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Imagen del crítico Diego Batlle
Diego Batlle
  • Cantidad de críticas: 528
  • Promedio: 62%
  • Críticas favorables: 380/528 (72%)
  • Críticas desfavorables: 148/528 (28%)
  • Diferencia absoluta: 7%
  • Pompeya
    Pompeya
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    Una de las directoras de UPA! Una Película Argentina debuta en solitario con una verdadera rareza que le valió el premio de la competencia nacional. Un film con estructura de cine dentro del cine que expone, por un lado, la trastienda (las miserias) del armado de un guión de una película de gángsters a 6 manos entre un director, un guionista y un aprendiz (la tensión reside entre quien quiere darle al asunto un vuelo borgeano y referencias a los griegos y quienes quieren hacer un simple y contundente cine de género); y, por el otro, la puesta en escena de esas ideas, con situaciones de extrema violencia (a-lo-Tarantino, a-lo-John Woo, a-lo-Park Chan-wook) que incluye el enfrentamiento entre pandilleros de la villa y mafiosos rusos y coreanos, con las calles de Pompeya como fondo y con mujeres (incluso con alguna femme-fatale) que complicarán más aún las cosas. El film es desparejo (al igual que las actuaciones), pero el delirio, en líneas generales, resulta muy disfrutable. Garateguy tiene ideas, audacia y talento. No es poco. Además, se arriesga con versiones muy locas de temas de Los Redondos (notable ese violín en Vencedores vencidos) como fondo musical. Otro gran hallazgo.
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  • Elefante blanco
    Elefante blanco
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    Una narración poderosa y una gran ambientación en el nuevo film de Trapero

    En la portentosa secuencia inicial (previa incluso a los créditos), vemos cómo el padre Julián (Ricardo Darín) es sometido a una tomografía en la cabeza; cómo ese mismo cura viaja a Bolivia para rescatar en plena selva a un colega belga, Nicolas (Jérémie Renier), en medio de una matanza de indígenas por parte de narcotraficantes, y cómo ambos terminarán juntos compartiendo un duro trabajo social en las villas porteñas (el film se rodó en la Villa 31 de Retiro y en el edificio del título en la Villa 15 de Lugano).

    En esos primeros minutos están sintetizados el tono, el espíritu y las búsquedas de Elefante Blanco , una película que trasciende sus limitaciones (que las tiene) con una puesta en escena impecable, una narración poderosa y una ambientación siempre convincente.

    El cine de Trapero ha puesto desde el principio el foco en las contradicciones del entramado social (basta recordar desde Mundo grúa hasta Carancho , pasando por El bonaerense o Leonera ), pero nunca había explorado con tanta profundidad la marginación, la violencia, los efectos del narcotráfico y el trabajo de los curas villeros en ese desolador contexto.

    Lo primero que hay que decir es que Trapero elude la porno-miseria, el paternalismo y la estilización de la violencia en la línea de películas de proyección internacional como Ciudad de Dios . Prefiere, en cambio, un relato más clásico, en el que se destaca el aprovechamiento de las locaciones mediante un virtuoso trabajo de largos planos-secuencia que siguen a los personajes por los vericuetos del inmenso edificio abandonado y por los intrincados pasillos que rodean a las precarias construcciones de las villas.

    Puede que los tres protagonistas no tengan esta vez la complejidad ni los matices de otros films de Trapero (el padre Julián que Darín encarna con su habitual solvencia tiene algunas ocasionales y mínimas dudas, pero es "casi" un santo; la asistente social que interpreta Martina Gusman no tiene el desarrollo de sus papeles previos, y, así, es Renier quien saca mayor provecho de un personaje que va creciendo con el correr del relato), y puede también que el sentido homenaje al padre Carlos Mugica resulte demasiado obvio y explícito, pero el director trasciende esos y otros esquematismos con una pintura social, un fresco construido con los mejores recursos cinematográficos.

    La labor pastoral en medio de una sangrienta guerra de narcos que tiene incluso a niños y adolescentes como víctimas, las tensas relaciones con las autoridades políticas y policiales, y las diferencias entre los curas de base y la jerarquía eclesiástica son algunos de los aspectos que Trapero y sus coguionistas (los creadores de El estudiante y Los salvajes ) abordan durante las casi dos horas del film.

    Es cierto que algunos elementos de la trama (las contradicciones íntimas, la culpa, la impotencia, el cansancio, la ira, el sufrimiento, la tensión sexual) están más "explicados" por los diálogos o imágenes demasiado explícitas que trabajados con pudor, con ductilidad o mediante la construcción de climas.

    Trapero, queda claro, apostó aquí por la urgencia, la visceralidad, la fuerza de las imágenes. Y, en ese sentido, cada uno de sus planos tiene una potencia, una convicción, una carga emotiva que arrasan con cualquier cuestionamiento "intelectual". Es de agradecer, por lo tanto, que un director de su jerarquía -y con una frecuencia entre película y película que nunca supera los dos años- vaya siempre por más, con audacia, con rigor y, por supuesto, con talento.
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  • No te enamores de mí
    En su ópera prima, el guionista y director Federico Finkielstain propone un retrato generacional que describe un estado de angustia e insatisfacción generalizado, pero también una búsqueda por trascender los miedos y apostar por el cambio.

    Este drama sobre las historias de vida de varios veinteañeros y treintañeros de clase media (y media-alta) está construido con una estructura coral que remite a ciertos parámetros impuestos desde hace tiempo por el cine independiente norteamericano. El film apuesta por una gran diversidad de historias y miradas e intenta aprovechar -en términos artísticos y de marketing- el aporte de varios intérpretes reconocidos.

    Lo mejor de No te enamores... es la crudeza con que se presentan los conflictos sexuales y las contradicciones afectivas de los múltiples personajes. Finkielstain es muy franco y directo en la exposición de las sensaciones íntimas de sus criaturas, seres frustrados por lo que tienen y, por lo tanto, tentados a vivir nuevas experiencias como vías de escape.

    El gran problema de la película no tiene que ver con la idea conceptual ni con el aporte del elenco sino con las limitaciones de un guión que plantea y resuelve de manera bastante obvia las distintas subtramas y, sobre todo, de la puesta en escena. Finkielstain no consigue dotar a la narración de la agilidad que requiere un relato que salta de historia en historia, de personaje en personaje, y -así- el interés se resiente y la tensión se diluye.

    Sin profundidad en la descripción psicológica, sin fluidez en la narración, con escenas de sexo pobremente filmadas y una solemnidad sólo matizada por unas pocas irrupciones de humor, No te enamores de mí intenta -con logros parciales- definir a los jóvenes de hoy, con sus problemas de identidad, de comunicación, con su falta de compromiso y, muchas veces, de rumbo. La idea original, esta vez, es más interesante que el resultado final.
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  • Battleship: Batalla naval
    Una superproducción que no le tiene miedo al ridículo, gracias a la apelación a clichés

    Transformers en el agua o un largo institucional de la marina estadounidense para captar nuevos reclutas. Entre esos dos conceptos hay que bucear a la hora de explicar la búsqueda casi desesperada de espectacularidad que hay en el film, pero también las múltiples carencias de una superproducción que mixtura cine bélico con ciencia ficción, más algunos toques no demasiado logrados de comedia y romanticismo.

    Para entender la primera premisa hay que indicar que estamos ante la nueva franquicia de Hasbro, la misma compañía de los Transformers , y, en ese sentido, la historia es bastante (demasiado) parecida: con un protagonista bastante torpe (Taylor Kitsch) que de estar a punto de ser expulsado de la carrera militar por su arrogancia y su individualismo terminará convirtiéndose en héroe frente a una arrasadora invasión alienígena.

    Esta previsible, obvia evolución del personaje -que, para completar el festival de lugares comunes, está enamorado de la bella hija (Brooklyn Decker) del capitán de la flota (Liam Neeson)- no es ni siquiera lo peor de este film de Peter Berg ( Hancock ). Porque lo que sigue es una risible, grotesca apelación al patriotismo, a la valentía y al sacrificio de los combatientes estadounidenses. La película -que parece no tenerle miedo al más absoluto de los ridículos- recurre finalmente a la figura de unos veteranos de guerra para salvar al planeta de la extinción.

    La primera media hora de película (la presentación de los "personajes" y del "conflicto") es una de las peores cosas que el cine de Hollywood ha concebido en los últimos años. El resto tiene, al menos, un poco de tensión con largas secuencias de batallas. Este despliegue de explosiones y efectos visuales no es nada del otro mundo, es cierto, pero entre tantos barcos hundidos, misiles y naves extraterrestres los recargados y aleccionadores diálogos van disminuyendo en su frecuencia. Algo es algo.
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  • Los actos cotidianos
    Los hombres suburbanos

    Tras el notable uno-dos del BAFICI 2009 con Bonus Track y 180 grados, Perrone presentó en la edición 2010 del festival porteño un film en el que describe -con su habitual capacidad de observación y sensibilidad para captar la intimidad cotidiana de sus personajes/"actores"- las miserias de una familia de clase media-baja de su Ituzaingó: grupos disfuncionales y disgregados, con empleos precarios, escasa comunicación y contención.

    Como siempre, Perrone evita el subrayado, la bajada de línea y apela a pequeñas situaciones recurrentes -el obsesivo uso de los sms de los celulares, la omnipresencia de la televisión, las escenas con un pájaro enjaulado, los permanentes reclamos de ella hacia él por su falta de compromiso y adultez- para exponer así la monotonía, el hastío, la falta de incentivos y perspectivas de esos seres del conurbano bonaerense.

    Perrone opta por trabajar en interiores y el resultado en términos visuales (y en cuanto a calidad de imagen final) es menos interesante que en los films apuntados de 2010. Si en distintas etapas de su carrera se fue vinculando al Perro con Jim Jarmusch, Abbas Kiarostami o Gus Van Sant (en las películas sobre skaters), esta vez el referente parece ser el portugués Pedro Costa.

    De todas formas, más allá de filiaciones posibles, aún con un film menor como éste, Perrone sigue siendo un genuino, intuitivo y a esta altura sólido observador de su gente, de su zona y de sus contradicciones.
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  • Votos de amor
    Votos de amor
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    Ella ya me olvidó...

    Película "de concepto" (un matrimonio de gente joven, bella y feliz sufre un accidente automovilístico, ella pierde la memoria "reciente", no recuerda nada de él ni de la relación, decide regresar con su odiosa familia y a sus gustos adolescentes, mientras él trata de reconquistarla), Votos de amor es uno de esos melodramas románticos hiper edulcorados, lacrimógenos, cursis, grasas, pero que -por lo menos- no tiene miedo de serlo. Es decir, no trata de disimular nada, no pretende esconder ni siquiera sus elementos de fórmula más rancia. Eso no la salva, es cierto, pero de alguna manera la convierte en un producto más honesto y cristalino. Esa absoluta autoconciencia, esa falta de "represión" la tornan casi insufrible para algunos (entre los que me encuentro), pero eficaz para quienes tienen otra sensabilidad, gusto y percepción (recordemos que lideró durante mucho tiempo la taquilla norteamericana hasta convertirse en uno de las sopresas comerciales del año).

    El guión (¡ay, esa voz en off!) y el director Michael Sucsy (cuyo único antecedente más o menos importante era el telefilm Grey Gardens) no dejan estereotipo o golpe de efecto por acumular y, en este sentido, cabe destacar la nobleza, el profesionalismo con que los dos protagonistas (los carilindos y muy de moda Rachel McAdams y Channing Tatum) sobrellevan las situaciones más torpes, ridículas y exageradas y hasta aportan una más que encomiable "química" física/romántica. Si salen airosos de semejante desafío, queda claro que están capacitados para todo y que, por lo tanto, para ellos lo mejor aún está por venir.

    PD: Da pena ver a los veteranos Sam Neill y Jessica Lange degradados a encarnar a dos tristes personajes como los padres manipuladores de la protagonista.
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  • Essential Killing
    Atrápame si puedes

    El gran maestro polaco ratifica que, a los 72 años (y con casi cinco décadas de carrera), está atravesando un gran momento (su regreso luego de una larga ausencia había sido con la también muy interesante Cuatro noches con Anna).

    El director de joyas como El grito y Trabajo en negro narra, con una enorme potencia visual, absoluta crudeza y un tono alucinatorio que prescinde casi por completo de diálogos, la persecución por parte de soldados estadounidenses a un luchador talibán, un afgano inmerso en la Yihad (Vincent Gallo) que se ha fugado de una de las bases ubicada en Europa del Este.

    El film apela a lo más instintivo, visceral y descarnado de un ser humano en permanente lucha por la supervivencia en medio de las condiciones más inhóspitas. Es, por lo tanto, una épica física y emocional que Vincent Gallo -actor habituado a soportar situaciones extremas en pantalla- sobrelleva con absoluta convicción.

    Para quienes esperen una fuerte dimensión política o sociológica, puede que Essential Killing resulte algo decepcionante. Para quienes, en cambio, se sumerjan en el denso entramado dramático y estético que propone Skolimowski vivirán una experiencia provocativa y fascinante en medio de los bosques nevados de Polonia. Ganadora del Premio Especial del Jurado y del galardón a mejor actor en la Mostra de Venecia y del Astor de Oro a la mejor película en el Festival de Mar del Plata 2011.
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  • La separación
    La separación
    La Nación
    Exigente y atrapante película del iraní Asghar Farhadi

    Este nuevo largometraje del talentoso guionista y director iraní Asghar Farhadi (el mismo de la también notable About Elly ) recibió en los últimos meses con absoluta justicia una catarata de reconocimientos: en su estreno mundial, arrasó con casi todos los premios de la competencia oficial del Festival de Berlín 2011 y coronó su amplio recorrido internacional hace pocas semanas, cuando ganó el Oscar al mejor film extranjero.

    La película -inteligente, moderna, provocadora, exigente, atrapante- derriba de una vez y para siempre los (muchas veces infundados) prejuicios respecto de que el cine iraní no "cuenta nada" o que es una moda impuesta por algunos críticos snobs. Farhadi habla de temas íntimos y sociales a la vez con un rigor, con una profundidad, con un pudor y con una elegancia que no abundan en la producción contemporánea, ya sea de Hollywood o de cualquier país periférico.

    Se trata de una propuesta de una solidez formal (jamás aburrida) y de una complejidad temática (nunca críptica) que necesita de la participación activa, comprometida del espectador. La historia se centra, en principio, en la conflictiva relación de un matrimonio de mediana edad. Simin ha hecho todos los trámites necesarios para conseguir las visas para salir del país con su marido, Nader, y su hija adolescente Termeh, pero él se resiste a partir porque tiene que cuidar de su padre, que sufre un avanzado estado de Alzheimer. Ella abandona el hogar y pide el divorcio en un juzgado. El, mientras tanto, se queda en el departamento con Termeh y se ve obligado a contratar a una empleada doméstica para que cuide del enfermo. La recién llegada -de una clase social bastante menos favorecida- está embarazada y al poco tiempo sufre la pérdida del bebe.

    Luego de este planteo inicial, lo que sigue es una intrincada y apasionante combinación entre el drama familiar y el thriller judicial -trabajada además en múltiples capas y con diferentes niveles de lectura- en el que se confundirán desde la codicia hasta la culpa, pasando por todo tipo de dilemas éticos y morales.

    Las insospechadas derivaciones de la trama (de 123 minutos que jamás decaen) convierten a La separación en un intenso, poderoso y revelador retrato sobre los bruscos cambios y las fuertes contradicciones entre tradición y modernidad que irrumpen en una sociedad iraní contemporánea tensionada entre el conservadurismo religioso y las tentaciones del capitalismo. Una historia local, es cierto, pero de alcance universal.
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  • Música campesina
    Dicen que viajando se fortalece el corazón...

    Luego de la decepción que me provocó Velódromo en el BAFICI 2010, con Música campesina me reconcilié con el cine de Fuguet y con su actor-fetiche Pablo Cerda.

    Tras las anodinas desventuras del ciclista que deambulaba por Santiago en su film anterior, el reconocido escritor ahora traslada a su antihéroe a la ciudad de Nashville (contó con el apoyo de la universidad local en la que es profesor): un chileno que viene de sufrir un desengaño amoroso con una novia estadounidense. Entre hoteles y casas compartidas con losers/dealers/slackers (la mirada sobre la sociedad norteamericana es despiadada sin por eso caer jamás en la bajada de línea), Alejandro Tazo tendrá trabajos precarios (como limpiar baños en hoteles), amistades fugaces (incluida una con una... ¡argentina!) y experiencias musicales (es un fan de Johnny Cash).

    Si bien al film le hubiese venido bien una puesta más "aireada", Fuguet da aquí un enorme salto cualitativo como narrador (aparecen algunos encuadres muy virtuosos), como director de actores y como observador de la soledad, de las contradicciones de los inmigrantes, y de las diferencias culturales, de costumbres y, claro, de idiomas entre norte y sudamericanos.
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  • Comando especial
    Comando especial
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    Escuela anormal

    Las películas basadas en series suelen, en su gran mayoría, salir bastante mal. Las buddy movies (esas comedias policiales con dos protagonistas opuestos entre sí que pendulan entre el amor y el odio, el resentimiento y la amistad) tienden a repetir fórmulas y a cansar al poco tiempo.

    Sin ser una genialidad, esta versión de la serie coprotagonizada por un entonces jovencísimo Johnny Depp (estamos hablamos de 1987) sortea ambos riesgos: no sólo es buena sino que tiene vuelo propio.

    El gran Jonah Hill (que ratifica una vez más su enorme timing para todos los matices de la comedia) y Channing Tatum (carilindo y convincente) son dos ex compañeros de la secundaria devenidos policías. Tras egresar de la academia (el primero con sus dificultades físicas y el segundo con sus limitaciones intelectuales), son enviados a un patético escuadrón para infiltrarse como agentes encubiertos en... un colegio, donde una nueva droga sintética está haciendo estragos.

    La película se ríe del subgénero de high school comedies (contrapone las costumbres adolescentes de hoy con las que los protagonistas consideran cool según sus experiencias del pasado) y, así, la narración -especialmente durante la primera mitad- fluye con gracias, ingenio y convicción.

    En la segunda parte, si bien el relato se resiente un poco y tiene algunas resoluciones algo obvias, sigue siendo un producto más que disfrutable, sobre todo por su incorrección política que se ríe con inteligencia de los estereotipos. Bien por los notables intérpretes (hasta aparece sobre el final un simpático cameo de Depp, Peter DeLuise y Richard Grieco, todos miembros del cast original en TV) y por los directores Phil Lord y Chris Miller, quienes luego de la muy simpática película de animación Lluvia de hamburguesas demuestran que tienen también mucha pasta para la ficción con personajes de carne y hueso.
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  • El campo
    El campo
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    ¿Reconstrucción de un amor?

    Luego de un más que interesante documental como Sofía cumple 100 años, Hernán Belón debuta en el largometraje de ficción con este film que llega a los cines comerciales luego de haber participado en la Semana de la Crítica de la Mostra de Venecia y en la Competencia Latinoamericana del Festival de Mar del Plata.

    Elisa (Dolores Fonzi) y Santiago (Leonardo Sbaraglia) compran una casa de campo bastante venida a menos luego de cinco años de abandono con la idea de recuperar en contacto con la naturaleza y lejos del stress urbano los bríos perdidos, la pasión en merma de su matrimonio, y criar allí a su pequeña hija. Pero los jóvenes padres nunca encuentran la tranquilidad deseada: el frío, los ruidos, los animales, una tormenta, la aparición de otra persona... cualquier mínimo desajuste sirve para que vuelva toda la carga de incomodidad, de angustia, de miedo, de desconfianza, de tensión y de reproches que hay entre ellos.

    Del sexo como intento de volver a conectar afectivamente a la agresión y violencia que los vuelve a separar, Belón propone un juego pendular bien trabajado en sus contradicciones junto a los dos sólidos protagonistas. Hay en esta "fuga hacia adelante" algo del cine de Michael Haneke en la exploración bastante perturbadora del fracaso, la frustración burguesa y un gran trabajo de ese virtuoso director de fotografía que es Guillermo "Bill" Nieto. En definitiva, una muy auspiciosa ópera prima.
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  • Shame: sin reservas
    Una película centrada en las fragilidades de estos tiempos para apelar al debate

    Película-escándalo desde el preciso instante en que se estrenó en la competencia oficial de la Mostra de Venecia de 2011, esta nueva apuesta del director británico Steve McQueen (quien ya había impactado con su ópera prima Hunger) se propone como una despiadada e implacable exploración de la sexualidad, del consumo, de la descontención y de esa angustia que corroe el alma, síntomas todos que definen a estos tiempos modernos.

    Audaz y perturbadora, esta suerte de Ultimo tango en París del nuevo siglo está predestinada -por la explicitud, la carnalidad de sus imágenes- al debate cinéfilo y, también, a la discusión apasionada en muchos otros terrenos.

    Michael Fassbender (ganador de la Copa Volpi al mejor actor en Venecia por este trabajo) interpreta a un ejecutivo irlandés radicado en Nueva York con una incontenible, desesperada compulsión (adicción) al sexo. Mientras seduce a diestra y siniestra en bares y glamorosas fiestas de Manhattan, contrata prostitutas de lujo, consume todo tipo de pornografía en revistas e Internet o corre a los baños de su oficina para masturbarse, es incapaz de establecer mínimos contactos emocionales, ni siquiera con su conflictuada y sensible hermana (una Carey Muligan que se luce además como cantante), quien aparece de forma sorpresiva en su loft, o con una compañera de trabajo con la que intenta sin suerte iniciar una relación afectiva.

    McQueen -quien además es un consagrado exponente del arte contemporáneo más vanguardista- prescinde de explicaciones psicológicas tranquilizadoras y sabe cómo impactar, fascinar, provocar e irritar al espectador. Su cine, trabajado en muchos pasajes con largos y virtuosos planos-secuencia, es siempre elegante, aprovecha muy bien las locaciones neoyorquinas y nunca deja de fascinar, aunque también resulta por momentos algo frío, distante, calculado y manipulador.

    Más allá de las aristas discutibles que tiene Shame, en lo cinematográfico, tanto por su despliegue visual como por la imponente interpretación de Fassbender, el saldo es favorable. En lo ideológico o moral, claro, el debate queda abierto a las diversas interpretaciones y sensibilidades de los espectadores. Bienvenido sea, pues, un film que abre tantas posibilidades de análisis en un universo cinematográfico tan cerrado, muchas veces chato y casi siempre previsible.
    LA CADENA CINEMARK NO EXHIBIRÁ EL FILM

    Shame, sin reservas se estrena hoy en la Argentina con limitaciones, debido a que la cadena Cinemark no la incluyó en la programación de sus complejos de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires.

    Según la distribuidora del film, el hecho es consecuencia de una resolución de alcance global tomada por la empresa en su sede central de Estados Unidos. "La cadena internacional Cinemark decidió no proyectar en ninguna de sus salas alrededor del mundo la película Shame, sin reservas, debido a las escenas de contenido erótico que el film posee", indica el comunicado divulgado ayer por Diamond Films.

    La decisión limitó en apenas tres copias el lanzamiento de la película. En vez de las 18 previstas originalmente, circularán 15 copias de Shame, sin reservas, que se exhibe desde hoy sin problemas en el resto de los complejos multipantalla (Hoyts, Showcase, Village) y en las otras cadenas de exhibición cinematográfica de la metrópoli.

    Ante las consultas de La Nacion, la filial local de Cinemark no hizo ayer ningún comentario. La única declaración oficial de esa compañía a propósito del tema se conoció en diciembre de 2011, cuando Shame, sin reservas se estrenó en Estados Unidos, sin que pudiera verse en las salas de esa cadena, la tercera en magnitud dentro del mercado norteamericano.

    Allí se dijo que la política de Cinemark es no exhibir títulos con la calificación NC-17, que corresponde allí a "films de contenido adulto que incluyen violencia, sexo, comportamientos aberrantes, consumo de drogas y otros elementos que los padres consideran demasiado fuertes para ser vistos por sus hijos".
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  • Los vengadores
    Los vengadores
    La Nación
    Iron Man, Thor, Capitán América, Hulk y dos nuevos superhéroes en un film de pura acción

    Los superhéroes surgidos de las historietas de la editorial Marvel han tenido en los últimos años múltiples incursiones en el cine con resultados dispares (la mejor, sin dudas, fue la primera entrega de Iron Man). Más allá de varias decepciones, el interés por estos personajes nunca decayó y los millones de fans de todo el mundo aguardaban con ansias el encuentro de los seis Vengadores en un mismo film. La larga espera terminó. Y valió la pena. La película escrita y dirigida por Joss Whedon ( Buffy, la cazavampiros ) tiene muchos más hallazgos que carencias para un producto que es bastante más que una ingeniosa propuesta de marketing con todos ellos reunidos en un afiche promocional.

    La trama es sencilla: Loki (Tom Hiddleston), el despiadado hermano de Thor, llega a la Tierra y se roba el Tesseract, una fuente de energía que permite además la apertura de una suerte de agujero negro en el espacio que posibilita el acceso de invasores alienígenas.

    A Nick Fury (Samuel L. Jackson), el agente de la organización gubernamental Shield, no le queda otra alternativa que convocar al excéntrico millonario Tony Stark/Iron Man (un Robert Downey Jr. que aprovecha varios momentos para "robarse" el show), Steve Rogers/Capitán América (un Chris Evans con bastante protagonismo); Thor (Chris Hemsworth), Bruce Banner/Hulk (Mark Ruffalo) y dos personajes que hasta ahora no habían tenido su propia franquicia como la seductora Natasha Romanoff/Black Widow (Scarlett Johansson) y el arquero Clint Barton/Hawkeye (Jeremy Renner).

    Si bien entre la construcción del conflicto y la presentación de cada uno de los superhéroes el film tarda un poco en arrancar, luego Whedon se muestra sólido en el manejo de la estructura coral, dosificando con soltura el humor y el suspenso, y trabajando con convicción los celos y las lealtades entre los distintos protagonistas. Para el final, por supuesto, queda una larga batalla, una excelente secuencia de acción a puro efecto visual que se ubica entre lo mejor del cine de entretenimiento a gran escala de los últimos tiempos. Y, tras los créditos finales, lo que todos intuían: una invitación a una secuela que llegará después de los próximos films de Iron Man, Thor y Capitán América. Hay Vengadores para rato.
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  • Pie de página
    Pie de página
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    En el nombre del padre (¿o del hijo?)

    Tras Beaufort, el celebrado director israelí Joseph Cedar propone una tragicomedia sobre la rivalidad (básicamente intelectual) entre un padre y su hijo, dos profesores obsesivos con su trabajo. Cuando por un error de tipeo administrativo el padre es designado para recibir el máximo premio del gobierno (que en realidad correspondía al hijo), las cosas se desmadran.

    El film -jugado al absurdo- combina grandes momentos de comedia y de intensidad dramática con otros en los que el regodeo en el patetismo, el cancherismo y la crueldad hacia los personajes lo tornan casi insoportable.

    Con algo de Michel Gondry y de Roy Andersson, Cedar demuestra que tiene ideas y talento, pero la película -demasiado ambiciosa, porque además se pretende una ácida crítica al estado de las cosas en Israel- resulta demasiado despareja para mi gusto, que -vale aclararlo- no es el de la inmensa mayoría que sí la alabó durante su estreno en la Competencia Oficial del Festival de Cannes 2011 ni el de los votantes de la Academia, que la nominaron en la categoría de mejor film en idioma no inglés.
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  • El útimo Elvis
    El útimo Elvis
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    Menos experimental pero no por eso menos audaz que muchas de las películas que suele exhibir el BAFICI, El último Elvis es una interesante apuesta por parte de los programadores del festival para una función de apertura: una opera prima argentina que, en principio, puede resultar más convencional, más clásica (desde lo narrativo) que el resto de la programación, pero que, en definitiva, es un trabajo muy sólido, incluso bastante arriesgado, y sin ningún tipo de concesiones.

    Llegué a la proyección de El útlimo Elvis con cierto prejuicio: es que no me había gustado nada Biutiful, el film que Bo y Giacobone escribieron para el mexicano Alejandro González Iñárritu. Por suerte, aquí -más allá de algún exceso de simbolismo religioso, cierto patetismo o algún aislado golpe bajo- estamos en un terreno mucho más convincente,´menos recargado, más humano, menos manipulador.

    El segundo prejuicio (sí, los críticos también tenemos unos cuantos) tenía que ver con la "estética publicitaria". Bo es un director estrella de comerciales y, muchas veces, este tipo de realizadores caen en cierto regodeo de su talento, en exhibicionismos y efectismos varios, cuando incursionan en el cine. No es este caso, ya que -más allá de la estilización y del virtuosismo de Bo- el trabajo visual, los encuadres, el diseño de los planos-secuencia, están siempre en función de lo que se quiere contar, de los estados de ánimo de los personajes y de los climas por los que ellos atraviesan.

    La propuesta es sencilla y compleja a la vez. Sencilla porque se trata de la historia de un cantante, de su relación con su ex esposa (Griselda Siciliani) y con su hija (Margarita López). Compleja porque debajo de esa superficie de culebrón familiar se esconden contradicciones íntimas, conflictos ligados a lo más profundo y visceral de la existencia humana.

    Carlos Gutiérrez es "el último Elvis", un imitador (brillante) del Rey del Rock que nunca ha pasado de hacer covers en fiestas, geriátricos o sociedades de fomento. Gordo, semi calvo, sudoroso, parece úna decadente versión de la ya decadente figura del Presley de los últimos días. Se gana la vida como operario en una fábrica de electrodomésticos y es (fue) un hijo ausente (con una madre postrada), un marido ausente, un padre ausente... un hombre ausente.

    Muchos lo toman como un freak (por allí desfilan los dobles de otros artistas famosos como John Lennon o Iggy Pop), pero él se considera (y actúa) como un verdadero artista, aunque ni siquiera pueda cobrar las regalías en el sindicato.

    No voy a adelantar qué pasa luego de ese arranque, sólo que el protagonista quiere "triunfar", "hacer algo grande", que los demás estén "orgullosos de mí". Así, lo que sigue es una épica íntima, un viaje interior y exterior, un cuento de hadas pesadillesco sobre la culpa, la renuncia y la redención.

    Bo recurre muy poco a los diálogos porque confía en la fuerza de sus imágenes, sostiene los planos sin caer en el vértigo de un montaje que le dé "ritmo" porque eso conspiraría contra la intensidad del relato.

    También merecen destacarse aspectos no muy transitados por el cine argentino como las secuencias musicales (que son vistosas y duran lo que tienen que durar: ni más ni menos) en las que John McInerny se luce mucho más que cuando tiene que "jugar" situaciones más densas (aquí el no-actor pierde frente al cantante).

    Además de la proeza de haber conseguido los derechos de tantos clásicos musicales, otro gran hallazgo de la producción es el diseño de producción y, en particular, la reconstrucción de Graceland que hace el talentoso Daniel Gimelberg. En estos detalles que aquí no son menores, pero sobre todo en la convicción, el aplomo, la coherencia y la prestancia de un director de rápida madurez como Bo, reside el corazón de una película con muchos atractivos y, también, con unas cuantas aristas (y un desenlace) para el más apasionado de los debates cinéfilos.
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  • 12 horas
    12 horas
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    Amanda Seyfried (Mamma Mia!, La chica de la capa roja, El precio del mañana) es la protagonista absoluta de este mediocre, previsible thriller psicológico dirigido por el brasileño Dhalia. A Jill nadie le cree. Con sus problemas psiquiátricos a cuestas, todos la toman como una fabuladora, una chica inestable que vive fuera de la realidad. Por eso, cuando su hermana desaparece, ni la policía de Portland la toma en serio. Iniciará, sola y contra todos, una investigación épica, una odisea personal para desenmascarar a un perverso que ha acumulado no pocas víctimas. Ni el guión ni la realización ni la esforzada actuación de la estrella superan la media de la producción más convencional y estandarizada de Hollywood.
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  • [REC] 3 Génesis
    [REC] 3 Génesis
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    Ya sin Jaume Balagueró como codirector, Paco Plaza construye una suerte de precuela que se diferencia bastante de las dos anteriores -y superiores- entregas. Aquí la acción transcurre durante una larga y lujosa fiesta de casamiento y en espacios abiertos. El tono es de comedia negra y mucho gore, pero la cosa no funciona nunca como, por ejemplo, en los primeros trabajos de Sam Raimi o Peter Jackson. La película no divierte ni asusta. Todo huele a fórmula y a agotamiento. Sin embargo, la cuarta entrega está en camino. Esperemos se recupere luego de este duro traspié.
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  • Diario de un seductor
    Johnny Depp se pone por segunda vez en la piel del mítico y maldito periodista/escritor Hunter S. Thompson. Así, Diario de un seductor bien podría leerse como una precuela -mucho menos lisérgica- de Miedos y asco en Las Vegas, de Terry Gilliam.

    En esta transposición de la novela The Rum Diary, Depp interpreta a Paul Kemp (alter-ego de HST), un escritor díscolo y borrachín que ingresa a un diario de Puerto Rico en los políticamente convulsionados años '60. Pronto, quedará inmerso en un peligroso submundo de estafas inmobiliarias, se enamorará de la mujer más bella y menos indicada (Amber Heard), pareja del todopoderoso Aahron Eckhart, mientras la tensión entre los lugareños y los extranjeros crece.

    El film se sostiene en buena parte de su desarrollo porque logra transmitir ese universo alucinado de la prosa de HST (aquí hay múltiples elementos de cine negro) y porque cuenta con un elenco de lujo, con grandes personajes secundarios a cargo de Giovanni Ribisi, Michael Rispoli y Richard Jenkins. No será ninguna obra maestra, es cierto, pero se sigue con bastante interés y no deshonra la memoria del gran autor que la inspiró.
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  • Piratas! Una loca aventura
    Peter Lord es -junto a su socio Nick Park- una de las cabezas de Aardman, la notable productora británica que creó personajes entrañables como Wallace y Gromit. Luego de un par de incursiones no del todo logradas en la animación digital (Lo que el agua se llevó y Operación regalo), la factoría inglesa intenta con ¡Piratas! Una loca aventura un regreso a las fuentes; es decir, a la animación stop-motion más artesanal. El resultado -sin llegar a las cimas de Pollitos en fuga- es bastante alentador.

    La trama aquí es lo de menos (las desventuras de un querible antihéroe con una patética tripulación y un codiado perico que debe demostrar sus condiciones y valía para poder ingresar al concurso del "pirata del año"). Lo que realmente importa es la capacidad de sorpresa, el uso inteligente del humor, la calidad de la animación y esa capacidad única para desarrollar vertiginosas y delirantes escenas de acción que desafían las leyes de la física y la capacidad de asombro. Bienvenida, pues, la vuelta de Aardman al juego que mejor juega y que más les (nos) gusta.
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  • El líder
    El líder
    La Nación
    Como ya lo había demostrado en Narc: calles peligrosas y La última carta (su versión para cine de Brigada A , en cambio fue toda una decepción), Joe Carnahan es un director que domina los secretos y las claves del género de suspenso, que se maneja con soltura tanto en las escenas de acción como cuando tiene que definir y desarrollar la psicología de sus personajes.

    De acción y de psicología está llena El líder , película que combina situaciones propias de los relatos épicos de supervivencia en condiciones por demás adversas con elementos de terror (en este caso, una jauría de lobos tan hambrientos como feroces).

    En el prólogo del film vemos a Ottway (Liam Neeson), un curtido operario de una refinería en Alaska. En ese contexto bastante sórdido y extremo, este experto cazador dominado por los traumas, los fantasmas personales y las penas llega a coquetear incluso con el suicidio.

    Licenciado para unas cortas vacaciones, el personal aborda un destartalado avión que no resistirá una arrasadora tormenta de nieve. La nave cae y sólo ocho sobreviven. Tras el accidente, y con varios de ellos heridos, se inicia una larga, tortuosa travesía por territorios inhóspitos, en condiciones meteorológicas hostiles y con la apuntada amenaza de los animales, que parecen tener poderes sobrenaturales.

    Este film "darwiniano" sobre la supervivencia del más apto remite no sólo en su estructura sino también en su tensión y en su dureza a clásicos como Deliverance: la violencia está en nosotros , de John Boorman, y está sostenido delante de cámara por un sólido elenco: Liam Neeson se luce, muy bien acompañado por intérpretes como Dermot Mulroney, Frank Grillo y Joe Anderson.

    Las objeciones son menores. La presencia de los lobos es demasiado recurrente y explícita, mientras que los flashbacks que nos explican los traumas del protagonista resultan también obvios y reiterativos. Estos reparos, de todas formas, no alcanzan a empañar un sólido y atrapante exponente de género: crudo, implacable, demoledor.
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  • Las mujeres del 6° piso
    El discreto desencanto de la burguesía

    Gran éxito comercial en los cines franceses (más de dos millones y medio de espectadores), esta nueva película de Philippe Le Guay es una amable y esquemática comedia matizada con algunos leves tintes sociopolíticos sobre las diferencias de clase y la inmigración.

    La historia -no exenta de estereotipos, clichés y pintoresquismos varios- tiene como protagonista a Jean-Louis (Fabrice Luchini), exitoso, rígido y conservador financista del París de 1962, casado con una mujer insegura (Sandrine Kiberlain) y padre de dos hijos. Su vida metódica, previsible, se ve conmovida con la irrupción de seis simpáticas, queribles, desprejuiciadas empleadas domésticas españolas (para más datos, refugiadas que huyen del franquismo) que se hospedan en el altillo.

    Hay un poco de enredos, color, romances, gastronomía y pasión latina, una absurda vuelta de tuerca con el burgués conmovido por las desdichas de estas proletarias, y algunos momentos en que las actrices españolas del elenco (sobre todo, Carmen Maura) logran arrancarnos alguna sonrisa a fuerza de despliegue histriónico. Demasiado poco como para salvar un crowd-pleaser que no irrita, pero que resulta decididamente menor.
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  • Extraños en la noche
    Enredados

    La comedia de teléfonos blancos de la edad de oro del cine argentino, el mix entre humor desprejuiciado, enredos y suspenso de buena parte de la filmografía de Pedro Almodóvar y una impronta woodyallenesca con perdedores tan neuróticos como queribles. Por allí hay que buscar las referencias de Extraños en la noche, película que marca el regreso a la pantalla grande de Diego Torres, la irrupción en el mainstream de una gran actirz como Julieta Zylberberg (La niña santa, La mirada invisible) y el debut en el cine industrial de una rara avis surgida de la FUC como Alejandro Montiel, que había trabajado hasta ahora en producciones ultraindependientes como Las hermanas L., 8 semanas y Chapadmalal.

    La película describe las desventuras de una pareja joven de músicos bastante frustrados (Martín es un compositor de obras clásicas, típico bicho de conservatorio que se niega a venderse al sistema para concebir melodías y letras pop; ella es cantante de indie-rock). Ambos se ganan la vida tocando en patéticas fiestas y eventos, pero la cosa no resulta bien. Para colmo, ella descubre que está embarazada y no se anima a decírselo. La propuesta se completa con una subtrama policial (ligada con la corrupción política y los escándalos sexuales) en el piso de arriba del departamento de los protagonistas.

    A Montiel y sus coguionistas no les preocupa incursionar en los estereotipos y los clichés. El problema principal -y no menor- que tiene la película es que por momentos resulta demasiado forzada, le cuesta articular las distintas vertientes, no fluye como debería tratándose de una propuesta que hace de la superficialidad y la ligereza todo un culto.

    A Zylberberg se la nota mucho más cómoda que a Torres en este tipo de registros y el equipo técnico -un verdadero dream-team- aporte la estructura, la ambientación necesaria para los climas que Montiel quiere crear. El relato -quedó dicho- no es todo lo eficaz que podría haber sido, pero se trata de un saludable intento por incursionar en terrenos (la comedia física, por ejemplo) que el cine nacional no suele transitar con frecuencia.
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  • Espejito, espejito
    Peliculita, peliculita

    El director de La celda y la reciente Inmortales incursiona en el mundo de fábulas de los hermanos Grimm con esta nueva versión del clásico Blancanieves (con los siete enanitos, claro). El resultado, sin ser bochornoso (el film se puede ver con cierto agrado), es algo decepcionante, ya que podía -debía- esperarse bastante más que un simple producto de consumo masivo.

    Sí, hay un buen despliegue de producción en cuanto a decorados, vestuario y efectos visuales; sí, está Julia Roberts en el papel de la malvada de turno (la madrastra de la protagonista que hará de todo para no delegar en la princesa el poder del decadente reino); sí, vuelven los enanos convertidos aquí en ladronzuelos "divertidos"... Sin embargo, Espejito, espejito nunca supera una medianía en los diversos terrenos: el visual, el narrativo, el actoral.

    Todo luce demasiado estructurado, contenido, previsible. La película extraña un poco de audacia, de incorrección, de delirio y exceso a lo Tarsem Singh (¿para qué lo contrataron?). Ni la otrora sonriente Julia devenida con la madurez en otro tipo de actriz, ni la ascendente Lilly Collins como la princesa que quería ser reina, ni los secundarios (como el caricaturesco asistente que interpreta el siempre desbocado Nathan Lane) parecen demasiado cómodos ni felices con sus papeles. Todos cumplen. Profesionalismo y nada más.

    Lo dicho: Espejito, espejito es correcta por donde se la analice, pero también bastante efímera y anodina, de vuelo muy rasante. Peliculita, peliculita.
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  • Reus
    Reus
    La Nación
    Un film que se asienta en lo formal, pero que pierde en la historia

    Más afecta a historias costumbristas y a un minimalismo narrativo, la producción uruguaya encuentra en Reus una película que -sin perder de vista el costado de crítica social- incursiona de lleno en el cine de género.

    En la línea de otras películas latinoamericanas como la mexicana Amores perros o la brasileña Ciudad de Dios , esta ópera prima de Eduardo Piñero, Pablo Fernández y Alejandro Pi narra el enfrentamiento entre representantes de distintos grupos y diferentes clases sociales: el Tano (interpretado por el argentino Camilo Parodi, hijo de Teresa Parodi), un marginal recién salido de la cárcel, y Don Elías (Walter Etchandi), líder de la comunidad judía que desde hace décadas se ha asentado en el decadente barrio del título.

    Precisamente, la descripción de la dinámica barrial y los valores de la producción (sofisticadas tomas aéreas, escenas callejeras o en boliches con bastante despliegue de extras y una ambiciosa banda sonora) son lo mejor de una película que en muchos pasajes peca de subrayada y torpe.

    El film intenta abarcar demasiados temas que, para colmo, están condensados (simplificados) en conceptos básicos y de impacto popular (los efectos de la droga, la mano dura, el ojo por ojo, la venganza por mano propia, la tortura, la escalada de violencia, la inacción o la corrupción policial). Así, esta mirada a la pérdida de los viejos códigos de convivencia y a la progresiva desintegración social se torna demasiado obvia, con diálogos -o intervenciones de los medios de comunicación- que resultan casi siempre didácticos.

    Ni la edición vertiginosa ni el montaje paralelo logran darles ritmo, intensidad ni tensión dramática a las escenas de acción, que, además, llegan demasiado tarde. Así, más allá de su interesante apuesta y de su solidez técnica y formal, Reus falla en aspectos esenciales, indispensables para sostener una apuesta como la del thriller.
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  • El príncipe del desierto
    Una película que, a pesar de sus fallas, tiene su atractivo

    El francés Jean-Jacques Annaud es un especialista en dramas épicos que suele rodar en todos los rincones del mundo. Luego de El nombre de la rosa , El amante y Siete años en el Tíbet , le tocó el turno a una historia ambientada en el desierto árabe durante los años 30.

    En este sentido, el guión de Menno Meyjes (quien escribió varios proyectos para Steven Spielberg, incluyendo Indiana Jones y la última cruzada ) propone un regreso al cine clásico de aventuras, que Annaud aborda con una narración y hasta con un look old-fashioned , casi como si se tratase de una producción de los años 40 o 50 (de hecho, la novela original de Hans Ruesch que sirvió de base para el proyecto es de 1957).

    La trama tiene un poco de todo: batallas con despliegue de masas, romance, conflictos familiares, luchas por el poder político y religioso, así como un trasfondo económico ligado al surgimiento de la industria petrolera y la avidez de los extranjeros por dominarla (en este terreno se puede trazar más de una analogía con el presente).

    Los problemas del film son varios: desde cierta superficialidad que sobrevuela todo el relato y que no nos permite identificarnos demasiado con los conflictos de los personajes hasta cierta sobreactuación de intérpretes que en muchos casos no se llevan demasiado bien con los diálogos en inglés (entre ellos Tahar Rahim, la revelación de Un profeta , y Antonio Banderas).

    Sin embargo, en medio de esas limitaciones, el guión de Meyjes nos regala más de una sorpresa y, en los momentos más impensados, brotan -cual agua de un oasis- varias notables secuencias, en las que Annaud y su director de fotografía Jean-Marie Dreujou aprovechan al máximo la imponencia de los paisajes desérticos de Túnez y Qatar. No será Lawrence de Arabia , está claro, pero esta película "a la antigua" tiene su nobleza y no pocos atractivos.
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  • Un método peligroso
    Cronenberg explora la relación entre Carl Jung y Sigmund Freud

    En principio, Un método peligroso -con su estructura clásica, su elegante puesta en escena, su ambientación en tiempos y terrenos de la burguesía victoriana, y su narración basada sobre todo en diálogos e intercambio de cartas- parecería una película más propia de James Ivory que de David Cronenberg. Sin embargo, las apariencias engañan, y bajo la superficie intelectual de las eminencias del psicoanálisis en la Europa de principios del siglo XX se esconde una provocadora exploración de la sexualidad, el poder, los celos, la culpa, la hipocresía social y la ética profesional.

    La decisión del notable director canadiense -famoso por sus explícitas historias sobre el terror, las perversiones y la violencia- de reconstruir la compleja relación entre Carl Jung (el talentoso actor de moda Michael Fassbender) y su mentor, el mítico Sigmund Freud (un descomunal Viggo Mortensen), puede generar (ya los generó) diversos cuestionamientos tanto desde el lado de sus fans como desde el purismo psicoanalítico, en ambos casos con argumentos entendibles pero bastante parciales.

    El film tiene en el vértice de su triángulo a Sabina Spielrein (Keira Knightley, la menos convincente del trío protagónico), una judía rusa que se acercó al consultorio de Jung en Zurich para someterse a un por entonces experimental tratamiento ("la cura hablada") para su histeria sexual (había sido víctima de todo tipo de abusos por parte de su padre). Ese caso generará múltiples intercambios y crecientes recelos entre un atormentado e indeciso Jung y un Freud que se convierte en algo así como un fanático defensor de la "causa" más ortodoxa y temeroso de que los excesos e indiscreciones puedan desacreditar la disciplina. La historia tendrá múltiples implicancias y alcances, ya que Spielrein se convertirá primero en amante del suizo y luego en una prominente colega de ambos.

    El film alcanza a transmitir con unos pocos elementos y subtramas los contrastes entre el clima de euforia y la moral represiva, entre la avidez de experimentación y el puritanismo, para exponer ese clima de época propio de los tiempos previos a la Primera Guerra Mundial. La relación entre Jung y su devota (y adinerada) esposa Emma (Sarah Gadon), el caso del psiquiatra Otto Gross (Vincent Cassel), capaz de manipular de forma brillante a su propio analista hasta convencerlo de arriesgarse a mantener relaciones sexuales con su atractiva paciente, sirven para exponer los matices y los dilemas, las contradicciones entre el brillante discurso y las miserias íntimas de aquellos pioneros, tan geniales y tan elementales a la vez.

    Un método peligroso puede abrumar a algunos, incomodar a otros, pero también cautivar a unos cuantos, como Cronenberg ya lo había hecho con la exploración mental de Pacto de amor. En esta era de cine a propulsión de efectos visuales, el imperio del diálogo puede ser visto como algo old fashioned o incluso demodé, pero el poder de la palabra (cuando es inteligente, profundo e incisivo) también resulta una apuesta subversiva que, como en este caso, alcanza resultados fascinantes.
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  • El Lórax: en busca de la trúfula perdida
    Personajes que no convencen en esta historia del famoso escritor Dr. Seuss

    Theodor Seuss Geisel (1904-1991), más conocido por su nombre artístico Dr. Seuss, es uno de los escritores y dibujantes más populares y admirados de los Estados Unidos. Sin embargo, al menos en el terreno artístico, las películas infantiles realizadas en Hollywood en los últimos tiempos a partir de sus obras más famosas no han tenido demasiada suerte. Así, lamentablemente, El Lórax sigue el mismo camino que hace poco transitaron El Grinch o Horton y el mundo de los Quién: una corrección formal y un despliegue visual que no alcanzan a transmitir en ningún momento la sensibilidad, la frescura ni la fuerza alegórica de los imaginativos personajes y de las historias originales.

    Como en otros trabajos anteriores de ese gran poeta y caricaturista que fue Dr. Seuss, El Lórax tiene como trasfondo una metáfora ligada al cuidado del medio ambiente (en este caso, a los efectos arrasadores de la deforestación), pero su autor siempre tuvo la inteligencia necesaria como para que sus situaciones, conflictos y protagonistas, resultaran siempre entretenidos y, así, esa transmisión de valores positivos, esa veta "aleccionadora" si se quiere, no limitara la capacidad de entretenimiento y diversión.

    En la película, en cambio, casi todos los agregados a la trama y casi todas las decisiones artísticas (especialmente su impronta de musical con números muy poco lucidos) no hacen otra cosa que distanciar y abrumar al espectador. Por lo tanto, la película casi nunca fluye, los protagonistas son poco convincentes: el Lórax es aquí un mero personaje secundario, mientras que la historia de amor que motiva a un joven a encontrar un árbol de verdad jamás alcanza la intensidad necesaria.

    Más allá de la belleza cromática de algunos planos y del esfuerzo por conseguir algunos pasajes de cierto impacto gracias a los efectos en 3D, El Lórax es una película bastante obvia y anodina. Una pena, sobre todo viniendo del mismo equipo (con amplio aporte francés) que consiguió hace apenas dos años una muy lograda película como Mi villano favorito.
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  • La sal de la vida
    La italianidad al palito

    Con Un feriado particular, Gianni Di Gregorio -habitual colaborador de Matteo Garrone- consiguió un modesto pero auspicioso éxito. La figura de este veterano guionista, actor y director se convirtió, de pronto, en una suerte de revelación tardía para el cine italiano, un Nanni Moretti más viejo, más entrañable, menos provocador y no tan neurótico.

    La sal de la vida no es pero podría leerse como una secuela de aquel suceso de 2008. Gianni sigue siendo Gianni. Ya no tiene que cuidar a un grupo de viejitas durante el ferragosto para sobrellevar sus problemas económicos, pero el personaje está ahí, reconvertido en un reciente jubilado, un amo de casa sin más obligaciones que las que le imponen su fría esposa y su manipuladora hija adolescente.

    El film, cuyo título original es "Gianni y las mujeres", habla precisamente de eso: de cómo las mujeres (no) ven a este hombre maduro, que ha perdido "la sal de la vida" (para no dejar fuera el título de estreno). La película aborda la relación con su esposa y su hija, pero también con su omnipresente madre (aún cuando esté internada en un geriátrico) y con todas las que intenta (sin demasiada fortuna) conquistar o reconquistar cuando se da cuenta de lo solo que está y de lo bien que le vendría una amante.

    Todo lo que en Un feriado particular era sensible y gracioso, aquí está demasiado cerca del cálculo y el patetismo. La película -que aborda la esencia de la italianidad en esos códigos masculinos, ese machismo entre gracioso, rudimentario y a esta altura bastante demodé- nunca alcanza a ser todo lo graciosa o lo incisiva que debería en la exploración de la intimidad del hombre desgarrada por la edad, la rutina y la falta de estímulos. No es una mala película, tiene incluso sus momentos logrados, pero tampoco es particularmente intensa ni provocadora. Una pena porque la propuesta inicial daba para mucho más.
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  • La suerte en tus manos
    Se fuerza la máquina...

    En principio (y no digo nada nuevo), creo que Daniel Burman es un tipo inteligente y sensible, un sólido narrador y un (co)guionista con múltiples inquietudes. Sus películas están llenas de ideas (búsquedas, disparadores, preguntas, propuestas) en un mundo como el del cine en el que precisamente ninguna de todas esas cosas abundan.

    Durante su primera etapa, con Daniel Hendler como actor-fetiche y alter-ego, consiguió en Esperando al Mesías (2000), El abrazo partido (2003) y Derecho de familia (2005) construir un universo distintivo. Admiro y celebro esa "trilogía".

    Por diferentes motivos que no conozco (intuyo que son personales, comerciales y artísticos) decidió cerrar ese mundo propio y probar con otras historias, con personajes no tan cercanos en lo generacional. Llegaron entonces El nido vacío (2008), que me convenció más que Dos hermanos (2010), el mayor éxito de su carrera gracias al impacto popular de la dupla Antonio Gasalla-Graciela Borges.

    Con La suerte en tus manos, Burman da una media vuelta, construye un regreso parcial. No retomó a Hendler (aunque Jorge Drexler, también uruguayo, podría ser algo así como un hermano mayor) ni recuperó del todo esa idiosincracia judía que estaba tan arraigada en su producción del quinquenio 2000-2005, pero por la edad de sus protagonistas y el tipo de conflictos íntimos que aquí desarrolla bien podríamos decir que se ubica a mitad de camino entre aquellos tres títulos y sus dos últimos trabajos.

    El film tiene como "héroes" románticos a dos "antihéroes". Por un lado, está Uriel (un Drexler que no desentona pero tampoco logra brillar), cuarentón divorciado, padre de dos hijos, responsable de una financiera que heredó, músico frustrado y adicto al póquer. Abrumado por las responsabilidades, harto de los compromisos, decide practicarse una vasectomía para disfrutar de su recientemente adquirida soltería.

    Por el otro, aparece Gloria (Valeria Bertuccelli, sólida como siempre, pero lejos de sus mejores trabajos), recién llegada de París para cumplir un último deseo de su padre y con la idea de terminar de una vez por todas su relación con un patético novio francés. Esta mujer cínica y bastante frustrada trata también de correrse de la sombra de una madre dominante y bastante despótica (Norma Aleandro), que es una eminencia cultural en la radio.

    Película sobre las segundas oportunidades, La suerte en tus manos describe el reencuentro -20 años después- entre estos dos seres que fueron novios en la juventud y en principio no saben (o no se animan) si volver a serlo. Hay, por lo tanto, mentiras, condicionamientos, contradicciones que se acumulan y se interponen entre ambos. Más allá de las dudas y los reproches, ambos apostarán por momentos y a su manera para que "la cosa" funcione.

    La película hace un buen uso de las locaciones (hoteles-casinos de lujo) y da un golpe de efecto con una subtrama que tiene que ver con (otra vez las segundas oportunidades) la reunión de la Trova Rosarina de Baglietto-Goldín-Garré-Abonizio y que no me convenció, como tampoco me entusiasmaron del todo los personajes secundarios (un fuerte del cine de Burman) de Luis Brandoni (un médico y confidente del protagonista bastante parecido al que hacía en la miniserie El hombre de tu vida), Aleandro, o Gabriel Schultz (el amigo "gracioso" de él).

    La película se inspira y fluye sólo por momentos, se arriesga con (picotea en) muchos temas y por momentos peca de superficial (igual, son punzantes las pinceladas sobre la "inconsistencia" masculina, esa inmadurez que deviene en falta de compromiso). Me costó más que otros trabajos de Burman disfrutarla como un todo, la noté más forzada. Sin embargo, aún con estos u otros reparos, con sus hallazgos parciales, me parece un largometraje que merece ser visto, analizado y discutido. No tenemos demasiados cineastas de su talla y, aún cuando pueda ser considerada un film algo fallido, tiene -como apuntaba en la introducción- muchas aristas interesantes.

    Creo que Burman está en un momento de renovación y cambio y, en ese sentido, esta parece una película "de transición", algo tironeada entre entre las búsquedas personales y las necesidades de un director industrial de llegada masiva. Sólo él tiene la respuesta sobre su futuro. La suerte está en sus manos.
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  • El vagoneta en el mundo del cine
    Película vagoneta

    Matías, Walter, Rama y Ponce son cuatro amigos del barrio de Saavedra que comparten el sueño adolescente (¿general?) de vivir sin trabajar. Por eso, se asocian para poner un cartel publicitario en la terraza de la casa de uno de ellos y vivir de rentas.

    Con ese punto de partida, Maximiliano Gutiérrez intenta trasladar al cine el éxito (aseguran haber tenido dos millones de visitas) de la web serie. Lo que sigue es una película de enredos sin demasiada gracia ni ingenio, en la que todo es bastante absurdo: los antihéroes no consiguen que el "tanque" de turno paute en su cartel y terminan viajando al ¡Festival de Mar del Plata! para convencer al productor para que se digne a promocionar el film también en el espacio que ellos comparten.

    El director aseguró en declaraciones periodísticas que su intención era ofrecer "una mirada irónica sobre la industria cinematográfica". Poco y nada hay de eso. Tampoco logra construir personajes con un mínimo de carnadura o magnetismo (ni describir las contradicciones, miserias, códigos y sueños de la existencia juvenil).

    Así, la película se queda en viñetas más bien intrascendentes y en las irrupciones (pequeños papeles o simples cameos) de famosos como Guillermo Francella, Gabriel "Puma" Goity, Silvina Luna, Gastón Pauls, Axel Kuschevatzky, Pocho La Pantera, Jean Pierre Noher y Karina Jelinek, entre otros.

    Demasiado poco para una película que -con los mismos elementos y otros resultados- podría haberse convertido en un objeto de culto para el público adolescente, de esos que tan bien suele trabajar la industria de Hollywood. Una oportunidad perdida.
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  • Protegiendo al enemigo
    Un film vertiginoso y entretenido, basado en grandes persecuciones

    Si se analizan los créditos de este thriller de Daniel Espinoza (un cineasta mitad sueco y mitad chileno, formado en Dinamarca y sin experiencia previa en películas en inglés) se podrá apreciar que el editor es Richard Pearson y el director de fotografía, Oliver Wood ¿Qué tienen de especiales estos datos? Ambos trabajaron en la saga de Jason Bourne (Matt Damon), que sirvió de modelo evidente a la hora de concebir Protegiendo al enemigo.

    La otra curiosidad de esta película es que tiene a Denzel Washington (demasiado actor para un film correcto pero menor) como el malvado de turno. Su Tobin Frost es un brillante ex agente de la CIA que ha pasado a la clandestinidad para dedicarse a vender información secreta al mejor postor. Cuando está a punto de ser asesinado en Ciudad del Cabo, se entrega en el consulado de los Estados Unidos y es llevado a una "casa segura" (a la que alude el título original), que está a cargo del bastante más inexperto e igualmente ambicioso Ryan Reynolds.

    Lo que sigue es una típica estructura de gato y ratón, con persecuciones automovilísticas, traiciones cruzadas y una velocidad y tensión construidas sobre la base de un montaje vertiginoso, en el que la mayoría de los planos dura unos pocos segundos.

    Espinoza intenta (con suerte dispar) ingresar en las grandes ligas de los "autores" hollywoodenses de cine de género como David Fincher, Paul Greengrass y Christopher Nolan. Por ahora, debe contentarse con haber logrado un relato bastante sólido y coherente, con haber aprovechado los exteriores sudafricanos (el film estuvo a punto de ser rodado en Brasil) y con haber conseguido buenos trabajos de Washington (toda una garantía), Reynolds y veteranos intérpretes secundarios como Brendan Gleeson, Sam Shepard, Rubén Blades y Robert Patrick. No hay nada demasiado novedoso en Protegiendo al enemigo, pero -aun con sus elementos de fórmula- el resultado final es bastante entretenido.
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  • Los juegos del hambre
    A matar o morir

    Director de Amor a colores (Pleasantville) y Alma de héroes (Seabiscuit), Gary Ross logra con Los juegos del hambre un más que digno arranque para lo que seguramente será una exitosísima trilogía basada en la saga literaria de Suzanne Collins.

    Más allá de sus problemas (que los tiene, y en varios terrenos), lo primero que hay que decir es que estamos ante una película que es bastante más que una inteligente movida de marketing a escala universal. Si se la compara con otras sagas adolescentes del tipo Crepúsculo, hay aquí una mayor audacia y, sí, crítica política en forma de alegoría futurista.

    OK, muchos cinéfilos me dirán que hay demasiados elementos tomados de Rollerball, de la cormaniana La carrera de la muerte del año 2000 , de Deliverance: La violencia está en nosotros y, sobre todo, de la japonesa Battle Royale (en versión más lavada, claro) y es cierto, como también hay préstamos varios de los reality shows más extremos, pero Los juegos del hambre tiene vuelo propio, le pide mucho al espectador (lo que, hoy por hoy, es un buen síntoma dentro del cine de entretenimiento masivo) y, a cambio, propone una experiencia bastante intensa y arriesgada.

    Además, la película tiene reservada un as en la manga: Jennifer Lawrence. La actriz que descubrimos en Lazos de sangre sostiene todo en la película (hasta lo insostenible): se banca todo tipo de primerísimos planos, demuestra pasta de heroína (interpreta a una cazadora de clase baja en esta épica de estructura darwiniana de supervivencia del más apto en el que los 24 integrantes deben matar o morir) y, al mismo tiempo, resulta vulnerable, sensible y querible. Es cierto que, por físico y presencia, con sus 21 años da en pantalla más que los 16 del personaje de Katniss, pero lo suyo es admirable porque carga sobre sus espaldas (o, mejor, en su mirada) buena parte de los demasiado extensos 142 minutos del relato.

    Ambientada tras una guerra civil que ha dejado el mundo a la miseria, con una dictadura en el poder y una aplastante diferencia de clases (típico ejemplo de ciencia ficción distópica), la película tiene una sólida primera hora (la presentación de los protagonistas, la elección de los concursantes y el entrenamientos previo al "juego" mortal) y una segunda parte (el todos contra todos) que se extiende más de la cuenta y con escenas de combate físico muy mal filmadas (aquí se nota un excesivo recorte de tomas violentas/sangrientas para mantener la calificación PG13/SAM13).

    Josh Hutcherson (Mi familia) está correcto como la contraparte de la heroína absoluta y también se destacan otros jóvenes intérpretes, como la niña Amandla Stenberg, pero no me convenció casi ninguno de los secundarios adultos (con la excepción del siempre genial Woody Harrelson), que tienen poca participación en personajes torpes y caricaturescos. Una pena, porque Elizabeth Banks, Toby Jones, Stanley Tucci, Lenny Kravitz, Wes Bentley y Donald Sutherland (el malvado de turno) merecían mejor suerte.

    Mientras esperamos las próximas dos entregas -En llamas y Sinsajo-, Los juegos del hambre arrancan un camino en el que el éxito, esta vez, está construido sobre bases sólidas. Hay una construcción de un universo propio, hay una mirada más apocalíptica que integrada, más cuestionadora que tranquilizadora, y hay un buen personaje protagónico encomendado a una de las actrices más talentosas de su generación. No estamos ante ninguna maravilla, pero tampoco son logros menores. Al menos, en el segmento más estandarizado del Hollywood contemporáneo.
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  • El guardia
    El guardia
    Otros Cines
    Torrente a la irlandesa

    Ambos son obesos, desaliñados, patéticos, poco ortodoxos, amantes de los excesos, misóginos, políticamente incorrectos, cinematográficamente incómodos. Podrán decir que el detective José Luis Torrente de Santiago Segura es mucho más extremo que el sargento irlandés Gerry Boyle (notable Brendan Gleeson), que la saga española es mucho más satírica y autoconciente, pero hay entre ambos exponentes más de una similitud, un indudable parentezco.

    Me parece que El guardia es más película porque tiene una trama policial más lograda, porque construye un segundo personaje muy sólido (el agente del FBI que interpreta el gran Don Cheadle, que llega hasta ese rincón perdido del Reino Unido siguiendo un caso de tráfico de drogas) y porque incursiona con ligereza pero también con encanto en el submundo de la mafia británica que se ha constituido en un género en sí mismo, agregándole además pintorescas pinceladas de humor pueblerino.

    Por momentos, la película cae en ciertos lugares comunes de esa vertiente tan codficiada de las buddy-cop comedies, pero al mismo tiempo regala muchos momentos inspirados, en los que el director y guionista debutante John Michael McDonagh (apúntenlo) hace gala de una bienvenida falta de prejuicios sin por eso perder el eje ni el rigor de la narración. Un film que destila simpatía hacia unos antihéroes perfectos, tan desagradables como finalmente queribles.
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  • El mal del sueño
    Africa... ¿mía?

    Uno de los principales referentes de la Escuela de Berlín -el movimiento artístico más interesante del nuevo cine alemán-y conocido en la Argentina gracias a la exhibición de Bungalow (2002), Windows on Monday (2006) y esta película en distintas ediciones del BAFICI, Ulrich Köhler narra en su tercer largometraje las historias de vida de tres médicos europeos afincados en Camerún.

    Lejos del oportunismo, de los dictados de la corrección política o de la explotación del pintoresquismo del Tercer Mundo, el talentoso realizador germano expone en todas sus facetas las contradicciones íntimas de los protagonistas.

    Köhler -que ha recibido un fuerte espaldarazo de la Berlinale, donde ganó el año pasado por este film el premio al mejor director- es un experto en temas africanos y, más aún, de la labor de las ONGs internacionales que se ocupan allí de tareas humanitarias, ya que sus padres trabajaron muchos años en Zaire como voluntarios y con su hermano se crió en un pueblo perdido del Congo, donde su madre era también la maestra del lugar.

    El mal del sueño se centra en los derroteros de tres médicos: uno alemán (Pierre Bokma), uno francés (Hippolyte Girardot) y otro de origen africano pero residente en París (Jean-Christophe Folly). Si bien expone ciertos riesgos del trabajo en zonas marginales o la corrupción gubernamental en el manejo de los fondos de ayuda financiados desde el exterior, la película se concentra en las fuertes tensiones internas de los europeos afincados en Africa, en la atracción que les provoca el continente y su gente, pero también en las dificultades que se les genera a la hora de sostener vínculos afectivos y familiares.

    Un relato bello, sensible y tragicómico a la vez -que no le teme al riesgo, a la experimentación, al absurdo, a lo onírico y a lo surreal- sobre la difícil integración entre dos mundos opuestos.
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  • Dormir al sol
    Dormir al sol
    Otros Cines
    Respetamos tanto a Bioy...

    Cuidada, prolija, respetuosa, fiel. Esos cuatro adjetivos (en principio, de connotaciones positivas) son también el "problema" de esta transposición de la aclamada novela del gran Adolfo Bioy Casares.

    Es que esa veneración que Chomski (el mismo de la intensa, vertiginosa y moderna Hoy y mañana) se convierte en imposibilidad de "traicionarlo", de apropiarse del material para construir algo con ínfulas y potencia cinematográficas. El resultado, por lo tanto, es un film riguroso pero académico, sólido pero acartonado, al que se le extraña la fluidez, la ironía y la fascinación que despiertan la prosa de Bioy (problemas que también se evidenciaban en El sueño de los héroes, de Sergio Renán).

    La historia original del relojero (Luis Machín) y su esposa (Esther Goris) en la Buenos Aires de los años '50 tiene ambiciosos y audaces elementos fantásticos (aborda desde la locura hasta el tráfico de almas) en medio de un universo más propio del costumbrismo. Chomski los desarrolla en imágenes, pero ni los climas, ni el suspenso ni los personajes (esquemáticos, sin carnadura) están a la altura.

    Queda para rescatar el impecable trabajo visual, la solvencia técnica del conjunto, la sobria reconstrucción de época. Pero, se sabe, con eso no alcanza. El cine argentino aún sigue en deuda con Bioy.
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  • Proyecto X
    Proyecto X
    La Nación
    Crónica de una alocada fiesta adolescente que no alcanza a divertir

    Dentro de las comedias adolescentes, las que se concentran en una fiesta constituyen un género en sí mismo con sus reglas propias (léase con sus excesos de sexo, drogas y rock'n'roll) y situaciones muchas veces extremas que los antihéroes de turno tratan de sobrellevar como pueden.

    Los protagonistas de Proyecto X -producción de esa nueva estrella del humor hollywoodense que es Todd Phillips (responsable de las dos entregas de ¿Qué pasó ayer?)- son tres auténticos perdedores, de esos que las chicas lindas evitan en los pasillos del colegio secundario y los varones fortachones toman como víctimas de sus burlas (cuando no de sus golpes). Para salir de la categoría de losers absolutos, deciden festejar con todo el cumpleaños de uno de ellos en el jardín y la pileta del fondo de la casa, aprovechando que sus padres se van de viaje por el fin de semana.

    Ante el miedo (el pánico) de que nadie vaya, empiezan a promocionar el evento por todos los medios posibles. En estos tiempos de hiperconectividad y redes sociales, la noticia se expande a gran velocidad y, así, por la noche serán cientos, miles, los que llegarán hasta la casa del atribulado Thomas.

    Lo que sigue es la crónica de un fiesta descontrolada filmada desde la perspectiva de un improvisado cameraman amigo de ellos (el recurso de la cámara subjetiva a cargo de los propios personajes ya está empezando a agotarse en el cine contemporáneo). La película apuesta por la acumulación de enredos sexuales (el principal motor de estos adolescentes), de hechos de violencia, de momentos escatológicos (hay un "festival" de vómitos) y de situaciones absurdas, pero la película -más allá del desenfreno y el delirio- no alcanza a divertir ni entusiasmar demasiado.

    A Proyecto X le falta tanto el timing de La fiesta inolvidable como la empatía de Supercool y se queda, por lo tanto, en la mera exaltación de la épica juvenil (los humillados protagonistas cumplen, a pesar de todo y de todos, el sueño de convertirse en héroes populares). El despliegue de golpes de efecto es abrumador pero -cual estruendosos fuegos artificiales- una vez que la luz y el ruido se disipan, sólo quedan la oscuridad y el vacío.
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  • El precio de la codicia
    Un guión inteligente sobre los excesos y los abusos de las corporaciones financieras

    Realizada con un presupuesto irrisorio (poco más de tres millones de dólares) para los actuales estándares del cine norteamericano, esta ópera prima del guionista y director J. C. Chandor contó con un elenco impresionante: Kevin Spacey, Jeremy Irons, Paul Bettany, Zachary Quinto, Stanley Tucci, Demi Moore, Simon Baker y Mary McDonnell. Los salarios habituales de estas figuras multiplicarían por cinco o por diez el costo final de la producción, pero todos ellos apostaron al proyecto cobrando cifras simbólicas.

    Queda claro, entonces, que para sus actores era una película "importante" y -más allá del costado de corrección política que tiene esta historia que denuncia los excesos y abusos de las corporaciones financieras durante la crisis de 2008- se entiende semejante entusiasmo. Estrenada en la competencia oficial del Festival de Berlín del año último, tuvo varios meses después una recompensa inesperada: una nominación al Oscar al mejor guión original. Toda una proeza para un escritor y realizador casi sin antecedentes en la industria.

    El precio de la codicia narra 24 horas cruciales en las actividades de una poderosa corporación financiera -bastante parecida a Lehman Brothers- que está al borde del colapso y cómo sus empleados deben afrontar (y ser parte de) una acción desesperada por parte de los dueños para salvarla de la quiebra, sin importar las consecuencias que desaten en el sistema tras el inevitable efecto dominó. En este sentido, el film no sólo expone con crudeza la operatoria salvaje de estos grupos económicos sino también sus implicancias humanas y hasta morales.

    Entre un clásico como Wall Street y el cine de David Mamet (los filosos diálogos remiten, por ejemplo, a films como El precio de la ambición), la película de Chandor se sostiene en buena parte gracias a la ductilidad y convicción de sus actores y a la tensión que le imprime el director, quien construye con paciencia y rigor una estructura de thriller, aunque en algunos pasajes asoma el subrayado a la hora de exponer la falta de escrúpulos y el cinismo que imperan en el sector.

    Más allá de esos desniveles o de ciertas caracterizaciones un poco obvias (el ejecutivo desalmado que ama a su perro hasta el final), El precio de la codicia resulta una bienvenida rareza. Una película que desnuda con inteligencia y valentía, sin jamás degradar a la historia ni al espectador, las contradicciones y miserias de estos tiempos.
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  • ¡Esto es guerra!
    Enemigos íntimos

    El problema con las comedias románticas con elementos de acción es que, cuando no funcionan, la cosa se hace muy cuesta arriba. Uno puede ver un thriller discreto, un documental no del todo logrado, pero seguramente podrá entretenerse un rato o encontrar alguna que otra secuencia rescatable o un testimonio interesante (en el caso de la no ficción).

    Nada de eso ocurre con ¡Esto es guerra!, una típica película "de concepto" (podríamos decir "de manual") en la que nada funciona como debiera; es decir, no hay química romántica, no hay gracia, no hay fluidez y las escenas de acción no superan la media del género.

    El triángulo aquí está integrado por Lauren (Reese Witherspoon), una treintañera soltera y bastante frustrada con los hombres que se gana la vida testeando productos; y dos agentes de la CIA (Chris Pine y Tom Hardy) que, vaya casualidad, se meten en el mismo sitio web de citas y terminan enganchándose con la rubia. Los otrora amigos iniciarán una dura batalla entre sí para quedarse con la chica y, para ello, apelarán no sólo a su ingenio sino también a sus conocimientos, técnicas, destrezas y dispositivos tecnológicos a su alcance para saber los pasos del "enemigo" y tener una mejor performance con su objeto del deseo.

    Aquí hay algo de Sr. y Sra. Smith y poco más. Los carilindos intérpretes se muestran tan fotogénicos como inexpresivos, mientras que la trama -con sus absurdas vueltas de tuerca y sus enredos previsibles- no logra generar el más mínimo interés y hasta nos "regala" un desenlace a todas luces conservador que arruina lo poco de irreverente que podía haber tenido el relato previo. Un film intrascendente.
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  • Enter the Void
    Enter the Void
    Otros Cines
    Un cuento japonés

    El hijo del reconocido pintor Luis Felipe Noé es de esos directores que gustan, buscan, viven de la provocación. Alejandro González Iñárritu y Lars Von Trier también forman parte de esta camada de enfants-terribles que hacen de cada una de sus películas un "acontecimiento", que se alimentan de la controversia, del ámelo u ódielo, del tómelo o déjelo. Todos ellos son virtuosos estetas, pero nunca termino de creerles. Sus películas me resultan demasiado pretenciosas, miserables, calculadas, artificiales.

    Noé estrenó todos sus films en el Festival de Cannes: el mediometraje Carne y los largos Solo contra todos e Irreversible. Con Enter the Void, rodada en Japón, da muestra de su indudable capacidad para la puesta en escena que incluye alardes técnicos pocas veces vistos, pero también de sus excesos, sus desbordes y sus situaciones arbitrarias, decididamente gratuitas.

    Sexo explícito, un aborto en primer plano, un choque automovilístico que termina con cuerpos destrozados, asesinatos, consumo de drogas químicas que dan lugar a largas escenas lisérgicas y las enseñanzas de El libro tibetano de los muertos son sólo algunos de los elementos que Noé acumula en las casi tres horas de este “melodrama psicodélico” -tal como él mismo lo definió- narrado primero desde el punto de vista de una cámara subjetiva que sigue a un dealer (Nathaniel Brown) por el submundo nocturno de Tokio y, cuando éste es acribillado por la policía, con una cámara “voladora” (el espíritu del muerto) que sigue desde el cielo las desventuras de su hermana (una stripper interpretada por la bella Paz de la Huerta) en complejos planos-secuencia.

    Semejante explotación de calamidades convierten al relato en un tour-de-force que, en mi caso, se pareció a un (laaaargo) suplicio. Sé que Noé tiene muchos seguidores (es un típico cineasta de culto con ínfulas de profeta), pero no me incluyan en su club de fans. Para este "cuento japonés" revestido de viaje espiritual y con discurso moralizador por favor no cuenten conmingo.
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  • Un dios salvaje
    Un dios salvaje
    La Nación
    A pesar de su gran elenco y de la dirección de Polanski, el film deja "sabor a poco"

    Un director de renombre que ya ha trabajado varias veces con pocos personajes encerrados en una locación (Roman Polanski), una obra teatral exitosa de una autora consagrada ( Un dios salvaje , de Yasmina Reza) y cuatro intérpretes de primera línea (Jodie Foster, Kate Winslet, John C. Reilly y Christoph Waltz) para una historia que desnuda la hipocresía, la doble moral, el cinismo de dos matrimonios representativos de una clase media-alta de Nueva York que, tras esa cáscara de corrección política y de buenos modales para la "sana" convivencia, esconde las peores miserias. La propuesta funciona, pero con semejante talento reunido el todo aquí resulta bastante menos que la suma de sus partes.

    Un niño de once años es atacado con un palo por sus compañeros de escuela y en el incidente pierde dos dientes. Los padres del agredido (Foster y Reilly) y del agresor (Winslet y Waltz) se reúnen en un elegante departamento de Brooklyn para solucionar el tema en buenos términos. A fin de cuentas, son profesionales, intelectuales y empresarios que gustan guardar las apariencias, que viven orgullosos de su civilidad, de la forma racional en que resuelven sus conflictos.

    En esos primeros minutos, los cuatro comparten un té y charlan con amabilidad sobre la receta de una torta, mientras se dedican cumplidos y se unen en el rechazo a la violencia irracional de los menores. Cuidan cada una de las palabras para no herir susceptibilidades, para no ser malinterpretados.

    Sin embargo, detrás de todo ese muestrario de cortesía y comprensión se percibe un malestar creciente, una calma que precede a la tormenta, una tensión latente que el más mínimo desajuste o desatino puede hacer estallar.

    Y así es. Cuando todo parece solucionado, cuando los buenos vecinos están a punto de despedirse, la tregua se quiebra. La inoportuna llamada al celular del abogado, el vómito de la experta en finanzas, el exabrupto del comerciante, el comentario desafortunado de la escritora obsesionada por Africa y, de golpe, todo comenzará a enturbiarse, a degradarse de manera progresiva. Lo que antes era compostura se tornará reproche, agresión y humillación, lo que estaba contenido se desatará y los cuatro irán mostrando su cara hasta entonces oculta y patética.

    Polanski y sus actores trabajan este crescendo , este efecto bola de nieve de los personajes con criterio, con incuestionable profesionalismo, sin perder la credibilidad, pero también de manera bastante previsible. El director de El escritor oculto va cambiando los planos fijos iniciales por una puesta en escena cada vez más nerviosa, más "sucia", pero la película nunca alcanza una dimensión (una entidad) cinematográfica suficiente como para superar la sensación de estar ante una sesión de teatro filmado.

    En este sentido, Un dios salvaje se ubica por debajo de otros trabajos del realizador, como El cuchillo bajo el agua , Repulsión , El bebé de Rosemary o El pianista . Una película sólida y correcta como ésta sería para festejar en la mayoría de los casos, pero viniendo de Polanski y de estas verdaderas figuras de la actuación deja gusto a poco.
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  • John Carter: entre dos mundos
    Crónicas marcianas

    Desde hace muchos meses se viene hablando en blogs y redes sociales de John Carter como una de las producciones más problemáticas de los últimos tiempos. Luego de múltiples e infructuosos intentos por llevar a la pantalla grande el clásico relato de Edgar Rice Burroughs, finalmente Disney se arriesgó a financiarla y contrató -en lo que constituye el segundo debut al hilo de un ex Pixar en el cine live-action luego de Brad Bird y su Misión: Imposible-Protocolo Fantasma- a Andrew Stanton, el creador de Buscando a Nemo y una joya absoluta como WALL-E.

    Con un presupuesto que se desbordó hasta los 250 millones de dólares y un material que presenta no pocas dificultades (dura 132 minutos, es apto para mayores de 13 años y tiene un guión errático que es difícil de seguir para los habituales consumidores del cine de Disney), se la ha presentado como la nueva Waterworld (un recordado fracaso comercial con Kevin Costner a la cabeza).

    No tengo idea de cómo podrá funcionar (tiene que recaudar mucho dinero, cerca de mil millones de dólares en todo el mundo, para recuperar la inversión en producción y lanzamiento), pero lo cierto es que es una película llena de problemas y… de hallazgos.

    Los problemas, quedó dicho, no son menores: cuesta seguir y entender -incluso cuando en varios pasajes se nos vuelven a explicar elementos básicos de la trama- el derrotero de John Carter, un veterano (renegado) de la Guerra de Secesión que termina en medio de otra guerra civil, pero en este caso del planeta Marte.

    La película es pretenciosa por donde se la analice (y no es malo que así sea), pero en muchos terrenos y momentos no está a la altura de esas ambiciones. El despliegue visual (el diseño retrofuturista es del mismo de Batman: El Caballero de la Noche), el uso de las locaciones de Utah para ambientar allí el desierto de Marte, las escenas de masas, los movimientos (saltos) del protagonista son asombrosos y hablan a las claras del sentido plástico, de la categoría estética de Stanton.

    El problema es que -salvo un par de logradas set-pieces que Disney adelantó como para contrarrestar la mala prensa previa- el film no termina de funcionar: la escenas dramáticas, románticas y hasta varias batallas resultan demasiado largas, anodinas, intrascendentes (y eso que Stanton ha demostrado ser un buen guionista y contó aquí con la colaboración de, por ejemplo, un premio Pulitzer como Michael Chabon).

    El film -haciendo honor al apellido del protagonista- está muchas veces al borde de lo kitsch, pero al mismo tiempo tiene algo de simpático, y hasta de querible, ver una producción de estas dimensiones (gigantescas) construida sin tanto cálculo y con búsquedas casi desmedidas para los cánones y fórmulas del cine de entretenimiento familiar a gran escala. Sí, podemos definirla como un pastiche o un cocoliche (tiene algo de Flash Gordon, Superman, Star Wars, Gladiador, El vengador del futuro, Cowboys vs. Aliens o Avatar), pero también como una rareza con pasajes audaces y divertidos, que nunca va a lo seguro y que jamás tiene miedo al ridículo.

    ¿Si la recomiendo? Creo que es interesante verla con su mixtura de géneros y registros (western, superhéroes, ciencia ficción, gladiadores, comedia, romance), con sus grandes momentos cinematográficos y sus múltiples incoherencias. La fui a ver a una avant-premiere con tres niños (dos de ellos, mis hijos), que apenas se encendieron las luces me dijeron: “No entendimo nada”. Sin embargo, a los pocos minutos, coincidieron: “Es de las mejores películas que vimos ¿Cuándo vamos de nuevo?”. No tengo 5 ni 9 años, como ellos, y mi función aquí es la de analizar un film en su conjunto, pero John Carter deja esa sensación ambigua, contradictoria. No está bien, pero tampoco está mal. Está muy lejos de ser un producto redondo, pero genera una atracción, casi, irresistible. Una experiencia rarísima. Júzguenla ustedes mismos.
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  • Sólo por dinero
    Sólo por dinero
    Otros Cines
    Marche preso

    Sin grandes antecedentes en el cine, pero con una larga trayectoria en una veintena de series de TV (incluidas algunas bastante elogiadas como 2 Broke Girls, Weeds y Grey’s Anatomy), la directora Julie Ann Robinson nos “regala” una película que, en lo esencial, es muy parecida a El caza recompensas, aquella muy mediocre comedia romántica (enredos + guerra de los sexos), de Andy Tennant, con Gerard Butler y Jennifer Aniston. No contenta con repetir el esquema, Julie Anne (aunque en este caso habría que incluir también en el desatino a productores y guionistas) consigue una verdadera “proeza”: que Sólo por dinero sea aún peor que su predecesora.

    Sin trabajo y sin marido, Stephanie Plum (una Katherine Heigl luchando de manera denodada, encomiable, pero sin posibilidades de triunfo, contra las contundentes limitaciones del material) va perdiendo en los primeros de película desde su auto hasta su autoestima (y la estima de los demás). Urgida de generar ingresos, nuestra (anti)heroína decide trabajar como caza recompensas (cobrar por buscar y atrapar a prófugos de la justicia) para su patético primo.

    Luego de algún trabajo menor, deberá capturar a un peligroso fugitivo que, para más dato, fue su primer y conflictivo amor (él terminó abusando de ella cuando era una inocente jovencita). Por lo tanto, todo queda servido para la venganza, aunque también para los reencuentros y las traiciones cruzadas.

    El guión es penoso (hay también una ridícula subtrama ligada al narcotráfico), pero aquí no sólo eso falla sino también la química romántica entre Katherine Heigl y Jason O’Mara, el (supuesto) humor de las situaciones, el interés por la resolución de la intriga, el ritmo narrativo, la construcción de los diálogos… y un largo etcétera. Todo lo que podía salir mal, salió pésimo. Un film increíblemente fallido dentro de una industria como la de Hollywood que, incluso en sus productos más básicos, siempre suele hacer gala de un mínimo de ingenio, rigor y seducción.
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  • Centro
    Centro
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    Bienvenidos a la ciudad de la locura

    Un trabajo observacional (la variante más clásica, más pura, más directa, menos "experimental" del documental, hoy tan denostada por los cultores del "documental de autor") resulta en estos tiempos una verdadera rareza: mucho plano fijo (cuidados, expresivos, inteligentes) para exponer las contradicciones, los contrastes, los vertiginosos cambios, la decadencia y la belleza que, a pesar de todo, subsiste en el centro porteño.

    El talentoso director de París, Marsella logra transmitir la melancolía, la sordidez, el patetismo, el vértigo o el hacinamiento que dominan a la zona en muy distintos horarios. Martínez elige a los vacíos salones de la ex galería Harrods como signo de los tiempos: una tradición más (y van...) que se pierde, mientras en los alrededores crece la deshumanización y la degradación.

    De todas maneras, la austera, sobria propuesta del realizador (no hay testimonios a cámara, no hay énfasis ni subrayados) evita caer en el miserabilismo, en el amarillismo. Por allí se ve al pasar a los niños de la calle, a los homeless, a los cartoneros, a algún pervertido apresado por la policía, pero aquí estamos muy lejos de esos realities televisivos obscenos en su sensacionalismo. El resto son oficinistas, comerciantes, evangelistas, turistas y miles de buscavidas que pululan por allí.

    Martínez -que se pasó casi tres años ligado a este proyecto- construye algunos planos formidables (hay también algunos intrascendentes), que retratan en toda su dimensión a la Buenos Aires cosmopolita, subyugante y agresiva a la vez, con su bella arquitectura de cúpulas de antaño, con su tensión racial y con su incontrolable polución visual. No estamos, como decíamos al comienzo, ante un documental "revolucionario", pero Martínez (mérito de su capacidad de observación) logra hacernos redescubrir una zona por la que transitamos a diario, pero que evidentemente no sabemos mirar.
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  • Drive
    Drive
    Otros Cines
    Cowboy de medianoche

    Este fascinante film noir con espíritu de clase B combina persecuciones automovilísticas, robos con armas, gangsters despiadados (Ron Perlman y Albert Brooks) y una melodramática historia de amor entre una joven madre (Carey Mulligan) y el protagonista (Gosling), experto en arreglar y conducir coches, que, en principio, se gana la vida como doble de riesgo en rodajes de películas, pero que terminará involucrado en negocios sucios.

    El danés Nicolas Winding Refn (que posee una sólida filmografía que incluye títulos como Bronson, Valhalla Rising y la trilogía de Pusher) ratifica su talento como narrador y creador de climas dentro del cine de género y se permite aquí -otra vez- todo tipo de excesos (con varias escenas de violencia en clave gore) y de clichés, que remiten a la producción de los años 70 y 80, al punto de que se podría leer como una remake de la casi homónima The Driver (1978), de Walter Hill.

    Claro que Refn -que obtuvo con absoluta justicia el premio al mejor director en el último Festival de Cannes- no se queda en el simple homenaje y construye un sofisticado entramado visual para una historia que trabaja sobre códigos del western, del cine de samurais y de esas épicas medievales con caballeros, barones y princesas a ser rescatadas, que en este caso se constituiría en el reverso oscuro de un cuento de hadas. Un director que ha conseguido ya -con apenas 41 años- varias muy buenas películas, pero que intuyo (espero) todavía tiene mucho más para dar.
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  • Poder sin límites
    Adolescentes que despliegan sus poderes y llenan la pantalla de efectos especiales

    Tres compañeros de un colegio secundario adquieren, de forma casual y misteriosa, poderes sobrenaturales que se irán incrementando a medida que van entrenando esas nuevas habilidades (desde volar hasta mover objetos con la mente). Esa es la premisa de este film escrito por Max Landis (hijo del celebrado realizador John Landis) y dirigido por Josh Trank, ambos de apenas 26 años.

    Realizada con un modesto presupuesto y rodada con una cámara digital de bajo costo, Poder sin límites recurre a propuestas que, desde el éxito de El proyecto Blair Witch hasta hoy, han reciclado decenas de producciones independientes de género: el found-footage (material "encontrado"), el falso documental y que sean los propios protagonistas quienes filmen sus experiencias.

    Si bien el punto de vista no es del todo riguroso (la cámara en mano subjetiva manejada por uno de los personajes "convive" con imágenes "objetivas"), Poder sin límites funciona durante buena parte de su corto metraje por múltiples méritos: porque le agrega una interesante dosis de realismo (credibilidad e identificación) al universo de los superhéroes y porque demuestra que hace falta más creatividad que dinero para concebir efectos visuales que estén justificados en función de las necesidades narrativas y no para el mero despliegue exhibicionista que muchas veces sirve para tapar o al menos disimular agujeros en las tramas.

    Típica película de adolescentes con problemas escolares y familiares, Poder sin límites comienza (muy bien) como una historia de travesuras (los antihéroes no pueden creer todo lo que pueden hacer con sus nuevas habilidades), pero en su segunda mitad dilapida parte de esos hallazgos (sobre todo, el humor) con una mirada torpe y moralista que advierte sobre cómo esas capacidades sobrenaturales pueden alterar la personalidad de un muchacho y llevarlo por el mal camino.

    De todas maneras, más allá de que ese desenlace no sea del todo convincente y de que el retrato psicológico de los personajes resulte demasiado superficial, hay en Poder sin límites más ingenio, sorpresas e ideas que en buena parte de la producción hollywoodense actual. No es poca cosa y más teniendo en cuenta que su director y su guionista son unos veinteañeros con mínima experiencia previa. Su futuro en la industria, en cambio, es enorme.
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  • El topo
    El topo
    Otros Cines
    Para atrapar al delator

    El topo está basado en la aclamada novela que John Le Carré publicó en 1974 -la primera de la trilogía de Karla- sobre un agente del MI6 que trabaja para los soviéticos en plena tensión de la Guerra Fría.

    Con dirección del talentoso realizador sueco Tomas Alfreson (Criatura de la noche) y el aporte de un verdadero dream-team de actores británicos liderado por un notable Gary Oldman (que en nada hace extrañar al Alec Guiness de la ambiciosa miniserie de la TV británica de 1979), el film resulta una verdadera rareza en estos tiempos de thrillers vertiginosos y sustentados en la espectacularidad de las escenas de acción a propulsión de efectos visuales.

    Película old fashioned, casi demodé, El topo es -en muchos sentidos- un verdadero placer porque prioriza los diálogos, los climas, las observaciones inteligentes y el trabajo de los intérpretes por sobre las set pieces o el vértigo de la narración.

    Lo más parecido que hay a una secuencia "moderna" es el arranque con una operación de la inteligencia británica en Budapest que sale mal. El resto de las dos horas está dedicado a un verdadero tratado sobre la ética y la moral de los agentes secretos, sobre la lealtad y la traición, sobre los códigos y miserias internas (Carré fue espía y conoce en detalle tanto la jerga como las costumbres).

    Sin embargo, a pesar de que me gustó mucho toparme con El topo, también debo confesar que me costó bastante seguir la laberíntica, intrincada trama. O quedan varios cabos sueltos o yo no los alcancé a enlazar. En este sentido, los trabajos de Alfredson para la construcción de atmósferas y de los actores para construir los múltiples personajes de este rompecabezas (o, si prefieren, juego de ajedrez) son muy superiores al de un guión no demasiado claro.

    De todas maneras, aún con sus problemas, estamos ante una propuesta que fascina y atrapa con elementos nobles y genuinos que el cine de género contemporáneo parece haber olvidado.
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  • Novias - Madrinas - 15 años
    Mi mundo privado

    Los directores registran en esta película ganadora del premio del público en el último BAFICI la cotidianeidad de la sedería del barrio de Once que desde hace décadas maneja su padre, el "Negro" Levy.

    Con testimonios a cámara (fija) tanto del patrón -de fuerte carácter- como de los viejos empleados (todos personajes bien porteños, con facetas hilarantes, al borde del patetismo, pero finalmente bastante queribles), y con cuidadas imágenes, muestran la relación que establecen con los muy diversos clientes que llegan al local de la calle Azcuénaga en busca de telas para sus vestidos de fiesta,

    El dúo -que se ocupó de todos los rubros en una producción más que artesanal pero no por eso poco rigurosa y de sólido acabado técnico- construye una pequeña y simpática película, de esas que se ven con agrado en su registro de un microcosmos con reglas y códigos propios, que no tienen pretensiones de trascendencia, pero que resultan entrañables.

    (Esta reseña fue publicada con algunas modificaciones durante el BAFICI 2011)



    Biografías:

    Diego Levy: Nacido en Buenos Aires en 1973, es fotógrafo y autor de los libros Sangre (2006) y Choques (2010). Ha recibido distinciones de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y el Salón Nacional de Artes Visuales, además del primer premio en el concurso Fotografía del Bicentenario.

    Pablo Levy: Nació en Buenos Aires en 1987. Estudió actuación con Nora Moseinco y dirección de fotografía en el Centro de Formación Profesional SICA. Participó como actor en cine, publicidad, teatro y televisión. Novias - Madrinas - 15 años es el primer largometraje de ambos directores.



    Dos preguntas de OtrosCines.com a Diego Levy

    -¿Cómo surge el proyecto, cómo lo pudieron desarrollar y qué apoyos tuvieron?

    -El proyecto surge en el velatorio de mi abuelo, el trabajo unos años en el negocio y cuando murió todos los empleados fueron a saludar a mi viejo. Cuando vimos con mi hermano a esos personajes fuera de su mundo cotidiano, dijimos que teníamos que hacer algo. En principio quisimos filmarlos individualmente y hacer una serie de cortos, pero después decidimos hacer un documental que incluya también a nuestro padre y a la vida del negocio. La hicimos con lo que teníamos, la filmamos con nuestras cámaras y la editamos en la computadora de mi hermano. No tuvimos ningún apoyo, tampoco lo pedimos , nos planteamos el desafío de hacer una película sin plata, sin apoyo alguno de producción. Sólo contamos con la colaboración desinteresada de algunos amigos en la música, el diseño, y otros detalles.

    -¿Cómo definirías a la película (tema, búsquedas, estilo, desafíos que se plantearon)?

    -Es un documental con una estructura clásica de entrevistas y situaciones cotidianas. No te podría definir un estilo, yo me dedico a la fotografía desde hace 20 años y nunca estudié cine. Lo que tratamos de hacer fue una película que no caiga nunca, que no aburra y que sea bella.
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  • La carrera del animal
    De nada sirve escaparse de uno mismo

    De la FUC han salido todo tipo de directores y películas (algunas, incluso, ligadas al cine de género, como Los paranoicos o Fase 7), pero hay una suerte de marca, de escuela, que podría englobar a las películas de Matías Piñeiro, Alejo Moguillansky, Manuel Ferrari, etc.

    En esa linea neo-nouvelle-vague, cuyo referente a nivel de "padrinazgo" podría ser Rafael Filippelli- se inscribe este debut de Nicolás Grosso, con un film en blanco y negro con aires de experimentación godardiana y reminiscencias del cine de Hugo Santiago.

    Un padre ausente, dos hijos desorientados, una fábrica con 282 empleados a punto de cerrar, crecientes presiones de los trabajadores que pretenden llegar a la autogestión... De eso se trata La carrera del animal, un film que -más allá de sus desniveles actorales y de ciertos diálogos altisonantes y artificiosos- consigue imágenes, climas, situaciones inquietantes, de gran tensión y con un sesgo casi fantasmagórico. Otro joven director consagrado en el BAFICI (el film ganó la Competencia Argentina) para tener en cuenta.

    (Esta reseña fue publicada con algunas modificaciones durante el BAFICI 2011)


    Sobre Nicolás Grosso: Nació en Buenos Aires en 1984 y estudió en la Universidad del Cine. Fue asistente de dirección en Excursiones (Ezequiel Acuña, Bafici ’09), Castro (Alejo Moguillansky, Bafici ’09) y Un mundo misterioso (Rodrigo Moreno, 2011). Su corto No porque hoy sea feriado (2007) participó en numerosos festivales internacionales. La carrera del animal es su primer largometraje.


    Entrevista con OtrosCines.com

    -¿Cómo surge el proyecto, cómo lo pudieron desarrollar y qué apoyos tuvieron?

    -El proyecto empieza con una idea de guión que venía elucubrando hacía tiempo: un pequeño drama familiar rodeado de intrigas no demasiado resueltas en un espacio suburbano. Luego se agregó su contrapartida en el campo; la cual, creo, le dio un matiz necesario a la película. Nada de todo esto hubiera sido posible sin el apoyo de la Universidad del Cine que, sin dudar un segundo, ofreció sus equipos para que podamos seguir adelante con el trabajo. Todo el rodaje y parte de la posproducción de la película se llevó adelante con lo que tuvimos a mano. No hubo más apoyo que el de la FUC, aún habiendo aplicado a subsidios tanto locales como internacionales.
    Al final del camino, llegó el inesperado y muy bienvenido premio del Fondo Metropolitano, que fue lo que hizo que todo el esfuerzo haya valido un poco más la pena.

    -¿Cómo definirías a la película (tema, búsquedas, estilo, desafíos que te planteaste)?

    -La película trata sobre las relaciones paterno-filiales, sobre el vínculo entre hermanos y sobre cómo un personaje sortea el devenir de una empresa familiar en plena ebullición. La película es en blanco y negro por el distanciamiento que esto genera y por la necesidad de abstraer los espacios reconocibles. Quizás el mayor desafío fue desarrollar una trama de cierta intriga pero sin centrarse en la resolución de la misma. Dejando esto como factor de inquietud para concentrarse en las reacciones del protagonista antes los sucesos que plantea la película.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Tortura emocional

    Con películas como Billy Elliot, Las horas y The Reader, el inglés Stephen Daldry se consolidó en Hollywood como director de películas "prestigiosas", "difíciles" e "importantes". Siempre estuvo al borde la explotación, pero aquí se pasa de la raya y nos somete a una insoportable tortura emocional.

    Cuesta creer que un guionista con importantes antecedentes como Eric Roth (Forrest Gump, El informante, Munich) haya construido algo tan manipulatorio como Tan fuerte y tan cerca. Es cierto que la "culpa" principal es de la novela original de 2005, pero un buen profesional debería ser capaz de mejorar el material original. Ni él ni Daldry lo logran.

    El film tiene como protagonista a Oskar Schell (Thomas Horn), un niño de 11 años que pierde a su padre (Tom Hanks) durante el 11-S (justo se encontraba en las Torres Gemelas) y queda al cuidado de su madre (Sandra Bullock).

    El atribulado héroe del relato (un geniecillo insufrible) encuentra una llave que pertenecía a su padre y buscará de forma obsesiva y metódica por las distintas zonas de Nueva York a su dueño con la ayuda de su abuelo mudo (Max Von Sydow), para más datos sobreviviente del Holocausto.

    Si ya la acumulación de semejantes eventos puede sonar exagerada, peor aún es la forma en que Daldry nos va presentando las situaciones (nos obliga, por ejemplo, a escuchar una y mil veces los desesperados mensajes telefónicos que el padre de Oscar deja pocos minutos antes del derrumbe de la Twin Towers).

    La película quiere, necesita, nos exige, nos obliga a que nos emocionemos y utilizará todos los medios, las herramientas (más arteras) para que nos consustanciemos con esta historia de dolor y de redención, de amor y de aprendizaje.

    Cuando unos artistas se enfrentan a materiales de semejantes implicancias deberían ser muy cuidadosos, muy austeros, muy pudorosos para con el espectador. Aquí, por el contrario, estamos ante una verdadera "pornografía" de los sentimientos. Los golpes son demasiados bajos y los 129 minutos se transforman en una verdadera odisea para el indefenso espectador.

    Que esta película esté nominada al Oscar en la categoría principal no sólo es una injusticia para con Drive, Beginners, Las aventuras de Tintín o tantas otras obras más valiosas. Es una vergüenza para la Academia de Hollywood y desmerece por completo al premio más popular del planeta.
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  • Con el diablo adentro
    Con el cine afuera

    Hay algo peor que reciclar elementos ya probados en otras películas: que ese “copy y paste” cinematográfico salga mal. Eso es lo que ocurre con este film de terror, cuyo mayor mérito es haber costado apenas un millón de dólares y recaudado ¡34 millones! en sus primeros tres días en cartel en las salas norteamericanas (gran logro de los expertos en marketing, sin dudas).

    Este subproducto de William Brent Bell apuesta al “ingenio” narrativo (el falso documental, el found-footage, las imágenes de las cámaras de seguridad; es decir, todo aquello que arreció luego de los éxitos como las sagas de El proyecto Blair Witch, Actividad paranormal o REC) y se mete con tópicos de un género que está demostrando gran poder de convocatoria como el thriller religioso (léase desde el clásico El exorcista hasta las más recientes sucesos de El rito o El último exorcismo).

    El problema es que en esta idea de mover las piezas sobre el tablero las jugadas no salen bien: la película no atrapa, no asusta y lo que en principio se presenta como un ejercicio de estilo termina siendo cualquier cosa (no se sabe quién filma porque el punto de vista cambia). Así, la factura es pobre; la narración, torpe; y el resultado, aburrido.

    Les debía la “sinopsis”: una chica filma un documental sobre el caso de su madre, encerrada en un neuropsiquiátrico de Roma luego de haber asesinado a tres personas ¿Por qué en Italia? Porque supuestamente lo hizo bajo la influencia del mismísimo Diablo. La protagonista viaja hasta allí junto a un camarógrafo y, con la ayuda de curas exorcistas y médicos, intentará desentrañar el misterio con… terribles consecuencias.

    Lo mejor del film es una escena de exorcismo con una contorsionista (una doble, claro) que hace cosas increíbles con su cuerpo. Pero ese no es precisamente un mérito cinematográfico. El resto… El resto es sencillamente descartable.
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  • Yatasto
    Yatasto
    La Nación
    Retrato de la dura realidad de un barrio cordobés

    El treintañero Hermes Paralluelo nació y se formó en Cataluña, pero recaló en Córdoba para rodar en las calles de esa ciudad un film que retrata con nobleza, profundidad, rigor y sensibilidad la cotidianeidad de los habitantes de Villa Urquiza, un barrio periférico y muy pobre de la Docta.

    En su ópera prima, que excede por la categoría de su puesta en escena y la inteligencia de su construcción el simple marco del documental observacional, Paralluelo pone el énfasis en las experiencias de vida de tres chicos -Bebo (15 años), Pata (14) y Ricardito (10)-, quienes a bordo de un carro tirado por un caballo recorren la ciudad en busca de comida, cartón, papel o cualquier elemento que les permita paliar un poco su precaria situación económica, exacerbada por la ausencia de la madre y el alcoholismo del padre (la abuela toma el lugar de jefa de familia).

    Película sobre la paternidad (o, mejor, sobre cómo incide su ausencia), sobre la transmisión de un oficio (el de los carreros o cartoneros) de generación en generación, sobre una familia, sobre un barrio, Yatasto logra una intimidad infrecuente con sus protagonistas (que mantienen ante la presencia de la cámara sus propios códigos y su particular forma de hablar), pero también una dimensión mucho más amplia a la hora de exponer la profunda fractura social que aún subsiste en el país.

    Sin subrayados ni demagogias, con una honestidad brutal y sin descuidar las mejores herramientas del lenguaje audiovisual, Paralluelo da otro ejemplo contundente del gran momento que atraviesa el nuevo cine cordobés.
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  • Caballo de guerra
    Una buena combinación de épica, aventura y valores humanos contada en imágenes

    Hay que ser Steven Spielberg para hacer una película de las dimensiones y ambiciones de Caballo de guerra , que remite a los westerns de John Ford, a las épicas de David Lean y a un melodrama como Lo que el viento se llevó .

    Eso no es todo. Spielberg utiliza un material ajeno (una novela infantil de 1982 que luego pasó con éxito por el teatro) para dialogar con su propia obra (aquí hay mucho de E.T ., El imperio del sol , La lista de Schindler y Rescatando al soldado Ryan ) y para recuperar el espíritu de títulos tan disímiles como El corcel negro y Al azar Baltazar , clásico del francés Robert Bresson.

    ¿Cómo se entienden tan disímiles referencias? Es que Caballo de guerra no es una película sino varias, ambientadas antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial, tanto en bucólicas praderas como en sórdidos frentes de batalla y trabajadas con imponentes tomas aéreas o con una vertiginosa cámara en mano, pero siempre con un gran sentido coreográfico.

    Más allá de la multiplicidad de personajes humanos, el verdadero protagonista del film es el purasangre del título, un hermoso equino que es adquirido por unos granjeros ingleses, entrenado por el hijo adolescente de esa familia, pero que al estallar la guerra pasa a integrar la fuerza de caballería. Lo veremos con las tropas inglesas, con una niña francesa y su abuelo y con los nazis hasta llegar a un desenlace impactante que, si el espectador se identifica con la propuesta del relato, también puede resultar conmovedor.

    Spielberg siempre ha sido un mejor director de aventuras que de melodramas y, en ese sentido, no siempre acierta con el tono de las distintas secuencias (por momentos exagera, subraya y hasta golpea más abajo de lo conveniente hasta quedar muy cerca de la manipulación emocional). Sin embargo, en su "defensa", hay que decir que jamás esconde nada y que, aun en sus pasajes más torpes y naïves, su cine es siempre de un humanismo y de una nobleza incuestionables.

    Además, si algún segmento del público se puede sentir incómodo o hasta irritado por los excesos sentimentales y lacrimógenos de ciertos pasajes, como compensación Spielberg regala varios momentos de notable factura e inmensa potencia (un registro épico amplificado por la fotografía expresionista de Janusz Kaminski y por la banda sonora del veterano John Williams), con el caballo arando la tierra bajo la lluvia, tirando de la maquinaria pesada alemana o con su cuerpo sangrando por el alambre de púa de las trincheras. Porque, más allá de sus evidentes desniveles, estamos ante una bella película sobre el dolor, la violencia, la lealtad y la amistad. Con el sello de uno de los mejores directores en actividad, que ya tiene reservado un lugar de privilegio entre los clásicos del cine.
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  • Mini espías 4 y los ladrones del tiempo
    El difícil arte de saber retirarse a tiempo

    Con sus altibajos, la trilogía de Mini espías (2001/2002/2003) regaló unos cuantos momentos de desparpajo y creatividad. Son de esas películas simpáticas que uno las engancha a toda hora durante el zapping en el cable y las deja siempre un rato.

    Ocho años más tarde, Robert Rodriguez "desempolva" la saga e intenta revivirla ahora con nuevo elenco (los ya adolescentes Alexa Vega y Daryl Sabara de los films originales tienen esta vez algo más que un cameo durante la segunda mitad). El resultado es una película mecánica, caótica, con personajes sin carisma y muy pocos pasajes capaces de sorprender, entretener o divertir.

    En los Estados Unidos, el film se presentó en "4D", apelando a una tarjetas de "olores" denominada Aromascope (recurso que el viejo John Waters ya había utilizado dos décadas antes en Polyester). Aquí, se ha decidido obviar la variante olfativa y se estrena en 2D y 3D (yo la vi "sólo" en tres dimensiones y el uso de las imágenes estereoscópicas no agrega demasiado).

    Jessica Alba es una espía secreta que pide licencia porque da luz a un bebé, con la consiguiente explosión de vómitos y gases. Su marido (Joel McHale) es un workaholic ausente y los dos hijos (Rowan Blanchard y Mason Cook) son verdaderamente insufribles, por lo menos hasta que se convierten en los nuevos mini espías.

    El film abruma, aturde, aburre. Robert Rodriguez y los Weinstein deberían entender de una vez por todas que la franquicia está agotada. Hay un viejo dicho que dice que hay que ser sabio para retirarse a tiempo. Si no, lo que alguna vez fueron historias regocijantes regresan como patéticos reciclajes.
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  • Jack y Jill
    Jack y Jill
    Otros Cines
    Peor... imposible

    Cuando una película es tan mala como Jack y Jill uno se pregunta cómo es que nadie -sobre todo en una industria como la de Hollywood- se dio cuenta de lo que podía ser al leer el guión o al ver las primeras imágenes conseguidas en el set.

    Llama todavía más la atención que la prolífica dupla entre el director Dennis Dugan y el (aquí doble) protagonista, coguionista y productor Adam Sandler hayan caído tan bajo, ya que en el pasado había regalado varias buenas películas como Un papá genial y No te metas con Zohan.

    Sandler -que hasta se arriesgó en algún momento con títulos bastante audaces como Embriagado de amor y Hazme reir- interpreta aquí a dos hermanos (un varón y una mujer). No sé si a alguien le puede resultar gracioso ver a Adam en versión femenina, pero el resultado cómico (artístico) es patético. Para ponerlo bien clarito, en la comparación las berretadas de Olmedo y Porcel resultan verdaderas obras maestras.

    Hay otro (supuesto) atractivo en este film: Al Pacino. Jack tiene que convencerlo de que participe en un comercial de Dunkin Donuts (tremendo chivo que recorre la película) y, claro, el "prestigioso" actor -que no pasa precisamente por el mejor momento de su carrera- se terminará enamorando de Jill.

    Estamos en el universo de las comedias de enredos disparatadas, pero lo que es un disparate es la trama (que incluye secuencias en el Día de Acción de Gracias y en un lujoso crucero hasta llegar a la época navideña). Nada resulta gracioso, nada fluye, las sobreactuaciones abundan y los minutos parecen no pasar nunca.

    En la hora y media de torturante relato sólo hay espacio para el despliegue histriónico de Sandler. Los otros personajes (por ejemplo, el de la esposa de Jack que interpreta Katie Holmes) quedan reducidos a objetos decorativos, sin el más mínimo desarrollo ni oportunidad de lucimiento. Así, lo único que importa es el desbordado unipersonal de Sandler. No se los recomiendo.
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  • El Artista
    El Artista
    Otros Cines
    La película del consenso

    Algún lector afirmará -no sin razón- que, más que una crítica de la película, este texto es una suerte de columna/ensayo sobre otras cosas. Pido disculpas entonces por si alguien se siente defraudado, pero me interesa más lo que pasó, pasa y pasará con El artista que el film en sí.

    No desmerezco la película del francés Michel Hazanavicius. Me gusta. La pasé bien cuando la ví en su estreno mundial en la Competencia Oficial del Festival de Cannes, pero no me parece que sea la obra maestra que muchos exaltan ni mucho menos la porquería que tanto colega snob ha denostado/despreciado.

    Rodada en blanco y negro y con estética de cine mudo (prescinde hasta cerca del final de los diálogos), la película narra el apogeo y la caída de George Valentin (Jean Dujardin), un galán de Hollywood de fines de los años '20 que no puede adaptarse al surgimiento del sonoro, y su relación con Peppy Miller (la "argentina" Bérénice Bejo, esposa del director en la vida real), una aspirante a actriz que luego accede al estrellato, mientras el protagonista se derrumba. La propuesta -que combina drama, musical, comedia y romance- es muy simpática, visualmente cautivante y no exenta de encanto e ingenio, pero tampoco va -ni pretende ir- mucho más allá (que igual no es poco en el contexto del previsible cine de hoy).

    Ahora bien, ¿por qué una película de esta índole se ha convertido en una suerte de revelación para tanta gente (crítica y público, cinéfilos y gente del negocio de todas las geografías) hasta el punto de generar una suerte de veneración casi unánime? Eso es algo mucho más difícil de explicar que sus valores (que los tiene y muchos, tanto en lo narrativo como en lo estético o incluso lo coreográfico) y sus carencias (su juego permenente y algo banal con los clisés, su impacto efímero cual burbuja que se deshace con un mínimo soplido).

    Tengo algunas teorías (más bien intuiciones). La película arrancó con buen pie en el Festival de Cannes (allí Dujardin ganó como mejor actor) y eso ya le dio un halo de prestigio. Por otra parte, se trata de una película con todos los condimentos de los crowd-pleaser (sí, es un poco demagógica, pero con nobles recursos) y combina el homenaje al cine mudo con una ligereza que le permite llegar sin obstáculos a todo tipo de público. Es, como les gusta decir a los connaiseurs, de alcance "universal".

    En algún lugar, tiene algo de Medianoche en París, la película más exitosa en la carrera de Woody Allen, y también algunas conexiones con su gran rival en los premios Oscar: La invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese. Todas historias melancólicas, reivindicatorias de ese gran pasado y de profundo amor al cine, pero al mismo tiempo accesibles.

    Otro aspecto que habría que tener en cuenta es la mutua admiración (esa relación de amor-odio que se profesan desde siempre) entre franceses y estadounidenses, que aquí queda condensada en un producto que cae muy bien a ambos márgenes del Atlántico (y cuenta, además, con un elenco de diversos orígenes).

    En este repaso de posibles explicaciones a este consenso generalizado no habría que soslayar -sobre todo en su arrasadora performance en la temporada de los premios de fin de año y en toda esta previa al Oscar- el efecto Harvey Weinstein, un lobbista capaz de llevar hasta la cima títulos discretos como Shakespeare apasionado o El discurso del Rey. El artista no será ninguna maravilla, es cierto, pero en comparación con los anteriores "monstruos" de Harvey que se alzaron con el Oscar, estamos ante una más que digna y entrañable película.
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  • La invención de Hugo Cabret
    Un homenaje de Scorsese al mago y pionero del cine George Méliès

    Los grandes directores (Martin Scorsese, sin dudas, es uno de ellos) son capaces de transformar un material ajeno (en este caso, un guión de John Logan basado en una novela de Brian Selznick) en una película muy personal. En su nuevo largometraje, el creador de Taxi Driver , Toro salvaje y Buenos muchachos concreta un homenaje a un pionero del cine como Georges Méliès y una carta de amor al séptimo arte que incluye una advertencia sobre un tema que lo obsesiona: la preservación del patrimonio fílmico.

    Quienes crean que estamos ante un sesudo y aburrido tratado cinéfilo, deberán saber que La invención de Hugo Cabret es una bella y épica fábula para toda la familia que narra la historia de un huérfano de 12 años que vive escondido dentro de una estación de trenes (la Gare de Montparnasse) en la París de 1931.

    En otro rasgo distintivo de sus múltiples capacidades, Scorsese incursiona por primera vez en la tecnología estereoscópica y logra aprovechar el 3D, ya no como un simple juguete al servicio de tanto colega caprichoso (que luego la industria capitaliza cobrando entradas más caras), sino como una manera de ampliar la profundidad de campo y la espectacularidad de los complejos, vertiginosos y virtuosos travellings y de las tomas aéreas. En este sentido, La invención de Hugo Cabret es una de las películas que mejor explotan las posibilidades narrativas del 3D en términos casi coreográficos luego de Avatar .

    Puede que el relato resulte un poco largo y complejo para los más pequeños, que los toques cómicos en la más pura línea del slapstick (humor físico) que propone el personaje de Sacha Baron Cohen (un inspector de la estación rengo que se dedica a perseguir con su Doberman al escurridizo Hugo) no siempre funcionen, que por momentos caiga en cierto regodeo visual artificioso o en una exaltación melancólica un poco exagerada, pero en buena parte de sus 126 minutos Scorsese nos regala una película fascinante, entrañable, con algunas de las escenas más hermosas (el pequeño protagonista colgado del reloj de la torre, los rodajes y la quema de las copias de los films de Méliès para ser usadas en la industria del calzado) vistas en el cine reciente.

    Película de juguetes a cuerda y relojes, de magos y robots, La invención de Hugo Cabret resulta un engranaje casi perfecto, que remite a clásicos fundamentales como Metrópolis y Tiempos modernos , entre otros. Una superproducción de 170 millones de dólares de presupuesto que utiliza los mejores recursos de las nuevas tecnologías para reconstruir los inicios del cine, para sacar del olvido y reivindicar a esos grandes artesanos que enseñaron el camino cuando todo estaba aún por inventarse.
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  • Penumbra
    Penumbra
    Otros Cines
    Sin demasiadas luces

    Los hermanos García Bogliano (nacidos en España, pero dos de los principales exponentes del cine de terror made in Argentina) han demostrado no sólo ser prolíficos (media docena de largometrajes desde 2005) sino también dueños de un gran profesionalismo que les ha permitido exportar su producción a todo el mundo.

    Luego de Sudor frío -el primero de sus trabajos que tuvo un estreno comercial en la Argentina, con más de 85.000 espectadores en 2011-, regresan con Penumbra, un film impecable desde su factura técnica, pero que no consigue atrapar del todo con una historia que mixtura las desventuras de una empresaria española que intenta alquilar un departamento y los extremos rituales de una banda en medio de un eclipse total.

    El cine de terror tiene la libertad de poder jugar con todo tipo de elementos, se puede arriesgar con pinceladas de humor negro y absurdo, pero su punto de partida, su concepto, requieren de un mínimo de credibilidad para generar cierta identificación por parte del espectador. Eso es lo que le falta al guión de Penumbra: la protagonista (Cristina Brondo) es insufrible (una yuppie controladora que odia a los argentinos), los largos enredos con los empleados de la inmobiliaria no sólo son inverosímiles sino directamente ridículos y algunos diálogos demasiado artificiales (recitados sin gracia ni fluidez por varios personajes secundarios) también le restan al resultado final.

    El film arranca con una bellísima actriz colombiana que desaparece (literalmente) en la primera escena hasta casi el final y luego cuenta con pequeños papeles (algo más que cameos) por parte de figuras como Arnaldo André y Gustavo Garzón. En el medio, hay situaciones que se estiran mucho, que se repiten, hasta llegar a un climax con buenos efectos visuales y cierto impacto. El problema es que antes hay unos 60 minutos de escaso vuelo, sin demasiadas luces. Apenas en penumbra.
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  • La dama de negro
    La dama de negro
    Otros Cines
    Cuando menos es más

    En medio del resurgimiento de las historias de fantasmas (ya sean de Hollywood, Japón, España o cualquier otro origen), La dama de negro resulta un digno exponente, más cerca del espíritu de los clásicos de la Hammer británica que de la vertiente de terror sádico que hoy domina el género.

    He leído muchos elogios hacia esta actuación de Daniel Radcliffe, en uno de sus primeros intentos por desembarazarse del estigma Harry Potter. No digo que esté mal, pero tampoco me parece un gran trabajo ni creo que esté entre lo mejor del film, que se sostiene más por otros atributos (narrativos y visuales) que por su (escaso) carisma. Me parece todavía un intérprete frío, desangelado (aclaro que aquí no es un fantasma), sin demasiada fuerza en pantalla.

    Por lo tanto, quienes tienen aquí los mayores méritos son la guionista Jane Goldman (que adaptó la novela de 1983 de Susan Hill) y, sobre todo, James Watkins, que ya había demostrado su categoría para crear suspenso, sostener la tensión y concebir climas hipnóticos con Eden Lake.

    Aquí, construye con muy pocos elementos, con una sólida puesta en escena, una historia de pueblo chico-infierno grande ambientada a principios del siglo XX con Radcliffe como un joven abogado ya viudo (y padre) que arriba al lugar para investigar la herencia de una casona aislada. Todo el mundo se mostrará hostil hacia el recién llegado, salvo un acaudalado matrimonio (Ciarán Hinds, casi siempre a bordo de su Rolls-Royce, y una desequilibrada Janet McTeer).

    Watkins confía en su poder de sugestión (se permite largas escenas sin diálogos, sostenidas a puro despliegue de virtuosas imagen y de un inteligente uso del sonido), no necesita abrumar al espectador porque sabe cómo dosificar la información, cómo hacer que un pequeño detalle, una mínima observación, adquiera la dimensión necesaria. En ese concepto de que a veces menos es más (tan opuesto al del Hollywood contemporáneo) es donde reside el principal valor de esta película.
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  • Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe
    Una película artesanal para que los chicos descubran una narración distinta y valiosa

    En tiempos de vertiginosas imágenes digitales y efectos en 3D, la stop-motion (animación artesanal cuadro por cuadro) resulta una verdadera rareza. Tan extraña como una producción para chicos made in Uruguay y distribuida aquí por el grupo Disney.

    También es particular la elección: una trama de piratas (en la primera mitad) y, ya desde el subtítulo, una historia inspirada en el célebre náufrago británico Robinson Crusoe (en su segunda parte).

    Al ritmo de una pegadiza música de candombe y con un vistoso diseño visual (aun cuando el acabado esté lejos de la perfección hollywoodense), Selkirk... entrega buenas dosis de humor e ingenio a la hora de desarrollar las desventuras de la patética tripulación del galeón Esperanza, que en 1690 zarpa en busca de un tesoro. Más tarde, el antihéroe quedará varado en una isla tropical y, allí también, la narración perderá buena parte de su fluidez y de su gracia.

    El film regala las moralejas esperables en todo film infantil políticamente correcto (el egoísmo, la codicia y el individualismo del protagonista se irán transformando, con la experiencia, en sentimientos mucho más nobles), pero sin caer en el didactismo ni la obvia bajada de línea.

    Es probable que a cierto sector del público habituado al ritmo frenético y la espectacularidad de las imágenes de las producciones animadas del cine norteamericano le cueste un poco habituarse al tono, al ritmo y al estilo de esta más que digna propuesta uruguaya, pero resulta un buen ejercicio que los niños de hoy descubran que existe otro tipo de narraciones tan valiosas e igualmente recomendables.
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  • Viaje 2: La isla misteriosa
    A cuatro años del exitoso estreno de Viaje al centro de la Tierra (producción precursora en la tan comentada resurrección del 3D), Josh Hutcherson regresa en el papel del adolescente Sean Anderson para otra aventura inspirada en un relato de Julio Verne (aunque aquí también se reciclan otros clásicos como Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift).

    Ya no está Brendan Fraser como el tío en el elenco, pero a Hutcherson lo acompañan en esta aventura ambientada en la isla misteriosa del título Dwayne "The Rock" Johnson (su padrastro), Michael Caine (su abuelo), la ex High School Musical Vanessa Hudgens (su interés romántico) y Luis Guzmán (el personaje latino que aporta los toques cómicos).

    El film se sostiene en el despliegue de efectos visuales para la creación de un mundo desconocido con elefantes pequeños y abejas o lagartos gigantes, así como en el juego de los anacronismos, que incluye el uso del iPhone en medio de situaciones ligadas con la mítica Atlántida o con el Nautilus creado por el propio Verne (las referencias a 20.000 leguas de viaje submarino no son pocas).

    Concebida con indudable profesionalismo, aunque sin demasiada capacidad de sorpresa, Viaje 2: La isla misteriosa resulta un correcto producto, muy bien amplificado desde el marketing. Por si hacía falta, las últimas imágenes nos anticipan el futuro destino de la saga ¿Adivinaron? Sí, de la Tierra a la Luna.
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  • Que lo pague la noche
    Gigantes de cemento

    Rodada en 2002 -con la crisis socioeconómica en plena ebullición- en esa bomba de tiempo que es la zona de Lugano I y II, esta ópera prima de Néstor Mazzini rodada a pulmón y con actores no profesionales recorrió un largo periplo hasta alcanzar ahora, una década más tarde, su estreno comercial. En el medio, este film ganó el Concurso de Películas Terminadas del INCAA, consiguió así fondos para mejorar su acabado técnico, fue reeditado varias veces (incluso después de algunas proyecciones públicas), y encontró su forma definitiva.

    Más allá de algunas precariedades visuales o de ciertos desniveles interpretativos, hay en Que lo pague la noche unos cuantos hallazgos. Thriller surrealista, muestra un estado de degradación, de descomposición social con personajes oscuros y climas ominosos sin caer en la bajada de línea, en la declamación ni en el subrayado.

    El largo, impactante y muy virtuoso plano-secuencia inicial nos presenta a esas moles de cemento que son los monoblocks de Lugano I y II, "personaje" central del relato. Luego, veremos una celebración (un casamiento) que se tiñe de tragedia. Lo que sigue es una sucesión de situaciones tensas, duras, escabrosas que transforman al film en una interesante descripción de la miseria y la paranoia sociales. Una película que -con sus problemas- no deja de ser cautivante. Una rara-avis, "deforme", diferente, poderosa, vital.
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  • Moacir
    Moacir
    Otros Cines
    Música curativa

    En un documental anterior, Fortalezas (2010), Tomás Lipgot le dedicó uno de los episodios a Moacir dos Santos, un músico amateur internado en el neuropsiquiátrico Borda por una esquizofrenia paranoide.

    Hoy, Moacir -brasileño, radicado hace más de tres décadas en la Argentina y ya próximo a cumplir los 70 años- está “en libertad” (vive en una diminuta habitación de una pensión) y Lipgot se reencuentra con él en esta nueva etapa para reconstruir su historia artística y cumplir el sueño de todo compositor y cantante (y él es de los buenos): grabar un disco.

    Para los malpensados, Moacir podría ser algo así como un reality-show, una historia del tipo Cantando por un sueño sobre un perdedor que termina siendo reivindicado. También, desde una óptica más new-age, podría ser una oda al poder curativo del arte (de la música). Algo de todo eso hay en este film, pero prefiero ubicarlo en la categoría de cuento de hadas con el “sapo devenido príncipe” (si no, vean el lúdico y épico videoclip de que acompaña los créditos finales).

    Lipgot es respetuoso, no carga las tintas, no manipula a (a veces, hasta deja ser manipulado por) Moacir. Tampoco hace de este personaje pelado (para sus performances usa pelucas), de anteojos, con unos cuantos dientes menos y un portuñol ininteligible (por suerte, hay subtítulos) un freak que genere una conmiseración automática. Ni siquiera cuando se pone más confesional.

    Hay momentos que me hicieron un poco de ruido (la presencia de la psiquiatra que lo trató, algunos pasajes con el productor del disco, el reconocido músico Sergio Pángaro), pero en su mayor parte el relato fluye bien y uno va adentrándose en el universo contradictorio (fascinante y patético a la vez) de nuestro antihéroe.

    Un documental sencillo, directo, que no busca el lucimiento del narrador sino el del protagonista. El resultado es convincente y, por momentos, emotivo. Se agradece.
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  • La dama de hierro
    Puro maquillaje

    Hace apenas una semana se estrenó J. Edgar, en la que un Leonardo DiCaprio con gruesas capas de maquillaje interpreta al tiránico J. E. Hoover, figura clave del conservadurismo estadounidense. Es una narración fluida, llena de ideas, contrastes y matices, con el sello de un notable director como Clint Eastwood.

    Ahora, llega otra biopic sobre otro emblema del conservadurismo, aunque en este caso británico. Y, nuevamente, nos encontramos con el rostro de una estrella (Meryl Streep) convertido en una muy anciana y degradada Margaret Thatcher recordando sus épocas de gloria.

    El problema aquí no es ni el personaje en cuestión (heroína para algunos, villana para otros), ni el trabajo de Streep (uno de esos tour-de-force servidos en bandeja para que una actriz de renombre se gane unos cuantos premios). Lo que hace de La Dama de Hierro una película mediocre es una puesta en escena torpe (la directora es la misma del musical Mamma Mia!) y un guión didáctico, dominado por todo tipo de clisés de ese subgénero tan riesgoso como el de las biopics y por decisiones artísticas muy poco logradas (por no decir directamente grasas).

    La historia está narrada desde un presente en el que Thatcher es una viejita casi senil, desorientada, con rasgos de paranoia y esquizofrenia, matizada por algunos pasajes de lucidez. Mientras todavía se mantiene en actividad gracias a actividades protocolares o a la presentación de sus memorias, sufre todo tipo de alucinaciones; en especial, el fantasma de su ex marido (Jim Broadbent), al que sigue mandoneando con rigidez y obsesividad. Este recurso es tan recurrente y obvio que el film se acerca demasiado a los peores exponentes del viejo realismo mágico latinoamericano.

    A partir de ese planteo, iremos viajando al pasado para conocer sus inicios en la política (cómo una mujer de pueblo, hija de un almacenero, va escalando posiciones dentro del machista y aristocrático Partido Conservador), hasta llegar al poder. Un camino épico descripto aquí sin la más mínima fuerza ni convicción.

    El film también pendula entre lo público (la actividad política) y lo privado (sobre todo, la apuntada relación con su esposo y con su hija Carol), y recorre las principales batallas que emprendió durante sus tres gestiones (12 años) como (primera) Primera Ministra de Inglaterra: contra el terrorismo del IRA, contra los sindicatos para implementar un implacable plan de privatizaciones y, claro, contra la junta militar argentina en la guerra de Malvinas (la secuencia más potente de todas).

    Es muy probable que Meryl Streep gane el Oscar por esta actuación más efectista que eficaz. Ella y Thatcher -para bien o para mal- quedarán en la historia. Esta película, no.
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  • Los descendientes
    Secretos de familia

    Con películas como La elección, Entre copas y Las confesiones del Sr. Schmidt, Alexander Payne se ha convertido en algo así como el más mainstream de los directores indies (o viceversa). Es, también, uno de los narradores que mejor pasan -muchas veces sin anestesia- de lo trágico a lo cómiico (y hasta hacen convivir situaciones extremas y opuestas en la misma escena). Por último, su cine puede caer de lo trascendente a lo banal (un gran diálogo arruinado a los pocos segundos por una ampulosa voz en off) y, casi de inmediato, recuperar el ímpetu, la gracia, la inteligencia y su poder de seducción.

    Por todo eso, más allá de sus desniveles, de algunos momentos que están demasiado al borde del patetismo, del sentimentalismo y del golpe bajo, Los descendientes es una buena, muy buena película.

    Vamos con una sinopsis (tranquilos: todo esto ocurre en los primeros minutos). George Clooney es el líder de una familia tradicional, adinerada y emblemática de la paradisíaca zona de Hawaii, cuya esposa -con la que estaba atravesando una crisis profunda de pareja- sufre un accidente motonáutico y queda en un coma irreversible. Además, nuestro antihéroe se entera de que ella le era sido infiel con un empresario inmobiliario. En medio de semejante sacudón, debe ocuparse (como nunca lo hizo antes) de sus dos conflictuadas (y conflictivas) hijas preadolescentes y de decidir si finalmente concreta o no la millonaria venta de unas tierras que podrían salvar de la ruina a más de un pariente.

    Película sobre las segundas oportunidades, los dilemas existenciales, las contradicciones íntimas y la posibilidad del perdón, la reconciliación y la redención, Los descendientes tiene un tono difícil de conseguir y, más aún, de sostener (ese humor negro en medio del drama lacrimógeno) y una actuación de Clooney a la medida del Oscar (es el máximo candidato a quedarse con la estatuilla). No es ninguna obra maestra y hasta se le notan ciertas costuras, cierto cálculo, pero es un film que también transmite sensibilidad, emoción, ingenio y talento. En el cine norteamericano de hoy, no es poca cosa.
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  • Al borde del abismo
    Un film que apuesta a la tensión y a las figuras, pero con un guión "de manual"

    Esta ópera prima de Asger Leth (director con unos pocos antecedentes en el documental y en la literatura) narra la historia de un ex policía que escapa de prisión y se instala en la cornisa de un rascacielos de Manhattan -ante la curiosa mirada de miles de neoyorquinos, el despliegue de los medios de comunicación y la desesperación de las fuerzas de seguridad- para clamar por su inocencia, ya que acaba de ser condenado por un delito que -asegura- no cometió.

    Ese es el punto de partida que propone el guión del venezolano Pablo Fenjves, thriller con espíritu de clase B que tiene una vuelta de tuerca cada 10 minutos, diálogos más bien elementales y secundarios pocos desarrollados (da bastante pena ver a intérpretes que alguna vez brillaron con luz propia como Ed Harris, Edward Burns o Kyra Sedgwick lidiar con personajes tan unidimensionales). No hay tiempo en este policial para ellos. En cambio, sí hay generosos planos para una voluptuosa latina llamada Génesis Rodríguez (hija de José Luis "El Puma" Rodríguez), que tiene todo el tiempo del mundo para mostrar sus generosas curvas, para exponer su picardía y para insultar varias veces en español (¿ha nacido la nueva Sofía Vergara?).

    Leth es un director que demuestra tener oficio (una correcta puesta en escena que combina el uso de grúas y de efectos visuales), que sabe dosificar las sorpresas y plantear los giros de la trama, que sostiene el suspenso (qué mayor tensión que un hombre que está todo el tiempo a punto de lanzarse al vacío) y que encuentra en el ascendente Sam Worthington, una suerte de nuevo Russell Crowe ya visto en importantes producciones como Avatar y Terminator: la salvación , un antihéroe bastante convincente.

    Pero así como hace los deberes correctamente, queda claro que Leth es un buen artesano y punto. No es de esos directores que, como por ejemplo Tony Scott, son capaces de amplificar, de hacer brillar, de darle una impronta personal y trascender un guión "de manual" propio del cine clase B más transitado como el de este caso. Las limitaciones del material aquí se notan y, por lo tanto, la eficacia del thriller-en una analogía con la suerte de su protagonista- pende de un hilo. Por suerte, no se termina estrellando contra el asfalto.
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  • Peter Capusotto y sus 3 Dimensiones
    El comediante lleva a la pantalla grande lo mejor de sus personajes y sus ocurrencias

    Esta reseña no está dirigida a los fans de Diego Capusotto. No importa lo que aquí se opine, se explique o se argumente. Ellos -más allá de una determinada calificación, del mayor o menos entusiasmo que pueda demostrar un crítico- irán de todas maneras a las salas para participar de un ritual comunitario, de una experiencia que excede por mucho el mero hecho cinematográfico. Porque hay pocos cómicos en la Argentina que encajen tan bien en la categoría de artista de culto (que no necesariamente son los más populares, pero sí los que más idolatría generan entre sus seguidores) como Capusotto.

    Los que seguramente estarán dudando respecto de ir o no a una sala digital 3D para encontrarse con esta película son aquellos que lo han visto de manera esporádica en sus (no menos esporádicas) temporadas televisivas. En este sentido es difícil ser tajante: Peter Capusotto y sus 3 dimensiones tiene tantos logros como desniveles y, si bien no puede hablarse de un producto sólido y redondo (características que jamás podrían tener las creaciones de Capusotto-Saborido), sí estamos ante una propuesta que por concepto y por esfuerzo de producción es bastante más que un episodio televisivo alargado.

    La idea de llevar al cine un producto de la TV construido con sketches o segmentos cortos no es nuevo (Hollywood ha logrado inmensos éxitos con, por ejemplo, la franquicia de Jackass ) y el riesgo de repetir personajes e ideas está siempre presente.

    Si bien Peter Capusotto y sus 3 dimensiones puede abrumar por momentos al segmento no tan enfervorizado del público (sobre todo porque la eficacia de la segunda mitad es menor a la de la primera), lo cierto es que Capusotto sale más que airoso de esta incursión en el lenguaje cinematográfico y, más aún, en el universo de las imágenes estereoscópicas.

