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Imagen del crítico Pablo E. Arahuete
Pablo E. Arahuete
  • Cantidad de críticas: 426
  • Promedio: 67%
  • Críticas favorables: 331/426 (78%)
  • Críticas desfavorables: 95/426 (22%)
  • Diferencia absoluta: 10%
  • No te enamores de mí
    Historias de amor esquivo

    El título de la opera prima de Federico Finkielstain, No te enamores de mi, quien fuera asistente de dirección en películas como Gigantes de Valdés o El salto de Cristian y guionista de Palermo Hollywood, puede interpretarse como una advertencia o alarma para este racimo de personajes: la mayoría de ellos disconformes con su vida y con sus respectivas parejas, hombres y mujeres que superan los treinta y pico.

    Parece que enamorarse en el film de Finkielstain es algo poco probable cuando está en juego la seguridad emocional; la seguridad económica y en definitiva ceder ante un proyecto en común.

    Así las cosas, como toda película coral, el derrotero de tres parejas diferentes se entrecruza en situaciones azarosas y cotidianas, signadas por algún conflicto de orden afectivo: la historia de Sergio (Pablo Rago) y Paula (Violeta Urtizberea) es la de un matrimonio infeliz en donde entra a tallar la presencia de un tercero, en este caso la amante de Sergio, Alejandra (Julieta Ortega), quien pretende ocupar el lugar de privilegio y dejar de ser la segunda o el juguete sexual de Sergio que sigue con Paula, estudiante de psicología de 24 años un tanto ingenua que hará sus primeras experiencias como acompañante terapéutica de una adolescente, Luli (Ana Pauls), conflictiva, que removerá los cimientos de su estructurada mentalidad para mostrarle el reflejo deformado de lo que la rodea y no ve: un esposo infiel que no la ama.

    Por otra parte, se encuentra la pareja compuesta por Sofía (Mercedes Oviedo), quien acusa desde su tristeza y angustia el distanciamiento de su novio y futuro esposo Maximiliano (Tomás Fonzi), un arquitecto de una familia acomodada económicamente en donde la voz de mando recae en su madre (Luisina Brando) que prefiere que su hijo forme una familia con una chica como Sofía a pesar de no considerarla el mejor partido. Quien llega casi de sorpresa a inmiscuirse en la relación en un momento de crisis es el hermano de Maxi (Guillermo Pfening), un fotógrafo freelance en quien Sofía verá una oportunidad para salir del asedio y la asfixia de convivir con un novio poco demostrativo de interés.

    Bajo un registro que pretende bucear en la intimidad de cada triángulo y con un buen desarrollo de los conflictos entre los personajes, el debut cinematográfico de Federico Finkielstain acierta en el ritmo en que se desarrollan las diferentes situaciones dramáticas y creíbles, pero quizás no logra escapar de la impronta televisiva y por momentos prolonga demasiado las escenas en las que debe destacarse el buen elenco integrado por exponentes de la nueva generación de actores como Violeta Urtizberea, encargada de los apuntes humorísticos y la versátil Julieta Ortega para entregar un personaje con varias aristas dramáticas y muy intenso en lo emocional.

    Tomas Fonzi ratifica su crecimiento como actor desde un personaje metódico y contenido que se lleva las dos mejores escenas del film: una de violencia sexual y otra donde revela un secreto a su pareja encarnada por la magnética Mercedes Oviedo.

    No te enamores de mi es un film correcto desde lo formal, con un interesante trabajo de fotografía, aunque en las escenas de sexo recaiga en los lugares comunes del cine publicitario y en materia de guión tal vez hubiese necesitado alguna puntada más para no caer en lo anecdótico aunque es justo decir que sus diálogos no parecen forzados ni grandilocuentes.
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  • Essential Killing
    Anexo de crítica: -El director polaco nos entrega un intenso film de supervivencia e instinto sin concesiones y con una fuerte carga de reflexión política despojada de toda bajada de línea pero siempre concentrado en el retrato agudo de la condición humana, con una mirada humanista pero no por ello esperanzadora que encuentra su mejor exponente en la deslumbrante actuación del norteamericano Vincent Gallo. Un relato que nunca pierde ritmo y cobra intensidad por la carencia del diálogo y la violencia contenida detrás de una lucha desigual entre un hombre y un ejército como parte de la moneda corriente de un mundo hostil, absurdo e injusto.-
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  • 35 Rhums
    35 Rhums
    CineFreaks
    Vidas y vías

    Resulta más que gratificante el estreno con retraso de esta gran película de la realizadora francesa Claire Denis que se había proyectado en nuestro territorio durante el Bafici 11, donde la directora en persona explicaba el difícil proceso de filmar 35 Rhums (2008), obra coral y de una belleza poco habitual.

    Denis se las ingenia para abordar pequeños trozos de vidas y verdades de una galería de personajes entrañables que comparten en común el hábitat de un condominio en París y su condición de extranjeros ya afincados en Francia. Rasgos del colonialismo que propone esta mirada personal de la realizadora para adentrarse en el micro clima y en el mini universo de una comunidad donde la mayor carga recae en la figura de Lionel (Alex Descas), quien vive con su hija Joséphine (Mati Diop) en uno de los departamentos donde comparten todas las noches cuando Lionel regresa de trabajar y ella de estudiar antropología para después atender una disquería, lugar que para Lionel resulta peligroso.

    El resto del cuadro lo componen Noé (Grégoire Colin), el vecino por quien Joséphine siente atractivo pero que no puede penetrar en el estrecho vínculo afectivo con su padre y Gabrielle (Nicole Dogue) que maneja un taxi y contempla taciturna y en secreto al viudo Lionel, quizás esperanzada de que alguna vez él se fije en ella.

    Sin embargo, como uno de los elementos distintivos de esta deliciosa película lo que aparece en un segundo plano cobra sentido en un primer plano y así ocurre con el personajes de René (Julieth Mars Toussaint), compañero de trabajo de Lionel a punto de jubilarse y reflejar en el protagonista aquella cara del espejo que no quiere ver: su propio tránsito hacia la jubilación; el paso del tiempo que lleva a que los padres deban despojarse de sus hijos para que ellos continúen con la vida cuando la estación del final se acerca y el tren se detenga. Entre esas vías que se cruzan en la existencia también se cruzan las vidas de estos seres de carne y hueso, que dicen muchísimas cosas desde el silencio o la mirada perdida sin necesidad de diálogos altisonantes.

    Basta capturar desde la cámara atenta de la directora de Bella tarea (1999) esos climas íntimos acompañados de buena música, sensualidad, melancolía y sabor a eternidad que se hacen tangibles cuando el poder de su cine emerge con vigor y en perfecta sintonía con la vida. Los 35 tragos del título tal vez se refieran a degustar las pequeñas cosas que nos pasan, convencidos de que pasarán y no se volverán a repetir, igual que aquellos viajes que se hacen sin equipaje y sin rumbo definido.
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  • El campo
    El campo
    CineFreaks
    Anexo de crítica: -En su paso por la ficción, Hernán Belón (Sofía cumple 100 años y Aluap) toma como punto de partida el sutil resquebrajamiento de una pareja joven que busca recomponer en el afuera para no indagar sobre el adentro donde se tensan aquellos nudos invisibles que vinculan a las personas antes y después de quebrarse; las ligaduras a los sueños ajenos para evitar la soledad o el fracaso al no tener claro lo que se desea.-
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  • Música campesina
    Anexo de crítica: -Ser extranjero en cualquier lugar del mundo trae aparejadas situaciones indeseables que hacen la estadía de cualquier persona algo poco placentero. Sin embargo, Alejandro Tazo, protagonista de este segundo opus de Alberto Fuguet se lanza a la aventura del amor y le sale mal por lo que regresar a su Chile natal implica admitir el fracaso y quedarse varado en Estados Unidos. Una posibilidad de reencontrarse consigo mismo y paradójicamente con sus deseos de volver a las raíces: tocar la guitarra, tener una buena charla con amigos y todo aquello que lo constituye y que en su calidad de extraño ha perdido en un territorio que le resulta tan lejano y ajeno como la música country de Nashville. El cineasta chileno entrega a fuerza de diálogos exquisitos la otra cara de la moneda de lo que podría denominarse sueño americano en una trama sencilla que abraza por momentos un humor refinado y por otros la alienación de su protagonista.-
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  • Comando especial
    Infiltrados para el descontrol

    Realmente poco importa que en los ochenta haya existido una serie orientada al público adolescente de la época, que arrancara allá por 1987 para culminar en 1991 con un tendal de capítulos y cinco temporadas detrás llamada 21 Jump street.

    De ese producto televisivo norteamericano, creado por Stephen J. Cannell y Patrick Hasburgh, quedan en el recuerdo de cualquier adolescente que hoy ha pasado los treinta y pico dos elementos distintivos: Johnny Depp en sus momentos de principiante -que actuó 80 episodios- y la cortina musical de apertura con un emblemático tema de Bon Jovi en la versión argentina por lo menos.

    Que el tiempo haya hecho lo suyo y la serie para algunos sea considerada de culto es otro cantar que en este caso no nos atañe. Lo cierto es que los reyes del reciclaje, léase Hollywood, retoman la idea de remake de series con voz propia como ya lo hicieran con otras series iconográficas como Los ángeles de Charlie, Los duques de Hazzard, entre otras, en busca de aquellos nostálgicos irremediables y un público nuevo que gracias a la magia de internet como gran archivo planetario de imágenes tomaron de una u otra forma contacto con la serie.

    Por fortuna los directores Phil Lord y Chris Miller evitaron el recuento de la nostalgia para darle vuelo propio a esta comedia adolescente irreverente, que se burla de los estereotipos y contrapone dos épocas diametralmente opuestas a partir de la confrontación de dos personajes que no han llegado a su etapa de madurez a pesar de recibirse de policías y adultos en la vida real.

    En realidad, en 2005 tanto Doug (Jonah Hill) como Brad (Channing Tatum) en su época de secundaria no la pasaban del todo bien. El primero por no ser popular y el segundo por ser popular pero poco inteligente. Así las cosas, Mister Cerebrito y Mister Músculos tuvieron su segunda oportunidad y se enlistaron en la policía soñando con aquel día glorioso de poder atrapar a algún delincuente más allá de la rutina de recorrer las calles a bordo de su bicicleta.

    Sin embargo, el fracaso en un arresto los condena a un castigo que para la policía no es otra cosa que algo degradante: formar parte del grupo de policías que por no poder adaptarse deben cumplir misiones de poca trascendencia como hacerse pasar por alumnos en una secundaria de estos tiempos y desbaratar los planes de un dealer que instaló una nueva droga sintética en los adolescentes por la que perdió la vida un alumno a causa de una sobredosis.

    Pero toda infiltración tiene sus riesgos por los compromisos afectivos y el grado de involucramiento personal y esta misión no será la excepción para estos singulares policías que vuelven a experimentar el desborde de la adolescencia con gusto a revancha por el sufrimiento del pasado traumático.

    Ese intercambio de roles opera como detonante cómico al que se le irán incorporando situaciones que ponen en riesgo la identidad secreta de los policías al punto de exponerlos de tal forma que los planes fracasen en su conjunto.

    Con un guión firmado por Michael Bacall, Jonah Hill y el aporte de Patrick Hasburgh y Stephen J. Cannell (falleció en 2010), Comando especial se ubica cómodamente dentro de las comedias de incorrección política inteligentes con el desparpajo y la lucidez adecuada para superarse a sí misma en cuanto a propuesta y sobre todo partiendo de una premisa tan elemental.

    Si bien el film no es redondo y existe una enorme distancia entre la primera mitad y la última es innegable su efectividad a la hora de poner en Jonah Hill todo el peso de la comedia y en Tatum -que tiene menos expresividad que una guía telefónica- el contrapunto que equilibra el desborde. Tal es la desfachatez de los directores Phil Lord y Chris Miller (responsables de Lluvia de hamburguesas) que reservan un cameo de los principales referentes de la serie, Johnny Depp, Peter DeLuise y Richard Grieco poco habitual y muy gracioso que sorprenderá a más de un espectador.
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  • 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas
    El exilio de la memoria

    Seiscientos cuadros sobre su pueblo de adolescencia en Francia, pintados a lo largo de varias décadas, son el resultado de un meticuloso y obstinado viaje de la memoria que el pintor Nicolás Rubió lleva a cabo para recuperar aquel pasado de exilio -tras la guerra civil española- que ya no está.

    Quizás la memoria también se exilia, ayudada por el olvido, cuando el irreversible paso del tiempo tiñe todo de una bruma y una nebulosa que quita contorno a las siluetas; destiñe los colores vivos y anquilosa los movimientos para impregnarlos en una imagen fugaz. ¿Se puede filmar la memoria?; ¿Cuál sería el color para el olvido?

    En su ópera prima 75 habitantes, 20 casas y 300 vacas, el director Fernando Domínguez intenta reconstruir gracias a los recuerdos del pintor una parte de su biografía, tal vez la más importante que tuvo como escenario el pueblo de Vielles (cercano a Auvernia, Francia) que sirvió de refugio a la familia del pintor, burgueses a quienes la guerra civil obligó a tomar contacto con la vida rural y una clase social distinta.

    Para Nicolás Rubió esa etapa de su infancia significó el descubrimiento de un nuevo mundo y el vínculo con personas que se llevan sus mejores recuerdos y anécdotas que desde la reconstrucción ficcional de aquella época reproduce incluso el registro de diálogos como si hubiese sido ayer. Sin embargo, aquellos cuadros que con tanto esfuerzo ha pintado y sigue pintando para que la historia no se pierda no pueden devolverle las sensaciones o impresiones de juventud que recrea desde una prosa fluida cuando cumple el rol de narrador desde un voz en off muy bien utilizada durante el transcurso de este documental.

    El trabajo que realiza Fernando Domínguez para encontrar un espacio narrativo y dar curso a este viaje de los recuerdos del pintor consiste en insertar a las vivencias narradas sus propios cuadros en los que los atisbos impresionistas se perciben desde el vamos y más aún como espectadores somos participes del proceso de la pintura y la concreción de un cuadro, que a la distancia no es más que un conjunto de manchas distribuidas sobre una superficie negra y lisa pero que al acercarnos descubre contornos, figuras, paisajes, casitas y vacas, captadas por un ojo desmemoriado pero audaz.

    La obsesión de Nicolás Rubió por atrapar el recuerdo de una casa con la distribución exacta de las ventanas no es más que el pretexto de la lucha desigual contra el olvido y la distancia de un exilio, tanto geográfico desde la distante Argentina como íntimo y personal desde la memoria que huye agazapada como el gato negro que aparece en algún momento del film observando a quien observa.
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  • La separación
    La separación
    CineFreaks
    Cuando la mentira es la verdad

    En La separación, quinto opus del realizador iraní Asghar Farhadi, premiado en la Berlinale con el Oso de oro y recientemente ganadora del Oscar a mejor película extranjera, las víctimas son la verdad y los niños por los actos mezquinos de los adultos.

    La diferencia entre ética y moral también se pone en juego a partir de situaciones cotidianas que llevan a cada personaje a tomar decisiones que afectan su entorno pero de las que se responsabilizan muy poco. Y hablar de moral en una sociedad tan retrógrada como la iraní es reflejar el peso de la tradición y la religión por encima de todas las cosas. Elementos que son incuestionables y que con inteligencia Farhadi a fuerza de un guión sólido expone sin ningún tapujo.

    El detonante es un pedido de divorcio solicitado por la esposa Simin (Leila Hatami, ganadora del Oso de plata) a su marido Nader (Peyman Moadi, ganador del Oso de plata) tras el rechazo de acompañarla en su proyecto de dejar el país junto a su hija preadolescente Termeh (Sarina Farhadi). El argumento del hombre es que no puede abandonar el cuidado de un padre que padece alzheimer pero a Simin no le alcanza y deja el hogar de todas maneras.

    Por ese motivo, Nader a cargo de su hija debe contratar a una cuidadora para que atienda las necesidades del anciano durante las horas que él no está en la casa. Acompañada por su hija pequeña, la cuidadora realiza su tarea como puede dado que está embarazada.

    Un incidente -que no se revelará aquí- desencadenará una serie de consecuencias que sumergen al relato en una especie de thriller judicial que hace blanco precisamente en las aristas de un sistema jurídico perverso, atravesadas por el prejuicio, las diferencias sociales y la falsa idea de justicia.

    Sin tomar posición en cuanto a juicio de valor sobre sus personajes y equilibrando los puntos de vista, el director iraní escarba en lo más profundo de la condición humana con un retrato descarnado de cada una de sus criaturas con la distancia necesaria para que se muevan en un microclima de mentiras, egoísmos, vanidades, orgullos, contradicciones y vulnerabilidades, que vistas desde los ojos de un niño -en este caso dos niñas- contribuyen a que se pierda la inocencia y lo que es mucho más grave el valor de la verdad.

    Reza el dicho popular que los niños siempre dicen la verdad porque no hay moral que los condicione ni ética que los ate a las vicisitudes de la vida. Sin embargo, cuando esos niños crezcan y se conviertan en adultos conocerán que la justicia no siempre es la búsqueda de la verdad.
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  • La fuente de las mujeres
    Mucha agua bajo el puente

    De antemano, el director rumano Radu Mihaileanu advierte que la historia que se verá a continuación obedece a un relato o cuento para habilitar el tono y registro de fábula que operará como condicionante en el film La fuente de las mujeres.

    Si nos remontamos a épocas antiguas, el antecedente de esta historia se remonta a Aristófanes y a su obra Lisístrata del 411. Las semejanzas entre aquella obra teatral de la Grecia clásica a la versión moderna orquestada por el director de El concierto son varias.

    Todo sucede en el marco de un pueblo en el norte de África, de fuertes raíces islámicas, donde las diferencias entre mujeres y hombres son más que evidentes al tener ellas que buscar el agua que emana de una fuente, soportando el peso de baldes que deben cargar a diario en un terreno atravesado por piedras y muy riesgoso para su contextura física.

    El accidente que sufre una joven embarazada al tropezar en el camino y así sufrir la pérdida de su bebé despierta la indignación de la joven Leila (Leïla Bekhti), quien se niega a celebrar el nacimiento de otro niño hasta que no cambien las condiciones de sometimiento de las mujeres con los maridos y hombres de la comunidad. Ellos se amparan en la tradición para no hacer el trabajo pesado y depositan en las mujeres esa responsabilidad hasta que la protagonista de la historia, que se diferencia de sus pares por saber leer y escribir, propone hacer una huelga sexual hasta que la situación no se revierta y los hombres carguen con la tarea de la búsqueda del agua.

    Su rebeldía primero recibe un mínimo apoyo de las mujeres del pueblo, cuyo único esparcimiento es la posibilidad de ver novelas mexicanas por televisión y soñar con esas libertades que no tienen, aunque luego con el correr de los días el apoyo es casi unánime. La situación por un lado desencadena un conflicto entre hombres y mujeres, cuyas resonancias atraen otros conflictos de mayor envergadura y no previstos como por ejemplo la disolución de varios códigos que dejan de tener peso entre las mujeres, entre ellos casarse con un hombre para reproducción o la obligación de tener relaciones sexuales porque así lo establece la diferencia de géneros; la ausencia del gobierno en materia de generar mejores condiciones para que el pueblo tenga el agua que necesita y no dependa de la fuente.

    Como toda fábula, el peligro que debe sortear Radu Mihaileanu, más allá de sus buenas intenciones de denuncia sobre la penosa situación de las mujeres árabes, es el verosímil de lo que se está contando y más aún de cómo ese relato puede sostenerse sin que resulte ingenuo o forzado en sus acciones.

    Por ese conflicto -sin resolución- que genera ruido entre un corte realista más centrado en el costumbrismo y con una fuerte mirada ingenua para enfatizar la idea de fábula, el film rebalsa de metáforas y alegorías fáciles que pueden resultar un tanto chocantes así como el poco sutil constaste entre modernidad y tradición, primitivismo y tecnología.

    Así las cosas, esa fuente donde el agua fluye no es otra que la fuente de las ideas que cambian y chocan contra la piedra de la tradición; contra la rigidez de los dogmas que aprisionan el pensamiento o lo dirigen por un único cauce como es el caso de la interpretación de las sagradas escrituras del Corán por parte de los Imanes que son hombres y no precisamente imparciales.

    El atractivo del film lo constituye la fuerza de la protagonista al enfrentarse desde su condición de mujer a un universo machista y retrógrado como parte de la expresión del deseo de libertad, a pesar de los exabruptos y licencias poéticas de Mihaileanu, quien también al igual que en la obra teatral clásica de Aristófanes utiliza la danza y el canto para dejar en claro las ideas.
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  • Shame: sin reservas
    Tragedia de la vida posmoderna

    Hay dos escenas bien diferenciadas en esta segunda película del interesante director Steve McQueen también guionista junto a Aby Morgan que pueden resumir los aciertos y defectos de Shame: Sin Reservas: por un lado la majestuosa secuencia en la que Carey Mulligan interpreta en un perfecto tono de tristeza, melancolía y carisma la canción New York, New York donde el realizador exprime al máximo la atmósfera intimista y densa que prevalece a lo largo de la trama con una precisión admirable y por otro la que contrasta y que plantea el interrogante de cómo se presentan las escenas relacionadas con actos sexuales bajo la prédica conservadora, a pesar de que estamos en presencia de una producción inglesa que habitualmente son menos mojigatos que los norteamericanos para quienes no existe moral ante el exceso de violencia pero sí cuando de sexo explícito se trata.

    Algo similar ocurre con esta película aunque eso no quiere decir que el relato de alienación y decadencia de su protagonista no esté bien logrado, así como la parasitaria y tóxica relación con su hermana menor Sissy Sullivan (Carey Mulligan), quien llega en el peor momento de la existencia gris de Brandon (Michael Fassbender, intenso y soberbia actuación), un burgués neoyorquino adicto al sexo, que no puede mantener relación alguna con mujeres por más de una hora, salvo cuando contrata prostitutas para descargar su propia miseria y dolor arrastrado por una fuerte sensación de hastío por acumulación de deseos.

    Introspectivo hasta la médula, perturbador por el lugar en el que queda expuesto el espectador como testigo de la degradante metamorfosis del protagonista y su entorno que se va desdibujando como la ciudad que nunca duerme y que oculta detrás del brillo y las luces la tragedia de la vida postmoderna; el sentido efímero de todo lo que lleva al consumo material para tapar el vacío existencial, donde lo único que parece transparentar las heridas narcisistas es el cuerpo tanto desde su aspecto comercial como desde su lado más vulnerable y sagrado.
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  • El útimo Elvis
    El útimo Elvis
    CineFreaks
    La autenticidad no tiene glamour

    Crepuscular, melancólica, emotiva y profunda son cuatro calificativos que calzan justo en El último Elvis, ópera prima de Armando Bo, hijo de Víctor y nieto del director que junto a Isabel Sarli escribieran un interesante capitulo en la historia del cine argentino, a quien pudo conocerse por haber sido el guionista de la película Biutiful -junto a Nicolás Giacobone, también coguionista de El último Elvis- de Alejandro González Iñárritu que en este caso aparece en los créditos como productor.

    La devoción y la idolatría de figuras populares son dos cosas completamente distintas y de eso se encarga de dar testimonio el protagonista Carlos Gutiérrez (John McInerny, brillante), quien se mimetiza en su vida cotidiana nada menos que con el rey del rock: Elvis Presley. Su casa de Avellaneda, que en realidad pertenece a su madre internada en un geriátrico a quien visita de vez en cuando, refleja la sordidez en la que Carlos vive pero también encierra todas las cualidades de que allí ocurre algo extraño cuando, ya sea desde la voz o la aparición de reportajes o recitales de Elvis Presley en el televisor, la imagen sobre el protagonista se transforma.

    Es que a diferencia de los imitadores de cantantes que aparecen durante el desarrollo de la película en el mundo del entretenimiento donde se desenvuelve Carlos y pelea cotidianamente por el pago de shows atrasados, su particularidad consiste en la encarnación de la figura decadente de Elvis que pese al paso del tiempo conserva intacta su mística cada vez que pisa el escenario aunque se trate de una fiesta de 15, casamientos o amenizar un evento para una sociedad de fomento. Carlos es el último Elvis, el olvidado y postergado, pero en definitiva el más auténtico de todos que no renuncia a su calidad de artista a pesar de estar rodeado de malas imitaciones en un mundo donde lo obsoleto se genera a cada segundo.

    Sin embargo, en ese juego de ser otro y creerse otro –algo muy distinto- se superpone de manera contundente la realidad y la monótona y gris existencia de un cuarentón separado de Priscila (Griselda Siciliani) y con una hija, que se gana la vida como operario en una fábrica que acumula electrodomésticos obsoletos en un gran cementerio de heladeras y otros artefactos.

    No obstante, cada revés de esa realidad cruda y sin demasiados matices no impide que Carlos mantenga firme su proyecto de hacer algo grande para que su hija llamada Lisa Marie (Margarita López, tierna y muy convincente) se sienta orgullosa de un padre ausente aunque la posibilidad de conocerla llegue también bastante tarde.

    El último Elvis es antes que nada el mejor tributo que se le puede hacer al cantante de Memphis por el respeto sobre su figura, que a diferencia de cualquier biopic convencional sobre un artista aquí no se trata de representar ni personificar sino solamente de evocar desde el presente y desde un contexto anómalo un pasado de gloria y por eso la duración de cada número musical, donde se luce John McInerny no sólo por su voz sino por su presencia escénica que fluye en cada plano y encuadre como pocas veces se logra, dura el tiempo que debe durar y aparecen insertadas de forma progresiva y complementaria a la historia.

    Un relato sobre la culpa y la redención al igual que ocurría en Biutiful que se toma las licencias poéticas necesarias para que el camino iniciático y la transformación del personaje resulte verosímil a la trama; un sentido homenaje a los artistas anónimos que huyen de la grandeza y el glamour para vivir con intensidad los pequeños momentos, que en definitiva son los más verdaderos e irrepetibles.
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  • Los vengadores
    Los vengadores
    CineFreaks
    La base está

    Después de las presentaciones en solitario de los superhéroes más iconográficos de la Marvel era lógico esperar que tras las irregulares películas, Los Vengadores resultara por lo menos mejor que Los cuatro fantásticos en sus dos presentaciones y equiparable a la saga X-men en cuanto a film coral de superhéroes.

    Más allá de las afinidades o no con cada una de las películas de los miembros de este dream team heroico (rocordemos dos películas para Iron man, dos películas para Hulk y una tanto para Thor como Capitán América), pergeñado por la mente del brillante historietista Stan Lee y Jack Kirby que debutara allá por 1963 en el comic, puede decirse con todas las letras no sólo que estamos en presencia de la mejor película colectiva de superhéroes sino que además la menos solemne y patriotera de la década, lo que a estas alturas ya es un valor agregado.

    La premisa que detona la idea de la unión para hacer la fuerza es tan sencilla como efectiva: llegado el hipotético caso de que existiese un enemigo para el planeta tierra, indestructible desde la acción individual, la solución no es otra que el agrupamiento de habilidades y destrezas de cada superhéroe para construir un equipo que en conjunto supere en poder al enemigo.

    Ahora bien, si la hipótesis encuentra asidero en la realidad habrá que ver qué es lo que pasa entre teoría y práctica durante una feroz lucha con resultado incierto. Ese es el eje temático que recorre la superficie de un relato que transita por las peripecias de toda película de superhéroes, léase presentación de cada uno por separado, reclutamiento, enfrentamientos internos y finalmente unión y sacrificio por el bien común, pero multiplicado por cuatro o cinco, depende la lectura que quera hacerse donde se pone en juego la idea de la obediencia, el sacrificio altruista, la soledad del héroe y la tensión constante entre la humanidad necesitada de salvadores y la humanidad responsable de su propia autodestrucción.

    Todas estas ideas desarrolladas con ritmo, diálogos simples y apuntes humorísticos certeros conforman la estructura narrativa de un guión que sabe dosificar el desarrollo de los personajes; las secuencias de despliegue visual y acción trepidante que no para un segundo y que encuentra los momentos adecuados para lucimiento de cada uno sin que ninguno sobre en la ecuación pero con el peso y la presencia justa por nivel de jerarquías.

    Para usar un término futbolero: en este equipo Iron man (Robert Downey Jr) viene a representar a Lionel Messi y Hulk (Mark Ruffalo) al flaco Schiavi porque corta con la dulzura y desarma cuanto equipo contrario intente penetrar la línea de defensa, coordinada por un Capitán América (Chris Evans) que dentro del grupo es el menos pragmático y está pasado de moda en completa coherencia con su historia particular. Pero Messi –para seguir con la metáfora futbolera- sin ayuda no podría distinguirse y eso en el film, dirigido a puro pulso por Joss Whedon, se respeta como esos códigos inviolables, así como la presencia de un antagonista a la altura de las circunstancias que bajo la arcaica estrategia de dividir para reinar genera el suficiente caos para dejar en claro que a veces el poder no se resume en la fuerza sino en la inteligencia.

    Sin anticipar mucho sobre la trama para que el público disfrute, basta con decir que el hermano bastardo de Thor (Chris Hemsworth), Loki (Tom Hiddleston), se apodera del cubo de energía ilimitada Tesseract para reinar sobre la tierra, protegida por su hermano Thor mientras el resto de los superhéroes, los ya conocidos y aquellos que se suman como Viuda negra (Scarlett Johansson) y Ojo de Halcón (Jeremy Renner) se encuentran alejados del mundanal ruido hasta que el espía Nick Fury (Samuel L. Jackson) a espaldas de sus superiores pone en marcha la iniciativa Vengadores a lo que puede ser la última batalla sobre la faz de la tierra.

    Inmejorable debut para una franquicia que de mantener el nivel de esta primera entrega ganará por goleada el campeonato mundial de superhéroes porque cuando la base está, el resto del equipo funciona.
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  • Las mujeres del 6° piso
    Un burgués gentil

    El realizador francés Philippe Le Guay escribe y dirige esta comedia insulsa ambientada en la Francia de los años 60, época en que muchas mujeres españolas debían huir a la ciudad luz tras los estragos del franquismo para trabajar como mucamas de las clases adineradas francesas.

    La historia gira en torno a la familia Joubert, quienes contratan a María Gonzalez (Natalia Verbeke) para que se haga cargo de los quehaceres domésticos en un piso amplio y lujoso donde quien lleva la voz cantante es Madame Joubert (Sandrine Kiberlain), una avinagrada y aburrida mujer que juega al bridge con sus amigas. Concepción Ramirez (Carmen Maura), tía de María, trabaja junto con otras mujeres españolas -de variada edad- para diferentes familias burguesas y comparten el sexto piso del edificio, donde cuentan con un cuarto diminuto y baño compartido. Pero pese a esos problemas, siempre sacan una sonrisa de la galera.

    Su suerte cambia a partir de que Jean-Louis Joubert (Fabrice Luchini), patrón de María, comienza a descubrir el mundo de las mucamas; interiorizarse sobre sus problemas cotidianos –muchos más interesantes que los problemas financieros- y a valorar su pequeña cuota de libertad al no depender más que de ellas mismas, mientras empieza a ver a María como una mujer valiente y hermosa de la que no tardará en enamorarse.

    Un cambio de conciencia tan radical pone en riesgo su estabilidad matrimonial pero abre las chances a una nueva vida mucho más afín con lo que realmente desea y lo hace feliz.

    Así las cosas, más allá de las diferencias de clase y los roles de patrón y empleadas que se ven trastocados, Las mucamas del sexto piso se concentra en la anécdota más que en el trasfondo bajo un registro de comedia liviana que busca explotar la frescura de un elenco de figuras españolas como Lola Dueñas en un rol de mucama comunista; la fotogénica Natalia Verbeke y la experimentada Carmen Maura para ofrecer un relato pasatista y ameno, aunque sin demasiadas ideas, con personajes muy poco desarrollados en constante coqueteo con estereotipos amigables.

    Si bien la idea de idealizar a los personajes obedece a desdramatizar una historia cuyo contexto no es otro que el del exilio obligado, resulta algo extraño que el director francés lo haya hecho con tanta liviandad y que termine circunscribiendo toda la película a una historia de amor entre un burgués gentil y una empleada doméstica hermosa y sensible.
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  • Nosotras sin mamá
    Vender o no vender

    El encierro, tanto el físico como el mental prevalece en el microcosmos de esta ópera prima de la realizadora María Eugenia Sueiro, conocedora del universo femenino y del cine en su rol de directora de arte junto a directores prestigiosos como Lucrecia Martel, Albertina Carri, Sabrina Farji, Alejandro Agresti, Walter Salles y Daniel Burman, entre otros.

    Nosotras sin mamá parte de la premisa del reencuentro de tres hermanas tras la reciente pérdida de su madre en la casa de familia para decidir si la venden o la conservan. Así, Amanda, Teresa y Ema, encarnadas por Vanesa Weinberg, Eugenia Guerty y Nora Zinsk, intercambian recuerdos y reproches con un denominador común: la imposibilidad de irse de esa casa porque el afuera es una amenaza latente.

    Esa amenaza que se va construyendo con meticulosidad a partir del uso dramático del fuera de campo en complemento con la acumulación de elementos y detalles cobra sentido en la inercia de las tres mujeres al punto de desencadenar los conflictos y marcar las diferencias de personalidades que se verán acentuadas a lo largo de los 70 minutos en que transcurre el relato, con sutiles apuntes humorísticos que se entrelazan con los momentos de dolor.

    La puesta en escena planificada al detalle por Sueiro reconoce por un lado el espacio en su carácter opresivo y muestra con planos cerrados o fragmentos la casa, sus rincones, habitaciones, en un interesante intento por reflejar la convivencia de los recuerdos agradables de infancia con los otros que arrastran y convocan fantasmas y la omnipresencia de una madre autoritaria y castradora.

    La falta de movimiento o grandes desplazamientos de cámara en el espacio encorseta -por decirlo de alguna manera- a la trama en un registro cuasi teatral que sumado al tratamiento de la imagen en blanco y negro decanta cierta melancolía en la que un cúmulo de situaciones cotidianas despliegan el abanico de sentimientos, celos, rivalidades, pasadas de factura, frustraciones, vanidades entre las tres hermanas, quienes tienen dentro de esa dinámica roles bien diferenciados: la pragmática, la frágil y la necesitada económica.

    No obstante, por momentos la propuesta se diluye al atravesar el umbral entre la anécdota y la historia dando la sensación que podría haberse tratado de un buen proyecto para un mediometraje o cortometraje más que terminar extraviándose en los confines traicioneros del largometraje, a pesar de que no dure la media de 90 minutos convencional.
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  • Tenemos que hablar de Kevin
    Mal nacido

    Lejos de la idílica relación maternal y de las películas sobre sociópatas adolescentes como Elefante por citar el caso más emblemático, Tenemos que hablar de Kevin coquetea con el cine de David Lynch o el de David Cronenberg por instalarse en la fragilidad de la psiquis humana desde el punto de vista de la manipulación psicológica.

    La directora escocesa Lynne Ramsay fragmenta un relato pesadillesco y oscilante entre pasado y presente de Eva (brillante actuación de Tilda Swinton), quien debe sobrellevar una vida signada por la tragedia y a la que por resonancia se le suma el desprecio de toda una comunidad por ser la madre de un menor sociópata, responsable de la muerte de varios de sus compañeros de clase, entre otras cosas.

    En un continuo sincopado que durante la primera mitad del film yuxtapone imágenes del pasado, alucinaciones y retazos del presente, la trama se va armando de viñetas que marcan el proceso de transformación de la protagonista: una escritora que queda embarazada de un niño sin desearlo, con el que desde el primer minuto de vida no puede conectarse maternalmente hablando. No son los llantos insoportables del bebé ni tampoco las llamadas de atención durante su temprana infancia con indicios de problemas de adaptación y aprendizaje, sino su macabra inteligencia que lo vuelve dominador de sus padres en muy poco tiempo.

    Sobre todo de un papá (John C. Reilly) muy corto de reflejos, complaciente, que ha perdido todo tipo de autoridad ante el bastardo, que interpreta un papel de hijo dulce y bueno (Ezra Miller en su etapa adolescente y Jasper Newell en el periodo infantil) cada vez que pretende conseguir algo a cambio.

    Sin embargo, la llegada de una segunda hija, Celia (Ashley Gerasimovich) a la familia que viene a representar el contraste ideal y la inocencia ante el potencial asesino, desatará la furia de Kevin y provocará un quiebre en el relato con la necesaria distancia de su directora para no contaminar la historia.

    Sin establecer juicios de valor o máximas moralizantes y aliviadoras para un espectador que rápidamente experimentará una identificación primaria con la madre y el rechazo manifiesto hacia el hijo, la realizadora construye con paciencia el retrato meticuloso de un engendro social y amoral que es producto de la sociedad en la que vive y consecuencia directa de la decadencia de la familia como bastión intocable y de la cultura como su faz más cruda y perversa.

    El valor de esta obra más allá de sus elementos estéticos y una puesta en escena impecable es precisamente su falta de optimismo y esperanza en las instituciones más importantes de la estructura social, así como el despojo absoluto de sentimentalismo o redenciones de último momento para dejar tan inquieta e incómoda a una platea que se preguntará igual que la protagonista ¿por qué? Cuando la respuesta más sencilla es ¿por qué no?
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  • Espejito, espejito
    Anexo de crítica: -Tarsem Singh, director del recordado film La Celda, toma el clásico relato sobre Blancanieves y los 7 enanos para ensayar una relectura no sólo del personaje sino de la historia en sí misma para añadirle un costado más político que lo despoja de la ingenua mirada sobre la heroína y la bruja antagonista. Imagen y reflejo; mito y destrucción del mito son las coordenadas que atraviesan esta interesante versión libre de Blancanieves, mezcla de película hindú con kitsch, que tendrá mayor recepción por parte de los adultos que de los niños seguramente.-
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  • La sal de la vida
    El problema de repetirse

    Luego de un alentador y aplaudido debut cinematográfico con su ópera prima Pranzo di Ferragosto (2008), el guionista y director Gianni Di Gregorio vuelve a la carga con otra comedia autorreferencial que también gira en torno a su problemática con el mundo femenino y exalta como parte de la crítica cultural ese modelo de personaje que va en contra de los rasgos de masculinidad y virilidad prototípicos del macho italiano, al someterse a la voluntad y capricho de las féminas que lo rodean.

    En este caso particular y ya como síntoma de repetición aparece una vez más la figura de la madre castradora y demandante (Valeria De Franciscis Bendoni); la esposa (Elisabetta Piccolomini), la hija (Teresa Di Gregorio), la vecina que busca despertar el interés amoroso del protagonista (Aylin Prandi) y la aparición fugaz de un viejo amor (Valeria Cavalli) que servirán de pretexto para que el director italiano ensaye a partir de apuntes humorísticos algunas reflexiones sobre su existencia, teñidas de un dejo de melancolía.

    El problema central de este segundo opus intitulado por la distribuidora local como La sal de la vida (título que no hace justicia al original Gianni y sus mujeres, menos comercial por cierto) es la sensación de que al realizador no le queda demasiado por explorar del microcosmos femenino y poco por reflexionar tanto en su carácter de director como de protagonista del derrotero de un cincuentón con muy poca vida propia, quien pese a los intentos de torcer su propia inercia cae rendido a los pies de la impotencia y de la constante postergación.

    En materia cinematográfica y de puesta en escena es justo rescatar el estilo de frescura y despojo de formalismo que abrigan la propuesta de Gianni Di Gregorio de fuerte corte realista, quien ya dejara sus primaras marcas estilísticas en su debut aclamado por la crítica allá por el 2008.

    Con esos reparos, sin embargo, la comedia cumple con su cometido a pesar de resultar excesivamente anecdótica y por ciertos momentos un tanto anquilosada en su propio estado de latencia.
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  • La suerte en tus manos
    Entre distancias y segundas oportunidades

    Las distancias, las geográficas que marcan recorridos, definen tiempos y oportunidades y las otras que van de la mano de los afectos y los vínculos que se reciclan en el devenir de la vida, operan en el universo de La suerte en tus manos, nuevo opus del realizador Daniel Burman que vuelve a apostar a la comedia romántica como plataforma de lanzamiento, tal como en un pasado lo intentase con su film Todas las Azafatas van al Cielo (2002).

    La otra gran apuesta –nunca término más propicio para definir una decisión importante en un film sobre azar y decisiones- está concentrada en la revelación actoral del músico uruguayo Jorge Drexler en un co protagónico junto a Valeria Bertucelli, con quien no sólo existe la química necesaria para este tipo de propuestas sino el complemento para que ambos se luzcan en sus respectivos roles, que van creciendo en el desarrollo de la historia.

    El destino y el azar son las ideas rectoras sobre las que Burman bucea a partir de las reacciones y acciones de sus personajes en una dialéctica atractiva de encuentros y desencuentros entre ambos en un microuniverso, que marcan el ritmo de la trama donde se reproducen situaciones particulares en escenarios particulares también: cuarto de albergue transitorio, el casino, las calles de Rosario, etc.

    Por un lado, la ciudad de Rosario, definido dentro del relato como el espacio de menos exposición tanto para Uriel (Jorge Drexler) como para Gloria (Valeria Bertucelli), quienes se reencuentran allí luego de muchos años en que habían intentado en la juventud estar en pareja, plan que fracasó y los alejó durante largo tiempo modificando el rumbo de sus vidas. Ella, en Francia con un novio al que no ama y él, divorciado y con dos hijos, protagonista de relaciones fugaces pero sin sentar cabeza y aterrado por volver a ser padre al punto de querer someterse a una vasectomía.

    Sin embargo, el azar lleva a que Gloria deba regresar desde Francia tras el fallecimiento de su padre para arreglar unos asuntos familiares con su madre Susan (Norma Aleandro) y por casualidad aparezca en el camino de Uriel, un extrovertido y verborrágico ex amante que tiene la compulsión de no decir la verdad y la afición por el juego del póker a niveles casi obsesivos pero controlables.

    Quizás para salir de la rutina de la financiera en la que trabaja continuando el negocio de su padre, de prestar dinero a cambio de un interés, o para decidir sin riesgo y dejar todo en manos de la suerte.

    El conflicto central que atraviesa el derrotero de Uriel es que ya no quiere tomar decisiones sobre su destino porque es consciente de que cada una de ellas atrae consecuencias indeseadas y en el caso de Gloria haber decidido sobre su vida amorosa también trajo aparejada la desilusión.

    Por eso, cada uno volverá a jugar al juego del amor con las cartas que le tocan en suerte, no las mejores del mazo sino aquellas salidas del reparto de los azares y los encuentros fugaces para torcer el rumbo del destino en un film que fuerza el verosímil a consciencia porque en definitiva de eso se trata: de una película sobre segundas oportunidades, que Daniel Burman desarrolla con frescura, humor y un elenco impecable que incluye buenos secundarios también.
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  • Un método peligroso
    Pasiones versus ideas

    Como las capas de una cebolla, el antecedente de este último film del canadiense David Cronenberg, Un método peligroso, es la novela homónima de John Kerr que a su vez ha inspirado al dramaturgo Christopher Hampton (autor del guión) para montar una obra teatral The Talking Cure que sirve como punto de partida para este ambicioso proyecto del realizador de Videodrome, protagonizado por Viggo Mortensen, Michael Fassbender y Keira Knightley en los roles estelares.

    Lo de ambicioso no obedece exclusivamente a la temática explorada, los albores del novedoso método del psicoanálisis en el contexto de la Europa próxima a disgregarse por la Primera Guerra Mundial, sino por la abultada lista de tópicos que Cronenberg intenta repasar sin perder de vista la idea cinematográfica de ficción y la manifiesta lejanía de cualquier género que pudiera encasillar la historia narrada.

    Así, nociones básicas sobre la teoría psicoanalítica a la hora de hablar de represión sexual o de tensión de pulsión de vida y de muerte ocupan el eje teórico y conceptual del que emanan diferentes disquisiciones entre maestro y discípulo, léase una rivalidad incipiente entre Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y su colega Carl Gustav Jung (Michael Fassbender) a partir de la consulta y el tratamiento de una paciente rusa, Sabina Spielrein (Keira Knightley), quien presenta síntomas de lo que luego se conocería como histeria.

    Pero eso es tan solo la cáscara que atizará las llamas de la rivalidad, los celos y las admiraciones encubiertas, en el trasfondo de un perturbador relato que trasciende la simpleza de un triángulo amoroso causado más que por el deseo sexual reprimido por un cruce de egos y la afirmación de la cuota de poder que da el conocimiento, al punto de convertir al paciente en un objeto de estudio fascinante opacando su condición de contradicción humana para caer en las redes de la seducción femenina y perder todo sentido de objetividad ante el fenómeno psicoanalítico.

    Conceptos tales como el de transferencia y contratransferencia operan dialécticamente como uno de los vértices de este triángulo, así como las interpretaciones psicoanalíticas de los sueños entre Freud y Jung en un vínculo que sufre los embates de las pasiones y las ideas con la misma intensidad en que cada uno defiende su posición intelectual frente al otro con un discurso mucho más radical y cientificista por parte del padre del psicoanálisis ante una mirada próxima al misticismo en el caso de Jung, algo que muchos expertos en la materia consideran en algún sentido una teoría superadora de Freud y en otros un craso error producto de la especulación.

    No obstante, en un film en el que la impronta de la palabra conlleva por un lado la esperanza de una cura de una enfermedad mental y por otro potencia la fuerza de una crítica destructiva; la retórica aplastante que eleva o destruye prejuicios con la misma energía que los inventa a cada rato, la importancia de un guión sólido que se ajuste al desafío es prácticamente ineludible a la hora de dar un veredicto final. En ese sentido cualquier avezado en elementos del psicoanálisis generales pondrá sus reparos en la liviandad y licencias que el film se toma, así como en la caricaturización de Sigmund Freud espléndidamente construida por Viggo Mortensen y la de su par Jung desde la máscara turbadora de Michael Fassbender, sin olvidar claro está la entrega corporal y dramática de Keira Knightley para un personaje intenso, ambiguo, seductor y cruel en lo que sin lugar a dudas es el mejor papel de su carrera hasta el momento.

    David Cronenberg nuevamente se ubica en el territorio de los privilegiados a fuerza de coherencia e inventiva para organizar una puesta en escena que escapa del corset teatral y juega de forma constante con lo visible y lo no visible en un guiño sutil a la idea de representar ese universo misterioso y lejano llamado inconsciente.
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  • Protegiendo al enemigo
    Anexo de crítica: -Pese a los esquematismos y a un desenlace un tanto previsible, el director Daniel Espinosa se maneja con pulso y soltura en un thriller de acción trepidante y sin pausas que atrapa desde el primer minuto gracias a las sólidas interpretaciones de Denzel Washington en un papel a su medida y el contrapunto con Ryan Reynolds que genera empatía desde el comienzo hasta el final. Conspiraciones y un juego de lealtades y traiciones con el frenético estilo de la cámara en mano y los rabiosos raccords coronan este atractivo producto de manufactura impecable.-
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  • Los juegos del hambre
    Anexo de crítica: -Sin dejar de lado el escandaloso parecido conceptual y temático con Battle Royale de Kinji Fukasaku, como todo proyecto concebido con fines especulativos desde el punto de vista comercial y atento a las prédicas conservadoras hollywoodenses para mantener intacto el parasitario vínculo con el rentable nicho adolescente mundial, Los Juegos del Hambre llegó con mucho ruido y marketing detrás para malograrse como otro producto de consumo y descarte que seguramente destrone al saliente Crepúsculo y eleve con este reciclado de ideas ya explotadas la figura de la ascendente Jennifer Lawrence y transforme a su escritora Suzanne Collins en un fenómeno literario, que la meca del cine se encargará de despersonalizar en el futuro como ya ha hecho con tantas obras donde las alegorías están a la orden del día.-
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  • El guardia
    El guardia
    CineFreaks
    El Torrente de Irlanda

    Corrupción policial; narcos que filosofan sobre los avatares de la vida y se trenzan en discusiones sobre los aportes de filósofos como Bertrand Russell a la cultura en el medio de una trama de policial, con un dúo de uniformados que se las trae son las principales marcas distintivas de esta ópera prima del director John Michael McDonagh (guionista del film Ned Kelly) y protagonizada por Brendan Gleeson, Don Cheadle, Liam Cunningham, David Wilmot, Rory Keenan y Mark Strong entre otros.

    El guardia es un relato que procura evadir los caminos conocidos de toda película centrada en lo que podría denominarse comedia policial convencional como lo fuera por ejemplo la mediocre Showtime, haciendo hincapié en un guión rico en diálogos y en una galería de personajes atractivos. Entre ellos, el antihéroe Gerry Boyle en la piel de Brendan Gleeson que puede definirse como el Torrente creado por Santiago Segura pero en el contexto de Irlanda: racista, amante de las prostitutas y consumidor esporádico de drogas, que, a diferencia del español, guarda una relación afectiva con su madre (Fionnula Flanagan) internada en un asilo con una enfermedad terminal.

    Boyle es un hombre duro y de pocas pulgas que conoce al dedillo su entorno salpicado de corrupción pero que se rige por un código moral propio que lo distancia considerablemente de un Sérpico a secas. Chocará de buenas a primaras cuando tome contacto con el agente del FBI Wendell Everett (Don Cheadle), quien sigue la pista de unos traficantes de drogas que esperan un cargamento de cocaína cuyo monto asciende a medio billón de dólares.

    Así las cosas, desde el estructuralismo del norteamericano que llega a tierras extrañas donde no se habla inglés al comportamiento anti institucional de su colega irlandés la trama va tomando color cuando una serie de eventos desafortunados y pistas conduzcan hacia los traficantes que intentarán a toda costa comprar el silencio de Gerry con sobornos o extorsiones que lo obligarán a tomar el caso con su particular estilo.

    Más allá de los aciertos en la elección de los secundarios y más precisamente en el grupo de traficantes integrado por Liam Cunningham como la voz líder, David Wilmot como el psicópata que hace siempre el trabajo sucio y Mark Strong en otro gran papel como el reflexivo, los laureles se los lleva el dúo de policías que hacen del contraste de personalidades y los opuestos la mayor virtud de un film que oscila entre el humor ácido y la estética de Quentin Tarantino pero sólo como referencia cinematográfica obligada.
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  • El mal del sueño
    Peor el remedio que la enfermedad

    Este tercer opus del alemán Ulrich Kohler, representante de la Escuela de Berlín, ganador en la última Berlinale por su trabajo de dirección, que debutara en el 2002 con Bungalow, es un film extraño que se instala en el derrotero de tres médicos muy diferentes entre sí, los cuales tienen en común la lucha contra la malaria en Camerún, atravesados por las contingencias de un continente condenado a muerte que es pretexto de la puja económica del sistema de salud mundial y laboratorio de experimentación de compañías farmacéuticas que especulan con lanzamientos de vacunas en tanto y en cuanto se detecten los indicios de una pandemia que amerite la inversión.

    Ese sistema perverso del capitalismo salvaje encuentra su cara más cruel en las víctimas africanas, quienes viven en condiciones deplorables, escenario al que llega el protagonista, un médico alemán (Pierre Bokma) que opta por su proyecto de salud en detrimento de la atención de su familia por lo que su vida cotidiana entra en crisis. A este doctor se suma otro médico francés (Hippolyte Girardot), quien debe relevar un informe de situación sobre la existencia o no de una epidemia para activar el financiamiento en esa zona pero que nunca ha tomado contacto con la pura realidad de la miseria y mucho menos con la gente enferma, más allá de su cómoda mirada burócrata desde Europa sin meter los pies en el fango de la coyuntura sociopolítica africana. El tercer médico es oriundo de Camerún (Jean-Christophe Folly) y trabaja junto al alemán desde hace años, personaje que funciona dentro del relato como el contraste entre ambos modelos.

    Sin embargo, la clave de esta película no la constituye su registro realista sino su progresivo despegue de lo cotidiano para introducir una atmósfera ambigua que, promediando la parte final, se apodera de manera hipnótica de la trama -recordando por ejemplo al film tailandés Tropical malady- mezcla de alegorías y resabios oníricos que guardan cierto sentido con el adormecimiento de la conciencia.

    El mal del sueño pertenece a ese tipo de cine personal e inclasificable que fomenta una relación muy particular con el espectador al desestructurarlo constantemente y sumirlo en un saludable tedio que lo obliga a estar despierto pero que asume los riesgos de pertenecer a un grupo de películas de difícil empatía.
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  • Ghost Rider: Espíritu de venganza
    Anexo de crítica: -Más allá de tener un guión endeble, el principal acierto que pondera por encima de su antecesora a esta secuela Ghost Rider: Espíritu de Venganza, es la elección del dúo dinámico de los inadaptados Mark Neveldine y Brian Taylor, responsables de las desaforadas Crank 1 y 2, quienes consiguen para esta nueva aventura de venganza y redención trash del justiciero motoquero, interpretado por un Nicolas Cage alocado que está en su salsa, todo aquello que le faltaba a la primera: acción desatada, humor adolescente, violencia pop y la estética comic para despojarla de solemnidad.-
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  • ¡Esto es guerra!
    Anexo de crítica: -La propuesta de Esto es guerra se agota apenas iniciada la premisa trillada de los dos hombres que persiguen el mismo objeto amoroso. Y la palabra objeto encaja perfecta en la piel de Reese Witherspoon porque esta vez a la actriz no le sale nada bien: no es sexy, no tiene química con ninguno de los dos actores que la cortejan más allá de su pobrísimo nivel en las interpretaciones y tampoco cuando intenta buscar el tono de comicidad que en ningún momento llega por naturaleza sino más bien por caprichos de los guionistas a quienes el ABC de toda comedia de acción les queda demasiado grande.-
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  • Un dios salvaje
    Un dios salvaje
    CineFreaks
    Anexo de crítica: -Políticamente incorrecto como siempre, el realizador polaco de 78 años que todavía no puede pisar suelo norteamericano por sus acusaciones legales -por eso filma a París como si fuera Nueva York- se toma apenas 90 minutos para desnudar la hipocresía de la burguesía y demoler con inteligencia, cinismo, acidez y gran sentido del humor, las máscaras de la corrección política a partir de un pleito doméstico entre dos niños, que no son más que el reflejo distorsionado de sus mediocres padres, en un derrotero frenético que va desde la camaradería hacia la despiadada crítica social en un registro prácticamente teatral donde la riqueza en las actuaciones se lleva la mejor parte y la impecable puesta en escena todos los aplausos.-
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  • John Carter: entre dos mundos
    Renegado de otro planeta

    Para tener una dimensión aproximada de esta nueva apuesta de los estudios Disney a una franquicia con posibilidades reales de perdurar cinematográficamente hablando, debemos comenzar por decir que John Carter es un personaje proveniente de la literatura, creado por el padre de Tarzán, el escritor Edgar Rice Burroughs.

    Protagonista de lo que se denominara las series marcianas (no confundir con Ray Bradbury), su primera aparición data del año 1911 en las entregas periódicas, publicadas en la revista All Story Weekly capítulo por capítulo con el título Una princesa de Marte, que luego daría lugar con el correr de los años a un conjunto de novelas hasta completar la serie en 1964 con John Carter de Marte, que luego en el año 77 volvería a resurgir con un comic de la Marvel llamado John Carter:Warlord of Mars.

    Siempre ubicándonos en el contexto histórico, el valor de este relato, que mezcla algunos elementos de ciencia ficción con fantasía -nutriéndose de características de novelas medievales con caballeros y princesas en apuros- se debe en mayor medida al aspecto visionario de su autor, quien imaginó que mediante un viaje en el plano astral su personaje, un renegado del ejército confederado que descubre una mina de oro, podría viajar interplanetariamente con la particularidad que tanto en un plano como en otro existe una copia idéntica de sí mismo.

    Así las cosas, el extraño aparece espontáneamente en medio de guerras planetarias en el planeta Barsoon conocido en la tierra como Marte, cuya aridez y sequedad obedece a la desaparición de los océanos. Este antihéroe terrícola convertido en salvador del planeta rojo se enamora de una princesa marciana y lucha codo a codo junto a los nativos verdes de cuatro brazos (voces de Willem Dafoe, Samantha Morton) para librarse del yugo de un poderoso villano que busca desposar a la princesa Dejah Thoris bajo la amenaza de destruir su reino, Helium, a las órdenes de su padre el rey Tardos Mors, en caso de que ella no acepte casarse.

    A grandes rasgos de eso se ocupa el primer capítulo de esta saga cinematográfica John Carter entre dos mundos, dirigida por Andrew Stanton (Wall E), quien también escribió el guión junto a Mark Andrews y Michael Chabon, donde en una primera mitad un prólogo bien desarrollado nos introduce en la historia de un joven, el mismísimo Edgar Rice Burroughs (Daryl Sabara), que hereda de su tío John Carter una misión y un diario íntimo en donde revela pormenores de su extraña historia de vida para luego trasladarlos a la época de la guerra civil en la que se aventura como soldado desertor de la causa que lo obliga a aniquilar a los indios Apaches y que por un hecho fortuito termina escondido en una cueva para luego aparecer en el planeta ya citado donde cuenta con una ventaja física al no existir gravedad, la cual le permite saltar a grandes alturas, así como desarrollar fuerza muscular por su anatomía.

    Los parecidos de esta primera parte con Pocashontas (también ocurría algo similar con Avatar) no son casuales, básicamente por la intención de mostrar el choque de culturas entre nativos y un extraño de otro planeta como es el caso de este oriundo de Virginia –lo apodan Vorginia- devenido guerrero por abrazar una causa que sí considera noble: la liberación de un pueblo sojuzgado por el poder de un tirano bajo la mirada atenta de unos seres superiores que parecen digitar los hilos de los destinos de la historia de la humanidad desde sus orígenes hasta sus extinciones planetarias.

    Estos seres, llamados therms, operarán como equilibrio de fuerzas entre buenos y malos, en una trama rica en aventuras y peripecias para todo público (cabe aclarar que el original literario era mucho más oscuro que esta versió atp) que es justo decir no gana valores cinematográficos extras por el uso del 3d -teniendo en cuenta que su presupuesto arañó la cifra de 250 millones de dólares- más allá de los convencionales, aunque eso no significa que no pueda disfrutarse de la imagen, la profundidad, los decorados y sobre todo del despliegue visual a la hora de resolver escenas de pura acción y adrenalina.

    Tal vez el elenco elegido no termine de convencer en cuanto al protagonista Taylor Kitsch al que le queda bastante grande el personaje de John Carter (pasó lo mismo con Harrison Ford cuando George Lucas lo eligió para interpretar a Han Solo en la mítica Stars wars que debe mucho a esta serie), así como su interés amoroso Lynn Collins en el rol de princesa Dejah Thoris, quien más allá de su belleza natural dice muy poco en materia interpretativa. Mark Strong como siempre aporta el sello distintivo con un personaje que seguramente dará que hablar en las próximas entregas.

    Por ahora resta por decir que nace un nuevo producto con pretensiones de convertirse en épica cinematográfica en el futuro, de la mano de un director que sabe de sobra cómo entretener al público menudo y no tan menudo también.
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  • Amor por siempre
    Anexo de crítica: -Un film que hace agua por donde se lo mire más allá de su enorme parecido con 50/50. Amor por siempre (A Little Bit of Heaven) derrapa como historia romántica dado que entre Hudson y el mexicano Gael García Bernal no hay química alguna y su romance no es para nada creible, así como tampoco lo es el forzado deterioro de la protagonista por no mencionar el costado de fantasía o revisión del mito del Fausto que quita todo tipo de seriedad a la historia.-
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  • Drive
    Drive
    CineFreaks
    Anexo de crítica: -Quizás estemos con Drive frente a uno de los mejores films del año aunque parezca exagerado y seguramente su destino termine en la supervivencia de pocas salas. Más allá de su estética neo noir y su distancia emocional es una interesante propuesta a contracorriente de los dictados mainstream, despojado de todo mensaje aleccionador y pirotecnía que no aporta otra cosa que ruido dejando muy poco margen a los códigos del género pero que se siguen llamando películas de acción. Drive es un film sin concesiones y eso puede molestar a más de uno o a aquel espectador que vaya en busca de espectáculo y persecusiones bien filmadas. En resumen: Drive es la tragedia de un personaje hábil para conducir autos por rutas peligrosas pero que está lejos de saber conducir su propia vida dado que el camino elegido es de una sola mano y sin retorno, donde frenar significa morir.-
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  • Centro
    Centro
    CineFreaks
    Lo que pudo haber sido y no será

    Este documental sinfonía (así se denomina a aquellos proyectos que pretenden retratar a la metrópolis) presentado en la edición número 12 del Bafici tiene como eje el centro porteño en los alrededores del Obelisco y como epicentro la calle Florida.

    Con una buena edición en el montaje de imágenes que se yuxtaponen y buscan relacionarse, por un lado dialécticamente y por otro simplemente a partir del contraste, por ejemplo movimiento y quietud; ruido y silencio, el film de Sebastián Martínez nunca pierde la brújula y se ocupa de una arista tan visible de la ciudad de Buenos Aires, con su fauna variopinta de vendedores, transeúntes apurados, evangelistas y viejos fantasmas que no la abandonan que, vista en detalle, parece ajena pero gracias a la capacidad de observación del realizador recupera el sentido del conjunto.

    Ese es el mayor mérito -más allá de los valores estéticos y la armonía en los planos- de su director, que no cayó en el atajo facilista de la mirada turística o “for export” sino que penetró en lo más recóndito, lo más sucio y lo más decadente; la radiografía cruel que nos sigue representando como el país tercermundista que somos donde lo marginal se escurre en cada rincón de la urbe ante la indiferencia de los ojos apurados que prefieren mirar hacia abajo.

    En Centro, la cámara de Martínez hace todo lo contrario: mira y observa de frente aunque lo que encuentra no es precisamente una postal bella sino la imagen de lo que pudo haber sido y no será.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Anexo de crítica: -Con algunos altibajos y excesos narrativos; subrayados innecesarios que le quitan fuerza pero siempre atenta al tono y a crear constantes momentos de emoción al borde del chantaje emocional, Tan fuerte y tan cerca (Extremely Loud and Incredibly Close) podría haber sido mucho más sentimentalista y amarillista de lo que terminó siendo aunque sin lugar a dudas la deslumbrante actuación del protagonista y el apoyo de un elenco sólido de secundarios sube el listón porque más allá de las concesiones del guión la película de Stephen Daldry no hubiese llegado a ser efectiva de contar con otra galería de actores generosos como Tom Hanks.-
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  • Poder sin límites
    Anexo de crítica: -¿Salvar a la humanidad o jugar bromas pesadas con los amigos? Bajo esa insustancial premisa se dilapida nuevamente una propuesta en base al falso documental ya explotado hasta el hartazgo por la maquinaria de la mediocridad llamada Hollywood. No hay ideas en el film, simplemente valores de producción agregado a un entretenimeinto pasatista donde no pasa absolutamente nada durante 40 minutos hasta que llega el descontrol y la furia adolescente por un guión que parece escrito por los mismos adolescentes. Una película que se rie de sí misma pero no por mérito propio ni de su guionista sino por su ridiculez.-
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  • Con el diablo adentro
    Anexo de crítica: -Deudora en cuanto a lo formal de todos los falsos documentales de terror de la última temporada, esta nueva propuesta de posesiones satánicas redunda en clichés, es elemental a nivel narrativo y no aporta ni siquiera la cuota mínima de tensión o momentos elaborados para el sobresalto de la platea. Sería hora de cambiar y terminar de una vez por todas de vivir del éxito de lo que fuera la original El Proyecto Blair Witch y dejar descansar -aunque sea por unos años- a la inigualable El exorcista.-
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  • La carrera del animal
    Anexo de crítica: -Con ciertas reminiscencias al cine de la Nouvelle Vague, esta opera prima marca el debut de un director con una búsqueda personal propia y estilo poco convencional para hablar desde un lugar singular sobre las ausencias y los conflictos familiares sin agotar el planteo en causas sino más bien abriendo el juego a la incorporación de elementos genéricos para contar una historia que bordea la tragedia.-
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  • Novias - Madrinas - 15 años
    El arte de vender

    Novias, madrinas, 15 años, es el título de este documental atípico que formó parte de la Competencia Argentina en el último Bafici. Hace referencia a la especialidad de la sedería kreal, ubicada en pleno barrio de once, en la calle estratégica donde se encuentran los negocios que venden telas y que son visitados asiduamente por mujeres de todas edades en busca del vestido de sus sueños.

    La particularidad de este local es sin lugar a dudas el grupo de vendedores, todos ellos con una personalidad e historia diferente como el jugador compulsivo; el loco inofensivo; el coleccionista de estampillas o aquel que se confiesa fanático de los Beatles y de Whitney Houston al mismo tiempo y recita de memoria la lista de temas del disco Abbey Road. Ellos y su carisma muy marcados son los protagonistas de este relato documental que la cámara de los hermanos Diego y Pablo Levy logran capturar en un juego que va desde la impostura a la espontaneidad en un segundo sin perder el eje de la trama: el universo interior de un local tradicional que vende sedas.

    Los realizadores merecen un reconocimiento doble por este hallazgo ya que por un lado encontraron el tono justo para retratar la actividad de su padre Elías Levy, dueño de la sedería, sin recaer en un típico documental de familia y por otro apelaron a la naturalidad de sus empleados con testimonios bien dosificados a cámara que conjugan humor, ternura, amor por lo que se hace y un magnetismo pocas veces conseguido en este tipo de personajes.

    El resto es para que el público se deleite con este convite singular, fresco, no solemne y conozca un mundo poco explorado por el cine, que gracias a una cámara lúcida, atenta y no invasiva que deja que cada testimonio fluya, sumado a un montaje prodigioso, realzan la pantalla y contagian ese vigor necesario para volverse inolvidable durante los 60 minutos de metraje.

    Detrás de las tafetas y los encajes, apilados ordenadamente en el local, se encuentra oculto el relato de una historia familiar rica, tanto la de los cinco empleados como la de su patrón -parco pero de buen corazón según lo que ellos declaran- en anécdotas, porque en definitiva eso es lo que representa este conjunto variopinto, unido por el afecto de décadas en el mismo trabajo, siempre al servicio de las demandas y caprichos de las clientas, aunque conocedores natos de la psicología femenina, quienes a fuerza de creatividad y pasión por el oficio hacen de la sedería Kreal un espacio apto para ser filmado y por supuesto descubierto por aquellos que buscan rarezas en un micro universo donde todo parece igual y repetido como las sedas.
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  • El topo
    El topo
    CineFreaks
    Anexo de crítica: -Pocos exponentes del cine de espionaje aparecen últimamente, eclipsados por la pirotecnia de mediocres thrillers que exageran en verosimilitud y cuyas tramas presentan enormes huecos narrativos. Por eso El Topo es un prodigioso ejercicio de estilo, prolijo, audaz en el planteo que hace foco en tres pilares fundamentales: reparto de lujo, personaje con todas las cualidades de un antihéroe y una compleja y atractiva historia de espionaje a la vieja usanza donde sólo se escuchan los tiros cuando es necesario. Imperdible.-
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  • Caballo de guerra
    Anexo de crítica: -De elipsis en elipsis, siempre hacia adelante tanto Spielberg como su caballo dejan la mirada esperanzadora en una fábula algo simplista, revestida por una estética bella gracias a la incorporación de ocres y naranjas desde la fotografía de Janusz Kaminski y la banda sonora omnipresente del recurrente colaborador John Williams tan excesiva como la duración de esta nueva épica Spielbergiana, que parece además rendirle un homenaje al director John Ford.-
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  • El Artista
    El Artista
    CineFreaks
    Una mueca ya pronto serás

    Igual que ocurre con Hugo, El artista es, antes que una película, una declaración de amor al cine y al mismo tiempo se concentra en el correlato de una historia de amor sencilla entre un actor del Hollywood de los 20 y una aspirante a actriz, quien logra catapultarse al estrellato durante la transición del cine mudo al sonoro.

    No hay salvatajes a último momento –como solía ocurrir en las películas de aquella época- para el derrotero de George Valentin (Jean Dujardin), quien a pesar de su magnética sonrisa y popularidad no logra convencer al dueño del estudio cinematográfico (John Goodman) de que siga apostando a las aventuras del cine mudo y desestime el avance progresivo de la técnica sonora que rápidamente lo vuelve obsoleto y prescindible porque el futuro viene acompañado de nuevas voces y sonidos más que del silencio reflexivo.

    Entre esas voces prometedoras está la de Pepi Miller (Bérénice Bejo), un nuevo rostro que por su fotogenia pasa en un segundo de figurante de las películas de Valentin a estrella de los Estudios en lo que podría relacionarse con el star system que provocó un cambio vertiginoso en los modos de producción del Hollywood dorado e imprimió otro ritmo a la industria del cine.

    Sin embargo, la riqueza de este conmovedor film del francés Michel Hazanavicius, recientemente galardonado con los premios Bafta británicos, reside en haber encontrado un lenguaje cinematográfico del pasado para contar una historia de un personaje en crisis con un fuerte revés en el impacto psicológico que arrastra cualquier tipo de cambio de una realidad por otra: el cine mudo, universo de expresiones exageradas que transmiten emoción sustituido por el cine sonoro que rompe los moldes de la imaginación para acercarnos de primera mano con la realidad.

    Ese es el espejo en donde George Valentin se mira y se descubre persona antes que personaje; ese es el golpe letal a la ilusión de todo aquel que se entera de cómo es el truco antes de caer deslumbrado por el acto de magia y en un segundo plano una reflexión sobre la integridad artística en detrimento del negocio del espectáculo. La imagen y su reflejo; la expresión y su mueca se yuxtaponen entonces dialécticamente en un juego maravilloso de contrastes -en el que el trabajo de Guillaume Schiffman en la fotografía es excepcional- donde las referencias cinéfilas no dejan de surgir en cada plano (Fritz Lang, Murneau, Chaplin, Douglas Fairbanks, Orson Wells por citar algunos), planificado con meticulosidad por Hazanavicius, pero siempre al servicio de la narración y de los pequeños detalles para contar mejor un relato que no necesita de palabras ni sonidos para llegar a lo más hondo de cada espectador porque lo importante en El artista no son los intertítulos o los guiños cinéfilos sino la ausencia de las palabras que realza el valor del silencio en lo que paradójicamente transcurre en un contexto donde se desarrolla dramáticamente el inicio del cine sonoro.

    Por eso, funciona poéticamente ese genial contrapunto de sonido y ausencia de sonido que aturde al protagonista al atravesar ese proceso de transición y búsqueda para reinventarse en un nuevo escenario y adaptarse a los cambios.

    Resulta inmejorable por otra parte el aporte de una banda sonora de Ludovic Bource con la doble función de aclimatar la atmósfera en cada escena aunque también con una idea narrativa detrás para complementar la acción y sobre todas las cosas el estado emocional de los personajes.

    El lucimiento de Jean Dujardin en la que sin duda es la mejor actuación de su carrera merece elogios por encontrar el tono justo y no tentarse con la sobre exposición que por lo general recae en la sobre actuación, sumada la presencia y la belleza fotogénica de Bérénice Bejo a la que debe reconocérsele un soberbio trabajo gracias a la dirección de actores certifican los premios recibidos hasta el momento aunque el último capítulo de esta historia de amor recién se conocerá en la entrega de los premios Oscar para dilucidar si la Academia prefirió el silencio en blanco y negro o la magia del 3d de Hugo y su emotiva lección de cine.

    Ambas me dejaron sin palabras.
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  • La dama de negro
    Anexo de crítica: -Con muy pocas similitudes a la versión original de la que sólo se toma los conceptos centrales de la trama, la película logra crear climas sin demasiadas concesiones a los golpes de efecto aunque en la segunda mitad pareciera obsesionarse con la acumulación de sustos que terminan por malograr unos 45 minutos intensos y muy bien llevados.-
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  • Penumbra
    Penumbra
    CineFreaks
    Anexo de crítica: -Mucho menos orientado al gore, el film de Paura Flics logra con eficacia la mezcla interesante de géneros y esta vez consigue mejores actuaciones en un reparto sólido donde la española Brondo realmente se hace odiar. El grotesco con ciertas dosis de cine bizarro que encuentran en los rubros técnicos un apoyo sustancial ayudan a tapar algunas falencias del guión y desniveles narrativos que hacen de la película una acumulación de picos altos de suspense bien trabajado contrastada con picos bajos de digresiones mal resueltas.-
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  • La invención de Hugo Cabret
    Anexo de crítica: -La película de Scorsese es una historia del cine y de sus comienzos contada con el deslumbramiento de un niño, que lejos de enquistarse en la cinefilia que lo caracteriza, une en un relato artesanal y maravilloso la experiencia de ver cine con la insuperable vocación de hacer cine y es por ese motivo que las ventajas de la tercera dimensión ensanchan la ventana por dónde mirar pero al mismo tiempo nos retrotrae en un viaje por el tiempo a aquel momento de la primera vez que estuvimos frente a algo único e inimaginable: un sueño en celuloide dentro de otro sueño que, una vez encendidas las luces de la sala, se acaba.-
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  • La dama de hierro
    Anexo de crítica: -Si se deja de lado ex profeso la política en una mujer que dedicó su juventud y madurez a la actividad política, primero como referente del Partido Conservador y luego como Primer ministro por casi una década donde la crisis política y social de Gran Bretaña escribieron uno de los capítulos más crudos de su historia, entonces queda la cáscara vacía de un personaje poco interesante que solamente el talento de la interpretación de Meryl Streep sumándose la magia del maquillaje y composición salvaguarda, pero que la torpeza en términos generales tanto desde la dirección como del ropaje artificioso que la rodea superan sus buenas intenciones.-
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  • Los descendientes
    Una isla a la deriva

    Hay concepciones sobre la familia que la muestran representada como pequeñas islas; esos espacios donde historias e intimidad comparten el mismo ámbito, rodeados de un entorno que muchas veces puede resultar hostil. En esa isla que es cualquier familia, cada integrante cumple su rol y por lo general la voz cantante la lleva el hombre de la casa.

    Ahora bien, qué ocurre si aquella idílica isla de repente se viera azotada por un tsunami de tristezas o contratiempos tan potentes como para desintegrar la unión y el espacio, dejando libradas al azar pequeñas porciones de aquella isla. Cabe preguntarse entonces si es posible recomponer lo perdido o si ya es demasiado tarde y el tsunami ha transformado el entorno de tal forma de hacerlo irreconocible.

    La de George Clooney en Los descendientes, film de Alexander Payne -nominado como mejor película para la próxima entrega de los Oscars- no es lo que se dice una familia modelo desde hace largo tiempo y particularmente desde que su esposa quedara en estado vegetativo tras un accidente náutico con un pronóstico médico realmente aterrador.

    Así las cosas, la vida del abogado Matt King (George Clooney) da un vuelco de 360 grados al pasar de padre ausente de una niña de 10 y otra rebelde de 17 a padre y madre a la vez, en un largo proceso de duelo y rencor por el accidente evitable y la reveladora infidelidad de su esposa, con quien hacía un tiempo había perdido interés y el consecuente distanciamiento hubiese llegado igual antes de precipitarse las cosas.

    Pero no es solamente el despojo de su amada lo que Matt deberá afrontar junto a sus hijas, sino el despojo de las tierras pertenecientes a sus familiares por ser los herederos de la realeza hawaiana, que los hizo acreedores de las últimas zonas vírgenes de las islas, cuyo valor incalculable tienta a los inversionistas dispuestos a ofrecer millones por esas preciadas tierras cuando Matt es quien tiene la última palabra frente a sus primos y hermanos que no ven la hora de cerrar el negocio inmobiliario y manifiestan nulo interés por la grave situación familiar de Matt.

    En esa encrucijada de decisiones importantes y con el firme propósito de recuperar un tiempo perdido con sus hijas, el protagonista realiza un viaje por diferentes lugares de la isla con el objeto de reencontrarse con un pasado ancestral al que estaba vinculado afectivamente para desafectarse emocionalmente de la inevitable pérdida de su esposa.

    Nuevamente Alexander Payne construye una película intimista, despojada de grandilocuencia y melodrama para hablar desde el lugar de los afectos del dolor y el perdón cuando las segundas oportunidades dejan de tener asidero; de las relaciones entre padres e hijos sin escapar a los conflictos generacionales pero tampoco con un intento de bajar línea de conducta y mucho menos establecer ligeros juicios de valor.

    Tomar la estructura de una road movie -como ya lo hiciese en Entre copas- le permite encontrar el camino a la curva de transformación dramática de sus principales personajes, en este caso: el padre interpretado con convicción por Clooney que seguramente le otorgue la estatuilla dorada el próximo mes de febrero; la hija menor (Amara Miller), quien por su corta edad debe asimilar la carencia maternal en muy poco tiempo y la que más se destaca del elenco, la hija mayor (Shailene Woodley), que debe superar su furia adolescente para transitar un crecimiento doloroso y complementar la tarea junto a su padre. No es menos destacable el reparto de secundarios entre quienes debe mencionarse a Robert Forster, en el rol de padre de la accidentada; y Beau Bridges como uno de sus primos que sólo necesita cinco minutos de pantalla para descollar talento.

    Los descendientes es una película sencilla desde el punto de vista narrativo; emotiva por contar con excelentes actuaciones y justa candidata por tener entre sus filas al multifacético George Clooney, quien ante la majestuosidad del paisaje Hawaiano queda tan perplejo como su personaje al sumergirse introspectivamente en su paisaje interior.

    Muchas fans seguro correrán al cine para consolarlo.
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  • Peter Capusotto y sus 3 Dimensiones
    Anexo de crítica: Capusotto viene a representar algo así como una perla dentro de la costra enchastrada con mediocridad que representa la cultura popular Argentina. Lugar que por diversos motivos dejara el genio de Alfredo Casero para que el hincha de racing tome la posta junto a la pluma incendiaria de Pedro Saborido y despabile conciencias bajo el pretexto del humor chabón. Por eso, su traspaso en la pantalla grande para críticar a la sociedad del espectáculo; para derrumbar al sistema conformista siendo parte de ese sistema resulta más que bienvenida en este extraño film ensayo, donde los personajes más reconocidos son el puente y la excusa para reflejar un discurso teórico sobre el entretenimiento en sus diversas facetas y la capacidad de estupidización de los medios masivos tradicionales y nuevos como la internet. Rock and Roll nene.
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  • El amor de Tony
    El amor de Tony
    CineFreaks
    Dos almas a la deriva

    Intimista y emotiva son las mayores cualidades de esta ópera prima de la realizadora Alix Delaporte, galardonada en la Mostra de Valencia que parte de la base de un encuentro a ciegas entre una mujer (Clotilde Hesme) y un hombre (Grégory Gadebois). Ella espera en un bar luego de haber mantenido relaciones sexuales con un desconocido y él se la lleva apenas la ve. Quizás por descubrir que en sus ojos profundos se esconde una historia dura que necesita consuelo, aunque el tiempo sabrá encontrar ese momento para revelar el misterio o simplemente para prolongar el silencio y la contemplación de aquella mujer llamada Angele.

    Tony, decide llevarla a su casa en un pueblo pesquero y a pesar de la poca camaradería de su madre hacia la joven extraña impone su decisión dándole alojamiento y trabajo. Dos cosas que ella necesita con urgencia como parte de su camino hacia la recuperación de la custodia de un hijo pequeño a cargo de sus abuelos, a quien no ve desde hace años por estar en prisión.

    Más allá de la soledad y de la necesidad del afecto, ambos personajes comparten la pérdida de un familiar: ella carga con la muerte confusa de su esposo –motivo por el que le otorgan la libertad condicional- y Tony con la desaparición de su padre, presuntamente ahogado en el mar. Tanto él como su hermano continúan con la búsqueda y la esperanza de encontrar alguna señal que termine con el calvario y los deje dar una vuelta de página a la tragedia. Por eso, la llegada de Angele no sólo implica abrir la puerta al enamoramiento sino la posibilidad de fuga de sí mismo y de un entorno pesado y angustiante.

    La rareza de esta historia de amor entre dos almas a la deriva encuentra un rumbo a partir del desarrollo meticuloso de sus vidas, secretos, conflictos y dolores, que con mucha paciencia y un guión rico en silencios y tiempos muertos llega al espectador de forma pausada, sin forzar emociones. Esa austeridad, tanto en el relato como en la exposición de los sentimientos, es una de las grandes virtudes de este film pequeño pero grande a la vez.
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  • Robo en las alturas
    Una parodia de corta altura

    Robo en las alturas es la nueva incursión de Ben Stiller, luego de algunos pasos en falso como la tercera parte de Little Fockers y la irregular Greenberg (2010), en el género de la comedia liviana y también marca el retorno del alicaído Eddie Murphy a un terreno donde en un pasado supiese sacar lustre de su comicidad e histrionismo.

    El film dirigido por Brett Ratner (responsable de X-men 3), con guión de Ted Griffin y Jeff Nathanson, explora desde el recurso de la parodia el tópico de las películas de robos sofisticados en el contexto de la crisis económica de 2008, el cual tuvo como epicentro la ciudad de Nueva York y como principales responsables a los hombres de negocios que dilapidaron el patrimonio de hombres y mujeres que perdieron los ahorros por confiar en ellos e intentar sacar tajada de una burbuja financiera a punto de estallar.

    Ese es el eje de un relato bastante sencillo que no se toma demasiado en serio el plan ejecutor a manos de un grupo de inexpertos ex empleados de un lujoso edificio llamado La Torre del cual Josh Kovacs (Ben Stiller) fuera administrador antes de enterarse de que su patrón Arthur Shaw (Alan Alda) se quedara con la pensión de todos e intentara escapar en un secuestro simulado que el propio protagonista frustra y así descubre las oscuras intenciones del millonario. Detrás de los pasos del estafador se encuentra la agente del FBI Claire Denham (Téa Leoni), quien además de tener la responsabilidad de llevar a declarar al escurridizo Shaw debe encontrar dónde escondió el dinero robado para poder finalmente entregarlo a la justicia.

    Sin embargo, más allá de la necesidad de recuperar esos fondos la poca experiencia de Kovacs y sus secuaces de turno, entre quienes se encuentran Mr. Fitzhugh (Matthew Broderick), inquilino en bancarrota; su pariente Charlie (Casey Affleck), quien ahora ocupa su lugar, lo lleva a tomar contacto con un ex convicto Slide (Eddie Murphy), conocedor de todo lo referido a robos de poca monta.

    Sin dejar de lado el elemental esquema de todo film sobre robos con los planes de preparación y el reclutamiento del grupo, el mayor atractivo de este olvidable film lo constituye el insólito plan para hacerse del botín (por razones obvias no se revelará aquí), sumando unas buenas actuaciones de Eddie Murphy -con su verborragia característica- en contraste con la seriedad y parquedad de Ben Stiller, quien no aporta nada nuevo a su personaje pero eso no significa que esté mal.

    La trama resulta bastante despareja y por momentos las situaciones donde debería explotar el humor se quedan sin aire y eso tal vez se deba a la poco feliz dirección de Brett Ratner, quien hace lo que debe hacer pero nada más. Robo en las alturas entretiene aunque podría haber estado mucho mejor planificada como parodia sin dejar cabos sueltos -los hay en demasía- y aprovechando la ductilidad de dos buenos comediantes.
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  • Secretos de estado
    Miente, miente que algo quedará

    No solamente desde su vida pública sino por medio de sus películas, el actor y director George Clooney se ha encargado siempre de fijar alguna posición política respecto a determinados temas sociales. Su simpatía por el partido demócrata y especialmente por Barack Obama lo ha catapultado a esa zona gris y difícil donde las estrellas de Hollywood deben rendir examen cotidiano frente a una opinión pública desconfiada que muchas veces -desde el prejuicio- saca conclusiones apresuradas sobre el verdadero compromiso de los actores multimillonarios con las causas más sensibles. Existe un interesante documental intitulado Poliwood (2009), del director Barry Levinson, muy ilustrativo al respecto.

    Lo cierto es que en la misma línea que en un pasado trazara Tim Robbins con El ciudadano Bob Roberts en 1992, film político que tomaba el detrás de escena de la campaña de un ascendente candidato independiente desnudando la trama secreta que se teje durante toda la campaña política, George Clooney escribe y dirige Secretos de estado como antesala de lo que quizás pueda transformarse en el futuro en un acercamiento concreto a la vida política del partido demócrata.

    El guión de este thriller político que cuenta con un notable elenco no es más que un elaboradísimo discurso que puede encontrarse en cualquier campaña, dividido en tópicos concretos, los cuales van surgiendo en el derrotero de este candidato carismático y liberal durante el desarrollo del relato, inmerso -puertas adentro- en un contexto donde lealtades y traiciones de su entorno más íntimo definen el rumbo de los acontecimientos y sacan a relucir los trapos sucios de las intenciones que tienen por fin único ganar la elección para tener chances de competir en la puja presidencial.

    El protagonismo, sin embargo, no lo tiene Clooney, quien interpreta con corrección a un gobernador, Mike Morris, con concretas chances de convertirse en el próximo presidente de los Estados Unidos siempre que consiga el apoyo de la mayoría de los electores y sobre todas las cosas de los aliados políticos, para lo cual deberá negociar votos con los más fuertes y reacios. El encargado de las negociaciones y protagonista del film; de las reuniones y de mantener una imagen positiva del candidato es su joven asesor de campaña Stephen (Ryan Gosling), que hará lo posible por despejar todo tipo de rumores; ataques frontales de la oposición e incluso buscará una tregua con la competencia en reuniones no oficiales con su principal enemigo (Paul Giamatti), jefe de campaña del adversario con más posibilidades de derrotar a Morris, así como intentará disuadir a la incisiva periodista Marisa Tomei para que no filtre información que pueda perjudicarlo porque está realmente convencido de las palabras de su jefe.

    Sin embargo, el móvil más importante que mueve a Stephen no es la política en sí misma ni los discursos floridos que escribe para que Mike le dé un sentido cada vez que toma un micrófono, sino su desmedida ambición de poder. Y en definitiva de eso se trata la trama de esta nueva incursión del ciudadano Clooney en el cine: de cómo el poder corrompe a los hombres y los vuelve vulnerables e ingenuos a la vez.

    No obstante, más allá del conflicto de intereses coyunturales que se juegan en la carrera política cuando la mejor estrategia parece ser la mentira, Secretos de estado plantea en todo momento la desazón por no poder cambiar un sistema desde una controvertida solución que no ataca el fondo sino la forma.

    El conflicto central con una becaria (Evan Rachel Wood), subtrama que funciona directamente de detonante, es un pretexto dentro de la trama que apunta sus misiles hacia otro lugar desde lo meta-discursivo y ese es quizás el reproche que pueda hacerse a George Clooney ya que quita densidad a la historia, a pesar de complementar ese defecto con buenos diálogos y punzantes definiciones sobre la guerra absurda, el petróleo y otros temas de la agenda política más caliente por la que atraviesa hoy el presidente Obama.

    Secretos de estado en definitiva no viene a inaugurar una nueva forma de hacer cine ni valerse de él para fijar un mensaje político pero sí deja más que reflejado el compromiso y la coherencia intelectual de un actor que además de poder jugar con los códigos del faranduleo, coquetear con el glamour y reírse de sus propias banalidades tiene puestos los pies sobre la tierra, los ojos sobre la realidad y las manos sobre la cámara.
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  • La chica del dragón tatuado
    Anexo de crítica: Con el nombre de David Fincher detrás del proyecto ya existía una garantía de atractivo visual para una saga sueca que se caracteriza por la oscuridad de las historias y la solapada denuncia social y política enmascarada en un thriller psicológico. La primera parte de la trilogía no sólo adapta con eficacia y pulso narrativo la historia original sino que le imprime una impronta de vértigo y tensión propia sin dejar de lado el desarrollo progresivo de los personajes y de las acciones centrales para cerrar una trama bien narrada y donde las marcas de estilo del realizador de Red social se palpan desde la extraordinaria secuencia de créditos de inicio hasta el último plano.-
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  • Sherlock Holmes: Juego de sombras
    Planeamiento y ejecución

    Se puede tener un plan perfecto, pero al final ejecutarlo mal, apresuradamente, de manera ampulosa y entonces la pregunta es si ese plan era tan perfecto. Con la segunda aventura de Sherlock Holmes intitulada El juego de las sombras ocurre algo parecido a la experiencia de ver un espectáculo de fuegos artificiales: al comienzo uno se deslumbra por esas explosiones en el cielo con sus colores y figuras pero al acabar el ruido sólo queda el olor a pólvora.

    Para seguir con la imagen podríamos decir que Guy Ritchie ametralla con pirotecnia durante dos horas pero agota por falta de matices, pausas, transiciones, al punto de preocuparse por contestar casi obsesivamente los cómo de las acciones más que prestar atención a los qué. Algo así como un desfasaje entre tratamiento y argumento que no encuentran el equilibrio esperado.

    El film va de mayor a menor con un comienzo prometedor que se encarga de describir el contexto en el que se desarrollará la trama: una Europa asolada por bombas incendiarias de dudosa procedencia; un villano que asesta su primer golpe mortal en el entorno más preciado por Holmes y un desafío a la sagacidad de nuestro héroe, ejecutado con paciencia de araña por el temible Moriarty (Jared Harris), cuya amenaza de sacar de la ecuación a Watson (Jude Law) perturba considerablemente al detective pendenciero interpretado por Robert Downey Jr.

    El primer obstáculo que deberá sortear Holmes es el más mundano: Watson está a punto de contraer matrimonio con Mary (Kelly Reilly) y su nueva vida parece alejarlo del ruedo de las investigaciones. Sin embargo, al ser uno de los objetivos del brillante matemático Moriarty queda atrapado en las redes de un juego de ajedrez (había que deshacerse rápido de la molesta esposa para que la historia fluya) siendo la pieza más codiciada. Se suma al equipo otra mujer, la gitana Madam Simza Heron (Noomi Rapace), que lleva tiempo tratando de dar con el paradero de su hermano, quien parece estar involucrado de alguna manera con los perversos planes del profesor M.

    A partir de la confrontación entre Holmes y su némesis, el mecanismo de relojería comienza a avanzar acumulando vueltas de tuerca, explicaciones a la velocidad de la luz que en vez de aclarar oscurecen y un sinfín de momentos en cámara lenta que resultan un tanto tediosos, aunque sean las marcas estilísticas del ex-esposo de Madonna.

    Sin embargo, como se decía al comienzo si uno supera el efecto de la explosión del artificio, se comienza a percibir que en Sherlock Holmes: juego de sombras esos colores brillantes no son tan nítidos como lucían; que ese ruido aturdidor siempre suena de la misma forma monocorde y que en definitiva, salvo el gran duelo actoral entre Robert Downey, Jr y Jared Harris, en este nuevo opus del realizador de Snatch hay una cuota de exhibicionismo gratuita cuando en realidad la falla de la ejecución no obedecía al plan sino a quien lo terminó ejecutando.
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  • La última noche de la humanidad
    Apocalíptica sí, pero la película

    Despropósito a escala mayúscula si los hay, La última noche de la humanidad es un film tan pobre en ideas como en presupuesto tratándose de una pretenciosa película apocalíptica con un 3d impotente e innecesario y un reparto paupérrimo que no transmite una gota de emoción ni de misericordia por lo mal actuada que está.

    El guión a cargo de Jon Spaihts y Leslie Bohemes es de una ligereza insólita que raya en el absurdo pero lo más grave es que se toma demasiado en serio la historia y eso le quita todo sustento a un relato que no acierta en ninguna de las propuestas: oscuridad vs luz; amenaza latente que no se vé; paseo turístico por Moscú.

    Básicamente todo se resume a una invasión alienígena concentrada en la ruinosa Moscú. Allí, azarosamente se encuentran los personajes: Sean (Emile Hirsch) y Ben (Max Minghella) quienes son desarrolladores de softwares que llegan a Rusia para concretar un negocio millonario de internet (una suerte de gps para turistas) que un joven ambicioso sueco, Skyler (Joel Kinnaman) les acaba de robar y así les gana de mano y cierra el trato antes que ellos lleguen; por otra parte se encuentran también en Moscú dos jóvenes turistas -quienes ya conocían a los susodichos por twitter- Natalie (Olivia Thirlby) y Anne (Rachael Taylor), la última fotógrafa con intenciones de llegar a Nepal.

    Antes que entregarse a la derrota por el rotundo fracaso en el negocio de internet, los muchachos deciden pasar la noche en un bar y encontrar chicas para divertirse, entre ellas, las turistas en cuestión además de volver a verle la cara de piedra al enemigo sueco que ha pensado festejar casualmente en el mismo sitio cuando de repente desde el cielo se forma una suerte de aurora boreal de la que comienzan a descender copos luminosos que rápidamente no tardarán en desatar la masacre de los curiosos y así sin un refugio seguro la carrera por la supervivencia comenzará para el grupo errante por las calles arrasadas por los visitantes poco amistosos.

    Se trata de extraterrestres invisibles -en Batalla final: Los Ángeles se los podía ver por lo menos- a los ojos humanos que detectan la presencia humana por la energía electromagnética y cuya misión aparente es el exterminio de la raza. A partir de allí, los jóvenes desconocidos toman verdadera dimensión de la tragedia y unen fuerzas con el fin de poder volver al hogar pero para ello deberán luchar contra un enemigo poderoso e invisible sin otras armas que la inteligencia y el instinto. Claro que en el camino encontrarán algunos sobrevivientes rusos como la joven Vika (Veronika Ozerova) y el electricista Sergei (Dato Bakhtadze), quien parece haber descubierto el punto débil de los aliens.

    Si se tiene en cuenta que la trama gira en torno a una invasión extraterrestre puede decirse que el film de Cris Gorak carece de espectacularidad a tal efecto a la hora de las batallas, que son muy pocas y contadas con los dedos de una mano haciéndose notoria la falta de dinero -filmar en Rusia es más barato- y la escasa inteligencia y creatividad de los guionistas para sortear ese escollo. Por eso, el término aburrido, largo, digresivo y torpe calza justo en esta ridícula propuesta que tampoco deslumbra por sus efectos especiales y mucho menos por intentar sostener un relato que no tiene peso ni sustancia alguna más allá de la simpática idea de hermanar a norteamericanos y rusos para salvar al mundo cuando cinematográficamente siempre se los presenta como enemigos.

    Si La última noche de la humanidad, producida por Timur Bekmanbetov (Se busca) buscaba impactar a la audiencia por su historia apocalíptica es justo pensar que si el futuro depende de estos protagonistas será mejor que desaparezcamos de una vez y para siempre.
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  • El extraño Sr. Horten
    Camino recto, camino bifurcado

    Para un ingeniero de locomotoras como el protagonista de esta tragicomedia que le debe tributo al cine de Aki Kaurismaki y al humor de Jaques Tati -por citar referencias que están al alcance de la vista- retirarse involuntariamente de una actividad a la que ha dedicado 40 años de servicio al frente de una locomotora por la nevada Noruega más que un alivio es un conflicto que lo enfrentará con el tiempo libre y ese ocio forzado que a veces trae aparejada la impostergable reflexión sobre la vida.

    Es que para alguien que solamente conoce el camino recto y ordenado, ese que transita y que marca una estación tras otra sin otra sorprsa que el cruce intempestivo de un alce que se atraviese en el recorrido, la aventura de descarrilar -por decirlo de alguna manera- implica un desafío personal al que pocos se atreven por miedo a quedar a la deriva o arrastrados por el devenir de los acontecimientos. A pesar de esa tribulación existencial, Odd Horten (Baard Owe) toma el toro por las astas y emprende un viaje por los caminos bifurcados de Oslo luego de despedirse de sus compañeros de trabajo en una fiesta de retiro; de una madre que observa por una ventana como pasa el tiempo y la vida sin registrar su presencia; de una amante que pregunta si es el final cuando la respuesta es obvia y tan elocuente como la necesidad de Horten de cambiar una rutina por una suerte de deriva controlada que lo llevará a encontrarse con situaciones y personajes secundarios que rayan el absurdo o coquetean de alguna manera con el surrealismo, pero sin perder el horizonte jamás.

    El realizador noruego Bent Hamer, también guionista, construye a fuerza de humor asordinado (ese que arranca una ligera risa que no llega nunca a carcajada), melancolía y gran sensibilidad esta tragicomedia existencial con ciertos apuntes del slapstick y del ritmo aletargado que caracteriza a su cine, siempre concentrado en el circuito de festivales internacionales como Cannes, entre los más prestigiosos.

    La actuación del experimentado Baard Owe, quien compone el personaje desde los pequeños matices y expresiones gestuales, con su pipa (de ahí la presencia fantasmal de Tati) y su economía de palabras, forma parte de los atributos de este quinto opus del director noruego que se conociera por Kitchen stories (2003) y luego con la extraña Factotum (2005).

    A pesar del atraso de seis años para finalmente estrenarlo comercialmente –la película es de 2007-, la sola idea de estar frente a una película europea que logra avanzar sobre las tempestades Hollywoodenses es el mejor aliciente para que el público local apoye a una propuesta diferente, lúcida y que no dejará de entretener pese a su pausado y progresivo desarrollo narrarivo.
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  • Historias cruzadas
    La verdad los hará libres

    Historias cruzadas, film escrito y dirigido por Tate Taylor está basado en la novela homónima de Kathryn Stockett, ambientada en un pueblo sudista en los años sesenta. La película que cuenta con un reparto mayoritariamente femenino se apoya en la dialéctica de diferenciación de razas a partir de la introducción del grupo de criadas afroamericanas, encabezado por Aibileen (Viola Davis) y Minny Jackson (Octavia Spencer) entre las más importantes y su contracara de avinagradas amas blancas, liderado por la desalmada Hilly Holbrook (Bryce Dallas Howard) y Elizabeth (Ahna O’Reilly).

    Sin embargo, la protagonista de la historia es la rebelde Eugenia ‘Skeeter’ Phelan (Emma Stone), aspirante a escritora que dada su sensibilidad con la servidumbre por el mal trato constante del que debe ser testigo y particularmente su admiración por la criada Constantine, quien se hizo cargo de su cuidado durante toda la etapa de la infancia, se involucra en un proyecto literario que por primera vez da protagonismo al punto de vista de las mujeres afroamericanas en ese contexto de semi esclavitud (baños para negros, colectivos para negros, intolerancia y penalización para quienes hablaran de igualdad de derechos), en una sociedad pacata y retrógrada, retratada con cinismo e ironía por el realizador.

    Para ello apela a recursos cinematográficos como la voz en off de Aibileen, quien luego de algunos titubeos y temores por represalias mayores decide romper el silencio y contar su historia a Eugenia, a la que acompañarán luego otras experiencias duras de vida y que conformarán el eje del relato, donde el cruce de personajes se produce a partir del nexo de la construcción de este libro que da origen al título de la película.

    La idea funciona desde su propuesta melodramática por contar con un elenco aceitado, en el que las mejores interpretaciones inclinan la balanza hacia el lado de las actrices afroamericanas porque Bryce Dallas Howard no se puede escapar del estereotipo –tampoco Jessica Chastain como su antagonista blanca de buen corazón- y sus compañeras de voz finita, jugadoras de bridge de mente del tamaño de un maní no aportan demasiada excelencia.

    El caso de Emma Stone es diferente dada la impronta de su personaje con más carácter pero al que le falta algo de fuerza como a toda la película en general que bordea tangencialmente el conflicto de la lucha por los derechos civiles y se acomoda muy tempranamente en el terreno de la mirada edulcorada y vacía sobre temas más profundos aunque es justo reconocer que nunca cae en excesos ni golpes bajos cuando podría haberlo hecho tratándose de este tipo de historias de odio, segregación y sufrimiento.
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  • Los Muppets
    Los Muppets
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Los Muppets funciona como comedia ATP (aunque los más chicos quedarán varias veces afuera del convite); como ingenioso ejercicio de nostalgia y en gran medida como producto redondo que intentará sacar dividendos con la misión de seducir a un espectador que creció con el show televisivo -que por más localista que resultara formó parte de la infancia televisiva argentina en los tempranos 80- y para quien el film de James Bobin reserva varias sorpresas a modo de gran homenaje al grupo encabezado por la rana René, el oso Figueredo, Gonzo, Animal, la arrogante Miss Piggy, el cocinero y sus gallinas, la banda de rock y los entrañables y cínicos ancianos, entre otros. Quienes tengan en la mente reencontrarse con ese pasado que jamás volverá; recuperar la inocencia aniñada para reírse con lo políticamente incorrecto -pero siempre sanamente- sentirán cosquillas y posiblemente podrán contagiar a los más pequeños que mirarán absortos como sus padres alguna vez también fueron niños.
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  • 50/50
    50/50
    CineFreaks
    Vaso lleno, vaso vacío

    Las películas sobre enfermedades terminales son productos que se agotan en sí mismos, eso en un principio no significa que no puedan ser interesantes o conmovedoras pero sí que es inevitable el grado de predictibilidad. El derrotero de todo enfermo de cáncer como el del protagonista de esta historia atraviesa los estadios de un proceso que tiene sus etapas definidas con un final incierto en algún sentido pero que se resume en dos opciones: o sobrevive a la enfermedad o muere vencido por ella.

    No hay nada más ni nada menos que eso y tampoco se puede pretender un relato reflexivo, profundo e inteligente cuando todo se vuelve una carrera contra el tiempo; una pulseada desigual contra el deterioro físico por los estragos de la quimioterapia; un distanciamiento con la mayoría de las personas que tratan de acompañar al enfermo sin saber qué hacer para animarlo o que depositan sus propios temores pensando que de esa forma entablan cierta empatía cuando la brecha entre los sanos y aquel es concreta, tangible e insondable.

    Por lo general, el proceso de identificación con este tipo de personajes se genera por partida doble: si la actuación es convincente uno como espectador se involucra el tiempo que dura la película o se retrotrae a historias personales que lo conducen a una situación similar de empatía. Esa fórmula también gana Óscares y tanto los productores como Joseph Gordon-Levitt, en lo que quizás pueda considerarse el papel de su vida hasta ahora, lo saben. 50/50 es otro film correcto sobre el día después en que un hombre común, joven, entusiasta, educado y políticamente correcto se entera que padece de un tumor maligno alojado en su espina dorsal. A partir de ese momento, se sumerge en un camino introspectivo que lo lleva a replantearse hacia dónde condujo su vida en ese corto periodo con una novia a la cual no ama y que está con él por conveniencia (Bryce Dallas Howard); salidas con un amigo drogón pero de buen corazón que trata de hacerle el tránsito más divertido asumiendo su propia banalidad e impotencia (Seth Rogen); conoce a una estudiante de psicología (Anna Kendrick) que intentará aplicar todas las técnicas de autoayuda existentes para contenerlo al igual que su madre culpógena (Anjelica Huston) porque su padre padece de alzheimer y no lo reconoce.

    Sin caer en solemnidades y buscando siempre una cuota de cinismo saludable –paradójico en una película que trata sobre enfermedades- el realizador Jonathan Levine (The Wackness) filma con corrección; planifica las escenas con el tiempo correcto para la decantación emocional y los climas, que acompañados por una banda sonora funcional acomodan las fichas en los casilleros correspondientes. Pero quizá ese orden y esa estructura de manual de autoayuda le quite sorpresa o fuerza a la trama para terminar concluyendo que se trata de otra nueva película sobre la lucha individual de un enfermo terminal para lo que podría haber sido algo más arriesgado como por ejemplo la serie The Big C.
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  • Las aventuras de Tintín
    Pura aventura e imaginación

    El nombre de Tintín, aquella creación del cómic del dibujante belga Georges Remi más conocido como Hergé –aparece homenajeado al comienzo cuando realiza un retrato de Tintín ya transformado en 3D que se ve como dibujo animado en 2D- que viera su primera versión cinematográfica en 1947 como marioneta filmada con la técnica stop motion de la mano del francés Claude Misonne y luego en otras ocasiones con resultados dispares; ampliamente disfrutado por generaciones pasadas que podían tener acceso a los ejemplares bastantes onerosos por cierto, resonaba en la temprana infancia de Steven Spielberg –quien adquirió los derechos en 1983- y Peter Jackson (productor) como un sueño para llevar al celuloide cuando fuera posible tecnológicamente.

    Sin lugar a dudas, debían ser ellos y no otros los encargados de utilizar la técnica del motion capture (investigada por Robert Zemeckis) para dar vida cinematográfica al icono de las historietas europeas -y al universo de Hergé- y así de esa manera garantizar no tanto la fidelidad al personaje sino a la imaginación al servicio de la historia de quienes, sin preámbulos, deben considerarse dos de los más grandes narradores cinematográficos contemporáneos.

