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Imagen del crítico Pablo E. Arahuete
Pablo E. Arahuete
  • Cantidad de críticas: 810
  • Promedio: 65%
  • Críticas favorables: 611/810 (75%)
  • Críticas desfavorables: 199/810 (25%)
  • Diferencia absoluta: 10%
  • El examen
    El examen
    CineFreaks
    Proceso de selección

    Mucho más próxima a El método (2005), aquella adaptación cinematográfica protagonizada por Pablo Echarri dirigida por Marcelo Piñeiro que a El juego del miedo y toda su saga, la ópera prima El examen no logra sostenerse en el género y apela erróneamente a un elemento fantástico para rozar la ciencia ficción cuando todas las condiciones de la historia se resumían al estado de transformación psicológica de ocho aspirantes para ocupar un puesto importante en una misteriosa empresa.

    Así hombres y mujeres, rubias, morenos, rubios, árabes en representación de un conglomerado de etnias para dar la impresión de universalidad, deben rendir su examen final de admisión sabiendo que de los ocho solamente uno tendrá la recompensa, si es que no viola ninguna de las reglas pre establecidas por un enigmático anfitrión. No puede sostenerse que estamos frente a una película claustrofóbica a pesar del encierro dado que las alternativas para salir de ese habitáculo monitoreado por cámaras de seguridad y un guardia mudo simplemente consisten en abandonar el lugar y así quedar fuera de competencia. Es decir, que en ningún momento los personajes se encuentran prisioneros de nadie más allá de su propia ambición y su instinto de supervivencia en un sistema capitalista y salvaje.

    No obstante, la tensión llega desde otro lugar porque lo que mantiene en vilo al espectador es la incertidumbre y la errática conducta de cada personaje al no saber realmente qué es lo que debe hacer antes de que los ochenta minutos concedidos para resolver un acertijo -sin otra herramienta que la intuición y la inteligencia- expiren. Tres reglas inviolables marcan el derrotero de esta trama simple pero efectiva: no se puede abandonar la habitación; no se puede alterar accidentalmente o no el material con el que cuentan que es una hoja en blanco y tampoco pueden mantener contacto o comunicarse con el exterior ni con el guardia.

    Resulta un tanto torpe y como reflejo de un guión poco consistente que se apele al recurso del flashback intercalado en las secuencias como ayuda memoria o recuerdo compartido de cada contendiente antes de dar el paso en falso una vez rotas las alianzas ocasionales o bien con el paso ya dado. Este defecto, que se arrastra desde la segunda mitad hasta el desenlace, conspira contra la dinámica y el ritmo del film que por esos azares de las distribuidoras ahora se estrena comercialmente cuando data del 2009 y su paso por el DVD u otros formatos similares ya se había producido tiempo atrás.

    Allá por el 2009, esta primera película de Stuart Hazeldine, de elenco ignoto y con aires de cine independiente, había dado que hablar en el Festival de Edimburgo, aspecto que lleva a la reflexión sobre el nivel de las propuestas teniendo en cuenta su sobrevaluada atención.
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  • Línea de fuego
    Línea de fuego
    CineFreaks
    Conmigo no, Franco

    Silvester Stallone escribe un guión sencillo a la medida del lucimiento y violencia que desata Jason Statham, ícono indiscutido del género post Arnold y Sylvester anque el tío Bruce Willis, Gary Fleder dirige y el resto es llenar el formulario de lugares comunes de toda película con argumento como pretexto y un par de actores para convocar otro tipo de público no relacionado con el cine de acción.

    Es que la historia de Línea de fuego (del original Homefront) rescata la típica dialéctica de la doble venganza, primero la del protagonista dispuesto a llevarse el mundo por delante para defender lo único que le importa que no es otra cosa que su hija pre-adolescente y luego como coda la frustrada venganza del villano de turno, interpretado en piloto automático por James Franco a quien sólo le importa mantener su negocio de metanfetaminas.

    Claro que en el medio se topa con Boocker (Statham), quien tras una redada fallida donde trabajaba como encubierto de la DEA busca recomponerse en un pueblo con un bajo perfil y el cuidado de su hija como principal objetivo, alejado del trabajo y de los narcos con los que tuvo que lidiar.

    En ese apacible estado de tranquilidad irrumpe un incidente con su hija y un compañerito de escuela que desata una galería de complicaciones y llevan a Boocker a estados de violencia que lo reconectan con ese pasado sin que se lo proponga. El derrotero del protagonista acumula enemigos y situaciones que pondrán en riesgo su círculo de confort hasta el clímax en el que el villano queda desdibujado.

    La dirección es prolija y la coreografía aceptable pero nada más que eso. Si el espectador quiere ir a ver otra de Statham con piña, patada, piña, Línea de fuego es un film ideal.
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  • El último amor
    El último amor
    CineFreaks
    Entre la espera y la contemplación

    Basada en la novela La Douceur Assassine de Francoise Dorner , el film de la directora Sandra Nettelbeck gira en torno a la fase crepuscular del Sr. Morgan, viudo y que en sus épocas de juventud además de estar perdidamente enamorado de su fallecida esposa tras una larga enfermedad que lo mantuvo alejado de sus hijos, que azarosamente conoce a una joven francesa (Clémence Poésy) que despierta su interés y por un instante lo aleja de su gris existencia.

    El ímpetu y el parecido físico de la muchacha con la esposa de Morgan es lo suficientemente fuerte para que afloren recuerdos en contraste con aquellos fantasmas que lo buscan en momentos de soledad. Las extensas charlas en las que Morgan se muestra caballero, amable y a veces ventilando alguna que otra intimidad lo exponen ante los ojos de la joven insegura y en búsqueda de una fuerte presencia paternal o una familia sustituta que reemplace la soledad.

    Solitarios que a pesar de la diferencia de edad y la vida ya vivida se encuentran y entienden sin preguntarse quienes son realmente pero el entorno y la realidad de cada uno dice lo contrario y el doble aprendizaje tal vez transita por su lección más dura.

    Sin el aporte de Michael Caine en un papel que es justo decir no se acerca a sus mejores interpretaciones, el relato se sostiene desde el punto de vista dramático y gracias a la presencia de importantes personajes secundarios, entre los que se destacan los hijos de Morgan especialmente Gillian Anderson. Pese a todo un final predecible confirma que no supera al standard pero se deja ver.
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  • Annabelle
    Annabelle
    CineFreaks
    Muñeca brava

    Ingeniosa de a ratos, pero por momentos despareja en el balance final y algo torpe en resoluciones narrativas, se puede justificar en la puesta en marcha de este spin off, Annabelle, originado tras el éxito taquillero de El conjuro, los signos de los aciertos y desaciertos como nueva propuesta que se nutre de influencias setentosas para encontrar el hueco adecuado al mecanismo de construcción del susto.

    Más allá de los ángulos de cámara poco convencionales, o ciertos juegos en la puesta en escena, el primer defecto del film de John R. Leonetti consiste en no encontrarle la vuelta al guión para rodear satisfactoriamente a la anécdota de la existencia de una muñeca poseída, que no se mueve como Chucky sino que es transportada por diferentes demonios –cuando no por el mismísimo Lucifer- para aterrorizar más que a los personajes, al público.

    La aparición del caricaturesco príncipe de las tinieblas negro y con cuernos no le aporta absolutamente nada a esa impronta minimalista que se buscaba al traer a colación ese prólogo prometedor ya anunciado en El Conjuro, pretexto para retroceder a los anales que en teoría marcan el origen de esta maldición y que se remontan a la época de los rituales satánicos del clan Manson. Elipsis mediante y con la consabida aparición de la muñeca en la casa de Mía y su esposo, quienes están a la dulce espera de Lía, rápidamente el episodio conecta al público cinéfilo con aquella película El bebé de Rosemary, aunque aquí no hay vecinos misteriosos o personajes ambiguos de dos caras.

    La simpleza en el trazo de cada uno de los secundarios e incluso de esta madre primeriza, varias veces atacada antes de dar a luz, poco convincente con sus reacciones de miedo, hablan a las claras de que todo se deposita en la construcción de los climas y la atmósfera dejando en un plano rezagado el argumento.

    En los setenta, toda propuesta de terror contaba con una trama bien desarrollada y personajes menos chatos que los que abundan en productos de este milenio. Quizás por eso se comprenda que de los cinco millones de dólares del presupuesto se haya destinado tan poco al cachet de un elenco ignoto. Algo diferente a lo ocurrido en El Conjuro.

    Piénsese, por ejemplo, en la genial Magia, con un Anthony Hopkins joven y dirigida en 1978 por Richard Attemborough, lo escalofriante de ciertas escenas con el muñeco y la locura del ventrílocuo, por citar una película muy poco revisitada y que esperemos no tenga remake nunca.

    Sin embargo, no todos son escollos en la trama de Annabelle cuando aparece la eficaz utilización de los recursos cinematográficos y de la puesta en escena en conjunto para lograr esporádicos sobresaltos sin golpes de efecto. La iconografía básica de las películas de aparecidos o fantasmas en pena dice presente aquí, así como la idea de redención a partir del sacrificio de las madres para contentar la saciedad de almas inocentes, objetivo central de todo sacrificio satánico.

    Si uno tomara de referencia el inicio de Annabelle dentro de una iglesia y con un sermón que gira en torno al sacrificio para la purificación, tranquilamente sabrá o conjeturará de qué se trata todo y cómo puede llegar a terminar el film sin ser acusado de spoileador serial por algún espectador incauto.

    La mayoría del público habitué no prestará demasiada atención a ninguno de estos argumentos en base a la ansiedad por verse sorprendidos en la butaca, algo que lamentablemente deberán buscar en otra parte.
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  • Barroco
    Barroco
    CineFreaks
    Lo estático y lo mutable

    Múltiples capas narrativas o texturas atraviesan el microuniverso mitad ficción, mitad realidad de Barroco, debut cinematográfico de Estanislao Buisel, quien escribió junto al actor Walter Jakob un complejo guión con enormes reminiscencias literarias, las cuales encuentran una sólida plataforma de despegue en la trama, donde además recursos de la metalingüística crean espacios que se yuxtaponen entre los planos de realidad y ficción ya mencionados.

    Por un lado, Barroco es la expresión de deseo de un protagonista, Julio, al que la idea de sublimación de sus ansias de venganza, dirigida a un ex novio de su actual novia, lo conducen a tramar un robo perfecto. El atraco aparece primero como argumento de una fotonovela ambientada en una Buenos Aires sin gas y tiene desencadenantes trágicos. Pero en la realidad gris, como empleado recién contratado de una librería, la chance concreta de un golpe delictivo casi perfecto germina con la misma rapidez y torpeza en su ambiciosa mente, aspecto que lo sume en un problema de mayor envergadura y por el que se ven involucrados terceros, cuando todo se precipita en un escenario donde parece estar todo bajo control.

    El elemento de la fotonovela aporta la idea de la connotación o la enunciación, es decir que bajo la saludable impunidad que otorga la ficción, el divorcio entre la imagen y la verdad es bienvenido. Los rostros y cuerpos que aparecen, así como los escenarios de cada fotografía elegida por Julio y Lucas (Julián Larquier y Julián Tello, respectivamente), no responden con exactitud al hecho en que fueron capturadas. De este modo, el rostro de uno de los compañeros de Julio (Walter Jakob) representa un personaje de su fotonovela y la cola del cine hace lo propio para ilustrar una fila de víctimas de ese Buenos Aires postapocalíptico de la fotonovela.

    Ese juego de capas superpuestas, que rápidamente trae el recuerdo de la genial Historias Extraordinarias, de Mariano Llinás -por citar el ejemplo más al alcance de la memoria- suma una rigurosa puesta en escena que podría relacionar, por ejemplo, la abundancia de libros en la librería, escenario recargado de referencias literarias, con esa idea originaria del barroco, pues en un film cuyo trasfondo no es otro que lo novelesco y literario, se reviste plásticamente el subrayado del mundo ficcional en la locación donde se desarrolla parte de la aventura del atraco. Sin, claro está, hacer una mención directa a la música y a la subtrama musical, que fiel al estilo lúdico que predomina en esta sugestiva ópera prima, habilitan las coordenadas de la rivalidad entre antagonista y protagonista, es decir entre Julio y el ex novio que es un organista (recordemos que el órgano y el clave fueron los instrumentos característicos del barroco musical), con quien su novia actual comparte la pasión, los ensayos y cierta admiración no oculta por su talento y popularidad en el ámbito musical.

    En todo film de aventuras que se precie la presencia del villano es el recurso fundamental para darle sustento al héroe y mucho más aún si en el medio de ambos aparece un interés amoroso, o esa lucha descarnada de egos por conquistar el corazón de una damisela con características de femme fatale.

    La película de Estanislao Buisel también propone un relato de fuga hacia adelante. Ahora bien, otra lectura posible y que resignifica el título surge si nos detenemos en uno de los recursos musicales del barroco, con la palabra fuga. Basta recordar que Bach es famoso por sus piezas musicales en forma de fuga, esto significa que una melodía o motivo musical es perseguido por otro u otros en una misma composición.

    La fuga, tanto literal en las ansias de su protagonista, como simbólica en su juguetón vaivén entre diferentes capas o rumbos narrativos, es un elemento constante y no llegado a la trama por azar o como parte de un caos en apariencia descontrolado, obedece en realidad a un riguroso mecanismo de relojería que se arma y desarma a un ritmo veloz. Julio es un personaje que parece mostrar signos de resistencia a la autoridad o a los convencionalismos, quizá llamado a la aventura por el vuelo de su imaginación, estimulado por las lecturas literarias o simplemente como la expresión de un deseo que aún no se concreta por no estar escrito. En paralelo, Barroco es un film que busca a su autor y a su espectador; huye del estancamiento o la anquilosante trama clásica para abrazar, sin temor, lo mutable y dispuesto a quedarse en la búsqueda, consciente de que para jugar a la libertad se necesita romper las reglas.
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  • Rosa fuerte
    Rosa fuerte
    CineFreaks
    No hay nada más que decir

    María Laura Dariomerlo llega a su ópera prima tras varios años de pelea y a un estreno comercial que no es poco teniendo en cuenta que su film tiene varias particularidades y virtudes, esas que por un lado hablan de ciertos riesgos estéticos, ya probados en su cortometraje El beso que te di , en el cual contara con la actuación de Joaquín Furriel para una historia donde no hay una línea de diálogo entre la pareja protagónica y que puede relacionarse - tal vez - desde la temática con el universo de pocas palabras planteado en Rosa fuerte, protagonizada por Pablo Rago y Leticia Brédice.

    La ambigüedad que se encarga de mantener la directora en el relato es tan sólida desde el guión como desde la escasa información que se dispersa en la puesta en escena, rigurosa en detalles y con una distancia adecuada entre la cámara y esta pareja que habla poco pero dice mucho desde sus gestos y silencios.

    Él, Manuel (Pablo Rago), en constante amague de preparar el bolso y marcharse, harto de soportar a veces los humores erráticos o el destrato de Cristina (Leticia Brédice) en lo que en apariencia será un domingo más de una pareja en crisis.

    Sin embargo, hay en ella cierto secreto que tarda en revelarse y en Manuel una actitud protectora, aunque también con signos de desgaste que lo llevan a reconocer el estancamiento habitual por el que pasa cualquier pareja, transcurrido el estadio del enamoramiento y la novedad.

    A escondidas, Cristina recibe llamadas de un hombre a quien no duda en declararle afecto y decirle que lo extraña, sin tener presente que Manuel descubra esa potencial traición o al menos reaccione cuando se entere de lo que está pasando.

    En Rosa fuerte, tal como demuestra el título colmado de connotaciones, el lugar del espectador no es para nada pasivo y si bien se juegan las cartas de un típico triángulo amoroso, en sus vértices se desarrolla de manera progresiva el desmoronamiento de una pareja, como si se tratara de un film que comienza cuando el típico había una vez … terminó: un cuento donde no hay nada más que decir.
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  • El justiciero
    El justiciero
    CineFreaks
    Hacer lo correcto

    Sin la hiperquinesia de Tony Scott, pero con un personaje calcado de aquella Hombre en llamas, el retorno de Denzel Washington al cine de acción significa por un lado un reencuentro con el director Antoine Fuqua -tras trece años de ausencia desde Día de entrenamiento- para poner en marcha el mecanismo de la remake que tantos buenos resultados ha dado a Hollywood.

    Esta vez el modelo a seguir no es otro que la serie The Equalizer, que se emitiera allá por el año 1985 y con una seguidilla de episodios que comprendieron cuatro temporadas hasta 1989. El protagonista de la serie era Edward Woodward, en el rol de Robert McCall, ex agente de la Cia y entrenado por fuerzas paramilitares que interviene en asuntos domésticos como una suerte de justiciero o vigilante, cuando la injusticia de los débiles resulta insoportable para su escala de valores. Washington encarna a la perfección a este McCall afroamericano, quien se desempeña como empleado en una carpintería y pasa sus noches en un bar, acompañado de un buen libro y un saquito de té propio. McCall es austero y hombre carismático, aunque no muy hablador. Su metódica conducta indica autodisciplina y muy fácilmente puede advertirse un pasado que prefiere olvidar, cuando no ocultar mediante su pantalla de trabajador común.

    Sin embargo, una de esas noches de lectura conoce a una prostituta joven, de acento ruso, a quien no tarda en sacarle la ficha y descubrir que trabaja para una red rusa no por gusto y que su destino depende de un proxeneta violento y despiadado. La primera injusticia con el débil, en este caso la chica tras recibir una fuerte golpiza que la deja en el hospital por negarse a atender a un cliente despreciable, despierta en McCall al justiciero y vigilante nocturno dormido.

    La decisión de intervenir y malograr los planes de la mafia rusa, enquistada en pleno corazón de Norteamérica bajo la complicidad corrupta de la policía local, abre el plano a la llegada de un antagonista: el despiadado Teddy, mercenario cuyo objetivo es recuperar el orden para que la mafia continúe con sus negocios y aniquilar a McCall.

    Protagonista y antagonista, entonces, toman el control de film en un derrotero básico de presa y cazador que por supuesto, promediando la etapa final, cambiarán de roles mientras una ola de violencia y muertes de terceros se desata en el escenario elegido para que la puesta en escena sea lo suficientemente efectiva al lucimiento de Washington y su frialdad a la hora de empuñar un cuchillo, un revolver o hasta un sacacorchos.

    Los puntos fuertes de este entretenido thriller lo constituyen la buena elección del villano interpretado por Marton Csokas, a veces como caricatura de sí mismo al mejor estilo comic, la presencia de la ascendente Chloe Grace Moretz, en el rol de prostituta rusa y, por supuesto, Denzel Washington en un papel a su medida.

    Sin mayores pretensiones que la entrega de un film pasatista, que por momentos busca crecer en aspectos dramáticos y desarrollar más intimidad en sus personajes para contrarrestar el vértigo de la acción física, El Justiciero se deja ver no sólo como entretenimiento sino como un buen y esperado retorno de la dupla Fuqua-Washington.
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  • El karma de Carmen
    Yo soy sola


    La actriz Malena Solda encarna a Carmen, protagonista absoluta de esta comedia romántica, anómala, del director Rodolfo Durán (Terapias alternativas), con guión de María Meira (La mirada invisible), que se ubica en la frontera de la treintena cuando las presiones sociales y los mandatos sobre las mujeres indican la imperiosa necesidad de casamiento e hijos.

    Si parte del karma de nuestra antiheroína, quien ha optado por su carrera e independencia del yugo masculino, se pudiera resumir en la soledad, que tarde o temprano tocará a su puerta, también permite diferentes lecturas en base a la idea de una consecuencia provocada por múltiples causas: la soltería militante, la renuncia a los lugares comunes de todo romanticismo convencional (podríamos decir una comedia anti-hollywoodense) y además, la crisis que supone atravesar los treinta y seis sin horizonte de pareja a la vista.

    El tono elegido por el director, en su sexto opus, recoge algunos elementos de la comedia, la ironía y un cinismo a conciencia por parte de la protagonista ante un entorno, tanto familiar como externo, que pretende encontrarle candidato y un sentido tradicional a su existencia.

    La oportunidad de un viaje a Mar del Plata, que el azar de un concurso en su heladería preferida le dispensa siempre que vaya acompañada, supone la chance del cambio, pero también es el detonante del mayor conflicto interno y el reflejo deformado de ese espejo en el que Carmen no se quiere mirar. A esa alternativa de viaje de autoconocimiento se le superpone la presencia de Javier (Sergio Surraco), conocido de su hermano Santiago (Gustavo Pardi), quien pretende romper el hechizo de soltería de su hermana organizando una cita incómoda, lo suficiente para que Carmen rechace el plan de conquista, aunque luego tratará de someterse a la teoría de las segundas oportunidades.

    Con buenas actuaciones en roles secundarios de Manuel Callau (habitué de los films de Rodolfo Durán), y Laura Azcurra como la amiga que a veces usa de confidente a Carmen cuando pelea con su novio y otras la descarta cuando todo se arregla, El karma de Carmen explora en la intimidad de una treintañera que no se amolda a los cánones establecidos por la cultura, desde la superficie, pero también se sumerge sin solemnidad ni bajadas de línea morales, con la sensibilidad justa por los vericuetos de la soledad.
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  • Las chicas del 3º... un consorcio felíz
    Alguien golpea la puerta

    El debut cinematográfico en la ficción de Maximiliano Pelossi apela a elementos de la comedia costumbrista, el sainete y el humor blanco, con un dejo de nostalgia por cierto tipo de cine de antaño, aunque con timing más aggiornado a estos tiempos.

    Con Las chicas del tercero… no nos encontramos frente a una sitcom, pese a que el escenario en donde ocurren las acciones es un edificio de departamentos, ideal para una puesta en escena de estas características.

    Cada copropietario es visitado por las hermanas Celia y Aída (Betiana Blum y Lucrecia Capello), encargadas de la administración y del cobro de las expensas, pretexto que utilizan para invadir puerta por puerta y fisgonear al mejor estilo, con una mirada un tanto prejuiciosa sobre las conductas de algunos de sus vecinos. La galería de personajes responde al típico arquetipo del costumbrismo: madre maltratada por su esposo con hijo pre adolescente que encuentra algún que otro alivio en la mirada y los brazos de un joven estudiante del interior, quien vive con su hermana y fuma marihuana; una ex profesora de piano que en realidad ejerce la prostitución por las noches; una inquilina Búlgara que también sale a trabajar por las noches y sobre la que pesa la misma sospecha; un hombre misterioso que recibe paquetes y cuya hosquedad hacia las ancianas es manifiesta, y para terminar el portero con deudas de juego.

    El eje por el que avanza el relato se sostiene desde la dialéctica del equívoco o la idea de las apariencias que engañan para encontrar el mismo punto de vista sesgado y repartido entre Celia y Aída, en paralelo a la relación a veces simbiótica y otras parasitaria de ambas, ocupando Celia el rol de la solterona y Aída el de la viuda. Ambas se disponen a abandonar el edificio para ir a Canadá con una de las hijas de Aída pero, entre los preparativos de la mudanza, ocurre un hecho -que por motivos lógicos no se revelará aquí- que podría llegar a modificar el rumbo de ellas y precipitar algunos acontecimientos.

    Como comedia blanca, Las chicas del tercero… entretiene aunque los desniveles en las actuaciones entre las protagonistas y los personajes secundarios es notorio y ese defecto por momentos repercute en el fluir de la trama. Con algunos diálogos forzados en contraste con escenas donde el drama o la nostalgia nacen de manera espontánea, gracias al profesionalismo de Betiana Blum y Lucrecia Capello, a quienes no les resulta nada difícil apropiarse de sus personajes y hacerlos queribles
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  • UAHAT: El Padre Rio negado para sus hijos
    Redes invisibles

    Un río que no fluye -o al menos no fluye de manera natural- es un curso de miles de vidas que no avanzan. Fluir junto al río y vivir de los sábalos que se pescan a diario forma parte del sustento de la comunidad wichi del Chaco Salteño y ocupa el centro del conflicto que los documentalistas Franco González, Julián Borrell y Demián Santander descubrieron al llegar con sus cámaras a la región con un propósito distinto: los artesanos y la cultura de la comunidad wichi.

    Apenas tomaron contacto con esa realidad, un corte de ruta como expresión de lucha para parar ese progreso que no entiende razones culturales o de economía de subsistencia, les abrió el panorama complejo que arrastra un convenio entre los gobiernos de Argentina y Paraguay que data de la década de los noventa y hace foco en la explotación del río Pilcomayo, cuyas aguas también involucran a Bolivia, tercero en discordia, país que en un comienzo se vio beneficiado por el canal natural argentino pero que hace unos años sufrieron las consecuencias del llamado Proyecto Pantalón que implicó la construcción de un canal artificial por parte del Paraguay provocando una incipiente bajante del río Pilcomayo.

    Las imágenes captadas por la cámara en compañía de los damnificados son más que elocuentes al reflejar que donde antes había un río ahora solamente hay tierra, sin sábalos y sin chances de que el conflicto contemple el reclamo de los pueblos originarios. Las máquinas que dragan, o deberían hacerlo en una extensión de 17 kilómetros para que ese pantalón tenga dos piernas y no una sola, no son suficientes como paliativos de la traumática situación. En ese sentido las diferentes voces que dan cuenta de una problemática social con alcances de desastre natural reciben una escasa preocupación de los medios locales y de una clase política del lado argentino demasiado complaciente con los acuerdos firmados décadas atrás.

    Pero el documental no se queda solamente con el panorama nefasto de los wichis del Chaco Salteño, sino que avanza hacia otra comunidad indígena en Bolivia, que reclama una pronta solución por vivir de la misma economía de subsistencia, aunque desde realidades distintas pero dependientes del desove del sábalo río arriba, algo que por no contar con un canal adecuado del lado argentino ha dejado de ocurrir.

    Uahat… es un documental que expone en primera persona la lucha de resistencia de los pueblos originarios por preservar su tierra y como ellos definen a su padre, el río Pilcomayo, conscientes que para el hombre blanco son invisibles o presas de redes invisibles como la burocracia, la política sucia y los intereses de unos pocos que deciden el destino de muchos. También en Uahat… se aprecia la pasión en la búsqueda de verdades que se niegan, a veces movilizados por la intuición y otras abriendo los ojos alrededor, sin prejuicios.
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  • Tropicália
    Tropicália
    CineFreaks
    La vanguardia es así

    El término tropicalia traza varias líneas interpretativas, por un lado responde al movimiento contracultural que en los últimos años de la década del sesenta penetró en distintas ramas del arte en Brasil, entre ellas el cine con Glauber Rocha a la cabeza y la música, con artistas jóvenes como Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Arnaldo Baptista, Rita Lee y Tom Zé. También es el título de uno de los álbumes rectores de este movimiento (editado en 1968, un año después de Sargeant Pepper de The Beatles) y la respuesta contra la palabra tropicalismo, pues -como decían sus creadores- todo ismo implica separación y la idea central de la corriente Tropicalia precisamente era la mixtura de la música popular brasilera con influencias extranjeras.

    Pero Tropicalia es el título de un documental del realizador Marcelo Machado, que pudo verse al aire libre en el Bafici hace unos años y que ahora afortunadamente se estrena en el circuito comercial. A Marcelo Machado (ver entrevista) lo sedujo la idea de reflejar la efervescencia política y cultural de aquellos años difíciles de Brasil, en los que la dictadura marcó el rumbo y el exilio obligado de muchos artistas, como los ya mencionados Veloso y Gil a Londres, Portugal y París.

    Precisamente son ellos a quienes convoca Machado en el presente de su obra para mostrarles en una pantalla gigante fragmentos de archivo propios del tropicalismo, en los que los artistas se identifican, luego de alguna que otra emoción contenida, en los rostros de miles de jóvenes que manifiestan por las calles. Además, dice presente el recuerdo con aires de melancolía y sabor a tiempo perdido en algunas melodías de sus canciones más representativas, como Alegría, alegría y Domingo no parque, ambas finalistas del Tercer Festival de MPB da TV Record.

    Con ese recurso de confrontarlos, Marcelo Machado consigue que aquello que representaba una anécdota del pasado, para ellos cobre un significado mayúsculo, gracias al valioso aporte de testimonios, un nutrido e inédito material de archivo, que se despliega en pantalla bajo una estética de collage –fiel al tropicalismo- para mezclar texturas, colores y una banda sonora inmejorable.

    El auge del tropicalismo se extendió por tres años y su alta dosis de transgresión, a partir de la deconstrucción de valores tradicionales de la cultura popular brasileña, le generó enemigos puertas adentro, la mayoría universitarios que esgrimían discursos en pos de un nacionalismo y tradicionalismo a contracorriente de aperturas hacia otras geografías como Norteamérica, aspecto que desde los medios de comunicación masiva también se procuraba mantener vigente. En ese sentido, uno de los mejores segmentos de este multifacético y fascinante documental lo constituye el enfrentamiento entre Caetano Veloso ante una audiencia de estudiantes hostil, a la que el artista terminó saludando con una frase sentenciadora: Ustedes no entiende nada. Podría haberse parafraseado en aquella convulsionada velada a Charly García para rubricar con la frase la vanguardia es así. Incomprendida, transgresora, mutante y como suele ocurrir adelantada a su contexto sociopolítico.

    En materia cinematográfica, Tropicalia no viene a revolucionar el cine documental ni mucho menos, pues se pueden encontrar recursos clásicos en su estructura narrativa, pero también otros no tan convencionales que terminan constituyendo una pieza única que vale la pena descubrir y por supuesto abrir el debate cultural bajo la perspectiva histórica de Latinoamérica, en tiempos donde la globalización del arte ha quitado rasgos de identidad a los países, aunque haya aportado nuevos discursos y formas de entender el mundo.
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  • Tres D
    Tres D
    CineFreaks
    Sólo para cinéfilos

    Tan anómalo o fuera de lo común resulta la realización de un festival de cine independiente en Cosquín como la existencia de un fenómeno inexplicable que altere la percepción de los colores si es que no se utilizan anteojos para seguir viendo la misma realidad. Tres D, segundo opus de Rosendo Ruiz (De caravana, 2010), lleva al extremo la fórmula de cine dentro del cine y encuentra en la excusa de la ficción, pero también del documental, los caminos aptos para reflexionar sobre qué significa el cine y para qué hacer películas.

    Para ello, los discursos de directores reconocidos como Gustavo Fontán o José Celestino Campusano, acompañados de un enfoque más acrítico desde ciertas miradas de la crítica especializada, se yuxtaponen y entrelazan con el biorritmo de un festival desde adentro y hacia afuera. Pero si a ese complejo trabajo de mezcla de texturas se le suma la ficción en su estado de mínima expresión, el combo deja una película extraña e inclasificable como Tres D, un aire renovado en materia estética y completamente distinto al estilo de la ópera prima de Rosendo Ruíz que coqueteaba con el cine de género aunque desde un plano subyacente recreaba sus preguntas e interrogantes sobre la teoría cinematográfica.

    Es cierto –y justo de advertir para el espectador no avezado- que varios de los códigos o guiños del film solamente lo podrán apreciar aquellos que abracen la cinefilia local con los ojos abiertos y demuestren cierto interés por debates estéticos que plantean diferentes posturas entre críticos, aspecto que en la coyuntura hoy por hoy cobra un significado particular a raíz de varios cruces entre colegas, en lo que va de los últimos meses, que ponen el ojo directamente en la crítica y aquellos críticos devenidos realizadores. Para un público masivo, la atención de estos menesteres es por lo pronto dudosa y en ese sentido una gran parte de Tres D dejará afuera a una audiencia no familiarizada con el derrotero de festivales y menudencias de carácter doméstico.

    Sin embargo, aquellos que busquen una historia con personajes y situaciones también la encontrarán en esta propuesta, que maneja con rigor y precisión su puesta en escena y consigue por momentos construir una atmósfera de intimidad propia así como dejar reflejado a través del punto de vista de los protagonistas, Matías y Mica, la pasión y el amor por el cine.
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  • Aprendiendo a volar
    Las alas del duelo

    Las ausencias no simbólicas sino aquellas que el protagonista sufre a diario, leáse carencia de madre, padre ausente y alcohólico, sumado un entorno demasiado hostil, condicionan el vuelo de esta infancia en la que el único sustituto de libertad y posibilidad de darle rienda suelta al deseo llega desde la particular relación que establece Jojo con un cuervo pichón que no ha podido quedarse en su nido.

    La psicología barata rezaría a los cuatro vientos síndrome del nido vacío, que se reproduce en la existencia de este muchachito pero con los roles invertidos dado que sus padres, por distintas circunstancias, son los abandónicos y no el niño que debe transitar por los duelos habituales del crecimiento en los primeros estertores de la infancia; en la forzada metamorfosis hacia la adultez temprana que implica hacerse cargo de uno mismo y cuidar a quien debe cuidarlo.

    A pesar que el film pretende mantener oculta cierta información sobre la madre de Jojo, las llamativas charlas telefónicas a escondidas del padre para describirle una realidad idílica son el indicio de que algo extraño ocurre en la conducta del niño adulto. Los episodios de violencia doméstica que debe soportar, cuando no la ausencia temporaria del padre que trabaja como seguridad fuera de casa, completan el patético cuadro.

    Pero a esa cruda realidad se le superpone el pequeño idilio de Jojo y su cuervo. Ambos coexisten en un mundo atravesado de peligros y amenazas externas, aunque cuando ese espacio es conquistado por ellos nada puede lastimarlos.

    Aprendiendo a volar, entre otras cosas, es un film de aprendizajes, con la particularidad de que los únicos protagonistas son el niño y el pájaro en el camino de la vida. Y si de vida se trata, también aparece la contracara de la muerte y con ella la ausencia y el duelo. Y del duelo, la capacidad de duelar diferentes cosas y entonces extender las alas para que el deseo renazca en el próximo vuelo hacia la libertad.
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  • Atlántida
    Atlántida
    CineFreaks
    Transiciones en pueblo chico

    La debutante cordobesa Inés María Barrionuevo muestra en su ópera prima, Atlántida, una capacidad narrativa asombrosa así como la sensibilidad para acercarse a los conflictos de sus personajes sin perder la distancia y mucho menos el centro de atención en los detalles a la hora de pensar la puesta en escena.

    La película aborda la idea de los cambios y la transición que atraviesa el derrotero de dos hermanas, Elena y Lucía, en el corto periodo de un verano de 1987. La más pequeña, Elena, quiere convertirse en Maricruz y sale al mundo con sus ropajes de inocencia para aprender y vivir nuevas aventuras junto al médico de pueblo cuando lo convence de que la deje acompañarlo en su recorrido de rutina mientras que la mayor Lucía pretende escapar del letargo pueblerino y probar suerte en el estudio en una ciudad con más atractivo y lejos de su familia y su hermana.

    Algo del horizonte trazado por Lucrecia Martel o Celina Murga en sus respectivas óperas primas que generaron la atención en otro tipo de mirada sobre su propio lugar parece transitado desde este enfoque muy particular y personal de esta novel y talentosa directora, quien ya se encuentra trabajando en su segunda película.
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  • Borrando a papá
    Rehenes del rencor




    Más allá de las polémicas suscitadas de las idas y venidas para el estreno del segundo documental de la realizadora Ginger Gentile (Mujeres con pelotas), acompañada por Sandra Fernández Ferriera, Borrando a papá (liberada a todo público gratuitamente unas horas por Youtube), resulta importante en primer término defender el derecho de todo espectador potencial por ejercer un acto de libertad y tras esa acción participar o no del debate que se construyó alrededor de la presión de diferentes ONG -en carácter de boicot- por considerar al film promotor desde sus conceptos de un mensaje peligroso y muy sesgado sobre los protagonistas, en este caso padres divorciados que, judicializados y estigmatizados por los juzgados de familia, intentan recuperar el contacto con sus respectivos hijos como parte de una lucha desigual con un sistema judicial que, ante la sospecha de violencia familiar, se escuda en el derecho de la madre, a veces injustamente ubicada en el lugar de víctima y no de victimario.

    Son cinco los ejemplos elegidos por las directoras para dar muestra representativa de los resortes que movilizan una maquinaria judicial perversa por la que desfilan intereses de abogados, asistentes sociales, psicólogos y las propias ONG de fuerte tendencia feminista que, bajo el pretexto de defender los derechos del niño, consideran que los adultos en conflicto cuentan con el tiempo suficiente para reparar el vínculo. En realidad, en todo divorcio traumático, donde las partes no velan por el bienestar de sus hijos el daño colateral recae en ellos, en varias ocasiones como blanco de rencores de los padres por sus fracasos como pareja. Eso queda en evidencia cuando los testimonios a cámara se unen bajo las mismas coordenadas de enfrentamiento con madres que no entran en razón y utilizan su poder para hacerse cargo de la crianza de los niños de manera exclusiva y excluyente. Para ello una dura cámara oculta, que forma parte del núcleo de este mosaico de relatos recogidos por Gentile, alcanza como botón de muestra.

    El estilo ágil en la edición también deja que se oiga la otra campana, en base a voces que defienden a rajatabla el sistema judicial y tratan de minimizar sus falencias o errores, así como el contraste entre abogados a favor de los padres y psicólogos en contra de ellos con los famosos argumentos del síndrome de alienación parental entre otros, funciona -dialécticamente hablando- para fijar un posicionamiento de las realizadoras, teniendo en cuenta que la propia Ginger Gentile vivió en carne propia el alejamiento de su padre divorciado, como consecuencia de la influencia de su madre y su discurso mentiroso.

    Sin pretensiones de verdad absoluta, sin obscenas bajadas de línea, Borrando a papá merece el estreno comercial (ahora pautado para el 2 de octubre cuando debería haberse concretado el 28 de agosto) y quienes lo boicotean por las razones que sean, el repudio.
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  • Comando especial 2
    La eterna adolescencia

    Quedan claras varias cosas con la secuela de este suerte de remake de la serie original, que tras 25 años de vida solamente se recuerda por haber sido el trampolín del actor Johnny Depp, sin ningún otro atributo en relación a su contenido. La primera clave para acceder a los códigos de la saga protagonizada por el todo terreno Jonah Hill junto a Channing Tatum, en los roles de Schmidt y Jenko, es que sin ellos no hay manera de sostener el operativo de traslación cinematográfica de la serie juvenil ochentosa. La química entre ambos consigue aderezar los chistes con mejores remates que los que provienen del guión y eso se nota a la legua cuando la idea de la rienda suelta se hace evidente en una trama lineal, aburrida y que no es otra cosa que un pretexto para justificar el porqué de esta insistencia en una segunda entrega.

    Sin embargo, los esfuerzos de Hill no son suficientes y nunca sus intervenciones cómicas por más desopilantes que sean consiguen carcajadas sin la buena predisposición del público. Es que el humor adolescente de Comando especial 2, que abraza ciertos códigos revulsivos de la Nueva Comedia Americana ya no sorprende a nadie y demuestra que, sin complicidad, carece de valor en sí mismo. No ocurre lo mismo con la parodia o la auto parodia cuando los mecanismos del humor buscan atajos más inteligentes que la exageración de las imposturas culturales.

    Toda película de universidad convoca desde su estructura narrativa núcleos temáticos similares: galería de profesores excéntricos, fraternidades masculinas con alto grado de estrógenos y un puñado de freaks o personajes secundarios para salvar a los guionistas. En ese ámbito de previsibilidad se inserta esta investigación policial para descubrir al proveedor de una droga de diseño que circula por los claustros académicos y que se relaciona con la dudosa muerte de una universitaria.

    Allí, en calidad de alumnos universitarios, arribarán los policías Schmidt y Jenko, con una tapadera que más de un estudiante puede llegar a descubrir mientras el humor y el chiste poco elaborado marca el ritmo de la poca acción de un film pasatista y apenas agradable para quienes gusten sobre todo de estos actores.
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  • El manto de hiel
    Pueblo chico, alegoría grande.

    Entre la frase sentenciosa que reza un fragmento del Infierno de Dante Alighieri, Que olvide toda esperanza aquel que entra a este lugar y la postal de todo relato que comienza con el extranjero en tierra ajena, bajo el abrasador sol y la aridez del desierto sanjuanino, se desliza el desarrollo tentativo de una historia que en la superficie transita por los andariveles del drama iniciático, pero que en la profundidad adopta características fantásticas, las cuales funcionan sencillamente como parte de una alegoría un tanto obvia que busca hacer blanco en la memoria y el inconsciente colectivo de la sociedad argentina al establecer el paralelismo entre los huesos del pasado que se quiere enterrar y el terremoto de la conciencia que hace fuerza para que esa verdad emerja en el temblor de los tiempos.

    Es así como El manto de hiel, del realizador Gustavo Corrado (El armario, Garúa) busca, bajo el pretexto de la ficción, trazar puentes comunicativos entre el pasado y un personaje (quien paradójicamente esconde su pasado), que se enfrentan en un territorio desconocido, habitado por extraños. Éstos pretenden conservar el orden y el status quo, además de mantener oculto un secreto que los hace cómplices a todos, con mayor o menor grado de responsabilidad, vinculados estrechamente con el pasado.

    La experiencia de filmar en paisajes de la provincia de San Juan –el film contó con el apoyo absoluto de la gobernación y se rodó en locaciones como El Caucete, Marayes y el Dique Cuesta del Viento- y contar con actores oriundos del lugar, hace mella en las irregularidades evidentes que se ven plasmadas en pantalla. Por momentos se imponen los paisajes desde su poder visual y no como elementos funcionales a la trama y por otro, los exabruptos de ciertos personajes con parlamentos altisonantes aportan ruido al relato.

    Si bien ciertas ideas consiguen su correspondencia en la puesta en escena, otras no logran su cometido como parte integral de un todo conceptual y ese defecto genera alguna disrupción en el desarrollo.

    Al director Gustavo Corrado, quien también produce, escribe y en este caso se hizo cargo de la fotografía, le juega una mala pasada la necesidad de conservar la ambigüedad en la historia para poder ejecutar las alegorías sin que el artificio se revele de primera mano. Pero ese denodado esfuerzo –es valorable de todas maneras la intención- no le alcanza para ocultar las costuras de esa red de significados buscada desde el primer minuto cuando el extraño, interpretado por el actor William Prociuk, se queda varado con su auto en un inhóspito paraje surcado por una vía muerta y habitado por un grupo de extraños que miran con recelo su llegada.
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  • Ricardo Bär
    Ricardo Bär
    CineFreaks
    El problema de la representación

    La particularidad de este documental de los directores Nele Wohlatz y Gerardo Naumann es la idea de exponer en carne viva el artificio cinematográfico y reflexionar, a partir de la experiencia de abordar a un personaje un tanto díscolo, sobre los problemas de la representación a la hora de plantear una puesta en escena para un potencial documental, atento al registro sin filtros de lo que acontece delante de cámara.

    Dos tipos de adaptaciones al entorno atraviesan el universo de Ricardo Bär: la de los propios realizadores para convencer y ganarse la confianza de una comunidad de alemanes, en Aurora (Misiones), cuyas familias practican el culto católico bautista y la del propio Ricardo Bär, un joven que afronta una de las decisiones más difíciles de su vida, la cual consiste en la aventura de viajar a Buenos Aires para estudiar teología y así convertirse en pastor o continuar su rutina en el campo, hacer honores al legado paterno y ganarse el respeto de la iglesia de su pueblo con un sermón antológico.

    De la misma manera que en 2005 Mariano Donoso en su original film Opus expusiera el artificio del proceso de rodaje de un documental sobre la crisis educativa que nunca se llega a concretar, Ricardo Bär transita por el mismo camino sinuoso de la representación, sus limitaciones y la manera de vincularse con un entorno hostil, cuando no un personaje que expone a cámara sus contradicciones y reparos al convertirse en protagonista de una película.

    Es la distancia de la cámara la que traza el rumbo errático y los contratiempos que deben sortear Nele Wohlatz y Gerardo Naumann, quienes desde el guión y bajo una estructura narrativa partida, que rompe la linealidad temporal (el presente del film en realidad se conecta con situaciones anteriores a las mostradas) y utiliza la voz en off como apunte irónico a veces y otras meramente informativo para orientar al espectador; deconstruye el artificio y reflexiona -en silencio- acerca de las posibilidades de intervenir frente a la realidad aunque se persiga celosamente la idea de mantener la fidelidad ante los hechos, porque en definitiva el salvoconducto de ofrecer al protagonista la chance de la beca de estudios para así comprometerlo en la película, representa la misma contradicción ética de los realizadores al actuar sobre la realidad.

    Ricardo Bär, personaje, parece tomar las riendas de Ricardo Bär, película, de manera anárquica y despótica al ejercer un efecto de fascinación y misterio, capaz de sostenerse en el derrotero de contratiempos durante el complicado proceso de rodaje, en eso reside su rareza, que podrá o no atrapar al espectador en caso de que éste muerda los anzuelos –a veces no tan evidentes a simple vista- lanzados al mar de dudas por los entusiastas documentalistas, quienes se dejan seducir por la estrella en vez de dirigirla hacia donde realmente debería haber llegado: terminar una película sobre la experiencia de un joven de la provincia de Misiones, quien parte hacia Buenos Aires, dejando atrás su pueblo y su zona de confort, convencido de que su guía no es otro que el propio Jesús.
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  • Dos vidas
    Dos vidas
    CineFreaks
    La dualidad con rostro de mujer.

    La demora que se percibe desde el inicio hasta promediar la primera media hora de película para configurarse realmente de qué se trata Dos vidas, se ve subsanada de inmediato al atar una serie de cabos que, a rigor de verdad, aparecen desperdigados en el relato.

    La referencia directa a la caída del muro de Berlín que mantenía separadas a las dos Alemanias, la Federal y la Democrática, refleja que de esos escombros emergen historias oscuras y secretos que parecían sepultados por el paso del tiempo, las complicidades internacionales e internas y un sinfín de intereses políticos y económicos que sostuvieron durante décadas la Guerra Fría y todos sus derivados, a lo largo y ancho de Europa.

    El hecho de que la protagonista se disfrace con una peluca al pasar por un aeropuerto desde Noruega a Alemania nos introduce en un relato que rozará las líneas narrativas del cine de espionaje -¿doble agente?- pero al introducir de lleno a una familia de clase media noruega en apariencia feliz, la perfecta fachada para no levantar sospechas, oculta su verdadero sentido.

    Ese es el mérito -quizás el único destacable- de su realizador George Maas en su segundo opus, que desarrolla con ciertos contratiempos la historia de las denominadas Alemanas Tristes, episodio poco conocido que se remonta a los años del nazismo y a la ejecución del programa Lebensborn, el cual consistía en separar a los niños nacidos de madres noruegas y oficiales alemanes por considerarlos arios y así trasladarlos a maternidades germanas para que se desarrollen y crezcan allí. Sin embargo, la derrota en el campo bélico con la posterior caída del Reich y del régimen nazi en su conjunto condenó a esas criaturas a una infancia humillante por considerarlos los niños de la vergüenza.

    Sobre ese pilar histórico y poco conocido de la historia nazi y mucho más aún de la suerte de muchas madres noruegas sometidas a esta práctica aberrante se basa la investigación judicial del tribunal de Estrasburgo y se alimenta la obsesión de un abogado noruego (Ken Duken) quien, tras la caída del muro, pretende llegar hasta las últimas consecuencias y conseguir mediante un juicio y testimonios de las víctimas un resarcimiento del gobierno noruego.

    El eje de su investigación se concentra en la historia de la única noruega que logró escapar luego de la guerra; cruzar la frontera y reencontrarse con su verdadera madre ya en Noruega años después. Esa es la historia de Katrine (Juliane Kohler), quien al recomponer los lazos con su madre (Liv Ullman) conformó una familia con esposo, hija y nieta, como parte de su plan en su calidad de espía, que se verá en jaque de conocerse su verdadero pasado como integrante de la Stassi, policía secreta que hizo estragos en la pos guerra y que perseguía a los disidentes que intentaban cruzar fronteras.

    El testimonio de Katrine ante el tribunal resulta clave tanto para el abogado como para que la investigación provoque una sentencia favorable aunque la verdad de su historia expondría su tapadera y verdadera identidad, algo que sus superiores de ninguna manera pueden permitir.

    Dos vidas entonces escarba entre las verdades y mentiras que rodean el pasado histórico de Alemania antes y después del nazismo (sobre un tópico parecido en cuanto a la época trata el film Lore) con la distancia adecuada para no verse involucrado en un punto de vista cerrado o la mirada sesgada ante los acontecimientos narrados desde la novela de la alemana Hannelore Lippe.

    Tal vez, si bien resulta atractiva la idea de dualidad en el personaje de Katrine, su doble moral al usurpar identidades ajenas, que a fuerza de claroscuros en el tratamiento de la imagen refuerzan este aspecto de su personalidad se resiente un tanto el revisionismo histórico que se propone de antemano para acotar las acciones exclusivamente al drama familiar y a los dilemas éticos de la protagonista.

    Una inmejorable oportunidad para ver a Liv Ullman en cine aunque en un personaje que no logra crecer desde el punto de vista dramático en comparación a la notable actuación por partida doble de Juliane Kohler. Este film elegido por Alemania para competir en los Oscar fue uno de los 9 pre-nominados y resulta extraño que no haya quedado entre los 5 ternados porque logra mixturar el thriller con el drama testimonial de manera eficaz y entretenida para el público local y extranjero.
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  • El cerrajero
    El cerrajero
    CineFreaks
    Las trabas de la comunicación.

    Si en Rompecabezas el trasfondo no era otro que los conflictos de la maternidad y de cómo enfrentar los cambios con las escasas estrategias de lo cotidiano, El cerrajero, segundo opus de la realizadora Natalia Smirnoff (ver entrevista), se concentra en los avatares de un protagonista (Esteban Lamothe), un tanto parco que por un lado atraviesa sus pequeños conflictos de interacción con el entorno y por otro vive la paternidad desde dos aspectos que no se vinculan entre sí: la figura de su padre ausente (el ya fallecido Arturo Goetz) y el potencial deseo de convertirse en padre del hijo de una amiga (Erica Rivas).

    Pero más allá de estos apartados temáticos, de inmediato la trama toma elementos ambiguos tales como la coexistencia de una nube o neblina con humo blanco que recubre el aire viciado de la ciudad (acontecimiento real acaecido en 2008 en la ciudad de Buenos Aires) junto al descubrimiento de un don por parte del protagonista cada vez que intenta arreglar o destrabar una cerradura.

    Un don en crisis acarrea también para quien lo padece una suerte de maldición y ese es el conflicto implícito que debe afrontar durante toda la película Lamothe, así como establecer los mecanismos que tiene a su alcance para reparar sus lazos afectivos, o al menos recomponer algunas situaciones.

    Los elementos sembrados con inteligencia por la directora en la puesta en escena de El cerrajero permiten elaborar algunos análisis en base a su valor simbólico, por ejemplo la búsqueda de pedazos para componer una cajita de música, obsesión que se encuentra a la par del conflicto principal durante gran parte del desarrollo.

    La otra virtud de Smirnoff es haber logrado introducir el código de lo fantástico –la palabra sobrenatural le queda grande y no es justa- sin arribar a la puesta de un elemento concreto o situación extraordinaria que no encuentre una lógica si se respeta a rajatabla el punto de vista de un protagonista en crisis, en el que a veces un incipiente aunque sutil estado de paranoia puede provocar distorsiones a su percepción de los hechos. Percepción que al ser sometidas a los poderes de las neblinas que azotan la ciudad cobran un sentido particular y sumergen a esta historia de dones en crisis en otro tipo de escenario, en el cual la alegoría de las trabas de la comunicación y de las cerraduras que no se quieren abrir estalla como esos secretos que pululan en el polvo de la memoria.
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  • Las aspas del Molino
    Entre ruinas

    La arquitectura de una ciudad habla silenciosamente de ese espacio, más allá del esqueleto que conforma la geografía urbana, o de aquellas ideas de urbanización, que son el resultado de proyectos o sueños de distintos personajes con una visión de futuro o simbólica que desde las frías calles o edificios sin personalidad no se aprecia o percibe. La preservación de las reliquias arquitectónicas también refleja un discurso implícito sobre la idiosincrasia de sus habitantes, tanto los del pasado como los del presente. Es por eso que Las aspas del molino, documental del chileno Daniel Espinoza García, trasciende su objeto de investigación, que no es otro que la mítica confitería El Molino, abandonada desde el año 1997, en cuyo edificio se alojó Espinosa entre otros extranjeros, como parte de una solución a su problema habitacional.

    El Molino, desde sus orígenes alberga la innovación arquitectónica y desde cada uno de sus rincones contiene gran parte de la cultura de una época, pues en sus años de gloria la literatura o las celebridades se daban cita en esa confitería y hasta se celebraban fiestas y bodas.

    El paso del tiempo y la caída en bancarrota de sus dueños desembocó en el abandono del inmueble, ubicado en Callao y Rivadavia, esquina que hace un par de décadas reemplazó la mística de aquella nostalgia porteña por el caos vehicular o el fervor desmedido de protestas sociales de cara a reclamos que nada tienen que ver con las políticas de preservación del patrimonio histórico, siempre náufragas por proyectos sin sentido o vapuleadas por el cinismo de toda la clase política sin distinción de cuadros partidarios.

    Lo cierto es que, si bien el documental del director chileno, que vino a Argentina en 2007 para estudiar cine, recoge el testimonio de sus pares y desnuda los contratiempos de todo extranjero al querer encontrar una vivienda para alquiler, se encarga de aportar una mirada desde afuera sobre un adentro que por el propio ombliguismo y pereza intelectual muchas veces se evade de reflexiones profundas, las cuales tienen sustento en las expresiones de la identidad, el escaso interés por lo histórico y esa agridulce sensación de nostalgia de una República en ruinas o que alguna vez fue otra cosa.
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  • Lucy
    Lucy
    CineFreaks
    La mula lisérgica

    Si partimos de la base de lo ridículo de la premisa de Lucy, tenemos dos opciones: o nos relajamos para dejarnos llevar por las incongruencias de un guión que no se sostiene, o indagamos con mayor seriedad sobre la necesidad de introducir temas interesantes en un relato absurdo e inverosímil, con el pretexto de querer esquivar el sayo de entretenimiento pasatista a secas.

    No necesariamente esta hipótesis se sustente por tratarse de un proyecto de Luc Besson, pues el realizador francés, en su calidad de productor, ha dado muestras acabadas de que el género o, mejor dicho, la mixtura de géneros, como la acción y la comedia, le resultan atractivos o al menos muy rentables. Pero si tenemos en cuenta que también Besson, en sus épocas doradas fue responsable nada menos que de El perfecto asesino y Nikita, ninguno de estos ejemplos –hay otros- abrazó de una manera tan cabal la ridiculez y los excesos en la trama.

    Formulada esta idea de contrastes, debe destacarse que las escenas de acción de Lucy cumplen pero no deslumbran y que la actuación de Scarlett Johansson, como nueva heroína, alcanza a satisfacer a fanáticos y no tanto, por contar con la ductilidad de manejar el cuerpo en escenas físicas cuando se lo requiere y, por otra parte, aportar la cuota dramática en los momentos donde el relato busca un respiro.

    Así las cosas, tras cumplir con un pedido de su novio para entregar un maletín a un villano oriental (Min-sik Choi), cuyo contenido es una droga artificial elaborada en base a sustancias humanas de embarazadas, la protagonista se ve obligada a convertirse en mula para hacer llegar la droga de China a los Estados Unidos. Sin embargo, luego de una golpiza (violencia de género, presente) que le provoca a su organismo la dispersión de la droga CPH4, desarrolla una hipersensibilidad; su coeficiente intelectual se incrementa descomunalmente (del 10 al 100%) hasta adquirir habilidades como la telepatía, la telekinesis, sujeto siempre a las reglas de todo comic de superhéroes, en el que el accidente otorga beneficios extraordinarios a la víctima.

    El problema de Lucy en su concepción de película de entretenimiento, blockbuster hecho y derecho, es que se toma demasiado en serio a sí misma, aunque esté presente el apunte irónico de Bresson sobre tópicos de los superhéroes o ciertos códigos del género. Prevalece, en los intentos de introducir ideas metafísicas o conflictos de carácter existencial en una historia básica de villanos contra una chica superpoderosa, la innecesaria solemnidad que desacredita el divertimento llano que no requiere ninguna reflexión extra por parte del espectador. Pero eso no sería una falla estructural o formal, en la medida en que lograra un desarrollo con el peso suficiente frente al cúmulo de escenas de acción, aspecto que desequilibra desafortunadamente la balanza.

    En síntesis, Lucy se queda por su propia vanidad a medio camino del entretenimiento bien filmado y la pretensión de película seria a lo The Matrix, a pesar de los ojos electrizantes de Scarlett Johansson y su fotogenia imbatible.
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  • Malka
    Malka
    CineFreaks
    Sepultar la verdad

    Las aristas invisibles sobre el hermetismo de la comunidad judía, si de secretos bien guardados se trata, se refleja en este debut documental del productor y director Walter Tejblum, quien reconstruye en Malka, una chica de la Zwi Migdal, el pasado de una joven judía, Malka Abraham, quien en plena huida de los pogroms europeos arribó a la Argentina en busca de la tierra prometida, engañada para inmediatamente caer en las garras de una red de trata de personas denominada Zwi Migdal.

    Las actividades ilícitas de esta organización polaca, que dejó de existir hace ochenta años, fueron repudiadas siempre por la comunidad judía, no obstante, aún en estos días existe una madeja de secretos y revelaciones que oculta una historia más compleja y que el director intenta desentrañar en su búsqueda por conocer más de cerca al personaje de Malka Abraham, dueña en su vejez de una fortuna –se especula cuatro millones de pesos- obtenida gracias a la prostitución y que como parte de su testamento había decidido donar a la comunidad judía tucumana a cambio de ser sepultada en el cementerio judío y aceptada por sus coetáneos.

    El documental, a veces guiado por la intuición y otras por el olfato periodístico del propio Tejblum, en su extenso periplo investigativo que suma testimonios a cámara, material de archivo y reflexiones propias, en realidad expone más allá de la anécdota de Malka Abraham y su rica historia de vida la cara oculta de la doble moral. Interrogantes tales como: ¿qué es ser judío?; ¿cómo reacciona la comunidad ante la presencia de personajes de reputación dudosa como la que se le adjudicaba a Malka?, orillan, perturban; mientras los pasos firmes del cineasta avanzan a pesar de los obstáculos y el pacto de silencio, reconocible en algunos rostros que no logran disimular la incomodidad ante las preguntas.

    Las frías líneas de un artículo periodístico publicado en La Gaceta sobre el asesinato de Malka Abraham a los sesenta y ocho años, tras haber culminado su testamento, encierra por un lado el mecanismo del olvido, pero parece querer expresar que además de esa crónica el recuerdo de esta figura rechazada por sus pares merece un mejor destino y al menos eso es lo que persigue este documental.
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  • Las insoladas
    Las insoladas
    CineFreaks
    El menemismo en la terraza

    Con Las insoladas da la sensación que al director Gustavo Taretto le ocurrió lo mismo que con su anterior film Medianeras al tomar la decisión de extender el metraje a la duración de un largo cuando para esta nueva radiografía del neo liberalismo de los noventa parecía más adecuada la síntesis de un cortometraje. No tanto por la calidad de las actrices convocadas, Carla Peterson, Luisana Lopilato, Marina Bellati, Maricel Álvarez, Elisa Carricajo y Violeta Urtizberea, sino por una falta de ritmo que se percibe promediando la mitad del film y que se va acentuando hacia el desenlace.

    El punto de encuentro de estas seis amigas, quienes se prepararon y ensayaron para salir victoriosas en un concurso de Salsa que las puede hacer acreedoras del premio mayor de cinco mil pesos (dólares con el 1 a 1) y así cumplir el sueño del viaje a la isla de Cuba, es la terraza de un edificio céntrico a la intemperie y dispuestas a broncearse con un sol que raja la tierra.

    Entre el aumento de la temperatura, que funciona como separador de los distintos estadios a modo de viñetas, en la trama también, y en sintonía, lo que crece y aumenta en Las insoladas es la tensión dramática que se constituye por el choque de personalidades, pero que no logra escapar desde los trazos gruesos del guión de los estereotipos del mundo femenino: la psicóloga del grupo que interpreta los dichos y actitudes inconscientes de sus amigas; la sabelotodo que usa anteojos como una Calculín en bikini: la boba: la obsesiva de los animales, por citar los más obvios.

    A ese racimo de lugares comunes se le debe agregar, a veces ,diálogos ampulosos que no aportan demasiado más allá de su rasgo de banalidad, en contraste con aquellas situaciones donde los elementos del costumbrismo y la observación aguda de una idiosincrasia propia de aquellos tiempos del 1 a 1 resultan atractivas y permiten realizar comparaciones con la actualidad y encontrar en ese ejercicio de los contrastes históricos similitudes y diferencias tan abruptas y tajantes como ese sol que deshidrata en una tarde de verano porteño cuando las gotas de sudor se escurren entre los cuerpos bronceados como las ideas que se achicharran a pesar de los buenos intentos de Taretto y equipo.
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  • ¿Qué ves? Ecos de lo invisible
    Percepciones

    ¿Cómo se percibe el mundo?, seguramente este interrogante resultó un interesante detonante para que la realizadora Sofía Vaccaro atravesara el universo de las preguntas en búsqueda de posibles respuestas, en un documental que a veces adopta la forma de ensayo cinematográfico y otras la más clásica con testimonios a cámara, pero que evade todo intento didáctico y se sumerge en la profunda subjetividad.

    Qué ves, ecos de lo invisible tiene la particularidad de fluir a la par de sus siete historias, las cuales se relacionan entre sí bajo el denominador común de la utilización de los sentidos, aunque predomina en varias de las anécdotas la carencia de uno de los sentidos más importantes: el de la vista.

    ¿Se puede ver sin ver?; hasta qué punto se reconfigura un espacio en la mente valiéndose de los otros sentidos como el oído o el tacto parece responder positivamente la experiencia de vida de una madre no vidente que cría en perfectas condiciones a sus hijos videntes o en la performance de un bandoneonista ciego que ejecuta junto a otra compañera de ruta melodías con alta sensibilidad. La misma que se reconoce en la enseñanza o dedicación de la escritura braile a un niño en plena etapa de descubrimiento de ese mundo de otras sensaciones más allá de la vista.

    Pero además de resignificar el uso de los sentidos, Vaccaro encuentra en su propia búsqueda otra modalidad que hace a la creatividad y a la experimentación, como por ejemplo el teatro oscuro, la conversión de la luz en sonidos o la técnica de una pintura concentrada en los destellos de una imagen. Esos elementos, a veces dispersos en el lienzo cinematográfico de Qué ves..., constituyen la verdadera esencia de este singular enfoque propuesto por la directora argentina y que merece la pena descubrir en la sala de cine.
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  • Córtenla, una peli sobre call centers
    Los terceros en discordia

    Una de las herencias socioeconómicas de los noventa, sin lugar a dudas, ha sido la flexibilización laboral. Fenómeno que con el correr de las décadas sumó diferentes variables como la precarización, el empleo en negro y el auge de trabajos de explotación, entre ellos el de telemarketing o su cara más reconocible: los call centers.

    En primera instancia, estos reductos de jóvenes en busca de primeros empleos o de personas que por diferentes motivos quedan al margen del sistema de mercado, por no cumplir los requisitos de edad o de capacitación para otro tipo de trabajos, representan literalmente escenarios donde grandes empresas tercerizan la actividad laboral a partir de la incorporación de recetas del extranjero y tecnología para llevar a cabo, en poco tiempo, fabulosos negocios sin riesgo de sindicalización de su mano de obra, entre otras irregularidades.

    Así las cosas, el documental Córtenla, una película sobre call centers intenta, desde sus fines informativos, entregar al espectador un abanico de actores y variables que atraviesan el universo de esta actividad que sobrevive a las condiciones de un mercado laboral cambiante como el de Argentina. El foco elegido se concentra en testimonios de trabajadores que comparten sus nefastas experiencias y desnudan los aspectos invisibles de la precarización laboral, a la que se suma la representación -en tono irónico- en el terreno de la ficción acerca del microclima de un call center.

    Para escuchar al otro bando, el realizador Ale Cohen y su equipo organiza un discurso muy crítico y denuncia las intenciones de los consultores externos o empresarios a partir de las imágenes de un seminario en la ciudad de Córdoba.

    Los rostros de diferentes personas, que representan los intereses inescrupulosos de entes multinacionales sin rostro, aparecen durante distintas exposiciones frente a un auditorio en un discurso sobre la maximización económica que pregona como herramienta de productividad la explotación de los trabajadores, la mayoría jóvenes.

    En términos formales, debe argumentarse que la propuesta de Cohen funcionaría mejor en la televisión que en el formato cinematográfico, así como su mirada condicionada hacia un único aspecto de una realidad mucho más compleja, de acuerdo a la dinámica entre lo que Marx definiría como lucha de clases y que hoy se ajusta a distintas perspectivas sociales, aunque eso no significa que el planteo reivindicatorio sea innecesario.
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  • Sin City 2: Una mujer para matar o morir
    Esteticismo chato

    Es posible que los fanáticos de Sin City, luego de casi una década de ausencia, se vean defraudados con esta segunda entrega. En primer lugar, porque Robert Rodriguez no ha sabido articular argumento y atmósfera con ese plus de esteticismo que respeta el estilo de Frank Miller a rajatabla, pero que para los efectos dramáticos no resuelve los enormes baches de un guión escrito a desgano y con muchas falencias.

    Vale como botón de muestra, la desaprovechada historia del jugador de cartas que tiene como protagonista al Luciano Pereyra de Holywood, Joseph Gordon-Levitt. La suerte que corre este interesante personaje en la trama es menos que lamentable y eso repercute como boomerang para el resto de las criaturas que pululan en la ciudad del pecado, salvo la increíble y seductora Eva Green, como una de aquellas femmes fatales de otras épocas que no se olvidan con el correr de los años, cuya presencia en pantalla no es más que el pretexto de exhibicionismo de todas sus dotes, tanto en el terreno actoral como en el otro (se entiende).

    La estructura narrativa que esta vez rompe la linealidad y cronología de los diferentes relatos amalgamados tampoco es efectiva en términos de un orden interno que le aporte al desarrollo una coherencia interna. De esta manera, personajes y anécdotas que acumulan escenas sin cohesión abundan y lo que es peor aún, se nota la esterilidad de sus apariciones.