    El film tiene como hilo conductor una suerte de documental ensayístico que no es otra cosa que una sátira sobre la "dictadura" del entretenimiento. A modo de manifiesto pseudo-anarquista (o "filo-comunista", como sostiene la voz en off), se va analizando con ejemplos "prácticos" cómo los medios, la publicidad, Internet (y las redes sociales) van moldeando un ser alienado y dócil para conformar así una sociedad anestesiada y consumista.

    La irascible (desquiciada) ex cantante Violencia Rivas es una suerte de narradora involuntaria del film con sus monólogos siempre extremos, mientras que también hay espacio para el lucimiento de otros consagrados personajes de Capusotto como el militante Bombita Rodríguez (la parodia a los históricos enfrentamientos internos del peronismo es uno de los grandes hallazgos), el neonazi y xenófobo Micky Vainilla, el líder del conurbano Jesús de Laferrere, y, sobre el final, la estrella de rock Pomelo. Es decir, la galería completa de grandes creaciones de Capusotto que, ahora en versión aumentada (de duración, de tamaño de pantalla y de despliegue de efectos visuales), quiere seguir riéndose de (y con) los argentinos.
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  • El amor de Tony
    El amor de Tony
    Otros Cines
    Pescador de ilusiones

    En principio, podría decirse que esta ópera prima de la ex periodista devenida guionista y directora Alix Delaporte comparte con el cine de Robert Bresson, los hermanos Dardenne y Bruno Dumont un estilo riguroso, austero, ascético. Sin embargo, la película con el tiempo va virando hacia algo más convencional (y comercial). con un happy-end propio de las feel-good movies no exentas de cierta demagogia.

    Las largas y bellas tomas de El amor de Tony (ojalá la proyección digital esté a la altura del muy cuidado y elaborado trabajo visual) sirven para que el espectador se vaya sumergiendo en el universo de los dos protagonistas: Angèle es una joven y bella mujer que sale de la cárcel en libertad condicional luego de cumplir una pena por un accidente automovilístico que terminó con la vida de su marido y viaja a un pueblo de Normandía para estar cerca de su hijo de 8 años (con quien casi no tiene contacto y que ha quedado bajo la custodia de los abuelos), y Tony, un rudo y algo reprimido pescador que vive con su madre.

    Angèle y Tony conforman una improbable pareja (orígenes y formaciones casi opuestas), pero Delaporte y sus dos protagonistas, la hoy de moda Clotilde Hesme y Grégory Gadebois, logran que sintamos empatía, que nos identifiquemos con ellos y con sus conflictos (es interesante cómo se presenta el duro contexto socioeconómico de los pescadores). La película logra buenos climas, no cae en subrayados ni sentimentalismos, aunque -quedó dicho- la resolución es un poco obvia y consdescendiente. De todas maneras, estamos ante una más que digna primera película de una directora con un futuro enorme, especialmente luego de haber cosechado con esta pequeña producción más de 250.000 entradas en los cines franceses.
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  • J. Edgar
    J. Edgar
    Otros Cines
    Vigilar y castigar

    No entiendo a la mayoría de los críticos norteamericanos (no todos; hay honrosas excepciones como Manohla Dargis, Roger Ebert y Peter Travis) que destruyó a este nueva película de Clint Eastwood porque, coincidían casi todos, sería demasiado sensible y condescendiente en su retrato de J. Edgar Hoover, quien durante casi cinco décadas (de 1924 hasta su muerte en 1972) dirigió con mano dura (muy dura) el FBI.

    Yo creo, en cambio, que la película no es tan positiva hacia el protagonista como se quiere creer y que en realidad lo que les molestó a tantos colegas detractores es que no fuese explícita, enfáticamente crítica hacia la carrera del despiadado y megalómano funcionario, que resisitió a fuerza de chantajes y extorsiones a ¡siete! administraciones presidenciales (Coolidge, Hoover, Roosevelt, Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon).

    Lo que Eastwood no hace (y para mi gusto es uno de los grandes méritos del film) es juzgar a JEH. Explora tanto su vida privada (la sumisión hacia su madre, la relación homosexual nunca explicitada con su principal asistente) como su faceta pública (desde los sonados casos del asesinato de John Dillinger hasta el secuestro y muerte del bebé del famoso aviador Charles Lindbergh), pasando por sus aportes a la investigación forense, el uso científico de las huellas digitales, el archivo sistemático de los antecedentes de las personas y su obsesión por vigilar y castigar a todo aquel que cometiera algún desliz según su rígida estructura moral.

    Que Eastwood es un notable narrador clásico (sus películas fluyen siempre sin esfuerzo, incluso cuando aquí recurre todo el tiempo a la voz en off del propio JEH, a innumerables flashbacks y a nutridas capas de maquillajes para avejentar a los personajes) no es algo que yo vaya a descubrir aquí y ahora, pero el maestro lo logra con un género bastante riesgoso y hostil como la biopic y con un ambicioso guión de Dustin Lance Black (el mismo de Milk) que aborda desde el amor sublimado hasta la doble faceta contradictoria de represor-reprimido del protagonista.

    Di Caprio está muy bien en este verdadero tour-de-force actoral en el estilo de estrella clásica de Hollywood (el mismo de Titanic o El aviador), mientras que también se lucen en papeles secundarios Judi Dench como su tiránica y manipuladora madre; Naomi Watts como su fiel secretaria y, sobre todo, Armie Hammes, como Clyde Tolson, el subdirector del FBI, compañero y confidente de toda la vida de JEH. Un elenco a la medida de una película que recorre en poco más de dos horas buena parte de la historia estadounidense del siglo XX de la mano de un gran (y sabio) cineasta.
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  • Domingo de ramos
    Domingo de ramos
    Otros Cines
    Señora de todos

    Suerte de historia de misterio en la línea de Agatha Christie (una mujer aparece muerta en la escena inicial y luego cada uno de los hombres que la frecuentaban podría ser el asesino), Domingo de Ramos mixtura sin demasiada suerte ni equilibrio diversos géneros, tempos narrativos, climas y estilos actorales.

    La narración de la película va y viene constantemente durante un lapso de pocos días (estamos en época de Semana Santa) y, a esa idea, Glusman y su coguionista Daniel López le suman múltiples flashbacks en blanco y negro (decisión estética bastante obvia).

    El film pendula del más absoluto naturalismo inicial (el encuentro del cadáver y el inicio de la investigación) al grotesco, al patetismo y al costumbrismo pueblerino que remiten a un cine argentino bastante demodé, con personajes secundarios (el jardinero, el vecino, las dos viejas chismosas) que poco agregan a la trama.

    Aunque la película gana un poco de suspenso en la parte final (cuando debe resolverse la intriga) y el director apela a una constante cámara en mano para largos planos-secuencia con la idea de darle al relato una mayor tensión, ya el interés por la suerte de los protagonistas y por el desenlace había sido dilapidado por una película bastante torpe, desprolija y desarticulada, con unas cuantas situación que caen en la más absoluta arbitrariedad. Una pena porque Cien años de perdón (1999) había sido una prometedora ópera prima de Glusman.
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  • La chica del dragón tatuado
    Elegante narración que combina lo detectivesco con la mirada nórdica sobre familias burguesas

    Con películas como Alien 3 , El club de la pelea , La habitación del pánico y Red Social , David Fincher se ha convertido en uno de los directores más admirados del cine norteamericano de las últimas dos décadas. Si bien ha incursionado en todo tipo de géneros y temas, el thriller de asesinos seriales (con sus ambientes sórdidos y sus variadas perversiones humanas) parece ser una de sus especialidades, ya que tanto Pecados capitales como Zodíaco se ubican entre lo más notable de su filmografía.

    A ese universo regresa ahora con La chica del dragón tatuado , un ambicioso, fascinante e intrincado largometraje de más de dos horas y media de duración que logra sostenerse desde lo narrativo, lo visual y lo actoral con méritos propios, pero que se verá sometido a dos inevitables comparaciones: con la primera de las tres novelas de la saga Millennium escrita por el fallecido Stieg Larsson y con Los hombres que no amaban a las mujeres , el film sueco sobre la misma historia que se conoció hace unos tres años.

    Que Fincher es mucho mejor director que Niels Arden Oplev no es algo que merezca demasiada discusión, aunque tampoco es cuestión de comparar con lupa ambos films para apreciar qué cambios le introdujo ahora el cotizado guionista Steven Zaillan ( La lista de Schindler ). Cabe indicar que la narración de Fincher es más elegante, estilizada, austera y algo más fría, menos cruda que la del original europeo (de todas maneras, ofrece escenas como una violación anal que están entre lo más extremo que una producción mainstream de Hollywood puede tolerar en la actualidad).

    En el juego de las diferencias se aprecia una clara intención por dilatar el encuentro inicial entre los dos protagonistas, por otorgarle mucho mayor peso a cada uno de los personajes secundarios y por un desenlace muy distinto.

    La trama combina la estructura detectivesca a lo Agatha Christie con una mirada bien nórdica sobre las miserias de las familias burguesas en el seno de pequeñas comunidades cerradas (en este caso, la de una isla y con un pasado ligado al nazismo) que remite al cine del Dogma 95 (sobre todo a La celebración ), mientras que Fincher le adosa un sello distintivo al imprimirle una estética más ligada al cine noir .

    De todas maneras, el mayor aporte de esta saga a la literatura primero y al cine después es el del personaje de Lisbeth Salander, que tan bien interpretaron Noomi Rapace y ahora Rooney Mara. Heroína feminista, vengadora punk, rebelde antisistema, esta hacker e investigadora veinteañera con sus tatuajes, su piercing, su palidez, sus conflictos con el Estado y su inteligencia superior resulta una de las protagonistas más potentes y arriesgadas que invadieron la pantalla grande en los últimos tiempos. A su lado, el periodista de denuncia Mikael Blomkvist (Daniel Craig), con sus problemas con la Justicia, con los grupos de poder y con las mujeres, resulta una contraparte demasiado "normal" y hasta previsible.

    A Fincher y al film en general se le podrán encontrar reparos (algunos manierismos y preciosismos visuales que no agregan demasiado o ciertos pasajes que abruman en la descripción de las miserias presentes y pasadas del grupo familiar al que los dos protagonistas deben investigar), pero sumergirse en el universo oscuro y perturbador de La chica del dragón tatuado es una experiencia atrapante, un desafío para los sentidos y para el intelecto que vale la pena afrontar.
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  • Robo en las alturas
    El gran golpe(cito)

    Seamos claros y concisos: este película de Brett Ratner es un entretenimiento disfrutable, pero menor, efímero, que se sostiene sobre todo por la categoría de un elenco que está muy por encima de la creatividad del guión en cuestión.

    Típica película de robo "ingenioso", esta vez con algo de comedia y de "crítica" social sobre los estragos de la crisis financiera, la propuesta de Rattner (con antecedentes en las sagas de X-Men y Rush Hour) se queda a considerable distancia de otros exponentes recientes del género como El gran golpe, de Roger Donaldson; El plan perfecto, de Spike Lee; Atracción peligrosa, de Ben Affleck y siguen las firmas (no olvidemos, claro, la filmografía del gran David Mamet).

    Un grupo de empleados que trabaja en el mantenimiento de un megaedificio de lujo en Manhattan (tipo Trump Tower) es víctima de los fraudes comeditos por un multimillonario financista a-la-Madoff (Alan Alda). Liderados por el jefe (Ben Stiller) y un ladrón que los entrena (Eddie Murphy), los antihéroes (Michael Pepa, Matthew Broderick, Casey Affleck y compañía) se lanzan a concretar un golpe delirante: robar al ladrón en la mismísima torre, que para más detalles está custodiada hasta por el FBI.

    Hay alguna vueltas de tuerca medianamente sorpresivas e ingeniosas, una narración profesional (e impersonal) y unos muy buenos actores, de esos que sacan a flote (y realzan) diálogos y situaciones que en otras manos caerían en lo anodino. No sé si eso alcanza para recomendar la película, pero Stiller, Murphy y el resto la hacen al menos bastante más disfrutable.
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  • Secretos de estado
    Nido de ratas

    Referente tanto desde la dirección (Buenas noches, y buena suerte) como desde la actuación (Tres reyes, Michael Clayton, Syriana) del cine reciente con fuerte y crítica mirada política, George Clooney encarna en su nuevo opus como realizador a un gobernador en plena batalla para ganar la interna presidencial demócrata, aunque el verdadero protagonista del relato es el joven y ambicioso jefe de prensa (Ryan Gosling, una estrella sin techo) que compite por manejar la estrategia con el experimentado asesor del candidato (otra vez Seymour Hoffman). El responsable de la campaña del rival es el gran Paul Giamatti, mientras que esta vez Marisa Tomei no tiene demasiado espacio para demostrar su habitual talento como una incisiva periodista de The New York Times. En cambio, sí se luce Evan Rachel Wood como una seductora voluntaria veinteañera que generará más de un conflicto en el bunker del equipo de campaña.

    Thriller sobre las miserias, el cinismo, la doble moral, la hipocresía, los abusos, la corrupción y la mentira de la política (y también sobre su poder adictivo y sus nocivos efectos sobre las personalidades más débiles), esta transposición de la obra Farragut North, de Beau Willimon, tiene algunos aciertos (como desnudar a los "progresistas" demócratas), pero al mismo tiempo encuentra limitaciones en su corrección política (sobre todo por su tono de auto-importancia) y en una puesta en escena que por momentos tiene más de teatral y televisiva que de cinematográfica. Su tema y sus intérpretes, de todas maneras, la convierten en un trabajo más que atendible, que contó con Leonardo DiCaprio entre sus productores.
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  • Los Muppets
    Los Muppets
    La Nación
    La película con los personajes de Jim Henson transmite felicidad y emoción

    A 35 años de su creación, los Muppets mantienen intacta su magia gracias a una película que, si bien apela de manera casi inevitable a la nostalgia, no se queda en el mero ejercicio autorreferencial o en la comodidad del homenaje a pura melancolía, sino que -por el contrario- propone un regreso a lo grande, lleno de humor y alegría. El resultado es un film lúdico e inteligente (y, por lo tanto, de carácter multitarget), que celebra con creatividad y fluidez géneros clásicos de Hollywood como el musical o la comedia (tanto física como verbal).

    En estos tiempos de presupuestos multimillonarios y sofisticados efectos visuales, los Muppets es una bienvenida "anomalía": una producción muy austera para los cánones del cine norteamericano actual, cuyo principal objetivo es el lucimiento de unos pequeños muñecos de trapo con un corazón enorme.

    Una joven pareja (Jason Segel, también coguionista del film, y Amy Adams) sale de la previsibilidad del pequeño pueblo de Smalltown para acompañar por todo el país e incluso por el exterior a Walter (la principal incorporación de la película), un muñeco que se declara el fan N° 1 de los Muppets , en su intento de reunir al desintegrado grupo con la idea de salvar el viejo teatro/estudio de la troupe, que está a punto de caer en manos de un desalmado petrolero (Chris Cooper). En una verdadera carrera contra el tiempo, la única opción que les queda es recaudar 10 millones de dólares en un improvisado show televisivo.

    Estamos ante una película que regala una nueva idea cada 30 segundos (algunas buenas, otras geniales) en un derroche de ingenio y a partir de una capacidad de sorpresa a la que Hollywood nos tenía desacostumbrados desde hacía mucho tiempo. Incluso cuando apela al artificio de los musicales de estudio, a los anacronismos o a algunas situaciones casi ingenuas, la trama siempre fluye de la mejor manera.

    El film juega con el espíritu del rock (allí están la escena de la banda tributo Los Moopets o la idea de la reunión de un viejo grupo con varios integrantes en decadencia) y luego "dialoga" con buena parte de la mejor historia de la comedia norteamericana, sin por eso desviarse de su misión central: reivindicar la esencia de Kermit/René, de Miss Piggy y de las otras queribles creaciones del legendario Jim Henson; entretener, sostener el suspenso hasta el final y, sí, emocionar con los mejores recursos. Cartón lleno. Lo más parecido que el cine puede ofrecer en términos de euforia y felicidad.

    PD: Aquellos que concurran sin niños pequeños tienen la opción de disfrutar de la versión original con subtítulos. Son sólo tres salas las que la exhiben en esas condiciones (Showcase Belgrano, Norte y Córdoba), pero vale la pena buscarlas.

    PD 2: Se recomienda llegar con puntualidad a la función. Antes de los Muppets se exhibe Extra Small ( Small Fry ), notable corto de Pixar ligado a la saga de Toy Story . Un excelente aperitivo antes del plato principal.
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  • La última noche de la humanidad
    Apocalíptico y desintegrado

    No quiero hacer "leña del árbol caído" (ya recibió pésimas críticas tras su lanzamiento en los Estados Unidos) ni ser irrespetuoso con los productores, distribuidores y artistas vinculados con esta película, pero cuesta entender cómo algo así se hizo y luego se trajo a la Argentina, donde las majors (en este caso, la Fox) no estrenan todos sus materiales (algunos van directo al DVD y otros ni siquiera eso).

    Esta producción del Rey Midas del cine ruso industrial, Timur Bekmambetov, propone una historia elemental (por momentos, involuntariamente risible) sobre cuatro jóvenes estadounidenses que están de visita en Moscú cuando se desata una devastadora invasión extraterrestre (los alienígenas esta vez ni siquiera se ven porque son fuerzas energéticas).

    La cosa arranca mal y termina peor, con los protagonistas aliados con un grupo de musculosos y patrioteros mercenarios rusos a bordo de un submarino nuclear. Las vueltas de tuerca del guión, los diálogos, los efectos visuales... todo aquí es feo y torpe, sin el más mínimo criterio ni imaginación. Lo menos malo de este subproducto del tan de moda género apocalíptico son las actuaciones de Emile Hirsch, Max Minghella y Olivia Thirlby, que al menos le dan un poco de dignidad (humanidad) a este despropósito artístico. Lo suyo es claramente un esfuerzo inútil (el material es insostenible), pero al menos vale la pena destacarlo.
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  • Historias cruzadas
    Milagros inesperados

    Ví Historias cruzadas hace varios meses y recuerdo haber twitteado a la salida de la proyección que era de esas películas que tenían todos los elementos para incomodarme e incluso para disgustarme mucho, pero que -sin embargo- me había convencido bastante.

    Un tweet -se sabe- tiene apenas 140 caracteres así que trataré de explicarme más y mejor. The Help (ese es el título original de esta gran sorpresa comercial de 2011 en el mercado norteamericano) podría haber sido uno de esos telefilms a-lo-Hallmark dominado por temas "importantes", regado por frases ampulosas, constantes bajadas de línea, excesos sentimentales y alegorías varias. Y, si bien está varias veces al borde de caer en ese y otro tipo de excesos, tiene el buen gusto de no clavar jamás el cuchillo en la herida. Y, al final de cuentas, emociona con recursos nobles. Lo que se dice, todo un milagro.

    El film narra la epopeya de una joven aspirante a periodista/escritora (ese diamante interpretativo que es Emma Stone) que se interesa por las historias de vida de varias empleadas domésticas negras y decide trasladarlas a un libro en medio del movimiento por los derechos civiles de los años '60 (aparece, claro, un discurso de Martin Luther King).

    El guionista y director Tate Taylor (que llegaba sin antecedentes remarcables) consigue actuaciones notables en los papeles de las sirvientas negras (como las de Viola Davis u Octavia Spencer) y secundarios muy logrados por parte de Bryce Dallas Howard, Jessica Chastain, Allison Janney y Sissy Spacek.

    Este fresco de época, este retrato épico y coral de un tiempo y un lugar, oda feminista en momentos de machismo y racismo, colorido muestrario de usos y costumbres, se tropieza con algún que otro subrayado políticamente correcto, con ciertos pasajes demagógicos o concesivos, pero hay que reconocer que la cosa se sigue con interés durante buena parte de sus llevaderos 146 minutos.

    Si el año pasado "la" película de reivindicación afroamericana fue la intragable Preciosa/Precious, los leves desniveles o abusos de Historias cruzadas resultan insignificantes. Estamos ante una verdadera rareza, una grata sorpresa. Bienvenida sea.
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  • Agua y sal
    Agua y sal
    Otros Cines
    Paso en falso

    Tras su auspicioso debut con Una de dos, Taube da un paso en falso con este ambicioso, "trascendente" thriller psicológico a-lo-Kieslowski con Rafael Spregelburd en dos papeles (un exitoso empresario cuya esposa -Mía Maestro- no puede quedar embarazada y un trabajador de la industria pesquera marplatense que planea casarse con su joven novia que está por dar a luz) que encuentran una "conexión" en medio del misterioso, climático, ambiguo relato.

    La película nunca alcanza la solidez, la intensidad ni la emoción que sus grandes temas (el amor, la muerte, la paternidad/maternidad) requieren para conectar con el espectador. Y hasta el dream-team técnico/artístico que acompañó a Taube (desde el director de fotografía Diego Poleri hasta el músico Gabriel Chwojnik) está lejos del nivel de sus mejores trabajos.

    (Esta reseña se publicó tras la presentación del film en la Competencia Latinoamericana del Festival de Mar del Plata 2010).
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  • Las aventuras de Tintín
    Steven Spielberg logra trasladar a la pantalla grande al famoso personaje de la historieta

    Que haya sido Steven Spielberg el encargado de llevar a Tintín a la gran pantalla resulta una absoluta justicia. Rey Midas del cine de aventuras familiar, ya había impreso el espíritu del personaje del historietista belga Hergé en la saga de Indiana Jones.

    En Las aventuras de Tintín , Spielberg afrontó un doble desafío: aplicar el 3D a un cómic de sencillos, expresivos (y brillantes) trazos en 2D y trabajar con la tecnología de captura de movimiento (se filma a los actores con electrodos conectados a una computadora y luego esas imágenes son convertidas a animación), que había generado no pocos cuestionamientos en películas como Los fantasmas de Scrooge , El expreso Polar o Beowulf, la leyenda .

    Spielberg no sólo sale indemne sino incluso triunfante del reto tecnológico y del riesgo implícito de traicionar a los celosos cultores del arte de Hergé: la narración es bella y fluida, divertida y vertiginosa, fascinante y naíf a la vez; es decir, con los atributos que tenía el cómic original y de los que carecían los largometrajes previos concebidos con la mencionada motion capture.

    Tras una lograda secuencia de créditos iniciales en artesanal animación 2D, comienzan las peripecias de este joven periodista/investigador que, tras adquirir en una feria callejera de Bruselas la maqueta de un viejo velero del siglo XVII, se verá inmerso en aventuras por tierra, aire y agua en distintos rincones del planeta. Con la compañía de su inseparable perro Milú y de ese querible borrachín que es el capitán Haddock (el gran Andy Serkis), este muchacho pelirrojo y de particular flequillo (encarnado por Jamie Bell) luchará contra el malvado Ivan Ivanovitch Sakharine (Daniel Craig) en una sucesión de escenas (varias de ellas brillantes, como el aterrizaje forzoso en pleno desierto), de persecuciones en motos, autos, trenes, aviones y barcos por exóticos parajes.

    Para algunos, los 107 minutos del film pueden resultar algo agotadores (es como un viaje en montaña rusa, una maratón cinematográfica construida como una sucesión de escenas de humor físico), pero aunque el público quede tan exhausto como los personajes vale la pena acompañarlos en este viaje y transitar con ellos por esta experiencia apasionante.
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  • Intercambio de almas
    ¿Quieres ser Paul Giamatti?

    Con sus ojos saltones, su mirada triste, su expresión melancólica y su look de perdedor, Paul Giamatti parece cargar el peso (no menor) de la vida. Por eso -aunque Sophie Bartes (nacida en Francia pero formada en Estados Unidos y consagrada en el Festival de Sundance) escribió el guión con Woody Allen en mente- nadie mejor que aquel actor para protagonizar un film sobre la angustia existencial.

    Un actor llamado Paul Giamatti (sí, con el mismo nombre y apellido) ensaya una puesta de Tío Vania, el clásico de Chéjov. Su vida aparentemente plácida junto a su esposa Claire (Emily Watson) y su prometedora carrera profesional se derrumban hasta que, gracias a un aviso publicitario, cree haber encontrado una solución: “Almacenamiento de almas”. En efecto, concurre a un laboratorio en la isla Roosevelt, muy cerca de Manhattan, donde el Dr. Flintstein (David Strathairn) le extraerá el alma (para su sorpresa, del tamaño de un garbanzo). El problema es que también existe el tráfico de almas y el pobre Paul deberá viajar a Rusia para recuperarla.

    La premisa es absurda y la propuesta del film remite bastante a la de ¿Quieres ser John Malkovich?, pero -más allá de su indudable elegancia para la puesta en escena y de su audacia (ambición)- a Barthes le falta bastante todavía para jugar en las ligas de los Spike Jonze, Michel Gondry y Charlie Kaufman. La película, por momento, luce demasiado fría, calculada, artificial. En otros, cuando coquetea con (y se ríe de) la new age alcanza a sorprender. Y tiene, como as de espadas, al gran Giamatti, uno de esos actores capaces de sostener hasta las situaciones más inverosímiles con la mayor dignidad. Su trabajo justifica por sí solo la visión de esta película.
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  • 50/50
    50/50
    Otros Cines
    A reir que se acaba el mundo

    50/50 es una tragicomedia. Aborda un tema muy duro (el cáncer) pero con bromas y diálogos subidos de tono propios de la factoría de Judd Apatow o incluso de los hermanos Farrelly.

    Esta combinación entre el melodrama que intenta arrancarnos lágrimas (¡cómo están en Hollywood con el tema del cáncer entre los jóvenes!), la comedia guarra y el inevitable romance “salvador/redentor” es bastante digno, no hace “ruido”, no incomoda, pero para mi gusto está lejos de ser la película “audaz” que varios colegas estadounidenses (no todos) reivindicaron con entusiasmo “políticamente correcto”. En esta línea, me quedo mil veces con The Big C, la notable serie con Laura Linney que he podido disfrutar por HBO.

    El protagonista de 50/50 es Adam (el ascendente y siempre convincente Joseph Gordon-Levitt), un muchacho de 27 años que trabaja como productor de noticias de la radio pública de Seattle y que convive con su bella novia Rachael (Bryce Dallas Howard). Pero a los 10 minutos de película Adam recibe un diagnostico demoledor: un extraño tumor maligno en la médula espinal ¿Sus chances? 50/50, claro.

    Mientras su chica se aleja de la peor manera, su principal sostén es su mejor amigo Kyle (Seth Rogen haciendo el mismo show de siempre con chistes vulgares y su obsesión sexual), ya que la relación con su madre (la gran Anjelica Huston) nunca ha sido fácil. No contaremos más, sólo que ya en los primeros minutos aparece en escena Katherine (Anna Kendrick, la revelación Amor sin escalas), una terapeuta de apenas 24 años (Kyle es su tercer paciente) y esa presencia será fundamental en la resolución del film.

    El guión de 50/50 pertenece a Will Reiser, quien pasó por una experiencia similar a la del personaje protagónico (Reiser y Rogen se hicieron muy amigos cuando trabajaron en el show satírico Da Ali G Show). El film destila bastante nobleza, está construido con no poca sensibilidad y se sigue con interés hasta cerca del final (muy concesivo y convencional para mi gusto). Es una historia que te hace sentir bien (las feel-good movies conforman un género en sí mismo), aunque no por eso la convierte en una gran película.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Mejor, imposible

    Tenía una inmensa curiosidad por ver si el director de joyas animadas como El gigante de hierro, Los Increíbles y Ratatouille podía trasladar su imaginería visual, su sentido del humor y su capacidad para el cine físico de una producción de la genial factoría de Pixar a una película con actores de carne y hueso. Lo primero que hay que decir en este sentido es que se trata de una misión cumplida.

    Algunos podrán sostener (no sin bastante razón) que la trama de M:I4 es derivativa ya no sólo de las tres entregas anteriores sino de los esquemas impuestos por otras sagas como la de Bond y la de Bourne. Pero créanme que la historia (una "típica" confabulación a nivel global que amenaza la paz mundial y pone al planeta al borde de un incidente nuclear) es aquí lo de menos. Veremos al agente Ethan Hunt y sus fieles colaboradores (Jeremy Renner, Paula Patton y Simon Pegg) viajando de un lado al otro (Budapest, Moscú, Dubai, Bombai, etc.) para impedir que el malvado de turno (Michael Nyqvist, sí el mismo de la saga sueca Millennium) logre arrasar los Estados Unidos con una explosión atómica.

    Lo que verdaderamente importa aquí son las set-pieces, las escenas de acción que Bird y su equipo construyen con una creatividad, una comicidad y una precisión envidiables. La belleza coreográfica, la ligereza de su construcción y el sentido (el peso) del movimiento generan en el espectador una suerte de placer eufórico, una adrenalina corporal conseguida con los mejores recursos del cine hi-tech contemporáneo.

    Desde una pelea y fuga de una prisión con un tema de Dean Martin de fondo hasta el Kremlin volando por los aires, pasando por una increíble secuencia en el piso 130 de un edificio vidriado con una tormenta de arena que se avecina o un deleite de saltos y caídas en un estacionamiento de autos (digna de un gran film hongkonés o coreano) para quedarse con un maletín, M:I4 nos regala notables momentos de cine linkeados por diálogos y explicaciones que son apenas una "exusa" para llegar a la siguiente escena de acción. Cuando esa set-piece finalmente llega, comienza el éxtasis, se desata ese desenfreno, ese desafío a las reglas de la física que sólo el mejor cine de Hollywood es capaz de regalarnos. Gracias.
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  • Norberto apenas tarde
    Película sorpresa (y estreno sorpresa)

    Sin que mediara siquiera el envío de una gacetilla de prensa informando de su lanzamiento, aparece en la programación del cine Premier (habitual sala "de cruce" y con sólo tres funciones diarias esta más que interesante ópera prima como director del uruguayo Daniel Hendler, que no merecía este estreno "fantasma". Así, a las apuradas, reproducimos la reseña publicada tras su presentación en la Competencia Internacional del último BAFICI.

    Figura fundamental -desde lo actoral- del Nuevo Cine Argentino, Hendler debuta en la dirección de largometrajes con la historia de Norberto, un hombre en apariencia bastante mediocre, cuya existencia se conmueve por completo cuando pierde su trabajo y su pareja.

    Luego de conseguir un puesto decididamente precario en una inmobiliaria, se inscribe en un curso de teatro alternativo y esa decisión cambia su lugar en (y su relación con) el mundo. El film está al borde de caer en cierto patetismo y en reiterar algunos elementos de las películas de Rebella-Stoll (25 watts, Whisky), pero adquiere vuelo propio cuando se arriesga a sumergirse en la intimidad de su criatura, con todo lo de tragicómico, sensible, triste y angustiante que esa exploración conlleva.

    La relación con su jefe, con una compañera de trabajo y con sus colegas con los que monta una obra sirven para descubrir las contradicciones, las tensiones internas y la vulnerabilidad de un hombre gris que, en manos de Hendler, se convierte en un (anti)héroe de rasgos fascinantes. Con La vida útil conformaron un doble programa que ubicaron al nuevo cine uruguayo entre los grandes exponentes del BAFICI 2011.
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  • La cueva de los sueños olvidados
    Además de haber dirigido dentro de la ficción épicas como Fitzcarraldo o Aguirre, la ira de Dios y de haber incursionado en el cine norteamericano con películas como la remake de Un maldito policía , el director alemán Werner Herzog se ha dedicado a viajar por el mundo para filmar notables documentales sobre personajes exóticos, genios creadores, osos, la vida en la Antártida, historias absurdas construidas con imágenes submarinas o espaciales y hasta temas de fuerte impacto político como la pena de muerte.

    En una de sus tantas travesías, tuvo el honor (y la responsabilidad) de poder acceder por primera vez con una cámara (en este caso, pensada para la exhibición en tecnología 3D) a la cueva Chauvet-Pont-d'Arc, en el sur de Francia, donde en diciembre de 1994 se descubrieron bellísimas pinturas rupestres de hasta 32.000 años.

    Lo que en principio daba para un documental pintoresco y de espíritu didáctico (nació como un encargo para History Channel), termina siendo en manos de ese gran director que es Herzog no sólo la minuciosa investigación que podía esperarse sino también una aventura apasionante, un hermoso viaje cinematográfico y una inteligente reflexión de alcances filosóficos y espirituales sobre la existencia humana, el legado de nuestros antepasados y la manera en que nos vinculamos y recuperamos nuestra propia historia.

    A partir de los testimonios de arqueólogos, paleontólogos y geólogos que estudiaron las imágenes, los huesos de animales y las formaciones de estalactitas y estalagmitas, Herzog pone en su exacta dimensión la jerarquía del hallazgo. Luego, con su inglés "germánico" en la narración y con él mismo como líder de la expedición (mitad guía turístico, mitad detective) nos va conduciendo por los intrincados pasillos de la cueva: el resultado es fascinante, por momentos embriagador.

    Tantas veces cuestionadas por su efectismo y su artificialidad, las imágenes tridimensionales tienen en esta narración de Herzog no sólo una justificación cinematográfica sino un aprovechamiento integral, incluso cuando su acabado técnico es menos logrado que en tantas producciones de Hollywood: gracias a ellas, podemos apreciar, "sentir" la inmensidad del lugar y de la obra de los creadores primitivos. Un gran documental para un gran descubrimiento. Una incursión en una cueva que termina siendo una exploración -no exenta de lirismo- del alma humana y de un tiempo que parecía perdido.
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  • Un zoológico en casa
    Hollywoodland

    La cosa es así: la historia de Un zoológico en casa está basada en un caso real ocurrido en 2007 en Inglaterra. El protagonista, Benjamin Mee, la convirtió luego en un libro y ahora Cameron Crowe la llevó al cine.

    Crowe es, para mi gusto, un gran director con muy buenas películas (Digan lo que quieran, Vida de solteros, Jerry Maguire: amor y desafío, Casi famosos, el reciente documental Pearl Jam Twenty) y otras olvidables, aunque siempre con algunos grandes momentos.

    Vamos al film: En otras manos, Un zoológico en casa podría haber caído bajo, muy bajo. Es una historia sentimental, edulcorada, terapéutica, new age y casi religiosa (sí, con algo del Arca de Noé). Pero Crowe -sin llegar a las alturas de sus mejores trabajos- y ese notable actor que es Matt Damon la mantienen a flote, con una saludable brisa de dignidad.

    Crowe es un romántico y un cultor del cine clásico de Hollywood (aquí hay mucho del cine-a-lo-cuento-de-hadas de Frank Capra) y, por lo tanto, no le teme al ridículo (aquí, cuando Damon habla con un felino que sufre una enfermedad terminal, estamos muy cerca de eso, de un film de Tim Allen o del Dr. Dolittle de Eddie Murphy).

    Pero -una vez aceptadas las convenciones del caso- disfruté bastante de la película, que va desde el melodrama familiar lacrimógena a la más ligera comedia de enredos.

    Aquí va la trama (tranquilos: no hay spoilers): Damon es Benjamin Mee, un periodista de Los Angeles que luego de la muerte de su esposa Katherine (Stephanie Szostak), renuncia a su trabajo en un diario y se muda con su rebelde hijo de 14 años (Colin Ford) y su querible hija de 7 (Maggie Elizabeth Jones) a una casona con… zoológico incorporado.

    Allí se encontrará con un staff liderado por la bella Kelly Foster (Scarlett Johansson), un par de freaks (Patrick Fugit y Angus Macfadyen) y la pequeña Lily (la genial y aquí no del todo aprovechada Elle Fanning). El malvado de turno (el inspector que debe habilitar el zoológico) está interpretado por un simpático John Michael Higgins.

    Pero, más allá de los desniveles y excesos que se le pueden encontrar, hay otros elementos que hacen de Un zoológico en casa un film nada desdeñable:

    1- La actuación de ese scene stealer que es Thomas Haden Church, aquí como Duncan, el hilarante hermano contador de Damon.

    2- La fotografía del mexicano Rodrigo Prieto, el mismo de Secreto en la montaña y Los abrazos rotos.

    3- La banda sonora compuesta por Jónsi, lider de Sigur Rós, acompañada por la catarata de temas (una fonola interminable) de Bob Dylan, Tom Petty, Neil Young y siguen las firmas. Es decir, con el sello de ese director/melómano que es Cameron Crowe.
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  • Terror en lo profundo 3D
    Las aguas peligrosas de un film que no produce nada

    El subgénero de terror acuático (con hambrientas criaturas devorando turistas) ha dado grandes clásicos (Tiburón) y notables exponentes recientes (Piraña 3D). Lamentablemente, Terror en lo profundo no se inscribe en esa rica tradición.

    Para los cultores del cine de clase B, los lugares comunes de este tipo de películas (la cola de un tiburón surcando las aguas, las inocentes y bien dotadas jovencitas que disfrutan en las playa poco antes de ser devoradas) son bienvenidos, cual parte de un juego lúdico no exento de elementos sádicos.

    Sadismo es lo que sobra en esta película de David R. Ellis (director que supo filmar títulos bastante más atendibles, como Destino final 2 y 3 o Celular ). Lo que le falta, en cambio, es capacidad para sorprender, divertir (el humor negro es una pieza clave en el engranaje de este tipo de productos) y entretener: un pecado mortal.

    La historia aquí es lo de menos: un grupo de universitarios (todos carilindos y de esculturales físicos) viaja durante un fin de semana a una casa ubicada frente a un lago. Lo que ellos no saben es que los malvados de turno (un trío de perversos estereotipados) han sembrado esas aguas saladas con decenas de tiburones.

    El espectador, claro, sabe desde la primera toma que los distintos personajes irán desapareciendo uno tras otro en este "juego" de supervivencia del más apto, pero el problema no es lo mecánico de la trama sino que Ellis es incapaz de dotarla de alguna mínima sorpresa, audacia u observación graciosa. Ni siquiera el uso del 3D le aporta a la narración algún hallazgo visual o al menos un mayor impacto a la hora de los descuartizamientos lacustres. Un film profunda, literalmente de terror.
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  • La última mirada
    Fantasmas del pasado

    Es delicado cuestionar a una película que aborda temas importantes como las heridas aún abiertas que dejó el terrorismo de Estado (desapariciones, bebés apropiados) porque el lector puede entender los reparos a la obra artística como un cuestionamiento a la legitimidad de los reclamos de los derechos humanos.

    A no confundirse: La última mirada es una mala película. No tengo ninguna duda de ello. Es torpe, aburrida, maniquea, didáctica, obvia, manipuladora y -en lo ideológico- muy controvertida, porque habla (¿justifica?) el revanchismo del ojo por ojo, algo que hasta las propias entidades de DD.HH. se han cuidado muy bien de no alimentar.

    Un hijo de desaparecidos (escritor y periodista radicado en España que regresa a la Argentina para terminar un libro) se enamora de una joven que resulta ser hija de un ex militar, ex represor ligado al caso ¡Vaya coincidencia!

    Los personajes, las actuaciones, los diálogos, las situaciones... todo aquí está muy por debajo de la media de una producción argentina que parecía haber dejado de lado hacía mucho tiempo este tipo de cine anquilosado, solemne, subrayado. Como en la película, los fantasmas del pasado han regresado.

    PD: Que un guión así haya ganado el 1° Concurso del Bicentenario habla muy mal del jurado que participó del mismo. El INCAA, así, tuvo que participar como coproductor del film.
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  • Canciones de amor
    Por las calles de París

    Con más de cuatro años de retraso (se estrenó en la Sección Oficial del Festival de Cannes 2007), llega esta despareja, pero muy digna y provocativa tragicomedia musical.

    La propuesta arranca como en los musicales de Jacques Demy y de Alain Resnais, pero al poco tiempo la historia da un vuelco inesperado (la protagonista muere de un infarto) y, así, la superficialidad típica de una comedia romántica de tono picaresco (un triángulo amoroso) pronto se convierte en algo bastante más oscuro, una Caja de Pandora de la que afloran desde el melodrama hasta el humor negro para una película que apuesta por la libertad estilísica, creativa y sexual.

    Honoré filma a sus jóvenes intérpretes (Louis Garrel, Ludivine Sagnier, Chiara Mastroianni y Clotilde Hesme) cantando por las calles lluviosas y gélidas de la Ciudad Luz -imágenes que afortunadamente eluden la veta turística y el pintoresquismo- los pegadizos temas compuestos por Alex Beaupin.

    El film combina la provocación de otro trabajo previo de Honoré como Ma mère (conocida en la Argentina directamente en DVD como Relaciones prohibidas), con la ligereza de En París, visto en un ciclo sobre la Quincena de Realizadores programado en la sala Lugones del Teatro San Martín.

    La pasión de Honoré por el musical no se quedó en Canciones de amor, ya que cerró el último Festival de Cannes con Les Biens-Aimés, film que contó con el aporte de una estrella como Catherine Deneuve y, otra vez, Chiara Mastroianni (madre e hija con Deneuve tanto en la vida real como en la ficción), Ludivine Sagnier y Philippe Garrel.
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  • Judíos por elección
    Busco mi (otro) destino

    La directora de Licencia Número Uno aborda un tema interesante y poco conocido (doble mérito): el de aquellos que, no habiendo nacido judíos, eligen -por causas de lo más diversas- esa religión/cultura.

    Michanié construye un documental coral, con múltiples voces que exponen -aquí y en Israel- sus experiencias y sus motivaciones para "convertirse". No es una decisión fácil ni un camino sencillo, como bien explican desde los protagonistas hasta un rabino.

    Si bien la diversidad de testimonios le da al film una mirada panorámica y abarcativa (de alcance sociológico) también implica una menor profundización en cada una de las historias de vida, dominadas en muchos casos por el amor o por las búsquedas espirituales. De todas maneras, se trata de un film muy cuidado desde lo formal, sorprendente desde su propuesta temática y apasionante por las anécdotas que propone. Muy recomendable.
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  • El juego de la fortuna
    Una película apasionante e inteligente, con una notable actuación de Brad Pitt

    En principio, una película sobre béisbol basada en hechos reales y con el uso de estadísticas sobre las actuaciones de los jugadores como principal evolución en la estrategia de un equipo no parecería la propuesta más tentadora, al menos para el público masivo de la Argentina, que no sigue ni ese deporte ni se apasiona con los números. Sin embargo, contra todos los pronósticos (o, para seguir con la línea de la historia, las probabilidades), El juego de la fortuna resulta un film apasionante, de una inteligencia y una nobleza que pocas producciones de Hollywood han alcanzado este año.

    Buena parte del mérito -más allá de la ajustada dirección de Bennett Miller (el mismo de Capote) y del impecable trabajo de Brad Pitt (un actor injustamente subvalorado)- hay que repartirlo entre los dos guionistas: Aaron Sorkin (Red Social, The West Wing) y Steven Zaillian (La lista de Schinlder, Pandillas de Nueva York). En el entramado de intereses siempre contradictorios y en la competencia por el manejo de la información con que se define al negocio del béisbol, en la riqueza de las relaciones humanas (con énfasis en los encuentros y desencuentros de un padre con su hija) en medio de situaciones muchas veces abstractas, y en cada uno de sus frenéticos y punzantes diálogos se nota el sello de estos dos grandes creadores de historias.

    El film -basado en un libro de Michael Lewis- sigue el derrotero de Billy Beane (Brad Pitt), manager del equipo Oakland A's (uno de los más pobres de la liga profesional) que revolucionó hace una década la forma de elegir los jugadores. Con un presupuesto mínimo (no podía pagar a figuras) hizo mucho: batió el récord histórico de triunfos consecutivos (veinte), aunque perdió una recordada final frente a los poderosos New York Giants.

    Podrá argumentarse que sus 135 minutos son un poco excesivos, que por momentos resulta un poco críptico y demasiado solemne, que no termina de aprovechar del todo a un notable como Jonah Hill (un experto en informática y economía graduado en Yale que se convierte en el fiel asistente de Beane) y que desaprovecha casi por completo al gran Philip Seymour Hoffman (el entrenador del equipo), pero así y todo es un placer toparse hoy con una película que se toma las cosas en serio, que crea un universo propio, que sostiene la tensión, que regala logradas pinceladas de humor, que construye una atractiva propuesta visual a cargo de Wally Pfister (habitual director de fotografía de Christopher Nolan) y que entrega lúcidas observaciones a la hora de contraponer las nuevas técnicas de análisis numérico a la tradición y la experiencia de los viejos expertos del ambiente. Y todo eso sin apelar a golpes bajos, recetas demagógicas ni manipulaciones.

    El film -impiadoso y despiadado en muchos pasajes, como cuando muestra la forma cruel en que los equipos se deshacen de la noche a la mañana de un jugador- encuentra en Brad Pitt a un protagonista perfecto, capaz de encarnar a un innovador dispuesto a llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias y, al mismo tiempo, dueño de una impronta y de unos valores dignos de los mejores "héroes" del Hollywood clásico.
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  • El gato con botas
    Más allá de su simpático aporte como personaje secundario de la popular saga de Shrek , el Gato con Botas merecía "su" película. Surgido de varios cuentos populares del siglo XVII, formó parte del imaginario infantil de unas cuantas generaciones mucho antes de que se convirtiera en el fiel ladero del ogro gigante y del delirante burro en la franquicia animada de la productora DreamWorks.

    Torpe, valiente y seductor a la vez, tierno por momentos y despiadado en otros, este felino espadachín y enamoradizo encuentra en esta producción en 3D una historia a puro vértigo y un despliegue visual a la medida de la criatura concebida para y por el español Antonio Banderas.

    Por supuesto, hay en este guión "de manual" múltiples elementos fantásticos y humorísticos (la mayoría de los gags físicos y verbales funcionan bien), una contrafigura romántica intensa (una suerte de Gatúbela llamada Kitty que es interpretada por otra estrella latina como Salma Hayek) y personajes secundarios que sirven con fines cómicos (como el huevo Humpty Dumpty) o para llenar los espacios reservados a los gigantescos y brutales malvados de turno.

    La película es un más que digno entretenimiento, la animación digital es de primerísimo nivel, los efectos estereoscópicos le otorgan una espectacularidad adicional (que los enemigos del 3D verán como lugares comunes), las coreográficas escenas de acción (y de baile con reminiscencias flamencas) tienen un ritmo y un acabado envidiables.

    Pero más allá de sus incuestionables logros estéticos y técnicos, la narración termina siendo un poco caótica y parece alargarse cual chicle, como si los conflictos pergeñados dieran para un mediometraje y con esos elementos no demasiado creativos, audaces ni sorprendentes hubieran tenido que llegar sí o sí a los 90 minutos de rigor.

    De todas maneras, no hay reparos que valgan cuando de llegada masiva se habla. Y este spin-off (desprendimiento) de Shrek (hasta el director elegido, Chris Miller, proviene de esa saga, ya que fue el responsable de la tercera entrega) tiene los atractivos y el despliegue de marketing necesarios como para continuar atrapando a chicos (y grandes). En pocas horas más se verá el resultado de esta invasión gatuna.
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  • Año nuevo
    Año nuevo
    Otros Cines
    Estrellas en oferta (fin de temporada)

    Me cuesta entender por qué, para qué, para quién hacen una película como Año Nuevo. En principio, hay que decir que en 2010 el veterano (77 años) Garry Marshal estrenó Día de los enamorados, un film coral pletórico de estrellas que fue mal recibido por la crítica y tuvo un aceptable (nada espectacular) desempeño comercial.

    Poco tiempo después llega una suerte de "secuela" (al menos de la idea) con Año Nuevo, en la que se redobla la apuesta con uno de los elencos más espectaculares jamás reunidos para narrar una serie de historias ambientadas en Nueva York durante la jornada del 31/12/2011 al 1/1/2012.
    La autora (el término aquí es demasiado generoso) es la misma de la flojísima película anterior, una tal Katherin Fugato, que parece haber salido hace minutos de un curso de "cómo hacer tu primer guión"; es decir, una sumatoria (acumulación) de clisés, golpes bajos, situaciones trilladas o inverosímiles, moralejas recargadas que van de lo edulcorado a lo demagógico y lo maniqueo, con diálogos subrayados y todo tipo de cursilerías.

    Cuesta también comprender por qué tantos buenos actores (varios de ellos ganadores del Oscar) aceptan semejantes personajes. No creo que necesiten el dinero (que no debe ser mucho en proporción porque el presupuesto del film es mediano) y quizás se trate más bien de una concesión al venerado director de Mujer bonita y Frankie y Johnny, y de un aporte a la ciudad y al espíritu de las fiestas con trabajos que no les demandan más que un puñado de jornadas de rodaje.

    En una película de esta calaña (llena de "chivos" burdos como el de Sherlock Holmes 2, espíritu patriotero y hasta con la presencia en pantalla del actual alcalde neoyorquino) nadie se salva, pero hasta me animo a decir que "el menos peor" del elenco es uno de los actores menos "prestigiosos", Zac Efron, que al menos le pone ganas a su joven que debe cumplir los deseos de la frustrada Michelle Pfeiffer (qué triste verla caer tan bajo).

    El film es un compendio de lugares comunes sobre temas importantes como el amor, la soledad y la muerte, adornada con "frases célebres" sobre la redención, la reconciliación y las segundas oportunidades (y varios "editados" con fondo musical). Lo mejor que se puede decir de Año nuevo es que es premeditamente grasa, que no esconde lo que propone bajo un manto de cinismo. Para decirlo bien claro: va a los bifes todo el tiempo.

    Un Robert De Niro moribundo, Ashton Kutcher como un nihilista encerrado en un ascensor, Hillary Swank obsesionada por mover una esfera, Sarah Jessica Parker sobreprotegiendo a su hija adolescente, Sofia Vergara cumpliendo con todos los estereotipos de la latina, Jon Bon Jovi cantando baladas... Ese es el tipo de personajes que nos "regala" este film, que resulta tan atrapante como ver la alfombra roja durante un preshow del Oscar. La diferencia es que en esos casos la propuesta es gratuita y todos (o casi) están mejor vestidos.
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  • La última noche
    La última noche
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    Sexo sin amor, amor sin sexo

    Ejecutivos y escritores carilindos sufriendo por amor y tentados/torturados por la infidelidad en escenas que transcurren en lofts, fiestas, hoteles, restaurantes y bares de Nueva York o en viajes de negocios. De eso se trata esta ópera prima de Massy Tadjedin construida a puro diálogo y con vistosos encuadres.

    Sam Worthington y Keira Knightley están casados hace tres años. Ella está convencida de que él mantiene un affaire con una bella compañera de trabajo (Eva Mendes) y, de paso, se tienta con volver a tener una historia con un ex novio francés (Guillaume Canet).

    Durante una larga noche, habrá flirteos, dudas culpógenas, contradicciones, acercamientos, encuentros y confesiones íntimas. La película es bastante fría y obvia en su exploración de la histeria burguesa, del amor sin sexo y el sexo sin amor, y resulta bastante poco erótica, provocadora y seductora. Cuando se aborda un tema así, se trata de un pecado mortal.
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  • Alamar
    Alamar
    Otros Cines
    Apuntes para una despedida íntima

    Pedro González-Rubio, codirector del interesante documental Toro Negro (BAFICI 2005), debuta en la realización en solitario (y se ocupa de casi todos los otros rubros) con este relato minimalista, bello y encantador sobre la relación entre un joven padre mexicano y su hijo de cinco años durante un viaje a una isla paradisíaca en la que pararán en una cabaña rústica con hamacas y estarán en contacto directa con la naturaleza, pescando en barco, cazando langostas y buceando en unos hermosos arrecifes de coral.

    Ese encuentro padre-hijo tiene una fuerte carga emocional, ya que se trata de una suerte de despedida: el niño partirá luego a instalarse de manera definitiva en Roma con su madre italiana, que acaba de divorciarse del padre. Merecida ganadora de la Competencia Internacional del BAFICI 2010 y del Tiger Award de Rotterdam 2010, entre muchos otros galardones.
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  • El precio del mañana
    Un planteo prometedor que no logra evitar la mediocridad y los lugares comunes

    En un futuro bastante cercano, cada persona lleva "impreso" en su brazo un reloj holográfico en el que figura el tiempo que le queda de vida. Los más pobres tienen unos pocos días y, cuando salen de su jornada laboral en una fábrica, reciben una recarga de algunas horas más, como si se tratara del crédito de un teléfono celular. Los más ricos, en cambio, disponen de muchos años y pueden "dilapidar" décadas para adquirir productos de lujo o ingresar a zonas exclusivas. El tiempo es dinero, dice el popular dicho, y en esta película escrita y dirigida por Andrew Niccol (el mismo de Gattaca y coguionista de The Truman Show) esa sentencia es llevada al extremo.

    La premisa es ingeniosa e inquietante (una suerte de impiadoso darwinismo temporal para evitar la superpoblación en el seno de una sociedad muy represiva) y Niccol la expone en los primeros minutos con un buen despliegue visual (contó con el gran director de fotografía Roger Deakins) y con Justin Timberlake (cada vez más seguro en pantalla luego de su promisorio secundario en Red Social) como el típico héroe de clase baja que enamora a una chica rica y aburrida (Amanda Seyfried).

    Sin embargo, luego de ese inteligente planteo inicial, a Niccol y compañía, parece, les dio miedo de que algún ejecutivo de Hollywood pensara que desarrollarían un sesudo tratado filosófico sobre la condición humana y, así, a los pocos minutos prácticamente abandonan cualquier atisbo de reflexión sobre temas como la búsqueda de la inmortalidad y la permanente juventud, la codicia o la manipulación de las masas para transformar a El precio del mañana en un mediocre y previsible producto que atraviesa los tópicos básicos y cumple con todos lugares comunes de los subgéneros que podrían definirse como "carrera contra el tiempo" y "juego de gato y ratón". Demasiado poco para un film que tenía todas las posibilidades de ingresar en la historia grande de la ciencia ficción.
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  • La mala verdad
    La mala verdad
    Otros Cines
    Atreverse...

    En principio, mis respetos hacia los realizadores de este film por abordar un tema tabú (al menos, en el cine argentino) como el del abuso infantil y la hipocresía de buena parte de la sociedad que se hace la distraída ante un tema bastante más extendido de lo que se está dispuesto a reconocer. Mis respetos, también, ante los muy buenos intérpretes del film, que han sabido aportar su profesionalismo y su integridad para que los conflictos que aquí se abordan no los superaran.

    Dicho esto, tengo que indicar que -para mi gusto- el film peca en varios pasajes de obvio, ampuloso y subrayado (y con ciertos maniqueismos a la hora de dividir entre "buenos" y "malos" a los abuelos de la pequeña protagonista o a los integrantes de la comunidad escolar que deben lidiar con el caso que aquí se cuenta). Tampoco me convenció una estética (con ciertos "vicios publicitarios") o una musicalización que me remitieron a un cine ochentista, ese que surgió en la primavera democrática del alfonsinismo. De todas maneras, más allá de los reparos que tengo frente a ciertas ideas del guión o de la puesta en escena, vuelvo a reivindicar que el cine nacional se atreva con valentía a exponer situaciones duras y que actores como el mítico Alberto de Mendoza o Analía Couceyro se arriesguen con personajes que hacen carne algunas de las peores miserias humanas (uno por acción y la otra por defecto). Allí reside el principal valor de una película que, en términos estrictamente cinematográficos, tiene menos hallazgos que en su poder de denuncia.
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  • Tata Cedrón, el regreso de Juancito Caminador
    Reencuentros

    Este documental registra el regreso definitivo de este revolucionario del tango a su Buenos Aires luego de más de tres décadas de exilio en París. La ocasión -un verdadero punto de inflexión- es perfecta para que el Tata recuerde su pasado, analice su presente y piense en su futuro. La película tiene algunos momentos muy simpáticos (como esas charlas pletóricas de humor negro entre el protagonista y sus compañeros del Cuarteto en la trastienda de los shows, con esa intimidad que sólo se da en los camarines) y otros emotivos (como cuando el Tata va a visitar el predio donde estaba su casa, ya demolida). Porque estamos ante una película de reencuentro: con lugares, con amigos... con la propia esencia y la historia personal.

    También hay, claro, notables pasajes musicales con shows en vivo a puro tango y apariciones de grandes artistas que estuvieron vinculados a él como Paco Ibáñez, Enrique Morente o Eduardo Makaroff, de Gotan Project. Un más que digno testimonio de vida y de cultura que los seguidores del Tata sabrán apreciar y disfrutar en toda su dimensión.
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  • Operación regalo
    Para saber cómo es la Navidad...

    Luego de dos joyas como Pollitos en fuga y Wallace y Gromit: La batalla de los vegetales (largometraje inspirado en los célebres personajes que emocionaron y siguen emocionando en decenas de cortos), la productora británica Aardman -asociada con Sony Animation- dejó algunas dudas con Lo que el agua se llevó, aunque el resultado final fue bastante satisfactorio. Esas dudas crecen con esta nueva incursión de esa sociedad en la animación digital (Nick Park y Peter Lord fueron en su momento los grandes héroes del stop-motion) que arranca con cierto ingenio y capacidad de sorpresa (juega con la gran incógnita infantil de cómo hace Papa Noel para repartir decenas de millones de regalos cada Navidad en los puntos más distantes del planeta), pero que luego cede a la tentación de resolver todo a puro vértigo y con una acumulación de enredos no siempre logrados.

    Está presente durante todo el film la tensión entre tres generaciones de la familia de papanoeles (el abuelo ya retirado que vuelve al rubro, el padre ya cansado y a punto de abandonar y los hijos que se disputan el puesto) que genera cierta gracia y hay un indudable know-how a la hora de construir el entramado visual, pero más allá de la belleza de muchas de sus imágenes y de algunos chispazos de humor eficaces, se perciben en Operación Regalo demasiado minutos que no trascienden la medianía. Estamos ante una buena película, es cierto, pero que al mismo tiempo nos deja con gusto a poco, sobre todo para una factoría que nos ha bendecido con tantos pasajes de Gran Cine, esos que aquí sólo aparecen en cuentagotas.
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  • Happy Feet 2: El pingüino
    El film tiene tantos hallazgos como carencias; lo mejor son las escenas coreografiadas de danza y música

    El australiano George Miller se hizo famoso entre fines de los años 70 y mediados de los 80 con la violenta saga de Mad Max . Sin embargo, su estilo revulsivo cambió por completo cuando incursionó en Hollywood con un melodrama como Un milagro para Lorenzo o con un film familiar como Babe, el chanchito en la ciudad . En los últimos cinco años se dedicó por completo a la animación infantil con las dos entregas de la saga Happy Feet .

    Favoritos del cine desde hace ya bastante tiempo (aparecieron en documentales, en películas de ficción y, claro, en muchas producciones animadas), los pingüinos vuelven a ser los protagonistas casi exclusivos de esta secuela: el antihéroe perfecto es el pequeño Erik, hijo de Mumble y objeto de todas las burlas por su torpeza y por ser el "distinto", ya que, a diferencia de los otros integrantes de la comunidad, no sabe cantar ni bailar.

    El humillado Erik se escapa con sus dos primos y volverá para salvar, con la ayuda de pingüinos de otra raza (ellos son Emperadores), a sus pares de la muerte tras un derrumbe que los deja atrapados.

    El film tiene tantos hallazgos como carencias. Lo mejor son las escenas coreografiadas de danza y música (que van desde el rap hasta el gospel) y, claro, la calidad de la animación digital, que incluye un buen uso del 3D en términos narrativos.

    Entre lo negativo está la apelación bastante constante a los estereotipos (como el latino un poco bruto, gracioso y de gran apetito sexual), una subtrama de dos krills (pequeños camarones perdidos bajo el hielo) que intentan emular a la ardillita de La E ra de Hielo y que jamás se integra al resto del relato, y un tono aleccionador (políticamente correcto pero demasiado obvio) sobre los desastres naturales que provoca el calentamiento global o lo malo que es discriminar para reivindicar luego la solidaridad y la amistad.

    El espíritu didáctico tiene sentido en el cine cuando está sostenido por una historia atractiva. Si no, entorpece el desarrollo de una narración que primero debe entretener y, en un segundo plano, dejar a los más chicos un mensaje positivo. Aquí, parece, la prioridad no siempre ha sido ésa.
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  • Las acacias
    Las acacias
    La Nación
    Una particular road movie que apela más a la cámara que a la acción

    La película arranca en un aserradero ubicado en Paraguay: un árbol gigante cae bajo los efectos implacables de una motosierra. Luego, vemos que desde allí sale un viejo Scania cargado de troncos rumbo a la frontera con la Argentina.

    Al volante aparece Rubén (notable trabajo de ese gran actor hasta ahora no del todo reconocido que es Germán de Silva), un curtido camionero con 30 años de experiencia al que su jefe le hace un extraño encargo: llevar a Jacinta (la convincente actriz no profesional Hebe Duarte), una mujer paraguaya (y madre soltera de una beba de cinco meses) hasta Buenos Aires, donde ella planea quedarse con unos familiares y buscar trabajo.

    Lo que sigue es una road movie de 1500 kilómetros narrada en su mayor parte desde la cabina del camión; es decir, una historia de cámara sin los grandes "eventos" y peripecias que suelen surgir en las películas de camino.

    En primera instancia, todo es silencio y resquemor. Giorgelli trabaja la incomodidad de ambos con pequeños gestos y miradas (al principio, como a los personajes, a la película le cuesta un poco arrancar y generar la complicidad del espectador). El, un típico solitario, es huraño e individualista, pero -poco a poco- con un trabajo bastante sutil por parte del director, ambos seres empezarán a tener alguna que otra actitud noble y se irán abriendo hacia el otro.

    No conviene adelantar nada más de la trama. Sólo que Giorgelli hace gala de una gran sensibilidad y de una convicción para la puesta en escena, para los climas intimistas y para la dirección de actores, que son infrecuentes en un director debutante (aunque en su caso tiene larga experiencia en la industria cinematográfica local).

    Las A cacias es un largometraje riguroso, noble y entrañable a la vez, una historia narrada con pudor, pero de una profunda ternura hacia sus protagonistas. Es una película chiquita en esencia, pero que demandó un enorme esfuerzo de producción (filmar desde, hacia y dentro de un camión, cortar rutas, trabajar con una no actriz y con una beba, etc.). Para destacar también los trabajos -llenos de matices- del fotógrafo Diego Poleri y del sonidista Martín Litmanovich.

    Giorgelli llega, recién a los 44 años, a su ópera prima. La recompensa -merecida- ha sido una catarata de premios en festivales de primer nivel, como los de Cannes, San Sebastián y Londres. Como dice el dicho, tanto para sus personajes como para él, "nunca es tarde?".
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  • La mujer sin piano
    Después de hora

    Con su segundo largometraje, el madrileño Rebollo (director de Lo que sé de Lola y actualmente en plena posproducción de El muerto y ser feliz, rodada en varias provincias de la Argentina) ganó el premio al mejor director y el galardón Nueva Mirada de TVE en el Festival de San Sebastián 2009.

    En La mujer sin piano, se sumerge en las experiencias de Rosa (Carmen Machi), una ama de casa/depiladora ya madura que decide cortar con una existencia gris, tediosa y previsible, calzándose una peluca y saliendo a conocer la noche madrileña.

    Durante ese "después de hora" (es la crónica de un día en la vida de...) descubrirá bares y hoteles, prostitutas e inmigrantes, violencia, incomunicación, soledad, sordidez, burocracia, represión y un mal humor generalizado. También mantendrá una fugaz relación (no tanto erótica sino confesional) con un trabajador de la construcción polaco tan simpático como patético. Austera, sensible, tierna y melancólica. Divertida y triste a la vez.
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  • Amanecer - Parte 1
    Amada inmortal

    Ví Crepúsculo (2008), de Catherine Hardwicke; Luna Nueva (2009), de Chris Weitz; Eclipse (2010), de David Slade (la mejor de todas); y ahora Amanecer - Parte 1 (2011), de Bill Condon. Cuatro películas -de cuatro directores diferentes- para una saga de vampiros (y lobos), adolescentes y enamoradizos, dominada por un inmenos puritanismo, una tremenda solemnidad y serios problemas de casting. Pero... ¿a quién le importa? Una saga literario-cinematográfica sostenida por el marketing que funciona ¡y cómo! Una máquina de recaudar mucho en poco tiempo (aquí arranca con 205 copias que gracias al interlocking se multiplicarán en más pantallas todavía).

    Soy de los (pocos) que creen que para (intentar) comprender a los adolescentes de hoy y sondear de qué va la cosa en la industria del cine hay que "comerse" cosas como Amanecer - Parte 1. Mis colegas y amigos se ríen. "Ni en pedo" invierten horas de sus vidas en las nuevas historias de Bella Swan (Kristen Stewart), Edward Cullen (Robert Pattinson) y Jacob Black (Taylor Lautner). Allá ellos...

    Luego de "histeriquear" de lo lindo con el vampiro Edward y el lobo Jake, la humana Bella se decide por el primero y en esta cuarta entrega (iba a ser la última, pero -al mejor estilo Harry Potter- dividieron el libro final en dos partes) Edward y Bella se casan (primer tercio de película), se van de luna de miel a una paradisíaca isla cerca de Río de Janeiro donde finalmente tienen el tan demorado debut sexual a los 18 años (segundo tercio), ella queda embarazada y se irá convirtiendo en una vampiresa inmortal, lo que genera unos cuantos riesgos e incógnitas que mejor no develar (tercer tercio).

    Que Pattinson es un "paquete", que todo aquí es hiper conservador, que el film peca de frío y artifical... Todo eso ya se ha dicho aquí y en miles de otros medios. Rescato de este cuarto film algunas secuencias arriesgadas desde lo narrativo y lo visual (como el parto extremo de Bella) y ciertos pasajes en los que las CGI están al servicio del relato y no del regodeo.

    De todas maneras, nada ni nadie logrará que un fan de la saga (el tercer film vendió más de un millón de entradas en los cines argentinos) deje de consumir Amanecer - Parte 1, ni tampoco que algún desprevenido vaya a ver qué onda. Ya sé, esta reseña es no sólo inocua sino también contradictoria y, en definitiva, inservible (desechable). Creo que mis escépticos colegas tenían razón.
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  • Poesía para el alma
    Una conmovedora producción coreana sobre la relación entre una abuela y su nieto

    Si alguien leyera que en el inicio de una película hay una chica que se suicida luego de haber sido violada por sus compañeros de colegio y que la protagonista es una mujer sexagenaria cuya calidad de vida empieza a degradarse a partir de los primeros síntomas de Alzheimer, podría imaginar con no poca razón que estamos ante un film de explotación, una de esas historias que se regodean en la sordidez y las peores miserias del ser humano.

    Nada de eso. El notable director coreano Lee Chang-dong construye con esos y otros elementos (el eje es la relación entre una abuela y su nieto) un melodrama exquisito en su realización y de múltiples niveles de lectura por su mirada no exenta de lirismo y cargada de significación.

    Habitué del Festival de Cannes (donde obtuvo por este trabajo el premio al mejor guión y el galardón ecuménico) y ex ministro de Cultura de su país, el director de Oasis , Peppermint Candy y Secret Sunshine continúa con su exploración del melodrama de fuerte espíritu humanista (aborda la posibilidad del perdón y la reconciliación incluso luego de situaciones extremas) sin por eso caer en la simplificación tranquilizadora.

    El film está narrado desde el punto de vista de una mujer de 66 años (extraordinario trabajo de la veterana y popular actriz Jeong-hie Yun) a cargo de su nieto, un adolescente rebelde que podría estar implicado junto a sus amigos en la apuntada violación de una chica de la escuela. Mientras la heroína trata de lidiar con el joven (y con las consecuencias de sus actos) y se encarga de cuidar también a un viejo que ha quedado prácticamente paralítico tras un infarto, empieza a sufrir los primeros efectos de su enfermedad degenerativa y se inscribe en un curso de poesía para adultos en un centro comunitario local como forma de catarsis y de exploración interior.

    Así, mientras va perdiendo de manera progresiva su capacidad para el habla y la memoria, busca de manera desesperada en los versos las palabras justas para describir su visión del mundo. Más allá de algún pasaje que peca de cierta inocencia (quizá para contraponerlo con la crudeza de los temas crudos que aborda) y de su exigente duración, estamos ante un film bello, profundo, trascendente, espiritual, inteligente y conmovedor.
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  • El invierno de los raros
    Un film experimental que retrata a seres incapaces de expresar sentimientos

    Si hay algo que define al Nuevo Cine Cordobés -además de su gran capacidad de producción con mínimos recursos- es su diversidad. Hace dos semanas se estrenó en Buenos Aires una desprejuiciada comedia pop, romántica y musical como De caravana . Hace siete días fue el turno de un drama histórico sobre la corrupción política como Hipólito, y hoy se lanzan un documental de observación como Yatasto (en una sala de la Docta) y un film de clara apuesta experimental como El invierno de los raros .

    Esta ópera prima de Rodrigo Guerrero propone una estructura coral para narrar las historias (o, mejor dicho, describir los estados de ánimo) de seis personajes (hombres y mujeres, jóvenes y maduros) que deambulan por y se entrecruzan en una pequeña ciudad cordobesa mientras buscan establecer algún tipo de comunicación y, de ser posible, encontrar el amor.

    Relaciones entre amigas, entre una madre y una hija, entre seres que están obsesiva y secretamente enamorados de otras personas con la evidente dificultad a la hora de expresar sus sentimientos? De eso trata este film climático, atmosférico, existencialista y por momentos sutil que en su primera parte construye los universos íntimos de sus personajes y en su segunda parte (luego de un editado musical algo abrupto) plantea algunas mínimas definiciones.

    Más allá de cierto déjà vu a la hora de repetir algunas líneas de lo que fue el nuevo cine argentino surgido a fines de los años 90 (una propuesta no narrativa, un acercamiento documentalista con mucha cámara en mano y amplio espacio para la improvisación actoral, apuesta por el minimalismo y escasez de diálogos a la hora de describir la angustia y la soledad de sus criaturas), El invierno de los raros presenta a un director seguro de lo que (no) quiere y, también, de los riesgos que corre. Su cine no es fácil de asimilar porque no apela a la gratificación instantánea, pero estamos ante un artista con vuelo propio y una sana búsqueda de la experimentación y del riesgo. Habrá que seguir, entonces, sus próximos pasos.
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  • Verdades verdaderas, la vida de Estela
    Una vida de película

    La biopic (película biográfica) es uno de los géneros más transitados por el cine norteamericano. Aquí, ha tenido un desarrollo limitado, y generalmente centrado en personajes ya fallecidos. Por eso, en lo que constituye una verdadera rareza, Verdades verdaderas... reconstruye la historia de Estela de Carlotto (interpretada en la ficción por Susú Pecoraro), desde que era una simple ama de casa, madre y docente en La Plata hasta convertirse en presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, en el marco de la incansable búsqueda de su nieto Guido por juzgados, hospitales, comisarías y cuarteles.

    Con un elenco pletórico de figuras (además de Pecoraro, aparecen Alejandro Awada, Inés Efron, Carlos Portaluppi, Fernán Mirás, Laura Novoa y varias más) y una cuidada producción y reconstrucción de época, se trata de una narración clásica -correcta y cuidada, pero al mismo tiempo sin grandes hallazgos ni audacias- en la que la verdadera Carlotto aparece sólo en la imagen final.

    La narración va y viene en el tiempo (1975, 1979, 2009), con un buen trabajo de ambientación y maquillaje, pero no resultan tan convincentes ciertos elementos (artificiales y hasta altura casi demodé) como la inclusión de testimonios a cámara de los distintos personajes con monólogos "emotivos". Más allá de lo que pueda opinarse respecto de estas u otras decisiones narrativas, Verdades verdaderas... es un film más que atendible y un merecido homenaje/reconocimiento a Carlotto.
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  • El Polonio
    El Polonio
    Otros Cines
    Sobreviviendo

    Luego de su presentación en el marco de la Competencia Argentina del reciente Festival de Mar del Plata se estrena este documental que -a partir de un largo testimonio- reconstruye la historia de una mujer montevideana que trata de recuperarse de la muerte de su beba, mientras vive en una precaria casa ubicada en el aislado balneario uruguayo.

    Golpeada, curtida por la tragedia, sobreviviente de una existencia llena de dolor y de excesos que la dejó muy cerca de la locura, trata de encontrar cierta paz y sanación con la soledad invernal de ese balneario hippie como fondo, con la ayuda de una terapia psicológica y del misticismo y la espiritualidad de las enseñanzas del gurú Maharashi.

    La historia de vida alcanza cierta intensidad, pero más allá de la crudeza, el resto del film (los personajes secundarios que interactúan con la protagonista, el contexto inhóspito del lugar) es bastante limitado en sus alcances.

    N. de la R.: Me enteré de este estreno porque me lo comentó un colega y escuché un spot radial. Nadie se comunicó con nosotros para anunciarnos la noticia. A veces, parecería que algunos directores y productores "esconden" sus películas. Por suerte, la había visto en el Festival de Mar del Plata.
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  • Mía
    Mía
    La Nación
    La ópera prima de Javier van de Couter no está a la altura de sus intenciones

    Esta ópera prima de Javier van de Couter tiene las mejores intenciones (visibilizar a grupos minoritarios y muchas veces marginados, exponer temas duros, como la violencia familiar o la descontención infantil), pero su principal problema es que prioriza la elocuencia discursiva, la obviedad y linealidad de los diálogos y el subrayado de sus situaciones y conflictos por sobre las herramientas puramente cinematográficas.

    El film está narrado desde el punto de vista de Ale (Camila Sosa Villada), una travesti que trabaja como cartonera y vive en una villa miseria conocida como La Aldea Rosa, cuyos habitantes son reprimidos con asiduidad por la policía. En uno de sus recorridos diarios por las calles de Buenos Aires, la protagonista encuentra tirado el diario íntimo de Mía, una mujer joven que ha muerto dejando solos a su marido, Manuel (Rodrigo de la Serna), y a su pequeña hija, Julia (Maite Lanata).

    El padre se ha convertido en un alma en pena y la encantadora niña, en la víctima de sus descargas de ira, dolor e impotencia. Ale se sensibiliza ante la situación y empieza a establecer una relación con la pequeña, mientras Manuel se opone a puro prejuicio y con muy malos modos a que la desconocida ingrese en su casa.

    Lo que sigue es la previsible crónica de un caso de redención, de aceptación, de solidaridad, de entendimiento y de respeto hacia las diferencias (sociales, sexuales, ideológicas) en el seno de una sociedad marcada por la discriminación y la intolerancia. Son sentimientos nobles y reivindicables, por supuesto. Sin embargo, no estamos aquí ante un discurso sino ante una película. Y, en términos estrictamente cinematográficos, este debut de Van de Couter acumula sobreactuaciones, superficialidades, lugares comunes y bajadas de línea. El relato, por lo tanto, no está a la altura de los temas que aborda y, así, las palabras les terminan ganando por goleada a las imágenes.
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  • Hipólito
    Hipólito
    Otros Cines
    ¿Nuevo Cine Cordobés o Viejo Cine Argentino?

    Tras el estreno porteño de De caravana, llega una semana después Hipólito. Si en el primer caso exaltábamos la frescura, el desparpajo, la capacidad de sorpresa del film de Rosendo Ruiz, aquí nos encontramos con una épica histórica bastante solemne, obvia y adocenada. Ambientada a mediados de los años '30 en una Córdoba dominada por la represión y el fraude electoral de los sectores más conservadores que imponen el terror a sangre y fuego con tal de sostenerse en el poder, esta ópera prima está narrada desde el punto de vista del niño (un huérfano de 10 años) del título.

    Técnicamente impecable (con una sólida reconstrucción de época y una indudable pericia formal), Hipólito no propone nada demasiado novedoso desde lo narrativo ni desde una marcación actoral algo torpe (los diálogos tampoco ayudan demasiado). Así, este exponente del Nuevo Cine Cordobés remite a antiguos vicios del Viejo Cine Argentino. Una pena.
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  • Flamenco, Flamenco
    Corazón gitano

    A 14 años de Flamenco, su exitoso documental-tributo al cante, la música y el baile flamenco, el ya casi octogenario Carlos Saura filma una segunda parte que nos regala una veintena de números (coreografías o simples imágenes de los creadores tocando y cantando) iluminados en todos los casos por ese gigante de la fotografía que es Vittorio Storaro. En pantalla aparecen desde los maestros insoslayables (Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, José Mercé) hasta las grandes figuras de la actualidad (Estrella Morente, Sara Baras, Miguel Poveda, Israel Galván, Tomatito, Farruquito, Eva la Yerbabuena y un largo etcétera). Algunos podrán decir (y es cierto) que es "más de lo mismo". Pero aquí "más de lo mismo" significa otra verdadera fiesta para los sentidos, indispensable para quien gusta del arte de ese origen.
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  • Un amor
    Un amor
    Otros Cines
    Dos hombres y una mujer, treinta años después

    La directora de Herencia y Lluvia se basó en un cuento de Sergio Bizzio para un relato que trabaja sobre elementos quizás ya vistos muchas veces en el cine, pero que son abordados con encanto y sensibilidad en una película que encuentra un sano equilibrio que le permite conseguir la emoción sin caer en el sentimentalismo o el golpe bajo.

    Construida en dos tiempos distintos (unos adolescentes durante unas vacaciones de verano a fines de los años ‘70 en un pueblo entrerriano y la actualidad de esos tres personajes ya adultos), Un amor pendula entre la inocencia, el despertar sexual, los códigos de amistad y las contradicciones íntimas de Lalo, Bruno y Lisa, y el reencuentro de los protagonistas tres décadas más tarde, ya adultos, curtidos, bastante golpeados por la vida ¿Recordar? ¿Olvidar? ¿Retomar aquello que quedó pendiente? ¿Volver a empezar? ¿Una simple ilusión? ¿Un ejercicio de nostalgia? De eso se trata esta película honesta y sentida.

    Quizás sobren algunos parlamentos o ciertos pasajes musicales que enfatizan demasiado lo que la directora y sus actores ya habían conseguido con sus imágenes y sus climas, pero más allá de algún lugar común del subgénero "triángulo amoroso" y de los aislados subrayados, estamos ante una película sobria y tierna. Con el sello de una realizadora que, como Hernández (a contramano del minimalismo y la austeridad de buena parte del Nuevo Cine Argentino), parece no tenerle miedo a exponer en pantalla los sentimientos más primitivos y esenciales de sus criaturas.
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  • De caravana
    De caravana
    La Nación
    Una propuesta llena de ideas, ingenio, talento y grandes momentos

    ¿Una "superproducción" financiada de manera independiente y rodada íntegramente en Córdoba, con la Mona Jiménez cantando en vivo (y hasta actuando); con una trama que incluye secuestros, dealers , marginales, un fotógrafo de clase alta, una heroína popular y un encantador travesti de la mejor cepa almodovariana; con un trasfondo romántico y, al mismo tiempo, con un retrato sobre las fuertes diferencias de clases que transcurre en clubes nocturnos, cabarets, barrios castigados y bares de mala muerte?

    Todo eso (y bastante más) es lo que regala esta ópera prima de Rosendo Ruiz, una propuesta llena de ideas, de ingenio, de talento, de grandes momentos (también de otros no tan convincentes) y, especialmente, de genuinas aspiraciones masivas, algo que ya ha conseguido tras el estreno comercial en las salas de su provincia con más de 20.000 espectadores.

    Es cierto que hay pasajes que evidencian cierta torpeza, desniveles interpretativos en el elenco y situaciones algo forzadas que podrían haberse evitado, pero los problemas quedan minimizados frente a la intensidad, la tensión, la empatía, la energía, la alegría, la inocencia, la "vida" que se desprende a cada instante de esta comedia romántico-musical a puro cuarteto, a puro vértigo y a puro amor por el cine. Una verdadera sorpresa de ese diamante en bruto que es el Nuevo Cine Cordobés.
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  • La profecía del 11-11-11
    Responsable de tres entregas de la exitosa saga de terror sádico El juego del miedo, Darren Lynn Bousman escribió y dirigió esta coproducción estadounidense-española que intenta -sin demasiada fortuna- incursionar en un subgénero que parece haber resurgido luego de su época de oro en los años 70 para estar otra vez de moda: el thriller religioso con elementos apocalípticos.

    Joseph Crone es un escritor torturado, un alma en pena: a pesar de que sus libros venden millones de ejemplares, no ha podido recuperarse de la muerte de su esposa y su hijo en un incendio. Cuando se entera de que su padre está a punto de morir en Cataluña, sale de su largo encierro y viaja hasta la casona, ubicada en las afueras de Barcelona. Allí, se reencontrará con su hermano Samuel (Michael Landes), un cura en peligro ante la inminencia del 11-11-11 del título, día en que supuestamente se abrirá un portal para la llegada de fuerzas diabólicas. La trama (una acumulación de situaciones sobrenaturales, profecías, rituales, sacrificios, pesadillas, alucinaciones, referencias a la numerología y traumas psicológicos derivados del dolor y la culpa) describe la obsesiva investigación que Crone realiza para desentrañar el misterio y salvar a su hermano.

    La película no termina de funcionar en ninguno de los terrenos: ni en el narrativo ni en la descripción de los personajes ni en el visual ni mucho menos en el actoral. El ominoso film transcurre en buena medida dentro de las paredes de la vieja casa familiar, y cuando la acción se traslada al Barrio Gótico o a las playas de Barcelona tampoco alcanza climas mínimamente sugerentes. Bousman va sumando elementos con la idea de generar una tensión y un suspenso que deberían resolverse de manera satisfactoria y convincente sobre el final. Sin embargo, el desenlace es tan torpe y manipulatorio que todo resulta todavía más frustrante que durante la ya mediocre hora y media inicial.
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  • Antes del estreno
    Luego de un par de auspiciosas experiencias de creación grupal (UPA! Una película argentina y Las hermanas L.) y de un no del todo convincente debut individual (Toda la gente sola), Santiago Giralt consigue su mejor film con esta tragicomedia inspirada en Opening Night (1977), el clásico de John Cassavetes.

    Como guionista, escritor, director y/o productor, el prolífico y multifacético Giralt parece obsesionado por la trastienda y las miserias de la creación artística (y de los artistas). Aquí se basa en el trabajo de la gran Erica Rivas ("su" Gena Rowlands), bien acompañada por Nahuel Muti y la niña Miranda de la Serna (hija en la vida real de Rivas y Rodrigo de la Serna, quien también tiene una participación especial en el film), para describir los cuatro días previos al estreno de una obra en el Teatro San Martín que constituirá el primer protagónico de ella.

    Juana Garner (Rivas), una joven intensa, neurótica y alcohólica, y Román Costa (Muti), un director de cine en pleno bloqueo creativo, comparten un tortuoso fin de semana en una bella casa de campo, pero cada uno parece vivir en su propio mundo, casi incomunicados.

    Con unos largos, impecables y fluidos planos-secuencia (gentileza de los directores de fotografía Facundo Pires y Galel Maidana, y de la destreza del camarógrafo Pablo González Galetto), que permiten el despliegue histriónico y la interacción entre los intérpretes, un ya maduro Giralt expone en toda su dimensión y facetas la neurosis, la angustia, la histeria, los celos, la alienación, la esquizofrenia, los excesos y la fragilidad de sus criaturas, que viven entre sus inmensos egos, reproches mutuos y una falta absoluta de contención.

    Si bien el film se va agotando un poco durante su segunda mitad, Antes del estreno resulta un triunfo cinematográfico porque combina la capacidad narrativa de Giralt y la ductilidad de Rivas (mejor actriz de la Competencia Argentina del Festival de Mar del Plata 2010 por este trabajo) para un relato simpático, impiadoso y disfrutable a la vez.
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  • La piel que habito
    Retrato de una obsesión

    En la etapa más reciente de su ya prolongada carrera, Pedro Almodóvar se ha sentido fascinado por los géneros, especialmente por el thriller y el film-noir. Aquí, propone una relectura de los clásicos de suspenso de Fritz Lang y de una de sus pelícujlas favoritas, Les yeux sans visage (1960), de Georges Franju con Pierre Brasseur, mezclada con el mito de de Prometeo (que a su vez es el origen del Frankenstein, de Mary Shelley) para narrar los experimentos que un brillante y psicopático cirujano plástico (Antonio Banderas, en su reencuentro con el director) realiza en su propio laboratorio para cambiar la piel (y luego también el sexo) de una de sus víctimas (Elena Anaya), a quien mantiene encerrada en una suerte de cárcel de lujo.

    En verdad, La piel que habito combina varios temas, climas y géneros: es una historia de amor, obsesión, manipulación y venganza, un retrato de una familia salvaje y amoral con al gran Marisa Paredes como la madre de Banderas, un ensayo sobre los excesos en la bioética y una desgarradora mirada al abuso de poder que combina también elementos propios de la ciencia ficción y la comedia negra.

    A partir de la novela Tarántula, del francés Thierry Jonquet que el propio realizador de Atame y Matador modificó a su gusto, Almodóvar propone una explosiva combinación de incisiones en los cuerpos, perversiones varias, relaciones posesivas, escenas sexuales y disparos a quemarropa. Una mezcla que funciona bastante bien (hay altibajos, pero también grandes momentos) y que definen el actual estado de las cosas en el universo de este cambiante, pero siempre provocativo y singular artista.
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  • Tres hermanos, tres destinos
    Con una producción cuidada, el film polemiza con la política francesa en Argelia

    Conocido en la Argentina gracias a los estrenos de Días de gloria y London River , Rachid Bouchareb -nacido en París, pero de origen argelino- se ha convertido en el director que más se ha sumergido en las siempre conflictivas relaciones entre Francia y las que fueron sus colonias del norte de Africa.

    En su más reciente largometraje -presentado en medio de fuertes, ásperas polémicas en el marco de la competencia oficial del Festival de Cannes de 2010 y nominado al Oscar-, narra las vivencias de tres hermanos (interpretados por los muy populares en Francia Jamel Debbouze, Roschdy Zem y Sami Bouajila), integrantes de una familia despojada de sus tierras en los años 20 y víctima de la matanza de Sérif en 1945.

    Precisamente, la reconstrucción de la represión contra manifestantes independentistas argelinos es uno de los puntos más controvertidos del film, ya que las cifras de víctimas -según los historiadores de cada "bando"- difieren por mucho: 1165 según unos y casi 45.000 según otros.

    Tres hermanos, tres destinos sigue la historia de esos tres personajes (un soldado que vuelve del frente de batalla en Indochina, otro que se convierte en líder del grupo revolucionario FLN y el restante que se gana la vida manejando prostíbulos, cabarets y boxeadores en la zona de Pigalle) en un relato de indudable potencia, con una producción muy cuidada (el presupuesto superó los 25 millones de dólares), aunque con un sentido didáctico que lo vuelve demasiado obvio y explícito.

    Hay en esta épica una interesante idea de conectar lo familiar, con lo social, lo político y lo histórico (un modelo posible sería el de la saga de El padrino , de Francis Ford Coppola, matizado con elementos del cine de Gillo Pontecorvo y su clásico La batalla de Argelia ), pero el resultado no es todo lo satisfactorio y convincente que podría haber sido. De todas formas, se trata de un film atendible y con varios puntos de interés para el debate posterior.
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  • Violeta se fue a los cielos
    Andrés Wood y un intenso retrato de la multifacética cantautora chilena

    Con media docena de largometrajes previos ( La fiebre del loco , Historias de fútbol , El desquite , La buena vida , Machuca ), Andrés Wood se ha consolidado como uno de los directores más sólidos de la generación "intermedia", aquella previa a la explosión reciente del denominado Nuevo Cine Chileno.

    En esta película sobre Violeta Parra, la cantautora más importante de la historia de su país, Wood consigue un retrato casi siempre intenso, que termina sobreponiéndose a ciertos excesos y subrayados gracias a su solvencia como narrador y, sobre todo, a la interpretación de Francisca Gavilán, quien carga con el peso no menor de un relato dominado por situaciones extremas que ella sortea con absoluta naturalidad y convicción.

    Gran éxito comercial en su país, con más de 350.000 espectadores, y candidata por Chile al Oscar en idioma extranjero, Violeta se fue a los cielos está construida con una estructura de rompecabezas que va y viene en el tiempo y en los lugares (desde su búsqueda casi antropológica de las raíces ancestrales de la música de su país hasta su experiencia con la "universidad del folklore" en una carpa de circo que montó en La Reina, pasando por sus coqueteos con la pintura en París o sus tortuosas relaciones afectivas) para llegar al abrupto final que ya todos conocen.

    Una de las decisiones artísticas más torpes e innecesarias del film tiene que ver con una subtrama que -quizá para justificar la coproducción con la Argentina- le dedica muchos, demasiados minutos a una entrevista que Violeta le concede a un periodista porteño (Luis Machín), utilizada de manera obvia y didáctica para ramificar la estructura narrativa.

    Lo más interesante de esta biopic es, precisamente, que no cede a las tentaciones (convenciones) de este género tan transitado por el cine hollywoodense , especialmente a la hora de acercarse a artistas torturados, como fue el caso de Violeta Parra. Wood y Gavilán escapan de toda demagogia a la hora de moldear a la protagonista y, en vez de convertirla en una heroína del todo empática, se animan a presentar su costado casi dictatorial, su individualismo, su desconexión, su inconformismo, su desencanto, su resentimiento, su desapego familiar y su angustia existencial.

    La película, es cierto, se permite unas cuantas licencias "poéticas", pero no estamos aquí frente a un ensayo intelectual ni ante un documental preciosista, sino ante una mirada sobre (una interpretación de) una artista multifacética, rebelde, caótica, inasible y, por supuesto, con rasgos geniales. Así, el film, aun con sus altibajos y concesiones, logra seducir al espectador y alcanza una dimensión artística que no queda a tanta distancia de la que alcanzó en vida la figura que retrata.
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  • A usted no le gusta la verdad: 4 Días en Guantánamo
    Pecados de guerra

    Tras su exitoso paso por el reciente DocBsAs/11, la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín presenta durante 6 días (24 funciones en total) este demoledor trabajo que denuncia de manera descarnada los abusos y excesos que se cometen con los prisioneros en Guantánamo.

    El tema no es nuevo (allí está, por ejemplo, un film que incursiona en parte en la ficción como El camino a Guantánamo, de Michael Winterbottom y Mat Whitecross; o un documental como Standard Operating Procedure, de Errol Morris), pero aquí hay varios aspectos que lo convierten en una historia singular: la víctima es de origen canadiense y... ¡es un menor de edad! (Omar Khadr fue capturado en Afganistán a los 15 años acusado de asesinar a un soldado estadounidense en 2002).

    Luego de ser herido y torturado brutalmente, Khadr permaneció durante años en Guantánamo. En 2003, recibió la visita de unos agentes de seguridad que lo interrogaron durante cuatro jornadas. Esas sesiones fueron registradas por unas cámaras de seguridad. El video, de 7 horas, fue desclasificado por una decisión de la Corte Suprema de Canadá.

    A partir de ese material, el canadiense Cotê y el chileno Henriquez exponen los torturas psicológicas que debió soportar Khadr, mientras sus familiares, sus abogados, diplomáticos y funcionarios de su país, ex compañeros de prisión, militares y periodistas que investigaron su caso opinan y amplían sobre aquellos sucesos.

    La estructura del film es bastante cruda, directa y efectiva: fragmentos de los interrogatorios mechados con testimonios de los expertos que miran el desgarrador video en una laptop. No hay necesidad aquí de agregar nada más. Estamos ante un documento único que desnuda algo que intuimos o leímos, pero que aquí queda ratificado en toda su dimensión: la denominada "guerra contra el terror"... es de terror. Los norteamericano -parafraseando un eslogan trístemente célebre que tanto conocemos, no son derechos ni humanos.

    PD: El caso de Khadr se definió recién el año último. No voy a entrar en detalles. El film lo informa recién sobre el final. También, claro, lo pueden "googlear".
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  • Contagio
    Contagio
    Otros Cines
    Ahí viene la plaga...

    Se sabe que Steven Soderbergh es uno de los pocos directores de Hollywood que hace (casi) lo que quiere. No sé si es por su prestigio, por su imagen o por su poder de convencimiento, pero lo cierto es que -cuando no filma proyectos experimentales e hiper independientes- se las ingenia para convocar elencos pletóricos de figuras.

    En su nueva película, el prolífico realizador de La gran estafa, Traffic y Erin Brockovich consiguió nada menos que a Matt Damon, Kate Winslet, Jude Law, Gwyneth Paltrow, Laurence Fishburne, Marion Cotillard, Elliot Gould y varios más para que trabajaran en este thriller apocalíptico sobre un arrasador virus (originado en Hong Kong por una combinación entre murciélagos y cerdos) que causa millones de víctimas.

    Película coral (el protagonista es Matt Damon pero no está demasiados minutos en pantalla), Contagio pasa de personaje en personaje (y va y viene en el tiempo) para exponer los estragos de la pandemia y el caos que se genera también en una sociedad dominada por el pánico y la paranoia.

    Es extraño ver a grandes estrellas de Hollywood (Winslet y Paltrow lo son) muriendo en pantalla a los pocos minutos (a la cabeza de Gwyneth, pobrecita, se la hace una autopsia que generará más de una repulsión) o a Jude Law interpretando a un blogger de San Francisco dueño de un cinismo y de un oportunismo rayano con lo enfermizo. Incluso cuando parece que cerca del desenlace va a ceder a la tentación del lugar común sentimentalista del melodrama familiar, lo gambetea a-lo-Bochini y entrega una impecable escena final.

    Es que Contagio es un film que se aleja por completo tanto del amarillismo como de la demagogia. Soderbergh resulta un digno heredero del cine de los años '70 y propone una narración seca, tensa, urgente y visceral, sostenida por un gran trabajo de cámara (digital), una edición vertiginosa y una climática banda sonora compuesta por Cliff Martinez.

    Puede que la película perturbe a cierto sector del público (a mí hasta me incomodaban las toces de otros críticos durante la proyección de prensa) más habituado a películas condescendientes, que generan una mayor empatía con los personajes y que entregan un "mensaje" conciliador y bienintencionado, pero creo que en el actual contexto de Hollywood poder apreciar un film tan a contracorriente y a la vez inteligente resulta una verdadera rareza. Bienvenida sea.
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  • Actividad paranormal 3
    En 2007, el israelí Oren Peli rodó con apenas 15.000 dólares una película de terror basada en la idea del found-footage (videos caseros encontrados) que manejaba con inteligencia los mínimos elementos sobrenaturales y los ruidos para generar tensión y miedo. El film se estrenó dos años más tarde y se convirtió en uno de los más rentables de la historia. En 2010 llegó la inevitable secuela, y ahora es el turno de la precuela -ambientada en 1988-, que describe la niñez de las hermanas Katie y Kristi.

    Esta tercera entrega no es una mala película, pero tiene un gran problema: repite con muy escasas variantes la fórmula explotada por sus dos antecesoras. Así, la experiencia se parece bastante a escuchar un chiste por enésima vez: ya no tiene el mismo efecto, la fluidez ni la capacidad de sorpresa que en aquella primera oportunidad.

    En un rapto de nostalgia, la historia se traslada a fines de los años 80 y las dos cámaras que tomarán las imágenes (a veces fija, a veces en mano) son en el viejo y ya casi extinto formato VHS. Las protagonistas de las dos primeras entregas (Katie Featherston y Sprague Grayden) aparecen sólo en la primera escena, un prólogo que transcurre en 2005, pero luego las veremos de pequeñas (ya interpretadas por Chloe Csengery y Jessica Tyler Brown) en la casa familiar californiana que comparten con su madre (Lauren Bittner) y con su nuevo padrastro (Christopher Nicholas Smith), que se gana la vida filmando bodas y es un adicto a la imagen.

    Poco a poco, con el estilo pausado y progresivo de la saga (casi minimalista frente al terror sádico de, por ejemplo, la franquicia de El juego del miedo ), los directores Henry Joost y Ariel Schulman (cuyo principal antecedente era el documental Catfish ) irán mostrando las presencias fantasmales (¿demoníacas?) hasta llegar a un final bastante más explícito que apuesta por el impacto.
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  • Un rey para la Patagonia
    Elogio de la locura

    Otro egresado de la FUC que debuta con un ambicioso documental sobre un tema fascinante, abordado desde muy diferentes aristas. En 1971, el talentoso, delirante y aventurero artista gráfico y publicitario Juan Fresán (padre de Rodrigo) se lanzó con más ganas que que recursos a filmar una película sobre Orélie Antoine de Tounens, un francés de 33 años sin alcurnia que en 1861 se autoproclamó "Rey de la Patagonia y la Araucanía".

    El rodaje de La Nueva Francia quedó inconcluso por falta de fondos y por un escándalo sexual que entró en la mitología. En 2004, pocos meses antes de morir, Juan Fresán le pidió a Lucas Turturro que lo ayudara a rescatar y conservar las imágenes filmadas tres décadas antes.

    Ahora, el director propone -a partir de un guión del gran Christian Ferrer- una triple reconstrucción: la de la vida de Fresán (exiliado en Venezuela durante la dictadura), la de Tounens y la de la película que no fue (al menos hasta que Carlos Sorín, director de fotografía del film original, retomó la idea y concibió La película del rey). Sorín, Ferrer, Rodolfo Terragno, amigos, colegas y técnicos dan su testimonio, mientras Turturro apela a imágenes inéditas de la malograda película y a un hilarante reportaje que un joven Tomás Eloy Martínez le hizo en Francia a un descendiente del monarca patagónico.

    Por momentos, el off (a cargo de Miguel Dedovich) resulta demasiado "canchero" y remite un poco a cierto tono Llinás (Balnearios). Además, tanto el diseño sonoro como el gráfico son un poco ostentosos (y modernosos), pero aun con estos reparos estamos ante un ensayo muy interesante sobre unos personajes (Fresán, Tounens) que son definidos por los disintos participantes del film de muchas maneras ("farsantes, fantoches, locos lindos, visionarios, románticos, perdedores"), pero que sin dudas merecían un reconocimiento póstumo de esta envergadura.
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  • Eva de la Argentina
    Es la historia de un amor como no hay otro igual...

    Pocas semanas después del estreno de Juan y Eva, de Paula de Luque, llega otra recuperación de la figura de Evita; en este caso, con el énfasis puesto en la animación.

    Si bien hay varios puntos en común entre ambos films (empezando por la absoluta reivindicación de la vida y obra los protagonistas), esta película de la periodista devenida realizadora María Seoane tiene algunas aristas interesantes: en principio, tiene como narrador íntimo (casi en plan detectivesco) a Rodolfo Walsh, quien por un lado va reconstruyendo aquellos días mágicos y épicos del surgimiento del peronismo y de la historia de amor entre Juan y Eva; y, por otro, aborda uno de los aspectos más siniestros que cruzó la Argentina del último medio siglo: el derrotero del cadáver de la "jefa espiritual de la Nación", víctima del odio, del miedo y de la venganza de sus enemigos.

    La animación de Illusion Studios (la misma productora de Boogie, el aceitoso) está inspirada en los dibujos originales del recientemente fallecido Francisco Solano López (El eternauta) y luce bastante bien, incluso sobreponiéndose a sus limitaciones: lo artesanal aquí funciona porque no hay una búsqueda del perfeccionismo, ni siquiera un intento de trabajar en el realismo puro. La incorporación de imágenes documentales de archivo de la época (sobre todo de las masivas manifestaciones populares) también se amolda bien al relato.

    El problema, como siempre, surge a la hora de analizar el por qué, el cómo y el para quién. El film no logra trascender cierto esquematismo, cierta superficialidad y cierta solemnidad reverencial. Hay un intento por mostrar la bohemia del escritor/periodista/militante Walsh, en medio de la represión de la última dictadura, y algunas pinceladas sobre el costado más humano de la relación de Perón y Evita, pero así y todo al film le cuesta salir de cierto didactismo de manual y de discurso "para la hinchada".

    Más allá de estos reparos, quizás la animación (se dijo: bastante lograda) sirva para que adolescentes y jóvenes venzan cierto prejuicio hacia el cine "histórico" y puedan acercarse a aquellos tiempos y a esos personajes que, aún hoy, siguen siendo clave para entender la Argentina del pasado, del presente y, por qué no, del futuro.
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  • Asesinos de Elite
    A mitad de camino entre el thriller político y el cine de acción

    Este primer largometraje del director irlandés Gary McKendry (nominado al Oscar por el corto Everything in This Country Must ) aspira a incursionar en dos terrenos (el thriller político basado en un controvertido caso real y el cine de acción más puro), pero se queda a mitad de camino, sin profundizar en ninguno de esos aspectos y, por lo tanto, sin contentar del todo a aquellos que buscan una historia "con contenido" ni a quienes, en cambio, prefieren un producto más pasatista concebido con vértigo, espectacularidad y el aporte de estrellas del género.

    En principio, la historia sigue la línea de films sobre confabulaciones internacionales como Syriana o la saga de Jason Bourne, con los personajes viajando por todo el mundo. La trama central, de todas formas, tiene que ver con los asesinos de elite del título (Jason Statham y Robert De Niro), quienes se ven obligados a trabajar para un veterano jeque de Omán que en 1980 quiere vengar la muerte de sus hijos a manos de unos agentes británicos que trabajaron como mercenarios en la guerra civil que se desató en esa región.

    El principal problema es que la película abandona muy rápidamente cualquier atisbo de seriedad en su denuncia de los excesos de los servicios de inteligencia y empieza a apostar a situaciones y diálogos cada vez más risibles, a personajes estereotipados y a una acumulación de lugares comunes (como la historia de amor entre Statham y la bella Yvonne Strahovski).

    Asesinos de élite tampoco se anima a trabajar en un registro más irónico sobre el lugar de los viejos héroes de acción a punto de retirarse (como sí lo hizo Sylvester Stallone en Los indestructibles ) y, así, desaprovecha en buena medida el carisma y las siempre poderosas presencias en pantalla de Statham, De Niro y Clive Owen, que aquí funciona como la contracara de los protagonistas. De todas maneras, cabe aclarar que aun frente a las evidentes limitaciones del material (incluso de escenas de acción que no superan la media del cine a gran escala actual) los tres actores salen bastante airosos de semejante desafío. Un mérito doble porque la película no está a la altura de sus antecedentes, sus méritos y sus posibilidades.
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  • Aquel martes después de Navidad
    Nuevo acercamiento a un triángulo amoroso, de una intensidad notable

    Paul (Mimi Branescu) y Adriana (Mirela Oprisor) están casados desde hace diez años, tienen una hija, un amplio y moderno departamento, un auto y un buen nivel económico. A pesar del paso del tiempo, el matrimonio parece bastante armónico, hasta podría decirse que feliz. Sin embargo, él lleva una doble vida, ya que desde hace seis meses mantiene una relación paralela con Raluca (Maria Popistasu), una atractiva dentista bastante más joven que él.

    Así planteadas las cosas, este nuevo acercamiento a un triángulo amoroso podría resonar en primera instancia como una historia vista ya demasiadas veces. Sin embargo, el notable director rumano Radu Muntean trasciende cualquier limitación o lugar común con un sofisticado, minucioso y sutil andamiaje narrativo construido a partir de un puñado de largos y virtuosos planos secuencia para concretar un profundo e incisivo retrato psicológico en el que cada detalle, cada observación, cada gesto, cada palabra adquiere una significación y una trascendencia insospechadas.

    Para que el largometraje (cuarto en la carrera de Muntean) alcance la potencia, naturalidad, consistencia, fluidez y credibilidad que finalmente logra, el director de Boogie se basa en el trabajo de tres intérpretes extraordinarios (a esta altura, una marca recurrente en el nuevo cine rumano) que sostienen y amplifican cada una de las situaciones y conflictos (sorpresa, incredulidad, rabia, dolor, culpa) que aquí se plantean a la hora de exponer la crisis íntima y, en un terreno más amplio, las contradicciones de la clase media-alta rumana en medio de una sociedad que todavía digiere su transición de tantos años de socialismo hacia las tentaciones y placeres burgueses que propone el capitalismo.

    Esta perfecta interacción entre un realizador y su elenco (que denota un gran trabajo previo conjunto) remite a sociedades artísticas como las que generaron con sus actores directores de las dimensiones de Ingmar Bergman o John Cassavetes.

    Dueño de un estilo austero y depurado, en el que jamás hay lugar para el exceso ni la grandilocuencia, Muntean redondea una propuesta que destila tanta verdad, tanta convicción en cada uno de sus fotogramas, que la convierten en un experiencia de una intensidad muy poco habitual en el cine contemporáneo.
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  • Caño dorado
    Caño dorado
    Otros Cines
    Ciudad sin Dios

    En la línea del realismo sucio y estilizado de ese cine latinoamericano tan elogiado en el exterior (léase Amores perros o Ciudad de Dios), Pinto continúa ciertas búsquedas narrativas, estéticas y temáticas presentadas en Palermo Hollywood. El resultado es un film en el que los regodeos con los "chiches" visuales (Pinto es un reconocido creador de videoclips) le ganan por goleada a la profundidad y creatividad de su historia.

    Entre vistosos planos-secuencia, cámara ultralenta, reencuadres, (des)enfoques, efectos de montaje y de sonido, propulsión de CGI, rebuscados encuadres, símbolismos religiosos y una omnipresente banda sonora con ritmos que van de la cumbia villera al indie-rock (Pity Alvarez, Karamelo Santo, Estelares, etc.) se narra la historia de un joven herrero (Lautaro Delgado) que vive con su madre (Tina Serrano) en una villa miseria y subsiste fabricando caños (escopetas) artesanales de un tiro. Entre punteros/mafiosos y policías, intenta sostener una historia de amor con una menor (Camila Cruz). Hay escenas de cierta intensidad y una indudable pericia técnica, pero el resultado final de esta película siempre previsible no es, por lo tanto, demasiado estimulante.
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  • Tierra sublevada - Parte 2: Oro negro
    Memoria del (otro) saqueo

    A los 75 años, y con medio siglo de carrera cinematográfica, Pino Solanas sigue con sus documentales políticos (y, de alguna manera, haciendo política con sus documentales) sobre la Argentina post-2001.

    Luego del tríptico Memoria del saqueo, La dignidad de los nadies y Argentina latente, Solanas filmó La próxima estación (sobre los ferrocariles) y Oro impuro (sobre la minería a cielo abierto). Ahora, es el turno del petróleo (y del gas) en Oro negro, un muy interesante documental a cargo de alguien que sabe del tema y que, por lo tanto, tiene llegada a quienes son capaces de exponer en toda su dimensión el despojo que se produjo tras la privatización de YPF y Gas del Estado a finales del menemismo.

    La película está construida en varias líneas: la reivindicación de la figura señera y modélica del general Enrique Mosconi, creador e impulsor del crecimiento de YPF; un panorama de la importancia estratégica de la empresa durante décadas hasta llegar a la actual situación de desabastecimiento e importación de combustibles; y el retrato íntimo de luchadores populares (ex trabajadores de la industria petrolera) en zonas arrasadas como la propia ciudad salteña de General Mosconi.

    Más allá del didactismo de la narración del propio Solanas (de todas maneras, mucho más relajada y menos altisonante que en oportunidades anteriores), Oro negro es un trabajo inobjetable por la calidad de sus testimonios, la contundencia de sus datos, la potencia de su denuncia hacia la connivencia entre políticos (incluido los kirchneristas) y las empresas privadas; y la sensibilidad en el acercamiento humano (sobre todo, hacia las comunidades de los pueblos originarios afectadas por la contaminación de sus tierras por parte de las grandes corporaciones).

    La película es apasionante y por momentos conmovedora, pero también lastima, se padece en las entrañas ante la evidencia de que la Argentina ha regalado una parte esencial de su patrimonio porque no ha sabido (o no ha querido) defender sus intereses. El desatino del pasado (y del presente) ya lo estamos pagando, pero lo sufriremos aún más en los próximos tiempos. Así, Oro negro resulta un documental esclarecedor, esencial y, por lo tanto, destinado a perdurar.
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  • Detrás de las paredes
    Terror de autor... sin autor

    Nominado varias veces al Oscar como productor, director y/o guionista de En el nombre del padre, Mi pie izquierdo y Tierra de sueños, el irlandés Sheridan es reconocido como un realizador de prestigio y un gran narrador. Por eso, esta primera incursión suya en el género del terror (aunque en verdad es más un thriller psicológico sobre alucinaciones, dobles personalidades y esquizofrenias) de la mano de tres intérpretes de primerísima línea (Daniel Craig, Rachel Weiz y Naomi Watts) generaba una enorme expectativa e ilusión. La frustración, por lo tanto, es mayor. Este subproducto (dicen que Sheridan, descontento con el resultado, final pidió sin suerte retirar su nombre de los créditos) arranca bastante bien al exponer el cambio de vida de un exitoso editor que renuncia a su trabajo en una corporación neoyorquina para dedicarle más tiempo a su familia (esposa y dos hijas) en una casona de las afueras.

    Sin embargo, en su segunda mitad todo se desbarranca: no sólo el relato es absolutamente previsible (uno puede anticipar cada uno de los pasos siguientes y hasta la resolución de la trama) sino que está construido con torpeza, a puro trazo grueso y golpe de efecto. Por supuesto, hay algunos climas logrados y tres buenos actores que sacan sus intrascendentes personajes a flote con un gran profesionalismo (igual, da pena ver a una Naomi Watts tan desperdiciada en un penoso papel secundario). Así, este intento por construir un "terror autoral" termina siendo no sólo infructuoso sino incluso menos logrado que muchos exponentes del género realizados sin tanto apellido detrás pero con más habilidad y nobleza.
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  • La cocina (En el medio hay una ley)
    Para la hinchada

    Coco Blaustein (Cazadores de utopías, Botín de guerra y Hacer Patria) y Daicich reconstruyen en este documental el largo proceso que derivó en la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (más conocida como Ley de Medios), en octubre de 2009. Película militante (pro-K, por supuesto) y didáctica, La cocina explica los antecedentes históricos (la vieja Ley de Radiodifusión que regía desde la última dictadura, los infructuosos intentos radicales por modificarla) y expone los argumentos de los distintos sectores que participaron en los debates previos y, más tarde, en la discusión parlamentaria. El film, en este sentido, no va más allá de un mero trabajo periodístico/televisivo montado con clara intencionalidad en favor de quienes apoyaron la propuesta oficial. Lo más interesante del film, sin embargo, pasa por la exposición de experiencias comunitarias en el interior del país (desde una radio mapuche hasta un viejo proyecto editorial socialista en La Pampa, pasando por diferentes proyectos de cooperativas y pequeñas compañías en Córdoba, Santa Fe y otras zonas que lucharon contra las imposiciones de los grandes cableoperadores). Allí reside el principal valor y hallazgo de la película, en la reivindicación de esas búsquedas, en la amplificación de esas voces que en muchos casos quedaron fuera de la discusión pública. El resto, en cambio, es un film para la hinchada, para los amigos, para los convencidos, para la militancia. Y, en ese aspecto, el resultado es bastante menos interesante.
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  • Gigantes de acero
    Levy, con aportes de Spielberg, traslada el mundo de la pelea profesional a los robots

    " Rocky con robots." Ese es el "concepto" con que se ha definido esta película de Shawn Levy (un director ligado desde siempre a la comedia que aquí se prueba con bastante fortuna en la ciencia ficción, la acción y el melodrama familiar). También es decisiva -al menos en el desarrollo de una difícil relación padre-hijo como motor de la narración- la presencia de Steven Spielberg (acompañado, entre otros, por Robert Zemeckis) en la producción.

    Los gigantes de acerodel título han reemplazado en esta trama ambientada en 2020 a los boxeadores de carne y hueso generando un deporte masivo que maneja muchísimo dinero. En este sentido, es interesante apreciar cómo, desde la propia película, se apela al (y se abusa del) denominado product placement , es decir, las publicidades de múltiples marcas insertadas dentro de la propia trama.

    Claro que no todos en ese ámbito son empresarios de poderosas corporaciones tecnológicas y mediáticas. El perfecto antihéroe del film es Charlie Kenton (sólido trabajo de Hugh Jackman), un cínico ex boxeador que intenta sin demasiada fortuna sostener su alicaída economía y el interés de una atractiva joven (Evangeline Lilly) apostando por sus robots en combates que se desarrollan en clubes de mala muerte.

    Su situación cambia por completo cuando aparece en escena Max (consagratoria actuación de Dakota Goyo), quien no es otro que su hijo, al que abandonó cuando era apenas un bebe. Tras la muerte de su madre, este niño de 11 años -dueño de una ironía punzante, de una gran inteligencia y de una enorme capacidad para dominar la tecnología- terminará acompañando a Charlie (que en verdad pretende darlo en adopción a una tía) en una accidentada gira por el circuito de boxeo para robots.

    El film, es cierto, cae en cierto sentimentalismo algo exagerado (pero que no abruma) y en una hoy de moda reivindicación de lo old-fashioned en tiempos de consumismo exacerbado (el robot que los saca del anonimato y la miseria está construido con desechos de viejas tecnologías), pero la narración funciona durante buena parte de sus 127 minutos con nobles atractivos tanto para chicos como para adultos (un mérito no menor).

    Las escenas de acción (que combinan efectos visuales, animación con captura de imágenes reales y el uso de animatronics ) son muy llamativas y contundentes. Al revés que en la saga Transformers , no hay aquí un regodeo ni una búsqueda de apabullar al espectador, sino un despliegue estético que es siempre funcional en términos dramáticos. Así, entre la eficacia de las batallas entre robots y la buena química entre Jackman y Goyo para esta épica sobre la redención de un padre frente a su hijo, Gigantes de acero se convierte en un más que digno "tanque" hollywoodense con inevitable (y merecido) destino de éxito comercial.
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  • El agua del fin del mundo
    Las hermanas sean unidas...

    Paula Siero debuta en el largometraje con este drama intimista (casi minimalista) que se centra en la relación entre dos hermanas (Guadalupe Docampo y Diana Lamas) y cómo ésta se conmueve tras la aparición de un joven músico alcohólico que se gana la vida tocando el acordeón en el subte (un estereotipado Facundo Arana). El film aborda con bastante sobriedad y recato (aunque también con cierto distanciamiento) el hecho de que la mayor de las dos (Lamas) sufre una enfermedad terminal. La menor (Docampo), que trabaja en una pizzería, trata de conseguir el dinero para cumplir con el último deseo de su hermana: un viaje hasta Ushuaia. Siero no logra trascender cierta elementalidad y superficialidad de la trama y del retrato psicológico, pero lo suyo -de todas maneras- es bastante digno: no hay sobreactuaciones, subrayados ni golpes bajos. La puesta en escena opta por la cámara en mano y los planos cortos, pero no logra la intensidad narrativa ni emocional buscada. El film se sigue con cierto interés, pero al mismo tiempo resulta por momentos algo monótono y reiterativo. Habrá que seguir la carrera de Siero. Aquí hay algunas puntas, esbozos, pinceladas que la muestran como una artista sensible y con un promisorio futuro.
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  • Justicia final
    Justicia final
    Otros Cines
    Todo por un sueño

    Basada en una historia real (ergo: con los inevitables cartelitos al final que nos dirán qué fue de la vida de cada uno de los personajes) y la participación de grandes intérpretes que aportan "a la causa", Justicia final es una de esas películas "importantes" (porque denuncian las grietas del sistema), aleccionadoras (trata sobre gente que se sacrifica hasta límites insospechados con tal de conseguir un noble objetivo en la vida) y, en el fondo, intrascendentes (porque los recursos que utiliza para "decir" las cosas, para exponer su moraleja, terminan anulando su capacidad emotiva y degradando la inteligencia del propio espectador). Swank es una mujer que descuida hasta su rol de madre con tal de recibirse de abogada y luchar por la libertad de su hermano (Rockwell), injustamente condenado a cadena perpetua por un aberrante crimen que -nos dicen- no cometió. El director Goldwyn -cual telefilm de la semana- reconstruye el caso policial y la odisea judicial hasta demostrar lo que ya todos intuíamos: que Swank encarna a una heroína "del pueblo" capaz de vencer a la corrupción, a la desidia, a la burocracia y al derrotismo generalizados (en este sentido, me quedo con Julia Roberts en Erin Brockovich). Un mediocre tearjerker con música que nos "obliga" a llorar. No cuenten conmigo.
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  • Pina
    Pina
    Otros Cines
    El pasado nunca muere

    Wenders estrenó en la última Berlinale Pina, su esperado tributo a Pina Bausch. El proyecto -que ambos discutieron durante más de dos décadas- iba a contar con la activa participación de la excepcional bailarina y coreógrafa alemana, pero su inesperada muerte en junio de 2009, a los 68 años, cambió por completo el rumbo. Luego de un largo período de incertidumbre, el director de Las alas del deseo y Buena Vista Social Club se reunió con los integrantes de la compañía Tanztheater y juntos decidieron hacer igual la película para exponer toda la grandeza y la diversidad de la obra de una pionera y verdadera genia de la danza contemporánea. El film -concebido con los mismos equipos y técnicas en 3D que se utilizaron para Avatar- presenta en buena parte de sus 100 minutos escenas de danza en las que la cámara “interactúa” con los artistas (“queríamos que bailara con ellos”, dijo Wenders). Las coreografías de cuatro espectáculos concebidos por Bausch, como Le Sacre du printemps (1975), Café Müller (1978), Vollmond (2006) y Kontakthof (estrenada en 1978 y con nuevas versiones en 2000 y 2008) fueron montadas en segmentos individuales y grupales, en estudios y en exteriores, en la llanura y en la montaña, en el campo y en la ciudad, con escenografías despojadas y con gran despliegue de elementos como agua o rocas. El resultado es de una enorme belleza, aunque algunas decisiones del director -como interrumpir varias escenas de danza con declaraciones a cámara de los bailarines o con imágenes de archivo- son bastante discutibles. De todas maneras, esta película -que representa a Alemania en la lucha por el Oscar extranjero- resulta insoslayable para los amantes de la danza moderna.
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  • El extraño caso de Angélica
    Ya no quedan demasiadas palabras para reconocer la creatividad y la jovialidad del gran maestro portugués. En esta oportunidad, nos regala un drama fantástico (un proyecto que concibió en… 1952 y que sólo ahora pudo concretar) sobre un joven fotógrafo (Ricardo Trêpa) que es contratado de urgencia por una poderosa familia para tomar imágenes del cadáver de una bella joven (Pilar López de Anaya). Pero la muerte, al menos a este antihéroe, le ríe (literalmente) y queda enamorado, obsesionado por la difunta, que se le irá apareciendo a toda hora y en todo lugar. No creo, como la mayoría de mis colegas, que se trate de una obra maestra, pero con su ligereza, su desbordante libertad y su estética demodé (hasta los efectos visuales parecen de otra época), se impone como un film decididamente disfrutable.
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  • Medianeras
    Medianeras
    Otros Cines
    ¿Dónde estás amor de mi vida que no te puedo encontrar?

    Esta tragicomedia narra la gris cotidianeidad de dos jóvenes solitarios, fóbicos y desencantados de la vida (Javier Drolas y la bella española Pilar López de Ayala) que, aunque no lo saben, son vecinos de la zona de Santa Fe y Libertad. El es un diseñador de páginas web que se obsesiona con los videojuegos y la fotografía, y ella es una arquitecta frustrada que se gana la vida decorando vidrieras y lucha contra los ataques de pánico y la angustia existencial luego de fracasar en una relación afectiva de cuatro años. El film -moderno e ingenioso, trabajado en base a un relato en off lleno de ironía- tiene referencias claras al cine de Woody Allen, Paul Thomas Anderson y Jacques Tati, así como el aporte en pequeños papeles de figuras como Carla Peterson, Rafael Ferro, Inés Efron, Alan Pauls, Jorge Lanata y Adrián Navarro. Basada en el corto homónimo de 2005, esta multipremiada opera prima de Taretto está lejos de ser una obra maestra, pero es un producto bien diseñado y mejor construido. Un ensayo sobre la degradación urbana (en sus múltiples aspectos) matizado con placenteras pinceladas de comedia romántica.
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  • Testimonio de una vocación: Edmund Valladares
    Muy discreto trabajo para referirse a Edmund Valladares

    Artista polifacético, Edmund Valladares ha incursionado -siempre con un fuerte compromiso con la realidad social y las causas populares- no sólo como pintor expresionista (figura fundamental de la generación de la Nueva Figuración) sino también como escultor, escritor, cineasta de ficción y de documentales, investigador y docente universitario.

    Semejante dimensión artística -no exenta de audacia política y estética-, que ha sido construida gracias a una carrera que ya lleva más de medio siglo, merecía un retrato bastante más profundo y arriesgado que el que ofrecen los 63 minutos de este apenas discreto trabajo de Jorge Valencia, Eduardo López y Jaime Lozano.

    La narración no tiene demasiados hallazgos (los efectos y animaciones son de los más elementales) y los materiales de archivo (algunos, incluso, de calidad bastante deficiente) resultan más bien escasos y pobres teniendo en cuenta la categoría de un artista que ha transitado muy diversas épocas, actividades y zonas del mundo. Para colmo, los realizadores apelan a una voz en off que -especialmente en el caso de Juan Leyrado, leyendo de forma cansina los textos- resulta tan didáctica como abrumadora y tediosa.

    Lo mejor, por lo tanto, son los testimonios a cámara del propio Valladares, generoso para con la producción en cuanto a ricas anécdotas (sobre todo respecto de su "maldita" carrera cinematográfica, que incluye elogiados títulos como Nosotros, los monos e I love You? Torito y hasta films inéditos como El sol en botellitas y Las siervas ), pero que no alcanzan a rescatar al documental del naufragio.

    Así, al final de este trabajo más cercano al lenguaje televisivo, el espectador no tendrá una idea cabal -sino apenas superficial- del proceso creativo ni de la importancia y la influencia de la obra de tamaño artista, que se ocupó de temas y de personajes tan disímiles como el boxeo, el tango, la explotación de la mujer, Kafka o Cortázar. El cine y, sobre todo, la figura de Valladares, merecían bastante más.
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  • La princesa de Montpensier
    Guerreros en problemas

    El director de La muerte en directo, Un domingo en la campiña, Cerca de la medianoche y La carnada adaptó la clásica novela corta escrita en 1662 por Madame de Lafayette para construir una épica histórica ambientada durante las conflictos religiosos que arreciaron en la segunda mitad del siglo XVI, que combina una historia de amor imposible (impedido por los matrimonios por conveniencia arreglados por los padres) con los estragos de la guerra civil (sobre todo en el arranque del film). Del género de capa y espada al melodrama, del cine intimista (la relación entre la princesa del título que encarna Thierry y el conde de Chabannes que interpreta Wilson) a los códigos del western a-lo-Anthony Mann o las ínfulas de Akira Kurosawa. El problema es que, más allá de las referencias, de la elegante y estilizada puesta en escena o de las bellas imágenes (¿se apreciarán en toda su dimensión en la proyección digital en los cines porteños?), el film resulta demasiado académico, solemne, sin la tensión ni la dinámica que este tipo de historias exige a los gritos. No es una mala película, pero deja con gusto a poco.
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  • Vaquero
    Vaquero
    Otros Cines
    Nadie me quiere

    Juan Minujín debuta en la dirección con un despiadado retrato sobre el mundillo de los actores (léase rodajes, castings, representantes, fiestas y cócteles de la farándula) a partir de la "doble" vida (aparentemente normal en lo exterior, turbulenta y angustiante en su interior) de un intérprete de cierto renombre en el ambiente del teatro off que intenta impulsar su carrera en las grandes ligas del cine industrial (la posibilidad de participar en un western de un realizador estadounidense a filmarse en la Argentina).

    El propio Minujín -gran actor- interpreta a Julián Lamar, un cúmulo de frustraciones, resentimientos y envidias que vive bajo la sombra de un colega mucho más exitoso (Leonardo Sbaraglia) y de un padre despreciativo y psicopático (Daniel Fanego), mientras es incapaz de conectar en serio desde lo afectivo con una sensible vestuarista que lo quiere (Pilar Gamboa).

    El film maneja un tono tragicómico que provoca muchas risas (por momentos nerviosas), pero para mi gusto derrapa un poco con un off (funciona como la voz interior del antihéroe) que resulta demasiado altisonante, artificial y pretencioso. Un ejemplo: "No paro de pensar en todos estos artistas que me rodean, que se quieren expresar a sí mismos, artistas vanguardistas juntando millas, iPods, memorias, píxeles, megapíxeles, zapatillas blancas, remeras antisistema, hablando del desmonte, del recalentamiento global, de la basura electrónica…" Ideas que pueden funcionar bien por escrito, pero no tanto cuando las aporta un voz omnipresente que agobia y abruma. Así, la música y ciertos momentos de la puesta terminan remitiendo al ego-trip del cine de Gaspar Noé y a un clásico como Taxi Driver.

    De todas maneras, se trata de una comedia negra audaz y políticamente incorrecta (que juega a incomodar) con muy buenos pasajes, situaciones ingeniosas y observaciones impiadosas que ubican a Minujín como un talento a tener en cuenta también del otro lado de la cámara.
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  • El árbol de la vida
    2011, odisea del cine

    En El árbol de la vida se combinan la radicalidad de un director con estatus de mito viviente y reverenciado por la cinefilia más exigente como Terrence Malick con el glamour de dos estrellas de Hollywood en su elenco: Brad Pitt (también coproductor del film) y Sean Penn. La mixtura tuvo efectos benéficos en el último Festival de Cannes (el director ganó la Palma de Oro y los fotógrafos disfrutaron de Pitt -acompañado por Angelina Jolie- en la alfombra roja, pero habrá qué ver si el público "pochoclero" no la ve como un "bodoque pretencioso" y los apuntados cinéfilos/fans del realizador, como una "concesión" al star-system.

    ¿Cómo explicar El árbol de la vida sin caer en simplificaciones? Se trata, en principio, de un melodrama familiar ambientado en los años ’50 (e inspirado en los recuerdos de infancia del propio Malick) sobre un matrimonio (Pitt y Jessica Chastain: recuerden este nombre, es la actriz del momento) que sufre la muerte de uno de sus tres hijos. Pero eso es sólo uno de los aspectos -el más "clásico"- que aborda el creador de Días de gloria, Malas tierras, La delgada línea roja y El Nuevo Mundo.

    Con El árbol de la vida, Malick se propone una de las películas más ambiciosas de la historia del cine, una empresa artística que -en la comparación- deja a 2001, odisea del espacio, de Stanley Kubrick, como una película intimista. Con una búsqueda sensorial y una narración fragmentaria (se parece a un caleidoscopio y a un rompecabezas), el film ofrece desde un ballet cósmico sobre el polvo de estrellas, un documental sobre las maravillas naturales del planeta, un ensayo prehistórico (hay un par de dinosaurios que Steven Spielberg envidiaría) y una épica sobre el amor, la muerte, la culpa, el duelo y la redención.

    El trabajo visual y sonoro -en colaboración con el fotógrafo mexicano Emmanuel Lubezki, el diseñador Jack Fisk y el músico Alexandre Desplat- es de una belleza subyugante, apabullante (algunos críticos le cuestionaron un excesivo regodeo con ciertas imágenes), mientras que las distintas voces en off tienen no pocas búsquedas espirituales (hay algo de new-age en la propuesta), filosóficas y religiosas que oscilan entre lo genial y lo pueril. Así de desconcertante es esta película que fascina, conmueve, irrita y abruma.

    Entre los múltiples aspectos que llaman la atención es que en los 139 minutos de El árbol de la vida una figura como Sean Penn tenga tan poca participación, ya que interpreta en un puñado de escenas a uno de los hijos del matrimonio en la actualidad (un arquitecto que trabaja en una importante firma). Quizás por eso, no participó de la promoción del film y hasta admitió de manera pública que no la había entendido. A no pocos espectadores les pasará algo similar. De todas maneras, más allá de sus altibajos, se trata de un trabajo de indudables valores. Bien vale arriesgarse para disfrutarla y/o discutirla.
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  • Identidad secreta
    Inventando una estrella

    Para quienes no sepan quién es Taylor Lautner, se trata de un morocho de físico muy trabajado que interpreta al licántropo Jacob Black, tercero en discordia de la saga Crepúsculo. Tan inexpresivo y duro como Robert Pattinson, se ha convertido en un sex symbol de adolescentes y, aquí, los productores intentan usufructuar su popularidad y él, despegarse de aquel papel que lo lanzó a la fama.

    No voy a ser muy técnico si digo que Lautner es un "paquete", un actor "de madera", pero es tan así que no hay mejor manera de definirlo. OK, es fotogénico, atlético y lo han entrenado para pelear, pero a sus 19 años resulta mucho menos que la inmensa mayoría de los actores de su generación.

    El problema, de todas maneras, no es sólo suyo. El guión es menos que mediocre (arranca como película de escuela secundaria, sigue como drama familiar y deriva en thriller de persecución-escape tipo gato-ratón con elementos románticos). En este cocoliche hay un joven que descubre que los supuestos padres con los que convive en realidad son agentes del FBI y luego deberá escaparse -acompañado por la bella vecinita de enfrente (Lily Collins)- tanto de los investigadores del gobierno como de unos mercenarios de Europa del Este.

    Hay vertiginosas secuencias en camionetas, trenes y un final en un estadio de béisbol pero el film nunca trasciende una medianía alarmante que tiene que ver, sobre todo, con la falta de ideas. En este contexto poco propicio (previsibilidad y protagonista insulso), alcanzan a destacarse los muy buenos intérpretes contratados para "sostener" el film desde sus papeles secundarios: los falsos padres (Maria Bello y Jason Isaacs), el jerarca del FBI (Alfred Molina), la agente que protege al héroe (la gran Sigourney Weaver) y el malvado de turno (Michael Nyqvist, visto en la saga Millennium) le aportan algo de solvencia y convicción a un film bastante anodino.

    Un último párrafo para el director. John Singleton fue, a principios de los años '90, la gran esperanza del por entonces arriesgado, provocador y prometedor nuevo cine afroamericano con su ópera prima Los dueños de la calle. Hoy se ha convertido en un fantasma, un profesional sumiso al servicio de los productos más elementales.
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  • D-Humanos
    D-Humanos
    La Nación
    Nueve cortometrajes de diez minutos y un solo tema, los derechos fundamentales

    A 63 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y con motivo de celebrarse el Día Internacional de la Paz, se estrena esta propuesta conformada por 9 cortometrajes que -desde muy distintas ópticas, ideas narrativas y apuestas estéticas- reivindican derechos fundamentales como la vida, el trabajo, la igualdad de oportunidades, la salud, la educación y la libertad de expresión.

    Ante la diversidad de temas y estilos, resulta imposible analizar D-Humanos como un todo (más allá de su bienvenida intención de concientización), pero este trabajo colectivo -aún con sus inevitables desniveles- tiene más logros que traspiés. Mariana Arruti ( Trelew ) apela en Mate o leche al punto de vista infantil y a un montaje vertiginoso a ritmo de murga para mostrar los pequeños gestos de solidaridad y disfrute durante un día en la vida de los habitantes de la villa 31 de Retiro. En el otro extremo, Carmen Guarini ( Tinta roja ) registra en el emotivo episodio Baldosas en Buenos Aires el homenaje que amigos y familiares de desaparecidos realizan con un recuerdo que queda impregnado en las propias veredas porteñas. El final -con anónimos transeúntes mirando y descubriendo los nombres- resulta una forma cinematográfica (y poética) de resistir el olvido y reivindicar la memoria.

    También hay espacio para personajes (como Lidia López, una mujer misionera que dirige un comedor comunitario y tiene un programa en una radio comunitaria, en Dial , de Andrés Habegger); para temas controvertidos (la educación a los actuales cadetes del Colegio Militar, en La formación , de Andrea Schellemberg); para exponer la problemática del sistema penitenciario ( La tumba , de Lucia Rey y Rodrigo Paz); para denunciar el envenenamiento con plomo y el olvido al que es sometido el pueblo jujeño de Abra Pampa ( Sangre en el plomo , de Miguel Pereira); para retratar las formas de subsistencia ligadas al contrabando en pequeña escala en una zona fronteriza entre Paraguay y la Argentina ( Pasarela La Fraternidad , de Ulises Rosell); para analizar las marcadas diferencias sociales ( Informe sobre la inequidad , de Pablo Nisenson); y para regalar múltiples imágenes de la ciudad de Buenos Aires ( Objetos humanos , de Javier De Silvio) que funcionan a modo de separadores entre los distintos cortos. Diferentes aproximaciones a un tema común y necesario: la defensa de los derechos humanos
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  • La vida nueva
    La vida nueva
    Otros Cines
    Secretos y mentiras

    Luego de su más que interesante ópera prima, Otra vuelta (2004), Santiago Palavecino regresa con un segundo largometraje que tiene unos cuantos logros y hallazgos, pero que al mismo tiempo deja una sensación agridulce: es que conociendo el talento de su director, la solvencia del equipo de guionistas que lo acompañó (Alejandro Fadel, Martín Mauregui y Santiago Mitre) y los recursos técnicos y artísticos que puso a su disposición Matanza, la productora de Pablo Trapero, se podía (se debía) esperar más de La vida nueva.

    El film tiene como protagonistas a Laura (Martina Gusman), una profesora de piano que ha relegado su carrera musical, y a su marido Juan (Alan Pauls), un veterinario parco y ausente. En medio de una profunda crisis de pareja, ella queda embarazada y tiene muchas dudas respecto de tener o no al bebé. El, por su parte, es testigo de un violento ataque a un adolescente que queda agonizando, pero cede a las presiones (y favores) de los poderosos del lugar y no cuenta toda la verdad. Allí entra en escena Germán Palacios, el tercer vértice del triángulo sentimental que construye Palavecino, en el papel de un viejo amor de Laura y tío de la víctima.

    La vida nueva retrata con agudeza la dinámica pueblerina (con su apariencia tranquila que esconde secretos, mentiras y miserias humanas, con su amable superficie que es sólo una cáscara de la rutina opresiva que ahoga, agobia a los personajes) y también propone unos interesantes dilemas éticos y morales que confrontan el individualismo con la solidaridad.

    El principal problema de la película pasa por los desniveles interpretativos. Gusman y Palacios, sin alcanzar la excelencia de sus mejores trabajos, aportan todo su profesionalismo y su prestancia para exponer las frustraciones y contradicciones de sus personajes. En cambio, Alan Pauls (brillante escritor, crítico de cine y muchas cosas más) resulta una decepción en su debut actoral. Y no se trata de un detalle menor: su personaje es el más importante de la historia, el motor de la narración, el que debe tomar (o dejar de tomar) las decisiones más importantes y expresar en toda su dimensión el estado de confusión y extrañamiento. Lacónico, cada vez que abre la boca su línea de diálogo surge falsa, impostada, forzada, poco creíble.

    Palavecino rehúye de la narración clásica (del crescendo dramático) y apuesta por una dispersión y por un distanciamiento que generan cierta frialdad. Pero la película, en los términos en que está planteada, termina funcionando, especialmente gracias a los climas sugerentes, al entramado visual que Palavecino y su excelente director de fotografía Fernando Lockett construyen como atmósfera de la crisis existencial de unos protagonistas desesperados que necesitan y sueñan con una vida nueva.
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  • Pearl Jam
    Pearl Jam
    Otros Cines
    Vivitos y rockeando

    Pearl Jam estuvo por unas horas en Toronto para acompañar el estreno mundial de Twenty, trabajo de Cameron Crowe (Vida de solteros, Casi famosos, Jerry Maguire: amor y desafío) que recorre en 120 minutos las dos décadas de trayectoria de la banda liderada por Eddie Vedder y, de paso, para tocar en el Air Canada Center durante dos noches (también acompañaron a su amigo Neil Young en la proyección del documental de Jonathan Demme Neil Young Life).