    El resultado de Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio es más que positivo tanto para los puristas como aficionados por tratarse de un film que hace un uso adecuado del 3D en función de la majestuosidad y el virtuosismo de un director como Steven Spielberg, quien no repara en sorpresas a la hora de encarar esta primera gran aventura del perspicaz periodista Tintín (Jamie Bell) y su inseparable perro Milú tras la búsqueda de un tesoro relacionado con un antiguo pirata, Francisco de Hadoque, y su descendiente directo, el capitán de navío Haddock (Andy Serkis), cuya particularidad se vincula con una pérdida de memoria importante y su adicción al alcohol. El antagonista de turno, que tiene atrapado al capitán en un barco mercante que luego será liberado por el muchacho para que comience la travesía, Sakharine (Daniel Craig), también cuenta con antepasado pirata, en este caso Rackham, el rojo. El villano necesita completar un fragmento de un pergamino para dar con la ubicación del mayor tesoro. Tampoco faltarán al convite los alivios cómicos representados por el dúo de policías Hernández (Simon Pegg) y Fernández (Nick Frost), que en una subtrama en paralelo investigan la pista de un carterista muy escurridizo.

    Así las cosas, y con un relato muy bien narrado que toma referencias de álbumes tales como “El cangrejo de las pinzas de oro”, “El secreto del Unicornio” y “El tesoro de Rackham el Rojo” (son un total de 24 con el primero publicado en 1930 y el penúltimo en 1976) a cargo de los guionistas Steven Moffat, Edgar Wright y Joe Cornish, lo que caracteriza al film del padre de ET es la recuperación del género de aventuras que otrora se reservaba -en lo que a cine respecta- a la figura del arqueólogo Indiana Jones ya que la acción, los acertijos, los viajes y una sumatoria de peligros, en un derrotero que comienza desde la ciudad para terminar en el Sahara no decaen un segundo en una trama bastante sofisticada y narrativamente perfecta.

    Resultan prodigiosas las secuencias de acción –acompañadas incidentalmente por el maestro John Williams responsable de la banda sonora- y sobre todo aquella referida a una persecución en un plano secuencia admirable donde las bondades de la tecnología 3D al servicio de la creatividad permiten disfrutar una perfecta síntesis de movimiento, ideas desopilantes que harán sonrojar al propio James Bond, humor y coherencia dentro de un verosímil que hace de la exageración su mayor virtud. Hasta el más mínimo detalle cuenta con el rigor y la excelencia del tándem Spielberg-Jackson, quienes incluso aportan su cuota de creatividad en las transiciones de escenas valiéndose de las ventajas del 3D para por ejemplo atravesar con la cámara un vidrio o reflejar en una burbuja una imagen para luego adentrarse en esa escena sin cortes abruptos o fundidos a negro como todo relato clásico predica, pero sin despojarse desde los términos conceptuales de los códigos del relato clásico de aventuras más puro.

    Las aventuras de Tintín… por eso promete convertirse seguramente con el correr de las entregas (Spielberg habló en un primer momento de una trilogía y ya se confirma que será Peter Jackson el encargado de la segunda aventura) en una nueva mitología cinematográfica como ya lo hiciese en aquellos tiempos mozos Indiana, Volver al futuro o la reciente El señor de los anillos.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Imposible aburrirse

    Hay películas de género donde el concepto de acción se reemplaza por pirotecnia y parafernalia cara sin otro sustento que el del espectáculo del ruido y el vértigo por sí mismos, por caso el ejemplo de la última Transformers es más que ilustrativo. Pero cuando a la palabra acción se le suma el término creatividad en función del espectáculo cinematográfico (léase movimiento, armonía, despliegue visual) la noción de calidad se valoriza mucho más.

    Ese es el caso de la nueva entrega de la franquicia Misión Imposible, inspirada en la mítica serie televisiva de Bruce Geller que en esta cuarta entrega estrena director, Brad Bird, e incorpora nuevos personajes que acompañarán al ya conocido Ethan Hunt (Tom Cruise) en su aventura por salvar al mundo de un desastre nuclear que vuelve a poner el eje del conflicto entre Rusia y Estados Unidos como otrora ocurriera con la Guerra Fría. Para nada frío es el desarrollo de un relato bastante sólido y caliente en términos narrativos, plagado de secuencias prodigiosas de acción donde el equilibrio del movimiento, el cuerpo y la tensión merecen elogios, sobre todo porque dentro de la adrenalina y las coreografías espectaculares predomina una lógica interna que nunca sufre alteraciones por privilegiar el impacto visual o el despliegue escénico.

    Ya desde la primera escena que tiene por protagonista a Trevor Hanaway (el famoso Sawyer de la serie Lost) que recuerda someramente a cualquier película de James Bond hasta la última -que incluye el traspaso de un maletín en el interior de un estacionamiento con plataformas móviles- se puede apreciar el trabajo sobre el detalle en la puesta en escena, la meticulosidad en la planificación e imaginación a la hora de pensar planos de acción incorporando los elementos involucrados en cada secuencia. A modo de ejemplo basta con analizar cuidadosamente la construcción de la primera gran secuencia cuyo escenario es una cárcel donde Ethan escapa por los pasillos en medio de una gresca entre prisioneros y guarda cárceles durante la ejecución de una canción de Dean Martin. El virtuoso trabajo de sincronización de imagen y sonido (piénsese que la melodía debe encajar perfectamente cuando se corta un plano y se abre otro) para generar desde el montaje el efecto de continuidad de la melodía y ocultar los cortes de cada escena es de una perfección asombrosa. También lo es el uso de efectos especiales completamente al servicio de la narrativa que jamás desentona ni tampoco se peca de exhibicionismo gratuito como a veces suele ocurrir.

    No obstante, lo que resulta realmente sorprendente es la destreza del realizador Brad Bird para moverse con semejante soltura en un terreno virgen, ya que sus experiencias anteriores siempre estuvieron ligadas al ámbito de la animación. El director imprime un ritmo sostenido y admirable a una trama que no necesita de vueltas de tuerca en exceso para mantener la atención del espectador, con la información necesaria y dosificada correctamente para que no se pierda el hilo de la historia.

    Básicamente, el Protocolo Fantasma -al que hace referencia el título- responde a que Ethan y sus agentes Benji (Simon Pegg), Jane (Paula Patton) y luego Brandt (Jeremy Renner) quedarán librados a su suerte tras un paso en falso en una misión anterior donde nada menos explota el Kremlin, producto de un atentado terrorista encabezado por Kurt Hendricks (Michael Nyqvist, de la trilogía Millennium), un villano a la altura de las circunstancias.

    Y si de altura se trata qué decir entonces de la increíble secuencia de escalamiento en el edificio más alto del mundo, la torre Burj Khalifa en Dubai, para la que Tom Cruise no aceptó dobles y que sencillamente dejará sin palabras y mucho más aún si se tiene la suerte de poder verla en formato Imax (vale la pena sacudir los bolsillos esta vez) para el cual el film se reserva cinco secuencias a todo trapo en pantalla completa, destacándose por encima de todas una tormenta de arena en medio de una persecución a pie.

    Como siempre ocurre en este tipo de sagas, la historia queda en un segundo plano aunque la coherencia es necesaria en materia de los hilos conductores que entrelazan las escenas de acción sin dar la sensación de que aparezcan forzadas. Sin embargo, para que un relato de estas dimensiones respire o administre pausas para no atosigar al público no hay mejor recurso que el del humor. Sobre este particular, la incorporación del británico Simon Pegg aporta un plus impagable y todavía es mayor el acierto por lograr una química importante con Tom Cruise opacando -de cierta forma- al resto del grupo, salvo al promediar la última media hora en que tanto Paula Patton y Jeremy Renner se llevan los laureles en sus incursiones tanto en las peleas como en los momentos de extrema acción.

    El resto del convite se sirve en bandeja de plata cuando Tom Cruise con sus 49 años se carga el film a la espalda y lo hace crecer en volúmenes exultantes de emoción en lo que sin lugar a dudas es la mejor película de la franquicia por lejos.

    Imposible aburrirse.
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  • Norberto apenas tarde
    Tribulaciones de un hombre pequeño

    Más que una mirada aguda sobre la vida de los actores principiantes, Norberto apenas tarde, debut en la dirección del actor Daniel Hendler, es una sencilla y agradable tragedia existencial a la uruguaya que nos sumerge en el microcosmos de su protagonista (Fernando Amaral), un hombre gris y pequeño que se encuentra atravesando varias crisis y que gracias a la vía de escape del teatro vocacional avizora una luz al final del túnel.

    Este prototipo de antihéroe se queda sin trabajo y sus dilaciones y falta de iniciativa conspiran contra su relación de pareja hasta padecer el gradual abandono de su novia (Eugenia Guerty).

    En el interín de su búsqueda de nuevos horizontes, un esporádico trabajo como vendedor de inmobiliaria lo obliga a reflexionar sobre cómo se interrelaciona con el entorno. Es así como la irrupción del teatro vocacional le abre un puente con un mundo desconocido para el que no necesita nada más que actuar un personaje que no es.

    Y en esa disyuntiva de actuar para vivir o vivir para actuar se entrelaza este melancólico repaso por las zonas interiores de la psicología de Norberto.

    La sutileza y el humor brillan en este retrato intimista, bien elaborado por Hendler, en el que se puede encontrar alguna que otra influencia del estilo de Daniel Burman pero que no renuncia en lo más mínimo a un tono singular y propio de su autor.
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  • Un zoológico en casa
    Anexo de crítica: El film de Cameron Crowe funciona básicamente porque el director de Casi famosos moviliza los resortes narrativos con prolijidad y agita las fibras sensibles del público sin caer en excesos melodramáticos pese a que siempre camina al borde de la cursilería y de las comparaciones más obvias entre animales y personas. No obstante, por tratarse de una película para toda la familia (animales y niños siempre son una fórmula imbatible) Un zoológico en casa cumple con todas las condiciones de emoción, mensaje positivo, rescate de valores, elementos que la galaxia Hollywoodense ha sabido transmitir aunque sea en una película más orientada hacia los chicos que a sus acompañantes.- Pablo Arahuete (6 puntos)
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  • La cueva de los sueños olvidados
    Anexo de crítica: Solamente una persona con la sensibilidad e inteligencia de Herzog puede reflexionar o preguntarse por los sueños del hombre primitivo a partir de los rastros y las huellas artísticas descubiertas en el interior de la cueva en lugar de reducirlo a un eslabón de la evolución humana. En ese recorrido majestuoso donde el espacio está atravesado por estalactitas y puntos que brillan como si fuesen diamantes el público tiene acceso como testigo privilegiado a un lugar restringido con la voz guía de un afilado Herzog que fuera de la caverna patenta su gran capacidad para preguntar e incluso atreverse a la ironía al detectar la pedantería o arrogancia del discurso científico que en ese fragmento de conjeturas también persigue la búsqueda de la verdad. Sin embargo, la pregunta por esa verdad absoluta que pueda determinar cómo era aquel hombre del paleolítico; cómo pensaba; cómo se relacionaba con la naturaleza termina igual de encapsulada en otra pregunta más trascendente y profunda: por qué tuvo necesidad de comunicar su tiempo, de trascender más allá de su finitud y su mortalidad. La respuesta descansa en el silencio de los tiempos.- Pablo Arahuete (10 puntos)
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  • Canciones de amor
    Melancolía pop

    Por esas incongruencias de la vida recién ahora se estrena comercialmente este film del año 2007, exhibido en su momento en el Bafici para el público local, Canciones de amor del francés Christophe Honoré, que nuevamente apela a su creatividad artística para sumergirse en un género poco explotado en Europa como los musicales pero solamente en la periferia y no en el corazón como suele ocurrir con este tipo de propuestas, que por lo general se revisten de cierta ingenuidad y mirada edulcorada sobre la vida y el amor.

    Tan inexplicable como el amor es la muerte y ese es el punto de partida de esta tragicomedia con canciones escritas por el director para esta ocasión y arregladas por Alex Beaupin que se adaptan perfectamente a los estados de ánimo de los personajes y a la puesta en escena, mayoritariamente en recorridos por las calles de una París gris y despojada de esa postal de folletín turístico.

    Estructurada en 3 capítulos definidos como partida, ausencia y regreso, el film atraviesa tres triángulos amorosos que se irán superponiendo en el derrotero del protagonista Ismael (Louis Garrel), quien primero vive una experiencia de menage a trois con su novia Julie (Ludivine Sagnier) y su compañera de trabajo Alice (Clotilde Hesme). Sin embargo, tras la repentina muerte súbita de Julie ese triángulo del principio se rompe y el protagonista entra en un estado de angustia por el duelo de la pérdida que inmediatamente se traduce en la búsqueda caótica de otras conquistas amorosas, entre ellas la de un joven bretón que lo seduce y le genera mayor confusión y duda respecto a su sexualidad. El entorno compuesto por la familia de la recientemente fallecida y especialmente por una de sus hermanas (Chiara Mastroiani) se preocupa por su estabilidad emocional pero al mismo tiempo lo asfixia como el fantasma de Julie que le propone simbólicamente el tercer triángulo amoroso, aquel que no se puede romper ni siquiera con la canción más triste del mundo aunque llueva en París.

    El film de Honoré se disfruta –en el sentido más amplio del término- de a ratos como aquellas canciones con letras profundas y melodías pop que las hacen un poco más digeribles pero nunca alcanza a trascender o a penetrar en lo más profundo a pesar de la brillante actuación de Louis Garrel, a esta altura de su carrera y con un futuro más que venturoso.

    A no confundir Canciones de amor con la experiencia de Conozco la canción u otras similares porque en las películas de Resnais existe un halo de magia y misterio que en este caso queda absolutamente sepultado por esa catarsis melancólica y pop.
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  • La campana
    La campana
    CineFreaks
    Una alegoría que hace agua

    Sin adelantar el desenlace por motivos obvios debe decirse que el mayor defecto de La campana, debut en el largometraje del marplatense Fredy Torres, es que termina por donde debe empezar siempre que se entienda al film al servicio de una idea que toma prestado un elemento básico de la ciencia ficción como las paradojas espacio temporales para intentar un revisionismo histórico un tanto precario con una anécdota a la que le falta sustancia y desarrollo en lo que hace a los personajes y sus conflictos.

    Hay tradiciones marinas que no se pueden romper como aquella que reza que una mujer forme parte de la tripulación de una lancha pesquera o desafiar al mar para adentrarse mar adentro y quedar atrapado en un vórtex donde el tiempo transcurre de manera más lenta pero la percepción del mismo por parte de los tripulantes no cambia. Sobre esas dos ideas y tomando como contexto el fin de la dictadura militar y el inicio de la guerra de las Malvinas en abril de 1982 se apoya el director para contar su historia desde la vida cotidiana de sus protagonistas.

    Laura (Rocío Pavón) es una adolescente que tras la muerte de su padre, el capitán de la embarcación Morel (referencia obvia a la novela de Adolfo Bioy Casares), quedó a cargo de Juan (Jorge Nolasco), un pescador que la dobla en edad y del que está enamorada perdidamente. Para completar el triángulo aparece la tana (María Fernanda Callejón), la prostituta de los pescadores que intenta por todos los medios intimidar a la enamoradiza Laura. El resto del reparto lo constituye un racimo de personajes planos como el que le toca en suerte al gran Lito Cruz en el rol de Américo, un viejo lobo de mar que representa tal vez la voz de la conciencia cuando la mentira de la guerra de Malvinas se apodera del ambiente y el recuerdo de la borrachera discursiva del general Galtieri provoca no menos que ganas de vomitar.

    Ahora bien, no está mal recuperar el pasado siempre y cuando esa operación tenga sustento y sentido para no volverse simplemente en un recuento sumario con poca profundidad y rigor como es el caso de La campana. El otro inconveniente se suscita al no haber encontrado un relato lo suficientemente sólido como para poner en práctica la idea de las paradojas temporales sin resultar tan lineal y predecible.

    Da la sensación que esta película argentina con buenas intenciones se perdió de la misma manera que la embarcación y que cuando se dio cuenta de ese problema ya era tarde.
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  • El juego de la fortuna
    La regla no escrita

    Más allá de transitar por el derrotero de toda película deportiva donde un equipo chico pasa a la historia para luego morder el polvo de la derrota en el partido final y que eso termine siendo todo, el mayor defecto de El juego de la fortuna radica en el público al que va dirigido: norteamericanos fanáticos del baseball.

    Cualquier otro tipo de análisis que pueda hacerse como muchos aventuran -exageradamente se considera compararla con la Red social del deporte- es sencillamente sobrevaluar una película correcta que cuenta con las actuaciones principales de Brad Pitt, Jonah Hill, Philip Seymour Hoffman y Robin Wright, quienes se ajustan a sus respectivos papeles sin descollar.

    Pitt interpreta el rol de Billy Beane, director general o lo que podría denominarse manager de un equipo de baseball, Atléticos de Oakland, que tras una seguidilla de derrotas atraviesa una de sus peores crisis y debe arrancar la temporada siguiente con muy poco presupuesto disponible para rearmar un equipo competitivo. Pero las reglas del capitalismo determinan también la lógica deportiva en una brecha entre equipos ricos y equipos pobres que precipita aún más la caída. Sin embargo, la aparición de un joven economista (Jonah Hill), metódico y riguroso analista de estadísticas, convencerá al manager de cambiar el rumbo de la estrategia e ir en contra de toda tradición para desafiar a las leyes del baseball y de la economía propiamente dicha con las de las estadísticas y conformar un equipo ganador con jugadores que cualquier otro descartaría. Así las cosas, las tensiones internas con el entrenador (Philip Seymour Hoffman); quien debe adaptarse al cambio constante de jugadores; y las negociaciones que deberán llevar a cabo para tratar de escribir un nuevo capítulo en la historia del baseball forman parte del eje de este film al que le falta emoción genuina, a pesar de la buena actuación de Brad Pitt y la correcta dirección de Bennett Miller, quien estructura el relato entre presente y pasado bajo el convencional recurso del flashback para adentrarse en la juventud del protagonista cuando era una promesa deportiva y la actualidad en la que debe afrontar los fantasmas de ese pasado, recuperar el contacto con su hija y demostrar a todos que apostó a ganador con este novedoso método.

    Para aquellos que no conozcan la dinámica del juego y las reglas básicas resultará un tanto tortuoso enfrentarse a un mundo donde la tensión se disputa en el número de golpes o de carreras que un equipo suma sobre el otro o por las hazañas de pegarle a una pelota con un bate y sacarla del estadio para levantar multitudes y recibir un asombrado ohh. Claro que sobre gustos no hay nada escrito pero en lo que respecta a la dinámica de un film sí puede opinarse.

    De este modo, es justo anticipar que estamos en presencia de un film hecho a la medida de los Oscars con la historia de un hombre que cree en sus sueños y lucha contra las adversidades de un sistema que se rige solamente por los éxitos y que castiga los fracasos con la misma virulencia y exitismo de la victoria, sin otro mensaje interesante a la vista: esa es la regla no escrita.
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  • Cuatro muertos y ningún entierro
    Anexo de crítica: Esta sorprendente comedia negra del realizador irlandés Ian Fitzgibbon recuerda por su catarata de complicaciones a la entrañable Después de hora con reminiscencias y atmósferas propias de los mejores filmes de los hermanos Coen como Fargo, entre otros. El atractivo llega por partida doble al contar con un elenco sólido, donde la dupla Dylan Moran - Mark Doherty se cargan a las espaldas un relato plagado de vueltas de tuerca; críticas solapadas al cine y a la burguesía, que se alza por méritos propios a los primeros peldaños del alicaído universo de las comedias de por lo menos los últimos cinco años...- Pablo Arahuete (8 puntos)
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  • La última noche
    Preguntas incómodas

    La directora y guionista Massy Tadjedin se queda a medio camino con La última noche de aquello que podría haber sido un interesante film sobre infidelidades y reflexiones acerca de las relaciones de pareja cuando el desgaste de una rutina hace estragos y comienzan las crisis y las búsquedas de nuevos horizontes. Pero todo se malogra por no despojarse ni un segundo del convencionalismo y el cliché con un guión explicativo y sobre dialogado en una clara muestra de no saber cómo sumergirse en la psicología de sus personajes y mucho menos encontrar el clima justo y el texto para dar cuenta de una crisis de pareja.

    Como en toda película que se encarga de dinamitar un mundo de apariencias desde el primer minuto, el detonante de la historia es una sencilla pregunta que hace Joanna (Keira Knightley) a su esposo Michael (Sam Worthington) tras conocer en una fiesta de negocios a Laura (Eva Mendes), compañera de trabajo con quien el hombre deberá viajar a Filadelfia para cerrar un proyecto de bienes raices y así poder encontrar el ámbito ideal para acostarse con ella durante la estadía fuera de su hogar. Ante semejante inquietud femenina arrastrada por un enojo y la intuición de un potencial engaño, Michael decide contestar con honestidad acerca de sentir cierta atracción por Laura pero bajo el compromiso implícito de que no pasará nada entre ellos dado que es un hombre felizmente casado.

    En paralelo a la partida de Michael, a Joanna se le presenta la oportunidad de un reencuentro con Alex (Guillaume Canet), antiguo amante que conoció en París años atrás y que ahora se hospeda en Nueva York con todas las intenciones de recomponer tiempo perdido junto a Joanna.

    Con un montaje básico que intenta yuxtaponer situaciones para seguir el derrotero de una noche en que tanto esposos como amantes tendrán la chance de engañar al otro mutuamente, el relato acumula tiempos muertos y digresiones que dilatan la resolución de las historias de infidelidad con una fuerte carga de culpa e interrogantes a cuestas, los cuales sutilmente se irán sembrando en la trama.

    La directora, a partir de la puesta en escena que aprovecha las distancias de lugares amplios en un contraste con el acercamiento y la proximidad de los cuerpos, busca crear una atmósfera apta para la seducción con una fuerte presencia de la noche como ese espacio intermedio que alimenta las fantasías y corre el velo de las apariencias para dejar de alguna manera más expuestos a los personajes con sus contradicciones flotando en un ambiente sensual y donde las ataduras del compromiso parecen quebrantarse por lo menos desde la teoría, aunque no tanto en relación a la práctica.

    Si bien en los rubros técnicos Massy Tadjedin contó la colaboración de los mejores exponentes como por ejemplo Peter Deming encargado de la fotografía, Susan E. Morse, antigua montajista de Woody Allen, entre otros, su mayor falencia se acentúa en la falta de dirección del reparto con irregulares actuaciones de Keira Knightley y Sam Worthington, muy cuadrados y carentes de matices para personajes que precisan mayor profundidad.
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  • A quién llamarías
    Reflexiones a medias

    Con una llamada basta para que el protagonista de esta historia, un hombre de unos 40 años, divorciado y con un hijo, descubra que su actual pareja –más joven que él- lo engaña con un hombre mayor pero con dinero. Y a partir de ese descubrimiento, comenzar a entender que para el otro uno se vuelve prescindible o descartable lastima y hiere al ego como en toda relación alcanzada por el desgaste del tiempo, los miedos y las frustraciones que se vuelven cada vez más habituales cuando la necesidad de vivir nuevas experiencias no incluye a aquella persona con la que se comparte un pedazo de la vida.

    A quién llamarías? es el título de esta película dirigida y escrita por el realizador Martín Viaggio pero también es el detonante que se dispara en un viaje mental -por momentos onírico- donde las reflexiones y las preguntas repiquetean de manera constante en la cabeza de un personaje que vive entre la obsesión y la búsqueda de un amor duradero, el cual se asocia tanto en el terreno de la realidad como el de la fatasía con distintos rostros femeninos, mujeres tanto idílicas como reales que se irán cruzando por el derrotero de su conciencia, así como los afectos de amigos y familia para transparentar que los vínculos mutan con el correr de los años donde todo se vuelve más áspero y honesto.

    Si bien la premisa resulta interesante como punto de partida va perdiendo fuerza a medida que el relato trastabilla con sus propias limitaciones y se vuelve digresivo y sobre dialogado para dejar visibles las fallas de un guión un tanto ambicioso.

    Sin embargo, existen momentos en el film donde se conjuga el clima con la situación, en sintonía con las actuaciones de un reparto heterogéneo pero donde se notan dispares niveles de actuación (comenzando con el protagonista Roberto Birindelli) con personajes que no tienen matices y dicen el texto en vez de interpretarlo.

    Por eso, tratándose de un proyecto que otorga suma importancia a los diálogos sobre escritos y a las atmósferas no contar con actores lo suficientemente versátiles le juega en contra y esa falencia se arrastra durante todo el metraje.

    En síntesis, estamos en presencia de un film irregular, fallido, que por momentos necesitaría de un director capaz de dirigir actores y que por otro lado logra crear una sensación de intimidad con un prolijo tratamiento de la imagen, aunque nunca llega a consolidarse en lo que hace a lo estrictamente narrativo y cinematográfico.
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  • El gato con botas
    Anexo de crítica: Ya desde su aparición como personaje secundario de la saga del ogro verde Shrek, el minino con botas se ganó el afecto de los fans y desplazó de alguna manera al burro para dejar abierta la posibilidad de que una vez extinta la franquicia (afortunadamente llegó a la cuarta para decir hasta siempre) se apostara por un film en solitario con el objeto de recuperar terreno perdido y poder decir que los creadores vivirían felices y para siempre. Dreamworks ha dado en el blanco nuevamente como lo hiciera en su momento con la novedosa Shrek por encontrar el equilibrio entre un público menudo y los adultos que acompañan sin caer en recursos de autorreferencia y sin excesos de guiños cinéfilos para concentrarse de lleno en una historia que tiene condimentos atractivos desde el primer instante y un despliegue visual y coreográfico de altísima calidad.- Pablo E. Arahuete (7 puntos)
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  • La vida en tiempos difíciles
    Felicidad redux

    Coherente y abrasivo como siempre, Todd Solondz vuelve a cargar las tintas sobre sus tópicos en un film que podría considerarse sucesor de Felicidad con el mismo racimo de personajes variopintos (los mismos personajes interpretados por otros actores como parte de un discurso meta lingüístico) que vuelven al derrotero de la disfuncionalidad; la doble moral y todas aquellas grietas que derrumban el sueño americano y pisotean la idiosincrasia yanqui, con guiños continuos a la incorrección política.

    Hay un niño en el ojo de la tormenta, el hijo de Trish (Allison Janney) a punto de volverse a casar, en este caso con Harvey (Michael Lerner), para intentar que sus dos hijos aprendan a convivir con un padre un tanto más normal que el pedófilo Bill. Sin embargo, el niño vive atormentado por sus planteos acerca del olvido, la culpa y el perdón, con fuertes referencias religiosas de por medio y con el escape hacia lo onírico para salir de la densidad y el cinismo que atraviesa la trama de La vida en tiempos difíciles.

    El otro personaje que se lleva el foco de atención es la presencia-ausencia del padre pedófilo Bill (Ciarán Hinds) en plan de regreso a casa purgada su condena tras las rejas, al que se sumarán otras historias cruzadas como la de Joy (Shirley Henderson), la hermana de Trish ya alejada de su depravado marido Allen (Michael Kenneth Williams) aunque no tanto de su pasado que vuelve a acecharla así como sus viejos fantasmas más temidos de experiencias límites.

    Fiel al estilo de viñetas para ordenarse narrativamente con un guión rico en diálogos filosos y humor cáustico pero sin la contundencia de otros trabajos como la propia Felicidad o Palíndromos, aquellos seguidores de este director independiente no se sentirán defraudados en cuanto a lo temático y a ese estilo transgresor.
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  • Alamar
    Alamar
    CineFreaks
    Y el mar los unirá

    Finalmente llega a las salas porteñas el estreno de este multipremiado film del realizador Mexicano Pedro Gonzalez Rubio que establece un contacto con la naturaleza y su aspecto salvaje con tanta naturalidad como aquella que logra establecer con sus personajes para quienes la cámara prácticamente no existe.

    Alamar apela a generar conciencia y empatía con la vida y la naturaleza bajo el pretexto del reencuentro de un padre con su hijo en unas vacaciones donde el muchacho de ciudad descubrirá un mundo completamente diferente.

    El protagonista de este extraño documental -¿o ficción?- es Natan, un niño de apenas cinco años, nacido en Italia, quien tras la separación de sus progenitores viajará con su padre Jorge al arrecife de coral de Banco Chinchorro en México, donde además compartirá junto a su abuelo una estadía en la que tomará contacto con la naturaleza y con el oficio de la pesca. Ese contraste entre dos realidades, la citadina donde el confort anula todo tipo de aventura y la de la hostilidad de la naturaleza donde la carencia de confort es manifiesta pero la riqueza del aprendizaje de cosas diferentes la suplanta; entre dos modos de vida que se encuentran en las antípodas de lo cultural, forma parte de la riqueza de la película de González Rubio, que se contagia del viaje y avanza con el ritmo lento que la naturaleza propone.

    Un cúmulo de bellas imágenes en las profundidades del océano cuando Jorge se zambulle en busca de crustáceos con su arpón, sumado a aquellas escenas en que enseña a su hijo el respeto por las aves son, sin duda, grandes momentos de un film que si bien se agota en sí mismo por su temática, no deja de sorprender por sus descubrimientos de espacios completamente escondidos; por generar una ternura entre los personajes a fuerza de naturalismo y despojo de artificio que coquetea en forma permanente con las fronteras del documental de observación y la ficción minimalista, sin tomar partido por ninguna.
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  • La mala verdad
    La mala verdad
    CineFreaks
    No hay peor ciego…

    En un film donde prevalece el silencio no por falta de diálogos sino como parte de un mecanismo de protección y a la vez ocultamiento de verdades duras, la música omnipresente ayuda a construir una trama que se sumerge a fuerza de sutileza y metáforas en el profundo dolor de la protagonista: una niña llamada Bárbara (Ailén Guerrero) que en el colegio comienza a manifestar conductas llamativas que transparentan algún conflicto familiar del que no puede comunicar más que indicios por sus dibujos o respuestas esquivas cuando alguien intenta entender qué le pasa.

    Quizás, el único que comprende su necesidad de huir es su amigo Matías (Conrado Valenzuela), quien no puede ocultar su enamoramiento y hará lo posible por cumplir el sueño de fuga en balsa hacia una isla donde nadie la lastime y pueda terminar su niñez con felicidad.

    La familia de Bárbara está compuesta por Ernesto (Alberto de Mendoza, soberbia despedida de este actor con mayúsculas), su abuelo, con quien vive junto a su madre Laura (Analía Couceyro) desde muy pequeña y a la que últimamente se sumó Rodolfo (Carlos Belloso), pareja de la madre, un hombre introvertido que ayuda a Laura en la librería donde prácticamente ella pasa todo el tiempo recluida y eso le impide hacerse cargo de su hija.

    Sin embargo, el que maneja la dinámica familiar y manda en el hogar no es otro que Ernesto, cuya predilección por su nieta es más que transparente aunque hay otra cara menos visible y oscura del abuelo tierno que también lo conecta con la silente Bárbara. Ernesto se desenvuelve en un entorno manipulable porque cuenta con el poder económico para silenciar a todos aquellos que saben su secreto, cómplices por omisión que no actúan y dejan que la frágil niña se desarme y sangre simbólicamente hablando.

    Desarma y sangra es precisamente la canción de Serú Girán que se irá armando en el film y donde la protagonista lleva la voz principal para contar desde la letra su historia que nadie quiere escuchar salvo la atenta psicopedagoga del colegio (Malena Solda), que debe someterse a la sordera institucional de un rector cobarde (Mario Alarcón) o a las amenazas sutiles del abuelo Ernesto para que Bárbara vuelva a quedar desprotegida.

    Con todos esos elementos dramáticos en la mesa, el realizador Miguel Ángel Rocca (Arizona sur) coescribió junto a Maximiliano González una historia de secretos y mentiras definiendo aquellos roles que son portadores de la verdad y los que son emergentes de la mentira, valiéndose de una sutileza fina y poco frecuente en el cine argentino cuando se intenta abordar temáticas con mala prensa por considerarlas tabú o factibles de golpes bajos.

    El mérito mayor de La mala verdad es justamente no decir ni mostrar nada respecto a esos secretos condicionantes para que el relato encuentre su cauce en las atmósferas; en los prolongados silencios; en el juego de las miradas con los desvíos, para no enfrentarse con aquella realidad que se va refractando como el reflejo deformante de un espejo en el que cada uno se mira como desea y no como realmente es.

    Gran parte de esos logros son producto de un director que sabe dirigir actores y por eso Alberto de Mendoza puede quedarse tranquilo y decir hasta siempre en una memorable performance.
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  • ¿Cómo lo hace?
    La mamá orquesta

    Kate (Sarah Jessica Parker) es lo que podría definirse como una mujer moderna: sobreadaptada, eficiente y siempre lista para el trabajo demandante y el cuidado de sus hijos pequeños, aunque su vida matrimonial haya pasado a un segundo plano con altas y baja, y fuertes indicios de crisis por falta de atención a su esposo Richard (Greg Kinnear).

    Sin embargo, la mujer se las ingenia para cumplir con los dos trabajos y mantener a todos contentos. Inclusive, soñar con un ascenso por su desempeño como parte de un equipo que cierra negocios multimillonarios y que ahora cuenta entre sus clientes más importantes con un codicioso banquero escocés (Pierce Brosnan), que reside en New York y contrata a Kate para seducir a financistas con sus proyectos de rentabilidad asegurada. Pero la balanza de las obligaciones y de las metas personales inclina el peso hacia un solo lado, entonces tanto esposo como familia se perjudican y apenas reciben el tiempo extra tras una ajetreada labor que ocupa prácticamente las 24 horas del día, sin desconectarse un minuto de su celular. Los viajes relámpago con su jefe despiertan sospechas de infidelidad y las faltas maternales constantes, sumado el escaso tiempo, van cimentando una carga difícil para Kate, que como siempre ocurre en estos casos se dará cuenta un tanto tarde que no se puede hacer todo y encima bien.

    En la línea de una sitcom y con muy poco ingenio para transitar por todos los lugares comunes de películas sobre madres competidoras en un mundo masculino, ¿Cómo lo hace? es una comedia liviana que por momentos parece un episodio largo de Sex and the city pero sin la temática sexual femenina detrás, dado que utiliza casi los mismos recursos narrativos de la voz en off o hablar a cámara y juega la carta de la exageración y el estereotipo para encontrar la complicidad con el público femenino.

    Sobre un guión de Aline Brosh McKenna, basado en la novela La vida frenética de Kate, de Allison Pearson, el director Duglas McGrath (Infame) entrega esta comedia pasatista e insulsa que para la actriz Sarah Jessica Parker significa no más que una continuidad de lo que vive a diario siendo una de las madres más trabajadoras de la industria del cine. Al apoyarse enteramente en el punto de vista de la autora la descripción del mundo femenino no supera jamás la superficialidad y la chatura habitual, sobre todo de cómo piensan las mujeres que busca el contraste con otras madres despreocupadas de la atención de sus hijos que quedan en manos de extrañas cuidadoras mientras ellas cultivan el ocio y modelan sus cuerpos, como uno de los ejemplos más obvios de este tipo de planteamiento binario.

    No obstante, se trata de un relato que no pierde ritmo pero que promediando la primera mitad atraviesa una zona de estancamiento, morosidad y rutina que le juegan en contra. La galería de personajes secundarios encabezada por Christina Hendricks (la sexy pelirroja de la serie Mad men), Olivia Munn y Kelsey Grammer apuntala alguna situación pero ninguno de los estereotipos femeninos se supera ni se critica.

    En síntesis: ¿Cómo lo hace? no aporta nada novedoso al género pero para aquellos que busquen una comedia liviana y entretenida sin demasiadas exigencias, el convite no los defraudará.
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  • El precio del mañana
    Autodepuración social

    En el futuro, la medida de todas las cosas será el tiempo. El dinero será reemplazado por una oferta y demanda de minutos, meses y años, donde la brecha entre ricos y pobres se ensanchará y las ciudades se dividirán de acuerdo a zonas horarias quedándose los excluidos en lo que se denomina guetto, donde todo se hace a las apuradas mientras que aquellos que acumulan años vivirán alejados de los márgenes en la cultura del consumismo y la lentitud, rodeados de guardaespaldas y sin preocuparse por sobrevivir.

    Bajo esa premisa se tejen las coordenadas de este interesante film futurista y distópico El precio del mañana, que por su riqueza de ideas permite una serie de lecturas por encima de la historia concreta, la cual abraza algunos elementos del thriller con ciertos rasgos de ciencia ficción cuando en realidad se trata nada menos que de una metáfora contundente sobre las leyes de la economía del capitalismo más salvaje, cuya faz más cruel no es otra que la del control social a partir de las variaciones del costo de vida con el objeto de preservar el estatus quo de los poderosos en detrimento de la miseria de los marginados.

    El tiempo se compra; se vende; se roba; se apuesta; se regala; y en definitiva se acopia en cápsulas que se guardan en cajas fuertes de los bancos para garantizar la inmortalidad de aquellos que tienen acceso en un mundo donde todos viven hasta los 25 años y luego de esa fecha tendrán un año de gracia en el que aparece un reloj digital en la muñeca y una cuenta regresiva que no se detiene y que si llega a cero significará la muerte.

    Nadie envejece en este universo artificial y frío por lo cual madres, hijas y abuelas conservan el mismo aspecto juvenil de los 25 años y lo mismo ocurre con los hombres. Por otra parte, la mayoría de los mortales vive en acotado margen de tiempo ya que las chances de acumular años son casi nulas salvo en luchas clandestinas o robos. Sin embargo, el destino del protagonista Will Salas (Justin Timberlake, muy mal elegido), -que tras sus 25 años ha logrado sobrevivir tres años más- cambia en un segundo cuando accidentalmente se cruza con un misterioso y desconocido hombre que está cansado de vivir y le entrega cien años gratuitamente y le revela las claves de un sistema perverso de autodepuración social para que intente destruirlo desde adentro. Pero pertenecer a una clase marginal y contar con un tiempo extra por un lado obliga a tomar precauciones al ser blanco fácil de ladrones y mafiosos y por otro levanta sospechas en las esferas de quienes se encargan de mantener el equilibrio del sistema cronometrando vidas ajenas. Esa es la tarea del cronometrador (Cilian Murphy), una suerte de policía que merodea la zona del guetto cada vez que algo se descontrola o aparece alguna anomalía como el caso de Will, quien logra infiltrarse en el grupo de los elegidos y conoce a la hija rebelde de uno de los hombres más poderosos (Amanda Seyfried) que busca emociones fuertes y se diferencia de su padre en relación a los conceptos de la desigualdad social.

    Si bien el relato no avanza en profundidad respecto a las ideas que esboza en un principio tampoco se desliza hacia el conformismo o la típica película de acción que hubiese significado el desperdicio total de una propuesta inteligente y atractiva que apuesta a satisfacer a todos los tipos de público sin la sensación de traicionar a nadie.

    Ese mérito se debe pura y exclusivamente al director Andrew Niccol, quien al igual que con Gattaca vuleve a contar una historia con un ojo puesto en el futuro y otro en el presente.
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  • Las acacias
    Las acacias
    CineFreaks
    Anexo de crítica: La mayor virtud de esta ópera prima sin lugar a dudas descansa en la puesta en escena y en el hallazgo del reparto que funciona a la perfección para las coordenadas narrativas que atraviesan este mini universo de la cabina de un camión, donde se comparten silencios, soledades y sueños en el trayecto de un viaje introspectivo que no necesita de palabras para bucear en lo más hondo de los sentimientos de sus personajes. El director Pablo Georgelli entrega esta road movie de corte minimalista sin dejarse atrapar por los convencionalismos del paisajismo vacío para dejarse deslumbrar por otro paisaje más hostil y verdadero como el paisaje interior.- Pablo Arahuete (8 puntos)
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  • Happy Feet 2: El pingüino
    Anexo de crítica: Algo de Buscando a Nemo y otro tanto de Hormiguitaz con una banda de sonido ecléctica que mezcla soul con temas consagrados de Queen cimentan los pilares en los que se construye esta segunda aventura de los pingüinos emperadores en una nueva lucha por la supervivencia ante los cataclismos ecológicos con el consabido mensaje detrás que vuelve a enfatizar la importancia de la solidaridad entre especies. Con eso alcanza para un guión con muy pocas ideas pero vistosamente plasmado en pantalla por el virtuosismo del realizador George Miller.- Pablo E. Arahuete (6 puntos)
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  • La mujer sin piano
    Anexo de crítica: La mecanicidad y el automatismo, y en su faz más visible la rutina y el conformismo, forman parte de este interesante segundo opus del director español Javier Rebollo, premiado en San Sebastian por esta película. Todo sucede en un día, pero más precisamente en la misteriosa noche en que una depiladora -de unos 50 años- decide romper con la monotonía de su existencia y salir en busca de algo nuevo. Así como la protagonista se embarca en esta suerte de fuga, la trama también hace lo propio al incorporar una serie de personajes y situaciones que se agotan en un gag o se resuelven de manera intempestiva. El entramado metafórico que recubre el relato se despliega con gran sutileza y esto permite a Rebollo adueñarse de su película con una cámara atenta al detalle y un trabajo sobre la banda sonora muy minucioso, que termina por cerrar un círculo perfecto...- Pablo E. Arahuete (8 puntos)
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  • Amanecer - Parte 1
    Anexo de crítica: Sin lugar a dudas luego de la segunda mitad esta nueva entrega de la franquicia toma algo de sentido aunque no alcanza el nivel de su antecesora. Quizás para fanáticos no sea tan aburrida pero para aquellos que esperábamos algo más sustancioso es imposible evitar un letargo desde el primer minuto hasta la mitad del largometraje...- Pablo E. Arahuete (5 puntos)
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  • La hora del crimen
    Cita a ciegas

    Salvo con la excepción de La desconocida (2006), el antecedente de los últimos años del film noir italiano con La ragazza del lago (2007) dejaba ciertas preocupaciones para un espectador más exigente, cansado de consumir thrillers mediocres provenientes del gran país del norte. Por eso, la regocijante noticia del estreno de La Doppia ora (2009) a la cartelera local alimenta las expectativas de que el llamado nuevo cine italiano cuenta con noveles directores que saben hacer bien las cosas y respetan los códigos de un género bastante vapuleado en el último lustro.

    Sonia (la rusa Kseniya Rappopport, también protagonista de La desconocida) conoce a Guido (Filippo Timi) en un lugar de citas para solos y solas. Ella trabaja de camarera de hotel y él es un ex policía que ahora se dedica a vigilar una propiedad rodeada de un bosque, donde se encuentra una importante colección de arte. En sus ratos de vigilancia graba los sonidos de la naturaleza como pasatiempo. Luego del encuentro, la relación entre ambos prospera a pasos agigantados y deviene en romance hasta que un hecho fortuito pone en riesgo la vida de la pareja a partir de un confuso robo de dicha colección que involucra a ambos personajes.

    El supuesto asesinato de Guido por parte de los delincuentes levanta todo tipo de sospechas sobre Sonia, quien sobrevive acusando simplemente una herida muy leve. Sin anticipar mayor información, sólo resta por decir que la trama plantea una zona de quiebre desde el punto de vista de la aparente víctima Sonia, donde la noción de realidad y ficción -¿o fabulación?- desaparece repentinamente para sumergirse en un terreno de ambigüedad que asimila una serie de subtramas y personajes (entre ellos su amiga y confidente Margarita y un policia amigo de la víctima asesinada que la acecha con preguntas incómodas) que se entremezclan entre sí.

    El debutante Guiseppe Capotondi se maneja con solvencia en la dirección para entregar un relato sólido, tenso y muy bien narrado, que se nutre de las mejores influencias del género empezando por el insustituible Alfred Hitchcock -por citar al más obvio- pero sin negar la fuerte inspiración en el cine negro francés.

    En este caso utiliza como escenario de la acción dramática a la sombría ciudad de Turín con sus secretos, bosques y personajes oscuros valiéndose de una economía de recursos y una inteligente puesta en escena.

    En cuanto a las actuaciones, una vez más la actriz de origen ruso Kseniya Rappopport se lleva los mayores elogios al resolver un personaje atravesado por un halo de enigma y perturbación que mantiene al espectador hipnotizado y por qué no decirlo manipulado en el mejor sentido de la palabra. Nunca mejor dicha la frase: no hay mejor ciego que el que no quiere ver.
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  • Poesía para el alma
    Desde lejos no se ve

    La antítesis de la belleza se sintetiza en el plano inicial de Poesía para el alma, este magnífico film del coreano Lee Chang-dong (Oasis): en el remanso de un rio con una tenue corriente que fluye se descubre flotando el cuerpo de una adolescente ahogada. Minutos después, nos enteramos, junto a la protagonista Mija (Jeong-hie Yun), una anciana que cuida a un nieto adolescente muy poco comunicativo e irrespetuoso, que se trata de una compañera de escuela de 16 años que se suicidó por haber sido víctima de violaciones en repetidas oportunidades -así lo describe en su diario íntimo- por parte de seis alumnos, incluido su nieto.

    Las violaciones de adolescentes y el asesinato es un tópico recurrente del cine asiático que encuentra expresiones tanto en el género del terror con historias de fantasmas vengativos como en el policial de investigación y en menor medida en el melodrama familiar. Pero el caso de esta rareza se sustenta en que el hecho es un detonante; un pretexto para ensayar un profundo relato reflexivo sobre las contradicciones humanas, sus miserias y sus virtudes a partir de una incansable búsqueda del sentido de la vida.

    No obstante, si ese sentido se encuentra en las pequeñas cosas que nos rodean la apuesta del realizador coreano es captarlo globalmente a partir de un punto de vista que intenta aplicar una sensibilidad poética a una realidad que se presenta cruda, cruel y sin esperanza.

    El personaje de la anciana que trabaja como asistente de un viejo un tanto perverso pero no por ello menos lúcido se dispone a aprender a escribir poesía en un curso junto a otros compañeros que nunca transitaron por la senda literaria y simplemente necesitan abrir su corazón a los otros.

    La primera lección es que la poesía tiene relación directa con saber mirar, mejor dicho saber ver entendiendo cuál puede ser la diferenciación y entonces la perspectiva del entorno cambia y se vuelve desafiante a los ojos de quien mira.

    Ahora bien ¿cómo encontrar belleza en una situación tan atroz como la muerte de una inocente? No hay respuesta ante semejante verdad desgarradora salvo la posibilidad de la búsqueda del sentido. Pero para ello, las palabras no alcanzan y es allí donde la fuerza del cine de Lee Chang-dong recorre un camino pausado, meticuloso, que por momentos coquetea con un registro casi documental y que marca la transformación y el progreso de un personaje al cual lo atraviesan dos conflictos centrales: la culpa y un gradual deterioro mental que provoca esporádicas situaciones de extrañamiento, pérdida de memoria y donde afloran como en aquel río del comienzo recuerdos y viejos fantasmas en un presente oscuro y doloroso.

    Esa sensación de angustia contenida se transmite en el detalle; en el gesto justo; en el silencio que solamente la actriz Jeong-hie Yun es capaz de regalarnos con tanta generosidad cuando deja que la cámara la observe en su difícil transición para concluir un viaje introspectivo que se aferra al corazón del espectador con la misma intensidad que el grito de la naturaleza humana.
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  • Un amor
    Un amor
    CineFreaks
    Nostalgia y exilio

    Un amor, tercer opus de la realizadora Paula Hernández -también guionista- basado en un cuento de Sergio Bizzio, responde desde el titulo a un concepto ambiguo y fugaz: se puede hablar de un amor a un lugar; a un tiempo; a una época o a una persona y así de fugaz también es la adolescencia como esa etapa transitoria hacia la adultez, que viene acompañada de los primeros amores y despechos en tiempos de despertar sexual y de decisiones que nos marcan para toda la vida.

    El pasado recién se valora cuando se lo aprende a mirar desde el presente y en ese umbral es en donde se apoya este relato intimista sobre la nostalgia y los exilios, los forzados y aquellos autoexilios que de un modo u otro determinaron el rumbo en las vidas de Lisa (Denise Groesman en la etapa de adolescente y Elena Roger para el presente), Bruno (Alan Daicz para el pasado y Diego Peretti en el presente) y Lalo (Agustín Pardella de adolescente y Luis Ziembrowski ya adulto) en una corta pero intensa amistad en el pueblo de Victoria.

    Antes de la llegada de Lisa, hija de padres que viven en la clandestinidad propia de los 70 con un ojo puesto en el lugar de refugio y otro en la forzada huida hacia otra parte, Bruno y Lalo mantenían una amistad inquebrantable en la normalidad y la tranquilidad pueblerina hasta que sus miradas chocan contra un témpano de energía y vitalidad que desde el primer minuto alimenta en ambos una rivalidad creciente y los pone a prueba de manera constante. De ese cruce, nace un lazo afectivo que se fortalecerá con las salidas; los encuentros a escondidas, donde Lalo llevará una ventaja al cumplir el rol de novio y Bruno simplemente el de amigovio con el irritante apodo de ‘concha’ a cuestas. Pero cuando las cosas se empiezan a estabilizar y sin aviso previo, Lisa huye con sus padres y todo lo vivido para los tres jóvenes se vuelve, tras 30 años de ausencia y rencores, un recuerdo agridulce que se le niega al olvido.

    Entre aquel instante de la última vez y el tiempo transcurrido durante todos esos años, los destinos de Bruno y Lalo se separaron para siempre. El primero logró escapar de la abulia pueblerina para volverse un citadino guionista de televisión y en Lalo el peso del lugar, la carga de una madre enferma -que debió cuidar de chico- y las incontables horas en el taller mecánico hicieron estragos como el paso de los años en su cabellera devenida en prominente calvicie. Para Lisa, la ausencia y la distancia se acortaban en 19 cartas y una sola postal y en la sensación de que en algún momento regresaría a buscar ese amor que la época de adolescencia le arrebatara de un plumazo.

    La nostalgia se diferencia de la melancolía porque permite avanzar pese al dolor y en ese sentido es la melancolía la que habilita el olvido por quedarse estancada en un recuerdo eterno e irrepetible. Esas fluctuaciones son las que determinan el derrotero sentimental de cada uno de los personajes que Paula Hernández construye meticulosamente y sin trazo grueso.

    Gracias a la avasallante y fotogénica Elena Roger en un inmejorable debut en el largometraje, la idea de tránsito y estancamiento se resignifica en relación a la pasividad de los dos hombres a quienes el reencuentro obliga a decidir cuál va a ser el próximo paso, con la incerteza y el miedo permanente de si no será demasiado tarde.

    La directora de Lluvia consigue con muy poco esfuerzo trazar el puente entre pasado y presente exponiendo la transformación y los matices de una relación que tiene aristas de triángulo amoroso pero que trasciende los vértices conocidos para sumergirse en la intimidad de cada uno de los involucrados sin subrayados y dejando que los actores fluyan con su natural expresión y gestualidad, sin que ninguno intente lucirse por encima del otro.

    Un amor es un film maduro, tierno, sensible que no le teme a exponer los sentimientos en estado de latencia y confusión así como tampoco a hablar desde otro espacio de lo efímero y de los autoexilios que condicionan la felicidad de las personas.
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  • Las nuevas aventuras de Caperucita Roja
    Anexo de crítica: Tras la primera entrega de la franquicia se nota a la legua la falta de ideas en esta nueva aventura de Caperucita carente de humor, atractivo de personajes y pobreza visual.
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  • La prima cosa bella
    Por amor al neorrealismo

    La prima cosa bella no sólo es el título de este opus del realizador toscano Paolo Virzì sino que alude a una canción famosa que hiciera furor en Italia allá por los años 70. Pero es el leitmotiv emocional y de unión de esta familia separada por las incompatibilidades de una pareja, que es sufrida por sus hijos. Esa es la historia central, narrada desde el punto de vista de Bruno (en la niñez interpretado por Giacomo Bibbiani, en la juventud por Francesco Rapalino y en el presente por Valerio Mastandrea), quien tras una infancia un tanto traumática junto a su hermana Valeria (Aurora Frasca para la niñez, Giulia Burgalassi en la juventud y en la actualidad Claudia Pandolfi) ha intentado cortar todo tipo de lazo con su madre Anna Nigiotti (Micaela Ramazzotti en la etapa de juventud y Stefania Sandrelli en el presente).

    Sin embargo, el pedido expreso de su hermana de viajar a su pueblo de infancia Livorno para acompañar en los últimos momentos a su madre, quien padece de un cáncer terminal, significará para el protagonista un reencuentro con un pasado doloroso, que pese a sus tiempos de tristeza conserva en el recuerdo fragmentos de enorme felicidad.

    Así las cosas, con un relato fragmentado en tres tiempos que sintetizan casi cuarenta años en la historia de esta familia, el director italiano Paolo Virzì impregna la trama de sentimientos, nostalgia, cinefilia, y clasicismo desde el punto de vista de la narración que abraza la estética del neorrealismo, sobre todo cuando de retratar el pasado se trata.

    Sin bien las fibras sensibles del melodrama a la italiana atraviesan gran parte de las dos horas de metraje, los apuntes humorísticos no dejan de aparecer en un registro entre ingenuo y liviano para amenizar la densidad dramática que recubre varias capas del relato. Entre ellas: la lucha de una madre con un temperamento poco habitual para la época en una Italia machista que debe hacerse el camino sola y contando con la buena predisposición de aquellos hombres que se cruzan en su agitada vida sin pedirle nada a cambio.

    Desde esas pequeñas anécdotas de supervivencia maternal se desprende una chance frustrada de convertirse en estrella de cine dada la exuberante belleza y la sensualidad que se ve truncada tras los arrebatos violentos de un marido celoso y una hermana egoísta y resentida.

    En el derrotero de Bruno se irán intercalando momentos alegres de juventud; tristezas de infancia y vergüenzas por tener que escuchar comentarios sobre la reputación de su madre y su facilidad para acostarse con extraños. No obstante, eso no significa que las distancias afectivas con ella no puedan resolverse antes de que sea demasiado tarde.

    Parte de la virtud de La prima cosa bella responde exclusivamente a saber contar una historia desde la emoción sin resultar meloso ni solemne como demuestra este prometedor realizador en un film que recuerda a esas joyas del neorrealismo Italiano.
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  • La piel que habito
    Anexo de crítica: Con este opus 18, el realizador Pedro Almodóvar confirma que su cine está pasando el tránsito hacia una metamorfosis lenta pero progresiva que habla a las claras de una búsqueda personal que se apoya en la relectura y revisión de géneros y películas especificas como en este caso Vértigo o Frankenstein por citar las más emblemáticas. La piel que habito, en definitiva, son varias películas a la vez como si se tratara de la dermis y la epidermis en un cuerpo con malformaciones desde el momento del nacimiento pero que un obsesivo cirujano y director de cine como Pedro Almodóvar se encarga de suturar y reconstruir para expresar a los cuatro vientos que su cine está vivo.- Pablo E. Arahuete (9 puntos)
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  • El jefe
    El jefe
    CineFreaks
    Cine rancio

    El jefe, opera prima del colombiano Jaime Escallón Buraglia (también escribió el guión) cuenta con el auspicio y el apoyo del INCAA y entre su elenco, compuesto en su mayoría por actores colombianos conocidos en la televisión local, aparece la actriz argentina Mirta Busnelli (Elsy) y en un papel menos relevante Mariano Castro. Estamos en presencia de lo que podría denominarse un cine rancio y vetusto que recae en los vicios del costumbrismo latinoamericano menos atractivo y lo que es más grave aún con el auspicio del INCAA.

    Digámoslo con todas las letras: se dilapidan recursos del propio Instituto del cine en proyectos o coproducciones que ni siquiera deberían pasar de las instancias primarias en las evaluaciones porque su valor cinematográfico y estético no existe. Hay cine comercial de calidad; hay cine televisivo de calidad pero lamentablemente también hay cine que da vergüenza y eso se refleja en esta película con un grado de superficialidad alarmante y chistes que ya eran viejos en la época de oro del cine argentino.

    Resulta lastimoso que propuestas populares tan mediocres ocupen salas y que al cine argentino que busca horizontes o plantea desafíos se lo siga marginando por no hablar del cine europeo cada vez más escaso. Por supuesto que existe un cine colombiano que vale la pena ver y descubrir. Desde este espacio advertimos al espectador que El jefe forma parte de un espectro más amplio.

    Tras este descargo, solamente cabe aclarar de qué se trata esta película: Osorio (Carlos Hurtado) es un jefe de recursos humanos de una empresa argentina que vende mermeladas en Colombia pero que en realidad podría ser mucho más rentable vendiendo detergentes. Un pasado oscuro conecta al dueño de la empresa con el presente de Osorio, tirano, inescrupuloso, marido infiel, que planea fugarse con el dinero de la empresa y empezar una nueva vida con su amante joven (siempre hay una buena excusa para mostrar senos y escenas de sexo publicitario) dejando a todos los empleados en la ruina, incluida su secretaria Elsy (Mirta Busnelli). Para ello, deberá convencer al hijo del dueño Francisco de la Ribera (Mariano Castro), un tanto tarambana, de que en realidad él es víctima de continuos maltratos y ataques de los empleados cuando todo es al revés.

    No hay nada para agregar, simplemente el despropósito de un estreno comercial de tan bajo nivel.
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  • Johnny English Recargado
    Regastado

    Ya asumida como parodia de la saga de James Bond allá por el año 2003, esta suerte de émulo devaluado del inspector Closeau -creado por el genial Peter Sellers- llamado Johnny English, interpretado por el británico Rowan Atkinson, vuelve a las andadas en una nueva misión.

    A diferencia de su creación más popular y conocida, el silente Mr Bean, el actor inglés construyó este personaje parlante de un agente del servicio británico un tanto torpe pero al que le salen las cosas por puro azar, sin dejar de lado su habilidad para el humor físico más que el verbal.

    La franquicia que apela al humor más sencillo con una fuerte impronta gesticular de Atkinson parece con esta nueva entrega Johnny English Recargado desgastada. La dirección de Oliver Parker es apenas correcta y el guión escrito por Hamish McColl y William Davies apela a una batería de chistes fáciles pero efectivos, aunque nada novedosos y a ciertos guiños de los vicios de 007 como los gadgets habituales.

    La trama es básica: tras un incidente que terminó en un atentado contra un mandatario africano y del que Johnny english era responsable de la seguridad, el agente se recluye en Oriente junto a unos monjes budistas y regresa con una misión especial: desentrañar una conspiración que busca asesinar al primer ministro chino con serias sospechas de que detrás del grupo de asesinos se encuentra un miembro de Mi7, el servicio secreto británico. Para ello contará con la ayuda de otro agente afroamericano y será altamente vigilado por las autoridades, cuya cabeza de mando recae en su superiora (Gillian Anderson). Por otra parte, dado el confuso atentado, el agente también debe colaborar con la especialista en lectura de micro expresiones faciales (Rosamund Pike), a fin de reconstruir mediante hipnosis los pormenores del atentado para llegar a descubrir la verdad.

    El relato se estructura en el derrotero de un film de acción con un fuerte énfasis en escenas para lucimiento del histriónico Rowan Atkinson, quien seguramente deleite a sus seguidores más fieles en un film que no aporta demasiado pero que no deja de entretener y quitar alguna risa a partir de los equívocos o los mohines del británico.
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  • Si fueras yo
    Si fueras yo
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Trillada pero efectiva, Si fueras yo visita todos los lugares comunes de los films de intercambio de cuerpos con un agregado políticamente incorrecto en ciertas escenas, producto de que detrás de la propuesta se encuentra el director David Dobkin, quien al igual que en Los rompebodas se encarga de explotar la veta histriónica de sus actores protagónicos, donde Ryan Reynolds se destaca y Bateman tarda en acomodarse al juego…- Pablo Arahuete (6 puntos)
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  • Contagio
    Contagio
    CineFreaks
    Dos factores centrales conspiran negativamente con Contagio, thriller apocalíptico paranoico que por contar con la dirección de Steven Soderbergh se da el lujo de dilapidar un elenco estelar inmejorable que reúne a Matt Damon, Gwyneth Paltrow, Jude Law, Kate Winslet, Marion Cotillard, Lawerence Fishburne, entre otros, y una interesante idea que con el correr del metraje se acomoda en el terreno de la obviedad para terminar con una visión edulcorada de una temática profunda.

    Si bien se trata de un film coral, el escaso trabajo sobre la construcción de los personajes se ve reflejado en un guión, a cargo de Scott Burns, que acumula anécdotas y digresiones más que historias con solvencia y para el que sólo existen apuntes mínimos para los personajes principales que se dividen entre: ambiciosos, abnegados, héroes y antihéroes. En ese derrotero, donde irán cayendo como moscas varios actores importantes, se desarrolla una trama que tiene como contexto la expansión de un virus letal que amenaza con propagarse a la velocidad de la luz por todo el planeta y para el que no se conoce antídoto o el origen de la fuente contaminante. A partir de allí, el relato adopta el camino de lo que podría encuadrarse como film testimonial y de investigación científica en el medio de un entramado donde tibiamente se describen los componentes de un negocio que involucra laboratorios a expensas de la muerte de millones pero sin quedar demasiado claro el qué y el cómo.

    Sin ahondar en detalles, se puede identificar algunos roles de vital importancia como: epidemiólogas en la piel de Kate Winslet y Marion Cotillard; un periodista incisivo (Jude Law) que mediante un blog de internet denuncia una conspiración de la que se hace eco el gobierno y bajo todo intento de cerrarle la boca comienzan a dejar cabos sueltos que el propio film de Soderbergh se encargará de unir. El resto de los personajes jugaría el rol de víctima y hombre o mujer común como puede ser el caso de Matt Damon, Gwyneth Paltrow, para completar este despropósito de grandes actores en una película menor que solamente apelará al nombre de ellos con una más que evidente intención mercantilista.

    No obstante, a pesar de sus desniveles Contagio mantiene una tensión apropiada para no volverse sobre dialogada pero se embrolla bastante a menudo cuando pretende mejorar a nivel narrativo con un relato endeble por donde se lo mire.
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  • Los tres mosqueteros
    Anexo de crítica: Hay dos axiomas cinematográficos que se cumplen a rajatabla en este engendro del director Paul W.S. Anderson Los tres mosqueteros: en primer lugar que Hollywood destruye todo lo que toca cuando se trata de adaptar clásicos de la literatura al formato del video juego post producido y finalmente que cualquier pretexto de historia alcanza para el exhibicionismo y la acumulación de valores de producción en proyectos de mediocre calidad. Superadas estas salvedades y más allá de las falencias de un guión prácticamente anecdótico e insulso es justo señalar que el espectáculo y la pirotecnia visual están garantizados en esta nueva aventura, que calca secuencias de películas como Matrix; adopta el estilo desnaturalizado ya aplicado en la nueva versión de Sherlock Holmes con ese ritmo trepidante y abusa de la cámara lenta al mejor ejemplo de 300.
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  • Tierra sublevada - Parte 2: Oro negro
    Balance de un saqueo sin fin

    La demagogia y la mentira, pilares de un discurso oficialista que habla de una Argentina que no existe recibe un revés implacable cuando se desarman los resortes de la hipocresía y las frases grandilocuentes estallan a partir del testimonio vivo de los sobrevivientes de la mayor estafa al pueblo argentino que comenzara a ser documentada allá por el 2002 con Memoria del saqueo para denunciar con nombre y apellido a los máximos cabecillas de una asociación ilícita que hipotecó el futuro del país –otrora pujante, ejemplar, granero del mundo- por muchos lustros y que encuentra sus mayores referencias en la sistemática destrucción de todo lo público por la connivencia de la clase política (sea del partido que fuere) con empresarios nacionales corruptos y multinacionales que se apropiaron ilegalmente de todos los recursos naturales para dejar tierra arrasada, desde la Patagonia hasta el norte argentino.

    Ya sea el fabuloso negocio de la minería a cielo abierto; el desmantelamiento de los ferrocarriles o en este último caso la dilapidación de un recurso no renovable como el petróleo, las voces de la lucha y la desesperación encuentran un vehículo poderoso en las manos de Fernando Pino Solanas, quien con Tierra sublevada parte 2: oro negro, cierra contundentemente su exhaustiva y didáctica obra cinematográfica con un estilo personal y en primera persona para corroborar una honestidad intelectual irreprochable y elogiable.

    Podrán recaer tal vez algunas críticas sobre la forma un tanto vetusta del tratamiento documental que apela al recurso de la voz en off y las cabezas parlantes para desarrollar con coherencia un hilo narrativo, de cuyo centro se desprenden varias líneas que pueden resumirse en: revisionismo histórico con material de archivo que acompaña sólidamente; crónicas pequeñas de hombres y mujeres con nombre y apellido que dentro de lo macro encabezan moléculas de resistencia diseminadas en un escenario apocalíptico, pero que abrigan una cuota de esperanza desde el punto de vista de la revolución cultural silenciosa y quijotesca de los sin nombre.

    Allí, entonces aparecen los gérmenes de los piqueteros de General Mosconi y en perfecta sintonía se yuxtapone como un viento pampero el pensamiento de un empresario visionario para el que nada era imposible y que se atrevió a crear una de las empresas más importantes de la historia del petróleo mundial como YPF, que incluso llegó a contar en sus épocas de esplendor con una flota naviera; infraestructura modelo capaz de producir, refinar y distribuir cantidades de barriles, los cuales en el día de la fecha la empresa Repsol extrae y se lleva sin la más mínima intervención ni control estatal.

    Parafraseando el dicho: cuando la coima es grande hasta el más ladrón desconfía. La radiografía de la más cruda realidad de Argentina se construye en las imágenes que la cámara de Pino Solanas recogió en su odisea desde el norte hasta el sur de la nación; caminando las provincias y dejando que los interlocutores y expertos ingenieros expliquen con lujo de detalles algo que resulta en la actualidad inexplicable y mucho más terrible de comprender sin un dejo de tristeza cuando un gobierno que levantó las banderas del nacionalismo y la defensa de los recursos pactó con el enemigo entre gallos y media noche para que el negocio del saqueo continúe hasta la última gota.

    ¿Será por ese motivo que Tierra sublevada parte 2: oro negro se exhiba en tan pocas salas?
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  • Detrás de las paredes
    La casa vacía

    Al ver el desastroso resultado en pantalla de Detrás de las paredes, una película vacía de contenido, sin coherencia narrativa ni suspenso alguno, puede comprenderse el enojo del director irlandés Jim Sheridan al solicitar que se retire su nombre de los créditos porque de acuerdo a sus argumentaciones –que no fueron tenidas en cuenta ni por la productora ni por el Gremio de Directores de América- todo lo que él filmó tratando de salvar un guión patético de David Loucka fue modificado en la edición de montaje.

    Este proyecto sólo siguió su curso apostando a la convocatoria de público por contar con un elenco de figuras Hollywoodenses de la talla de Daniel Craig, Naomi Watts y Rachel Weisz es un claro ejemplo de la nula importancia que la industria le da al espectador en cuanto a calidad y respeto. Así de vergonzoso es todo al punto que se tradujo en un relato que parte del ridículo con miles de trampas y vueltas de tuerca para intentar resolverse de una manera edulcorada y emotiva que da risa y solamente alimenta el morbo de ver a la pareja protagónica en la vida real viviendo una historia absurda en la ficción.

    Sin ahondar demasiado en el argumento, puede decirse que todo comienza con la decisión de un drástico cambio para la familia Atenton, compuesta por Will, su esposa Libbie y las dos hijas hermosas Trish y Dee Dee, quienes se mudan a una casa en un pueblo alejado del mundanal ruido en pos de recomenzar una nueva vida. La casa esconde un misterioso secreto vinculado a una serie de asesinatos de sus antiguos habitantes, llamativamente una madre y dos hijas, supuestamente asesinadas por el padre, quien tras quedar herido en la cabeza fue recluido en un psiquiátrico pero luego puesto en libertad al no encontrarse pruebas que lo señalen como culpable.

    Will y Libbie (Daniel Craig y Rachel Weisz, actual pareja) llegan a su nueva morada, felices, sin conocer el pasado trágico y paulatinamente se van desayunando de la traumática situación con un entorno hermético, mientras una vecina (Naomi Watts) intenta acercarse a ellos porque parece saber más de la cuenta.

    Sin embargo, todo lo que aparenta ser una cosa, por un vuelco arbitrario e insustancial del guión se termina transformando en un relato paranoico y negador de una oscura realidad, la cual solamente encuentra asidero en la mente perturbada del protagonista y en la poco cuidada puesta en escena.

    Los rasgos de Jim Sheridan, así como su estilo, brillan por su ausencia, aunque lo único rescatable en Detrás de las paredes (Dream house) es el elenco que realmente hace lo que puede frente a tamaño despropósito y allí se nota el verdadero talento de Rachel Weisz, quien procura hacer de su personaje algo menos ridículo de lo que se le propuso originalmente.

    Si Jim Sheridan, realizador prestigioso que nos deleitara hace mucho con En el nombre del padre, aceptó formar parte de este chiste, o fue lo suficientemente arrogante como para creer que con su sola intervención podría salvar lo insalvable, como dice el dicho: a llorar a la iglesia.
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  • Asesinos de Elite
    Un encargo muy especial

    La excusa de Asesinos de Elite no es otra que divertirse un rato con un elenco atractivo en el que Jason Statham y Clive Owen se sacan chispas durante los 105 minutos del metraje. El resto sobra como la presencia de Robert de Niro y un irreconocible Dominic Purcell (Prison Break) para una trama básica a la que no le falta acción; alguna que otra secuencia inspirada y luchas cuerpo a cuerpo para lucimiento de Statham y su atlético físico.

    El director Gary McKendry cumple con su labor al entregar un relato prolijo sin demasiadas vueltas de tuerca –aspecto que lo vuelve rutinario y elemental- que se sitúa en los años 80, concebido como película de género donde el enfrentamiento entre dos bandos ocupa el centro de la trama.

    Dany (Jason Statham) es un asesino a sueldo, ex miembro de las Fuerzas Especiales que tras su último encargo decide retirarse del oficio. Su mentor, Hunter (Robert de Niro) fue capturado por un jeque árabe a quien el Servicio Especial Aéreo británico le asesinara a sus tres hijos. Esto lo motiva a querer vengarse y aniquilar a todos aquellos responsables, motivo por el cual contrata a Dany y equipo -allí está Dominic Purcell - para que se hagan cargo del asunto luego de un intento fallido de fuga que vuelve a poner en riesgo la vida de Hunter de no cumplirse la misión. A partir de ese momento, tras un tendal de cadáveres entrará en escena el antagonista Spike (Clive Owen), quien no permitirá que sus compañeros asesinos caigan como moscas aunque sabe que él también pasará a engrosar la lista en algún momento.

    Asesinos de Elite parece encaminada a ahorrarse todo tipo de sofisticación en lo que hace a guión en función de planificar escenas que justifiquen la acción trepidante y una tensión que crece a medida que avanza el relato en la dinámica de una cacería humana por diferentes espacios donde Statham y Owen no pierden pisada y todo gira alrededor de ellos, incluso el elenco secundario y el relato.
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  • Aquel martes después de Navidad
    Anexo de crítica: Otra gema del cine rumano contemporáneo que gira en torno a las consecuencias de la infidelidad en el seno de una familia aparentemente feliz, cuyos personajes transmiten un vacio existencial a veces imperceptible pero con una fuerza arrolladora. Con un maravilloso uso de los tiempos muertos, la fina ironía y la exposición de un drama intimista y visceral el director Radu Muntean cocluye una obra valiente y sin concesiones que no apela a recetas de moralina ni tampoco juzga a sus personajes...-
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  • Pina
    Pina
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Quien piense que este documental homenaje de Win Wenders a la figura de Pina Bausch lo aproximará a un conocimiento acabado sobre la coreógrafa se llevará una mala impresión porque la estrella del film es la danza contemporánea. Con esa salvedad y siempre pensando en un público con una sensibilidad particular, el convite es disfrutable desde el punto de vista plástico y de la expresión del lenguaje corporal en diferentes espacios naturales y artificiales como las puestas teatrales que dejan que los cuerpos hablen, lloren, griten, silencien, construyan, destruyan, sueñen y desaparezcan cuando el movimiento se funde como una energía entrópica que todo lo envuelve, aunque siempre hay una luz de esperanza que quiebra la rigidez, la de las normas; la de las danzas estructuradas y las del pensamiento.
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  • Medianeras
    Medianeras
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Por fortuna la operación de extender lo que en sus orígenes era un cortometraje allá por el 2004 que recorrió festivales y ganó premios tuvo su continuidad en este debut en el largometraje de Gustavo Taretto con Medianeras, film que explora a conciencia la soledad urbana y la alienación en el contexto de una ciudad irregular, improvisada y poco ordenada como Buenos Aires bajo el pretexto de la era de la virtualización con su faz menos visible que no es otra que la artificiosidad, la enajenación y la incomunicación entre seres humanos. De búsquedas y desencuentros se compone el universo de Medianeras; necesidades de encontrar a otro para encontrarse en definitiva a uno mismo cuando las máscaras sociales y virtuales se rompen, se descascaran como las paredes de los edificios que nos rodean y nos encierran en un mundo sin cielo visible y con cables que lo atraviesan y no van a ninguna parte...
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  • Justicia final
    Justicia final
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Sin tratarse de una gran película, las virtudes de Justicia final son tres: el despojo de toda carga extra de sentimentalismo cuando ya de por sí la historia basada en hechos reales cuenta con aristas trágicas sin necesidad de subrayados; el equilibrio entre el desarrollo de los personajes y la condensación de un proceso judicial arduo; y por último, un notable elenco donde todos lo que participan se lucen, inclusive la protagonista Hilary Swank y el gran Sam Rockwell.
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  • Gigantes de acero
    Heavy metal

    A no engañarse: Gigantes de acero no es una reflexión ni un tratado sobre las leyes de la robótica de Isaac Asimov, sino simplemente un entretenimiento con un CGI que no pasa vergüenza, escenas de peleas de box entre robots aceptables, y como todo producto de la factoría DreamWorks se trata de un film con mensaje (recordemos Super 8).

    Este Rocky reciclado con una mezcla de El Campeón (1979) nos sitúa en un futuro no muy lejano, donde los avances en la tecnología y en la robótica solamente se produjeron para satisfacer la demanda del entretenimiento con un público cada vez más ávido de sangre y destrucción, aspecto que derivó en la creación de un nuevo espectáculo: peleas de box protagonizadas por robots comandados por humanos.

    Sangre que se reemplaza por aceite y una danza de acero en un cuadrilátero tradicional levantan ovaciones y encierra un negocio multimillonario donde nadie quiere quedar afuera. Charlie Kenton (Hugh Jackman) tampoco.

    Ex boxeador, padre ausente y en la ruina económica, sobrevive con prototipos robóticos (al último se lo destruyó la cornamenta de un toro) casi obsoletos en peleas clandestinas pero ambiciona volver a las grandes ligas en algún momento en que la suerte llame a su puerta.

    Sin embargo, no es precisamente la suerte la que golpeará primero sino todo lo contrario cuando se entera de que debe hacerse cargo de un hijo de 11 años, Max Kenton (Dakota Goyo), antes de dirimir en tribunales la custodia final con su cuñada Debra (Hope Davis), quien pretende con su pareja -de muy buen pasar económico- hacerse con la tutela del niño.

    Lejos de sentirse herido en su orgullo paternal y al borde de la bancarrota, Charlie llega a un acuerdo secreto con la pareja de Debra por el que dejará la tutela a cambio de una considerable cifra que le permita una inversión en un nuevo robot pero se compromete a vivir con el chico durante unos meses en que Debra se ausentará a unas vacaciones.

    Así las cosas, Max de a poco se adentrará en el mundo de supervivencia de su padre, lo acompañará en sus viajes a bordo de un camión, e intentará ayudarlo a levantar cabeza pero también irá descubriendo los egoísmos y las debilidades de aquel desconocido que sólo piensa en el dinero hasta que un hecho fortuito zanje las distancias y finalmente Charlie Kenton comprenda que la pelea más difícil de su historia está por llegar: demostrarle que lo ama a su valiente hijo y que no es un cobarde ni un perdedor.

    Con una premisa eficaz pero trillada, el director Shawn Levy adapta la historia de un cuento de 1956 "Acero", de Richard Matheson lavando ese mundo distópico en función de un pretexto para la aventura que irá increscendo pelea a pelea, primero en antros ilegales y luego en la liga mayor, así como dejará abierta la puerta para la redención de un padre con su hijo en un relato al que se le agregan algunos tópicos de películas basadas en deportes para concluir un producto destinado a un público adolescente –y no tanto- que buscará el deleite con las luchas de las máquinas en un mundo frío y artificioso al que se le enfrenta la calidez humana y la del corazón.
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  • Actividad Paranormal 0: El Origen
    Anexo de crítica: ¿Era necesaria una precuela asiática de una franquicia que ya perdió toda novedad? Más que remake, este film parece un ejercicio sofisticado de un estudiante avanzado que un fin de semana junta a un par de amigos y hacen una peli de terror bajo la premisa de falso documental y un estilo minimalista que necesita a gritos un recambio porque ya no asusta ni a los más chicos. El resultado de ese disparate está a la vista con esta versión nipona de la casa invadida por espiritus malignos que no dejan vivir tranquilo a nadie...
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  • El guardián del zoológico
    Anexo de crítica: Por tratarse de una comedia atp, El Guardián del Zoológico resulta demasiado extensa para lo poco que entrega y demuestra que Kevin James rinde mucho mejor cuando comparte cartel con gente talentosa a pesar de los enormes esfuerzos realizados en este mediocre producto para levantar la puntería de un guión impresentable. No pasa de simpático un argumento elemental donde la excusa de los animales que ayudan y hablan simplemente es una anécdota que quitará una que otra sonrisa a los más pequeños. Los padres sufrirán la decadencia de la comedia liviana en carne propia.
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  • Conan el Bárbaro
    Anexo de crítica: El realizador alemán Marcus Nispel realiza un trabajo prolijo y su pulso narrativo no decae como tampoco su pericia a la hora de planificar escenas de acción y coreografías donde el entrecruzamiento de espadas, cuerpos y sangre hacen un festín para aquellos adeptos de este tipo de productos. Conan, el bárbaro arranca con la sangre en primer plano y termina en la sangre derramada a lo largo de casi 100 minutos en los que se aplican con corrección pero sin creatividad alguna los capítulos de cualquier historia de iniciación y venganza.
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  • La princesa de Montpensier
    Sin épica, sin emoción

    Con motivo de su presentación en Cannes, el cineasta francés Bertrand Tavernier apostó por el género de capa y espada con su film La princesa de Montpensier, basado en la novela La Princesa de Cléves (1678), de Madame de Lafayette (1662) pero readaptando la historia de amor al contexto de la guerra de religión entre católicos y hugonotes.

    El resultado final deja bastante que desear teniendo en cuenta anteriores trabajos del director de La carnada al tratarse de una historia de romance, despecho y celos en el marco de un triángulo amoroso, sin poder sortear los convencionalismos habituales de este tipo de propuestas, cuyos atractivos recaen por lo general en la reconstrucción de época, la épica y las intrigas palaciegas.

    El aspecto más destacable en la película lo constituye el elenco que reúne a las figuras más relevantes del cine francés del momento, mezclando actores experimentados con las jóvenes promesas como Mélanie Thierry en el papel de la princesa homónima, junto a Lambert Wilson como el Conde de Chabannes, secundado Gaspard Ulliel en la piel del Duque de Guise, Raphaël Personnaz interpretando al Duque d''Anjou y Grégoire Leprince-Ringuet como el príncipe de Montpensier.

    La acción transcurre en Francia, más precisamente en el año 1562, con los estragos de la guerra religiosa durante el reinado de Carlos IX. El conde de Chabannes atraviesa un conflicto de fe y se convierte en desertor al abandonar el campo de batalla luego de haber ajusticiado a una campesina embarazada, que poco podía tener que ver con los protestantes y mucho menos con los pormenores del conflicto entre los bandos.

    Por otra parte, Marie de Mèzières es una dama de la nobleza y heredera de una de las fortunas más grandes del reino, cuyo amor por el duque de Guise va en contra de los intereses de su padre, quien planea casarla con el príncipe de Montpensier para que adquiera el estatus de princesa. Sin embargo, su futuro esposo es convocado por el rey para liderar el frente de batalla contra los protestantes, motivo por el cual obliga a la princesa a instalarse en la Campiña, aislada de las tentaciones; del acecho del Duque y al cuidado del Conde, quien le enseñará poesía, entre otras artes. Pero los avatares de la guerra acomodan las cosas para que surja un nuevo enfrentamiento entre el Duque y el Príncipe, quienes se disputarán el amor de la joven hasta el último instante bajo la protección del fiel ladero Chabannes que también siente un atractivo particular por la bella Marie.

    Si bien se trataba de una de las películas más esperadas y candidata a llevarse la Palma de oro, La princesa de Montpensier nunca despega ni toma vuelo a pesar de las grandes actuaciones, la riqueza de sus diálogos filosos y la prolija dirección -aunque a veces peque de academicismo- de Bertrand Tavernier. Ese estancamiento probablemente se deba a la pobre y lineal historia que se tenía entre manos o sencillamente a recaer en lo anecdótico con un intento de insufrarle épica y emoción que en este caso se queda a medio camino.
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  • Vaquero
    Vaquero
    CineFreaks
    Acción y reacción

    Caos y catarsis son las dos coordenadas que atraviesan el universo conceptual de Vaquero, opera prima del actor Juan Minujín que inaugurara el pasado Bafici y que ahora encuentra su estreno comercial luego de un recorrido por festivales internacionales como el de Toronto.

    Minujin, también protagonista, había tomado contacto con el cine detrás de las cámaras a partir de su corto Huacho y en este debut en el largometraje intenta hablar de un mundo que conoce al dedillo como el de los actores, sus hipocresías, egos, vanidades y escisiones de la realidad, que marcan un poco el rumbo de un relato tragicómico que hace del fluir de la consciencia del personaje su arma de destrucción masiva para derribar -a fuerza de verborragia y en gran parte resentimiento- un mundo de impostura, falsedad y salvaje competencia por conseguir un papel que los introduzca de una vez y por siempre en el sistema.

    Ese es el anhelo de Julián Lamar (Juan Minujín), actor teatral de 33 años, que está harto de ser alternativo y de recibir elogios de un séquito minúsculo, al tiempo de sentirse bajo la sombra de su compañero de obra (Guillermo Arengo) que se lleva todos los aplausos en cada presentación. Sin embargo, Julián sabe que para entrar a las grandes ligas y transformarse en lo mismo que desprecia se debe pagar un derecho de piso -que roza la humillación- en papeles insignificantes y funcionales para lucimiento de los protagonistas ya consagrados en el ambiente como es el caso de su antagonista Alonso (Leonardo Sbaraglia) o de la protagonista femenina de un policial ambientado en los 50 (Esmeralda Mitre), con quienes comparte largas horas de su gris existencia recibiendo cachetazos; permaneciendo recostado sobre el charco de sangre falso o muriendo cada vez que un director dice acción.

    Acción y reacción -a veces revursión- son reflejos innatos que en el caso del protagonista operan como elementos de disociación entre el exterior, que parece funcionar en un orden de jerarquías y el interior donde reina la anarquía del pensamiento y el monólogo interior que avanza y destruye todo lo que se interpone para dar lugar a la gradual alienación. Algo parecido le ocurría al protagonista de Taxi driver (muchas escenas suceden en el interior de un auto en paseos nocturnos), film que seguramente haya influido en el director de cierta manera más allá del lugar común de ser uno de los iconos favoritos a nivel actuación de muchos colegas.

    No obstante, lo que prevalece en Vaquero es por sobre todas las cosas la subjetividad, dado que lo que vemos y oímos (la cámara vive prácticamente muy pegada al personaje en un claro intento de atosigarlo) es aquello que piensa y observa Julián, en constante contradicción, a quien la chance de participar en un western que se filmará en Argentina y será dirigido por un director norteamericano de renombre le abre las puertas para reconectarse con sus propios deseos, fantasmas, paranoias, perversiones y miedos en estado de latencia, los cuales pugnan por manifestarse y perturban su mirada de las cosas y su contacto con el entorno, incluso con esa vestuarista (Pilar Gamboa) que desnuda su sensibilidad frente a la mirada sesgada de alguien que no sabe lo que quiere.

    Debe reconocerse en Vaquero una propuesta valiente en cuanto a lo que se refiere a términos de historia, donde el recurso de la voz en off se pierde a partir del cúmulo de un texto complicado, mucho más efectivo si se pudiese leer. Pero eso no anula los méritos en la puesta en escena; en el montaje rabioso y no prolijo que transmite una sensación más próxima y directa con la historia, sin dejar de mencionar la apuesta de Juan Minujín a la intuición y a la verdad de su relato, así como a la plena confianza en sus actores secundarios, donde el papel de Daniel Fanego en el rol de un padre poco afectuoso y despreciativo merece elogios proporcionales a la gran actuación de Juan Minujín, quien puede sentirse satisfecho en su tránsito por la silla de director.
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  • El árbol de la vida
    Amar, temer, partir...

    A lo largo de la vida, nuestros padres, tutores o encargados nos enseñan a amar y también a temer porque son aquellos que nos introducen en el camino incierto de la existencia finita en un universo infinito. Pero nada se nos enseña sobre partir; nadie está preparado para partir de este tránsito efímero que se compone de instantes, recuerdos, deseos, frustraciones, envidias, dolores, búsquedas espirituales y de preguntas mal formuladas que no encuentran respuestas. ¿Cómo se puede entender lo sublime cuando uno forma parte de lo sublime? Ese es el principal punto de partida de El árbol de la vida, el opus más ambicioso en la filmografía de Terrence Malick, prestigioso artista del cine que ya nos malacostumbró con otras películas a reflexionar sobre tópicos filosóficos como el tiempo, la trascendencia, la finitud, el arte y la muerte, valiéndose de los recursos del cine en sus aspectos plásticos y narrativos para construir un puente entre espectador y obra que por momentos se vuelve intransitable pero que no deja de ser tan gratificante para el alma como problemático para la razón.

    Es que no se trata de entender hacia dónde va una película que renuncia a la linealidad y a la cronología para nutrirse de sensaciones e impresiones bajo el pretexto de un melodrama familiar clásico atravesado por la muerte de uno de los tres hijos, la cual llega tan temprana al seno familiar y genera en los personajes una sensación de extravío que encuentra su mayor representación en un monólogo interior compartido de puntos de vista.

    Este cruce de preguntas se siembra desde el guión para intentar comprender el sentido de la vida a partir de la muerte. Esa pequeña y delgada línea narrativa se sumerge en un plano de abstracción donde el valor de la alegoría y la metáfora cinematográfica estallan en la riqueza poética de las imágenes, destacándose la dirección y el manejo soberbio de la cámara por parte del director y equipo. La idea conceptual y estética que parece trazar el curso de este ensayo filosófico en imágenes tiene por objeto indagar sobre los orígenes de la vida desde sus comienzos hasta especular acerca de lo que supuestamente ocurriría después de la vida en un espacio donde lo onírico se yuxtapone con los recuerdos y con la reconstrucción de momentos de la relación entre padres (Brad Pitt y Jessica Chastain) e hijos (Hunter McCracken para el Jack en edad adolescente y Sean Penn para el Jack adulto) en el seno de una familia de los años 50 de un pueblo de Texas.

    Fiel a los preceptos de la psicología más básica y quizás esa pueda ser una vertiente cuestionable para el desarrollo del film de Terrence Malick, quien a veces peca de un tono explicativo en vistas a volver su producto más accesible a un público masivo, al film le juega en contra el subrayado frente a la contundencia de las imágenes que hablan por sí solas para representar simbólicamente la construcción de la ley desde la figura paterna; la enseñanza de los actos bondadosos a partir del temor de un castigo desmedido y el inefable complejo de Edipo por el que transita todo niño en su desarrollo madurativo como en el caso del protagonista Jack, quien ya en su adultez y con una vida consagrada a la arquitectura se sumerge en un viaje introspectivo que tendrá un anclaje con determinados episodios trascendentes de su existencia junto a sus dos hermanos menores; a la restrictiva y rígida educación paternal y al incondicional amor maternal.

    No debe repararse en elogios a los rubros técnicos que sin lugar a dudas son el fuerte de esta majestuosa pieza cinematográfica -algunos dicen autobiográfica- como la excelente banda sonora compuesta por Alexandre Desplat y una partitura absolutamente sensible y complementaria con la belleza de las imágenes producto del incondicional aporte de la fotografía del mexicano Emmanuel Lubezki; sumado el ritmo del montaje y la edición a cargo de Hank Corwin, Jay Rabinowitz, Daniel Rezende, Billy Weber y Mark Yoshikawa que permite un fluir constante de planos, movimientos armónicos y angulaciones imposibles.

    El árbol de la vida es un film reflexivo, sensible y humano que permite al espectador una variedad de lecturas y provoca sensaciones encontradas que para muchos devendrán en tedio y para otros simplemente en un regocijo para los sentidos y el corazón.
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  • La vida nueva
    La vida nueva
    CineFreaks
    En transición

    Laura (Martina Gusman) y Juan (Alan Pauls) conviven en la aplastante y aletargante vida pueblerina en una geografía de espacios abiertos, campo y un rio que separa dos orillas: la de la vida rutinaria (pueblo adentro) y aquella que representa la posibilidad de fuga hacia nuevos horizontes.

    Ella enseña piano y él es un parco veterinario que en una noche de insomnio -y de peleas en el silencio- es testigo de la brutal golpiza que sufre el joven César, atacado por sus propios amigos, entre ellos Nicolás, en represalia por haberle estropeado a propósito la camioneta con una bolsa cargada de piedras. La trifulca despareja termina con una herida de arma blanca por parte de Nicolás y la llegada de César al hospital para entrar en un coma profundo, mientras el único que sabe la verdad de los acontecimientos es Juan, quien luego de llevarlo al hospital debe falsear su testimonio por presiones de Martínez, el hombre fuerte e influyente de la comunidad, padre del victimario.

    En medio del dilema ético de Juan, Laura anuncia que está embarazada pero que no sabe si realmente quiere ser madre cuando Beneti (Germán Palacios), tío de la victima que pudo escapar a tiempo para continuar con su carrera de músico de rock, regresa al pueblo a buscarla bajo pretexto de haber vuelto para acompañar a la familia en un momento difícil.

    La monotonía y la abulia resuenan en cada segundo como aquel preludio de Bach en do mayor (forma parte de la banda sonora del film) que Laura enseña a Sol (Ailín Salas) para que pueda dar el concierto que le permita conseguir una beca de estudio en Buenos Aires y es precisamente el puente dramático que atraviesa la atmósfera perturbadora de La vida nueva, último opus de Santiago Palavecino producido por Pablo Trapero, que abraza rasgos de film noir y melodrama intimista.

    La sutileza y el cuidado minucioso de los diálogos, ricos en austeridad, da lugar a los silencios que operan como intervalos en complemento con las elipsis abruptas para darle un ritmo sincopado al relato que toma como uno de sus conflictos -entre un conjunto de subtramas bien desarrolladas - las coordenadas de un triángulo amoroso donde el tercero en discordia es el recién llegado Beneti, quien con su sola presencia moviliza emociones, deseos, resentimientos y anhelos en Laura que se traducen en encuentros secretos a las afueras del lugar o visitas inesperadas.

    Esa melodía repetitiva –por eso la elección del preludio- que abarca prácticamente la totalidad del film, interrumpida constantemente por los cortes, guarda estrecha correspondencia con el ruido mental de los personajes y la perturbadora presencia de un extraño que revive viejos fantasmas del pasado de Laura cuando se encuentra en la transición de su destino y debe elegir entre dos hombres que encarnizan exteriormente dos formas de vida: la vieja y asfixiante junto a una pareja que no la completa o la incierta, aliviadora y sugestiva nueva chance.

    La vida nueva asume desde el punto de vista cinematográfico la tarea de mantenerse en una posición neutral frente al derrotero de sus personajes y se para con pies firmes y sin temores en un espacio incómodo para cualquier propuesta de estas características porque confía ciegamente en los intervalos y en los tiempos muertos más que en su propia dinámica, que muchas veces se ve contaminada por un cambio brusco de registro cuando transita de la melancolía pueblerina al relato crudo y seco con ciertas irregularidades en el desempeño de un elenco donde las rotundas diferencias entre actores y no actores quedan reflejadas en cada escena.
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  • Damas en guerra
    Damas en guerra
    CineFreaks
    Anexo de crítica: La impronta de la mirada políticamente incorrecta mezclada con sentimentalismo de Judd Apatow dice presente en esta comedia hardcore Damas en guerra (Bridesmaids) de Paul Feig, director más relacionado con el ámbito televisivo en series como Nurse Jackie, The office, entre otras. Sin embargo, a pesar de este dato alentador el resultado final de un producto que se excede tanto en la acumulación de escatología, chistes viejos y metraje termina jugándole en contra a una buena idea. Puede verse en el concepto de Damas en guerra la misma fórmula aplicada a Qué pasó ayer pero con roles invertidos, dado que aquí las mujeres se comportan como varones y practican los mismos rituales sin mucho más que agregar ni decir. Quien vaya a ver esta comedia anti romántica seguramente se reirá con una serie de gags que funcionan y lamentará una duración y estiramiento innecesario de una trama que podría sintetizarse en 90 minutos y que no pasa el estatus de anécdota.
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  • Juan y Eva
    Juan y Eva
    CineFreaks
    Dos historias de amor

    No es un dato menos significativo que la concepción global de Juan y Eva no parta de una premisa revisionista de la historia del peronismo. De hecho, su directora Paula de Luque deja bien aclarado en un epilogo sintético y sin medias tintas que el peronismo obedece a una identidad política abrazada por millones de personas.

    Que no aparezcan entonces fechas con intertítulos y que se haya recortado intencionalmente el período histórico que coincide con el romance entre el militar Juan Domingo Perón y la actriz de radioteatro Eva Duarte refuerza la toma de posición de este opus de la directora de El vestido como parte de la expresión de una mirada personal sobre una historia de amor y odio, vivida por dos amantes, quienes con el correr del tiempo se convertirían en mitos políticos y quizás más adelante en referentes sociales para millones, fenómeno que entre otras cosas se tradujo en lo que luego se denominó peronismo.

    El director argentino que pudo desde el cine asociar este movimiento nacional y popular con un sentimiento y con cierta mística -más allá de los iconos del cine militante de los 70- fue sin lugar a dudas Leonardo Favio. Por eso la dedicatoria del comienzo del film de Paula De Luque lleva su nombre.

    La realizadora, con astucia al contar con un presupuesto limitado y condicionante de grandes despliegues de extras o locaciones, valiéndose de un guión prolijo y meticuloso reconstruye la intimidad de la pareja no con una pretensión de rigor histórico (las licencias obedecen al fin ficcional y no a errores deliberados históricos como se intentará atribuirle) sino más bien con una intención estética, poética y narrativa que recoge sabiamente momentos claves que marcan los estadios de la relación apasionada entre el -en ese entonces- Coronel Perón y Eva, la joven y temperamental aspirante a actriz que lo enamoró desde el primer día en que se conocieron con motivo de un festival solidario para recaudar fondos y ayudar a las víctimas del terremoto de San Juan.

    Ese encuentro azaroso y posterior romance también provocó un terremoto en las altas esferas del ejército que repudiaron y coaccionaron a Perón para que abandone su relación en pos de una moral mojigata y retrógrada muy en boga para la época donde el rol de la mujer siempre debía subordinarse a las decisiones de los hombres. Las negativas y desafiantes actitudes del militar para con sus camaradas, sumada la cada vez más influyente personalidad de Eva en el entorno y su devoción por la figura de su amante confluyen con momentos de gran agitación política, donde se gesta desde los movimientos sindicales los orígenes de una expresión de identidad política a la que el film hace alusión desde la esfera emocional con escenas medidas pero impactantes, intercaladas con material de archivo en lo que determina un equilibrio entre la masa y su líder.

    No obstante, Paula De Luque organiza el relato con una fuerte presencia femenina no sólo en el rol estelar de Eva, interpretada con gran austeridad y solvencia (basta recordar la grandilocuencia de Esther Goris en su Eva Perón de Juan Carlos Desanso) por Julieta Díaz, sino de otras mujeres entre quienes se destaca la brillante performance de María Ucedo como Blanca Luz Brum, secretaria ministerial y rival –como todas aquellas mujeres que se acercaran a Perón- de la protagonista en lo que se refiere a la relación más intima con el coronel.

    El resto de los personajes secundarios no desentonan con la propuesta y acompañan sin estridencias a la figura emblemática y no caricaturizada de Perón en la piel de un Osmar Nuñez convincente y contenido.

    Juan y Eva se caracteriza por su virtuosismo en lo que respecta a la dirección y rubros técnicos, desde la música de Iván Wyszogrod y la fotografía de Willy Behnisch hasta la utilización de material de archivo y reconstrucción de época con fines narrativos y dramáticos excluyentemente, que funcionan adecuadamente como contexto histórico de una corta pero apasionada historia de amor: la de un hombre y una mujer y la de un pueblo y una idea.
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  • Paul
    Paul
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Con momentos realmente inspirados y otros bastantes vergonzosos, el resultado irregular de Paul está a la vista desde la primera mitad hacia adelante cuando la novedad del extraterrestre parlanchín se acaba y comienza el manoteo de los guionistas para buscar gags que sostengan un relato bastante pobre en ideas. Todos los actores que se prestaron para esta aventura resultan muy poco convincentes y graciosos en sus papeles al lado del Alien verborrágico, y Gregg Mottola desde la dirección parece más preocupado por terminar la película que por lo que ocurre en su desarrollo...
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  • Noche de miedo
    Noche de miedo
    CineFreaks
    Come de noche, duerme de día

    La hora del espanto es un clásico ochentero clase B que despierta la nostalgia de muchos cada vez que aparece en la memoria como esa película que supo mezclar terror y humor como pocas, pero que sinceramente resulta discutible si resistió al paso del tiempo. Claro que algunos dirán que el tema vampírico, ultra-archi utilizado y absolutamente bastardeado por la saga Crepúsculo (película que en esta remake será objeto de burla por parte del guionista Marti Noxon), no da para más.

    Sin embargo, series como True blood y la película existencialista Criatura de la noche (2008) pueden desmentirlo y siempre habrá algún título o producto que sorprenda a más de uno en un afán reivindicatorio de los chupa sangre. Ese es el caso de Noche de miedo, remake de la original del año 1985 creada por Tom Holland, que cuenta con la dirección de Craig Gillespie y los protagónicos del irlandés Colin Farrell en el rol de vampiro, acompañado por Anton Yelchin, Toni Collette, Christopher Mintz-Plasse, David Tennant, Imogen Poots en los papeles principales.

    El director de Lars y la chica real por un lado respeta la esencia del film de los ochenta mezclando altas dosis de humor con climas de terror clásicos, sin un exceso de truculencia gore pero aggiornándose a los tiempos modernos. El lado de la parodia está cubierto de antemano con la premisa: mi vecino de al lado es un vampiro, contextualizada en un barrio residencial de Las Vegas, ideal para resaltar la vida nocturna y crear las condiciones adecuadas para hacer verosimil al personaje.

    Así las cosas, una serie de desapariciones de estudiantes y lugareños despiertan las sospechas de Ed (Christopher Mintz-Plasse), quien intenta convencer a su amigo Charlie (Anton Yelchin) sobre la existencia de un vampiro en la zona cuando todo indica que se trata nada menos que de su vecino Jerry (Colin Farrell), solícito y seductor que ya ha ganado la confianza de la madre de Charlie (Toni Collette) y su novia Amy (Imogen Poots). Jerry espera, como todo vampiro, ser invitado a la casa.

    El descubrimiento no tarda en llegar y a partir de ese instante la trama toma el rumbo de la lucha entre el improvisado joven que deberá proteger a su familia y a su novia de las garras del monstruo de colmillos, quien adaptándose a la nueva era no duerme en ataúdes; no se espanta con el ajo y tampoco se debilita con invocaciones o crucifijos. No obstante, por más moderno que resulte ser este nuevo modelo de chupasangre sexy no es inmune a las estacas ni al contacto con la luz del sol.

    Sin grandes ideas ni innovaciones en la materia, la trama de Noche de miedo fluye y sabe dosificar tanto las escenas para los gags donde se lucen Christopher Mintz-Plasse y David Tennant interpretando a Vincent, un ridículo caza vampiros mediático bastante gracioso; los guiños cinéfilos de siempre así como aquellas escenas en las que el suspenso prevalece con una inteligente utilización de los recursos cinematográficos.

    Tampoco falla el director en la planificación de las secuencias de acción donde realmente se aprovechan los efectos visuales y un digno 3D que si bien resulta rústico y elemental en cuanto a sus prestaciones se ajusta perfecto a los parámetros exigidos por la película.

    Párrafo aparte merecen la fotografía del español Javier Aguirresarobe, utilizando de manera constante un tratamiento de imagen que apunta al contraste entre la luz y la oscuridad y la banda sonora incidental a cargo de Ramin Djawadi propicia para crear las atmósferas al servicio del suspenso y el terror.
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  • Sin escape
    Sin escape
    CineFreaks
    Maratón contra la muerte

    Antes de quedar en libertad, el protagonista de esta historia le dice a su oficial de reclusión que está cansado de correr en círculos en el acotado patio de la cárcel.

    Y es precisamente el verse atrapado en otro circulo vicioso, el de robar bancos a mano armada y con una máscara para burlar toda persecución policial y llevando cada fuga al límite, el conflicto primario que marca el derrotero de esta obra maestra, que fuera laureada en 2010 en el festival de Berlín.

    Previo paso por la edición anterior del Bafici, Sin escape es un film que tiene la particularidad del vértigo y la adrenalina en cada plano cuando de persecuciones y corridas se trata. Con un soberbio contrapunto entre los tiempos muertos y las escenas trepidantes que transforman a la película en una especie de film visceral.

    El protagonista Johann Rettenberger (Andreas Lust) es un ex convicto, quien durante su estadía en la cárcel se estuvo entrenando bajo supervisión para correr maratones pero una vez liberado vuelve a asaltar bancos (además de ganar maratones) en la ciudad de Viena, jugando con el peligro en cada atraco y huída. Su antigua novia Erika (Franziska Weisz) descubre rápidamente su secreto y el escondite donde guarda los billetes que acumula sin un sentido concreto y le quita su apoyo comprendiendo que su pareja no tiene intenciones de reinsertarse en la sociedad; dejándolo entonces a merced de la policía cada vez más cerca de atraparlo y sin perderle el rastro.

    Sin embargo, esa es la cáscara que recubre una trama policial básica mucho más profunda y ambiciosa que resignifica la idea de la huída, así como la del encierro y la libertad. a ¿De qué huye verdaderamente el protagonista? ¿De sí mismo?; ¿Del sistema?

    Lejos de responder a los interrogantes, el relato fluye junto a la desesperación del personaje construido maravillosamente desde el guión escrito también por Benjamin Heisenberg, quien con sutiles marcaciones y características retrata a un individuo atravesado por una cantidad de tribulaciones, recubierto de una capa amoral, resignación y voluntad de supervivencia asombrosa, la cual genera una empatía singular con el espectador más allá de juicios de valor a posteriori por sus actos.

    El realizador alemán Benjamín Heisemberg hace un uso inteligente del plano secuencia impregnando de incesante ritmo a un relato cortante, por momentos opresivo, que dejará sin aliento y del que es imposible escapar.
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  • Habemus Papa
    Habemus Papa
    CineFreaks
    Anexo de crítica: ¿Se puede alguna vez dejar de creer?; ¿Se puede perder la fe en algo que nos supera y determina nuestro papel en una gran obra donde cada uno ejecuta un rol?; ¿Se puede cuestionar ese rol o a aquel que nos designó para cumplirlo a fuerza de perder la libertad? Interrogantes perturbadores que por suerte no encontrarán respuestas unívocas ni verdades teñidas de arrogancia en esta película.

