sólo sobre la deforestación, la desertificación y la contaminación de los suelos producto de un monocultivo como la soja (ya ocupa más del 50 por ciento de la superficie sembrada de nuestro país), sino también sobre la especulación de los operadores en la Bolsa de Chicago y, peor aún, sobre los problemas sanitarios que en algunos casos se genera en la población.

    En efecto, el director de las exitosas películas Río arriba y Tierra adentro registró íntegramente el juicio a productores que se realizó en Córdoba por el envenenamiento con pesticidas de decenas de personas (que en muchos casos luego murieron de cáncer) en la localidad del Barrio Ituzaingó Anexo, a raíz de las constantes fumigaciones aéreas en los campos lindantes. La acción pública de las madres de las víctimas -encabezadas por Sofía Gatica- resulta el aspecto más conmovedor (pero no el único) de este film que muestra la contracara, los daños colaterales de un progreso necesario, sí, pero que a veces se lleva por delante todas las barreras éticas y morales.

    La película -correcta en lo formal, didáctica en su objetivo, ágil en su narración y, por supuesto, muy cuestionadora desde un discurso ecologista y humanista- va de lo macro (cómo funciona el mercado a nivel mundial con China como principal importador de soja y otros alimentos) a lo íntimo sin caer en la declamación discursiva, sino aportando datos y testimonios. De la Orden entrevistó a muchos expertos en el tema (los franceses Gilles-Eric Seralini y Marie-Monique Robin, la india Vandana Shiva, el canadiense Pat Mooney, el estadounidense Frederick Kaufman y hasta Ricardo Lorenzetti, presidente de la Corte Suprema), pero también dio lugar a otras miradas en defensa de la agroindustria, como la del poderoso empresario Gustavo Grobocopatel o Gino Moretto, titular del Centro de Corredores de Cereales de Rosario.

    De la Orden nunca esconde su posición crítica, pero en el disenso, en la multiplicidad de voces, en el intercambio de ideas y puntos de vista sobre los logros y los excesos de la agricultura moderna surge una discusión que hoy se impone como necesaria y urgente.
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  • Lluvia de hamburguesas 2
    Lluvia de hamburguesas fue hace cuatro años no sólo un inmenso éxito comercial, sino también una gran sorpresa artística (tanto a nivel de inventiva visual como de irreverencia narrativa). La secuela, por lo tanto, era inevitable en una industria como la de Hollywood -y más aún en el negocio de la animación-, siempre proclive a explotar sagas que funcionan bien en ambos terrenos.

    Ya sin Phil Lord ni Chris Miller en la dirección (optaron por incursionar en la ficción con Comando especial y regresar luego a la animación con la inminente Lego: La gran aventura ), esta segunda entrega encuentra a dos realizadores sin tanto renombre (Cody Cameron y Kris Pearn), aunque con un resultado final más que digno.

    Este nuevo film arranca exactamente donde había terminado el anterior. Luego de la devastadora tormenta de alimentos que arrasó la isla Swallow Falls, llega al lugar el famoso inventor Chester V con la excusa de que la corporación de su propiedad está encargada de limpiar el lugar. El veterano científico quiere, en verdad, quedarse con el Súper Duplicador de Comida Dinámico Mutante Diatómico que el joven y entusiasta protagonista, Flint Lockwood, creó en la primera entrega. Chester -el malvado de turno- engaña a Flint convocándolo para trabajar en un laboratorio que reúne a las mentes más brillantes del planeta. Flint, prototípico antihéroe lleno de inocencia y buenas intenciones, cree haber tocado el cielo con las manos, pero -claro- la decepción será dura cuando empiece a descubrir la trama oculta pergeñada por su hasta entonces ídolo. En la segunda parte (de esta segunda parte), Flint y sus amigos deberán regresar a la isla para asegurarse de que Chester no se haga del Súper Duplicador de Comida, pero allí tendrán que enfrentarse también con unas hambrientas y exóticas criaturas.

    La película decae un poco en la mitad final, aunque las referencias al género de zombis y mutantes o a films como Jurassic Park, sumados a los graciosos monstruos (mezclas de comida con animales) y a una estética -entre colorida y lisérgica- que por momentos remite al clásico Submarino Amarillo terminan compensando cierta sensación de fatiga que puede generar la acumulación de desventuras y el vértigo en el que ingresan los múltiples personajes. En definitiva, y aun cuando no alcanza los picos creativos de la película original, estamos ante una secuela que no desentona. Y eso, en un mercado que muchas veces trabaja sus productos en serie, no es un logro menor.
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  • The Iceman
    The Iceman
    Otros Cines
    Matar para vivir

    Richard “The Iceman” Kuklinski fue uno de los asesinos a sueldo más “prolíficos” y sanguinarios de la mafia estadounidense. Durante 20 años (desde mediados de la década del ’60 hasta mediados de los ’80) mató a unas 200 personas, desde pequeños estafadores o deudores hasta varios gangsters de primera línea.

    Si bien su vida ya había inspirado libros y documentales, el director israelí Ariel Vromen concretó una ficción sobre este hombre de familia polaca (interpretado por el gran Michael Shannon) capaz de liquidar a sangre fría, de la manera más brutal, y, a la vez, de ser un marido y padre modelo. De hecho, su esposa, sus dos hijas y varios de sus amigos y vecinos no sabían nada de su “doble vida” cuando confesó sus aberrantes crímenes.

    El film, por supuesto, genera inmediatas comparaciones con Buenos muchachos, Los Soprano y, sobre todo, con los primeros trabajos de James Gray (Cuestión de sangre, La traición, Los dueños de la noche), pero Vromen le imprime un sello propio que lo distingue de los Coppola o los Scorsese, aunque tampoco lo lleva a brillar.

    Estamos ante un thriller correcto -por momentos algo abrumador porque acumula situaciones, pero no siempre logra crecer en intensidad- sostenido por un Shannon que -gracias al cine de Jeff Nichols (Shotgun Stories, Atormentado/Take Shelter y Mud- dejó de ser un eterno secundario para convertirse en una máscara tan desoladora como conmovedora cuando deja aflorar esos brotes de ira o amor. Por él, por la recuperada Winona, por los buenos aportes en papeles secundarios (algunos casi cameos) de figuras como Ray Liotta (el jefe de Kuklinski), Chris Evans, David Schwimmer, James Franco y Stephen Dorff; y por la solvencia formal de Vroman, The Iceman resulta una más que digna alternativa.
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  • Cuestión de tiempo
    El no tan discreto encanto de la cursilería

    No está mal Cuestión de tiempo, pero con todos los materiales, todas las ideas y todo el talento que se pusieron en juego pudo ser mejor. Mucho mejor. Hay que reconocerle a Richard Curtis que no se anda con chiquitas. Su cine -y sobre todo este film- es abierta, orgullosamente cursi, grasa, naïf. Tiene tanto de humor y romance como de bajada de línea propia de la autoayuda. Regala grandes momentos, observaciones punzantes, personajes irresistibles, excelentes one-liners, pero también nos somete a excesos lacrimógenos, pasajes edulcorados y diálogos que hieren los oídos. Todo eso (y más) en dos horas que se disfrutan tanto como se padecen. Así de contradictoria (¿esquizofrénica?) es la propuesta.

    Celebrado y prolífico guionista (Cuatro bodas y un funeral, la saga de Bridget Jones y Un lugar llamado Notting Hill fueron sus éxitos más resonantes) y ocasional director (Realmente amor, Los piratas del rock), Curtis apela aquí a ciertos elementos de fórmula reciclados de Hechizo del tiempo (Groundhog Day) y Como si fuera la primera vez (50 First Dates) para narrar una gran historia de amor con elementos fantásticos (el viaje en el tiempo, la posibilidad del protagonista de volver al pasado para remediar errores).

    El otro esquema que Curtis repite es el de una estadounidense enganchada con el inglesito (como Julia Roberts con Hugh Grant en la mencionada Un lugar llamado Notting Hill). En este caso, Tim Lake (el pelirrojo Domhnall Gleeson, hijo de Brendan), un típico freak, loser, torpe y timorato muchacho de pueblo de 21 años, aprovecha la capacidad de viajar en el tiempo que ha heredado de su padre (el gran Bill Nighy) para conquistar tras varios intentos a la hermosa e insegura Mary (Rachel McAdams).

    Lo que sigue es (en los mejores momentos) una historia de enredos amorosos y de tragicómicas relaciones en el seno de una familia disfuncional (con buenos secundarios como un patético tío interpretado por Richard Cordery). Pero también se siente con el correr del relato un efecto acumulación, una creciente tendencia al subrayado que generan irritación y derrumban buena parte del encanto y la fluidez conseguida con elementos nobles en otros pasajes.

    La película suma capas y capas, se vuelve cada vez más obvia y recargada (la importancia de tener hijos y esas cosas), y nos ametralla con una decena de finales. Así, lo que pudo ser un gran exponente de comedia romántica termina siendo una propuesta demasiado irregular que deja un sabor agridulce. Igual, si se dejan los prejuicios y el cinismo de lado, vale la pena arriesgarse a hacer un viajecito con ella.
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  • Olvídame
    Olvídame
    Otros Cines
    Sobredosis de sexo, religión y muerte

    En su nueva película, el realizador de Hoteles vuelve a asumir un riesgo no menor, ahora con una película con mucha sangre, sexo, perversión, religión, esoterismo y rituales. Aldo Paparella consigue buenos climas (hay algo de fantástico y gótico en la propuesta) apoyado en un gran trabajo de fotografía y en una notable dirección de arte.

    Pero el resultado final no es del todo convincente porque la película luce bastante desarticulada, redundante, derivativa, sin generar tensión, suspenso o una fascinación que vaya más allá de la acumulación de elementos visuales (desde pinturas hasta tatuajes), situaciones perturbadoras, capas narrativas y referencias cinéfilas.

    Tampoco luce como demasiado acertada la elección del chileno Gonzalo Valenzuela en el papel de un atractivo y manipulador predicador y líder de una secta espiritista devenido depredador sexual y asesino serial. Mejor fue la decisión de escoger a Antonella Costa como una stripper/prostituta que se convierte en la amante y compañera de aventuras del protagonista.

    La película está plagada de escenas sexuales (una rareza en el cine argentino), pero entre una veta policial que nunca funciona y unos cuantos diálogos que suenan hirientes, Olvídame dilapida buena parte de sus hallazgos estéticos para que, en definitiva, su título se convierta casi en una intimación al espectador.
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  • Dixit
    Dixit
    Otros Cines
    Pesadilla en lo profundo de la noche

    Alcides Chiesa y Carlos Eduardo Martínez trabajaron durante mucho tiempo recopilando materiales de archivo de la última dictadura en los canales de televisión. Pero esa investigación fue sólo el punto de partida, ya que con la reapertura de los juicios a los represores el proyecto derivó hacia otros terrenos: los testimonios de los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención.

    El film (que supera las dos horas) está estructurado en segmentos: un campo de concentración, consignas o canciones entonadas por los organismos de derechos humanos, imágenes de la época (los dictadores dando discursos, la represión en las calles, etc) y luego un largo testimonio de alguien que vivió desde dentro el horror. El resultado es impecable, salvo por un uso recurrente, ampuloso (y para mi gusto innecesario) de la música.

    Los directores viajaron por todo el país (se recuperan historias de la ex ESMA, el Vesubio o el Hospital Posadas, pero también de La Perla en Córdoba o de La Escuelita en Neuquén) y seleccionaron los casos más emblemáticos y desgarradores.

    El film está auspiciado por (y realizado en homenaje a) organizaciones como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y cierra con las declaraciones de Jorge Julio López durante el juicio a Miguel Etchecolatz y otros asesinos en La Plata, poco antes de convertirse en un desaparecido más (y, para peor, en Democracia). Una experiencia dura, sí, pero conmovedora y necesaria.
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  • María y el Araña
    En su quinto largometraje, la directora de El cielito y La cámara oscura se arriesga con un tema complejo como el abuso infantil dentro del ámbito familiar y, apelando a la sensibilidad y al recato que la caracterizan, sale airosa de semejante desafío.

    Pero los valores de María y el Araña exceden el mero marco de la corrección política a la hora de visibilizar un tema mucho más extendido (y negado) de lo que parece. Lo hace a partir de una historia entrañable que expone la inocencia del amor adolescente en oposición al horror que surge en el otro extremo del relato.

    La protagonista del film es la María del título (una Florencia Salas que en su debut en el cine alcanza a transmitir toda la vulnerabilidad y descontención de su personaje), una chica de 13 años que vive de manera muy humilde con su abuela (Mirella Pascual) y la pareja de ésta (Luciano Suardi). Ella es una alumna aplicada (hasta le ofrecen una beca para el inminente secundario) y se gana unos pesos por la tarde vendiendo guías en el subte. Pero cuando llega la noche y regresa al hogar en el asentamiento, el pánico la invade: la presencia amenazante del hombre de la casa le hace temer lo peor.

    En una de sus habituales jornadas en el subte conoce a El Araña (Diego Vegezzi), un muchacho de 17 años con una situación familiar no mucho mejor, que hace malabares disfrazado de El Hombre Araña e intentará acercársele pese a la extrema timidez de ella. Superadas las resistencias iniciales, pronto él se convertirá en su ángel de la guarda en medio de un entorno tan sórdido.

    Una vez planteado el conflicto y delineados los personajes, al film le cuesta un poco crecer y trascender ciertos lugares comunes, pero nunca cede a las tentaciones de los golpes de efecto, de la explotación o de las manipulaciones emocionales. En ese sentido, es interesante el personaje secundario que compone la uruguaya Pascual ( Whisky ), de esos que por omisión o negación, por hacerse "la distraída", terminan avalando el maltrato a una nieta que ella, por otra parte, quiere.

    El rigor formal y la solidez narrativa de Menis sostenida por un muy buen equipo de técnicos ayudan a que la experiencia por momentos dura y extrema de María y el Araña que recurre a mínimos diálogos resulte atractiva desde lo visual. Una película inteligente y, sí, también necesaria.
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  • Carrie
    Carrie
    La Nación
    No hay grandes reparos para hacerle a esta "nueva" Carrie. Kimberly Peirce es una directora competente que -como ya lo había demostrado en Los muchachos no lloran- tiene una particular sensibilidad para retratar los miedos y contradicciones del universo juvenil femenino; el guión recicla y actualiza algunos aspectos (el bullying escolar, la mayor presencia de la tecnología), pero no arruina la potencia original de la novela de Stephen King, y las tres actrices principales (la ascendente Chloë Grace Moretz en el papel protagónico, la gran Julianne Moore como la atribulada madre y Judy Greer como la sensible profesora de gimnasia) aportan solidez y convicción en pantalla.

    Sin embargo, y a pesar de que todo en el film funciona razonablemente bien, la sensación que deja esta Carrie modelo 2013 es bastante menos gratificante que la de la ya mítica transposición que en 1976 filmara Brian DePalma con Sissy Spacek y Piper Laurie. Y no es sólo porque ver otra vez la misma historia ya no produce el mismo efecto, sino porque esta vez los climas no resultan tan perturbadores y la puesta luce más calculada (demasiado encuadre virtuoso y simbolismo subrayado) y, por lo tanto, un poco menos fluida.

    Carrie, que no sólo surgió de la literatura, sino que también tuvo otras derivaciones en el cine, en la TV y hasta en un musical de Broadway, es una historia que combina a la perfección el subgénero de estudiantes secundarios a punto de egresar (con el despertar sexual y la intolerancia hacia el distinto) con el thriller psicológico (fuerte presencia de la telekinesis) y con algunos elementos propios del terror gótico y religioso (encarnado en el fanatismo enfermizo de la madre de la protagonista).

    Peirce y sus guionistas manejan con solvencia ambos terrenos (la tortuosa, posesiva relación familiar y el agresivo entramado social) y le agregan elementos que sintonizan con estos tiempos (la humillación que Carrie sufre en la secundaria, por ejemplo, ahora está amplificada por los videos que le toman en el vestuario y su posterior exposición en Internet), pero el conflicto central sigue siendo básicamente el mismo.

    No es la primera vez (ni será la última) que el cine de terror regresa sobre sus pasos para hacer nuevas versiones de sus mejores exponentes. No parece, en principio, una decisión demasiado audaz, sobre todo dentro de un género que ha regalado en los últimos tiempos más de una sorpresa a cargo de jóvenes directores con nuevas búsquedas y apuestas por el riesgo. En ese sentido, aun siendo un producto inobjetable, esta Carrie surge en buena medida como una remake innecesaria.
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  • Rush - Pasión y gloria
    El campeonato de Fórmula 1 de 1976 tuvo un final "de película". No conviene dar detalles sobre su desenlace por si algún espectador ajeno al automovilismo desconoce aquella historia, pero lo cierto es que la rivalidad entre dos personalidades y estilos opuestos (el pragmático y obsesivo piloto austríaco Niki Lauda contra el arrojado e impulsivo británico James Hunt) y el épico final que se produjo "pedían" una reconstrucción en todo su esplendor para la pantalla grande.

    Casi cuatro décadas después de aquellas hazañas deportivas, el director estadounidense Ron Howard y el autor inglés Peter Morgan, que venían de trabajar juntos en Frost/Nixon (otro duelo apasionante), concibieron una historia sin demasiadas sutilezas, pero con una estructura muy eficaz para una propuesta visual y narrativa de enorme espectacularidad.

    Tanto para el realizador de Apolo 13 y Una mente brillante como para el guionista de La reina no hay buenos ni malos. Los dos rivales son, a su manera, héroes y demonios. Cada uno tiene sus métodos, sus prioridades, sus habilidades, pero también sus debilidades, esas miserias y fantasmas personales que pueden traicionar incluso al más profesional y experimentado de los deportistas. La película contrapone esos dos puntos de vista siempre antagónicos en medio de una reconstrucción de época (el espíritu setentista se percibe dentro y fuera de las pistas) con ingenio y respeto, pero sin solemnidades ni reverencias.

    En un rincón tenemos a Hunt (Chris Hemsworth, todavía más seductor que en su papel de Thor), un bon-vivant, mujeriego, arrogante, que coquetea siempre con los excesos y con mucho más talento natural que predisposición al trabajo. En el otro, a un Lauda (Daniel Brühl) obsesivo, metódico, pragmático y austero. Entre el arrojo casi inconsciente de uno y el tesón del otro para reponerse en tiempo récord de un accidente que lo había dejado fuera de varias carreras se arma un enfrentamiento pletórico de tensión y suspenso.

    Más allá de ciertos estereotipos a la hora de moldear la psicología de los personajes y de algunos subrayados innecesarios, Rush cumple con lo que promete: hay excelentes escenas de carreras (los expertos seguramente encontrarán algunos errores y "licencias históricas") con pequeñas cámaras instaladas en los lugares más insólitos y la ayuda inestimable de las imágenes generadas por computadora, dos personajes irresistibles y un final de antología. A ajustarse, entonces, los cinturones y dejarse llevar por la velocidad, el vértigo. y el disfrute.
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  • El loro y el cisne
    En qué baile me metí...

    Sobre el director: Nació en Buenos Aires, en 1978. Dirigió La prisionera (2006, con Fermín Villanueva) y Castro (ganadora de la Competencia Argentina en el BAFICI 2009). Como montajista trabajó con Mariano Llinás, Albertina Carri y Juan Villegas, entre otros.


    En este nuevo trabajo del director de Castro conviven -no siempre con armonía- varias películas: es un film sobre la danza (y las compañías de danza); sobre el cine (con un equipo de rodaje que está haciendo un documental sobre ballet contemporáneo y “vanguardista”); y, finalmente, sobre el amor entre personajes que vienen bastante golpeados por la vida.

    El problema principal de El loro y el cisne es que las escenas de danza (y sobre la trastienda de bailarines y coreógrafos) no son particularmente inspiradas y, por lo tanto -sobre todo durante la primera mitad- resultan demasiado largas. El protagonista, Loro, un sonidista abandonado por su novia (que se va llevando progresivamente cosas de la casa que compartían), es poco atractivo; y el humor con que se aborda el mundillo del cine (con las imposiciones de los productores extranjeros) tampoco resulta particularmente ingenioso.

    Sin embargo, en la segunda parte aparece en escena Luciana, bailarina de una de los troupes de danza-teatro retratadas en el documental en que Loro participa, y la película adquiere una dimensión humana, una intensidad emocional y un humor negro y absurdo que mejoran bastante la cosa. Entre ellos hay una creciente atracción, pero tampoco pasa demasiado. Hasta que, después de unos meses, ella vuelve embarazada. Ambos deberán enfrentarse a sus nuevas realidades y tomar decisiones de vida que venían postergando.

    Como siempre, Moguillansky hace gala de un indudable virtuosismo y de una gran libertad formal (se permite, por ejemplo, insertar una escena dentro de otra). Hay momentos, atisbos, irrupciones de gran cine dentro de una película algo caótica, derivativa, mutante, que tarda mucho en encontrar un eje que pueda sostener el relato. Cuando lo hace -quizás un poco tarde y con una trama algo convencional de comedia romántica (el chico que sale corriendo a encontrar a la chica)- la película nos sumerge en ese universo de sensaciones íntimas de gente que sale de su encierro interior en busca del amor.

    (Esta reseña fue publicada durante la cobertura del BAFICI 2013)
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  • Escape imposible
    Escape imposible
    Otros Cines
    Los astros de acción sean unidos...

    Para quienes crecieron (crecimos) viendo el cine de acción de los años ’80, disfrutar a Sly y Arnold como protagonistas de un mismo film era algo que se venía aguardando desde hacía mucho tiempo. Ocurrió recién ahora, cuando Stallone ya tiene 67 y Schwarzenegger, 66. Y, aunque no estamos ante ninguna genialidad, la espera valió la pena. Escape imposible es un film menor, con algo del absurdo (el ridículo) de la clase B, pero incluso con sus evidentes limitaciones resulta un producto muy disfrutable.

    Al sueco Mikael Håfström (1408, El rito) le encargaron dirigir “una de fuga de prisiones” y lo hizo con dignidad porque logra minimizar las carencias expresivas de ambos y potenciar el espíritu (auto)paródico que a esta altura los dos inevitablemente profesan. Para mi gusto, incluso, debió exagerarse aún más el tono a-la-Los indestructibles, pero aunque el film se pretende “serio” en la superficie (intenta sostener una “lógica”), internamente es una apuesta lúdica, sin apostar por un verosímil que sea… verosímil.

    Stallone es Ray Breslin, un ex abogado que se ha especializado en… escapar de las cárceles. Tan experto es que ha escrito un best seller al respecto y lo contratan para que entre como preso y, al fugarse, detecte los agujeros de sus sistemas de seguridad. Pero, claro, al mago de las huidas lo engañan y termina en un centro de detención de última generación financiado por oscuras corporaciones y manejado con absoluto sadismo por el personaje de Jim Caviezel. Allí, mientras es sometido a todo tipo de vejámenes y humillaciones, conoce a Emil Rottmayer (Schwarzenegger) y juntos intentarán hacer honor al título de la película.

    La película está concebida sobre todo para el lucimiento de Sly (le tocan los mejores one-liners: “Pegás como un vegetariano”, por ejemplo), pero Arnold -que se ríe (y nos hace reir) hablando alemán- se las ingenia para sacar a flote a un personaje que tiene su nobleza.

    No voy a adelantar ningún detalle de la trama ni de los planes de fuga para no atentar contra el pleno disfrute del film. Si el lector piensa en Escape imposible como una película en la línea del cine de acción “intelectual” de los Christopher Nolan o los David Fincher está muy equivocado. Aquí todo es básico, un poco torpe si se quiere, pero simpático y eficaz. Los viejitos piolas son la gran atracción de esta propuesta y, para mi gusto, devuelven con creces el valor de la entrada. Lo demás… lo demás es pirotecnia, puro humo, relleno ¡Larga vida, entonces, a Sly & Arnold!
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  • Un camino hacia mí
    Relájate y goza

    Reconocidos actores de cine y TV, Nat Faxon y Jim Rash se consagraron en la industria cuando ganaron (con Alexander Payne) el Oscar al mejor guión por Los descendientes. Pero si algo les faltaba para convertirse en figuras de verdadero peso en Hollywood era demostrar que también podían dirigir. Con su ópera prima, Un camino hacia mí, han llenado ese casillero. Anótenlos. En serio…

    Lo que podía haber sido una (otra) historia coming-of-age veraniega sobre un adolescente parco, traumado y tímido se convierte en manos de esta dupla y de sus brillantes actores (ellos dos incluidos) en una tragicomedia agridulce de una belleza, fluidez, frescura y sensibilidad que el cine independiente norteamericano no conseguía desde… Adventureland.

    El antihéroe del film es Duncan (Liam James), un chico de 14 años que vive con su madre divorciada (extraordinaria, como siempre, Toni Colette) y sale de vacaciones con ella, con su hermana mayor y con su nefasto padrastro (un Steve Carell impecable en un papel monstruoso al que no se puede más que odiar). Con semejante hombre manipulándolos a él y a su mamá, y con un padre ausente, no tardará en encontrar en un extraño tan entrañable como torpe y divertido la figura masculina que andaba necesitando.

    Me detengo aquí: el “padre sustituto” es una de las creaciones cómicas (con tanto de humor como de emoción) más logradas del año y llega gentileza de ese gran actor -subvalorado- que es Sam Rockwell. Su Owen, el irresistible manager de un parque acuático en el que Duncan trabajará (se refugiará) sin que su madre lo sepa, es un personaje al que -al contrario del de Carell- no se puede más que amar, al igual que a sus compañeros del lugar (Maya Rudolph y los propios Faxon y Rash).

    La película, por supuesto, tiene una subtrama romántica (hay una chica algo mayor y bastante más avispada que despertará el interés de nuestro muchachito), personajes secundarios queribles (la delirante Allison Janney) y despreciables (el de Amanda Peet), pero lo interesante aquí es ir apreciando cómo los directores arman el rompecabezas de gags, diálogos filosos, observaciones incisivas, irrupciones romántico-erótico-sexuales, humor negro y un profundo humanismo con una elegancia y soltura que no abundan.

    Es cierto, como decían algunos colegas, que por momentos al film se le notan algunas costuras, le afloran ciertos lugares comunes, se transforma en una película de guión(istas), pero Faxon y Rash jamás pierden el rumbo. No todos los momentos son igual de brillantes, profundos e inteligentes (ninguna película sostiene la excelencia durante hora y media o más), pero aún cuando se pueda descubrir algún pasaje no del todo logrado, uno siempre quiere saber qué les pasará a cada una de las criaturas aquí retratadas. Un camino hacia mí regala un universo construido con mucha onda, concebido con esa maestría que no es ostentosa (hacen fácil lo difícil). Uno de esos films a los que hay que abrirse, dejar los prejuicios de lado y, sí, relajarse, divertirse y conmoverse. Puro disfrute.
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  • Kick-Ass 2
    Kick-Ass 2
    La Nación
    Hace algo más de tres años, Matthew Vaughn sorprendió gratamente con Kick-Ass, comedia sobre un típico adolescente no demasiado popular en el colegio secundario y fanático de los cómics que decidía convertirse en el superhéroe del título, pese a no tener poderes especiales. Lamentablemente, todo lo que surgía como irreverente, simpático y fluido en aquel film original ahora suena forzado y esquemático en esta secuela escrita y dirigida por Jeff Wadlow.

    El problema no es que aquí todo sea caricaturesco y estereotipado (a fin de cuentas, se trata de reproducir la estética y el estilo de la historieta), ni siquiera la fuerte dosis de misoginia o las poco logradas irrupciones de humor escatológico que se acumulan. Lo que hace de Kick-Ass 2 una experiencia menos disfrutable que la anterior es su guión elemental, unas coreografías de luchas cuerpo a cuerpo no demasiado lucidas y un permanente uso "ingenioso" de la voz en off para contrastar a pura ironía con las imágenes (recurso que termina por abrumar).

    El film arranca con Mindy (una Chloë Grace Moretz que ahora sí tiene su merecido protagónico) disparándole al pecho de Dave (Aaron Taylor-Johnson). Su cuerpo cae, pero en la siguiente toma vemos que él estaba protegido por un chaleco antibala. Ella saca entonces un arma de un tamaño mucho mayor y vuelve a apretar el gatillo. Así es esta segunda entrega: más grande, más ruidosa, más ampulosa... pero menos lograda. Mindy ha convertido a su Hit-Girl en una verdadera superheroína a fuerza de un duro entrenamiento. Dave, en cambio, ha intentado volver a ser un chico normal en la escuela, pero la valentía de su Kick-Ass en el film previo ha inspirado a una serie de nerds y freaks que han fundado la Justice Forever, una liga de patéticos sub-Avengers liderada por un coronel (un irreconocible Jim Carrey). Y también reaparece, claro, Chris (Christopher Mintz-Plasse), que se ha autoproclamado el villano The Motherfucker, para emprender su venganza contra Kick-Ass y Hit Girl por lo que le hicieron a su padre.

    Lo que queda para la larga segunda mitad es un mero enfrentamiento entre las fuerzas del Bien y del Mal resuelto con el manual básico de la comedia adolescente y el cine con espíritu de cómic. Puede que a los fans de la saga (que los hay y en buena cantidad) les alcance con esta acumulación de lugares comunes para pasar un buen momento. El resto, mejor abstenerse.
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  • La infiel
    La infiel
    La Nación
    El director israelí Eitan Tzur, de amplia experiencia televisiva (fue uno de los responsables de la versión original de la serie En terapia ), debutó en el cine con un thriller psicológico que aborda en primera instancia un tema bastante remanido (la infidelidad en el matrimonio), pero que pronto deriva hacia aspectos bastante más inquietantes.

    El film arranca con Ilan Ben Natan (Yossi Pollak), un reconocido profesor de astrofísica de 58 años, dando clase sobre las características de las estrellas en la Universidad de Haifa. El protagonista está casado con la bellísima Naomi (Melanie Peres), una ilustradora de libros tres décadas más joven que él. Cuando ella empieza a regresar cada vez más tarde al hogar, su marido empieza a sospechar. Un día, la sigue y descubre que tiene un amante, al que terminará asesinando y enterrando.

    Todo eso transcurre en los primeros minutos del film, ya que en verdad la película dedica casi toda su narración a indagar en los efectos de aquel crimen. Si bien siempre está latente la intriga respecto de si el protagonista será descubierto o no (su esposa, en medio de un estado depresivo, empieza a sospechar y, para colmo, su mejor amigo es policía), La infiel termina por convertirse en un implacable ensayo sobre la culpa y la mentira. Y, en este terreno, adquiere cada vez mayor incidencia el personaje (secundario pero vital) de la madre posesiva y manipuladora de Ilan (la veterana y mítica actriz de teatro Orna Porat).

    Así, lo que en principio parecía un mero reciclaje del típico triángulo amoroso resulta en definitiva una mirada punzante y despiadada sobre los aspectos más enfermizos y destructivos de una relación de pareja. Una más que digna ópera prima de una cinematografía poco conocida en la Argentina, como la israelí.
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  • Destino anunciado
    El horror, según pasan los tiempos

    Veterano artesano de la industria (sobre todo en Venezuela y Argentina), Juan Dickinson dirigió una película que vincula -de manera poco convincente- los horrores del pasado (la represión durante la última dictadura militar) con los presente (la trata de personas).

    Lo mejor del film (más allá de las buenas intenciones que guiaron a todo el proyecto) tiene que ver con la actuación del protagonista Luis Machín, que interpreta a Pocho, un conductor cincuentón de micros de larga distancia que cubre las rutas del norte del país. En sus distintos viajes (generalmente acompañado por otro chofer llamado Olivo que encarna Manuel Vicente) este hombre tímido, solitario, obsesivo y metódico conoce a Clarita (Celeste Gerez), una atractiva moza de un parador.

    Cuando la joven desaparece ante la indiferencia generalizada, Pocho sale de su encierro interior y empieza a buscarla en pueblos chicos con infiernos grandes. En su travesía no tardará en descubrir que casi todo el mundo está ligado de una u otra forma a actividades ilícitas.

    El film maneja durante la primera mitad un medio tono acertado que le permite describir la psicología del personaje principal, el contexto en el que se desarrolla la historia y el conflicto central. Sin embargo, esa solidez se derrumba en la segunda parte, cuando Dickinson intenta imprimirle tensión y acción a la trama, mientras amplifica de manera muy obvia y subrayada los paralelismos entre los represores de ayer y los abusadores de hoy. Una pena porque Destino anunciado luce prolija, tiene buenos intérpretes y merecía un desenlace más convincente.
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  • Los elegidos
    Los elegidos
    Otros Cines
    Encuentros cercanos de todo tipo

    Recuerdo haber leído, cuando este film se estrenó en los Estados Unidos a principios de año, que los críticos norteamericanos se burlaban bastante de su resultado y hasta cuestionaban que no se hubieran organizado funciones previas para prensa. No sé a qué se debió, si fue porque ni los propios productores y distribuidores le tenían confianza, pero lo cierto es que este tercer largometraje del guionista y director Scott Stewart no está nada mal.

    Con un modestísimo presupuesto de 3,5 millones de dólares, Los elegidos narra una historia, sí, bastante convencional que combina drama familiar con invasión alienígena, pero que está dignamente concebida y construida. Las referencias también son un poco obvias (Encuentros cercanos del tercer tipo, Poltergeist, Los pájaros y, sobre todo, Actividad paranormal), pero así y todo hay buenos momentos de tensión y sustos.

    El punto de partida es el de… “siempre”: una familia tipo de clase media en decadencia (hay múltiples citas a la crisis financiera/laboral) compuesta por mamá (Keri Russell), papá (Josh Hamilton), hijo de 13 años en pleno despertar sexual (Dakota Goyo, el chico de Gigantes de acero) e hijo de 6 (Kadan Rockett) ven cómo la casa primero y luego hasta sus propios cuerpos se llenan de elementos extraños: la invasión a la intimidad del hogar y de sus interiores ha comenzado. Desesperados, visitarán a un experto en extraterrestres (el gran J.K. Simmons) para desembocar, claro, en el gran enfrentamiento final con no pocas vueltas de tuerca.

    La narración es bastante eficaz, las actuaciones son más que aceptables y el uso de los efectos visuales y los golpes de efecto resultan sobrios y atinados. No estamos, quedó dicho, ante ninguna maravilla del género, pero tampoco frente al despropósito que tantos condenaron. Vale la pena despojarse de los prejuicios y darle una oportunidad.
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  • Adoro la fama
    Adoro la fama
    Otros Cines
    La era del vacío (en el imperio del consumismo)

    Quién mejor que Sofia Coppola para una película sobre adolescentes fascinados por la vida de las celebrities, sobre la grandes marcas de la moda, sobre la cultura web, sobre los realities televisivos, sobre la vida nocturna y la música y Facebook y Twitter y Hollywood... Sobre todo eso (y más) se trata Adoro la fama, film premeditadamente superficial, pero no por eso menos inteligente, provocador e inquietante.

    Basada en hechos reales que se conocieron a partir de un artículo publicado en 2010 en la revista Vanity Fair, esta nueva película de la directora de Las vírgenes suicidas y María Antonieta, la reina adolescente (ambas también estrenadas como esta en el Festival de Cannes) describe las experiencias de unos amigos de un colegio del Valle de San Fernando que entre 2008 y 2009 se dedicaron a invadir y robar varias mansiones de estrellas.

    La hija de Francis Ford Coppola (coproductor del film) combina imágenes de los sitios de Internet especializados en la intimidad de ricos y famosos (Paris Hilton, Orlando Bloom, Kirsten Dunst, Megan Fox y Lindsay Lohan son algunos de los que aparecen o son mencionados en pantalla) con reconstrucciones de los saqueos que los protagonistas hacen dentro de las casas (llegaron a robar tres millones de dólares entre dinero, joyas, relojes, pinturas, ropa y autos). En este sentido, la película parece por momentos un gran comercial de artículos de lujo que haría las delicias de los consumistas. Pero, por suerte, es bastante más que eso...

    Aún sin elaborar una trama convencional (como siempre apunta a describir momentos, climas, emociones y sensaciones), la realizadora de Perdidos en Tokio y Somewhere: En un rincón del corazón alcanza a construir -sin proponérselo- una suerte de retrato generacional y sobre la cultura popular que “dialoga” con la reciente Spring Breakers (ver columna de Marina Yuszczuk) o con la filmografía del Larry Clark de Kids.

    La película arranca por el final (sabemos que los chicos serán detenidos por la policía y confesarán sus delitos) y va y viene en el tiempo. Conoceremos su dinámica en la escuela secundaria, algo de la familiar (por allí aparece la gran Leslie Mann), pero sobre todo nos sumergiremos en sus obsesiones y su metodología. Entre los jóvenes intérpretes de estos ladrones cholulos aparece nada menos que Emma Watson (sí, la Hermione de la saga de Harry Potter, que ya viene demostrando su categoría y ductilidad en varios films "serios").

    Para algunos el film resultó -en la línea de cuestionamientos previos al estilo de la directora- demasiado frío y superficial. Hay algo de regodeo exhibicionista en la película, pero no comparto la desvalorización: estamos precisamente ante una mirada a lo efímero, epidérmico y banal de la sociedad contemporánea. Lejos de la pretensión del sesudo ensayo sociológico, del juicio severo y horrorizado o del psicologismo barato, Coppola Jr. regala una mirada fascinada y fascinante -con imágenes bellas y una gran banda sonora que incluye a Kanye West y Frank Ocean- sobre la era del vacío, la angustia, la descontención y el espíritu adolescente.
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  • Riddick
    Riddick
    Otros Cines
    Regreso con (un poquito de) gloria

    Tras la más que digna Pitch Black (2000) y la olvidable La batalla de Riddick (2004), David Twohy construye un reboot básico y eficaz, un regreso a las fuentes que no llama demasiado la atención, pero que tampoco defrauda: estamos ante un film de ciencia ficción apocalíptico (transcurre en un planeta desolado) donde unos malos persiguen y un antihéroe (el ex convicto Riddick) resiste a puro golpe e ingenio (también hay unos cuantos animales amenazantes dando vueltas).

    En efecto, luego de sus aventuras como Toretto en la saga de Rápido y furioso que lo convirtieron en estrella muy taquillera, Vin Diesel vuelve como protagonista y coproductor. No vamos a comparar ambas franquicias (esta es decididamente menor) ni vamos a castigarlo por su escasísima expresividad. La acción y la trama están concebidas para explotar sus atributos físicos y minimizar sus carencias actorales. Como contraparte aparecen intérpretes tan malos como él (desde el español Jordi Mollà hasta el gigantón Dave Bautista) por lo que el pelado Vin no queda demasiado en evidencia.

    Saber las limitaciones y explotar los recursos (bastante modestos en este caso) son también méritos en el cine (sobre todo en el clase B). Así, con poco, el duro Riddick de Diesel sale airoso en esta tercera entrega.
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  • La hermana
    La hermana
    La Nación
    Hace cuatro años se estrenó en los cines argentinos Home , notable ópera prima de la directora franco-suiza Ursula Meier con Isabelle Huppert y Olivier Gourmet al frente de una familia que sufría una progresiva degradación (desintegración) en una casa ubicada a la vera de una autopista. No había que ser demasiado perspicaz para notar que estábamos ante una cineasta de gran talento y sensibilidad.

    De todas maneras, la constatación de que Meier es una realizadora singular llega con La hermana , su segundo largometraje, que le valió varios premios en la Competencia Oficial del Festival de Berlín, entre muchos otros reconocimientos.

    El film -que remite al cine de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne y, por qué no, al clásico Los 400 golpes , de François Truffaut- narra las desventuras de Simon (descomunal trabajo de Kacey Mottet Klein), un niño de 12 años que vive con su atractiva hermana mayor, Louise (Léa Seydoux), quien parece bastante más interesada en sus conquistas amorosas (Meier da a entender, pero no aclara, que podría prostituirse de vez en cuando) que en cuidarlo.

    En un momento de la vida con fuertes cambios (el paso de la infancia a la preadolescencia, el despertar sexual), el descontenido y pícaro Simon se convierte en el hombre "proveedor" a partir de pequeños robos en un lujoso resort para esquiadores en la frontera entre Suiza y Francia. En efecto, los esquíes, gorros, guantes, lentes y otros accesorios que él hurta en los multitudinarios refugios del centro vacacional son luego revendidos para generar así ingresos que le permitan sobrevivir.

    De todas maneras, el film no pretende ser un thriller sobre los excesos de un delincuente juvenil (hay igual varios momentos de logrado suspenso y tensión psicológica) sino una mirada agridulce, tragicómica, minimalista e intensa a la vez, sobre personajes que no suelen habitar la pantalla (al menos no en primerísimo plano como aquí). No estamos ante marginales peligrosos, tampoco ante muchachos encantadores, pero Meier logra sin caer jamás en la demagogia ni en las manipulaciones emocionales que nos consustanciemos con el devenir y la suerte de Simon y de Louise.

    Más allá de la apuntada sensibilidad del cine de Meier, también hay que destacar su ojo para elegir actores y para descansar en el aporte visual de esa extraordinaria directora de fotografía que es Agnès Godard, que aquí hace maravillas con las locaciones naturales de los Alpes, no como mero relleno propio de un video de promoción turística sino como un personaje más (y esencial) de la trama.
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  • Capitán Phillips
    Pocos directores han logrado transmitir la sensación de veracidad y de urgencia, el espíritu del documental trasladado al cine de ficción, como Paul Greengrass. Ya sea en películas basadas en hechos reales Domingo sangriento, Vuelo 93 o ahora Capitán Phillips como en entretenimientos para la gran industria y destinados al consumo masivo -la saga de Jason Bourne, el director inglés hizo del vértigo y la potencia narrativa un culto para trasladar al espectador a tiempos y lugares muy precisos, y hacerlos partícipes de experiencias fascinantes y sobrecogedoras.

    Esta reconstrucción del caso del secuestro de un barco estadounidense por parte de piratas somalíes en abril de 2009 no es la excepción. Se trata de un tour-de-force emocional que mixtura de manera impecable la velocidad y la fuerza del cine de Greengrass con el aplomo y la bonhomía que transmite en cada uno de sus trabajos Tom Hanks, sobre todo cuando tiene que interpretar a un hombre común devenido héroe en circunstancias extraordinarias.