    La violencia gráfica sumada al exceso de cámara lenta y ese esteticismo chato resumen los defectos de una dirección aplicada, aunque nada creativa. Muchos actores que se prestaron a esta propuesta, como Christopher Lloyd, someten su presencia simplemente a la categoría de cameo, cuando podrían haber sido tratados más delicadamente por Rodriguez, sus tics y manierismos.

    Si bien se respetan los diálogos del comic de acuerdo a la opinión de expertos en la materia (quien escribe jamás tuvo en sus manos tan preciada gema), Sin City, version Rodriguez (en co-dirección con Frank Miller), dista mucho del estilo comic llevado a la pantalla grande y su resabio de film noir desde las intenciones no alcanza en esta oportunidad.
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  • Mujer lobo
    Mujer lobo
    CineFreaks
    Cine en estado de mutación

    Mujer lobo muta; el cine de Tamae Garateguy, también, porque sigue su camino de búsqueda ya despuntado en la interesante Pompeya, que roza sin casarse el policial con agregados propios y hasta a veces contrapuestos a los convencionalismos o códigos genéricos. En esta ocasión, la directora se anima a construir una película que explora el erotismo como pocas veces se ha atrevido el cine argentino, pero sin caer en la exposición gratuita o publicitaria y en plena confianza con un reparto muy convencido de los fines narrativos y estéticos de la propuesta.

    Mujer lobo avanza un paso más allá al tomar como eje una trama policial sencilla: en el Buenos Aires más urbano posible anda suelta una asesina serial, personaje interpretado por tres actrices de la talla de Mónica Lairana, Guadalupe Docampo y Luján Ariza. Busca en los subtes o en las calles a su presa masculina, la seduce y aniquila luego del acto sexual, a veces bestial y otras, envuelto en sábanas de sensualidad. Perseguida por un desagradable policía (Edgardo Castro) de insipiente misoginia –¿acaso el género policial no tiene algo de misoginia?-, que junta cadáveres en los recovecos de la ciudad, algunos envenenados y otros envueltos en charcos de sangre.

    A ese relato, filmado en un rabioso blanco y negro, se le suma un fuerte contenido erótico en coqueteo permanente con el soft porno, que impregna la película de una visceralidad más que interesante, donde son los cuerpos los que sufren, gozan y ocupan el centro de atención. Por otro lado, la idea estética del blanco y negro, integrado también a un concepto que otorga a la misma protagonista tres personalidades o rostros distintos –similar recurso al empleado por Adrián Caetano en Mala y también por Todd Solondz en Palíndromos- multiplica los sentidos de las lecturas que puedan realizarse, confirma que detrás de la joven realizadora se respira un aire de renovación que el cine argentino siempre necesita y mucho más cuando se trata de explorar géneros sin perder creatividad.

    La atmósfera de peligro latente que atraviesa el relato se vincula con la esfera psicológica de una mujer lobo torturada pero instintiva, capaz de desgarrar los cánones básicos narrativos con sus audaces uñas y dejar las marcas de un cine desafiante, que provoca al espectador y lo saca de la complacencia pasiva a la que está habituado. Rasgos de una mirada en permanente estado de mutación.
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  • Seré millones, el mayor golpe a las finanzas de una dictadura
    El problema de la representaión


    La representación y la subjetividad forman parte del núcleo conceptual de este documental, Seré millones, que se retrotrae con escaso material de archivo a los acontecimientos contados a cámara por sus propios protagonistas, bajo el pretexto de organizar y ordenar un casting con actores jóvenes para interpretarlos en una ficción.

    Seré millones parte de la exposición del artificio en las primeras instancias de ese casting en el que Ángel Abus y Oscar Serrano, autores y artífices de uno de los robos más importantes durante la dictadura de Lanusse para financiar la guerrilla armada del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), eligen a sus potenciales actores representantes y, bajo otro recurso que tiene como objetivo transmitir a una generación ignorante de la historia de los movimientos sociales -o en este caso políticos- realizan lo que en su momento se llamó trasvasamiento generacional, método de reclutamiento practicado por el peronismo desde las bases hasta los cuadros para que éstos retransmitieran el mensaje a nuevas bases.

    También el cine funcionaba por aquella época como herramienta de doctrina, información de aquellas asignaturas sociales que enfrentaban una feroz dictadura, que con el correr de los años lamentablemente se tiñó de sangre y desaparecidos dejando un tendal de muertos de un bando y del otro.

    Los recuerdos arrastrados desde un pasado duro pero donde la utopía de un mundo más justo era el motor de la militancia socialista aparecen en los testimonios de los protagonistas, además de reforzar sus ideales en la actualidad para dejar al menos un legado o explicación de sus acciones al decidir llevar a cabo el robo en el Banco Nacional de Desarrollo en 1972 y, una vez perpetrado el atraco con un botín de 10 millones de dólares, emprender la fuga por varios años en la más absoluta clandestinidad.

    Robar con fines solidarios resulta un acto de ciencia ficción para los tiempos que corren y jugarse la vida por una causa parece demencial hoy por hoy, pero esa historia existió con épica o sin ella y tuvo muchos protagonistas que no tuvieron la suerte de quedar en pie para transmitirla tras la derrota de la dictadura con la llegada de la democracia y ese punto tal vez es el que debe valorarse en este documental dirigido y guionado por Omar Neri, Mónica Simoncini y Fernando Krichmar, que funciona a medias desde la representación por estar viciado de subjetividad pero efectivo en la esfera emocional y humana.
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  • El cazador
    El cazador
    CineFreaks
    Realismo feo, sucio y malo

    Los cuervos, el hedor, la sangre, el calor agobiante del sur australiano son los verdaderos protagonistas de esta potente distopía, que puede leerse también como Western si se buscara un análisis desde la alegoría o simplemente tensando los resortes de su temática, que no es otra que la supervivencia en un mundo atravesado por una mirada nihilista y por un estilo cinematográfico muy emparentado con el realismo sucio.

    Podría también especularse sobre un realismo feo, sucio y malo si se tiene presente que en este segundo opus, El cazador, el director australiano David Michod vuelve a posar toda su carga en la poca humanidad de los hombres, despojado de toda redención sobre sus personajes –ya visto en su ópera prima Animal Kingdom- salvo en alguna excepción que los redime del término lacra social.

    En ese presente, que en realidad marca un punto de inflexión y abraza la incerteza al situar la acción diez años después del colapso sin mayores precisiones, la ambigüedad temporal resignifica el valor simbólico de una historia que enfrenta a Eric (Guy Pearce) con el resto del mundo, pero más precisamente con Henry (Scott McNairy) y sus secuaces, quienes en su raid delictivo acopian el coche del protagonista y fugan, dejando en el camino al hermano mal herido, Rey (Robert Pattinson), muchacho poco despierto que no opone gran resistencia cuando Eric lo arrastra y vincula con su nueva misión: recuperar el auto perdido.

    Como una buddy movie desangelada y tan seca en cuanto a la relación utilitaria de los personajes, el relato de Michod transita por el desierto de Australia y se contagia, desde esa actitud desaprensiva y ascética, de la aridez y putrefacción de su contexto para dejar un retrato cruel de la humanidad en plena degradación y en un desesperado grito de supervivencia para alejar a los cuervos del conformismo y erradicar todo espejismo de esperanza estéril. Los silencios, en el desierto, se reservan a los muertos, quienes parecen contar otra historia, más allá del derrotero de violencia y gore servido como aperitivo de este menú que indigesta pero no empalaga.

    Pocas películas pueden llegar a justificar la violencia gráfica como recurso narrativo y no estético como ésta porque bajo las reglas de la lucha silenciosa entre pares es el único lenguaje que no necesita de intérpretes y que se entiende a pesar del paso del tiempo. La miseria de la condición humana, también. ¿Se puede hacer un cine humanista cuando se perdió la esperanza en el hombre?
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  • Anagramas
    Anagramas
    CineFreaks
    El día que Cassavetes conoció a Spinetta

    La particularidad de Anagramas, tercer opus en solitario de Santiago Giralt, se encuentra en lo extra cinematográfico más que en el interior de este relato donde tres pares o mejor dicho parejas coexisten bajo un denominador común: el conflicto amoroso, ya sea expuesto por la desgastante rutina, la desatención del otro, la necesidad de la aventura adúltera o sencillamente la incompatibilidad de caracteres en la dictadura de la ley del deseo.

    A modo de viñetas, que se entrelazan, y en la que cada personaje enfrenta una situación extrema frente al otro, como por ejemplo el hijo gay que no puede convivir con su pareja (típico relato de salida de closet) frente a la presencia de una madre castradora y negadora o un hijo preadolescente que no ve con buenos ojos al compañero homosexual de su propio padre, se cruza con la aventura en paralelo de marido y mujer que buscan amantes para salir del letargo de la convivencia cuando ya hay hijos de por medio.

    Los anagramas a los que alude el título de esta creación colectiva (los actores también se encargaron del vestuario, entre otros rubros, pero siempre bajo la dirección de Giralt) no son más que la idea del intercambio de roles o la transmutación de las relaciones humanas, motor del cine que pretende ir más allá de la representación de la intimidad en clara sintonía con lo que hacía John Cassavetes, referencia cinéfila obligatoria cuando del cine del director de Antes del estreno se trata, aunque eso signifique asumir el riesgo de exponer al público el artificio de la misma representación que busca combatir.En ese sentido el tercer cuadro se desarrolla como no podía ser de otra manera en la representación de una obra teatral, espacio ligado a la sobreexposición pero también donde los personajes de este relato interactúan por reflejo más que por acto mientras que la presencia de Luis Alberto Spinetta no sólo en la música sino presente en sus hijas Vera y Catarina –también en uno de sus nietos- completan desde lo conceptual este encuentro entre el cine, el artificio y la magia sin galera y sin conejos.
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  • Nuestro video prohibido
    El problema de la sincronización

    En presencia del resultado general tras el visionado de Nuestro video prohibido, la primera reflexión que salta a la vista recae sobre la figura de Cameron Díaz y la necesidad de pedirle a la actriz, quien nos hiciera estremecer en su rol de femme fatale en La máscara, que revea las películas en las que decide participar. Este pedido obedece exclusivamente a que las últimas comedias con Cameron Díaz entre sus estrellas demuestran signos de decadencia o la incómoda impresión de que ella no encuentra su lugar en las propuestas y sus personajes no logran brillar.

    Con Nuestro video prohibido, comedia arraigada en la tradición de La Nueva Comedia Americana, surgen los mismos problemas que en todo producto mainstream proveniente de las lides de la falsa incorrección política, con la inefable recaída conservadora que en este caso es más grave tratándose de un tema tabú como el sexo en una pareja representante de la burguesía pacata norteamericana.

    Así las cosas, Jay y Annie llevan un matrimonio normal que no puede escapar de la rutina aplastante por la que pasa toda pareja cuando existen esas obligaciones de conformar la clásica postal familiar. Sin mayores contrariedades, el único problema que comienza a afectarlos es su mal funcionamiento en la cama, por lo cual intentan búsquedas alternativas para recuperar la fogosidad y de esta forma reavivar la llama del sexo. Las nuevas tecnologías hoy dictan las modas de los videos porno amateur y entonces para Annie –la más propensa a experimentar- resulta atractiva; siempre y cuando aquello que se filme quede guardado bajo siete llaves y solamente bajo el compromiso de mantener el secreto con su pareja.

    Como no puede ser de otra manera, en un mundo en el que lo privado y lo público se chocan a partir de la explosión de las nubes virtuales, la seguridad de los datos, imágenes o –en este caso- videos es fácilmente vulnerada cuando se oprimen las teclas erróneas o por ejemplo se comparten con un nutrido grupo poseedor de dispositivos sincronizados e interconectados a la nube quienes, sumidos en una actitud plenamente voyeurista, se quemarán las pestañas al tener en sus manos tan preciado tesoro.

    Bajo la dialéctica lineal que busca acumular complicaciones con el fin de construir desde lo artificioso un derrotero donde la pareja hará lo posible por destruir la prueba virtual ya viralizada que los condena, la película de Jake Kasdan (que vuelve a contar con el dúo Díaz-Sieguel, como en Bad teacher) transita por el camino de lo obvio con pretensiones de transgresión al exponer a Cameron Díaz a situaciones embarazosas, o por lo menos, no afines a su conducta de mujer burguesa aburrida. Da la sensación de que para cada estadío de esta falsa metamorfosis existiera un gag físico o visual que refuerce la idea de la incorrección política. Así, el chiste de la cocaína se topa con el de las posiciones extrañas para tener sexo o la galería de equívocos, muchos de ellos forzados, poco funcionales al desarrollo fluido de la trama.

    Más allá de estos desaciertos, que no hacen más que confirmar que la Nueva Comedia Americana ya debería replantearse su fórmula para no caer siempre en el mismo lugar común de la transgresión mal entendida, lo que realmente perturba de Nuestro video prohibido sucede en la segunda mitad donde el registro de lo guarro se ve opacado por un peligroso brote conservador, que no se atreve a cruzar ninguna frontera o tabú simplemente por motivos de especulación.
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  • Viva la libertá
    El doble discurso

    Sin lugar a dudas, una de las maneras más efectivas, en los últimos tiempos, de hacer cine político es mediante el empleo del recurso dialéctico de la ironía y el juego de los contrastes de caracteres a partir de una intencionada puesta a punto de exageraciones de cara a los estereotipos más reconocibles. Por eso la idea de atacar desde la crítica con inteligencia a las contradicciones del doble discurso del Partido Comunista Italiano a través de la exposición del equívoco que se explota desde las características físicas de dos hermanos gemelos, interpretados por el genial Toni Servillo, resulta más que atractiva en este film de Roberto Andó bajo el sugestivo y paradójico título Viva la libertad y que por fortuna encuentra un espacio en la cartelera cooptada por la mediocridad mainstream.

    De aquellos resabios de la izquierda italiana, que encontraron expresión en las banderas acuñadas por el Partido Comunista Italiano (PCI), antes de vivir en carne propia la derrota por parte de la Democracia Cristiana Italiana (DCI) que llegó al poder en la década de los 80, la figura del intelectual era considerada como uno de los mayores baluartes del PCI. Sin embargo, la decadencia política entre otros fenómenos que hicieron mella en esa Italia convulsionada no dejaron indemnes a las mayores filas o cuadros del PCI, que se volcaron hacia el mal habido pragmatismo traicionando ideales que hoy forman parte de los debates más acalorados de la izquierda, no sólo en Europa sino por estos confines del mundo también.

    Las contradicciones políticas entonces aparecen como el principal conflicto para el Secretario del partido, quien cansado de las incongruencias de su propia gente y contagiado por ese pragmatismo peligroso que reemplaza aquellas ideas revolucionarias de antaño, huye sin aviso en busca de una antigua novia y tal vez esa fuga hacia adelante se transforma en un intento de recuperar un pasado donde el entusiasmo por la política afloraba con la misma efervescencia de los discursos cuando las palabras aún tenían un valor.

    En pleno clima de campaña y con el agregado de la ausencia del máximo referente, la solución también surge desde el pragmatismo al conocerse la existencia de un hermano idéntico, universitario que se encuentra internado en un psiquiátrico por sus desvaríos de vehemencia pero que a los ojos de los medios, la oposición y la opinión pública podría ocupar el liderazgo sin levantar siquiera sospechas, como aquel hombre del jardín que alguna vez fuera interpretado por el inigualable Peter Sellers. Algo que no está en los planes de asesores ni allegados es que el buen hombre se encuentra políticamente en las antípodas del discurso dominante y su honestidad a la hora de responder lo vuelve un fenómeno político que apela a la honestidad y al sentido común en pos de la política entendida como acción para mejorar el bienestar general.

    Claro que el cine no va a cambiar nunca al mundo pero al menos en ese instante donde el verosímil cinematográfico desnuda nuestras propias hipocresías, contradicciones y virtudes con relatos sencillos parece un bálsamo que alimenta el alma y sacude la pereza intelectual para vaciar la cáscara de la retórica chata que encuentra su mayor expresión en todas las clases políticas.
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  • Los indestructibles 3
    Un desgaste evidente

    Los signos de decadencia del cine de acción, o de súper acción, con el avance aplastante de la tecnología configuraron un panorama complicado para esos relatos que otrora conformaban el imaginario de muchos espectadores y que fuera inteligentemente reflotado por Los indestructibles, una jugada suspicaz de Silvester Stallone en una suerte de autoparodia que convocaba íconos del género como Arnold Schwarzenegger con, por ejemplo, Jason Statham, un producto ideal para una tarde de pochoclos y nada más que eso.

    El resultado fue poco feliz con la secuela Los indestructibles 2, film que se agotaba en sí mismo al haberse consumado la novedad retro a pesar de recurrir a las mismas figuritas repetidas para llenar un álbum de lugares comunes sin gracia y con un guión bastante flojo. Sin embargo, la nueva intentona de Stallone y compañía (previa filtración de un DVD por internet que hizo la delicia de millones de piratas) naufraga en el recurso de apelar a la nostalgia aunque busque mixturar sangre vieja con sangre nueva al incorporar jóvenes a la trama.

    El hecho de atemperar la violencia simplemente con el fin de ampliar la calificación para convocar un público más amplio es un arma de doble filo para Los indestructibles 3 con un Antonio Banderas insoportable, elegido como alivio cómico que tampoco funciona entre toda esa acumulación digresiva de situaciones, donde el villano de turno en la piel de Mel Gibson trafica armas y se mete con un amigo de Stallone, motivo suficiente para que el creador de Rocky lo tome como algo personal y la vendetta implique el abandono del viejo grupo para darle cabida al nuevo, jóvenes que además conocen de tecnología y lo sacarán de su anacronismo incipiente.

    Las escenas de acción no deslumbran pero tampoco generan vergüenza, sin embargo no hay una sola secuencia que vaya a quedar en el recuerdo al menos como botón de muestra para los nostálgicos de siempre.

    La franquicia cada vez menos sólida en lo que a trama se refiere, repetitiva hasta en los guiños entre personajes demuestra al igual que sus actores signos de fatiga y un futuro poco claro si es que no se corrige el rumbo en lo que a concepto de película de acción ochentosa aggiornada se refiere.
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  • Historias de Cronopios y de Famas
    Animando a Cortázar

    Resulta más que meritorio, y cerca de la celebración del centésimo aniversario del natalicio de Julio Cortázar, un homenaje como el que se le ocurrió al realizador Julio Ludueña, quien tuvo el privilegio de conocer al escritor argentino en Cannes en los años 70 y a partir de allí dejar plasmada en esta película colectiva la impresión de aquel memorable encuentro con la poética del creador de Rayuela.

    La mirada de 10 artistas plásticos para ilustrar la riqueza literaria de textos pertenecientes a uno de los libros más emblemáticos del universo cortazariano, Historias de Cronopios y de Famas, encuentra desde su espacio expresivo el mejor instrumento para dejar presente la huella de ese estilo que abrazaba la cotidineidad con palabras sencillas, pero que unidas en una frase se volvían prácticamente maravillosas. Así, el enfrentamiento dialéctico de ideas como la de los Cronopios, esos seres anónimos amigos de lo imposible y de las utopías contra la mustia marcha de los Famas, defensores del orden, la moral y las buenas costumbres, estalla en la paleta de colores; se entrecruzan en los diferentes tipos de texturas que estas diez historias elegidas representan.

    Tal vez en algunos trabajos existe cierto desequilibrio en los lenguajes, dado que el torbellino de la poética de Cortázar arrasa hasta con las mejores intenciones de algunos artistas por reflejar en imágenes la profundidad de conceptos, metáforas y palabras, como por ejemplo en el relato del sillón en el que son invitadas por unos perversos niños las personas para morir. Así como en este segmento se impone lo literario a lo visual, existe otro donde sucede exactamente lo contrario y la creatividad explota en pantalla al seguirse el recorrido de una línea que sale al exterior a descubrir un mundo y personajes que desfilan en pantalla.

    El mundo Cortázar y su ironía, sensibilidad e inteligencia se expande en cada segmento de este viaje sin escalas, que cuenta con la participación artística de: Luis Felipe Noé, Carlos Alonso, Daniel Santoro, Antonio Seguí, Patricio Bonta, Crist, Ricardo Espósito, Magdalena Pagano, Luciana Sáez y Ana Tarsia, todos ellos con estilos diversos y algunos reconocibles a simple vista como Seguí y su obra Fama y eucalipto, un ejemplo de la dificultad para encontrar la balanza entre el texto y la imagen pero no por ello menos valiosa en el intento como el resto de los textos seleccionados, útiles a la hora de pensar a Cortázar desde sus relatos y poesías.
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  • Aprox
    Aprox
    CineFreaks
    Cuerpos que hablan y mienten

    Si hay algo singular y de cierta manera atrapante de Aprox, film de Víctor Kesselman, una rápida respuesta orillaría en su difícil clasificación como documental o cine experimental de ensayo porque tanto uno como el otro están presentes en esta película, que toma como punto de partida el contraste desde la mirada ácida e irónica al clásico método conductista o estandarizado que define libros de capacitación con las claves del éxito para vender mejor o a veces incluso alcanzar la felicidad.

    En este caso un manual de los años ochenta que hace referencia al lenguaje no verbal fue el detonante para que Kesselman y sus guionistas Bruno Gerondi y Viviana Vázquez se valieran del microcosmos de una oficina, con sus empleados más representativos en función a la dinámica de la guerra de sexos, para demoler o derrumbar los mitos alrededor de la moda de la interpretación del lenguaje del cuerpo que se puso en boga con la serie norteamericana Lie to me, también utilizado por ejemplo por el programa TeleVisión Registrada para retratar de manera antojadiza y tendenciosa las mentiras en los gestos de las celebrities vernáculas o de la clase política.

    Con una base estructural de viñetas para recoger situaciones cotidianas, la contrapartida de este recurso no es otra que la exposición del artificio a partir de la presencia de un analista que explica a cámara con tono didactista y de monótono documental televisivo aquello que se debe observar para argumentar una teoría basada muchas veces en la más absoluta subjetividad cuando no en psicologismo que pretende encontrar explicaciones a toda conducta humana.

    Más allá del tono desacartonado de Aprox, y su libertad a la hora de exponer la tesis en pantalla, debe destacarse el rigor de la propuesta al tomar la crítica como una punta de lanza y apelar al absurdo y a la exageración para remarcar la presencia de la subjetividad ante una falsa o pretendida objetividad científica.

    En el terreno netamente de la dramatización o la ficción que se inserta en el documental es digno de mencionar la presencia de un elenco sólido que supo decodificar las coordenadas de esta anómala y atractiva película.
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  • El día fuera del tiempo
    Policial anodino

    Aunque parezca evidente, las intenciones de El día fuera del tiempo, segundo opus de Cristina Fasulino (El sur de una pasión, 2000), no alcanzan para concebir siquiera un film interesante desde el punto de vista de la meta narración porque es tan antojadiza la ligazón de la trama central con sus adyacencias, que rápidamente se pierde el camino para conectar ambos polos y lo que queda es realmente muy pobre en términos narrativos y mucho más aún cinematográficamente hablando.

    Si vamos a intentar analizar el relato desde el género policial a secas, teniendo presente que todo gira en torno a un asesinato de una monja estricta y odiada en un colegio religioso de la orden de los franciscanos, en el trasfondo de los primeros escarceos del periodo democrático bajo las leyes de la impunidad, la resolución del misterio es poco menos que absurda y lo peor es que se reviste de una seriedad que nunca se respeta en términos formales porque de parodia o sátira este film tiene muy poco.

    Los estereotipos, no ridiculizados sino potenciados, no ayudan en lo más mínimo a configurar algún personaje con alguna característica interesante para descubrir al menos cierto rasgo de particularidad como por ejemplo el supervisor devenido detective -con problemas de alcoholismo- interpretado por Gonzalo Urtizberea. Tampoco aporta nada nuevo la niña algo siniestra y sus dibujos premonitorios, cuya madre vivió la pesadilla de un centro clandestino de detención y ahora enterada de la ley de obediencia debida y punto final confronta nuevamente con los fantasmas del pasado.

    El humor que pretende construirse desde los estereotipos como el monaguillo con retardo mental es muy elemental y básico, así como el avance de la pseudo investigación que siembra pistas falsas con bastante torpeza.

    En síntesis, El día fuera del tiempo es un film que no funciona como policial por su elementalidad y tampoco como puente alegórico para hablar de tópicos serios o buscar la apertura de caminos reflexivos sobre los años de la dictadura y las consecuencias de ese régimen dictatorial una vez llegada a la democracia.
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  • Tortugas ninja
    Tortugas ninja
    CineFreaks
    Y faltaba Manuelita

    Resulta más que visible y comprobable que detrás de este relanzamiento de los personajes que hicieron las delicias de millones de treintones, cuyo boom se produjo a mediados de los 80 y 90, se encuentra el para muchos odiado y otros amado Michael Bay como productor, aunque también como filtro para un director sudafricano más que obediente.

    Nos referimos, claro está, a la nueva aventura – ¿nueva?- de las cuatro tortugas no extraterrestres sino producto de la naturaleza accidental mutante, que nuevamente aparecen en Tortugas Ninja con ganas de quedarse por varios años, desde una supuesta y novedosa operación de reposicionamiento y colocación de producto bajo el pretexto de un film que aspira a ganarse tanto a pequeños, a nostálgicos o público adulto.

    El director responsable, Jonathan Liebesman, procuró hacer de un guión mediocre un producto digno y su misión no fue demasiado satisfactoria básicamente por no encontrarle la vuelta a la historia; no evadir ningún estereotipo ni lugar común y aceptar todas las demandas de Michael Bay, quien seguramente con la calculadora bajo el brazo pensó que cambiando tortugas por robots nadie se iba a dar cuenta, inclusive los puristas en un ejercicio de comparación con aquella película de los 90 que contaba nada menos que con la colaboración de Jim Henson para la confección de los muñecos.

    Así las cosas, la premisa ubica por un lado al Clan del pie en un plan macabro para desatar una epidemia en la ciudad de Nueva York, para la cual existe un antídoto formado por el mutágeno, sustancia que da poder a las tortugas y que fuera la causante de sus facultades extraordinarias, desarrolladas por años en la alcantarilla que incluso tiene una súper guarida que sería envidia hasta del propio Batman.

    Los villanos de turno son Destructor y un secuaz del que no revelaremos identidad por motivos obvios. El nexo con nuestros superhéroes amantes de las pizzas no es otro que la periodista incisiva Abril (Megan Fox), vinculada con ellas por su pasado y portadora de un secreto revelador.

    La galería de personajes secundarios está integrada por Whoopi Goldberg como jefa de Megan Fox y el comediante y compañero de ella Will Arnett, quien no tiene química alguna con la chica Victoria Secret, una de las tantas marcas colocadas en el film así como la de la conocida pizza Hut en otro patético recurso de marketing hollywoodense. Si bien los CGI no pasan vergüenza, el excesivo costo de esta producción nunca se justifica en pantalla ni siquiera en una secuencia de acción bastante lograda que involucra una caída libre en la nieve a gran velocidad y con despliegue visual aceptable.

    Si el éxito de este relanzamiento traerá secuelas, eso lo sabremos en un futuro muy cercano pero tal vez y pese a las declaraciones de Megan Fox la franquicia diga adiós o hasta pronto, que para los términos de Hollywood significa casi lo mismo.
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  • La ballena va llena
    Los fitzcarraldos argentos

    La singularidad de este documental dirigido colectivamente por los integrantes del Colectivo Cultural Estrella del Oriente, integrado por Daniel Santoro, Juan Carlos Capurro, Juan Tata Cedrón, Pedro Roth y Marcelo Céspedes es exponer bajo el artificio del documental las riquezas y contradicciones de todo proceso artístico antes de concretarse la obra en sí.

    Pero esa sustancia cinematográfica atractiva se nutre de un proyecto mucho más ambicioso en relación a los alcances de su búsqueda y que se remonta a un fuerte debate sobre la conceptualización de lo que es o no una obra de arte por un lado y por otro de la manifiesta crítica a la institucionalización de lo artístico y a la mercantilización de la obra de arte que involucra políticas culturales o en su defecto la falta de criterio en materia de cultura que demuestra signos preocupantes de decadencia en las principales ciudades del mundo. Así como el protagonista de Fitzcarraldo (1982) soñaba con montar una ópera y su perseverancia lo llevó a concretar la imposible empresa de subir un barco por una montaña, los cinco artistas llegan a concretar la utopía del arte al servicio del hombre y de las causas sociales como la migración a partir de la concepción de un proyecto de enorme impacto político que se resume en la idea de transformar al hombre en obra de arte para ser exhibida como tal en los principales museos o exhibiciones.

    Para ello, el proceso de transformación se resume en diferentes etapas a bordo de un crucero de titanio con forma de ballena, que albergaría a todo aquel migrante que sueñe con su arribo a Europa sin riesgo de deportación por las autoridades y sometido a una transformación espiritual a cargo de curadores y maestros que forman parte de esa metamorfosis casi alquímica y también de la tripulación de esta nave. L

    as peleas entre los involucrados, el derrotero de su gesta por Europa o sencillamente en las infructuosas charlas telefónicas con una fundación española a la que presentaron la aplicación para una beca como parte de su estrategia contracultural para correr el velo de la hipocresía europea forman parte de los hallazgos de La ballena va llena que para aquellos cinéfilos traerá el recuerdo de los falsos documentales como La era del ñandú de Carlos Sorín y para quienes no sepan sobre la existencia de este modelo de cine simplemente aportará una manera inteligente y creativa de denotar y connotar discursos y pensamientos sin bajadas de línea o declamaciones grandilocuentes.
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  • Tiro de gracia
    Tiro de gracia
    CineFreaks
    La inseguridad en el foco

    Puntos a favor y en contra dividen el resultado de esta ópera prima, Tiro de gracia, que pese a la manifiesta posición ética de no tomar partido por sus personajes comete excesos a nivel formal y narrativo que malogran el conjunto de la propuesta del debutante Nicolás Lidijover.

    Tomar prestado de lo cotidiano un tema tan urticante como el de la inseguridad a partir de la recreación de un robo a una farmacia con toma de rehenes supone de antemano abrir una polémica en el espectador sobre las causas que conducen a la delincuencia más que sobre los acontecimientos que se producen a diario en la realidad y no como sensación de la paranoia, que sigue siendo la carta marcada de muchos discursos y retóricas de la política de turno. En esa divisoria de aguas –izquierdas y derechas, sordas y falsas- se encuentran aquellas voces condenatorias de todo acto de delincuencia que abraza un discurso radicalizado afín a la caprichosamente llamada mano dura frente a otro coro de voces que idealizan palabras que hoy no tienen valor como derechos humanos, reinserción social y justifican modos y prácticas culturales que parten de premisas antojadizas o falsas en muchas ocasiones para evadir análisis más agudos sobre un fenómeno sociológico de enorme magnitud.

    Por ese motivo circunscribir conceptualmente o cinematográficamente hablando a un punto de vista dominante, el reducido enfoque de una cámara de seguridad (muchas cámaras de seguridad indiferentes), condiciona la mirada de quien observa más allá de sus prejuicios o idiosincrasia particular arrastrado por esa urgencia tan enfermiza y propia de los tiempos que nos tocan atravesar. Esto no deja de ser atractivo en cuanto a propuesta desde la puesta en escena pero se ve rápidamente alterado por el propio director que se acorrala -por así decirlo- en su propio mecanismo de representación para empañar el realismo buscado en procura del mensaje. Algo así como una traición implícita del mensaje perpetrada por el medio.

    El argumento es simple y no se escapa de la anécdota que podría haber sido más efectiva en el formato de un cortometraje aunque es justo decir que aquí no hay exceso en el desarrollo sino reiteraciones inconducentes: un joven (Nicolás Goldschmidt) entra a una farmacia, el personal de seguridad sin arma advierte una actitud sospechosa al empleado que atiende la caja (Ignacio Godano) y acto seguido saca un revolver para tomar rehenes, entre ellos una mujer embarazada (Julieta Vallina) y desatar el caos en el reducido espacio, previo enfrentamiento con el policía de calle que hiere gravemente al seguridad en otro acto de gatillo fácil.

    La estructura que se vale del juego de cámaras del presente registra en tiempo real, aunque sesgado al recorte dramático, los acontecimientos que se impregnan del nerviosismo de las víctimas y el victimario. Sin embargo, la trama adopta un recurso cinematográfico válido en el empleo de flashbacks que complementan el pasado del delincuente y justifican su estado de desesperación y toma de malas decisiones al momento de optar por la vía del robo con rehenes.

    Un guión un tanto elocuente en la elección de los diálogos denota y connota diferentes idiosincrasias, discursos de clase y altas dosis de hipocresía social, sin declamaciones irritantes pero con poca sustancia en los planteos vertidos. A pesar de esas contradicciones que no son en sí un obstáculo sino el resultado de un síntoma en una sociedad enferma y esquizofrénica como la que se representa aquí debe destacarse la buena elección de actores como Ignacio Gadano, Julieta Vallina, Guadalupe Docampo, Nicolás Goldschmidt y Arturo Bonín, entre otros.
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  • La cárcel del fin del mundo
    En el frío encierro

    Presente y pasado se fusionan en este documental de la realizadora Lucía Vasallo, La cárcel del fin del mundo, que se instala en los recovecos y las grietas que ha dejado la historia de la ciudad de Ushuaia, lugar donde se construyó la cárcel en 1904 hasta 1947 cuando un decreto de Juan Domingo Perón la cerró definitivamente, en la que fueron confinados presidiarios de nombre, famosos asesinos: Cayetano Santos Godino, alias El Petiso Orejudo, Simón Radowitzky, responsable del asesinato del jefe de policía Ramón Falcón y Mateo Banks, entre otros.

    El escaso material de archivo no fue un obstáculo en sí mismo para la directora argentina al haber encontrado el testimonio de pioneros del lugar en un noble ejercicio de memoria y recuerdos dispersos, que aportan un espacio distinto al relato, sumado a las fotografías que pudo recopilar y algunos elementos de la cárcel, donde las voces de los presidiarios de aquella época viaja en off desde el descubrimiento de algunas cartas o escritos que dejaron como único testimonio de su encierro, soledad y dolor, tras los muros y alejados de todo contacto con el mundo exterior.

    Las palabras que piden prestado a la poesía algún rayo de luz para hablar de tanta oscuridad del alma y para el alma encierran en un pedido casi agónico el anhelo de libertad, pero más que eso deslizan en los grilletes de la impotencia la sensación de que la socialización y reinserción social no se vuelva una utopía de trasnochados o soñadores sino que se haga carne en el reflejo de un avance en el pensamiento que despoje la idea del estigma social y repudie pacíficamente la indiferencia ante determinados emergentes sociales, que aún hoy lamentablemente continúan portando el estigma más allá de sus conductas o aberrantes actos pasados y presentes merecedores de todo castigo o cuota disciplinaria adecuada y justa.

    En ese sentido son elocuentes las palabras de uno de los confinados, José Berenguer, a modo de cierre para sintetizar conceptualmente el camino de búsqueda de la propia Lucía Vasallo, directora de fotografía egresada del Enerc en este interesante documental que recibió el premio Películas digitales 2010 del INCAA, al expresar que mientras siga habiendo lucha de clases, las cárceles van a ser un lugar de reclusión que no aspiren a la reinserción de presos, por lo cual se debe suprimir el régimen represivo en pos de la humanización.
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  • Gabor
    Gabor
    CineFreaks
    Ver sin mirar

    A veces los insondables caminos del documental confluyen en insospechadas relaciones entre las personas pero existe una energía que emana de la capacidad de proyectar los sueños que hace que las fronteras de lo imposible acorten esa distancia infinita, siempre que la pasión y las ganas de superarse permanezcan intactas. Si ese espíritu, que hace de la incerteza un camino más que una meta a conseguir, es el motor de un proyecto, por más descabellado que resulte su planteo el primer objetivo ya está cumplido: concebir algo que en apariencia resulta irrealizable y llevarlo a la práctica para hacerlo posible.

    Podría decirse que el azar en el caso particular de este documental facilitó la unión entre el realizador argentino, radicado desde el 2001 en España, Sebastián Alfie y el director de fotografía húngaro -también radicado en España- Gabor Bene, pero en realidad fue el cine y la pasión –además de su condición de expatriados- lo que hizo factible un encuentro entre ambos.

    El pretexto –siempre hay uno- fue el alquiler de equipos para filmar en el altiplano un cortometraje institucional de una organización que ayuda a personas que han perdido la vista a recuperarla con operaciones de alto costo pero financiados desde la organización. Para Alfie entonces contar con la colaboración de un director de fotografía, quien hace diez años dejó de ver producto de un glaucoma avanzado y que contrajo mientras trabajaba en el Amazonas, implicó por un lado el desafío de preguntarse si se puede filmar sin ver y por otro el aprendizaje a partir del particular modo de trabajar junto a una persona no vidente en un escenario desconocido y a contrarreloj.

    La particularidad del documental Gabor, ya desde el título es palpable sobre quién gira la película y desde quién se proyectan las preguntas o reflexiones, consiste en el despojo de la mirada a partir del preconcepto sobre la discapacidad o esa idiosincrasia institucional que invisibiliza al discapacitado dentro de la sociedad bajo eufemismos como personas con capacidades diferentes. Esa confrontación o choque conceptual permite al director cruzar la primera barrera para aproximarse desde la honestidad, la intuición y la experiencia a una realidad mucho más rica y compleja como la que atraviesa Gabor Bene, quien por ejemplo se atreve a preguntar cuál sería el salario para un director de fotografía ciego y responde irónicamente la mitad o el doble.

    Sin embargo, más allá de la historia de auto superación del húngaro que forma parte de una de las líneas narrativas de este relato en primera persona existen otras aristas más interesantes que hacen al enriquecimiento de la mirada y corresponden a los modos de representación y en un segundo plano al propio abordaje de la realidad desde la subjetividad del cine y de una cámara. Ese proceso, que atraviesa Sebastián Alfie en una dicotomía entre sujeto y objeto de estudio en el mejor sentido del término, también se traduce en el propio rodaje del cortometraje cuando confrontan enfoques sobre una misma realidad: la ceguera y sus limitaciones.

    Gabor es un film que tiene el mérito de condensar la idea de pequeña familia que se construye en un proyecto cinematográfico al mostrar todos los procesos positivos y negativos de un rodaje junto a la irracionalidad que conlleva dejarse guiar por un deseo siempre que esa pasión no se disfrace de auto compasión o algo similar, credenciales lo suficientemente atractivas para convocar al público a una experiencia cinematográfica conmovedora que nos enseña que se puede ver sin mirar.
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  • Líbranos del mal
    Entre dos infiernos

    Ese infierno tan temido para el cine mainstream y el subgénero más rentable del terror no es otro que el de las posesiones demoníacas, a veces en pequeños pueblos rurales y otras en grandes urbes pero siempre bajo la misma fórmula que se reitera bajo distintos argumentos basados en hechos reales, novelas autobiográficas o recortes periodísticos de rara procedencia.

    En muchas ocasiones con más suerte que otra, desde diferentes propuestas cinematográficas, de calidad dudosa la mayoría de ellas, se pretende sorprender a un público ávido con alguna vuelta de tuerca aunque nunca lo suficientemente atractiva porque todos los lugares comunes de este tipo de argumentos se respetan.

    Líbranos del mal, dirigida por Paul Harris Boardman y Scott Derrickson (Sinister), no es la excepción a la regla a pesar de la música de los Doors para amenizar la velada o la apertura de una subtrama policial que se desliza detrás del entramado macabro que involucra una serie de personajes vinculados a un pasado que se remonta al conflicto de Irak en 2010. Allí, tres marines, luego retirados de la fuerza por conductas impropias, tomaron contacto con un mensaje del maligno por el cual se invoca (de ahí el título original luego descartado Invocamus) al demonio para que cruce un portal y así desate toda su furia en la Tierra.

    Como no podía ser de otra manera, el oficial encargado de resolver algunos asuntos domésticos menores que se entroncan en cierta medida con los soldados anteriormente mencionados (una madre arroja a su bebé a un río, unos pintores toman contacto con las escrituras en un sótano) lleva en sus espaldas la culpa de haberse excedido con un pederasta, además de su ateísmo militante que busca toda explicación racional a esa serie de eventos sobrenaturales que lo tienen por testigo privilegiado, incluso aquellas voces o imágenes que sólo se presentan ante él y que lo hacen acreedor de un don espiritual (escuchador de almas) que para el caso es una maldición.

    La correlación de los acontecimientos en la trama transcurre en un in crescendo acumulativo que aporta alguna dosis de susto por golpe de efecto o caprichos de la puesta en escena, la cual se vale de escenarios oscuros, lluviosos, callejones mugrientos para generar atmósferas propicias a los efectos decrépitos y lúgubres. Nada puede decirse del correcto trabajo en los rubros técnicos que incluyen efectos visuales o maquillaje sin dejar de mencionar el aporte del elenco encabezado por Eric Bana en su rol de policía atormentado y un simpático sacerdote latino que de a poco lo instruye y nos instruye sobre los pasos del exorcismo, demonología y la pronunciación de un español para reírse cinco minutos seguidos.

    Si el espectador no tiene reparos en encontrarse con la misma película de exorcismos de siempre y se dispone a disfrutar nuevamente de cuerpos que se contorsionan, un cóctel de dialectos antiguos con frases pronunciadas en latín –faltaba el guaraní- y la mirada perpleja de los no creyentes que siempre terminan más cerca de la senda del señor, este film no los defraudará aunque desde estas filas exclamamos a los cuatro vientos que por una vez nos libren del mal cine.
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  • Making off Sangriento: Masacre en el set de filmación
    Sniff, snuff, acción

    Con gran acogida en el Festival Buenos Aires Rojo Sangre donde obtuvo el Premio del Público, este cortometraje ampliado ahora a largometraje, dirigido y escrito por Hernán y Gonzalo Quintana, es una digna autoparodia, sátira, gore, que introduce al slasher vernáculo por la puerta grande y que, consciente de su propio norte y su acotado nivel de pretensiones artísticas, explota en el mejor sentido del término con una economía de recursos notable.

    La premisa sugiere que la mejor coartada para un serial killer, cuya preferencia no es otra que la fauna de estudiantes de cine, es sin lugar a dudas un set de filmación donde un grupo de estudiantes se encuentran en pleno rodaje de la tesis para lo cual realizan un corto de terror que tiene como protagonista a un asesino serial, entre otras cosas.

    Cine dentro del cine con altas dosis de humor, el relato incorpora la auto referencia desde el minuto cero cuando una cámara documenta los entretelones del rodaje mientras el asesino camuflado de actor hace de las suyas y desata un verdadero carnaval de tripas, sangre y mutilaciones, en pleno ritual de cacería de cada uno de los miembros del equipo (productores, maquilladores, asistentes y actores), incluido un director Lisandro Acuña, caricaturizado por sus pretensiones cinematográficas -en clara alusión al realizador Lisandro Alonso-, quien acepta unirse a este proyecto menor como parte de su experimentación artística entre la frontera de la representación, el artificio y la realidad.

    El elenco cumple en su derrotero de pesadilla pero quien más sorprende es el rockero punk apodado Marcelo Pocavida en el rol de serial killer –con cierto parecido a Javier Bardem en la película Sin lugar para los débiles- no sólo por su naturalidad frente a cámara sino por su fotogenia a la hora de resaltar sus rasgos psicopáticos. También se une a este proyecto de los hermanos Quintana y en este caso delante de cámara otro referente obligado del cine de terror local como Javier Diment (La memoria del muerto) en el rol del perverso detective Caligari (sin su gabinete) que sigue los pasos del monstruoso demente.

    El equilibrio entre el humor y los exabruptos gore, que incluyen una felatio bastante jugada en cámara por sus efectos, marcan la principal característica positiva de una película que sabe hacia dónde se dirige y piensa en el público que la consumirá sin reparos, entre risas y la predisposición a pasar un rato agradable.
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  • Los insólitos peces gato
    Solas, siempre solas

    Pese a la compañía circunstancial, Martha (Lisa Owen) y Claudia (Ximena Ayala), no sólo comparten su condición de convalecencia en un hospital por situaciones muy distintas –una tiene cáncer y la otra fue operada de apendicitis- sino que ambas padecen la soledad en algún sentido profundo del término, tópico que la trama de esta ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce irá desentrañando a partir de un guión sólido que hace de los tiempos muertos y los diálogos pequeños una gran sustancia que de a poco también se contaminará de una atmósfera opresiva por donde sobrevuelan planteos morales o reflexiones acerca de las familias nucleares, legados maternales y otros temas relacionados con lo femenino en el marco de un universo enteramente femenino.

    Para Martha y sus cuatro hijos Alejandra (Sonia Franco), Wendy (Wendy Guillén), Mariana (Andrea Baeza) y el más pequeño Armando (Alejandro Ramírez Muñoz) el tránsito por una enfermedad terminal marca el camino de la espera ante lo inevitable, pero de esa incertidumbre se reviste cada minuto que pueda dedicarle a la crianza, al control perentorio de una casa un tanto caótica cuando goza de cierto bienestar o se encuentra con fuerzas para enfrentar el último tramo de su vida. Claudia llega como ese extraño a la dinámica familiar, capaz de aportar otro tipo de energía y en búsqueda de una familia sustituta pero también esa presencia para cada miembro implica una intrusión más que una beneplácita bienvenida.

    En ese terreno difuso de la cotidianeidad y la espera se debate esta historia protagonizada enteramente por mujeres que sobrellevan varios pesos, algunos tangibles como la enfermedad de Martha, otros menos tangibles como el dolor de la pérdida, el miedo al futuro y a la soledad pero siempre en un tono no angustiante que incluso permite el lugar para descontracturar, a fuerza de pequeñas anécdotas, situaciones de mayor peso dramático que evitan que el film caiga en melodrama naturalista o culebrón pesado.

    Los insólitos peces gato es un excelente debut para una directora mexicana que muestra credenciales a la hora de pensar el cine como vehículo narrativo a partir de un elaborado guión y un inteligente manejo de los tiempos y la puesta en escena.
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  • Marea baja
    Marea baja
    CineFreaks
    El hombre que esperaba la muerte

    Las credenciales de extraño, paranoico y parco rápidamente se dibujan en el contorno de Pascual (Germán Da Silva) al llegar a la casona en el Delta en busca de refugio pero con un pie al borde de la huida. Precisamente en los bordes; en las orillas de la supervivencia y la muerte transita este segundo largometraje del crítico y realizador Paulo Pécora (ver entrevista en Cinefreaks) que coquetea con elementos genéricos del western, el suspense y el policial negro para indagar sobre los estados oscuros de la condición humana bajo la metafórica lucha entre la naturaleza del hombre y la otra naturaleza representada en la hostilidad de un escenario selvático como el propuesto por la geografía del Delta argentino.

    Personajes sin pasado (el protagonista y dos mujeres) que pululan entre atmósferas oníricas, naturalistas o pesadillescas según el punto de vista que prevalece –el del propio Pascual en su ocaso- complementan una trama de tono minimalista donde aparentemente la muerte ronda a cada paso (incluso está presente en las cartas de tarot) y no hay vía de escape a pesar de la amplitud de espacio o la chance de atravesar un río hacia otro lugar al resguardo de los otros.

    Esos otros, amenazantes, que primero se construyen desde la ausencia y el fuera de campo cobran sentido y se hacen realidad desde el clímax y anticlímax propuesto por Pécora, fiel al planteo de su historia que evade la redención desde el minuto uno y se deja atravesar por la tragedia y la oscuridad moral en sus diferentes facetas que estallan en violencia inusitada.

    Si para El sueño del perro existía cierta esperanza en la veta espiritual y de la propia trascendencia, en Marea baja no es posible redimirse del pasado, que siempre acecha como aquel monstruo interior que todo lo domina y que emerge cuando la espesura parece aclarar porque no todo lo que brilla reluce, tampoco la condición humana.
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  • 12 horas para sobrevivir
    Calles sin ley, cine sin ideas

    Bajo la misma premisa que la anterior, La noche de la expiación, el director y guionista James DeMonaco apela a la metáfora sin vuelo para cargar las tintas sobre el sistema político en esta suerte de distopía fantasiosa –los hechos suceden en el 2023- que expone las aristas oscuras del fascismo o totalitarismo que se oculta tras el régimen democrático norteamericano actual bajo la consigna del control social o la lucha de clases financiada por intereses políticos y que recibe el nombre de purga social.

    El primer fracaso de esta secuela, 12 horas para sobrevivir, es haber intentado equiparar el clima de claustrofobia hogareña, que asolaba a la familia de clase alta refugiada en una súper casa durante las 12 horas del carnaval maquiavélico donde todo valía, por el derrotero de un grupo de personajes completamente chatos y representantes de lo que podría denominarse clase media y clase obrera, a merced de los asesinos en las calles donde reina la anarquía absoluta por este salvoconducto de la violencia gratuita, el crimen sin castigo, donde sale a la luz entre otras cosas la sofisticación en el armamento y el sadismo para llevar a cabo los asesinatos más brutales e impunes bajo las luces de neón.

    Machetes, ametralladoras y un grupo desaforado de enmascarados desatan el raid de terror y sangre en el centro de Los Ángeles mientras el grupo de víctimas, a saber cinco personajes, deberán unir fuerzas para sobrevivir, liderados por el Sargento (Frank Grillo), quien tiene por objeto una vendetta personal tras una reciente muerte cercana; la latina Eva (Carmen Ejogo), una camarera junto a su hija adolescente Cali (Zoë Soul), y el típico matrimonio joven que aparece en el lugar y en el momento menos indicado (Zach Gilford y Kiele Sánchez), al descomponerse el vehículo minutos antes del comienzo de la purga.

    Sin demasiadas ideas sobre la temática a desarrollar, la introducción de un grupo combativo ante estas prácticas liderado por un afroamericano que denuncia de cierta manera las claras y explícitas intenciones de un exterminio de pobres amparado por las clases pudientes introduce, de manera torpe, el juego dialéctico de la lucha de clases para sustentar la dinámica de los acontecimientos y justificar así ese territorio ambiguo y no comprometido moralmente donde la violencia contra el otro es aceptada.

    Todo lleva a pensar que esta nueva manera de desarrollar tópicos sociales profundos bajo la reducida mirada y maniqueísmos de manual goza de muy buena salud en el cine contemporáneo y más teniendo presente que viene a respaldar el discurso del mainstream hollywoodense (Europa no se queda atrás) que hace de la paranoia social su mayor fuente de ingresos y del entretenimiento pochoclero como el que nos atañe su mejor vehículo exploitation, sin reflexión, sin argumentación y por ende sin ideas.
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  • Todo lo que necesitas es amor
    La segunda es la vencida

    Todo lo que necesitas es amor representa para el caso de la directora danesa Susanne Bier un retroceso en su filmografía teniendo en cuenta sus créditos desde aquella devastadora Corazones abiertos pasando por la oscarlizable Un mundo mejor (2010) que apela a la fórmula del drama teñido de comedia romántica para explotar la figura del galán maduro Pierce Brosnan, rodeado de actores daneses bastante conocidos para un público familiarizado con el cine europeo. Poco de ese cine europeo pensante, agudo se respira en este relato que se concentra en la idea o el tópico de las segundas oportunidades cuando de historias de amor se trata.

    Tal vez una pequeña sorpresa pueda ocurrir con algún lugar común no del todo respetado pero nunca llega la vuelta de tuerca o la relectura de los elementos más básicos del género en cuestión, más allá de cierto esmero al momento de filmar y sacar de los paisajes italianos el mejor jugo para embellecer las imágenes.

    El ritmo a tono con la propuesta no afecta el desarrollo pero sí lo hace en algún sentido la idea de ir salpicando personajes y subtramas que alejan en realidad el foco de la historia principal: la que se teje entre el avinagrado viudo Philip (Pierce Brosnan) y la enferma oncológica Ida (Trine Dyrholm), quienes tienen en común además de la proximidad etaria ser los respectivos padres de la pareja joven que los convoca a su boda en el sur de Italia. Patrick (Sebastian Jessen) es el hijo de Philip que decide junto a su novia Astrid (Molly Blixt Egelind) invitar a todos los familiares a la tierra de la tarantela y cuna de Romeo y Julieta aunque también para el caso de su padre significa un mal recuerdo que se conecta con la muerte de su esposa Elizabeth.

    Susanne Bier hace de este encuentro el ideal puente para interconectar personajes secundarios y poner cuotas de melodrama y humor en dosis proporcionales pero falla en la elección de los personajes, como por ejemplo el de la cuñada insoportable de Philip, Benedikte, a cargo de la conocida actriz Paprika Steen, calcado de cualquier estereotipo sin vida propia. No es el caso del viudo interpretado por Brosnan y su carisma o la correcta Ida con su procesión interna producto de su enfermedad.

    De segundas oportunidades y malas elecciones para enamorarse va este segundo film hablado en inglés que para el caso de Susanne Bier implica un rotundo cambio de registro para nada prometedor y que teniendo presente sus próximos proyectos con Jennifer Lawrence parece ingresar en una preocupante pendiente de decadencia.
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  • Lore
    Lore
    CineFreaks
    La niña nazi

    Infancias que se rompen temprano y ausencias paternas tanto simbólicas como reales marcan el tortuoso periplo y curva de transformación de la protagonista de este segundo opus de la realizadora australiana Cate Shortland, Lore, que ensaya desde una mirada despojada de toda candidez un retrato y radiografía cruda de la Alemania nazi derrotada por los aliados bajo el punto de vista de una adolescente cooptada por la ideología nacional socialista, que debe hacerse cargo de sus cuatro hermanos para llegar a la casa de su abuela en Hamburgo luego del abandono de sus padres.

    El contexto en el que se desata esta travesía a pie, mezcla de lucha por sobrevivir y reflejo y resonancia de la guerra en la piel de los inocentes, se vuelve desde el punto de vista simbólico un referente obligado a la hora de establecer el análisis y la lectura sobre el ocaso del nazismo y su penetración ideológica en los ciudadanos alemanes con la inexcusable negación del holocausto a cuestas y la humillación del perdedor que creía haber vencido por contar con la protección de un padre todopoderoso como el Fuhrer, que en un sencillo y patético acto de cobardía los abandonó a su suerte y a merced del enemigo.

    Lore (Saskia Rosendahl), desde su deber como hija actúa y resuelve en la desesperación, pero a la par su crecimiento, el cambio hormonal y su cuerpo también experimentan la dolorosa metamorfosis que la alejan de la inocencia y la sumergen en el lodo de las contradicciones, los odios y el rencor hacia esa Alemania sorda y ciega, dividida en zonas o fronteras por las que debe transitar con sus hermanos sin reflejar su origen ante la mirada escrutadora de los enemigos. Así se cruzará en su travesía con Thomas (Kai-Peter Malina), un muchacho judío que la salva en más de una oportunidad pero para quien ella guarda el máximo desprecio producto de su xenofobia, por lo menos al comienzo de la relación.

    Como se dijo en un principio la idea de infancia destruida por los embates del horror causado por los adultos junto a los despojos de la inocencia que yacen en las mismas ruinas que atraviesa la valiente niña nazi forman el eje de esta aventura de iniciación, basada en la novela El cuarto oscuro, de Rachel Seiffert, sumado a la tensión desde el punto de vista cinematográfico a fuerza de cámara en mano y primeros planos.

    En otro orden es de destacarse la actuación de la joven Saskia Rosendahl en un papel de mucha intensidad pero que nunca sobrepasa los niveles del drama y con sutileza transmite emociones diversas y contenidas, sin vicios actorales o excesos compositivos.
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  • El color que cayó del cielo
    El profanador

    Casi once años tuvieron que pasar para que Sergio Wolf volviera a tomar las riendas en la dirección y así concebir un documental tan fascinante como el anterior Yo no sé que me han hecho tus ojos (2003) en codirección con Lorena Muñoz. Apenas entre aquella obra y esta más reciente El color que cayó del cielo –presentada en el último BAFICI- existe cierta vinculación en relación al descuido o nula preservación del pasado, la historia y el patrimonio nacional.

    Si en la peripecia casi detectivesca de reconstrucción de la mítica Ada Falcón se vislumbraba la huella de lo perdido en materia de archivos o datos del pasado también la contraparte de los mitos que se tejían alrededor de su figura y su misteriosa desaparición abrían las puertas a diferentes subtramas que rozaban elementos de la ficción para despojarse concienzudamente de la rigidez documental. Y es en ese sentido, en ese difuso pero maravilloso terreno de ambigüedad, donde crece el nuevo opus del crítico, cineasta, investigador Sergio Wolf al tomar de referencia la apuesta a lo sagrado versus lo profano en el contexto de la búsqueda de meteoritos en suelo argentino, en la que se involucra la ciencia, el mito, las leyendas, la mercantilización, el vil negocio por encima de la historia y sus raíces invisibles con algo más grande que una mera suma de dinero.

    Cuatro mil años marcan el eje de esta aventura y el reconocimiento de una leyenda de los mocovíes que narra la lluvia de fuego cuando según sus creencias el sol cayó a la Tierra desde el cielo en dos oportunidades. Así, lo representa un fragmento del film La nación que cayó del cielo, de Juan Carlos Martínez, película artesanal que Wolf toma de referencia para introducir apuntes históricos donde se mezclan nombres y relatos de expediciones en busca de un meteorito por sus propiedades ricas en metales.

    Del expedicionario español Rubín de Celis en el siglo XVIII hasta el aporte testimonial de algunos lugareños, el documental se nutre de toda la información necesaria para poner en contexto la historia y así avanzar hacia su verdadero propósito: la presentación de dos personajes antagonistas diferenciados entre otras cosas por un sentido metafísico y hasta ético. Como en toda ficción que se precie el contraste y la dialéctica son clave para el buen desarrollo de la trama pero también la exposición conceptual de un héroe y un villano lo suficientemente sólidos como para hacer de esa distancia infranqueable el verdadero camino a recorrer.

    La inteligencia del realizador obedece en primera medida en haber encontrado un villano excéntrico como el profanador de meteoritos más conocido en el mundo, el norteamericano Robert Haag, preso de su vanidad ante la cámara de Fernando Lockett y la curiosidad incipiente del director, que sabe cómo y cuándo hacer las preguntas para que el frio dealer de rocas del espacio muerda la carnada y desnude su ego. Y en ese juego de seducción entre personas y personajes emerge el superhéroe de esta historia: Bill Cassidy, un anciano adorable, humilde, meticuloso que dedicó parte de su juventud al recuento y estudio de meteoritos en Campo del cielo, ubicado en la provincia de Chaco; tomó contacto con los originarios del lugar para aprender sus costumbres y luego tras la indiferencia estatal y provincial se abocó al estudio de la Antártida.

    En esa segunda parte de El color que cayó del cielo se concentra su mayor riqueza porque los meteoritos y su descubrimiento pasan a un segundo plano en base a los diferentes emprendimientos y motivaciones personales que acercan o ejercen una atracción magnética frente al profanador Hagg, al profesor y estudioso Cassidy cuando no debería descartarse aquella fascinación de Sergio Wolf por encontrar estas historias que lo condujeron por ejemplo a la guarida del antagonista en Tucson (Estados Unidos) o a la feria de Tokio donde se comercializan fragmentos de rocas celestiales como las encontradas en Chaco o en Esquel, piezas invaluables desde el punto de vista geológico que han llenado el bolsillo de Hagg para quien Argentina representa una asignatura pendiente al frustrarse su intento en 1990 de transportar un meteorito de 37 toneladas para comercializarlo en el mercado negro.

    Ese magnetismo de los metales o el reconocimiento de lo extraterrestre entronca perfectamente con los fines y los medios siempre que se lo observe desde la distancia adecuada como es el caso, pero con la sensibilidad intacta y el sentido de la observación alerta para tomar prestado de la naturaleza imágenes de amaneceres, cielos u ocasos de una belleza extrema; redondear así el círculo entre el mito, su representación y la historia en un documental atrapante y distinto.
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  • 7 cajas
    7 cajas
    CineFreaks
    Todo por un puñado de dólares

    Las bondades del cine digital se hacen visibles cuando el uso inteligente del recurso proporciona grandes posibilidades a la hora de organizar una estructura narrativa ágil y aportarle una estética atractiva en términos visuales, que se apoya en una calibrada puesta en escena y se sostiene por respetar ciertas coordenadas del género. Eso es lo que ocurre con 7 cajas, ópera prima de los debutantes Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori –conocidos en el terreno de la ficción televisiva en ese país- que pudo verse en el Festival de Mar del Plata en su edición número 27 y que ahora llega a estrenarse comercialmente.

    7 cajas podría describirse como un Pulp Fiction guaraní por su tono frenético a veces cercano a la estética de videoclip pero que encuentra sus tiempos muertos y espacios cinematográficos para salir del agobio de un encuadre chato, a pesar que explota el formato del celular con filmaciones que se insertan en la trama. Con un ojo apuntando al mercado internacional para que el producto consiga pantallas en diversas latitudes y otro hacia adentro respetando la idiosincrasia paraguaya, la historia básicamente explora el mundo marginal de los carretilleros del mercado 4, en Asunción, algo similar a lo que en Argentina se conoce como La Salada.

    Allí, el protagonista Víctor (Celso Franco) acompañado de Liz (Lali González), un joven que aspira a tener un celular para elevar su status social y que vive -o mejor dicho sobrevive- transportando mercadería por esos largos pasillos atestados de negocios y gente ve la oportunidad de ganar cien dólares de una manera rápida y fácil: transportar 7 cajas sin preguntar de qué se trata.

    Claro que esa misión en apariencia sencilla atravesará una suma de contratiempos y peligros que involucran a otros carretilleros, la policía, los amigos y una serie de personajes secundarios que sirven a los directores como una muestra de la fauna y el costumbrismo que a veces roza de estereotipo y otra peca de ingenuo.

    Apuntes de crítica social también atraviesan el relato pero de forma subyacente porque el fuerte de esta historia no es otro que las peripecias de un antihéroe en pleno corazón de Asunción.

    Para destacar de 7 cajas sin lugar a dudas, la balanza debe inclinarse hacia los aspectos técnicos y visuales más que narrativos sin dejar de mencionar la buena amalgama entre cine de género y cine costumbrista para un público masivo que seguramente acepte sin miramientos esta propuesta cinematográfica paraguaya que afortunadamente se estrena en algunas salas de Argentina.
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  • AB
    AB
    CineFreaks
    Desplazamientos

    Este film dirigido por Iván Fund y el danés Andreas Koefoed en conjunto transita por la frontera difusa entre el documental y la ficción y permite desde su título, en apariencia inexplicable, trazar diferentes directrices de análisis para abarcarlo en su integralidad.

    En primer lugar puede decirse que en la palabra AB (título del film) existe la presencia de un manifiesto que simboliza dos puntos y una distancia –entre ellos- que marca un camino o dirección originada en la A y finalizada en la B. Es decir que ese signo espacial también encierra en su trayectoria simbólica un tiempo, que tiene comienzo y fin. La amistad entre los dos personajes, Araceli y Belén, cuyos nombres coinciden con las letras del título respectivamente parece algo infranqueable desde la propia distancia de la cámara e incluso para la presencia intrusiva de quien registra en este caso el derrotero anecdótico de estas dos amigas. Sin embargo, como se dijo, esa amistad o distancia simbólica se ve atravesada por el tiempo y es en ese punto invisible donde la amenaza latente de disolución se hace presente en la historia de A y de B.

    Los desplazamientos en el espacio reducido a la geografía y las distintas locaciones de un pueblo del interior, en el que ellas rumbean acompañadas de una caja que contiene cachorros para ir ubicando con los vecinos, encuentran -por decirlo de algún modo- su lado B en otros desplazamientos no espaciales sino aquellos provocados por el crecimiento, los deseos, los celos, los sueños, los miedos y la necesidad de tomar rumbos distantes y probar suerte con otras cosas.

    Pero la aventura de Iván Fund y Andreas Koefoed no se termina o clausura en esa línea narrativa sino por el contrario expande sus raíces como aquel árbol que una vez plantado busca el mejor espacio para crecer. Y en ese terreno otra interpretación del llamativo título abre la puerta a dos mundos diferentes o parte A y parte B de esta película, que abarca un costado exploratorio completamente singular en el que ambos personajes son retratados por detalles pero de manera separada. Esa unión desde la desunión afirma mucho más enfáticamente la idea de amor en la amistad más allá del entorno o del contexto aunque también se pregunta implícitamente si esa sensación puede perdurar para siempre.

    Claro que los perros y la ubicación de las crías para tomar contacto con un grupo variopinto de rostros y voces que se pierden en las anécdotas es meramente un pretexto para hablar de lo que verdaderamente importa: de cómo se llega de la A a la B sin dolor y sin cambios, en un camino atravesado de obstáculos, contratiempos y atajos difíciles de sortear.
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  • Me perdí hace una semana
    Cabezas parlantes

    Sin llegar a la equilibrada AB, repitiendo al menos en lo conceptual el juego entre ficción y documental, con Me perdí hace una semana se confirma que Iván Fund es un realizador en permanente estado de búsqueda más allá de lo estético y que toma al cine y a la cámara como medio más que como fin.

    Jugar al extremo con la idea de representación al romper un código y exponer de manera explícita el artificio de la cámara implica en este caso que los actores que interpretan los personajes expresen sus emociones o cuenten experiencias a cámara.

    El microuniverso de un barrio en el que coexisten una pareja a punto de separarse, un tarotista gay que busca ser el alma de la película y a veces lo consigue y una mujer madura que no desea ser madre son los pilares temáticos en los que se apoya el opus de Fund. S

    in embargo, un carácter disruptivo y cierta digresión a la hora de unir las pequeñas anécdotas arrebatadas a la realidad sin permiso le juegan en contra a la propuesta y a veces la tornan un tanto críptica o la envuelven en un hermetismo poco saludable.

    No obstante, Me perdí hace una semana que también se conecta con perros, búsquedas y pérdidas -como ocurre en AB- logra por momentos crear climas de intimidad y verdad únicos, algo que a esta altura tratándose de Iván Fund no es mera casualidad y refleja un agudo poder de observación y síntesis difícil de emular.
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  • La mejor oferta
    La mejor oferta
    CineFreaks
    Los falsos autómatas

    No son casuales dos detalles que coronan este regreso grande del genial Giuseppe Tornatore luego de la anodina Baarìa (2009) a las raíces de su mejor cine y a su manejo exquisito de la narración cinematográfica que quedan más que sintetizados en La mejor oferta. Esos dos elementos, que se yuxtaponen a lo largo de una meticulosa trama donde se mixtura una historia perturbadora de amor; el drama existencial de dos personajes en apariencia opuestos pero tan falsos desde los sentimientos como para encontrarse en su camino, con aristas de thriller psicológico y no grandilocuente, son por un lado la idea del autómata y por otro el de la autenticidad y falsificación en el mercado del arte.