    Lejos de lo anticlerical y mucho menos aún de la burla hacia la liturgia y los rituales católicos, el director de Aprile provoca, a partir de su mirada y del recurso de la sátira, un llamado a la reflexión acerca de la representación del poder y la responsabilidad que significa asumir un liderazgo ante una masa que deposita su fe y sus esperanzas en la figura de una sola persona; en un guía espiritual que transmita a través de sus acciones y palabras un mensaje lo suficientemente poderoso y clarificador para cambiar el mundo. Y es sin duda este rotundo cambio permanente del mundo moderno, alejado cada vez más de lo sagrado y atascado en un continuo caos y confusión generalizada, lo que genera en el protagonista de esta historia, el cardenal Melville (Michel Piccoli, brillante), una profunda crisis existencial.
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  • Sin límites
    Sin límites
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Más allá de la moralina del final, nadie puede negar que Sin límites es un thriller con atisbos de fantaciencia atractivo y muy bien dirigido por Neil Burguer, con un ritmo ágil y un funcional uso de los recursos de la puesta en escena para lograr tensión y acción cada vez que se lo propone. Bradley Cooper en su rol de escritor, que pierde la creatividad y la recupera a partir de la ingesta de una pastilla experimental que lo convierte en una máquina superdotada capaz de anticiparse a los hechos y con un poder cognoscitivo asombroso, maneja los tiempos de la narración y se desenvuelve con naturalidad en un papel a su altura. A Robert de Niro se lo nota distraído y en piloto automático como ya viene ocurriendo en sus últimas apariciones. No obstante, la complementación con Cooper suma en vez de restar a una historia que empieza con mucha adrenalina y buenas ideas para ir decayendo y volverse convencional y predecible.
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  • Amigos con beneficios
    S.O.S. género en peligro

    El axioma reza: si funciona, ¿por qué cambiarlo? Esa es la premisa que marca la decadencia de Hollywood en lo que hace a los géneros y a su inefable mirada mercantilista del cine (ahora hay que vender tecnología, celulares y ipads, tablets y crear la necesidad para consumirla) en general.

    La comedia romántica -es hora de decirlo sin pelos en la lengua- está casi muerta y aparentemente no hay intenciones de rejuvenecerla, adaptarla a nuevos criterios y mucho menos de intentar cambiarla.

    Ya no es novedad el camino de la autoparodia, como plantea la comedia hardcore, reiterativa, chabacana y muy poco atractiva para un gran público que no se acostumbra al cinismo y todavía busca finales felices. Como sucede últimamente, todas las comedias románticas parten de un mismo concepto: hablan de otras comedias románticas con cierto aire de superioridad, burlándose de clichés y esa suerte de inverosímil que fortalece las historias de amor (cuando en definitiva no hacen más que repetirlo) únicamente creíbles en el cine.

    Ese es el caso de Amigos con beneficios, dirigida por Will Gluck (se lo conoció con la comedia Se dice de mí, que en nuestro país llegó directamente en DVD sin pasar por salas comerciales) y protagonizada por Justin Timberlake en el rol de Dylan y Mila Kunis en el de Jamie, acompañados de buenos personajes secundarios, encarnados por Patricia Clarkson, Jenna Elfman, Richard Jenkins y Woody Harrelson por citar los más conocidos.

    Igual que la reciente Amigos con derechos, con Natalie Portman y Ashton Kutcher, la idea central que corona el argumento de este film es aquella que confronta la amistad de un hombre con una mujer cuando el atractivo sexual es un factor predominante en la relación, pero el compromiso emocional implica una atadura que siempre termina en ruptura.

    Dylan y Jamie acaban de romper con sus respectivas parejas en un mundo atestado de celulares, ipads y blogs de internet. A ella la dejó un muchacho que no la quiso acompañar a ver Mujer bonita al cine, película preferida de la chica que, lejos de sentir el despecho amoroso, lo vive como un triunfo. La novia de Dylan por su parte es mucho más directa pero al muchacho tampoco parece importarle demasiado el final anunciado de la pareja.

    Considerado un experto en el campo de la comunicación, Dylan es tentado para integrar el staff de la revista masculina GQ y para ello Jamie es la encargada de persuadirlo, vendiéndole una imagen de New York tan soñada que no podrá rechazar la oferta.

    La atracción que ambos experimentan desde el primer minuto en que se conocen los lleva a sellar un pacto de amistad con derecho a roce sexual, bajo el juramento en un tablet que tiene la biblia (que cool) de no enamorarse. Como siempre alguno romperá el pacto y se suscitarán una serie de inconvenientes que pondrán en peligro el círculo de amistad.

    Si bien es cierto que la pareja protagónica se desenvuelve con naturalidad y credibilidad (salen airosos a la hora del humor físico, sobre todo en las largas escenas de sexo, y también verbal durante la primera mitad de la película), la acumulación de diálogos ramplones, el estiramiento de un relato que podría resumirse en 80 minutos y un acentuado repaso por los peores vicios de las comedias románticas de la última década contaminan en su conjunto esa sensación de frescura y aire renovado de los primeros 45 minutos.

    El oxígeno de la creatividad nunca llega y por ende Amigos con beneficios se acomoda perfectamente en el grupo de comedias románticas desechables y olvidables.
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  • La verdad oculta
    Anexo de crítica: Por tratarse de un tema tan escabroso y por lo general proclive desde el cine al enfoque morboso y especulativo del golpe de efecto, es justo reconocer en su directora gran sensatez a la hora de encarar la película evitando caer en cualquier exceso pero sin descuidar un minuto la terrible realidad que decidió explorar con un lenguaje cinematográfico de una contundencia y eficacia irreprochables.
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  • Mi primera boda
    Mi primera boda
    CineFreaks
    Anexo de crítica: El gran sueño de una boda perfecta, en un lugar alejado del mundanal ruido y con una numerosa lista de invitados, es uno de los tópicos más visitados por el género de la comedia de enredos, que por lo general explota el lado grotesco de los personajes y acumula situaciones que hacen del absurdo una norma. Por fortuna ese no es el caso de esta comedia argentina Mi primera boda, la cual se despoja rápidamente del costumbrismo para abrazar elementos del género y acomodarlos a una trama coral con un ritmo adecuado y fluido.
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  • La vitalidad de los afectos
    Instinto de supervivencia

    Con sus 31 años a cuestas y tres largometrajes, incluidos La vitalidad de los afectos, Felix Van Groeningen es considerado por la crítica especializada como uno de los más interesantes representantes de la denominada nouvelle vague belga.

    Fiel a un estilo muy personal y partidario de un cine sin complacencia ni efectismos, es la primera vez que el realizador adapta una novela autobiográfica del escritor Dimitri Verhulst, que parte de la mirada contemplativa de un niño de 13 años, Gunther Strobbe (interpretado por Kenneth Vanbaeden en su etapa preadolescente y Valentijn Dhaenens en su etapa adulta), quien se ha criado junto a su padre alcohólico Marcel y sus cuatro tíos en el seno de una familia disfuncional donde la promiscuidad, la violencia, las borracheras y el desenfreno son moneda corriente.

    Sin embargo, ante este panorama de decadencia y autodestrucción, el muchacho siempre le encuentra un costado lúdico a los problemas y hasta por momentos divertido con las ocurrencias de sus familiares. Pero eso se termina cada vez que llega la resaca o en las ocasiones que debe soportar la violencia de su padre Marcel "Celle" Strobbe (Koen De Graeve) cuando exterioriza toda su frustración en el cuerpo de su pequeño hijo. La única que realmente intenta salvarlo del maltrato y lo obliga a concurrir a la escuela es su abuela, consciente del ambiente perjudicial en el que está creciendo su nieto.

    Si bien todo relato concentrado en el derrotero de una familia disfuncional presenta situaciones típicas de enfrentamientos o conflictos que desencadenan tragedias, el film de Felix Van Groeningen se destaca por un estilo seco y directo, muy particular que fragmenta la historia en dos tiempos: pasado y presente, donde la presencia del protagonista Gunter resulta clave como único punto de enlace, ya que es su mirada –tanto la de niño como la del adulto- aquella que predomina en la historia.

    No obstante, también la idea de narrar en tercera persona una experiencia que por lógica implicaría una primera persona –dado que se trata de una autobiografía- genera a los fines narrativos y cinematográficos una fascinante distancia que por momentos se despoja de la pura catarsis y verborragia para encontrar un vuelo poético en las peores sentencias o descripciones de momentos traumáticos.

    El tratamiento que el director belga emplea en la imagen mezcla por un lado el blanco y negro con un rabioso colorido, además de apelar algunas veces a un registro cuasi documental que transmite mayor sensación de verdad en la imagen como suele ocurrir en el cine de los hermanos Dardene. El drama se desplaza por los carriles normales pero siempre una cuota de extravagancia o gracia de borrachera lo quita de su densidad y sordidez hasta volver humanos a estos personajes frágiles, patéticos pero queribles, que rodean al joven muchacho y no le permiten crecer.

    Hay momentos donde los afectos se vuelven tóxicos; donde las familias subyugan y aplastan cualquier intento de libertad para terminar fagocitando a sus miembros. Sobre ese lazo invisible siempre a punto de romperse, de resquebrajarse, se maneja con sutileza el realizador belga haciendo gala de su capacidad para dirigir actores y extraer de cada uno de ellos las máximas purezas.

    Si hay algo que a veces puede salvar a las personas de la autodestrucción pese a las condiciones adversas, ese inexplicable algo es el arte y en este caso en particular la concepción de una novela autobiográfica, cruda y vivida por un adulto que alguna vez fue niño y que debió aprender a andar por la vida sin un sustento afectivo, a fuerza de instinto de supervivencia.
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  • El estudiante
    El estudiante
    CineFreaks
    Aulas agitadas

    El esperado debut en solitario del guionista Santiago Mitre (uno de los directores de El amor (primera parte) y guionista de Carancho y Leonera junto a Pablo Trapero) con la inestimable colaboración autoral de Mariano Llinás llega en esta vigorizante película concentrada en el microcosmos de la militancia estudiantil bajo el punto de vista exclusivo de un estudiante del interior, Roque (brillante actuación de Esteban Lamothe), quien paulatinamente se va involucrando en las internas de la agrupación estudiantil Brecha, quienes detentan el poder en la Universidad de Buenos Aires.

    El retrato descarnado sobre la política en sus primeros estadios a través del sucio juego de intereses entre docentes, estudiantes y representantes de los poderes del Estado se desarrolla de manera lúcida a partir de un guión sólido que incorpora elementos de un thriller en los abarrotados pasillos universitarios para enriquecer la trama y abrir el juego de las traiciones y operaciones políticas -tanto dentro como fuera de las aulas- en el convulsionado escenario de la dirigencia estudiantil.

    Despojado de un enfoque romántico o reivindicativo de viejos ideales pero con una saludable dosis de cinismo y crítica política; sutiles apuntes humorísticos y por sobre todas las cosas un enfoque honesto a la hora de mostrar contradicciones, lealtades, relaciones utilitarias y porqué no decir esperanza e ingenuidad en algunos personajes con vocación política, Santiago Mitre no abusa de lo discursivo -pese a que se habla constantemente en acaloradas discusiones y debates- y busca enérgicamente con la cámara el espacio adecuado para volverse testigo de las acciones logrando momentos de tensión notables tratándose de un universo tan reducido como insondable para el espectador.

    El estudiante, luego de un exitoso recorrido por diferentes festivales internacionales como Locarno -incluido el último BAFICI-, finalmente se estrena en un acotado circuito cinematográfico (Malba y la Sala Lugones durante el mes de septiembre) y obliga a repensar el cine argentino y a preguntarse si este no es el camino acertado para una necesaria renovación.
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  • Un año más
    Un año más
    CineFreaks
    Las estaciones de la vida

    No por casualidad el director británico Mike Leigh elige representar de la forma más realista posible los estadios de la vejez a través del paso de las estaciones del año y hacer una condensación en el lapso de las vidas de un racimo de personajes variopintos en el transcurso de su opus más reciente Un año más.

    Como su nombre lo indica, la idea básica es tomar una foto instantánea de un tiempo y espacio bien acotado y definido para reflexionar sobre la búsqueda de la felicidad; la inminente llegada de la soledad; las frustraciones, los fracasos, las depresiones y las posibilidades de una segunda oportunidad para aquellos con voluntad de cambio.

    Tampoco es casual que el film arranque con la primavera, estación que en teoría remite a un renacimiento o cambio pero que en determinados personajes no hace otra cosa que reflejar momentos críticos como es el caso de Imelda Staunton (aparece prácticamente muy poco) que con esos ojos cansados transmite en la consulta médica los estragos de una silenciosa depresión, que se hace extensiva con palabras en su posterior charla con la psicóloga Gerri (Ruth Sheen), quien vive con su esposo geólogo Tom (Jim Broadbent) en lo que en apariencia pareciera un matrimonio feliz.

    Lo contrario ocurre con Mary (Lesley Manville, gran actuación), colega de trabajo de Gerri, separada y con propensión a la bebida y a la comparecencia de su dolor por no establecer vínculos sólidos, que busca desesperadamente alguien que la quiera pero que no puede dejar de ser el centro de atención en cuanta reunión social aparezca.

    Sobre estos tres personajes centrales del relato, dividido en viñetas marcadas por cierto costumbrismo y situaciones cotidianas -que se resuelven o bien dramáticamente o a veces con una pequeña dosis del sutil humor- donde la destreza narrativa del director de Secretos y mentiras es descollante a la hora de recrear diálogos y su habilidad para dirigir actores sigue sorprendiendo, se desarrolla este film de neto corte realista sin apelar a un juicio valorativo sobre los actos de sus personajes.

    No obstante, la mirada concentrada en las responsabilidades individuales en la toma de decisiones o sencillamente en depositar esa responsabilidad en terceros (como es el caso de Mary), constituye el principal eje temático al que el realizador le aporta su propio punto de vista sobre algunas debilidades y conformismos de la clase burguesa de los suburbios londinenses, en sintonía claro está con los cambios que cada sociedad atraviesa en la coyuntura de una crisis de paradigmas para definir lo que otrora se denominaban clases sociales medias y bajas.

    Sin embargo, ese recorte de lo social no es el principal eje narrativo excluyente sino más bien que funciona como un contexto para ir asimilando diferentes estados de ánimo que terminan por afectar la psicología de los personajes en el transcurso de un año donde nada parece haber cambiado desde su aspecto externo, no así en lo que se refiere a los afectos y a las pérdidas que igual que las hojas del otoño al caer dejan los árboles secos.
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  • Destino final 5
    Destino final 5
    CineFreaks
    Que parezca un accidente

    Todo comenzó hace 11 años con lo que hubiese sido un episodio de la serie de culto Los expedientes x, que por esas cosas de la vida se terminó convirtiendo en un proyecto cinematográfico con todas las intenciones de transformarse con el correr de los años en una franquicia. Así llegó Destino final, de la mano del director James Wong, una anécdota slasher prácticamente que tenía como principal atractivo la batería de muertes espeluznantes en primer plano, con cierta cuota de solemnidad y respeto, la cual a lo largo de las sagas posteriores se fue perdiendo y virando hacia el humor y el absurdo.

    Lo cierto es que más allá de la espectacularidad y la sofisticación en la puesta en escena, las siguientes entregas decrecieron considerablemente en expectativas una vez superada la novedad de la primera película y pese a algunos esfuerzos por parte de los guionistas por complejizar la trama ninguna logró superar a la original.

    Por ese motivo, puede anticiparse que Destino final 5 es sustancialmente mejor que su antecesora y se encuentra al mismo nivel que la primera con la cual guarda una estrecha relación no sólo en la historia sino en el desarrollo de un argumento que se reserva la cuota de humor para los personajes secundarios y el terror para la acción, con una búsqueda intencional de alcanzar rasgos de verosimilitud en las sucesivas muertes, nuevamente las vedettes de turno, incluido claro está el mega accidente catastrófico del inicio, el cual gracias al 3d incrementa la adrenalina en el espectador.

    Esta vez el grupo de jóvenes sobrevivientes que deberán sortear los obstáculos mortales -o encontrar un sustituto para que la Muerte compense la balanza- está constituido por unos compañeros de oficina de una empresa llamada Presage (primer chiste implícito) que deben realizar un viaje en un micro con motivo de unas jornadas empresariales. Pasan por un puente colgante, el cual colapsa.

    La premonición de la tragedia colectiva la tiene Sam Lawton (Nicholas D''Agosto), aspirante a chef y novio de la blonda Molly Harper (Emma Bell), quien le plantea tomar distancia en la relación pero que luego de sobrevivir junto con sus compañeros terminará más unida a su pareja. El resto del grupo lo completan Peter Friedkin (Miles Fisher), Candice Hooper (Ellen Wroe), Olivia Castle (Jacqueline MacInnes Wood), Isaac (P.J. Byrne) y el jefe Dennis (David Koechner).

    Detrás de los pasos del protagonista, además de la Muerte, estará el detective Jim Block (Courtney B. Vance), quien intentará encontrar una explicación causal a los atroces accidentes que irán ocurriendo a medida que cada personaje reciba su escarmiento como consecuencia de haber burlado el destino.

    Hay un recurso interesante que a lo largo de las diferentes secuelas se fue solidificando y es aquel que tiene que ver con el cúmulo de falsas situaciones que pueden terminar en tragedia para que así aumente el elemento sorpresa en el instante menos esperado. Esta idea de anticipar el desastre para luego dilatarlo logra efectividad y permite el lucimiento de una puesta en escena meticulosa e integral a cada secuencia, donde juegan un rol fundamental distintos elementos que en su singularidad resultan casi insignificantes -por ejemplo un clavo en una viga de gimnasia- pero que en el conjunto cobran otro sentido al transformarse en detonantes del mecanismo del horror.

    En esta oportunidad los guionistas Eric Heisserer y Jeffrey Reddick privilegiaron el proceso y el antes más que el resultado y el después para entregar un sólido entretenimiento que gracias a la correcta dirección del debutante Steven Quale puede despedirse del público con pulgares hacia arriba porque los síntomas del desgaste por más 3d que se agregue no se pueden eliminar.
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  • No le temas a la oscuridad
    Anexo de crítica: Rutinaria y básica sí, pero no por ello menos efectiva y atrapante gracias a la sólida dirección del debutante australiano Troy Nixey, que apela a los registros del terror más clásico con un trabajo impecable en materia de fotografía y buena dirección de actores. Claro que si detrás del proyecto figura el nombre de Guillermo del Toro está garantizada una pequeña cuota de calidad y si a eso le sumamos la participación directa del mexicano en la elaboración del guión las expectativas aumentan proporcionalmente. En este caso no defrauda.
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  • Quiero matar a mi jefe
    Anexo de crítica: Comedias sobre empleados vengativos que deciden asociarse para eliminar a sus respectivos empleadores existen tantas como jefes abusadores en el mundo, pero sin lugar a dudas la referencia más recordada y hasta el momento el ejemplo acabado de lo que significa una buena película nos remonta a los años 80 con el film Cómo eliminar a su jefe (9 to 5), de Colin Higgins, donde el trío femenino compuesto por Jane Fonda, Dolly Parton y Lily Tomlin pergeñaban todo tipo de argucias para acabar con el jefe misógino interpretado por Dabney Coleman. Hoy, aquella grata historia encuentra en Quiero matar a mi jefe, dirigida por Seth Gordon, una versión aggiornada a los códigos de la nueva comedia norteamericana, con un elenco de rutilantes nombres que termina por desaprovecharse debido a un muy pobre guión y a alarmantes fallas estructurales. En función a las tendencias de las comedias irreverentes como Qué pasó ayer? o la reciente Pase libre puede decirse que en este caso particular es notoria la diferencia desde el punto de vista de la dirección con un resultado mucho menos sustancioso del que podía haberse esperado con una propuesta de estas características.-
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  • Balada triste de trompeta
    Pasan las guerras, quedan los artistas

    Luego del paso en falso con la fallida Los crímenes de Oxford, la recuperación del talentoso Álex de la Iglesia y el reencuentro con lo mejor de su cine quedan plasmados en este nuevo proyecto -premiado en el festival de Venecia tanto en el rubro de dirección como guión- intitulado Balada triste para trompeta en alusión a la canción interpretada por el cantante Raphael.

    Por otro lado, algo de aquel clásico de Tod Browning Freaks (1932) y del cine de García Berlanga se respira en la atmósfera que envuelve a este relato melancólico, grotesco, anárquico, ácido; que mezcla pacientemente géneros cinematográficos como el thriller, el gore y el melodrama romántico con total desparpajo y sin especular un segundo en las reacciones del público, a un ritmo tan vertiginoso como el impulso y el vigor que motoriza la acción de sus personajes, fronterizos entre la locura y la tragedia humana.

    Resultaría injusto de antemano para los propósitos artísticos buscados a conciencia por un Álex de la Iglesia mucho más maduro y poético que de costumbre encasillar al film dentro de un estilo o tono único, dado que su audacia a nivel visual y narrativo lo alejan permanentemente de los cánones habitualmente transitados por los géneros anteriormente mencionados.

    Ese caos interno y desborde constante, reflejo de lo anárquico que atraviesa una trama rica en personajes y situaciones, comienza a partir de la infancia del protagonista Javier, herida de muerte por el aluvión de los franquistas a la tranquilidad de una función de circo, quienes irrumpen para reclutar hombres que se sumen a la causa, entre quienes se encuentra su padre (Santiago Segura, impresionante), que trabaja de payaso en el circo y debe sumarse -a riesgo de perder la vida- a las filas del generalísimo como prisionero. Ese niño de infancia truncada, heredero del legado de venganza de su padre, se reinventa ya de adulto una vida como payaso triste (Carlos Areces) para desembocar en un circo ambulante en los años 70 y someterse a las sádicas pruebas a las que lo expone el otro payaso (Antonio de la Torre), estrella del espectáculo y pareja de una hermosa acróbata de telas (Carolina Bang) con quien mantiene una enfermiza relación amorosa.

    La atracción entre el payaso forastero y la joven y peligrosa muchacha deviene de inmediato en un violento triángulo amoroso que toma rumbos impredecibles y se vuelve tan atractivo como visceral, en un contexto en el que la denuncia social, los apuntes políticos y el revisionismo histórico -y singular del director- aportan un plus de inteligencia a la trama y funcionan perfecto como trasfondo.

    Sin embargo, el riesgo constante asumido desde lo formal y lo conceptual, con la mirada puesta en el espectador para sacarlo de la abulia habitual y perturbarlo a veces le juegan en contra y el film atraviesa digresiones y sobresaltos que no le ayudan en lo más mínimo.

    No obstante, rápidamente con un clímax sorprendente y un desenlace de un lirismo poco frecuente en películas de este cineasta -oriundo de Bilbao- que habilita la lectura alegórica, el triángulo se desarma en una lucha descarnada de dos lunáticos y abusadores que han ultrajado a una mujer golpeada, igual que a una República española fragmentada entre el autoritarismo de Franco, la frivolidad, la impostura, la irracionalidad de los artistas y por supuesto con la necesidad de que alguien le quite el lastre de la tragedia y la haga reír nuevamente.
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  • Cowboys y Aliens
    Anexo de crítica: El director Jon Favreau logra cerrar a medias este western clásico y bizarro que introduce de manera inteligente rasgos de ciencia ficción antigua que hacen honor a los géneros visitados por el film. En definitiva, se trata de la lucha entre los cowboys y los extraterrestres en un juego que invierte roles ya que los humanos en desventaja vienen a ocupar el lugar privilegiado de los indios de acuerdo a los tópicos más elementales del western, aunque con algunas características relacionadas directamente con el spaghetti western en la construcción de los personajes. Sin embargo, luego de una primera mitad más que aceptable el relato desbarranca hacia la pendiente del absurdo a pesar de la batería de guionistas reconocidos detrás del proyecto, empañándose lo que podría haber sido una muy buena película...
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  • Viudas
    Viudas
    CineFreaks
    Tempestad e ímpetu

    A veces la razón no ayuda a explicar las motivaciones que llevan a una persona a tomar determinadas decisiones en su vida, capaces de provocar en aquellos seres amados un daño irreparable. La infidelidad; la deslealtad en una pareja ya consumada llega por diferentes motivos pero siempre hay uno donde prevalece el egoísmo del uno sobre el otro o cierto espíritu de revancha por no ser correspondido o completado afectivamente.

    Tan inexplicable es eso como enamorarse de una persona. Engañarla revela exactamente la misma cara de la moneda pero vista desde un solo espejo porque el reflejo es doloroso y mucho más aún reconocerse como traicionado o en el papel de traidor. Esas ideas abstractas detonan de inmediato en el universo de Viudas, nuevo opus de Marcos Carnevale (conocido también por sus trabajos televisivos como Tratame bien, Para vestir santos, entre otros), comedia dramática que explora íntimamente y humanamente el proceso de duelo de dos mujeres muy diferentes no sólo por sus edades (a una la confunden siempre con la hija de la otra) sino por sus roles sociales, unidas y enfrentadas por el amor hacia el mismo hombre.

    A grandes rasgos, esa es la historia de Estela (Graciela Borges) y de Adela (Valeria Bertuccelli), quienes tras la muerte de Augusto se conocen en la peor de las circunstancias como esposa y amante respectivamente. Estela es una documentalista que por descuido u omisión jamás había sospechado que su esposo músico tenía una doble vida con la joven Adela, para quien Augusto representaba no únicamente un amante sino un padre sobreprotector, quien antes de morir le pide a Estela que ocupe su lugar y ayude a la joven en todo lo que necesite.

    Así las cosas, en una mezcla de culpa, odio y dolor, ambas viudas comienzan a conocerse en una difícil y compleja relación de convivencia en la que no ahorran maltratos, comentarios injuriosos y algún que otro atisbo de empatía cuando la vulnerabilidad es tanta que genera lástima y solidaridad.

    Para ser fieles al título de esta nota podría decirse que las dos mujeres sobreviven como pueden a la tempestad del duelo a fuerza de ímpetu y corazón en una búsqueda incesante de respuestas a preguntas que no la tienen. No es casual que en la trama aparezcan alusiones al romanticismo alemán y al escritor Goethe particularmente con una de sus novelas más emblemática Werther, cuyo argumento gira en torno al despecho amoroso de un joven que decide quitarse la vida por no ser correspondido.

    Precisamente ese movimiento alemán denominado Tempestad e Ímpetu intentaba el despojo de lo racional en función de las pasiones y los sentimientos, elementos que predominan en las dos protagonistas en lo que quizá sea la mejor película de Marcos Carnevale a la fecha, quien conjuntamente con la guionista Bernarda Pagés consolidan un film maduro, honesto, bien dirigido y sobre todo con un elenco notable que más allá de la química entre Graciela Borges y Valeria Bertuccelli se destaca por sus personajes secundarios, donde el hallazgo de Martín Bossi con un personaje muy original -y a su medida- merece un aplauso mayúsculo así como la siempre bienvenida Rita Cortese que se complementa a la perfección en su papel de amiga y asistente de Estela.

    Viudas es un grato ejemplo de equilibrio narrativo porque desarrolla prolijamente los puntos de vista de sus personajes sin traicionarlos ni sobre exponerlos a situaciones forzosas pero se destaca en gran medida por descubrir matices, huir de estereotipos (el caso de Martín Bossi lo afirma) y encontrar naturalidad y credibilidad en cada escena pensada con un ojo puesto en el espectador y una mano en el corazón.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    Mono sapiens

    Existían ciertos resquemores cuando se habló del proyecto de una precuela sobre la saga legendaria El planeta de los simios (1968). Teniendo en cuenta la fallida remake del 2001 a cargo nada menos que de Tim Burton, la creciente desconfianza guardaba lógica más allá de jugar todas las fichas al avance de la tecnología y la digitalización, hoy capaz de producir milagros cinematográficos.

    Finalmente, se disiparon las dudas y hoy puede decirse en primer término que El planeta de los simios (R) evolución es una película más que digna que funciona tanto como precuela; como ejercicio de nostalgia; como un film con un hondo planteo filosófico detrás y claro está en su carácter de producto bien elaborado y entretenido.

    Esa ''R'' que se cuela en el titulo permite varias alusiones: es una r de revolución llevada a cabo por los primates que se rebelan ante la arrogancia de los humanos y ante las condiciones de encierro a la que son sometidos, pero también es una r que representa el dominio de la razón o al pensamiento racionalista esencialmente.

    Esa idea que se entronca conceptualmente con el término de evolución (¿o involución?) marca el primer conflicto desarrollado a partir de la figura del chimpancé César (Andy Serkis), cuya madre, Ojos brillantes, luego de ser capturada por cazadores furtivos en su hábitat natural y salvaje, es utilizada como conejillo de indias por el científico Will Rodman (James Franco) en sus pruebas de una droga ALZ 112, la cual permite la regeneración celular y aumenta la inteligencia exponencialmente.

    Sin embargo, este científico con complejo de Dios tiene por objetivo aplicar -en la segunda fase- la droga en humanos para curar el mal de Alzhéimer, enfermedad que contrajo su padre (John Lithgow), quien se encuentra en pleno deterioro de sus facultades mentales.

    Pese al rotundo fracaso de la droga aplicada en Ojos brillantes, que experimenta un comportamiento violento -inexplicable a los ojos de los humanos- y del posterior cierre de la investigación, Will logra salvar al pequeño simio, adoptado bajo el nombre de César (como el gran conquistador, personaje que aparece en la cuarta entrega de la saga La conquista del planeta de los simios del año 1972), cuyo coeficiente intelectual es sumamente superior al de los miembros de su especie por haber adquirido en los genes aquella droga.

    Rápidamente, el simio se adapta a una vida doméstica (brillante utilización de las elipsis); aprende a comunicarse por medio del lenguaje de señas y crece –escondido y oculto a la vista de los vecinos- en un clima de paz y confort junto al padre de Will, quien también posteriormente será conejillo de indias de su hijo debido a que aquél logra extraer algunas muestras de la droga y utiliza el antígeno para detener la evolución de la enfermedad.

    Sin anticipar más datos de la trama, sólo resta decir que César será encerrado junto a los de su especie en un refugio y alejado de su familia humana, una vez crecido.
    El otro personaje importante en la historia es el de la primatóloga Caroline (Freida Pinto), quien advierte a su pareja Will sobre los peligros de la domesticación y cuestiona su actitud omnipotente y su cerrazón mental ante una realidad que no podrá cambiar.

    Resulta casi redundante mencionar las virtudes a nivel técnico de esta película para la que sólo cabe el término impecable. En cuanto a la dirección del británico Rupert Wyatt, quien debutara con la muy interesante The escapist (2008), film que maneja los tópicos de drama carcelario igualmente reflejados en la segunda mitad de este nuevo relato.

    Rupert Wyatt demuestra pulso narrativo en cada escena de acción al servicio de la historia y no de los efectos visuales; no abusa del vértigo y el movimiento epiléptico de la cámara para generar tensión y sabe encontrar los momentos justos para la emoción y la expresividad en los macacos, en contraste con la frialdad e inexpresividad de los hombres, salvo en el caso del protagonista (muy buen desempeño de James Franco) y de su pareja.

    La pregunta que se desprende en esta precuela es ¿quién es el animal? No simplemente por el maltrato hacia los simios sino más profundamente por las consecuencias generadas a partir de la ambición, el egoísmo, la pedantería y la ignorancia humana.

    Creo que en el desenlace (cabe aclarar que pegado a los créditos finales hay una clave para responderla) puede comenzar a ensayarse una respuesta.
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  • Linterna Verde
    Linterna Verde
    CineFreaks
    Anexo de crítica: A diferencia de otros films de superhéroes, el acierto de Martín Campbell fue saber agregar el humor a un guión muy poco interesante que pretende abarcar mucho, mezclando historias de los comics originales pero que se traiciona a sí mismo con altas cuotas de digresión y carencia de ideas. Los efectos especiales oscilan entre el exhibicionismo gratuito y la funcionalidad a favor de la historia, que muestra sus mayores defectos a nivel narrativo apelando siempre al carisma de Ryan Reynolds para superar los problemas estructurales de fondo. La lucha entre la voluntad y el miedo como parte del aprendizaje y entrenamiento de este superhéroe son el eje conceptual que no encuentra gran desarrollo entre la pirotecnia y la parafernalia visual, ni tampoco a partir del conflicto personal que arrastra un trauma infantil. Eso pareciera no importar tanto a los siete guionistas acreditados, quienes dieron más preponderancia al espectáculo -con un saldo irregular- que a la parte filosófica del relato, el cual si bien no abusa de solemnidad tampoco termina por explotar la figura de uno de los superhéroes menos interesantes de la historia de los comics...
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  • La oscuridad
    La oscuridad
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Incuestionablemente deudora de La niebla y de parte del cine de John Carpenter, el realizador Brad Anderson (El maquinista) explota la idea de la amenaza latente sin rostro a partir de un relato apocalíptico donde cuatro sobrevivientes, entre ellos un proyectorista de cine, un periodista, una madre soltera y un niño, intentan sobrevivir en un mundo asediado por una densa sombra que pretende cubrirlo todo. Fiel a una apuesta minimalista y con un esmerado tratamiento en la imagen -que por momentos recuerda al expresionismo alemán- el director de Sesión 9 cuenta con un guión al que le faltan ideas y le sobra hermetismo, dejando un resultado incierto para una historia con una premisa interesante y un puñado de lecturas posibles detrás que por su falta de rumbo quedan clausuradas...
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  • Larry Crowne
    Larry Crowne
    CineFreaks
    Una sonrisa contra la recesión

    Larry Crowne, escrita, dirigida, protagonizada, por el actor en debacle Tom Hanks y coprotagonizada por Julia Roberts es una fallida comedia romántica sobre segundas oportunidades en el contexto de la recesión económica que azota a Estados Unidos. Pero también es el ejemplo más crudo de la superficialidad con que la industria aborda temáticas profundas en manos de actores que no están a la altura de las circunstancias y que por su escaso nivel de compromiso social son menos creíbles que un discurso de Barak Obama en las Naciones Unidas.

    Claro que además de Tom Hanks, detrás del guión aparece la coautora Nia Vardalos para dotar de cursilería y estereotipos al relato que esta vez trascienden fronteras: hay latinos que hacen de latinos, negros que hacen de negros y Tom Hanks que hace de Forrest Gump pero en la universidad. En una trama que cuando busca el humor apela a la torpeza de los personajes o a la repetición aburrida de frases o acciones y que cuando pretende cierto grado de seriedad le alcanza con el cambio de rostro de sus actores.

    La premisa parece abocar a la idea de ponerle una sonrisa a la recesión y dejar un mensaje con la moralina imbécil de siempre que con el esfuerzo y la dedicación todo se consigue en la tierra de la igualdad y las oportunidades. Así se define el derrotero del protagonista, Larry (Tom Hanks), a quien los embates corporativos dejaron fuera del sistema en un abrir y cerrar de ojos tras años de servicio en una empresa estilo Home Depot, que lo nombrara incontables veces empleado del mes, habiendo sido en su juventud un cocinero en la marina que le permitió recorrer el mundo.

    El argumento de despido es tan irrisorio como la realidad misma cuando el hombre pasa a ser una variable de ajuste económico por no tener un título universitario que le permita ascender en el futuro del puesto en la empresa, aspecto que lo vuelve poco redituable.

    Desempleado y con una hipoteca impagable, el futuro de Larry se torna oscuro pero lejos de entregarse a la depresión le pone el corazón y el pecho a las balas y se anota en la universidad. Allí conocerá a Mercedes (Julia Roberts), una desganada profesora de literatura que sostiene económicamente a un marido holgazán -es decir, el opuesto de Larry- y transita por un momento crítico en su matrimonio al lado de ese parásito que ahora en sus tiempos de ocio se ha vuelto un experto blogger. Ella tiene a su cargo el curso de oratoria, la clave para recuperar terreno en un mundo donde cada vez importa menos el otro.

    De más está decir hacia dónde irá la historia cuando Larry y Mercedes intercambien miradas; Tom Hanks apele a su rincón de personajes olvidados y reflote al Viktor Navorski de La terminal y al legendario Forrest para desnudar su alma a pesar de los prejuicios, que darán a la profesora una lección de vida para que todos los espectadores salgan felices y con una sonrisa.
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  • ¿Diferente de quien?
    La fórmula del futuro

    La opera prima del italiano Umberto Riccioni Carteni ¿Diferente de quién? (llamativamente bien traducida para la distribución local) parte del concepto del travestismo tanto de la política como en la vida de sus protagonistas: un candidato a intendente homosexual, Piero (Luca Argentero), y su compañera de fórmula Adele (Claudia Gerini), quien a pesar de su posición reaccionaria y ultraconservadora debe aceptar las diferencias políticas de su colega por el bien del partido de centro.

    Luego de este preámbulo, la historia cae en la obviedad de que esas irreconciliables diferencias en la política en realidad son mínimas y que ambos tienen buenas intenciones, se complementan de las mil maravillas y terminan enamorándose clandestinamente.

    La derecha, la izquierda o el centro son conceptos políticos absolutamente obsoletos para el mundo que nos toca padecer donde se privilegia mucho más el marketing político que las ideas y donde la manipulación de las ideologías forma parte de las reglas del juego, se trate del partido que se trate. Eso es a grandes rasgos lo que sucede en el trasfondo de esta comedia romántica, que solamente cuenta con la originalidad de invertir los roles para desatar un torbellino de pasiones e infidelidad, que por supuesto traerá sus consecuencias al entorno del candidato –comprometido hace años con Remo (Filippo Nigro)- y pondrá en riesgo su futuro político.

    Sin embargo, el film transita los tópicos habituales y convencionales acerca de la discriminación de la comunidad gay; la hipocresía de los conservadores representada en una candidata que defiende a rajatabla los valores tradicionales de familia pero que se termina enamorando de un homosexual -tras un fracasado matrimonio por no poder quedar embarazada- es otra muestra de la falta de ideas del guionista Fabio Bonifacci, quien no supo sacarle el jugo a una historia que daba para mucho más. No obstante, son rescatables las actuaciones de la pareja protagónica que demuestra buen timing a la hora de la comedia y mucha piel para los arrebatos amorosos.
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  • En un mundo mejor
    Situaciones emergentes

    En un mundo mejor, último opus ganador del Oscar como mejor película extranjera, reafirma más bien una expresión de deseo de su realizadora Susanne Bier que un diagnóstico certero sobre el estado de las cosas desde un denominador común que no tiene fronteras: la violencia. Es por eso que la directora de Hermanos –tras un exitoso paso por Hollywood- se instala con pie firme en una sociedad danesa contemporánea pero más precisamente en la estructura familiar como caja de resonancia de dos síntomas muy propios de estas épocas como la incomunicación y la pérdida de autoridad de los padres frente a los hijos.

    El principal escenario donde emergen los conflictos familiares -sea el país que sea- no es otro que el ámbito de la escuela, donde la dialéctica del fuerte sobre el débil se reproduce a diario en un nuevo fenómeno llamado acoso escolar. Es así como Elías y Christian, los dos preadolescentes protagonistas de la historia, deben soportar a diario al rubio matón de turno sin que las autoridades resuelvan la situación. Elías transita el proceso de una inminente separación de sus padres, aunque a decir verdad su progenitor se ausenta durante largos periodos en que trabaja en un campo de refugiados africanos ofreciendo sus servicios de médico. Por otra parte, Christian no puede ocultar su resentimiento a raíz de la reciente muerte de su madre, quien luego de un cáncer y de una lucha desigual, lo ha dejado al cuidado de su padre.

    Sin embargo, gradualmente esa espiral de violencia va sumando factores que llevan a que Christian redoble la apuesta y amenace al matón con un cuchillo para hacerse respetar y así comenzar junto a Elías un pacto de silencio que obviamente terminará en tragedia.

    Pero por el lado de los adultos, la sensación de no poder controlar o anticipar los comportamientos de sus hijos aumenta en sintonía con sus propios conflictos emocionales y un notorio distanciamiento producto de la falta de comunicación cuando los canales habituales se clausuran entre ambas partes. No obstante, quien lleva la peor carga a cuestas es Anton (Mikael Persbrandt), el médico que debe disociarse de dos realidades diferentes pero desesperanzadoras: las atrocidades cometidas por un líder de una facción africana que despanzurra adolescentes embarazadas para saber el sexo del bebé y así ganar apuestas con sus pares y por otro lado la necesidad de que su hijo Elías y su amigo Christian comprendan que no responder violentamente ante una agresión es una forma sabia y no cobarde de resolver un problema.

    Desde el lugar de las preguntas que no tienen respuestas absolutas, la directora danesa construye un contundente alegato anti violencia con la mirada aguda depositada en el futuro, es decir, en la generación más vulnerable que lamentablemente ha perdido todo tipo de inocencia pero que no deja de exteriorizar su infantilismo como no podría ser de otra manera tratándose de niños que deben sobrellevar problemas de adultos.

    En materia de dirección, es destacable el trabajo sobre los actores con una descollante interpretación de Mikael Persbrandt (recientemente convocado por Peter Jackson para un papel en El Hobbit), quien logra transmitir sin histrionismos ni ampulosidad los extremos dilemas por los que atraviesa su personaje Anton y que sin lugar a dudas refuerzan el mensaje del film.

    En un mundo mejor es una película difícil de llevar como espectador porque nos confronta desde la butaca al reflexionar acerca de cómo actuamos frente a escenarios cotidianos y violentos a partir de un ramillete de situaciones emergentes -con las cuales cada uno podrá identificarse seguramente- pero su enfoque despojado de toda intención didáctica o moralista es su virtud más perturbadora y por eso a más de uno le resultará insoportable. No fue el caso de quien escribe.
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  • Güelcom
    Güelcom
    CineFreaks
    Anexo de crítica: A pesar de los buenos intentos por adaptar estructuras y tiempos de comedia romántica norteamericana, el film de Yago Blanco Güelcom no logra acomodarse nunca en el acotado espacio que se propone transitar, con un guión demasiado sobre dialogado y una mínima construcción de personajes. Lo más interesante se resume en la pareja de secundarios interpretada por Peto Menahem y Maju Lozano que opaca a la pareja protagónica compuesta por los televisivos Mariano Martínez –muy poco convincente como psicólogo - y Eugenia Tobal, sin que esto signifique la falta de química entre ambos. En resumen, podría decirse que un film que habla constantemente de frases hechas y clichés se transforma por su falta de vuelo en un gran cliché...
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  • Super 8
    Super 8
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Super 8, el nuevo opus de J.J Abrams, funciona mejor como película homenaje a un tipo de cine de los 70 y principios de los 80 y un emotivo ejercicio de nostalgia que como película en sí misma. El creador de Lost supo mezclar en su coctelera cinematográfica aquellas producciones que seguramente marcaron parte de su infancia así como su admiración por ciertos títulos como E.T. El extraterrestre; Encuentros cercanos del tercer tipo o Cuenta conmigo para desarrollar un relato que aborda periféricamente el mundo del cine amateur y se apodera rápidamente del punto de vista compartido de un grupo de niños entusiastas e ingenuos, quienes tienen como proyecto de verano en Ohio filmar una película de zombies. Sin embargo, al igual que lo ocurrido con la serie Lost las expectativas empiezan a desmoronarse promediando la parte final, aunque debe reconocerse que la evolución de los personajes –sobre todo los chicos- es convincente y en definitiva forma parte del corazón de una entretenida y nostálgica e innecesaria fábula aleccionadora...
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  • Ausente
    Ausente
    CineFreaks
    Intimo y presente

    El concepto de ausente es tan ambiguo como rico en significados y de amplias lecturas. El primer recuerdo que evoca esa palabra nos acerca a un ámbito escolar donde pasan lista por nombre y apellido tal como ocurre en la rutina del profesor de gimnasia (Carlos Echevarría), un hombre algo introvertido que paradójicamente parece ausente dentro de su entorno que no lo registra o simplemente distante e indiferente cuando interactúa con su novia (Antonella Costa) y ella pretende hacerlo partícipe de sus charlas o comentarios sin otra respuesta que una evasiva o el más terrible de los silencios.

    Sin embargo, la ausencia esconde un doble sentido: marcar la presencia de algo que ya no está, que no volverá o resaltar lo que sobra cuando es notorio que algo falta. ¿Será el amor?; ¿O tal vez la amistad sin prejuicios ni miradas inquisidoras? Afortunadamente Marco Berger no responde ninguna de estas inquietudes y se propone romper códigos tanto de género como de contrato con el espectador para sumergirnos en el sugestivo y perturbador universo de su segundo opus Ausente, ganador del premio Teddy como mejor película de temática gay en Berlín y que se estrena durante todo el mes de Agosto en el Malba los días viernes y sábados.

    En primer lugar, sin anticipar demasiado de la trama para conservar las expectativas, el director de Plan B construye sutilmente un relato de obsesión amorosa invirtiendo roles entre un alumno (Javier de Pietro) de 16 años que se las ingenia para invadir la privacidad de su profesor de educación física jugando el papel de muchacho desprotegido. Esta suerte de femme fatale del cine negro pero en versión masculina -interpretado soberbiamente por Javier de Pietro- es un recurso poco visto en películas de este tono y muy explotado con chicas adolescentes y atractivas en películas de clase B o mediocres intentos de cine exploitation, que por lo general mueren en el cable.

    A diferencia de estos productos lo de Marco Berger es doblemente meritorio porque maneja con inteligencia y mucha precisión la gradual tensión sexual y erótica que se desata a partir del encuentro azaroso de los dos protagonistas.

    Circunscribir el film al terreno de la temática gay exclusivamente resulta por los valores cinematográficos y estéticos de Ausente, algo vago, superficial e injusto porque las coordenadas de un thriller psicológico están presentes en la primera mitad del relato, donde la atmósfera de suspenso es creada a partir de la banda sonora de Pedro Irusta más que por las imágenes, ricas en planos cercanos en tensión con planos distantes, los cuales precisamente marcan el juego de seducción yuxtaponiendo los límites y la trasgresión de esos límites constantemente.

    Los espacios en los que la cámara fisgona de Berger transita -siempre evitando la asfixia de sus personajes- determinan el territorio de atracción y rechazo constante con una fuerte carga simbólica detrás. Ese microcosmos íntimo que sólo se resignifica en el ámbito onírico es el que representa con mayor énfasis la secreta contemplación entre víctima y victimario depende el punto de vista utilizado porque además encierra el aspecto oculto del deseo y por supuesto del tabú, prolijamente trabajado desde las miradas del entorno hacia el profesor.

    La nueva apuesta de Marco Berger seguramente a muchos espectadores les resulte un tanto manipuladora por los caminos que va atravesando la historia. Prefiero pensar con menos prejuicio y sugerir otra interpretación que apela a la confrontación directa con el espectador no desde su rol pasivo de testigo sino en su inevitable empatía con los personajes, quienes en definitiva son aquellas ausencias que nosotros buscamos y necesitamos hacer presencia en una pantalla que nos seduce y nos separa de la fantasmática de la realidad.
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  • El mundo según Barney
    Los recuerdos y los años felices

    Richard J. Lewis es un nombre conocido en Estados Unidos por sus participaciones como guionista en series televisivas como CSI y la más reciente The defenders. Por eso no resulta extraño que su debut cinematográfico El mundo según Barney tenga como protagonista también a un guionista huraño, quien pese a contar con una productora propia reconoce que su talento se ha desperdiciado en tiras mediocres pero que le permitieron sobrevivir a lo largo de sus 40 años, atravesados por un camino tragicómico y de fracasos amorosos, entre otras cosas.

    Nunca mejor elegido para interpretar a Barney Panofsky que el talentoso Paul Giamatti, cuyas habilidades actorales para encarnar personajes torturados le permiten auto inventarse en una extensa galería de perdedores en diferentes historias como el dibujante que encarnara en American Splendor (2003) por citar un caso paradigmático.

    El presente de Barney está teñido de grises y angustia: odia su trabajo, perdió en manos de un contrincante duro de vencer al amor de su vida y encima debe soportar la presión de una investigación policial, la cual dio origen a una novela que lo señala como el principal sospechoso del asesinato de su mejor amigo Boogie (Scott Speedman). Pasados 30 años de aquel confuso episodio, aún no han podido encontrar el cuerpo de la víctima y es por ese motivo que el protagonista nunca debió pasar sus días detrás de las rejas. No obstante, la prisión de la rutina es aún más sofocante para este hombre que parece acabado por sus propios errores.

    El relato comienza con un flashback detonado por la publicación de la novela y se remonta hacia la temprana juventud de Barney en Italia junto a sus amigos artistas. La energía positiva y optimismo de aquel muchacho agradable contrasta fuertemente con la versión actual de un hombre peleado con la vida. Y sobre ese proceso de transformación o metamorfosis lenta se apoya la trama. Sin embargo, más allá de su trabajo como guionista y de su secreta admiración por Boogie, aspirante a escritor, alcohólico y mujeriego, el protagonista busca desesperadamente el amor de una mujer. Así, se casa por segunda vez con una joven judía (Minnie Driver), hija de un millonario luego de que su primera esposa se suicidara. No obstante, el mismo día de su boda Barney se enamora perdidamente de una de las invitadas, Miriam (Rosamund Pike), por quien se obsesiona al punto de proponerle una fuga de amantes o tiempo después -ya divorciado- que pase con él el resto de sus días.

    La condensación de la historia en pequeñas situaciones dramáticas y algunas con apuntes de comedia, sumadas varias subtramas, parece un obstáculo que el guionista Michael Konyves debió sortear al tratarse de la adaptación cinematográfica de una extensa novela del escritor -ya fallecido- Mordecai Richler, que llegó a convertirse en best seller. A pesar de este aspecto problemático en la distribución y estructura narrativa no hay fallas visibles pero sí en la ambigüedad sobre el tono del film ya que al cinismo de los primeros segmentos se le va adosando una fuerte carga de melodrama, desequilibrando así la balanza. En esa zona ambigua sin lugar a dudas la presencia de Giamatti y un gran trabajo secundario de Dustin Hoffman en el rol de padre, viudo y ex policía, aportan grandes momentos.

    El realizador Richard J. Lewis desarrolla y bucea a fuerza de sutileza, convicción y relajadamente, los deterioros en las relaciones que comienzan siendo idílicas entre las parejas para convertirse en una rutina desgastante. El paralelismo de este proceso destructivo encuentra un puente directo con el deterioro físico del protagonista, enfocado en el gradual avance de una enfermedad que destruye la memoria y sobre todas las cosas su tesoro más preciado: los recuerdos y los años felices.

    Paul Giamatti consigue en El mundo según Barney un papel para lucirse y mostrar con absoluta ductilidad la transformación de su complejo personaje en un registro que no por apelar a las fibras sensibles del espectador puede tildarse de especulativo o sobreactuado.
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  • Loco y estúpido amor
    Anexo de crítica: Más estúpido que loco es el resultado de esta fallida y reblandecida comedia romántica coral que pivotea alrededor del todo terreno Steve Carell, acompañado de un elenco interesante pero muy desaprovechado por los directores Glenn Ficarra y John Requa salvo en algunas situaciones donde el equilibrio entre el humor y el remate funcionan pero que se suman con los dedos de la mano. Tras una primera mitad agradable, el film comienza a derrapar y entrar en un peligroso camino de cursilería, clichés e insoportable conservadurismo con un discurso final que raya lo patético y recuerda a aquellas comedias románticas con mensaje. Una verdadera pena...
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  • Capitán América - El primer vengador
    Anexo de crítica: La primera sensación que surge al ver Capitán América, el primer vengador desde el punto de vista narrativo es el recuerdo de la película Rocketeer (1991) también dirigida por Joe Johnston, al tratarse de un relato clásico en su estética, protagonizado por un superhéroe en el contexto de la Segunda Guerra Mundial que transita por todos los lugares comunes del género. Con ese preámbulo y teniendo en cuenta el antecedente de aquella desastrosa Capitán América de los años 90, del realizador Albert Pyun, podemos decir que esta versión es superadora en todos los aspectos: narrativos, técnicos y estéticos. Sin embargo, tratándose de una nueva franquicia de la Marvel, queda la agridulce sensación de que la historia daba para mucho más de lo que termina viéndose.
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  • Copia certificada
    El aura que se disipa

    Original y copia; idea y concepto; realidad o ficción son las ideas directrices que atraviesan el universo de Copia certificada, nuevo desafío del director iraní Abbas Kiarostami completamente en sintonía con sus tópicos pese a estar filmada en la Toscana (dicen que esa ciudad es una copia de Florencia) y protagonizada por un elenco europeo, encabezado por la genial Juliette Binoche y William Shimell en los roles principales.

    La intertextualidad entre las reflexiones estéticas sobre las obras de arte como pretexto de desarrollo dramático de los diferentes estadios por los que pasa una relación entre un hombre y una mujer, alcanzados por el abrupto paso del tiempo y los cambios, encuentra un correlato casi directo con el concepto de aura del filósofo alemán Walter Benjamín como ese entretejido muy especial de espacio y tiempo; aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar.

    Si la pareja protagónica se conoce desde hace tiempo o simplemente pasan a representar a un matrimonio en crisis (idea de cercanía y lejanía en cuanto a la relación espacio tiempo) poco importa en un microcosmos donde realidad y ficción se funden en un plano absolutamente subjetivo en el que el viaje por las calles de Toscana; el descubrimiento de diferentes lugares y personajes son el centro de atención entre las disertaciones y los diálogos banales de la pareja.

    Abbas Kiarostami parte de un encuentro entre un hombre y una mujer; él es un crítico de arte inglés que llega a la Toscana para presentar su libro -que da título a la película- y ella una galerista francesa, participante de la audiencia en la charla. Ambos parecen dos extraños al comienzo para ir luego desandando un camino que termina por mostrarle al espectador que en realidad aparentemente se conocen hace 15 años y que la percepción sobre la pareja difiere en cada punto de vista.

    No son en vano las comparaciones con los filmes de Richard Linklater Antes del amanecer y antes del atardecer en cuanto a la idea del encuentro y desencuentro entre los personajes en la fugacidad de las cosas, aunque en el caso del director iraní ese paseo o deambular errante opera como pretexto de una trama más profunda y abstracta en la que además entran en juego las ideas de representación cinematográfica.

    Lejanía y cercanía, entonces, que se resignifican en la futilidad de las relaciones humanas; en los soplos de deslumbramiento del amor y en el inexpugnable devenir de la vida, pese a que el cine intente atraparlos en una imagen.
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  • Los pingüinos de papá
    Anexo de crítica: Los pingüinos de papá es una película sin guión y sin cohesión narrativa, que simplemente se apoya en el atractivo de las aves marinas y de su protagonista, quien recupera su viejo papel de Mentiroso, mentiroso pero más contenido y concentrado en resaltar su lado humano porque el objetivo de la película dirigida por Mark Waters no es otro que recuperar la noción de familia como el pilar más importante de la sociedad. La falta de un antagonista de peso –el empleado del zoológico inescrupuloso no está a la altura de villano- le juega en contra a un Jim Carrey poco gracioso que no apela a su galería inagotable de expresiones y modos para complementarse eficazmente con sus mascotas, quienes más allá del adiestramiento no pueden ocultar el trabajo de la digitalización complementaria, pero que se ensambla prolijamente en la interacción con los actores.-
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  • Atrapada
    Atrapada
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Resulta más que obvio que John Carpenter –tras casi 10 años de ausencia- no necesita de efectos especiales para sostener la tensión de un relato que recicla mucho de la legendaria Noche de brujas y está filmado con un estilo muy arraigado a los 70: pasillos largos, luz tenue, fuera de campo, etc. Sin embargo lo que falla en Atrapada es el guión -escrito por Michael y Shawn Rasmussen- por su escasa creatividad, sus forzadas vueltas de tuerca y su tramposo desarrollo, que trae reminiscencias a La isla siniestra de Martin Scorsese. Tratándose del creador de Mike Myers se esperaba mucho más.
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  • La reencarnación de los muertos
    Anexo de crítica: Mezcla de western y parodia sobre películas de zombies, este nuevo opus de Romero garantiza el festival de tripas y sangre habitual con el agregado de una trama que apela directamente a la ironía y a los apuntes humorísticos más que a los tópicos convencionales, con absoluto desparpajo y buen ritmo. Pese a los aciertos en la historia y al riesgo de haber introducido elementos del western en un film de zombies, pueden encontrarse algunas falencias a nivel narrativo como por ejemplo el uso innecesario de la voz en off y falta de resolución en situaciones donde el desbalance entre humor y acción perjudican la fluidez del relato. No obstante, como película de género esta nueva incursión de George Romero alcanza las expectativas y confirma nuevamente que estamos en presencia de uno de los pioneros, quien pese al paso de las décadas continúa manteniendo un nivel superior a la mayoría de sus imitadores.-
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  • Yo maté a mi madre
    Mamma mía y sólo mía

    Visceral y honesto son los términos que encajan adecuadamente en esta provocativa y deslumbrante ópera prima de la promesa canadiense (oriundo de Quebec) Xavier Dolan, quien con sus 20 años cautivó a la crítica en la Quincena de realizadores del festival de Cannes en el 2009, donde fue multipremiado por Yo maté a mi madre, film que también pudo verse en el festival de Mar del Plata con similar recepción por parte de la crítica especializada.

    Además de escribir y dirigir esta mezcla de diario confesional, desbordante y con un estilo propio vinculado a una estética pop pero con auto conciencia y una demostración soberbia de manejo de recursos cinematográficos (planos abstractos, oníricos, fuera de campo, sonidos de referencia y puesta en escena minimalista), Dolan protagoniza el film encarnando a Hubert, un adolescente de 16 años que rompe el hielo frente a cámara con un manifiesto enojo sintetizado en una frase más que elocuente: “No sé qué pasó... Cuando era chico, nos queríamos”.

    La referencia directa es a su madre Chantal (Anne Dorval), quien demuestra en el primer momento una capacidad asombrosa de absorber todo tipo de crítica destructiva, insulto y palabras hirientes por parte de un muchacho que roza a cada instante la histeria femenina; realiza agudas observaciones que no hacen más que resaltar la vulgaridad de la mujer y el desprecio de Hubert.

    Sin embargo, a medida que progresa esta enfermiza relación amor-odio, tanto en las cuatro paredes que los aprisionan como fuera del hogar, se va develando una suerte de indiferencia y como su contracara la excesiva sobreprotección que no deja crecer a un adolescente ávido de libertad, condicionado por la dependencia materna y la ausencia de un padre tras una separación que data del pasado. Ese pasado que ya no volverá es uno de los lazos que se han roto para Hubert y su mamá; esporádicos momentos de plena felicidad donde se sentía protegido y querido, no juzgado y por ende no expuesto a un mundo difícil, complejo y hostil.

    Si hay algo que no se puede enseñar como padre a los hijos es a sufrir. Se puede aprender a amar y a odiar pero el sufrimiento es una experiencia y un conocimiento intransferible que se presenta de muchas maneras y se exterioriza de otras como sucede en este relato de búsqueda de la identidad; de la necesidad perentoria de matar simbólicamente a los padres para crecer y en un segundo plano: un cáustico y muy singular enfoque subjetivo de las relaciones madre-hijo.

    La incomunicación no siempre se constituye en el silencio o la indiferencia, sino que muchas veces se construye a partir del exceso de las palabras; de los insultos y de los reclamos que opacan cualquier intento de reconocer al otro en toda su dimensión, con sus defectos y virtudes. Tampoco se puede enseñar a escuchar.

    Es por eso que Dolan, aunque haya declarado que no se trata de una autobiografía, se vale de la fuerza del cine para gritar su verdad y se codea desde lo conceptual con el espíritu juvenil de la Nouvelle Vague más allá de la obvia referencia cinéfila a Los 400 golpes (la escena en que comunica a su maestra que su madre murió); y se empapa de la rabia y suciedad de un Cassavettes a la hora de planificar escenas de alto impacto dramático.

    Todo ese torbellino de sensaciones a veces asfixia, igual que la propia adolescencia cuando no se sabe cómo seguir; cuando se quiere regresar al pasado de seguridad (hay una escena maravillosa del protagonista en posición fetal dentro de una bañera que hace las veces de útero) y sobre todo de ingenuidad en pos de sufrir un poco menos o por lo menos hacerlo acompañado de la caricia de una madre.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    Anexo de crítica: Más allá de la operación de traspolación literaria al cine y el andamiaje de marketing desplegado sobre este suceso literario, en perspectiva y bajo el pretexto del mundo de la magia la saga Harry Potter no es otra cosa que la aventura simbólica del tránsito de la niñez a la adultez. En ese pasaje iniciático, que guarda estrecha vinculación con elementos religiosos e incluso vistos desde otro ángulo con una fuerte alusión a la esfera esotérica, el protagonista que comienza su camino en su condición de huérfano debe aprender a distinguir a lo largo del aprendizaje de la magia entre la dualidad del bien y del mal, aspectos que no siempre se expresan en la realidad de forma taxativa sino que lo hacen de manera encubierta bajo el hechizo del encantamiento de aquel que se vea tentado por el poder de conseguir lo imposible o simplemente llamado por la curiosidad de lo desconocido, cuyo lazo invisible con la oscuridad y la perversión del alma es directamente proporcional al sacrificio que implica dejar de ser una persona ordinaria y común. En ese sentido, la ausencia paternal que conlleva un abandono y la búsqueda de modelos externos -tanto en los adultos como en la institución rectora de la enseñanza- marca la diferencia en el derrotero de un paria social y su posibilidad de convertirse en una persona importante; erigirse como líder y finalmente madurar como persona. Sin grandilocuencia a nivel efectos especiales pero con un empleo funcional a la trama, la acción de Harry Potter las reliquias de la muerte parte 2 reemplaza lo que en la primera parte fuera el aspecto emocional, como si la decisión de David Yates respondiera quizá a un reclamo anterior por la poca tensión, digresión narrativa y escasa acción de la saga. No obstante, debe reconocérsele al realizador su prolijidad y apuesta a mantener un ritmo sin pausa ni tiempos muertos inconducentes capaz de transmitir la sensación de fluidez para que la trama avance muy rápido en relación a la cantidad de información que se siembra.
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  • Aprender a vivir
    Resonancias

    Vaya a saber qué atrajo a los productores Martin Scorsese y su socia Barbara de Fina para apostar en este drama intimista con sello independiente exhibido en varios festivales, entre ellos el de Toronto donde se alzó con el premio de la crítica en el 2008. Seguramente no fue la historia en sí, concentrada en las resonancias de dos familias disfuncionales prototípicas de fines de los 70 en Long Island, pequeña ciudad con bosques y ciervos en su interior en la que se desarrolla una trama casi anecdótica, la cual bajo una aparente tranquilidad y parsimonia oculta conflictos internos, dolores, frustraciones y crisis entre los personajes.

    El protagonista central es Scott (Rory Culkin), un adolescente en pleno despertar sexual que debe soportar los episodios alcohólicos de su madre Brenda (Jill Hennessy); las infidelidades y los desplantes de su padre Mickey (Alec Baldwin) y la ausencia de un hermano mayor Jimmy (Kieran Culkin), soldado que antes de partir hacia una futura guerra en Las Islas Malvinas –pretexto ideal para huir de esa familia- lo defiende de los atropellos de un matón del colegio que lo humilla frente a su vecina Adriana (Emma Roberts) por quien siente una atracción irrefrenable.

    Ella, también precoz como él, intenta transmitirle una cuota de madurez y rebeldía que en realidad no tiene, como parte de su coraza emocional para que la enfermedad de su padre Charlie (Timothy Hutton) y la promiscua vida de su madre Melissa (Cynthia Nixon) la afecte lo menos posible. Lo que en realidad no soporta es confrontarse con el deterioro progresivo que va mostrando Charlie como consecuencia de la enfermedad de Lyme, extraña suma de síntomas que desencadenan en trastornos neurológicos y severos cambios de conducta, que terminan por aislarlo del entorno.

    Ese deterioro repercute en la dinámica familiar y es el reflejo deformante que encuentra Scott en su propia casa con padres al borde de la separación.

    El director Derick Martini, debutante detrás de cámara para ese entonces (la película es de 2008), construye en Aprender a vivir (traducción poco feliz del original Lymelife) un film pequeño y austero que si bien no resulta a esta altura novedoso cuenta con una excelente dirección de actores y un guión sólido sin pretensiones que se apoya en la plataforma del relato iniciático.

    Aclaración: el público local no entenderá las referencias a los ciervos sin tener presente que la enfermedad de Lyme es transmitida por una garrapata que succiona la sangre del animal y luego pica al hombre. Y así como la garrapata se aferra a su víctima y succiona puede pensarse que las familias hacen lo mismo en relación a sus hijos cuando la enfermedad se vive puertas adentro y busca sus emergentes.
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  • La vida útil
    La vida útil
    CineFreaks
    Sombras nada más

    Federico Veiroj se atreve a dejar una mirada distinta sobre la cinefilia, despojándose de toda cuota de sentimentalismo y agregando una dosis de ironía en esta pequeña historia sobre el crepúsculo de la Cinemateca de Montevideo en base a su escasa rentabilidad en épocas capitalistas como las que nos atraviesan.

    Cine y economía nunca se llevaron de la mano y esa es la línea delgada que atraviesa este pequeño derrotero de Jorge (Jorge Jellinek), un empleado de 45 años, algo introvertido que vive del y para el cine tanto dentro de la sala de proyección como fuera de ella, por ejemplo en su programa de radio donde enseñajunto a su colega Martinez (Manuel Martinez Carril) a los escuchas a ver cine.

    La vida interior de un cinéfilo para el común de la gente puede resultar algo monótona y sin sentido pero es precisamente sobre este punto que el director de Acné bucea imprimiendo en una trama sencilla una atmósfera que paulatinamente va escapando de la realidad al tomar como referencia el punto de vista del protagonista, quien frente al inminente cierre de su mundo de butacas y proyectores, su paraiso privado y más preciado, sale en busca de otro que le permita seguir soñando la aventura de vivir, y ganarse a Paola (Paola Venditto), una profesora univertaria que muestra cierto interés por el cine pero no por el protagonista.

    El homenaje al séptimo arte y a la experiencia de mirar historias insólitas en una sala siempre aparece en las secuencias que Veiroj resuelve con una economía de recursos acorde a la propuesta con el único objetivo de recuperar el alma y la esencia del celuloide.
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  • Tengo algo que decirles
    Un vaivén de risas y llantos

    Coincidencia o no, las dos últimas comedias provenientes de Italia con visos a un estreno comercial en Argentina giran en torno a la temática de la homosexualidad y las diferencias culturales que todavía ven a esta condición sexual con ojos prejuiciosos.

    La vertiente de comedia gay con el trillado relato de la confesión es uno de los pilares en que se monta este film menor del turco Ferzan Ozpetek, Tengo algo que decirles (Mine vaganti), una comedia coral que transita por los caminos del melodrama familiar con exceso de estereotipos y duración, pero que sale airosa gracias a un elenco afilado y a la buena dirección.

    Quizás el recurrente espacio de las cenas familiares como puente de grandes revelaciones es un recurso demasiado convencional más no por ello menos efectivo. Así, se desata el conflicto en el seno de una familia tradicional italiana, de vida bucólica y tranquila, dueña de una fábrica de pastas (claro, son italianos), cuando Antonio (Alessandro Preziosi), uno de los hijos y futuros herederos de la empresa familiar, confiesa ante todos que es homosexual provocándole al padre un pequeño infarto y ganándose la expulsión inmediata de la familia. Sin embargo, su otro hermano Tommaso (Riccardo Scamarcio) había llegado de Roma a la reunión familiar para salir del placard, aunque debe llamarse a silencio dado el escándalo generado por Antonio.

    Desde ese lugar común pero indudablemente identificable con muchas realidades, el director de El hada ignorante practica una mirada ácida cuando de comedia se trata y bastante melosa y edulcorada al pasar al registro del melodrama. Ese vaivén de risas y llantos ocupa prácticamente todo el metraje, que adopta una dialéctica de contrastes de trazo grueso como por ejemplo vida de pueblo contra vida de ciudad; heterosexuales con doble moral que juzgan a homosexuales y cosas por el estilo.

    No obstante, decir que la película se hunde en su propia superficialidad es poco honesto teniendo en cuenta la intención de una comedia ligera y pasatista que busca salirse del estándar pese a que muchas veces se vuelve reiterativa y poco sorprendente.
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  • Hoy no tuve miedo
    Familia que filma a familia

    Si en Los labios junto a Santiago Loza, Iván Fund lograba captar la intimidad de sus criaturas con un estilo muy particular y propio, en este proyecto en solitario el realizador de La risa duplica la sensación de intimidad a partir del registro de una familia desde el punto de vista de otra familia que no es otra que la del equipo de rodaje.

    Representante de Argentina en el festival de Cannes (y también integrante de la competencia Argentina del último Bafici), el primer segmento puede enrolarse dentro de lo que podría considerarse ficción al presentar a las hermanas Ara y Marian con sus pequeños correteando y su perra Lulú en la cálida Entre Ríos. El común denominador de esta historia es la ausencia del padre y los intentos de recomponer ciertos lazos afectivos.

    Sin embargo, lejos de quedarse en esta anécdota familiar Iván Fund desarrolla una segunda instancia cambiando de registro abruptamente hacia el terreno del documental de observación, haciendo partícipe del proceso de rodaje al espectador con la irrupción del equipo de filmación que acompañará a otros personajes en fiestas, bailes, consultas médicas, en las que se respira el aire intimista tan particular de su cine, destacándose la escena en que el grupo acude a un pastor que lee el futuro para averiguar la suerte de cada integrante.

    Basta como botón de muestra esta pequeña secuencia para encontrarse con la capacidad de observación del realizador que logra extraer de ese momento lúdico un atisbo de verdad.

    Estructurada en dos partes autónomas sin relación en lo narrativo –pero sí desde el punto de vista conceptual - entre una y otra (literalmente la película tiene una primera parte y una segunda) la singularidad de Hoy no tuve miedo es precisamente su estado de latencia constante para ir gradualmente haciendo visible lo que en apariencia parece invisible: la cámara que documenta retazos de vida; captura rostros que expresan mucho más de lo que las palabras pueden describir, a la vez que somos testigos de un proceso que va gestando un rodaje sobre vínculos, amistades, dolores, silencios, miedos y situaciones cotidianas.
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  • Malas enseñanzas
    Anexo de crítica: En la misma línea de la nueva comedia norteamericana, más cerca del cine de Judd Apatow (que guarda cierta mirada complaciente con sus monstruos) que del implacable Todd Phillips, por citar los iconos más familiares para el espectador, Malas enseñanzas no termina de convencer en cuanto a su propuesta de comedia políticamente incorrecta pese a contar con un buen elenco de secundarios y con el carisma y la belleza natural de Cameron Díaz, quien por más empeño que le impregne a su antipática Elizabeth no deja de transparentar con su sonrisa el encanto de siempre. La que merece un reconocimiento particular porque se carga la película a los hombros es Lucy Punch, su antagonista, quien se roba las mejores escenas cuando la fotogenia indiscutible de la sexy rubia no la opaca. La película de Jake Kasdan no pasa de entretenida y eso en estos tiempos de vacas flojas no es muy alentador.
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  • Cars 2
    Cars 2
    CineFreaks
    Una de Bond sobre ruedas

    Por lo general, la palabra secuela viene asociada a dos términos que para la lógica de Hollywood suponen necesariamente dividendos: maximización y repetición. Pero en el caso de un proyecto nacido en las huestes de Pixar a esas palabras se le adosan otras como imaginación, creatividad y espectacularidad. Claro que la imaginación al servicio de un relato no garantiza el éxito seguro y mucho menos una recuperación en el ámbito económico, aunque sí lo hace en el terreno puramente cinematográfico porque los increíbles avances de la tecnología CGI (con su nueva estrella de la tercera dimensión) ya no pueden superarse en cuanto a la perfección y entonces la mirada vuela sobre otros elementos o aspectos constitutivos de la película.

    En su carácter de secuela, Cars 2 funciona aceitadamente porque no defraudará a aquellos fans que vayan a buscar aventuras de sus personajes favoritos. De hecho, a la galería ya conocida, encabezada por el Rayo MacQueen (voz original de Owen Wilson) y su fiel camarada Mate (Larry the Cable Guy), se sumarán ahora la participación estelar de un agente británico Finn McMissile (nada menos que Michael Caine) y su ayudante Holley Shiftwell (voz de Emily Mortimer), para quienes está reservada una subtrama que hace honor al cine de espionaje, al mejor estilo de James Bond.

    Sin embargo, quien se lleva el crédito en esta ocasión es precisamente la grúa Mate que se verá involucrada en la misión sorteando obstáculos a fuerza de torpeza pero con la inquebrantable camaradería y amistad hacia el Rayo. A estos dos pilares de la historia, se agrega un tercer elemento constituido por una carrera cosmopolita donde el Rayo enfrentará a un arrogante Fórmula 1 de origen italiano Francesco Bernoulli, nº 1 (voz de John Turturro), quien le disputa el trono del auto más veloz del mundo en una seguidilla de competencias en las calles de Japón, Italia y el Reino Unido, donde la velocidad y una similitud asombrosa con las transmisiones de carreras reales sin dudas forman parte del mayor atractivo visual y ganan textura gracias a la utilización del 3d.

    John Lasseter y Brad Lewis (encargado de la serie Drive para Fox) utilizaron toda la imaginería a su alcance para reinventar el universo de Cars, desplazando la trama a diferentes escenarios sin sujetarse al pequeño mundo de la primera parte en Radiador Springs y además quitaron peso al personaje del Rayo –el menos interesante sin lugar a discusión- para explotar las posibilidades de la grúa, un tanto deslucida y obsoleta pero con gran corazón. Esa inteligente elección aporta una cuota de aire necesaria y funciona de complemento narrativo lo suficientemente sólido para apostar las mejores ideas a la trama de espionaje, en la que más allá de algunas falencias en el guión los creadores se ocupan de entregar lo mejor, equilibrando acción, ritmo y humor, no exento de situaciones emotivas.

    Encontrar expresividad en personajes como los de Cars 2 es un verdadero hallazgo que sólo Pixar es capaz de repetir, así como ingeniárselas para introducir en el microcosmos de las tuercas y los motores un relato de espionaje con yuxtaposiciones dialécticas entre lo obsoleto y lo moderno; entre lo alternativo y lo conservador, en un terreno donde pese a los valores de la competitividad terminan prevaleciendo los de la solidaridad y la amistad.
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  • De dioses y hombres
    Del dogma a la praxis

    Dijo el filósofo José Ortega y Gasset en su Ensayo Romano que religioso es aquel hombre que cree en algo cuando ese algo es incuestionable realidad. El religioso es el hombre escrupuloso en el sentido amplio de la palabra porque es prudente en oposición al negligente, quien vive en el descuido, en el desentendimiento y en definitiva en el abandono.

    Con ese concepto entonces viene arraigado otro más profundo como el de la fe, que va más allá de una simple creencia sino que forma parte de una convicción espiritual e individual hacia lo que se cree. Esa fe impone -por decirlo de alguna manera- un máximo sacrificio que en diversas circunstancias conlleva dilemas éticos ante cualquier situación límite. Quien profesa una religión –sea cual sea- atraviesa en algún momento una serie de tribulaciones arrastradas por dudas que contrastan invariablemente con la realidad más pura.

    De eso y de cómo se mantiene el valor de la fe se nutre el film De Dioses y hombres, galardonado por el gran premio del jurado en el festival de Cannes, cuyo director y -también guionista- Xavier Beauvois construyó la historia en base a un hecho verídico.

    Los protagonistas del relato son un grupo de ocho monjes cistercienses instalados en un monasterio en la conflictiva zona del Magreb. Su misión es brindar todo tipo de ayuda espiritual y también médica a la comunidad musulmana, rehén de la lucha entre los extremistas y el ejército perteneciente a un gobierno corrupto. Sin embargo, últimamente el avance del terrorismo en la zona desata una ola de matanzas donde uno de los principales objetivos son los extranjeros y por ello la amenaza latente de caer en manos enemigas es más factible.

    Pero la fe late con mayor fuerza y pese a las constantes provocaciones y peligros concretos -cuando los terroristas llegan al monasterio para abastecerse de medicamentos- se va afianzando en el grupo que también transita por una serie de tribulaciones y dilemas para definir su situación en el lugar. El miedo de quedarse a merced del terrorismo lucha en el terreno de la más absoluta especulación con el deber y la obediencia hacia una causa mayor, amparada en valores superiores, aunque eso signifique -más allá del renunciamiento a todo lazo afectivo- perder la vida.

    En ese umbral ético se ancla esta película siguiendo minuciosamente las motivaciones individuales; las profundas crisis existenciales de sus personajes, encabezados por el hermano Cristiane (Lambert Wilson) junto a sus fieles colegas.

    Entre rituales, salmos y rezos aparecen los hombres con sus flaquezas y voluntades en juego, que la cámara de Xavier Beauvois acompaña en su intimidad en los interiores del monasterio o en sus momentos de silencio en actitud contemplativa.

    Con un admirable respeto de sus personajes sin caer en maniqueísmos ni sobredimensionamientos, el realizador francés logra un film altamente emotivo que logra despojarse de su costado ecuménico para transformarse en un manifiesto en favor de la voluntad y en un reflexivo llamado para quienes consideran a la religión como un dogma y no una praxis.
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  • Medianoche en París
    Anexo de crítica: Para quienes hayan seguido su obra no es nada novedoso el recurso del homenaje en el director Neoyorkino en películas como La rosa purpura del Cairo, en la cual también un elemento fantástico actúa como puente para fusionar dos mundos antitéticos, por no citar claro está a su obra maestra Manhattan. Claro que Manhattan no es París en un doble sentido: como película y como espacio cinematográfico en sí mismo y además Woody Allen tampoco es el mismo de aquellos años dorados. Sin menospreciar este nuevo intento que es justo decir apuesta al romanticismo y a la nostalgia desde el minuto cero, despojado de toda la impronta nihilista y psicoanalítica del siempre presente universo Allen, Medianoche en París es un sentido y honesto folletín que realza las postales de la ciudad luz como sólo el director puede hacerlo, aunque el desfile de personajes reconocibles a la larga se vuelve caricaturesco y poco interesante teniendo en cuenta las personalidades y la época retratada, donde la reconstrucción de cada detalle merece toda nuestra atención. Por ese motivo y en sintonía con la experiencia del protagonista, quien escribe prefiere el pasado del director de Crímenes y pecados y no tanto su presente, aunque eso implique obstinarse en volverlo a soñar...
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Anexo de crítica: Como un chico con juguete nuevo, Bay juega a que hace cine y pone muñequitos caros en pantalla; los hace volar en pedazos con explosiones y metal retorcido que inunda el encuadre y eso es prácticamente todo lo que ocurre durante la trama insípida de esta mega Blockbuster ultra fantasía pro militarista y misógina. Salvo la escena esmerada de la primera secuencia en Chicago, lugar elegido para que robots malos y buenos se trencen en una lucha feroz destruyendo absolutamente todo, -incluso humanos que se interponen en el camino- la torpeza del director de La Roca se multiplica con el correr de los minutos al demostrar su incapacidad para narrar y su ego a prueba de balas para que su cámara de videoclip corone cada plano.
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  • No me quites a mi novio
    Anexo de crítica: Si de comedias románticas fallidas se trata, No me quites a mi novio es un elocuente botón de muestra de la torpeza a niveles insólitos que confunden histeria femenina con algo parecido al humor. Si sólo se tratase de la poca química de las dos parejas en cuestión con una Kate Hudson más ridícula que de costumbre no hubiese sido tanto el mal rato aunque la gracia y la comicidad nunca lleguen al convite. Nada funciona y eso en una película liviana es muy pesado para el espectador.
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  • El laberinto
    El laberinto
    CineFreaks
    Anexo de crítica: A pesar de las buenas actuaciones de Nicole Kidman y Aaron Eckhart, sumadas las del elenco en general, puede decirse que esta adaptación de la obra teatral queda a medio camino de convencer dada su liviandad y poca profundidad en el desarrollo del conflicto suscitado a partir del duelo por la pérdida de un hijo en un accidente. Es indudable su parecido por la temática con otra película estrenada meses atrás como Prueba de amor que también exploraba el proceso de pérdida en el seno de una familia desgarrada como en este caso. Sin embargo, más allá de la tibieza de tratamiento y el poco desarrollo dramático alcanza para tomar contacto con un drama que no recurre al golpe bajo pero que adolece de grandes emociones.
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  • 8 minutos antes de morir
    Morir mil veces

    La mezcla de patrioterismo, alusiones a ataques terroristas y una incipiente necesidad de encontrarle un sentido a la muerte de los soldados de Afganistán resulta inocua e inofensiva frente a esta entretenida e ingeniosa propuesta de ciencia ficción 8 minutos antes de morir.

    Pareciera que tras la exitosa serie Lost y en estos momentos desde la serie Fringe, tomar elementos prestados de la física cuántica es una buena excusa para argumentos que lavan -por decirlo de alguna manera- las concepciones filosóficas sobre la finitud y el destino a partir de la creencia –casi religiosa- de la existencia de realidades alternas y universos paralelos donde las coordenadas espacio-temporales no guardan una relación lineal ni cronológica, existiendo bucles o brechas donde confluyen pasado, presente y futuro.

    ¿Por qué pensar entonces que con la muerte acaba todo cuando cualquiera puede estar viviendo en otras realidades simultáneamente? Esa es la explicación superficial de una de las teorías de la física cuántica que forma parte de la trama del film, protagonizado por Jake Gyllenhaal, quien es sometido a un experimento por el cual gracias a su memoria, que puede registrar los últimos minutos de sus experiencias, revivirá una y otra vez una situación donde deberá en el lapso de ocho minutos -en los que muere y vuelve a vivir- resolver un enigma para salvar de futuros ataques terroristas en suelo americano a un montón de personas inocentes. No diremos más que eso para mantener el atractivo del relato que el director Duncan Jones (Moon -En la luna-) dirige con solvencia gracias al aporte de un buen elenco que cuenta con las participaciones de Michelle Monaghan y Vera Farmiga en los roles femeninos y Jeffrey Wright, entre otros.

    Tratándose de un film de ciencia ficción que introduce tanto elementos de la realidad, el melodrama y las chances de redención para dejar todo en orden antes de partir, la insistencia por parte de Duncan Jones y equipo por reforzar cualquier costado humano y emocional le quitan a la historia la frialdad y solemnidad que todo film ‘serio’ debería tener, de a cuerdo a los códigos hollywoodenses.
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  • Priest: El Vengador
    Anexo de crítica: A pesar de sus buenas intenciones, Los Agentes del Destino (The Adjustment Bureau, 2011) no funciona ni como drama romántico ni como thriller de ciencia ficción debido a la torpeza del director y guionista George Nolfi. Sin dudas lo mejor de la propuesta pasa por la participación del gran Terence Stamp y la química entre Matt Damon y Emily Blunt: la levedad general y la poca garra del relato no se condicen para nada con la obra de Philip K. Dick…
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  • La doble vida de Walter
    Anexo de crítica: Una vez más el marketing de la autoayuda encuentra su lugar de privilegio en el cine. En este caso la directora Jodie Foster vende castor por liebre en una película que se acerca mucho más al melodrama convencional de familia de clase media disfuncional que a la supuesta tragicomedia que pretende ser La doble vida de Walter. Mel Gibson con este rol intenta lavar culpas de sus atropellos públicos y lo consigue a medias atravesando el camino del ridículo hasta el de la complacencia por verlo sufrir. El resto es pura fórmula disfrazada de audacia.
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  • Una misión en la vida
    Una encrucijada moral

    Identidad; territorio; nación; país; lugar de pertenencia son conceptos abstractos que se pueden desintegrar con el correr del tiempo y que recién cobran sentido cuando el olvido amenaza arrasar con todo. Y cuando la muerte llega repentina y golpea las puertas de alguien completamente ajeno todas esas palabras vacías se llenan de historia y en un sentido aún más profundo de significado.

    Ese es el proceso que experimenta a partir de su viaje, suerte de odisea burocrática que parte de Jerusalén hasta un ignoto pueblo de Rumania, el protagonista de este nuevo opus del realizador Eran Riklis. Una misión en la vida (ese es el título local) es un drama con dosis de comedia mezclado en la estructura de una road movie que se centra en el periplo que debe realizar un gerente de recursos humanos de una panificadora de Jerusalén, la cual se ganó mala prensa al recibir acusaciones de negligencia tras la muerte de una de sus empleadas oriunda de Rumania en un atentado terrorista.

    A partir de la identificación del cadáver -que ningún familiar reclama en la morgue por razones obvias- se llega a la conclusión de que la víctima había sido despedida de su trabajo y gracias a un cheque que sobrevivió entre sus pertenencias se pudo averiguar su paradero. Sin embargo, para el gerente de recursos humanos no es más que un legajo y una carpeta que necesita acumular un papel más para cerrarse definitivamente, aunque para ello deba enterrar el cuerpo en su tierra natal de Rumania.

    Desde ese momento, el film transita por los caminos convencionales de toda burocracia donde entrarán en juego tanto los intereses de la empresa por lavar su imagen ante la opinión pública; las inquisidoras preguntas del periodista que puso el caso en primera plana y acompaña al gerente en sus viajes; las improvisaciones de la vice cónsul junto a su marido que intenta sacarse el ataúd de encima, entre otros personajes que se irán sumando al raid. Entre ellos, el principal afectado será el hijo adolescente de la víctima (Noah Silver), con quien el protagonista entabla una relación singular que modifica paulatinamente su conciencia y lo obliga a replantearse los errores de su vida y su misión en el mundo.

    El realizador de El árbol de lima no cae en verdades absolutas respecto a lo que se debe y no hacer ante situaciones como la planteada, simplemente construye, a partir del derrotero que atraviesa el protagonista, una encrucijada moral que intersubjetivamente reflexiona sobre el valor de la historia y la identidad. Al despojarse de un tono grave y adoptar un estilo desenvuelto el film gana atractivo gracias a la excelente entrega del elenco con un destacado trabajo de Marck Ivanir en el rol de este gerente diferente.
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  • Los agentes del destino
    Error de cálculo

    Algunos relatos del escritor Philip K. Dick han sido llevados a la pantalla grande con resultados adversos y muy dispares. Por caso, Blade Runner sea entre otros proyectos -como El vengador del futuro o Sentencia previa- la más completa y acertada traspolación del universo de este autor de ciencia ficción. Es por ello que Agentes del destino (pésima traducción local para The adjustement bureau) es más que una sencilla película que mezcla acción con historia de amor como anticipa el trailer de promoción, más allá de torcer el rumbo del relato hacia ese cómodo lugar explotando las figuras de Matt Damon y Emily Blunt que se la pasan corriendo por las calles de Nueva York.

    Fiel a los tópicos del escritor, el elemento fantástico dominante no es otro que el tiempo y su cara menos visible: las causalidades y las casualidades. De ahí la confrontación básica con la idea de lo predestinado como parte de un plan universal en constante tensión irresuelta con la libertad, el libre albedrío y la voluntad, expresada en lo que se hace y se deja de hacer por amor.

    Ese coctel de ideas bien trabajadas por el guión de George Nolfi, quien también debuta en la dirección, eclosiona en la apacible vida de David Norris (Matt Damon), un joven y pujante aspirante a senador de Nueva York que por un desliz de su vida personal pierde las elecciones y su carrera política se ve seriamente afectada (cualquier similitud con la vida política de un saxofonista que gustaba de becarias horripilantes es mera coincidencia). Sin embargo, en el mismo instante que ensaya su discurso admitiendo la derrota conoce a una sensual joven, Elise Sellas (Emily Blunt), aspirante a bailarina profesional, por quien siente una terrible atracción pero un hecho fortuito los obliga a separarse y pierde el rastro de ella.

    En paralelo, un grupo de hombres con sombrero (símil Hombres de negro) ultiman detalles para proseguir con un plan, cuyo encargado Harry tiene encomendada la tarea de provocarle a Norris un accidente doméstico en una hora y lugar exactos. Pero eso no pasa y entonces el protagonista vuelve a encontrarse con su musa Elise en un medio de transporte hasta que otra vez se separan al llegar a destino pero esta vez promete contactarse.

    Su decisión de volver a verla interfiere directamente con los planes de los hombres del sombrero que no tienen otro remedio que amenazarlo con un reseteo completo de su memoria si es que persiste en su búsqueda desoyendo que el destino no los quiere juntos.

    Sin anticipar más que esta introducción -por obvios motivos- puede decirse que la compleja trama incorpora a esta sencilla historia de amor imposible varias capas de subtramas que paulatinamente irán desnudando la idea del título original: existen unas personas encargadas de mantener las coordenadas espacio temporales para que las cosas se produzcan y los destinos de cada uno se cumplan a rajatabla. Sin embargo, paradójicamente no se puede controlar todo y a todos en cada segundo por lo que se debe ajustar el devenir y al mismo tiempo anticiparse a los cambios.

    En esa lucha contra el tiempo y la predestinación se involucra Norris y su persistencia de ir contra los mandatos que le ordenan detenerse en lo que podría simbolizar nada menos que la batalla existencial de un individuo contra todos aquellos preceptos que lo determinan como tal y coartan su margen de decisión cuando eleva la apuesta a la autodeterminación.

    Lo más interesante de la propuesta es el despojo de maniqueísmos en la construcción de los personajes dado que no hay villanos o buenos que libren una guerra sino dos modelos filosóficos en pugna pese a un simplismo referencial poco feliz con la concepción de un Dios que mueve sus piezas en un gran tablero.
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  • Carlos
    Carlos
    CineFreaks
    Una biopic explosiva

    Pese a que Carlos, nuevo opus del interesante Olivier Assayas, es una versión reducida de 165 minutos recortados a una miniserie que cuenta con casi seis horas de metraje, la esencia de esta fascinante biopic sobre uno de los terroristas más buscados durante la década de los 70 y 80 permanece intacta. No son pocas las virtudes de un film que de antemano se declara como ficción pero que reúne una batería de datos históricos reales, presentados con el mismo rigor empleado en una minuciosa descripción del contexto político comprendido entre la guerra fría y el nuevo escenario mundial a partir de la caída del muro de Berlín.

    Ese proceso de desintegración (ciertas voces proclamaban para entonces el fin de las ideologías) que concluye en los noventa con la unificación de las dos Alemanias es el marco ideal para mostrar las transformaciones del terrorismo como herramienta anti sistema que al tomar contacto con ideas fundamentalistas se fue transformando en otra cosa y aún hoy muta en diferentes direcciones, donde está claro el alejamiento de doctrinas en reemplazo de intereses financieros de numerosos grupos sin patria ni banderas.

    La polémica figura de este terrorista interpretado brillantemente por el venezolano Edgar Ramírez, más conocido internacionalmente como El Chacal (llevado al cine en más de una oportunidad), se va construyendo desde un guión meticuloso de Olivier Assayas y Dan Franck con el claro objetivo de explorar varias aristas del personaje: su pensamiento estratégico y no tanto político; su natural cualidad de líder; su temperamento y sangre fría para llevar hasta las últimas consecuencias operaciones de alto riesgo; su debilidad por las mujeres y sus contradicciones humanas, que muchas veces lo llevaron a tomar decisiones equivocadas.

    Estructurado en un orden cronológico ascendente, que comienza a principios de los setenta para terminar a mediados de los noventa, el relato incorpora una amplia galería de personajes que surgen relacionados directamente con la dinámica narrativa y que pueden dividirse de acuerdo a su nivel de jerarquía y peso dentro de una trama de la que derivan varias subtramas. Estas responden a reuniones, negociaciones y operaciones terroristas, donde el trasfondo político juega un rol primordial.

    En ese complejo entramado se juegan varias cartas: las diferencias ideológicas entre dogmatismos y pragmatismos; las disputas de poder dentro de las propias organizaciones terroristas y las estrechas conexiones entre el terrorismo y el estado como su activo financista. Sin embargo, el punto a resaltar de este atrapante thriller político es el contexto histórico en el que se desarrollan los acontecimientos que definen con exactitud el convulsionado orden mundial en una época donde el poder de los países árabes era mucho mayor al de ahora a pesar de que los conflictos en Medio Oriente continúen por la misma senda.

    En ese teatro de operaciones, Carlos se involucra activamente con la causa Palestina agrupándose en diferentes células terroristas que tienen como principal enemigo a los israelíes, al sionismo y a los países árabes aliados de Estados Unidos. Su intensa y comprometida lucha se extiende a lo largo del film por diversas geografías donde la amenaza de captura crece y los apoyos de diferentes grupos de poder comienzan a mermar.

    Bajo esta premisa que se despoja de toda mirada romántica o inquisidora sobre su personaje, el realizador francés maneja a la perfección el pulso narrativo aportando un dinamismo inusual a una película atractiva, que sortea con inteligencia las convenciones habituales de toda biopic y logra un estilo muy personal, tanto desde el punto de vista del relato ficcional como cinematográfico.
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  • El túnel de los huesos
    La promesa de los muertos

    Lamentablemente todavía se cuentan con los dedos de la mano películas de género en el actual panorama del cine argentino. Por eso si surgen propuestas ligadas directamente con un género específico -más allá de su suerte comercial- la mirada se pone más atenta a la hora del análisis pero no por ello menos rigurosa. Es por ese motivo que cuando se está en presencia de un film prolijo, bien narrado y sumamente atrapante -como esta ópera prima del realizador Nacho Garassino- es justo reflejarlo y celebrarlo sin exitismos de ninguna clase.

    El antecedente nacional de películas que giran en torno a fugas carcelarias se remonta al film de Eduardo Mignona La fuga (2001), protagonizado entre otros por Miguel Ángel Solá. Luego de ese interesante exponente del policial a secas no se registran otros proyectos hasta la llegada de El túnel de los huesos, inspirado en un hecho real que toma como base la investigación periodística del reconocido Ricardo Ragendorfer (que le valiera en 1993 el premio Príncipe de Asturias) por su trabajo donde relata la fuga de la cárcel de Villa Devoto en 1991 llevada a cabo por 7 presidiarios que escaparon en un túnel cavado desde el hospital carcelario.

    Más allá de lo espectacular de ese hecho policial que sorprendió a autoridades, funcionarios, periodistas especializados, la historia cobró otro significado a partir del testimonio de uno de los fugados que confió (fiel al cumplimiento de una promesa) en Ragendorfer y en su profesionalismo para contar una historia atravesada por leyendas y hallazgos escabrosos, los cuales casi desarticulan la fuga pero que sin dudas dejaron una huella en el inconsciente de los involucrados por reflotar viejos fantasmas de la historia más dura de la dictadura Argentina.

    Con una estructura narrativa sencilla que fragmenta el relato en un presente constituido por el testimonio de Vulcano (gran interpretación de Raúl Taibo) frente a su interlocutor Ricardo Ragendorfer (Jorge Sesán) y un pasado que reconstruye los pormenores del plan, el guión de Nacho Garassino y Daniel Martucci respeta los cánones de todo film carcelario pero se concentra en una rica construcción de personajes, todos con sus matices y contradicciones que van marcando el rumbo de la historia.

    Filmada en locaciones de la antigua cárcel de Caseros (el rodaje se extendió por cuatro semanas), espacio que hace mucho más atractiva la ficción, el director construye una trama sólida que avanza pausadamente sin dejar cabos sueltos teniendo en cuenta que al conocer el desenlace de antemano puede perderse interés por querer saber qué pasa. Ese no es el caso de El túnel de los huesos, debido al meticuloso derrotero por el que deberán transitar los siete personajes con las lealtades y traiciones a flor de piel y personalidades fuertes pero distintas unas de otras creándose un amplio espectro.

    El mérito en la dirección de Nacho Garassino cuenta por partida doble no sólo por su manejo del espacio cinematográfico en las instalaciones de Caseros sino por saber manejar un reparto tan ecléctico donde se destaca el protagónico de Raúl Taibo en lo que sin dudas es el papel más importante de su carrera cinematográfica. Sin embargo, la elección del buen actor Jorge Sesán en el rol de Ragendorfer –el verdadero aparece en un cameo- no es adecuada para un papel que requería un actor con mayor experiencia y con una personalidad mucho más áspera para hacerlo creíble y convincente.

    Uno de los pilares que apuntalan la trama es la idea de respetar los códigos para evitar traiciones entre los personajes y pareciera que ese postulado se trasladó al desarrollo de esta película porque su director -a consciencia- mantiene la verosimilitud de la historia de acuerdo a la mirada de Ricardo Ragendorfer y en todo momento renuncia a la tentación de imprimir mayor espectacularidad en la fuga propiamente dicha o en la resolución de situaciones cargadas de suspenso o tensión: algo que en este tipo de propuestas es muy difícil cumplir.
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  • Retornos
    Retornos
    CineFreaks
    Siempre se vuelve al primer amor

    Tres muertes son los conectores narrativos que definen el mini universo de Retornos, thriller español, coproducido por Patagonik y en otro tanto por Colombia y Portugal, dirigido por el debutante Luis Avilés Baquero.

    La primera muerte está relacionada con una frustrada fuga de amantes a causa de un fortuito accidente, donde el protagonista Álvaro sobrevive pero su pareja muere ahogada. Ese detonante marca entre Álvaro (Xavier Estévez) su familia y vecinos una separación que se prolonga en ausencia por diez años. El exilio culpógeno del protagonista lo lleva a intentar rehacer su vida a Ginebra, Suiza, abandonando a su hija Mara (Manuela Vellés) y su esposa, ahora nuevamente casada con Néstor, dueño del prostíbulo del pueblo.

    La segunda muerte se vincula con el padre de Álvaro y así marca el obligado regreso a la tierra natal y al pasado con un pedido póstumo: recomponer los lazos con su hija y con su hermano. Sin embargo, la apatía de todos no oculta el resentimiento, por eso la sensación de que nadie está contento con su retorno crece una vez que el hombre procura acercarse.

    Pero antes de partir, una tercera muerte misteriosa, cuya víctima es una prostituta amiga de su hija, involucra indirectamente a Álvaro y en el interín que espera una resolución sobre su participación en el caso comienza a investigar a la atropellada.

    El buen manejo del suspenso y la dosificación de información sin apresurar resoluciones abren un abanico de posibilidades a un relato meditado con una galería de personajes bien construidos y un ritmo lo suficientemente ágil para que fluya la investigación. Tanto Álvaro en su cruzada redentora como el espectador irán deshilvanando una compleja red de secretos y mentiras donde no todo es lo que parece.

    Algo del cine noir y otro tanto del estilo de Claude Chabrol se respira en esta ópera prima, que a veces peca de obviedad y otras resulta un tanto forzada para que todo encaje armónicamente. Pese a esos notorios defectos, el film convence y atrapa al público.
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  • Aguas turbulentas
    Ni olvido ni perdón

    Considerada como la tercera parte de una trilogía del realizador Erick Poppe que comenzara con Schpaaa (1998), luego con Hawaii, Oslo (2004), Aguas turbulentas es un film sobre la redención, tanto desde el punto de vista religioso como del pragmático. Esos dos enfoques además están representados por dos mujeres, Anna y Agnes, ambas madres de muy diferente conducta, cuyo nexo es el protagonista de la historia: un joven que tras una estadía de 8 años en prisión por considerarlo responsable de la muerte de un niño intenta reincorporarse a la comunidad como organista de una iglesia protestante en Oslo.

    En el lugar, se sabe muy poco sobre el pasado de Thomas (Pai Hagen Sverre), cuyo verdadero nombre es Jan -lo mantiene oculto- pero dadas sus condiciones con el instrumento y su llegada desde la cárcel es rápidamente aceptado. El perturbado Thomas encuentra en la música la fuga ideal para huir de los fantasmas del pasado pero la presencia del hijo de la pastora Anna con características similares a la víctima (edad, contextura física, etc.) reaviva la pesadilla.

    Sin embargo, el acercamiento de Anna pemite que Thomas pueda conectarse con su entorno de otra manera y entablar con el pequeño una relación amistosa como parte de su proceso de redención personal. Ella no sabe nada de la historia del organista pero considera que no se debe juzgar a nadie sin darle una segunda oportunidad, fiel a los preceptos religiosos de poner la otra mejilla.

    Ahora bien, cuando todo parece indicar que Thomas está reparando las heridas y descubriendo lazos afectivos la azarosa llegada de Agnes (Trine Dyrholm), una maestra que además es la madre del niño que el protagonista mató, precipita las cosas cuando lo descubre revela su verdadera identidad. Así, reabre las cicatrices de una historia que aún no tiene un final porque ella necesita saber la verdad sobre aquel día en que Thomas secuestró por diversión a su hijo Isak, a quien desde ese momento nunca más pudo volver a ver.

    Estructurado de forma fragmentaria (pasado y presente se fusionan) en perfecta sintonía con lo que podría ser la psiquis del protagonista en tanto recuerdos, miedos, secretos y angustias, el relato adopta dos puntos de vista completamente contrastantes: el de Thomas y el de Agnes como si no existiera una única verdad y todo dependiera de la mirada sobre los hechos.

    Pero esa mirada múltiple también es la que termina por definir a los personajes en su soledad y en su búsqueda personal de la redención. Para Thomas no hay perdón posible sin revelar la verdad y para Agnes la única manera de seguir adelante es conocer lo que realmente motiva a que una persona haga actos de maldad sin poder explicarlo.

    Erick Poppe no apela a la fábula moral pero eso no significa que los planteos éticos sobre los personajes queden desechados. Logra a fuerza de austeridad y un ritmo sostenido el desarrollo interno de sus personajes, construidos con rigor y complejidad.

    A esas virtudes deben sumárseles un elenco impecable con la brillante interpretación de Pai Hagen Sverre, cuya sutileza para crear el mundo interior de Thomas hablan de un trabajo soberbio.

    Resulta imposible no pensar por un segundo en otro film sobre la redención como El hijo de los hermanos Dardenne, que si bien descartan la fábula moral igual que Erick Poppe intentan diseccionar las capilaridades de la conducta humana.
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  • Hanna
    Hanna
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Este cuento de hadas postmoderno y pop que mezcla por un lado el mito del buen salvaje con la serie televisiva Nikita es una muestra de que cuando detrás de un proyecto pasatista se vuelca experiencia, creatividad y osadía, las cosas salen relativamente bien. El británico Joe Wright confirma que puede despojarse de cualquier género con un estilo propio, rebosante de virtuosismo pero sin resultar manierista. Su despliegue en las escenas de acción, que tienen todo lo que debe tener, así lo demuestra. También su buen ojo para elegir actores, como Eric Bana, Cate Blanchett como bruja moderna y la increíble Saoirse Ronan, una actriz en ascenso meteórico...
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  • Kung Fu Panda 2
    Kung Fu Panda 2
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Al incorporar el pasado como imagen traumática -que una buena animación tradicional plasma en pantalla lejos de la parafernalia de la tecnología 3D- se puede decir que elementos del drama juegan un rol principal en esta secuela. El humor mezclado con las destrezas marciales se mantiene en buenas dosis pero quien se lleva los laureles no es Po sino su antagonista Pavo Real, un verdadero despliegue visual y de movimiento que la debutante directora Jennifer Yuh sabe aprovechar, así como se luce en todas aquellas secuencias que implican persecuciones y movimiento...
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  • X-men: Primera Generación
    Anexo de crítica: Nazis, mutación genética, superpoderes y guerra fría son los ingredientes de este coctel explosivo que detona a medias en esta cuarta X Men dirigida por el británico Matthew Vaughn, quien además contó entre sus guionistas con los mismos que elaboraron Kick Ass, otro film que hace culto a la estética del comic como en este caso. A pesar de la interesante trama que procura acercarse a los orígenes de los personajes principales, el relato a veces se vuelve anecdótico y digresivo al punto de hacerse más largo de lo debido. Lo mejor del film sin duda es Kevin Bacon y su creación de Magneto.
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  • Rompecorazones
    Rompecorazones
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Es imposible no recordar al ver Rompecorazones, debut cinematográfico del asistente de Luc Besson Pascal Chaumeil, la exitosa serie argentina Los simuladores porque básicamente esta comedia romántica francesa se apoya en la idea de farsas con el objetivo de destruir parejas. Sin esquivar lugares comunes y estereotipos, Rompecorazones se vuelve atractiva por el intenso ritmo cargado de gags y buenas actuaciones, manteniendo un nivel considerable con un escalón por encima de las habituales comedias norteamericanas de este tipo. Vanessa Paradis se complementa eficazmente con la ductilidad de Romain Duris, quien ya había demostrado algunos pasos de comedia en Piso compartido y ese plus en la química de la pareja lleva a este entretenido film a buen puerto...
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    CineFreaks
    Anexo de crítica: El debut del cineasta Derek Cianfrance con este drama intimista que se planta en el umbral de la ruptura de un matrimonio joven, interpretado salvajemente por Michelle Williams y Ryan Gosling, tiene entre sus puntos a destacar un buen guión que hace de la fragmentación del relato el espacio propicio para desarrollar el proceso de una crisis conyugal atravesada por el desencanto, las relaciones tóxicas y el desgaste de una pareja que no logra recomponer lazos afectivos ni tampoco se contenta con las convenciones del entorno y las culturales que tienden a unir a las personas en vez de separarlas.
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  • Alfredo Li Gotti. Una pasión cinéfila
    De esencia cinéfila

    Alfredo Li Gotti aún conserva la mirada deslumbrada como si se tratara de un chico que descubre por primera vez un mundo distinto. Cuando defiende sus argumentos -frente a cámara- lo hace con la misma pasión que tiene por el cine desde sus tempranos 11 años. En ese momento tuvo en sus manos su primer proyector y hoy ya cuenta con 30 proyectores de diferente tamaño y con un caudal inmenso de películas que fue adquiriendo con mucho sacrificio durante toda su vida.