    Hanks es el capitán Richard Phillips del título, un veterano marino que se despide de su esposa enfermera (Catherine Keener) para emprender otro de sus largos viajes al frente de un enorme barco cargado de contenedores, el Maersk Alabama, por aguas africanas. Mientras la pareja habla de cuestiones familiares (como las preocupaciones por el futuro de sus dos hijos), en otro lugar menos favorecido del planeta mercenarios planean asaltar un barco y hacerse de un millonario botín. Esos destinos, claro, confluirán en este hecho que tuvo en vilo a los canales de noticias de todo el mundo.

    Pero Greengrass no se queda en la mera reconstrucción de los hechos (de por sí impactantes) sino que profundiza en la psicología de los personajes, sobre todo en la del Phillips de un Hanks convincente en cada uno de los planos y en la del líder de los piratas (gran trabajo de Barkhad Abdi). El realizador inglés sabe cómo generar suspenso y crear tensión, otra vez con la ayuda de su brillante director de fotografía Barry Ackroyd (ganador del premio Oscar por Vivir al límite ). La referencia a ese film de Kathryn Bigelow no es antojadiza: ella y Greengrass deben ser de los pocos realizadores contemporáneos capaces de trabajar la fisicidad del cine sin por eso descuidar la armonía del conjunto ni la carnadura de sus personajes. Directores ya maduros en la cima de su arte.
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  • Apuesta máxima
    Apuesta máxima
    Otros Cines
    Saltó la banca

    Hollywood es de esas industrias en la que la suma de las partes suelen resultar en un todo como mínimo eficaz. O sea, si se integran en una producción buenos directores, guionistas, técnicos y actores lo más probable es que la cosa salga más o menos bien. Pero, claro, hay excepciones. Y Apuesta máxima es una de ellas.

    Es que esta vez un realizador como Brad Furman, que venía de hacer la muy simpática Culpable o inocente (The Lincoln Lawyer); un dúo de guionistas de fuste como Brian Koppelman y David Levien (Ahora son 13) e intérpretes carilindos y cancheros como Ben Affleck, Justin Timberlake y Gemma Arterton fallaron en todos los terrenos con un film sobre apuestas y engaños que arranca como 21 - Black Jack, sigue como Casino y termina… bueno, termina dando bastante pena.

    Ben Affleck demuestra aquí todo lo mal que puede estar en pantalla cuando no tiene un material digno ni un director que lo cuide (nadie lo cuida como él mismo) y Justin Timberlake está totalmente desaprovechado (y eso que es un actor ideal para este tipo de historias). Hasta la hermosa intérprete inglesa Gemma Artenton está menos linda que nunca.

    Affleck es un zar de los juegos de apuestas (con engaños incluidos, claro), Timberlake es un genio de la Universidad de Princeton que pasa a trabajar para el millonario, pero que luego se convierte en paralelo en informante del FBI. Y lo que sigue es un juego de gato y ratón, estafador-estafado hecho con el manual del género y sin la menor onda.

    Hace 15 años Levien y Koppelman habían escrito un film con un título muy parecido y de temática similar, Apuesta final, de John Dahl, con Matt Damon y Edward Norton. No era gran cosa, pero era de esos productos donde, como explicaba al comienzo, los talentos reunidos generaban algo digno. Aquí, en cambio, todo lo que podía salir mal… resultó peor.
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  • Gravedad
    Gravedad
    La Nación
    Muy pocas veces en la vida nos enfrentamos como espectadores a experiencias capaces de transformar nuestro modo de ver, pensar y sentir el cine. Gravedad es uno de esos hitos, una proeza técnica, una verdadera hazaña visual que nos atrapa, nos seduce, nos angustia, nos fascina y nos aterra para, en definitiva, contarnos una historia clásica de traumas íntimos, catástrofes extraordinarias, supervivencia y redención.

    El talentoso director mexicano Alfonso Cuarón que ya había brillado con títulos tan disímiles como Y tu mamá también, Harry Potter y el prisionero de Azkab a n y Niños del hombre construye una película de ciencia ficción vanguardista y al mismo tiempo de extrema sencillez, un sofisticado ballet cinematográfico que se disfruta tanto con la mente como con el cuerpo. Es que muy pocas veces el cine ha conseguido transmitir la experiencia física en toda su intensidad y dimensión como en las largas y virtuosas escenas de "caminatas" espaciales que Sandra Bullock y George Clooney hacen durante los comprimidos, precisos, 90 minutos del film.

    El primer plano-secuencia de unos 13 minutos sin cortes (o con cortes que no se aprecian) va directo al top 10 de las mejores aperturas de todos los tiempos. Ese arranque nos permite conocer al veterano Matt Kowalsky (Clooney haciendo de Clooney y aportando una aquí bienvenida dosis de humor y seducción), en la que es la última expedición de su carrera; y a la doctora Ryan Stone (Bullock), que está dando sus primeros pasos para la NASA. O sea, el viejo pero siempre eficaz contraste entre aquel que se las sabe todas y alguien que ni siquiera alcanzó a superar todos los tests en el simulador de vuelo.

    Serán ellos dos (y la voz del gran Ed Harris desde la base en Houston) los únicos protagonistas de este relato ambientado, claro, en el espacio más precisamente, a 600 kilómetros de la Tierra (que se ve imponente a esa distancia) y en distintas estaciones (estadounidenses, rusas, chinas), desde donde los personajes intentarán concretar su regreso a casa en medio de una lluvia de desechos satelitales que generan una reacción en cadena.

    Gravedad es de esas películas que como 2001, odisea del espacio , Avatar , El abismo o Alien (compárese la Stone de Bullock con la Ripley de Sigourney Weaver) consiguen revolucionar los aspectos técnicos de una industria como la de Hollywood, pero sin por eso descuidar jamás la narración y el impacto emotivo. Aquí, además, los Cuarón (Alfonso escribió el guión con su hijo Jonás) alcanzan picos místicos (hay revelaciones siempre justificadas) y líricos que convierten a este ensayo sobre la soledad y el aislamiento en una reflexión de múltiples connotaciones y lecturas posibles.

    Tras tantos films que abusaron del recurso del 3D sin ninguna justificación artística (y abrumando al público), Gravedad es uno de los primeros en los que la estereoscopía nos provoca una sensación de inmersión, nos traslada a la profundidad, oscuridad y fragilidad del espacio exterior, nos hace sentir la liviandad de esos cuerpos que flotan a la deriva y a partir de una extraordinaria utilización de la cámara subjetiva nos hace compartir el punto de vista de los personajes.

    Si ese trabajo visual es asombroso, no menos inteligente es la utilización del sonido (o incluso la falta del mismo en el espacio). Uno puede ver una explosión o un golpe y escuchar apenas lo que los protagonistas alcanzan a transmitir a la central de la NASA en Houston. En una película con tanto silencio, el uso de la música (cada vez más altisonante e intrusiva a medida que avanza el relato) es el único aspecto objetable. Si se acepta esa "convención" hollywoodense, estamos en presencia de un film sublime, de esos que serán difíciles de olvidar por mucho tiempo.
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  • Los quiero a todos
    Sin miedo al ridículo

    Esta tragicomedia absolutamente audaz y desquiciada sobre personajes border retoma una obra de teatro que el propio Qulici había montado con estos mismos actores (todos impecables) y buscó darle una dinámica cinematográfica.

    El punto de partida es el reencuentro de seis amigos en una casa de campo. A partir de ese planteo, el director va narrando distintos momentos -situaciones casi siempre extremas, con momentos absurdos y hasta perversos- de cada uno de estos personajes dominados por la angustia, los traumas y la insatisfacción.

    Quilici consigue algunas escenas (que son como pequeños cortos autónomos) donde afloran su capacidad para los diálogos siempre descarnados y para vistosas puestas de cámara. En otras, en cambio, cede a cierta crueldad y patetismo a-lo-Todd Solondz que pueden irritar a más de uno. De todas maneras, aún con sus desniveles, estamos ante una película provocadora e inquietante y ante un director con talento y sin miedo al ridículo.
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  • Blue Jasmine
    Blue Jasmine
    Otros Cines
    La reinvención de Woody

    Los grandes directores son esos que -entre otras cosas- son capaces de sorprender, de renovarse, de reinventarse cuando la mayoría de los espectadores ya los dan por “hechos”. De Woody Allen ya no esperaba más que películas simpáticas, ocurrentes, ingeniosas, más o menos inspiradas, pero siempre menores, sustentadas casi siempre en una sola idea/premisa con cierto gancho. Match Point y Medianoche en París no estaban mal, es cierto, pero tampoco fueron las genialidades que sus fans incondicionales aclamaban.

    No creo que Blue Jasmine alcance a ser una obra maestra, pero queda muy cerca. Es, sin dudas, la película más profunda, inteligente e inquietante que Woody hizo en mucho, muchísimo tiempo. Es un salto cualitativo enorme -en todos los terrenos que se puedan analizar- frente a la flojísima A Roma con amor, un regreso con gloria cuando la mayoría de los cineastas a los 77 años ya está de vuelta o a punto de colgar los botines.

    Luego de su tour europeo (Londres, Barcelona, París, Roma), Woody vuelve a su país (Nueva York y San Francisco en este caso) y parece recuperar el pulso perdido. Es como si con este regreso a casa se hubiese enfocado en contar una historia intensa y provocativa, y no en construir institucionales turísticos al mejor postor (léase las ciudades que le financian sus emprendimientos en el Viejo Continente).

    Famoso por su trabajo con decenas de actrices (empezando, claro, por sus musas Diane Keaton y Mia Farrow), Allen suma a su galería de (anti)heroínas a una inmensa, descomunal, deslumbrante Cate Blanchett, en una interpretación pletórica de matices (es graciosa y triste, querible y detestable a la vez) que le valdrán decenas de nominaciones y premios de aquí al Oscar.

    Blanchett es Jasmine French, una sofisticada cuarentona de Park Avenue caída en desgracia. En efecto, la película está narrada con elegancia entre dos tiempos. Por un lado, conocemos el pasado a través de su matrimonio con Hal (Alec Baldwin), un financista y filántropo a-la-Bernie Madoff que construye una fortuna a base de fraudes, estafas y engaños (incluso hacia ella). Pero, claro, todo terminará de la peor manera.

    En la actualidad la protagonista sigue con sus vestuarios y accesorios de Channel y Hermès, pero no tiene ni un centavo. Así, recala en lo de su hermanastra Ginger (Sally Hawkins), una divorciada con dos hijos que deja de lado los múltiples desaires de Jasmine y la recibe en su casa de San Francisco. De su pasado despreocupado de compras compulsivas, yoga, pilates y cenas benéficas, la ex millonaria pasará a vivir de prestado, a estudiar computación y a trabajar como recepcionista en un consultorio odontológico.

    Jasmine es una auténtica alma en pena. Alcohólica y adicta a las pastillas (no hay frasco de Xanax que le alcance), subsiste en medio de una angustia permanente que la lleva a ataques de pánico y colapsos nerviosos. Pero es, también, una mujer brillante y manipuladora, cínica y cruel, a la que Woody describe muchas veces de una manera tan sádica que en la comparación los hermanos Coen parecen directores contratados por Disney.

    El maestro neoyorquino obliga a Blanchett en este tour-de-force a pendular entre la verborragia desbordante y silencios tan o más incómodos todavía con la mirada perdida y el semblante devastado. Juntos, logran esa verdadera hazaña cinematográfica que consiste en dotar de humor y ligereza a los momentos más pesados y trágicos, y darle carnadura y múltiples connotaciones a las situaciones aparentemente más livianas.

    Woody -fiel a su costumbre- contrapone los universos de la burguesía codiciosa de Manhattan con esos héroes de la clase trabajadora (albañiles, empleadas de supermercado) que parecen salidos de un film de Mike Leigh, pero esta vez los extremos se unen en una mirada siempre desoladora y desencantada donde imperan el machismo y la desesperación.

    En esta fábula moral que ha sido comparada varias veces con Un tranvía llamado deseo (obra que la misma Blanchett hizo en Broadway) y que significa una vuelta superadora a algunas cuestiones esbozadas en Crímenes y pecados hay lugar no sólo para las contradicciones entre ambas medio hermanas, sino también para el lucimiento de varios secundarios masculinos: el seductor sin alma de Baldwin, el ex marido de Ginger (Andrew Dice Clay), el actual novio de ella (Bobby Cannavale), un amante ocasional (Louis C.K.), un dentista acosador (Michael Stuhlbarg) y un diplomático ricachón con ambiciones políticas (Peter Sarsgaard), que podría ser la salvación de Jasmine.

    Más allá del notable trabajo de casting y del lugar destacado que Allen le da a cada uno de esos personajes, Blue Jasmine es un one-woman show. Es que la película está pensada para, enfocada en y sostenida por Cate Blanchett, una mujer que puede fascinarnos por su belleza, aterrarnos por su maldad, conmovernos con su llanto e indignarnos con sus desplantes iracundos. Una protagonista que ni el mejor Pedro Almodóvar hubiese imaginado posible. Una actuación prodigiosa para una película que reivindica por completo a este Woody maduro y, esta vez sí, brillante.
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  • Dromómanos
    Dromómanos
    Otros Cines
    Regreso a las fuentes

    Luego de tres películas ambiciosas, recargadas, "hiper" producidas como Monobloc, Los santos sucios y Verano maldito, Luis Ortega regresa al espíritu más libre, despojado y poético de su ópera prima, Caja negra, que lo encumbró en 2002 como una de las grandes esperanzas del por entonces Nuevo Cine Argentino.

    Pasó una década (aunque Ortega sigue siendo muy joven: apenas 33 años) y encontramos otra vez a la cámara despierta, curiosa del director siguiendo a media docena de dromómanos, marginados (ojo: no marginales), que vagan por el mundo, desconectados del y desatendidos por el sistema.

    Son pobres y están un poco locos, por lo menos desde el punto de vista de la "normalidad" social. Ortega los muestra en su angustia, su desesperación, pero también en su intimidad, en esos momentos en los que irrumpe la sana convivencia, el humor y, por qué no, algún brote de felicidad.

    Ortega filma con varias cámaras -siempre en mano y premeditadamente "nerviosas"- para transmitir la sensación de precariedad, tensión y urgencia. En los momentos más inspirados, logra cierta intensidad, ternura y lirismo en las situaciones que construye; sin embargo, durante muchos pasajes, la película se pierde en su propio caos y abruma.

    Más allá de sus desniveles, bienvenido sea el regreso del Ortega más independiente, libre, autogestionario. Un director que busca (a veces, encuentra), que prueba, que intenta no repetirse. Ya tiene cinco películas y, por su edad, su sensibilidad y su convicción, vendrán muchas más.
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  • 20.000 Besos
    20.000 Besos
    La Nación
    Con películas como Días de vinilo o 20.000 besos , el cine argentino comienza a apostar por esas comedias generacionales que tanto abundan en la producción independiente norteamericana y que intentan (mediante una mirada bastante coral) sintonizar con algunos comportamientos, sentimientos, obsesiones y códigos de determinado tiempo y un lugar (en este caso, los porteños de treinta y pico).

    La nostalgia precoz, las inseguridades afectivas, una adolescencia que se niega a ser abandonada y las lealtades entre amigos son algunos aspectos que el guionista Sebastián Rotstein y el director Sebastián De Caro describen en este film modesto y amable, que por momentos se queda en la exposición de su propia mitología y del fetichismo por sus personajes favoritos (reverencian a héroes como el Sylvester Stallone de Rocky o Jim Morrison, a los personajes de Star Wars o Volver al futuro , a los clásicos videojuegos arcade y a casi todo ese universo vintage hoy tan de moda en el ideario nerd ), pero que aun en su superficialidad y en su buscada liviandad termina siendo irresistible, al menos para quienes puedan identificarse por gustos o edades con algunas de esas cuestiones.

    El antihéroe perfecto de 20.000 besos es Juan (Walter Cornás), un joven que ha terminado una relación de tres años con su novia, para alegría de sus cuatro amigos (Gastón Pauls, Clemente Cancela, Alan Sabbagh y Alberto Rojas Apel) que de alguna manera sienten que lo "recuperan". Deprimido, agobiado, viviendo de prestado en el sofá de Goldstein (Pauls), Juan se topa con un encargo de su delirante jefe (Eduardo Blanco), que lo obliga a trabajar con Luciana (Carla Quevedo), una chica de espíritu y gustos opuestos (es risueña, naïf, optimista, lúdica y entusiasta).

    En esta nueva etapa de su vida se amplifican las dudas, las angustias y las contradicciones del protagonista que la película explora y explota con humor negro y con varias agradables canciones pop de Cosmo de fondo. Comedia testosterónica (las mujeres están omnipresentes en las fantasías/pesadillas masculinas, pero tienen un papel bastante secundario y lateral), 20.000 besos surge -más allá de sus convenciones y hasta de sus limitaciones- como una muy digna y atractiva propuesta sobre jóvenes perdedores, pero a pesar de eso (¿o por eso?) siempre queribles.
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  • Elysium
    Elysium
    La Nación
    En 2009, el joven director sudafricano Neill Blomkamp sorprendió al mundo con su ópera prima, Sector 9 , sobre unos extraterrestres que vivían esclavizados en la Tierra. Cuatro años más tarde regresa con otro film de ciencia ficción apocalíptica, pero esta vez las profundas diferencias sociales se manifiestan entre los humanos y no con otras civilizaciones.

    En efecto, nuestro planeta se ha convertido en 2154 en un gran basural, una acumulación de barrios carenciados donde millones de personas (en su mayoría latinos) viven hacinados y subsisten con precarios empleos en maquiladoras (la historia transcurre en Los Ángeles, pero fue filmada casi íntegramente en México). Sin embargo, no todos sufren esas condiciones infrahumanas, ya que las clases dominantes se han trasladado a un planeta artificial creado en las cercanías (apenas a 19 minutos de vuelo) donde todo medio ambiente, seguridad, salud es armónico e impecable. Algo así como un barrio privado... en el espacio.

    La épica futurista tiene claras alegorías y paralelismos con el presente. Los pobres latinos gracias a los costosos servicios de unos mercenarios tratan de ingresar de forma clandestina a Elysium para aprovechar sus beneficios, pero claro allí impera un rígido sistema de defensa supervisado por la cínica y manipuladora Delacourt (Jodie Foster).

    El protagonista del film es Max (Matt Damon), un hombre en libertad condicional que recibe una descarga radiactiva en la fábrica donde trabaja y al que, por lo tanto, le quedarán sólo cinco días de vida. En ese lapso deberá llevar a cabo una misión casi suicida encargada por un contrabandista devenido en una suerte de líder rebelde (gran trabajo del brasileño Wagner Moura) para luego recibir como recompensa un viaje a Elysium y aprovechar allí los últimos adelantos tecnológicos que podrían curarlo.

    Más allá de las referencias a las distopías de Philip K. Dick y a clásicos como Metrópolis y Blade Runner, y del logrado trabajo visual que contrapone la degradación de la Tierra con la pulcritud de Elysium , la película termina apostando por un enfrentamiento entre ese hombre común devenido en héroe que tan bien encarna Matt Damon y los malvados de turno (el empresario William Fichtner, la funcionaria Jodie Foster y la máquina de matar que interpreta el gran Sharlto Copley). Por supuesto, no falta una subtrama romántica con una atractiva médica (Alice Braga).

    Si el espectador pasa por alto cierta obviedad de la mirada sociopolítica (en Sector 9 era el apartheid y aquí es el conflicto inmigratorio entre México y los Estados Unidos), Elysium termina siendo un producto de género bastante eficaz y disfrutable. Las metáforas subrayadas, los mensajes ingenuos, y en definitiva banales, esta vez son lo de menos.
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  • Cassandra
    Cassandra
    Otros Cines
    Busco su destino

    Una joven periodista (Agustina Muñoz) ingresa como becaria a la redacción de una revista y recibe como primer encargo de su editor (Alan Pauls) un viaje al Impenetrable chaqueño. Allí, Cassandra descubrirá lo extremo de la pobreza y la intensidad de esa experiencia irá modificando no sólo el compromiso y el tenor de los textos y fotos que va enviando sino incluso su propio destino.

    Con una propuesta que combina lo ficcional con lo documental (en la línea de Los labios, de Santiago Loza e Iván Fund), Oliveira Cézar construye un patchwork visual, un collage narrativo para una suerte de rompecabezas que propone un doble viaje: interno y externo.

    El problema principal es que la directora de Como pasan las horas, Extranjera y El recuento de los daños -más allá de varios interesantes pasajes y de su habitual categoría en el entramado visual- no consigue que el espectador se compenetre con (ni comprenda demasiado bien) los cambios que va viviendo la protagonista.

    Así, las "explicaciones" quedan a cargo de la por momentos recargada, a veces literaria y siempre solemne voz en off de Pauls, que se convierte en narrador y luego en motor de la búsqueda de Cassandra. Las diversas propuestas de Oliveira Cézar son interesantes de a ratos o analizadas de manera aislada, pero la falta de organicidad e intensidad terminan conspirando esta vez contra el resultado final.
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  • Imágenes paganas
    Vicios y virtudes del rockumental de tributo

    Luego de codirigir Buen día, día, documental dedicado a la figura de Miguel Abuelo, Sergio Cucho Costantino se ocupó -ya en solitario- de otro de los grandes mitos del rock argentino: Federico Moura.

    Como en aquella oportunidad, apela al patchwork estilístico y narrativo al que es tan afecto el rockumental: una colorida mixtura de imágenes de shows en vivo, testimonio a cámara de otros integrantes de Virus, de familiares y amigos, fotografías, grabaciones en audio de entrevistas al propio Moura, y -en uno de los aspectos menos convincentes- una suerte de ficcionalizaciones, algo así como videoclips sobre una fan del protagonista y su propia historia de amor y opresión contada a través de las canciones del artista.

    Los materiales de archivo (en algunos casos incluso inéditos) son impecables, aunque no siempre de buena calidad (típico problema de la falta de conservación en la Argentina) y, en ese sentido, se nota que hubo un gran trabajo de investigación y de posproducción, pero al mismo tiempo al film se le extraña un punto de vista, un hilo narrativo, una idea rectora que sirva para darle mayor fuerza y cohesión a una narración por momento algo deshilachada.

    Hay aspectos logrados (como la búsqueda de describir el espíritu de época de esos años ’80 -fines de la dictadura y comienzos de la primavera democrática- en La Plata) y hay otros que el director prefirió no desarrollar demasiado (como la degradación final por el SIDA que terminó con su vida en 1988).

    Más allá del claro sentido de documental “oficial”/de homenaje, de ser un film que no pretende ahondar en las contradicciones ni miserias del artista y sí exaltar la celebración generalizada de su genio artístico (que lo tuvo), el film alcanza ciertos picos emotivos (como el recuerdo que la familia hace de Jorge Moura, el hermano mayor secuestrado y desaparecido en 1977) e íntimos (como las declaraciones de la madre). Son verdaderos hallazgos dentro de una película siempre correcta y disfrutable.
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  • Las amigas
    Las amigas
    Otros Cines
    Género

    Prolífico y audaz como pocos, Pécora sigue haciendo sin descanso cortos, medio y largometrajes en los que combina su pasión por el cine clásico, por la fotografía, por la literatura, por lo narrativo y por lo experimental. Aquí, se mete con el vampirismo (y el canibalismo) a partir de la historia de cuatro amigas depredadoras que conviven en una decadente mansión. Súpero 8 + blanco y negro + color + efectos que remedan la estética (y las copias gastadas) de las primeras películas mudas. Pécora juega al (y con el) cine, apelando a todas sus posibilidades estéticas (las texturas y los contrastes de las imágenes) y un relato cuyo tono y climas remedan a los de los surrealistas. Una buena decisión la de incluir en la sección Vanguardia y Género del último BAFICI los 35 minutos de Las amigas, que son, efectivamente, tanto de “vanguardia” como también de “género”.
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  • Hábitat
    Hábitat
    Otros Cines
    Vanguardia

    Planos fijos (menos el último) de unos 10 a 15 segundos cada uno sobre una Buenos Aires vacía. Sí, edificios, casas, calles, parques, talleres, fábricas, bares y subterráneos filmados en esos raros momentos del día en que están sin gente. Si la idea del director de Martin Blaszko III puede sonar en principio demasiado “programática”, el resultado (desde lo cinematográfico, lo arquitectónico y lo sensorial) es muy interesante. Y más que eso: este mediometraje a-lo-James Benning tiene bastante de inquietante, fantasmagórico y, por qué no, apocalíptico ¡Qué absurda y contradictoria es la ciudad! ¡Y qué linda es sin gente!
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  • De martes a martes
    Vigilar y castigar

    El protagonista de esta ópera prima del reconocido asistente de dirección y operador de steadycam Gustavo Triviño tiene unos cuantos puntos en común con el de la notable película uruguaya Gigante, de Adrián Biniez. Juan Benitez (Pablo Pinto) también es un "urso" bonachón, de esos que aguantan puteadas, malos tratos, abusos degradantes y miradas prejuiciosas sin apelar a la enorme fuerza que poseen (hasta que...).

    Mientras soporta su rutina en una fábrica textil, las horas extras como patovica en fiestas conchetas (donde también es objeto de no pocas burlas) y los constantes reclamos de sus seres queridos, sueña con juntar el dinero necesario para abrir un gimnasio propio (es un apasionado por el trabajo corporal con aparatos).

    En medio de la dinámica barrial del relato nuestro antihéroe es testigo de la violación de una atractiva y simpática joven que atendía un quiosco de la zona y coqueteaba con él, pero -en vez de denunciar el hecho- decide chantajear al culpable (un “villano” interpretado por Alejandro Awada). Allí arranca el costado moral del relato, que resulta bastante más polémico y discutible que su formidable primera mitad (la presentación del personaje y su universo).

    De todas maneras, más allá de la lógica discusión que generará en el terreno extra cinematográfico (hay algo clínico y bastante acrítico en la mirada), esta carta de presentación de Triviño lo muestra como un narrador de gran solidez y con múltiples recursos. Habrá que estar muy atento, por lo tanto, a su promisoria carrera como realizador.
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  • Starlet
    Starlet
    Otros Cines
    Dos almas en pena (opuestas y complementarias)

    El director de Take Out (2004) y Prince of Broadway (2008) -ambas también vistas en el BAFICI- se vuelve un poco (sólo un poco) más mainstream y convencional con esta historia sobre Jane/Tess (Dree Hemingway, de la dinastía iniciada por Ernest e hija de Mariel), una muy atractiva veinteañera que vive en el San Fernando Valley de California y se gana la vida como actriz (generalmente porno). Ella vive con su chihuahua, con una amiga/colega drogona y con un muchacho también bastante torpe e inestable.

    Su vida cambia por completo cuando le compra a una anciana llamada Sadie (la octogenaria Besedka Johnson, toda una revelación porque no tenía experiencia previa en cine) un termo que en su interior tiene 10.000 dólares que pertenecían a su marido muerto. La joven -entre intrigada y culpógena- empieza a frecuentar cada vez más a la tiránica vieja y, entre desayunos y juegos de bingo, irá surgiendo entre ellas una particular relación.

    El film -una agridulce y absurda historia sobre los códigos femeninos y la conexión entre dos almas en pena- se sigue con interés (es divertida la mirada al negocio del porno actual y hasta hay algunas escenas de sexo bastante explícitas) y no hay nada que desentone demasiado a nivel de puesta en escena o actuaciones (todas impecables), aunque Baker se pone aquí -sobre todo al final- algo más sentimental y trascendente que en films anteriores. De todas formas, se trata de un muy buen exponente de ese cine indie americano (el de bajo presupuesto, no el de los Harvey Weinstein) que ya prácticamente no llega a las salas argentinas.
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  • La noche de la expiación
    Este segundo largometraje de James DeMonaco ( El estado de la mafia ) fue otro de los fenómenos comerciales recientes del cine de terror de bajo presupuesto en el mercado de los Estados Unidos. A partir de un esquema ya bastante trillado dentro del género (una familia resiste dentro de su casa el ataque de extraños), le agrega en su planteo inicial lo que en principio aparece como un interesante componente sociopolítico: estamos en 2022 y las tasas de criminalidad, desempleo y pobreza han llegado a un mínimo histórico ¿Las causas? Todos los años, durante 12 horas, el gobierno con el apoyo casi unánime de la sociedad avala "la noche de la expiación" a la que alude el título, período en el que están permitidos todos los crímenes. En efecto, los habitantes están autorizados a robar, violar y matar para descargar toda su frustración, su furia, su resentimiento... Así, podrán ser ciudadanos ejemplares los 364 días restantes.

    El protagonista es James Sandin (Ethan Hawke), exitoso ejecutivo de ventas de sistemas de seguridad para hogares y ejemplar padre de una familia que vive en un barrio cerrado y que se completa con la madre/ama de casa (Lena Headley), una hija adolescente que está en pleno despertar sexual (Adelaide Kane) y un hijo menor experto en tecnología (Max Burkholder). Pero, claro, las cosas no salen como estaban previstas. Un desconocido afroamericano ingresa a la casa en plena noche y, al poco tiempo, un grupo de jóvenes racistas de clase alta llega para cazarlo. El dilema para James es acuciante: ¿sacrificar al extraño para preservar a sus seres queridos o defenderse (todos están armados hasta los dientes) hasta las últimas consecuencias?

    El film arranca con una inquietante mirada a la paranoia burguesa a-lo-Michael Haneke, luego deriva hacia el homenaje a La naranja mecánica (el carismático líder de los invasores parece concebido a semejanza del Alex de Malcolm McDowell), y finalmente cede a la tentación del baño de sangre con excesos sádicos que celebrarán algunos y abrumarán (decepcionarán) a otros. Más allá de la distinta sensibilidad de cada espectador, no se trata de una propuesta del todo desdeñable, pero también es cierto que deja una sensación frustrante. Muchas buenas ideas poco desarrolladas y aprovechadas.
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  • Historias breves 8
    El futuro ya llegó (otra vez)

    Historias Breves, el ya mítico concurso de cortometrajes organizado por el INCAA, fue fundamental en el surgimiento del denominado Nuevo Cine Argentino (NCA). Directores como Israel Adrián Caetano, Daniel Burman, Lucrecia Martel, Rodrigo Moreno y Ulises Rosell, por nombrar sólo algunos, se consagraron gracias a esta iniciativa surgida en 1995 y que -con todos sus problemas de continuidad y sus dificultades de concreción- ya va por su octava entrega. Un hecho para celebrar.

    No es fácil para los nueve realizadores aquí seleccionados la comparación con aquellos talentos que descollaron en los primeros años de esta iniciativa, pero el nivel general de esta edición resultó más que digno. En principio, llama la atención el excelente nivel técnico de todos los trabajos. Más allá de que estos premios permiten contar con recursos que muy pocos cortometrajistas podrían conseguir de forma independiente (en muchos casos hay incluso aportes de intérpretes y directores de fotografía de notables trayectorias), el acabado formal es impecable y, por lo tanto, la visión del conjunto resulta por demás placentera.

    Otra característica distintiva es la predilección por el cine de género, por una narración más bien clásica y no tan ligada a la experimentación: hay varias propuestas de terror, un par de thrillers psicológicos y algo de drama y comedia negra. Hasta las miradas a cuestiones más extremas como el bullying en un colegio secundario de varones (Superficies, de Martín Aliaga) o las consecuencias de la última dictadura militar que aún hoy se siguen percibiendo (El olvido, de Fermín Rivera) fueron trabajadas apelando a la tensión y el suspenso, y no a la declamación o a la verborragia.

    Historias Breves 8 arranca muy bien con De cómo Hipólito Vázquez encontró magia donde no buscaba, de Matías Rubio, reivindicación de lo más genuino del fútbol en medio de un negocio cada vez más deshumanizado (en esta propuesta que mixtura casi todos los géneros posibles hay una participación especial de Víctor Hugo Morales); y casi sobre el final aparece una gema como la sangrienta Liebre 105, de los hermanos Sebastián y Federico Rotstein, que juega con los códigos y convenciones del cine de horror y hace un uso excepcional de una locación como el estacionamiento vacío de un centro comercial de madrugada.

    En el medio, también se destaca El conductor, film de Maximiliano Torres que describe los conflictos de un matrimonio (Sergio Boris y Celina Font) que viaja con sus hijos de vacaciones. El creciente malestar de la pareja y de los chicos en el espacio cerrado y en movimiento de un auto (el marido va manejando a toda velocidad) tiene sobre el final un inesperado elemento adicional que potencia y amplifica ese clima ya de por sí perturbador.

    Por su parte, la vistosa Vida nueva, de Lucas Santa Ana, retrata con un dejo de melancolía el amor a diferentes edades (abuelos, padres, hijos) en el ámbito de un viejo edificio (con algo del de Séptimo) y en el contexto de una noche de Navidad, cuando todos los sentimientos se exacerban. El ramal, de Mena Duarte; y El Desafío, de Andrés Arduin, comparten una apuesta bastante más oscura e intrigante: son dignos exponentes del thriller (psicológico-erótico el primero; con elementos fantásticos el segundo) que demuestran que -más allá de los inevitables desniveles- hay una gran destreza y un indudable oficio en todos los jóvenes realizadores elegidos para esta nueva edición de Historias Breves.
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  • Caídos del mapa
    Caídos del mapa
    Otros Cines
    Huele a espíritu preadolescente

    Esta crítica me generará -no tengo dudas- muchos detractores (y van…, je). Es que Caídos del mapa es una saga literaria amada por padres e hijos desde hace casi dos décadas. Es lo más parecido -y no hay nada peyorativo en esta afirmación- que el mercado editorial local ha construido en la línea de franquicias juveniles como la de Harry Potter. Ya van 10 novelas (la 11ª está en camino) y el fenómeno sigue creciendo cual bola de nieve. Su paso al cine, por lo tanto, era casi inevitable. Y muy esperado.

    Quería que me gustara. Hice muchos esfuerzos. Le puse “onda”, pero salí del microcine de su distribuidora (que la exhibió en una poco estimulante copia en DVD, imagino la furia de sus realizadores y técnicos al enterarse de esta noticia) con cierta decepción. Creo -intuyo- que la película va a funcionar razonablemente bien, que la transposición a cargo de la propia María Inés Falconi sintoniza con los chicos de estos tiempos, aunque sus principales valores son… extra cinematográficos.

    Pero aquí estamos hablando de películas y no esbozando análisis sociológicos. Y, aún reconociendo su digna factura y la elección de un interesante elenco de chicos acompañado por reconocidos intérpretes adultos en personajes secundarios, Caídos del mapa casi nunca consigue la fluidez, la credibilidad, los climas necesarios como para convertirse en una buena película de aventuras preadolescentes, en un entretenimiento del todo estimulante.

    Luego de una descripción (con bastante trazo grueso y no pocos clichés) de cada uno de los protagonistas (compañeros de clase del séptimo grado de una escuela primaria) seguiremos a los cuatro chicos (Federico, Paula, Graciela y Fabián) que deciden “hacerse la rata” para evitar a la insufrible maestra de Geografía (a.k.a La Foca) y terminan en el abandonado y sórdido subsuelo del colegio. Allí deberían comenzar los eventos más audaces y fascinantes, pero la película nunca supera una medianía bastante anodina.

    Hay un romance latente entre el líder del grupo, Federico, y la encantadora Graciela (ese amor-odio calcado de la relación entre Ron y Hermione en la citada Harry Potter) y está la malvada de turno (Miriam, la olfa, traga, buchona, resentida). Y también hay una larga escena en la que los muchachos deben trepar un muro con unos guardapolvos atados a modo de soga. Es un momento clave del film y está mal construido, traicionando el verosímil más básico de la narración cinematográfica.

    Es probable (me cuentan que los chicos que la vieron en los preestrenos salieron fascinados) que ningún espectador juvenil repare en esos u otros “detalles” formales y que la fascinación de apreciar a sus personajes favoritos saltando del papel a la pantalla, más la identificación de ver y escuchar a otros chicos hablando en su “idioma” y viviendo sus mismos problemas, alcance para que estemos en presencia de un éxito comercial. Si así es -y entonces vendrán nuevas películas de esta saga-, habrá que subir un peldaño para que el disfrute sea completo (para todas las edades) y el resultado final, más convincente.
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  • Chicas armadas y peligrosas
    ¡Vivan las antípodas!

    La nueva película de Paul Feig (director de la notable Damas en guerra) es una típica cop-buddy movie, pero con protagonistas femeninas (y espíritu feminista). El film adscribe a todos los clichés del subgénero pareja-despareja (dos detectives opuestas entre sí que primero se odian y, claro, terminarán siendo compinches); y, si bien podían esperarse mayor cantidad de pasajes inspirados y de carcajadas, el resultado es bastante entretenido y disfrutable.

    La elección de las dos protagonistas es el mayor acierto del film: Sandra Bullock es Sarah Ashburn, una solitaria agente del FBI tan obsesiva y eficaz como arrogante e insufrible (odiada por sus colegas). Su jefe (el mexicano Demian Bichir) la envía a Boston para una misión que podría darle su anhelado ascenso: desbaratar una organización de narcotraficantes. El mismo caso está siendo investigado por Shannon Mullins (Melissa McCarthy), una ruda policía de la ciudad no menos eficaz, pero apelando siempre a métodos bastante más brutales.

    McCarthy, que ya había descollado con Feig en Damas en guerra, da rienda suelta a su proverbial capacidad para el humor físico (con más hallazgos que en la reciente Ladrona de identidades) y demuestra -como bien sostuvo Marina Yuszczuk en esta columna- que es una de las grandes comediantes de estos tiempos. Si bien no siempre alcanza una química perfecta (alternan grandes momentos con varios otros poco trascendentes), la dupla McCarthy-Bullock es el gran atractivo, el gancho comercial y la principal justificación de esta comedia de acción y enredos.

    Con un guión más aceitado, con un mayor desparpajo (Feig lo tiene, pero aquí parece demasiado contenido), con algunos lugares comunes menos, Chicas armadas y peligrosas podría haber sido una muy buena comedia. Se quedó a mitad de camino, es cierto, pero igual vale la pena.
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  • Son como niños 2
    Triste comedia sin audacia

    En 2010, Son como niños recaudó 162 millones de dólares sólo en los Estados Unidos con su fórmula del reencuentro de un grupo de viejos compañeros de colegio que deciden pasar juntos (con sus disfuncionales familias) un fin de semana largo fuera de la ciudad.

    La inevitable secuela tardó sólo tres años en llegar y el resultado es aún peor que aquel ya muy pobre film original. Otra vez con Dennis Dugan como director (es el cineasta preferido de Adam Sandler, con quien supo hacer películas bastante más que dignas como Un papá genial y No te metas con Zohan ), esta segunda entrega reúne a populares comediantes, como el apuntado Sandler, Chris Rock y Kevin James, para una nueva acumulación de bromas de mal gusto, lugares comunes, escatología, machismo y misoginia.

    Uno de los mayores desafíos de ver Son como niños 2 consiste en encontrar un gag inspirado, algún mínimo logro cinematográfico. Quien esto escribe no lo halló durante la larga hora y media de desventuras. Todo parece haber sido concebido con el mayor de los descuidos, con la más absoluta impunidad. Pero -y ése es el problema- no se trata de improvisación ni falta de recursos. Aquí se invirtieron 80 millones de dólares y participaron técnicos de reconocida trayectoria en la industria de Hollywood. Sin embargo, todo lo que podía salir mal resultó aún peor.

    La idea de adultos comportándose como niños (de allí el título) no tiene por qué derivar en algo tan primitivo y superficial. Pero estos personajes, que se quejan todo el tiempo de sus matrimonios (penoso el lugar estereotipado y prejuicioso que les dan a las esposas que interpretan Salma Hayek, Maya Rudolph y Maria Bello) y de sus hijos, que quieren "fiesta" para liberarse, se quedan luego en la promesa del descontrol para una película que termina siendo torpe, banal y hasta concesiva.

    Nadie pide que una comedia sobre cuarentones en plan adolescente sea profunda o apele al ensayo sociológico, pero sí que tenga un mínimo de audacia y desenfado, que divierta y entretenga. Esta propuesta, en cambio, sólo tiene que ver con flatulencias, eructos y testosterona. Y eso es (casi) todo.

    Lo preocupante es que con esos rudimentarios elementos Son como niños 2 recaudó más de 130 millones de dólares en los cines norteamericanos. No sería extraño, entonces, que se hiciera una tercera parte. Los productores (el propio Sandler es el principal) apelan a la máxima que impera en el negocio: el público siempre tiene la razón? ¿Siempre?
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  • Buscadores de identidades robadas
    El director de Las patas de la mentira y El Nuremberg argentino reconstruye en este documental la historia y el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), responsable de haber identificado casi 600 cadáveres enterrados como NN en fosas comunes durante la última dictadura y de haber encarado trabajos similares en varios otros países.

    El resultado de esta investigación es un documental de gran interés y valor testimonial, aunque con una factura bastante elemental, un sentido decididamente didáctico y una clásica estructura televisiva; es decir, sin el más mínimo vuelo "cinematográfico": el triunfo del contenido por sobre la forma.

    El esquema narrativo es básico y está sostenido, sobre todo, por declaraciones a cámara mechadas por imágenes de archivo del período del Proceso, del histórico juicio a las juntas militares, de los noticieros de las distintas épocas y, claro, de las múltiples actividades del EAAF.

    El film describe la épica de aquellos antropólogos, arqueólogos y genetistas (a veces acompañados por médicos, biólogos y odontólogos forenses) que dedicaron años y décadas de sus vidas a que esos miles de restos enterrados o apilados alcanzaran su entidad, encontraran finalmente su nombre y apellido gracias a la técnica de identificar personas con el ADN de los huesos, comparándolos con el de familiares directos.

    "Hemos identificado a menos del 10 por ciento de las víctimas, eso habla de la modestia que debemos tener", dicen. Pero ese "poco" que consiguieron es muchísimo para decenas de familiares de desaparecidos que pudieron armar su rompecabezas íntimo y terminar el calvario.

    Formado en 1984, el EAAF contó con muy distintos apoyos (desde las Abuelas de Plaza de Mayo hasta la Conadep, pasando por múltiples jueces, el movimiento ecuménico y especialistas estadounidenses como Clyde Collins Snow y Eric Stover). Precisamente, la capacitación y financiación que el gobierno norteamericano le dio al equipo fueron motivo de más de un debate interno.