    De Pearl Jam se sabe (casi) todo, pero Crowe tuvo acceso a 30.000 horas de música e imágenes, a más de 1.200 horas de material de archivo inédito (incluido muchos VHS de los primeros tiempos), y a largas entrevistas con sus integrantes para, así, conocer detalles de la larga, fecunda y contradictoria historia del grupo y sumergirse en la intimidad del proceso creativo y de las relaciones humanas entre estos cuatro amigos para los que el tiempo parece no pasar nunca.

    De Crowe se podía esperar una narración cuidada y potente, así como un know-how y un respeto (casi reverencial) por el grupo, pero Twenty está por encima de la media de los rockumentales de tributo / celebración como es en este caso.

    El film arranca reconstruyendo la historia de las bandas que antecedieron a Pearl Jam (Mother Love Bone, Temple of the Dog) y luego describe la escena social y nocturna de Seattle que derivaría en el movimiento grunge (con PJ, Nirvana, Soundgarden, Stone Temple Pilots, Alice in Chains, Blind Melon y Mudhoney a la cabeza).

    Crowe (quien fue firma estrella de la revista Rolling Stone y se radicó en Seattle durante aquella explosiva época para filmar allí Vida de solteros, "la" película grunge y retrato de la Generación X) recorre en distintos momentos las influencias musicales (el punk, The Who, los Clash) y de las otras (David Lynch, el surf, el skate, el básquet); el unplugged de MTV que los hizo masivos y su posterior distanciamiento con esa cadena; su explosión que los llevó de clubes a arenas y de arenas a estadios; sus shows en el festival Lollapalooza; el golpe por la muerte de Cobain en 1994; la famosa tapa en la revista Time; las adicciones varias y la rebeldía; el conflicto legal con Ticketmaster; sus ataques al "circo" del rock y su mala relación con los medios, las corporaciones y las discográficas; su admiración y trabajo conjunto con el "profeta" Neil Young; su desaire en los premios Grammy ("no significa nada", dijo Vedder sobre el escenario) hasta llegar a la crisis de fines de los '90 y la catástrofe (9 muertos durante un concierto en el festival danés de Roskille) que en 2000 casi termina con la banda.

    La segunda mitad tiene que ver con la caída en la popularidad (casi buscada por ellos con la idea de "controlar el límite de tu propio negocio"), su independentismo a ultranza (dejaron de lado a las discográficas), sus ataques a la administración Bush, sus conciertos benéficos por causas nobles (desde la liberación del Tíbet hasta la campaña pro-voto) y su vigencia, ya instalados en el lugar de clásicos. El final, claro, no podía ser con otro tema que con Alive. Porque los Pearl Jam están más vivos que nunca. Para ellos -a pesar de todo- 20 años no es nada.
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  • Invasión a la privacidad
    Actriz sin rumbo

    Cuesta entender cómo actrices que juegan hace años en primera (Hilary Swank es una de las pocas en el mundo que ganaron dos premios Oscar, por Los muchachos no lloran y Million Dollar Baby) terminan trabajando en subproductos como esta opera prima de Antti Jokinen (cotizado director de videoclips que bien podría regresar a las oficinas de MTV). Thriller psicológico hiperestilizado y ambientado en Nueva York, Invasión a la privacidad narra las tortuosas experiencias de una médica que se ha divorciado y encuentra un viejo departamento insólitamente grande e insólitamente barato en Brooklyn.

    Por supuesto, ni el dueño ni el lugar serán precisamente acogedores. Jokinen citó como fuentes de inspiración a El inquilino, de Roman Polanski; y a Atracción fatal, de Adrian Lyne, pero el resultado -en la comparación- no lo favorece en absoluto. Previsible, obvio (berreta y grasa son adjetivos que también le calzan a la perfección), se trata de un largometraje que ni siquiera llegaría a la categoría de telefilm de la semana y que desmerece por completo a una estrella como Swank. A levantar la puntería, Hilary.
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  • El significado del amor
    Tiempos modernos

    Inmenso éxito comercial en Francia y ganadora de dos premios Cesar (mejor actriz para Sara Forestier y mejor guión original), El significado del amor es una comedia satírica que -evidentemente- ha tocado fibras íntimas de la sociedad gala a la hora de trabajar con humor conflictos como los raciales y políticos. Lo mejor del film es su incorrección política (se ríe tanto del renaciente fascismo como de los lugares comunes de la izquierda) y el trabajo de Forrestier, quien se muestra en todo su esplendor y sortea con gran soltura el desafío de interpretar a una joven de origen árabe, extrovertida y desinhibida, que utiliza el sexo como arma de combate. La película, en cambio, cae por momentos en los estereotipos y los clisés cuando confronta y contrasta ese mundo desfachatado de la chica con el del contenido, organizado, reprimido de su contraparte (Jacques Gamblin), que representaría al francés medio, bienintencionado y lleno de prejuicios. Un film simpático, disfrutable y ligero.
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  • Juan y Eva
    Juan y Eva
    Otros Cines
    Sintonía de amor

    "Es la historia de un amor como no hay otro igual…", dice el bolero. Y eso es lo que se propone Juan y Eva, una épica histórica, política y romántica sobre Juan y Eva Perón, desde que ambos se conocen y hasta que llegan al poder luego del levantamiento popular del 17 de octubre de 1945. Paula de Luque (Cielo azul, cielo negro y El vestido), más afecta a la experimentación visual y narrativa, sostiene aquí un relato más clásico (aunque de vez en cuando irrumpen elementos ligados al video-arte) para describir en clave de thriller el ascenso de Perón en turbulentos tiempos tanto en el frente interno (su relación con los militares más conservadores) como en el externo (el derrumbe nazi) y la relación que se va estableciendo con esa ascendente actriz (e hija ilegítima) que tanto inquietó a sus detractores.

    No es la primera vez que las figuras de Juan y Eva son reflejadas en la pantalla y -más allá de la corrección formal y de la más que digna producción (que supo disimular las carencias, por ejemplo a la hora de evitar las costosas escenas de masas)- se podía esperar algo más de audacia, de riesgo. Por momentos, el film luce demasiado temeroso, didáctico, solemne, esquemático y previsible, como si tuviera miedo de incomodar, de dar una nota falsa. Se trata, de todas maneras, de un film correcto, que no agobia y que en varios pasajes logra atrapar al espectador. Y que recupera -desde una postura más glorificadora que cuestionadora- uno de los amores más importantes de la historia argentina. Tan influyente que aún hoy -más de medio siglo después- se lo sigue reivindicando o cuestionando con la misma pasión desde bandos muchas veces antagónicos.
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  • Noche de miedo
    Noche de miedo
    Otros Cines
    Mi vecino es un vampiro

    Basado en el clásico ochentista La hora del espanto, este film de Craig Gillespie (Lars y la chica real, Enemigo en casa) combina con bastante ductilidad, fluidez y elegancia dos subgéneros de moda: las historias de vampiros y las comedias sobre desventuras de adolescentes en pleno despertar sexual y con conflictos (de autoestima) en su etapa de colegio secundario. El protagonista es Charlie (Anton Yelchin), un nerd que quiere dejar de serlo. Para ello, se rebela contra su madre soltera y sobreprotectora (la gran Toni Collette), cambia de amistades (abandona a su impresentable compañero de aventuras interpretado por Christopher Mintz-Plasse) y hasta consigue una novia linda y piola (Imogen Poots).

    El film -que se aleja bastante (por suerte) del modelo Crepúsculo- encuentra en Jerry (Colin Farrell), el nuevo vecino de enfrente de nuestro antihéroe, al malvado necesario: intimidante y risible a la vez. Es que esta película pendula todo el tiempo entre el horror y la comedia (allí está el farsante cazavampiros Peter Vincent que interpreta David Tennant), entre la identificación con los códigos del terror y la distancia irónica. El resultado no será extraordinario, pero le pasa el trapo a buena parte de la producción hollywoodense del rubro.
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  • Sin escape
    Sin escape
    Otros Cines
    Sin escape -basada en una exitosa novela que, a su vez, se había inspirado en un impactante caso real- reconstruye la historia de un austríaco que, tras pasar seis años en prisión por un robo con armas, sale en libertad y, al poco tiempo, no sólo reincide con audaces asaltos a decenas de sucursales bancarias, sino que se convierte también en un famoso corredor que gana la maratón de Viena con récord incluido. Su destreza física, claro, le servirá para huir en múltiples ocasiones de la persecución policial. Rodada con un vértigo, una tensión, una sofisticación, una precisión y una destreza técnica pocas veces vista (en especial, durante las secuencias de los asaltos), Sin escape instala a Heisenberg (que había debutado con la promisoria Sleeper), de apenas 36 años, como una de las grandes esperanzas surgidas de la Escuela de Berlín, el movimiento cinematográfico más interesante del nuevo cine alemán.
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  • Sin límites
    Sin límites
    La Nación
    Bradley Cooper, al frente de un thriller psicológico con mucho vértigo

    Eddie Morra (Bradley Cooper) es un escritor deprimido, sin inspiración, que vive en una pocilga del Chinatown neoyorquino. Su bella y exitosa novia (Abbie Cornish) pierde la paciencia y la fe en él y termina abandonándolo. Cual fantasma, nuestro perfecto antihéroe deambula por los calles (y por los bares) de la ciudad hasta que se topa con un viejo conocido que le ofrece una pastilla de NZT, una droga sintética e ilegal que permite aprovechar el 100 por ciento de la capacidad cerebral y cuyo costo en el mercado negro es de 600 dólares la dosis.

    Perdido por perdido, Eddie prueba la NZT y el efecto es inmediato: no sólo termina su muy postergada novela en cuatro días de incesante trabajo sino que descubre que posee inéditas capacidades en varios otros rubros; por ejemplo, el de las finanzas.

    Tras ese arranque, Eddie recuperará a su novia y será contactado por Carl Van Loon (Robert De Niro), un poderoso empresario que lo quiere como asesor para adquisiciones, fusiones e inversiones multimillonarias. Pero, claro, no todo será tan sencillo en su ascenso: en la segunda mitad del relato (donde la tensión decae un poco y se apela a un desenlace no del todo convincente) comenzará a sentir crecientes efectos secundarios y será víctima de unos mafiosos rusos.

    Lo mejor del film -además de la seductora actuación de Bradley Cooper (visto en la saga de ¿Qué pasó ayer? ) y del ingenioso guión de Leslie Dixon, basado en la novela The Dark Fields , de Alan Glynn- es la elegancia, la inventiva visual y los sofisticados efectos especiales que propone el director Neil Burger (el mismo de la elogiada El ilusionista ). Si bien es indudable la influencia que en este sentido ha tenido El origen , de Christopher Nolan, Sin límites tiene vuelo propio a la hora de reflejar la codicia, la sobre estimulación, la violencia, la angustia y la velocidad de estos tiempos modernos. Un thriller psicológico con mucho vértigo y adrenalina que, más allá de su traspié sobre el final, resulta una propuesta digna, de esas que atrapan, entretienen y dejan pensando.
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  • Habemus Papa
    Habemus Papa
    Otros Cines
    Yo no tengo fe

    Tras su exitoso y polémico estreno en Italia y su paso por la Competencia Oficial del Festival de Cannes, llega a la cartelera local esta nueva película como director y actor de Nanni Moretti. El film arranca con la compleja, tortuosa elección del nuevo Sumo Pontífice que Moretti describe con un gran respeto a las rituales y a la liturgia, pero al mismo tiempo con mucho humor. Finalmente, hay un elegido. Sin embargo, tras un ataque de pánico, el cardenal Melville (un inmenso Michel Piccoli) se resiste a enfrentar a la multitud que lo espera con ansiedad desde hace horas en la plaza San Pedro para escuchar sus primeras palabras y recibir la bendición. El prelado huye hacia las calles de Roma, donde recuperará experiencias que hace mucho no ha vivido, como su pasión por el teatro (La gaviota, de Chéjov, cumple un papel importante en la trama), u otras bastante más banales (viajar en colectivo o comerse una medialuna).

    Satirista consumado, el creador de Caro Diario, Aprile, La habitación del hijo (Palma de Oro en Cannes 2001) y El caimán combina situaciones muy realistas -hasta incluye imágenes de archivo de 2005- con otras llevadas directamente al grotesco, como la secuencia musical que tiene a la inconfundible voz de Mercedes Sosa de fondo cantando Todo cambia o cuando los cardenales son instados por el patético terapeuta que interpreta Moretti (sí, esta vez también se burla de los psicólogos) a participar en un torneo de vóleibol.

    Así, un poco en serio y bastante en broma (sabemos que con el humor se pueden decir cosas importantes sin caer en el subrayado), con la Capilla Sixtina reconstruida en los estudios Cinecittá y con el apuntado aporte del legendario Piccoli, Moretti propone una mirada muy personal, inquietante y provocadora sobre temas como la fe y las convicciones personales. Bienvenido este regreso de Nanni a los cines argentinos.

    (Esta reseña fue publicada con algunos cambios durante el Festival de Cannes 2011)
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  • Tito, el navegante
    Un retrato humano de un excéntrico e innovador artista

    El documental se ha nutrido desde siempre de personajes exóticos, entrañables, talentosos, contestatarios, delirantes y marginales. Tito Ingenieri, el protagonista de este trabajo de Alcides Chiesa y Carlos Eduardo Martínez, tiene un poco de todo eso.

    Tito, mezcla de artista bohemio y sobreviviente del hippismo, resulta un antihéroe perfecto, un loco "lindo" (aunque sus experiencias en el neuropsiquiátrico Borda durante la última dictadura militar no fueron precisamente agradables) que vive en una zona no demasiado favorecida de Quilmes en una extraña (y bella) casa construida por él mismo con? botellas. El resultado es un ámbito con vitreaux improvisados (hay vidrios multicolores) que refractan la luz y le otorgan al lugar climas muy sugestivos.

    Además, Ingenieri es un experto soldador que ha aplicado ese conocimiento del oficio para concebir inmensas, audaces e impactantes esculturas metálicas.

    Chiesa y Martínez construyen un relato sólido y sencillo, que combina testimonios de Tito y de sus amigos con imágenes de su cotidianeidad y su particular proceso artístico. Hay algunos intentos por romper con esos esquemas básicos (como la inclusión de algunos pasajes animados), pero queda claro que aquí el interés por el personaje está muy por encima de las búsquedas estéticas o narrativas de los directores.

    El desenlace, quizás algo complaciente (el "perdedor" que finalmente encuentra el amor y el reconocimiento hacia su obra), no erosiona los logros de un retrato humano lleno de matices (pendula entre el humor negro y elementos trágicos) y de hallazgos.
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  • La verdad oculta
    La verdad oculta
    Otros Cines
    Por nuestra culpa

    Película de denuncia basada en una historia real con todos los "condimentos" para la bajada de línea políticamente correcta, La verdad oculta es de esos films que toda crítica debería calificar como "valiente" (de hecho lo es), pero también -al menos según mi opinión- resulta demasiado explícita y obvia. Así, el énfasis puesto en la exposición de los abusos de militares, corporaciones del Primer Mundo y funcionarios de las Naciones Unidas en la devastada Bosnia (y su vinculación directa con la prostitución y la trata de personas) es bastante mayor que el cuidado por la forma en que se muestran la tortura o la corrupción.

    Este tipo de películas del género "admitamos nuestra culpa" suele tener una vertiente dentro del documental (como la notable Standard Operating Procedure) y otra en la ficción. En este caso, necesita de una estrella al frente del elenco como para garantizar financiación y estreno internacional. Lo hizo Julia Roberts con la ecologista Erin Brockovich, una mujer audaz o la propia Rachel Weisz en El jardinero fiel (negociados de corporaciones medicinales en Africa).

    Aquí, Weisz es Kathryn Bolkovac, una policía de Nebraska con una dura realidad (dos divorcios a cuestas y sin la custodia de su hija) que acepta la propuesta de integrar una fuerza de paz de las Naciones Unidas en la zona de Sarajevo. Allí, pronto descubrirá el odio racial, el machismo y pasará de "monitorear" a involucrarse en la situación, tratando de denunciar las vejaciones, de salvar a chicas esclavizadas y de denunciar a los responsables locales y a quienes los avalan.

    El film se sigue con cierto interés, pero aquí todo es mostrado y explicado hasta el hartazgo. La directora y coguionista debutante Larysa Kondracki comete también el pecado de desaprovechar las presencias de muy buenos intérpretes secundarios como los veteranos David Stratharin y Vanessa Redgrave, relegados a figuras cuasi decorativas. Es Rachel Weisz quien monopoliza la película y lo hace con una gran dignidad. Ella se carga la historia sobre su espalda (y vaya que es pesada) y lo suyo resulta encomiable, digno de elogio. Lástima que el resto no está a su altura.
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  • Mi primera boda
    Mi primera boda
    La Nación
    Ariel Winograd sorprende y divierte con esta propuesta donde se reaviva un género olvidado

    No son demasiados los cultores de la comedia en el cine argentino y menos aún entre los artistas más jóvenes. El director Ariel Winograd (que ya había incursionado en el género con Cara de queso ) y el guionista Patricio Vega (autor de la exitosa Música en espera ) son de los pocos identificados con el humor y aquí suman fuerzas para un producto que, más allá de sus desniveles, tiene múltiples atractivos y un inevitable destino masivo.

    Mi primera boda se inscribe en un subgénero muy popular como el de las películas de enredos ambientadas en el descontrolado, excesivo universo de una fiesta. En este caso, la de un casamiento mixto entre el torpe e inseguro Adrián Meier (Daniel Hendler) y la obsesiva y controladora Leonora Campos (Natalia Oreiro) que se desarrolla durante todo un día dentro y fuera (los jardines) de una mansión.

    Un pequeño error (la pérdida de las alianzas) desata un caos de imprevisibles consecuencias. Si bien está narrado desde el punto de vista de los dos novios (incluso con testimonios a cámara de corte confesional), el film tiene un espíritu coral, ya que una de las principales búsquedas de Winograd es aprovechar la amplitud, la diversidad y los matices del elenco: la despiadada madre de Leonora (Soledad Silveyra), los insufribles padres de él (Gabriela Acher y Gino Renni), el seductor, cínico y provocador ex novio de ella (Imanol Arias), el abuelo (el gran Pepe Soriano) que busca "liberarse" tras demasiados años de un matrimonio restrictivo con su mujer (Chela Cardala), la amiga ingenua y confidente de la protagonista (Muriel Santa Ana) que se enamora de otra joven (María Alché), el leal primo de Adrián (Martín Piroyansky), el cura y el rabino que tardan demasiado en llegar a la fiesta (Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich), el DJ judío (Iair Said, toda una revelación) y los amigos "impresentables" de él (Alan Sabbagh, Sebastián De Caro y Clemente Cancela), entre muchos otros.

    No es difícil encontrar referencias ( La fiesta inolvidable y Muerte en un funeral por citar sólo un par) y, si bien es difícil (e injusto) comparar Mi primera boda con el cine de Howard Hawks, Peter Bogdanovich, Billy Wilder o Blake Edwards, hay una clara intención de reciclar ciertos rasgos de la comedia (blanca) clásica.

    Los principales problemas de Mi primera boda son que el eje (la pérdida de los anillos y los posteriores esfuerzos por recuperarlos) resulta insignificante para sostener más de una hora y media de relato y que por momentos las escenas (algunas más ingeniosas que otras) están concebidas como si fueran compartimentos estancos y eso le quita cierta fluidez y cohesión a la narración. De todas maneras, hay en Winograd una indudable destreza y ductilidad para el gag físico o el remate verbal que le permiten sobreponerse a los ocasionales tropezones.

    Producción de impecable factura (arte, fotografía, musicalización), Mi primera boda es una buena película, disfrutable y recomendable, pero que al mismo tiempo deja la sensación de que -por los recursos disponibles y por el talento de sus hacedores- podría haber funcionado todavía mejor. Ojalá que tanto estos artistas como otros que los sigan puedan regresar una y otra vez a un género que, como la comedia, el público suele acompañar y agradecer.
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  • La vitalidad de los afectos
    Brutalidad honesta

    Un escritor que está a punto de ser padre de un hijo no deseado recuerda su traumática preadolescencia (cuando tenía 13 años) en el seno de un clan familiar (padre y tíos varios) dominado por seres patéticos, alcohólicos, brutos, vulgares y abusivos, pero al mismo tiempo con un fuerte sentido de lealtad y pertenencia.

    Algo así como una versión flamenca de una película de Emir Kusturica, este tragicómica historia del treintañero Van Groeningen que tuvo su estreno (y fue premiada) en la sección Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2010 combina competencias de ciclistas desnudos y de bebedores de cerveza, desventuras escolares, un homenaje a Roy Orbison, vómitos, palizas y misoginia para una mezcla muy espesa, pero que asume muchos riesgos y tiene no pocos hallazgos en su búsqueda de un humor negro sin límites ni prejuicios.

    Una película definitivamente "guarra", desquiciada, pero finalmente honesta y querible que proviene de una de las cinematografías más libres y estimulantes de los útlimos tiempos: la belga.
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  • Un año más
    Un año más
    Otros Cines
    Un film más (con el sello Leigh)

    El vaso medio lleno o medio vacío. Más de lo mismo o "una nueva incursión en el universo personal de un autor". Esas contradicciones, dilemas e interrogantes se plantean ante este trabajo de Mike Leigh.

    Tragicomedia dividida en cuatro episodios (las diferentes estaciones del año al que alude el título) que tienen como protagonistas a diversos personajes, varios de ellos dominados por la soledad, la angustia, la incomunicación y el deseo de encontrar el tan anhelado amor. De eso se trata el más reciente film del aclamado director de La vida es formidable, Naked, Simplemente amigas, Todo o nada, Secretos y mentiras, El secreto de Vera Drake y La felicidad trae suerte.

    Con una apuesta casi teatral (prácticamente todas las escenas se desarrollan en interiores) y con el aporte de un elenco siempre convincente encabezado por Jim Broadbent, Imelda Staunton, Lesley Manville y Ruth Sheen, el director británico construye una película "trascendente" (que recibió críticas laudatorias en todo el mundo y hasta fue nominada al premio Oscar al mejor guión original), pero que para mi gusto se repite un poco (hay algo del síndrome de fatiga de Woody Allen) y queda bastante lejos de las cimas de una filmografía que le ha permitido ganar tanto el León de Oro en Venecia como la Palma de Oro en Cannes.

    Más allá de los reparos, queda claro que el cine humanista y querible de Leigh siempre ofrece elementos nobles y sensibles que el público argentino viene reconociendo desde hace más de dos décadas. Un "romance" que no debería cortarse con Un año más.
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  • El estudiante
    El estudiante
    Otros Cines
    Otras historias extraordinarias

    Hace algo más de tres años, Mariano Llinás estrenaba Historias extraordinarias en el BAFICI. Fue una modesta revolución dentro del cine independiente argentino. Modesta pero revolución al fin. Sin embargo, hubo que esperar tres ediciones más del festival porteño para encontrar otra película que retomara el método de producción, las ambiciones (las ínfulas de GRAN cine), el talento y la audacia de aquella épica. El estudiante es una enorme película concebida con absoluta libertad y por fuera de los pasillos y oficinas del INCAA (es decir, sin la mirada puesta en los subsidios oficiales) y una ratificación de que hay otras formas de hacer cine en nuestro país.

    Por otra parte, viene a demoler los prejuicios de los sirvenes y los carnevales que caen en el lugar común (a esta altura, aburrido y perezoso) de sostener que todo el nuevo cine argentino es minimalista, intelectualoso, que en sus historias "no pasa nada". Espero que esos agoreros, esos que exaltan películas mediocres como Viudas, se animen a concurrir a los "antros" del MALBA o la Lugones para ver todo lo que pasa en los intensos, cautivantes, demoledores, fascinantes 124 minutos de El estudiante.

    No creo que la película sea perfecta (incluso tengo algunos reparos con su secuencia final, que para mi gusto no está a la altura del resto), pero desde OtrosCines.com creemos que hay que jugarse -desde la pasión cinéfila, claro, no tenemos nada que ver con la producción- cuando aparecen films como El estudiante. Y, por si hace falta, aclaro que no soy un dogmático, que no todos tienen que trabajar como Mitre (aquí con la ayuda de Llinás y Pablo Trapero, y la convicción de sus fieles laderos en la producción como Agustina Llambí Campbell, Laura Citarella y Fernando Brom). Sin ir más lejos, en simultáneo con esta película ultraindependiente se estrena la hipercomercial comedia Mi primera boda. Y está muy bien que así sea, que estos dos "modelos" convivan y que cada uno tenga su segmento de público (1.000 espectadores le sirven a los números de El estudiante tanto como 50.000 al largometraje de Ariel Winograd). No es uno u otro sino uno y otro.

    Sin aliento

    Codirector del film colectivo El amor (primera parte) y coguionista de Leonera y Carancho, ambas de Trapero, Mitre debuta en la realización en solitario con un thriller ambientado en el convulsionado mundo de la política en la Universidad de Buenos Aires.

    Roque (Esteban Lamothe) llega a la ciudad desde un pueblo del interior para retomar sus estudios y, poco a poco, irá escalando posiciones dentro de una agrupación progre de Ciencias Sociales. Con una narración seca y vertiginosa, de esas que dejan sin aliento, Mitre disecciona de forma implacable, con gran profundidad e inteligencia, las relaciones humanas y expone todo el cinismo, la hipocresía (y las traiciones cruzadas) de estos profesionales del poder para quienes la ideología, la lealtad y las convicciones hace mucho que dejaron de tener sentido.

    En el film hay una obsesiva búsqueda de realismo (el realizador incorpora incluso a su ficción imágenes documentales de asambleas y manifestaciones), un gran cuidado para cada diálogo, cada palabra de la "jerga" suene creíble (las frases son tan punzantes que algún crítico extranjero hizo una comparación con Aaron Sorkin, el guionista de The West Wing y Red Social) y un trabajo impecable con un elenco sin fisuras con intérpretes que en muchos casos provienen del teatro off.

    Como en toda gran película, en El estudiante no sólo se luce su protagonista -y motor de la narración- sino también cada uno de sus secundarios. Mitre le dedica el tiempo necesario a esos operadores políticos que anudan y desanudan todo en las sombras (los herederos de los Cotis Nosiglias) y a los jóvenes militantes que hoy manejan una fotocopiadora y mañana son grupo de choque o pasado mañana aparecen como candidatos en una lista o en un cargo rentado.

    El estudiante -quedó dicho- tiene algo de impronta documental, de ensayo sociológico, pero Mitre se arriesga también con una subtrama romántica entre Roque y Paula (Romina Paula) que no desentona y va construyendo una tensión y un suspenso propios del thriller que -como admitió el propio director- tuvo como uno de sus referentes a la filmografía del francés Jacques Audiard (El latido de mi corazón, Lee mis labios, Un profeta).

    Lamento que El estudiante no llegue al circuito "comercial". Como comentábamos hace algún tiempo con Gustavo Noriega en Twitter, un film de estas dimensiones artísticas debería estrenarse, por ejemplo, en una sala digital del Hoyts Abasto (se rodó en HD), pero hoy -con el caniblismo y la miopía del mercado local- eso suena a quimera, a utopía. Habrá que contentarse, entonces, con que este joya tenga su recorrido por el MALBA y la Lugones. Ojalá la gente que no es "del palo" venza sus pruritos y se acerque, que la película crezca con el boca en boca y se sostenga en el tiempo. Así, la mencionada Historias extraordinarias se mantuvo varios meses en cartel y fue vista por bastante más de 30.000 espectadores. El estudiante debería llegar a un destino similar. Se lo merece.
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  • Quiero matar a mi jefe
    Esta ácida comedia de Seth Gordon (quien antes filmó el largometraje Navidad sin los suegros , el documental Freakonomics y dirigió episodios de populares series como Community, The Office y Breaking In ) tuvo un gran éxito comercial en los Estados Unidos y hasta generó un debate mediático respecto de las muchas veces tensas relaciones entre patrones y empleados.

    El film describe las desventuras de tres amigos que deben lidiar con los "horribles" jefes a los que alude el título original: Nick (Jason Bateman) trabaja en una corporación y tiene un superior sádico (Kevin Spacey) que le promete un ascenso pero siempre termina humillándolo; Dale (Charlie Day) es un asistente dental que sufre el permanente acoso sexual de la odontóloga que lo emplea (Jennifer Aniston); y Kurt (Jason Sudeikis), que tenía una relación idílica con el dueño de la empresa que lo contrataba (Donald Sutherland) es víctima de los excesos y las manipulaciones de Bobby Pellitt (un irreconocible Colin Farrell).

    Hartos y desesperados, los tres fantasean con deshacerse de sus pesadillescos jefes y hasta se entrevistan con un asesino a sueldo (Jamie Foxx). Hasta aquí el interesante planteo inicial del film, que luego deriva hacia terrenos bastante más previsibles, elementales y no demasiado logrados.

    En su segunda mitad, la película gana en vértigo y pierde en ingenio, ya que incursiona en la comedia de enredos con elementos que remiten de manera más que directa a la muy superior saga de ¿Qué pasó ayer? , al cinismo de Un Santa no tan santo , y al ritmo trepidante de Después de hora , de Martin Scorsese. Los diálogos subidos de tono parecen reciclados de la factoría del director, guionista y productor Judd Apatow; y la incorrección política (la historia coquetea con la vulgaridad, la misoginia, el racismo y la homofobia) tiene un vuelo demasiado bajo.

    Así, una comedia negra con una propuesta provocadora termina dilapidando sus hallazgos iniciales para convertirse en un producto sin demasiada inteligencia, gracia ni originalidad. Una película más. Una oportunidad perdida.
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  • No le temas a la oscuridad
    Atrapados sin salida

    Remake de un elogiado telefilm que la cadena ABC emitió en 1973, esta película del debutante (aunque con atecedentes en el TV) Troy Nixon tiene como principal carta de presentación a su coguionista y coproductor Guillermo del Toro, cineasta mexicano que se ha convertido en un exitoso sello, una marca de alcance internacional. Sin embargo, el resultado final de No le temas a la oscuridad es infinitamente menos interesante que cualquier trabajo del creador de la saga de Hellboy.

    El film -que se estrena en la Argentina de manera simultánea con los Estados Unidos- tiene un prólogo ambientado en el pasado que remite a las viejas producciones de la casa británica Hammer y luego adscribe a los tópicos de ese subgénero del terror de familia encerrada en una casona embrujada (en este caso aparecen unos espectros demasiado parecidos a los Gremlins).

    La protagonista -otro lugar común- es una niña solitaria y conflictuada (Bailee Madison) que va a vivir con su padre (Guy Pierce) y la novia de éste (Katie Holmes) a una mansión del siglo XIX en plena refacción. Ella percibe que hay algo extraño allí, pero los escépticos adultos creen que sólo son "cosas de niños". Lo que sigue es una acumulación de elementos fantasmagóricos y toques sobrenaturales amplificados por efectos de sonido (ruidos en los sótanos, tormentas en el jardín, etc) y visuales.

    Si el lector "huele" remedos del j-horror nipón, de La huérfana, de Los otros, de El orfanato y de tantos otros títulos, estará en lo cierto. No hay nada demasiado novedoso, sorprendente o medianamente satisfactorio en esta operación de "reciclaje". Seguiremos esperando, por lo tanto, los próximos proyectos de Del Toro (sobre todo cuando figure como director) para encontrar allí ese talento personale que esta vez escasea bastante.
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  • El amante
    El amante
    Otros Cines
    Libertad, amor mío

    El director italiano Luca Guadagnino y la actriz escocesa Tilda Swinton han conformado una extraña pareja (artística) que alcanza en El amante su mejor versión. Es ella -una de las productoras del proyecto- lo más destacado de un film de claro espíritu viscontiano sobre las desventuras (y aventuras) afectivas de una matrona de origen ruso en el sento de una familia aristocrática de Milán.

    El film -que también tiene algo de Madame Bovary- expone los usos y costumbres, las contradicciones y las miserias, los secretos y mentiras del núcleo intergeneracional (abuelos, padres, hijos) y cómo se maneja el poder dentro de una empresa familiar que tiene (debe) adaptarse a los retos de la globalización.

    En medio de ese universo bastante tenso y represivo, la Emma de Swinton (quien aprendió a habar italiano con acento ruso para este trabajo) encuentra el placer y el escape en un affaire con un joven chef (Edoardo Gabbriellini). Me gusta el sentido del erotismo que maneja el film, pero las escenas de sexo -en especial una larga en medio de una naturaleza exuberante- me parecieron demasiado forzadas, calculadas y, por momentos, hasta un poquito grasas.

    El amante consigue en ciertas secuencias una gran intensidad dramático-emocional y hasta fascina con sus climas que van de lo opresivo a lo sensual. Sin embargo, en otros pasajes, a partir de la invasiva música de John Adams y los regodeos exhibicionistas del DF Yorick Le Saux cae en ciertos clisés del cine de qualité y en el ejercicio de estilo.

    Más allá del notable protagónico de Swinton, Guadagnino construye interesantes personajes secundarios (el rígido marido, la hija lesbiana que interpreta Alba Rohrwacher, la ama de llaves que encarna Maria Paiato y que todo lo entiende).

    Melodrama nominado al Globo de Oro al mejor film extranjero y al Oscar por su vestuario, El amante es de esos films que pueden dividir aguas. Quienes gusten de las pasiones amorosas con elementos trágicos, de las historias que van contra las convenciones sociales y la corrección política, la película de Guadagnino constiutye uno de esos estrenos que ya no abundan y que no debería pasar inadvertido.
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  • Cowboys y Aliens
    Extraño cruce de géneros que entretiene pese a sus contradicciones

    ¿Indiana Jones y James Bond juntos en el Viejo Oeste? No interpretan aquí a esos famosos personajes, pero Daniel Craig y Harrison Ford son los protagonistas de este producto que combina el más clásico de los géneros del cine norteamericano (el western) con la ciencia ficción (invasión extraterrestre incluida).

    Basado en una novela gráfica reciente, este film dirigido por Jon Favreau (responsable de la saga de Iron Man) se desarrolla en un desolado pueblo de Arizona en 1873 dominado por un poderoso hacendado (Ford) y su caprichoso hijo adolescente (Paul Dano). Hasta allí llega Jake Lonergan (Craig), un pistolero buscado por la justicia que terminará sumándose al sheriff local (Keith Carradine) e incluso a los indios de la zona en la lucha contra los despiadados aliens.

    La película funciona mejor en su primera mitad, cuando trabaja la iconografía y los elementos del western a lo Howard Hawks (con los vaivenes económicos propios de la fiebre del oro y las diferencias sociales) que cuando apuesta por una elemental veta romántica (la relación entre Craig y la bella Olivia Wilde) o termina cediendo a la tentación de las explosiones y el vértigo durante el duelo final con los extraterrestres.

    Cowboys & Aliens no termina de definir su tono y, por lo tanto, se queda a mitad de camino entre la épica de aventuras (en este sentido, se lucen las imágenes en pantalla ancha del director de fotografía Matthew Libatique, el mismo de El cisne negro) y un tímido intento por explotar el absurdo más propio del cine clase B de su conflicto principal (hay dosis de humor, pero limitadas a un puñado de gags y diálogos).

    Más allá de sus evidentes limitaciones y contradicciones internas, Cowboys & Aliens resulta un producto bastante entretenido, con dos veteranos protagonistas acostumbrados a encarnar a esos héroes duros del viejo Hollywood y con toda la parafernalia de efectos visuales de la que dispone la producción contemporánea. La combinación es extraña, es cierto, pero termina funcionando de manera razonable.
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  • Cerro Bayo
    Cerro Bayo
    La Nación
    Segura y dúctil, la película confirma el talento de Victoria Galardi

    Luego del promisorio debut como codirectora de Amorosa s oledad, la joven guionista y realizadora neuquina Victoria Galardi da otro convincente paso -esta vez como única responsable detrás de cámara- con esta tragicomedia de estructura coral, ambientada en el pueblo del título pocos días antes de que arranque la temporada invernal, período clave para un centro turístico pegado a la hoy castigada Villa La Angostura.

    Con una típica estructura de "pueblo chico, infierno grande" y una familia disfuncional en el centro de la escena (por momentos, el film remite a ciertos modelos impuestos por el cine independiente norteamericano), Cerro Bayo tiene como eje principal la codicia y cómo esa desesperación por el dinero afecta las relaciones humanas.

    El guión de Galardi tiene múltiples aristas y connotaciones. En primera instancia, está la disputa entre dos hermanas (Adriana Barraza y Verónica Llinás) por la posible herencia de su madre, quien ha quedado en coma tras un intento de suicidio. Pero el film va todavía más allá y aborda desde la especulación inmobiliaria con inversores extranjeros ávidos de comprar tierras hasta el despertar sexual y los problemas de autoestima de una joven que se presenta a un concurso de belleza (Inés Efrón) o los deseos de abandonar la monotonía del lugar y salir a conocer el mundo de su hermano (Nahuel Pérez Biscayart).

    El lector podrá sospechar que hay demasiadas subtramas y personajes (hay, además, varios otros secundarios) para los escasos 86 minutos del film, pero Galardi se las ingenia para construir un mosaico, un rompecabezas, un retrato panorámico sobre la dinámica pueblerina, siempre con la tentación y el deseo como motores del relato. La directora, además, evita los estereotipos y los clisés al exponer las contradicciones y los matices de los distintos protagonistas, capaces de combinar sinceros actos de ternura con manipulaciones y miserias varias.

    Puede que algunas transiciones entre escenas resulten un poco forzadas, pero en líneas generales Galardi se muestra muy segura de los tonos, los climas y las actuaciones que necesita para cada segmento y se muestra dúctil a la hora de recurrir al plano-secuencia o a la cámara en mano en busca de mayor tensión. Además, confía en su capacidad como narradora y no necesita de música incidental para subrayar el mayor dramatismo o patetismo de cada una de las situaciones que aborda.

    Pródiga en directoras con talento, sensibilidad y dueñas de subyugantes mundos propios, el cine argentino encuentra en Galardi una nueva mirada que se suma a las de Lucrecia Martel, Celina Murga, Albertina Carri, Lucía Puenzo, María Victoria Menis, Paula Hernández, Ana Katz y Anahí Berneri, entre muchas otras. Bienvenida sea.
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  • Viudas
    Viudas
    Otros Cines
    Grandes actrices, película menor

    En una de las primeras imágenes de Viudas, se ve a Adela (Valeria Bertuccelli) con la mirada perdida en la guardia de un hospital con su cuerpo sólo cubierto con un impermeable de hombre. Ese momento absurdo -en la línea de los Anderson (Wes y Paul Thomas)- permitía augurar una historia arriesgada, fuera de norma.

    Pocos minutos después -cuando ya sabemos que Adela era la amante y Elena (Graciela Borges), la esposa del fallecido Augusto- entra en escena un personaje a todas luces almodovariano. Se trata de Justina, la empleada doméstica (travesti y paraguaya para más datos) que interpreta Marín Bossi (sí, aquel que personificó a CFK y a Macri en el Gran Cuñado tinelliano). Está claro -y no sólo por este detalle- que a Carnevale le gusta mucho el cine de Pedro, pero la cosa no va mucho más de allí.

    Sin embargo, a pesar de esas referencia, lo que termina primando en Viudas es el costumbrismo más ramplón (al menos en este terreno Bertuccelli ratifica sus dotes de excelente puteadora) y el melodrama humanista, aleccionador (y tranquilizador). El material, que en principio daba para algo más que un film sobre el entendimiento, la solidaridad y la redención en medio del dolor, termina siendo demasiado obvio y complaciente.

    Si el largometraje resulta atendible y, por momentos, convincente es básicamente por el aporte de sus dos protagonistas: Bertuccelli demuestra que es una de esas actrices que realza cada película en la que interviene. Aquí, en el papel de una estudiante treintañera con tendencia suicida, tenía todo para perder. Sin embargo, como en Un novio para mi mujer, termina elevando el piso (bajo) de los conflictos que Carnevale y la guionista Bernarda Pagés le proponen. Graciela Borges también sortea las limitaciones de esa directora audiovisual y viuda engañada que pasa del resentimiento a la comprensión.

    Es por ellas (y por Rita Cortese, típica secundaria a lucirse como la amiga, confidente y asistente de Elena) que Viudas se eleva un poco por sobre la mediocridad de su trama, la previsiblidad de su conflicto y la demagogia de su resolución.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    El mono tremendo

    Uno de los términos que más se utilizan por estos días en la industria de Hollywood es reboot. Se trata, ni más ni menos, que de "revivir" una franquicia caída en desgracia y eso es lo que han hecho (muy bien) en este caso.

    A la salida de la proyección de prensa, con varios colegas/amigos trazábamos unas metáforas y analogías caseras. Un reboot sería algo así como agarrar una computadora demasiado baqueteada y que, por lo tanto, ya anda lenta, borrarle el disco rígido completo, volver a cargarle los programas y pasársela a uno de nuestros hijos. Luego del desastre artístico y comercial de Tim Burton en 2001 (El planeta de los simios es, sin dudas, uno de los peores títulos de su filmografía), esta larga saga de películas y series quedó casi en el olvido.

    Una década más tarde, resurge de sus cenizas en gran forma de la mano del inglés Rupert Wyatt (en su haber tenía un digno thriller carcelario como El escapista). O sea lo que uno de los mejores directores en actividad (Burton) había arruinado es recuperado por un realizador casi ignoto... Paradojas y curiosidades que ocurren en la gran familia hollywoodense.

    En una temporada veraniega (hablo de los Estados Unidos, claro) dominada en este 2011 por muy discretos tanques (con los omnipresentes superhéroes y las múltiples secuelas a la cabeza), El Planeta de los Simios: (R)Evolución resulta un bálsamo, un oasis.

    No estamos -a pesar de su título- ante ninguna obra (R)evolucionaria, pero sí ante un entretenimiento que funciona con fluidez durante sus 105 minutos, con un sólido acabado técnico (el eje es la performance capture que permite filmar movimientos de intérpretes de carne y hueso y luego animar y retocar esas imágenes vía computadora para transformarlos, por ejemplo, en los simios). En este sentido, la mejor "actuación" del film por lejos corresponde a Andy Serkis, quien "encarna" al mono César y que a esta altura ya merecería el Oscar en una nueva categoría por crearse: mejor actor digitalizado (cabe recordar que ya fue el Gollum de El señor de los anillos y concretó un trabajo similar en King Kong).

    Ninguno de los personajes humanos alcanza tanta expresividad ni matices como César, el hiper inteligente simio nacido en un laboratorio y criado en el seno de un hogar que se convertirá en líder de la revuelta en la San Francisco contemporánea. Ni el científico idealista que hace el siempre exagerado y simpático James Franco, ni su novia que interpreta la bella e inexpresiva Freida Pinto, ni el padre del protagonista deteriorado por el Alzheimer (John Lithgow), ni los crueles guardianes de los chimpancés (Tom Felton y Brian Cox), ni el ambicioso jefe del holding farmacéutico (David Oyelowo) consigue asustar, divertir ni emocionar como lo hace el César de Serkis.

    Esta precuela (en los títulos finales ya adelantan una secuela que transcurrirá en Nueva York) regala buenas set-pieces (como la secuencia en el Golden Gate de San Francisco), dignas pinceladas propias de la comedia negra y del terror (subgénero: virus + paranoia) y, si bien la cosa funciona bastante menos a la hora del romanticismo y de la relación padre-hijo, el film se sigue con interés y, a esta altura, hasta con entusiasmo. Quizás este largometraje de Wyatt merezca un puntito menos que el de esta calificación, pero ante tantas decepciones recientes encontrarse con una película así constituye una sana "anomalía". Bienvenida sea.
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  • En un mundo mejor
    Melodrama arriesgado y provocativo, que por momentos peca de didáctico

    Susanne Bier (conocida por films como Hermanos, Después del casamiento y Lo que perdimos en el camino ) ganó el premio Oscar a la mejor película extranjera por este melodrama que vuelve a trabajar sobre los temas favoritos de la directora danesa: los dilemas morales de la burguesía europea, el sinsentido de la violencia en sus diferentes expresiones, la crisis de valores, la descontención de los adolescentes, la culpa, la degradación y la muerte.

    Llena de buenas intenciones, de ideas políticamente correctas, En un mundo mejor cede por momentos a la tentación aleccionadora y se torna demasiado programática, esquemática, alegórica, solemne y didáctica. La realizadora acumula temas y conflictos "importantes" y se dedica a pontificar sobre ellos con resultados dispares, ya que pendula entre lo inquietante y lo banal.

    El protagonista es Anton (Mikael Persbrandt), un médico sueco que pasa buena parte de su tiempo en un campo de refugiados de Sudán dominado por la más absoluta pobreza y la violencia (hay un zar local que se dedica a ultrajar a las embarazadas). Mientras tanto, en el frente interno, debe lidiar con una profunda crisis de pareja con su esposa, Marianne (Trine Dyrholm), que vive en Dinamarca con los dos hijos del matrimonio. Eso no es todo: una subtrama (no menor) tiene que ver con la fuerte carga (y posterior explosión) de violencia en el ámbito escolar.

    Bier nos (de)muestra que las contradicciones, los excesos, los riesgos y las miserias humanas brotan en los puntos más distantes del planeta: en la arrasada Africa y en la (ya no tan) opulenta Europa. El problema es que por momentos lo hace subrayando, mostrando más de lo necesario.

    Hay, por supuesto, una solidez formal y dramática similar a aquella de la que suele hacer gala buena parte del cine nórdico (especialmente el danés) y que tiene que ver con la elegancia de la puesta en escena, con la sobriedad y convicción de sus actores, pero el film dilapida varios de sus mejores momentos con resoluciones demasiado obvias. De todas maneras, quedó dicho, se trata de una película arriesgada y provocativa en los temas que aborda. Merece, por lo tanto, ser vista y discutida.
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  • Linterna Verde
    Linterna Verde
    La Nación
    Grandilocuente y hueca, el personaje pierde su gran oportunidad

    En medio de la fiebre hollywoodense por trasladar al cine a los distintos superhéroes surgidos de la historieta, Linterna Verde merecía mucha mejor suerte. Es que esta legendaria creación de la editorial DC Comics, con más de siete décadas de vida e incursiones en la animación televisiva (en el marco de la serie Liga de la Justicia), tenía todos los elementos artísticos y las condiciones técnicas -empezando por un presupuesto de 200 millones de dólares- para una más que atractiva transposición.

    El director contratado para la ocasión fue nada menos que Martin Campbell, cuyos antecedentes marcaban más que dignos trabajos en las sagas de El Zorro y, sobre todo, de James Bond (la sólida GoldenE ye y la notable Casino Royale ). Sin embargo, en esta oportunidad el realizador neozelandés no logra jamás engarzar los diferentes niveles del relato: la aventura de ciencia ficción con el básico enfrentamiento entre el Bien (los 3600 integrantes del cuerpo intergaláctico de los Linternas Verdes) y el Mal (el cruel y poderoso Parallax), las contradicciones íntimas del piloto de pruebas Hal Jordan (Ryan Reynolds) que se convierte en superhéroe, pero que es incapaz de comprometerse afectivamente con la bella Carol (Blake Lively), y la búsqueda de liviandad y espíritu lúdico a partir de pinceladas (brocha gorda) de humor irónico.

    De todas maneras, el principal culpable no es Campbell, ya que las ideas que propusieron los cuatro guionistas (tres de ellos con sólidos antecedentes en el universo de las series de TV y el restante, guionista de Harry Potter y la Orden del Fénix ) distan mucho de ser originales o sorprendentes, mientras que el despliegue visual y los efectos en 3D tampoco lucen demasiado. En sintonía con el resto de los rubros, en el terreno actoral ni la pareja protagónica (tan carilindos como anodinos) ni los actores secundarios (entre ellos, Mark Strong, Angela Bassett, Tim Robbins y Peter Sarsgaard) consiguen "robarse" alguna escena que les permita un mínimo de lucimiento personal. Uno de los tantos desperdicios de esta grandilocuente y al mismo tiempo hueca película.
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  • Hachazos
    Hachazos
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    Héroe del Súper 8

    El estreno de este documental es sólo una parte de la asociación artística entre el aquí director (Di Tella) y el protagonista (Caldini). Es que en los últimos tiempos estos dos creadores han sumado esfuerzos para concebir además un libro y un espectáculo multimedia que incluye performances en vivo.

    El objetivo de Di Tella (el más joven, el más conocido, el más "moderno") es claro: reivindicar la figura de Caldini, uno de los patriarcas del cine under, indie, autogestionario y experimental argentino, figura de culto, director "secreto" para la mayor parte del público (incluidos muchos cinéfilos).

    Di Tella "rescata" (en el doble sentido) a un Caldini recluido en su mundo de viejas y nuevas películas (o como quieran llamar a sus "experiencias") y casi retirado de la civilización, en íntimo contacto con la naturaleza y la soledad (trabajó como casero en una quinta de General Rodríguez). Y aprovecha, claro, este viaje para repensar su propia relación con el cine y buscar nuevas formas y lenguajes.

    Austera, despojada, individual -como la personalidad del propio Caldini- su obra acumula elementos no sólo del cine sino también de otras artes audiovisuales. Y Hachazos mantiene el espíritu, el tono, el legado del mundo Caldini. Di Tella lo siguió durante más de dos años, entrevistándolo para recuperar recuerdos de sus viajes a la India, de sus colaboraciones con Marta Minujín o de sus experimentaciones estéticas, pero también participando de (y recreando) sus particulares búsquedas artísticas, y revisando su frondoso y ya bastante degradado archivo de viejas latas de fílmico (el documental incluye mucho material inédito).

    Sin caer en el tributo obvio de este "héroe del súper 8" ni en el culto a la melancolía del "todo tiempo pasado...", Di Tella consigue un retrato que -más allá de algunos desniveles e indecisiones- termina siendo tan atractivo como fascinante.
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  • Larry Crowne
    Larry Crowne
    Otros Cines
    Cuando el cine deviene en manual de autoayuda

    Nada menos que 15 años se tomó Tom Hanks para escribir y dirigir su segundo largometraje luego de su más que digno debut con el musical Eso que tu haces. Para este regreso detrás de cámara (también aparece delante) se asoció en el guión con Mia Vardalos, quien desde el inmenso éxito con la comedia Mi gran casamiento griego no paró de hacerle "daño" a Hollywood con subproductos uno peor que el otro.

    Cuando nos topamos con un film tan fallido como Larry Crowne el problema es (aunque no sólo) del guión. El antihéroe del relato es Larry (Hanks), laborioso jefe de sección en un hipermercado al que le ha dedicado buena parte de su vida, desde que abandonó su puesto de cocinero en el ejército. Sin embargo, ante la crisis y debido a sus escasos estudios, es despedido de la manera más cruel. A punto de perder su casa hipotecada, este cincuentón solitario y querible pero también con un dejo algo patético (¿homenaje a Forrest Gump?) se inscribe en la universidad; más precisamente, en un curso de oratoria liderado por una profesora bastante frustrada (Julia Roberts) y en uno de economía comandado por un riguroso docente japonés.

    En medio de muchos jóvenes, Larry comenzará a salir de su depresión, se unirá a un grupo de compañeros que se dedica a pasear en scooters (prefiero a Nanni Moretti andando en su Vespa por las calles de Roma), retomará su labor como cocinero (ahora en el restaurante de un amigo) y se irá acercando a la profesora que también lucha con una profunda crisis de madurez tanto en lo afectivo como en lo laboral.

    Hay, por lo tanto, un intento de romance (la química entre Hanks y Roberts es decididamente pobre y lo de él es todavía peor que lo de ella), unos cuantos personajes secundarios "simpáticos" (como el vecino que encarna Cedric The Entertainer), pinceladas sobre la crisis socioeconómica y una mirada bastante complaciente, autoindulgente, pintoresca y elemental sobre casi todos los temas y conflictos.

    Si la comedia no funciona, si el romance no engancha, si las actuaciones son llamativamente sosas, lo único que queda, entonces, es el "mensaje" ("no te des por vencido ni aún vencido", "persevera y triunfarás", "nunca es tarde cuando la dicha es buena" serían alguno de los refranes apropiados para la ocasión). Así, el único "género" al que Larry Crowne aplica es al de la "autoayuda" y, por lo tanto, sólo está destinado a aquellos que quieran recibir una acumulación de buenas intenciones y mensajes positivos. De cine, poco y nada.
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  • Los Pitufos
    Los Pitufos
    La Nación
    Empleadas y patrones no pretende desarrollar un estudio sociológico sobre la diferencia de clases en Panamá ni examinar a fondo la variedad y complejidad de una relación tan peculiar como la que se establece entre las empleadas domésticas y los dueños de casa que las contratan. Lo que se propone, no tanto registrando escenas reales ilustrativas de esa relación sino recogiendo los puntos de vista de unas y otros en una sucesión de entrevistas (registradas necesariamente por separado para que cada uno pudiese expresarse con entera libertad), es exponer algunos de los rasgos que caracterizan esta relación asimétrica, en la que se revelan el prejuicio y las diferencias sociales, económicas y culturales.

    Sobre todo está la contradicción. La de empleada y empleador es, en este caso, una relación demasiado próxima y, al mismo tiempo, demasiado distante. La mucama, la niñera y la cocinera que se reparten las tareas de la casa conviven con sus jefes en sus casas lujosas, lavan y planchan sus ropas, preparan su comida, atienden a sus hijos, están ahí cuando ellos enferman o cuando están de fiesta. Conocen quiénes son y están al tanto de lo que les pasa. Sin embargo, en buena parte de los casos, y aun en aquellos en que el vínculo se ha prolongado por décadas, hay silencio entre ellos. La barrera de la diferencia impide el diálogo. Lo ilustra cabalmente el caso de la señora extranjera que se incluye sobre el final. Ella no puede dar un paso sin la ayuda de la asistente, a quien considera como de la familia, aunque es muy poco lo que sabe de su vida personal, pero cuando llega la noche una come en el comedor; la otra, en la cocina.

    Es uno de los momentos en que el film abandona el formato del relato a cámara y sale a recoger otras perspectivas. En una informal reunión de empleadas en un parque donde intercambian experiencias vividas en su trabajo; en el tramo que ilustra sobre las creencias religiosas de las trabajadoras; en el seminario casi surrealista donde se insiste, nada ingenuamente, en que "servir a los demás es uno de los privilegios que tiene el ser humano"; en los veloces pantallazos que en el comienzo resumen entrevistas de trabajo.

    A Benaim se le ocurrió este documental cuando, en busca de material para un film sobre su familia, entrevistó al personal doméstico que había trabajado en su casa y se asombró del cariño con que los recordaban a él y a los suyos. Por eso, quiso hacer hincapié en los lazos afectivos que suelen nacer de una larga convivencia. Tal asunto es el que ocupa casi toda la parte final de la película y aporta un leve tono emotivo a un relato que en general, aunque no omita experiencias dramáticas, busca el enfoque irónico y ligero. En ese sentido ayudan el montaje de Carlos Revelo y Fernando Vega y la música de Pedro Onetto.
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  • Ausente
    Ausente
    Otros Cines
    Atracción fatal

    Esta historia sobre la ambigua, contradictoria, tensa relación entre un profesor de natación (Carlos Echevarría) y uno de sus alumnos adolescentes (Javier de Pietro), que no puede volver a su casa y termina en el departamento de su maestro, está narrada con sofisticación, climas enigmáticos, combinando elementos más cercanos al thriller psicológico (es un ensayo sobre la atracción, la represión, la culpa y la manipulación), aunque con pulso de thriller hitchcockiano, mientras que sobre su desenlace adquiere incluso un sesgo casi fantástico.

    Más allá de que no todos los climas son igual de logrados y de que hay momentos en que los detalles y observaciones pasan de la sutileza a cierta obviedad, se trata de un muy logrado segundo trabajo de Berger, en el que además se nota un salto cualitativo en cuanto a puesta en escena y dirección de actores. Un director a seguir con suma atención.
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  • Güelcom
    Güelcom
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    ¿Debo irme o debo quedarme?

    Cuando uno se topa con una comedia romántica tan fallida como Güelcom inmediatamente piensa dos cosas: 1) Qué buenos fueron los recientes trabajos dentro de este mismo género de directores argentinos como Hernán Godfrid (Música en espera), Mariano Mucci (Motivos para no enamorarse) o Juan Taratuto (Un novio para mi mujer); y 2) Qué injustos (exigentes) somos los críticos con tanta película menor pero correcta que en esta misma línea llega desde los Estados Unidos.

    Esta ópera prima de Yago Blanco (también coguionista) acumula tópicos hiper transitados (lo cual en sí mismo no es la madre de todos los problemas, ya que muchas veces el trabajo sobre clisés y estereotipos da lugar a logradas relecturas, parodias o sátiras): por ejemplo, tenemos en el centro de la escena una ex pareja (Mariano Martínez y Eugenia Tobal) que juegan el juego del re-matrimonio (uno de los subgéneros más clásicos), tenemos terapia y obsesiones sexuales (con déja vu woodyalleniano incluído) a partir del personaje protagónico que es psicólogo y de una bella paciente que lo "acosa", tenemos conflictos propios de la inmigración a España, y -claro- la infaltable subtrama gastronómica (ella es una cocinera tan talentosa como frustrada).

    Pero, reitero, las principales falencias de Güelcom ni siquiera tienen que ver con adscribir a todos los lugares comunes que puedan imaginarse dentro de esas temáticas, sino que lo hace mal: los secundarios "simpáticos" resultan insoportables, la veta guarra (alcohol, descontrol, gritos, erotismo de cabaret) es berreta (el personaje del novio español de Tobal es uno de los peores que he visto en mucho tiempo), los recursos "modernos" (la voz en off con las "10 frases más usadas por los argentinos que se van del país", las confesiones a cámara de Martínez, etc.) suenan forzados y viejísimos, y los intentos desde la banda sonora y la edición por dotar a los 105 minutos del film de algo de ritmo parecen esfuerzos desesperados ante la escasísima fluidez, encanto y ligereza del material.

    No tengo nada contra el cine argentino que busca acceder a un público masivo. Al contrario: a esta altura, ante la escasez reinante, suelo celebrar incluso más un apenas aceptable exponente de género que una muy buena película nacional "de arte" o "de autor". Quiero que las apuestas industriales nacionales tengan éxito, pero que lo logren con recursos nobles y medianamente inspirados. Güelcom es, apenas, un producto profesional, pero está muy lejos de ser un buen film.
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  • Super 8
    Super 8
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    Cuenta conmigo...

    Venerado realizador, guionista y productor de cine y televisión, referente de la Generación X y profeta geek, J.J. Abrams hizo un poco de todo: creó series como Lost, Fringe o Alias, y rodó tanques como Misión: Imposible III o Star Trek: El futuro comienza. Amante del (primer) cine de Steven Spielberg -que ha sido algo así como su mentor y que aquí ofició de productor-, Jeffrey Jacob consigue su mejor película como guionista y director con una propuesta que tiene algo de E.T., el extraterreste, Encuentros cercanos del tercer tipo, Los Goonies (idea original de SS) y del espíritu de Cuenta conmigo, el clásico de Rob Reiner,

    Pero, más allá de estas y otras referencias posibles, lo cierto es que en una época casi monopolizada por secuelas y remakes es un placer descubrir una historia original, un entretenimiento con efectos visuales y no de efectos visuales (las set-pieces, como el descarrilamiento del tren o las apariciones del monstruo alienígena son funcionales a la trama y no su eje).

    Súper 8 es una película de múltiples aristas pero jamás ambiciosa ni grandilocuente (es la mejor historia "spielbergeana" en mucho tiempo, sobre todo porque el propio SS se ha dedicado en los últimos años a proyectos "importantes", veremos qué pasa dentro de poco con Las aventuras de Tintín). Ambientada en un pueblito de Ohio durante el verano de 1979, es un retrato de los códigos de amistad y del despertar sexual preadolescentes (los protagonistas rondan los 12-14 años). Es, también, una nostálgica reivindicación y declaración de amor hacia las producciones amateurs en Súper 8 con estructura de cine dentro del cine (los chicos filman un corto noir casero de zombies llamado The Case mientras el lugar es invadido por una poderosa fuerza extraterrestre y la zona se militariza).

    Contada con un bienvenido clasicismo (JJ jamás hace ostentación de su talento como narrador) y protagonizada por un excelente elenco de jovencitos (Elle Fanning, otra vez, brilla con luz propia), Súper 8 resulta una película noble, atrapante, emotiva, luminosa y encantadora.

    Un último consejo: no se pierdan los créditos finales.
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  • Un mundo misterioso
    El director de El custodio construyó una comedia asordinada, que describe las desventuras de Boris (Esteban Bigliardi), un joven al que su pareja, Ana (Cecilia Rainero), le pide “un tiempo” para pensar si quiere continuar con una relación que siente demasiado previsible, sin riesgo. El protagonista (un típico antihéroe) entrará en un estado de confusión que lo hará vagar sin rumbo fijo. En su viaje (tanto interior como exterior), Boris se irá a vivir a un decadente hotel de dos estrellas, adquirirá un viejo auto rumano con el que deberá atravesar una tormenta eléctrica, visitará bares y librerías de usados, seguirá a mujeres por la calle, tendrá algún romance fugaz, irá a fiestas y al casino, viajará sin suerte a Colonia y terminará cenando con un mecánico en la noche de Año Nuevo. Con un humor negro que por momentos remite al absurdo del cine del finlandés Aki Kaurismäki, del estadounidense Jim Jarmusch o del argentino Martín Rejtman, Moreno se arriesga con un film libre hasta lo anárquico y bastante desconcertante por sus bruscos cambios de situaciones, de tono, y de personajes secundarios. Bigliardi, actor-fetiche de la nueva generación del cine nacional, resulta el intérprete ideal para el atribulado Boris, mientras que en el terreno visual se destaca la fotografía de Gustavo Biazzi en el poco utilizado (en cine) formato casi cuadrado (1:1,33).
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  • Loco y estúpido amor
    Guionistas de revulsivas sátiras como Un santa no tan santo , Glenn Ficarra y John Requa debutaron en la dirección hace dos años con la no menos audaz Una pareja despareja . Por suerte, buena parte de ese desparpajo subsiste en Loco y estúpido amor , comedia familiar de estructura coral y retrato intergeneracional de gran presupuesto para la que contaron con una historia que esta vez no les pertenece (el autor es Dan Fogelman, responsable de la saga de Cars y de Enredados ) y con uno de los mejores elencos jamás reunidos para un exponente de este género.

    Los protagonistas son Cal (Steve Carell) y Emily (Julianne Moore), un matrimonio que lleva casi 25 años juntos hasta que ella, en medio de una cena en un restaurante, le propone que se separen y hasta le confiesa una infidelidad con un compañero de trabajo (Kevin Bacon).

    Tras esa primera secuencia, la película se dispara hacia múltiples (quizá demasiados) personajes y subtramas. El cuarentón Cal -convertido en un alma en pena- empezará a recibir consejos por parte de un joven Don Juan (Ryan Gosling) que concurre todas las noches al mismo bar que él, tendrá un romance fugaz con una maestra (Marisa Tomei), mientras intenta sostener como puede la relación con su conflictuado (y enamorado) hijo de 13 años (Jonah Bobo). La cosa se complica aún más porque hay en la propuesta más de un romance juvenil, con la ascendente Emma Stone como principal referente.

    En principio, el film apuesta por una negrura y una acidez poco habituales (más cerca del espíritu del cine independiente norteamericano o de algunos proyectos de Judd Apatow que de la producción mainstream ). Sin embargo, conforme avanzan las distintas historias, la narración va adoptando un tono más sentimental, concesivo, demagógico y tranquilizador, más acorde con lo que la comedia familiar hollywoodense nos tiene acostumbrados.

    De todas formas, hay en Loco y estúpido amor buenas dosis de inteligencia, diálogos punzantes y aportes actorales de primerísimo nivel. Con eso le alcanza (y le sobra) a este film de la dupla Ficarra-Requa para disimular algunas carencias o ciertos lugares comunes a la hora de resolver los conflictos y ubicarse, así, bastante por encima de la media de la producción que suelen ofrecer los grandes estudios.
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  • Capitán América - El primer vengador
    Sólido artesano del género de acción y aventuras ( Rocketeer , Jumanji , Cielo de octubre , Jurassic Park III ), Joe Johnston se encargó ahora de presentar en sociedad uno de los más ilustres personajes surgidos de la editorial Marvel, el Capitán América, como paso previo a una propuesta todavía más ambiciosa: reunir a varios de sus populares superhéroes en Los Vengadores (quien tenga la paciencia suficiente como para soportar los larguísimos créditos finales tendrá un amplio panorama de lo que vendrá en mayo de 2012).

    Johnston se toma el tiempo necesario para presentar a Steve Rogers, un escuálido y débil joven de Brooklyn que intenta -sin suerte- ser admitido en el ejército estadounidense, en plena Segunda Guerra Mundial. Sus esfuerzos, finalmente, se verán recompensados y no sólo podrá viajar al frente de batalla sino que su esquelético cuerpo se convertirá en el de un superhombre capaz de hacer suspirar a las oficiales de turno y de combatir a una poderosa organización nazi denominada Hydra, que lidera el siniestro Cráneo Rojo (Hugo Weaving).

    Lejos de las pirotécnicas y adrenalínicas tendencias que alimentan a casi todo el cine de acción contemporáneo, Johnston y sus artistas proponen un relato bastante más clásico y con un estética retrofuturista y un look old-fashioned que está más a tono con el de los viejos seriales y con el de una historieta cuyo origen se remonta a siete décadas atrás que con el universo de los Transformers .

    En este sentido, la conversión que a último momento se realizó al 3D estereoscópico resulta mejor que -por ejemplo- el proceso similar que se hizo con la última entrega de Piratas del Caribe , pero más allá de darle algo más de profundidad de campo a algunas tomas o de ver cómo el famoso escudo se nos acerca cuando es lanzado por nuestro héroe, no agrega demasiado y se parece bastante a una mera "justificación" para cobrar una entrada más cara que la normal.

    Si bien algunos personajes (como la tardía aparición de Samuel L. Jackson, que sirve para establecer la apuntada conexión con Los Vengadores ) tienen un mínimo desarrollo, hay otros secundarios (como los que interpretan Tommy Lee Jones, Stanley Tucci, Toby Jones, Sebastian Stan o Dominic Cooper) que sí tienen momentos para su lucimiento. La pareja protagónica (Chris Evans y la inglesa Hayley Atwell) también alcanza una más que aceptable química romántica inspirada por los clásicos de los años 40.

    El resultado, por lo tanto, sin ser demasiado sorprendente es más que aceptable, especialmente si se lo compara con otros recientes (y decepcionantes) films de superhéroes como El avispón verde . Así, luego de este más que digno menú, todo queda servido para el gran banquete que los fans esperan con devoción: Los Vengadores .
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  • El fin del Potemkin
    Con las mejores intenciones

    Una gran historia, un protagonista anodino, un muy cuidado y correcto documental. Así podrían sintetizarse los contrastes de esta opera prima de Misael Bustos.

    ¿Por qué "una gran historia"? Porque abarca desde la historia política internacional (con eje en la caída de la Unión Soviética) hasta el retrato de un intenso drama de desarraigo y conflictos familiares

    ¿Por qué "un protagonista anodino"? Porque Viktor, el marinero que había llegado a bordo de un buque pesquero y quedó varado en Mar del Plata, en 1991, tras el desplome del comunismo (una versión local del Tom Hanks de La terminal, de Steven Spielberg), resulta no demasiado interesante en sus recuerdos, anécdotas, contradicciones y disyuntivas (es un hombre de mar, hosco y huraño, y por lo tanto escasamente empático para el espectador)

    ¿Y por qué "un muy cuidado y correcto" trabajo? Porque tiene un nivel de producción infrecuente en el medio local (se rodó en Moscú, Bielorrusia, Letonia, Mar del Plata y la Patagonia Argentina, y hasta se terminó en fílmico), porque regala una calidad de imágen, sonido y edición de primer nivel, pero al mismo tiempo extraña cierta audacia, cierta "incorrección", ese riesgo de salirse de la fórmula, de lo preestablecido, de quebrar el decálogo del "buen" documental.

    Creo que Bustos y sus productores hicieron todo lo posible para conseguir que la historia alcanzara una dimensión humana que llegara a conmover (porque realmente es dura y absurda la parábola de los dos marineros que aquí se retratan, uno más "adaptado" a la Argentina y otro que parece perdido en una suerte de limbo), pero aún yendo a buscar a sus familiares y amigos a la otra punta del planeta (un pueblito helado en el medio de la nada) el film no alcanza ese punto en que la narración se hace carne en el público.

    De todas maneras, El fin del Potemkin no deja de ser un relato interesante (por momentos atrapante), hecho con enorme profesionalismo y con las mejores intenciones. Aunque, a veces, todo eso no alcance para redondear una gran película.

    Nota: Aclaro que mi hermano Nicolás es uno de los coproductores del film.
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  • Copia certificada
    Antes del atardecer

    El resultado de esta primera incursión del realizador de El sabor de la cereza, Y la vida continúa..., A través de los olivos y El viento nos llevará en Europa (la película transcurre en los bellísimos exteriores de Arezzo y Lucignano en la Toscana italiana) es muy estimulante.

    Aunque no pocos cinéfilos extremos denostaron tras su estreno en la sección oficial del Festival de Cannes 2010 la "occidentalización" de Kiarostami, otros -en cambio- consideraron muy positivo el hecho de que este reconocido cineasta se haya animado a filmar una historia de amor bastante más clásica y accesible que sus trabajos previos.

    Binoche se luce (como siempre, como nunca) en el papel de una galerista francesa que pasa un día en compañía de un escritor inglés (un no del todo convincente debut en la actuación del cantante de ópera británico William Shimell). La película envuelve un misterio que se irá disipando en parte (nunca se sabe qué es verdadero o no) con el transcurso del film, y que es mejor no develar.

    Más allá del apuntado desnivel interpretativo, Kiarostami construye un relato inteligente, luminoso, magnético y perturbador a la vez, que remite en su esquema al díptico Antes del atardecer / Antes del amanecer, de Richard Linklater; y a Viaggio in Italia, de su admirado Roberto Rossellini, sin dudas su principal fuente de inspiración. Su demorado estreno comercial (en varias buenas salas) no deja de ser una buena noticia en estos tiempos de penurias en el circuito comercial argentino.

    Nota al margen: en los últimos años, muchos reconocidos autores de países periféricos (Tsai Ming-liang, Brillante Mendoza, Hou Hsiao-hsien, Alejandro González Iñárritu y un largo etcétera) rodaron en Europa (y sería esta una buena tendencia para el análisis). En este sentido, y aunque Copia certificada para mi gusto no alcanza el nivel de sus mejores películas iraníes, creo que Kiarostami sale muy bien parado de este desafío.
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  • Atrapada
    Atrapada
    La Nación
    Carpenter y un thriller psicológico sobre jóvenes encerradas en un neuropsiquiátrico

    Atrapada es una de esas películas en las que el espectador puede quedarse con la mitad del vaso llena o lamentarse por su parte vacía. Se trata de un típico thriller psicológico sobre atractivas jóvenes encerradas en un neuropsiquiátrico (en este caso, en un hospital público de un pueblo de Oregon durante los años 60) que regala unas buenas dosis de tensión y de suspenso a la hora de trabajar temas como las presencias fantasmales, los excesos de los tratamientos (como las sesiones de electroshock), las alucinaciones y las personalidades escindidas.

    Así, en principio, uno podría quedarse con la satisfacción de haber encontrado un aceptable film de cine de género construido con un look old-fashioned que se ubica en las antípodas del tan de moda terror sádico en la línea de Hostel o El juego del miedo .

    Sin embargo, si se analizan los pergaminos de su director, John Carpenter, el balance no resulta tan estimulante. Es que de un artista que ha concebido joyas como Asalto al precinto 13 , Halloween , La niebla o En la boca del miedo, cualquier cinéfilo exige bastante más que un trabajo por encargo a partir de un guión construido a base de golpes de efecto y vueltas de tuerca, con elementos que ya se han visto en clásicos como Shock Corridor , de Samuel Fuller, en Inocencia interrumpida , de James Mangold; en las recientes Sucker Punch : Mundo surreal , de Zack Snyder; y La isla siniestra , de Martin Scorsese; o en docenas de exponentes del j-horror japonés.

    Carpenter jamás logra imprimirle un sello personal al material que tiene en sus manos y aparece como un artesano dócil, eficaz y previsible. Demasiado poco para un autor de referencia en el cine fantástico que se ha destacado por películas mucho más audaces y contestatarias que este apenas correcto producto al servicio de la industria.
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  • La reencarnación de los muertos
    Romero en su laberinto

    Luego de semanas (meses) sin conseguir fechas de estreno, se estrenan el mismo jueves los más recientes trabajos de dos grandes cineastas del género de terror/fantástico: John Carpenter y George A. Romero. Más allá de lo ridículo de la situación (que deban competir entre sí por el limitado público que hay para este tipo de propuestas), en ambos casos la sensación es decepcionante, ya que se trata de dos excelentes y revulsivos narradores con quienes me formé en materia cinéfila y a quienes he exaltado en no pocas oportunidades. Para mí, de todas maneras, juegan en diferentes ligas: Carpenter es un grande de verdad, mientras que Romero es un anarquista impiadoso, un buen cultor del cine de clase B, pero que no alcanza el status de maestro.

    En este sentido, si bien Atrapada está muy lejos de los mejores trabajos de Carpenter, lo considero igual un film más que atendible (incluso mejor de lo que Federico Karstulovich lo califica aquí). En cambio, La reencarnación de los muertos me parece un film decididamente fallido, de lo peor que Romero ha hecho en su carrera. No hay en sus 90 minutos ninguna idea medianamente sorprendente, ingenio para reelaborar elementos genéricos ni citas inteligentes. Ni siquiera la habitual ironía e incorrección política del director de La noche de los muertos vivos, Martin: el amante del terror, El amanecer de los muertos, Creepshow, La mitad siniestra, Tierra de los muertos y El diario de los muertos.

    ¿Qué queda entonces? Pura cáscara. Un festival gore (no demasiado divertido) que remite al primer cine de los Peter Jackson y los Sam Raimi, y el reciclaje del cine de zombies que el propio Romero ya trabajó hasta el hartazgo (y mucho mejor que aquí). Elementos del western bastante torpes (el eje es el enfrentamiento en una isla entre la familia Muldoon y los O'Flynn), efectos digitales para mostrar cabeza que explotan, pésimos actores, diálogos berretas y situaciones elementales completan el menú de un film que desmerece la carrera de un director que es referencia, ícono, modelo de varias generaciones de artistas y espectadores que aman la clase B. Esperemos que esta película haya sido sólo un paso en falso en su carrera y no una demostración del agotamiento de un realizador al que hemos admirado y con quien hemos disfrutado tanto.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    Toda la tensión emocional, el tono épico y la espectacularidad estética que los espectadores necesitaban y merecían

    El cartel de "The End" que figura en el cierre de esta octava película de la saga significa bastante más que en otros casos: es el punto final a uno de los fenómenos (primero literario y luego cinematográfico) más importantes de la última década y media. Pasaron diez años desde la primera película y aquellos niños que eran Harry Potter (Daniel Radcliffe), Ron Weasley (Rupert Grint) y Hermione Granger (Emma Watson) se convirtieron en jóvenes capaces de luchar contra las fuerzas más oscuras de la magia y, en el transcurso, de convertirse en emblemas, iconos, ídolos para más de una generación de fans al reflejar como pocos esa etapa tan contradictoria, llena de inseguridades, miedos y códigos de lealtad e identificación, como el de la adolescencia.

    Así como la séptima entrega (primera parte de Las reliquias de la muerte ) había dejado una sensación agridulce con una narración demasiado lenta y estirada, esta película final concentra toda la tensión emocional, el tono épico y la espectacularidad estética que los espectadores necesitaban y merecían luego de haber dejado 6000 millones de dólares en las boleterías.

    Este octavo film es, además, una reivindicación para ese inteligente guionista que es Steve Kloves (pieza clave en el éxito de las transposiciones a la gran pantalla) y, sobre todo, para un director surgido de la televisión inglesa como David Yates, que había dejado algunas dudas respecto de su solidez como narrador en las tres entregas anteriores, pero que aquí consigue un film que, en muchos sentidos (y gracias a las generosas posibilidades artísticas que hoy la tecnología le regala al cine), resulta incluso más convincente e impactante que las palabras impresas de la escritora J. K. Rowling.

    No todo en este último film funciona a la perfección: sobran imágenes y diálogos que una y otra vez (sobre) explican hasta el último detalle, quizás ante el miedo de desilusionar a algún espectador; ciertos personajes no alcanzan el desarrollo que los notables actores que los interpretan merecerían; y el poco creíble maquillaje "envejecedor" de la secuencia final resulta ridículo a la hora de mostrar a los protagonistas en sus nuevos roles paternos (salvo que la magia logre rejuvenecerlos). Sin embargo, hay tantas grandes secuencias -y no sólo la batalla final entre los seguidores de Harry y de Voldemort (Ralph Fiennes) en el castillo de Hogwarts-, tanta potencia visual y dramática, que todos esos reparos terminan siendo insignificantes ante la fuerza demoledora de un final que los productores aplazaron lo más que pudieron y que los lectores/espectadores aguardaban con tanta ansiedad, por más que -claro- con la llegada de los créditos finales se les piante más de un lagrimón. Preparen los pañuelos.
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  • Yo maté a mi madre
    Porque te quiero, te aporreo

    Con su opera prima, multipremiada en la sección Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2009, Xavier Dolan se convirtió en una de las grandes apariciones del cine de los últimos años dentro del prolífico movimiento quebecois, un status que este multifacético chico-maravilla ratificaría un año más tarde con la vistosa Les Amours imaginaires.

    El propio Dolan interpreta en Yo maté a mi madre a un frustrado joven gay de 17 años que mantiene una relación de amor-odio (con más odio que amor) con su mamá, una mujer divorciada, mientras intenta -sin suerte- conseguir su ansiada independencia.

    El film logra una tensión (psicológica) que lo hacer por momentos insoportable, pero se trata de una impecable e implacable disección de dos personalidades al borde de un ataque de nervios (y de otras cosas también) en la que muchos vieron ciertas huellas de la filmografía cassavetiana.
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  • Hoy no tuve miedo
    El prolífico Fund -La risa (BAFICI 2009) y Los labios, codirigida con Santiago Loza (BAFICI 2010)- propone dos películas de 60 minutos en una. Si bien estos films son "hermanos" en tiempo y forma, en el segundo aparece una apuesta todavía más experimental que en el primero (que no es precisamente una narración tradicional), con la aparición del equipo de rodaje "conviviendo" con los protagonistas y un juego con distintas capas de sonido (y silencio). Hoy no tuve miedo es una película de pueblo, con sus bailes adolescentes, sus perros, sus bares, sus fiestas familiares, su naturaleza exuberante y sus atardeceres (y amaneceres). Chicas que preparan sus vestidos de noche, jóvenes que consultan a un tarotista gay, curtidos trabajadores, noches de truco y canto... todo eso conforma el universo que Fund registra en un film (híbrido entre la ficción y el documental) ambicioso, caótico, caprichoso, pero también lleno de talento y sensibilidad. El director, de apenas 26 años, filma y prueba: del ensayo y error, estoy seguro, aflorará en poco tiempo más lo mejor de su cine. Buen ojo, ideas y sensibilidad no le faltan.
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  • De dioses y hombres
    Intensa y conmovedora historia sobre la lealtad y las convicciones

    En 1986, un grupo de ocho monjes trapenses de origen francés fue secuestrado por un grupo fundamentalista islámico que irrumpió en un convento ubicado en una aislada zona montañosa de Argelia. Aquella tragedia conmovió al mundo por la ferocidad del ataque (y del desenlace) hacia unos religiosos que habían sostenido una tarea solidaria y una convivencia ejemplar con la población de la región.

    Ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2010 y del César (el Oscar francés) a la mejor película del año, De dioses y hombres opta por narrar de manera tangencial los hechos de violencia para concentrarse, en cambio, en la intimidad (con toda su carga de tensión, sus contradicciones, sus miedos) de ese núcleo humano que se mantiene unido contra todo y a pesar de todo por la devoción, la fe y la vocación.

    Puede que cierto sector del público encuentre a este film de Xavier Beauvois (un reconocido actor que ya había hecho algún film más que atendible como el drama policial El pequeño teniente ) demasiado solemne y contemplativo, pero si se le dan el tiempo, la atención y el compromiso necesarios se descubrirá una historia cargada de intensidad y significación.

    Este relato austero y riguroso sobre la lealtad y las convicciones que se mantienen en alto -aun cuando muchos puedan percibir como exagerado semejante nivel de (auto)sacrificio- encuentra el tono justo para describir desde la tarea cotidiana (la atención a pacientes, el trabajo en la huerta, la elaboración de miel) hasta pasajes de una épica espiritual sublime como cuando se reúnen a tomar vino y escuchar música clásica ( El lago de los cisnes , de Tchaikovski), como forma de amplificar esa comunión a pesar (o a propósito) del caos y la violencia que los acechan.

    Beauvois también acierta al evitar la censura facilista del Islam para cuestionar, en cambio, los efectos del fanatismo religioso (también del colonialismo francés en la zona) y, así, establecer un inteligente diálogo entre el cristianismo y el Islam. Con una puesta en escena impecable (léase los diálogos, el trabajo con el sonido, los encuadres, la iluminación de la fotógrafa Caroline Champetier, la dirección de un elenco de muy virtuosos actores), De dioses y hombres se convierte en una película no sólo inteligente, profunda, lírica y conmovedora (sin golpes bajos), sino también necesaria.
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  • Mundialito
    Mundialito
    Otros Cines
    El fútbol como instrumento político y liberación social

    Que el fútbol es un instrumento de manipulación política (y no sólo de las dictaduras militares) es algo que los argentinos conocemos (y no sólo por el Mundial '78).

    En Uruguay ocurrió algo similar con la Copa de Oro (el Mundialito) que en 1980 convocó a cuatro campeones mundiales (Alemania, Brasil, Argentina y el anfitrión) y a Holanda en reemplazo de la renunciante Inglaterra. Los dueños de casa, se sabe, se quedaron con el triunfo y se desató el festejo masivo por las calles en medio de uno de los regímenes militares más largos (1973-1985) y represivos del mundo (la proporción de asesinados, desaparecidos, torturados, presos y exiliados en relación con la población total fue altísima).

    El director Sebastián Bednarik se basa en una sólida investigación, en lúcidos testimonios y en una narración clara e inteligente, combinando la "justa deportiva" con la pretensión de los militares uruguayos de perpetuarse en el poder mediante un plebiscito para modificar la constitución (terminarían perdiendo por el 57 por ciento de los votos).

    La contradictoria situación de los presos políticos, los incómodos recuerdos de los jugadores de aquella selección, la presión sobre los periodistas deportivos (la figura de Victor Hugo Morales tiene un papel importante), la aparición de insólitos financistas con fondos de dudosos orígenes en una trama que llegó hasta Silvio Berlusconi o la infame presencia del por entonces mandamás de la FIFA Joâo Havelange son algunos de los tópicos que Bednarik maneja con gran sagacidad y pericia, en un relato que se sigue siempre con interés más allá de cierto lenguaje que por momentos parece más televisivo que cinematográfico. Un pequeño gran documental sobre hechos que ocurrieron del otro lado del charco, pero que bien reflejan lo que pasó también en nuestra sociedad.

    Nota: En los créditos finales se indica que el ex presidente Tabaré Vázquez -por entonces tesorero de la organización del Mundialito- y Julio Grondona -eterno presidente de la AFA- fueron los dos únicos que no quisieron prestar su testimonio para el film, algo que sí hicieron decenas de personas, incluidos los ex mandatarios Jorge Batlle y Luis María Sanguinetti y el actual José "Pepe" Mujica.
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  • El retrato postergado
    Queríamos tanto a Haroldo

    Presentado hace ya un par de años en ámbitos como la Biblioteca Nacional, el Centro Cultural de la Cooperación y el que lleva el nombre del propio escritor en la ex ESMA, ahora llega al Gaumont este retrato sobre Haroldo Conti.

    La historia del proyecto es casi tan interesante como la del propio creador (y militante del ERP/PRT) desaparecido durante la última dictadura militar (fue secuestrado en mayo de 1976).

    En 1975, un joven director y foógrafo llamado Roberto Cuervo se encontraba filmando un "retrato humano" de Conti. Con la tensión propia del terrorismo de Estado y la posterior desaparición del escritor, la película quedó inconclusa y, en 1979, Cuervo falleció. Su esposa, Cristina Pannunzio, escondió las latas de 16 milímetros y los cassettes con 9 horas de entrevistas en un armario y, casi tres décadas más tarde, fue su hijo Andrés -que tenía apenas 10 meses cuando su padre murió- quien desempolvó el material y decidió completar -a su manera, claro- aquel retrato humano y tan postergado.

    El resultado de estos 64 minutos es, por supuesto, muy emotivo e interesante, aunque también queda la sensación de que daba para un acercamiento más profundo, ya que las distintas facetas de Conti (sus contradicciones y dudas en la tarea literaria, su mirada del mundo, su militancia, su amor por el Delta y por su Chacabuco natal quedan expuestos de una manera algo superficial).

    Cuervo combina imágenes (y, sobre todo, la voz) de Conti que había conseguido su padre y a eso le suma desde un contrapunto entre Marta Lynch y Eduardo Galeano opinando en pleno 1975 sobre la obra del autor de Sudeste, Alrededor de la jaula, En vida y Mascaró, el cazador americano hasta ficcionalizaciones o largas tomas de pasillos con imágenes en sepia, y animación stop-motion que el propio director aseguró están inspiradas en el trabajo del gran Jan Svankmajer. El patchwork es vistoso, sentido, delicado y atrapante en su mayor parte, pero -reitero- queda la impresión (casi la certeza) de que la fascinante, inasible, compleja y multifacética figura de Conti permitía un film todavía más sólido, potente y contundente. Será cuestión de que alguien retome la senda que los dos Cuervo (Roberto y Andrés) transitaron juntos y a la distancia con muchos más logros que carencias.
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  • Malas enseñanzas
    ¿Sin tetas no hay Paraíso?

    Una atractiva y cruel maestra de escuela secundaria dispuesta a todo para seducir a quien corresponda, para ganar como sea un adicional a su magro sueldo, para hacer trampa, seducir y/o engañar a funcionarios y colegas, y finalmente conseguir el dinero para ponerse tetas siliconadas. Así es el personaje de Elizabeth Halsey que Cameron Diaz interpreta con su habitual desparpajo en este film de Jake Kasdan (hijo de Lawrence), una suerte de Billy Bob Thornton femenino en comedias negras como Un santa no tan santo o Los osos de la mala suerte.

    La película -una explotación de estereotipos y arquetipos- tiene unos cuantos flancos débiles para ser atacada: su escasísima sutileza (nunca sabe cuándo dejar de ser cruda y cuando baja un poco la guardia se pone concesiva y convencional), sus inevitables chistes escatológicos, el escaso interés que despierta el triángulo romántico que "justifica" la historia, pero también es cierto que tiene una significativa cantidad de buenos gags (ideas, one-liners), que se permite introducir elementos como la marihuana, el alcohol, la delación o la incorrección política en el ámbito escolar y que tiene un buen elenco en el que no sólo se luce Cameron sino también la británica -redescubierta por Woody Allen- Lucy Punch (como la maestra rival), la gran Phyllis Smith (como la compañera de trabajo bienintencionada y miedosa) y, por momentos, hasta Justin Timberlake (como un profesor suplente de familia millonaria), que entrega una desopilante canción romántica titulada Simpatico.

    Como ocurre casi siempre con la NCA (Nueva Comedia Americana) hay bastantes momentos de relleno, chistes pifiados, arbitrariedades y clisés que se reiteran una y otra vez. No será la de Loco por Mary, pero Cameron Diaz se carga la película al hombro y termina con un aprobado. Las críticas han sido despiadadas con el film, pero creo que hay no pocos méritos en su hora y media. La verdad es que, aún sin grandes entusiasmos, la pasé bastante bien. No es poca cosa en estos tiempos de fórmulas, sagas y productos codificados.
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  • Cars 2
    Cars 2
    Otros Cines
    Curva peligrosa

    En los últimos días arreciaron las voces en contra de esta continuación de Cars: que Pixar había hecho lo mismo que el resto de los estudios animados (reciclar una secuela con “piloto automático”), que Lasseter y compañía habían relegado la magia y el lirismo en pos de un cine convencional (léase ruido, vértigo y confusión) y varios cuestionamientos más.

    Como fan confeso de la producción de Pixar, admito que Cars 2 queda -en la comparación- bastante lejos de las cimas alcanzadas por la trilogía de Toy Story, Ratatouille o WALL-E (¿alguna vez alguien podrán repetir semejante nivel de creatividad, belleza, emoción y elegancia?), pero estas nuevas aventuras del Rayo McQueen y Mate siguen estando bastante por encima de la media del mercado de animación (este año, de todas maneras, me quedo con el notable western Rango, de Gore Verbinsky).

    A cinco años del film original, los personajes abandonan el pueblo de Radiador Springs (y los Estados Unidos) para embarcarse en una historia bastante más compleja, ambiciosa (y, sobre todo, internacional) ambientada en Tokio, París, Londres y la Riviera italiana que incluye una trama de espías a-lo-James Bond (aparecen en escena un neo 007 llamado Finn McMissile cuya voz en la versión original pertenece a Michael Caine y la sexy Holly Shiftwell de Emily Mortimer) y un World Grand Prix organizado por un magnate petrolero (Eddie Izzard) en el que el Rayo se topará con un excéntrico rival italiano (John Turturro) y con una oscura organización que nada tiene que envidiarle a Kaos del Súper Agente 86.

    Los problemas de Cars 2 son varios: por un lado, le cede demasiado protagonismo a Mate, un antihéroe tan recargado en su torpeza (y su suerte) que termina por abrumar un poco y, efectivamente, la acumulación de subtramas, personajes y locaciones distancia al espectador de ese toque Pixar (ingenio + sensibilidad). De todas formas, esta secuela sigue siendo una experiencia disfrutable y de indudable belleza (que el 3D esta vez no realza demasiado), en la que Lasseter ratifica su amor por los autos y esa inagotable imaginería visual (y cuidado por el más mínimo detalle) que sus colaboradores luego traducen en formas, color y movimiento.

    Cars 2, quedó dicho, no es una obra maestra y -para los excelsos cánones de Pixar- hasta puede ser catalogada como una pequeña decepción. Pero, así y todo, sigue siendo cine del bueno, un entretenimiento noble y genuino, una película con el sello de esa troupe liderada por un inmenso artista como John Lasseter.

    Nota: Antes de Cars 2 se exhibe Vacaciones en Hawai, corto ligado a la saga de Toy Story (con los populares personajes tratando de ayudar a Barbie y a Ken a disfrutar de una estadía romántica en condiciones -artificiales- que se asemejen a las de la paradisíaca zona del título). No está nada mal, pero tampoco está a la altura de la trilogía de largometrajes.
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Los personajes humanos son más artificiales que los robots en esta película ampulosa y vacía

    Esta tercera entrega de la saga dirigida por Michael Bay (quien parece competir con Roland Emmerich por el cetro del cineasta más apocalíptico a la hora de filmar explosiones y destruir planetas) tiene un auspicioso y audaz prólogo que se permite incluso alterar la historia oficial de las administraciones de Kennedy y Nixon hasta llegar a una nueva versión de la famosa expedición lunar del Apolo 11 en 1969: al margen de la transmisión televisiva que conmovió al mundo, en "el lado oscuro de la Luna" al que apela el título, los propios astronautas encabezan una misión "top secret" en la que descubren los restos de una nave extraterrestre con una tecnología que será esencial en el desarrollo posterior de la trama. Pero los hallazgos y sorpresas terminan allí. Luego, ya en la actualidad, reaparece en escena Sam Witwicky (el antihéroe interpretado por Shia LaBeouf), ahora acompañado por un nuevo objeto del deseo (la modelo británica Rosie Huntington-Whiteley, que reemplaza a la despedida y aquí denostada Megan Fox), a la que Bay le dedicará una y otra vez obsesivos primeros planos de sus generosas curvas.

    La primera mitad del film se vuelve bastante tortuosa (pendula entre las desventuras laborales y afectivas de Sam y los proyectos secretos del gobierno estadounidense) hasta que de manera inevitable esas y otras subtramas desembocan en lo que todos esperan: el enfrentamiento entre robots buenos y malos (los nobles Autobots liderados por Optimus Prime contra los despiadados Decepticons comandados por Megatron y el traidor Sentinel Prime).

    Más allá del ya habitual festival de efectos visuales y de la incorporación de efectos 3D que, pese a lo anunciado por los propios productores, queda muy lejos de logros conseguidos por James Cameron en

    Avatar ,

    Transformers 3 ofrece demasiado ruido para tan poco cine. Entre exaltaciones patrióticas que sorprenderían hasta a los republicanos del Tea Party, Bay construye una película que jamás fluye ni alcanza una mínima coherencia.

    Los personajes humanos parecen más artificiales que los robots y sólo hay espacio para unas breves apariciones de grandes actores como John Malkovich, Frances McDormand, John Turturro o el coreano Ken Jeong, quienes le aportan un poco de humor absurdo a una trama dominada por frases ampulosas y solemnes sobre el heroísmo y la lealtad. Sin embargo, esos bienvenidos destellos paródicos resultan demasiado aislados como para salvar a una película que termina apelando a la fuerza arrasadora de sus gigantescos y poderosos robots guerreros como forma de disimular (tapar) sus múltiples carencias dramáticas y narrativas

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  • Medianoche en París
    El sueño de los héroes

    Con Medianoche en París Woody Allen construye un film romántico, melancólico y de tono casi naïf en el que no sólo rinde tributo a la Ciudad Luz sino también a sus "héroes" -esos que marcaron su formación juvenil en el campo intelectual- que coincidieron allí durante los años '20.

    La película arranca con 60 tomas (las conté) sobre la París más turística, la de las guías, la de las tarjetas postales. A Woody no le interesa sumergirse en las contradicciones, en los matices de la ciudad. Como ya ocurrió con Londres o con Barcelona, no teme caer en el clisé y se queda con lo más reconocible y marketinero de la capital francesa.

    Sin embargo, Medianoche en París es una película sentida no sólo porque proviene del amor de Woody por la ciudad y por el cine francés (la nouvelle vague fue fundamental en su formación) sino también porque trabaja sobre la fecunda relación (la fascinación mutua) entre la cultura francesa y la estadounidense.

    En el film, Gil (Owen Wilson) es un reconocido guionista al servicio de Hollywood que lucha por dar a luz a su primera novela ante la despectiva respuesta de su manipuladora novia Inez (Rachel McAdams) y de sus intolerables suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy), dos republicanos del Tea Party que los acompañan en su visita a la ciudad. Harto de ellos -y de un presuntuoso inglés que intenta seducir a Inéz (Michael Sheen)-, Gil se pierde algo beodo por las callejuelas en la noche de París. Allí, cuando suenan las campanadas de medianoche, cual cuento de hadas fantástico, aparece un antiquísimo Peugeot. Luego de algunas dudas, se sube al auto y comenzará así un viaje hasta los años '20, más precisamente hasta los ámbitos de la bohemia intelectual de la época.

    Nuestro conflictuado, inseguro antihéroe conocerá en bares y fiestas a Ernest Hemingway, a Cole Porter, a Scott y Zelda Fitzgerald, a T.S. Eliot, a Pablo Picasso, a Djuna Barnes, a Jean Cocteau, a Gerturde Stein, a los surrealistas (Dalí, Buñuel, Man Ray) y se enamorará de una "groupie" de pintores -ex amante del propio Picasso, Braque, Modigliani- interpretada por la bella Marion Cotillard. Sus "regresos" a la París contemporánea, en cambio, se convierten en un suplicio, ya que los demás sólo parecen interesados en el turismo y en el consumo (y además, claro, no le creen una sola palabra).

    En su segunda mitad, Medianoche en París empieza a repetirse (y pierde así algo de encanto, ritmo y frescura), ya que el protagonista regresa una y otra vez al fascinante mundo de aquellos mitos intelectuales, pero así y todo, con el cameo de la Primera Dama Carla Bruni (una guía turística que tiene cuatro aceptables e intrascendentes apariciones) y con una trama romántica con una joven parisina (Léa Seydoux), se cierran los amables, simpáticos 100 minutos del relato.

    Hay en el film una idea ingeniosa que sostiene la trama (el viaje tipo máquina del tiempo a una época dorada producto de la insatisfacción con la actual: así, vemos cómo los intelectuales de los años '20 quieren vivir en la Belle Epoque y los de la Belle Epoque, en el Renacimiento) y varios pasajes muy disfrutables con un solvente Owen Wilson en plan "imitando a Woody Allen". No estamos ante una gran película (hace tiempo que Woody no hace un film enteramente redondo y convincente), pero sí ante una de las más interesantes de la etapa más reciente de su carrera.
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  • El laberinto
    El laberinto
    La Nación
    Inteligente ensayo sobre las múltiples formas de superar la pérdida

    Si al lector le resumieran la sinopsis de El laberinto en una sola frase (podría ser "un matrimonio trata de superar el inmenso dolor tras la muerte de su pequeño hijo"), lo más probable es que piense que se trata de un melodrama lleno de golpes bajos, concebido para la explosión lacrimógena y que semejante dureza resulte difícil de soportar.

    Nada de eso. Está claro que no se trata de un entretenimiento superficial, alegre y pasajero, pero esta transposición que David Lindsay-Abaire hizo de su propia obra teatral (ganadora del premio Pulitzer en 2007) está muy lejos de ser ese "telefilm de la semana" construido para la emoción fácil y propone, en cambio, un ensayo riguroso e inteligente sobre las muy diversas (a veces antagónicas) formas de lidiar con la pérdida, con la culpa, con esas cosas crueles y absurdas que no tienen explicación ni remedio.

    Becca (Nicole Kidman, nominada al premio Oscar por este trabajo) y Howie (Aaron Eckhart) conforman un matrimonio de clase media-alta cuya feliz y exitosa vida se derrumba por completo tras la accidental, inexplicable muerte de su hijo. Ella se vuelve cínica y negadora; él, en cambio, necesita procesar y compartir sus sensaciones (incluso en el seno de un grupo de autoayuda que Becca rechaza de plano). Entre ellos, por lo tanto, surge un abismo en todos los terrenos, aunque no dejan de estar juntos en medio de sus opuestos procesos personales.

    Si bien el director John Cameron Mitchell (el mismo de las desprejuiciadas y audaces Hedwig y Shortbus ) se concentra en las experiencias de la pareja, hay espacio para desarrollar interesantes personajes secundarios como el adolescente que desencadenó la tragedia (Miles Teller), la madre de la protagonista (Dianne Wiest), que también ha sufrido una experiencia extrema, la hermana menor de Becca que está embarazada (Tammy Blanchard) y una mujer (Sandra Oh) que despierta en Howie no sólo cierto interés sino profundas contradicciones.

    Película de climas y de sensaciones íntimas, El laberinto aborda un tema complejo (la exploración del vacío emocional de las personas) para luego sí, como cantaba Federico Moura, intentar salir del agujero interior.
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  • Daddy Longlegs
    Daddy Longlegs
    Otros Cines
    UN PAPA "GENIAL" (A CASSAVETES CON AMOR)

    Estos hermanos -que se han convertido en una de las sensaciones del indie neoyorquino de bajo presupuesto- ya habían estado por separado en la Quincena de Realizadores de Cannes 2008 con un corto y un largometraje, sección a la que regresaron un año después con este film, que luego se vio también en la Competencia Internacional del BAFICI 2010. En Daddy Longlegs (aka Go Get Some Rosemary) estos émulos del método cassaveteano narran las desventuras de un patético e irresponsable padre divorciado de 34 años que trabaja de noche como proyeccionista en un cine de clásicos y que cria como puede (o sea, bastante mal, pero con un conmovedor esfuerzo) a sus dos hijos varones, mientras intenta iniciar una nueva relación de pareja. El largometraje es muy gracioso e ingenioso en su explotación de las situaciones absurdas, y hace una excelente utilización de los exteriores de Nueva York. Con modestos recursos, pero mucha creatividad. DIEGO BATLLE
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  • 8 minutos antes de morir
    IDENTIDAD SUSTITUTA (EXTRAÑO EN UN TREN)

    Luego de su multipremiado y aclamado debut con el film de ciencia ficción La Luna (Moon), el hijo de David Bowie rodó este thriller sobre un militar (piloto de helicópteros), cuyo último recuerdo es haber estado en una misión en Afganistán y que, al despertarse, percibe que es enviado al (y se siente en) el cuerpo de otra persona que está a bordo de un tren de la ciudad de Chicago en compañía de una atractiva muchacha (Monahan). Eso no es todo: al poco tiempo todo vuela por los aires producto de un atentado con explosivos. Sin embargo, no muere sino que vuelve a su estadio anterior, donde es instruido por los responsables del proyecto Source Code (Jeffrey Wright) para regresar al mismo lugar y tratar de descrubrir al culpable y de desactivar la bomba.

    La idea de regresar una y otra vez al mismo lugar y revivir una situación determinada (con los sucesivos cambios que el protagonista puede imprimirle) no es nueva (hasta fue utilizada en una notable comedia como Hechizo del tiempo), pero sí efectiva, ya que sirve para generar una buena de dosis de suspenso y de identificación porque el espectador sabe cómo arranca el conflicto, pero no cómo puede modificarse su resolución.

    La extrañeza, la sensación de "invadir" un cuerpo ajeno, la realidad virtual, el poder de una maquinaria mucho más poderosa que la fuerza de un simple humano son elementos que Duncan Jones ya había elaborado en La Luna. Aquí, la cosa resulta menos lírica e intimista, pero quizás más sólida en una mezcla entre la ciencia ficción y el thriller hitchcockiano que funciona con solvencia durante los (in)tensos 93 minutos de relato. Un muy buen segundo paso para un artista con vuelo propio (cada vez más lejos del degrandante "hijo de" al que yo también suelo apelar). Sin dudas, un director a seguir.
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  • Aballay
    Aballay
    Otros Cines
    ¡Qué placer reencontrarse (casi redescubrir) a Spiner con este vistoso y atrapante western gauchesco! Una película que se anima a dialogar sin miedo con el género de los John Ford, los Sam Peckinpah y los Anthony Mann, pero también con el cine latinoamericano de Leonardo Favio y Glauber Rocha. Más allá de ciertos preciosismos visuales innecesarios (por momentos, el director de La sonámbula y sus técnicos parecen regodearse un poco en su indudable talento para el encuadre, la fotografía o la edición y terminan cayendo en cierto esteticismo), esta tragedia sobre la venganza y la culpa rodada en bellísimo parajes tucumanos (la inmensidad de los paisajes es un personaje más) expone en toda su dimensión y sus múltiples facetas la crueldad, el salvajismo, la opresión, el machismo, la religiosidad (y la superstición) de la Argentina del siglo XIX. Basada en un cuento del gran Antonio Di Benedetto, Aballay es una película épica, intensa, sangrienta, visceral y expresiva (casi expresionista) en el que más allá de los excesos apuntados se lucen tanto sus hacedores (el DF Claudio Beiza, el compaginador Alejandro Parysow, el músico Gustavo Pomeranec, la directora de arte Sandra Iurcovich) como sus intérpretes (Pablo Cedrón como el bandido-santo del título, Claudio Rissi como el malvado de turno, la bella Moro Anghileri como el objeto del deseo y, en menor medida, un no del todo convincente Nazareno Casero como el porteño que intenta vengar 10 años más tarde el asesinato de su padre). Un film que no debería pasar inadvertido en el marco del festival ni luego en su paso por el circuito comercial.
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  • El túnel de los huesos
    Auspicioso debut que mezcla el policial con la mirada sociopolítica

    En 1991, siete presos escaparon de la cárcel de Villa Devoto, luego de cavar un largo túnel desde el hospital de la prisión hasta la calle. En medio de la preparación de esa fuga, hicieron un macabro descubrimiento ligado a los vestigios de la última dictadura militar.

    Dos años más tarde, el escritor y periodista Ricardo Ragendorfer fue galardonado con el premio Príncipe de Asturias por su investigación y la posterior crónica del caso, que sirvió de inspiración para esta ópera prima de Nacho Garassino.

    Ragendorfer (que tiene una breve participación actoral en el papel de un preso) es interpretado en la ficción por Jorge Sesán, un cronista que es abordado por los dos integrantes del grupo (Raúl Taibo y Daniel Valenzuela), quienes están decididos a contar cómo fueron los hechos como forma de cumplir una promesa.

    Así, Garassino (ganador del premio Martín Fierro por su trabajo junto a Fabián Polosecki en el mítico programa televisivo El otro lado ) propone una narración que va y viene en el tiempo para describir la versión que los propios involucrados ofrecen.

    Al director le interesa más construir la tensión dramática a partir de las relaciones entre los distintos integrantes del grupo (no eran amigos previamente y hay constantes temores a la traición interna o a la delación externa) que de una trama sostenida en la acción y el suspenso. Por lo tanto, el film gana en profundidad psicológica, aunque por momentos resulta un poco moroso.

    De todas maneras, Garassino se presenta como un sólido director de actores (Taibo demuestra que es bastante más que aquel galán de telenovelas, mientras que Valenzuela y Germán de Silva confirman su habitual solidez) y como un cineasta capaz de construir atmósferas opresivas y climas inquietantes, aprovechando muy bien en este caso las locaciones de una cárcel real, como la de Caseros. Un debut más que auspicioso para un realizador que mixtura la mirada sociopolítica y los elementos del género policial con bastantes más hallazgos que carencias.
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  • Carlos
    Carlos
    La Nación
    Un vertiginoso retrato de dos décadas en la vida del terrorista venezolano Ilich Ramírez

    Concebida en principio como miniserie televisiva (tres episodios de 330 minutos en total), Carlos alcanza su estreno local en una versión más reducida (algo menos de tres horas) que contó con el aval de su director, el francés Olivier Assayas. Se trata de un potente y vertiginoso retrato de dos décadas (1974-1994) en la vida del célebre terrorista venezolano Ilich Ramírez, más conocido en los medios como Carlos, El Chacal.

    El talentoso realizador de Irma Vep , Clean y Las horas del verano reconstruye las múltiples, contradictorias facetas de Carlos. Por un lado, su asociación -siempre en nombre de la revolución y de los oprimidos- con grupos vinculados a las peores dictaduras de Medio Oriente o su sangre fría para concretar atentados en lugares públicos con víctimas inocentes; y, por otro, su audacia, su valentía, su inteligencia, su carisma o su poder de seducción. En ciertos pasajes, el Carlos que interpreta con enorme magnetismo y convicción el también venezolano Edgar Ramírez (gran descubrimiento de Assayas, quien lo ha convertido en una figura de alcance internacional) se asemeja a una estrella de rock, una arrasadora máquina sexual y héroe de acción.

    Quienes crean que, por su origen televisivo, Carlos puede encontrar ciertas limitaciones narrativas, hay que aclarar que fue construida a puro pulso cinematográfico, aprovechando todas las posibilidades visuales de la pantalla ancha (scope) y con un uso de la banda sonora (Wire, New Order) que remite a los primeros films de Martin Scorsese en su forma de describir la atmósfera y la adrenalina de la época.

    Héroe o villano, mito revolucionario o despiadado mercenario (Assayas no lo glorifica, pero tampoco se empeña en condenarlo de manera explícita), Carlos resulta un personaje que, desde lo cinematográfico, resulta fascinante por su imponencia física, su tensión erótica, mientras que la película en sí propone una mirada cautivante y alucinatoria sobre la generación del 68, con su carga de idealismo e ingenuidad, pero también de traiciones cruzadas (a partir de los múltiples tentáculos de la extrema izquierda vinculada al terrorismo internacional) que terminaron enterrando tantos genuinos y bienintencionados sueños de cambio.
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  • La doble vida de Walter
    DEL RIDÍCULO SE VUELVE

    Ver a un hombre casado, padre de familia y ejecutivo de una importante empresa de juguetes hablando a través de un títere con forma de castor como única forma de combatir (o atenuar) su estado de absoluta depresión puede ser bastante ridículo. Pero que, además, ese personaje esté a cargo de Mel Gibson, acusado en los últimos tiempo de casi todos los males de este mundo (machista, homofóbico, racista, golpeador, borracho, paranoico y un largo etcétera) es casi un golpe de gracia para este nuevo film de Jodie Foster.

    Sin embargo, aunque tiene todos los elementos propios de una película "fallida" (incluidos ciertos diálogos excesivos que pueden herir los oidos y conspiran contra la credibilidad y el impacto emocional del film), voy a intentar una defensa de una película que me parece no sólo arriesgada sino incluso muy honesta, sentida (y, sí, por momentos conmovedora). Aunque la cosa pase por las diferentes sensibilidades que podamos tener cada uno de nosotros en cuanto espectadores, no se le puede negar a Foster (en su doble faceta de directora/actriz) ni al vituperado Gibson una gran convicción para sostener esta historia de familia de clase media disfuncional que parece la contracara del sueño americano.

    Lo que más me gustó del film es que no se queda en los lugares comunes del melodrama (aunque pueda caer en alguno de ellos) sino que apuesta a incomodar con un humor negrísimo que seguramente indignará a los puristas del género (no es Rain Man ni Forrest Gump). Lúdica, tragicómica, trasgresora, excesiva y anticonvencional, La doble vida de Walter es una película concebida a contracorriente, al margen de la fórmulas, los cánones y las modas. Bienvenida sea.
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  • Los agentes del destino
    DICK, (SOBRE)EXPLICADO Y TRASCENDENTE

    La obra de Philip K. Dick se ha convertido -por las ingeniosas y provocativas ideas de sus "conceptos"- en fuente de inspiración inagotable para una industria ávida de propuestas. En este caso, el guionista de La nueva gran estafa y Bourne: el ultimátum apeló para su debut en la dirección a Adjustement Team, un cuento de 1954 en el que se trabaja sobre la idea de que hay un grupo de superpoderosos agentes encargados de manejar el devenir de la raza humana para evitar que la misma caiga en el caos autodestructivo.

    Ambientada en la Nueva York contemporánea, Los agentes del destino tiene como protagonista a David Norris (Matt Damon), un chico rebelde de la política que se ha convertido en el legislador más joven de los Estados Unidos pero que corre el riesgo de dilapidar su carisma por cierta tendencia a los excesos. que se enamora de Elise Sellas (Emily Blunt), una ascendente bailarina inglesa. Entre ambos surge una intensa pasión, pero allí aparecerá el "equipo de ajuste" para impedir que la relación prospere. No conviene adelantar nada más. El film tiene ciertos hallazgos visuales, algunos esbozos inquietantes en su mirada existencialista, pero Nolfi cede a una doble tentación que termina por arruinar buena parte del interés: se vuelve didáctico (todo es explicado hasta el detalle) y, para peor, se pone solemne y trascendente. Esa excesiva autoimportancia es la que termina transformando a lo que en principio parecía como un buen entretenimiento con toques de romance, comedia y ciencia ficción en un film pretencioso pero que, en definitiva, termina resultando bastante banal.
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  • Juntos para siempre
    DESVENTURAS DE UN GUIONISTA

    Reconocido guionista de exitosos títulos como Historias mínimas, de Carlos Sorín; y Quién dice que es fácil y Un novio para mi mujer, ambas de Juan Taratuto, Pablo Solarz debuta en la dirección con una tragicomedia bastante negra y despiadada sobre las desventuras de Javier Gross (Peto Menahem), un guionista obsesionado con sus creaciones y que, en el proceso, se va desconectando, escindiendo de forma progresiva del mundo real y de sus afectos (está casado con una joven bastante "exigente" que interpreta Malena Solda y luego de separarse se junta con una mucho más superficial y sumisa que encarna Florencia Peña).

    Esta primera línea del film transita esquemas woodyallenianos no demasiado sorprendentes (la negación de sus traumas, la relación con la creación artística y con las mujeres, el lugar de la madre neurótica, empastillada e invasiva que hace Mirta Busnelli), pero luego Solarz opta porque la ficción dentro de la ficción -o sea, una historia pergeñada por el propio Gross- vaya acaparando cada vez más espacio: allí vemos cómo un padre de familia frustrado y al borde de la locura (Luis Luque) va abandonando por el camino -supuestamente van rumbo a unas vacaciones en Mar del Plata, aunque terminan en los helados parajes del Oeste- a su mujer y a cada uno de sus hijos, mientras sueña con reencontrarse con el viejo amor de su vida. La película alcanza un tono oscuro, cruel y casi surrealista, que por momento remite al cine de Spike Jonze y Paul Thomas Anderson.

    Si las situaciones no son del todo eficaces, al novel director le cuesta además combinar, mixturar ambas subtramas y, así, la película no fluye como debería. El resultado es un poco forzado, tortuoso, más allá del bienvenido riesgo que Solarz asume con una propuesta bastante menos complaciente y demagógica que la de sus guiones anteriores.
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  • Las marimbas del infierno
    TRADICION Y MODERNIDAD

    Tras la controvertida Gasolina -su opera prima vista y premiada en la competencia oficial del BAFICI 2009-, Hernández Cordón cambia por completo de registro en Las Marimbas del Infierno, proyecto que nació -según explicó el propio director- casi de casualidad (se filmó en muy poco tiempo, con mínimos recursos y un amplio espacio para la experimentación, luego de que se le cayera a último momento un proyecto bastante ambicioso) y que combina documental, situaciones improvisadas y escenas ficcionalizadas.

    Las desventuras de unos patéticos y queribles músicos de diferentes generaciones -amigos personales del realizador- que tratan de combinar el sonido de las tradicionales marimbas guatemaltecas con el heavy-metal son irresistibles, en un film cuyo tono remite por momentos al de Aki Kaurismäki o Jim Jarmusch, aunque -claro- con una reconocible y fascinante impronta centroamericana. Uno de los films latinoamericanos más galardonados de los últimos tiempos (Toulouse, Miami, Valdivia, Morelia, Torino, etc.).
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  • Kung Fu Panda 2
    Kung Fu Panda 2
    La Nación
    Sin mayores innovaciones, pero con el mismo impacto visual

    Las desventuras del torpe y querible oso panda Po en la antigua China generaron en 2008 un inmenso éxito comercial no sólo en las salas de todo el mundo, sino también en el cada vez más amplio y lucrativo negocio del merchandising . Por eso, apenas tres años más tarde (el plazo mínimo que hoy insume desarrollar un film animado a gran escala), estamos frente a una secuela sin demasiadas innovaciones, pero con un despliegue visual, de acción y de humor suficiente como para repetir aquel suceso.

    Jennifer Yuh -una cotizada directora de arte de origen asiático que debuta aquí como realizadora de largometrajes- propone en el arranque una secuencia de títulos construida con una vistosa animación casera, pero luego de ese prólogo sobre las tradiciones chinas la narración regresa al estilo pirotécnico y adrenalínico que caracteriza a la saga. Si bien se abordan de manera superficial algunos conflictos ligados a la paternidad (más específicamente a la adopción) o a la búsqueda de la paz interior, la mayor parte de la hora y media está dedicada a los entrenamientos (Po se ha convertido en un experto instructor en artes marciales) y a las largas secuencias de batallas con un buen aprovechamiento de los efectos 3D.

    Si el Bien está encarnado en Po (la voz del histriónico Jack Black) y sus amigos (con aportes también expresivos de figuras como Angelina Jolie, Jackie Chan o Seth Rogen), el Mal en esta segunda entrega tiene como a principal exponente a Shen (Gary Oldman), un pavo real resentido y con conocimientos de magia negra al frente de una manada de terroríficos lobos. Todo queda servido, entonces, para un enfrentamiento a puro vértigo y con escenas de masas que tienen como fondo los bellos paisajes y las imponentes y pintorescas escenografías de China. Una fórmula bastante similar a la del film original en la búsqueda del mismo objetivo: conseguir la fidelidad del masivo público familiar.
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  • Hanna
    Hanna
    Otros Cines
    LA PERFECTA ASESINA

    Grata sorpresa. No es que estemos ante una película que vaya a revolucionar el thriller (de hecho, tiene bastante de la saga de Bourne y no pocos elementos tomados de films sobre killers femeninas como Nikita, Kick-Ass o Se busca), pero esta historia sobre Hanna (Saoirse Ronan), una adolescente de 16 años entrenada por un ex agente de la CIA (Eric Bana) para sobrevivir a todo tipo de amenazas (y de paso convertirse en una auténtica máquina de matar), tiene las suficientes dosis de ingenio, solidez, ritmo, espectacularidad, suspenso, tensión (y de humor negro a la hora de retratar el costado freak que en términos de sociabilidad tiene la protagonista) como para redondear un más que meritorio resultado final.

    El joven director londinense Joe Wright (sí, el mismo de esas historias de época bien arties que fueron Orgullo y prejuicio y Expiación: deseo y pecado) se muestra muy a gusto en el género, regalando una puesta en escena seca, precisa y con virtuosas coreografías en las secuencias de acción + CGI. Lo dicho: un buen exponente de género (y con el plus de Cate Blanchett como la implacable jefa de la CIA que persigue a la heroína y la música electrónica de los Chemical Brothers). Nada mas y nada menos que eso.
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  • Aguas turbulentas
    ELOGIO DE LA CULPA

    En el cierre de su trilogía de Oslo, Poppe aborda un tema extremo para la sensibilidad del espectador (el robo y posterior muerte de un niño) como punto de partida para ofrecer un preciso, contundente estudio sobre la culpa. Es verdad que en algunos pasajes cede a la tentación de caer en ciertos simbolismos, alegorías, analogías y paralelismos que pueden resultar un poco obvios y torpes, pero en buena parte de las dos horas sostiene un impecable, profundo etrato psicológico de los dos protagonistas: el joven que sale de la cárcel luego de haber purgado dos tercios de su condena por la desaparición de un chico y la madre que ha intentado rehacer su vida con dos hijas adoptivas, pero que sigue sumida en el odio y el dolor.

    El film está narrados en dos líneas paralelas que sobre la mitad del relato confluyen cuando la mujer -que está a punto de mudarse a Dinamarca con su familia- descubre que el protagonista trabaja tocando el órgano en una iglesia. Película sobre el sino trágico, la culpa, la venganza, el perdón y la redención, Aguas turbulentas se beneficia de la sensibilidad y credibilidad con que Poppe construye cada uno de los personajes y del aporte de un elenco sin fisuras. Un film duro, es cierto, pero al que vale la pena darle una oportunidad.
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  • X-men: Primera Generación
    Nuevo director para la precuela sobre el origen del poder mutante

    Como ocurrió (u ocurrirá) con casi todas las franquicias sobre superhéroes surgidos del universo del cómic (y con otras sagas como las de Star Wars o Indiana Jones ), los X-Men encuentran en Primera generación una precuela que sirve para múltiples propósitos: describir los orígenes y el descubrimiento de sus poderes por parte de los mutantes (con festival de efectos especiales incluido), cambiar de director (Matthew Vaughn reemplaza al responsable de las entregas anteriores, Bryan Singer) y rejuvenecer el elenco (Hugh Jackman tiene aquí sólo un cameo mientras prepara su regreso en solitario para 2012 con The Wolverine ), buscando así una mayor empatía con el público adolescente y juvenil.

    El film arranca en 1944 con una secuencia ambientada en un campo de concentración nazi, pero la trama se desarrolla en su mayor parte en medio de la paranoia propia de la Guerra Fría (y coincidiendo incluso con hechos reales como la crisis de los misiles de Cuba, en 1962). En ese contexto, habrá un primer enfrentamiento entre mutantes -los malvados liderados por un científico a lo Mengele que interpreta Kevin Bacon y por la femme fatale que encarna January Jones ( Mad Men ) y aquellos que tienen a Erik/Magneto (Michael Fassbender) y a Charles Xavier (James McAvoy) como referentes- para finalmente desembocar en el cisma y la rivalidad entre los dos bandos ya conocidos por los fans: los X-Men y los seguidores de Magneto.

    En las poco más de dos horas de relato, hay un poco de todo: largas secuencias de acción, una pizca de erotismo (además de Jones aparece la ascendente Jennifer Lawrence), contradicciones íntimas entre los mutantes que quieren "integrarse" con los humanos y aquellos que prefieren "diferenciarse" y ostentar sus superpoderes; algunos atisbos de humor (mucho menos de lo que podía esperarse del director que hizo la divertida Kick-Ass ), y hasta un insólito desatino que tiene a la Argentina como protagonista.

    En efecto, en la primera parte del film, el personaje de Magneto viaja a nuestro país para cazar nazis y vengar a sus padres y termina en un típico pueblo cordillerano (que podría ser Bariloche, La Angostura o Villa General Belgrano) llamado? ¡Villa Gesell! La escena que le sigue en un bar es, por ambientación y acento de los personajes, patética e involuntariamente risible. Cuesta entender cómo una superproducción de 200 millones de dólares de presupuesto no cuenta con una mínima supervisión para chequear los datos históricos y geográficos que su trama aborda.

    Más allá de este u otros dislates -que, de todas maneras, no resienten demasiado la trama-, X-Men: Primera generación alterna logros (el diseño de producción que incluye el despliegue visual y los decorados son particularmente creativos) y carencias (una excesiva solemnidad que choca contra la vertiente más lúdica de la historieta). Nada de esto, se sabe, tiene demasiada importancia: aquí están los nuevos (viejos) personajes de X-Men , la fuerza arrolladora de la marca Marvel y los millones de espectadores dispuestos a compartir la experiencia simultánea y planetaria de disfrutar de sus nuevas aventuras.
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  • Rompecorazones
    Rompecorazones
    Otros Cines
    Comedia romántica sobre un infalible seductor profesional (Romain Duris), al que suelen contratar para que mujeres que no saben que son infelices dejen a sus patéticas parejas, y una experta en vinos (Vanessa Paradis), que está a punto de casarse con un millonario inglés. El film transcurre a todo vértigo, glamour, lujo y bastante gracia en soñados interiores y exteriores de la Costa Azul francesa. Duris y Paradis aportan belleza, timing y encanto, mientras que el debutante Chaumeil hace muy bien los deberes para transformar los clisés y las referencias pop (desde George Michael hasta Dirty Dancing) del sólido guión en elementos que funcionan. Una "de amor" a la americana, pero con mejores resultados que la inmensa mayoría de las propuestas recientes de este tipo made in Hollywood.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    Otros Cines
    Amores perros

    Ante esta opera prima de Cianfrance -estrenada en la sección Un Certain Régard del Festival de Cannes 2010- uno puede quedarse (y enojarse) con los vicios y los clisés del paradigma indie norteamericano (un par de escenas compradoras/"demagógicas"/exhibicionistas para el mero lucimiento de sus protagonistas tocando la mandolina o bailando tap, los excesos de su musicalización, etc.) o bien con la profundidad emocional del relato, con las generosas y arriesgadas actuaciones de Ryan Gosling y Michelle Williams (ambos nominados al Globo de Oro y ella también al Oscar), con ciertas osadías para los estándares del cohibido cine estadounidense actual (como sus intensas escenas de sexo, por ejemplo) o con lo bien que funciona la estructura de guión (la crisis y disolución de una pareja con una hija es narrada de manera paralela a la historia del enamoramiento).

    Ante esa disyuntiva, yo prefiero quedarme con los logros y no tanto con los pequeños fracasos de la propuesta. Al fin de cuentas, se trata de un primer largometraje y Cianfrance -aquí en plan "jugando a Ingmar Bergman yJohn Cassavetes"- tiene todavía mucho camino por recorrer para pulir lo que evidentemente es un talento en bruto.
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  • Le quattro volte
    Le quattro volte
    Otros Cines
    Merecida ganadora del premio Europa Cinemas en Cannes 2010 y presentada en la Competencia Internacional del reciente BAFICI, se trata de una bellísima, rigurosa, sensible y poética mirada al universo (casi en extinción) de un antiguo y pequeño pueblo serrano de Calabria.

    En su segundo largometraje, el director de Il donno describe el ciclo de vida (la muerte de un viejo pastor, el nacimiento de una cabra, la dinámica de la comunidad, el trabajo con la leña) en un virtuoso relato que pendula entre la ficción y el documental, y que contiene algunos de los planos más hermosos vistos en los últimos tiempos.

    Un film lleno de sabiduría, humanidad y sensibilidad artística, que remite al mejor cine de Víctor Erice, Abbas Kiarostami, José Luis Guerín y Raymond Depardon. Imperdible.
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    De piratas y otras yerbas

    Vi la película en la mejor de las condiciones técnicas (notable proyección digital 3D en la sala Lumière, principal auditorio del Festival de Cannes), pero en un contexto poco propicio (en medio de una inabarcable oferta de exigente cine de autor donde un film así está a contramano). A diferencia de la mayoría de mis colegas acreditados en Cannes, me gusta la saga de Piratas del Caribe (las ví siempre con agrado y las vuelvo a disfrutar cada vez que mis hijos las recuperan una y otra vez en DVD o el cable), pero siento al mismo tiempo que a nivel artístico (no el económico) la cosa se va agotando un poco: el efecto placentero ya no es el mismo.

    Ya sin Gore Verbinski al mando de la nave (optó por filmar la genial Rango), ahora es Rob Marshall quien se encargó de llevar a buen puerto (sí, seguimos con las metáforas navales) a esta cuarta entrega. Todo está bastante bien (las escenas de acción, la reconstrucción de época, los efectos digitales, los brotes de humor absurdo, la performance de Johnny Depp, los aportes de Geoffrey Rush, el camedo de Keith Richards), pero al mismo tiempo sentí un poco lo del "piloto automático" (sigamos con la franquicia mientras la gente siga acompañando). O sea, profesionalismo puro, pero sin una gran capacidad de inspiración ni sorpresa.

    ¿Lo mejor? El trabajo de los dobles de riesgo ¿Lo más flojo? La aparición de Penélope Cruz, floja actriz a la hora de trabajar en inglés y poco convincente como "objeto de deseo" en el papel de la hija del pirata Barbanegra. El resto, quedó dicho, es un gran despliegue de medios de producción, mucho vértigo y la espectacularidad que todos exigen y agradecen. La factoría de Hollywood (Disney + Bruckheimer) en su máxima expresión.
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  • Mujeres al Poder
    Ambientada en un pueblo de provincia en 1977, esta nueva película del prolífico director francés François Ozon combina el artificio teatral (hay un claro espíritu de vodevil) con la comedia almodovariana sobre esas mujeres que se rebelan contra la sumisión, la previsibilidad de sus existencia y los prejuicios sociales, y el artificio del género musical (resulta bastante evidente el homenaje a Los paraguas de Cherburgo , de Jacques Demy).

    Catherine Deneuve es la gran estrella del film en el papel de Suzanne, una ama de casa sexagenaria que se dedica a correr por el parque, a observar animales, a escribir poesías en una libretita y a (pre)ocuparse de sus dos hijos ya adultos: Joëlle (Judith Godrèche) y Laurent (Jérémie Renier). En cambio, no parece demasiado entusiasmada por la larga relación que mantiene con Robert (Fabrice Luchini), un marido que casi no le presta atención, la menosprecia y la engaña con su secretaria (Karin Viard), mientras maneja con mano dura una fábrica de paraguas con 300 empleados.

    Pero un súbito problema de salud de él, una dura huelga que emprenden los obreros y la reaparición de un diputado comunista y ex amante de ella en la juventud (Gérard Depardieu) obligan a Suzanne a hacerse cargo de la empresa familiar con el apoyo y la participación de sus hijos. Para sorpresa de muchos, las cosas no marchan nada mal bajo su gestión, pero su esposo tratará de recuperar el control gerencial como sea.

    La propuesta resulta superficial, ligera y con un look demodé -Ozon parece consciente de todo eso-, pero con el aporte de esa legendaria dupla que componen Deneuve y Depardieu (muy bien acompañados por el resto del elenco) y con su tono satírico alcanza a burlarse de la hipocresía y del machismo burgués y pueblerino para convertirse en una fábula político-feminista que exalta a esas mujeres que reniegan de convertirse en el decorativo y frágil jarrón de porcelana al que alude el título original en francés ( Potiche ) y que propone una tesis que no pocos espectadores apoyarán: nunca es tarde para (re)encontrar un objetivo y un sentido a la vida.
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  • Vienen por el oro vienen por todo
    Luego de un amplio recorrido (no exento de premios) por el circuito de festivales nacionales y extranjeros, llega este film que describe la conmovedora lucha de los habitantes de Esquel contra el proyecto de una empresa canadiense por establecer en 2002 a sólo 7 kilómetros de ese paraíso natural un yacimiento de oro y plata. Si bien el hecho -que terminó con un plebiscito avalado por el 81 por ciento de los votantes- tuvo bastante difusión mediática, los dos directores siguieron el tema con gran paciencia y profundidad, consiguiendo así un retrato social, económico y político, que también tiene su rostro humano, a parrtir de las historias de vida y testimonios de aquellos (muchos) que combatieron el siniestro emprendimiento y los (pocos) que apoyaron la idea, basándose en argumentos de reactivación económica y generación de empleo (en aquel momento, el 50 por ciento de la población estaba bajo la línea de pobreza). El documental -simple y directo- se sigue con interés. El relato en off de Julieta Díaz no agrega demasiado.
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  • Poder que mata
    Poder que mata
    Otros Cines
    Este thriller reconstruye la historia real del matrimonio entre Valerie Plame (Naomi Watts) y Joseph Wilson (Sean Penn); ella, una agente de alto rango de la CIA; y él, un diplomático con importantes contactos en Africa. Lo curioso (y trágico) de esta situación es que la administración Bush utilizó información falsa sobre la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte del gobierno de Irak para justificar la ofensiva militar en ese país y ligando -sin que ellos lo supieran- a los dos integrantes de la pareja. Sin ser nada del otro mundo, este nuevo film de Liman (Viviendo sin límites, Identidad desconocida, Sr. y Sra. Smith) se sigue con bastante interés (hay un buen manejo de la tensión y el suspenso), mientras el personaje de Penn -muy a tono con las posturas públicas del actor- dice unas cuantas verdades sobre la manipulación de la opinión pública y los excesos del poder.
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  • Rápidos y furiosos 5
    Rápidos y furiosos 5: sin control

    El regreso al cine de la saga de acción que desafía las leyes de la física

    Esta quinta entrega de la saga automovilístico-policial es, sin dudas, la mejor de todas. El film propone, exige que no se lo tome demasiado en serio (feministas y fiscales de la corrección política, abstenerse) y, a cambio, regala dos horas de diversión.

    En su debut en la franquicia, el ascendente director Justin Lin desafía desde las leyes de la física (tanto en las proezas de los protagonistas como en la resolución de las escenas de acción) hasta cualquier atisbo de la verosimilitud dentro de una trama construida a puro artificio, pero que provoca un disfrute tan primario como genuino.

    El trío integrado por el antihéroe Dominic Toretto (Vin Diesel), su hermana Mia (Jordana Brewster) y el novio de ésta, el ex agente del FBI Brian O'Conner (Paul Walker), vuelve a la acción para eludir a los agentes federales, robar autos de lujo de un tren en movimiento, refugiarse en las favelas de Río de Janeiro (la mirada a la sociedad carioca no es precisamente positiva) y, desde allí, armar un equipo de expertos en diversas disciplinas (integrado por afroamericanos, asiáticos e hispanos) para birlarle al zar del narcotráfico (el hipervillano Joaquim de Almeida) un botín de 100 millones de dólares que está guardado en la caja fuerte de una comisaría. Claro que hasta allí llegará también para perseguirlos la principal incorporación de este film, el gran Dwayne Johnson.

    Los diálogos -mínimos- son de una elementalidad absoluta, los actores tienen mucha más musculatura que expresividad, mientras que ellas están allí casi exclusivamente para mostrar sus cuerpos curvilíneos, y la trama combina muchos elementos ya vistos en Misión imposible , Crank , Los indestructibles y, sobre todo, en La gran estafa , pero como todo está llevado a un nivel de humor absurdo tan extremo, la película nunca deja de funcionar. Así, si se aceptan esos códigos y convenciones, Rápidos y furiosos 5 resulta un producto no sólo profesional sino también muy entretenido.
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  • Gnomeo y Julieta
    Gnomeo y Julieta
    Otros Cines
    El clásico de clásicos de William Shakespeare ha inspirado todo tipo de transposiciones cinematográficas. La tragedia épico-romántica tuvo su versión pop de la mano de Baz Luhrmann y ahora llega en plan de animación infantil en 3D con gnomos como protagonistas. El director es Kelly Asbury -formado en Disney y realizador de Spirit: el corcel indomable y de Shrek 2- y el resultado es medianamente convincente. Hay un gran despliegue de color, escenas de acción, números musicales con canciones conocidas y gags físicos, pero por momentos todo esa acumulación y esa desesperación por sostener el vértigo (Romeo peleando una y otra vez contra su suegro) esconde una falta de ideas y una escasa capacidad de sorpresa (los siete guionistas involucrados hicieron un trabajo apenas discreto). Las bromas están basados en los anacronismos propios de situar el film en la actualidad, en la presencia de simpáticos animalitos y en ciertos guiños a la cultura pop. Con eso, le alcanzó para convertirse en un sorprendente éxito de taquilla en los Estados Unidos y otros mercados. Pero para los amantes de la animación -habituados a la excelencia alcanzada por tantas producciones recientes- deja gusto a poco.
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  • Culpable o inocente
    Este más que digno thriller judicial (con toques noir) está basado en la primera de las cuatro novelas sobre el abogado Mick Haller escritas por el nuevo rey del género (¿el sucesor de John Grisham?) Michael Connolly (a él le gustaría ser considerado, seguro, la reencarnación de Raymond Chandler). Matthew McConaughey es el encargado de interpretar a este abogado canchero, cínico, habituado a pequeñas trampas y a tomar casos difíciles, que intenta hacer una buena diferencia económica defendiendo a un chico rico de Beverly Hills (Ryan Phillippe) acusado de golpear a una prostituta. La cosa, claro, será bastante más seria y peligrosa que eso.

    Hay decenas, cientos (¿miles?) de films sobre juicios, testigos que aparecen a último momento, presiones de todo tipo en el ámbito policial/legal, personajes que no son lo que parecen e inesperadas vueltas de tuerca. En ese sentido, Culpable o inocente no ofrece nada demasiado novedoso. Pero se trata de un entretenimiento de suspenso bien construido (el encargado de la transposición es John Romano, de la serie Monk), bien narrado por Furman () y sostenido por un brillante elenco de actores secundarios (la gran Marisa Tomei, Josh Lucas, Frances Fisher, William H. Macy, John Leguizamo, etc.) que tienen muy buenos momentos para poder lucirse. Un film que podría ser etiquetado como menor por adscribir a ciertas fórmulas genéricas, pero que no por eso deja de ser inteligente y disfrutable a la vez.
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  • Secuestro y muerte
    En esta película que recrea -con muchas libertades- el secuestro y ejecución del general Pedro Eugenio Aramburu por parte de Montoneros en mayo de 1970 (a partir de un guión escrito a seis manos entre Beatriz Sarlo, Mariano Llinás y David Oubiña) jamás se nombran a la víctima, a los victimarios ni a Evita, ni a Perón. Sin embargo, en el film de Filippelli hay personajes que se parecen mucho a figuras de la realidad (Fernando Abal Medina, Norma Arrostito), mientras que el Aramburu que encarna Enrique Piñeyro con ridículo bigote postizo no guarda demasiada similitud física con el líder de la Libertadora.