    Con cierta picardía y un dejo de saludable vanidad intenta convencer a cualquiera que sus copias son las mejores del mundo, encontrando siempre algún defecto en lo ajeno aunque sin mala intención. El dvd se ve chato y no tiene la misma profundidad de campo, sentencia en un cachetazo al progreso y a la inevitable marca del tiempo. Pero lo hace con la misma vehemencia que separa a aquellos que juntan películas y los que las coleccionan dejando en claro que estos últimos conocen la historia del cine.

    Mucho de esa historia se aprende no de los libros sino mirando y ese es el legado que le quedará a su nieto cuando su abuelo apague el último proyector posiblemente. Es que su generosidad es directamente proporcional al amor por las películas y se traduce tanto en su carácter de acopiador de rollos -mayoritariamente de cine europeo- que atesora celosamente en estantes y anaqueles de una casa que ya le queda chica pero donde hace varios años comparte junto a su esposa la experiencia de ver cine con sus copias originales para todo aquel que toque el timbre en su casa y quiera gozar de una función gratuita y muy especial en su microcine, cuya sala lleva el nombre de su mejor amigo Félix Giuliodori y que funciona hace más de 20 años.

    Seguramente así de especial se habrá sentido el director Roberto Ángel Gómez al llegar al lugar y tomar contacto con Alfredo y su mundo. Habrá sido tan impactante vivir la función que no pudo dejar de pensar que el hombre merecía por derecho propio y por su invalorable esfuerzo y dedicación un documental para conocer a un cinéfilo singular, quien confiesa con cierta vergüenza que con sus 85 años ya está cansado de manipular latas, arreglar fotogramas y preparar proyectores. Pero también aclara que gracias al cine su vida como trabajador por más de 40 años en Segba cobró otro sentido y fue menos chata.

    Centrado en la figura de este coleccionista argentino, el documental Alfredo Li Gotti Una pasión cinéfila se sumerge en el mundo del coleccionismo cinematográfico y de la cinefilia a partir de una serie de preguntas e inquietudes que con el correr del metraje y de los testimonios de diferentes voces relacionadas con el cine encontrarán varias respuestas.

    Por un lado, el testimonio viviente del protagonista y en complemento entrevistas a críticos de cine como Luciano Monteagudo y Fernando Martín Peña (también coleccionista y divulgador), cineclubistas, amigos y familiares para delinear un retrato con varias aristas y matices donde prevalece antes que el protagonismo de la cámara la voz y la figura de Alfredo, predispuesto a contar su rica historia de vida -no sólo vinculada con el séptimo arte- y su vital relación con el cine, incluso con los olores que emanan de los miles de celuloides que guarda desde hace tantos años.

    Sin embargo, la gran diferencia con otros coleccionistas que no aceptan compartir su material lo hace un personaje muy atractivo y genuino que renuncia al individualismo para divulgar las obras antiguas (no viejas, como lo sostiene a lo largo del film) con el público.

    Tal como queda reflejado en el documental, su primer espectador fue la familia, a quien logró contagiar esa experiencia de ver cine y sonorizar películas mudas como si se tratara de un juego. Después vinieron las invitaciones a festivales como el de Toronto, en el que pudo proyectar cortos inéditos y sonoros con la voz de Carlos Gardel para continuar años más adelante prestando sus películas al cineclub Núcleo.

    El mérito del realizador es haber sabido sintetizar una historia de vida tan vasta y edificante en apenas 77 minutos donde no sobra ninguna anécdota ni falta información para construir desde el respeto y la admiración un retrato cabal de su personaje, quien lamenta profundamente cuando una copia se degrada por el paso del tiempo y expele ese aroma avinagrado insoportable.

    Más allá de ese rancio futuro para ciertas películas, lo que queda claro luego de disfrutar de este film es que hay algo que jamás se va a degradar en Alfredo Li Gotti: su esencia cinéfila.
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  • La noche del Demonio
    Anexo de crítica: A pesar de una excelente primera mitad donde el estilo minimalista de James Wan se destaca en cada escena con una puesta al servicio de la tensión en un in crescendo en sintonía con la desesperación de estos padres sorprendidos por el profundo coma de su hijo, resulta innegable que la trama deriva hacia un terreno ya visitado y obvio al punto de desmoronarse promediando el final. No obstante, los guiños cinéfilos y ciertos apuntes de auto parodia levantan un poco la puntería...
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  • Incendies
    Incendies
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Este film del canadiense Denis Villeneuve, nominado al Oscar como mejor película extranjera, es un contundente retrato de las consecuencias atroces de las ideas fundamentalistas al mismo tiempo que una denuncia sobre las terribles cicatrices que dejó una guerra como la del Líbano en el seno de una familia fragmentada y separada por el odio, ese hilo invisible que solamente puede destruirse conociendo la verdad. Esa minuciosa reconstrucción de la verdad y la identidad es la plataforma narrativa en la que Villeneuve demuestra una vez más su enorme capacidad para contar historias crudas y sin concesiones, valiéndose de la gran actuación de Lubna Azabal y de un elenco sólido...
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  • Le quattro volte
    Todo se transforma

    Del carbón venimos y hacia el carbón vamos, la frase parecería sintetizar el ciclo de la vida del hombre y se arraiga intertextualmente con la idea de esta inusual propuesta Le quattro volte, de Michelangelo Frammartino, en la que se marcan los ciclos tanto de la vida como de las estaciones del tiempo a partir de una conjunción de elementos donde el hombre parecería estar de más ante la naturaleza.

    La cámara de Frammartino se instala en un pueblito de Calabria, cuya comunidad rural se autoabastece de la naturaleza, del criado de cabras y que vive prácticamente en un estado semimedieval. Los rituales, las actividades y quehaceres domésticos son sencillamente registrados sin subrayados innecesarios. De esas escenas surge una verdad incontrastable y hasta aparece un espacio para el humor sabiamente dosificado por el director.

    Pero más allá de la anécdota, lo que realmente conmueve de esta obra maestra es la sensibilidad para extraer de la cotidianidad algo extraordinario, que visto de forma poética -desde lo conceptual y lo visual- define un lenguaje cinematográfico propio, cargado de alegorías, para dar cuenta de la existencia en su mayor expresión.

    A partir de la idea de simultaneidad y con una mirada circular sobre el tiempo -marcado por la muerte de un hombre y el nacimiento de una cabra- la coexistencia de las historias, léase la de un pastor anciano que muere una mañana; la de un pino que tras ser talado se vuelve madera y deviene carbón, deja en evidencia la intención del director que no necesita ni una sola palabra para transmitir poesía y belleza sin artificios.
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Nacido para surcar los mares

    Nunca estuvo en duda que la franquicia de Piratas del Caribe, gran apuesta de Jerry Bruckheimer a un género del Hollywood dorado que parecía extinto, léase las películas de piratas, corriera peligro de hundirse tras el cierre de una trilogía que comenzara con La maldición del Perla Negra en el 2003, seguida por El cofre de la muerte en 2006 y finalmente En el fin del mundo en 2007.

    Los desgastes habituales luego de tres aventuras se hicieron evidentes en la última, quizás la más ambiciosa en cuanto a guión y trama pero con escasas escenas memorables es cierto. Eso resulta inevitable para cualquier saga donde una vez instalados los personajes y un particular estilo parece difícil mantener un nivel superlativo para cada capítulo.

    Tal vez con esas pequeñas señales de debilidad es que se pensó por parte de los productores renovar la franquicia con una serie de cambios que recién a futuro podrán evaluarse como positivos o negativos. En primer lugar, la incorporación del director Rob Marshall (Nine) que si bien no se luce con un estilo propio logró adaptarse en piloto automático a las exigencias de un relato de mucha acción, despliegue visual y vértigo como el que propone Piratas del Caribe: navegando en aguas misteriosas, cuarta entrega que esta vez no se conecta argumentalmente con las anteriores, salvo por la alusión a la fuente de la juventud (¿recuerdan a Indiana Jones y el santo grial?), nuevo tesoro que despertará la ambición del protagonista Jack Sparrow (Johnny Depp) y de otros interesados con los que entablará alianzas y traiciones como siempre.

    Entre ellos, el villano de turno Barbanegra (Ian McShane) que capitanea un barco tripulado por zombies junto a su hija Angélica (Penélope Cruz), antigua amante de Jack y de intenciones ambiguas que lo harán sospechar hasta el último minuto. Sin embargo, otro personaje que también entrará en el ruedo es el legendario Héctor Barbosa (Geoffrey Rush), quien esta vez obedece al rey de Inglaterra con la misión de hallar la fuente antes que la flota española, aunque en realidad pretende vengarse de Barbanegra, responsable del robo del Perla Negra.

    El cambio de rumbo de la saga es notorio al haber privilegiado más acción por encima de una historia que no guarda la complejidad de las anteriores ni se enreda con vueltas de tuerca como sucedía con la tercera parte. Esa decisión, no obstante, parece desaprovechada debido a la poca espectacularidad de los combates tanto a bordo como fuera de los barcos que no supera las expectativas que podría haberle otorgado el 3D y deja un sinsabor tratándose de Marshall, quien cuenta con algo de experiencia en coreografías de musicales.

    Sin dudas, la mejor escena es aquella que involucra a un conjunto de sirenas, elemento mitológico que se introduce en la historia, sumadas las incontables ocurrencias del pícaro Jack siempre un paso delante de sus adversarios. Por otro lado, una breve pero bienvenida aparición de Keith Richards -entre otros detalles que conviene ir descubriendo- aportan un atractivo extra que seguramente será saludado con júbilo por fans.

    La química entre Johnny Depp y la española Penélope Cruz funciona mucho mejor que cuando estaba Keira Knightley, en referencia al alivio amoroso no al personaje que es completamente diferente. Sin embargo, Barbanegra no resulta demasiado convincente de acuerdo a la leyenda corsaria, pese a los esfuerzos del talentoso Ian McShane.

    Por otra parte, haber reducido la extensión del largometraje en comparación con las anteriores películas en este caso parece acertado ya que el film fluye en las dos horas y cuarto en que transcurre esta nueva aventura de Jack Sparrow: un pirata nacido para surcar los mares.
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  • Que 'la cosa' funcione
    Anexo de crítica: Woody Allen regresa a Nueva York con este film que a pesar de su anacronismo funciona sin aportar ninguna novedad a aquellos espectadores que vienen siguiendo sus obsesiones desde los primeros trabajos. Sin embargo, en este caso Larry David fagocita al director neoyorkino con todos sus tics y estilo que para el público familiarizado con la serie Seinfeld o con su propia serie Curb Your Entusiasm no resulta para nada extraño, aunque con un guión de Woody Allen dotado de inteligencia y reflexiones existenciales, con una fuerte carga de nihilismo y sarcasmo, cualquier comedia por más convencional que resulte se enriquece.
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  • Mujeres al Poder
    Mujer objeto, mujer liberal

    Si hay algo que puede definir este nuevo opus del polémico realizador francés Francois Ozon que la traducción local perjudicó bajo el titulo Mujeres al poder del original Potiche es la oda al exceso.

    Exceso de feminismo; de clichés y estereotipos; de ludismo y solapado sarcasmo contra la burguesía y los ideales políticos de los 70 bajo el pretexto de una comedia liviana y de situaciones con una fuerte impronta teatral (ya nos tiene acostumbrados a este registro desde 8 mujeres) pero que no pasa de ser un film correcto y entretenido, muy por debajo de las propuestas de este director.

    La mayor virtud consiste en haber captado tanto desde lo visual como del guión un halo de film setentista que pone en el centro del tapete el patético rol de una ama de casa Suzanne (Catherine Deneuve), mantenida y objeto de decoración de su familia –de ahí el título original que sería Florero-, a quien el fortuito accidente que sufre su despótico esposo Robert (Frabrice Luchini), dueño de una fábrica de paraguas, la posiciona en un lugar de mando importante dentro de la empresa que le devuelve la confianza en sí misma.

    Así las cosas, con algún que otro apunte humorístico y la explotación del mal entendido para armar situaciones hilarantes, François Ozon se vale de la excelente predisposición de Catherine Deneuve que prácticamente carga con la mayor parte del film sin soslayar la presencia de un Gerard Depardieu -con quien se complementa perfectamente- en el rol de un diputado comunista que competirá contra ella en las elecciones comunales y que fuera en el pasado su amante.

    Como film irónico sobre la burguesía y sus conflictos de alcoba esta vez el director de Ricky se queda a medio camino, dejando en claro que cuando se aparta de sus dramas perturbadores y psicológicos como El refugio le brotan sus arrebatos almodovarianos, pero sin la gracia del director manchego.
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  • Poder que mata
    Poder que mata
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Cuando se dieron a conocer las implicancias del escándalo Wilson durante la administración de George W. Bush -en el último periodo post 11 de septiembre- y tras la publicación de los libros "The politics of truth" y "Fair game", escritos por la ex agente de la CIA Valerie Plame Wilson y su esposo el diplomático Joseph Wilson, los rumores de una versión cinematográfica no tardaron en aparecer. Finalmente el encargado de llevar a cabo el proyecto fue el realizador Doug Liman (responsable de Identidad desconocida, el primer eslabón de la saga de Jason Bourne), quien en esta película de espionaje, mezclado con thriller político, se las ingenia para no traicionar la historia ni a los espectadores encontrando el equilibrio narrativo en un guión que maneja una complejidad poco frecuente para un producto hollywoodense de estas características. Naomi Watts y Sean Penn están bien en sus papeles y resultan convincentes en sus respectivas luchas, tanto desde lo ideológico como en el plano humano. Tal vez el problema del film reside en su falta de sorpresa o novedad al tratarse de un caso ya perteneciente al pasado, que pese a su audacia expositiva no aporta originalidad ni verdad a la historia...
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  • Rápidos y furiosos 5
    Anexo de crítica: La acertada decisión de privilegiar una historia más o menos verosímil –dentro de los cánones del género, se sobreentiende- y hacer de ésta el pretexto para rellenar huecos con grandes segmentos de acción y despliegue visual aportan a una saga que parecía desmoronarse una cuota importante de novedad que la apuntalan como la mejor de la saga hasta el momento. Y eso se debe entre otras cosas al haber intentado recuperar las raíces convocando a parte de los personajes anteriores e incorporando una figura como Dwayne The Rock Johnson en el rol de antagonista que medirá fuerzas con Dominic e intentará por todos los medios apresarlo en una lucha de gato y ratón por la vistosa ciudad de Rio de Janeiro. Sin dudas, el escenario compuesto de favelas, ideales para tiroteos y persecuciones terrestres, permite que el realizador y su equipo exploten al máximo las posibilidades para la vibrante acción que no decae ni un segundo.
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  • Agua para elefantes
    Anexo de crítica: Los tiempos crudos de la crisis del 30 en el marco de la supervivencia de un circo ambulante crean el contexto adecuado para que este triángulo amoroso prospere aunque con muy poca química entre la pareja protagónica Robert Pattinson y Reese Witherspoon. Sin embargo, la cuidada producción y la buena dirección de Francis Lawrence -que esta vez se atreve a incursionar en el más puro melodrama- alcanza para entregar una historia de amor que por algunos instantes logra emoción a partir de la tensión que genera la presencia de Christoph Waltz -sin lucirse pero sin desentonar- con una excelente fotografía de Rodrigo Prieto.
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  • Cocina del alma
    Cocina del alma
    CineFreaks
    Comedia pasada de cocción

    El director turco-alemán Fatih Akin incursiona en el terreno de la comedia liviana quizá con el doble objetivo de alejarse por un tiempo de los pesados dramas que acostumbra desarrollar y por otro para reencontrarse con su Hamburgo natal y con el arte culinario, tradición familiar.

    Cocina del alma funciona a medias como comedia coral y muy poco como película que pretende esquivar ciertos tópicos para introducir otros porque en definitiva recae en los lugares comunes más habituales y por decirlo de alguna manera es una comedia pasada de cocción. Su galería de personajes variopintos apenas aportan algo de sal y pimienta a un plato rancio y mal aderezado por utilizar otra metáfora culinaria que se ajuste al film.

    Dentro del derrotero de perdedores consuetudinarios, el protagonista de la trama es un griego llamado Zinos (Adam Bousdoukos), dueño de un restaurante a quien la crisis económica amenaza con dejarlo de patitas en la calle además de ser un acérrimo defensor de la buena comida que en tiempos de fast food le alejan clientela. La contratación de un chef gitano para elevar el nivel abre cierta esperanza, así como la llegada inesperada de un hermano Illias (Moritz Bleibtreu), medio rebelde que rápidamente transformará el lugar pero traerá aparejada una serie de contratiempos para la tranquila vida de Zinos, quien acaba de perder a su novia Nadine (Pheline Roggan) e intentará hacer lo posible para reconquistarla, pese a que su nuevo amor, una enfermera que trata su dolencia en el cuello, se interpone en el camino.

    Sin dudas, se trata del film menos personal del realizador de Contra la pared, con un exagerado reconocimiento en el festival de Venecia 2009 y que por esas incomprensibles decisiones de las distribuidoras locales se estrena comercialmente cuando su destino más adecuado hubiese sido el formato DVD.

    Esperamos –o por lo menos quien escribe espera- que este episodio de frivolidad del director de Al otro lado haya sido pasajero y que no se vuelva una costumbre para ganar mercado internacional.
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  • Gnomeo y Julieta
    Anexo de crítica: Si bien no se aparta de una estructura esquemática y no deja lugar común sin pisar, esta relectura animada de la tragedia de William Shakespeare destinada a un público menudo resulta atractiva por su dinámica y su estética visual. Un puñado de chistes y guiños autorreferenciales buscan exaltar todo aquello que se relaciona con Inglaterra empezando por la emblemática banda sonora con clásicos de Elton John, productor ejecutivo del proyecto. Sin embargo, es justo decir que con un grupo de 7 guionistas podría haberse hecho algo mejor.
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  • Culpable o inocente
    Pacto de confidencialidad

    Nunca pasarán de moda las series y películas centradas en el mundillo de los abogados con resultados dispares y un sinfín de títulos que caminan por los andariveles del entramado de la lucha en el estrado. Tampoco es novedad el retrato de abogados ambiciosos e inescrupulosos que defienden personajes de dudosa reputación social, léase asesinos, violadores, narcos, políticos corruptos y la lista puede seguir porque la maldad humana no tiene límites.

    Esos tipos de clientes son la especialidad de Mick Haller (Matthew McConaughey), quien solamente toma casos que lo reditúen económicamente porque maneja los resortes de las trampas legales al dedillo. Es por eso que cuando lo tientan con un caso fácil, en donde tendrá que demostrar la inocencia de un joven millonario de Beverly Hills (Ryan Phillippe) acusado por una prostituta de haberla golpeado salvajemente, no titubea un segundo tratándose de un victimario que se ajusta al perfil de su clientela.

    Sin embargo, el axioma reza que todo lo que parece sencillo en realidad es lo más difícil. Así, a medida que Mick investiga -gracias al aporte de su amigo detective Frank (William H. Macy)- descubre una serie de aristas oscuras que lo pondrán a prueba. Sin adelantar mucha más información, sólo resta decir que como thriller judicial Culpable o Inocente, segundo largometraje de Brad Furman, funciona con una trama sólida que va ganando complejidad a medida que avanza el relato.

    Sin un exceso de vueltas de tuerca innecesarias –como suele ocurrir en muchos productos de estas características- sumada la buena elección de casting empezando por el protagonista y su antagonista Ryan Phillippe, las labores actorales de Marisa Tomei en el rol de ex esposa y de William H. Macy -anteriormente citado- completan un buen cuadro de secundarios.

    Por otra parte, el caso es lo suficientemente atractivo para mantener entretenido al espectador que quiere saber lo que va a pasar y eso simplemente se consigue a partir de un buen guión, que siembra inteligentemente la información y no traiciona la adaptación de la novela de Michael Connolly (ya escribió cuatro protagonizadas por este personaje) sin desmerecer claro está la correcta dirección de Brad Furman y la convincente interpretación de Matthew McConaughey.
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  • Los labios
    Los labios
    CineFreaks
    Historias de la Argentina postergada

    La dicotomía entre estado ausente y estado presente se rompe al entrar en el territorio de Los labios, multipremiada ficción que coquetea permanentemente con el registro documental, para hacer hincapié básicamente en el concepto de la salud pública.

    Iván Fund, quien volvió a sorprender este año en el Bafici con su opus en solitario Hoy no tuve miedo y que ya se había destacado hace unos años con su ficción La risa, se une al experimentado director argentino Santiago Loza (Extraño, Rosa patria) para adentrarse en el Santa Fe profundo siguiendo el trabajo e investigación de tres médicas (Eva Bianco, Victoria Raposo y Adela Sánchez) que llegan para relevar las problemáticas sanitarias de los lugareños marginados y en condiciones de absoluta desidia y pobreza.

    Así, acompañadas por la aguda pero no asfixiante cámara tomarán contacto con las diferencias culturales y sobre todas las cosas con un puñado de historias que enfrentan la adversidad y transmiten esa pureza de las pequeñas cosas.

    Sin caer en un miserabilismo morboso ni golpes de efecto que fuercen situaciones para el llanto fácil, los realizadores consiguen hacerse tanto partícipes como volverse invisibles gracias a un rodaje que encuadra sin artilugios ni artificios una realidad que muy pocos conocen y muchos pretenden desconocer. Sin embargo, el mayor mérito recae sencillamente en que nunca se abandona el terreno de la ficción, como así tampoco la temática que se pretende reflejar.

    Lejos de buscar una plataforma cinematográfica con una posición política, Iván Fund y Santiago Loza consiguen hablar de la política a través de sus imágenes de una elocuencia pasmosa que refleja cada una de las historias de la argentina postergada.
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  • Amateur
    Amateur
    CineFreaks
    Un hombre de otro tiempo

    La conquista de un territorio desconocido y la lucha entre lo nuevo y lo viejo siempre fueron tópicos empleados en los westerns. También la presentación de un personaje que no encaja con su tiempo ha sido una temática explorada. Por eso pueden encontrarse en Amateur, nuevo documental del realizador Néstor Frenkel, ciertas vinculaciones -aunque más no sea periféricamente- entre la historia de Jorge Mario y su contexto en la ciudad de Concordia, Entre Ríos.

    Multifacético e infatigable, de profesión odontólogo y aficionado al cine desde muy pequeño, Jorge Mario es el ejemplo viviente de aquellas personas que aman lo que hacen. En este caso su pasión declarada por el séptimo arte lo ubica primero como un artesano del súper 8, quien descubrió ese territorio desconocido en su temprana juventud y experimentó -como miles- el arte de hacer películas hogareñas y poner en práctica la creatividad al servicio de la experimentación.

    El resultado de ese juego donde se mezclan la imaginación, la audacia, y la inventiva terminó formando parte de un pequeño archivo con rollos de celuloide (que Mario pasó a formato vhs también) que recorren la filmografía casera del protagonista, incluidos sus dos westerns con un personaje llamado Winchester Martín: un cowboy renegado que busca vengar la muerte de su esposa a manos de una pandilla de forajidos, a quienes aniquilará con un certero disparo tal como lo describe su autor.

    La proyección de este insólito western tuvo lugar en un encuentro de superochistas en el Centro Cultural Rojas, donde Mario se llevó la mayor cantidad de miradas incluida la del realizador Néstor Frenkel, quien registró el acontecimiento que forma parte entre otras cosas del material de archivo de este nuevo opus que rescata la figura y el testimonio de Mario desde múltiples zonas tanto en su cotidiana vida hogareña junto a su esposa Olga como en sus diversas actividades.

    Por las características del personaje, por su extrovertida forma podría mal interpretarse la intención de burla por parte del equipo de rodaje dado el enfoque elegido por el director de Construcción de una ciudad. Sin embargo, al igual que en aquel documental Frenkel opta por dejar que el propio protagonista fluya con espontaneidad frente a la cámara (incluso deja que dirija la puesta en escena con sugerencias de planos y cortes afines) sin forzar situaciones para mostrarlo tal cual es. Así, veremos a un Jorge Mario coordinador de un grupo de niños boyscouts; a un Jorge Mario que junta firmas en la plaza para conservar un viejo Ombú utilizado en la película El camino del gaucho filmada por el director Jacques Tourneur y por último a un Jorge Mario cinéfilo que conduce un programa de radio dedicado al cine y poseedor de un archivo personal que registra cada una de las más de 13 mil películas que vio.

    Pero antes se decía que se trataba de un hombre que no encajaba con su época porque el instinto de preservación es vital en el protagonista de Amateur, quien ingenua o empecinadamente conserva los videos vhs cuando el dvd los sentenció a muerte; reaviva la memoria del patrimonio histórico para que un Ombú no pase a integrar el arcón del olvido y por último resiste con su obra artesanal al paso del tiempo con el mismo espíritu y energía que la primera vez que se animó a mirar la vida detrás de una lente.

    Amateur es un film sobre la pasión cinéfila y un retrato tierno y sensible de una persona que se vuelve personaje por su incansable constancia, coherencia, honestidad y creatividad, que gracias a la lúcida mirada de Néstor Frenkel ya forma parte del rincón de los recuerdos de cualquier amante del cine.
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  • Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo
    El poder de los mediocres

    No hay aspecto más nefasto para la humanidad que un hombre mediocre con poder y lejos de tratarse de una fábula con moraleja simplista esa parece ser la sombría historia que envuelve el universo de este nuevo film de Mariano Cohn y Gastón Duprat: una suerte de relectura particular sobre el mito de Fausto pero a la Argentina, con referencias históricas contemporáneas y una mirada ascética -aunque crítica- sobre la idiosincrasia vernácula y en un segundo plano sobre la condición humana en su conjunto.

    Basada en un cuento inédito del escritor Alberto Laiseca, coguionista junto a los realizadores y aquí también narrador omnisciente del relato protagonizado tanto por Emilio Disi y Darío Lopilato (interpreta al personaje de Disi en sus etapas de juventud), la historia cruza en el camino a dos hombres mediocres, un español y un argentino, que por caprichos del azar se vuelven poderosos frente al resto de los mortales sin saber demasiado bien qué hacer con ese don.

    Ese es el caso del personaje encarnado por el español Eusebio Poncela, quien gracias a un rayo recibido en Marruecos se vuelve inmortal y a partir de ese momento se transforma en un demiurgo errante que viaja desde hace siglos en busca de víctimas proponiéndoles un pacto perverso simplemente por el hecho de divertirse un rato con sus miserias. Así las cosas, la Argentina actual es el lugar ideal para reconocer en cada esquina un candidato y a quien le toca formar parte del juego es nada menos que a Ernesto (Emilio Disi), un gris vendedor inmobiliario, casado infelizmente con una peluquera patética y cuya vida es un excelente pretexto para querer suicidarse en cualquier momento.

    Anclado en la ciudad de Olavarría, Ernesto no tiene el coraje de dejar todo y barajar de nuevo porque el tiempo le ganó la partida hace rato. Por eso acepta la propuesta del desconocido gallego sin pensarlo dos veces: deberá elegir una década de su vida pasada y volverla a vivir minuto a minuto con el agregado de la experiencia adquirida durante los años, sin envejecer, pero tampoco sin estar sujeto a las paradojas temporales que cambiarían el decurso de la historia. Transcurridos esos 10 años -que en el tiempo real son 5 minutos (ese es el lapso que dura el trayecto de ir a comprar cigarrillos y volver)- Ernesto recibirá un millón de dólares y seguirá viviendo el presente hasta el día de su muerte.

    Oferta salvadora para la fuga del aquí y ahora de Ernesto que se convierte inmediatamente en condena apenas comienza la aventura. Primero buscará reparar errores del pasado pero fracasará estrepitosamente concluyendo que es hora de convertirse en alguien famoso teniendo la ventaja de contar con el poder de la información sobre lo que va a ocurrir como por ejemplo inventar el reality show "Gran hermano" pero en un canal de Olavarría antes del furor de los reality show. Algo así como un Sísifo con su piedra a cuestas escalando la montaña pero sabiendo de antemano que no hay cima ni chance de retroceder.

    Bajo esa premisa que roza ideas metafísicas como la irreversibilidad del tiempo, el libre albedrio y hasta la puesta en práctica de la famosa alegoría de la caverna de Platón (aquel hombre alejado de la caverna que regresa para comunicarles a sus pares encadenados que los reflejos de la pared son sombras del mundo exterior como el Ernesto joven que vaticina el futuro y es tildado de loco) más la impotencia que nos hace esclavos de nuestros propios deseos y limitaciones, el relato se transporta a diferentes etapas de la existencia de Ernesto -desde el 2011 hacia los primeros años de su vida- con la trampa de la experiencia que no le permite al protagonista aprender nada nuevo de aquello que ya vivió, agregando la maléfica cláusula de no poder alterar ni siquiera un día.

    Ese revivir del pasado se vuelve atroz para Ernesto. La mirada crítica y reflexiva de Alberto Laiseca transforma al escritor en lo que podría denominarse entonces un gran imaginador con potestad de hacer lo que quiere con su historia y sus personajes. Este aspecto anárquico atraviesa todo el universo del film donde los realizadores se encargan de orquestar el espacio para el falso libre albedrío de sus criaturas, dejando el resquicio del humor siempre abierto; del absurdo en algunas oportunidades y de la incerteza en muchas otras.

    Así, texto y subtexto se yuxtaponen en una dialéctica propia que tiende a morderse la cola como ese relato que pretende reflexionar sobre sí mismo a medida que avanza.

    Las tribulaciones de Ernesto no son otras que las de un conflicto existencial de un hombre sencillo a quien la vida lo pasó por encima y a quien el país defraudó cada vez que creyó en un futuro mejor, pero que pese a su experiencia de vida trastabilló siempre con la misma piedra.

    Si El artista exponía crudamente la reflexión sobre la subjetividad de aquel que crea; El hombre de al lado lanzaba sus dardos envenenados sobre el prejuicio de clase, puede conjeturarse a partir de Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo que para los realizadores la propia historia es la que nos determina tanto desde el punto de vista del contexto como de la biografía individual de la que es imposible fugarse y evadirse, pese a que la realidad parezca reflejar lo contrario como las sombras de la caverna de Platón.
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  • Secuestro y muerte
    Crímenes y pecados

    Poco o mucho importa -de acuerdo con la ideología política que se la juzgue- que Secuestro y muerte (proyectada en la edición número 12 del Bafici) recree la crónica de las últimas horas del general Pedro Eugenio Aramburu (interpretado por Enrique Piñeyro) tras ser capturado por una facción de los Montoneros (Alberto Ajaka, Esteban Bigliardi y Agustina Muñoz), quienes luego de ensayar una suerte de juicio por considerarlo responsable del fusilamiento de 50 militantes y de la desaparición del cadáver de Evita, terminaron matándolo en la clandestinidad e inaugurando con este episodio de sangre un capítulo negro de la violencia política en los años 70.

    Como su título lo indica, el opus de Rafael Filipelli tiene como punto de partida la acción de un secuestro a un militar de alto rango y como punto de llegada el desenlace esperado. Sin embargo, lo que sucede en el medio de estas dos zonas representa la riqueza de esta película como si el director, apoyado por el guión de Beatríz Sarlo, Mariano Llinás y David Oubiña, se metiera a bucear en otros intersticios: los de la historia política argentina sin caer en la egolatría discursiva, sin embellecer con mirada romántica a sus criaturas y despojándose de cualquier juicio sobre los hechos y de toda bajada de línea ideológica.

    Lejos de ser solemne y complaciente, Filipelli consigue mantener el equilibrio de fuerzas en su trama que prácticamente se desarrolla en interiores y en un acotado espacio, concepto que refuerza simbólicamente entre otras cosas la idea de encierro porque la ideología también es un encierro prematuro de la mente.

    Por su originalidad en el abordaje de un tema histórico muy poco visitado por el cine argentino y por su convicción y confianza en un guión lo suficientemente amplio para proponer una mirada reflexiva debería ser obligatorio que Secuestro y muerte se exhibiera en la televisión pública y no simplemente en la pantalla grande.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    CineFreaks
    Deshonrarás a tu padre

    Con esta llegada de Thor a la pantalla de la mano de Kenneth Branagh podría decirse -utilizando un término futbolero- que ya hay equipo para integrar el grupo de superhéroes de la Marvel comics en lo que se anticipa como la gran película de Los vengadores para el 2012.

    Es justo aclarar que este film cumple en cuanto a las expectativas en lo que hace a los tópicos de los superhéroes con una historia bien narrada, sin mayores pretensiones que las que podrían esperarse de un relato volcado a las acciones y conflictos de sus personajes. Buscarle una interpretación diferente o forzar ciertas vinculaciones con elementos Shakespearanos –tratándose de un film dirigido por Branagh- sería ir demasiado lejos en este caso.

    Si bien existe una impronta de tragedia a lo Shakespeare porque está en juego el trono de un rey que pone a prueba la lealtad de sus dos hijos y genera rivalidad y celos entre ambos, esa premisa ya forma parte de la historia universal más que otra cosa.

    Despojándonos de ese análisis inconducente entonces es mejor adentrarse en la propuesta lisa y llana que pese a su extensa duración logra mantener el ritmo sin perder el eje central que no es otro que introducir a Thor como un nuevo superhéroe que se enamora de una mortal, pero cuyo deber lo obliga a postergar sus asuntos sentimentales para salvar a los nueve reinos de la destrucción total.

    Una de las virtudes la constituye la elección de un reparto que aporta prestigio a los personajes como es el caso de Sir Anthony Hopkins y su rey Odín o la presencia de la magnética Natalie Portman en su pequeño rol de astrofísica que se gana el corazón del inmortal nórdico, a quien el actor Chris Hemsworth (ya aparecido en la última Star trek) interpreta con solvencia y mucho carisma.

    Por otra parte, debe decirse que el realizador Kenneth Branagh se ha tomado muy en serio la historia y supo por un lado quitarle solemnidad y por el otro permitirse un costado humorístico logrando que este superhéroe pop se asemeje en algo a Iron Man con quien compartirá cartel en la ya mencionada Los vengadores.

    A eso debe sumársele un deslumbrante diseño visual y de producción en la creación del reino de Asgard que hace honor al término gigantismo, aunque el uso indiscriminado de la computadora es más que notorio.

    Poco revelaremos aquí de la trama sencilla que comunica a través de un puente mágico -donde espacio y tiempo se fusionan- los dos reinos: el mítico de Asgard bajo las órdenes del rey Odín, quien destierra a su hijo Thor por quebrantar el mandato paterno y el de la tierra donde un grupo de astrofísicos encabezado por Jane Foster (Natalie Portman), el doctor Selvig (Stellan Skarsgärd) y la ayudante Darcy (Kat Dennings) investigan en Nuevo México un extraño fenómeno climático y se encuentran con el desterrado rubicundo, quien debe recuperar su martillo de poder para intentar recomponer lazos con sus padres y su hermano Loki (Tom Hiddleston), quien también detenta el trono.
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  • Scream 4
    Scream 4
    CineFreaks
    Anexo de crítica: El mérito de esta cuarta parte de la franquicia que recupera a Wes Craven en la dirección y al guionista Kevin Williamson llega por partida doble: una verosímil recuperación de historias y personajes de los orígenes y la introducción de los elementos que definen nuestro tiempo como los celulares, internet, la frivolización de la realidad desde los medios de comunicación y la desacralización de la muerte como un hecho aberrante, idea que arrastra la franquicia de El juego del miedo, film que en este caso aparece parodiado desde lo conceptual y forma parte del blanco predilecto de los creadores de Scream para lanzar sus críticas mordaces...
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  • Mis tardes con Margueritte
    La dulce anciana y la bestia bondadosa

    En la misma línea narrativa que El jardinero, el veterano y experimentado Jean Becker adapta la novela de Marie-Sabine Roger La tête en friche (cuya traducción aproximada sería La cabeza yerma) que en nuestro país llega bajo el titulo de Mis tardes con Margueritte.

    El mundo de la literatura, o más precisamente del amor por la lectura, ocupa el centro de esta deliciosa relación de amistad entre una anciana de 77 años (Gisèle Casadesus) y un analfabeto funcional (Gerard Depardieu), quienes se encuentran en una plaza acompañados de las palomas. Margueritte (referencia obligada de la escritora francesa Margueritte Duras) descubre de inmediato en Germain la curiosidad y sensibilidad necesaria para proponerle que sea un escucha de sus lecturas y así de a poco el hombre se va nutriendo –aunque eso signifique mucho esfuerzo y frustración- de un mundo apto para el vuelo de la imaginación.

    Sin embargo, el director no apela a ningún recurso onírico o puesta en escena volcada hacia la imaginación sino por el contrario su estricto naturalismo se respira en cada plano. La austeridad narrativa tanto en lo cinematográfico como en lo que hace al guión escrito por Jean Becker y Jean-Loup Dabadie, que hace gala de la importancia de los diálogos entre la pareja protagónica -donde ambos actores se lucen en sus respectivos roles y consiguen transmitir sin esfuerzo el rico vínculo que se genera a partir del descubrimiento del otro- predomina en esta obra. Ese otro que acompaña en el tránsito de la soledad y que ayuda a valorar las pequeñas cosas se desdobla en su espacio literario como aquel libro que nos hace sentir menos vulnerables y por otro en el terreno de lo social al volverse un semejante, pese a las diferencias de clase o de valores.

    Sencilla y emotiva, sin golpes bajos, Mis tardes con Margueritte es un reconfortante encuentro con el buen cine francés.
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  • El gato desaparece
    Anexo de crítica: El interesante acercamiento de Carlos Sorín al cine de género genera beneplácito para un público acostumbrado a los códigos y reglas de filmes de este tipo. El gato desaparece es un cuidado ejercicio de estilo donde el realizador de Historias mínimas mueve con eficacia los resortes del cine de suspenso, utilizando los recursos del sonido, la puesta en escena y el fuera de campo en función de una narración que pendula en un terreno de ambigüedad y que va acumulando tensión a partir de los comportamientos de sus protagonistas. Luis Luque compone un personaje complejo y contenido que a fuerza de silencios y gestos cobra dimensiones diferentes, pero sin lugar a dudas quien genera mayor expectativa es Beatriz Spelzini porque en ella se refleja y proyecta la sutil enajenación y locura que atraviesan el relato hasta el último minuto...
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  • La chica de la capa roja
    Anexo de crítica: Para la directora de Crepúsculo Catherine Hardwicke tener en sus manos la adaptación del clásico cuento infantil de los hermanos Grimm es la excusa ideal para convertir a caperucita en una adolescente que se debate entre el deseo de lo prohibido y el deber familiar. Le ha quedado demasiado grande a la realizadora que pese a su rigor esteticista no acierta ni con el tono y mucho menos con una historia elemental, tosca e irrisoria que apenas respeta la capa roja del original. Si todos los adolescentes son como esta caperucita sería bueno que dejen suelto al lobo.
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  • Una esposa de mentira
    El juego de las apariencias

    Cuerpos perfectos pero falsos; vidas agraciadas aunque mentirosas y un sinfín de momentos fingidos para dejar en claro la felicidad de una pareja o la unión inquebrantable de una familia y un gran etcétera por delante marcan el rumbo de esta nueva comedia romántica, Una esposa de mentira, con el sello de Adam Sandler detrás.

    Protagonizada por el propio Sandler y Jennifer Aniston, secundados por un elenco afiatado donde se destacan fundamentalmente los niños Griffin Gluck y Bailee Madison, sumando una serie de cameos de figuras reconocibles y hasta la presencia de Nicole Kidman en un papel poco habitual para ella, puede decirse que el film acierta a la hora de las situaciones humorísticas con buenos diálogos y chistes rápidos que fluyen sin problemas y decae un poco al sumergirse en el territorio del romance, volviéndose meloso y reiterativo. Sin pecar de ingenuidad, resulta obvio que una comedia romántica debe transitar por los caminos de toda fórmula pero tratándose de Sandler uno siempre espera un milagro que lamentablemente no llega.

    El juego de las apariencias se articula desde el comienzo con la historia de Dan Mccabee (Adam Sandler), quien minutos antes de dar el sí en el altar descubre que su futura esposa le es infiel y que sólo se casa por conveniencia debido a su prometedor futuro como médico cardiólogo. Sin embargo, como no puede haber cardiólogos con el corazón roto, el destino de Dan cambia de rumbo hacia el campo de la cirugía plástica -comenzando por él al reducirse la nariz prominente- y luego adquiriendo éxito con pacientes de todas las edades y tamaños. Otro mundo de apariencias y artificio en sintonía perfecta con la falsa vida que noche tras noche despliega para acostarse con mujeres atractivas que se compadecen de su fracaso matrimonial de otrora (el muchacho nunca se quita el anillo de compromiso lo que le garantiza inmunidad ante cualquier avance de propuesta seria).

    La única que conoce su secreto es su asistente quirúrgica y secretaria Katherine (Jennifer Aniston), una madre divorciada que promedia los cuarenta y con dos hijos a quienes la ausencia de un padre afecta considerablemente. Así las cosas, la irrupción de una hermosa y sexy rubia de 23 años (Brooklyn Decker, una modelo a quien comparan durante toda la película con Teresa Palmer como parte de una humorada interna) pone en riesgo los planes de Dan al descubrir el anillo de compromiso luego de una noche de pasión en la playa, hecho que motivará que el hombre deba accionar el plan B: utilizar a su asistente y a sus hijos para hacerle creer a la blonda candidata que está tramitando el divorcio con una esposa que lo humilla cada vez que puede y así allanar el camino de la seducción.

    Con un tono liviano que inserta de vez en cuando algunas marcas políticamente incorrectas pero inofensivas, el realizador Dennis Dugan (ya había dirigido a Sandler en varias películas entre ellas Happy Gilmore y No te metas con Zohan) logra un relato ágil, con ritmo de sitcom que gracias a la buena química entre Aniston y Sandler -junto al elenco- se consolida en un escenario propicio como el de unas vacaciones en Hawaii (más allá de la belleza de sus playas paradisíacas) donde se desatan una serie de enredos hilarantes y bien resueltos.

    Tal vez la excesiva duración le juegue en contra a una trama con visibles desniveles narrativos pero que pasan desapercibidos gracias al ritmo entre toma y toma, donde el oficio de Adam Sandler y la rápida respuesta de Aniston corrigen de inmediato los defectos de esta buena comedia romántica.
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  • El hombre que podía recordar sus vidas pasadas
    El cine de la transición

    Cualquier contacto con la obra del tailandés Apichatpong Weerasethakul implica para el espectador –sea o no cinéfilo- una experiencia cinematográfica en sí misma que por su radical propuesta para cierta tendencia de críticos resulta excesiva y tediosa y para un puñado -entre los que me suscribo- hipnótica, trascendente e imborrable.

    No es fundamental para disfrutar del universo del realizador de Tropical malady tratar de entender una historia o relato que en esencia parte de la idea de la deconstrucción y que, por lo general, se reduce a una anécdota de la que crecen o emergen distintas raíces narrativas, las cuales abarcan tanto la coexistencia de lo onírico, lo mitológico y lo abstracto en una constante búsqueda de un lenguaje cinematográfico único y personal.

    Siempre es recomendable dejarse llevar por el devenir de las imágenes evitando conscientemente la tendencia a ordenar desde una lógica narrativa o lineal para perderse en los vericuetos de la abstracción como cuando se está en presencia de un cuadro. Justamente, el tailandés nos invita a extraviarnos en la pantalla y fluir al ritmo de sus pausas, acciones mínimas, exquisitos tiempos muertos y fusión de dimensiones.

    Superado el tránsito de la explicación, entonces lo único plausible es comenzar a descubrir -junto a los personajes- un viaje transformador que se apoya en la idea del extrañamiento -del término extranjero en materia conceptual- donde la agudeza de los sentidos se pone en juego.

    Puede decirse que el esteticismo de Apichatpong Weerasethakul no es un fin sino un medio para llegar a expresar poéticamente ideas superadoras a partir de la conjunción de la composición de la imagen o sus elementos plásticos y el cuidadoso tratamiento de la luz y las sombras. La imagen y su reflejo son lo mismo en su cine así como el fondo y la superficie en que muchas veces aparecen mimetizados personajes con paisajes, con una fuerte presencia de la naturaleza y lo selvático en plena conjunción con lo instintivo, sumada la transformación de los cuerpos y las formas fiel a sus capas simbólicas o mitológicas donde irrumpen leyendas ancestrales en un presente puro.

    El hombre que podía recordar sus vidas pasadas, film por el que obtuvo el reconocimiento en el festival de Cannes y que dividió las aguas entre crítica y público, continúa con la senda de la sorpresa al sumergirnos en la transición de la vida hacia la muerte a partir del punto de vista de un hombre enfermo, a quien cuida un sobrino, su esposa y lo van a visitar –y a buscar por qué no- los espíritus de sus vidas pasadas. Sin embargo, ese tránsito de un plano al otro resulta imperceptible en el escenario construido a conciencia por el director apelando al poder sugestivo de su puesta en escena, a un minimalismo rabioso y sensibilidad fuera de lo común que guarda absoluta coherencia con su filmografía anterior.

    Como se decía anteriormente la virtud del film es el planteo de la coexistencia de realidades que encuentra su mayor expresión en la incorporación de los espíritus a la realidad con la misma carnadura que la de sus personajes sin caer en clichés ni sobredimensión de lo fantástico.
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  • Prueba de amor
    Prueba de amor
    CineFreaks
    Anexo de crítica: A pesar de sus altibajos en cuanto a la estructura narrativa y a su visible lastre de telefilm, Prueba de amor es un melodrama sólido que gira en torno a las etapas del duelo por la pérdida en el seno de una familia partida por el dolor y que cuenta con buenas actuaciones de Pierce Brosnan y Carey Mulligan...
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  • Torrente 4
    Torrente 4
    CineFreaks
    Duro de amordazar

    Si James Bond amenaza con una inminente aventura número 25, la pregunta sería: ¿Torrente llegará a dicha cifra? Con esta cuarta entrega que incorpora la tecnología en 3D (aunque casi ni se note porque las bondades de la profundidad en este caso no aparecen) Santiago Segura confirma que su creación está más viva que nunca y que con inteligencia y sin traicionar un ápice la esencia de su personaje puede dejar plasmada la enorme crítica sobre el estado socioeconómico actual de España con una catarata de apuntes cómicos dichos a la velocidad de la luz y a un ritmo que no decae ni siquiera en la última parte de la trama, sin dudas la más débil dentro del conjunto.

    Como siempre ocurre en este tipo de propuestas, la historia es prácticamente un pretexto en el que se insertan una serie de subtramas explotadas hacia lo desopilante con el ojo siempre atento al guiño cinéfilo. Ya era notorio en su película Obra maestra (a decir verdad dirigida por David Trueba y protagonizada por Santiago Segura) la afición del cineasta por Alfred Hitchcock o el cine de suspense más reconocible. En este caso en particular serán Vértigo y Cabo de miedo uno de los platos fuertes del homenaje que nos tiene preparado Segura y compañía.

    Sin embargo, el gran hallazgo lo constituye sin duda el escenario carcelario adonde nuestro antihéroe irá a parar tras ser víctima de una treta (hombre equivocado en el lugar equivocado) y en el que participará de un operativo de fuga durante un partido de fútbol entre reos y funcionarios carcelarios, cuyo equipo está integrado nada menos que por jugadores del Real Madrid como el Kun Agüero y el Pipita Higuain, entre otros, demostrando una vez más Santiago Segura su capacidad intacta para amalgamar elementos de la cultura no sólo española sino más allá de sus fronteras.

    Pero lejos de la escatología habitual; el desfile de pechos turgentes y colas bien paradas, subyace lo más interesante de la propuesta que confirma que el actor, productor y director español busca constantemente elevar la apuesta desde el punto de vista técnico hasta el nivel del discurso políticamente incorrecto, el cual encuentra en cada capítulo un espacio de acción en la más pura realidad. Así lo demuestra la mirada cínica acerca de la crisis económica, cuya principal víctima será el propio Torrente; sobre los inmigrantes latinos que ya forman parte de la sociedad española y por supuesto sobre la corrupción policial, aspecto que se inició en los orígenes.

    El argumento en sí es mejor dejarlo de lado para que el público no pierda sorpresas así como la galería de personajes y cameos de famosos que pululan durante los casi 90 minutos de metraje. Sin más para agregar, basta decir que Torrente 4: Crisis Letal es la mejor parodia de la saga que no defraudará a fanáticos ni a aquellos que se acerquen por primera vez al retorcido y bizarro universo de este policía duro de amordazar.
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  • Ajami
    Ajami
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Ajami (2009) -codirigida por Scandar Copti y Yaron Shani- se introduce desde la periferia de los suburbios de Palestina e Israel en el conflicto político entre los dos países. La complejidad narrativa del relato (que muestra la idea de que la violencia genera violencia en un enfrentamiento constante entre vecinos) es sin ninguna especulación la mayor virtud de esta obra coral que trae reminiscencias por su estructura episódica a Amores perros, de Alejandro González Iñarritu…
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  • Los Marziano
    Los Marziano
    CineFreaks
    Proveedores y receptores

    Austeridad, sutileza y profundidad son tres cualidades que por lo general no vienen de la mano en el cine argentino, salvo honrosas excepciones como en el caso de este tercer largometraje de la realizadora Ana Katz (El juego de la silla, Una novia errante) Los marziano, que cuenta con un elenco notable integrado por Guillermo Francella, Arturo Puig, Mercedes Morán y Rita Cortese.

    A modo de advertencia para aquellos espectadores que tengan intenciones de ver una comedia y reírse con las ocurrencias de Francella es bueno anticipar que saldrán defraudados, pues el film se relaciona mucho más con lo tragicómico que con la risa fácil porque se trata de un relato que se sumerge en los profundos lazos que unen y distancian a los miembros de una familia, separada por rencores y en tiempo de recomposición a partir de un posible reencuentro de dos hermanos: Luis (Arturo Puig) y Juan (Guillermo Francella). Ambos atraviesan una etapa crítica en sus vidas pese a las diametrales diferencias en cuanto al poder adquisitivo.

    Luis (Puig), en pleno distanciamiento de su profesión de médico y de la rutinaria vida citadina, pasa su tiempo en su casa de country junto a su mujer Nena (Mercedes Morán) y sus hijos, obsesionado por descubrir quién es el responsable de cavar profundos pozos en el campo de golf del country, de los que acaba de ser víctima al caer indefenso en uno de ellos y romper su brazo. En el otro extremo, su hermano Juan (Francella), alejado de la familia hace varios años tras su separación de su esposa y su entrega a la vida bohemia, circunstancia que lo llevó a probar suerte en el interior para así volver a formar otra familia con una mujer más joven y una hija en edad escolar, dejando en Buenos Aires otra hija -ahora adolescente- de quien prácticamente se hace cargo su hermano Luis con quien aún sigue en deuda por préstamos financieros, motivo aparente del conflicto entre ambos.

    Su repentino regreso a la ciudad no es producto de la voluntad de saldar cuentas sino consecuencia de una serie de síntomas que se le presentaron de forma acuciante y que lo condujeron a perder la capacidad de leer, además de ocasionarle una gradual pérdida de la visión. Su hermana Delfina (Rita Cortese) es la que se hace cargo de acompañarlo a las consultas médicas (dentro del grupo familiar la más diplomática) y quien intentará, ayudada por su cuñada Nena, restablecer la relación entre los hermanos varones removiendo viejas historias y recuerdos que fueron parte de un pasado que parece haberse roto desde la lejanía.

    Tapar los agujeros de la familia parecería ser el rol tradicional de Luis Marziano, quien paradójicamente en esta ocasión cae en un agujero desde el punto de vista emocional ya que atraviesa una silenciosa crisis en su matrimonio y por otra parte -y más profundamente- en lo personal al sentir cada vez más en carne propia esa figura de proveedor por su posición económica de privilegio.

    Por eso, el pretexto de los pozos misteriosos insertados en la trama es un elemento simbólico que la realizadora emplea como detonante dramático del relato para comenzar a desmembrar una compleja red de vínculos afectivos que atraviesa la dinámica de esta singular familia con la inminente llegada de Juan, el portador de la enfermedad; del pasado y de todo aquello que tarde o temprano terminará por salir a la luz.

    Fiel a ese rigor narrativo que la caracteriza, la directora Ana Katz elige establecer un recorte en esta historia para adentrarse con una cámara no invasiva ni agobiante -pero si contemplativa- sobre sus personajes, sin dejar en un segundo plano la dimensión emocional y la potencialidad de un reencuentro para el que los roles femeninos se reservan un lugar importante como componedores de los fragmentos afectivos.

    La subjetividad de cada miembro familiar se yuxtapone en un perfecto y calibrado juego de miradas reciprocas que confluyen en el personaje de Juan, aquel que vuelve con la mirada renovada sobre su familia –aunque parezca una ironía ya que se está quedando sin visibilidad- producto de la distancia pero que se resignifica y retroalimenta al involucrarse primero con la protectora Delfina y luego con el resto de los integrantes.

    Valiéndose de un guión coescrito junto a su hermano Daniel Katz (aspecto singular tratándose de un film que gira en torno a las cercanías y lejanías entre hermanos), colmado de diálogos filosos y elementos distintivos en cada personaje que enriquece mucho más sus rasgos constitutivos, la realizadora de Una novia errante se arriesga con un proyecto ambicioso desde el aspecto comercial al contar con los puntales de la distribuidora Fox y TELEFE sin renunciar a su estilo para sorprender –incluso en el final que acá no se revelará- gratamente a un público que seguramente encontrará una pronta identificación con algún personaje gracias al aporte de un elenco de lujo.
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  • Revolución. El cruce de Los Andes
    Un prócer de carne y hueso

    En el año 1970, la figura del General José de San Martín llegaba a la pantalla grande de la mano del director Leopoldo Torre Nilsson, con libro de Beatriz Guido y Ulises Petit de Murat, en el film El santo de la espada. La película contaba con un elenco integrado por Alfredo Alcón, Evangelina Salazar, Lautaro Murúa y Héctor Alterio en el rol de Simón Bolívar, entre otros.

    En esa oportunidad, más allá de los códigos de la época, el San Martín de Alfredo Alcón era demasiado pomposo en su discurso y poco creíble tratándose de un prócer latinoamericano. Claro que de aquella figura representada en los manuales escolares como el Padre de la patria, montado en un caballo blanco y con una postura solemne, su copia cinematográfica tomaba apenas el contorno para terminar delineando un personaje en el que quedaran representadas ideas como la lucha por la libertad, el sacrificio y el coraje, sin fisuras ni contradicciones.

    Sin importar el lado o el discurso político que cuente la gesta patriótica, resulta obvio a esta altura que don José de San Martín fue protagonista -junto a miles de almas anónimas- de una de las hazañas militares e históricas más importantes de la etapa libertaria de Latinoamérica, que asestó un duro golpe a la tiranía española e inspiró con sus acciones demenciales (¿acaso cruzar los Andes no lo era?) a pueblos sojuzgados, enseñándoles a levantarse contra los más poderosos a pesar de la indiferencia de quienes manejaban los destinos del país.

    Esa mezcla de sensaciones conforma uno de los elementos característicos de esta iniciativa educativa que se vale de la poderosa herramienta del cine para encontrar un espacio creativo, dinámico y aggiornado a los tiempos vertiginosos de la comunicación, apto para abrir el debate y la reflexión tanto dentro como fuera de las aulas sobre uno de los símbolos históricos, cuya trascendencia a su tiempo cronológico recién se llegó a comprender a partir de una mirada revisionista y despojada de excesiva admiración o exacerbado prejuicio.

    Revolución. El cruce de los Andes nace de la comunión productiva entre la Televisión Pública, Canal Encuentro y el INCAA, con el apoyo de la Televisión española (TVE) y del gobierno de la provincia de San Juan (ciudad donde se trasladó un equipo de rodaje compuesto por más de 100 técnicos y un total de 1400 extras). Filmada por Leandro Ipiña (asiduo colaborador de Tristán Bauer y responsable de algunos programas del canal Encuentro) y protagonizada por Rodrigo de la Serna (excelente elección del casting) la película intenta acercarse al prócer desde una visión más humanista resaltando tanto los aspectos positivos como contradictorios o negativos de su personalidad y pensamiento.

    La película está estructurada en dos tiempos que marcan el presente histórico del film en 1880 y partir del recuerdo de Manuel Corvalán, quien acompañara al Libertador como amanuense a sus tempranos quince años de edad en la travesía épica por las altas cumbres, que permitió luego la liberación de Chile tras el aplastante triunfo en la batalla de Chacabuco donde el ejército Realista sufrió una importante cantidad de bajas en manos de las filas comandadas por O’ Higgins y Soler, quienes se unieron a las diezmadas huestes del general San Martín. Vulnerable pero decidido; autoritario aunque justo con sus hombres a cargo; jugador de ajedrez y muchas otras facetas van armando el boceto de este San Martín de carne y hueso a quien Rodrigo de la Serna impregna rasgos de mortal y desmitifica saludablemente; atento a los mínimos detalles, incluidas sus expresiones con acento español y los achaques de una enfermedad que debió sobrellevar a fuerza de ingestas de láudano sin mostrar dolor ni flaqueza frente a sus subordinados.

    Del mismo modo que Leandro Ipiña y Andrés Maino, responsables del guión, se encargaron de resaltar el papel fundamental del entorno y el contexto tanto político como geográfico, revalorizando a esos hombres sin nombre que también fueron protagonistas de la historia, la mirada sobre el enemigo y acerca de la guerra como un mal necesario se resignifica a partir de poner el acento en la violencia y crudeza de los acontecimientos, con una puesta en escena prolija desde lo formal pero afortunadamente desprolija estéticamente para resaltar un tono realista y verosímil que atraviesa la trama, inclusive en la secuencia de la batalla de Chacabuco donde el despliegue de extras es notorio.

    No debe abordarse este film con una mirada sesgada a lo cinematográfico exclusivamente, aunque resulta meritorio el resultado alcanzado, sino desde un punto de vista más abarcador que contemple sus valores extra cinematográficos y sobre todas las cosas al público al que va dirigido: estudiantes de secundaria que seguramente encontrarán en este prócer humanizado algo que remotamente se aleje de la impoluta e inalcanzable imagen que durante muchos años supimos conseguir.
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  • El hombre que vendrá
    Inocencia muda

    La protagonista de El hombre que vendrá es una niña que ha decidido dejar de hablar tras presenciar en carne propia la muerte de su hermanito recién nacido. Martina vive en una comunidad rural en Bolonia cerca de la región de Marzabotto durante la época de lo que podría denominarse la última etapa de la avanzada nazi en la segunda guerra mundial.

    Su familia, una madre embarazada, hermana mayor, padre, al igual que todo el pueblo, sobrevive a duras penas vendiendo alimentos a los soldados alemanes, quienes a partir del avance de los partisanos reciben la orden de aniquilar el poblado como botón de muestra de una de las tantas atrocidades cometidas por la SS en lo que históricamente se conoció como La masacre de Marzabotto, donde 770 civiles fueron asesinados despiadadamente, incluidos niños, mujeres y ancianos.

    Así las cosas, se puede afirmar que el otro protagonista del film de Giorgio Diritti –sobrevalorado en los premios David di Donatello- es ni más ni menos que la guerra como elemento conceptual de barbarización de la raza humana, donde claro está los nazis representan el aspecto más bajo del eslabón del hombre.

    Pero más allá de los desaciertos a nivel guión, no simplemente por caer en simplificaciones sino por no esquivar los modelos de representación convencionales de todo film sobre los flagelos de los conflictos bélicos, la idea de someter la historia al punto de vista de una niña de ocho años, silente pero muy expresiva con su rostro (gran trabajo de Greta Zuccheri Montanari) se ve malograda durante la primera mitad del metraje y recuperada en lo que resta de una trama de excesivos 115 minutos.

    No obstante, el realizador italiano logra momentos de hondo dramatismo apelando a la fuerza de las imágenes, despojándose de todo criterio esteticista para transmitir con una dosis realista el horror vivido por ese pueblo campesino de Italia, que a más de uno seguramente también puede dejar sin palabras o al menos en la espera de que un hombre nuevo aparezca alguna vez como sintetiza el anhelo silencioso de la protagonista.
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  • Divorcio a la finlandesa
    Matrimonio por conveniencia

    El realizador finlandés Mika Kaurismäki nos tiene acostumbrados a comedias inteligentes donde el humor negro y la sutileza reemplazan muchas veces a los lugares comunes. También, cierta cuota de melancolía por un pasado que ya no está en relación al turbulento presente se respira en cada una de sus obras donde pululan personajes taciturnos u obsesionados por su historia y experiencias vividas y donde el amor siempre queda en un segundo plano y las segundas oportunidades completamente descartadas.

    Pero pareciera que con esta comedia coral Divorcio a la finlandesa, el director de Juha ha optado por el camino de la comodidad para entregar lo que, sin lugar a dudas, es un film menor y con una clara intención comercial y for export en lo que a su nutrida filmografía se refiere.

    Los personajes estereotipados y los lugares comunes surgen en cada secuencia de un film apenas atractivo por la propuesta en sí de una guerra de los sexos (imposible no asociarla directamente con La guerra de los Roses) en el marco de un divorcio de una pareja de profesionales, quienes deciden separarse en buenos términos compartiendo el techo hasta el momento del reparto de bienes. Ese es el caso de Tuula Helin (Elina Knihtilä) y Juhani Helin (Hannu-Pekka Björkman): ella, una consultora motivacional para empresas y él un terapeuta familiar que tras años de convivencia resuelven adultamente romper el contrato matrimonial comprometiéndose a terminar la relación de la mejor manera posible, sin rencores ni pases de facturas.

    Sin embargo, cuando el hombre aparece en su casa con una amante mientras su ex esposa sigue viviendo allí el pacto de caballerosidad se rompe y ambos comienzan una guerra que involucrará a amantes ocasionales –de ambas partes- amigos y terceros en discordia.

    En paralelo, la trama se ramifica en diferentes subtramas como la de la desaparición de una suma de dinero importante tras la dudosa muerte de una prostituta vinculada a la mafia de Estonia a la que un grupo de policías –hombre y mujer que mantienen una relación amorosa clandestina- le siguen el rastro que los conectará de alguna manera con los protagonistas.

    El consabido cruce de personajes no tardará en llegar cuando se unan las dos historias, cuyos nexos son el proxeleta y hermanastro Wolffi (Antti Reini) y Nina (Anna Easteden), una prostituta contratada por el protagonista para hacerse pasar por su novia y terminar así expulsando a su ex mujer de la casa.

    Más allá de algunas situaciones de enredos bien resueltas y que sacan alguna que otra sonrisa al espectador, da la sensación que Mika Kaurismäki no supo sacarle el jugo a la novela de Petri Karra (en quien se basó para construir el guión) y se conformó simplemente con presentar un relato agradable que -a veces- peca de elemental y, promediando la parte final, de sentimental en el peor sentido del término.
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  • El mecánico
    El mecánico
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Simon West demuestra pericia a la hora de planificar escenas trepidantes con un buen manejo de la cámara y el ritmo ágil que necesita este tipo de propuestas. Poco importa que se trate de una nueva versión del film protagonizado por Charles Bronson, aunque con algunas licencias en la trama, porque la figura de Jason Statham descolla una vez más en un papel hecho a su medida. Entretenida, con adrenalina y una sencilla historia para nada original pero que fluye sin que le falte o le sobre nada...
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  • Cacería de brujas
    El transportador hereje

    El aceptable atractivo que puede despertar Cacería de brujas, dirigida por Dominic Sena y protagonizada por Nicolas Cage y Ron Perelman en los roles principales es sin dudas su desfachatez y despojo de solemnidad para disfrutar de un producto al que no le falta acción, algo de humor y una inverosímil historia detrás.

    La trama se ubica en el contexto de la época de las cruzadas y del azote de la peste negra aproximadamente en el 1300 después de Cristo. Behmen (Cage) y Felson (Perlman) se han enrolado en las cruzadas para expiar sus pecados y aniquilan a cuanto infiel se cruce en su camino en nombre de Dios. Sin embargo, tras años de lucha Behmen recapacita cuando mata a una joven inocente (recuerdo traumático que no le dará consuelo a su alma) y toma conciencia de que no todo es lo que parece y que su lucha no tiene ningún sentido. Pero su condición de desertor, junto a su fiel compañero, lo obliga a involucrarse en una misión suicida: transportar a una joven misteriosa (Claire Foy) acusada de ejercer la brujería y de ser la causante de la peste.

    A la travesía –como suele ocurrir en este tipo de propuestas- se unen una serie de personajes secundarios, quienes formarán parte de las peripecias a las que el grupo se someterá. Llegar a una abadía para que la supuesta bruja sea juzgada por las máximas autoridades eclesiásticas es la meta a conseguir, pero el camino es largo y muy peligroso.

    Con una estructura clásica (parecida a la de un videojuego de aventuras) mezclada con elementos de cine de clase B y bajo las coordenadas de un guión elemental pero eficaz casi hasta el final, el film de Dominic Sena mantiene el ritmo y la prolijidad en la puesta en escena a la hora de la acción sin abuso de efectos y cámaras lentas bastante habituales últimamente.

    Nicolas Cage suma a su irregular filmografía un titulo más donde se lo sabe aprovechar sin exponerlo al ridículo y rodeándolo de un buen coprotagonista como el carismático Ron Perlman, quien aporta los alivios humorísticos necesarios en los momentos justos. Por su parte, la joven Claire Foy consigue impregnar a su personaje una pátina de ambigüedad y misterio que se sostiene durante toda la primera mitad, aunque lamentablemente se desperdicia hacia el desenlace cuando la historia atraviesa la pendiente de lo absurdo.
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  • Nunca me abandones
    Anexo de crítica: El director Mark Romanek entrega en esta fábula con sabor a distopía un relato sensible y reflexivo desde un punto de vista ético que pone en jaque la idea de la clonación y mucho más aún los avances de la medicina tradicional a partir del reemplazo de unos seres humanos defectuosos por otros preparados para suplir sus carencias de órganos. Sin embargo, el abordaje sobre esta temática no se reduce a un género sino que abre las zonas del melodrama al sumergirse en una desgarradora y potente historia de amor para la que el elenco convocado Carey Mulligan, Andrew Garfield y Keira Knightley se adapta con solvencia y logra transmitir emoción y una sensación de desasosiego realmente convincente...
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  • El mal ajeno
    El mal ajeno
    CineFreaks
    Anexo de crítica: El debut del director español Oskar Santos presenta más aciertos que desaciertos en este thriller con ribetes sobrenaturales que pretende reflexionar sobre el dolor y el compromiso emocional con el otro. Si bien la mezcla llega de manera equilibrada, el ritmo del film es cambiante y a veces el cambio de registro resulta demasiado abrupto perdiendo cierta consistencia de un guión muy bien escrito y estructurado que se concentra básicamente en el protagonista Eduardo Noriega, un médico de 40 años que trabaja en la unidad de dolor de pacientes terminales y que azarosamente descubre que tiene el don de sanar por imposición de manos a sus pacientes aunque eso signifique ciertos sacrificios y resignaciones personales. La reflexión sobre cómo involucrarse con el dolor propio y el ajeno; cómo enfrentar la muerte a diario forman parte de los pilares conceptuales que se desarrollan a medias en este interesante film español...
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  • Marte necesita mamás
    Anexo de crítica: La imaginería de los creadores de El expreso polar no aparece con todo su esplendor en esta nueva incursión por el campo de la animación cada vez más cerca de la hiperrealidad. Con las limitaciones propias de una historia destinada a un público infantil, este relato si bien fluye con prolijidad carece de emociones y de personajes interesantes como para destacar. Sin embargo, su impecable calidad técnica puede disfrutarse en pantalla grande aunque resulte un tanto desaprovechado el pasaje al 3D...
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  • Sucker Punch: Mundo Surreal
    Anexo de crítica: Zack Snyder hace alarde de su capacidad en el diseño visual de escenarios atractivos para desarrollar escenas de pura acción, donde el movimiento, el uso del CGI con todas sus potencialidades y el ritmo frenético se apoderan de la pantalla, fiel a su estética del videojuego y el comic. Alicia en el país de las maravillas y Pulgarcito se cruzan en este cuento de hadas psicótico, feminista con mensaje contradictorio que por un lado intentará rescatar el valor de la mujer y por el otro exacerba su aspecto de objeto sexual al nivel de las fantasías machistas más primitivas. Una propuesta atractiva desde el punto de vista cinematográfico pero poco sustanciosa narrativamente (apelando a la estructura básica de cualquier aventura gráfica que se precie) con la falta de rigor habitual en productos pensados para consumidores de videojuegos...
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  • Amor sin límites
    Anexo de crítica: El mayor atractivo de esta película del director Neil Jordan no lo constituye sin lugar a dudas la fábula que da pie a esta historia de amor, sino la belleza de los paisajes en los que transcurre la trama que va perdiendo esa ambigüedad necesaria de los primeros treinta minutos para irse afianzando en un terreno mucho más predecible y convencional. No obstante, Colin Farrell y Alicja Bachleda se las ingenian para producir en el espectador esa pequeña cuota de empatía que toda historia romántica necesita. Es destacable, en cuanto a los rubros técnicos, el aporte del director de fotografía Christopher Doyle con unas texturas de imagen que contrastan la claridad del escenario con el gris plomizo del cielo y la inspirada banda sonora de Kjartan Sveinsson...
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  • Un cuento chino
    Un cuento chino
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Con mayor puntería que en su debut con La suerte está echada, Sebastián Borensztein construye eficazmente esta comedia dramática con pequeñas grageas de humor que gira en torno a las diferencias culturales y la soledad, en un tono levemente melancólico. Ricardo Darín nuevamente entrega una brillante actuación que realza la figura de su coprotagonista Jun (Ignacio Huang) que no habla una palabra de castellano –aunque no lo necesita dada su expresividad- componiendo juntos una extraña pareja argenta inolvidable. Las virtudes de un guión rico en diálogos y apuntes sutiles de emotividad sin desplazarse un ápice de los códigos del género hacen de Un cuento chino un producto masivo y de buena calidad...
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  • El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina
    La penúltima partida

    Una doble partida atraviesa el universo de El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina, del realizador Stephan Komandarev, basada en la novela homónima de Ilija Trojanow (también guionista del film): la del retorno a los orígenes de la infancia del protagonista Sascha (Carlo Ljubek) y la de un juego de backgammon que funciona como alegoría del relato.

    Tras un traumático accidente automovilístico en Alemania, en el que pierden la vida sus padres, el joven Sascha padece de amnesia retrógrada, o sea que no puede recordar ningún hecho anterior al momento del accidente. Por lo tanto, desconoce su identidad, su historia, sus experiencias del pasado, así como a su abuelo Dai Ban (Miki Manojlovic), quien va a rescatarlo desde su Bulgaria natal, convencido de que su nieto recuperará la memoria y terminará curándose.

    Pese a la ceguera de los médicos, quienes consideran que los métodos pocos ortodoxos del viejo perjudicarán al paciente, Dai Ban persiste y lo persuade para que juntos inicien un viaje en una bicicleta de doble pedalera desde Alemania hacia Bulgaria por una simbólica ruta de la seda en la que deberán enfrentarse a obstáculos y conocerán diferentes personajes como María (Dorka Gryllus), una atractiva húngara, elemento romántico de la historia.

    El viaje iniciático en bicicleta como metáfora de la vida entronca con la presencia del azar y de la estrategia, que son los elementos constitutivos del juego del backgammon (propio de la zona de los Balcanes de donde es originaria la película).

    Asimismo, las etapas que se desarrollan en el viaje se conectan por un lado con las instancias del juego en el tablero y por otro con los repentinos recuerdos que pasan fugaces en el camino de reconstrucción de la memoria. No obstante, hay otra memoria en el ruedo, es la del pasado que interrumpe fragmentariamente en el relato y divide la trama en dos tiempos: la vieja Bulgaria en pleno período estalinista donde los padres de Sascha debieron emigrar junto a su hijo a Italia y transformarse en refugiados y el presente de Europa tras la caída del comunismo, mirado desde una perspectiva histórica y política.

    Stephan Komandarev dirige con solvencia esta road movie, mezclada con melodrama familiar sumida en una historia de auto superación y aprendizaje –el viaje lo es- con un adecuado uso de humor, reflexiones filosóficas y sensibilidad sin rayar en sensiblería gracias al buen desempeño del dúo protagónico.
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  • Sanctum
    Sanctum
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Las ventajas de pensar una película en la concepción de la tercera dimensión pueden apreciarse rotundamente en este film claustrofóbico bajo la tutela del padrino de Avatar, James Cameron, dirigido por su aprendiz Alister Grierson. Asimismo, las desventajas de contar con una pobre elaboración de guión, sumándole un reparto mal dirigido y que no se acomoda jamás a los registros dramáticos buscados -aunque debe reconocerse cierta destreza física en escenas donde hay que poner el cuerpo y no la cara- también son más que visibles en Sanctum 3D. Por lo tanto, en función de un análisis de ambos elementos el desequilibrio entre la tecnología aplicada a la progresión de la historia, enfatizando la atmosfera agobiante que envuelve la travesía subacuática, es tan notorio como la desigual lucha del hombre con la naturaleza, idea que prevalece durante todo el metraje. Con un buen guión, personajes menos unidimensionales y alguna que otra idea arriesgada hubiese sido mucho más fructífero el espectáculo visual que proponen Cameron y equipo...
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  • Un despertar glorioso
    Anexo de crítica: A pesar de sus desaciertos y falta de originalidad, esta comedia del sudafricano Roger Michell (Un lugar llamado Notting Hill) se contagia en el mejor sentido de la palabra, del ritmo y vértigo de una cadena de noticias de un magazine matinal, cuya emprendedora y audaz productora debe hacer lo imposible para competir contra internet, las otras cadenas y sobre todo con las vanidades de sus dos presentadores, un reconocido y famoso veterano del periodismo interpretado por un Harrison Ford completamente desaprovechado y la opacada presencia de Diane Keaton, que si bien intenta aportar desfachatez a su personaje se la nota muy poco cómoda en esa lucha de perro y gato con su parco antagonista masculino. Sin dudas, el mayor defecto del film lo constituye un guión pobre y sumario de clisés, con escasos apuntes humorísticos, donde el personaje que interpreta la protagonista Rachel McAdams se lleva la peor parte y se pasa de torpe e hiperquinética…
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  • Sólo tres días
    Contra el sistema

    El guionista y director Paul Haggis (Vidas cruzadas) se inspiró para Sólo tres días en el film francés Anything for her, opera prima del cineasta Fred Cavayé (colaborador junto a Haggis de la elaboración del guión) protagonizada por Vincent Lindon y Diane Kruger en los respectivos roles de marido y mujer que en esta oportunidad quedaron en manos de Russell Crowe y Elizabeth Banks.

    Básicamente la premisa de la original pone en contexto la lucha de John, abnegado esposo, profesor de literatura y de conducta ciudadana ejemplar, quien frente a la indiferencia del sistema judicial que acusó injustamente a su esposa Lara a la pena de cadena perpetua por considerarla autora material del asesinato de su jefa con muy pocas pruebas en su contra, urde un complejo plan para liberarla una vez agotadas las instancias judiciales.

    Consciente del riesgo que implica adentrarse en un mundo marginal y completamente oscuro para conseguir documentos falsos, así como tomar contacto con gente peligrosa y en algún momento quedar expuesto ante la policía cuando se comiencen a atar cabos sueltos, John (Russell Crowe) sabe que una vez puesto en marcha el plan de fuga no hay vuelta atrás y para eso tal vez deba arriesgar el futuro tanto de su hijo pequeño Luke (Simpkins) como el de su esposa (Elizabeth Banks), resignada a terminar sus días detrás de las rejas.

    Las diferencias más notables entre ambas películas marcan precisamente los desaciertos de Paul Haggis al organizar la trama que, pese a la buena dosis de tensión dramática, acumula giros y vueltas de tuerca intrascendentes con un epilogo vergonzoso que por supuesto en el film francés se descartó desde el primer minuto. Parte de ese defecto lo constituye claramente el hecho de adaptar la estructura narrativa al nivel intelectual del público norteamericano como parte de la quintaesencia de todo film Hollywoodense.

    El reduccionismo y la redundancia con fines exclusivamente efectistas para resaltar el drama interno del personaje convierten a lo que era una buena historia que en sus raíces planteaba las contradicciones humanas frente a las situaciones extremas en una película vacía de contenido pero indudablemente entretenida, así como refleja que Paul Haggis escribe mucho mejor de lo que filma.
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  • Líbano
    Líbano
    CineFreaks
    La mira que juzga

    Más allá del indudable fantasma de aquel magistral film de Wolfang Petersen El barco, el director israelita Samuel Maoz logra con Líbano –galardonada con el León de Oro en el Festival de Venecia en 2009- un film que además de mostrar la deshumanización a partir de la guerra entre Israel y El Líbano es un interesante relato claustrofóbico que mantiene la tensión del espectador y reflexiona sobre la idea de representación cinematográfica desde la yuxtaposición de dos puntos de vista: el subjetivo de una mira de un tanque y el objetivo repartido entre cuatro tripulantes inexpertos dentro del vehículo.

    Todo comienza en el primer día de la citada guerra el 6 de Junio de 1982 (cabe aclarar que la guerra entre Israel y El Líbano arrastra las consecuencias de un conflicto que comenzó en los 70, donde la presencia del terrorismo de la Hezbolá y los palestinos fueron el principal blanco para los israelíes que invadieron el sur de Beirut, ayudados por los falangistas católicos) cuando luego de una misión de reconocimiento de un pueblo, que fue arrasado por la artillería israelí, un tanque queda en el medio de la zona de conflicto a merced del enemigo y sin apoyo de los altos mandos para rescatarlo.

    Sus cuatro tripulantes (Yoav Donat, Itay Tiran, Oshri Cohen, Michael Moshonov), jóvenes inexpertos, comienzan a vivir en carne propia el horror de la guerra que minutos antes sólo veían por el sesgado punto de vista de las miras en un rol de espectadores absolutamente pasivos.

    En medio de tribulaciones, charlas triviales y un nerviosismo en aumento, a medida que avanza el tiempo y las condiciones de salir ilesos son cada vez más adversas, la trama se desarrolla prácticamente en su conjunto en el interior del tanque –otro personaje más en la historia- donde la destreza en la dirección es notable tanto en lo que concierne a la atmósfera agobiante que envuelve el relato y a la tensión dramática que va modificando paulatinamente la convivencia entre la tripulación.

    A pesar de caer a veces en lugares comunes y de un desenlace demasiado previsible, el detalle resulta anecdótico ante la poderosa alegoría que rodea al film, así como su despojo de posiciones políticas o bajadas de línea ideológicas que podrían haber malogrado cualquier propuesta con el objetivo de resaltar los aspectos humanos sin importar desde qué bando se cuente la historia.

    Por otro lado, el escenario donde transcurren la mayor parte de los hechos no cambió demasiado hoy en relación al conflicto político que subyace en la trama entre Israel y Sirios libaneses, que arrojan como saldo una enorme cantidad de muertos civiles como parte de los daños colaterales de una guerra absurda, la cual ya cuenta entre sus episodios nefastos con la masacre de mil refugiados palestinos llamada Matanzas de Sabra y Chatila, retratadas con crudeza en el film animado Waltz For Bashir.
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  • El concierto
    El concierto
    CineFreaks
    Anexo de crítica: A diferencia de lo que ocurría en El tren de la vida, el realizador rumano Radu Mihaileanu no acierta con el tono y el humor en su despareja El concierto, dejando entrever en una trama donde subyace el contexto de la Rusia comunista un mejor resultado a la hora de volcarse hacia el melodrama como pasaba en Ser digno de ser. Pese a estos desniveles en la estructura general del film, que toma la premisa de un viaje de un director de orquesta y su reencuentro con afectos y sobre todo con la música clásica, la fibra emotiva se moviliza promediando el desenlace en lo que sin lugar a dudas es uno de los mejores segmentos de la película. El actor Aleksei Guskov entrega a su personaje un sesgo de nostalgia y sensibilidad que aporta la épica necesaria a su travesía, aspecto que desde el guión se malogra considerablemente...
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  • Un feriado particular
    Una visita inesperada

    Escrita, dirigida y protagonizada por Gianni Di Gregorio, Un feriado particular es una de esas pocas comedias deliciosas que hacen de la cotidianidad un verdadero tesoro. Por su honestidad a la hora de abordar el tema de la vejez desde un punto de vista positivo, pero sobre todas las cosas volcado a la naturalidad de sus personajes: cuatro ancianas no profesionales que se entregan plenamente al juego de la actuación con una cámara que las observa en un registro cuasi documental. La ópera prima de Di Gregorio acusa su rabiosa cinefilia donde el fantasma del neorrealismo italiano dice presente.

    Por otra parte, en su carácter de guionista y colaborador de Matteo Garrone (Gomorra) es notable el trabajo sobre los diálogos y la sutil elección de las pequeñas situaciones que van contando la historia. Prácticamente una anécdota desde el punto de vista narrativo sobra para construir este relato pequeño donde quedan establecidas -sin subrayados- las relaciones humanas y, en un segundo plano, el vinculo entre las madres y los hijos, que llegada la etapa de la vejez supone naturalmente un intercambio de roles en el cuidado del otro.

    Gianni vive con su madre en unos departamentos en Roma y debe varios meses de expensas por lo que el encargado le propone un trato: hospedar por unos días a su propia madre a cambio de ir saldando las deudas. A Gianni no le queda otra alternativa que agachar la cabeza y aceptarlo pero recibe la sorpresa de otra intrusa que acompaña a la madre del encargado: una tía de edad parecida a la que luego se sumará la visita inesperada de la madre de un médico amigo, a quien también el protagonista le debe favores. De inmediato, la tranquilidad del hogar se ve interrumpida dado que las demandantes huéspedes entablan amistad y se sienten como en vacaciones.

    La particularidad de este film ganador del festival de Venecia en 2008 la constituye la capacidad de observación y poder de síntesis para abordar el proceso de la vejez tanto desde lo físico con una fuerte presencia de primeros planos que acusan el paso del tiempo en cada personaje como desde lo espiritual y mental a partir de la vitalidad y lucidez de las ancianas llamadas al convite, aspecto que hace prácticamente invisible a la cámara.
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  • La revelación
    La revelación
    CineFreaks
    El infierno tan temido

    Si el mundo carcelario representa para los ojos de cualquiera la postal del infierno, su contracara debería mostrar la paz y la tranquilidad siempre que las ovejas no se desvíen del camino de la rectitud y las leyes imperantes. Pero el que juzga del otro lado; el que está delante de las rejas y sentencia en realidad no es tan diferente al que se encuentra -por haber cometido algún acto punible- detrás de las rejas.

    Así las cosas, el universo moral de La revelación, film dirigido por John Curran (Adulterio) pone en tela de juicio las acciones de sus cuatro personajes, despojados de toda chance de redención para revelar los aspectos más oscuros de las personas, sea el rol que les toque cumplir en el juego de la vida.

    En términos de traducción, la palabra del título original Stone, más allá de tratarse del apodo del personaje interpretado por Edward Norton, también remite a una piedra. Esa piedra para cada personaje implica una carga; un peso imposible de liberar sin alterar el entorno.

    En el caso de Jack (Robert de Niro), un oficial de libertad condicional a punto de jubilarse, el peso de la religión episcopalista (ligada siempre a la ultra derecha norteamericana) y el de un matrimonio infeliz es el principal obstáculo para ceder a la tentación de Lucetta (Milla Jovovich), pareja del convicto Stone (Norton), quien está acusado de haber encubierto el crimen de sus abuelos con un incendio provocado. Ella intentará acercarse por medio de las artimañas de la seducción a Jack para persuadirlo de que su novio puede resocializarse, para lo cual necesita un informe positivo en su evaluación final.

    Sin embargo, a partir de una serie de entrevistas de Jack cara a cara con el convicto, éste comienza a revelarle aspectos ocultos de su personalidad que lo acercan peligrosamente a un brote místico y que con el correr de los días Jack no podrá discernir entre la manipulación y la transformación espiritual que el condenado transparenta. Esa ambigüedad comienza a hacer estragos en los propios conflictos internos de Jack, atravesando una profunda crisis de fe que se potencia con la llegada de la sensual y calculadora Luceta, su amante y factor detonante de su crisis conyugal.

    La virtud del film, sin duda, reside en la construcción de los personajes y en los meticulosos diálogos a cargo del guionista Angus MacLachlan, que van conformando una trama repleta de sutilezas y metáforas que se van complementando en este juego dialéctico entre lo moral y lo amoral; entre el libre albedrio y los determinismos, con una fuerte carga crítica sobre la religión y las instituciones penitenciarias.

    Robert de Niro y Edward Norton se cruzan en un duelo actoral intenso donde cada uno aporta a su personaje una impronta personal, que puede apreciarse y disfrutarse a lo largo del film, donde los papeles femeninos tanto de la mujer de Jack (Frances Conroy) como el de su amante (Milla Jovovich) no desentonan en lo más mínimo.
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  • Fase 7
    Fase 7
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Esta ópera prima de Nicolás Goldbart es un claro ejemplo de las grandes posibilidades que tiene el cine argentino de aproximarse a los géneros sin perder un ápice de identidad. La virtud en este caso viene por partida doble: un elenco fabuloso que se adapta perfecto al tono buscado por el film y por otra parte la prolijidad narrativa para dosificar elementos de la ciencia ficción, el western y el relato claustrofóbico, con un inteligente manejo de los tiempos y los desplazamientos de cámara en interiores que dadas las condiciones de producción merecen un reconocimiento aparte. Sin embargo, el plus lo marca el humor negro; la mirada aguda del director sobre la otredad y la pérdida de solidaridad en situaciones extremas que vuelve a algunos de los personajes en zombies sociales, por decirlo de algún modo. Daniel Hendler, Yayo Guridi y Federico Lupi conforman un trío maravilloso...
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  • Biutiful
    Biutiful
    CineFreaks
    Yo, ¿el peor de todos?

    ¿Alejandro González Iñárritu es culpable de que el mundo globalizado y excluyente esté atravesado por la miseria humana?; ¿Cómo debería actuar un cineasta que pretende contar una historia de culpa y redención en un contexto tan explícito como el de la inmigración ilegal en Barcelona?

    Cuando ciertos directores de prestigio filman y representan, por ejemplo, el Holocausto o la guerra son artistas comprometidos; pero si otros intentan encontrar poesía en la basura y hacer de eso una obra de arte rápidamente son acusados de regodearse en la tragedia ajena y de carecer de profundidad. Biutiful no es una obra maestra del director de Amores perros; pero tampoco un film hipócrita y especulativo como se intenta argumentar, porque básicamente está dedicado a la memoria del padre del realizador (el espectador que llegue al final se dará cuenta) y por ese motivo guarda una intensa carga emocional y personal que se intensifica en una trama lineal que atraviesa el derrotero de un hombre intentando dejar en orden el mundo que lo rodea (ese mundo está compuesto de miserias, dolores, malas decisiones, miedos y deseos como el de cualquier mortal) antes de morirse.

    Pero como es habitual en el director de Babel, Biutiful también es un film que reflexiona sobre la muerte y sus misterios, despojado de toda respuesta religiosa y espiritual, dejando en evidencia simplemente que la muerte es algo inevitable e inexplicable.

    González Iñárritu extrae lo mejor de Javier Bardem en esta película donde la ausencia del guionista Guillermo Arriaga se nota pero no se siente, así como tampoco la colaboración autoral de los nietos de Víctor Bo aporta algo de sustancia a un guión sencillo que apela al poder de las imágenes más que a las palabras.
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  • Amigos con derechos
    Prohibido enamorarse

    Atracción inmediata, luego enamoramiento, en el medio una separación y finalmente la reconciliación. ¿No vimos una y mil veces esta película? Pero como aparecen Natalie Portman y Ashton Kutcher en los roles protagónicos, entonces pareciera ser otra cosa pero al final es más de lo mismo.

    La comedia romántica murió hace rato con películas como Cuando Harry conoció a Sally, icono indiscutido de los 90 que le dijo adiós al género. Luego de deplorables y mediocres intentos por revivirla, algunos directores inteligentes comprendieron que el romanticismo sin una cuota de ironía o cinismo es tan falso como las historias que se pretenden contar. Por eso, cuando todo indica que Amigos con derechos es un film que contrapone la idea de comedia sexual típica de estos tiempos con la de comedia romántica el resultado está a la vista: no funciona y apenas un puñado de chistes la sacan de la cursilería habitual pro San Valentín.

    Las vueltas de la vida marcan los reencuentros entre Adam y Emma (le podrían haber puesto Adam y Eva y la obviedad hubiese sido demasiada), quienes se conocen desde su adolescencia y transitando la treintena deciden mantener relaciones sexuales casuales, con el compromiso de no enamorarse. Ella es una médica residente que encuentra en el sexo el escape ideal a la rutinaria vida y al trabajo en el hospital; él intenta de todas formas despegarse de la sombra de un padre que lo avergüenza (Kevin kline) y que -como frutilla del postre- le robó a la ex novia. Su trabajo como asistente de dirección en un programa de televisión que emula a High School Musical -o a la reciente Glee- también se lo consiguió su padre, estrella de televisión ya retirada que no soporta sentirse viejo. No es necesario aclarar que el pacto de no enamorarse empieza a flaquear y surgen una serie de contratiempos que precipitarán el futuro de las relaciones entre Adam y Emma.

    Amigos con derechos, del experimentado director Ivan Reitman (Junior) no aporta singularidad alguna a un género desgastado que no encuentra recambio hace varios años y se empecina en aplicar fórmulas efectistas valiéndose únicamente de la convocatoria de taquilla de sus figuras.

    Ashton Kutcher una vez más hace de Ashton Kutcher y la diáfana Natalie Portman cumple con un rol menor su cuota de carisma para encontrar el complemento justo con su coequiper. Podría decirse que entre ambos hay lo que comúnmente se denomina química y que la dirección del creador de Los cazafantasmas es correcta, sin ningún otro mérito que el de aggionarse a los ritmos impuestos por estos tiempos.
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  • 127 horas
    127 horas
    CineFreaks
    El triunfo de la voluntad

    Es evidente que al director Danny Boyle le apasionan las situaciones humanas extremas y la capacidad del hombre para superarse y vencer adversidades gracias a la voluntad. Sin duda en perspectiva los mejores momentos de Trainspotting eran aquellos de la lucha del protagonista en la etapa de abstinencia; los de Slumdog millonaire aquellos en que se retrataban con crudeza las peripecias de los niños en la India, del otro lado de Bollywood.

    En todas ellas quedaba marcada la diferencia entre el hombre y la hostilidad del mundo que habita, el cual a veces saca a relucir el mejor instinto de supervivencia cuando la fe -en fenómenos externos- se pierde. Por eso 127 horas quizás sea la mejor película del realizador Danny Boyle hasta la fecha, y no sólo por su impecable factura cinematográfica sino por su coherencia y honestidad.

    De antemano no resultaba nada fácil trasladar a la pantalla la anécdota del escalador Aaron Ralston (magistral interpretación de James Franco), un joven temerario, poco amigo de las reglas y con un espíritu de libertad que choca contra los postulados de la esclavizante sociedad de consumo, que decidió desafiar al imponente Cañón del Colorado (Utah) metiéndose entre sus intersticios montañosos hasta quedar atrapado entre las paredes internas de uno de ellos tras el desprendimiento de una roca sobre uno de sus brazos.

    Sin ninguna chance de sacar el miembro atascado contra una de las paredes, Ralston pasó cinco días allí sin prácticamente alternativas para salir con vida, salvo la decisión de amputárselo para escapar. Una cantimplora con escaso suministro de agua potable; una cámara digital; un cortaplumas y algunas provisiones para un día eran los únicos elementos con que contaba Aaron antes de que la gangrena avanzara, así como las inclemencias del tiempo en amenaza constante.

    En eso se resume toda la historia ya conocida y que forma parte de una novela autobiográfica del propio Aaron Ralston, quien pese al episodio del año 2003 hoy sigue asumiendo aventuras extremas a fuerza de omnipotencia, locura, espíritu y vitalidad sin las cuales no hubiese podido superar el trauma.

    Ahora bien, las cualidades que resaltan en la figura del intrépido montañista son equivalentes a las de Danny Boyle a la hora de encarar el proyecto y hacerlo suyo desde el primer minuto hasta el último. Esto lo logra con una energía que trasciende la épica y en una mezcla de tono confesional (brillante recurso de la cámara digital) e intimista, acompañado de un monólogo interno que se va ordenando en reflexiones, miedos, contradicciones, revelaciones por fragmentos, en el que se puede experimentar -gracias al encomiable trabajo de Franco- la curva de degradación y deterioro tanto físico como psicológico del personaje, con su contracara de la perseverancia y la necesidad de no entregarse a la muerte.

    El realizador decide ir de lo general a lo particular comenzando con el vértigo y la adrenalina propia de una ciudad en acción y grandes masas trasladándose hacia ninguna parte. Un aspecto de la crítica social y a la sociedad de consumo se ve plasmada en este juego de opuestos que, transportado a la situación límite, no hace otra cosa que mostrar su cara de banalidad, reforzada por la parodia de un símil reality show donde el protagonista expone su dolor y miserias personales ante cámara mientras las últimas horas se le escapan.

    Dentro de ese conglomerado humano y amorfo destaca un hombre en plan de fuga o excursión o de viaje interior (si el término se acepta) que representa sintéticamente al norteamericano promedio. A partir de allí, la cámara se encargará del resto midiendo constantemente la distancia entre el protagonista y el contexto; entre la soledad de un espacio geográfico majestuoso y la del encierro, que la excelente fotografía de Anthony Dod Mantle y Enrique Chediak enriquece sobremanera, además de la banda sonora del hindú A. R. Rahman que complementa el cuadro a la perfección.

    Esa atmósfera solitaria que no hace más que resaltar la insignificancia del hombre frente a la naturaleza (uno de los pilares fundantes del romanticismo) va impregnando el tono del relato sumiéndolo en un terreno de abstracción pese al fuerte realismo de las imágenes y a la textura prácticamente documental de algunos segmentos; pero también da lugar a lo onírico o alucinatorio desde el punto de vista del protagonista.

    La idea de la puesta en escena integrada a los flashbacks es sublime y un recurso inteligente del director para despojarse del lastre de los recuerdos y su forma convencional de representación, con el propósito de darle cierto respiro al espectador y sacarlo de la opresión y desesperación que avanza con el correr de los minutos. Para lograr semejante conjunción de aspectos tanto formales como conceptuales resulta indispensable un actor con las características adecuadas para no sobreactuar una situación límite (eso es lo que ocurría en el film Enterrado) y hacer de su performance un tour de force verosímil y conmovedor como el que entrega James Franco.

    127 horas es una película difícil de sobrellevar si uno no está preparado para emociones fuertes que exacerban cualquier aspecto de debilidad humana, así como recuperan la confianza en el poder de la voluntad y del cine para encontrarle un lenguaje universal, poético y único para el que no hace falta absolutamente nada más que sensibilidad e inteligencia: palabras que al cine Hollywoodense prefabricado le quedan tan grandes como las montañas que Aaron escala.
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  • Desconocido
    Desconocido
    CineFreaks
    Anexo de crítica: El director catalán Jaume Collet-Serra se disfraza de Alfred Hitchcock pero en la mitad de la fiesta queda al descubierto en este thriller de espionaje protagonizado por un convincente Liam Neeson, que le debe mucho a Intriga internacional y a la trilogía de Jason Bourne. Si partimos de la base de una idea bastante poco creíble, que apela a la aceptación de un verosímil sumamente endeble, es justo reconocer que el realizador de La casa de cera se toma su tiempo para intentar no dejar ningún cabo suelto; imprime tensión a un relato por momentos trepidante que atrapa al espectador pero no logra resolverlo de la mejor manera y en ese punto débil es donde se nota que se trataba de un disfraz del gran maestro del suspenso...
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  • Soy el número cuatro
    Otra saga para adolescentes

    Después del irrefutable boom de la saga Crepúsculo resulta inevitable que aparezcan productos destinados al público adolescente, la mayoría de ellos originados a partir de versiones literarias. Este es el caso de esta nueva franquicia que ha adquirido Disney/Dreamworks bajo el titulo Soy el número cuatro, que forma parte del primero de seis libros escritos por Jobie Hughes y James Frey -quienes firmaron bajo el pseudónimo de Pittacus Lore- y cuya versión cinematográfica quedó a cargo del impersonal D.J Caruso (Paranoia y Control total).

    Algo de thriller y poco de ciencia ficción sobrevuela la atmósfera del film que se basa en una premisa básica: un adolescente extraterrestre, John Smith (Alex Pettyfer), debe pasar lo más desapercibido posible en la tierra para que unos asesinos alienígenas, los mogadorianos, no lo terminen matando como al resto de los nueve sobrevivientes de un planeta extinto. Sin embargo, pese a las órdenes de su guardián y protector Henri (Timothy Olyphant) de no sobresalir dentro de la escuela secundaria en Ohio –nuevo destino- para no llamar la atención, el muchacho pretende ser igual al resto de sus compañeros y no estará dispuesto a vivir recluido. Además, conoce a Sarah (Dianna Agron) y se enamora, así como intenta salvar a Sam (Callan McAuliffe) de las humillaciones diarias por ser el chico diferente de la escuela.

    No obstante, con la amenaza latente de que los mogadorianos hallen su paradero, John irá descubriendo ciertos poderes y una conexión con los otros adolescentes de su raza, con quienes deberá unirse para acabar con el enemigo (ese es el gancho de la continuidad de la aventura en sucesivas entregas). Así conoce a la número seis (Teresa Palmer), quien gracias a su popularidad en internet lo encuentra fácilmente. Ambos saben que la próxima víctima es él, dado que los asesinatos siguen en orden numérico.

    El principal problema de esta producción de Michael Bay es que la parafernalia de efectos especiales y la acción prometida aparecen promediando más de la mitad del metraje. Si bien es cierto que la primera parte funciona como presentación de la historia, los conflictos adolescentes y los personajes, el relato se vuelve demasiado anecdótico sin un buen desarrollo de subtramas que quedan a medio camino.

    Seguramente el espectador adolescente encuentre atractivo en la pareja protagónica; disfrute con alguna que otra ocurrencia de Sam y se deleite con un final explosivo pero sin sorpresas ni nada que pueda destacarse para un producto prolijo que por tratarse de su primera presentación deja varios interrogantes sobre su futuro.
    Con Crepúsculo había ocurrido algo parecido y luego la saga encontró su camino, en este caso habrá que esperar.
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  • El ganador
    El ganador
    CineFreaks
    Cuerpo, cabeza, cuerpo

    Hay varias zonas por las que transita El ganador, uno de los diez títulos que ha recibido varias nominaciones a los premios Oscar incluyendo Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor y Actriz de reparto.

    Narrativamente, puede decirse que la estructura de la película es un gran flashback anclado en el rodaje de un documental de la cadena HBO protagonizado por una fugaz figura pugilística, Dicky Ecklund (interpretado maravillosamente por Christian Bale, quien seguramente se alce con la estatuilla), caído en desgracia por su adicción al crack con un anecdotario rico que le otorgó fama tras haber vencido en 1978 a la leyenda Sugar Ray Leonard. Luego de un par de peleas, debió retirarse por su enfermedad y contentarse con el rol de entrenador de su hermano Micky Ward (Mark Wahlberg), bajo la égida protectora de Alice (Melissa Leo), madre de ambos y de siete hijas que vivían junto a ella y su pareja en la misma casa de familia.

    Pese a sus diferencias, los hermanos se amparaban en las palabras de su madre, quien además oficiaba de mánager pero que no podía ocultar frente a Micky su predilección por Dicky, tal vez el más vulnerable e influenciable de los dos. El boxeo más que el deporte significó para la familia la posibilidad de sobrevivir a las penurias económicas por lo que la necesidad de pelear a cualquier precio era un factor determinante en el decurso de la vida de Micky, quien debía demostrar que podía llegar más lejos que su hermano cuando los ojos se concentraban en el fracasado Dicky y en su momento de esplendor en el cuadrilátero.

    Ese cuadrilátero de box es un perímetro con límites y reglas que controlan las acciones y los movimientos pero el otro cuadrilátero sin límites, sin reglas y donde los golpes se reciben cuando menos se esperan es el de la vida. Por eso el paralelo entre las hazañas deportivas y las victorias personales, tanto para uno como para el otro, son evidentes en el film, que casualmente cuenta con la producción ejecutiva de Darren Aronofsky, responsable de El luchador.

    El primer golpe sin aviso lo marca la llegada de Charlene (Amy Adams), novia de Micky que de a poco comienza a abrirle los ojos y alejarlo del matriarcado para terminar confrontando su lugar dentro del negocio del box con la temible Alice. En ese círculo vicioso que por un lado representa una familia asfixiante y el de la competencia en el ring se desencadenan los avatares de este melodrama con resabios de película de box, dirigido eficazmente por David O. Russell (Tres reyes), que se destaca por contar con un excelente reparto.

    Resulta interesante cómo desde un guión muy bien escrito por Scott Silver y Paul Tamasy se desarrolla con sutilezas y grageas de humor costumbrista el camino ascendente de Micky, quien al despojarse de la sombra de su hermano busca su propio camino como boxeador y en contrapartida la pendiente descendente que atraviesa Dicky a partir de su adicción y su alejamiento paulatino del ring.

    Por otro lado, es atractivo en relación al relato no haber caído en un juego binario de opuestos entre ambos hermanos -literalmente hablando- sino bordear las diferentes aristas por las que pasa la relación. No obstante, lo que no ocurre en la historia se plasma paradójicamente en el film ya que Christian Bale eclipsa a su partenaire cada vez que interviene y eso se nota en pantalla, aunque no quiere decir que lo de Mark Wahlberg no sea meritorio. Los roles femeninos en este caso particular tienen un peso muy importante dado que tanto la madre, su séquito de hijas y la novia cuentan con una personalidad arrolladora que funciona como sostén emocional de estos boxeadores tan golpeados dentro del cuadrilátero como fuera de él.

    Con todas estas implicancias sería injusto enrolar a El ganador dentro de la nómina de películas sobre el box como Toro salvaje o Cinderella man ya que las instancias deportivas con sus peleas de rigor operan como contexto o trasfondo de esta biografía (cabe recordar que Dicky Ecklund existe y sigue entrenando boxeadores mientras que su hermano Micky se retiró en el 2003) cruda y melodrama familiar, cuya nominación como mejor película resulta comprensible pese a tener como rivales títulos que en la pelea le ganarían por puntos.
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  • Piraña
    Piraña
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Un festival de vísceras, humor tonto y pechos frondosos para una remake a la que sólo Alexandre Aja podía sacarle el jugo. Fiel a su enfermiza mente, a su morbo protoadolescente, el realizador francés sabe mezclar homenaje, trash, gore, ironía y un cinismo feroz en un convite tóxico y contagioso para amantes de lo bizarro y del género. Entretenida y sólida narrativamente dentro de los parámetros de una historia que puede sintetizarse en un renglón, no hay nada por objetarle a estas temibles y voraces criaturas prehistóricas...
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  • El cisne negro
    El cisne negro
    CineFreaks
    Danza con lobas

    Los personajes torturados tanto emocional como psicológicamente son afines al cine de Darren Aronofsky, si bien con su anterior película El luchador el director de Pi se alejó un tanto de ese universo traumático ahora con El cisne negro vuelve a cargar las tintas sobre la gradual transformación y metamorfosis que sufre su protagonista, Nina (gran desempeño actoral de Natalie Portman).

    Ella es una joven bailarina clásica, obsesionada por la búsqueda de la perfección en un mundo altamente competitivo y destructivo como el de una compañía de ballet. Admira secretamente a la experimentada Beth (Winona Ryder), cuyo cuarto de hora de fama ha llegado a su fin porque así lo dispone la dinámica del ballet siempre en busca de sangre joven y nuevas caras. Las candidatas a reemplazarla recién comienzan a sentir la presión y se disputan la atención del director de la compañía.