    Tampoco resulta casual que el protagonista, interpretado con solvencia por el eximio Geoffrey Rush, tenga por apellido Oldman que traducido del inglés significa algo así como hombre viejo porque precisamente su obsesión por el pasado, por lo arcaico, por ese aura que emana de toda obra de arte y ya no existe es lo que mejor define su conducta y su talón de Aquiles, por decirlo de algún modo. De allí que representar a un martillero experto en subastas de mobiliarios o piezas artísticas de enorme valor monetario lo ubica en un lugar preferencial y que no está precisamente conectado con el mercantilismo en su variante más patética como la de cualquier curador oportunista de estos tiempos, sino con la ambición de conocer y poseer obras u objetos de extraña procedencia.

    Con semejante carta de presentación para completar las esferas de la personalidad del misterioso Oldman, el agregado de su inefable elegancia, reserva para con sus clientes y pulcritud, no hacen más que definirlo como el personaje ideal para llevar a cabo una misión un tanto incómoda: subastar todas las pertenencias de una enigmática joven, Claire Ibbetson (Sylvia Hoeks), heredera de una fortuna obscena, cuya particularidad es no mantener contacto visual con el entorno por un aparente mal físico, ligado con la agorafobia.

    Seducido por el enigma más que por la posible recompensa final una vez tasada cada pieza de la gigante mansión que alberga secretos, las piezas desparramadas de lo que supone podría pertenecer a un autómata forman parte de la red que envuelve a Oldman al tiempo que la inquietud por revelar la identidad de la joven heredera se acrecienta en un juego de contemplación, fisgoneo y peligro latente, que va in crescendo así como un leve enamoramiento a pesar de la sustancial diferencia etaria de los amantes.

    En paralelo, una subtrama que avanza por los andariveles del thriller se acomoda entre los intersticios de un drama existencial de un vigor llamativo que deviene en tortuoso romance como parte de un mecanismo de puesta en escena de una ambición solamente sostenible gracias al talento del realizador de Cinema paradiso (1988).

    Las lecturas posibles sobre La mejor oferta avalan análisis en base al contrapunto de la idea del automatismo contra el libre albedrío cuando el deseo se interpone a la razón porque ¿Acaso existe algo más autómata que trabajar de martillero para engañar con artilugios retóricos a los incautos e ignorantes compradores? Esa es la pregunta que el film no se atreve a responder sin arriesgar un costado de ambigüedad permanente que lo hace acreedor de los méritos necesarios para considerarlo casi al nivel de una obra maestra. Claro está que parte de ese elogio obedece pura y exclusivamente a la soberbia dirección de Tornatore y la actuación de Geoffrey Rush en un rol hecho a su medida.
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  • El tercero
    El tercero
    CineFreaks
    Adiviná quién viene a cenar

    En este segundo opus del cordobés Rodrigo Guerrero (El invierno de los raros) salta a la vista la capacidad del realizador para construir con economía de recursos y algunos planos una historia de intensidad importante y riqueza estética en cuanto a la puesta en escena y las ideas de encuadre con fines narrativos, conceptuales y cinematográficos.

    Estructurada en tres actos que pueden ser autónomos entre sí sin respetar siquiera un orden cronológico, el denominador común de estas tres instancias no es otro que el sexo y las relaciones humanas devenidas del sexo. Tampoco puede soslayarse el juego rupturista con la idea conservadora y tradicional de pareja –pese a que los involucrados son una pareja gay que lleva ocho años de relación- para agregar un tercero y hacer de la suma de las partes mucho más que un todo.

    Apenas transcurren horas de este encuentro entre un joven universitario, Fede (Emiliano Dionisi), quien tras picantes y sugestivas charlas por chat con una pareja gay (Carlos Echevarría y Nicolás Armengol) decide aceptar la invitación de ellos para conocerse en un departamento céntrico y tener un encuentro sexual. Ese cruce de lo virtual a lo real se produce en el segundo acto y se define desde su costado más humano con sus dobleces emocionales en una cena introductoria en la que cada personaje desnuda por decirlo de algún modo parte de su alma y marca un espacio y lugar en el triángulo amoroso sexual que terminará por concretarse en el tercer y último acto.

    Sin sorpresas pero consciente del valor de los buenos diálogos y la tensión en el juego de miradas cómplices y silencios con una cámara como testigo que encuentra la distancia justa en el encuadre y también en el espacio vertical u horizontal, El tercero es un film que trasciende por méritos propios la temática gay porque se permite abordar con libertad y sin tapujos las aristas del amor entre hombres, despojado del estereotipo publicitario y gracias a la entrega de tres buenos actores que entendieron a la perfección su rol dentro de esta pequeña historia de encuentros, revelaciones, exploraciones, iniciaciones, miedos y sobre todas las cosas emociones.

    Con la aclaración pertinente que puede haber espectadores que sientan rechazo por la propuesta de Guerrero o para los cuales algunas escenas puedan herir su susceptibilidad.
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  • El rostro
    El rostro
    CineFreaks
    La otra orilla

    Si en La orilla que se abisma el espectro del poeta Juan L. Ortíz era un navegante lúcido y en La Casa la ausencia se exiliaba de las ruinas antes del derrumbe del olvido es en El rostro donde confluyen los ríos de la memoria; donde las historias nacen y mueren en cada remada cuando la estela de un río tranquilo remueve aquello que queda y que no tiene rostro pero sí presencia como la muerte, como el tiempo, como el pasado que se transforma en un archivo minúsculo de Súper 8 –también en formatos de 16mm y video- y lucha con la fugacidad en un ralentí encarnizado y único que se pierde con el viento en la naturaleza más viva o en el susurro del presente al evocar sus pasados.

    Es ese río de Gustavo Fontán el continente donde se mezcla el documental con la ficción para yuxtaponer los dispositivos cinematográficos y desnudar el alma de la imagen al despojarse de esa esterilidad del esteticismo prefabricado o la falsa impostura de la belleza artificial y carente de sentido.

    El otro protagonista es un hombre en el medio del río a bordo de un bote y a la deriva, como el cine que descubre en cada plano una historia pero no la cuenta por respeto a la vida y a la esencia de las pequeñas cosas, aquellas sin rostro que se sienten aunque no se vean.

    Tal vez desde los términos cinematográficos esta sea la obra más completa del director, fiel a su poética y coherencia artística como pocos pero con la sensación que al indagar en ese río donde confluyen presente con pasado uno forma parte de un viaje que invita a disfrutar desde los sentidos y entregarse a esa deriva sin reparos y con la convicción que del otro lado siempre habrá una orilla.
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  • Oculus
    Oculus
    CineFreaks
    Qué ves cuando no ves

    De cómo sobrellevar o justificar un hecho trágico, no morir en el intento y asustar al espectador trata la segunda película del interesante realizador Mike Flanagan, Oculus, menos eficaz que su anterior trabajo Ausencia pero que respeta ciertos códigos de un género ya agotado y decadente en cuanto a receta o fórmula exitosa para el cine de terror.

    Que exista un espejo donde se resguarde un ente maligno y que de la destrucción de ese elemento siniestro dependa el futuro de dos hermanos atravesados por el complejo de Edipo y Electra respectivamente, con un padre extraído del manual de El resplandor y una madre víctima de su propia locura y la ajena no es una idea original pero sí un punto de partida más que aceptable que podría haber construido una mejor historia basada en la representación de la maldad y los reflejos distorsionados de los miedos a lo desconocido, la cual termina naufragando por intentar unir o vincular ideas sueltas que no tienen demasiado sustento narrativo. A eso debe sumarse desde la puesta en escena el intento también fallido de superponer planos y realidades que no hacen otra cosa que embarrar el relato, diversificarlo sin sentido y lo que es peor aún: desorientar al espectador que quiere gozar una vez más de una lisa y llana historia de fantasmas y posesiones.

    Si la propuesta formal de Oculus gana peso por su planteo cinematográfico, ese extra lo pierde por su falta de criterio narrativo no en lo que hace al entramado de imágenes o aspectos del orden visual sino en lo narrativo desde el guión y su estructura no lineal.

    No obstante, debe reconocerse que a veces los climas y las atmósferas perturbadoras se construyen de manera sólida acompañados de un elenco adecuado que logra transmitir algún margen de emoción y hacer creíble o verosímil al menos ese sufrimiento que provoca un quiebre en el orden psicológico, con los derivados de las patologías mentales que hacen de la disociación de la realidad su caballo de batalla y que el cine se encarga de reducir a la simple manifestación de un acto de locura y violencia extrema donde claro está la presencia del otro como amenaza es fundamental.

    Oculus trabaja sobre los reflejos y las refracciones pero se queda con una imagen de esa idea ya trillada y poco atractiva en términos visuales reproduciendo el vicio de lo que algunos ya no queremos ver.
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  • Amor a la carta
    Amor a la carta
    CineFreaks
    El sabor de la soledad

    Es poco frecuente en la cartelera local una película proveniente de la India y que no tenga esas características for export del producto Bollywood que pulula más en internet que en salas de cine. Por eso, el debutante Ritesh Batra se aleja de los cánones convencionales para tomarse el tiempo necesario y así desarrollar una historia que roza el melodrama sentimental pero que en su esencia busca efectuar un retrato seco y sin colorido ni estridencias protagonizado por dos solitarios en una gran urbe.

    Para el protagonista masculino de esta historia, Saajan Fernandes (Irrfan Khan), un oficinista que tras 35 años de servicio en un ente gubernamental decide pedir el retiro, el sabor de la soledad es siempre el mismo desde el día en que su esposa falleció. Parco, taciturno y muy meticuloso en su trabajo, el hombre divide su rutina diaria en un viaje en tren atestado de gente, el entrenamiento a desgano del joven que se supone lo suplantará, Shaikh (Nawazuddin Siddiqui), verborrágico y hasta molesto, con quien comenzará a compartir las misteriosas viandas que le llegan por equivocación.

    Es tradición en la India que las esposas envíen la vianda a sus esposos al trabajo mediante un delivery en unos recipientes que se llaman dabbas (de ahí el título original del film) pero para nada habitual que ese delivery cometa un error y lo entregue al destinatario equivocado como es el caso de Ila (Nimrat Kaur) y su marido, hastiado de comer la coliflor que le entregan todos los días por error mientras su apetitosa comida muere en la boca de Fernandes.

    Con un elemento prototípico como el equívoco para desatar una serie de situaciones embarazosas -por lo general jugadas al tono de la comedia-, aquí el pretexto de la vianda construye de manera pausada aunque progresiva una relación epistolar entre la mujer y el oficinista que también se entrelaza con los diferentes platos que ella prepara para el desconocido y así de esa sutil referencia a los nuevos sabores aparezcan nuevas miradas sobre las dos realidades que tienen como denominador común la soledad: la de Ila como ama de casa y madre de una niña pequeña que no recibe atención de su esposo y la de Fernandes en su tránsito lento hacia la vejez, a pesar de haber encontrado un interlocutor joven en su aprendiz y algún que otro ingrediente que despierte el deseo y el proyecto futuro de un cambio una vez que se retire de su actividad laboral.

    El ritmo y los textos de las cartas que tanto uno como otro se envían en el mismo recipiente marcan los hitos de una historia de amor en la distancia y bajo el encanto del anonimato, aunque no así de la franqueza en cada una de las palabras en las que se confiesan sueños, miedos, frustraciones y recuerdos de tiempos más dulces, sazonados de cierta melancolía que cualquier paladar poco exigente podrá entender y compartir.

    Resulta atractivo en cuanto a la puesta en escena el contraste elocuente entre los interiores y los exteriores donde las personas parecen amuchadas y sin un espacio para que la mirada descanse o al menos vuele hacia otros horizontes.

    Muchas veces la gastronomía es un buen recurso cinematográfico para alimentar corazones desnutridos de emociones pero otras el exceso indigesta y cae pesado, Amor a la carta encuentra el equilibrio entre los sabores de las pequeñas cosas en la misma proporción que los platos que se exhiben a lo largo de todo el rodaje con variedad pero sin grandilocuencia.
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  • Amar es bendito
    Amar es bendito
    CineFreaks
    El amor y el desencanto

    Si bien se trata de películas distintas puede establecerse un nexo conceptual entre el segundo opus de la realizadora Liliana Paolinelli, Lengua materna (2010) y este tercer largometraje también protagonizado por las actrices Claudia Cantero y Mara Santucho, Amar es bendito porque a la conflictiva de la aceptación de la mirada ante una relación lésbica, que era el eje dramático de la segunda película, ahora se le superpone el desgaste de la convivencia de la pareja y las relaciones tóxicas que giran alrededor cuando no se puede romper un vínculo amoroso.

    El titulo que puede reinterpretarse desde un punto de vista irónico remite a todo lo contrario para el desarrollo de una trama que adopta cambios de registro abruptos y constantes como parte de un juego que la propia Paolinelli parece establecer con el espectador y en el que se subvierten a veces estereotipos en un relato por momentos anárquico, con altibajos, pero en el que se deja abierta la puerta a la reflexión sobre lo que acontece en pantalla y el efecto que eso pueda provocar en cada espectador.

    No estamos en presencia de lo que podría encasillarse apresuradamente como cine lésbico a pesar de que las protagonistas sean en definitiva dos lesbianas, Mecha y Ofelia, quienes apuestan a las relaciones casuales y al intercambio sexual con una tercera Ana Laura –Carolina Solari, amante de Mecha- y un hombre –Carlos Possentini, amante de Ofelia- porque los planteos exceden cuestiones de género, o no se limitan a los códigos de ese tipo de cine por lo general en la doble dirección de la culpa y la redención.

    Tal vez lo que a esta altura ya debería considerarse, superado el prejuicio de cierta mirada conservadora (como le ocurre a Claudia Lapacó en Lengua materna), como parte de una naturaleza diferente y singular pareciera que en el film de Paolinelli formara parte no de lo natural sino del artificio, algo así como un metadiscurso expuesto en la propia película que le juega en contra.

    Amar es bendito por momentos adopta un tono de teatralidad que se enfatiza quizás improductivamente en un guión que las actrices Claudia Cantero y Mara Santucho respetan a rajatabla y eso le resta dramaticidad además de generar interferencias con la apuesta a lo espontáneo con algunos diálogos que si bien son atractivos desde las palabras desentonan en ese contrapunto entre la coloquialidad y la altisonancia.

    Por un lado, el tercer largometraje de la directora cordobesa rompe moldes y estructuras establecidas para construir desde una mirada no complaciente del amor, intuitiva y entregada a los humores de sus actrices, un derrotero distinto para sus protagonistas, Mecha y Ofelia, pero por otro al avanzar en un terreno un tanto ambiguo, donde la incerteza domina la acción y el deseo explota, condiciona de cierta manera la chance de tomar una dirección que encause la historia para trascender la anécdota y así quedarse a medio camino entre la reflexión crítica de los convencionalismos y la transgresión de las formas cinematográficas.
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  • Transcendence: Identidad virtual
    Cyber todopoderoso

    Demasiado presupuesto y nombres de estrellas para un producto tan poco atractivo como esta ópera prima de Wally Pfister, integrante del equipo de Christopher Nolan y encargado de la fotografía, con guión de Jack Paglen, que toma por un lado el intrincado y polémico universo de la inteligencia artificial y por otro esboza el planteo ético acerca de los alcances y limites de los avances de la ciencia.

    La frontera entre el hombre y la máquina; esa suerte de continente aún sin explorar del todo, han sido cooptadas como tópico y elemento distópico de la ciencia ficción y particularmente desde el cine con el claro ejemplo de 2001, odisea del espacio. Ahora a esa premisa siempre permeable a levantar vasos comunicantes con otros asuntos también explotados por la ciencia ficción se le suma la radicalización del pensamiento a partir de los extremos y fundamentalismos que chocan no sólo en el campo de las ideas sino desde la acción per se bajo la máscara del terrorismo tecnológico o los activistas anti tecnología.

    Bajo esas coordenadas binarias, poco o nada se puede desarrollar y ese es el principal escollo que no logra superar Transcendence, identidad virtual, con un Johnny Depp desganado en el rol de un científico, Will Caster, que apuesta a la idea que las computadoras tengan conciencia propia en pos de una evolución del pensamiento en el que una computadora todopoderosa logre aunar la inteligencia colectiva de todos los hombres capaces y así llevar a la humanidad a otro estadío. Claro que a esa utópica proeza tecnológica y humana se opone un grupo de hackers extremistas, quienes alertados por el peligro del avance de la ciencia y la neurociencia organizan un ataque a modo de boicot pero con el objetivo de eliminar la mayor amenaza: Will Caster.

    El envenenamiento radioactivo lo condena a una muerte rápida pero antes de desaparecer de la faz de la Tierra y alentado por su esposa Evelyn (Rebeca Hall), junto a la inestimable colaboración de otro científico y amigo, Max Waters (Paul Bettany), coordinan un procedimiento para trasplantar la conciencia de Will a una computadora denominada PINN, con el objeto de que su obra continúe y por supuesto su legado. Pero un científico con síndrome de dios o una relectura moderna del complejo de Frankenstein no son alicientes sólidos como para avanzar en una trama lineal que no consigue superarse a partir de sus planteos profundos a nivel ético o hasta pseudocientíficos que encuentran las respuestas más elementales y reduccionistas, con pretensiones de filosofía o metafísica y en un registro que no abandona una solemnidad tediosa, apenas transitable para los márgenes de la tolerancia.

    Dónde empieza la personalidad y termina la conciencia, interrogante que se encargó de explorar hasta las últimas consecuencias la gran película Ella, de Spike Jonze, tal vez hubiese encontrado en Transcendence otro costado siempre arraigado a la ambición humana y a la necesidad de prevalecer más allá de los límites de la propia existencia. Sin embargo, bajo la escueta dinámica de los acontecimientos y las acciones, el relato se achata y ameseta en el territorio del thriller cibernético que nada aporta a pesar del despliegue visual, que tratándose del debutante Wally Pfister tras la venia de Nolan cumple pero no satisface las expectativas.
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  • Ismael
    Ismael
    CineFreaks
    Mis dos papás

    Tras cuatro años de ausencia, Ismael marca por un lado el retorno de Marcelo Piñeyro detrás de las cámaras y como guionista junto a Verónica Fernández y Marcelo Figueras para entregar un film amable e intimista que gira en torno a la búsqueda de identidad a cargo de un niño de ocho años (Larsson do Amaral), de madre nigeriana, quien escapa de su hogar de Madrid a Barcelona al encuentro de su padre biológico Félix (Mario Casas) sin que éste supiera anteriormente de su existencia.

    Para ello la llegada del pequeño al único lugar de referencia de una carta añeja lo conecta directamente con su abuela (Belén Rueda), quien desayunada de la nueva situación y la posible paternidad de un hijo, a quien no ve hace tiempo, decide ayudar al morenito Ismael en su empresa y además aprovechar el pretexto del viaje para recomponer tal vez algunos vínculos con Félix, dedicado al trabajo con adolescentes problemáticos en un colegio donde enseña dibujo, y así saldar cuentas pendientes.

    Así las cosas, la confrontación entre Ismael y su padre biológico origina también que su madre Alika (Ella Kweku), acompañada de su nueva pareja Luis (Juan Diego Botto), a quien el niño considera su verdadero padre, remueva viejos tiempos y reabra heridas que ya parecían haber cicatrizado cuando decidió marcharse con el pequeño y alejarlo del contacto con Félix.

    Marcelo Piñeyro conoce al dedillo los lineamientos del melodrama familiar clásico sin el chantaje emocional de golpes bajos a cuestas y sale airoso en cuanto a su performance de director atento para el lucimiento de un elenco sólido, donde la presencia de la revelación Larsson do Amaral ocupa el centro pero también el profesionalismo y ductilidad de una Belén Rueda mucho más despierta que en Séptimo, film donde se la pudo reconocer junto a Ricardo Darín, actor con el que no logró la química necesaria que sí consiguió esta vez –claro que con un personaje distinto- con Sergi Lopez en un rol secundario pero importante al fin.

    Ismael es un film pequeño pero noble, con corazón y despojado de toda recarga emocional extra para plantear de manera sencilla y con poca elocuencia conflictos paternales identificables y la importancia de conocer la verdad para crecer sin rencores y afrontar la vida desde otro lugar.
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  • Pasión inocente
    El paso equivocado

    Tal vez Pasión inocente hubiese llegado a otro lugar si transitaba por los andariveles del thriller y no descansara únicamente en la estructura del melodrama burgués tan afín a cierto cine de carácter independiente con pretensiones de seriedad que muchas veces corona las propuestas de los festivales de menor categoría. Y en ese sentido sin menospreciar esta película correcta del realizador Drake Doremus, se puede decir que el resultado final es menos provocador que lo que en un comienzo se vislumbraba al menos como un film interesante.

    Sencillamente la premisa de este melodrama se apoya en el elemento distorsionante dentro de una estructura familiar consolidada –o al menos eso parece- que trastoca toda la dinámica y pone en peligro el círculo de confort, especialmente el del miembro más vulnerable que es aquel que manifiesta sutilmente disconformidad con la vida que lleva. Ese es el caso de Keith (Guy Pearce), quien toca el violonchelo en una orquesta y espera la ansiada vacante para seguir progresando en su carrera mientras se gana la vida como profesor de música en el mismo colegio donde estudia su hija Lauren (Mackenzie Davis), nadadora de competición cuya afición por la música es nula. Casado con Megan (Amy Ryan), quien acepta recibir a Sophie (Felicity Jones) como estudiante de intercambio inglesa, Keith siente un atractivo por esa enigmática y callada joven que además ejecuta el piano prodigiosamente y representa esa pequeña cuota de libertad que él necesita para salir del agobio y de una rutina de vida cercana a la monotonía.

    Respirar nuevos aires y así romper los vicios y las inercias propias parece la única alternativa para el hombre, que comienza a cambiar sus conductas habituales para con su mujer y su hija de manera paulatina y sin poder cortar el vínculo invisible con la atractiva Sophie, quien también se ve seducida por el profesor y sus tribulaciones melancólicas. Sin embargo, la encrucijada entre comenzar desde cero junto a Sophie y perder todo bajo el hechizo de lo fugaz hace mella en el presente y condiciona el futuro de Keith para quien el riesgo no es directamente proporcional con el placer o el goce del cambio.

    Si bien el guión busca a veces con eficacia y otras no evitar lugares comunes en la definición tradicional de un triángulo amoroso o la historia de una obsesión elemental, los resortes del drama existencial se tensan principalmente en la piel de Keith, personaje al que el australiano Guy Pearce dota de espesura, densidad dramática, en plena consonancia y química con la fotogenia y misterio de Felicity Jones, quien no apela al recurso de la sensualidad o sexualidad velada sino que lo hace desde una sensibilidad y fragilidad particularmente perversa.

    Pasión inocente no obstante es un film bien construido, que pese a sus altibajos narrativos logra sostenerse gracias a las buenas actuaciones de sus protagonistas así como a la cuidada y prolija dirección que encuentra el ritmo ajustado para el desarrollo de un melodrama en apariencia distinto pero convencional al fin.
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  • Ida
    Ida
    CineFreaks
    Cambio de hábito

    Desde la transversalidad y con una estética particularmente relacionada con el cine polaco del pasado, el director y también guionista Pawel Pawlikowski junto a Rebecca Lenkiewicz indaga y escudriña sobre las profundidades de la historia de su país a partir de un relato concentrado en la búsqueda de la identidad y el rescate doloroso y traumático de la memoria histórica.

    La Polonia antisemita; la Polonia católica; la Polonia de la post guerra se encuentra retratada de manera descarnada en este film, rodado enteramente en blanco y negro y ambientado en los años 60, cuya protagonista Anna (Agata Trzebuchowska) vive desde pequeña en un convento y se dispone a tomar los hábitos sacramentales una vez saldada la deuda moral con su pasado familiar al enterarse que en realidad ella es hija de judíos y que su nombre real es Ida, de ahí el título original del film. Para ello, la intervención de una tía, Wanda (Agata Kulesza), ex jueza con la que retomará su pasado -pero también intentará conocer desde otro lugar- abre el camino hacia una road movie convencional en la que la información se siembra a cuenta gotas y con enorme sutileza para dar lugar a los tiempos muertos y los climas de agobio, en sintonía con la imagen y sus contrastes de claro oscuros.

    Se puede encontrar en este opus del director radicado en Gran Bretaña una fuerte carga estética en el tratamiento de la imagen y la impecable dirección de un elenco sólido en el que destaca el duelo actoral de las dos principales actrices, quienes se complementan de manera extraordinaria. Es muy interesante la transformación de Ida, un personaje calibrado y bien construido desde la ausencia del pasado y la paulatina metamorfosis a medida que toma contacto con sus orígenes, sus muertos y la necesidad de conocer la verdad a pesar de la dureza de Wanda.

    Sin trazo grueso o bajada de línea hacia un costado u otro, la película del director Pawel Pawlikowski es un buen ejemplo de revisionismo histórico contemporáneo, sin discursos grandilocuentes o rimbombantes pero que sobre todas las cosas no descuida la condición humana y el drama causado por las heridas de la guerra y el horror del holocausto.
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  • El pacto
    El pacto
    CineFreaks
    Cuando menos es mucho más

    No hay alternativa en el análisis de un film de terror más que medirlo por sus logros o defectos siempre en un contexto devaluado y frente a una batería de productos y propuestas de dudoso nivel y calidad artística como la que aparece en la cartelera cinematográfica desde varios años hasta la fecha. Por ese motivo el cine no hollywoodense o proveniente de algún que otro sector independiente –todavía los hay- alimenta en la mayoría de los casos las expectativas de un público familiarizado con los códigos y obediente a la hora de llenar una sala para ver casi siempre lo mismo.

    El debut del director Nicholas McCarthy por un lado bebe de las fórmulas minimalistas del cine japonés pero sin repetir esa atractiva estructura se nutre además del mecanismo del suspenso y del terror a partir de la explotación del axioma: cuanto menos se muestra, mayor es el resultado. El pacto asimila desde el primer minuto el clima de película de terror básicamente porque sostiene una tensión que atraviesa diferentes atmósferas y se conecta con el pasado oscuro de la familia Barlow, cuyas hermanas, Nichole (Agnes Bruckner) y Annie (Caity Lotz), distanciadas por diferentes causas deciden reunirse para despedir los restos de su madre recién fallecida.

    Sin embargo, Nichole desaparece misteriosamente y nunca llega a la cita, motivo por el que Annie una vez instalada en la casa de infancia, lugar del que guarda horribles recuerdos, se encamina junto a un detective y una médium, Stevie (Haley Hudson, confirmada su participación para la secuela) en la búsqueda para toparse en su investigación con un secreto oscuro y la presencia de un espectro relacionado a aquel pasado.

    La certeza en el manejo de los espacios y la profundidad para generar la sensación de desprotección en la protagonista así como los lugares secretos dentro de la casa con una sugestiva mirilla para habilitar la presencia de algo extraño resultan claves como elementos para que el relato fluya y construya una puesta en escena funcional a los resortes de la sugestión y del terror propiamente dicho. Es también eficaz el manejo de las distancias con la cámara para cerrar o ampliar el encuadre con el mismo objetivo siempre que la actuación resulte verosímil y en ese sentido debe destacarse la labor de Caity Lotz, nunca sobre actuando su rol ni anticipando al espectador desde lo gestual lo que va a venir.

    Basta esta carta de presentación para decir que El pacto es un film interesante desde su propuesta formal, que avanza sin tropiezos por el terreno del suspenso y el thriller mezclando con eficiencia todos aquellos elementos del terror fantástico más primitivo que se vincula directamente con los miedos infantiles y la incertidumbre por lo desconocido, sin apelar a golpes de efecto innecesarios o grandilocuencia gore.
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  • In-actividad paranormal
    Innecesaria y gritona

    Resulta un tanto estéril preguntarse viendo los resultados de In Actividad paranormal porqué se insiste con estas parodias infradotadas que degradan al término parodia per se y reflejan la falta de talento a la hora de hacer reír sobre todo si la idea proviene de las huestes del insoportable Marlon Wayans, gritón, excitado y reiterativo hasta el hartazgo en lo que no podría ser otro fiasco devenido secuela de la patética ¿Y dónde está el fantasma?

    El conjuro y Sinister esta vez ocupan el blanco para desatar las referencias paródicas apelando siempre a la obviedad de los lugares comunes y a la escatología simplista como remate de chistes que son tan tontos que la única manera de hacerlos efectivos es con un apunte de mal gusto o humor rancio y chabacano.

    Era de esperar que la muñeca Abigail, conocida por la platea cultora del género en el prólogo de El conjuro, tuviese aquí un protagonismo fundamental y como era de esperarse también vinculado a la extraña relación con Malcom (Marlon Wayans) que tras exorcizar a su novia Kisha (Essence Atkins) intentará recomponerse y esta vez con una pareja blanca: Megan (Jaime Pressly) y los dos hijos, una adolescente media dark y un pequeño que se contacta con el demonio ancestral que habita en la nueva casa.

    Con la misma estructura que Actividad Paranormal, es decir el registro del falso documental intrascendente, la galería de exabruptos y apología al consumo de drogas dice presente desde el minuto uno hasta el final. El humor drogón sólo hace reír por unos segundos y luego el efecto acumula la resaca de la falta de ideas o giros entretenidos para que la trama acopie referencias inútiles o refleje su mediocridad en cada remate, siempre con un plus de gritos y caras de susto que Wayans se encarga de hacernos soportar frente al espectáculo de su propia decadencia.

    A nadie sorprende que se tomara por ejemplo la referencia a la pareja de psíquicos de El conjuro como el estereotipo elemental del matrimonio con problemas y dado el don de la videncia que ella sepa con quién se quiere acostar su esposo.

    De esas ideas maravillosas y dotadas de un talento abrumador se compone esta insoportable secuela que anticipa una tercera parte. Y si la droga sigue, el número llegará al infinito y más allá.
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  • Boca de pozo
    Boca de pozo
    CineFreaks
    En lo profundo

    Boca de pozo es un relato hacia adentro, que pretende sumergirse –a veces lo logra, a veces no- en el complejo estado psicológico de su protagonista en un proceso de enajenación y auto alienación, que no tiene como detonante –paradójicamente- su rutina laboral como perforador de pozos en el sur sino su propia impotencia para moverse con libertad cuando esa rutina desaparece.

    Pablo Cedrón es el actor más adecuado para ponerse en la piel de Lucho, hombre de pocas palabras, siempre con un gesto de disconformidad ante todo y que parece encontrar seguridad durante sus largas estadías, alejado de sus deudas financieras, una esposa embarazada, un hijo poco comunicativo y una madre a la que visita de vez en cuando pero no con la misma frecuencia que lo hace con su amante prostituta.

    La salida obligada del pozo simbólicamente sumerge al protagonista en otro pozo del que parece aún no haber tocado fondo y ese derrotero, que también cuenta con lugares comunes en un pueblo común donde no queda mucho por hacer, se vuelve un círculo vicioso que lo mantiene atrapado. Para Lucho el dinero implica problemas y los afectos también, aunque ese vértigo y adrenalina de lo incierto no le alcanzan para motivarle siquiera la chance de un cambio o proyecto de huida.

    Las falencias del guión que encuentra en el naturalismo su mejor aliado quizás obedezcan a la falta de construcción de personajes secundarios de más peso, aunque todas las fuerzas recaigan siempre en el mismo centro que no es otro que este atribulado y nada empático personaje, a quien la cámara de Simón Franco acompaña desde la distancia necesaria pero sin perderle el rastro a su procesión interna.

    La idea de calar hondo tanto para extraer el tan codiciado petróleo como alcanzar en lo más profundo aquellas emociones que determinan las conductas o llevan a tomar las decisiones más extremas trazan el paralelismo entre Lucho, su trabajo y su entorno, dejando muy poco margen para escudriñar sobre otros aspectos de su existencia.
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  • Ramón Ayala
    Ramón Ayala
    CineFreaks
    Una copla ya pronto serás

    El nombre de Ramón Ayala viaja en el viento como esas coplas que se cantan pero se desconoce de donde provienen o quien fue su creador. Esa es la primera de las impresiones al verlo interactuar con la cámara de Marcos López para hacer de lo sencillo de sus palabras y reflexiones sobre la vida un discurso profundo y honesto.

    No hay poses o máscaras en el gesto despreocupado de este autodidacta misionero que conoció en carne propia la experiencia de la explotación del Mensú y transformó esa gesta en poesía; en imágenes traídas por las palabras para pintar esos cuadros y adornarlos de música y una voz sentida y auténtica.

    Por eso quienes interpretan sus canciones como la singular Liliana Herrero que es uno de los testimonios elegidos por el debutante Marcos López se emocionan y conectan con ese instante de verdad y belleza que describe a un árbol como un gigante que yace en la selva.

    Pero además de ser un retrato o un tributo en vida a este indiscutido referente del folklore argentino, Ramón Ayala se nutre de distintas texturas para abarcar por ejemplo desde el recurso de la ficción el desconocimiento del protagonista al no formar parte del mundo de la música popular o de los medios hegemónicos porque la sabiduría no tiene marketing ni vende discos o remeras, sino que se descubre en los lugares menos recorridos o impensados.
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  • Luna de miel en familia
    Unidos y revueltos

    Con este nuevo opus dirigido a toda la familia, el comediante Adam Sandler confirma un alejamiento total de lo que otrora se podía considerar la nueva comedia norteamericana para caer en las redes del conservadurismo menos interesante de la comedia hollywoodense de los últimos tiempos.

    La química entre Sandler y Drew Barrymore en esta tercera película juntos permanece intacta pero eso ya no alcanza tratándose de una comedia ATP, que tiene muchas aristas cuestionables incluso desde el punto de vista de la comedia romántica en sí misma o esta especie de puesta a punto de las historias de segundas oportunidades que apuestan a la recomposición de los vínculos afectivos a partir de una gran pérdida. Quizá el único elemento a destacar en cuanto a la presentación no tan convencional del núcleo familiar es que el cruce de los dos grupos compensa la ausencia paterna y materna simultáneamente, dado que para Sandler y sus tres hijas la presencia de Barrymore necesariamente representa la figura maternal ausente y lo mismo ocurre en relación al lugar desplazado de un padre divorciado y poco atento a su hijo preadolescente que ocupa espontáneamente Sandler y su deseo frustrado de contar con un hijo varón.

    Planteado el cuadro de situaciones, ambos personajes se encuentran en momentos de recomposición tanto afectiva como familiar para lo cual es necesario un viaje lo suficientemente atractivo para que la misión tenga éxito: Jim (Adam Sandler) se hizo cargo de sus tres hijas tras la muerte repentina de su esposa, herida que aún no cicatriza en el seno familiar y que arroja como resultado diferentes conflictos con cada una de ellas como por ejemplo la del medio que dialoga con su madre muerta y la hace participar de todas sus actividades o la mayor con fuertes rasgos varoniles que le juegan en contra a la hora de querer resaltar su femineidad ante el sexo opuesto.

    Por su parte, Lauren (Drew Barrymore) ha llegado al divorcio tras las infidelidades de su esposo y trata de criar a sus dos hijos como puede mientras se apaña con un trabajo que consiste en ordenar placares de gente con dinero junto a una amiga (Wendi McLendon-Covey), quien intenta convencerla por todos los medios para que encuentre un nuevo hombre en su vida. Luego de una primera cita a ciegas desastrosa con Jim donde queda clara la incompatibilidad de caracteres, el destino y los caprichos de los guionistas los vuelve a unir y por accidente ambos deciden aprovechar unos pasajes y estadía en el continente africano para concretar esas vacaciones tan ansiadas y si es en un continente exótico mucho mejor aún.

    África y sus exotismos for export son el centro de la acción para que se cimente la relación entre Jim y Lauren, acompañados de sus hijos, para conformar una familia completa en donde cada miembro experimente la cuota de aprendizaje adecuada para la transformación y todo marche sobre ruedas mientras el romance de uno con el otro inicie un lento recorrido. Pero es mayor el énfasis en la construcción de esta nueva familia numerosa que de la pareja en sí misma lo que hace en definitiva que esta comedia transite hacia los lugares comunes de los productos ATP, lejos de las irreverencias de aquel muchacho transgresor criado en la factoría Saturday night live hoy devenido holgazán conservador. Por eso en Luna de miel en familia no hay exabruptos y los pequeños deslices políticamente incorrectos son más que inofensivos en base a la fuerte carga emocional que atraviesa el relato.

    El Sandler familiero aquí está en su salsa con un papel hecho a su medida pero ha quedado estancado en esa mirada complaciente y hasta ingenua del humor que para aquellos que busquen sus orígenes de originalidad o riesgo, ese aspecto ya forma parte de una leyenda más que de una posibilidad a futuro. Más allá de estos apuntes, la película como comedia familiar funciona solamente por la sinergia de la pareja protagónica y algunas chispas de humor a cargo de Sandler cuando se olvida de su rol de padre viudo y deja que el chico maldito que vive aún en lo más profundo de su ser aflore.
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  • Tutti I Santi Giorni
    Un pobre exponente del cine italiano

    Sin lugar a dudas Tutti I Santi Giorni, que tranquilamente podría haberse traducido como todos los santos días, representa ese grupo de películas de medio pelo provenientes de Italia, que últimamente ocupan el minúsculo espacio del cine europeo destinado por las distribuidoras locales cuando no se busca ningún riesgo en cuanto a propuestas mucho más interesantes.

    Si bien estamos frente a una convencional comedia romántica con algunos elementos de costumbrismo, el relato transita por cuanto lugar común se nos ocurra y toma como eje de unión y conflicto a la vez a una pareja un tanto opuesta en caracteres: Guido (Luca Marinelli) es recepcionista nocturno en un hotel y Antonia (Federica Victoria Caiozzo) pretende ganarse la vida como cantante con un estilo de solista, que apenas despunta en sus performances en bares de mala muerte. Ambos proyectan agrandar la familia, ya sea por una mezcla del deseo personal y otra por la presión del reloj biológico, aunque ese será un detonante al aparecer en la pareja problemas de concepción.

    Desde ese terreno que habilita las situaciones más recorridas por el cine industrial como por ejemplo tratamientos, intentos fallidos y peleas con culpas repartidas, el film del director Paolo Virzì pretende generar un equilibrio entre la comedia y el drama solamente con el objeto de establecer entre el público y la pareja protagónica un acuerdo tácito de empatía. Quizás en ese forzado interés por construir situaciones y acciones en la que los personajes principales tienen la misión de caernos simpáticos y enternecedores –queribles también podría decirse- trastabilla esta propuesta anodina a la hora de desarrollar la historia de la convivencia y las enormes diferencias entre el hombre y la mujer.

    Ciertos arrebatos de temperamento por parte de ella en contraste con la parsimoniosa actitud de Guido hacen ruido y no contribuyen en nada a esta relación, donde muchas veces es notorio el esfuerzo más que la naturalidad de la pareja protagónica para lograr esa química esencial que toda comedia romántica requiere.

    El tono hiper realista para describir cierta idiosincrasia italiana, rayano al costumbrismo más elemental por momentos aburre y no se despega de un telefilme que puede encontrarse perdido en la grilla de algún canal de cable. Tutti I Santi Giorni es un producto pasatista, entretenido de a ratos pero sin lugar a dudas un pobre exponente del cine italiano.
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  • Lumpen
    Lumpen
    CineFreaks
    La ruptura social

    En su debut como director, el experimentado actor Luis Ziembrowski describe en el micro universo de Lumpen el proceso de descomposición social y de fractura a partir de la exposición de un conflicto menor entre ocupas y vecinos de un barrio.

    La atemporalidad pero no así el contexto y el escenario en donde suceden situaciones que no tienen conexión cronológica pero sí una ligazón conceptual es una de las marcas más interesantes y provocativas de esta ópera prima, así como la galería de personajes variopintos en la piel de un elenco ecléctico (Diego Velazquez, Alan Daisc, Daniel Valenzuela, Analía Couceyro, María Inés Aldaburu y Gabo Correa), muchos de ellos en roles secundarios para plasmar un retrato de un grupo social bastante poco explotado por el cine argentino actual.

    El estilo ascético y con cámara en mano, sumada la opresión de la imagen y los climas de asfixia mucho más vívidos desde el punto de vista de Bruno, protagonista indiscutido de esta pesadilla a cargo del actor Sergio Boris, por momentos incomoda y perturba al espectador. También esa suerte de digresión e inercia entre los personajes que va acumulando tiempos muertos o situaciones y tejen en un segundo plano una atmósfera cargada de violencia no explícita aunque apoyada en la creciente paranoia que es la que domina todo el relato.

    El otro –o el avasallamiento del otro- como enemigo y no semejante siempre implica para Bruno permanecer en estado de alerta para no salirse de un círculo de confort junto a su pareja (Analía Couceyro) e hijo adolescente, Damián (Alan Daisc), aspecto que para este film parece sencillamente contar con un techo propio y con algunos recursos para la supervivencia.

    Ciertas reminiscencias al cine de observación de los hermanos Dardenne y otras más directas al cine social y de denuncia sobrevuelan las imágenes de Lumpen, una aproximación a esos desclasados de siempre que a veces parece perder el rumbo en el intento de abordaje aunque nunca afortunadamente del todo.
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  • Cuerpos de agua
    Cuerpos de agua
    CineFreaks
    Salvavidas de plomo

    Varias corrientes narrativas o ríos que confluyen en el mismo margen son los afluentes más originales y dignos de un documental que se atreve a la ficción y rompe el molde de lo que podría haberse sintetizado en un recuento sumario de testimonios y material de archivo para narrar desde otro lugar, y asumiendo la condición de autor, la historia de una inundación acaecida hace tres décadas –más precisamente 1985- y que anegó a varias ciudades como Epecuén, Carhué, Guaminí, con millones de hectáreas sumergidas y la amenaza latente sobre Bolívar, la ciudad del director.

    Un relato donde chacareros y pobladores además de haber quedado sepultados por el agua lo perdieron todo y la fuerza de la naturaleza demostró una vez más su furia y su distancia infranqueable con la condición humana como parte de un conflicto que parece no tener mediadores o soluciones. Tampoco se puede modificar o arreglar la miseria de los hombres cuando pretenden sacar tajada del dolor ajeno o se aprovechan de la desesperación para acopiar riquezas o recursos en detrimento de los padecimientos de las víctimas.

    Bolívar fue un ejemplo, para ese entonces, de resistencia popular ante el peor panorama tras los embates de la inundación, la desidia de los poderosos y la falta de solidaridad en muchos niveles. Su relato antes y después del agua fluye desde los testimonios desgarradores y cada uno de esos micro universos contiene el argumento básico de una tragedia familiar. Esa es la principal vertiente que alimenta desde la docuficción Cuerpos de agua, de Juan Felipe Chorén, quien en base a una estética muy personal y a riesgos en la puesta en escena reconstruye más que desde lo cronológico desde las sensaciones y emociones la crónica de lo que fue considerado uno de los mayores anegamientos de la historia de la provincia de Buenos Aires.

    Desde textos que le piden prestado a la poética de las palabras el recurso para calar hondo en el espectador hasta un puñado de testimonios lo suficientemente ilustrativos para ampliar la mirada sobre las causas y las consecuencias, Cuerpos de agua se diferencia de otros documentales por apelar a la fuerza de sus imágenes y sobre todo de esa voluntad que ante cualquier catástrofe natural emerge por capricho.

    Resulta casi inevitable no trazar un paralelismo entre aquella inundación que llevó a un pueblo a tomar la drástica decisión de volar con dinamita la ruta 226 para evitar el avance del agua y de ese alud mortal con las imágenes de los noticieros de la actualidad cuando la lluvia asola y la indiferencia de los gobernantes sólo arroja salvavidas de plomo.
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  • I am mad
    I am mad
    CineFreaks
    Un tajo a la realidad

    Loco o enajenado social, para la existencia de Miguel Ángel Danna parecen atajos para sobrellevar la carga pesada del dolor acarreado desde la infancia por la muerte de una hermana, quien se ahogó en una piscina por descuido de sus padres.

    Esa situación, además de la educación informal al no asistir a un colegio y vivir deambulando junto a su familia y hermanos en una casa rodante, llevó al protagonista de este documental de Baltazar Tokman a las puertas de una secta, cuyo gurú bajo esa prédica sugestiva lo convenció en muy breve tiempo de que era el elegido, un guerrero, entre tantos otros que también transitaron por esa Escuela, donde además de hacer trabajos de diferente tipo fueron adoctrinados en una mezcla de filosofía oriental, magia, artes marciales y un fuerte trabajo de despersonalización. La secta originada en Córdoba, que también absorbió a parte de la familia de Miguel Ángel, incluida su madre –prófuga de la justicia- y hermanos, tomó estado mediático hace un tiempo y fue blanco de debates televisivos por el fuerte mensaje misógino de su líder.

    Sin embargo, I am Mad se propone desde lo conceptual la deconstrucción de la personalidad y psicología de su protagonista y en un segundo plano le otorga las riendas para que el relato se sumerja muy a conciencia en la propia percepción de su locura. Locura que para Miguel Ángel no es pasible solamente de trauma o escisión del plano de la realidad sino una poderosa chance para evadir los convencionalismos de la vida tradicional, ordinaria, fútil, vacua aunque parte de su tropiezo con el mundo que transita implican el sometimiento a las cosas más mundanas y desde una mirada no complaciente lo ubicarían dentro del grupo de esas personas que hacen de la bohemia o la marginalidad un culto cuando en verdad el golpe de la realidad es tan fuerte y duro que el único antídoto es creerse distinto.

    Según la mirada de quien se enfrente al derrotero de Danna; según el ojo que lo observe se puede sacar alguna conclusión en base a su supuesta locura pero nada escapa de ese dolor que significa la pérdida irreparable y mucho más la angustia ante lo que no se puede cambiar. En la puesta en escena planteada por Tokman se aprecia una sensibilidad particular que ya fuera demostrada en su anterior opus Planetario; en su aproximación a la médula y al alma del conflicto interno -no sólo en primera persona- de su protagonista sino por la elección de material de archivo (alguno realmente impactante) para completar esa compleja subjetividad de la que en un principio conocemos solamente un aspecto y a lo largo del metraje somos testigos de la progresiva metamorfosis, dolorosa pero trascendente igual que una palabra dicha en un momento adecuado.
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  • El cielo otra vez
    Amor en cautiverio

    No son habituales los documentales en los que se observa un equilibrio entre el objeto y el sujeto como El cielo otra vez. En este caso la idea rectora es el seguimiento de quienes hacen posible y ejecutan el Proyecto Cóndor, originado en 1991 y que tiene por objeto la conservación de una especie en peligro de extinción: el cóndor andino.

    El Dr. Luis Jacome, gerente del Zoológico de Buenos Aires y Director del programa de conservación Cóndor Andino, junto a un puñado de colaboradores que trabajan incansablemente –algunos de manera voluntaria- generan desde el principio un vínculo más que afectivo con estas aves, pero deben experimentar también ese desapego que implica la crianza en cautiverio para luego dejarlas en libertad.

    Esa experiencia única se entrelaza además con el minucioso y silencioso trabajo educativo con las generaciones venideras para que aprendan a conservar el ecosistema y conozcan desde chicos los nexos de la naturaleza con lo sagrado y así respeten la voz de los ancestros y sus rituales.

    En ese todo convive el respeto por los pueblos originarios, el cuidado de la fauna autóctona y más que nada la fe y la pasión en una tarea que regocija cuando se obtienen resultados a muy largo plazo pero que sin lugar a dudas es tan importante como la necesidad de reencontrarse con la tierra y el aire y así aprender a volar.
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  • Historia del miedo
    Polaroid de locura ordinaria

    El ensordecedor y atemorizante sonido de las aspas de un helicóptero que sobrevuela el conurbano bonaerense irrumpe en la pantalla y genera en el espectador una sensación extraña, que se mezcla con la desprotección y la incerteza de lo que podría llegar a pasar. Apenas pasan unos segundos y un distorsionado altavoz pone en estado de alerta a quienes permanecen en ese barrio privado o zona restringida y a partir de allí la seguidilla de micro situaciones siempre como detonante de una paranoia latente, oportuna mirada sobre el estado de la fractura o la grieta social si las hay, que nos caracteriza en estos convulsionados momentos.

    Historia del miedo no pretende establecer ninguna respuesta didáctica al interrogante sobre la inseguridad, ni siquiera pierde el tiempo en la dialéctica maniquea de la lucha de clases para concentrarse sencillamente en las formas de percibir la realidad desde los diferentes puntos de vista de un racimo de personajes, sometidos por el propio director y la puesta en escena meticulosa a distintas situaciones extraídas de la más pura realidad (cortes de luz intermitentes en épocas de calor, presencias amenazantes en plena calle o negocio, un ascensor que se detiene a mitad de piso, etc.) pero siempre atravesadas por un rasgo distintivo y artificioso que las aleja del corte realista para abrazar de manera sutil los códigos del género y así jugar -hasta el límite- con los climas de tensión, angustia psicológica, a la vez que abre la puerta al reflejo deformante de los prejuicios y las sospechas infundadas sobre los otros. Esos otros en esta trama que se maneja por viñetas y de manera coral se representan desde los rostros o los cuerpos, que por momentos invaden el espacio o el encuadre en un primer plano.

    No obstante, la distancia de la cámara y la precisión para desplazarse o detenerse en la quietud de la paranoia son claves y demuestran una habilidad poco frecuente que caracteriza a Benjamín Naishtat y lo ubica en el grupo de jóvenes directores argentinos que no temen al riesgo cuando la propuesta estética habla por sí sola. En ese sentido es casi obligatorio encontrar nexos con Lucrecia Martel y su tratamiento de la imagen en La ciénaga por citar un ejemplo al alcance de la mano y de los ojos. También el cine de John Carpenter dice presente, incluso admitido en algunas entrevistas por el propio Benjamín Naishtat, pero siempre como referencia conceptual más que como modelo a seguir.

    Por lo que se anticipa de la nueva película de Damián Szifrón, Relatos salvajes, que ahora se encuentra en la competencia oficial en Cannes, reflejo de la Argentina saturada de violencia que responde con más violencia, podría tranquilamente emparentarse con esta propuesta de este joven realizador egresado de la FUC desde la perspectiva del lugar donde se gesta la fractura social y las consecuencias de esa grieta que hoy no son más que una polaroid de la locura ordinaria.
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  • Muerte en Buenos Aires
    Un policial que camina y no galopa

    Muerte en Buenos Aires es una ópera prima de Natalia Meta con todas las condiciones para acomodarse como uno de los potenciales referentes comerciales del cine argentino en la cartelera porteña dada su adecuada campaña de marketing y sus inteligentes estrategias de promoción, que resaltan la figura de Darín Jr y la presencia del mexicano Demián Bichir, quien en declaraciones públicas enfatizó las bondades del guión, de la propuesta y sobre todo de su personaje para dar su visto bueno a la convocatoria y sumarla a una carrera internacional donde realmente ha compartido cartel con grandes actores y fue dirigido por notables realizadores.

    Pero toda esa impronta positiva se desinfla al tomar contacto con este policial que coquetea con la buddy movie al estilo Arma mortal, se mezcla con la sordidez en una trama que viste un homicidio de un hombre de la alta sociedad con apetencias sexuales masculinas en el contexto del Buenos Aires de aquellos años de las privatizaciones y los cortes de luz, mientras la música pop aquietaba las almas intranquilas y apostaba a imágenes paganas o a historias de amor de una noche.

    Los personajes no cuentan con un desarrollo acorde a lo que pide un policial como el que se pretende desde el enunciado y donde todos los hilos son tan visibles como inverosímiles. Si el público logra evadirse de esta tensión entre lo que ocurre en pantalla y lo que debería ocurrir si es que se buscaba construir un relato policial preciso y atractivo por sus marchas y contra marchas es probable que sintonice con la propuesta de la directora y guionista Natalia Meta, solvente a la hora de dirigir pero con problemas de criterio a la hora de desarrollar personajes y un racimo de subtramas que no se resuelven de manera coherente.

    Los méritos en los valores de la producción deben repartirse entre la fotografía, la musicalización y la propuesta estética en la que Buenos Aires y sus noches también ganan protagonismo, incluso más que algunos personajes secundarios planos como por ejemplo el juez a cargo de Emilio Disi o la policía en la piel de una desaprovechada Mónica Antonópulos, por citar un ejemplo concreto.

    Las actuaciones de Bichir y el Chino Darín son correctas en relación a lo que cada uno de sus personajes está dispuesto a revelar en una trama que hace de las apariencias y el secreto su mayor capital.
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  • Las puertas del cielo
    Tinta roja

    Si bien la reconstrucción de época de los años 40 es aceptable en términos de producción, Las puertas del cielo, dirigida por Jaime Lozano, no llega a convencer por los escasos valores de su guión y su acartonada propuesta estética, que debe sumarse a una desacertada dirección de actores con diálogos altisonantes y poco creíbles.

    El drama de denuncia social haciendo foco en la situación crítica de los trabajadores de la caña y un estado de huelga que afecta los intereses de los poderosos es rápidamente desplazado por un policial chato y poco interesante que involucra a un ladrón malherido, el Montarás, quien antes de pasar a mejor vida lega a un muchacho campesino su botín y le obliga a jurar que se lo va a entregar a una mujer ya que ese es su último deseo.

    Sin embargo, la promesa al muerto pondrá en peligro la vida del muchacho cuando la policía siga el rastro de los billetes y una operación de prensa lo señale como un justiciero social solamente con el objetivo de vender más ejemplares.

    El interés amoroso es una prostituta que intenta disuadir al muchacho y despertarlo de su inocencia pero el signo de tragedia ya está escrito como el resultado poco atractivo de esta película.
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  • Rey Milo
    Rey Milo
    CineFreaks
    Arte que sana

    Según testimonios a cámara de su madre, Milo Lockett de pequeño fue salvado de ahogarse en lo profundo de una pileta precisamente porque le dijo a su madre que quería conocer lo hondo. Tal vez esa búsqueda en lo profundo, en lo desconocido, talló a fuego su personalidad y su riesgo de apostar al fracaso para llegar al éxito. Así fue como su extraña travesía por la vida primero como verdulero, luego con una PyME textil alcanzada por los embates económicos de la crisis del 2002 terminaron por marcarle el rumbo hacia la pintura y hacia el arte desde su capacidad transformadora de la realidad.

    Su producción de obras es tan vasta e inabarcable desde un sólo punto de referencia o análisis pero su estilo es único y esa marca distintiva lo ha expuesto dentro de los círculos artísticos como el pintor que más obras vendió en estos últimos años.

    Rey Milo pretende abarcar al multifacético artista chaqueño observando diferentes prismas de una figura de muchos lados distintos: el Milo en su etapa de creación interna; el Milo público o más vinculado con lo institucional y el Milo solidario y comprometido con las asignaturas pendientes tanto del Chaco profundo como de las problemáticas relacionadas con los niños.

    La estructura de este documental de Federico Bareiro –también encargado de la investigación- que apela a lo cronológico como eje narrativo busca abarcarlo y reconstruirlo en los testimonios de distintas voces que pueden agruparse en aquellas que representan la mirada artística o analítica de la obra de Milo y aquellas que lo describen como persona, amigo o artista popular, mientras segmentos de material de archivo complementan un retrato múltiple e inacabado aunque siempre centrado en Milo para reflejar la idea de monarca en su propia tierra.

    La admiración y el respeto del director también quedan plasmados en el documental cuando se deja abierta la puerta para que el propio artista salga a jugar con su niño interior frente a cámara y quizás en esa frontalidad y desnudez de las máscaras vive oculta la verdadera esencia del motor de la creatividad y de su permanente necesidad de pintar o proyectar desde el arte acciones concretas y darle otro sentido que el material o el mercantil.
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  • La mirada del hijo
    La mujer con cabeza

    De a poco y teniendo presente siempre las escasas oportunidades de ver cine rumano actual uno se va configurando un estilo gracias a películas de alto contenido social y dramático como La mirada del hijo, ganadora del Oso de Oro en Berlín y dirigida por Calin Peter Netzer que cuenta con el notable guión de Razvan Radulescu, responsable de La noche del señor Lazarescu (2005) de Cristi Puiu, otro gran film rumano que sorprendiera en el BAFICI por aquellas épocas.

    La grandeza de este film es la capacidad para desarrollar entre líneas una compleja madeja de fuerzas y relaciones para describir con absoluta realidad y crítica social el retrato crudo de los mecanismos de poder cuando se trata de la prevalencia de una clase social sobre otra en la dinámica del capitalismo Occidental con el dios euro como única estampa de devoción frente al cinismo de los nuevos ricos que ahora aparecen en la Rumania tras el régimen.

    Del drama familiar o relato de descomposición a la alegoría más contundente el film toma la anécdota de un homicidio accidental que involucra al hijo de la protagonista, Barbu (Bogdan Dumitrache), y a un niño de catorce años a quien atropella mortalmente. A partir de conocer el hecho y sobre todo de anoticiarse que la policía detuvo a su vástago, la sobre protectora Cornelia (Luminita Gheorghiu) apelará a todo su poder económico y recursos a veces no éticos para que Barbu no sea acusado de homicidio culposo cuando hay ciertas pruebas y un testigo que puede comprometerlo si es que la familia de la víctima decide proseguir con la denuncia.

    En paralelo a este conflicto donde sale la verdadera miseria de Cornelia y su predisposición a mover cielo y tierra con tal de conseguir su objetivo ante un esposo prácticamente ausente y superado por su avasallante temperamento, se cuela otra compleja historia de dependencia afectiva y un complicado vínculo que pasa del amor al odio en un parpadeo de ojos.

    Son las miradas sobre el otro, tanto la de una madre que no puede aceptar la culpabilidad de un hijo como la de un victimario frente al entorno los elementos que prevalecen en este agudo y áspero film que por su temática relacionada con la impunidad, la culpa y la necesidad reparadora de los vínculos trasciende las fronteras geográficas para hundirse en la universalidad más extrema por su contundencia en los declives de una sociedad tan parecida a la Argentina que causa estupor.

    Párrafo aparte merece la extraordinaria interpretación de la actriz Luminita Gheorghiu y su prodigiosa composición de la oscura y creíble Cornelia con su drama familiar a cuestas.
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  • Muppets 2: Los más buscados
    A la conquista de Europa

    Con menos eficacia y sorpresas que su antecesora, Muppets 2: los más buscados (Muppets most wanted) alcanza a cubrir las expectativas de la secuela tan esperada por fanáticos, con una explosión de cameos que despertarían envidia en cualquier producción cinematográfica donde comparten cartel desde Tony Bennet hasta Dany Trejo, en una historia entretenida y agradable para todo público.

    En misión autoparodia, el arranque prometedor de Muppets anticipa que lo que seguirá de acá en adelante es una secuela y allí aparece la primera pregunta que siempre hay que hacerse teniendo en cuenta las experiencias de secuelas a lo largo de la historia: ¿Segunda parte mejor que primera? La respuesta puede dividirse en dos compartimentos estancos, uno por el no y otro por el sí y en ese sentido comienza a tallar un nuevo interrogante que resulta más complejo teniendo en cuenta el presente de esta franquicia de cara al futuro y que tiene que ver exclusivamente con perdurar en el tiempo o caer en el olvido o en ese espacio tan explotado hoy en día por Hollywood como lo retro y la nostalgia sin una cuota de novedad o riesgo artístico.

    El desafío mayor que debía afrontar la secuela era si conseguía superar pasada ya la moda y la novedad a su antecesora que marcó el regreso triunfal de estas marionetas y sus caóticas aventuras. Para tal propósito la historia no debía solamente ser un pretexto sino tener sustancia y peso más allá del aportado por cada personaje reconocible aún hoy y desde este punto de vista resulta adecuado haber incurrido en un relato que mezcla elementos del cine de género, dosificados por buenos gags y números musicales como vehículo o pantalla para marcar el lucimiento de un nutrido y ecléctico seleccionado de estrellas hollywoodenses contemporáneas.

    Fiel a la premisa de la secuela, el comienzo se conecta en la trama con la primera película tras el exitoso espectáculo donde Kermit –aquí más conocido como la Rana René- y su troupe recuperaron su lugar y a partir de ese momento todo lo que venga debería ser un triunfo más allá del riesgo del olvido del público como síntoma de una moda pasajera. Pero ese tono de autoparodia se ve de inmediato reemplazado por un relato de aventuras ATP desplegado en distintos puntos geográficos de Europa como Madrid, Dublin, Londres, que forman parte de un plan urdido por una mente maquiavélica y su secuaz para llevar a cabo una seguidilla de robos de joyas y piezas de valor bajo la pantalla de una gira de los Muppets acompañados por un nuevo representante, a quien el británico Ricky Gervais dota de su habitual cinismo y sentido del humor, aunque la estrella del convite es otra rana llamada Constantin. Kermit y Constantin son como dos gotas de agua, aspecto que no dificulta que el villano tome el lugar del líder en la troupe y engañe hasta a la mismísima Piggy mientras el verdadero René es confundido por el malhechor y recluido en la prisión de Siberia.

    Así las cosas, la idea del equívoco Constantin René llega hasta las últimas consecuencias en una trama que coquetea por momentos con el cine de espionaje y que acumula chistes físicos o visuales en medio de las habituales canciones por las que desfilan nombres reconocibles en los créditos finales pero no así en la pantalla por su ínfima aparición –hay que buscarlos con lupa a veces perdidos en el encuadre-.

    James Bobin vuelve a dirigir con eficacia, ritmo y criterio para abrir el espacio entre la historia y las mini historias de cada canción que amalgaman y enriquecen el relato, que cuenta con momentos realmente logrados y otros no tanto pero que se deja ver.
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  • El día trajo la oscuridad
    Miradas en la noche

    La meticulosidad y el rigor tanto a la hora de pensar los mejores diálogos o silencios para decir o sugerir sin grandilocuencia como en la progresiva construcción de climas enrarecidos, con el protagonismo absorbente de la oscuridad y de la noche son los puntales que trazan las marcas distintivas de El día trajo la oscuridad.

    La apuesta del director Martín Desalvo al cine de género dice presente, al menos desde la temática que puede vincularse con una relectura interesante del vampirismo aplicada a la actualidad y a la dinámica de un pueblo circunscripto por sus bosques, por sus escuetas salidas de emergencias o fuga y sobre todo por ese hermetismo que arrastra secretos, pero que se escabulle furtivo cuando todos parecen anestesiados o sumidos en lo profundo del sueño.

    El tono minimalista en la puesta en escena sumado a la decisión de que las palabras tengan un verdadero sentido connotativo eleva la propuesta de Desalvo y equipo a otros niveles, que superan por mérito propio a otros títulos nacionales también en sintonía con el fantástico terrorífico.

    Romina Paula compone un personaje de una extraña y fascinante belleza revestida de salvaje ambigüedad pero que a la vez transmite la fragilidad de quien se sabe y conoce maldito; o que convive silenciosamente con el monstruo interior al que debe saciar para sobrevivir antes que ese monstruo se escape del cuerpo.

    El contagio o la enfermedad como una arista subyacente y sin desarrollar pero que busca explicación a partir de una serie de acontecimientos anómalos en un círculo muy pequeño de personajes aporta otro elemento dramático a una trama rica en atmósferas y tensiones irresueltas entre el instinto y el deseo, cuando está en juego el cuerpo y las apariencias lucen sus mejores colmillos para reflejarse en los alaridos de la noche y refugiarse así en el silencio de las sombras.
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  • Buscando al huemul
    Cultura en peligro de extinción

    Es claro el pretexto y el sentido simbólico de este documental para trazar un paralelismo entre un animal autóctono en peligro de extinción, el huemul, y una cultura aborigen con una ligazón sagrada con la naturaleza, también próxima a desaparecer y amenazada de manera constante por el cuestionable avance del progreso y su religioso capitalismo.

    Buscando al huemul es un documental de observación que hace foco en la travesía o anhelo de dos hombres, Ladislao Orosco y Nazareno, para recuperar su identidad antes de que sea demasiado tarde. Por eso, encontrarse cara a cara con un ejemplar de esta especie diezmada por el hombre no es otra cosa que mirarse en un espejo y reconocer en ese reflejo tal vez los aspectos constitutivos o esenciales de una identidad, una cultura y una particular relación con la naturaleza y su entorno no contaminado por el progreso.

    El camino ríspido entre las montañas, sin un rumbo definido y solamente trazado por la interpretación de rastros o huellas, marcan una trayectoria errante para estos buscadores pero también para el propio director Juan Diego Kantor, quien decide no sólo registrar ese devenir sino fluir en esa incerteza donde importa el proceso más que el resultado final.

    Es loable el trabajo con la cámara para encontrar un equilibrio entre la distancia y el registro de la realidad sin otro filtro que el recorte de la subjetividad, en un paisaje donde la inmensidad reduce a la mínima expresión la presencia del hombre y parece estar atravesado por un tiempo que se detiene y no avanza.

    Esa sensación de pérdida de rumbo se ve plasmada en la travesía para volverse en sí misma otra travesía menos visible y que obedece a la intimidad o a los aspectos internos de Ladislao y su fiel compañero de ruta. Elemento que se cristaliza pero a la vez fuga como esa huella que ya no se encuentra a pesar de haber estado allí, al igual que el huemul o la cultura mapuche en un tiempo donde el viento se sentía como una melodía de la montaña y no como el grito descarnado de aquello que tiende a extinguirse.
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  • Fermín
    Fermín
    CineFreaks
    Con la frente marchita

    La fusión de tiempos pasados y coloridos con un presente gris y deslucido no le encuentran el tono adecuado a Fermín, película que busca ubicar en primer plano al tango desde el minuto 1 hasta los créditos finales y que a veces pareciese un institucional for export para explotar esa mística que envuelve al baile del 2x4. Pero como indica el título, el protagonista de esta historia es Fermín Turdera (Héctor Alterio para el presente y Luciano Cáceres para el pasado), un anciano internado en un neuropsiquiátrico decrépito que solamente se comunica con el entorno repitiendo títulos o letras de tango, algo que sabe de hace mucho tiempo su nieta Eva (Antonella Costa), quien va a visitarlo de vez en cuando y que además se gana la vida como bailarina de tango y profesora de alumnos principiantes.