    La película crece en intensidad emocional cuando los protagonistas cuentan anécdotas más íntimas, personales, o cuando se describe brevemente algún caso de exhumación e identificación exitosa (algo que ya se había trabajado con mayor profundidad en el documental Tierra de Avellaneda , de Daniele Incalcaterra). Así, incluso con sus limitaciones narrativas, se trata de una historia que merecía ser contada y reivindicada.
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  • R.I.P.D. Policía del más allá
    Veo gente muerta (y una película ídem)

    En 2010 el alemán Robert Schwentke dirigió la muy simpática RED, comedia de acción con espíritu de cómic. Apenas tres años después estrenó uno de los flops (artísticos y comerciales) más tremendos del Hollywood reciente (costó 130 millones de dólares y recaudó “centavos”). Es que casi con los mismos elementos (humor, vértigo y origen de historieta) los resultados son casi opuestos: nada funciona en esta propuesta de los guionistas de Furia de titanes que remite (y hace añorar) a Los Cazafantasmas y Hombres de Negro.

    Ryan Reynolds es un detective de Boston asesinado por un colega corrupto (un malvadísimo Kevin Bacon) que termina en una suerte de purgatorio dentro del R.I.P.D. (Rest in Peace Department), la de policía del más allá del título que coordina Mary-Louise Parker y donde tendrá como compañero a un viejo cowboy (un desatado Jeff Bridges).

    Los gags a-la-buddy-movie nunca funcionan, el 3D es distractivo y sólo quedan en pie el show a pura exageración del gran Bridges y el trabajo vía CGI para concebir gigantescos y horrendos monstruos que los protagonistas deberán cazar. Demasiado poco para una película que costó mucha plata, pero tuvo muy pocas ideas.
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  • Dos armas letales
    Opuestos complementarios

    El título Dos armas letales remite bastante al de Arma mortal y la asociación que buscó la distribuidora local no es antojadiza. Esta nueva película de ese sólido artesano del cine de género que es el islandés Baltasar Kormákur tiene bastante de esas buddy-movies como la que protagonizaron Mel Gibson y Danny Glover o 48 horas, pero también de los diálogos y las situaciones extremas del pulp tarantinesco, de la estilización de Tony Scott, del noir a-lo-Elmore Leonard, del desparpajo del cine clase B y, claro, del espíritu del cómic bien sangriento (está basada en la aclamada novela gráfica de 2008).

    Con todos esos elementos, y con la presencia de dos excelentes actores como Mark Wahlberg y Denzel Washington, podía esperarse más que un aceptable film, de esos que se disfrutan sin demasiadas exigencias, pero que nos dejan con gusto a poco, con ganas de algo más.

    Y no es culpa de los protagonistas. Los dos astros (sobre todo Wahlberg, que venía de trabajar con Kormákur en la superior Contrabando) son lo mejor del film porque entienden cómo combinar el humor y la acción, y jugar con las contradicciones de sus personajes opuestos (el desinhibido, algo irresponsable de MW vs. el serio, contenido y riguroso de DW).

    La trama es un delirio, una acumulación de confabulaciones, traiciones, vueltas de tuerca y golpes de efecto que incluyen desde millonarios robos de bancos hasta la presencia de agentes de la CIA, del FBI, de la DEA, de la inteligencia militar y de los carteles mexicanos de la droga, todos -por supuesto- persiguiendo a nuestros dos antihéroes que, a pesar de sus diferencias, no tendrán más remedio que unir fuerzas para sobrevivir.

    Si Wahlberg (se) divierte y Washington impone su habitual presencia en cámara, el director de Invierno caliente le dedica buenos momentos a los secundarios más delirantes (Bill Paxton y Edward James Olmos), pero por momentos diluye el disfrute de las coreográficas escenas de acción apelando a demasiados cortes de montaje. De todas formas, el uso más bien austero de efectos visuales y la apuesta al humor negro son dos características que se agradecen dentro de una película limitada, pero en definitiva bastante agradable.
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  • Wakolda
    Wakolda
    Otros Cines
    Un nazi en mi mesa

    Wakolda es una producción de primer nivel y con una cuidada reconstrucción de época (1960) en la que intervienen compañías de varios países (Argentina, Francia, España, Noruega), realizada por una directora y escritora joven, talentosa y atractiva como Lucía Puenzo a partir de una novela propia, y sobre un tema complejo y controvertido como la presencia de los nazis en Bariloche. Todo servido, por lo tanto, para el debate cinéfilo (y también extracinematográfico) acalorado, apasionado.

    Esta nueva película de la realizadora de XXY y El niño pez tiene varias líneas argumentales (quizás demasiadas para sus 93 minutos) que se entrecruzan y en algunos casos se potencian entre sí: la llegada al sur de Josef Mengele (el español Alex Brendemühl) con la cobertura de una red clandestina que opera dentro de la comunidad germana; la relación que él establece con una pareja joven (Natalia Oreiro y Diego Peretti), que también arriba a la zona para reabrir una hostería familiar a orilla del lago Nahuel Huapi en la que el ex jerarca nazi decide hospedarse por seis meses; y -sobre todo- la mutua y enfermiza obsesión que se produce entre el protagonista y la hija del medio del matrimonio, Lilith, de doce años, que tiene problemas de crecimiento por haber nacido prematura. Hay más temas y subtramas: el despertar sexual preadolescente, la dinámica escolar en el colegio alemán, la fabricación de unas muñecas de porcelana (de allí e título del film), la caza de nazis por parte de agentes israelíes y, claro, los experimentos genéticos que hicieron tristemente célebre a Mengele.

    Más allá de la acumulación de capas (es una “cebolla” cinematográfica, un verdadero rompecabezas para armar y hay momentos en que al relato le cuesta respirar), cabe indicar que Puenzo maneja la mayoría de ellas con precisión, rigor, recato y delicadeza, apoyada en un sólido elenco que sortea con muchísimo profesionalismo el desafío del idioma (el 60 por ciento de la película está hablada en alemán y varios de ellos se aprendieron los diálogos por fonética).

    Wakolda tiene un arranque impecable en la presentación de los personajes y el contexto; en el medio la narración se "ameseta" un poco para recuperar su aliento en un desenlace a pura tensión y suspenso, cuando el melodrama familiar cede lugar a elementos propios del thriller. Con una narración más clásica que en sus dos films anteriores, Lucía Puenzo demuestra que puede abordar temas espinosos y provocadores sin caer en lugares comunes ni golpes bajos. Bien por ella.
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  • Cacería macabra
    El concepto de un grupo de personajes encerrado en una casona que resiste aterrorizado frente a una amenaza (ya sea humana o sobrenatural) no es precisamente novedoso dentro del género de terror. De hecho, este año varios estrenos norteamericanos abusaron de esa premisa, aunque -hay que admitirlo- con buenos resultados artísticos (La cabaña del terror, Posesión infernal, El conjuro y la inminente La noche de la expiación).

    Más allá de la inevitable repetición de algunas situaciones y conflictos, la fórmula también sigue dando sus frutos económicos (todos los títulos citados fueron de bajos presupuestos y notables recaudaciones) y, en ese sentido, esta película del muy joven y prolífico director Adam Wingard resulta otro más que digno exponente de ese horror sangriento que tiene como eje la paranoia de la burguesía (hay aquí un lejano parentesco con el cine de Michael Haneke).

    Un veterano matrimonio de muy buen pasar (él se acaba de jubilar y ella está medicada para sobrellevar diversos trastornos psicológicos) reúne a sus cuatro hijos (con sus respectivas parejas) en una casona que acaba de adquirir para celebrar los 35 años que llevan juntos. Las miserias, resentimientos y tensiones entre los hermanos de esa disfuncional familia no tardarán en aparecer.

    La vieja mansión está llena de ruidos, pero lo que en principio parece "otra de fenómenos paranormales" se convierte en algo bastante más terrenal. Los protagonistas son atacados (con ballestas, hachas, cuchillos) por misteriosos hombres disfrazados con cabezas de animales. La carnicería, por supuesto, será terrible (hay un espíritu gore pletórico de excesos que remite a los primeros films de Peter Jackson y Sam Raimi) y, en ese contexto, surgirá la figura de Erin, novia de uno de los muchachos. Interpretada por la desconocida actriz australiana Sharni Vinson, esta joven de armas tomar resulta la gran heroína (y principal revelación) de una película que no se destacará por su innovación, pero que constituye un sólido producto que ratifica eso de que no hace faltan muchos recursos cuando hay buenas ideas y convicción para concebir una película eficaz.
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  • El hombre de los puños de hierro
    Quentin Tarantino presenta es el "gancho" vendedor de esta película de artes marciales ¿Es Tarantino productor, director y/o guionista del film? No, apenas amigo e inspirador de RZA, el verdadero impulsor del proyecto, y de Eli Roth, quien aportó en la escritura de la historia.

    En su debut en la realización (también es el protagonista), RZA figura clave del hip hop con su notable banda Wu-Tang Clan propone un confusa, caótica y sólo por momentos atractiva acumulación de escenas de lucha cuerpo a cuerpo. Algunas tienen su espectacularidad, sus picos creativos en materia coreográfica, pero a esta altura nada que no se haya apreciado en decenas de películas, desde El tigre y el dragón hasta para seguir con Tarantino la saga de Kill Bill .

    El problema, de todas maneras, no está en ese puñado de set-pieces que los fans del wuxia sabrán valorar y disfrutar sino en el armazón, la estructura que le da sostén. Es que, aun aceptando las convenciones y superficialidades de la propuesta (que tiene mucho de espíritu de cómic), la trama es poco rigurosa y no demasiado atrapante. Todo es tan caprichoso y arbitrario que ni siquiera la voz en off (también a cargo de RZA) le da sentido y coherencia.

    Intentar resumir este pastiche premeditadamente ridículo no es tarea sencilla: en la China del siglo XIX, dos guerreros sádicos (Byron Mann y Cung Le) traicionan y matan al emperador para luego aterrorizar y someter al pueblo aprovechando los superpoderes de un gigante con cuerpo de hierro (el popular luchador Dave Bautista). El noble hijo del guerrero asesinado (Rick Yune), con la ayuda de un mercenario inglés (un siempre excesivo Russell Crowe) y de un herrero que supo ser esclavo (el propio RZA), intentarán combatir a los nuevos tiranos.

    RZA se divierte (pero no siempre divierte) con un festival gore (chorros de sangre que brotan de cabezas, brazos y piernas amputadas con espadas y hachas) filmado con todos los recursos imaginables: personajes que vuelan, mucha cámara lenta, pantalla dividida y un largo etcétera. La sensación, así, va más allá de cierto déjà vu o del "homenaje" cinéfilo para convertirse en un agotador reciclaje de elementos que ya se han visto varias (demasiadas) veces.
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  • Sólo para dos
    Sólo para dos
    Otros Cines
    Volver al pasado

    Cuesta creer que, en pleno 2013, el cine argentino nos “regale” una película como Sólo para dos. Esta coproducción con España y Venezuela rodada en un resort de la Isla Margarita por el también guionista madrileño Roberto Santiago atrasa 30, 40 años, y nos retrotrae a los peores exponentes de la picaresca de Argentina Sono Film (igual creo que esa factoría nunca cayó tan bajo).

    Lo que podía haber sido una comedia romántica con las fórmulas de Hollywood como modelo terminó en una latinoamericanada torpe, berreta, pintoresquista y costumbrista en la que no hay ni un instante ya no digo divertido sino mínimamente inspirado.

    Valentina (Martina Gusmán) y Gonzalo (Santi Millán) están casados desde hace diez años y regentean en ese balneario caribeño el hotel “para parejas” en medio de una cada vez más avanzada crisis matrimonial. Hasta allí llega, en el marco de un nuevo contingente, Mitch (Nicolás Cabré), abandonado a último momento por su flamante esposa (duraron tres días juntos).

    Lo que sigue es una sucesión de enredos amorosos (léase una acumulación de engaños y mentiras) que parecen improvisados. Por allí deambulan también personajes secundarios como Jairo (Antonio Garrido), un cantante de medio pelo que la va de Don Juán; o una empleada lugareña (la hermosa MariaNela Sinisterra, cuyo único objetivo en la trama parece ser mostrar sus pechos).

    Casi tan mala como esos conflictos sin sustancia, esa narración sin fluidez, esos diálogos gritados y esa falta de química actoral es la banda de sonido, siempre ampulosa, onmipresente y subrayada, que intenta generar en el espectador alguna sensación que no sea el tedio. Para destacar (lo único) que la película se escucha y se ve bien, pero un digno acabado técnico a esta altura no cambia en nada la valoración general.

    Lamento mucho que una muy buena actriz en ascenso como Martina Gusman haya quedado atrapada en semejante proyecto. Sus impecables trabajos en cine (junto a Pablo Trapero), en teatro y en TV hablan de su capacidad aquí por completo desaprovechada. Este ha sido, pues, un tropiezo del que pronto se habrá recuperado y quedará apenas como un mal recuerdo.
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  • Percy Jackson y el Mar de los Monstruos
    Menos de lo mismo

    Tres años después de Percy Jackson y el ladrón del rayo llega una secuela bastante peor (y eso que la primera entrega, dirigida por Chris Columbus, no era precisamente un dechado de virtudes).

    El protagonista, claro, es el mismo: Percy Jackson (un inexpresivo Logan Lerman) es el único hijo vivo de un Dios (Poseidón) y, por supuesto, deberá salvar nuevamente al mundo -con la ayuda de sus amigos, de su arrogante competidora Clarisse (Leven Rambin), y hasta de un hermanastro cíclope- de una fuerza todopoderosa que amenaza con arrasar con el campo Half-Blood, en el que conviven los jóvenes descendientes de los griegos.

    Fiel a la obsesión de Hollywood de bastardear la mitología (a esta saga hay que sumarle, por ejemplo, la más digna de Furia de titanes), hay aquí múltiples referencias y personajes surgidos de la historia antigua, pero el festival de efectos visuales no alcanza para maquillar una alarmante falta de capacidad a la hora de construir un relato de aventuras con un mínimo de tensión, suspenso, personajes empáticos y buenos toques de humor.

    Thor Freudenthal (Hotel para perros, El diario de un chico en apuros) parece haber filmado con el “piloto automático” siempre prendido, sin que la película logre trascender jamás una medianía demasiado anodina. Hollywood, por suerte, nos tiene acostumbrado a mucho más que eso.

    PD: El 3D no agrega absolutamente nada.
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  • P3nd3jo5
    P3nd3jo5
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    Alas de libertad

    En su ¡30ª! película, el Perro asegura “volver a las fuentes”, aunque eso sólo se percibe en los dispositivos que utiliza y en ciertas decisiones estéticas que toma: imágenes en blanco y negro con bastante grano (o pixelado) y pantalla 4:3 (casi cuadrada). Por supuesto, sigue en el Oeste del conurbano, se ocupa de los jóvenes y -como en 180 grados- el skate ocupa un lugar importante. Hasta allí las “semejanzas” que se pueden establecer.

    Es que P3ND3JO5 nos muestra a un Perrone siempre en mutación, probando, experimentando, intentando no encasillarse, buscando cambiar. Algo sano para cualquier artista, pero sobre todo viniendo de un director que ya ha pasado los 60 años y tiene muchas condecoraciones ganadas.

    Creador -en general- de películas cortas (suelen durar poco más de una hora), aquí opta por 157 minutos para concebir una narración en varios actos (episodios), con múltiples personajes (los pendejos/adolescentes del título) que apuesta como nunca a la experimentación visual y sonora, a la sensorialidad, a un cine no-narrativo. P3ND3JO5 es un musical sin diálogos (con intertítulos propios del período silente), una tragedia suburbana y, sobre todo, un trip dominado por las imágenes de skate y la permanente banda sonora (excelente combinación entre mucha cumbia electrónica con un poco de ópera y hasta algún tema de Los Violadores) concebida por el colectivo Nomenombres Wey encabezado por el productor DJ Negro Dub. Lo popular y lo “culto” conviviendo con absoluta armonía y desparpajo.

    En principio, debo admitir que la experiencia se me hizo un poco tortuosa y creo que no hacían faltan los 157 minutos, pero ahora que escribo (varias horas después de la proyección matinal en el BAFICI) siento que la película va creciendo. En primera instancia, Perrone parece regresar al cine “juvenil” de Gus Van Sant, pero luego el film muta hacia un homenaje a La ley de la calle, de Francis Ford Coppola (las nubes, los personajes fantasmales que se elevan y luego regresan, los policías que persiguen a los pendejos). Sobre la segunda mitad, aparecen las referencias directas a Pier Paolo Pasolini, a Carl Theodor Dreyer (Juana de Arco), y la cosa se pone un poco (sólo un poco) más convencional (léase algo más narrativa).

    La película está llena de ideas (algunas muy originales, otras “prestadas”), de hallazgos y también de caprichos. A esta altura de su carrera, Perrone no tiene que pedirle permiso a nadie. Puede ser “larguero”, ambicioso, desmesurado, ampuloso. Algo de eso se percibe en P3ND3JO5, pero también hay un director que se permite “jugar” a y con el cine, que se siente sin ataduras de ningún tipo. Bienvenida sea, entonces, esa libertad creativa.
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  • Aviones
    Aviones
    La Nación
    Tras el inmenso éxito comercial de las dos entregas de Cars, Disney optó por evitar (al menos por el momento) una tercera película de las aventuras del Rayo McQueen y Mate para apostar, en cambio, a un desprendimiento (spinoff en la jerga comercial) de la franquicia. En efecto, este film -que ya no cuenta con el sello de Pixar- fue concebido a partir de un concepto claro y contundente: "Cars con alas". En principio, incluso, se lo pensó como un lanzamiento exclusivo para el mercado hogareño, pero los testeos fueron positivos y se optó entonces por un estreno en salas.

    Esta película de Klay Hall es -en todos sentidos- una hermana menor de sus predecesoras. Las referencias a los films previos son constantes y, si bien tiene un impecable trabajo de animación que aprovecha todas las posibilidades del 3D (la sensación de inmersión en las vertiginosas carreras por el aire), la idea de reciclar diseños, personajes y conflictos ya vistos empieza a ser un poco forzada y agotadora.

    El anithéroe de turno es Dusty, un pequeño avión que está cansado de fumigar zonas rurales y sueña con correr carreras profesionales. Las cosas no serán fáciles porque primero deberá superar sus propias fobias (está acostumbrado a volar a bajas alturas) y luego, los prejuicios ajenos (nadie lo cree capaz de competir en una extenuante y riesgosa vuelta al mundo).

    Como el lector podrá imaginar, aparecerán para ayudarlo sus patéticos y queribles amigos, un traumado veterano de guerra que se convertirá finalmente en su mentor (Skipper), un competidor solidario y divertido llamado El Chupacabra (mexicano, para más datos), unas atractivas y seductoras "avionetas" (Dottie y Rochelle), y -claro- un campeón poco menos que imbatible y fanfarrón (Ripslinger). Nada demasiado sorprendente en un guión a pura fórmula.

    La película funciona bien para niños pequeños (no es recomendable para chicos que ya hayan alcanzado los dos dígitos), mientras que los adultos extrañarán bastante las inteligentes e irónicas referencias y dobles lecturas que tantas producciones de Pixar-Disney supieron regalar. Aquí, todo es básico, aunque el festival de colores, movimientos, detalles, bromas y aventuras alcanza para satisfacer las necesidades del consumo infantil.
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  • Séptimo
    Séptimo
    La Nación
    Buenos Aires luce imponente e impactante en las múltiples tomas aéreas que se aprecian en varios pasajes de Séptimo . Pero la ciudad y, sobre todo, el viejo edificio de la calle Brasil donde transcurre casi toda la primera mitad del relato, también son un infierno para el protagonista, encerrado dentro de esas paredes a la espera de alguna novedad sobre el paradero de sus dos hijos, misteriosamente desaparecidos tras un inocente juego familiar.

    Ese padre al borde de un ataque de nervios es Sebastián, un abogado recientemente divorciado de la española Delia (Belén Rueda) y ligado a casos extremos como los que Ricardo Darín ya interpretara en Carancho, El secreto de sus ojos y la reciente Tesis sobre un homicidio .

    Y Darín es, por supuesto, la gran carta de triunfo (al menos en el terreno comercial) que tiene este correcto y bastante eficaz thriller psicológico coescrito y dirigido por el catalán Patxi Amezcua. Aún a riesgo de convertirse en figurita repetida (es el segundo policial del año que protagoniza), Darín resulta siempre convincente en este papel de héroe hitchcockiano (un hombre común en circunstancias extraordinarias).

    La película trabaja en las escenas iniciales la posibilidad de que Sebastián -que durante esas escasas y tensas horas en las que transcurre el relato tiene una decisiva audiencia de un caso de corrupción con fuertes connotaciones económicas y políticas- esté siendo manipulado con el secuestro de sus hijos, pero no conviene adelantar nada más sobre la evolución y derivaciones de la trama.

    Lo que sigue es un típico juego de gato y ratón, con varias vueltas de tuerca (más o menos) inesperadas, que Amezcua maneja con profesionalismo, pero sin demasiado virtuosismo ni capacidad de sorpresa (hay un buen uso de la cámara en mano para sostener el nervio y la tensión).

    Más allá de su impecable factura técnica, Séptimo repite buena parte de la fórmula padre-dispuesto-a-todo-por-salvar-a-hijos (una niña de 7 años y un chico de 9) que el cine ha trabajado en numerosas oportunidades. Y la experiencia se parece bastante a la de apreciar un episodio doble de cualquier serie televisiva (y no estamos hablando de gemas como Breaking Bad ). De todas formas, la apuntada presencia de Darín -favorito del público desde hace ya varios años- y el fuerte lanzamiento (213 copias en todo el país) deberían ser argumentos suficientes como para que ese romance no se interrumpa justo ahora.
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  • Venimos de muy lejos, la película
    Una historia que merecía ser contada (mejor)

    Nadie duda de lo importancia (artística y social) que el Grupo de Teatro Catalinas Sur ha tenido para el barrio en particular y la ciudad en general. Lo sé de primera mano porque estudié en la escuela primaria Carlos Della Penna que está en el corazón de esa zona humilde, pero orgullosa de su espíritu comunitario.

    Por eso, a 50 años de la fundación de ese barrio “peatonal” (no hay calles) y a tres décadas de la creación del ya mítico grupo de teatro liderado por el uruguayo Adhemar Bianchi, la versión para cine de Venimos de muy lejos surgía como un doble homenaje ideal. Pero, más allá del ánimo lúdico y celebratorio, no es demasiado lo que se puede rescatar de este film de Ricky Piterbarg.

    Concebido como un patchwork visual y estilístico, como una mixtura (acumulación) de géneros y elementos, Venimos de muy lejos resulta una experiencia algo caótica y confusa, aunque también encuentra algunos aislados pasajes de sensibilidad y emoción, cuando entre la avalancha de imágenes el director pudo registrar y transmitir lo más genuino y vital del barrio, los artistas y su gente.

    Entre el documental y la ficción, entre el cine y el teatro, entre el realismo y el artificio, entre el registro urgente y la puesta en escena calculada, entre la tragicomedia casi grotesca y el musical desbocado, entre el ensayo y el making of, Venimos de muy lejos apuesta -al igual que la obra homónima que le dio origen- a recuperar las historias de vida de los primeros inmigrantes (sobre todo italianos) que llegaron a los conventillos de la zona para ahondar luego en las diferencias generacionales (abuelos, padres, hijos) y los inevitables cambios propios del paso del tiempo.

    Piterbarg propone constantes cambios de estilos y registros (hay hasta inserts editados de forma vertiginosa a manera de clips) y, si la película carece de unidad, cohesión y punto de vista (la idea parece ser la de un retrato coral y colectivo, con el barrio y la compañía como protagonistas), tampoco ayuda la presencia de la voz en off del siempre engolado y solemne Víctor Hugo Morales.

    Así, aunque a nivel estrictamente cinematográfico la propuesta tiene sus carencias, Venimos de muy lejos queda, al menos, como un registro de un lugar, un tiempo y su gente. Tratándose de una experiencia sociocultural tan valiosa, no se trata de un mérito menor.
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  • El ataque
    El ataque
    Otros Cines
    Esta película ya la vi (y hace poco), pero igual me gusta

    Rey Midas del cine apocalíptico (o, como me gusta definir, del “rompan todo”), el alemán Roland Emmerich regresa con un film con todos los vicios de sus trabajos (patrioteros, elementales), pero al mismo tiempo bastante divertido y entretenido.

    Estamos ante un producto básico y eficaz, que en otro contexto funcionaría sin demasiadas contraindicaciones, pero el lector deberá estar advertido que la propuesta se parece mucho (demasiado) a la de Ataque a la Casa Blanca (Olympus Has Fallen), film de Antoine Fuqua con Gerard Butler que se estrenó en los cines argentinos hace cuatro meses. El de Emmerich, de todas maneras, es bastante mejor.

    No es la primera vez que el cine norteamericano nos regala dos películas “calcadas” (si hasta se hicieron casi pegados dos films sobre Truman Capote o dos sobre Alfred Hitchcock…), pero llama la atención las similitudes entre aquel film y este guión de James Vanderbilt, responsable de esa joya que es Zodíaco y de la nueva saga de El Hombre Araña, entre varios otros aportes.

    El “nuevo” Butler es aquí Channing Tatum (probándose como héroe de acción a-la-Bruce Willis en Duro de matar con resultados irregulares), un veterano de la guerra de Afganistán divorciado y padre de Emily (Joey King), una conflictuada preadolescente a la que vive decepcionando, que intenta -sin suerte- ingresar al Servicio Secreto. Pero justo cuando lleva a su hija a la Casa Blanca se desata el ataque del título pergeñado ya no por norcoreanos como en el film de Fuqua sino por sectores de la ultraderecha política, grupos paramilitares, hackers y lobbystas de la industria armamentista. Y, entonces, el John Cale de Tatum deberá defender al presidente (Jamie Foxx en plan Obama) y redimirse a los ojos de su hija.

    ¿Sutilezas? ¿Profundidad psicológica? No le pidan nada de eso al creador de Día de la Independencia, Godzilla, El día después de mañana y 2012, pero el relato de acción (con unos malos malísimos que ponen en riesgo la paz mundial con una amenaza nuclear) funciona razonablemente bien (léase nervio, tensión y humor básico).

    Si les molestan las banderas estadounidenses flameando, si los discursos de ocasión les generan urticaria, ahórrense la plata y eviten esta película. Pero, si nada de eso les complica la existencia, El ataque y su parafernalia de efectos y explosiones (150 millones de dólares de presupuesto) es un Emmerich (o sea, Hollywood) en estado puro. Tómelo o déjelo.
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  • Amenaza roja
    Amenaza roja
    Otros Cines
    No es parodia... pero parece

    Esta remake del film homónimo de 1984 dirigido por John Milius (sobre una invasión soviética con ayuda cubana y nicaragüense) es tan mala que por momentos genera ternura, su propuesta es tan burda que resulta involuntariamente graciosa, como si fuese algo así como una parodia a-la-Capusotto de una película bélica.

    Ya el punto de partida de esta nueva versión es inverosímil: los norcoreanos invaden un pueblo de los Estados Unidos (como si fuera tan fácil… y encima el resto del país ni siquiera acude a su ayuda) y son dos hermanos –que ven cómo su padre es asesinado a sangre fría por un sádico militar del ejército extranjero– quienes liderarán la resistencia al mando de un grupo de inexpertos jovencitos. Los protagonistas (¡que ni siquiera se parecen entre sí!, uno es grandote y rubio y el otro bastante petiso y morocho) demostrarán su valentía en una película que parte de la paranoia social y termina exaltando el patrioterismo (banderas flameando, discursos chauvinistas).

    Berretada ochentista reciclada para la ocasión (hay algo del espíritu de Rocky mezclado con el cine de John Carpenter, pero a años luz de ambos referentes), Amenaza roja sería -con suerte- un directo a video si no tuviese como uno de los héroes al galán Chris “Thor” Hemsworth. Por lo demás, más allá de cierto “profesionalismo” en sus escenas de acción, esta ópera prima de Dan Bradley (veterano doble de riesgo) es absolutamente prescindible y descartable.


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  • ¿Quién *&$%! son los Miller?
    De la provocación al conservadurismo

    El Walter White que Bryan Cranston interpreta en Breaking Bad, la Brenda Blethyn de El jardín de la alegría, la Mary-Louise Parker de Weeds… y siguen las firmas. Gente común, vecinos del barrio, gente por momentos incluso bastante queribe que sortea sus dificultades financieras vendiendo drogas. Lo mismo hace David Clark (Jason Sudeikis), que trafica marihuana para el narco de Denver que encarna a pura exageración Ed Helms.

    Pero a ese antihéroe que es David unos marginales le roban la plata y la mercancía, y es obligado por su jefe a que ingrese marihuana (mucha, toneladas) desde México para saldar la deuda y quedarse con una buena diferencia económica. El protagonista cree que la mejor forma de hacerlo es “camuflándose” como una familia de vacaciones (los Miller del título) y, así, termina viajando al sur junto a una stripper llamada Rose (Jennifer Aniston en plan Demi Moore) y dos adolescentes: la rebelde Casey (Emma Roberts) y el virgen Kenny (Will Poulter).

    Lo que sigue es un bombardeo casi desesperado, una acumulación infinita de chistes pedestres y vulgares (la araña que pica los genitales de Kenny), observaciones obvias sobre el patetismo de buena parte de la clase media norteamericana (puestas, sobre todo, en el previsible y aburrido matrimonio que viaje en casa rodante interpretado por Nick Offerman y Kathryn Hahn) y muchos, demasiados estereotipos (no pasarían la prueba de ningún INADI del mundo a la hora de representar a los personajes latinos).

    El director de la muy superior Pelotas en juego (Dodgeball: A True Underdog Story) y los guionistas de Los rompebodas y Un loco viaje al pasado intentaron con muy poca fortuna (la efectividad entre bromas lanzadas y carcajadas logradas es bajísimo) adscribir al humor negro y zafado de la saga ¿Qué pasó ayer?, pero -más allá de algunos aislados momentos inspirados- el resultado es a todas luces fallido (y con una vuelta de tuerca final a todas luces condescendiente y conservadora). En este sentido, se termina pareciendo mucho a las últimas propuestas del decadente Adam Sandler. Como el film ya es un rotundo éxito comercial en los Estados Unidos es probable que volvamos a encontrarnos con Sudeikis y Aniston juntos en pantalla. Ojalá sea con una comedia bastante más eficaz que esta.
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  • Declaración de vida
    Golpe al corazón

    Valérie Donzelli es una actriz que, pese a que recién tiene 40 años, ya trabajó en más de 50 producciones (cortos y largos, cine y TV) y dirigió un puñado de títulos (antes de Declaración de vida había filmado La reine des pommes y posteriormente realizó Main dans la main).

    Más allá de su prolífica y diversa carrera, la consagración le llegó en la edición 2011 del Festival de Cannes, cuando estrenó en medio de una aclamación generalizada La guerre est déclarée, aquí insólitamente rebautizada Declaración de vida para su estreno comercial.

    Donzelli reconstruye aquí (como directora, guionista y protagonista) una etapa durísima de su propia vida: el largo proceso desde que se enamora de manera apasionada de un hombre, queda embarazada, es madre, descubre que su hijo sufre de un tumor cerebral, y empiezan un largo y tortuoso tratamiento para el niño.

    Y Donzelli no es la única que pone el cuerpo en pantalla. También lo hace el padre del chico (Jérémie Elkaïm, además coguionista) por lo que la intensidad, credibilidad e intimidad del proyecto están más que garantizadas.

    Luego de esta introducción es lógico que el lector imagine que estamos ante un lacrimógeno dramón de aires televisivos. Nada más inexacto. Sin descuidar la complejidad médica y, sobre todo, emocional de este derrotero, la película está trabajada con un sentido del humor y un desparpajo que la convierten en una muy bienvenida rareza.

    Donzelli “bebe” del espíritu de la nouvelle vague y sus continuadores, del cine de François Truffaut, Agnès Varda y Jacques Demy, y se permite interludios musicales, momentos de humor absurdo y situaciones extremas trabajadas con un espíritu experimental.

    Si no podemos hablar de una película brillante es porque Declaración de vida resulta un poco maniquea, por momentos algo torpe (los personajes se llaman… Romeo y Julieta), y -más allá de lo sentida y visceral que es- resulta a veces una suerte de ego-trip demasiado obsceno. La película, además, está concebida como una suerte de agradecimiento al sistema de salud pública de Francia (se rodó en las instalaciones del mismo hospital donde esa familia prácticamente se instaló durante meses, años) y es entonces cuando cede a su faceta más convencional.

    Más allá del absoluto protagonismo de Donzelli y Elkaïm, aparecen durante el relato desde grandes intérpretes como Anne Le Ny y Frédéric Pierrot (encarnan a distintos médicos que participaron de los tratamientos) hasta colegas como Riad Sattouf y Serge Bozon en pequeñas participaciones especiales.
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  • Reality
    Reality
    Otros Cines
    Ossessione (todo por un sueño)

    Luego del éxito mundial con Gomorra (2008), aquel demoledor retrato del universo de la camorra, el talentoso director italiano Matteo Garrone regresó a Nápoles, pero esta vez con una propuesta muy distinta.

    Reality es una mirada ácida, crítica y contundente -pero nunca obvia y facilista- sobre la fascinación (la obsesión) que genera Grande Fratello (versión local de Gran Hermano) en el seno de una típica familia ampliada de la zona, que vive junta en un conventillo, y -más precisamente- en Luciano, un vendedor de pescado que, luego de conocer a un hombre que ha sido finalista del reality show, hace una prueba y queda preseleccionado. La ilusión devenida ansiedad por saber si en definitiva formará parte o no del popular programa televisivo empieza a carcomerlo y lo llevará a padecer situaciones extremas.

    Garrone combina un tono propio de la clásica comedia neorrealista con climas más propios de la fábula fantástica a-la-Fellini (pero mejor que Paolo Sorrentino) para describir el viaje interior y exterior del protagonista y cómo ese hecho va modificando su personalidad y las relaciones con su esposa, sus familiares, los vecinos y sus clientes.

    Quizás algo menos lograda que esas joyas que fueron L’imbalsamatore y Gomorra, Reality trabaja sobre un tema ya bastante transitado por el cine italiano de los últimos tiempos (de frivolidad e hipocresía berlusconianos) como el deslumbramiento por la fama, el éxito y las celebridades, aunque crece cuando se sumerge en las contradicciones íntimas del antihéroe, interpretado por Aniello Arena, actor aficionado que comenzó a hacer teatro en la cárcel de Volterra en la que está encerrado desde hace casi 20 años. Una verdadera revelación.
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  • Zambezia
    Zambezia
    La Nación
    En un mercado como el de la animación infantil dominado por las producciones de Hollywood (este año con la fuerte competencia de la argentina Metegol ), el estreno de una película sudafricana resulta una bienvenida rareza.

    Sin embargo, el principal problema de este proyecto de 20 millones de dólares de presupuesto es que -más allá de los hermosos paisajes que recrea, de la bella paleta de colores que regala y de algunos pasajes de música autóctona- apeló a un guión bastante convencional que recicla situaciones y conflictos ya vistos en decenas de films previos, seguramente con la idea de alcanzar así una mayor proyección internacional.

    Ambientada en la zona de las cataratas Victoria, un espectacular salto de agua del río Zambeze en la frontera entre Zambia y Zimbabwe, Zambezia tiene como protagonista al joven y solitario halcón Kai, que ha perdido a su madre y vive bajo el obsesivo cuidado de Tendai, su sobreprotector padre (un arranque parecido al de Buscando a Nemo ). Pero, claro, el ave quiere experimentar la libertad y terminará en la inmensa ciudad del título, donde conviven decenas de especies (aquí empiezan las similitudes con Ga'Hoole: La leyenda de los guardianes ).

    Allí demostrará su capacidad para volar de manera poco ortodoxa y de improvisar sobre la marcha, y será reclutado para patrullar y custodiar la zona. Pero la convivencia, en principio, no es lo suyo y -ante los problemas que encuentra para adaptarse- al poco tiempo querrá regresar a su aislado hogar. Es cuando aparecen en escena algunos personajes clave, como la bella Zoe y su padre Sekhuru, un pájaro viejo y sabio que sabrá cómo aconsejarlo. Y, claro, también están los malos de la película, como la iguana Budzo, a quien deberán enfrentar sobre el final.

    Es una lástima que la narración sólo se sostenga en la espectacularidad de las escenas de vuelo (con la cámara acompañando el movimiento de las aves y aprovechando las posibilidades del 3D) y en algunos pasajes que tienen que ver con fiestas tradicionales y momentos musicales. Con una historia un poco más audaz, con personajes más desarrollados, con más sentido del humor y una mayor capacidad para entretener, habríamos estado frente a una verdadera sorpresa del cine africano y no a un producto apenas correcto como el que finalmente se aprecia en pantalla.
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  • Jobs
    Jobs
    Otros Cines
    Mucha Wikipedia, poco cine

    Lo que menos merecía Steve Jobs era una biopic común y corriente como la de Joshua Michael Stern (el mismo de Un papá muy poderoso / Swing Vote). Al genio de la innovación tecnológica y del diseño había que hacerle una película a su medida y no un film como este -correcto y cuidado, obvio y previsible- de esos que se pueden ver de a decenas en una tarde de zapping en la TV por cable.

    El título de la crítica alude a la concepción del guión que Matt Whiteley: una sumatoria de hechos, conflictos y personajes que se pueden leer en Wikipedia o en cualquier sitio que informe sobre los hitos de una personalidad como Jobs. Lo peor no sólo de la propuesta del autor sino también de la dirección de Stern y de la actuación de Kutcher es que no “sentimos” la grandeza del protagonista, la “épica” de su lucha contra los ejecutivos burócratas que llevaron a Apple al borde de la quiebra, ni mucho menos el espíritu de época que un film sobre esta “revolución” debería irradiar. La película no muestra, no comparte, no piensa a un hombre y su tiempo sino que dice, explica, recita, repite. Es más un informe periodístico que un ensayo con alguna mirada o teoría propia que permita discutir o pensar (al film y al personaje).

    El film arranca de la peor manera (una poco atractiva escena en la que Jobs les presenta a sus empleados el iPod en 2001, y luego una serie de viñetas de la vida universitaria en 1974 donde el protagonista tiene una suerte de viaje místico, lisérgico y revelatorio, con epifanías y gurúes espirituales que le servirán de inspiración).

    Por suerte, la cosa mejora bastante cuando el film regresa al mundo real con el jovencísimo Jobs y su grupo de patéticos colaboradores (no falta el gordito nerd) luchando en la Stanford de los años '80 por imponer (y vender) su idea de una computadora personal. Y así comienza la escalada hasta la cima, y las sucesivas caídas, y las posteriores recuperaciones. Y las confabulaciones empresarias. Y las traiciones. Y los regresos con gloria. Todo con música estridente y algún que otro golpe de efecto.

    ¿Es aburrida? No. ¿Está “mal” construida? Tampoco. Pero allí donde Red Social -película de inevitable comparación porque también reconstruía los inicios de otro “mesías” tecnológico como Mark Zuckerberg- tenía un gran guionista (Aaron Sorkin), un notable director (David Fincher), tensión, humor, contradicciones y miserias personales, aquí todo resulta mucho más obvio y explícito, más chato y -claro- menos fascinante. Seguramente no será la última película sobre Jobs (ya hay decenas de libros y documentales sobre su vida). Quiero creer que el cine puede (y debe) sumergirse con mayor hondura e inteligencia en los vericuetos íntimos de alguien que supo crear varios de los productos más extraordinarios de las últimas décadas.
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  • Cazadores de sombras: Ciudad de hueso
    Crepúsculo volvé, te perdonamos

    Voy a empezar con una frase que el lector encontrará poco analítica, pero contundente: hacía tiempo que no me aburría tanto en una sala. No es que esperara de Harald Zwart una obra maestra del cine fantástico y de aventuras, pero el director holandés venía de hacer un producto digno y llevadero como la remake de Karate Kid. Aquí, nos “regala” un mamotreto fílmico al que le caben bien términos devastadores como “bodrio” o “bodoque”.

    La idea, claro, es buscar una nueva franquicia a-la-Crepúsculo con una joven protagonista de Nueva York que termina inmersa en un universo de demonios, hombres lobo, vampiros, ángeles y hadas (y con romance asegurado, por supuesto). Pero, por lo visto en esta primera entrega basada en el original literario de Cassandra Clare (son tres partes y la segunda ya está en marcha también bajo las órdenes de Zwart), el viaje -sobre todo para el espectador- será largo y tortuoso.

    Clary Fray (Lily Collins), una adolescente con los conflictos de… toda adolescente, descubre que su madre (Lena Headey) y, por supuesto, ella también son descendientes de los Cazadores de Sombras del título, un grupo secreto de guerreros encargado de proteger al mundo de los demonios. Y, sí, deberá sumergirse en el submundo de las tinieblas y luchar contra las fuerzas oscuras (y, de paso, enamorarse de un chico andrógino interpretado por el inexpresivo Jamie Campbell Bower).

    Collins -que venía de interpretar a Blancanieves en Espejito, espejito- hace lo que puede (que no es mucho) por dotar de algo de carnadura e interés a su heroína. Es que estamos ante una acumulación casi infinita (o así parece) de capas, subtramas y vueltas de tuerca, una más solemne, inverosímil, retorcida y absurda que la anterior.

    Hay algunos elementos visuales (CGI, vestuario, dirección de arte) que concitan un mínimo, efímero interés, pero tanto la narración como los personajes son tan chatos que esos hallazgos formales se ven rápidamente sepultados y lo que subyace en la superficie es una sensación de sopor que convierten a los ¡130 minutos! en una experiencia más agotadora que correr una maratón en pleno verano.
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  • Habi, la extranjera
    El nuevo mundo

    Analía (la versátil Martina Juncadella) es una veinteañera del interior que es enviada por su madre a Buenos Aires para entregar unas artesanías en un viaje relámpago. Pero, mientras cumple con su misión, la protagonista descubre por casualidad una comunidad musulmana y, al poco tiempo, a un atractivo y encantador joven de origen libanés (Martín Slipak).

    Lo que Alvarez describe en su debut en el largometraje (tiene varios interesantes cortos en su haber) es el proceso interior (y exterior, ya que ella adopta un nuevo nombre, Habi, así como la vestimenta, el idioma y las costumbres de aquella comunidad) de una chica en plena crisis de identidad, que se siente atraída por un mundo desconocido que la encandila y de alguna manera la contiene. Sin embargo, claro, pasada esa fascinación inicial, las contradicciones, dudas y dificultades no tardarán en aflorar.