    Si bien la rivalidad con Lily (Mila Kunis), con quien debe medirse en los ensayos para ver quién termina siendo la elegida para interpretar a la reina Cisne en una nueva versión de la pieza El lago de los cisnes, es una amenaza latente, el mayor conflicto para Nina está relacionado con sus propios demonios internos que le revelan un costado de su personalidad diferente al que exterioriza en su vida cotidiana. Ese encuentro con lo más oculto de su ser; con la oscuridad que la habita y la seduce comienza a manifestarse sutilmente en un camino de introspección, en contraste con el de observación permanente (una cámara que acecha y espia) al que es sometida Nina, quien depende de la mirada del otro; de su aprobación o rechazo, para huir de sus fantasmas y obsesiones, alimentado por las terribles exigencias del director de la compañía Thomas Leroy (Vincent Cassel). Para él Nina debe dejarse llevar por el deseo más que por la técnica del baile y así desentumecer su cuerpo para fluir con el movimiento, la sensualidad y la intensidad de la fragilidad.

    Todo eso representa El cisne negro no sólo desde la dialéctica de opuestos con el contrapunto explicito desde lo visual entre blancos y negros; luces y sombras, espejos y dobles que se van distorsionando levemente para romper la frontera entre realidad y alucinación, pero que unidos -gracias a una eficaz puesta en escena- conforman el universo de la protagonista en quien el cineasta ancla el punto de vista del relato y de alguna forma dirige la mirada del espectador para no perder de vista el verosímil, en constante ruptura al introducir elementos fantásticos que desvían la historia hacia zonas de mayor ambigüedad de las que habitualmente puede proponer un thriller psicológico focalizado en el enfrentamiento y lucha despiadada entre dos bailarinas, o en un simple relato de autodestrucción como el que podía plantearse en Requiem por un sueño.

    Sin embargo, para Nina perder el control sobre sus actos supone un riesgo que se va trasparentando en pequeños rasgos de imperfección de su cuerpo: marcas visibles de esa metamorfosis que pretende esconder ante la presencia invasiva de una madre (Barbara Hershey) sobreprotectora, quien ha depositado en ella todas sus frustraciones por no poder seguir la carrera de bailarina al tener que darla a luz.

    Celos y castraciones de todo orden van dejando sus cicatrices y detonan los mecanismos de autoflagelación que se vinculan estrechamente con el proceso de asimilación de la obra, donde por un lado deberá interpretar al cisne blanco, pura, virginal y frágil y por otro a su antagonista el cisne negro deshinibida, sensual, trágica. Y en paralelo la metamorfosis se consuma en tres actos o comportamientos -que aquí no se revelarán- estableciéndose un principio de simetría entre los personajes de la historia del ballet propiamente dicho y aquellos que deben encarnarlos en el escenario.

    Simbólica y psicológicamente las represiones que padece Nina se conectan también con la incapacidad de sentir y con el despertar sexual también ambiguo en cuanto al género, aunque en realidad sufre una enorme represión y castración maternal que trasparenta en su errático deambular y su percepción paranoica del entorno.

    Darle a Aronofsky la posibilidad de bucear en el mundo interior de un personaje tan complejo y exquisitamente construido por Mark Heyman, Andres Heinz y John McLaughlin en un guión sin subrayados que desborda matices y derriba estereotipos implicaba el desafío de encontrar el tono indicado para la tragedia y la actriz capaz de desdoblarse dramática y corporalmente. Por eso lo de Natalie Portman sin dudas marca la distinción y se transforma en el mejor papel de su carrera, aspecto que seguramente le valga el Oscar ya que se destaca y carga con el film sobre sus espaldas desde el primer minuto hasta el último, completamente transformada y creíble para este quinto largometraje de un talentoso realizador que recién comienza a desplegar sus alas.
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  • El rito
    El rito
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Las posesiones demoníacas -sean o no inspiradas en hechos reales- han perdido todo atractivo luego de la magistral El exorcista (1973), salvo honrosas excepciones como la alemana Requiem. El resto de los títulos que giran en torno a este tópico no llegan nunca a los niveles tanto desde lo narrativo, los personajes y los climas como aquella película que rezaba que el infierno era una construcción mental despojada de todo elemento sobrenatural. Siempre resulta más intrigante ligar un acto de posesión diabólica con cierta patología mental, pero sin caer en las redes de la racionalización pura como sinónimo de negación de los hechos. Ese es el principal problema que arrastra esta película de Mikael Håfström (1408), excesivamente solemne, cuyo único mérito es contar con la presencia de Anthony Hopkins para darle lustre a su personaje a pesar de no poder salir airoso de un caprichoso guión que busca desesperadamente a Hannibal Lecter...
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  • Las aventuras de Sammy
    Anexo de crítica: El director Ben Stassen dirige esta simpática animación digital en 3D, deudora de la magistral Buscando a Nemo, con la gran diferencia de un contexto hostil y un mensaje de conciencia ecológica para los más pequeños. Los desniveles narrativos se notan en la mitad del relato y la dispersión de personajes sin peso le juegan un poco en contra a la trama sencilla y con pocos elementos conflictivos. Sin embargo, para los más chicos esta historia de una tortuga que intenta sobrevivir y transformarse en adulta, en un viaje a la deriva por diferentes latitudes, resulta lo suficientemente atractiva para que no se aburran y de paso aprendan algo del mundo marino...
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  • Temple de acero
    Temple de acero
    CineFreaks
    Lady vengeance

    A los hermanos Coen les faltaba revisitar el Western para sacarle el jugo a sus relatos, pero esta vez optaron por adaptar la novela de Charles Portis (no así la película original dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por John Wayne en 1969) en esta nueva versión de Temple de acero.

    El film cuenta con las actuaciones estelares de la revelación adolescente Hailee Steinfeld (merecería una nominación al Oscar como actriz de reparto por lo menos) junto a Jeff Bridges, Matt Damon y Josh Brolin, reparto que se ajusta a la perfección ante las exigencias de un guión muy bien escrito, que requiere de sus personajes una cadencia y léxico particular.

    El fuerte de la propuesta cinematográfica de los Coen -más allá de los diálogos exquisitos- no lo constituye tanto la anécdota de la venganza, sino el trasfondo en el que esta se pone en marcha. Y así como la venganza es el motor de la acción de la protagonista Mattie Ross, una niña de 14 años a quien le asesinaron a sangre fría a su padre y busca atrapar a su asesino (Josh Brolin) con la ayuda de un caza recompensas (Jeff Bridges), el honor y los deberes morales también forman parte de la trama.

    No obstante, ella resulta mucho más interesante que el personaje que se juega ese honor, Rooster Cogburn (gran actuación de Jeff Bridges) quien es un Marshall alcohólico, gatillo fácil, transitando por el crepúsculo de su vida y cuyo su antagonista es nada menos que un Texas Ranger (Matt Damon), quien se une a la empresa para atrapar al asesino que huyó a territorio indio, con quien rivaliza constantemente por sus métodos.

    La diferencia entre la justicia como parte del deber ser y de la búsqueda de la justicia como parte de un negocio de mercenarios queda bien expuesta en esta lucha de ambos personajes ante la mirada inocente y pura de una víctima adolescente, quien debe actuar como adulta y hacerse valer frente al poder machista que la rodea.

    Quizás la originalidad de este western con el sello inconfundible de Joel y Ethan Coen sea precisamente romper con la tradición del género y dejar en manos de una mujer muy joven aquellas características de coraje y valentía exclusivas de los hombres de armas tomar. Y ese cruce de heroína con antihéroes es el mayor atractivo de una historia a la que tal vez le falte un villano de mayor fuste y algo de épica que recién se consuma promediando el final del film.

    Sin embargo, no faltan los duelos; las panorámicas propias del género donde se destaca sin lugar a dudas la fotografía de Roger Deakins y una banda sonora (parecida a las de Clint Eastwood, es cierto) de Carter Burwell a tono con el ritmo cadencioso y parsimonioso que nunca se detiene en las casi dos horas, que pasan realmente muy rápido.

    Tratándose de los creadores de Fargo, el humor también dice presente en Temple de acero y por supuesto la cuota de cinismo habitual para terminar redondeando un western atípico, sólido, aunque no deslumbrante.
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  • El discurso del rey
    En pocas palabras

    En un rincón de Europa hay un político con aspiraciones a rey que arenga a las masas alemanas con un discurso efervescente y pleno de retórica, capaz de convencerlos de que esa nación merece dominar el mundo. Varios kilómetros lo separan de un pequeño hombrecito, elegante y refinado, que porta la estirpe aristocrática en su andar; que soporta las humillaciones de su padre Jorge V (Michael Gambon), un soberano más cerca de la muerte que de seguir ocupando el trono de Inglaterra, y que padece de una profunda tartamudez. Ambos saben en su fuero interno que el poder no sólo se define por los actos sino también por la capacidad de liderazgo para lo cual es imprescindible expresarse adecuadamente.

    Por eso, este hombrecito que no es otro que el duque de York (conocido luego tras su reinado que se extendió desde 1936 a 1952 como Jorge VII) debe intentar por todos los medios superar su problema lingüístico, dado que su hermano Eduardo VIII (Guy Pearce) abdica luego de un año en el trono por romper protocolos y tradiciones, además de no ocultar ante el pueblo su simpatía por Adolf Hitler y frente a sus funcionarios una evidente ineptitud.

    Despojado de toda intriga palaciega, dejando en un segundo plano el contexto político y concentrándose mayoritariamente en sus personajes, El discurso del rey se inscribe en el tipo de películas como La reina. Para sorpresa de varios es la gran candidata a destronar a la supuestamente imbatible Red social en la próxima entrega de los premios Oscar el 27 de febrero. Ocupó el podio de los rubros más importantes de los premios Bafta; fue tenida en cuenta por los productores norteamericanos en la premiación anual y hace pocos días también recibió un apoyo incondicional por parte del sindicato de actores.

    Su director Tom Hooper logra por un lado transformar una anécdota en una interesante historia de amistad entre dos representantes de castas sociales diametralmente opuestas, que comparten secretos, miedos e intimidades en un acuerdo de confianza y respeto admirables. Algo del estilo teatral sobrevuela en la estructura narrativa, cuyo fuerte es sin lugar a dudas las reuniones entre ambos personajes y el progresivo tratamiento al que se somete el rey.

    Sin embargo, gracias a la deslumbrante actuación de Colin Firth el relato transita por los carriles de la historia de autosuperación, siempre bien recibida por la Academia, aspecto que vaticina la justificada entrega de la estatuilla dorada como mejor actor a Firth. Pero no sólo él deja su marca gracias al eximio guión de David Seidler sino que su coequiper, el australiano Geoffrey Rush, interpreta magistralmente a Lionel Logue como el encargado de acompañarlo en el proceso de transformación poco convencional que terminará por ayudarlo a superar el trauma del habla y para el que el soberano deberá abrirse emocionalmente.

    No se trata aquí de desarrollar la relación particular entre un plebeyo y un aristócrata simplemente, sino de desentrañar las responsabilidades sociales frente al poder, ya sea político en el caso del rey o médico en el caso del logópeda sin dejar de lado claro está los aspectos humanos, denominador común entre ambos más allá de su condición social.

    Así, las presiones por gobernar un país que acaba de perder a su autoridad máxima frente a la amenaza latente de la guerra mundial marcan el conflicto psicológico del protagonista pero hay otro que subyace y no cicatriza jamás como el trauma infantil, encerrado en el balbuceo cortante y en el silencio abrumador que lo hace vulnerable pese a la imagen de todo poderoso que debe transmitir ante sus súbditos y familia, donde la presencia de su esposa, la reina Isabel (Helena Bonham Carter), es fundamental.

    En pocas palabras puede decirse que El discurso del rey es un film de impecable factura, tanto desde el punto de vista técnico como cinematográfico, que cuenta con un reparto lujoso dirigido implacablemente por Tom Hooper, y que seguramente continúe por la senda de los premios internacionales con justo merecimiento.

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  • El Avispón Verde
    Anexo de crítica: Afortunadamente, el director francés sortea con eficacia los convencionalismos de la industria y deja una pequeña muestra de su sello personal en la puesta en escena e imaginería visual: uso de cámara lenta, encuadres escorzados, imagen acelerada y otros recursos propios de su estilo, todos en función de agilizar el relato y llevarlo a un ritmo constante. Un renovado Avispón verde; aggiornado a la moda retro tan en boga últimamente y a los códigos de las comedias de acción bien ejecutadas. La incorporación de Rogen aporta el humor justo a la historia, que sumado al cinismo de su mirada sobre los superhéroes y a una autoparodia consciente imprimen frescura al relato y lo sacan de esquematismos tratándose de una película de acción con pasos de comedia. La paradoja del guión demuestra las verdaderas intenciones de Rogen y compañía para desmitificar tanto la figura de héroe como la de villano. Una divertida parodia, que seguramente alterará los ánimos de aquellos seguidores ortodoxos de la solemnidad y poco amigos de la bufonería. Sin embargo, es justo aclarar que El avispón verde 2011 no quedará en la memoria de nadie como si se tratara de un picotazo que no deja marca ni cicatriz en el cuerpo...
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  • Sudor frío
    Sudor frío
    CineFreaks
    Gotas que queman en la piel

    Posiblemente a partir del estreno comercial de Sudor frío, la nueva propuesta de terror argentina de la mano de la productora platense Paura Flics –en sociedad con la productora Pampa Films- el público local apoye con mayor entusiasmo al cine de género nacional. El próximo estreno de Fase 7 parece confirmar que algo está cambiando en las distribuidoras locales, siempre que exista el apoyo de la televisión para una promoción y difusión seria.

    Las condiciones de producción están más que garantizadas cuando detrás de los proyectos aparecen buenas ideas y un trabajo meticuloso e impecable dentro de los parámetros técnicos que confirman por un lado que no se necesita de grandes presupuestos para lograr películas interesantes y dignas como la que nos espera con Sudor frío, galardonada en el Festival de Cine Mórbido de México en su última edición.

    Ya con Habitaciones para turistas, ópera prima de Adrián y Ramiro García Bogliano del año 2004 (editada en DVD) se vislumbraba en primer lugar la inclusión de tópicos locales (pueblos fantasmas, sectas, aborto) encubiertos bajo el pretexto de un género muy poco permeable a desarrollar temáticas distintas y en segunda instancia una conjunción de elementos estéticos que, gracias a la economía de recursos, definían un universo propio y verosímil, donde era apreciable la afición y devoción de los hermanos García Bogliano por el género y sus máximos referentes.

    Esas cualidades cinematográficas se multiplican en Sudor frío por tratarse de una historia que busca respetar los códigos del cine de terror, sin despojarse de una identidad propia y arriesgando el empleo de un imaginario popular y los fantasmas que aún habitan en el inconsciente colectivo de la sociedad argentina, más precisamente en lo que se refiere a la dictadura militar con referencias directas a la Triple A y al Ejército Revolucionario del Pueblo.

    No es para nada gratuito a esta altura relacionar la historia del Proceso argentino con una trama macabra y terrorífica donde la tortura y la impunidad del torturador quedó garantizada gracias a la idiosincrasia que supimos conseguir. Por eso el siniestro relato, esbozado a partir del guión coescrito junto a Hernán Moyano (ver entrevista), toma los resabios de la época de los años de plomo para definir a los personajes maquiavélicos, en este caso una pareja de ancianos (uno de ellos recuerda al mítico Natan Pinzón) que además de arrastrar el paso de los años cargan con la cuota precisa de miserabilidad en los oscuros rincones del alma.

    En una vieja casona a plena vista de todos y de una ciudad dormida y autista se llevan a cabo las peores aberraciones utilizando el señuelo de un chat para convocar a chicas incautas y así someterlas a un verdadero infierno. Allí, llegarán un joven (Facundo Espinosa), quien con la ayuda de una amiga (Marina Glezer) siguen el rastro de su novia (Camila Velasco), quien supuestamente conoció a otro joven por vía del chat y se ha reunido con él en la mencionada casona.

    Sin prolegómenos y con un prólogo que rescata material de archivo de la época, Adrián García Bogliano nos introduce en los interiores del tenebroso refugio, a fuerza de tensión y una atmósfera claustrofóbica que no da respiro y en la que la mezcla de sonidos aporta un interesante clima perturbador, muy bien acompañado por la banda sonora a cargo de Facundo Espinosa.

    El tratamiento de la imagen es cuidado y meticuloso en materia de texturas y colores, así como el juego permanente de contrastes y clarososcuros que remiten al cine de terror de otras épocas. También los primerísimos primeros planos sobre el cuerpo realzan el aspecto físico y visceral del film con una justa dosis de sangre y extremidades por los aires, sumada a una que otra sorpresa que por motivos obvios no revelaremos y donde se destaca el prolijo trabajo de maquillaje.

    El elenco cumple desde el punto de vista dramático y físico. Es destacable y meritorio del guión que la mayoría de las acciones están justificadas –inclusive los pechos de Camila Velasco- dentro del verosímil permitido que de antemano escapa al registro realista cuasidocumental bastante vapuleado últimamente por otras propuestas de igual corte.

    Tal vez donde no se hayan consumado las intenciones del guión es en los intentos de humor y escenas bizarras, a pesar de que estas aparecen en cuentagotas.

    Teniendo en cuenta que el antecedente más cercano de cine de terror vernáculo fue el film de Sergio Esquenazi, El visitante de invierno, y sus resultados formales quedaban a medio camino, el caso de Sudor frío no transita por los mismos desniveles narrativos; utiliza de manera más inteligente los recursos cinematográficos en pos de la funcionalidad de la historia y abre de forma definitiva el camino para que la industria aletargada del cine argentino comience a mirar desde adentro hacia afuera y no al revés, y por fin se quite el lastre del prejuicio ante el cine de género.
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  • Dulce espera
    Dulce espera
    CineFreaks
    La otra postal

    Hay un axioma que reza menos es más y que encuentra su mayor expresión algunas veces en el documental que tiene la capacidad de mostrar la totalidad de un fenómeno a partir del recorte de la realidad pero sin reducir el todo a la sumatoria de las partes.

    Por partes pueden entenderse aquellos tópicos que abarca en su microcosmos particular de detalles. Lo único que resta es saber dirigir la mirada para que el recorrido tenga una cohesión o lógica interna, capaz de revelar aspectos ocultos que a simple vista pasan desapercibidos a un ojo poco lúcido o atento a lo que pasa en el devenir de las imágenes. Todas esas cualidades son necesarias para concebir una buena película más allá de los resultados estéticos posteriores cuando el foco se concentra en la historia y en su contexto.

    La realizadora Laura Linares lo logra con creces en su film Dulce espera, protagonizado por tres personajes: Valeria (Valeria Quiñelen), su novio Lucas (Lucas Jaime Torre) y su madre (Ana Torre). La joven adolescente Valeria conoce a Lucas a partir de las cartas que le envía durante su estadía en prisión y producto de la visita conyugal queda embarazada, mientras él purga la condena por haber robado a pesar de los consejos y reproches de su madre, devota de la religión metodista pentecostal que cree que Dios es el único que castiga y salva con su perdón divino.

    Sin embargo, para Lucas la vida no debe implicar sacrificio alguno y mucho menos si de trabajo se trata por lo que su redención es prácticamente imposible. Esa a grandes rasgos es la historia que Linares desarrolla inteligentemente sin caer en el derrotero de los lugares comunes y tomando como posición ética- y porque no estética- la idea de no juzgar a sus criaturas.

    Tal desafío le permite inmiscuirse sin pedir permiso en la intimidad de Valeria, quien vive junto a su hermana en la parte marginal de Bariloche, completamente alejada de esas postales turísticas revisitadas por el cine una y otra vez. Su mundo se circunscribe a una habitación en ruinas y desordenada con varias esperas a cuestas: la del niño por nacer; la de la libertad del padre de la criatura; la de un futuro un poco menos sombrío que el que se le presenta día a día cuando busca consuelo en publicidades de revistas y sueña con ser otra.

    Todas esas coordenadas de la otra postal que definen a Valeria más allá de su pequeña historia de amor adolescente teñida de romanticismo epistolar son atravesadas por una cámara que registra momento a momento, silencio a silencio y atrapa algunas pocas frases que puedan decirse cuando la angustia escapa por las pupilas. La cámara pupila de Laura Linares observa, cuestiona, sensibiliza, reflexiona y confronta a un espectador acostumbrado al brillo de las imágenes televisivas cuando la realidad se abre a los costados del camino. Por ese lugar complejo y cruel solamente una directora que sabe lo que quiere decir transita sin perder el horizonte en declamaciones y retórica porque no hace falta más que ver, escuchar y entender.
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  • Lazos de sangre
    Lazos de sangre
    CineFreaks
    Ni techo ni ley

    Pueden encontrarse varias vinculaciones entre la nueva adaptación de los hermanos Coen Temple de acero y Lazos de sangre, film independiente y de muy bajos recursos dirigido por la realizadora Debra Granik, el cual para sorpresa de muchos ha sido nominado a cuatro Oscars en la próxima entrega.

    En ambas películas quienes llevan las riendas del relato son sus protagonistas femeninas, adolescentes ambas y con el objeto de salvaguardar el honor de sus padres. A diferencia del western existencial de los creadores de Fargo, el segundo opus de Debra Granik (su debut fue en 2004 con el film Down to the bone) se instala en la profunda Missouri, más precisamente en los alrededores de las montañas Ozark en el seno de una comunidad rural y patriarcal.

    Allí vive Ree (Jennifer Lawrence), quien debe hacerse cargo con sus diecisiete años de dos hermanos pequeños y una madre enferma y depresiva. Su padre, ausente, pasa estadías prolongadas en la prisión por formar parte del negocio de las drogas de diseño, cuya cocina de elaboración clandestina se encuentra escondida en el pueblo, merced a la complicidad de los lugareños también involucrados en el negocio. No obstante, el hombre misterioso ha salido libre bajo fianza entregando como parte de pago su propiedad. Ahora debe comparecer ante la justicia, caso contrario su casa será ejecutada y su familia quedará sin hogar.

    Es por ese motivo que la protagonista debe dar con el paradero de su padre -además buscado por la policía- de forma inmediata pese al manto de silencio con el que se cruzará a partir de la búsqueda solitaria. Vecinos y parientes de sangre le dan la espalda y alimentan la constante advertencia de que no se meta dejando en claro que la figura del padre dentro de la comunidad es sinónimo de traición y que su progenie se hizo acreedora del estigma.

    El largo camino que recorre nuestra heroína abrirá por un lado el descubrimiento de un par de secretos y por otro su duro y traumático pasaje a la madurez, sin abandonar el cuidado de sus hermanos y el de su madre con los escasísimos recursos con los que cuenta y de cara a un futuro muy poco prometedor.

    Debra Granik y Anne Rosellini adaptaron la novela de Daniel Woodrell en este film que mezcla por un lado los elementos del thriller y el drama intimista a la perfección en un ambiente sombrío y desolado donde las mujeres juegan un rol fundamental en la dinámica de las relaciones pese a las improntas machistas que no han desaparecido.

    Sin caer en los estereotipos de los personajes planos, la construcción de cada uno es meticulosa y compleja y por eso el ritmo lento que atraviesa gran parte del relato no lo perjudica en lo más mínimo sino que enriquece la trama. A modo de viaje iniciático que comienza a pie con la protagonista vagando de casa en casa y luego se intensifica con el claro enfrentamiento para saber la verdad sobre su padre, el relato va cobrando intensidad y una violencia interna que lo hace muy visceral para el espectador.

    Un mérito mayúsculo es la revelación de 19 años, la actriz Jennifer Lawrence, nominada también al Oscar, quien no sólo demuestra un carisma poco habitual sino que transmite fragilidad, dolor y coraje al mismo tiempo. Posiblemente Lazos de sangre no se lleve el Oscar a mejor película por tratarse de una obra que para la Academia representa la independencia absoluta, pues su nominación obedece solamente a la política correcta que año a año se practica. De todos modos, haberse llevado el premio Sundance fue suficiente y por sus aspiraciones estéticas le calzaba mucho mejor.
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  • Conocerás al hombre de tus sueños
    Anexo de crítica: Con 41 películas en su haber resulta prácticamente una obviedad pensar en el cine de Woody Allen como aquel brillante exponente de calidad, inteligencia y profundidad de las décadas 70 y 80. Todo lo que vino luego nunca estuvo a la altura de obras maestras como Crímenes y pecados o Zelig por ejemplo pero lo cierto es que el neurótico más famoso de Brooklyn continúa entregando películas de nivel aceptable que dentro de la mediocridad y la decadencia hollywoodense se transforman y revalorizan sobredimensionando su figura, producto de un respeto exagerado pero en buena ley ganado por el propio Allen, dado que animarse a reflexionar sobre temas universales y encontrar de esa titánica tarea algo interesante en estos tiempos de cine prefabricado y chatarra es más que meritorio. Conocerás al hombre de tus sueños toma la posta de la no estrenada Whatever Works protagonizada por el creador de la serie Seinfeld Larry David. Esa posta tiene ribetes existenciales y un saludable cinismo sobre los temas profundos: vida, muerte, amor, determinismo, libre albedrío, azar, destino, felicidad, soledad, en un coctel explosivo que el propio David se encarga de agitar y repartir con generosidad. Esa predisposición de aquel film no llega nunca en esta nueva película coral donde el único elemento novedoso obedece a la paradójica mirada sobre el esoterismo en la que Allen descarga su escepticismo militante pero sin redimir a sus incautos y egoístas personajes como de costumbre. Por lo tanto, lo que puede decirse de este nuevo trabajo es poco en relación a la propuesta; decepcionante para aquellos que exigimos un plus a sus películas en piloto automático y un disfrute para los amantes y fieles seguidores de su carrera que prefieren esconder la pelusa del ombligo como si nunca hubiesen cortado el cordón umbilical...
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  • De amor y otras adicciones
    Anexo de crítica: ¿Comedia romántica convencional?; ¿Melodrama con fórmula aplicada a la perfección? O sencillamente una comedia de humor cáustico sobre el mundo del multimillonario negocio de la salud. Todo eso encaja en esta rareza dirigida por el inestable Edward Zwick y protagonizada por Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway en un registro poco habitual para lo que acostumbran a entregar. Si bien la historia del visitador médico ambicioso que se reblandece al tomar contacto la enfermedad de su pareja es más que trillada, resulta sumamente positivo el tono y estilos en que se van desarrollando los acontecimientos con pasos de comedia bien logrados y un espacio para el dramatismo que no parece forzado y gana un extra debido al ajustado desempeño de la pareja protagónica. Quizá en la mezcla de tantos elementos tanto dramáticos como situaciones hilarantes el film acusa un leve desajuste que con el correr de los minutos se va acentuando, aunque eso no significa una pérdida total de interés por la trama ni por la suerte de sus personajes.
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  • La casa muda
    La casa muda
    CineFreaks
    ¿Truco o treta?

    Sería conveniente reflexionar sobre dos conceptos que parecen sinónimos pero que no lo son y mucho menos en materia de cine. Una cosa es sorprender al espectador y otra muy distinta manipularlo con el único fin que el director llegue a buen puerto y se haya salido con la suya. De estas dos ideas, además, se desprenden otras muy ligadas como la verdad y la verosimilitud. Una historia verosímil en el cine es aquella que reúne todos los elementos necesarios para volverse creíble dentro de la lógica interna del relato, que no necesariamente se debe ajustar a los parámetros de la realidad.

    El mayor y garrafal defecto de toda película de terror o de género es precisamente perder la verosimilitud a causa de torpezas narrativas o atajos de guión para resolver situaciones. Por eso resulta casi incomprensible -y triste a la vez- que un film con una premisa interesante y una propuesta estética audaz cometa tantos despropósitos desde el punto de vista de la narración y se vuelva prácticamente enunciativo en detrimento de la atención que pudo haber despertado en un principio en el espectador. Eso es lo que ocurre con esta propuesta rioplatense La casa muda, ópera prima de Gustavo Hernández protagonizada por la actriz uruguaya Florencia Collucci: un film impecable en todos los rubros técnicos, con una estética y atmósfera lúgubre muy logradas pero que se derrumba y arruina en la segunda mitad, gratuita y estrepitosamente al punto de que todo lo anteriormente dicho se opaca y tiñe de ridículo.

    Los recursos narrativos y cinematográficos empleados por Hernández con absoluta eficacia y buen manejo de los tiempos le hubiesen permitido construir una historia con coherencia interna dentro de la puesta en escena planteada, sin apelar a ningún tipo de arbitrariedad y mucho menos a la trampa lisa y llana para despistar al espectador. Advertimos desde aquí que luego de los créditos finales la película continúa y es muy importante quedarse en la butaca hasta que se prendan las luces en el cine.

    Valiéndose de mínimos detonantes dramáticos como el fuera de campo sonoro y el punto de vista de la protagonista Laura (Collucci), quien queda atrapada en lo que supuestamente sería una casa abandonada a la que llega junto a su padre Wilson para dejar en condiciones y así poder venderla en un futuro, alcanzaba de sobra para mantener la atención del público y lograr bajo una ambigüedad bien justificada una muy buena película de terror de temática convencional.

    Asimismo, el ejercicio virtuoso de haber planificado todo el film en un único plano secuencia –donde la cámara en seguimiento constante oculta más de lo que revela- grabado en una Canon EOS 5D Mark II (cámara fotográfica digital que permite grabar), cuyas propiedades en lo que a imagen respecta son insuperables, le suma un atractivo extra al relato que puede compararse -salvando las distancias- con la española Rec o la norteamericana El proyecto Blair Witch (aquí también hay un bosque de fondo).

    El desempeño de Florencia Collucci es aceptable en términos dramáticos y convincente a la hora de transmitir angustia así como en su destreza corporal para desplazarse en un espacio reducido, atestado de objetos y espejos donde nunca se refleja la cámara que la sigue, con muy poca luz teniendo en cuenta que no hay corte de toma aparente. Sin embargo, sin anticipar nada sobre la trama, puede decirse que su personaje no es creíble y mucho menos aun su transformación psicológica que no se produce ni gradualmente ni por un shock emocional, sino por puro capricho del director.

    Si bien es cierto que en el conjunto de la propuesta suman más los aciertos que los desaciertos, el producto en sí debe medirse con la vara de lo que queda plasmado tanto en la pantalla como fuera de ella. Y desde ese punto de vista resulta imposible desviar el foco de atención en el ingenuo e infantil error de creer que todo es lo mismo y que en cine todo vale.
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  • Tres monos
    Tres monos
    CineFreaks
    Doble encubrimiento

    La austeridad y la riqueza plástica en la composición de la imagen, así como la economía de recursos cinematográficos para contar una historia son dos de las características del cine del realizador Nuri Bilge Ceylan.

    Su quinta película Tres monos cuenta con estos atributos, pero a diferencia de Climas (film con el que el director se dio a conocer por estos lares) esta vez el director optó por un relato de estructura clásica. En esta obra se desarrolla parte de su poética bajo el pretexto de un triángulo amoroso donde está involucrado un político oscuro, quien compra su libertad utilizando los favores de uno de sus choferes que se autoinculpa de haber atropellado a una mujer en la ruta para evitarle ir a la cárcel a su jefe en plena campaña política. A cambio de semejante sacrificio, el falso culpable negociará una cantidad de dinero para mantener a su esposa e hijo durante su estadía en prisión. Sin embargo, ese trato no se termina por cumplir a rajatabla y sus derivaciones llevan a la destrucción gradual de la familia, arrojando como saldo que la mujer termine teniendo un romance con el político; que el hijo abandone los estudios e ingrese en una pandilla y que el padre ausente tras 9 meses y una vez en libertad vaya descubriendo el alto costo del pacto de silencio y su lugar dentro del núcleo familiar.

    La degradación moral y las miserias humanas forman parte del trasfondo de este largometraje que extrae del título aquella figura recurrente de los monos sabios donde uno no ve; el otro no habla y el último no escucha. Similar comportamiento acusa cada integrante de esta familia en ruinas, cuyas aristas invisibles se van revelando paulatinamente con el correr del tiempo donde el clima meteorológico juega un rol muy importante en sintonía directa con la psicología de cada uno de los personajes.

    No obstante, el director de Lejano en esta oportunidad no consigue crear las atmósferas sugestivas a las que nos tiene acostumbrados, además de recurrir llamativamente a diálogos explicativos para cerrar el relato.

    Sin embargo, la belleza visual de cada encuadre al que no le falta ni le sobra nada persiste y sigue siendo una de las cualidades y su sello personal. Por todo ello, puede decirse que Tres monos conserva la esencia del cine minimalista a la hora de narrar y hace gala del poder de la imagen cinematográfica cuando se busca la poesía, pero se malogra al intentar explicarse por sí misma.
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  • Amor de madres
    Amor de madres
    CineFreaks
    Desprendimientos y alumbramientos

    La maternidad en todas sus facetas, desde la no deseada a la prematura y hasta la deseada, forma parte del núcleo narrativo de Amor de madres, nuevo largometraje del director colombiano Rodrigo García.

    Una vez más el realizador demuestra la habilidad para describir mundos femeninos y retratar personajes emocionalmente comprometidos con la historia. Uno de los ejes que domina la trama es la idea del desprendimiento afectivo a partir de la entrega en adopción por no poder hacerse cargo de un hijo recién nacido o simplemente aquella que llega con la partida de un ser querido.

    El personaje que experimenta estas dos etapas es Karen (Anette Bening), quien a los 14 años dio a luz y dejó en adopción a su hija (Naomi Watts), ahora abogada y dispuesta a triunfar en el mundo de las leyes sin atarse a ningún compromiso emocional, pero que azarosamente quedará embarazada de su jefe (Samuel L Jackson). Por su parte, Karen ha perdido recientemente a su madre e intentará comenzar de cero incorporando una pareja a su vida, quien la animará a recomponer la situación con su hija. Termina de completar el cuadro una pareja afroamericana que busca adoptar un bebe debido a la esterilidad de la mujer (Kerry Washington).

    El relato de Rodrigo García maneja una serie de coordenadas que buscan cruzar las historias a partir de la distancia entre los personajes; es decir, que entre cada historia hay autonomía e independencia pero en el montaje y en la presentación de los hechos existe cohesión.

    El ritmo del film acopia situaciones y conflictos tales como los miedos de la maternidad, las responsabilidades y el aprendizaje constante, con bastante precisión y eso es lo que enriquece a los personajes, sobre todo al de Naomi Watts y Anette Bening que sin dudas se llevan los laureles por su gran actuación.

    Sin embargo, lo único criticable lo constituye el cierre de cada historia donde las costuras de un guión bien armado se hacen visibles y queda manifiesta la intención de que todo cuaje perfectamente con una suerte de justicia poética innecesaria y la inclusión de algunos personajes secundarios completamente funcionales a los dictados del guión.

    A pesar de este reparo, estamos en presencia de un film prolijo en cuanto a la dirección y emotivo en relación a los personajes.
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  • La mentira
    La mentira
    CineFreaks
    El colmo de un estafador

    ¿Cuál sería el colmo de un estafador? Quizá ese interrogante fue lo que motorizó la trama de La mentira, tercer largometraje del realizador Xavier Giannoli (El cantante), inspirado en un hecho real acaecido en un pequeño pueblo de Francia.

    Hablar de hechos reales en cine supone siempre la sospecha de la exageración pero en este caso la importancia de la historia se concentra sobre la periferia más que en el centro de una estafa y en ese sentido exponer los efectos generados a partir de la ilusión de los pobladores (víctimas) es mucho más interesante que la estafa en sí misma.

    Todo comienza con la llegada de Phillippe Muller (Francois Cluzet) a un pueblo rural alcanzado por los embates de la crisis económica que ha hecho estragos en sus habitantes dejando como saldo un alto nivel de desempleo. El extraño dice ser representante de una empresa constructora multinacional que ha elegido ese paraje para continuar el tramo de una autopista. A partir de ahí, consigue el inmediato apoyo político de la alcaldesa (Emmanuelle Devos) y el compromiso de todos los lugareños que ven en él a un salvador. Así las cosas, el proyecto arranca satisfactoriamente y por supuesto comenzará a derrumbarse el plan cuando la estafa cobre dimensiones inimaginables para su creador.

    Más allá de su extensa duración, el meticuloso guión -también escrito por el director Xavier Giannoli- bucea en las profundidades de las relaciones humanas; en las dependencias de los otros para concretar los objetivos de la vida y, en un segundo término, en la necesidad de creer en lo imposible.

    La inteligencia del autor reside en no juzgar de antemano a su protagonista sino desnudarlo ante el espectador desde el primer minuto en que quedan expuestas sus miserias y vulnerabilidades; una amoralidad increíble que de a poco se irá transformando en otra cosa gracias al amor.

    La labor de Francois Cluzet es impecable y el pequeño rol designado a Gérard Depardieu le calza justo al gran actor francés.

    La mentira es un film atípico porque si bien trata sobre los pormenores de una gran estafa no se contenta con desmenuzar el mecanismo de la falacia, sino que profundiza en las consecuencias de ponerla en práctica, como si se tratara de la radiografía de un discurso político visto desde el punto de vista de los damnificados.
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  • Los viajes de Gulliver
    Anexo de crítica: Haciendo hincapié en ciertos reparos, como por ejemplo las limitaciones en cuanto al público al que va dirigida la aventura (que no supera la franja de los 10 años), puede decirse que la adaptación sobre la novela clásica infantil de Jonathan Swift es una película hecha a la medida de Jack Black. Este eterno adolescente, exponente acérrimo de la cultura pop norteamericana, saca a relucir lo mejor de su histrionismo en este relato que no aprovecha las ventajas del 3D como podía esperarse. El director Rob Letterman se limita simplemente a lo que el actor pueda ofrecer en cámara cuando se le da rienda suelta (lamentablemente en el doblaje español se pierde mucha de su gracia) y los guionistas Joe Stillman y Nicholas Stoller apenas sacan algunos chistes –más allá de todas las referencias cinéfilas- de la galera porque saben que delante tienen la presencia de un mago: Jack Black...
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  • Escupiré sobre tu tumba
    Anexo de crítica: Con algunas diferencias respecto a la original, film exploitation de los años 70 que gira en torno a la dialéctica de violación-venganza, el director Steven R. Monroe logra buenos climas de tensión y coquetea con el morbo sin pasarse al extremo, dosificando la historia con escenas de alto contenido violento que gracias al aporte de un elenco convincente se vuelven más verosímiles para el espectador adicto al género. Sin lugar a dudas, la actuación de Sarah Butler como la vengadora y justiciera -tras haber sido sometida a las peores aberraciones por parte de un grupo de escorias sureñas- es lo mejor del film, que es justo decir parece más políticamente correcto que su antecesor...
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  • La vieja de atrás
    Anexo de crítica: La soledad, la vejez y la sensación de no pertenecer a ninguna parte son los tópicos que sutilmente se ponen en juego en la trama de esta segunda película del director Pablo José Meza (Buenos Aires 100 kilómetros), quien apela al detalle y a una narración que se apoya fundamentalmente en sus dos protagonistas Adriana Aizemberg y Martín Piroyansky para retratar con melancolía y sutileza el mundo de dos almas solitarias. Tal vez por la mínima anécdota la duración le juega en contra. No obstante, Meza demuestra habilidad para manejar los tiempos muertos y para dirigir actores. …
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  • El turista
    El turista
    CineFreaks
    Sopor en Venecia

    La única sorpresa que puede generar esta remake norteamericana de la original francesa El secreto de Anthony Zimmer (Jérôme Salle, 2005, protagonizada por Sophie Marceau e Yvan Attal) es sin lugar a dudas la escasa recaudación de taquilla (costó 100 millones y todavía no llega a recuperar ni la mitad) desde lo que en apariencia hubiese sido un boom por contar nada menos que con dos figuras convocantes como Angelina Jolie y Johnny Depp entre sus filas.

    El turista se apoya en el modelo de la comedia de espionaje romántica, como podrá verse desde el vamos, pero la chatura de un guión elemental termina por desperdiciar todos aquellos elementos que pueden generar cierta atracción en un film: personajes bien construidos, situaciones de enredo o escenas de acción imponentes y una vuelta de tuerca menos previsible que la elegida en este caso. Tampoco la pareja protagónica aporta algo interesante para subir el nivel de la trama, ciñéndose pura y exclusivamente a las coordenadas del guión dejando en claro que su preocupación no era otra que cobrar un abultado cheque. Otro despropósito lo constituye la convocatoria del director Florian Henckel von Donnersmarck, quien había participado nada menos que en la laureada La mirada de los otros. Este coqueteo con Hollywood lo perjudica porque su dirección roza lo básico e incluso a veces parece desganada.

    La historia es sencilla: Elise (Angelina Jolie) intenta despistar a Scotland Yard, encabezado por Paul Bettany y un par de secuaces, que viene siguiéndole el tranco para atrapar a su amante Alexander Pearce, un ladrón que se alzó con el botín de un mafioso ruso (que por supuesto también lo persigue). Recibe una carta del misterioso Pearce, quien la cita en Venecia y le pide que se busque un señuelo para que lo confundan con otra persona. La victima de turno será un turista norteamericano (Johnny Depp), a quien la mujer seduce de inmediato durante el viaje en tren hacia Venecia. Así las cosas, el ingenuo norteamericano se verá involucrado en una aventura soporífera para el espectador donde es blanco tanto de la mafia rusa como de los agentes británicos, sin saber que todo eso forma parte de un plan de Elise.

    El simplismo de la trama, que no acierta en lo más mínimo en el humor ni en las escenas de supuesta acción, recurre a las postales de Venecia como si se tratara de un folletín turístico; recurso habitual en este tipo de películas que no saben a dónde quieren llegar.

    Al juzgar por el resultado final quedan en claro tres cosas: el elenco la pasó de maravillas paseando por Italia; Johnny Depp suma una mala película a su filmografía y Angelina Jolie una candidatura a los Globos de Oro inexplicable; y por último, el público debería aprender que los nombres estelares no siempre garantizan calidad.
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  • Noches de encanto
    Alicia, la mujer maravilla

    ¿Cuál sería el desafío de una cantante pop que incursiona en el cine? Un papel que suponga ciertas cualidades dramáticas donde pueda apreciarse si verdaderamente sabe actuar. Piénsese por ejemplo en Madonna demostrando que canta mucho mejor de lo que actúa y para no irnos tan lejos baste como botón de muestra las penosas apariciones de Britney Spears en el cine, confirmando que no hay excepción a la regla.

    Ahora bien, Burlesque o Noches de encanto -como se la estrena en nuestro país- es un show de la cantante Christina Aguilera dentro de una película mala que es un musical con poco brillo y mucho artificio. La voz estruendosa –no así la actuación- de la blonda y sexy Aguilera atraviesa la pantalla cada vez que vocaliza pero el resultado cinematográfico de esa experiencia no está a la altura de la energía que transmite su voz y sus gritos.

    Tampoco su coprotagonista Cher como la dueña del teatro, que otrora deslumbraba a sus comensales cada vez que pisaba las tablas, convence en sus escuetas performances. Si bien no ha perdido la voz, el repertorio elegido no la deja lucirse. Lo contrario ocurre en las escenas donde juega el dramatismo que permiten reconocer a una buena actriz detrás de todas las cirugías estéticas.


    De la historia de la chica de campo que viene a triunfar con su talento escondido al feroz mundo de la ciudad y lo consigue cuando le dan esa oportunidad en el Burlesque no hace falta agregar ni una coma. El guión es eso y nada más, con el agregado de la consabida historia de amor con el muchacho equivocado (Gam Gigandet) y una amenaza de cierre del local en la mira de un inescrupuloso emprendimiento inmobiliario (¿Christina Aguilera asesora financiera? no será mucho).

    Steve Antin, director debutante, sostiene el ritmo del relato sin problemas aunque no aprovecha las ventajas de la pantalla grande para un despliegue visual de musical; no imprime movimiento a las escenas concentrándose demasiado en los cuadros de la coreografía que tiene como foco de atención -claro está- a Ali (Christina Aguilera) y al resto de las chicas en un segundo plano, la mayoría mucho más hermosas por cierto.

    El patético rol que cumple Alan Cumming y una desaprovechada Kristen Bell como antagonista y rival que no funciona lo suficiente para opacar a Christina Aguilera (que hace lo mismo que en cualquiera de sus shows ni más ni menos) son apenas algunas falencias de este fallido intento por mostrar un tiempo donde la sensualidad reinaba en el escenario; la sexualidad se sugería con el rostro y el cuerpo y las luces escondían el maquillaje.
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  • Somewhere - En un lugar del corazón
    Vacuidad y glamour

    Tras su experimento cinematográfico con María Antonieta, film que cosecha adeptos y mayormente detractores, Sofía Coppola vuelve con Somewhere, en un lugar del corazón a transitar los caminos de la introspección y de la mirada lúcida sobre sus personajes. En esta película prevalece la cadencia de Perdidos en Tokio, así como la búsqueda estética más adecuada al estilo de la realizadora con una fuerte presencia de la banda sonora a cargo del grupo Phoenix (cuyo líder es pareja actual de la cineasta).

    Con una cámara que no atosiga, de movimientos leves pero siempre concentrada en la soledad del protagonista, la directora se va sumergiendo en el detrás de escena de lo que podría denominarse el derrotero de una estrella Hollywoodense: Johnny Marco (sorprendente actuación de Stephen Dorff).

    El actor acaba de terminar de filmar una megaproducción y debe cumplir las obligaciones típicas para promocionar el film, mientras atraviesa una crisis personal que pretende ocultar a través de los hábitos de la fama: manejar su Ferrari negro en círculos; llevarse todos los días una mujer diferente a la cama; esconderse de fotógrafos y autos imaginarios que lo persiguen. Sin embargo, la llegada de su hija Cleo (excelente desempeño de Elle Fanning) por un lado lo conectará nuevamente con su verdadera historia personal y por el otro acentuará su conflicto existencial, que emerge de las sombras cuando las luces del éxito y las máscaras del glamour se van derritiendo.

    También responsable del guión, Sofía Coppola consigue equiparar la austeridad de los diálogos, precisos y no explicativos, con un tono pausado en la dirección abriendo espacios a los tiempos muertos pero sin recaer en una atmósfera densa. Y eso lo logra simplemente por saber dirigir a sus actores; por darles la libertad para que se adueñen de la película como sucede con Stephen Dorff cuando a partir de un limitado conjunto de gestos y acciones logra transmitir mucho más que en los momentos donde debe soltarse hacia el drama. Elle Fanning lo hace todo más fácil con una personalidad avasallante y una madurez actoral asombrosa que en el futuro seguramente aflore como proyecto de gran actriz.

    Puede pensarse que esta obra de la hija del director Francis Ford Coppola se nutre tangencialmente de sus propias experiencias como hija de un padre ausente porque en definitiva Johnny Marco lo es en alguna forma. No obstante, quedarse únicamente con esa impresión sería injusto dado que la película en sí misma también puede analizarse como un reflejo distorsionado del universo Hollywoodense y sus radicales códigos que terminan fagocitándose a sus propias criaturas, personas de carne y hueso que juegan a ser otras constantemente y que sufren cuando el juego termina siempre siendo el mismo.
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  • El retrato de Dorian Gray
    Anexo de crítica: Como siempre suele ocurrir con las adaptaciones literarias llevadas a la pantalla grande la idea de condensación le juega en contra a la novela de Oscar Wilde minimizando los efectos que el relato transmite en ese proceso de degradación humana. No obstante, Oliver Parker acierta en el tono elegido pero no así en la construcción plana de los personajes quedándose a medio camino de lo que podría ser una película interesante
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  • Imparable
    Imparable
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Lejos del exceso de cortes videocliperos que abundan últimamente en los filmes de acción, Tony Scott filma las escenas más intrépidas como si estuviese atrapado en los 90 y esa adrenalina permanente contagia minuto a minuto en la entretenida Imparable. Nuevamente, Denzel Washington en un rol demasiado fácil -y chico para su estatura de actor- cumple con el objetivo junto al carismático Chris Pine, quien se lleva la mejor parte de esta película de acción trepidante protagonizada por un tren que se lleva todo por delante igual que las imágenes logradas artesanalmente y con poca ayuda de efectos especiales por el talentoso Tony Scott…
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  • Enredados
    Enredados
    CineFreaks
    La extraña de pelo largo

    Filmada en tiempo récord –tardaron dos años cuando el promedio para este tipo de producciones es de cuatro- Enredados es el film número 50 de los estudios Disney y el primero en construir una princesa completamente digital. La historia se nutre del cuento clásico Rapunzel de los Hermanos Grimm con una serie de modificaciones tendientes a imprimirle mayor grado de acción y cierto aggiornamiento con los tiempos que corren.

    La raíz argumental fue respetada por los directores Nathan Greno (Bolt) y Byron Howard (Mulan y La familia del futuro), quienes contaron con las voces para los roles principales de la cantante Mandy Moore y Zachary Levi para el personaje de la princesa Rapunzel y el ladrón Flynn Ryder respectivamente. En la versión doblada aparecen en los créditos Danna Paola y Chayanne.

    Más allá de la técnica digital que es impecable sobre todo en la elaboración de secuencias de bailes y coreografías que implican un gran número de personajes en escena, la característica más relevante de este nuevo producto la constituye la idea del movimiento. Este elemento predominante en todo el largometraje se puede apreciar hasta en los detalles de la larga y rubia cabellera, que sin lugar a dudas es un personaje más dentro de la trama. Un dato curioso es que se convocó a la experta en software en cabelleras digitales, Kelly Ward, para dejar una marca de distinción.

    Tampoco esta vez se desacertó en la introducción de las canciones (la mayoría a cargo de Mandy Moore en la versión original) ni tampoco en los personajes secundarios que operan como alivios cómicos: el camaleón Pascal y un caballo -medio perro porque mueve la cola y tiene un olfato privilegiado- llamado Maximus.

    Si en La princesa y el sapo existía la reivindicación de la cultura afroamericana, en este caso podría afirmarse que la relevancia de los personajes femeninos los dota de carácter quitándole el sayo de elemento secundario, aspecto que se subvierte en los roles masculinos como en el caso del ladrón y de otros personajes de menor fuste.

    En apariencia es hora de heroínas y no tanto de cuentos de hadas por lo que se desprende en este relato que compensa el universo mágico de las maldiciones y los hechizos con acciones de destreza física y drama generacional incluido porque el enfrentamiento entre la adolescente sobreprotegida y su madre sustituta es clave en las decisiones que la protagonista toma.

    No obstante, del cuento clásico de los hermanos Grimm se tomó la historia de la bruja Madre Gothel (Donna Murphy) quien se apropia de una niña recién nacida llamada Rapunzel, cuyas propiedades mágicas de su pelo -que crece cada vez que canta- son únicas. So pretexto de protegerla del mundo exterior y de cualquier amenaza externa, la encierra en una torre, inaccesible desde afuera. La única manera de subir allí es colgándose de la extensa y rubia melena de la joven, quien sueña con salir alguna vez del encierro y conocer las estrellas. Así las cosas, el ladrón de la corona que pertenece a la princesa Rapunzel -sin que ella lo sepa- Flynn Ryder (en el relato original es un príncipe) en plan de huida va a dar con la torre y a partir de allí ambos se enredarán en una aventura con condimentos para la platea infantil, segmento del público a quien está dirigido el film.

    Como película de animación digital -tanto desde las texturas como de los colores- Enredados supera los estándares entregando un despliegue visual poco habitual; como clásico reciclado y adaptado para estos tiempos también resulta efectivo, aunque tal vez su público sea solamente infantil.
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  • Los santos sucios
    Los miedos internos

    En su tercer opus Los santos sucios el realizador Luis Ortega entrega un relato post-apocalíptico que juega de manera constante con el simbolismo y presenta una galería de personajes extraños, construidos a partir de rasgos débiles, que representan a los sobrevivientes luego de una gran guerra sin un enemigo visible.

    En realidad, el director se atreve a partir de la puesta en escena de un universo en ruinas a exponer los fantasmas de los miedos internos de cada personaje con una esperanza de fuga en el cruce de un río. Pensar en el río desde el punto de vista filosófico como el pasaje obligado de la memoria y el olvido no es descabellado teniendo en cuenta que la propuesta narrativa de Ortega se reviste de alegorías y metáforas, la mayoría de ellas relacionadas con las ideas existencialistas que busca desarrollar en un conjunto de escenas que guardan independencia una de otra y donde es manifiesta la intención de la improvisación por parte de los actores así como el proceso de armado de la historia con un guión mínimo que prácticamente se va escribiendo a medida que avanza la trama.

    Si hay algo que atraviesa la trama de esta película de Luis Ortega, quien también se reserva un papel y es quien relata la historia, es su carácter profano. Despojado de todo aquello que puede considerarse sagrado o esperanzador (salvo la supuesta llegada al río), este paisaje distópico, poblado de ruinas es un fiel reflejo de muchos pueblos fantasmas del interior.

    Así de anárquica y disruptiva resulta la trama que parece consensuar por parte de los actores la intencional falta de contención de sus acciones; esa extraña fórmula que a veces resulta tan disonante que hace ruido en la pantalla es precisamente lo que permite al espectador la posibilidad de abstraerse del relato y dejarse llevar por su fuga hacia ninguna parte. Excelentes todos los rubros técnicos, incluida la magistral fotografía de Guillermo Nieto y la siempre descollante participación de Alejandro Urdapilleta.
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  • Los pequeños Fockers
    Producto con fecha de vencimiento

    El axioma del éxito a veces tiene su otro costado. Repetir fórmulas supone dividendos pero también límites a la creatividad y eso es precisamente lo que ocurre con esta tercera entrega de la familia Focker, iniciada allá por el año 1999 con El padre de mi novia, luego con una secuela en el 2004.

    El proyecto de la tercera parte siempre en tono de continuación de la historia, Los pequeños Fockers, venía arrastrando una serie de contratiempos desde su gestación entre los cuales se encontraban las reescrituras de los guiones y un cambio de dirección que terminó incorporando finalmente a Paul Weitz (el anterior fue Jay Roach). Semejantes cambios de rumbo se notan ostensiblemente en el resultado final, donde el reparto funciona pero acusa cierto desapego con la propuesta que se acentúa tanto en Ben Stiller como en Robert de Niro pese a que la química entre ambos sigue intacta.

    Tampoco termina por convencer la idea de introducir nuevos personajes como ya se había hecho en la segunda parte con Dustin Hoffman y Barbara Streisand, quienes vuelven a participar aquí pero con menos presencia en pantalla. La novedad es sin duda Jessica Alba en un papel ya recurrente en ella que pondrá en jaque la estabilidad matrimonial de Gregg (Ben Stiller) y un desaprovechadísimo Harvey Keitel, a quienes se suma el reaparecido Owen Wilson sin aportar nada nuevo a su insulso personaje.

    El resto es una sumatoria de gags bien elaborados que se focalizan en primer término sobre la falta de autoridad de Gregg tanto en el manejo de sus hijos gemelos -a punto de cumplir cinco años- como en el freno necesario para que su suegro Jack (Robert de Niro) no interfiera en su vida haciendo gala de la eterna rivalidad entre ellos. Por otra parte el film procura afianzar ese lazo de confianza y enemistad al poner en juego la idea del legado familiar como base del conservadurismo que siempre ha caracterizado a estas comedias.

    La premisa es básica: Jack se preocupa por encontrar al candidato que continúe con la tradición familiar una vez que parta de este mundo y pone los ojos en su yerno Gregg, quien deberá mostrar con creces que es el indicado pero como siempre una serie de complicaciones y situaciones que prestan a la confusión arruinará los planes y afianzará la desconfianza mutua. Para terminar con algunos apuntes sobre el desgaste del matrimonio y la disminución del apetito sexual causado por la rutina.

    Efectiva como siempre, sostenida por las desganadas actuaciones del dúo protagónico y con algunos chistes verbales ingeniosos -que se pierden al traducirlos al español- Los pequeños Fockers no defraudará a sus seguidores pero resulta evidente su fecha de vencimiento tratándose de un producto de corto alcance.
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  • Baaria. Las puertas del viento
    El niño, el trompo y la mosca

    Hay muchas formas de repasar la historia de un país y estilos cinematográficos para evitar el recuento sumario de situaciones o acontecimientos específicos. En primer lugar elegir el punto de vista condiciona determinados resultados que no siempre son los más interesantes para el público. Pero si a eso se le suma una fuerte presencia de la autobiografía del autor, el peso de la nostalgia es mayor que el de la historia en sí misma y la significancia entonces empieza a tener menos fuerza. Baaria, las puertas del viento es quizá la película más ambiciosa de Giuseppe Tornatore y por ese motivo la más irregular.

    En primer término, el director apela a un relato demasiado digresivo que busca resumir un periodo importante de historia italiana que va desde 1930 a 1980 a partir de la presentación de una familia siciliana (oriunda de Baaria su pueblo natal) a lo largo de tres generaciones. Así, padre, hijo y nieto serán los principales referentes y protagonistas de una trama que acumula viñetas para hablar de la infancia dura en una comunidad rural; de las primeras incursiones del fascismo y su contrapartida con el comunismo y el paulatino proceso de deterioro de un pueblo atravesado por una crisis económica luego de las guerras y su progresiva pérdida de identidad hacia el futuro. A esa primera capa narrativa se le yuxtapone una historia de amor; una atmósfera semionírica ‘alla Fellini’ sin tanto vuelo poético y con alegorías obvias y otra prácticamente lírica y operística, sumándole la carga cinéfila desde el cine mudo, pasando por el neorrealismo, en complicidad constante con el espectador.

    La grandilocuencia en determinados segmentos con escenas de movimiento de masas propone un espectáculo visual atractivo donde el director de Cinema Paradiso realmente se luce. No así cuando busca insuflarle dosis de humor a ciertas situaciones dramáticas y mucho menos aún cuando recurre desde el guión a la galería de personajes variopintos sin verdadero peso en la trama, como por ejemplo caer en el facilismo del ciego que es director de urbanización para remarcar la corrupción política o aquel que pretende comprar dólares en la plaza del pueblo cada vez que aparece un político con un discurso. La tibia crítica política a la izquierda y sus contradicciones permanentes es uno de los aspectos más débiles de un guión irregular y reiterativo.

    Por otro lado, la omnipresencia de la banda sonora del genial Ennio Morricone (colaborador incondicional de Tornatore) por momentos desentona con las imágenes y no guarda una relación directa con los 150 minutos que dura la película.

    Las frías cifras del presupuesto indican 25 millones de euros para 25 semanas de rodaje y 122 locaciones en las que interactúan 215 personajes. La pregunta incómoda al ver el resultado final es: ¿valía la pena?
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  • La epidemia
    La epidemia
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Pese a la fórmula repetida de la idea del contagio como parte de un experimento social y como herramienta de control poblacional ya explotada hasta el hartazgo por toda película sobre zombies, el film fluye y mantiene la tensión. Buenos climas, actuaciones convincentes y una atmósfera apocaliptica que se sustenta por sus imágenes, son suficientes atributos para una película remake que no apela a las concesiones ni a los maquillajes estéticos para volverse cruda, incluso con un final poco convencional para este tipo de propuestas...
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  • Los bastardos
    Los bastardos
    CineFreaks
    Burgueses por una noche

    El nombre del director mexicano Amat Escalante se relaciona directamente al de Carlos Reygadas, con quien colaboró en Batalla en el cielo, pero además de este dato el vínculo obedece también a un estilo y forma cinematográfica que busca a partir de un cúmulo de tensión y tiempos muertos desestabilizar al espectador. Eso ocurría en la sórdida ópera prima de Escalante que pudo verse hace unos años en el Bafici bajo el titulo Sangre y que ahora con su segundo opus Los bastardos (2008) se vuelve a repetir.

    A diferencia del impacto que generaba la historia de Sangre, en esta ocasión el realizador no logra del todo impactar al hacerse previsible el derrotero mínimo de situaciones por la que pasan los dos protagonistas. Por las características de los personajes, retratados con crudeza y sin medias tintas, las acciones en las que se involucran se anuncian demasiado, pese a un restrictivo manejo de la información que un guión bien escrito por el propio Escalante junto a Martín Escalante dosifica eficazmente.

    La premisa del relato se instala en la vida miserable de dos inmigrantes ilegales mexicanos (para nada idealizados en su rol de pobres o víctimas) que en un pueblo de los Estados Unidos intentan sobrevivir a costa de los precarios trabajos que pueden conseguir y que por supuesto deben soportar la explotación de los gringos empleadores alimentando esa gran cuota de resentimiento, producto de las desigualdades sociales. El enemigo puede ser cualquiera que tenga un estatus mejor. Por lo tanto las casas de un barrio de clase media son el lugar propicio para robar.

    Jesús y su cómplice Rubén, un adolescente con quien comparte los trabajos, ingresan a una casa elegida al voleo con una escopeta y de inmediato comienzan a vivir junto a la propietaria (Nina Zavarín), una madre de un adolescente, depresiva y adicta al crack, la fantasía de ser burgueses por un rato: comen, disfrutan de la pileta y las drogas. Sin embargo, a pesar de la perturbadora intrusión parecen establecer con la víctima un vínculo que se define más por compartir alucinaciones, roces sexuales, que por una empatía concreta.

    Bajo el ritmo moroso que imprime Escalante a cada secuencia, donde la mínima introducción de diálogos dan paso a la incomunicación como barrera no sólo idiomática sino como una expresión manifiesta del individualismo, se pueden apreciar las fallas de este film sobrevalorado porque a diferencia de su par Carlos Reygadas que hace del minimalismo un recurso narrativo increíble, en este caso son contados con los dedos de una mano los momentos en que realmente se justifica la lentitud, el silencio y la quietud con el consiguiente exceso de tiempos muertos.

    Por eso, Los bastardos convence a medias como propuesta de cine minimalista y contemplativo y como película que busca impactar al espectador por su realismo y crudeza.
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  • Las crónicas de Narnia - La travesía del viajero del alba
    Creer o creer

    Algunos cambios significativos suponían en esta tercera entrega de las Crónicas de Narnia, la saga literaria infantil del escritor C.S. Lewis, un viraje para sortear falencias que se venían arrastrando desde la primera parte, sin corregirse en la segunda y que obedecían excluyentemente a no encontrar el público adecuado para la propuesta y en menor medida al flojo nivel de los guiones adaptados a la pantalla grande.

    Los estudios Disney fracasaron comercialmente hablando al obtener tibias recaudaciones para semejante proyecto y ahora es el turno de Fox que tomó la posta de la saga con el director experimentado Michael Apted (las anteriores estuvieron a cargo de Andrew Adamson) y la forzada incorporación del 3D en un film pensado para 2D.

    El resultado final deja una sensación ambigua con el interrogante puesto en lo que puede venir de acá en adelante y con las reiteradas fallas que a esta altura de las circunstancias parecen estar vinculadas exclusivamente con el trasfondo religioso y el ferviente catolicismo de su autor, plasmado en su obra. Lo que desde un comienzo aparecía en el terreno de lo subyacente como recreación de los mitos bíblicos en ese reino mágico llamado Narnia, con esta tercera parte de la saga no caben ya dudas respecto a la presencia de elementos emblemáticos de la religión católica: el paraíso, Dios omnipresente (es necesario aclarar que se trata del león Aslan), los 7 pecados capitales y la travesía espiritual como sello de madurez, evitando caer en las tentaciones terrenales. No son necesarios para esta saga 10 mandamientos sino uno solo: creer.

    Y entre el creer y el no creer se debate el nuevo personaje incorporado en esta etapa: Eustace, un niño mojigato, excesivamente racional y primo de los dos protagonistas Lucy y Edmund -parias y huérfanos en el mundo real y soberanos en las tierras de Narnia- quien azarosamente se ve transportado a esta nueva aventura maritima, cuyo portal no es un ropero esta vez sino un cuadro viviente.

    El otro nuevo personaje no es ni humano ni animal, sino que se trata justamente de un barco llamado El viajero del alba (de ahí el título de esta tercera película) comandado por el ya conocido Rey Caspian (Ben Barnes). El enemigo esta vez no es corpóreo sino que se manifiesta a través de una niebla verde (prima no reconocida del humo negro de la serie Lost), la cual influirá directamente en las conductas de cada personaje en obvia representación de los deseos y los miedos.

    Sin adelantar mucho más sobre la trama que mezcla magia, seres de otro mundo, menos animales y menos humanos, se puede decir que la misión consiste en encontrar y destruir 7 espadas que no son otra cosa que la representación de los pecados capitales.

    No puede acusarse a esta película de aburrida dado que el relato no presenta complicaciones a la hora de sumar situaciones y personajes, que sin duda enriquecen el universo monotemático de la magia; tampoco faltan escenas de acción donde el despliegue visual y el uso funcional de los efectos especiales no hacen ruido. No obstante, ninguna secuencia -incluso aquellas que suponen movimiento y acción trepidante- deslumbra por su originalidad o elaboración. Este aspecto se ve profundamente desaprovechado al haberse utilizado el 3D como agregado de postproducción y eso se nota en el conjunto.
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  • Videocracy
    Videocracy
    CineFreaks
    Berlusconilandia

    A pesar del análisis superficial sobre la figura del primer ministro Silvio Berlusconi, propietario actual de casi el 90% de los medios masivos de comunicación italianos, Videocracy es un documental del realizador Erik Gandini que como suele ocurrir dentro de la dialéctica de la polémica fue vetado por Berlusconi al considerarlo como un film político y perjudicial para la televisión estatal.

    Sin pecar de ingenuos, cabe decir que para este magnate no hay escándalo que pueda quitarle el sueño y que si realmente se hubiese visto perjudicado por este documento la suerte de su realizador hubiese sido otra. El argumento poco convincente del mandatario italiano deja en claro su idea de lo que significa el poder en relación a la palabra política como algo peligroso, dejando manifiesta una ideología que se ampara en el totalitarismo bajo el falso rótulo de democracia, en plena campaña de censura a la libertad de expresión.

    Lo que sí queda claro, aportando interesantes archivos televisivos recogidos por el documentalista desde los años 70 hasta la actualidad, es que el modelo cultural de la decadencia italiana comenzó en los tempranos años en que Berlusconi solamente dominaba el aire del canal Tele Torino, una pequeña cadena local italiana que sería el antecedente de lo que se conoció más tarde con la llegada de los realities como Tele Basura.

    Ese poderoso empresario de los medios llegó al poder sirviéndose de cuanto programa chatarra y frívolo se tratara e imponiendo una estética concentrada en la voluptuosidad femenina, el ánimo festivo y la introducción del modelo de vida exitoso que millones anhelan para su futuro aún en nuestros días. Pero por otro lado, más allá del retrato de este hombre de sonrisa artificial, el film presenta otros aspectos y personajes relacionados con la farándula televisiva que exponen naturalmente sus miserias frente a la cámara: es el caso de Fabrizio Corona, una suerte de homoeróticus super macho que se ganaba la vida extorsionando celebridades al mostrar fotos comprometedoras y que tras una breve estadía carcelaria se transformó en un mártir que nunca renunció a su cinismo y ambición, pero que no deja de ser un patético representante de la sociedad de consumo europea.

    Otro personaje singular es Fabio que se define como el Van Dame italiano, quien denuncia la competencia desleal para figurar en tele cuando pululan en la fauna televisiva chicas lindas y atrevidas dispuestas a todo.

    No obstante, más allá del tratamiento y el ritmo televisivo del film resulta evidente la falta de contexto socio político (ningún tema social aparece en juego ni las políticas de Berlusconi para afrontar la crisis) tratándose del presidente de Italia y la contradictoria frivolización que a veces expone en el tratamiento de las temáticas al mostrar un fenómeno cultural de una manera superficial y obvia, sin mayor atractivo que destapar alguna pelusa de decadencia cuando todo indica que la suciedad y la mugre no tiene límites.
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  • Berlin Calling
    Berlin Calling
    CineFreaks
    Un film torbellino, de esos que traspasan la pantalla y se incrustan en los ojos del espectador para asistir al deterioro físico y mental de un DJ alemán en una biopic que hace del vértigo y el descontrol su mejor arma y sabe acompañarla de una banda sonora acorde al ritmo sincopado y galopante en que vive su protagonista. Imposible no movilizarse.-
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  • La casa por la ventana
    Una fiesta olvidable

    No hay estereotipo que se salve ni situación de comedia estudiantil norteamericana que no se haya visto, contextualizada en la típica fiesta que puede ser la del baile o la graduación, depende el grupo del que se trata. Fiesta que invita a los excesos del alcohol y a romper reglas, e incluso partes del mobiliario como lugar común de un ritual adolescente de todos los tiempos.

    Pero la rebeldía a la chilena se circunscribe solamente en desobedecer los mandatos paternos y tocar rock and roll. Aparentemente es así como sucede en esta básica y aburrida comedia La casa por la ventana, coproducción Argentino-Chilena dirigida por Esteban Rojas y Juan Olivares (también actúan, o es una manera de decir) que acumula situaciones supuestamente graciosas del mismo modo en que van apareciendo diversos personajes que llegan a la casa del anfitrión Julio Saéz (Walter Cornás, un argentino que hace de chileno), el estereotipo del introvertido.

    Recién recibido de arquitecto, los deseos del muchacho son tocar la guitarra como Jimi Hendrix pero debe soportar la presión de un padre chapado a la antigua (Alberto Castillo) que organiza una reunión de fin de año con la intención de que su muchacho se rodee de gente importante. Sin embargo, las necesidades de Julio son otras y aspira a vivir una fiesta menos snob, como las que se pueden ver en American Pay.

    Desde el primer minuto, el film acusa un amateurismo alarmante que le juega en contra así como la elección del casting, donde no puede dejar de notarse que se trata de un grupo de amigotes que jugaron a hacer una película para divertirse entre ellos, olvidándose que del otro lado hay un espectador.
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  • Tron: El legado
    Tron: El legado
    CineFreaks
    Software libre o muerte

    Corría el año 1982 y los estudios Disney se habían planteado el desafío de hacer un producto destinado exclusivamente a un público adolescente. Pero la particularidad de esta empresa residía en que se trataría de la primera película que incorporara efectos visuales realizados exclusivamente por computadora. Lejos del monopolio de la animación computarizada que llegaría luego con el liderazgo indiscutido de Industrial Light & Magic, nació Tron con escasa repercusión y tibia recepción por parte del público en esa época.

    Sin embargo, con el correr de los años y el avance descomunal de la computación y la tecnología aplicada al cine, aquel film escrito y dirigido por Steven Lisberger fue ganando respeto y transformándose en película de culto tanto de la ciencia ficción como del cine injustamente considerado clase B.

    La historia de aquella película se desarrollaba adentro de un videojuego, cuyo creador Kevin Flynn (un joven Jeff Bridges), talentoso programador, se desmaterializaba con ayuda de un rayo láser con el fin de ingresar al universo de programas y obtener la información que lo señalaba como creador del juego tras haber perdido ese derecho dado que la empresa ENCOM -para la que trabajaba- le ha robado la idea.

    Ese universo binario de programas que se enfrentan con Kevin Flynn en una suerte de émulo de circo romano (primero en una guerra cuerpo a cuerpo de discos lásers y luego en una frenética carrera con las motos de luz) guarda una estrecha relación con el universo de TRON: El Legado, secuela actualizada, dirigida por Joseph Kosinski que la Disney ahora entrega en formato 3D.

    En la actualidad ENCOM es una mega corporación que domina el mercado del software y el nombre de Kevin Flynn apenas un recuerdo rodeado de misterio, dado que permanece desaparecido desde hace más de 20 años. Su hijo Sam Flynn, quien tenía 12 años cuando Kevin desaparece, conserva en el presente el espíritu de rebeldía de su padre y siendo el principal accionista de la corporación les genera uno que otro dolor de cabeza a los ejecutivos. Su cómplice en la empresa es un antiguo amigo de su padre, quien ha recibido en su prehistórico beeper (no hay otro término para un mundo regido por la dictadura de los celulares) un mensaje del que se puede inferir que el creador está vivo y atrapado en el video juego.

    Así las cosas, en el viejo local de Arcades, otrora reducto del joven programador, se encuentra el portal por el que Sam llegará al mundo del video juego en el que ahora reina la tiranía de Clu (Jeff Bridges de hace casi 30 años digitalizado), el alter ego de Kevin Flynn (ya viejo y recluido en los confines de su creación) que en realidad es un programa que se rebeló a su creador tras buscar la perfección de ese mundo alguna vez soñado. Los planes del tirano consisten en traspasar el portal para conquistar el mundo real, pero para ello necesita el disco rígido que porta celosamente Kevin Flynn en su espalda y que contiene toda su inteligencia.

    Más allá de las diferencias entre la hoy ingenua versión de los 80 y esta nueva propuesta que coquetea con la idea de las corporaciones frente a aquellos que pregonan el software libre y gratis, el gélido y autómata escenario de TRON: El Legado no es otra cosa que un reflejo distorsionado del mundo en que nos toca vivir. La serpiente que se ha mordido su propia cola y expande su veneno de deshumanización y pragmatismo audaz.

    Por eso, sin tratarse de una gran película puede considerarse a esta secuela innecesaria -tal vez- pero no por eso menos entretenida como un film de diseño de producción, donde las ventajas del 3D en materia visual se encuentran a la altura de las expectativas, así como su hipnótica banda sonora que complementa cada escena con eficacia y sin estridencias.

    La cuota de nostalgia para aquellos que nos habíamos deslumbrado en el 82, en esta ocasión está más que asegurada al recuperar los juegos mortales aggiornados a los ritmos y dinámicas imperantes en estos tiempos. TRON: El Legado no acusa el paso del tiempo sino que lo revaloriza por sus ideas y creatividad que vistas en perspectiva en esta versión 2010 quedan plasmadas con mayor eficiencia.
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  • Wendy & Lucy
    Wendy & Lucy
    CineFreaks
    Sin techo y sin ley

    A simple vista la historia de Wendy and Lucy podría sintetizarse en una balada folk que narra las aventuras de una chica que pierde en un pueblo al que recién llega a su perra y luego la recupera.

    Nada más sencillo que eso es lo que realmente sucede en este nuevo film de la realizadora norteamericana Kelly Reichardt pero en realidad como toda gran película hay mucha tela para cortar porque no es descabellado encontrar en esta trama simple elementos sensibles que retratan la Norteamérica profunda y olvidada, principal foco de destrucción de la crisis económica de los Estados Unidos.

    Sin embargo, también se puede encontrar en Wendy and Lucy un film intimista con una fuerte carga emocional detrás, que hace de la sutileza narrativa un recurso imprescindible a la hora de esquivar golpes bajos y lugares comunes.

    Varada en Oregón tras perseguir el sueño de llegar a Alaska en busca de una mejor vida, Wendy (Michelle Williams, brillante) pierde el contacto con su perra Lucy luego de ser arrestada por sustraer de un supermercado alimento para perros. Quizá consciente de que el mundo regido por el individualismo y la indiferencia aventuran un futuro poco feliz en cualquier parte, comienza a buscar a su perra por las frías calles a la intemperie, sin un techo tras haber perdido su único hogar ambulante: un auto viejo.

    La directora de Old joy, Kelly Reichardt, deja que la fuerza expresiva de las imágenes transmitan la desolación de su protagonista sin recargar las tintas sobre los costados emocionales y dejando que los sentimientos afloren de una manera natural, pero por sobre todas las cosas revestidos de verdad y genuinidad, algo que el cine norteamericano ha perdido hace rato.

    Una gran historia, chica, pero demasiado larga –conceptualmente hablando- por lo que abarca; por lo que revela y porque cuenta con la destacada dirección de Kelly Reichardt, recientemente premiada en Venecia por su western Meek’s Cutoff también protagonizado por Wiliams.
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  • El juego del terror
    Morbo y paranoia en espacio chico para el deleite de los fanáticos del gore o de la saga Saw son los dos ingredientes que abundan en esta nueva y enfermiza historia con un buen guión, donde la perversidad se expone en todas sus formas y un ritmo intenso que nunca pierde pulso y por momentos deja sin aliento al espectador...
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  • El inmortal
    El inmortal
    CineFreaks
    El mafioso humanista

    El hampa y el humanismo son dos polos que nunca se tocan aparentemente, pero eso se va diluyendo cuando detrás de cada delincuente o asesino aparece una persona con sus miedos, miserias y contradicciones que lo llevan a tomar decisiones extremas y a veces equivocadas. Esa es la premisa que gira en torno al universo de El inmortal, thriller poco atractivo que juega con la idea de venganza y redención sin aportar nada nuevo al género.

    Charlie Mattei (Jean Reno) transita hace 3 años por su etapa de retirada del mundo mafioso tras haberse convertido en el pasado en uno de los capos máximos de la mafia de Marsella que siempre respetó los códigos: prostitución sí, drogas no; matar policias no; no traicionar amigos y defender con la vida la familia. Devoto padre de familia, pretende redimirse de sus pecados a partir de una vida tranquila sin asesinatos ni atracos, sino entregado a pleno a su hijo pequeño y a la ópera clásica. Sin embargo, una mañana es emboscado en un estacionamiento por ocho tiradores que lo masacran a balazos pero milagrosamente sobrevive y se gana el apodo de ‘‘el inmortal’’.

    A partir de ese momento, su supervivencia lo obliga a tomar cartas en el asunto para vengarse de sus verdugos y por otra parte debe negociar con la policía para tener la zona liberada y llevar a cabo su plan de ajuste de cuentas, así como mantener a resguardo su familia.

    Esquemática, previsible y apenas bien filmada, El inmortal se basa en una novela de Franz-Olivier Giesbert, que a su vez se inspiró en hechos de la vida real del mafioso Jacky Imbert. El planteo moral que mueve al protagonista resulta poco menos que elemental así como la descripción de cada personaje que lo secunda, incluido su antagonista Tony Zacchia (Kad Merad), quien desde el vamos porta el cartel de traidor además de pertenecer a la cultura musulmana, cuyas costumbres se retratan en este film del realizador Richard Berry como un aporte de exotismo que no suma ningún atractivo a una trama convencional.

    Quizá la irrupción de escenas de extremada violencia y cierta prolijidad desde el punto de vista formal, sumada a una correcta actuación de Jean Reno, apenas alcancen a salvar el valor de la entrada, pero eso es todo lo que puede ofrecer este producto "made in France" bajo la tutela de Luc Besson.
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  • Surveillance
    Surveillance
    CineFreaks
    Extraña pareja

    No sólo por ser hija del problemático e inclasificable David Lynch, Jennifer Lynch puede considerarse una realizadora de talento y eso queda demostrado en este segundo opus, Surveillance, tras 15 años de ausencia cuando debutara con la dispar Amores que matan (Boxing Helena).

    En la frontera entre el terror y el thriller oscuro, como así también entre una revisión de Rashomon y de Corazón salvaje -en menor grado-, la película se organiza narrativamente a partir del cruce de tres puntos de vista sobre un hecho brutal, incluido el de los sobrevivientes de la masacre de la carretera.

    La fragmentación del relato se compone de difusos flashbacks que se yuxtaponen entre sí durante el tiempo en que transcurren los interrogatorios de rutina efectuados por una pareja de detectives del FBI, quienes llegan a la dependencia policial de un remoto pueblo tras la pista de un asesino serial. Julia Ormond es Elizabeth Anderson y Bill Pullman es Sam Hallaway, ambos meticulosos e implacables a la hora de escuchar los testimonios y revelar las inexactitudes de cada testigo, entre ellos: el oficial Jack Bennett (Kent Harper), quien perdió a su compañero Jim Conrad (French Stewart) en la escena del crimen; el de la joven drogadicta Bobbi (Pell James) y el más importante de todos, que es el testimonio de una niña de 8 años. La chica pasó por el trauma de ver cómo cada miembro de su familia fue aniquilado por la pareja de asesinos enmascarados.

    Jennifer Lynch se despoja de la solemnidad del relato policial duro para impregnarlo de un tono propio, grotesco y sórdido en un ambiente claustrofóbico por un lado, como la sala de interrogación con la presencia de las cámaras de vigilancia, donde uno de los detectives juega el rol de voyeur; y por otro cuando filma en exteriores apela a la preponderancia de lo árido y desértico que guarda una estrecha correspondencia con la soledad y perturbación mental que azota a cada personaje.

    El repaso de los acontecimientos siempre lleva implícita la marca de la falsedad y la intención de guardar secretos ante las inteligentes intervenciones de los detectives que van construyendo y reconstruyendo la historia de crimenes, jugando con el espectador al hacerlo partícipe de las contradicciones (lo que vemos no es lo que escuchamos) y al mismo tiempo de la verdad de los hechos.

    El único personaje que opera como nexo y pivot es el de la niña Stephanie (Ryan Simpkins, toda una revelación), porque bajo su mirada inocente e infantil siempre dice la verdad.

    La destreza de la realizadora en el manejo de los tiempos y la puesta en escena sin lugar a dudas son el fuerte del film, sin correr la misma suerte el guión coescrito por la propia Jennifer Lynch junto a Kent Harper, el cual presenta ciertos desniveles. El otro gran acierto lo constituye la elección del casting, entregando a un Bill Pullman afiatadísimo y a una sorprendente Julia Ordmond en un papel de extrema exposición dramática que sortea con gran solvencia los arquetipos de este tipo de propuestas.
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  • Bon Jovi: The Circle Tour
    Aquellos muchachos de New Jersey

    The circle tour es el nombre que Jon Bon Jovi pensó para su mega gira por varios países de Europa, Estados Unidos -varios estados-, Australia y hasta Perú en Latinoamérica, donde su banda Bon Jovi repasa en una lista de más de 20 canciones la historia de este grupo nacido en 1983 en New Jersey, cuyos orígenes como banda de hard rock fueron mutando con el tiempo al incorporar otros estilos como el country, algo de folk, rock and roll y finalmente pop rock en su último trabajo del 2009 llamado precisamente The circle.

    Parte de la mística de esta banda; del carisma y la presencia escénica de su voz líder y un sonido limpio que recupera lo mejor de la esencia de los 80, queda documentado en el film The circle tour, filmado en el estadio de New Jersey, New Meadowlands Stadium, punto de inicio de la gira que comenzara el 26 de Mayo del corriente. Se exhibe solamente en algunos cines del mundo y por pocos días, en paralelo con la gira que está realizando aún Bon Jovi y que se extenderá hasta mediados del 2011.

    Los seguidores o fanáticos tendrán la chance de vivir una experiencia diferente en cuanto a imagen y sonido envolvente que solamente puede lograrse en el espacio de una sala de cine y con la acústica adecuada; algo que en un show en vivo, por mejor sonido que haya, se pierde.

    Del repertorio que podrán disfrutar en los casi 114 minutos que dura este largometraje están casi todos aquellos que fueron insignes o clásicos instantáneos: Keep the Faith; It''s My Life; One Wild Night; Wanted Dead or Alive, Born To Be My Baby y la balada I''ll Be There For You, entre otros. A eso debe sumársele el nuevo material del último disco que se intercala con los viejos hits (ha quedado afuera llamativamente Bad medicine, que sí forma parte del repertorio de la gira).

    Sin embargo, para aquellos que no sean fanáticos del grupo pero que disfruten de la música y el espectáculo en vivo es justo aclarar que no saldrán defraudados, porque lo que se ve en pantalla es un conjunto sólido de rock que suena con mucha personalidad y potencia, destacándose como siempre el enorme aporte del guitarrista Richie Sambora (cabe recordar que había sido rechazado para integrar la banda Kiss antes de aceptar la propuesta de Jon Bon Jovi), quien además de regalar solos para el recuerdo también deja un sello indeleble con su voz en coros y hasta en el rol de segundo vocalista en varios duetos.

    El despliegue visual no apuesta a la grandilocuencia ni a la espectacularidad tecnológica, como podía verse en el film U2 3D, pero se centra en una puesta de cámara focalizada en los integrantes de la banda: Jon Bon Jovi, Richie Sambora, Tico Torres en batería, David Bryan en teclados, Alec John Such como bajista que se unió a la banda desde 1994 y además en el público asistente al concierto.

    Aquellos muchachos de New Jersey han crecido; han reemplazado esos cabellos desparramados de la juventud por un look más a tono con estos tiempos dejando en claro que siguen intactos y así lo demuestran en el cierre del show con la emblemática Livin'' on a prayer.
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  • Megamente
    Megamente
    CineFreaks
    Super héroe se busca

    ¿Qué sería del mal sin el bien?, resulta más que satisfactorio que un film animado destinado a la platea infantil parta de una premisa tan profunda para desarrollar una historia de ¿autosuperación? en la figura de un supuesto villano, que luego de acabar con su antagonista Metroman -casi por azar- se queda solo, abandonado y aburrido sin un propósito de lucha porque su destino siempre estuvo signado por la derrota.

    Con ese pequeño prólogo podríamos decir que Megamente, la nueva apuesta de DreamWorks es uno de los films más originales en cuanto a animación se refiere y como tal ese grado de originalidad, que apela a la acumulación de situaciones y gags, lo limita y le hace perder consistencia a medida que avanza. Sin embargo, si se tiene en cuenta el antecedente de Mi villano favorito (también protagonizado por un malo) es justo decir que en este caso la transformación del protagonista se produce pausada y coherentemente.

    No obstante, más allá de los Iindiscutibles aciertos a nivel técnico tanto en los escenarios construidos digitalmente como esa metrópolis rebautizada metrociudad; de la indudable apariencia y fisonomía de los personajes en correlación directa con los actores que prestaron sus voces, entre los que sin duda se destacan Will Ferrell (Megamente), Brad Pitt (Metro Man), Tina Fey (Roxanne), Jonah Hill (Titán) y Ben Stiller (Bernard), el principal escollo que no logra superar el film de Tom McGrath es el de la ambivalencia en los personajes. Más allá de los maniqueísmos -que siempre es bueno evitar- la historia no tiene un buen villano ni tampoco un atractivo antagonista, dado que el primero desaparece muy rápido de escena y el sustituto no le llega ni a los talones.

    El personaje que funciona llamativamente como contrapeso y equilibra la balanza es el de la periodista Roxanne, mitad ingenua y mitad cínica, que opera como elemento de discordia y en definitiva es el único propósito válido para que Megamente y su nuevo antagonista Titán actúen.

    Para terminar, resulta simpática la referencialidad constante a Superman, tratando de desmitificar -aunque más no sea como un juego- al gran héroe americano.

    Megamente se queda a medio camino entre lo que podría definirse como film animado políticamente incorrecto y film animado convencional y conservador.
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  • Maytland
    Maytland
    CineFreaks
    La elegía del porno argentino

    Hay varias aristas que atraviesan y recorren el universo de esta ópera prima de Marcelo Charras (más conocido como guionista de televisión de ciclos como Sorpresa y media, por ejemplo) que no logran pulirse nunca: la relación padre-hijo; las obsesiones y contradicciones de un director de cine porno; la aniquilación de un modelo de industria cinematográfica pequeño a causa de la piratería y el auge de internet; y por último, el retrato en primera persona de uno de los pioneros del cine condicionado argentino llamado Roberto Sena pero comercialmente conocido como Víctor Maytland.

    La primera falla que acusa Maytland (así se llama la película) es la falta de criterio cinematográfico a la hora de señalar un rumbo para abordar a un personaje rico, rústico, cuya vida estuvo marcada por el sello de lo clandestino o marginal por elección propia al haber cruzado la frontera del cine político y militante –de ahí su vínculo directo como meritorio de producción de La hora de los hornos- hacia la del cine condicionado y artesanal que comenzara allá por los tempranos ochenta con más de 120 títulos a lo largo de su carrera y que hoy prácticamente ya no existe al haberse vista desplazada por el amateurismo que encontró su ventana al mundo a través de internet.

    Del bastardeado subgénero del porno pueden decirse muchas cosas y sobre sus hacedores otras tantas pero lo que es indudable es que el sello de Maytland puede encontrarse en algo que podríamos definir –con permiso de los lectores y del propio autor por esta licencia que me tomaré- como un neorrealismo del porno al haber introducido en sus películas temáticas sociales como las villas miserias en Secuestro exxxpress o la lucha entre una multinacional y el campo en Cosecha de lujuria, por citar dos de sus producciones más emblemáticas sin olvidarnos de su debut con Las tortugas pinja.

    Esos pequeños hallazgos, como el hecho de haber pensado alguna vez un reallity show porno para tv llamado Expedición sex -cuando la moda de los formatos del reallity recién desembarcaban en nuestro país- hace de Víctor Maytland una persona que siempre vio en el género del porno un puente para innovar sin por ello desplazarse un ápice de los códigos, convencionalismos y limitaciones propias. Todos esos rasgos si bien aparecen en la estructura narrativa del film no logran tener el peso adecuado para construir acabadamente al personaje, quien pese a su buena predisposición y naturalidad frente a cámara transparenta las coordenadas de un guión con demasiados subrayados.

    Caso contrario ocurre con el clima crepuscular y melancólico que lo rodea: desde esos cines olvidados donde se proyectan sus películas hasta su propia casa en la que aún se conservan los ya extintos vhs.

    Por eso Maytland como proyecto documental hubiese sido más atractivo que como la ficción que termina siendo. El relato focalizado en el director recorre el ocaso de un realizador que sueña con su película más ambiciosa y no encuentra el apoyo para producirla (buena elección de casting el facha Martel como productor oscuro) ya que el paradigma reinante del cine porno no contempla historias ni argumentaciones y mucho menos contextos políticos.

    De ahí el término Exxxterminio (asi se llamaba su último proyecto) no sólo para contextualizar una historia de amor y sexo en la época de los años de plomo con una militante torturada por un grupo de tareas que es rescatada por otro compañero que la había conocido en la proyección clandestina de La hora de los hornos, sino el del cine porno argentino que con esta elegía fallida e irregular le dice adiós a un director diferente.
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  • Amor en tránsito
    Parafraseando a uno de los personajes del film, la ópera prima de Lucas Blanco puede resumirse en mitades que lamentablemente no logran amalgamarse nunca más allá de los forzados intentos que pretenden hacer del azar y del destino dos energías que motorizan la acción. Mitad drama intimista con climas logrados; mitad ensayo sobre el tiempo y las ucronías; mitad cine de autor con fuertes influencias nouvellevagueanas...
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  • La hora de la religión
    Santos y pecadores

    El cine de Marco Bellocchio siempre se caracterizó desde un lugar de resistencia tanto en el empleo del arte en su carácter de modo de expresión como en lo político en relación a las ideas y temáticas abordadas desde sus inicios.

    Sus obsesiones concentradas en tres pilares como la familia, el estado y la religión se reiteran a lo largo de una filmografía que comprende más de treinta títulos, siendo Vincere su más reciente trabajo. También se puede rastrear en cada film del realizador italiano (nacido en Piaccenza y educado en el colegio de los salesianos) un personaje que se erige como héroe o paria dentro de los sistemas de poder y con fuertes convicciones de orden moral -o simplemente políticas- que lo llevan a enfrentarse contra las instituciones más sagradas; quizá representante simbólico de un mundo que ya no existe, con valores arrasados por el pragmatismo y la derrota de las utopías del Mayo francés.

    La hora de la religión (2002) no se aleja ni un ápice de la poética del director de El diablo en el cuerpo, ni de sus tópicos anteriormente citados, dado que el protagonista Ernesto Picciafuocco (Sergio Catellitto) es un pintor que se entera tardíamente sobre la posible canonización de su asesinada madre como parte de una estrategia familiar que busca ciegamente aprovechar la tragedia para obtener un rédito económico. Para conseguirlo orquesta una suerte de conspiración a fin de convencerlo y persuadirlo de que cambie su condición de ateo y adopte al catolicismo para evitar todo tipo de sospechas, cuando el asesino es nada menos que su propio hermano.

    El ateísmo y la tozudez del artista son casi militantes, tan férreos como sus convicciones éticas y su constante lucha personal para no caer en la hipocresía y enseñarle a su hijo un camino de coherencia, signo de la única libertad a la que puede aspirar en una Italia fragmentada y envenenada por la impostura y el capitalismo, que también lucra con la fe.

    Así, a fuerza de una gran capacidad de síntesis y un manejo sutil de la ironía, Marco Bellocchio descarga su mirada crítica sobre la religión institucionalizada en la figura de obispos y representantes del Papa que buscan el testimonio de Ernesto y de su hermano Egidio, quien fuera responsable del matricidio y en el presente permanece internado en un hospital psiquiátrico, para construir a la santa sin siquiera conocer la verdadera biografía ni la historia de la mujer.

    Esa hora a la que hace referencia el titulo se refiere a la hora de catequesis del colegio donde asiste Leonardo, hijo de Ernesto, con quien mantiene una franca relación padre-hijo y en quien se depositan todas las esperanzas futuras, ya sea convirtiéndolo en el nieto de una santa mártir para el caso de la familia o en un libre pensador, heredero de un legado paterno, en constante rebeldía contra lo instituido.

    Decir que este film es anticatólico por su enfoque controvertido no es significativo tratándose de un personaje que defiende frente a todas las hipocresías una fe y conducta que, incluso, pueden conducirlo a la propia destrucción; al propio fracaso existencial como persona y padre, por sobre todas las cosas. Por eso, no resultaría exagerado encontrar en esta bella obra una importante marca de espiritualidad, algo que desde la fuerza de las imágenes y la tensión dramática, expuesta por una labor actoral impresionante de Sergio Castellito, no hace otra cosa que contagiar a un espectador pasivo que frente a un cine de tanta calidad no podrá resistirse.
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  • Machete
    Machete
    CineFreaks
    La revolución de los pobres

    Era predecible, tratándose de Robert Rodriguez, que ese trailer falso que unía en Grindhouse (2007) a Planet terror y Death proof contara con todos los ingredientes para convertirse en largometraje en el futuro.

    El atractivo de ver a Danny Trejo empuñando un machete, esa arma rústica y simbólica de una clase social marginal, ya significaba demasiado como para perder la posibilidad de convertirlo en una historia. Ahora bien, lo que nunca nos hubiéramos imaginado tras ese trailer era que detrás de una película clase B orientada al puro entretenimiento se pudiese deslizar a cuenta gotas un planteo político y tan vigente en nuestros tiempos como el de la lucha de los inmigrantes ilegales mejicanos, utilizados como moneda de cambio por los Estados Unidos en iguales proporciones desde la derecha y desde la izquierda, y que en definitiva ocupa hoy uno de los pilares de la política exterior del imperio yanqui y de la agenda del presidente Obama.

    Si a eso le sumamos que el inimputable Robert De Niro haga las veces de político derechoso que mata ilegales por diversión y al temible Danny Trejo como un mejicano justiciero y revolucionario que unirá a los desposeídos en una revolución a puro machete, metralleta y autos viejos, la diversión está garantizada.

    Machete se asume desde el primer minuto por su propuesta estética como homenaje al cine clase B, planteando una historia absolutamente lineal que busca el pretexto ideal para deleitar a la platea con gore, algo de sexo y mucho humor en dosis adecuadas, que se valen de la autoparodia como un recurso inteligente y potable para esta ocasión.

    Al resto del elenco se le suman la sexy Jessica Alba, quien juega el rol de policía mejicana honesta en un mundo corrupto y la dura Michelle Rodriguez en un doble personaje que por motivos obvios no revelaremos. Si a eso le agregamos como frutilla del postre a este convite de violencia y grotesco -dirigido aceptablemente por el realizador de El mariachi junto a Ethan Maniquis- las participaciones de Steven Seagal, Don Johnson y Lindsay Lohan, todos riéndose de sí mismos, el atractivo es lo suficientemente fuerte como para pasar un grato momento.
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  • Cazador de demonios: Solomon Kane
    Más allá de todos los lugares comunes, como el del asesino redimido que pretende abrazar la fe y purgar sus pecados, en el caso de este film de mediocre factura eso no sería tan grave. Sin embargo, si a semejante despropósito se le suman malas coreografías de batallas, efectos especiales de cuarta y una trama lineal y poco espectacular realmente estamos ante una de aventuras para el olvido que nos dispara la siguiente pregunta: ¿por qué se estrenan en pantalla grande estos bodrios?
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  • Skyline: La invasión
    Una película que no funciona cuando intenta ser minimalista y mucho menos al adoptar todos los convencionalismos del cine mainstream. La bajada de línea militarista es tan absurda como su guión y los efectos especiales bastante baratos como para justificar semejante despropósito. El resultado está a la vista...
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  • Cosa voglio di più
    Sin encontrarnos frente a un gran melodrama italiano, es justo decir que esta historia de infidelidades que pone el ojo en el desgaste de la pareja y la necesidad del cambio, mantiene el ritmo y la tensión suficiente como para no agotar al espectador porque dosifica inteligentemente situaciones cotidianas y diálogos que no resultan forzados ni explicativos, todo ello sostenido en gran parte por una prolija dirección y un elenco a la altura del convite...
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 1
    La primera parte de la última entrega de la franquicia no escapa a las mismas falencias y virtudes que sus antecesoras, dejando varias aristas sin resolver que quizá encuentren mejor suerte en la que será la última película sobre el mago, quien en esta ocasión transitará en su fase de oscuridad más temible con la premisa del sacrificio delante, un futuro cargado de responsabilidades y dolor, pero también con una fuerte carga emocional a cuestas (es justo reconocer un mejor desempeño actoral del protagonista) y la incertidumbre de un final abierto y tal vez nada feliz…
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  • Un buen día
    Un buen día
    CineFreaks
    ¿Qué hicimos para merecer esto?

    Resulta un verdadero desafío para unos pocos atravesar los 95 minutos de Un buen día sin indignarse, violentarse, avergonzarse y en el menor de los casos reírse. Cuando un compendio de frases cursis que atrasan 45 años -por lo menos- viene acompañado de pretenciosas reflexiones sobre temas serios como la vida, la muerte, el tiempo, la fugacidad y el amor, la falta de respeto al espectador y a la metafísica abre el interrogante que obliga a redefinir conceptos tales como mediocridad, chatura intelectual y sensibilidad.

    Decir que la película de Nicolás Del Boca es mala o mediocre no sería justo para filmes malos y mediocres que por lo menos no le toman el pelo a la gente y se contentan con cumplir con la mínima cuota de entretenimiento. Tampoco apelar al salvoconducto de film televisivo alcanzaría para justificar lo injustificable dado que por fortuna la calidad de las telenovelas argentinas y las series es 10 veces superior a cualquier plano o escena de este mamarracho sobreactuado hasta decir basta por Aníbal Silveyra y Lucila Solá, que lamentablemente se apoya en la misma estructura narrativa empleada por Richard Linklater en su díptico Antes del amanecer y Antes del atardecer, dos obras maestras que humildemente recomiendo a Nicolás Del Boca y equipo alquilar un buen día de estos para aprender algo de cine y de diálogos (eso va para Enrique Torres) que no suenen a aforismo de sobrecito de azúcar.

    Parafraseando el dicho popular: la culpa no es de los actores sino de quienes los dirigen haciendo extensivo claro está el sayo a quien escribe esas ridículas frases que buscan un tono emotivo o guiño afectivo con el público sin olvidar por supuesto todos los lugares comunes sobre el ser argentino y la catarata de rasgos que lo hacen único e irrepetible -por no mencionar ese ridiculo viraje fantástico injustificable y arbitrario por demás- ese dejo de melancolía tanguera berreta y poco creíble hoy en el 2010.

    En lugar de contar la historia, si es que puede concederse que detrás de Un buen día había una historia que valga la pena contar, sobra con aclarar al lector y futuro espectador que cuando una película con aires de superioridad como esta trasluce en cada frase altisonante de sus personajes la idea de ‘ya sé lo que me vas a decir’ el resultado está a la vista y no hay nada que pueda redimirla o valorarla porque no sólo enfatiza sus limitaciones narrativas de antemano sino que prejuzga al que está del otro lado con un arrogante sentido didactista que lleva a preguntarse ¿qué hicimos para merecer esto?.
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  • Papá por accidente
    Apuros, neurosis, amor

    Poco relevante resulta que esta nueva comedia romántica con Jennifer Aniston en piloto automático se haya inspirado en un cuento de Jeffrey Eugenides (responsable de Las vírgenes suicidas) más que haberle encontrado un partenaire ideal como Jason Bateman para jugar los roles de padres modernos e irresponsables.

    Producto de los tiempos que corren Papá por accidente (lamentable titulo local para The switch) empieza como una comedia ácida que pone en primer plano los conflictos de un neurótico de Nueva York –que no es Woody Allen- llamado Wally (Jason Bateman) que se verán agravados cuando su amiga solterona Kassie (Aniston) le pida ayuda para encontrar un donante de semen, dado que su cuarto de hora para la maternidad está pasando y prefiere embarazarse artificialmente para luego buscar un padre en el futuro.

    Podría decirse entonces que la premisa de las decisiones apresuradas que conducen a situaciones problemáticas se dispara en el momento en que por una circunstancia azarosa Wally reemplaza el esperma del donante por el suyo, en otro acto de desesperada irresponsabilidad.

    Hasta este punto la comedia dirigida por la dupla Will Speck y Josh Gordon (Deslizándose a la gloria) transita por los carriles convencionales, aportando una serie de secundarios graciosos entre quienes se destaca Jeff Goldblum como el amigo experimentado de Wally. Sin embargo, lejos de agotarse en la anécdota de la madre soltera y el neurótico pesimista, tras una elipsis de 7 años el relato introduce el conflicto de la crianza de un niño bastante particular (poco sociable e hipocondriaco) sin una figura paternal sólida y prácticamente sin familia.

    Así las cosas, la figura de Wally pasa a ocupar el centro -junto al niño- al transformar su neurosis en los prolegómenos de la paternidad a distancia, primero como el consabido amigo que cuida a la criatura cuando mamá sale con su novio y luego como sostén afectivo ya que no puede contarle a kassie la verdadera historia y mucho menos a partir de la irrupción de un tercero (Patrick Wilson), antiguo donante que se enamora de ella pero que no logra conectarse con su supuesto hijo.

    La química faltante entre Bateman y Aniston se compensa con creces cuando entra en escena el pequeño Thomas Robinson, mimetizándose con los comportamientos y actitudes de su verdadero padre y entregando el costado dramático y emotivo para coronar una ajustada comedia romántica (no solo es el amor de pareja sino el de padre e hijo), con aires de moralina políticamente correcta, que sin embargo puede disfrutarse.
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  • Boca de fresa
    Boca de fresa
    CineFreaks
    Conozco la canción

    La mezcla de géneros cinematográficos siempre supone un riesgo pero también es un recurso atractivo para experimentar con determinados tonos a la hora de contar una historia simple. Algo de suspenso, bastante de comedia costumbrista y un tanto de romanticismo gira en torno al universo de Boca de fresa, segundo largometraje de Jorge Zima (Noches en la terraza) que cuenta con los protagónicos de Rodrigo de la Serna y Érica Rivas, acompañados por Roberto Carnaghi, María Florentino y el debut actoral del compositor Juan Vattuone, filmada en locaciones de las sierras cordobesas.

    Como el trasfondo del film es básicamente una historia de amor –más precisamente un triángulo amoroso- la elección de la pareja resulta inmejorable porque hay que recordar que de la Serna y Rivas lo son en la vida real, aspecto que aporta pura química entre ambos y contribuye sobremanera al ritmo cambiante de una trama que, en un primer tramo, adopta el camino de la road movie y luego se debate entre la parodia al thriller con buenas dosis de comicidad.

    El mundo de la música, desde los compositores de canciones olvidadas y los productores de poca monta, funciona como pretexto para abrir paso a la aventura en la que se embarca el productor musical Oscar (Rodrigo de la Serna) junto a su novia Natalia (Erica Rivas), una peluquera sencilla que sueña con un viaje a Miami y debe contentarse con el aire de las sierras cordobesas al caer en los engaños del ambicioso productor en busca de un músico ignoto, cuyo último paradero data de las sierras cordobesas. El tal Fredy, otrora autor de un tema en los 70 que en el presente ocupa los rankings de Europa tras ser remixado por un grupo noruego, es la pieza clave para que Oscar pueda cobrar los derechos de autor de aquella canción perdida en el tiempo.

    Sin embargo, su tío (Roberto Carnaghi), también productor musical, intenta convencerlo de que desista sobre la descabellada búsqueda, dado que aquel disco de los 70 fue un rotundo fracaso en ventas. Pero la perseverancia de Oscar es más fuerte que la razón y así comienza a ejecutar un meticuloso plan para seducir a un amigo del misterioso Fredy (Juan Vattuone) y así saber la verdadera historia sobre su repentina desaparición (lo dan por muerto) con el afán de armar un documental y crear una suerte de mito de la música no reconocido. No obstante, en pleno operativo de seducción del enigmático ermitaño apelando a los atributos de Natalia, Oscar habilita la chance de que su mujer experimente cierto atractivo por la figura de un hombre solitario al punto de enamorarse y abandonarlo.