    La particular manera de comunicarse de Fermín es el detonante que llama la atención del flamante e ingresado al establecimiento doctor Ezequiel (Gastón Pauls) y el pretexto para conectar al espectador mediante flashbacks prolongados con las vivencias del protagonista (amores, traiciones, tragedias) en tres tiempos pasados que forzadamente mezclan los aires tangueros con referencias a la dictadura en un mismo nivel que hacen colapsar la psiquis de Fermín.

    A modo de simetría y como parte de la estrategia del guión para establecer un paralelismo entre Ezequiel y Fermín, la culpa de un padre ausente y la ausencia de un padre sin culpa se dan la mano y bailan un tango, aunque uno camina hacia el costado de la nostalgia y el otro tropieza con su propio rencor.

    No obstante lo que se transmite en la película de Hernán Findling y Oliver Kolker, donde los actores convocados realmente hacen lo que pueden, es una profunda desconexión y falta de criterio desde el punto de vista conceptual. Son ráfagas de buenas intenciones y escasas ideas que chocan de manera constante, aunque los tangos y el costumbrismo apunten siempre hacia otro lugar.

    Fermín no es un film que carezca de sensibilidad pero sí que hace del sentimentalismo su arma de doble filo y ese es su principal defecto y su carta de presentación, que lo hermana desafortunadamente con un cine argentino ya caduco.
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  • Blancanieves
    Blancanieves
    CineFreaks
    Tauromaquia silente

    La sobrevaluada en los premios Goya –se llevó diez entre las categorías principales- Blancanieves funciona más como ejercicio de estilo rodeado de ampulosidad que como émulo o espejo del registro del cine mudo al que pretende aproximarse.

    La historia que se inspira muy libremente en el cuento original de los hermanos Grimm toma esos elementos constitutivos del relato literario de hadas para trazar la dinámica de la protagonista heroína Carmencita (Macarena García) bautizada luego por siete enanos toreros Blancanieves en referencia al cuento clásico y su contraparte o antagonista, la malvada Encarna, personaje al que la actriz Maribel Verdú le imprime el arquetipo de la malvada obsesionada por esa cuota de vanidad que detenta contra su reinado en la mirada ajena.

    Más jugada a la performance de la madrastra despiadada y dispuesta a todo para conseguir sus objetivos, Verdú es tal vez el personaje menos grandilocuente de este film del director Pablo Berger, quien pese a declarar que el proyecto data de tiempo pasado aprovecha el boom conseguido por el éxito de El artista y su reelaboración del estilo del cine mudo. Sin embargo, aquí estamos en presencia de un film que carece de ese estilo por su enorme cuota de exageración, que se divide por un lado en la impronta actoral muy pomposa y poco expresiva y por otro en esa búsqueda casi obsesiva del encuadre majestuoso que explote los recursos estéticos del blanco y negro sin dejar de lado la mezcla de un montaje un tanto vertiginoso en contraste con la fluidez narrativa de lo que pareciese una película muda.

    La idea de coartar la pista sonora a todo diálogo y así dejar a la música referencial en un primer plano por momentos parece bastante forzada en este universo rodeado de tauromaquia y melodrama grave, sin ningún matiz entre una cosa y la otra.

    Si se descartan los valores estéticos de la propuesta de Pablo Berger para analizar detalladamente el aspecto narrativo propiamente dicho aparecen las contradicciones propias de un guión que acusa falta de coherencia desde la primera mitad y pocas ideas para sacarle el jugo a la original Blancanieves de los hermanos Grimm, que en la España de 1920 y en el universo reducido de toreros y verónicas sabe a poco.
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  • El sorprendente Hombre Araña 2
    Y se hizo la noche

    Una mezcla mal hecha, indigesta. Eso es principalmente el problema de este segundo acto del reboot de El hombre araña, que ya en su primera entrega proponía al público en general no sólo un recambio generacional sino de estilo, capaz de quitarle aquella cuestionable solemnidad que se le achacó a la trilogía de Sam Raimi y que revistiera al superhéroe de capas más humanas que extraordinarias. Sin embargo, con este camino pareciera que el rumbo tiende a achicarse y el horizonte acusa cierto grado de agotamiento que no puede escapar de lo mundano, más allá de toda la pirotecnia visual puesta al servicio del artificio en vez que en la consistencia dramática del relato.

    Mucho más farolero y adolescente que nunca, este sorprendente hombre araña nuevamente en la piel de Andrew Garfield se encuentra atravesado por un dilema importante que afecta por un lado al superhéroe y por otro al mismísimo Peter Parker: la culpa. Ese gran motor que condiciona todo tipo de conducta y acto futuro es por ejemplo el que pone en jaque su relación de pareja con la chica de sus sueños Gwen Stacy (Emma Stone), quien parece haber aceptado tener un novio superhéroe pero inseguro a la hora de definir el siguiente paso en la relación y entonces la decisión de un cambio rotundo se encuentra a la vuelta de la esquina.

    La futura promesa de un viaje a Inglaterra para continuar con los estudios y así alejarse de Peter será el detonante que precipite las cosas entre ellos, mientras los deberes de defender a la ciudad de Nueva York llaman a la puerta sin descanso. Tres villanos que no hacen uno son los encargados de vestir este derrotero de peripecias del arácnido adolescente en enfrentamientos esporádicos a la par de sus conflictos personales con un amigo de infancia, Harry Osborn (Dane DeHaan), devenido Duende Verde; un mafioso ruso que aparece al comienzo y al final interpretado por un ridículo Paul Giamatti y en el ojo de la tormenta nos encontramos con Electro (Jamie Foxx), villano por opción más que por convicción por un capricho de los guionistas Alex Kurtzman, Roberto Orci y Jeff Pinkner, quienes nunca consiguen pese a los esfuerzos darle verdadera entidad a este deslucido némesis.

    Acción, romance, tribulaciones de superhéroes al que le hace falta un psicólogo por sus problemas de autoestima que en definitiva lo hacen autosuficiente forman parte de este rompecabezas ya conocido y bastante agotador tratándose de los 142 minutos de largometraje (esta vez sin sorpresas luego de los créditos finales). Si El sorprendente hombre araña –lo de sorprendente le queda grande como el traje pero no por su tamaño- no pasa de la adolescencia a la madurez, esta franquicia correrá la misma suerte.
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  • El otro Maradona
    El caza talentos

    El título de este documental dirigido por Ezequiel Luka y Gabriel Amiel es lo suficientemente sugerente para sintetizar dos ideas que se ven plasmadas en el film: la que expresa el anhelo de todo padre que ve una chance en el hijo cuando demuestra ciertas habilidades en el futbol de que allí se geste el proyecto de otro número 10 como el que naciera en villa Fiorito y por otro el que resume -quizás con poca justicia- el destino de Goyo Carrizo, amigo de la infancia del astro futbolístico pero a quien las malas decisiones y también la mala suerte le condicionaron el futuro como futbolista profesional pero nunca desalentaron esa pasión inexplicable por el deporte y como él mismo define por el arte del movimiento de las piernas.

    Las anécdotas que conectan a Goyo con Diego Armando Maradona son tantas que el documental de Ezequiel Luka y Gabriel Amiel le reservan un espacio desde la voz en off del protagonista para ir contrastando ese pasado con su presente y siempre apelando a un registro nostálgico que se complementa eficazmente con el uso de imágenes o recortes de diarios funcionales desde el punto de vista narrativo y dramático. En ese sentido es notoria la presencia de un guión sólido que traza las directrices de la historia para abarcar a conciencia ciertos aspectos puntuales sin perder el hilo conductor, que no es otro que el mismo Goyo Carrizo y su cotidianeidad.

    Los primeros planos contribuyen para retratarlo tal cual es sin máscaras o poses ante una cámara que registra a la vez que narra desde sus propias búsquedas estéticas en cada encuadre o armado de la puesta en escena. Desde la armazón y la estructura empleada, los directores logran entablar nexos en pequeñas subtramas que se intercalan, como por ejemplo la familia, el barrio, el trabajo de buscador de talentos futbolísticos y la intimidad con los amigos o el trato amable con los vecinos.

    El otro Maradona es un buen referente de los documentales que explotan los recursos cinematográficos para crear pequeños universos con su lógica interna y desde una coherencia narrativa que se sostiene hasta el final porque tiene muy en claro el camino por el que busca transitar y habilita el espacio cinematográfico adecuado para recorrerlo desde la sensibilidad y el respeto por el personaje, que no es tal sino una persona con sus matices, contradicciones y virtudes a cara lavada.
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  • Los dueños
    Los dueños
    CineFreaks
    Mi casa es su casa

    Esta sorprendente ópera prima de dos jóvenes más ligados al teatro que al cine, Ezequiel Radusky y Agustín Toscano, se mueve con sutileza y ambigüedad en el complicado territorio de las diferencias sociales o de clase.

    En Los dueños lo que prevalece es por un lado el punto de vista dividido entre la protagonista porteña Pia (Rosario Bléfari) y sus peones, en el contexto de una casa familiar ubicada en un campo venido a menos a cargo de un yerno poco esmerado con el trabajo y más atento a los negocios con la venta de animales a espaldas de su suegro.

    El comienzo es contundente en cuanto a lo que el relato pretende desarrollar desde la mínima historia que da pie a pequeños apuntes sociales, sin subrayados estériles y muy precisos tanto en la descripción de los hechos como en la construcción de los personajes: la llegada de un auto a las inmediaciones de la casa irrumpe la tranquilidad de tres ocupantes (dos hombres y una mujer de mediana edad), quienes en ausencia de los propietarios usurpan la casa, así como utilizan todos los elementos en su interior aprovechando que nadie los controla ni se da por enterado en tanto no quedan huellas o indicios de la ocupación.

    Mezcla de un impulso arrastrado por el resentimiento ante los propios patrones que tampoco tienen un trato amable o sencillamente como una expresión de deseo de pertenencia, la conducta de Ruben (Germán de Silva), Sergio (Sergio Prina) y Alicia (Liliana Juárez) no es necesariamente juzgada por los directores más que el resultado sintomático de una relación de poder que va intercambiando roles a lo largo de la trama. La ajenidad y la otredad juegan un rol clave en el relato donde también queda marcada a fuego la burguesía y su inconformismo representado en la figura de Pía y su hermana, pretexto por el cual ella llega al campo para asistir al casamiento de aquella mientras atraviesa una crisis personal y la necesidad de cambios en su rutina.

    Los tiempos muertos, los planos con duración más prolongada y la distancia justa entre la cámara y sus retratados son manejados con solvencia en una puesta en escena que se concentra más que en el espacio en el detalle dentro del espacio, como reflejo distorsionado de esta dialéctica de ocupados y ocupantes, que en determinado segmento cambia de lado porque a veces es más fuerte la curiosidad para Pía y su ambigua relación con el entorno en un doble juego de amo y esclavo que se interconecta también con la represión del deseo sexual.

    Los dueños dialoga intertextualmente con otras películas argentinas recientes por compartir un estilo descarnado y nada complaciente en el retrato crudo -sin ánimos de realismo ni idealizaciones- de sus criaturas como ocurre por ejemplo en Deshora o en menor medida en la reciente película Atlántida, presentada en BAFICI.
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  • El crítico
    El crítico
    CineFreaks
    Lugares no tan comunes

    El crítico, ópera prima de Hernán Guerschuny, es un film que ve de manera reflexiva al cine de género y mira con inteligencia y algo de ironía al cine en general y a quienes nos apasionamos por el séptimo arte y procuramos volcar esa pasión en la crítica de las obras cinematográficas, con nuestras miserias intelectuales, gustos antojadizos y las imperfecciones habituales de todo aquel que indaga desde la sensibilidad o la racionalidad más pura aquello que lo conmueve o lo exaspera.

    Hay dos historias de amor que se yuxtaponen en esta trama –palabra muy usada por quien escribe y algunos críticos- que mezcla a conciencia los elementos de género desde el thriller a la comedia romántica, pasando por el melodrama íntimo y tensan los resortes de las fórmulas y los lugares comunes para construir artificiosamente un verosímil sólido.

    El riesgo de someterse al reducido código y los guiños solamente dirigidos a una minoría afín a los ámbitos en los que circulan la mayoría de los críticos –aquí aparecen por ejemplo Quintín y Leonardo D´Esposito-, léase privadas de prensa en un microcine y charlas en los cafés al término de las proyecciones, es superado porque la estructura narrativa propone un juego que tiene como eje la pesadilla personal del protagonista, Víctor Téllez (Rafael Spregelburd), quien se ve de pronto atrapado en un género que se encarga en defenestrar desde sus críticas para un diario en el que no se encuentra nada cómodo pero que le supone un ingreso para sobrevivir.

    Si bien las costuras de un guión muy atento al detalle y a la construcción del verosímil y de los personajes se notan en demasía, ese reflejo del artificio no malogra la historia y mucho menos el ritmo sostenido para el avance progresivo y no forzado de las situaciones y los conflictos de cada personaje como por ejemplo el de la sobrina de Víctor que juega en este caso la carta generacional para marcar diferencias de gustos y de apetitos cinematográficos, pero también para encontrar el efecto espejo deformado en relación a las relaciones amorosas o los vacíos emocionales que ni siquiera llenan esas películas cursis que a ella tanto le gustan.

    El otro acierto, además de los guiños cinéfilos y la utilización de arquetipos para evitar estereotipos, es sin lugar a dudas la presencia de la magnética y fotogénica Dolores Fonzi, personaje del cual es imposible no enamorarse por esa mezcla de fragilidad y temperamento que emana con absoluta naturalidad cada vez que se pone en la piel de una mujer enigmática como la de esta película. Interés amoroso pero además personaje tridimensional que complementa la fórmula para que funcione una comedia romántica por transmitir esa sensación de química con Spregelburd, en otro rol para el aplauso y en misión Jay Sherman (dibujo animado de un crítico cinematográfico igual de apático y hosco como Víctor).

    Decía al comienzo de este texto que El crítico acobijaba dos historias de amor, la de Víctor con la chica que todos soñamos luego de haber visto Cuando Harry conoció a Sally o de enamorarnos de alguna heroína de la Nouvelle Vague y la del propio crítico ahora devenido director Hernán Guerschuny con el séptimo arte y las películas que hacen que uno ame esta vocación, aunque no pueda despojarse del mote de director de cine frustrado.
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  • Santa Lucía
    Santa Lucía
    CineFreaks
    Romper el silencio

    Santa Lucía no sólo es el nombre de este documental de Andrea Schellemberg sino que también da cuenta de la historia de un pueblo en la provincia de Tucumán en el que aún descansan muchos relatos y secretos por develarse, ocurridos durante la última dictadura militar y que se relacionan directamente con la desaparición forzada de personas –la mayoría jóvenes- en lo que se conoció como Operativo Tucumán, cuya figura más emblemática no es otro que el ex general Bussi.

    Con un tono un tanto didactista y un tratamiento artesanal en lo que a cine se refiere, el relato sigue los pasos de la búsqueda de la verdad motorizada por la inquietud de Lucía Aguilar. Ella es maestra de historia y además víctima indirecta de la dictadura al contar con un tío desaparecido y en el presente con el mutismo de su madre al ser interpelada sobre el pasado familiar o en sintonía con el miedo que aún persiste entre sus vecinos o en la población de los alrededores cuando se intenta avanzar y saber qué es lo que pasó por aquella época en que los ingenios fueron tomados por el ejército y convertidos en centros clandestinos, como parte del plan sistemático de lucha contra la subversión.

    La investigación de Lucía y su voz en off ocupan el centro de este film, sus preguntas siempre pretenden develar rumores o confirmar datos pero los obstáculos se presentan en cada momento por existir aún un pacto de silencio y el miedo implícito a que la historia se repita como una enorme pesadilla sin fin.

    El material de archivo acompaña cronológicamente y algunos que otros apuntes de la propia Lucía Aguilar reconstruyen los momentos más acuciantes y contextualizan desde el punto de vista socioeconómico el escenario histórico en el que se desarrollaron los mayores atropellos contra las libertades individuales en manos del terrorismo de Estado.

    Santa Lucía no se destaca por sus valores cinematográficos pero sí se encolumna en las filas de los documentales revisionistas contemporáneos que deben difundirse sobre todo a las generaciones más jóvenes para conocer parte de una historia muy negra de la Argentina que todavía presenta sus enormes huecos y grietas y que espera con urgencia interlocutores pero también gente dispuesta a querer escuchar.
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  • El grito en la sangre
    El lenguaje del facón

    De la misma forma que en Aballay el hombre sin miedo el detonante para el desarrollo de la acción surgía de la venganza, el móvil que arrastra al protagonista joven de esta historia, Cali (Abel Ayala), pensada y escrita por el cantante Horacio Guaraní también es la venganza por la muerte de su padre durante una carrera de caballos.

    El grito en la sangre cuenta entre sus claves con la dirección de Fernando Musa, esta vez completamente alejado de sus mundos adolescentes como ocurría en Fuga de cerebros (1988) o Chiche bombón (2004) para sumergirse campo adentro y abrazar las coordenadas del western y la impronta gauchesca. El resultado de la empresa es positivo al contar con un elenco sólido y la sorprendente participación de un Horacio Guaraní que logra establecer de inmediato un vínculo interesante con Cali, primero ocupando el espacio vacío de un padre, pero destilando cierta ambigüedad a lo largo de la trama que propone su personaje muy bien escrito.

    La historia de amor con ribetes de tragedia al enfrentar clases también gana intensidad gracias a Florencia Otero en el rol de Lucía, quien despierta el contraste sensible ante un universo atravesado propiamente por el machismo de la época –estamos en 1950 en pleno campo- y la hostilidad con la que estos hombres dirimen sus cuentas pendientes con el lenguaje del facón.

    No puede dejar de destacarse y tratándose de una película donde la geografía es fundamental el excelente trabajo de fotografía de Jorge Crespo (de acuerdo a los créditos del film), así como las cuidadas panorámicas para resaltar la belleza del paisaje y el esmerado trabajo en el tratamiento de imagen para hacer de esta película una obra de calidad, salvo algunas deficiencias en el guión pero que son detalles menores a la hora del balance integral de la propuesta.
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  • Divergente
    Divergente
    CineFreaks
    Serás lo que debas ser

    Nueva franquicia que se somete a las reglas del cine para adaptar la trilogía de Verónica Roth –este es el primer libro al que le sigue Insurgente y Leal- tendiente a ganarse los millones que pueda dejar el público teen cautivo y que puede definirse como una mezcla de Harry Potter con Los juegos del hambre.

    En Divergente, dirigida por Neil Burger (El ilusionista), la idea central es que cada ciudadano de una ciudad de Chicago post apocalíptica debe encontrar su lugar en cinco facciones distintas por las que se dividió a la sociedad con fines dudosos, pero que no hacen otra cosa que reafirmar la idea de control social desde las esferas del poder. Esas cinco castas o facciones reclutan a las nuevas generaciones de acuerdo a su personalidad o característica.

    Sin embargo, como siempre ocurre existe una minoría de desclasados o parias, quienes no pueden integrar ninguna facción. Su cara opuesta son aquellos que se destacan para cualquiera de las facciones y que se llaman, por esa cualidad, divergentes. La divergencia responde a la capacidad de adaptación pero también supone un peligro para el orden instaurado por lo cual se debe aniquilar a este reducido grupo, entre quienes se encuentra como no podía ser de otra manera Tris Prior (Shailene Woodley), cuyos padres integran la facción de la Abnegación mientras que su hermano se ha volcado hacia la facción de la Erudición cuando ella decide formar parte de la casta Osadía, jóvenes intrépidos que se preparan para la guerra y que se destacan por encima de las otras facciones.

    Como introducción de esta saga, el film se toma demasiado tiempo en el desarrollo de toda la etapa de iniciación bajo la fórmula reclutamiento-entrenamiento-enfrentamiento en el campo de batalla. Allí, las peripecias para nuestra heroína de turno acrecientan intensidad, enemigos que aparecen en el camino y un verdadero interrogante hacia el futuro en relación al rol que ocupará de acá en adelante.

    Por supuesto no dejarán de aparecer algunos personajes secundarios de menor atractivo y el interés amoroso en la figura de Cuatro (Theo James), el instructor y líder de la facción Osadía, quien siente un atractivo particular por la misteriosa Tris y su secreto. Las escenas de acción no deslumbran y no superan el grado de prolijidad necesario como para no pasar vergüenza, aunque la trama a esta altura parece demasiado lineal y los personajes unidimensionales mucho no dicen ni tampoco se logra vislumbrar una evolución a nivel temático para despertar cierta curiosidad en la franquicia.
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  • Ella se va
    Ella se va
    CineFreaks
    Una fuga frustrada

    La experimentada Catherine Deneuve se sumerge en la piel de Bettie, una mujer madura que maneja un restaurante venido a menos, con deudas financieras y el peso de cuidar a su madre para evitar llevarla al asilo de ancianos. Un amante la ha dejado hace poco –su marido murió atragantado por un hueso de pollo- y a eso debe sumarse la inexistente relación con una hija joven, atravesada de rencores y deudas personales, la cual se antepone a los planes de fuga de la protagonista una vez que decide dar el portazo y lanzarse a la aventura con su viejo Mercedez.

    Al comienzo Bettie se deja llevar por ese impulso del descubrimiento y así se relaciona de manera espontánea con algunos lugareños de un pueblo remoto, pero una llamada inesperada de su hija trunca su anhelo de libertad para confrontarla con su pasado de madre ausente que procurará reparar –aunque más no sea desde el intento- haciéndose cargo por un breve tiempo del cuidado de un nieto pre adolescente a quien desconoce por completo y que le transmite desde sus ataques de furia y rebeldía esa suerte de desamparo al quedar a la deriva por las decisiones de su madre.

    El problema con Ella se va reside en la ambigüedad entre lo que podría definirse como road movie por un lado y drama familiar por otro, dado que lo más relevante en este viaje simbólico no es otra cosa que recomponer los lazos emocionales o por lo menos inaugurar nuevos afectos con segundas oportunidades, a pesar que los años hacen mella en el rostro y estragos en el cuerpo. Sin embargo, Catherine Deneuve acusa un envejecimiento digno y una personalidad avasallante que parece por momentos abrumar la pantalla.

    En la intimidad, Emmanuelle Bercot –también guionista- sabe aprovecharla pero en varios segmentos que imponen cierta adrenalina y un trabajo con el físico y las emociones pierde el rumbo y eso se nota en la irregular actuación de la actriz francesa. Otro punto débil de la película lo constituye el reparto, muchas veces no a la altura de las circunstancias tratándose de una propuesta que apela a la mínima expresión, más que a la ampulosa dramatización.

    Ella se va es un film a medio camino entre el relato iniciático y el melodrama de descomposición familiar que parece descansar en demasiadas ocasiones en la ductilidad de Catherine Deneuve y en la manera de filmarla.
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  • Noé
    Noé
    CineFreaks
    Flor de tsunami

    Dicen que a Dios le llevó siete días crear el universo y a Darren Aronofsky le alcanzó con 138 minutos para convertirse en un cineasta obvio y poco atractivo, dato preocupante tratándose de este autor que por ejemplo abrazó el misticismo con su película La fuente de la vida allá por el 2006, o se atrevió a exponer los lados más oscuros de la condición humana en la perturbadora El cisne negro (2010).

    Noé es un film que pese a su mirada poética y libre del personaje bíblico aquí devenido héroe trágico parece perseguir el objetivo de conformar a todos para evitar controversias teológicas o acusaciones de blasfemia al tomar tan libremente un apartado del Génesis para ilustrar el diluvio universal. Melodrama familiar con madre culposa y padre dispuesto a cumplir los designios de la máxima autoridad sobre la tierra, el relato es sumamente lineal y más que nada poco profundo a la hora de indagar sobre los aspectos menos elementales de la parábola del arca y la historia de este salvador.

    La idea de jugar la carta del antagonista Tubalcaín (Ray Winstone) en representación al hombre en su esencia maligna, egoísta y destructora ante un compasivo humanista como el personaje interpretado por Russell Crowe es un tanto pobre para desarrollar la trama, pero efectiva en función de las escenas de acción donde el foco está puesto en los efectos visuales y las escenas de grandes movimientos de masas. Los animales digitalizados dan vergüenza quizá es por ello que durante todo el metraje permanecen dormidos en el arca susodicha e incluso en pleno batuque cuando se viene el agua.

    No hay que dejar de destacar ese vestuario absolutamente alejado de la época donde ocurrió el supuesto diluvio y mucho menos el aspecto pulcro del pelo de los personajes, que seguramente no se bañaban todos los días. La alegoría que busca estrechar lazos entre aquel diluvio y uno futuro si la humanidad continúa destruyendo el mundo legado por el creador resulta simpática ante tanta falta de ideas en Noé, así como su mensaje ecológico subyacente que se refuerza en el último tramo del film. Quien se roba la película y opaca al resto del elenco es Anthony Hopkins en una composición memorable de Matusalén, híbrido entre un mago escapado de Harry Potter y un anciano con demencia senil.

    La premisa es literal: se viene el agua y no el fuego como estaba previsto y el bueno de Noé se pone en campaña, junto a su familia y los gigantes de piedra prestados por J. R. R. Tolkien, para construir el arca y alejar su propio rebaño de la chusma humanidad que se portó mal por querer parecerse al Creador. Luego, mucha agua y gritos y dolor y angustia y al final la luz que le hace pito catalán a la oscuridad.

    En síntesis: con Noé a Darren Aronofsky también lo tapó el agua.
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  • Nadie vive
    Nadie vive
    CineFreaks
    La víctima equivocada

    El realizador japonés Ryuhei Kitamura (Azumi, 2003) demuestra pericia en este digno ejemplo slasher que llega con dos años de retraso a las pantallas locales. Nadie vive restaura en su relato un viejo tópico de los años 80 que tiene que ver con el castigo moral a las ovejas descarriadas.

    Típico elemento del cine de terror de aquellas épocas, las víctimas en este caso son los victimarios y así una banda de delincuentes mixta que se encarga de robar casas y cometer otras tropelías por el estilo secuestran a la pareja equivocada y así se sumergen en una pesadilla de tripas y sangre a cargo de un despiadado psicópata, metódico a la hora de cazar a sus presas (particularmente jovencitas).

    El festival de torturas, mutilaciones y litros de hemoglobina está asegurado en una trama que sube en adrenalina y truculencia a medida que avanza, aunque las primeras impresiones de estar frente a un interesante film se van diluyendo tras una prometedora media hora donde todo es factible de ocurrir al verse las víctimas delincuentes en manos de este implacable asesino serial.

    Una pequeña subtrama -que por motivos obvios no se revelará en esta nota- aporta la presencia ambigua de un personaje que guarda una estrecha relación con el pasado del asesino a pesar de volverse recurrente promediando la mitad del metraje.

    Con un reparto aceptable, donde se destaca la composición de Luke Evans en la piel de esta máquina de matar, Nadie vive cumple con las expectativas de un subgénero ya trillado pero que a veces encuentra algún resquicio para sorprender y estremecer a todo aquel público impresionable.
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  • Capitán América y el soldado del invierno
    Anacronismo 2.0

    Si existía alguna posibilidad de convertir a los superhéroes en un género en sí mismo para la industria hollywoodense sin lugar a dudas los arribos de las figuritas más interesantes de la factoría Marvel abrieron las puertas para generar un nicho importante, capaz de generar enormes dividendos para las arcas.

    Claro que la particularidad del Capitán América, icono de los años 40 nacido de la necesidad de recuperar al héroe norteamericano después de la post guerra, es sencillamente su cuota de anacronismo teniendo presente aquella época en que el mundo se dividía en dos grandes potencias, ambas con el poder militar lo suficientemente importante como para desatar una hecatombe planetaria, única amenaza concreta de esos tiempos.

    Pero estos años de la era post 11S –la referencia surge en los primeros apuntes del film- cambiaron absolutamente el teatro de operaciones para Steve Rogers (Chris Evans), quien además de su incompatibilidad con la cultura actual, sus dificultades de socialización, sumado a los contrastantes modos de vida yanquis debe interiorizarse y asimilar las nuevas reglas del juego de la geopolítica que involucran a su país como el principal promotor de la teoría del miedo y la justificación del uso del poder en función a la disciplina de todo aquel que se considere enemigo potencial de los intereses del Tío Sam. En ese terreno de thriller político símil setentas, elemental pero consolidado al menos en el planteo general, se posiciona esta aventura de acción para dejar como resultado un producto atractivo desde lo visual (en 3D no aporta mucho) pero además con cierta coherencia en lo que a materia cinematográfica y conceptual se refiere.

    Es cierto que al film dirigido por los hermanos Anthony y Joe Russo (Bienvenidos a Collinwood, 2002) le sobran unos 20 minutos en los que no se desarrolla absolutamente nada porque los aspectos y conflictos de los personajes aparecen temprano afortunadamente, siendo por supuesto el más interesante el dilema de Steve Rogers ante las erráticas políticas internas de S.H.I.E.L.D y su desamparo al convertirse de pistón útil para la maquinaria en pieza obsoleta y peligrosa para los tecnócratas de turno.

    A diferencia de su antecesora, Capitán América el primer vengador, en la que uno de los puntos débiles de la trama obedecía pura y exclusivamente a la poca presencia de un villano de fuste, en este caso las clavijas se ajustaron positivamente para la creación de un antagonista de mayor jerarquía, el ya mencionado soldado de invierno, y que guarda una estrecha relación con el Capitán América que data de un pasado antes de las metamorfosis respectivas sufridas por ambos en esa suerte de sacrificio altruista mal remunerado.

    Sin llegar a los niveles de entretenimiento de la franquicia Iron Man (sencillamente porque Chris Evans no es siquiera 1cm lo que representa Robert Downey Jr) esta segunda entrega del héroe más patriotero y norteamericano del dream team Avengers, Capitán América y el soldado del invierno, supera en varios de sus segmentos el sello de producto pasatista para transformarse por méritos propios en un film de acción con todas las letras, bajo un entramado político que recubre, sin que eso afecte en su integridad a la historia y menos aún al personaje.
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  • Condenados
    Condenados
    CineFreaks
    A los jóvenes de ayer…

    Carlos Martínez es uno de los tantos presos políticos de la época de la dictadura, sobreviviente a los nefastos años de plomo, desapariciones forzadas y muertes a cualquier hora del día. Su destino de preso allá por los 70 estuvo marcado en el penal de La Plata, la Unidad Nro. 9 en el pabellón número dos dada su militancia en las filas del ERP-PRT.

    En el pabellón uno del mismo penal se encontraban los Montoneros y las autoridades penitenciarias funcionaban bajo las órdenes directas de los militares, quienes comenzaron a desatar operativos clandestinos para aniquilar a la subversión mediante el secuestro de los propios detenidos y también de su entorno más directo como en el caso de Martínez a quien además le secuestraron y desaparecieron a una hermana.

    Condenados es un film sobre aquella época negra de la Argentina más contemporánea y su formato cinematográfico apela a la dramatización para ampliar su efecto emocional y concentrarse en un audiencia potencial mayor que la que podría encontrar afinidad desde el punto de vista generacional con esta propuesta, en la que el propio Martínez no intenta trazar un camino autobiográfico sino que disuelve en lo colectivo, en la multiplicidad de miradas, el objetivo individual.

    Su personaje, el único que aparece en el relato con un apodo y no con el nombre real, es interpretado por Enrique Dumont (hijo del gran Ulises Dumont), quien junto a un ecléctico reparto entre los que se destacan Alicia Zanca, Facundo Espinosa, Ingrid Pelícori y Nicolás Pauls, entre otros, recrean sumariamente el contexto político y el terror de vivir bajo la incertidumbre de la vida y la muerte y ante el desamparo del estado, cooptado por la locura mesiánica de cientos de trasnochados.

    Desde el primer minuto, en la película se ve reflejado un estilo sumamente televisivo que puede ser tomado como muestra de lo que se ha confirmado como serie bajo el título tentativo de Unidad 9 y que de no existir algún imprevisto o contratiempo tiene programado un estreno para el mes de mayo.

    A pesar de ciertos altibajos en lo que hace a aspectos de la narración, el film de Carlos Martínez mantiene una coherencia interna y suma tensiones en el avance progresivo de los capítulos, tanto en lo que respecta a la convivencia en la cárcel como fuera de ella con los familiares o las diferentes estrategias para hacer visible una realidad oscura que nadie se atrevía a cuestionar, salvo que estuviese dispuesto a derrumbar un pacto de silencio e impunidad tras los muros de la indiferencia y del por algo será… ¿Será?
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  • Tan cerca como pueda
    La fugacidad y un día

    Poco y nada del pasado de Daniel (Daniel Laferrara), protagonista de esta ópera prima del realizador Eduardo Crespo, con la cámara a cargo de Iván Fund, se revela en este sugestivo viaje por distintos rincones de Entre Ríos.

    En Tan cerca como pueda prevalece la contemplación de los pequeños momentos de verdad (una sesión de masajes, una misa de bautismo, una fiesta íntima y familiar) que una cámara atenta capta prácticamente sin proponérselo.

    Escudriñar en la intimidad de los personajes parece ser el único motor narrativo en marcha, dada la ruptura con la linealidad y el uso adecuado de la fragmentación en la información, porque lo que importa en este film no es tanto la historia per se sino aquellos destellos de verdad. Esos que se precipitan al vacío de los cuerpos o se escabullen furtivos ante nuestros ojos cuando la cámara los persigue y los sorprende en la penumbra de una charla o en el murmullo casi inaudible para no despertar otro momento que no sea el de la observación.

    La película de Eduardo Crespo guarda una estrecha relación con otras obras recientes como Hoy no tuve miedo (2011) o un poco más hacia adelante con Los días (2012), ese registro que mezcla realidad ficcional con ficción documental de una manera natural y que consigue una aproximación diferente con el retrato de sus personajes, sin las costuras de un guión que direccione o las marcaciones actorales que quitan espontaneidad y se pierden a veces las atmósferas o los climas.

    En este caso particular, en el debut en el largometraje de Eduardo Crespo se pueden atesorar esos instantes en que el cine saca a relucir su pureza cuando se recupera la alquimia entre la imagen y el tiempo para ganarle a la fugacidad la partida, antes que la realidad funda a negro.
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  • El pasado
    El pasado
    CineFreaks
    Una familia para desarmar

    Las familias ensambladas son el hilo conductor que atraviesa el universo de El pasado, tercer opus del realizador iraní Asghar Farhadi (La separación, 2011) y nuevamente la inocencia infantil y la mirada de los niños marca el pulso dramático de esta historia de descomposición que tiene por protagonista a Marie (Bérénice Bejó), quien pide a su actual esposo Ahmad (Ali Mosaffa) que viaje de Teherán hacia París para firmar formalmente el divorcio debido a que ella busca recomponer su familia con una nueva pareja, Samir (Tahar Rahim), un joven dueño de una tintorería cuya esposa se encuentra en estado vegetativo.

    Samir tiene un hijo, el pequeño Fouad (Elyes Aguis) que vive con Marie y sus dos hermanastras, una adolescente llamada Lucie (Pauline Burlet) y la más chica Léa (Jeanne Jestin). Ambas soportan las convulsiones afectivas de su madre y sus intrincados escarceos con los hombres sin conocer en realidad qué lugar representan en ese escenario de guerra permanente más allá del rol de hijos tanto biológicos como no biológicos. Lo cierto es que en el instante que Marie decidió darle una oportunidad a Samir en su vida, el pasado de sus anteriores fracasos de pareja parece golpear a su puerta y hacerse presente con la llegada de Ahmad, víctima en cierta forma de las decisiones extremas de Marie que lo involucra en el ojo de la tormenta cuando comienzan a desmoronarse todas las coartadas afectivas o extorsiones a partir de la culpa y salen a la luz secretos que la comprometen y que cambian el punto de vista de Ahmad frente al panorama de desintegración familiar del que es testigo.

    El guión de El pasado despliega varias capas narrativas y funciona como un mecanismo de relojería cuasi perfecto, en el que cada pieza encaja en un verosímil dramático de gran intensidad sin golpes efectistas y ceñidos a las emociones humanas por sobre todas las cosas. El realizador iraní, al igual que en su anterior film La separación, no apela al juicio moral de sus personajes a partir de sus actos sino que pretende comprender sensiblemente la espesura de la existencia humana cuando está en juego nada menos que la búsqueda justificada de la propia felicidad a expensas del dolor ajeno.

    Más allá de tratarse de un cuadro social que hace foco en las nuevas composiciones de familias, surcadas por la urgencia de los adultos de construir núcleos sólidos tomando lo que se tiene a mano cuando en realidad nada se tiene tan a mano, la idea rectora de la película consiste en las resonancias conflictivas sobre los entornos y en las grietas que esos trastornos generan en los eslabones más débiles de la cadena. El punto de vista de los niños, sumado al del extraño que llega a París, permite al director iraní marcar la distancia necesaria para no contaminar su relato y aparecer bajo una mirada menos sesgada desde el punto de vista sociológico. La sensación de desamparo la transmite el rostro compungido del pequeño Fouad, quien muchas veces es tratado por Marie como un adulto cuando se trata nada más que de un niño; la falta de madurez de una madre como ella la refleja la combativa y rebelde Lucie, quien sacude las apariencias simplemente porque no soporta las hipocresías y mucho menos la culpa por ser frontal con sus sentimientos.

    De sentimientos rotos y de las estrategias para recomponerlos o al menos transformarlos se trata El pasado, un relato de corte realista, crudo y sin recetas mágicas, que seguramente deje abierto el debate en un contexto donde cada vez es más habitual encontrarse con familias ensambladas como esta.
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  • El desconocido del lago
    Cosa de hombres

    La desmesura en el tratamiento de las escenas de sexo explícito entre hombres puede resultar un tanto chocante al espectador que se acerque al universo de El desconocido del lago, film del realizador Alain Guiraudie que explora el mundo masculino a partir de los encuentros azarosos y furtivos de bañistas que buscan relaciones sexuales sin compromiso en una playa aislada del mundanal ruido de la sociedad francesa.

    El punto de encuentro siempre tiene al inmenso mar como testigo de charlas banales o intentos infructuosos de seducción entre los interlocutores. Luego, el ritual del chapuzón a las orillas de la playa o adentrarse mar adentro para encontrar otro tipo de intimidad o jugar peligrosamente a la muerte con un desconocido que atrae por su sexapeal, su virilidad pero también por ese misterio que expulsa todo intento de aproximación o compromiso de otro tipo.

    Los personajes de este relato cuidado desde los aspectos formales no tienen un pasado que pueda conocerse más allá de los escuetos indicios que revelan las conversaciones ocasionales. Están suspendidos en un aquí y ahora atravesado tangencialmente por la libre expresión del deseo y más específicamente por el instinto sexual a flor de piel. Esa desnudez de los cuerpos –frontales, genitales- se traduce también en otra menos visible cuando cada uno se expone tal cual es ante los ojos ajenos.

    Por eso el descubrimiento accidental de un asesino entre esos extraños no resulta tan anormal para aquellos que concurren a esa playa sin preguntarse con quien pasan el tiempo y menos cuándo se concreta el acto sexual. La naturalidad con la que van transcurriendo los pequeños hechos en esta historia es único mérito del tono elegido por el realizador para introducir algunos elementos genéricos del policial en un contexto que parece idílico o soñado.

    Alejado de todo convencionalismo y consciente del riesgo, el uso austero de los recursos cinematográficos aportan al film una atmósfera hipnótica donde cobra un protagonismo fundamental la luz y la oscuridad en una dialéctica interna que permite revelar y ocultar los cuerpos y sus actos para dejarse llevar por un tanteo sensible donde juegan todos los sentidos, especialmente el sonido y el silencio.

    El desconocido del lago no es un film de temática gay con otros aditamentos a pesar que el erotismo y el pornosoft dicen presente sino una película sobre las relaciones humanas, las máscaras sociales y la libertad del deseo.
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  • Motín en Sierra Chica
    Empanada de preso

    La banda de Los doce apóstoles se hizo famosa en las crónicas periodísticas de los noventa por haber sido responsable de lo que se conoció en la historia del servicio penitenciario argentino como el motín más sangriento, del que existe un libro del periodista Luis Beldi, quien reveló detalles atroces y consiguió testimonios de sus cabecillas, además de numerosos informes periodísticos que más allá de los datos de color y la morbosidad dejaron en evidencia la crisis del sistema penitenciario; las aberrantes situaciones de muchos presos comunes y un sinfín de interrogantes y pases de factura entre las cúpulas del sistema carcelario nacional y las autoridades políticas.

    En el relato cronológico resulta clave la fecha de vísperas de pascuas en el año 1996 cuando en la Unidad N° 2 de Sierra Chica por la tarde y con muy poca seguridad se produjo un intento de fuga de 13 presos con el saldo de uno de ellos muerto (de ahí el nombre 12 apóstoles) que derivó luego en la toma total del penal con más de mil presidiarios -que hicieron las veces de rehenes- a los que se sumaron 13 guardias, dos pastores evangélicos. A horas de iniciado el motín, que rápidamente tomó estado público y se hizo eco en otros penales, se apersonó al lugar la entonces jueza en lo Criminal y Correccional Nº 1 de Azul, María Mercedes Malére, quien ingresó al penal junto a un secretario para mediar en el conflicto, y ambos fueron capturados por los internos.

    La carpintería del penal y el horno de panadería son los elementos más importantes además de la cifra de ocho muertos –presos todos ellos- cuyos cuerpos fueron incinerados o utilizados para la preparación de empanadas, hecho que coronó el trascendido periodístico y que marcó a fuego la anécdota de Los doce apóstoles y sus renombradas empanadas de preso.

    Así las cosas, la ficción de Jaime Lozano -basada en este hecho real- procura ilustrar algunos de los acontecimientos acaecidos en Sierra Chica para transmitir desde la tensión del relato las horas de infierno que fueron oscureciendo a medida que pasaron los días y donde la situación no estaba en absoluto controlada por las autoridades, bajo la amenaza permanente de lo que pudo haber sido una masacre de gran magnitud que no llegó a concretarse por las negociaciones entre los involucrados con el servicio penitenciario.

    El antecedente cinematográfico más cercano en cuanto a película carcelaria es la prolija y artísticamente noble El túnel de los huesos (2011), pero Motín en Sierra Chica se ubica muy por debajo en materia cinematográfica y se aproxima a lo que podría emparentarse con una serie televisiva por los registros actorales y la rusticidad de la puesta en escena. No alcanza jamás el nivel por ejemplo de la serie Tumberos –altamente superior en cuanto a guión y despliegue visual- y esto se refleja en su escasa calidad narrativa a pesar de contar con un elenco aceptable para el convite, donde son notables las diferencias actorales por ejemplo entre Jorge Sesan o Alberto Ajaka en comparación con el resto de sus compañeros, incluida Valeria Lorca en el rol de jueza demasiado sobreactuada para el papel.

    La violencia no se escatima en el registro, que no puede huir de la representación más elemental (duelo de facas, corridas por pasillos) pero la falta de ritmo en una trama con demasiados altibajos se evidencia como un verdadero obstáculo que no deja fluir dramáticamente la historia, sin dejar de mencionar una banda sonora chirriante y molesta a cargo de Alberto Quercia Lagos, que con su omnipresencia perturba la atención del espectador.

    La historia de Sierra Chica y su motín sangriento era más que tentadora para convertirla en película pero a pesar de esas buenas intenciones en esta oportunidad fracasa en todos los aspectos.
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  • El sobreviviente
    Los muchachos también lloran

    Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Emile Hirsch y Ben Foster se disfrazan y juegan por casi cuarenta minutos de pura adrenalina, acción trepidante y exposición física a que son marines sofisticados y altamente preparados para soportar todo tipo de situación extrema en medio del conflicto bélico de Afganistán, donde gracias a los documentales valientes como Restrepo y Dirty wars –nominado al Oscar- se conocen las aberraciones que el ejército de la potencia más letal del planeta comete sobre poblaciones civiles, aldeas de pastores, bajo el pretexto de la lucha sin cuartel contra el terrorismo y el fundamentalismo talibán.

    Por eso, despojado de toda profundidad o manifiesto antibelicista, el director Peter Berg construye una historia de épica heroica a partir de los hechos verídicos que uno de los sobrevivientes, Marcus Luttrell, interpretado por Mark Wahlberg, recoge en sus memorias, en las cuales el director de Battleship (2012) despliega sus obsesiones y su particular modo de patrioterismo y chauvinismo insultantes.

    El comienzo de El sobreviviente condensa desde material de archivo sobre los duros entrenamientos de los Navy Seals, rostros de dolor y una incipiente muestra de sobre exposición de las cualidades heroicas de esos muchachos de pelo raso, las intenciones propagandísticas más allá de los méritos cinematográficos en la puesta en escena y en las secuencias de acción propiamente dichas.

    Al relato central que demora en poner al grupo de cuatro soldados, que tienen la misión de asesinar a un líder terrorista que se esconde entre los civiles, a expensas de la suerte en la montaña y a merced de un nutrido y feroz enemigo que los dobla varias veces en cantidad y poder de fuego lo atraviesa una forzada estrategia de empatía emocional para que el público sufra el destino trágico de estos héroes de carne y hueso que están allí para velar por la libertad de los sojuzgados campesinos causada por los despiadados y malvados talibanes.

    La acción no tarda en aparecer y la tensión cuando el pelotón pierde todo contacto con sus bases y debe sobrevivir día y noche en un terreno hostil, con escasas municiones, comida y un cartel de hombre muerto pegado en la frente si es que el rescate de los helicópteros Apaches no se concreta en la curva de tiempo estimada porque el enemigo no tiene piedad.

    Repiqueteo de balas zumbadoras, caídas libres desde alturas inimaginables y fracturas expuestas son los condimentos físicos que Peter Berg resalta en este entretenido pastiche pro militar al que le sobran por lo menos cuarenta minutos de metraje y drama insulso, así como las cataratas de patriotismo que exuda en cada plano hasta el último aliento de su protagonista y bajo la prédica extorsiva de los créditos finales con la foto de estos muchachos que también lloran.
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  • Inevitable
    Inevitable
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    Los amores cruzados

    Destino, azar, amores inevitables se entrecruzan en este relato que el director español Jorge Algora (El niño de barro, 2007) lleva al cine, inspirándose en la obra teatral de Mario Diament, donde el drama y el suspenso se mezclan a partir de una trama sólida que gira en torno a las consecuencias de la toma de decisiones cuando la rutina resulta aplastante en el caso de algunos personajes o el precio de la incerteza que a veces puede pagarse demasiado caro en el caso de otros.

    Por un lado, la descripción de una crisis matrimonial de la pareja conformada por un empleado bancario (Darío Grandinetti) y su esposa psicoanalista (Carolina Peleretti) expone el malestar de sus personajes por la falta de horizonte en sus vidas y la aparente renuncia al cambio arrastrada desde la actitud conformista propiamente burguesa. En paralelo, el errático pero a la vez intenso romance clandestino entre el bancario y una escultora, que vive en el pintoresco barrio de la Boca (Antonella Costa), abre las puertas a la aventura y a los inevitables obstáculos que se presentan en el camino cuando la pasión enceguece a la razón.

    Sin embargo, quien maneja a modo de demiurgo invitado las coordenadas de estos amores cruzados es un escritor ciego –el fantasma borgiano dice presente- interpretado por Federico Luppi, quien desde sus charlas con el protagonista en el banco de una plaza sutilmente interviene en su vida y reescribe metafóricamente su propia historia, quizás deformaciones del oficio de escritor o simplemente como un pretexto para que la soledad no se siente junto a él en esa plaza poblada de inevitables destinos, que el propio ciego desconoce y sobre los cuales no tiene acceso.

    La estructura narrativa simple y prolija empleada para el desarrollo dramático adopta por un lado la sutileza y el símbolo como hilo conductor de un guión que se destaca por algunas frases ingeniosas en el duelo verbal cotidiano entre Luppi y Grandinetti, cuando no le llega el turno a Carolina Peleretti con una paciente, interpretada con corrección por Mabel Rivera. La actriz Antonella Costa, por su parte, compone un personaje de personalidad avasallante, misterio sensual y cierta fragilidad para conseguir de inmediato la atención del empleado bancario, su billetera y el goce del juego prohibido cuando éste se expone y se obsesiona al punto de disfrazarse (convertirse en otro) y perseguirla hasta las últimas consecuencias.

    También se vive desde la propuesta como un juego el coqueteo permanente con los dobleces de las personalidades y el vértigo que implica conectarse con los aspectos más oscuros en las relaciones humanas sin reparar en los daños que pueda causar la necesidad de respirar otro aire cuando la atmósfera parece viciada y asfixiante, en esa letanía permanente que se traduce en la falta de desear un cambio por temor o culpa acumulada.

    El título del film elude precisamente el significado literal de la palabra inevitable para abrir, aunque más no sea desde la actitud inconsciente, la chance de transformarse y mutar hacia otras realidades menos perceptibles cuando la necesidad perentoria de existir parece algo Inevitable.
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  • El mejor de nosotros
    Todo por un amigo


    El antecedente cinematográfico de Jorge Rocca es el melodrama en blanco y negro Patrón (1995). También en blanco y negro se desarrolla esta suerte de drama de conurbano pero trasladado al interior (rodada en Tucumán) para dar rienda suelta a una adaptación libre de la novela Lanús, del escritor Sergio Olguín y bajo un tono de realismo sucio y desprolijo que por momentos da la sensación de un amateurismo alarmante.

    El mejor de nosotros, así se llama el film, cuenta con un elenco tan dispar en sus actuaciones y tan poco ducho a la hora de decir los textos de un guión que deja bastante que desear, que es muy poco lo que puede rescatarse.

    La historia tiene un costado interesante a partir de la muerte dudosa de un amigo del protagonista y su barra de toda la vida, reunida como pretexto del funeral y donde la sospecha de un asesinato en manos de la policía, tras un robo frustrado, apunta directamente al corazón de una mafia de poca monta liderada por un histórico del barrio, quien levanta quiniela y está involucrado en negocios turbios para los cuales consigue mano de obra desocupada mucho más rápido que lo que tarda el protagonista en infiltrarse en el negocio para descubrir la verdad sobre la muerte de su amigo.

    La presencia de una ex novia del finado, un amigo travesti y una prostituta procuran darle algo de color a este claro oscuro sin sustancia, muy mal dirigido a pesar de contar con el hallazgo actoral de uno de Los Nocheros como Alvaro Teruel y la sorpresa de Claudinna Rukone en el rol de Vanesa la travesti.
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  • La segunda muerte
    La madre de todas las madres

    Fe y razón son dos fuerzas antagónicas de fuste en cualquier historia que las ubica a la par. Ese equilibrio inestable se rige bajo su propia lógica interna y es precisamente en la distancia entre un elemento y otro por donde pasa el éxito o fracaso de un relato atravesado por las coordenadas de género, que aquí se respetan a rajatabla.

    La ópera prima de Santiago Fernández Calvete (ver entrevista), La segunda muerte, se estrenó en el marco de la sección Nocturna del BAFICI 2012 y tuvo una acogida de público y crítica más que respetable sencillamente por méritos propios y más tratándose de cine argentino independiente que apuesta al género con el consabido riesgo de la empresa.

    El policial de investigación sobrenatural se desarrolla sin tropiezos en la trama pero ese nivel narrativo habilita otras capas más profundas y que se conectan por ejemplo con esa dialéctica representada en una lucha de fuerzas en donde lo desconocido y en su faz más tangible el miedo a lo desconocido ocupan el corazón del texto.

    Para ello desde el guión, autoría del hermano del director, se construyen dos personajes centrales: una policía escéptica y entregada a los métodos convencionales, Alba Aiello (Agustina Lecouna), quien llega a Pueblo chico -así se llama el lugar- para investigar un extraño caso, cuya particularidad es que las víctimas aparecen completamente incineradas por combustión interna.

    A ese dato se suma la correspondencia de testimonios de testigos con elementos en común -que por razones obvias no revelaremos aquí- vinculadas con historias del pueblo y el pasado de cada habitante, que se interconectan con la galería de personajes secundarios, todos ellos poseedores de un secreto a develar en un círculo que ya parece cerrado en un pacto de silencio. El otro personaje que desvía el eje de la investigación y pone en crisis el pensamiento y proceder de la policía está representado por un niño (Tomás Carullo Lizzio) con el don de la clarividencia, explotado por su padre, cuya singularidad es la conexión con hechos del pasado y no con el futuro –retrocognición-, quien a lo largo de la trama entablará una relación particular con la protagonista.

    No es conveniente avanzar en la historia, colmada de detalles, para ir armando un complejo rompecabezas, sin dejar de destacar que estamos en presencia de un relato prolijo pero cuyo fuerte es lo climático y las atmósferas perturbadoras, que con austeridad de recursos e inteligencia parecen claves desde la puesta en escena cuidada y meticulosa.

    El trabajo de las capas sonoras de Sergio Korin para jugar con las dimensiones de primeros, segundos y hasta terceros planos auditivos fuera de campo se amalgama perfectamente con la trémula atmósfera pseudo gótica que atraviesa la investigación policial e introduce al espectador en un vibrante thriller religioso, con buenas actuaciones de Agustina Lecouna y especialmente de Tomás Carullo Lizzio, sin desentonar Guillermo Arengo y Germán de Silva, dos secundarios de peso, con una lectura audaz de ciertos símbolos pero siempre en beneficio de la historia que se desea contar, sin especulaciones o golpes efectistas a último momento.
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  • Ella
    Ella
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    Nostalgia por lo humano

    La soledad es un tema universal, el amor también. Ahora bien, con la llegada de la era virtual y la frontera digital a cuestas se han roto y abierto nuevos paradigmas que se entroncan desde las raíces más profundas con aquellos tópicos que desde los ancestros marcan el derrotero de nuestra existencia y que procuran responder tal vez ese interrogante más incómodo que nunca queremos afrontar: ¿Cuál es el sentido de la existencia humana si existe la soledad?

    Tal vez enamorarse; encontrar esa mitad para complementar el propio vacío nos acerque a una respuesta aliviadora, pero conscientes siempre de la fugacidad no nos alcanza y entonces surgen alternativas para no estar solo. Internet y las redes sociales llegaron para ocupar ese vacío; llegaron para destapar nuevos vacíos y de ese nuevo vacío -y tantas otras cosas- es de donde el guionista y director Spike Jonze parte para desestructurar a cualquier espectador que pretenda encorsetar su película en un género o procure traducir en una reseña de qué se trata Ella.

    El futuro en el que se ancla el film está mucho más acá que allá, porque los elementos que se juegan en la trama existen en el presente pero su aplicación y dinámica excede por ahora la realidad. Con esto quiero decir que es factible que una computadora hable e interactúe con un humano -no que evolucione por su pensamiento- ; realice tareas por él a fin de complementar sus actividades y que ese nexo de interacción entre ambos se pueda percibir –siempre desde el punto de vista del usuario- como algo real; como si tuviese entidad, donde lo artificial se ve anulado precisamente por la necesidad perentoria de creer en algo. ¿Acaso el amor no puede entenderse en cierto sentido como un acto de fe que involucra a dos en principio, cuando no a tres o más de tres?

    Ella es un film que abraza la nostalgia por lo humano, dado que el conflicto invisible que arrastra a sus personajes no es otro que haber perdido el tacto por lo humano en reemplazo del no tacto que propone lo virtual. En eso se juega también el cuerpo, lo físico y el deseo no como proyección sino desde lo visceral y la imposibilidad concreta de convertir en acto ese deseo.

    La originalidad del guión del creador de Ladrón de orquídeas es por un lado la efímera sensación de construcción de un mundo perfecto para los ojos del protagonista, Theodore (Joaquin Phoenix), cuya tarea consiste en escribir cartas ajenas o tarjetas de salutaciones y seguir ese derrotero de vidas de terceros que lo conecta con su fibra sensible. Su vida social es tan mustia como la música que escucha y el recuerdo de una relación de pareja idílica lleva fecha de vencimiento dado que su próximo paso en el amor es el divorcio definitivo de aquella mujer que pareció amarlo pero que un día se desencantó por verlo cambiado y decidió dar un paso al costado, dejando una importante herida en Theodore y una cuña imposible de romper en ese círculo vicioso de la interacción con otras personas de carne y hueso.

    La perfección espontánea llega a partir de la instalación de un sofisticado sistema operativo -se acuerdan de la deliciosa Sueños eléctricos, 1984- que cuenta con la particularidad de ir evolucionando a medida que toma contacto con su usuario. Eso para Theodore es Samantha (Voz de Scarlett Johansson), una alternativa virtual que lo va acompañando en su rutina ¿evolución? y que lo entiende, lo valora, lo necesita igual que él en relación a su dependencia. Samantha comprende los sentimientos e indaga acerca de las particularidades que constituyen los avatares de la existencia humana y con esas respuestas refleja las contradicciones y los miedos por los cuales ese mundo perfecto se derrumba.

    La virtud de Spike Jonze es también la de haber creado un personaje absolutamente fuera de campo que tiene más presencia y peso que el propio protagonista, aunque lamentablemente se reconozca muy rápido a Scarlett y entonces se complete ese rostro que nunca aparece y la personalidad avasallante de la actriz surge aunque no se la convoque a pesar de la ausencia del cuerpo. El resto de los laureles se los lleva Joaquin Phoenix en una actuación memorable y Amy Adams que opera como espejo o elemento simétrico para que el conflicto de la incomunicación y la soledad encuentre otros rumbos en paralelo y abra otras grietas. La simetría por ejemplo la constituye el hecho de que ella se dedica a programar juegos interactivos y también esas vidas virtuales forman parte de su propia vida apagada.

    Spike Jonze no comete ningún exabrupto o recae en líneas explicativas para despejar todos los interrogantes que atraviesan el universo de Ella; abraza desde lo formal y la imagen melancólica con tonos opacos (soberbia la fotografía de Hoyte Van Hoytema), la música de Arcade Fire y un texto surcado por diferentes capas narrativas aquel cine contemporáneo y urgente que da cachetazos al Hollywood mediocre, moralista y bien pensante, que adormece con finales felices el espíritu del público en vez de proponerle un puente para que se conecte con lo más profundo de su esencia: su dolor y su creatividad para superarlo.
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  • Luna en Leo
    Luna en Leo
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    Diferencias conciliables

    La falta de espontaneidad en los diálogos y una sugerente desconexión entre los protagonistas Ismael Serrano y Carla Pandolfi le juegan demasiado en contra a este segundo opus de Juan Pablo Martínez, Luna en leo, aunque no pueden dejar de destacarse los logros en cuanto a lo formal y al retrato nocturno de Buenos Aires, escenario propicio para historias de amor o de encuentros importantes como el que motoriza esta sencilla premisa.

    Leo (Ismael Serrano) es un español que vive en Argentina y aspira a que le publiquen una investigación periodística para salir de la rutina de escribir horóscopos para el diario, sin saber nada de astrología. Se cita con Luna (Carla Pandolfi), una sensual y confiada treintañera como él para conocerse en un bar pero algo que parece de rango corto, dada las incompatibilidades, se prolonga durante toda la madrugada en charlas triviales, juegos de pool o una cena en un restaurante mexicano para terminar la jornada en un cumpleaños de una amiga de ella.

    En esas pequeñas incursiones rápidamente se definen los contrastes entre Leo y Luna: ella una cínica irresistible –el recuerdo de la Julie Delpy de Antes del amanecer dice presente- y él algo tímido, nostálgico pero positivo ante los cambios que puedan realizar las buenas acciones. Por suerte, desde el guion de Ismael Serrano, Juan Pablo Martínez y Jimena Ruiz no se cae en la tentación de marcar las diferencias de clase y jugar el discurso anti burgués tan de moda últimamente para ir tejiendo desde las mínimas diferencias y detalles los rasgos constitutivos de cada personaje.

    Sin embargo, Carla Pandolfi (Días de vinilo) opaca con su manera de decir y su actuación medida al pobre trabajo de un Ismael Serrano que por momentos parece desconectado o al menos desconcertado con su propio personaje, salvo en aquellos instantes de soledad donde sale el cliché.

    Las referencias a ciertas series o películas son un buen puntapié para el desarrollo de diálogos pero se quedan en la superficie de la anécdota y no funcionan como nexos para dar cabida a otras instancias más profundas en que cada uno exponga sus verdaderos conflictos, contradicciones, miserias y virtudes.

    Luna en leo se queda a medio camino porque a pesar de desbordar en palabras y verborragia -a veces forzada- no le saca el jugo y el brillo a la noche, a sus personajes y a su poca interesante historia.
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  • El verano siguiente
    Tributo que queda en familia

    Estructurado por episodios coincidentes con las estaciones del año, El verano siguiente es un documental que gira en torno a la banda uruguaya de rock No te va gustar, pero que se concentra en un momento crítico debido a la inesperada muerte de su tecladista Marcel Curuchet –fallecido por un accidente de moto en julio de ese año- en pleno proceso de producción y grabación de lo que terminó siendo su séptimo disco: El calor del pleno invierno.

    El director argentino Gabriel Nicoli logra a través de la cámara adentrarse en ese clima de intimidad de los miembros de la banda durante todo el período de grabación del álbum en el estudio de Montevideo Elefante blanco. Allí, desde febrero hasta septiembre de 2012 se terminó de producir este séptimo trabajo, que para la banda marcó un punto de inflexión tras la ausencia de su tecladista, aspecto que fortaleció anímicamente al grupo a pesar de la tristeza y ese hecho particular se vio reflejado en el show ante 50.000 personas en la costanera sur en 2013.

    Ese hito que marca el desenlace del documental de Nicoli se entronca con los pequeños momentos que fue registrando el realizador argentino donde su líder, el guitarrista Emiliano Brancciari, toma la posta como voz predominante pero sin acaparar completamente el centro de atención, a pesar de que la voz en off que conduce de cierta manera el relato está a su cargo.

    Las diferencias a la hora de elegir canciones, las rencillas entre los miembros de la banda y esa sensación constante de camaradería en los ratos de ocio con torneos de futbol virtual forman parte de las anécdotas que van sumándose a lo largo de 69 minutos sin un hilo conductor pero que seguramente para aquellos fans no resulte importante siempre que algún aspecto no conocido sea revelado. Y en ese sentido es donde El verano siguiente se destaca porque logra mantener la distancia entre persona y personaje sin abusar de entrevistas o puestas en escena para que la obra sea más redonda.
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  • Mika, mi guerra de España
    Ideales que no mueren

    Los protagonistas de esta historia de amor y guerra son Mika Etchebéhère y su esposo Hipólito, ambos comprometidos desde muy jóvenes con la política pero sobre todas las cosas con las causas que intentaban reducir la brecha de la injusticia en el mundo.

    Así, lo describe el documental Mika, de Fito Pochat y Javier Olivera, con una protagonista singular, revivida en la sentida pero profunda interpretación que la voz de la actriz Cristina Banegas nos regala valiéndose de textos extraídos de las páginas del libro Mi guerra de España, publicado en los 70, elemento que forma parte del operativo de reconstrucción de las vivencias de su autora Mika junto a Hipólito durante su participación en la Guerra Civil Española como parte de la resistencia contra las fuerzas franquistas.

    Un relato que por momentos parece apresurarse en la cadencia estrepitosa como si la memoria buscara ganarle la batalla al olvido para contar una guerra en primera persona luego de muchos años y con las reflexiones que el corazón calla para que las heridas no sean tan profundas.

    El material de archivo que los realizadores eligieron rigurosamente ubican el contexto y entonces las palabras cobran un sentido distinto, así como las fotos o los segmentos de una entrevista para conocer otros aspectos de esta mujer, quien fuera capitana durante la época de la guerra y activa luchadora, desde todos los frentes, por convicción más que ideología política.

    La amplitud del documental y los recursos cinematográficos al servicio del relato para trazar una silueta compleja más allá de su contorno permiten llegar a conocer cómo pensaba Mika Etchebéhère, que con sus 70 años formó parte del Mayo francés desde su incansable militancia por la vida y la justicia social. Vale la pena conocerla como testimonio de una época difícil que cinematográficamente quedó coronada en el documental Morir en Madrid y que ahora reaparece desde un lugar muy diferente gracias a esta obra.
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  • La corporación
    La corporación
    CineFreaks
    Vidas de plástico

    ¿Qué tan lejos nos encontramos del presente oscuro que atraviesa el universo de La corporación?, el nuevo opus del realizador Fabián Forte (Mala carne, 2003) que ya fuera presentado oficialmente en el 27 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

    La respuesta contempla dos partes porque por un lado la premisa que presupone que el dinero puede comprarlo todo en un mundo ordenado bajo las leyes del capitalismo salvaje y el individualismo a ultranza encajan perfectas en el planteo rector, donde están expuestas sutilmente las aristas negativas que construyen una faceta interesante del protagonista (buena interpretación de Osmar Nuñez), un empresario metódico, seco y pulcro, quien contrata los servicios onerosos de una corporación para así satisfacer todas sus necesidades y deseos, entre los cuales se encuentra la compañía de una misteriosa y sensual mujer (la fotogénica Moro Anghileri) con quien convive bajo el rol de esposa, ama de casa, amante, objeto de deseo y varios etcéteras.

    Pero por otro lado -y este es el costado singular del film- también se desprenden los conflictos internos causados por la imposibilidad de obtener todo lo que se desea –tener un hijo con ella por ejemplo- cuando se es víctima de un entorno de apariencias y artificio autoconsciente para combatir la tristeza de la soledad.
    Estos tópicos, a primera vista separados, se conjugan y amalgaman porque la trama, que adopta diversas texturas en función a una mezcla muy interesante de géneros como la comedia, el drama, el thriller y elementos de la ciencia ficción, se encarga de desarrollarlos equilibradamente respetando siempre el punto de vista del personaje, quien además opera como guionista de su propia vida al escribirle a su mujer rentada diálogos completos como si se tratara de una película centrada en una historia de amor devenida triángulo amoroso para culminar en thriller psicológico.

    En otro orden y ya entrando en el terreno conceptual resulta más que atractivo el artificio de la puesta en escena que expone precisamente ese grado de apariencia constante dado que todo lo que se ve en escena es producto de una construcción previa, cambiante y adaptable que se adosa a la realidad y muestra sus diferentes capas.

