Jackass: el abuelo sinvergüenza

Crítica de Pablo E. Arahuete - CineFreaks

El mal ejemplo

Lo primero que puede decirse de este arribo del tándem de infradotados millonarios que pulularon por el firmamento de la MTV durante los años 2000 a 2002 en el programa Jackass, que luego tuviese sus extensiones cinematográficas para mostrar más de lo mismo pero en pantalla grande, es que en esta ocasión optaron por el terreno de la ficción con Jackass, el abuelo sinvergüenza, dirigida por Jeff Tremaine, comedia que se mofa de los lugares comunes de toda película familiera y del corazón.

En esta oportunidad quien toma la posta del grupo es nada menos que Johnny Knoxville, aunque caracterizado como un anciano, Irving Zisman, quien en el funeral de su esposa recibe la visita inesperada de una hija que le pide hacerse cargo de su nieto Billy (Jackson Nicoll) antes de caer presa. El papá del niño es un motoquero poco afecto a las responsabilidades adultas pero eso no implica que el viejo salga en su búsqueda dado que no puede cuidar a Billy todo el tiempo.

A partir de ese encuentro fortuito entre abuelo y nieto nace una relación afectuosa pero que se rige por los códigos de la incorrección política exacerbados desde una puesta en escena que distribuye cámaras ocultas a fin de captar las reacciones adversas del inconsciente colectivo con el que interactúan Knoxville y este pequeño bastante convincente en sus intervenciones, capaz de seducir con su inocencia a los transeúntes más incautos o llevar al límite sus acciones, que muchas veces rozan con ese mal gusto propio de la franquicia pero que no es ninguna novedad teniendo en cuenta el nutrido volumen de videos amateurs que habitan la galaxia youtube.

Algo que caracterizaba a Jackass era ese desafío corporal y de resistencia al dolor en tono de burla que se agotaba a los 15 minutos a pesar de la sofisticación en la broma pesada, algo que les daba el mote de originales a estos muchachos de la cultura MTV y prototipo del americano mediocre con panza de cerveza y neurona sulfatada. Muy difíciles de emular.
Sin embargo, esa cualidad singular forma parte del pasado y lo que quedó como resabio es este producto por momentos gracioso, que siempre necesita de la complicidad de su víctima predilecta para ser efectivo, porque de lo contrario ya no causa sorpresa una vez que el público se acostumbra a las ocurrencias del anciano; a los cúmulos de situaciones embarazosas -que incluyen escatología a granel- así como a un puñado de escenas donde el objetivo concreto es molestar a la gente como ocurre en un bingo en el que Irving hace de las suyas o cuando irrumpe en un local de strippers masculinos y aterroriza a las mujeres con sus genitales al viento.

La química entre el niño y Knoxville es lo mejorcito de Jackass, el abuelo sinvergüenza; su parodia de Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006) refleja el patetismo de esas madres capaces de todo para que sus hijas se ganen el concurso y seduzcan al público y al jurado, pero eso no alcanza para superar la medianía, no caer en el chiste obvio y ser una muestra palpable que el humor irreverente es mucho menos interesante e inteligente de lo que parece.