    Sin perder el ritmo y apoyándose exclusivamente en las buenas actuaciones de la pareja de actores, el director Jorge Zima (también compositor de la banda sonora) logra conjugar una serie de elementos narrativos que se conectan por un lado con la idea de las segundas oportunidades y por otro con una progresiva transformación de los personajes que en un principio exponen sus capas más superficiales -casi al borde del estereotipo de productor grasa y novia tontona-, pero que con el correr del metraje van incorporando aristas de personalidad, ingenuidad y lo que es más importante honestidad.

    Un film disfrutable, sin demasiadas pretensiones, que puede convocar a un público heterogéneo sin riesgo al fracaso.
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  • Villa Amalia
    Villa Amalia
    CineFreaks
    La huida interior

    La identidad se define por fragmentos; pedazos o momentos que nos determinan y construyen lo que somos. Por eso cuando el desconsuelo de lo que somos es mayor a lo que proyectamos, el único remedio es el mecanismo del olvido. Y olvidar no es otra cosa que reinventar la realidad, crearle huecos o fisuras para empezar de nuevo; para, incluso, dudar de aquello que nos causa placer o alegría aunque esa sensación se torne fugaz. Pero cuando uno está dispuesto a destruir progresivamente las ataduras con el pasado y con el presente, en ese instante de absoluto extrañamiento vive el aquí y ahora como si fuese una eternidad y la mirada del entorno renace y con ella entonces los colores de la vida monótona recuperan brillo, se vuelven más vivos.

    Por este proceso de aniquilación de la identidad transita el personaje de Villa Amalia, Ann Hidden (Isabelle Huppert), pianista exquisita que so pretexto de la infidelidad de su pareja Thomas (Xavier Beauvois) –lleva con él quince años- toma la decisión de dar un vuelco al rumbo de su vida cortando con todo lazo que la une a su rutina: profesión, afectos, bienes materiales, cuentas bancarias, en un acto de pleno despojo para el que se propone no dejar rastro ni huella en cada paso que da. Todo lo quema, avanza en medio de la confusión y la excitación de lo nuevo, que se puede encontrar a la vuelta de la esquina en el reencuentro con un viejo amigo (Jean-Hugues Anglade) o quizá en un remoto pueblo de Italia a orillas del mar.

    Esa entrega a la fuga hacia adelante o, mejor dicho, una huida interior, acompañada adecuadamente por una banda sonora de Bruno Coulais integrada al relato y a su cambio constante de ritmo, es la única coordenada narrativa que marca el horizonte de esta historia, del realizador francés Benoît Jacquot, basada en la novela homónima de Pascal Quignard, conocido por su libro "Todas las mañanas del mundo".

    La trama se sumerge, junto al punto de vista de la protagonista, en un viaje tanto hacia adentro como afuera en el que los espacios interiores y exteriores juegan un rol trascendente en sintonía directa con la psicología y emociones del personaje, por quien prácticamente pasa toda la película sin que la cámara abandone su carácter de testigo de sus acciones –alternando la distancia permanentemente- y sus contemplaciones.

    Resulta inmejorable la elección de Huppert para dar vida a Ann; para realzar su misterio y espiritualidad con una economía de gestos asombrosa, pero por sobre todas las cosas con una paulatina transformación que se deja ver y sentir del otro lado de la pantalla y también musicalmente hablando dado que la melodía disonante y cortante de los comienzos del film se va a ir reemplazando por otro tipo de música clásica más acorde al ánimo del personaje y al tono del relato.

    No por casualidad el apellido ficticio que Ann se inventa Hidden traducido del inglés significaría algo así como oculto porque de eso se trata su plan de desaparición: ocultarse de todos en el anonimato de una pequeña casa en las montañas cerca del mar, que con su infinita calma y soledad invita a la reflexión tanto de la protagonista como del espectador ansioso por saber qué pasará cuando llegue el crepúsculo; con la mirada renovada y las ganas de estar allí por casi toda la eternidad.
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  • Actividad paranormal 2
    Con prácticamente 40 minutos donde no pasa nada, salvo alguna que otra información que relaciona a esta secuela con la anterior, el plato fuerte de Actividad paranormal 2 se sirve tarde como esos menúes que prometen delicias y son apenas una muestra en plato chico, que generan solamente más apetito y dejan un sabor amargo en la boca. Se pierde la sorpresa desde el minuto cero al utilizar el mismo recurso de las filmaciones caseras con visos de realismo en la puesta en escena en tramos que realmente son una pérdida de tiempo para un espectador habituado a este tipo de propuestas. Decepción y operación de marketing vergonzosa...
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  • Todo un parto
    Todo un parto
    CineFreaks
    Aunque es imposible no recordar a la pasada Mejor solo que mal acompañado con el entrañable John Candy hacia finales de los 80, Todo un parto se relaciona directa e indirectamente con aquella película pero también lo hace con ¿Qué pasó ayer? al poner en práctica la teoría del caos y el show de la incorrección política como dos de sus mayores logros. El otro atractivo, sin dudas, lo constituye la pareja protagónica que se saca chispas, explotando la veta cómica de Robert Downey Jr. en todo su esplendor y el contrapunto adecuado con el sorprendente Zach Galifianakis para completar una comedia ácida, con numerosos gags logrados -y otros pifiados- con los cuales es casi imposible no soltar alguna carcajada...
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  • Agora
    Agora
    CineFreaks
    Las piedras de la ignorancia

    Con cuatro películas muy diferentes entre sí; pasando en su ópera prima Tesis por el thriller psicológico para terminar en el melodrama de corte realista desde Mar adentro, Alejandro Amenábar es de esos directores inquietos que siempre buscan el riesgo y redoblan los desafíos en cada proyecto, sin olvidarse nunca del espectador, pero tampoco de que el cine en definitiva también es un gran negocio. Y en ese triángulo, cuyos vértices jamás se tocan, compuesto por el cine comercial, el de autor y el híbrido a veces queda la sensación de atadura a la hora de no poder amalgamar elementos.

    Ágora, su último y más ambicioso film que viene levantando polémicas entre defensores y detractores, es un fiel reflejo de falta de criterio y buenas intenciones a la vez, porque sus irregularidades manifiestas desde un guión que hace del maniqueísmo un uso poco inteligente se ven subsanadas por una puesta en escena a tono con el desafío planteado por el director de Los otros.

    También aquí puede vislumbrarse la dialéctica del trío o la coexistencia de tres elementos que se repiten a lo largo de una trama, que se ocupa -de forma elemental- de exponer las aristas oscuras de la religión cuando deviene en fundamentalismo que se repite por los siglos de los siglos llevándose la peor parte el cristianismo, en un segundo nivel el judaísmo y con mucho menos responsabilidad el paganismo tal como queda manifestado en este relato.

    El otro terceto lo constituye un pseudo y tibio triángulo amoroso entre la protagonista Hipatia (Rachel Weisz), una filósofa y astrónoma que en la Alejandría del siglo IV d.c. intenta enseñar a los paganos principios de astronomía preguntándose por el movimiento de los planetas al poner en práctica las teorías de Ptolomeo y de Aristarco.

    Sus pretendientes, alumnos ellos, son el esclavo Davo, quien duda de las bondades del paganismo y coquetea con las ofertas del cristianismo, que por ese entonces se convertiría en la religión mayoritaria y amparada por el poder del Emperador Flavio. Su rival es nada menos que el libre pensador Orestes (Oscar Isaac), quien en el futuro se convertiría en prefecto y su actitud políticamente correcta con los cristianos terminarían por condenarlo en un claro ejemplo de cobardía.

    No obstante, teniendo en cuenta lo que representa cada personaje, podría pensarse que Ágora es una alegoría de la lucha entre el conocimiento y el oscurantismo; la luz de la sabiduría contra la espesa negrura de los dogmatismos -que no son otra cosa que la expresión palpable de la ignorancia- siendo Hipatia el símbolo de la filosofía y el centro inmóvil (igual que el sol) por el que giran la religión y el libre albedrio, cuya ilusión de movimiento en apariencia marcaría un constante cambio ante los ojos de los hombres, cada vez más alejados los unos de los otros.

    Ahora bien, la torpeza de Amenábar radica en el subrayado constante y la letra gruesa detrás de las intenciones para su nueva crítica contra la religión y, en menor nivel, ciertos manierismos que terminan cansando como el abuso de los planos cenitales para dejar en claro la mirada celestial sobre las atrocidades de lo terrenal y las miserias humanas. El otro problema que arrastra desde el comienzo es la falta de ritmo de transición entre secuencias donde es justo reconocer una excelente reconstrucción histórica y una esmerada dirección en las escenas de despliegue visual, como la quema de la biblioteca de Alejandría por parte de los cristianos y esa suerte de contrapeso o justicia poética a partir de la lapidación de los mismos cristianos por parte de los judíos.

    Por todo ello, es justo decir que el nuevo opus de Alejandro Amenábar termina decepcionando a aquellos que estaban acostumbrados a un cine menos complaciente y menos concesivo con el gran público.
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  • Anónima: Una mujer en Berlín
    Junto con La caída, podría decirse que Anónima: una mujer en Berlín (2008) representa el discurso de un cine alemán valiente que nos habla desde la derrota, mostrando la otra cara de la moneda a partir de los fracasos en la Segunda Guerra Mundial que sumieron al pueblo alemán en un período de humillaciones y miseria por vincularse de alguna forma con el bando del vencido.

    Pero muy poco se sabía de la suerte de las esposas o novias de los soldados alemanes durante la guerra y a partir de la llegada del ejército rojo a la ciudad de Berlín, a no ser por el testimonio de un diario íntimo de una periodista alemana (su nombre permaneció en el anonimato hasta después de su muerte en el 2001) que describió con lujo de detalles la convivencia de los ciudadanos berlineses con los soldados enemigos, meses previos a la capitulación total de Alemania que diera por finalizada la Segunda Guerra Mundial.

    En aquellas páginas no sólo quedó plasmado el documento de una época sino también el descubrimiento de las prácticas vejatorias que los soldados rusos realizaron durante varios días como parte del escarmiento contra los alemanes, especialmente las mujeres sin distinción de edad o estatus social.

    Esas crónicas de violaciones –de las cuales la autora también fue víctima- además reflejaban por parte de la escritora la idea del deshonor de las mujeres alemanas, quienes para sobrevivir entablaban relaciones con los rusos, llegando algunas incluso a enamorarse como es el caso de la escritora anónima, quien tras la publicación del libro en 1959 pidió expresamente que no se editara el best seller homónimo hasta después de su muerte (recién en el 2003 se volvió a publicar y se supo su verdadero nombre).

    Max Farberbock, el prestigioso realizador alemán, no conocía la historia hasta tomar contacto con la novela y así elaboró junto a Catharina Schuchmann el guión del film para el cual decidió ofrecerle a la actriz Nina Hoss el papel protagónico, encarnando a la periodista anónima en la que podría considerarse una gran actuación.

    La estructura elegida toma con fidelidad las crónicas desde el 20 de abril hasta el 22 de junio de 1945 en las que la periodista da cuenta del escenario de la guerra como testigo privilegiado y víctima del abuso de los soldados rusos para quienes Berlín era un motín de lujo y sus mujeres un objeto más dentro del saqueo. Sin embargo, también lo que se desprende de ese relato cotidiano en primera persona (por suerte no hay abuso de la voz en off) es una historia de amor que comienza luego de conocer a un alto mando del ejército rojo, el coronel Andreij (Yevgeni Sidikhin), que se diferencia de sus subordinados por no compartir las ideas de arrasar con todo lo que se interponga y mucho menos con el maltrato hacia las mujeres.

    El resto de los personajes variopintos que integran la trama lo constituyen un grupo representativo de alemanes que se refugian en unos departamentos abandonados en los que inmediatamente se instalan los rusos, de cuyos soldados se destaca el teniente Anatol (Roman Gribkov), quien también pretende ganarse el amor de Anónima (Nina Hoss).

    Sin apelar al golpe bajo a la hora de exhibir los vejámenes y la humillación, Max Farberbock consigue elaborar una trama lo suficientemente sólida para reflejar los estragos de la guerra en sus víctimas y victimarios; exhibiendo los costados más oscuros de los hombres pero compensándolo con altas dosis de naturaleza humana, despojándose de toda estigmatización.

    La guerra cambia a los hombres parece ser la frase que dibuja este retrato, pintado con la lucidez de un artista y con los colores vivos y opacos de los vencidos en un juego de matices que encuentran su vinculo estrecho con los matices morales, sin importar de qué lado se haya estado.
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  • El juego del miedo 3D
    La apuesta a la tecnología 3D es apenas un aliciente para aportar algo novedoso a esta franquicia que desde las últimas entregas ya acusaba cierto desgaste, más allá del ingenio a la hora de poner en práctica las puestas en escenas del sadismo mainstream. Con un guión que no abusa del flashback explicativo como en los anteriores episodios pero que tampoco brilla por su originalidad, El juego del miedo 3D: El Capítulo Final no defraudará a los amantes de la saga y tampoco a quienes busquen sangre, cuerpos mutilados y la tensión generada a partir de la lucha por sobrevivir a las perversiones del implacable Jigsaw y sus secuaces de turno. Esperemos que ésta sí sea la última...
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  • Elegía de abril
    Fantasmas que juegan a las escondidas

    Representar no es otra cosa que renovar la mirada. Es reconstruir con lo que se tiene y con lo que no se tiene un espacio diferente, que visto desde una cámara (en este caso dos: una que registra lo que la otra filma) siempre resulta distinto pese a estar poblado por objetos inmóviles que no son otra cosa que la huella de algo que ya no está. Objetos que evocan presencias; que evocan fantasmas que se niegan a ser recordados.

    Pero es la memoria, la de los recuerdos pasados, aquella que se empecina en atraparlos y de esa forma revivirlos aunque más no sea en esa instancia efímera que puede durar un parpadeo o un abrir y cerrar de ojos. Elegía de abril es el nombre de un libro de un poeta, Salvador Merlino –abuelo de Gustavo Fontán- que durmió durante casi 50 años en un estante y por ese capricho de la memoria recupera identidad a partir de este nuevo opus del mismo nombre, un desafío cinematográfico que nos propone el realizador de El paisaje invisible.

    Como se decía anteriormente y siguiendo una línea conceptual, que ya aparecía tanto en El árbol y en La madre, la idea de la representación cinematográfica expone aquí sus dobleces en un relato de búsqueda en donde la poética del director suma elementos, como por ejemplo el de exponer el artificio del cine en un improvisado set de rodaje en la casa familiar donde vivió por más de 20 años, con actores reconocibles de la talla y prestigio de Lorenzo Quinteros y Adriana Aizemberg, que vienen a ocupar los roles que los verdaderos protagonistas, la madre del director y su tío, rechazan en medio del rodaje.

    No obstante, lejos de quedarse con la mímesis de los actores, lo que se convoca verdaderamente en este film es el disparador de los propios recuerdos y fantasmas a partir de un espacio donde la realidad se diluye; y la casa, atestada de objetos, deviene espacio lúdico en el que la cámara y sus presas se trenzan en la lucha entre lo oculto y lo revelado y el propio Fontán reflexiona a partir de las imágenes (meritorio trabajo de Diego Poleri en la fotografía) y fragmentos sobre los propios límites del registro y la enunciación de lo que ocurre.

    No importa tanto el nombre de Salvador Merlino o la casa familiar del barrio de Banfield más que como anécdota o pretexto narrativo. Lo verdaderamente trascendente en Elegía de abril –quizás el cierre de la que podría denominarse trilogía de Banfield si el director lo permite- es la voz de un poeta y la presencia de un gato negro de ojos inquisidores que nos mira como aquel de La orilla que se abisma en ese viaje mágico por el rio para confrontarnos con otro poeta como Juan L. Ortiz. La de Merlino es la voz de un poeta que nadie escucha pero que vive en el silencio de los objetos que la evocan como un busto sin ojos que le ganó la batalla al tiempo y a la muerte.
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  • Amerrika
    Amerrika
    CineFreaks
    Lejos del paraíso

    Lejos del melodrama serio pero sin caer en una liviandad estúpida, Amrrika, de la directora Cherien Dabis expone a partir del punto de vista de los inmigrantes la problemática y la estigmatización de la comunidad árabe en el supuesto país donde la tolerancia y la democracia forman parte de la cultura: Los Estados Unidos de Norteamérica.

    Esa tierra de oportunidades donde reina el capitalismo más salvaje es vista desde cualquier parte del mundo como un paraíso, aún en estos tiempos tan distantes de aquellos años en que se hablaba del american way of life.

    Sin embargo, para Muna (Nisreen Faour) y su hijo Fadi (Melkar Muallem), cansados de la prepotencia israelí en la frontera con Cisjordania y en el caso de Muna del fracaso matrimonial, Estados Unidos significa una chance para vivir mejor y tranquilos. No obstante, llegados a la tierra del tío Sam para vivir de prestado en la casa de su hermana Raghda (Hiam Abbass)-ya radicada con esposo médico y dos hijas completamente americanizadas- ambos comienzan a experimentar el racismo a cuentagotas desde los ámbitos más comunes como la escuela o un trabajo temporario, el único que la protagonista podrá conseguir.

    En ese lugar de la cotidianidad; del día a día de un inmigrante árabe que debe vivir con la contradicción del desarraigo y la necesidad de conservar su identidad, se nutre el guión de este film de tono liviano, que en su afán de no dramatizar demasiado la situación bucea por diferentes tópicos desde lo anecdótico, sin caer en un manifiesto contra la xenofobia o una lección moral de cómo se debe integrar a una persona de otra cultura.
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  • Red
    Red
    CineFreaks
    La vieja guardia contraataca

    Desde los créditos iniciales, el nombre de tantas estrellas hollywoodenses resultaba más que atractivo y sin lugar a dudas convocante de un gran número de espectadores. Y no por nada lo primero que hay que decir es que Red –basada en la novela gráfica de culto de DC Comics, escrita por Warren Ellis- es una comedia de acción efectiva gracias al elenco que la encabeza y no por mérito de la historia que los reúne como pretexto. Por lo tanto, el saldo final pierde cierta sustancia ya que realmente la trama es apenas entretenida y sin demasiadas ideas para que sus personajes se luzcan.

    Si bien el juego de la brecha generacional entre agentes jóvenes y agentes ya retirados cae simpático en un comienzo, así como la tibia historia de amor entra Frank y Sarah, el trasfondo que significaba la idea del retiro por la vejez, sumado al tema de la soledad se desarrollan de manera lineal, esquemática y tampoco encuentran su costado cómico en cuanto a los achaques de la edad, el deterioro físico, las postergaciones por afrontar una vida sin vínculos afectivos, etc, salvo en el personaje interpretado por Morgan Freeman, a quien le toca la peor parte en este juego de supervivencia y astucia.

    No obstante, dejando de lado estos escollos el film, protagonizado por Bruce Willis, Mary-Louise Parker, John Malkovich, Helen Mirren y Richard Dreyfuss, entre otros, no pierde jamás el ritmo y dosifica eficazmente tanto las escenas de acción (buenas coreografías y efectos visuales) con las de comedia bajo la dirección del alemán Robert Schewentke (aquel de Te amaré por siempre y Plan de vuelo).

    La premisa es sencilla: la CIA debe eliminar una lista de efectivos que participaron en un operativo secreto en el año 81 en Guatemala, pues de revelarse la trama oculta detrás de aquel incidente quedarían manchadas ciertas personas que por motivos obvios no se revelarán en esta crítica. Así las cosas, los blancos móviles son los denominados R.E.D, que en la traducción al castellano significaría algo así como: retirados extremadamente peligrosos. Frank Moses (Bruce Willis) es el principal ex agente a eliminar del mapa. Se le suman a la aventura Marvin Boggs (John Malkovich), quien tras su retiro involuntario permanece escondido bajo tierra, fuera del sistema y acompañado de una gran paranoia. Y en un menor orden aparecerá un ex agente de la KGB (Brian Cox), una francotiradora del MI6 (Hellen Mirren) junto a la coprotagonista Sarah Ross (Mary Louise Parker), una civil que se enamora del hombre equivocado en el lugar equivocado, aunque con la necesidad de vivir alguna aventura para salir de la rutina de oficina. La misma falta de acción que los ex agentes necesitan para volver a sentirse vivos tras el irremediable paso del tiempo.

    El resto de la historia no presentará mayores sorpresas, salvo el lucimiento de Malkovich que sin lugar a dudas es lo mejorcito de este amigable pasatiempo donde la vieja guardia ataca de nuevo.
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  • El lince perdido
    Animales sueltos

    Esta apuesta de un pequeño Estudio de Granada a la animación digital española se encuentra a la altura de los estándares de calidad y nivel aceptables -sin mayores méritos- que por supuesto la posicionan por debajo de cualquier producto Pixar o Dreamworks. Aunque, a diferencia de estos gigantes norteamericanos, presenta interrogantes a la hora de elegir un público al cual dirigirse.

    El lince perdido, debut en la dirección del animador Raúl García y Manuel Sicilia, es tan sólo una animación digital en 3D exclusivamente para chicos, sin guiño alguno o atractivo especial para adolescentes y mucho menos para adultos.

    Digno de los relatos con mensaje, el guión elaborado por ambos directores junto a José E. Machuca pretende generar conciencia ecológica en pos de la defensa de las especies en extinción, entre ellas: el lince Félix en la voz de David Robles, héroe de esta aventura, y un grupo de animales compuesto por un camaleón paranoico, una cabra, un halcón hembra y un topo a los que se sumará una lince hembra llamada Lincesa (Beatriz Berciano). El villano de turno es un cazador furtivo, contratado por un multimillonario llamado Noel, quien para salvar a las especies pretende poner en práctica una idea un tanto extremista.

    Con un buen ritmo en las escenas de acción y un aceptable trabajo de guión en la construcción de los personajes, -destacándose por lejos el camaleón- las aventuras de este felino valiente, apadrinado por Antonio Banderas, suman peripecias y algún que otro espacio para el gag, a pesar de varios intentos por cobrar vuelo propio que no llegan a buen puerto dado el esquemático relato.

    Sin embargo, la platea infantil no quedará defraudada.
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  • Red social
    Red social
    CineFreaks
    Tras el tropezón que significara El curioso caso de Benjamín Button, el realizador David Fincher recupera el nivel alcanzado en Zodíaco con esta tragedia moderna y humana en el contexto de un mundo absolutamente virtual como el de internet con su mayor expresión, que sin lugar a dudas, se representa cabalmente en la red social más importante del planeta. La inteligencia de estructurar el relato en dos tiempos alternados permite desde el ajustado guión de Aaron Sorkin mostrar sin dobleces el mundo del capitalismo salvaje, anclado en la burbuja económica de los sitios web pero también desnudar las miserias humanas cuando se trata de intereses y más aún cuando los involucrados pertenecen a una elite como en este caso estudiantes de la prestigiosa universidad de Harvard. Sin caer en el convencionalismo de la biopic, apelando al humor con ánimo critico y al ritmo para no terminar en un film declamativo y sobredialogado, el director de Alien 3 consigue un film profundo e inteligente acerca de la impostura de la comunicación virtual y la soledad que genera la abundancia...
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  • Atracción peligrosa
    Ben Affleck se afianza como director en este nuevo policial duro con fuerte presencia de melodrama intimista. El equilibrio narrativo en una trama que se vale de los códigos de películas sobre atracos imperfectos para el desarrollo de sus personajes es el principal mérito, así como las sólidas actuaciones y la pericia del director a la hora de desarrollar escenas de acción con eficacia dramática y prolijidad…
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  • Lengua materna
    Lengua materna
    CineFreaks
    Que no se entere Mamá

    La realizadora cordobesa Liliana Paolinelli había debutado con la interesante Por sus propios ojos, film que giraba en torno a la temática carcelaria desde un enfoque original y periférico como el de la mirada de una estudiante de cine completamente ajena a los códigos y a la realidad que se vive detrás de las rejas.

    En esa misma línea del extrañamiento o la ajenidad se encolumna la mirada de Lengua materna, su segundo film, en el que prevalece el punto de vista de Estela (Claudia Lapacó), una viuda de 60 y pico que por insistencia y azarosamente termina enterándose de que su hija Ruth (Virginia Innocenti) es lesbiana hace mucho tiempo y que además ella convive con Nora (Claudia Cantero), amiga de toda la vida.

    En un drástico intento por asimilar de golpe semejante noticia, sumado a la novedad de los abortos que se ha efectuado su otra hija (Ana Katz), la actitud de Estela por conocer a su hija Ruth y el entorno-tras resignarse de la condena divina cuando consulta con un cura amigo acerca de la pecaminosa conducta de Ruth- provoca rechazo y poca aceptación por parte de ella y su pareja, con quien transitan una etapa de crisis al haber aparecido en escena una tercera en discordia (Mara Santucho), su secretaria heterosexual por quien Nora siente atracción.

    Liliana Paolinelli aborda el tema de la elección sexual despojándose de todo prejuicio pero sin un carácter reivindicatorio o militante, valiéndose de situaciones cotidianas entre madre e hijas, donde a veces deja un resquicio al humor aunque no lo consigue en todas las escenas planteadas.

    El guión procura no saturar con diálogos exclamativos haciendo hincapié en la naturalidad de las conversaciones y peleas, lo cual aporta a una trama sencilla cierta consistencia en el abordaje. También ocurre lo mismo en la elección del elenco, mayoritariamente compuesto por actrices, entre las que sin dudas se destaca Claudia Lapacó que se roba la mayoría de los planos con gran soltura ante una contenida Virginia Innocenti, en lo que podría definirse como: una película de profundas raíces femeninas sin ser del todo feminista, a pesar de que la presencia de los hombres no sea más que un elemento decorativo en el relato.
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  • Amor de familia
    Amor de familia
    CineFreaks
    Las partidas

    La historia de cualquier familia tiene un denominador común que afecta a cada uno de sus miembros pero que sirve para contar un proceso por donde pasa la existencia, sin previo aviso. Ese concepto que unifica a los grupos familiares, sea la época que sea, el estrato social al que pertenezcan, se resume en la idea de las partidas: tanto las materiales como las partidas de nacimiento y de defunción; y las otras no tangibles como aquellas de la separación o las partidas de los hijos del seno de los padres cuando el abandono del nido y la necesidad de autodeterminación golpean la puerta generando conflictos, odios, dolores, reproches y diferencias generacionales, muchas veces irreconciliables.

    De esa trama compleja de afectos rotos y recompuestos; de deseos y deberes que llevan a la postergación de los sueños o metas se compone el guión de Amor de familia, del director Rémi Bezancon, nominado a varios premios César en el 2009, incluidos los rubros de dirección y actuación que sin dudas son los dos fuertes de la película.

    La estructura narrativa también resulta desde el punto de vista cinematográfico dinámica y no sumaria como a veces ocurre en películas que giran en torno al microcosmos de una familia durante varios años. El relato avanza tomando como punto de partida viñetas o capítulos significativos que tienen como protagonista a alguno de los personajes, en lo que podría definirse como film coral, por quienes transcurrirán distintas etapas comprendidas entre 1988 y 2000, todas ellas determinantes en el rumbo de la familia Duvall. Historia familiar que, si bien toma los carriles del melodrama intimista, incorpora inteligentemente personajes secundarios y pequeñas dosis de humor sin notarse el artificio del cambio de registro.

    Los conflictos que atraviesan a esta familia de clase media francesa con un padre taxista (Jacques Gamblin), su esposa (Zabou Breitman) y sus tres hijos jóvenes trascienden la geografía para volverse completamente identificables y universales. Esa línea argumental abre las puertas a las emociones más genuinas para el desarrollo de cada personaje, construido meticulosamente desde un guión sólido, también escrito por Rémi Bezancon.

    Mención aparte merecen, por un lado, una excelente banda sonora que en cada segmento elige coronar la atmósfera con una selección de clásicos del rock -muy pertinente a la hora de marcar las brechas generacionales-, y por otro las ajustadas actuaciones de Jacques Gamblin como el padre y Zabou Breitman en el rol de madre, sin por ello dejar de mencionar a Déborah Francois, Marc-André Grondin, Pio Marmai en los respectivos papeles de hijos. Todos ellos transmiten la sensación de verosimilitud que los hace creíbles, gracias a la eficaz dirección de Bezancon.

    Películas sobre familias hay tantas en el cine... pero pocas consiguen emocionar sin golpes bajos como la de los Duvall; por eso vale la pena conocerla.
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  • El ocaso de un asesino
    Adiós a las armas

    No por casualidad el apodo de George Clooney en este film europeo dirigido por el holandés Anton Corbijn (aquel de Control) sea señor mariposa. Podría decirse que Eduard o Jack o vaya a saber quién se encuentra en la etapa de crisálida antes de transformarse en mariposa porque hace un tiempo largo que sus alas están atadas a su rutina de asesino profesional y su progresiva infelicidad lo hace cada vez más vulnerable y contenido en su propia coraza de frialdad y pragmatismo.

    Sin embargo, todo se precipita cuando el último trabajo en Suecia no queda del todo terminado y deja algunos cabos sueltos que obligan a nuestro antihéroe a refugiarse en una constante huida que termina por estancarlo en Abruzzo, un pueblito de Italia donde pretende hacerse invisible o por lo menos despistar al entorno bajo la apariencia de un fotógrafo.

    Desconfiado hasta del vuelo de una mosca; celoso de las miradas locales y con los ojos bien abiertos a la espera de la llegada de un verdugo -pese a tener contacto telefónico con el hombre que le encarga los trabajos-, el señor mariposa comprende perfectamente que su situación de blanco móvil es prácticamente una condena de la que tarde o temprano deberá hacerse cargo. Mientras espera una resolución de su situación se mantendrá ocupado estudiando el terreno y tratará de hacer todo lo posible para retirarse sin una bala en el medio de la frente.

    Si bien desde el principio resulta bastante predecible el derrotero de esta trama sólida -y sobria al mismo tiempo- que descansa en la actuación de Clooney y acusa su origen literario desde el minuto cero, El ocaso de un asesino es un buen ejercicio de estilo más que una gran película como pudieran serlo las de los 70, referencia obvia al tomar en cuenta el tratamiento y ritmo elegidos por el director holandés.

    No obstante, el film se toma su tiempo en la construcción de los personajes y maneja con prolijidad el sembrado de la información para ir ordenando un relato lineal sin sorpresas pero bien narrado, haciendo abuso tanto de la belleza natural de los paisajes como del innegable carisma del actor norteamericano en un papel que en apariencia no le exigió mucho esfuerzo compositivo.

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  • Gigante
    Gigante
    CineFreaks
    El punto ciego

    Punto ciego es aquel en el que una cámara no repara o no alcanza dada su acotada trayectoria; es ese lugar donde puede pasar todo y nada al mismo tiempo sin que nadie se entere. Y en consonancia con esta idea podríamos pensar que un amor no correspondido o no enunciado –que es casi lo mismo- es como un punto ciego: abierto a que todo pueda suceder o nada termine por ocurrir, sin perderse por ello la incerteza de la búsqueda o el vértigo de observar al otro, seguirlo a una distancia prudencial y no ser atrapado in fraganti en plena contemplación.

    A grandes rasgos, así se determinan las coordenadas por las que pasa el relato propuesto por el debutante Adrian Biniez, Gigante, que llega con bastante retraso a las salas porteñas y que ha cosechado numerosos premios en su trayectoria festivalera por Berlín o San Sebastián por citar sólo algunos, incluido su estreno en Buenos Aires en el marco de la apertura del Bafici 2009.

    Como las historias de amor asordinadas, los protagonistas son seres solitarios y sensibles que comparten más cosas en común de las que se imaginan pero que por el miedo al rechazo o al compromiso no se atreven a romper la inercia, que se traduce en una distancia corta aunque imperceptible. Esa distancia es la que resguarda a Jara (Horacio Camandule), seguridad nocturna de un supermercado que espía desde el control a Julia (Leonor Svarcas), también empleada pero en el personal de limpieza. De inmediato, el corpulento Jara siente curiosidad por conocer los hábitos y gustos de la misteriosa joven a quien comienza a seguir todos los días tras la salida del trabajo procurando que ella no advierta su presencia.

    Así de pequeños detalles, silencios, miradas y los necesarios diálogos de rigor -sin abuso de palabras como ocurriera en Whisky- la ópera prima de Biniez transita por los caminos de la soledad sin volverse obvia; no estigmatiza el lado de perdedor de su protagonista rodeándolo de situaciones cotidianas en las que no queda en ridículo, sino que se ajustan perfectamente con su temperamento y personalidad.

    El trabajo sobre Julia es mucho más sutil porque el director mantiene una interesante distancia entre los personajes en pos de un descubrimiento progresivo que va llegando a partir del punto de vista de Jara, que por fortuna carece de aspectos fantasiosos o alucinatorios como suele ocurrir en muchas propuestas de características parecidas para impregnarle torpemente algo de color o luminosidad a una realidad bastante monótona y gris como la de estas almas de supermercado.

    Gigante hace gala del minimalismo cinematográfico pero su apuesta trasciende la idea de lo anecdótico para volverse prácticamente existencial sin una bajada discursiva detrás y con un fuerte vínculo y respeto por sus personajes de carne y hueso, absolutamente identificables para cualquier espectador.
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  • Más allá del cielo
    Solamente faltaba Bruce Willis

    El titulo de esta nota no es un eufemismo ya que se aplica perfecto a este mediocre melodrama lacrimógeno para quinceañeras, con atajos sobrenaturales, para justificar lo injustificable: una penosa historia de fantasmas protagonizada por el carilindo Zac Efron. Como parte del relato de Más allá del cielo gira en torno al mundo de la náutica, podríamos decir que el film de Burr Steers (responsable de 17 otra vez) navega por las profundidades de la obviedad al utilizar la fórmula reiterativa de la culpa del sobreviviente que busca redención.

    En este caso, la victima de semejante karma es Charlie (Zac Efron) que en plena etapa de crecimiento y vida exitosa sufre la pérdida de su hermano menor Sam (Charlie Tahan) -ambos eran muy apegados a partir de la muerte de su padre- tras un fatídico accidente automovilístico en el que el protagonista vuelve de la muerte luego de la resucitación de los paramédicos, encabezados por un avejentado Ray Liotta. Semejante golpe emocional lo condena a una vida gris como cuidador de un cementerio, salvo en los momentos de contacto con el espectro de su hermano menor, con quien juega al baseball todas las tardes. Esa atadura, a partir de una promesa, no le permite a Charlie avanzar y dar vuelta la página de su existencia hasta que se cruza en su camino Tess, una simpática y atractiva amante de los barcos a vela que lo vuelve a conectar con su antigua pasión.

    La falta de tacto en la dirección y la superficialidad al abordar la temática de la relación entre los hermanos; el duelo de la pérdida y las segundas oportunidades son apenas un escollo en una trama repleta de diálogos explicativos, frases hechas y relato cursi que junto a los incontables segmentos donde la luz blanca invade la pantalla y a los primeros planos de Efron (para que suspiren las chicas y porqué no algún que otro chico) generan en cierto tipo de público la necesidad de pedir a gritos un salvavidas antes de que el velero Hollywoodense choque contra un iceberg de realidad.
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  • Che, un hombre nuevo
    Tristán Bauer logra penetrar en la intimidad del revolucionario argentino a partir de la exposición de su voz mediante textos y cartas inéditas que forman convincentemente un retrato cabal de Ernesto Che Guevara, sin ensayar reflexiones sobre su gesta revolucionaria y sus contradicciones en lo estratégico pero haciendo foco en su pensamiento político como plataforma discursiva imperiosamente atada a un contexto histórico que hoy resulta lejano y poco reproducible en Latinoamérica. Más allá del enfoque didactista, resulta atractivo como documento y como documental...
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  • Enterrado
    Enterrado
    CineFreaks
    Un verdadero ejercicio de puesta en escena y lenguaje cinematográfico en un film atrapante, que con muy pocos recursos alcanza niveles de tensión envidiables para propuestas de este género en donde se destaca, sin lugar a dudas, el ajustado trabajo del actor Ryan Reynolds quien aporta una cuota de dramatismo al ya claustrofóbico relato pergeñado por el español Rodrigo Cortés...
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  • Momentos que duran para siempre
    Fotos del alma

    Para María Larssons (Maria Heiskanen, soberbia interpretación) el azar era tan inmodificable como el destino. Es que en la Suecia de 1900, el rol de la mujer (y más aún tratándose de la clase trabajadora) se circunscribía únicamente al cuidado y crianza de los hijos y a estar siempre dispuesta a los caprichos de un marido. Por eso, fiel a esta tradición, María no tardó en acumular niños (llegó a tener 7) y tampoco en tener que aguantar un alcoholismo incipiente de su esposo Sigfrid Larsson (Mikael Persbrandt).

    Sin embargo, un premio de lotería que consistía en hacerse acreedora de una cámara fotográfica hará que de a poco la protagonista comience a descubrir de manera intuitiva un mundo diferente, que sólo exige renovar la mirada. Sobre ese eje de transformación, a partir de la mirada de María Larssons –abuela política del director Jan Troell en la vida real- gira la trama de Momentos que duran para siempre, multipremiada obra que recién ahora llega a las salas porteñas en cuentagotas y que reconstruye la rica biografía de esta mujer que puede considerarse para la época demasiado valiente al intentar transformarse -sin preparación alguna- en una verdadera fotógrafa, que mediante sus imágenes dejó plasmada toda una época en sintonía directa con los primeros pasos del cine mudo.

    Hay dos elementos en los cuales acierta el veterano realizador danés: el desapego oportuno de la voz en off ya que quien narra la historia es Maja (Birte Heribertsson), una de las hijas de María que heredó de su madre el temperamento y el gusto por la fotografía y, por otro lado, la renuncia expresa al punto de vista unidimensional para mezclar el juego de miradas entre los personajes, pues María observa pero también es observada y juzgada tanto por la censura de su marido como por la de su entorno más próximo.

    Otro acierto lo constituye la mínima presencia de la guerra (Primera Guerra Mundial) como trasfondo y puesta siempre en un segundo plano, así como la historia de amor trunca entre María y un fotógrafo Sebastian Pedersen (Jesper Christensen), responsable de su transformación artística y personal.

    No obstante, más allá de la excelente fotografía del propio realizador Jan Troell junto a Mischa Gavrjusjov, la película nunca pierde su carga de dramatismo y emotividad que junto al tratamiento de la imagen impregnada de tonos sepias generan como resultado una propuesta de una gran riqueza visual y ajustada narración cinematográfica.
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  • Mi familia
    Mi familia
    CineFreaks
    El colmo de una lésbica

    Esta elogiada comedia en Sundance y reverenciada por la crítica internacional se queda a medio camino entre una peli indie y una comedia conservadora norteamericana de las de siempre. Más allá de esta premisa, resulta inmejorable el trabajo de Annette Benning y Julianne Moore.

    Ambas componen a esta pareja de cincuentonas lésbicas sin caer en los arquetipos pero manteniendo las características en la diferenciación marcada de los roles, llevándose Benning la parte masculinizada del grupo. Nic es la proveedora de la familia, ya que es la única que trabaja mientras que Jules (Moore) aporta el costado femenino, sumiso y vulnerable ante la primera crisis de pareja.

    Los problemas de Nic y Jules en la dinámica de pareja son exactamente iguales a los de cualquier otra heterosexual: el desgaste, la desatención y la necesidad de explorar sexualmente con otra persona en el caso de Jules ante la frialdad de Nic, más concentrada en mantener el orden en la casa y en el trabajo.

    Hasta aquí, Mi familia, de la directora Lisa Cholodenko, no plantea nada descabellado, salvo la incursión de otro nudo conflictivo a partir de la acción de los hijos de la pareja: Joni (Mia Wasikowska, la protagonista de Alicia… de Tim Burton) y Laser (Josh Hutcherson), ambos nacidos por inseminación artificial y con la inquietud de saber quién ha sido el donante para poder conocerlo, no en pos de la trillada búsqueda de un padre ausente sino como parte de la rebeldía del menor en una familia prototípica que, pese a estar integrada por dos mamás, representa la falsa apertura de criterio mental tras repetir costumbres y hábitos conservadores.

    Así las cosas, Joni encuentra al donante, Paul (Mark Ruffalo), un soltero que abraza la corriente naturista y es dueño de un restaurant, con quien rápidamente entabla una relación al punto de llevarlo a conocer a sus madres, quienes recibieron su esperma muchos años atrás.

    La llegada del extraño -como es lógico- trae consigo conflictos generacionales; revela la crisis matrimonial encubierta y alimenta expectativas en cada miembro al tratarse de un individuo que parece más liberal y bondadoso de lo que realmente puede soportarse, poniendo en jaque el control que ejerce Nic, tanto sobre sus hijos como sobre Jules.

    El problema de Mi familia (traducción poco lúcida del original The kids are allright) es básicamente conceptual, dado que Lisa Cholodenko no acierta en el tono elegido al carecer de humor para dar lugar a la ironía al poner en juego valores intocables como el de la familia nuclear y el de los matrimonios heterosexuales, quedándose a medio camino del conservadurismo al introducir un costado melodramático pero no por ello menos auténtico, donde deja que afloren los sentimientos de cada personaje.
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  • Sin retorno
    Sin retorno
    CineFreaks
    Un más que meritorio debut del director Miguel Cohan, también responsable del guión junto a su hermana para una película que además de contar con un elenco notable, grandes secundarios y un Leonardo Sbaraglia y la promesa del joven Martín Slipak que se sacan chispas, aborda -como pocas veces se ha visto en el cine argentino- los dilemas morales ante las situaciones límites haciendo eje en las responsabilidades individuales sin cargar las tintas sobre el sistema; y por sobre toda las cosas sin caer en discursos facilistas y demagógicos sobre la justicia o la culpa.
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  • No se lo digas a nadie
    Sugestivamente hitchockiana y con una trama precisa que acumula vueltas de tuerca sin resentirse y sin perder el eje, este segundo opus del actor devenido director Guillaume Canet conserva la esencia de los buenos policiales franceses y, pese a su llegada con cuatro años de atraso a las pantallas locales, es una ocasión inmejorable para encontrarse con el buen cine europeo.
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  • Huellas y memoria de Jorge Prelorán
    Imágenes Paganas

    Quizás con la misma precisión y poder de síntesis con el que lograba extraer en un plano con su cámara Bolex la esencia de las personas y no personajes, el realizador argentino Jorge Prelorán escribía en ‘Conceptos éticos y estéticos en cine etnográfico’ lo siguiente: “En el cine es mucho más interesante enfocar la atención sobre individuos que puedan ser reconocidos y seguidos a lo largo de la película. El axioma que ‘el hombre gusta de observar al hombre’ implica que una documental será recordada con mucho más claridad si está basada sobre individuos con nombres y apellidos, opiniones y problemas personales con los que podemos identificarnos, en vez de generalizaciones como ‘gente’, ‘comunidades’ o ‘sociedades’.

    Y de esas historias de la Argentina profunda que nadie conocía allá por los años 60 y 70, Jorge Prelorán comenzó a encontrar un estilo que recibió con el tiempo el nombre de etnobiografías, es decir, la idea de reflejar una cultura o grupo social a través de la voz de un individuo a lo largo de los años. Esa particular mirada sobre el Otro; sobre su pensamiento y filosofía de vida, sin el prejuicio culturalista o antropocentrista, es lo que a lo largo de 50 años de incansable tarea, recorriendo el noroeste argentino mayormente pero también en Ecuador, significó para el documentalista argentino, -quien debió exiliarse a Estados Unidos en la época de la sangrienta dictadura- un reconocimiento internacional por parte de sus colegas, mientras que en su país de origen su cine prácticamente era desconocido y lo que es peor aún muy poco valorado. Si bien es cierto que en el 2007 recibió un Astor por su trayectoria en el festival de Mar del Plata y otras condecoraciones simbólicas, como siempre ocurre en Argentina estas muestras de respeto y admiración llegaron tarde.

    De esos pormenores y de la filosofía de vida de Jorge Prelorán se nutre gran parte del documental, Huellas y memoria de Jorge Prelorán, dirigido por Fermín Rivera a lo largo de casi 4 años en la última etapa de su vida (Prelorán murió el año pasado a los 75 años, víctima de un cáncer).

    Fiel a las enseñanzas de su maestro, Fermín Rivera comienza su película con una suerte de planteo ético frente a cámara al preguntarle a su entrevistado si se siente cómodo para obtener inmediatamente como respuesta un rotundo no, producto tal vez del pudor de ser observado por una cámara. Y entonces, casi imperceptiblemente, quien toma la posta del documental de Rivera es el mismísimo Jorge Prelorán, multiplicándose en el discurso espontáneo y sincero en un repaso por su vida (acompañada de material de archivo, fragmentos de sus obras y testimonios de sus allegados y amigos) desde los recuerdos y las reflexiones sobre esos recuerdos.

    Así, persona y personaje se funden en un mismo sujeto que lejos de convertirse en objeto de estudio del documental de Rivera eclipsa, en el mejor sentido del término, a su observador y le permite al espectador –tanto al que lo conocía como al que no había oído nunca hablar de él- ir descubriendo a una persona de un humanismo y humildad poco frecuentes, que supo hacer de su cine una experiencia de vida -tal como alguna vez se le escuchó decir- así como le costó el alejamiento con su hija dejando un legado no sólo para los amantes del cine sino también en la gente que protagonizaba cada historia de miseria, de injusticia, pero de riqueza espiritual y de profunda enseñanza de vida que sólo la cámara de Prelorán pudo registrar.

    La enseñanza de Prelorán como la de Rivera, lejos de aferrarse a la inmediatez de vivir del cine o para el cine persigue, incansable pero convencida, la idea de que cada cosa que se hace o crea tenga un sentido y cambie aunque más no sea un poquito las apariencias de un mundo que guarda la misma indiferencia con las personas marginadas que con los verdaderos artistas.
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  • Yuki y Nina
    Yuki y Nina
    CineFreaks
    Una historia sencilla contada desde la mirada de una niña de unos 9 a 10 años resulta siempre atractiva porque no peca de infantiloide pero celebra con absoluta honestidad intelectual la ingenuidad y el universo infantil con una frescura poco frecuente. Ese es el caso de este mágico film de Hippolyte Girardot y Nobuhiro Suwa, que desarrolla con gran sensibilidad e inteligencia el conflicto de la separación de los padres desde el punto de vista de Yuki, una temperamental niña que intenta crecer como puede y entender el mundo de los adultos sin olvidarse de su tránsito de infancia hacia una etapa de madurez más compleja...
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  • Lula, el hijo de Brasil
    De la miseria a las miserias del poder

    El estreno de Lula, el hijo de Brasil, del cineasta Fabio Barreto suscitó en su país de origen tantas expectativas de taquilla como enojos por parte de los políticos opositores y una tibia recepción en las esferas sindicalistas y en aquellos que compartieron con el actual presidente la lucha obrera desde las filas del Partido de los Trabajadores, que tras cuatro intentos en las elecciones presidenciales logró ubicarlo en la máxima posición, con un Gobierno que en el mes de octubre deberá entregar -con dos mandatos consecutivos- a su sucesora Dilma Rousseff, su actual jefa de gabinete, favorita en todas las encuestas.

    Es cierto que la aparición de numerosas empresas patrocinadoras del film (muchas de ellas cerraron grandes contratos con el gobierno de Lula) desde los créditos iniciales hasta el tono épico que atraviesa la trama podría despertar sospechas sobre las intenciones finales de concebir justo en estos tiempos un film sobre la vida de un presidente vivo y en ejercicio.

    Ni los norteamericanos se atrevieron a hacerlo con Obama todavía, así que podría decirse que la apuesta del cine industrial brasileño con esta mega producción más cara de la historia de su cine (no se ponen de acuerdo si costó 8, 10 o 12 millones de dólares) es un hecho de relevancia más allá de las polémicas políticas de la coyuntura que en todo caso entraría en el terreno extra cinematográfico. Así como el hecho que luego de estrenarse en enero en Brasil, su director casi pierde la vida en un accidente automovilístico.

    Ahora bien, el resultado de taquilla en el país carioca estuvo muy por debajo de lo esperado, quizá justamente por la proximidad entre la película y la actividad cotidiana de un presidente que conserva altos niveles de imagen positiva en la mayoría de los sectores populares. Si bien es cierto que el film de Fabio Barreto abarca desde la infancia de Luis Inacio Lula da Silva hasta sus primeras incursiones en el campo de la política desde su actividad sindical en el gremio de la metalurgia, la figura de mayor peso en este relato no es otra que la de su madre Lindú (Glória Pires), a quien el propio Lula le dedicó su triunfo electoral (cabe aclarar que ella falleció estando él en la carcel en la época de la dictadura) cuando se alzó con la presidencia de Brasil ya en plena democracia. Gracias a ella pudo salir, junto con sus hermanos, de la miseria del nordeste a la riqueza de Sao Pablo en busca de trabajo y un techo digno. Ese derrotero de oficios, (fue lustrabotas, vendedor de helados, entre otras cosas) adversidades (viudo a temprana edad con la pérdida también de un hijo) y una obsesiva voluntad y auto superación definen la personalidad del joven Lula en su carácter de líder carismático y sensible, cualidad que lo llevó a lo más alto del poder político.

    Todos estos rasgos aparecen exaltados en la película que se estructura en base a un orden cronológico prolijo y sin sobresaltos, con una ajustada dirección y escaso material de archivo que Barreto inserta inteligentemente sobre todo en la etapa de la lucha sindical donde puede palparse, desde el guión coescrito por Fernando Bonassi, Denise Paraná y Daniel Tendler, la oratoria justa y clara del joven Lula, capaz de convencer a miles de obreros de parar las actividades en tanto y en cuanto sus condiciones de trabajo no mejoraran en la que es sin duda la secuencia más lograda del film.

    No obstante, puede sostenerse como argumento crítico que el personaje interpretado con solvencia por el inexperto Rui Ricardo Díaz no presenta contradicciones ni flaquezas y es evidente que está muy lavado como suele ocurrir en toda biopic.

    Lula hijo de Brasil no es un film al que pueda rescatársele un valor cinematográfico pero tampoco da la sensación que sea un artificio propagandístico de dos horas con visos de campaña electoral porque el retrato humano y conmovedor de un hombre común está presente. El retrato de un hombre que enfrentó la miseria aspirando a un futuro mejor, a fuerza de trabajo y con la inclaudicable lucha por los derechos de los que menos tienen, no es un acto de demagogia sino de humanismo pese a quien le pese.

    Podría decirse entonces que cinematográficamente el film habla también de la miseria, esa que el presidente intentó aniquilar con planes de gobierno y gestiones que apuntaron a reducir el hambre a cero y permitió así a millones ascender en la pirámide social pero también por reflejo expone extra cinematográficamente otra miseria: la miseria del poder.
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  • Una pareja despareja
    La irreverencia y el cinismo siempre son bienvenidos en un producto independiente que no es casual que aún no se haya estrenado en el país del norte. Un gran debut para los guionistas de Un Santa no tan Santo al dirigir esta ácida comedia de humor negro gay que cuenta con el gran protagónico del versátil Jim Carrey interpretando al estafador carismático Steven Russell, acompañado de un inmejorable Ewan Mc Gregor que con este papel agrega un peldaño de audacia a su carrera como actor, dejando en claro que también puede hacer comedia e incluso convencer al espectador de su amor por otro hombre como en este caso...
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  • El descenso 2
    El descenso 2
    CineFreaks
    Pese a una primera mitad para el olvido, de ritmo lento y muy poco atractiva narrativamente hablando, la secuela comienza a ganarse los porotos al ingresar al submundo de las cuevas para recuperar la misma energía y adrenalina de su antecesora. Es justo decirlo: no sorprende en lo más mínimo pero entrega algún que otro sobresalto a la platea...
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  • El rebelde mundo de Mía
    En toda película con conflicto de familia disfuncional hay una lógica que nunca se altera pero afortunadamente ese no es el caso de esta película donde la debutante Katie Jarvis se luce en un rol dotado de matices y de gran exposición emocional. La directora Andrea Arnold confirma la precisión a la hora de dirigir, como ya lo había demostrado en la sugestiva Red road. En este caso moviéndose por los recovecos de lo políticamente incorrecto evitando caer en lugares comunes y con un fuerte despojo de sentimentalismo que le permite tomar la distancia justa en el retrato crudo de sus personajes y situaciones…
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  • El Rati Horror Show
    La impunidad al palo

    Hay dos puestas en escena que atraviesan la trama de El rati horror show, nuevo documental de denuncia que el cineasta Enrique Piñeyro construyó en base a la investigación periodística previa del periodista Pablo Galfre (ver entrevista) y codirigió junto al director Pablo Tesoriere (Puerta 12 y Futbol violencia S.A): la del cine dentro del cine (el proceso del documental se expone ante los ojos del espectador como la preparación de un alegato contra las pruebas incriminatorias) y la de inventar una causa policial, plantando pruebas para condenar a un inocente y así mantener intacta la impunidad de la policía y, de su aliado más cercano, el Poder Judicial.

    De esta forma comienza esta historia de terror real que lamentablemente no tiene un final feliz y deja un gusto más que amargo a todo aquel que la vea en calidad de espectador o de simple ciudadano de un país donde no hay justicia.

    No por casualidad Piñeyro se encarga de establecer un puente dialéctico entre dos hechos -en apariencia diferentes- como el asesinato de los piqueteros Kosteki y Santillán en el puente Pueyrredón y un confuso episodio policial conocido mediáticamente como la masacre de Pompeya, donde perdieron la vida 3 peatones que fueron atropellados por un presunto delincuente perseguido por la policía en un Peugeot 504 negro sin identificación.

    Condenado por la vorágine mediática y la opinión pública obediente y cómplice, Fernando Carrera es un emblema de lo que podría denominarse cinematográficamente falso culpable. Su pesadilla, intitulada la masacre de Pompeya por los medios amarillistas y de los otros, comienza en enero del 2005 cuando en un confuso operativo policial lo confunden con un delincuente que manejaba un auto blanco (Peugeot o Palio, de acuerdo a la descripción del comando radioeléctrico que alertaba a la policía) y es interceptado por un Peugeot negro conducido por policías de civil como parte de un operativo cerrojo. Al ver que uno de ellos saca medio cuerpo fuera del coche y le apunta con una itaca, Fernando, comerciante que recién había dejado a sus niños en la casa de su abuela, piensa que lo quieren asaltar y acelera recibiendo un balazo en el maxilar que lo deja inconsciente y por ende le hace perder el control del vehículo avanzando en contramano. Durante un breve trayecto (reconstruido digitalmente por Piñeyro y su equipo con tecnología de alta gama), atropella mortalmente a 3 transeúntes, entre ellos un niño de apenas 6 años y deja 6 heridos. Luego, al impactar su vehículo con el otro del operativo, un Renault 9, la misma policía de civil (algunos pertenecientes a la comisaria 34 señalada por antecedentes de abuso policial) continuó disparando al auto y al propio Fernando que recibió 8 balazos, pero milagrosamente no murió.

    A partir de allí, el rumbo de esta historia avanza hacia el terreno de la manipulación y la gran mentira que tiene por objeto convertir, gracias a la ebullición mediática y a la necesidad de borrar toda prueba que pusiese en tela de juicio el accionar policial, a un simple ciudadano que estaba en el lugar equivocado y en el momento equivocado en un asesino serial, sin ninguna prueba condenatoria que no esté viciada de nulidad: no hay pericias sobre las armas de los policías ni pruebas dactiloscópicas del arma que supuestamente tenía el acusado en su poder, entre muchas otras aberraciones jurídicas.

    En el proceso judicial y en el derrotero que debió padecer Fernando Carrera quedan manchados abogados, fiscales, falsos testigos y jueces como artífices que participaron activamente para ocultar la verdad de los hechos. No obstante, más allá de la suerte de esta víctima que hoy continúa encarcelada en Marcos Paz y aguarda que la Corte Suprema de la Nación se expida sobre la sentencia, las irrefutables pruebas, que el director presentó junto a personalidades relacionadas con la lucha por derechos humanos como el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel ante el Procurador General de la Nación Esteban Righi para llegar a la Corte Suprema de Justicia, fueron desestimadas quedando en evidencia la connivencia entre el poder policial, el judicial y el estatal.


    Resulta demoledor e impactante el film de Enrique Piñeyro, quien utiliza el sentido común; la tecnología de alta gama y los recursos cinematográficos para construir un relato que, lejos de perseguir un ánimo didactista, encuentra el camino adecuado para incorporar material de archivo de noticieros televisivos, información sobre la causa, planteos de hipótesis que terminan por demostrar cada una de las falsedades y complicidades entre los jueces de la causa y los policías involucrados para terminar reflejando –como lo hiciese con Fuerza Aérea Sociedad Anónima- en manos de quienes estamos los ciudadanos comunes. Y eso no es más ni menos que el espejo de un país con un Estado ausente en donde la vida no vale absolutamente nada cuando se trata de mantener un discurso que estigmatiza y sostiene una estructura de poder amparada en la impunidad.

    Con esta nueva película, el director de Bye bye life -donde también experimentaba con la puesta en escena los alcances del cine- sintetiza por un lado un estilo propio, dinámico, que no se regodea con el dolor ajeno ni acude al golpe bajo, sino que se alimenta de un saludable cinismo hasta permitirse incluso el uso de marionetas para representar a los jueces de la causa que dictaron este vergonzoso fallo para resaltar el mutismo y la indiferencia frente a las preguntas que no tienen respuesta. Su cuota de ironía lo vuelve original, valiente y honesto por sobre todas las cosas.

    Podría decirse que El rati horror show llega al mismo destino que Fuerza Aérea Sociedad Anónima: una obsesiva búsqueda de la verdad cuando todo indica que la única realidad es una gran mentira.
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  • Los jóvenes muertos
    La ciudad de los niños perdidos

    Pareciera que en General Las Heras, un pueblo santacruceño a 1500 kilómetros de la Capital Federal, la presencia de la muerte es algo constante y lucha como el viento que sopla obcecadamente contra el olvido y le hace frente a las pequeñas manifestaciones de vida, que pese al aire contaminado por la cenizas que el volcán Hudson esparció hace 10 años; pese al agua contaminada por el petróleo y a los desechos que pueblan los rincones, persisten.

    En la mugre que rodea el suelo; en las cabezas despellejadas de las vacas que se faenan en un matadero rústico y en el misterioso suicidio de 30 jóvenes, la muerte dice presente.

    André Bazin decía que tanto el amor como la muerte no se podían filmar sin caer en la representación cinematográfica. Quizás esa sentencia dio vueltas por la cabeza del realizador Leandro Listorti cuando decidió salir con su cámara a buscar la presencia de la ausencia de estos jóvenes, que se adelantaron al curso de la vida porque tarde o temprano irremediablemente la muerte nos llegará a todos.

    A partir de esa confusa pero sugestiva situación, que marcó sistemáticamente la desaparición de esas 30 vidas entre 1997 y el 2007, se construye desde un extremo fuera de campo el rastro de lo que quedó de aquellas existencias a partir de un montaje meticuloso y dialéctico que yuxtapone planos fijos (quizá algunos de duración excesiva, es justo decirlo) que evocan el recuerdo de alguno de los suicidas reforzando la lucha silenciosa contra el olvido. Esos planos se multiplican en aulas vacías, una cancha de básquet sin gente, una pileta de natación también vacía de gente y el nombre tallado en los troncos de los árboles que aún no murieron de pie.

    Estructurado en separadores o placas que dan cuenta de los nombres y las fechas de su deceso, Listorti apela a la economía de recursos narrativos al punto de introducir apenas un par de voces en off sin identificación para sembrar retazos de información sobre alguno de los personajes espectrales como el boxeador o la joven que anunció en el colegio que a la semana próxima se iría al reino de su padre.

    Sin intentar responderse las causas pero siempre atento a las conjeturas o hipótesis para explicar lo inexplicable, Los jóvenes muertos adopta la incerteza como energía vital para ir más allá de lo material hacia lo metafísico; desde las huellas de un viaje por un pueblo contaminado de tristeza y rodeado de una quietud que, pese al murmullo de las máquinas que extraen petróleo, al desvencijado andar de una calesita vacía o al llanto silencioso de los que recuerdan sin consuelo, se erige rabiosa ante la indiferencia del tiempo.
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  • El baile de la victoria
    Demasiada justicia poética

    Basada en la novela honónima -ganadora del premio Premio Planeta- del escritor chileno Antonio Skármeta (El cartero), El baile de la victoria, dirigida por el irregular Fernando Trueba, cuenta con el protagónico de Ricardo Darín y Abel Ayala (aquel de El polaquito), junto a Ariadna Gil y la revelación chilena Miranda Bodenhöfer.

    En principio, la idea de mezclar un film de atraco perfecto con un melodrama de tinte político resultaba atractiva desde la propuesta narrativa. Ahora bien, si a eso se le agregaba una suerte de exaltación poética quizás el resultado final no hubiese sido tan beneficioso y eso es precisamente lo que ocurre con este fallido intento del director de Belle epoque. No es tanto la historia o la trama en sí el principal defecto que arrastra esta película sino las decisiones cinematográficas que se juegan en pos de un plus de lirismo que nunca llega y que termina bordeando la cursilería.

    Si hubiese que encontrar una palabra o término para definir este desacierto de Trueba, eso sería sin duda la idea de machacarlo todo bajo la impronta de la justicia poética, que condiciona el destino de sus dos personajes principales, quienes han salido de la cárcel por una amnistía en épocas democráticas de un Chile que aún conserva resabios de la dictadura Pinochetista en algunas capas sociales.

    Nicolás Vergara Grey (Ricardo Darín), una vez en libertad intentará recuperar su parte del último robo que lo llevó a la cárcel durante varios años por no delatar a sus secuaces. A cambio de su silencio, el compromiso de mantener a su esposa Teresa (Ariadna Gil) e hijo, por parte de los que quedaron libres y ahora no le devuelven el dinero, se ha cumplido hasta que ella decidió rehacer su vida y no esperarlo más. Sin embargo, al experto ladrón de cajas fuertes no le costará mucho darse cuenta de que su lugar de esposo y padre ya fue ocupado hace rato por un hombre de dinero, así que no le queda otra alternativa que mirar hacia adelante. La chance del cambio surge con la posibilidad de un nuevo golpe tal como le propone otro delincuente de poca monta, un joven inexperto que se llama Ángel (Abel Ayala), quien también estaba preso y queda libre. Bajo la dialéctica maestro aprendiz ambos organizan el gran golpe con un sabor a revancha y a segundas oportunidades tan subrayado por Trueba que da verguenza ajena.

    Cierra este triángulo el infaltable vértice femenino: una sensible muchacha llamada Victoria (Miranda Bodenhöfer), quien además de expresarse a través del baile -por no poder hablar- enamora al muchacho que se debate entre un infantilismo e idealismo demasiado exagerados.

    Decíamos anteriormente que la idea de justicia poética sobrevuela la trama porque el botín a rescatar es dinero sucio de la dictadura convirtiendo a Vergara Grey y su secuaz en reivindicadores de causas perdidas. A eso debe sumársele el pasado de Victoria (que por motivos obvios no se adelantan en esta nota) y entonces el concepto cierra por todos los costados en base a un guión sobreescrito.

    No obstante, si este fuese el único problema de El baile de la victoria la cosa no sería tan preocupante; sólo que también se hacen presentes desniveles narrativos varios y el burdo subrayado de algunas ideas. Lamentablemente, se desperdició una buena historia, rica en personajes que acá no alcanzan multidimensión, pese al buen desempeño del elenco.
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  • Asesinos con estilo
    Maten a Ashton, por favor

    Asesinos con estilo se inscribe dentro del rubro comedia mezclada con acción, aderezada con romance al mejor estilo Mentiras verdaderas, pero no es ni la mitad de esa obra de James Cameron, básicamente por tratarse de una historia demasiado lineal, con personajes sin desarrollo y un cúmulo de buenas escenas de acción.

    Pese al insoportable Ashton Kutcher, quien en este caso hace de una suerte de James Bond incomprendido (ni él se lo cree) y a la simpática Katherine Heigl en el típico rol de esposa ingenua que no sabe que su pareja lleva una doble vida, el film del director Robert Luketic (La cruda verdad) parece siempre estancado en la anécdota de la cacería humana en una trama que acumula la paranoia como disparador de las escenas de acción y de humor. En el terreno de la acción surge cada vez que aparece en escena algún asesino contratado para acabar con Kutcher y en el ámbito de la comedia a partir de la sospecha de cualquier persona que se acerque a la pareja.

    La premisa es sencilla: Jen Kornfeldt (Heigl) acepta una invitación de sus padres (Tom Selleck y Catherine O''Hara) para recomponerse en la Costa azul de su reciente ruptura amorosa. Conoce a Spencer (Ashton Kutcher), un espía letal que le oculta su verdadera identidad y termina enamorándola. Tiempo después se casan y en coincidencia con la primera crisis matrimonial irrumpe -de la peor manera- el pasado de Spencer, que pone en riesgo la continuidad de la pareja, pues ambos ahora están en la mira de cuanto asesino a sueldo se le cruce.

    Por momentos la comedia entretiene porque la pareja protagónica maneja el ritmo y se complementan sin esfuerzo en la pantalla, pero también es cierto que promediando la última mitad el film se cae y se desinfla.
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  • Los Indestructibles
    Con la misma tónica ejecutada en Rocky Balboa como una suerte de despedida de un mito, Stallone se despide de aquel icono del héroe americano de los 80 con total desparpajo y melancolía en un film discreto con una trama elemental y un rejunte de actores de su misma talla. El cameo de Bruce Willis es patético teniendo en cuenta lo buen actor que es. Rourke reflexivo muy gracioso pero nada más...
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  • El ambulante
    El ambulante
    CineFreaks
    No es tanto lo cinematográfico en sí mismo sino lo extra-cinematográfico aquello que puede rescatarse de este documental que busca retratar y seguir los pasos a la figura de Daniel Burmeister. Sin hacer de su entrevistado una caricatura y sin caer en el facilismo de la burla, los realizadores acompañan al protagonista en su derrotero diario reflejando marchas y contramarchas de un rodaje colmado de situaciones cómicas, escenas conmovedoras y una incuestionable pasión por el cine. La obra de Burmeister, desconocida para muchos, se suma al colectivo de otras experiencias similares como las de Saladillo...
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  • Un día en familia
    El circulo de la vida

    Si bien resulta innegable la presencia de la tradición japonesa en este nuevo opus de Hirokazu Kore-eda, Un día en familia (traducción poco feliz para lo que podría entenderse como aún caminando) trasciende las fronteras de lo autóctono para volverse universal y ese es su principal atributo. Lo universal no es más que el retrato agudo y sutil de una familia común en la que coexisten por unas horas 3 generaciones: padres, hijos y nietos (tanto postizos como naturales).

    Bajo el pretexto de una reunión familiar como consecuencia de un nuevo aniversario de la muerte de Jumpei, el hijo muerto que aparecerá fuera de campo en cada recuerdo y en cada reproche, los hijos se trasladan a la casa de sus ancianos padres en las cercanías de la ciudad de Yokohama. Todos llegan a cumplir el ritual del encuentro, acompañados de sus respectivas familias, aunque cada uno ha partido hace rato de ese lugar para construir una vida y progresar económicamente en la gran ciudad de Tokio.

    Así, entre pequeñas charlas triviales; entre silencios incómodos, se van deslizando los celos y reclamos de padres e hijos y viceversa con absoluta naturalidad. Al mismo tiempo se suman detalles e instantes de ternura en cada personaje que los despoja del estereotipo de la familia disfuncional y en esa capa de sentimientos genuinos fluye este relato minimalista en donde la presencia de Yosujiro Ozu, el gran cineasta nipón, surge desde la puesta de cámara que Kore-eda dispone magistralmente.

    Bastan una sumatoria de gestos; de rostros compungidos, irascibles, cansados o miradas melancólicas para llenar los huecos que los afectos y desafectos construyen y destruyen sin advertir el paso del tiempo. Y en definitiva ese transitar en la letanía, donde el círculo de la vida se cierra y abre a nuevas historias, esperanzas y decepciones, es lo que conecta trama y personajes.

    El realizador de Nadie sabe retoma algunos de sus tópicos como la muerte, los conflictos parentales, los abandonos implícitos y explícitos con la misma sensibilidad de siempre y apelando al poder de la síntesis narrativa y expresiva hasta el meticuloso empleo de una banda sonora -cálida pero agridulce- que acompaña perfecto algunas escenas sin estar omnipresente en todo el desarrollo de la película.
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  • El encanto del erizo
    Ensayo para una muerte sin dolor

    No es un dato menor que detrás de El encanto del erizo aparezca el nombre de una profesora de filosofía y escritora best seller como la francesa Muriel Barbery. Tanto lo filosófico como lo literario definen el micro universo en el que se desarrolla la trama de este film, dirigido por Mona Achache y protagonizado por Garance Le Guillermic en el rol de Paloma, Josiane Balasko interpretando a Renée, Togo Igawa componiendo al personaje de Kakuro Ozu, completando el reparto Ariane Ascaride, entre otros.

    En primer término convendría repasar algunos conceptos de filosofía como el de Nihilismo para comprender más acabadamente el comportamiento de Paloma, quien a sus 11 años decreta que a los 12 cometerá el acto de suicidarse, sumergida en un desencanto del mundo que la circunda.

    Durante la transición hacia ese momento final filmará con una cámara de 16 milímetros una suerte de documental artesanal donde expondrá cruelmente su crítica hacia su propia familia (típico exponente de la burguesía francesa) y por otro lado intentará penetrar en la coraza que recubre la personalidad de Renée Michel, la portera malhumorada del edificio, ubicado en pleno corazón de París.

    Renée vendría a representar lo que a los ojos de Paloma (téngase en cuenta que el punto de vista es el de esta niña cerebrito) encajaría dentro de la definición de ser un erizo; es decir, que por fuera exhibe sus afiladas puntas para alejarse de los demás pero por dentro esconde una gran sensibilidad y mirada profunda sobre el mundo.

    La diferencia entre ver y mirar es muy sutil pero lo suficientemente significativa como para pasarla por alto en el caso de este film, porque cuando uno ve no sólo reconoce al otro sino que se reconoce a sí mismo en la mirada ajena. Y eso es precisamente lo que experimenta Paloma al tomar contacto primero con Renée y luego con el vecino Ozu, recién llegado a este edificio donde todos los habitantes parecen mirar y no ver a quienes los rodean, empezando por la propia portera.

    Decía anteriormente que la película gozaba de una capa filosófica que la resignifica: el nihilismo positivo practicado por Paloma puede sintetizarse no como una negación del sentido de las cosas (definición de lo que sería el nihilismo negativo) sino como el negarse a todo lo que está determinado o establecido; a todo dogma o principio unificador como en este caso los valores del pequeño burgués. Sin embargo, como si esto no le alcanzara a la película de Mona Achache -que se inspira libremente en la novela ''La elegancia del erizo''- la alusión directa al filósofo francés Roland Barthes, quien murió atropellado por un camión de tintorería en 1980 en una broma pesada del destino, guarda relación directa con el desenlace que por motivos obvios no revelaré.

    También Barthes como Paloma se obsesionaba por encontrar signos en la realidad y se oponía al estructuralismo con tanta vehemencia que lamentablemente se esfumó en ese instante en que cruzó la calle y tal vez le encontró un sentido a la vida.
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  • De vuelta a la vida
    Mamá a la fuerza

    Digámoslo con todas las letras: a Joe (correcto desempeño de Clive Owen) , periodista deportivo, la vida no le sonríe precisamente cuando su segunda esposa australiana –la primera quedó hace 7 años en Londres con un hijo adolescente- comienza a deteriorarse a pasos agigantados por el avance de un cáncer.

    Más allá de la angustia por la precipitada pérdida de su amada esposa y del vacío que genera en el hogar esa ausencia, Joe deberá convertirse en padre y madre de un niño de 7 años, quien lógicamente descarga toda su ira contra él por haber perdido a su madre inexplicablemente.

    Sin saber mucho qué hacer en cuanto a la crianza, el hombre mantiene una conducta más que permisiva frente al niño y una relación distante y poco amable con su suegra, quien siempre lo reprocha. A eso debe sumársele la llegada poco oportuna del hijo abandonado en Londres -en una franca intención de reclamo hacia su padre- y la posible relación amorosa con una madre de una amiga de su hijo.

    Si a todos esos lugares comunes el director ugandés, Scott Hicks, les hubiera insuflado ritmo; si hubiese buscado generar emoción genuina explotando las hábiles dotes actorales de Clive Owen en el melodrama, el resultado de De vuelta a la vida -basada en la novela del periodista Simon Carr- seguramente hubiese sido mucho mejor.

    Lamentablemente pese al buen desempeño del elenco en su conjunto -completan el reparto Emma Booth, Laura Fraser, George MacKay, Nicholas McAnulty- la propuesta derrapa al utilizar los diálogos para enfatizar los estados de ánimo, al desgastar el recurso de la presencia fantasmal de la esposa que ya no está, y lo que es más grave en la poca profundidad con la que se desarrolla una historia que por su peso dramático daba para mucho más.
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  • Luz silenciosa
    Luz silenciosa
    CineFreaks
    El paisaje interior

    Luego de un plano secuencia, donde queda expuesto el artificio del montaje para unificar el tiempo, en una toma que arranca desde las estrellas de la noche hasta descender al amanecer rural -dotado de brillo y colores- Luz silenciosa, tercera obra del mexicano Carlos Reygadas, nos introduce en la intimidad de una familia menonita en Chihuahua. Allí, solamente por la elocuencia de las imágenes diferenciamos a una madre, a un padre y a los hijos de distintas edades en medio de un rezo matinal antes de desayunar. El reloj avanza y cada uno de ellos se despide del padre, que estalla en un llanto.

    No es anecdótico el dato de los menonitas para interpretar esta nueva propuesta del realizador mexicano. Se trata de una comunidad religiosa que data del siglo XV, pacifista, de origen germano, que luego de la Primera Guerra Mundial debió emigrar a Canadá para finalmente terminar en México, principalmente en los campos ya que viven de la agricultura y la ganadería.

    Rígidos en sus costumbres, con su propia educación y valores, los menonitas se dividen entre moderados y ortodoxos. Estos últimos desechan cualquier contacto con la tecnología, incluida la electricidad y viven como si estuviesen en el siglo XV. Los moderados son más flexibles y aceptan ciertos elementos como automóviles, radios o medicina tradicional. Los protagonistas del film de Reygadas pertenecen a este grupo.

    Sin embargo, en ese clima de paz y tranquilidad; de andares parsimoniosos que atraviesan la vida de esta familia, existe un gran pesar por parte del padre al no poder despegarse de una relación con una amante pese a que eso vaya en contra de los postulados religiosos. Pero aquí lo religioso no se asocia estrictamente con lo secular, sino que obedece a religarse con la naturaleza o con el otro más que por convicción simplemente por mantener un acto de fe.

    Ahora bien, esa fe sufre contradicciones cuando aparece la carga del deseo y es en esa encrucijada; en ese dilema moral es donde se debate Johan (Cornelio Wall), para quien la culpa del adulterio es prácticamente lo mismo que la muerte.

    No obstante, el director mexicano también aborda poéticamente otros tópicos como el transcurrir de la vida hacia la muerte, la ausencia y el tiempo que no se detienen y sumergen al hombre en un estado de angustia existencial muy profunda. Todo esto llega por reflejos, por resonancia, fragmantariamente gracias a una puesta en escena que pone el acento en espejos, vidrios, sombras y luces, en una trama donde el tiempo cronológico pierde sentido y parece sometido a una sumatoria de instantes en que lo finito y lo eterno se tensan en un plano único y se disuelven en el espacio cinaematográfico.

    Reygadas no sólo concibe un retrato de una familia de campesinos (reales, no son actores) poco común sino que escarba con una cámara distante pero atenta en lo más profundo de la condición humana, igual que en su perturbadora película Batalla en el cielo.

    Fiel a su estilo de travellings prolongados, panorámicas agudas, un manejo admirable de los tiempos muertos y la profundidad de campo, el director de Japón plantea una puesta de cámara que mezcla encuadres fijos con cámara en mano en un film que estéticamente podría encuadrarse dentro de lo naturalista por la fuerte presencia del paisaje, pero que en realidad está construido meticulosamente para reflejar el paisaje interior de un hombre atormentado por la pérdida, que se libera por momentos en el afuera; y que reacciona como autómata frente a los embates de la fe.
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  • El hombre solitario
    Los últimos cartuchos

    La filosofía de vida de Ben (Michael Douglas) es muy sencilla: si no se tiene éxito en los negocios, por lo menos hay que tenerlo con las mujeres más jóvenes que él. Pero detrás de este axioma se oculta en realidad una constante negación del presente para un hombre ya maduro, otrora popular vendedor de autos a quien el cuarto de hora le llegó hace tiempo y en vez de recomponerse procurará redoblar la apuesta.

    Esa es la pendiente en caída libre que atravesará tangencialmente a El hombre solitario, film dirigido por Brian Koppelman y David Levien que, además de contar con el protagónico de Douglas, tiene también entre sus filas a Susan Sarandon, (interpretando a la ex mujer); Danny DeVito (el amigo de siempre), Mary Louise Parker (la amante con dinero), Jenna Fischer (la tentadora adolescente, hija de la amante) y Jesse Eisenberg (como siempre, haciendo de nerd inseguro), quienes completan este tour de force de un Michael Douglas sobrio y correcto al que le calza perfecto el papel elegido.

    La trama arranca con lo que podría suponerse un momento clave para la vida de Ben, en el cual le informan tras una revisación médica de rutina que su corazón puede estar dañado y deberá cambiar por eso drásticamente sus conductas; estas pueden resumirse en encuentros casuales con mujeres jóvenes, alguna que otra borrachera de vez en cuando para alejarse de su familia y de severos problemas económicos que lo alcanzan luego de haber participado de una estafa y -más aún- tras haber perdido esa magia de vendedor infalible.

    Sin embargo, en vez de sosegarse el protagonista no altera un ápice su rutina de mujeriego empedernido, y 6 años después comienza a sufrir las consecuencias (que por motivos obvios no revelaremos en esta nota). Eso lo sumerge en una crisis existencial donde la fuerza del pasado irrumpe con sus huracanes de recuerdos y la sensación de final agridulce latente llega en el peor trance hacia la realidad.

    Con un buen elenco de actores secundarios, un ritmo pausado pero que no sufre digresiones, esta comedia dramática -que deposita toda su confianza en la idea de las segundas oportunidades- logra sostenerse gracias a la gran labor de un Michael Douglas maduro pero no acabado, quien encuentra el tono ideal para no devenir estereotipo, sumándole carisma, gracia, gravedad y una alta cuota de sensibilidad a un personaje que parece ser ambicioso, calculador y arrogante.

    Quizás a veces la historia se convierte en una convencional fábula sobre las debilidades humanas, pero por suerte eso ocurre esporádicamente y no concentra en esa dirección todo el atractivo de esta película, sino que fluye errática a la par de su protagonista.
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  • Agente Salt
    Agente Salt
    CineFreaks
    Aunque es innegable la adrenalina y las buenas dosis de acción, el mayor defecto de este entretenimiento reside en su pésimo guión falto de verosimilitud con un desenlace vergonzoso. Angelina cumple en ese rol de sexy killer colagenada pero el resto deja mucho que desear...
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  • La mirada invisible
    La observadora observada

    Aquella generación que vivió en su más temprana infancia los resabios de la última etapa del Proceso no tardarán en reconocerse, aunque más no sea por reflejo, en alguno de los estudiantes que aparecen en este tercer opus del realizador Diego Lerman, La mirada invisible. Y para el propio Lerman seguramente la dictadura militar signifique algo más que un trágico episodio de la historia contemporánea argentina, ya que el día de su nacimiento coincide con otro día que quedará para siempre en la memoria: el 24 de marzo de 1976.

    Pero lejos de tratarse de una autobiografía o experiencia personal, este film basado en la novela "Ciencias Morales" de Martín Kohan (ganadora del premio Herralde de novela en el 2007) utiliza como trasfondo la última etapa de la dictadura militar en los días previos a la declaración de guerra de las islas Malvinas, para bucear desde los intersticios del Colegio Nacional de Buenos Aires como microcosmos en donde se hacen visibles los mecanismos de poder y la verticalidad de la educación de aquellos años desde el punto de vista de una preceptora, sumisa, represiva y obsecuente, encarnada maravillosamente por Julieta Zylberberg.

    Sin embargo, esa es sólo una de las capas que atraviesan la trama compleja elaborada por Lerman bajo las coordenadas de un guión -coescrito junto a María Meira- para adaptar la novela al lenguaje cinematográfico y dotarla de sentido e identidad propia; con un punto de vista que obedece exclusivamente al personaje y otro que encuentra en la distancia justa de la cámara -para no juzgar- una descripción casi intuitiva de un modelo de pensamiento único, de cuyos tentáculos el ámbito educativo conforma la síntesis perfecta.

    Si hay algo que prevalece en el relato es la idea conceptual de tomar lo micro para reflejar lo macro, o mejor dicho de exponer la parte por el todo, fiel a la figura de la metonimia cinematográfica. Para ello el director de Tan de repente se vale de detalles y elementos significativos (minuciosa reconstrucción de los 80 desde el vestuario, una disqueria llamada Deja vu que tiene entre sus discos el de Argetinísima, por citar un ejemplo) que construyen acabadamente el clima, la atmósfera y el ámbito en donde se desarrolla dramáticamente una historia que bajo una aparente transparencia se tiñe de grises y oscuros en plena correspondencia con sus dos personajes centrales: María Teresa (Julieta Zylberberg) y el Sr. Biasutto (soberbia actuación de Osmar Nuñez), quedando los alumnos como simples objetos dentro del entorno del claustro académico. A eso se debe sumar el uso inteligente del fuera de campo para contextualizar de forma más concreta el período histórico en el que se precipitan los hechos.

    Circunspecta en su andar, con el pelo recogido e impecable vestuario, María Teresa transmite hacia afuera un aire de superioridad ante el alumnado que en realidad oculta su complejo de inferioridad al pertenecer a una clase social de menor status, más allá de la sensación de extrañamiento permanente que la asemeja –intertextualmente- con el personaje que encarnaba Julio Chávez en El Custodio. Igual que aquel hombre gris e impredecible, ella intenta ganarse la confianza de su superior, el señor Biasutto, alertándolo sobre posibles alumnos indisciplinados que fuman dentro del Colegio violando una de las normas. Así, bajo ese pretexto de la vigilancia a escondidas detrás de la puerta del baño de hombres, María Teresa experimenta la impunidad del voyeur y encuentra en ese acto que en principio la rebaja como persona el placer y la excitación provocados por los cuerpos que observa sin ser observada. Algo similar le ocurría al personaje de La profesora de piano cuando concurría a sex shops nocturnos donde proyectaban películas pornográficas, además de compartir otra particularidad con María Teresa: ambas vivían con su madre.

    No obstante, como parte de un engranaje de un sistema rígido y perverso; como una pieza más de una estructura de poder que es apenas el reflejo de otra mucho más grande y perniciosa, donde la sola presencia de un ojo que lo ve todo (el famoso panóptico del que hablaba Foucault) es nada más que una muestra del control, la obediencia debida que define la conducta de la protagonista se transforma en un arma de doble filo que paulatinamente la irá convirtiendo en un ser oscuro en el que se proyecta la oscuridad (valga la redundancia) de su superior, así como la de un modelo de pensamiento donde tener voluntad propia se vuelve riesgoso y perjudicial para el propio sostén de la estructura de poder.

    Pareciera que Diego Lerman encuentra un particular atractivo en reflejar los mundos femeninos en su intimidad, tal como ocurre con sus dos películas anteriores donde son las mujeres las que accionan y experimentan los cambios; las que buscan identidad o un lugar padeciendo esa inexorable soledad de la no pertenencia o, en su etapa terminal, las que estallan violentamente frente a una situación límite, como en el caso de la empleada doméstica de Mientras tanto que termina acuchillando al perro que ensucia la cocina.

    En el caso de La mirada invisible la mugre o suciedad aparece como un espejo deformante de la doble moral encarnizada en el discurso poco convincente de un siniestro jefe de preceptores, quien asocia como ejemplo para adoctrinar a su aprendiz el acto de fumar con un posible brote subversivo en las postrimerías de la decadencia del régimen militar a la que se contrapone sutilmente el espíritu de rebeldía del alumnado que no acata normas para darle un freno.

    La de Diego Lerman es simplemente una mirada lúcida, nueva y vigente, que se atreve a remover con contundencia el tejido más minúsculo que recubre al totalitarismo como una semilla podrida que todavía muchos insisten en seguir sembrando y riegan con retórica vacía: los mismos que seguramente tildarán a este film de subversivo por no tener la mínima capacidad intelectual para mirar por el ojo de la cerradura o por debajo de la puerta como María Teresa.
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  • Chloe
    Chloe
    CineFreaks
    Peligroso juego de seducción

    Poco relevante resulta el dato de que detrás de este nuevo film del director egipcio canadiense Atom Egoyan resuene el nombre de Nathalie X, aquella película de la francesa Anne Fontaine, de la cual se acusa -en este caso particular- algo así como una remake. Sin embargo, tratándose del director de Exótica uno esperaba cierta mirada poco condescendiente hacia la burguesía y la manifiesta renuncia al castigo moral, que en un penoso desenlace queda más que explícito entre uno de sus mayores defectos.

    También se debe anticipar que en este melodrama burgués que vira hacia el thriller psicológico no se van a encontrar ninguna de las marcas de autor del canadiense, salvo una dirección prolija que se apoya de forma evidente en el trío actoral que se debate en este triángulo amoroso: Chloe (Amanda Seyfried), Catherine (Julianne Moore) y David (Liam Neeson).

    Igual que en la película francesa, la idea central de Chloe reside en el juego de seducción que entabla una prostituta de lujo (Amanda Seyfried) con su clienta, Catherine (Julianne Moore), cuando ésta contrata sus servicios para que seduzca a su esposo David (Liam Neeson) tras la sospecha de que éste le es infiel con una de sus jóvenes alumnas. Pero el relato toma un rumbo ambiguo a partir del momento en que la propia Catherine requiere un informe detallado de los encuentros sexuales de la prostituta con el esposo, en los que el previsible relato acusa determinados lugares comunes y clichés en los cuales la obnubilada Catherine no repara dejando transparentar la necesidad de satisfacer sus deseos de mujer casada, reprimida sexualmente (irónicamente es ginecóloga) y justificar así su acentuada crisis conyugal.

    A medida que la trama adopta la dialéctica especular, es decir el intercambio de roles en que la víctima se transforma en victimario, sumado a contrastes estéticos y de puesta en escena tan evidentes como exteriores gélidos e interiores calientes, la relación entre Chloe y Catherine pasa por los carriles de la obsesión más elemental en un increscendo dramático que no ahorra en volverse convencional hasta decir basta; incluyendo una atmósfera de erotismo y sensualidad por la que el film transita con un buen uso de la fotografía aunque amparado en una falsa trasgresión.

    Innecesaria remake y fallido film del canadiense Atom Egoyan, que bajo una falsa apariencia políticamente incorrecta no logra salir de la medianía de cualquier thriller, pese a contar con la bella Amanda Seyfried y la siempre correcta Julianne Moore.
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  • Depredadores
    Depredadores
    CineFreaks
    Teniendo en cuenta que los antecedentes eran ni más ni menos que las Alien vs Depredador, esta nueva entrega mejora la puntería en cuanto a la acción y a un guión que, si bien no goza de originalidad, se las ingenia para sumar situaciones donde la violencia surge naturalmente y la idea de supervivencia emerge con fuerza y sin artificio. No obstante, la elección de Adrien Brody como héroe anabolizado es tan ridícula como su personaje.
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  • El último maestro del aire
    Los avatares de Shyamalan

    Para introducirnos en el universo de El último maestro del aire (nuevo intento desesperado de M Night Shyamalan por salir de la chatura cinematográfica que viene arrastrando desde La dama en el agua), conviene tomar contacto con la historia original y repasar -a grandes rasgos- de qué se trata, a fin de encontrar en la versión cinematográfica algún valor (si es que lo hubiese) o desaciertos en la adaptación que costó la friolera de 150 millones de dólares.

    Para eso se deben entender los pilares que sustentan el relato animado: hay 4 naciones que responden a cada uno de los 4 elementos (aire, agua, fuego y tierra), las cuales permanecen en un equilibrio justamente por no dominarlos a todos; y existen, por otro lado, los avatares: seres de carne y hueso con poderes místicos que tienen la capacidad de reencarnarse y manipular conjuntamente dichos elementos de la naturaleza con fines pacíficos tendientes a conservar la armonía universal. El resto de los mortales es gente común que espera la llegada del Avatar para torcer la balanza de poder, aunque en cada nación existen los Maestros con la habilidad de controlar uno de los elementos.

    La tribu más primitiva es la del fuego y su rey detenta el poder absoluto, por lo que desata una guerra al poseer capacidad militar con la que consigue rápidamente sojuzgar al resto de las naciones. En contrapartida, se encuentran las tribus del agua –elemento que se opone al fuego-, cuya particularidad es hacerse fuertes gracias a la influencia de la Luna llena. Los del fuego se valen cada 100 años de la llegada del cometa Sozin para acumular energía. Sin embargo, en el caso de los nómadas del aire todos sus habitantes son maestros (monjes), a diferencia del resto.

    Así las cosas, con la llegada del cometa Sozin a la tierra la nación del fuego inicia la guerra rompiendo la armonía universal, a pesar de la presencia de los espíritus. Transcurridos esos 100 años de guerra, en los que la nación del fuego ha exterminado a todos los maestros del aire, la historia comienza cuando Katara (última maestra del agua de la tribu del sur) y su hermano Sokka (simplemente un guerrero de la misma tribu) descubren a un niño llamado Aang, congelado en un iceberg, quien resulta ser el último maestro del aire vivo. Tras estar hibernando 100 años, Aang mantuvo su cuerpo de niño de 12, pero en realidad es un anciano de 112 años que tendrá como misión y destino aprender a dominar los 4 elementos y convertirse en Avatar, para entonces recomponer el equilibrio del mundo cumpliendo un ciclo y luego reencarnar sucesivamente.

    En medio de la travesía, en realidad el eje central del film, Aang y sus laderos son perseguidos por Zukko, el hijo destronado del rey del fuego. Luego, por la hermana de Zukko, la despiadada Azula (que es lo que se anticipa como la segunda parte); ambos intentarán capturar al niño para evitar que cumpla su destino.

    Ahora bien, de los 20 capítulos que componen la primera temporada de este dibujo animado estadounidense de los creadores Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko, hecho en Corea del Sur con fuertes influencias del anime y el manga oriental en su concepción y del taoísmo, budismo, hinduismo y mitología asiática en su filosofía, se nutre el guión escrito por el propio M Night para dar paso a una supuesta trilogía en correspondencia con las temporadas de la serie, definidas bajo el nombre de cada uno de los elementos, siendo el agua el primero.

    Quizás se trate de la película más impersonal del director hindú, quien cometió el pecado de la condensación de capítulos y sus subtramas en pos de lograr un producto aceptable y entretenido, pero que carga con el defecto mayúsculo de no encontrar un público porque es muy compleja para niños y demasiado elemental y aburrida para adultos; quedando así a merced del ánimo de los fans de la serie o los adolescentes que busquen aventura, fantasía y acción a granel. Nada de eso llega de forma equilibrada en esta primera entrega de la saga, salvo un mix que cruza algunos conceptos básicos de la filosofía oriental en la que puede apreciarse al protagonista Aang (Noah Ringer) efectuando virtuosos ejercicios de tai chí; acción de videojuego con abuso de cámara lenta y un cúmulo de efectos visuales que en 3D no se explotan adecuadamente, a lo que debe agregarse cierta galería de personajes poco desarrollados, entre los que se destacan el antagonista Zuko (Dev Patel), Katara (Nicola Peltz) y Sokka (Jackson Rathbone).

    Tal vez analizando la filmografía del director de La aldea (su última obra aceptable) pueda trazarse alguna línea de continuidad con tópicos recurrentes. Por ejemplo la idea del héroe que no puede renunciar a su destino trabajada en El protegido; la coexistencia de realidades, en este caso el mundo terrenal y el espiritual al que sólo acceden algunos, como en Sexto sentido y el mundo de los muertos; y la fuerte tensión entre el orden y el caos, o la armonía y la destrucción, que sostiene una mirada maniquea, binaria y elemental sobre el mundo explorada en El fin de los tiempos (su anterior traspié que con este nuevo paso por Hollywood anticipa una inevitable caída).

    No obstante, sería injusto decir que El último maestro del aire, pese a la superficialidad y torpezas narrativas; a su tono solemne y poco amistoso, es una película completamente descartable, tratándose –siempre es bueno recordarlo- de una adaptación sobre un material original mucho más interesante y profundo.
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  • Igualita a mi
    Igualita a mi
    CineFreaks
    El abuelo cool

    El nombre de Diego Kaplan en cine resuena a partir de un film poco recordado llamado ¿Sabés nadar? (1997), rodado enteramente en Mar del Plata y en el que Graciela Borges, junto a su hijo Juan Cruz, hacían de las suyas en un registro de comedia poco habitual para ese momento donde el cine nacional conservaba su cuota de costumbrismo y lugares comunes. Luego, llegaron algunas producciones interesantes para la televisión, como la irreverente ''Son o se hacen''; ''Mosca y Smith en el once'' o la bizarra ''Drácula'' estelarizada nada menos que por Carlos Andrés Calvo. Su carrera siguió por el terreno de la publicidad con productora propia, que trabaja con las firmas más importantes del planeta hasta la actualidad.

    Por eso la unión con Adrian Suar (otro referente indiscutido de la televisión argentina de los últimos años) en esta comedia dramática coprotagonizada junto a Florencia Bertotti acusa un ritmo televisivo que se ajusta adecuadamente al registro y tono de la trama.

    Igualita a mí, a diferencia de Un novio para mi mujer (la anterios comedia romántica protagonizada por Adrian Suar y dirigida por Juan Taratuto) cuenta con todos los ingredientes necesarios para hacer que fluya una comedia de situaciones, que por un lado apuesta a los equívocos y enredos para encontrar en lo cotidiano rasgos de humor y por otro deja que afloren los sentimientos de sus personajes a partir de acontecimientos sencillos, sin dar la sensación de impostura o artificio. Con un guión bien escrito por los debutantes Juan Vera y Daniel Cúparo, dotado de lenguaje coloquial y diálogos creíbles que, sumados a las naturales interpretaciones del elenco, se hacen amenos.

    La historia arranca en el año 1987 en una alocada noche de adolescentes en el legendario boliche Bamboche donde Freddy seduce con su carisma a una chica que baila desenfrenada un tema de Los Pericos. Elipsis mediante, lo tenemos al mismo Freddy (Adrián Suar) utilizando los mismos artilugios de seducción, pero esta vez en el boliche Tequila en el año 2010 reflejando el prototipo de playboy argento. Basta un rápido vuelo por su rutinaria vida para darse cuenta de que el hombre es un metrosexual, soltero y chanta, que huye a cualquier compromiso aludiendo que de esa manera se siente libre. Sin embargo, en una de esas noches de diversión se topa con Aylín (Florencia Bertotti), una joven 20 años menor que él dispuesta a darle una noticia que sin lugar a dudas cambiará para siempre el rumbo de su existencia y lo hará tomar –paulatinamente- conciencia sobre su conducta inmadura, su presente y su futuro.

    Si hay algo que pueda destacarse de esta historia de afectos y uniones familiares en tiempos donde la fragmentación parental es moneda corriente, eso es -sin llegar a un análisis muy profundo- la transformación progresiva que cada personaje atraviesa en el proceso de cambio de roles. En el caso de Freddy transformarse de la noche a la mañana en padre y abuelo a los 40 y pico, y en el caso de Aylín convertirse en madre e hija al mismo tiempo. Esa progresiva adaptación encuentra en el relato un tiempo y ritmo sostenido que no decae y se nutre de una serie de episodios que rozan el costumbrismo, lo cómico o lo agridulce proporcionalmente en un equilibrio dramático que Kaplan sabe llevar apelando, incluso, a un buen contrapunto con personajes secundarios bien construidos, como por ejemplo la madre de Aylín o el hermano de Freddy, entre otros.

    Sin mayores pretensiones que las de contar una historia sencilla e identificable con un gran sector del público, Igualita a mí es un buen ejemplo de cine comercial y masivo con buena calidad artística, elementos que a veces parece difícil conjugar cuando de cine argentino se trata.
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  • Un loco viaje al pasado
    Para joda temporal

    Sin lugar a dudas la onda revival o retro paga dividendos siempre porque no faltan entre el público aquellos nostálgicos -que ahora bordean los 40- y que crecieron con comedias estudiantinas donde la ingenuidad funcionaba como parte de un código o devoraron algunos clásicos de la época como Volver al futuro, Los jóvenes defensores, Terminator, por citar algunos ejemplos. Si a eso le sumamos aquellas melodías pop o baladas que tantos recuerdos de asaltos o fiestas arrastran podríamos decir que la fórmula parece infalible.

    Precisamente de esa fuente de inspiración (lo de inspiración es un eufemismo) se nutre esta mediocre comedia que tiene como mayor protagonista a un ícono de los 80 de la talla de John Cusack a la cabeza y como subtexto argumental a muchas películas de paradojas temporales, aunque la referencia más obvia sea la de Volver al futuro con la clara inclusión de Crispin Glover (un George McFly devenido botones de un resort de esquí) entre uno de los personajes secundarios que intenta levantar la puntería de un guión bastante hueco.

    Pese a estas advertencias parece imposible no dejarse llevar, aunque más no sea unos minutos, por esta suerte de ejercicio de la nostalgia por los tiempos pasados donde todo parecía más divertido que ahora y existían algunos gags que no necesitaban apelar a la escatología o a lo autorreferencial para quitarnos una sonrisa. Ese es básicamente el único atractivo de Un loco viaje al pasado, llamativamente dirigida por el co-escritor de Alta fidelidad Steve Pink, quien -a grandes rasgos- mezcló tres elementos en un cóctel y los sirvió en la mesa: grupo de cuarentones fracasados junto a un adolecente de la era facebook que deben revivir episodios del pasado de juventud por haberse zambullido en un jacuzzi que se transforma, tras un accidente involuntario, en una máquina de tiempo que los transporta al año 1986, bajo las reglas de las causalidades y los efectos mariposa si es que se modifica algún acontecimiento del pasado.

    Ese cóctel desabrido sacia demasiado rápido el paladar de aquellos que, más allá del juego de volver al pasado o participar de manera cómplice de la trillada premisa "qué pasaría si...", pretenden encontrarse con una comedia que haga del absurdo su fuerte y no que se enrosque en su propia limitación de ideas y chistes recurrentes; además de generar cierta tristeza por ver a un Cusack pasado de moda y un tanto decadente, de la misma forma que encontrarse a Chevy Chase en un ridículo personaje secundario muy poco gracioso.

    Más allá de algún gag ingenioso con la Reaganomix (recordemos que por ese entonces el actor norteamericano era presidente de los Estados Unidos) o la inclusión de elementos característicos de los 80, entre los que se suman una banda sonora que recorre el cancionero obligado de esa generación, no hay mucho más que se pueda rescatar de una película a la que le sobran escenas y le faltan buenas ideas.

    Un chiste malo como el título de esta nota.
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  • Pájaros volando
    Encuentro cercano con humor de otro tipo

    Cuando hace 7 años se estrenaba Soy tu aventura, film presentación de la sociedad Néstor Montalbano-Diego Capusotto-Luis Luque, el cine argentino volcado a la comedia por fin incorporaba el humor inteligente y paródico; el guiño autorreferencial como marca indeleble; el uso del lenguaje con fines humorísticos y por sobre todas las cosas la ruptura con viejas prácticas y códigos emblemáticos de una época dotada de películas huecas, mediocres y mal realizadas.

    Como toda novedad, esa apuesta trajo acarreadas aristas positivas y negativas en la misma proporción, encontrándose entre las negativas la sensación inequívoca de que debería hallarse en el futuro un público dispuesto a la complicidad y a la decodificación poco sencilla de este tipo de películas, cuya base de experimentación no fue otra que la televisión y su introducción de programas como Cha cha cha (anteriormente De la cabeza) y en su última etapa el boom de Todo por dos pesos que indiscutiblemente elevó la figura de Diego Capusotto al rango de capo cómico.

    Afortunadamente ese público cautivo de los primeros años se fue acrecentando gracias a la internet (entre otras cosas) y a la gran cantidad de fanáticos que adoptaron este estilo como un rasgo de identidad caracterizado sin lugar a dudas por el desborde, lo bizarro, el absurdo y la ironía, revestida de una pátina de melancolía o nostalgia por un pasado mucho más ingenuo que el presente fragmentado y oscuro ya instalado entre nosotros.

    Por todas estas características mencionadas anteriormente resultaba prácticamente imposible que Pájaros volando, segunda entrega del tándem Montalbano-Capusotto-Luque, defraudara a aquellos que gozaron a rabiar con Soy tu aventura y sedujese tibiamente a un segmento del público que ya conoce las andanzas de Capusotto y compañía. Desde ese punto de vista el objetivo está más que cumplido porque se trata de una historia en registro de parodia al cine de clase B en cuanto a las películas sobre extraterrestres; un homenaje inesperado al rock argentino con figuras representativas de diferentes etapas, como por ejemplo Miguel Cantilo por los 70, Miguel Zavaleta (vocalista del grupo Suéter) por los 80 y Claudia Puyó, la Janis Joplin argentina por antonomasia, sin dejar de lado por supuesto a la banda de rock integrada por grandes músicos como Rodolfo García, Willie Quiroga, Ciro Fogliatta y Héctor Starc, quienes acompañan a Capusotto y Luque en el tema de la película (escrito por el mismo Capusotto con música de David Lebón).

    Por otro lado, resulta innegable la referencia constante a la televisión argentina, contando entre el elenco con nada menos que Juan Carlos Mesa, quien le presta a Montalbano su entrañable gaucho Matildo con una generosidad conmovedora; la sorprendente actuación del luchador de Titanes en el ring que personificaba a Julio César y el cameo del actor que interpretaba al boxeador maltrecho Ñoqui en el mítico programa hiperhumor (un verdadero hallazgo que pasa desapercibido). Pero los nombres no cesan en esta convocatoria hecha por Montalbano, ya sea en carácter de cameo o de personaje pequeño, donde se pueden encontrar a Norberto ‘Ruso’ Berea, Víctor Hugo Morales y hasta Antonio Cafiero, que se lleva el mejor fragmento del film dejando traslucir su madera de político y su aire campechano representando no sólo una ideología a la cual adscribe el film sino el humor sobre la clase política en contraposición con la burla habitual.

    Sin embargo, si faltaba algo para remarcar la idea del absurdo es el pretexto de la historia en sí misma el que lo consigue. Puede sintetizarse como el encuentro de un grupo de hippies, asentados en las sierras cordobesas, con unos extraterrestres que los abducen y el reencuentro -tras varios años de ausencia- de José (Diego Capusotto) y Miguel (Luis Luque), primos que en un pasado compartían un grupo de rock que había llegado al éxito con un hit en los 80 y luego se pelearon y alejaron mutuamente tomando cada uno rumbos diferentes.

    De esa columna vertebral en la que no se puede negar la capa melancólica y la capacidad de Montalbano para imbuir al relato en una atmósfera pueblerina, se desprenden ramificaciones diversas que a veces tienen resolución y otras simplemente irrumpen sorpresivamente como el viraje hacia lo onírico, el coqueteo constante con la apología del consumo de marihuana y la fuerte presencia de iconos del teatro under argentino como Verónica Llinas, Alejandra Flechner (ex Gambas al ajillo) y Damian Dreizik (ex Melli), quien además de escribir el guión se reserva el papel de antagonista de Luis Luque: un ecologista de izquierda que pretende educar y aleccionar a un niño producto del sistema de consumo que prefiere productos artificiales más que naturales en clara mirada irónica hacia los cultores de la era de Acuario y la filosofía New age.

    No conviene seguir adelantando aspectos de la trama sin antes terminar diciendo que Pájaros volando es entretenida y creativa, aunque inevitablemente despareja en cuanto a los remates de comicidad que muchas veces se pierden en el homenaje o la intención y otras aciertan en el blanco, como por ejemplo la secuencia con el payador ultranacionalista y sus rimas que no riman.