    No puede dejar de relacionarse para quien esté familiarizado con lecturas de ciencia ficción –Fabián Forte ha declarado en varias ocasiones su afición por Ray Bradbury, entre otros escritores- la idea central de este mundo artificioso y confeccionado a medida que por su propia inconsistencia, falsedad, estalla o colapsa en el peor de los sentidos, pero tampoco, y ya desde lo cinematográfico, se puede obviar por ejemplo el film de David Fincher Al filo de la muerte (1997) o la serie televisiva -y no muy conocida- Dollhouse (2009-2010) sin dejar por supuesto de mencionar Las mujeres perfectas (2004) protagonizada por Nicole Kidman.

    De estas referencias tanto literarias como cinematográficas el puente intertextual con La corporación resulta más que adecuado porque todas ellas de cierta forma anteponen la dialéctica del automatismo frente al impredecible comportamiento humano y mucho más si se trata de relaciones amorosas en conflicto, algo que ya el propio Forte en su largometraje Celo (2008) exploraba y también desde un relato de obsesión como el que configura este sugestivo y más que bienvenido film argentino, que sabe dosificar el suspenso, habilitar el drama sin forzar situaciones y sobre todas las cosas unir elementos que en apariencia parecen incompatibles pero que con inteligencia y una sensibilidad acorde calzan maravillosamente
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  • La paz
    La paz
    CineFreaks
    En los confines

    ¿Cómo reinsertarse en el mismo lugar expulsivo que detonó una crisis a nivel emocional si el deseo no existe? Ese es el dilema que atraviesa Liso (Lisandro Rodríguez), un joven que tras un largo periodo de internación en un neuropsiquiátrico recibe el alta para intentar recomponerse en el seno de su familia –padre ausente y madre sobreprotectora- y así comenzar una nueva etapa en su vida.

    Sin embargo, a primera vista el desencanto del protagonista hacia todo aquello que lo rodea marca una frontera entre su mundo y la realidad, umbral que apenas cruza al tomar contacto con su abuela o en alguna charla contenedora con Sonia, la empleada doméstica de origen boliviano que parece entender su silencio y su estado espiritual. Todo contacto con el entorno implica enquistarse y quedar atrapado entre lo que pudo haber sido y no fue, como por ejemplo una relación duradera con una novia (Pilar Gamboa) y el proyecto de tener un hijo, deseo que parece inalcanzable en el presente de Liso tras su recaída que derivó en internación.

    ¿Cuál es la búsqueda de Liso, entonces? La respuesta no es sencilla teniendo presente la connotación del título de este último opus de Santiago Loza –ganador del último BAFICI- en la ambigüedad de lo que significa La paz porque si el concepto se abstrae o vacía de su significado último se transforma en un lugar, es decir en un espacio geográfico concreto y alcanzable si es que se logra destruir las ataduras con el presente y con el pasado. Bolivia representa aquí el no lugar más que el lugar dado que para el punto de vista del protagonista es ese refugio en el que ninguna mirada lo juzga; donde no existe un Liso medicado o un Liso hijo, sino sencillamente Liso. La connotación en este sentido reafirma la búsqueda del cambio y una vez que las raíces se cortan de cuajo florece algo nuevo.

    La cámara a cargo de Iván Fund -también la fotografía- narra desde los espacios que ocupa manteniendo esa distancia necesaria entre los personajes, sin encimarse pero tampoco tan lejos de ellos salvo en los paseos en moto de Liso y su rostro enajenado. Son los reflejos o las expresiones las que dicen más que las escuetas palabras; son las miradas al vacío las que llenan esa atmósfera aciaga, las que atraviesan la quietud de los cuerpos, que en el film ocupan un lugar siempre desde la pasividad, ya sea en la cama, en la posición de tiro o al tomar sol en una reposera.

    La paz se estructura en capítulos hilvanados con meticulosa precisión desde un guión no abarrotado de palabras, minimalista, pleno y austero como la puesta en escena para que el in crescendo dramático se construya paulatinamente y así estalle en un clímax realmente inesperado.

    Cine de contrastes que encuentran desde la imagen su valor expresivo cuando de la monotonía cromática de esa casa familiar se desplaza a los colores vivos de la fiesta de Copacabana y su danza desprejuiciada y alegre.
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  • Nebraska
    Nebraska
    CineFreaks
    El viajante y el camino

    Parece que para el director Alexander Payne las transformaciones se producen luego de atravesar un camino de aprendizaje que implica retroceder hacia el pasado pero siempre con los ojos para adelante. Es ese recuerdo y la búsqueda el que traza la dirección en todos sus personajes y para los cuales el trasvasamiento generacional –evitemos las alusiones políticas del término- es fundamental. Padres e hijos a veces presentes y otras desde la propia ausencia transitan un sinuoso pero fructífero viaje iniciático y así duelan el ayer para asimilar el aquí y ahora transformado.

    Con Nebraska, la operación resulta similar a lo que ocurría con otro film del director también protagonizado por un anciano, Las confesiones del Sr. Schmidt (2002), en ambas la idea reparadora funciona como un legado para los otros cuando las instancias de la propia existencia se ven confrontadas con el inevitable paso del tiempo y con el inminente final. Por eso un autoengaño es el pretexto que motoriza un reencuentro entre padre e hijo bajo la excusa de ir a reclamar un premio de un millón de dólares por una carta que bajo la argucia publicitaria funciona de carnada para la pesca de incautos o desesperados.

    Claro que el protagonista, Woody Grant (Bruce Dern), viene de un mundo en el que la palabra tenía un valor y por ese motivo considera que lo que está escrito es prueba contundente para realizar un viaje de más de mil kilómetros en la topografía mustia de la América más profunda y bajo el aletargante recorrido, que tiene como destino su pueblo natal, Billings, sus familiares tan lacónicos como él y su historia de vida a través de los relatos ajenos. Su hijo David (Will Forte) llega a comprender a regañadientes que no se trata del viaje insólito en el que se ve atrapado por culpa o cierta lástima ante la fragilidad mental de Woody sino sencillamente compartir la experiencia para llegar a conocer a ese hombre que bajo su mirada sesgada no es otra cosa que un alcohólico irremediable. El resto de los personajes entre quienes se destaca la esposa de Will, Kate (June Squibb) y su otro hijo (Bob Odenkirk) funcionan como el espejo donde esta relación padre e hijo se refracta, como así también el bloque de personajes secundarios, sin otra característica que la de resaltar su ambición y la necesidad de congraciarse con el futuro millonario a quien siempre consideraron un perdedor.

    El desfile de pueblo chico con miseria grande en Nebraska llega como contrapunto de los rasgos más nobles de Woody y David, tal vez un tanto caricaturizado en su antagonista, quien parece dominar el centro con su éxito a expensas de los demás pero nunca Alexander Payne juzga a sus criaturas por sus actos ni por su conducta ética frente a los demás porque los ubica en el corazón de la inercia que precisamente se encuentra en el extremo opuesto a la idea del viaje.

    Despojado de todo espíritu aleccionador y sin forzar moralejas simplistas, el planteo de Nebraska reconcilia con la importancia de mantener la dignidad frente a los obstáculos que se presentan a lo largo del camino. Convertirse en un viajante, a veces a pie como al comienzo del film, solitario, errático y otras acompañado para recoger los frutos y poder transmitirlos a aquellos que valorizan la búsqueda interior sin atajos ni premios millonarios que nos conviertan en otra cosa.
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  • Errata
    Errata
    CineFreaks
    La odisea interna

    La fragmentación y el corte abrupto con la temporalidad presuponen desde un primer impacto visual la apertura a lo fantástico al hacerse de la multiplicidad de espacios una regla inquebrantable en el universo de Errata, ópera prima del joven Iván Vescovo que explora los límites de la ficción convencional desde la estructura de un policial, colmado de referencias literarias desde los nombres elegidos para cada personaje y mucho más todavía por anclarse en la obra de Borges El jardín de los senderos que se bifurcan.

    Aquello que se bifurca en este opus no es otra cosa que la realidad, siempre marcada por el punto de vista del protagonista Ulises (Nicolás Woller) inmerso en una odisea tras la repentina desaparición de su novia Alma (Guadalupe Docampo), hecho que encuentra una explicación un tanto endeble en un posible secuestro cuya única manera de pagar el rescate es apoderándose de la edición incunable del libro de Borges editado por Sur para la cual existen coleccionistas –Federico D’elia y Boy Olmi en esos roles- dispuestos a vender a su propia madre con total de conseguirla.

    El plan de una estafa en curso se descubre de manera original a partir de los equívocos en el accionar de los personajes o en el reguero de pistas falsas y no tanto que la trama meticulosamente siembra a un ritmo constante, donde también entran en juego las percepciones sobre los hechos y la obsesión cuasi enfermiza por ordenar un caos que se manifiesta con la yuxtaposición de planos de realidad.

    La propuesta de Iván Vescovo deconstruye la idea de la errata como esa equivocación para darle un sentido de construcción de significado diferente, como si se tratara de un apartado autónomo que conduce hacia otra dirección y propone un atajo para desentrañar lo que a simple vista pareciera un error cuando en realidad no lo es.

    En ese juego de vaciar de sentido el concepto también operan las diferentes percepciones sobre la realidad y desde esas percepciones la posibilidad de construir relatos paralelos –aquí el azar se desestima- en los que convive lo onírico con lo pesadillesco como suele ocurrir por ejemplo en el cine de David Lynch. Por momentos el horizonte se pierde en su propia búsqueda estética y desatiende quizás la historia pero nunca la abandona por completo, aunque el desequilibrio entre forma y contenido en Errata es notorio.

    Guadalupe Docampo se destaca gracias a su fotogenia y a la forma desenvuelta con que encara los desafíos en sus personajes, sin atarse a estereotipos o poses, para así encontrar esa dosis justa de misterio que cautiva al no saber realmente hasta dónde controla su interpretación que mezcla esa fragilidad con frialdad de una manera imperceptible.

    Las referencias literarias también forman parte de un juego que el propio Vescovo expone porque todas las características del policial se encuentran dispersas en este mosaico post moderno, que además construye su atmósfera cuando amalgama el blanco y negro de su imagen con la música de Bauer que irrumpe con intensidad en varias ocasiones en el marco de la pesquisa de Ulises y su odisea interna.
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  • La grande bellezza
    Final de fiesta

    No está. Por más que los ojos de Jep Gambardella (Toni Servillo) acudan desesperados en este hipnótico viaje en búsqueda de algo que lo inspire para llevar adelante su segunda novela; esa gran belleza del título ha desaparecido por completo.

    En realidad para la película del talentoso italiano Paolo Sorrentino lo desaparecido es más intangible que una obra de arte, una película como la felliniana La dolce vita –homenajeada desde lo conceptual en esta ocasión- o un libro esclarecedor, algo así como el aura del filósofo Walter Benjamin o la italianidad por ponerle un nombre.

    Anhelos y añoranzas de un hombre en el crepúsculo de su vida y en el de la Italia de la decadencia que se unen a los fantasmas de un tiempo pasado y cohabitan en esta Roma sin rumbo y travestida que forma parte del escenario del film por el que su protagonista deambula errático y se debate en distintas charlas con amigos o colegas para desencantarse de todo y de todos.

    No es la edad de Jep, no es su tránsito por la última etapa de su existencia aquello que influye sobre su punto de vista omnipresente en esta obra maestra, La grande bellezza que puede llevarse el Oscar el próximo 2 de marzo si la Academia se acuerda del buen cine, que apela a la crítica más rigurosa y virulenta sobre la intelectualidad, sobre las poses esnobistas del arte y la hipocresía de una elite anestesiada por el brillo de oropeles artificiales, fiestas electrónicas donde el exceso prima sobre la cordura.

    A dónde fue a parar esa cultura tan rica y lejana a estos tiempos del post modernismo y de la Italia en la era post Berlusconi, es una pregunta que encuentra sus respuestas en las ruinas por las que se pasea Jep acompañado de su cinismo saludable, de su crítica pero nostálgica mirada sobre su país y su gente desde la distancia adecuada para no contaminarse de esa inercia enfermiza que conduce a la nada.

    La dirección de Sorrentino es soberbia porque logra transmitir con sus imágenes la cosmovisión de su personaje sin traicionarlo desde la estética por la estética misma; encontrando el espacio justo para introducir diálogos punzantes que trascienden la mera bajada de línea como suele ocurrir en este tipo de propuestas en donde la ironía acaba dinamitando todo rasgo de complacencia o ternura frente a lo mediocre pero desde una sensibilidad absoluta y con una concepción artística increíble.
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  • Salsipuedes
    Salsipuedes
    CineFreaks
    Los gestos del desamparo

    Lo único explícito en esta sugerente ópera prima de Mariano Luque que ya recorrió festivales, incluido el BAFICI, es su título en base al contexto en que se desarrolla una historia mínima e intensa que gira en torno a las micro expresiones de la violencia de género, protagonizada por un matrimonio joven en crisis, interpretado por Mara Santucho y Marcelo Arbach, acompañados de Mariana Briski y Camila Murias.

    Resulta evidente que por momentos el film exhibe los reflejos de una operación de prolongar una idea de mediometraje para convertirla en largometraje y así acumula planos que no contribuyen al desarrollo dramático, pero ese detalle no desalienta porque el trabajo en la puesta en escena al servicio de la poética es impecable.

    La virtud de Mariano Luque es haber encontrado el equilibrio entre lo que la cámara narra y aquello que busca desde un discurso estético, aunque también prevalece el trabajo meticuloso sobre el fuera de campo para definir los espacios invisibles en los que se escurre la violencia entre Carmen y Rafael, o mejor dicho las consecuencias de ese destrato constante por parte del hombre, que se condensan en el rostro de ella, en los arrebatos de rebeldía espontáneos a las apetencias de él o cuando en silencio su personaje transmite toda esa angustia y bronca acumuladas.

    La relación parasitaria no es otra que la que marca el círculo vicioso de la violencia de género por lo general subrayado en el cine argentino, sin matices y con una carga extra de virulencia gráfica para teñir de tono realista la escenificación. El caso de Salsipuedes precisamente es todo lo contrario y en eso reside su fuerza expresiva: en lo que no se ve en pantalla –no es necesario mostrar golpes, agarrones, empujones, gritos, llantos- pero se mira desde el primer minuto hasta el último.

    Ese juego de poder machista de Rafael, del cual ella no puede escapar, también encuentra su costado cómplice en la tibia mirada de su madre en la piel de Mariana Briski (quizá la diferencia etaria entre madre e hija debería haber sido mayor) y un testigo silencioso en la inocencia de la pequeña (Camila Murias), hermana menor de Carmen.

    El contraste de haber elegido la topografía de un camping al que supuestamente llega la pareja para pasar una jornada agradable funciona eficazmente en Salsipuedes para remarcar el agobio y la opresión cuando la fuga responde más al deseo que a la realidad.
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  • Los desechables
    Los desechables
    CineFreaks
    Un experimento mal terminado

    Los desechables, nueva propuesta de las lides de la FUC, dirigida por Nicolás Savignone es un experimento mal resuelto que nace como parte de la extensión de un taller para actores a cargo de la actriz Andrea Garrote según palabras de su propio director para luego transitar en teoría desde una plataforma cinematográfica el diálogo entre cine y teatro que al juzgar por los resultados en pantalla más que diálogo parece un monólogo que apenas funciona como puntapié de experimentación en lo que a discurso y construcción de personajes se refiere.

    Estructurada en capítulos o viñetas para transmitir una falsa independencia en los relatos que luego se transforma rápidamente y por cohesión dramática en una sola historia, la premisa central inquieta por dejar sembradas muchas preguntas que no obtienen respuesta tanto desde la acción como desde las actitudes de los personajes involucrados.

    No hay que ser demasiado astuto para comprender que todo está librado a la improvisación y en ese nivel de improvisación se nota a las claras la mayor falencia por no saber dirigir a este grupo de actores Maida Andrenacci, Francisco Benvenuti, Miguel Bianchi, Mario Bodega, Ariel Bottor, Nacho Bozzolo, que logran hacer inverosímil la trama no por mérito propio o en busca de un registro surrealista sino por no encontrar matices al texto y a la actuación.

    Los personajes se ven representados como la cara visible de un género y tal vez la búsqueda de la mixtura en el cambio de registro era una idea sólida e interesante pero aquí lamentablemente nunca llega a desarrollarse o a distinguirse, salvo en el segmento Elenco medio estable donde la ironía sobre la intelectualidad, el esnobismo y una subyacente crítica sobre el discurso acrítico surge de manera forzada y con poco vuelo creativo.

    El título de Desechable remite desde una lectura apresurada a todo aquello que se descarta cuando la individualidad o el egoísmo vencen a un conjunto de valores donde entra en juego por ejemplo la ética en los negocios. También son desechables las personas cuando estorban en los planes o en las ambiciones personales, como es el caso de este grupo que trabaja en una empresa de la cual se ha filtrado información vital que pone en riesgo la continuidad de los negocios y para la cual debe existir un chivo expiatorio.

    Así las cosas, traiciones, lealtades, secretos y mentiras se exponen de forma descarnada en un simbólico purgatorio para no llegar a ninguna parte porque no se partió de ninguna parte. No siempre los experimentos cinematográficos resultan atractivos para compartir con el público si es que no se tiene presente el código que los rige por encima de las aspiraciones o buenas intenciones de sus creadores y Los desechables a pesar de su irreverencia formal no aporta nada nuevo ni tampoco seduce con su aparente textura cinematográfica.
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  • El ojo del tiburón
    Aprendizajes

    En este opus del documentalista Alejo Hoijman predomina el espíritu lúdico al buscar un retrato lindero con el documental de observación sobre dos adolescentes que recién comienzan a transitar hacia la adultez y a aprender el oficio de la pesca de tiburones.

    Los parajes exóticos de San Juan del norte, pueblo ubicado en Nicaragua, conforman una postal donde conviven los aspectos selváticos junto a la inmensidad acuática como dos espacios cinematográficos independientes que para el realizador implican un desafío en términos técnicos –llegar al pueblo implica una odisea dado que no hay caminos más que el río que debe atravesarse en botes- al que se suma su conexión en el rol de observador con sus personajes.

    El doble carácter de persona y personaje también configura lo que para Hoijman marca las diferencias entre documental y ficción desde el punto de vista ético más que estético y para romper la inercia la apuesta se eleva en materia de representación cuando los propios protagonistas observan fragmentos del documental y opinan al respecto, tanto como actores u observadores de sus acciones o palabras que una cámara no invasiva capta con enorme sentido para ir configurando un trayecto narrativo coherente en el que se desarrolla, de manera sutil, este tránsito de la adolescencia a la adultez.

    Son esos rituales de lo cotidiano; esas charlas banales entrecruzadas con salidas furtivas en las que la inocencia infantil muchas veces se ve opacada por la realidad más acuciante y despojado de todo halo bucólico para entregar su cara más cruda y salvaje los puntos fuertes de El ojo del tiburón, así como algunos fragmentos donde la verdad emerge más allá de las poses o máscaras en una constante voracidad por registrarlo todo y desde la mejor distancia posible.

    Es visible también esa idea de búsqueda permanente, caótica, por parte del director de Unidad 25 (2008) para encontrar diferentes subtramas a partir de un punto en común que nunca pierde de vista a sus personajes en lucha constante con sus sueños, su entorno y su propia identidad.
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  • El almanaque
    El almanaque
    CineFreaks
    Los pasos de la memoria

    Paradójicamente o tal vez el cinismo y la lucidez trasnochada de algunos quisieron denominar Libertad a la cárcel más emblemática de Uruguay (a 50 km de Montevideo) que albergó durante las épocas de dictadura –hoy sigue activa con presos comunes- a presos políticos, muchos de ellos jóvenes estudiantes, militantes, que parecieron cometer el delito de pensar a contracorriente del discurso dominante y que fueron privados de su libertad sin conocer derechos ni algo parecido a lo que en épocas de democracia se denomina justicia.

    Entre ellos se destaca la historia de Jorge Tiscornia, estudiante de ingeniería que estuvo doce años detenido –el realizador estuvo ocho- y encontró desde la más absoluta clandestinidad y puertas adentro un escape creativo e inteligente para no perder la memoria de esos 4646 días de estadía en el penal, registrados bajo un código propio en diferentes hojas de almanaque, las cuales escondió durante todo ese periodo en la parte interior de unos zuecos de madera confeccionados por él mismo y que no despertaron curiosidad o llamaron la atención de sus guardia cárceles.

    El realizador José Pedro Charlo al tomar contacto con el libro autobiográfico de Tiscornia, Vivir en libertad, gestó este proyecto, El almanaque, para reencontrarse con el protagonista y proponerle esta suerte de mecanismo de decodificación de aquellas anotaciones herméticas y así trazar la topografía de los recuerdos, que son un testimonio viviente y de un valor incalculable para reconstruir el día a día en la cárcel y reflexionar a partir de los recuerdos difusos sobre esa lucha silenciosa contra el olvido; contra la incerteza política del momento y sobre todas las cosas contra los momentos más angustiantes de una larga y prolongada pesadilla.

    El trabajo que el propio Jorge Tiscornia se toma desde el punto de vista emocional pero también consciente de que es una manera de reivindicarlo resulta asombroso y conmovedor, así como el constante respeto del director al confrontarlo con un pasado del que nos llega como espectadores muy poca información en pos de conservar el testimonio en tiempo presente y reflejar el aquí y ahora que desde la puesta en escena se reconfigura al volver los pasos sobre las instalaciones actuales del penal en contraste con los archivos fotográficos, otro elemento esencial que también formó parte de esa resistencia secreta para que el olvido no gane la batalla.

    Nada más simbólico que el refugio de esos zuecos imperfectos, artesanales, para sellar conceptualmente hablando los pasos de la memoria, con sus atajos y laberintos, que la cámara lúcida y urgente de este documental recorre desde su proceso transformador y que vale la pena descubrir.
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  • Deshora
    Deshora
    CineFreaks
    Presas de caza

    Existe un halo de inconformismo en esta pareja que habita el universo para nada bucólico de Deshora, film de la debutante salteña Bárbara Sarasola Day y que se presentó entre otros festivales en el último BAFICI. En un momento del relato, en una charla de esas donde los silencios juegan un rol esencial Helena (María Ucedo) deja entrever en su discurso ese hastío propio de la convivencia junto a un esposo, Ernesto (Luis Ziembrowsky), resignado pero también acomodado a su nueva rutina en el campo como patrón ante peones obedientes que le cuidan la hacienda; como ese macho alfa que debe dominar a la mujer y de vez en cuando permitirse esas aventuras en los prostíbulos aledaños y así volver borracho al hogar.

    Pero ese clima de tristeza, frustración y conformismo se ve profundamente alterado con la llegada del primo de Helena (Alejo Buitrago), un joven dispuesto a pasar un tiempo forzado con ellos tras una rehabilitación. De inmediato la juventud y el ímpetu del extraño pone en jaque a Ernesto y despierta fantasías en Helena para que la atmósfera de apacible letanía se envicie desde el punto de vista del deseo y el juego permanente de los cuerpos, que a veces deviene vouyerismo en la secreta e impune contemplación del acto sexual o en las competencias por ganarse la atención de Helena.

    La realizadora maneja la tensión del relato a fuerza de escenas largas o planos y encuadres cortos para transmitir una sensación de opresión latente que ocasionalmente encuentra respiro en la inmensidad del afuera pero donde parece vedada la palabra o expresión de lo que realmente se siente desde el discurso más que desde el cuerpo.

    La presencia de un tercero trae consigo el vértigo de lo novedoso y de las chances de cambiar que se encuentran ligadas a la aventura de lo prohibido, aunque también la otra cara de la misma moneda refleja la inercia y el propio letargo de esos personajes que por momentos parecen enquistados en la tierra y a toda represión corporal.

    Existe una animalidad que subyace al comportamiento instintivo presente en este escenario de cacería simbólica, retrato del universo masculino desde una mirada muy personal de la realizadora debutante, en el que las presas cambian de rol pero comparten la necesidad constante de la fuga.
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  • Horas desesperadas
    No me iré sin mi hija

    Queda el interrogante si después de haber participado como protagonista absoluto en esta ópera prima del director Eric Heisserer, Horas desesperadas, el recientemente fallecido Paul Walker hubiese dado un golpe de timón a su vertiginosa carrera actoral o si la fagocitante factoría hollywoodense seguiría explotando su personaje de acción hasta el hartazgo sin posibilidad alguna de salir de esa cárcel llamada fama. Lo cierto es que por su performance en la que ahora por esas cosas del destino se transformará en su última película todo hacía indicar que la estrella de la franquicia Rápido y furioso tenía madera para actuaciones donde el cuerpo es el principal atractivo y el drama queda en un segundo plano.

    La premisa de este melodrama con mezcla de suspenso trae rápidamente a la memoria otra historia de desesperación como John Q (Nick Cassavetes, 2002): un padre dispuesto a todo para la supervivencia de su hija cuando el entorno se ve más que hostil y las estrategias para sobrevivir se cuentan minuto a minuto y con los dedos de una sola mano. También todo transcurre en el escenario de un hospital, en este caso abandonado debido al avance irremediable del huracán Katrina donde se desatan todo tipo de complicaciones que el protagonista deberá sortear en una lucha desigual contra el tiempo y sin otro recurso que su inteligencia y voluntad.

    La trama no tarda en generar la sensación de estar atrapado sin salida cuando todo depende de un respirador que se ha quedado sin batería –un apagón energético- y cuya carga manual es lo único que puede mantener con vida a su hija recién nacida tras la muerte de su madre al darla a luz en ese lugar. Sin embargo, a ese presente en estado puro y salvaje; descarnado y cruel se le adosa primero en forma de relato confesional, pero luego mediante flashbacks, un pasado bastante irrelevante en el que nuestro héroe narra los hitos de su corta relación con la madre de su hija (Génesis Rodríguez) y que le quitan tensión a la película y aletargan un ritmo que requiere mayor destreza en términos cinematográficos.

    La decisión de darle importancia al pasado del protagonista responde más a una falta de pulso narrativo por parte del debutante Eric Heisserer que a los fines dramáticos per se donde Walker demuestra poca convicción en varias oportunidades, pero que se compensan cuando pone en juego su físico en un proceso de paulatino deterioro a medida que transcurren las horas y el desenlace parece golpear sus puertas.

    No obstante, con ciertos reparos debe rescatarse el constante apego de Horas desesperadas a un verosímil que se sostiene a pesar de algunos caprichos del guionista y director Eric Heisserer a la hora de construir el terreno adecuado para este tour de force en el que de todas maneras el actor sale airoso para dejar un grato recuerdo en aquellos fans que vibraron cada vez que pisaba el acelerador y se llevaba el mundo por delante como este padre preocupado por la vida de su hija.
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  • Esto no es un film
    Esto no es una crítica

    Las alusiones al confinamiento y a la falta de libertad son más que evidentes pero a la vez poéticas en la elección expresa del director iraní Jafar Panahi sobre quien pesa la condena a seis años de prisión domiciliaria sumados veinte años donde se le prohíbe filmar, para concebir esta obra que más allá de sus valores cinematográficos es un manifiesto político quizás más contundente que toda su filmografía hasta el día de hoy.

    ¿Cómo expresar la lucha silenciosa contra la censura; contra la cerrazón del pensamiento sino a través del arte? Porque un artista transforma la realidad y modifica lentamente la percepción sobre esa realidad con la responsabilidad de quien busca una verdad a pesar de la condena social o el prejuicio que dictan las mayorías. Pero el cine en su rol artístico construye además con sus recursos audiovisuales una mirada o discurso que poco tiene que ver con ese fenómeno que aborda desde la cámara y que se ancla con conceptos abstractos, los cuales solamente se reconocen en su poesía de imágenes como en el caso de Esto no es un film.

    Poco importa lo extra cinematográfico que ha tomado características de mito (se cuentan con los dedos de la mano las versiones de cómo llegó el film a estrenarse fuera de Irán) sin dejar de rescatar esa sensación de gustito dulce de venganza por parte de Jafar Panahi y sus cómplices (sobre todo Mojtaba Mirtahmasb) para salirse con la suya sin violar las condiciones de espacio restringido y reglas preestablecidas por quienes lo condenaron al encierro, pues el director nunca toca una cámara, permite que se registre su testimonio y por ende deja plasmado su pensamiento en este documental ingenioso y modelo de perseverancia ante tantos obstáculos absurdos.

    El pretexto que no es otra cosa que la anécdota y que abriga el subtexto del film es bucear entre los límites de lo permitido y lo no permitido (o acaso el arte no es transgresor por esencia) para crear esa película que el realizador iraní anhela llevar a cabo, consciente de su imposibilidad concreta de llegar alguna vez a filmarla. Es la puesta en escena de un cuento de Anton Chéjov (Del diario de una jovencita), que suscita mente narra el drama de una joven iraní que desea estudiar artes y sus padres la encierran como parte de un castigo y cuyo único consuelo es una ventana por la que observa cómo pasa la vida, sin que su imaginación pueda ser reprimida por la otra cárcel: el prejuicio.

    Así las cosas, la cámara es la que se metamorfosea para transformarse repentinamente en esa ventana a donde el régimen no llega y por la cual el director escapa cinematográficamente y rompe la barrera espacial en un abrir y cerrar de ojos.

    Lejos de acomodarse en el rol de incomprendido por el sistema pero sin ocultar esa melancolía y el cansancio por tanta injusticia a cuestas, lo que prevalece en Esto no es un film es la insolencia de aquel que se cree libre solamente porque pretende pensar y expresar lo que siente ante otros que seguramente no piensan igual.

    No estamos frente a un film que baje línea discursiva o esconda esa intención bien pensante sino simplemente somos testigos de un aquí y ahora en el que la creatividad y la voluntad transforman el presente para que en el futuro el final de la película no sea siempre el mismo.
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  • El sueño de Walt
    Diferencias creativas

    La primera sorpresa ocurre apenas comenzada esta historia, que se ampara en la impunidad maravillosa de la ficción para recrear -muy anecdóticamente- una historia verídica que tiene como principales referentes al visionario Walt Disney y a la autora y creadora de los libros de Mary Poppins, la escritora P. L. Travers, durante las dos semanas que se extendieron las prolongadas negociaciones para que el padre de Mickey Mouse finalmente se hiciera con los derechos de adaptación de la mencionado libro infantil a la pantalla grande en 1964.

    Tras veinte años de idas y venidas con la parca y rígida australiana, defensora a ultranza de la esencia literaria de su institutriz que llegaba azarosamente al seno de la familia Banks para poner orden y disciplinar a los párvulos, envuelta en su rectitud pero con un gran corazón, el persuasivo Walt buscó bajo todos los artilugios posibles seducirla para que diera el visto bueno a lo que finalmente se convirtió en un clásico de la factoría, con actuaciones memorables de Dick Van Dyke y Julie Andrews, con un repertorio musical entrañable y la mezcla de animación con personas de carne y hueso.

    Todos estos elementos creativos aportados desde la imaginería de Walt Disney, confeso admirador de la obra de Travers -además de ser una de las preferidas de sus hijas a quienes hizo la promesa de este film- fueron rechazados de cuajo por la autora australiana y cuenta la verdadera leyenda que se encargó de defenestrarlo hasta que se quedó sin aliento por haber hecho un desastre con sus personajes. Pero el film de John Lee Hancock (Un Sueño Posible, 2009) no pretende erigirse como una biopic sobre ambas figuras sino sencillamente como un recorte significativo para adentrarse en sus particulares personalidades y en cómo el pasado y la infancia tortuosa de cada uno luego definiera por rumbos diferentes y con diferente suerte el destino artístico, por decirlo de un modo sintético.

    La paciencia y perseverancia del dibujante (negociador nato) versus el malhumor y la desconfianza permanente de la invitada de honor forman parte de la dialéctica que define los conflictos a lo largo del metraje, donde los personajes secundarios, entre quienes debe destacarse la presencia del gran Paul Giamatti como chofer personal de Travers, aportan el grado de frescura y emotividad para que la fibra sensible del espectador se conecte con la trama y vibre junto a los personajes.

    Con la clausura ex profeso del rigor enciclopédico y en base al homenaje manifiesto a Walt Disney aunque mucho más a la figura de la controvertida Travers, las eficaces actuaciones de Tom Hanks y Emma Thompson para los respectivos roles aportan una cuota extra al Sueño de Walt Disney (titulo local para Saving Mr Banks), película entretenida y emotiva que seguramente remueva aquellos recuerdos de infancia o despabile pies en las butacas de los cines al reconocerse algunos de los acordes de esas canciones sencillas, pegadizas e inolvidables.
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  • Código sombra: Jack Ryan
    Es la economía, estúpido

    15 libros, cinco adaptaciones cinematográficas como Juego de patriotas, Peligro inminente y La suma de todos los miedos en las pieles de Harrison Ford y Ben Affleck para hacer una pregunta incómoda: ¿Chris Pine no es demasiado madera para lucir el traje de Jack Ryan? Seguramente el creador de la saga, el ya fallecido Tom Clancy, amado y odiado por Hollywood a pesar de las enormes ganancias obsequiadas desde sus bestsellers a la industria, hubiese bajado el pulgar ante la horrible decisión de casting para reflotar a este personaje poco atractivo en lo que a espionaje cibernético se refiere y pasado de moda para el fantasma de la nueva guerra fría, que en realidad es caliente y solamente concentrada en la economía más que en la política.

    Código sombra procura aggiornarse a los tiempos que corren para adentrarse en la financiación del terrorismo internacional a partir del juego en la bolsa de Wall Street desde el manejo de cuentas fantasmas que invierten en bonos del tesoro y especulan hasta el último segundo con una estrepitosa caída del dólar y la amenaza latente de una crisis económica parecida a la Gran Depresión si es que el astuto Jack Ryan no logra detenerla.

    Geopolítica de manual de primer grado aderezada con insultantes dosis de patrioterismo barato hacen de este producto fast food un enorme hotdog incomible, indigerible y muy poco inteligente desde su planteo elemental, en una trama tan lineal como las curvas de Keira Knightley, aquí en el papel de la doctora Cathy Muller, interés amoroso con el plus de algo de participación dramática para exponer el punto máximo de debilidad de este improvisado Jack Ryan en su versión más patética.

    El villano de turno no podía ser otro que un ruso resentido y para ese infortunado papel el director Kenneth Branagh sumó varios ceros a su caché confirmando que también el amante de Shakespeare hace cualquier cosa por dinero y en esta ocasión no pierde el pulso narrativo, aunque su escasa intervención en escenas comprometidas con la acción son precisamente escasas.

    Muchas veces se dijo que el escritor Tom Clancy cuestionaba la forma en que Hollywood lavaba con moralina sus trapitos al sol y dejaba bien parado a todo estamento o institución gubernamental pero pareciera que los guionistas Adam Cozad y David Koepp hicieron caso omiso por escribir líneas o diálogos tan absurdos como indignantes.

    ¿Habrá más desaciertos con Jack Ryan como éste?
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  • Escándalo americano
    Algo más que una estafa

    Escándalo americano, nuevo opus del neoyorkino David O. Russell, quien también escribió el guión junto a Eric Singer, es algo más que un ejercicio de estilo sobre estafadores apenas inspirada por un hecho real donde estuvo involucrado el FBI conocido como operación Abscam, que tenía por objeto desenmascarar la corrupción con el pago de sobornos a políticos para llevar a cabo negocios relacionados con el juego, entre otras pequeñeces.

    Los pilares en los que se sustenta esta película con gran cantidad de nominaciones a los Oscars y recientemente ganadora de los Globos de Oro, que sigue llamando la atención a críticos extranjeros, gente de la industria y afines para aparecer como una de las favoritas, se cimentan en dos componentes: un elenco notable (muestra acabada al llevarse dos Globos de oro sus respectivas actrices y el reconocimiento a todo el reparto en los SAG, premios que entregan los actores) y un ritmo narrativo prolijo aunque no complejo pero que gana vigor por conocer al dedillo hacia dónde pretende llegar porque no intenta ubicar al espectador en el incómodo lugar de víctima, que a la larga termina siendo engañada por la manipulación lícita de la puesta en escena, sino que lo introduce en el rol de testigo y cómplice de un plan de diferentes niveles de engaño, condicionados fundamentalmente por las emociones de sus partícipes, elemento significativo que para los cánones de este tipo de propuestas por lo general aparece poco desarrollado u opacado por el principal objetivo de una estafa: timar a la víctima.

    Para ello O. Russell construye con paciencia y verosimilitud un triángulo amoroso en cuyas aristas se encuentra una pareja de estafadores financieros, Irving Rosenfeld y Sydney Prosser, interpretados con enorme solvencia y carisma por Christian Bale (esta vez con las manos vacías en los Globos de oro pero nominado a los Oscar) y Amy Adams respectivamente, quienes hacen de la estafa un verdadero arte pero caen en las redes de Richie DiMaso (Bradley Cooper), un ambicioso agente del FBI que les condiciona la libertad a cambio de la participación activa en un operativo de enormes dimensiones.

    A ese triángulo, de cuyo vértice principal encarnado por Amy Adams se desprende el mecanismo de la seducción como parte del juego de manipulación se le adosan una serie de subtramas lo suficientemente atractivas para desarrollar personajes secundarios independientes y que constituyen desde su presencia el caldo de cultivo para que la misión transite por distintos niveles de complicaciones. Desde ese punto de vista particular, la presencia de Jennifer Lawrence, involucrada afectivamente con Irving pero trastocada desde lo psicológico, es esencial para que la trama fluya y crezca en tensión.

    No es habitual que en un film con alta presencia masculina sean las mujeres quienes lleven a los hombres de las narices, sin contar que más allá de su encanto natural y sexapeal incipiente piensen una jugada antes en el tablero de las casualidades y causalidades.

    El otro aspecto a destacar y ya hablando estrictamente desde la formalidad es el estilo cinematográfico que se respira en cada plano de Escándalo americano, film que hace honor a la impronta híbrida del cine de los 70 con algo de noir pero sin abandonar el sello del director y su lugar de narrador desde las imágenes, los encuadres y la elección de la banda de sonido, elementos que hacen a un combo atractivo que no va a defraudar a espectadores exigentes.
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  • El juego de Ender
    Enemigos míos

    Aquello que en los 80 sorprendía a los lectores por plantear la virtualización dentro de las prácticas militares para simular guerras contra enemigos potenciales hoy ya existe. En la época en que fuera concebida esta novela por el escritor Orson Scott Card y que se propone como una nueva saga adaptada al cine y orientada hacia el nicho adolescente, sonaba estrafalario inclusive pensar en niños entrenados para la guerra, algo que en estos días ya no se acomoda a los cánones de la ciencia ficción.

    Para los 80 un grupo de niños, expertos en la resolución de combates virtuales como modelo de juego, empleados para convertirse en potenciales guerreros era toda una novedad y desde ese lugar parte la historia de El juego de Ender: preparar un ejército de jóvenes para aniquilar a la raza alienígena que en un pasado atacara al planeta Tierra diezmando la población.

    Así las cosas, nuestro héroe Ender (Asa Butterfield) tiene todas las características para convertirse en el elegido y de esta manera es reclutado por el comandante Graff (Harrison Ford) para ser entrenado bajo una estricta disciplina militar, donde deberá demostrar ante sus pares decisión y rapidez mental para coordinar un ejército y así terminar con el enemigo en su propio territorio. Los formics son unos alienígenas de una morfología similar a la de las hormigas y al igual que estos insectos su comportamiento obedece a una reina, el principal eslabón de una cadena que debe ser destruida para siempre.

    El director y guionista Gavin Hood en una primera mitad pareciera transitar por los caminos habituales de todo film de iniciación militarizante con los estereotipos del caso, léase enfrentamientos antagónicos, desacato a la autoridad, peripecias que pondrán en riesgo el futuro del protagonista durante el arduo proceso de reclutamiento.

    Sin embargo, en una segunda mitad el film vira hacia otros horizontes que hacen foco en aspectos más profundos en relación a la guerra preventiva como estrategia para evitar males mayores sin medir las consecuencias y que representan para Ender un dilema interesante que seguramente se desarrolle con mayor énfasis en la secuela.

    Si bien no estamos ante una película dechada de virtudes tampoco nos enfrentamos a un producto mediocre en cuanto a la calidad y desde el punto de vista cinematográfico porque es de destacarse por ejemplo el diseño de producción para una trama que se desarrolla en su mayoría en escenarios simulados, donde el despliegue visual es importante pero no avasalla con detalles ni atosiga con efectos para dejar fluir el relato de manera prolija y sostenida, hacerlo entretenido gracias a las buenas actuaciones de Asa Butterfield, Harrison Ford y una escasa participación de Ben Kingsley.
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  • El tiempo de los amantes
    Te vi en un tren

    Los trenes y los relojes marcan las directrices en este microcosmos construido meticulosamente en el film de Jérôme Bonnell, El tiempo de los amantes, cuya traducción del original debería haber sido Un tiempo para la aventura o tal vez un tiempo para la fuga.

    Precisamente es la fuga y la fugacidad lo que define conceptualmente a una breve pero intensa aventura romántica entre dos desconocidos, Alix (Emmanuelle Devos) y Douglas (Gabriel Byrne) en lo que comienza a partir de un intercambio de miradas a bordo de un tren rumbo a París. Ella por motivos laborales y él para despedir a una mujer muy influyente en su vida.

    Ambos personajes comparten con el espectador ese halo de misterio lo suficientemente poderoso para anhelar que ese fugaz cruce en el tren se prolongue durante el resto del film, sujetos al devenir de lo impredecible y expuestos uno frente al otro sin necesidad de otra cosa que ser lo más genuinos posible cuando la pasión se hace carne y la rutina cotidiana se diluye por un periodo efímero donde todo es alcanzable, inclusive comenzar de cero una relación sin estar atado al pasado ni al futuro.

    Es el presente en su estado de máxima pureza aquel elixir que entusiasma y a la vez aturde a la protagonista, actriz de vocación que intenta trazar su propio camino aceptando castings que la llevan por las periferias de Francia, sin un euro en el bolsillo –el apunte de la crisis social en Francia está presente- y desorientada en lo que a su porvenir se refiere.

    El pretexto de un llamado a su novio (siempre fuera de campo) para anoticiarlo de algo importante que nunca se concreta es el aliciente para dejarse arrastrar por el deseo y seguir los pasos, o mejor dicho las huellas imperfectas de ese hombre perfecto que con su mirada taciturna ya expuesta en el tren invita a abordarlo y por qué no contenerlo.

    Así las cosas, los dos extraños se conectan desde la intimidad con ese juego de seducción prohibido que implica el desconocimiento del otro para llegar al extremo y ubicarse en la encrucijada que puede imprimirle un continuará a su apasionada relación casual pero para que ese elemento tome vida y destruya todo lo que constituye el temor a equivocarse parecería no haber tiempo ni lugar propicio para llevarse a cabo.

    Los trenes parten y los relojes no se detienen, pero su avance es tan imperceptible como el instante en el encantamiento que trastoca la realidad y vuelve a ese viaje una aventura en sí. Aunque el destino siga siendo siempre el mismo.
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  • El misterio de la felicidad
    El temible y letal conformismo

    No es tarea fácil intentar un análisis del último opus del realizador Daniel Burman, El misterio de la felicidad, despojado de un contexto que excede las virtudes y defectos que arrastra su cine pero que a la hora de una aproximación a sus propuestas, a partir de un giro importante hacia una veta más industrial comenzada con Dos hermanos (2009) seguida por La suerte en tus manos (2012) y coherentemente continuada con esta nueva incursión genérica, es fundamental como punto de partida siempre que se considere la búsqueda cinematográfica de Burman con miras a seducir el público masivo. En este particular caso, el director de El nido vacío (2008) apunta todos sus dardos al blanco explosivo que supone contar con un elenco encabezado por Guillermo Francella y la esperada vuelta de Inés Estévez a la pantalla grande para entregar una comedia melancólica y muy poco sorprendente sobre la incapacidad de luchar por los sueños cuando se tiene miedo de fracasar.

    Parece que ser feliz en las circunstancias de la vida, pasados ya los 40 años, es un misterio del que muchos creen conocer la respuesta pero en realidad desconocen el verdadero sentido de la pregunta ¿Qué te hace feliz? Si la respuesta rápida apela al conformismo, de inmediato surge otra pregunta más compleja ¿Por qué creés que sos feliz? Y es hacia ese terreno de ambivalencia; a ese detalle de la foto en el que nadie repara cuando dos amigos sonríen adonde encamina su película Daniel Burman bajo la estructura narrativa de construir a un personaje, Eugenio (Fabián Arenillas), desde su ausencia para comprender –si es que se puede comprender- el motivo de su inexplicable fuga de la rutina y de esa supuesta felicidad cotidiana junto a su amigo y socio Santiago (Guillermo Francella), así como a su monótona convivencia matrimonial con Laura (Inés Estévez). Sin embargo, el punto de vista sobre Eugenio lo aportan dos miradas opuestas (para ella ya no volverá y para él sí) que terminan descubriendo grandes verdades y una afinidad insospechada desde la carencia y la huida temprana de la soledad, entre otras asignaturas pendientes.

    Es así cómo desde un planteo esquemático y concentrado por un lado en la errática pero necesaria búsqueda de Eugenio y por otro en la consolidación de una amistad que puede ir más allá de lo protocolar el film de Burman avanza por un camino unidireccional, sin atajos pero sin cruces o desvíos. Daría la impresión que al guión le faltara una puntada más fina y elaboración en lo que se refiere a la trama per se aunque eso no ocurre respecto a la construcción de personajes teniendo siempre presente las cualidades actorales de Francella y Estévez, a quienes no les cuesta generar empatía desde su particular decepción o sufrimiento que nunca llega a manifestarse hacia el melodrama pero que lo roza de manera tangencial por esa incipiente melancolía que encuentra correspondencia tonal con el color apagado de la imagen.

    La clausura explícita de opacar todo aquello que permita la comicidad salvaguardando esos apuntes costumbristas característicos en el cine de Burman beneficia a Guillermo Francella para mostrar otra arista interesante en su composición de Santiago, que expresa desde lo gestual o en las diferentes modalidades gestuales todo un proceso interno que va transitando por distintas etapas como la negación, la perplejidad, la falta de horizonte, la decepción, la aceptación mezclada con resignación. No es para nada gradual lo que sucede con el personaje de Laura para el cual Inés Estévez parecería haber sacado a su inolvidable Jimena del unitario Vulnerables del placar de los recuerdos y así traspolarla aquí envuelta de verborragia, inseguridad y un excesivo y reiterado tic que arrastra muletillas de antaño y que por momentos fatiga al espectador antes de experimentar la transformación y ocupar el vacío dejado por Eugenio.

    Esa sensación de vacío es la que se respira al tomar contacto con El misterio de la felicidad, un vacío o espacio ambiguo que no se termina de definir a lo largo de todo el metraje y que por momentos se llena demasiado por los clichés del cine industrial para ahogarse en el letargo de la rutina precisamente en una película que cuestiona de cierta manera la rutina; que le sacude el costado épico a lo cotidiano como algunos discursos del cine argentino o más aún de otros ámbitos buscan resaltar para ocultar ese temible pero real conformismo que hace las cosas más fáciles pero menos intensas y atractivas.
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  • Dos pavos en apuros
    Una verdadera pavada

    Poca imaginación y una notable falta de rumbo son los elementos que prevalecen a lo largo de todo el desarrollo del debut del estudio de animación Real Fx, Dos pavos en apuros, que convocó para su versión original las voces de Owen Wilson y Woody Harrelson, un plus que pocos espectadores disfrutarán en el estreno local con enorme cantidad de copias dobladas.

    La premisa sin resultar una genialidad es apenas simpática y apunta al rescate del héroe colectivo, en este caso los pavos nativos de la época que conmemora el día de acción de gracia, tradición popular enteramente norteamericana que muy poco tiene que ver con la idiosincrasia de estas pampas o latitudes. Sin embargo, la penetración cultural del tío Sam fue lo suficientemente amplia como para que cualquier niño de estas tierras -o por lo pronto su padre- supiese algo sobre la celebración donde se le perdona o indulta la vida a un pavo mientras millares de estas aves son ajusticiadas para formar parte del plato principal de la mesa de los norteamericanos.

    Hábito del consumismo exacerbado o sencillamente el respeto por la tradición, lo cierto es que los protagonistas de esta película, dirigida por Jimmy Hayward también guionista junto a Scott Mosier, intentarán torcer el rumbo de la historia remontándose al pasado gracias a una máquina del tiempo justo el día antes de la primera celebración en que los nativos y los colonos británicos compartieron la cena en el año 1621 donde los pavos corrieron la peor suerte.

    Así las cosas, Reggie (Wilson) y Jake (Harrelson) en misión libertadora de sus congéneres tratarán de convencerlos de que la unión hace la fuerza para enfrentarse a los temibles humanos. El interés amoroso de Reggie es una hembra, Jenny, un tanto aguerrida, así como para Jake el antagonista de turno será el pavo real alfa Broadbeak.

    Algunos gags visuales y referencias a la cultura pop norteamericana como guiño al público adulto no son suficientes para arrastrar al film lejos de la pendiente al vacío en la que cae desde el minuto quince en adelante y la falta de creatividad de sus realizadores no hace más que confirmarlo en un desenlace vergonzoso que por motivos obvios no revelaremos aquí.

    Como producto animado para toda la familia simplemente podemos decir que si bien cumple con sus características formales, es decir la animación es prolija pero no deslumbra a nadie, defrauda en todos los otros aspectos incluidos uno de sus puntos en apariencia fuertes que debería haber sido el humor: humor de pavos.
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  • Actividad paranormal: Los marcados
    La saga ha muerto

    Marcados sí, pero para el aburrimiento por asistir a la muerte en vivo y en directo de esta franquicia Actividad paranormal, deudora de la digna Proyecto secreto Blair Witch, que demuestra su nula eficacia en materia de sustos y mucho más grave aún su pobre criterio a la hora de mantener al menos la atención en una trama atada con alambre desde el minuto cero.

    Fiel a ese estilo ya desgastado del falso documental, no se justifica demasiado el por qué de la obsesión de los protagonistas por filmarlo todo: graduación de uno de ellos, bromas entre sí y el descubrimiento de ciertas anormalidades en sus conductas que arrastran tal vez el poder oculto de lo que a las claras se entronca con la consabida posesión. El resto no supera la rutina de la mediocridad al que nos tiene acostumbrado este tipo de producto, donde el letargo entre el nopasanadismo y el yameloveiavenir ocupan el centro de la escena mientras la frenética cámara digital empaña cualquier grado de seriedad de la puesta en escena.

    Aquí el descubrimiento de un supuesto aquelarre y una vecina con etiqueta de bruja pegada en la frente son los disparadores para que los mecanismos del terror accionen sus cuerdas aunque resulta tan desafinado este repertorio chicano que en vez de asustar genera risa y no estamos precisamente hablando de una parodia sino de un pretendido film pensado para el grito desconsolado y la taquicardia desprevenida.

    Lo desparejo y básico de este guión que acumula elementos sin siquiera preguntarse el sentido no hace otra cosa que reflejar que esta saga ha muerto, a pesar de que nadie se quiera hacer cargo de su funeral.
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  • Visiones
    Visiones
    CineFreaks
    El colmo de una falsa gitana

    ¿Cuál podría ser el colmo de una falsa vidente? La respuesta es fácil y se encuentra en la premisa de Visiones, ópera prima de Juan De Francesco –antiguo colaborador de Cristian Bernard y Flavio Nardini- y con guión del debutante en el largometraje, Nicolás Cisco: adquirir el don de predecir el futuro.

    En ese sentido resulta atractiva la propuesta luego de una primera mitad donde en pocos minutos se descubre la mecánica de la estafa entre una falsa adivina caracterizada como gitana llamada Marta (Roxana Randon) que se aprovecha del despecho de sus incautas víctimas mujeres para lo cual es fundamental la acción de su cómplice Esteban (Adrian Ero), quien hace las veces de galán, Don Juan, para enamorarlas y luego de malvado que las deja siempre por otra para que caigan en las redes de las artes oscuras de Marta y así mediante sus hechizos recuperar al amor a cambio de buenas sumas de dinero.

    Un plan perfecto siempre cuenta con alguna fisura y esa no es otra que la ambición de los involucrados, pero para el caso de Esteban se agrega al menú una suerte de revancha personal por un pasado de tortura psicológica y maltrato causado por la falsa gitana.

    Sin embargo, la vuelta de tuerca que da algún respiro a un relato que no podía salir de lo sumario es un recurso simpático del cual tanto guionista como director abusan para que de cierta manera cierre la historia, aunque es justo decir le imprime dinamismo en una trama demasiado básica.

    El pivot y elemento pendular que pertenecen únicamente al punto de vista de Marta se conecta directamente con las visiones reales que ella empieza a tener de manera espontánea y así de esta manera anticipa su destino trágico donde queda desenmascarada la supuesta traición de su socio.

    No obstante, esas visiones en lugar de mostrar fragmentos, o secuencias ambiguas, plasman situaciones o escenas completas para que avance la historia a fuerza de falsos flashforwards a los que se suman forzados flashbacks, completamente funcionales a los justificativos de las acciones. Tampoco ayuda a esta idea la acumulación porque una vez reflejado el mecanismo ya no hay sorpresa alguna, pues cada vez que la protagonista toca las manos de algún personaje, el espectador sabe que viene una visión.

    La experimentada Roxana Randon aporta a su personaje carisma, maldad, algo de humanidad pero se destaca sobre el resto de un elenco de actores desconocidos, con performances bastante flojas, sobre todo el co-protagonista Adrian Ero siempre un registro por encima de lo que su personaje necesita.

    Visiones trata de salirse de convencionalismos o estereotipos jugando a veces al humor pero eso no alcanza para evitar el término de film fallido básicamente por apostar todo a un recurso ingenioso desde el punto de vista narrativo aunque pasible de reproches a nivel conceptual y cinematográfico, así como un desenlace poco sólido.
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  • La esencia del amor
    Que nunca se acabe la música

    Si se mezclara la densidad dramática de Amour, de Michael Haneke, con la frescura y dinamismo de Rigoletto en apuros, de Dustin Hoffman, se obtendría como resultado conceptual La esencia del amor. En las tres propuestas, el denominador común es la música como terapia para sanar y su efecto positivo para transitar la vejez desde un costado de creatividad y no limitado o coartado por el paso del tiempo o los achaques de la ancianidad.

    Sin embargo, para el caso singular de este film inglés del director Paul Andrew Williams, protagonizado por Vanessa Redgrave y Terence Stamp y coprotagonizado por Gemma Arterton junto a Christopher Eccleston los resortes del melodrama se tensan a niveles tolerables para el espectador, siempre sazonados con grageas de comedia en falso y todo eso se sostiene simplemente por contar con la excelencia del reparto encabezado por esta pareja de la tercera edad que puede dar cátedra de actuación.

    Para salirse del cliché de la composición del personaje, dado que el guión se encarga de construir relaciones más que personas individuales, el aporte de matices de Terence Stamp, y el carisma de Vanessa Redgrave elevan el nivel de la historia, que transita por todos los estadios de un relato que se inserta en los últimos momentos de un largo proceso de deterioro y enfermedad de una enferma de cáncer que encuentra en el coro de la mutual de jubilados la contención y el refugio para su transición hacia el desenlace.

    Arthur, su esposo, carece de la sensibilidad para comprender que debe dejarla elegir cómo desea pasar sus últimos días y será la música o mejor dicho cantar desde el corazón y con el alma lo que termine por conectarlos para siempre.

    Una de las ideas que prevalece a lo largo del metraje es la clausura de la técnica o la perfección en la interpretación de los ancianos coreutas siempre que lo que se cante obedezca a la manifestación de los sentimientos y al des acartonamiento en función a la desinhibición como ocurre con el personaje de Arthur y su paulatina transformación de parco y gruñón a hombre sensible.

    El otro pilar desarrollado desde el guión responde a las conflictivas relaciones entre padres e hijos con un Christopher Eccleston correcto en el rol de hijo no reconocido y distante sin descontar la simpatía de la joven Gemma Arterton, una directora de coro con una energía que contagia a cualquiera.

    La virtud de esta película es saber transitar por los caminos del drama duro sin caer en golpes bajos o chantajes emocionales obtenidos desde manipulaciones poco nobles. Aquí se sacuden las vibraciones de los cuerpos, de las voces y de esas palabras que cantadas llegan a lo más profundo y que forman parte de una música que debería no acabarse nunca.
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  • Un lugar para el amor
    Escrito y borrado

    Al padre William (Greg Kinnear) los hijos lo respetan un poco por haber escrito un par de novelas exitosas y ser el referente de los aspirantes noveles en términos de literatura. A la madre (Jennifer Connelly) la hija no la quiere ver ni en figurita dado que no le perdona la infidelidad de la que encima fue testigo involuntaria. El hijo Rusty (Nat Wolff) vive a la sombra del padre y de la hermana que acaba de lograr que le publiquen una novela donde saca los trapitos al sol de una familia norteamericana promedio con problemas afectivos.

    ¿El resto de la historia? un sin fin de lugares comunes solamente en el contexto de las idas y venidas amorosas de cada personaje donde los mayores intentan recomponer lazos y los adolescentes enamorarse sin culpa y sin dolor. ¿Acaso se puede? parece que en Un lugar para el amor todo es posible: se sufre un poco ya sea por amor; por el tiempo perdido; por el flagelo de las drogas; por la enfermedad del otro y luego la segunda oportunidad llama a tu puerta y encima en el día de acción de gracias.

    Todo transcurre en el invierno y metafóricamente hablando los corazones fríos de los adolescentes se reblandecen o por lo menos eso le ocurre a Samantha (Lily Collins), la futura Patricia Highsmith, promiscua, orgullo de papá y mamá que conoce al muchachito medio insistente y amante de los policiales para que le cambie la perspectiva sobre la vida y la importancia de los afectos. En el caso de Rusty la historia transita por el despecho y decepción amorosa al elegir una muchacha con algunos problemitas de adicción.

    ¿Moralina barata? sí; actuaciones que valen la pena también pero lo primero que uno debe preguntarse es quien corta el pavo cuando un cine independiente o en apariencia de serlo recurre de manera insistente en el abc del estereotipo sin moverse de ese cómodo espacio que busca empatía directa y no toma riesgo alguno.

    La mesa está servida y comida hay para todos.
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  • Jackass: el abuelo sinvergüenza
    El mal ejemplo

    Lo primero que puede decirse de este arribo del tándem de infradotados millonarios que pulularon por el firmamento de la MTV durante los años 2000 a 2002 en el programa Jackass, que luego tuviese sus extensiones cinematográficas para mostrar más de lo mismo pero en pantalla grande, es que en esta ocasión optaron por el terreno de la ficción con Jackass, el abuelo sinvergüenza, dirigida por Jeff Tremaine, comedia que se mofa de los lugares comunes de toda película familiera y del corazón.

    En esta oportunidad quien toma la posta del grupo es nada menos que Johnny Knoxville, aunque caracterizado como un anciano, Irving Zisman, quien en el funeral de su esposa recibe la visita inesperada de una hija que le pide hacerse cargo de su nieto Billy (Jackson Nicoll) antes de caer presa. El papá del niño es un motoquero poco afecto a las responsabilidades adultas pero eso no implica que el viejo salga en su búsqueda dado que no puede cuidar a Billy todo el tiempo.

    A partir de ese encuentro fortuito entre abuelo y nieto nace una relación afectuosa pero que se rige por los códigos de la incorrección política exacerbados desde una puesta en escena que distribuye cámaras ocultas a fin de captar las reacciones adversas del inconsciente colectivo con el que interactúan Knoxville y este pequeño bastante convincente en sus intervenciones, capaz de seducir con su inocencia a los transeúntes más incautos o llevar al límite sus acciones, que muchas veces rozan con ese mal gusto propio de la franquicia pero que no es ninguna novedad teniendo en cuenta el nutrido volumen de videos amateurs que habitan la galaxia youtube.

    Algo que caracterizaba a Jackass era ese desafío corporal y de resistencia al dolor en tono de burla que se agotaba a los 15 minutos a pesar de la sofisticación en la broma pesada, algo que les daba el mote de originales a estos muchachos de la cultura MTV y prototipo del americano mediocre con panza de cerveza y neurona sulfatada. Muy difíciles de emular.
    Sin embargo, esa cualidad singular forma parte del pasado y lo que quedó como resabio es este producto por momentos gracioso, que siempre necesita de la complicidad de su víctima predilecta para ser efectivo, porque de lo contrario ya no causa sorpresa una vez que el público se acostumbra a las ocurrencias del anciano; a los cúmulos de situaciones embarazosas -que incluyen escatología a granel- así como a un puñado de escenas donde el objetivo concreto es molestar a la gente como ocurre en un bingo en el que Irving hace de las suyas o cuando irrumpe en un local de strippers masculinos y aterroriza a las mujeres con sus genitales al viento.

    La química entre el niño y Knoxville es lo mejorcito de Jackass, el abuelo sinvergüenza; su parodia de Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006) refleja el patetismo de esas madres capaces de todo para que sus hijas se ganen el concurso y seduzcan al público y al jurado, pero eso no alcanza para superar la medianía, no caer en el chiste obvio y ser una muestra palpable que el humor irreverente es mucho menos interesante e inteligente de lo que parece.
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  • Boxing Club
    Boxing Club
    CineFreaks
    Un knockout en la intimidad

    Desde el primer minuto, se reconoce en Boxing club una apuesta diferente para retratar el mundo pugilístico por fuera del ring. Es el microclima de un gimnasio, más precisamente el que reina en El Ferroviario perteneciente al gremio de La Fraternidad ubicado en el subsuelo de la estación Constitución.

    Este documental observacional se sumerge en el día a día de estos trabajadores que practican el deporte con la esperanza de profesionalizarse alguna vez y así sacar un rédito económico que los ayude a salir de situaciones apremiantes.

    La cámara de Víctor Cruz (El perseguidor, 2009) acompaña el proceso, escruta sin interferir en el combate silencioso contra la propia impotencia que a veces acarrea un entrenamiento, para esclarecer o por lo menos robarle a la realidad un pedazo de verdad en algunos instantes (la escena sobre la película El padrino es un cabal ejemplo) donde se vuelve invisible o participa con un rol observador y lúcido durante los preparativos de los protagonistas en vistas a la pelea salvadora, relatada por el periodista deportivo Walter Nelson.

    También, la importancia de las palabras del entrenador; su corazón y pasión por lo que hace, conectan a un deporte muchas veces relacionado sólo con la violencia con un costado humano poco reconocido y emotivo que es el elemento que prevalece en este inquietante y atrapante documental hasta el último minuto.
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  • Huellas
    Huellas
    CineFreaks
    Tras los pasos del abuelo

    Este documental en primera persona toma como punto de partida el viaje de reconstrucción que el realizador Miguel Colombo (co dirigió Rastrojero junto a Marcos Pastor en el 2006) se propuso como parte de un proceso de introspección para encontrar los retazos de historia familiar que le permitieran ponerle un contorno y volumen a los recuerdos de su abuelo Ludovico.

    En primera instancia la desmitificación, mezclada con la urgencia por conocer, marcan el rumbo de su viaje que se bifurca hacia la investigación del pasado en un reencuentro con familiares muy arraigados –muchos de ellos desconocidos para el director- a Ludovico, para así terminar en una travesía por el desierto hacia el encuentro con un espacio escondido que parece un mágico refugio donde el tiempo cronológico se detuvo y las historias volaron con el viento.

    En un segmento, parte de las aristas que atraviesan el enigma de Ludovico lo vinculan con la búsqueda de oro en Argentina o una esvástica, que una lectura presurosa incriminaría de pasado nazi y la preocupación de un nieto necesitado de respuestas en un desierto de preguntas también.

    Las huellas dejan sus rastros y en definitiva de eso trata este intenso camino difuso recorrido por Miguel Colombo, quien toma las riendas y la cámara para adentrarse en su propia historia y enfrentarse con ese miedo que implica la búsqueda de una verdad pero que pese a las conclusiones resulta indispensable llevar a cabo.

    Memoria, historia, identidad, olvido y perseverancia marcan el rumbo de Huellas e invitan al espectador a vivir ese itinerario fascinante desde la emoción más genuina.
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  • Esclavo de Dios
    Esclavo de Dios
    CineFreaks
    Atentado contra el buen cine

    La precariedad técnica, la falta de ritmo, las malas actuaciones y una historia que podría haber sido mucho más interesante desde sus planteos morales de lo que terminó siendo son suficientes elementos para aventurar que la única polémica posible que puede suscitarse con Esclavo de Dios, del director venezolano Joel Novoa Schneider, responde unicamente a sus valores cinematográficos que son nulos.

    Dicho esto la premisa que baraja la hipótesis de un tercer atentado en 1994 en suelo argentino contra un objetivo judío abre el interrogante sobre los fundamentalismos de ambos lados pero sin ahondar siquiera en aspectos que trasciendan el derrotero básico de todo film de estas características. La idea del terrorista arrepentido no es nueva en el cine y este intento de mostrar el lado humano de aquellos hombres dispuestos a inmolarse en nombre de Alá ya fue sumamente explotado en películas como Paradise now, un gran film palestino del año 2005 del que este intento de película debería haber tomado algún apunte para llegar a un mejor puerto. Si hay algo que debe destacarse de aquel film no es otra cosa que la economía de recursos al servicio de las tribulaciones del protagonista que son las que operan como coordenadas de esta historia.

    No puede decirse lo mismo de Esclavo de Dios porque en su afán de tomar por el carril del thriller desde el enfrentamiento del protagonista, Ahmed (Mohammed Al Khaldi), miembro de una célula dormida en latinoamérica y experto en explosivos que espera la orden para ejecutar el tercer atentado, y su antagonista, David Kollman (Vando Villamil), quien forma parte del grupo de la Mossad instalado en Buenos Aires tras la pista de terroristas árabes, se diluyen las demás subtramas paralelas que no encuentran desarrollo como por ejemplo la conexión local; el doble trabajo de la policía; la familia encubierta y otros asuntos aledaños al conflicto central.

    La idea de equiparar fundamentalismos para no tomar partido por uno u otro personaje no es mala per se pero eso no alcanza para reparar las innumerables fallas en materia de guión, la torpeza narrativa que apela a recursos elementales como flashbacks explicativos (lo del reloj es demasiado burdo por ejemplo) y desinteligencias de ese nivel que pululan a lo largo de la trama que tampoco consigue mantener un ritmo sostenido ya que se contagia de su propia impotencia y falta de criterio a la hora de definir qué se quiere contar.