    Decisiones estéticas (e históricas) aparte, Secuestro y muerte pendula entre distintos registros y búsquedas sin anclar en ninguno: se pretende un ensayo sobre un momento clave (la presentación en sociedad de Montoneros y el inicio de una larga saga de violencia política), un retratro sobre la relación secuestradores-secuestrado (se queda a años luz de la notable Buongiorno, notte, de Marco Bellocchio) y un registro sobre los tiempos muertos (antes de la muerte) que en esos pasajes me hizo recordar a Los últimos días, la película de Gus Van Sant sobre Kurt Cobain (donde tampoco se lo nombra).

    Pero vamos a lo que seguramente inquietará a más de un lector: ¿se trata de la película "gorila" que muchos auguraban? Sin caer en el ridículo, cabe indicar que aquí el Aramburu lúcido y conciliador domina la escena y queda mucho mejor parado que los cuatro jóvenes "imberbes", que llevan adelante el "juicio revolucionario" sin demasiado sustento más allá del de arrogarse la supuesta representación del pueblo.

    A mí -que no tengo demasiadas pasiones puestas en estas viejas antinomias- me hizo más ruido el tono ampuloso, lo recargado de los diálogos entre Aramburu y los jóvenes montoneros que el sentido político de los mismos. Es decir, me molestó más el "cómo" que el "qué". A Filippelli parece no importarle demasiado las actuaciones (las marcaciones, la credibilidad) y, así, por momentos se despega por completo del naturalismo para ofrecer parlamentos que resultan recitados de frases "célebres" escritas por su esposa y colaboradores.

    Frente a lo altisonante de los interrogatorios del juicio, me quedo con el "mientras tanto", con esos tiempos muertos en los que los secuestradores fuman, cocinan, escuchan la radio o recitan poemas. Momentos todos magistralmente fotografiados por Fernando Lockett (el equipo técnico-artístico está integrado por un verdadero dream-team de la FUC) que retratan la tensión, la angustia, el miedo y las contradicciones que rodearon a aquellos hechos que transcurrieron en una perdida casa de campo de La Pampa, pero que tuvieron una onda expansiva que se mantuvo durante buena parte de la historia reciente generando heridas que, parece, todavía no han cicatrizado del todo.
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  • Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo
    Mucha expectativa generaba esta nueva película del dúo, luego del sorprendente éxito y de los múltiples premios recibidos con El hombre de al lado. A partir de un cuento original de Alberto Laiseca (quien oficia aquí también de narrador a cámara), los directores de Yo presidente y El artista se arriesgan con una tragicomedia muy ambiciosa que incluye hasta elementos fantásticos.

    El film arranca con una secuencia ambientada en Marruecos, donde al personaje de Eusebio Poncela -que se dedica a comerciar con España- le cae no uno sino varios rayos en la cabeza, transformándose así en un ser inmortal y con poderes sobrenaturales. La acción salta luego hasta un bar de Olavarría, donde vemos a Emilio Disi y a su frustrada esposa en medio de reproches mutuos y una gran tristeza. Allí se le aparecerá Poncela para proponerle un pacto (¿diabólico?) pero irresistible para un verdadero antihéroe que parece no tener mucho que perder. Comienzan así las desventuras de un hombre que viaja en el tiempo e intenta (no con demasiada fortuna) revivir los principales momentos de su pasado para poder alcanzar la reconciliación, la redención y la paz interior que nunca ha tenido. Personaje patético, chanta y ventajero, el protagonista va recorriendo por segunda vez buena parte de la historia argentina de las últimas décadas, mientras los directores dan rienda suelta a su cinismo, su predilección por la sátira política, a la hora exponer las miserias de la sociedad argentina.

    El film, para mi gusto, no es particularmente divertido ni punzante, y tampoco me seduce la crueldad (un poco en la línea de los hermanos Coen) con la que los directores someten a sus criaturas ("me fascina la capacidad de daño de un hombre mediocre y amarrete", dice Poncela cerca del final en París) en lo que resulta toda una declaración de principios). Una película audaz, llena de búsquedas e ideas, pero de las cuales no muchas llegan a buen puerto.
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  • Agua para elefantes
    Esta transposición del best seller de 2006 escrito por Sara Gruen no es mala, pero podría haber sido mucho mejor. El director austríaco Francis Lawrence (Soy leyenda) y el cotizado guionista Richard LaGravenese (Pescador de ilusiones, Los puentes de Madison) hacen bien los deberes (más allá de las limitaciones del material), pero el gran problema aquí es de casting y se llama, otra vez, Robert Pattinson. El actor de la saga de Crepúsculo es incapaz de darle un mínimo de empatía y convicción a uno de esos héroes trágicos que hubiesen engalanado a cualquier producción del cine clásico del Hollwyood de los grandes estudios. A pesar de los esfuerzos de Reese Witherspoon y el gran Christoph Waltz, como la diva y el malvado dueño de un circo ambulante en la depresiva norteamérica de 1931, el melodrama -dignamente ambientado y narrado- no termina de alcanzar la intensidad necesaria por la inexpresividad alarmante de su protagonista, que -lamentablemente- sigue pareciéndose aquí un vampiro, un actor sin sangre en sus venas.
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  • Amateur
    Amateur
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    El director de Construcción de una ciudad reivindica en su nuevo film al septuagenario Jorge Mario, odontólogo de profesión en Entre Ríos, pero entusiasta superochista, obsesivo cinéfilo (hilarantes sus métodos de archivo), conductor de un longevo programa radial dedicado al séptimo arte, fundador de un grupo de boy scouts, campeón de tiro, filatelista y coleccionista de muchos otros tipos de objetos. Entre todas sus reliquias, el multifacético personaje guarda una muy especial: una copia de su western Winchester Martin, que tuvo dos versiones y podría tener una tercera. El protagonista -que por momentos recuerda al Daniel Burmeister de El ambulante- tiene muchos atractivos como para generar empatía del espectador, aunque para mi gusto Frenkel -que hace gala nuevamente de sus múltiples ideas narrativas y visuales- resulta demasiado condescendiente con su criatura, incluso ante cierto patetismo de sus actividades y pensamientos. Igual, se trata de un retrato humano lleno de simpatía y con no pocos hallazgos.
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  • Los labios
    Los labios
    Otros Cines
    Historias de la Argentina profunda

    El cordobés Santiago Loza no para de filmar y, de hecho, casi no hay festival local en el que no presente una película nueva. Luego de la seguidilla de Artico, Rosa Patria (ganadora de la competencia argentina 2009) y La invención de la carne, ahora el director de Extraño se unió con el santafesino Iván Fund (también presente en el BAFICI pasado con la fallida La risa) para rodar esta inquietante, sensible y desgarradora película que combina documental y ficción (uno de los mayores méritos es disolver casi por completo los límites entre ambos registros) en un retrato de la Argentina profunda, ese país que no miramos (y que, por lo tanto, el cine nacional tampoco mira demasiado).

    Tres asistentes sociales de distintas generaciones, experiencias y sensibilidades (las magníficas Eva Bianco, Victoria Raposo, Adela Sánchez) llegan a un paraje perdido (creo que de Santa Fe) para hacer un relevamiento sobre las múltiples necesidades alimentarias y sanitarias en barrios más que humildes, donde el hacinamiento, la desnutrición, la falta de trabajo y la descontención son moneda corriente.

    Contra todo pronóstico, Loza y Fund no caen en el miserabilismo ni en la denuncia recargada y demagógica vía bajada de línea (las imágenes y los testimonios de primera mano son más que elocuentes y suficientes) y logran fundir lo puramente documental (las visitas a las zonas carenciadas) con lo ficcional (las vivencias íntimas, no menos duras, de las tres protagonistas).

    Si la película -cuando promedia el relato- empieza a repetirse un poco en su faceta antropológica con las sucesivas vistas a los asentamientos, los directores dan un vuelco sobre la media hora final en la que el relato crece en emoción e intensidad con los distintos quiebres y reacciones de estas increíbles mujeres.

    Más allá de los logros expuestos en el terreno dramático y narrativo (la película casi nunca pierde su naturalidad y credibilidad), Fund y Loza no descuidan en absoluto los aspectos formales: la imagen en HD, el trabajo de fotografía y cámara, la edición, el sonido y la musicalización son en todos los casos de primerísimo nivel y suman para lograr un acabado técnico que no hace otra cosa que potenciar el resultado final de esta primera joyita de la competencia argentina de esta edición.
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  • Mis tardes con Margueritte
    Nunca es tarde...

    Jean Becker -hijo del también reconocido director Jacques Becker- propone un cine no demasiado audaz ni sutil, pero con sus dotes de narrador clásico, su sencillez y su profundo humanismo ha construido una más que digna carrera con títulos como Verano asesino, Elisa, La fortuna de vivir y El jardinero.

    En Mis tardes con Margueritte propone otro crowd-pleaser, de esos que no esconden sus intenciones de agradar y dejar al espectador con una sonrisa. Es una película que tiene más de una torpeza (los flashbacks que explican el pasado y justifican el presente del protagonista), ciertos subrayados y que por momento está muy cerca de caer en la demagogia, pero Becker es un realizador con la sensibilidad y el recato necesarios para no dejar que el film se le desborde. Además, vale la aclaración, cuenta con un gran aliado: el siempre convincente Gérard Depardieu, cada día más gordo y más sabio.

    Depardieu es Germain, un cincuentón obeso y semianalfabeto (no terminó la primaria) que vive en una casa rodante y se mantiene con lo que le dejan una huerta personal (cuya producción vende en la feria del pueblo) y otros trabajos precarios y ocasionales. El antihéroe está en el punto intermedio entre lo patético y lo querible, traumado por la presencia de una madre abusiva (que lo ha denigrado desde niño) y sostenido por su novia colectivera y por sus amigos del bar.

    Un día, Germain se encuentra en una plaza con Margueritte (Gisèle Casadesus), una anciana flaquita, culta y simpática que también se interesa por las palomas del lugar. A partir de sucesivos encuentros, ella le irá leyendo diversas joyas de la literatura generando en él una tardía pero incontenible pasión por los libros. El film tiene luego de ese planteo inicial varios giros dramáticos/emotivos que es preferible no develar, pero que aseguran al espectador unas cuantas sorpresas.

    Si bien adscribe a ciertos tonos y elementos que no se ubican dentro del cine que más me interesa, Mis tardes con Margueritte es un film noble, honesto y eficaz. Si a esos atributos le sumamos la presencia de Depardieu y un solvente elenco secundario, podemos concluir en que se trata de un estreno más que atendible.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    La Nación
    El director irlandés Kenneth Branagh toma al gladiador extraterrestre, uno de los superhéroes de Marvel, pero lo ubica en la actualidad

    Si bien tiene casi medio siglo de vida en el universo de la historieta (apareció por primera vez en 1962), Thor siempre fue un personaje de segunda línea dentro de la galería de superhéroes de la editorial Marvel. El éxito en cine de sus hermanos "mayores" (El Hombre Araña, Iron Man, los X-Men y, en menor medida, Hulk) hizo que también les llegara el turno a este fornido gladiador extraterrestre con su poderoso martillo y, muy pronto, a otros como Capitán América.

    El arranque del film dirigido por el irlandés Kenneth Branagh (una elección bastante audaz por parte de los productores que tuvo un digno resultado final) está ambientado en la actualidad: Jane Foster, una astrofísica interpretada por Natalie Portman, trabaja con su asistente Darcy (Kat Dennings) y su mentor Erik (Stellan Skarsgård) en pleno desierto de Nuevo México en la detección de misteriosos fenómenos del universo. Hasta ese paraje desolado llega Thor (el agraciado actor australiano Chris Hemsworth), desterrado por su padre, el veterano rey del planeta Asgard (Anthony Hopkins), por su arrogancia y espíritu belicista. Así, el trono queda a merced del otro hijo, Loki (Tom Hiddleston), aliado con unos despiadados gigantes de hielo.

    Así, entre varios universos paralelos, transcurren las casi dos horas de Thor, que combinan desde la típica historia de amor imposible entre un inmortal y una mortal hasta los enfrentamientos que se suceden tanto en Asgard como en la Tierra (hasta aquí llegan los cuatro leales guerreros y amigos del protagonista con la misión de rescatarlo).

    Primera producción de Marvel en 3D, Thor le permite a Branagh desarrollar un par de escenas dignas de la tragedia shakespeareana (las contradicciones de la relación padre-hijo en medio de la lucha por el poder), aunque el resto del relato está destinado a cumplir con la oferta de toda superproducción de superhéroes: desde explosivas escenas de acción hasta exóticas formas de vida en planetas lejanos. Hoy, se sabe, las nuevas tecnologías casi no imponen ningún tipo de límites a la imaginación visual de los creadores.

    Aunque hay algunos aspectos dramáticos que no terminan de funcionar del todo (como la tensión romántica), ciertos desniveles interpretativos, varios personajes secundarios con desarrollos mínimos e incluso herramientas técnicas no del todo aprovechadas en términos artísticos (como los efectos 3D), Thor surge como un producto bastante sólido y atrapante en buena parte de su relato. Los superhéroes de la Marvel están acostumbrados a sobreponerse a todo tipo de contratiempos y llegar siempre a buen puerto. Sus películas, también.
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  • Un tren a Pampa Blanca
    El tren de la vida

    Desde hace 30 años, el Tren Alma (en verdad, tres vagones acondicionados como hospital ambulante que van adosados a una formación del Belgrano Cargas) recorre los 1.700 kilómetros que separan a Buenos Aires de Pampa Blanca, un recóndito pueblo jujeño abandonado a la buena de Dios, para intentar paliar las gravísimas consecuencias de la pobreza endémica (Chagas, tuberculosis, desnutrición, infecciones varias, problemas neurológicos). Decenas de entusiastas pediatras, odontólogos, enfermeros, etc. han viajado en misiones asistenciales para ayudar a los más necesitados, a los olvidados del sistema.

    Puede que esta opera prima de Fito Pochat resulte demasiado "simple", "políticamente correcta" o poco "autoral" para aquellos que defienden a ultranza el "nuevo" documental (ese en el que la primera persona tiene a veces más importancia que lo que se narra), pero lo cierto es que -aún con algunas mínimas "desprolijidades"- Un tren a Pampa Blanca es un film valiente, honesto, tan duro como necesario.

    Pochat y su equipo viajaron muchas veces y durante bastante tiempo para conocer no sólo a los profesionales que dedican parte de su vida a ayudar a los más pobres sino también para involucrarse directamente con los pobladores -en su gran mayoría de origen indígena- que subsisten en condiciones infrahumanas (casi todos están desempleados o trabajan por monedas en la cosecha del tabaco). El film muestra la falta de presencia del Estado (y cuando está, con todas las miserias propias de la peor política), el nulo conocimiento respecto de los métodos anticonceptivos y la absoluta precariedad alimentaria y educacional que impera en la zona.

    Sé que mucha gente (me pasa a veces también a mí) huye de los documentales sociales que abordan temas fuertes como éste, pero bien vale sobreponerse a los prejuicios, dejar de hacernos los distraidos, y acercarse al Arteplex Belgrano o al Gaumont (que además tienen entradas a precios muy accesibles) para conocer la cara menos visible -y más dolorosa- de la Argentina profunda. El país que no miramos.
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  • Scream 4
    Scream 4
    Otros Cines
    Cuando la ironía se muerde la cola

    Wes Craven fue uno de los ídolos de mi adolescencia y uno de los "autores" dentro del género fantástico y de terror a rescatar durante mis primeros años de crítico profesional (todavía recuerdo el entusiasmo y la euforia con que reseñé la primera Scream a mediado de los '90).

    Pero han pasado 15 años de aquel hito, ya hay pocos directores de la industria que me generen semejante entusiasmo (demasiadas concesiones y decepciones) y, en este sentido, esta cuarta entrega de la saga me provocó sensaciones encontradas, sentimientos contradictorios. Sí, Craven y Kevin Williamson (guionista de todos los films) son más inteligentes que los cultores del terror sádico/pornográfico de Hostel o El juego del miedo y menos oportunistas que los de Actividad paranormal. También es cierto que un plano de Craven tiene más peso que cualquiera de los que puedan ofrecer un Rob Zombie o un Eli Roth, pero... ¿alcanza con eso?

    Salí de ver Scream 4 y en primera instancia me quedé con eso: con la inteligencia, la astucia, la ironía (por momentos cínica) de la dupla Craven-Williamson, pero ahora que me pongo a escribir de la película, todo eso se me "desinfla" bastante.

    El film tiene tres o cuatro falsos arranques, muchos (demasiados) guiños/bromas cinéfilas sobre el estado de las cosas en el género del terror, el regreso de los tres personajes de siempre (los avejentados Neve Campbell, Courteney Cox y David Arquette) y, finalmente, una larga serie de asesinatos a puro gore.

    El juego metacinematográfico -a esta altura- cansa bastante (es como un buen chiste, si lo escuchás varias veces va perdiendo eficacia), la relectura en clave cínica de los códigos adolescentes por parte de unos artistas veteranos como Craven/Williamson puede interesarle (en parte) a cierta generación de treinta y cuarentaypico, pero no a los chicos de hoy.

    Así, lo que queda detrás de la hojarasca es demasiado parecido a todo aquello que el dúo criticaba: una sucesión/acumulación de muertes con violencia explícita y una resolución sólo medianamente convincente. Los "autores" cancheros y sobradores del cine de terror se terminan mordiendo la cola y cayendo en las mismas trampas que -desde su innegable talento y astucia- se encargaban de cuestionar. Ya es hora de pasar a otra cosa.
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  • Hop: Rebelde sin Pascuas
    Una propuesta insuficiente para todas las edades

    Los afiches de Hop: Rebelde sin Pascuas nos informan que este film es "de los creadores de Mi villano favorito ". A no engañarse: esta nueva película, que combina personajes animados con actores de carne y hueso, carece de la sorpresa, la creatividad visual, la ironía y el humor negro de aquel largometraje. La comparación, en todo caso, debería ser con Alvin y las ardillas , que ofrecía una fórmula estética y narrativa muy parecida a ésta (además, en ambos casos fueron dirigidos por Tim Hill).

    La "convivencia" en pantalla entre humanos y sus coprotagonistas animados ha sido, desde siempre, muy difícil. Por supuesto, hay honrosas excepciones ( ¿Quién engañó a Roger Rabbit? podría ser una de ellas), pero en general la interacción es bastante dificultosa y, así, al no contar con demasiadas referencias, los actores terminan haciendo una suerte de unipersonal totalmente desbocado. James Marsden, el antihéroe de este relato, sufre esta suerte de maldición artística en toda su dimensión.

    Marsden interpreta a Fred, un treintañero sin grandes ambiciones que vive demasiado cómodo en la casa de sus padres, quienes lo obligan a mudarse y a mantenerse por sí mismo. El joven terminará haciendo dupla con E.B., un conejo que se ha escapado de Rapa Nui (plena Isla de Pascua), donde su padre maneja la fábrica de los millones de chocolates que se reparten para Semana Santa.

    El film apela a un esquema dramático básico (la confrontación padre-hijo y la reconciliación final) y a una trama que reemplaza la Navidad por la Pascua (si Fred y E.B. no desbaratan a tiempo la confabulación concebida por un despótico pollo llamado Carlos, las familias se quedarán sin sus dulces). Pero, más allá de sus limitaciones y su falta de inspiración, lo que más se lamenta en Hop es la escasa gracia de sus escenas, la poca naturalidad de sus personajes y la casi nula empatía que genera en el espectador. Hay, sí, mucho vértigo, color, situaciones musicales (E.B. es un virtuoso conejo baterista) y apariciones especiales, como la de David Hasselhoff. Demasiado poco para una producción de aspiraciones masivas que tiene la siempre difícil misión de entretener a los distintos integrantes de un grupo familiar.
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  • El hombre que podía recordar sus vidas pasadas
    En la última edición de Cannes, el jurado presidido por Tim Burton le otorgó a esta nueva película del joven director tailandés Apichatpong Weerasethakul la consagratoria Palma de Oro, máxima distinción dentro del circuito de festivales. El premio fue reivindicado por los cinéfilos de todo el mundo y, claro, repudiado por aquellos que defienden películas más convencionales. Algo similar ocurrió durante el reciente Bafici y seguramente volverá a suceder a la salida de las escasas cinco salas (tres de ellas con proyecciones en fílmico) que exhiben El hombre que podía recordar sus vidas pasadas en la Argentina.

    No se trata de engañar aquí a nadie. Tampoco de pedir disculpas por exaltar a un director como Weerasethakul. Es cuestión de gustos, de formaciones, de sensibilidades: para quienes están acostumbrados a una progresión dramática más clásica (introducción-nudo-desenlace), a una trama que "explique" o "justifique" cada una de las situaciones que se plantean, es probable que El hombre que podía recordar sus vidas pasadas los desconcierte, y hasta en algunos casos irrite a más de un espectador.

    Sin embargo, para quienes tengan la suficiente amplitud de criterios, para quienes se dejen seducir y sorprender por la propuesta del talentoso realizador tailandés, el film regala una bellísima, fascinante, hipnótica y por momentos emotiva historia de fantasmas, espíritus que buscan la reconciliación, reencarnaciones, extrañas criaturas y mitologías milenarias que aborda con lirismo y sensibilidad el tema de la muerte con elementos propios del budismo.

    Rodada en hermosos escenarios reales del norte de la convulsionada Tailandia, combinando lo real y lo fantástico, lo urbano y los elementos de la naturaleza más salvaje, la tradición y la modernidad, El hombre que podía recordar sus vidas pasadas resulta la película más "accesible" y "narrativa" (aunque no en los términos en que el público está habituado en los términos del cine occidental) de la singular carrera del creador de Blissfully Yours, Tropical Malady y Syndromes and a Century , todos films apreciados en festivales locales pero que jamás tuvieron lanzamiento comercial.

    Si la Palma de Oro que le concedió Burton sirve para que algunos miles de argentinos puedan acceder a esta inusual experiencia sensorial (que no es jamás solemne, ya que se permite jugar con el humor y hasta con el musical), bienvenido el gesto del director de Alicia en el País de las Maravillas . Este estreno es un pequeño hito en estos tiempos de pobreza artística, de uniformidad de discursos y estéticas que sufre la cartelera local.
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  • Una esposa de mentira
    Mentiroso, mentiroso

    En esta remake de Flor de cactus (1969), comedia con Walter Matthau, Ingrid Bergman y Goldie Hawn -que a su vez estaba inspirada en una obra teatral francesa-, Adam Sandler interpreta a Danny, un cirujano plástico que vive de romance fugaz en romance fugaz hasta que se enamora de una hermosa veinteañera llamada Palmer (Brooklyn Decker). Sin embargo, cuando ella le descubre una alianza de matrimonio en su pantalón, se convence de que él es un mentiroso (cosa que es cierta, pero no en este caso). Desesperado, el protagonista recurre a Katherine (Jennifer Aniston), su asistente en la clínica, para que se haga pasar por su esposa a punto de divorciarse. Los enredos continuarán y, así, los tres terminarán en un resort de Hawaii junto a los dos hijos de Katherine (y supuestamente de Danny) y a una serie de personajes secundarios que incluyen, por ejemplo, a una esforzada Nicole Kidman tratando de hacer comedia.

    El film de Dennis Dugan (quien ya trabajara con Sandler en Happy Gilmore, Un papá genial, Yo los declaro marido y... Larry, No te metas con Zohan y Son como niños) no es un bochorno, aunque tampoco es precisamente un dechado de sorpresas y audacia. El tufillo a fórmula de comedieta romántica probada una y mil veces se percibe durante buena parte de las casi dos horas del film, hay algunos aislados pasajes de cierta inspiración, intérpretes con timing para el humor en sus diferentes variantes y, claro, esa veta misógina y machista que tanto disfrutan los muchachos estadounidenses y odian los comisarios de la corrección política.

    Para mi gusto, se trata de un producto menor, previsible (¿a qué no saben con quién se queda el bueno de Adam al final?), fugaz... Lamento, eso sí, que los exponentes más interesantes de la Nueva Comedia Americana no lleguen a los cines, mientras que Sandler -que cada cinco películas hace una buena- sea un "abonado" a la cartelera porteña. Que sigan estrenando sus films, pero que también se abra el juego para otras propuestas más arriesgadas, menos calculadas que las suyas.
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  • Cruzadas
    Cruzadas
    Otros Cines
    Una comedia que da ganas de llorar

    Juro que no exagero: en Cruzadas todo (¡todo!) está mal. No hay un solo aspecto que funcione. No hay un gag aislado, un parlamento que genere ni un esbozo de sonrisa. Una narración que se construye a los ponchazos, actuaciones penosas (ni los intérpretes parecen mínimamente convencidos de lo que están haciendo), diálogos imposibles, una acumulación de lugares comunes y vulgaridades (saben que no soy un conservador reaccionario, pero todo tiene aquí demasiado mal gusto), musicales espantosos y una trama burda que no provoca el más mínimo interés durante sus 90 minutos.

    Rafecas -demasiado oportunista para mi gusto- centra el "conflicto" en la posible venta de las acciones de un multimedios demasiado parecido al Grupo Clarín. El dueño histórico (Enrique Pinti) ha muerto y la heredera (Moria Casán) quiere hacer cash (son "apenas" 25.000 millones de dólares). Pero allí aparece su "media hermana" (Nacha Guevara), reina de la bailanta, para aguarle la fiesta. Por supuesto, todo el odio inicial irá atenúandose poco a poco hasta llegar a la reconciliación final.

    Diferencias padre-hija (Pinti-Casán) y madre-hija (Guevara-Telesco), enfrentamientos entre gangsters que resultan involuntariamente risibles, cameos que son tan torpes como el resto de los aspectos de la producción (por allí aparecen desde Pablo Lescano hasta Hernán Caire), personajes secundarios sin desarrollo alguno (triste destino el que el director de Un buda, Rodney y Paco le da a gente como Carlos Belloso o Cabito). Para completer semejante desatino, hay una mirada de clase que resulta no sólo estereotipada sino ya denigrante. Pero, créanme, lo ideológico es aquí secundario: el gran problema es que no hay un fotograma que respire nobleza artística, pasión cinematográfica. Cuando las películas argentinas habían alcanzado un estándar digno -del que parecía ya nunca se iba a bajar- aparece este engendro para demostrar que todavía hay mucho por mejorar. Una pena enorme.
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  • El gato desaparece
    El mejor Sorín reaparece

    Luego de su trilogía de road-movies pueblerinas con personajes entrañables interpretados por no-actores (que empezó muy bien con Historias mínimas, y luego se fue degradando con Bombón: el perro y sobre todo con El camino de San Diego), Sorín se propuso una experimentación visual sokuroviana (para mí bastante fallida) con La ventana y ahora, con El gato desaparece, se sumerge en el thriller psicológico chabroliano sobre las miserias de la burguesía intelectual. El resultado, esta vez, es por suerte bastante más convincente.

    En el arranque, Sorín sitúa el relato en el ámbito tribunalicio, donde varios peritos y un juez discuten respecto de si aprobar o no la salida de un paciente de un neuropsiquiátrico. La persona en cuestión es Luis (Luis Luque), un prestigioso profesor universitario que ha agredido físicamente a un colega al que acusa de robarle las principales ideas de una investigación en la que ha invertido muchos años de trabajo. Los especialistas y el magistrado acuerdan en que el protagonista está en condiciones de retomar su vida normal y, así, regresa a la casa ante la ansiedad de su esposa Beatriz (Beatriz Spelzini). Si bien ambos llevan 25 años casados, el reencuentro no es todo lo natural y fluido que podía esperarse. Ninguno de los dos parecen los mismos y las tensiones, los reproches no tardarán en aflorar.

    Los personajes secundarios que pululan por la casa (la empleada doméstica, la hija y su novio, los alumnos de él y hasta el gato del título) sirven para exponer otros puntos de vista respecto de la creciente paranoia y la desconfianza que van surgiendo en el seno del matrimonio. La idea de un viaje a Brasil para calmar las aguas y recomponer la relación de pareja no hace otra cosa que tensionar aún más la cuerda.

    Sorín maneja el film en un tono tragicómico (va de situaciones cercanas al terror hasta estallidos de humor absurdo) y, si bien no siempre los climas son del todo logrados (algunos incluso encontrarán un poco abrupto el desenlace), se trata de una interesante, impiadosa mirada a las contradicciones de la clase media, que recupera varios aspectos destacados del director de La película del Rey (su ingenio, su pulso narrativo, su dirección de actores). No es una película redonda, es cierto, pero sí una muy atendible.
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  • Los Marziano
    Los Marziano
    La Nación
    En su tercer largometraje, Ana Katz consigue emoción sin apelar a clisés ni a golpes bajos

    Con películas como El juego de la silla y Una novia errante, Ana Katz se convirtió en una de las autoras y directoras más personales del nuevo cine argentino (también se destacó en el teatro off). Ahora, con Los Marziano , incursiona por primera vez en una producción industrial (un elenco lleno de estrellas y un presupuesto mucho más holgado que en sus trabajos previos) y sale más que airosa del desafío.

    Si alguien esperaba que Katz hiciera "una comedia para Francella", Los Marziano está muy lejos de cumplir esa expectativa. Puede decirse con certeza (y esto habla muy bien tanto de la convicción de la realizadora como de la ductilidad y profesionalismo del popular actor) que es Francella quien se adapta al universo de Katz en un papel bastante alejado del histrionismo habitual y de la exaltación del chanta porteño que ha construido en tantos proyectos para cine y televisión.

    En sintonía con el arriesgado camino interpretativo que tomó desde El secreto de sus ojos, Francella encarna aquí a Juan, un hombre que regresa a Buenos Aires desde Tucumán aquejado por una extraña dolencia que le ha quitado la capacidad de leer. Instalado en casa de su hermana Delfina (Rita Cortese), esta confundida criatura intenta retomar el contacto con una hija a la que no ve (y no entiende) desde hace demasiado tiempo, pero se niega a reencontrarse con Luis (notable trabajo de Arturo Puig), su hermano mayor, que disfruta de una situación económica bastante más holgada, aunque su matrimonio con Nena (Mercedes Morán) y la convivencia con sus vecinos en un country están lejos de ser ideales.

    Las dos mujeres, Nena y Delfina, tratarán de que los orgullosos hermanos superen los rencores y miserias que los separan en una tragicomedia punzante, un film agridulce de humor absurdo y asordinado que elude los lugares comunes, las explicaciones tranquilizadoras y las resoluciones demagógicas.

    Más cerca del Paul Thomas Anderson de Embriagado de amor o del Wes Anderson de Los excéntricos Tenenbaum que del costumbrismo de Esperando la carroza, la directora sabe cómo arribar a la emoción sin apelar a clisés ni golpes bajos. Estamos, es cierto, ante una propuesta un tanto "deforme" y arriesgada para un producto con aspiraciones masivas como éste, pero sus problemas (como el uso subrayado, intrusivo y ampuloso de la música) no alcanzan a dañar el resultado final de esta noble, cuidada y sentida película de ese extraño talento que es Ana Katz.
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  • Prueba de amor
    Prueba de amor
    Otros Cines
    Un adolescente (lindo, inteligente, exitoso) muere en un absurdo accidente automovilístico. Su novia (Mulligan) sobrevive y, al poco tiempo, aparece en la casa de los destruidos padres y de su hermano pidiendo refugio e informando que está embarazada. El padre de la futura beba, claro, es el muchacho fallecido. La madre (Sarandon) está indignada con ella y confundida por el dolor de la pérdida. El papá (Brosnan), en cambio, es bastante más comprensivo con la recién llegada, aunque no puede expresar su dolor. Poco a poco, las heridas se irán cerrando y la culpa dejará lugar a la posibilidad de la reconciliación y el amor. Más allá de los esfuerzos del buen elenco protagónico, se trata de una historia bastante torpe y elemental, de esas que abundan en "el telefilm de la semana". Igual, sin dudas, habrá quienes se emocionen con este tearjerker. No es mi caso.
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  • Torrente 4
    Torrente 4
    Otros Cines
    La cuarta entrega de Torrente no agrega demasiado a la fórmula de la trilogía anterior, salvo la inclusión de un 3D no demasiado bien aprovechado y un mayor despliegue de producción (efectos digitales, explosiones, etc). El resto, es más o menos lo mismo: el ex detective y ahora desempleado José Luis Torrente haciendo de las suyas en una sociedad madrileña pauperizada (sí, hay comentario "social"), muchos desnudos siliconados y la incorrección política de siempre (escatología, misoginia, machismo, etc). Hay muchísimos cameos (la mayoría intrascendentes fuera de España, salvo para nosotros los del Kun Agüero y el Pipita Higuaín), referencias más o menos obvias a La fiesta inolvidable, de la dupla Blake Edwards-Peter Sellers (la secuencia de arranque), a la saga de James Bond (incluso desde los créditos iniciales), al subgénero carcelario (allí va a parar el antihéroe) y, claro, a las entregas anteriores de la propia invención de Segura, que lo ha convertido en el rey Midas del cine español. Si todo eso es suficiente o no como para animarse a esta comedia guarra, cada uno de ustedes sabrá evaluar con las cartas sobre la mesa.
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  • Ajami
    Ajami
    Otros Cines
    Con una estructura de saltos temporales a-lo-Tarantino y una potencia que recuerda a Gomorra, esta película que compitió con El secreto de sus ojos por el Oscar extranjero es una desgarradora, trágica historia coral sobre el odio religioso entre musulmanes, cristianos y judíos, policías descontrolados, vendedores de droga y niños a la deriva en la que confluyen una historia de amor imposible, el machismo, la venganza del ojo por ojo, las traiciones cruzadas y la desesperación por salir pozo a cualquier precio.
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  • Rio
    Rio
    La Nación
    Eficaz entretenimiento hollywoodense que sirve como inmejorable plataforma de lanzamiento de la ciudad carioca de cara al Mundial y los Juegos Olímpicos

    Las dos productoras que realizaron la exitosa saga de La Era de Hielo (Twentieth Century Fox Animation y Blue Sky Studios) regresan ahora con una propuesta prácticamente opuesta: si bien es cierto que en el centro de la historia otra vez hay animales (aves en este caso), han cambiado las gélidas aventuras prehistóricas por unos enredos ambientados en la cálida y muy actual ciudad de Río de Janeiro.

    Con dirección del brasileño Carlos Saldanha (también responsable de La Era de Hielo ), la película se centra en las andanzas de Blu, un guacamayo azul que nunca aprendió a volar y que disfruta de una tranquila existencia como mascota de Linda, joven y simpática dueña de una librería de un perdido pueblo de Minesota. Hasta allí llega Tulio, un ornitólogo carioca tan bienintencionado como torpe, que trata de convencerlos de que viajen con él hasta Río de Janeiro para que Blu conozca allí a Jewel -la última hembra que queda- y evitar así que la especie se extinga.

    Ya en su nuevo destino (en realidad Blu es originario de la zona), todos serán víctimas de unos traficantes de animales exóticos, mientras la ciudad se conmueve por su famoso carnaval. Los bellos exteriores de Río, debidamente aprovechados con la tecnología 3D; los colores de los desfiles de las escolas do samba, y el ritmo trepidante de una narración que apuesta casi siempre por el humor físico alcanzan a sostener una propuesta que, al menos en el terreno del guión, no tiene nada demasiado novedoso para ofrecer en su mixtura entre persecuciones callejeras y pinceladas de comedia romántica.

    Como siempre, irán apareciendo con el correr del relato simpáticos personajes secundarios que sirven de comic-relief, se propone un permanente despliegue musical (ritmos brasileños con arreglos más propios del pop) y se esbozan algunas moralejas sobre el respeto y cuidado de los animales.

    Si bien hay un par de escenas ambientadas en las tristemente célebres favelas, nada resulta demasiado inquietante. En definitiva, si hay alguien favorecido con la película (además de los productores, que embolsarán decenas de millones de dólares) es la propia ciudad de Río, que se prepara para ser anfitriona del Mundial de 2014 y de los Juegos Olímpicos de 2016, y que aquí encuentra una verdadera publicidad institucional dentro de un eficaz producto de entretenimiento con el sello de Hollywood.
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  • Revolución. El cruce de Los Andes
    La espada del santo

    Fui a ver Revolución: El cruce de Los Andes con bastante expectativa: algún colega me la había recomendado durante el Festival de Mar del Plata, Rodrigo de la Serna es un actor confiable, el despliegue de producción había sido importante... y estaba convencido de que en pleno 2011 no iban a caer en la solemnidad de las viejas películas (tipo El santo de la espada), que iban a bajar al prócer del pedestal, que lo iban a transformar en un personaje de cine, visceral, contradictorio, de "carne y hueso". ERROR.

    Este film de Ipiña concebido con un fuerte apoyo oficial acumula casi todos los peores vicios de la biopic más convencional: es conservadora, timorata, previsible y, finalmente, aburrida como pocas. Diálogos ampulosos, escaso desarrollo de la psicología de los personajes, "evoluciones" dramáticas inverosímiles (como la del cura que termina empuñando las armas), conflictos obvios y torpes (como el de San Martín y su asistente adolescente), desniveles actorales (ni siquiera De la Serna está demasiado bien), moralejas subrayadas una y otra vez... y así podría seguir la enumeración.

    Lo mejor de Revolución: El cruce de Los Andes -que reconstruye la campaña de 1817 para la liberación de Chile en manos de los realistas- tiene que ver con su acabado técnico: se ve y se escucha muy bien, los efectos visuales/digitales para concretar escenas de masas en la batalla son de un profesionalismo incuestionable y no mucho más. Estamos ante un producto bienintencionado (a tono con estos tiempos políticos) y cuidado, pero que no cumple con ninguna de las dos premisas principales de toda película: entretener y hacer pensar. Y eso, se sabe, en cine es un pecado casi mortal.
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  • El mal ajeno
    El mal ajeno
    Otros Cines
    El Shyamalan español

    Producida por el todopoderoso Alejandro Amenábar, escrita por el pretencioso Daniel Sánchez Arévalo (Gordos, Azuloscurocasinegro) y dirigida por el debutante realizador vasco Oskar Santos, El mal ajeno arranca muy bien (describiendo el micromundo de un médico en crisis interpretado con solvencia por Eduardo Noriega), deviene luego en una suerte de capítulo de E.R. Emergencias o Chicago Hope y termina como un thriller sobrenatural / espiritual (el protagonista tiene poderes especiales para curar con sus manos, pero no a sus seres queridos) con una búsqueda trascendente, grandilocuente, subrayada y ampulosa que remite a lo peor del cine de M. Night Shyamalan.

    Es una pena porque Santos demuestra que sabe construir climas (dramáticos y visuales), qiue es un buen director de actores (aunque hay personajes como los de Belén Rueda o Angie Cepeda que son abandonados a su suerte) y que con un guión entre manos menos pretencioso y obvio puede ser un más que digno realizador. Por lo pronto, El mal ajeno es una buena carta de presentación suya, pero -lamentablemente- no una buena película.
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  • Divorcio a la finlandesa
    Una apuesta al humor para mostrar bajezas que quedan al borde del ridículo

    El mayor de los hermanos Kaurismäki tiene una prolífica y curiosa filmografía, que incluye unos 30 largometrajes en tres décadas de carrera, varios de ellos documentales dedicados a grandes artistas de la música brasileña (desde hace años está radicado en Río de Janeiro). Más allá de la incómoda comparación con Aki -uno de los directores europeos más importantes de los últimos tiempos-, Mika sigue incursionando también en la ficción con suerte diversa. En este sentido, Divorcio a la finlandesa no se ubica entre lo mejor de su producción.

    Kaurismäki propone aquí una mixtura entre la screwball comedy clásica (velocidad, delirio, absurdo, humor físico, dardos verbales) y unos pases tragicómicos en los que expone lo peor de la condición humana (léase odio, resentimiento y venganza).

    El eje del film son las desventuras de un matrimonio de clase media-alta que está a punto de divorciarse, pero que decide seguir conviviendo hasta que se venda su hermosa casa. A pesar de que acuerdan algunas reglas básicas, cada uno de ellos empezará con provocaciones, mentiras, reproches y hasta llevarán a distintos amantes (incluso contratados a tal efecto) para generar en el otro un ataque de ira y celos. Además, el director propone una subtrama policial con secuestros, robos, chantajes y muertes que tiene a la gran Kati Outinen -actriz-fetiche de Aki- como una improbable jefa de una banda mafiosa.

    El gran problema de Divorcio a la finlandesa es que no funciona ni siquiera dentro del registro ampuloso, exagerado, muy próximo al grotesco, que propone. Los conflictos no hacen gala de una gran inspiración, las situaciones resultan poco graciosas y hay una marcada tendencia a la sobreactuación (con un festival de gestos obvios) y al subrayado. Muchas veces, a partir de la comedia (negra, despiadada) se pueden decir cosas inteligentes sobre el comportamiento social. Aquí, en cambio, la apuesta por el humor a la hora de evidenciar las peores miserias y bajezas queda demasiado cerca de caer en el ridículo.
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  • Cacería de brujas
    Otro traspié en la errática carrera de Nicolas Cage

    Tras ganar el Oscar en 1996 por Adiós a Las Vegas y coquetear con “autores” indies como Spike Jonze en El ladrón de orquídeas, Nicolas Cage construyó una errática, desconcertante carrera, en su mayoría ligada películas de aventuras familiares o como héroe de acción. En muchos casos, como en la reciente Infierno al volante 3D, al menos logró imprimirle a un film bastante flojo una veta humorística, refrescante, propia del cine de clase B, que redimía en parte los lugares comunes y carencias de la propuesta.

    Pero ahora llega Cacería de brujas, una película tan o más mediocre que la apuntada Infierno al volante 3D, también construida en base a fórmulas y clisés, sin vuelo artístico ni visual, y -para colmo de males- solemne, sin una mínima pizca de ironía ni sentido del humor.

    ¿Qué es Cacería de brujas? Una suerte de road-movie en pleno siglo XIV con dos caballeros renegados (Cage y el gran Ron Perlman), desertores de las Cruzadas, que deben conducir -acompañados por un monje, un adolescente y un estafador- a una joven sospechosa de ser bruja (y de haber diseminado una plaga mortal) hasta una ciudad

    Parlamentos imposibles (y que encima suenan como en pleno siglo XXI), personajes estereotipados, situaciones ya vistas en decenas de películas, efectos visuales que no sorprenden, un look que no tiene una sola imagen distintiva y actuaciones anodinas hacen de este producto dirigido con piloto automático por Dominic Sena (Kalifornia, 60 segundos, Swordfish, acceso autorizado, Terror en la Antártida) un film insostenible e indefendible.
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  • Nunca me abandones
    Que grande ha sido nuestro amor...

    Esta película está llena de grandes nombres, de no poco talento y de una historia "trascendente", de esas hechas para conmover y "dejar pensando".

    El director es el reverenciado Mark Romanek, un norteamericano que se consagró gracias a sus videoclips para artistas de la talla de Morrissey, Madonna, REM, Weezer, David Bowie, Red Hot Chili Peppers y Michael Jackson y que rodó hace ya casi una década la interesante Retratos de una obsesión (One Hour Photo); los protagonistas son los carilindos y ascendentes Andrew Garfield, Carey Mulligan y Keira Knightley, el guionista es el cotizado Alex Garland (habitual colaborador de Danny Boyle) y la novela que la da origen es del no menos prestigioso Kazuo Ishiguro (un favorito del cine, ya que sus obras fueron filmadas también por James Ivory y Guy Maddin).

    Narrada en dos tiempos, sigue la historia de tres niños que viven recluidos del mundo en un misterioso orfanato hasta que -al cumplir la mayoría de edad- se les informa su triste destino: sus órganos servirán para trasplantes y, a la segunda, tercera o cuarta operación, perderán la vida. Lo que sigue es una fábula distópica, melancólica, romántica, trágica, épica y bella a la vez, con no pocos vicios del cine de qualté (el uso redundante de la música y una fotografía deslumbrante que cae por momentos en cierto regodeo narcisista, en un esteticismo algo artificioso).

    Romanek apuesta en esta historia que, como bien dice la crítica de The New York TImes Manohla Dargis, es más orwelliana que dickensiana, por una frialdad, un distanciamiento que conspira contra la potencia emocional de semejante trama. Para colmo, sobre el final el director cede a la tentación de explicarnos todo aquello que ya hemos visto (y entendido). Un subrayado a todas luces innecesario. De todas maneras, sé de muchos colegas y amigos que han amado el film y, más allá de mis reparos, hay en Nunca me abandones méritos y atributos suficientes como para justificar su visión y, así, poder discutirla.
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  • Marte necesita mamás
    Más allá de algunos momentos de cierta espectacularidad visual, es un producto fallido

    Las producciones animadas de Disney han conseguido fascinar desde lo narrativo y lo visual, desde la empatía de sus personajes y la fuerza de sus historias, a múltiples generaciones a través de décadas. Incluso cuando percibió que algo nuevo (¿revolucionario?) estaba ocurriendo con la irrupción de Pixar, adquirió esa compañía y nombró a su líder, John Lasseter, máximo responsable de su división de animación.

    Por eso, porque los artistas y ejecutivos del más tradicional de los estudios de Hollywood saben muy bien qué contar, cómo hacerlo y cómo venderlo, cuesta entender que hayan invertido -sólo en la realización- más de 150 millones de dólares en un proyecto tan poco convincente como Marte necesita mamás , un film decepcionante no sólo desde lo temático (ni la trama ni los personajes resultan demasiado atractivos) sino incluso desde lo estético.

    La película -con el productor Robert Zemeckis como principal impulsor- apuesta por una técnica que está en plena controversia: la captura de movimiento. Como ocurrió en El e xpreso polar, Beowulf, la leyenda y Los fantasmas de Scrooge (tres largometrajes que Zemeckis dirigió personalmente), para esta historia rodada y coescrita por Simon Wells ( El príncipe de Egipto ) se filmaron primero las acciones y gestos de los actores de carne y hueso (provistos con sensores conectados a computadoras) para luego animarlos y ubicarlos en medio de paisajes marcianos, en una desesperada, casi ridícula y poco fructífera búsqueda de un hiperrealismo que no es tal (la torpeza de ciertos movimientos indica más bien lo contrario).

    Así, las desventuras de Milo, un niño de 9 años que trata de rescatar a su madre abducida por decisión de una veterana y malvada líder de Marte que intenta sostener un régimen matriarcal en el planeta rojo, carecen de la ligereza, la elegancia, la fluidez, la simpatía, la capacidad de sorprender y emocionar y esa infrecuente inteligencia para trabajar múltiples niveles de lectura que suelen tener las propuestas de Disney y Pixar.

    Hay en esta transposición del cuento original del dibujante Berkeley Breathed algunos momentos de cierta espectacularidad visual, pero más allá de esos escasos hallazgos estamos ante un producto fallido. Por suerte, en poco tiempo más Disney tendrá la posibilidad de una revancha para demostrar que se trató, apenas, de un mal paso dentro de una larga y fecunda historia de buen cine familiar.
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  • Sucker Punch: Mundo Surreal
    Con películas como 300 , Watchmen - Los vigilantes y Ga'Hoole: La leyenda de los guardianes , el director Zack Snyder ya había demostrado su predilección por el género fantástico a propulsión de efectos visuales, la violencia estilizada, la estética de cómic y el espíritu pop.

    Pero si en sus anteriores films (incluida la remake de El amanecer de los muertos ) había una estructura narrativa más o menos sólida que contenía el despliegue (por momentos lleno de talento para la puesta en escena, en otros demasiado "pirotécnico") del realizador, en Sucker Punch la premisa es por demás endeble y, por lo tanto, el portentoso despliegue visual se parece demasiado a un regodeo narcisista, a un artificio caprichoso, a una cáscara que trata de disimular el vacío interior.

    Aquí, más que una historia (elemental y banal como pocas), hay elementos, personajes y situaciones que se acumulan sin demasiado sentido: hay chicas muy bellas con ropa ajustada que se conocen en? un neuropsiquiátrico y se enfrentan a hombres (feos, sucios y/o malos) que las someten a todo tipo de bajezas y hay un juego pendular entre la realidad (el encierro) y la ficción (los sueños épicos, "liberadores") de la protagonista (Emily Browning). Así, mientras en el hospital está a punto de sufrir una lobotomía, en las secuencias oníricas, la atribulada Baby Doll se convierte en una heroína vengadora que lidera un grupo de intrépidas chicas expertas en artes marciales, armas y explosivos (por allí aparecen Abbie Cornish, Jamie Chung y Jena Malone y hasta Vanessa Hudgens, la Gabriella de High School Musical ).

    El film maneja elementos que remiten a otros trabajos sobre la locura ( Inocencia interrumpida, La isla siniestra ), aunque por momentos parece ser la tarantiniana saga de Kill Bill la principal referencia y fuente de inspiración, mientras que no pocos harán comparaciones con la reciente El origen . A todo esto, Snyder le agrega a un diseño retrofuturista (la acción principal transcurre en los años 50, pero la película apela todo el tiempo -incluso desde la música- a un posmoderno anacronismo).

    Con una edición a puro vértigo -heredera de un lenguaje que ya ni siquiera el videoclip ni la publicidad explotan demasiado-, este patchwork visual y narrativo resulta en sus casi dos horas bastante solemne (ni siquiera hay un humor irónico), confuso y tortuoso. Esperemos que Snyder recupere el rumbo en la vuelta de Superman a la pantalla grande que lo tendrá como principal responsable en poco tiempo más.
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  • El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina
    Abuelito dime tú...

    El estreno de una película búlgara, con copias en fílmico y en buenas salas como el Cinemark Palermo, el Cinemark Caballito o el Patio Bullrich es un hecho para festejar en estos tiempos de sequía, al menos en lo que a cine de arte (o de autor, o de calidad, o como quieran llamarlo) se refiere en una cartelera cada vez más concentrada y menos diversa.

    No soy un fan del cine balcánico (ya sé, no es un género y, por lo tanto, no se puede generalizar, y allí está además la producción rumana como para desmentir cualquier prejuicio) y, en varios aspectos, este film de Stephan Komandarev adscribe a cierta grandilocuencia, banalización, exageración y efectismo que caracteriza a buena parte de la producción de ese origen. Pero, más allá de sus excesos, superficialidades y simplificaciones (abarca demasiado y profundiza poco), igual considero a El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina como una película valiosa, de esas que merecen ser vistas y discutidas.

    El film está narrado con permanentes saltos temporales (va y viene entre la Bulgaria comunista y la actual) y se centra en las desventuras de tres generaciones (abuelos, padres, hijo) de una familia común, cuya existencia -marcada en muchos casos por la tragedia- acompaña los bruscos cambios sociopolíticos del país.

    La historia tiene como protagonista a un joven que sufre una amnesia total tras un accidente automovilístico que termina con la vida de sus padres: no sólo no recuerda nada del choque sino que ha perdido todos sus recuerdos. Será entonces con la ayuda de su carismático abuelo -campeón de backgammon- que irá redescubriendo su pasado en un viaje de dimensiones espirituales a bordo de una bicicleta, mientras el director apuesta por constantes flashbacks para describir las represivas condiciones durante el régimen comunista y los intentos de muchos búlgaros de exiliarse -sin demasiada fortuna- en la Europa occidental.

    Esta tragicomedia va de lo íntimo a lo social y trabaja -a veces con sensibilidad y humor, en otras con trazo grueso y subrayando lo innecesario- temas muy diversos y centrales en cualquier hombre como la memoria, el exilio, la muerte o el amor.

    Con buenos actores, una puesta en escena convincente, bellas imágenes y una búsqueda por emocionar sin golpes bajos, El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina nos permite acercarnos a una realidad, un tiempo y un lugar poco frecuentados en la cartelera comercial porteña. Por eso, y más allá de los reparos apuntados, esta más que digna película búlgara es una oportunidad para no desaprovechar.
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  • Bummer Summer
    Bummer Summer
    Otros Cines
    En blanco y negro y con una frescura y sensibilidad no demasiado frecuentes, Weintraub -discípulo de Jim Jarmusch y por estos días rodando su nueva película en Buenos Aires- narra una historia de iniciación, de climas, de estados de ánimo, de pocas palabras, de sentimientos muchas veces contradictorios sobre las experiencias de tres jovencitos (dos amigos y la ex novia de uno de ellos) durante unas vacaciones veraniegas. Un film con el espíritu indie marcado a fuego en la frente, de pequeña dimensión (económica) pero buen alcance (artístico). Weintraub es un director que promete: veremos si todo lo que aquí insinúa se consolida en sus nuevas aventuras cinematográficas (porteñas).
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  • El predio
    El predio
    Otros Cines
    Con un estilo (largos y muy cuidados planos fijos en HD, gran trabajo con las capas de sonido, ausencia de diálogos) que remite a Profit Motive and the Whispering Wind, de John Gianvito, este director debutante (nacido en 1976) filmó durante 9 meses en la ESMA, un predio convertido hoy en Espacio de la Memoria, pero con múltiples connotaciones humanas y políticas. Las imágenes de ruinosos edificios, de las instalaciones artísticas, de los actos culturales y de los vestigios -y fantasmas- de un pasado trágico conviven con bastante armonía en esta interesante apuesta estética y narrativa.
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  • Un cuento chino
    Un cuento chino
    Otros Cines
    De cómo un gran actor puede brillar en una película mediana

    Tengo una teoría que no tiene demasiado fundamento empírico (cada cinéfilo podría hacer listas de artistas y películas para alimentarla o desmentirla). Es más bien un esbozo, si se quiere una intuición: para mí a los grandes actores se los elige en películas medianas, no especialmente recordables. Me explico: hay muchos intérpretes que han pasado a la Historia del cine gracias a sus trabajos para directores de primera línea o en films que ganaron el Festival de Cannes o el Oscar. Pero creo que se puede detectar a un actor o actriz de excepción cuando logra lucirse en (y engrandecer a) una historia no particularmente deslumbrante o inspirada. Eso es lo que ocurre con Ricardo Darín en Un cuento chino.

    Esta nueva película de Sebastián Borensztein (La suerte está echada) es una simpática comedia con algunos buenos momentos, ciertos gags logrados, algunas observaciones interesantes respecto de las diferencias étnicas... y con un gran actor como Darín, de esos capaces de hacer interesantes incluso personajes algo estereotipados como el Roberto de Un cuento chino. Para seguir con mi modesta teoría es un film como éste (y no Nueve Reinas, El aura o El secreto de sus ojos) el que demuestra por qué Darín es un actor enorme.

    Roberto es un veterano de Malvinas (un detalle del guión totalmente innecesario por lo burdo como para "jusfiticar" las miserias del protagonista) que vive solo y se mantiene gracias a su ferretería. Huraño, malhumorado, obsesivo, resentido, fóbico, nuestro anithéroe se la pasa insultando a todo el mundo, como si fuese la víctima preferida de una conspiración universal en su contra. Ni siquiera tiene la disposición mínima como para dejar entrar en su intimidad a una mujer que "muere" por él (Muriel Santa Ana).

    Su existencia de encierro, neurosis y previsibilidad se ve convulsionada cuando -de forma accidental y casual- un joven chino llamado Jun entra en su vida y la cambiará para siempre. El recién llegado -víctima también de la mala suerte y de los golpes de la vida- genera en Roberto una mezcla de compasión y culpa, aunque también desata toda su veta agresiva y negadora.

    Borensztein apela a ciertos lugares comunes sobre las comedias de este tipo (los malosentendidos con el lenguaje, las costumbres opuestas) y se arriesga con unos flashbacks y pasajes fantásticos jugados al absurdo en el que hay un gran despliegue de efectos visuales aunque no demasiado logros narrativos.

    Un cuento chino se sigue en su mayor parte con interés, el relato es leve y bastante fluido, pero tengo casi la certeza de que con otro actor al frente habría resultado bastante menor. Con el carisma, la contención, la ductilidad, el tono justo de Darín es -más allá de los altibajos apuntados- una película que merece ser vista.
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  • Sólo tres días
    El director de Vidas cruzadas plantea un thriller sencillo y efectivo

    Ganador del Oscar por Vidas cruzadas en 2005, el guionista y director Paul Haggis filmó dos años más tarde una intensa y cuestionadora película sobre las consecuencias de la guerra en Irak ( La conspiración ). Ahora, sorprende con la remake de Pour elle -una película francesa reciente con Vincent Lindon y Diane Kruger- en la que apuesta por una combinación entre el melodrama familiar (en su primera mitad) y el thriller de fuga y persecución (en su segunda hora). El resultado es digno, aunque por momentos la narración resulta demasiado lenta, solemne y recargada dentro de un género como el del suspenso.

    John Brennan (Russell Crowe) es un profesor universitario que está casado con Lara (Elizabeth Banks) y ambos crían sin demasiadas complicaciones a su pequeño hijo. Sin embargo, esa apacible vida de clase media se derrumba cuando la policía irrumpe en el hogar y arresta a la madre bajo la acusación de haber cometido un brutal asesinato. Este hombre común está convencido de que su esposa es inocente, pero la vía judicial parece inexpugnable. Así, mientras se sigue ocupando de su rol de padre, inicia un descenso a los infiernos del submundo criminal de Pittsburgh y el film adquiere una dimensión más épica y con elementos propios del cine de género.

    La película -más allá de la indudable solvencia de sus actores y de los buenos aportes artísticos en rubros como la fotografía y la música (a cargo de Danny Elfman)- pierde por momentos su eje a partir de múltiples derivaciones, constantes cambios de tono y registro, subtramas menores, y detalles que no agregan demasiado. De todas maneras, aun con estos y otros problemas, Haggis logra mantener el interés por la suerte de sus criaturas.

    Lejos de la compleja estructura coral de Vidas cruzadas , Sólo 3 días propone una narración bastante más lineal, aunque Haggis mantiene la densidad dramática y el trabajo sobre las contradicciones, las ambigüedades, los dilemas morales de sus personajes. Al final de cuentas, ese es su "sello de fábrica" y, aunque estemos ante la remake de un film francés que no escribió, aquí también terminó imponiendo su marca.
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  • Sanctum
    Sanctum
    La Nación
    A pesar de sus escenas subacuáticas de gran belleza, no escapa de los clichés del género

    Más allá del nombre de James Cameron como productor y del "gancho" comercial que -al menos por el momento- genera el cine en 3D (la película se estrena aquí sólo en versión tridimensional en 66 salas digitales), Sanctum está muy lejos de alcanzar los atractivos que encumbraron a Avatar hasta lo más alto de la taquilla de todos los tiempos.

    Este film rodado en su mayor parte en exteriores y estudios de Australia (aunque ambientado en una cueva submarina de Papúa Nueva Guinea jamás explorada por el hombre) parece un documental sobre turismo de aventura de esos que se pueden ver a toda hora por distintas señales de cable, cruzado de manera transversal por una mediocre trama sobre una conflictiva y problemática relación padre-hijo y plagado de personajes estereotipados y de diálogos tan obvios como altisonantes.

    La excusa argumental es la siguiente: un multimillonario arrogante (Ioan Gruffudd) llega al lugar con su bellísima novia Victoria (Alice Parkinson) y con un joven experto en buceo y alpinismo (Rhys Wakefield). Allí se encuentran con el equipo de liderado por el padre de éste, el experimentado y cínico Frank (Richard Roxburgh), que lleva meses explorando la intrincada cueva en busca de la salida al mar. Todos ellos se sumergirán (literalmente) en un universo desconocido y lleno de peligros, que los obligará a enfrentarse con las situaciones más extremas y adversas.

    Sanctum ofrece algunas escenas subacuáticas de gran belleza, cuya espectacularidad el 3D amplifica, pero el relato -más allá de los golpes de efecto con todo tipo de tragedias- nunca escapa de los lugares comunes de las épicas más transitadas sobre el coraje, el heroísmo, la culpa y la redención.
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  • Líbano
    Líbano
    Otros Cines
    La mirilla indiscreta

    A partir de una anécdota mínima (un grupo de soldados israelíes dentro de un tanque a lo largo de 24 horas durante la guerra del Líbano, en 1982), Samuel Maoz expone -con una puesta virtuosa y sin concesiones que resulta todo un tour-de-foce- los horrores y excesos de todo enfrentamiento bélico. Tan lejos de la demagogia como de la denuncia subrayada, el guionista y director que ganó la Mostra de Venecia 2009 opta por darle al relato una dimensión física, íntima, trabajando sobre el encierro, la tensión, la claustrofobia y la progresiva degradación moral hasta llegar a un tono surreal, alucinatorio y terrorífico.

    Cobardes, embargados por el miedo, llenos de reproches y remordimientos, los protagonistas observan a través de la mirilla del cañón del tanque (con su zoom impresionante o su sofisticado sistema de visión nocturna) cómo hasta los civiles son víctimas del arrasador accionar militar. Resultan, así, verdaderos voyeurs de los peores miserias de la hipocresía, el cinismo, la doble moral y todo lo despiadado que puede ser el hombre. Y nosotros, con ellos, también.
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  • Familia para armar
    Ernesto (Oscar Ferrigno) tiene 48 años y vive (y regentea) un hotel en el balneario de Valeria de Mar en compañía de su madre (Norma Aleandro, su madre también en la vida real) y de su conflictuada hermana. Todo parece rutinario y previsible hasta que aparece en el lugar Julia (Valeria Lorca), la hija adolescente de Ernesto, que llega desde Buenos Aires tras la muerte de su madre e intenta como puede recuperar el amor de su padre tras ocho años de ausencia. El reencuentro no será nada fácil, en medio de traumas, miedos, miserias y mezquindades varias.

    Ese es el punto de partida de este tragicómico ensayo familiar que intenta (y casi nunca logra) ser emotivo, mientras apela a los sentimientos más básicos para conseguir la identificación, la empatía del espectador. Con demasiados lugares comunes, una puesta en escena muy mediocre (casi televisiva), personajes secundarios estereotipados (el amigo del protagonista, las huéspedes voluptuosas y desinhibidas del hotel) y mútliples conflictos (como el de la hermana) trabajados con demasiada superficialidad, este film escrito y dirigido por Edgardo González Amer parece atrasar unos cuantos años.
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  • Un despertar glorioso
    El sudafricano Roger Michel (Un lugar llamado Notting Hill) narra la historia de una productora televisiva ambiciosa y workaholic (Rachel McAdams) que intenta revivir un show matinal de variedades cuyo rating está por el subsuelo y corre un serio riesgo de ser levantado, llevando como co-conductor a un prestigioso y malhumorado periodista cansado del oficio y de la vida (Harrison Ford) para que comparta la pantalla con la no menos cínica Diane Keaton. El film -sin ser gran cosa y apelando a todo tipo de clisés- resulta bastante simpático en su presentación del universo televisivo, pero los convencionalismos de su desenlace le quitan algo de brillo. El trío protagónico y los aportes de secundarios como Jeff Goldblum (el mandamás de la cadena) y Patrick Wilson (el novio de ella) aportan cierta gracia y frescura para un producto a pura fórmula que se ve sin molestia, pero que se olvida demasiado rápido.
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  • Invasion del mundo. Batalla - Los Ángeles
    Que a los estudios de Hollywood los seducen las historias con extraterrestres es algo que se puede comprobar repasando su producción década por década. Las invasiones alienígenas pueden ser pacíficas y aleccionadoras (las menos) o decididamente hostiles y violentas (casi siempre). Así como hace poco lo hicieron Sector 9 o Skyline: la invasión , Invasión del mundo -Batalla: Los Angeles propone otro relato de tono apocalíptico con mejores resultados visuales que dramáticos.

    La trama -sencilla, contundente y previsible- no elude prácticamente ningún clisé de los géneros de acción y ciencia ficción. El protagonista de este film dirigido por el sudafricano Jonathan Liebesman ( La masacre de Texas: El inicio ) es el sargento Michael Nantz (Aaron Eckhart), un veterano marine que está a punto de retirarse luego de un confuso y trágico episodio en Irak que terminó con la muerte de varios subalternos. Sin embargo, pocos minutos después de recibir la notificación de su baja comienza la masiva y agresiva llegada de naves extraterrestres y todos los militares disponibles son llamados al campo de batalla: las propias calles de Los Angeles. Así, Nantz deberá luchar no sólo contra los poderosos alienígenas sino contra la mala reputación que tiene entre los miembros de su propio pelotón. Será un largo y tortuoso camino hacia la redención.

    El film -más allá de su apego a todo tipo de fórmulas (como la reivindicación del heroísmo de los civiles, que aquí en su mayoría son latinos)- arranca de forma bastante convincente con los soldados resistiendo el ataque de los invasores dentro de una comisaría, con una apuesta al western urbano que recuerda a Asalto al precinto 13 , de John Carpenter.

    Sin embargo, en su segunda mitad el relato opta por un tono mucho más grandilocuente y se desbarranca a partir de diálogos dominados por apelaciones al patriotismo que parecen escritos para un institucional para el enrolamiento de nuevos conscriptos de las fuerzas armadas estadounidenses y que -en la comparación- convierten a Día de la i ndependencia casi en un film intimista y de cámara.

    Si el espectador está dispuesto a obviar cualquier tipo de análisis del discurso y una lectura ideológica del film, Invasión del mundo? regala muy buenas escenas de acción rodadas con cámara en mano (con un estilo vertiginoso y urgente que por momentos recuerda a Vivir al límite , de Kathryn Bigelow) y, claro, con un amplio despliegue de sofisticados efectos visuales generados por computadora que permiten ver a la ciudad de Los Angeles en llamas y luego en ruinas. La vieja pero siempre eficaz atracción del apocalipsis? ahora.
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  • El concierto
    El concierto
    Otros Cines
    Una película que desafina

    El concierto es del tipo de películas que odio: obvia, burda, maniquea... El tono elegido (cercano al grotesco), la total inverosimilitud de su trama (quién se puede creer este tipo de enredos en tiempos de Internet), su propuesta demagógica, su estereotipada y oportunista mirada sociopolítica (vean si no cómo se representa a los viejos comunistas, a los gitanos, a los oligarcas), su permanente exageración, sus personajes sin vuelo ni carnadura... todo se conjuga para resultar de lo más irritante.

    Radu Mihaileanu (una verdadera deshonra para el excelente cine rumano) es el mismo de El tren de la vida y Ser digno de ser, pero aquí se "supera" con la historia de Andrei Filipov (Alexei Guskov), un director de orquesta del Bolshoi que 30 años atrás fue víctima de una purga antisemita por parte de la adminitración Brezhnev. En la actualidad, degradado a... ¡limpiar los baños! del teatro, descubre un ¡fax! que pide que la filarmónica rusa viaje a París para reemplazar de urgencia a la de Los Angeles para un concierto en el Thâatre du Châtelet en París. Andrei no tiene mejor idea que robarse la información y buscar a los viejos integrantes de su orquesta para rearmarla y viajar al evento. Luego de tan torpe premisa, vienen los mil y un contratiempos (cuando todo parece perdido surge siempre el golpe de suerte) hasta llegar al gran concierto final con la gente de pie y tirando flores al escenario. Sí, conté el desenlace ¿Esta claro que no la recomiendo?
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  • Un feriado particular
    Nunca es tarde...

    Gianni Di Gregorio debutó en la dirección (y prácticamente también en la actuación) a los 58 años con una encantadora comedia que recupera la mejor tradición y el espíritu de ese género fundamental del cine italiano, pero que le agrega una frescura y una pintura social (en medio del imperio del dinero y del individualismo que caracterizan a la era berlusconiana) que resultan bien contemporáneas.

    Así, este reconocido guionista de directores como Matteo Garrone (el realizador de El embalsamador y Gomorra ofició de productor de esta opera prima), se consagró en el Festival de Venecia 2008 al ganar allí varios premios por un film sencillo que, en apenas 75 minutos, ofrece un querible, entrañable relato sobre los "desclasados", los prescindibles, pero sin caer en bajadas de línea discursivas ni en subrayados que hubiesen arruinado el profundo humanismo de la propuesta.

    Gianni (el propio Di Gregorio) es un hombre maduro que vive con su madre despótica en una casa del Trastevere acuciado por las deudas. Estamos en pleno ferragosto, cuando "todos" se van de vacaciones y Roma se convierte en una ciudad casi fantasma. El administrador del consorcio al que Gianni le debe una fortuna llega con una propuesta que el protagonista no está en condiciones de rechazar: condonar parte de las expensas adeudadas a cambio de que se quede un par de días al cuidado de su madre y de su tía. Algo similar le pedirá un amigo médico. Así, nuestro antihéroe tendrá que lidiar con cuatro veteranísimas mujeres, todas con sus manías, sus achaques, pero también con sus ganas de vivir (al menos alguna experiencia regocijante). Gianni, entonces, se ocupará de ellas y las agasajará con ricas comidas. El resto... habrá que verlo.

    Si Di Gregorio no tenía casi experiencia delante y detrás de cámara, tampoco las tenían las viejitas (actrices no profesionales) que lo acompañaron en este pequeño y noble proyecto. Estamos ante un crowd-pleaser hecho y derecho, que no apuesta a la manipulación y que -más allá de algunos acordes musicales un poco estridentes y algún que otro momento un poco over the top- es irresistible. Si les gustan el (buen) cine italiano, vayan a ver Un feriado particular. La van a pasar muy bien.
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  • Familia tipo
    Familia tipo
    Otros Cines
    Está lleno de documentales familares (y sobre todo de cineastas rastreando el pasado de sus antepasados) y está lleno de registros sobre las huellas que dejó -a ambos márgenes del Atlántico la inmigración europea y las secuelas, las heridas aún abiertas de la Guerra Civil Española. Pues bien, este trabajo autobiográfico de Cecilia Priego aborda todos esos tópicos y, sin embargo, a fuerza de rigor y sensibilidad -dos características que no suelen ir de la mano- consigue un retrato valioso, abarcador e íntimo al mismo tiempo.

    La directora reconstruye la historia -marcada por la tragedia- de sus abuelos y de su padre. Es una historia de muertes, exilios, abandonos, niños huérfanos e intentos no muy sanos por tapar, por clausurar, por olvidar. La realizadora -nieta, hija, hermana y también madre- va por el camino contrario al de ese sino familiar: busca (en una tarea casi detectivesca que por momentos remite a Yo no sé qué me han hecho sus ojos, de Sergio Wolf y Lorena Muñoz), prueba, intenta, no siempre con suerte, pero sí con tesón y ahinco.

    Con un interesante uso de viejas home-movies, materiales de archivo y muchas fotos provistas por sus seres queridos, apelando a textos que aparecen como subtítulos y ofreciendo imágenes de los (re)encuentros con sus parientes, Priego concibe un film áspero e incómodo por momentos, pero que nunca deja de ser honesto y conmovedor. Con las mejores intenciones y con sólidos recursos.
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  • Rango
    Rango
    La Nación
    El director de Piratas del Caribe apuesta a un western protagonizado por un camaleón, con la voz de Johnny Depp

    El exitoso director Gore Verbinski sorprendió a Hollywood cuando hace algunos meses anunció que renunciaba a dirigir la cuarta entrega de Piratas del Caribe (había filmado con honores las tres primeras) para incursionar por primera vez en el universo de la animación. Si bien las peripecias del capitán Jack Sparrow ya tenían bastante del espíritu delirante y exagerado del cómic, el realizador arriesgó mucho al abandonar una de las sagas más populares de la historia para filmar un western protagonizado por. un camaleón. El resultado de esta audaz apuesta no pudo ser mejor: Rango es una joya tanto en lo estético como en lo narrativo, una comedia no sólo muy entretenida sino también con la inteligencia suficiente como para seducir a públicos muy diversos.

    Claro que Verbinski no se tiró solo a la pileta. Lo hizo acompañado por (la voz de) Johnny Depp y un impresionante elenco; por un guionista de fuste como John Logan (Gladiador, El aviador); por los geniales artistas y el soporte tecnológico de la Industrial Light & Magic, que lidera George Lucas; por el gran fotógrafo Roger Deakins como consultor visual, y por un combo musical que incluye una furiosa banda sonora compuesta por Hans Zimmer y el ritmo de Los Lobos. Casi nada.

    El film arranca en la actualidad (el antihéroe protagonista es una mascota que se cae de un automóvil en plena ruta) y luego se sumerge en el mitológico universo del western para describir las desventuras de la patética comunidad de un pueblo perdido en medio del desierto de Mojave. Desesperados ante la falta de agua y sometidos por un alcalde corrupto y por violentos villanos, los animalitos encuentran en el recién llegado Rango -un fabulador con ínfulas y bastante suerte que se convierte en sheriff- su única esperanza frente a tan aciaga coyuntura.

    Comenzará entonces una verdadera épica que incluye vertiginosas (y muy creativas) escenas de acción dignas de los cortos animados de Chuck Jones para la Warner, gags físicos y punzantes líneas de diálogos, duelos al mejor estilo del cine de Sergio Leone y una gran inventiva visual.

    Si bien en la mayoría de las salas se verá la versión doblada al castellano, quienes puedan acercarse a aquellos cines que exhibirán la versión subtitulada podrán disfrutar de las voces de Depp (quien aquí evita su tendencia al "unipersonal" para complementarse a la perfección con el resto del elenco) y de otros conocidos intérpretes, como Isla Fisher, Abigail Breslin, Ned Beatty, Alfred Molina, Bill Nighy, Harry Dean Stanton, Timothy Olyphant y Ray Winstone.

    Cuando parecía que sólo Pixar estaba en condiciones de construir relatos originales, universos con reglas propias, look moderno y espíritu clásico, personajes entrañables con hondura psicológica y distintos niveles de lectura tanto para niños como para grandes, aparece Verbinski con esta gema. Una bienvenida sorpresa para celebrar.
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  • La revelación
    La revelación
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    ¿Es o se hace? (Creer o reventar)

    John Curran, director de films no demasiado trascendentes como Adulterio y Al otro lado del mundo, consiguió para este drama carcelario con envoltorio erótico y sustrato religioso sobre la manipulación, el deseo, la culpa y la redención a tres prominentes intérpretes: el veterano Robert De Niro (un oficial responsable de elevar los informes para decretar la libertad condicional en una cárcel de Detroit, que está a punto de jubilarse), Edward Norton (un preso que ya lleva 8 años encerrado por un crimen que terminó en la muerte de sus abuelos y que pretende obtener su permiso de salida) y Milla Jovovich (pareja del interno y vértice necesario para el triángulo sexual).

    El Jack Mabry de De Niro es un tipo tímido, reprimido y bastante ppatético que lleva 43 años casado con la ultra religiosa Madylyn (Frances Conroy). Sin embargo, a la hora de concretar su trabajo, es un tipo metódico, obsesivo, implacable, orgulloso de su pequeño lugar de poder en medio de una gris maquinaria burocrática. Su situación cambia por completo cuando tiene que lidiar con el cas de Gerald “Stone” Creeson (Norton) y, claro, con la insinuante, provocadora presencia de Lucetta (Jovovich).

    Lo que sigue es un thriller psicológico que alcanza sus mejores momentos cuando apuesta al “duelo” actoral y cae por debajo de la media cuando apela a momentos a-la-Atracción fatal o se regodea (y exagera) con las dimensiones morales/filosóficas/religiosas del dilema ético que plantea.

    Al fin de cuentas, La revelación es una película de gato y ratón, en la que no se sabe a ciencia cierta quién es el gato y quién el ratón, quién miente y quién dice la verdad, quién manipula a quién. El film logra sostener el suspenso y el interés más allá de algunos subrayados y de ciertos montajes paralelos y flashbacks un poco torpes. Es una película que no pasará a la historia grande del cine, pero que sus intérpretes la convierten en una digna propuesta.
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  • La risa
    La risa
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    La ópera prima de Iván Fund, rodada en un pueblo entrerriano, constituye un tour-de-force (para actores y público): transcurre dentro de un auto con cuatro jóvenes que durante una madrugada dan rienda suelta a su costado más primitivo y vulgar. El director filma casi todo en expresivos primeros planos y describe con diálogos muchas veces banales e intrascendentes algunos códigos masculinos. El relato de Fund, inspirado en el cine de John Casavettes, puede verse como una proeza en la puesta en escena, pero el resultado -al mismo tiempo- no es más estimulante que el de presenciar a un grupo de amigos que se insultan y se burlan entre sí. Si bien este film no llegó a convencerme, al poco tiempo Fund se "redimió" con la notable Los labios, codirigida con Santiago Loza, y ya tiene un tríptico listo como para ratificar su indudable talento.
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  • Chapadmalal
    Chapadmalal
    Otros Cines
    En este documental del codirector de 8 semanas y Las hermanas L. estaba todo servido para la burla, el patetismo y la mirada satírica hacia los veteranos afiliados al PAMI que pasan unos días de vacaciones en el Complejo Turístico Chapadmalal. Las primeras imágenes parecen certificar esa presunción. Sin embargo, Montiel se concentra luego en los testimonios de una veintena de abuelos que cuentan a cámara sus historias de vida (graciosas o emotivas) y el resultado es de una diversidad e intensidad bastante convincente.
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  • AU3 (Autopista Central)
    El director de Clon regresa, después de una larga ausencia, con un más que interesante documental que expone en toda su dimensión (social, urbanística, política, económica, histórica) el caso de la autopista que nunca se hizo, pero que marcó la vida de las últimas tres décadas en un corredor que incluye una cotizada zona de Belgrano. El gobierno militar que en Buenos Aires lideraba el trístemente célebre intendente Osvaldo Cacciatore inició en 1977 un ambicioso plan para trazar tres autopistas que cruzaran la ciudad. La AU3 nunca se hizo, pero los efectos del proyecto continúan hasta hoy.

    Tras una serie de expropiaciones y desalojos, cientos de terrenos y edificios fueron ocupados por gente de bajos recursos, generándose un enfrentamiento (virtual y de hecho) entre la gente de clase alta que vive en Belgrano R y los okupas. Hartmann recoge testimonios contundentes (de funcionarios y vecinos de ambos "lados"), reconstruye la génesis, registra las negociaciones y desvela el negocio inmobiliario detrás de las topadoras que todo lo arrasan y los subsidios con los que se intenta expulsar a los "indeseables" de la zona. Un sólido relato que, además, es impecable desde su acabado técnico y con algunas imágenes de gran valor cinematográfico.
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  • Invernadero
    Invernadero
    Otros Cines
    Proveniente del mundo de la literatura, Gonzalo Castro apareció hace tres años como un verdadero alien en el cine argentino para convertirse en un director autogestionario en el más absoluto de los sentidos (se ocupa de todos los rubros, salvo -claro- de las actuaciones). El BAFICI lo "adoptó" de inmediato y es así que por tercera vez consecutiva -Resfriada (2008), Cocina (2009) e Invernadero compitieron en la sección oficial argentina. La más reciente película, además, se quedó con el premio mayor.

    Si bien a mí me había interesado más Resfriada que Cocina, es muy interesante apreciar la evolución como director (en lo técnico, en lo narrativo) de Castro a lo largo de estos tres films rodados de manera casi ininterrumpida. Este director todoterreno -alejado de los prejuicios y lugares comunes de la industria local- ha madurado en poco tiempo y del caótico encanto de Resfriado llegó ahora a la mucho más cuidada, sofisticada, austera (sólo planos fijos) y, en algún sentido, profunda Invernadero.

    Con una calidad de imagen y sonido muy superior, con un meticuloso trabajo en el encuadre, Castro filma a una persona real, el reconocido escritor mexicano Mario Bellatín, que "interpreta" a un personaje querible e insufrible a la vez, culto y divertido, ególatra e irónico, que se reconoce musulmán pero no tiene ningún rasgo de fanatismo.

    La cámara de Castro captura diálogos muy simpáticos y situaciones que no parecen forzadas a pesar de la construcción ficcional (su hija no es su hija, sus asistentes no son sus asistentes en la realidad). Es cierto que algunas situaciones son menos atrapantes que otras y que quizás la película ganaría con unos minutos menos, pero el multifacético trabajo de Castro no deja de ser digno de admiración.;

    La relación con su (supuesta) hija -que acaba de llegar de un viaje por Africa-, con sus colaboradoras y con una veterana colega conforman este encantador retrato ficcional (que se ve con la frescura de un documental) sobra la intimidad cotidiana y el proceso creativo de un artista/personaje como Bellatín.
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  • Infierno al volante
    Eterno espíritu adolescente

    Autos deportivos vintage (de colección), chicas voluptuosas (si están desnudas, tanto mejor), sectas diabólicas capaces de sacrificar hasta bebés, patetismo pueblerino, una avalancha de efectos visuales con estética de cómic, violencia extrema y mucho gore (humor negrísimo y vísceras por doquier). Esa es la receta que propone Patrick Lussier (el mismo de Sangriento San Valentín 3D) para este simpático, delirante, muy menor y rápidamente olvidable producto clase Z sobre la venganza de un padre contra los asesinos de su familia, interpretado por el casi siempre insufrible (y ocasionalmente divertido) Nicolas Cage.

    Si al lector le gustó el homenaje que propuso el díptico Grindhouse de Quentin Tarantino y Robert Rodriguez, si disfruta de los excesos y los caprichos, si se banca los lugares comunes del cine explotation, este puede ser un entretenimiento pasatista y medianamente eficaz, a pesar´de que la cosa se vuelve un poco tortuosa durante la segunda mitad y aquí el 3D (más allá de algún obvio efectito) no agregue demasiado.

    Mi formación cinéfila videoclubística en los años '80 incluyó mucho cine clase B y Z (desde el primer Sam Raimi y Peter Jackson hasta buena parte de la factoría Roger Corman) y, en ese plan nostálgico, me gustaron varios pasajes de la "grasada" de Infierno al volante, pero también es cierto que se trató de un disfrute efímero, algo culpógeno, porque más allá de cierto bienvenido desparpajo, Lussier quedó bastante lejos de conseguir una gran película.
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  • Fase 7
    Fase 7
    Otros Cines
    Humor en serio

    Tras su elogiada (y premiada) participación en el Festival de Sitges y su paso por la competencia oficial de Mar del Plata, se estrena esta opera prima de Nicolás Goldbart (reconocido montajista de directores como Pablo Trapero, Damián Szifrón, Ulises Rosell, Alejandro Chomski y Rodrigo Moreno).

    Con buena parte del mismo equipo de producción, actoral y técnico de Los Paranoicos (Gabriel Medina fue ahora asistente de dirección), Fase 7 demuestra que la FUC -a pesar de los múltiples y muchas veces injustos prejuicios- no sólo forma cultores de un cine intelectual o críptico sino que hay mucho amor por los géneros.

    En el caso de Goldbart, propone aquí una combinación entre la comedia negra (con algo de La comunidad, de Alex de la Iglesia), el terror apocalíptico (en la línea de la saga de REC), el western urbano (con claras referencias -incluso desde la banda sonora del gran Guillermo Guareschi- a la filmografía de John Carpenter), la ciencia ficción y el cine de acción, con algunos pasajes de puro goce gore.

    La pandemia de Gripe A es el pretexto para narrar una suerte de sátira con un costumbrismo porteño llevado al delirio lúdico y violento a la vez. Aunque por momentos la narración se traba y se resiente un poco, el film es simpático, atractivo y lleno de ideas visuales. El ecléctico elenco -que incluye a los protagonistas de Los Paranoicos (Daniel Hendler y Jazmín Stuart), como una pareja que en un par de meses tendrá una beba, a Yayo (toda una revelación en cine) y al inmenso Federico Luppi en plan malvadísimo- para una historia que transcurre casi íntegramente dentro de un edificio en cuarentena. Los enfrentamientos entre los vecinos generarán una escalada sangrienta irrefrenable. El film -festejado de forma efusiva e incondicional por el público cuando la vi en Mar del Plata- tiene un gran trabajo en HD del fotógrafo Lucio Bonelli (muy buena la proyección en DCP), del apuntado Guareschi, del sonidista Matín Grignaschi y del equipo de arte liderado por Mariela Ripodas.

    Más allá de sus desniveles y caprichos (nada grave), estamos ante la posibilidad de que el joven cine argentino (no puse nuevo) consiga un éxito no sólo de crítica sino esta vez también de público. Los amantes de las películas de género, de las propuestas más desenfadadas -están avisados- tienen aquí una pequeña gran película para el deleite.
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  • 127 horas
    127 horas
    La Nación
    James Franco, en un film sobre el coraje y la fe con 6 nominaciones al Oscar

    Tras arrasar en los premios Oscar con Slumdog Millionaire : ¿Quién quiere ser millonario? , el inglés Danny Boyle y su coguionista Simon Beaufoy eligieron adaptar otra novela, en este caso las memorias de un joven afecto al turismo de aventuras y a los deportes de riesgo que sobrevivió a un accidente gracias a una gran entereza física y moral (apelando incluso a sacrificios extremos) en condiciones infrahumanas.

    En abril de 2003, un escalador llamado Aron Ralson, de 27 años, cayó en una grieta de un aislado cañón de Utah y quedó con uno de sus brazos atrapado por una gran roca. Con su habitual parafernalia estética (estilización visual, edición vertiginosa, música grandilocuente, secuencias oníricas, flashbacks que recuperan el pasado y la dinámica familiar del protagonista), Boyle va reconstruyendo la odisea, la épica heroica de este personaje al que James Franco logra sostener con gran dignidad, incluso a pesar de ciertos excesos y subrayados del director.

    El prólogo sirve para exponer las características inhóspitas del lugar y la personalidad intrépida, despreocupada, de Ralston. Luego de la caída, el protagonista comienza a grabar sus desventuras cotidianas (escasez de agua y comida, bruscos cambios climáticos, contradicciones frente a situaciones tan absurdas, crecientes dolores físicos y problemas de movilidad) con su pequeña cámara digital, mientras el realizador de Trainspotting y Exterminio hace gala de su talento para los encuadres y los movimientos de cámara para "vestir" esta batalla íntima contra sí mismo (Ralston se pide una y otra vez no perder la cabeza) y contra las indomables fuerzas de la naturaleza.

    Hollywood tiene predilección por estas historias reales con mucho de conmovedor (y aleccionador). ¡Viven! , sobre la hazaña de los rugbiers que cayeron en los Andes, es otro ejemplo, pero también se han hecho films mucho más audaces, radicales y provocadores, como el que emprendió Sean Penn como director en Hacia rutas salvajes . Con su puesta en escena virtuosa, la convicción de Franco y apelaciones a los sentimientos más nobles del ser humano, le alcanzó a Boyle para conseguir 6 nominaciones al Oscar. Y una buena película.
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  • Amigos con derechos
    Espectadores sin derechos

    Cuesta ver a Natalie Portman -luego del tour-de-force que afrontó en El Cisne Negro- en una comedia romántica a pura fórmula junto con Ashton Kutcher. No es que ambos estén mal (de hecho, tratan de insuflarle algo de nobleza, fluidez y simpatía a una receta sosa), pero después de un papel que seguramente le valdrá en pocas horas más el premio Oscar esta concesión a lo más rancio y previsible de la industria hollywoodense hace un poco de ruido. Igual, nada grave. Sobrevivirá a este producto mediocre y la estatuilla dorada le permitirá elegir papeles mucho más audaces y exigentes.

    Este anodino, previsible, efímero producto rodado por Ivan Reitman (sí, el mismo de Los cazafantasmas) tiene a Portman como una médica que trabaja demasiadas horas y disfruta demasiado poco de la vida. Fóbica, su Emma no quiere comprometerse afectivamente y encuentra en el bonachón Adam (Kutcher), asistente de producción de un show televisivo, aspirante a guionista e hijo de un padre muy famoso y despiadado (Kevin Kline), a un "amigo sexual": ambos se encuentran a toda hora y en cualquier lugar para mantener breves y apasionadas aventuras carnales. El problema, claro, surge cuando empiezan a enamorarse ¿Les suena un poco obvio y cursi? Pues lo es.

    El guión de Elizabeth Meriwether regala algunos diálogos punzantes y la mano que le queda a Reitman (y la ductilidad de los actores) permiten construir un puñado de gags que, si bien no alcanzan a salvar al film (una suerte de De amor y otras adicciones, pero sin la enfermedad, como bien sostuvo el crítico A.O. Scott en The New York Times), al menos permiten disfrutar algunos minutos. Imperdonable, en cambio, es cómo la película dilapida a todos y cada uno de los arquetípicos personajes secundarios interpretados por Kline, Greta Gerwig (otra vez Hollywood desperdicia a la reina del Mumblecore), Cary Elwes o Ludacris, por nombrar algunos.

    OK, no soy un defensor de El Cisne Negro, pero si hay que optar por esta elemental comedia romántica o el provocativo thriller sobre el mundo del balle, vayan sin dudas a ver la película de Darren Aronofsky. Allí, por lo menos, hay algo para discutir.
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  • Biutiful
    Biutiful
    Otros Cines
    Agly

    El director de Babel, 21 gramos y Amores perros rodó en Barcelona con Javier Bardem como protagonista esta nueva película “trascendente” sobre los grandes temas de la vida (en este caso, con centro en la muerte) y el resultado es grandilocuente, obvio y explícito (por momentos, al borde del sadismo).

    Por lo menos, esta vez el mexicano abandonó la estructura coral de sus films anteriores y narra aquí una historia más lineal, en la que no falta su habitual regodeo con atrocidades de todo tipo, mostradas con una estilización aberrante. Biutiful describe la degradación física y moral de un buscavidas (se encarga de pagar coimas a la policía para ayudar a oscuros empresarios chinos y a inmigrantes ilegales africanos) que sufre de un cáncer terminal, mientras intenta lidiar con su desquiciada ex pareja y criar a sus dos hijos. O sea, una típica historia de caída libre y búsqueda de la redención.

    Iñárritu es capaz de construir planos de enorme belleza (con la ayuda del talentoso fotógrafo Rodrigo Prieto) y consigue de Bardem una performance de esas que suelen ganar premios (el film y el actor están nominados al Oscar), pero la película está llena de golpes bajos que terminan por anular los logros en otros terrenos.

    Ya sin el aporte de su compatriota Guillermo Arriaga, ese artista embaucador y artero que es Iñárritu contó en Biutiful con una amplia participación argentina: los dos coguionistas Armando Bo y Nicolás Giacobone, la actriz protagónica (Maricel Alvarez) y el músico (Gustavo Santaolalla). Quien quiera padecer los 148 minutos de esta acumulación de miserias humanas y búsquedas pretenciosas, allá ellos. Que les aproveche. No será con mi recomendación.
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  • Justin Bieber: Never say never
    Nunca digas nunca

    Esfuerzo inútil. Gaje del oficio. Llámenlo como quieran, pero esta crítica que estoy por redactar no tiene el más mínimo sentido ni mucho menos su calificación: los fans de Justin jamás leerán este texto y los seguidores del sitio no deben tener la más mínima intención de verla, a menos que sus hijos, nietos o sobrinos se lo pidan.

    En principio, debo decir que voy a ver este tipo de películas porque mi hija Franca, de 8 años, las disfruta y yo disfruto de verla disfrutar. Y con eso es más que suficiente. Es un mero rol de acompañante y, de paso, me sirve para conocer un poco el estado de las cosas en el universo (pre)adolescente. Los periodistas, se sabe, nunca dejamos de ser seres curiosos.

    Dicho esto, debo admitir que Never Say Never no es un documental que dé vergüenza ajena. OK, es un panegírico promocional de Justin Bieber, el nuevo fenómeno adolescente. OK, está construido con el manual del making of + home movie + rockumental, pero aun con todos sus clisés, sus convencionalismos y su marketing de biografía autorizada a flor de piel no deja de ser un relato que genera algún interés y -perdón por el "exabrupto"- ciertos momentos de intensidad emocional.

    Para quienes no hayan leído nada del boom Bieber les cuento rápidamente que tiene casi 17 años, canta y toca varios instrumentos (especialmente la batería) desde muy niño, surgió gracias a los videos subidos a YouTube por su madre (que lo crió casi soltera), explotó vía Twitter y en un año y pico pasó de vivir en un pueblo canadiense a vender millones de discos y concretar una de las giras más exitosas de todos los tiempos (tardó 22 minutos en vender las entradas para su concierto en el mítico Madison Square Garden). Las chicas del espectro 4 a 25 años (así de amplio es) "mueren" por este rubio que parece un muñequito de torta (o como alguien dice en el film "El Macaulay Culkin de la música").

    De eso se trata Never Say Never, un film que -para mi gusto- es un poco mejor que el que ya tuvieron otras estrellas adolescentes como Hannah Montana/Miley Cyrus o los Jonas Brothers. El director Jon M. Chu (Step Up) hace lo que puede (o lo que le dejan) y el resto son imágenes en 3D de los shows (con apariciones especiales de la propia Cyrus o Jaden Smith) o registros de la trastienda artística, familiar y comercial (un poco real, otro tanto armada) de Justin, que incluye la presencia de Usher (su "padrino" artístico), Boys II Men o Ludacris (nadie se quiere quedar fuera).

    De manera superficial y sin pretender ningún análisis sociológico, la película habla del boom de las redes sociales (las fans "descubrieron" a Bieber mucho antes que la industria de la música) y de cómo se construye hoy un fenómeno (lo que antes tardaba 5 o 10 años hoy se desarrolla en uno). No pretendo con esto decirle al cinéfilo curtido que vaya a ver Never Say Never, pero para una película que tiene un injustamente bajo promedio de 1,1/10 en IMDb es, casi, una hazaña. Nos vemos en la próxima película de Selena Gomez.
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  • El ganador
    El ganador
    Otros Cines
    Levántate y anda (a noquear)

    Este película sobre las historia "real" del boxeador Micky Ward y la relación de amor-odio con su medio hermano y entrenador Dicky estuvo a punto de ser dirigida por Darren Aronofsky, quien finalmente abandonó el proyecto para rodar El cisne negro (ahora, una de las rivales de El ganador en la lucha por los premios Oscar y que casualmente se estrena en la Argentina el mismo día).

    De haber aceptado, Aronofsky -quien de todas maneras figura como productor ejecutivo de El ganador)- habría narrado una historia con muchos puntos de contacto con El luchador, la película que sirvió para reencauzar su carrera y revivir la de Mickey Rourke. Es la típica épica de un atleta ya veterano, con demasiados golpes encima, que logra reinventarse y volver a los primeros planos, a pesar de las miserias familiares y del negocio. O sea, nada que no se haya visto ya en decenas de incursiones en el subgénero boxístico, desde Toro salvaje hasta Rocky, pasando por Million Dollar Baby.

    Sin embargo, a pesar de que El ganador adscribe a no pocas convenciones (si quieren: lugares comunes), David O. Russell -el talentoso realizador de Secretos íntimos, Flirting with Disaster y Tres Reyes- logra “domesticarlos” y trascenderlos en pos de un intenso relato popular (en el buen sentido) que genera admiración e identificación.

    A algunos colegas les irritó bastante la subtrama sobre la familia numerosa de origen irlandés con una madre dominante y manipuladora (la gran Melissa Leo), siete hermanas de temer, un hijo drogadicto que sigue viviendo de los recuerdos -¿reales?- de sus cinco minutos de gloria como ex boxeador (el Dicky de Christian Bale) y el sufrido protagonista (Mark Wahlberg), sobre quien está depositado buena parte del futuro del grupo. A mí, en cambio, no sólo no me molestó (como tampoco lo hizo la veta romántica con el personaje de Amy Adams) sino que le da al film un buen contrapeso dramático frente a la épica deportiva que arranca en 1993. En el medio, además, está la dinámica barrial en Lowell, Massachusetts y la del gimnasio donde entrenan, así como el rodaje de un documental que HBO le dedica al personaje Dicky, que no es precisamente sobre sus hazañas boxísticas sino sobre su adicción al crack.

    La presencia de HBO o ESPN en la historia no es antojadiza sino que tiene que ver también con el creciente poder que las cadenas televisivas fueron adquiriendo dentro del negocio. Es más, en un logro más de la puesta en escena, Russell filma las escenas de box con la misma estética utilizada por dichas cadenas en sus transmisiones televisivas. El aporte físico de Wahlberg es notable, ya que no sólo parece un profesional sobre el ring sino que además imitó la particular forma de pelear de Irish Ward.

    Para casi todo el mundo, la gran actuación del film es la de Bale. Para mí, si bien es funcional, resulta en muchos aspectos efectista. En cambio, el trabajo más contenido (y claramente más generoso) de Wahlberg resulta bastante más logrado (¿adivinen quién ganará el Oscar y quién no?). En todo caso, la película se beneficia de este duelo de estilos interpretativos. Cada espectador, como siempre, será una suerte de jurado y elegirá a su propio ganador.
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  • El cisne negro
    El cisne negro
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    En que baile me metí...

    Lamento no compartir el entusiasmo de la mayoría de mis colegas de aquí y del exterior, así como de mis exultantes seguidores de Twitter y Facebook, quienes ya me adelantaron su admiración incondicional por este nuevo film de Darren Aronofsky.

    Para un crítico de cine más o menos entrenado es casi natural buscar citas, referencias, influencias en cada película que analiza. En el caso de El Cisne Negro, me cansé de leer mil y unas referencias que remite a Las zapatillas rojas, clásico de Michael Powell y Emeric Pressburger (danza + obsesión), al Hitchcock de Psicosis, a Repulsión, a Carrie, al terror gótico y así sigue la lista…

    También leí una y mil veces lo impactante que -para casi todo el mundo- es la actuación de Natalie Portman (premiada en la Mostra de Venecia y segura ganadora del Oscar), quien se entrenó durante un año para interpretar a una bailarina dispuesta a todo con tal de encabezar una audaz puesta de El Lago de los Cisnes en el mismísimo Lincoln Center de Manhattan.

    Creo que el film hace bien en desacralizar el universo del ballet y en exponer sus no pocas miserias (las mismas que surgirían en cualquier terreno hipercompetitivo como éste) y se arriesga al llevar la trama hacia el terreno del thriller fantasmagórico y alucinatorio, donde -me parece- aparecen sus principales problemas.

    Frente a tantas personas conmovidas y fascinadas con esta apuesta por el absurdo, el artificio y la grandilocuencia por parte del director de El luchador, a mí me pareció un ejercicio bastante burdo y autoindulgente (autocelebratorio) propio del más puro trash y pulp -que pendula entre lo real y lo imaginario- con todos los conflictos psicológicos demasiado amplificados, masticados y subrayados que -para colmo- son revestidos con una pompa bastante molesta.

    Es cierto que hay un gran trabajo en 16mm y digital por parte del DF Matthew Libatique (el uso permanente de la cámara en mano hizo que varios críticos hablaran de la influencia de… ¡los hermanos Dardenne!), que los personajes secundarios (la madre posesiva de Barbara Hershey, la seductora y despiadada Mila Kunis, el despótico director de la compañía que compone el francés Vincent Cassell) están muy bien, pero El Cisne Negro está muy lejos de ser la obra maestra que casi todo el mundo -incluso gente que respeto mucho- insiste que es. Véanla (si es que no lo hiceron ya) y la seguimos discutiendo ¡Que siga el baile!
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  • Temple de acero
    Temple de acero
    La Nación
    Temple de acero

    Los Coen logran ser fieles a su espíritu y también al original

    En los 15 largometrajes que han realizado hasta la fecha, los hermanos Joel y Ethan Coen incursionaron en casi todos los géneros, imprimiéndoles siempre su sello personal: una mirada ácida, pesimista y despiadada para tratados morales no exentos de cinismo que coquetean muchas veces con el patetismo a la hora de exponer las peores miserias del ser humano. Les faltaba, sin embargo, concretar un western puro (puro porque en varios de sus films, como Sin lugar para los débiles , trabajaron múltiples elementos propios del más clásico de los rubros del cine estadounidense). Y lo hacen, finalmente, con una lograda remake de Temple de acero (1969), una de las últimas películas de Henry Hathaway como director y de John Wayne como protagonista.

    Los Coen -para sorpresa de muchos- alcanzan aquí un doble mérito: son absolutamente respetuosos del film previo y de la novela original de Charles Portis (repiten no sólo la mayoría de las situaciones sino incluso gran cantidad de diálogos) y, al mismo tiempo, resultan fieles a su espíritu, a su idiosincrasia, con no pocas dosis de humor negro y de crueldad (sadismo) a la hora de narrar las peripecias de sus personajes.

    A 12 años de ese verdadero film de culto que es El gran Lebowski , Jeff Bridges -un gran actor que a los 61 está atravesando uno de los mejores momentos de su carrera- vuelve a trabajar con los Coen en el papel de Rooster Cogburn, un sheriff alcohólico que es contratado por Mattie Ross, una niña de 14 años decidida a hacer justicia con el asesinato de su padre a manos de un ex empleado devenido ladrón llamado Tom Chaney (Josh Brolin).

    Que Bridges alcance a brillar con cada una de las frases (verdaderos dardos) que le tocan en suerte a este héroe cansado y desilusionado de la vida no es novedad, pero sí lo es la enorme convicción y ductilidad con que la jovencísima Hailee Steinfeld -verdadera protagonista de la fábula- carga sobre sus espaldas el peso de este relato de persecución y venganza.

    Que los Coen, habituados al universo de los adultos (que muchas veces actúan como niños), adopten un punto de vista infantil (con una chica obligada por las circunstancias a comportarse como adulta) resulta una más que interesante y audaz inversión en el cine de los creadores de Fargo y Barton Fink .

    Completa el elenco principal Matt Damon como LaBoeuf, un Texas Ranger que busca quedarse con una recompensa por otro asesinato de Chaney y que termina uniéndose a Cogburn y a Mattie en la cacería humana. Se trata del personaje más patético, más típico de los Coen, pero con una vuelta de tuerca en la segunda mitad que termina por redimirlo.

    Los Coen -desde siempre eximios narradores- contaron con la habitual colaboración del excepcional director de fotografía inglés Roger Deakins para conseguir bellas y expresivas imágenes en pantalla ancha, que transforman a los paisajes desérticos en un personaje más (y no menor) del film. Así, los directores -entre premios varios, múltiples nominaciones al Oscar y distinciones como la de inaugurar esta noche el prestigioso Festival de Berlín, ver página 3- ya pueden sentirse orgullosos de haber alcanzado un logro más: un western a la medida de su inmenso talento.
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  • El rito
    El rito
    Otros Cines
    Show me the Money!

    Dice Stephanie Zacharek -una crítica siempre interesante que escribe en Movieline- que le pareció divertido ver a Anthony Hopkins haciendo de exorcista/exorcizado en El rito. A mí me pareció bastante patético. No porque su actuación sea precisamente mala (le alcanza su técnica y su presencia para hacer el personaje "de taquito") sino porque me parece que un actor de su categoría y su trayectoria no debería (o no debería necesitar) aceptar un papel así... por más generoso que sea el cheque. Que quede claro: no tengo nada contra el cine de género y hasta el propio Hopkins se consagró de forma masiva y definitiva gracias a El silencio de los inocentes.

    Los pocos colegas que rescataron algo de El rito hablan de las "atmósferas" que consiguió su director, el sueco Mikael Håfström (Solo contra sí mismo, 1408, Descarrilados). Es que la película -vendida con el ¿plus? de estar "basada en un caso real- no se decide por ser "una de terror religioso con todo" o una "en serio", de esas más creibles y sugerentes. El film es demasiado solemne y, de vez en cuando, dispara un gag muy simpático, como cuando el padre Lucas que encarna Hopkins está exorcizando a una embarazada italiana, suena su celular y contesta: "Ahora no puedo hablar, estoy actuando".

    Si a Hopkins le alcanza su estirpe para zafar en las tres o cuatro secuencias que le tocan en suerte (aparece por primera vez a los 25 minutos), lo del resto es insostenible. El verdadero protagonista (un joven escéptico que se ve forzado a estudiar religión y es enviado al Vaticano para un curso de exorcismo) es realmente un "paquete" llamado Colin O'Donoghue, mientras que los buenos intérpretes contratados para los papeles secundarios ( Alice Braga, Ciarán Hinds, Toby Jones, Rutger Hauer) no tiene ni una mínima escena para lucir un poco su talento: quedan prácticamente reducidos a objetos escenográficos como las velas, los crucifijos o las imágenes de ángeles que se ven de fondo.

    Con una edición que se encargó de cortar todo lo necesario para no haya ninguna toma "inconveniente" capaz de poner en peligro la calificación PG-13 que el film necesitaba para su explotación en el mercado norteamericano (los adolescentes, se sabe, conforman el target predilecto), este sub-sub-sub El exorcista resulta una película decididamente menor y, por lo tanto, prescindible.
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  • Hacerme feriante
    Hacerme feriante
    Otros Cines
    Acercamiento genuino al universo de lo trucho

    La Salada es la feria más grande de la Argentina (y una de las más grandes del planeta). Allí se vende de todo (y casi todo trucho) a precios infinitamente más bajos que en el mundo "real". Cientos de vendedores y miles de compradores llegados desde todos los rincones del país desembarcan allí para comerciar de día y de noche.

    Feria popular y multiétnica, se trata de un ámbito fascinante para un documental, pero al mismo tiempo casi inabarcable. Julián D'Angiolillo (hijo de un veterano realizador y compaginador como Luis César D'Angiolillo) se acerca a esa "selva" humana con respeto, rigor y enorme capacidad de observación para rescatar lo que realmente importa.

    Por momentos, es cierto, le cuesta encontrar un eje narrativo (aborda quizás demasiados aspectos sin profundizar en ninguno) y el metraje resulta un poco exagerado (algunas situaciones se reiteran un poco), pero las imágenes son contundentes, cautivantes, reveladoras. El director consiguió adentrarse en las casas/talleres textiles, de copiado trucho, en las asambleas, en las festividades, en las negociaciones con los políticos locales y en la intimidad/trastienda de ese verdadero monstruo social y comercial lleno de excesos y contradicciones.

    La realización (imagen, sonido, edición) es impecable y la ausencia de testimonios a cámara para privilegiar lo narrativo resulta una de las elecciones más acertadas de un documental logrado.

    Aclaración: Mi hermano Nicolás es uno de los productores del film. A quien le moleste esta "incompatibilidad", que borre de su memoria este texto.

    (Esta crítica fue publicada durante el BAFICI 2010)
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  • El discurso del rey
    La película de consenso

    Prometo que dentro de algunos párrafos voy a analizar un poco la película, pero permítanme empezar con una digresión. Vi los 10 films nominados al Oscar y, para mi gusto, El discurso del Rey está lejos de ser la mejor. Creo que Toy Story 3, Red Social y Temple de acero son trabajos notables en lo suyo (no pueden ser más diversos entre sí) y hay un segundo pelotón de largometrajes muy atendibles aunque con algunos aspectos discutibles (El Origen, El ganador, Lazos de sangre, El cisne negro, Mi familia) y -repito: siempre dese mi opinión- una sola propuesta apenas discreta: 127 horas.

    En el mundo del cine -y muy especialmente a la hora de los premios- aparece lo que se llama “la película de consenso”. He participado en varios jurados de festivales y (casi) nunca gana el mejor film (siempre según quien esto escribe) sino uno que no le molesta a ninguno de los votantes. Creo que -salvando las enormes distancias- algo parecido pasa con El discurso del Rey: es un trabajo irreprochable, con el sello del buen cine británico, con excelentes intérpretes, con un tema ganchero (y el plus de “basado en un hecho real”), sólidamente construida… y así podría continuar la enumeración. Es un perfecto crowd-pleaser y esta consideración no es un mérito menor. Pero, al mismo tiempo, me parece una película más, escasamente trascendente, efímera, pasatisa. Es un producto bien hecho y mejor vendido y, quizás por eso, capaz de conseguir el apoyo de distintos segmentos (desde el más artie hasta el más comercial). Red Social fue la gran favorita de los críticos, pero a muchos votantes de la Academia de más de 50 o sesenta y pico de años les parece algo casi snob, propio de otra generación.

    Así planteadas las cosas, El discurso del Rey me parece una fábula simpática, realzada por un gran envoltorio y por el lobby feroz del inefable productor/distribuidor Harvey Weinstein, que logró convertirlo en el “gran evento” que este film claramente no es.

    Sobre la historia, a esta altura, ya habrán leido mucho y por todas partes: Colin Firth interpreta a Bertie, el hijo menor del rey Jorge V (Michael Gambon), que lucha contra una tartamudez que se acrecienta hasta niveles exasperantes en situaciones de estrés. Los ojos, por lo tanto, están puestos en su hermano Eduardo VIII (Guy Pearce), un playboy dominado por su novia estadounidense y… ¡divorciada! (Eve Best). Cuando el padre muere, Eduardo es presionado para abandonar a su concubina, pero este prefiere abdicar y, por lo tanto, tenemos a un Jorge VI balbuceante en el trono de un país a punto de declararle la guerra a la Alemania nazi (el film transcurre en el período 1925-1939). Allí entran a tallar los personajes secundarios: el apoyo de su esposa Elizabeth Elizabeth (Helena Bonham Carter) y muy especialmente el de un frustrado actor australiano llamado Lionel Logue (Geoffrey Rush), que oficiará de terapeuta en más de un sentido (no sólo respecto del habla sino también de la autoestima y hasta de ciertos valores de vida).

    El poder comunicacional de la radio, la relación entre la realeza y el poder político (por allí aparece un desatado Timothy Spall como Winston Churchill) y la influencia de la Iglesia surgen con algunos pincelazos de brocha gorda, pero sin dudas el eje pasa aquí por el show(-off) entre Colin Firth y Geoffrey Rush, en personajes (y actuaciones) con todos los “condimentos” oscarizables.

    El film -que quede claro- no da vergüenza ajena, ya que la disminución física del protagonista no está nunca trabajada en un tono melodramático sino más bien con todas sus connotaciones cómicas. La mirada sobre la realeza británica es liviana y respetuosa a la vez, y la situación de un rey que no sabe si podrá dar un discurso clave en la historia de su país (el micrófono de la BBC parece una guillotina) está elaborada con una buena dosis de suspenso.

    En definitiva, El discurso del rey es un producto eficaz, hecho con indudable pericia delante y detrás de cámara, pero está lejos de ser una obra maestra. Algunos dirán que no hace falta llegar a tanto para ganar un Oscar, pero creo que este año había otros films con mayores riesgos y alcances artísticos. En tiempos de corrección política, esta película encaja en perfectamente en el molde. El imperio del consenso.
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  • Dulce espera
    Dulce espera
    Otros Cines
    La Bariloche que no miramos

    Bariloche es una ciudad de fuertes contrastes: por un lado, es el centro turístico de tarjeta postal que fascina a los brasileños, a los esquiadores y a los adolescente que egresan de la secundaria y viajan en busca de trasgresión; por el otro, una urbe que fue la elegida como refugio por muchos nazis y un conglomerado con un cordón bastante pesado, donde se han registrado casos de gatillo fácil y la miseria crece a pocas cuadras del Centro Cívico.

    Así como Carlos Echeverría desentrañó en varios documentales las contradicciones y miserias de esa sociedad, Laura Linares -también nacida en el lugar- se aproxima con sensibilidad, pudor e inteligencia (contó con el aval y la generosidad de los protagonistas) a una historia de amor en medio de carencias de todo tipo (ya no sólo económica sino incluso de la misma libertad).

    En Dulce espera, esta realizadora/socióloga/periodista de 32 años describe con un fuerte espíritu documentalsta, pero sostenido por numerosos elementos de ficción la historia de Valeria, una joven que establece una relación afectiva con (y luego queda embarazada de) Lucas, un muchacho que ya lleva más de 7 años en la cárcel del lugar. El film va de lo íntimo a lo social y, mientras construye la historia central, va exponiendo varios fenómenos sociales (el contacto -via cartas, canciones y mensajes por la radio entre chicas de clase baja y presos, el auge de los grupos evangélicos, la duras condiciones de vida en la zona, el debate sobre la legitimidad o no del uso de la violencia y la tentación de la "plata fácil" en un contexto donde casi no hay opciones ni futuro).

    No todos los temas son trabajados con la misma profundidad e intensidad, no todas las situaciones fluyen con la misma naturalidad (hay algunas que lucen un poco forzadas, hay grandes momentos, como cuando Lucas se va esposado de la clínica donde acaba de nacer su hijo), pero en definitiva Dulce espera se impone como un trabajo de una gran dignidad humana y de una indudable pericia cinematográfica. Habrá que estar muy atentos, entonces, a los próximos pasos de una directora como Linares. El Sur también existe.
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  • Lazos de sangre
    Lazos de sangre
    La Nación
    Este segundo largometraje de la talentosa directora Debra Granik remite a la mejor y más pura tradición de un cine independiente estadounidense que podría arrancar con las primeras obras de Terrence Malick de principios de los años 70 y que llega hasta películas recientes como Ballast, Legado de violencia o Río congelado. Propuestas alejadas por completo de las modas y de la demagogia, del ingenio irónico de tantos directores aspirantes a ser descubiertos y contratados por la gran industria. Historias duras, ásperas, viscerales, desgarradoras, que no temen sumergirse en la Norteamérica profunda y rural para describir sin complacencia, en todas sus facetas, dimensiones y alcances, la pesadilla que muchos intentan esconder, esa contracara perfecta del mito del sueño americano.

    Ambientada en una pequeña comunidad de Missouri, Lazos de sangre narra la épica historia de Ree (consagratoria labor de Jennifer Lawrence), una adolescente de 17 años que carga con el peso de sostener un hogar conformado por una madre casi autista y sus dos pequeños hermanos. En medio de una profunda crisis financiera, de unas más que precarias condiciones de vida y de un crudo invierno que la fotografía de Michael McDonough alcanza a exponer en toda su melancólica belleza, la heroína del relato debe enfrentar a familiares y vecinos que conforman un clan hostil y no exento de crueldad para encontrar a su padre -un narcotraficante que ha salido de la cárcel bajo fianza- y evitar así perder la casa familiar.
    Códigos tribales

    Basada en la novela homónima publicada en 2006 por Daniel Woodrell, la película da cuenta en sus implacables 100 minutos y con sus múltiples capas de lectura de los códigos casi tribales de la población local, de la conmovedora relación entre Dee y su tío adicto a las drogas (John Hawkes, nominado al Oscar al igual que Lawrence) y de las contradicciones de la protagonista, que pendula entre responsabilidades de adulta (sostener la granja o la educación de sus hermanos) y la inocencia de quien todavía es adolescente (la idea de que puede enrolarse en el ejército para recibir los 40.000 dólares que le ofrecen y. llevar a sus hermanos al frente).

    El film se resiente apenas por una música que subraya de forma innecesaria los logrados climas que consigue la directora o por algunas pinceladas políticamente correctas (la denuncia de tono ecologista), pero jamás pierde el rumbo ni la tensión (no sólo es un implacable drama humano sino también un preciso thriller manejado con mucho suspenso) a la hora de mostrar el tremendo grado de descomposición de una sociedad cerrada y dominada por el miedo, la violencia y el machismo en la que sus habitantes, ya sea por acción u omisión, por necesidad o complicidad, avalan un mundo sin reglas, salvo las del ojo por ojo o del sálvese quien pueda.

    Lazos de sangre no ganará ninguno de los cuatro premios Oscar (película, guión adaptado, actriz protagónica, actor de reparto) a los que está nominado, pero estos y muchos otros reconocimientos recibidos (ganó, por ejemplo, el Festival de Sundance) han permitido, entre otras cosas, su estreno comercial en la Argentina. Se trata de un cine que no suele llegar a los cines locales. Vale la pena, por lo tanto, adentrarse en una propuesta distinta, exigente, desafiante, pero en definitiva tan inteligente como cautivante.
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  • Conocerás al hombre de tus sueños
    Lo que queda de Woody

    Durante las décadas de los '70 y los '80 Woody Allen regaló grandes películas (algunas muy buenas, otras directamente obras maestras). Era un director que marcaba tendencia, un autor a seguir, una cantera inagotable de sorpresas, un referente generacional. En los '90 ya la calidad de su obra comenzó a decaer (con desniveles, claro- y, en los últimos tiempos, el cinéfilo que lo amó y aún lo respeta con reverencia y hasta veneración ya sólo espera que el resultado no caiga tan bajo como en Vicky Cristina Barcelona y que con suerte sea digno como en Match Point.

    Con su obsesión de seguir haciendo "religiosamente" un largometraje por año, Woody termina construyendo films muchas veces desganados, que parecen retazos de elementos ya trabajados mucho tiempo atrás, reciclajes maquillados de ideas originales que alguna vez tuvo o pinceladas no demasiado elaboradas de temas potencialmente interesantes, pero que necesitaban más tiempo para madurar y ser plasmadas en toda su dimensión.

    ¿Y Conocerás al hombre de tus sueños? Este film de estructura coral está más cerca del tratado moral de Match Point que de la liviana comedia de enredos románticos que Allen propuso en Vicky Cristina Barcelona. A los 75 años, el directo regresa a Londres para narrar varias historias de matrimonios en crisis y múltiples affaires ambientadas en el mundo de la literatura, de las galerías de arte y de la burguesía local.

    La película tiene múltiples personajes y subtramas, aunque puede decirse que pendula entre dos núcleos principales: uno, encabezado por Naomi Watts, Josh Brolin, Antonio Banderas y Freida Pinto (la bella actriz de Slumdog Millionaire), y otro, integrado por Anthony Hopkins, Gemma Jones y Lucy Punch. Más allá de que por momentos ciertas situaciones parecen casi calcadas de anteriores trabajos, la película fluye con cierta gracia y sin descuidar su mirada impiadosa a las miserias, a las contradicciones, al cinismo y a la hipocresía de la sociedad contemporánea.

    (Esta reseña fue publicada en otra versión durante el Festival de Cannes 2010).
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  • Sudor frío
    Sudor frío
    Otros Cines
    Un género que pide pista

    Más que la mayor o menor calidad que pueda tener Sudor frío, me interesa analizar en este texto el significado que tiene su estreno comercial en el ámbito local. Repasemos: desde hace años, con productoras como la platense Paura Flics o con festivales como el BARS, el género de terror demostró tener aquí un gran potencial y un importante nicho de público ¿Por qué, entonces, aquí tardó tanto en consolidarse un mercado/industria de cine de terror masivo y profesional como el que existen desde hace años no sólo en potencias como los Estados Unidos o Japón sino también en los países escandinavos o en España, donde [REC] o El orfanato se convirtieron en grandes éxitos.

    En el lapso de cuatro semanas, llegan a las salas argentinas la uruguaya La casa muda (que ha tenido un más que digno arranque), Sudor frio y, el 3/3, Fase 7, que si bien tiene un tono más ligado al humor negro, ofrece unas cuantas escenas del más puro gore.

    Paura Flics -que con títulos como Habitaciones para turistas, Masacre esta noche, Penumbra o 36 pasos había conseguido mucha mayor repercusión en el exterior (incluido los Estados Unidos) que en la Argentina- accede por primera vez a las ligas mayores con un producto que contó también con el aval de la productora Pampa Films (de Pablo Bossi) y un lanzamiento a gran escala a cargo del grupo Disney (dicen que la inversión de marketing es bastante mayor al costo de la propia película).

    ¿Y Sudor frío? En principio, diría que es una película de terror más con un acabado impecable. Me explico: el guión es más bien simplón (chico y chica entran a una casona dominada por psicópatas y descubrirán allí desde torturas hasta chicas-zombies. Nada que no se haya visto ya en la apuntada [REC], en Hostel o en El Juego del Miedo. Me parece que los García Bogliano cometen un error al dar tanta información de entrada, especialmente a la hora de presentar las peversiones e implicancias de los dos malvados. Dejan, así, poco espacio para la sorpresa en la segunda mitad del relato.

    Otro aspecto que, sin dudas, generará mucha controversia (al menos, entre los espectadores más "intelectuales") es la utilización de una subtrama política ligada a la última dictadura militar. No es que crea que el tema deba ser utilizado sólo en términos solemnes o serios, pero entiendo que cierto sector del público puede sentirse molesto ante la aparición del ERP, de la Triple A o de ex represores en la trama.

    Dicho esto, cabe destacar que el film se ve y se escucha muy bien, que la ambientación es lograda, que los efectos visuales o el maquillaje son claramente profesionales. No sé si esto alcanzará o no para convertir a Sudor frío en un gran éxito de taquilla, pero seguro es un buen primer paso para consolidar a un género que pide pista. El terror argentino ya no será más un ámbito de culto para unos pocos iniciados: su destino es el gran mercado y nada ni nadie podrá detenerlo.
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  • El Avispón Verde
    Un avispón que no pica

    Vamos a ser claros, directos: El Avispón Verde -el clásico relato que surgió en los seriales de la radio, pasó por la TV y recala en el cine a gran escala (120 millones de dólares de presupuesto) no es el desastre que buena parte de la crítica norteamericana destruyó con sumo desprecio, pero está muy lejos de ser una gran película. Un punteado alcanza para conocer los principales problemas del film.

    1- Poco Gondry. Del director francés de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Soñando despierto y Rebobinados podía esperarse un mayor desparpajo, un exuberante espiritu pop, un delirio que el film extraña en buena parte de sus dos horas.

    2- El show de Seth Rogen. Más que una película de Gondry, parece un film al servicio de Rogen, protagonista omnipresente y a la vez coproductor y coguionista del film con su socio Evan Goldberg. Lo que en la Nueva Comedia Americana puede tener sustento y sentido, aquí resulta un festival de exageraciones que hacen bastante insufrible su actuación.

    3- El anti Batman. Está claro que este film apuesta por un tono ligero y paródico, bien alejado de cierta solemnidad de El Caballero de la Noche, pero lo que funcionaba tan bien en la primera Iron Man, en Kick-Ass o incluso en films animados como Los Increíbles, Megamente o Mi villano favorito, aquí no encuentra jamás el tono justo. Ni chicha ni limonada.

    4- Elenco desperdiciado. Si lo de Rogen es un desborde tras otro, tampoco es gran cosa el Kato de Jay Chou (pensar que en la serie lo interpretó Bruce Lee), el carisma de Cameron Diaz está totalmente desperdiciado, Tom Wilkinson luce igual cuando en la trama han transcurrido dos décadas y Christoph Waltz -el genial malvado de Bastardos sin gloria- hace lo que puede con un rol de villano sin grandes hallazgos.

    5- Un 3D innecesario. El paso a 3D aquí no tiene el más mínimo sentido. Las set-pieces no ganan nada y, al contrario, pierden claridad. Me saqué varias veces los anteojos durante la proyección y, para mi sorpresa, la imagen se veía mucho más nítida.

    Lo que queda, entonces, es un entretenimiento del montón. Muchos gadgets, alguna ocurrencia, un poco de ingenio, cierto gag logrado y poco más. Un avispón que no pica.
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  • La mentira
    La mentira
    La Nación
    La mentira

    El autor de El cantante expone los agujeros del capitalismo salvaje

    El director de El cantante -película con Gérard Depardieu que se estrenó con gran éxito en la Argentina- reconstruye en su cuarto largometraje una insólita historia real tomada de la crónica periodística: la de un experto en engaños, trampas y simulaciones que, poco después de salir de la cárcel, recala en un pequeño pueblo del norte de Francia.

    Allí, a pesar de la profunda crisis socioeconómica que padece la comunidad, este estafador profesional (notable trabajo de François Cluzet) logra convencer a empresarios y funcionarios (incluida la alcaldesa que interpreta Emmanuelle Devos) para que apoyen financieramente a su empresa (ficticia) -que supuestamente es subsidiaria de un poderoso holding de la construcción- en la extensión de una autopista que había sido detenida dos años antes, emprendimiento que podría terminar con el aislamiento y recuperar el crecimiento de la castigada zona.

    Con un tema y un registro que remiten por momentos a El empleo del tiempo , obra maestra de Laurent Cantet, y con un sólido elenco en el que aparece brevemente (aunque en un papel decisivo) el gran Depardieu, Giannoli expone en toda su dimensión y en sus múltiples facetas la contracara, las contradicciones, las miserias, las grietas (los agujeros) del capitalismo más salvaje.

    El film -que por momentos se alarga demasiado, aunque el director montó una versión bastante más corta que la que estrenó en la competencia oficial del Festival de Cannes 2009- encuentra en el antihéroe de Cluzet un impostor tan patético como querible, de esos extraños personajes que pueden generar tanta empatía como rechazo, a su protagonista perfecto, un hombre oportunista pero también entusiasta y tozudo que seduce a esa atractiva y vulnerable alcaldesa viuda que interpreta la siempre solvente Devos.

    La fotografía de Glynn Speeckaert hace maravillas tanto en los ámbitos cerrados donde se desarrollan los tensos conflictos humanos como en los espacios abiertos, donde la pantalla ancha permite exponer la megalomanía de este faraónico proyecto concretado sin el más mínimo sustento. Un despliegue visual que resulta ideal para sostener una historia inteligente y con múltiples connotaciones e implicancias.
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  • La casa muda
    La casa muda
    La Nación
    La casa muda

    El cineasta uruguayo Gustavo Hernández propone un film con claro destino de culto

    Si bien se trata de una película de terror, la historia detrás de La casa muda se parece bastante a la de un cuento de hadas. Rodada en apenas cuatro días, con una cámara de fotos digital prestada (una Canon 5D), con dos faroles como toda iluminación, con un equipo de 15 entusiastas amigos y con un presupuesto de 6000 dólares, esta ópera prima del uruguayo Gustavo Hernández se convirtió en un inmediato boom en Internet, tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes, se vendió a casi todo el mundo y hasta tuvo una remake hollywoodense titulada The Silent House , que dirigieron Chris Kurtis y Laura Lau ( Mar abierto ).

    Si Hernández -cuyos antecedentes como director se limitaban hasta entonces a un puñado de videoclips, comerciales y cortometrajes- consiguió semejante repercusión no es sólo por la proeza financiera, técnica y narrativa -la película está contada en tiempo real y con un único plano-secuencia (en verdad, hay algunos cortes "disimulados")- sino porque este joven uruguayo demostró también un amplio dominio del abecé del género de terror: cómo sostener la tensión y el suspenso, cómo dosificar la información y cómo manejar las explosiones de sangre y violencia.

    Basada en un caso real (un doble asesinato) que sacudió al poblado de Godoy, en Tacuarembó, en la 1944, La casa muda transcurre en la actualidad y se desarrolla casi íntegramente dentro de las paredes de una casona rural abandonada. Hasta allí llegan un padre y su hija adolescente, contratados por su dueño para reacondicionarla un poco para una futura venta. Una tarea en apariencia sencilla, pero que se convertirá en un suplicio.

    Si bien la película apela a ciertas fórmulas y esquemas (tanto de imagen como de sonido) ya trabajadas por el cine de terror de Hollywood, de España o de Japón, también hace gala de un humor, de observaciones, de diálogos y de situaciones que no podrían ser más uruguayas. El final -demasiado moralista- generará no pocas polémicas, pero no alcanza a empañar un film con claro destino de culto y, por qué no, de clásico, al menos en el contexto del nuevo cine latinoamericano.
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  • Tres monos
    Tres monos
    Otros Cines
    Tres monos, el más reciente trabajo del director turco Nuri Bilge Ceylan (Kasaba, Nubes de mayo, Lejano y Climas), resultó una enorme decepción. No se trata de una película despreciable ni mucho menos (estamos ante un cineasta con sensibilidad, talento y vuelo propio), pero este melodrama sobre un triángulo amoroso con derivaciones policiales y vinculaciones con la política resulta demasiado obvio y alargado. Sin duda, el film menos logrado de una carrera que, hasta ahora, era incuestionable.
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  • Amor de madres
    Amor de madres
    Otros Cines
    Lo que ellas quieren

    Rodrigo García ha luchado toda la vida contra la carga, el estigma de ser “el hijo de” (en su caso, nada menos que de Gabriel García Márquez). Instalado en los Estados Unidos, ha desarrollado una más que aceptable carrera tanto en cine (Con sólo mirarte, Nueve vidas) como en TV (es el creador de la notable serie psicológica In Treatment / En terapia, con el gran Gabriel Byrne como protagonista).

    Amor de madres podría haber sido un melodrama insoportable, un culebrón recargado y adoctrinador, y -en ciertos momentos- está cerca, muy cerca de caer en esa moralina, ese espíritu manipulatorio, esa crueldad y ese regodeo con "los grandes temas de la vida" que son el sello del aquí productor Alejandro González Iñárritu. Por suerte, RG es un guionista y director que -más allá de su apego a la corrección política y de su búsqueda trascendental/religiosa- tiene un pudor, una discreción y una sensibilidad que lo diferencian bastante de su colega mexicano.

    RG vuelve a hacer gala de una gran capacidad para la dirección de actores y para sumergirse en los vericuetos más íntimos (y oscuros) del universo femenino (podría decirse que esta es su gran especialidad).

    Intentar describir las múltiples subtramas y los diversos personajes de Amor de madres demandaría varios párrafos (muchos colegas lo han hecho en sus críticas) y limitaría bastante las sorpresas que esta ambiciosa película coral tiene reservadas durante sus algo más de dos horas de duración. Sólo anticiparé, entonces, que hay tres personajes centrales interpretados por Annette Bening, Naomi Watts y Kerry Washington (todas con múltiples escenas concebidas para su lucimiento) y conflictos que van desde el embarazo adolescente hasta los martirios de la adopción, así como los traumas propios que provocan tanto las madres dominantes como aquellas que han estado demasiado ausentes.

    Además, claro, están los hombres (en papeles y con incidencias bastante secundarias), entre los que se destacan el abogado enamorado de su empleada que interpreta Samuel L. Jackson. De todas maneras, queda claro, estamos en un mundo de, con, sobre y para mujeres. Muchas de ellas, no tengo dudas, sabrán disfrutar del compromiso y la espesura emocional que propone este Amor de madres.
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  • De amor y otras adicciones
    Si querés llorar, reí (y viceversa)

    ¿Qué decir (escribir) sobre esta película de Edward Zwick? ¿Cómo encarar una película tan desconcertante, tan esquizofrénica, tan llena de notables pasajes que entusiasman, pero también de muchos otros que irritan o dan vergüenza ajena? Lo mejor que tiene De amor y otras adicciones es que -contra buena parte de la producción hollywoodense actual- resulta imposible de encasillar ¿Por qué? Porque tiene un poco de todo, porque no se queda jamás en un solo registro y pendula por muy diversos géneros, estilos y tonos.

    En principio (y ante todo), es una comedia romántica al servicio de dos carilindos y jóvenes protagonistas (los galancitos Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway, que aprovechan su fotogenia y sortean con decoro y dignidad varios momentos cercanos al ridículo), pero también es un melodrama lacrimógeno sobre el amor en medio de condiciones adversas (ella sufre del mal de Parkinson), y ¡también! una despiadada mirada sobre la avaricia y las miserias el mundillo de la poderosa industria farmacéutica (laboratorios y médicos incluidos).

    Hay en este nuevo film del dispar y muchas veces grandilocuente Edward Zwick (Gloria, Leyendas de pasión, Valor bajo fuego, Contra el enemigo, El último samurai, Diamante de sangre, Desafío) no pocos riesgos, una buena dosis de audacia que hacen que -por lo menos en mi caso- termine calificando al film de "bueno", más allá de sus múltiples problemas y excesos. Puede parecer un dato menor, irrelevante, pero aquí va uno: que una "chica Disney" como Anne Hathaway acepte someterse a tantos desnudos como aquí ya eleva al film bastante por encima de la mojigatería reinante en el Hollywood actual.

    El film -ambientado en 1996- está narrado desde el punto de vista de Jamie Randall (Gyllenhaal), un Don Juan compulsivo que termina abruptamente su experiencia como vendedor de electrodomésticos e ingresa a un curso de capacitación de la compañía Pfizer, donde encontrará la posibilidad de dar rienda suelta a sus técnicas de seducción y de saciar su espíritu competitivo y ambicioso. Las cosas cambian cuando se enamora de Maggie Murdock (Hathaway), una atractiva chica de 26 años que hace gala de una adicción al sexo similar a la suya, pero que no quiere comprometerse afectivamente.

    La película (muy políticamente correcta y algo machista) va desarrollando la historia de amor y, mientras tanto, expone cómo funciona una industria multimillonaria, donde el cinismo y los sobornos están a la orden del día. En principio, la lucha es entre quién gana el mercado de antidepresivos (debe lograr que el Zoloft desbanque al todopoderoso Prozac de los rivales), pero la aparición del súbitamente popular Viagra cambia por completo la situación del negocio, de la compañía y del protagonista, cuyo futuro luce decididamente prometedor. No ahondaremos más en la trama, que tiene un montón de vueltas de tuerca.

    Por momentos, estamos ante una comedia negra muy bien llevada (con aires de Gracias por fumar, Amor sin escalas o Jerry Maguire: amor y desafío); en otros, ante cursilerías que ya no se animarían a plantear ni los más elementales culebrones y con algunos momentos (¡ay, la secuencia de la erección en el hospital!) decididamente grasas y ridículos. Y no falta tampoco un personaje muy en la línea de la Nueva Comedia Americana como el hermano gordito y reprimido (un nerd, bah) de Jamie.

    Más allá de todo, termino por recomendar (partes de) esta película, sostenida por dos buenos actores, muchos diálogos punzantes y un puñado de observaciones más que inteligentes y muy mordaces. El resto, quedó claro, es olvidable. Así es este film absurdo y delirante a la vez, brillante en una escena y penoso en la siguiente: tómelo o déjelo.

    PD: Un aplauso para el gran Oliver Platt, uno de esos actores que son capaces de hacer brillar todas y cada una de las escenas en las que aparecen (aquí como el mentor del protagonista).
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  • Los viajes de Gulliver
    Los viajes de Gulliver

    Un desbordado Jack Black protagoniza esta pobre actualización de la novela de Swift

    Rob Letterman, director de dos films animados como El espantatiburones y Monstruos vs. Aliens , incursiona en el cine con actores de carne y hueso con esta muy libre transposición de la clásica y satírica novela escrita por Jonathan Swift en 1726 sobre las desventuras de un hombre común en Liliput, una comunidad habitada por gente de 15 centímetros de altura (lo que lo convierte en un gigante todopoderoso).

    En este caso, es Jack Black el encargado de interpretar a Lemuel Gulliver. Ambientado en la actualidad, el prólogo nos presenta al protagonista: un típico antihéroe, un hombre gris, sin ambiciones y con demasiados traumas, que trabaja desde hace diez años como encargado de repartir el correo en la redacción de un diario. Negador y fabulador, este eterno adolescente obsesionado por los videojuegos está enamorado de la bella editora de la sección Turismo (Amanda Peet), pero a pesar de la simpatía de ella hacia él, no se anima ni siquiera a invitarla a salir. Luego de una serie de enredos, Lemuel recibe un encargo: viajar hasta el Triángulo de las Bermudas para escribir una nota. Luego de soportar una fuerte tormenta, aparecerá en el reino de Liliput, inmerso en todo tipo de conflictos bélicos y románticos, pero dueño de un inédito poder.