    Cabe destacar que Capusotto esta vez aparece en un escalón por debajo de las expectativas (quizá el personaje de José no le ayuda) confirmando que se desenvuelve mucho mejor cuando se apela a su versatilidad y espontaneidad, que aquí brillan por su ausencia.
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  • Vincere
    Vincere
    CineFreaks
    Marco Bellocchio conjuga magistralmente drama, lirismo y una excelente dirección de actores en un relato que expone sin especulaciones la figura del controvertido Benito Mussolini, desnuda las capas invisibles que ocultan el poder y rinde un justo tributo a la lucha emblemática de Ida Dalser, interpretada magníficamente por Giovanna Mezzogiorno en un papel memorable.-
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  • Cinco minutos de gloria
    El director de La caída se consolida con este notable duelo entre Liam Neeson y James Nesbitt en un relato autoconsciente que suma suspenso y adrenalina y se contagia de la claustrofobia externa en clara contraposición con la transformación psicológica de los personajes; un film en constante coqueteo con la idea de venganza, redención y perdón.-
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  • La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina
    Una segunda parte a la altura de la primera con la misma eficacia en cuanto a lo narrativo, aunque con menos carga de tensión que su antecesora pero que nunca pierde el rumbo del policial para seguir desandando los vericuetos de una conspiración intrincada y apuntalar el crecimiento de su protagonista Lisbeth Salander, que deja plantada la semilla para una resolución interesante en la tercera y última parte.-
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  • El origen
    El origen
    CineFreaks
    Aquello que la trilogía Matrix apenas alcanzaba a esbozar en un guión dotado de fisuras y baches narrativos, que terminaron dilapidándose en un conjunto de buenas ideas sin sustancia, encuentran por fin en El Origen un camino adecuado para desarrollarse gracias al talento y la inteligencia de Nolan; aumentan en nivel de complejidad al subir la apuesta sobre las posibilidades de crear un producto que atienda a todos los públicos posibles, desde los más complacientes que buscan el mero entretenimiento hasta los más críticos que pretenden profundidad y riesgo. Las capas narrativas manejadas desde un guión meticuloso por donde pasan ideas de la física cuántica en relación a la percepción de la realidad de acuerdo al punto de vista; elementos básicos de la filosofía como el concepto de libre albedrio o libertad, por no sumarle el de relatividad del tiempo, la realidad virtual, el sueño y la vigilia en sus aspectos psicoanalíticos, cognitivos y subjetivos y la introducción de la idea de memoria como un obstáculo, entre otras cosas constituyen un punto de partida –hay otros posibles de acuerdo al nivel de lectura que se busque- lo suficientemente atractivo para que uno no despegue los ojos de la pantalla. Pero como si faltara algo a la propuesta también en El Origen se puede apreciar la conjunción de acción, suspenso, thriller corporativo, drama existencial y película de atraco perfecto en un combo que nunca decae y asume con ingenio, creatividad, grandes actuaciones de Di Caprio y compañía, audacia, las ambiciones que se propone desde el inicio sin traicionar la inteligencia de un espectador exigente.
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  • Mi villano favorito
    Maléfico pero tierno

    Sin llegar a los niveles de calidad y contenido de Pixar pero muy cerca de los cánones de los últimos productos de la factoría Dreamworks, Mi villano favorito, primer proyecto de animación digital de la Universal Studios junto a Ilumination Enterteinment, cumple con los requisitos mínimos para ser considerado un buen producto.

    En primer lugar tener como protagonista a un villano, mezcla entre El Pingüino y Gargamel (el malo de la serie los pitufos), supone algo diferente frente al panorama de personajes cooptado por animales o héroes que últimamente saturaron la pantalla de la animación. Ese es el caso de Gru (voz de Steve Carell), quien se unió a las fuerzas del mal por resentimiento hacia su madre (voz de Julie Andrews) que nunca lo tuvo presente desde su más temprana infancia.

    Sin embargo, Gru planifica dar su gran golpe a fin de llamar la atención no sólo de su indiferente madre sino del mundo entero para convertirse en el villano número uno. Ese puesto se lo ha quitado otro despiadado más joven que se hace llamar Vector (voz de Jason Segel) y que acaba de robarse nada menos que la pirámide de Giza. La única debilidad de Vector son las galletitas que un grupo de niños huérfanos venden para poder mantenerse en un orfanato hasta que algún alma caritativa los adopte. Ese es el nexo que los unirá más adelante con su nuevo adoptante Gru, cuyas intenciones están lejos de la caridad y muy cerca de su propio beneficio al utilizarlos en un futuro como anzuelo para llegar a la guarida de Vector y así robarle un arma que le permite miniaturizar las cosas, como por ejemplo la luna.

    En una trama sencilla que se va contagiando de la empatía por el protagonista y que dosifica el humor con la reivindicación de los valores más esenciales como la solidaridad, el compañerismo, la familia, etc, los directores Pierre Coffin, Chris Renaud y Sergio Pablos demuestran habilidad a la hora de aplicar fórmulas y axiomas que nunca fallan. Por ejemplo la entrega de una interesante galería de buenos personajes secundarios, entre los que se destacan la mascota de Gru y sus colaboradores -parecidos a un desodorante con ojos- que se llevan las mejores escenas sin dudas.

    Otro punto favorable de este film lo constituye la elección del casting encabezado por el gran Steve Carell, que compone a un tierno villano con acento europeo parecido al de Gene Wilder en El joven Frankestein, o al Sigfrido del Superagente 86. Podría decirse que el Gru de Carell junto al Igor de Cusack (otra animación que juega con los mismos códigos que Mi villano...) pasan a encabezar el top de la lista de mejores personajes originales entregados por la animación digital de los últimos años.

    Mi villano favorito gratificará a niños y acompañantes por partes iguales por su buena variedad de personajes, humor, guiños cinéfilos, atmósferas burtonianas y demás elementos en un panorama de la animación en que el ogro verde de Dreamworks abandonó el trono hace tiempo y cayó en desgracia, mientras que el imperio Pixar seguirá sorprendiendo y demostrando su liderazgo por varios años más. Por eso Universal Studios a partir de ahora puede entrar en la carrera.
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  • Son como niños
    Son como niños
    CineFreaks
    Más reblandecido que nunca, Adam Sandler vuelve a cargar las tintas con una comedia malograda donde quedan expuestas las carácterisicas de su estilo, que mezcla chistes tontos con algo de irreverencia y un elenco de comediantes amigos bastante desaprovechado. Salvo algunas esporádicas escenas con el protagonismo absoluto de Kevin James, quíen a la hora del humor fisico se lleva los aplausos, sumada alguna intervención inteligente de James Spader -otro de los amigos incondicionales de Sandler- el film nunca alcanza el vuelo esperado y rebosa de sentimentalismo y cursilería que se acentúan promediando el final.
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  • Portadores
    Portadores
    CineFreaks
    Una trama mínima, intensa, que sabe dosificar los elementos característicos del género derivando del contagio y la enfermedad hacia la lucha por la supervivencia en un apocalipsis inminente. Portadores alcanza a cumplir las expectativas de los amantes de este tipo de propuestas para salir airosa superando a muchas producciones mediocres (la mayoria llega solo a dvd) que giran en torno a la temática zombie y se vienen reproduciendo desde hace varios años; aunque es justo aclarar que no aporta nada nuevo al género.
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  • El viaje de Avelino
    Contra viento y arena

    Tranquilamente podría haberse tratado de un film de Carlos Sorín que formara parte de sus Historias mínimas, pero en vez de tener como escenario geográfico a la fría Patagonia la acción se trasladase a la aridez y sequedad del Norte Argentino. Si bien al zambullirse en el relato uno puede encontrar puntos de contacto entre este realizador con Francis Estrada es justo reconocer ciertas características propias y un acentuado minimalismo que lo alejan del director de El perro.

    A fuerza de austeridad y con el movimiento justo de la cámara, para dejar que la travesía fluya y se convierta en el núcleo narrativo de esta historia, se puede destacar de esta propuesta la carencia absoluta de especulación emocional y la tentación de dejarse arrastrar por el dramatismo de lo que se está contando.
    Basado en un hecho real, el realizador Francis Estrada reconstruye ficcionalmente la travesía que debió realizar el propio Avelino para salvarle la vida a su pequeña hija al no contar con ningún hospital cercano a su rancho ubicado en la punta de un cerro en la localidad de Tetón, Catamarca.
    A partir de esta anécdota, Estrada plantea un cuadro de situación que hace blanco en un sector de la sociedad argentina -muy poco visitado por el cine- donde quedan expuestas la perversidad de un Estado ausente que solamente habla de federalismo y de igualdad de oportunidades con motivo de campañas políticas o discursos huecos para dejar contentos a miles de excluidos sociales que como Avelino habitan cada rincón de la República Argentina.

    Un film de neto corte naturalista donde la naturaleza presenta su faz más cruda y el paisaje se vuelve un verdadero obstáculo para llegar a destino. Una mirada profunda sobre la voluntad humana cuando las carencias de todo tipo se acumulan igual que la arena llevada por el viento.
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  • Policía, adjetivo
    El dilema del deber ser

    En Rumania por fumar un cigarrillo de marihuana pueden meterte preso por 3 años, ya que es uno de los pocos países de la órbita europea donde el consumo de drogas no está despenalizado. Tal vez esto sirva como explicación de la conducta poco institucional del protagonista de este segundo opus del realizador rumano Corneliu Porumboiu, Policia, Adjetivo, presentado en la última edición del Bafici y que ahora se estrena en dvd ampliado en algunos cines locales.

    Como se anticipaba al comienzo de esta nota, Cristi es un policía a quien se le encarga la tarea de hacer un trabajo de inteligencia para seguir los pasos y actividades de un joven estudiante secundario que cometió el pecado de fumar marihuana al aire libre con un par de amigos. Investigación que, al entrar en las redes burocráticas de la propia institución policial y en los dilemas éticos que invaden la conciencia del protagonista, se va dilatando a niveles de inercia insoportables.

    Esta densidad que se apodera de la trama subrepticiamente -a partir de un cúmulo de tiempos muertos- también contagia el espíritu de este antihéroe que a veces pasa desapercibido en un segundo plano permanente, que recuerda al personaje de Julio Chávez en El Custodio, de Rodrigo Moreno. Sin embargo, a diferencia de aquel custodio que en un momento determinado estallaba en cólera, el policía rumano implota sutilmente acopiando interrogantes y reflexiones que acentúan la brecha entre el ser y el deber ser.

    El director de Bucarest 12:08 vuelve a cargar las tintas sobre las secuelas morales dejadas tras la caída del régimen de Nicolae Ceauþescu, apelando al humor desesperanzado en diálogos filosos o situaciones cotidianas y utilizando como puesta en escena la geografía urbana de una ciudad monótona y de construcciones descascaradas, para reflejar un estado de situación y de ánimo particulares.

    Si bien la lentitud y densidad que atraviesan de manera constante el universo mínimo de Policía, adjetivo pueden jugarle en contra frente a un público poco paciente, resulta notable el juego de deconstrucción sobre el policial de investigación clásico que plantea el film, así como su fuerte carga ideológica y filosófica detrás.
    Corneliu Porumboiu, con esta segunda radiografía sobre la Rumania actual, se convierte en uno de los directores jóvenes europeos con más proyección internacional y una prometedora carrera que por el momento cumple con creces frente a las expectativas generadas, cada vez que su nombre aparece en algún festival.
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  • Encuentro explosivo
    La primera mitad de esta comedia de acción dirigida por el irregular James Mangold resulta más que prometedora al contagiarse del ritmo y vértigo de las secuencias -con una evidente intención de burla hacia sí misma- acumulando inverosimilitudes que pondrían a James Bond bastante nervioso. Sin embargo, pasada esa adrenalina, y pese a los guiños y homenajes al cine de Hitchcock, entre otros, el producto se desinfla paulatinamente como la química entre las dos estrellas: Tom Cruise y Cameron Diaz. No obstante, Encuentro explosivo entretiene y sirve como propuesta recreativa sin pedir demasiado, lo cual a esta altura de las circunstancias no es poco...
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  • Miss Tacuarembó
    El sudaca dream

    Es inevitable cuando se toman decisiones audaces, con propuestas estéticas diferentes a las convencionales, que todo salga bien y perfecto. Y de eso el artista uruguayo Martin Sastre sabe. Sus orígenes provienen del campo del videoarte con un estilo personal que se contagia de diversas influencias cinematográficas vinculadas siempre con lo bizarro y por una constante mirada crítica y mordaz frente a los modelos culturales preponderantes. Estas características se pueden ver reflejadas en algunas de sus obras más reconocidas como Lady Di, La conspiración rosa; Ride to Obama o su mensaje al Fondo Monetario Internacional nada menos que a partir de la re-contextualización de la película Carne, de Armando Bo, bajo la mítica frase ‘que pretende usted de mi’, que le significó al propio Sastre una beca para estudiar en España (lugar donde reside actualamente) como antesala de una vida que comenzó en Uruguay y con el tiempo -y por la necesidad de huir de aquel pequeño pueblo- alimentó sus aspiraciones de cruzar el charco y llegar a Europa para ser reconocido luego como un artista latinoamericano de vanguardia.

    Quizás algo de ese sueño de triunfar en el primer mundo se haya resignificado al tomar contacto con la novela Miss Tacuarembó del escritor Dani Umpi (integrante junto a Martin de un colectivo artistico llamado Movimiento Sexy), al punto que Martin Sastre tuviera la extraña idea de volverla película y anhelara contar entre su elenco con Natalia Oreiro, en quien pensó ni bien comenzó a leer el manuscrito de Umpi antes de publicarla. La historia narrada por Umpi en un tono áspero y casi autobiográfico expone las penurias de un chico homosexual en una Uruguay retrógrada además de arremeter con un fuerte anticlericalismo. Es tan sencilla y tan universal como aquellas novelas de los ochenta, entre ellas la venezolana Cristal protagonizada por la actriz Janette Rodriguez (el otro ícono del momento era Lupita Ferrer), que pululaba en la pantalla caliente argentina junto a otras con personajes masculinos llamados Carlos Alfredo o nombres tan pegadizos como ese.

    Sin embargo, pese a esa universalidad manifiesta en la pelicula de Sastre, que gira en torno a Natalia (interpretada en la infancia por la debutante Sofía Silvera tras ser elegida en un multitudinario casting por internet), una niña de 9 años que vive en Tacuarembó y cuyo sueño es cantar alguna vez frente a un gran público y convertirse en Cristal (personaje de la novela homónima) existe una esencia y frescura rioplatenses que la anclan perfectamente con una idiosincrasia y una contextualización latinoamericana sugerente y palpable desde el primer plano hasta el último.

    Ambientada en los ochenta, la monotonía de la gris Tacuarembó –departamento al norte de Uruguay- se llena de color y música cuando la Natalia del pasado, junto a su amigo Carlos (quizás un alter ego del propio Dani Umpi) ensaya la coreografía de Flashdance entre la escuela y las aburridas lecciones de catequesis impartidas por la gélida Cándida. La niña y su amigo sueñan con viajar a Buenos Aires, que para su acotado universo infantil equivale prácticamente a pisar Hollywood. Recién en la adolescencia tendrá su oportunidad de viajar si llega a ganar el concurso de Miss Tacuarembó. Sin embargo, esa niña del pasado, que debe soportar las injusticias del mundo adulto con la intolerancia y la eterna frustración, se interconecta con la Natalia adulta (interpretada por Natalia Oreiro), quien a los 30 logró huir de su pueblo para cumplir su meta en Buenos Aires trabajando junto a su fiel ladero Carlos (Diego Reinhold) en un parque temático religioso –símil Tierra Santa-, sin haber siquiera alcanzado el éxito esperado tras fracasar en cada casting en que se presenta. Ese cruce de las dos Natalias se da fragmentadamente en un vaivén temporal entre pasado y presente que forma parte de la estructura narrativa del film, que también cuenta con la caracterización de la actriz uruguaya en otro de los personajes: la fría y malvada catequista Cándida López.

    Como todo proyecto que busca una estética propia y pop, en Miss Tacuarembó, con producción de Argentina, Uruguay y España, coexisten por un lado el despojo del formalismo en pos del exceso visual en un fuera de registro constante en el que se introducen números musicales coreografiados por el actor Diego Reinhold, pertenecientes a la banda sonora del film compuesta por el vocalista del grupo Miranda Ale Sergi. Esos cuadros, que rozan cualquier coreografía elemental de programa televisivo vigente, no operan como punto de transición entre las secuencias sino que juegan un rol importante en el relato donde Sastre se contagia del ritmo y la libertad para hacer realmente lo que siente y quiere.

    Por otro lado, prevalece una apuesta constante al riesgo de plantear una mixtura de géneros que van desde el musical cursi a la parodia (estilo Todo por dos pesos) y del metadiscurso cinematográfico de los géneros más reconocibles como el melodrama de tono sentimentaloide (con un cameo de Janette Rodríguez que no tiene desperdicios) o el cine bizarro y de clase B que incluye una persecución bajo la lluvia dentro de un cementerio en un tono que evoca a esas películas de la infancia como Los Goonies.

    Algo parecido ocurría con el coctel explosivo que Fito Páez lanzaba hace algunos años desde ¿De quién es el portaligas?, cuyo punto de contacto con este debut cinematográfico del artista uruguayo Martin Sastre recae en el mismo lugar: el resultado desparejo del conjunto, con aciertos estéticos importantes y algunas buenas ideas conceptuales que no encuentran un rumbo definido cuando se entremezclan con un estilo híbrido que amalgama una mirada crítica y desafectada por una parte y por otra una mirada nostálgica y evocadora de ciertas sensaciones ligadas a otro tiempo. Esa falta de rumbo no significa en este caso un defecto mayúsculo sino que deja asentada la propuesta apelando a la complicidad emocional del público a quien está dirigido el film y que por los años ochenta vivía una infancia rodeada de ingenuidad, represión y sueños: la generación del sudaca dream.
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  • Las hierbas salvajes
    Deconstrucción de una historia de amor

    La impronta literaria es la capa que recubre la mínima trama de Las hierbas salvajes, último opus del realizador francés Alain Resnais, donde la presencia de un narrador omnisciente es la clave para entender de qué se trata esta propuesta, inspirada en la novela" El incidente", de Christian Gailly.

    El octogenario director (tiene en la actualidad 88 años) parte de una anécdota insignificante: la pérdida de una billetera tras el robo de una cartera. A partir de allí -y siempre avanzando en un terreno especulativo- se las ingenia para tejer las redes narrativas por las cuales unirá a los protagonistas George y Margueritte (André Dussollier y Sabine Azéma). Ambos llevan vidas rutinarias y grises al punto que comparten ese aspecto irremediable sin saberlo pero también la pasión por la aviación que cada uno mantiene intacta como un secreto y hace un tiempo dejaron en el olvido. ¿Podrían dos extraños encontrarse y enamorarse? Ella es piloto matriculada, pese a que se ha dedicado a la odontología y él simplemente un padre de familia, esposo y abuelo a punto de jubilarse tal vez, además de aficionado por la aviación, hobbie que abrazó gracias a su padre.

    Pese a que estas coordenadas se abren de una manera lógica en el relato, para el que Resnais despliega una batería de recursos cinematográficos como el desfasaje entre audio e imagen; el plano de la imaginación y el soliloquio; el flashback y la superposición de tiempos, resulta evidente la ambigüedad a partir de la incursión del narrador y de los erráticos rumbos que va tomando el desarrollo de la historia; incluso con la incorporación de una serie de personajes secundarios como el policía (Mathieu Amalric) o la amiga de la protagonista (Emmanuelle Devos), para quienes el director reserva un falso triángulo amoroso por un lado y un inconcluso thriller paranoico por el otro. Tampoco pueden dejarse de lado la aparición permanente de apuntes cinéfilos, revestidos con sutil ironía, en clara referencia al cine hollywoodense y sus “happy endings” forzados.

    Quizás uno de los mayores defectos del film consista en la digresión que penetra y avanza de forma constante, generando en muchas ocasiones ciertos huecos narrativos que pese al mecanismo propuesto y al concepto de la fugacidad como eje rector hacen ruido en la cohesión final. No obstante, sin ser una gran obra del director de Conozco la canción, alcanza para tomar contacto con un cine diferente que le exige al espectador mayor compromiso y atención.
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  • Shrek para siempre
    Es innegable el desgaste de esta franquicia y su derrota en el campo de la animación, reflejando falta de entusiasmo y carencia de ideas. Sin embargo, teniendo en cuenta a su antecesora se pueden rescatar algunos momentos y ensayar algún ejercicio de nostalgia por los viejos recuerdos cuando parecía que este ogro verde iba a revolucionar con su irreverencia al cine de animación y a la idiosincrasia hollywoodense...
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  • La Pivellina
    La Pivellina
    CineFreaks
    Algunos críticos han definido a esta obra maestra como representante de un nuevo neorrealismo. Lo cierto es que hay muchos puntos de contacto con aquel movimiento italiano, sobre todo con la recuperación de las imágenes de la Italia profunda y aguda que el gobierno de Berlusconi pretende no mostrar. Por otro lado, es inevitable pensar en El Pibe, del genial Chaplin, a quien se hace referencia en una foto periodística muy sutilmente. El resto lo constituye una trama mínima que gira en torno a la infancia y al desamparo sin gravedad y con una dosis de verdad espeluznante pero conmovedora y contundente a la vez, donde la cámara prácticamente se hace invisible y de a poco se inserta -como un espectador más- en ese maravilloso mundo del circo ambulante. Sin duda una de las mejores películas del año...
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  • Chéri
    Chéri
    CineFreaks
    Las edades del amor

    Pasaron más de 20 años de la unión cinematográfica entre el director Stephen Frears y la actriz Michelle Pfeiffer en la recordada Relaciones peligrosas (1988). Más de 20 años también son los que separan a Lea de Lonval (Pfeiffer) con el joven Cherí (Rupert Friend), hijo de Madame Pelaux (Katy Bates), para quien Lea siempre ha sido rival en la vida y en los negocios de las cortesanas, donde la protagonista mantiene gran ventaja frente a su oponente que con el tiempo no sólo perdió la figura sino también la compostura dentro de la alta burguesía parisina.

    Ese es el contexto, más precisamente los albores de la Belle Epoque -periodo histórico que se remonta a principios del siglo antes de la irrupción de la Primera Guerra Mundial-, en el que el director de La reina desarrolla la trama de Cherí.

    Frears explora la doble moral de la burguesía a partir de la idea de los matrimonios arreglados para introducir una genuina historia romántica entre una cortesana en retirada, la sensual Lea, y un joven hedonista e inexperto, quien llega a sus redes de seducción con el propósito de prepararse para un futuro matrimonio arreglado por su madre con la joven Edmée (Felicity Jones), de su mismo estatus.

    Igual que en las Relaciones Peligrosas lo que aquí entra en juego (más allá del tórrido romance de 6 años entre una mujer madura y un jovenzuelo) es el frio juego manipulador en el que ambas cortesanas se miden, aunque luego se precipiten las emociones por el lado de Lea traicionándose a sí misma al volver a creer en el amor.

    El guión de Christopher Hampton, basado en la novela de la escritora y periodista francesa Colette (famosa por su novela Gigi), utiliza el recurso de los diálogos para construir más acabadamente a sus personajes quitándoles la etiqueta del estereotipo -propio de aquellas épocas- donde los mayores aciertos se concentran en los caracteres femeninos, tanto del lado de la protagonista como de su antagonista, para quienes reserva diálogos filosos y sin desperdicio.

    Por otro lado, la prolija reconstrucción de época y la fotografía merecen todos los elogios, sumándose una dirección impecable que logra amalgamar una propuesta estética atractiva con encuadres pictóricos que recuerdan a las obras de Monet; otros encuadres recargados de objetos y colores muy relacionados con el barroquismo que contrastan con la simpleza de los cuerpos a la hora de mostrarlos en la intimidad, despojados de todo maquillaje y pompa.

    En ese sentido la transformación emocional que sufre Lea encuentra su paralelismo con el cambiante vestuario que porta durante el film y en el paulatino desprecio por lo artificioso de aquella vida sumida en la hipocresía y en la falsa idea de que el tiempo no pasa y que para el amor no hay edades imposibles.
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  • Eclipse
    Eclipse
    CineFreaks
    Entre el paroxismo de la corrección política, la bajada de línea catolicista, los pectorales anabolizados al viento y la enorme torpeza narrativa que arrastra desde su primera entrega, quizás Eclipse venga a cerrar –por el momento- una de las trilogías más anodinas e insulsas que haya entregado el cine, desvirtuando los conceptos de vampirismo e inmortalidad de una manera lamentable. No alcanza en lo más mínimo justificar a este bodrio como sólo destinado a adolescentes para eximirlo del escarnio público, que gracias a la densidad de este tercer capítulo resuena con mayor fuerza y violencia para todo aquel espectador ávido de emociones fuertes.
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  • Veronika decide morir
    Filosofia barata y zapatos de goma

    Quien haya tomado contacto con alguna de las novelas del escritor Paulo Coelho sabrá -más allá de su escaso valor literario- acerca de su filosofía positivista frente a los avatares de la vida y podrá palpar esa impronta de libro de autoayuda que tantos best sellers ha logrado imponer, siendo uno de los escritores más traducidos del siglo.

    Verónika decide morir (el libro se llama igual que la película) es una novela publicada por el brasilero en el año 1997, ambientada en Eslovenia -`la pelicula transcurre en Manhattan-, que básicamente gira en torno a la revalorización de la vida a partir de la amenaza de la muerte o, en otros términos, pensar que para recuperar la intensidad de la existencia es necesario someterse a una gran pérdida.

    Así las cosas, finalmente llegó la adaptación cinematográfica a cargo de la realizadora Emily Young, quien además contó con un elenco prometedor encabezado por Sarah Michelle Gellar en el rol de Verónika; David Thewlis interpretando al doctor Blake, jefe de un hospital psiquiátrico; Jonathan Tucker en la piel de Edward, un paciente que tras un trágico accidente donde perdió a su familia quedó mudo y en un estado casi catatónico, y finalmente la participación de Melisa Leo como Claire, quien jugará las veces de antagonista del doctor Blake (David Thewils).

    Basta con el recurso de la voz en off para ponernos al tanto como espectadores de la angustiosa vida que lleva Verónica y su desencanto total con la vida, al punto de decidir suicidarse con la ingesta de pastillas. Tras dos semanas en coma, ella despierta en la cama de un psiquiátrico privado donde se le comunica que le quedan pocos días de vida, pues la sobredosis dañó sensiblemente su corazón.

    A partir de allí, el relato transitará por los lugares comunes y la protagonista experimentará, entre pesadillas y epifanías –bastante cursis por cierto-, una suerte de nuevo pacto con lo vital para volverse a enamorar tanto de Edward como de su nueva y aplastante existencia.

    Sin anticipar el final, debe decirse que Verónika decide morir es un drama bastante predecible a pesar de las buenas actuaciones de Sarah Michelle Gellar y Melisa Leo, quienes desde sus respectivos papeles aportan algo de emoción a la trama bajo una correcta dirección y una acogedora banda sonora.
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  • Plan B
    Plan B
    CineFreaks
    Chico busca chico

    Dice el dicho: ”No hay peor ciego que aquel que no quiere ver”, y no por casualidad la referencia a no ver llega de manera irónica en este debut en el largometraje del director Marco Berger (su cortometraje El Reloj ya recorrió varios festivales, entre ellos Cannes). Lo de la ceguera simbólica alude al título de una serie ficticia llamada “Blind” -símil Lost- que los protagonistas comparten como gusto secreto.

    La premisa de Plan B es la del cazador cazado a raíz de un doble juego de seducción entre Bruno y Pablo (Manuel Vignau, Lucas Ferraro). Pablo es el novio de Laura (Mercedes Quinteros), la ex de Bruno. El plan remite a la idea que este tiene para recuperar a su ex pareja: seducir al novio de ella, su enemigo en apariencia, para el cual prepara un meticuloso acercamiento y posteriormente ganarse la confianza al hacerse amigo; acercándose primero como compinche y luego como algo más, en un juego donde la manipulación del otro quedará expuesta desde el primer minuto. Al mismo tiempo, mientras intenta seducir a su presa, Bruno mantendrá encuentros sexuales con Laura exponiéndose a una situación de riesgo si ella llegara a descubrir que frecuenta a su actual pareja, con quien ella no se entiende demasiado bien en la cama.

    Sin embargo, no todo es lo que parece, o mejor dicho “no todo luce como se debe ver”. La inmediata camaradería entre ambos protagonistas se convierte en una buena excusa para regresar a los códigos de la infancia más temprana entre charlas y momentos compartidos en la intimidad; etapa en que la ingenuidad y la búsqueda de la identidad permiten experimentar con alguien del mismo sexo sin que eso implique un contacto sexual o una definición sobre la orientación sexual elegida.

    La propuesta de Berger resulta original al tratarse de un tema remanido en el cine, como el de la confusión de identidad, pero en este caso además la película toca otras aristas humanas, como por ejemplo el ser y el parecer, los roles sociales que cada uno juega en los grupos con los que interactúa.

    Un film original, diferente y audaz que cuenta con las muy buenas actuaciones de Manuel Vignau y Lucas Ferraro, quienes a fuerza de naturalidad resultan creíbles, sumándose la buena dirección de una cámara atenta pero no agobiante que les permite desempeñarse con mayor libertad.
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  • Karate Kid
    Karate Kid
    CineFreaks
    A pesar de lo excesivo de la duración, esta remake del original conserva la esencia de lo que fuera uno de los hitos del cine ATP de los 80 para conformar a aquellos que siguieron la saga atentamente y seducir a un nuevo público para el cual el film se reserva características particulares de la época, como la referencia a los video juegos en la puesta en escena del torneo final. Jaden Smith demuestra no sólo ductilidad a la hora de actuar sino una destreza física impresionante, y Jackie Chan lo secunda sin ningún esfuerzo aunque con menos carisma -es cierto- que Noriyuki “Pat” Morita...
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  • Brigada A
    Brigada A
    CineFreaks
    Una versión cinematográfica que le hace muy bien a esta sobrevalorada serie de los 80''s, con un casting muy bien elegido y el humor y la acción necesarias para entretener lo suficiente a los fanáticos de Aníbal y Cía. y a quienes no lo fueron tanto. Pese a la trama que presenta ciertos baches narrativos en una seguidilla de flashbacks y vaivenes que en parte empantanan al relato, el grupo de guionistas sale airoso con la planificación de las secuencias de acción, donde el despliegue de efectos especiales no genera mayores conflictos entre la técnica y la sucesión vertiginosa de acontecimientos...
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  • La carretera
    La carretera
    CineFreaks
    El fin de los días

    Basada en la novela "The road" del escritor estadounidense Cormack Mc Carthy y ganadora del premio Pulitzer en el año 2007, La carretera puede encuadrarse dentro del ámbito de los relatos post-apocalípticos como la reciente El libro de los secretos, aunque trasciende –narrativamente hablando- ese terreno para abrazar un combo de géneros cinematográficos bastante ecléctico: el melodrama familiar, el western urbano y ciertos tópicos del cine de terror.

    A partir de una puesta en escena concentrada en las ruinas que ha dejado un cataclismo de dimensiones importantes destruyendo a casi toda la civilización, la trama se enfoca en las peripecias que debe sobrellevar un padre (sensacional Viggo Mortensen) junto a su hijo (Kodi Smit- Mc Phee) en una constante lucha por la supervivencia, que tras la muerte de su madre (Charlize Theron, sobria) se hace aún más problemática y conflictiva frente a un entorno plagado de hostilidad y peligros.

    El director John Hillcoat, quien ya había demostrado una interesante desempeño en el atípico western The proposition (2005) concibe un film desolador y emotivo que no necesita de espectaculares efectos ni de coreografías de acción para sostener una atmósfera de gran tensión dramática, en la que la amenaza del canibalismo siempre llega como indicio más que como idea medular para no recaer en la morbosidad gratuita.

    Por otro lado, pueden encontrarse en esta suerte de lucha dialéctica entre la fe y el nihilismo planteos acerca de la religión y la existencia humana. El tiempo adecuado para la reflexión y la sobria elección de los diálogos para despojar de parlamentos altisonantes a una historia trágica que no precisa de grandes golpes de efecto, es otra de las virtudes de esta película. En algunos tramos las reminiscencias a las películas de zombies resultan más que evidentes así como la incursión de ciertos tópicos afines al western como la territorialidad, la autodeterminación y el constante coqueteo entre lo instintivo y la razón, sin dejar desprovisto el melodrama que hace hincapié en la relación padre-hijo por sobre todas las cosas.

    A esa sumatoria de aciertos que se reflejan gracias a la buena elección de un elenco encabezado por Viggo Mortensen pero que cuenta con grandes secundarios como Robert Duval y Guy Pearce, entre otros, se le debe sumar un final poco complaciente y de una honestidad que para los tiempos que corren parece difícil alcanzar sin realizar concesiones o estar sujeto a los humores de una industria cada vez más conservadora y errática como el Hollywood de hoy día.
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  • Flame y Citrón
    Flame y Citrón
    CineFreaks
    El realizador y guionista Ole Christian Madsen revela una mirada revisionista sobre la participación de los daneses en el régimen nazi, para apostar por una propuesta narrativa audaz concentrada en la lucha de dos activistas de la resistencia que eran partícipes de un grupo armado aniquilado por la Gestapo. Espionaje, contraespionaje, lealtades, traiciones y una historia de amor plagada de tragedia y dolor con un inteligente uso del material de archivo y descollantes actuaciones de sus protagonistas forman parte de esta más que interesante obra con tintes de cine político y testimonial...
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  • Francia
    Francia
    CineFreaks
    Con ciertas reminiscencias al film Bolivia, Caetano amalgama estilos y experimenta con este drama de familia disfuncional intimista al que agrega para romper la densidad de la narración, diferentes recursos cinematográficos con resultados dispares. Sin embargo, en su conjunto, pese a la digresión constante como parte de una estética fragmentaria que respeta el punto de vista de una niña de 12 años, el relato tiene cohesión y el poder de síntesis habitual de este realizador. Natalia Oreiro entrega una performance ajustada y demuestra (aunque ya no es necesario) que es una muy buena actriz, capaz de salirse de los moldes televisivos que tantas veces se le achacaron...
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  • New York, I love you
    Manzana arenosa

    Si Paris ya tuvo su película, que reunía nada menos que a veinte directores en Paris, je t''aime (2006) y Tokio estuvo presente en un tríptico intitulado igual que la ciudad, Nueva York merecía la misma suerte cinematográfica. Sin embargo, la ausencia de grandes directores se hace notar en esta fallida producción colectiva compuesta por once cortometrajes de ocho minutos cada uno que forman parte de New York, I love you.

    La consigna que cada realizador, entre quienes se encuentran la india Mira Nair, el turco Fatih Akin, el egipcio Shekhar Kapur y hasta la actriz Natalie Portman en su debut detrás de las cámaras, debió respetar consistía en: dos días de rodaje y uno de edición para conformar este mosaico, cuyo denominador común no es otro que el espacio y el tiempo.

    Los resultados de las propuestas son dispares, aunque en todas prevalece la idea de reunir diferentes etnias como característica cosmopolita de la ciudad, así como dejar bien presente a Manhattan donde transcurren gran parte de los capítulos. No faltan los actores de renombre como la ya mencionada Natalie Portman, Ethan Hawke, Julie Christie, John Hurt, Eli Walach, Cloris Leachman, a los que se suman Maggie Q, Shia LaBeouf (en un rol poco habitual), Cristina Ricci, Andy García, por citar a los más representativos. No obstante, ante tamaña galería de estrellas no hay un contrapeso de calidad en cuanto a los directores y eso se evidencia en cada episodio de este deslucido film colectivo.

    Sin dudas, el segmento más atractivo, con un pseudo homenaje a los diálogos filosos de Woody Allen (el gran ausente tratándose de Nueva York), es aquel protagonizado por la pareja de ancianos formada por Elli Wallach y Cloris Leachman, dirigidos por Joshua Marston. En una escala menor se puede mencionar el fragmento del chino Wen Jiang, una suerte de duelo entre ladrones donde Andy García se lleva los laureles; la siempre efectiva historia de ”levante callejero” en manos del francés Yvan Attal con Ethan Hawke y Maggie Q, sumándose a la reunión la típica página emotiva a cargo de Shia LaBeouf y Julie Christie y el reflejo del cosmopolitismo representado en el bloque protagonizado por Natalie Portman bajo las órdenes de Mira Nair.

    El resto de los relatos pasa casi desapercibido, sin mayores atractivos para clausurar a este intento de homenaje con muy poco brillo.
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  • Toy Story 3
    Toy Story 3
    CineFreaks
    Aquellos viejos y queridos juguetes

    Pasaron 11 películas y la incipiente revolución tecnológica, con su vedette del 3D, parece no haber afectado a los estudios Pixar sino todo lo contrario, porque la usina creativa desplegada en Toy Story 3 lejos de apagarse se encendió para el regocijo de todos los que miraban con nostalgia aquellas dos gemas que comenzaron esta saga. Nunca habrá un mejor desenlace para una trilogía que volver a las fuentes manteniendo una coherencia conceptual admirable, pero siempre adaptándose al paso del tiempo sin apelar al reciclado de viejas fórmulas, aunque apegándose afectivamente a esas criaturas digitales tan entrañables para el público.

    Alguna vez se dijo que aquellos integrantes de Pixar podían definirse como adultos con alma de niños, dado que siempre estuvo presente en cada una de las aventuras pensadas el riesgo que implica el juego y la confianza de saber que si la historia es sólida y creíble -en términos de verosimilitud- se llega a buenos resultados, pese a que la apuesta para lo que vendrá sea mayor con cada proyecto.

    Por eso, si hay algo que esta tercera entrega cuida es la idea de poner la historia por encima de la técnica; y esta historia trae de vuelta a aquellos viejos y queridos juguetes que conocemos: el cowboy Woody (Tom Hanks), Buzz Lightyear (Tim Allen), Jessie la vaquera (Joan Cusack), Rex (Wallace Shawn), la pareja de señores Papa, entre otros, a los que se suman nuevas atracciones como Lotso (Ned Beatty), un oso de peluche resentido; un bebé con una mirada siniestra y hasta el mismísimo Ken (Michael Keaton), quien conoce a su Barbie.
    Sin embargo, la síntesis conceptual que faltaba para corroborar la creatividad de los hacedores de Toy Story llega en Día y noche, el cortometraje que antecede al film. Aquí, la fusión entre el 2D y el 3D se genera a partir de una idea brillante y con una potencia visual increíble.

    Resulta imposible para quien no haya establecido una relación afectiva con algún juguete de la infancia comprender cuál es la esencia de esta trilogía, que no sólo es un profundo y nostálgico viaje hacia la niñez -con su pureza e ingenuidad características- sino una celebración de la imaginación para la que sólo se necesita una mente abierta y libre de prejuicios, como la que pueden tener algunos niños aún en tiempos de internet, celulares y criaturas como Barney. Ese es el caso de Andy, a quien vemos al comienzo en un video hogareño disfrutando de sus juguetes y que en la actualidad dejará el hogar para ingresar a la Universidad.

    Es decir, que si bien los muñecos se mantienen intactos y no cambian, lo contrario ocurre con sus dueños que crecen y se transforman en adultos para luego olvidarse de los viejos tiempos. Así se plantea el conflicto que divide al grupo en oposición a la fidelidad irrenunciable de Woody, para quien no existe otra chance que la de permanecer junto a su antiguo dueño, aunque la posibilidad de ir a parar a la basura resulta probable y completamente lógica tratándose de un adolescente en plena transición a la adultez.

    El resto de la historia no es conveniente adelantarlo aquí ni anticipar al lector una serie de sorpresas en función a la trama con el ojo puesto en el humor físico; en los diálogos inteligentes y en la más pura aventura para la cual el 3D es sencillamente un plus que no le quitará ningún mérito a la versión en 2D.

    Así como la mirada profunda de Woody nos conecta con el candor y la alegría de la niñez, cada plano de esta gran película dirigida por Lee Unkrich (co-director de Toy Story 2, entre otras) nos devuelve la magia del cine más puro y menos artificioso.
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  • Cartas a Julieta
    A medio camino entre la cursilería y el romanticismo, Cartas a Julieta parte de una premisa interesante pero opta por el camino equivocado cuando se vuelve predecible y el interés por saber cómo termina la historia se apaga paulatinamente. Sin embargo, la buenas actuaciones de un elenco ajustado la elevan un peldaño por encima del resto...
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  • El refugio
    El refugio
    CineFreaks
    Entre dos pulsiones

    Sin duda, puede establecerse una conexión temática entre El refugio y Ricky, ambas obras del director francés François Ozon, desde el punto de vista reflexivo sobre la maternidad sin un enfoque idílico y falso y con el ascetismo característico de este realizador. Más allá del viraje hacia la fantasía que se proponía en Ricky, uno de los interrogantes que sobrevolaba subrepticiamente el relato obedecía a la pregunta de porqué se traen niños a un mundo tan poco agradable, con familias rotas y un excesivo grado de egoísmo en cada uno de los futuros padres.

    La primera vinculación entre estas historias la constituye el hecho de que se está hablando de embarazos no deseados; de hijos que llegan por accidente o descuido y no como concreción de un deseo genuino. No obstante, Ozon no cae en el reduccionismo de problematizar el fenómeno sino que intenta, sin forzar las situaciones, encontrar matices positivos sobre dos hechos trascendentes, que mal que les pese a sus protagonistas conllevan a una transformación emocional directamente proporcional a la dialéctica atracción-rechazo -que opera de manera constante- con su contracara de dolor-alegría.

    Esa incertidumbre encuentra en el caso de El refugio una plataforma conceptual más que interesante desde el punto de vista de su protagonista Mousse (Isabelle Carré, embarazada realmente durante el rodaje) una joven de clase media, adicta a la heroína, quien pierde a su novio Louis (Melvil Poupaud) por una sobredosis y debe decidir si continúa con el embarazo o aborta. El apego que la unía a su pareja no podría encolumnarse dentro de la etiqueta de amor, aspecto que termina por develarse cuando la familia del fallecido le pide cortar con los eslabones de la ascendencia sin un atisbo por parte de ella de rechazo o indignación. Sin embargo, ya recluida en una casa de campo, lejos de Paris -que le pertenece a uno de sus amantes ocasionales-, recibe la ingrata visita de Paul (Louis Ronan-Choisi), hermano homosexual de Louis, quien llega con todas las intensiones de pasar una estadía junto a ella. Aunque el rechazo a la compañía resulta -en un principio- más que evidente, también es cierto que la soledad y ciertos recuerdos de su novio comienzan a aparecer generando en la joven Mousse un estado de confusión que la sensibiliza y de a poco irá destruyendo una coraza emocional con la cual guarda distancia del entorno, mientras continúa con su embarazo y con su recuperación de las drogas.

    Así va transcurriendo una trama despojada completamente de sensiblería por parte del director y guionista, quien mantiene un registro naturalista e intimista hasta el final en donde las pulsiones de vida y muerte se entrelazan de manera constante pese a que lo vital se expresa y manifiesta con mayor fuerza reflejándose –simbólicamente- en un vientre que crece y por el que resuenan los ecos del miedo, la inseguridades y las señales de la fragmentación en los afectos rotos.

    La virtud del cineasta francés reside principalmente en encontrar un espacio definido entre la frialdad y el despojo emocional, que sintoniza simétricamente con los estados anímicos de los personajes pero sin perder la sensibilidad humana que siempre ha caracterizado su cine.
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  • Los senderos de la vida
    Una sencilla y deliciosa historia que mantiene un medio tono asombroso a cargo de dos hermanitas que tras ser dejadas en lo de una tía porque su madre no puede hacerse cargo de ellas transitan por una infancia cargada de carencias afectivas, pero sin embargo encuentran afecto en las personas menos indicadas. Los juegos y el pronto regreso de su madre terminan sumando a esa triste realidad una cuota de ilusión y esperanza. Brillante dirección de la realizadora coreana So Yong Kim, quien ganara con su película anterior, In Between Days, un premio en el BAFICI de hace dos años..
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  • La última canción
    Chantaje emocional y van...

    Si hay algo que le faltaba a la cantante pop Miley Cyrus, quien interpretara el personaje de Hanna Montana, es pretender crecer actoralmente hablando cuando las limitaciones son tantas y tan evidentes. Pero como Hollywood insiste en vender productos para pre-adolescentes, quienes se identifican con esta chica, resultaba predecible que se subiera al proyecto de recrear un best seller rosa del popular escritor Nicholas Sparks (también responsable junto a Jeff Van Wie del guión de este bodrio) orquestado completamente para explotar la figura de Miley para quien se reserva un elenco compuesto -lamentablemente- por el gran Greg Kinnear y Kelly Preston, ambos en los roles de padres, junto a un simpático niño llamado Bobby Coleman, a la sazón hermano menor de la susodicha y relevo cómico “anche” dramático para cubrir sus falencias interpretativas. A eso se le suma el galancito de turno, Liam Hemsworth, -oriundo de Australia- que encarna al chico rico con tristeza.

    Este pastiche con tufillo televisivo dirigido por Julie Anne Robinson se monta en el género melodramático exacerbando los dos tópicos básicos que resumen las novelas de Sparks (algunas de ellas llevadas al cine como Querido John): el amor y la tragedia enmascarada en una enfermedad.

    Ronnie (Cyrus) mantiene una actitud de rebeldía frente a su padre Steve (Greg Kinnear) tras sentirse abandonada por éste cuando decide separarse de su esposa Kim (Kelly Preston) y mudarse a las costas playeras, bien alejado de la ciudad de Nueva York. Sin embargo, debe pasar las vacaciones de verano junto a su hermano Jonah (Coleman) en la casa de su progenitor, sobre quien pesa la sospecha de haber sido responsable del incendio de la iglesia del pueblo al punto de dejarlo segregado de la comunidad. Parte de la rebeldía de la protagonista radica en abandonar los estudios de piano -pese a su talento- dado que esa es una de las cosas que tiene en común con su padre. No obstante, habrá lugar para el primer amor y para el operativo de reblandecimiento que tiene por objeto reconstruir los vínculos rotos entre padre e hija bajo el pretexto de vender una banda sonora.

    Una galería de personajes planos y tan elementales como los cinco acordes que imparte la melodía que corona al film, La última canción forma parte de un chantaje emocional orientado exclusivamente a la rama femenina del target adolescente, que seguramente suspirará por Will y sufrirá como Ronnie los avatares de una existencia acartonada y vacía.

    Lamentablemente no será la última película de este estilo ni tampoco la primera en romper siquiera el molde de la obviedad y la cursilería.
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  • Legión de ángeles
    Aquellos que conozcan la serie televisiva Supernatural se sentirán defraudados al tomar contacto con este insípido largometraje que retoma la idea del enfrentamiento entre los arcángeles en las postrimerías del Apocalipsis. Cualquier episodio de la serie antes citada es infinitamente superior y mucho más complejo a nivel narrativo que esta lamentable copia...
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  • Bye Bye Life
    Bye Bye Life
    CineFreaks
    Al filo del reality

    Bye, bye life por un lado nos plantea un dilema que se relaciona intrinsecamente con la ética en el cine y por otro nos propone reflexionar acerca de los límites de la representación cinematográfica. Sin embargo, la audacia y honestidad del actor y director Enrique Piñeyro despeja esos interrogantes en una propuesta documental anómala que expone el artificio y se adentra en la intimidad de una persona enferma de cáncer sin especulaciones sensacionalistas, pero con el convencimiento de registrar todo lo que sucede a su alrededor.

    Quizá una forma de ofender a la muerte sea trascender en una foto o en un fotograma. Tal vez este fue el pedido implícito que la escritora y fotógrafa Gabriela Liffschitz le hiciera al realizador de Whisky Romeo Zulu al enterarse de que le quedaban pocas semanas de vida. Este singular documental nace entonces de la urgencia y como tal refleja -como pocos- el caos y los vaivenes emocionales al correr contra reloj.

    También podría decirse que se trata de una película que documenta las últimas horas de una enferma de cáncer en un set cinematográfico, rodeada de cámaras, amigos, actores y actrices que van a interpretar a la protagonista en escenas que nunca se ven, y que procura captarla en todo momento y retratarla a veces con sus aires de diva y otras en el embotamiento y el cansancio al que decide someterse.

    Las discusiones con Piñeyro y esa sensación de no saber qué hacer o cómo contenerla se mezclan a veces con el sarcasmo de Gabriela Liffschitz, quien no pudo ver terminada la obra; con su intención de desdramatizar la situación, pero sobre todo con su voluntad que se va apagando de a poco en un film inclasificable, polémico, aunque fascinante al mismo tiempo.
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  • Por tu culpa
    Por tu culpa
    CineFreaks
    Juegos violentos

    En los universos que se juegan en los filmes de la realizadora Anahí Berneri existe un "antes” invisible que funciona como reflejo de lo que sucede en el aquí y ahora. Así, el protagonista de Un año sin amor nos informaba mediante una elipsis de un año sobre su enfermedad del S.I.D.A., sin ahondar en su pasado y con el acuciante presente encima; la actriz encarnada por Silvia Pérez en Encarnación trataba de encontrar en un buscador de internet vestigios de aquellos días de gloria en el cine y la televisión. Ahora en Por tu culpa somos testigos del mismo mecanismo porque asistimos a una situación de desborde protagonizada por Julieta (Erica Rivas, brillante) junto a sus dos hijos Theo y Valentín (Zenón y Nicasio Galán) de dos y nueve años respectivamente.

    Ellos deberían estar durmiendo porque ya es tarde, pero sin embargo permanecen más que despiertos y sobreexcitados, en un departamento atestado de juguetes y el ruido de un televisor que proyecta dibujos animados. Mientras tanto, con un ojo puesto en ellos y otro en la computadora, Julieta intenta concentrarse en transcribir una entrevista a madres jóvenes -igual que ella- quienes contestan sobre las bondades de un producto light en lo que puede interpretarse como entrevistas banales para lanzar un nuevo yogurt.

    La presencia del padre no existe, salvo por un llamado de apuro donde le anuncia el atraso del vuelo y, subrepticiamente, le reclama mayor control de una situación que acumula tensión y presagia lo peor. Pasa lo que tiene que pasar y Julieta debe salir sola, cargar el auto con sus hijos para que revisen a Theo en el hospital. El niño, en un confuso episodio de forcejeo con su madre, se golpea la cabeza al caerse .A partir de ahí un cúmulo de miradas cómplices; preguntas inquisidoras sobre Julieta y su hijo mayor acrecentarán una atmósfera asfixiante y pesadillesca.

    Lo que podría definirse entonces como un drama intimista puertas para adentro traspasa la barrera de lo íntimo; de lo oculto; para volverse público y exteriorizarse sobre un entorno demasiado indiferente y hostil a la vez, que pone en jaque la idea de maternidad y responsabilidad de las parejas jóvenes, así como reflexiona sobre el -románticamente llamado- instinto maternal.

    Si bien este tercer largometraje de Anahí Berneri –elogiado por la crítica en el último festival de Berlín- no pretende calzarse el sayo de juez y parte, se sumerge con sutileza e inteligencia en un camino reflexivo acerca de los roles masculinos y femeninos en un mundo cada vez más individualista y donde el concepto de familia nuclear prácticamente ha desaparecido. Pero no se trata aquí de la disfuncionalidad, dado que lo que se desprende de la escasa información que va sembrando el guión, coescrito por Berneri junto a Sergio Wolf, no es otra cosa que una cruda exposición de la cotidianidad y el caos habitual que atraviesa cualquier familia de clase media cuando los límites no se tienen en cuenta.

    La directora consigue mantener la tensión dramática al ordenar el relato en el lapso de una noche en donde la ambigüedad y el interjuego entre víctimas y victimarios ocupan un primer plano, sumado a la distancia que conserva la cámara sobre sus personajes con una notable dirección en la que se lucen Erica Rivas y los dos hermanos (quienes son hermanos en la vida real).

    Tan universal como su título, la tercera obra de Anahí Berneri habla sin vueltas de las culpas: aquellas de las frustraciones de los adultos depositadas en los chicos; las de las parejas que se achacan los fracasos y en definitiva la más humana cuando está en juego el deseo y la construcción de la identidad.
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  • Regreso a la mansión Brideshead
    Elogio de la culpa

    Basada en la novela de la escritora Evelyn Waugh, Regreso a la mansión Brideshead se instala dentro de lo que podría denominarse melodrama preciosista ambientado en un contexto aristocrático con un fuerte componente religioso detrás.

    Si hay algo que determina la poca acción de cada uno de los personajes involucrados en la trama, que arranca a fines de la Segunda Guerra Mundial con los recuerdos de Charles Ryder (Mathew Goode) al regresar a la citada mansión del título, sin dudas es un elemento culpógeno donde la única redención posible sería la muerte.

    A partir del racconto de sucesos que remontan al relato a la juventud del protagonista, el director Julian Jarrold construye una historia que abusa, en el peor sentido, del academicismo llevando a la película -sobre todo en la primera mitad- a un terreno de morosidad que apenas alcanza para conocer un poco mejor a los personajes y a sus conflictos. Esa lentitud se va disipando cuando surge la figura de Lady Marchmain (Emma Thompson), dueña de la mansión, que ejerce el control psicológico sobre sus dos hijos, Julia (Hayley Atwel) y Sebastian (Ben Whishaw) bajo la rectitud religiosa.

    Por eso la llegada de Charles, un aspirante a pintor de clase media -oriundo de Paddington- que se gana inmediatamente el aprecio de Sebastian en la Universidad de Oxford, genera en la fría casona curiosidad y reparos, aunque sin poder negar cierta fascinación.

    El contacto con los códigos estrictos de la aristocracia, sin embargo, no impide a Charles disfrutar de un mundo rico en lujos para el que sólo debe entregar su tiempo junto a Sebastian, quien no tarda en revelarle su tendencia homosexual, condición humillante para su madre que lo acepta como pecador sin otro remedio. A pesar de las insistentes miradas del muchacho, el pintor deseado ve con otros ojos a Julia y se enamora perdidamente de ella, pero su condición de ateo y pobre le impiden proponerle matrimonio.

    Si bien pueden encontrarse en Sebastian una serie de elementos que lo aproximarían a la figura de Oscar Wilde, su personaje no representa otra cosa que el estereotipo del homosexual burgués y torturado, ya que carece de la inteligencia y el cinismo del famoso escritor inglés. Lo mismo ocurre con la abnegada Julia, quien no puede destruir los mandatos maternos ni las ataduras morales que no la dejan ser feliz.

    A diferencia de Expiación, deseo y pecado, esta adaptación de otra novela exitosa se preocupa demasiado por mantener la forma, como podía ocurrir con algunos filmes de la dupla Merchant-Ivory: ricos en reconstrucción y valores artísticos pero vacíos en contenido y redundantes en ideas; productos estilizados, camuflados en la etiqueta de film serio, que no pasan de ser meros ejercicios de formalismo cinematográfico.
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  • Dioses
    Dioses
    CineFreaks
    Los nuevos ricos peruanos

    Todo aparece a medias en Dioses, coproducción argentino-peruana dirigida por Josué Mendez bajo un registro que oscila entre la parodia -sin ahorrar estereotipos- y el costumbrismo televisivo, con un elenco dispar y en algunos casos demasiado ampuloso. Esa medianía influye negativamente en las historias que se van entrelazando a medida que dos puntos de vista toman el control del relato: el de Elisa, una joven coya venida a más que acaba de entrar por la puerta grande al mundo de la clase alta peruana, seduciendo a un hombre mayor que ella de muy buena posición económica que no tarda en consentirle sus caprichos; y por otro lado el punto de vista de Diego, el hijo mayor y elegido por su padre para continuar el reinado de una empresa metalúrgica, quien secretamente siente una atracción sexual por su hermana Andrea.

    Ambos personajes, tanto Elisa como Diego, comparten dos cosas en común: una casona decorada al mejor estilo kitch rodeada de objetos y empleadas domésticas y la sensación de no pertenecer a ninguna parte, pese a provenir de distintas clases sociales e historias de vida muy diferentes. Diego parece sentirse atrapado en ese mundo vacío y materialista que lo rodea aunque procura mitigar su dolor concurriendo a fiestas donde su hermana Andrea siempre da la nota con algún hombre o emborrachándose. Por su parte, Elisa procura a toda costa integrarse en el mundo snob de las mujeres burguesas que se reúnen a discutir versículos de la biblia mientras toman el té, y disimula su aburrimiento ensayando poses y gestos frente al espejo como parte del precio que esta dispuesta a pagar para arribar a una clase social que antes veía sólo por televisión.

    Con un aire de tragedia que nunca termina por concretarse y sin superar los rasgos característicos que definen a las clases sociales, el film (que data del año 2008 y recién se estrena en los cines locales) se estanca en el juego de formas para abandonar conscientemente el contenido y se vuelve predecible, incluso con ciertas vueltas de tuerca en la trama que no hacen más que confirmar la hipocresía de los ricos frente a la sencillez de los pobres.
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  • El príncipe de Persia
    Habrá que ver cuál será el futuro de esta versión cinematográfica sobre el popular videojuego amparado bajo la tutela del Midas Hollywoodense Jerry Bruckheimer, en un intento desesperado por reemplazar a la franquicia de los Piratas del Caribe. Por el momento la primera entrega de El Príncipe de Persia convence, entretiene y demuestra el buen ojo por parte de los productores en la elección del protagonista Jake Gyllenhaal, quien se erige a partir de este momento como un nuevo héroe del mainstream y como otra gallina de los huevos de oro para la industria. Una historia básica que utiliza de manera funcional los efectos especiales y visuales, que abandona con inteligencia los vicios del videojuego para abrazar los principios del cine de aventuras. Sin duda Alfred Molina se roba los aplausos como uno de los mejores relevos cómicos de los últimos años.
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  • Los mejores de Brooklyn
    La acción pendular entre la culpa y la redención es el nexo conductor de este policial tortuoso del director de Día de entrenamiento, que pese a un desenlace un tanto forzado logra la tensión justa para desnudar los mecanismos perversos del accionar policial tan poco cuestionado por el cine Hollywoodense...
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  • Zenitram
    Zenitram
    CineFreaks
    Más argentino que el dulce de leche

    ¿Cómo sería un superhéroe argentino?; ¿Qué poderes tendría?; ¿Contra quienes pelearía?; ¿Cuál sería su debilidad? Quizás el escritor argentino Juan Sasturain se hizo las mismas preguntas a la hora de imaginar el destino de un hombre común, Rubén Martinez (palíndromo de Zenitram), de profesión basurero en una Buenos Aires del 2025 devenido superhéroe; o copia sudaca de Superman con calzas azules y capa azul y oro, fiel a la iconografía boquense.

    Esa Z que corona su traje podría representar su estatus o posición ante el panteón de los superhéroes en serio, incluso por debajo del Chapulín Colorado, con mucho menos astucia que el mexicano y mucha más carnadura humana y porteña que exacerba el típico prototipo de chanta argentino.

    Por eso si hay algo que no puede refutársele a Zenitram, hay un argentino que vuela, del director Luis Barone, es ese rasgo indeleble de argentinidad y por consiguiente de cine argentino con sus pros y sus contras en partes equitativas. Precisamente para una mejor lectura, el film debe desglosarse separando por un lado las intenciones y por otro los resultados conseguidos en la pantalla.

    Como no podía ser de otra manera, el llamado a la aventura para Rubén Martinez (Juan Minujin) ocurre en un baño público en el momento en que se acaba de enterar que perdió su empleo de recolector de basura. Allí, un misterioso hombre le anuncia que es el elegido, el salvador, y a partir de ese momento el personaje transitará por todas las peripecias propias de cualquier persona extraordinaria: un ayudante que en este caso será un periodista (Luis Luque) que se convierte en su asesor de imagen (cualquier similitud con Hancock es mera coincidencia) y narrador en off de la historia tragicómica, punto donde se advierte la impronta literaria de la fuente original.

    Tampoco hay héroes si no hay antagonistas y debido a ello el villano de turno es un empresario español (Jordi Mollá), quien bajo la falsa figura de benefactor que invierte en un país tercermundista -con la complicidad del poder político- pretende apoderarse de las reservas de agua tras una prolongadísima sequía que azota a una desolada ciudad, urbe que refleja la mueca de un sueño de gigantes pensado por hombres mediocres.

    Esa mediocridad, mezclada con algo de grotesco, costumbrismo, sátira política y tono grandilocuente -que a veces exagera el discurso y otras logra contagiarse del léxico sencillo y lúcido-, motoriza la trama del irregular film de Luis Barone sin resolver qué dirección tomar: la ironía al estilo Todo por dos pesos o una crítica de mayor profundidad reflexiva acerca de la idiosincrasia argentina o el ser nacional.

    No obstante, la puesta en escena de una ciudad que reúne grandes edificios, monumentos, miseria en las calles y reminiscencias de varias metrópolis cinematográficas, es un aspecto que debe destacarse. No ocurre lo mismo con las desiguales actuaciones, en donde Juan Minujin procura escapar del estereotipo pero no consigue despojarse del fantasma de Maradona que lo sigue cada vez que se pone en pose de héroe.
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  • El mural
    El mural
    CineFreaks
    Retrato desteñido

    Demasiados nombres de figuras ilustres de la cultura latinoamericana desfilan en este irregular opus de Héctor Olivera, El Mural, coproducción argentino mexicana que reconstruye ficcionalmente la creación del mural pintado por el mexicano David Siqueiros en el sótano de la mansión de Natalio Botana, creador del exitoso diario Crítica durante la presidencia de Agustín P Justo en una Buenos Aires de los años 30 convulsionada, donde pugnaban las ideas progresistas enroladas en el marxismo frente a las escaramuzas filofascistas de la derecha nacionalista argentina.
    .
    En ese contexto, la alta burguesía porteña miraba el espectáculo desde sus lujosas mansiones mientras el diario Crítica controlaba a la masa y al poder llegando a tirar un millón de ejemplares en una metrópolis de apenas diez millones de habitantes. Pero el escenario político es apenas un reflejo de lo que el guión ordena cronológicamente, acumulando una serie de situaciones trágicas en la vida del periodista magnate junto a los vericuetos en las pasiones y deseos carnales de los máximos protagonistas, que pueden resumirse en un triángulo amoroso compuesto por Blanca Luz (Carla Petersen, desdibujada), poetiza uruguaya otrora amante y musa inspiradora de Siqueiros (Bruno Bichir, a la altura del personaje ) y el mismísimo Botana (Luis Machín, sobreactuado). A ese triángulo se suman los vértices periféricos encarnados por Pablo Neruda (Sergio Boris, muy poco convincente) junto a la despechada Salvadora (Ana Celentano, mesurada), esposa de Botana

    En un registro un tanto solemne que se concentra en los avatares de este triángulo amoroso, dominante de la trama, quedan opacadas algunas ideas y rasgos constitutivos de la personalidad de las figuras mencionadas. Seguramente Blanca Luz era una mujer mucho más compleja que la de la película de Olivera, quien sin embargo sí logra construir un personaje rico en matices y contradicciones cuando se trata de Siqueiros y Salvadora; también consigue una acertada reconstrucción de época con un buen manejo del ritmo pese a los baches narrativos que surgen a medida que el relato se estanca en ese mundillo de la alta burguesía vernácula.
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  • Eva y Lola
    Eva y Lola
    CineFreaks
    Generación robada

    El nuevo opus de Sabrina Farji arranca con una versión rabiosa de un tema de la autora Liliana Felipe mientras las protagonistas, Eva (Celeste Cid, impecable) y Lola (Emme, convincente) se cuelgan de unas telas y danzan provocativamente. La verborragia arrolladora de la letra, un verdadero trabalenguas interpretado con gran exactitud por las actrices, avanza en un increscendo vibrante que poco a poco se adueña de la pantalla hasta atragantar. Y de la madeja de palabras que entorpecen también se vislumbran aquellas que expresan sentimientos o recuerdos; que aparecen en un agotador ejercicio de la memoria, obstinada en llegar inoportuna a la cita con el pasado, nada menos que en vísperas de las fiestas donde la costumbre dicta la reunión familiar incluso para aquellos que no tienen familia o la arman y desarman en otro cínico trabalenguas amparados en el silencio y la impunidad.

    Esa rabia y desenfado atraviesa la vida de estas dos jóvenes. Uno no tarda en descubrir en ellas los lazos invisibles de la amistad, aunque hay algo más profundo que las vincula: la época de la dictadura militar y la constante persistencia en definirse frente al mundo, tanto desde la identidad despedazada y desgarrada como desde la historia oscura y trágica que las precede igual que una generación completa que hoy bordea los treinta y pico y arrastra, ya sea por acción o por omisión, los fantasmas del pasado de sus padres. Y así, sutilmente y sin eufemismos (igual que sucediera en Cautiva) se va construyendo, a partir del punto de vista de Eva, este relato que aborda el tópico de los hijos de desaparecidos a partir de un enfoque novedoso, poco solemne y evitando -en la medida de lo posible- el trazo grueso desde el guión, adoptando una distancia superadora por parte de la directora que no contamine las subtramas para ceñirse en la anécdota que se quiere narrar.

    Sencillamente, Lola fue apropiada ilegalmente de su madre -que la dio a luz en el centro clandestino de la Esma en el año 1977- por un militar apodado el Oso (Jorge D Elía), quien en el presente es denunciado por su hija biológica Alma (Victoria Carreras, conmovedora) tras muchos años de ausencia de su familia. La que toma la iniciativa de contactarse con ella es Eva, hija de un desaparecido que encontró en los amigos sobrevivientes a su familia del corazón.

    Presas de la rabia y la confusión, ambas amigas confrontan por la necesidad de conocer el pasado para despejar dudas sobre el presente: en el caso de Lola crece la sensación ambigua de no traicionar a su familia apropiadora, que la crió imposibilitándole reconstruir su pasado con su abuela que la sigue buscando; y para Eva se trata de clausurar un capítulo crucial y nefasto que todavía la ata a su padre, con quien mantiene charlas imaginarias por celular.

    Sabrina Farji se cuida de recurrir a los lugares comunes a pesar de que muchas de las situaciones que se presentan a lo largo del film resultan familiares o cotidianas a los ojos del espectador; se apoya con absoluta confianza en un elenco sólido que se adapta a las exigencias de diálogos concisos y poco altisonantes en donde la labor de Celeste Cid, mezcla de niña rebelde y mujer aniñada, descolla frente al resto.

    La apuesta a la estética fresca concentrada en la intensidad con acercamientos rabiosos para corregir el encuadre, reforzada en una cámara pegada a los personajes para participar de su intimidad, son los puntos fuertes de un film distinto que refleja solamente algunas debilidades y desaciertos en la construcción narrativa quizá por el mismo peso de una historia originada a partir de un hecho verídico.
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  • Samarra
    Samarra
    CineFreaks
    Daños colaterales

    Hay palabras que podrán tacharse, imágenes que sufrirán cortes en una edición parcial; discursos que intentarán silenciar en la impunidad de un mundo donde los poderosos siguen aniquilando a los débiles bajo la indiferencia de todos y la complicidad de muchos. Si bien Samarra (Redacted), documental creado por Brian De Palma en el año 2007, llega con retraso a la cartelera porteña -en formato DVD- su vigencia resulta más que apropiada cuando en la era Obama el ejército norteamericano continúa aún usurpando el Medio Oriente.

    Apoyado en una dialéctica que conjuga material de archivo desde formatos heterogéneos como internet o filmaciones digitales, reconstrucciones dramáticas con actores para trazar una mínima trama y extractos de un documental francés sobre una barricada y punto de control del ejército, el director de Doble de Cuerpo traza las coordenadas de un subtexto que procura desnudar las miserias del ejército imperialista durante la ocupación en Samarra. Esta ciudad, además de soportar la invasión, alberga historias aberrantes que involucran explícitamente a soldados norteamericanos.

    El disparador que moviliza el opus de De Palma es el asesinato de una menor sunnita y toda su familia luego de ser violada sistemáticamente un 4 de Julio (paradójicamente el día conmemorativo de la Independencia Yankee) por un grupo de soldados que quedan registrados por otro de origen latino que pretende filmar su experiencia para estudiar cine al regresar de la guerra.

    De las conversaciones triviales y una constante exposición de la brutalidad e ignorancia de estos patéticos jóvenes rasos se van extrayendo los fragmentos conceptuales que encierran esta obra valiente y crítica de la ideología dominante con vocación imperialista. Se descorre con crudeza, entonces, el velo de la falsedad con la contundencia de un compendio de imágenes que reflejan la cara oculta de la guerra: la matanza impiadosa de civiles bajo el justificativo de restaurar la democracia.

    Por otro lado, y en un segundo nivel expositivo, el realizador se atreve a reflexionar sobre la representación y la realidad al utilizar el artificio de la ficción con la clara intención de despabilar mentes que ven la guerra por TV como si se tratara de un blockbuster de acción.

    No hay nada que objetar a este alegato antibélico; también lo era otro gran film como Pecados de guerra (también de De Palma), que junto a Iraqui Shorts Films (estrenada en el BAFICI el año pasado) se definen como películas obligatorias, contundentes y necesarias para comprender un poco mejor al mundo.
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  • El escritor oculto
    Roman Polanski saca lustre de gran director con este thriller político que tiene la inteligencia de pasar casi desapercibido bajo el pretexto de un triángulo amoroso en las altas esferas del poder, con grandes actuaciones de Pierce Brosnan y Olivia Williams. Un guión sólido y atrapante que juega de manera permanente con la tensión, el clima de suspenso y la ambiguedad de ciertos personajes sin hacer trampa y con un final efectivo que corona la prolijidad de una película con el sello inconfundible de Polanski...
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  • El Almafuerte
    El Almafuerte
    CineFreaks
    Sustantivos versus adjetivos

    A la distancia, una panorámica de un centro de reclusión en Argentina no escapa a la postal mediática que se reproduce en horario central. Pero nunca esos sesgados productos televisivos hablan de sujetos sino de objetos desde una prédica moralista o antropológica, y en la mayoría de los casos con fines sensacionalistas que refuerzan el morbo por lo “tumbero”; la idea de castigo, estigma recurrente de los discursos de mano dura bajo una falsa reflexión sobre el estado de las cosas.

    Por eso, a medida que la cámara de El Almafuerte (documental dirigido por Andrés Martínez Cantó, Santiago Nacif Cabrera y Roberto Persano) se introduce en ese mundo de encierro comprobamos que, si bien se trata de un largometraje cuya temática gira alrededor de lo carcelario, la intención no recae en encontrar historias de vida detrás de las rejas sino en brindarle a los protagonistas un vehículo para expresar su voz. Ellos son menores de edad alojados, a veces por traslados y otras por orden de un juez, en el centro de detención de máxima seguridad conocido como “El Almafuerte”, ubicado en Melchor Romero, La Plata.

    El germen del proyecto se remonta a una idea de estos tres comunicadores sociales y docentes: integrar e interactuar a partir de un taller audiovisual dos mundos o realidades separadas -entre otras cosas- por una reja. Es decir, que los de adentro pudieran salir hacia afuera a partir de una actividad creativa coordinada junto a los encargados del taller de comunicación e informática que funcionan aún hoy en la institución. La experiencia se extendió por el lapso de dos años en los que los realizadores cumplieron con su palabra de continuar pese a las inestables condiciones de trabajar con personas que cumplen una condena, hecho que queda plasmado en el decurso de la vida de cada uno de los involucrados con pronósticos exitosos y otros que lamentablemente se quedaron en el camino. El método consistió en proporcionar en el taller de cine las nociones mínimas para poder filmar y así a partir de la iniciativa de los propios chicos creció la idea de hacer un cortometraje sobre la revista que ellos mismos escriben y difunden por Internet desde el penal. También se convocó al Chango Farías Gómez para elaborar junto a los reclusos la banda sonora de percusión que acompaña a las imágenes.

    A partir de esa premisa, los realizadores estructuraron su película bajo la dialéctica de dos miradas que rompe la idea de representación y realidad al encontrar un espacio construido cinematográficamente: el del documental sobre el corto con una cámara que sigue los pasos del proceso, y el de los propios artífices de la revista Seguir soñando que recogen testimonios de los propios hacedores, así como del entorno carcelario compuesto por el director del establecimiento, el guardiacárcel, el subdirector y las personas involucradas en los talleres y actividades recreativas como parte de lo institucional. Otra voz que se suma desde lejos es la del Juez de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Eugenio Zaffaroni en calidad de representante del Estado.

    Dos miradas y un discurso que más allá de una posición tomada por los documentalistas desde el comienzo, despojándose del estereotipo y tratando de superar el reduccionismo de la mirada parcial sobre la realidad de los sistemas carcelarios, se nutre de la diversidad de opiniones; aunque es cierto que no se escuchan campanas disidentes que alerten del peligro de “premiar” a un pibe chorro con una camarita para hacer un documental.

    Más allá de los discursos o la retórica que pueda o no favorecer este trabajo, lo cierto es que El Almafuerte siempre mantiene un compromiso con los verdaderos actores que más allá del hecho puntual de estar detenidos transparentan su rol de exclusión ante la sociedad y logran, a partir de reflexiones simples y economía de recursos, poner el dedo en la llaga sobre un sistema que se rige bajo la lógica del castigo más que sobre la idea de reinserción social. Tal como expresa uno de los entrevistados, se trata de pensar al semejante porque se lo puede sustantivar como delincuente o adjetivar como la persona que cometió un delito.
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  • Pesadilla en Calle Elm
    Signo de la decadencia del género, parece que la búsqueda de viejas franquicias con la idea del remake es la única estrategia posible para la industria en nuestros días. Y eso se confirma al vapulear a este ícono al cual hace bastante tiempo deberían haberlo dejado dormir. La película, en su conjunto, ni siquiera funciona como ejercicio de nostalgia para los amantes de Freddy K, que en esta nueva piel asusta mucho menos(añorando a Robert Englund para recuperar la mística de la creación de Wes Craven). Alguna que otra escena lograda harán que evitemos el bostezo o quizá jugar a descubrir cuántas escenas fueron calcadas de la original. Innecesaria y por momentos torpe narrativamente hablando...
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  • Dos en uno
    Dos en uno
    CineFreaks
    Un cuerpo, dos cerebros

    El recurso de vivir o de que migre el alma al cuerpo de otro ya ha sido explotado tanto por el género del terror- con las famosas posesiones- o por la comedia, cuyo mayor exponente no es otro que Hay una chica en mi cuerpo. Sin embargo, a diferencia de aquella gran película donde el humor físico de Steve Martin aportaba los mejores gags, en el caso de Dos en uno, esta comedia francesa liviana dirigida por Nicolas Charlet y Bruno Lavaine, todas las expectativas se depositan en la figura principal Daniel Auteuil y en su histrionismo. Claro que eso no alcanza y entonces nos quedamos como espectadores a medio camino y con ganas de más.

    Ese plus no llega a concretarse nunca porque el film en sí mismo desaprovecha una buena premisa a partir de un accidente automovilístico en el que el cuerpo, mejor dicho el cerebro del conductor, perteneciente a Gilles Gabriel (Alain Chabat), pasa a formar parte del cerebro del atropellado Jean Christian Ranu (Auteuil).

    Gabriel, otrora popular cantante pop de los 80, puede comunicarse con Ranu: un contador introvertido que trabaja para una gran corporación, que producto de la crisis económica busca reestructurarse y por lo tanto su puesto pende de un hilo. Pero lo que en un principio parece un problema sin solución para Ranu- al tener alojado en su cerebro a un intruso- termina facilitándole las cosas para ir modificando su personalidad.

    De introvertido a extrovertido, Ranu protagonizará diversas situaciones que le harán quedar como ridículo por hablar solo o generarán empatía en el entorno. Los directores no se lucen demasiado dejando toda la responsabilidad en el protagonista y lo que es peor no aciertan al introducir segmentos humorísticos durante la trama, que va desgastándose a medida que transcurren los minutos.
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  • La hora de la siesta
    Entre la quietud y la inquietud de la espera

    Quien alguna vez haya tomado contacto con la obra literaria de Julio Cortázar, más precisamente con sus cuentos, habrá alcanzado a vislumbrar esa atmósfera entre lo lúgubre y lo melancólico que penetraba espacios amplios en viejas casonas de barrio. También la mirada sobre la infancia -tan poco idílica- resaltando la crueldad típica de los niños; camuflando su inocencia en los juegos de adultos. De todas esas cosas se nutre La hora de la siesta, ópera prima de la realizadora Sofía Mora, además autora del guión junto a Néstor Frenkel (Construcción de una ciudad).

    Si hay algo difícil de mostrar cinematográficamente sin apelar al recurso de los tiempos muertos, sin dudas es el concepto abstracto de la espera de un acontecimiento o hecho potencial. Peor aún cuando esa espera se dilata para evitar que llegue el momento de decirle adiós a un ser querido, como ocurre en este caso para los protagonistas, Franca (Belén Poviña) y el hermano menor (Elías Maidanik), quienes acaban de velar a su padre y deben soportar la invasión de familiares y allegados al hogar sin otra chance que la de huir en un paseo por el barrio de casonas vacías, donde sólo se escucha el sonido ambiente de pájaros sin estridencias de motores o gritos de niños.

    Entre el tiempo transcurrido desde el velorio hasta la partida hacia el entierro gira la trama de este interesante film, ganador del premio a la mejor película latinoamericana en el pasado Festival de Mar del Plata, que juega estéticamente con un contrastado blanco y negro -con un muy buen trabajo de Diego Poleri en la fotografía- y una ajustada puesta en escena a cargo de la directora.

    Así, con el planteo de un recorrido por los alrededores, creando una atmósfera anacrónica al mezclarse elementos del pasado como un viejo televisor (con la llegada del hombre a la luna) y alusiones a la pornografía en internet, señal del presente, Sofía Mora dibuja con trazo fino y estilo este trayecto de transiciones y pérdidas -por momentos onírico- en el que sutilmente los protagonistas van despojándose de emociones, miedos y deseos entre diálogos triviales y la inclusión de un tercero (Francisco Arena) que tiene su misma edad.

    Siempre respetando el punto de vista de los niños, el relato acumula situaciones donde la áspera Franca se lleva gran protagonismo, dejando en un segundo plano a su hermano. Sin embargo, ambos se ven atravesados por la insistente presencia-ausencia de los adultos, ya sea en un fuera de campo (en el caso del padre) o desde el encuentro fortuito con una vecina postrada, con planos fragmentados, en una cama.

    Todo funciona como excusa para dilatar el regreso al hogar, pero más precisamente en la mirada de Franca es un disparador para tomar conciencia no sólo de la muerte de un ser querido sino también de la pérdida de la infancia; el otro duelo que reposa en la quietud de una calesita vacía con viejos personajes de Disney como gran metáfora que corona la película.
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  • Carancho
    Carancho
    CineFreaks
    Cruda postal suburbana

    Sosa y Olivera (Ricardo Darín y Martina Gusmán) sobreviven como pueden a las urgencias de una ciudad que llora y sufre constantemente su decadencia moral. Ella, recién llegada del interior, permanece casi todo el día en contacto con la muerte, la desidia y la vulnerabilidad de los pacientes y accidentados que se cruzan por su camino a bordo de una ambulancia de emergencias; él, tras haber perdido la matrícula de abogado, hace el trabajo sucio para una "fundación" que patrocina a víctimas de tránsito en los juicios contra las aseguradoras y aparece en falsas situaciones fortuitas en los lugares donde se producen los accidentes, o merodeando pasillos de hospital en busca de futuros clientes. Pero pese a su hartazgo, a las deudas financieras que le implican visitas indeseadas de cobradores, es conciente de que no puede abandonar el círculo laboral sin correr peligros y que de hacerlo deberá dar antes el gran golpe para mantenerse en pie. Sin embargo, ambos apuestan a las segundas oportunidades; a intentar borrar un pasado oscuro en el caso de Sosa y mantener un secreto muy profundo que trae consecuencias en la vida de Olivera.

    Si con Leonera Pablo Trapero había alcanzado el nivel de obra maestra, su nuevo opus Carancho no sólo confirma que aquello no sonaba exagerado sino que reabre las expectativas sobre hasta dónde puede llegar el director manteniendo intacto su estilo. Pero lo que es más esperanzador aún, conservando la esencia de su cine. Con este sexto largometraje el realizador de Mundo Grúa redobla la apuesta cinematográfica al concebir -genéricamente hablando- un film noir ambientado en las vísceras del suburbano, más precisamente en la nocturnidad de San Justo y sus alrededores, con la pesadez del asfalto a cuestas y la violencia que se expresa a cada minuto, desde el maltrato psicológico de una salud pública en estado de coma; desde el apriete de las mafias invisibles que gobiernan voluntades débiles y la otra violencia que estalla diariamente en los poros de sus criaturas a partir de su cotidiana lucha de supervivencia urbana.

    Ese complejo entramado social de víctimas y victimarios, sin maniqueísmos, a veces sólo puede verse por fragmentos en las frías noticias periodísticas o en las estériles cifras estadísticas que revelan y ocultan al mismo tiempo una realidad poco tangible. Pero no podría mostrarse en carne viva sin contar con un guión sofisticado, sólido -que no hace concesiones ni especula- a cargo del director, junto al mismo grupo responsable de Leonera. Eso, sin dejar de mencionar claro está, las excelentes actuaciones de la pareja protagónica, que bajo la dirección precisa del cineasta entrega grandes momentos de intensidad, verdad, visceralidad y sexualidad.

    En este cóctel explosivo (que amalgama el drama social con el policial negro en una brutal radiografía de la corrupción a escala chica y los acuciantes problemas sociales) se sintetizan los caminos conceptuales que el autor anticipaba con El bonaerense, desde el punto de vista de despojarse de inmediato de un enfoque didáctico y demagógico y que luego continuara años después con Leonera, al visitar los géneros sin quedar atrapado en sus códigos y estructuras.

    No obstante, esta ambiciosa película no se hubiese logrado sin una trama lo suficientemente atractiva donde la tensión se respira a cada segundo a un ritmo vertiginoso y constante en el que Trapero demuestra su destreza con la cámara; su pulso en la duración exacta de cada escena con esos primeros planos que asfixian; los cuerpos que se quiebran entre el sexo apasionado, la animalidad, la ferocidad y las golpizas cuando no reposan en el silencio de una noche agitada.

    Aquellas voces que pregonaban cierta traición de Pablo Trapero al dejarse tentar por un cine más complaciente y alejado de sus primeros proyectos, tendrán que hacerse cargo de su poca inteligencia o buscar una nueva excusa para continuar defendiendo un modelo de cine con poco futuro; para seguir defenestrando a aquellos directores que buscan -como en este caso- madurar y correr riesgos a fin de llegar a un público masivo.
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  • Iron Man 2
    Iron Man 2
    CineFreaks
    Un film que funciona a medias, con resultados aceptables cuando se encarga de la autoparodia del superhéroe y del auge del militarismo. Sin embargo, la inclusión de subtramas y nuevos personajes afectan a la estructura global del film, lo dispersan apelando a resoluciones improvisadas. Downey Jr. aporta un humor necesario que en contraste con la mala actuación de Mickey Rourke compensan el desnivel, sumándose un puñado de secuencias de acción que valen la pena...
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  • Las playas de Agnès
    Como las ondas del mar que con las olas llevan y traen historias, la directora belga nos invita a este viaje de ensueño donde se propone autoretratarse en diferentes aspectos de su vida, que llegan como reflejos de un espejo que se autorrefleja: entre la memoria y la representación; entre la vitalidad y el desparpajo; entre el cine y la fotografía donde aparecen los momentos importantes como las playas, la China de Mao, la Cuba revolucionaria, el flower power y la figura excluyente de su esposo Jaques Demy, quien junto a su familia se hace acreedor de este legado cinematográfico de una creatividad desbordante al punto de cautivar...
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  • Synecdoche New York. Todas las vidas, mi vida
    Tenía que ser solamente Charlie Kaufman el único capaz de llevar adelante este guión para sumergirnos nada menos que en un film que funciona como síntesis de toda su obra en su carácter de guionista (de ahí la idea de representar la parte por el todo tal como reza la figura semántica de la sinécdoque); como autoreflexión del proceso creativo en plena ebullición y caos; como crítica demoledora a Hollywood, a los intelectuales y a todo lo que representa el arte snob. Una obra maestra de dificil digestión que no puede dejar de verse...
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  • Ricky
    Ricky
    CineFreaks
    El niño que quería ser libre

    Pese a que muchos críticos hayan traicionado a los espectadores revelando el secreto que esconde Ricky (este extraño opus del realizador francés François Ozon) se puede tratar de elaborar un análisis sin anticipar información, como así tampoco direccionar o condicionar la mirada del público cuando de lo que se está hablando en esta película no es ni más ni menos que de la libertad.

    La anécdota recae en el trillado conflicto -eso sí, con la sequedad y despojo habituales en este realizador- de la llegada de un bebé, Ricky (Arthur Peyret, de una fotogenia admirable) a la vida de Katie (Alexandra Lamy), una madre soltera que vive con su hija Lisa (Melusine Mayance, excelente) de unos 8 años y queda embarazada tras un fugaz romance con Paco (Sergi López), quien ante las primeras complicaciones con la crianza del niño huye del hogar.

    Hasta aquí podría decirse que el director de 8 mujeres coquetea en el terreno del drama intimista, concentrado en la ajetreada vida de una madre soltera, tomando una distancia razonable ante sus personajes y circunstancias. Sin embargo, el relato tomará un rumbo inesperado cuando se descubra que el niño padece una anomalía física que de por sí lo hará diferente y requerirá ciertos cuidados extras por parte de su madre y hermana, entre ellos mantenerlo alejado de las miradas ajenas.

    La peculiaridad es que Ozon toma esta singularidad para introducir en la trama al género de fantasía, no como recurso onírico o alucinatorio de uno de los personajes sino como parte constitutiva de la realidad y por consiguiente del verosímil cinematográfico. Para ello se propone respetar a rajatabla los códigos y leyes que operan al respecto.

    La virtud del cineasta, que se basó libremente en un relato intitulado Moth de la escritora Rose Tremain (publicado en el libro "The Darkness of Wallis Simpson"), más allá de un gran trabajo en la dirección de actores (hay que dirigir a un bebé con esa solvencia y rigor) es haber logrado un híbrido de géneros equilibrado, permeable a la impronta poética sin metáforas simples; que además se deja atravesar por la dura y ascética mirada del director con absoluta libertad de acción para introducir el humor, el drama o la reflexión sobre la paternidad, el instinto maternal y en definitiva el propósito de traer niños al mundo, con un final coherente y honesto como todo su cine.
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  • Rompecabezas
    Rompecabezas
    CineFreaks
    La parte por el todo

    El comienzo de Rompecabezas, debut cinematográfico de la joven realizadora argentina Natalia Smirnoff (que viene de cosechar muy buenas críticas en el Festival de Berlín) la emparentan con las atmósferas opresivas de Lucrecia Martel, aunque se trate en este caso de una reunión familiar para agasajar a María del Carmen en su cumpleaños número 50. Poco sabemos -como espectadores- de ella salvo lo que se advierte al observar su incomodidad y nerviosismo, que sutilmente van ganando el centro de la escena; como si se tratara de una pieza suelta -entre tantas otras- que a veces hasta pasa desapercibida con los murmullos, las risas y la gente que la rodea. Luego, a soplar las velitas para volver a la monotonía y a la rutinaria vida de ama de casa; madre de hijos veinteañeros y esposa abnegada de un marido ferretero (Gabriel Goity).

    Hasta aquí, los fragmentos componen el retrato intimista de María del Carmen (sensacional María Oneto), quien por inquietud personal decide salir de las oprobiosas tareas domésticas adquiriendo como pasatiempo el armado de rompecabezas (un regalo de cumpleaños que llama poderosamente su atención). Precisamente, la falta de atención de su marido y de sus hijos inmaduros son las causas por las cuales la protagonista necesita convertirse en artífice de su propio cambio y no en mera espectadora pasiva de vidas ajenas.

    La chance llega con la posibilidad de encontrarse con un veterano jugador de puzzles (Arturo Goetz) que necesita pareja para competir en el campeonato mundial a disputarse en Alemania. Así, encuentro tras encuentro con este amable caballero, la protagonista descubre un mundo diferente con el consabido riesgo de no encajar jamás, no sólo por la aventura que significa viajar semanalmente de Turdera a Capital sino por la incipiente atracción por un hombre completamente diferente a su esposo. El precio de esta relación entre ambos extraños generará conflictos tanto internos como con su entorno: principalmente una familia demandante y poco comprensiva frente a los cambios de María.

    Sin necesidad de metáforas que subrayen y confiando en la expresividad de sus imágenes, Natalia Smirnoff narra con gran precisión y sensibilidad esta historia íntimamente femenina que habla de las postergaciones y los roles que se juegan en la vida cuando las cartas ya están repartidas; aunque nunca es tarde para barajar de nuevo.
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  • ¡Está vivo!
    ¡Está vivo!
    CineFreaks
    Una película absolutamente innecesaria que no califica ni siquiera como gore y arrastra desde el primer minuto un lastre de principiante que con el correr de los minutos se hace insoportable. Realmente una pérdida de tiempo...
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  • Todos tenemos un... ex
    Siempre se vuelve al primer amor

    Entre el sentimentalismo meloso con lastre televisivo y el humor filoso de una sitcom norteamericana transcurren los 120 minutos de esta comedia romántica “alla Gabriele Muccino” (El último beso, Ricordati di me) llamada Todos tenemos un ex.

    Este film, que causó furor en la taquilla italiana con más de dos millones de espectadores, se estructura de forma episódica y coral para recorrer los lugares comunes de toda pareja que se separa tras romperse el idílico romance de los primeros tiempos. Son seis historias que pueden dividirse generacionalmente; es decir, pareja joven que debe separarse por motivos laborales de ella; pareja madura que lleva muchos años de casados y deciden divorciarse entablando una batalla feroz en la que se sacan los ojos; ex novio policía que persigue a la nueva pareja de su ex y lo amenaza permanentemente; cura que debe casar a su antigua novia por quien al fracasar en la relación de pareja decidió seguir los caminos del señor, y por último la historia de un psicólogo separado y mujeriego que debe hacerse cargo de hijas adolescentes tras la muerte de su ex esposa.

    Historias que se entrelazan a partir de hechos anecdóticos, que por lo general operan más en un sentido melodramático que cómico y desgastan el relato con los inevitables altibajos producidos al mezclarse con trazo grueso situaciones hilarantes y momentos de honda tristeza.

    A veces los sobrediálogos y la ampulosidad de algunas actuaciones desentonan con la levedad y superficialidad con que se maneja el director Fausto Brizzi, quien pese a estos sobresaltos sostiene la fluidez y el ritmo de esta comedia apenas agradable a la que nueve nominaciones a los premios David di Donatello (algo así como el Oscar italiano) le quedan demasiado grandes.
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  • Hombres de mentes
    Irreverente, ácida y crítica con un George Clooney afiladísimo que sabe manejar los tiempos del humor absurdo, esta comedia sarcástica por momentos trae el recuerdo de Dr Insólito o alguna comedia negra de los hermanos Coen mezclada con un capítulo de M.A.S.H. bajo la atmósfera lisérgica de un Terry Gilliam pero sin perder su identidad. Notable el contrapunto entre Jeff Bridges y Kevin Spacey...
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  • La cinta blanca
    La cinta blanca
    CineFreaks
    Los claroscuros de la perversión

    Una lectura apresurada sobre la obra del director austríaco Michael Haneke trazaría como uno de los tópicos recurrentes la violencia en todas sus expresiones. Sin embargo, desde la fundadora Horas de Terror (Funny games, 1997) hasta la fecha lo que el realizador explora desde su cine en realidad se circunscribe -en profundidad- a desnudar aspectos de la condición humana, entre los que puede encontrarse la maldad en todas sus formas, incluida la perversión y la violencia, más que como un efecto aventurando hipótesis de sus causas y consecuencias.

    Podríamos decir entonces que para el director de Cache / Escondido no existe pureza alguna ni absolutos que no sufran naturalmente cierta metamorfosis hacia lo oscuro, lo enfermizo, como representación simbólica de la libertad. Si el hombre nace malo o se vuelve despiadado cuando entra en juego la sociedad, con sus códigos y reglas represivas, es algo que a Haneke no le preocupa demasiado porque huye de los determinismos y así evita (conceptualmente hablando) el salvoconducto de la redención condenando a sus criaturas a la responsabilidad de sus actos o a la faz menos feliz del libre albedrío.

    Ahora bien, sin este prólogo sería realmente difícil comprender el complejo tejido que urde la trama de La cinta blanca, su último opus ganador -entre otros premios- de la Palma de oro en el Festival de Cannes 2009. Aquí el cineasta apela a lo micro para adentrarse en lo macro; reflexionando sobre la facilidad con que penetran los totalitarismos en las sociedades patriarcales. Sin duda, el ícono más representativo del régimen totalitario sigue siendo el nazismo, y en este caso particular se desliza su germen como conclusión implícita del relato que va, por supuesto, más allá del particular.

    El título hace alusión a un brazalete que se ponía a los niños, principales protagonistas de esta obra, para recordarles y afirmar su inocencia y su castigo si llegaran a desviarse de los caminos de Dios. Precisamente en un doble rol de víctimas y victimarios son los pequeños aquellos que atizan las brasas que calientan el caldo de cultivo que inunda la apacible tranquilidad de una comunidad protestante en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Allí, una seguidilla de misteriosos actos aberrantes pone en jaque la autoridad del Señor noble (recordemos que se trata de una sociedad patriarcal) con la inminente amenaza de levantamiento de los campesinos. De todos los lugareños preocupados por la incesante aparición de niños maltratados, el profesor es quien comenzará a escarbar en la superficie para ir revelando secretos y miserias de los habitantes hasta llegar al escalón más alto de la pirámide social, cuyos pilares no son otros que la educación y la religión en sus aspectos más peligrosos.

    Envuelto en una constante tensión y ambigüedad y fotografiado magistralmente en blanco y negro, el film plantea un relato coral narrado por el profesor ya envejecido que recuerda aquellos sucesos sin poder asegurar si fueron o no verdad, recurso ejemplarmente utilizado por el autor para sumir a la historia en un terreno de abstracción que transforma cada acción y personaje en señal o símbolo de algo más difuso y no tan terrenal, como sucediera por ejemplo con Dogville de Lars Von Trier; película con la que comparte varias ideas pero cuya mayor diferencia en este caso obedece al registro naturalista y no representativo.

    Por su grado de audacia y complejidad narrativa estamos en presencia de una obra maestra de este polémico artista, quien además de hacer buen cine es filósofo y psicólogo; rótulos académicos que lo convierten en un inflexible observador de la condición humana y un principal transgresor de las convenciones sociales, que cuando se vuelven absolutas resultan nefastas para la libertad de pensamiento.
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  • Caso 39
    Caso 39
    CineFreaks
    La suma de todos los miedos

    Si Caso 39 hubiese sido simplemente un thriller psicológico estaríamos hablando de una muy interesante propuesta sobre el maltrato infantil, con el foco puesto en una familia de padres abusivos y trastornados que intentan por todos los medios aniquilar a la pequeña Lillith, a quien consideran demoníaca.

    Sin embargo, en lugar de jugar en el terreno de la ambigüedad el director alemán Christian Alvart sumerge y estanca la trama por el camino de lo sobrenatural -con atisbos de terror- para caer en el atajo más convencional que recuerda, entre tantas otras películas, a La Profecía. No obstante, el ritmo no decae aunque las sorpresas y sobresaltos se vuelven cada vez más predecibles.

    Así las cosas, estamos frente a la trillada historia de una niña -con apariencia angelical- que se gana el corazón de una asistente social (Renée Zellweger, con trauma infantil de por medio) luego de que ésta última la salvara de las garras de sus padres asesinos para hacerse cargo más adelante, y por pedido expreso de la víctima, de su cuidado y manutención. Pero tras una serie de incidentes y episodios confusos que involucran muertes del entorno de la protagonista, la mirada sobre la dulce Lillith (Jodelle Ferland, saludablemente perturbadora) cambia de manera rotunda y la empatía con los padres se acrecienta cuando son revelados en el relato un par de secretos.

    Si bien Renée Zellweger intenta aportar una cuota de sensibilidad en un registro a la que no está acostumbrada, apenas cumple con las exigencias de su rol cuando está claro que los laureles se los debe llevar la pequeña Jodelle. Una idea desaprovechada al máximo a pesar de resultar al menos entretenida para un público poco exigente.
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  • Contactos de cuarto tipo
    Un interesante planteo a partir de la idea de la representación cinematográfica y el falso documental tan en boga en estos tiempos. El film logra mantener el ritmo y la fluidez narrativa necesaria para atrapar la atención del espectador sin despojarse un segundo del terreno ambiguo por el que transita como así tampoco del uso inteligente del fuera de campo y la sugestión...
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  • Dos hermanos
    Dos hermanos
    CineFreaks
    Que no se entere mamá

    Varias razones acompañan las expectativas cuando de un estreno de Daniel Burman se trata, porque dentro del ámbito local este director -que apareció como uno de los referentes obligados a la hora de hablar del nuevo cine argentino- logró amalgamar, con el correr de los años y siete películas a cuestas, en su estilo cinematográfico tanto rasgos de aquel movimiento renovador como elementos y códigos de un cine más de tipo industrial con un modo de producción propio, siempre atento a las demandas del mercado aunque sin someterse íntegramente a sus modas y caprichos.

    Dos hermanos, último opus del realizador de El abrazo partido, quizás sea el exponente más acabado para avizorar hacia dónde puede encaminarse -a partir de ahora- el cine de Daniel Burman, debido a que el director tomó el desafío de adentrarse en una temática de mayor espectro y profundidad (ya se vislumbraba en El nido vacío) que aquella que atravesaba su universo costumbrista con fuerte acentuación en elementos y tradiciones judías que claramente comienza con Esperando al mesías.

    No es un dato anecdótico tampoco haber tomado de referencia un texto ajeno como la novela" Villa Laura" de Sergio Dubcovsky, más precisamente a sus dos protagonistas, para desarrollar una historia de amores, dependencias, celos, odios y secretos que emergen a la superficie luego de la muerte de la madre (Elena Lucena, pura vitalidad) de Marcos (Antonio Gasalla en el mejor papel de su carrera cinematográfica) y Susana (Graciela Borges, brillante).

    Desde el primer minuto queda clara la relación utilitarista entre la manipuladora y ventajera Susana para con el resignado hermano Marcos, quien en una acalorada reunión de consorcio (donde su hermana es blanco de las críticas) se presenta en sociedad y la defiende. Luego, se despide de ella para cumplir su rol de hijo abnegado al cuidado de su madre Neneca, confirmando en su desplazamiento corporal el arrastre y cansancio acumulado durante mucho tiempo pero enfatizando silenciosamente esa suerte de obediencia debida tácita de los mandatos. Mientras, Susana se encarga de cerrar operaciones inmobiliarias de dudosa procedencia; esquiva con picardía las deudas y persiste en sostener la parodia de una mujer exitosa -en clara decadencia- a quien ya le pasó el cuarto de hora. Por eso, la muerte de Neneca resulta tan movilizante para los dos hermanos, quienes comienzan a experimentar cada uno desde su lugar la ausencia, la soledad y la incerteza del futuro si es que aún queda algo por recomponer o terminar definitivamente.

    En ese difícil terreno de incertidumbre se para con oficio e intuición el cineasta tomándose el tiempo justo para construir a fuerza de sutiles matices a sus protagonistas que se adueñan de la trama de inmediato y sin grandilocuencia. Y ese es un mérito compartido entre los actores y el director por saber dirigirlos, así como por la confianza dispensada para no caer en los estereotipos o las sobreactuaciones tan tentadoras para este tipo de roles. Si hay algo que prevalece a lo largo del film es la sensación de verosimilitud, credibilidad y verdad de los personajes.

    No faltan las dosis de humor negro, las escenas de intensa carga dramática y la atmósfera intimista que caracteriza al cine de Burman, quien saca a relucir su capacidad narrativa con una enorme carga emocional sin derrapar hacia las pendientes del sentimentalismo para concretar una película para un público masivo que no se traiciona a sí misma y transmite vitalidad y melancolía por un lado; homenajea -quizá sin proponérselo- a íconos indiscutibles del cine argentino como Lucena, Borges y Legrand desde un lugar nostálgico más que reivindicador.
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  • El caza recompensas
    El viejo truco del gato y el ratón

    La receta aplicada de la persecución del gato y el ratón encuentra en El caza recompensas, comedia romántica con esbozos de intriga policial, pocos atributos para destacar. El director Andy Tennant, prolijo en la dirección, apela al carisma de la pareja protagónica integrada por Jennifer Aniston y Gerard Butler (quien tras su paso por La cruda verdad demostró sus gracias y ductilidad para este tipo de papeles) para sostener una historia que más allá de sus vueltas de tuerca no aporta demasiado.

    Nicole es una periodista de investigación que sigue la pista de un enigmático suicidio relacionado con drogas y corrupción policial; Milo (Gerard Butler) es un ex policía que ahora se gana la vida persiguiendo deudores o prófugos de la justicia a cambio del cobro de una recompensa. Por eso, cuando le proponen atrapar a una mujer y llevarla a la corte no duda un segundo en aceptar el encargo. Sin embargo, su presa no es otra que su ex esposa Nicole (Jennifer Aniston), la periodista en cuestión, quien faltó a la audiencia judicial al ser citada por un accidente con la policía por abocarse a su tarea periodística. Como un viejo zorro, Milo da con el paradero de ella y así comienza para ambos un seductor juego de cazador y presa que los obligará a reencontrarse y replantearse si haberse separado no fue un error.

    Algo de vértigo, matizado con algún que otro gag sin llegar nunca a la carcajada, el film de Andy Tennant apenas alcanza a entretener cuando introduce un poco forzadamente la subtrama policial para el lucimiento de la pareja protagónica. No obstante, la operación resulta demasiado artificiosa cuando se buscan dentro del relato las situaciones propicias para recuperar el romanticismo de la pareja.
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  • Hermanos
    Hermanos
    CineFreaks
    En la ausencia del padre

    No son tanto los estereotipos ni la historia en sí aquellas cosas que fallan en Hermanos (remake norteamericana de la película danesa dirigida por la realizadora Susanne Bier) sino la tensión y la falta de agudeza en el drama, como así también el ritmo que el director irlandés Jim Sheridan imprime a las imágenes.

    Si bien el creador de Mi pie izquierdo prácticamente trasladó escenas calcadas de la original, resulta innegable el apego a ciertos patrones Hollywoodenses que dan contención al desborde dramático, sin duda el elemento clave del film danés. Así las cosas, el resultado final no supera al de cualquier melodrama con tinte serio por tratar temáticas que se suponen también serias.

    Al dar por muerto al marine Sam (sobreactuado, Tobey Maguire) tras una emboscada en Afganistán, su hermano Tommy (Jake Gyllenhaal) de a poco comienza a ocupar su lugar: primero con el pretexto de contener y ayudar a la joven viuda (Natalie Portman) en el cuidado de sus dos hijas pequeñas, para finalmente instalarse en el hogar de su hermano desaparecido. Sin embargo, Sam no murió en ese ataque sino que fue atrapado junto a otro soldado; torturado y obligado a cometer un acto aberrante al punto de dejarlo tan trastornado que al regresar a su casa parece un extraño..

    Esa es la bisagra que separa la acción dramática y encauza la trama hacia el terreno del drama familiar, cuyo trasfondo no es otro que las consecuencias y las heridas que deja la guerra en un sobreviviente. No obstante, no se trata aquí de manifestar un alegato antibélico, dado que los villanos son los que torturaron a papá y lo volvieron medio loquito; tampoco de reflexionar sobre las rupturas familiares cuando la ausencia del padre deja espacios vacíos y de alguna manera hay que volver a ocuparlos.

    Pese a estos reparos y comprobando una vez más que las remakes norteamericanas nunca están a la altura de sus originales, el director de En el nombre del padre cumple con su cometido sin desentonar, así como también lo hace un elenco de buenos actores (entre quienes se destaca Gyllenhaal y Sam Shepard en un rol menor) que se adapta a las mínimas exigencias, pero que sin lugar a dudas daba para mucho más.
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  • Amante accidental
    La inmadura y el judío errante

    Más allá de la fórmula trillada de la historia de amor entre diferentes edades, cuando en una comedia romántica sólo se recurre al carisma de sus protagonistas y no a las situaciones en sí para quitarle una sonrisa al público, eso quiere decir que estamos en problemas. Ahora bien, si a ese pequeño detalle le agregamos otro aún más significativo como la escatología, o la burla ramplona frente al diferente, resulta más que evidente que no hay ni siquiera una idea interesante para desarrollar algún indicio de comicidad.