    La convicción con que la directora va delineando la evolución de su protagonista, la ductilidad de esa muy buena actriz que es Juncadella y la categoría de su equipo técnico (empezando por el talentoso DF Julián Apezteguía y el sonidista Catriel Vildosola) para ayudarla en la creación de climas muy logrados hacen de Habi, la extranjera una experiencia con no pocos hallazgos. Y, aunque ciertas subtramas (como la melodramática que transcurre en la pensión donde Analía/Habi se hospeda) poco agregan, no alcanzan a minar el disfrute que la visión de esta más que digna ópera prima provoca.
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  • Causas y consecuencias
    La película arranca con un prólogo que combina imágenes de archivo (y otras ficcionalizadas para la ocasión como si fueran de la época) sobre el accionar de Weather Underground, una organización de extrema izquierda que entre 1969 y mediados de los años 70 apeló a la violencia armada para luchar contra el gobierno estadounidense, apoyar los movimientos por los derechos civiles y protestar contra la guerra de Vietnam.

    Ya en la actualidad, Sharon Solarz (Susan Sarandon), un ama de casa neoyorquina que casi cuatro décadas atrás integró aquel movimiento radical, se entrega al FBI y confiesa haber participado en el robo de un banco en Michigan que terminó con la muerte de un guardia de seguridad.

    El hecho llama la atención de Ben Shepard (Shia LaBeouf), joven y ambicioso periodista de un decadente diario de Albany, que empieza a indagar en el pasado y el presente de los otros militantes de aquel grupo terrorista. Así, descubre que Jim Grant (Robert Redford), un abogado viudo y padre de una niña de 11 años, ha vivido con una identidad falsa. Cuando la noticia se publica, decide escapar y comienza así una típica historia de gato y ratón con toda la fuerza del FBI tratando de darle caza, mientras el veterano protagonista recibe la ayuda de viejos compañeros de armas (entre ellos, Nick Nolte), de su hermano (Chris Cooper) y hasta de una ex amante en aquellos tiempos revolucionarios (la extraordinaria Julie Christie), que podría salvar su reputación.

    Si la película resulta bastante convencional cuando apela a los esquemas más básicos del thriller de fuga o cuando cede a la tentación de sumergirse en los lugares comunes del sentimentalismo hollywoodense, a la hora de retratar la relación padre-hija compensa con creces al abordar cuestiones que el cine norteamericano parecía haber abandonado casi por completo como las heridas (los fantasmas) del pasado y cómo lidiar con la memoria y los actos de aquellos jóvenes muchas veces impulsados por las utopías, las buenas intenciones, la ingenuidad o el idealismo que apelaron a la violencia y llegaron a cometer crímenes con víctimas inocentes.

    Redford dirigió a un verdadero seleccionado actoral (además de los ya mencionados desfilan desde Richard Jenkins hasta Terrence Howard, pasando por Anna Kendrick, Stanley Tucci y Brendan Gleeson) para exponer los muy diversos puntos de vista sobre el tema: los que prefirieron olvidar y sepultar aquel período, y aquellos otros que con autocrítica o no siguen reivindicando esas luchas.

    Esta película old-fashioned y competente -que remite al cine setentista de Sidney Lumet o Alan J. Pakula (tiene algo de Todos los hombres del presidente )- permite unas cuantas analogías y paralelismos con la historia argentina de esa misma época. Sin ser un gran film, resulta una verdadera rareza dentro de un cine norteamericano que ha olvidado hace bastante tiempo el ejercicio de indagar, cuestionar y reflexionar sobre las miserias y contradicciones de su propio entramado social.
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  • Star Trek 2: en la oscuridad
    En su segunda incursión en la saga trekkie (ya había dirigido hace cuatro años Star Trek: El futuro comienza ), J.J. Abrams ratifica no sólo su gran capacidad como narrador y su inventiva visual, sino también su comprensión y representación cabal de la filosofía, la ética y los códigos que cimentaron a esta franquicia televisiva y cinematográfica que ya está a punto de cumplir medio siglo de vida (fue creada por Gene Roddenberry en 1966).

    Realizador de impecables películas de género como Misión: imposible III , Cloverfield: Monstruo y Súper 8 , y creador de series, como Alias, Lost, Alcatraz y Fringe , Abrams ha logrado imponer en sus dos films de Star Trek su estilo y su sello personales sin por eso traicionar el clasicismo, el estilo old-fashioned , el humor irónico de la franquicia y al mismo tiempo exponer las tensiones entre la ética, las reglas y el honor (encarnados, sobre todo, en el personaje mitad humano mitad vulcano de Spock) y la capacidad de improvisar, la tendencia a subvertir las normas y a llevarse por los impulsos y las emociones (el capitán Kirk).

    El film arranca con una espectacular secuencia a puro vértigo y tensión en el planeta Nibiru con Kirk (Chris Pine) y Bones (Karl Urban) huyendo de la persecución de unos indígenas que quieren masacrarlos, mientras el lugar corre el riesgo de ser arrasado por una erupción volcánica. Ambos personajes y Spock (Zachary Quinto) -que se sumerge en medio de la lava para detener la explosión- se terminan salvando, pero a su regreso son sancionados por no haber seguido los procedimientos del caso.

    Y ése será el destino de éstos y otros personajes durante las más de dos horas del film. La tripulación de la nave Enterprise será puesta siempre a prueba, deberá tomar decisiones extremas en todo momento, cambiar su estatus de pacíficos exploradores del universo para convertirse en defensores de la Federación frente a una amenaza inesperada, un enemigo interno (un terrorista de inmensa fortaleza física e inteligencia llamado John Harrison), que es capaz de manipular emocionalmente a sus interlocutores, atacar con misiles en el espacio o poner una bomba en el corazón de Londres. En este sentido, Abrams y sus tres guionistas no ahorran referencias políticas que pueden ser leídas con bastante claridad como un cuestionamiento al intervencionismo y el militarismo de las grandes potencias actuales.

    El director alterna casi siempre con buenos resultados escenas intimistas y los bienvenidos momentos de humor (la relación entre Kirk y Spock, el personaje de Simon Pegg) y la grandilocuencia propia de una saga épica. Otro hallazgo es haber elegido al inglés Benedict Cumberbatch (el Holmes de la serie Sherlock ) como el brillante malvado de turno. En el terreno técnico, cabe destacar que la conversión a 3D hecha en la posproducción luce mucho mejor que en otros casos previos y en ciertas escenas de acción ese cambio de último momento se termina justificando.

    Así, Abrams sale más que airoso de este nuevo desafío trekkie , a la espera de uno todavía mayor: revivir la saga Star Wars, de George Lucas, ahora en manos de Disney, con el Episodio VII, que llegará en 2015. La espera, seguramente, valdrá la pena.
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  • Corazón de león
    Un disfrute que se achica

    En su primera mitad, Corazón de León es una muy buena comedia romántica, con impecable ritmo de sitcom e incluso con cierta apuesta por el absurdo y la provocación que remite a la Nueva (ya no tan nueva) Comedia Americana de los hermanos Farrelly o Judd Apatow. Pero cuando el espectador se ha rendido a los pies de esos dos notables personajes que son la abogada divorciada Ivana Cornejo (Julieta Díaz) y el arquitecto/playboy León Godoy (sí, el Guillermo Francella enano que tanto ha dado que hablar en redes sociales) llega la "traición" de Marcos Carnevale.

    ¿Por qué utilizar un término tan duro como "traición"? Porque en su segunda parte Corazón de León esconde, casi que sepulta, todos los méritos iniciales al servicio de la bajada de línea aleccionadora, la corrección política subrayada, el sentimentalismo más rancio. El cine al servicio del discurso moralizador. El mensaje por sobre la imagen.

    Si bien Carnevale ya había apelado a las moralejas obvias en varios pasajes de Elsa & Fred, Anita, Tocar el cielo o Viudas para reivindicar desde el amor en la vejez hasta las problemáticas de las minorías sexuales, pasando por las desventuras de aquellos con capacidades diferentes, aquí la decepción es más fuerte porque en su primera hora el director había construido la que -por lejos- era la mejor película de su carrera: un relato armónico, irreverente, lúdico y muy entretenido.

    En el éxito de esa "primera" película se conjugan un guión eficaz, una narración fluida y tres impecables actuaciones (sumo al muy simpático Nicolás Francella, hijo de Guillermo tanto en la realidad como en la ficción, y con destino inevitable de galán). Puede que en esa apuesta inicial falte un poco de lenguaje cinematográfico y que el uso de los secundarios remita a ciertos estereotipos de las tiras cómicas televisivas (Carnevale, cabe recordar, es el máximo responsable de las ficciones de Pol-ka), pero ver cómo se conocen, se encuentran, se seducen y se van enamorando (a pesar de los contratiempos y las contradicciones) los protagonistas es un genuino placer voyeurista.

    Pero luego llega el brusco giro, el volantazo, el golpe de timón de Carnevale y, así, su séptimo largometraje deriva hacia la concientización (ese “no” gritado a los prejuicios, el “vivan las diferencias”, parecen ser los eslóganes preferidos) y el conseguir la emoción a cualquier precio y sin importar los recursos (los golpes bajos). Aun con Francella y Díaz sosteniendo sus personajes con profesionalismo y dignidad, la película se vuelve obvia, torpe, morosa, previsible.

    De todas maneras, cabe destacar sus méritos (que incluyen un impecable uso de los efectos digitales para el Francella de 1,36m) y su respetuosa apuesta popular (está todo dado para un gran éxito comercial). Cuando Carnevale priorice su faceta de narrador por sobre la de predicador estaremos frente a un cineasta capaz de sorprendernos, divertirnos y emocionarnos con recursos nobles durante todo el relato. Esta vez, se quedó a mitad de camino.
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  • La parte de los ángeles
    Héroes anónimos

    Todavía recuerdo la ovación que saludó a este nuevo film de Ken Loach tras su prémière mundial en la Competencia Oficial de Cannes 2012 (donde pocos días después ganaría el Premio del Jurado). Me pareció un poco exagerada, es cierto, pero la entendí como una reivindicación de la sensibilidad y la coherencia de la trayectoria del veterano director británico -un “abonado” del principal festival del mundo- y como una exaltación hacia un crowd-pleaser hecho casi siempre con dignidad y nobleza.

    El protagonista del film es Robbie (Paul Brannigan, debutante absoluto en el cine), un joven violento de Glasgow que intenta reencauzar su rumbo tras ser padre de un varón. Mientras cumple una probation, es acechado por mafiosos que no le permiten armar una familia. Con la ayuda del veterano oficial que se ocupa de que cumpla las horas de trabajo en beneficio de la comunidad (un conmovedor John Henshaw) y con la compañía de unos patéticos amigos, se sumerge en el sofisticado y multimillonario negocio del whisky con resultados sorprendentes (no adelantaremos nada más para no arruinar el disfrute).

    En la línea de sus anteriores Kes, Riff-Raff, Sweet Sixteen y Ae Fond Kiss..., ese maestro del realismo social que es Loach maneja con gran destreza un tono tragicómico y agridulce, quizás tocando de vez en cuando algunas notas demagógicas y manipulatorias, pero siempre con una mirada humanista que convierte a estos verdaderos marginados del sistema en pequeños y queribles héroes con los que el espectador terminará empatizando de forma inevitable. Unos personajes y una fábula que terminen siendo irresistibles.
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  • Sip'ohi - El lugar del manduré
    Viaje al corazón de las tradiciones

    Tras el vertiginoso "policial" Las pistas - Lanhoyij - Nmitaxanaxac, que se presentó en medio de no pocas polémicas en la Competencia Argentina del BAFICI 2010, Lingiardi -egresado de la FUC- regresó un año más tarde al mismo apartado del festival porteño con otro film protagonizado por los wichís del Chaco, aunque en este caso no apela a la ficción sino a un pausado documental con imágenes sobre la ciudad del título, mientras en off se escuchan cuentos tradicionales (de esos que se transmiten de generación en generación) con animales y espíritus como protagonistas.

    Agobiado de la vida en la gran urbe, Gustavo Salvatierra viaja en pleno verando hacia Sip'ohi, ubicada en medio del Impenetrable Chaqueño con la idea de recopilar los relatos orales del pueblo wichí. Félix Segundo, uno de sus amigos de la zona, hará de acompañante en ese derrotero.

    El film -premiado en el prestigioso festival FIDMarseille- arranca con cierto déjà vu del cine de Lisandro Alonso y Pedro Costa, pero luego alcanza vuelo propio y mayor sentido cuando se cuestiona su propio lugar (el del director, el de la película, el de los indígenas) y toma decisiones radicales (como poner la imagen en negro durante los relatos o discutir internamente cómo mantener viva la historia wichí y su relación con los "blancos"). No sé si es una gran película, pero verla resultó -al menos para mí- una experiencia valiosa y cautivante.
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  • El conjuro
    El conjuro
    La Nación
    El malayo James Wan fue el "culpable" de haber iniciado en 2004 la larga saga de terror sádico de El juego del miedo (ya van siete películas), que impregnó al género de cuerpos mutilados, torturas, baños de sangre y vísceras en primer plano. Luego dirigió discretos exponentes de género - Sentencia de muerte (2007), La noche del demonio (2010)- hasta llegar a El conjuro , film que lo reivindica por completo y lo ubica como un director a seguir con mucha atención.

    El conjuro está más cerca de los clásicos del terror de los años 70 ( El exorcista, Carrie ) y de los autores que dominaron la década de los 80 (Carpenter, Romero, Cronenberg, Craven, Hooper) que de las últimas franquicias que se acumularon a pura fórmula (los apuntados exceso del gore , el falso documental y el found-footage ) en los últimos tiempos.

    En este sentido, El conjuro no es (ni pretende ser) una película disruptiva, sino una digna heredera de cierto clasicismo del género donde lo importante no es la búsqueda desesperada del golpe de efecto, el shock inmediato ni la vuelta de tuerca inesperada, sino la sabia construcción psicológica de los personajes, la creación de climas sugerentes y la presentación -sabiamente dosificada- de los distintos enigmas, claves y elementos (algunos sobrenaturales, por supuesto) que llevan al espectador a sumergirse e identificarse con la problemática de los protagonistas.

    Tras un prólogo ambientado en un departamento en 1968 (parece que no hay película de terror sin escena previa a la trama principal), en el que se aprecian los efectos que genera en unas jovencitas una muñeca con fuerzas demoníacas, la acción salta tres años. Allí nos reencontraremos con Ed y Lorraine Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga), matrimonio que ha dedicado su vida a investigar la aparición de fuerzas diabólicas.

    Demonólogos, cazafantasmas, expertos en fenómenos paranormales (ella, además, clarividente; él, con contactos directos con la Iglesia), Ed y Lorraine deberán ocuparse de las desventuras de un matrimonio (Lili Taylor y Ron Livingston) con cinco hijas en el ámbito de una amplia casa rural a la que acaban de mudarse (con sótano, claro). Inspirado en hechos reales, el film desentraña el pasado del lugar y describe la progresiva irrupción del Mal.

    Más allá de algunas referencias inevitables ( Actividad paranormal, Chucky, Los pájaros, Poltergeist, la apuntada El exorcista ), El conjuro tiene el infrecuente mérito de transportarnos a un universo propio que resulta siempre creíble. Para destacar, en ese sentido, el aporte de las imágenes en pantalla ancha a cargo del director de fotografía John R. Leonetti.

    Wan y su impecable elenco no buscan el impacto fácil y efímero. El conjuro se toma todo el tiempo que necesita para construir la tensión (un reloj que se detiene, una puerta que golpea, un moretón que se extiende en el cuerpo o el sonido del viento que entra por una ventana abierta adquieren dimensiones inusitadas) y, así, consigue un efecto mucho más duradero en el público. Bienvenido sea, pues, este regreso a las mejores fuentes del género.
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  • El infiltrado
    El infiltrado
    Otros Cines
    El Infierno tan temido

    Luego de trabajar durante los años ’80 y ’90 como doble de riesgo y como coordinador de escenas de acción, Ric Roman Waugh se pasó del otro lado de la cámara y dirigió dos largometrajes: In the Shadows (que salió directo a DVD en 2001) y Felon (2008). La tercera, al menos en su caso, no es la vencida ¿Es una mala película? Para nada. Pero tampoco es de esas que justifican el esfuerzo físico de desplazarse hasta una sala y el económico de pagar una entrada. Ingresa -raspando- en la “categoría” de “para ver tirado en el sillón/la cama un domingo lluvioso de invierno”.

    Dwayne Johnson (sí, el "ex" The Rock) está intentando emular a otros héroes de acción como Jason Statham con películas que le permitan salir del encasillamiento. Luego de incursionar en la comedia familiar (Entrenando a papá) o en la aventura (Viaje 2: La isla misteriosa), aquí se arriesga con un drama policial en el que interpreta a un padre de familia dispuesto a todo con tal de ayuda a su hijo adolescente.

    El planteo inicial -inspirado en una historia real- es el siguiente: Jason (Rafi Gavron), un muchacho de 18 años que vive con su madre divorciada (Melina Kanakaredes) y está a punto de entrar a la universidad, acepta que su mejor amigo le envíe por correo una caja llena de píldoras de Ecstasy. La DEA sigue el destino del paquete, lo detiene y al poco tiempo es condenado a 10 años de prisión por narcotráfico. Su padre John (Johnson), un exitoso empresario de transporte que además ha formado una nueva familia, intenta negociar con una estricta fiscal republicana (Susan Sarandon), pero pronto comprenderá que la única manera de ayudar a su hijo es aprovechando un vericueto de la ley (y de la Guerra contra las Drogas): si entrega la “cabeza” de un dealer a las autoridades conseguirá la reducción de la pena para el muchacho.

    Lo que sigue, entonces, es un típico descenso a los infiernos con un buen tipo haciendo malas cosas (con la supervisión de un agente de la DEA encarnado por Barry Pepper) en un submundo dominado por negros y latinos sin códigos ni límites. Hay, sí, un par de personajes chicanos que se redimen (como para compensar, no hay que olvidarse nunca de la división étnica que exige la corrección política) y una trama que en ninguno de los aspectos desentona ni se destaca demasiado: tiroteos, persecuciones en camiones, melodrama con eje en la relación padre-hijo, una mirada no exenta de sordidez y más de un estereotipo sobre los márgenes (y los marginales) de la sociedad norteamericana y, claro, una moraleja sobre “el triunfo del espíritu humano y el amor familiar”. Eso es todo. Ni más ni menos.
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  • Renoir
    Renoir
    Otros Cines
    El artista y la modelo

    Biopic sobre artistas y exponente de la qualité francesa, Renoir acumula unos cuantos lugares comunes de ese cine de época prolijo y preciosista, pero al mismo tiempo resulta bastante atractiva tanto en su apuesta visual como en su sobria e inteligente construcción dramática a puro erotismo y tensiones contenidas.

    Ambientada en bellos parajes de la Costa Azul en 1915, la película describe una suerte de triángulo entre un padre (el célebre pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir), su hijo Jean (un joven que vuelve herido de la Primera Guerra Mundial y que con el tiempo se convertiría en famoso director de cine) y una seductora y avasallante veinteañera llamada Andrée, que llega al lugar para desempeñarse como modelo del veterano creador y terminará encandilando a ambos (no conviene adelantar demasiado, pero los créditos finales se encargan de explicar cómo siguió la relación).

    Uno de los principales atractivos de este film de Bourdos (estrenado en la sección Un Certain Régard de Cannes 2012) es reencontrarse con Michel Bouquet, mito viviente del cine francés con más de seis décadas de carrera. Con 88 años, el actor de La vida es una eterna ilusión y Cómo maté a mi padre (y que a nivel de biopics ya había interpretado al presidente François Mitterrand en Le promeneur du champ de Mars) encarna a un Renoir de 77 años acongojado por la muerte de su esposa y aquejado de artritis.

    Cuando la etapa final de su vida parecía signada por la degradación física y anímica, encuentra en la radiante Andrée (una Christa Theret que está casi toda la película desnuda) la musa inspiradora que lo llevaría a pintar varios de sus cuadros más famosos. Claro que para el joven (Jean Vincent Rottiers) la presencia de la muchacha tampoco pasará inadvertida y es esa contradicción padre-hijo la que Bourdos elabora con paciencia y sin excesos, con el no menos turbulento contexto de la Primera Guerra Mundial como trasfondo.

    La película dedica varios minutos a tomas de la chica modelando para el artista, a imágenes de la campiña con música machacona de Alexandre Desplat y esa estilización (regodeo esteticista) le quita más de lo que le agrega a la trama, pero no alcanza a arruinar un film que quizás no tenga demasiada capacidad de sorpresa, pero que se termina disfrutando por su inteligencia, delicadeza y solidez. En el nervioso cine de hoy, esos atributos resultan un bálsamo y, en definitiva, un regalo no menor.
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  • Los amantes pasajeros
    Una aventura de altura (media)

    No hay nada más patético que un viejo verde o que un adulto haciéndose el adolescente. En ese sentido, algunos podrán ver esta nueva película del ya sexagenario Pedro Almodóvar como un fallido e innecesario regreso a ese cine de provocación que tan bien retrató a la movida madrileña de los ’80.

    Pero, analizada desde otra perspectiva (quizás menos rigurosa pero también menos dogmática), puede verse a Los amantes pasajeros como un remanso que ese Almodóvar auteur, venerado en Cannes, celebrado en Nueva York, bañado de prestigio en el mundo, se dio para regalarse (y regalarnos) un film lúdico y caprichoso, ampuloso y disparatado, desaforado e irresponsable.

    Me hubiese gustado, es cierto, divertirme más (sonrojarme más) con el artificio almodovariano, con esos comisarios de a bordo, con esos pilotos, con esos pasajeros de business (los de la clase turista no “existen”) que en todos los casos aparecen desatados en sus pulsiones sexuales, ávidos de excesos, de sexo, drogas y alcohol, mientras el vuelo que supuestamente los lleva a México da vueltas en círculo hasta conseguir un aeropuerto que les permita hacer un aterrizaje forzoso.

    Hay momentos decididamente disfrutables (la escena musical 100% gay con los azafatos bailando amanerados al ritmo de I’m So Excited de The Ponter Sisters), pero no son tan frecuentes como uno quisiera; y hay otros en los que el intento por convertir al film en la Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón del nuevo milenio se queda en el mero gesto, a mitad de camino.

    Película coral con decenas de personajes (ninguno, por lo tanto, demasiado profundo ni desarrollado), Los amantes pasajeros recurre a los estereotipos y arquetipos del primer Almodóvar. Pero los años pasan para todos: para el director manchego y para sus actores. Y así, por ejemplo, reaparece Cecilia Roth como una veterana dominatrix, que es algo así como un fantasma burgués de aquella “movida” ochentista tan mítica y descontrolada. Otras criaturas de este zoológico almodovariano son una pareja de recién casados, un financista corrupto y un actor de telenovela (galán culpógeno), entre varias otras (hasta hay cameos de sus intérpretes-fetiches Penélope Cruz y Antonio Banderas).

    La película también resulta bastante superficial cuando esboza algunas pinceladas (más bien brocha gorda) sobre la crisis y la corrupción reinantes en la España de la crisis. Son atisbos mínimos, irrelevantes, como si el propio Almodóvar se hubiese sentido culpable por haber elegido un tono tan relajado y zumbón (algo así como “tengo que decir algo sobre lo que está pasando”, ver la columna de Manu Yáñez en el sitio al respecto). Y tampoco logra secuencias particularmente memorables cuando sale del encierro del avión y filma un par de pasajes “en tierra” que le dan un poco de respiración a la narración.

    En medio de la celebración y del desmadre de Los amantes pasajeros -que podría adscribir al clásico “a coger que se acaba el mundo”- hay algo triste, angustiante. No sé si es premeditado o es una sensación mía, pero en el trasfondo de estas historias de adúlteros, veteranas que aún no han perdido su virginidad y homosexuales reprimidos hay bastante de frustración, de insatisfacción, de estar fuera de tiempo y de lugar (fuera de los explosivos ’80 y en un avión que corre el riesgo de estallar).

    Es en esos contrastes, en esas contradicciones no tan explicitadas, que Los amantes pasajeros alcanza sus aspectos más interesantes. Es, sin dudas, un Almodóvar menor, de transición. No quiere decir que hayamos perdido las esperanzas de ver un gran Pedro consagrado de lleno a la comedia ligera, pero aquí -con sus hallazgos y sus traspiés- el sabor es agridulce.
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  • Los Pitufos 2
    Los Pitufos 2
    La Nación
    Dos años después del inmenso éxito comercial de la primera película basada en los personajes animados surgidos en la televisión de los años 80 (y, antes, en la historieta del dibujante belga Peyo), llega una secuela que se limita a repetir (calcar) el esquema original. Los cambios son mínimos: la historia esta vez transcurre en París y no en Nueva York, hay un par de personajes nuevos... y poco más.

    El film arranca con los entrañables y minúsculos duendes en su pueblo, preparando una fiesta sorpresa por el cumpleaños de la Pitufina. En medio de una crisis de identidad y pertenencia (ella cree que todos se han olvidado del evento), el malvado y torpe brujo Gargamel (un esforzado y desatado Hank Azaria) logra transportarla hasta París e inicia un operativo "seducción" (regalos, torta, etc.) para conseguir que la traumada jovencita le dé la fórmula secreta de los Pitufos. Contará para lograr su objetivo con la ayuda no sólo de su gato sino también de la histriónica Vexy y del primitivo Hackus, dos gnomos creados por el hechicero que no han podido alcanzar el color azul que define a los protagonistas.

    Más allá de algunas (pocas) líneas de diálogo inspiradas, de ciertos pasajes donde aflora un logrado humor físico y de un par de secuencias con un notable despliegue visual (y un buen uso del 3D), como cuando una gigantesca rueda de la fortuna avanza por las calles de París, el director Raja Gosnell (responsable del primer film, de Scooby-Doo y de Una chihuahua en Beverly Hills ) apela al "piloto automático": acumulación de enredos, mucho vértigo y muy poca capacidad de sorpresa.

    Para destacar en el terreno técnico la impecable integración entre las imágenes con actores (buena parte se rodó en la zona de la Opera de París) y los personajes animados, pero aquí se extraña demasiado la gracia, el delirio y la creatividad de films como ¿Quién engañó a Roger Rabbit?

    Puede que a muchos niños pequeños les alcance con ver en pantalla a Papá Pitufo, Gruñón, Vanidoso, Tontín y Pitufina para salir satisfechos de la sala, pero también es muy probable que para la gran mayoría de los adultos los 105 minutos resulten "eternos". Habrá que resignarse, esta vez, a ser meros y sufridos acompañantes. El genuino disfrute que tantos films infantiles (que en verdad no son sólo infantiles) nos han regalado quedará para otra ocasión.
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  • Red 2
    Red 2
    Otros Cines
    Cuando más es menos

    En 2010, Bruce Willis, John Malkovich y Helen Mirren, acompañados por un buen grupo de otros intérpretes veteranos, regalaron una muy simpática comedia de acción a-la-James Bond basada en la (auto)parodia y en el placer de lo ridículo. Las críticas positivas y, sobre todo, el sorprendente éxito comercial, desembocaron en una inevitable secuela. Y, como también suele suceder en la mayoría de estas operaciones justificadas más por las necesidades del marketing que las artísticas, el efecto ya no es el mismo. No es que RED 2 sea mala (tiene algunos pasajes graciosos y un par de set-pieces construidas con indudable profesionalismo), pero la sensación es similar a la de haber escuchado el mismo chiste por segunda vez. Por mejor que esté contado, ya no generará la misma risa que en la primera oportunidad.

    En RED 2 reaparecen Bruce Willis en jogging y John Malkovich en bermudas, ambos siempre al borde de lo trash, y también regresa una Helen Mirren a la que le alcanzan unos pocos minutos para deslumbrar (como siempre), pero por más onda que ponen los actores el resultado final es apenas discreto, con mucho de fórmula y con síntomas de un agotamiento prematuro.

    En el arranque vemos a Frank Moses (Willis) felizmente retirado y en pareja con Sarah (Mary-Louise Parker). Pero mientras ambos hacen las compras en un hipermercado surge la figura inconfundible de Marvin Boggs (Malkovich) y, claro, las cosas ya nunca volverán a ser como antes. “No mataste a nadie en meses”, le dice el pelado Malkovich al pelado Willis. Al poco tiempo, los tres estarán de nuevo en acción, en una trama llena de engaños y vueltas de tuerca que nos llevará desde los Estados Unidos hasta Londres, París y Moscú, con un caso que viene desde la Guerra Fría (“Sombra Nocturna”), la amenaza de una bomba atómica como McGuffin, y la aparición en la segunda mitad de un agente que estuvo encarcelado durante… ¡32 años! (sí, el mismísimo Anthony Hopkins).

    En esta nueva RED (acrónimo de "Retired Extremely Dangerous") hay un amplio elenco que incluye -además de agentes de la CIA y del MI6- a la citada Helen Mirren, a la seductora espía rusa Katja (Catherine Zeta-Jones), a un asesino llamado Han (el astro coreano Byung-hun Lee) y breves apariciones de Brian Cox (que había tenido más minutos en la original) y David Thewlis.

    Así, con más personajes, con más escenas de acción, RED 2 viene recargada, pero no por eso mejor: esta vez más es menos. El efecto reciclaje se nota, la acumulación agota y el disfrute, por lo tanto, es casi nulo.
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  • Viola
    Viola
    Otros Cines
    Noche de Reinas

    Indagar en el universo shakespeareano no es algo precisamente novedoso en el cine. Ni siquiera lo es dentro del de Matías Piñeiro, quien venía de concretar la más que interesante Rosalinda (complemento perfecto del doble programa que presenta la Lugones). Tampoco es demasiado innovador trabajar los cruces entre cine, literatura y teatro ni el juego de interacción entre los conflictos de los personajes de una película (actrices en este caso) y los de la obra que ellas mismas ensayan, montan e interpretan en pantalla ¿Entonces qué es lo que hace de Viola una experiencia tan disfrutable?

    Con el desarrollo de su filmografía, Piñeiro ha ido depurando su estilo. Se lo nota más seguro, más dúctil, más preciso, más maduro, sin que por eso su cine haya perdido (al contrario) su fluidez, su elegancia y su poder de seducción. Gracias al inestimable aporte de su DF y camarógrafo Fernando Lockett (cada vez más brillante), Piñeiro construye largos, bellos y virtuosos planos-secuencia que permiten el despliegue con gran libertad de sus queribles actrices.

    La protagonista es la Viola del título (María Villar), una joven que se gana la vida comercializando CDs y DVDs truchos que su novio (Esteban Bigliardi) baja de Internet y ella reparte a domicilio en bicicleta. Los otros personajes centrales son las apuntadas actrices que practican a toda hora los parlamentos shakespeareanos para su obra (la comedia Noche de reyes), mientras comparten tribulaciones por sus constantes problemas con los hombres.

    Pocos directores varones han demostrado una sensibilidad tan particular para sumergirse en la intimidad del mundo femenino, ya sea en un camarín o dentro de un auto con el invierno desolador de fondo. No digo que Piñeiro sea el nuevo Pedro Almodóvar, pero en el cine argentino actual no hay demasiados casos similares.

    Con pequeñas, sutiles variaciones de una misma escena, con bruscos cambios en el punto de vista (hay algo del estilo Hong Sang-soo en la propuesta), con un impecable trabajo del fuera de campo, con el encanto de unos personajes que disfrutan de divagar o de plantearse enigmas por momentos absurdos, Piñeiro va moldeando -en apenas una hora- un relato fascinante y embriagador, que muchos han ligado -no de forma caprichosa- con el cine de Jacques Rivette y Eric Rohmer. En ese caso, estamos ante un más que digno "heredero".


    PD: Es llamativo el camino que ha hecho Viola. En principio, triunfó en varios festivales del exterior (desde Valdivia hasta Toronto, pasando por Berlín) antes de llegar al BAFICI, donde María Villar, Agustina Muñoz, Elisa Carricajo y Romina Paula compartieron el premio a las mejores actrices de la Competencia Internacional. Además, se estrenó en yunta con Rosalinda antes en Nueva York -donde obtuvo críticas laudatorias con un promedio de 85/100 según compila el sitio Metacritic- que en la Lugones.
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  • Vino para robar
    Vino para robar
    Otros Cines
    Los simuladores

    Tras las más que promisorias comedias Cara de queso y Mi primera boda, Ariel Winograd -sin abandonar el humor, la veta romántica y la fluidez de sus dos primeros trabajos- se mete ahora en terrenos del thriller (historias de ladrones y engaños cruzados) con buenos resultados dentro de un cine argentino que sigue pidiendo a gritos más y mejores exponentes de género. La película está bien concebida y se disfruta (no es poca cosa), pero queda la sensación de que también es un poco derivativa de mucho cine previo y de que Winograd está en condiciones de soltarse aún más y de conseguir aún mejores resultados finales.

    Más allá de algunas citas demasiado obvias (la línea de diálogo "tu nombre en clave es Bond, Juan Bond", la remera de North By Northwest/Intriga internacional que usa Valeria Bertuccelli), Vino para robar “bebe” no sólo del espíritu lúdico de la saga 007 y del Alfred Hitchcock de Para atrapar al ladrón, con Cary Grant y Grace Kelly, o Marnie, la ladrona; sino también del Steven Soderbergh de La gran estafa y Un romance peligroso; y de otros films como Los enredos de Wanda o El caso Thomas Crown. Y además hay algo del espíritu de la serie de Damián Szifron Los Simuladores (y no sólo porque uno de los personajes aquí se llame también Mario Santos, en homenaje al responsable de la FUC).

    El eficaz (y no mucho más) guión de Adrián Garelik que Winograd filma con la bienvenida ligereza de un Billy Wilder o un Ernst Lubitsch tiene un par de MacGuffins (una máscara azteca, una preciada botella de Malbec francés de 1845) que sirven de pretexto para que los dos protagonistas y ladrones profesionales, Sebastián (Daniel Hendler) y Natalia (Valeria Bertuccelli), se traicionen, se persigan y, claro, se enamoren cuando no les queda más remedio que trabajar juntos tras ser amenazados por el malvado de turno (Juan Leyrado).

    Hay escenas de robos en bancos rodadas con categoría, se consigue la química necesaria entre un Hendler al que le alcanza su básico aplomo (no aflora la simpatía de Daniel Craig, George Clooney ni Pierce Brosnan) para salir bien parado y una Bertuccelli que es capaz de seguir sorprendiendo con sus múltiples matices de comediante, y la trama -menor- se sostiene con gracia y buen ritmo, aunque algunos personajes secundarios (como el de Pablo Rago) no tengan el desarrollo ni alcancen el interés que Winograd supo lograr en sus films anteriores.

    Un detalle “de producción”: Vino para robar tuvo el apoyo institucional de la provincia de Mendoza y allí transcurren varias escenas clave. Algo similar a lo que pasaba con San Luis en Soledad y Larguirucho. Pero mientras en el film animado el “chivo” era obvio e irritante, aquí Winograd -siempre inteligente para dosificar los diferentes elementos- aprovecha los paisajes y posibilidades “cinematográficas” de la zona con sus bodegas, viñedos, montañas, arroyos y hasta una escena en exteriores que remite a la tradicional y masiva Fiesta de la Vendimia sin caer en pintoresquismos de “guías turísticas”. Misión cumplida.
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  • Wolverine: inmortal
    Con la excepción de Robert Downey Jr. como Tony Stark/Iron Man, nadie ha estado tanto en pantalla en el papel de un personaje de Marvel como Hugh Jackman. Mientras se espera el regreso de los X-Men para el año próximo con Days of Future Past , el personaje de Logan /Wolverine tiene un nuevo film en solitario que -sin ser una maravilla- constituye una suerte de revancha y de reivindicación frente a la decepcionante X-Men: Orígenes - Wolverine (2009).

    El director James Mangold, un sólido artesano de la industria que ha realizado dignos films como Tierra de policías, Johnny & June: Pasión y locura; El tren de las 3:10 a Yuma y Encuentro explosivo , prescinde bastante de las explosiones y de la habitual ametralladora de efectos visuales para narrar una película "japonesa" en muchos sentidos. Más allá de haber citado al cine de Akira Kurosawa y Yasujiro Ozu como fuentes de inspiración y de estar casi íntegramente ambientada en Tokio, Nagasaki y alrededores, Wolverine: Inmortal tiene más de ninjas, samuráis y yakuzas, de artes marciales, de mitología y rituales nipones, que de monstruos o acumulación de imágenes espectaculares generadas por computadora.

    Tras un prólogo que transcurre justo cuando la bomba atómica explota en Nagasaki, el film salta a la actualidad. Vemos que Logan se ha convertido en un alma en pena, una suerte de vagabundo de aspecto descuidado que reniega por completo de su pasado. Mientras se pelea con unos cazadores en un bar de pueblo, aparece en escena una extrañísima joven llamada Yukio (Rila Fukushima), que lo convence de viajar a Tokio para ver a un anciano moribundo, a quien conoció durante la Segunda Guerra Mundial y que ahora es el empresario más poderoso de Japón.

    Ya en su nuevo destino, Logan descubrirá que las cosas no son tan sencillas como parecían y quedará en medio de una lucha entre gángsteres, con políticos e industriales involucrados, y, por supuesto, con una despiadada mutante como rival: Viper (Svetlana Khodchenkova). Pero el motivo principal para volver a las fuentes de Wolverine será, claro, el amor, ya que mientras tiene que cuidar a Mariko (Tao Okamoto), joven y bella heredera del imperio de su abuelo, se irá enamorando de ella.

    Basado en el cómic A Ronin's Story (1982), de Chris Claremont y Frank Miller, Wolverine: Inmortal trabaja una veta existencialista (que tiene que ver con la "condena" de la inmortalidad a la que alude el título), pero que está lejos de la complejidad y las ambiciones de, por ejemplo las Batman, de Christopher Nolan. Más allá de sus picos de solemnidad y de humor, las comparaciones van por el lado del cine de yakuzas de Takeshi Kitano, de la saga de Kill Bill (aunque le falta más desparpajo, estilización y referencias pop para "dialogar" con Quentin Tarantino) y de una tensión que remite al William Friedkin de Contacto en Francia .

    Jackman convence tanto en las peleas cuerpo a cuerpo (incluso cuando debe enfrentar a un gigantesco samurái plateado) como cuando tiene que sostener las escenas dramáticas (que no son particularmente inspiradas). Tampoco se destaca demasiado el trabajo con el 3D, a todas luces innecesario y hasta distractivo. No estamos, por lo tanto, ante una película revolucionaria (ni siquiera del todo redonda), pero que sí surge como una bienvenida rareza dentro del universo Marvel.

    Nota: Fiel al espíritu de las películas de superhéroes, tras los créditos finales hay una larga (y buena) escena sobre... el inminente regreso de los X-Men. Los fans de la saga quedan avisados para no abandonar raudamente la sala.
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  • Ladrona de identidades
    Para atrapar a la gorda

    Del director y el actor de Quiero matar a mi jefe, de la gran (en todo sentido) Melissa McCarthy (Damas en guerra) y del guionista de las dos últimas entregas de ¿Qué pasó ayer? se esperaba bastante más que esta discreta, mecánica, brutal, despiadada y sádica comedia negra. Me cuesta entender el enorme éxito comercial que tuvo (135 millones de dólares sólo en los cines norteamericanos) porque se trata de un subproducto que genera más vergüenza ajena e irritación que disfrute, incluso en plan “placer culpable”.

    ¿Qué vemos en este nuevo film de Seth Gordon? A Sandy Bigelow Patterson (el insulso Jason Bateman), un experto en finanzas y dedicado padre de familia (su esposa, una desaprovechada Amanda Peet, está embarazada) que -en medio de un importante cambio laboral- sufre el “robo de identidad” al que alude el título. En efecto, la obesa Diana (Melissa McCarthy) aprovecha su nombre “unisex” y duplica sus tarjetas de crédito para dar rienda suelta a su consumismo voraz. El mundo atildado, previsible, conservador del protagonista se derrumba y -presionado por la policía- no tendrá más que ir a cazar “a la gorda”. Lo de las comillas no es gratuito. Aquí se trata de ver cómo un buen tipo intenta atrapar a un ser despreciable como el que encarna McCarthy (cien veces mejor comediante que Bateman).

    El film nos obliga a odiar a Diana y a empatizar con Sandy y esa manipulación ya es una operación bastante poco eficaz (y no lo digo desde la mirada horrorizada de la corrección política). Lo que sigue es una mediocre sucesión de enredos en el terreno de la road-movie (ambos deberán unir fuerzas para escapar de mafiosos varios que siguen sus pasos) y el desenlace -que no adelantaremos- resulta a todas luces concesivo, demagógico y tranquilizador, de esos que terminan mordiéndose la cola.

    Las comedias de estafador@s nos han regalado grandes momentos de disfrute cinéfilo durante de décadas. Ladrona de identidades nos da, apenas, algunos flashes del talento impar de McCarthy. Esperemos que en próximos protagónicos pueda demostrar su ductilidad en mejores contextos que este.
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  • Algunas horas de primavera
    Madre hay una sola

    Es difícil (se me hace difícil) recomendar una película tan dura y con un tema tan complejo (violencia familiar + enfermedad terminal) como esta del francés Stéphane Brizé. Pero en una cartelera comercial dominada por productos pasatistas, efímeros y predigeridos como la argentina un film profundo y delicado -aun con sus aspectos discutibles- como el de Brizé resulta no sólo una rareza sino también motivo de una especial atención.

    El director de la exitosa Une affaire d'amour narra la historia de Alain (ese querible y tierno duro que es Vincent Lindon), un hombre que acaba de ser liberado tras 18 meses en prisión. Sin plata y con un inevitable futuro de empleos precarios (como separar la basura en un centro de reciclaje lleno de inmigrantes) se instala en lo de su madre, Yvette (Hélène Vincent), una mujer metódica, obsesiva, controladora, despótica, en muchos momentos decididamente insoportable. La relación entre ellos es casi siempre tirante y en determinados pasajes, explosiva.

    Alain se enamora de Clémence (Emmanuelle Seigner y su belleza madura), pero no le cuenta su situación. Al poco tiempo descubre que su madre tiene un tumor cerebral sin posibilidades de remisión. Su más que precario equilibrio se desmorona por completo: ¿Iniciar una relación en ese contexto? ¿Cómo acompañar a una mamá que lo maltrata y que no se deja ayudar?

    Este y muchos otros interrogantes son los que plantea esta inquietante, provocadora -pero nunca manipuladora, ni sentimental, ni sensacionalista- propuesta de Brizé. Filmada con precisión quirúrgica, con sensibilidad (sin excesos) y el aporte de exquisitos actores, Algunas horas de primavera remite por momentos a la multipremiada Amour, de Michael Haneke.