    Hasta aquí el planteo inicial de este film que intenta aprovechar el histrionismo de Black (un actor que sin un director, un personaje y una buena historia que lo contengan es afecto a todo tipo de excesos y desbordes) y los dispositivos visuales que permiten confrontar a Gulliver con los diminutos liliputenses.

    El problema es que ni la sobreactuación de Black ni el despliegue de efectos generados por computadora (que no van más allá de lo que ya se vio en, por ejemplo, Una noche en el museo y que quedan a años luz de una producción como Avatar ) alcanzan a sostener un mínimo interés del espectador. La película repite una y otra vez los mismos gags, obliga al desbordado Black a ciertos parlamentos solemnes y bienpensantes que no lo favorecen, evita el interesante costado político que tiene la obra original de Swift y dilapida los posibles aportes de los buenos actores contratados para los desdibujados papeles secundarios (la princesa de Emily Blunt, el rey de Billy Connolly, el malvado de Chris O'Dowd y el enamorado e inseguro Jason Segel).

    Así, la película apela a los anacronismos -utiliza con fines humorísticos temas de Kiss ("Rock and Roll All Nite"), Prince ("Kiss") o el clásico "War" en pleno siglo XVIII- o a las referencias obvias a la cultura popular (en casi todos los casos, a éxitos de la 20th Century Fox, productora, claro, de este film, como Star Wars , Titanic o la propia Avatar ). Recursos desesperados como para sostener un film que resulta tan pequeño como las criaturas concebidas por la prosa de Swift.
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  • El turista
    El turista
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    Tanta belleza para tan poco cine...

    Dicen que Venecia es una de las ciudades más bellas del mundo. Dicen también que Angelina Jolie es una de las actrices más sexies y fotogénicas del planeta (para mí no lo es tanto, pero no es éste el ámbito para un debate en ese terreno). Y aseguran muchísimas mujeres (no sé qué dirán los gays) que Johnny Depp es uno de los galanes más seductores e irresistible del planeta. Pues bien, cuesta entender, entonces, cómo con los canales y el lujo veneciano de fondo más el aporte de una pareja hiper taquillera como esta, el alemán Florian Henckel von Donnersmarck (el mismo de la exitosa La vida de los otros) haya concretado un thriller romántico sin suspenso ni tensión, ni química ni erotismo.

    El guión -permítanme la analogía algo obvia- hace agua y se hunde como la ciudad que le da marco: hay unos cuantos misterios dando vuelta, pero el relato es tan chato que al poco tiempo importa bastante poco quién es quién (y quién engaña a quién) y el destino de los cientos de millones de dólares en juego.

    Que Angelina -en plan femme-fatale pero con su cara siempre fruncida y su actitud seductora demasiado impostado- podría ser cómplice de una confabulación o una agente secreta, que Johnny -incómodo en un papel contenido- podría ser el torpe turista del título o un brilante estafador, que los mafiosos ingleses y rusos pueden ser muy violentos, que la policía inglesa (y la italiana) puede ser bastante inoperante... Nada de eso adquiere el más mínimo interés en este inverosímil relato que resulta un sucedáneo siempre menor de la saga de James Bond, de la del agente Jason Bourne, de la de La gran estafa, de Sr. y Sra. Smith o del viejo y querido thriller hitchcockiano de Para atrapar al ladrón.

    La película no sólo es chata, también luce avejentada. Y no es sólo porque intente rememorar al cine clásico de espías, sino porque no encuentra nunca el tono. Es demasiado solemne para funcionar como comedia (además, nunca se atreve a incursionar en la sátira, a jugar con el absurdo, a trabajar la ironía) y es demasiado blanda, demagógica, previsible y condescendiente como para hacerlo en el terreno del buen noir. Así, El turista resulta un film completamente fallido, casi al borde del ridículo. Habrá quienes vayan al cine atraidos por los escenarios, por sus carilindos protagonistas o por los antecedentes del director, pero estoy convencido de que la inmensa mayoría saldrá bastante defraudada por una propuesta que, más allá de cualquier análisis teórico, de tecnicismos o de elaboraciones intelectuales, no cumple con casi nada de lo que prometía ni siquiera en plan de entretenimiento liviano, superficial y llevadera.
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  • La vieja de atrás
    Quédate conmigo

    El director de la promisoria Buenos Aires 100 km propone ahora un universo mucho más cerrado y concentrado con la relación que se establece entre un joven de La Pampa (Martín Piroyanski), que intenta sin suerte costearse sus estudios de medicina en Buenos Aires con trabajos precarios, y una solitaria y frustrada jubilada (Adriana Aizenberg), que vive entre la soledad y las manías/fobias de la vejez. Cuando Marcelo está a punto de volverse, derrotado, a su provincia, su vecina lo convence de quedarse en su departamento y tener, así, alguien con quien charlar.

    La anécdota, por cierto, es bastante menor y las viñetas que traza el director pendulan entre el costumbrismo y una exaltación algo obvia de la comunicación, del entendimiento más allá de las diferencias de edad y de intereses. Los dos intérpretes son lo mejor del film y principales responsables de sostener la discreta propuesta de Meza.
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  • Criada
    Criada
    Otros Cines
    Hortensia tiene 53 años y trabaja como empleada doméstica (en verdad, es una mujer orquesta) en una finca catamarqueña ubicada en el poblado de El Puesto. Esta mujer se ocupa con envidiable capacidad de los olivares, de los frutales, de los asados, de la leña, de la limpieza, de la cocina, del mantenimiento y hasta de ahuyentar murciélagos. No recibe un sueldo (obtiene 150 pesos de un plan social), aunque de vez en cuando obtiene ingresos con alguna venta ocasional (unas aceitunas, una mermelada, una torta).

    El joven director cordobés Matías Herrera Córdoba sigue a la única y gran protagonista con rigor y con capacidad para ubicar la cámara a una respetuosa distancia (y conseguir siempre muy buenos encuadres), pero al mismo tiempo Criada da una sensación de déjà vu, como si esa combinación entre el documental observacional y la puesta en escena "algo" ficcionalizada ya fuera una marca, un sello (¿un karma?) del Nuevo Cine Argentino.

    Las comparaciones con el cine de Lisandro Alonso son inevitables pero, más allá de los insoslayables valores narrativos, estéticos y técnicos del film (una buena carte de presentación para su director, otro exponente de la interesante movida del cine cordobés), es hora de pedirle algo más, una vuelta de tuerca, alguna sorpresa, a un modelo ya demasiado transitado.
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  • El retrato de Dorian Gray
    Belleza a cualquier precio

    Con su transposición de Otelo y con otras dos incursiones en el universo de Oscar Wilde (Un esposo ideal y The Importance of Being Earnest), Oliver Parker se fue consolidando como uno de esos directores especializados en películas de época basadas en obras de grandes autores. Con esos pergaminos en su lomo, El retrato de Dorian Gray -sin ser una película desdeñable- resulta una pequeña decepción.

    El film no tiene ningún elemento que desentone demasiado, pero esa “corrección” es también su talón de Aquiles. La película no sorprende, no se arriesga y todo se mantiene en un medio tono contenido que –cuando todo explota- ya resulta demasiado tarde como para recuperar el favor del espectador.

    La trama es por demás conocida y tiene que ver con ese pacto con el Diablo que un joven hace para mantenerse joven y bello por siempre, tal como aparece en la pintura en la que ha sido retratado. Así, el protagonista del título (un insípido Ben Barnes) irá pasando con el correr del tiempo del inocente muchacho del inicio a un despiadado hombre que disfruta de su impunidad y de la decadencia ajena, con el gran Colin Firth (lo más interesabnte del film, aunque lejos de sus mejores trabajos) como una suerte de cínico mentor y consejero.

    El relato es muy cuidado desde lo visual, tiene un buen despliegue de CGI y efectos de maquillaje, pero no agrega demasiado y es rápida, fácilmente olvidable. Una película correcta y menor, especialmente si se tiene en cuenta que de un director como Parker y de un elenco como el aquí reunido podía (debía) esperarse bastante más.
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  • Imparable
    Imparable
    Otros Cines
    Es sólo una carrera contra el tiempo, pero me gusta

    Un thriller sobre un tren que lleva vagones cargados con material tóxico y explosivo corriendo -sin conductor a cuestas- a más de 100 kilómetros por las vías de Pennsylvania con el peligro inminente de generar una catástrofe humana y ecológica en plena ciudad. Nada más (y nada menos) que eso es Imparable, otro tour-de-force narrativo de ese reconocido artesano (para algunos, incluso, un autor dentro de las lides hollywoodenses) que es Tony Scott.

    Tras narrar una tensa historia ambientada en el subterráneo neoyorquino como la remake de Rescate del metro 123, el hermano de Ridley Scott y responsable de títulos como Top Gun, Escape salvaje, Enemigo público y Déjà vu regala otro film a puro vértigo, tensión y adrenalina con un protagonismo algo más repartido, pero con la siempre convincente presencia de su actor-fetiche Denzel Washington.

    El film -construido con el habitual virtuosismo para el encuadre o la edición, y con esa estilización visual que es la marca de fábrica de TS- propone otra épica de hombres comunes de la clase trabajadora estadounidense devenidos en héroes al toparse con circunstancias extraordinarias.

    Estos losers golpeados por la vida (tanto el personaje de Denzel Washington como el de Chris Pine están inmersos en sendas crisis familiares) deberán enfrentarse a la burocracia del sistema y de los poderosos (sus arrogantes patrones) y, a partir de su rebeldía, de su valentía y de su capacidad para la improvisación y para apartarse de la ortodoxia, lograr su reivindicación, su redención.

    Imparable es un relato clásico, con un guión “de manual” y hasta si se quiere “menor” en términos de previsibilidad, pero indudablemente efectivo. Más allá de ciertos lugares comunes y de los insoportables “chivos” a la cadena de noticias Fox (“hermana” de la productora del film), tiene todos los atributos para convertirse en uno de esos entretenimientos tan dignos como finalmente reivindicables.
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  • Somewhere - En un lugar del corazón
    Perdidos en Los Angeles

    Ganadora del León de Oro de la Mostra de Venecia 2010 y elegida como apertura del Festival de Mar del Plata, esta nueva película de la talentosa directora de Las vírgenes suicidas, María Antonieta, la reina adolescente y Perdidos en Tokio describe con una apuesta tragicómica las desventuras de un excéntrico galán de Hollywood y la relación con su hija preadolescente.

    Aclaro que me gustaron mucho las tres películas previas de Sofia Coppola y que disfruté bastante de la visión de este cuarto largometraje suyo, pero al mismo tiempo me pareció un film algo calculado, un poco impostado, demasiado cool, al que se le notan bastante las "costuras" y que repite un poco la fórmula de Perdidos en Tokio (es una suerte de Perdidos en Los Angeles).

    Es cierto que, para los estándares actuales del cine comercial norteamericano, Somewhere, en un rincón del corazón es una película árida, audaz, casi experimental (los atisbos de humor más convencionales son inmediatamente cortados con pasajes de una sequedad brutal y tiene un tono casi minimalista), pero Sofia se ha creido demasiado el lugar de directora indie-fashion y, en esta mirada algo sobradora sobre las miserias, banalidades, absurdos y vacío del star-system de Hollywood, por momentos (véase la escena de la conferencia de prensa) se va al otro extremo y resulta algo patética.

    De todas formas, esta incursión en la intimidad de una estrella de cine llamada Johnny Marco (Stephen Dorff) y la relación con su hija de 11 años a la que casi no ve y menos entiende (notable aporte de Elle Fanning) tiene pequeños-grandes momentos, una puesta en escena llena de ideas, recursos narrativos muy creativos y observaciones entre graciosas y punzantes.

    Si en Perdidos en Tokio apelaba a un hotel nipón hipermoderno como locación principal, aquí la hija del gran Francis Ford concentra buena parte de la acción en el legendario Chateau Marmont de Los Angeles. Allí, Johnny -con su brazo enyesado, las exigencias del estrellato y las carencias afectivas que lo aquejan- intentará conectar con Cleo, en medio del desenfreno sexual, de la superficialidad y de la fugacidad de su vida.

    Un film lleno de ingenio y de talento, es cierto, pero no del todo convincente. Por lo menos, no lo suficiente como para hacerse merecedor a uno de los reconocimientos más importantes del cine mundial como el León de Oro de Venecia. Igual, vale la pena acercarse al íntimo, desafiante y en varios pasajes cautivante universo cinematográfico de Sofia.
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  • Buen día, día
    Buen día, día
    Otros Cines
    Este documental codirigido por el debutante Sergio "Cucho" Constantino y Eduardo Pinto (Palermo Hollywood, Caño dorado) reconstruye la historia de Miguel Abuelo, el admirado e influyente líder de Los Abuelos de la Nada. El film -que contó con el aval de los herederos del genial cantante y poeta, quienes cedieron los derechos y aportaron muchos de los materiales más ricos- reconstruye su corta existencia (42 años) y ofrece un gran despliegue de materiales inéditos o pocas veces visto, así como ricos y emotivos testimonios de quienes estuvieron muy cerca del artista, como Andrés Calamaro, Cachorro López, Gustavo Bazterrica, Kubero Díaz, Daniel Melingo, Alfredo Rosso, Pipo Lernoud o su admirador confeso Luis Alberto Spinetta.

    El relato está construido alrededor de la búsqueda del "fantasma" de su padre que hace Gato Azul Peralta -único hijo de Miguel Abuelo- y apela (abusa) de efectos visuales y de montaje que ofrecen un patchwork visual que no agrega demasiado, además de soslayar casi por completo las facetas más oscuras y sórdidas de la vida del cantante, que murió de SIDA en marzo de 1988. Así, más allá de los logros apuntados, se convierte en un tributo/glorificación de un artista ya de por sí mitificado por su temprana muerte, en pleno éxito de esta banda que fue vital en la explosión del pop y el rock de los años '80.
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  • Los santos sucios
    El director de Caja negra y Monobloc construye una fábula post-apocalíptica con un impresionante despliegue de efectos visuales (CGI) para una experiencia cautivante desde lo formal a la hora de diseñar un mundo en ruinas, pero fallida desde su construcción dramática (no hay tensión, suspenso y todo se resuelve a puro tiempos muertos y luego –literalmente- a los gritos). De todas maneras, más allá de sus desniveles actorales (el elenco inlcuye a Alejandro Urdapilleta, a Emir Seguel, a Martina Juncadella y al propio director) y hasta de sus desatinos (ciertos diálogos altisonantes e inverosímiles), se trata de un proyecto épico, casi heroico para el cine indie argentino y con indudable destino de culto.
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  • Más allá de la vida
    Al maestro, con cariño: ¿En serio la filmó Clint?

    Al salir de la proyección de Más allá de la vida, a principios de diciembre, en el microcine de Warner Bros. nos miramos con los otros asistentes (en su mayoría, críticos de la revista El Amante) y no lo podíamos creer "¿En serio la filmó Eastwood?", era la frase más repetida.

    Seamos claros: Más allá de la vida no es una mala película, pero es una muy mala película para un director (un maestro, un emblema, un mito viviente del mejor cine norteamericano) como el viejo Clint. Si la hubiese dirigido M. Night Shyamalan (sería algo así como un remedo de Sexto sentido) o Alejandro González Iñárritu (en sintonía con su cine "trascendente"), estaríamos hablando de un film más, mediocre y efímero. Pero viniendo de las manos del creador de Los imperdonables, Cazador blanco, corazón negro, Bird, Los puentes de Madison, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Río místico, Million Dollar Baby y Gran Torino uno no puede conformarse con un producto tan menor, tan obvio, tan impersonal.

    Es como si el "toque Eastwood" se hubiese perdido aquí por completo, como si fuese una película del guionista Peter Morgan (La Reina, Frost/Nixon) o en todo caso del productor Steven Spielberg (aunque SS nunca cayó tan bajo). De hecho, la película arranca con una (muy buena) escena a puro CGI que bien podría pertenecer a un film spielbergiano con un tsunami que arrasa un paradisíaco enclave turístico en Maui, Hawaii. De esa catástrofe se salva de manera milagrosa una reconocida conductora de TV y escritora francesa (Cécile de France). Esta mujer -cuya vida cambia para siempre luego de esa experiencia extrema- se irá conectando con el correr del film con otros dos personajes: un norteamericano (Matt Damon) con un poder infrecuente para conectarse con los muertos, pero que reniega de sus dotes como psíquico; y un niño inglés con una madre adicta que sufre la muerte de su hermano mellizo.

    Ni buen thriller psicológico, ni buen melodra, Más allá de la vida es una historia coral del montón, sin logros destacables y con algunos aspectos (la forma absolutamente "grasa" de filmar Londres, París o San Francisco, las obvias referencias a Dickens o el espantoso uso de la música compuesta por el propio Eastwood) que desmerecen por completo los inmensos pergaminos de este verdadero maestro del cine.

    Lo dicho: no estamos ante una película que indigne, pero para quienes amamos el cine del gran Clint resulta una enorme, profunda decepción.
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  • Enredados
    Enredados
    Otros Cines
    Un clasicismo cada vez más moderno

    Con cada nueva película de Pixar uno espera que esos geniales artistas "reiventen" (nada menos) el universo de la animación y con cada nuevo film "puro" de Disney uno espera que -sin descuidar el espíritu clásico que los identifica y con el que crecieron ya varias generaciones (este el largometraje de "dibujitos" Nº 50 dela factoría)- se adecuen a los nuevos tiempos.

    En ese sentido, si bien está lejos de "reiventar" la animación como un Toy Story o un WALL-E, Enredados combina muy bien "la mirada Disney de las cosas" con todas las posibilidades visuales actuales (aunque aquí los efectos 3D no agregan demasiado) y con ese "toque Pixar" que se percibe cada vez más desde que John Lasseter está al frente de toda la división animada de la compañía. Así, con sus méritos (muchos) y sus lugares comunes (no tantos), esta versión libre del cuento de hadas sobre Rapunzel creado por los hermanos Grimm luce ágil y moderna.

    Los directores Byron Howard (Bolt, un perro fuera de serie) y Nathan Greno manejan con gran solvencia los distintos elementos de la comedia romántica, el musical a-la-Allan Menken y el relato de aventuras a-la-Robin Hood con un personaje femenino muy fuerte (Rapunzel), un simpático antihéroe (el ladronzuelo Flynn Rider) y una malvada de fuste (la madrastra psicópata).

    Hay verdaderas proezas (la animación de la rubia cabellera de 21 metros de la protagonista) y momentos de gran belleza (los miles de globos aerostáticos de papel volando encendidos hacia el cielo). Así, con el agregado de un buen uso del humor (no exento de irónía y espíritu autoparódico), Enredados resulta un más que digno y recomendable entretenimiento familiar.
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  • Los bastardos
    Los bastardos
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    Estado de shock

    Amat Escalante -discípulo de Carlos Reygadas- ya había llamado la atención en el Festival de Cannes 2005 con su polémica Sangre y volvió a impactar tres años más tarde en la sección Un Certain Régard de esa misma muestra con la cruda y muy controvertida Los bastardos,

    Este film, que tiene varios puntos de contacto con Funny Games, de Michael Haneke, narra 24 horas en la vida de Fausto y Jesús (los actores no profesionales Rubén Sosa y Jesús Moisés Rodríguez), dos inmigrantes ilegales mexicanos que se ganan a duras penas la vida con trabajos ocasionales: se ubican todos los días junto a varios compatriotas en una esquina de Los Angeles y por allí pasan estadounidenses a recogerlos para diversas changas (y hasta algún avance sexual) por escasos 8 o 10 dólares la hora.

    Pero Fausto y Jesús ese día deciden llevar una escopeta en el bolso y su objetivo será irrumpir en una casa y ganarse el dinero de la jornada de otra forma. Así, ingresan en la vivienda de una madre que vive junto a su hijo adolescente. Ella fuma crack y el chico está casi ausente, alienado con la música electrónica. El muchacho parte justo antes de que los dos mexicanos lleguen. Así, Fausto y Jesús se encontrarán sólo con la mujer cuarentona. Comerán algo de fast-food, fumarán con ella, se meterán en la piscina, habrá algún encuentro sexual y, luego, llegará un desenlace narrado de la manera más brutal e inesperada, de esos que dejan al espectador en estado de shock.

    Escalante, de apenas 29 años cuando rodo el film, vuelve a demostrar su innegable talento para el encuadre, para largos planos fijos o para sofisticados planos-secuencia. Es, también, un gran director de no-actores y un incisivo observador. Y, por supuesto, no pierde su oportunidad para incomodar, perturbar, escandalizar al público con una película sólida y audaz, al que algunos condenarán por su violencia gratuita. Una mirada para nada complaciente sobre el tema de la inmigración ilegal, las diferencias de clase y la irracionalidad de la violencia. Otro interesante aporte del nuevo cine mexicano.
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  • Las crónicas de Narnia - La travesía del viajero del alba
    La travesía del Viajero del Alba

    La tercera entrega de Las crónicas de Narnia tiene varios hallazgos y escenas para el asombro

    En esta tercera entrega de la saga basada en los libros de aventuras escritos por C. S. Lewis (ahora con la 20th. Century Fox al mando, en reemplazo de Walt Disney), ese más que digno artesano que es Michael Apted intenta enderezar el rumbo artístico de la franquicia. Con un par de hallazgos narrativos y visuales, y la inclusión de un atractivo nuevo personaje protagónico, le alcanza al veterano director británico para levantar algo la puntería respecto de El príncipe Caspian , el apenas discreto capítulo anterior.

    Ya sin la presencia de sus hermanos mayores Peter y Susan -radicados en los Estados Unidos-, los pequeños Lucy y Edmund Pevensie (Georgie Henley y Skandar Keynes) regresan, ahora acompañados por su primo Eustace, desde una Inglaterra en plena Segunda Guerra Mundial hasta Narnia, más precisamente, al barco El Viajero del Alba del título, que capitanea su amigo Caspian (Ben Barnes). Allí se inicia una travesía no exenta de contratiempos, que tendrá su clímax en una isla siniestra en la que deberán enfrentarse a un gigantesco monstruo al servicio de la malvada Bruja Blanca (una Tilda Swinton con mínima participación).

    El film -que por momentos remite a ciertos elementos de la mucho más delirante saga de Piratas del Caribe - encuentra en una mascota llamada Reepicheep (la voz del gran Simon Pegg en la versión original) y especialmente en los arrebatos de Eustace sus momentos más cómicos. La incorporación de este personaje, muy bien interpretado por Will Poulter (visto en la lograda El hijo de Rambow ), le otorga una más que necesaria dosis de agresividad, desparpajo e imprevisibilidad a la saga.

    Este tercer episodio asegura un puñado de escenas espectaculares (como el enfrentamiento entre el apuntado monstruo y un dragón pilotado por Eustace) y un look muy cuidado a cargo del director de fotografía Dante Spinotti. En esta ocasión, la conversión a 3D no agrega demasiado a un film correcto y atendible, pero que al mismo tiempo no se destaca particularmente dentro de la cada vez más fecunda producción de películas de aventuras hollywoodenses.
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  • Videocracy
    Videocracy
    Otros Cines
    Sin tetas no hay Paraíso

    Radicado en Suecia (y financiado en su mayor parte por los países escandinavos), el italiano Erik Gandini propone en Videocracy una interesante e inquietante tesis sobre el "imperio" berlusconiano y su impacto sobre una sociedad italiana completamente banalizada y sometida a sus dictados: Il Cavaliere maneja -además del poder político y económico, claro- el 90 por ciento de la televisión y la gente se informa en un 90 por ciento a partir de esa TV. Ergo, su machismo, su misoginia, su exaltación del éxito rápido, sin esfuerzos ni escrúpulos y a cualquier precio, su reivindicación de la chantada, su culto a la belleza, al poder y al dinero o su desprecio por la Justicia han hecho carne en un pueblo encandilado por las luminarias, por el glamour y, sobre todo, por las curvas femeninas.

    No es la primera vez que el cine italiano se ocupa de las miserias del fenómeno Berlusconi (lo hicieron desde Nanni Moretti hasta el documental Draquila), pero Gandini expone con imágenes de los propios realities de los canales berlusconianos, sumergiéndose en la intimidad de los patéticos personajes que pululan por su entorno y reconstruyendo las "máximas" del modelo y de su líder el estado de las cosas (aterrador) en la península.

    Por suerte, el director (también narrador) no apela a la bajada de línea discursiva, indignada, de tantos colegas. Las imágenes de archivo y los testimonios que consiguió son tan contundentes que hablan por sí solos. Es probable que algunos -los ya expertos en Berlusconi- sientan que Videocracy propone "más de lo mismo", pero para mí se trata de un más que digno ensayo (sin grandes excesos) sobre un líder, un tiempo y un lugar que indignan y que sirve también como espejo para mirarnos, porque nosotros también elegimos (y reelegimos) a un político riojano bastante parecido a Berlusconi.
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  • El ilusionista
    El ilusionista
    Otros Cines
    La auténtica magia del cine

    El director de esa gran película llamada ;Las trillizas de Belleville invirtió más de cuatro años de trabajo y 12 millones de euros para concretar este guión original (hasta ese entonces inédito) escrito en 1956 por Jacques Tati, el genial creador de Playtime, Mi tío y Trafic.

    La película tiene como protagonista al propio Tati (en una versión animada, claro), como un decadente mago que, luego de varios fracasos en París, sale de gira por distintas ciudades y pueblos del Reino Unido hasta que conoce a una inocente joven escocesa que pasa a acompañarlo en el tour y a convertirse en una suerte de hija sustituta (de hecho, Tati concibió esta historia como un regalo y "pedido de perdón" para una hija adolescente a la que apenas conoció) quien cree que el protagonista tiene poderes sobrenaturales para conseguirle vestidos, zapatos y todo lo que ella sueña. Y él, por supuesto, hará todo lo posible para no desilusionarla a pesar de las crecientes dificultades que acarrea.

    Película de viaje, perdedores y enredos que transcurre en pubs, hoteles y teatros de mala muerte, oda profundamente lírica, sensible y melancólica hacia un mundo perdido y un tiempo que pasó, El ilusionista es un film bello, pero sin demagogia alguna. Esa falta de "gratificaciones" instantáneas lo hace, es cierto, por momentos un poco frío y algo arduo, pero al mismo tiempo le otorga una nobleza y una solidez artística infrecuentes.;

    Concebida con la técnicas artesanales de animación en 2D y la inclusión de algunos elementos en 3D, El ilusionista es una tragicomedia (llena de gags pero también de una profunda nostalgia) que no sólo remite al universo de Tati (el artista favorito de Chomet) sino también al humor físico de un Charles Chaplin o un Buster Keaton. Es decir, a la altura de los verdaderamente grandes.
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  • Personalidad múltiple
    ¿Debo irme o debo quedarme?

    Remake norteamericana de un thriller psicológico coreano (Jungdok/Addicted, de Young-hoon Park), rodado por dos realizadores suecos como Joel Bergvall y Simon Sanquist (reconocidos cortometrajistas y directores de Invisible), Personalidad múltiple es un film digno y menor, que trabaja sobre una premisa no demasiado sorprendente (un triángulo amoroso entre dos hermanos opuestos entre sí y una abogada), pero que en líneas generales logra sostener con cierta nobleza la tensión, el suspenso y la intriga sin caer en demasiados efectismos ni golpes bajos.

    La cosa es así: Jess (Sarah Michelle "Buffy, la cazavampiros" Gellar) está felizmente casada con Ryan (Michael Landes), algo así como el marido perfecto. Pero la intimidad hogareña es permanentemente invadida por Roman (Lee Pace), hermano de él, un ex presidiario violento y psicópata. En una noche de lluvia, ambos hermanos sufren un accidente en un puente y quedan en coma. Un irreconocible Roman se recuperara y empieza a seducir a la atribulada Jess, comportándose (casi) como si fuese su hermano Ryan ¿Ha cambiado realmente? ¿Es todo un engaño? Por esos carriles transita Personalidad múltiple, un film con algunos pasajes potentes, ciertos climas logrados y poco más. Una película que no pasará a la historia, pero que, en definitiva, "se deja ver".
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  • Tron: El legado
    Tron: El legado
    La Nación
    Propuesta artística para un éxito masivo

    En 1982 se estrenó un film de Steven Lisberger, con Jeff Bridges, sobre un hacker que ingresaba en un mundo paralelo en el que era obligado a participar en juegos de combates entre gladiadores. Aquella película tuvo un discreto paso por los cines, pero casi tres décadas más tarde fue retomada por el estudio Disney para una nueva producción (con algo de remake y otro tanto de secuela) concebida a una escala mucho mayor y aprovechando todo el potencial que la tecnología le aporta hoy al cine en términos visuales.

    Tron: El legado arranca en 1989 con una sencilla narración que describe la relación entre Kevin Flynn (Jeff Bridges), un visionario creador de videojuegos, y su hijo Sam, que lo admira con devoción. Sin embargo, el padre -además, un influyente empresario- desaparece de forma misteriosa y sin dejar rastros, mientras su corporación queda en manos de inescrupulosos ejecutivos que intentan maximizar la rentabilidad sin ningún prurito. La trama salta un par de décadas y ahora es Sam (Garrett Hedlund), convertido en un hacker rebelde de 27 años, quien boicotea a la propia empresa familiar e intenta desentrañar el misterio de su progenitor. A los 25 minutos de relato logra introducirse en una realidad virtual y, así, la película cambia por completo de tono, de ritmo y de rumbo para convertirse en un sofisticado patchwork estético con un gran despliegue de imágenes generadas por computadora y reflexiones más o menos lúcidas sobre utopías digitales, espacios paralelos y nuevas sociedades.

    La narración, por momentos, decae un poco cuando apela a ciertos parlamentos solemnes y ampulosos, y -tanto en términos narrativos como visuales- tiene situaciones y elementos ya vistos en films como Miniespías , Blade Runner , Star Wars y, sobre todo, Meteoro (la versión para cine de los hermanos Wachowski).

    Sin embargo, a pesar de ciertos convencionalismos y superficialidades en el tratamiento de la relación padre-hijo, el film termina imponiéndose por sus logradas escenas de lucha cuerpo a cuerpo (con coreografías propias de las artes marciales) o a bordo de motocicletas que se asemejan a las batallas de los caballeros de la Edad Media.

    Si a eso le sumamos el digno trabajo del trío protagónico (a Bridges y Hedlund se le suma la fotogénica Olivia Wilde) y la imponente música electrónica concebida especialmente para el film por el dúo francés Daft Punk, Tron: El legado termina siendo una más que digna propuesta artística con seguro destino de éxito masivo.
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  • Berlin Calling
    Berlin Calling
    Otros Cines
    Suban el volumen

    Música y locura. Esos son los dos grandes temas que el alemán Hannes Stöhr aborda en Berlin Calling, una verdadera rareza que desembarca -en copias en fílmico- en 7 salas porteñas. El director de One Day in Europe (film en el que realizaba un procedimiento similar al ubicar al fútbol como tema central, pero con el fin de explorar sus connotaciones sociales en diversos países) se unió aquí a un famoso DJ como Paul Kalkbrenner para construir alrededor suyo una historia de ficción que le permite exponer las miserias, excesos, riesgos y pasiones de la escena electrónica berlinesa y dejar en claro también por qué es la más importante del mundo en la materia.

    Kalkbrenner interpreta a Martin Karow -más conocido como DJ Ickarus- al que vemos tocando su música en diversos festivales europeos. Casi sin descanso, con la presión de terminar un nuevo disco, y apelando a todo tipo de drogas sintéticas, Martin termina sufriendo una sobredosis e internado en una clínica de rehabilitación. Su novia y manager Mathilde (Rita Lengyel) lo deja por una morocha (no olvidarse que Berlín posee una amplísima cultura gay), su discográfica levanta el lanzamiento del álbum y la doctora Petra Paul (Corinna Harfouch) se opone a darle el alta. Los shows se cancelan, sus deudas crecen tanto como su angustia, los dealers están siempre listos para proveerle cocaína o pastillas de diseño, y sólo le queda el respiro de seguir creando música en su laptop y con sus samplers dentro de su habitación como forma de combatir su psicosis.

    Me gusta la escena tecno y, por lo tanto, me interesaron mucho las imágenes documentales de los shows de Kalkbrenner en Berlín o Amsterdam. Por momentos, pensé que el film iba a caer en la onda alucinatoria a-la-Trainspotting (hay algunos excesos y varias situaciones evitables), pero por suerte la historia de este pelado con un look a-lo-Michael Stipe y siempre vestido con camisetas de fútbol (la peor parte del relato es cuando usa la de la selección argentina) se sostiene con bastante dignidad -y hasta con un buen sentido del humor- sin caer en esos regodeos miserabilistas ni en esos patetismos varios propios de las películas “de rock” con tanto “reviente” y personajes “colgados”. Así, sin ser una película particularmente innovadora ni audaz, Berlin Calling consigue insertar una historia íntima en el marco de un universo multitudinario, muchas veces sórdido, pero siempre fascinante como el de la música electrónica. Suban el volumen.
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  • El inmortal
    El inmortal
    Otros Cines
    La venganza será terrible

    Ligada a la larga y rica tradición del noir, y en sintonía con el resurgimiento del polar de la mano de Olivier Marchal (El muelle y MR. 73), el prolífico actor y ocasional director Richard Berry reunió a un verdadero seleccionado del cine francés para una ambiciosa producción (17 millones de euros de presupuesto) con los enfrentamientos en el seno de la mafia marsellesa como tema principal.

    Inspirado en el caso real de Jacky Le Mat Imbert, el zar de los gangsters del sur de Francia, el film tiene como protagonista a Charly Mattei (Jean Reno), un veterano padrino que a los 57 años intenta retirarse del submundo, pero es acribillado con 22 balazos en un garage. Para sorpresa de todos, sobrevive al ataque y se ve forzado a tomarse revancha de sus contrincantes.

    Lo que sigue es el típico derrotero venganza ojo por ojo-perdón-redención con todo tipo de asesinatos a sangre fría, persecuciones automovilísticas, violencia brutal (torturas y sadismo) trabajado con una narración bastante clásica, aunque por momentos hay flashbacks o explosiones modernosas a-lo-Guy Ritchie.

    Con referencias casi obvias a El Padrino y Buenos muchachos (y algo del cine de Takeshi Kitano), con una música omnipresente y ampulosa que incluye mucha ópera, El inmortal es un thriller "de manual" sostenido por Reno y los otros astros convocados (Kad Merad, Jean Pierre Daroussin, Marina Fois). Más allá de sus excesos y lugares comunes, se trata de una propuesta bastante sólida y con unos cuantos atractivos.
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  • El perseguidor
    El perseguidor
    La Nación
    Mentiras, trampas y más de un secreto escondido

    La ópera prima de Cruz augura un interesante porvenir

    ¿Por qué Gustavo (Alejo Mango), un prestigioso neurocirujano, y Lola (Marita Ballesteros), una reconocida arquitecta, que sostienen un previsible matrimonio desde hace más de 30 años, aparecen en la primera escena con sus ropas y cuerpos ensangrentados y arrastrando un cadáver por una zona selvática del delta del Paraná? Ese es el principal (no el único) enigma que Víctor Cruz -reconocido productor del medio local que debuta en el largometraje de ficción- irá resolviendo a partir de la deconstrucción de la historia apelando a una fragmentada, tensa y vertiginosa narración.

    Con mucha cámara en mano, cambiando a cada rato el punto de vista (en mitad del relato aparece un "extraño", el perseguidor del título, que filma a los dos protagonistas con un dispositivo casero de video), y con una estructura que va y viene en el tiempo, Cruz descorre el velo para demostrar que las apariencias engañan y para sumergir al espectador en un mar de pequeñas (y no tan pequeñas) mentiras y trampas de estos abuelos que en verdad esconden más de un secreto.

    Las referencias al cine de Michael Haneke (perversiones varias, el miedo burgués a ser espiado e invadido en su intimidad, el voyeurismo y otros temas trabajados en Caché/Escondido , Funny Games y otros títulos del realizador austríaco-alemán) son inevitables, pero El perseguidor es bastante más que un sucedáneo o un mero ejercicio de estilo. Aquí hay un guionista inteligente (la historia fue escrita a cuatro manos con su pareja, la también realizadora Sandra Gugliotta), un sólido director de actores (resultan convincentes los trabajos de Mango y Ballesteros) y un dúctil narrador. Es decir, un gran cineasta en potencia. Veremos qué le depara el futuro, pero El perseguidor es una más que auspiciosa carta de presentación.
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  • Surveillance
    Surveillance
    La Nación
    El placer por los extremos

    Una road movie desquiciada de Jennifer Lynch, que se acerca al gore y al trash

    Luego del fracaso artístico y comercial de Boxing Helena , Jennifer Chambers Lynch se tomó 15 años para rodar su segundo largometraje, Surveillance . Con el mismo espíritu provocador y redoblando la apuesta por los extremos (hay aquí todo tipo de excesos y, además, en grandes cantidades), la hija del venerado David Lynch construye una película más tensa y poderosa que su ópera prima, pero en muchos pasajes cae en la explotación gratuita y caprichosa de las peores miserias de sus criaturas.

    En Surveillance no hay personajes capaces de generar en el espectador un mínimo de empatía o identificación. Todos (policías y asesinos seriales, turistas y drogadictos) son seres dominados por sus traumas y despiadados para con sus semejantes. El único, mínimo rasgo de humanidad está puesto en una hermosa niña rubia que parece comprender las cosas mucho mejor que los adultos, pero que también presenta unos cuantos rasgos "monstruosos".

    Con elementos, locaciones y personajes que remiten al cine de los hermanos Coen y, claro, al de su padre (aquí coproductor), Jennifer Lynch ofrece una road movie desquiciada, con un amor obsesivo (entre Bill Pullman y Julia Ormond) como eje, pero también con baños de sangre, torturas, perversiones sexuales y todo tipo de bajezas humanas.

    Lo hace, es cierto, con algún talento para la puesta en escena y no poca capacidad para la narración. El problema es que, más allá de la fuerza o creatividad que pueda haber en sus imágenes, el contenido -por momentos muy cerca de los extremos del trash y del gore- resulta una mera apuesta por el escándalo sin demasiado sustento ni justificación. Así, esta acumulación de crueldades y de cadáveres deriva -paradójicamente- en un film bastante hueco y artificial.
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  • Historias Breves VI
    Una Rosa y muchas espinas

    Se ven y se escuchan bien. Tienen una bella fotografía, una edición cuidada y un diseño de producción irreprochable. Son correctos y "profesionales", pero... ¿Es suficiente, a esta altura, del cine argentino conformarse con esos "logros"? Ya son 6 las ediciones de Historias Breves. Gracias a ellas, hemos podido descubrir a Lucrecia Martel y a Daniel Burman, a Adrián Caetano y a Sandra Gugliotta, a Santiago Loza y a Bruno Stagnaro, a Jorge Gaggero y a Ulises Rosell, a Hernán Belón y a Lautaro Núñez de Arco, entre muchos otros. A 15 años de la primera entrega -pilar fundamental del NCA-, es demasiado poco y en cierto sentido algo frustrante que todo resulte prolijo y académico.

    Películas sin grandes riesgos, sin experimentación, sin "locura", sin audacia. Films temerosos, atildados, previsibles. Eso es lo que entrega -con un par de honrosas excepciones- esta sexta versión del concurso organizado con las mejores intenciones por el INCAA con el fin de promover a cortometrajistas y ponerlos en la consideración general.

    Sería injusto para estos nueve directores la comparación con aquel "dream team" de 1995, pero siempre hay que esperar de una selección de cortos premiados con buen dinero algunos trabajos que provoquen, que inquieten, que generen debate, que se expongan (aunque sea al ridículo). Casi nada de eso ocurre este año.

    La única gran película es, sin dudas, Rosa, debut en la dirección de la reconocida actriz Mónica Lairana que se sumerge con ductilidad, sensibilidad y convicción en las vivencias de una mujer madura y solitaria (Norma Argentina) en la intimidad de su hogar. La apuesta tenía todo para caer en la vulgaridad, en el grotesco o en el lugar común. Resulta, en cambio, una experiencia fascinante, que alcanza una química entre narradora y protagonista muy infrecuente en este tipo de trabajos primerizos.

    El otro film destacable es Arbol, nuevo exponente de esa "escuela cordobesa" que tanto está dando que hablar en los últimos meses. Lucas Schiaroli prescinde por completo de los diálogos (se sostiene en la expresividad de sus imágenes, en la austeridad de su puesta minimalista y en el trabajo con el sonido) para describir los dilemas de un padre que debe mantener el fuego prendido para calentar y alimentar a su familia en medio de un invierno desolador y una geografía inhóspita.

    Hay otros cortos que no desentonan (Cinco velitas, corto de Paula Romero Levit y Michelina Oviedo con Rita Cortese, Alejandra Darín, Catarina Spinetta y Nahuel Mutti sobre una madre que deja a su hijo en una fiesta de cumpleaños para ir a un casting y durante la animación la abuela del homenajeado se da cuenta de que el chico es un "intruso" que no pertenece a la misma sala del jardín; Coral, de Ignacio Chaneton; o Los teleféricos, de Federico Actis), un par apenas solventes (Alicia, de Tamara Viñes; El sueño sueco, de Gustavo Riet); y algunos que lucen forzados, exagerados, artificiosos y obvios (La araña, de Sihuen Vizcaíno; La última, de Cristian Cartier).

    De todas maneras, aunque podía esperarse más del conjunto, sirve seguir estimulando a nuevos directores y técnicos para que trabajen en condiciones dignas de verdaderos profesionales y luego alcancen un estreno comercial. Es la mejor manera de iniciar una carrera en el siempre complejo, intrincado universo del cine nacional
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  • Wendy & Lucy
    Wendy & Lucy
    Otros Cines
    Busco mi destino

    Una de las grandes revelaciones del BAFICI 2007 fue Old Joy, película de Kelly Reichardt sobre el reencuentro entre dos viejos amigos que parten de viaje. Era una película climática, minimalista y, sobre todo, fascinante y encantadora.

    Más o menos lo mismo puede decirse de Wendy & Lucy, una producción austera sin los clisés y lugares comunes que han transformado al cine indie norteamericano casi en un género (previsible) en sí mismo.

    Wendy (esa inmensa actriz sin techo a la vista llamada Michelle Williams) es una chica que viaja desde Arizona hasta Alaska para ganar buen dinero en la industria pesquera y escapar de su familia. Lo hace en un auto destartalado que pronto dejará de funcionar, con unos pocos dólares que se le van evaporando y con la única compañía de su adorada perra Lucy, que para colmo de males queda en manos de extraños cuando ella es detenida por robar un par de latas en un supermercado.

    Wendy & Lucy no apela al patetismo, no se ríe de la gente de pueblo, no apela al humor irónico, no tiene un milímetro de cinismo y no deja de querer nunca a sus personajes. Además, está filmada sin regodeos ni excesos, y su narración transmite libertad, belleza y un dejo de melancolía.

    Esta talentosa directora vino al BAFICI 2009 para una retrospectiva integral y un libro dedicado a su obra. Allí pudimos descubrir otros interesantes trabajos suyos, como River of Grass (1995), Ode (1999) o sus cortos Then a Year (2001) y Travis (2004). Mientras esperamos que el festival porteño nos regale la oportunidad de apreciar su western revisionista (y feminista) Meek's Cutoff, estrenado en la competencia oficial de la última Mostra de Venecia y otra vez con Michelle Williams en el elenco, bienvenido sea este lanzamiento en el circuito alternativo de una pequeña gema rebosante de sensibilidad como Wendy & Lucy.
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  • Viaje sentimental
    De lo banal a lo profundo

    No pude ver Viaje sentimental durante el último BAFICI, pero la poca gente la "enganchó" (tuvo muy pocas pasadas y escasa difusión) me la había recomendado. Ocho meses más tarde, este nuevo trabajo de la directora de Vagón fumador y Agua llega al MALBA en "compañía" de Apuntes para una biografía imaginaria, ensayo también personal de Edgardo Cozarinsky (ver aquí). Imposible pensar en un mejor doble programa. Quienes vayan al MALBA este domingo 5/12 podrán disfrutar además de una charla entre ambos directores (que a pesar de las diferencias generacionales, estéticas y formativas tienen más de un punto en común, además de profesarse admiración mutua) a realizarse a las 18.15, una vez que haya terminado Viaje sentimental y antes de que comience Apuntes...

    El viaje sentimental de Chen arranca en una habitación de hotel (como tantas) en Rotterdam. Lo que sigue es una sucesión de fotos (y luego de imágenes en movimiento) y de frases (en forma de subtítulos) de la directora en la que va exponiendo sus viviencias, sus recuerdos, sus miedos, sus contradicciones y las más diveersas elucubraciones.

    Si al principio la cosa parece bastante banal, con el correr del relato la cosa se va poniendo cada vez más íntima, jugada y emotiva, especialmente cuando las experiencias no sólo se remiten al típico diario de viaje o a las anécdotas con amigos de todo el mundo sino que se sumergen también en su propia y conflictiva historia familiar.

    Entre el cine "hotelero" de Sofia Coppola y la home-movie a-la-Tarnation, Chen construye con un puñado de fotos, imágenes caseras, frases y canciones (excelente la selección musical con temas de Washington, Maria Solheim, Electrocutango, Minor Majority y The Margarets) una película artesanal (con una producción casi limitada a una camarita y a una computadora personales) pero no por eso menos arriesgada, profunda, bella y sentida. Un film que no tiene (ni pretende tener) nada demasiado excepcional, pero que reulta auténticamente personal en su trabajo sobre la memoria y decididamente modélico dentro de ese cine independiente del "hágalo usted mismo".
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  • La reunión del diablo
    Claustrofobia y terror, con el sello Shyamalan

    Cinco desconocidos quedan atrapados en un ascensor, en manos de una fuerza demoníaca

    A partir de una idea "original" del aquí también productor M. Night Shyamalan, La reunión del diablo combina la tensión del thriller (cinco extraños encerrados en un ascensor que queda atascado en un rascacielos de Filadelfia), elementos propios del terror religioso (la presencia de una fuerza demoníaca que los va atacando) y el melodrama familiar, a partir de los traumas íntimos del policía que supervisa la investigación del caso.

    Por más que la presencia de Shyamalan (el mismo de Sexto sentido y El protegido ) en los créditos pueda sugerirle al espectador una vuelta de tuerca "autoral" y, por lo tanto, una mayor profundidad en el tratamiento de ciertos temas, la veta espiritual del relato es previsible, superficial y trabajada con bastante torpeza por John Erick Dowdle, un director que parece obsesionado por la claustrofobia, ya que venía de rodar Cuarentena , remake hollywoodense del film español [REC].

    Por lo tanto, si la "cáscara" (léase la culpa y la redención) que recubre al film no luce demasiado, lo que queda es un núcleo (cinco extraños en un par de metros cúbicos) propio del cine de género. En este sentido, la narración tiene sus hallazgos visuales (hay otro gran aporte del talentoso director de fotografía Tak Fujimoto, habitual colaborador de Shyamalan y de Jonathan Demme) y algunos logrados picos de suspenso.

    Sin embargo, esos destellos estéticos y los momentos de genuina tensión no alcanzan a compensar la acumulación de lugares comunes (incluso en la forma en que se resuelven las subtramas interconectadas entre sí) y los muchos personajes secundarios sin relieves ni matices (el nivel actoral es, en general, apenas discreto). Así, con más carencias que hallazgos, La reunión del diablo termina siendo un producto profesional que no irrita, pero que al mismo tiempo resulta decididamente menor.
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  • Megamente
    Megamente
    La Nación
    Llega un nuevo y adorable antihéroe

    Esta nueva producción animada de la factoría DreamWorks apuesta por la utilización cómica de dos aspectos muy de moda en el cine contemporáneo: por un lado, la reivindicación del antihéroe (o, más precisamente, del lado bueno que hay en todo malvado) y la crisis íntima, la carga emocional, el peso simbólico que significa ser un superhéroe.

    En el arranque de Megamente , tenemos a un superhéroe llamado Metro Man, que está en la cúspide de su popularidad (es, literalmente, una estrella con un ego más grande que sus poderes, capaz de convocar y manipular a las masas en las puertas de un museo dedicado a? la veneración de su persona), y a Megamente, un malvado tan ambicioso como frustrado por sus sucesivas derrotas frente a Metro Man. Sin embargo, cuando éste -sorpresivamente- desaparece, el despiadado villano azulado y de cabeza gigante toma el control absoluto de la ciudad. El problema es que, una vez que se apodera de todo y da rienda suelta a sus deseos y caprichos, se da cuenta de que no tiene rival ni, por ende, estímulos. Lo más parecido al vacío existencial.

    Por supuesto, el film, dirigido con buen pulso por Tom McGrath (el mismo de Madagascar ), apela a un objeto del deseo (un personaje femenino de fuerte personalidad encarnado por una periodista televisiva), a un nuevo malvado (un camarógrafo que pasa de la frustración a los excesos) y a un simpático comic-relief como la mascota de Megamente, como para que todos los segmentos de un entretenimiento masivo de consumo familiar estén debidamente cubiertos.

    Megamente tiene unos cuantos elementos ya trabajados (en algunos casos, con mayor inspiración) por propuestas como Los increíbles , Mi villano favorito , Superman o Astroboy (las referencias y guiños son una de las bases de la dinámica de los guiones de la factoría DreamWorks), pero McGrath y su equipo suplen cierto déjà vu con una simpatía desbordante y con un despliegue visual que hace un excelente uso de las posibilidades de la pantalla ancha y de los efectos diseñados para el lucimiento en las pantallas digitales 3D. Así, en este juego de espejos, de contrastes y contracaras, de inversiones de personalidad, Megamente surge como otro villano querible, de esos que se han ganado en buena ley un digno lugar en el imaginario popular.
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  • Maytland
    Maytland
    Otros Cines
    El ocaso del guerrero

    Concebido en un principio como un documental sobre Víctor Maytland, pionero, figura de culto, padrino y máximo referente del cine porno en la Argentina (rodó más de 120 largometrajes), este proyecto fue mutando hasta convertirse en un film de ficción protagonizado por el propio director.

    La idea era tentadora, pero el resultado final de este giro no es del todo logrado y, así, la película termina siendo menos cautivante de lo que "debería" haber sido, teniendo en cuenta las múltiples aristas, y la riqueza de las anécdotas y de las experiencias -entre épicas, bizarras y risueñas- del (anti)héroe en cuestión.

    La "culpa", en este caso, es compartida entre Charras y el propio Maytland, ya que el primero como narrador y el segundo en su improvisada faceta actoral no alcanzan a dotar al relato de la empatía, la credibilidad, la ligereza y la fluidez buscadas y, así, hay varias situaciones que resultan forzadas, artificiales, demasiado "escritas".

    Charras -quien fuera colaborador de Maytland- reconstruye la historia del prolífico realizador a partir de los recuerdos del protagonista y de la búsqueda personal que el propio hijo del cineasta emprende (como cuando trata de encontrar una copia VHS de la primera película de su padre, Las Tortugas Pinjas). Abandonado por su viejo productor, Maytland, ex militante peronista, recibirá el apoyo de su hijo -con el que convive con no pocos roces- para financiar la película que tanto ha soñado: una historia (porno, claro) ambientada en un campo de concentración durante la última dictadura militar con el aporte de una actriz que lo cautivó alguna vez, pero con quien nunca pudo volver a trabajar.

    Maytland es un film sobre las obsesiones de un artista (y un luchador) en el final de su carrera, sobre la relación padre-hijo y sobre el fin de una época (la vieja industria del porno que encumbró a Maytland hoy ha sido sepultada por el download de Internet, la piratería y el consumo online). Es, por lo tanto, una película melancólica, sensible y desgarradora. Pudo ser una gran trabajo de docu-ficción, pero termina siendo sólo un aceptable largometraje, con algunos momentos de gran intensidad e inspiración. Aún así, con sus evidentes desniveles, vale la pena aventurarse en el universo de Maytland (el film) y de Maytland (el ser humano).


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  • La hora de la religión
    ¿Santa madre?

    A casi una década de su controvertido estreno en Italia (recibió un fuerte cuestionamiento de vastos sectores de la Iglesia por su supuesto contenido blasfemo) y su paso por la competencia oficial del Festival de Cannes 2002, llega esta gran película de Marco Bellochio, sin dudas uno de los mejores directores de la historia del cine de ese país. Se trata de un film duro, exigente y muy provocador, cuyo demorado lanzamiento local en DVD ampliado se debe más a un cálculo comercial luego del sorprendente éxito conseguido aquí por Vincere que al genuino interés por distribuiir una propuesta de estas dimensiones y alcances. Sea cual fuere el motivo real, resulta bienvenido su arribo a las salas argentinas para generar lo que podría ser un rico debate intelectual y cinéfilo.

    Habituado desde hace décadas a las polémicas, el creador de El diablo en el cuerpo se centra aquí en los dilemas morales de Ernesto (el gran Sergio Castellitto, ganador del European Film Award por este trabajo), un artista plástico ateo que debe enfrentar una compleja confabulación por parte de su familia, que apuesta su futuro a la casi segura canonización de la madre del protagonista, asesinada por su hermano insano.

    Con un estilo visual y narrativo tan sugerente como extraño (en el que nada es como parece y en el que el director ofrece más indicios que certezas), La hora de la religión resulta muy interesante en la incursión en la torturada mente de Ernesto, por más que algunos elementos y situaciones no se resuelvan en los términos en que el espectador convencional está acostumbrado a que le "cierren" las historias. Así, aun cuando puede resultar algo desconcertante, esta épica familiar / psicológica / espiritual es otro saludable reencuentro con un director único, poderoso e inteligente como Bellocchio.
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  • Amor en tránsito
    Durante la reciente cobertura de la 25ª edición de Mar del Plata escribí una líneas sobre esta película de Lucas Blanco en la que expresaba lo siguiente: "No entiendo por qué esta película está en Competencia Latinoamericana. Es más, no entiendo por qué está en el festival. No sólo no tiene nada novedoso, experimental, arriesgado que proponer sino que tampoco funciona como aplicación de las fórmulas más elementales de la comedia romántica coral". Más insólito e inexplicable resultó que, pocos días más tarde, este film compartió nada menos que el premio de esa sección con la peruana Octubre, una propuesta que se ubica en las antípodas estéticas, narrativas y temáticas.

    Vista en el contexto del festival, Amor en tránsito me generó una reacción quizás excesivamente dura, al borde de la crispación (de hecho, ahora, ya más tranquilo, decidí subirle un punto, de 3 a 4, su calificación para esta crítica), pero sigo sosteniendo lo mismo que cuando la ví, con público (que aplaudió al final), en una función matinal en el complejo Cinema de Mar del Plata.

    Escribí entonces: "Cuatro personajes, (des)encuentros, cruces, contradicciones, enredos... y poco más. La narración es chata y no fluye, las situaciones (que tienen que ver también con el tema del exilio) y los parlamentos son elementales, el guión es de manual, las actuaciones son muy flojas (con la excepción de la expresiva Verónica Pelaccini), los cuatro carilindos protagonistas son fotogénicos y poco más". Cierro esta revisión de aquella reseña sosteniendo que se trata de un film que no da para la indignación. Es un producto menor, hecho con profesionalismo y buenas intenciones. Pero el resultado final está muy lejos de ser lo eficaz que una apuesta así necesitaría para que el cine argentino necesita para conectarse y reconciliarse con una audiencia masiva.
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  • Cazador de demonios: Solomon Kane
    Menos de lo mismo

    A fines de los años '20 y comienzos de los '30, el escritor Robert E. Howard creó varios personajes de enorme popularidad dentro del género de espada y brujería. Uno de ellos, Conan el bárbaro, ya había tenido su paso por el cine y ahora es el turno de Solomon Kane, que debe enfrentar a fuerzas diabólicas, redimirse de su pasado violento y codicioso, y rescatar a una inocente joven.

    La historia de este peregrino (James Purefoy) lleno de traumas del pasado que busca sanar sus heridas resulta un solemne, estereotipado y previsible relato que combina elementos ya vistos en decenas de títulos, desde Van Helsing hasta El señor de los anillos. El despliegue visual (con muchas CGI para construir un mundo desolado por las guerras, la pobreza y, claro, las acciones de demonios, brujas y hechiceros) es digno y profesional, pero nada más. Tampoco es un film que luzca por encima de la media que hoy puede ofrecer el cine a gran escala. En definitiva, como sostiene el título, resulta menos de lo mismo.
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  • Skyline: La invasión
    El ataque de los efectos digitales

    En Skyline, la invasión, se luce el know-how de sus directores en materia de CGI

    Considerados dos de los máximos artistas en el universo de las imágenes generadas por computadora (CGI en la jerga profesional), los hermanos Strause fueron responsables de algunas de las secuencias más espectaculares de Avatar, 2012, X-Men, Iron Man 2, El curioso caso de Benjamin Button y 300 , entre más de 60 títulos. Como directores, en cambio, sólo filmaron hasta el momento dos largometrajes: Aliens vs. Depredador 2 y ahora Skyline: La invasión .

    Producción independiente de bajo presupuesto (10 millones de dólares en total, lo que gasta James Cameron en un par de jornadas de filmación), Skyline: La invasión es una típica historia de cine-catástrofe con tono épico y look apocalíptico sobre -otra vez- extraterrestres devastando la Tierra para, en este caso, alimentarse de los cerebros humanos.

    Ni el guión (tan correcto como previsible) ni los actores (carilindos e inexpresivos surgidos en su mayoría de series televisivas) son particularmente destacables, pero la historia funciona bastante bien en los términos en que está planteado: un film con espíritu casi bizarro propio del cine de clase B, pero -en el principal logro de todos- con un despliegue visual que muchas superproducciones de los grandes estudios envidiarían: las inmensas naves invasoras, los alienígenas (robots que se asemejan a gorilas o arañas), las calles de Los Angeles destruidas, los humanos abducidos? todo luce creíble e impactante.

    Mérito de los hermanos Strause, que pusieron todo su know-how técnico y creativo para suplir la modestia de recursos. En este sentido, el resultado es parecido al de Sector 9 , otro film de ciencia ficción y terror que consagró al sudafricano Neil Blongkamp.

    La trama, quedó dicho, es lo menos importante. Hay una pareja de neoyorquinos que llega a Los Angeles invitada por un amigo que vive a todo lujo. Ella está embarazada y a él lo sorprenden con una oferta laboral para que se instale en California. Pero a los pocos minutos empieza -sin que se sepa muy bien por qué- la ofensiva extraterrestre y, así, los dos protagonistas y un puñado de vecinos deberán resistir los ataques dentro de un rascacielos. El film, por supuesto, es derivativo de muchos otros ( Alien, Día de la Independencia, Guerra de los Mundos ), pero su falta de ambiciones desmedidas, su espíritu lúdico y sus hallazgos estéticos resultan suficientes como para compensar las limitaciones dramáticas y los lugares comunes de su propuesta.
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  • Las hermanas L.
    Las hermanas L.
    Otros Cines
    Queremos tanto a Almodóvar y John Waters...

    Rodada con un presupuesto mínimo pero pletórica de ideas, Las hermanas L es una comedia "psicosexual" y "multiorgásmica" (así la han promocionado desde los distintos afiches) que resulta heredera -salvando las distancias, claro- del espíritu desaforado y desprejuiciado del cine del primer Pedro Almodóvar y de John Waters.

    El tríangulo amoroso entre dos hermanas (Silvina Acosta y Florencia Braier) y el marido de una de ellas (Esteban Meloni), la relación entre la mayor y un adolescente al que supuestamente debe impartirle clases de inglés (aunque en realidad le enseña otras cosas), las desventuras de una escritora de cuentos eróticos (una Soledad Silveyra desatada) y las clases de teatro kabuki que ofrece un profesor gay (Daniel Fanego) son algunos de los ejes de un film que avanza a toda velocidad, con grandes momentos (y de los otros).

    Despareja, irregular, caprichosa, Las hermanas L. se sostiene en buena parte de sus 98 minutos por la ductilidad y el timing del trío protagónico, y por una lograda puesta en escena "urgente" que apela a mucha cámara en mano. Tras la agradable sorpresa de UPA! Una Película Argentina, se trata de un más que digno segundo paso de (parte de) aquel grupo que pretende (y logra) romper con la solemnidad / sordidez /autoimportancia de buena parte del nuevo cine argentino.
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  • Machete
    Machete
    Otros Cines
    Orgullo latino

    El prolífico y siempre provocador Robert Rodriguez (aquí con la colaboración de Ethan Maniquis) retoma el espíritu de y su pasión por el cine clase B (clase Z) de los años '70 que ya había desarrollado junto a su amigo Quentin Tarantino en el díptico Grindhouse, pero en esta ocasión le agrega un fuerte condimento político (para algunos bastante oportunista) al abordar de manera satírica el conflicto inmigratorio en la frontera entre México y Texas.

    El film es hiper sangriento, bizarro y divertido. A mí, su "denuncia" me pareció un poco burda y obvia, pero al mismo tiempo bastante revulsiva para los cánones del mainstream hollywoodense actual. Y no me molestó en absoluto.

    El cóctel de humor negrísimo, acción, erotismo, western y gore (decenas de cabezas despedazadas vía CGI) funciona bien, aunque siempre con las limitaciones y el déjà v del caso. El mayor placer, claro, reside en ver a grandes estrellas "sometiéndose" a los caprichos de RR en papeles absolutamente delirantes, exagerados, artificiales y alejados por completo de lo que suelen hacer.

    El gran Danny Trejo (eterno secundario) alcanza con su rostro curtido de arrugas a sus casi 70 años de edad el merecido protagónico que venia demandando como esta suerte de superhéroe latino que enfrenta -con el apoyo de una amplia red clandestina de mexicanos y vecinos- a lo más rancio y conservador del establishment político (encabezado por el senador ultraderechista encarnado por Robert De Niro que, en la comparación, deja a George W. Bush como un progre bienpensante) y del narcotráfico (un malvadísimo Steven Seagal). También están las "chicas", que caen rendidas ante el fornido latin-lover de Machete: Jessica Alba, Michelle Rodriguez y hasta Lindsay Lohan en plan autoparódico. Para completar el disfrute, aparecen Tom Savini, Jeff Fahey, Cheech Marin y Don Johnson en personajes que en todos los casos tienen su desarrollo y posibilidades de lucimiento.

    Película sobre el odio, la venganza, el racismo, las diferencias de clase y el orgullo latino, Machete resulta un simpático exponente del cine de género. Con el sello inconfundible de este director texano que, desde El mariachi hasta la fecha (ya son casi dos décadas), ha logado reflejarse en el pasado del cine de bajo presupuesto para luego reirse de las convenciones, los clisés, los estereotipos y los lugares comunes de una factoría llena de prejuicios y fórmulas como la de Hollywood.
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  • Cosa voglio di più
    La vida te da sorpresas

    El milanés Silvio Soldini es -quizás con Gabriele Muccino, ya "importado" por Hollywood- el director de cine "serio" más exitoso y exportable de Italia. Sus películas son intensas, emotivas, solventes, "universales", bien actuadas. El problema con Cosa voglio di più -más allá de cierto esquematismo en su guión y en la pintura de algunos personajes- es que aborda un tema bastante más transitado (casi al borde del lugar común) que Pan y tulipanes o Sonrisas y lágrimas: el adulterio y la pasión entre casados.

    Anna y Domenico (Alba Rohrwacher y Pierfrancesco Favino) rondan los 40 años y viven en las cercanías de Milán. Ella es una rubia bien "europea" y él, un calabrés morochazo. Ambos están casados desde hace tiempo y son aparentemente felices, pero se conocen en una fiesta (ella como invitada y él, como empleado del servicio de catering) y allí empieza el fogoso, imparable romance. Será, por lo tanto, el tiempo de las tentaciones, pero también de las mentiras hacia sus familiares para las sucesivas escapadas (incluída una a Túnez), las inseguridades, las contradicciones, los reproches, la culpa.

    Como se verá, no hay nada demasiado novedoso en esta propuesta de Soldini, pero el director lleva el relato (de excesivos 126 minutos y fotografiado por el talentoso DF argentino Ramiro Civita) a un razonable buen puerto gracias a su indudable capacidad narrativa y a la exposición de ese sustrato de vacío existencial, de ese estado de confusión (casi de negación) que domina a buena parte de la sociedad italiana berlusconiana. Un film menor, pero en varios sentidos bastante disfrutable.
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  • Jackass 3D
    Jackass 3D
    La Nación
    Humor crudo y desprejuiciado

    Jackass 3D será disfrutado en plenitud sólo por quienes gustan de los extremos

    En esta tercera película (primera para salas 3D) basada en el popular programa de la cadena MTV, liderado por Johnny Knoxville, se mantiene y se amplifica el espíritu provocativo y la apuesta por un humor que incluye bromas muy pesadas, situaciones extremas y una buena dosis de escatología con una autoconsciente exaltación del mal gusto. Quedan advertidos, pues, los espíritus sensibles e impresionables, que muy probablemente se sentirán ofendidos e indignados ante la batería de excesos que ofrecen en pantalla estos viejos amigos que se niegan a abandonar su veta adolescente pese a que andan ya por entre los treinta y cuarenta años.

    Describir en detalle cada uno de los segmentos (que duran entre unos pocos segundos hasta un par de minutos) puede resultar ingrato para el lector desprevenido y quitar parte del encanto para los fans de los Jackass. Sólo basta decir que hay una introducción a cargo de los personajes animados Beavis y Butthead -otros referentes de la incorrección política- y que luego esta pandilla integrada, entre otros, por enanos y obesos protagoniza situaciones peligrosas (pendulan por lo general entre la velocidad y la violencia) y otras que incluyen todo tipo de fluidos corporales (vómitos, sudor, excrementos) pasando por situaciones sadomasoquistas o chistes muy negros.

    Con semejante descripción, no pocos se preguntarán por la calificación positiva de esta crítica, pero para quienes no se asusten (o incluso disfruten) de este humor físico (son herederos del mejor slapstick ), de esta apuesta lúdica, de esta reivindicación de la camaradería masculina, hay no poco ingenio y audacia en unos cuantos de los sketches y las pruebas (impagable el que los enfrenta con la potencia de la turbina de un avión) dignos de los más encumbrados dobles de riesgo ( stunts en la jerga del cine).

    Este espectáculo, crudo y desprejuiciado como pocos (estos bufones heredaron el estilo de Los Tres Chiflados para luego potenciarlo hasta la exageración y hacerlo estallar por los aires), está destinado, por lo tanto, sólo a quienes se sientan atraídos por los extremos y no tengan miedo de confrontar con el ridículo. Los demás, mejor abstenerse.
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  • Boca de fresa
    Boca de fresa
    Otros Cines
    Buscavidas

    En su segundo largometraje, Jorge Zima (Noche en la terraza) busca recuperar un género poco transitado en los últimos tiempos (la comedia de enredos con aspiraciones populares) que sólo la factoría Suar, Juan Taratuto y algunos pocos exponentes más han sabido cultivar con buena repercusión.

    Para semejante desafío (no es fácil hacer una digna comedia y, mucho menos, llegar a un público masivo), Zima se rodeó de actores dúctiles como Rodrigo de la Serna y Erica Rivas (pareja en la vida real y en la ficción), Roberto Carnaghi, María Fiorentino y un descubrimiento como Juan Vattuone.

    El resultado es un film leve, que apuesta por un humor zumbón y que, a pesar de sus desniveles, resulta simpático y, en varios pasajes, bastante entretenido. Es cierto que la dupla De la Serna-Rivas (dos de mis intérpretes favoritos) merecerían un guión todavía más sólido y punzante para demostrar todas sus facetas, pero aún con las limitaciones y concesiones de esta historia salen más que airosos.

    De la Serna es Oscar, un típico chanta y buscavidas porteño que regentea junto a su tío (Carnaghi) una compañía discográfica en decadencia. Mientras intentan, sin suerte, sobrevivir con la venta de viejos discos a coleccionistas asiáticos o con el lanzamiento de carilindos jóvenes, descubren que un viejo tema del sello, A papá mono, ha sido remixado por una banda noruega de música electrónica que lo ha convertido en un hit.

    A punto de viajar a Miami con su novia Natalia (Rivas), una chica superficial y algo naïf pero sensible y bienintencionada, Oscar cambia de planes y la lleva (engañada) hacia las sierras de Córdoba (lejos del esplendor turístico), donde -cree- vive el autor del tema original -editado sin ningún éxito tres décadas atrás- que podría convertirlo en millonario gracias a las suculentas regalías.

    Lo que sigue es una sucesión de desventuras, tropiezos, improvisaciones, malosentendidos, engaños y vueltas de tuerca que por momentos resultan ingeniosos y, en otros, apelan a un vértigo algo confuso.

    El film es premeditada, orgullosamente "grasa" y kitsch, mientras se juega por los estereotipos para luego trascenderlos con una buena dosis de sensibilidad. Por momentos, para mi gusto al menos, elige un tono algo exagerado y utliza la pegadiza música (del propio Zima) de forma demasiado enfática. De todas maneras, quedó dicho, se trata de una comedia (romántico-musical, pero también con toques de suspenso) que tiene unos cuantos atributos como para contactar con el público. Veremos si lo logra.
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  • Villa Amalia
    Villa Amalia
    Otros Cines
    De cómo filmar los sentimientos

    El prolífico -y siempre interesante- director francés Benoît Jacquot se reencuentra con una de sus actrices-fetiche, la inmensa Isabelle Huppert, para una película fascinante e inasible a la vez, de esas en apariencia pequeña pero de muy compleja y ambiciosa realización. Se trata de una historia que no se sostiene demasiado en una trama convencional, en las típicas relaciones de causa-efecto sino que se propone (nada menos) que abordar los sentimientos, los estados de ánimo, la intimidad, la introspección de una mujer que decide terminar con su vida anterior y aventurarse hacia nuevos destinos.

    En esta transposición del best-seller de Pascal Quignard (el mismo de Todas las mañanas del mundo), Huppert interpreta a Ann, una famosa compositora y concertista de piano que descubre a su marido Thomas (Xavier Beauvois, director de la inmensa Des hommes et des dieux) besando a otra mujer y, a los pocos instantes, se reencuentra con Georges (Jean-Hugues Anglade), un viejo amigo que se convertirá en su confidente y protector. La protagonista abandona todo (esposo, obligaciones profesionales, posesiones y hasta su identidad) y se retira a la perdida isla italiana del título. Allí, tendrá un fugaz affaire (con una mujer) y algún que otro reencuentro familiar, pero lo que en definitiva ella busca es recuperar la soledad para repensarse y reconstituirse.

    Lejos del cine demagógico de autoayuda a-lo-Comer, rezar, amar, Villa Amalia resulta un film estimulante y a la vez algo árido, parco, como su protagonista. La dupla Jacquot-Huppert sigue -después de tanto tiempo- transitando nuevos caminos, probando, evitando las fórmulas y los lugares comunes. Los verdaderamente grandes son aquellos que, habiéndolo conseguido todo, siguen buscando cual entusiastas principiantes. La audacia y la innovación no son patrimonio exclusivo de los jóvenes.
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  • Como bola sin manija
    El perfecto antihéroe

    Antes que nada, conozco a Miguel Frías desde hace mucho tiempo (fuimos compañeros durante un par de años en Clarín a principios de los '90: él sigue trabajando allí) y, si bien no puedo decir que seamos amigos, mantenemos desde siempre una relación más que cordial. A ambos nos gusta el cine y el fútbol (él, sufrido hincha de Racing; yo, de Banfield, hemos compartido alguna ida a la cancha juntos) y me pone feliz que haya podido concretar y ahora estrenar este más que digno documental.

    Como bola sin manija es, en más de un sentido, muy "Miguel Frías". Si bien en los créditos figura compartiendo la dirección con Pablo Osores y Roberto Testa, dos de los realizadores de Flores de septiembre, el personaje y el tono elegidos tienen que ver con cierta mística porteña, cierta visión del mundo (medio tanguera, bastante melancólica) que profesa Miguel.

    El antihéroe de Como bola sin manija es Rubén, un hombre de 77 años (al momento del rodaje de la película), que desde hace casi tres décadas no sale de su casa en Bernal (en realidad, son un par de habitaciones construidas detrás del hogar de su sobrino). Precisamente, los tres sobrinos (dos mujeres y un varón) son los únicos que pueden ingresar en su guarida y sus únicos contactos con el mundo exterior, además de alguna vecina que le juega a la quiniela o le hace las compras.

    Este hombre ermitaño, solterón, timbero, machista, futbolero (racinguista, claro), ex Don Juán y hasta con dotes de poeta es una suerte de cascarrabias lleno de prejuicios y traumas que se niega prácticamente a todo lo que le proponen, incluso a reencontrarse con su viejo (y único) amigo Manija. "Por ahora, no", parece ser su frase de cabecera.

    Los tres directores utilizan una tirada de cartas de tarot que le hace a Rubén su sobrina Ana (una psicóloga mística) y algunas confesiones ocasionales (incluso dejando la cámara prendida cuando el protagonista cree que está apagada, como cuando lo visita un joven médico) para ir pintando al escurridizo, tragicómico personaje con el que inevitablemente terminaremos por empatizar a pesar de (o gracias a) sus caprichos, sus rabietas y sus locuras. Un film simpático (menor si se quiere) y profundamente entrañable.
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  • La cantante de tango
    La vida y el canto

    En su tercer largometraje (segundo de ficción), el director argentino -radicado en Bélgica hace más de una década- Diego Martínez Vignatti logra sortear con convicción los principales obstáculos (¿trampas?) de un proyecto que parecía destinado al fracaso o, en el mejor de los casos, a resultar más de lo mismo: otra película sobre el tango, el exilio y los desengaños amorosos rodada -coproducción mediante- entre Buenos Aires y Europa.

    Si La cantante de tango tiene, en principio, reminiscencias de las “tanguedias” de Pino Solanas, el joven realizador de La marea logra trascender esa filiación (y también otras, como las de Hugo Santiago o Michelangelo Antonioni) con una película que no sólo trata sobre el tango sino que es un tango.

    El universo del 2 x 4 no es nuevo para Vignatti, que ya le había dedicado al tema su debut en la realización (el documental Nosotros). En esta nueva película -estrenada en la competencia internacional del Festival de Locarno 2009- se sumerge en la intimidad de Helena Ferri (Eugenia Ramírez Mori, pareja del director y toda una revelación), la cantante del título que ve cómo su ascendente carrera artística contrasta con un desengaño amoroso (su novio la abandona por otra) que la conduce a un derrumbe psicológico que la convierte en una verdadera alma en pena.

    Entre muchos números en vivo, escenas en cafés y milongas, apariciones varias del mítico cantor Oscar Ferrari (quien murió poco después de terminado el rodaje y a quien está dedicado el film), amores obsesivos (el de ella por su ex pareja, el de un médico francés por ella), búsquedas desesperadas, borracheras con whisky barato, coqueteos con el suicidio, familias unidas por el tango y divididas por el exilio o las contradicciones generacionales, y algún que otro pasaje surreal y onírico (pesadillesco), Martínez Vignatti construye un patchwork narrativo y visual con más aciertos que traspiés.

    Y, como para minimizar aún más sus carencias y excesos, allí están esos bellos, magníficos planos-secuencia que remiten por momentos al cine de su amigo Carlos Reygadas (Martínez Vignatti fue el director de fotografía de Japón y de Batalla en el cielo) y que siguen de cerca a la omnipresente heroína trágica del film por los escenarios y sus trastiendas, por las calles de Buenos Aires o por las playas grises, ventosas y nostálgicas de Calais haciendo un uso impecable de la pantalla ancha y de las posibilidades de la steadycam.

    La cantante de tango está lejos de ser una película perfecta, redonda, pero es un film que se arriesga mucho (y acierta bastante). Es una historia que respira cine y que respira tango. Con la sofisticación visual del mejor cine europeo y con el espíritu indoblegable de la milonga porteña.
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  • Actividad paranormal 2
    Una ecuación puramente económica

    Tras el inmenso éxito de Actividad paranormal (costó 11.000 dólares y recaudó el año último casi 200 millones sólo en su paso por los cines), no tardó mucho en llegar esta secuela, aunque ya sin aporte alguno del guionista y director israelí Oren Peli.

    Lo que en el film original era sorpresivo, genuino e innovador (el uso austero y preciso de unos pocos elementos sobrenaturales para generar sugestión primero y miedo después) aquí se convierte en la mera reiteración (ampliada hasta la exageración) de una fórmula. Por lo tanto, el doble cálculo -comercial y artístico- se nota demasiado.

    Los protagonistas de la primera película (la joven pareja entre Micah y Katie) vuelven ahora en papeles secundarios (pero importantes en el desarrollo y desenlace de la trama), ya que ceden los papeles principales al grupo familiar de la hermana de ella (mamá, papá, hija adolescente, bebe y perro guardián). La omnipresencia de un simpático recién nacido, más que un buen recurso de los tres guionistas, se parece bastante en este caso a un golpe bajo.

    Tras un supuesto intento de robo, los dueños de la amplia casa californiana deciden instalar un sofisticado dispositivo con media docena de cámaras de seguridad. Esas imágenes y las que toman los propios personajes con su pequeña videocámara concentrarán los dos puntos de vista del relato. Nada que no se haya visto ya en decenas de películas recientes.

    Así, entre la estética desprolija de la home movie y un esquema que remite al reality show televisivo, entre la cotidianidad de la dinámica familiar, los traumas infantiles compartidos por las dos hermanas y las apelaciones a fuerzas demoníacas, transcurren los 90 minutos de esta segunda entrega de una saga que todavía es capaz de provocar algún que otro sobresalto en el espectador dispuesto a compartir una experiencia colectiva, pero que no agrega demasiado a los apuntados logros del largometraje original ni mucho menos a la rica historia del género de terror.
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  • Agora
    Agora
    La Nación
    Una épica romana que va más allá de las luchas

    Agora, una película que debe verse en pantalla grande

    Quienes esperen "una de romanos"; es decir, una épica histórica cargada de acción, es probable que salgan decepcionados con Agora . No es que este nuevo y ambicioso film del talentoso director chileno-español Alejandro Amenábar carezca de medios (contó con un presupuesto de 75 millones de dólares, el más caro en la historia del cine español) ni de escenas de masas o de sofisticados efectos visuales para reconstruir la ciudad egipcia de Alejandría a fines del siglo IV, pero -aún a costa de limitar el alcance masivo de una propuesta que poco tiene que ver con Gladiador o Troya - el creador de Tesis, Abre los ojos, Los otros y Mar adentro apuesta por algo bastante más audaz que los combates cuerpo a cuerpo con lanzas, espadas y escudos: las ideas.

    Puede también que Amenábar y su guionista Mateo Gil se hayan excedido por momentos en ciertas alegorías y paralelismos con la actualidad trabajados sin demasiada sutileza, pero en líneas generales estamos ante una película no sólo bien construida y narrada sino que además aborda con inteligencia temas candentes como el fanatismo religioso, el extremismo de cualquier origen y sus consecuencias inevitables e inmediatas: la intolerancia y la violencia.

    En un universo de marcado machismo y en medio de las fuertes tensiones de la época (la decadencia del Imperio Romano, la irrupción del cristianismo como fuerza mayoritaria en detrimento de judíos y de paganos, la clase ilustrada de la época), Agora rescata y reivindica la figura de Hipatia (la bella Rachel Weisz), una filósofa, científica, astrónoma, matemática y maestra -hija además del responsable de la biblioteca de la ciudad (el gran Michael Lonsdale)- que tuvo una enorme influencia intelectual y política, y dejó discípulos como Davo (Max Minghella), Sinesio (Rupert Evans) y Orestes (Oscar Isaac), todos enamorados de ella.

    La película expone la lucha de clases (Davo es un esclavo que se debate entre la pasión que siente por Hipatia y su creciente compromiso con las arrasadoras fuerzas cristianas), pero el eje del conflicto pasa por las contradicciones entre la razón, la ciencia y el humanismo en oposición con el fundamentalismo religioso.

    Aun cuando se reitera un poco durante su segunda mitad, aun cuando puede pecar por momentos de cierta solemnidad y aun cuando las espectaculares secuencias de acción (como la toma y destrucción de la Biblioteca) daban todavía para un mayor despliegue visual y dramático, Agora es un film digno de ser recomendado (fue bastante maltratado por buena parte de la crítica internacional) para su visión en pantalla gigante. Como para recuperar el placer de disfrutar de una película a gran escala que no degrada ni bastardea al espectador, en tiempos en que los pequeños dispositivos de la tecnología hogareña amenazan con cambiar para siempre la forma de consumir el cine.
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  • Vikingo
    Vikingo
    Otros Cines
    Cronista de los márgenes y los suburbios

    En Vikingo, José Celestino Campusano -una verdadera rara avis dentro del cine argentino- recupera a los personajes de su documental Legión: Tribus urbanas motorizadas (ver aquí) para llevarlos al universo de la ficción (con un gran anclaje en la realidad cotidiana de sus vidas, claro), en el que ya había incursionado con resultados más que interesantes en el mediometraje Bosques y en el largo Vil romance.

    El protagonista de su más reciente trabajo es el Vikingo del título (Rubén Orlando Benítez), un curtido y respetado motociclista del sur del conurbano, de vida licenciosa, pero al mismo tiempo riguroso padre de familia (esposa, dos hijos y un sobrino al que no puede contener en su raid delictivo), que se relaciona con otro "duro" llamado Aguirre (Armando Galvalisi), un vagabundo también amante de los "fierros" que se instala en su casa luego de haber abandonado a su esposa. El delicado equilibrio de la zona -cada vez más dominada por adolescentes sin códigos que venden paco, roban y matan- se quiebra porque Aguirre -proveniente de Haedo- es visto como un intruso en el lugar.

    Vikingo hace honor al nombre de la productora del propio Campusano (Cinebruto) porque es un poco bruta, brutal y está llena de problemas (narrativos, actorales), pero al mismo tiempo mantiene la riqueza, la honestidad y la intensidad de sus trabajos anteriores. Creo que en Vil romance la narración estaba mejor construida, pero aquí importan muy poco cuestiones como la prolijidad o la solidez.

    Estamos ante un cine visceral, concebido sin cálculo, sin prejuicio y sin miedo. A Campusano se le podrán objetar mil y una decisiones artísticas, pero su cine sigue respirando libertad y verdad. Está llamado a ser, por lo tanto, el gran cronista de la marginalidad suburbana, con sus miserias y su contradictoria humanidad.

    El film fue premiado por el jurado oficial y por el de la crítica internacional FIPRESCI en Mar del Plata, festival que ha acompañado desde los inicios a la carrera de Campusano en un ejemplo de fidelidad con escasos antecedentes para esa muestra.
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  • Todo un parto
    Todo un parto
    Otros Cines
    Los opuestos se atraen

    Luego del inmenso éxito conseguido el año pasado con la notable ¿Qué pasó ayer? (en estos momentos se está filmando la secuela con el mismo equipo), Todd Phillips -el nuevo Rey Midas del humor norteamericano en reemplazo del alicaído Judd Apatow- nos regala otra comedia arrolladora, delirante y, aunque bastante más despareja que The Hangover, muy disfrutable por su desparpajo y por el duelo actoral que propone entre dos grandes talentos como Robert Downey Jr., Zach Galifianakis.

    Buddy-movie trabajada a partir de la comicidad que se genera entre dos protagonistas opuestos unidos por una sucesión de eventos desafortunados (el yuppie serio y sobrador que debe llegar a tiempo para el parto de su futuro hijo interpretado por Downey Jr. y el impresentable, patético y bienintencionado loser y aspirante a actor de Galifianakis, que carga con un perro y con las cenizas de su padre), Todo un parto aborda temas como la paternidad y la amistad masculina a partir de un esquema tradicional como el de la road-movie (luego de un incidente inicial en un aeropuerto ambos deben recorrer juntos en auto los 3.200 kilómetros que separan la Costa Este de la Oeste) y, en ese trayecto entre Atlanta y Los Angeles (con más de un desvío y contratiempo), pasarán del odio inicial a una hilarante camaradería.

    El film aborda cuestiones "zafadas" (el consumo de drogas que permiten cierta veta alucionatoria), escatológicas (vómitos incluídos), políticamente incorrectas (como un incidente con la policía mexicana) y hasta míticas (como un paso por el Gran Cañón del Colorado), pero todo transita dentro de los cánones algo previsibles y aceptables de la comedia mainstream hollywoodense (algo que la sorprendente ¿Qué pasó ayer? logró subvertir en no pocos pasajes).

    Todo un parto, por lo tanto, no es una gran película, pero sí una más que digna comedia, con razonables momentos de inspiración y no pocos gags (físicos y verbales) como para sacar un "aprobado". Phillips pasó la prueba sin sobrarle demasiado. Esperemos que la continuación de ¿Qué pasó ayer? nos ratifique y amplifique sus indudables condiciones dentro de un género tan difícil y traicionero como el del humor absurdo que él tan bien cultiva.
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  • Red
    Red
    La Nación
    Comedia de acción con alma de cómic

    Varias estrellas del cine se divierten interpretando a ex agentes de la CIA que deben volver a la acción

    Basada en una novela gráfica de esa inagotable cantera que es DC Comics, RED traslada con bastante inteligencia al cine la estética y el espíritu irreverente, por momentos absurdo, de la historieta. Lo hace con una comedia de acción que acumula, recicla, amplifica y resignifica todo tipo de fórmulas, estereotipos, convenciones y clichés. Las fuentes de inspiración son múltiples: el planteo inicial es similar al de Los indestructibles , el film de y con Sylvester Stallone (aquí unos espías ya retirados se ven obligados a volver al ruedo para una misión final), pero también hay lugar para elementos que bien podrían haber calzado en Watchmen: l os vigilantes, en la serie El súper agente 86 , en las sagas de Misión: Imposible , de James Bond, de La gran estafa o en un producto romántico como la reciente Encuentro explosivo .

    Bruce Willis, Morgan Freeman, John Malkovich y Helen Mirren (con la ayuda de un viejo agente de la KGB interpretado por Brian Cox y de una mujer sencilla pero ávida de emociones fuertes encarnada por Mary Louise Parker) son los ex agentes de la CIA que abandonan su no demasiado estimulante vida de jubilados para enfrentar una confabulación de imprevisibles alcances (hasta las más altas esferas del poder).

    Más allá de que la propuesta está llena de desniveles en su sucesión de gags, (auto)parodias, momentos románticos y secuencias de acción (es muy logrado el uso de la violencia con la estética lúdica del cómic), en RED los actores (se) divierten con una propuesta siempre trabajada en los extremos de la exageración y del artificio. Al impecable quinteto protagónico (Willis, Freeman, Malkovich, Mirren y Cox), se le suman en breves pero simpáticas apariciones otros veteranos de fuste como Ernest Borgnine y Richard Dreyfuss, mientras que Karl Urban se luce como el malvado de turno.

    Para aquellos que buscan una película sólida, seria e "importante", RED puede resultar una decepción. Sin embargo, para quienes prefieran un entretenimiento ligero y simpático, este film del alemán Schwentke regala una buena dosis de alegría, desenfado y diversión.
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  • El lince perdido
    El lince perdido
    Otros Cines
    Noticias de la antigüedad animada

    Esta producción de Antonio Banderas (al menos utlizan su nombre como apoyo para el lanzamiento) es, en el mejor y en el peor de los sentidos, correcta. No puede decirse, por lo tanto, que su animación digital (movimientos, formas, colores, texturas) sea "mala", pero detrás del incuestionable profesionalismo de sus hacedores se esconde, también, una llamativa falta de ideas, de riesgos, de salirse de las normas, de trascender las convenciones y las fórmulas.

    El reciclaje de la vieja historia bíblica del Arca de Noé, los lugares comunes del "viejo" Disney de El Rey León (hoy bastante más cerca de la audacia gracias a su asociación con Pixar), los animalitos parlantes, los mismos comic-relief de siempre, los malos estereotipados (ay ese cazador neonazi) y poco más es lo que ofrece El lince perdido.

    Los personajes "simpáticos" son bastante poco convincentes, el protagonista Félix (un lince que siempre mete la pata y vive dominado por la mala suerte) es poco logrado, la veta romántica resulta elemental y forzada, la apuesta al humor como forma de generar empatía y bajar el tono melodramático del relato (al fin de cuentas se trata de la cacería de animales en extinción por parte de un mercenario a sueldo de un viejo millonario que está loco) funciona a cuentagotas y, así, el film navega por un medio tono bastante cansino, monótono, intrascendente, aunque -quedó dicho- con una corrección visual que lo hace tolerable.

    No es para enojarse con este film español (el producto no da vergüenza ajena), pero en un mercado ya tan desarrollado y sofisticado como el de la animación familiar, El lince perdido luce como un producto demodé, casi una antigüedad arrasada por el avance de un género que ya no perdona imitaciones menores.
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  • Amerrika
    Amerrika
    Otros Cines
    Tierra y libertad

    Con escasa experiencia previa (fue una de las guionistas de la excelente serie lésbica The L World), Cherien Dabis sorprendió al mundillo cinematográfico al ganar -entre otros- el premio FIPRESCI de la crítica internacional en la prestigiosa sección Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2009. Estadounidense de nacimiento, pero de familia palestino-jordana, esta joven vivió en carne propia la doble sensación de no ser libre en y de no pertenecer a ninguna parte.

    En el caso de éste, su primer largometraje (en realidad ya había filmado varios cortos y hasta una sátira de 61 minutos llamada The D Word), Dabis narra la odisea de Muna (notable trabajo de Nisreen Faour), una voluminosa madre soltera que se las ingenia -no sin esfuerzo- para criar y educar a Fadi (el debutante Melkar Muallem), su rebelde hijo quinceañero, gracias a un buen empleo bancario en Ramallah. Hartos de vivir entre muros cada vez más altos y de sufrir los abusos de los soldados israelíes en los cotidianos controles callejeros, ambos aplican a (y obtienen) un permiso de trabajo y residencia en los Estados Unidos. Hacia allí, más precisamente hacia la helada Illinois invernal, parten con su precario inglés y sin demasiadas certezas. Los esperan en su nuevo destino su hermana Raghda Halaby (la gran Hiam Abbass, vista en Paraíso ahora, La novia siria y Visita inesperada), su marido Nabeel (Yussef Abu Warda), un prestigioso médico, y sus tres hijas.

    Pero Muna y Fadi no caen en un buen momento. A los pocos días (estamos en 2003), el ejército norteamericano invade Irak y todos los árabes (aunque no sean musulmanes ni religiosos, como ellos) empiezan a ser vistos como una amenaza. Fadi sufre el desprecio de sus compañeros de colegio, Muna no consigue trabajo en ningún banco y termina como empleada de una cadena de fast-food y Nabeel ve como se van esfumando sus pacientes.

    Si la sinopsis puede sonar un poco recargada (ese es sólo el planteo inicial), hay que indicar en beneficio de Dabis que el relato sostiene un tono bastante ligero, con un logrado sentido del humor que evita caer en los extremos tanto del melodrama aleccionador como del pintoresquismo bienpensante y tranquilizador. La película mantiene un bienvenido medio tono que, si bien no escapa de cierto costumbrismo y de la inevitable corrección política del cine indie norteamericano, gambetea la bajada de línea para concentrarse en las vivencias íntimas de este amplio y variopinto grupo familiar con representantes de diferentes generaciones, orígenes, formaciones y proyectos de vida.

    Así, más allá de algunos convencionalismos (que nunca distraen del fondo de la cuestión), Amérrika surge como un más que digno debut de una directora a seguir. Su retrato sobre el desarraigo, sobre las contradicciones del mundo actual (y sobre la xenofobia, la opresión...), es noble, cálido, sensible y, sobre todo, creíble. No son atributos que en el cine internacional (y mucho menos aquel que suele llegar a la cartelera comercial) abunden por estos días.
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  • Elegía de abril
    Elegía de abril
    Otros Cines
    Fantasmas del pasado

    El talentoso director de Donde cae el sol, El árbol, La casa, La orilla que se abisma y La madre combina documental y ficción para narrar una historia de índole autobiográfica: la de su abuelo, el poeta Salvador Merlino, y -más puntualmente- la de su libro póstumo, Elegía en Abril (su autor nunca lo vio publicado), cuyos ejemplares quedaron guardados durante cinco décadas en lo alto de un armario de la casona familiar.

    La apertura de las cajas genera un cimbronazo emocional en las tres generaciones de la familia (la madre y el tío de Fontán, el propio director y su hijo adolescente). Pero, poco a poco, el realizador se juega con una apuesta riesgosa: los personajes reales van desapareciendo de forma progresiva para darles lugar a los de ficción (Lorenzo Quinteros y Adriana Aizenberg).

    Fantasmagórico, bello, climático, lírico, melancólico, íntimo y sensorial ensayo sobre la ausencia y el paso del tiempo, con algo del primer José Luis Guerín, se trata de otro interesante aporte en la persistente, infatigable carrera del realizador, siempre respaldado por su dream-team artístico liderado por el DF Diego Poleri y el sonidista Javier Farina.
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  • Lengua materna
    Lengua materna
    La Nación
    Lengua materna , film por y para mujeres

    Una historia de familias, silencios y revelaciones

    En su segundo largometraje tras la muy atendible Por sus propios ojos , la guionista y directora Liliana Paolinelli se arriesga con temas bastante controvertidos y poco transitados por el cine argentino (desde las relaciones homosexuales hasta el aborto) y los aborda con un bienvenido recato, con austeridad y con sensibilidad, sin por ello dejar de exponer con contundencia su visión sobre ciertos prejuicios sociales.

    La película narra la historia de Ruth (Virginia Innocenti), una mujer que desde hace ya mucho tiempo mantiene una relación de pareja con una política (candidata a diputada). Sin embargo, para su madre, Estela (Claudia Lapacó), ellas siempre han sido "amigas". Hasta que un día la mamá descubre (o deja de negar) que su hija -que ya ha pasado los 40 años- es lesbiana. Tras el shock inicial, hace un enorme esfuerzo por entender la situación e interiorizarse del tema (compra libros, va a bares gays, charla con sus amigas). El problema para Ruth es que Estela -en su intento de "aceptarla"- empieza a entrometerse cada vez más en su vida, en su hogar y hasta en la relación afectiva con su pareja, que no está pasando por su mejor momento. La madre parece no tener límites: pasa de la inacción inicial a la invasión de la privacidad.

    Al gran trabajo del dúo protagónico se le suman sólidos aportes de otras actrices en los papeles secundarios, como Claudia Cantero, Mara Santucho y Ana Katz, en una película de, con, sobre y para (aunque no exclusivamente, claro) mujeres.

    El film aborda el conflicto con honestidad, pero sin caer en la solemnidad (durante la primera mitad hay muy logradas pinceladas de humor). Por momentos, Lengua materna se acerca demasiado a un costumbrismo un poco forzado y el desenlace no está a la altura del resto de la propuesta, pero aun con sus desniveles e indecisiones esta segunda película de Paolinelli propone una sincera e inteligente indagación no sólo de una relación lésbica sino de sus implicancias familiares y sociales. En momentos en que la aprobación de la ley de matrimonio igualitario generó un arduo debate con posiciones encontradas, el equilibrio y la nobleza de este film resultan un entrañable y bienvenido aporte al diálogo.
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  • Red social
    Red social
    La Nación
    Cómo perder amigos y alienar a la gente

    Fascinante retrato generacional, Red social también tiene mucho que decir sobre la naturaleza del alma humana

    A esta altura, ya prácticamente todos saben que Red social es la película que reconstruye los orígenes de Facebook a partir de la biografía (no autorizada, claro) de su creador, el jovencísimo Mark Zuckerberg.

    Parece historia antigua para una red que ya superó los 500 millones de usuarios, pero Facebook tiene menos de ocho años y Zuckerberg es uno de los principales multimillonarios del mundo cuando aún no cumplió los 26.

    Pero quien crea que Red social es "apenas" un film sobre cómo convertirse en rico y famoso a partir de una buena idea (encarnación del espíritu del sueño americano) estará apuntando sólo a una pequeña parte del vasto alcance de esta historia escrita por Aaron Sorkin (el elogiado autor de la serie The West Wing ) y dirigida con gran timing, sofisticación y energía por David Fincher ( El club de la pelea, La habitación del pánico, Zodíaco ).

    Red Social es una película de amor, un thriller judicial, un relato épico y, sobre todo, un retrato generacional sobre los jóvenes nacidos y criados en la era digital. Zuckerberg, el (anti)héroe interpretado con múltiples matices por Jesse Eisenberg ( Adventureland: Un verano memorable, Tierra de zombies ) es el paradigma del nerd y del geek , términos en inglés que definen a aquellos que tienen dificultades para conectarse emocionalmente en el mundo real, pero poseen una gran capacidad para lidiar con las nuevas tecnologías de la web 2.0.

    Según Red Social , basada en la novela The Accidental Billionaires , de Ben Mezrich, Facebook surge como consecuencia de un desengaño amoroso: en la primera escena, Mark es abandonado por su novia Erica (Rooney Mara) y éste, despechado, decide escribir mal sobre ella en un blog y robarse las fotos de sus compañeras de Harvard para crear un juego cruel.

    Traiciones y sorpresas

    Pero no sólo de crueldad habla este film del talentoso Fincher. Antes de alcanzar el éxito y la fortuna, Zuckerberg traicionó a tres compañeros de la universidad (que tenían una idea similar que luego él mejoró) y hasta a su mejor (único) amigo y principal socio, Eduardo Saverin (gran trabajo de Andrew Garfield), para luego vincularse con poderosos fondos de inversiones y hasta con Sean Parker (sorprendente Justin Timberlake), un ser arrogante y afecto a los excesos que ya había puesto en jaque a la industria discográfica desde Napster.

    Narrada con constantes (pero nunca pretenciosos ni complicados) saltos temporales (la película va y viene en el tiempo y tiene como eje los diversos casos judiciales que enfrentó Zuckerberg), y a partir de unos punzantes, despiadados diálogos a-lo-Sorkin que son como dagas clavadas en los más profundo del alma humana, Red s ocial resulta una película fascinante, un thriller atrapante (con un gran manejo de la tensión y el suspenso) incluso cuando se hable de algoritmos.

    Fábula moral sobre el deseo y la ambición a cualquier precio, sobre los celos y la envidia, sobre la hipocresía, el cinismo y la falta de escrúpulos, sobre la incomunicación íntima en tiempos de hiperestimulación e hiperconexión, Red s ocial tiene el doble mérito de lograr que nos identifiquemos y nos compadezcamos de su protagonista (víctima y victimario a la vez), un joven que hizo historia, que logró "unir" a 500 millones de personas, pero que sufre las carencias emocionales y expone las miserias humanas del más patético de los seres humanos.

    En ese sentido, la paradoja de la escena final -desoladora- es también toda una declaración de principios.
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  • Atracción peligrosa
    Casta de malditos

    En su segunda película como director luego del sórdido, elogiado y desgarrador melodrama Desapareció una noche, Ben Affleck ratifica sus dotes de inteligente, sólido, elegante narrador con este thriller sobre unos asaltantes de camiones de caudales y de bancos en Boston (una verdadera "industria", tal como anuncia un cartel en el inicio del film, especialmente en el barrio obrero de Charlestown, de amplia comunidad irlandesa).

    Como en la reciente El ocaso de un asesino, Affleck (además coguionista del film) propone examinar la dimensión humana, las contradicciones íntimas, el existencialismo y la búsqueda de redención de un "profesional" del crimen como Doug MacRay (el propio BA). Las secuencias de robos y persecuciones son correctas (secas, crudas), pero no parecen ser el principal interés de su creador.

    Ni en su descripción del submundo del hampa, ni en su observación de los inmigrantes irlandeses, ni en la exploración de los golpes a las sucursales bancarias, BA va más allá de lo que, por ejemplo, hicieron Clint Eastwood en Río Místico, Stanley Kubrick en Casta de malditos, Quentin Tarantino en Perros de la calle o Spike Lee en El plan perfecto. Hasta el protagonista (típico antihéroe con un dejo trágico y a la vez querible) se ríe admitiendo que es un fan de la serie televisiva CSI, aunque aquí el principal referente es, sin dudas, la filmografía del cada vez más influyente y revalorizado James Gray.

    Si Atracción peligrosa (ay, ese título local) no transita caminos demasiado novedosos, al menos regala una tensa y atrapante narración, buenos protagónicos -a Ben Affleck se le suman el enorme Jeremy Renner (en un papel muy distinto al de Vivir al límite), Rebecca Hall como el objeto del deseo de MacRay y Jon Mad Men Hamm, como el líder del FBI que intenta desbaratar la banda), así como muy dignos personajes secundarios.

    Algunos excesos sentimentales, un poco de pirotecnia visual algo "grasa" (los cielos que cambian a toda velocidad como paso del tiempo) y cierta búsqueda de un lirismo no demasiado sutil conspiran contra el resultado final, pero no alcanzan a dañarlo. Atracción peligrosa es una digna película y Ben Affleck -un actor muy desparejo- ya es bastante más que una promesa, para convertirse en una auténtica realidad detrás de cámara.
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  • Resident Evil 4: La resurrección
    Relato limitado y con clichés

    Resident Evil 4 trae de regreso a su director original, pero ya no alcanza

    Con cuatro películas en ocho años, la saga de Resident Evil -basada en los personajes del popular videojuego de Capcom- se ha convertido en un exponente paradigmático del cine high-tech . En este nuevo episodio, al ya habitual despliegue de sofisticados efectos visuales, elementos propios de la ciencia ficción posapocalíptica, explosiones, zombies, estilizadas imágenes en cámara ultra lenta y la música electrónica del dúo tomandandy, se le suma -claro- la espectacularidad del diseño 3D para la creciente oferta de salas digitales en todo el mundo.

    Sin embargo, aun con semejante esfuerzo pirotécnico y con el regreso del guionista y director Paul W. S. Anderson (responsable del film original), Resident Evil 4 no alcanza a constituirse en un producto con vuelo propio: la trama y casi todas sus escenas son derivativas (por ser generosos) del cine de John Carpenter y George A. Romero, mientras que la estética tiene demasiados puntos en común con la franquicia de Matrix . El problema, de todas maneras, no es su falta de originalidad sino que la película -especialmente durante su segunda mitad- es una acumulación de golpes de efecto que buscan el impacto a cualquier precio y no logran siquiera sostener la tensión y el suspenso.
    Referencias

    El arranque -bastante promisorio- es con una ambiciosa secuencia ambientada en una Tokio futurista y ya devastada por el virus T que la poderosa corporación Umbrella ha diseminado por todo el mundo convirtiendo a casi toda la población en zombies. En la custodiada sede del holding irrumpe con todo su arsenal de recursos la heroína Alice (Milla Jovovich) para intentar detener las ansias de expansión y destrucción del despiadado Albert Wesker (Shawn Roberts).

    Lamentablemente, tras ese interesante inicio, el relato se traslada a Alaska -donde la protagonista se reúne con su por entonces amnésica compañera Claire Redfield (Ali Larter)- y luego a una vieja cárcel de Los Angeles rodeada por miles de hambrientos zombis (son múltiples las referencias a Asalto al precinto 13 , de Carpenter). Allí, Alice y Claire se sumarán a un basquetbolista hot (Boris Kodjoe), a un duro militar (Chris Redfield), a un latino, a un asiático y a un par de sobrevivientes más en la búsqueda de una "tierra prometida" llamada Arcadia, a la que se convoca a través de constantes transmisiones de radio.

    Más allá de las evidentes limitaciones de una historia llena de lugares comunes y de actuaciones no del todo convincentes, los seguidores del videojuego y de esta vistosa franquicia cinematográfica probablemente encontrarán motivos suficientes para su regocijo. Al final de cuentas, estamos ante una exitosa maquinaria que ha invadido y seguirá invadiendo computadoras, consolas de juegos y cines. Por si hacía falta aclararlo, la producción de la quinta parte ya está en marcha.
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  • El ocaso de un asesino
    Nadie sale vivo de aquí

    En su primera incursión hollywoodense luedo de su aclamado debut con Control -la notable biopic sobre Ian Curtis, líder de la banda Joy Division-, el prestigioso fotógrafo y documentalista holandés Anton Corbijn (figura clave de la escena rock de las últimas dos décadas) construye una suerte de neo noir climático, minimalista, enigmático y existencialista al servicio de George Clooney, en el papel de un asesino a sueldo que se esconde (o trata de hacerlo) en un pequeño y encantador pueblo del Abruzzo italiano.

    El resultado, sin ser decepcionante (es un film con unos cuantos valores y hallazgos), tampoco es del todo convincente. La película -que no es "independiente" pero que definitivamente pretende no parecer mainstream- se arriesga bastante al trabajar los puntos muertos, el "mientras tanto" de un killer que debe "perder el tiempo", esperar hasta que se concrete un nuevo encargo. Así, tras una sangrienta apertura ambientada en la nevada Suecia, la narración se trasladará a la soleada Italia.

    La apuesta tiene algo de The Limits of Control, de Jim Jarmusch, pero no llega a la experimentación casi radical de aquella propuesta sino que termina cediendo a un romanticismo demasiado torpe y previsible, que incluso coquetea con el lugar común cuando ese solitario imposibilitado de establecerse en un lugar y menos aún de comprometerse emocionalmente se enamora de una bellísima prostituta del lugar (Violante Placido), que está dispuesta a dejar todo por él (al fin de cuentas es George Clooney).

    Corbijn es un hábil narrador, un buen creador de atmósferas y un exquisito del encuadre y del tratamiento de la imagen (a veces, al borde del regodeo, de un preciosismo exhibicionista). En este caso, por suerte, evita caer en el pintoresquismo (y hay un procesión religiosa que tenía todo para eso), pero el film se queda a mitad de camino entre la exploración de las contradicciones íntimas de un asesino profesional (no funciona en ese sentido la relación con el párroco del pueblo), la inevitabilidad trágica del noir y las convenciones más transitadas del cine de género. No está mal, pero de la dupla Corbijn-Clooney podía esperarse algo mejor.
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  • Padres de la plaza: 10 recorridos posibles
    Dar la cara

    "Nos quedábamos en las esquinas por si les pasaba algo", dice uno de los 10 hombres seleccionados por Joaquín Daglio para dar vida a este film, sobre su lugar, mientras ellas, las Madres de Plaza de Mayo, protestaban por la suerte de sus hijos. "Nunca nos organizamos", "fuimos acompañantes", agregan otros admitiendo su papel secundario, de reparto, en aquella épica de lucha, de dolor, de búsqueda de la verdad y de pedido de castigo a los culpables del genocidio.

    Este film intenta dibujar el desdibujado lugar de los padres de desaparecidos; es decir, el de maridos y viudos de esas mujeres que sí adquirieron gran notoriedad pública. Daglio y su equipo pudieron filmar los testimonios -en su mayoría más emotivos e íntimos que políticos y con toda esa inevitable carga de tristeza, bronca, culpa y melancolía- de diez hombres que hablan a cámara en sus hogares, en bares, en clubes deportivos, en aviones, en veleros, en plazas, en escuelas o en el propio Parque de la Memoria hasta que se reencuentran en la Plaza de Mayo.

    No hay grandes hallazgos cinematográficos (está claro que esa no era la búsqueda principal), pero sí un gran valor testimonial. Estos hombres, finalmente, también pudieron dar la cara y ese es el gran mérito de la película. Ahora sí: quien quiera oir que oiga.
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  • Gigante
    Gigante
    Otros Cines
    ¿Qué ves cuando me ves?

    En medio de tantas películas ampulosas, solemnes, pomposas e infladas (desde todo punto de vista) que abordan temas “importantes” y “trascendentes”, la aparición de una modesta, sencilla y querible historia de amor resulta a esta altura una bienvenida rareza.

    Esta opera prima del argentino -residente en Montevideo desde hace más de cinco años- Adrián Biniez narra la historia de Jara (Horacio Camandule), un guardia de seguridad treintañero y fan del heavi-metal que trabaja por las noches en un supermercado de la capital uruguaya. A través de las cámaras de vigilancia se enamora de (y se obsesiona con) Julia (Leonor Svarcas), una de las empleadas de limpieza del lugar.

    El “gigante” del título no se anima a establecer contacto con su objeto del deseo y continúa con su práctica voyeurista (también la sigue por la calle) hasta que un conflicto gremial provocará un brutal cambio en su actitud.

    Con una puesta en escena muy rigurosa y cuidada (que se sostiene en planos fijos e incluye la utilización de las imágenes de las cámaras de seguridad como parte esencial del relato), Biniez saca el máximo provecho de sus dos intérpretes (de formación teatral y escasa experiencia en cine) y apuesta por un tono liviano y por momentos cómico, que evita caer en el comentario obvio sobre la soledad e incomunicación social.

    Gran revelación del Festival de Berlín de 2009 (ganó allí) y elegida como apertura oficial del BAFICI de ese año, Gigante nos invita a depositar firmes esperanzas en el futuro artístico de Biniez. Aguardamos con ansiedad su segunda película.
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  • Bajo el mismo techo
    Comedia a la que una sitcom le queda grande

    Katherine Heigl no salva Bajo un mismo techo

    Al referirse a esta película, que se estrena aquí en simultáneo con los Estados Unidos, varios críticos coincidieron en que Bajo un mismo techo se parece demasiado al piloto de una serie televisiva y hablaron de la historia (dos solteros carilindos y neuróticos que -fruto del destino y del azar- quedan a cargo de la crianza de una beba) como la premisa perfecta para una sitcom.

    El problema es que para muchos de esos expertos en cine la comparación con un producto de la TV conlleva un dejo despectivo (como si se tratara de un género menor), pero, apreciando la discreta calidad de una buena parte de las películas de Hollywood y el notable nivel actual de no pocas series norteamericanas podemos llegar a la conclusión exactamente opuesta: Bajo un mismo techo es una versión alargada (dura casi dos horas) y bastante menos lograda (incluso desde lo narrativo y lo estético) que cualquier episodio de Mad Men, Boardwalk Empire, Glee o Modern Family, por nombrar cuatro títulos bien disímiles.

    ¿Por qué semejante comparación? Porque, más allá de que tanto Katherine Heigl como Josh Duhamel se consagraron en la pantalla chica (ella en Grey´s Anatomy , él en Las Vegas ), este film de Greg Berlanti (cuyos antecedentes, claro, son como productor de media docena de series) tiene ya no sólo un tono sino directamente una puesta en escena y unos diálogos más televisivos que cinematográficos.

    El principal problema de Bajo un mismo techo , de todas maneras, ni siquiera es que sus personajes luzcan estereotipados o que apele de manera recurrente y facilista a la fórmula más trillada sino que nunca se decide si quiere coquetear con el absurdo (el planteo es absolutamente inverosímil), si prefiere concentrarse en lo romántico (los protagonistas pasan del odio al amor sin que haya ningún esfuerzo por trabajar semejante evolución) o si -como ocurre en varios pasajes- se apela al sentimentalismo más torpe y subrayado.

    Trillado y previsible

    Así, entre previsibles situaciones escatológicas (cambio de pañales, vómitos), personajes secundarios sin sustento (como el pediatra divorciado que interpreta Josh Lucas), múltiples secuencias de montaje con fondo musical, detalles gastronómicos (ella es dueña de una pastelería) y pasajes deportivos (él participa en la televisación de los partidos de la NBA), la película sólo trasciende una medianía alarmante cuando Heigl -una actriz de enorme versatilidad y simpatía- puede imponer su naturalidad por sobre las limitaciones de la trama y el esquematismo de unos diálogos demasiado calculados.

    El film -sobre todo en su arranque- tiene algunos chispazos de negrura e incorrección política, pero al poco tiempo abandona cualquier atisbo de provocación para quedarse en una historia previsible (se adivina sin dificultad cada paso siguiente) y, sobre todo, complaciente. Una pena. Heigl -aquí, además, productora- merece mejores vehículos para lucir su indudable talento.
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  • Che, un hombre nuevo
    Rico material de archivo para un retrato desparejo

    Tristán Bauer vuelve sobre la figura de Ernesto Guevara

    Pocas figuras han tenido una vida tan apasionante como la de Ernesto Guevara, pero también es cierto que no muchos hombres han sido objeto de tantos retratos (desde el documental y desde la ficción) como el héroe, mártir y revolucionario rosarino.

    Por lo tanto, Tristán Bauer tenía aquí un doble desafío: por un lado, estar en el terreno artístico a la altura del personaje (y del mito) y, por otro, trascender los lugares comunes de tanto retrato obvio y glorificador que se ha hecho en su nombre. En este sentido, puede afirmarse que el director y coguionista tuvo más logros en el primero de los terrenos que en el segundo.

    Con Che: Un hombre nuevo , Bauer consigue una producción muy cuidada y una narración muy prolija, sustentado en una larga y minuciosa investigación previa (y en contactos políticos, claro) que le permitió acceder a varios materiales hasta ahora inéditos provistos por la propia familia, por el gobierno cubano y por la administración de Evo Morales en Bolivia. Esos hallazgos (videos, fotos y escritos de su intimidad y de su pensamiento político) son lo más novedoso que entregan las poco más de dos horas de relato.

    Los problemas empiezan por la indecisión en el punto de vista (por momentos se ve y se escucha al propio Bauer y el film amaga con una búsqueda más "autoral"; en otros apela a una narración en off que lee los textos del Che en primera persona y la cosa parece volcarse hacia la autobiografía; para luego derivar hacia el documental más clásico y cronológico con los grandes hitos de su vida) y por la apelación a un tono épico, solemne y elegíaco que le quita la "humanidad" que el propio Guevara -un gran poeta y un gran romántico- transmitía en cada una de sus cartas o de las anotaciones en sus cuadernos.

    Su infancia marcada por el asma, sus viajes juveniles por la Argentina primero y luego por América latina, su decisiva participación en la revolución cubana, sus viajes diplomáticos, sus contradictorios lazos familiares, su fallida experiencia en el Congo (uno de los aspectos menos conocidos) y su trágico desenlace en Bolivia son reconstruidos con bastante eficacia y -quedó dicho- con el aporte de un muy rico material de archivo. Sin embargo, el resultado no es todo lo logrado que podía esperarse con semejantes recursos a su disposición. Así, la tan visitada figura del Che continúa siendo tan enigmática y escurridiza como antes para el cine y sus hacedores.
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  • Whisky con Vodka
    Whisky con Vodka
    Otros Cines
    Cuando el cine se ríe del... cine

    El cine dentro del cine constituye casi un subgénero con vuelo propio, que ha sido transitado por numerosos directores -una lista a las apuradas podría incluir a La noche americana (Truffaut), Las reglas del juego (Altman), Cuéntame tu historia/Sate and Main (Mamet), La rosa púrpura del Cairo (Allen), Cazador blanco, corazón negro (Eastwood), El nombre del juego (Sonnenfeld) y Ed Wood (Burton)- con los más diversos resultados.

    En esa línea se inscribe también Whisky con vodka, el más reciente trabajo del prolífico realizador alemán Andreas Dresen, el mismo de las muy diversas entre sí Grill Point, Summer in Berlín y ese inesperado éxito que fue (aquí y en el exterior) Nunca es tarde para amar, sobre el sexo en la Tercera Edad.

    Conocí hace un año a Dresen en el marco del SANFIC (el festival de Santiago de Chile). Compartimos algún almuerzo y un par de charlas. Me cayó bien, me pareció un tipo amable, simpático, sensible, un poco naïve y bienintencionado (políticamente correcto). Iba a presentar allí Whisky con vodka, pero había aprovechado el viaje para recorrer bastante con su esposa e interiorizarse en la problemática latinoamericana (le apasionabal el tema de los derechos humanos en Argentina y Chile).

    Esas mismas características (amable, simpática, sensible y agregaría disparatada y melancólica) son las que definen a esta película sobre el caótico rodaje actual de una historia de época (ambientada en 1928) llamada Tango para tres. El protagonista es una vieja estrella, un galán maduro, egocéntrico, despótico, neurótico y borrachín que manipula, hace y deshace lo que quiere y cuando quiere para sufrimiento del director y del productor. Finalmente, ambos optan por una salida tan ridícula como diplomática: ante el riesgo cada vez más concreto de que el film no se termine, contratan a un intérprete algo más joven y bastante menos conocido (viene del teatro experimental) para que haga el mismo personaje. Así, cada toma será rodada en dos versiones, con dos actores diferentes.

    Whisky con vodka es una comedia de enredos sobre las miserias de los artistas con toques de humor negro, romances (la película dentro de la película es un triángulo amoroso sobre un hombre veterano enamorado de una madre y su hija) y -también- con una veta algo exagerada que por momentos se acerca demasiado al patetismo. De todas maneras, con esa y alguna otra reserva menor, recomiendo esta nueva demostración de la categoría narrativa de Dresen, un cineasta cálido que, también como persona, resulta una rara avis dentro de la frialdad general del cine alemán.
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  • Orquesta roja
    Orquesta roja
    Otros Cines
    El día que paralizaron la Argentina

    En abril de 2000, las señales de noticias Crónica TV y Radio 10 cubrieron con un gran despliegue -con móviles en directo y con el tono ampuloso y por momentos amarillento que las caracteriza- un supuesto levantamiento armado del autodenominado Grupo Comando Sabino Navarro (en homenaje a un militante montonero), en una experiencia que remitía al movimiento zapatista y que -según se explicaba en pantalla- involucraba a temibles guerrilleros entrenados por las mismísimas FARC colombianas.

    A las pocas horas, cuando la sociedad ya había entrado en pánico, se supo que aquello no era más que una farsa montada por tres veteranos piqueteros de Concordia, Entre Ríos.

    Casi una década más tarde, Herzog logró que Juan María Lima, Carlos Sánchez y Patricia Rivero recordaran y recrearan esos hechos (consiguió incluso que "actúen" sus personajes), mientras apela también al falso documental para analizar el papel de los medios de comunicación en la construcción (artificial) de las noticias y esa suerte de doble manipulación (la de los protagonistas a los periodistas y, en definitiva, la de los canales hacia su audiencia).

    La historia es apasionante, el relato es más que interesante en su híbrido entre documental y ficción y varios de los recursos a los que apela Herzog (un director a tener en cuenta) son creativos, pero el film abre quizás demasiadas ramificaciones, una decisión que le impide profundizar y que, por lo tanto, le hace pierde algo de impacto. De todas maneras, se trata de una apuesta arriesgada con no pocos logros y hallazgos. Un muy digno exponente de la corriente más ligada a documental autoral que viene de obtener gran cantidad de premios en festivales locales y extranjeros luego de su estreno en el Festival de Mar del Plata del año pasado.
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  • Enterrado
    Enterrado
    Otros Cines
    Sin aliento

    Creo que Enterrado es una buena película y, de hecho, así la estoy calificando. Sin embargo, debo admitir que, mientras disfrutaba de su minuciosa puesta en escena, de su sólido guión, de su impecable factura, de la creíble actuación de Ryan Reynolds, padecía en carne propia -casi hasta hacerme insoportable la experiencia- todo lo asfixiante y claustrofóbico de su propuesta.

    He leído a varios críticos indignados ponerle bajos puntajes a este film con la siguiente pregunta: "¿Alguien puede disfrutar de ver a una persona enterrada en un ataud durante 90 minutos?". Si nos remitimos a la trama del film (Reynolds, efectivamente, es el único personaje y se la pasa una hora y media bajo tierra dentro de un cajón) podemos vivirla como un ejercidio de absoluto sadismo hacia el espectador, pero -al mismo tiempo- creo que esta segunda película del español Rodrigo Cortes (Contestantes), vaya paradoja, "respira" cine, ideas e ingenio.

    Verdadero tour-de-force (para el actor, el equipo y el público), Enterrado se narra en tiempo real, en un sólo decorado y con el atribulado Paul -un camionero treintañero de Ohio que ha estado trabajando como contratista civil en Irak durante 9 meses- luchando contra el dolor físico (está herido), la falta de oxígeno, el calor, la progresiva descarga de la batería de su celular o de la llama de su encendedor. El teléfono le sirve para comunicarse con sus secuestradores (¿terroristas o simples delincuentes?), con sus patrones, con el FBI, con un especialista en casos de rehenes y, sin demasiada suerte, con su familia.

    Uno puede creer que es imposible sostener una narración de 90 minutos en semejantes condiciones sin ser aburrido o reiterativo, pero Cortés-Reynolds, el guionista Chris Sparling y compañía (hay un gran trabajo del joven fotógrafo catalán Eduard Grau, ya elogiado por su labor en Sólo un hombre) logran la proeza de hacer el film bastante entretenido (en el medio, es cierto, apelan a algunos elementos algo forzados y bastante discutibles) y trasladan el martirio del anithéroe hacia un espectador que deberá compartir la desesperación y la experiencia física y psicológica extrema de un film por demás inquietante, agobiante e incómodo.

    Otro aspecto interesante de Enterrado es su ácida crítica (con un dejo de ironía) a las miserias de empresas, funcionarios y profesionales ligados al holding económico-militar. A veces, los burócratas pueden resultar tan o más peligrosos incluso que los más desalmados terroristas.
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  • No se lo digas a nadie
    El hombre equivocado

    Acostumbrado a escribir críticas mucho antes que mis colegas, me pongo a redactar esta reseña sobre No se lo digas a nadie recien un jueves al mediodía (producto de un viaje a Rosario que complicó la semana), cuando ya se han publicado en los diarios los textos de tres amigos y sólidos expertos como Luciano Monteagudo (al que no le gustó nada), Fernando López (al que le gustó a medias) y Diego Lerer (al que le gustó mucho). Todos hacen consideraciones que, más allá de las diferentes calificaciones, resultan razonables.

    Si bien mi valoración de "buena" es la misma que le otorga López en La Nación estoy más cerca de las ideas que expone Luciano en Página/12. Lo define como un thriller de qualité con demasiadas vueltas de tuerca que terminan manipulando al atribulado, desconcertado espectador.

    Este film "denso e intrincado" (López dixit) con mucho de hitchockiano (referencia principal de Lerer, que lo define como una mixtura entre Intriga internacional y Vértigo, con un poco de Psicosis y algo de El hombre equivocado") está impecablemente ejecutado y sobriamente protagonizado por un dream-team del cine francés (imaginen juntos a François Cluzet, André Dussolier, Marie-Josée Croze, Kristin Scott Thomas, Nathalie Baye, François Berléand y Jean Rochefort), pero al mismo tiempo está tan calculado, tan estructurado, tan sostenido en bruscos, imprevisibles giros de guión que resulta casi imposible expugnar esa coraza que lo hace demasiado recargado, tramposo, artificioso, y que lo convierte en un tour-de-force lleno de pistas falsas, un rompecabezas difícil de armar, un film laberíntico con algo del cine de Chabrol, de la literatura de Agatha Christie y de la serie Twin Peaks.

    Tras un prólogo sugerente y no demasiado explícito, la acción se sitúa 8 años más tarde, cuando Alexander (Cluzet), un exitoso pediatra, todavía sufre en carne propia las secuelas del asesinato de su esposa Margot (Marie Josée Croze). Pero la aparición de dos cadáveres, de unas fotos y de un e-mail con un video cambian por completo la situación y el torturado protagonista se transforma de golpe de victima en posible victimario (el principal sospechoso para la policía).

    Basada en un best-seller de Harlan Coben que llegó a vender más de seis millones de copias en 27 idiomas y gran éxito comercial en Francia, No se lo digas a nadie resulta atrapante por momentos y algo tortuoso (dura 132 minutos) por otros. Varias de sus subtramas y resoluciones son poco verosímiles, pero más allá de ciertos caprichos, estereotipos y arbitrariedades (como bien apunta Monteagudo) disimuladas por la categoría de su factura, no se trata de un thriller despreciable. De todas maneras, está claro, el cine francés ha abordado historias similares mucho antes y bastante mejor que este apenas correcto film de Canet.
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  • Ga’Hoole: La leyenda de los guardianes
    Condena al nazismo en 3D

    El trabajo de Zack Snyder se luce más por la animación que por el relato

    El director Zack Snyder ( 300 , Watchmen: Los vigilantes ) parece obsesionado -siempre desde su estética cercana al cómic y a partir de materiales originales de otros autores- por las alegorías sobre el fascismo. En Ga´Hoole: La leyenda de los guardianes se "apropia" de las novelas de Kathryn Lasky para ofrecer un film de aventuras animadas que, más allá de estar protagonizado por lechuzas, cuestiona de forma bastante directa el racismo, el fanatismo y el extremismo propios de la ideología nazi.

    Con múltiples hallazgos en términos visuales (se exhibe en versión para salas digitales 3D e IMAX), el film consigue cautivar por momentos con los elegantes vuelos de los búhos o las coreográficas secuencias de batallas entre los sabios guardianes del título y los "puros", raza de crueles guerreros que se dedica a esclavizar o, en el mejor de los casos, a adoctrinar a los animales más débiles.

    El film tiene como principal eje el derrotero de dos hermanos que acaban de salir del nido familiar y aprenden a volar. Tras ser secuestrados por los "puros", el primero, Kludd, se convertirá en un eficaz soldado al servicio de los "puros", mientras que Soren logrará escapar e integrará el bando de los queribles guardianes. El enfrentamiento, por lo tanto, queda planteado desde el principio.

    El problema del film -más allá de su articulación de una mitología bastante obvia derivada de, por ejemplo, El señor de los anillos - es que no encuentra personajes capaces de conectar con el público (o los públicos): resulta demasiado elemental para los adultos y demasiado cruel y solemne para los más chicos (a pesar de que hay un cuidado por no mostrar sangre, es desaconsejable para menores de 10 años).

    Así, los pasajes en los que se intenta "aflojar" la tensión con escenas muy editadas que incluyen múltiples observaciones de color con fondo musical o que proponen situaciones cómicas resultan decididamente forzados, a contramano de un relato que Snyder pretende manejar por otros rumbos y con otros climas mucho más descarnados y sórdidos.

    Lo mejor del film, por lo tanto, tiene que ver con los hallazgos visuales de la animación tridimensional. Más allá de algunos regodeos innecesarios (tomas en cámara lenta que permiten mostrar, por ejemplo, el choque de las gotas de lluvia contra las plumas de las lechuzas), las imágenes alcanzan una belleza, una plasticidad, una textura y una profundidad que el cine pocas veces ha logrado. Es allí donde reside el principal mérito y casi el único valor de una historia que extraña en su construcción y en su dimensión dramática la misma categoría que sí alcanzó en su acabado formal.
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  • Huellas y memoria de Jorge Prelorán
    El hombre detrás del mito

    Venerado por un puñado de cinéfilos, colegas y discípulos, Jorge Prelorán filmó mucho, pero su obra se vio poco en la Argentina (vivió tres décadas fuera del país). Bastante se ha escrito sobre su cine etnobiográfico, se sabe que fue nominado al Oscar, pero entre el mito construido alrededor de su figura y la llegada real de su filmografía hay una enorme distancia.

    Ese abismo es el que se encarga de salvar (al menos en parte) este logrado documental de Fermín Rivera, precisamente uno de sus "seguidores" más incondicionales, que dedicó casi un lustro a construir este retrato humano y artístico del director, fallecido en marzo de 2009, a los 75 años.

    El film -siguiendo una prerrogativa del propio Prelorán- opta en una de sus primeras escenas por evitar el sonido sincrónico. Así, escucharemos al cineasta en off y lo veremos en pantalla, pero nunca hablando a cámara. En cambio, Rivera sí incluye -en una decisión bastante polémica- varios testimonios directos de gente que lo conoció o que valora sus trabajos y su influencia (algunos, además, bastante prescindibles).

    La película es didáctica (arranca desde su niñez asmática, sigue por su adolescencia ya ligada al cine, por la oposición de sus padres que querían verlo como arquitecto y terminaron considerándolo como la "oveja negra" de la familia, por su primera incursión en los Estados Unidos como estudiante en Berkeley, por sus trabajos iniciales con una Bolex vieja que lo acompañaría durante buena parte de su carrera, por un divorcio prematuro con una mujer con la que tuvo una hija, por sus becas Guggenheim y su relación con la Universidad Nacional de Tucumán, por sus films en el noroeste, por sus limitaciones como padre, y por las contrapuestas lecturas ideológicas alrededor de su cine, hasta llegar a su lucha final contra el cáncer), pero resulta casi siempre honesta, lúcida, cuidada y atrapante. No deja de ser un panegírico, es cierto, pero Rivera se permite mostrar unas cuantas dudas, contradicciones y limitaciones de su homenajeado.

    Así, Huellas y memoria de Jorge Prelorán se convierte no sólo en un sólido documental que viene a llenar un hueco en la historia cinéfila argentina sino también en una suerte de testamento fílmico por parte de un artista que marcó una época, impuso un estilo y dejó unos profundos y ricos retratos sobre esa Argentina que no mirábamos y que todavía, en muchs casos, seguimos sin mirar.
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  • Sin retorno
    Sin retorno
    Otros Cines
    Vivir y morir en Buenos Aires

    La visión de esta opera prima del director y coguionista Miguel Cohan me dejó una sensación contradictoria: por un lado, apuesta por un tipo de cine que no me interesa demasiado y que a esta altura ya me tiene un poco cansado (esas fábulas morales "de guión" con una estructura coral con encadenamientos y entrecruzamientos hiperdiseñados en la línea de, digamos, el Robert Altman de Ciudad de ángeles o el Paul Haggis de Crash / Vidas cruzadas). Al mismo tiempo, no puedo dejar de reconocer que -dentro del panorama nacional, tan afecto a los excesos discursivos, los subrayados bajalínea- el film se sostiene con dignidad, profesionalismo y termina siendo bastante convincente en su propuesta.

    Tras los acordes y la voz del Flaco Spinetta en Post-crucifixión, el clásico de Pescado Rabioso, arranca la descripción de los personajes (que van desde adolescentes a veteranos, de distintos orígenes y clases sociales), que -producto del azar y el destino- se irán cruzando en una noche de furia con accidentes callejeros y cuyas existencias se irán complicando cada vez más a partir de ocultamientos familiares, presiones mediáticas e investigaciones judiciales truchas en un derrotero con un efecto bola de nieve irrefrenable.

    La película se propone (y por momentos consigue su objetivo) como una mirada despiadada al estado de las cosas en una sociedad argentina marcada por la hipocresía, la doble moral, el cinismo, el miedo, la corrupción, la inseguridad, el individualismo (la falta de solidaridad) y la falta de garantías republicanas (que genera un inevitable deseo de venganza y "ojo por ojo").

    Hay en el film algo de la impronta hitchcockiana (el peso de cargar con la culpa, el tipo común, inocente, obligado por las circunstancias a sumergirse en situaciones extremas) y, por qué no, algo del cine de Adolfo Aristarain. Lo dicho: Sin reservas es un film de indudable solvencia técnica, formal e interpretativa (igual hay algunos desniveles entre los actores) y una buena carta de presentación de Cohan. Para mí, se trata de un cine quizás demasiado calculado y recargado (de "mensaje", de moraleja sobre la descomposición del tejido social), pero no deja de ser un más que interesante producto dentro de una vertiente industrial que necesitaría cada año de muchos exponentes sólidos como éste.
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  • Mi familia
    Mi familia
    Otros Cines
    El amor es más fuerte

    Repaso las líneas que escribí sobre esta notable película cuando se presentó en febrero último, en el marco del Festival de Berlín, y -a casi 8 meses de aquella experiencia- las primeras ideas que me vienen a la cabeza son dos: 1) Que hubiese sido un excelente material para convencer a indecisos durante el largo, arduo y acalorado debate sobre el matrimonio igualitario; y 2) Que a través del humor (esta película tiene algo de comedia de enredos) se pueden decir -a veces de forma más convincente que con el melodrama "importante"- cosas profundas, honestas, tiernas, sinceras y, por lo tanto, conmovedoras para el espectador.

    Mi familia, lo nuevo de esa siempre interesante directora indie-queer que es Lisa Cholodenko (High Art), narra las desventuras de una pareja lesbiana (notables trabajos de Julianne Moore y Annette Bening, firmes candidatas a alguna nominación al Oscar) con dos hijos adolescentes concebidos por inseminación artificial (Mia Wasikowska, la Alicia de Tim Burton, y Josh Hutcherson), cuya relación de muchos años se ve trastornada por completo cuando los jóvenes deciden contactar al donante de esperma (Mark Ruffalo), que resulta ser el simpático dueño de un restaurante naturista que seducirá a todos generando una gran confusión e incertidumbre en el seno de ese núcleo familiar hasta entonces sólido e inalterable.

    Con gran timing, buenos climas, diálogos inteligentes, observaciones punzantes, situaciones creíbles y excelentes actuaciones, Mi familia viene conquistando distinciones y elogios en festivales (arrancó en Sundance y en la Berlinale ganó con toda justicia el muy popular e influyente premio Teddy al mejor film de temática GLTB) para luego cosechar de forma casi unánime críticas laudatorias (a las que me sumo con este texto).

    Como plus y curiosidad, durante un pasaje central del film (una comida en familia) los personajes hablan maravillas de la Argentina y coinciden en que “Buenos Aires es la ciudad más bella del mundo”. No sé si realmente estos artistas conocen a fondo nuestra ciudad o si exageran, pero no hacía falta nada de eso para conquistarnos: los personajes tienen la suficiente carnadura humana, la sinceridad y la empatía necesarias como para que la película -leve y profunda a la vez- resulte un retrato fascinante sobre los nuevos conceptos de familia, sobre el amor, la lealtad y el respeto más allá de los prejuicios reinantes y de las preferencias sexuales que cada uno tenga.
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  • Ni dios, ni patrón, ni marido
    Ambiciosa historia coral con discretas actuaciones

    Centrada en la aparición del movimiento feminista

    Esta coproducción argentino-española dirgida por la catalana Laura Mañá reconstruye una época de nuestro país (fines del siglo XIX), una incipiente tendencia sociopolítica (la irrupción del feminismo dentro del movimiento anarquista) y una historia puntual (la de la pionera Virgina Bolten) que resultaban en principio más que interesantes. Sin embargo, el resultado final, más allá de ciertos hallazgos y de su digno acabado formal, no está a la altura de semejante empresa ni mucho menos de las múltiples posibilidades que permitía en términos de narración cinematográfica.

    Más allá de la importancia, potencia e implicancia de los hechos que el film aborda (desde las luchas gremiales impulsadas en las hilanderías por las trabajadoras incluso frente a una represión persistente y coordinada por parte de los grupos de poder hasta los esfuerzos casi heroicos para la publicación clandestina de La voz de la M ujer, primer periódico anarco-feminista entre 1896 y 1897), el film dilapida buena parte de su potencial en escenas obvias y subrayadas, en contradicciones más bien torpes y en diálogos demasiado explícitos y didácticos que limitan la fluidez del relato y la conexión emocional del espectador con las vivencias de los personajes.

    El guión de esta historia de ambiciosa estructura coral (el protagonismo está muy repartido), que fue escrito a cuatro manos por Esther Goris (impulsora del proyecto) y Graciela Maglie, vincula varios personajes de los más diversos orígenes y pertenencias sociales: desde la apuntada luchadora libertaria Virgina Bolten (Eugenia Tobal) hasta la distinguida y exitosa cantante de ópera Lucía Boldoni (Goris), que termina abrazando la lucha de las trabajadoras, pasando por empresarios, senadores y militares que intentan sostener a sangre y fuego el statu quo frente a la creciente amenaza de "las bandas de ácratas y locas" (así las definen).