    Amante accidental, título local engañoso para el original que podría traducirse como "el rebote", apela a la receta del encuentro de dos mundos separados no sólo por la franja etaria sino por una manera de relacionarse con la realidad, en un juego de opuestos que se atraen, se separan y finalmente (como no podría ser de otra manera) se vuelven a juntar. Ese par binario lo compone la egoísta y prejuiciosa Sandy y el bondadoso y filántropo Aram, cuya misión en el mundo es ayudar al otro sin pretender nada a cambio.

    La premisa es sencilla: Sandy (Catherine Zeta Jones) decide mudarse a Nueva York, junto a sus dos hijos pequeños, tras haber descubierto a su esposo con otra mujer. Su nueva aventura como mujer independiente, despechada y necesitada la obliga a buscar un empleo y por eso debe contar con ayuda extra para el cuidado de sus niños. Así, fortuitamente conoce al veinteañero Aram (Justin Bartha) y lo contrata de niñero con el fin de poder comenzar a buscar pareja y de este modo reencauzar su vida. El muchacho, judío con una idishe mame a cuestas y el cantante Art Garfunkel de padre, inmediatamente se gana el corazón de los pequeños y el de Sandy. El amor no tardará en llegar como así tampoco los problemas generacionales que ponen en jaque el futuro de la pareja.

    El resto no hace falta contarlo porque el director Bart Freundlich (cuyo antecedente más rescatable es haber dirigido varios episodios de la serie Californication, además de ser marido de Juliane Moore) no escatima en desperdiciar celuloide a lo pavo. Zeta Jones cumple en su rol de madurita sexy y Bartha dignifica con sus ocurrencias y miradas de bambi tierno.
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  • Un sueño posible
    Parafraseando al título original, El lado ciego, hay que estar demasiado ciego para no darse por aludido de que esta película es (más allá de sus clichés) una bajada de línea cristiana y republicana del más bajo nivel intelectual. Despojándose de esta pequeña molestia ideológica, la primera pregunta que uno debe hacerse es: ¿por qué estuvo nominada al Oscar y, lo que es más grave aún, a quién se le ocurrió que Sandra Bullock merecía ganarlo como actriz? ¿Será un déjà vu de Erin Brockovich o sólo es la maldición de querer utilizar el drama basado en hechos reales como bastión de la prédica bienpensante norteamericana?...
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  • Están todos bien
    Familia rota, familia unida

    No hace falta decir que cuando se trata de remakes norteamericanas de películas europeas se corre con la desventaja del aggiornamiento de las temáticas a la idiosincrasia del pueblo del tío Sam. No obstante, hecha la advertencia, el acercamiento al original siempre queda como asignatura pendiente y uno se queda con la cáscara de algo que de por sí debería ser más profundo e interesante. Ese es el caso de aquella película de Giuseppe Tornatore Stanno tutti bene (1990), protagonizada por Marcello Mastroianni, quien encarnaba a Mateo Scuro, un padre en el último tramo de su vida que tras quedar viudo decide cruzar de Sicilia a distintos puntos de Italia para visitar a sus cuatro hijos con quienes nunca pudo mantener una relación fluida. Así planteada como road movie, el director de Cinema Paradiso iba desmontando, a partir del punto de vista de Mateo, una red de secretos y mentiras que cada uno de los hijos iba sosteniendo a fin de evitar contarle y mostrarle a su progenitor una cruda y triste realidad. Todo ello en el trasfondo de una atmósfera oscura y cínica que se resignificaba con el título del film.

    Podría decirse que la columna vertebral del relato de Tornatore le vino como anillo al dedo al director y guionista Kirk Jones para contar una historia de recomposición de lazos familiares, encaminada al rescate de valores en una época donde todo parece fragmentado, disgregado y fracturado no sólo por las crisis sociales sino por los cambios de paradigmas culturales que ponen en jaque la estructura de la familia nuclear como parte de la base de una comunidad. No es casualidad, entonces, que el personaje de Robert De Niro haya trabajado en su juventud -y durante casi toda su vida- en la fabricación del cableado telefónico cubriendo con PVC los alambres de cobre y jactándose de haber alcanzado una cifra récord para el sostén y confort de su esposa y cuatro hijos. Es precisamente la falta de comunicación con ellos el eje central de la historia y el sacrificio paterno para que cada uno consiguiera realizarse y ser feliz. Los hijos de David son quienes, tras la reciente muerte de su madre, parecen haberse olvidado de aquél, justificándose siempre con excusas para evitar un reencuentro.

    Es por ese motivo que David Goode (De Niro) toma la decisión de caerles por sorpresa a cada uno de ellos. De este modo se desplaza en un largo viaje que lo llevará primero a Manhattan en busca de su hijo predilecto, David. Luego pasará por Chicago para encontrarse con Amy (Kate Beckinsale), la publicista que tras la inesperada llegada de su padre no puede ocultar su crisis conyugal. Después llegará el turno de arribar a Denver, lugar en el que Robert (Sam Rockwell) ensaya con una orquesta municipal y se encarga de tocar los timbales en vez de dirigirla, tal como su padre lo imaginaba. Finalmente terminará su periplo en Las Vegas -sufriendo un contratiempo clave para la historia- a ver a su hija Rosie (Drew Barrimore), quien se supone es una bailarina prestigiosa que ha logrado una carrera muy importante.

    Con cada uno de ellos intentará mantener un diálogo franco pero siempre con la intuición de que ninguno le transmite sinceridad y confianza hasta el punto de preguntarse realmente quiénes son ellos y cómo lo ven a él. Pero lo más importante nunca se concreta porque David Jr., el predilecto, el artista, ha desaparecido de la faz de la tierra y cierto presagio de tragedia gira en torno a su ausencia.

    Planteada como una road movie en donde cada parada simbólicamente responde a la recomposición de una cadena de afectos familiares, el realizador Kirk Jones logra un relato que si bien no presenta dobleces en la construcción dramática tampoco se aleja de las fórmulas más conocidas, siempre amparándose en la correcta actuación de De Niro y un elenco de nombres convocantes para seducir al gran público.

    Sin embargo, esos méritos se ven empañados por una poco lúcida idea de puesta en escena con fines de pretexto confesional para ir revelando aquellas mentiras; así como la redundancia de recursos visuales, entre ellos aquel de mostrar a los hijos cuando eran pequeños en cada reencuentro de David. Por eso, lejos de la opacidad que atravesaba al film de Tornatore, esta versión edulcorada con sello norteamericano se guarda para los minutos finales la impronta aleccionadora, complaciente y aliviadora comprobando que la sola excusa de hacer remakes obedece a la mera especulación comercial.
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  • Número 9
    Número 9
    CineFreaks
    Una más que interesante distopía animada que recoge influencias tanto en lo conceptual como en lo narrativo de películas como Terminator, pasando por 1984 y hasta Brazil de Terry William, por citar sólo algunas. La animación presenta texturas muy atractivas visualmente y la impronta Burtoniana se respira en cada plano, como así también el apego -filosófico- a elementos de la religión judeo-cristiana y sobre todo de la cábala. Si bien el resultado final no concreta todo lo que se propone desde el comienzo (y haciendo la salvedad que no está destinada al público infantil) se puede concluir que el film es más que atendible y vale la pena acercarse...
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  • Loco corazón
    Loco corazón
    CineFreaks
    Una película chiquita que se agiganta debido a la descollante performance de Jeff Bridges, también justo merecedor del Oscar tras cuarenta años de carrera y en el silencio absoluto para la Academia. Si bien la historia transita por la carretera de los lugares comunes, la sólida dirección de este joven debutante la sostiene en velocidad crucero sin exabruptos y con algunos momentos de verdad que arrancan el aplauso, coronados por una excelente banda sonora...
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  • ¿Y... dónde están los Morgan?
    Una comedia romántica que resume lo insípido que está Hollywood al encarar este tipo de proyectos. Y lo que es más grave aún, la arremetida de la corrección política disfrazada de buenas intenciones. Chistes viejos, un argumento poco verosímil, tanto como la química entre la pareja protagónica: Hugh Grant haciendo de sí mismo (como siempre) y Sarah Jessica Parker parece nunca haber abandonado a su personaje de Sex and the City...
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  • Mongol
    Mongol
    CineFreaks
    La ira del Khan

    Los estrenos de la cartelera en dvd ampliado (que algunos cines exhiben cobrando el mismo valor de la entrada como si se tratara de una copia en 35 mm) son y serán motivo de polémica entre quienes sostienen el argumento de la posibilidad de tomar contacto con títulos poco comerciales y aquellos que, en defensa de la calidad de la imagen, consideran a este punto un tanto endeble. Más allá de tomar una posición por uno u otro bando, es justo decir que no todas las películas ampliadas en dvd resisten, en términos cinematográficos, este formato hogareño y realmente pierden total sentido en cuanto a calidad de imagen, sonido y nitidez.

    Por esas incongruencias de los distribuidores locales llega con dos años de atraso Mongol, film del director ruso Sergei Bodrov, financiado con capitales rusos, kazajos y mongoles que reconstruye los primeros años de la vida de Genghis Khan, quien se convirtiera tras vencer en una épica batalla a su propio hermano, en emperador de Mongolia y luego -con el correr de los años- en prácticamente de la mitad del mundo, extendiéndose su imperio por toda Asia y Europa. Si había algo que precisamente justificara el estreno de esta película de segunda línea, sin lugar a dudas era su despliegue visual; su bella fotografía y el lucimiento de sofisticadas panorámicas, así como grandes movimientos de extras en las escasas secuencias de batallas. Pero lamentablemente estos elementos se ven gravemente disminuidos en la proyección que no sólo no deja apreciar las bondades del cinemascope, sino que por contar con una baja luminosidad hace por momentos bastante tediosa su visión.

    La historia, esquemática y convencional, se instala en dos períodos históricos que se yuxtaponen entre tiempo presente y flashbacks: el de la infancia del niño Temudjin, quien a los nueve años viaja con su padre para elegir a su futura esposa y al regresar debe soportar la pérdida de su progenitor, envenenado por el clan enemigo, y luego padecer tras el vacío de poder los castigos propinados por los traidores al régimen de su padre, para quienes jura venganza en el futuro. El segundo segmento lo compone lo que podría llamarse la juventud del protagonista, donde se siembra el germen de lo que -tiempo después- se transformaría en un gran guerrero y emperador.

    Salvo algunas escenas de acción bien filmadas y un correcto trabajo de los actores principales en las situaciones dramáticas, no hay mucho para destacar de esta biopic enfocada en el culto al personaje, con una innegable mirada complaciente e idealizada (como la que tuviera Mel Gibson con su William Wallace de Corazón valiente).

    Si bien se ha dicho que ésta es la primera entrega de una trilogía sobre la figura del Emperador mongol, lo cierto es que a dos años de su estreno aún no ha habido indicios por parte de los productores y su director de una secuela que estaría basada en el apogeo del imperio, para terminar en una tercera parte focalizada en la decadencia. Por ahora es lo que hay y eso es realmente poco.
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  • La isla siniestra
    ¿Hasta dónde puede llegar la culpa y los miedos a la locura? El director de Taxi driver, fiel a sus tópicos de la paranoia, los terrores internos y la cinefilia rabiosa, se sumerge en este laberinto de encierro a puro nervio narrativo; recuperando, incluso, el tono de los policiales negros de los años cincuenta junto a la imaginería del cine B en una -por momentos- magistral clase de cómo se desarrolla cinematográficamente un punto de vista. Leonardo Di Caprio entrega una de sus mejores interpretaciones, acompañado de un elenco de lujo. Perturbadora, polémica, valiente, hipnótica y fascinante...
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  • Sólo para parejas
    La mediocridad no se toma vacaciones

    Si hay algo que salva del abucheo generalizado a comedias pasatistas de esta especie, definidas cada una de ellas por el hecho de reciclar tópicos trillados (como el de las crisis matrimoniales o en su versión más prosaica el de la guerra de los sexos), es sin dudas una rica galería de personajes secundarios y la incorrección política que pone en jaque valores de índole conservador, sobre los cuales existe una penosa indulgencia por parte de la industria.

    Sobran los ejemplos de buenas propuestas como La novia de mis pesadillas para reconocer que la penetración del estilo de las sitcom estadounidenses resolvió ciertos problemas en la concepción general, demostrando que cuando se quiere se puede. Quizás para este debut del actor Peter Billinsgley en la dirección la frase deba modificarse por otra más justa: cuando se sabe se puede. Esto se debe a que Sólo para parejas hace gala del término intrascendente no sólo por la banalidad de la trama, sino porque ninguno de los planteos esbozados por el guión -chato- resulta interesante.

    La historia básicamente conjuga los lugares comunes de todo matrimonio inmerso en la rutina, en un aparente clima de tranquilidad, cuya supuesta perfección en la relación de pareja se verá profundamente dañada al pasar por los consejos de un gurú (Jean Reno), quien ofrece sus servicios en un resort paradisíaco. Allí, llegan entusiasmadas las cuatro parejas que protagonizan esta insulsa comedia compuestas por: Jason Bateman y Kristen Bell, en realidad el único matrimonio con problemas porque ella no puede quedar embarazada; Vince Vaughn, Malli Akerman, Faizon Love, John Favreau y Kristin Davis que completan el grupo repasando las típicas rencillas que delatan el desgaste de cualquier convivencia conyugal como la falta de comunicación, el mal sexo, la postergación de proyectos personales, para los cuales los guionistas apelan a una batería de gags que no hacen reír a nadie..

    Ni siquiera la verborragia de Vaughn (que a esta altura ya cansa), el pequeño papel otorgado al cantante Carlos Ponce (que exhibe músculos, sex apeal latino y misoginia) o el desaprovechado John Favreau son suficientes para sacar a flote una película que por el propio peso de su mediocridad se hunde desde el primer minuto y toca fondo con un rebrote moralista patético e irritante.
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  • Rosa Patria
    Rosa Patria
    CineFreaks
    El retrato imperfecto

    Rosa Patria es un claro ejemplo de la lábil frontera entre el documental y la ficción, cuando se está dispuesto a trascender límites formales y a exponer explícitamente como parte del proceso creativo una búsqueda que, lejos de volverse un atajo hacia un lugar definido, abre la encrucijada que permite la reflexión y la necesidad de volver una y otra vez sobre los objetivos buscados. Afortunadamente, Santiago Loza –director de Extraño– se atreve con un anómalo ensayo documental, dejando su sello indeleble de calidad artística por sobre todas las cosas.

    La virtud de esta propuesta, ganadora el año pasado del premio del jurado en la sección oficial de competencia Argentina del último BAFICI , es la incompletud al acercarse desde una visión personal y fragmentaria a la poco conocida figura de Néstor Perlongher: un poeta argentino, homosexual, que militó antes y durante la época de la dictadura en defensa de la libertad sexual, por lo que debió exiliarse a Francia y posteriormente a Brasil para luego terminar sus días y morir en la Argentina por padecer el virus del HIV.

    Loza no sólo rescata una parte poco difundida de la historia más reciente del poeta, la de la militancia y posteriormente su recaída mística, sin ocuparse demasiado de su faceta artística para concentrarse en un constante juego de interrogantes, representaciones de carácter teatral, recuperación de viejas cartas, canciones y un largo etcétera mixturado con la irrupción de recitados que traen la imagen fantasmagórica de Perlongher, la cual se realza en la constante ausencia a la vez que se desdibuja en un compendio muy bien seleccionado de testimonios de amigos y compañeros. Entre el acopio de voces resuenan las de Fernando Noy, Juan José Sebreli (por citar a los más conocidos) junto al relato de activistas que proporcionan jugosas anécdotas con un aporte de ciertas contradicciones en la figura del artista.

    El mérito del cineasta creador de Cuatro mujeres descalzas, más allá de haber logrado este interesante experimento en tan sólo 10 días de rodaje, es que al carecer de material de archivo y fotos reconstruye un personaje como si se hubiera propuesto seguirle los rastros a un fantasma huidizo, que reaparece una y otra vez en las estrofas crudas y burlonas de los poemas de este excéntrico escritor.
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  • Aquel querido mes de agosto
    Si hay algo que puede caracterizar a este film del portugués Miguel Gomes es su impronta de cine independiente ya que prevalece la idea de búsqueda, de riesgo, durante las dos horas y media en las que el director utiliza el pretexto de un rodaje que lo acerca conceptualmente al documental desde el registro inmediato y sin filtros para encontrarse con historias sencillas en una aldea portuguesa haciendo foco en lo banal, en la falta de acontecimientos extraordinarios. La cámara encuentra personajes en cada rincón por el que pasa, mérito excluyente de este joven realizador que mereciera el premio en la sección oficial de competencia internacional del último BAFICI, pero se ve invadida por una energía que proviene de la naturaleza y de la sencillez y carisma de sus protagonistas, entre quienes se destacan los miembros de una familia compuesta por un padre abandonado por su mujer, una hija adolescente, su tío y su primo que se ganan la vida cantando canciones de amor, al estilo Julio Iglesias. Tan pegadizas al oído como inolvidables para las escenas de una película dispuesta a mostrar que pese al artificio del cine la realidad de lo cotidiano, mostrada desde un ojo sensible, tiene más riqueza y vitalidad que la ficción...
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  • Un maldito policía en Nueva Orleans
    Únicamente un director del talento y la osadía de Werner Herzog es capaz de llevar adelante un film tan anómalo y cautivante que se aparta rotundamente de su aparente versión original (de remake no tiene un ápice) donde la pátina cristiana prevalecía sobre la supuesta decadencia moral. Esta reinvención del personaje encarnado nada menos que por Nicolas Cage, cuya habitual sobreactuación se amolda de forma perfecta con la caracterización, es sin duda el mayor hallazgo que el director de Fitzcarraldo haya hecho y, lo más importante, un espaldarazo para un actor que había entrado en la pendiente de la decadencia y la ridiculez. Parte de ese logro se debe al tono desatado que el film sostiene sin ningún forcejeo con la trama, una mezcla de policial común con la sobreexposición de los estereotipos que pasan por el ojo deformante de la cámara, contagiándose de los efectos lisérgicos que irrumpen a cada minuto en el derrotero de este detective corrupto atrapado en un círculo vicioso. Un film agnóstico y mordaz que se permite arrojar los dardos ponzoñosos sobre los valores de la cultura Norteamericana, las redenciones hollywoodenses y la corrección política para mostrar una ciudad putrefacta tras el demoledor paso del huracán Katrina...
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  • Alicia en el país de las maravillas
    Los confines de la imaginación y la locura

    Para adentrarnos en el contexto del último opus de Tim Burton, nada menos que una aproximación a los populares cuentos (finalmente novelas) centrados en las peripecias de la heroína Alicia, resulta imprescindible repasar algunos datos de su autor, conocido bajo el seudónimo de Lewis Carroll. Además de escritor, este pastor anglicano (fallecido en el año 1898 en su Inglaterra natal) era matemático y lógico, hecho que más allá de ser anecdótico puede resignificarse tomando como punto de partida la historia de Las aventuras de Alicia en el país de las Maravillas (su primer cuento) y de Alicia a través del espejo y lo que encontró allí (su secuela), siendo este último caso una obra más propensa al uso de metáforas y alegorías, que el director de Batman mezcló para dar forma a lo que podría considerarse como una tercera parte con una Alicia de casi 20 años.

    En esta versión pergeñada por la delirante mente del realizador se recupera la figura de la protagonista en pleno tránsito de la pubertad hacia la adultez y, en un segundo nivel, bucea en la búsqueda de su propia identidad en rebeldía ante las imposiciones y mandatos sociales. Así lo refleja la anécdota que da comienzo al film: Alicia (buen debut de Mia Wasikowska) llega engañada a la antesala de la boda en la que su pretendiente le propondrá casarse ante una congregación de familiares y allegados, entre quienes se encuentran su madre y su hermana. Semejante traición la llevan a abandonar el lugar y luego a dejarse llevar por la curiosidad de un conejo blanco que la conduce a su madriguera, junto a un árbol, en la que termina por caer. A partir de allí no abandonará la tierra de Underland, donde tomará contacto con una serie de personajes, entre ellos el sombrerero loco (inspirada creación de Johnny Depp), la oruga azul (voz de Alan Rickman), el gato de Cheshire ( voz de Stephen Fry), la malvada reina roja (genial Helena Bonham-Carter) y la reina blanca (una deslucida Anne Hathaway). El resto transita por el camino de la aventura iniciática, en la cual la joven Alicia deberá matar al dragón Jabberwocky (voz de Christopher Lee) para destronar a la reina roja.

    A eso debe sumársele la desatada fantasía del director de Ed Wood, que al transferir sus escenas al sistema 3-D consigue un plus en cuanto a la imagen y al movimiento de los objetos en la pantalla, sin renunciar a sus habituales marcas de estilo que le otorgan a la trama ciertas aristas oscuras e ironía volviéndola más atractiva aún. En esa sutil arremetida irónica descansa paradójicamente el espíritu de la novela original, que se mofaba de la burguesía de aquella época mediante juegos de palabras y alusiones políticas que en el caso de Burton se sintetizan en la cohorte de aduladores de la reina roja, entre otras cosas.

    Ahora bien, ¿en qué reside la importancia de los relatos de este escritor del siglo XIX y cuál es su relación directa con Tim Burton y su cine? En primer lugar en la impronta transgresora tanto de uno como de otro de acuerdo a sus lenguajes artísticos. En el comienzo de la novela la niña escucha con poca atención un relato que le lee su hermana, carente de diálogos e ilustraciones. De ahí, la posibilidad que tiene la pequeña Alicia de crearse un universo propio mediante el lenguaje para salir del tedio. No a partir de la fantasía, como suele interpretarse. Este prólogo nos permite remontarnos por otro lado a los orígenes del conocimiento a través de la primera herramienta cognitiva, que es aquella proporcionada por las palabras para reconocer los objetos, sin la chance de que estos puedan tener otro significado. Esa imposibilidad es la que dificulta la irrupción de la imaginación, que justamente representa entre otras cosas la falta de libertad

    En el caso del inventor de El joven manos de tijera la limitación del leguaje que ancla el sentido es equivalente a la de la imagen que literalmente representa una sola cosa, propia de ese cine carente de vuelo que sigue a rajatabla modelos de representación que dictan un orden establecido, incluso cuando de fantasía se trate. Para romper con esa ley es esencial la apertura hacia la poesía, tanto en el terreno literario como cinematográfico, y mediante ella a la multiplicidad de sentidos para reinventar la realidad. Eso es precisamente lo que hace Tim Burton en la construcción de sus propios universos, atravesados por reminiscencias de pesadillas infantiles, criaturas extrañas e incompletas (o con algún defecto físico) y en la manifiesta defensa de la locura para evadir la chatura y el orden del mundo real.

    Allí está entonces el famoso y utópico mundo de las Maravillas de Burton y Carroll, al que llega la inocente niña tras caer en la madriguera del conejo Blanco. Un lugar habitado por seres extraños que la someten a diferentes acertijos lógicos que derivan en respuestas absurdas (línea que la película lamentablemente no explota) durante su proceso transformador. Y si de locura se trata, sólo unos pocos realizadores como éste tienen la capacidad de no ilustrar con imágenes preconcebidas para orquestar una imaginería tan rica y propia, que en este caso particular impregna al film de un costado ambivalente por generar una tensión entre la idea transgresora de la libertad frente a la de la predestinación. Eso lo aleja desde ya, y pese a tratarse de un producto financiado por Disney, de cualquier narración infantil tradicional.

    Sin llegar al status de obra maestra por algunas concesiones y desniveles narrativos del guión escrito por Linda Woolverton (La bella y la Bestia), el autor de El gran Pez se despoja de inmediato de la realidad mundana de mediados del siglo XIX para sumergirse en las profundidades de la mente y hasta de la locura al dejar abierta la idea del olvido y la memoria en un enfoque más pernicioso que beneficioso.
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  • Al filo de la oscuridad
    Asuntos pendientes antes de morir

    Con pulso narrativo estilo 70’s, el director neozelandés Martín Campbell retoma parte del argumento de una serie británica de los años 80 convocando al actor Mel Gibson, quien nuevamente retorna a la actuación luego de siete años de ausencia.

    Al filo de la oscuridad se jacta de no necesitar de la espectacularidad y la acción trepidante para mantener sentado al espectador. Eso se debe a que la trama es lo suficientemente rica para ir dosificándola de información a medida que el relato se adentra en un in crescendo que avanza a ritmo pausado pero sostenido; más allá de ciertos maniqueísmos a la hora de construir los personajes principales: el protagonista (Mel Gibson), un detective crepuscular de Boston a quien le asesinan a su hija frente a sus narices; así como su antagonista (Danny Huston), un oscuro ejecutivo de una compañía privada de defensa involucrada en el negocio nuclear a niveles supraestatales, donde el nombre de los EE UU resuena cada vez más fuerte. Sin embargo, la clave del film la constituyen los personajes secundarios y las subtramas, entre las que se destaca la que protagoniza Ray Winstone, en un contrapunto más que interesante con Gibson, indiscutiblemente lo mejor de esta película.

    Uno de los tópicos propios de aquel cine setentista recuperado por el realizador es sin dudas el determinismo de la moral en las acciones de los personajes ante situaciones límites, que en un orden pragmático -y en sintonía con los tiempos que corren- se resolvería fácilmente con la justicia por mano propia, siempre que los resortes del sistema sigan aferrados al colchón del control social. Por eso este policial de pura cepa puede diferenciarse del resto de las ofertas hollywoodenses al no traicionar la ética de sus estereotipos más reconocibles, como por ejemplo el de este padre torturado por el fantasma del pasado que busca conocer la verdad sobre los hechos y no simplemente la venganza a sangre fría.

    No obstante, pese a estas virtudes de orden formal el film del director de Límite vertical se desgasta un tanto cuando pretende atravesar la malla conspirativa y cae en una sumatoria de baches narrativos que logran rectificarse recién hacia el desenlace. Por su parte, Mel Gibson vuelve mucho más aggiornado a un papel que exige desempeño dramático sin ampulosidad, y poca destreza física para una historia sencilla, directa y cruda.
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  • El imaginario mundo del Doctor Parnassus
    Los Demiurgos de Terry Gilliam se miran al espejo

    Cuenta la historia que allá por el año 2006 Terry Gilliam comenzaba a bosquejar un guión propio concentrado en el derrotero de un grupo de actores transhumantes en la Londres contemporánea, quienes aparecían transportados a mundos imaginarios tras atravesar un espejo. A partir de ese momento se contactó con el guionista Charles McKeown, con quien ya había trabajado en el libro de Brazil y Las aventuras del Barón Munchausen. La sociedad creativa no tardó en concretarse y así fue creciendo el proyecto de la caótica y melancólica El imaginario mundo del Dr Parnassus.

    ¿Acaso el desborde de la imaginación de un artista a quien le fascina asumir riesgos no es caótico? Si hay algo que define la carrera cinematográfica de este director, sin duda lo primero que surge es la alternancia de universos en distintos niveles de realidades: el de la locura en 12 monos; el de las alucinaciones lisérgicas de Pánico y locura en Las Vegas; o simplemente el que aporta el sueño y la pesadilla del propio realizador en calidad de símbolo o alegoría, cuyo ejemplo más concreto no es otro que Brazil.

    Otra de las obsesiones que persiguen al ex Monty Python (desde los orígenes de su carrera con Los aventureros del tiempo) es la de los relatos literarios, claro nexo emocional con la infancia desde el punto de vista narrativo, tal como quedara plasmado en su fallida Los hermanos Grimm y en su particular y retorcida visión de la Alicia de Lewis Carrol desde Tideland. Todos esos elementos conceptuales, bañados del cinismo y la particular mirada del autor, se mezclan alquímicamente en la trama de su nueva obra coronada no sólo por la expectativa de su retorno sino por la repentina muerte del protagonista Heath Ledger; acontecimiento que casi pone punto final a la continuidad de la aventura, pero que gracias al creativo Gilliam no hizo mella sobre el proyecto más que transformar algunos aspectos del relato y, entre otras cosas, reemplazar al actor fallecido por tres estrellas populares como Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell, sin alterar el espíritu de su película..

    Y si de alquimistas se trata, ese mote le cabe perfecto al personaje central interpretado magistralmente por Christopher Plummer, un condenado a la inmortalidad que por su ambición pactó con el Diablo (sorprendente performance del músico Tom Waits) la entrega de su hija Valentina (la modelo Lily Cole) cuando ella llegara a cumplir los 16 años. Mientras se acerca el plazo, deambula con su troupe de actores por las sombrías y empedradas calles londinenses ofreciendo un espectáculo en donde los participantes pueden vivir temporalmente en sus propios mundos imaginarios, ayudados por la poderosa mente de Parnassus y un espejo por el que deben pasar. Así, la multiplicidad de escenarios posibles por los que transita la historia, junto al inagotable reservorio de ideas del delirante Gilliam, dominan el film aportándole energía y una fuerza creativa que mezcla imágenes surrealistas, escenografías que remiten al teatro con sus representaciones de cartón pintado y una batería importante de efectos visuales y digitales al servicio de la acción y no como ejercicio exhibicionista, cuyo máximo responsable es Nicola Pecorini desde la deslumbrante fotografía.

    Si el azar o el destino tienen algo que ver con la aparición de Tony (Ledger hasta su fallecimiento, luego Depp, Farrell y Law), poco importa ya que el misterio que rodea a la identidad de este extraño seduce tanto a Parnassus como a Valentina, su hija adolescente; al mismo tiempo que despierta los recelos de Anton (Andrew Garfield), el pordiosero presentador que forma parte del grupo junto al cínico enano Percy (Verne Troyer).

    Con la firme intención de despojarse de los arquetipos del bien y del mal podría decirse que estos dos personajes, Parnassus y el Diablo, equilibran la balanza del mundo a partir de la apuesta constante de las almas, como los Demiurgos que digitan la gran obra teatral del universo (sí, la serie "Lost" no inventó nada al introducir personajes sobrenaturales), atravesada por la tragedia y la fuerza de la voluntad para vencer el miedo a los propios deseos y, en definitiva, a la soledad que es la mueca más perversa de la inmortalidad. Esa es la tortuosa y a la vez maravillosa piedra que carga el protagonista, quien debe apostar con su enemigo para darle sentido a su ambiguo y siniestro don de la inmortalidad en un mundo de mortales, narcotizados por lo mundano y lo superfluo, para quienes un teatro ambulante y un anciano en posición de buda resulta anacrónico y aburrido.

    De ahí que debe entenderse a este nuevo trabajo de Terry Gilliam como un puente intertextual que se vincula dialécticamente con toda su prolífica obra, pero sobre todas las cosas con sus pensamientos más profundos acerca de la banalidad del mundo (piénsese en la subtrama de la caridad con un gran cameo de Peter Stormare como presidente hemipléjico) y los tiempos que lo rodean, donde la única esperanza parece encontrarse en el camino de la imaginación; de la creación en pleno proceso y en el retorno a los orígenes de los relatos, cruzados con las fábulas y los arcanos siempre vigentes y tan actuales y necesarios en un siglo en el cual lo profano sepultó a lo sagrado, tal como presagia el desenlace del film.

    Tal vez el azar o el destino hayan querido que este fuera el legado cinematográfico de Heath Ledger, cuyo crecimiento actoral avizoraba un futuro tan rico como arriesgado. No obstante, eso quedará en el terreno de la especulación sin generar otro anhelo que la necesidad de volverlo a disfrutar en esta singular mirada del realizador de Pescador de Ilusiones, en la que los Demiurgos propios se enfrentan cara a cara y se miran al espejo.
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  • Un hombre serio
    Un hombre serio
    CineFreaks
    Una pesadilla que se nutre de elementos de la cultura judaica sin alterar el tono parsimonioso y digresivo de esta nueva propuesta de los hermanos Coen, que seguramente no llegue a quedar como una de las favoritas en la recta final de los Oscars. Austera desde el punto de vista narrativo, la historia planteada, en una estructura episódica que intencionalmente no se resuelve, se impregna de ese principio de incertidumbre que tortura durante todo el metraje a su protagonista: un hombre que busca respuestas y no las encuentra. Simple y enigmática como toda película de los directores de Fargo, quienes una vez más vuelven a acertar en la elección del casting; en el tono despojado de lo solemne pero con ciertas dosis de melancolía y humor negro para ganarse a un público un poco más reacio a un cine menos convencional...
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  • La madre
    La madre
    CineFreaks
    La casa tomada

    Minimalismo y poesía son dos de las energías que potencian al cine de Gustavo Fontán. Este realizador argentino que ya había sorprendido a los críticos con su austera e inolvidable El árbol y con su no-convencional -cuasi experimental- La orilla que se abisma, vuelve a cautivarnos con La madre, su tercer opus de ficción, presentado con anterioridad en la edición 2009 del BAFICI en la sección de competencia argentina y con gran aceptación de la crítica especializada.

    La ambigüedad y la fragmentación atraviesan el universo de esta trama protagonizada por tres personajes: una madre (Gloria Stingo) envuelta en un soliloquio, su hijo adolescente (Federico Fontán) que debe lidiar con angustias propias y ajenas, y por último su novia (Marisol Martinez) en franca rivalidad con la suegra. Pero sobre todo la presencia de un cuarto personaje, quizás el más importante aunque invisible, que no es otro que un padre ausente o simplemente la ausencia de una figura paterna para realzar el costado psicológico del relato, pese a que sería mejor inclinarse por una interpretación de carácter simbólico.

    El trasfondo de la ausencia está meticulosamente trabajado en un fuera de campo constante. Sin embargo, ciertos análisis optarán por recorrer un camino bastante transitado como el del complejo de Edipo, teniendo en cuenta la relación entre madre e hijo con un padre que ya no está. No obstante, esa vía psicoanalítica -para esta obra- resultaría poco reveladora ya que prevalecen elementos mucho más importantes (el tiempo, los espacios vacíos, la fugacidad, la muerte, la finitud, el destino, etc.), que invitan a reflexionar sin modelos teóricos ordenadores. Es más adecuado y placentero despojarse de cualquier intento de estructurar esta historia que hace del fraccionamiento prácticamente su eje rector, con el privilegio sobre la forma antes que el contenido; y hace del punto de vista, con un sutil juego de miradas entre los protagonistas, su vitalidad.

    Si en El árbol la idea del tiempo imperceptible se hacía palpable a través de la quietud de la naturaleza, en La madre los fantasmas de la ausencia se hacen visibles en la quietud del tiempo. Aparecen inertes como el viento en los resquicios del silencio de una casona donde los objetos parecen más animados que los propios seres que la habitan; tangibles en la textura de las sombras proyectadas en la pared que se difuminan, a veces heridas por la irrupción de la luz y su movimiento interno. Pero esa quietud que en realidad son fragmentos (característica sustancial del cine de Fontán) se agiganta a partir de la inercia de los cuerpos, a veces informes y otras convirtiéndose en meros objetos de un paisaje interior: una habitación silenciosa, donde la soledad ocupa cada rincón y los recuerdos sin rostro se esconden detrás de los vidrios.

    No hay espejos deformantes ni refractantes, simplemente máscaras que ocultan los verdaderos aspectos del alma; las heridas que no cicatrizan a pesar del transcurrir de la vida, que el director se encarga de enfatizar a través de los cambios de estación y de difusos flashbacks que rompen cualquier cronología. Algunas reminiscencias al cine de Alexander Sokurov revolotean por los interiores del film de Fontán, quien esta vez realizó un trabajo soberbio sobre la luz natural gracias al aporte inmensurable del director de fotografía Diego Poleri. Cabe destacar además el compromiso de los actores que, con una gran entrega, logran transmitir emociones contenidas sin el habitual vicio de la sobreactuación tan común para este tipo de propuestas.

    Si hay algo que caracteriza a esta película intimista y de una belleza singular, donde nuevamente la naturaleza gana un protagonismo central, es la economía de recursos para expresar lo que a veces resulta inexpresable: el dolor y la pérdida.
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  • Percy Jackson y el ladrón del rayo
    Más allá de la mitología griega bastardeada por la mirada insulsa de Hollywood, la primera parte de la saga del supuesto heredero cinematográfico del mago Harry Potter logra buenos momentos de acción y de acumulación de efectos especiales aunque el relato a veces resulta un poco inconsistente con la permanente sensación de apresurar capítulos de una novela y condensar subtramas que quedan sin resolver...
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  • Plumíferos
    Plumíferos
    CineFreaks
    Esta digna producción nacional que apuesta a la animación digital realizada con software libre (de ahí las recurrentes referencias al villano con cierto parecido a Bill Gates casualmente apellidado Puertas) suma tantos defectos como aciertos. Las falencias se resumen en el guión y en la ineficacia de algunos chistes y las virtudes en la elección de las voces para dar vida a una serie de personajes secundarios entre los que se destacan la paloma (Mirtha Wons), el picaflor (Peto Menahem), el gato (Mike Amigorena); sin duda el mayor atractivo de una historia que en su concepción daba para mucho más...
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  • Desde mi cielo
    Desde mi cielo
    CineFreaks
    Mamarracho celestial

    Cuesta creer que un director del prestigio de Peter Jackson cometa tantas torpezas en la adaptación de una novela publicada en el 2002, escrita por Alice Sebold y traducida al castellano con el título Desde mi cielo. Quienes han leído el libro coinciden en que la adaptación cinematográfica, a cargo del propio Jackson y sus co-guionistas Fran Walsh y Philippa Boyens, no logró condensar el espíritu de la historia que gira en torno a una serie de reflexiones sobre la vida después de la muerte a partir del relato de una adolescente asesinada en 1973, quien observa desde el limbo como sigue la existencia de sus seres queridos y no puede despegarse de lo terrenal para llegar al tan ansiado paraíso.

    Ese es a grandes rasgos el desafío que seducía al director de King Kong y que dados los antecedentes que se remontan a Criaturas celestiales (quizá su mejor película donde la fusión entre dos realidades era perfecta), podía resultar más que interesante. Sin embargo, cegado por una ramplonería kitsch y un desacierto mayúsculo de la puesta en escena- cuando se trata de representar el espacio celestial- este nuevo opus resulta por lo menos fallido en su concepción formal y absurdo desde un punto de vista cinematográfico. Tal vez el realizador procuró alejarse de los códigos del policial clásico ya que tenía todos los elementos servidos en bandeja: desde el asesino serial introvertido hasta la víctima ideal y en paralelo la investigación que no aporta demasiado. En vez de ajustarse a esta estructura intentó amalgamar la fantasía quizás para descomprimir un argumento que de por sí pierde su misterio porque tanto víctima como victimario se develan casi al comienzo del film. De ese modo lo que podría parecer como una película híbrida nunca encuentra el justo equilibrio y se desbalancea desde el principio. Así, Jackson desperdicia la riqueza de los géneros en juego y deja la sensación de que estamos frente a dos películas, malas por cierto.

    Una voz en off omnipresente de la protagonista, Susie Salmon (Saoirse Ronan), anticipa que fue asesinada por su vecino (Stanley Tucci, exagerado y sobreactuado), mientras que su familia trata de seguir viviendo pese a la pérdida. Quien sospecha sobre la identidad del asesino es su padre (Mark Wahlberg), aunque el poco apoyo de la policía, encarnada en el detective de turno (Michael Imperioli, el Christopher de Los Sopranos), no ayuda demasiado. Tampoco la depresión de su esposa Abigail (Rachel Weisz), devenida en crisis familiar con huída del hogar. Así las cosas, el padre junto a sus dos hijos vivos, hermana y hermano menores de la protagonista, son vigilados por Susie desde el más allá con la consabida regla de la incomunicación entre un mundo y otro.

    Entre el onirismo digital, a veces calcado de Más allá de los sueños (1998), y alguna que otra impronta surrealista de manual de primer grado -acompañado de una estética new age que la banda sonora de Brian Eno se encarga de enfatizar-, este producto mal terminado se derrumba en la primera media hora pese a los intentos estériles de crear una atmósfera de suspenso y oscuridad absolutamente opacada por los colores chillones de la imagen y la falta de ritmo con enormes digresiones y baches en lo que hace a lo narrativo.

    No obstante, la frutilla del postre para provocar la mayor indigestión al espectador llega en la resolución de la trama y en un epílogo patético que hacen descender varios escalones a este gran director que había tocado el cielo con las manos y ahora vuelve al lodo de un cine previsible, chato e impersonal.
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  • Los hombres que no amaban a las mujeres
    Si bien este thriller de origen sueco no escapa a algunos lugares comunes del género eso no significa que no tenga ritmo y peso específico en una trama lo suficientemente sofisticada para atrapar la atención del espectador. Las reminiscencias al Twin Peaks de David Lynch son evidentes aunque sin el entramado simbólico que en este caso cambia por elementos trash matizado por una galería de personajes simples y oscuros donde el juego de las apariencias gana protagonismo a lo largo de la trama y en una segunda lectura apunta sus dardos más venenosos tras desnudar la hipocresía de una sociedad que parece liberal pero que en realidad es ultra reaccionaria. Habrá que esperar la segunda entrega de esta trilogía que ha sido un boom editorial en Europa...
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  • Día de los enamorados
    Grasiento San Valentín

    El ABC de toda película coral habla de dos elementos básicos que todo guionista, sea principiante o no, debe respetar: unidad de tiempo y espacio y un nexo entre los personajes. Sin embargo, existe un tercer aspecto que no siempre es tenido en cuenta y que, en definitiva, es lo que distingue a una buena película de una mala. Ese ingrediente no es otro que la cohesión narrativa o conceptual. En este sentido Día de los enamorados podría definirse como un simulacro de obra coral o simplemente como un chiste ultracaro y de mal gusto.

    A punto de estrenarse mundialmente y con la confirmación de una secuela llega este nuevo opus de Garry Marshall, film al que le sobran actores, minutos y al que le faltan ideas, criterio y ritmo. Nada puede rescatarse de un producto tan vacío que utiliza el pretexto del día de San Valentín para reunir a un multielenco de super figuras que realmente no saben qué hacer en pantalla más que competir para ver quién es más ridículo (y eso que encabeza la lista el impresentable Ashton Kutcher). Acompañado además por estrellas tales como Shirley MacLaine, Julia Roberts, Jennifer Garner, Jessica Alba, Jamie Foxx... y la lista de nombres conocidos sigue.

    Algo parecido a una suma de viñetas estructuran -por así decirlo- la trama que acontece en el mentado día festivo, donde cada pareja de personajes se verá involucrada en una situación que oscila entre la historia de amor más cursi (la de Jessica Alba y Ashton Kutcher) o la archi-trillada de despecho (la de Jennifer Garner y Patrick Dempsey). A esas situaciones se le suman la del amor adolescente con promesa de debut sexual; la de la pareja de ancianos que perdura pese al tiempo; la del niño tierno que se enamora de su profesora y -para que nadie quede excluido- la del amor gay.

    Sin embargo, el carácter digresivo y anecdótico sumerge al relato en un caldo que rebalsa grasa sin llegar al punto de ebullición. Y en eso la responsabilidad mayor la tiene el director de Frankie y Johnny, que parece haberse olvidado del timing, del humor y de que por lo general no alcanza con contar con un reparto de lujo cuando no hay nada nuevo para decir.
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  • El Hombre Lobo
    El Hombre Lobo
    CineFreaks
    -Resulta inobjetable la eficacia de este interesante film que recupera los tópicos de la licantropía y la esencia de un relato clásico de gran rusticidad que dosifica de manera inteligente y prolija la acción y el drama en las mismas proporciones gracias a un elenco de lujo a la altura del desafio...
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  • Preciosa
    Preciosa
    CineFreaks
    Si se tuviera en cuenta el calvario personal que atraviesa la protagonista de Preciosa a lo largo del film, podría decirse sin riesgo a exagerar que se trataba de un relato con todos los aditamentos básicos para abrir la puerta al cine de golpe de efecto, ese que se regodea con las miserias ajenas y manipula la fibra emocional del público a cualquier precio.

    Ahora bien, pese a que esta película del afoamericano Lee Daniels no cae en el facilismo, eso no significa que la historia en sí misma se despegue del dramatismo y el sentimentalismo como así tampoco de la retórica explicativa. Debatible en todos sus niveles con un elevado cúmulo de polémicas, Preciosa conserva un eje narrativo sólido aunque elemental y un tono y estilo que mezcla el texto intimista, a modo de diario confesional, sin abuso de la voz en off, con el registro casi documental para lograr una proximidad mayor con los personajes y las situaciones, matizado con secuencias de fantasía que terminan por cerrar este prolijo collage cinematográfico.

    En ese sentido es poco lo que pueda objetarse al tratamiento conceptual efectuado por el director manteniendo una adecuada distancia con la historia y con el punto de vista de la protagonista. Este nivel de objetividad en la mirada les permite mayor desarrollo a los personajes, pese a algunas decisiones de puesta en escena que le juegan en contra, sobre todo en aquellas donde se representa el mundo imaginario que acciona cada vez que la joven desea escapar de la realidad. Claro que con un panorama tan sórdido y denigrante, que incluye violencia doméstica, esclavitud sexual, violaciones y en mayor proporción un constante abuso psicológico, la víctima no encuentra otra salida que la de la esporádica irrealidad, que la convierte en celebridad o en joven rubia y esbelta (en la realidad pesa 150 kilos).

    Ese es a grandes rasgos el juego de contrastes que opera en la dialéctica narrativa de la trama que el guionista debutante Geoffrey Fletcher concentra en la transformación psicológica de Clarisse (Gabourey Sidibe, nominada al Oscar), una adolescente afroamericana de 16 años, semi- analfabeta, que vive en Harlem en los años 80 con una madre abusiva y violenta (Mo''Nique, también nominada al Oscar). El único momento de paz para la muchacha es el de la escuela, donde aprende matemáticas aunque su estadía allí pende de un hilo al enterarse en la institución que nuevamente está embarazada de su padre, de quien ya tuviese una hija con síndrome de Down, apodada Mongo por su propia madre. Por este motivo queda libre y debe concurrir a una escuela alternativa, en la cual aprenderá, junto a sus compañeras latinas y descastadas, a leer y escribir gracias a la constancia y paciencia de una profesora (Paula Patton) y a la supervisión de una psicóloga (la irreconocible Mariah Carey), en quienes encuentra una malla de contención afectiva lo suficientemente amplia como para alejarse a fuerza de voluntad de su madre y un entorno conflictivo.

    Basado en la novela "Push" de la poetisa Sapphire, el opus de Daniels es un contundente relato de autosuperación que bordea -sin eufemismos- el universo femenino a partir de la lucha silenciosa de un grupo de mujeres que en épocas del gobierno de Ronald Reagan se enfrentaron a un sistema perverso de exclusión social y que aún hoy, en la era Obama, persiste. Sin embargo, no se trata de un film político sino de un buen drama intimista, crudo, sin pudores y honesto.
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  • Vivir al límite
    Más allá de la adrenalina indiscutible y de una rigurosa puesta en escena, la película de Bigelow no logra traspasar lo anecdótico y si bien no toma posición ideológica explícita su sesgado punto de vista sobre el ejército de ocupación y sobre su particular héroe pone en evidencia una falta de compromiso político con la historia. El teórico francés André Bazin decía que un plano es una cuestión moral, por lo tanto no puede existir una película apolítica como algunos pretenden definirla. Salvando esas distancias se deja ver como un gran entretenimiento...
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  • Enseñanza de vida
    Moralina barata y perfume francés

    ¿Qué puede tener de interesante la historia de una adolescente de colegio privado inglés, estudiosa y de su casa, que allá por los años 60 conoce a un hombre y da un mal paso? La pregunta más que un interrogante es retórica porque no hay otro atractivo –aunque lo de atractivo es un eufemismo- en esta tibia película inglesa dirigida por la danesa Lone Scherlig, sobrevalorada en demasía

    Enseñanza de vida (título local para An education) nos muestra de una manera demasiado elemental la conflictiva relación entre dos ámbitos: la escuela de los libros y la escuela de la vida a partir de un nexo en común, en este caso su protagonista Jenny (Carey Mulligan, nominada al Oscar).

    A sus 16 años, como toda jovencita de su edad, la muchacha que vive con sus padres en los suburbios londinenses pretende vivir otra vida que la que le toca en suerte, distante de aquella que se le presenta en el claustro educativo donde se prepara para poder ingresar a la Universidad de Oxford en la carrera de Literatura Inglesa. Más que un anhelo lo de Jenny obedece exclusivamente al mandato paterno (Alfred Molina en el rol de padre). Este considera la educación de su hija como parte de una inversión y la garantía de un éxito futuro. Sin embargo, entre traducciones de Virgilio, interpretaciones de la obra de Shakespeare y un compendio de reglas estrictas aparece en la vida de la muchachita un hombre con aires de bohemio y bon- vivant (Peter Saasgard) quien la deslumbra y la introduce en un mundo rodeado de cuadros, jazz, lujos y buenos restaurantes.

    El resto no hace falta contarlo dado que no hay nada novedoso, ni siquiera en una vuelta de tuerca previsible, para remarcar de un relato bastante anodino que busca desesperadamente contagiarse del espíritu de los 60; del cine de la nouvelle vague en sus comienzos y de la frescura de cualquier comedia teenager pero sin lograr arribar a ninguno de estos objetivos y lo que es más grave aún revestido por un manto de moralina y corrección política alarmantes.

    Con esta película recientemente nominada al Oscar en varias ternas (incluida la de mejor película) y, basada en las memorias de la periodista Lynn Barber, uno como espectador experimenta en los primeros minutos algo así como un romance idílico en perfecta sintonía con el que vive la protagonista. No obstante, luego de un lapso breve le sucede lo mismo que a ella: esa perfecta conexión se desvanece en un abrir y cerrar de ojos con un ligero sabor amargo que perdura en el paladar y solamente puede ser saciado con una sobredosis de buen cine y pochoclos.
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  • Tierra de zombies
    Más vivos que muertos

    La premisa es más que sencilla: Tierra de zombies es una parodia lisa y llana sobre ciertos códigos y elementos del género que, en estos tiempos en los que reina la solemnidad y la seriedad mal entendida en películas de terror, aporta una dosis de frescura y creatividad tan necesarias como estimulantes.

    Lejos de la consabida metáfora política acerca de los muertos vivientes, ya consagrada a fines de los 60's por el legendario George A Romero, una pátina de saludable cinismo y desparpajo recubre los casi 90 minutos de metraje, donde una mezcla de road movie ácida con algunos rasgos de western urbano no hacen otra cosa que deleitar al espectador con la presentación de una galería de personajes extraños -cincelados desde los estereotipos-, con una gran cuota de singularidad y hasta humanidad que los eleva por encima del promedio general.

    La trama se instala sin vueltas en un presente post apocalíptico en el que la plaga de muertos vivos pulula por cada rincón de los Estados Unidos, haciendo gala de su torpeza en los movimientos, aunque también de su voracidad por la carne humana. Por supuesto, existen humanos que han logrado sobrevivir sin recibir las temibles dentelladas (portadoras de malos presagios para quien le toque en suerte); entre ellos, el púber Columbus (Jesse Eisenberg), el lunático Tallahassee (Woody Harrelson) y las timadoras Wichita (Emma Stone) junto a su hermana menor Little Rock (Abigail Breslin).

    Todos ellos evocan desde sus singulares nombres un pueblo o ciudad ya desvastado por los zombies, como parte de uno de los guiños que el debutante director Ruben Fleischer comparte con el espectador, así como un par de situaciones desopilantes que no hacen otra cosa que confirmar un buen guión que acumula gags y pasos de slapstick con buen ritmo y sin resultar forzados

    Entre escopetazos, desmembramientos -que no deben envidiarle nada a cualquier producto de este tipo- y una suma de chistes verbales y diálogos filosos, los personajes se abren camino y el film transita con absoluta fluidez gracias al buen manejo de cámara y al apropiado uso del espacio cinematográfico en las secuencias que exigen un mayor despliegue escénico.

    Mención aparte merece el encuentro bizarro con el gran Bill Murray, sin dudas lo mejor de esta calibrada parodia que, si bien cuenta con algunos altibajos (promediando su última media hora es evidente), invita con enorme generosidad a relajarse y gozar.
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  • Invictus
    Invictus
    CineFreaks
    Este film que toma la figura del líder Nelson Mandela tras su liberación carcelaria en 1990 con una Sudáfrica dividida por los rencores raciales y la brecha socioeconómica, resulta una interesante aproximación al personaje que logró cimentar, con su llegada al poder, un arduo camino de reconciliación política con sus principales enemigos. No será seguramente tomado en cuenta como uno de los mejores exponentes en la carrera cinematográfica del gran Clint Eastwood, pero eso no significa el desmerecimiento por parte del gran público y mucho menos de quienes se consideren habituales seguidores del realizador estadounidense. Sin embargo, más allá de su intacta capacidad narrativa y de tener como eje a una novela, no deja de llamar la atención ciertas concesiones para una historia atravesada por diferentes niveles de complejidad, en donde entran en juego la idea de la redención y la autosuperación cuando la voluntad es inquebrantable, testimonio viviente -si los hay- del estadista muy bien caracterizado desde lo corporal por Morgan Freeman. Por otra parte, si en Gran Torino la reflexión se concentraba en la venganza y el sacrificio aquí encuentra su revés a partir de la construcción del perdón y la reafirmación de la identidad, por sobre todas las cosas. De ahí, el llamativo recurso histórico de tomar como pretexto las instancias de la copa mundial de rugby (muy bien filmadas por el cineasta al punto de transmitir la sensación de estar allí), representada por una minoría blanca y racista que privilegió el orgullo de no ser humillados por encima de las sustanciales diferencias de orden político, gracias a la gran capacidad y entrega de una de las personalidades más trascendentes de los últimos 50 años…
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  • Amor sin escalas
    El motivador desmotivado

    Una tibia sensibilidad social empieza a surgir en el Hollywood post-crisis económica, aunque dada la gravedad del asunto recibe una mirada absolutamente trivial que no hace otra cosa que negar la realidad. Ese es el caso de Amor sin escalas, del realizador Jason Reitman, que cuenta con la actuación protagónica de George Clooney junto a Vera Farmiga; film que llegó a la entrega de los Globos de Oro con varias nominaciones y debió contentarse con apenas un premio al mejor guión.

    La historia se concentra en la rutinaria vida laboral de Ryan (Clooney), quien se dedica a la ingrata tarea de despedir gente en las diferentes empresas que buscan maximizar rendimientos y utilizan intermediarios que se supone son ávidos conocedores de la psicología humana y eficaces mensajeros del capitalismo salvaje. Motivo de tan ajetreada actividad, el protagonista se la pasa viajando de una punta a otra del país y toma contacto, cada vez que baja de su paraíso aéreo, con diferentes realidades sin involucrarse emocionalmente, pues eso influiría negativamente sobre el éxito de su misión. Sin embargo, se sorprenderá al recibir un encargo de reclutamiento de una joven que aspira a ganarse la medalla de la mejor empleada tras haber inventado un sistema por el cual se puede despedir a distancia desde una computadora, y así ahorrarle a la empresa miles de dólares. Pero Ryan parece tener algo de humanismo al cuestionar semejante atropello para la dignidad humana, que de a poco lo llevará a reflexionar sobre su propia existencia y su escasa esfera social, pese a haber encontrado en uno de sus tantos desembarcos en aeropuertos a una mujer (Vera Farmiga), por quien siente gran atracción y con la que mantiene una serie de encuentros entre viaje y viaje.

    Hasta acá podría pensarse que el guión busca explorar los embates de la crisis económica y su impacto en el mercado laboral bajo el pretexto de una historia de amor. Pero a no alarmarse, porque lo que el film de Reitman cuestiona es el medio y no el fin, y con una sensibilidad primaria como la de quien viera un spot publicitario de Unicef, donara 15 dólares con su tarjeta de crédito y luego llamara al delivery de sushi para calmar su angustia.

    Así, esa pátina de conciencia social paulatinamente se irá cubriendo de todos los clichés y lugares comunes que el cine industrial nos tiene acostumbrados al irrumpir, además, una forzada historia de amor con el habitual mecanismo de las segundas oportunidades para que todos los corazones queden contentos y el sexy George despliegue su arsenal de tics y muestre su rostro de perrito faldero.

    Con Amor sin escalas el cine mainstream -aunque a veces se quiera camuflar de independiente- prueba una vez más que sigue a rajatabla los mandamientos de disciplinar al público, ocultándole aquellas cosas que por más que no se quieran ver hieden como esos cadáveres del golfo que la televisión se negó a mostrar para no bajar la moral de un pueblo ganador.
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  • Buenas Costumbres
    No me esperen a tomar el té

    A pesar de sus orígenes teatrales, Buenas costumbres del director Stephan Elliott (aquel de Priscila la reina del desierto) se aleja por mérito propio del convencional teatro filmado gracias a un buen trabajo de fotografía y una cuidada dirección que aporta un ritmo ágil a una trama en la que abundan estereotipos y cuotas de sarcasmo con el sello británico. Esa galería de personajes bien construida pero sin demasiado desarrollo es, entre otras cosas, el obstáculo principal de una comedia que si bien se sostiene nunca termina por tomar vuelo para declinar levemente hacia su media hora final.

    Fiel a la tradición victoriana y con una acertada reconstrucción de época, el relato se instala a mediados de los años 20 durante la franca decadencia del Imperio Británico resumida en los avatares de una prototípica familia inglesa venida a menos. Haciendo gala de esa frase que reza “si hay miseria que no se note” la dueña de casa, Mrs. Whittaker (Kristin Scott Thomas, un nivel por encima del resto del elenco) vive junto a sus dos hijas y un esposo sobreviviente de la guerra (Colin Firth, apenas sobrio y muy desaprovechado) manteniendo los hábitos y las costumbres del puritanismo imperante en esos tiempos. Por eso, ante la inminente llegada de su hijo primogénito, quien tras un viaje por algunos países de Europa conoce y se enamora de una joven norteamericana algo desenfadada, la avasallante Larita (Jessica Biel, bella y ajustada al papel que le tocó interpretar), saca a relucir todas sus características de suegra diabólica buscando la complicidad de sus dos hijas solteronas que no pueden evitar cierta envidia ante la extraña que ha robado el corazón de su hermano.

    A modo de contrapunto, con el explícito intento de generar un choque de culturas, la rígida y conservadora de los británicos contra la liberal y desprejuiciada de los norteamericanos, el film construye una mirada sarcástica sobre estos dos elementos insertándole algunas situaciones que permiten el lucimiento de diálogos filosos y gags muy bien comenzados pero mal resueltos por exceso de repetición.

    Entre música Charleston, arrebatos pasionales de las dos féminas en pugna, la historia transita por los carriles normales de cualquier novela a lo Jane Austen con la ironía de un Oscar Wilde y el tratamiento de un producto Hallmark.
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  • Final de partida
    Ritos de pasaje

    El de la muerte y el de la música son dos de los rituales que atraviesan tangencialmente el universo de Final de partida, film extranjero ganador del Oscar el año pasado, dirigido por el japonés Yojiro Takita. Una traducción más o menos fiel del título original Okuribito sería “el que envía”, y en este caso los enviados no son otros que los muertos mediante la ancestral ceremonia del Nokan, la cual consiste en la preparación del cadáver para la cremación y posterior pasaje al más allá.

    Si bien la impronta de la tradición japonesa por lo general es tratada en el cine con un dejo de solemnidad, la mayor virtud de esta película reside en el desacartonamiento del estilo (se permite momentos de humor negro, por ejemplo) y en su fina sensibilidad para acercarse al tema desde un lugar respetuoso pero que se encuentra profundamente ligado a la vida. Eso es precisamente lo que aprende Dai Kobayashi (Masahiro Motoki), un violonchelista que tras quedarse sin orquesta debe buscar un empleo para sobrevivir junto a su fiel pareja (que tiene cierta reticencia a que su esposo manipule cadáveres) y responde a un extraño aviso clasificado donde se buscan personas sin experiencia que “ayuden a viajar”. Lejos de tratarse de una agencia de turismo, Dai acepta con vergüenza y recelo la tarea de ayudante del dueño de la funeraria que practica desde hace varios años el ritual anteriormente citado.

    Así, el protagonista descubre un mundo completamente alejado a sus creencias y convicciones que toma la idea filosófica de la muerte como punto de partida y no de llegada, sin negar ex profeso que se trata del último adiós a un ser querido que abandona el mundo terrenal. Algo de las enseñanzas budistas también se percibe en la concepción de esta historia iniciática en relación a la poderosa idea del despojo de aquello que nos ata en la vida, como por ejemplo, el dolor, el rencor y en su faz más cruel el amor y el cuerpo.

    La purificación del alma es en definitiva lo que encierra la práctica del Nokan y - quizá un poco subrayado - termine siendo el mensaje que la obra de Takita quiere dejar. No obstante, también resulta primordial la presencia de la música; no únicamente porque el protagonista toque el chelo sino porque a través de esa conexión, casi cósmica, regresa a su pasado plagado de sinsabores y cierta tristeza.

    Igual que su actor de cabecera, Masahiro Motoki, el director Yojiro Takita rasga las cuerdas emocionales del espectador sin tensarlas ni romperlas bajo golpes de efecto para lograr un ritmo que, pese a lo pausado, fluye leve y se eleva en la pantalla gracias a la brillante partitura de Joe Hisaishi y a la contenida actuación de un elenco afinado como esas grandes orquestas.
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  • Excursiones
    Excursiones
    CineFreaks
    Compañeros, siempre fuimos compañeros...

    Con Excursiones, tercer opus de Ezequiel Acuña (Nadar solo, Como un avión estrellado) el realizador pasa de la adolescencia a la madurez con la que es sin lugar a dudas su obra más sólida. Si en los dos primeros trabajos su propuesta se caracterizaba por crear atmósferas sugestivas en las que siempre se destacaba el aporte musical, sumado a la calidad para construir diálogos que hacen de la banalidad una fiesta, aquí no sólo el director confirma que su talento sigue intacto sino que se supera planteándole al mismo elenco (todos ellos excelentes, por cierto) de sus anteriores proyectos una trama que entra en constante interrelación con sus antecesoras; propone un universo cargado de humor, sensibilidad y profundidad.

    El de Acuña es un cine vital, personal y necesario. Esa vitalidad paradójicamente se respira en cada plano de este relato sólido cuando el trasfondo de la historia es la muerte de un personaje que provoca entre dos amigos un distanciamiento por diez años. También es un lindo pretexto para un buen reencuentro y de ahí parte esta historia, en la que la rivalidad, la nostalgia por una infancia que ya pasó, la lealtad y la camaradería ocupan el núcleo temático.

    Sin embargo, hay otra muerte simbólica: la adolescencia o el tránsito a la adultez. Quizá en ese tono blanco y negro melancólico con el que se tiñe cada imagen la idea se resignifique.

    Cabe aclarar a nuestros estimados lectores que el ultralimitado estreno que confina a esta gran película argentina a una sala en el Malba seguramente le quite la cantidad de espectadores que merece. No obstante, es justo agradecer a este complejo cultural la chance de poder descubrirla, aunque requiera del público una predisposición particular ante tanta oferta en la cartelera.
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  • Acné
    Acné
    CineFreaks
    Apuntes sobre la edad del pavo

    Tan trabada y monótona suena la vida de Rafa Bregman (Alejandro Tocar, sensacional) como esos acordes atropellados que digita a desgano en la sonata de Mozart, leit-motiv de esta ópera prima de Federico Veiroj llamada Acné (2007).

    Si fuesen válidos los términos musicales para definir aquel conflictivo período conocido bajo el sugestivo título de adolescencia encajaría la concepción de sonata disonante. Una ligera explicación para ilustrarlo nos lleva a pensar que esa etapa atravesada por el vértigo, la confusión y el irrefrenable deseo sexual se compone de distintos estadios como las partes de una composición musical que arranca suave y melódica para terminar en un estribillo de acordes redentores y explosivos.

    Sin embargo, esa disonancia o incerteza es la que sintetiza el derrotero de cualquier adolescente, ya sea argentino, uruguayo, o japonés, sin duda una de las virtudes del film por tratarse de una temática universal pero que no aprovecha –como podría ser el caso en Nadar solo de Ezequiel Acuña- lo coyuntural porque los protagonistas de este relato son pre-adolescentes de clase media alta que concurren al tercer año de un liceo privado donde hablan en hebreo y enseñan la Torá. Rafa es uno de esos exponentes, quien pese a la timidez típica de todo adolescente también sufre de una invasión de granos en su rostro. Además, juega a ser adulto por las noches entre partidas de póker, visitas a prostíbulos y comentarios sobre sus hazañas sexuales con sus congéneres.

    Veiroj concibe a modo de pequeñas viñetas, que los planos trabajados en el detalle se encargan de mostrar con absoluta precisión, una serie de apuntes intuitivos y experienciales acerca de este micro universo plagado de códigos y coloquialismos reconocibles. Con una cámara que encuentra la distancia necesaria para despojarse de la intimidad asfixiante, dispuesta a esperar a sus personajes sin la prisa habitual de este tipo de propuestas que no pueden negar ciertos vicios contemplativos, sumándole una economía en la exposición que resulta a los ojos del espectador vivificante y tranquilizadora.

    La lejanía con el mundo adulto; la falta de rumbo y horizonte y el estallido hormonal son los elementos centrales desarrollados en esta coproducción argentino-uruguayo, prolijamente, revestidos por diminutas grageas de humor y una constante autorreflexión y autoconciencia sobre los alcances y los límites de un registro cinematográfico que busca la elocuencia sin caer en solemnidades ni prejuicios ni caricaturas.
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  • La princesa y el sapo
    Fantasías animadas de ayer y hoy

    Cuando la brújula del éxito ha perdido su horizonte; cuando el dibujo animado tradicional ha experimentado la metamorfosis digital, una de las alternativas de recuperar el rumbo es retornar a las fuentes. Sin embargo, ese regreso no debe entenderse como una obsesión por repetir fórmulas, sino más bien como una reincorporación de ciertos elementos que garantizan buenos resultados. Y eso es precisamente lo que define a esta nueva apuesta de la Disney que, fiel a la estrategia comercial de arrancar el año con una nueva película, apuntala un par de piezas desordenadas en la más que interesante La princesa y el sapo.

    Poco o mucho tendrá que ver -lo cierto es que no es casualidad- el hecho de que en la era Obama las minorías comiencen a tener voz y un protagonismo poco frecuente. Así las cosas, del clásico cuento de los hermanos Grimm que narra las desventuras de un príncipe convertido en sapo gracias al hechizo de una bruja, que deberá recibir el beso de la princesa para romper el maleficio, apenas queda la cáscara. El primer gran cambio respecto al original es la traspolación de la Europa medieval al New Orleans de los tempranos años 20, con los ecos de efervescencia jazzística de fondo y un mago vudú que seduce con promesas de un futuro mejor a un aburrido príncipe y su paje. En esta ocasión será el príncipe Naveen quien arribe al convulsionado lugar en busca de su media naranja real y la Cenicienta del postre la simpática Tiana, cuyos sueños de camarera se resumen en la esperanza de alguna vez poder tener su propio restaurante. No obstante, como siempre, la mejor candidata para el muchacho es la consentida Charlotte, quien de niña junto a Tiana gozaba de esos maravillosos cuentos de hadas que tan dulcemente relataba la madre de ésta. Todo se precipitará cuando surja la sombra de la ambición tanto del príncipe como de su paje y aparezca en acción un pacto fáustico que desencadenará en ambos una doble conversión: Naveen en sapo y su paje en príncipe.

    En esta suerte de operativo retorno a los orígenes de la dupla Ron Clements y John Musker, experimentados realizadores que tuvieron participación en -por ejemplo- La Sirenita, la idea central parece haber sido aprovechar al máximo el contexto y sus personajes más que la trama en sí misma, apelando a la diversidad como rasgo característico en sintonía con esa reivindicación de las minorías a partir de la inclusión de figuras como un cocodrilo, una luciérnaga, una estrella y una rubia tontona pero de buen corazón. Conjugados estos personajes con los protagonistas, una pareja de sapos, atravesados por la cultura afro-americana no sólo desde lo musical sino en un sentido mucho más amplio, los estudios del ratón Mickey logran concebir un film redondo que recuerda a aquellos productos previos a su fusión con Pixar.

    Podría decirse que la plataforma ideológica que traza el universo de esta película sería algo así como la del “anti Shrek” porque vuelven los intervalos musicales (que la efectista partitura de Randy Newman se encarga de realzar) y sobre todo la necesidad de abandonar la burla y conducir la imaginación hacia el terreno de la fantasía con alguna que otra innovación y aggiornamiento a los tiempos que corren. La princesa y el sapo rescata la tradición, la recicla sin quedar pegada a ella pero lo más importante no la traiciona.
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  • Media Luna
    Media Luna
    CineFreaks
    La canción más triste del mundo

    El fugaz romance entre el público argentino y el cine iraní data de varios años atrás cuando el documentalista Fernando Birri introdujera en el Festival de Mar del Plata una película de un tal Abbas Kiarostami. Fue tal el éxito que no tardaron en aparecer distribuidoras locales que apostaron a traer otros títulos de ese director, así como de otros, para crear una suerte de boom de poca duración pero de gran intensidad. Lo suficiente como para sentar las bases de un tipo de cine caracterizado por su economía de recursos, su alto nivel poético y la constante reafirmación de la identidad y la cultura de pueblos o países bastante alejados del firmamento cinematográfico.

    No obstante, a partir de la acumulación de títulos el encanto y entusiasmo del espectador argentino se fue apagando y el romance del principio se transformó en una moda pasajera que muy esporádicamente volvió a aparecer en el circuito festivalero, aunque sin tanta adhesión de crítica y público. Por eso, Media luna, del realizador iraní Bahman Ghobadi, galardonada en el festival de San Sebastián y en Estambul, entre otros reconoce explícitamente la herencia de un estilo definido y completamente equiparable al de aquellas películas iraníes e implícitamente apela a la búsqueda para superar ciertos códigos y volverse menos minimalista, desde el punto de vista de ampliar el universo de acción y conflicto de sus personajes, pero además de incorporar un contexto geográfico y socio político bastante más actual que por ejemplo cualquier obra de Kiarostami.

    Esa distinción encierra el mayor logro de este relato que toma como punto de partida el viaje que emprenden un grupo de músicos kurdos hacia el Kurdistán iraquí tras el derrocamiento por parte del ejército norteamericano de ocupación del tirano Saddam Hussein. Lo que se juega en el teatro de operaciones de una puesta en escena que recurre a la austeridad -y suma elementos alegóricos y simbólicos- no es otra cosa que reivindicar el sentimiento de libertad a través de un concierto que será transmitido a nivel mundial. Así, quien encabeza con su voluntad inquebrantable esta travesía por el desierto, sorteando todo tipo de obstáculo, incluso poniendo en riesgo su propia vida, es Mamo (Ismail Chaffari, brillante) un músico geronte reconocido por sus pares y coterráneos quien va reuniendo en ese viaje a sus hijos desperdigados por el territorio ocupado por las fuerzas invasoras y, que además, pretende llegar a destino acompañado de una cantante (violando la ley suprema que prohíbe el tráfico femenino). Sin embargo, el camino estará atravesado por un sin fin de contratiempos; por el peso constante de la superstición que carga el protagonista, y de presagios y sueños premonitorios que vaticinan lo peor.

    A fuerza de gran expresión poética, despojo de guiños hacia el cine for export e independencia de criterio, el director de Las tortugas también vuelan (2004) consigue amalgamar la tradición, la transición hacia un oriente occidentalizado y sobre todo la poderosa fuerza de las imágenes cuando las palabras perturban y silencian.
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    Dinámica, Descomunal, Deslumbrante

    Estimados lectores: se han disipado las conjeturas y dudas que allá por el 2005 un tal James Cameron sembrara, luego de un prolongado distanciamiento de los Estudios, tras haber realizado en 1997 una de las mega-producciones más taquilleras de la historia del cine: la ya clásica moderna Titanic. Por aquellas épocas, el “Proyecto Avatar” significaba por un lado la incorporación de una nueva tecnología al servicio de la imagen 3-D, y por otro para el director de Terminador y Aliens el desafío de superar cinematográficamente a su opus de ficción previo.

    Por estas y otras tantas razones las expectativas sobre el estreno del film más esperado del año tenían bien diferenciados a los detractores y a los incondicionales de JC, ambos con el mismo nivel de convicción, y desde luego la propuesta no le resultaría indiferente a los neutrales. Entonces, ¿qué es Avatar? La respuesta más sencilla es la que propone su argumento: un cuento épico donde un pueblo oprimido resiste los embates de otro clan con intenciones de conquista.

    Una tribu de humanoides habitantes de una luna llamada Pandora, los Na’vi, viven en comunión con la naturaleza y lejos de los mayores depredadores naturales: la raza humana, que por su ambición desmedida pretende robarles sus recursos minerales y sojuzgarlos hasta exterminarlos definitivamente. Como en toda historia de estas características, donde chocan culturas y modos de ver la vida, existe un personaje nexo que tarde o temprano se convertirá en el héroe; este es quien experimentará la transformación ya sea por un vínculo emocional o amoroso. En este caso se trata un ex-marine hemipléjico, Jack Sully (Sam Worthington), cuya doble misión es infiltrarse entre los nativos para, por un lado, estudiar al enemigo y aprender sus maneras, y por el otro lograr persuadirlos de mudarse de su bosque de residencia natural, ya que los Na’vi tienen raíces sobre uno de los lugares más ricos en un valioso mineral que resolvería los problemas energéticos del planeta Tierra; éste último se está muriendo y resulta el motivo por el cual los humanos habrían arribado a Pandora en primer lugar.

    Pero el aire de Pandora es tóxico para los humanos; por ello, la corporación detrás de la misión desarrolló un programa llamado Avatar, cuyo objetivo es lograr enviar a seres humanos directamente a explorar Pandora sin restricciones. Los Avatar son seres creados genéticamente con una combinación de ADN humano y de los nativos, a ser controlados vía remota por su huésped sanguíneo, de quienes los Avatar tienen trasladadas las funciones cerebrales. De este modo cuando Jack Sully, este soldado paralítico, entra en el programa "virtual" Avatar su mente se traslada al cuerpo de este ser azul de más de tres metros de altura listo para sobrevivir en Pandora con una fortaleza física que Jack sólo podría soñar.

    Lo que sigue es la historia de Pocahontas pero multicolor y teñida de azul (pigmento cutáneo de los Na’vi). Además, el remanido tardío aprendizaje sobre la ecología y la espiritualidad que sintetizan de alguna forma el trasfondo de esta historia, apunta más a la majestuosidad visual y a la empatía emocional con el público que a la lección de vida hollywoodense. Quien quiera buscar una alegoría política o tender una red de implicancias socio políticas (indios, afganos o iraquíes invadidos) en un relato tan sencillo, tan esquemático, estaría forzando los acontecimientos al punto tal de definir a Cameron de algo que no es. Baste con repasar el ABC de sus obras anteriores para encontrar los mismos vicios y tópicos, como por ejemplo el uso de la tecnología con fines poco nobles sin establecer un verdadero juicio de valor al respecto, o bien la importancia de las heroínas femeninas, todas ellas masculinizadas por cierto; desde la teniente Ellen Ripley de la saga Alien (Sigourney Weaver, también en el reparto de Avatar) hasta la presente princesa Neytiri (Zoe Saldana). Heroínas siempre avanzando en un mundo dominado por el machismo devenido militarismo.

    Esos grandes rasgos constituyen el universo conceptual de un film orientado a la aventura, narrado con prolijidad pero -es justo aclararlo- con un dejo de desgano. Ahora bien, resulta indiscutible que estamos frente a una película de una factura técnica asombrosa; con un descomunal despliegue de las posibilidades visuales del 3-D en cuanto a relieves y profundidad de campo, que le permitieron al director crear el mundo imaginario de Pandora, su flora y fauna hasta el mínimo detalle sin dejar de lado su mayor logro: los habitantes del lugar con su gestualidad y expresividad a flor de piel.

    La dialéctica entre los dos mundos se apoya en los contrastes, como suele suceder en las producciones de Cameron; es decir, el apagado y metálico escenario habitado por los terrestres frente al colorido y fresco paisaje selvático atravesado por una atmósfera irrespirable para cualquier humano. Sin embargo, aquella gran virtud que traza un punto de inflexión como preludio del cine que se viene, puede transformarse en un boomerang si se toma en cuenta que solamente se disfrutará realmente de Avatar en su versión de 3 dimensiones y más aún en el sistema IMAX (la experiencia vale el precio de la entrada).

    Mucho se escribirá a favor y en contra de este “Blockbuster” impecable; incluso ya corren versiones que acusan al director de plagio, que no hacen otra cosa que atizar las brasas de un marketing que a fuego lento amenaza con arrasar en taquilla batiendo todos los récords posibles. Lo cierto es que a la D mayúscula del dinero James Cameron le sumó otras tres: Dinámica, Descomunal, Deslumbrante.
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  • Amante a domicilio
    El gigoló lerdo (con perdón de los lerdos)

    Amante a domicilio, del británico David Mackenzie (aquel de Young Adam) protagonizada por el bobo Ashton Kutcher, Anne Heche y la ex gimnasta rusa Margarita Levieva no es un film sobre la banalidad y la estupidez norteamericanas, sino un film banal y estúpido a secas.

    Este despropósito de fin de año solamente podría justificarse como anécdota para una película hardcore, pero lamentablemente la moralina idiota de siempre consigue que el único plano transgresor sea el de un escuerzo devorándose una rata en tiempo real. Es casi insultante intentar establecer siquiera algún vínculo con Gigoló americano (es su versión más patética) o la tragicómica Alfie, que el gran Michael Caine engalanara con su carisma y su vibrante energía. Pero el personaje de Alfie tenía dignidad por lo menos. No como Nikki (Kutcher, insoportable) quien sale a la caza de ricachonas de la costa oeste, regaladas y dispuestas a pagar favores sexuales a cambio de alojamiento y confort. Este mantenido sin sueños es cazador pero no tiene casa; en realidad no tiene nada para ofrecer más que sus dotes como cualquier prostituto que siempre aspira a más.

    Así, conoce a una abogada forrada en billetes (Anne Heche) que lo adopta como juguete sexual. Sin embargo el juguetito vino con una falla de fábrica porque es enamoradizo y cae en las redes de una joven ambiciosa que se vende al mejor postor (la sexy Levieva).

    Un guión insulso que necesita de una voz en off para arrimar algo de contenido; el manual de gestos y mohínes de este pésimo actor que solamente está donde está por haberse rebajado a los caprichitos de Demi Moore (publicando sus hazañas sexuales en un blog) y alguna que otra escena de sexo publicitario y completamente lavado. Estos son suficientes motivos para preguntarse cuál es el sentido de este tipo de adefesios cinematográficos, absolutamente conservadores, exportados por Hollywood. Decir que es irritante es ser generoso y ver a Ashton Kutcher durante 90 minutos haciendo de sensible que sufre, prácticamente vomitivo.
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  • Juventud sin juventud
    A veces no se trata de entender sino de sentir; a veces lo racional clausura el camino de la conciencia y se pierde la esencia de las cosas, la materialidad de la imagen. El cine reflexiona a cada momento sobre esa zona ambigua que tiene que ver con el sueño y con la realidad. Sin embargo, el cine es sueño porque permite romper la cronología lineal del tiempo.

    De eso y de tantas otras ideas se nutre Juventud sin juventud, film que marca el regreso del gran Francis Ford Coppola tras diez años de ausencia como director (fue productor de las obras de su hija Sofía, entre otras) a la pantalla grande y a su necesidad de volver a hacer el cine que le gusta.

    La historia cuenta que luego de este desafío financiado enteramente con capitales europeos en el año 2007, el realizador se encaminó a construir Tetro - aún no estrenada aquí- que tuvo a las callecitas de Buenos Aires como escenario de un relato de melancolía y lirismo.

    El tiempo, la existencia, los recuerdos, la memoria, la fugacidad, la realidad y la ficción, lo onírico, son los elementos que prevalecen en este opus inspirado en la novela corta del erudito en estudios religiosos Mircea Eliade y que tiene como protagonista a Dominic Matei (Tim Roth), un filólogo rumano que en el ocaso de su existencia decide suicidarse en el año 1938 cuando la inminente llegada del nazismo a Rumania anticipa el horror de la segunda guerra mundial. Pero como todo héroe trágico antes de llevar a cabo su meta se ve alcanzado por un rayo que prácticamente quema todo su cuerpo, aunque paradójicamente lo rejuvenece. Esta suerte de deux et machina (la famosa mano de Dios tan utilizada en toda tragedia griega) opera, por un lado, como una segunda oportunidad para un hombre que perdió a la mujer amada por entregarse a la pasión del conocimiento -nada menos que sumergido en la búsqueda del origen del lenguaje- y por otro en un sentido más profundo como un don a la vez que castigo, dado que el personaje se debatirá en el dilema de recuperar el tiempo junto a su amada o terminar su investigación filológica.

    A partir de allí, en un mecanismo de reconstrucción que tiene como eje armar la identidad del misterioso Dominic, Coppola sumerge la trama en un campo cinematográfico que está concentrado en el fluir de la conciencia como una vía donde parte el tren de la memoria desde la estación del tiempo para tomar un desvío y concluir su viaje en la estación del olvido. Asimismo, -y de ahí su raíz literaria- cambia el recurso del monólogo interior por un desdoblamiento o multiplicidad del personaje como si se tratara de los pedazos de un espejo roto. Cada pedazo es un reflejo y cada reflejo la chance de volver a escuchar un sonido arcaico como el sánscrito o el arameo que lo conectan con su universo de palabras y de imágenes.

    El espejo en el que se mira Coppola es en el de su cine más primitivo, el de Peggy Sue así como en aquel del clasicismo cinematográfico (tan devaluado en el Hollywood de nuestros días) que sobrevuela en cada plano de esta película como un susurro y un aliento que no cesa: existir, fluir y desaparecer...
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  • Mi Führer
    Mi Führer
    CineFreaks
    El riesgo de ser trivial

    Adolf Hitler era impotente, se hacía pis en la cama y no tenía la suficiente inteligencia como para intuir que en su entorno íntimo se urdían las redes conspirativas más humillantes. Esa podría ser -a grandes rasgos- la síntesis conceptual de My Fuhrer, film del director suizo (hoy radicado en Berlín) Dani Levy, que busca a través de la ridiculización del líder nazi establecer, por un lado, cierta empatía con el público y por el otro dejar bien marcada una actitud de revancha para reivindicar una deuda histórica con el pueblo judío.

    No es de extrañar que sigan habiendo aún hoy discursos que ponen en duda la existencia del holocausto e inclusive que exista algún mortal que ignore quién era Adolf Hitler (tal como puede apreciarse en los créditos finales de esta película). Quizá en respuesta a tamaña idiotez es que Levy apeló a contar esta historia que maneja un sentido del humor bastante básico, por no decir pasado de moda.

    La premisa es sencilla: con motivo de un multitudinario discurso ante las masas el 1ero. de enero de 1945, el pobre Adolf (Helge Schneider) se encuentra desmotivado, deprimido, pese a los falsos informes que ocultan la inminente derrota del Reich que ya ni él mismo puede creer. Así las cosas, a J. Goebbels (Sylvester Groth) se le ocurre la brillante idea de rescatar del campo de concentración a un eximio actor judío llamado Adolf Israel Grunbaum (el ya fallecido Ulrich Mûhe), a quien se le encomienda la tarea de preparar al fuhrer para la ocasión con el simple objetivo de mejorarle la autoestima. A cambio se le ofrece la liberación inmediata de su familia. De este modo, la relación entre el actor y Hitler se afianza en un terreno que va desde la camaradería hasta la intimidad más absoluta, donde comenzarán a revelarse las profundas heridas del máximo genocida de la historia moderna.

    Un poco de sátira, otro poco de ironía conforman el núcleo del relato que no repara en humillaciones a la figura del dictador ni tampoco en despojar de cualquier aspecto controvertido al héroe, preservándole el podio de mártir. Apenas pueden rescatarse las actuaciones y algún que otro pasaje gracioso, pero esto no alcanza.

    Cuando se piensa una trama en una única dirección clausurando cualquier atajo alternativo se corre con una desventaja: la mala interpretación. Este es un caso paradigmático porque se recurre al ridículo como principio y no como consecuencia; como fin en lugar de medio se tiende a trivializar y relativizar cualquier contenido.
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  • Hablame de la lluvia
    Retrato imperfecto

    Nada más adecuado que exponer en el rodaje de un documental sobre una figura pública -en este caso la escritora feminista Agathe Vilanova (Agnés Jaoui)- devenida candidata política las reflexiones acerca de la construcción o el retrato de un personaje. Esa frontera entre lo pensado por el prejuicio, por la percepción del otro y también por el deseo de ver al prójimo es la que se juega, a cada minuto, en Háblame de la lluvia, tercer opus de la directora y actriz Agnés Jaoui, quien escribió el guión -como es habitual en ella- junto a su marido Jean-Pierre Bacri.

    Film coral como sus otras dos películas, la realizadora explora los caminos del inconformismo de la clase burguesa a partir del meticuloso tejido social, circunscripto en la dinámica de una familia junto a su entorno. Por reflejo llegan a este boceto ( porque no alcanzan a ser verdaderos retratos) de personajes factores externos como la situación racial y social en la Francia de Sarkosy con un fuerte contenido de crítica política, aunque sin caer en lo coyuntural.

    Lejos de apelar al básico derrotero de seguir los pasos de un político en campaña, acompañado por un grupo de documentalistas (Jean-Pierre Bacri y Jamel Debbouze), la riqueza de la trama consiste en el retrato imperfecto sobre el personaje a partir de la divergencia entre lo que se dice, lo que se ve en la cámara y lo que se descubre en la intimidad. Sin embargo, el espectador ocupa el lugar de observador en el tiempo y el espacio en que el relato avanza y va incorporando una serie de subtramas hasta conectarse con un racimo de personajes que completan el cuadro.

    Así, detrás de la máscara de la escritora feminista emanan su crisis de pareja con un hombre demandante; su rivalidad con una hermana (Pascale Arbillot), que vive junto a su esposo e hijos en la casa materna en un pueblo del sur de Francia; sus miedos por entrar en el terreno de un ámbito desconocido como la política, entre otras razones.

    Con una mezcla interesante de elementos dramáticos y ligeros toques de comedia, la directora de Como una imagen confirma a partir de esta película su capacidad de describir personajes, aunque con ciertos vicios literarios, así como de manejar la cámara sin el corset del formalismo.
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  • 2012
    2012
    CineFreaks
    Cine catastrófico

    Si bien es cierto que 2012 -nuevo opus del mediocre director Roland Emerich- no exuda por los poros del celuloide el patrioterismo insoportable de Día de la independencia, durante las casi dos horas cuarenta de metraje, reemplaza ese costado panfletario por la exacerbación de la moralina pacata yanqui, quizá inaugurando lo que podríamos definir como la alegoría más básica y estúpida de la historia del cine: una familia promedio medio pelo se ve separada por el cataclismo que genera el ego de papá y su conducta abandónica en el contexto de un cataclismo climático que amenaza con la destrucción total del planeta.

    Cuando a una película con casi una hora cuarenta de metraje de más sólo se le puede rescatar el diseño de producción, ¿es indispensable agregar que no es buena?

    Ya no es necesario aseverar que las posibilidades que brinda el CGI (imágenes digitales) son infinitas y que prácticamente cualquier cosa se puede construir en estos días en una computadora o en un set rodeado de pantallas verdes, donde los actores simplemente interactúan. 2012 despliega el gigantismo acostumbrado y aún más, uniendo en la puesta en escena efectos visuales y efectos especiales en marcadas secuencias de pleno vértigo y acción, de las cuales si uno logra en algún momento abstraerse encontrará la torpeza propia del exceso y la abundancia en un director completamente funcional a un tipo de modelo de representación de una simpleza poco vista. Sí, Estados Unidos es el centro donde la catarata de calamidades climáticas (terremotos, incendios, desprendimiento de la capa terrestre, tsunamis, maremotos y un gobernador como Arnold Schwarzenegger) hace blanco y todo lo que uno se imagine. Sin embargo, eso no tiene sorpresa. No se puede sacar nada en concreto cuando el ritmo caótico abruma; no se puede pretender verosimilitud cuando lo inverosímil forma parte de la frutilla del postre (si eso se hace con solemnidad no entretiene).

    A la primera hora y media del relato se le debe reconocer una saludable dosis de cinismo donde tiene mucho que ver el único personaje rescatable escrito por un guionista que se cree William Shakespeare y simplemente es una mala copia de Corin Tellado. Ese personaje es una especie de profeta andrajoso, Charlie Frost –obviedades como éstas hay miles - (Woody Harrelson) que vive en un remolque en el parque de Yellowstone (falta el oso Yogui, pero pedía mucha plata), quien habla del Apocalipsis en una radio clandestina. El resto lo conforman la galería de personajes planos propios de este tipo de films: presidente abnegado y afroamericano (Danny “Obama “ Glover) que se sacrifica por el pueblo; funcionario de gobierno o secretario inescrupuloso (Oliver Platt); hija con afinidades artísticas sorprendida por las redes conspirativas que atraviesan el gobierno de su padre (la decorativa Thandie Newton); cerdo capitalista obviamente ruso y prostituta de turno ucraniana con perro pequeño horrible incluido y, como si esto fuera poco, la “american broken family “ separada por las vicisitudes de la vida con papá escritor (John “no me llaman nunca” Cusak), mamá (Amanda Peet) que intenta rehacer su vida con un cirujano plástico y los consabidos purretes que no le dan ni cinco de bollilla a papá en el eterno castigo de porqué nos abandonaste por esos libros que nadie lee.

    Toda esa mezcolanza pretende dejarnos una lección de vida; una suerte de dinámica de punición y compensaciones exhibiendo el salvoconducto irremediable de las segundas oportunidades y los heroísmos del hombre común tan necesarios en estos tiempos nihilistas.

    Si a eso se le suma el primitivismo binario de Roland Emerich separando las aguas de la trama en dos bloques: los que saben y los que no, por caso el geólogo también afroamericano (Chiwetel Ejiofor) y el padre que va descubriendo igual que nosotros la trama secreta en la que las esferas del poder tienen un plan y el resto de la humanidad se desayuna con que se acaba el mundo y no hay nada por hacer.

    Poco importa para esta panfletaria película la profecía Maya que ya es archi conocida en todos los campos de la ciencia, la astrología y demás ramas; nada importa el dramatismo del fin del mundo salvo el sufrimiento de una familia norteamericana y, mucho menos todavía, que hace varias décadas existía algo llamado cine catástrofe (¿se acuerdan de Infierno en la torre?) y que hoy -gracias a este tipo de ideas- podrá llamarse cine catastrófico.
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  • Goodbye Solo
    Goodbye Solo
    CineFreaks
    Abismos y soledades

    Todo comienza en el interludio nocturno de una charla a bordo de un taxi: el chófer, un hablador consuetudinario (como cualquier taxista) que vino de su Senegal natal en busca del “american dream”, con ojos sanguíneos y expresivos; detrás, envuelto en el velo de la intermitencia oscura, el habitual pasajero parco, un hombre ya maduro cuyo rostro arrugado acusa no sólo el paso inevitable del tiempo sino una vida con exabruptos y altibajos como la de cualquier mortal.

    ¿Qué es lo que tiene de particular para el taxista este pasajero en tránsito que no tengan aquellos otros que se plantan en el asiento de atrás con sus miserias, historias y soledades en el abismo de la noche? Quizá un pedido especial que roza la más absoluta intimidad y confiesa silenciosamente un secreto que no se dice pero que el silencio persiste en gritar: llevarlo el 20 de octubre a la cima de una montaña llamada Blowing Rock.

    Un halo de incerteza y misterio recorre los noventa minutos en que transcurre Goodbye solo, tercer opus del realizador norteamericano Ramin Bahrani –nombre desconocido para el ámbito cinematográfico local- protagonizado por el senegalés Souleymane Sy Savane (taxista de profesión, que tuvo entre sus pasajeros al propio Bahrani y motivó esta película) y Red West, exclusivamente.

    Ese misterio lejos de resolverse se agiganta a partir de una justa dosificación de información que despierta en Solo (Sy Savane) una serie de hipótesis y conjeturas que lo irán sumergiendo en la vida del enigmático William (West, otrora guardaespaldas del mismísimo Elvis Presley) con quien entabla una extraña relación que va más allá de la sencilla amistad y se dispara hacia zonas grises, donde el director desplegará una serie de subtramas apuntadas todas ellas a diferentes aspectos de las relaciones humanas con sus aristas más visibles como -por ejemplo- la relación entre padres e hijos y las menos evidentes tales como la soledad, los sueños frustrados, etc. Sin apelar al sentimentalismo y con una fuerte marca de austeridad en la puesta en escena, además de un ritmo pausado en la trama, sin excesos verbales, el director consigue con pocos recursos cinematográficos y una cámara atenta pero no invasiva adentrarse en la psicología y motivaciones de sus criaturas vampirizándolos en la soledad de la noche, respetando siempre el punto de vista de Solo en concordancia directa con el del espectador para ponerle algún nombre y espacio a los abismos y a las soledades humanas sin clausurar el relato bajo ninguna prédica moralista o fábula, pero eso sí con una melancolía soberbia que impregna a cada plano de una genuina emoción.
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  • Luna Nueva
    Luna Nueva
    CineFreaks
    Una película a la que le sobran cuarenta y cinco minutos, que transita por los lugares más habituales del cliché de adolescentes y que para aquellos que ahora pueden ver la serie "The Vampires Diaries" resulta más que morosa...-
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  • 500 días con ella
    Chico conoce chica, chica deja chico

    Si bien este título se parece a un juego de palabras no hace otra cosa que recuperar cierta fórmula que toda comedia romántica explota hasta el hartazgo desde que el cine se ha ocupado de los contratiempos entre los Apolos y las Afroditas en ese juego de roces, miradas y gestos, llamado enamoramiento. Quizá como una necesidad de encontrarle algún elemento distintivo a la ecuación surjan desde las filas de las nuevas generaciones miradas menos idílicas o edulcoradas sobre las relaciones amorosas que, sin embargo, no pueden negar – y en esta película es más que evidente- una pátina de resentimiento por despecho o simplemente por encontrarse engañado con esas historias de final feliz. Ese es precisamente el caso de (500) días con ella, del debutante Marc Webb, protagonizada por Joseph Gordon-Levitt (el Luciano Pereyra yankee) y la encantadora Zooey Deschanel junto a un reparto de secundarios a la altura de las circunstancias.
    En primer lugar, el hecho de haber utilizado esos paréntesis en el título marcan la idea temporal en la que se concentra el relato como parte de un recurso narrativo que se va a disparar en un orden disgresivo desde el punto de vista que el hilo temporal se ve profundamente fragmentado durante el desarrollo de una relación amorosa, que transita por todas las instancias desde el día uno hasta el quinientos. Por supuesto el primer día en que Tom Hansen (Joseph Gordon-Levitt) conoce a Summer Finn (Deschanel) experimenta el consabido flechazo provocador de la distorsión de la mirada frente al objeto deseado. Para él ella es más que perfecta, aunque la misteriosa Summer de antemano le aclare que no cree en el amor. Al muchacho, arquitecto devenido en redactor publicitario de tarjetas de felicitación, le importa muy poco el descreimiento militante y procura seducirla a toda costa. Sin embargo, al traspasar la barrera de los primeros cien días los impulsos cambiantes de Summer empiezan a desteñir la paleta de colores con la que Tom la retrataba, la construía en su mente como a aquellos edificios perfectos y sin grietas bocetados en momentos de ocio, y entonces la relación comienza a sufrir la típica e irremediable etapa del desgaste.
    Hasta aquí la historia convencional de los enamorados marcha sobre los mismos lugares comunes pero la originalidad del guión a manos de Scott Neustadter y Michael H. Weber radica en romper la linealidad y mostrar el avance de la relación con saltos y discontinuidades temporales, con un ritmo sostenido y pendular, entre otros recursos cinematográficos y narrativos que suman elementos a la trama. El éxito de esa operación se debe básicamente a la gran labor de la dupla protagónica, quienes logran adaptarse a esa constante marcación sin esfuerzos y con la suficiente ductilidad para pasar de la sonrisa idílica al desprecio o del amor al odio con una cuota personal de ironía que ubica a esta ópera prima dentro de una nueva idiosincrasia norteamericana con exponentes reconocidos como el realizador Judd Apatow, entre otros.
    No obstante, aunque prevalezca en la película una idea meta-textual con los primeros momentos de la nouvelle vague, las “Annas Karinas” norteamericanas están muy lejos de parecerse a las originales francesas y Webb simplemente deberá conformarse con su condición de espectador.
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  • Los amantes
    Los amantes
    CineFreaks
    Grandes actuaciones de la dupla Phoenix/Paltrow para este sólido y recomendable melodrama en que las relaciones entre padres e hijos -en el seno de una familia judía- se entremezclan con los devenires y avatares de un hombre conflictuado que no sabe a quien elegir como su compañera de vida...
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  • El último verano de la boyita
    El descubrimiento del otro

    Aquel atisbo de buena directora de actores y de gran conocedora del universo femenino que despuntaba en su ópera prima Hermanas, protagonizada por Ingrid Rubio y Valeria Bertuccelli, se acrecienta y confirma en este segundo opus (estrenado en el último BAFICI) de Julia Solomonoff. También esos rasgos estilísticos, que mezclan la sutileza narrativa -acompañada de un preciso despojo de la verborragia- en línea directa con el recurso visual del cine para evitar subrayados inútiles, son los principales elementos que se destacan en El último verano de la boyita. La directora, en este caso, vuelve a contar una historia de dos hermanas, pero esta vez concentrando la atención en la etapa de la pubertad, donde el desarrollo del cuerpo y las primeras inquietudes sexuales generan tanto deseo como miedo. Esa es básicamente la historia de Jorgelina (Guadalupe Alonso, revelación absoluta) y Luciana (Mirella Pascual), dos niñas que se separan durante el periodo de vacaciones –una se va a la playa con la madre y la protagonista al campo con su padre –como parte de una eventual solución a los conflictos entre hermanas: Luciana comienza a preocuparse por los muchachos desplazando a su hermana menor Jorgelina, quien se lleva el gran protagonismo en el film, dado que prevalece su punto de vista como eje narrativo. Acompañar a su padre (Gabo Correa) a la casa de campo familiar significa no sólo para ella volver a un lugar de infancia sino también retomar contacto con Mario (Nicolás Treise), un niño-peón, quien encierra un misterio que pronto ella descubrirá. Además de soportar el maltrato constante de su progenitor, el cuerpo de Mario desarrolla hormonas femeninas, anomalía que para el seno de la familia resulta más que vergonzante. Si bien el antecedente inmediato de este film no sería otro que XXY de Lucía Puenzo, Solomonoff, quien además escribió el guión, encuentra un enfoque diferente al plantearlo en un contexto sumamente distinto y en una realidad atravesada por un manto de ignorancia, prejuicios, y pautas culturales contradictorias. Un relato de iniciación y de búsqueda, donde se plasman de manera inteligente los contrastes entre el mundo adulto y el infantil al mostrar cómo entre los chicos se puede aceptar la diferencia con la misma naturalidad conque se comparten los juegos, aunque a veces los roles que toquen no sean los mejores en suerte.
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  • La canción de París
    Reflejo pálido de un brillo que encandila

    Si hay algo que prevalece en La canción de Paris, uno de los últimos éxitos de taquilla galos dirigido por Christophe Barratier, es sin lugar a dudas el exceso de nostalgia. Y ese exceso que troca con la monotonía termina por allanar todo vuelo visual para caer en la más absoluta rutina, rayana con la peor galería de lugares comunes y estereotipos que se hayan visto en el cine francés de los últimos años.
    Cuando algo brilla tanto, no deja ver. Eso es precisamente lo que ocurre transcurrida la primera hora de esta historia que mezcla, por un lado, el contexto político de los años 30, más precisamente en Paris de 1936 con la llegada del Frente Popular al poder con la férrea oposición de la ultraderecha nacionalista entre las bambalinas de un teatro venido a menos, cuyos trabajadores se proponen levantarlo antes de que el villano de turno lo demuela.
    Quizá el espíritu del Music Hall o esos imponderables como la llegada de una jovencita con voz angelical –o voz de gorrión– reblandecen el corazón del malvado para llegar caprichosamente a digitar los botones del operativo de la nostalgia e inundar la pantalla con un repertorio de canciones pegadizas entre los actos. Pese al buen elenco y al desaprovechadísimo Pierre Richard, el director de Los coristas se empalaga con digresiones sentimentales; se hunde en la bruma de un Paris digital de cartón pintado que más que evocar a aquel cine de entre guerras lo deja como si se tratara de una burda copia de muchas películas.
    La nostalgia es una canción monótona, tan sencilla y simple como las alegorías políticas que abundan en este sobrevaluado film donde la joven promesa se debate entre el amor del comunista sensible y las promesas de un futuro venturoso a cargo del simpatizante de derechas despechado cuando en realidad lo único que la hace libre es la música. Así de elemental resulta La canción de Paris, película que evoca la nostalgia pero la nostalgia de un mejor cine francés.
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  • Tres deseos
    Tres deseos
    CineFreaks
    Película argentina con aires de europea que queda a medio camino entre la intención y la pretensión con algunos climas logrados y otros que ameritaban un mejor protagónico masculino. Una lástima...
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  • Shotgun Stories
    Shotgun Stories
    CineFreaks
    Los elegidos y los postergados

    Algo de western contemporáneo, algo de tragedia “shakespeariana” sobrevuela el entramado de Shotgun stories, ópera prima de Jeff Nichols que se presentó como una de las sorpresas del cine independiente estadounidense hace dos años. Si hay algo que prevalece en una trama que puede considerarse austera es precisamente que ese exceso de austeridad se transmite a la historia desde el primer minuto y a la dosificación de información, que va uniendo los puntos neurálgicos del relato hacia una curva dramática creciente.
    A los Hayes los vincula más allá de la sangre -hijos de un mismo padre- un solo y único elemento: el odio. Enfermedad interna que arrastran desde aquel día en que su progenitor decidiera abandonar a Son (Michael Shannon, soberbio), Boy, y Kid, junto a su madre, y así optara por brindarle todo a sus otros hijos, quienes prosperaron económicamente y nunca tuvieron contacto con la otra parte de la familia. Resulta llamativo que los Hayes no se llamaran Hates (traducción vernácula de odio) y siguiendo con el juego de palabras se podría decir que no son para nada casuales los nombres de los protagonistas como una suerte de reflejar metonímicamente (mostrar la parte por un todo) un progreso o juego de roles en la figura de una sola persona, es decir que siguiendo la traducción del inglés estamos hablando de Son como hijo, Boy como muchacho y Kid como pequeño sintetizados una vez llegada la madurez en una sola persona que frente a su entorno juega estos mismos roles de manera simultánea, pues uno fue niño, siguió siendo muchacho y siempre seguirá siendo hijo aunque ya sea adulto para seguramente convertirse en padre.
    De este entreverado cruce de relaciones se nutre la columna vertebral de esta tragedia, cuyo contexto geográfico del sur de los Estados Unidos guarda una estrecha relación con la apatía y aridez de sus personajes, casi mimetizados con la sequedad de la atmósfera que los rodea como así también con la pesada carga del pasado a cuestas.
    Del mismo modo ascendente por el que transita la línea narrativa, el realizador esparce en cuentagotas la irrupción de la violencia como única directriz para sumergir la historia en una suerte de vacío que en vez de cerrarse se ensancha al dejar abierto el único sendero posible que no es otro que el de la venganza; que comienza casi de forma imperceptible en un incidente menor en un funeral cuando Son escupe sobre el féretro de su padre provocando la ira de sus hermanastros. ¿Se puede transmitir el odio entre generaciones? Esa parece ser la premisa que toma Nichols como punto de partida para llegar a una respuesta evidente, pero no por ello menos real, la cual pese al esquematismo del guión acumula reflexiones y alguna que otra cuota de esperanza sin caer en escapes redentores ni finales efectistas.
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Ahorr con Hoyts
CONCURSO: LOS PADRINOS DE LA BODA