    Siento que el final no es del todo convincente, que la forma en que se aborda el tema de la muerte digna (eutanasia) no está a la altura de la complejidad y de los matices del resto de la película. De todas formas, estamos ante un film inteligente: valiente y valioso. Vale la pena, por lo tanto, darle una oportunidad.
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  • Turbo
    Turbo
    La Nación
    Si una rata pudo convertirse en chef de París en Ratatouille, por qué un caracol no puede transformarse en campeón de las 500 millas de Indianápolis. En el mundo de la animación, se sabe, todo es posible. Y cuanto más absurdo, mejor.

    En su nueva producción animada, DreamWorks -estudio que produjo las sagas de Madagascar y Kung Fu Panda- ofrece una vistosa comedia de enredos a pura adrenalina con elementos que remiten a otro éxito animado como Cars y, sí, a la franquicia de Rápidos y furiosos (hasta hay picadas callejeras con bellas chicas como "decorado").

    Como en Metegol -el otro gran estreno animado de hoy- la veta deportiva es el trasfondo, pero no el eje exclusivo de la trama. Allí el fútbol y aquí las carreras de automóviles sirven como contexto para historias de superación individuales sobre típicos antihéroes que alcanzan sus sueños a fuerza de creer, de buscar de forma obstinada y, claro, de algún empujoncito propio de corte fantástico.

    En este caso, el típico perdedor que se redime es Turbo, un caracol que vive en medio de una plantación de tomates. El protagonista sueña con participar en las carreras (es muy buena la escena inicial en la que se "suma" a la imagen de un viejo televisor), pero todo le sale mal. Su hermano mayor Chet y el resto de la comunidad le recriminan que sea tan intrépido (la cortadora de césped de los jardineros, el triciclo de un niño cruel o unos cuervos que sobrevuelan el lugar son amenazas permanentes), pero él está decidido a salir al mundo real.

    Lo cierto es que -no importa mucho explicar cómo- adquirirá unos poderes sobrenaturales que le permitirán al lento molusco convertirse en un bólido. Con la ayuda de otros caracoles y de unos obesos latinos que venden comida mexicana (personajes simpáticos pero bastante estereotipados, por cierto) llegará al mundillo del automovilismo profesional para desafiar al egocéntrico campeón francés Guy Gagné.

    La película tiene una animación impecable (algo que ya es habitual en la producción mainstream de Hollywood, pero no está de más destacarlo) y un aprovechamiento integral de las posibilidades del 3D a la hora de trabajar los movimientos vertiginosos y la profundidad de campo, pero -más allá del encanto del protagonista y de varios personajes secundarios-en el resultado final hay algo de fórmula y déjà vu. De todas maneras, se trata de un entretenimiento de notable factura técnica y con una moraleja políticamente correcta que despierta más sonrisas que irritación.
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  • Metegol
    Metegol
    Otros Cines
    Soccer Story

    Escribir sobre Metegol no es algo para ser tomado a la ligera (“un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, se escuchó alguna vez en pantalla). En principio, porque estamos ante el nuevo film (y el primero en el campo de la animación) de Juan José Campanella, el director más exitoso y de mayor proyección internacional (sobre todo, después de haber ganado el Oscar con El secreto de sus ojos) que tiene el cine argentino. Es, además, la apuesta más arriesgada desde lo financiero (20 millones de dólares de presupuesto) en la historia de la industria audiovisual local. Por eso, la película amerita (exige) un análisis con múltiples aristas: artísticas, por supuesto, pero también en términos de lo que significa para el negocio (un aspecto que puede no interesarle demasiado a muchos lectores, pero que a mí me apasiona).

    Lo primero que hay que decir es que estamos ante un impecable producto de animación. Podrá argumentarse con no poca razón que el 3D aquí no agrega demasiado, que Campanella y equipo gambetearon (sí, ya empiezo con las metáforas futboleras) escollos muchas veces insalvables para los animadores como escenas con agua o con fuego (reconocer las limitaciones es también una señal de inteligencia), pero con Metegol la animación argentina -con el aporte de artistas extranjeros, claro- juega por primera vez… en primera (otra).

    En otras palabras, la película -con sus secuencias ambientadas en basurales, parques de diversiones, laboratorios genéticos, mansiones, plazas de pueblo y un desenlace en un gigantesco estadio- puede venderse y verse sin vergüenza en cualquier rincón del planeta. No digo que tenga el nivel de preciosismo, la capacidad de detalle o el acabado de un largometraje de Pixar, pero en comparación con cualquier film animado vernáculo es un salto directo a la estratósfera.

    Y hablando de Pixar, Metegol recupera en su planteo el espíritu de la saga de Toy Story (el propio director de El mismo amor, la misma lluvia y El hijo de la novia la reconoció como una de sus favoritas) con los jugadores de metegol (como allí eran los juguetes) cobrando vida para ayudar a un niño/muchacho que los ha querido obsesivamente durante años. Pero no estamos ante un mero homenaje / reciclaje porque Metegol es una historia 100% Campanella, con todo lo bueno que eso puede significar para muchos (y lo malo para algunos otros).

    Las miradas sobre la familia (sobre todo la brecha generacional que se percibe en la relación padre-hijo que enmarca el relato), sobre la irrupción del “progreso” que propugna el capitalismo salvaje (arrasador de las tradiciones, como el viejo bar del pueblo donde transcurre la primera parte de la película), sobre la dictadura del marketing y el culto a la personalidad en el fútbol (puesto en la contradicción entre un malvado astro egocéntrico y despótico a-lo-Cristiano Ronaldo versus el espíritu delirante y amateur del personaje aforista / filósofo / cósmico / místico que “interpreta” Horacio Fontova con un look que combina a Luque, Tarantini y Valderrama) o sobre la superación individual en el marco de un proyecto colectivo por parte de los más débiles (perfectos antihéroes) son de un campanellismo “de manual”. En este sentido, podría definirse sin caer en simplificaciones ni exageraciones a Metegol como una versión animada y con llegada infantil de Luna de Avellaneda.

    Si Luna de Avellaneda -la película más cuestionada de una filmografía como la de Campanella que ha dividido de forma irreconciliable a fans y detractores- es el modelo más cercano de Metegol, es probable (y ya pasó con las primeras reacciones en Twitter) que vuelva a generar un debate encarnizado. Pensé que en el marco de un film animado de consumo popular esa tensión, esa irritación que a muchos les genera el espíritu campanelliano (esa veta nostálgica, esa reivindicación de los valores “fundacionales”), iba a diluirse, pero -para bien o para mal- estamos ante un Campanella en toda su dimensión artística e ideológica.

    Si bien los aportes de Fontanarrosa (autor del cuento original que sirvió de inspiración) y del coguionista Eduardo Sacheri (un escritor que conoce mucho el ambiente) le otorgan al film cierta impronta futbolera, Metegol no es en absoluto una película sobre fútbol sino más bien sobre el amor, la camaradería, la lealtad, la superación (el protagonista es un manojo de traumas e inseguridades) y la posibilidad de la redención.

    En el terreno comercial será bastante difícil (todo un desafío de marketing) convencer a madres e hijas de que Metegol es también una película para mujeres (aparece en primera instancia como la salida perfecta de los papás con sus hijos varones). El otro inconveniente es la argentinidad al palo que en muchos sentidos la película retrata. Es cierto que los temas básicos que aborda son universales y que el doblaje “neutro” barrerá con todos los localismos, pero vender un film “sobre fútbol” y “bien argentino” en el exterior (sobre todo en los Estados Unidos, la cuna de la animación) sigue siendo una proeza, incluso con el sello Campanella incorporado.

    De todas maneras, más allá de las citas cinéfilas obvias (desde 2001, odisea del espacio en el arranque hasta muchos momentos con espíritu de western) o de los personajes secundarios estereotipados (el gordo dueño del bar, los gallegos, el cura, el policía, el ladrón, el ciruja borrachín, los jubilados conservadores), el “cuentito” (que, se sabe, sigue siendo lo esencial) funciona durante buena parte de los 100 minutos. “Creer para ver”, es el leit-motiv que utiliza el director en el film y algo de eso hay en el universo de Campanella. Creer.

    Si a la indudable solvencia narrativa se le suman los hallazgos de animación (jamás el cine argentino logró semejantes movimientos corporales o tanta inventiva visual en sus distintas escenas) estamos en presencia de un producto más que digno y con inexorable destino de éxito masivo. El resto quedará para que nosotros, las minorías cinéfilas / intelectuales / twitteras, sigamos discutiendo sin ponernos de acuerdo. Campanella, está claro, lo hizo de nuevo.
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  • Titanes del Pacífico
    Con películas como El espinazo del d iablo, El laberinto del f auno, la saga de Hellboy y varias otras producciones, Guillermo del Toro se convirtió en una figura de culto entre los seguidores del cine fantástico, de la ciencia ficción, del terror, de los superhéroes, de los cómics y del animé. Ya cerca de los 50 años, parecía listo para el gran salto en Hollywood. Y lo dio con Titanes del Pacífico , un proyecto de 180 millones de dólares de presupuesto con un impresionante despliegue de efectos visuales. Por suerte, el director mexicano no desaprovechó la oportunidad y, más allá de los reparos que puedan hacérseles al guión y a ciertas decisiones artísticas, redondeó uno de los mejores entretenimientos a gran escala de esta temporada.

    Apenas se conoció la sinopsis y se vieron las primeras imágenes del trailer, se comparó de manera casi automática a Titanes del Pacífico con las historias japonesas de Godzilla y, claro, con la franquicia de Transformers , pero más allá del tono apocalíptico y de las gigantescas criaturas en disputa (los humanos construyen unos robots denominados Jaegers para enfrentar la invasión de los monstruosos Kaijus que surgen desde un abismo en lo más profundo del océano), el resultado final que consigue Del Toro es muy diferente.

    Allí donde Michael Bay apelaba al frenético montaje videoclipero y a la estética publicitaria para sus películas de Transformers , Del Toro filma sus majestuosas batallas con planos largos y abiertos. Como experto en estas cuestiones (y como buen "animal" de cine) que es, sabe qué quiere mostrar y cómo hacerlo. Así, lejos del vértigo abrumador y del hiperestímulo efectista de tanto tanque hollywoodense, aquí las escenas de acción "se entienden", se sienten en el cuerpo y, por supuesto, se disfrutan.

    Del Toro no pretende construir una "mitología" y, por lo tanto, prescinde de la solemnidad (y de las complicaciones) de las Batman, las Superman o las películas de Marvel. El film se inicia con una escena de devastación en San Francisco y una voz en off nos ubica de manera breve y concisa en un futuro cercano (la acción arranca en 2015 y continuará cinco años después) con los monstruos invasores destruyendo ciudades y los humanos viendo la forma de detenerlos y combatirlos.

    Es cierto que las subtramas dramáticas (las relaciones entre dos hermanos, entre un padre militar y su hijo ídem, y otra con "tensión" romántica entre un conductor de robot estadounidense y una colega japonesa) son tan elementales como superficiales (y efímeras), que el elenco (con la honrosa excepción de Idris Elba) es bastante inexpresivo y que se extraña un poco más de humor (y eso que aparecen dos de sus actores-fetiche, como Ron Perlman y Santiago Segura), pero Del Toro nunca se ubica por encima del espectador, no se regodea en sus recursos visuales y regala una narración llena de nobleza y oficio que resulta siempre llevadera.

    Los fans podrán extasiarse con los diferentes tipos de Jaegers, con los diseños de los enormes y despiadados Kaijus o con las referencias a la serie de animé de los años 90 Neon Genesis Evangelion , pero el público no iniciado también puede acercarse a este universo sin manuales, desde un lugar más básico, pero igualmente disfrutable.

    Consejo: no abandonar la sala apenas empiezan los créditos finales. A los pocos minutos hay una escena adicional. No se trata de una revelación fundamental, pero es un chiste que el público -sobre todo aquel que sigue el cine de Del Toro- sabrá celebrar.
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  • El chef
    El chef
    Otros Cines
    Con los peores ingredientes...

    El cine francés es tan rico, tan diverso, y al mismo tiempo le está costando tanto llegar a la cartelera comercial argentina, que cuando se estrena un subproducto tan menor como El chef genera una mezcla de bronca e impotencia. No se entiende por qué los distribuidores locales, teniendo la posibilidad de elegir entre la vasta oferta del principal productor audiovisual de Europa, optan por una comedieta de cuarta, construida a pura fórmula, a fuerza de clichés y estereotipos, como esta de Daniel Cohen.

    Hemos visto (disfrutado y padecido) decenas, centenares de películas europeas y norteamericanas con la comida y el mundillo gastronómico como eje. Y, si bien podríamos coincidir en que el subgénero está ya demasiado transitado (¿agotado?), pocos exponentes han sido tan pobres, tan escasos de ideas, como este protagonizado por Jean Reno y Michël Youn.

    Un chef consagrado (Reno), un loser al que le gusta cocinar pero no tiene suerte (Youn). Una relación padre-hija, otra entre dos que están por ser padres y planean casarse. Un dueño de restaurante despótico. Diferencias generacionales y de estilos de preparar los platos. Con esos “ingredientes” (bastante sosos, por cierto), el guionista y director Cohen arma una comedia de enredos con gusto a poco, muy poco.

    Anodina, chata, previsible, El chef no da ni para la sonrisa (la carcajada es aquí una utopía). Un film decididamente menor incluso dentro de la vertiente más comercial del cine francés, que supo y sabe regalar productos que pueden resultar un poco convencionales, pero son casi siempre muy eficaces. No es este caso. Consejo: ahórrense la entrada y vuelvan a ver Ratatouille.
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  • Post Tenebras Lux
    Del talento y la creatividad al regodeo y la provocación

    El siempre polémico director de Japón, Batalla en el cielo y Luz silenciosa se arriesgó con elementos personales (sus dos hijos en la vida real tienen papeles centrales y una de las locaciones principales es su propia -y bella- casa de campo) para una ambiciosa (tanto desde lo visual como de la puesta en escena) descripción de las profundas diferencias económicas y culturales, y las luchas de clase que subyacen en México y que -como todos los conflictos sostenidos con demasiada tensión- suelen explotar en el momento más inesperado y de la peor manera.

    Reygadas -que recibió el premio al mejor director en el Festival de Cannes 2012 por este trabajo- no se ahorra situaciones extremas: luego de un hermosísimo plano-secuencia inicial, aparece -literalmente- el Diablo (en precaria versión fluorescente) y poco después mostrará desde una orgía hasta asesinatos a sangre fría, pasando por un final a puro rugby.

    El film -trabajado en las tomas de exteriores con lentes que deforman los bordes de la imagen- va de lo más íntimo al retrato coral, de la austeridad a lo grandilocuente, de lo familiar a lo social, con resultados que por momentos subyugan y en otros, irritan.

    Cineasta virtuoso, radical y creativo, Reygadas parece demasiado tentado por la provocación y enamorado de sus ideas (su genio). Esa compulsión por impactar, trascender, por demostrar en cada plano su talento, cae por momentos en el regodeo y el capricho pretencioso (el director y colega Juan Villegas utilizó con acierto el neologismo “obramaestrismo”), y termina fagocitándose así muchas veces las buenas ideas que indudablemente tiene.
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  • Calles de la memoria
    Hay películas que nacen con grandes ambiciones y luego lucen empequeñecidas a la hora de apreciar su resultado final. Y hay otras, como es el caso de Calles de la memoria , que tienen un nacimiento casi fortuito y una producción más que modesta, pero que terminan con alcances mayúsculos.

    Lo que aquí comenzó como un ejercicio de carácter eminentemente pedagógico se constituye en un inteligente ensayo -pletórico de contradicciones y matices, lejos de la bajada de línea y los fanatismos tan en boga por estos días- sobre la construcción de la memoria, sobre esos puentes que se tienden entre pasado y presente, entre los militantes de ayer y los de hoy.

    A partir de un trabajo grupal en el ámbito de un taller con documentalistas iberoamericanos, la celebrada directora Carmen Guarini (objeto por estos días de una retrospectiva de su filmografía en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín para acompañar este estreno) y sus alumnos/colaboradores registran el proyecto de Barrios x Memoria y Justicia, una muy activa asociación de vecinos de Almagro y Balvanera que instalan en esos y otros barrios porteños baldosas con inscripciones alusivas al terrorismo de Estado durante la última dictadura.

    Los realizadores consultan a los vecinos sobre el mayor o menor interés que esos homenajes/denuncias les despiertan y al mismo tiempo se interrogan sobre el lugar (y la ética) del documentalista que invade y manipula ámbitos muchas veces íntimos, pero que también da cuenta de actos de fuertes dimensiones sociales y políticas.

    En ese sentido, el film expone en toda su dimensión los debates internos, las diferencias generacionales y las implicancias emocionales de quienes idean, organizan y llevan a cabo estas iniciativas callejeras. Así, Guarini y su equipo construyen un doble estudio: sobre las nuevas formas de pensar y representar la memoria colectiva y sobre el cine dentro del cine.
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  • Mi villano favorito 2
    En la saga de Madagascar fueron los pingüinos. En la de La Era de Hielo , la ardillita Scrat. Y en la de Mi villano favorito , sobre todo en esta segunda entrega, son los Minions quienes se "roban el show". Los secundarios animados al poder, parece.

    En efecto, estas pequeñas, caóticas (y muy divertidas) criaturas amarillas que ayudan al ex malvado Gru devenido en sufrido padre de tres encantadoras huerfanitas son el principal argumento para recomendar una secuela que -en casi todos los otros terrenos- queda bastante lejos de la sorprendente y muy redonda película original de 2010, en la que el calvo protagonista de voz aguda se robaba nada menos que la Luna.

    En el arranque de este segundo film vemos al atribulado antihéroe organizando (y padeciendo, claro) una fiesta de cumpleaños infantil en el jardín de su casa. Además de haber formado una familia con las tres niñas (preocupadas porque el padre no arma pareja y ávidas por buscarle "candidata"), Gru ha desarrollado un emprendimiento para producir mermeladas y jaleas. Pero algo le falta... No pasará, por lo tanto, mucho tiempo hasta que vuelva a la acción, en este caso como agente encubierto de una organización secreta antiterrorista.

    Como el lector podrá imaginarse, aquí la cosa pasa por una trama de espías con evidentes referencias al universo de James Bond. En ese contexto, Gru tendrá una compañera de misión (la ampulosa Lucy Wilde) para desenmascarar a un malvado mexicano, Macho, que se ha robado un suero devastador capaz de convertir a los Minions en algo muy parecido a los Gremlins.

    La película dilapida valiosos minutos en explicar una y otra vez los traumas y fobias de Gru con el sexo opuesto, en generar la subtrama romántica con Lucy y en desarrollar -sin suspenso ni tensión- las escenas más propias del thriller en un shopping y en un restaurante.

    Si Gru se había destacado como un malvado decididamente querible en el film original, aquí se volvió un bueno demasiado común. Y el nuevo villano, Macho, luce muy estereotipado y bastante desdibujado.

    Lo que los directores Pierre Coffin y Chris Renaud no han perdido, por suerte, es su toque especial para el humor físico y para reírse de (y con) la torpeza ajena. Todos los personajes se lucen en plan slapstick , pero son los citados Minions los que se llevan todas las palmas y se convierten en dignísimos herederos de los clásicos personajes de Chuck Jones y Hanna-Barbera. Para completar su fenomenal faena, nos regalan al final dos notables covers ("I Swear", "YMCA") que dejan una sensación de satisfacción y alegría que el resto del film sólo consigue con cuentagotas.

    Lamentablemente, todas las copias que se exhibirán desde hoy (más de 250) son dobladas al castellano. A pesar de que el formato digital DCP permite la inclusión de subtítulos con mucha facilidad, no habrá versión con esa alternativa ni siquiera en las funciones nocturnas. Una pena, porque los espectadores adultos (los hay también en buena cantidad para el cine de animación) no podrán disfrutar del talento en las voces originales de intérpretes de la talla de Steve Carell, Kristen Wiig, Benjamin Bratt, Miranda Cosgrove, Russell Brand y Steve Coogan. No queda otra, por lo tanto, que soportar un doblaje que no es precisamente de los más logrados de los últimos tiempos...
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  • Paisajes devorados
    El mundo está loco, loco, loco

    La locura (y la reivindicación de los “locos lindos”) ha sido una de las constantes de la filmografía de Eliseo Subiela. Aquí, lejos de la propuesta de, por ejemplo, Hombre mirando al sudeste, el prolífico director apuesta por un falso documental que sirve también como una suerte de homenaje a la figura señera del mítico Fernando Birri. La idea original, esta vez, es más interesante que el resultado final.

    Tres jóvenes directores (flojísimas actuaciones) están rodando su película de tesis sobre un misterioso cineasta cuyo paradero se desconoce desde hace décadas. La investigación los lleva hasta el neuropsiquiátrico Borda, donde está internado desde hace mucho tiempo un viejo delirante, fabulador y maníaco-depresivo (Birri, claro). El interrogante, por supuesto, es si se trata o no del legendario artista en cuestión, que tendría además un oscuro pasado familiar y hasta podría estar vinculado a un caso policial.

    Los muchachos se fascinan con la figura patriarcal y el poder de seducción que el protagonista tiene en cada uno de los encuentros. El problema es que Subiela le hace decir a su “profeta” (y la barba blanca y el pelo blanco del creador de Tire dié y Los inundados da muy bien para eso) máximas sobre el cine, el arte y la vida (la locura, la muerte, los sueños, Dios y todos los grandes tópicos). Así, entre tanto diálogo ampuloso y recargado y la escasa naturalidad de los intérpretes (Birri es, por lejos, el mejor de todos), la película nunca alcanza la fluidez que todo mockumentary necesita para que el espectador ingrese a y “se crea” ese universo. Una pena porque, por otro lado, se lo ve al Subiela cineasta fascinado (y por momentos fascinante) al regresar a los pasillos, salones y jardines del Borda, consiguiendo unas cuantas imágenes sugerentes y embriagadoras.
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  • César debe morir
    Actuar para vivir

    Ya octogenarios, los hermanos Taviani (legendarios directores de films como Padre padrone, La noche de San Lorenzo y Kaos) regresan en buena forma con una película que combina documental y ficción, película carcelaria y teatro clásico de Shakespeare con un balance bastante alentador. No creo que sea la obra maestra que muchos saludaron cuando ganó el Oso de Oro de la Berlinale 2012, pero sí un film que merece ser visto y analizado en profundidad.

    La idea es la siguiente: los Taviani llevan su cámara hasta la prisión de máxima seguridad de Rebibbia, en las afueras de Roma, para filmar durante seis meses el proceso de creación de una puesta de Julio César (desde el casting hasta su emotiva presentación en una sala colmada) a cargo de los internos que participan del taller teatral del lugar.

    Es conmovedor ver a los presos (hombres grandotes, curtidos, pesados), condenados a penas que van desde los 14 años hasta cadena perpetua, presentarse a las audiciones y luego ensayar el texto hasta llegar a la representación final. Hay muy buenos actores… y de los otros, pero eso poco importa porque el “experimento” de los Taviani pasa por otro lado y va más allá de la búsqueda de la perfección y el profesionalismo.

    De todas maneras, la zona del film que menos funciona es cuando los presos se “interpretan” a sí mismos; o sea, cuando tienen que actuar para la cámara sus experiencias cotidianas en, por ejemplo, sus celdas. En cambio, cuando los directores los observan en su preparación de la obra, la película gana en intensidad, credibilidad e interés.

    Rodada en su mayor parte en blanco y negro (sólo la performance que se ve al comienzo y al final son en color), César debe morir encuentra una interesantísima conexión entre la épica shakespeareana con el complot político y la existencia cargada de miserias y traiciones de estos hombres encarcelados en muchos casos por sus conexiones con la mafia (es notable la decisión de los Taviani de hacerlos “decir” los diálogos de la obra en sus dialectos calabrés o napolitano) y en tiempos “tiranos” de la era berlusconiana.

    En el elenco surge una verdadera revelación como la de Salvatore Striano, que interpreta al malvado Brutus -personaje trágico que llega al autosacrificio luego de matar a Julio César- hasta, cuándo no, un argentino llamado Juan Darío Bonetti, que encarna a Decio. Si por momentos hay una sensación de que la propuesta original era mejor que el resultado final (ay, los carteles en los créditos de cierre para darle al proyecto un aire "curativo" y reivindicatorio), César debe morir tiene en todo caso suficientes logros y motivos como para que merezca una calurosa recomendación.
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  • El llanero solitario
    Piratas del Oeste

    Leo cruzadas algunas críticas, los primeros comentarios en las redes sociales y los análisis de tendencia en los blogs especializados y hay una coincidencia casi absoluta en que El Llanero Solitario es un film fallido. Probablemente lo sea, sobre todo para el nivel de riesgo que semejante inversión (costó 250 millones de dólares) genera, pero esta vez no comparto la mayoría de los reparos de esa suerte voz arrasadora del “consenso”.

    Que es demasiado largo, que no es gracioso, que Johnny Depp hace lo que quiere, que Armie Hammer no se luce… Esas serían -nada menos- las principales carencias del film y, si bien puede haber algo de eso, a mí la película me entretuvo bastante y jamás me irritó.

    La apuesta comercial aquí es absolutamente clara, premeditada (también se le pega por eso): repetir el esquema de Piratas del Caribe para iniciar una nueva saga, esta vez con los clichés de las historias del oeste en vez de los enfrentamientos en alta mar. Los productores (Jerry Bruckheimer y Disney), el director (Gore Verbinski), el protagonista (Depp) y los guionistas son los mismos, pero esta vez el resultado es menos estimulante y es muy probable (habrá que ver los números, claro) que no haya lugar para otra franquicia millonaria.

    Sin embargo, este El Llanero Solitario -un personaje que nunca ha tenido demasiado suerte en cine luego de décadas en la radio (2.956 episodios entre 1933 y 1954) y como serial de televisión (de 1949 a 1957)- está muy lejos de ser el despropósito que tantos indignados destruyen.

    Para mi gusto tiene varias subtramas que funcionan (otras no tanto), una iconografía muy lograda (y un gran uso de los escenarios naturales desérticos), varias set-pieces a puro CGI que son muy simpáticas, un buen humor físico (el universo del slapstick), un malvado de fuste (un William Fitchner que hasta llega a extremos de canibalismo) y, sí, varios pasajes de unipersonales de esa estrella ya payasesca que es Depp. Entiendo que muchos ya estén cansados de sus excesos a-la-Jack Sparrow, pero en esta película -construida para su lucimiento- creo que ese bigger than life funciona.

    La película es un poco derivativa (los constantes saltos entre el “presente” de 1938 con un anciano Toro contándole la historia a un niño en un museo y el “pasado” con las aventuras en la Texas de 1869 no agregan demasiado), la subtrama romántica no alcanza la intensidad deseada y se extraña una mayor química entre El Llanero Solitario y su ladero (el protagonismo de Toro le quita posibilidades de lucimiento a quien debería ser la figura principal), pero aún con sus desniveles la película tiene muchos momentos de genuino entretenimiento (y de muy buen cine en términos narrativos y visuales).

    Para destacar: Verbinski no ha limitado ni la violencia (bastante fuerte incluso para una “prohibida para 13”) ni el claro sentido revisionista de la historia. Se le cuestiona no haber incluido al film en la “tradición” del western, pero ponerla en igualdad de condiciones que los clásicos del género es exigirle demasiado. Sin embargo, tampoco creo que el film sea irrespetuoso. Hay un lúcido trabajo con los elementos distintivos de las historias del “salvaje oeste”, citas a Más corazón que odio, una lograda banda sonora de Hans Zimmer con ecos de Ennio Morricone y muchos detalles y observaciones más para celebrar.

    Que podía haber sido más eficaz y redondo, que Rango (el western animado de Verbinski) era mucho mejor. Es cierto. Pero tampoco es cuestión de destruir a un film por lo que pudo ser o por los millones que tuvo para su producción y su marketing. Con sus claroscuros e incluso con sus desaciertos, me regaló dos horas y media con más disfrute que decepción.
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  • Ritmo perfecto
    Ritmo perfecto
    Otros Cines
    Las chicas sólo quieren divertirse

    Tras el éxito mundial de Glee y de la competencia The Sing-Off organizada por la cadena NBC, era inevitable que el cine norteamericano intentara trasladar ese espíritu a no pocas películas. Sin ser nada del otro mundo, Ritmo perfecto logra mixturar con bastante gracia y simpatía el subgénero de historias universitarias, romances y, claro, muchas escenas musicales (en este caso, a capella).

    El guión es pura fórmula pero funciona: Beca (una convincente Anna Kendrick, aunque bastante excedida en edad para el papel) es una chica con dificultades emocionales y comunicativas que se instala sin mucho entusiasmo en el college Barden y termina uniéndose a The Bellas, un grupo de canto de chicas, enfrentado con otro ensamble, The Treblemakers, 100% masculino en este caso, que está acostumbrado a ganar todas las competencias del rubro (son los campeones nacionales). Uno de los chicos del conjunto rival (Skylar Astin), por supuesto, se enamorará de ella pese a lo complicado del contexto.

    Más allá de las referencias apuntadas a Glee y un esquema que tiene un poco de Romeo y Julieta y otro tanto de Amor sin barreras, Ritmo perfecto apuesta por “dialogar” con películas y canciones generacionales (allí están las citas a El club de los cinco y Heathers, temas de Simple Minds y un largo etcétera). El estilo pendula entre la superficialidad de un telefilm para preadolescentes del Disney Channel y la comedia escatológica un poco más zafada (sí, las escenas de vómitos).

    Construido de manera conciente a fuerza de clichés y estereotipos -Rebel Wilson (Damas en guerra) se luce como la típica gordita desfachatada y nerd-, Ritmo perfecto es un film previsible (uno puede adivinar sin equivocarse cuál será la escena siguiente y, por supuesto, el desenlace), pero el recorrido no deja de ser bastante placentero.

    Una mención final para el aporte del director de fotografía argentino Julio Macat, que alcanza a darle el brillo, colorido, movimiento y glamour necesarios a las escenas musicales que son parte fundamental del atractivo de este logrado producto.
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  • Antes de la medianoche
    Una primera aproximación visceral y emotiva en 9 tweets a una obra maestra (sin spoilers).

    Esto NO debe leerse como una crítica (ni pretende serlo), sino una suerte de "storify" que reúne los tweets que escribí apenas salí de la función de prensa de Antes de la medianoche. No se cuenta nada de la trama, no se analiza ningún aspecto, simplemente transmiten esa emoción que generan las películas que a uno lo conmueven.

    Para mí -de más está decirlo- la trilogía que iniciaron Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995) y Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) ha tenido una importancia no menor en mi vida personal y profesional, y de allí lo que genera en términos íntimos, más allá de los valores cinematográficos que para mi las tres películas también tienen. Ya escribiré una crítica "seria" y mis colegas Manu Yáñez y Diego Lerer lo han hecho en estas páginas (aquí lo que escribió Lerer desde la Berlinale y aquí la columna de Manu), pero quiero compartir estas efímeras primeras impresiones con los lectores que no tienen Twitter.
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  • Guerra Mundial Z
    Will Smith en Después de la Tierra , Tom Cruise en Oblivion : El tiempo del olvido y, ahora, Brad Pitt en Guerra Mundial Z . La fórmula de una estrella inmersa en un mundo apocalíptico parece ser una de las más elegidas en los últimos meses por los estudios de Hollywood para darles carnadura humana (y mayores posibilidades de marketing) a historias propias de un cine catástrofe diseñado, sobre todo, vía programas informáticos.

    En este sentido, Guerra Mundial Z -versión muy libre del reverenciado libro publicado en 2006 por Max Brooks- retoma caminos bastante transitados por el cine y la televisión recientes: virus, pandemias, zombis y una sensación de caos y paranoia que ponen a la sociedad y al planeta todo al borde de la autodestrucción.

    Concebida con indudable profesionalismo y un gran despliegue visual (aunque, cabe indicarlo, el 3D esta vez no agrega demasiado), Guerra Mundial Z resulta un reciclaje de elementos ya vistos en series como The Walking Dead ; en el cine (de zombis y al mismo tiempo "político") de George A. Romero, y en films como Exterminio , de Danny Boyle (y su secuela), o Contagio , de Steven Soderbergh.

    Si no hay en la película del alemán Marc Forster ( Descubriendo el país de Nunca Jamás, 007: Quantum of Solace ) aportes demasiado novedosos -quizá lo más logrado sea la búsqueda de un realismo documentalista, casi una apuesta al cinéma verité, en medio de un producto construido a puro efecto visual-, al menos el resultado final está bastante alejado del desastre que muchas crónicas previas auguraban luego de una problemática producción que derivó en un costo desbocado (más de 200 millones de dólares), la renuncia de varios integrantes del equipo (como el célebre director de fotografía Robert Richardson), sucesivos cambios en el corte y hasta un nuevo final.

    Para que Guerra Mundial Z se mantenga a flote mucho tiene que ver el carisma y aplomo que Brad Pitt demuestra en pantalla para encarnar a un héroe a escala humana, un sensible padre de familia (vean los gestos y las palabras hacia sus dos hijas) que debe recorrer medio mundo (Corea, Israel, Gales) en busca de una cura al virus que amenaza con convertir a la Tierra en un infierno dominado por los zombis.

    El film es rico en escenas de masas con las turbas de infectados arrasando con todo y con todos en ciudades que van "cayendo" (ése es el término que utilizan las autoridades) una tras otra, mientras los medios de comunicación (las imágenes de los noticieros televisivos juegan un papel decisivo en la construcción del verosímil) informan de los cada vez mayores alcances de la catástrofe.

    Así, entre los atributos del gran espectáculo hollywoodense, el atractivo de Pitt y la voz de alerta políticamente correcta sobre el deterioro de las condiciones de vida actuales que aquí se ve amplificada, Guerra Mundial Z alcanza sus (mínimos) objetivos. No está entre los grandes films de esta buena temporada del cine norteamericano, pero tampoco es un despropósito. Vale la pena, por lo tanto, darle una oportunidad.
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  • La pasión de Michelangelo
    Creer o reventar

    Tras su multipremiada Alicia en el país, Esteban Larraín reconstruye aquí el caso real de un chico de 14 años (huérfano, iletrado) que en 1983 aseguró que podía ver y conectarse con la Virgen María (y, claro, hacer más de un milagro por su intermedio). Con sus estigmas a cuestas y su discurso demagógico y carismático cada vez más desarrollado, el muchacho, Miguel Angel, se convirtió en una celebridad pública y llamó la atención no sólo de miles de fieles ávidos de revelaciones que lo siguieron hasta el poblado de Peñablanca, cerca de Valparaíso, sino también de los medios de comunicación, de las autoridades militares en el poder y, claro, de las eclesiásticas.

    El film -que tiene un punto de vista algo confuso- está narrado desde la perspectiva del chico (interpretado por el debutante Sebastián Ayala), de la del padre Ruiz Tagle (Patricio Contreras), un jesuita que carga una larga crisis de fe enviado por la Iglesia al lugar para investigar el caso; y del párroco local, el cura Alcázar (Luis Alarcón), que de alguna manera lo protege, lo supervisa y lo manipula. Larraín apuesta por un relato coral (que no permite profundizar demasiado en la psicología de los protagonistas) en el que también aparecen un comunista (Luis Dubo) que vende merchandising de la Virgen, una mujer absolutamente convencida de los milagros en cuestión (Catalina Saavedra) y su escéptico marido (Roberto Farias), un fotógrafo que de alguna manera también queda inmerso en ese contradictorio contexto.

    El film tiene algunas lúcidas observaciones sobre el súbito ascenso a la fama (y, claro, sobre cómo “bajar es lo peor”), como si Miguel Angel se tratara de una estrella de rock efímera. También es interesante la veta documentalista (el director proviene de ese universo) para describir la urgencia y la descontención (y desorientación) de una sociedad reprimida y a la vez indignada en medio de la dictadura pinochetista, cuando las primeras protestas ya empezaban a aparecer.

    Pero el tema central, por supuesto, es el de la fe y sus múltiples ramificaciones (desde la sugestión hasta el fanatismo). La película contrapone -a veces de manera un poco obvia- la inocencia original del muchacho con sus desplantes, caprichos y actitudes despóticas una vez que es ungido en nuevo profeta. El film también expone -con algunos excesos melodramáticos subrayados para colmo por la música- la volatilidad y la crueldad de un entramado social siempre advenedizo y maleable. Aunque, como dice el dicho popular, “el que mucho abarca poco aprieta” (el despertar sexual es otro de los subtemas), La pasión de Michelangelo tiene unos cuantos momentos destacados y apuntes valiosos. No será una de esas joyitas que nos ha regalado el reciente cine chileno, pero es una propuesta bastante atendible.
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  • Monsters University
    Pixar sigue siendo una fiesta...

    Con 14 largometrajes y varios cortos en su haber, Pixar tiene la pesada "carga" de haber concretado varias obras maestras. La factoría de John Lasseter y compañía ha fijado la vara tan alta con la saga de Toy Story, Los Increíbles, Ratatouille o WALL-E, por nombrar algunas, que cuando regala "apenas" una muy buena película como esta segunda entrega de Monsters (técnicamente una precuela), sentimos una pequeña decepción. Pero no seamos injustos: en otro contexto, en otras manos, un film con la alegría, el humor, la belleza y elegancia visual, y esos mil y un detalles por segundo que ofrecen estas nuevas desventuras de Mike y Sulley generaría un entusiasmo casi eufórico. Despejemos entonces las exigencias desmedidas para con cada nuevo estreno de Pixar y dejémonos llevar por una comedia a puro slapstick y simpatía concebida para el disfrute más puro y genuino.

    Ya conocimos en 2001 al hilarante y expansivo monstruo verde, enano y de un solo ojo, Mike Wazowski (Billy Crystal) y a su ladero, el grandote púrpura -y campeón entre los "asustadores"- James P. “Sulley” Sullivan (John Goodman). Ahora, es el turno de descubrir su pasado universitario, aunque primero hay un prólogo infantil de Mike (con aparatos en los dientes y todos los síndromes del freak) visitando la Fábrica de Sustos y jurándose que ese será su lugar en el mundo en el futuro.

    Luego, sí, llegará su ingreso a la Monsters University y, más precisamente, a la muy estricta y difícil Facultad de Sustos, donde el obsesivo y temoroso Mike conocerá al presumido y arrogante Sully. Los comienzos no serán fáciles para estos personajes de personalidades opuestas, que además sufrirán los abusos de la despiadada rectora vampírica Hardscrabble (la siempre genial Helen Mirren).

    Si esto les suena muy "Harry Potter", lo que sigue (una delirante competencia en equipos tipo Olimpíadas en la que ambos antihéroes participarán dentro del patético equipo del campus Oozma Kappa) también remite a la franquicia del joven mago de Hogwarts (y al subgénero "de college"). Aquí entra en debate el por qué Pixar ha entrado también en el juego de las sagas y las referencias a otros productos de la cultura popular, cuando antes sorprendía con historias 100% originales.

    Esto no significa que Monsters University sea una película sin ideas ni capacidad de sorpresa. Al contrario: fluye con una liviandad y soltura tales que sus 102 minutos se me pasaron volando (y con un corto previo que comentaré aquí mismo). Dan Scanlon, veterano artista de storyboards de Pixar, construye una comedia que es una locomotora, una montaña rusa llena de acción (el 3D está bien aprovechado pero no agrega demasiado), gags físicos y diálogos ingeniosos. Atributos que no alcanzan para elevarla a la categoría de joya, pero sí para ubicarla como un seguro (y merecido) éxito destinado al consumo familiar masivo.

    Para redondear este comentario, dos recomendaciones: si no van con niños, busquen las salas que por la noche dan la película subtitulada (yo ví la versión original y las voces son gloriosas). Y lleguen a tiempo para ver Azu-lado (The Blue Umbrella), corto sobre la historia de amor entre... ¡dos paraguas! en medio de una lluvia. Con coreografías propias del musical y una animación hiperrealista, se trata de una suerte de homenaje a Los paraguas de Cherburgo que resulta otra pequeña gema visual y narrativa de Pixar en envase pequeño. Una sana costumbre.
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  • La cacería
    La cacería
    La Nación
    Esta nueva película del director de La celebración mantiene ese espíritu provocador y esa mirada inquietante que ya es marca de fábrica de buena parte del cine danés de los últimos años. Es que el ladero de Lars Von Trier en aquellos tiempos del movimiento Dogma 95 se arriesga aquí con uno de los temas más difíciles que el público pueda enfrentar: la pedofilia. O, al menos, la presunción de que se está frente a un caso de abuso infantil.

    Lucas (un extraordinario Mads Mikkelsen, ganador del premio al mejor actor en el Festival de Cannes 2012 por este trabajo) es un docente que debe trabajar de manera temporal como asistente en un jardín de infantes. Se trata de un hombre bastante solitario, pero muy querido en la pequeña comunidad en la que habita. Se ha divorciado hace poco, tiene un hijo adolescente que lo idolatra, y su única afición que sale un poco de lo común es participar en temporadas de caza.

    Las otras docentes y hasta los niños se rinden ante el atractivo y la discreta seducción de un Lucas que hasta empieza un noviazgo que parece hacerle muy bien. Hasta que? su mundo se derrumba por completo. Una pequeña rubia y encantadora niña de su sala se siente traicionada por el protagonista y asegura que él se ha propasado. No es difícil entender por qué los responsables de la escuela, la familia de la chica y el pueblo en general le creerá a la "víctima" e iniciarán una cruzada tipo efecto bola de nieve contra el "victimario".

    Ese es el planteo inicial de La ca cería , una película que pone al espectador en un lugar muy difícil (empatizar con el desdichado antihéroe, indignarse con la denunciante por su "pequeña mentira" y, al mismo tiempo, mantener siempre un manto de duda respecto de si efectivamente existió algún tipo de inconducta por parte del maestro), mientras aborda temas recurrentes en la filmografía de Vinterberg como la histeria colectiva, la degradación de la familia, la hipocresía social en tiempos de corrección política y un largo etcétera.