    El film tiene algunas observaciones interesantes (como el machismo reinante en aquellos tiempos, que no distinguía clases sociales ni ideologías políticas) y propone una reconstrucción de época modesta pero digna. El principal problema pasa por las interpretaciones (carentes de la enjundia necesaria o, por el contrario, demasiado cerca de la afectación y la sobreactuación), que en muchos casos deben lidiar con diálogos demasiado solemnes, estructurados y no del todo creíbles. Tampoco crece el relato cuando se sumerge en el tortuoso melodrama romántico (la relación entre Goris y Daniel Fanego).

    Así, Ni Dios ni patrón ni marido, con sus alegorías y sus inevitables paralelismos con la actualidad, se queda muchas veces en viñetas aisladas (algunas más lucidas y logradas que otras), en meros esbozos de un retrato social que no logra trascender el trazo grueso.
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  • El descenso 2
    El descenso 2
    La Nación
    Suspenso, horror y destreza narrativa

    Llega una secuela con terror británico

    Hace cinco años se estrenó El descenso , un muy logrado exponente del cine de terror británico sobre unas jóvenes amigas que se sumergían en unas cuevas de los Apalaches, hasta entonces inexploradas, en las que resultaban presas fáciles de los crawlers, una raza de cazadores subhumanos -ciegos pero ávidos de alimento- que habitaban en las profundidades.

    El éxito comercial y crítico de aquel film del cotizado guionista y director Neil Marshal fue inmediato (incluso en la Argentina) y, por eso, no extrañó que se concretara esta secuela que, si bien cambió de realizador (es el debut tras las cámaras del reconocido montajista Jon Harris) y de autores, mantiene con nobleza buena parte de los hallazgos de la historia original.

    Ambientada en el mismo lugar y pocas horas después del primer film, El descenso 2 arranca cuando Sarah Carter (Shauna Macdonald) aparece golpeada, ensangrentada y sin poder recordar nada de lo sucedido en las cuevas. La policía y los rescatistas no le creen demasiado y a las pocas horas la obligan a que los acompañe al mismo lugar para buscar a sus compañeras desaparecidas. Una vez que bajan por el ascensor de una vieja mina del lugar comienza otra tensa, sangrienta, claustrofóbica odisea sobre la supervivencia del más apto en un submundo lleno de peligros naturales (desprendimientos de rocas, zonas inundadas) y de despiadadas bestias carnívoras.

    La película es bastante lineal -hay algunos breves flashbacks que recuerdan los traumas familiares de la protagonista y un recurso (la aparición de una cámara de video) que permite ver imágenes de las jóvenes perdidas-, pero los guionistas tienen reservadas un par de sorpresas para su segunda mitad y ofrecen, por supuesto, un festival gore (y hasta escatológico) con situaciones de violencia extrema que aseguran no pocos sustos y que los seguidores del género sabrán apreciar.

    Algunos podrán argumentar que El descenso 2 es más de lo mismo, aunque también es cierto que "más de lo mismo" significa en este caso otras buenas dosis de suspenso, de horror y de destreza narrativa (buena utilización del fuera de campo, de las distintas capas de la banda sonora y de la climática música a base de sintetizadores). Es decir, los argumentos que consagraron a la película original y que esta sólida secuela sostiene con bastante dignidad.
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  • Una pareja despareja
    Dos extraños amantes

    Vi esta película en su estreno mundial, en el marco de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2009, con los dos guionistas/directores y el mismísimo Jim Carrey presentándola sobre el escenario de la sala Stéphanie Théâtre Croisette. Me pareció -y lo escribí entonces- toda una audacia, no tanto para una propuesta independiente (el principal financista fue el todopoderoso productor francés Luc Besson) sino para las carreras, siempre tan cuidadas, de dos estrellas de Hollywood como Carrey y Ewan McGregor.

    El tiempo me dio la razón: 15 meses después el film aún no se ha estrenado en los Estados Unidos, a pesar de que ha sido adquirido hace tiempo por un distribuidor de ese país ¿Autocensura? ¿Conservadurismo?

    Aquí, por suerte, Una pareja despareja (un título local muy poco inspirado) llega finalmente a las salas comerciales y, por lo tanto, su lanzamiento merece ser saludado con especial énfasis. Tras la aprobación del matrimonio igualitario, estamos aquí en un ambiente social friendly para una película como de estas características

    Inspirada en una insólita historia real, los guionistas de la notable Un Santa no tan santo debutaron en la dirección con esta desprejuiciada comedia negra de amor gay, plagada de millonarias estafas y engaños tan ingeniosos como delirantes, que transcurre en su mayor parte dentro de prisiones, de las que se escapan (y vuelven a entrar) los protagonistas/amantes interpretados por Carrey y McGregor.

    Con un sólido guión y con actuaciones bastante arriesgadas (que incluyen besos apasionados y escenas extremas) por parte de los dos astros, se trata de una película de eficacia irregular en sus gags (hay más hallazgos que traspiés), pero muy disfrutable y con un inevitable, merecido destino de culto.


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  • Lula, el hijo de Brasil
    Una vida de película, una película sin vida

    Una biopic sobre Lula cuando éste todavía es presidente en ejercicio parecía de entrada una movida más oportunista que oportuna, pero las motivaciones políticas detrás de este proyecto (que también merecen su análisis) quedan esta vez minimizadas frente a la alarmante mediocridad artística del film. Si alguien la pensó como un tributo o, peor aún, como ayuda a la campaña electoral de su casi segura sucesora, Dilma Rousseff, cometió un error de grandes proporciones.

    Este panegírico sobre la figura de Lula (desde su infancia llena de carencias hasta que se convierte en el carismático líder de los metalúrgicos de San Pablo) es torpe, obvio, plagado de convencionalismos, de golpes bajos, de clisés, de los lugares más comunes y berretas del género de las películas biográficas pensadas para la glorificación unidimensional de la figura en cuestión. Cualquier telenovela de la red Globo -coproductora del largometraje- es más atractiva y osada que este engendro de interminables 128 minutos que jamás hace pie en lo político, lo documental, lo romántico, lo familiar ni lo melodramático.

    El film arranca, claro, a mediados de los años '40, cuando Inácio nace en el seno de una familia numerosa y de extrema pobreza con padre borracho y golpeador incluído. Su madre (la gran Glória Pires), en cambio, es poco menos que una santa y se convertirá en el gran ejemplo, sostén y fuente de inspiración en la carrera gremial y política de Lula (un poco convincente Rui Ricardo Diaz).

    De la aridez de Pernambuco a la hostilidad y sordidez de una megaurbe como Sao Paulo, la familia Da Silva sobrellevará todo tipo de contratiempos (muertes, golpes, inundaciones, trabajos miserables), mientras Lula irá creciendo en el seno de un sindicato de burócratas corruptos que se mantienen en el poder en connivencia con los militares de turno (todos personajes estereotipados en su crueldad y canalladas) y traicionando una y otra vez a los trabajadores.

    No tengo nada contra el cine popular -incluso con aquel que a veces peca de didáctico- pero aquí el director Fábio Barreto toma al espectador por estúpido. Explica absolutamente todo (incluso aquello que no hace falta) y hasta desperdicia el aporte de músicos de primera línea como Antônio Pinto y Jaques Morelenbaum. que ofrecen una banda sonora subrayada, a tono con el espíritu del relato.

    Que la producción es rica en escenas de masas, que técnicamente es solvente, poco importa. Lula, el hijo del Brasil es una película desagradable, que no le hace honor ni a la rica historia del lider político ni mucho menos a su lugar en el mundo. Demasiado poco cine para tanto estadista.


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  • Wall street 2 - El dinero nunca duerme
    El regreso del tiburón de las finanzas

    A 23 años del film original ("clásico" paradigmático sobre la generación yuppie), Michael Douglas -quien ganó el premio Oscar al mejor actor protagónico en 1988 por el recordado papel del despiadado financista Gordon Gekko- regresa en esta secuela que aprovecha la reciente explosión de la burbuja financiera para ofrecer una crítica a la codicia / avaricia / especulación / deshumanización / manipulación por parte de las grandes corporaciones bancarias.

    Oliver Stone -un director ubicado lo más a la izquierda que Hollywood puede permitirse hoy en día- entrega un producto bienintencionado y bienpensante, correcto en su realización (con algunos destellos visuales a la hora de mostrar a la Manhattan contemporánea cortesía del talentoso DF mexicano Rodrigo Prieto), pero al mismo tiempo algo elemental y previsible.

    Douglas comparte esta vez el protagonismo con un joven broker interpretado por Shia LaBeouf, cuya pareja es la hija del propio Gekko (Carey Mulligan), que representaría algo así como la inocencia, la avidez y la nueva sangre que contrasta con la experiencia de alguien curtido, que "está de vuelta", como el viejo tiburón de las finanzas.

    En el arranque del film, Gekko sale de la cárcel en 2001 luego de haber cumplido una sentencia de ocho años. Más tarde, vuelve a concitar el interés de los medios y de la opinión pública con la publicación del libro ¿Es buena la codicia? y, de a poco, va regresando al mundillo de Wall Street.

    Mientras expone los desmanejos y la soberbia de los principales ejecutivos, como el que encarna Josh Brolin (hay citas bastante directas al colapso de Lehman Brothers), el film se concentra en la relación mentor-discípulo entre Douglas-LaBeouf, en el conflictivo vínculo entre el protagonista y su hija marcado por la culpa de él y los reproches de ella, y permite que grandes intérpretes como Frank Langella, Susan Sarandon, el veterano Eli Wallach y Charlie Sheen (otro que había estado en la película original de 1987) puedan exprimir al máximo sus pocos minutos en pantalla.

    Demasiado "culpógena" y autoindulgente, con una vuelta de tuerca "humanista" incluso en el personaje "malvado" de Gekko, Wall Street: El dinero nunca duerme termina siendo más demagógica (por momentos, demasiado cerca del sermón) que punzante, más políticamente correcta que cínica y despiadada. Dice unas cuantas verdades, es cierto, pero el film no logra trascender una medianía que no irrita, pero tampoco entusiasma demasiado. -
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  • Yuki y Nina
    Yuki y Nina
    Otros Cines
    Lo mejor de dos mundos

    Un director japonés y otro francés rodaron en los dos países, con un equipo técnico y artístico mixto, una película que combina lo mejor de ambos mundos.

    Claro que al frente de este extraño proyecto están nada menos que Nobuhiro Suwa, notable director nipón de 2 Duo, M/Other, H Story y Una pareja perfecta, y el talentoso actor galo Hippolyte Girardot, que compartió la escritura del guión y la realización, mientras que se reservó para sí un papel secundario pero clave en el film. Aunque muchas veces la mezcla de estilos, orígenes y búsquedas resulta fallida, aquí los diferentes matices y sensibilidades terminan sumando para un film fascinante (jamás pintoresquista), sensible (nunca sensiblero) que va creciendo con el correr de su metraje, y que deja un sedimento, un recuerdo emotivo que se sostiene y amplifica mucho después de que el espectador haya abandonado la sala.

    Suwa y Girardot narran con gran rigor y belleza (la apuesta es por momentos ascética y minimalista) la crisis y separación de un matrimonio entre un francés y una japonesa desde el punto de vista de Yuki, de 9 años, única hija de la pareja, y su relación con su mejor amiga, Nina, con quien comparte un universo íntimo que les es propio.

    La primera parte de la película no está nada mal: se trata de un quirúrgico retrato de esa desintegración matrimonial desde la perspectiva y de las sensaciones íntimas de la protagonista, que observa y sufre en carne propia los hechos, mientras pasa casi todo el tiempo en compañía de Nina, también hija de divorciados. El problema es que su madre está a punto de volverse a Japón y ella no quiere viajar.

    Cuando todo parece encaminarse por senderos ya bastante transitados por el cine francés "de cámara", Suwa y Girardot (que interpreta al padre de Yuki) da un sorprendente giro narrativo y estilístico con una larga, subyugante (y mágica) caminata por el bosque propia de un cuento de hadas, una elipsis y una resolución inesperada que le otorgan al film no sólo una veta más propia del cine japonés sino una dimensión artística mucho mayor, propia del cine de Naomi Kawase y en sintonía con el reciente estreno coreano Los senderos de la vida / Treeless Mountain).

    Así, con el plus de un sofisticado trabajo de fotografía en sus largas y bellas tomas (por suerte, se estrena en copias en fílmico, Yuky & Nina -estrenada en la sección Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2009 y vista en el último BAFICI- propone un provechoso diálogo cinematográfico entre la estética oriental y la occidental que no debería pasar inadvertido.
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  • Sofía, cumple 100 años
    Una experiencia reconfortante

    Sofía cumple 100 años narra con suspenso, encanto y humor una vida y un país

    En el pressbook del film, el director Hernán Belón escribe una líneas de presentación en las que indica -entre otras cosas- que sólo el 0,015 por ciento de la población mundial alcanza los 100 años y resalta que la protagonista ha vivido desde el Centenario de 1910 hasta el Bicentenario actual.

    Si esos dos hechos ya de por sí resultan excepcionales, aún más lo son la intensidad de ese siglo de vida (de Sofía y del país) y la lucidez (en este caso, de la heroína del relato) con que ha llegado hasta el día en que festeja la centuria.

    Sofía sufrió todo tipo de contratiempos, golpes y tristezas (desde la absurda muerte de su padre en el terremoto de San Juan en 1944 hasta la desaparición de un hijo durante la última dictadura militar, pasando por un exilio forzado a los 67 años), pero también miles de experiencias gozosas, que son compartidas en el film a través de viejas imágenes caseras que habían sido tomadas en el ámbito familiar o directamente gracias a la prodigiosa memoria de esta encantadora mujer a la hora de recordar los hitos de su vida.

    Sofía cumple 100 años es, claro, un documental (una home-movie), pero en realidad resulta mucho más que eso: una comedia y una tragedia (la vida es una tragicomedia), un registro de época (están muy bien aprovechados los materiales de archivo) y, en definitiva, una gran historia de amor. El amor que ella profesa a sus seres queridos y que éstos le retribuyen (emociona ver la admiración, la devoción que por ella sienten sus nietas).

    El film tiene suspenso (Sofía se quiebra la cadera luego de una caída y no sabe si podrá asistir a la celebración), encanto y humor. La protagonista tiene clara conciencia de la presencia de la cámara, pero actúa con una naturalidad que convierte al espectador en un observador privilegiado de su intimidad. Belón hace fácil lo difícil: está donde tiene que estar para captar los pequeños grandes momentos, pero sin forzar jamás las situaciones, sin que su cámara resulte intrusiva y sin perder el pudor que una aproximación de estas características exige.

    La película -que tiene algunos puntos en común con la también notable Diletante , de Kris Niklison- es una emotiva celebración (y valoración) de la vida. Un verdadero hallazgo tanto en términos cinematográficos como humanos. Vale la pena acercarse, entonces, a estas viñetas de la admirable vida de Sofía. Se trata, sin dudas, de una experiencia reconfortante.
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  • Comer, rezar, amar
    Orgullosa de ser kitsch

    Pongamos un poco en contexto a la película antes de pasar a su análisis y valoración:

    1- Se trata de la transposición del libro de memorias de Elizabeth Gilbert que se mantuvo ¡150 semanas! en la lista de best sellers de The New York Times.

    2- Fue dirigida (y coescrita) por Ryan Murphy, el cotizado creador de series como Nip/Tuck y Glee.

    3- Tuvo un generoso presupuesto de 60 millones de dólares.

    4- Contó con el protagonismo (casi absoluto) de una diva como Julia Roberts.

    5- Transcurre en bellísimos exteriores de Italia, India y Bali y fue fotografíada por el talentoso Robert Richardson (El aviador, JFK).

    Ahora sí, vamos a la película, una de esas que dividen aguas: fascinará a cierto sector del público (especialmente a mujeres ya curtidas y con cierta concepción new-age de la vida) e irritará al público más cínico, que no le perdonará ni uno de sus excesos.

    ¿Por qué semejante división tajante? Porque Comer, rezar, amar es un film premeditada, orgullosamente grasa, kitsch, naïve, espiritual, sanador, liberador, terapéutico (agréguense los adjetivos calificativos que quieran dentro de esta línea). Sí, es un film de viajes, de redención, de reencuentro interior, pero también un producto que por momentos se acerca demasiado al espíritu de un manual de autoayuda.

    ¿Está mal? No necesariamente, aunque se ubique muy lejos de mi interés. Es más, el film -sin caer jamás en el cinismo sobrador ni en la ironía canchera ni en la autoparodia- apela, especialmente durante su primera mitad, a un logrado sentido del humor que aflora incluso en los momentos más "trascendentes".

    La heroína del film es Elizabeth Gilbert (Roberts), una escritora que decide poner fin a su matrimonio de 8 años con el insulso Stephen (Billy Crudup). Luego de perder (casi) todo en el proceso de divorcio, decide abandonar su previsible existencia y embarcarse en un viaje por el mundo para comer (en Italia), rezar (en la India) y amar (a un brasileño interpretado por... Javier Bardem en Bali).

    En este film -que sintoniza con ciertas líneas del cine "femenino" hollywoodense que vienen imponiendo títulos como Sex and the City , Mamma Mia! o Julie & Julia- combina gastronomía, erotismo, misticismo y espiritualidad (duelo, arrepentimiento, perdón, iluminación, meditación, devoción) y -claro- frases célebres y lecciones de vida.

    Entre canciones de Neil Young, escenas concebidas para el lucimiento de los distintos intérpretes secundarios que van apareciendo (Richard Jenkins, James Franco, Viola Davis y el gurú desdentado a-lo-maestro Yoda que encarna Hadi Subiyanto), glamour y cursilería, pintoresquismo turístico for export, clisés y lugares comunes, Comer, rezar, amar resulta un pastiche simpático (en su primera hora) y algo cansador y recargado (en su segunda).

    Mis colegas se burlaron en la proyección de prensa a viva voz del film durante buena parte de su extenso metraje. Yo disfruté de algunos aspectos (incluso de los que me resultan muy ajenos por tener una sensibilidad casi opuesta a la que aquí se propone) y odié varios otros. De todas maneras, no me parece un film despreciable ni mucho menos. No tengo dudas de que tendrá su público y no pocos defensores. Seguramente no compartiré muchos de sus argumentos, pero -en línea con la moraleja de la propia película- puedo entenderlos y aceptarlos.
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  • El rebelde mundo de Mía
    Acariciando lo áspero

    Esta segunda película de la talentosa directora de Red Road (opera prima ganadora del Premio del Jurado en Cannes 2006) repitió el mismo galardón (en este caso, compartido con Thirst) en la edición 2009 del prestigioso festival francés.

    La realizadora británica describe las vivencias de Mía (consagratorio trabajo de Katie Jarvis), una quinceañera inestable y solitaria que vive en un barrio gris de monoblocks en la zona de Essex con su desbordada e irresponsable madre (Kierston Wareing) y con su pequeña hermana Tyler. Rechazada por el sistema escolar y por la gente de su edad, la protagonista manifiesta un profundo y violento rechazo por cualquier tipo de contacto, hasta que un día su mamá lleva a la casa a Connor (el gran Michael Fassbender), un misterioso y extrovertido desconocido de origen irlandés que será capaz de conmover las atribuladas y previsibles existencias en ese cerrado y tenso universo femenino.

    En la línea del cine social de Ken Loach y de los hermanos Dardenne, Arnold sostiene el relato, alejándose lo más posible de los golpes bajos, aunque sin por eso dejar de ser impiadosa ni sensible en su retrato humano de seres que, tras su fiereza, su hostilidad, su rebeldía y su cáscara de dureza, esconden un vacío existencial que los angustia, una precariedad, una falta de expectativas, una fragilidad y una inmensa vulnerabilidad, producto de tantas carencias económicas y, sobre todo, afectivas.
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  • El Rati Horror Show
    Un modelo de documental político

    Luego de Whisky, Romeo, Zulu y Fuerza Aérea SA, Enrique Piñeyro continúa con su cruzada de denuncia sobre la corrupción, el encubrimiento, la hipocresía y la falta de justicia en la sociedad argentina y consigue un potente, demoledor, modélico documental de investigación que desnuda la falta de escrúpulos, la impunidad, la hipocresía y la connvivencia entre la policía y el aparato judicial.

    Esta vez, el realizador de Bye Bye Life no se ocupa de la seguridad aérea (tema en el que es un reconocido experto) sino del caso de Fernando Ariel Carrera, un comerciante treintañero y padre de tres hijos que en enero de 2005 manejaba por la Avenida Sáenz y -en medio de un tiroteo- quedó como único condenado (primero por los medios de comunicación y luego por la justicia) de la denominada "Masacre de Pompeya". Hoy, a pesar de que Piñeyro demuestra su absoluta inocencia, Carrera permanece detenido en la cárcel de Marcos Paz.

    Con un notable uso de las nuevas tecnologías audiovisuales (más allá del regodeo en ciertos gadgets que posee), Piñeyro presenta primero el caso (cobertura mediática y juicio) en el que, en principio, no cabe ninguna duda de que Carrera es un delincuente que merece los 30 años de cárcel que le dan (los vecinos, incluso, piden que lo linchen cuando lo suben a una ambulancia luego de recibir ocho balazos).

    Pero en los contundentes, conmovedores (e indignantes por lo que expone) 90 minutos de El Rati Horror Show, Piñeyro expone -con un impecable didactismo y enorme claridad- que todo ha sido fruto de la mentira, del engaño. El director (que aparece todo el tiempo en pantalla junto a sus colaboradores) desarma una por una las supuestas pruebas utilizadas para inculpar a Carrera, que ofrece también un puñado de atinados argumentos en los testimonios que dan cuenta de la condena mediática y pública.

    El realizador expone también con enorme rigor la larga historia de excesos y atropellos de la comisaría 34 de Pompeya -ligada a tristes casos de gatillo fácil como el de Ezequiel Demonti- y cómo se movió con total impunidad en este caso para dar vuelta el caso y presentar a Carrera como un psicópata y asesino serial.

    Como a muchos, a mí Piñeyro no me gusta cuando "actúa" de sí mismo en pantalla: luce por momentos demasiado soberbio, sobrador, canchero, cínico y autoindulgente (reconozco que tiene un buen manejo de la ironía y cierta impronta de estrella de Hollywood de los '40), pero como en los trabajos anteriores hay que dejar de lado su arrogancia (y los estúpidos lugares comunes que intentan minimizar su accionar por su condición de millonario) y sacarse el sombrero por la valentía de sus posturas públicas (es uno de los pocos que dice realmente las coasa por su nombre) y la solvencia de su tarea artística.

    Ojalá esta película sirva para que un tipo que se está pudriendo injustamente en la cárcel recupere su libertad y vayan presos quienes realmente lo merecen. Será justicia. Y será, también, mérito de ese personaje extraño, contradictorio pero finalmente reivindicable que se llama Enrique Piñeyro, una suerte de Michael Moore autóctono pero sin tanto marketing y con mucho más huevos.
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  • Los jóvenes muertos
    Sin motivo aparente

    En Los jóvenes muertos, Leandro Listorti -crítico y programador del BAFICI- reconstruye a partir de una propuesta hiper-rigurosa -largos planos fijos, sin personajes en cámara (sólo algunos aislados testimonios en off que no “explican” demasiado)- la trágica historia de Las Heras, ciudad santacruceña signada por la industria petrolera en la que durante la última década y media se ha producido el suicidio -sin motivo aparente- de casi 30 adolescentes y jóvenes ¿Desesperanza? ¿Depresión? ¿Falta de oportunidades? ¿Extraños rituales?

    Se trata de un film de fantasmas y ausencias (que se plantea cómo filmar la muerte sin caer en la obscenidad y la explicitud), de climas y detalles (tanto de imagen como de sonido), de sutiles e inspiradas observaciones que eluden cualquier atisbo de sociologismo o la bajada de línea moralizadora. Con una puesta en escena exigente, pero llena de hallazgos, Listorti se suma a la lista de directores a seguir.
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  • Awka Liwen
    Awka Liwen
    La Nación
    Un relato revisionista y sumamente polémico

    Awka Liwen narra la lucha del pueblo mapuche

    El historiador Osvaldo Bayer se asoció con el realizador y abogado especializado en derechos indígenas Mariano Aiello y con la cineasta y politóloga alemana Kristina Hille para este cuidado, contundente y seguramente polémico documental sobre el exterminio de los pueblos originarios de la Argentina y la apropiación de sus tierras.

    El eje de este ensayo revisionista -que cuestiona duramente la historia oficial- pasa, por supuesto, por la denuncia de los abusos de la Campaña del Desierto liderada por Julio Argentino Roca, aunque el autor de La Patagonia rebelde -impulsor del proyecto, coguionista, principal figura en pantalla y único narrador-se remonta a iniciativas previas de Juan Manuel de Rosas y Bernardino Rivadavia que también tuvieron como objetivo la aniquilación de mapuches, ranqueles y tehuelches para apoderarse de sus posesiones.

    Bayer y los dos realizadores se apoyan en una exhaustiva investigación previa, en los testimonios de -entre varios otros- los historiadores Arturo Emilio Sala, Felipe Pigna, Norberto Galasso y Marcelo Valko; del biólogo Alberto Kornblihtt, de la antropóloga Diana Lenton y del periodista económico Maximiliano Montenegro, así como en las duras experiencias de vida de los descendientes directos de las víctimas (Bayer pone especial énfasis en que el 63 por ciento de los argentinos tiene algún antepasado ligado con los pueblos originarios).

    El recorrido histórico que traza Awka Liwen ("Rebelde amanecer" en mapuche) no sólo aborda las políticas de Estado en la materia o el racismo estructural de la sociedad argentina sino que llega hasta la actualidad, ya que se ocupa de las consecuencias de los desmontes en Salta, de los latifundios extranjeros como el del grupo Benetton y -en un aspecto que generará más de una controversia- la reciente batalla por las retenciones al agro.

    Más allá de la propuesta de Bayer (tan radical que provocará una inmediata adhesión o un fuerte rechazo según las posturas ideológicas de cada espectador), Awka Liwen es un relato sencillo (en términos puramente cinematográficos es bastante elemental) y honesto. Dice las cosas por su nombre, denuncia los atropellos sufridos (y que en algunos casos siguen sufriendo) por los indígenas, y defiende los derechos y las reivindicaciones de los pueblos originarios. Quien quiera oír, que oiga.
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  • El último exorcismo
    Una historia enigmática con vuelo propio

    Rodada con cámara digital, con actores poco conocidos y con un mínimo presupuesto para los estándares del cine norteamericano (1.500.000 dólares), esta película dirigida por el alemán Daniel Stamm se convirtió en la gran sorpresa comercial (en pocos días ya recaudó 30 veces su costo) y, en varios aspectos, también en la revelación artística del cine de terror de los últimos meses.

    Inspirado en Marjoe , corto ganador del premio Oscar en 1972 sobre los trabajos finales de un falso predicador pentecostal, este nuevo film tiene como protagonista al reverendo Cotton Marcus (Patrick Fabian), un cínico y desilusionado ministro de la zona de Luisiana que viaja para realizar su último trabajo de exorcismo. En realidad, su larga carrera como experto en la lucha contra las fuerzas diabólicas no ha sido otra cosa que una sucesión de hábiles engaños, manipulaciones, ilusionismos y sugestiones varias.

    Pero, justo cuando este showman estafador está a punto de retirarse, se encuentra con un caso decididamente real: el de una adolescente embarazada y poseída por fuerzas demoníacas, más un posible incesto, más todo tipo de explosiones por parte de un padre alcohólico y un hermano violento, más la aparición de animales muertos, más ritos propios del vudú y una larga serie de otras amenazas. Todo esto, además, ante el atento seguimiento de unos realizadores que filman cada uno de sus pasos para un especial televisivo.

    Atildado y sobrio

    Es cierto que el film guarda no pocas similitudes estéticas y temáticas con otros recientes éxitos del género como Actividad paranormal, [REC] y, muy especialmente, con El proyecto Blair Witch y un clásico como El exorcista , pero esta producción de Eli Roth (responsable de la saga Hostel ) tiene vuelo propio, a partir de un sólido guión, una impecable utilización de los diferentes recursos narrativos (la cámara en mano o subjetiva), una lícita incursión en el falso documental y el found footage y un sobrio, atildado manejo de la tensión, del suspenso y, claro, de esos bien elaborados estallidos de terror truculento capaces de sobresaltar y conmover al espectador cuando éste menos lo espera.

    Para el debate, en cambio, quedarán las múltiples interpretaciones posibles para la resolución del film, que ha generado ya incontables y acaloradas discusiones en el vasto universo de los blogs y de las redes sociales de Internet. Ya es tiempo, entonces, de que los cinéfilos argentinos se sumen a la polémica.
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  • Gaturro
    Gaturro
    Otros Cines
    Avance técnico, retroceso narrativo

    ¿La mitad del vaso lleno o vacío? ¿Qué priorizar a la hora de analizar esta incursión del popularísimo personaje de Nik en la pantalla grande? Es que al innegable salto de calidad en el terreno tecnológico -en comparación con, por ejemplo, Boogie, el aceitoso, también producida por Illusion Studios- se le opone un guión lleno de lugares comunes, reiteraciones y baches que dilapida buena parte de los hallazgos visuales. El balance, entonces, es un poco desfavorable, porque a un profesional del cine pueden satisfacerle los logros en la animación digital y los efectos 3D, pero a la familia que paga las entradas le interesa en principio que le cuenten una buena historia, que fluya con gracia y dinamismo.

    Y es aquí donde empiezan los problemas de Gaturro: ni los 6 guionistas aquí contratados (incluido el propio Nik) ni el script doctor (que no pudo "curar" al "enfermo") confunden ritmo con un vértigo desmedido (por momentos, casi lindante con el caos) y apelan a demasiados clisés, reiteran una y otra vez los mismos chistes, y salen de los atolladeros con las mismas fórmulas de siempre. Así, los 90 minutos del film se estiiiiiiiiiran como chicle y el encanto del personaje y de algunos gags genuinamente graciosos se derrite como un iceberg en pleno calentamiento global.

    El triángulo entre ese querible loser que es Gaturro, su amada (y algo despótica) Agatha y el "concheto" rival Max funciona bien al principio, pero luego el planteo se torna demasiado repetitivo y los apuntados agujeros (cráteres) intentan ser disimulados con musicales (como el del ratón/profesor de teatro Rat Pitt), persecuciones y otras situaciones que intentan "apurar" la trama.

    No es difícil advertir el intento de recuperar aquí el slapstick de los Looney Tunes y elementos reciclados de films como Los Increíbles, Transformers o Misión: Imposible, pero esos "homenajes" resultan el menor de los inconvenientes.

    La utilización de los efectos 3D son vistosos, pero al mismo tiempo caen en el regodeo, es como si los realizadores sintieran una compulsión por demostrarle al espectador que saben hacer las cosas bien y que tienen la tecnología necesaria. Resulta, así, la antítesis de los films de Pixar, que sólo apelan a ellos con fines dramáticos, cuando tienen algo que "contar". Algo similar ocurre con la música y el uso del sonido, siempre en primer plano y trabajados de manera obvia e intrusiva. A mí, semejante ametrallamiento de saltos, acordes y golpes me generaron un fuerte dolor de cabeza durante la visión del film.

    Sé que hacer una buena película de animación demanda mucho ;tiempo de elaboración, requiere de una gran inversión (dicen que costó 3,5 millones de dólares) y la participación de muchos artistas (aquí hasta se subcontrató a empresas de la India), pero justamente por eso hay que poner un mayor énfasis en el guión, aspecto clave para que después la narración -apoyada en la calidad técnica que ya existe en nuestro país- funcione como el espectador se merece.
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  • Gorri
    Gorri
    Otros Cines
    Retrato de una ausencia

    ¿Cómo hacer (o seguir, o repensar, o terminar) un documental sobre alguien que se muere en la mitad del proyecto? Eso es lo que le ocurrió a Carmen Guarini con el inmenso pintor Carlos Gorriarena, fallecido en enero de 2007, a los 81 años.

    La "solución" que encontró la directora de Tinta roja y Meykinof fue retratar esa súbita ausencia y reflexionar sobre cómo se reacomoda todo (la familia, la obra, la valoración crítica) cuando ese artista genial y magnético ya no está.

    Por supuesto, Gorri -un peronista algo anarco, bohemio y antiestablishment, irónico y provocador- está presente en apariciones públicas, en la cotidianeidad de su entorno íntimo, en una cena con amigos en el restaurante El General, en un intercambio con "locos", en su taller, pero esta vez el documental biográfico deja lugar a la influencia (la ausencia) que queda en su viuda, en sus hijos, y en el mundo del arte en general.

    Aunque no siempre fluye de la misma manera, el relato, el acercamiento póstumo a la figura de Gorri y la apuesta general de Guarini resultan tan audaces como finalmente bastante logrados. Un documental valioso.
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  • El baile de la victoria
    Una sombra ya pronto serás

    ¿En serio es una película de Fernando Trueba? ¿En serio es un film con Ricardo Darín? Cuesta entender (no tanto explicar) cómo esta transposición del best seller del chileno Antonio Skármeta resulta tan fallida. Nada, absolutamente nada funciona en ninguno de los terrenos. Hasta el astro argentino -que saca a relucir todo su oficio para no caer en el ridículo- luce forzado, incómodo e inverosímil ante los diálogos ampulosos, antinaturales, sobreescritos de su personaje (en verdad, de todos los personajes).

    El film -ambientado durante la incipiente apertura democrática chilena pero con la sombra aún omnipresente del dictador Augusto Pinochet- narra la relación que se va estableciendo entre dos personajes opuestos entre sí que salen casi al mismo tiempo de la cárcel producto de una amnistía generalizada en el país: por un lado, Nicolás Vergara Grey (Darín), un cincuentón duro, curtido, mito viviente del hampa, que está de vuelta de todo, cuyo único objetivo es recuperar a su mujer Teresa (Ariadna Gil), ahora en pareja con un millonario reaccionario, y a su hijo preadolescente al que casi no conoce y menos entiende; por el otro, Angel Santiago (un exagerado Abel Ayala), ladrón de poca monta, veinteañero, inocente y entusiasta, que se enamora perdidamente de Victoria (Miranda Bodenhöfer), una bailarina muda que ha quedado traumada por el asesinato de sus padres a mano de los militares.

    La obviedad de la relación padre-hijo (sustituta, claro) y maestro-aprendiz es lo de menos. El baile de la Victoria no funciona jamás cuando apela al thriller político a-lo-Costa Gavras, al melodrama romántico, a los códigos del noir, a la comedia costumbrista ni al retrato sobre las insuperables diferencias sociales. Es más, por momentos da vergüenza ajena por la elementalidad de sus líneas de diálogo, el uso torpe de los flashbacks y la voz en off (ugggghhh, esa espantosa escena en la que Nicolás se reencuentra con Teresa y ambos “dialogan” en sus mentes), la musicalización subrayada, el montaje...

    Trueba -un director en caída libre, que supo hacer unas cuantas buenas películas, desde El sueño del mono loco hasta La niña de sus ojos, pasando por Belle Epoque y su incursión hollywoodense con Two Much- dilapida incluso los escasos momentos de intensidad, como cuando Darín entona ante la mirada de su amada una desgarradora versión a-lo-Tom Waits de El día que me quieras y el realizador la "engancha" con un solo de trompeta bien grasa.

    Película pomposa, grave, afectada (con una absurda mezcla de tonos y acentos) y, al mismo tiempo, edulcorada y falsamente lírica (qué fea utilización de la poesía de Gabriela Mistral), El baile de la Victoria es una película tan llena de cosas insustanciosas que termina siendo tan vacía y hueca como las obvias citas cinéfilas de un Trueba que hoy resulta una sombra, un fantasma de ese gran director que alguna vez fue.
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  • El ambulante
    El ambulante
    La Nación
    Una historia mínima del cine

    El documental El ambulante recupera la figura del "Ed Wood" argentino

    Consagrado en la competencia internacional del último Bafici (donde ganó el premio del público) y galardonado luego también en varios otros festivales, este retrato sencillo y eficaz sobre Daniel Burmeister, una suerte de Ed Wood argentino que recorre los pueblos más aislados del país filmando solo, con su camarita de video al hombro, películas interpretadas por los propios vecinos, tiene todos los atractivos (empezando por buenas dosis de humor y empatía) para trascender el generalmente limitado alcance de los documentales.

    Los tres directores -con una mucho más profesional cámara HDV- siguen a este hombre de 67 años y casi 60 películas en su haber desde que llega en su destartalado Dodge 1500 al caserío de Benjamín Gould hasta que se retira -rumbo a otros destinos cinematográficos- luego de haber filmado durante un mes (y estrenado el producto terminado ante la atenta y emocionada mirada de los improvisados actores y del resto de los vecinos del lugar) una comedia muy bizarra que incluye desde escenas de casamiento hasta otras ambientadas en el cementerio local.

    Entre el making of y la historia de vida de este "loco lindo", los realizadores construyen un amable y por momentos emotivo trabajo (por suerte evitan cargar las tintas) que funciona mejor cuando descansa en una estructura narrativa más armónica que cuando apela a los testimonios a cámara o cede a cierta demagogia o a una mirada un poco condescendiente. Epica minimalista, film sobre los sueños y la fuerza de voluntad, El ambulante resulta una lograda reivindicación del cine más artesanal que se pueda imaginar.
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  • Los Indestructibles
    Un film indestructible

    Sylvester Stallone entrega una frenética oda a la violencia que sabe entretener

    Menospreciado durante toda su carrera por la crítica y la cinefilia "cultas", Sylvester Stallone se ha convertido -no sólo como actor sino también como guionista y realizador- en una figura de culto para aquellos que siguen añorando todavía hoy el espíritu de las películas de acción de los años 70 y 80. A esa generación formada en grandes salas de la calle Lavalle y luego en videoclubes con VHS, a esos nostálgicos precoces que crecieron con las sagas de Rambo y Rocky , está dedicada Los indestructibles , un blockbuster "como los de antes".

    Stallone, en su faceta de director, coguionista y cabeza del elenco, reúne en este film old-fashioned a varios de los íconos del género: Jason Statham, Jet Li, Dolph Lundgren, Mickey Rourke y hasta dos participaciones especiales (y muy divertidas) de Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger. La idea, por lo tanto, es demostrar que esta vieja guardia sigue vigente y no sólo eso: que continúa reivindicando una forma de hacer cine de acción que podríamos definir como pre-digital. En Los indestructibles -si bien hay escenas apoyadas en las imágenes generadas por computadora- se recupera la esencia de la violencia física, seca, cruda, sin efectismos, artificios ni regodeos innecesarios.

    Muy incorrecto

    El aspecto más controvertido de esta nueva apuesta de Stallone y compañía es, sin dudas, su incorrección política, capaz de irritar y hasta indignar a mucho espectador bienpensante. Los indestructibles apela a todos y cada uno de los clisés de los 80: mercenarios dispuestos a todo por una buena paga, dictadores latinoamericanos de republiquetas bananeras que ni siquiera hablan bien el español y que son manipulados por inescrupulosos empresarios estadounidenses (el hilarante villano estereotipado es Eric Roberts) y todo tipo de pequeños y grandes desatinos. Es como si el film encarnara los viejos estandartes de los republicanos ochentistas en plena apertura de la era Obama.

    Mas allá de sus excesos, apelaciones al ridículo y arbitrariedades varias, Los indestructibles entrega en sus frenéticos, vertiginosos 103 minutos todo aquello que el fan de Stallone espera: una sucesión de secuencias explosivas con los protagonistas disparando y golpeando a todo aquel que se les ponga enfrente (la media hora final es, en este sentido, un logrado desborde de destrucción, caos y violencia).

    Esta suerte de nueva versión de Los doce del patíbulo queda, está claro, como una hermana menor del cine de los Sam Peckinpah, los Akira Kurosawa o los Sergio Leone, pero -aun con sus evidentes limitaciones- resulta un entretenimiento a puro vértigo y adrenalina y, sobre todo, con tanto físico musculoso y tatuado, con tanto motociclista en ropa de cuero, a pura testosterona.
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  • Amor a distancia
    Amor a distancia
    Otros Cines
    El difícil arte de arruinar a Drew Barrymore

    Niña prodigio y estrella infantil (condición que le trajo más de un problema), actriz de infinito carisma, versatilidad y talento (de esas escasas elegidas que son capaces de hacer creíbles los personajes más inverosímiles y soportables incluso los diálogos más hirientes) y -a partir de su notable opera prima Whip It- también una más que promisoria directora, Drew Barrymore es una de mis actrices favoritas y, casi, una garantía de que cada una de sus películas tendrá al menos un elemento rescatable: ella.

    Digo "casi" porque, a veces (muy pocas veces), aparecen películas como Amor a distancia, un despropósito capaz de incendiar la carrera de un ángel de la pantalla como Drew y de un digno (aunque desparejo) comediante como Justin Long.

    La responsable de esta comedia romántica (que jamás resulta cómica ni alcanza intensidad romántica) es Nanette Burstein, una directora con notables pergaminos en el documental (On the Ropes, Say it Loud, The Kids Stays in the Picture, American Teen), pero que aquí demuestra una absoluta incapacidad para conseguir fluidez, timing, empatía y elegancia, elementos indispensables para un género como este.

    El otro gran culpable es el guionista Geoff LaTulippe, que incursiona sin el más mínimo éxito por todos y cada uno de los subgéneros (y fórmulas) que se puedan imaginar: desde el amor a distancia al que alude el título (él trabaja en una discográfica neoyorquina y ella es una periodista en San Francisco) hasta los torpes chistes sexuales, pasando por los típicos amigos nerds del protagonista, las invasiones del roomate, las miserias de las redacciones de los diarios, los arranques de celos, el uso "cómico" de las nuevas tecnologías (Internet, SMS) o las alusiones varias a la escena rock.

    Todo en el film resulta obvio y fallido: las referencias musicales (la burla a los grupos adolescentes en el estilo de los Jonas Brothers), las cinéfilas (Top Gun, Sueños de libertad), la utilización de los temas (y eso que se escuchan buenas canciones de The Cure o The Pretenders), los personajes secundarios (empezando por una aquí muy deslucida Christine Applegate) y la enumeración podría continuar casi hasta el infinito.

    Los 103 minutos se hacen de goma y las sonrisas no surgen jamás. Puedo entender y justificar cualquier desacierto de Burstein y LaTulippe... Todo menos el hecho de haber dilapidado nada menos que un protagónico de Drew Barrymore en el juego que mejor juega y que más le gusta. Eso sí que es imperdonable.
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  • Un día en familia
    Pequeñas delicias (y miserias) de la vida familiar

    El talentoso director de Maborosi, After Life: La vida después de la muerte, Distance y Nadie sabe -uno de los más interesantes del cine japonés de los últimos tiempos- ganó la competencia internacional del Festival de Mar del Plata de 2008 con esta pequeña y emotiva película sobre el reencuentro a lo largo de una jornada veraniega de un grupo familiar de tres generaciones. La historia está sustentada en las lúcidas observaciones, en los pequeños detalles, en la fluidez de la puesta en escena y en la espontaneidad de las actuaciones.

    El film tiene una superficie luminosa, pero en su interior esconde una negrura que proviene de un par de muertes (uno de los hijos de los abuelos dueños de casa y el ex marido de la actual esposa del otro hijo) y que se evidencia en mínimos, pero incesantes reproches, rencores, secretos, miserias y pequeños actos de crueldad.

    Que Kore-eda es un maestro de la puesta en escena, que es un merecido heredero del cine riguroso de Yasujiro Ozu, a esta altura ya no es novedad, pero en Un día en familia construye con gran sabiduría y sin descuidar el humor una de esas películas que van ganando complejidad, sofisticación y profundidad a medida que avanza y crece el relato.

    No es casualidad que Un día en familia tenga varios puntos de contacto con Shara, la notable película de Naomi Kawase ya estrenada en los cines argentinos. Kore-Eda y Kawase son amigos y frecuentes colaboradores. Ambos están obsesionados por el tema de la muerte, la vejez, el dolor, las diferencias generacionales y los contrastes entre la tradición nipona y la modernidad que deshumaniza las relaciones afectivas.
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  • El hombre de al lado
    Vecino en la mira

    Luego de Televisón Abierta, Enciclopedia, Yo presidente y El artista, la ecléctica y prolífica dupla Cohn-Dupra propone otro film (pre)destinado a la polémica (en este caso, más ideológica que estética).

    El dúo se muda del mundo del arte moderno satirizado en El artista al del diseño y la arquitectura al ambientar su nueva película -premiada en los festivales de Mar del Plata, Sundance, Lleida y Toulouse antes de su estreno comercial- en la única casa, conocida como Curutchet, que el mítico Le Corbusier concibió en nuestro continente, en 1948, en la ciudad de La Plata.

    En ese magnífico paraje vive Leonardo (Rafael Spregelburg), un exitoso, prestigioso, obsesivo y snob arquitecto/diseñador, junto a su esposa Ana y a Lola, su hija preadolescente que siempre parece estar ajena, como metida en su mundo. Pero la plácida existencia se quiebra cuando unos albañiles empiezan a romper la medianera de la casa vecina para abrir allí una enorme ventana desde la cual su vecino puede invadir su intimidad.

    "Sólo quiero unos rayitos de sol", les dice Víctor (un desafiante, aterrorizador Daniel Aráoz), un pesado, un duro con claros rasgos psicopáticos. La tensión entre Leonardo y Víctor irá en aumento y aflorarán así las diferencias de clase, los miedos y las miserias, las actitudes despectivas y la prepotencia, en una escalada de violencia con inevitable destino de tragedia.

    Estetas consumados, preciosistas de la imagen y del encuadre, Cohn y Duprat consiguen un film impiadoso, despiadado y, en definitiva, bastante atractivo (algunos planos se alargan en demasía) que está muy bien sostenido desde las interpretaciones en un verdadero duelo entre los dos protagonistas y que, por momentos, tiene un tono que remite al cinismo de los hermanos Coen y, en otros, coquetea con cierto grotesco costumbrista.

    Una buena película, sin dudas, aunque en el terreno de la interpretación más intelectual su mirada sociológica e ideológica dará lugar a más de una controversia.
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  • Luz silenciosa
    Luz silenciosa
    La Nación
    Un film experimental, pero fascinante

    Luz silenciosa, del mexicano Carlos Reygadas, es una historia de amor en una cerrada comunidad menonita

    El director de Japón y Batalla en el cielo conmovió hace tres años al circuito de salas de arte y de festivales (fue premiado en la competencia oficial de Cannes, Chicago, La Habana, Huelva y Río de Janeiro) con este triángulo pasional ambientado en el seno de una conservadora comunidad menonita de Chihuahua, en el norte de México.

    Considerada la mejor película latinoamericana de 2007 por la crítica internacional, se trata de un film con unas búsquedas narrativas (sobrepasa las dos horas) y estéticas (con citas y homenajes a Dreyer, Bergman, Bresson y Tarkovsky) tan ambiciosas que está en condiciones de subyugar a los cinéfilos más curtidos, pero también de indignar a cierto espectador desprevenido y no habituado a propuestas más exigentes y experimentales.


    En una línea bastante diferente (menos escabrosa) de la de Japón y Batalla en el cielo (aunque con el mismo e incluso mayor virtuosismo formal), el director mexicano cuenta una trágica y torturada historia de amor en medio de un grupo protestante que vive en la actualidad casi aislado del mundo: mantiene una rígida estructura de códigos, normas y convenciones importada de la Europa del siglo XVI y sigue hablando en plautdietsch, dialecto arcaico de raíces germanas y flamencas que le confiere a la película una sensación de atemporalidad y un toque pintoresco.

    Reygadas hace gala de un enorme cuidado por el sonido y la imagen (cada plano está diseñado con absoluta conciencia, con afán pictórico y con una belleza casi embriagadora) a la hora de describir las vivencias de Johan, un hombre casado y con siete hijos que mantiene una larga y pasional relación con Marianne, otra mujer de la comunidad (para desesperación de su esposa, Esther), mientras intenta conseguir el apoyo de sus amigos y de su padre, pastor de la congregación.

    Ensayo sobre los alcances (y limitaciones) de la fe, el amor, la culpa y la represión, Luz silenciosa tiene algunos puntos en común con la recordada Testigo en peligro , de Peter Weir, y con la reciente La cinta blanca , de Michael Haneke, pero con una puesta en escena mucho más austera y contemplativa, en la que se lucen también los actores, todos ellos no profesionales.

    La película puede abrumar por momentos y en ciertos pasajes cae en un preciosismo que está al borde del exhibicionismo y del regodeo, pero Reygadas tiene tanto talento y vuelo artístico que finalmente se le terminan perdonando incluso sus excesos. Así, aun con los reparos apuntados, Luz silenciosa resulta una experiencia única, fascinante, bella y trascendente.
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  • Cuento Chino, Clasista y Combativo
    Un héroe anónimo de la Argentina profunda

    El Chino -así se lo menciona durante toda la película (nunca sabremos su nombre verdadero)- es uno de esos héroes anónimos de la Argentina profunda y desconocida. Es, sí, un médico, pero ante todo un luchador, un revolucionario, un "loco lindo", un idealista...

    En este documental que Pepe Salvia rodó con paciencia, esmero y fascinación por su protagonista entre 2000 y 2006, vemos cómo El Chino va ampliando una sala de primeros auxilios en Villa Elena, un barrio desgarradoramente pobre de La Matanza. Con alguna ayuda privada y un casi nulo aporte público, fue montando una red de contención social en un contexto dominado por la drogadicción, los robos, el desempleo o la desnutrición.

    Allí donde el Estado está ausente, este delirante e incansable cincuentón se dedica a atender a decenas de pacientes por día, a alimentar al barrio, a trabajar en la rehabilitación de los adictos y hasta a formar cientos de agentes sanitarios que recorren la zona para tratar de mitigar los efectos de la progresiva degradación de los vecinos.

    Salvia sigue a El Chino en el día a día, vemos algunas imágenes del barrio (familias numerosas que sobreviven apenas como cartoneros) y escuchamos algunas anécdotas durísimas, pero el director jamás cae en la bajada de línea subrayada ni cede a la pornografía de la miseria sino que opta por exponer (exaltar) con sencillez y sensibilidad una gran historia de vida. No se trata, precisamente, de un mérito menor.
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  • El hombre solitario
    El (bienvenido) regreso de la vieja guardia

    No estoy seguro de que El hombre solitario sea una GRAN película, pero sí lo estoy de que es una muy noble y disfrutable, concebida por un sólido guionista y co-director como Koppelman. De todas maneras, más allá de los no menores méritos del film (el principal es hacer creíble y emotiva una historia que daba para el clisé y el ridículo), el mayor placer personal que me regaló este film fue el de ver brillar a esa "vieja guardia" integrada por el trío Michael Douglas-Susan Sarandon-Danny De Vito al nivel de las mejores obras de los '80 con las que crecí como espectador. Y, aunque aquí no esté del todo aprovechado. también aparece Jesse Eisenberg, la revelación de Adventureland, un verano memorable, Tierra de zombies y protagonista de la inminente Red Social.

    En tiempos de "dictadura" adolescente/juvenil en que los actores veteranos suelen quedar confinados a papeles secundarios de escaso desarrollo y relieve, es para reivindicar una historia que apuesta por describir sin tapujos ni prejuicios las miserias, traumas, miedos, sensaciones y deseos de los sexagenarios (Douglas y De Vito tienen 65 y Sarandon, 63).

    Film que me hizo recordar en varios pasajes a la muy estimable Fin de semana de locos (Wonder Boys), de Curtis Hanson, este segundo largometraje del dúo Koppelman-Levien después de Hijos de la mafia / Knockaround Guys (2001) describe las desventuras de Ben Kalmen (Douglas), un otrora exitoso dueño de concesionaras automotrices y estrella mediática gracias a unos famosos infomerciales que se sumerge en una decadencia afectiva, laboral, financiera y moral que parece no tener fondo.

    Mientras se dedica a seducir jovencitas (le gana en ese rubro hasta al Adrián Suar de Igualita a mí) y a herir a sus seres queridos (o que lo quieren), este perfecto antihéroe -mujeriego incorregible, empresario inescrupuloso, mentiroso compulsivo, cultor del más ponzoñoso de los cinismos- termina acompañando a su hijastra a un college donde -claro- se meterá en más y más problemas. Sus únicos contactos con cierta realidad y humanidad (estamos ante un auténtico negador/fabulador) serán con un viejo amigo al que reencuentra luego de muchos años (De Vito), con su querible y leal ex esposa (Sarandon) y con un inocente estudiante (Eisenberg).

    Más allá del impecable engranaje creado por Koppelman (un irregular guionista al servicio de la industra con títulos como Ahora son 13, Apuesta final, Con la frente en alto y Tribunal en fuga), la película es la performance de Douglas, un intérprete que en ciertas películas parece demasiado afecto al tic y a la sobreactuación, pero que aquí no da ni una sola nota en falso (es, sin dudas, uno de los mejores trabajos de su carrera).

    Un hombre solitario -que arranca nada menos que con la voz del enorme Johnny Cash cantando el tema homónimo- logra que amemos y odiemos, que suframos y nos riamos, que nos identifiquemos y nos compadezcamos de Ben Kalmen. No muchas películas consiguen que pasemos por tantos (y tan diversos) estados de ánimo. Bienvenido, pues, este regreso de la querida "vieja guardia" en esta, una de las verdaderas sorpresas de la temporada.
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  • Agente Salt
    Agente Salt
    Otros Cines
    La última gran heroína de acción

    Repaso lo que el veterano Roger Ebert escribió sobre Salt (film al que le otorga la máxima calificación) y sus lógicas referencias (una trama absurda y veloz que remite a El Coyote y el Correcaminos, a Corre Lola, corre y a la saga de James Bond) y luego la crítica del no menos influyente A. O. Scott en The New York Times, que destruye con paciencia y esmero a la película sosteniendo (en una simplificación salvaje que hago) que resulta un esfuerzo inútil dedicarle 100 minutos a discernir si la agente que interpreta Angelina Jolie es en el fondo leal a la CIA o una despiadada asesina a sueldo entrenada por los rusos (o un poco de ambas cosas).

    Me pregunto a la hora de enfrentar la pantalla de mi netbook qué se puede decir de nuevo sobre un film así (es decir, sin caer en el lugar común de burlarse de los lugares comunes) y, al mismo tiempo, cómo dos críticos de primera línea pueden pensar algo tan distinto sobre una película que -me parece- no da para lecturas tan opuestas. Todo se parece a un gran esfuerzo inútil.

    Las premisas de este thriller de acción dirigido con buen pulso por el inclasificable realizador australiano Philip Noyce (el mismo de Juego de Patriotas y de la pequeña Cerca de la libertad) serían las siguientes: adrenalina + CGI + sagas Bourne / Bond / Misión: Imposible / Máxima velocidad + esquema de "el topo" + Hitchcock + estructura típica de gato y ratón + Jolie como killer hot.

    Uno podría cuestionar un guión que, otra vez (uffff) pone a rusos y norcoreanos como los malísimos de turno y denostar los obvios flashbacks, o bien elogiar la labor del DF Robert Elswitt (el mismo que acompaña a Paul Thomas Anderson y a otros grandes) y de los (las) dobles de riesgo que saltan de un camión a otro en las constantes set-pieces del film ¿Cambia algo? ¿Agrega algo al análisis? No mucho, creo.

    ¿Entonces? Entonces es el turno de hablar de otro lugar común de la industria de Hollywood: "el vehículo al servicio de...". El film fue concebido para Tom Cruise y, cuando este se bajó (seguramente prefirió un thriller menos solemne, con más humor como Encuentro explosivo), se cambió el "género" para explotar la sensualidad de Jolie (mucho más linda morocha que rubia), que a esta altura (Lara Croft, Sr. y Sra. Smith, Se busca) se consolida como la gran heroína de acción hollwyoodense.

    El resto es más (o menos) de lo mismo: Liev Schreiber haciendo otro de los papeles (burócrata/malvado) que viene encarnando desde hace años y el regreso del mítico actor polaco Daniel Olbrychski (aquel de las películas de Andrzej Wajda) como el desertor ruso y mentor de la protagonista.

    Llego al final sin haber descubierto qué decir (de nuevo) de Agente Salt, un producto tan apreciable y profesional en ciertos sentidos como efímero y escurridizo en otros. En realidad, no hace falta que yo les diga nada más. Todo es muy claro, cristalino. Si quieren ver a Angelina corriendo, disparando, escapando, esta es su película. Si prefieren cine con "contenido", busquen en otro lado.
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  • Otro entre otros
    Valiente retrato de una minoría dentro de otra

    Sobre los gays discriminados en la comunidad judía

    Esta ópera prima de Maximiliano Pelosi (de 33 años) describe con sencillez, sensibilidad y honestidad brutal las historias de vida de cuatro jóvenes judíos que han sufrido desde niños una fuerte y constante discriminación no sólo dentro de su comunidad sino incluso también en el seno de sus propias familias por su condición homosexual.

    Cansados de la segregación, estos cuatro hombres decidieron dar la cara (no así varias otras personas que en las fotos aparecen con sus rostros borroneados para que sus identidades no sean reveladas) para exponer con valentía su intimidad, las tragedias que los rodearon (muertes por VIH, suicidios, depresiones, exilios), pero también sus historias de amor, sus luchas, sus logros y sus sueños.

    Otro entre otros sostiene que entre el 6 y el 8 por ciento de los judíos argentinos son homosexuales (no menos de 15.000) por lo que el tema "afecta" a más de 60.000 personas. El asunto -como bien admiten tanto los protagonistas como un rabino progresista que trabajó para incluir en las distintas actividades a los integrantes de la organización JAG (Judíos Argentinos Gays)- sigue siendo un tabú para la inmensa mayoría de la comunidad, que suele relativizar o directamente negar -muchas veces con actitudes represivas- la homosexualidad. Se da, así, la paradójica situación de una comunidad que, en varios aspectos, es discriminada puertas afuera y resulta discriminadora en su interior. "Toda la pluralidad y la diversidad que tenemos para otros temas no las aplicamos con los gays", asegura el rabino.

    En este sentido, son valiosos no sólo los dichos de Gustavo (el caso más fuerte y conmovedor de todos), Daniel, Dan y Diego sino también los de sus familiares y amigos, que exponen casi sin proponérselo los prejuicios más arcaicos y asentados respecto de todo aquello que es "distinto" y que no alcanzan a comprender.

    La puesta en escena de Pelosi es bastante convencional (mucho testimonio a cámara) y con algunos hallazgos (la inclusión de fotos y videos caseros). De todas maneras, lo esencial aquí son la potencia y la profundidad de las historias personales, que nos permite conocer cómo vive la minoría de la minoría y, así, encontrar un poco de luz en medio de la oscuridad de la intolerancia y la discriminación.
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  • London river
    London river
    Otros Cines
    Una que lloremos todos

    El realizador de Little Senegal (2001), Días de gloria (2006) y Hors-la-loi (2010) narra la historia de una mujer británica de un pueblo rural (Brenda Blethyn) y de un hombre de origen africano (Sotigui Kouyaté) que coinciden en Londres durante la desesperada búsqueda de sus hijos, desaparecidos tras los atentados con bombas en ómnibus y subtes que paralizaron a la ciudad el 7 de julio de 2005.

    La película -que nació como proyecto para televisión- prescinde de cualquier análisis sobre el terrorismo o la política internacional para concentrarse en las vivencias íntimas de una madre que busca a su hija estudiante y de un padre que trata de ubicar a un hijo al que abandonó cuando era niño.

    Políticamente y cinematográficamente correcta, con momentos genuinamente emotivos (pero también de los otros), este estudio sobre el azar, el destino, el amor, la comprensión y la redención resulta un film honesto (más allá de su espíritu tearjerker) y, al mismo tiempo, algo limitado en su alcance.

    PD: Kouyaté (nacido en Malí) ganó el premio al mejor actor en el Festival de Berlín 2009 por este papel y murió el 18 de abril último en París.
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  • La mirada invisible
    Ojos bien abiertos

    Esta nueva película del director de Tan de repente y Mientras tanto (y de los cortos La prueba y La guerra de los gimnasios) está basada en Ciencias morales, novela de Martín Kohan ganadora del Premio Herralde 2007 que describe el sistema represivo y la degradación generalizada desde el punto de vista de María Teresa (gran trabajo de Julieta Zylberberg muy alejado de sus registros habituales), una joven preceptora que ingresa al Colegio Nacional de Buenos Aires en 1982, pocos días antes de (el libro transcurre durante) la guerra de Malvinas.

    Con un gran rigor y austeridad en la puesta en escena, con un inteligente uso del fuera de campo para abordar la crisis final de la última dictadura militar y con una sólida dirección de actores (se destaca también Osmar Núñez), Lerman utiliza a su protagonista y a los estudiantes secundarios como metáfora y alegoría (por momentos, un poco obvia) de una época oscurantista.

    Lerman se concentra en los detalles, los pequeños rituales cotidianos para describir el entramado de disciplina/censura/control/represión tejido por 6 años de gobierno militar. La contradictoria, inquietante relación entre Biasutto (el manipulador jefe de preceptores interpretado por Nuñez) y María Teresa (una joven bastante contenida que calma su frustración y obsesividad controlando a toda hora si los alumnos fuman en los baños) es el eje y motor del relato, aunque por momentos el director acentúa y subraya demasiado los aspectos relacionados a la tensión y la perversión sexuales.

    El realizador decidió ser muy fiel a la novela original y -paradójicamente- consigue los mejores momentos (como una fiesta a la que acude la protagonista en la que se percibe cierto espíritu de época y la incipiente apertura propia de la etapa final de la ya decadente dictadura) y los peores pasajes (como un desenlace algo over the top) cuando "traiciona" a la creación de Kohan.

    Menos desenfadada y audaz que Tan de repente, pero mucho más lograda que Mientras tanto, La mirada invisible surge como un interesante, minucioso, cuidado acercamiento diferente a la más trágica etapa de nuestra historia reciente, concebida con elementos propios del cine; es decir, sin caer en la bajada de línea discursiva ni en la demagogia tranquilizadora. Por eso, por sus atributos técnicos, narrativos y actorales, este tercer largometraje de Lerman merece ser visto, analizado y discutido.
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  • Te extraño
    Te extraño
    La Nación
    Entre lo íntimo y lo político

    Fabián Hofman fue uno de los principales referentes del documental y del video arte nacional de fines de los años 80 y comienzos de los 90, pero luego se radicó de forma definitiva en México, donde rodó su ópera prima, la sátira política Pachito Rex: Me voy pero no del todo (2001), y se convirtió durante una década en director académico del influyente Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC).

    Luego de esa prolongada ausencia, Hofman regresó a la realización con Te extraño , una coproducción mexicano-argentina (rodada y ambientada además en ambos países) con elementos autobiográficos que retrata (con más hallazgos que carencias) la tensión entre lo íntimo y lo político poco antes y durante la última dictadura militar argentina.

    Estrenado mundialmente en el último Festival de Berlín, este segundo largometraje de Hofman está narrado desde el punto de vista de Javier (Fermín Volcoff), un adolescente que en todos los ámbitos vive a la sombra de su hermano mayor Adrián (Martín Slipak), militante de la organización Montoneros. La decisión de contar la historia desde la perspectiva de un joven algo gris (muy opacado por su impulsivo y seductor hermano) es uno de los principales méritos del guión de Diana Cardozo.

    No conviene adelantar demasiado de la trama, pero en su segunda mitad -cuando el protagonista se radica en México- el film amplifica su mirada melancólica (por momentos un poco forzada) y se arriesga con otros aspectos, como la desorientación de los exiliados o el despertar sexual.

    La película -que en ciertos pasajes remite a títulos como la argentina Kamchatka o la brasileña El año que mis padres salieron de vacaciones - prescinde en buena medida de la bajada de línea, del didactismo y de las explicaciones obvias para concentrarse en la construcción de climas o en la exploración de los estados de ánimo y las contradicciones del antihéroe.

    Otro logro de Hofman pasa por la dirección actoral. Más allá de algunos pocos excesos (culpa de ciertos diálogos altisonantes), se lucen no sólo Volcoff y Slipak, sino también los padres (Luis Ziembrowski y Susana Pampín), la abuela con Alzheimer (Edda Díaz) y los tíos bonachones (Carmen Beato y un irreconocible Alvaro Guerrero), además de jóvenes intérpretes como Santiago Pedrero o Mariano Bertolini. En definitiva, Te extraño surge como una pequeña, algo esquemática, pero muy atendible película. Uno de esos films que no pretenden narrar nada demasiado revolucionario, pero que lo hacen con dignidad, sensibilidad y nobleza.
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  • Depredadores
    Depredadores
    La Nación
    Adrenalina sin respiro en un film vertiginoso

    Depredadores vuelve a las fuentes del género

    A casi un cuarto de siglo de Depredador (1987) -film con dirección de John McTiernan y Arnold Schwarzenegger en el papel principal que hoy es considerado un verdadero clásico del cine de clase B-, y luego de varias discretas secuelas y cruces con otra franquicia como la de Alien , esta saga recupera parte de su esencia, de su fascinación, de sus climas ominosos y de su potencia narrativa de la mano del productor Robert Rodriguez y del realizador Nimród Antal ( Control, Hotel sin salida, Asalto al camión blindado ).

    Depredadores es de esas películas que exponen de manera tan evidente sus limitaciones (su falta de sutileza, sus personajes sin profundidad psicológica, sus convenciones y sus no pocos lugares comunes) como sus aciertos (su nobleza en el abordaje del género, su vértigo, su suspenso y su cuidado visual).

    Sin preámbulos

    Ya desde su primera imagen (con los personajes cayendo, literalmente, del cielo -en paracaídas- a una selva que a los pocos minutos descubriremos se encuentra en un planeta desconocido), Depredadores deja en claro su propuesta (su obsesión) por sostener la atención (y la tensión) del espectador. No hay lugar para preámbulos, disquisiciones ni dilaciones: sólo pura acción, con una decena de duros protagonistas (todos hombres, con la excepción de una mujer, de las más diversas etnias) luchando por sobrevivir en territorio hostil frente a la amenaza de poderosos y despiadados alienígenas que han adquirido gran habilidad para la caza y que los han llevado hasta allí para convertirlos en sus presas y sus próximos trofeos por exhibir.

    El sorprendente héroe de acción de Depredadores es Adrien Brody, que luego de mostrar su cuerpo esquelético y de ganar el premio Oscar al mejor intérprete protagónico por El pianista , ofrece aquí un físico digno de un atleta. Su trabajo es convincente, más allá de los guturales, por momentos forzados y casi monosilábicos diálogos del film. El resto del elenco (incluida la bella Alice Braga) hace todo lo posible para sobrellevar con dignidad una historia que no tiene precisamente su énfasis puesto en el lucimiento actoral sino en la adrenalina y la provocación de sobresaltos.

    Los 40 millones de dólares del presupuesto están bien aprovechados: el diseño de producción es impactante y el despliegue de efectos visuales generados por computadora no se queda en el mero regodeo sino que es funcional al relato e incluso a la estética del cine clase B. Así, como quedó dicho, Depredadores cumple (para bien y para mal) con lo que prometía. Es, en este sentido, un producto algo limitado, pero también muy honesto.
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  • Un cuento de verano
    No es Rohmer, pero...

    Aunque el título de estreno local aluda al cine de Rohmer (el original sería algo así como Trucos) y se trate, efectivamente, de una tragicomedia ligera y veraniega, este segundo largometraje de la promesa polaca Andrzej Jakimowski (premiado en Venecia y enviado por su país a la lucha por el Oscar extranjero) no tiene demasiados puntos en común con la filmografía del fallecido gran maestro francés.

    Un cuento de verano es, en verdad, una típica historia pueblerina sobre personajes de clase trabajadora; es decir, gente sin grandes hitos en sus vidas en medio de una comunidad bastante sencilla y rutinaria (por momentos, me hizo recordar a ciertos films británicos de Ken Loach o Stephen Frears).

    El film está narrado desde el punto de vista de Stefek (Damian Ul), un encantador y algo perdido niño de 6 años y -en menor medida- desde el de Elka (Ewelina Walendziak), su atractiva hermana de 18. La ausencia de un padre que los ha abandonado hace tiempo y la escasa presencia materna, hace que especialmente él sienta una ausencia que lo hace vagar por las calles, seguir a Elka y a su novio mecánico, y obsesionarse con un hombre al que encuentra cada día en la estación ferroviaria y que cree es su papá. Así, mientras su hermana se esfuerza por aprender italiano e ingresar a una compañía de ese origen, Stefek deambula sin rumbo y sin podr conectar con gente de su edad.

    Entre trenes, palomas, autos usados y personajes bastante simpáticos, Un cuento de verano se convierte en una experiencia disfrutable, aunque al mismo tiempo -por las propias limitaciones de sus aspiraciones- en un film sin grandes hallazgos. Fábula agridulce sobre los sueños, búsquedas, contradicciones y frustraciones de gente común, encuentra en la fluidez de sus intérpretes no profesionales, en la ternura nunca impostada de su tono, en su apuesta humanista y en su mirada luminosa a sus mejores aliados.
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  • Interview
    Interview
    Otros Cines
    Intolerable crueldad

    Esta nueva incursión de Steve Buscemi en la dirección (que lo tiene también como coprotagonista junto a la bella Sienna Miller) tiene una propuesta interesante e inquietante (está basada en una película previa del asesinado realizador holandés Théo Van Gogh), una lograda puesta en escena y dos grandes intérpretes haciendo alarde de su técnica. Con este preámbulo es lógico preguntarse por qué esta crítica no tiene una puntuación superior.

    El gran problema de Interview (o que yo tengo con Interview, ya que le gustó mucho más que a mí a la gran mayoría de mis colegas) es su apuesta por el cinismo (exasperante), el maltrato (casi sádico) hacia sus personajes que son capaces de despreciarse hasta límites intolerables, su apelación constante a diálogos demasiado pulidos, punzantes y cancheros (¿viste qué inteligentes que somos?). Por lo tanto, Interview me resulta algo así como una clase maestra de actuación, pero sin que pueda jamás involucrarme, interesarme, compenetrarme, identificarme o conmoverme por lo que les ocurre a estas atribuladas, traumadas criaturas con el corazón destrozado.

    Película sobre la manipulación, la seducción, la tentación, los secretos y mentiras, Interview tiene como protagonistas a un experimentado y algo decadente periodista político (que ha sido corresponsal de guerra) al que le asignan contra su voluntad un reportaje a una popular y hermosa actriz de telenovelas y películas de terror de la que no sabe absolutamente nada. La cita es en un bar, pero luego de la incomodidad y de los reproches iniciales las cosas siguen -con una ayudita del destino- en el inmenso loft que ella tiene en Nueva York. Allí, entre alcohol, cocaína e histeriqueos mutuos, se sumergen en jueguitos cada vez más peligrosos, en confesiones íntimas que nunca se sabe cuán ciertas son (al fin de cuentas, ella es una actriz).

    Buscemi (se) filma con criterio, apelando a la cámara en mano y a un cuidado montaje para romper con la teatralidad de la propuesta (una locación, dos actores), pero la cosa -más allá del innegable talento de sus hacedores- a mí no me terminó de convencer: es de esos films a los que les veo todo el tiempo los piolines, que caen en el regodeo, que me resultan demasiado calculados, que -en definitiva- me terminan dejando afuera.
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  • El último maestro del aire
    10 razones para evitar este film (hay muchas más)

    Lo reconozco sin pudor y con todas las letras: no me gusta el cine de M. Night Shyamalan. Lo mío -más allá del análisis formal, estético o técnico- a esta altura es ya una cuestión de piel, de sensibilidad, de visión del mundo. Su obra me pareció siempre -incluso con sus películas "buenas" como Sexto sentido o El protegido- pretencioso y burdo. Para mí, MNS es lo más parecido que hay a un farsante, a un encantador de serpientes, a un versero de la filosofía barata, la new-age, la espiritualidad, la energía interior y lo sobrenatural.

    Para aquellos que aún siguen sosteniendo que MNS es un "autor", un artista profundo, un narrador consumado, los "invito" (casi como propuesta masoquista) a que vean El último maestro del aire. Al resto, trataré de explicarles a continuación por qué es mejor evitar este nuevo bodrio grandilocuente y vacío a la vez firmado por este indio suelto en Hollywood:

    1- Es aburrida: Los 103 minutos de esta versión cinematográfica de la primera temporada de serie animada de Nickelodeon (Avatar: The Last Airbender) parecen no terminar nunca. El relato es pomposo, solemne, lento, previsible, torpe y... muy aburrido.

    2- No luce: A pesar de los 150 millones de dólares invertidos, de la profusión de efectos visuales (CGI) supervisados por el argentino Pablo Helman, el espectáculo visual está muy por debajo de la media hollwyoodense.

    3- El 3D es feo: la conversión se hizo a último momento y se nota. No hay un trabajo destacable con la profundidad ni con los efectos tridimensionales.

    4- Las actuaciones son pésimas. Parece interpretada por no profesionales.

    5- Los diálogos hieren los oídos. Por momentos, parecen dignos de un sketch de Diego Capusotto.

    6- La mayoría de las copias son dobladas. Vi (sufrí) la versión en español (a esta altura, qué le hace una mancha más al tigre...) y el doblaje es realmente penoso. Habrá, de todas maneras, unas pocas funciones subtituladas en salas digitales.

    7- No tiene público. La trama -la rebelión de los maestros del agua, el aire y la tierra contra los poderosos y tiránicos maestos del fuego- no tiene target: demasiado estúpida para adultos, demasiado rebuscada para niños y adolescentes.

    8- Personajes sin empatía: ni los héroes ni los malvados tienen el más mínimo carisma ni encanto.

    9- Música insoportabe. La banda sonora aturde y abruma.

    10- Y, para colmo, parece que no termina aquí. Esta sería la primera parte de una saga y así está pensada desde el vamos (vean sino el final de esta película, que deja abierto el panorama para nuevas entregas). Si se anima a verla (ya está advertido de los riesgos), luego podría seguir padeciendo nuevas entregas.
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  • Igualita a mi
    Igualita a mi
    Otros Cines
    Mi papá es un chanta... y un ídolo

    En los escasos cinco meses (marzo-agosto) que pasaron desde el inicio del rodaje de Igualita a mí hasta su estreno comercial escuché en el ambiente varias voces de preocupación sobre la marcha del proyecto: que costó encontrar el director, que hubo ciertos problemas con los tiempos, que se produjeron muchas discusiones con el corte final... Fui, por lo tanto, con cierta cautela a la proyección de prensa y la verdad es que 110 minutos más tarde salí bastante conforme y... aliviado.

    Me intrigaba saber cómo sería el trabajo de Diego Kaplan, un realizador indie que ocho años atrás había mostrado algunas cosas interesantes en ¿Sabés nadar? y que -luego de algunas incursiones en la pantalla chica, pero sin haber vuelto al cine- trabajaba ahora por "encargo" para la principal productora del medio local (Patagonik). Ya entraré en el análisis más específico de los méritos y carencias del film, pero lo primero que hay que decir es que Kaplan consigue de entrada y mantiene durante casi todo el relato un buen timing para la comedia (tanto física como verbal) y que su puesta en escena es más que digna, sólida, serena, sorteando incluso cierta tendencia a la factura (léase vicios, facilismos) "televisiva". La dirección de actores (tanto del dúo protagónico como de los muy buenos personajes secundarios) también está por encima de la media local.

    Otro aspecto que me interesaba -casi tanto como el narrativo- era el técnico: la película se rodó con la hoy muy de moda cámara RED ONE y la proyección que se nos ofreció a los críticos y cronistas fue en una de las salas digitales que se suelen usar para los films en 3D. La calidad de imagen y sonido fue inmejorable: dudo mucho que el público pueda apreciarla en esas mismas condiciones en cualquiera de los cines que tengan copias en fílmico.

    ¿Y la película?, se estarán preguntando a esta altura los lectores. Digamos que está bien (por momentos muy bien), pero a mi gusto se queda un punto por debajo de Un novio para mi mujer. Sí, hay bastante de fórmula y de caricatura, pero la cosa funciona. Es más, diría que durante su primera mitad (y aunque las feministas se horroricen con el machismo estereotipado del chanta que interpreta Adrián Suar) el film se disfruta con esa ligereza y fluidez que el género necesita y el espectador agradece. Los problemas empiezan a surgir en la segunda mitad, cuando la historia se torna cada vez más y más sentimental, cuando cede a la dictadura de la corrección política y termina siendo absolutamente condescenciente y demagógica.

    La propuesta es sencilla y bastante eficaz: Freddy (Suar) es el típico soltero cuarentón que vive de fiesta en fiesta, de conquista en conquista (casi un émulo de Isidoro Cañones), evitando cualquier tipo de compromiso o responsabilidad (vive de la empresa del hermano mayor y de cierta capacidad para el "chamuyo"). Su vida cambia por completo cuando Aylin (Florencia Bertotti) aparece en su vida para contarle que no sólo es su hija (producto de un fugaz romance con una adolescente durante un viaje de egresados a Bariloche) sino tambien que él va a ser... abuelo.

    Igualita a mí -que según mi percepción tiene un destino casi inevitable de gran éxito comercial- coquetea en varios pasajes con la negrura, la audacia y la irreverencia (es notable una escena muy zarpada entre Suar y Claudia Fontán, una peluquera también cuarentona que puede sacarlo de su obsesión por los romances pasajeros con jovencitas), pero -más allá de que siempre sostiene una mínima dignidad- va decayendo en su segunda parte, cuando el padre busca reconciliarse y redimirse con su hija, aparece una viejita como posible víctima de un fraude inmobiliario y la cosa se pone demasiado conservadora en todos los ámbitos. Así, la película termina siendo "sólo" buena y demasiado igualita a muchas otras.


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  • Soy Huao
    Soy Huao
    Otros Cines
    Viaje a lo desconocido

    Una de las películas argentinas (aunque rodada integramente en la selva amazónica ecuatoriana) más interesantes del BAFICI 2009 fue Soy Huao, de Juan Baldana.

    Había visto 40 minutos durante el festival, pero por compromisos familiares tuve que abandonar la sala, cuando estaba completamente enganchado con este documental sobre una de las últimas comunidades originarias indígenas que subsisten de manera autónoma y se mantienen al margen de la sociedad capitalista/contemporánea/consumista para sostener sus tradiciones, una existencia basada en la caza, la pesca, la agricultura a pequeña escala, es decir, con un contacto directo con la naturaleza.

    Baldana logra una cercanía notable con estos indios que hablan en su propio dialecto, pero al mismo tiempo mantiene una distancia respetuosa y nunca invasiva. Un ejemplo extraordinario de documental observacional/antropológico que pude terminar de ver gracias a un DVD que gentilmente me acercaron sus dos productoras argentinas.

    Aunque estuvo un poco perdida en la programación (al ser rodada en Ecuador quedó fuera de la competencia oficial argentina) se trata de una producción con muchísimos méritos, y que merecerá ser recuperada por el público y la crítica en un futuro inmediato.

    PD: Llegó la hora, pues, de que los cinéfilos porteños que se perdieron este documental el año pasado finalmente pueden apreciarlo.
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  • Vincere
    Vincere
    La Nación
    La fascinación por la crueldad

    Vincere, de Marco Bellocchio, es un feroz retrato poético y político de Benito Mussolini

    El notable director de El diablo en el cuerpo, La condena, La nodriza, La hora de la religión y Buenos días, noche consigue con Vincere una de las películas más potentes e inteligentes que se hayan hecho sobre el horror del fascismo, con todo su poder de seducción y manipulación, su integrismo, su violencia y su crueldad.

    Bellocchio evita los lugares comunes de las épicas históricas y las caricaturas de las biopics convencionales para construir una película íntima y grandilocuente, poética y política a la vez. Vincere no es una obra perfecta (no pretende serlo) ni del todo redonda, y hasta puede pecar por momentos de excesiva y agotadora, pero así y todo es una experiencia que se acerca bastante a lo sublime, con una vibración, una ferocidad y una audacia (estética, narrativa, temática) que el cine contemporáneo parecía haber perdido.

    El film, construido con una enorme convicción y talento apelando a un tono casi operístico, arranca en el período previo a la Primera Guerra Mundial (la acción va y viene entre 1907 y 1914), cuando un joven Benito Mussolini militaba en el Partido Socialista. En la impresionante escena de apertura, vemos al protagonista (gran trabajo de Filippo Timi) desafiando a Dios en un mitin. Más tarde, será expulsado de la organización por apoyar la participación italiana en el conflicto bélico.

    Mientras tanto, Bellocchio recorre la creciente pasión con Ilsa Dalser (consagratoria interpretación de Giovanna Mezzogiorno), una mujer fascinada por su figura, que le financia de su bolsillo la edición del periódico Il Popolo d´Italia y con la que tiene un hijo, al que llaman Benito Albino. Pero durante su ascenso al poder -para no tener conflictos con sus aliados en la Iglesia- Mussolini la traiciona y la encierra en un neuropsiquiátrico durante más de 11 años, mientras el niño es enviado a un instituto.

    Durante la segunda hora, el film coquetea por momentos con el melodrama más clásico y lacrimógeno (la performance de Mezzogiorno lo mantiene siempre vivo), pero el desenlace (con Timi ahora en el papel del desquiciado hijo de Dalser y Mussolini) vuelve a elevarlo a la categoría de obra maestra.
    Heridas abiertas

    Con un excelente uso de los materiales de archivo de la época, con la continua sobreimpresión de carteles con eslóganes políticos y militares y con un montaje arrasador, Bellocchio elabora una base para que las recreaciones ficcionales tengan el contexto adecuado y adquieran la dimensión necesaria.

    Historia trágica y conmovedora (dolorosa), Vincere tiene el sello inconfundible de uno de los últimos representantes del mejor cine italiano, que se suma a colegas-compatriotas como Pier Paolo Pasolini o Roberto Rossellini en la exploración de los orígenes, la explosión y las heridas aún abiertas del fascismo.
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  • Cinco minutos de gloria
    Las huellas del rencor

    Tras el inmenso éxito mundial de La caída, el alemán Olivier Hirschbiegel se trasladó a territorio irlandés para dirigir una historia de fuerte sentido humanista que se sostiene en una sólida narración dividida en dos épocas y en el duelo actoral que en la segunda mitad tiene como protagonistas a Liam Neeson y el gran James Nesbitt.

    El film arranca en 1975 -pleno período de guerra civil en Irlanda del Norte (una situación bien sintetizada al inicio con una edición de imágenes de archivo de la época)- y narra el ingreso en el universo de la violencia y el ojo por ojo de Alistair Little, un adolescente protestante que comete su primer asesinato "político" por encargo. La víctima es otro joven, aunque -claro- católico (de la zona controlada por el IRA).

    Narrado con sequedad y precisión, el atentado da pie a la historia actual, en la que Alistair Little (ya en la piel de Neeson) viaja a un encuentro con el hermano de aquella víctima (Nesbitt), armado por un canal de televisión para que el primero pida perdón y se llegue a la tan ansiada reconciliación. Las cosas, por supuesto, no serán tan sencillas.

    Ganadora de los premios al mejor director y mejor guión del Festival de Sundance, Cinco minutos de gloria es una película que abona (y al mismo tiempo pone en cuestión) la corrección política y que habla sin desbordes ni ampulosidades de los traumas, los remordimientos, la culpa, el rencor, las huellas en el tiempo y el sinsentido propios de toda guerra civil y -más aún- de una como la irlandesa, que dejó más de 3.700 muertos, muchos de ellos amigos o vecinos de sus propios victimarios.
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  • La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina
    El ángel vengador

    Leo que a no poca gente le gustó más la primera entrega de la saga (Los hombres que no amaban a las mujeres) que esta segunda película basada en la popularísima trilogía literaria sueca de Millennium escrita por el fallecido Stieg Larsson (ya se vienen las versiones hollywoodenses con David Fincher como director, Daniel Craig como protagonista masculino y Carey Mulligan u otra actriz de moda como heroína).

    Sostienen que en el film original había más frescura (?) y sorpresa por el hecho de que fue allí cuando aparecieron en pantalla la intrigante joven Lisbeth Salander (con su rebeldía, su look dark y su blanca palidez, su bisexualidad, sus piercings, sus tatuajes, su ropa de cuero, y su capacidad como hacker e investigadora) y al ya maduro e igualmente conflictuado periodista Mikail Blomkvist.

    A mí, en cambio, me atrapó más este segundo film. Le vuelvo a ver las "marcas", las "costuras", las articulaciones que sostienen un atrapante y al mismo tiempo algo calculado producto con toques de perversión y audacia. Aquí, Salander y Blomkvist (ella esta vez con mucho mayor protagonismo que él) deberán enfrentar a una red dedicada al tráfico sexual con prostitutas de Europa del Este como víctimas y poderosos clientes involucrados.

    Lisbeth se verá incriminada en un doble asesinato y deberá apelar a todo tipo de recursos (y a la violencia) para evitar ser atrapada por distintos bandos. Se convertirá, por lo tanto, en una suerte de "vigilante", de despiadado ángel vengador.

    El film -más allá de la estructura a-lo-Agatha Christie de toda la franquicia literaria- adquiere un intereante aire lynchiano con personajes extremos y una apuesta por el absurdo que podrá irritar a algunos, pero que para mí le da un mayor vuelo narrativo y visual.

    No todas los momentos son igual de inspirados ni efectivos (es floja y está pobremente resuelta, por ejemplo, una larga secuencia en un galpón/granero incendiado), pero le alcanzan su buen dispositivo, sus climas, su dosificación del suspenso y la tensión y -claro- la fascinación que genera la magnetica Salander creada por Noomi Rapace para hacer de La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina un más que digno thriller.
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  • Pájaros volando
    Pájaros volando
    Otros Cines
    Pajaritos y pajarones

    La imagen y la maravillosa voz de Victor Hugo Morales (como una suerte de presentador a la vieja usanza) abren y cierran esa delirante, irreverente, lúdica fábula que es Pájaros volando, la más reciente apuesta del director de Cómplices, Soy tu aventura y El regreso de Peter Cascada (en cine) y Todo por dos pesos (en TV), quien se reencuentra con Diego Capusotto y Luis Luque para filmar un guión original de Damián Dreizik.

    El resultado de esta nueva incursión del equipo en el largometraje es desparejo, pero al mismo tiempo tiene tantos aciertos parciales, regala tantos pequeños buenos momentos, que el balance termina siendo positivo. La irregularidad del film es inevitable. Me explico: resulta casi imposible sostener durante 110 minutos una trama construida a fuerza de gags (físicos, verbales o visuales), de cameos (los hay muchos y divertidos) y de raptos de inspiración de los protagonistas.

    Estoy convencido de que el humor de Capusotto funciona mejor en pequeños sketches y con distintos personajes (el esquema de Todo por dos pesos) que cuando tiene que sostener, como aquí, una historia, por más absurda y zarpada que esta sea: aquí, DC interpreta a José, un músico bastante petético (vive con su padre y mantiene una banda que tuvo un hit ocasional hace ya demasiado tiempo) que deja su trabajo en una agencia de remises para trasladarse a la casa de su desquiciado primo Miguel (un desatado y querible Luis Luque) en un pueblito serrano, donde vive una comunidad de hippies / cultores de la new-age / viejos rockeros / artesanos / ecologistas, varios de los cuales creen haber sido abducidos por extraterrestes y se preparan para un inminente viaje en plato volador.

    El "sentido", la solidez de la trama, de todas formas, es lo de menos: todo está servido para un festival del deborde, del ridículo, de la incorrección política, del guiño cómplice para la generación de treinta y cuarentaypico.

    Además de Victor Hugo, por la pantalla desfilan desde Juan Carlos Mesa hasta Norberto “Ruso” Verea, pasando por Miguel Cantilo, Claudio Puyó y Miguel Zavaleta. A nivel de nostalgia rockera, es un placer escuchar a una superbanda de veteranos (Rodolfo García, Willie Quiroga, Ciro Fogliatta y Héctor Starc. o algo así como la mixtura entre Vox Dei, Los Gatos, Almendra y Aquelarre) acompañando en vivo al dúo Capusotto-Luque en el tema homónimo y leit-motiv del film compuesto por DC y David Lebón.

    Además de ese y otros placeres, cabe destacar el ambicioso despliegue visual (con mucha posproducción y creativas CGI) para esta sátira sobre antihéroes, adultos que parecen eternos adolescentes, que no hace otra cosa que amplificar el desparpajo de una propuesta que, por momentos, hasta coquetea con el cómic y el cine de animación. Estamos, por lo tanto, frente a una de esas comedias fumonas que tan bien funcionan en la taquilla de los Estados Unidos o en España, un film con inevitable destino de culto. Habrá quienes logren sumergirse en este universo lunático y quienes, en cambio, se queden afuera. Más allá de la mayor o menos adhesión, lo cierto es que Pájaros volando es un largometraje con no pocos méritos, que no se burla del espectador sino que, por el contrario, lo invita a ser parte de una fiesta llena de humor negro y desprejuicio.
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  • Mi villano favorito
    Los malos y la conquista de la Luna

    Mi villano favorito, una buena historia con simpáticos personajes que seguramente tendrá continuación

    Tras los éxitos de Disney-Pixar (como la saga de Toy Story ), Fox (la de La Era de Hielo ), DreamWorks (la de Shrek ) y Sony ( Lluvia de hamburguesas ), un nuevo estudio de Hollywood se suma al muy lucrativo e hipercompetitivo mercado de la animación digital: se trata de Universal que, de la mano de la compañía Illumination Entertainment y con el aporte de numerosos artistas europeos, debuta -con todos los honores- con Mi villano favorito .

    La primera audacia (y el principal logro) de este film pasa por Gru, el villano favorito del título en castellano porque, claro, se trata de un protagonista que es un gran villano y que, con el desarrollo de la trama, se convertirá en el verdadero favorito del público. Un personaje tan dominado por traumas, inseguridades, celos y delirios de grandeza que es capaz de plantearse una misión para muchos imposible (robarse la Luna), concretarla con la ayuda de su veterano ladero, el Dr. Nefario, y luego cambiar por completo de rumbo (no adelantaremos nada más).

    La película se permite ser en principio muy negra y despiadada (casi al borde de la incorrección política) y luego, profundamente sentimental (heredera del espíritu dickensiano) sin perder nunca el ingenio, la gracia ni la empatía de sus muy disímiles personajes, que van desde malvados que parecen salidos de un film de James Bond hasta unas pequeñas y encantadoras huérfanas capaces de ablandar el corazón más rocoso.

    Más allá de la solidez de la trama y de la simpatía de sus caricaturescos protagonistas, los principales aciertos de Mi villano favorito tienen que ver con la fluidez de la narración, la belleza de sus coloridos y extravagantes dibujos y el inteligente uso de las posibilidades de la animación tridimensional (véase ese verdadero demo de aplicaciones tecnológicas que es la secuencia de créditos finales).

    Puede que a este film le falten esos raptos de genialidad y de lirismo que aparecen en las películas de Pixar, pero sería injusto minimizar los logros de esta primera producción animada del tándem Universal- Illumination frente a la extensa trayectoria de los creadores de WALL-E . Por lo pronto, este villano animado ya tiene vuelo propio y, seguramente, mucho futuro dentro de lo que seguramente será una larga y fructífera franquicia.

    Lamentablemente, Mi villano favorito se estrena sólo en versión doblada al castellano. Por lo tanto, será imposible (por lo menos hasta la edición en DVD) disfrutar de las voces originales de Steve Carell como Gru, Will Arnett, Jason Segel, Russell Brand y Julie Andrews, entre otros grandes intérpretes. Una pena.
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  • El origen
    El origen
    Otros Cines
    Pensar en grande

    Terminé de ver El Origen hace tres horas (¡la proyección de prensa arrancó a las 9.30 AM!). Me fui del Cinemark Palermo sin hablar con nadie (a propósito) y al rato -ya instalado frente a mi netbook- tuve un interesante intercambio vía Twitter con los colegas/amigos Diego Lerer, Hernán Ferreirós y Santiago García (a los dos primeros les gustó menos y al tercero más que a mí). Esta película de Christopher Nolan (desde ahora CN) es de esas que se van a discutir mucho y durante mucho tiempo. Es uno de esos (escasos) films ambiciosos, exigentes e “importantes” made in Hollywood que piden a gritos una segunda visión, un tiempo prudencial para que “decante” y así poder analizarlo, desmenuzarlo mejor. Pero a mí, en cambio, me gusta escribir “en caliente”, con las palpitaciones todavía a mil. Ya habrá tiempo, si cabe, para una relectura.

    Para mí, aclaro, no es la obra maestra que buena parte de los críticos del mundo han exaltado y ni siquiera la considero lo mejor de un director de enorme categoría como CN, pero creo que no tenía tanta expectativa previa (al final, un poco defraudada) ni tantos deseos de escribir desde… ¿Batman: El Caballero de la Noche?

    Lo de la calificación, si me permite, merece una explicación y, como siempre, es relativa: un film de “8 puntos” debería haberme convencido o emocionado más que El Origen, pero al mismo tiempo se trata de una "tormenta" visual y de un guión que propone un universo cinematográfico tan impactante y arriesgado, que uno no puede ponerlo en el mismo nivel que, digamos, Miss Tacuarembó, Las hierbas salvajes o Plan B, por nombrar a las tres últimas películas que califiqué con 7.

    Hay tres sensaciones que tuve durante la visión de El Origen (una experiencia fascinante, agobiante y agotadora a la vez) y que luego el amigo Lerer compartió en el ida y vuelta de los 140 caracteres twitteros:

    1) Que a Nolan se le subieron el éxito y los elogios a la cabeza y decidió regodearse (y abrumarnos) con su inmenso talento narrativo y su inagotable creatividad en lo que por momentos resulta un ejercicio de virtuosismo demasiado frío y artificial;

    2) Que los múltiples hallazgos formales y temáticos del film se ven truncados en buena parte por la constante (sobre)explicación, perdiéndonos así como espectadores la posibilidad de vagar por esos universos enigmáticos donde cada uno puede elegir cualquiera de esos senderos que se bifurcan;

    3) Y que su psicologismo barato (digno del tomo 1 de un manual freudiano) conspira contra la empatía y la identificación del espectador (yo también pensé mucho durante la proyección en qué hubiesen hecho David Lynch y especialmente David Cronenberg con estos materiales: seguramente algo mucho menos explícito, calculado y perfecto).

    ¿Con todos estos reparos estoy desaconsejando la visión de El Origen? Rotundamente no. Las mil y una referencias que leí y escuché en los últimos días -el Stanley Kubrick de 2001, odisea del espacio, Minority Report, El vengador del futuro, Blade Runner y la obra de Philip K. Dick; el Orson Welles de El ciudadano, el cine de Michel Gondry o la literatura de Jorge Luis Borges- me parecen válidas e intrascendentes a la vez (esta vez, mero regodeo de críticos), porque más allá de sus múltiples influencias, antecedentes, inspiraciones y “homenajes” el gran mérito de CN es el de haber concebido un thriller noir y psicológico (onírico) a la medida de las (impresionantes) posibilidades del arte de las CGI. En este sentido, me animo a sostener que es tan o más “revolucionaria” que Avatar.

    “No temas soñar en grande”, le dice un personaje a otro promediando la película y ése parece ser el leit-motiv de El Origen y de la obra de CN en general. Los sueños, la percepción, la manipulación de los recuerdos, la realidad virtual y los saltos en el tiempo son una constante en la filmografía del creador de Memento: recuerdos del crimen; Noches blancas, El gran truco y sus dos incursiones en el mundo Batman; y aquí el director se da todos los gustos con sus 200 millones de dólares de presupuesto.

    CN nos sumerge en las desventuras de un equipo (Leonardo DiCaprio, Joseph Gordon-Levitt , Ellen Page, Tom Hardy, Ken Watanabe y Dileep Rao) de ladrones y “traficantes” de sueños, especialistas en extraer y, por qué no, también en implantar vivencias e ideas para así cambiar el pensamiento y, claro, el comportamiento de una persona.

    Los 148 minutos de El Origen nos llevarán entonces con sus múltiples capas narrativas (un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño) por terrenos de la ciencia ficción, del thriller corporativo con traiciones cruzadas, de eas misiones imposibles propias del cine de acción, de un melodrama sobre la culpa y el perdón, y de una épica romántica (y familiar) con DiCaprio y la francesa Marion Cotillard protagonizando un amor trágico e imposible (que nunca termina de funcionar del todo).

    Aunque al colega Javier Porta Fouz le repugne el análisis “por rubros”, le voy a dedicar unas líneas de admiración al fotógrafo Wally Pfister (un orfebre capaz de iluminar hasta los más mínimos detalles del plano) y otras de indignación a la omnipresente, abusiva y explícita banda sonora de Hans Zimmer, de esas que nos dicen cuándo debemos conmovernos o sobresaltarnos (cosa que igualmente casi no ocurre).

    De todas formas, aún cuando puede decirse que El Origen es una experiencia algo fallida como un todo, hay secuencias espectaculares, dignas de un maestro como sin dudas lo es CN. No quiero adelantar nada, pero la París “doblada” o las imágenes que desafían la ley de la gravedad son sólo algunas de ellas. Esos pasajes de gran cine compensan todo lo que de agobiante y pretenciosa tiene esta laberíntica, quijotesca película que, seguramente, seguiremos debatiendo largamente aquí abajo. Por supuesto, están todos invitados.
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  • Son como niños
    Son como niños
    La Nación
    Una comedia bastante infantil

    Son como niños no logra superar las obviedades y los clichés de su planteo

    La dupla conformada por el director Dennis Dugan y el actor, productor y ocasional guionista Adam Sandler ha concretado en los últimos 15 años seis películas, todas muy exitosas y un par de ellas (Un papá genial, No te metas con Zohan) bastante atendibles.

    En Son como niños , con Sandler como coautor de la trama, pero sin el protagonismo exclusivo de otros films suyos (hay una apuesta por una estructura coral con varias estrellas de la comedia norteamericana rodeándolo), el resultado es de lo más decepcionante que en términos artísticos ha entregado esta prolífica asociación entre realizador e intérprete (ya tienen dos nuevos proyectos en camino para el año próximo).

    La película arranca con un prólogo ambientado en 1978, cuando un equipo infantil de básquet gana un campeonato interescolar en el último segundo. Tres décadas más tarde, el entrenador de aquel grupo muere y los ya cuarentones ex jugadores se reencuentran en el funeral para homenajearlo.

    Uno de ellos, un exitoso agente de Hollywood (Sandler), alquila una casona junto a un lago e invita a los otros cuatro, típicos perdedores, excéntricos pero de buen corazón (Kevin James, Chris Rock, David Spade y Rob Schneider), a pasar el tradicional fin de semana largo del 4 de julio junto con sus esposas e hijos. Un ámbito y un contexto ideales para todo tipo de enredos, malos entendidos, travesuras, bromas y torpezas protagonizadas por estos adultos inmaduros a los que alude el título.

    Como en todo producto de la denominada Nueva Comedia Americana, hay muchos chistes de doble sentido, escatológicos y sexuales, pero esta vez la propuesta no sólo no es transgresora en su retrato de las familias disfuncionales sino que termina siendo concesiva. El problema mayor, de todas maneras, tampoco es que sea complaciente (está lleno de historias que dejan al espectador satisfecho aún apelando a ciertas resoluciones demagógicas) sino que aquí todo se resuelve con torpeza y sin ingenio.

    La película -con muchas más carencias que aciertos- intenta contraponer la camaradería masculina con la femenina (por allí aparecen, muy desaprovechadas, Salma Hayek, Maria Bello, Maya Rudolph y la veterana Joyce Van Patten), pero el contraste tampoco funciona. Esta celebración de la amistad más allá de las diferencias tiene, es cierto, un puñado de observaciones graciosas y emotivas, pero esos hallazgos son escasos dentro de una comedia que, en definitiva, resulta demasiado obvia y superficial.
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  • Portadores
    Portadores
    Otros Cines
    Puro reciclaje... con onda

    Esta opera prima de los hermanos catalanes Alex y David Pastor (29 y 31 años) no es más que un reciclaje (no debe haber ni una sola idea original en sus 84 minutos) de elementos, personajes y situaciones ya vistos en decenas de películas de terror apocalíptico sobre virus + zombies + caos + violencia.

    Los Pastor -que se suman a la avalancha de cineastas españoles que están haciendo carrera dentro del género de terror/fantástico- tienen parte de la culpa (son los guionistas), pero también parte del mérito de hacer bastante tolerables los 84 minutos gracias a un aplomo narrativo (digna la puesta en escena y sólidos en el uso de los recursos técnicos) que les sirve de carta de presentación con vistas a filmar en un futuro historias un poco más audaces y originales.

    Dos hermanos (uno tosco e impulsivo, el otro contenido y cerebral) y sus novias/amigas recorren carreteras desoladas y pueblos fantasmas en un planeta que se va quedando sin comida, sin combustible... y sin gente. Es territorio arrasado, un ámbito para el sálvese quien pueda y la supervivencia del más apto, ya que la cura del virus que ha desatado la epidema parece cada vez más lejana. Todos los sobrevivientes van armados y son (o se ven obligados a ser) insensibles ante el dolor y la degradación (física y moral) que los rodea.

    Como verán, esta suerte de sinopsis podría ser extraída de cualquier página de IMDb. Estamos, por lo tanto, ante un subproducto con algo de George A. Romero y compañía. De todas maneras, no deja de ser medianamente entretenida. Ya veremos, por lo tanto, a los hermanos Pastor haciendo dentro de poco películas más grandes (en presupuesto) y más elaboradas (en guión).
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  • El viaje de Avelino
    Viaje a ninguna parte

    He leído y escuchado que algunos colegas se atreven a comparar este film de Estrada con el cine de Lisandro Alonso o incluso con el de Abbas Kiarostami y otros referentes de la producción iraní. Si existe alguna filiación posible, ésta termina cuando se ven los planos elementales, sin brillo, profundidad ni "peso" de esta opera prima apenas correcta y bienintencionada.

    Basada en un caso real (un padre que salva a su hija enferma llevándola a lomo de burro entre montañas desde su casita perdida en el medio de la nada hasta una ciudad con hospital), El viaje de Avelino sintoniza con algunos elementos muy de moda en estos tiempos (los cruces permanentes entre el documental antropológico y la reconstrucción/ficcionalización de hechos verdaderos interpretados por los propios protagonistas), pero a este film le falta la audacia, el lirismo, la sensibilidad y la profundidad como para trascender los modelos más transitados. El distanciamiento (que algunos confundirán con austeridad y pudor) tampoco genera empatía hacia la épica de Avelino. Y, para cerrar el combo, no hay aquí capacidad como para transformar a los paisajes helados y pedregosos de Río Grande en un personaje más de la historia.

    La "frutilla" del film es la inclusión de un fragmento televisivo (un típico informe edulcorado de la señal TN) en el que nos aclaran que este caso ha sido real, aunque luego un cartel nos indicará que un caso similar terminó con la muerte de un menor. Decisiones a tono con las limitaciones de la película.

    PD 1: Esta reseña fue publicada durante el BAFICI 2009.

    PD 2: Más allá de la calidad de la película, destacamos que con este film arranca formalmente como espacio exclusivo para documentales argentinos la sala 3 (105 butacas) del complejo Arteplex Belgrano, desde ahora denominada INCAA-DOC, que será programado por el INCAA, y tendrá entradas a 10 pesos (con descuentos para jubilados y estudiantes). Una excelente iniciativa.
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  • Partir
    Partir
    Otros Cines
    Diferencias de clase... sin clase

    "Al menos las actuaciones y la fotografía de Agnès Godard logran que esta sea una muy elegante basura". Así define, con absoluta contundencia y no poca justicia, el crítico Jason Anderson en EyeWeekly.com a este nuevo film de Catherine Corsini.

    OK, quizás lo de "basura" es un término demasiado fuerte, pero esta (otra) historia de infidelidad matrimonial obvia, "de manual", huele a fórmula rancia, a cúmulo de clisés, estereotipos y lugares comunes que -pese a sus intenciones y esfuerzos- no resulta jamás audaz ni provocativa ni perturbadora.

    Un médico exitoso (Ivan Attal) vive con su esposa (Kristin Scott Thomas, definitivamente convertida en la nueva "musa" del melodrama romántico francés), que tiene intenciones de volver a ejercer como kinesióloga luego de una década alejada de la profesión. Mientras reciclan un sector de la mansión familiar (tienen dos hijos ya adolescentes) para que ella pueda tener su consultorio, la protagonista se va obsesionando por (y enamorando de) un albañil español (Sergi López) que es padre de una niña y acaba de salir de la cárcel.

    La cosa transita por carriles esperables dentro del drama pasional con una trama de manipulaciones, extorsiones y engaños que hacen un claro hincapié en las diferencias de clases y los abusos de poder. Algo que, por citar un ejemplo, el gran Claude Chabrol ya ha elaborado con mucha mejor fortuna en joyas como La ceremonia.

    Gran éxito en Francia, Partir llega aquí en busca de lo que queda de ese público adulto e intelectual, pero -más allá de los paliativos que cita el colega canadiense (y que suscribo)- resulta otra decepción de una directora (Replay, La repetición) con la que sigo sin tener suerte. Una pena.
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  • Cuentos de la selva
    Fábula (des)animada con moraleja ecologista

    Sin llegar a ser una gran película, el Martín Fierro en versión Fontanarrosa que en 2007 presentaron Norman Ruiz y Liliana Romero tenía varios aspectos narrativos y visuales interesantes por lo que podía esperarse un nuevo paso adelante con esta transposición de otro clásico, en este caso el de Horacio Quiroga. Con la experiencia adquirida y con los tres años de distancia (una eternidad en cuanto a desarrollo tecnológico dentro del campo de la animación), casi no había dudas de que nos íbamos a encontrar con un film mejor. Lamentablemente, no fue así y lo digo con absoluta decepción.

    Estos Cuentos de la selva resultan precarios (por ser generosos) en el terreno artístico y decididamente aburridos en cuanto a su historia y su narración. Quienes me leen saben que no soy patriotero ni pro-Hollywood, pero si esta es la gran apuesta nacional para enfrentar en estas vacaciones de invierno a la notable Toy Story 3 y a la mediocre Shrek para siempre, la batalla está perdida de antemano.

    La película está mucho mejor dibujada y coloreada que animada. Me explico: las figuras de lo animales son atractivas, pero sus movimientos lucen toscos, sus rostros carecen de expresividad y así la cosa se hace muy cuesta arriba. Para colmo, el tratamiento carece del humor, de la empatía y de la chispa que un producto infantil (familiar) exige a gritos.

    Hay cosas básicas, imperdonables a esta altura: dentro de una misma escena, por ejemplo, se alternan fondos fijos y otros en movimiento (como si el viento o el agua de golpe se detuvieran por completo y a los pocos segundos todo volviera a seguir su curso). Tampoco hay demasiados hallazgos en cuanto al trabajo con las voces, las canciones ni las coreografías.

    Lo que queda, entones, es una obvia fábula ecologista sobre los peligros del desmonte indiscriminado en la Mesopotamia que genera sequía, contaminación y falta de comida para los animales. Las especies locales -en peligro de extinción- se rebelerán contra "La Bestia" (léase los insensibles humanos con sus arrasadoras maquinarias), mientras que un niño será el despertar de las conciencias. Poco, muy poco (increíblemente poco) para esta (des)animada versión de la obra maestra de Quiroga, que merecía mucha mejor suerte en el cine.
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  • Policía, adjetivo
    Contra la obediencia debida

    Corneliu Porumboiu es un descubrimiento de la Quincena de Realizadores (muestra paralela del Festival de Cannes), ya que desde allí ganó nada menos que la Cámara de Oro (distinción a la mejor opera prima) de la edición 2006 con la satírica Bucarest 12:08, estrenada luego en los cines argentinos. Con su segundo largometraje, Policía, adjetivo, este notable exponente del nuevo cine rumano fue uno de los premiados en la sección oficial Un Certain Régard de Cannes 2009. Esta gema también llega ahora a las salas locales, aunque sólo en proyección digital.

    Police, Adjective describe los dilemas éticos y morales de un detective al que le encargan vigilar a un estudiante secundario que todos los días consume cigarrillos de marihuana en un parque. Su superior y un procurador quieren que investigue quién le provee la droga, con quién la comparte y desbaratar así el "tráfico". Pero el protagonista está convencido de que se trata de un muchacho cualquiera y va dilatando el caso para no tener que detenerlo por una simple tenencia, delito que en Rumania -al contrario que en el resto de Europa, donde está despenalizado- tiene un mínimo de tres años y medio de prisión.

    Porumboiu se sumerge en los problemas de conciencia, filma la cotidianeidad del policía (los diálogos con sus compañeros de trabajo y con su esposa) y su obsesivo seguimiento del caso, mientras va descubriendo las miserias burocráticas y la tendencia represiva de una sociedad que todavía no ha podido quitarse del todo la pesada carga de su pasado comunista.

    El film tiene una puesta en escena precisa, un nivel de observación y de detalle que lo hace implacable, un humor que la platea festeja a cada minuto, y un nivel actoral sublime. Pero lo más importante de todo es la inteligencia con que Porumboiu construye y deconstruye el relato, cómo va agregando capas y niveles de lectura, cómo el final aumenta y resignifica todo lo que se ha visto hasta entonces. Una película pequeña y enorme a la vez.
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  • El aprendiz de brujo
    Una de magos con poca magia

    El aprendiz de brujo, una superproducción demasiado artificial y previsible

    Hace cuatro semanas, Disney estrenó una película construida íntegramente en computadora como Toy Story 3 , capaz de emocionar hasta las lágrimas con sus personajes animados. Hoy, lanza una superproducción con actores de carne y hueso que luce siempre mecánica y artificial, más allá del vértigo, de la espectacularidad y de la adrenalina de sus múltiples escenas de acción elaboradas a fuerza de efectos visuales.

    La acumulación de set-pieces (secuencias de alto impacto) constituye el sello de las producciones del poderoso Jerry Bruckheimer ( Bad Boys, Piratas del Caribe , Transformers ), que aquí se reúne con el director Jon Turteltaub y el astro Nicolas Cage con la idea de repetir el éxito de otra de sus sagas: La leyenda del tesoro perdido .

    El guión de Matt Lopez, Doug Miro y Carlo Bernard propone una mixtura de fórmulas ya vistas en decenas de películas: desde la historia del mago Merlín hasta situaciones propias de la franquicia de Harry Potter, pasando por el esquema de mentor-discípulo, los clisés de las comedias románticas juveniles y, claro, la combinación entre elementos antiguos y contemporáneos ya elaborada por este mismo equipo en la apuntada La leyenda del tesoro perdido .

    Cage interpreta ahora a Balthazar, uno de los tres herederos de Merlín, que debe enfrentar a los malvados (caricaturescos) hechiceros Maxim Horvath (Alfred Molina) y Morgana (Alice Krige), salvar a su amada Veronica (Monica Bellucci) y encontrar al aprendiz del título -denominado El Supremo Merliniano-, que no es otro que un típico antihéroe veinteañero de la Nueva York actual (Jay Baruchel), que parece más interesado en conquistar a la rubia Becky Barnes (Teresa Palmer) que en convertirse en el salvador del mundo.

    El film nunca alcanza la intensidad buscada (toda una paradoja en una producción que bombardea con constantes escenas de acción editadas con un ritmo trepidante y un sonido invasivo) y, como el espectador queda imposibilitado de comprometerse y mucho menos de identificarse con las vivencias de los personajes, todo parece armado como si se tratara de una sucesión casi sin pausas de secuencias a puro vértigo, de un largo trailer de 108 minutos. Tómelo o déjelo.
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  • Miss Tacuarembó
    Miss Tacuarembó
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    ¿Quieres ser Natalia Oreiro?

    Director de culto dentro del cortometraje y el videoarte, el joven montevideano -radicado en Madrid- Martín Sastre llega finalmente a su primer largo con una apuesta pop y posmoderna que remite en estética y desenfado al cine de los Michel Gondry o los Spike Jonze, pero sin renegar de sus raíces bien uruguayas.

    Llena de ideas y de apuestas de riesgo, Miss Tacuarembó podría haber sido mucho mejor de lo que es, pero al mismo tiempo resulta mucho mejor que buena parte del cine latinoamericano reciente. Si la proporción de aciertos (estéticos, humorísticos, narrativos) sobre el total de intentos hubiese sido mayor, estaríamos hablando de una película enorme y del surgimiento de un gran director. Pero los logros (no menores) terminan siendo más bien modestos, ya que en varios pasajes el film resulta algo fallido.

    Sastre narra la historia de la protagonista Natalia en varios tiempos, básicamente durante su infancia (interpretada por la promisoria Sofía Silvera), cuando a los 9 años sueña con ganar el concurso de Miss Tacuarembó para salir de ese pueblo gris y sin futuro con la intención de viajar y triunfar como cantante en Buenos Aires; y su adultez (ya en la piel de Natalia Oreiro), cuando la ahora treintañera es un cúmulo de decepciones, trabaja en un patético parque de diversiones de temática religiosa y termina participando a su pesar en un reality show del estilo Gente que busca gente.

    Basada en la novela de Dani Umpi y construida a partir de varias canciones originales de Ale Sergi (líder del grupo Miranda!) que permiten jugar con coreografías semi(anti)profesionales, Miss Tacuarembó apuesta a una estética kitsch ochentosa en la que no faltan referencias directas a Los Parchís, Flashdance, Madonna o la telenovela Cristal (con cameo incluido de la actriz Jeanette Rodríguez).

    Más allá de una glamorosa escena en Hollywood a-la-Flashdance, Oreiro sostiene un personaje (en realidad dos, ya verán) con bastante de perdedora y no poca frustración. Por supuesto, tendrá espacio para cantar y bailar (hasta con el Cristo que interpreta Mike Amigorena), demostrando que es una gran estrella, aunque la película lejos está de ser un mero vehículo para su lucimiento.

    Entre la sátira religiosa a-lo-Monty Python, participaciones especiales como las de Graciela Borges (en el papel de una excéntrica multimillonaria), un despliegue estético que permite ir desde la home-movie hasta la edición fotográfica, pasando por el musical cursi o el grotesco (vean si no a la almodovariana Rossy de Palma como conductora del reality televisivo), Miss Tacuarembó resulta una fábula pop sobre los sueños, miserias y crueldades de la infancia, sobre la amistad, el amor, la fama y la fe, sobre la hipocresía y la represión social (y cómo cambatirlas).

    Estamos ante una película inevitablemente despareja y seguramente polémica en su recepción, pero también ante una propuesta artística llena de libertad y de creatividad. Es más de lo que mucho cine puede ofrecer en el adocenado y previsible panorama actual.

    PD: Luego de los créditos de cierre hay imágenes del casting realizada a más de 800 niñas de 9 años que, por entonces, soñaban con ser la pequeña Natalia (Oreiro) de la ficción.
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  • Encuentro explosivo
    Otra misión imposible

    El guión del ignoto Patrick O'Neill apuesta a combinar por agua, tierra y aire acción, aventuras, romance, suspenso, comedia y un festival de efectos visuales reciclando elementos, situaciones, ambientes y recursos ya vistos una y mil veces. Una rápida enumeración no debería obviar a:

    1- El cine de Alfred Hitchcock.

    2- La saga de Misión: imposible.

    3- Las películas de James Bond.

    4- La saga del agente Jason Bourne.

    5- Sr. y Sra. Smith.

    6- La saga de La gran estafa.

    7- Charada.

    La lista podría seguir hasta el infinito... y más allá, pero considero que el lector ya tendrá a esta altura una idea más o menos cierta de por dónde transita este "refrito" que no indigna, es cierto, pero que creo sólo puede disfrutarse (un poco) en plan "bizarro"; es decir, aceptando su apuesta por el ridículo y minimizando sus clisés y estereotipos en pos del "homenaje", la "cita" o la "recreación" de toda la propuesta.

    Esperaba más de James Mangold, no porque sea un gran director (tiene un par de bodrios en su haber) sino porque venía demostrando que es de esos "artesanos" todoterreno que tan funcionales (y necesarios) son para la industria de Hollywood. Pero esta vez el director de las dignas Tierra de policías, El tren de las 3:10 a Yuma y Johnny & June: Pasión y locura. se limita a fotografiar lo mejor posible a las dos estrellas (¡qué viejos están Tom Cruise y Cameron Diaz y qué poca química hay entre ellos!) y a construir, una tras otra, las set-pieces a fuerza de CGI en los más diversos puntos del planeta y en todas las variantes posibles (aviones, trenes, autos, motos, lanchas).

    Pero si con el romance y la comedia no pasa absolutamente nada y si Cruise no logra convencernos de que es el heredero de Cary Grant, la adrenalina tampoco alcanza a compensar demasiado los baches (abismos) de un producto tan inofensivo como en definitiva insustancioso. La trama aquí es lo de menos (todos luchan por hacerse de una batería, el MacGuffin del asunto) y la cosa por lo tanto queda en una sucesión de persecuciones y explosiones.

    Ah, el destino final de los protagonistas es... el Cabo de Hornos. Recibamos, entonces, a esta pareja marketinera, pero esta vez muy poco explosiva.
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  • Las hierbas salvajes
    Elogio del amor (desmesurado)

    Aunque varios de mis colegas más prestigiosos de todo el mundo vienen sosteniendo desde que la vimos en su première mundial en el último Festival de Cannes que Las hierbas salvajes es una obra maestra (Cahiers du Cinéma, por ejemplo, la consignó como la mejor película de 2009), yo no alcancé a disfrutarla a ese nivel y, si bien lo considero un trabajo lleno de audacia, de libertad, de ideas y de hallazgos, no lo ubiqué en mi lista de favoritos del año pasado.

    Decidí -Resnais se lo merece- darle una segunda oportunidad y volví a ver la película unos días antes de su (bienvenido) estreno comercial. No hubo caso. Su apuesta al artificio naïf, al absurdo, a la exageración que por momentos casi roza el ridículo son demasiado para mí, al menos en el contexto de esta tragicomedia romántica (Conozco la canción, por ejemplo, sí me parece una obra maestra porque el musical se presta más a los desbordes).

    En su siempre estimulante columna Desde Europa, nuestro amigo catalán Manuel Yáñez Murillo propone una "lectura" posible del film: "Resnais violenta los límites de lo verosímil para confeccionar un grácil elogio de la energía fabuladora del cine. Sin miedo a incurrir en lo naif, Resnais construye una historia de amour fou entre el cinéfilo Georges (André Dussollier) y la aviadora Marguerite (Sabine Azéma), en la que el deseo y la pasión consiguen romper con los protocolos sociales y el academicismo narrativo. Un delirio lúdico, lúcido, incandescente y moderno que no teme transitar el territorio de lo ridículo en su apetencia por la conquista de lo sublime.

    No tengo demasiados argumentos para oponer al brillante concepto de Manu, por lo que aquí entra a jugar la más absoluta y caprichosa subjetividad / sensibilidad: disfruté del hecho de que un maestro del cine como el director de Hiroshima mon amour y Hace una año en Marienbad adaptara con casi 87 años por primera vez en su carrera una novela y convirtiera el relato original de Christian Gailly en una de sus típicas películas corales y de enredos sobre los vericuetos del amor y del azar. Pero, aunque me divierten sus excesos y me tienen sin cuidado sus recaídas, no pude ingresar del todo en el juego de gato y ratón, de atracciones y rechazos, de perversiones y convenciones sociales que propone Resnais. Así, quedé como un observador privilegiado, fascinado, pero no "involucrado" en esta comedia/drama demencial.

    La historia de amor (imposible) entre un hombre casado desde hace 30 años y dueño de un oscuro pasado que sólo podemos adivinar (Dussollier) y una dentista y fanática de la aviación (Azéma) que se desata a partir de un hecho banal de lo cotidiano (el robo a ella de una billetera roja que luego es encontrada por él en el estacionamiento de un shopping) es premeditadamente desconcertante en sus bruscos cambios de tono (que pendula entre la más absoluta levedad y ciertos toques de gravedad), pero termina siendo rescatada por la innegable gracia, sensibilidad, melancolía y ligereza de este incansable patriarca de la nouvelle vague.

    PD: Gran trabajo del DF Eric Gautier y lucido, como siempre, los secundarios de Anne Consigny (la esposa del protagonista), Emmanuelle Devos (la amiga y confidente de Azéma) y Mathieu Amalric (el desquiciado policía "psicólogo").
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  • Shrek para siempre
    Shrek y un extraño pacto con el mal

    La última entrega de la saga del ogro verde es la más convencional, aunque conserva ritmo y excelencia visual

    Esta cuarta (y aparentemente última) entrega de la saga de Shrek mantiene su excelencia estética, su ritmo adrenalínico, su apuesta por el gag físico y verbal casi sin pausas y la simpatía de sus queribles personajes, pero el film dirigido por Mike Mitchell resulta el más convencional, el menos inspirado de esta exitosa franquicia infantil (familiar).

    Los signos de agotamiento y la necesidad de recurrir a fórmulas y lugares comunes de la producción animada son evidentes en buena parte de los 93 minutos de la película, que de todas maneras se sostiene en buena medida por el encanto de sus protagonistas y por el despliegue cromático, un diseño visual que en esta oportunidad incluye además muchos efectos de alto impacto concebidos para el disfrute de los más chicos en las salas digitales 3D.

    El guión de Darren Lemke (uno de los autores de la cotizada serie Lost ) y Josh Klausner ( Una noche fuera de serie ) arranca con un Shrek agobiado por la crianza de sus tres hijos y harto de la rutina cotidiana. Convertido él mismo y su pantano en atracciones turísticas, desea recuperar la esencia de un ogro: vivir sin límites ni ataduras. Así, resulta una víctima fácil del cruel y ambicioso mago Rumpelstiltskin (la principal incorporación del film), que desea apoderarse del reino de Muy Muy Lejano. Para colmo de males, el anithéroe descubre que Fiona (de la que se ha ido alejando progresivamente) es ahora la líder de un grupo revolucionario de ogros que enfrenta a ese nuevo dictador. Deberá, por lo tanto, unirse a la lucha y reconquistar su amor.

    Ya sin la creatividad, el ingenio, el desparpajo ni esa capacidad casi inagotable para sorprender, emocionar o divertir que regalaron los dos primeros capítulos (que consiguieron, entre otros muchos méritos, participar nada menos que en la competencia oficial del prestigioso Festival de Cannes), esta película se circunscribe a la apuntada solvencia técnico-visual y a la irrupción de algunos chispazos en los que vuelve a aflorar ese humor irreverente que convirtieron a Shrek, Fiona y Burro en personajes animados tan queridos y con destino de clásicos. Se trata, por lo tanto, de una despedida honrosa, pero al mismo tiempo bastante lejana de los mejores y más memorables momentos de la saga.
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  • La Pivellina
    La Pivellina
    Otros Cines
    Todo por amor

    Con muy buenos antecedentes como documentalistas (algo que se pudo comprobar en el foco que el BAFICI les dedicó en abril último) llegó el matrimonio entre la italiana Tizza Covi y el austríaco Rainer Frimmel a su debut en la ficción con La Pivellina.

    Esta modestísima (“pivellina”) producción podría haber sido un desastre (si a uno le dijeran que se trata de la historia de unos artistas de un circo ambulante que crian a una niña de dos años abandonada por su madre en una plaza de un pueblo de las afueras de Roma inmediatamente pensarían en pintoresquismo + golpes bajos + sentimentalismo + melodrama barato). Nada de eso. La película es de una ternura, una vitalidad y una empatía nunca demagógica que la convierten en una pequeña gema.

    Actores no profesionales (Patrizia Gerardi parece una nueva Anna Magnani), dos directores que se encargan de casi todos los rubros, cámara 16mm en mano, nada de música incidental y una combinación entre rigor artesanal, humanismo y observaciones pletóricas de sensibilidad en medio de esas casas rodantes hacen de La Pivellina una de las grandes sorpresas de los últimos tiempos.

    PD 1: Nuestro amigo y colaborador catalán Manuel Yáñez Murillo escribió en OtrosCines.com que La Pivellina "se ubica en la línea del cine europeo de corte realista y centrado en la observación de las dinámicas sociales. Se trata de una historia que habría cautivado tanto a Vittorio de Sica como a Federico Fellini y que Covi y Frimmel filman a la manera de los hermanos Dardenne". Un concepto impecable para definir a estos neo-neorrealistas y al que me sumo.

    PD 2: Quienes hayan visto durante el último BAFICI el documental Babooska (2005) descubrirán allí el germen de lo que luego Covi y Frimmel concretarían en La Pivellina.
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  • Chéri
    Chéri
    Otros Cines
    Relaciones (ya no tan) peligrosas

    El equipo de la aclamada Relaciones peligrosas (el director Stephen Frears, el guionista Christopher Hampton y la protagonista Michelle Pfeiffer) se reencuentra -dos décadas más tarde- para otra historia de época sobre un amor imposible con inevitable destino trágico.

    Esta versión fílmica de la clásica novela de Colette ambientada en el excesivo y extravagante período previo de la Belle Époque, previo a la Primera Guerra Mundial, describe la tortuosa y apasionada relación entre Lea de Lonval (Pfeiffer), una famosa, poderosa y ya veterana cortesana, y el Chéri del título (el inglés Rupert Friend), un joven que termina casándose con una muchacha en un matrimonio por conveniencia arreglado por su madre (Kathy Bates).

    El ecléctico director de Ropa limpia, negocios sucios, Alta fidelidad y La Reina narra aquí la película con solidez, los diálogos son filosos, los rubros técnicos resultan asombrosos (el fotógrafo es el gran Darius Khondji y la música está a cargo de Alexandre Desplat), hay humor y buenas actuaciones, pero el film no deja de tener algo de fórmula, de déjà vu, dentro del ya bastante recorrido sendero del cine de qualité basado en relatos literarios.
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  • Eclipse
    Eclipse
    La Nación
    En Eclipse, personajes más humanos

    La tercera de las cinco películas que se harán sobre la saga, dirigida por David Slade, es la mejor hasta aquí

    En esta tercera de las cinco películas que se harán a partir de la popular saga literaria (cuatro novelas) de Stephenie Meyer no hay cambios de protagonistas ni de pueblo ni de historia. Sin embargo, con la incorporación como director de David Slade (en reemplazo de Catherine Hardwicke y Chris Weitz), Eclipse ofrece algunos hallazgos en cuanto a su tono (a sus tonos), su potencia dramática, su nivel actoral y su puesta en escena que le alcanzan para convertirse con bastante holgura en el mejor exponente de la hasta aquí fría, solemne y pomposa franquicia.

    Slade, cuyos antecedentes incluyen 30 días de noche y Hard Candy , parece haber entendido bastante mejor que sus dos predecesores el espíritu y las posibilidades de la creación de Meyer, con su mixtura entre el romance adolescente de colegio secundario (aquí ya muy cerca de la graduación), el melodrama conservador de los años 50, las intrigas palaciegas con clanes y héroes clásicos, las leyendas indias y el despliegue fantástico a propulsión de efectos visuales propio del género de vampiros y hombres lobo.

    El nuevo director no sólo le imprime al film una mayor carnadura humana (todo un mérito en una trama con vampiros), más humor (que por primer vez incluye la autoparodia sobre ciertos sesgos absurdos de la saga), un mayor lucimiento de los intérpretes (en especial de esa gran actriz en potencia que es Kristen Stewart), escenas de acción más intensas (aparece ahora un ejército de vampiros malvados) y una narración más ligera y menos estructurada, que incluye entre otras cosas varios pasajes con cámara en mano y un sólido trabajo del fotógrafo español Javier Aguirresarobe.

    La esencia, de todas maneras, sigue siendo la misma: la exploración del amor y el deseo, del compromiso y las diferencias, aquí encarnados en el triángulo sentimental entre la conflictuada Bella Swan (Stewart) y los dos carilindos aspirantes a su compañía y contrincantes entre sí: el rubio vampiro Edward Cullen (Robert Pattinson) y el hombre lobo indio Jacob (Taylor Lautner).

    Quienes encuentran esta saga demasiado naïve (casi ridícula en pleno siglo XXI) es probable que lo sigan sintiendo luego de ver este tercer capítulo, pero quienes -aun no siendo fans incondicionales de Bella, Edward y Jake- le den una nueva oportunidad puede que Eclipse resulte una película atendible, incluso una bastante buena. A estos posibles "conversos" está dirigido este noble relato de Slade. A los millones que jamás dejarían de verla esté quien esté detrás de cámara poco pueden importarles estos insignificantes detalles.
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  • Amores de diván
    Amores de diván
    Otros Cines
    El mundo contra mí

    Esta (anti)comedia romántica narra las visicitudes de un psiquiatra mujeriego al que se le da vuelta la tortilla. En la primera secuencia, vemos cómo inventa mentiras y excusas para manipular a las mujeres y salir así de una relación afectiva para entrar luego en otra. Pero un día, una de sus tantas ex novias (además ex paciente suya) decide iniciarle un juicio que termina con una junta de ética médica revocándole la licencia para atender.

    Nuesto antihéroe decide entonces casarse con una mujer "moderna y tolerante", tal como él mismo la define, como forma de calmar su adicción al sexo, pero todo termina en fracaso. Ya sin esposa ni trabajo, vuelve a la casa de su madre y -luego de buscar infructuosamente trabajo a través de los avisos clasificados- termina como empleado de su patético hermano en una academia de manejo. Todavía hay más: en medio del proceso de divorcio, su ex mujer le informa que está embarazada y que no sabe si el bebé es de él o de su nuevo novio.

    Esta producción checa del debutante Jan Prušinovský tiene algunos pasajes inspirados, ciertas observaciones punzantes, pero se sostiene sobre demasiados lugares comunes y clisés de las comedias sexuales y de re-matrimonio (incluso de varias series y películas hollywoodenses). Por momentos, se acerca demasiado al grotesco (con ese espíritu tan propio del cine de Europa del Este) y, por otros, a una sensiblería un poco molesta.

    De todas maneras, sin ser nada del otro mundo, se trata de un producto menor pero amable, que se puede ver sin demasiadas exigencias y olvidar sin demasado esfuerzo.
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  • Plan B
    Plan B
    Otros Cines
    Dos a quererse

    Con El reloj, cortometraje que recorrió buena parte del circuito de grandes festivales (Cannes y Sundance incluídos), Marco Berger se convirtió en una de las grandes esperanzas de la FUC, principal cantera de jóvenes talentos del Nuevo Cine Argentino.

    Con todos sus logros y sus carencias, su opera prima Plan B (que también tuvo una amplia carrera internacional desde su première en el BAFICI 2009 hasta este estreno en el MALBA) tiene un mérito esencial: no se parece a nada de lo que el Nuevo Cine Argentino, la FUC (y el cine nacional en general) ha trabajado en los últimos años.

    Bruno (Manuel Vignau) se entera de que Laura (Mercedes Quinteros), su ex novia, está saliendo con alguien e intenta recuperarla sin éxito, hasta que descubre que Pablo (Lucas Ferraro) -el nuevo novio de Laura- tuvo en el pasado un encuentro fugaz con un hombre. Bruno decide poner en marcha, entonces, un arriesgado plan B: seducirlo a él para que deje a su chica y así poder volver con ella. La premisa daría para una típica comedia de enredos más propia del cine indie norteamericano, pero Berger se toma el asunto muy en serio.

    Gracias al invalorable aporte de los dos protagonistas (verdaderas revelaciones), a una puesta en escena bastante rigurosa (por lo menos hasta los últimos veinte minutos) y a un minucioso trabajo en los diálogos, Berger logra credibilidad en las situaciones -siempre al borde del ridículo- para una historia inquietante y provocativa, especialmente porque no se trata de una simple historia de amor gay edulcorada y previsible.

    Algunas situaciones que ya habían sido planteadas en El reloj son aquí retomadas, ampliadas y profundizadas por Berger, que trabajó con una economía de recursos (mínimo presupuesto, cámara HD, un equipo técnico limitado), pero sin por eso resentir el interés de su historia.

    El guión tiene sus puntos flojos (no se sabe, por ejemplo, de qué viven, qué hacen todo el día los personajes) y el interesante relato se resiente por una resolución (tan indecisa como los personajes) que termina alargándose demasiado. De todas maneras, quedó dicho, hay en Berger un gran director en potencia. Habrá, por lo tanto, que seguir muy de cerca su evolución.
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  • El recuento de los daños
    Los próximos pasados

    La directora de Como pasan las horas y Extranjera continúa con su fascinación por los griegos (en este caso el énfasis esta puesto en la tragedia de Edipo) con una climática (por momentos fascinante, por momentos algo distante) historia que arranca con un extraño accidente automovilístico (es notable en su puesta en escena toda la secuencia de apertura), la decadencia de una industria en la zona fabril de Rosario, la crisis de una familia disfuncional, un oscuro affaire y los vestigios (las heridas todavía abiertas) de la última dictadura militar que incluye la apropiación de niños.

    La propuesta de este cuarto largometraje de Oliveira Cézar es ambiciosa, abarcadora y muy diversa. Con un tono más ligado al policial, resulta un poco más narrativa, menos abstracta que sus dos predecesoras. El resultado final -convincente sólo a medias- se enmarca en la arriesgada línea estética, narrativa y temática que la directora adoptó desde su segundo film, Como pasan las horas (su opera prima, La entrega, es olvidable). La historia es por demás audaz y provocadora, pero el apuntado distanciamiento, cierta frialdad y hasta artificialidad en diálogos y relaciones dificultan la empatía, la identificación (o el rechazo) con las desventuras de los personajes.

    De todas maneras, no dejan de ser El recuento de los daños en particular y las búsquedas artísticas de Oliveira Cézar en general muy valiosas dentro de un cine argentino muchas veces obvio y declamatorio. Entre lo críptico y lo subrayado, siempre hay un buen espacio para desarrollar propuestas inteligentes.
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  • La carretera
    La carretera
    La Nación
    Una película cruda y perturbadora

    La carretera, con Viggo Mortensen, es también un tratado filosófico y ecologista

    Uno de los temas predilectos de Hollywood son las historias apocalípticas: Niños del hombre, Exterminio, Guerra de los Mundos, Soy leyenda, Cloverfield: Monstruo, El día que la Tierra se detuvo y 2012 son sólo algunos de los múltiples ejemplos recientes. En esa misma línea, pero con una apuesta estética y narrativa completamente distinta, se inscribe La carretera , transposición de la novela de Cormac McCarthy ganadora del premio Pulitzer 2007.

    En las antípodas de Sin lugar para los débiles , adaptación de otro libro de McCarthy que le permitió a los hermanos Coen obtener varios Oscar, La carretera es una película sin la veta irónica de aquel thriller y con una propuesta visual y una estructura formal mucho más arriesgada.

    En un futuro cercano y bastante reconocible, el planeta ha sufrido todo tipo de cataclismos que han arrasado con prácticamente cualquier vestigio de vida. Casi sin agua y sin comida (la contaminación ha hecho estragos), en medio de un invierno desolador, los escasos sobrevivientes (y aquellos que no han optado por el suicidio) deambulan en grupos armados sembrando el caos y el terror: ya no hay reglas, límites ni moral.