    Si a esto le sumamos una puesta en escena elemental que por ejemplo en un tiroteo no repara en mostrar sangre en los cuerpos atravesados por balas que suenan como si fuesen de cebita ya es demasiado para soportar cuando se pretende narrar una historia lo suficientemente seria y que puede afectar sensibilidades.
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  • El otro hijo
    El otro hijo
    CineFreaks
    Orgullo y prejuicio

    El otro hijo, film de la francesa Lorraine Lévy, puede leerse como un alegato profundo sobre la tolerancia y la alteridad. La conflictiva relación entre árabes e israelíes; las fronteras culturales y las del prejuicio religioso o de raza, se encuentran atravesadas tangencialmente desde una indagación o interpelación inteligente bajo el pretexto de un drama que aqueja a dos familias muy diferentes pero que comparten en común un mismo dolor: el intercambio accidental de sus hijos al nacer.

    Basta que un estudio de sangre arroje luz sobre el potencial conflicto para la protagonista de este film, interpretada sobriamente por la actriz y directora Emmanuelle Devos, quien al obtener los resultados de las evaluaciones para que su hijo Joseph (Jules Sitruk) ingrese al ejército israelí descubre que él tiene un grupo sanguíneo diferente al de ella y su esposo militar.

    Zanjada la duda en medio de la turbulenta revelación, que ya de por sí le genera un conflicto extra con su pareja tras la sospecha de infidelidad, todo revela que en el pasado existió una situación desafortunada en plena guerra del Golfo donde por error entregaron su hijo biológico a otra madre mientras que a ella le dieron al bebé de aquella.

    A partir de ese instante, la necesidad de ambas mujeres de conocerse y así poder acercarse en un vínculo a sus respectivos hijos Joseph y Yacine (Mehdi Dehbi) es más fuerte que el prejuicio y la negación de sus esposos, quienes ven desde un orgullo estéril la necesidad de preservación de la familia y los lazos parentales por encima de cualquier carencia afectiva o de búsqueda genuina de la identidad.

    Para esta etapa de descubrimiento del otro y alejada de la rigidez de los adultos, el film adopta los puntos de vista de los hijos, uno palestino y otro judío, dispuestos a superar las barreras de la tradición y fieles a las concepciones modernas que vuelven a definir y a poner en el tapete de la polémica que no hay tantas diferencias como se pretende bajo los discursos reaccionarios desde una y otra parte.
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  • Machete kills
    Machete kills
    CineFreaks
    Menos revolucionario que antes

    Superada la expectativa de Machete, esa creación del mexicano Robert Rodríguez como pretexto del trailler devenido película en 2010, la saga pedía, de existir la posibilidad de una segunda aventura, un cambio de aire para no caer en redundancias sin menoscabar -claro está- la creatividad del director puesta al servicio de la autoparodia de su propia criatura y del exploitation frente a las fórmulas recicladas del Hollywood decadente que debemos padecer en materia de películas del género acción en los últimos años, que se pretenden desde un concepto serio o solemne y causan gracia sin proponérselo.

    Machete kills es más de lo mismo pero esta vez los dardos venenosos de la crítica social apuntan en el centro del cinismo de la primera potencia mundial en relación a la carrera armamentista y al negocio privado de la venta de armamento. No hay más que ese eslabón, atado a una cadena que se va oxidando a medida que acumula guiños cinematográficos, exacerba los códigos de películas de dobles agentes para caer en los lugares más comunes de la incorrección política.

    La caricatura de la acción llevada al paroxismo consigue su copia en carbónico en la construcción de un villano bipolar (Demian Bichir), híbrido entre héroe revolucionario de los pobres y narco despiadado cuando su fase Jekyll y Hide amnésica explota.

    También explota el mal gusto, el chiste fácil pero efectivo y una galería de personajes desopilantes tal vez pensados para lucimiento de los actores o celebridades convocadas, léase Lady Gaga (lamentable); Mel Gibson, igual suerte que Robert De Niro en la primera película, la sexy Amber Heard en un papel ajustado a sus curvas y Sofía Vergara que hace de…Sofía Vergara.

    La diversión está garantizada -Charlie Sheen es el presidente de Estados Unidos- y el descontrol mucho más aunque ya una tercera parte en el espacio como se anuncia dilapidaría la buena idea del origen de todo que no era otro que un metadiscurso elaborado y con crítica política sobre el rol de la comunidad mexicana en la doble moral norteamericana.
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  • La boleta
    La boleta
    CineFreaks
    Sueños compartidos

    Un racimo de buenos secundarios, un policial alocado y por momentos al borde del grotesco, ritmo constante y cambios de registro autoconsciente son los elementos predominantes en La boleta, del director Andrés Paternostro, que cuenta con los protagónicos de Damián de Santo, Claudio Rissi y Marcelo Mazarello acompañados de un nutrido elenco donde destaca la figura de Roly Serrano y una simpática aparición de Ricardo Bauleo.

    A las claras se ven transparentadas las intenciones en cuanto a lo formal y al estilo buscado por Paternostro y equipo, que se concentran principalmente en la historia del perdedor Pablo, mote que le calza perfecto al rol de De Santo y a su parte complementaria de la mano de Marcelo Mazarello.

    Soñadores en un mundo o mejor dicho en un país donde cada vez es más difícil sobrevivir y que se ven involucrados en una pesadilla en el corazón de una villa, cuyo dueño apodado Merlín (Claudio Rissi) procura mantener controlada pero al estar rodeado de ineptos su tarea se vuelve más que cuesta arriba. Entre esos indeseables se encuentra un ladrón de bajo perfil (Roly Serrano), quien busca la salvación económica con un secuestro express que por supuesto no sale como se pretende y agrega mayores complicaciones a una catarata de contratiempos que se desatan a gran velocidad y que la trama acumula sin problemas sosteniendo un verosímil que nunca exhibe costuras desde el guión sin escatimar insultos y frases altisonantes.

    En ciertos segmentos el relato busca atajos en el orden creativo como por ejemplo el apunte surrealista o algunas metáforas que funcionan mientras el eje de la comedia no se altera. Si tuviera que buscarse algún referente local en cuanto al estilo de La boleta, la primera candidata no es otra que la película argentina El boquete (2006), de Mariano Mucci, donde también se jugaba la carta del grotesco pero en el caso de una familia disfuncional.

    Para esta ocasión, la disfuncionalidad se da en torno a lo operativo vinculado a la delincuencia y sujeto a la improvisación tan auténticamente argentina cuando el plan b no existe ni siquiera en la cabeza del más lúcido de los villanos, encarnado sin escapar al estereotipo por Claudio Rissi y muy emparentado con el personaje que el mismo actor construyó en 76 89 03 (2000) de Flavio Nardini y Cristian Bernard.

    Un intento de comedia grotesca bien logrado y disfrutable para el público que apueste al cine argentino para identificarse con esas pequeñas historias que se encuentran a la vuelta de la esquina.
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  • Una familia gay
    Una familia gay
    CineFreaks
    Peguntas que incomodan

    Desde su título ya queda manifestada la idea central de este documental mezclado con ficción del director Maximiliano Pelosi que ya fuera presentado en la sección Panorama del BAFICI y que ahora se estrena comercialmente. La familia homoparental forma parte de un debate social que lejos de estar clausurado cada día cobra mayor envergadura al conocerse los alcances de la ley de matrimonio igualitario y las historias que se tejen detrás de cada trama particular que involucra a parejas gay.

    Por eso partir de la base de interrogarse, una vez conseguido el derecho, el deseo de casarse es un punto interesante y apto para reflexionar conceptos que, con el correr de los años y de los cambios en la forma de pensar a una familia, habilitan otro tipo de unión o construcción familiar.

    Ahora bien, salir en busca de respuestas siempre supone tener en claro lo que se quiere preguntar y en ese sentido Una familia gay trastabilla al poner en primer plano la historia del director Maximiliano Pelosi y su intimidad al mismo nivel que el resto de las anécdotas o testimonios de sus entrevistas, todas movilizadas por sus inquietudes personales, contradicciones y dudas acerca de varios tópicos como por ejemplo el matrimonio, entre otros temas tales como el código civil, la religión, experiencias ajenas y para ilustrar el derrotero personal de esa suerte de investigación se apela a la introducción de elementos ficcionales, que al estar atados a la representación quitan espontaneidad al relato.

    Si bien la idea es aportar ritmo para que la solemnidad no abrume al público el exceso de lo cotidiano y lo mundano le quitan peso a los temas pensados, aunque es justo reconocer la diversidad de voces a lo largo de los 82 minutos de metraje.

    Existe una búsqueda del humor como subrayado de ciertas pautas culturales por contraste o críticas a los preconceptos sobre la cultura gay pero que no son efectivos a la hora de llamar a la reflexión.

    Una familia gay celebra por un lado la libertad creativa de su autor pero esa falta de contención o criterio en cuanto a lo narrativo es precisamente su mayor falencia y queda a medio camino de lo que una propuesta más interesante -tal vez con menos énfasis en lo personal- podría haber generado en pos del enriquecimiento de ese debate social.
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  • Paranoia
    Paranoia
    CineFreaks
    Absurda como su título

    Tan decorativa resulta la presencia de la sexy Amber Heard en Paranoia como la explicación de los procesos tecnológicos que con un esmero estéril pretenden ganarse la atención del público sin la menor sospecha de que lo que pasa en pantalla no le interesa a nadie.

    Si repasamos que uno de los antecedentes del director Robert Luketic es la mediocre 21 BlackJack (2008) y en menor medida Legalmente rubia (2001) quizá podamos entender el por qué de un film tan torpemente narrado como éste, que al igual que aquella película contextualizada en el mundo de los casinos toma como detonante de conflictos la desmedida ambición de su protagonista.

    El espionaje industrial siempre es un elemento convocante para tramas complejas cuando detrás de los intereses que llevan a ejecutarlo existe algo más que la mera acumulación de dinero o su vertiente menos políticamente incorrecta: la venganza por resentimiento.

    Si todo gira en torno a estas motivaciones, la historia necesita de un ejecutor o chivo expiatorio como es el caso del joven Adam Cassidy (Liam Hemsworth), un ambicioso empleado de la compañía Wyatt Corpp, cuyo jefe (Gary Oldman) pretende robar a la competencia Eikon, presidida por Harrison Ford -su antiguo mentor-, el prototipo de un revolucionario celular. Para ello Adam debe ganarse la confianza de Eikon y una vez ingresado allí robar sin ser descubierto.

    Hasta aquí estamos en presencia del ABC de toda película elemental de este tipo y a pesar de las vueltas de tuerca necesarias para que el relato despegue de una vez por todas es tan evidente el grado de previsibilidad como los pasos en falso bajo el pretendido cambio de rumbo que nunca es tal.

    Si a eso se le suma el desperdicio de un elenco que cuenta con las patéticas actuaciones de Richard Dreyfuss, y los ya mencionados Oldman y Ford a la cabeza, el agravante es aún mayor porque los intentos por darle profundidad a una historia que nunca supera la medianía son vanos.

    Con el plus de un desenlace carente de creatividad, forzado, manipulador, engañoso y con resoluciones de situaciones sacadas de la galera en una película sin magia, Paranoia es un film tan absurdo como su título, el cual esta vez las distribuidoras locales respetaron a rajatabla.
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  • Este es el fin
    Este es el fin
    CineFreaks
    Banalidad con plata

    Hay que preguntarse qué resulta más irritante al terminar de digerir Este es el fin: que un puñado de actores que están en la cresta de la comedia norteamericana gasten dinero en una broma privada con pretexto de película autorreferencial o que hagan participe a un público consumidor de cualquier cosa de su falta de talento a la hora de pensar en algo parecido a una comedia guarra.

    No es el exceso el problema mayor de este tour escatológico y absurdo con aire de película sino el despropósito de pensar que lo que ocurre en este film puede interesar a alguien más allá de a sus actores participantes y menos si las drogas que comparten entre sí no se distribuyen al espectador.

    La premisa básica nos somete a padecer el encuentro entre el impresentable Jay Baruchel y Seth Rogen para devenir en una fiesta descontrolada en la casa de James Franco, lugar de reunión de otras tantas luminarias de la decadencia hollywoodense actual entre quienes puede destacarse una Emma Watson en rol ya terminé con Harmony y dejen de encasillarme o el propio Franco mofándose de su excentricidad intelectualoide cool que parece molestar a algunos en Hollywood.

    Luego de todas las banalidades y las charlas inconducentes se desata el apocalipsis y la lucha por sobrevivir se complementa con la de la guerra de egos como parte de una alegoría barata y bastante estúpida del mundillo de las celebrities de medio pelo como éstas.

    Los efectos visuales dan vergüenza, así como los infructuosos intentos de sacar algo en limpio de la galería de situaciones absurdas que incluyen sodomización y muertes de actores cuando la tierra se parte y caen a lo más profundo.

    Deberían haber caído todos antes de que comenzara el film pero a veces la magia del cine nos juega estas bromas pesadas y las distribuidoras locales dan cabida a productos mediocres y sin sentido como éste.
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  • Omisión
    Omisión
    CineFreaks
    Un psicópata con culpa

    Resulta imposible no traer el recuerdo del film Mi secreto me condena (1953) al pensar en Omisión porque más allá de las falencias del guión –que las hay- es notable cómo se desperdicia una premisa que expone un dilema profundo (el secreto de confesión para un hombre religioso) en el orden de la ética y parte de ese desperfecto obedece a la mala elección de Gonzalo Heredia en el rol del padre Santiago, quien se ve absolutamente opacado y eclipsado por la casi perfecta performance de Carlos Belloso, ¿Un psicópata con culpa?

    Ese defecto es insalvable para una trama que debía apoyarse en sus personajes y no tanto en las situaciones que estos enfrentan, sin moverse un milímetro de todo el derrotero de un thriller que encajaría mejor en la televisión que en el cine. Entonces muy poco queda por analizar cuando la historia parece querer contestar preguntas sin que nadie se las haya formulado y de ahí hacia el desenlace con la torpeza narrativa del flashback a cuestas para dilapidar toda opción de atractivo en un film que si bien no presenta desprolijidades en cuanto a lo formal y estructural tampoco encuentra un resquicio para salirse de los cánones convencionales que lo vuelven absolutamente previsible.

    No hace falta ahondar mucho en el argumento porque el conflicto central se juega desde los primeros minutos: un psicólogo adelanta en secreto de confesión futuros asesinatos valiéndose de la prohibición explícita que garantiza su impunidad. El depositario de tal confesión se ve atrapado entre sus actos del pasado -incluida una relación amorosa cortada abruptamente- que irán apareciendo de manera torpe a lo largo de la trama y su inercia propia por no resolver la culpa de los actos cometidos.

    La culpa para un psicópata no existe por lo cual la relación planteada entre el padre y el psicólogo es absolutamente dispar y el equilibrio de fuerzas y mecanismo de manipulación son igual de similares.

    Con semejante desnivel entre el protagonista y su antagonista si el film hubiese optado por darle más protagonismo a la oveja más descarriada de este rebaño que oculta secretos el resultado hubiese sido mucho más satisfactorio.
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  • El amor dura tres años
    Reflexiones y un aire a cine yanqui

    El amor dura tres años, ópera primera de Frédéric Beigbeder basada en su novela homónima pareciera una máxima al estilo Sebastián De Caro, pero en realidad es una comedia francesa que a pesar de querer tomar vuelo propio con algunos recursos ingeniosos no puede escapar del espejo de la trillada comedia romántica norteamericana.

    No necesariamente eso es malo para un espectador habituado pero sí le quita sustancia y sorpresa a un relato anclado en lo literario que encuentra el cine como pretexto de comunicación más que como puente artístico en sí.

    Si en una película el texto supera a sus personajes hay algo que no funciona y esa es la sensación que termina produciendo este coqueteo constante por el lugar común que se apoya en las idas y venidas de la pareja protagónica, él crítico literario con aspiraciones a escritor y divorciado que vuelve a apostar al amor tras conocer a la esposa de su primo. El, cínico al comienzo y dolido con la experiencia como marca indeleble y ella que representa a la mujer para enamorarse a primera vista no sólo por lo prohibido sino por esa irresponsabilidad y sentido de la libertad a flor de piel.

    El contexto de esta historia se arraiga en lo contemporáneo y apela a los clichés de la informática y las nuevas comunicaciones amorosas desde la impronta de la fugacidad y de ese estado virtual que a veces cobra más realidad que la vida misma.

    A pesar de depositar en un personaje una solapada crítica a los histéricos estereotipos del cine yanqui simplemente subrayando la extravagancia de una francesa hablando el inglés cuando los franceses defienden a rajatabla su propia lengua le suma un puntito a la obviedad de las situaciones que marcan la dialéctica del encuentro y desencuentro.

    Por momentos el humor aparece y está bien logrado gracias a la sobria actuación de Gaspard Proust que se complementa y consigue la química con Louise Bourgoin, de una fotogenia inapelable.

    El amor dura tres años no supera el pasatismo de su propuesta pero entretiene lo suficiente por su frescura que sabe dosificar las reflexiones más profundas con las banalidades sin forzar situaciones, aunque su perfume huele a cine yanqui.
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  • La carpa invisible. Familia de circo
    Pasen y vean

    A Pablo Magote o al Payaso Casimiro Acosta lo conocimos precisamente como parte de ese nutrido colectivo payasesco del inclasificable Sólo para payasos del director Lucas Martelli y la vida de una familia de circo se vio plasmada en el documental Cirquera de Andrés Habegger y Diana Rutkus, ambos exponentes de ese mundo maravilloso que transforma la realidad desde el lugar del circo y que aparece de una manera diferente ahora en La carpa invisible, familia de circo, del docente y director Juan Imassi.

    Los pocos segmentos de Magote en el film anteriormente citado llevaban la impronta o al menos la sospecha de que había una historia muy interesante detrás, no simplemente por estar en contacto con la adversidad de un payaso no vidente –Pablo se quedó ciego en 2006- sino porque la ceguera en Pablo no lo etiqueta ni lo limita en su rol de payaso o animador de su propio espectáculo, que involucra a toda la familia Magote (su esposa Julieta y sus 4 hijos) desde hace muchos años y que a pesar de la discapacidad del maestro de ceremonias continúa creciendo en sus cálidas presentaciones veraniegas en Aguas verdes, una playa pequeña elegida por la familia para presentarse a diario ante el público compuesto en su gran mayoría por niños y que se sostiene como varios artistas callejeros a la gorra.

    La cotidianeidad de los Magote se encuentra desde el registro documental con una cámara que no busca el encuadre perfecto ni mucho menos el lugar adecuado en la espacialidad cinematográfica pero en la forma se nutre de los sonidos más que de las imágenes.

    Si bien el punto de vista subjetivo de una persona que no ve no puede ser otro que la no imagen, Juan Imassi utiliza este recurso no de forma redundante ni abusiva para que el espectador se sumerja en la realidad del protagonista sin subrayados metatextuales o palabras para configurar su entorno de oscuridad y sonidos que le ganan al silencio. Esa es quizás la virtud más importante de La carpa invisible, familia de circo cuando los sonidos se transforman en palabras y las palabras en sensaciones o emociones, que permiten conocer desde otro lugar cómo viven los Magote; cómo se complementan en el trabajo de circo pero también cómo es cada uno en relación al otro y al personaje que aparece en el espectáculo, por ejemplo la payasa Margarita, puntal tanto del show o de la familia en los momentos críticos pero poseedora de una energía y voluntad arrolladoras.

    Cuando la vida irrumpe en el cine sin artificio estalla la belleza de las pequeñas cosas que siempre es imperfecta, agridulce y finita, pero si la búsqueda es genuina y amparada en la infatigable curiosidad por querer traspasar la barrera de los ojos se llega a la esencia y al verdadero sentido sin importar el resultado estético sino su carácter ontológico.

    La película de Juan Imassi no es solamente la historia de un payaso no vidente, ni su lucha contra la adversidad a partir del humor y de encontrar en lo tragicómico la materia prima para su representación escénica sino la experiencia de haber convivido como testigos privilegiados de un pedazo de historia de una familia con todas las letras que se transforma, discute, crea, se apoya, ama y ríe de sus problemas sin temor a lo que la mirada ajena pueda entender porque es la pasión por el trabajo lo que los termina salvando.
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  • Mujer conejo
    Mujer conejo
    CineFreaks
    Ya están aquí

    Conejos carnívoros o mejor dicho conejos que comen conejos y mutan en otra cosa, la idea funciona más como una interesante alegoría que desde el punto de vista literal en su aspecto de elemento fantástico dentro de una trama que por momentos coquetea con el policial o con un cine de género más explícito y que forma parte de la superficie del cuarto opus de la realizadora Verónica Chen, Mujer conejo, recientemente presentada en la Competencia Argentina en el Festival de Mar del Plata y que ahora tiene su estreno comercial.

    Los rasgos estilísticos de la directora de Agua quedan plasmados en una utilización autoconsciente de los recursos cinematográficos para dotar a su narrativa sencilla de cierta complejidad, que en este caso particular juega a favor porque aporta a la trama lineal, que tiene por objeto el acoso de la mafia china a una inspectora de habilitaciones del gobierno de la ciudad que no acepta la idiosincrasia de sus superiores y defiende su ética ante la corrupción enquistada en sus narices, una serie de apuntes y subtextos por demás interesantes.

    Desde lo formal por ejemplo la introducción del animé yuxtapuesto a la historia para avanzar cuando el relato da espacio a lo más violento o extraño suma en vez de restar; clarifica ese costado metafórico latente en lugar de estropear el relato porque queda más que claro que los conejos aquí son un pretexto mientras que las consecuencias de sus actos depredadores forman parte del núcleo y del conflicto implícito donde no puede dejar de introducirse una crisis de identidad en Ana (Haien Qiu), la protagonista de rasgos orientales que no habla chino y es mal vista por sus pares de la misma raza.

    ¿Conejos que se multiplican y expanden adaptándose al espacio que invaden? Cuánto de ello se relaciona con la expansión de la mafia china en el seno de la ciudad; en esos barrios multiculturales que han perdido la identidad para mutar en otra cosa. Son preguntas que quedan libradas a la percepción del espectador pero no puede dejar de pensarse que el hecho de no traducir los parlamentos de los personajes chinos más allá de un indicio de incomunicación obedece en lo más profundo a que pese a todo la cultura conserva su cuerpo y alma sin importar el ropaje extranjero que la vista o la contenga. Asimismo, la corrupción es corrupción a pesar de la justificación ética o moral que la disfrace de otra cosa.

    Con un reparto de actores argentinos en roles secundarios que se acomodan perfecto al tono buscado por Verónica Chen se debe destacar la naturalidad de Haien Qiu, artífice de una sutil pero intensa transformación no sólo en el carácter sino desde la conducta.

    La Mujer conejo de Verónica Chen no es una heroína de película clase B como sugiere tal vez uno de los afiches de promoción, no es el estereotipado personaje femenino con rasgos masculinos tan explotado por el cine de género sino que su aspecto inclasificable y mutante la hacen misteriosa y atractiva a la vez como este film alegórico y de género en simultáneo.
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  • Memorias cruzadas
    El mito flotante

    Existen varias maneras para filmar lo que ya no está, es decir hacer presente la ausencia y aquí es donde la directora brasileña Lucía Murat, en Memorias cruzadas, toma un rumbo por demás arriesgado al incluir en la reconstrucción de una ausencia el mecanismo del mito como esa imagen construida desde la fantasía o el deseo de quien la convoca para despojarla de todas aquellas impurezas que la vuelven perenne.¿ Acaso la memoria es la savia de lo perenne?.

    Interrogantes de esta naturaleza atraviesan el universo del nuevo opus de la realizadora, quien recientemente ofició de jurado en el Festival de Mar del Plata, en consonancia con los tópicos que en su larga carrera viene explorando -este es su octavo film- y que se encuentran profundamente ligados a los roles de la juventud y de la izquierda en las épocas más feroces de la dictadura en Brasil.

    Si bien no puede señalarse que estamos frente a un film de estructura coral, lo cierto es que los puntos de vista y la mirada sobre el pasado -siempre confrontada desde el presente- aparecen de manera fragmentaria y encarnizada en la voz, discurso y el pensamiento de un grupo de amigos militantes convocados por la figura de Ana, antigua compañera de lucha que en el presente se va disipando como su cuerpo que yace en una sala de hospital al que llegó por padecer un cáncer.

    La Ana imbatible; vigorosa; carismática y decidida por convicción a llevarse el mundo por delante es aquella que deambula entre la realidad y la fantasía como ese fantasma cuya rebeldía no es más que aferrarse al recuerdo para no desaparecer. Y es esa quizá la mayor lucha que ese mito de Ana libra más allá del tiempo y del cáncer o de los psiquiátricos que laceraron su voluntad pero siempre convencida de que la batalla por lo que se cree valió la pena.

    Vale la pena entonces el recuerdo no atado a la tristeza sino a la honra de un personaje que para la directora Lucía Murat encarna a un símbolo de la izquierda, Vera Sílvia Magalhães, a quién va dirigida la dedicatoria del film. Esa persona y no personaje es lo suficientemente influyente e importante para dejar su huella en cada amigo (un lujo la presencia de Franco Nero en el elenco), incluso superando una brecha generacional con los hijos de los que en un pasado fueron jóvenes revolucionarios, equivocados tal vez en haber pensado en el camino de la violencia ante una coyuntura aún más violenta pero con la suficiente capacidad reflexiva para admitir los errores.

    Un mito no conoce de errores o por lo menos no hay nadie que lo someta a semejante fragilidad, por eso la Ana representada desde lo fantasmático jamás envejece y contagia esa energía de lo que perdura porque no cambia, como una gota de lluvia que se desliza por el cristal de la vida antes que el limpia parabrisas la arrastre al olvido en ese vaivén que pendula entre lo que fuimos y lo que dejamos de ser.
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  • La sospecha
    La sospecha
    CineFreaks
    Malos padres

    Con La sospecha se concreta el arribo del canadiense Denis Villeneuve a la maquinaria mainstream con un resultado aceptable desde el punto de vista de las concesiones que muchas veces requiere ponerse el sayo hollywoodense, aunque debe aclararse no con la contundencia que muchos podían esperar teniendo en cuenta sus antecedentes cinematográficos como la magistral Polytechnique (2009).

    Enmarcado como un thriller mezclado de drama intimista, el relato se apoya en la clausura de la redención como vía de escape de las aberrantes conductas humanas que ponen en jaque valores morales cuando de situaciones límites se trata.

    Ya desde Incendies (2010) Villeneuve tensaba las subtramas haciendo gala de un pulso narrativo asombroso para mantener un verosímil en el momento de cruzar personajes e historia pero en el caso particular de esta película, cuyo contexto responde a las reglas de pueblo chico, se nota el obstáculo desde el vamos porque ese verosímil pretende mantener aislada la trama secreta alrededor de la cual gira una sencilla historia de secuestro de una niña Anna Dover (Erin Gerasimovich) y su vecina Joy Birch (Kyla Drew Simmons) para escapar de la dialéctica del policial y sumergirse en la oscuridad de víctimas y victimarios.

    Gracias a la ambigüedad de uno de los sospechosos que puede funcionar como chivo expiatorio para purgar culpas o bien como ese monstruo confeccionado a imagen y semejanza de las fantasías pueblerinas, el relato logra despojarse de una corriente unidireccional y convencional para bifurcar por diferentes senderos que tienen como principal protagonista a un padre desesperado Keller Dover (Hugh Jackman) dispuesto a hacer cualquier cosa para dar con el paradero de su pequeña pero también a escabullirse del acecho del detective Loki (Jake Gyllenhaal), representante de la ley y de los caminos tradicionales que respetan las reglas y que entorpecen las búsquedas en varias oportunidades.

    La sospecha no recae en la confrontación de justicia por mano propia frente a la justicia institucional sino que trasciende esa barrera para detenerse sin juzgar en las acciones desesperadas pero humanas al fin evitando la trampa de lo religioso como faro dentro de la oscuridad. Es la culpa y la expiación lo que está presente en primer plano y la necesidad de venganza como parte del proceso en segundo plano.

    No obstante, hay un problema insalvable que obedece a los puntos de vista que atraviesan este extenso derrotero de casi dos horas y media y que muestra de manera sutil pero detectable fallas a nivel guión. Por punto de vista me refiero exclusivamente a lo que ven y conocen los personajes involucrados en relación a lo que ve y conoce el espectador y en ese sentido por momentos La sospecha se pierde en su propio laberinto y para salir apela al recurso de la manipulación que derrumba la conexión entre las diferentes focalizaciones tanto internas como externas. Si bien este aspecto es visible en muchas ocasiones pasa desapercibido gracias al ritmo y el vértigo emocional que el realizador canadiense consigue por contar con actores que pueden transmitir intensidad como es el caso de Hugh Jackman o la contención de Paul Dano, sindicado como el principal sospechoso del secuestro.

    Sin embargo, La sospecha es un thriller intenso, duro y muy por encima de la media hollywoodense que merece ese reconocimiento al menos por intentar con herramientas nobles sumergir al espectador en una carrera contra el tiempo y donde el enemigo parece estar más cerca a pesar de los velos morales que lo arropan.
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  • En llamas
    En llamas
    CineFreaks
    Oprimidos, los estamos filmando

    La segunda entrega cinematográfica de la saga literaria creada por Suzanne Collins, a cargo de los guionistas Simon Beaufoy y Michael deBruyn, supera a su antecesora en relación a abocarse de lleno a marcar las coordenadas de la política como parte del gran juego de intereses en este distópico escenario esbozado desde los comienzos en Los juegos del hambre.

    Tiranos estereotipados y oprimidos arquetípicos en medio del culto a la celebridad del post modernismo son elementos sustanciales que definen la dialéctica entre los grupos antagónicos en esta suerte de lucha de clases pop muy lejos de lo que pregonaba la teoría marxista y su materialismo histórico por cierto pero en la que quedan subrayadas las ideas de poder, miedo y control social en manos de los sectores con acceso a los medios de producción, léase para el caso medios de comunicación.

    Si bien la primera película sirvió como puente de presentación de la historia de la heroína perteneciente al distrito pobre, Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence), junto a su pareja Peeta Mellark (Josh Hutcherson), sobrevivientes y ganadores de la competencia, la trama en esta ocasión los ubica dentro de las propias esferas del poder desde su lugar de líderes carismáticos y con alta imagen frente al pueblo. Aspecto que es utilizado en beneficio propio por la autoridad máxima del Capitolio, el Presidente Snow (Donald Sutherland), quien organiza una suerte de tour de la victoria por los distintos distritos para promocionar las bondades de la corrección política.

    Sin embargo, el mismo pueblo que aclama también reclama mejores condiciones de vida en los distritos ante las políticas de sojuzgamiento. Así, la pareja triunfante se convierte en amenaza para el status quo de los poderosos y las reglas del control social y la expansión del miedo surgen con mayor ferocidad desde un nuevo evento que reúne a los ganadores de antiguos certámenes para que se terminen aniquilando los unos a los otros.

    Los resortes del poder además quedan en manos de un nuevo personaje Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman), al que no le tiembla el pulso para inclinar la balanza cuando la imagen de Katniss se transforma en símbolo de resistencia y no de servilismo utilitario como se pretendía.

    Podría decirse que el director Francis Lawrence divide el relato en dos mitades con diferencia en ritmo e intensidad, algo que por la extensa y exagerada duración -146 minutos- por momentos le juega en contra a la película en su conjunto pero el equilibrio para la acción y el subtexto de las internas, alianzas y traiciones entre los propios tributos o participantes compensa ciertos desniveles en lo narrativo; encuentra los intersticios para la emoción desde lo dramático con algún atisbo de épica en un ámbito hostil y completamente digitado desde el centro para beneplácito de la periferia.

    Lo que prevalece en esta lucha de poderes en definitiva son soslayadamente modelos sociales antagónicos en un escenario pseudoapocalíptico pensado para adolescentes, con una crítica engañosa al mismo sistema que los domestica con productos de esta magnitud, que encajan de maravillas en el cinismo del Hollywood de siempre y que lejos de cambiar gracias a la maquinaria del entretenimiento goza de excelente salud y sin peligro de extinción por mucho tiempo de cara al futuro, colmado de ideas que se reciclan para transformarse en más de lo mismo como por ejemplo esta franquicia fabulesca de gladiadores oprimidos en el circo de los medios de comunicación.
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  • Tanta agua
    Tanta agua
    CineFreaks
    Relaciones volátiles

    Nada más elocuente que un título como éste para definir una comedia agridulce que gira en torno a las imposibilidades de transformar lo que uno es o representa a imagen de los otros.

    Un padre nunca dejará de ser padre por más que se disfrace de amigo o compinche y un hijo/a jamás abandonará esa mezcla de vulnerabilidad y rebeldía a cuenta gotas como los protagonistas menudos de este relato arrítmico, Tanta agua, que apela al chiste en pequeñas grageas, entre líneas, sin necesidad de utilizar recursos externos más que la mala suerte de un padre divorciado, Alberto (Néstor Guzzini), en plan vacacional con una hija pre adolescente Lucia (Malú Chouza) que ya piensa en conocer chicos más que en pasar las tardes pescando en el río y un niño, Federico (Joaquín Castiglioni), con una personalidad demasiado pequeña como para imponer su deseo infantil por encima de la infantilidad de su progenitor.

    Ana Guevara y Leticia Jorge Romero complementan una tarea de dirección impecable y cada una desde su lugar encuentra el espacio a la expresividad y al uso de la metáfora cinematográfica y de la metonimia al demostrar que se puede hablar del todo exhibiendo alguna que otra de sus partes en una ópera prima con voz propia, que se alzó con el Premio Cine en Construcción en San Sebastián 2012 y fue parte de la Competencia Oficial del Bafici, que ahora encuentra en pantalla en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín hoy viernes 15 hasta el domingo 17 a las 14.30, 17:00 y 19.30 y desde el martes 19 hasta el domingo 24, a las 22:00 en su última función.
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  • El abogado del crimen
    Narcópolis

    Dos escenas pueden llegar a definir la poco sustancial El abogado del crimen, tal vez el intento de Ridley Scott de redimirse por su solemne Prometeo jugando a transformarse en Tarantino pero con la poco feliz sociedad creativa con el ganador del premio Pulitzer, el octogenario Cormac McCarthy, en su primer intento de guión cinematográfico tras su enorme trayectoria como novelista de, por ejemplo, No es país para viejos luego llevada al cine en el film de los hermanos Coen Sin lugar para los débiles.

    Las dos escenas a las que haremos referencia son lo suficientemente gráficas para justificar los desaciertos de esta película que reúne un elenco de estrellas de la talla de Michael Fassbender, Penélope Cruz, Cameron Diaz, Javier Bardem, Brad Pitt, Bruno Ganz: la villana de turno en la piel de la gélida Cameron Diaz que parece haber entendido que la única manera de salir indemne de este mamarracho era jugar al grotesco hace el amor con un auto de alta gama (tiemblan Sharon Stone y sus Bajos instintos) mientras el impávido Javier Bardem con un peinado extraño observa atónito como ella refriega su sexo sobre el parabrisas y la segunda escena ubica a uno de los personajes -que por razones obvias no revelaremos aquí- en un basural como si fuese parte de la misma fisonomía de residuos abandonados por un camión recolector.

    El público pensará de antemano que con semejante osadía Scott y compañía buscaron traspasar los límites del mainstream y apelaron a un recurso irónico para trascender los convencionalismos del género al desnaturalizar y metaforizar una historia de venganza entre narcos que se traicionan y roban un camión que transporta desechos sépticos como parte de una pantalla que oculta un cargamento sustancioso de drogas. A ese detalle basta agregarle que todo transcurre entre la frontera de México con E.E.U.U. para terminar de cerrar un círculo vicioso sin posibilidad de redención alguna porque lo que se subraya desde el punto de vista del protagonista, un abogado (Michael Fassbender) seducido por la codicia y ese mundo de ostentación, poder y animales exóticos, una vez que se entra no se sale.

    Bienvenidos entonces a la narcópolis desde la mirada novelada de Cormac McCarthy mucho más preocupado por las palabras que sus criaturas escupen en medio de reflexiones filosóficas sobre el sinsentido de la vida, lo efímero y hasta valiéndose del pobre Rubén Blades para traer a colación el poema de Antonio Machado que reza caminante no hay camino…; bienvenidos a un despropósito cinematográfico descomunal por su falta de osadía y creatividad a la hora de deconstruir al cine de género –si esa era la intención- y despojarlo de todo condimento atractivo para terminar hablando de sexo sin mostrar sexo, de violencia sin estética y pidiendo a los actores que se tomen en serio ese ridículo derrotero al que son sometidos como ocurre en este film que encima de todo dirige Ridley Scott, quien si bien abandonó su estilo clipero, hiperquinético y recargado de colores fuertes no encuentra el camino para su aventura narco filosofada, publicitaria y aburrida.
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  • Mar del Plata
    Mar del Plata
    CineFreaks
    Caminos que se bifurcan

    La carencia de pretenciosidad es sin lugar a dudas la mayor de las virtudes de esta ópera prima de los directores y guionistas Ionathan Klajman y Sebastián Dietsch y eso es lo que permite que los realizadores apliquen desde el punto de vista narrativo recursos cinematográficos potentes para llegar a muy buen puerto con Mar del Plata.

    El balneario costero al que hace referencia el título del film es el mejor pretexto no desde lo geográfico sino en su carácter simbólico para que los caminos bifurcados de Joaquín (Pablo Pérez) y David (Gabriel Zayat) confluyan en un lapso de dos días en el que la convivencia y amistad que los une se ve en constante peligro, pero la necesidad de un cambio en sus rutinas hasta el momento es el cemento de contacto para que uno se pegue al otro.

    No hay mejor forma que abordar el pasado de un personaje a partir de su propia mirada desde el presente, ese elemento distintivo permite desde un guión inteligente, con diálogos agudos, construir varios puentes comunicantes entre los personajes sin atarse a una historia que pueda acumular flashbacks y perder sorpresa con el correr de los minutos. A eso debe sumarse la elección de una pareja de actores que resulten convincentes en sus roles de amigos -como en este caso- aunque la decisión que predomine el punto de vista de Joaquín sobre el de David genera con el espectador un grado de complicidad interesante y la chance de romper un molde en la forma de narrar cuando el registro de contar a cámara o reflexionar -con lo que podría definirse una falsa voz en off- permite una mayor flexibilidad en el abordaje de cada personaje desde su propia idiosincrasia, más que por el efecto de sus acciones o conductas.

    Mar del Plata por otra parte es un film que utiliza la estructura de road movie como presentación al igual que sucede por ejemplo en Villegas (2012) de Gonzalo Tobal, que abandona en el mejor momento a sus personajes en una deriva existencial profunda mientras todo parece lúdico o banal con situaciones que no terminan de resolverse o avanzar hacia lugares convencionales para conseguir, en el mejor sentido, desviar la atención del público una vez superada la dialéctica de la rivalidad, los celos, la envidia entre Joaquín y David, quienes son lo suficientemente diferentes en sus personalidades aunque ninguno se despoje del todo del niño interior o ese adolescente eterno, que hace un poco menos cruel la realidad de la madurez tras fracasos en todos los órdenes de la vida.

    La presencia de personajes secundarios funcionales y no de relleno enriquece la anécdota del viaje de los amigos a niveles impensados para cobrar un verdadero sentido y peso en la pareja protagónica, ya sea desde la presencia indeseada de una ex novia de Joaquín (Lorena Damonte), casada con un escritor exitoso (Pablo Caramelo) que opera de antagonista ideal, o en el caso de David la posibilidad de comenzar con una chica joven (Daniela Niremberg) la relación que lo reivindique ante su par que critica su egolatría de manera constante.

    A Mar del Plata, que ya viene recorriendo diferentes circuitos de festivales exitosamente, no le falta ni le sobra nada; es divertida porque no está atada al realismo mustio que a veces el cine argentino abraza con tanta devoción pero sobre todas las cosas es una propuesta tan honesta como audaz que vale la pena conocer.
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  • Lluvia de hamburguesas 2
    Ecosistema diet

    Ya desde el prólogo que ágilmente resume la historia de la primera Lluvia de hamburguesas (2009) queda definido el carácter de secuela de esta segunda aventura Lluvia de hamburguesas 2: la venganza de las sobras, dirigida por Cody Cameron y Kris Pearn donde la cuota de delirio y creatividad vuelve a ser una de las claves, aunque sin tanta sorpresa como su antecesora.

    Parte de esa falta de sorpresa obedece a una más que inspirada copia de Parque Jurásico al concebir un universo orgánico donde el ecosistema está integrado por alimentos vivientes, de los cuales son reconocibles por la composición de los cuerpos aquellos animales prehistóricos del film de Steven Spielberg. Este detalle no deja de ser vistoso y muy agradable sobre todo para el público al que va dirigido el film, quien se verá cautivado al cien por cien por el estallido de colores e imágenes en pantalla más que por el derrotero de la trama, lineal y predecible.

    Para aquellos adultos que acompañan, los creadores se han tomado varias licencias para construir un antagonista de Flint Lockwood -nuevamente protagonista- con bastantes guiños a la figura de Steve Jobs (el padre del IPhone, IPad y tantas otras cosas), Chester V, quien representa para nuestro héroe el modelo de científico a seguir pero que en realidad persigue un oscuro plan maquiavélico para apoderarse de la máquina que convertía el agua en comida, causal de la creación de este nuevo ecosistema en la Isla Bocado.

    Hacia los recónditos paisajes poblados de hamburguesas del tamaño de un Tiranosaurus Rex, y criaturas similares, deberán partir Flint y su grupo de amigos: su novia Sam; el camarógrafo Manny; el excéntrico Brent; y el oficial de policía Earl, sin olvidarnos claro está del mono que tiene por mascota. La misión consiste en acabar con la amenaza que la nueva fauna comestible llegue a otras ciudades.

    Sin embargo, aquello que parece una amenaza en realidad es una posibilidad de aprendizaje y de reconocimiento de nuevas especies para reforzar por parte de los creadores el mensaje ecológico hacia los más pequeños y por supuesto una moraleja con final feliz en el que prevalece el valor de la solidaridad por encima del individualismo de Chester y su cohorte de secuaces.

    En épocas donde la comida chatarra parece adueñarse de los hábitos alimentarios de muchos niños en el mundo y sobre todo en Norteamérica, la idea de reivindicar lo sano a partir de vegetales o frutas que hasta pueden resultar divertidas escuda un valor noble en una campaña de marketing que el propio film busca ridiculizar a través de la figura de Chester, pero que en definitiva en ese doble discurso permanente termina por cumplir el objetivo mercantilista de siempre. Claro que eso a los chicos no les importará en lo más mínimo cuando rían con las simpáticas frutillas o gocen de los tacos con patas.
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  • Desierto verde
    Desierto verde
    CineFreaks
    Sembrar conciencia

    Hay dos imágenes lo suficientemente potentes para comprender con cierta vastedad el problema que atraviesa la temática abordada por el documental Desierto Verde, de Ulises de la Orden (Río arriba, 2004): los rostros de las consecuencias de la utilización de agroquímicos y agrotóxicos para mejorar el rinde del suelo y por otro la fachada de la Bolsa de Chicago donde se definen prácticamente las reglas del mercado actual que rigen los sistemas económicos de los países desarrollados y en vías de desarrollo.

    Ambas realidades también se conectan intrínsecamente con una mirada micro y otra macro sobre el mismo fenómeno, pero el origen del problema tanto desde un enfoque como desde otro responde al factor dinero.

    Entonces la primera pregunta que deja planteado este documental, didáctico, de edición agil, es de carácter ético o moral más que económica o coyuntural y que puede resumirse en cuestionar precisamente la idea de progreso en detrimento de la destrucción del medio ambiente y de vidas humanas como parte del daño colateral de un discurso monolítico, reaccionario y peligroso, fundamentado en base a la ignorancia y a los intereses más que a la empírica, y que postula desde su falsedad la defensa del progreso para beneficio de la humanidad futura cuando en realidad descarta notoriamente a esa misma parte que argumenta defender.

    A grandes rasgos, la complejidad del mundo moderno y el avance de las tecnologías han modificado diferentes paradigmas sociales e introducido nuevos desafíos a las sociedades, entre ellos el problema de la alimentación mundial, asignatura crítica que muy pocos países o Estados buscan remediar simplemente porque no es rentable para sus objetivos económicos y políticos, tratándose de la sobrepoblación que acrecienta la brecha entre ricos y pobres. A esa ecuación nefasta se le suma una variable ligada a la economía, la ley de la oferta y la demanda y a caballo de ésta la regulación de los precios en los mercados de capital.

    Una de las mayores ofertas la constituye el sector de la alimentación desde el punto de vista de tratarse de una necesidad básica pero también a partir de los hábitos y las costumbres de las sociedades en el consumo de determinados alimentos. Parte de ese escenario tiene un actor fundamental que hoy significa proporcionalmente la mayor demanda para el sector alimentario porque China -en menor medida Europa- necesita importar alimentos para su consumo interno. Esa es una de las causas que conlleva las consecuencias de la explotación de los monocultivos como la soja y que provocan además de la destrucción del suelo y el medio ambiente la necesidad de mejorar las semillas para hacerlas resistentes a las plagas en corto tiempo.

    Esas semillas que incorporan genes –de ahí el término transgénicas- producto de la manipulación originan cambios no mensurables en el ecosistema pero además incorporan sustancias de alta toxicidad que luego son consumidas por animales o directamente seres humanos en pequeñas proporciones, que con el correr de los años detonan diversas enfermedades como por ejemplo la leucemia. También la exposición en zonas en las que se aplican agrotóxicos trae aparejada la misma pesadilla y es en ese punto crucial donde se detiene Desierto Verde, en la documentación con testimonios de primer nivel de distintos especialistas acerca del flagelo de los agroquímicos en complemento con la historia real de las madres del Barrio Ituzaingó Anexo de la provincia de Córdoba, quienes fueron a juicio contra dos productores por el uso de agroquímicos en campos lindantes con zonas residenciales en las que fallecieron habitantes por presentar claros indicios de envenenamiento o restos de agroquímicos en su sangre.

    Ulises de la Orden explora las consecuencias del boom sojero en Argentina desde dos puntos de vista completamente antagónicos pero no se queda en la anécdota para salir en busca de un contexto más abarcador y global donde entran a tallar voces reconocidas como la de la física india Vandana Shivana para extender un manto de luz frente a tanto oscurantismo e ignorancia respecto a verdades o axiomas que procuran tapar el sol con las manos. La cara oculta de la palabra rentable o desarrollo sustentable tan de moda en discursos políticos de distintas extracciones es miseria, enfermedad y muerte.

    Desierto verde es un alegato contundente y valiente, que afecta intereses por lo que su visionado y estreno resulta más que obligatorio para saber dónde estamos parados no sólo en materia ecológica sino ideológica en base a los números de la economía o las políticas de Estado cómplices que intentan callar realidades no tan venturosas y que no hacen más que preguntarse si las semillas pueden sembrar conciencia cuando los campos ya están completamente arrasados por el pragmatismo y el capitalismo.
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  • El loro y el cisne
    Cuerpos en fuga

    La tercera película del realizador Alejo Moguillansky, El loro y el cisne, reafirma la misma cualidad que asomaba en Castro y que parece ya una parte constitutiva del estilo del director que tiene que ver con mantener de manera constante algo impredecible, además de su permanente mutación y fuga que se extiende desde lo narrativo hasta los personajes de sus obras.

    La enunciación, el meta discurso y la ruptura con lo convencional prevalecen tanto en Castro (2009) como en este nuevo trabajo que pone en escena la idea del cine que se filma a sí mismo mientras la vida sigue su curso.

    La primera sensación apenas comienza la película responde a una sorpresa que ya toma al espectador desprevenido y que en esencia traza un falso rumbo en el relato: la transcripción en pantalla de una carta dirigida al protagonista del film, Loro (Rodrigo Sánchez Mariño) donde su novia Valeria descarga toda su furia y lo trata de denostar con adjetivos calificativos que incluso terminan confesando arrepentimiento por los besos dados.

    Desde ese inusual inicio rápidamente tomamos contacto con la tarea de Loro en el film de Alejo Moguillansky, el registro de todo lo concerniente al sonido en medio de jornadas de rodaje de un documental para los Estados Unidos que gira en torno al mundo de la danza; a los testimonios de los bailarines y claro está a las conversaciones banales que surgen en el trabajo o en esos momentos de descanso entre los de integrantes del equipo de rodaje, entre ellos el director de cámara (Walter Jakob) o cada uno de los entrevistados para los documentales particularmente aquellos vinculados con una representación de El lago de los cisnes.

    Entre esos personajes circunstanciales destaca Luciana (Luciana Acuña), una bailarina poco convencional que integra un grupo de danza contemporánea llamado Krapp y que para el film aporta el costado snob pero también el reflexivo desde el meta discurso porque si hay algo que Krapp no tiene es precisamente cohesión y sus performances implican desestructurar al límite la normalidad, desde los movimientos espasmódicos hasta las propias palabras para reinventar el lenguaje.

    Lenguaje o texto; formas de decir; coloquialismo o retórica absurda atraviesan el universo de este relato que celebra lo lúdico por encima de una estructura narrativa rígida o clásica pero que en ningún sentido cae en una atmósfera de irrealidad a pesar de todos sus virajes, que pasan por el documental hasta un cine de búsqueda permanente que coquetea con el ensayo o la puesta a prueba de ciertos elementos.

    La particularidad de El loro y el cisne consiste en compartir desde el propio proceso creativo sus limitaciones y desvaríos que pueden resultar algo perturbadores para un público necesitado de otro tipo de historias.

    Ahora bien, cuando aparece la necesidad del cable a tierra emerge un registro íntimo que bucea por la superficie de cada criatura o personaje desde una distancia adecuada y en ese momento resalta la justeza de los diálogos, las coordenadas sólidas de un guión meticuloso y las ganas de hacer cine que hable, además de sus personajes o de los cuerpos que estos ocupan en una danza de desengaños amorosos, del cine mismo.
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  • Alas
    Alas
    CineFreaks
    Una película, un set

    Alas nació como un proyecto de la carrera de Imagen y sonido de la Universidad de Buenos Aires en el año 2005 y a partir de una serie de contratiempos, sorpresas agradables -otras no tanto- y la extrema necesidad de terminar su primera película, el director Ariel Martínez Herrera junto a un incondicional equipo cumplieron su objetivo y comenzaron a transitar el circuito festivalero como el Marfici para finalmente conseguir un estreno limitado en estos días (Jueves 21hs en Monserrat, Capital; Viernes 20:30hs en San Telmo, Capital; Sábado 21hs en Haedo, Zona Oeste y Domingo 18hs en Palermo, Capital).

    Las condiciones precarias en las que fue concebido y rodado el film, la impronta artesanal de cada una de sus escenas, representan su esencia y desde ese punto es justo reconocer que funciona como un excelente ejemplo de utilización de recursos así como de la reivindicación del espíritu independiente con letras mayúsculas.

    La particularidad obedece a que por circunstancias extra cinematográficas –tal como explicara el propio Martínez Herrera en entrevistas- no se le permitía sacar la cámara del perímetro de la universidad, convertido así en un set de filmación para montar y desmontar decorados como si se tratara de una obra de teatro entre escenas, aspecto al que debe sumarse la utilización de back projecting (pantalla de fondo) para recrear exteriores, elemento que también aporta su cuota de absurdo muchas veces cuando no se corresponde el fondo con lo que sucede en el relato y que también de acuerdo a dichos del director son consecuencia de errores involuntarios.

    El derrotero elegido para contar un día en la vida del oficinista Jiménez interpretado con naturalidad por el director Fabián Forte (La corporación, 2012) avanza en una suerte de compendio de contratiempos y mala suerte en sintonía con situaciones cotidianas con las que cualquier espectador podrá sentirse identificado en más de una ocasión. Esa pesadilla que deviene infierno toma también el recurso narrativo de la road movie y desde ese pilar se van uniendo diferentes personajes circunstanciales, a veces con planteos absurdos y otras con apuntes humorísticos con resultados irregulares.

    Rostros conocidos como los de Nahuel Pérez Bizcayart o el de Inés Efron suman a la propuesta cierta cuota de originalidad. Es destacable sin embargo la puesta de cámara teniendo en cuenta el reducido espacio para organizar también la puesta en escena y la manifiesta exposición del artificio cinematográfico como sucede desde el primer minuto en que se escucha la palabra acción.

    Con sus altibajos e irregularidades que se transforma por la propuesta en méritos más que defectos, Alas respira independencia y contagia su desenfado y desparpajo porque no se cree más de lo que propone y en ese sentido su mayor virtud es hacer de la limitación de recursos un puente de absoluta libertad creativa.
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  • Dixit
    Dixit
    CineFreaks
    Un testimonio que cala hondo

    Si hay algo que hay que reconocer a este documental de Alcides Chiesa y Carlos Eduardo Martínez con guión de Alejandro Montiel es haber logrado unir testimonios desgarradores de los sobrevivientes al terror de Estado acaecido entre 1976 hasta 1983, año en que se recuperó la democracia de manera definitiva con un rotundo consenso social y la impostergable búsqueda de justicia por los atropellos y atrocidades cometidas durante la dictadura militar.

    Dixit apela a una dialéctica de contrastes lo suficientemente sólida para comprender el sentido y valor de la memoria y de recordar el pasado para no repetirlo en el presente, tal como lo muestra la selección meticulosa de material de archivo que refleja el tratamiento cómplice y sumiso de los medios de comunicación funcionales al régimen dictatorial para ocultar el horror de aquellos años en que se secuestraron, torturaron y asesinaron a miles de argentinos bajo el pretexto de una guerra civil que jamás existió.

    Pero la fuerza de los testimonios tan crudos como despojados de especulaciones políticas se magnifica al reconocer los lugares o espacios en recorridos desde el presente para reconstruir un capítulo sangriento de la historia contemporánea argentina y con un enfoque abarcador que se extiende desde Buenos Aires con la nefasta ESMA hasta el norte más profundo con La Escuelita pasando por los centros clandestinos El Vesubio, La Perla o el Pozo Arana.

    Son esos rincones a veces reacondicionados y otras desnudos los que conservan los recuerdos más terribles en sus estructuras o en sus paredes y en los que pareciera haberse detenido el tiempo como si se tratara de un segmento de un film de ciencia ficción.

    En los rostros percudidos y ajados de cada testigo que valientemente expone su historia a cámara descansa el consuelo de miles que pasaron por las mismas circunstancias y otros tantos que desafortunadamente no podrán contarnos esa parte de la historia, la cual recién en esta última etapa y a casi treinta años de conseguida la democracia resuena hoy cada vez con más fuerza.

    Sin embargo, más allá del valor de este documental como un testimonial necesario, que reconoce sus propios límites desde el punto de vista cinematográfico, la premisa se resignifica a partir de la figura de Jorge Julio López, secuestrado en 2006 un día antes de conocerse la sentencia por el juicio que lo contaba como principal testigo para condenar a sus torturadores.

    Ese detalle que no es menor cala realmente hondo y llama a la reflexión en estos tiempos de confrontaciones ideológicas, reivindicaciones llamativas y un largo etcétera que seguramente en el futuro se termine por dilucidar.
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  • María y el Araña
    La niñez partida

    Doble mérito para la directora María Victoria Menis que en este tercer opus, María y el araña, logra extraer una soberbia actuación de la debutante Florencia Salas para contar con enorme sutileza y profundidad una historia pequeña con trasfondo social y que gira en torno al abuso sexual y a la violencia psicológica.

    Basta desplegar el juego de imágenes y de miradas para comprender la situación de la protagonista: una preadolescente que atraviesa la transición hacia la adolescencia desde esa niñez partida, a cargo de una abuela (Mirella Pascual), cuya pareja (Luciano Suardi) encuentra los momentos furtivos para acercarse en la intimidad de su precaria habitación en la Villa Rodrigo Bueno.

    Pese a la situación, María procura continuar con sus estudios y por las tardes ayudar a su abuela con la venta en el subte, mientras el hombre de la casa fagocita tanto la relación de ellas como todo aquello que ambas mujeres aportan en el hogar.

    Entre lo parasitario y la sensación de desprotección, la llegada de un muchacho (Diego Vegezzi) que se disfraza de hombre araña y realiza malabares en el subte abre las puertas a nuevas sensaciones y horizontes que para María implican el escape de esa densa realidad.

    El film de Menis traza un camino de aprendizaje interior -¿Quién dijo que aprender no duele?- en el que el maltrato o el abuso deshonesto también pueden convertirse -aunque sea por un tiempo limitado- en el reflejo distorsionado de una lucha silenciosa en la que se impone el amor por sobre todas las cosas.

    De eso también se ocupa este relato de la directora de El cielito (2004) al abordar esta sensible anécdota de amor adolescente en un contexto cruzado por la violencia del mundo adulto y las problemáticas sociales que al igual que los indicios de abuso a veces no se quieren reconocer y mucho menos ver.

    En tono con un cine de carácter intimista, despojado de sensacionalismo o morbosidad estética pero que no abandona la causa ni tampoco a sus personajes, María y el araña por momentos sacude la pantalla desde sus armas más nobles extraídas de la realidad más pura, con austeridad y al borde del coqueteo con el documental aunque siempre predomine la ficción.
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  • Olvídame
    Olvídame
    CineFreaks
    Ritos de pasaje

    Varias capas narrativas recubren lo que podría denominarse la cáscara de un thriller con elementos sobrenaturales, dirigido por el realizador Aldo Paparella (Hoteles, 2004), que cuenta con las actuaciones estelares de Antonella Costa, Gonzalo Valenzuela, Carlos Kaspar, César Bordón y Mario Alarcón, producido en el año 2009 y que ahora logra su fecha de estreno comercial.

    Olvídame apuesta por un lado a escapar del convencionalismo de una trama policial básica con asesino serial, que bajo la fachada de predicador y líder de una secta, elige sus víctimas femeninas para una vez consumado el acto sexual violento ahorcarlas en el clímax para luego colgarlas de cabeza y desangrarlas. Este perturbado personaje a cargo de Gonzalo Valenzuela, quien mantiene en vilo al policía Amaya (César Bordón), se cruzará en su camino con su presa más difícil y codiciada: la misteriosa y magnética Ámbar, quien vive bajo la sumisión de un hombre (Carlos Kaspar) que constantemente la denigra y la cela pero que en el fondo procura alimentar esa relación sádica, de la cual en apariencia ella es la que conserva el control.

    Sin embargo, hay un elemento extraño que Ámbar necesita expulsar de su entorno y que proviene de otro plano de la realidad, una amenaza latente que puede llevarla a la muerte. Así, a partir de ese encuentro con Víctor (Valenzuela), quien promete ayudarla y curarla de la maldición que la aqueja, el relato se desvía hacia otros rumbos totalmente alejados del derrotero del psicópata y mucho más afines con lo onírico; con referencias a lo esotérico y a rituales chamanes que la protagonista atraviesa en una suerte de metamorfosis interna con diferentes estados de conciencia, y donde entra en juego el sexo como expresión violenta ligada a lo tanático.

    Lo sexual y sus rituales también juegan un rol importante desde su costado de alivio corporal o para purgar tensiones, en contraste con la mirada erótica que simplemente lo reduciría al exhibicionismo publicitario tan utilizado en producciones nacionales de este tipo.

    No obstante, en ese desafío de salirse de la norma o romper el molde del thriller estándar (debe destacarse la buena fotografía de Ariel Vilches), Olvídame a veces se atosiga de esteticismo o imágenes grandilocuentes y abandona a sus personajes o a la historia a una deriva peligrosa para dejar ciertos huecos narrativos importantes abiertos y que disuaden un tanto la mirada del espectador.

    La truculencia necesaria para definir la conducta del asesino serial, que en la piel de Gonzalo Valenzuela gana cuerpo y peso específico, resulta uno de los aspectos más logrados desde el guión del propio Paparella en colaboración con Roberto Scheuer y Eduardo Leiva Muller, así como la sexualidad de Antonella Costa muy bien elegida para el papel porque logra transmitir además de sensualidad un dolor profundo al saberse buscada por fuerzas extrañas y sometida al poder de los hombres.

    Tal vez la trama no cuente con el equilibrio necesario en el racimo de subtramas que despliega pero eso no implica un rotundo fracaso en el camino tomado por Aldo Paparella con el riesgo que eso conlleva y esa cualidad merece respeto.
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  • Un camino hacia mí
    Se tú mismo, pequeño saltamonte

    La pubertad es esa etapa de la vida adolescente donde se aprende prácticamente todo lo necesario para convertirse en un exitoso o en un fracasado; mejor dicho en una persona auténtica o en un prototipo autómata y funcional a una lógica donde la diferencia no se valora y lo homogéneo se sobrevalora.

    Con el cine independiente -o ahora mal llamado cine independiente- ocurre algo parecido: excesiva valoración para no hablar de patrones que se repiten y falta de madurez que hace bastante tiempo viene sucediendo, con la sensación de una chatura y carencia de riesgo preocupante. En ese incómodo espacio transita Un camino hacia mí -The way way back-, film iniciático con proyecto de familia disfuncional, que sin caer en moraleja se vuelve por falta de criterio una gran moraleja.

    El protagonista Duncan (Liam James) es el estereotipado adolescente introvertido, invisible a los ojos de su madre (Toni Collette), divorciada, quien pretende encarar un nuevo proyecto amoroso con su flamante pareja (Steve Carell). Lejos de llevarse a las mil maravillas con su padrastro, Duncan entre otras cosas debe soportar calificaciones o en menor medida órdenes de alguien que ni siquiera lo conoce. También convivir con una hermanastra (Zoe Levin) muy poco sociable, entre otros personajes impresentables.

    Así las cosas, lo que al principio puede volverse como el peor verano de su vida toma otro cariz al cruzarse con Owen (Sam Rockwell), figura adulta un tanto inmadura pero con un sentido del humor a prueba de caras tristes, que le transmite esa sabiduría básica para que el muchacho tome coraje y rompa la caparazón de la impotencia en función a su verdadero deseo.

    Camino iniciático en plena pubertad que tiene por objeto la mirada nostálgica de esa etapa de la vida teñida de música de los 80 y que hace culto de la inocencia que nunca debe perderse para ser un poco más feliz siempre que el mundo adulto demuestra sus aristas más crueles, como la que exhibe la madre de Duncan en una postal que destiñe cuando choca con la realidad.

    El problema de los guionistas y directores Nat Faxon y Jim Rash tiene que ver con la falta de profundidad en la problemática y en la forzada transformación en tan acotado margen de tiempo que es lo que dura medio verano. Tampoco ayuda la elección del actor Liam James para el rol protagónico porque su personaje pide mayores matices que esta empobrecida metamorfosis entregada en pantalla.

    Un párrafo aparte merece Sam Rockwell, quien con su aporte de histrionismo pero que nunca avanza hacia el ridículo se lleva las mejores escenas sin demasiado esfuerzo, mientras que Carell apela a su trillado personaje serio y no sorprende en ningún sentido.

    Esa predictibilidad en los personajes, situaciones de manual y conflictos, se traduce también en la trama que nunca se sale de la norma, sigue el camino de la convención sin elegir atajos que podrían haber contribuido alguna marca distintiva que nunca llega.
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  • La toma
    La toma
    CineFreaks
    El germen de la militancia

    El colegio Nicolás Avellaneda fue uno de los epicentros donde se desarrollaron las modalidades de toma impulsada por centros estudiantiles en procura de una mejoría en la educación pública que fue tomada desde el discurso mediático con posturas maniqueas que tuvieron sus referentes y opinadores desde noticieros tanto oficialistas como opositores, que en lugar de esclarecer el motivo del conflicto lo empañaron y distorsionaron a niveles preocupantes.

    Por eso al introducir una cámara –la realizadora comenzó a registrar desde 2009- con la distancia suficiente para poder escuchar a los protagonistas se toma verdadera dimensión de la agitada y convulsiva realidad que lamentablemente llega tarde a los ojos y oídos de la sociedad, dividida por pancartas y mensajes huecos desde ambos lados y donde no se sabe demasiado qué se defiende y qué se ataca, aunque sí la expresión y la necesidad de un cambio siempre se encuentran vigentes.

    Este documental, La toma, arroja un manto de luz exponiendo testimonios, peleas, ideología y política sin faltar el respeto a sus adversarios pero tampoco ensayando una mirada complaciente y romántica de un conflicto que demuestra por momentos la falta de rumbo más que una dirección a seguir, a pesar de que haya voluntades inocentes y entusiastas como las que surgen en este trabajo equilibrado de Sandra Gugliotta.
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  • Adoro la fama
    Adoro la fama
    CineFreaks
    Tener y después ser

    ¿Películas que abordan temas superficiales deben ser superficiales? Adoro la fama, nuevo opus de Sofía Coppola parece caer en esta trampa desde su especulativa mirada sobre lo fútil; el mundo de las celebridades, es decir, gente sin talento que es famosa porque todo el mundo quiere ser como ellos, del que son referentes de los nuevos modelos de mayor popularidad en una sociedad como la norteamericana, adscripta al fetichismo y a la celebración absurda de un consumo estéril y de corto plazo, cuya duración se asemeja a los tiempos virtuales en que lo fugaz se emparenta con el click de un mouse y la realidad parece acabarse en el instante en que la moda dicta cómo se debe vivir, sentir o pensar.

    El grupo de adolescentes que Coppola acompaña, con una cámara atenta a los tiempos muertos y por momentos testigo de sus andanzas en un círculo vicioso acotado y vacuo como el que implica irrumpir en casas de famosos –con enormes fallas de seguridad cabe aclarar- y robar para luego exhibirse con fotos en facebook, representa perfectamente la galería de personajes huecos y unidimensionales que por circunstancias ajenas al cine para muchos resultan más que atractivos.

    Sin embargo, ese derrotero que se vale de la impunidad de no haber sido atrapados por las autoridades o pescados infraganti por sus propias víctimas, léase Paris Hilton o Lindsay Lohan, es de mecha corta, así como la película de la realizadora que no puede despegarse un céntimo de un retrato elemental sobre un fenómeno que no necesita demasiada explicación ni cerebro para ser abordado con algo de rigor en estos tiempos donde internet sacudió a los manuales de sociología aplicada para definir y redefinir los conceptos de individualidad, sociedad, entre otras cuestiones.

    Nada se descubre al decir que el film no presenta ninguna falencia en materia de dirección; que pese a lo anecdótico del asunto conserva la suficiente dinámica y ritmo para no resultar aburrido o soporífero; que encuentra sus momentos para la intimidad aunque nunca se contagia de ella, y eso quizás hubiese servido para acercarse más a sus criaturas pero tratándose de Sofía Coppola y sus antecedentes uno siempre anhela más.