    El film está construido con una tensión casi insoportable (juega con la idea del hombre común hitchcockiano enfrentado a circunstancias extraordinarias que él no provocó) y con un tono de absoluta gravedad. Vinterberg es un experto en construir climas agobiantes, pero también en tomar al espectador de rehén. Así, la historia resulta atrapante (se siguen en vilo las desventuras y movimientos desesperados de Lucas hasta el final), pero también un ejercicio de manipulación emocional y hasta de sadismo hacia el espectador. Así de contradictoria es la película. Tómela o déjela..
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  • El gran casamiento
    Todo lo que podía salir mal... salió peor

    Hay que decirlo: Justin Zackham es un genio. Pero no un genio del cine sino del engaño. Luego de ver El gran casamiento -que escribió y dirigió- uno no puede entender cómo logró convencer a tantas figuras (Robert De Niro, Katherine Heigl, Diane Keaton, Amanda Seyfried, Topher Grace, Susan Sarandon y Robin Williams y siguen las firmas) para que protagonizaran semejante desastre, firme candidato a peor película del año.

    Zackham no tenía grandes antecedentes: apenas un film como director Going Greek (2001), que salió sin pena ni gloria directo a video; y un guión exitoso (el del melodrama aleccionador Antes de partir). Por lo tanto, su “mérito” (el de seducir a tantos astros jóvenes, adultos y veteranos) es todavía mayor. Imagino el arrepentimiento de un De Niro, una Keaton o una Sarandon al ver el resultado final de esta ¿comedia? ambientada -claro- en el marco o como motivo de una fiesta de casamiento.

    No sólo el film -inspirado en la comedia franco-suiza Mon frère se marie- es obvio, torpe, aburrido (sí, no hay un solo gag que funcione) sino que para colmo resulta bastante racista, misógino y homofóbico. Los intérpretes están todos pésimos (lo de Heigl es para poner en una clase de cómo no actuar), recitando las líneas de diálogo con piloto automático, sin convicción, sin creer jamás en lo que están diciendo y mucho menos sintiendo. Hace tiempo que no veía una comedia tan hueca, desganada, sin alma, incapaz de fluir o de resultar creíble al menos unos instantes.

    Como en toda estructura coral, hay aquí varias subtramas que se van mechando (tirando) en la narración, pero ninguna de ellas resulta mínimamente divertida o provocativa (ay, las escenas “picarescas” entre el virgen Topher Grace y su no-amante latina).

    Lo más triste (porque los tres tienen mucho cine sobre sus espaldas) es el “triángulo” entre Diane Keaton, ex esposa de Robert De Niro que llega para la fiesta, y ese hombre que ahora está en pareja con Susan Sarandon. Intentar explicar los “enredos” de sus tres personajes es una tarea imposible porque las reacciones de cada uno de ellos están concebidas sin la más mínima lógica, apelando al mayor de los caprichos. Y, sí, hay muchos chistes obvios sobre el Viagra...

    Pero si hablamos de caprichos, peor aún es la decisión de casting de elegir al inglés Ben Barnes para encarnar a un… ¡colombiano! Y uno podría seguir enumerando los desatinos, que aquí sobran y ponen en jaque a la capacidad de asombro del espectador. En definitiva, un claro ejemplo de esos films en los que todo lo que podía salir mal, salió peor.
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  • El hombre de acero
    Una aventura de altura

    Tal como viene ocurriendo con la mayoría de las sagas basadas en cómics cuando entran en una zona de agotamiento (o cuando ya no pueden pagarle a los que las hacen), Hollywood apela al viejo truco del reboot para “rebobinar” y “reiniciar” una franquicia con renovados aires (y otros artistas, claro). Pasó hace poco -con buenos resultados- con El Hombre Araña y, aunque esta práctica a muchos les moleste, también funciona en el caso de Superman.

    Así como en 2006 se intentó retomar este clásico personaje de DC Comics de la mano de Bryan Singer con Superman regresa, ahora es otro cotizado director como Zack Snyder -a partir de una idea original y con producción de Christopher Nolan- quien trata de “revivir” a la saga. Y, aún con los reparos que puedan hacérsele, la operación de reciclaje fue exitosa.

    ¿Es efectivamente El Hombre de Acero una película sorprendente y renovadora dentro del género de superhéroes? Para nada. Sin embargo, sí resulta un formidable espectáculo visual en el sentido en el que hoy se conciben los tanques de entretenimiento masivo, con set-pieces que aprovechan todas las posibilidades de esta era de esplendor de las CGI y la estereoscopía. Y lo hace sin renunciar a la mitología del personaje, su iconografía y su universo. Un film que, en ese sentido, es clásico y moderno a la vez.

    Uno podría decir que El Hombre de Acero arranca como Thor (con Russell Crowe en lugar de Anthony Hopkins) y termina con una larga secuencia de “rompan todo” como Transformers 3: El lado oscuro de la Luna (también hay un intento extraterrestre por apropiarse de las condiciones nuestro planeta). En el medio, claro, está el nacimiento de Superman (Kal-El en Kryptón, Clark Kent en la Tierra), su llegada a los Estados Unidos, su transformación en adulto (ya interpretado por Henry Cavill), la vida con sus padres postizos (Kevin Costner y Diane Lane), la aparición de la periodista Lois Lane (Amy Adams) y el enfrentamiento con unos militares golpistas de Kryptón liderados por el General Zod (Michael Shannon) por el control del Códice, una suerte de chip genético destinado a asegurar la supervivencia de su especie. Nada demasiado revolucionario, como podrán interpretar, pero en la línea de la historieta original.

    Snyder (El amanecer de los muertos, 300, Watchmen: Los Vigilantes, Sucker Punch: Mundo surreal) se muestra cómodo dosificando los distintos niveles de una producción de esta índole, que debe necesariamente matizar situaciones “intimistas” con otras de grandes ambiciones (la explosión en una plataforma petrolera, un tornado, etc.). En este sentido, son notables las escenas de batalla cuerpo a cuerpo en las que el espectador “siente” la fuerza de los golpes y sus efectos en esos pesados físicos de acero (en la línea de los Transformers o Hulk).

    A nivel actoral, Cavill más que de acero parece de… madera. De todas maneras, poco importa. Lo suyo -además del aporte estético (vean si no cuando pela su torso desnudo)- pasa por la inexpresividad de un extraterrestre que es todo un freak e intenta asimilarse a la vida en la Tierra. Crowe parecía ser el nuevo Marlon Brando (por la breve participación en el film dirigido por Richard Donner en 1978), pero luego reaparece en un puñado de escenas como para darle más desarrollo a su trabajo. Una avejentada Lane y Costner, con su acostumbrada nobleza, se suman en dignos papeles secundarios, mientras que Shannon -en las antípodas de sus trabajos en el cine independiente- regala una gran máscara como el malvado de turno.

    Eso es, ni más ni menos, lo que en líneas generales entrega la eficaz El Hombre de Acero. Si no da para la euforia, al menos genera en varios pasajes una sensación de entusiasmo. En el muchas veces previsible universo de los blockbusters actuales, no se trata de un mérito menor.
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  • Nada es lo que parece
    Pura (des)ilusión...

    El francés Louis Leterrier comenzó su carrera con buen pie (o buena mano) al dirigir las dos primeras entregas de la saga El transportador. Luego vino un film construido para el lucimiento de Jet Li (Danny the Dog) y dos incursiones en el mainstream (Hulk y Furia de titanes). Ahora, le llegó el turno de sumergirse en un subgénero bastante de moda en los últimos tiempos como el de los magos (El gran truco, El ilusionista y siguen las firmas). El resultado -sin ser del todo frustrante- no deja demasiado espacio para el entusiasmo (aunque sus productores sí deben estar bastante conformes con el resultado comercial tras su reciente buen arranque en el mercado norteamericano).

    En esta historia concebida por Ed Solomon, Boaz Yakin y Edward Ricourt tenemos a cuatro magos que se unen para conformar un grupo (The Four Horseman se hacen llamar) capaces de robar un banco desde… ¡el escenario de un teatro-casino de Las Vegas y a la vista del público! En efecto, J. Daniel Atlas (Jesse Eisenberg), un arrogante experto con las cartas (¿un émulo de René Lavand?); Merritt McKinney (Woody Harrelson), un mentalista algo cruel que se especializa en hipnosis; Henley Reeves (Isla Fisher), especializada en escapismo; y Jack Wilder (Dave Franco), un “virtuoso” ladrón (desde carterista hasta abridor de cajas fuertes) irán (tele)transportándose y dando golpes cada vez más audaces y sorprendentes.

    El film -que parece inspirarse en los shows de David Copperfield- tiene toques a-lo-Robin Hood y entrega un festival de sofisticados efectos visuales. Pero la acumulación de vueltas de tuerca (¿creías que todo era así? Ahora vas a ver…), de CGI y de bromas termina por abrumar y desconcertar más que por fascinar. La película pretende ser graciosa, canchera e ingeniosa, pero se torna un ejercicio de manipulación por parte de sus realizadores hacia un espectador que, indefenso, queda a merced de los sucesivos golpes de efecto y los no pocos caprichos de una narración con múltiples agujeros en su construcción.

    Hay, por supuesto, un inevitable juego de gato y ratón, con el agente del FBI Dylan Rhodes (Mark Ruffalo) y la oficial de Interpol Alma Dray (la francesa Melanie Laurent) tratando de seguirle los pasos a los cuatro maestros del engaño y dos grandes actores en papeles muy menores para sus carreras: Michael Caine (el financista de los shows) y Morgan Freeman (experto en “desenmascarar” los trucos de los ilusionistas). Dos decepciones más para una película que no irrita, pero que tampoco estuvo tocada por la varita mágica.
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  • Después de la Tierra
    Luego del éxito de Sexto sentido (1999) y, en menor medida, de El protegido (2000) y Señales (2002), el director M. Night Shyamalan entró en una pendiente creativa y comercial de la que no ha podido recuperarse. En este sentido, sin llegar a ser una película del todo satisfactoria ni lograda, Después de la Tierra al menos tiene mayores méritos y hallazgos que las flojísimas La dama del agua, El fin de los tiempos y El último maestro del aire .

    En este "encargo" (si bien Shyamalan figura como coguionista, se trata de un film al servicio de Will Smith, autor de la idea original, productor en asociación con su esposa, Jada, y protagonista en compañía de su hijo Jaden), el realizador de origen indio construye durante la primera mitad una más que aceptable historia de ciencia ficción apocalíptica sustentada en una conflictiva relación padre-hijo. Los problemas surgen cuando la película dobla la curva y aparecen en masa todos aquellos elementos que han arruinado el indudable talento visual y formal que el Shyamalan cineasta posee. Las obvias alegorías y simbolismos (las referencias a Moby Dick , la aparición del águila protectora, la recurrencia a los postulados aleccionadores de la cienciología, el discurso ecologista y un largo etcétera) conspiran contra una resolución cuyo tono está bastante alejado del inquietante planteo inicial.

    El film arranca con imágenes de la devastación de la Tierra. Los humanos han sido evacuados hacia otro planeta, Nova Prime, donde sobreviven luchando a toda hora contra otros habitantes (unos monstruos llamados Ursas). En ese contexto, el joven cadete Kitai Raige (Jaden Smith) reprueba a sus 14 años el examen para convertirse en comando para enojo y frustración de su muy estricto padre, Cypher (Will Smith), un mítico jefe militar que está a punto de retirarse. Entre ambos hay una enorme distancia, amplificada por el trauma generado por la muerte de Senshi (Zoe Isabella Kravitz), la hermana/hija mayor, de la que ambos se sienten culpables. Una fallida misión que ambos compartirán los devolverá a nuestro planeta (convertido en una acumulación de amenazas tóxicas e irrupciones violentas) y se convertirá en el ámbito para una posible reconciliación y redención.

    Aunque la sensación que deja el film es un poco frustrante (sobre todo porque tenía todo para no serlo), hay un despliegue visual con grandes efectos generados por computadora y unos cuantos pasajes en los que reaparece la mejor vertiente narrativa de Shyamalan. Es una lástima que, otra vez, su faceta de predicador le haya ganado a su costado de gran artista..
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 3
    Esta tercera y según aseguraron sus creadores última entrega de la exitosa saga de humor negrísimo arranca con un violento motín en una cárcel ubicada cerca de Bangkok, que permite la fuga del desquiciado Chow (Ken Jeong), quien tendrá un papel protagónico en el film; y sigue con una escena en la que un muy feliz Alan (Zach Galifianakis) lleva en un trailer una jirafa que acaba de comprar. A los pocos segundos, la cabeza del animal rodará por el asfalto tras chocar contra un puente, lo que desatará además un accidente en cadena en la autopista?

    Así de delirante, exagerado y ridículo es este tercer film de la "deforme" franquicia que ha conseguido decenas de millones de fans en todo el mundo a fuerza de un absoluto desprejuicio. Que su promedio de eficacia de gag por minuto está por debajo de las dos primeras partes, que se percibe cierto desgaste, que se la nota un poco más desganada y con "piloto automático"? Puede ser, pero así y todo sigue siendo una bienvenida anomalía en el universo de las comedias hollywoodenses y una más que digna despedida para estos patéticos y a la vez queribles personajes que ya se han ganado su lugar en la historia del género.

    La "trama" es (algo) así: Chow se ha quedado con unos lingotes de oro. El mafioso Marshall (John Goodman) secuestra a Doug (Justin Bartha) y les da un plazo de tres días a Alan, Stu (Ed Helms) y Phil (Bradley Cooper) para que encuentren al psicópata asiático y recuperen el botín. ¿Dónde terminarán nuestros antihéroes en la segunda mitad del film? Allí donde todo empezó: en los hoteles de lujo y los tugurios de Las Vegas, capital de los contrastes y los excesos. Y habrá tiempo incluso para una historia de amor entre Alan y Cassie (la gran Melissa McCarthy).

    Aun con algunas escenas de "relleno", de esas que no lucen tan inspiradas como en los films previos, con un poco más de apuro y menos de timing cómico, ¿Qué pasó ayer? Parte III está lejos de ser la decepción que tantos críticos estadounidenses anunciaban. Con sus altibajos, se sigue disfrutando. Y a este cuarteto de amigos ya empezamos a extrañarlos?

    P.D.: Conviene no abandonar la sala raudamente una vez que arrancan los créditos finales. Hay una larga y delirante escena (quizá la más delirante de todas) que justifica quedarse en la butaca unos minutos más.
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  • Héroes del espacio
    Menos de lo mismo

    Esta incursión de los hermanos Weinstein en el lucrativo mercado de la animación para toda la familia es bastante decepcionante. Aclaro que no es ningún desastre (el acabado técnico es impecable, aunque con un 3D poco convincente), pero más allá del profesionalismo de los animadores a la hora de concebir cada uno de los movimientos o del buen gusto en el uso de la paleta de colores, hay muy poco para destacar a la hora del guión. La historia es un reciclaje de producciones previas del tipo Monstruos vs. Aliens y el protagonista parece un clon de Buzz Lightyear (con bastante menos onda, claro).

    El humor es poco convincente, la historia (unos héroes extraterrestres llamados Scorch y Gary Supernova luchando contra el cruel Shanker, un general de la Tierra que los engaña, secuestra a uno de ellos y quiere aprovecharse de su proverbial inteligencia) es poco estimulante, mientras que los guiños para adultos “cinéfilos” -como las alusiones a los clásicos de ciencia ficción de los años ’50 como Llegaron de otro mundo, de Jack Arnold- tampoco son gran cosa. El resultado, por lo tanto, no funciona del todo bien ni para niños ni para adultos.

    Esperemos que, al menos, en alguna función nocturna en salas digitales se pueda ver la versión subtitulada para escuchar las voces originales de Brendan Fraser, Rob Corddry, Sarah Jessica Parker, Jessica Alba, William Shatner (el malvado), Ricky Gervais, Jonathan Morgan Heit, Sofia Vergara, Jane Lynch, Craig Robinson, Steve Zahn, George Lopez y Chris Parnell. Nada menos. Mucha estrella, poca gracia.
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  • TV Utopía
    TV Utopía
    Otros Cines
    Este documental rescata la experiencia pionera del canal comunitario del título, que transmitió durante toda la década de los ’90 desde el barrio de Caballito. El propio Deus fue parte durante un par de años de ese proyecto singular y autogestivo (combatido por el establishment mediático y el poder político), y aquí oficia de investigador para reconstruir aquella iniciativa de resistencia y comunicación alternativa hecha por los propios vecinos. El trabajo con el archivo (precarias imágenes en VHS) es interesante, pero la película peca de oportunista cuando dedica muchos minutos al proceso de aprobación de la Ley de Medios para vincular el espíritu de TV Utopía con el de la nueva política oficial.
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  • Ginger & Rosa
    Ginger & Rosa
    Otros Cines
    Queremos tanto a Elle...

    No soy demasiado afecto al cine de Sally Potter. Más bien todo lo contrario. Pero con Ginger & Rosa -sin llegar a ser una gran película- me reconcilié bastante con la directora de Orlando y La lección de tango. Claro que en esta historia sobre las desventuras de dos chicas adolescentes en la Londres de 1962 la realizadora inglesa tuvo un as en la manga, una de esas actrices que con su sola presencia son capaces de salvar, sostener o mejorar cualquier escena: Elle Fanning.

    Con apenas 15 años, la hermana de Dakota (otro diamante en bruto) ya había demostrado en films como Súper 8 y Somewhere que estábamos frente a algo serio. En el papel de Ginger, despliega -con acento inglés y con un personaje de más edad que ella en la vida real- un arsenal de recursos y técnicas que la convierten en una interpretación deslumbrante, perfecta (porque además de virtuosa es siempre funcional al relato).
    Ginger y Rosa son mejores amigas. A los 17 años, están en plena etapa de experimentación: fumar, beber, salir de noche, seducir a los hombres y hasta militar en los movimientos pacifistas. Es que el film transcurre en plena crisis de los misiles en Cuba, cima de la paranoia de la Guera Fría. Como en Los soñadores (Bernardo Bertolucci), Los amantes regulares (Philippe Garrel) o Something in the Air (Olivier Assayas), Potter quiere que el contexto socioeconómico, el "espíritu" de época, tenga mucha incidencia en los conflictos íntimos de los personajes y, en este sentido, esa imbricación resulta un poco obvia, subrayada.

    Pero por cada torpeza de la directora surge como generosa compensación Fanning, quien condensa todos los sentimientos y contradicciones (idealismo, frustración, curiosidad, celos, descontención) de esta aspirante a poetisa. Bien acompañada por Alice Englert como Rosa y por el sólido elenco de grandes actores que dan vida al universo adulto de la historia (el inmaduro padre de Alessandro Nivola, la inestable madre de Christina Hendricks, Timothy Spall, Oliver Platt y Annette Bening), Fanning es no sólo el principal atributo del film sino también la gran razón que justifica su visión.
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  • Planetario
    Planetario
    Otros Cines
    El director de Tiempo muerto reúne aquí videos caseros tomados por gente común en distintos rincones del mundo (Argentina, Rusia, Estados Unidos, India, etc.) que abordan las relaciones entre padres e hijos. Tokman -un poco en la línea de Mauro Andrizzi en Iraqi Short Films- se limitó a buscar y (re)editar el material en un trabajo que revindica el espíritu auténtico (por momentos inocente y en otros visceral) de las películas familiares.

    Son siete grupos muy diversos entre sí no sólo en orígenes, comportamientos y formaciones sino también en sus épocas (hay un abanico de unos 20 años), pero con algo en común: en todos los casos los adultos filmaron a los niños de forma obsesiva desde el momento en que nacieron con la idea de capturar el tiempo y dejar un registro que desafiara a la traicionera memoria. Un trabajo atrapante y, por momentos, subyugante, de esos que generan múltiples interpretaciones y sensaciones según la sensibilidad de cada espectador.
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  • Nosilatiaj. La Belleza
    Una historia mínima con unas resonancias que alcanzan a las más ancestrales y profundas tradiciones de los wichís. Una chica de 16 años de ese origen trabaja como criada en la casa de una familia de clase media en el Chaco salteño. Ese ámbito es un verdadero caos, sobre todo ante la inminencia de un cumpleaños de 15. Un hecho en apariencia insignificante (la protagonista es despojada de su larga cabellera, símbolo de belleza y de otros valores positivos para su cultura) cambia de manera profunda las relaciones y los estados de ánimo, llevando a la chica a una cada vez más severa tristeza y nostalgia por su vida comunitaria y familiar.

    El conflicto puede sonar algo naïf, pero la salteña Seggiaro -más allá de algunos subrayados y de ciertos desniveles actorales- jamás fuerza las cosas, no cae en maniqueismos para dividir ese universo entre buenos y malos (los "patrones" parecen tratar a la protagonista de manera amable y cordial, aunque debajo subyace cierta condescendencia y atisbos de desprecio), y maneja el relato con gran rigor, respeto y convicción.
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  • El gran Gatsby
    El gran Gatsby
    Otros Cines
    Qué fantástica esta fiesta...

    Que quede claro desde el principio: no creo que El gran Gatsby sea una "gran" película, pero sí me parece una propuesta valiosa y osada, y -sobre todo- una "gran" oportunidad para el análisis por tratarse de un fim casi irresponsable (y, por lo tanto, una saludable anomalía en el Hollywood de hoy).

    Todo el mundo hablará de esta versión del Baz Luhrmann apelando a rimbombantes adjetivos calificativos como "extravagante", "excéntrica", "ampulosa" o "grandilocuente" y está muy bien que así sea (adhiero a esa caracterización), pero creo que el director australiano sigue siendo muy fiel a sí mismo; es decir, hace lo que se le antoja. Así, ha sido catalogado de acuerdo a la ocasión como visionario, como paradigma de la modernidad cinéfila o como simple farsante.

    Así como se atrevió a "traicionar" a William Shakespeare en Romeo + Julieta o a la Belle époque parisina en Moulin Rouge!, aquí construye su propia Nueva York de 1922 en plena Era del Jazz, con toda su euforia, su contrabando de alcohol, su lujuria y, claro, sus fuertes contradicciones.

    Los defensores de la pureza literaria, los custodios de las transposiciones canónicas pondrán el grito en el cielo (ya lo hicieron) para protestar por las libertades que se tomó el creador de Australia. Yo creo que en cada una de sus decisiones artísticas hay, sí, mucho de arbitrariedad y de capricho (también de desprejuicio), pero no creo que sea irrespetuoso con el venerado libro de F. Scott Fitzgerald (esa "intocable" Gran Novela Americana). Al contrario: por más que la musicalice con estridente y anacrónica banda sonora pletórica de beats electrónicos y hip hop, hay aquí mucho de veneración (se calcan unos cuantos diálogos y sobre el final hasta se sobreimprimen en pantalla fragmentos del libro).

    Qué importa compararla con las versiones de 1926 (ya perdida), de 1949, de 1974 o con el telefilm de 2000, de qué sirve poner uno al lado del otro a los Jay Gatsby de Alan Ladd y Robert Redford con el de DiCaprio. El film de Luhrmann tiene -para bien y para mal- su propia lógica, su propia estética, su propio estilo. Estamos ante un largometraje empalagoso, por momentos vulgar si se quiere, bigger than... everything. El apogeo del artificio (amplificado incluso por el uso del 3D) con bacanales, excesos y tragedias siempre elevados a la máxima exageración posible.

    La de El gran Gatsby es la historia de "un nuevo rico" consumido por un amor imposible (el que siente por la Daisy de Carey Mulligan) y contada desde la fascinación y el desconcierto por un testigo que proviene de otro universo (el Nick Carraway de Tobey Maguire). Y la para muchos sacrílega película de Luhrmann tiene mucho de ese "nuevo rico" y de esa mirada "foránea" (un australiano reinterpretando a su antojo la Nueva York de los '20).

    La película abruma un poco con sus fiestas interminables durante su primera mitad y no alcanza del todo el espesor dramático que necesita en la segunda parte, trágica y fantasmal. Es, sí, una propuesta algo hueca y superficial, pero también un objeto pop hecho con maestría y, por lo tanto, fascinante en varios aspectos. Por sus logros estéticos, pero también por su desenfado y delirio, este film al que quizás muchos encuentrarán demasiado "decorativo" resulta una bienvenida rareza.
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  • El reino secreto
    Chris Wedge, director de la primera entrega de La Era de Hielo y Robots , se mantiene en el universo de la fantasía animada, pero esta vez cambia de registro con la historia de una adolescente de 17 años que de manera casual se convertirá en heroína en el marco del enfrentamiento entre fuerzas antagónicas que luchan por el control de un bosque.

    MK es una muchacha que regresa a la casa de su infancia en plena jungla para intentar un acercamiento con su padre, un científico que vive aislado del mundo (con la única compañía de un perro de tres patas) y no sólo en términos geográficos. Obsesionado por encontrar evidencias de una comunidad de pequeñas criaturas que vive de forma organizada entre los árboles, el Doctor Bomba está bastante más atento a las decenas de cámaras que ha instalado por todo el bosque que a las necesidades (y reclamos) de su hija.

    Cuando -frustrada por la creciente locura de su padre- está a punto de marcharse, MK se convierte -magia mediante- en una diminuta joven que será clave para la subsistencia de los bienintencionados Hombres-Hoja en su batalla por preservar la belleza y la biodiversidad de ese entorno natural ante el ataque de los Boggans que lidera el cruel Mandrake, cuyo objetivo es dominar el bosque para convertirlo en un pantano putrefacto y contaminado.

    Las contradicciones son aquí más que claras y, por lo tanto, no hay lugar para grises o matices. El reino secreto ofrece un claro mensaje ecologista; unos cuantos elementos de fórmula (una princesa que parece sacada de las películas de Barbie, un joven rebelde que se redimirá y se convertirá en el objeto del deseo romántico de MK, unas babosas que funcionan como bienvenidos aportes cómicos a una trama bastante oscura); y un despliegue de colores, diseños y movimientos dignos de la creatividad y del profesionalismo que el estudio Blue Sky ha demostrado en todas sus producciones (desde La Era de Hielo hasta Río) .

    Sin embargo, MK no alcanza a transformarse en un personaje con el carisma y la empatía de otras heroínas animadas y, así, la película se resiente en su andamiaje dramático. Más allá del virtuosismo de la animación en 3D, las escenas de batallas (los guerreros cabalgan sobre pájaros) se alargan demasiado y el espectador siente que está inmerso en una larga sesión de un simulador de vuelo.

    De todas maneras, entre hermosas imágenes de esos edenes naturales y con los temas de Snow Patrol y Beyoncé de fondo, El reino secreto termina cumpliendo con lo que promete. No será una de las tantas joyas que la animación estadounidense nos ha regalado en los últimos tiempos, pero sí un digno producto destinado al consumo familiar.
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  • Leones
    Leones
    La Nación
    Tras un amplio recorrido por festivales como los de Venecia, Viena y el reciente Bafici porteño, se estrena esta ópera prima de Jazmín López que, analizada con una mirada superficial, podría ser otra película más del (ya no tan) nuevo cine argentino sobre jóvenes atribulados que no hacen más que caminar por el bosque o nadar en un lago, mientras comparten juegos de palabras, cierta angustia existencial y alguna que otra experiencia sexual. Pero, si se le presta la debida atención, si se logra ingresar en el universo íntimo de estos cinco adolescentes, la experiencia contemplativa y sensorial, se convierte en algo bastante más complejo, profundo, casi hipnótico.

    Hay un misterio que tarda en revelarse y tiene que ver con un hecho trágico, pero Leones deja esa intriga en segundo plano, como un "sedimento", como un aire turbio que va contaminando los climas cada vez más lúgubres y opresivos de estos muchachos que deambulan por la naturaleza sin rumbo fijo. La narración construida con largos y virtuosos planos-secuencia es muy atractiva, sobre todo por el trabajo de fotografía y cámara a cargo de Matías Mesa (habitual colaborador de Gus van Sant) en exteriores de Bariloche, de El Bolsón y -en la secuencia final- de las playas de Claromecó.

    Precisamente, con el Van Sant más radical de films como Gerry y con el cine de Michelangelo Antonioni y Alexander Sokurov intenta "dialogar" esta película dedicada -nada menos- que a Alejandra Pizarnik, Kurt Cobain y Alfonsina Storni. Laberíntica y esquiva (es más lo que se esconde o se sugiere que lo que se muestra), Leones es de esas propuestas que dividen aguas (irrita o fascina), pero que -más allá de las diversas sensibilidades de los espectadores- demuestran una gran inteligencia y convicción para una directora debutante. Habrá que seguirle, entonces, sus próximos pasos.
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  • Spring Breakers: viviendo al límite
    Con películas como Gummo y Trash Humpers , Harmony Korine se convirtió en uno de los directores más extremos y revulsivos del cine independiente norteamericano. Por eso, sorprendió cuando hace unos meses anunció que contaría con tres íconos adolescentes surgidos de la televisión como Selena Gomez, Vanessa Hudgens y Ashley Benson para un film sobre el spring break , esa semana de vacaciones primaverales en la que muchos jóvenes estadounidenses suelen viajar a Florida para experimentar allí todo tipo de excesos.

    Más allá del morbo que cierto sector del público pueda sentir ante la posibilidad de ver a las "chicas Disney", divas pop que tanto idolatran niñas y preadolescentes en todo el mundo, sometidas a situaciones bastante límite -la película es un festival de cuerpos (semi)desnudos, referencias sexuales, drogas, alcohol y mafiosos armados hasta los dientes-, lo cierto es que Korine va más allá de la explotación y de una estilización que coquetea con el porno soft y con el lenguaje del videoclip que MTV impuso en los años 80.

    Sin ánimos de juzgar ni de proponer un análisis sociológico (pero tampoco desde un distanciamiento irónico), Korine se aproxima con una mirada curiosa y casi documentalista durante la primera mitad del film al universo juvenil, describiendo esos códigos compartidos hasta para encarar el descontrol. En ese inicio, las protagonistas llegarán hasta a cometer un robo para conseguir los fondos necesarios para concretar su ansiado viaje a Miami.

    Una vez allí, en medio de esa marea de chicos musculosos, muchachas en bikini, paseos en moto y desafíos a la policía, las cuatro chicas (la cuarta es Rachel Korine, esposa del propio director) se toparán con Alien (un sobreactuado, delirante e hilarante James Franco), cantante de rap, gánster y dealer multimillonario -un émulo paródico del Tony Montana que Al Pacino interpretó en Scarface - que se verá seducido por la (aparente) inocencia de ellas tanto como ellas por su estilo de vida desaforado y lleno de riesgos. Lo que sigue es, por lo tanto, un descenso a los infiernos que -más allá de las situaciones sangrientas y perversas- nunca pierde el sentido del humor y hasta cierto espíritu lúdico que sobrevuela todo el film. Los protagonistas vivirán su fantasía, cantarán juntos y con Alien al piano el tema "Everytime", de Britney Spears, y conocerán de golpe el lado oscuro de la vida.

    Es muy probable que no pocos espectadores sientan que Korine es un artista irresponsable al reivindicar y hasta convertir en héroes (y heroínas) a estos adolescentes bellos, amorales, incendiarios, desbocados y peligrosos. Pero -más allá de las valoraciones- en esta oda adolescente hay dosis de irreverencia y de libertad que son infrecuentes en el cine norteamericano de hoy. Si a ello se le suman imágenes llenas de seducción y un excelente uso de las canciones y de la música incidental, Spring Breakers tiene todo para conseguir una legión de fieles seguidores y, por qué no, para convertirse con el tiempo en película de culto.
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  • Ataque a la Casa Blanca
    Otro duro de matar

    Casi siempre ridícula y por momentos disfrutable, Ataque a la Casa Blanca es un producto menor con un presupuesto mayor (70 millones de dólares). Despiadados terroristas norcoreanos con sofisticados armamentos invaden a sangre y fuego el mismísimo centro del poder estadounidense y secuestran al presidente (Aaron Eckhart). Un agente del Servicio Secreto (Gerard Butler), quien había custodiado al mandatario hasta que un accidente automovilístico terminó con la vida de la Primera Dama, tendrá la oportunidad de redimirse y de reencauzar su carrera.

    Por esos previsibles caminos (testosterónicos, adrenalínicos, pateaculos) transita este remedo de Duro de matar dirigido a pura violencia y efectos visuales por Antoine Fuqua, quien había hecho bastante mejor los deberes en, por ejemplo, Día de entrenamiento. Por si se quedan con las ganas, en poco tiempo más se viene una propuesta muy similar: El ataque (White House Down), de Roland Emmerich…

    Hay un par de secuencias de acción bien resueltas y no poca tensión, pero también una enorme cantidad de banderas norteamericanas flameando y apelaciones múltiples al patriotismo en este film que juega con la paranoia post-11/9/2001. Y tenemos a un gran elenco (Morgan Freeman, el malvadiísimo Rick Yune, Dylan McDermott, Angela Bassett, Melissa Leo, Robert Forster, Ashley Judd) que se ganan unos cuantos miles de dólares apelando al piloto automático de su enorme profesionalismo en secundarios que no pasarán a la historia. La película, está claro, tampoco.
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  • El último exorcismo - Parte 2
    Gritalo, gritalo...

    Hace tres años, la primera entrega (que debió también ser la última no sólo por la calidad de esta secuela sino incluso por su título) entregaba un aceptable producto que combinaba falso documental + comunidad rural + secta satánica + (falsos) exorcistas. Esta segunda entrega coescrita y dirigida por canadiense el canadiense Ed Gass-Donnelly -en cambio- es urbana y con una puesta en escena bien clásica. Nada cuestionable, en principio, si no fuera porque estamos ante un guión sin el más mínimo ingenio, sin capacidad de sorpresa. Anodina, previsible, atada a fórmulas y lugares comunes, esta Parte II no sólo es peor que su predecesora sino que incluso se ubica bastante por debajo de la media de un género tan transitado en Hollywood. Antes que cualquier otra, la sensación que genera su visión es la de fastidio.

    En esta innecesaria secuela quien regresa es Nell (esa más que digna actriz que es Ashley Bell), ahora una adolescente de 17 años que es enviada a una casa-internado para jovencitas en problemas de Nueva Orleans (no faltará el inevitable pintoresquismo de toda historia ambientada en esa ciudad con imágenes del desfile de Mardi Gras). En medio de sus urgencias hormonales, se sentirá atraída por un muchacho que trabaja en el mismo hotel al que ella ingresa como empleada de limpieza. Pero no todo será tan idílico. Ella empezará a percibir presencias y voces extrañas, amenazantes, perturbadoras... demoníacas. Imagínense ustedes el resto. O, si son valientes, vayan a verla.
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  • En otro país
    En otro país
    Otros Cines
    Una francesa suelta en Corea

    Si en la reciente y oscarizada Amour, de Michael Haneke, Isabelle Huppert tiene un papel secundario, en En otro país -estrenada también en la edición 2012 del Festival de Cannes- ella es la protagonista absoluta y ya no con uno sino con tres personajes.

    El talentoso y muy prolífico director coreano (seis largometrajes en los últimos cinco años) retoma uno de sus habituales recursos, que es narrar diferentes historias que tienen algunas situaciones, elementos y personajes en común, como si se trataran de variaciones de una misma propuesta, distintos movimientos de una sinfonía.

    Huppert interpreta a tres Anas (puede ser desde una directora de cine hasta una empresaria), sendas mujeres francesas que llegan a un desolado enclave playero en Corea y mantienen relaciones fugaces (y muy cómicas) con gente del lugar: desde otro realizador hasta un guardavidas.

    Ligera y alegre (con un aire de improvisación que esconde una gran maestría en la puesta en escena), En otro país presenta a una Huppert descontracturada y sin perder ninguno de sus matices hablando en inglés, con tres personajes que están bastante perdidos y, al mismo tiempo, se dejan llevar por las circunstancias en un rincón del planeta que parece la contracara perfecta de la vida en París.
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  • Pensé que iba a haber fiesta
    Amigas ¿por siempre?

    En un cine argentino pletórico -por suerte- de guionistas y directoras con talento, Victoria Galardi surgió como una rara avis por su ductilidad y timing para el manejo de la comedia (sea romántica, dramática, intimista o coral) en sus dos primeros largometrajes: Amorosa Soledad y Cerro Bayo. No es que sea la única mujer que viene incursionando en la materia en el ámbito local (Ana Katz resulta una referencia insoslayable), pero tampoco es habitual encontrarse con una autora que domine con tanta naturalidad la puesta en escena, los diálogos y la dirección de actores.

    En su tercera película, Galardi trabaja con uno de esos concepto que tanto gustan a los expertos en marketing: “¿Qué harías si tu mejor amiga se enamora de tu ex?”. El principal problema que se percibe al ver Pensé que iba a haber fiesta es una suerte de tironeo entre una película que quiere y no quiere (o no se anima del todo a) ser masiva, popular, arquetípica, industrial (agréguenle los adjetivos que más le gusten en este terreno).

    Por un lado, Galardi escatima -incluso en la resolución- elementos, situaciones y explicaciones propios de la comedia comercial más atada a la fórmula y las convenciones. Es como si la guionista/directora necesitara sostener su “independencia” y jugar en los campos del cine “adulto”. Sin embargo, cuando el film parece concentrarse en las contradicciones entre las dos protagonistas (y en sus relaciones con los hombres) surgen los editados cliperos con música cool o la larga escena de Elena Anaya (la hermosa actriz de La piel que habito, de Pedro Almodóvar) bailando sola. Los contrastes son marcados, quizá demasiado abruptos, y la narración pierde en ese pendular parte de su solidez, su fluidez y su convicción.

    El planteo básico es el siguiente: Lucía (Valeria Bertuccelli) está divorciada de Ricki (Fernán Mirás), el padre de su hija adolescente Abi, desde hace ya más de tres años. Ella tiene una nueva pareja (Esteban Bigliardi) con quien está a punto de irse a pasar unos días a Uruguay, después de Navidad y antes de Año Nuevo. Lucía invita a su gran amiga Ana (Anaya), una actriz española radicada en Buenos Aires hace ocho años, para que se quede a disfrutar del verano en su casa con pileta. Al poco tiempo, Ricki llega temprano a buscar a Abi y la “onda” previa se transforma en torbellino, en apasionado romance. Hasta aquí lo que puede (y debe) contarse.

    Película sobre la amistad, la lealtad y la “traición” entre mujeres, sobre secretos, mentiras y culpas, Pensé que iba a haber fiesta funciona mejor cuando Galardi se sumerge en la intimidad de las dos protagonistas (se extrañan más escenas que exploren sus códigos) que cuando se abre hacia otras situaciones (la fiesta de Año Nuevo, la preocupación por el consumo de cocaína de uno de los personajes, las distintas apariciones de Esteban Lamothe como un jardinero) Aclaro: no es que el contexto, las actuaciones o las subtramas estén mal (la directora tiene la ya apuntada habilidad como para crear y sostener todos los climas), pero la tensión se diluye un poco y la estructura se siente un poco forzada.

    Aunque para mí ni Galardi ni esa gran intérprete que es Bertuccelli alcanzan el nivel de sus mejores trabajos, Pensé que iba a haber fiesta no deja de ser un film atractivo en su propuesta y elegante (y seductor) en su concreción (todos los rubros técnicos son impecables). Si uno le exige al film no es porque le falte (o falle) tanto, sino porque las talentosas artistas aquí reunidas están en condiciones de darnos todavía más.
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  • En trance
    En trance
    La Nación
    Con películas como Trainspotting , Exterminio , Slumdog Millionaire o 127 horas , Danny Boyle demostró su ductilidad para manejarse con soltura dentro de los más diversos géneros hasta convertirse en un director de referencia, de esos que marcan tendencia en la "modernidad" cinematográfica y logran combinar prestigio con éxito comercial.

    En trance devuelve al director inglés al terreno del neo-noir de sus primeros trabajos con una historia que mixtura (y acumula) elementos propios del cine de acción, del thriller psicológico y del drama erótico. El film arranca con un robo perpetrado en pleno remate en una distinguida firma de Londres. El objetivo es un cuadro de Goya que acaba de ser vendido en 27,5 millones de libras esterlinas. El problema es que uno de los responsables del atraco (un empleado de la casa de subastas interpretado por James McAvoy) recibe un golpe en la nuca por parte de uno de sus socios (Vincent Cassel) y queda amnésico. No recordará, por lo tanto, qué hizo con la valiosa pintura. Allí entrará en escena una bella terapeuta (Rosario Dawson, en el papel de su vida) que intentará mediante la hipnosis que el protagonista recupere la memoria.

    Lo que sigue es un juego de muñecas rusas, una "cebolla" cinematográfica de innumerables capas, un sistema de espejos que deforman la realidad, una trama de múltiples ramificaciones con un triángulo amoroso, manipulaciones y traiciones cruzadas.

    Boyle fascina y abruma. Cuando uno cree haber desentrañado alguna de las tantas incógnitas y de los misterios planteados, sobrevienen nuevas vueltas de tuerca, giros inesperados, sorpresas y engaños que generan atracción, sí, para también algo de mareo y fastidio.

    Como compensación para semejante desafío al espectador está el descomunal despliegue visual al que nos tiene acostumbrado Boyle. Su estilización, sus virtuosos encuadres y movimientos de cámara, su edición a pura adrenalina, sus saltos temporales, y sus imágenes oníricas y surrealistas, tienen algo excesivo (pirotecnia y videoclip), pero el patchwork resulta atractivo.

    El director extrema su apuesta y provoca con una violencia por momentos demasiado sádica y desnudos totales (tanto femeninos como masculinos). Hay una relectura de Cuéntame tu vida , el clásico de Alfred Hitchcock, y elementos que recuerdan la complicada estructura de El origen , de Christopher Nolan. Vulgar y sofisticada a la vez, En trance es una película que nos devuelve en dosis completas y sin medias tintas lo mejor y lo peor del cine de Boyle. Tómelo o déjelo.
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  • La huésped
    La huésped
    Otros Cines
    Crepúsculo cinematográfico

    A Stephenie Meyer le debemos la franquicia -literaria primero, cinematográfica después- de Crepúsculo. No puedo decir que me guste demasiado (tampoco la odio) esa saga con Kristen Stewart y Robert Pattinson, pero al lado de este engendro llamado La huésped aquellas historias de vampiros enamorados resultan -casi- como El ciudadano (bueno, no es para tanto).

    Andrew Niccol (quien combinó películas aceptables con otras bastante flojas como Gattaca, Simone, El señor de la guerra, El precio del mañana) cae a los subsuelos del universo hollywoodense con la dirección y -sobre todo- con el paupérrimo guión (lugares comunes, clisés, diálogos altisonantes, flojas actuaciones) de La huésped. No leí la novela original publicada en 2008 por Meyer, pero aunque fuese tan mala como esta película un autor y realizador competente podría “maquillar” un poco la cosa. Aquí todo es torpe, feo, obvio, ampuloso, solemne y grasa a más no poder. Diría que hasta bizarro, pero sin buscarlo.