    Un hombre (Viggo Mortensen) y su hijo de 11 años (Kodi Smit-McPhee) viajan a pie con un carrito de supermercado cargado con unas pocas pertenencias, entre ellas un rifle con sólo dos balas. A partir de una narración en off (tan lúgubre como el tono del relato) y de varios flashbacks, iremos conociendo la trágica historia que han tenido que soportar. El amor que todavía se profesan y el deseo de sobrevivir incluso frente a las situaciones más extremas son lo único que los mantiene unidos.

    Tras su debut con el interesante western Propuesta de muerte , el talentoso director australiano John Hillcoat se arriesga aquí en todos los terrenos con muchos más logros que traspiés. A partir de una sólida estructura narrativa que pendula en el tiempo, va deconstruyendo la historia de esa relación padre-hijo y el contexto en el que se desarrolla. A nivel estético, el realizador prescinde prácticamente del color para utilizar junto al notable director de fotografía español Javier Aguirresarobe una paleta dominada por los grises y los tonos sepias a-lo-Alexander Sokurov. El diseño visual a la hora de presentar el universo posapocalíptico de esta fábula es extraordinario (siempre funcional al relato), al igual que la climática banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis. En el terreno dramático, prefiere concentrarse en la construcción psicológica de los personajes y prescinde de las grandes escenas de acción con los habituales golpes de efecto del cine de Hollywood. Y, en cuanto a la dirección de actores, Hillcoat consigue un conmovedor trabajo de Mortensen y de cada uno de los intérpretes secundarios (Charlize Theron, un irreconocible Robert Duvall, Guy Pearce y Molly Parker, entre otros).

    La película -cabe la aclaración- es cruda, por momentos muy perturbadora en su exposición y reflexión sobre la degradación moral (hasta aborda cuestiones extremas como el canibalismo), pero también resulta un tratado filosófico, sociológico y ecologista con un dejo esperanzador sobre los rasgos de humanidad, sobre los sentimientos más profundos e intensos que surgen incluso en las circunstancias más aterradoras, allí cuando parece que todo está perdido.
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  • Independencia
    Independencia
    Otros Cines
    La consagración del joven maravilla del cine filipino

    Sin dudas, la mejor película de todas las que vi de este prolífico e inclasificable joven maravilla del cine filipino. Tras algunas decepciones que me llevé con Now Showing y con algunos films experimentales que se exhibieron en el BAFICI, Independencia me terminó de convencer de que estamos ante un gran director.

    Esta historia de una familia, ambientada a principios del siglo XIX en plena jungla, y en momentos en que el país está a punto de ser invadido por los norteamericanos, "dialoga" con, por ejemplo, la fábula y las tradiciones del Apichatpong Weerasethakul de Tropical Malady y se asemeja en la utilización de fondos pintados a los frescos históricos de Eric Rohmer), pero Independencia no deja de ser una película única, clásica y moderna a la vez, que remite al cine mudo (mayoría de planos fijos en blanco y negro con saltos de luz y movimientos propios de aquel período silente), aunque al mismo tiempo apela en la mitad a un falso documental de época, incluye una animación fantasmagórica casera o se arriesga sobre el final con destellos de color y de pintura.

    Una larga secuencia con una tormenta de proporciones "bíblicas" quedará entre lo mejor de su corta pero ya extensa filmografía. La película más "accesible" (si ese término puede usarse en el cine de Martin), más narrativa y mejor producida (contó con financiación francesa y apoyo de todo tipo de festivales y fondos europeos) de un director que, ahora sí, encontró cómo seguir contando la historia de su país de una manera bella y singular.
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  • Brigada A
    Brigada A
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    Vuvuzela cinematográfica

    Para los amantes del fútbol, las vuvuzelas que abundan en las tribunas del Mundial de Sudáfrica son una verdadera desgracia. Las tan mentadas trompetitas impiden escuchar a la persona que está al lado (pregúntenle sino a Demichelis en el gol de Corea del Sur). Alguien incluso sugirió prohibirlas, pero la incontinencia del público local hace que sea imposible eliminar lo que es ya un hábito social.

    A algunos les parecerá ridícula esta analogía, pero esta versión cinematográfica de Brigada A, la popular serie televisiva de los años ’80, es algo así como una vuvuzela cinematográfica: la idea es construir una incesante, interminable, ampulosa catarata de set-pieces a puro CGI en la línea de la saga de Misión: Imposible (o de James Bond) y nada más. No importa la historia, no importan los personajes, no importan la verosimilitud, ni la justificación. Todo sea por generar adrenalina, impacto y velocidad. Así el resultado es bastante similar al de una cornetita sonando muy cerca de la oreja: aturde.

    Si el análisis “artístico” sólo puede llegar hasta aquí (queda por desmenuzar qué secuencia de acción es más o menos espectacular que la otra), en términos ideológicos la película es también penosa: empieza burlándose de los mexicanos (todos sucios, feos y malos) y luego seguirá sin dejar títere con cabeza. Uno podría buscarle la vuelta (por el lado de la incorrección política), pero no estamos ante un film de Quentin Tarantino sino frente a uno de Joe Carnahan (Narc, calles peligrosas y La última carta). Por lo tanto, no hay aquí atisbo de fina ironía sino que se cae en la reivindicación de estos mercenarios ¿con onda?, en el elogio de la guerra como arte y profesión. Al menos, hubiese sido más interesante en términos visuales si la dirección hubiese recaído en alguno de los hermanos Scott (Ridley o Tony), que aquí figuran como coproductores.

    En la comparación, los cuatro personajes de esta Brigada A modelo 2010 (Liam Neeson, Quinton Jackson, Bradley Cooper y Sharlto Copley) resultan menos inspirados y simpáticos que sus antecesores. Por más que se esfuerzan en lucir cancheros, en muchos momentos terminan hundidos en el patetismo por las ridículas situaciones o insufribles diálogos que tienen que sobrellevar. Ni que hablar de la bella Jessica Biel, único personaje femenino con un mínimo de peso dentro de este mastodonte testosterónico y pirotécnico, que no pasa de ser un mero objeto decorativo.

    Algunos dirán que estamos ante un cine pochoclero (lo cual es cierto), sin grandes aspiraciones intelectuales y con el único objetivo de entretener. A mí, más allá de las explosiones o de las persecuciones aéreas, terrestres o navales que hay cada 30 segundos, la película no sólo no me interesó sino que me terminó abrumando e irritando. Puede que algunos disfruten de esta vuvuzela cinematográfica que no deja de atronar ni un segundo. Yo prefiero un cine de Hollywood que -sin descuidar la contundencia de sus imágenes- también tenga algo que decir y se preocupe además en cómo decirlo. Christopher Nolan, James Cameron, Steven Spielberg, Guillermo Del Toro, Peter Jackson, David Fincher, el apuntado Tarantino y muchos otros directores son ejemplos de que no sólo es ruido y vértigo lo que la Meca del cine puede ofrecernos en la actualidad.

    PD: ¿Lo mejor de la película? Una simpática escena en la que se burlan del boom del 3D.
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  • Karate Kid
    Karate Kid
    Otros Cines
    Levántate y anda

    Hace ya algo más de un cuarto de siglo, una pequeña película sobre la relación mentor-discípulo con todos los clisés del género deportivo (con la redención y la fuerza del espíritu como principales ejes) se convertía en un inesperado éxito con destino de culto.

    La Karate Kid de 1984 duraba nada menos que 126 minutos, fue dirigida por John G. Avildsen y encabezada por Pat Morita y Ralph Macchio. Esta remake dura aún más, ¡140 minutos!, tiene a Harald Zwart (La Pantera Rosa 2) como realizador, y a Jaden Smith (hijo de Will Smith y Jada Pinkett Smith, coproductores de la película) y al gran Jackie Chan (ya con 56 años en el lomo) como protagonistas. Sin embargo, contra todos los pronósticos, este reciclaje incluso amplificado resulta un más que aceptable producto dentro de las convenciones e inevitables lugares comunes del caso.

    Las principales variantes -además de los 14 minutos de más, claro- tienen que ver con que Dre (un Jaden Smith con trencitas afro), el niño de 12 años que es el gran héroe del relato, se muda con su madre Sherry (Taraji P. Henson) desde la decadente Detroit a la pujante Beijing para que ella trabaje en la industria automovilística china (no veremos una sola imagen de eso).

    Ya instalado en ese desconcertante destino, Dre se enfrenta a los abusos de Cheng (Wang Zhenwei), lider juvenil de su colegio y luchador aventajado de una escuela de kung fu que enseña muy malas artes; y se enamora de Mei Ying (Han Wenwen), una bella violinista que intenta ingresar a la Academia de Artes local. Cuestión que el protagonista se ve obligado a inscribirse en un torneo y -como no sabe nada de artes marciales- terminará siendo entrenado por Mr. Han (Chan), un viejo maestro caído en desgracia (carga el trauma de un accidente automovilístico que devastó su familia). O sea, la mejor manera de una recuperación conjunta.

    En el medio, por supuesto, tendremos escenas en la Gran Muralla, en la Ciudad Prohibida y en la Villa Olímpica como para apreciar el esplendor turístico y económico del lugar, pero más allá de pintoresquismos y arquetipos varios, la película no sólo se sostiene en buena parte de su extenso metraje sino que lo hace con bastante soltura y nobleza. Los fans de Jackie Chan extrañarán sus ya míticas coreografías (igual hay un par de momentos para su lucimiento) y fuerte dosis de nostalgia y déjà vu aflorarán en varios momentos. Esta Karate Kid, tan sencilla y superficial como la anterior, sigue siendo también igual de efectiva.
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  • Toy Story 3
    Toy Story 3
    La Nación
    El regreso de Woody y Buzz Lightyear

    En Toy Story 3, los juguetes de siempre, ahora acompañados por Barbie y Ken, deben luchar contra el engañoso y despótico oso Lotso

    Toy Story (1995) y Toy Story 2 (1999) fueron las películas que presentaron en sociedad la enorme categoría creativa de Pixar y significaron una revolución en términos de animación digital. Más allá del gran éxito comercial (el cowboy Woody y el guardián espacial Buzz Lightyear se convirtieron en personajes insoslayables del imaginario popular), ese díptico se convirtió en un clásico del cine de los años 90.

    Más de una década después -y luego de haber concebido otras joyas como Monsters Inc., Los Increíbles, Ratatouille o WALL-E- , Pixar se animó a retomar aquella saga sobre los queribles juguetes del niño Andy. La apuesta parecía segura en términos monetarios (quién no querría reencontrarse con estos personajes, encima ahora con todo el despliegue tecnológico y el plus de las salas digitales 3D), pero también conllevaba el riesgo de frustrar a un público cada vez más exigente y menos dispuesto a admitir productos "en serie" que alimentan franquicias y fórmulas demasiado trajinadas. En este sentido, puede sostenerse con toda convicción que Toy Story 3 es un nuevo triunfo artístico del equipo liderado por John Lasseter, hoy mandamás de la animación de todo el grupo Disney.

    Esta tercera entrega transcurre en la actualidad y, por lo tanto, Andy ya no es un niño de 6 años sino un adolescente de 18 que está a pocas horas de abandonar la casa familiar y trasladarse a la universidad. El joven debe vaciar su habitación y el dilema pasa entonces por dónde ubicar sus viejos juguetes. Si bien decide llevarse a Woody al college y dejar al resto en el ático, finalmente todos terminarán en una guardería liderada por un oso cariñoso llamado Lotso y llena de ávidos niños. Lo que en principio aparece como un destino ideal para ellos se convertirá pronto en una prisión, un infierno en el que el aparentemente dulce y encantador Lotso se transformará en despótico dictador.

    Los múltiples personajes de los dos primeros capítulos quedan reducidos aquí a una docena, aunque ahora se agregan otros y hasta tienen una participación importante (y bastante justificada en términos dramáticos) la mismísima Barbie y su compañero Ken. Los encargados de comercializar el merchandising, por supuesto, estarán de parabienes con semejante inclusión.

    Más allá de algunas escenas de persecuciones que alargan un poco la narración promediando el relato, el trabajo de Lee Unkrich (codirector de Toy Story 2, Monsters Inc. y Buscando a Nemo ) es impecable; la película tiene ritmo, belleza, sensibilidad, humor (físico y en sus diálogos), intensidad, emoción y hasta elementos propios de los más diversos géneros, desde el western hasta el cine de terror.

    Como siempre, los creadores de Pixar utilizan la tecnología (y los efectos 3D) de manera sutil, funcional, sin estridencias. Para ellos, se sabe, lo esencial es siempre contar una buena historia para todos los públicos. Y en este esperado regreso de Buzz y Woody a la gran pantalla lo han conseguido una vez más.
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  • New York, I love you
    Demasiada ciudad para tan poco cine

    Primero fue París con Paris Je t’aime (2006), luego fue el turno del tríptico Tokyo (2008) y ahora Nueva York con New York I Love You (2009). Las próximas operaciones de marketing serían en Río de Janeiro, Shanghai, Bombay y Jerusalem (¿y Buenos Aires para cuándo? Barcelona no la necesita porque para eso contrataron a Woody Allen para Vicky Cristina Barcelona).

    Si en caso de la Ciudad Luz el resultado fue apenas aceptable en lo artístico (funcionó muy bien en taquilla), en este el balance es -sin ser bochornoso- claramente negativo. Dicen que Manhattan y alrededores es la zona más “fotogénica” y “cinematográfica” del mundo. Luego de ver este film episódico esa máxima parece toda una exageración.

    Las reglas eran simples: no más de dos días de rodaje y una de edición. Diez directores de diferentes orígenes y estéticas con ocho minutos cada uno para contar una historia (además, 10 cortos que funcionaran como transiciones entre un capítulo y otro),

    Vi la película hace un par de meses (el estreno se pospuso varias veces) y, a la hora de sentarme a escribir, no me acuerdo de mucho (mal síntoma de la película y también de mi memoria). Por suerte, como buen “profesional”, tengo apuntes hechos in situ, con esa letra caótica que uno tiene cuando escribe a oscuras y mirando la pantalla.

    Lo primero que recuerdo es la emoción de ver a los inmensos y ya veteranísimos Eli Walach (95 años) y Cloris Leachman (de 84) protagonizando una historia de amor (por eso elegí su foto para ilustrar esta reseña). Si hay algo que justifica la visión del film, es el episodio (discreto, pero emotivo) que dirigió Joshua Marston con estas dos leyendas vivientes.

    Decir que el resto es muy irregular es caer en la obviedad y el perogrullo (es inevitable que no exista organicidad ni cohesión ni solidez en una propuesta de 8 cortometrajes), pero el promedio es especialmente bajo si se tiene en cuenta el nivel de los directores y actores contratados para el proyecto.

    Hay un par de segmentos con cierto humor en el comienzo (el duelo de ladrones rodado por el chino Jiang Wen y encabezado por Hayden Christensen, Andy Garcia y Rachel Bilson; y la seducción que Ethan Hawke intenta ante Maggie Q con dirección del francés Yvan Attal), y cierta “trascendencia” en el encuentro entre una joven judía ortodoxa (Natalie Portman) y un joyero hindú (Irrfan Khan) filmado por la india Mira Nair, pero el panorama continúa en una permanente medianía en manos del alemán Fatih Akin, Brett Ratner, Allen Hughes, la propia Portman -en su debut tras las cámaras-, Shunji Iwai, Shekar Kapur y Randy Balsmeyer. Demasiado poco para una ciudad tan inmensa (en todos los ámbitos y sentidos) como Nueva York.
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  • Francia
    Francia
    Otros Cines
    De la poética infantil a la crudeza de los adultos

    Con Francia, Israel Adrián Caetano da un giro inesperado en su carrera. Se trata de una producción modesta (casi en la línea de sus primeros trabajos), que vuelve al drama familiar intimista (con algo de Un oso rojo, pero sin elementos del thriller) y que sorprende con una vuelta de tuerca -no del todo lograda- hacia el happy-end y el crowd-pleaser. Un vuelco que el público marplatense agradeció con fuertes aplausos, pero que termina en la película más complaciente y autoindulgente de toda su filmografía.

    Familia disfuncional, padres separados, una niña con serios problemas escolares, de conducta y de atención (interpretada por la propia hija del director), dificultades laborales, crisis económica, hombre golpeador, diferencias de clase... Esos son algunos de los elementos sobre los que Caetano construye un film que pendula (sin encontrar muchas veces el eje) entre la fantasía infantil y el drama adulto, entre el relato narrado desde el punto de vista de esta chica de 12 años o desde la mirada angustiosa y desesperada de sus padres.

    Es cierto -casi no hace falta reiterarlo- que Caetano es un narrador consumado, un sólido director de actores y un cineasta con buenas ideas visuales y dramáticas, pero Francia está lejos de ser una película sólida y redonda. Casi podríamos decir que se trata de un film fallido en relación con su obra previa. Igual, no deja de ser un trabajo con ciertos hallazgos, muy sentido (con cierto sesgo autobiográfico) y, por qué no, valioso.
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  • El refugio
    El refugio
    La Nación
    Ozon, y una película a corazón abierto

    En El refugio, el director francés vuelve a indagar en el universo femenino y esta vez apunta a la esperanza

    El prolífico e inclasificable director francés François Ozon suele sorprender año tras año con películas muy disímiles entre sí. En El refugio -largometraje que le valió el Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián 2009-, va todavía más allá y el cambio de género, registro, clima y tono se da dentro del mismo film, que arranca como un durísimo y oscuro melodrama sobre la muerte y muta luego hacia un relato romántico y luminoso sobre la vida (la llegada de un bebé), aunque -claro- con una inesperada e inquietante vuelta de tuerca final.

    El realizador de 8 mujeres arranca el film como el Philippe Garrel de Inocencia salvaje y luego lo convierte en heredero del cine de Eric Rohmer (por ahí aparece incluso Marie Rivière, actriz-fetiche del director recientemente fallecido), aunque en varios pasajes retoma elementos ya elaborados en otros trabajos suyos, como Bajo la arena, La piscina y Tiempo de vivir .

    En la primera secuencia del film vemos cómo Mousse (gran trabajo de Isabelle Carré) y Louis (Melvil Poupaud), una pareja joven de clase media-alta de París, reciben la visita de un dealer que les vende gran cantidad de heroína. Ellos se inyectan una y otra vez, hasta que una mañana la madre de él los descubre tirados en el piso del departamento. El ha muerto. Ella queda en coma y se salva de milagro. En el hospital descubren, además, que está embarazada.

    Luego de ese estremecedor arranque, El refugio cambia por completo de propuesta: Mousse se traslada a una casa de veraneo ubicada frente al mar en un hermoso pueblo del País Vasco francés y allí es visitada por Paul, hermano del fallecido Louis y el único de esa familia que no ha alimentado un fuerte rencor hacia ella. Mientras el embarazo continúa, Paul -que es homosexual- y Mousse entablarán una relación cada vez más íntima.

    Puede que para algunos la propuesta de El refugio resulte algo naïve y elemental, pero Ozon no intenta ocultar su mirada humanista y esperanzadora. Y lo hace con un relato bello y sensible, no exento de momentos de emoción y lirismo sobre la liberación, la reconciliación y el redescubrimiento interior. No hay aquí espacio para sesudas elucubraciones intelectuales. Se trata de una película pequeña y directa, hecha con nobleza y sin ambigüedades. A corazón abierto.
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  • Kick-Ass
    Kick-Ass
    La Nación
    Desprejuiciada sátira con espíritu pop

    Kick Ass sorprende, pero su propuesta se agota rápido

    En esta sátira del universo de los superhéroes (llena de referencias a la estética del cómic y a sus populares personajes luego adoptados por el cine) se combinan con bastante ingenio, inspiración y humor negro elementos que Hollywood ha trabajado en las comedias sobre el despertar sexual adolescente (desde Porky´s hasta American Pie , pasando por la más reciente Supercool ), con un desprejuiciado espíritu pop a la hora de mostrar una violencia extrema (al borde del gore y del grotesco) y al mismo tiempo elaborada con mucha estilización y artificio que remite al Quentin Tarantino de la saga de Kill Bill y de Bastardos sin gloria.

    Destino de culto

    El resultado de esta apuesta del coguionista y realizador Matthew Vaughn (director de Stardust: El misterio de la estrella ) es bastante sorprendente y eficaz durante la primera de las dos horas del film, cuando se presentan el mundo íntimo y los conflictos de los distintos protagonistas -un adolescente con problemas de autoestima que sufre la muerte de su madre (Aaron Johnson); un padre y una hija de 11 años adictos a las armas (Nicolas Cage y Chloe Moretz, toda una revelación), y el hijo de un poderoso narcotraficante de Nueva York (Christopher Mintz-Plasse)- y cómo cada uno de ellos decide convertirse en "superhéroe" cuando en realidad ninguno tiene poderes sobrenaturales.

    El problema es que, una vez que se agotan los hallazgos y ocurrencias, cuando los guionistas ya se han burlado de todos los clisés, lugares comunes y estereotipos de los géneros que abordan con la idea de conectar con el público juvenil amante de las historietas y de las redes sociales de Internet, el film empieza a repetirse y a caer en situaciones que se estiran demasiado y en escenas de acción con resoluciones bastante convencionales.

    Demasiado cínica, calculada y políticamente incorrecta para algunos, retrato generacional con inevitable destino de culto para otros, Kick-Ass es una película irregular en su resultado final y discutible tanto desde lo artístico como desde lo ideológico. Pero, a diferencia de la inmensa mayoría de las producciones de Hollywood, propone unas cuantas ideas (en especial sobre la obsesión por la violencia de la sociedad estadounidense) y provoca amores y rechazos casi por igual. En épocas en que el cine genera más indiferencia que pasiones, no parece un mérito menor.

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  • Los senderos de la vida
    Ganadora del premio principal del Bafici 2007 con su opera prima In Between Days, la directora So Yong Kim narra la historia de dos pequeñas hermanas de Seúl que son abandonadas por su madre y dejadas al cuidado de una tía alcohólica y desaprensiva en un pueblo rural.

    Si bien tiene algunos puntos en común con Nadie sabe, del japonés Kore-eda Hirokazu, y con un éxito coreano como Camino a casa, esta joven y talentosa realizadora evita caer en el golpe de efecto melodramático o en la obvia crítica social sobre la descontención de los niños y prefiere, en cambio, describir con pudor, sensibilidad y elegancia (con una cámara que sigue de cerca a las dos niñas actrices, que hacen gala de una infrecuente naturalidad) las vivencias íntimas del duo, a partir de pequeñas anécdotas cotidianas.
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  • Liniers, el trazo simple de las cosas
    Un documental sobre el mundo de Liniers

    De cómo abordar el universo creativo de un artista

    Hace tres años, la directora de Tierra sin mal y Atrás de la vía ganó una beca que la llevó a vivir dos meses en el crudo invierno de Montreal. Allí conoció y compartió casa con el historietista (Ricardo Siri) Liniers. De aquella relación fortuita surgió en la documentalista pampeana la idea de concretar un retrato del autor de la popular tira Macanudo, Cosas que te pasan si estás vivo y Bonjour . Y del largo y complejo camino que siguió para convencer a este talentoso dibujante/guionista para que aceptara ser parte del film se trata El trazo simple de las cosas , película que es tanto una aproximación al proceso creativo como una reflexión (de la propia directora) sobre cómo abordar la vida y la obra de un artista.

    Entre esas dos vertientes pendula -con más hallazgos que carencias- este largometraje que va de lo autobiográfico y confesional (con algunos vicios del documental "de autor" en el abuso de una voz en off en primera persona demasiado pretenciosa y artificial como ordenador del relato) a la exploración del apasionante universo creativo de Liniers. De Québec a Buenos Aires, González sigue a un Liniers que afronta importantes cambios íntimos (como la paternidad) y profesionales (como sus colaboraciones con Kevin Johansen), mientras conoceremos su forma de trabajo siempre artesanal en tiempos de dibujo en computadora, la intensa actividad en su blog personal o su pasión por Charles Chaplin, Bob Dylan, Los Simpson y el jazz.

    Las notables animaciones de Pablo Goitisolo (a partir de dibujos, tiras e ilustraciones del propio Liniers) son lo más logrado y sorprendente del film y la muestra contundente de que la obra tragicómica, ese humor nostálgico y existencialista del autor, está pidiendo a gritos su arribo al cine. Liniers -más allá de su histrionismo y de su simpatía- opta por mantener una distancia prudencial, casi pudorosa con la directora y su película. Así, no es mucho lo que se puede conocer de sus facetas más íntimas. Son interesantes, de todas maneras, las reflexiones que hace de sus creaciones, su postura en contra de la "dictadura" del chiste y del remate, y la forma en que se involucra personalmente (como la "liberación" que sintió cuando dejó de dibujarse como hombre y comenzó a hacerlo como conejo).

    Habrá que ver hasta qué punto los miles de incondicionales admiradores del arte de Liniers entenderán y aceptarán las propuestas del documental. Por lo pronto, González propone un trabajo honesto desde lo intelectual y humano, muy cuidado desde lo técnico y lo más profundo que le fue posible a la hora de explorar el rico, fascinante, contradictorio e inasible universo del creador de pingüinos y duendes, de un robot sensible y una vaca cinéfila, del misterioso hombre de negro y del trío Enriqueta, Fellini y Madariaga, personajes ya incorporados a lo mejor del imaginario popular.
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  • Por tu culpa
    Por tu culpa
    La Nación
    Un thriller doméstico y perturbador

    Por tu culpa, tercer trabajo de la directora Anahí Berneri, aborda un tema tan complejo como la violencia familiar

    En su tercer largometraje como directora luego de Un año sin amor y Encarnación, Anahí Berneri consigue con Por tu culpa la película más ambiciosa, arriesgada, sólida y madura de su carrera.

    Protagonizada por Erica Rivas (en un deslumbrante tour-de-force físico y emotivo que constituye su consagración definitiva en el cine) y acompañada por dos sorprendentes niños-actores (Zenón y Nicasio Galán, de apenas dos y nueve años de edad, respectivamente), Por tu culpa describe las vivencias de Julieta, una mujer profesional de clase media-alta que está en pleno proceso de divorcio, durante una interminable noche de furia.

    Mientras la protagonista (dueña del punto de vista de la película) trabaja en una entrega para el día siguiente, el menor de sus dos hijos se golpea y, ante la duda, ella decide llevarlo a una clínica privada para un chequeo. Allí, tras revisar al niño, uno de los médicos termina denunciando a la madre ante la policía por supuestos maltratos físicos.

    Si este planteo puede parecer en primera instancia demasiado extremo, Berneri domina las diferentes aristas del conflicto sin obviedades ni subrayados. Para ello, propone una puesta en escena tan cuidada en su tono como sofisticada en su construcción (hay un gran trabajo con el fuera de campo), ayudada por un magistral trabajo en HD del camarógrafo y director de fotografía Willy Behnisch que logra captar en toda su dimensión y detalle el caos cotidiano del universo infantil y la dinámica familiar.

    Este thriller doméstico aborda temas complejos como los accidentes caseros, la violencia familiar, la falta de contención de los niños, la crisis de la maternidad, la estigmatización de la mujer y, claro, la culpa a la que alude el título, todos elaborados con gran convicción, nobleza y profundidad.

    El resultado es un film tenso, duro y provocativo en sus alcances psicológicos, pero también audaz en sus ambigüedades, sus matices y sus contradicciones. Una película capaz de generar empatía e identificación y, al mismo tiempo, cierta incomodidad. Una obra de arte concebida con una inteligencia, una elegancia y una sutileza infrecuentes en el cine argentino.
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  • Stella
    Stella
    Otros Cines
    Crecer de golpe

    La directora francesa Sylvie Verheyde narra con gran hondura, melancolía y sensibilidad una historia de fuerte contenido autobiográfico: las vivencias familiares, escolares y afectivas de Stella Vlaminck (véanse las iniciales), una niña de 11 años de clase media-baja que inicia su experiencia secundaria en un colegio de clase media-alta en 1977.

    Desde el primer minuto de película, Stella (gran trabajo de Léora Barbara) se siente diferente, un bicho raro, un sapo de otro pozo en el contexto de una escuela rígida, represiva, por momentos deshumanizada, a la que deberá "adaptarse" para sobrevivir. Luego de sufrir todo tipo de discriminaciones y respuestas violentas, irá encontrando en alguna maestra más comunicativa o en el refugio de una nueva amiga la posibilidad de conectarse con su realidad y sus responsabilidades.

    Más interesante aún es el ámbito en el que vive Stella: sus padres (Benjamin Biolay y Karole Rocher) regentean un bar/hotel de mala muerte, aguantadero de borrachines y perdedores varios de la clase trabajadora (uno de ellos es el gran Guillaume Depardieu, en uno de sus últimos trabajos). La ambientación del lugar -con su billar, su fonola, su flipper, su metegol, sus gritos, sus peleas, sus bailes, sus juegos de cartas y su fútbol por televisión) permiten "palpar" el ambiente y el clima de la época, uno de los mayores hallazgos del film. Las canciones de la época también juegan un papel fundamental en la trama, aunque por momentos su utilización es abusiva y un poco obvia.

    En este sentido, Stella me hizo recordar en varios momentos a La culpa es de Fidel, el film también autobiográfico de Julie Gavras ambientado en la París de comienzos de los '70, aunque aquí el contexto es menos político (de todas maneras, por ahí aparece en una escena un grupo de exiliados argentinos, militantes del ERP) para concentrarse más en las diferencias sociales y culturales.

    En medio del caótico y descontrolado contexto del bar -y de la conflictiva, traumática, angustiante relación de sus padres- nuestra pequeña y descontenida heroína iniciará su propio proceso de descubrimiento íntimo e interior, su iniciación sexual (incluido algún abuso) y sus primeras, complejas incursiones en el terreno de la adultez. Lo que se dice, crecer de golpe.
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  • Al sur de la frontera
    El amigo americano

    Que me perdonen Oliver Stone, Caras y Caretas (el órgano cultural kirchnerista que auspicia aquí el lanzamiento de la película) y los chavistas, pero Al sur de la frontera es una película innecesaria, al menos en América Latina. Un film elemental, superficial, construido a fuerza de "grandes éxitos" (highlights) de la historia latinoamericana reciente por un director estadounidense fascinado por lo que la derecha norteamericana (con el canal Fox News a la cabeza) llama dictadores bananeros.

    Con un estilo a-la-Michael Moore (pero sin el humor ni la ironía de Michael Moore), Al sur de la frontera es un documental torpe, caótico y maniqueo, hecho claramente "para la hinchada". Por lo tanto, resulta incapaz de generar el más mínimo replanteo de los fervorosos adeptos bolivarianos ni de autocrítica por parte de aquellos que denostan con furia a los líderes populistas/izquierdistas como una amenaza a la estabilidad del capitalismo.

    El director de JFK está "enamorado" de Hugo Chávez y deja que el muy seductor presidente venezolano haga su show unipersonal. A él le están dedicadas tres cuartas partes del film (al matrimonio Kirchner, al menos, le tocan exactos 11 minutos, mientras que a Tabaré Vázquez ni siquiera se lo nombra).

    Lo único más o menos rescatable del film (además de algunos testimonios que Stone consiguió cara a cara) es el propósito de desnudar el grado de desinformación y manipulación al que es sometida la sociedad estadounidense por Fox News y por CNN, pero Al sur de la frontera no es el primero (ni el mejor) en ocuparse de los grandes conglomerados periodísticos funcionales al poder norteamericano.

    El material de archivo (casi todo dedicado a la convulsionada historia venezolana) es mediocre y las entrevistas a Luiz Inacio Lula da Silva (Brasil), Fernando Lugo (Paraguay), Rafael Correa (Ecuador) y Raúl Castro (Cuba) están totalmente desaprovechadas. Con Evo Morales, en cambio, Stone mastica hojas de coca y juega al fútbol como gran "hallazgo", y a Cristina y Néstor les da bastante espacio para que se explayen contra el FMI y la administración Bush.

    Lo mejor que se puede decir de Al sur de la frontera es que sus 85 minutos se siguen -en buena medida gracias al carisma de Chávez- con ligereza y sin esfuerzo (es lo único que lo diferencia de un especial de TeleSUR). Como documento político sobre el fenómeno de la (centro)izquierda latinoamericana, en cambio, es más bien pobre, previsible y rápidamente olvidable. Oliver, "el amigo americano", se dio el gusto de pasear (y de mostrarse) con los líderes de la región, pero no deja de ser un ejercicio vanidoso, intrascendente y -al fin de cuentas- efímero.
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  • Ricardo Becher, recta final
    Al maestro, con cariño

    Director, guionista, músico, escritor y -antes que nada- maestro de varias generaciones de cineastas y cinéfilos, Ricardo Becher encuentra en este documental de Tomás Lipgot el homenaje que se merece (en vida).

    Ya casi octogenario, bastante enfermo, instalado en un geriátrico, este verdadero patriarca del cine experimental y figura clave del cine de los años ’60 repasa su carrera, su vida, sus anécdotas y su visión (espiritual) del mundo, mientras amigos y discípulos lo acompañan en este viaje fílmico que incluye imágenes de sus cortos, de sus largos y hasta de sus trabajos publicitarios, campo en el que también fue una figura de primera línea.

    El Instituto Di Tella y los Beatniks, Pasolini, Torre Nilsson y Fellini, Manal, Guns n’ Roses y Tom Waits, el Photoshop y la tecnología digital se combinan en los recuerdos, las referencias y las viñetas que Lipgot ofrece en los 70 minutos de esta película-homenaje-testamento.

    Provocador y “abre-cabezas”, gay y libertario, Becher expone su amor devocional por su pareja de siempre (el bailarín José Campitelli), habla de literatura (tiene una decena de novelas publicadas), plantea los lineamientos del movimiento técnico/estético/narrativo que fundó con sus alumnos (el neoexpresionismo digital), y recuerda junto a Javier Martínez (coprotagonista y compositor de la música) la experiencia heroica de la hoy fundamental e influyente Tiro de gracia (1969), obra desafiante y censurada, adelantada a su época, una suerte de película-rock sobre increíbles lúmpenes de bar al que el productor Aníbal Esmoris define como “con cosas de Tarantino antes de que Tarantino hubiese nacido”.

    Apreciar fragmentos de Herencia, Racconto, Herencia, de la apuntada Tiro de gracia o de la reciente El Gauchito Gil, la sangre inocente permite acceder a una obra contracorriente, “liberadora y sin cálculo, concebida contra toda ortodoxia”, como la define Fernando Martín Peña, uno de sus tantos alumnos, al igual que Paulo Pécora. También aparecen por allí otros testimonios, como el del DF Chango Monti, compañero de rutas también en la publicidad, donde Becher llegó a ganar el Grand Prix en Cannes 1969.

    Quizás ciertos momentos de la narración en off (el director no oculta que fueron escritos y grabados por el propio Becher) suenan un poco artificiales y altisonantes, pero aún con algunos excesos o ciertas elementalidades en el armado y en la presentaición de los testimonios, Ricardo Becher: Recta final surge como un documental insoslayable para los cinéfilos argentinos, una excelente manera de reivindicar y -para no pocos- descubrir a una figura fundamental de la escena argentina de los últimos 50 años.
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  • Sex and the city 2
    De la audacia al conservadurismo

    En 1998, HBO estrenó una serie que durante los siguientes 6 años se convertiría en ícono de una generación (las mujeres solteras de treintaypico), de una ciudad (Nueva York) y de un modo de vida (la exaltación del consumismo, la moda y el lujo). Lo hizo casi siempre con inteligencia, mordacidad y sin culpas (lo puedo decir porque vi prácticamente todos los capítulos).

    Una década más tarde (cinco años después de su final en la pantalla chica) llegó la inevitable película, mucho más conservadora y menos divertida que el original televisivo. A pesar de que a nadie pareció gustarle demasiado, de que las ya avejantadas, estereotipadas e insufribles Carrie (Sarah Jessica Parker), Samantha (Kim Cattrall), Charlotte (Kristin Davis) y Miranda (Cynthia Nixon) aparecían como una suerte de triste autoparodia de lo que fueron, el film se convirtió en una cita obligada para la salida entre amigas y, por lo tanto, el éxito comercial fue arrasador.

    Apenas dos temporadas más tarde, arriba esta "apurada" segunda entrega con el mismo cuarteto protagónico y el mismo guionista, director y productor: el mediocre -siendo muy generosos- Michael Patrick King. Luego de la flojísima primera parte, era lógico presuponer que esta secuela iba a ser aunque más no fuese algo mejor. Le alcanzaba con poco, pero no. Todo aquí luce menos espontáneo, más artificial, más prefabricado que nunca. Una acumulación de one-liners sin onda, remates propios de una sit-com de cuarta categoría, bromas físicas que nunca funcionan, una sexualidad para preadolescentes, actuaciones desbocadas, un artificio que ni siquiera tiene una vuelta de tuerca irónica, un horrible despliegue narrativo y visual (“artrítico”, según la exacta definición del incombustible crítico Roger Ebert), conflictos y situaciones estúpidas, una mirada conservadora sobre el matrimonio y la maternidad, y un mal gusto pocas veces visto a la hora de ¿satirizar? al mundo árabe (buena parte del interminable metraje transcurre en Abu Dhabi).

    Se podria seguir con una enumeración sin fin (hasta los cameos de Liza Minnelli, Penélope Cruz y Miley Cyrus son espantosos). No vale la pena. Estoy en pareja desde hace 16 años con una feminista, tengo un enorme respeto por las luchas y reivindicaciones de ellas en pos de la igualdad de género, pero después de ver esta película -con personajes que alguna vez fueron símbolo de la independencia y la desinhibición de la mujer- tengo ganas de convertirme en el más rancio y elemental de los machistas… O en musulmán.
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  • Entre la Fe y la Pasión
    Parte de la religión

    El director de La vida de Jesús, La humanidad y Flandres continúa con su cine austero (de indudable espíritu bressoniano) y con su apuesta provocadora al narrar esta vez la historia de una joven parisina de clase acomodada -hija de un político y ministro- obsesionada hasta la autoflagelación por su vocación religiosa.

    Quizás menos sórdida que sus trabajos anteriores, pero no por eso menos inquietante en su exploración del misticismo, del fanatismo religioso y de las tensas, conflictivas relaciones entre lo cristiano y lo musulmán, Hadewijch es una de esas películas que dividen aguas y que están destinadas de manera casi inevitable a la polémica más encarnizada (y bienvenida).

    Luego de ser rechazado su ingreso a un convento de clausura por las monjas a cargo, Céline (Julie Sokolowski, otro interesante descubrimiento actoral de Dumont) se relaciona con Yassine (Yassine Salihine), un muchacho árabe que la corteja y que poco a poco la va acercando a su hermano mayor Nassir (Karl Sarafidis), uno de los líderes de la comunidad ligado a un grupo de musulmanes fundamentalistas.

    El film ofrece algunas escenas de notable profundidad e inteligencia psicológica (exponen la "iluminación" y cierta autoconciencia de la protagonista), que permiten ir acompañando con iguales dosis de fascinación y angustia el derrotero de esta joven.

    Sin cargar las tintas ni caer en la obviedad o el subrayado, con el habitual rigor de su puesta en escena, el realizador francés se sumerge en cuestiones candentes como la descontención (desconexión) que sufren muchos jóvenes, mientras analiza las vinculaciones entre religión y terrorismo. Tras su paso por el reciente BAFICI, su estreno comercial resulta una verdadera rareza que merece ser celebrada.
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  • Garfield y el Escuadrón de las Mascotas
    Garfield y sus amigos contra la malvada Vetkis

    Aventuras del conocido gato gruñón, ahora en 3D

    Con más de 30 años de vida en tiras de diarios primero y luego en programas de televisión y varias películas, ese gato gruñón, voraz, vago, travieso, egocéntrico y sarcástico que es Garfield conquistó por igual a grandes y chicos. En los últimos tiempos, la franquicia derivó también en varias producciones concebidas en principio para ser lanzadas de manera directa en el mercado del DVD. Sin embargo, el repentino auge de las salas digitales 3D hizo que en el algunos países -como ahora la Argentina- el más reciente de estos films, Garfield y el Escuadrón de las Mascotas , llegue a los cines.

    Dirigida por Mark A. Z. Dippé -responsable de varios de estos últimos largometrajes sobre el popular gato-, Garfield y el Escuadrón de las Mascotas es un intento por combinar elementos propios de la comedia de enredos, de la ciencia ficción, del cine catástrofe y de las historias de zombies, sin descuidar -claro- el espíritu del cómic, que es el verdadero origen de los personajes creados por Jim Davis.

    El resultado de esta mixtura de elementos propios de tan diversos géneros es bastante digno. La película no es particularmente sorprendente ni ingeniosa y su propuesta visual -más allá de ciertos logrados efectos en 3D- tampoco es demasiado impactante, pero la película tiene un ritmo que no decae y consigue un tono simpático y ligero que lo hace atractivo para los más chicos (para los mayores de 10 años puede resultar demasiado obvia y elemental).

    En esta historia futurista, Garfield y sus amigos reciben la visita de Garzooka, un superhéroe que trata de rearmar el Escuadrón de las Mascotas del título con ellos -que tienen el mismo ADN de los anteriores integrantes- para así combatir a la malvada Vetkis, que intenta dominar el universo con una poderosa arma creada por un científico.

    La película tiene algunas ideas interesantes (como la relación que se establece entre la historieta y la trama de esta ficción) y algunas secuencias que se resuelven con piloto automático. De todas formas, más allá de que el extraño carisma de Garfield en su versión gráfica nunca se haya podido trasladar en toda su dimensión a la pantalla grande, este regreso de uno de los gatos más famosos del mundo en versión 3D resulta accesible para el público infantil y para los adultos que han crecido con este personaje y que ahora deberán acompañar a sus hijos o sobrinos.
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  • Robin Hood
    Robin Hood
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    Soy leyenda

    Experto en épicas históricas (1492: La conquista del Paraíso, Gladiador, Cruzada), Ridley Scott se ocupa ahora de recuperar un personaje legendario como el de Robin Hood.

    En verdad, la película es una suerte de "precuela", o mejor, la historia del personaje antes de convertirse en el célebre outlaw, en el fugitivo/bandido/justiciero/héroe popular que sembró el terror de ricos y poderosos en los bosques de Sherwood.

    Robin Hood es aquí todavía Robin Longstride, un arquero del ejército del rey Ricardo Corazón de León (Danny Huston) que regresa con más pena que gloria de las Cruzadas por Tierra Santa. Luego de asolar pueblos y arrasar castillos, el mandatario muere en combate. Robin y sus secuaces logran rescatar la corona que había sido tomada por el cruel Godfrey (Mark Strong), un espía al servicio de los franceses, y se hacen pasar por caballeros para regresarla al castillo real en Londres.

    El nuevo rey es Juan (Oscar Isaac), un torpe, patético, prepotente, despiadado, tiránico, traicionero y codicioso líder que lleva a Inglaterra al borde de la guerra civil entre fines del siglo XII y comienzos del XIII con el creciente ahogo impositivo que genera para pagar las deudas de tantas aventuras bélicas y que dispara la ambición expansionista de Felipe de Francia.

    Como en toda buena (y algo previsible) épica, hay aquí espectaculares escenas bélicas de masas a-la-Corazón valiente, algunos chispazos de humor y una subtrama romántica entre el Robin de Russell Crowe (un convincente actor físico para este tipo de tanques) y la bella Marion (Cate Blanchett). Como siempre, hay también un veterano sabio (y en este caso además ciego) a cargo del veteranísimo Max Von Sydow.

    Cine de alto impacto y entretenido, aunque también elemental (con bastante lugar común) y construido sin demasiada sutileza, Robin Hood tiene los méritos y falencias que podían preveerse. En este sentido, cumple en todo sentido con lo que promete.
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  • Eva y Lola
    Eva y Lola
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    Resistiré (para seguir viviendo)

    ¿Cómo abordar desde el cine de hoy temas muy complejos, arduos, controvertidos y a la vez ya bastante transitados en el pasado? ¿Cómo construir una película que genere empatía sin caer en lo banal o lo superficial a la hora de elaborar conflictos psicológicos de una dimensión y una profundidad casi extremas?

    Sobre estas peligrosas aguas se mueve esta nueva película de Farji y -aún con sus problemas, con sus desniveles, con algunas decisiones artísticas que seguramente generarán polémica- la directora de Cielo azul cielo negro y Cuando ella saltó logra sacarla a flote cuando muchos podían intuir un seguro hundimiento.

    A partir de un guión basado muy libremente en el caso real de la hoy diputada nacional (y nieta restituida) Victoria Donda, Eva y Lola se arriesga con una doble historia: la de Eva (Celeste Cid), una joven artista que sigue conviviendo con el fantasma (todavía demasiado presente) de su padre desaparecido; y la de su amiga y colega Lola (Emme), que se debate entre conocer la verdad o seguir bajo la sombra de un militar apropiador (Jorge D´Elía) con el que ha crecido.

    En una apuesta que a mí no me convence del todo, Farji y su coguionista Victoria Grigera Dupuy deciden abrir otras subtramas (como la que protagonizan dos seres solitarios, temerosos y hambrientos de amor encarnados por Alejandro Awada y Victoria Carreras) y esa coralidad es la que a mi gusto desvía la atención y no permite profundizar del todo en las múltiples facetas y aristas de las dos historias centrales.

    La película tiene algunas escenas tan bellas como superfluas (generalmente vinculadas a la relación amorosa entre Cid y el talentoso Juan Minujín, cuyo tono parece de otro film) y unas cuantas de enorme solvencia y caudal emotivo (como la cena navideña en la que Eva escucha las anécdotas sobre su padre).

    Celeste Cid -tal como ya lo había demostrado en una comedia romántica como Motivos para no enamorarse- ratifica su "romance" con la pantalla grande: su belleza, su carisma y su ligereza para sobrellevar incluso los momentos más pesados en términos melodramáticos hacen disfrutable cada una de sus apariciones. Esa "chispa", ese brillo, es el que en la comparación disminuye el lucimiento de Emme (la gran revelación de El niño pez), que de todas formas sale bastante airosa de un personaje difícil en todos los terrenos.

    Con la ayuda de sus actrices y el aporte de un verdadero dream team técnico, Farji concreta una película que está lejos de ser redonda, pero que tiene unos cuantos buenos pasajes, un acabado visual muy logrado y una honesta propuesta destinada a la discusión sana, profunda y descarnada.
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  • El escritor oculto
    Cazador cazado

    No hay duda de que Roman Polanski es uno de los directores europeos más importantes de las últimas cinco décadas, pero lo cierto es que sus problemas judiciales han desviado (y desvirtuado) la atención y la valoración respecto de su cine.

    Presentado con su realizador ya encarcelado en la competencia oficial del último Festival de Berlín -donde Polanski fue distinguido con el premio a la mejor dirección-, este intenso y atrapante thriller político narra la histora del ghost writer (o escritor fantasma) al que alude el título (reivindicatorio trabajo de Ewan McGregor), que es contratado para escribir la autobiografía de un ex primer ministro británico demasiado parecido a Tony Blair (Pierce Brosnan), que al mismo tiempo es acusado ante la justicia por crímenes de guerra.

    Esta película de clara progresión hitchcockiana (hasta la banda sonora remite a títulos como Intriga internacional o La ventana indiscreta) describe cómo el personaje de McGregor va descubriendo durante su investigación oscuros secretos del ex premier que involucran abusos de la CIA y del MI5, a partir de algunas pistas que había dejado su predecesor en la escritura del libro de "memorias", que aparece muerto en la playa durante la primera escena del film.

    Algunos podrán ver en este nuevo trabajo del director de El bebé de Rosemary o Barrio Chino un buen ejercicio de estilo o un sólido exponente de género a-lo-Jason Bourne (como si ése fuese un mérito menor), pero en mi caso reivindico a El escritor oculto como un film potente, atrapante e inteligente en su entramado político o incluso en sus extensos diálogos. Y más valioso, en la comparación, que ese cine "importante" en el que Polanski incursionó con la sobrevalorada El pianista.
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  • Pesadilla en Calle Elm
    Devaluado regreso de la pesadilla

    En 1984, Wes Craven -uno de los guionistas y directores más talentosos e influyentes que incursionaron en el cine de terror- estrenó Pesadilla , película de bajo presupuesto sobre un sádico asesino serial con el cuerpo quemado y filosas extremidades. El film se convirtió en objeto de culto para varias generaciones y el personaje de Freddy Krueger (y el actor Robert Englund) ingresó de lleno en el imaginario popular.

    Luego de varias secuelas -la gran mayoría de ellas olvidables-, Hollywood preparó un nuevo reciclaje con un generoso presupuesto (27 millones de dólares, casi 20 veces el del film original) y un amplio despliegue de efectos especiales para desarrollar en términos visuales las pesadillas de los jóvenes y carilindos protagonistas en las que irrumpe el siempre sanguinario y vengativo Freddy.

    El problema (uno de los tantos) es que ya no están Craven ni Englund (reemplazado aquí por Jackie Earle Haley, otro actor que ha construido su carrera a partir de inquietantes personajes de perversos y despiadados en films como Secretos íntimos, Watchmen o La isla siniestra ), que el guión de Wesley Strick y Eric Heisserer es un cúmulo de estereotipos y lugares comunes, que la narración del director Samuel Bayer es elemental incluso dentro de un género basado en convenciones, golpes de efecto y guiños como el terror, y que los veinteañeros de esta remake resultan inexpresivos? hasta cuando gritan perseguidos por las filosas garras de Freddy (hace 25 años aparecía en el film original nada menos que un jovencísimo Johnny Depp).

    Sí, hay cuerpos mutilados, vísceras y baños de sangre. Sí, hay sórdidas escenas en un colegio, en una cárcel, en una cafetería o en un depósito. Sí, hay vistosas imágenes generadas por computadora que construyen un universo alucinatorio y pesadillesco para estos jóvenes que deben luchar como pueden para mantenerse despiertos y evitar enfrentarse en sus sueños con el omnipresente Freddy. Puede que esa oferta resulte suficiente para que algunos miles de adolescentes decidan compartir el ritual de someterse al festival de sensaciones primarias que ofrece esta Pesadilla resucitada. De cine, lamentablemente, esta vez hay poco y nada.
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  • Dos en uno
    Dos en uno
    Otros Cines
    Un tropezón no es caída

    Daniel Auteuil es un gran actor. Y no sólo eso: es de esos intérpretes que brillan por igual en el drama "serio y adulto" como en la comedia "liviana y pasatista". Y no sólo eso: es de esas presencias (como la de su compatriota Mathieu Amalric) que logran que una película crezca aunque el resto de los rubros esté muy por debajo de su nivel. Algo de eso ocurre con Dos en uno, una comedia de fórmula, sin grandes hallazgos y con unos cuantos lugares comunes. Sin Auteuil sería un producto rápidamente descartable. Con él... bueno, se disfruta un poco.

    DA interpreta a Jean-Christian Ranu, un contador de poca monta, un solitario patológico, un ser traumado en todos sus poros, un típico perdedor que apela a la mentira y a la negación para poder sobrevivir. Su vida cambia -y cómo- cuando ingresa a su cabeza el espíritu de Gilles Gabriel (Alain Chabat), un cantante medianamente popular de la canción romántica de los años 80 que (supuestamente) ha muerto en un accidente automovilístico causado por Jean-Christian. Ambas personalidades -claramente opuestas entre sí- deberán aprender a convivir en un mismo cuerpo/cerebro.

    Y ese es el punto de partida para esta comedia no demasiado eficaz (la proporción de gags logrados sobre gags intentados es baja), pero que al mismo tiempo no llega a indignar. DA construye un personaje digno del patetismo de un Santiago Segura, pero esta combinación entre humor guarro "español", fórmula fantástica hollywoodense y costumbrismo francés no resulta gran cosa. De todas maneras, seguimos "bancando" a DA: un tropezón no es caída.
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  • Sangre y amor en París
    Cuando Francia copia (mal) a Hollywood

    Como thriller de espías con traiciones cruzadas, secretos diplomáticos, narcotraficantes asiáticos, terroristas árabes y mujeres fatales, Sangre y amor en París es un subproducto muy poco convincente. Como comedia de compinches (buddy-movie en la jerga cinematográfica), este proyecto ideado por el francés Luc Besson y protagonizada por John Travolta y Jonathan Rhys-Meyers es poco graciosa y nada sorprendente. La "química" humorística entre ambos es casi nula.

    A partir de una fórmula trillada (uno puede adivinar todo lo que vendrá a los pocos minutos y encima las resoluciones son "de manual"), de diálogos escritos con copy & paste, con actuaciones deslucidas (el personaje "cool" de Travolta es lo menos cool que se ha visto en mucho tiempo), con escenas de acción tan profesionalmente concretadas por Pierre Morel (Búsqueda implacable/Taken) como intrascendentes en su resultado, Sangre y amor en París -más allá sus torpes referencias a La conversación, Bullit o Contacto en Francia- es como una mediocre película hollywoodense... hecha en Francia y con dinero del todopoderoso (y poco creativo) Besson. No hay nada para destacar en este film menor, efímero y, por lo tanto, rápidamente olvidable.
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  • La hora de la siesta
    No quiero volver a casa

    Esta pequeña, austera y encantadora (sin demagogia) opera prima de Sofía Mora ganó el premio principal de la Competencia Latinoamericana del Festival de Mar del Plata 2009.

    En blanco y negro y pantalla ancha, esta joven directora -con algo del cine de Celina Murga- narra las vivencias de la preadolescente Franca (logrado trabajo de Belén Poviña, una revelación a tener muy en cuenta) y de su hermano menor Guido (un menos convincente Elías Maidanik) durante las horas posteriores a la muerte de su padre.

    Mientras su madre se encierra a llorar y la casa se inunda de familiares y amigos para el velorio, ellos deciden salir del hogar y pasear por una plaza, una iglesia y una casa vecina, donde encontrarán a un chico obeso que se sumará a ellos.

    El film describe con sensibilidad los miedos, contradicciones, juegos, imaginaciones, misterios y prejuicios de los dos chicos, aunque algunos diálogos aparecen sobreescritos o no alcanzan la naturalidad deseada. De todas maneras, una película más que auspiciosa de una nueva realizadora que se suma al muy interesante panorama femenino del cine argentino.
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  • Diletante
    Diletante
    Otros Cines
    Todo sobre mi madre

    La película arranca con las imágenes de un desfile gay en Amsterdam y esas escenas no son gratuitas. Niklison vivió 20 de sus 42 años en Holanda hasta que decidió regresar a la Argentina y filmar a Bela Jordan, su madre octogenaria y "diletante" que vive en una casa de campo en Sauce Viejo, un pueblo ubicado a orillas del río Paraná.

    La directora/hija/observadora filma las charlas (casi monólogos) entre la extravagente Bela y su cocinera Cata, mientras inserta imágenes del casero, una suerte de "intruso" o "espía" que trabaja en el lugar.

    Bela es encantadora y despiadada, seductora e inquietante, divertida y miserable, bon-vivant y tacaña a la vez. La vemos armar un rompecabezas de 2.000 piezas, navegar por Internet en su laptop, consultar por teléfono sobre la capacidad de almacenamiento de un DVD, montar un cuatriciclo, empuñar una motosierra, cuidar el jardín o tomar sol y leer junto al río, mientras reivindica el ocio (la posibilidad de perder el tiempo) y sus arrugas u opina sin demasiados fundamentos de la política argentina.

    Más allá de algunos innecesarios regodeos en la puesta en escena o del ampuloso uso de la música, este documental que por momentos remite a la mexicana Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (premiada en el BAFICI) resulta un bienvenido debut en la dirección de una artista multifacética (danza, teatro, coreografía y hasta actuaciones en el Cirque du Soleil), pero que parece tener también un prometedor futuro en el cine.
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  • Carancho
    Carancho
    Otros Cines
    Golpe a golpe

    Melodrama sobre un amor imposible, retrato social sobre la corrupción y los negociados que ligan a abogados, policías, médicos y compañías de seguro (justicia, seguridad, salud pública y empresa privada), y film noir sobre un (anti)héroe trágico que intenta torcer su destino. Todo eso y algo más es Carancho, sexto largometraje de Pablo Trapero y uno de los mejores de su carrera (pelea la cima de su fillmografía con Mundo grúa, El bonaerense y Leonera).

    En su primera película con un protagonista de renombre, el director logra que Ricardo Darín se sumerja de lleno (no sin riesgos) en el Universo Trapero (la historia transcurre en su mayor parte en un San Justo nocturno, ominoso y sórdido) y no que la historia se adapte al estilo que el astro cultivara, por ejemplo, en el cine de Juan José Campanella.

    Es un placer, por lo tanto, ver cómo Darín debió apelar aquí a un trabajo más físico (le parten varias veces la cara, mantiene fogosas escenas de sexo) que intelectual, más interior (visceral) que superficial, para dar vida a esa conflictuada, contradictoria criatura que es Sosa, un abogado que ha perdido (no sabemos bien por qué) su matrícula y que no tiene más remedio que trabajar -a disgusto- para un estudio que se dedica a conseguir víctimas de accidentes de tránsito (o directamente a armar casos) para quedarse luego con la parte del león en los juicios contra las aseguradoras.

    Si bien la película -incluso desde su trailer- alerta sobre esta suerte de genocidio social y sobre el inmenso negocio montado a su alrededor (allí están los caranchos, las verdaderas aves de rapiña), el film no tiene un afán didáctico, moralizante ni demagógico: es la propia historia (muy bien documentada en miles de detalles que aportan a su credibilidad) la que va exponiendo en toda su dimensión la deshumanización del sistema de salud, de las fuerzas de seguridad, de la Justicia y, claro, de las mafias que lucran con la desesperación y el dolor ajenos.

    Más allá de que Sosa/Darín es el verdadero motor del relato en un papel con un sino trágico que remite a los personajes clásicos de un Jean-Pierre Melville, un Billy Wilder o un Fritz Lang (o de un Adolfo Aristarain), Gusman -que ya había demostrado su capacidad interpretativa como la madre encarcelada en Leonera- también se luce en el papel de Luján, una joven médica recién llegada a la ciudad y que, por lo tanto, debe pagar el derecho de piso (léase sobrecarga laboral por guardias interminables) en densos hospitales o bien recorriendo las violentas calles del conurbano bonaerense a bordo de una ambulancia.

    Con la habitual maestría narrativa de Trapero (algo que el director no ha perdido ni siquiera en sus films menos logrados como Familia rodante o Nacido y criado), Carancho ofrece un impactante, implacable y sobrecogedor retrato sobre la vida en el Gran Buenos Aires, ayudado por el notable trabajo de cámara (RED) y de fotografía de Julián Apezteguía (Crónica de una fuga, La sangre brota).

    Para quienes auguraban un Trapero “vendido” al mainstream por su sociedad artística con Darín, deberán arrepentirse: Carancho es una película audaz, arriesgada, extrema, difícil, hecha sin prejuicios, sin cálculo marketinero y, ante todo, sin concesiones de ningún tipo.
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  • Fortalezas
    Fortalezas
    La Nación
    Documental sobre el encierro

    Duras historias de vida en el film Fortalezas

    Egresados de la Universidad del Cine, el neuquino Tomás Lipgot y el alemán Christoph Behl concibieron a cuatro manos un documental que (apelando también a algunos recursos propios de la ficción) describe distintas historias de vida de personas que viven encerradas (con o sin rejas de por medio) en prisiones, neuropsiquiátricos, geriátricos u hospitales.

    La cámara (curiosa y respetuosa a la vez) de los directores registra el día a día, la intimidad cotidiana, las contradicciones, las penas y los sueños de Moacir, un interno del Borda de origen brasileño; de Julio, un interno de la Unidad 32 de Florencio Varela que se enfrenta a la burocrática madeja judicial, y de Manolo y Juanita, que intentan sobrellevar sus penas de amor en un hogar de ancianos. El panorama se completa con Adolfo, Angélica y Aníbal, tres personajes que se resisten a salir de su aislamiento en el hospital Baldomero Sommer, una antigua colonia para enfermos de lepra. En este último caso, los directores se salen del esquema del registro directo (y de ciertas apuestas "actorales" con los protagonistas), al seguir a un grupo de estudiantes secundarios que viajan a visitar (y a escuchar) los crudos testimonios de Adolfo, Angélica y Aníbal. El recurso, en este sentido, resulta menos interesante que los otros.

    De todas maneras, en esta querible reivindicación de "locos, presos y viejos", en este viaje a los extremos más discriminados u olvidados de la sociedad, Lipgot y Behl se muestran como lúcidos y sensibles observadores. Fortalezas resulta, por lo tanto, un testimonio valioso.
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  • Iron Man 2
    Iron Man 2
    La Nación
    El regreso del hombre de hierro

    Segunda parte del superhéroe encarnado por el gran Robert Downey Jr.

    A dos años de la muy entretenida primera entrega (un éxito de crítica y de público que generó ingresos por 572 millones de dólares sólo en los cines), llega esta secuela que repite director (Jon Favreau) y pareja protagónica (Robert Downey Jr. y Gwyneth Paltrow), pero le agrega un malvado de fuste (el reivindicado Mickey Rourke), un nuevo objeto del deseo (Scarlett Johansson) y un par de actores afroamericanos de renombre (Don Cheadle y Samuel L. Jackson).

    Este segundo capítulo de la saga (el tercero ya está en marcha y en la propia trama de esta película se adelanta incluso la llegada de Los Vengadores dentro de dos años) no está a la altura de su predecesora: es un producto bastante digno, es cierto, pero carece de la potencia, el humor, la fluidez y el erotismo de la primera. Los diálogos, las secuencias de acción y hasta las actuaciones (con la excepción del siempre carismático Robert Downey Jr.) lucen menos inspiradas que en el film original basado en los personajes de la factoría Marvel. Es como si todos se dedicaran a cumplir con profesionalismo pero sin audacia con lo que se espera de ellos.

    En el arranque del film, el narcisista y excéntrico multimillonario Tony Stark (Downey Jr.) admite en conferencia de prensa que es Iron Man y se vanagloria de haber logrado disipar las tensiones internacionales ("privaticé la paz mundial, ¿qué más quieren?"). Sin embargo, cuando convence al Congreso de que no hay nadie capaz de alcanzar su capacidad tecnológica, aparece en escena Crimson Dynamo (Rourke), un físico ruso con ansias de venganza que es financiado por un despechado proveedor militar (Sam Rockwell). Mientras tanto, el protagonista empieza a sufrir por su salud (una creciente toxicidad en la sangre) y por la caída en su credibilidad pública. Es allí cuando surgirán la bella Natalie Rushman (Johansson), el enigmático Nick Fury (Jackson) y un militar amigo (Cheadle) para ayudarlo.

    Por más canciones de AC/DC que suenen de fondo, por más esfuerzos cómicos que haga el guión de Justin Theroux (creador de Una guerra de película , sátira bélica de y con Ben Stiller), la película nunca alcanza la intensidad ni el desparpajo que convirtieron al primer film en un referente dentro de este tipo de tanques basados en superhéroes de historieta. Las múltiples subtramas del relato no hacen otra cosa que dispersar cada vez más la atención y sólo la apuntada ductilidad de Downey Jr., un gran actor que es capaz de sostener en pantalla la situación o el diálogo más ridículo, logra rescatar al film del naufragio: se ha ganado en buena ley, por lo tanto, cada uno de los no pocos dólares de su cachet.
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  • Ricky
    Ricky
    Otros Cines
    Mi pobre angelito

    El director de 8 mujeres, La piscina y Bajo la arena no es un artista previsible (basta ver la diversidad de su prolífica filmografía), pero así y todo sorprendió a medio mundo al rodar Ricky, una historia de amor entre una madre soltera (Alexandra Lamy) y un nuevo compañero español de la fábrica en que trabaja (Sergi López), que al poco tiempo de iniciar una convivencia tienen al bebé del título. Claro que no se trata de cualquier niño, sino de uno que empieza a desarrollar alas cada vez más grandes y se larga a volar.

    El film arranca con un realismo crudo que remite al cine de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne y luego da un brusco e inesperado giro hacia la comedia, el melodrama y lo fantástico/bizarro, con muchos efectos visuales incluidos. Una apuesta desconcertante, por momentos incluso fallida, pero al mismo tiempo llena de libertad, de hallazgos y de pasajes fascinantes.
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  • Synecdoche New York. Todas las vidas, mi vida
    Un debut a lo grande

    Considerado uno de los guionistas más talentosos y creativos de su generación (es el autor de aclamados trabajos como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Confesiones de una mente peligrosa, El ladrón de orquídeas y ¿Quieres ser John Malkovich?), este artista debutó con casi 50 años en la dirección con Synecdoche, New York, una tragicomedia de grandes ambiciones y resultados mixtos que se sustenta en un gran despliegue visual, en bruscos y constantes cambios de género, de climas y de registros, y en el aporte de un gran protagonista (Philip Seymour Hoffman), acompañado por un amplio elenco de figuras como Catherine Keener, Samantha Morton, Emily Watson, Michelle Williams, Jennifer Jason Leigh, Hope Davis, Tom Noonan y Dianne Wiest.

    Kaufman retoma la línea absurda y delirante de sus guiones para Spike Jonze (productor del proyecto) con la historia de un director de teatro neurótico e hipocondríaco que es abandonado por su familia y decide montar una obra épica que incluye la reconstrucción de una suerte de Nueva York en miniatura para recrear allí los dramas de su caótica existencia. Con un presupuesto de 20 millones de dólares aportados por productoras independientes y con apenas 45 días de rodaje para concretar las 204 escenas del guión, esta opera prima megalómana, artificiosa y deslumbrante resulta una verdadera rareza llena de hallazgos (y de tropiezos parciales) para no dejar pasar.

    Atragantado en su propio genio - Por Manuel Yáñez Murillo

    Se esperaba con curiosidad la primera incursión en el terreno de la dirección del guionista más influyente del cine americano de la presente década, Charlie Kaufman, ideólogo de la carrera cinematográfica de los cineastas más in de la generación del videoclip: Michel Gondry y Spike Jonze. Para su opera prima, Synecdoche, New York, Kaufman pone su desbordante imaginación al servicio de un nuevo ejercicio metalingüístico, en el que la trama se despliega y retuerce a través de múltiples niveles de ficción. Relato dentro del relato, representación dentro de la acción, el espejo en el interior del espejo. Ese es el juego favorito de Kaufman, amante del artificio y de la prestidigitación narrativa.

    Intentar resumir la historia que cuenta Synecdoche, New York se antoja una odisea, pero lo intentaré. Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman) es un dramaturgo en perpetua crisis creativa y existencial que tras ser abandonado por su mujer (Catherine Keener) y su hija decide utilizar el dinero de un premio literario para realizar la obra teatral definitiva, un desproporcionado proyecto que le ocupará el resto de su vida. La obra en sí es nada menos que la recreación a escala casi real de la vida en la ciudad de Nueva York. En su mesurado arranque, la película transita entre gags ocurrentes hasta que Kaufman decide empezar a regocijarse en su ingenio y megalomanía, convirtiendo el film en un juego infinito de cajas chinas con el que abordar su visión trágica de la existencia, en la que el ser humano parece condenado a la soledad y el creador a ser fagocitado por su propia creación.

    Y eso es justamente lo que le sucede al director-guionista-autor: que al querer llegar más lejos que nadie (el film iguala y supera los artificios de Ocho y medio, de Federico Fellini; Dogville, de Lars Von Trier; Palindromes, de Todd Solondz; y The Truman Show, de Peter Weir) se atraganta con su propio genio y la contundencia de su amargo existencialismo queda diluida por la incontinencia de su pluma.
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  • Rompecabezas
    Rompecabezas
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    Una mujer bajo influencia

    Luego de una extensa carrera como asistente de dirección y responsable del casting en películas de Pablo Trapero, Marcelo Piñeyro, Lucrecia Martel, Alejandro Agresti, Jorge Gaggero, Mariano Llinás, Ariel Rotter y Damián Szifrón, entre muchos otros, Natalia Smirnoff debutó en la realización con una extraña y lograda película (por lo que es y por lo que evita ser) que tuvo el enorme privilegio de competir en la sección oficial de la reciente Berlinale y ser vendida a casi todo el mundo.

    ¿Qué tiene esta pequeña comedia familiar para haber generado semejante interés internacional (veremos si también en el ámbito local)? En principio, un tono muy difícil de conseguir (una historia que bordea el costumbrismo y hasta cierto patetismo, pero que los elude con singular determinación y coherencia). Además, Smirnoff se muestra como una sólida narradora, una punzante y al mismo tiempo sutil observadora, una dúctil constructora de climas y de gags que nunca lucen forzados y, finalmente, como una gran directora de actores (atributo devenido seguramente de su gran experiencia en el casting).

    El film narra la historia de María del Carmen (otra notable actuación de María Onetto, en las antípodas de su papel en La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel), un ama de casa servicial que se desvive por cumplir todas y cada una de las exigencias de su marido machista (Gabriel Goity) y de sus dos hijos que están a punto de abandonar el hogar ubicado en Turdera. Sin embargo, el espectador no tardará en percibir en los gestos y en la mirada de esta mujer cincuentona y contenida la carga de angustia y el hartazgo que siente. Su vida da un vuelco completo cuando descubre su pasión por los rompecabezas y, aún más, cuando conoce a Roberto (Arturo Goetz), un excéntrico hombre de clase alta con el que entrenará -en secreto- para participar en un torneo de la especialidad.

    Smirnoff evita caer en el subrayado y en el lugar común, en el diálogo obvio y en la bajada de línea para concentrarse en describir el cambio interior, la "implosión" -como lo definió acertadamente la propia directora- de esta mujer sencilla que descubre una pasión y un don, aunque esa habilidad no tenga demasiada aceptación ni prestigio social. Una primera película de una complejidad (ojo, la película no es nada compleja en su lectura) y una madurez infrecuentes, y ya no sólo en una cineasta debutante. Más allá de lo que ocurra con Rompecabezas en la taquilla, Smirnoff es un talento a seguir.
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  • Aguas Verdes
    Aguas Verdes
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    De Rosa, Aguas Verdes y un estreno negro

    Mariano De Rosa es uno de los "secretos" mejor guardados del nuevo cine argentino y, lamentablemente, parece que va a seguir siéndolo. Director en 1998 de Vida y obra, uno de los episodios más logrados del tríptico Mala época, tardó una década en concretar su ópera prima, Aguas Verdes.

    Tras múltiples dificultades, logró que el film tuviera su première mundial nada menos que en la sección Forum de la Berlinale 2009. Luego, recorrió el circuito de festivales locales e internacionales (IndieLisboa, Chicago, La Habana, San Pablo, Leipzig y un largo etcétera) hasta llegar este jueves 22 al estreno comercial.

    Como suele ocurrir con muchas películas argentinas, casi no tuvo promoción ni publicidad. Al menos, en mi caso, recién me entero de su lanzamiento en cinco salas (que, con la excepción del Gaumont, no suelen tener demasiada convocatoria) gracias a un e-mail que envió el propio director el mismo día del estreno. Tampoco he leido notas ni críticas del film en otros medios.

    Es una pena. No estamos ante ninguna maravilla o genialidad, pero esta tragicomedia sobre las desventuras de una familia disfuncional durante un viaje de vacaciones al balneario del título tiene unos cuantos hallazgos narrativos, de guión, actorales y visuales. La película bordea el patetismo, la ridiculización de sus anithéroes, pero termina gambeteando los peores vicios y peligros para lograr una historia bastante convincente e ilustrativa de ciertas miserias y contradicciones de la clase media urbana.

    Cuando dialogué por primera y única vez en mi vida con De Rosa, con motivo de la proyección del film en la Berlinale, me dijo que la veía como una película "con una temática a la americana, pero con una factura a la francesa", y algo de eso hay. Lo triste es que su carrera comercial, parece, será bien "a la argentina". Las películas con méritos artítiscos (y Aguas Verdes los tiene) merecen mejor suerte.
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  • Sólo un hombre
    Sólo un hombre
    La Nación
    La ópera prima de un esteta consumado

    Tom Ford, del diseño de modas, a la dirección de cine

    Considerado uno de los más influyentes diseñadores de moda de los últimos tiempos, Tom Ford impactó a Hollywood cuando anunció que filmaría A Single Man , transposición de la novela publicada en 1964 por Christopher Isherwood. El resultado final de esta ópera prima es aún más sorprendente, pues muestra no sólo a un esteta consumado (algo que podía intuirse por sus trabajos para Gucci) sino también a un gran director de actores y a un virtuoso narrador.

    Más allá de los méritos propios, Ford encontró en Colin Firth eal aliado perfecto para este melodrama (con algunos logrados toques cómicos) sobre George Falconer, un profesor de literatura gay que pierde en un accidente automovilístico a su pareja de larga data (Matthew Goode). Así, la hasta entonces plácida y holgada existencia de este londinense radicado en Los Angeles parece derrumbarse por completo, aunque encontrará en el interés de un joven estudiante (Nicholas Hoult),) y en la lealtad de una amiga y confidente divorciada (Julianne Moore) motivos como para luchar contra sus tendencias suicidas.

    La película tiene obvias referencias al cine de Alfred Hitchcock (especialmente a Psicosis), un preciosismo visual (por momentos abrumador y artificioso) que remite a la obra de Wong Kar-wai, citas a la filmografía de Pedro Almodóvar y varios puntos de contacto con la magnífica Lejos del paraíso , de Todd Haynes (y, por ende, con los clásicos de Douglas Sirk), en su exploración de las rigideces y contradicciones de una sociedad poco sensible y demasiado homofóbica.

    Sin embargo, Ford no se queda en el mero regodeo esteticista ni en la cita cinéfila, sino que consigue con buenas armas sumergir al espectador en la intensidad emocional, en las miserias y deseos más profundos de un hombre abatido, pero que al mismo tiempo busca cierto fuego interior como para intentar reciclarse, reconstituirse y resurgir de sus propias cenizas.

    Ford tiene claro que su cine apuesta por una reivindicación de la belleza y del placer contra la cultura del miedo y la represión. Puede que esta confrontación sea un poco obvia y algo didáctica, pero este novel director consigue algo más importante que esas cuestiones intelectuales. Su historia es sentida, conmueve sin golpes bajos y termina por emocionar. No es poco.
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  • Pecados de mi padre
    Buscando un símbolo de paz

    Este joven director argentino (35 años, egresado de la FUC y radicado en Nueva York) logró convencer a Juan Pablo Escobar, hijo del ex zar de la droga (que vive con su madre en Buenos Aires con un nombre cambiado), para que cuente desde su mirada íntima la historia de su padre, y luego se reencuentre con los hijos de dos políticos conservadores asesinados por orden del Cartel de Medellín.

    El film -muy prolijo y bastante atrapante- tiene más méritos periodísticos que en cuanto a su narración cinematográfica, ya que todo luce demasiado armado y estructurado (incluso en el pedido de perdón y la búsqueda de paz interna y externa del protagonista). La inclusión de material de archivo y especialmente de home-movies que permiten apreciar las dimensiones del imperio que creó Pablo Escobar Gaviria son los principales hallazgos de una reconstrucción testimonial valiosa, pero que no fue aprovechada en todas sus posibilidades.
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  • La cinta blanca
    La cinta blanca
    Otros Cines
    Cautivos del mal

    En el regreso al cine de su país luego de varios proyectos en Francia y de su fallida remake de Funny Games en los Estados Unidos, Michael Haneke ganó la Palma de Oro en Cannes (festival que ya lo había premiado por La pianista y Caché: Escondido) con La cinta blanca, una película de dos horas y media, rodada en blanco y negro, y ambientada en una pequeña y muy rígida comunidad protestante del norte de Alemania poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial.

    Película de estructura coral, narrada con enorme rigor, profundidad y precisión, La cinta blanca apela al esquema de pueblo chico-infierno grande para describir, a partir de la voz en off del maestro de escuela del lugar, las historias de vida de los habitantes de esta comunidad rural, dominados por el fanatismo religioso, la represión sexual, la falta de afecto, las dificultades laborales y las diferencias sociales.

    La exposición de los secretos y mentiras de los distintos matrimonios y las conflictivas relaciones entre padres e hijos (son todas familias numerosas) van dando lugar a las crecientes explosiones de violencia, rebeldías, delaciones, castigos y suicidios en un film complejo, impecable e implacable.

    La fotografía en blanco y negro (digital) a cargo de Christian Berger (también nominado al Oscar) es un deleite visual. Espero que las copias en fílmico con que se estrena en los cines argentinos le hagan justicia a su magistral trabajo.

    No tan a favor (Por Sergio Wolf)

    La confusión entre “grandes películas” y “películas grandes” es la que ha motivado enormes malentendidos, como el que ocurrió con La cinta blanca, de Michael Haneke. La indudable densidad de Haneke, el refinamiento con que despliega las líneas dramáticas y el tejido de tela de araña que inventa para articularlas, son notables. Pero también es notable la precisión del cálculo. Es curioso que el punto en cuestión sea justamente la precisión del cálculo porque es un rasgo inherente al “estilo Haneke”, en la medida en que parte del impacto de su cine se sostuvo siempre en su justeza para aplicar los golpes de efecto más contundentes en los momentos más apropiados.

    Lo que ocurre con su última película, paradójicamente, es lo contrario: con el objetivo de confortar a públicos y jurados frecuentemente reactivos a sus impactos, las situaciones de La cinta blanca se detienen justo en los momentos en que en películas anteriores el tono enloquecía y se volvía desmesurado, incontrolable y visceral. Así, la precisión del cálculo tiene un sentido, un objetivo y sentido opuesto en esta película en la que Haneke fusiona al Bergman de El huevo de la serpiente con el Carpenter de Village of the Damned.
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  • Todos tenemos un... ex
    La italianidad al palo

    El éxito mundial de las tragicomedias románticas de estructura coral dirigidas por Gabriele Muccino (El último beso, Ricordati di me) hizo que el cine italiano alimentara sin descanso un género aparte: historias de parejas que se entrecruzan sostenidas por intérpretes muy conocidos del cine y la televisión local. En esa línea se ubica, también, Todos tenemos un ex, film que gozó del apoyo de dos millones de espectadores en su país y que consiguió 9 nominaciones al premio David di Donatello (el Oscar peninsular).

    Aquí, como bien indica el título original del film (Ex), el eje pasa por las relaciones de pareja o, más bien, con las ex parejas. La película transita momentos cómicos y otros melodramáticos (accidentes, muertes), va del realismo al grotesco, de lo irónico a lo nostálgico con resultados irregulares: hay pasajes inspirados por lo emotivo o lo impiadoso; y otros que dan vergüenza ajena, como si fuesen un rejunte de clisés, estereotipos y ese sentimentalismo tan caro a la italianidad al palo.

    Hay parejas que se separan, que se vuelven a juntar, que se extrañan, que se odian, que aman a sus hijos o que los odian. Esta mirada panorámica y abarcadora, algo así como un intento de retrato social y generacional, cae inevitablemente en la dispersión y la superficialidad: no hay tiempo de profundizar en cada episodio y, por lo tanto, las cosas se resuelven muchas con el trazo grueso y, a veces, con el lugar común.

    De todas maneras, Brizzi le imprime a la narración una dimensión lúdica, leve y bastante fluida que hace bastante llevaderas las dos horas de relato. Los intérpretes -en su gran mayoría- están muy bien, aunque los desbordes (de los personajes más que de las actuaciones) hacen que haya algún exceso en diálogos o gesticulaciones.

    Todos tenemos un ex no es una gran película, está claro, pero sí una mirada interesante a ciertos elementos de la sociedad "berlusconizada". Para quienes gusten del cine italiano a-lo-Muccino, entonces, se trata de una opción para nada desdeñable.
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  • Furia de titanes
    Furia de titanes
    Otros Cines
    El director francés de El transportador 1 y 2, Danny the Dog: Entrenado para matar y Hulk fue el elegido para "reciclar" otro film de los años '80 -Clash of the Titans (1981)- sobre la batalla entre dioses, semidioses, exóticas criaturas y humanos con todo el despliegue de efectos visuales que hoy puede regalar la industria de Hollywood (aunque inspirados en el trabajo original del gran Ray Harryhausen).

    Sam Worthington (el héroe de acción favorito del momento) está aquí menos convincente que en Avatar y Terminator: La salvación, Liam Neeson (como Zeus) y Ralph Fiennes (como el malvadísimo Hades) tienen sus "numeritos", mientras que Gemma Arterton y Alexa Davalos aportan su belleza y poco más.

    El guión es menos que discreto (para colmo, hay escenas muy similares a las que se vieron en la reciente Percy Jackson y el ladrón del rayo), así que sólo queda el "consuelo" de apreciar un par de set-pieces espectaculares. Eso es todo.
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  • Nuevamente Amor
    Nuevamente Amor
    Otros Cines
    Esta película dirigida y coescrita por Brandon Camp es la segunda comedia romántica con Jennifer Aniston que se estrena en el lapso de dos semanas (ésta, sin ser ninguna maravilla, es infinítamente mejor a la vergonzosa El caza recompensas). La explicación –además del guión, claro- hay que buscarla en que aquí tiene como contraparte a un siempre convincente Aaron Eckhart.

    Eckhart es Burke Ryan, un psicólogo que se ha convertido en una celebridad pública a partir de un libro de autoayuda en el que describe su experiencia personal tras la muerte de su esposa en un accidente de tránsito. Pero Burke es un hipócrita, un farsante, un negador que proyecta en los demás todo aquello que él es incapaz de aceptar y confrontar. Aniston es Eloise Chandler, una florista que decide terminar con otra frustrante relación afectiva.

    A pesar de ciertos exagerados toques melodramáticos (la relación de Ryan con su suegro interpretado por Martin Sheen y con un hombre quebrado por la muerte de sus hijos que encarna John Carroll Lynch) y de algunos lugares comunes de la comedia romántica (los diálogos de la protagonista con su empleada y confidente), Camp se las ingenia para redondear un producto bastante aceptable, con una mirada bastante despiadada al universo de la autoayuda y una ironía que remite por momentos a Amor sin escala, con Eckhart en lugar de George Clooney.
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  • Una noche fuera de serie
    Comedia disparatada y muy disfrutable

    Tina Fey y Steve Carell, con una química especial

    El guión de Una noche fuera de serie no es particularmente novedoso, sorprendente ni innovador (se centra en las desventuras de un matrimonio con hijos bastante previsible que vive una noche de furia en la línea del film Después de hora y termina siendo perseguido por mafiosos y policías corruptos), pero la capacidad histriónica y la tan mentada química entre sus dos protagonistas la convierten en una comedia disfrutable.

    Con una formación similar y exitosos presentes en series televisivas (él, en The Office; ella, en 30 Rock), Steve Carell y Tina Fey se lucen y sostienen a puro humor físico, con una gesticulación perfecta y con un envidiable timing para cada línea de los filosos diálogos los poco más de 80 minutos que dura esta historia de enredos románticos y policiales.

    Tras el divorcio de una pareja de amigos, Phil y Claire intentan reavivar su matrimonio con una cita romántica en un restaurante de lujo. Como llegan sin reserva, no hay lugar, pero se hacen pasar por los Tripplehorns para conseguir una mesa. El problema es que los Tripplehorns son unos ladrones perseguidos por un par de detectives corruptos y por gánsteres.

    En su mejor trabajo hasta la fecha, el director Shawn Levy (Recién casados, La pantera rosa, Más barato por docena, la saga de Una noche en el museo) lleva a buen puerto un relato construido a base de fórmulas no demasiado ingeniosas. Su narración no decae y el mérito -quedó dicho- es compartido en este caso con la pareja central y con varios simpáticos personajes secundarios interpretados por figuras de jerarquía como William Fichtner, Mark Wahlberg, Mila Kunis, Mark Ruffalo, James Franco o Ray Liotta. Ellos se divierten en pantalla y logran transmitir esa alegría al público. Un disfrute compartido.
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  • Recuérdame
    Recuérdame
    Otros Cines
    Olvídame

    Esta crítica también se podría haber titulado El niño rico que tiene tristeza o Una película sin colmillos o En busca de un actor o Rebelde sin causa o ... Al final me decidí por el más contundente y directo de Olvídame (producto de la irritación que me provocó padecer una película tan estúpida y pretenciosa a la vez).

    Es que el principal argumento (diría que el único) que tiene este melodrama berreta y solemne, construido en base a clisés, golpes de efecto (ese final...) y frases ampulosas con "mensaje", es la presencia de Robert "Crepúsculo" Pattinson, que no sé qué tiene para ser un sex symbol adolescente, pero sí sé que es un muy mal actor. Aquí, en un papel "serio" (un joven hijo de un multimillonario intepretado por Pierce Brosnan que vive entre la melancolía, el nihilismo y la autoflagelación por el suicidio de su hermano mayor), hace que todos pidamos que vuelva cuanto antes Edward, el insufrible vampiro enamorado de la exitosa saga basada en los libros de Stephenie Meyer.

    La historia de amor entre este absurdo rebelde y una joven tan herida como él que fue testigo del asesinato de su madre cuando era una niña (Emilie de Ravin, tan inexpesiva como Pattinson, no sea cosa de hacerle sombra) no alcanza jamás la intensidad ni la pasión que se supone debería tener. No adelanto nada de la trama, pero tiro un dato para que piensen antes de entrar al cine: transcurre en la Nueva York de 2001.

    La fotografía, la musicalización, las frases dignas de un libro de aforismos, todo en este film es decididamente grasa. Me dio pena ver a actores con una larga carrera sobre sus espaldas (Chris Cooper, Lena Olin, Pierce Brosnan) haciendo un gran esfuerzo para no caer en el ridículo. Ni siquiera esos raptos de dignidad sirven para salvar a este torpe culebrón del espanto. Olvídenlo.
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  • El padre de mis hijos
    Morir de cine

    Con apenas 29 años, esta ex crítica de la revista Cahiers du Cinéma y pareja de Olivier Assayas (para quien trabajó como actriz en Fin de agosto, principios de septiembre y Los destinos sentimentales) había debutado como directora con la elogiada Tout est pardonné, presentada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2007.

    Dos años más tarde, esta francesa de origen alemán llegó a la sección oficial Un Certain Régard (donde obtuvo el Premio Especial del Jurado) con esta suerte de biopic no declarada sobre uno de los más importantes productores de cine de arte de Francia, Humbert Balsan, que se suicidó en medio de múltiples deudas y conflictos el 10 de febrero de 2005, luego de haber financiado proyectos de directores como Youseef Chahine, James Ivory, Théo Angelopoulos, Claire Denis, Elia Suleiman, Béla Tarr, Claire Simon y Lars Von Trier.

    Grégoire Canvel (notable trabajo de Louis-do de Lencquesaing, reciente visitante de la Argentina) es un prestigioso y workaholic productor de cine de calidad casado con una mujer que lo apoya en sus iniciativas (Chiara Caselli) y padre de tres chicas. La minuciosa y despiadada descripción del universo del cine independiente francés (que no parece ser mucho más sano ni menos frustrante que el argentino) da lugar de forma súbita e inesperada al drama (la tragedia) familiar cuando -acuciado por los problemas de una empresa prácticamente en quiebra- el protagonista se suicida.

    La segunda parte del film describe el duelo de familiares, colegas y amigos, el derrumbe de la compañía y el fin de un sueño. Una película que, si bien tiene algunos mínimos problemas estructurales y dramáticos, resulta siempre atrapante y por momentos conmovedora sin por eso recurrir al golpe bajo. Una de esas obras que permanecen en la retina y crecen en la memoria (y en el corazón) a partir del talento y la sensibilidad de una joven realizadora para seguir muy de cerca.
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  • Fama
    Fama
    La Nación
    Una mediocre remake de un famoso musical

    Versión de Fama que hace extrañar a la de Alan Parker

    Casi tres décadas después de la versión original dirigida por Alan Parker (y que luego derivó en una también popular serie de televisión), llega esta mediocre remake, que no alcanza jamás la intensidad de aquella primera entrega ni tampoco sintoniza con la sensibilidad de la generación High School Musical . No funciona, por lo tanto, ni como experiencia nostálgica para los adultos ni como espejo o forma de identificación para los adolescentes.

    El joven coreógrafo y director de videoclips Kevin Tancharoen debuta en el largometraje con este producto que reitera a grandes rasgos la estructura (dividida en los cuatro años de formación en la High School of Performing Arts de Nueva York) y hasta algunos pasajes centrales del film de 1980.

    Si bien hay un cuidado tan propio de la corrección política (y también del marketing) a la hora de repartir los personajes entre exponentes de diversas clases sociales y orígenes, esta Fama versión 2009 -más allá de retratar las inseguridades de todo aspirante a artista o de describir a grandes rasgos algunos choques de los muchachos con padres que no los comprenden- no aborda ninguno de los problemas reales que hoy afectan a la escuela secundaria en todas partes del mundo: problemas de aprendizaje, falta de oportunidades, explosiones de violencia, rivalidades, consumo de drogas y un largo etcétera.

    Como en la original, hay un intento de suicidio, algún enfrentamiento de clase (una rubia de clase alta que abandona a su novio latino cuando consigue un contrato para una compañía de danza profesional), cierta historia con elementos sórdidos que tiene como protagonista a un agobiado rapero afroamericano de vida traumática, pero queda muy claro que esta nueva Fama es algo así como una versión "pasteurizada", desprovista de todo conflicto más o menos inquietante, cuya prioridad pasa por mostrar el talento para la música, el baile, la actuación y el cine de los jóvenes artistas.

    Y aquí tampoco la cosa funciona del todo bien: más allá de la energía desbordante, del colorido y del vértigo de los números musicales, el resultado es demasiado grandilocuente y artificial, con un montaje taquicárdico propio del (viejo) videoclip que no ayuda al disfrute en toda su dimensión.

    La edición final deja la sensación de que hubo muchas escenas filmadas y que luego fueron cortadas, ya que por momentos la narración no fluye y varias subtramas quedan desdibujadas o se resuelven de manera apurada o parcial.
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  • El caza recompensas
    Récord de ineficacia

    Debe haber muy pocos casos en la historia del cine de una comedia (al menos en ese género intentan encuadrar a El caza recompensas) que apueste a un gag o un chiste verbal cada 30 segundos y que nunca (¡nunca!) dé en el blanco. No hay un solo momento en los larguiiiiiiiiisimos 110 minutos de este despropósito en el que al menos un atisbo de inspiración artística fluya desde la pantalla como para que el espectador esboce una mínima sonrisa (ya no digo una carcajada).

    ¿Qué se puede decir de este film? Que intenta combinar dos esquemas básicos (la guerra de los sexos y una trama de corrupción policial) y no funciona en ninguno. Gerard Butler (¿alguien puede creer que este señor es un buen comediante?) y Jennifer Aniston se han divorciado. El fue expulsado de la policía y ahora se dedica a cazar fugitivos de la justicia. Ella es una ambiciosa periodista que ha tenido un problema menor con la autoridad pero que, al no presentarse ante la Corte, ha quedado como fugitiva. El, entonces, recibe el encargo de atraparla y la idea, claro, le encanta. La persigue, la atrapa en Atlantic City (una versión berreta de Las Vegas), luego los persiguen los malos, se enamoran de nuevo, se pelean de nuevo y así... todo con una torpeza, una obviedad y una factura tan rudimentaria que da vergüenza ajena. Lo de Andy Tennant (Por siempre Cenicienta, Hitch: especialista en seducción, Amor y tesoro) es tan pobre que hasta Rodolfo Ledo hubiese hecho un trabajo más digno.

    Intentar aquí hablar de las comedias de re-matrimonio, de Doris Day, Rock Hudson, Spencer Tracy, Audrey Hepburn o de cualquier elaboración "teórica" a las que muchos críticos suelen apelar sería una falta de respeto a la historia del cine. Lo único que se puede hacer con El caza recompensa es olvidarla lo más rápido posible. A partir del punto final que pondré dentro de pocos segundos prometo hacerlo yo también. Ya está.
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  • Séraphine
    Séraphine
    Otros Cines
    Intervención divina

    La ama de casa casi indigente que pintaba poseída por una vocación divina, que fue descubierta por un coleccionista alemán, que luego enloqueció, que murió en un hospicio en 1942 y que hoy es reconocida en los grandes museos del mundo. Esa podría ser la sinopsis de Séraphine, biopic sobre Séraphine de Senlis coescrita y dirigida por Martin Provost que cautivó a los franceses (casi un millón de espectadores y 7 premios Cesar, incluidos los de mejor película y actriz para Yolande Moreau) y que ahora llega a los cines argentinos.

    Séraphine es de esas películas que -como crítico y como espectador- no me dejan demasiado margen para el análisis. Aprecio sus méritos (tanto lo que consigue como lo que elude), pero al mismo tiempo no puedo dejar de ver ciertas limitaciones de esa corrección propia del qualité .

    Que la historia tiene aristas fascinantes (las cuestiones de clase propias del convulsionado período de entre guerras, la vocación religiosa ligada a la creación artística), que Provost sostiene la narración con una rigurosa puesta en escena y sin caer en lugares comunes ni los golpes de efecto propios del subgénero biopic, que la belga Moreau (esa querible regordeta vista en Sin techo ni ley y en la reciente Mammuth) está impecable, que la reconstrucción de época es digna de los mejores profesionales del cine francés... Todo eso es cierto y hacen de Séraphine una película valiosa y recomendable.

    Pero -quizás por la sobrecarga de "impecables" films franceses sobre artistas torturados- Séraphine también me generó por momentos cierto fastidio, unas ganas íntimas de gritarle al director que se "desbocara", que "enloqueciera" un poco como su mística heroína y saliera de esa perfección que resulta casi conservadora. Dicho esto -algo personal- vuelvo a reconocer los no pocos méritos (visuales, narrativos, técnicos) de un film que puede no sorprende, pero que al mismo tiempo resulta incuestionable.
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  • Dos hermanos
    Dos hermanos
    Otros Cines
    Te amo, te odio, dame más

    Así como Pablo Trapero filmó con Ricardo Darín; Adrián Caetano lo hizo con Pablo Echarri, Lucrecia Martel optó alguna vez por Mercedes Morán y varios otros (Rodrigo Moreno, Santiago Loza, Ariel Rotter, el propio Caetano) eligieron a Julio Chávez, Daniel Burman cerró (al menos por ahora) su etapa "juvenil" con Daniel Hendler (Esperando al Mesías, El abrazo partido, Derecho de familia) para trabajar con actores más experimentados (Oscar Martínez y Cecilia Roth en El nido vacío; Antonio Gasalla y Graciela Borges ahora) y en propuestas con aspiraciones más masivas.

    Algunos podrán ver en esta tendencia de Burman y de varios de sus colegas generacionales de lo que alguna vez fue el Nuevo Cine Argentino un síntoma preocupante (los renovadores del ayer serían algo así como el establishment de hoy), pero yo lo veo como una evolución lógica, natural y hasta positiva. Es probable que todos esos y otros jóvenes (hoy ya no tan jóvenes) directores hayan hecho sus películas más arriesgadas en sus inicios(de todas maneras, las filmografías no son lineales y suelen deparar muchas sorpresas) y en la actualidad ya estén inmersos dentro de una producción más convencional, popular o como quiera denominársela.

    Pero, (me) pregunto: ¿No es mejor que los Burman, los Caetano o los Trapero, con su talento narrativo, con su inteligencia artística y con su sólido background técnico, sean quienes lideren hoy el cine industrial (perdón si el término molesta) en lugar de tantos veteranos realizadores que hacían un cine torpe, obvio, remanido y muchas veces hasta poco atractivo desde lo formal? ¿Por qué no buscamos que sean otros, los nuevos realizadores de hoy, quienes los releven en la experimantación? ¿Por qué pedir que Trapero siga haciendo un Mundo grúa, que Caetano continúe en la senda de Bolivia o que Burman vuelva a filmar con Hendler?

    Vamos al caso concreto de Burman y Dos hermanos. Me gustó mucho la trilogía que el director hizo con Hendler como alter-ego, más incluso que El nido vacío o que este nuevo film, pero celebro que sea Burman quien haya logado llevar a buen puerto una historia como ésta, que quizás esté en las antípodas del cine que más me interesa, pero que así y todo me resultó disfrutable. Creo que hay mucho mérito en el trabajo suyo como director. En otras manos (diría que en la inmensa mayoría de las manos) hubiese sido un proyecto con destino casi inevitable de fracaso.

    Hace no mucho tiempo se estrenó Esperando la carroza 2, una vergonzosa secuela de un clásico de ese cine costumbrista/grotesco que marcó a buena parte del cine de los '80. No creo que esta transposición de la novela Villa Laura, del escritor argentino (y periodista deportivo, y hermano del socio de Burman en la productora BD Cine) Sergio Dubcovsky pudiese haber caída tan bajo con ningún director detrás de cámara, pero la siempre hábil mano de Burman, su sólido criterio narrativo y su proverbial capacidad para la dirección de actores hacen que Dos hermanos no se salga prácticamente nunca (hay algún que otro pasaje forzado o unas pocas líneas de diálogo que resuenan ampulosas) de cauce.

    Susana (Graciela Borges) y Marcos (Antonio Gasalla) son hermanos, pero no se llevan nada bien. Ella lo manipula (por momentos lo maltrata) y él, con cierta resignación y docilidad, se deja mandonear. Ambos han tenido tiempos mejores (la decadencia no es tremenda, pero sí ostensible), Ella -avasallante hasta lo molesto- sobrevive con poco claras operaciones inmobiliarias; él -reprimido hasta lo patológico- se desvive por su madre (Elena Lucena) y tiene algún hobby como la orfebrería. No hay muchos elementos que los unen: uno de ellos, la admiración mutua, casi obsesiva, por Mirtha Legrand.

    Cuando la madre de ambos muere, Susana -una dama con demasiadas ínfulas, que coquetea con el alcoholismo y tiene no pocas deudas- decide vender la casa familiar y "empuja" a su hermano para que se traslade a un pueblito uruguayo denominado Villa Laura. Allí, en una vetusta pero atractiva casona junto al río, Marcos retomará su pasión por las artesanías en plata y se irá interesando por el teatro (y, más puntualmente, por su profesor, interpretado por Osmar Núñez). Con un reproche siempre listo en la punta de la lengua, Susana no estará contenta ni dispuesta a aceptar la nueva realidad de su hermano.

    Burman -que por primera vez en su carrera se arriesga con un material ajeno- se mete en temas complejos como la decadencia y la vejez, la soledad y la incomunicación, a partir de una relación entre hermanos al borde de lo enfermizo y lo sádico. Lo hace sin descuidar el humor (por momentos bastante negro) ni el buen gusto. El mérito reside aquí no sólo en lograr la empatía del espectador sino muy especialmente en haber sorteado los no pocos peligros que este material presentaba: entre ellos, caer en el estereotipo, en el maniqueismo y, por qué no, incluso en el ridículo.

    Estuve buena parte de la película esperande ver dónde y cómo trastabillaban Burman y sus dos omnipresentes intérpretes. El material no me resultaba fácil ni tranquilizador (admito que hasta me incomodaba un poco), pero reconozco que el resultado final es más que satisfactorio y la película ha crecido (sigue creciendo) en mi cabeza ya a 10 días de haberla visto. Celebro entonces -como sostuve más arriba- que Burman haya tomado el camino que más le plazca (aunque no sea el que yo hubiese deseado como espectador) y siga haciendo buen cine para los más diversos espectadores.
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  • La muestra
    La muestra
    La Nación
    Una rareza simpática y atendible

    La muestra, documental ficcionado sobre el conocido escultor Antonio Pujía

    A partir de un hecho de la realidad -una muestra que su padre, el reconocido escultor Antonio Pujia, realizó hace un par de temporadas en el museo Sívori, luego de ocho años de ausencia-, el director Lino Pujia construyó una película de ficción (o un documental ficcionalizado) que es tanto una home-movie como una sátira sobre el estado de las cosas en el negocio del arte.

    La película comienza mostrando a Pujia -de casi 80 años- como un artista reverenciado, pero ya casi retirado de la actividad pública. Ante las crecientes dificultades para montar exposiciones, el escultor trabaja -entre la desazón y el malhumor- prácticamente recluido en su estudio. Su esposa Susana, sus hijos Lino y Sandro, y hasta sus nietos intentan montar una muestra para ayudarlo, pero van fracasando en casi todos los rubros (la negociación por los porcentajes leoninos que exigen los galeristas, el catálogo, la prensa, la publicidad, etc.).

    El film parece "dialogar" por momentos con El artista , la sátira sobre el esnobismo del arte moderno que pergeñaron Mariano Cohn y Gastón Duplat, aunque en otros pasajes se transforma en un retrato de familia y en una mirada desoladora sobre cómo los grandes artistas -aquellos bohemios de café que se formaron con determinados códigos- deben lidiar con una realidad (una modernidad) que no les gusta y que, además, tampoco entienden demasiado.

    Si la película falla en algunas situaciones un poco forzadas (está claro que ninguno de los integrantes de la familia Pujia es actor profesional), lo compensa con una honestidad brutal y una audacia que le permite al director mostrar (y mostrarse) en sus facetas confesionales, en sus rasgos solidarios, pero también con todas sus miserias a cuestas.

    La muestra es, en algún sentido, como unos de esos reality-shows televisivos sobre las desventuras de una familia. Aquí, Lino Pujia -que fue asistente de dirección y de escenografía de grandes maestros como Liliana Cavani, Jerome Savary, Werner Herzog, Dante Ferretti y Harold Prince- le suma al relato una banda sonora con óperas que no hace otra cosa que amplificar el espíritu épico y satírico de un film que no será del todo redondo, pero que resulta una rareza simpática y muy atendible.
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  • Como entrenar a tu dragón
    El comienzo de una nueva saga

    El film de DreamWorks está basado en uno de los ocho libros infantiles sobre dragones de Cressida Cowel

    DreamWorks, la productora detrás de éxitos animados como la saga de Shrek, Madagascar y Kung Fu Panda , inicia con este film la que seguramente será una larga y fecunda franquicia, ya que está basado en uno de los ocho libros infantiles sobre dragones escritos por la autora inglesa Cressida Cowel.

    Dean DeBlois y Chris Sanders -directores de la discreta Lilo & Stitch - consiguen ahora un muy eficaz entretenimiento que dosifica con justeza el vértigo de la acción (combates, vuelos, entrenamientos), logrados toques de humor y romance, la grandilocuencia propia de toda épica histórica y, por supuesto, el despliegue visual -ya concebido en función de las salas dotadas con tecnología digital 3D- que permite construir dos universos en pugna: el de los vikingos y el de los dragones.

    Mientras los toscos guerreros liderados por Estoico se dedican a cazar a las gigantescas y agresivas criaturas, el adolescente Hicup -hijo del jefe de la aldea- se siente solo, perdido y despreciado. Su triste presente cambia por completo cuando encuentra a un misterioso dragón (el único que jamás ha sido visto por los vikingos) que no puede volar bien por una herida en su cola. Luego de los inevitables temores mutuos, ambos iniciarán una tierna amistad en la que Hicup oficiará de entrenador secreto. Hasta que, claro, alguien más se entera y los problemas renacen.

    La premisa es básica (hay aquí algo de E.T., el extraterrestre y más de un punto en común con la reciente Eragon ), pero Cómo entrenar a tu dragón trasciende ciertas convenciones y lugares comunes gracias a una buena dosis de sensibilidad y comicidad y -muy especialmente- gracias a las bellísimas escenas que muestran a los dos protagonistas volando sobre montañas, bosques y mares (los vikingos viven en una isla perdida). Un verdadero deleite de colores, formas y movimientos.

    Es una pena que la distribuidora local haya decidido estrenar este muy recomendable entretenimiento sólo en versión doblada al castellano, ya que de esta manera los espectadores adultos que suelen seguir las novedades animadas y concurren sin niños a las funciones nocturnas se verán impedidos de disfrutar en al menos una o dos salas con copias subtituladas de las voces originales de reconocidas figuras como Gerard Butler, Jay Baruchel, Jonah Hill, Christopher Mintz-Plasse, Craig Ferguson y America Ferrera, quienes se encargaron de interpretar a los principales personajes del relato.
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  • La mosca en la ceniza
    El país que no miramos

    Ocho años después de su promisoria opera prima Taxi, un encuentro, Gabriela David propone una durísima película sobre el tráfico de mujeres que son forzadas a prostituirse; es decir, lo más parecido que existe en la actualidad a la esclavitud.

    Nancy (María Laura Cáccamo) y Pato (Paloma Contreras), dos jóvenes amigas ("casi hermanas", se definen) llegan a Buenos Aires desde un pueblo rural del Noroeste engañadas por una organización mafiosa, que les promete un trabajo bien remunerado como empleadas domésticas. Tras la fascinación inicial por la gran ciudad, descubren que el sueño se ha convertido en la peor de las pesadillas. A los golpes, son desprovistas de sus documentos, de sus pertenencias, de su nombre real y, claro, de su libertad. Reducidas a la servidumbre y a la explotación sexual, viven con poca alimentación en habitaciones con mínima ventilación.

    Nancy no ha terminado el secundario, pero tiene conciencia de la realidad y se resiste como puede a las condiciones que le imponen. Las respuestas a su rebeldía son crecientes castigos. Pato, en cambio, ni siquiera ha concluido la primaria. Es analfabeta, inocente y un poco tonta. No tarda en adaptarse a las nuevas condiciones de vida y hasta se interesa por uno de sus clientes, un mozo de un bar cercano interpretado por un aquí desdentado Luis Machín.

    Así, entre humillaciones, perversiones, sentimientos de culpa y una autoestima en picada por "habernos tragado el cuentito", a las chicas del prostíbulo sólo les queda la posibilidad de fugarse para terminar con semejante martirio.

    El derrotero de las protagonistas es bastante obvio, subrayado y previsible, pero no por eso la denuncia (el principal sostén del proyecto) es menos arriesgada y encomiable. Con el aporte de las dos actrices principales y la colaboración de intérpretes de renombre (Machín, Luciano Castro, Cecilia Rosetto), David muestra en toda su crudeza y dimensión humana este flagelo. Es de agradecer su utilización del fuera de campo, de cierto recato a la hora de exponer lo que de todas maneras queda claro que sucede.

    Es cierto que se trata de un film didáctico, pedagógico y, por eso, más valioso como testimonio concientizador que como obra artística. Pero, en el terreno en el que está planteado, no deja de ser una película valiosa y necesaria.
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  • Hermanos
    Hermanos
    Otros Cines
    Regreso sin gloria

    En 2004, la danesa Susanne Bier -una directora ya "adoptada" por Hollywood- rodó un drama psicológico sobre un militar de su país secuestrado por la guerrilla afgana tras la caída de un helicóptero durante una operación en esa región. Para sus superiores (y, por lo tanto, para sus familiares), él muere en acción, pero luego de sufrir un largo cautiverio y una experiencia límite (incluso desde lo moral), regresa al hogar, donde su díscolo hermano, la oveja negra de la familia recientemente salido de la cárce, había comenzado a entablar una relación cada vez más íntima con su esposa y sus dos hijas.

    La misma historia -por momentos, casi toma por toma- es la que cuenta ahora el irlandés Jim Sheridan (En el nombre del padre, El boxeador) en esta remake hollywoodense. La tensión emocional (y erótica) es similar, la mirada desoladora sobre los efectos externos e internos de la guerra se mantiene, pero -sin embargo- el resultado de esta nueva versión es menos interesante: mientras Bier mostraba una gran ductilidad en la puesta en escena y los actores brillaban en toda su dimensión con personajes muy exigentes, aquí -a pesar de contar con un notable DF como Frederick Elmes (colaborador de David Lynch en sus primeros trabajos),- Sheridan propone una narración bastante elemental, por momentos cercana a la de un telefilm o un culebrón, mientras que ninguno de los tres protagonistas (Tobey Maguire, Jake Gyllenhaal ni Natalie Portman) resulta un gran hallazgo de casting. Es el ex Hombre Araña el que luce más perdido -sin el physic du rol apropiado- en el papel del militar que regresa a casa con bastante más pena que gloria. De todas maneras, se trata de un film atendible, con riesgos asumidos y no pocos hallazgos, dentro de una factoría como la hollywoodense que suele huir de los dramas adultos sobre las aventuras bélicas de las grandes potencias.
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  • Los últimos días de Emma Blank
    Cosecharás tu siembra

    No soy un fan de la filmografía de Alex Van Warmerdam (al menos de las 3 o 4 películas suyas que vi), pero hay que reconocerle a este guionista, músico, actor y director holandés una coherencia (a esta altura casi una obsesión) en su retrato de las miserias, frustraciones y perversiones de la burguesía de su país.

    En este caso -en una extraña combinación entre los excesos del Dogma 95 de los Vinterberg y los Von Trier, una mirada a la lucha de clases propia de un Pasolini y la tragicomedia absurda de un Buñuel-, el realizador de Ariel, Ménage à trois y Grimm describe las relaciones de domino y poder en el seno de una mansión (única locación, junto a un lago y los bosques adyacentes de todo el relato). Allí, la despótica dueña de casa, que sufre una enfermedad terminal, vive maltratando (abusando) a su antojo al mayordomo y a su bella hija (la mucama), a la cocinera, al jardinero y hasta al perro. Todos cumplen con sus caprichos a la espera de que muera y puedan sacar una tajada.

    El film tiene unos cuantos pasajes inquietantes, algunos chispazos de humor (negrísimo), toques eróticos y cierta intolerable crueldad, todas marcas del cine de Van Warmerdam. No se trata, es cierto, de una gran película (hay algo previsible en la intriga y en su resolución), pero siempre es interesante volver a sumergirse en al universo pesimista y provocador de este director holandés que, ya sea con estrenos comerciales o con presentaciones en festivales, sigue estando presente en las pantallas argentinas.
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  • El libro de los secretos
    Un thriller religioso sobre el mundo en ruinas

    Denzel Washington interpreta a un guerrero y profeta solitario que carga durante años la última copia del preciado libro del título

    Los hermanos Albert y Allen Hughes -dos directores esenciales en la explosión del cine afroamericano de los años 90- concretaron con El libro de los secretos la película más costosa y ambiciosa de toda su carrera.

    El libro de los secretos es una historia posapocalíptica (el planeta ha quedado reducido a polvo y escombros, mientras los pocos sobrevivientes conviven con una creciente contaminación, con la escasez de agua potable y con una decadencia moral que ha degenerdo en una violencia extrema que tiene a la mujer como víctima principal) que combina elementos de ciencia ficción, de road movie, de western y de drama romántico, aunque esencialmente se trata de un thriller religioso.

    Mezcla entre la clásica saga de Mad Max y la inminente La carretera -transposición de la novela homónima de Cormac McCarthy- con ciertos rasgos estilísticos que remiten al cine de Sergio Leone, El libro de los secretos narra la historia de Eli (Denzel Washington), un guerrero y profeta solitario que ha recorrido a pie el territorio norteamericano durante los últimos 30 años cargando la última copia existente del preciado libro al que hace referencia el título. En su camino hacia el mar se topa con Carnegie (Gary Oldman), un aspirante a dictador que domina a puro sadismo un pueblo de Nueva México y que desea extender el alcance de su poder a partir de la "sabiduría" que está oculta en ese volumen.

    El personaje de Oldman, que parece extraido de un cómic, es el principal comic relief para un film grave, lúgubre, solemne y por momentos subrayado, y la bella Mila Kunis es la heroína de turno, aunque por momentos parece una modelo que exhibe ropa de marca en medio de un mundo desolado. Washington está siempre convincente en un papel que combina lo místico con las artes marciales, mientras que Tom Waits ofrece un simpático papel secundario, aunque son los veteranos Michael Gambon y Frances de la Tour, quienes logran los pasajes más inspirados como un matrimonio de caníbales.

    Dentro de una película que se sigue con cierto interés, aunque sin grandes hallazgos, la mayor audacia tiene que ver con una propuesta visual -a veces lastimada por un montaje más cercano al videoclip y la publicidad- que prescinde casi por completo del color para apostar a imágenes grises y sepias que el reconocido director de fotografía Don Burgess consiguió trabajando con cámaras digitales de alta definición.
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  • Número 9
    Número 9
    Otros Cines
    Una imagen vale más que todas las palabras

    El mundo, tal como lo conocemos, ha sido aniquilado. Las poderosas e implacables máquinas han ganado la batalla contra los humanos y el planeta -como en WALL-E, film con el que mantiene más de una similitud- luce devastado. Pero, aunque parece no existir ninguna forma de vida, allí aparecen unas diminutas criaturas, algo así como el alma, la reserva que un científico ha dejado para que el espíritu de los hombres subsista incluso después de la hecatombe.

    El héroe de este relato apocalíptico es el inexperto y valiente 9 (la voz de Elijah Wood en la versión original), pero junto a él estarán también el líder 1 (Christopher Plummer), el cobarde 5 (John C. Reilly), la impulsiva y femenina 7 (Jennifer Connelly) y algún que otro personaje más (Martin Landau, Crispin Glover).

    El guión de Pamela Pettler (Monster House) -que tiene algo de Terminator, de El señor de los Anillos y de la apuntada WALL-E- no es nada del otro mundo -más allá de su veta filosófico-existencialista que gustará a algunos e irritará a otros-, pero a nivel visual Número 9 vuela a una altura bastante considerable dentro del panorama reciente de la animación CGI.

    Este film de Shane Acker -basado en su propio corto de 2004, que fue nominado al premio Oscar- tiene, claro, algo de la animación de Tim Burton (coproductor del film), pero también del cine de Jan Svankmajer, de los hermanos Quay y del animé y el manga nipones.

    El film -bastante aterrador y, por lo tanto, no apto para niños pequeños- se alarga demasiado (se nota que es un corto muy estirado) y no tiene el encanto de una producción Pixar ni el talento desbordante de un trabajo original de Burton o Henry Selick, pero para los amantes de la animación resulta, sin dudas, una propuesta para tener muy en cuenta.
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  • Están todos bien
    Papá salió en viaje de redenciones

    Esta remake norteamericana de Stanno Tutti Bene, el exitoso film que el italiano Giuseppe Tornatore rodó hace ya más de dos décadas, es (o intenta ser) un crowd-pleaser sobre esas familias disfuncionales que -luego de varios enredos, malentendidos, engaños, decepciones y, claro, un par de inevitables tragedias- se terminan reivindicando, redimiendo y reuniendo.

    Robert De Niro (un gran actor que para mi gusto no está envejeciendo demasiado bien) es un jubilado/viudo que, frustrado porque sus cuatro hijos ya adultos no van a visitarlo a su casa, se embarca en un improvisado viaje por todo el país para volver a conectarse con ellos (Drew Barrymore, Kate Beckinsale y Sam Rockwell y uno al que no podrá encontrar) y descubrirá que no sólo los conoce muy poco sino que además ha sido incapaz de ayudarlos.

    El director Kirk Jones (El divino Ned, Nanny McPhee: La nana mágica) no consigue grandes escenas entre De Niro y cada uno de sus hijos, pero al menos en una primera parte se maneja en un tono amable y contenido que recuerda un poco a Una historia sencilla, de David Lynch. Sin embargo, cuando apela a unos torpes flashbacks muy cercanos al realismo mágico (el De Niro ya veterano reencontrándose con sus hijos que aparecen siendo niños) y cuando cede sobre el final a la tentación del subrayado y al exceso sentimental (lacrimógeno), la película cae en un terreno decididamente previsible y menor del que ni siquiera sus buenos intérpretes pueden rescatarlo.
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  • Un sueño posible
    Una historia de película... una película que no hará historia

    Tengo muchos amigos y conocidos que adoran a Sandra Bullock. No participo de ese curioso culto que la considera una de las mujeres más bellas y simpáticas del planeta, aunque admito que es una más que digna comediante. Ahora bien, ¿creerán ellos que la dulce y carismática Sandra se merecía el premio Oscar por este mediocre, obvio y aleccionador culebrón sobre una republicana religiosa y de armas tomar (literalmente) que termina adoptando a un joven negro y analfabeto que proviene de una familia marginal hasta convertirlo en una estrella del fútbol americano?

    Si la trama -basada en un hecho real (es la típica historia "de película"- resulta ya inquietante, mucho más lo es su maniquea construcción y resolución. No me gusta mucho meterme en estos asuntos, pero no pocos colegas estadounidenses hablaron incluso de una película racista, con los blancos buenos que ayudan a los negros pobres y brutos a triunfar en el mundillo de las universidades y el deporte profesional.

    Aunque alcanza a lucirse en un par de situaciones cómicas (cuando enfrenta a los entrenadores machistas) y sortea con cierta nobleza los pasajes en los que afloran los excesos lacrimógenos, la actuación de Bullock no sólo está muy lejos de otras que han merecido el mismo premio sino que incluso creo que no figura entre las mejores de su carrera.

    El mediocre director deEl novato y El Alamo no elude ninguno de los clisés, lugares comunes, subrayados y golpes bajos de ese cine de Hollywood que se parece demasiado al "telefilm de la semana". Es cierto que hay alguna que otra escena más o menos inspirada o que Kathy Bates (la maestra demócrata) aporta sus habituales pinceladas de (buen) humor, pero el resultado final no deja de ser bastante opaco y decepcionante.

    Notable éxito de taquilla en los Estados Unidos (la presencia de Bullock y el tema del fútbol americano ayudaron mucho), Un sueño posible es una película menor que sólo quedará en la historia, entonces, para aquellos incondicionales adoradores de Sandra que habrán festejado su triunfo en la noche de los Oscar.
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  • Un fueguito. La historia de César Milstein
    Valioso relato sobre la vida de César Milstein

    Cuidado y prolijo documental dirigido por Ana Fraile

    Este documental, dirigido, coescrito y producido por Ana Fraile, es un tributo a César Milstein, el científico argentino que en 1984 obtuvo el Premio Nobel de Medicina y Farmacología por sus teorías sobre desarrollo y control del sistema inmunológico y el descubrimiento de la técnica para producir anticuerpos monoclonales a gran escala.

    El término "tributo" no intenta ser despectivo (Milstein se lo merece por sus decisivos aportes), pero sí limita su alcance, ya que se trata de una suerte de documental "oficial" (contó con el aval, el apoyo y el material de archivo de su familia) que expone todos sus logros personales y profesionales, pero no alcanza a profundizar en las facetas íntimas, en las contradicciones que toda persona (incluso un científico genial) tiene.

    Un fueguito reconstruye con una estructura clásica los grandes hitos de su vida y su obra: ofrece testimonios a cámara de colegas (la mayoría extranjeros) que trabajaron con él hasta su muerte, a los 75 años, en la ciudad inglesa de Cambridge, que fue la sede principal de sus investigaciones; narración en off (a cargo de Juan Leyrado) e imágenes de sus apariciones televisivas, de entrevistas que concedió, de home movies que rescatan sus aventuras por el mundo y de animaciones didácticas, entre otros múltiples recursos.

    La película -muy cuidada y prolija en su armado- se sigue con interés incluso para aquellos que no tienen una formación científica, pero se extraña una mayor intensidad y carnadura humana. Por momentos, Un fueguito se queda en el bronce y no permite conocer en toda su dimensión a la persona detrás del gran investigador que ganó el último Nobel para la Argentina. De todas formas, no deja de ser un relato valioso y, sobre todo, muy merecido.
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  • Mongol
    Mongol
    Otros Cines
    Placeres y límites de la épica histórica

    Esta épica histórica de 20 millones de dólares, que fue nominada al Oscar extranjero hace dos años, describe el ascenso al poder de Temudjin (el astro japonés Tadanobu Asano), antes de que se convirtiera en Genghis Khan, el gran guerrero que lideró al pueblo mongol en su arrasador dominio por buena parte del planeta.

    El film se centra en el período 1192-1196 con un flashback en el que vemos a Temudjin a los 9 años, cuando ya conoce al que será el gran amor de su vida y sufre en carne propia la traición de sus enemigos, que envenan a su padre y jefe del clan. Se supone que esta es la primera parte de una trilogía (hasta el momento, no tengo noticias de que estén en marcha los dos siguientes episodios), pero Mongol sería algo así como el "surgimiento de" y luego vendrían "el apogeo" y "la caída" de esta figura clave de la historia universal.

    Debo indicar que vi la película en DVD (de buena calidad y con un formato que respeta la pantalla ancha), y lamento que ni yo ni ninguno de los lectores pueda verla en fílmico, ya que estamos hablando de una gran producción con un impresionante despliegue de extras para escenas de masas (especialmente de batallas), mucha toma panorámica que expone la inmensidad de los paisajes, y todos los elementos propios de este tipo de épicas históricas.

    Bodrov dirige el film con buen pulso alternando escenas grandilocuentes con otras más intimistas/románticas/familiares y reconstruye un despiadado enfrentamiento bélico entre hermanos, pero al mismo tiempo hay aquí algo de déjà vu, de seguir al pie de la letra el manual, la receta, la fórmula de la épica histórica. Un buen producto, es cierto, pero con escasa sorpresa.
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  • Loco corazón
    Loco corazón
    Otros Cines
    La guerra de un solo hombre

    Loco corazón es una pequeña película amplificada por una inmensa actuación de Jeff Bridges (muy bien acompañado por la irresistible Maggie Gyllenhaal). La historia es más bien elemental -con situaciones que bien podrían aparecer en cualquier culebrón vespertino- y bastante previsible, pero ver a estos dos grandes intérpretes (que nunca han sido reconocidos en la justa dimensión que su talento desde hace tiempo merece) destilando tanta intensidad, emoción, dolor y verdad en cada una de las tomas es un placer que compensa con creces las obviedades de la trama.

    El actor de Los fabulosos Baker Boys, Pescador de ilusiones y El gran Lebowski es Bad Blake, un cantautor de country que tuvo un pasado con gloria y varios hits, pero que -a los 57 años- ha caido en desgracia: luego de varios casamientos, un hijo al que no conoce y un alcoholismo que ameneza con destruirlo, subsiste (apenas) con interminables giras por salones de bowling y bares de mala muerte en pequeños y perdidos pueblos de la norteamérica profunda.

    En plena decadencia física, artística y moral, conoce ;a Jean (Maggie Gyllenhaal), una periodista de Nueva Mexico y madre de un niño que se encariña con él e intenta ayudarlo. El cuarteto de protagonistas se complea con Tommy Sweet (Colin Farrell), una estrella del country que reconoce a Bad como su maestro y mentor; y Wayne (el gran Robert Duvall), un viejo amigo del protagonista.

    La estructura del guión (decadencia, regreso, redención) remite a miles de otras películas -la más reciente que me viene a la memoria es El luchador, que sirvió para el regreso con gloria de Mickey Rourke- y no depara demasiadas sorpresas. Pero es entonces cuando aparecen la nobleza de Bridges, la cuidada ambientación y el bello soundtrack supervisado por T-Bone Burnett para borrar cualquier cuestionamiento.

    Queda claro, entonces que Bridges merece el Oscar y todos los elogios. La película (una hermana menor de El precio de la felicidad), sólo unos respetuosos aplausos.
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  • La isla siniestra
    La isla del Dr. Scorsese

    Perturbadora, ominosa, pesadillesca y surreal son los adjetivos que mejor definen a esta transposición de la novela del cotizado Dennis Lehane (autor también de los relatos que inspiraron Río Místico, de Clint Eastwood, y Desapareció una noche, de Ben Affleck) sobre dos agentes del FBI (Leonardo DiCaprio y Mark Ruffalo) que en 1954 viajan a la isla siniestra del título para investigar un caso y, tras quedar varados allí a causa de un huracán, descubrirán (y nosotros con ellos) que nada es lo que parece.

    Con una estética propia del cine-noir y elementos que remiten al terror clase B (como una escena con miles de ratas), al género fantástico, al melodrama romantico y al thriller psicológico, la película propone una compleja y cambiante trama en la que se cuelan desde una sangrienta tragedia familiar hasta experimentos con pacientes esquizofrénicos, pasando por los efectos de una tormenta "bíblica" que azota el lugar y hasta vestigios del nazismo y del exterminio en los campos de concentración.

    Con un amplio despliegue de efectos visuales, una banda sonora ampulosa y un relato recargado con largos flashbacks, alucinaciones, apariciones y un tono fantasmagórico, Martin Scorsese entrega un film tan atrapante como desconcertante y polémico.

    ¿Por qué polémico? Porque el film (y la novela, claro) propone en su segunda mitad una brusca mutación en su tono, una vuelta de tuerca con cambio de punto de vista incluido que resignifica todo el relato. Así, quedan justificadas (o injustificadas, depende cómo se mire) todas las experiencias límite por las que ha atravesado el personaje de DiCaprio hasta entonces. No voy a adelantar nada de la trama, pero se trata de un giro tan profundo que seguramente fascinará a algunos e indignará a otros.

    Más allá de semejante tour-de-force narrativo (a mí por momentos me costó "engancharme" e identificarme con la suerte de su protagonista en un relato donde el artificio le gana a la emoción), son indiscutibles la potencia, el talento y la maestría formal del cine del director de Taxi Driver, Toro salvaje, Después de hora, Buenos muchachos, Casino y Los infiltrados.

    Tampoco faltan, como en toda película de este paradigma de la cinefilia, múltiples referencias y homenajes -desde los films de la dupla Jacques Tourneur-Val Lewton hasta Delirio de pasiones (Shock Corridor), de Sam Fuller, por nombrar sólo algunos- pero yo sigo extrañando al Scorsese de los años '70 (y de los '80, y de los '90), un cineasta más visceral y menos pomposo que el actual.

    La pompa de este director ahora sí ya multipremiado y convertido en leyenda viviente se nota también en la elección y el uso (experimental, vanguardista) de gran cantidad de sonidos tomados, mezclados (y superpuestos via sampler) de diversas composiciones sinfónicas (desfilan por el soundtrack György Ligeti, Krzysztof Penderecki, John Cage, Max Richter, Giacinto Scelsi, Brian Eno, John Adams y Gustav Mahler).

    En definitiva, La isla siniestra no deja de ser una pelicula interesante, desafiante, provocadora. Quizás no sea demasiado para un director con los pergaminos de Scorsese, pero es mucho más de lo que se puede decir de la inmensa mayoría de los productos del cine contemporáneo. Vayan, véanla y la seguimos discutiendo.
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  • Alicia en el país de las maravillas
    La nueva propuesta de un visionario

    Alicia en el País de las Maravillas es un relato de una gran belleza y creatividad que lleva la marca de Tim Burton

    Así como Avatar -más allá de lo que pueda pensarse sobre su guión- alcanzó nuevos estándares técnicos y visuales en la elaboración de una civilización extraterrestre sobre la base de imágenes generadas por computadora para su posterior exhibición en salas digitales 3D, lo mismo puede decirse de Alicia en el País de las Maravillas , la nueva propuesta fantástica de otro director visionario y de inagotable creatividad como Tim Burton.

    Si James Cameron concibió una nueva sociedad para un relato futurista, Burton se refugió en un par de clásicos de la literatura escritos por Lewis Carroll hace casi un siglo y medio. Sin embargo, ese maestro de la cultura pop que es el director de El gran pez logra impregnarle a esta historia de la era victoriana una impronta moderna, una fluidez, una ligereza y una audacia que contrastan con las rigideces de la época (no es casual que la protagonista se rebele todo el tiempo contra el uso del corsé).

    Si esta comparación entre una película de ciencia ficción como la de Cameron y una historia de época como Alicia en el País de las Maravillas puede sonar oportunista o antojadiza, basta analizar sus logros y similitudes en la construcción de mundos nuevos y autosuficientes y prestar atención a un dato revelador: en ambos casos el diseño de producción estuvo a cargo del artista Robert Stromberg.

    La Alicia de Burton no tiene 6 años (como en versiones anteriores de este clásico), sino 19. Se trata de una bella joven, algo distraída y atribulada por sus recurrentes pesadillas, pero muy impulsiva (y decidida), que se niega a cumplir con el mandato de un casamiento por conveniencia. En este sentido, la elección de la casi desconocida Mia Wasikowska para encarnar a esta heroína con una temprana conciencia feminista es otro de los múltiples hallazgos del director dentro de un elenco (tanto de los actores que aparecen en pantalla como de aquellos que sólo prestan sus voces para los personajes animados) admirable.

    A partir de un solvente y respetuoso guión de Linda Woolverton (habitual colaboradora del estudio Disney en títulos como El Rey León o La Bella y la Bestia ), Burton transforma el relato en un film personal que sintoniza con el espíritu tragicómico, con cierta oscuridad y crueldad y con esa sensación de extrañeza que suelen sentir sus antihéroes, esos seres muchas veces incomprendidos y menospreciados por el resto de la sociedad "normal".

    Para esta ya habitual reivindicación de los personajes distintos (de sus locos queribles), Burton aprovecha otra vez la expresividad y el delirio de su actor-fetiche, Johnny Depp, en el papel de El Sombrerero Loco, otra desbordada, lunática y fascinante creación que se suma a las que ya ha concebido en otros trabajos para el director, como El joven manos de tijeras , Ed Wood , La leyenda del jinete sin cabeza, Charlie y la fábrica de chocolate y Sweeney Todd .

    A pesar de ciertos pasajes en los que el film se pierde en sus vericuetos narrativos, se regodea en su despliegue visual y extraña una mayor cohesión y profundidad dramática, Alicia en el País de las Maravillas es un relato de una belleza, una singularidad y una fertilidad creativa que sólo unos pocos elegidos como Burton (y su dream team de colaboradores) pueden ofrecer.

    Más allá de la revelación de Wasikowska, del show de Depp y de las voces que "prestan" -entre otros- Michael Sheen, Matt Lucas, Stephen Fry, Alan Rickman o el gran Christopher Lee, el personaje más hilarante del film es el que concibe una aquí deformada Helena Bonham-Carter (esposa de Burton en la vida real) como la tiránica y despiadada Reina Roja, que se la pasa ordenando todo tipo de decapitaciones. Un personaje secundario, si se quiere menor, pero que ayuda a definir la grandeza de una película como Alicia en el País de las Maravillas .
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  • Aquel querido mes de agosto
    Un documental que muta en ficción

    El segundo film del audaz director portugués Miguel Gomes es puro disfrute, libertad y talento creativo

    Tras su exitoso paso por el circuito de festivales (ganó el premio principal de la edición 2009 del Bafici porteño y fue premiado, entre otras muestras, en Guadalajara, Las Palmas, San Pablo, Valdivia y Viena), se estrena en fílmico este bello y original segundo largometraje de Miguel Gomes.

    El audaz director portugués empieza filmando una suerte de documental sobre bandas musicales que interpretan canciones populares, sobre bailes y procesiones religiosas, sobre tradiciones, leyendas y anécdotas pueblerinas, pero luego ese registro va mutando hacia el cine dentro del cine (con la trastienda del rodaje que muestra al propio director discutiendo en cámara con su atribulado productor o con su rebelde sonidista) y, más tarde, también hacia la ficción pura, con una sensible historia de amor imposible entre dos primos (un guitarrista y una cantante que forman parte de un mismo conjunto) bajo el atento control de un patriarca posesivo.

    "Yo quiero personas, no actores", le dice Gomes a su productor cuando éste se queja de que el director no ha elegido aún a los intérpretes para cubrir los personajes que figuran en el guión original. Y, aun cuando la película finalmente se sumerge en la ficción, sigue optando por los no actores, por gente real descubierta en los propios lugares que el equipo de rodaje va visitando.

    Durante los 147 minutos del film aparecen en pantalla unas cuantas bandas amateurs o semiprofesionales y se escuchan decenas de clásicos de la canción popular portuguesa (y brasileña), pero hay también imágenes de la filmación, de un programa de radio, de fiestas religiosas, de incendios forestales, de bares, ríos y playas, así como testimonios sobre múltiples situaciones cotidianas en cada uno de los pueblos.

    En este film luminoso como el verano que aquí se retrata no hay prejuicios, clisés ni convenciones. Todo parece estar permitido (incluidos los excesos, la falta de organicidad y hasta ciertas reiteraciones), pero el resultado no deja de ser asombroso: puro disfrute, libertad y talento creativo.
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  • Rosa Patria
    Rosa Patria
    Otros Cines
    Querido Néstor

    En un lapso de poco más de 100 días se produce el tercer estreno de un film de Santiago Loza. Tras La invención de la carne (19/11/2009) y Artico (4/2/2010), llega este muy interesante documental de autor que ganó el
    Premio Especial del Jurado de la Sección Oficial Argentina del BAFICI 2009.

    El cordobés Loza (Extraño, Cuatro mujeres descalzas) propone un atrapante, cuidado y emotivo (sin cargar las tintas ni caer en la sensiblería nostálgica y en la exaltación elegíaca) retrato sobre la vida y la obra del poeta y activista homosexual Néstor Perlongher, que murió de SIDA en 1992.

    No todos los recursos estéticos y narrativos me interesaron por igual (hay para mí algunos regodeos y excesos artie) y me parece que cierta fragmentación conspira contra la profundidad y la emoción de algunas anéctodas que quedan a mitad de camino, pero el resultado de este documental/ensayo rodado en apenas diez días es decididamente valioso. Al menos, en mi caso, que conozco muy poco de Perlongher, fue bastante revelador y me dio ganas de profundizar más allá de lo que el film (que no pretende ser didáctico ni abarcativo) ya de por sí ofrece.

    Una quincena de testimonios de amigos, admiradores y compañeros de lucha (Rosa Patria se sumerge más en su militancia en el Frente de Liberacion Homosexual/FLH que en su aclamada obra literaria) sirven para ir deconstruyendo a un personaje lleno de matices, de facetas y hasta de contradicciones.

    Su espíritu siempre provocativo, su tortura interior, sus exilios, su giro al misticismo y su agonía final son evocados por Rodolfo Fogwill, Alejandro Ricagno, María Inés Aldaburu, Fernando Noy, Juan José Sebreli, Sara Torres y Flavio Rapisardi, entre otros, para conformar un patchwork estético y narrativo que incluye declaraciones a cámara, fotos y otros materiales de archivo, lectura de poemas y cartas, interpretaciones teatrales y musicales y un largo etcétera. Otra muestra de la diversidad del cine argentino y, en especial, de ese multifacético y prolífico director que es Loza.
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  • La madre
    La madre
    Otros Cines
    En el nombre del hijo

    En La madre, Gustavo Fontán busca combinar sus búsquedas narrativas y visuales más experimentales con cierta "dramaturgia" un poco más convencional (algunos pocos diálogos, voz en off). El resultado es interesante, pero quizás no del todo logrado.

    La película es bellísima -mérito compartido con sus técnicos (ese mago de la luz que es Diego Poleri, el editor Marcos Pastor y el sonidista Javier Farina)- y el placer reside aquí en ver cómo cae la lluvia, el primer plano de un insecto o de una hoja en el agua, pero no levanta de un vuelo bajo cuando describe una relación madre e hijo muy en la línea de... Madre e hijo, la gema de Alexander Sokurov.

    No es que los tres actores del film (la madre border que interpreta Gloria Stingo, el muchacho que encarna Federico Fontán, hijo del director en la vida real, y la novia de éste, que hace Marisol Martínez) estén mal, simplemente que la articulación entre silencios, vacíos emocionales y miradas perdidas no termina de coajar como para lograr que el espectador se sumerja en ese universo de angustia y degradación (de la madre) observada con tristeza y resignación por su hijo adolescente que vive, en cambio, su despertar sexual.