    No obstante, en el haber hay que destacar las actuaciones de Katie Chang y Emma Watson como las líderes indiscutidas que entendieron a la perfección su papel, en un segundo término Israel Broussard como ese infaltable amigo gay, para terminar con una estereotipada Leslie Mann en el rol de madre ausente que no hace otra cosa que competir con la hija por la mirada de los hombres.
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  • Tiempo de caza
    Tiempo de caza
    CineFreaks
    Torturame que me hace bien

    Hay dos clases de torturas que atraviesan el universo maniqueo de Tiempo de caza (Killing season), proyecto que por cambiar de manos en la dirección y en el elenco resulta más que penoso en el balance final.

    La primera tortura es la del espectador que deberá soportar una trama esquemática que gira en torno a la venganza de un soldado serbio (John Travolta), quien tras 18 años de búsqueda da con el paradero de otro soldado norteamericano (Robert De Niro en reemplazo del rol para Nicolas Cage), integrante de un cuerpo de la OTAN que había intervenido en 1995 en el conflicto entre Bosnia y Serbia.

    La segunda tortura es la explícita que abraza los elementos del gore, método de expiación de pecados y culpas que ambos adversarios utilizan en beneficio propio exhibiendo su cuota de sadismo y la irremediable naturaleza asesina que los hermana de cierta manera.

    Ese detalle de la confraternización, sumado al paso del tiempo, es lo que provoca la risa nerviosa en el público que con absoluta justicia puede preguntarse si le están tomando el pelo o sencillamente si se encuentra ante una película mediocre como la que nos atañe.

    Es exactamente lo que sucede promediando la segunda mitad del film: un retroceso preocupante a lo políticamente correcto porque no pueden morirse ninguno de los dos protagonistas por una lisa y llana especulación comercial. Es decir, el maniqueísmo más absurdo en pos de una reflexión antibélica más absurda aún.

    Por otra parte, la mala elección de casting en el caso de Robert De Niro que ya no está para estos trotes –no está para trotar directamente- vuelve tan inverosímil esta suerte de cacería humana con plus redentor incluso para aquellos momentos donde se aprovecha la hostilidad del terreno y la tensión de esa lucha por sobrevivir en los bosques, donde se intercambian roles entre presa y cazador, es poco convincente.

    Tiempo de caza es un flechazo tan desviado que habría que preguntarse si Hollywood está perdiendo la puntería.
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  • La guerra del fracking
    La Argentina hipotecada

    No será para nada sorprendente que se levante un coro de voces que despotriquen y vilipendien al director Fernando Pino Solanas, hoy candidato a senador por el partido UNEN, de haber hecho un documental proselitista, tendencioso con La guerra del fracking (puede verse gratuitamente y on line por internet) que se inserta dentro del mega ensayo cinematográfico que comenzara allá por el 2003 con la elocuente Memoria del saqueo y que podría considerarse como el séptimo capítulo de esta investigación llevada a cabo por el cineasta sobre los temas urgentes de la Argentina, utilizando el cine como herramienta absoluta de información y también como herramienta política.

    Sostener que Fernando Pino Solanas manipula en beneficio propio la verdad y sólo muestra una campana además de incluirse como voz dominante implica reconocer una batalla perdida porque los datos de la realidad más cruda de las últimas décadas hablan a las claras que no todo lo que brilla es precisamente oro.

    La coherencia en el discurso cinematográfico es algo que cada vez se valora menos en nuestros días y la evolución en el pensamiento, así como la desilusión de los sueños de grandeza del creador de La hora de los hornos (1968), está presente en este nuevo manifiesto que refleja la parte más cruel del capitalismo que tiene que ver con la rentabilidad en función del desastre ecológico que provoca entre otras cosas la extracción salvaje del petróleo con una nueva técnica llamada fracking, la cual consiste sucintamente en la extracción de petróleo y gas que utiliza perforaciones hidráulicas que inyectan presión en rocas blandas, método que ya ha provocado por ejemplo en E.E.U.U. sismos de alto nivel como el ocurrido en Oklahoma en 2011.

    Solanas toma su cámara para testimoniar y apoyar su investigación con datos y la experiencia de entendidos en la materia, quienes analizan las causas y los efectos de este nuevo paradigma en el mundo del petróleo y también revela en primera persona los primeros indicios de que su hipótesis no es descabellada ni antojadiza.

    La guerra del fracking vale mucho más extra cinematográficamente que por su estética simple y televisiva que por otra parte compone el basamento del estilo documental de Pino Solanas, que por momentos puede resultar didactista o cuestionable desde el punto de vista visual pero eso no va en desmedro de su aporte y difusión de la otra cara de la moneda que siempre cuesta reconocer: la improvisada política energética, la ética vendida al mejor postor y la indiferencia de quienes sólo piensan a corto plazo sin importar el futuro ni tampoco aquel pasado que los llevó a ese lugar y que parece otra Argentina.
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  • Apuesta máxima
    Apuesta máxima
    CineFreaks
    La nueva Cuba libre

    Decir que el guión de esta película es patético y que está cargado de estereotipos ahorra bastante en palabras y sintetiza de cierta manera este aburrido film, Apuesta máxima, que solamente puede explicarse desde el punto de vista comercial porque es indefendible desde cualquier otro margen de análisis.

    Parece que Ben Affleck intentó meter mano en el guión para arreglar algo pero se quedó corto y solamente se explica su participación por el simple hecho de conseguir plata fácil para autofinanciarse con sus proyectos inteligentes. Lo de Justin Timberlake es esperable dado el limitadísimo potencial actoral y la presencia decorativa de la sexy Gemma Arterton es eso: decorativa.

    La trama es básica y se rige por la lógica binaria corruptos y no corruptos; entre los personajes se disputan la jactancia de quién es más vivo que el otro en un juego muy mal desarrollado de lealtades y traiciones entre el protagonista, un estudiante de economía de la prestigiosa universidad de Princeton que para costearse la carrera levanta apuestas por internet y una vez atrapado por el decano decide jugarse su suerte enfrentándose nada menos que al millonario cool, dueño de negocios de apuestas ilegales en paraísos fiscales como Costa Rica –escenario donde transcurre la acción- para echarle en cara que su sistema hace trampa y así ganarse un lugar y la confianza para formar parte de esta empresa.

    Así, el antagonista, interpretado por un Ben Affleck más preocupado por cobrar el cheque que por actuar, le demuestra que por algo es el número uno dentro del megamillonario negocio hasta que su número dos, el ambicioso estudiante de Princeton, lo supere valiéndose de las mismas reglas del juego.

    Por supuesto aparecerá la pátina de corrupción tercermundista de trasfondo; los agentes del FBI honestos y patriotas y toda la sarta de lugares comunes sumada a la insoportable banda sonora latina y colorinche.

    Parafraseando, en este tedioso juego de naipes las cartas están tan marcadas que apostar una entrada es perder el dinero.
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  • Caíto
    Caíto
    CineFreaks
    Hacer posible lo imposible

    Caito es la extensión al largometraje de lo que fuera allá por el 2004 un cortometraje sobre la historia de Luis Caito Pfenning, hermano del actor, quien protagoniza junto a la actriz invitada Bárbara Lombardo esta mezcla de ficción y documental producida por Pablo Trapero que se presentara en el BAFICI hace un año.

    La idea central es la utilización de la ficción como herramienta transformadora de la realidad. Tanto en aquel corto como en este largometraje, el actor y director Guillermo Pfenning se vale de los recursos del cine para construirle a su hermano, quien padece de una discapacidad motora (un tipo de distrofia muscular), una historia en la que cumpla su sueño de formar una familia propia; cumplir el deseo de ser padre y de que la chica más linda del pueblo le diga te amo en la intimidad.

    Pero sabido es que todo rodaje encierra la idea de familia itinerante, que en este caso particular se yuxtapone desde la representación como en lo concreto para terminar entregando una película conmovedora y honesta que sirve de excusa como declaración de amor hacia un hermano; como documental sobre las dificultades de movimiento y obstáculos que generan la dependencia de los otros y fundamentalmente como un acercamiento de realidades dispares que confluyen en un mismo camino: el de hacer posible lo imposible gracias a la magia del cine.
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  • El problema con los muertos es que son impuntuales
    Tanatología

    Como idea de exorcizar o quizás por necesidad de catarsis luego de atravesar el umbral entre la vida y la muerte, hecho provocado por una intervención quirúrgica compleja de corazón, el productor y realizador Oscar Mazú llegó a dos conclusiones: el tiempo nos determina que nos vamos a morir por un lado y por otro que la inmortalidad es una sensación que se acaba en un momento en que tomamos verdadera conciencia de que el paso por este lugar es efímero.

    Así, y tras una serie de entrevistas con Ricardo Péculo, el tanatólogo argentino que continúa la tradición familiar y es además una voz autorizada en la materia, el realizador pensó en el mejor vehículo para reflexionar sobre su propia muerte y en general, valiéndose de una mirada que busca desdramatizar a partir de dosis pequeñas de humor negro pero siempre respetuoso de los rituales y de todo aquello que gira alrededor del fenómeno funerario.

    El problema de los muertos es que son impuntuales, título sugestivo si los hay, obedece a una frase del propio Péculo, voz dominante de este documental, que entrelaza momentos íntimos y reflexivos del propio Mazú con voz en off –al final aparece en carne y hueso-, que compara a la muerte con el sexo como ese tabú del que nadie se atrevía a hablar pero que sin embargo estaba arraigado en la gente.

    De esta manera y con un montaje un tanto televisivo se van superponiendo diferentes aspectos siempre relacionados con el antes y el después de la muerte en sí misma, que comprende desde visitas a mausoleos; clases de maquillaje funerario; vidriera de ataúdes de distintos colores y tipos, así como un revelador documento que trae a colación el traslado de los restos del ex presidente Perón a cargo del propio Ricardo Péculo, para quien ese momento histórico es una marca indeleble dentro de su profesión.

    Tal como advierte el comienzo del documental, las imágenes y temáticas que se abordan no son aptas para personas impresionables o a quienes no les interese en lo más mínimo este paseo singular por los rituales de la muerte recomendamos abstenerse.

    A pesar de todo, se aferra a la vida y a una cámara para registrarlo desde un lugar muy personal y honesto pero que se agota en la experiencia del propio realizador.
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  • Riddick
    Riddick
    CineFreaks
    Renegado arcade

    La tercera aventura del antihéroe, Riddick, que tan bien le sienta a Vin Diesel, Richard B. Riddick es un film con momentos simpáticos, muchos otros antipáticos, que dilapida una interesante historia en una primera mitad aceptable que pese a transitar por todo lugar común de la galaxia entretiene sin más que eso.

    Lamentablemente, cuando surge la impronta del videojuego y de la estética de los fichines que gana por acumulación de alimañas digitales en cambio de peripecias heroicas todo se cae a pedazos.

    En esta ocasión el ex convicto sobrevive a un intento de asesinato y queda solito en un planeta hostil; se hace amigo de un perro -o algo así- al que aprende a domesticar hasta que llega la mala compañía de cazas recompensas que cobrarían doble si es que consiguen llevarse la cabeza del hombre de anteojos saltones en una caja. De ese grupete comandado por el capitán Johns (Matt Nable), quien culpa a Riddick de la muerte de su hijo también convicto perteneciente a un pasado, se destaca el despiadado pero cobarde español Santana (Jordi Mollà); la escultural blonda Dahl (Katee Sackhoff) y en otro orden el siempre listo Karl Urban en el rol de Vaako, quien traiciona a Riddick una vez coronado rey de los necromongers.

    En su primera mitad, el relato adopta el derrotero de la supervivencia en el que Riddick se deberá enfrentar a unas criaturas venenosas y hacerse inmune con un antídoto propio contra ese veneno. En ese corto pero intenso pasaje Vin Diesel aporta todo su carisma y más aún cuando entabla relación con su mascota. Pero la acción llega a partir de la dinámica de una cacería humana que explota las ventajas de conocer por parte del protagonista un terreno hostil para ejercer una guerra psicológica contra el enemigo y obligarlo a rendirse a su voluntad, aunque siempre con la amenaza latente de la traición por parte de sus captores en contraste con los códigos morales de Riddick y su personal modo de entender la lucha.

    Resulta poco productivo entonces que el film abandone la idea de western intergaláctico para el que estaban dadas todas las condiciones. No obstante se optó por la facilidad de caer en la aventura gráfica que hace del cine una extensión del videojuego, fórmula que sin lugar a dudas una vez transcurrida la novedad termina desgastándose y amesetándose como esta franquicia que parece no morir en trilogía, lamentablemente.
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  • Abril en Nueva York
    Comedia romántica en un país ajeno

    El debut en la dirección del actor Martín Piroyanski, también guionista, transita con irregularidades pero siempre confiado de lo que pueda aportar la pareja protagónica –pareja en la vida real- que interpretan a Pablo y Valeria, dos argentinos que quieren probar suerte en E.E.U.U. para llevar a cabo sus sueños pero que se diferencian básicamente por las energías que cada uno dispone para seguir adelante, así como en el cotidiano esfuerzo para mantener sólida la pareja y de esta manera proyectar un futuro en un país ajeno.

    Carla Quevedo encarna en su Valeria, pujante aunque contradictoria, un prototipo femenino que al cine argentino le viene sumando adhesiones ya vistas en la reciente 20.000 besos de Sebastián De Caro. La cámara le resulta tan natural para su fotogenia que esa simpatía aniñada, mezcla de inocencia y ternura, hacen de sus criaturas personajes queribles a la vez que sufribles. Es ella la que se carga al hombro y a las espaldas tanto la película como la inercia parasitaria de Pablo (el músico Abril Sosa), quien pese a su costado autodestructivo por momentos genera alguna sensación de empatía por un sufrimiento genuino que surge con espontaneidad.

    Martín Piroyanski conoce los riesgos de compartir intimidad y filmarla tal como ocurre en la trama de Abril en Nueva York, pero así y todo continúa fiel a su historia pequeña con la frescura y la libertad para de repente experimentar con la introducción de música diegética que rompe con un naturalismo o pseudo realismo. También se atreve a burlarse con inteligencia de ciertos clichés del género en la elección del antagonista que ubica a Valeria en un dilema amoroso pero que a la vez orienta la historia hacia un espacio menos interesante que el que proponía un registro cómico o auto referencial, explotado en la primera mitad.

    Son destacables los rubros técnicos, particularmente la fotografía a cargo de Pix Talarico y el sonido a pesar de las condiciones en que fue rodada la película.

    Con sus irregularidades a cuestas pero en sintonía directa con su falta de pretenciosidad, esta ópera prima intenta dejar un sello diferente para las comedias románticas pensadas en base a productos norteamericanos y por ese riesgo vale la pena darle un crédito.
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  • Los quiero a todos
    Seis tristes burgueses que hablan

    Una pareja resquebrajada que acusa en sus rostros y conversaciones lacerantes el tedio y desgaste tras más de una década de convivencia; un muchacho confundido y huérfano de padres que se enamora de su empleada doméstica y le propone repoblar el Paraguay; una errática profesora en plan de fuga hacia otros horizontes que pretende transitar la aventura de ser madre soltera y valerse del esperma de su amigo para cumplir el objetivo o las andanzas de un actor vocacional que vive un tormentoso flechazo amoroso con una chica pero no puede comprometer ni una cuota de cariño hacia ella, son las pequeñas historias que se entrelazan en el microcosmos de Los quiero a todos, ópera prima del dramaturgo y ahora debutante Luciano Quilici, quien buscó trasladar su obra teatral homónima al lenguaje cinematográfico apelando entre otras cosas al recurso narrativo de la enunciación con un resultado óptimo.

    La galería de personajes, que bajo el pretexto de una reunión de amigos para un asado dominguero, encarna a veces desde la individualidad y otras como parejas aspectos propios de una burguesía porteña heredera del menemismo que exhibe sus aristas más visibles en cuanto a la ideología de clase pero también desde el discurso de la frustración y el cinismo propio de un grupo social muy identificado con personas de una franja etaria no mayor a los 40.

    La estructura del relato, que aprovecha la capacidad interpretativa de un elenco sólido donde debe destacarse la performance de Alan Sabbagh (indiscutiblemente un gran actor que promete dar muchas sorpresas de seguir por este camino) por encima del resto del reparto, integrado por Leticia Mazur, Ramiro Agüero, Valeria Lois, Santiago Gobernori y Diego Jalfen, inserta y entrelaza diferentes viñetas como marco de la exposición y enunciación de un conflicto, en el que cobran importancia tanto las palabras como los silencios o aquellos tiempos muertos incómodos que se mezclan con una densidad narrativa y profunda más que interesante.

    Como suele ocurrir con propuestas minimalistas de estas características no todas las historias o anécdotas conservan el mismo relieve de atractivo para el espectador pero lo que sí se respeta desde el punto de vista cinematográfico es la renuncia manifiesta al juicio de valor sobre los personajes y sus actitudes para dejar que emerja un discurso sesgado, aunque reconocible y creíble.

    La eficacia de esta ópera prima reside precisamente en no teñir una atmósfera de absoluta intimidad y pesadumbre con un patetismo incipiente, no por ello menos cínico, que hace dificultoso un camino de identificación emocional con alguno de los personajes.

    Luciano Quilici sabe dosificar desde los diálogos la información para construir con sutileza a sus personajes y por momentos traslada una puesta en escena semi teatral que permite el lucimiento de sus actores sin la consabida sobre actuación que tantas veces malogra películas argentinas similares.
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  • La noche del demonio 2
    Todo sobre mi madre

    Entretiene pero no asusta, así podría sintetizarse esta manifiesta secuela de la simpática La noche del demonio, que a pesar de la exploración por el ya trillado subgénero de los fenómenos paranormales, introducía la originalidad de un alocado viaje por el plano astral que recién se manifestaba en la segunda mitad de aquella película dirigida con eficacia por el malayo James Wan, quien en esta ocasión vuelve a tomar las riendas detrás de cámara para entregar otra pesadilla de la familia Lambert.

    Desde el vamos el mote de secuela queda más que definido no sólo por la palabra del título que hace referencia a un segundo capítulo sino porque la trama arranca prácticamente pegada con la primera película luego de que Josh (Patrick Wilson), quien había ido al plano astral en rescate de su hijo Dalton (Ty Simpkins) regresa acompañado por un espíritu maligno parásito y encima femenino que le da órdenes al Josh astral para hacerse más fuerte en el plano real y así poseerlo perdurablemente.

    Quien percibe la anomalía y el comportamiento errático de su padre no es otro que Dalton, dado que su madre Reani (Rose Byrne) ahora está más preocupada por defender la inocencia de Josh acusado del asesinato de Elise Rainer (Lin Shaye), la médium que lo conoció en su infancia para bloquear su don pero que en el presente lo ayudó en la inducción para realizar el viaje astral hacia Dalton.

    Ahora bien, las manifestaciones paranormales vuelven a estar presentes en el seno de la familia Lambert repitiéndose aquí el abc de toda casa poseída –en este caso la de la abuela de Dalton- con puertas que se cierran repentinamente, el piano que suena solo, juguetes que se mueven y bullicios de voces del más allá, acompañadas de vez en cuando de apariciones, entre otras cosas.

    Semejante panorama convulsionado motiva la presencia de los psíquicos de turno ya aparecidos en la primera parte y para quienes Wan reserva chistes o gags que malogran algunos climas logrados y dejan en claro la falta de rumbo de esta historia.

    Durante la primera mitad, que a pesar de contar con un ritmo sostenido y buen manejo de los golpes de efecto, el film parece estancado o por lo menos encerrado sobre su misma lógica paradojal que por fortuna se empieza a desentrañar promediando la segunda mitad para repetir la fórmula exitosa desde la puesta en escena de la simultaneidad de planos con el defecto de tomar al pasado de los personajes como eje dramático para justificar las acciones y cerrar un círculo demasiado abierto al comienzo.

    En ese margen donde las historias se entrelazan a partir de vínculos entre los personajes con el pívot depositado siempre en Josh el relato toma características propias de rareza para apartarse un tanto de lo convencional o lo esperado, con giros y vueltas de tuerca que dotan de cierta complejidad a esta segunda parte pero que no alcanzan por méritos propios a convencer sobre la efectividad de ciertas decisiones de guión.

    El principal defecto de La noche del demonio 2 reside en su pereza para sobresaltar al público, ávido de emociones fuertes, que seguramente no comparta el tono humorístico mezclado con un intento de terror que este film del creador de la franquicia Juego del miedo adeuda más allá de que su realizador demuestra conocer al dedillo los yeites y trucos del género, así como un acumulativo homenaje a películas emblemáticas como El resplandor, film al que Patrick Wilson parece conocer de memoria por la caracterización nicholsoniana de su trastornado, bipolar, psicótico afectivo Josh.
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  • Hábitat
    Hábitat
    CineFreaks
    El lienzo urbano

    Trece segundos – en ocasiones siete- nos propone cada plano fijo de Hábitat para ejercer la libertad de la mirada sobre un encuadre que lentamente sufre la invasión de lo urbano, sin la presencia de lo humano.

    El espacio vacío que forma parte del recorte elegido por el director Ignacio Masllorens para retratar desde la ausencia la presencia por los detalles, que se encuentran en las imágenes que van acopiando fachadas, edificios uniformes en una ciudad donde apenas es audible el revoloteo de algún ave o el ladrido desganado de un perro en una postal barrial decadente, reconoce la marca indeleble de un progreso un tanto cuestionable desde el punto de vista arquitectónico pero inevitable frente a la inescrutable presencia del tiempo. En esa fábrica recuperada, que sin el grito de libertad de sus operarios descansa en silencio la realidad de su lucha invisible, se estrella la desidia o la chatura de algún edificio emblemático que parece reconocerse más por su pasado que por su presente.

    Narración abolida o excluída para que el espacio se reconfigure desde un territorio virgen y novedoso pero que no deja de ser reconocible.

    Una Catedral atestada de símbolos y despojada; un Cabildo con un graffiti en su rostro urbano son parte de una geografía que excede el recorte de la mirada unívoca para abrirse hacia la reflexión más profunda y múltiple, que incluso resulta más que sugestiva al pensarse el título de Hábitat como ese lugar donde se vive y en el que la especie se encarga de perdurar cuando desde las imágenes estáticas de este mediometraje por momentos esa geografía parece abandonada o al menos invivible
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  • Las amigas
    Las amigas
    CineFreaks
    La carne de la existencialidad

    El manifiesto despojo de la mitología para internalizar en los personajes de Las amigas cierta iconografía relacionada con el vampirismo es el principal atributo de este mediometraje de Paulo Pécora.

    La ausencia de diálogos pero no así de la utilización de una banda sonora compuesta por sonidos característicos –estridencias, ruidos, gemidos- implican por un lado el reconocimiento desde el punto de vista cinematográfico al lenguaje del cine mudo con ciertas búsquedas estéticas hacia el lado del expresionismo alemán por ejemplo pero también como recurso de una puesta en escena que apela a los aspectos compositivos de la imagen desde lo pictórico.

    El Buenos Aires derruido, sucio y lúgubre impone una extraña atemporalidad en pantalla en un relato que atraviesa la condena de la inmortalidad. La metonimia cinematográfica pareciera ser el recurso narrativo que prevalece y sobre todas las cosas una forma de definir a los personajes a partir de particularidades y la austeridad narrativa que hacen a sus características físicas y fisonómicas sin la idea de la estigmatización explícita, pero sí de resaltar la monstruosidad en sus rostros o en fragmentos del cuerpo como las manos en contraste con la intangibilidad de las sombras.

    En la progresión dramática que va desarrollando el relato de Pécora, protagonizado por Mónica Lairana –actriz y musa del director-, Natalia Festa, Gladys Lizarazu, Ana Utrero junto a Andrés Passeri, se intercalan secuencias donde predomina la sensualidad y un erotismo cuidado con otras escenas jugadas hacia los aspectos del salvajismo o la bestialidad que no puede estar ausente en un film habitado por monstruos.

    El deseo, la sangre y la carne o mejor expresado la carnalidad son los elementos que motorizan la acción pero siempre lo que subyace a esta presentación preliminar es algo más profundo conectado con la veta existencial y el cuestionamiento hacia la inmortalidad, tópico explotado por todo el cine de vampiros, a lo que se suma el paroxismo del deseo carnal como fin sin importar el medio.

    Hay buenas imágenes que llegan a convencer desde el punto de vista estético y teniendo en cuenta el escueto tiempo de desarrollo de este cuento tal vez en algunos pasajes se pierde la síntesis de conceptos que afectan al conjunto de la propuesta.
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  • De martes a martes
    víctimas y victimarios

    Hay dos películas que coexisten en esta ópera prima de Gustavo Triviño ya exhibida en el Festival de Mar del plata, por un lado el retrato intimista de un personaje en latente ebullición con un conflicto interior, a quien todo lo que lo rodea lo condiciona al rol de víctima y por otro un quiebre de registro en la búsqueda genuina de un género para desarrollar un dilema moral como consecuencia de un acto atroz.

    Esa amalgama de elementos, bien equilibrada, define las coordenadas de este micro universo que se presenta como escenario en De martes a martes, con el agregado de una manifiesta huida de los convencionalismos y de las linealidades que pueden definir los rumbos de ciertas películas que construyen en el elemento de la venganza personal una subtrama lo suficientemente atractiva pero se olvidan del desarrollo de las motivaciones que llevaron a ese camino, así como las consecuencias ante los actos.

    Todo camino que implique un dilema de tipo moral como el que atraviesa el protagonista (Pablo Pinto), un fornido joven que a gatas sobrevive y mantiene una familia con un trabajo donde un jefe abusivo (Daniel Valenzuela) utiliza su pequeña cuota de poder y lo humilla cada vez que puede o simplemente recibe maltrato cuando no demuestra un costado sumiso, implica un doble sentido y de la dirección que se elija depende el resultado de ese planteo original.

    En ese punto de inflexión; en la elección del camino es donde el debutante Gustavo Triviño transita con enorme lucidez, pulso narrativo y sensibilidad hacia sus personajes para impregnar en su historia y dejar una marca muy singular que se despoja del lugar común porque propone indagar en la profundidad y no caminar hacia los bordes que casi siempre alejan más que servir como guía o mapa ante la encrucijada.

    La primera mitad de la trama nos presenta el derrotero de un hombre ordinario motivado únicamente por un sueño de tener un gimnasio propio para poder cultivar su cuerpo y fortalecer sus músculos, algo que por el momento resulta inalcanzable –lo consigue apenas unas horas como vía de escape de su actividad laboral- si es que continúa atascado en su rutinaria y gris existencia.

    Juan Benítez parece destinado a repetir una y otra vez su rol de víctima pero un golpe de la realidad completamente verosímil lo pone en otro lugar sin siquiera proponérselo: es testigo de una violación a una kiosquera que conoce y no puede salvar, aunque sí encontrar en esa situación límite la llave transformadora y así convertirse por primera vez en victimario del violador (Alejandro Awada), mediante un chantaje económico en un interesante intercambio de roles donde alguien que pensaba con la impunidad del victimario pasa a ocupar el vulnerable lugar de víctima y viceversa.

    Culpa, oportunismo, individualismo y más preguntas que respuestas actúan como fuerzas centrifugas y centrípetas en este relato sin moraleja ni fábulas subrepticias que no apela a los recursos de la redención o a la mirada que juzga a sus criaturas pero que sabe hacia dónde apuntar cuando necesita tensión o bajar decibeles en procura de las motivaciones o sensaciones emocionales de cada personaje donde es de destacarse el debut protagónico de Pablo Pinto y su contenida expresividad.
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  • Imágenes paganas
    Los Versos y la ausencia

    La historia del rock nacional post dictadura debe reservarle un capitulo completo a una banda insigne, Virus, que allá por los ochenta marcó un punto de inflexión en el pop y atacó desde un discurso musical y estético a los convencionalismos de un movimiento que luego de la dictadura pareció desinflarse sin aportar novedades en lo que a cultura se refiere.

    Pero Federico Moura, líder y creador de este grupo, conservó en su corto paso por la vida el espíritu de la libertad ante cualquier mirada prejuiciosa que se le antepusiera en su camino artístico para dejar un legado que en este documental de Sergio Cucho Costantino (Buen día día, 2010), construido con pasión, devoción y material inédito, concluye una etapa poco conocida, por no decir oculta, de un cantante genuino y auténtico que parece no haber quedado en el olvido siempre que alguna voz lo recuerde o al menos tararee esas letras vacías y llenas a la vez.

    A veces se respira una atmósfera musical muy en sintonía con lo que podría definirse como ópera rock y esa particularidad se magnifica al apelar a los recursos de la ficción para concentrar cierto protagonismo en un personaje tan ambiguo como fascinante con rostro y cuerpo de mujer que actúa en un doble carácter de testigo y musa que fluye en el devenir de las imágenes y texturas que atraviesan este pequeño y gran universo de versos y de ausencias.

    Imágenes paganas logra equilibrar la balanza entre la admiración y la contradicción de todo fenómeno que se termina convirtiendo con el correr de los años en mito o culto.
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  • Elysium
    Elysium
    CineFreaks
    El hombre radioactivo

    Si Elysium, nueva incursión en la ciencia ficción con bajada de línea de crítica social del sudafricano Neil Blomkamp hubiese evitado la alegoría facilista que contrapone el mundo de los excluidos y parias sociales ante la frialdad e indiferencia de las clases dominantes -ya explotado en la original Sector 9- estaríamos hablando de una simpática y atractiva película para disfrute de espectadores poco exigentes.

    Pero lamentablemente esta premisa se derrumba dado el tono y registro solemne tomado por el realizador para el subrayado grueso y sin sutilezas de esta suerte de reivindicación de la fuerza de lo colectivo ante el incipiente avance del individualismo, en un futuro (año 2159) que parece destinado a que el bienestar se concentre en una estación espacial alejada de la marginalidad de la Tierra a la que sólo llegan los blancos y ricos para vivir una existencia atravesada por el consumismo, donde las enfermedades se han erradicado y bajo la tutela de una dictatorial Secretaria al estilo Margaret Thatcher (Jodie Foster) que no duda en aplicar la fuerza para mantener el orden y alejar a la pestilente turba que pretende invadir su territorio y utilizar sus recursos no renovables.

    Dialéctica binaria y poco profunda ubican a nuestro héroe, representante de la clase obrera en la piel de Matt Damon a quien el papel de pobre lo excede a pesar del maquillaje y gestos ampulosos, quien como todos sus congéneres padece las injusticias de la patronal y sufre en la fábrica de armas, cuyo dueño (William Fitchner) no puede ser otro que un empresario que guarda secretos en un chip cerebral,obediente de los caprichos de la señora dictadora, un accidente que lo condena a la muerte por haber sido abandonado en una instalación con radioactividad.

    Claro que siempre hay una solución en el anhelado paraíso artificial y la utopía no se evapora como las líneas de este guión chato y sin vuelo, que no hace otra cosa que redundar más allá de reservar en la construcción del villano la brutalidad y violencia adecuada para el enfrentamiento donde prevalece lo maquinal, la estética del video juego que se contagia peligrosamente de la misma lógica de avanzar niveles de dificultad para terminar en un absurdo discurso que hace gala del sacrificio altruista y despierta más que un bostezo cuando el pochoclo ya huele a rancio.

    Alcanzaba con Sector 9 y con la lucidez de administrar pocos recursos en una puesta en escena diferente que en este caso en particular no deslumbra, cansa y aburre, aunque el televisorcito en la nuca de Damon resulta agradable.
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  • Romper el huevo
    Romper el huevo
    CineFreaks
    De una cáscara a la otra

    Con las películas de Roberto Maiocco se repite una constante que le juega en contra: premisas interesantes que no terminan de concretarse en el desarrollo y se malogran al final.

    Sin embargo, siempre resulta claro un tema o conflicto central, así como los personajes que atraviesan esas peripecias o situaciones como ocurría por ejemplo en Sólo gente (1999) o Un minuto de silencio (2006), en donde ciertos aspectos de la realidad que a veces en el cine aparecen pero en la periferia salen a la luz.

    Romper el huevo utiliza la alegoría y la metáfora de manera efectiva para adentrarse en el sistema absurdo de la burocracia en los ámbitos de la adopción de niños y tiene como protagonista paradójicamente a un relojero, quien repara máquinas de tiempo pero al que -por así decirlo- le llegó la hora. Esa frase es literal al enterarse que su diagnóstico de vida es realmente escaso, dado que le han informado que padece leucemia. No obstante, el destino le juega una mala broma cuando además recibe otra noticia importante por la que esperó doce años y que tiene que ver con la llegada de un niño para adoptar.

    Así las cosas, Manso Vital (debut protagónico de Hugo Varela) deberá transitar por este tramo final de su vida quemando etapas, sin posibilidad de dar marcha atrás y con el objetivo de dejar alguna enseñanza a un hijo que no conoce pero que de a poco descubrirá como parte de su viaje hacia la muerte desde la vida. Para la muerte también hay burocracia, y esa parece ser la primera moraleja de esta fábula que mezcla elementos de comedia absurda con drama familiar que apela al humor para reflejar situaciones absurdas pero que cae en un pozo narrativo al adoptar cambios de registro para los cuales Hugo Varela no es precisamente el actor indicado.

    Pueden encontrarse algunos detalles simpáticos entre los enormes desniveles narrativos que incluyen un guión un tanto flojo, que a veces acierta con el humor y otras erra con el sentimentalismo en primer plano pero del cual no puede dejar de señalarse una falta de rumbo o criterio en función a la historia que se quiso contar.

    Claro que uno se da cuenta que todo gira en torno a la llegada de un hijo y al proyecto familiar en el que se enmarca el protagonista, otrora encapsulado en el cascarón del dolor y el duelo por la muerte de su esposa, a quien promete adoptar un niño, pero eso no logra salir de la cáscara, para jugar un poco con la idea del título ni tampoco ayuda la característica actoral de Hugo Varela que no puede despojarse de su hugovareleidad en ningún segmento.
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  • Starlet
    Starlet
    CineFreaks
    Caminos y cruces

    Starlet es un relato intimista y una historia de personajes que sigue el derrotero de dos mujeres diametralmente opuestas, la joven y atractiva Jane (Dree Hemingway) y una anciana que le lleva más de sesenta años Sadie (Besedka Johnson), quienes por un hecho azaroso se cruzan en la vida y desde ese instante y por motivos diferentes no podrán separarse.

    Hay simetrías que funcionan para unir a estas dos protagonistas y que se relacionan con el entorno y con la soledad pero de diferentes maneras porque también se puede estar sola en compañía, como es el caso de Jane que comparte junto a dos amigos, un hombre y una mujer, un departamento en el que pasa sus horas entre las drogas y la abulia propia del desencanto burgués.

    Sadie, por su parte vive sola y no es muy sociable que digamos, pero acepta la compañía forzosa de una insistente Jane, movilizada por un sentimiento de culpa y cierta curiosidad ante la misteriosa viuda sexagenaria. Así la acompaña en su rutina que implica por ejemplo acercarla al supermercado con su auto, al bingo, o alguna que otra actividad que implica un movimiento extra. Pero además Jane de vez en cuando trabaja como actriz porno y debe lidiar con un mundo hostil para el que parece entrenada y disciplinada a diferencia de su amiga con quien comparte la vivienda.

    El director y guionista Sean Baker construye con meticulosidad y alta sensibilidad un retrato crudo y humano de la soledad y la amistad entre otras cosas, donde el pasado se manifiesta en pequeñas dosis y detalles que se suman desde una puesta en escena austera y con economía de recursos.

    La debutante Dree Hemingway –hermana de Margot- aporta todo su carisma y fotogenia en cada plano donde la cámara acompaña sin invadir su propio espacio y consigue complementarse con la sorprendente y también debutante Besedka Johnson en un film donde las curvas de aprendizaje y los arcos de transformación de los personajes se producen gradualmente y no llegan de manera forzada así como tampoco las emociones que fluyen y de manera genuina.

    Otro aspecto significativo y que se amalgama perfecto al ritmo y clima del film lo aporta la banda sonora con una selección de temas y leit motives absolutamente funcionales y atmosféricos que recuerdan por ejemplo al cine de Sofía Coppola.
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  • Chicas armadas y peligrosas
    Elogio a la amistad femenina

    Sin lugar a dudas el reinado de las Buddy Movies femeninas pertenece a Thelma y Louise (1991) porque ninguna de las otras fórmulas que trasladaron la estructura al protagonismo de parejas de mujeres antagónicas o binarias funcionó realmente.

    Por eso Chicas armadas y peligrosas (The heat) en primera instancia resulta una grata sorpresa al recuperar la esencia de las Buddy Movies policiales, pero con el ingrediente de reunir a dos actrices que saben moverse en los caminos y códigos de las comedias como ya han demostrado en diferentes oportunidades y por separado.

    Claro que aquí especialmente los laureles son para Melissa McCarthy, una actriz de facetas más que prometedoras en función a los personajes que le tocan en suerte como es el caso de esta policía ruda y malhablada que patrulla zonas marginales, de métodos poco ortodoxos que incluso desafía a la autoridad y no le hace mella la supremacía machista dentro de la jefatura de policía. Ella desde su temperamento y avasallante personalidad coquetea con los elementos de lo políticamente incorrecto para encontrarse azarosamente su mejor contrapartida en la siempre lista Sandra Bullock, cuya arma secreta continúa siendo esa mezcla de torpeza y simpatía que en esta agente del FBI castigada por ser arrogante y estructurada al máximo realzan sus dotes histriónicas.

    No cabe más que decir de este film entretenido y con momentos logrados entre la comedia y el gag físico que explota ambos cuerpos y la acción en sí misma a la que se debe sumar el costado humano y emocional, aunque la duración sea un tanto excesiva para la propuesta con innecesarias idas y venidas o vueltas de tuerca poco relevantes para una trama que es un pretexto y completamente funcional al desempeño de las dos.
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  • Son como niños 2
    Un combo de mediocridad y decadencia

    ¿Cuál era la necesidad de una secuela de Son como niños más allá de los dividendos conseguidos en 2010? La respuesta lógica está en la misma pregunta: dividendos garantizados por esa lealtad incondicional a cualquier cosa que tenga el nombre Adam Sandler.

    El creador de Happy Gilmore (1996) y de las comedias con aires transgresores pero de mirada conservadora a la Adam Sandler vuelve con una película decadente, donde ningún chiste hace reír por sí mismo más allá del esfuerzo de sus ejecutantes.

    Son como niños 2 es el equivalente a una cajita infeliz de una compañía de hamburguesas con el aderezo de las papas fritas crudas y ya comidas o masticadas porque esos chistes ya contados 1527 veces y que siempre apelan al guiño escatológico como si escuchar una sinfonía de pedos fuese gracioso colma la paciencia e indigesta.

    Más aún, ver a un Sandler con panza, desganado y lento que a pesar de rodearse de grandes como Kevin James, Chris Rock y David Spade, junto al equipo suplente de Saturday Night Live –usina creativa de los comediantes norteamericanos más interesantes de las décadas pasadas, entre ellos Sandler- no logra conectarse con el ritmo y mucho menos aún con ese simulacro de trama al que puede llamarse historia.

    A saber: el grupo de amiguetes inmaduros sigue en su camino de inmadurez preguntándose qué enseñanza dejarle a sus pequeños vástagos que por supuesto intentarán no repetir el mal ejemplo de sus padres, aunque la brecha generacional sea el mayor de los conflictos. Ahora todos viven en el mismo barrio y ese es el pretexto más idiota que encontró Sandler para justificar una secuela y un reencuentro a las viejas –muy viejas- andadas.

    Señoras y señores el combo de mediocridad está servido con el plus de un revival para los nostálgicos, que hace honor a una fiesta alocada de disfraces ochenteros.
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  • Buscadores de identidades robadas
    De la misma sangre

    El reconocido documentalista argentino Miguel Rodríguez Arias, creador del emblemático Las patas de la mentira –dado su éxito tuvo incluso programa televisivo propio- narra periodísticamente hablando la historia del Equipo de Antropología Forense Argentino en este necesario film Buscadores de identidades robadas.

    Más allá de los datos históricos que se remontan a los años de fines de la dictadura militar, seleccionados desde material de archivo televisivo, riguroso, mezclado con testimonios a cámara de los protagonistas en el presente Luis Fondebrider, Mercedes Doretti, Patricia Bernardi y Estela de Carloto, el relato maneja un recurso de contraste y contrapunto entre los audios y la imagen.

    En primer término, reconocer fácilmente a las voces de la dictadura y a sus interlocutores más siniestros como el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla cala hondo en la memoria de cualquier argentino y abre el camino hacia la memoria para recuperar a los desaparecidos como temática de una herida que no cierra aún. Y en ese sentido es donde cobra mayor fuerza reivindicar la labor titánica de este grupo multidisciplinario que en las sombras y en la más absoluta soledad perfeccionó técnicas; aunó disciplinas como la antropología y la odontología con el mismo objetivo de recuperar aquellas identidades en las pilas de huesos de los cientos de N/N dispersados en distintos cementerios, como parte del plan de exterminio ejecutado durante el proceso militar.

    También es reconocible la figura insoslayable de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo Estela de Carloto sumado claro está, al norteamericano Clyde Collins Snow para dar inicio a un cambio de paradigma en la ciencia a partir de la incorporación del ADN y de la sangre como elementos vinculantes y probatorios para identificar los restos que el equipo fue hallando y que al día de la fecha asciende a 1200 cuerpos, de los cuales 577 ya tienen identidad.

    Miguel Rodríguez Arias, que también se hizo cargo de la investigación junto a Federico Wittenstein (en los créditos como asistente de dirección), otorga todo el protagonismo al equipo de antropología forense, que si bien ha aparecido en otros documentales como referencia nunca había sido en primera persona.

    Por otra parte, esa posibilidad de reflejar una larga trayectoria a lo largo de casi tres décadas también permite conocer su extensa labor en otros países -ascienden a 45- para entender el verdadero valor y la dimensión de su trabajo que todavía continúa con la misma energía, transparencia, ética y respeto por la memoria y la identidad.
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  • La sublevación
    La sublevación
    CineFreaks
    Los abuelos de la nada

    Hay un puñado de sublevaciones que surcan el horizonte de esta película co producida entre Argentina, Brasil y aportes franceses, dirigida por el debutante carioca Raphael Aguinaga y que según palabras de su propio director y guionista formará parte de una trilogía: la de ir contra un orden establecido; la de la vitalidad frente al desánimo del espíritu y la de creer en épocas donde el nihilismo prevalece y todo atisbo de sacralidad se cuestiona o banaliza. Pero si a eso se le suma un registro muy en consonancia con la fábula y el protagonismo absoluto de un grupo de ancianos en un elenco de notables actores y actrices de renombre como Marilú Marini, Arturo Goetz, Lidia Catalano, Nelly Prince, Graciela Tenembaum y Juan Carlos Galván la expectativa es aún mayor.

    La sublevación transcurre en la rutinaria vida de estos personajes abandonados a su suerte en un asilo de un pueblito de Buenos Aires –se filmó en locaciones de Bellavista-, aislados del mundanal ruido, de lo que pasa puertas hacia afuera, y solamente conectados con la realidad de vez en cuando por un televisor sintonizado en las noticias o una radio a pilas que debe ser compartida por todos.

    La llegada de un nuevo huésped, Alicia (Marilú Marini), genera cierto movimiento en los habitantes de la casona, así como el arribo no deseado del déspota hijo de la dueña apodado La bruja (Pablo Lapadula) por su maltrato constante y su abuso de poder.

    El relato se estructura por episodios y avanza por los carriles del humor despojado de todo cliché para representar a la ancianidad y elige tomar el camino del positivismo en lugar de resaltar aquellos aspectos negativos e inevitables de la tercera edad.

    No obstante, cada personaje refleja alguno que otro conflicto ligado a la vejez como por ejemplo la soledad, el encierro, los achaques físicos y la desprotección a partir del abandono. A ese registro, que procura mantener el código de la fábula con la manifiesta intención de separarse del corte realista, se le debe agregar un nivel alegórico que resulta el aspecto menos logrado del film, sin que esto menoscabe la propuesta integral, que apela a la vitalidad del espíritu por encima de los contratiempos y resalta la importancia del amor como posible búsqueda al final del camino.

    Un nutrido puñado de ideas atraviesa el microclima de La sublevación y el recurso de la ironía con vistas a una sutil crítica también, quizás no todas lleguen a destino pero las intenciones se notan, así como la posibilidad de escindirse por un segundo del planteo literal para aventurar algunas lecturas metafóricas relacionadas a la historia contemporánea argentina siempre bajo la tentación del título del film y las referencias a la sublevación de un grupo aislado de la realidad por un discurso dominante y dictatorial empuñado en la figura de un personaje apodado La bruja.

    Seguramente su director Raphael Aguinaga no pensó en hacer esta película para hablarnos de la historia política argentina pero por sus características y teniendo en cuenta el elenco, las referencias tangueras y otras tantas -que vale la pena dejar en suspenso al espectador - La sublevación parece una película argentina.
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  • Percy Jackson y el Mar de los Monstruos
    Pobre mitología

    A esta altura parece una verdad de perogrullo comprobar un axioma tan básico en Hollywood como los indicios de decadencia de la industria del entretenimiento: todo lo que pasa por el tamiz hollywoodense se bastardea, despedaza y banaliza. Pero si a eso le sumamos el vil negocio de seducir al público teenager, cautivo tras la finalización de la saga más sobrevaluada de la historia del cine como Harry Potter tenemos como resultado la apelación a otra saga dirigida al público menudo, que se mete nada menos que con la mitología griega para hacerse un picnic y quitar todo rasgo de complejidad y seriedad a relatos e historias de una riqueza narrativa sin parangones.

    Lisa y llanamente, eso es y será la saga Percy Jackson, cuyo origen literario se ancla a su par literario Percy Jackson y los dioses del Olimpo, del escritor estadounidense Rick Riordan, que cuenta con cinco novelas. El comienzo cinematográfico de este despropósito se remonta al año 2010 con la introducción del personaje en la primera película Percy Jackson y el ladrón del rayo, donde se cimentan las bases de esta mitología pocket con el protagonismo del hijo del dios Poseidón (Logan Lerman), quien además de enterarse de ese pequeño detalle también comienza a conocer que entre los mortales viven los semidioses y que Estados Unidos se parece mucho al Olimpo (no el equipo de fútbol).

    Más allá de la mediocridad habitual de todo tipo de relato para adolescentes, el principal problema de esta saga se multiplica en la segunda entrega, Percy Jackson y el Mar de los Monstruos, dirigida en piloto automático por Thor Freudenthal –recuérdese que su antecedente cinematográfico es Hotel para perros-, es decir, un héroe que no es héroe; villanos que tampoco tienen peso de villanos; referencias a la cultura pop estadounidense y torpeza narrativa en general.

    ¿Cómo salvar entonces un relato donde la palabra aventura parece un holograma defectuoso y las peripecias a las que se someten los héroes niveles de videojuego con baja resolución de pantalla? Eso sintetiza a grandes rasgos esta nueva propuesta en la que el grupo de descendientes de dioses del Olimpo, léase Percy, Clarisse (Leven Rambin) y Annabeth (Alexandra Daddario), hija de Atenea, acompañadas por el sátiro Grover Underwood (Brandon Jackson) y un nuevo personaje, medio hermano del protagonista que viene a representar al diferente porque tiene un solo ojo debido a su origen ciclópeo llamado Tyson (Douglas Smith) hacen de las suyas.

    La misión de estos muchachos no es otra que buscar el Vellocino de oro en manos del cíclope Polifemo para así recuperar la seguridad del campo mestizo y resucitar a Thalía (no la cantante que alguna vez fue virgen), hija de Zeus que se sacrificó para proteger a sus compañeros del ataque de un minotauro robotizado, pariente de algún Transformer segregado de la saga de Michael Bay.

    Así las cosas, y fieles a la premisa que reza la unión hace la fuerza, la aventura –término demasiado grande para el caso- nos traslada al ya mencionado Mar de los monstruos, donde se supone el público debería abrir la boca deslumbrado mientras ingesta pochoclo por ese despliegue visual sin precedentes que no es tal.

    El resto es más de lo mismo y claro tratándose de semi dioses nadie va a pretender que haya un muerto o algo parecido para que la emoción de la épica aflore y la misión se torna prácticamente imposible si dependemos pura y exclusivamente del carisma de Percy, que al igual que Harry Potter le queda bastante grande el traje de héroe pero a diferencia del mago con anteojos acá no hay magia que lo salve.

    Pobre mitología.
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  • P3nd3jo5
    P3nd3jo5
    CineFreaks
    Ituzaingó silente

    En ituzaingó transcurre esta ópera de tres actos y una coda que como toda ópera no puede ser otra cosa que una historia trágica en la que las almas errantes y adolescentes del cine de Raúl Perrone se vuelven fantasmas o portadores de verdades que parecen no querer escucharse.

    P3nd3jo5 por un lado es el opus número 30 del director y por otro un retorno a su cine de los comienzos pero también la apuesta al cambio y al experimento que significa mutar, transitar por caminos distintos sin perder el horizonte, la brújula y la esencia. Y es en ese sentido donde se potencia haber elegido un registro cercano al cine mudo precisamente para gritar a los cuatro vientos a este ituzaingó silente, con intertítulos, música incidental que mezcla la cumbia electrónica con lo clásico en una textura plástica que abraza la composición 4:3 y explota las virtudes expresivas del blanco y negro, los grises y algunas imágenes de una belleza y poesía inolvidables.

    Se nota cada vez que la cámara sale a la calle o se esconde como cazador furtivo a la espera de sus presas: skaters –algo del film 180 grados se recuerda por momentos- que ensayan el salto al vacío; descreen del futuro pero viven con plena intensidad cada momento como este proyecto del realizador, absolutamente transformador, anárquico y de una potencia visual arrolladora.

    Cuando la experiencia cinematográfica recupera para nuestras retinas títulos ya consagrados por el solo reflejo de encontrar en la pantalla cierto homenaje o indicio, aunque tal vez ninguno de ellos, no cabe otro modo de pensar que existe una sintonía extra cinematográfica pero que sólo se consigue a partir del hecho cinematográfico por eso el lienzo de esta cumbiópera –así la definió su propio autor- se ve salpicado por Dreyer en la inolvidable Juana de arco (1928) o tal vez Coppola y ese recuadro generacional que significó La ley de la calle (1983).

    Todo está ahí en P3nd3jo5, hay que saber buscarlo y apenas dejarse elevar y descender por sus atmósferas densas, crudas, intensas pero de difícil indiferencia a la mirada. La de Perrone es lúcida y autoconsciente porque su poética permanece intacta.
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  • Séptimo
    Séptimo
    CineFreaks
    Anexo de crítica

    Séptimo es un thriller, mezcla de policial fallido, que explota al máximo la ductilidad actoral del argentino Ricardo Darín a partir de sus apariciones en otros films de género como El secreto de sus ojos -2009-y la más reciente Tesis sobre un homicidio -2013- pero que a diferencia de estos dos títulos no cuenta con un guión sólido y tampoco con las herramientas necesarias para sostener una premisa ambiciosa.

    Es como esos edificios viejos reciclados: por afuera parece un policial redondo pero cuando se entra en su propia inconsistencia las paredes muestran esas fisuras de un guión terminado a las apuradas y la pintura de la fachada empieza a desteñirse como las ilusiones de estar frente a otra buena película de Ricardo Darín.
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  • Venimos de muy lejos, la película
    Homenaje a medias tintas

    Muchas veces para definir el rumbo de un documental se necesita responder una serie de incómodas preguntas: qué, quién y cómo. Superada esta barrera casi conceptual aparecerán otras tantas y cada una de ellas determinará una decisión porque cuando estamos ante un hecho registrado -más allá de la subjetividad en que se inscriba el rol de quien observa- se está ante un fenómeno con muchas aristas por explorar.

    Ese es el problema que arrastra este necesario y valorable homenaje Venimos de muy lejos, la película, de Ricardo Pitterbarg, protagonizado en conjunto por los integrantes del grupo de teatro Catalinas Sur, que lleva tres décadas de existencia a partir de la iniciativa de un grupo de vecinos que vieron en el teatro esa capacidad transformadora y encontraron en el barrio de La Boca no solamente un espacio para habitar sino para construir cultura, solidaridad y por qué no decir política.

    En ese sentido, quizá lo más interesante de este documental se concentre precisamente en las discusiones y charlas entre los propios involucrados por definir qué se quiere contar y cómo, lo que sí queda claro es que la obra de teatro Venimos de muy lejos –estrenada en 1990- y la fuerte historia de los inmigrantes dicen presente en una mezcla de puesta en abismo y puesta en escena meticulosa donde lo teatral también ocupa un lugar de privilegio y la representación otro.

    El escaso material de archivo además supone un conflicto para el repaso histórico, y sobre todo a la hora de los elementos que se buscan para suplantar material de aquel pasado de conventillos y oleadas inmigrantes de otra Argentina y entonces audios en off, inserts de imágenes muy trepidantes se entrecruzan en una de las líneas narrativas donde entra a tallar la idea de alegría o fiesta que se antepone a la muerte o al proceso militar con el devenir de las décadas.

    A esa línea argumental se le suma también la historia del padre del director en una suerte de racconto y regreso al barrio como hijo de padre inmigrante pero también padre de un nieto de inmigrante como es el caso del director.

    Ese es quizá el enfoque menos interesante desde el punto de vista ficcional y un lugar para el recuerdo de viejas historias bastante convencional tratándose de un film que pretende mixturar géneros y estilos como si se tratara de un gran collage cinematográfico.

    Venimos de muy lejos, la película tiene buenas ideas en estado embrionario pero que jamás se terminan de gestar por ese vértigo impuesto y la sensación de falta de rumbo permanente, producto de una nula cohesión narrativa, aunque el objetivo de conocer la labor del grupo de teatro Catalinas Sur, así como su apuesta a la cultura popular para hacer de un barrio un ejemplo de acción política, esté logrado.
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  • Un piso para tres
    Intrascendente comedia italiana

    Si la idea de Un piso para tres, dirigida y protagonizada por Carlo Verdone junto a Pierfrancesco Favino y Marco Giallini era mirar con una sonrisa la crisis económica italiana y particularmente la de la edad cuando se traspasó el umbral de los 50, la misión resulta más que fallida porque a la nostalgia y a la melancolía; al cine rancio de humor ramplón no le gana nadie.

    Tampoco el intento estéril de recuperar -si es que a esta altura en que la commedia all’ italiana fuera recuperable- esa frescura de películas como Amigos míos (1975) o alguna de Mario Monicelli. Lo cierto es que este film, que se estrena en nuestras salas, viene de una Italia golpeada culturalmente hace rato y no es más que el reflejo de la era post Berlusconi.

    La premisa reúne por azar a tres cincuentones, divorciados, con un pasado mejor que su presente que deben convivir en un piso de mala muerte si es que no quieren terminar en la calle. Convivencia, que por sus aristas tratará de sacar rédito de situaciones humorísticas concentradas en el contraste de personalidades, pero de la manera más sencilla como por ejemplo el eje suciedad pulcritud.

    Así las cosas, quien lleva la batuta del relato es Ulises (Carlo Verdone), otrora productor musical que se fundió por haber apostado a una mediocre cantante con quien terminó casándose y con una hija adolescente que puede ver vía Skype ya que está en París. Sus compañeros son un crítico de cine devenido periodista de chimentos que no tiene un euro encima y completa el cuadro el estereotipo del amante italiano que siempre vive de prestado y se dedica a ofrecer favores sexuales a mujeres mayores.

    Parte de los mecanismos del humor que presiona forzadamente Verdone hablan por un lado de una extrema misoginia ya que todo personaje femenino se reduce al escaño de mala y resentida o boba y linda y por otro de un anacronismo alarmante que conspira con alguna ráfaga de humor dispersa a lo largo de las dos horas.

    Es muy poco entonces lo que pueda rescatarse de este producto sobre valorado y mediocre que por esas incongruencias ocupa pantalla para cine europeo, espacio valioso en una cartelera dominada por Hollywood, y eso es más grave que la intrascendencia de Un piso para tres.
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  • El ataque
    El ataque
    CineFreaks
    Un presidente cool

    Cuesta enumerar las razones por las cuales valorar -si es que ese atributo correspondiera- alguna de las características positivas de este nuevo despropósito industrial hollywoodense que llega a nuestras salas bajo el título de El ataque (White house down) y que tiene entre sus directores responsables al alemán Roland Emmerich y a un elenco demasiado interesante para subirse a este avión sin piloto que se precipita en la primera mitad, con una explosión y detonación de cursilería que salpica y enchastra durante dos horas.

    No voy a concentrarme en el argumento porque es inexistente, sólo basta apuntar que el teatro de operaciones donde suceden las cosas más inverosímiles y absurdas no es otro que la Casa Blanca; que los villanos de turno tienen cara de malos; que el traidor tiene la palabra marcada en la frente desde el minuto uno y que todos los lugares comunes sin excepción a la regla se respetan a rajatabla, además emana una atmósfera de melodrama familiar putrefacto cuando no la sorna a la propia historia, los personajes más planos que una pista de aterrizaje y la subestimación del espectador por partidas equitativas.

    Para poner las cosas en su lugar, cabe agregar que estamos en presencia de una mega producción, cuyo costo ascendió a 150 millones de dólares mientras que Olympus has fallen llamativamente parecida a este film costó 161, aunque al producto de Emmerich y equipo le falta todo: acción, vueltas de tuerca, dirección e ideas.

    Tampoco funciona desde su impronta bizarra o su dejo de incorrección política absolutamente lavada por el más pulcro patriotismo y la reiterada marca de la presidencia Obama detrás. Por eso no es de extrañar que este presidente afroamericano, interpretado por Jamie Foxx, sea un prolífico defensor de la paz mundial que debe cuidarse del enemigo interno, escudado en ese patriotismo recalcitrante y peligroso y el héroe un padre divorciado, a la sazón guardaespaldas de un alto funcionario de gobierno que anhela dar el gran salto y cuidar al presi y que pretende recuperar el corazón de su hija pre adolescente -nunca vi una pre adolescente tan informada y menos aún con ese sentido nacionalista a flor de piel como esta- jugando su carta de rambo con sensibilidad social, personaje que en la piel de Channing Tatun aporta esa cuota de inverosimilitud que el film no necesitaba.

    Incluso si se buscara alguna bondad desde el aspecto visual por el despliegue de los ataques al edificio cuando el servicio de seguridad presidencial parece extraído de un entrenamiento de cualquier ejército de tercer mundo con las explosiones y la balacera incluida da toda la sensación de fallas de continuidad o un insólito reblandecimiento a la hora de la violencia en una película donde los muertos se cuentan a la velocidad de la luz pero en la que no aparece ni una gota de sangre, ningún cuerpo mutilado, decapitado o algo para la platea pochoclera y morbosa de siempre.

    Lo cierto es que Roland Emmerich confirma con El ataque una obsesión que ya había sugerido en Día de la independencia (1996) hace varios años atrás que no es otra que su sueño por ver estallar el Capitolio o cualquier símbolo norteamericano que se precie. Eso sí: el presidente sigue siendo cool.
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  • Declaración de vida
    La vitalidad abrumadora

    Catarsis o desborde de emociones pululan en el universo mitad real, mitad irreal de Declaración de vida, título local un tanto ambiguo para referirse a La guerre est déclarée y que genera un mejor marco para este segundo opus de la actriz, realizadora y guionista Valérie Donzelli, quien junto a su ex esposo Jérémie Elkaïm –también protagonista del film- tomaron la arriesgada decisión de transmitir a partir de los recursos cinematográficos a mano su experiencia como padres jóvenes que al año de vida de su hijo reciben la terrible noticia que éste tiene alojado un tumor maligno en su cerebro, operable, pero con grandes posibilidades de que los tratamientos no alcancen y la batalla con la enfermedad se termine perdiendo.

    Quizás de eso se trate aquella declaración a la que hace alusión el título original, que a ciencia cierta se desprende de un segmento del film donde la pareja protagónica escucha el anuncio televisivo de la guerra de Afganistán, mientras se preparan para la otra que implica afrontar el largo tránsito durante varios años entre hospitales, quirófanos, operaciones, radioterapias, quimioterapias, angustia, desgano, dolor y desgaste, batallas que van descascarando a la pareja de Romeo y Julieta. La ironía de estos nombres de personajes interpretados como no podría ser de otra manera por la propia Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm suena más como una referencia a la tragedia cuando la víctima es Adán, su pequeño que se aferra a la vida al igual que sus padres.

    Sin embargo, lo trágico nunca deviene melodrama o chantaje emocional debido a la absoluta libertad que se toma la realizadora francesa para estructurar el derrotero de estos padres jóvenes, que pese a las adversidades no renuncian a esa juventud y energía característica.

    La libertad es sinónimo de riesgo y en este caso asumirlo juega a favor desde el punto de vista del despojo de lo lacrimógeno pero sin negar en ningún momento el drama detrás de la historia. Por eso es notable la capacidad para cambiar de registro, tanto en lo que hace a la dirección de Donzelli con una cámara atenta, inquieta, íntima, que a veces deambula por pasillos de hospital o se queda varada en una puerta que restringe acceso para de golpe sumergirse en la vorágine urbana y nocturna o en el descontrol de una fiesta sin que esa continuidad haga ruido en el espectador.

    A eso debe sumarse una banda sonora cambiante que incluso se atreve a un interludio donde los protagonistas cantan y que confirma la fuerza y vitalidad abrumadora de esta autobiografía, que no busca transitar por el camino de la demagogia cuando de antemano expone todos los indicios para un final feliz porque precisamente no se trata de comienzos o finales sino de lo que ocurre entre ambos extremos.

    Tal vez cierto exceso de artificiosidad le juegue algún punto en contra en ciertos momentos pero eso no menoscaba en ningún sentido el valor y la importancia de esta propuesta por su singular y personal enfoque de una temática que para el cine sólo conoce dos o tres direcciones que siempre conducen al mismo destino.

    El destino es exactamente lo que marca el derrotero de esta pareja que vivió la intensidad del enamoramiento a gran velocidad como registra un prólogo brillante y conceptualmente irreprochable para ir reduciendo sus ilusiones y deseos, pero siempre convencidos de que a las guerras se las vence con amor y perseverancia.
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  • Reality
    Reality
    CineFreaks
    El fin del principio de realidad

    Al director italiano Matteo Garrone se le debe destacar por su capacidad para construir complejos micro universos, orgánicos y llenos de matices por donde escudriñar la realidad de los personajes. Así lo hizo con su debut de El embalsamador (2002), comedia oscura y ácida que se viera en uno de los BAFICIs para luego estremecer con un retrato de la mafia napolitana, crudo y muy visceral, en el film Gomorra (2008).

    Una rápida lectura de su nuevo opus Reality no puede más que acercarlo al homenaje de diferentes directores italianos como el gran Federico Fellini o Dino Risi, dos escuelas o estilos cinematográficos distintos para contar la realidad italiana desde la mirada aguda pero a la vez humana.

    Sin embargo, el universo de Reality si bien guarda una importante vinculación con la idiosincrasia italiana y más precisamente la de una familia de clase media baja que habita un conventillo de Nápoles podría traspolarse a cualquier geografía, siempre que las condiciones, los conflictos entre pares, las metas, las ilusiones y desilusiones se parezcan o guarden estrechas similitudes, más allá de pequeñas diferencias culturales.

    Así es como la globalización también muestra un costado poco visible y simpático, que obedece a los experimentos sociales proporcionados por los llamados realitys, cuya vedette más popular fronteras adentro y hacia afuera -no podiamos estar ausentes los argentinos- no es otra que Gran Hermano. Ese pequeño espacio artificial donde todo aquel que entra a la casa aparenta o actúa un personaje bajo una supuesta espontaneidad que en su existencia real no es y necesita de la mirada permanente de otros para creerse esa falsa identidad.

    La inteligencia de Matteo Garrone fue el haber pensado la dinámica del reality no desde el fenómeno sino desde los efectos nocivos que puede generar en aquellos que no encajan con la estética televisiva propuesta. Hay millones de Lucianos por el mundo a la espera de una convocatoria para formar parte de ese seleccionado mediático, uniforme y bello y entonces salir de la ruina por creerse diferentes a los que los rodea.

    En este caso, el protagonista del film es un padre de familia, napolitano, con hijos pequeños y una pescadería en el mercado del pueblo, que trata de sobrevivir además formando parte de una estafa que implica la utilización de unos beneficios de personas jubiladas con unos robots hogareños, los cuales revende valiéndose de la adjudicación del producto por el que paga mucho menos dinero. No obstante, la realidad de Luciano (Aniello Arena, el dato de color indica que es actor vocacional y que permanece en prisión donde participó de talleres de teatro) comienza a dar un giro de 180 grados cuando aparece la chance de un casting para preseleccionar candidatos al Gran Hermano italiano y tras pasar la primera prueba su esperanza de formar parte de los participantes, junto a todo el apoyo de su familia y de la comunidad, alimentan la ilusión de salir de la chatura para siempre. Pero en ese limbo que implica formar parte de algo más grande y que lo excede también se coquetea con el filo de la realidad para que surja primero una desconexión paulatina con el entorno; la paranoia de sentirse observado por extraños con el objetivo de investigar sus actitudes y conductas que lo llevan a tomar decisiones absurdas.

    El grotesco que caracterizaba a Fellini, las influencias notables del neorrealismo italiano -Luciano parece haber sido rescatado de aquel periodo del cine italiano- y la dosis de comedia clásica italiana forman parte de la plataforma en la que Garrone se maneja para trazar con varios hilos finos la tragicomedia del hombre común en la Italia post Berlusconi, esa nación arrasada desde lo cultural por la impronta televisiva, mediocre y que fue perdiendo su identidad con los años transformándose en un gran decorado para no ver la mugre, la imperfección y todo aquello que provoca la marginalidad o la exclusión social.

    La sintonía entre un reality, sus feligreses incondicionales alrededor del mundo, que observan pantallas sin cuestionar lo que ven, con fe ciega en lo que alli ocurre, entronca de manera perfecta con la crítica sutil a lo religioso y con la necesidad de creer en algo cuando en lo que menos se cree es en uno mismo. Si en Truman show el protagonista anhelaba la libertad fuera del mega estudio, el protagonista de Reality se encuentra en las antípodas porque su libertad es precisamente la que lo condena y lo somete al deseo de querer otra realidad y una falsa sensación de confort y bienestar.