    Tenemos una chica (la irlandesa Saoirse Ronan, talentosa actriz de Expiación: Deseo y pecado, Desde mi cielo y Hanna) cuyo cuerpo es invadido por los aliens que dominan la Tierra. Ellos le implantan un “alma”, intentan borrarle la memoria, y quieren que ella los lleve hasta el refugio de los pocos humanos “puros” que quedan en la resistencia. La protagonista queda escindida, en una doble personalidad que la tironea todo el tiempo y la llena de contradicciones. Esquizofrenia que, claro, se verá amplificada aún más cuando se enamore de dos chicos carilindos (¿les suena de algún lado?). Hay besos bajo la lluvia, apelaciones entre místicas y new-age, y hasta un diseño de producción poco atractivo dentro de los parámetros actuales de la ciencia ficción. Ni siquiera William Hurt o Diane Kruger se salvan del bochorno. Flojísima.
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  • Martin Blaszko III
    La intimidad de un gran artista

    Ignacio Masllorens se dedicó durante varios años a filmar a Martin Blaszko (Berlín, 1920 - Buenos Aires, 2011), uno de los fundadores del grupo Madí y uno de los principales exponentes de la abstracción geométrica en América Latina. Dos cortometrajes de 2008 y 2010 -que se pueden ver gratis aquí junto a Del punto a la forma (1954), único film dirigido por el propio Blaszko- precedieron a este largometraje, que cierra la trilogía y se convierte en un documento de gran valor artístico y testimonial, ya que describe el proceso creativo previo y el montaje de la que sería su última muestra, en la misma sede del MALBA que ahora recibe en su auditorio a este film.

    Lo que hace Masllorens es tan sencillo como impecable. Mostrar al encantador, hiperactivo, detallista y talentoso escultor ya nonagenario trabajando en su casa/taller o dando indicaciones a sus colaboradores/discípulos a la hora de pensar y subir la muestra. Son 20 planos largos fijos en los que la cámara absorbe toda esa energía apabullante de Blaszko. No hay subrayados, comentarios, referencias históricas, apuestas melancólicas (quizás, un poco, las fotos en blanco y negro de Alejandro Lipszyc que aparecen en los créditos finales) sino un registro puro y duro, pero en definitiva delicado y fascinante. La intimidad de un artista en todo su esplendor, en toda su dimensión. Nada más y nada menos que eso.
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  • Bomba
    Bomba
    Otros Cines
    Nadie sale vivo de aquí

    Un muchacho santafesino de unos 20 años (Alan Daicz), que acaba de publicar una novela gráfica (es un fan del cómic), llega muy sobre la hora a Buenos Aires para presentarla en la Feria del Libro, se instala en un hotelucho y se sube al primer taxi que encuentra. Pero el conductor (interpretado por Jorge Marrale) no es el típico tachero porteño sino un hombre desesperado y resentido, dispuesto a inmolarse y a generar un caos: tiene el auto repleto de explosivos. Lo que sigue es un tour-de-force cinematográfico y emocional, ya que la película transcurrirá casi íntegramente dentro del coche y se limitará a narrar la relación que se establece entre ese veterano manipulador y el inocente chico que pasa a ser su prisionero y confidente.

    Decir que la película trabaja sobre el encierro y que resulta, por lo tanto, claustrofóbica es casi un lugar común. El automóvil nunca se detiene, pero en su interior el tiempo parece no pasar nunca y la tensión se vuelve insoportable ¿Volarán por los aires? Bizzio nos enfrenta a una situación extrema y nos obliga (nos somete) a ser testigos incómodos de este juego de gato y ratón, de negociaciones cruzadas y dependencia mutua. La puesta en escena no está mal (el director filmó incluso en plena Avenida 9 de Julio), pero el relato depende casi 100% de los diálogos y los mismos no siempre resultan igual de eficaces y creíbles. Una apuesta muy arriesgada y parcialmente lograda. Así y todo, una verdadera rareza y bastante valiosa.
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  • El gran simulador
    Mentime que me gusta

    A los 84 años y con más de medio siglo de trayectoria, René Lavand es un mito de la magia en la Argentina. Brillante ilusionista y entrañable personaje, este hombre se hizo famoso por sus trucos con cartas concretados únicamente con su mano izquierda (la derecha la perdió en un accidente) hasta convertirse en una figura de culto, con miles y miles de fans.

    Como en Amateur (donde nos presentaba a un querible cinéfilo), Frenkel se acerca con curiosidad y fascinación al universo íntimo de su personaje. En este caso, a una hermosa casa de madera que Lavand posee en medio de la naturaleza verde en las afueras de Tandil. Allí, conoceremos lo que el protagonista -gran actor y entretenedor- quiere que sepamos: un bon-vivant, un filósofo de barrio, un genio de las barajas que sigue creando nuevos trucos en su "laboratorio" (el paño verde) pese a su artrosis, un marido bastante dependiente, un amigo fiel, un maestro con discípulos que lo veneran y, a veces, un cabrón refunfuñante (sobre todo cuando lo llaman a toda hora para pedirle un remise debido a un número equivocado).

    El director -que contó con técnicos de primera línea, empezando por los DF Guillermo Nieto y Diego Poleri- pudo acceder a un excelente material de archivo de todas las épocas (Lavand recorrió el mundo varias veces y estuvo hasta en los shows de Johnny Carson y Ed Sullivan) y hace un buen uso de esas imágenes, pero también de los sonidos de sus actuaciones que muchas veces se escuchan en off.

    Hay momentos en que Lavand lee textos un poco sobreescritos (con obvios espejos de fondo) y otros en que el documental resulta demasiado concesivo, "oficial". Quizás Frenkel se "enamoró" de su personaje y perdió la oportunidad de mostrar ciertas contradicciones o miserias de Lavand que hubiesen enriquecido el retrato. Pero cómo no rendirse ante el carisma, la simpatía, la seducción de este gran embaucador. René lo hizo de nuevo.
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  • Tabú
    Tabú
    La Nación
    En su tercer largometraje, el director portugués Miguel Gomes construye una película que resulta un homenaje condensado a casi todos los géneros clásicos, pero que al mismo tiempo trasciende las referencias cinéfilas para "dialogar" también con la literatura, la música y la historia. Estamos ante un film de múltiples capas, derivaciones, implicancias y niveles de lectura, un verdadero "ovni" que se permite viajar al pasado en busca de las gemas del período mudo (empezando por su homónimo de Murnau, claro), pero que reniega de lo museístico para transformarse en algo definitivamente fluido y moderno.

    Entre el drama romántico y la comedia musical (con temas que van desde viejos éxitos pop cantados en castellano hasta covers de The Ronettes, pasando por canciones de los Ramones), entre el film de aventuras a-la- Mogambo o Hatari y el cine político sobre el colonialismo portugués en Africa, el director de La cara que mereces y Aquel querido mes de agosto va armando en blanco y negro y en pantalla casi cuadrada (4:3) una película que en verdad son dos (o tres) con un mismo personaje (Aurora) primero como una anciana en la Lisboa actual (un prólogo con reminiscencias almodovarianas) y luego con su historia juvenil de amor, de locura y de muerte ambientada cinco décadas antes en una casona rural ubicada en la ladera del Monte Tabú, en Mozambique.

    No pocos críticos han comparado a Tabú con Historias extraordinarias , del argentino Mariano Llinás, y más allá de los mayores o menores parecidos que puedan encontrárseles lo cierto es que ambos films comparten un amor por la literatura y el cine de aventuras a partir de un uso casi permanente de la narración en off y una búsqueda de situaciones imprevisibles, sorprendentes, absurdas (pero sin caer jamás en lo paródico), que aquí incluyen desde ridículas bandas musicales hasta cocodrilos. Y la otra referencia inevitable para muchos espectadores será la de la oscarizada El artista , aunque los estilos de sus directores no pueden ser más distintos.

    Fábula nostálgica plagada de elementos fantásticos (fantasmagóricos) y climas surrealistas (extraordinario el aporte visual del director de fotografía Rui Pocas), Tabú nos lleva de regreso a un mundo perdido, a un cine clásico que para muchos murió y a una época (la de las colonias europeas) que para la mayoría ya ha sido sepultada, pero que en verdad sigue marcando a la sociedad actual. Lejos del homenaje aburrido o pretencioso, Gomes demuestra que todavía se puede seguir jugando sin prejuicios con el arte y nos regala una película lúdica, esplendorosa y vital..
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  • Por un tiempo
    Por un tiempo
    Otros Cines
    Desde el alma

    Nunca es tarde para incursionar en la dirección de cine. A los 57 años, y luego de una intensa trayectoria como actor, Gustavo Garzón escribió el guión y se puso detrás de cámara para esta cuidada, rigurosa y sentida película sobre una pareja de treintañeros que están a pocos meses de tener un bebé, pero cuya existencia se ve conmocionada cuando él se entera de que tiene una hija de 12 años y que además debe cuidarla (la madre, que de joven había tenido una efímera relación con el protagonista, está muy enferma).

    La película presenta a Leandro (Esteban Lamothe) como un exitoso arquitecto casado con Silvina (Ana Katz). La felicidad casi idílica por la inminente llegada de su primer hijo (que han buscado con ansias durante cuatro años) se ve complicada cuando Lucero (Mora Arenillas), una chica de clase media-baja, llega a vivir “por un tiempo” en su hogar. Pese a los esfuerzos de los adultos (sobre todo de Silvina), la hija de Leandro se siente intimidada, frustrada, triste y enojada ante la situación y, por lo tanto, su comunicación con ellos es mínima. La pareja también sufre el cimbronazo y comienzas los cuestionamientos mutuos (especialmente los de ella).

    La historia no sólo contrapone en el contexto las diferentes clases sociales del matrimonio y de la chica, sino que también expone las contradicciones íntimas entre el deber y el querer ser (dicotomía que también se aprecia en el estudio donde Leandro trabaja). Película sobre decisiones importantes en momentos decisivos de la vida, sobre asumir responsabilidades propias de la adultez, Por un tiempo está construida con andar seguro y buenas actuaciones. Quizás por momentos se extrañe un poco más de fluidez, humor y ligereza (hay demasiado apego a la corrección política y a abordar temas “importantes”), pero el resultado es de gran nobleza y no poca intensidad emocional, sin por eso caer en el golpe bajo ni la manipulación del espectador. Una más que aceptable ópera prima de Garzón, que evidentemente puso mucho de sí mismo en este tardío debut concretado… desde el alma.
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  • De jueves a domingo
    Ultimos días de las víctimas

    Rodado casi íntegramente dentro de un auto (y, más aún, desde el punto de vista de quienes viajan en los asientos traseros), este primer largometraje de la joven directora chilena Dominga Sotomayor premiado en numerosos festivales (Rotterdam, Valdivia, BAFICI, IndieLisboa) es bastante más que un tour-de-force técnico o un virtuoso ejercicio de estilo que sirva como carta de presentación.

    Un matrimonio está a punto de divorciarse y decide hacer el último viaje (hacia el norte chileno) con sus hijos. Los chicos quieren ir a la playa y se quejan, los padres tratan de ocultar el malestar que sienten y la ansiedad por definir sus nuevos rumbos personales. Allí está concentrada la tensión, sobre esas contradicciones se crean las atmósferas de esta llamativamente madura, rigurosa y sólida ópera prima.

    Con estructura de road-movie (pero concentrada en vez de abierta a los paisajes), Sotomayor narra con gran sensibilidad, destreza y logrados climas melancólicos aquello que los chicos/víctimas intuyen (es poco lo que ven de lo que ocurre en la parte delantera del coche) y sienten frente a esa experiencia previa a la ya inevitable disgregación del núcleo familiar. Melancólica, amarga y, en varios pasajes, fascinante.
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  • Iron Man 3
    Iron Man 3
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    Es más de lo mismo... pero me gusta

    Nota: Esta reseña, creo (espero), está libre de spoilers, al menos no cuenta nada que no se lea en la sinopsis de cualquier sitio o se vea en el tráiler. Pero no me hago responsable si alguno se enoja por alguna mención que consideren inconveniente. Están avisados…

    La de Iron Man ha quedado como la saga cómica de Marvel. Por supuesto, están las escenas de acción, las desventuras del millonario Tony Stark y su superhéroe ferroso, y los malvados de turno, pero con Robert Downey Jr. al mando la cosa tiene que pasar inevitablemente por el humor.

    En este sentido, Iron Man 3 no defrauda y, al mismo tiempo, tiene algo de déja vu. Es que todo está concebido aquí para el histrionismo de R.D. Jr., para un ego-trip que -por suerte- deja bastante espacio para la autoparodia (porque el personaje es conciente de su megalomanía y su egocentrismo y se permite burlarse de sí mismo). Lo bueno es que con R.D. Jr. en cámara en el 99,9% de las tomas ese “más de lo mismo” que se puede apreciar aquí es un encantador despliegue de sobreactuación controlada, de sonrisas compr`doras y de canchereadas que buscan la complicidad permanente del espectador (ah, también baila mientras se va calzando la armadura).

    No será un talento como Joss Whedon (que también sacó provecho del carisma de R.D. Jr. en The Avengers: Los Vengadores), pero lo de director Shane Black (que venía con un solo antecedente en la realización con Entre besos y tiros y con los galardones de haber sido guionista de la franquicia Arma mortal) es aquí más que digno tanto en la escritura de la historia como en su trabajo en escenas de acción y comedia.

    La película arranca con un prólogo ambientado en la ciudad de Berna, Suiza, en 1999. Allí aparecen quienes serán las incorporaciones principales de esta tercera entrega: el despiadado Aldrich Killian (Guy Pearce) y la morocha Maya Hansen (Rebecca Hall), quien ya en la actualidad conformará el triángulo junto a la rubia Pepper Potts (Gwyneth Paltrow) y a Stark.

    ¿Y qué otras novedades ofrece este tercer film? Un mayor protagonismo para Paltrow (tanto en lo romántico como en lo físico), un hilarante personaje a cargo de Ben Kingsley, un niño que será el aliado perfecto para Stark, y varias buenas set-pieces, como la de la destrucción de la casa del protagonista o la de los múltiples Iron-manes.

    Puede que algunos elementos se repitan demasiado (las alusiones al insomnio y a las pesadillas de Stark), pero en general las poco más de dos horas del film se disfrutan moderadamente (no es cuestión aquí tampoco de entusiasmos desmedidos). Quizás mi puntaje sea un poquito exagerado, pero después de una maratón de 10 días de películas “difíciles” en el BAFICI, algo así, bien pochoclero, resultó como un bálsamo, una cura, una desintoxicación (ojo, amo el BAFICI y su propuesta, pero después de 40 films seguidos…).

    Para el final, el final: sí, quédense a padecer los 8 o 10 minutos de créditos de cierre con los miles de especialistas en CGI que participaron del rodaje porque después hay una simpática escena humorística con un invitado especial. Es todo lo que voy a decirles. No quiero hacerles perder el disfrute…
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  • Roa
    Roa
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    Este tercer largometraje del cotizado director colombiano Andrés Baiz (Satanás, La cara oculta) reconstruye la historia de Juan Roa Sierra, sindicado como el asesino del caudillo Jorge Eliecer Gaitán -quien tenía seguro destino de presidente- en 1948 y que desembocó en el masivo y sangriento levantamiento popular conocido como Bogotazo y en una espiral de violencia que continúa hasta hoy.

    Coproducida con la compañía argentina Patagonik y con el aporte de notables artistas de nuestro país (el director de fotografía Guillermo Nieto, el editor Alejandro Carrillo Penovi, el músico Iván Wyszogrod e intérpretes como Arturo Goetz), Roa es una ambicioso aunque superficial y esquemático fresco histórico que va desde lo íntimo (la gris existencia de este hombre de familia dominado por la falta de oportunidades) hasta lo sociopolítico (con una oscura y compleja trama de intereses y confabulaciones). Una película que -más allá de sus desniveles, obviedades y subrayados- se animó con uno de los sucesos más controvertidos y determinantes de la historia colombiana del siglo XX y allí reside su principal valor.
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  • La esperanza de una nueva vida
    Dos a entenderse

    Shun Li (la muy convincente Tao Zhao, vista en varias películas de Jia Zhang-ke) es una inmigrante china que trabaja en una fábrica textil en las afueras de Roma. Su sueño es conseguir que su hijo de ocho años llegue a Italia, pero antes debe saldar una importante deuda con su jefe (ligado a la mafia de su país). Al poco tiempo, es enviada a Chioggia, una pequeña comunidad situada en una de las islas de la laguna veneciana (lejos del glamour turístico) para encargarse de un bar que es punto de encuentro de los lugareños. Entre ellos, está Bepi (Rade Sherbedgia), un veterano pescador de la ex Yugoslavia al que sus amigos apodan El Poeta.

    Entre ellos se irá intensificando una relación que tiene bastante más de solidaridad que de romanticismo. Ni las barreras sociales, ni las idiomáticas, ni las de costumbres, ni las de edades (ella es treintañera; él, sexagenario) podrán contra ese humanismo que el director reivindica y exalta. Pero, claro, allí aparecerán en toda su dimensión los prejuicios y la xenofobia (con su carga de violencia), dos características tan ligadas al italiano medio de la actualidad.

    Andrea Segre viene del documental y se ha especializado desde siempre en dos cuestiones: la vida de los inmigrantes y la zona del Veneto. Son precisamente estas dos vertientes las que aborda y combina en su primer largometraje de ficción, multipremiado en la Mostra de Venecia.

    Se trata de un film hecho con gran solvencia, sensibilidad y nobleza, pero que al mismo tiempo encuentra sus límites en una exposición casi “de manual” de los postulados básicos de esa corrección política de los artistas progres europeos que intentan de alguna forma lavar las culpas por el proceder de sus compatriotas con este tipo de películas que cuestionan las miserias sociales.

    De todas formas, y más allá de que por momentos se adivina los siguientes pasos que Segre va a dar, la historia se sostiene por la simpleza franca con que el director narra esta fábula y, sobre todo, por la credibilidad de las interpretaciones, empezando por la de Tao Zhao, eje y motor de esta poderosa épica personal.
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  • Lazos perversos
    Lazos perversos
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    El cuento del tío

    Con películas como J.S.A: Zona de riesgo, Thirst y la trilogía sobre la venganza compuesta por Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy: cinco días para vengarse y Sympathy for Lady Vengeance, Park Chan-wook se consolidó como el director coreano de mayor proyección internacional dentro de la vertiente de cine de género. Hollywood no tardó en echarle el ojo. Y por partida doble: una remake de Oldboy que filmó Spike Lee y un proyecto para él en suelo estadounidense: Lazos perversos.

    Colores saturados, dirección de arte preciosista, virtuosos encuadres y movimientos de cámara, y -ya en términos de la historia- fuertes dosis de erotismo, perversiones, baños de sangre, engaños y seducción. Bienvenidos, entonces, al universo de Park Chan-wook, aquí con un thriller psicológico que tiene al Alfred Hitchcock de La sombra de una duda como principal referente, a partir de un guión escrito por el conocido actor Wentworth Miller.

    Tras la muerte en un accidente automovilístico de su padre (Dermot Mulroney), un prestigioso y multimillonario arquitecto, India Stoker (interpretada por Mia “Alicia en el País de las Maravillas” Wasikowska) ingresa a sus 18 años en una suerte de encierro del que su inestable y alcohólica madre Evie (Nicole “Botox” Kidman) no puede sacarla. Pero, de manera imprevista, llega a la mansión de Connecticut el tío Charlie (Matthew Goode), un galán que en principio aparece como bon-vivant y trotamundos. Las apariencias, dice con razón el viejo dicho, engañan. Y cómo.

    Lo que sigue (tranquilos: no voy a desvelar ningún secreto) es un triángulo con manipulaciones varias y cruzadas para una película extrema, embriagadora, perturbadora, llena de escenas notables… y de las otras (sí, obvias y grasas, de esas que dan vergüenza ajena, como la de la “seducción” cuando tocan el piano a cuatro manos).

    No estamos -claro está- ante una obra maestra, pero sí ante una clase sobre técnica cinematográfica a cargo de un verdadero genio en el terreno de la elaboración estética. Mi recomendación: véanla en cine o no la vean. Una copia en baja resolución y en pantalla pequeña es derrochar casi toda la posibilidad de disfrute.
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  • Oblivion: El tiempo del olvido
    Batallas entre humanos y robots, realidad virtual, viajes en el tiempo, sofisticada tecnología, historia futurista de corte apocalíptico, planetas colonizados, poderes que controlan y someten al individuo, memorias que son borradas e implantadas... En Oblivion: El tiempo del olvido conviven casi todos los grandes tópicos de la ciencia ficción y las referencias, por lo tanto, son inevitables y evidentes: desde 2001, odisea del espacio hasta Alien , pasando por THX 1138 , la animada WALL-E y un film menos conocido como En la Luna.

    Joseph Kosinski -que venía de realizar otra superproducción dentro del género como Tron: El legado - coescribió y dirigió esta película protagonizada y narrada en off por un Tom Cruise que interpreta al comandante Jack Harper, responsable del mantenimiento de unos drones programados para combatir a los aliens (aquí denominados carroñeros) que pretenden aniquilar a (lo que queda de) la humanidad.

    La película transcurre en 2074, seis décadas después de una guerra contra los invasores extraterrestres que ha devastado a la Tierra luego de múltiples explosiones atómicas. De hecho, los pocos sobrevivientes se han trasladado hacia Titán, una de las lunas de Saturno.

    Durante la primera mitad de la película (bastante minimalista y, por lo tanto, a contramano de la tendencia a la acumulación y al estímulo constante de la inmensa mayoría de la oferta hollywoodense) hay sólo tres personajes en pantalla: Harper, su asistente/amante Vika (Andrea Riseborough) y Sally (Melissa Leo), quien vigila y supervisa todo desde el control central.

    Sin embargo, durante la segunda mitad del relato, la película cambia por completo de tono, registro y estilo. Aparecen en escena un grupo de rebeldes liderados por Morgan Freeman y Nikolaj Coster-Waldau, una misteriosa y bella mujer (Olga Kurylenko) y el relato se torna mucho más recargado con abundantes diálogos, una subtrama romántica y una vuelta de tuerca con "mensaje" (y moraleja) que resulta demasiado subrayada. En esa segunda hora, por supuesto, surgen unas cuantas escenas de acción (incluidas persecuciones aéreas a toda velocidad por estrechos cañones) que le imprimen a la narración un mayor vértigo. La música electrónica también acompaña ese vuelco tornándose cada vez más permanente y grandilocuente.

    Si bien no todos los elementos conviven con armonía (la película es un poco "esquizofrénica", como si tuviera una doble personalidad que la hace pendular todo el tiempo entre el drama psicológico "serio" y el cine de entretenimiento "ligero"), Kosinski regala unas cuantas escenas que, tanto desde la puesta en escena como desde el inteligente uso de los efectos visuales, resultan muy sofisticadas y atrapantes. Extraña propuesta de ciencia ficción (casi todas las imágenes, por ejemplo, son diurnas) con un discurso entre místico y new-age, Oblivion es un film anómalo en más de un sentido. De todas maneras, en una industria con tanta producción en serie, se trata de un mérito, más que de un defecto.
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  • Tadeo, el explorador perdido
    Gran éxito de público en España (el personaje ya había sido objeto de dos cortometrajes premiados y de una serie de cómics), esta película sobre un ex obrero de la construcción devenido arqueólogo que lucha para evitar que los tesoros de los Incas caigan en las manos equivocados es una acumulación de fórmulas, estereotipos y parodias/homenajes/"préstamos" del cine hollywoodense (hasta se usan canciones del grupo juvenil One Direction).

    Tenemos al patético antihéroe (torpe y gordito), a la chica linda (un robo de Lara Croft), una historia a-la-Indiana Jones, malvados de manual, un perro fiel y otros personajes "simpáticos" (el loro mudo). El acabado técnico y la animación 3D son correctas, pero nada espectaculares. Se trata de un intento por competir con el cine norteamericano en su mismo terreno. La apuesta comercial puede haber resultado en un pleno. En el aspecto artístico, es menos de lo mismo. En el mejor de los casos, una derrota digna.
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  • 911 Llamada mortal
    Con películas como El maquinista y Transsiberian, y sus aportes a múltiples series como The Wire, Fringe, El imperio del contrabando o The Killing, Brad Anderson demostró que es un profesional con todas las letras, un artesano de esos que suelen llevar a buen puerto (o al menos naufragan con cierta dignidad) dentro del cine de género. Su habilidad, su pulso, su tempo se alcanzan a percibir también en este thriller sobre un asesino serial “especializado” en adolescentes rubias e inocentes. El punto de vista es el de una operadora del servicio de emergencias 911 (una “afeada”, si eso es posible, Halle Berry) que intenta salvar una vida luego de haber cometido un error que le ha costado demasiado caro a otra víctima.

    El problema no es, por lo tanto, la factura (correcta, sin grandes hallazgos) sino la precariedad en el trabajo de la psicología de los personajes (¡ay, los traumas del killer!) y, sobre todo, el grado de sadismo que terminan por transformar a esta experiencia en algo casi intolerable. En la comparación, engendros como 8 milímetros, de Joel Schumacher, resultan casi comedias musicales. Salvo espectadores masoquistas, mejor abstenerse.
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  • Puerta de Hierro, el exilio de Perón
    De solemnidades, sadismos y copias

    El propio Víctor Laplace es (otra vez) un Perón estereotipado e idealizado, muy lejano del hombre de carne y hueso “contradictorio” que el autor pretendió mostrar (así lo indicó, al menos, en las “Notas del director” del catálogo del Festival de Mar del Plata, donde la película tuvo su premiere en la Competencia Iberoamericana). El Perón de Laplace (el que moldea en su triple faceta de actor, coguionista y director) es un sabio, un profeta, un líder siempre autoconciente de las implicancias de su accionar que dispara frases célebres, históricas, punzantes a través de múltiples y obvios recursos (la voz en off, la escritura de una carta, la charla con seguidores), mientras a su alrededor pululan los traidores, los ineptos y los ambiciosos del poder. Impecable desde lo técnico (participó un verdadero dream-team del cine argentino), esta reconstrucción del exilio del líder tras los bombardeos de 1955 y hasta su regreso al poder resulta elemental, solemne y, sobre todo, aburrida.
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  • Posesión infernal
    El joven director uruguayo Fede Álvarez concreta con esta película el "sueño del pibe". Tras un cortometraje de cinco minutos y 300 dólares de costo, Ataque de pánico! , subido a YouTube en 2009 y visto por más de siete millones de personas, Sam Raimi lo convocó para filmar la remake de The Evil Dead , su clásico de culto de 1981.

    Con Raimi ahora como productor y con un guión firmado por él y su colaborador Rodo Sayagues (se sabe que la cotizada Diablo Cody participó en el proyecto, pero no figura en los créditos), Álvarez consigue una ópera prima satisfactoria en todos los terrenos, ya que funciona como "homenaje" al film original (está plagada de guiños y referencias que los fans sabrán captar), pero también como un exponente del cine de terror sádico que las nuevas generaciones -aquellas que jamás vieron la trilogía inicial de Raimi- podrán disfrutar (y sufrir, claro) en toda su dimensión.

    Con algunas innovaciones, licencias y cambios (sobre todo en la primera mitad) respecto de la película de Raimi, Posesión infernal mantiene el esquema de cinco jóvenes en una cabaña en medio del bosque sometidos a las fuerzas diabólicas que ellos mismos "despiertan" sin saberlo a partir de conjuros e invocaciones que figuran en las páginas del Libro de los Muertos.

    Hay una chica adicta a las drogas duras (Jane Levy), que intenta zafar de sus efectos, pero pronto se convertirá en una amenaza a-lo-Linda Blair en El exorcista . Y también aparecen su hermano David (Shiloh Fernandez), un muchacho que ha estado demasiado ausente y, por lo tanto, dominado por la culpa, y tres personajes más (Jessica Lucas, Lou Taylor Pucci y Elizabeth Blackmore) que los acompañan en el viaje.

    La violencia (que arranca con cuchillos, sigue con disparos de clavos y termina con escopetas, sierras eléctricas y explosiones) es extrema y Álvarez la convierte en un festival gore con desmembramientos y abundantes explosiones de vísceras, sangre y otros fluidos. Lo hace con una infrecuente solvencia tanto en la puesta en escena (la película está muy bien filmada) como con una sabia y criteriosa utilización de los efectos visuales. No será una película revolucionaria -no lo pretende y se sabe deudora de un clásico y de las fórmulas básicas del género-, pero entretiene y asusta. Misión cumplida, entonces, para este uruguayo treintañero que sale más que airosos de su debut en las grandes ligas hollywoodenses.
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  • Contrarreloj
    Contrarreloj
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    Otra carrera contra el tiempo...

    El "concepto" de la película está resumido incluso desde el afiche: un ladrón (Nicolas Cage) tiene 12 horas para conseguir los 10 millones de dólares de rescate para salvar a su hija secuestrada por un desquiciado ex compañero suyo no muy contento con el resultado de un golpe que dieron juntos.

    Con esa premisa, el guión de David Guggenheim (Protegiendo al enemigo) apuesta al thriller vertiginoso y con espíritu de clase B, con un esquema muy similar al de Celular (2004), pero allí donde el film de David R. Ellis funcionaba a la perfección con su apuesta por el humor absurdo en medio de una típica carrera contra el tiempo, aquí el director Simon West (El mecánico, Los indestructibles 2) se queda siempre a mitad de camino. O sea, ni un simpático delirio, ni un exponente de género demasiado sólido.

    Para colmo, esta vez Nicolas Cage ni siquiera entrega su acostumbrado festival de tics y excesos. Es más, el antagonista, Josh Lucas, le gana por varios cuerpos en la carrera de sobreactuación. Así, la película no encuentra nunca su tono. No se la puede tomar en serio porque las justificaciones de la trama y los conflictos de los personajes no resisten el menor análisis. Tampoco se la puede disfrutar en plan de placer culpógeno porque el film nunca adquiere una veta lúdica ni se juega por el absurdo. El resultado es un híbrido mediocre, un subproducto decididamente menor. Ni chicha ni limonada.
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  • Beirut Buenos Aires Beirut
    Un viaje de ida (y vuelta)

    Los documentales familiares y, más precisamente, aquellos que bucean en las raíces ancestrales (sobre todo, de los in/emigrantes que abandonaron sus países en busca de una nueva vida) son de los más transitados y, por lo tanto, de los que mayores riesgos tienen de caer en las “fórmulas”.

    En este sentido, Hernán Belón (que ya había incursionado en este universo con la querible Sofía cumple 100 años y también en la ficción con la más que atendible El campo) aplica un esquema bastante clásico y logra sortear buena parte de los lugares comunes previsibles.

    Aunque no todos los recursos son igual de eficaces (la voz en off por momentos luce calculada y artificial, la música -que no es nada mala, al contrario- está utilizada de manera algo efectista y hay puestas de cámara demasiado “ficcionales”), Belón ratifica que es un sólido narrador y, así, el espectador sigue de cerca y con interés el derrotero personal de Grace Spinelli, una atractiva mujer de origen libanés que -cual detective- investiga (y desvela) la historia de su bisabuelo Mohammed, un hombre que -luego de haber formado una familia en la Argentina- regresó a su país natal y armó una nueva vida allí hasta morir a los casi 100 años.

    La primera parte describe la dinámica de la familia local de Grace (un entorno dominado por las mujeres y, también, por lo que no se dice respecto de un pasado para ellas bastante doloroso por el abandono) y, en la segunda, se narra el viaje que ella hace hasta el pueblo de Mohammed en la aún convulsionada (por la guerra civil) zona de El Líbano.

    El film está bien construido y alcanza varios momentos de genuina intensidad (en otros, se notan demasiado los “hilos” que sostienen el armado narrativo). De todas maneras, se trata de otro dignísimo trabajo de ese director prolífico y multifacético como Hernán Belón.
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  • G.I.Joe: el contraataque
    Hace ya cuatro años se estrenó la muy floja G.I. Joe: El origen de Cobra . Sin embargo, pese a la pobre recepción, al poco tiempo se puso en marcha la secuela, cuyo lanzamiento fue demorado durante 9 meses para su conversión a 3D luego de haber sido filmada. Ya no están el director Stephen Sommers ni varios de los intérpretes de la película original, pero la presencia como protagonista de Dwayne "The Rock" Johnson y la participación especial de Bruce Willis permitían tener ciertas ilusiones respecto de un resurgimiento de esta franquicia basada en los populares muñecos militares de la compañía Hasbro. Y, si bien es superior a la primera entrega (no hacía falta demasiado), el resultado dista de ser satisfactorio dentro de una factoría como la hollywoodense, que suele regalar cada año sólidas y en muchos casos sorprendentes producciones de acción.

    El guión de Rhett Reese y Paul Wernick es de una absoluta elementalidad (casi al borde del ridículo) y, por lo tanto, describir la trama o especificar sus diálogos es un ejercicio inútil. Basta indicar que los maléficos integrantes de la organización Cobra se han infiltrado en la Casa Blanca, han secuestrado al presidente (Jonathan Pryce) y tomado el poder con la intención -qué menos- de dominar el mundo. El mandatario impostor (tienen la capacidad para clonar la imagen del real) decide traicionar a los G.I. Joe y pone a la opinión pública en su contra. Los escasos sobrevivientes de ese cuerpo de elite -liderados por Johnson y la seductora Adrianne Palicki- deben reorganizarse desde la clandestinidad con la ayuda del veterano oficial Joe Colton (un Willis que aparece en la segunda mitad, pero no tiene un papel a su medida) para iniciar el contraataque al que alude el subtítulo del film.

    La segunda parte abandona por completo cualquier tipo de "justificación" dramática y va a lo seguro: vértigo, adrenalina. Se trata de una sucesión casi ininterrumpida de set-pieces (algunas bastante buenas, como un enfrentamiento entre ninjas sostenidos por cables en las laderas de las montañas) que demuestran tanto el profesionalismo de los expertos en coreografías, efectos visuales y dobles de riesgo como la incapacidad de los realizadores para construir una historia mínimamente lógica y entretenida. Acción pura, es cierto, pero que resulta como un envoltorio vistoso para un regalo hueco.
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  • La reconstrucción
    Con películas como No sos vos, soy yo , ¿Quién dijo que es fácil? y Un novio para mi mujer , Juan Taratuto se convirtió en uno de los guionistas y directores más exitosos dentro de esa comedia que tiene en el diálogo (y en el remate punzante y eficaz) su principal sustento. En su cuarto largometraje, el realizador se arriesga con un fuerte cambio de género, tono y registro. Si bien mantiene a Diego Peretti como protagonista, en La reconstrucción se sumerge en terrenos del melodrama, abandona la gran ciudad para viajar hasta la Patagonia profunda y aborda temas, conflictos y sentimientos inéditos hasta ahora en su filmografía.

    El resultado de semejante salto -un cambio saludable para un artista que ya había encontrado una fórmula reconocida y reconocible- es más que digno. Puede que La reconstrucción no sea todo lo "redonda" que sí fueron sus comedias, que especialmente durante la segunda mitad subraye demasiado los cambios de los personajes y "apure" un poco las resoluciones, pero al mismo tiempo significa desde su trabajo como cineasta un indudable paso adelante: más áspera y exigente que sus trabajos anteriores, demandó una concepción, un diseño y una puesta en escena que rompen por completo con cierta estética "televisiva" con la que se minimizó a sus primeros tres films.

    La primera mitad -que transcurre bastante en exteriores y remite por momentos al cine "patagónico" de Carlos Sorín- prescinde prácticamente de la palabra (toda una audacia y una búsqueda rupturista para los antecedentes citados de Taratuto) para describir con imágenes -y los acertados gestos faciales y corporales de Peretti- el grado de soledad, desconexión, irritabilidad, desprecio y amargura que acumula Eduardo, un trabajador calificado de la industria petrolera que carga con una pesada "mochila" de dolor y frustración cuyo contenido conoceremos promediando el relato.

    Luego de múltiples insistencias por parte de Mario (Alfredo Casero) y aprovechando unas vacaciones, Eduardo deja la zona de Río Turbio para trasladarse a Ushuaia, donde de a poco comenzará a interactuar con la familia de su amigo: su esposa, Andrea (Claudia Fontán), y sus dos hijas adolescentes. Hasta aquí lo que se puede contar, ya que en esa segunda mitad -en la que Taratuto retorna al imperio de los diálogos y se instala mucho en interiores- se producen los grandes cambios que la película sólo sugería en el prólogo.

    Es probable que cierto sector del público se sienta algo manipulado con algunos aspectos casi del terreno de la "autoayuda" que el film tiene a la hora de abordar temas como la muerte, el dolor, las segundas oportunidades o el valor de las familias sustitutas, pero Taratuto tiene la suficiente sabiduría, recato y sensibilidad como para evitar el golpe bajo y mantener la película a flote.

    Las actuaciones, los rubros técnicos y -quedó dicho- el tratamiento visual y la riqueza narrativa (sobre todo en la primera parte) hablan de un futuro alentador, con más matices, con mayor riqueza, para el cine de Taratuto. En La reconstrucción hay riesgo, cambios de rumbo y no pocos logros. Nuevas búsquedas que se reconocen y, en definitiva, se agradecen.
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  • Proyecto 43
    Proyecto 43
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    Estrellas estrelladas

    “¡Un gran elenco reunido para la mejor comedia de la historia!”, asegura la gacetilla de prensa de la distribuidora argentina que lanzó el film. 19/100 indica -por el contrario- el penoso promedio de Metacritic según los puntajes otorgado a este film por los críticos norteamericanos.

    Entre la exageración de unos y la indignación de otros surge esta comedia negra que es una verdadera rareza. Producida con un muy bajo costo (6 millones de dólares) por Peter Farrelly, se trata de una acumulación de cortos (sketches) protagonizados por un verdadero dream-team de estrellas, que se atreven a todo. Incluso al ridículo.

    No tengo nada contra el humor crudo, esos dardos políticamente incorrectos que explotan la sexualidad primaria, la escatología, el machismo, las humillaciones y la estupidez propia de la adolescencia. El problema es que aquí la proporción de chistes inspirados sobre intentos es mínima (confieso, claro, que me reí un puñado de veces y me tapé la cara unas cuantas más).

    Algunos podrán sentir “placer” al ver a Hugh Jackman con los huevos (literalmente) en la garganta ante una asqueada Kate Winslet, a Chris Pratt tratando de defecar sobre Anna Faris (su esposa en la vida real), a Naomi Watts y Liev Schreiber (también un matrimonio fuera de cámara) educando con métodos sádicos a su hijo adolescente; o a Halle Berry sometida a situaciones extremas con su cuerpo, pero –sin caer en una mirada conservadora sobre el asunto- la experiencia en buena parte del film dista bastante de ser disfrutable y recomendable.

    Una pena, verdaderamente, porque participaron del proyecto gran cantidad de directores, guionistas y actores de relieve. Y porque a Hollywood le viene bien un poco irreverencia y provocación entre tanto producto bienpensante y aleccionador. El problema es que el resultado final, esta vez, no está a la altura de su idea inicial.
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  • Jack el cazagigantes
    Son unos monstruos grandes y (no) pisan fuerte

    Esta nueva película de Bryan Singer intenta recuperar el espíritu de los tradicionales cuentos de hadas (de hecho, arranca con padres leyéndoles el libro a sus hijos en la cama) con una apuesta más clásica que moderna (léase esa estética de cómic tan de moda en los reciclajes recientes con relecturas feministas incluidas).

    Esta apuesta inicial -casi old-fashioned- por parte del director de Los sospechosos de siempre y la saga X-Men era más que interesante, pero el resultado, sin ser un fracaso estrepitoso, está lejos de ser satisfactorio. Es que esta historia ambientada en la Inglaterra del siglo XVIII -que combina elementos de Furia de titanes y El señor de los anillos- es por momentos más pesada (elefantiásica, mastodóntica) que los gigantes del título. Una aventura que, más allá del vistoso trabajo de CGI y captura de movimiento para animar a los inmensos malvados, no logra que su trama (ni sus imágenes en 3D) fluyan ni entretengan demasiado.

    Hay aquí una clásica historia de amor entre una princesa demasiado curiosa e independiente para la época (Eleanor Tomlinson) y un “mendigo” (el inglés Nicholas Hoult, visto recientemente en Mi novio es un zombie), un rey en problemas (Ian McShane), un caballero valiente (Ewan McGregor), un malvado de historieta (Stanley Tucci), unos frijoles mágicos capaces de hacer crecer plantas hasta el cielo y, claro, un universo fantástico en las alturas con los gigantes que intentarán dominar a los humanos.

    Uno puede admirar una vez más la capacidad técnica de la industria de Hollywood a la hora de poner en pantalla a las inmensas y monstruosas criaturas corriendo a los soldados o destruyendo el palacio, pero también puede cuestionar a esta producción de 200 millones de dólares de presupuesto por no haber podido trasladar esa disponibilidad de recursos a una historia más redonda y eficaz. El vaso medio vacío.
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  • Verano del '79
    Verano del '79
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    Retrato de familia

    Pocas cinematografías son tan afectas a los retratos de familia (numerosa) como la francesa. Basta recordar que en los últimos tiempos se conocieron films de Arnaud Desplechin (El primer día del resto de nuestras vidas/Un conte de Noël) y Olivier Assayas (Las horas del verano) -por citar sólo un par- que apostaban a la mirada coral para describir delicias y miserias de la vida en común.

    En esa misma línea se ubica Verano de ’79, nostálgica, tragicómica y querible mirada a un día en la vida de una gran familia (abuelos, hijos y nietos) que se reúne en una granja para celebrar el cumpleaños de la matriarca (Bernardette Lafont).

    Julie Delpy, que se reserva uno de los papeles principales dentro del numeroso elenco, escribió y dirigió esta película que contrapone con más aciertos que traspiés la idiosincrasia urbana con la pueblerina, la de los intelectuales un poco arrogantes con la de los simples trabajadores, la rigidez de los adultos con el desprejuicio y la inocencia de los niños, y un largo etcétera.

    La primera mitad transcurre durante el asado de celebración y tiene a la palabra como principal herramienta (habrá también comida, canto y baile). Los personajes se reencuentran y nosotros los empezamos a conocer. Hay desde ex militantes izquierdistas del Mayo del ‘68 hasta veteranos de Argelia bien derechistas. Las tensiones no tardan en aparecer y, claro, en explotar.