    De todas maneras, queda ratificada aquí la sensibilidad de Fontán, su enorme capacidad para el encuadre (planos fijos) y su sofisticada composición de cada imagen con sus múltiples capas de sonido. No estamos ante un film que alcance la categoría de El árbol y La orilla que se abisma, pero no deja de ser otro interesante aporte de este singular y talentoso director que busca su camino con una coherencia y una independencia envidiables y admirables.
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  • El imaginario mundo del Doctor Parnassus
    La belleza, el delirio y el caos

    Este nuevo delirio fantástico de Terry Gilliam resultó el trabajo póstumo de Heath Ledger. De hecho, luego de su muerte, el galán australiano fue reemplazado para algunas escenas inconclusas por Johnny Depp, Colin Farrell y Jude Law.

    Hay que admitir que el cambio de actores está bastante bien justificado, ya que los personajes entran y salen de universos paralelos a través de un espejo mágico y es ahí como, por ejemplo, Ledger abandona la Londres contemporánea para "transformarse" en Depp en una secuencia de corte onírico y surrealista. En esos pasajes imaginarios, el film hace uso y abuso de los efectos visuales generados por computadora y se convierte prácticamente en una película de animación.

    Además de Ledger, Depp, Farrell y Law, en esta ambiciosa producción aparecen otros conocidos intérpretes: desde el veterano Christopher Plummer, como el doctor Parnassus del título, un hombre inmortal con poderes mentales que lidera a una patética troupe de artistas que viaja en una carroza y hace unas performances en la vía pública; hasta Tom Waits, como el malvado de turno.

    El relato -muy vistoso pero bastante caótico en su narración- se ubica en la misma línea de los últimos y fallidos trabajos del ex Monty Python, que supo tener mejores etapas con films como Brazil, 12 monos, Pescador de ilusiones o Las aventuras del Barón de Munchausen.
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  • Un hombre serio
    Un hombre serio
    Otros Cines
    La gran pesadilla judía

    Esta tragicomedia (con más de tragedia que de comedia), propone algo así como la gran pesadilla judía: un cúmulo de personajes patéticos (empezando por el protagonista, un profesor universitario de física en la Minneapolis de 1967 que es abandonado por su mujer, coimeado por un estudiante coreano y bastardeado por su comunidad), miserias pueblerinas, catástrofes íntimas, de salud, laborales y meteorológicas y un largo etcétera.

    Olvídense de la levedad del humor a lo Jerry Seinfeld o a lo Woody Allen: aquí todo está llevado a lo caricaturesco, satírico y farsesco pero a niveles casi insoportables de exageración. La puesta en escena está muy (demasiado) calculada y, así, el artificio no permite empatizar con las desventuras de los personajes (desde abogados hasta rabinos).

    Sí, hay muchas ideas, momentos inspirados de humor negrísimo, una simpática y múltiple utilización de Somebody to Love, el tema de Jefferson Airplane, pero esta película sobre el sino trágico, la culpa y la identidad judías resulta demasiado sádica, casi impermeable a las emociones. Es decir, la faceta que a mí menos me interesa de los Coen y en estado puro.
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  • Percy Jackson y el ladrón del rayo
    El ocaso de los dioses

    En la búsqueda desesperada de los estudios de Hollywood por encontrar sagas literarias de corte fantástico que luego puedan convertirse en franquicias cinematográficas sustentadas en un gran despliegue de CGI y destinadas al consumo familiar masivo, Fox descubrió las novelas de Rick Riordan sobre Percy Jackson, un típico adolescente de escuela secundaria que descubre que es hijo del mismísimo dios griego Poseidón.

    Así, para iniciar una saga que reciclara y combinara elementos de Harry Potter con otros de Las crónicas de Narnia o de La leyenda del tesoro perdido, contrataron a Chris Columbus -responsable de un par de episodios no demasiado estimulantes sobre el joven mago de Hogwarts- para que narrara con cierto vértigo, mezcla de géneros y un (abusivo) despliegue de efectos visuales las peripecias de este semidios que debe devolver a tiempo un rayo robado para evitar un enfrentamiento entre su padre y Zeus que podría derivar en el fin del mundo.

    Si la trama puede sonarle al lector no demasiado creativa, le aclaro que la puesta en escena tampoco lo es. Todo parece haber sido diseñado en un laboratorio (o sea, en unas supercomputadoras) y realizado con el piloto automático del profesionalismo más básico. El chico va a la escuela (es disléxico y tiene problemas de atención), descubre que es el hijo de un dios griego, se entrena con sus pares, se enamora de la hija de Atenea, sale de aventuras con la chica y un joven negro (sí, el comic-relief), lucha contra un minotauro, contra un centauro, contra Medusa, contra una hidra, contra el malvado Hades y, en el camino, mientras deambula por Nueva York o Las Vegas, los productores aprovechan para meternos de la manera más torpe publicidades/chivos de I-Pod, de Maserati, de Mac Book Air, etc. Así, llegaremos al Olimpo (de los dioses, no del cine) donde el buenazo de Percy se reencontrará con un Poseidón que lo ha abandonado por exigencia de Zeus (¿Y La Sirenita?).

    Las actuaciones (tanto de los jóvenes protagonistas como de las conocidas figuras que tienen pequeñas participaciones) son muy poco memorables y las set-pieces tienen menos gracia que un demo de una empresa de tecnología y resultan, por lo tanto, un mero regodeo de poderío visual sin la más mínima sustancia. Como inicio de saga, Percy Jackson y el ladrón del rayo es bastante probre (en la comparación, Las crónicas de Narnia adquiere una dimensión cercana a la de El señor de los anillos). No sé qué éxito comercial pueda tener ni cómo será su futuro, pero Chris Columbus redondea otro subproducto digno de su mediocre carrera.
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  • Desde mi cielo
    Desde mi cielo
    Otros Cines
    El señor de los ridículos

    ¿En serio es el gran Peter Jackson quien dirigió este melodrama horrible en su estética, pretencioso en su discurso, aburrido en su narración y vergonzoso en su moraleja? ¿El mismo que hace 15 años había hecho una gema abordando temas similares en Criaturas celestiales?

    Me gusta mucho casi todo el cine de Jackson (desde las sátiras gore de los inicios hasta la trilogría de El señor de los anillos), pero este bodrio es insalvable. Hasta los efectos visuales made in CGI resultan espantosos en su imaginería new-age.

    Da pena, mucha pena, ver a grandes actores luchando por sostener un material infilmable. Todos ellos hacen trabajos muy dignos: desde Saoirse Ronan(la revelación de Expiación: deseo y pecado), que encarna a la chica de 14 años violada y asesinada en la Pennsylvania de 1973 que narra su propia historia desde el cielo, hasta papá Mark Wahlberg, pasando por mamá Rachel Weisz, por la abuela Susan Sarandon o por el perverso vecino que encarna el enorme Stanley Tucci.

    Tengo entendido (no la leí y juro que no la leeré) que la novela publicada en 2002 por Alice Sebold se convirtió en un fenómeno de ventas, pero a esta altura ingresar en la lista de best-sellers no es ninguna garantía de calidad.

    La película no sólo describe atrocidades sino que lo hace de la manera (cinematográficamente hablando) más atroz. El film es obvio, explícito, subrayado, solemne y torpe en sus alegorías, metáforas, simbolismos y hasta en sus diálogos (¡ay, esa voz en off!). Se pretende trascendente y termina siendo de lo más banal. Y su discurso sobre el dolor y la reconciliación resulta desagradable y hasta diría peligroso. En definitiva, una película ridícula que desmerece a un gran artista como Jackson. Espero ansiosamente su próximo proyecto para reencontrarme con uno de esos "amigos" que nos han "traicionado". Los cinéfilos también sabemos perdonar.
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  • Los hombres que no amaban a las mujeres
    Twin Peaks en la gélida Suecia

    Esta primera entrega de la trilogía basada en la exitosa saga literaria de Millennium escrita por el fallecido Stieg Larsson (1954-2004), que vendió más de 15 millones de ejemplares en todo el mundo (luego vendrán las transposiciones de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire), es un atrapante -aunque no demasiado original- thriller que tiene una estructura propia de las novelas de Agatha Christie, aunque -claro- con mucha mayor perversión (casi al borde del trash) y personajes modernos que la hacen sintonizar con las exigencias del público actual.

    Los protagonistas absolutos del relato son Mikael Blomkvist (Michael Nyqvist), un periodista maduro, idealista y divorciado que trabaja para una revista de izquierda y es sentenciado a una condena de tres meses por cuestionar (calumniar) en sus investigaciones a un influyente financista, y Lisbeth Salander (Noomi Rapace), una joven punk, hacker, bisexual y rebelde que también sufre el acoso de la Justicia. Ambos -más allá de sus muy diversos problemas- unirán fuerza para investigar la misteriosa desaparición, ocurrida 40 años atrás, de una adolescente ligada a un poderoso grupo de industriales (el anciano patriarca de la familia es quien los contrata).

    Más allá de la apuntada similitud con la literatura de Agatha Christie, también se podrían establecer vinculaciones con el cine de David Lynch, muy especialmente con ese escabroso universo de pueblo chico-infierno grande plagado de oscuros secretos de Twin Peaks. Claro que aquí no hay tanto vuelo artístico ni apuestas surrealistas sino una necesidad casi compulsiva de impactar al espectador con perversiones sexuales que se esconden tras la supuestamente impoluta imagen de la sociedad sueca (las apariencias, por supuesto, engañan).

    Más allá de los golpes de efecto, de cierto amarillismo demasiado obvio y de su excesiva duración -quizás por exigencias de no "traicionar" al libro original-, Los hombres que no amaban a las mujeres se sigue con bastante interés, especialmente cuando ambos protagonistas establecen una extraña relación profesional (y afectiva).

    No tengo idea respecto de cuán popular son aquí las novelas póstumas de Larsson (más allá de figurar en los rankings de venta de los suplementos literarios) y si eso es suficiente como para generar un éxito comercial en las salas argentinas, pero Los hombres... no deja de ser un digno producto con ciertos excesos, estereotipos y manipulaciones, pero también con múltiples atractivos.
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  • El Hombre Lobo
    El Hombre Lobo
    La Nación
    Un monstruo demasiado obvio

    A pesar de sus conocidos actores, el guión de El hombre lobo es muy torpe

    La remake de un clásico del cine fantástico como el escrito por Curt Siodmak y protagonizado en 1941 por tres grandes figuras de la época como Lon Chaney Jr, Claude Rains y Bela Lugosi, ahora bajo las órdenes de un sólido artesano del cine de género como Joe Johnston ( Rocketeer , Cielo de octubre y Jurassic Park III ) y con todos los avances en términos de maquillaje y efectos visuales, parecía una excelente idea dentro de la tendencia al reciclaje de viejos éxitos que impera en Hollywood.

    Sin embargo, esta nueva versión de El hombre lobo resulta una absoluta decepción en todos los órdenes: la narración es muy poco atractiva, los actores están lejos de sus mejores trabajos, constituye un claro retroceso en la interesante carrera de Johnston (que, según trascendió, perdió el control artístico del proyecto) y ni siquiera las imágenes generadas por computadora -pese al aporte de talentosos artistas y a un generoso presupuesto de 85 millones de dólares- están a la altura de lo que hoy el espectador exige como estándar.

    Baño de sangre

    Tras el brutal asesinato de su hermano, Lawrence Talbot (Benicio Del Toro), un actor que ha pasado buena parte de su vida en los Estados Unidos, regresa a la casona de su padre (Anthony Hopkins) en un pueblito de la Inglaterra victoriana (la historia transcurre en 1891) para investigar el hecho, que también ha llamado la atención de un inspector de Scotland Yard (Hugo Weaving).

    Por supuesto, en cada noche de luna llena, el baño de sangre será incontenible y la presencia de la bella Gwen (Emily Blunt) permitirá desarrollar una insustanciosa subtrama romántica. Porque, aun con sus apelaciones al terror, a la acción y al melodrama épico e incluso con el exotismo de las tradiciones gitanas y de las leyendas propias de la licantropía, la película nunca levanta vuelo ni provoca la fascinación que este tipo de historias exige.

    El hombre lobo elude el vértigo y el regodeo visual de tanto tanque hollywoodense reciente y adopta, en cambio, cierto clasicismo narrativo más cercano al espíritu del film original. Pero el gran problema es que la historia -con sus torpes flashbacks y su falta de fluidez- se vuelve cada vez más obvia y solemne. Y el aburrimiento, se sabe, es el peor de los pecados para el cine de entretenimiento.
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  • Los viajes del viento
    Los caminos de la vida

    Ignacio Carrillo, un mítico acordeonista y juglar que ha decidido dejar de tocar, inicia un último viaje por el norte de Colombia para devolverle su instrumento a un viejo colega y -durante el trayecto- va estableciendo una relación de padre-hijo / maestro-aprendiz con Fermín, un joven que lo admira y que desea seguir sus pasos.

    Una road-movie (a pie) con aires de leyenda y espíritu de fábula construida con una gran belleza visual y un impecable acabado técnico, pero que explota cierto pintoresquismo y un folclorismo que tanto gustan en Europa, perdiendo así algo de fuerza, audacia y verosimilitud. De todas maneras, los indudables atractivos de la propuesta le alcanzaron para ganar varios premios en festivales como los de Cannes, Bogotá y SANFIC de Chile, entre varios otros.
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  • Día de los enamorados
    Las fórmulas del amor

    Vi esta mañana en el Hoyts de Abasto esta muy discreta comedia romántica que se estrena en los próximos días en todo el mundo. Llego a mi casa y leo en una de las tantas noticias provenientes de Hollywood que "la secuela ya está en marcha", pero esta vez las historias no transcurrirán durante el Día de San Valentín sino en vísperas de Año Nuevo, siempre con Garry "Mujer Bonita" Marshall como director, Katherine Fugate como guionista y unas cuantas de las estrellas que aparecen en Día de los enamorados.

    Este nuevo film del director de Frankie y Johnny es un típico producto de "concepto" sustentado en fórmulas recontra aplicadas: contratamos una veintena de figuras (cada uno trabaja una semanita por un buen dinero), escribimos un puñado de historias románticas que transcurran en Los Angeles durante el Día de San Valentín y las unimos con el manual del guionista primerizo que acaba de aprobar la materia "Estructura coral".

    Durante la primera hora, Día de los enamorados se sostiene con algunos pasajes, situaciones, diálogos y personajes medianamente inspirados, pero durante la segunda mitad la cosa se hace muy cuesta arriba y todo se "resuelve" como sea, a los ponchazos y, para colmo, con toda la carga demagógica y tranquilizadora de la que es capaz una producción conservadora de Hollywood.

    El casting combina todo tipo de intérpretes y la mezcla de edades y estilos de actuación no siempre es fructífera. Gracias al profesionalismo, nadie mete la pata, pero tampoco se luce demasiado.

    Esta suerte de zapping fílmico nos deja, al menos, la ilusión de ver mucha gente linda (y rica y famosa) jugando los juegos del amor. Pero las figuritas pasan y uno jamás se puede comprometer o identificar con ellas. Es algo así como presenciar una alfombra roja previa a los Oscar. De cine puro y genuino, lamentablemente, esta vez hay muy poco.
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  • Días de ira
    Días de ira
    Otros Cines
    ¿Será justicia?

    En la crítica sobre Preciosa que se publica por separado, Manuel Yáñez Murillo realiza (con mucho criterio) un recuento de todas las atrocidades por las que atraviesa la heroína del relato y que él define como pornografía sentimental. Algo similar se podría hacer con este thriller que comienza con el brutal asesinato de una mujer y de su pequeña hija ante la vista del padre y marido, y que luego aborda -por momentos de la manera más obvia y abyecta que pueda imaginarse- cuestiones como la venganza y el ojo por ojo, la pena de muerte, las canalladas de la Justicia o la lucha de un hombre armado contra todo el sistema político.

    Ideológicamente deleznable y cinematográficamente convencional, Días de furia es una película que -con buenas dosis de amarillismo, demagogia y sensacionalismo- sintoniza con cierta sensación de hartazgo de las sociedades civiles ante la escalada de violencia y la incapacidad de la clase política para dar soluciones concretas a esa creciente paranoia frente a la inseguridad. Quizás por eso pueda explicarse que este film ya no sólo mediocre sino también confuso (y hasta diría peligroso) haya recaudado más de 73 millones de dólares sólo en los cines norteamericanos. Veremos si aquí también repite semejante éxito. Bien podría ser auspiciado por el gobierno macrista con sus policías munidos de picana eléctrica.
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  • Carne sobre carne
    La heroína del pueblo

    El crítico Diego Curubeto, un fanático del cine clase B, pudo acceder -no sin múltiples contratiempos- a todo el material de las películas de Armando Bo que fue víctima de la censura (es decir, las escenas más eróticas y/o violentas que tuvieron a Isabel Sarli como gran protagonista).

    A partir de ese "tesoro" y del aporte que la propia Coca le dio al ahora realizador, Curubeto construyó un documental basado en tres patas: una exaltación de la figura de esta diva trash/kitsch/naïf, una reconstrucción de la popular carrera (local e internacional) de Bo y un estudio sobre el temible accionar de la censura en nuestro país.

    Con un impresionante despliegue de materiales de archivo (no sólo los "descartes" sino también afiches, imágenes de la época, trailers, etc), con una animación casera gentileza del rosarino Pablo Rodríguez Jáuregui que convierte a la Coca en una superheroína vengadora contra los censores, con interesantes testimonios de la propioa Sarli o de un experto en el tema como Fernando Martín Peña, y con unas innecesarias dramatizaciones en las que actúan desde Martín Adjemián hasta Gastón Pauls (por lejos, lo peor de la película), Curubeto ofrece un interesante patchwork concebido desde el lugar del fan, pero también del investigador. Aún con sus desniveles, resulta un trabajo encomiable y, en varios de sus pasajes, fascinante.
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  • Vivir al límite
    Una experiencia contundente

    La realizadora, Kathryn Bigelow, fue comparada con los grandes cineastas clásicos.

    Para quienes esperan de una película ambientada en el conflicto de Irak grandes elaboraciones sociopolíticas, personajes heroicos y mensajes aleccionadores, Vivir al límite puede resultar una propuesta decepcionante. En cambio, para aquellos que estén dispuestos a sumergirse en la intimidad cotidiana de los profesionales de la guerra (en este caso, expertos en desactivar bombas que se juegan la vida a cada segundo), podrán ser protagonistas de una de las experiencias cinematográficas más contundentes y desgarradoras de los últimos años.

    No hay en esta nueva película de Kathryn Bigelow ningún atisbo de metáfora, denuncia ni frases altisonantes (algunos intelectuales la cuestionaron con el dudoso término de "apolítica"). La talentosa directora de Cuando cae la oscuridad , Testigo fatal, Punto límite, Días extraños y K-19 - una de las pocas mujeres que incursionan tan bien (o mejor) que los hombres en el cine de género (supuestamente) masculino- prefiere concentrarse en el accionar de los tres artificieros de la compañía Bravo mediante un sofisticado mecanismo de repetición y acumulación, una sucesión de escenas en las que deben desarmar explosivos con el reloj y los francotiradores como principales enemigos.

    Tanto el preciso guión de Mark Boal (un periodista experto en coberturas bélicas) como la puesta en escena que elige Bigelow (mucha cámara en mano, tomas subjetivas y una edición que prioriza la tensión) sirven para que el espectador sea testigo privilegiado de la intensidad y la crudeza de cada misión, de la carga de adrenalina que es el verdadero combustible que mueve a estos verdaderos adictos a la guerra, de los que sólo conoceremos algunos detalles a partir de un par de muy cuidadas escenas intimistas en los que afloran algunos rasgos de "humanidad", pero que evitan con elegancia caer en el didactismo y en la sensiblería.

    Comparada con grandes cineastas clásicos como Anthony Mann o Sam Fuller, Bigelow ofrece una narración quirúrgica (en definitiva, estos profesionales son verdaderos cirujanos) en la que para su desarrollo resultan tan importante los grandes picos de tensión como los pequeños detalles (una silueta que se esconde detrás de una ventana, el paso de unas cabras, un cigarrillo que se prende, un teléfono que se activa, una roca que se mueve, una canción de heavy-metal que se escucha, un civil iraquí que se cruza en el camino). Porque en la espectacularidad con que están construidas las escenas de acción y en el valor que adquieren cada una de las sutiles observaciones reside, precisamente, la enorme sabiduría de esta realizadora.

    Los tres actores principales están impecables con sus contradicciones y diferentes matices, pero es Jeremy Renner -el artificiero que luego de haber desarmado 873 bombas se sigue calzando un traje que parece de astronauta y se enfrenta solo a lo desconocido- el verdadero protagonista del relato, un personaje sin grandes luces ni atributos, pero por el que no podemos dejar de consustanciarnos y comprometernos emocionalmente ni por un segundo.

    En una era en que las películas se ven cada vez más en monitores de computadoras o incluso en minúsculos celulares, Vivir al límite -que desde hace meses se consigue en copias truchas- es digna de ser vista con la mejor calidad de imagen y sonido en pantalla gigante para recuperar, así, el placer genuino del gran espectáculo cinematográfico.
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  • Ártico
    Ártico
    Otros Cines
    En busca del thriller minimalista

    Imaginen una mixtura entre la puesta en escena urgente de El asaltante, de Pablo Fendrik; y el minimalismo descriptivo del cine de Lisandro Alonso (La libertad y Los muertos) y tendrán una idea (sólo aproximada) de por dónde transita este tercer largometraje de Loza.

    Artico -rodada casi sin presupuesto, en pocos días, con un solo personaje central, con un equipo mínimo y con una cámara digital en mano- narra un día en la vida de un hombre (Pablo Seijo) al que, intuimos, le han secuestrado a su esposa en Entre Ríos y debe seguir vía celular hacia y desde las islas del Paraná siguiendo las indicaciones de los captores para poder entregar el dinero.

    Pero, si bien esta trama puede remitir al thriller tradicional, su apuesta es decididamente anticonvencional: construida sin recurrir a la tensión, el suspenso o al golpe de efecto, apuesta -en cambio- por los tiempos muertos y por una mirada casi documental sobre el entorno, mientras escatima u omite datos clave a la hora de que el espectador pueda sumergirse en los detalles policiales del caso.

    La película -precaria y rigurosa a la vez- resulta un ejercicio de estilo interesante en su propuesta aunque menor en sus alcances. Se trata -como el propio director de Extraño, Cuatro mujeres descalzas, Rosa Patria y La invención de la carne lo admitió- de un trabajo de transición, pero no por eso menos atendible.

    (Esta reseña se publicó durante el Festival de Mar del Plata 2008)
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  • Enseñanza de vida
    Aquellos buenos viejos tiempos

    Vi Enseñanza de vida hace casi un año, durante su première en la Berlinale 2009, y guardo un excelente recuerdo de aquella experiencia. No sé si la película es tan buena como me pareció entonces (me debo una segunda visión para llegar a una conclusión definitiva), pero en medio de un festival plagado de films “difíciles” un logrado crowd-pleaser como éste resulta ya no sólo bienvenido sino casi un bálsamo para el espíritu. Ante mi reacción -y la del resto de la audiencia- me di cuenta al instante de que estábamos ante una historia encantadora, frente a un éxito en potencia, pero jamás pensé que, además, podría ser una sólida aspirante a los por entonces lejanos premios de fin de año (con nominaciones al Oscar incluídas que se definirán dentro de muy pocas horas).

    Típico relato de iniciación de una adolescente (consagratorio trabajo de Carey Mulligan, una actriz con destino de estrella) ambientado en el swinging London de los años ‘60, Enseñanza de vida explora con encanto, simpatía, buen humor, viñetas logradas, notables diálogos (cortesía del guión escrito por el gran Nick Hornby, responsable de Fiebre en las gradas, Un gran chico y Alta fidelidad), ritmo y ductilidad (mérito en este caso de la realizadora danesa de Italiano para principiantes Lone Scherfig), las contradicciones entre, por un lado, el entorno familiar bastante tradicional de la protagonista que tiene un inminente futuro universitario en Oxford y, por el otro, las tentaciones de la bohemia parisina, el jazz, los cafés, la literatura y el sexo que le propone un playboy/bon-vivant bastante más grande y, claro, mucho más experimentado que ella (un irresistible Peter Sarsgaard).

    Si a esa historia romántica, de rebeldía frente a los padres, los maestros y las convenciones conservadoras, se le suma una colorida reconstrucción de época, muy buena música y convincentes intérpretes secundarios (Alfred Molina, Dominic Cooper, Rosamund Pike, Olivia Williams y Emma Thompson, entre otros), estamos ante una película que -sin grandes ambiciones, pero no pocos logros- permite que uno salga de la sala con una sonrisa y un poco más reconciliado con la vida. En el contexto actual (del cine y del mundo), no se trata de un mérito menor.
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  • Invictus
    Invictus
    La Nación
    Mandela, el deporte y la política

    Clint Eastwood y el Mundial de rugby que sirvió para sanar viejas heridas

    Primero, la buena noticia: Invictus es una historia muy interesante que reconstruye, a partir de la minuciosa investigación del libro El factor humano , de John Carlin, un caso real que unió deporte y política con Nelson Mandela como gran protagonista. Ahora, la mala: su versión cinematográfica hollywoodense no alcanza a profundizar en la complejidad y las múltiples facetas de aquellos acontecimientos ni está a la altura de los mejores trabajos de ese enorme director que es Clint Eastwood.

    La película arranca unos meses antes de la Copa del Mundo de rugby que Sudáfrica debía organizar en 1995. Luego de pasar 27 años en prisión, Mandela -electo presidente con el apoyo masivo de la población negra y ante el estupor de los poderosos defensores del viejo sistema del apartheid- decidió utilizar ese evento deportivo como manera de cohesión social. La tarea no era sencilla: el seleccionado local, conocido como los Springboks, se encontraba en pésimas condiciones (había sido suspendido de todas las competiciones internacionales) y era odiado por la inmensa mayoría del pueblo, que incluso solía apoyar a viva voz a sus rivales.

    A pesar de la oposición de muchos de sus seguidores, Mandela (interpretado con solvencia por Morgan Freeman) decide buscar una alianza con el capitán de los Springboks, François Pienaar (Matt Damon), para que éste lidere un fuerte entrenamiento, consiga crear una mística dentro del grupo e inicie una campaña pública para que la gente se reconcilie con el equipo.

    La película aborda algunos temas recurrentes en la filmografía de Eastwood (la violencia y el perdón, la relación maestro-discípulo), pero el director de Los imperdonables y Gran Torino dilapida buena parte de los hallazgos de la historia con una puesta en escena por momentos obvia, grandilocuente y convencional, que hace explícitos todos y cada uno de los tópicos del relato: la compasión, la generosidad y la moderación como atributos para superar el cisma social luego de tantos años de racismo y así sanar las heridas abiertas y evitar la venganza del ojo por ojo.

    Los diálogos didácticos, la inclusión de la voz en off de los noticieros televisivos y las secuencias que parecen editadas y musicalizadas como si fueran especiales de un canal deportivo conspiran contra una mirada más intimista, contra una mejor construcción psicológica de los personajes y contra la conexión emocional frente a hechos de semejante magnitud y alcance.

    De todas formas, y más allá de las metáforas obvias y de las concesiones apuntadas, la mano firme de ese gran narrador que es Eastwood, la ductilidad de sus dos protagonistas, el cuidado de la producción, la categoría de los habituales colaboradores del director, y la potencia dramática de los eventos que aquí se describen terminan por redondear un film bastante atendible.
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  • Nine
    Nine
    Otros Cines
    Fellini reciclado y recargado

    En 1982 se estrenó en Broadway Nine, musical libremente inspirado en 8 y 1/2, el clásico rodado en 1963 por Federico Fellini, con Raul Juliá en el papel de Guido Contini, el director ególatra, torturado, mujeriego y con la inspiración perdida que hiciera el gran Marcello Mastroianni. El espectáculo obtuvo varios premios Tony y fue repuesto en 2003 con Antonio Banderas como protagonista, hasta que el productor Harvey Weinstein y el director Ron Marshall (ganador de varios Oscar con otra incursión en el género como Chicago) decidieron llevarlo al cine con una producción a gran escala y un elenco plagado de estrellas.

    En esta ambiciosa e irregular versión (tiene algunos buenos pasajes, varios poco inspirados y otros que directamente dan vergüenza ajena), Guido Contini es interpretado por Daniel Day-Lewis (un trabajo aceptable, pero lejos del lucimiento), un famoso cineasta que, luego de dos fracasos artísticos y comerciales, intenta volver a los primeros planos, pero sufre un bloqueo creativo que le impide iniciar en el plazo de 10 días que tiene el rodaje de un proyecto para el que cuenta con un importante apoyo financiero pero para el que ni siquiera ha desarrollado un mínimo guión. En ese tortuoso proceso lleno de presiones debe lidiar además con todas las mujeres de su vida: su esposa (Marion "Edith Piaf" Cotillard), su amante (una estereotipada Penelope Cruz), su musa y estrella nórdica (Nicole Kidman, en plan Anita Ekberg), su confidente y vestuarista (Judi Dench), una periodista norteamericana de moda (Kate Hudson), una prostituta (Fergie, del grupo Black Eyed Peas) y hasta el fantasma de su madre (Sofía Loren).

    La transposición de Michael Tolkin y el fallecido Anthony Minghella no es nada del otro mundo, pero tiene una estructura sólida que resiste ciertos lugares comunes pintoresquistas sobre la italianidad al palo y los excesos kitsch. Pero el problema es que, por momentos, Marshall parece filmar y editar con piloto automático (hay un número musical para cada estrella, mucho montaje paralelo entre canciones y diálogos, una obvia mixtura entre el color y el blanco y negro) y algunas letras imposibles que, en medio del artificio más absoluto, ¡reivindican por ejemplo al neorrealismo!

    Los segmentos musicales tienen todo el despliegue de luces, vestuarios, escenografías, coreografías y glamour que los fans del género (yo no lo soy) pueden esperar. Hay varios logrados y dos o tres (como Cinema Italiano, a cargo de Kate Hudson) que mejor olvidarlos.

    El elenco tampoco está del todo aprovechado, pero Marion Cotillard, en un personaje a-la-Audrey Hepburn, se luce porque jamás entra en la grandilocuencia de otros personajes.

    Si la película alcanza aquí la calificación de "buena" no es sólo por los apuntados hallazgos parciales sino también porque el final (con todo el elenco en pantalla) alcanza una emoción y una eficacia que el resto de la trama había extrañado bastante.
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  • 5 días sin Nora
    5 días sin Nora
    Otros Cines
    Cuando los muertos gozan de buena salud

    No pude ver Cinco días sin Nora durante el último Festival de Mar del Plata -donde obtuvo el Astor de Oro a la mejor película y quedó segunda en el voto del público-, pero sí lo hizo nuestra amiga y colaboradora Josefina Sartora, cuya crítica le valió unos cuantos ataques (ver aquí). No los justifico, pero puedo entender por qué. Es que este crowd-pleaser mexicano es de esas propuestas que dividen aguas. Para ser claros: estoy más cerca del gusto de Josefina (aunque el film me gustó más que a ella) que del de los lectores que la atacaron o del jurado presidido por Juan José Campanella que le otorgó la máxima distinción.

    Tragicomedia sobre (o a partir de) la muerte (más precisamente, de un suicidio), Cinco días sin Nora tiene un guión preciso e ingenioso de Chenillo que la propia directora está a punto de hacer naufragar con sus torpes flashbacks, algunas pinceladas de humor grueso, cierto pintoresquismo a la hora de retratar las costumbres judías y algunos subrayados innecesarios.

    Como decía Josefina, no es el cine que propone Cinco días sin Nora el que más me interesa (tiene algo demodé), pero no por eso dejo de reconocer que es bastante sólida y eficaz, que "funciona" y que, por lo tanto, debería encontrar su público (antes tiene que vencer la "maldición" que afecta a todas las ganadoras del Festival de Mar del Plata, que no se estrenan o suelen pasar inadvertidas por la cartelera).

    Cinco días sin Nora -más allá de sus arrebatos humorísticos y de su estructura de enredos y casualidades- no es Muerte en un funeral, pero Chenillo sabe cómo ir dosificando la información y las revelaciones para mostrar cómo una sexagenaria que ha decidido suicidarse sigue manipulando a su familia después de su muerte (desde el marido del que se separó 20 años atrás hasta su hijo).

    El veterano Fernando Luján se luce como José, el ex esposo de la difunta y motor del relato (de sus contradicciones y de sus vuelcos). En definitiva, y más allá de sus desniveles, se trata de una interesante (e inusual) apuesta del cine mexicano.
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  • Tierra de zombies
    A reir que se acaba el mundo

    Tras el éxito de Muertos de risa (Shaun of the Dead), de Edgar Wright, llega otra muy simpática mixtura entre la comedia negra y el terror gore sobre la guerra contra los zombies con una estética apocalíptica que remite de forma inevitable a la saga de Exterminio, al cine de George A. Romero y a los primeros films de Peter Jackson.

    Esta opera prima de Ruben Fleischer, de todas formas, se permite jugar con casi todos los géneros: es también una road-movie, una película de iniciación amorosa juvenil a-la-Judd Apatow, un western, un film pop que utiliza unos subtítulos gigantes como metalenguaje, guiño cómplice y apuesta humorística, y una reivindicación de la cinefilia videoclubística de los años '80 con un homenaje a Los cazafantasmas y un impagable cameo del genial Bill Murray. Cabe decir, entonces, que en los menos de 90 minutos del film (que incluye un desenlace a todo trapo en un parque de diversiones) casi todas las búsquedas llegan a buen puerto, aun con sus esperables desniveles y excesos.

    Uno de los grandes aciertos de Tierra de zombies (además del ingenioso guión original, claro) es la elección de los dos (opuestos) antihéroes del relato: por un lado, Woody Harrelson (que completa un desaforado uno-dos luego de un personaje casi tan loco como éste en 2012) en el papel de un desquiciado cowboy caza-zombies; y, por el otro, Jesse "Adventureland" Eisenberg, que se consolida como uno de los actores más interesantes de su generación como un joven solitario, cobarde, virgen, fóbico y con la autoestima por el piso, pero... decididamente querible y de buen corazón.

    Esta pareja-despareja deberá vérsela con dos chicas de armas tomar (y engaños provocar) integrada por la bella Emma Stone (Supercool, La casa de las conejitas) y Abigail Breslin (la revelación de Pequeña Miss Sunshine), y -por supuesto- con decenas, cientos de muertos-vivos desesperados por carne humana.

    La película se ríe con ironía de las convenciones del cine familiar y de la corrección política, mientras prioriza la empatía hacia los personajes por sobre el (funcional) despliegue visual de CGI y efectos gore. En definitiva, una pequeño gran entretenimiento para aquellos que gustan de la comedia más horrorífica y del terror más gracioso.
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  • Astro Boy
    Astro Boy
    Otros Cines
    Regreso al futuro

    El popular manga de Osamu Tezuka de los años '50 fue llevado a la televisión en los '60, en los '80 y reciclado una vez más hace poco tiempo. Dudo, por lo tanto, que algún lector -de la generación que sea- no se haya topado alguna vez con un capítulo sobre este pequeño superhéroe/robot del futuro creado por su padre científico a semejanza de su hijo muerto (una idea que remite a Pinocho).

    La historia original -recuperada aquí por el coguionista y director David Bowers (Lo que el agua se llevó)- no es nada del otro mundo, pero la calidad de la animación que recrea Metro City y el basural al que son desplazados los marginados del sistema, el ritmo trepidante que impera durante buena parte de los 94 minutos, algunos personajes y situaciones inspiradas y un puñado de eficaces gags alcanzan para que los chicos pasen un buen rato y los adultos recuperen con cierta nostalgia unos cuantos buenos recuerdos de su infancia.
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  • Copacabana
    Copacabana
    Otros Cines
    La elegancia y el pudor del observador ajeno

    En su debut en el documental, Martín Rejtman confirma su estatus de referente ineludible del cine argentino. En este trabajo -un "encargo" del canal de cable porteño Ciudad Abierto durante su etapa "progresista", que luego prácticamente ninguneó su promoción- el director de Rapado, Silvia Prieto y Los guantes mágicos registró las celebraciones del evento más importante de la comunidad boliviana en nuestro país: la fiesta patronal de Nuestra Señora de Copacabana que se realiza todos los años durante dos domingos de octubre.

    Un puñado de planos fijos y de travellings le alcanzan a Rejtman para transmitir toda la intensidad de los coloridos bailes y de la música (hay cientos de grupos que desfilan en el barrio porteño de Charrúa). Sin apelar a testimonios a cámara, obviando todo énfasis y subrayados, el director muestra la trastienda (los ensayos, las reuniones) para luego ofrecer algunas viñetas (el trabajo en los talleres textiles, un repaso con postales de la geografía boliviana, conversaciones en locutorios, un viaje hasta la frontera con ese país) que definen a una colectividad multitudinaria, pero que de alguna manera aún sigue siendo bastante secreta para la gran mayoría de los argentinos. Una obra, sobria, elegante y luminosa que Marcelo Panozzo comparó con precisión con algunos pasajes de Shara, la obra maestra de la japonesa Naomi Kawase.

    (Esta reseña se publicó en una versión más reducida durante el BAFICI 2008)
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  • Medusas
    Medusas
    Otros Cines
    La ciudad de las mujeres

    Esta opera prima del matrimonio Keret-Geffen (ambos reconocidos escritores en Israel y ella responsable del guión) llamó la atención primero por haber ganado nada menos que la Cámara de Oro en Cannes 2007 (o sea, el premio más importante del mundo para una primera pelicula) y luego porque se trata de un film de ese origen que no aborda el tema de la guerra, ni la política, ni la religión, ni la identidad nacional. Apenas hay en sus 78 minutos alguna mención aislada y fugaz al Holocausto y -en el terreno de la crítica social- un segmento dedicado a las desventuras de una filipina que cuida enfermos y ancianos.

    La estructura de Medusas es coral y episódica (tiene algo de la zigzagueante estructura altmaniana que permite ciertos entrecruzamientos) y sus protagonistas son varias mujeres de la gris Tel Aviv actual. El personaje principal es el de Batya (Sarah Adler, la periodista de Nuestra música, de Jean-Luc Godard), una joven que es abandonada por su novio, despedida de su trabajo como camarera en una empresa de catering para fiestas y despreciada por su exitosa madre. Durante un paseo por la playa, descubre a una niña-medusa (de allí el título y la veta fantástica del film) de cinco años. Luego aparecerán en escena una fotógrafa, una pareja que sufre una caótica luna de miel en un hotel, una escritora suicida, la apuntada inmigrante filipina y algunos personajes secundarios más.

    La película no revela demasiados datos ni resuelve del todo los conflictos (los detractores del nuevo cine argentino encontrarán unos cuantos paralelismos y la catalogarán de "vacía", "abúlica", "minimalista" y un largo etcétera), pero -aunque su tono por momentos me generó cierto distanciamiento- en líneas generales y vista en su conjunto constituye una mirada atractiva y en algunos pasajes fascinante (aunque también desoladora) sobre las contradicciones, desconciertos y frustraciones femeninas en una gran urbe como la Tel Aviv contemporánea.
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  • Vampiros del día
    Los vampiros, dueños del mundo

    Un thriller apocalíptico con mucha sangre, toques de western y alegorías obvias

    Los Spierig Brothers, dos gemelos australianos que habían llamado la atención hace seis años con el film de zombies Undead , incursionan ahora en uno de los subgéneros más transitados por la producción reciente de terror made in Hollywood : las historias de vampiros.

    Claro que no estamos aquí en el universo adolescente y romántico de Crepúsculo y Luna Nueva, sino en el de un thriller futurista (transcurre en 2019) y apocalíptico de gran estilización visual, mucha adrenalina, un tono satírico que remite al cine de clase B, grandes cantidades de sangre y vísceras propias del gore, elementos del western que parecen emular a John Carpenter y alegorías un poco obvias sobre la xenofobia, las diferencias sociales, la represión y la paranoia.

    En Daybreakers la realidad se ha invertido: los vampiros dominan el mundo y los pocos humanos que quedan no tienen más que huir y esconderse. Ante la escasez de sangre -cuyo precio aumenta de manera exponencial-, los vampiros, que dominan las empresas y los ejércitos, se dedican a cazar a los hombres y mujeres que pueden abastecerlos del vital fluido.

    Mientras tanto, y ante la inminencia de saqueos y peleas callejeras, la poderosa corporación que lidera Charles Bromley (Sam Neill) y para la que trabaja el científico Edward Dalton (Ethan Hawke) investiga contra reloj para crear un sustituto de la sangre y evitar así el inminente colapso. Por otro lado, está la resistencia de los humanos liderada por Lionel "Elvis" Cormac (Willem Dafoe) y Audrey Bennett (Claudia Karvan) con sus ballestas siempre listas para enfrentar a sus agresores.

    El planteo inicial es atrapante, la construcción de la trama es sencilla (hay enfrentamientos, persecuciones, traiciones cruzadas, experimentos científicos) y la resolución -sin ser gran cosa- es bastante coherente y eficaz. Ciertos regodeos esteticistas (como el abuso de la cámara lenta) y una musicalización grandilocuente son los aspectos menos logrados del film.

    Resulta interesante ver a tres actores de primera línea (Hawke, Dafoe y Neill) trabajando (y divirtiéndose) en una película de género basada en el desfile de cuerpos mutilados o quemados y en efectos visuales que permiten descomunales explosiones de plasma. Ni sus trabajos ni la película pasarán a la historia, es cierto, pero al menos ofrecen una hora y media de un más que digno pasatiempo.
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  • Amor sin escalas
    Amor sin escalas
    Otros Cines
    El Infierno está encantador

    Ryan Bingham (George Clooney) es un experto en downsizing que viaja por todo el país despidiendo cada día a centenares de empleados; es decir, haciendo el trabajo sucio que los gerentes de las empresas no se animan a concretar. Ryan es cínico pero simpático, cool pero eficaz para convencer a sus “víctimas” de que están ante una nueva oportunidad en sus vidas, cuando en realidad están a punto de perder su estabilidad y sus beneficios sociales.

    Mientras la economía norteamericana se derrumba, la empresa en la que Bingham trabaja florece (en el último año ha viajado 322 días). A cambio de su talento como terminator de puestos de trabajo, este verdadero antihéroe recibe todo tipo de privilegios (estadías en hoteles cinco estrellas, jugosos viáticos, autos de lujo en alquiler) y -amante como es de los viajes en primera, de los aeropuertos, de la soledad y de los encuentros sexuales casuales y efímeros- tiene como meta alcanzar un objetivo reservado para muy pocos: 10 millones de millas de viajero frecuente (de paso, hay un chivo tras otro de la compañía American Airlines).

    Pero los problemas para Bingham no tardan en surgir con la aparición de dos mujeres (dos notables personajes femeninos): Alex Goran (Vera Farmiga), otra ejecutiva y frequent flyer que generará en él una hasta entonces inédita necesidad de compromiso; y Natalie Keener (Anna Kendrick), una joven y ambiciosa colega que amenaza su privilegiada situación cuando le presenta al jefe de ambos (Jason Bateman) un sistema de despidos a distancia vía teleconferencia.

    Hasta aquí el planteo básico del film. Ahora empieza el (inevitable) debate:

    1- ¿Estamos ante la obra maestra (y gran candidata a los premios Oscar) que muchos sostienen que es o ante una película calculada y oportunista como afirman unos pocos detractores?

    2- Quienes leyeron el libro publicado en 2001 por Walter Kirn coinciden en que la novela es mucho más ligera que la película y que Reitman propone un mensaje moral, ciertas “lecciones de vida” mucho más contundentes y, quizás, subrayadas.

    3- ¿Es la película demasiado cool, ingeniosa y canchera (con su festival de punzantes one-liners) como para abordar el drama de miles, millones de nuevos desocupados? Reitman se anima, incluso, a mezclar testimonios de actores conocidos (desde J.K. Simmons hasta Zach Galifianakis) que interpretan a trabajadores despedidos con otros de personas reales que han perdido sus empleos en los últimos tiempos.

    4- ¿Reitman hace bien en coquetear con los arquetipos de la comedia romántica más tradicional para ofrecer luego ofrecer una amarga, despiadada y pesimista mirada sobre la realidad socioeconómica de su país (aunque con un trasfondo humanista y ciertas concesiones conservadoras sobre el “refugio” que significa la familia)?

    5- ¿Es Clooney con su mejor vertiente de sonrisa compradora a-lo-Cary Grant el actor ideal para interpretar a este monstruo con cara de ángel?

    En principio, hay que admitir que el joven realizador de Gracias por fumar y La joven vida de Juno (la mayor esperanza surgida de Hollywood en los últimos años) es un talentoso guionista/escritor de diálogos y un sólido narrador (aquí combina un estilo preciso e implacable cuando se sumerge en el pulcro universo del protagonista con otro más desprolijo y ligado a la home-movie cuando se acerca al casamiento de la hermana de Bingham), así como un gran director de actores.

    La película y sus protagonistas resultan irresisibles (divertidos, corrosivos, desafiantes), pero al mismo tiempo hay algo de cálculo y de regodeo en el ingenio que hacen que algunos pasajes resulten un poco forzados y el espectador no pueda conectarse del todo desde lo emocional con las miserias y contradicciones de estas criaturas.

    No pocos desdeñarán cierta “marca oscarizable” que tiene la película (pienso desde Belleza americana hasta Jerry Maguire, amor y desafío), esa idea de que se pueden decir cosas importantes apelando a los esquemas más clásicos del cine de género (en este caso, la comedia romántica).

    Pero uno de los mayores méritos del film (y de Clooney) es que no se trata de un film condescendiente ni demagógico. Uno podrá consustanciarse y hasta identificarse (no sin cierta incomodidad) con un personaje tan carismático como el de Bingham y “tranquilizarse” cuando Reitman nos ofrezca su moraleja humanista, pero Amor sin escalas no deja de ser una película mordaz, impiadosa y muy bien construida.

    Lo que a todas luces resulta imperdonable es el título que los “genios” del marketing le han puesto en la reguión: no sólo porque es feo sino porque no tiene nada que ver con la esencia de la historia. Si hay algo que está claro es que Amor sin escalas no es una comedia romántica ligera sino, precisamente, todo lo contrario.
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  • Sherlock Holmes
    Sherlock Holmes
    La Nación
    Una arriesgada apuesta que satisface

    Guy Ritchie aporta toda su conocida pirotecnia visual a esta reformulación algo pop de Sherlock Holmes.

    En su obsesión por reciclar clásicas historias y personajes de la literatura (y del cine), Hollywood apostó por el director inglés Guy Ritchie para que le aportara a esta nueva versión a gran escala del célebre personaje de sir Arthur Conan Doyle esa misma "pirotecnia" visual de Juegos, trampas y dos armas humeantes , Snatch: cerdos y diamantes y RocknRolla , que lo convirtió en uno de los principales referentes de la modernidad cinematográfica y de la cultura pop (esto último, claro, también ayudado por su fallido matrimonio con Madonna).

    Contra todos los pronósticos, esta vez los excesos manieristas, el preciosismo formal, la estilización artificiosa, los vistosos encuadres, los sofisticados movimientos de cámara para la construcción de planos-secuencia, el ritmo adrenalínico y la hiperkinesia, el humor negro, los golpes de efecto y el desaforado uso de efectos visuales generados por computadora (CGI) y de la música que suele ostentar Ritchie tienen en Sherlock Holmes más hallazgos que tropiezos.

    El director británico no se queda en el simple regodeo de su incuestionable talento para la puesta en escena, sino que alcanza a sostener en buena parte de las dos horas de relato la tensión, el suspenso y, por lo tanto, el interés del espectador. Además -en uno de los mayores aciertos de la película-, logra delinear con humor y empatía la relación entre Sherlock Holmes (Robert Downey Jr.) y su fiel colaborador, el doctor John Watson (Jude Law), con todos sus matices, sus contradicciones y hasta sus facetas enfermizas (las adicciones, los arranques violentos, los celos y las manipulaciones del torturado detective).

    En una zona gris -en cuanto a logros- queda el intento de convertir al Holmes del siglo XIX en una suerte de superhéroe propio de estos tiempos (y hasta con algo de James Bond), mientras que la batalla que emprende contra el despiadado Lord Blackwood (Mark Strong), un malvado propio de la historieta que quiere controlarlo todo, va perdiendo interés con el desarrollo de la trama.

    Pero si el guión transita por territorios conocidos (y lugares comunes), allí están el gran Downey Jr., Jude Law y la bella Rachel McAdams para rescatar al film y llevarlo finalmente a buen puerto.
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  • Buenas Costumbres
    Hace 15 años, el australiano Stephan Elliott causó sensación con Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. Luego de un par de proyectos intrascendentes y una ausencia de casi una década regresó con una comedia (con toques dramáticos) que resulta leve, entretenida, simpática, pero al mismo tiempo efímera y menor.

    Larita (Jessica Biel, bellísima y correcta en su papel heroína) es una impulsiva y deslumbrante joven norteamericana de buen pasar y muy adelantada a su época (estamos en los años '20) que hasta se anima a disputarle carreras automovilísticas a los hombres. Ella llega como la nueva esposa del hijo pródigo (Ben Barnes) que regresa a la muy británica casona de su distinguida y algo decadente familia liderada por la despiadada madre (Kristin Scott Thomas, notable) y por un padre cínico y típico loser (Colin Firth).

    Las fricciones no tardan en llegar: la hermosa invitada no se deja intimidar por la dueña de casa y ejerce una inmediata atracción en su suegro, mientras su joven marido pendula entre el deber y el querer. Hay diálogos venenosos, contrapuntos entre la tradición british y la arrogancia estadounidense, bailes, cenas, caza, romance, humor y oscuros secretos que serán develados en el momento más inoportuno y con la peor de las consecuencias.

    Todo el relato -basado en una obra del cotizado Noel Coward- se mantiene en un cuidado y agradable medio tono, aunque la película extraña por momentos un poco más de esa locura y desinhibición que el director evidenció en aquella opera prima. De todas maneras, se trata de un pasatiempo bastante noble sostenido por un puñado de buenos intérpretes. No está nada mal.
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  • Final de partida
    Final de partida
    Otros Cines
    Canción para tu muerte

    Esta película que ganó el año pasado Oscar al mejor film extranjero me resultó muy desconcertante. Disfruté varios pasajes y diversos aspectos de la propuesta, pero a los pocos minutos me encontraba odiando otros. Por momentos, me parecía una tragicomedia bien construída y mejor llevada e instantes más tarde sentía que estaba ante algo profundamente previsible y banal.

    Lo bueno es que -pasado un tiempo desde que la ví y me senté a escribir este texto- el recuerdo mejora y, entonces, los logros se van amplificando y las carencias empiezan a minimizarse. Creo que, aunque no es el tipo de cine que más me atrae (estamos ante un crowd-pleaser con cierto pintoresquismo, no pocos clisés y una vuelta de tuerca espiritual con un "mensaje" conciliador), Final de partida funciona.

    Me interesa más el cine de Kore-eda Hirokazu (After Life, la vida después de la muerte) que, digamos, por poner un ejemplo muy burdo, Muerte en un funeral y, quizás por eso, algunos momentos de Final de partida me hicieron cierto ruido en su patetismo, pero también es cierto que el director Yôjirô Takita se arriesga a trabajar el tema de la muerte combinando elementos "solemnes" de la tradición nipona con otros bastante más mundanos y "cómicos".

    El film tiene como antihéroe a Daigo Kobayashi, un joven violoncelista muy introvertido (reprimido) cuya orquesta (privada) acaba de ser disuelta en Tokio. Obligado a buscar un nuevo trabajo, termina casi sin proponérselo como empleado en una suerte de funeraria de pueblo en la que el patrón practica el viejo arte del Nokanshi, encargándose de preparar los cuerpos de los fallecidos antes del entierro para su partida a la nueva vida. Cuando su mujer se entera de semejante empleo y él se niega a dejarlo, lo abandona. Contaremos sólo hasta aquí.

    Sí, puede que Final de partida tenga algún que otro exceso sentimental (en especial cuando aborda las consecuencias de una tortuosa relación padre-hijo) y cierto look for-export (con un torpe uso de la música clásica) que tanto gusta a los votantes de la Academia de Hollywood, nos somete a ciertas imágenes simbólicas y alegóricas demasiado subrayadas sobre la creación artística vs. la muerte, pero el film fluye, genera interés por la suerte de sus personajes, tiene unos cuantos toques bien negros y retrata como pocas ciertos comportamientos, tradiciones y contradicciones de la sociedad japonesa.

    Creo que Final de partida es de esas películas que pueden gustar o disgustar de acuerdo con las distintas sensibilidades del espectador. Es capaz de emocionar a algunos o de irritar a otros. Yo, que por momentos estuve más cerca de los segundos, le tuve una paciencia "oriental" y finalmente terminó conquistándome. A pesar de todo.
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  • La princesa y el sapo
    Bienvenido regreso a las fuentes

    La princesa y el sapo tiene vistosos musicales, buen jazz y bellas imágenes

    Luego de adquirir Pixar -y de designar a John Lasseter como el máximo responsable de su división animada-, Walt Disney se dedicó a películas en 3D con un look muy moderno, una tecnología de última generación y un vértigo que sintonizara con estos tiempos. Sin embargo, La princesa y el sapo significa algo así como un regreso a la producción de los años 80 y 90 y, también, al espíritu de sus clásicos.

    En este sentido, Ron Clements y John Musker (responsables de La sirenita y Hércules ) vuelven aquí al registro que le habían impreso a Aladdin (basta comparar las múltiples secuencias musicales o los malvados de ambas películas), al que le agregan referencias a El libro de la selva , Cenicienta y varios otros títulos.

    Ambientada en la Nueva Orleans de los años 20, La princesa y el sapo combina el cuento de hadas con unas cuantas pinceladas muy a tono con la corrección política: la elección (reivindicación) de la ciudad es un homenaje a esa zona devastada por el huracán Katrina y la presencia como protagonista de una princesa afroamericana de clase baja está en línea con el período Obama.

    La decisión de trabajar en ese tiempo y en ese lugar le permite a la dupla Clements-Musker concebir vistosos y creativos segmentos musicales a ritmo de jazz (también hay melodías propias del blues, cajún, creole y zydeco compuestas por Randy Newman), una iconografía algo oscura ligada al vudú, coloridos desfiles propios del Mardi-Gras y segmentos que transcurren en los pantanos de Louisiana. Algunos podrán encontrar estas decisiones entre pintoresquistas y oportunistas, pero lo cierto es que el film saca un enorme provecho estético de ellas.

    Más allá de algunas escenas no tan inspiradas y de ciertos problemas con un doblaje que debería haber sido en un español más neutro, La princesa y el sapo es un trabajo de gran belleza que reformula con inteligencia e ironía los tradicionales cuentos de hadas para generar así una doble empatía en niños pequeños y en sus acompañantes adultos. No se trata, claro, de una película revolucionaria en el campo de la animación, pero a veces el regreso a las fuentes también puede ser bienvenido.

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  • Acné
    Acné
    Otros Cines
    Mi primer beso

    Esta opera prima del uruguayo Fernando Veiroj -que tuvo su première mundial en la Quincena de Realizadores de Cannes 2008 y desde entonces se convirtió en una favorita del circuito de festivales- propone una simpática, lúcida y sensible mirada sobre el despertar sexual y sobre los miedos y contradicciones de la preadolescencia.

    Con algunos puntos en común con la comedia argentina Cara de queso, Acné describe la vida cotidiana, las experiencias íntimas y las inseguridades de Rafael Bregman, un chico judío de 13 años traumado por los granos de su cara y enamorado de una atractiva compañera de secundaria llamada Nicole. En medio del divorcio de sus padres, de la partida a Israel de su mejor amigo y de varias desventuras amorosas (pierde la virginidad gracias a una iniciativa de su hermano mayor), el querible antihéroe se obsesiona con un gran objetivo: su primer beso.

    La película evita los extremos (el patetismo, la demagogia o la comedia absurda) y mantiene una puesta en escena muy cuidada, que le permite entregar lúcidas observaciones sobre la vida adolescente en una Montevideo bastante atemporal con una mirada no exenta de ironía y de un humor lacónico.
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  • La tigra, Chaco
    La tigra, Chaco
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    Inocencia interrumpida

    Historias de pueblo, un triángulo amoroso, inseguridades adolescentes, contradicciones entre porteños y gente del interior y una fuerte carga melancólica. Tópicos bastantes transitados por el nuevo cine argentino, pero que son trascendidos en buena parte gracias a la esponteneidad del dúo protagónico.

    Esteban (Ezequiel Tronconi) regresa al pueblo chaqueño de La Tigra después de muchos años de ausencia. Vuelve a reencontrarse con su padre, un camionero que ha armado una nueva familia con esposa y otros dos hijos. Mientras empieza a conocer a sus hermanastros y espera que su papá vuelva de uno de sus habituales viajes, el muchacho se topa con Vero (Guadalupe Docampo), una amiga de la infancia que se ha convertido en una hermosa muchacha. El flechazo es inmediato, pero ella está de novia hace mucho tiempo con el hijo del carnicero del lugar y líder de una banda de rock.

    La película es una crónica sobre esa atracción irresistible y la imposibilidad de consumar ese deseo. Una historia sobre la inocencia, el despertar sexual, el paso del tiempo y las diferencias entre la idiosincracia urbana y la pueblerina.

    Federico Godfrid y Juan Sasiaín no apuestan a la novedad ni a la sorpresa. Se remiten a su pequeña historia de amor (¿imposible?) y se sobreponen a ciertos clisés gracias a la empatía, credibilidad y espontaneidad de la pareja central y del sólido aporte de los personajes secundarios (como la tía de Esteban que canta en checo). Entre tereré y tereré, y con los bellos paisajes veraniegos del lugar como bucólico fondo, terminan construyendo una película pequeña y entrañable.

    (Esta crítica se publicó durante el Festival de Mar del Plata de 2008).
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  • Excursiones
    Excursiones
    Otros Cines
    Dulce y melancólico

    Para su tercer largometraje -luego de Nadar solo y Como un avión estrellado- Ezequiel Acuña regresó a su propia historia artística para ahondar en el pasado -y en el presente, claro- de los personajes de su corto Rocío (1999) interpretados por los mismos actores (Alberto Rojas Apel, su habitual coguionista, y Matías Castelli).

    No se trata de una fórmula novedosa (sin ir más lejos, hasta Raúl Perrone hizo algo similar), pero en el universo de nostalgia precoz de Acuña funciona muy bien el reencuentro -una década después- entre dos ex compañeros de escuela: uno de ellos, Marcos, intenta retener su puesto en una fábrica de golosinas; mientras que el otro, Martín, es un exitoso guionista televisivo. La posibilidad de trabajar juntos en una puesta teatral es la excusa para que ambos recuerden el pasado (que incluye la muerte de un amigo cercano) e intenten sostener una nueva relación.

    Rodada en 16mm, en un blanco y negro granulado, Excursiones tiene todos los elementos de los seres que habitan el universo Acuña (el paso de la adolescencia a la adultez, la aceptación de los compromisos, la sensibilidad, la inseguridad, la torpeza, la inocencia, la melancolía y mucha buena música), pero le agrega mayores (y mejores) dosis de humor y una significativa evolución en la marcación actoral.

    La película no logra sostener la intensidad y el interés a lo largo de todo el proceso de ensayo y la presencia de terceros personajes (como los de Martín Piroyansky y Santiago Pedrero), que se entrometen en la relación entre los dos protagonistas, hacen más forzada y obvia la explosión de celos de Marcos. De todas maneras, Acuña -siempre coherente con sus búsquedas temáticas, narrativas y estéticas- termina concibiendo un más que interesante tercer film.

    (Esta crítica fue publicada durante el BAFICI 2009)
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  • Halloween 2
    Halloween 2
    Otros Cines
    El regreso de los muertos vivos

    Convertido en uno de los "expertos" en reciclar el cine de terror de los años '70 (tanto hollywoodense como italiano), Rob Zombie concretó una remake de la secuela de Halloween que a su vez es secuela de su propia remake (¿se entendió? La cosa es así: John Carpenter rodó la película original en 1978 y coescribió su primera continuación en 1981. Zombie revivó la saga de cero en 2007 y dos años más tarde hizo esta nueva versión de la segunda entrega que retoma en su media hora inicial algunos aspectos de aquel film para luego darse muchas libertades y desatar eluniverso (desquiciado) de sus películas.

    Por supuesto, Michael Myers, el gigantón de más dos metros, no está muerto como todos creen sino listo para otro raid sangriento en una región rural con mucho de patetismo pueblerino misógino. Vuelven también la atribulada rubia Laurie (Scout Taylor-Compton), que está convencida de haber matado al asesino serial e intenta recuperarse de sus traumas con un tratamiento psicológico, y el psiquiatra que ha seguido el caso hoy convertido en un escritor best seller (un desbordado Malcolm McDowell). Y hasta tenemos una veta onírica con el protagonista volviendo de forma recurrente a un sueño infantil ligado a su madre (Sheri Moon Zombie) y a un caballo blanco.

    Sí, hay mucha sangre y vísceras. Sí, hay toques varios de humor negro. Sí, hay referencias a la cultura setentista. Sí, hay guiños cinéfilos para los cultores del terror. No, no hay nada demasiado novedoso en este discreto nuevo film del creador de 1000 cuerpos y Violencia diabólica.
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  • Rosetta
    Rosetta
    La Nación
    Una belleza con el sello de los Dardenne.

    Rosetta ganó hace diez años la Palma de Oro y el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes.

    Diversos conflictos legales, tanto internos como externos, hicieron que esta pequeña gran película de los hermanos Dardenne -ganadora hace una década de la Palma de Oro y del premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes- nunca se estrenara comercialmente en nuestro país (sí se pudo ver en algún ciclo).

    Gracias a los esfuerzos del sello Zeta Films, que ya lanzó aquí El hijo y La promesa con gran aceptación (al igual que El niño y El silencio de Lorna , presentadas por otro sello local), este largometraje que consagró de forma definitiva a los cineastas belgas se verá finalmente en los cines argentinos y en copias en fílmico.

    Vista hoy, la película mantiene el interés, el rigor, la tensión, la potencia, la falta de concesiones y la mirada implacable sobre la "otra" Europa, aunque es cierto que pierde parte de su impacto si se han visto los siguientes trabajos de los Dardenne, en los que mantuvieron una línea estética y narrativa muy similar a la de Rosetta .

    Rosetta (Emilie Dequenne) es también el nombre de la heroína del relato, una chica algo gordita y no demasiado agraciada que vive en una casa rodante con su madre alcohólica (con la que mantiene una violenta relación de amor-odio) e intenta, sin demasiada suerte, conseguir un trabajo que la dignifique y le permita salir de su ahogo económico y existencial.

    La aparición de Riquet, un joven que trabaja para su mismo empleador en la venta callejera de waffles, parece ser la ayuda y quizá la contención emocional que ella necesita, pero su bronca, su angustia, su impotencia y su desesperación pueden más y, así, ella termina boicoteando la relación. Como en todo el cine de los Dardenne, con pocos diálogos (es mucho más importante para ellos el lenguaje físico) y a partir de una historia íntima, Rosetta ofrece una pintura desoladora sobre la precariedad social y una ley de la selva en la que terminan luchando pobres contra pobres. La puesta en escena apunta -también como es habitual en ellos- a la utilización de la cámara en mano, siempre pegada a unos actores que resultan aliados indispensables de los directores para transmitir en toda su dimensión la contracara y las contradicciones de la Europa opulenta.
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  • Cena de amigos
    Cena de amigos
    Otros Cines
    El discreto encanto de la burguesía

    Esta nueva película de la guionista y directora de Besos para todos, Jet Lag y Lo mejor de nuestras vidas -que fue vista por casi dos millones de espectadores en los cines franceses- aborda uno de los tópicos predilectos de la comedia francesa: las reuniones sociales. En este caso, una cena entre una decena de personajes que no tienen demasiadas ganas de concurrir, pero que terminan haciéndolo.

    Un verdadero seleccionado del cine francés -algunos de ellos, en registros y tonos poco habituales en sus carreras- participó en el film: los anfitriones son una abogada y amante del flamenco (Karin Viard) y su marido (Dany Boon), a los que se irán sumando -con o sin invitación- su padre (Pierre Arditi), su hermana menor Juliette (Marina Hands) con un amigo (Patrick Chesnais) su instructora de danza (Blanca Li), una ginecóloga (Marina Foïs) y su esposo (Patrick Bruel) y un abogado (Christopher Thompson) con su neurótica mujer (Emmanuelle Seigner).

    La coralidad del relato impide la profundidad psicológica y la empatía con ciertos personajes, pero le otorga al film una bienvenida ligereza que apunta más al retrato generacional de los franceses de cuarenta y pico, con su cinismo y su hipocresía a cuestas, con sus contradicciones (burguesas), con sus miedos (a la enfermedad, a la muerte) y con sus sueños (de nuevos amores, por ejemplo).
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  • Media Luna
    Media Luna
    Otros Cines
    Cantar para vivir

    El director de Un tiempo para caballos borrachos y Las tortugas también vuelan es el menos iraní de los cineastas iraníes. Sus películas son más pintoresquistas, costumbristas, gritadas y occidentalizadas -bien al gusto del World Cinema- que las de la mayoría de sus colegas compatriotas. Media Luna no es la excepción y, si bien a mi no es el tipo de películas que más me interesan, mal no le va a Ghobadi, ya que con esta tragicomedia -más cercana al cine de Kusturica que al de, digamos, Kiarostami- ganó la Concha de Oro, del premio FIPRESCI de la crítica internacional y del galardón a mejor fotografía en el Festival de San Sebastián 2006.

    El film narra la historia de Mamo, un viejo y legendario músico kurdo que vive en Irán y que consigue luego de una larga espera y muchos esfuerzos la autorización oficial para ofrecer un concierto final en el Kurdistán iraquí. El veterano artista y su decena de hijos (incluida una hija, a la que no se le permite cantar ante los hombres) se lanzan a un complicado viaje a bordo de un micro hasta la convulsionada zona fronteriza entre Irán, Irák, Siria y Turquía.

    Ente la road-movie, la comedia de enredos y el melodrama aleccionador, Ghobadi describe de manera bastante obvia y explícita (las coimas, los atropellos de la policía y el ejército, la discriminación contra la mujer) las múltiples connotaciones (políticas, étnicas, familiares y artísticas) del conflicto que sufre la región. Un film que se sigue con cierto interés, pero que al mismo tiempo no tiene grandes hallazgos.
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  • Avatar
    Avatar
    Otros Cines
    Lejos de la revolución

    James Cameron aseguró en infinidad de testimonios que, luego del inmenso éxito de Titanic, se vio obligado a esperar más de una década para concretar Avatar -la película más cara y una de las más ambiciosas de la historia del cine- porque las herramientas tecnológicas disponibles en ese entonces no eran suficientes como para desarrollar el nuevo mundo que él imaginaba y quería plasmar en la pantalla.

    La espera llegó a su fin. Avatar ya es una realidad (virtual) y, aunque el omnipotente Cameron se llene la boca hablando de película "revolucionaria", estamos ante un film con aciertos parciales y que -entre su notable acabado visual y los desniveles de su historia- resulta un producto más para admirar que para sentir.

    Cameron -un director que, aclaro, me gusta- nunca ha sido un artista demasiado sutil, pero sí un potente narrador, de esos capaces de manipular (generalmente con buenas armas) al espectador y llevarlo así a los terrenos artisticos y a las dimensiones emotivas que él busca. Avatar tiene múltiples elementos que la vinculan con su obra anterior (hay conexiones visuales y dramáticas con Aliens, El abismo, Terminator y Titanic), pero carece de la enjundia, de la solidez, de la fluidez y de la potencia de la mayoría de sus trabajos previos.

    Si uno se quedara en las limitaciones de su sinopsis, en sus alegorías obvias, en su espiritualismo de manual, en su corrección política (con mensaje antibélico y ecologista incluído) y en su mirada naïf con toques new-age sentiríamos que Avatar es una profunda decepción. Pero también creo -y no se trata de "salvar" a Cameron- que la película merece otras miradas y lecturas. Y allí es donde aparecen los méritos, que no sólo tienen que ver con sus proezas formales.

    Leí por ahí (creo que en Slant Magazine) que Avatar es más Pocahontas (Disney) que El Nuevo Mundo (Terrence Malick) y es muy cierto, pero más allá de sus obviedades y torpezas, de su tono aleccionador para preadolescentes (y casi risible para los adultos), también se respiran en varios de sus extensos 162 minutos momentos de gran cine, en los que Cameron se permite jugar (y reinventar) los géneros.

    Avatar es, por supuesto, una película de ciencia ficción, pero también un western hi-tech revisionista (con los humanos como cowboys codiciosos y los nativos del planeta Pandora como indios pletóricos de sabiduría), un film bélico a-la-Apocalipsis Now que nos remite a la Guerra de Vietnam (y a Irak), un melodrama romántico con dos protagonistas de etnias diferentes en tiempos de xenofobia, y un thriller sobre los enfrentamientos entre la corporación militar-empresarial por un lado y los cienfíticos (con los que se identifica el director) por el otro.

    ¿A esta altura tiene sentido que les cuente de qué va la película? Prometo no anticipar ningún secreto / misterio (igual, aclaro, no hay demasiados). Año 2154. Jake Sully (Sam Worthington) es un marine que ha quedado paraplégico, pero es enviado a Pandora en reemplazo de su hermano gemelo, asesinado, ya que así podrán aprovechar su Avatar creado con la mezcla del ADN humano y del de algún integrante de la tribu local de los Na'vi. Luego de 6 años en criogenia, Jake despierta en destino y se encuentra en medio de una disputa entre empresarios y militares mercenarios que están allí para explotar a sangre y fuego un preciado mineral y los científicos que intentan descifrar los conocimientos de esa raza que convive en armonía con la flora y la fauna de una impresionante selva tropical en la que todo es enorme y exótico: animales, plantas luminosas, árboles, cascadas y hasta montañas flotantes.

    Es aquí -en la creación de esta nueva civilización- donde aflora lo mejor de Avatar. Entre el diseño de producción de Rick Carter y Robert Stromberg y los efectos visuales hipersofisticados de BETA, pero que al mismo tiempo remiten al legendario Ray Harryhausen (especialmente en la lucha entre criaturas salvajes), Cameron concibe un universo totalmente novedoso, bello y fascinante. Otro gran hallazgo del film tiene que ver con el uso inteligente y funcional de los recursos del cine 3D, que le otorgan a cada escena la profundidad de campo necesaria pero que no caen en el regodeo efectista del truco fácil.

    Avatar es un maravilloso espectáculo visual y un relato lleno de cursilerías, una película donde conviven la mirada más inocentona con las búsquedas expresivas más audaces, las metáforas pedestres con el más alto vuelo estilístico. Así de contradictorio resulta este esperado y arriesgado regreso de Cameron al cine.
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  • Mis estrellas y yo
    Soy tu fan

    Robert (Kad Merad) es un empleado de limpieza de una agencia de representantes de estrellas que, gracias a su privilegiada situación (limpia las oficinas por las noches), puede revisar agendas, guiones, robarse invitaciones y conocer los secretos íntimos de las divas del cine francés, por las que está obsesionado al punto de fantasear y hacerle creer a más de uno que él mismo es un poderoso manager artístico. Semejante esfuerzo fabulador lo ha llevado a perder el amor de su esposa (Maria de Medeiros) y de su hija adolescente.

    Nuestro antihéroe se dedica a participar en las avant-premières, a inmiscuirse en los rodajes y a manipular a los diversos amantes de sus tres objetos del deseo: una estrella veterana (Catherine Deneuve), una de mediana edad (Emmanuelle Béart) y una joven aspirante (Mélanie Bernier). Gracias a sus manejos ocultos, terminará juntando al trío en una película. El problema es que ellas no sólo lo descubrirán sino que tramarán además distintas venganzas contra su fan.

    El resultado es una comedia de enredos ligera, intrascendente, decidamente menor, pero al mismo tiempo correcta en su factura, inocua en su efecto y medianamente llevadera si uno no tiene demasiadas exigencias. Además, aunque ambas estén lejos de sus mejores trabajos, ver un rato en pantalla a la Deneuve y a la Béart siempre otorga unos puntos extras.

    De todas formas, Colombani (Loca de amor) no demuestra aquí demasiada creatividad formal, visual, narrativa ni de guión. Estamos ante un producto efímero y, por lo tanto, rápidamente olvidable.
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  • Juventud sin juventud
    Una narración tan ambiciosa como deforme

    El film más experimental de la carrera de Coppola

    Tras una larga inactividad (más de una década) y antes de filmar Tetro en la Argentina, Francis Ford Coppola regresó a la dirección con un pequeño proyecto independiente rodado en Rumania a partir de la novela escrita en 1976 por el local Mircea Eliade. Quienes esperen encontrar aquí ecos del realizador de clásicos como La conversación, Apocalipsis Now, Tucker, un hombre y su sueño o la saga de El Padrino saldrán defraudados.

    Estamos ante una de las películas más experimentales ya no sólo de sus 45 años de carrera sino también del cine norteamericano de los últimos tiempos. Coppola -al igual que en la posterior Tetro - no se priva de nada: ni siquiera de sus propios caprichos ni de los excesos de una grandilocuente y por momentos solemne (sobre todo en el uso de la voz en off ) apuesta por el artificio y por la mezcla de géneros.

    Entre el melodrama romántico, el cine histórico (que incluye la sombra del nazismo) y elementos visuales propios del noir , Coppola construye un film recargado y operístico, sobre el tiempo y el espacio, lo real y lo onírico, que se centra en las desventuras de Dominic Matei (Tim Roth), un veterano profesor de lingüística que es quemado por un rayo en plena calle de Bucarest durante una noche lluviosa de 1938. El protagonista se salva de milagro y queda hospitalizado al cuidado de un doctor (Bruno Ganz) mientras sueña con el viejo amor de toda su vida (Alexandra Maria Lara) y luego concreta viajes por todo el mundo y estudia complejos idiomas.

    La película -no lineal y con un tono entre existencialista y metafísico- abarca varias décadas y coquetea con lo sobrenatural, lo surreal, el realismo mágico y hasta con un lirismo decididamente kitsch . Entre elementos que remiten a Michelangelo Antonioni, a Orson Welles y a la reciente El curioso caso de Benjamin Button , Coppola moldea una narración tan ambiciosa como deforme, cuyo resultado final está lejos de sus grandes trabajos, pero que no deja de ser estimulante, especialmente viniendo de un director que, a los 70 años, podría haberse quedado en lo seguro y que, en cambio, sigue buscando nuevas formas y temas para su cine.
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  • Mi Führer
    Mi Führer
    Otros Cines
    El pequeño dictador (Freud para principiantes)

    Hace ya un par de años pude ver en un DVD que me habían enviado este film y -si bien estuvo lejos de indignarme (no es, en ningún sentido, La vida es bella)- me pareció una sátira fallida y menor. Hace pocos días, haciendo zapping por la noche, me volví a topar con esta ¿comedia? ¿negra? de Dani Levy, creo, en Cinemax. Habré aguantado media hora y ese tiempo me alcanzó para recordar todo aquello que había sentido en aquella primera y lejana visión.

    El film no es gracioso, no es mordaz ni provocativo, sino más bien torpe y patético. El Adolf Hitler de Levy es un pobre tipo, un ser miserable, impotente, depresivo y lleno de traumas producto (Freud de manual) de los abusos infligidos por su padre cuando era un niño.

    Vemos al mayor genocida de la historia jugar en su bañera con barquitos de guerra como si fuera un nene con sus patitos (foto) y nos damos cuenta de que muchas veces del grotesco no se vuelve.

    La trama es más o menos así: un director teatral judío (el gran Ulrich Mühe, visto en La vida de los otros) es retirado de un campo de concentración para que ejerza como profesor de dicción de un Führer demasiado inseguro pocos días antes de dar un discurso a la nación, el 1º de enero de 1945. En verdad, se trata de un complot de Goebbels y compañía, que pretenden montar un atentado contra él para sacárselo de encima. A su vez, está el dilema moral del profesor judío, que tiene la oportunidad de matarlo con sus propias manos o de salvar a su familia del Holocausto.

    Si la premisa puede sonar interesante en algún aspecto, Levy dilapida cualquier atisbo de ingenio o inteligencia con una puesta en escena grandilocuente, obvia y superficial, que nunca encuentra el punzante tono tragicómico que una historia de estas dimensiones necesitaría para salir airosa. Una película que ni siquiera da para el escándalo ni la polémica. Un film decididamente olvidable.
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  • Silencios
    Silencios
    Otros Cines
    Los "grandes éxitos" de la degradación argentina

    Tengo un recuerdo lejano, pero positivo de Río Escondido y, por lo tanto, fui a ver este nuevo film de Mercedes García Guevara con cierto entusiasmo. Además, contaba con un interesante elenco en el que aparecían desde Ana Celentano hasta Nahuel Pérez Biscayart, pasando por Marta Lubos, Guillermo Arengo y el veterano Duilio Marzio. Para qué. Una decepción absoluta. No sólo se trata de una película muy inferior a aquella sino que además le contrapone al intimismo y al lirismo de ese largometraje de 1999 una grandilocuencia, unas ambiciones desmedidas, una impostación y una nula credibilidad en el caso de Silencios.

    Película coral a-la-Robert Altman, Silencios aborda demasiados tópicos sin profundizar en ninguno y cayendo finalmente en la explicitación obvia, casi didáctica (para que quede claro, ¿viste?). Una mera descripción de las subtramas nos llevaría a decir que en esta película se aborda, entre muchos otros temas, el abuso sexual de menores por parte de curas, las carencias de familias pobres sin presencia paterna y con muchos hijos, robos de todo tipo y color, violaciones, consumo de cocaína, voyeurismo, prostitución juvenil, adolescentes con trastornos alimentarios, incomunicación entre padres e hijos, diferencias sociales, padecimienstos de los ancianos... Todo eso en apenas 90 minutos de una narración torpe, sin matices ni sutilezas, con actuaciones recargadas (se salvan Celentano y muy pocos más), diálogos ampulosos y situaciones inverosímiles.

    La película se pretende un fresco de la Argentina degradada post-2001, pero se reduce a una serie de pincelados de brocha gorda, una acumulación de estampitas, de "grandes éxitos" de la miseria nacional. Una película fallida, un paso en falso para una directora que prometía y que, por ahora, se quedó en eso.
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  • Eden Lake
    Eden Lake
    Otros Cines
    La violencia está entre nosotros

    La película arranca con una escena de lo más inocente (una maestra cantando con sus pequeños y encantadores alumnos), continúa con lo que en principio aparece como un viaje romántico de fin de semana a un paraje idílico (su novio planea proponerle matrimonio durante un camping a orillas de una laguna) y, poco a poco, el film se convertirá en una sangrienta odisea que coquetea con el gore, con esa violencia social propia de los films de los años '70 y con cierta mirada sobre los insalvables conflictos generacionales y los miedos de la burguesía a-la-Funny Games, de Michael Haneke.

    Este debut en la dirección del guionista James Watkins tiene dos protagonistas con mucha química (incluso erótica) como la bella Kelly Reilly y el hoy de moda Michael Fassbender (Bastardos sin gloria) y una tensión que -en buena parte de la historia- está sólidamente construida y sostenida en el crescendo del enfrentamiento con un grupo de adolescentes liderado por un monstruoso y sádico muchacho.

    Se le podrán objetar ciertas decisiones de la puesta en escena (como la profusión de tomas aéreas cenitales), de verosimilitud (la caprichosa utilización o no de los celulares) y hasta de índole ético/moral (el paso de víctimas a victimarios), pero la pesadillesca Eden Lake consigue con buenos recursos generar la atracción, la identificación, la perturbación y la incomodidad necesarias para movilizar al espectador. Un digno exponente del cine de género británico como para ir despidiendo el año.
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  • Actividad paranormal
    Lo que nos acecha en la oscuridad de la noche

    Actividad paranormal logra su cometido: inquietar

    El director israelí (radicado en Estados Unidos desde los 19 años) Oren Peli rodó en 2007, con apenas 15.000 dólares, en una sola locación (un departamento en las afueras de San Diego) y con un puñado de actores desconocidos un pequeño film de terror que se convirtió en uno de los fenómenos de marketing más importantes de la historia del cine.

    El fenómeno ya ha sido analizado en términos económicos (sólo en los Estados Unidos lleva recaudados 110 millones de dólares) y, por eso, bien vale concentrarse en sus alcances artísticos y, ya desde una mirada más sociológica, en el por qué de semejante aceptación mundial que excede por mucho sus indudables, pero limitados valores cinematográficos.

    La premisa, sencilla, es la siguiente: Micah (Micah Sloat) y Katie (Katie Featherston) son una pareja joven que se muda a una casa. La felicidad por semejante logro pronto se ve empañada por unos extraños ruidos que empiezan a sentir por las noches. El novio?un obsesivo consumidor de todo tipo de dispositivos tecnológicos? decide dejar su cámara digital prendida mientras duermen para luego analizar por las mañanas las imágenes. No hay dudas: la actividad paranormal del título existe. Y más aún: alguien (o algo) los está amenazando. La llegada de un psíquico no hace otra cosa que confirmar sus peores presunciones y, a medida que pasa el tiempo, la situación se va tornando cada vez más complicada.

    El espectador (voyeur) resulta un testigo privilegiado de los hechos sobrenaturales, que Oren Peli va dosificando de manera sabia, con un buen trabajo con el fuera de campo y apelando a los inevitables efectos de sonido. Es cierto que hay algunos elementos que se manejan con bastante capricho (por qué por momentos se activa la alarma del lugar y en otros no) o que el nivel actoral es de discreto para abajo, pero el film logra su cometido: inquietar, sugestionar y, finalmente, asustar, dejando además un efecto residual que crece y se resignifica incluso cuando el público ya abandonó la sala.

    Actividad paranormal es el triunfo de una buena idea por sobre el gran presupuesto, por sobre el cine sustentado en el bombardeo de efectos visuales generados por computadora e incluso por sobre sus evidentes limitaciones técnicas y artísticas. Es la victoria de un proyecto que sintoniza a la perfección con el universo de las home-movies, de la generación YouTube, de la sociedad hiperconectada, de la tecnologia al alcance de (casi) todos. Una película pequeña que creció no sólo gracias al ingenio del marketing y el furor de Internet sino también por la identificación que genera y los sustos que provoca. Es decir, con el espíritu de la cultura pop y las armas nobles del género de terror.
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  • Ri ri ye ye
    Ri ri ye ye
    La Nación
    Sobreviviente en busca de una vida mejor

    Wang Chao retrata los profundos cambios en China

    Con películas como El huérfano de Anyang y Luxury Car , Wang Chao se ha convertido en uno de los directores que mejor han retratado los profundos cambios socioeconómicos de la China de la última década. En esa misma línea se ubica Ri ri ye ye (Día y noche), película que refleja la crisis en las zonas rurales -aquí, más precisamente en un pueblo ligado a la explotación de una mina de carbón- y el traslado de buena parte de las poblaciones campesinas hacia las grandes ciudades.

    Tras una explosión accidental en uno de los pozos, el Partido Comunista decide indemnizar a los sobrevivientes para que puedan buscar nuevos trabajos en las urbes. Sin embargo, Guangsheng decide quedarse en el lugar -convertido casi en un pueblo fantasma- y, gracias a las nuevas políticas de apertura, alquilarle la mina al Estado. A pesar de la culpa que siente por no haber podido salvar a su maestro, el protagonista se irá convirtiendo en un exitoso empresario capitalista atraído por la sociedad de consumo (comprará auto, casa y ropa).

    La película resulta, así, una interesante aunque algo obvia descripción del salto del socialismo a la economía de mercado. Además, Wang Chao traza unas alegorías bastante elementales, cierto paralelismo entre la impotencia sexual del protagonista y la insatisfacción social, y se arriesga con una veta entre espiritual y trascendente que incluye la aparición del maestro muerto para hacerle algunos pedidos familiares y ofrecerle a su discípulo la paz y el perdón que éste necesita.

    Los desoladores paisajes dominados por el viento y la aridez resultan el ámbito perfecto para desarrollar esta cruda historia sobre las fuertes contradicciones de la nueva China, en la que las expresivas imágenes tienen mucha mayor preponderancia que los escasos diálogos. Sin llegar a la contundencia ni a la profundidad del cine de su compatriota Jia Zhang-ke, Wang Chao consigue una película que nos permite conocer el estado de las cosas en uno de los rincones más interesantes y menos conocidos del planeta.
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  • Sarajevo, mi amor
    Esta opera prima de la bosnia Jasmila Zbanic ganó -entre otros premios- el Oso de Oro en la Berlinale 2006. Es que Grbavica (aquí rebautizada como Sarajevo, mi amor) es exactamente el tipo de películas que suelen triunfar en la competencia del festival alemán. Historias políticamente correctas, trascendentes, "importantes", con una mirada humanista, desgarradoras en su moraleja y prolijas en su confección. No es el tipo de cine que más me gusta (con su acumulación de calamidades y su denuncia recargada), pero reconozco que está bien hecha y que, en varios sentidos, funciona.

    Una relación madre-hija (el padre, ausente, será el motor de la tragedia) es el eje de esta historia ambientada tras la guerra de los Balcanes. Y precisamente las secuelas -brutales, demoledoras- del conflicto bélico se convertirán en el trasfondo de la película.

    Esma concurre a un grupo terapéutico para mujeres en problemas, recibe una miserable ayuda del Estado, pero no puede ni siquiera juntar 200 euros para un viaje escolar de su rebelde hija Sara, de 12 años. Por lo tanto, no le queda más remedio que aceptar un trabajo nocturno como camarera en un bar manejado por la mafia local. El machismo, la violencia, la descontención escolar, los traumas con los hombres, la culpa y los secretos más escabrosos del pasado reciente son algunos de los tópicos que Zbanic aborda con conocimiento de causa (hay bastante de autobiográfico en el film) y con sensibilidad, aunque por momentos la guionista y directora cede a la tentación de la explicitud y la obviedad.

    De todas formas, Sarajevo, mi amor -con sus notables actrices y su honestidad brutal- resulta un impiadoso retrato de uno de los puntos del planeta donde el odio racial y la indiferencia o el oportunismo de las grandes potencias se combinaron para dar lugar a uno de los mayores genocidios de la historia.
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  • Puentes
    Puentes
    Otros Cines
    Matías, Tomás y Pedro tienen 12 años, son amigos y compañeros en una escuela pública del conurbano bonaerense. Ni sus padres ni el colegio los contienen demasiado y, por lo tanto, se van dejando llevar por sus impulsos y por sus ansias de nuevas experiencias.

    La opera prima de Giulianelli (32 años, egresado de la FUC), estrenada en el último Festival de Pusán (Corea del Sur), se inicia como un retrato minimalista/costrumbrista (los chicos comen con sus familias, se hacen la rata, juegan al fútbol y a la Play), pero todo cambia cuando encuentran en la casa de uno de ellos una pistola. La tragedia acecha y no tardará en explotar.

    Lo que sigue es un viaje al desconcierto, un ritual de iniciación (a la adultez) que emprenden los dos amigos sobrevivientes y la hermana del muerto hasta poder iniciar el duelo.

    Es cierto que los tópicos que aborda Puentes han sido ya bastante transitados por el cine, pero Giulianelli sortea buena parte de los obstáculos que se le presentan con una puesta en escena cuidada y rigurosa, sin cargar las tintas ni caer en la bajada de línea, apostando a su mirada melancólica sobre la soledad de la preadolescencia y confiando en la empatía que generan sus jóvenes actores.

    Puede que Puentes no tenga nada demasiado revolucionario para ofrecer, pero el pequeño universo que atesora, las historias mínimas que describe, están llenas de nobleza y de convicción.
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  • Criatura de la noche
    Trágico y brutal film sobre vampiros

    Un género clásico revisitado con lo mejor de lo actual.

    Entre tanta película reciente sobre vampiros concebida con adolescentes carilindos, fórmulas prefabricadas y mucha astucia de marketing, la demorada llegada a la cartelera local con copias en fílmico de esta joya sueca que reinventa el género con las herramientas más nobles y genuinas del cine resulta un acontecimiento digno de ser celebrado.

    Este film de Tomas Alfredson (que ya ha sido contratado por Hollywood para dirigir a Nicole Kidman y Gwyneth Paltrow) está basado en un guión que John Ajvide Lindqvist escribió a partir de su propio best-seller. Los protagonistas son Oskar (Kare Hedebrant), un chico de 12 años, inteligente y retraído, que es objeto de las burlas más crueles por parte de sus compañeros de escuela en un suburbio de Estocolmo; y Eli (Lina Leandersson), una nueva vecina de su misma edad y tan solitaria como él, pero con una gran diferencia: bebe sangre.

    Entre ellos surgirá una relación de amistad, comprensión mutua y un incipiente amor preadolescente. El tándem Lindqvist-Alfredson, con la invalorable ayuda de los dos intérpretes, concibe una extraña y fascinante combinación entre el cine de terror (hay escenas muy sangrientas), una conmovedora épica romántica y un implacable retrato sobre la violencia, los excesos y las contradicciones dentro del universo escolar y sobre el patetismo del mundo adulto con sus miserias de pueblo chico-infierno grande (abusos, paranoia, alcoholismo).

    Bella y melancólica, trágica y brutal, lírica y fatalista, digna de Nosferatu pero también del cine de Ingmar Bergman, Criatura de la noche está muy lejos de ser un producto efímero y demagógico sustentado en el impacto fácil (de hecho, el uso de los efectos visuales es mínimo y siempre funcional a las búsquedas narrativas). Se trata de una película para analizar, admirar y "degustar" incluso más de una vez. Una de esas sorpresas que aparecen muy de vez en cuando. Una cita insoslayable para aquellos que disfrutan de los géneros clásicos cuando son revisitados con los mejores recursos del cine moderno.

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  • 2012
    2012
    La Nación
    La llegada del final

    Edificios que se derrumban como castillos de naipes, autopistas que se quiebran como si fueran de arcilla, cruceros que se hunden por las olas de un tsunami? El fuego sale de las entrañas de la Tierra y las aguas todo lo inundan en esta nueva película de un obsesivo y consecuente cultor del Apocalipsis como el alemán Roland Emmerich.

    El cine del director de Día de la Independencia, Godzilla, El patriota, El día después de mañana y 10.000 A.C. suele convocar multitudes ávidas de emociones fuertes. Sus historias -construidas gracias a un enorme presupuesto (en este caso, 260 millones de dólares) y a un bombardeo de imágenes diseñadas con efectos visuales generados en computadoras- apela al impacto y al morbo que provoca el género catástrofe.

    Así, a partir de unas profecías (las milenarias predicciones de los mayas para el año 2012) y de una supuesta justificación científica (las reacciones físicas que generan las erupciones solares terminan calentando el centro de la Tierra y desatando luego explosiones dignas de partículas nucleares), Emmerich nos llevará al fin del mundo y a una posterior resurrección con connotaciones bíblicas.

    Es indudable que cierto sector del público se siente atraído hacia un espectáculo que nos describe cómo las ciudades se desmoronan y millones de personas mueren aplastadas, pero entre destrucción y destrucción Emmerich es incapaz de construir un solo personaje, un diálogo, una situación dramática que trascienda el clisé, el estereotipo, la fórmula, el lugar común.

    La acción salta de la Casa Blanca al parque nacional de Yellowstone, del Tíbet a Londres, de París a la India y los personajes van desde el presidente estadounidense (Danny Glover) y su hija (Thandie Newton) hasta un geólogo (Chiwetel Ejiofor), pasando por un padre (John Cusack) que intenta reivindicarse ante sus dos hijos y su ex esposa (Amanda Peet), y un desquiciado profeta y conductor radial que viene anticipando el fin de los tiempos (Woody Harrelson), pero en ningún caso el film alcanza un mínimo de carnardura humana, de rigor psicológico, de empatía y, así, los 158 minutos se hacen cada vez más difíciles de sobrellevar. Por lo tanto, entre tanta explosión y muerte, sólo sobreviven el vértigo y el impacto, mientras la emoción genuina y la sensibilidad brillan por su ausencia.
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  • Gallero
    Gallero
    Otros Cines
    Este segundo largometraje de Mazza narra una historia de amor entre un hombre que se dedica a entrenar gallos de riña y una viuda bastante más veterana que él.

    Mazza -un porteño que parece obsesionado con historias de pequeños pueblos del interior- se traslada ahora a una zona árida e inhóspita de Catamarca para contar la relación afectiva entre dos seres parcos y solitarios. El resultado es valioso, más allá de algunos innecesarios simbolismos o de ciertos excesos pintoresquistas.

    Con una fotografía en HD que luce mucho más cuidada y ambiciosa que la precaria pero promisoria El amarillo, Gallero hace gala de un gran rigor y austeridad para describir -con los tiempos propios de los personajes y de la dinámica del lugar- cómo se va profundizando la conexión entre los dos protagonistas, más allá de las diferencias de edad y de personalidad.

    Hay en Gallero algo de Japón, de Carlos Reygadas, y bastante del cine popular de Leonardo Favio. Y hay una consolidación de un director con un universo y un estilo propios: Sergio Mazza.
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  • El amarillo
    El amarillo
    Otros Cines
    De la opera prima de Mazza ya escribí en varios momentos (tras su presentación en el BAFICI y en Venecia) y en distintos medios. Este austero melodrama rural sobre una enigmática cantante de un pueblo perdido de Entre Ríos fue rodado a pulmón, casi sin recursos, y con un resultado sorprendente por su intensidad y personalidad. Un joven extraño y perdido llega a un bar/cabaret de pueblo y queda subyugado por una misteriosa cantante (Gabriela Moyano, toda una revelación). Una película sobre amores obsesivos, construida a base de climas y pequeñas observaciones, que trabaja en los límites imprecisos entre la ficción y lo documental.
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  • Igor El bueno de la película
    Menos de lo mismo

    Alcanzar la originalidad es algo difícil en todos los ámbitos, pero más aún en el campo de la animación. La tentación de repetir fórmulas estéticas, narrativas y temáticas (con alguna mirada irónica como para justificar cierto guiño cómplice hacia el espectador) termina siendo demasiado fuerte para muchos guionistas y directores. Una semana atrás se estrenó en los cines argentinos Planet 51, un intento europeo sub-Shrek por reciclar los tópicos de la animación hollywoodense. Similar es ahora el caso de Igor, un sub-Tim Burton/Henry Selick que resulta ya no sólo demasiado derivativo de El extraño mundo de Jack sino también Frankenstein, El jorobado de Notre Dame, Robots y El Hombre Elefante.

    Igor es un... Igor, una suerte de casta de jorobados desclasados que se desempeñan como asistentes de despiadados cienfíticos en el Reino de Malaria (no es traducción). Pero la trágica existencia del Igor protagónico cambia por completo cuando su amo muerte y puede dar rienda suelta a sus ansias de inventor y dar vida a su gran creación: una mujer gigantesca con cierto parecido a Betty Boop que se convertirá también en su objeto del deseo. Hay reyes malvados que se burlan de su pueblo, competidores crueles y dispuestos a todos, exóticas mascotas y laderos que intentan sin suerte convertirse en comic-relief y una Feria de Ciencias para el final.

    Entre la comedia y el terror (sin divertir ni aterrorizar demasiado), Igor resulta, apenas, una discreta historia que entrega un trabajo de animación correcto pero sin grandes hallazgos. Una película más.
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  • El último aplauso
    Vuelta de tuerca

    Uno podría buscarle reparos, encontrarle cuestionamientos (cierto pintoresquismo for export en la mirada sobre Buenos Aires, la selección de "grandes éxitos" del tango en el repertorio, un déjà vu a-la-Buena Vista Social Club, algunos pasajes ficcionalizados que resultan demasiado calculados, armados y forzados), pero El último aplauso no deja nunca de ser un documental llevadero y emotivo.

    Los films sobre viejas glorias del tango (aunque en este caso los protagonistas nunca llegaron a ser "glorias") tienen casi siempre el mismo formato (historias de vida, recuperación no exenta de nostalgia, exaltación de sus virtudes artísticas y la reivindicación final), pero aunque uno sepa de antemano que todo terminará "bien"; en este caso, con el regreso de los cantores al Bar El Chino, el derrotero de estos queribles personajes se sigue con interés, con la ternura con que uno vería las desventuras de simpáticos tíos y abuelos que, más allá de su patetismo y de sus miserias, cantan como los dioses y llevan la pasión por la música en la sangre.

    Concebida no sólo para el consumo local sino para su exhibición en Alemania, Japón (ambos países coproductores) y otros ámbitos en los que el tango es un producto festejado, El último aplauso comenzó siendo una cosa en 1999 (un trabajo sobre el mítico Bar El Chino de Pompeya y sobre su dueño, Jorge García), pero la muerte de éste, en 2001, obligó a repensar el relato. Kral optó, entonces, por seguir a tres de los cantantes (un hombre y dos mujeres) que se presentaban todas las noches en el lugar y que, tras el fallecimiento del Chino, decidieron no volver más y prácticamente abandonaron la música.

    Gracias a la película (y en la línea de la mencionada Buena Vista Social Club, Rerum Novarum o Café de los Maestros), Cristina de los Angeles, Inés Arce y Julio César Fernán vuelven a los escenarios, acompañados por los jóvenes integrantes de la Orquesta Típica Imperial. Sus anécdotas íntimas, las charlas de café, los ensayos y el show final forman parte del entramado que Kral construyó para "salvar" al proyecto original. Una vuelta de tuerca arriesgada, pero que le sale bastante bien, apoyado en un sólido trabajo de cámara, sonido, edición y -claro- en el carisma y el talento de sus protagonistas.
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  • Mar negro
    Mar negro
    Otros Cines
    Reconciliables diferencias

    Así como en otro estreno reciente (el film turco Los tiempos de la vida), en Mar negro el disparador de la historia es el conflicto que en muchas familias genera el cuidado de los ancianos. Aquí, la veterana Gemma (gran interpretación de Ilaria Occhini, premiada en Locarno por este trabajo) sufre la muerte de su marido y los hijos deciden contratar a Angela (Dorotea Petre) una joven inmigrante ilegal rumana para que la cuide en un departamento de Florencia.

    Gemma está dolorida, enojada, resentida y, por supuesto, su víctima no puede ser otra que la dócil y bienintencionada Angela, que apenas balbucea algunas palabras en italiano y tarda en encajar con la idiosincracia de su nuevo país. Entre la tiránica patrona y la joven que no puede permitirse perder el trabajo (poco a poco, iremos conociendo su precaria situación en Rumania) la situación resulta siempre tensa, cruel, casi de sometimiento.

    La película -que tiene algunos elementos que remiten a Como la sombra, de Marina Spada- adquiere un rumbo bastante previsible (surgirán ciertos rasgos de humanidad en la señora italiana, algunas confesiones de la joven inmigrante y, así, se irá abriendo un hueco para el entendimiento mutuo), pero al menos el debutante Bondi sortea buena parte de las convenciones de la corrección política que suelen imperar en este tipo de historias.

    Las actuaciones de las dos protagonistas, ciertas pinceladas socioculturales (como la cobardía y los prejuicios de los vecinos respecto de los inmigrantes) y el tono cuidado, nunca altisonante, por el que opta Bondi hacen de Mar negro un film valioso.
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  • Goodbye Solo
    Goodbye Solo
    Otros Cines
    Dos a entenderse

    Con Chop Shop y Man Push Cart, Ramin Bahrani había presentado credenciales para ser considerado un muy probable gran director. Con Goodbye Solo se confirma como una de las voces (miradas) más interesantes del panorama indie norteamericano.

    Dos personajes (uno, de mediana edad, taxista, nacido en Senegal, radicado en Carolina del Norte, casado por segunda vez con una mujer latina que está embarazada, y que parece salido de La felicidad trae suerte, de Mike Leigh; el otro, anciano, gruñón, resentido y depresivo, interpretado por un ex guardaespaldas de Elvis Presley y que parece salido de un film de John Cassavetes), una "excusa" argumental (un viaje a una montaña que el viejo quiere hacer ¿para suicidarse? y su relación con el conductor africano que debe llevarlo) y mucha sensisibidad, profundidad psicológica y amor por el cine son los elementos que le bastan a Bahrani para redondear una pequeñísima-enorme película.

    Red West, ex marine, ex boxeador, ex gángster, ex amigo, chofer y guardaespaldas de Elvis, y Souleymane Sy Savane, un actor nacido en Costa de Marfil casi sin experiencia profesional, son William y Solo, la pareja-desapareja, los opuestos que no se complementan pero finalmente se entienden, se aceptan, en esta fábula sentimental (y a mucha honra) sobre el respeto y la lealtad, que escapa con sabiduría al pintoresquismo de las películas sobre inmigrantes del Tercer Mundo e incluso a los golpes bajos tan habituales en las historias sobre relaciones padre-hijo o en aquellas en las que -como aquí- aparece en escena una encantadora niña, hijastra del entusiasta Solo.

    Esta película -que en los Estados Unidos se estrenó en marzo y todavía continúa en cartel- está inspirada, según el propio realizador, en ciertos trabajos del gran Roberto Rossellini, pero para mí, más allá de su innegable sello indie, adquiere sobre el final una dimensión visual y emocional casi digna del cine de Naomi Kawase. Su estreno en un mercado tan achicado como el argentino, en copias en fílmico (es notable el trabajo del director fotografía Michael Simmonds) resulta, por lo tanto, una hazaña, un verdadero milagro.
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  • Planeta 51
    Planeta 51
    Otros Cines
    Identidad sustituta

    Esta superproducción animada de 55 millones de euros de presupuesto se presentaba como la gran esperanza europea (española) dentro de un mercado tan lucrativo (y competitivo) como el familiar. Si bien se utilizaba como argumento de venta el slogan "de los creadores de Shrek" (el guionista es Joe Stillman, que participó en las dos primeras entregas de la saga), se podía esperar algo más que una muy discreta imitación del formato hollywoodense. La película, en vez de plantear una alternativa a la fórmula más elemental de DreamWorks, resulta un producto muy menor, prefabricado y demasiado calculado, en función de lo que se supone es hoy el gusto del público globalizado.

    El más o menos ingenioso punto de partida tiene que ver con dar vuelta el tradicional esquema de invasor-invadido. Aquí es un egocéntrico y fanfarrón astronauta de la NASA el que llega al plácido y encantador Planet 51 del título para sembrar allí la paranoia y alentar el militarismo frente a lo desconocido. Pero el capitán Charles T. Baker (Dwayne "The Rock" Johnson en la versión norteamericana) encontrará la solidaridad de un entusiasta joven que acaba de conseguir su primer trabajo como asistente de asistente en el Planetario del lugar (Justin Long) y de sus "simpáticos" compinches. Habrá -como siempre- un par de malvados (el general que interpreta Gary Oldman y el científico despiadado que encarna John Cleese) y un objeto del deseo para la subtrama romántica (Jessica Biel). Habrá que ver si aquí se exhibe la versión subtitulada en alguna función nocturna, porque yo tuve que padecer la doblada para América Latina y está lejos de resultar satisfactoria.

    La animación es correcta (estándar, diría), hay un par de ideas inspiradas (que tienen a repetirse y, por lo tanto, a diluirse) y una tendencia al chiste fácil y, sobre todo, al guiño y la referencia "cinéfila" obvia y torpe. Enumeremos: Terminator, 2001: Odisea del espacio, Cantando bajo la lluvia, La Guerra de los Mundos, Apollo 13, Star Wars... y demasiados elementos ya vistos en Monstruos vs. Aliens, WALL-E, Hombres de Negro, E.T. y las películas de zombies. En definitiva, un intento (fallido) por hace cine de Hollywood fuera de Hollywood. Menos de lo mismo.
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  • Fantasma de Buenos Aires
    Choque entre dos mundos

    Este nuevo largometraje de la Fundación Universidad del Cine (FUC) se arriesga con un guión que mixtura el realismo de una historia juvenil contemporánea con el género fantástico, a partir del encuentro entre Tomás (Estanislao Silveyra), un muchacho de la Buenos Aires actual, y el fantasma de Canaveri (Iván Espeche), un malevo acuchillado a traición en una noche de 1920.

    La apuesta es riesgosa, además, porque esta opera prima del guionista y director Guillermo Grillo propone una combinación de tonos y climas entre el drama propio de la trágica historia del pasado, el minimalismo de las desventuras adolescentes de Tomás (enamorado de la hermana de su mejor amigo) y las búsquedas humorísticas del choque entre las personalidades, las costumbres, las actitudes y hasta las formas de hablar de ambos protagonistas: mientras Canaveri es el típico guapo, taita, duro y encarador; Tomás es un chico inseguro, tímido y algo cobarde.

    Hay algunos pasajes inspirados (cuando Grillo se centra en la intimidad y en las interacciones de sus criaturas) y otros en los que irrumpe la obviedad, el paralelismo más bien obvio y hasta el trazo grueso (una escena con un travesti en un albergue transitorio u otra en la que aparecen un parapsicólogo y una médium).

    Lo mejor de la película tiene que ver con su sólido acabado técnico (en especial, el muy cuidado sonido) y con las buenas actuaciones de los dos protagonistas y de varios de los intérpretes secundarios. Sin embargo, a nivel general, la mezcla no termina de cuajar y, así, muchas situaciones y búsquedas artísticas lucen forzadas, artificiales.

    Más allá de los apuntados hallazgos, Fantasma de Buenos Aires se ubica en las antípodas de las propuestas que varios directores surgidos de la FUC (como Mariano Llinás, Matías Piñeiro o Alejo Moguillansky) siguen concretando incluso con el apoyo de la escuela de cine más prolífica e influyente del país.
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  • Los amantes
    Los amantes
    La Nación
    Una película hecha a corazón abierto

    James Gray abandona el terreno conocido del thriller

    En su cuarto largometraje, el talentoso director de Cuestión de sangre , La traición y Los dueños de la noche sorprende al abandonar el género que venía marcando su carrera (el thriller) e incursionar en otro (el melodrama romántico) que sólo había abordado de manera muy tangencial en sus films previos.

    Los amantes parte de varios tópicos bastante transitados (las vivencias de una familia judía de Brooklyn que intenta sostener sus costumbres y tradiciones, varios personajes de treinta y pico de años que muchas veces se comportan como adolescentes tardíos, un triángulo sentimental con un hombre tironeado entre la seguridad y el riesgo, y los excesos propios del amour fou ) para luego trascenderlos y complejizarlos.

    El film tiene como antihéroe a Leonard Kraditor (Joaquin Phoenix, protagonista de todos los trabajos de Gray), un muchacho que vive y trabaja con sus padres, que tiene una tendencia suicida, que se autodefine como "bipolar", y cuya atención se divide entre el amor pasional que siente por Michelle Rausch (Gwyneth Paltrow), una conflictuada vecina que a su vez mantiene un affaire con un abogado casado (Elias Koteas) y que en principio sólo lo quiere como amigo y confidente; y Sandra Cohen (Vinessa Shaw), una sencilla y querible joven judía por la que apuestan los intrusivos padres de él (Moni Moshonov e Isabella Rossellini).

    La solidez del elenco (es notable el trabajo en los personajes secundarios) y la bella y melancólica fotografía de Joaquín Baca-Asay en locaciones reales de Nueva York son aportes que Gray aprovecha para sumar a su ya habitual maestría narrativa.

    El cine de Alfred Hitchcock y François Truffaut, la literatura de Fiódor Dostoievski y Philip Roth son algunas de las múltiples fuentes en las que bebe el guionista y director para construir una película sensible y visceral, de esas que se hacen a corazón abierto, sin pensar en las modas ni en los análisis intelectuales. Lejos de la sofisticación y corriendo incluso el riesgo de incomodar con algunos excesos y clisés románticos, Gray muestra una nueva faceta en su interesante filmografía. Bienvenida sea.
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  • Luna Nueva
    Luna Nueva
    Otros Cines
    Los condenaditos

    A la salida de la función de prensa (en realidad, no fue de prensa ya que habían sido invitados al Cinemark Palermo decenas de adolescentes que, intuyo, integran el club de fans local de la saga vampírica), los críticos -sin demasiado ánimo para la discusión- nos consultábamos si esta segunda entrega de la franquicia nos había resultado "más" o "menos" entretenida (o aburrida) que la primera. "Un poco más", dijeron unos; "un poco menos", agregaron otros. Nos saludamos y nos fuimos silbando bajito. No teníamos más nada que decirnos.

    Y tampoco -debemos admitirlo- tenemos mucho para escribir ¿A quién le interesa si esta segunda entrega no alcanza a conmovernos en lo más mínimo? ¿A los cientos de miles de incondicionales seguidores de la saga literaria/cinematográfica que la irán a ver una, tres o cinco veces como en una procesión religiosa? ¿A los millones que jamás irán a verla aunque alguien opine que es la mejor heredera de Bram Stoker? Diría, entonces, que (casi) a nadie. Pero, como somos profesionales y obstinados, dejaremos nuestro parecer para la posteridad (que en este caso será bien efímera).

    La cosa es así: Bella (Kristen Stewart, la deliciosa protagonista de Adventureland, un verano memorable) cumple 18 años y, a pesar de su fobia a los festejos (entre muchas otras fobias que tiene), empieza a recibir regalos de todos, menos de su amado vampiro Edward (el carilindo, pálido e inexpresivo Robert Pattinson), que tiene... 109 años. Entre quienes sí le entregan un obseguio figura Jake (Taylor Lautner), un morocho de origen indio que también está enamorado de ella y que, según comprobaremos a los pocos minutos, es en realidad un hombre-lobo cazavampiros.

    La lucha entre lobos y vampiros es uno de los ejes de esta segunda entrega. El otro, claro, es ese amor ¿imposible? entre Bella y Edward. El huye apelando a una mentira que ella se cree y, mientras Bella sufre pesadillas y ataques de angustia, encuentra consuelo en Jake, aunque en el fondo sigue obsesionada con el rubio (o sea, el triángulo amoroso más básico posible), que se le aparece en visiones a cada instante.

    Entre apelaciones permanentes a Romeo y Julieta (la película intenta alcanzar sin suerte las cimas de la épica melodramática sobre amores condenados), el esperable despliegue de efectos visuales, imágenes en cámara lenta, torsos desnudos y miradas a cámara más propias de un comercial de desodorantes que del cine, y decenas de canciones que intentan tapar los baches dramáticos y narrativos (ver detalles de la banda sonora aquí), transcurren los extensos 130 minutos de un film que, como sus vampiros, parece siempre sediento de sangre y que, como sus protagonistas, nos deja con las ganas. Una amor pasional narrado con absoluta frialdad.

    Dicho esto, pasaremos a cubrir desde mañana, los reportes sobre los cientos de millones de dólares que Luna Nueva recaudará en todo el mundo. Y, una vez más, los ejecutivos de marketing se reirán de lo que nosotros, los críticos, hayamos escrito. Como se dice: son las reglas del juego.
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  • La invención de la carne
    Los usurpadores de cuerpos

    El director cordobés de Extraño, Cuatro mujeres descalzas, Artico y Rosa Patria filmó en Entre Ríos y Buenos Aires la relación entre dos personajes decididamente borderline -una mujer que entrega su cuerpo para prácticas de estudiantes de medicina (y luego también a cuanto empresario o camionero se le cruce) y un gay reprimido con un secreto por descubrir- que inician un viaje juntos.

    En medio de sus angustias, de su patetismo, de sus silencios, de sus miserias, de sus carencias afecivas y sexuales, de sus obsesiones y hasta de sus perversiones, surge algún tipo de comprensión, de atracción, pero también de tensión que termina por estallar.

    Una árida, seca y demasiado fría combinación entre el melodrama y la road-movie construida a fuerza de climas, de detalles y de observaciones más que de un relato de estructura clásica. Hay ideas, situaciones, encuadres, viñetas, sonidos y paisajes que resultan logrados e inquietantes, pero la película (empezando por la labor de su dúo protagónico) resulta bastante fallida. De todas maneras, está claro que Loza hizo la película que quiso y sus búsquedas -siempre abiertas a la experimentación visual y narrativa- tienen aspectos estimulantes.
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  • 500 días con ella
    La otra cara del amor

    Tom (Joseph Gordon-Levitt) quiso ser arquitecto, pero la falta de dinero lo obligó a abandonar la carrera y a ganarse la vida creando frases para todo tipo de tarjetas postales en una empresa de Los Angeles. Un día, se incorpora a la compañía Summer (Zoey Deschanel), para trabajar como asistente de su jefe. El queda deslumbrado por ella y al poco tiempo se cruzan en el ascensor, donde ella se mostrará también como fan de The Smiths (Tom está escuchando a la banda inglesa liderada por Morrissey en su i-Pod). El gran problema es que mientras él está obsesiva, perdidamente enamorado de ella, la protagonista descree por completo de la vida en pareja y prefiere sostener una relación más "amistosa".

    Los 500 días del título son narrados de manera no cronológica (arranca por el 488) y, así, el relato irá y vendrá en el tiempo, mostrando los acercamientos y alejamientos, las alegrías y tristezas, los sueños y decepciones, las peleas y reconciliaciones y, en definitiva, las contradicciones que hacen de ésta una anti comedia romántica en la que conviven la música, IKEA, el karaoke y las desventuras de la Generación X, con reminiscencias del cine de Kevin Smith, de Richard Linklater y del Nick Hornby de Alta fidelidad.

    Más allá de la ingeniosa estructura con constantes saltos temporales, hay situaciones inspiradas, que fluyen con gracia y sensibilidad, y otras en las que el sistema se resiente con algunas anécdotas o ciertos diálogos demasiado calculados. De todas formas, en el balance de sumas y restas, el resultado final es más que positivo. Si, además, se le agrega que la dupla Gordon-Levitt/Deschanel es irresistible, (500) días con ella termina siendo una de esas pequeñas películas para ser tenidas muy en cuenta.
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  • Mr 73: La última misión
    Un clásico policial negro

    Después de Gangsters y El muelle , Olivier Marchal -uno de los directores más taquilleros del cine francés de la última década- continúa demostrando toda su capacidad narrativa y su categoría visual dentro del policial negro con MR 73: La última misión , otra incursión en el universo de detectives quebrados y asesinos seriales para la que contó una vez más con el aporte del gran Daniel Auteuil.

    Auteuil interpreta a Louis Schneider, un veterano detective que supo tener épocas de gloria y que hoy está consumido por las penas, la soledad (su esposa está en estado vegetativo) y el alcohol. Tras secuestrar en una de sus borracheras un colectivo de la ciudad de Marsella, es degradado a una tarea nocturna y burocrática, mientras se sucede una ola de crímenes sexuales y el sector más corrupto de la fuerza policial aprovecha para ganar terreno. El intrincado rompecabezas se completa con otras piezas clave: una encumbrada agente (Catherine Marchal) que trata de ayudar al protagonista, un asesino (Philippe Nahon) que está a punto de salir de la cárcel, y una joven embarazada (Olivia Bonamy) que 25 años atrás, siendo una niña, perdió a sus padres a manos de ese delincuente que pronto estará en libertad.

    La película sostiene en buena parte de sus dos horas la tensión y el suspenso, pero dilapida parte de sus logros con sus excesos de una violencia demasiado gráfica, sus simbolismos obvios, varias subtramas que no terminan de entrelazarse con fluidez, ciertos lugares comunes sobre los derroteros de seres torturados en busca de la redención, y una polémica aproximación al siempre conflictivo tema del "ojo por ojo" y la venganza por mano propia. De todas formas, sus logros formales, sus climas y la imponente presencia de su actor protagónico la convierten en un digno referente dentro de un género clásico en la historia del cine francés.
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  • El último verano de la boyita
    Honestidad brutal

    Este segundo largometraje de Julia Solomonoff (Hermanas) no consiguió durante su presentación en la competencia oficial del BAFICI en abril último la repercusión local ni internacional que merecía. Muchos la consideraron, injustamente, como demasiado convencional para los cánones de la selección porteña (¡Y hasta cuestionaron para esa inclusión el hecho de que haya sido coproducida por los hermanos Almodóvar!). Luego, la película tuvo un breve, poco difundido y fallido recorrido comercial por las salas de Rosario y el circuito de festivales también tardó en reconocer sus valores, ya que -luego de varios meses- recién pudo llegar a muestras como las de San Sebastián o Tesalónica.

    El último verano de la Boyita tiene un segundo problema: remite en distintos aspectos a otros films de grandes directoras locales: La rabia, de Albertina Carri; La ciénaga, de Lucrecia Martel; y XXY, de Lucía Puenzo.

    Quizás Solomonoff no sea tan sutil y virtuosa como Martel ni tan extrema en su abordaje temático como Carri o Puenzo, pero nadie puede dudar de que su segunda película está muy bien narrada y actuada, tiene sensibilidad para acercarse al universo infantil/preadolescente, y hace gala de un acabado técnico irreprochable con la colaboración de un verdadero dream-team (el DF Lucio Bonelli, el compositor Sebastia´n Escofet, los editores Rosario Suárez y Andrés Tambornino, el arte de Mariela Ripodas y la sonidista Lena Esquenazi).

    Las contradicciones entre la gente de ciudad y la del campo, los prejuicios que existen incluso en tiempos de corrección política, las pequeñas miserias y hostilidades, la descontención de los chicos, y -sobre todo- el tema del despertar sexual son expuestos por Solomonoff con pudor, sin forzar ni subrayar las situaciones, sin caer en la demagogia, apoyada en la expresividad de la pequeña Guadalupe Alonso y construyendo un universo (el campo en pleno verano) que es funcional a la historia.

    Espero que, más allá del apuntado traspié rosarino y de los múltiples aplazamientos de su lanzamiento porteño, El último verano de la Boyita pueda conectar con cierto segmento del público en medio del aluvión de estrenos nacionales que hace naufragar a la mayoría. Es una película digna, honesta y cuidada. Atributos suficientes como para ser tenida muy en cuenta.
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  • Volver a amar
    Volver a amar
    Otros Cines
    Todo lo que necesitas es amor

    Esta película -ganadora de tres premios en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 2008- es un auténtico crowd pleaser (con todo el encanto y la demagogia que esa caracterización conlleva).

    Entre el cuento de hadas proletario, la comedia romántica y la reivindicación de esos personajes de clase trabajadora sumidos en la desesperación (hay algo del cine de Mike Leigh y Ken Loach), esta opera prima del belga Christophe Van Rompaey -sin llegar a una edulcoración complaciente- resulta algo así como el reverso, la antítesis del cine de sus compatriotas más célebres, los hermanos Dardenne.

    El film arranca cuando Matty (convincente trabajo de Barbara Sarafian), 43 años, madre de tres hijos (uno de ellos, una adolescente lesbiana) y abandonada desde hace cinco meses por su marido, que se fue con una chica bastante más joven, choca en el estacionamiento de un supermercado con Johnny (Jurgen Delnaet), un camionero de 29, también divorciado. Luego de una dura pelea, llegará la progresiva reconciliación y, más tarde, el inevitable romance.

    De hecho, Matty -empleada del correo, endurecida por la angustia, la bronca y el resentimiento- tardará en comprometerse, pero logrará no sólo la atención de Matty sino incluso el regreso de su ex.

    Volver a amar cae en cierto patetismo pueblerino (la larga escena del karaoke) y en algunas confesiones íntimas demasiado obvias, pero combina con bastante acierto los enredos amorosos y humorísticos con una sensible mirada humanista.
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  • La extranjera
    La extranjera
    Otros Cines
    Una luz en la oscuridad

    María (María Laura Cali) trabaja como empleada de limpieza en una disco de Barcelona. Vive sola en una diminuta habitación de una vieja casa plagada de inmigrantes ubicada en un barrio dominado por la comunidad árabe. Un llamado la alerta de que su abuelo ha muerto y le ha dejado una precaria chacra (hipotecada y llena de deudas) en un paraje perdido del San Luis profundo. Hacia allí viaja con la idea de venderla lo antes posible, ver si le queda algún dinero y volver a su gris existencia europea.

    Pero el destino y una especie de llamado interior hacen que se quede en esa zona árida, precaria e inhóspita más tiempo de lo previsto. A pesar de su aversión inicial, de su personalidad tan dura y seca como el clima, de sentirse en ese pueblo fantasma donde ya no pasa el tren casi tan extranjera como en Cataluña, acepta iniciar una relación afectiva con Juan (Arnaldo André), un divorciado de buen pasar y hasta soñar con un emprendimiento cuentapropista basado en la fabricación de arrope.

    Una década después de concretar su opera prima Plaza de almas (un film que en su momento tuvo sus adeptos, pero que a mí no me había gustado casi nada) y de radicarse en Francia (donde suele trabajar para el canal Arte), Fernando Díaz construye una más que interesante segunda película, sustentada en una puesta en escena muy cuidada, en una sólida actuación de Cali y en un tono que le permite sortear los típicos clisés y el pintoresquismo de estas historias sobre gente de la ciudad que va al campo a cambiar su vida.

    El film, es cierto, tiene algunos lugares comunes (situaciones ya vistas en historias similares), ciertos diálogos cun poco forzados, un personaje como el de Roly Serrano (una suerte de capo local) que cambia de forma demasiado abrupta y puede también que su resolución (¿el reverso de Un lugar en el mundo?) sea un poco condescendiente y edulcorada, pero La extranjera resulta un logrado segundo paso en la carrera de un director que, como su heroína, vive y trabaja a ambos márgenes del Atlántico pero que ha conseguido reencontrarse con su país a partir de una historia sensible y auténtica.
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  • Shotgun Stories
    Shotgun Stories
    La Nación
    Hermanos divididos por la sangre

    Shotgun Stories, ambientada en las planicies de la rural Arkansas, sorprende por su ferocidad y contundencia.

    Esta ópera prima del joven director Jeff Nichols fue una de las sorpresas del cine independiente norteamericano y del circuito de festivales internacionales hace un par de temporadas.

    A pesar de su limitada experiencia (media docena de cortometrajes), este guionista y realizador que hoy tiene 31 años demostró una infrecuente madurez y solidez a la hora de plantear y luego desarrollar esta historia de desencuentros y venganzas que enfrenta en una escalada de violencia a dos grupos de medios hermanos divididos por la figura de un padre en común que abandonó a unos para formar una nueva familia con otros.

    Ambientada en una zona rural y de pueblos bajos del sudeste de Arkansas (de donde es originario el director), Shotgun Stories es un tenso melodrama familiar que remite a los primeros trabajos del gran Terrence Malick y que tiene elementos propios del western urbano en la línea del cine de Walter Hill.

    Michael Shannon interpreta a Son, el líder de los tres hermanos Hayes, una suerte de clan bastante patético y con serias dificultades laborales, económicas y afectivas. Tras enterarse de la muerte de su padre, los tres irrumpen en el velorio para decir su verdad. La reacción de sus medios hermanos no se hace esperar y se desencadena, así, una escalada de violencia propia del "ojo por ojo".

    La película -premiada tanto por el jurado oficial como por el de la crítica del prestigioso Festival de Viena- transmite, más allá de algunos lugares comunes de estas historias de pueblo chico e infierno grande, toda la carga de frustración, de tensión y de odio propias de una situación familiar y socioeconómica de esas características.

    Al interesante entramado dramático, Nichols le suma una bello y climático trabajo fotográfico en scope (pantalla ancha) para aprovechar en todo su esplendor los paisajes (ríos, llanuras, pueblos de casas bajas), que resultan mucho más que un mero elemento visual de aspecto decorativo para convertirse en un aliado esencial para definir a los personajes y para construir los climas que la historia necesita.
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  • La canción de París
    La vida es puro teatro

    La canción de París, la nueva superproducción de Christophe Barratier (el mismo de la exitosa Los coristas), es una tragicomedia épica que combina el cine de época, el musical y el género romántico con un fuerte trasfondo político, ya que está ambientada en 1936, tras el triunfo electoral de la izquierda (el Frente Popular), pero con una férrea oposición de los fascistas asociados con el poder económico y policial.

    En ese contexto, en el popular barrio de Faubourg, se narra la odisea de tres integrantes del decadente teatro Chansonia, un utilero (Gérard Jugnot), un iluminador mujeriego (Clovis Cornillac) y un patético imitador (Kad Merad). Cuando el lugar es cerrado, ellos serán los responsables de reabrirlo y de montar un espectáculo que les permita sostenerlo. Los decisivos personajes secundarios son el despiadado dueño del Chansonia (Bernard-Pierre Donnadieu), una bella cantante que robará más de un corazón (Nora Arnezeder); y un compositor que sale de un ostracismo de dos décadas para participar en la epopeya (Pierre Richard).

    La película remite a varios films previos, desde Topsy-Turvy, de Mike Leigh; hasta Moulin-Rouge o Los productores, pero aquí estamos en un universo premeditadamente sentimental (véase la relación padre-hijo que se describe), cursi, meloso, grasa, en el que el paralelismo entre el desarrollo de la historia y la evolución política francesa es trazado de forma bastante obvia. Sin embargo, con la simpatía de sus intérpretes, las buenas escenas musicales, su sólida factura y esa reivindicación popular (populista) sin culpas le alcanza para ser un espectáculo simpático e incluso, por momentos, irresistible.
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  • El juego del miedo 6
    No sos vos, soy yo

    Admito que ya no sé qué escribir, ni cómo encarar una crítica sobre esta franquicia de terror extremo. Si tomármela en serio, en broma, si indignarme, si tratar de encontrarle aciertos técnicos, si compararla con las anteriores... ¿Tiene sentido? ¿A alguien le interesa que se analice la saga de El juego del miedo, o la de Hostel, o todo ese subgénero de violencia extrema ligado al auge de las snuff-movies? Peor aún ¿Es esto cine o apenas un mero espectáculo de sadomasoquismo? El debate tiene sentido en función de que, por ejemplo, el estreno en España debió suspenderse, ya que la película fue calificada como X, es decir, sólo apta para salas de exhibición condicionada (pornos, bah). O sea, ¿es El juego del miedo VI sólo pornografía de la violencia?

    Las mismas dudas me acecharon cuando tuve que escribir sobre las anteriores (creo que vi todas menos una), no puedo creer cuando leo en un sitio colega que el "crítico" la elogia diciendo que es poco menos que una obra maestra y -con conocimiento de causa, es cierto- compara detalles, personajes y subtramas de las seis películas. Yo, más allá del personaje de John Kramer/Jigsaw (que está muerto, pero "reaparece" vía flashbacks y alucinaciones a todo momento), no tengo interés ni capacidad para recordar ningún otro detalle. No me interesa en absoluto si un personaje murió descuartizado en la segunda parte, si tal otro se salvó pero perdió un brazo en la tercera o si un detective corrupto participó o no en la cuarta. Les dejo todo esto a los fans de esta serie de atrocidades / torturas / autoflagelaciones / festival de vísceras, etc.

    Si alguien quiere saber de qué va esta sexta parte (que, creo, es algo mejor que las dos anteriores, ya que al menos tiene una narración más sólida), les cuento que continúa la cacería moralista de Jigsaw (con la ayuda de su viuda y de un policía) contra un ejecutivo de una corporación de seguros médicos cuya función es dictaminar a quién se cubre o no en el tratamiento de un cáncer u otra enfermedad terminal (o sea que, como Jigsaw, decide quién vive y quién muere), pero también contra adictos a las drogas, fumadores, periodistas sensacionalistas y seres corruptos.

    Que los elementos de tortura y las pruebas a las que son sometidas las víctimas son ingeniosas, que el film tiene tensión y suspenso... Puede ser. Pero cualquiera de estos hallazgos son para mí menores, insignificantes en comparación con la acumulación de excesos a los que me enfrente la película. Como no tengo alma masoquista (ni sádica), no puedo recomendarle entonces a nadie que se someta a una experiencia semejante a la que yo padecí.
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  • Tres deseos
    Tres deseos
    Otros Cines
    La angustia que corroe el alma

    Hace casi un mes se estrenó la notable película alemana Entre nosotros, de Maren Ade, que desnudaba las miserias de una pareja que se daba cuenta de la verdadera dimensión de su crisis durante una estancia estival en la isla de Cerdeña. Algo similar ocurre con Pablo (Antonio Birabent) y Victoria (Florencia Raggi), un matrimonio porteño casado desde hace 8 años que viaja durante un fin de semana a Colonia para festejar el cumpleaños 40 de ella (un poco mayor que él) y para disfrutar del primer período alejados de su hija de 6. Pero, claro, esa promesa de intimidad, celebración y descanso se convertirá pronto en una pesadilla para ambos.

    Vivián Imar y Marcelo Trotta (Legado) redondean una atractiva película a partir de una puesta en escena muy prolija en la que conviven con bastante elegancia largos planos-secuencia con cámara en mano (todo un desafío para sus tres protagonistas) con otras construcciones más reposadas e intimistas.

    Las calles, playas y construcciones de Colonia otorgan el contexto ideal para una historia que va adquiriendo un tono cada vez más melancólico, a medida que la crisis se hace más evidente con la irrupción de la angustia, de las inseguridades y hasta del desprecio y la cobardía.

    Si bien el film en su conjunto tiene una apuesta más cercana a los climas propios del cine de cámara europeo (francés), la aparición de Ana (Julieta Cardinali), una ex novia de Pablo, propone una subtrama que remite en su construcción al díptico Antes del amanecer/Antes del atardecer, de Richard Linklater.

    Irreprochable desde su apuesta narrativa y su acabado técnico, Tres deseos extraña por momentos un poco más de intensidad y de hondura a la hora de sumergirse en las contradicciones de sus criaturas, y se resiente para algunos diálogos demasiado explícitos ("la vida me pasa y yo me voy dejando llevar", Pablo dixit) que afloran cuando llega la hora de las confesiones íntimas.

    A nivel actoral, Cardinali ilumina el film en cada una de sus apariciones, la fotogénica Raggi sale bastante airosa del desafío de un riesgoso protagónico, mientras que Birabent (un actor al que siempre parece costarle bastante conseguir la fluidez necesaria en el cine) no desentona en una película "de" actores. De ellos también es, pues, el mérito de llevar esta historia a buen puerto.

    Nota: Mi hermano Nicolás figura en los créditos como coproductor ejecutivo del film (me enteré de que participó en la etapa final del proyecto hace pocos días) y el CIC -responsable de la película- pauta desde hace un buen tiempo un banner en el sitio. Ninguna de esas dos situaciones ha afectado en lo más mínimo mi valoración ni la cobertura de este estreno. Pero, ante tanta gente susceptible que hay en la industria, no está de más hacer la aclaración pertinente.
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  • Toy Story 2
    Toy Story 2
    Otros Cines
    El regreso de dos clásicos (renovados)

    Aclaro: esto no es una crítica, sino un mero recordatorio de dos gemas de la animación (probablemente las más influyentes de los años '90), que ahora llegan "retocadas" en versión digital 3D; es decir, las mismas historias de siempre con una excelente calidad de imagen y sonido, y con el agregado de efectos que permiten disfrutar de las encantadoras aventuras del cowboy Woody, del "guardián del espacio" Buzz Lightyear y de sus queribles compinches (Cabeza de Papa, el dinosaurio Rex, etc.) con mayor espectacularidad y sensación de profundidad de campo.

    ¿Qué se puede agregar a lo que ya se ha escrito (y visto) decenas de veces sobre esta saga que espera su tercera entrega para el próximo 15 de julio? La eficacia de ambos relatos se mantiene intacta, inalterable, y la posibilidad de verla con anteojitos y en copias remasterizadas le confiere un plus especial.

    De todas maneras, al no haber sido concebidas especialmente para las salas digital 3D, no es tanto lo que esta nueva tecnología le aporta a la narración. No hay aquí golpes de efecto ni una vertiginosa acumulación de estímulos como acostumbra el cine de animación contemporáneo muchas veces carente de ideas. Aún con sus limitaciones técnicas (hace 10 o 15 años Lasseter y compañía no contaban con las mismas herramientas que Pixar posee hoy), Toy Story y Toy Story 2 comparten el amor por los chicos, por los juguetes y por el cine. Volver a verlas en pantalla grande -como yo lo hice con mis dos hijos- es la renovación de un placer muy recomendable.
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  • Toy Story
    Toy Story
    Otros Cines
    El regreso de dos clásicos (renovados)

    Aclaro: esto no es una crítica, sino un mero recordatorio de dos gemas de la animación (probablemente las más influyentes de los años '90), que ahora llegan "retocadas" en versión digital 3D; es decir, las mismas historias de siempre con una excelente calidad de imagen y sonido, y con el agregado de efectos que permiten disfrutar de las encantadoras aventuras del cowboy Woody, del "guardián del espacio" Buzz Lightyear y de sus queribles compinches (Cabeza de Papa, el dinosaurio Rex, etc.) con mayor espectacularidad y sensación de profundidad de campo.

    ¿Qué se puede agregar a lo que ya se ha escrito (y visto) decenas de veces sobre esta saga que espera su tercera entrega para el próximo 15 de julio? La eficacia de ambos relatos se mantiene intacta, inalterable, y la posibilidad de verla con anteojitos y en copias remasterizadas le confiere un plus especial.

    De todas maneras, al no haber sido concebidas especialmente para las salas digital 3D, no es tanto lo que esta nueva tecnología le aporta a la narración. No hay aquí golpes de efecto ni una vertiginosa acumulación de estímulos como acostumbra el cine de animación contemporáneo muchas veces carente de ideas. Aún con sus limitaciones técnicas (hace 10 o 15 años Lasseter y compañía no contaban con las mismas herramientas que Pixar posee hoy), Toy Story y Toy Story 2 comparten el amor por los chicos, por los juguetes y por el cine. Volver a verlas en pantalla grande -como yo lo hice con mis dos hijos- es la renovación de un placer muy recomendable.
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  • El extraño mundo de Jack
    El nuevo regreso de un gran clásico de la animación

    No es mucho lo que a esta altura se puede agregar sobre esta gema de la animación stop-motion (cuadro por cuadro) que conocimos hace ya 16 años y que se sigue disfrutando de manera habitual por el cable. Dudo mucho que alguno de ustedes no haya visto aún esta encantadora comedia negra / musical / película de terror / épica romántica / film infantil con el sello inconfundible del enorme Tim Burton, más allá de que como director figure su colaborador Henry Selick (creador de la también notable Coraline y la puerta secreta).

    El extraño mundo de Jack nos paea por distintos géneros con la misma ductilidad, audacia y creatividad, con la misma excelencia narrativa y visual, con esa sensación de estar frente a lo genuinamente artesanal, con ese espíritu lúdico que ese niño-genio que es Burton (por suerte) nunca ha perdido.

    Hecho este prólogo, lo único que me queda por analizar sobre este film que contrasta con humor y sensibilidad los mundos de la Navidad y de Halloween a través del querible personaje de Jack es contarles cómo se ve y se escucha esta versión remozada en formato Disney Digital 3D. La calidad de imagen y sonido es excepcional y espero que se haya mejorado el molesto doblaje castizo que se escuchó en 2008.

    El film, si bien cuenta con nuevos efectos visuales y con un acabado técnico muy cuidado, está lejos del impacto que ofrecen las nuevas producciones concebidas desde el inicio para su proyección en formato tridimensional. Pero para todos aquellos que aman el cine de Burton y que no vieron esta joya en pantalla gigante, se trata de una oportunidad única, insoslayable. Y hasta se pueden dar el lujo de invitar a hijos, nietos o sobrinos y disfrutar con ellos de una de las grandes películas de animación de todos los tiempos.

    (Esta crítica fue publicada en ocasión del estreno original de la versión 3D del film el 30 de octubre de 2008).
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