    Sin embargo, durante la segunda parte, Delpy se anima a romper con la veta más “Campanelli/Esperando la carroza” (léase costumbrismo y patetismo) para concentrarse en las experiencias de los preadolescentes, que están en plena explosión hormonal, enfrascados en juegos eróticos y primeros escarceos amorosos. Albertine, la hija de 11 años del matrimonio “intelectual” entre Delpy y Eric Elmosnino, es quien gana protagonismo en esta segunda mitad, y la veremos bailar lento con un chico lindo que le gusta para a los pocos minutos decepcionarse al darse cuenta de que él ya tiene novia.

    Hay situaciones más sutiles y otras un poco obvias y demasiado subrayadas (sobre todo aquellas que desnudan los prejuicios e hipocresías de los adultos), pero en general Verano del ’79 mantiene un tono leve, ligero, simpático y atractivo en su retrato de las diferencias generacionales (con los niños jugando a ser adultos y los adultos comportándose como niños). Con el aporte de un muy buen reparto (por allí aparecen desde Noémie Lvovsky hasta Emmanuelle Riva) y a partir de escenas casi siempre logradas en las que aflora el humor negro (la playa nudista), Delpy ratifica que lo suyo no es sólo la actuación. Mientras la esperamos junto a Ethan Hawke en Antes de la medianoche, cierre de la trilogía de Richard Linklater, vale la pena acercarse a esta nueva demostración de su talento y sensibilidad.

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  • Efectos colaterales
    Una virtuosa ¿despedida?

    Efectos colaterales empieza por el final. Las manchas de sangre que se ven por todo un departamento en la primera escena nos aseguran que algo trágico ha ocurrido (y, claro, ocurrirá en la laberíntica narración del film).

    Ese misterio sólo se resolverá al promediar el relato, pero es una de las tantas sorpresas que este ¿último? trabajo del director Steven Soderbergh (anunció que abandona el cine) tiene reservado para el espectador.

    El guión de Scott Z. Burns -habitual colaborador de Soderbergh- propone otra despiadada y cuestionadora mirada sobre la codicia y otras miserias del capitalismo más salvaje. Aquí, el mundo no se divide, como en la mayoría de los thrillers hollywoodenses, entre buenos y malos sino entre personajes que todavía conservan alguna mínima reserva ética y aquellos que están dispuestos a todo por dinero.

    La película tiene como protagonista a Emily Taylor (Rooney Mara, en otro trabajo perturbador y lleno de matices luego de La chica del dragón tatuado ), una veinteañera que trabaja como diseñadora gráfica en una agencia de publicidad neoyorquina. Casada con un financista (Channing Tatum), que ha ido a la cárcel por fraude, su vida transcurre entre depresiones e intentos de suicidio. Cuando su marido sale de prisión y ella inicia un tratamiento con un psiquiatra (Jude Law), quien le receta un medicamento aún en fase experimental, su situación parece estabilizarse. Pero se trata sólo de una ilusión pasajera.

    Ese es el planteo de la notable primera parte de Efectos colaterales , un film de neto corte alucinatorio que aborda la paranoia, los descensos a los infiernos íntimos de los cuatro personajes principales (a los tres citados se le suma una psiquiatra bastante perversa interpretada por Catherine Zeta-Jones).

    Soderbergh -un cineasta virtuoso que se encarga de dirigir a los actores, de la cámara, de la fotografía y de la edición de sus trabajos- ratifica una vez más su enorme ductilidad para la puesta en escena y para la creación de climas inquietantes. Si bien la segunda mitad no es tan convincente como la primera (la trama tiene demasiadas vueltas de tuerca y algunos golpes de efecto a-la- Atracción fatal ), el prolífico realizador de La gran estafa, Traffic y Erin Brockovich consigue una película que resulta atrapante y demoledora.
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  • Los Croods
    Los Croods
    Otros Cines
    La Era de Neanderthal

    DreamWorks Animation, la compañía detrás de exitosas franquicias como las de Shrek y Madagascar, intenta con Los Croods iniciar una nueva saga, en este caso prehistórica, con una apuesta que es algo así como una mezcla entre Los Picapiedras y La Era de Hielo. El resultado artístico, sin ser brillante, es bastante más auspicioso que lo que los despectivos comentarios previos indicaban.

    Chris Sanders (realizador de la más que aceptable Cómo entrenar a tu dragón) y Kirk De Micco escribieron y dirigieron esta historia sobre una familia de la Edad de Piedra liderada por el patriarca Grug, quien mantiene a todos “a salvo” casi siempre encerrados en una cueva con esporádicas salidas sólo para cazar. Como en Valiente y La Era de Hielo 4, la heroína rebelde aquí es su hija, Eep, quien con el aval de su algo más permisiva madre, Ugga, trata de conocer un poco el mundo exterior. Una noche se escapa de la morada y conoce a Guy, un joven bastante más evolucionado que no sólo ya conoce el fuego sino que les advierte sobre un peligro inminente (adivinaron: la tierra tiembla). La travesía comienza y las desventuras también.

    Lo que sigue es el desarrollo de una relación de amor-odio entre padre e hija y entre marido y suegra (la abuela Gran es el principal comic-relief), mientras surge el inevitable romance entre Ugga y Guy. En el terreno de la animación familiar parece que casi todo ya está inventado (salvo, claro, en las mejores propuestas de Pixar) y algo de eso hay aquí: de todas maneras, se trata de un reciclaje hecho con buenos recursos, porque la narración fluye, las situaciones son bastante graciosas y las imágenes (en 3D) de los nuevos lugares que van descubriendo en el camino son de gran belleza. Puede que no sea un film demasiado innovador en ningún terreno, pero como película de transición, con Los Croods DreamWorks demuestra que su maquinaria animada sigue en pie. Otro suceso en puerta.
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  • Matrimonio
    Matrimonio
    Otros Cines
    Amargo y melancólico

    Molly (Cecilia Roth) y Esteban (Darío Grandinetti) conforman un matrimonio en crisis. O, aún peor, desgastado por la rutina, erosionado por el tiempo, dominado por el hartazgo y la resignación, de esos que siguen juntos tras más de 20 años a puro “piloto automático”. El es un obsesivo y neurótico publicitario que no tiene las agallas suficientes como para plantear el divorcio; ella es una compositora musical traumada, que vive entre la hipocondría (ataques de pánico permanentes), la depresión y la tentación de un affaire. Tienen una hija que está en Viena, pero la hipocresía hace que le digan que está todo bien.

    Jaureguialzo (Tres pájaros) plantea con trazo bastante grueso esta típica situación y luego expone 24 horas en sus vidas desde la perspectiva de cada uno de ellos. Hay algo de estructura de guión “moderno” (con esa idea del primer Tarantino en la que la misma historia se narra desde diversos puntos de vista), pero en el contexto de una película de “cámara”, de reminiscencias bergmanianas, que luce un poco avejentada, bastante demodé en su impostación, con ciertos diálogos y pensamientos (trabajados con voz en off) demasiado obvios y solemnes.

    El director y su guionista dicen haberse inspirado nada menos que en el Ulises, de James Joyce, “con la ciudad de Buenos Aires como background”. Ni semejante referencia literaria ni las locaciones urbanas son aprovechadas en un film que resulta correcto y cuidado desde lo formal, pero que jamás alcanza la intensidad emocional buscada (o necesaria) y que desaprovecha no sólo las posibilidades del dúo protagónico sino también a unos buenos intérpretes que deben conformarse con personajes secundarios sin un mínimo desarrollo ni interés. Un film que no irrita, es cierto, que no da vergüenza ajena, pero que tampoco logra trascender una medianía permanente con su mirada intimista y psicologista, el rostro desencajado de Roth, la mueca triste de Grandinetti y las melancólicas melodías de piano. Demasiado poco para la expectativa que generaba la presencia de dos figuras importantes del cine de las últimas tres décadas.

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  • Parker
    Parker
    La Nación
    Con películas como El gran golpe o las sagas de El transportador y Los indestructibles , Jason Statham se convirtió en un popular y respetado héroe de acción, de esos que logran lucirse incluso en productos muy menores. Por eso, la oportunidad de interpretar a Parker, personaje creado por el gran escritor Donald E. Westlake (bajo el seudónimo de Richard Stark), parecía perfecta para un intérprete que suele encarnar con convicción a esos duros del submundo de ladrones y estafadores. Sin embargo, esta vez ni siquiera el astro inglés logra salvar a un film que se sostiene con bastante dignidad durante su primera mitad, pero que en la media hora final resulta torpe, caprichoso y hasta desganado.

    Aquí, luego de dar un audaz golpe y ser traicionado por sus socios, que lo dejan moribundo, Parker viaja a Florida para vengarse de ellos. Lo hará con la ayuda de Leslie, la empleada de una agencia inmobiliaria interpretada por una Jennifer Lopez que esta vez luce muy poco convincente en el papel de una mujer solitaria y frustrada (en las antípodas de su elogiado trabajo en Un romance peligroso , película basada en una novela de Elmore Leonard).

    El director Taylor Hackford (el mismo de Reto al destino y Ray ) intenta con poca fortuna combinar violencia y humor (es muy bueno el personaje de Patty LuPone), suspenso y erotismo (resulta totalmente gratuita la escena en que Parker hace desnudar a Leslie). Es que el cineasta no parece estar cómodo con las exigencias de una narración de estas características y, por lo tanto, casi nunca encuentra el tono, los climas y el ritmo propios de un film-noir con elementos de cine clase B como éste.

    No es la primera vez que los personajes de Westlake/Stark llegan a la pantalla grande: Lee Marvin lo hizo de la mano de John Boorman en la notable A quemarropa y Mel Gibson en la no del todo lograda Revancha . Aquí la dupla Hackford-Statham también decepciona y no le hace demasiado honor al original literario. Una verdadera pena.
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  • Anna Karenina
    Anna Karenina
    La Nación
    Una apuesta audaz que no termina de convencer

    El londinense Joe Wright se ha especializado en dirigir películas basadas en ambiciosas novelas. Luego de Orgullo y prejuicio (Jane Austen) y Expiación: d eseo y pecado (Ian McEwan), ahora es el turno de la monumental Anna Karenina , de León Tolstoi.

    Si en las dos transposiciones anteriores había adoptado (con muy buenos resultados) una narración bastante clásica, aquí -a partir de un guión del cotizado Tom Stoppard- opta por una puesta en escena decididamente arriesgada. La audacia se agradece siempre -y sobre todo cuando hay talento detrás (y Wright lo tiene)-, pero esta vez el resultado de esas búsquedas experimentales es parcialmente logrado.

    ¿Cómo es la propuesta de Wright? En principio, alejada por completo del clasicismo de sus trabajos previos -y de buena parte de los acercamientos tradicionales a los grandes autores-, ya que combina decorados teatrales (los actores incluso aparecen de vez en cuando sobre el escenario y el espectador queda ubicado como parte de la platea de la sala) con virtuosos planos secuencia ligados al más puro y refinado lenguaje cinematográfico.

    El resultado es por momentos deslumbrante, pero casi siempre desconcertante. Es que la apuesta por el artificio y cierto regodeo esteticista de un Wright que parece querer demostrar en cada plano toda su categoría de cineasta conspiran contra la potencia dramática, la empatía hacia una gran historia de amor con una heroína trágica con las implicancias emocionales de Anna Karenina. El efecto, por lo tanto, es de distanciamiento, y uno se queda admirando las coreografías, la fotografía o el vestuario (que le valió a la producción un premio Oscar) antes que "sintiendo" la película, algo similar a lo que suele ocurrir con otro brillante prestidigitador -pero que suele apostar por una veta más pop- como el Baz Luhrmann de Moulin Rouge! y Romeo + Julieta .

    Esa intensidad que en varios pasajes se extraña por las decisiones del director se ve compensada en buena medida por Keira Knightley, una actriz que demuestra estar a la medida de un personaje de las dimensiones de Anna Karenina. La expresividad de su mirada le alcanza para exponer toda la carga de amor y angustia, de deseo y frustración, de una mujer apasionada que va en contra de los mandatos y prejuicios de la aristocracia rusa de fines del siglo XIX. Una pasión extrema y una riqueza interpretativa que el director no supo, no quiso o no pudo aprovechar en sus múltiples posibilidades.
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  • Elena
    Elena
    Otros Cines
    Una mujer bajo influencia

    Considerado -con justicia- como uno de los directores más importantes del nuevo cine ruso, el creador de El regreso (2003) y The Banishment (2007) filmó un riguroso e impecable drama que le valió un nuevo galardón en el Festival de Cannes: el Premio Especial del Jurado de la sección Un Certain Régard en la edición 2011.

    La película está construida desde el punto de vista de una mujer ya bastante veterana (notable trabajo de Nadezhda Markina como la Elena del título), que lleva dos años casada con un moscovita de un origen social más pudiente que el suyo, y a quien supo cuidar durante más de una década hasta que salió de la enfermedad. La protagonista no se siente demasiado cómoda en su nuevo hogar e intenta ayudar a su patético hijo (de un matrimonio anterior), mientras su marido se niega a darle más plata y parece más interesado, en cambio, en reconstruir la relación con su cínica hija (también de una pareja previa).
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  • Mi novio es un zombie
    Muertos de amor

    En medio de la avalancha incontenible de películas y series sobre zombies, se suma este film escrito y dirigido por Jonathan Levine (el mismo de 50/50) que se inscribe en ese casi siempre simpático subgénero de comedias de terror; es decir, una combinación entre humor negrísimo y estallidos de gore que tiene puntos de contacto con los inicios de Sam Raimi y de Peter Jackson, y las películas de Edgar Wright, por nombrar sólo unos pocos referentes ineludibles.

    Aquí, Levine -trabajando a partir de la exitosa novela de Isaac Marion- le incorpora al inevitable enfrentamiento entre soldados de la resistencia y los famélicos muertos-vivos elementos que funcionan bastante bien: por ejemplo, una intensa trama romántica (ella, la rubia Teresa Palmer, hija del líder de la resistencia que interpreta John Malkovich; él, el carilindo Nicholas Hout, un zombie que se enamora de la chica y va “volviendo” de la muerte recuperando sus atributos “humanos”).

    No estamos ante una película 100% original (algo imposible en un género dominado por estos días por series como The Walking Dead y con films recientes como Tierra de zombies), pero la película es bastante eficaz y divertida, con logrados toques absurdos y eróticos; y con un muy buen uso de las canciones (de Scorpions a Bob Dylan) y, sobre todo, de las locaciones (desde un aeropuerto abandonado hasta un estadio de fútbol) para dotar al relato de ese look devastado de toda historia post-apocalíptica.

    Entre tanto subproducto a-la-Crepúsculo y True Blood, Mi novio es un zombie -sin dejar de ser una película efímera y algo menor- resulta una propuesta entretenida y, en definitiva, refrescante.

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  • Antes
    Antes
    La Nación
    Reconocido como uno de los mejores directores de arte del cine argentino ( La antena y El último Elvis son dos de sus notables aportes) y correalizador hace más de una década con el catalán Cesc Gay de la influyente Hotel Room , Daniel Gimelberg llega al largometraje (en solitario) con este visceral y desgarrador retrato de la angustia adolescente.

    El film está construido en dos tiempos opuestos que marcan dos momentos muy disímiles en la vida de un joven. Es verano y Nacho (Nahuel Viale) tiene una existencia sin demasiadas preocupaciones: trabaja, estudia, vive con sus padres y disfruta del tiempo libre con sus amigos y su hermosa novia. En la segunda vertiente del relato, han transcurrido dos años desde aquel momento casi idílico. Es invierno y nuestro antihéroe ha pasado por una experiencia límite, traumática. Ya no trabaja, vive solo y coquetea con tomar él también decisiones extremas.

    En Antes (una película sobre las dualidades, el antes del título y el después, la euforia y la depresión, la vida y la muerte, el amor y el dolor) el cómo es tan importante como el qué. Si bien hay una evolución dramática y un entramado psicológico, Gimelberg parece más interesado en la creación de atmósferas que tienen que ver con los distintos estados de ánimo y esa sensación de confusión y desamparo que invade a tantos jóvenes.

    En esa búsqueda de climas, que van de lo eufórico a lo opresivo, resultan fundamentales el aporte del talentoso director de fotografía Diego Poleri y la hermosa banda de sonido producida por Fito Páez, que incluye temas suyos, de Él Mató a un Policía Motorizado y dos temas del legendario disco Artaud , que Luis Alberto Spinetta grabó en nuevas versiones especialmente para la película.

    Puede que el film tenga algo de déjà vu en su exploración del universo adolescente, ciertos desniveles actorales, algunos diálogos que suenan artificiales y ciertas escenas que no alcanzan la intensidad deseada, pero Antes es una película hecha desde las entrañas, con el corazón en la mano. Esa honestidad brutal le permite disimular y trascender sus carencias y convertirse, así, en un trabajo valioso en más de un sentido.
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  • Oz: el poderoso
    Oz: el poderoso
    La Nación
    Tras una inspirada secuencia de títulos que logra un efecto entre artesanal y vintage, Oz, el poderoso regala una introducción extraordinaria: con una "anticuada" pantalla casi cuadrada y en blanco y negro se nos presenta a Oscar Diggs (el siempre ampuloso James Franco), un mago de poca monta que trabaja en un patético circo ambulante en la Kansas de 1905. Cínico, mujeriego y ambicioso, más que ilusionista o prestidigitador resulta un verdadero farsante que se termina escapando en globo ante la ira de otros miembros de la compañía y del público. Pero el vuelo no durará mucho, ya que se topa con un tornado y, de allí, a la mismísima -y ya colorida- Tierra de Oz, fotografiada con toda la amplitud de la Panavision widescreen.

    Concebida como una precuela del clásico de clásicos El mago de Oz (1939) y, al mismo tiempo, como una continuación del espíritu que Disney le imprimió a la reciente y exitosa recuperación de Alicia en el País de las Maravillas , Oz, el poderoso ofrece un inobjetable despliegue visual (el director Sam Raimi hace un inteligente uso de las imágenes estereoscópicas que se disfrutarán en las salas 3D), pero esos logros iniciales se van perdiendo a medida que la historia avanza y la narración se frena, se dilata y se entorpece (hacia el final el relato recobra algo de vida, fluidez e interés).

    Si la película no es todo lo eficaz que podía esperarse no es por falta de personajes ni de intérpretes de primera línea. En su periplo hacia Emerald City lleno de situaciones fantásticas Oscar se topará con brujas buenas (la rubia Michelle Williams) y malas (las morochas Mila Kunis y Rachel Weisz), y contará con aliados y compañeros de aventuras varios, que van desde una muñeca de porcelana hasta un mono.

    Película de aventuras sobre el descubrimiento y la redención (una suerte de doble viaje interior y exterior), Oz, el poderoso perderá y mucho si se la compara con aquella inolvidable y amada gema dirigida por Victor Fleming y encabezada por Judy Garland. Como producto de consumo familiar, sin llegar a las cimas del cine contemporáneo y aun con sus apuntados desniveles, resulta un entretenimiento más que atendible.
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  • Los días
    Los días
    Otros Cines
    Los actos cotidianos

    Luego de su presentación en la sección Album Familiar del BAFICI 2012 y en otros festivales, se estrena en un par de salas porteñas esta ópera prima de Yanco, que consigue aquí un minucioso, sensible y al mismo tiempo riguroso y respetuoso retrato de las experiencias cotidianas de dos niñas gemelas.

    Martina y Micaela Mendes tienen 9 años y viven en Quilmes al cuidado de su madre Norma (al papá Alejandro casi nunca se lo ve). Con una cámara siempre muy próxima a las dos protagonistas, Yanco hace fácil lo difícil: que la película fluya, que no resulte forzada, intrusiva ni artificiosa, que las chicas se desempeñen con bastante naturalidad en el día a día (aunque por momentos se les escape alguna que otra mirada al lente o parezcan estar “actuando” para el director).

    Yango las filma con recato mientras duermen, hacen la tarea, chatean por Internet, comen o se preparan para salir al mundo exterior. También cuando van a clases de catequesis o –aprovechando su similitud física- concurren a castings con el objetivo de convertirse en artistas. En la segunda mitad, cuando la mamá debe ir a trabajar a la remisería del padre, ellas pierden a su guía protectora y quedan solas, en una extraña combinación entre desamparo y absoluta libertad para aprender -a su manera- el proceso de supervivencia doméstica. Un interesante acercamiento al mundo infantil/femenino alejado de la explotación y construido desde la curiosidad y el respeto.
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  • Hitchcock: el maestro del suspenso
    Película efímera sobre un director para el recuerdo

    Más allá de que su cine nunca pasa de moda, Alfred Hitchcock volvió a estar en el candelero en los últimos meses con un telefilm (The Girl) y con este largometraje concebido para la pantalla grande. Lo triste es que ninguna de las dos aproximaciones al “maestro del suspenso” estuvo mínimamente a la altura del artista ni del hombre detrás de tantos clásicos inoxidables.

    Si en aquella TV movie de HBO el eje fue el rodaje de Los pájaros y su obsesión enfermiza por Tippi Hedren, en esta transposición del libro Alfred Hitchcock and the Making of 'Psycho' (1990), de Stephen Rebello, el centro es la realización de Psicosis y la relación con su esposa (se habían casado en 1926), consejera, musa y socia Alma Reville (Helen Mirren). Hitchcock -antes interpretado por Toby Jones- es aquí encarnado (con una generosa, artificiosa y distractiva capa de maquillaje/máscara) por Anthony Hopkins.

    Estamos en 1959. Hitch viene de lograr un gran éxito con North by Northwest (Intriga internacional), pero -siendo ya un sexagenario- varios empiezan a dudar de su futuro. Mientras le ofrecen todo tipo de proyectos (incluida una película de James Bond), él se decide por adaptar un libro de terror inspirado en un caso real en el que la protagonista muere en la mitad. Se trata, claro, de Psicosis, que él llevará a extremos inimaginables en aquellos tiempos (y aun hoy), asesinando a la heroína en el primer tercio de la trama.

    Mientras ni los ejecutivos de la Paramount confiaban en su iniciativa (dicho sea de paso, el rodaje de Hitchcock se realizó en los verdaderos estudios de Paramount), el director -siempre porfiado, provocador y arriesgado- contrataba a Janet Leigh (Scarlett Johansson) para integrarse al clan de rubias hitchcockianas (Grace Kelly, Kim Novak y siguen las firmas). El resultado, ya se sabe, fue el film más perturbador y exitoso de su carrera.

    El director Sacha Gervasi (Anvil! The Story of Anvil) y el guionista John J. McLaughlin (El cisne negro) optan por lo obvio: todo está dicho, explicado y subrayado mil veces (el desprecio de él hacia los actores, la dependencia de y los celos hacia Alma, etc.). No hay aquí demasiado espacio para las contradicciones, los matices, la interpretación del propio espectador porque el paquete viene cerrado y con moñito.

    Si el elenco es excelente en cuanto a nombres, esa categoría actoral no alcanza a percibirse en pantalla, con múltiples personajes secundarios sin mínima sustancia (por ejemplo, la mano derecha de Hitch, Peggy Robertson, interpretada por la gran Toni Colette).

    Hay algunos diálogos graciosos, ciertos pasajes inspirados (no falta, por supuesto, el rodaje de la célebre escena de la ducha) y muchos lugares comunes sobre cine dentro del cine. Es un film cuidado, discreto, menor que -al revés de las películas del gran Hitchcock- olvidaremos muy pronto.
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  • Mamá
    Mamá
    Otros Cines
    Por la puerta grande

    Una película sobre dos niñas huérfanas y padres adoptivos, con lúgubres cabañas en medio del bosque y presencias sobrenaturales no es precisamente algo novedoso dentro del terror. Sin embargo, de la mano del productor Guillermo Del Toro (el nuevo Val Lewton) y del coguionista y director argentino Andrés Muschietti Mamá se convierte en una película bastante superior a la media y que logra -al menos durante sus dos primeros tercios- eludir los lugares comunes y las fórmulas del género.

    En el prólogo vemos a un padre desesperado por las consecuencias de la crisis financiera que decide terminar con su vida y la de sus dos pequeñas hijas. Todos en la zona dan por sentado que las niñas han muerto, menos su tío Lucas (Nikolaj Coster-Waldau, visto en Game of Thrones) que intenta costear con sus magros ingresos una búsqueda que se prolonga durante cinco años. Hasta que, claro, finalmente las chicas aparecen en estado salvaje.

    Lucas y su novia Annabel (otro impecable trabajo de Jessica Chastain, aquí morocha como la bajista de una banda de punk-rock) quedan a cargo de Victoria (Megan Charpentier) y Lilly (Isabelle Nélisse), de 8 y 6 años respectivamente, bajo la atenta observación y las recomendaciones de un eminente psiquiatra (Daniel Kash), que investiga el singular caso.

    Pero las chicas no logran adaptarse a la vida hogareña. Algo las inquieta, las perturba, las condiciona, las atemoriza, las domina. Es la “mamá” del título, un personaje fantasmal cuyas apariciones Muschietti dosifica con astucia, sabiendo que en estas lides casi siempre menos es más. El trabajo del DF Antonio Riestra y la utilización sin regodeos de los efectos visuales también resultan muy criteriosos, al menos hasta la media hora final, cuando el director se ve tentado (u obligado) a “poner toda la carne en el asador” y la resolución se torna demasiado explícita y obvia.

    Un párrafo aparte para Chastain, una actriz versátil y todoterreno que sabe dar lo que le pide cada guión. Aquí jamás “sobra” la película, nunca se pone por encima de un género considerado “menor” y resulta siempre funcional a la trama. Entender el cine como lo hace ella no es tarea sencilla. Para las grandes actrices no hay papeles menores.

    Y el cierre, por supuesto, es para Muschietti, a quien conocimos allá por 1999 con Nostalgia en la mesa 8, corto sobre una huelga de futbolistas en los años ’40 que integró Historias Breves 3. El argentino consigue con Mamá una más que auspiciosa carta de presentación que le augura un gran futuro en Hollywood (ya le ofrecieron varios proyectos importantes y la “inevitable” secuela de este film). En su ópera prima, demuestra una narración fluida, elegante, y una preocupación por desarrollar la psicología de los personajes y adentrarse en la dinámica infantil (y el punto de vista femenino) infrecuentes dentro del género de terror. Le costó mucho llegar al largometraje, pero lo hizo por la puerta grande. Ya es tiempo de cosechar todo aquello que sembró.
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  • The Master
    The Master
    La Nación
    Un film excelente con destino de clásico

    T he Master , como todas las películas de Paul Thomas Anderson, permanece en la memoria mucho tiempo después de que se encienden las luces de la sala. Podrá gustar más o menos, pero el cine del director de Boogie Nights: Noches de placer , Magnolia y Petróleo sangriento está hecho para perdurar y trascender. En una industria como la de Hollywood, que realiza tantos productos efímeros, la existencia de un autor tan estimulante, audaz, provocativo y, si se quiere, hasta megalómano resulta una bienvenida anomalía.

    No es The Master una película fácil, pero es una gran película. Concebido a contramano de la demagogia y la superficialidad que dominan al cine contemporáneo (no es fácil empatizar con sus protagonistas), este film propone un implacable y demoledor ensayo sobre la manipulación psicológica, la dependencia emocional y las más profundas miserias humanas.

    El protagonista es Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un tosco marino dominado por el alcoholismo, la obsesión sexual, la desesperación, el dolor y la angustia existencial que, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, profundiza su derrumbe hasta que cae en manos de Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), el Maestro del título (personaje inspirado en L. Ron Hubbard, fundador de la controvertida Iglesia de la Cienciología) y opuesto complementario de aquella alma en pena: un líder brillante, seductor y carismático de esos capaces de encandilar y someter a sus seguidores.

    El film -ambientado en los años 50, esa época de posguerra en la que se cimentó el sueño americano- se centra en la relación de dependencia, de atracción mutua entre estos hombres tan disímiles (en todo sentido) entre sí. Freddie encuentra cobijo y protección, casi una familia adoptiva, mientras que Dodd tiene el cobayo ideal para desplegar sus técnicas experimentales, desarrollar sus investigaciones y aplicar su doctrina.

    La película puede resultar un poco árida por momentos, algo caótica en otros (el director prescinde de una evolución dramática tradicional), pero nunca deja de fascinar y atrapar. Es que The Master tiene tres pilares para sostenerse en las alturas: la inteligencia como guionista y el virtuosismo como narrador de Anderson y las descomunales actuaciones, pletóricas de matices (del intimismo a la grandilocuencia), de la dupla Joaquin Phoenix-Philip Seymour Hoffman, muy bien acompañada por una Amy Adams (Peggy, la esposa de Dodd) que en pocas escenas y desde las sombras se convierte en un personaje decisivo.

    Trágica y cómica, bella, amarga y desgarradora a la vez, The Master constituye una experiencia que exige (y merece) una activa participación del espectador. Paul Thomas Anderson entrega una película inasible, fragmentaria, pero con unos cuantos pasajes en los que aflora el gran cine (como el interrogatorio resuelto a puro primer plano), esos momentos sublimes que lo convierten en un film con destino de clásico.
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  • Villegas
    Villegas
    Otros Cines
    En el camino

    Dos primos treintañeros (sólidos trabajos de esos "emblemas" actorales del "nuevo" Nuevo Cine Argentino que son Esteban Lamothe y Esteban Bigliardi), decididamente opuestos entre sí, se reencuentran después de bastante tiempo para viajar desde Buenos Aires, donde ambos están radicados, a la ciudad de General Villegas a la que alude el título, para asistir el funeral de un abuelo junto al resto de la familia.

    En el camino de ida ya se vislumbran las diferencias y tensiones entre ambos (el primero, un suerte de yuppie bastante contenido que está a punto de casarse; el segundo, un músico bohemio, impulsivo y bastante degradado), pero también la ternura que asoma detrás de esas máscaras, esas armaduras tan propias de ciertas conductas masculinas (a la antigua). Ambos se ven movilizados por las experiencias e, inevitablemente, surgen dudas y replanteos existenciales.

    La película -que va de lo íntimo a lo familiar y luego a la dinámica de pueblo en una narración que transcurre durante tres días- está sobriamente construida, pero sólo por momentos aflora la emoción que los protagonistas tratan de ocultar y el director -de notable carrera como cortometrajista- intenta encontrar. Ciertos problemas de guión y una puesta que en algunos pasajes luce como demasiado pensada (atada) conspiran contra la fluidez de algunas escenas. En otras, en cambio, sí surgen esos momentos de sensibilidad e intensidad que transmiten esa verdad que hace del cine una experiencia única. Un film de esos que -más allá de sus pequeños problemas- crecen con el tiempo en la memoria. Una ópera prima muy recomendable.
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  • Germania
    Germania
    La Nación
    Esta ópera prima del joven director entrerriano Maximiliano Schonfeld -premiada en la Competencia Internacional del último Bafici y en los festivales de Hamburgo y Praga- narra la historia de los integrantes de una familia que vive en una pequeña aldea de alemanes del Volga, una comunidad ubicada en su provincia natal que conserva intactas las tradiciones ancestrales y hasta el dialecto Wolgadeutsche.

    Los protagonistas están a punto de abandonar el lugar, ya que su granja, dedicada principalmente a la explotación avícola, está a punto de quebrar. No hay demasiadas explicaciones, aunque un virus o el agua clorada podrían ser las causas de la debacle.

    Pero ése no es el eje principal del relato, sino el punto de vista de los dos hijos adolescentes: él (Lucas Schell) debe despedirse de sus amigos y, en el caso de ella (Brenda Krütli), definir también su futuro en medio de un amor "prohibido" y un embarazo.

    Película climática, de atmósferas melancólicas y por momentos opresivas (las imágenes de las gallinas y pollos que van muriendo), Germania ofrece en su trasfondo algunas lúcidas observaciones sobre las relaciones en el seno de esa comunidad bastante cerrada y anclada en el tiempo (será inevitable la comparación con Luz silenciosa, del mexicano Carlos Reygadas), aunque el foco está puesto en el contradictorio universo adolescente, en la represión interna de los personajes y en la sensación de pérdida (de derrota).

    Si bien la puesta en escena no alcanza a potenciar todas las ideas que se esbozan y el director opta tanto desde lo visual como de lo musical por un registro algo frío, solemne y distanciado, se trata de un film bello, sutil, sugerente, arriesgado y, en definitiva, valioso.
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  • Amour
    Amour
    Otros Cines
    Juntos para siempre

    Muy ligado desde hace varios años a Francia, Michael Haneke contó aquí otra vez no sólo con financiación mayoritaria de ese origen (aunque compite en los premios Oscar representando a Austria) sino también con tres leyendas galas como Jean-Louis Trintignant, Emanuelle Riva e Isabelle Huppert para una película que marca un brusco giro en su carrera, pero que al mismo tiempo mantiene la categoría, el rigor y la solvencia de sus anteriores trabajos.

    Con Amour, el director de La pianista, Caché-Escondido y La cinta blanca aborda cuestiones delicadas, ríspidas e inquietantes como la vejez, la degradación física y la muerte, aunque en verdad (en esencia) el tema principal es el que se alude desde el título: ese amor trascendental e incondicional que ambos se profesan incluso en las circunstancias más extremas (y teniendo los dos personalidades bastante alejadas de la perfección).

    Resulta conmovedor ver en pantalla los trabajos sublimes de Trintignant (mejor actor en Cannes 1969 por Z) y de Riva (quien ya había estado en ese mismo festival 53 años antes de Amour con Hiroshima mon amour) como un matrimonio cuya existencia cambia para siempre cuando ella empieza a tener los primeros síntomas de Alzheimer y luego sufre un par de ataques que la van dejando casi sin movimiento primero y sin habla después.

    La película empieza cuando el cadáver de ella es descubierto por la policía y los bomberos porque el eje aquí no es desentrañar el “enigma” sino exponer -con esa precisión, inteligencia y profundidad tan propias de Haneke- cómo van reaccionando uno y otro (y la hija de la pareja que interpreta Huppert en sus distintas visitas) ante la sucesión de los hechos. Estamos ante una historia muy dura, claustrofóbica (transcurre de manera casi íntegra dentro del departamento de los protagonistas), sin héroes ni mártires, con la verdad con que fluye la vida y la inevitabilidad con que termina.

    En manos de otro director (diría la inmensa mayoría de los realizadores en actividad), Amour sería un material inflamable, la excusa perfecta para una acumulación de golpes bajos, torpezas, psicologismo y excesos lacrimógenos. Aquí, por suerte, la sobriedad, la altura y la austeridad de Haneke -un cineasta que sabe muy bien que en el terreno de las emociones muchas veces menos es más- mantienen ese equilibrio justo que necesitan las pequeñas grandes películas. Esta es una de esas.
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  • Mala
    Mala
    La Nación
    Israel Adrián Caetano es uno de los directores argentinos que mejor han incursionado en el cine de género(s) durante la última década con títulos como Un oso rojo o Crónica de una fuga . Por eso, la concreción de un viejo proyecto como Mala -en principio pensado para Natalia Oreiro como protagonista- generaba bastante expectativa. Sin embargo, esta historia sobre una asesina a sueldo que sólo acepta matar a hombres que abusan de las mujeres se queda a mitad de camino y deja un sabor agridulce, sobre todo viniendo de un realizador del talento, la inspiración, el profesionalismo y la formación cinéfila del creador de Pizza, birra, faso y Bolivia .

    El principal problema de Mala es su ambigüedad, su contradicción interna, su "esquizofrenia". Es que Caetano parece no decidirse nunca por el tono que quiere darle a su relato. Resulta demasiado serio -por momentos solemne- para ser un tributo al cine bizarro, a esa clase B que apuesta por la ironía, el desenfado y la autoparodia; pero al mismo tiempo es demasiado transgresor, extremo y un poco caótico como para redondear un exponente del thriller formalmente sólido y del todo convincente.

    A pesar de esa doble personalidad, Mala es una película con varias apuestas interesantes y momentos logrados que asume múltiples riesgos narrativos (y a veces trastabilla con ellos) y estéticos. Rosario (Florencia Raggi) es una mujer treintañera -una profesional fría e implacable en su rubro- que no tiene más remedio que aceptar el encargo de María (Ana Celentano), una influyente mujer que la ha salvado y que quiere vengarse de su ex marido, Rodrigo (Rafael Ferro), ahora casado y a punto de tener un hijo con Angélica (Juanita Viale).

    Lo que sigue es un thriller psicológico (el papel principal es interpretado por cuatro actrices distintas, que vendrían a ser algo así como proyecciones, distintas facetas o diversas imágenes que los hombres tienen de la misma persona) en el que Caetano ofrecerá una mirada bastante desencantada y no exenta de negrura ni de brotes de violencia sádica. El resultado es provocador, inquietante, por momentos seductor, pero Mala deja la sensación de que podría haber sido mucho más eficaz y convincente de lo que finalmente es. Con Caetano al mando hay pinceladas de gran cine, pero a un director de su calibre es justo exigirle más que eso.
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  • Los miserables
    Los miserables
    Otros Cines
    El discurso del proletario

    Luego del éxito y los premios conseguidos con El discurso del rey, el inglés Tom Hopper concretó esta versión del popular musical -inspirado muy libremente en la novela de Victor Hugo de 1862- que desde mediados de los '80 cautivó a miles y miles de personas en Londres y Nueva York. El resultado es una película a la que le caben unos cuantos adjetivos en principio positivos (cuidada, prolija, vistosa, impecable, profesional), pero que no llega a ser un producto logrado (ni mucho menos entretenido). Sus 8 nominaciones a los premios Oscar, por lo tanto, lucen excesivas.

    Esta historia del héroe proletario Jean Valjean (Hugh Jackman) perseguido por el inspector de policía Javert (Russell Crowe) en el convulsionado período que va desde la Revolución francesa hasta el fallido alzamiento de 1832 me resultó una experiencia ardua, por momentos al borde de lo soporífero. Debo aclarar -y no es un dato menor- que no soy un fan del musical (ni en teatro ni en cine), pero creo tener la suficiente experiencia y recursos como para discernir cuándo una película de esta índole funciona, fluye, convence. Aquí, uno puede quedarse con los decorados, la fotografía, las coreografías de las escenas de masas, la grabación en vivo de los actores cantando, pero nunca con la intensidad dramática o la contundencia de su narración. Es un perfecto envoltorio para un interior hueco y artificial. Un mero ejercicio de estilo y despliegue de recursos. Y estamos hablando de un relleno con sabor a nada de ¡158! minutos. Dos horas y media que se estiraron como chicle y que -según mi sensibilidad (seguramente habrá otras muy distintas)- duraron una eternidad.

    Hooper es un cineasta tan correcto como superficial e insulso. OK, cuando tiene a Anne Hathaway cantando en primer plano consigue emocionar, pero creo que lo haría cualquier director cuando cuenta con una intérprete de tanto talento. Cuando, en cambio, la cosa pasa por el australiano Jackman y el neozelandés Russell la cosa se vuelve bastante tortuosa, casi exasperante. No quiero resultar en esta crítica demasiado terminante porque entiendo que el musical es un género muy particular, con no pocos adeptos que son capaces de disfrutar casi tres horas de una propuesta de estas características. A mí, esta vez, déjenme fuera de la fiesta.
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  • Lincoln
    Lincoln
    La Nación
    Para quienes esperen de este nuevo trabajo de Steven Spielberg una típica biopic (película biográfica) con los "grandes éxitos" de un presidente clave en la historia de los Estados Unidos como Abraham Lincoln, habrá que advertirles que el guión de Tony Kushner y la puesta en escena del director de E.T. y La lista de Schindler proponen una experiencia muy diferente.

    Ambientada durante los últimos cuatro meses de su segundo mandato (y de su vida), Lincoln se concentra en el período que transcurrió entre enero y abril de 1865, durante el cual se aprobó la 13ª enmienda, que abolió la esclavitud (había cuatro millones de negros en esa condición), se puso fin a la Guerra Civil, que dejó 600.000 muertes tras cuatro años de enfrentamientos y terminó con el asesinato, a los 56 años, del primer presidente republicano (el inicio de una larga cadena de magnicidios en los Estados Unidos).

    Pero estos datos sólo sirven de contexto, ya que -por suerte- Lincoln se aleja por completo del espíritu Wikipedia para ofrecer un drama con elementos de thriller sobre la trastienda, el lado oscuro, el "barro" de la política. Es que el film expone con contundencia, sin medias tintas, cómo el lobby -y hasta la corrupción, con la compra de votos incluida- va modificando el devenir de los acontecimientos y, en este caso, de la historia.

    El film arranca con una cruda, sangrienta escena de guerra a-lo-Rescatando al soldado Ryan, pero luego serán las escenas de interiores (en algunos pasajes de una solemnidad casi teatral) las que dominen el relato. Spielberg contó con un dream team actoral (empezando por un imponente Daniel Day-Lewis, como el primer mandatario que se carga el peso de las decisiones aun a costa de su salud física y mental, hasta llegar a notables secundarios como el de Tommy Lee Jones, un legislador progresista que se roba la película en un puñado de apariciones) para describir las complejas y por momentos turbias negociaciones tanto en el Congreso como en el campo de batalla (un anticipado fin de la Guerra Civil podía complicar la aprobación definitiva de la trascendente enmienda que ya había pasado con éxito por el Senado).

    Puede que algunos pasajes resulten un poco didácticos, que la narración se resienta a veces por sus excesivos diálogos, que las escenas familiares (la conflictiva relación con su esposa o con uno de sus hijos bastante rebelde) no alcancen a exponer en toda su dimensión la tortuosa existencia de Lincoln, pero como thriller político -aun conociendo de antemano el resultado de la votación- el film nunca deja de atrapar y termina siendo en muchos pasajes apasionante: un Spielberg puro.

    No es difícil advertir numerosos paralelismos con la actualidad (hay algo aquí también del Aaron Sorkin de The West Wing) y, en ese sentido, resulta interesante que una historia de hace 150 años siga resonando tan fuerte, y no sólo en los Estados Unidos.

    Como en otra nominada al Oscar (Django sin cadenas) se aborda aquí un tema complejo como la esclavitud y el racismo y, como en otra de las candidatas al premio de la Academia (La noche más oscura), se expone cómo actividades ilícitas (la tortura en el film de Kathryn Bigelow, la compra de favores en Lincoln) se avalan desde el propio gobierno con fines que se consideran "superiores". Son todas ellas películas valiosas y polémicas, con material suficiente para el disfrute en el terreno del entretenimiento, pero también para la controversia a la hora de analizar las contradicciones entre el idealismo y el pragmatismo, entre lo óptimo y lo posible.