    Matteo Garrone no critica a la televisión ni a los realitys porque forman parte de un sistema indestructible en tanto y en cuanto existan personajes con ese grado de inocencia y vulnerabilidad, capaces de soñar con mundos de cartón pintado como el que aparece al comienzo de la película en una secuencia magistral sobre una boda en un hotel temático para presentar dentro de esa galaxia variopinta, con tíos obesos, otro en silla de ruedas y muchos colores, un planeta solitario llamado Luciano.
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  • Road July
    Road July
    CineFreaks
    Nuevas rutas que merecen ser recorridas

    Resulta inevitable trazar puentes intertextuales entre dos películas argentinas bastante recientes, Por un tiempo y Villegas, con este film proveniente de Mendoza, Road July, del director Gaspar Gómez.

    Por un lado, por apelar al recurso de la road movie para marcar la curva de transformación de Santiago (Francisco Carrasco), quien se entera repentinamente que tiene una hija de 10 años llamada July (Federica Cafferata), cuya madre ha fallecido a causa de un cáncer y por ese motivo el cuidado de la niña ha recaído desde entonces en su cuñada Valeria (Verónica Nonni), necesitada de que alguien pueda hacerse cargo de su sobrina porque ella no da abasto.

    En lo inmediato, esta historia nos remonta al conflicto central que planteaba el debut de Gustavo Garzón como director en Por un tiempo, en la que el personaje principal, interpretado por Esteban Lamothe, debe hacerse cargo de una hija -en la piel de Tamara Garzón- por un pedido expreso de su madre enferma, ex novia y perteneciente a un pasado lejano. Ese mismo panorama define esta improvisada paternidad, no buscada ni querida por Santiago, quien acepta trasladar a la pequeña a la chacra de su abuela (excelente Bettiana Blum) en San Rafael, a bordo de un destartalado pero entrañable Citroen 3CV, elemento dramático que funciona tanto como lugar de encuentro literal o espacio simbólico para la relación padre e hija durante el recorrido por rutas mendocinas.

    En el film de Garzón, el círculo de confort de Lamothe y su novia se ve enteramente trastocado a partir de la llegada de la extraña pero esa novedad es precisamente la que aporta un cambio en él para replantearse su vida y asimilar el nuevo desafío que implica un vínculo afectivo mucho más profundo y solamente reducido a la intimidad con el otro.

    Sin embargo, aquello que en el film Por un tiempo motoriza un drama desde el punto de vista de la crisis de esa pareja moderna, en Road July se transforma en una road movie y a la vez en un film intimista que goza de muy buena salud por despegarse de los clichés y encontrar un camino propio, que a veces se atreve a tomar atajos con el humor, otras para dejar que fluyan las palabras en diálogos creíbles y no forzados, algo que solamente la magia y la química entre Francisco y Federica puede concretar en varias ocasiones.

    Desde ese lugar de la búsqueda de identidad propia surge la interconexión con el otro film anteriormente citado, Villegas, de Gonzalo Tobal, paradójicamente también protagonizado por Esteban Lamothe y que hace del recurso de la road movie su mayor virtud en el caso particular del pretexto que marca el reencuentro de dos primos y su transformación durante el viaje por otras rutas argentinas.

    Tanto Villegas como Road July expresan una voz distinta; trabajan con el paisaje como trasfondo y no como excusa turística, así como utilizan el recurso de la banda sonora a cargo de Maxi Amué tanto desde sus aspectos incidentales como con la selección rigurosa de canciones para completar un concepto cinematográfico y una mirada personal que se vale del género -o de los géneros- para encontrar vuelo propio con un apego y confianza tácita en la historia y en los personajes.

    Las coincidencias o semejanzas no deben entenderse o malinterpretarse; lejos de despertar suspicacias simplemente hablan de la inauguración o por lo menos del origen de una voz con rasgos de identidad propia que se conectan con ese nuevo cine argentino que rompió estructuras y moldes vetustos con el agregado de ese deseo que expresa y pide algo novedoso dentro de lo novedoso, nuevas rutas que merecen ser recorridas.
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  • Habi, la extranjera
    Sola en el país de las maravillas

    El magnetismo que desprende la actriz Martina Juncadella en el debut cinematográfico de María Florencia Álvarez, Habi, la extranjera, es lo que atrapa de inmediato al público para adentrarse en una suerte de cuento de hadas urbano, donde se pone en juego la crisis de identidad, la inocencia de la juventud, el desarraigo interior cuando nada forma parte de las raíces y el desamparo. Ese es el tránsito que marca esta aventura iniciática desde el extrañamiento de la joven Analía, llegada a este idílico paraíso de calles angostas, culturas dispersas, pensiones chicas y sueños a la vuelta de la esquina.

    La inocencia, en su faz menos cruel, opera como nexo entre la realidad y la ficción a partir de que la protagonista como parte de un juego se apropia de la identidad ajena para hacer de la otredad su único horizonte, en su camino de exploración y autoconocimiento. Se ve seducida por los cantos de sirena de la comunidad musulmana, sus costumbres, sus rezos y palabras que no entiende pero eso no importa porque ella juega a ser otra.

    En ese sentido, cae como referencia intertextual para este debut de Álvarez en el largometraje, la película protagonizada por Julio Chávez El otro (2007) de Ariel Rotter, quien también asumía el papel ajeno para escapar de una vida rutinaria y gris, pero la diferencia fundamental es que la oscuridad de aquel film en este caso no aparece y es reemplazada por la idea de autodescubrimiento de la propia protagonista, a quien de a poco se le va acabando el idilio e incluso se ve superada por su propia imagen.

    Los personajes secundarios aportan lo suyo y en especial el que interpreta con solvencia Martín Slipak, quien actúa como efecto del reflejo de esa imagen proyectada.

    La inteligencia de María Florencia Álvarez permite que el film crezca y vaya de menos a más sin pretensiones y con un fuerte apego a la historia y a su protagonista, tanto desde el punto de vista que siempre es el mismo como en lo que a puesta en escena se refiere.

    Los pequeños grandes momentos de Habi, la extranjera son precisamente aquellos que surgen bajo la espontánea búsqueda que Martina Juncadella transita sin especulaciones de otro nivel más que la de transmitir sensaciones con el cuerpo; con los gestos o el silencio de una habitación. No hay bosques en este cuento de hadas sin fantasía, sin ogros ni brujas malévolas más que las reales que pueden encontrarse en cualquier lugar del mundo.
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  • Sip'ohi - El lugar del manduré
    Cuando el río suena

    El Río Bermejo está allí, avanza, fluye y ocupa el centro de este documental etnopoético, Sip''ohi el lugar del Manduré, dirigido por el joven Sebastián Lingiardi, con guión de María Paz Bustamante, presentado en el BAFICI y ganador como Mejor Documental en el 21° Festival de Marsella.

    A diferencia del anterior proyecto que trasladaba al difícil terreno de la ficción un policial, protagonizado y hablado en dialecto wichí y toba que recogía mitos propios de esa cultura llamado Las pistas - Lanhoyij - Nmitaxanaxac (Bafici ’10), en este segundo opus lo ficcional surge como parte conceptual en materia de representación en el que la tensión entre imagen y relato juega un papel preponderante.

    Al igual que ese Río Bermejo, el film, desde su propia estructura narrativa, hace que un relato primario avance y fluya pero al mismo tiempo reciba otras vertientes o capas narrativas, que en definitiva conforman la virtud y los aciertos de la propuesta para la cual la voz en off por un lado y las narraciones orales a cargo de los propios wichís por otro concentren el proceso inconcluso de lo que significa la transmisión oral de las leyendas entre generaciones.

    El conjunto de mitos y leyendas elegidos para conformar la base del documental de Lingiardi cuenta con un denominador común que no es otro que una cosmovisión wichí y la mirada sobre los fenómenos de la naturaleza, incorporando la mitología, la figura del antihéroe pero siempre bajo el compromiso de no traicionar la tradición, la cultura y la identidad.

    Reparo que incluso el mismo trabajo de Lingiardi junto al gestor de la idea, que ya había participado en Las pistas…, Gustavo Salvatierra, quien además es profesor bilingüe y en el caso particular de este film el pivot que regresa a su tierra natal en el impenetrable chaqueño en busca de la preservación de la oralidad y la titánica tarea de la multiculturalidad para con las generaciones wichís más jóvenes.

    De esta manera, muchas veces el peso de la palabra en pantalla desplaza el valor de la imagen aunque Lingiardi y su equipo lograron romper con la dialéctica de la representación y conducir así al espectador desde una mirada más profunda y poética para recoger la riqueza de las historias y las posibilidades simbólicas detrás de cada relato como por ejemplo el que narra la relación de los wichís con el fuego o el que ubica en escena a Takjuaj, una especie de espíritu supremo que no se puede representar con una imagen y para quien se utiliza la pantalla en negro, cuyo protagonismo en los cuentos marca siempre un ciclo donde la vida y la muerte están presentes pero también la chance de volver a nacer.

    Ese volver a nacer se conecta con aquel Río de la cultura wichí, que pese a las piedras o a la falta de inteligencia para abarcarlo sin reduccionismos sigue en la búsqueda de otros afluentes para hacerse más fuerte y así comenzar a sonar.
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  • La parte de los ángeles
    La redención como inserción

    El realizador Ken Loach se aleja un tanto de los dramas sociales para sumergirse en el terreno de la comedia y retratar las peripecias de un grupo de marginales en Glasgow, quienes han caído por el camino de la ilegalidad y sin llegar a representar lo que podría considerarse delincuentes deben cumplir condena por diversos delitos menores y así realizar trabajos comunitarios.

    La idea de reinserción social así como la de redención se ve directamente asociada con un relato que roza el costumbrismo, no escatima a la hora de mostrar hechos violentos, más concentrado en la historia de las segundas oportunidades.

    Los desvíos morales de los personajes como el protagonista del relato Robbie (Paul Brannigan), padre de un niño pequeño, se justifican de cierta manera al encorsetarlos en un contexto social adverso sin reales posibilidades de ascenso de clase en el que la esperanza está depositada no en el trabajo y el esfuerzo sino en dar el gran golpe que permita a todos ser lo que jamás podrían alcanzar.

    Así las cosas, la oportunidad parece llegar de la mano de la cata de whiskies, en la venta de una botella de ese elixir único por el que se pueden llegar a pagar fortunas y en definitiva aquellos que lo adquieren a veces pueden ser estafados por los propios catadores.

    En la línea del plan que por algún motivo se encuentra sujeto a complicaciones y en sintonía con el derrotero habitual de un grupo de perdedores -pero queribles- La parte de los ángeles transita sin tropiezos moralistas y deja un sabor dulce en el paladar del público que encontrará una rápida empatía con personajes secundarios bien escritos y una interesante historia donde prevalece el intento por cambiar de vida cuando todas las cartas repartidas juegan en contra.
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  • Renoir
    Renoir
    CineFreaks
    Desde lejos no se ve

    La primera certeza que surge una vez que concluye Renoir, film del francés Gilles Bourdos que toma como punto de partida el libro Le tableaux amoureux, de Jacques Renoir, su bisnieto, es inconsistencia desde el punto de vista narrativo y conceptual.

    Si bien no estamos frente a una biopic tradicional, tampoco el desapego de los convencionalismos o el tránsito por los lugares comunes alcanza como para encontrar un horizonte o norte cuando lo que en realidad prevalece es sencillamente la falta de criterio a la hora de pensar la mejor manera de transmitir el proceso creativo de un pintor de estas características.

    Al igual que en la vida, la representación de lo bello siempre es más atractiva que lo bello en sí mismo y de eso se desprende el genio de un artista: en la forma de percibir la realidad como una armónica contraposición de colores en la lucha permanente entre lo blanco y lo negro, que en el lienzo cobra formas reconocibles y similares a lo que podría considerarse un cuerpo.

    De lo que se mira y cómo se lo ve se pueden encontrar muchísimas maneras cinematográficas de representación pero no se puede dejar de lado quién es el que mira y el contexto en el que esa mirada escudriña.

    Así, este relato propone trasladar el tono y la imagen impresionista como si se tratara de las partes de un cuadro en pleno proceso creativo, con un elaborado trabajo en la puesta en escena con fines puramente pictóricos y representativos, en donde se destaca la fotografía de Ping Bin Lee pero que no logra cohesionar con el escaso desarrollo dramático que reduce la historia al periodo cronológico de un verano en el año 1915.

    En ese breve recorrido por el ocaso de Pierre-Auguste Renoir, en su refugio de la costa azul, desfila por un lado la lucha del pintor impresionista con la artritis; la llegada de la joven y última musa Andrée Heuschling –la composición es perfecta y parece el retrato vivo de cualquiera de sus mujeres en los cuadros- y por otro la extraña relación con su hijo Jean Renoir, recién llegado del frente de batalla y luego futuro cineasta. Esos apuntes son los únicos elegidos para dar cuenta del escenario histórico, con el trasfondo de la Gran Guerra y de un triángulo amoroso que en realidad encubre la disputa entre el padre y el hijo por la misma musa.

    Podría decirse entonces que pese al estallido de la paleta de colores con sus enormes filtros para imprimirle un contraste a la fealdad de la enfermedad o de las situaciones cotidianas y dramáticas del propio protagonista, interpretado con solvencia por el experimentado Michel Bouquet, el film no logra despojarse ni siquiera trascender las fronteras de las impresiones de su propio director como si se hubiese quedado atrapado en su propio lienzo y tapado por las capas menos visibles de su incertidumbre.
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  • Los amantes pasajeros
    Anexo de la crítica

    -El regreso de Pedro Almodóvar a su universo de la comedia transgresora deja un gusto amargo y sabor a poco básicamente por repetirse, apelar al absurdo sin vuelo creativo, dependediendo de lo que puedan entregar actores y actrices que hacen lo que pueden pero sin divertirse tal como se propone el director y apuesta al homenaje a comedias como las de Blake Edwards entre otros problemas que se arrastran desde el guión. Sin lugar a dudas podría haberse llegado mucho más alto teniendo en cuenta los antecedentes del director y ese reparto ecléctico desperdiciado en esta ocasión.
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  • Red 2
    Red 2
    CineFreaks
    Anexo de crítica

    La buena recepción de aquella comedia Red -2010- que adaptaba el comic de culto de DC Comics, escrito por Warren Ellis, y que contaba con el atractivo de un elenco de notables estrellas hollywoodenses no podía dejar ausente la manía de las secuelas y por ese motivo arrastrar una carga de negatividad extra por desgaste más que por impericia a la hora de pensar el guión. El mayor defecto de Red 2 no reside en las correctas actuaciones e intervenciones del elenco o de sus diálogos ingeniosos y el constante juego compositivo hacia la caricatura –la exageración afín con el código comic- sino en el guión de Jon Hoeber y Erich Hoeber que acumula baches, lagunas e inconsistencias varias que por la dinámica de la historia a veces pasan a un segundo plano pero no dejan de generar ruido a la hora del balance final.
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  • Algunas horas de primavera
    Cuentas pendientes con mamá


    El realizador francés Stéphane Brizé ya nos plantea desde el título una imprecisión temporal que obedece exclusivamente a lo efímero o fugaz que define esta relación entre madre e hijo y que forma parte del centro neurálgico de este seco pero contundente film de cámara, de tono intimista y despojado de todo sensacionalismo o sentimentalismo.

    Si hay algo que prevalece en Algunas horas de primavera es sin duda la enorme distancia afectiva entre los protagonistas: Alain (Vincent Lindon) e Yvette (Hélène Vincent), hijo parco por naturaleza, cerca de los 50, que tras una estadía forzosa en prisión, luego de haber sido condenado por participar en contrabando de drogas al transportarlas en su camión, debe sin desearlo regresar al hogar maternal y así comenzar la lenta reinserción social en un país en plena crisis, mientras que su anciana progenitora encara el último tramo de su enfermedad terminal, aspecto que la lleva a decidir acabar con el sufrimiento en una clínica suiza donde se practica el suicidio asistido para casos como el suyo.

    Poco importa la cárcel, la viudez, como las causas que llevaron a la distancia entre ambos porque si hay algo abolido en este relato es precisamente el pasado o los recuerdos felices y a la vez lo único consumado y tangible, además del férreo y mutuo destrato, es sencillamente el inevitable paso del tiempo.

    Tiempo perdido para la reconciliación; tiempo perdido para dar vuelta la página y comenzar una vida diferente, donde las críticas maternales no empañen cualquier intento de cambio y en definitiva tiempo perdido para recuperar la salud y la palabra justa antes de la despedida.

    Ligado a esa tensión irresuelta que desde el primer minuto hasta el último se contiene en una olla a presión tanto para el caso de Alain que no repara en reprochar a una madre enferma la falta y la convierte en culpable de su propio destino, así como de esa frágil anciana que se ve invadida de repente por un hijo al que no espera, el relato fluye y se reviste de distintos matices dramáticos que van apareciendo sutilmente gracias a las brillantes actuaciones de Vincent Lindon y la experimentada Hélène Vincent porque la cámara los sorprende en el acto del despecho o del reproche, sin contaminar con primeros planos o cortes abruptos el momento de amor odio en la intimidad, que pendula de manera constante.

    Adscripto siempre a la vertiente de los conflictos internos de sus personajes y de las corazas afectivas que de cierta manera los protege, el director encuentra en la trama el espacio adecuado para poner en escena los diferentes estadios del duelo cuando se tiene tan cerca la presencia de la muerte y lo hace sin estridencia ni especulaciones para que al espectador le cueste el doble la identificación primaria y desde esa incómoda pasividad surja el camino tortuoso hacia la reflexión.

    Así como en la primavera estacionaria se renueva por así decirlo el aire y las hojas crecen, también existen aquellas que perecen a pesar de los colores del día o el reflejo de la luna por las noches para acompañar a esos amores que perduran. Ese es el cine que últimamente no llega a nuestra pantalla, como aquellas primaveras de antes colmadas de hojas y matices que le ganaban la carrera al paso del tiempo.
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  • Sólo para payasos
    La hazaña del fracaso

    Sin pensarlo demasiado, uno podría llegar a concluir que la necesidad de los payasos se vincula de manera directa con la existencia de un mundo al que le cuesta reírse. Guerras, hambre, injusticia, miseria, enfermedades complican un tanto la vida de cualquiera como para no encontrar en el poder sanador de la risa un antídoto aunque más no sea por el instante en que dure una sonrisa. Y en ese momento uno también se vincula con el propio payaso interior; el que rompe con la mirada convencional frente a lo que, en un principio, en el sistema está vedado a la risa: el ridículo, el absurdo, lo imperfecto, el dolor ajeno y hasta el propio.

    Una mirada payaso o payasesca de la realidad implica el riesgo de quedarse solo o de ser tildado en el mejor de los casos de loco por una mayoría que no se atreve a ver lo que la rodea sin etiquetar o categorizar cualquier situación o acontecimiento. En definitiva, todo es tan absurdo que no resiste la más mínima lógica y entonces lo saludable es sacar al payaso interior del espíritu autómata y obediente que nos atraviesa.

    Como no podría ser de otra manera un documental hecho por y para payasos debe ser caótico, anárquico, arriesgado y creativo y eso es lo que ocurre con este rara avis del acróbata de altura devenido cineasta Lucas Martelli, Solo para payasos, que promete un estreno poco convencional en el Cine Gaumont el día jueves 25 de julio para al menos intentar repetir la experiencia que dio marco y vida a este proyecto que ganó en la categoría Documental Digital del INCAA la posibilidad de obtener un subsidio y así finalmente ver la luz.

    En ese acontecimiento que encuentra por un lado el pretexto para reunir clanes de payasos de diversas partes del mundo a una convención y así lograr el gran acto se hilvana la red de contención de este relato en cuyo salto al vacío se cruza un caudal importante de información e historia de los payasos, a cargo de diferentes figuras del quehacer circense, callejero o del teatro para reflexionar sobre una pasión que no sólo se relaciona con hacer reír al otro sino con una filosofía de vida a contracorriente del conformismo.

    De los más de 200 artistas que participaron del documental representando estilos y tipos de payasos, están los naif, los anarquistas, las payasas, y otros alejados del estereotipo se encuentran el catalán Tortell Poltrona (Payasos sin Frontera); Luisito y Pacusito (Hermanos Videla); Chacovachi (Símbolo de los payasos callejeros durante y después de la dictadura); Petarda (Cristina Martí, Clu del Claun); Rik Streiff (ex Triciclos Clos); Toto Castiñeiras (Cirque du Soleil); Tomate; Tenaza; Maku Jarrak; Chicharrita; Casimiro Magote; Morrison; Malabaristas del Apokalipsis (Riki Ra y Mauri); Pedro Peligro (Catalinas Sur); Pablo y Luna (Circo Social del Sur); Circo Manija (Taller de Artistas del Borda); Loco Brusca; Gota; Frágil; León; el Sr. Mikozzi entre otros.

    La ficción que se ancla al documental construye y a la vez deconstruye de manera permanente el hilo conductor de esta trama, que por momentos se adapta a una road movie que integra un viaje en dirigible hacia el destino ya mencionado, junto al derrotero de otros invitados que parten desde sus lugares al corazón de la convención.

    El apunte irónico frente al historicismo llega de la mano de uno de los personajes centrales que intenta dar un enfoque socioantropológico a cámara pero que se ve constantemente interrumpido. También surge una historia de amor entre un payaso y una trapecista, el enfrentamiento de los clanes y las dicotomías entre payaso y clown, que encuentra las más académicas definiciones desde el discurso pero expresa las mayores contradicciones desde la práctica.

    Aquello que se nota permanentemente desde la propuesta cinematográfica en Solo para payasos, de Lucas Martelli y equipo, es saber lo que se quiere contar aunque librado al devenir de lo que ocurre en el campo de batalla donde basta poner la cámara y dejar que los propios protagonistas, algunos con caras pintadas o vestuarios exagerados y otros a cara lavada, jueguen hasta las últimas consecuencias y liberen tensiones para superar los límites de la representación.

    Tamaña tarea conlleva el riesgo pero también el atractivo que el espectador no sepa lo que va a ocurrir a cada segundo y tal vez ese logro incuestionable es lo suficientemente poderoso para que el film nunca deje de fluir, por momentos divertir e incluso emocionar por su enorme poesía, todos esos elementos que hacen de la hazaña del fracaso -¿acaso el payaso no representa un poco eso?- una aventura épica, genuina, universal y verdadera.
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  • Ladrona de identidades
    A robar mi amor

    Navidad sin los suegros (2008) es una comedia más redonda que Ladrona de identidades y ambas fueron dirigidas por Seth Gordon, cuyos orígenes provienen del documental. Ambos títulos pecan de los mismos errores que obedecen a la capa de corrección política aplicada bajo una prédica conservadora cuando en apariencia las propuestas tienden a ser todo lo contrario.

    Sin embargo, a pesar de este defecto debe reconocerse que tanto un film como el otro cuentan con una buena pareja protagónica y con la cuota de confianza necesaria para que todo el peso del relato y la efectividad de las situaciones graciosas recaigan en los comediantes.

    Para el caso de Ladrona de identidades la mayor cantidad de laureles se los lleva Melissa Mc Carthy (Damas en guerra, 2011), quien por un lado explota sus cualidades histriónicas y desparpajo a flor de piel y por otro las exageraciones de sus volúmenes corporales para demostrar enorme destreza física, sobre todo en gags pensados para su contextura y cuerpo. En esta comedia de enredos de pareja dispareja el contrapeso para que no se desbalancee el exceso lo aporta Jason Bateman, en un rol contenido y adecuado a las circunstancias.

    La premisa es básica y como tal no tarda en definirse el mayor conflicto entre la pareja antagónica: Diana (Melissa Mc Carthy) es una experta en fraudes con tarjetas de crédito que roba identidades y vive la gran vida a expensas de las fallas del sistema financiero y de sus víctimas como es el caso de Sandy (Jason Bateman), empleado y padre de familia sin un holgado pasar económico que se ve de la noche a la mañana envuelto en una trama que implica deudas con seis tarjetas de crédito.

    Así las cosas, el único modo de limpiar su buen nombre y de recuperar su empleo es dar con el paradero de la usurpadora y para ello adentrarse en una aventura a la que se sumarán sicarios, caza recompensas y un sinfín de enredos junto a la ladrona, así como una relación entre ambos que terminará por fortalecer un vínculo entre víctima y victimario.

    Las coordenadas de una buddy movie en el contexto de una road movie están más que presentes en un guión simple que en su primera mitad despliega lo mejor del film y en su segunda lo peor. Y esa descompensación termina por conspirar con el resultado final porque el drama y la justificación de un pasado traumático surgen de manera caprichosa y abruptamente cuando las condiciones para la comedia sin recaídas moralistas estaban servidas en bandeja.

    Con momentos logrados y muy buena química entre Mc Carthy y Bateman, Ladrona de identidades se ubica cómodamente dentro del grupo de comedias blandas e inofensivas a la vez que olvidables y convencionales hasta decir basta.
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  • Lunas cautivas
    Lunas cautivas
    CineFreaks
    Una birome y una hoja

    Una birome y una hoja en blanco alcanzan para modificar la percepción de la realidad y mucho más si de romper la inercia del encierro de una cárcel se trata para liberarse y hacer de esa reja una chance más que un freno. Esa parece ser una de las consignas invisibles que motorizan este taller de poesía en la Unidad 31 del penal de Ezeiza y que forman parte del marco de Lunas cautivas, documental de la realizadora Marcia Paradiso, ganador del Premio Mejor Documental Nacional en el 14º Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos, entre otras distinciones.

    La puesta en escena intenta por un lado reflejar el contacto intimista de la cámara con las protagonistas, focalizadas en tres poetas, Liliana, Lidia y Majo, durante su proceso de transformación a partir de la palabra y de la poesía dentro del penal para afrontar la inminente liberación en el caso de algunas internas y los contrastes que implican vivir en una cárcel y salir transitoriamente para luego regresar. Para muchos el encierro es una palabra pero para ellas fue y es una realidad.

    El énfasis puesto en el aquí y ahora de cada de una de ellas opera como puente con un pasado ligado a los recuerdos y a lo que en algún momento fueron, donde el vínculo con familias, ruidos, fotos o imágenes son lo suficientemente poderosos para que la palabra viaje, evoque, confronte, llore o anhele. Todo eso teñido de absoluta verdad, franqueza como la que se encuentra en esos textos y cierto orgullo por atreverse a romper los prejuicios de la estigmatización y no aferrarse a los errores cometidos en algún momento.

    El equilibrio entre las historias de vida que llega por fragmentos, sin afincarse en prontuarios o causas judiciales, y los textos poéticos que fluyen en cada encuentro y desde la reflexión sobre la propia poesía o la ajena son la mayor virtud de Lunas cautivas, que además nos acerca a la temática carcelaria con un enfoque distinto al habitual y aporta otra mirada sobre un tópico universal, que si bien ha formado parte del documental de observación desde diversos aspectos, por lo general estuvo siempre concentrado en el mundo masculino.

    Por otra parte y más allá de los elementos catárticos aportados por esta actividad coordinada por María Medrano y Claudia Prado – el equipo de rodaje estuvo presente durante un año en el registro de los talleres- es importante rescatar el valor de la poesía como herramienta liberadora ante el encierro mental cuando las barreras del prejuicio social parecen más sólidas que las frías y anónimas del mismísimo penal.
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  • Esos colores que llevás
    Pasión, emoción y transpiración

    La pasión es algo que no se puede racionalizar ni explicar sin reducirla a un mero estado anímico que mezcla la locura con el enceguecimiento feroz ante cualquier obstáculo de la realidad. Tal vez el lugar más adecuado para llegar a tomar verdadera conciencia de lo que significa no sea otro que el fútbol (ni siquiera el automovilismo o cualquier otro deporte, ya sea individual o de equipo, reúnen estas características).

    El problema radica en ubicar la pasión en otros ámbitos como por ejemplo la militancia política tanto en la coyuntura general como en el microclima particular e interno de un club de fútbol.

    Esos colores que llevás documenta sin otra mirada que la del testigo de un acontecimiento singular y sin precedentes el efecto que genera el amor por un cuadro o el sentido de unión cuando se tiene en claro un objetivo concreto y alejado de toda especulación económica o política que hoy por hoy es exactamente lo mismo.

    El trabajo realizado por Federico Peretti (El otro fútbol, 2009) otorga al hincha anónimo, sin sponsors más que el sentimiento por River Plate, el lugar merecido, esquivando rápidamente los oportunismos y concentrado también en el único y noble objetivo: dejar registrado el proceso de confección de la bandera más larga del mundo dando voz a sus artífices sin distinciones de roles y explotando esa irracionalidad en cada testimonio a cámara, que se suma a las voces de símbolos futbolísticos del pasado para la rica historia de este cuadro centenario.

    Nueve meses de trabajo y de recolección de retazos de trapos que cada hincha aportó –recordemos que en esa época el cuadro de Nuñez intentaba desde la primera B recuperar la categoría-, además de su compromiso y esfuerzo personal, dieron por consumado el desafío de poner a River Plate en el libro Guinnes; recorrer el mundo a través de los medios que se hicieron eco inmediatamente de la hazaña y recuperar la sensación de que lejos de los barra brava y la dirigencia se pueden lograr cosas imposibles como haber llegado a reunir más de 120 mil hinchas el 08/10/2012 desplazados entre la avenida Libertador y Tagle –donde estaba el viejo estadio de River allá por 1923– hasta el Monumental de Nuñez. Una distancia aproximada de 70 cuadras, con una bandera rojiblanca extendida y miles de personas consumando el hito para la historia riverplatense.

    Si algún espectador logra por un momento abstraerse y deja de lado la imagen de River Plate y lo que representa como institución deportiva o club social seguramente entrará en sintonía muy rápido con el trabajo de Peretti, aunque si simpatiza con el millonario mucho mejor aún.

    Lo que debe destacarse es que en Esos colores que llevás no hay jerarquía ni verticalismo a la hora de conocer las voces porque prevalece el hincha por encima del simpatizante o del ex jugador de fútbol para otorgar la verdadera dimensión dentro de lo sociológicamente analizable pero sin escapar ni un segundo de la emoción y la transpiración por lo que se ama.
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  • Turbo
    Turbo
    CineFreaks
    Molusco supersónico

    Las vicisitudes de la distribución local con vistas a ganarse la parada en materia de estrenos para estas vacaciones de invierno alteraron el panorama cinematográfico de la cartelera y en cierta medida dejaron planteada la desafiante carrera de la animación digital con el crédito argentino Metegol frente a los tanques habituales encabezados por Monsters University -que continúa cosechando dividendos-, seguida por Mi villano favorito 2, por el momento líder en taquilla, y ahora sumándose Turbo, este nuevo contendiente de la factoría Dreamworks, globo de ensayo para la promoción de la serie original Turbo F.A.S.T. a emitirse en 2014 por la cadena Netflix.

    No podrá pasar desapercibido -por lo menos para aquellos que tenemos algo de memoria- que Turbo toma prestado –para utilizar un término feliz- de varios films animados conceptos e ideas para solamente aportar la novedad de un caracol amante de la velocidad.

    En primer lugar, el habitante descarriado dentro de su comunidad que va contra el conformismo de la mayoría y quiere ser otra cosa ya había sido explotado en Hormiguitaz (1998) con mejor sustento narrativo, mientras que Cars (2006) asoma no sólo desde la impronta tuerca sino a partir de la presentación de un reducto comercial venido a menos que repunta económicamente gracias a la novedad del molusco supersónico, por no citar además la presencia de cuervos que diezma a la población de caracoles repentinamente al igual que ocurre en Rango (2011) y la más evidente referencia a la lógica de Ratatouille (2007): pequeño que sueña en grande y logra vencer su propia naturaleza en un camino de autosuperación.

    De este desglose pormenorizado entonces cabe preguntarse ¿qué tiene de nuevo Turbo? La respuesta es sencilla absolutamente nada, pero eso no la condena en términos cinematográficos al exilio ni tampoco la ubica en el rincón que acumula polvo en las repisas, aunque si no existiera la apuesta a la serie televisiva sin lugar a dudas en la vorágine de la animación quedaría relegada y rezagada a pesar de su velocidad en pantalla.

    Como decía, el protagonismo recae en un caracol con sueños de grandeza para quien el peligro debe buscarse en la aventura del afuera y no en la comodidad del adentro, en el jardín lindero a una casa donde las amenazas de lo cotidiano son un niño desalmado que pisaría cuanto caracol se cruce en el camino con su triciclo, la cortadora de césped y los cuervos.

    En el garaje de esa casa, una colección de VHS con declaraciones de un corredor francocanadiense alimenta el sueño de Teo de convertirse en su ídolo automovilístico y alzarse con el trono batiendo records de velocidad. Para que ese verosímil se sostenga a lo largo de la trama, que no repara un segundo en todos los lugares comunes incluida la galería habitual de personajes secundarios, léase caracoles de diversa forma y tipo, que en este caso no opacan al protagonista, el elemento anómalo o accidente otorga a Teo la capacidad de mutar en Turbo y gracias al vinculo con un soñador igual que él, el latino de turno llamado Tito, embarcarse en el desafío de correr las 500 millas de Indianápolis.

    últimamente dentro de cierto sector de la crítica que toma las películas animadas no como lo que son sino que intentan analizarla desde el mensaje o contenido cuando es claro que en estos productos eso es un pretexto más que una definición, debería hacerse hincapié en que las ventajas deportivas no se relacionan con el esfuerzo sino con el doping o la presencia de un elemento ajeno a la naturaleza para desarrollar un poder. Eso es lo que ocurre ni más ni menos que con el voluntarioso Teo al tomar primero una bebida energizante que le otorga a su osadía de querer abandonar a su grupo un plus de valentía necesario para romper la inercia del conformismo, pero lo más llamativo es la accidental caída en un motor de autos para que en su organismo ingrese el óxido nitroso y así modificar su ADN en la metamorfosis de Teo a Turbo.

    Caer en este detalle superfluo y focalizar la crítica equivocadamente en el mensaje resulta poco interesante y en detrimento de lo que realmente importa si de animación digital se trata por lo cual la factura técnica y el uso del 3D en las escenas de vértigo en las pistas son el principal atractivo de este híbrido animado de Dreamworks, con muy poco contenido a la vista, que seguramente vaya perdiendo la pole position en lo que a taquilla representa y esperemos que el responsable de ese traspié sea el crédito argentino.
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  • Metegol
    Metegol
    CineFreaks
    La épica de los antihéroes

    Igual que ocurre con el fútbol, el estreno de Metegol, la apuesta más ambiciosa de la animación vernácula hasta la fecha, dividirá las aguas con el público y la crítica en dos sectores: aquellos resultadistas que seguirán atentamente los números de taquilla, compararán estadísticas y tal vez maliciosamente busquen paralelismos frente a otras producciones comerciales de similar envergadura, en contraposición a los que simplemente disfruten y valoren la pasión y las ganas de jugar en las grandes ligas, aspecto que Campanella y equipo conservaron desde el primer minuto hasta el último para construir esta película en 3D con el mismo rigor profesional que cualquier film animado de alta calidad y con la conciencia tranquila de que estaban haciendo lo mejor que podían sin traicionar ideas, identidad, creatividad y ese plus de picardía propio de los que sueñan hazañas imposibles.

    El salto cualitativo de Metegol ante cualquiera de las películas animadas argentinas -e incluso latinoamericanas- es irreprochable y notable porque al conocer las limitaciones propias de la tecnología en un aspecto muy técnico llamado renderización se las han ingeniado lo suficiente para explotar los recursos con los que se contaba, agudizando la capacidad para crear escenas y situaciones con un fuerte despliegue dramático más que desde el impacto visual en sí mismo.

    Por otra parte, si bien el germen del proyecto descansa en el cuento Memorias de un wing derecho de Roberto Fontanarrosa, el relato logra equilibrar el folcklore futbolero gracias al aporte en el pulido del guión del escritor Eduardo Sacheri (junto a Juan José Campanella y Gastón Golari) con el prototípico basamento de la comedia costumbrista que rescata valores y nostalgia, muy propios y ligados al director de El secreto de sus ojos (2009).

    La épica de los antihéroes es uno de los pilares de todas las películas del realizador argentino ganador de un premio Oscar y el ejemplo más cabal que se conecta intertextualmente con Metegol no es otro que el de Luna de Avellaneda (2004), que aparece en la figura del protagonista Amadeo (Voz de Damian Masajnik), quien a modo de racconto narra a su hijo en el presente de la historia un relato con tintes de fábula y -enseñanza o moraleja incluida- que forma parte del corazón de esta aventura en la que unos jugadores de Metegol cobran vida y ayudan a recuperar la dignidad a los habitantes de un pueblo que defiende su identidad ante el invasivo progreso y la avanzada capitalista de un desalmado jugador estrella, hedonista y arrogante (voz de Diego Ramos) que regresa al lugar que lo vio partir en su adolescencia hacia el estrellato para destruir todo vestigio del pasado; todo rasgo de grandeza de hombres comunes como Amadeo o Laura (voz de Lucia Maciel) devenida heroína dentro de la misma estructura épica.

    Lo nuevo versus lo viejo; lo imperfecto y vital frente a lo perfecto y sin alma son elementos presentes en la trama de Metegol, sumado también una fuerte presencia de la argentinidad (habrá que ver cómo se las ingenian los demás países para traspolar localismos) o rasgos costumbristas propios del pueblo pequeño que van a encontrar su universalidad en cualquier parte del planeta.

    Personajes arquetípicos, más que estereotipos animados, forman parte de una galería variopinta donde no falta el jubilado, el gallego, el emo, el gordito simpaticón, el cura y la lista podría extenderse.

    Sin embargo, a la hora de pensar a las estrellas del film que no son otros que los jugadores de plomo, la elección de casting fue más que acertada y cada uno aportó desde su actuación una serie de elementos distintivos de personalidad que se ajustan perfectamente a la representación visual. El trío de los verdinegros encabezado por el Capi (voz de Pablo Rago), el Beto (voz de Fabián Gianola) y el Loco (voz de Horacio Fontova) a quienes se suma luego el Liso (voz de Miguel Ángel Rodríguez) conforman lo mejor del film y son los encargados de aportar el dinamismo complementario para cada escena desde lo compositivo hasta el remate justo en el gag o chiste verbal relacionado casi siempre a la mística deportiva. En cada uno de ellos, con un leve esfuerzo de memoria del espectador adulto, se pueden encontrar reminiscencias de jugadores de fútbol como Tarantini, Luque o Riquelme cuando habla en 3ra persona igual que el Beto.

    En conferencia de prensa, los propios protagonistas explicaron que la técnica utilizada en Metegol difiere de la estándar para las películas animadas, donde se agrega la voz a la imagen y se adapta a las características del actor cada personaje. En este caso, ninguno de los participantes tuvo contacto con el dibujo sino que actuaron las escenas y fueron filmados con diferentes cámaras en ese proceso para luego llevarlas a la animación por lo cual el riesgo a que la empresa no alcanzara el resultado esperado en pantalla una vez finalizada la tarea de los más de 50 dibujantes era mucho mayor e irreversible tratándose del presupuesto mega millonario en juego.

    No obstante, a la altura de los resultados y del conjunto todos estos datos informativos resultan anecdóticos porque lo que debe decirse es que Metegol es una muy buena película no solamente por sus atributos técnicos sino porque dosifica en buenas proporciones todo lo necesario para no cansar al espectador con exhibicionismo gratuito en pos de la historia que mezcla humor, drama, acción y apuntes cinéfilos como el del comienzo en claro homenaje a 2001, Odisea del espacio (1968) o a la escuela Pixar en relación al contraste y choque de mundos en un mismo contexto por no citar una referencia tan obvia como la saga Toy Story (cabe aclarar que ya el cuento de Fontanarrosa desarrollaba la idea de los jugadores de metegol de un club que cobraban vida) en un universo campanelliano de la A a la Z.

    Y todo ese valor cinematográfico se resignifica y sobredimensiona al tener presente el desenlace de la película que por razones obvias no revelaremos aquí, simplemente basta mencionar que permite varias lecturas y ya eso es suficiente para una propuesta de estas características.

    El único obstáculo que se le presenta al film de cara a su estreno y futuro desempeño comercial tanto en el ámbito local como puertas afuera obedece al target femenino que posiblemente no adscriba con tanto entusiasmo el código futbolero por excelencia, que es el corazón fundamental de esta épica de antihéroes, donde se pueden dar vuelta los partidos chivos tan sólo con apelar al trabajo en equipo y en pos de un objetivo en el que no importe el exitismo triunfalista o la individualidad exacerbada cuando detrás de eso no hay nada más que una cáscara artificial y carente de sustancia, condenada al olvido mientras que sigan existiendo los valientes que se jueguen por lo que sienten y lo hagan sin miedo al fracaso.

    Larga vida a esos irremediables gambeteadores de lo convencional.
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  • Post Tenebras Lux
    La burguesía endiablada

    Según el propio director mexicano abucheado en Cannes y mimado por el jurado con el premio al mejor director en 2012 debe tomarse a su película Post tenebras lux como una vasija que cada uno puede rellenar como quiera y sencillamente el contenido de esa vasija no es más ni menos que el cine de Carlos Reygadas desde Japón (2002) y su entrega al naturalismo y a lo salvaje, pasando por la contemplación de Luz silenciosa (2007) a la provocación e ironía de Batalla en el cielo (2005).

    Todo está ahí en ese vacío, vinculado estrechamente con la decadente burguesía mexicana, que ha perdido hasta las ganas de hacer el amor y necesita de la experiencia swinger para recuperar el deseo o de la violencia nada contenida por la propia frustración.

    Esos detonantes estallan de forma no orgánica y caprichosa en el universo organizado por el propio director bajo una impronta un tanto moral que castiga a los malos porque aquí no existen buenos y tal vez el diablo y su cola invisible tengan algo que ver en este estado de anomia y animalidad que supone Post tenebras lux (en referencia al versículo bíblico del libro de Job que reza Después de las tinieblas, espero la luz) donde hasta una canción de Neil young se estropea por la desafinada voz de quien la interpreta o un bolero duele mucho más que lo que puedan transmitir sus palabras al ser destrozado en otro segmento musical.

    Los perros guardan un aspecto simbólico y son depositarios de la miseria humana para que Carlos Reygadas refleje la violencia en el más débil y trate de compensar su perversión e impunidad cinematográfica exhibiendo a sus hijos pequeños, Rut y Eleazar Reygadas, con la inocencia a cuestas, aunque eso no alcanza porque el daño ya está hecho.

    Lo digresivo seguramente espante a un público no acostumbrado a este tipo de cine porque lo que alimenta la trama no son más que viñetas a las que busca extraerse una cuota de verdad o algún momento sublime que en este caso en particular brilla por su ausencia.

    Distinto panorama es aquel que aporta la imagen cuando el director mexicano filma en la quietud de las palabras y deja que el movimiento de la penumbra o los colores que arremeten sutilmente en la imagen narren por sí solos un estado de ánimo, una emoción no contenida o la sencilla vinculación entre el hombre, la naturaleza y un todo metafísico donde bien y mal se unen en una partida de ajedrez eterna.

    La muerte siempre presente y la vida como esa carga insoportable que trata de mitigarse ya sea a través del alcohol, de los vicios o la violencia sin sentido y contra un enemigo poderoso e invisible forman el tríptico que opera con sus propias leyes en esta nueva y perturbadora película del polémico realizador mexicano.
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  • Woody Allen - El documental
    El ojo complaciente

    La perseverancia es uno de los pocos reconocimientos que deben dispensarse a Robert B. Weide, quien tras 25 años intentó convencer al genial Woody Allen para elaborar un documental revisionista de su obra y que tras el visto bueno del artista se dejó eclipsar por su magnética estatua intocable y no ocultó en ningún momento una profunda admiración por el director de Brooklyn.

    Así nació Woody Allen el documental, que llega en versión reducida a pocas pantallas locales con un nombre tan poco ambicioso como lo que se terminó por conseguir, tanto en los 195 minutos originales como en su formato de 113 minutos como llega en esta oportunidad.

    Woody Allen el documental intenta por un lado descubrir al hombre detrás del artista y lo consigue apenas en el repaso biográfico más que en desenfundar las verdaderas máscaras que se siguen multiplicando como parte de la vitalidad de un indescifrable cineasta y autor que no hizo más que filmar películas (casi una por año desde 1965) cuando comprendió tempranamente que debía tener el control absoluto sobre su trabajo para desnudarse emocional e intelectualmente ante un público que muchas veces no lo comprende.

    Es realmente difícil dimensionar al multifacético Allen Stewart Konisberg si no se lo hace a partir de sus mutantes obras, comedias maravillosas, dramas existenciales e híbridos difíciles de clasificar, y de su evolución como autor así como desde su constante proceso creativo, autorreferencial para ir desarrollando sus propias obsesiones a lo largo de décadas y con una envidiable carrera cinematográfica, que a pesar de sus bajas nunca llegó a tocar fondo ni mucho menos.

    Cualquier título mediocre de Woody Allen –los hay, no se puede negar- sometido siempre al tamiz con aquel de Crímenes y pecados (1989), o Zelig (1983) o Annie Hall (1977) es por lo menos superador de muchas propuestas cinematográficas de directores talentosos como él pero esa necesidad de mantenerse vivo es lo que también lo expone y quizás en eso resida su reticencia a mostrarse en carne y hueso. Sabido es que tiene fobia a las entrevistas y a las conferencias en festivales, también descree de los elogios y los premios.

    Desde el punto de vista cinematográfico, los méritos propios de este documental se agotan de inmediato al apelar al relato compartido por cabezas parlantes de un seleccionado de aduladores –no falta ninguno- encabezado por actores, productores, algún que otro crítico y sus musas femeninas, que no aportan nada significativo ni novedoso al retratarlo tanto en su rol de director como de actor o sencillamente en lo que a su vida privada respecta.

    Quien sí busca analizar sin tanto cholulaje encima y obsecuencia es Martin Scorsese porque logra establecer el equilibrio justo y ubicar en el contexto a un personaje muy complejo, incluso desde su particular manera de trabajar con sus películas.

    Es notorio que si bien Weide tuvo acceso total a la intimidad de Woody Allen (dos años siguiéndolo a sol y a sombra) jamás logró llegar a Woody Allen sin dejarse arrastrar por sus comentarios lúcidos y la seducción de su inteligencia, así como sucumbir frente a esa humildad que no parece a esta altura tan transparente o genuina.

    Lo que no puede negarse y sobre todo en perspectiva es que estamos frente a una persona auténtica y única en su especie, que sigue aún despertando pasiones en la cinefilia, odios, envidias, admiración pero que nunca terminará por definirse ni encasillarse en un panorama cinematográfico cada vez más predecible y servil a las dictaduras de los públicos y sus gustos.

    Para aquellos espectadores dispuestos a reencontrarse con quien fuera durante varias décadas un transgresor con mayúsculas y no desde la pose o la impostura encontrarán en este documental los orígenes de esa rebeldía, aunque sin grandes revelaciones. En cambio, quienes pretendan configurarse de algún modo quién es Woody Allen, absténganse y hagan el esfuerzo de buscar sus películas porque en definitiva su esencia se encontrará siempre allí.
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  • Cirquera
    Cirquera
    CineFreaks
    La memoria equilibrista

    Y ahí va en vaivén la memoria y el recuerdo de Diana Rutkus en busca de su infancia y su escasa pero intensa experiencia como hija de padres dedicados al circo, madre trapecista y padre domador de leones, quienes hicieron de su juventud y de su pasión heredada de sus propios padres más que un oficio una manera de vivir en muchos lugares y en ninguno a la vez, a bordo de una casa rodante y una carpa en la que desarrollaban todo su arte.

    Para Diana viajar a su pasado desde lo fragmentado y caprichoso del recuerdo, fotos encontradas entre otros elementos, grabaciones magnéticas donde se escucha su cálida voz infantil, junto a su hermano, implica un fascinante y a la vez agotador trabajo de entrega emocional pero también de reflexión para llegar a comprender que desde muy pequeña se diferenciaba del resto de las chicas y que parte de ese viaje la marcaría para siempre.

    Si bien al cumplir los seis años ese idilio para ella se cortó drásticamente dada la situación económica familiar que obligó a abandonar la vida nómade por otra mucho más asentada pero menos interesante, tomar contacto con el circo supone también un reencuentro diferente con sus padres, ya jubilados y retirados de la adrenalina y éxtasis de la carpa llena, alcanzados inevitablemente por la fatiga de los años. Hoy esa casa con ruedas guarda polvo, desorden y tristeza pero algo la retiene en el fondo para que aún no hayan podido deshacerse de ella.

    El tono intimista y no revisionista elegido por Andrés Habbeger y la propia Diana Rutkus para desplegar la propuesta de Cirquera es lo que hace de este documental su originalidad más allá de transitar por un mundo un tanto desconocido para el público en general aunque también limitado y anecdótico.

    No obstante, en ese ida y vuelta que acumula testimonios ligados a la vida circense, material de archivo familiar muy rico y alguna que otra filmación de un espectáculo perdido, se perciben retazos de un mundo singular y ya extinto por los cambios culturales y por la forma de entender lo circense dentro de la dinámica del universo del entretenimiento.

    Circo conecta en Cirquera con alegría, emoción, cuerpo y dolor en las mismas proporciones cuando entra a tallar el paso del tiempo como el único filtro de la realidad pero también en esos ojos encendidos se enquista la infancia de cada uno de nosotros como la de un espectador privilegiado ante algo inexplicable y mágico, que solamente se puede experimentar cuando la sensibilidad vence a la razón.

    En Cirquera conviven finalmente dos homenajes: el que celebra una manera de vivir no convencionalmente, asumiendo los costos de esa soledad buscada, y el del oficio que deviene pasión y jamás deja de existir siempre que alguien lo recupere.
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  • El chef
    El chef
    CineFreaks
    ¿Otra vez sopa?

    No hace falta tomarse mucho tiempo para comprender de qué va la trama de El chef, comedia francesa vetusta y rancia, solamente amparada comercialmente por la presencia estelar de Jean Reno, quien lamentablemente ha dejado de brillar hace tiempo y transmite un cansancio en pantalla un tanto preocupante.

    Para seguir con términos relacionados a lo culinario debe decirse que El chef, dirigida y escrita por el actor Daniel Cohen, carece de aderezos que la doten de cierta frescura o humor y principalmente porque los protagonistas son como el agua y el aceite: no hay química entre ellos y en ese juego de opuestos -muy opuestos- se nota.

    Alexandre Lagarde es un chef exitoso que en la actualidad pende de los caprichos de su jefe a quien vendió la franquicia de sus restaurantes y que busca por todos los medios que le ceda el control absoluto para incorporar al negocio otra gente más joven. Mientras que Jacky debe encontrar un trabajo para mantener a su futuro hijo y asegurarle a su novia un futuro donde su sueño de convertirse en chef y codearse con los grandes como Alexandre no encaja. Pero todo cambia cuando el azar se cruce en su camino y tenga la posibilidad de mostrar su talento.

    La curva de aprendizaje es el elemento común entre ambos, por un lado para Alexandre Lagarde (Jean Reno) haber conocido a Jacky Bonnot (Michaël Youn) implica recuperar el espíritu y los sabores del pasado cuando las críticas apuntan a que a pesar de su reputación como un chef tres estrellas se repite de manera constante y no se adapta a la nueva cocina, y por otro es Jacky quien sacará de esta relación la mejor tajada al cumplir el sueño de trabajar junto al hombre que admira y de quien conoce vida y obra en calidad de espectador autorizado y cocinero amateur.

    Así las cosas, estos dos mundos se cruzan en el universo culinario y de esta manera entablan una unión de fuerzas para sacar a flote el restaurante de Lagarde que puede pasar a manos de la competencia si es que recibe una mala crítica.

    Elemento débil desde el guión para cohesionar la historia y justificar la unión. No hay escena graciosa que funcione en este relato vacío, ni siquiera en el momento de Santiago Segura, quien personifica a un experto en cocina molecular e intenta infructuosamente aggiornar al protagonista para que abandone la cocina prehistórica. Sin embargo aquello que necesita aggiornarse en este caso es la propuesta, dado que no logra desplazarse un ápice del estereotipo y mucho menos adquirir un ritmo constante para no bostezar.
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  • Paisajes devorados
    La otra locura

    Rémoro rememora y en el balbuceo de sus pensamientos se vislumbra un atisbo de idea o reflexión sobre el cine y la vida. Y si de cine y vida se trata porqué no hablar de una de las mayores obsesiones del realizador Eliseo Subiela que ya abordara a los locos en aquella memorable Hombre mirando al sudeste.

    Ese podría ser el título de un film de este paciente encontrado por unos estudiantes de cine en el Hospital Borda, quien dice haber sido director de cine.

    Rémoro Barroso en realidad vive en el espíritu intacto del documentalista santafecino Fernando Birri, quien actúa con la espontaneidad adecuada para hacer del registro del falso documental que propone Paisajes devorados algo verosímil pero lamentablemente todo lo que lo rodea en esa puesta en escena es por lo menos artificioso, incluida una mala elección de casting para el rol de los estudiantes que llegan en busca de un documental sobre el misterioso anciano que lanza máximas al aire sin que su barba blanca oculte su manera de entender el cine y la realidad desde su aparente locura.

    Es Subiela quien habla bajo el pretexto de la ficción, con la filmación en digital HD y Birri quien da forma a un manifiesto que podría integrar cualquier postulado cinematográfico para un estudiante que se acerque a la pasión del cine y de la dirección de películas sin temor a la locura.

    Sin embargo, la locura entendida como la ruptura de los convencionalismos que encorsetan la percepción de la realidad es mucho más prolífica y atractiva para ser contada que aquella que deambula en los pasillos de un manicomio.

    Hay buenas ideas en esas máximas de Rémoro que giran en torno al cine, al sueño, al tiempo, a la realidad en contraposición con la ficción, apuntes que no encuentran un cauce sólido en este opus del creador de El lado oscuro del corazón aunque debe destacarse que por momentos ese extraño y fascinante mecanismo que conecta al cine con la verdad aparece gracias al talentosísimo Fernando Birri.
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  • Calles de la memoria
    El recuerdo paso a paso

    ¿Será el contexto aquel espacio donde se delimita la memoria? O ¿puede ser la memoria la que resignifique el contexto? Lejos de encontrar una respuesta inequívoca cuando se trata de construir el errático mecanismo de la memoria y el recuerdo se está en presencia de un proceso que no acaba jamás; un fragmento flotante del pasado conectado con una Historia y muchas pequeñas historias a su vez entrelazadas y dispersas, que luchan denodada y desigualmente contra dos enemigos invisibles: el olvido y el tiempo.

    ¿Cuándo hay tiempo para recordar mientras la vida transcurre? Esa pareciera ser una excusa que esgrimen aquellos que no quieren recordar y a partir de esa negativa y de su contrapartida activa, múltiple, contradictoria, emocional es que se abren las puertas a la reflexión sobre la representación de la memoria desde la imagen y desde el imaginario social, elemento unificador de esta experiencia documental de la realizadora Carmen Guarini, Calles de la memoria, proyecto que se concreta gracias al apoyo para documentales digitales del INCAA y que se exhibirá en la Sala Lugones del teatro Gral San Martin como parte de una retrospectiva de la directora, quien junto a Marcelo Céspedes crearon en 1986 (al regresar al país democrático de 1983) Cine ojo.

    La originalidad de esta obra obedece en primera instancia a la manifiesta intención de exponer el proceso creativo de un grupo de estudiantes extranjeros de un taller documental bajo la consigna de registrar la puesta en escena del paisaje urbano en el que comenzaron a aparecer en determinados barrios baldosas conmemorativas de los desaparecidos. Cada una de ellas pertenecientes a una identidad, con su fecha en el momento de su desaparición y con alguna alusión breve hacia su persona o rol social.

    La iniciativa responde al trabajo de un conjunto de personas que integran Barrios por la memoria, encargados de un minucioso trabajo de investigación y de la elaboración y confección de las baldosas, quienes siguen soportando a veces la indiferencia y otras el enojo de transeúntes o vecinos que no desean ser invadidos ni confrontados con el pasado, ni mucho menos con los reflejos del terrorismo de Estado.

    Paradójicamente hay quienes pisotearon las identidades porque gran parte de la historia argentina reciente nace y muere en las calles; en los rincones de algún barrio por donde transitaron miles.

    Carmen Guarini deconstruye el proceso de la memoria al utilizar la distancia y la aproximación como elemento dialéctico y lo más significativo es que los protagonistas sean estudiantes extranjeros con miradas nuevas ante un fenómeno social que les resulta ajeno desde su propia historia pero no indiferente al comprometerse desde su propia subjetividad con el entramado creativo y problematizar la representación. Esa problematización de los estudiantes también encuentra sus aspectos refractarios en los interesantes debates entre los actores sociales involucrados, en los que lejos de enfrentar una verdad única y aglutinante aparecen muchos matices y reflexiones que enriquecen el camino elegido por la directora.

    En un segmento de este interesante viaje por los andariveles de la representación se arriesga la idea de que la sumatoria de muchas partes no representa el todo sino que precisamente obligan a que la búsqueda por abarcarlo no cese nunca.

    Mientras esa búsqueda persista como el mismo recuerdo para ganarle al olvido valdrá la pena el esfuerzo, el dolor que implica recordar así tiene sentido y trascendencia.
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  • César debe morir
    Antes y después del encierro

    Desde que conozco el arte, esta celda se ha convertido verdaderamente en una prisión, reza la elocuente frase de uno de los protagonistas de César debe morir, documental que los hermanos Paolo y Vittorio Taviani presentaran en Berlín con la obtención del premio máximo y que ahora llega a nuestro errático panorama de la distribución cinematográfica local con calurosa bienvenida.

    La cárcel conoce historias de traiciones, lealtades, alianzas, violencias y deshumanización y por eso retomar la tragedia que hace casi cuatro siglos escribiera el dramaturgo inglés William Shakespeare, Julio César, cobra un verdadero significado dada su universalidad así como transformar a una cárcel, espacio acotado si los hay, en un lugar para el ensayo y la interpretación de una obra de teatro a cargo de los propios reclusos sin vocación actoral.

    Al estructurarse la puesta en abismo que sigue paso a paso los ensayos, las discusiones frente al texto y las propias internas de los participantes, los directores italianos (octogenarios debe decirse) aportan un enfoque bastante original para desplazarse en el ámbito carcelario cuando frecuentemente desde el cine documental o la ficción prevalece el estereotipo o la distancia entre los condenados y la cámara pero también en el recorte parcial de la realidad, algo inevitable si de cine se trata.

    El mérito es haber encontrado la grieta o el hueco por dónde mirar y atravesar el alma de los presidiarios, muchos de ellos con penas de cadena perpetua, homicidios y vínculos directos con la camorra que encuentran la catarsis en el proceso de preparación teatral pero también el despojo de las máscaras para desnudar su propia historia de vida antes y después del encierro. Ese operativo de la emoción no forzada aunque a la vez de la impostura en la actuación permanente frente a una cámara testigo por momentos desencaja y sorprende cuando emerge verdad, angustia y cuerpo.

    En el rostro apagado de Giovanni Arcuri seleccionado en un singular casting por el director de la obra se vislumbra esa terrible contradicción que es la condición humana en sí misma, lo más sublime y lo más miserable en su mirada tajante. Algo similar queda para el argentino Juan Bonetti, elegido para interpretar a Decio, quien es nada menos el encargado de la muerte de Julio César para comprender todo lo que está en juego en esta actividad que propone la liberación dentro del propio encierro.

    El comienzo que en realidad cronológicamente se ata al final nos muestra un escenario y actores en escena en el último acto de la tragedia shakesperiana que estalla en un aplauso del público y en un grito guerrero para auto determinarse sin que sospechemos que una vez que la furia se disipe y la alegría se apague quedarán las rejas y el silencio.

    Por fortuna existe este tipo de películas que logran por momentos que esos barrotes desaparezcan y que los hombres detrás de las rejas recuperen aquello que los hizo hombres: la voluntad, la imaginación, las ganas de vivir.
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  • El llanero solitario
    Vino Toro, el llanero no

    El llanero solitario no es pirata del Caribe a bordo de un caballo. Ahora bien la pregunta incómoda: ¿se sostenía Piratas del Caribe sin Johnny Depp? Hay que sincerarse y formar una mirada en perspectiva para encontrar la respuesta porque muchas de las secuencias de acción de aquella trilogía cobraban particular sentido gracias a las morisquetas y acciones corporales del actor que en este nuevo personaje que extrae algo de Toro (Tonto del original) se carga el film de Gore Verbinski y opaca a todos, incluido al insulso Armie Hammer, a quien el papel de llanero solitario le queda tan grande como el presupuesto volcado para esta fallida operación rescate del ícono televisivo.

    El serial del llanero solitario, quien ya había sido transportado al cine en dos ocasiones, guarda un estrecho vínculo con la infancia de muchos de nosotros que acompañábamos nuestras meriendas frente al televisor blanco y negro para ver siempre la misma historia donde había un indio, un vaquero con antifaz y un caballo blanco peleando contra villanos desalmados y codiciosos.

    Eso era todo y alcanzaba pero claro el cine la necesidad de sorprender y de doblar la apuesta para que el producto final sea rentable es mucha y el riesgo igualmente proporcional a la inversión.

    Por lo tanto hay que decir que la mala decisión de haber apelado a un tono paródico frente a una figura heroica y muy vinculada a nuestra infancia y nostalgia no ha dado los resultados esperados y eso se nota en el exceso, el alargamiento sin sentido de una trama muy poco atractiva y que a pesar de las vueltas de tuerca siempre en el terreno de la obviedad no agrega nada al producto final.

    El film se toma mucho tiempo en desarrollar el pasado y el presente de este funcionario de la justicia devenido justiciero que debe convivir con su yo del deber ser y el deseo de venganza por la muerte de su hermano en contraste con la historia mucho más atractiva de un indio que en el presente es una atracción de circo y en el pasado representante de una cultura aplastada por el hombre blanco, la codicia y el progreso simbolizado en el tren y en la extracción de plata.

    No hace falta agregar ni contar nada sobre la historia que entrelaza como parte del guión el recuerdo de un Toro ya anciano ante un niño que actúa de interlocutor en complicidad con el espectador.

    La acción llega con un abuso del digital para poner en ridículo a otro símbolo como el caballo plata y el subtexto permanente de la parodia y la burla se encargan del resto.

    El llanero solitario no cumple ni siquiera con el objetivo primordial de la aventura básicamente porque la composición de Johnny Depp opaca todo, para bien y para mal.
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  • La pasión de Michelangelo
    No apto para creyentes

    Muchas veces las películas se terminan malogrando por falta de concepto o malos finales. Un desenlace mal elaborado o al menos mal resuelto modifica en su conjunto el paquete presentado porque el moño es más importante que el envoltorio y en cine el envoltorio se ve antes que el contenido.

    Si de contenido se trata, lo primero que podemos afirmar es que La pasión de Michelángelo, segundo opus del chileno Esteban Larraín – no tiene parentesco con Pablo Larraín- transita por los carriles del cine político a partir de un hecho verídico acaecido en los años 80 en plena dictadura pinochetista, que tiene su epicentro en un pequeño pueblo, cerca de Valparaíso, protagonizado por un adolescente de 14 años, huérfano, quien aseguraba tener una conexión directa con la Virgen Maria, al hacerse portador de un don que le permitía comunicarse para dar cabida a sus mensajes.

    El vidente de Piedra blanca arrastró la concurrencia de miles de fieles, movilizó a los medios de comunicación que explotaron la noticia desde sus aristas religiosas, amarillistas y escapistas de una realidad atravesada por un clima social y político convulsionado, que rápidamente se ajustó a un contexto propicio para manipular desde las altas esferas del poder la relación intrínseca entre la fe y la esperanza cuando la necesidad de creer en tiempos difíciles es mucho más necesaria y redituable.

    La trama avanza por contraste de dos puntos de vista: el del cura vicario Ruiz Tagle (Patricio Contreras), quien es enviado por las autoridades eclesiásticas a investigar y corroborar el acontecimiento de señales milagrosas para oficializar el acontecimiento en el orden institucional y el punto de vista de Miguel Ángel (Sebastián Ayala), el muchacho que se ha convertido de la noche a la mañana en la sensación mediática y en el títere perfecto de la política para amansar las ovejas del rebaño, quien lejos de mostrarse humilde ante sus pares y la comunidad exhibe su vanidad y se rodea de oropeles y un séquito obediente desafiando a su autoridad.

    Todas las condiciones de un thriller religioso están servidas en bandeja teniendo presente la obviedad de un personaje con crisis de fe, a la sazón el jesuita Ruiz Tagle, en pleno trabajo de investigación ante las sospechas de fraude y engaño colectivo a manos de un falso profeta, con un trasfondo político que salpica tanto a la iglesia como al Estado y desde una mirada que no juzga y reflexiona el fenómeno pero que no logra despegarse del esquematismo y el estereotipo.

    Sin embargo , La pasión de Miguel Ángel comienza a trastabillar una vez que todas las cartas se exponen en la mesa y ya no queda mazo por repartir en la caprichosa dialéctica de las compensaciones para no tomar ninguna dirección y despejar la saludable ambigüedad que una película de estas características necesita para tener sentido y coherencia. Ese defecto, que hace a la esencia del film, estalla promediando el final y entonces todo aquel andamiaje revestido de cierta sutileza y prolijidad se desmorona y precipita al abismo de la mediocridad de una manera gratuita y realmente muy poco creíble para dar cuenta de ese recurso facilista paradójicamente llamado la máquina de Dios.

    Da toda la sensación de que el realizador chileno no supo separar la impronta emocional con la distancia y rigor racional para sumergirse en un terreno difícil como el de la fe y mucho menos alcanzó a sugerir, bajo su enfoque manifiestamente no religioso, alguna brecha que fuera lo suficientemente atractiva para dejar la semilla de la duda planteada en el espectador, sin ofender su creencia pero sí descreyendo de los modos en que puede manipularse a los creyentes, algo que resulta universal y no inherente a la idiosincrasia de un pueblo o nación.
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  • Bárbara
    Bárbara
    CineFreaks
    Entre la represión y el deseo

    Ciertas características de thriller psicológico y drama intimista atraviesan el pequeño, pero bien construido, mundo de este opus alemán del director Christian Petzold (Jerichow, 2008), uno de los referentes a la hora de hablar de una nueva corriente en el cine alemán.

    El contexto de Bárbara, título que además da nombre a la protagonista interpretada nuevamente por la sensual Nina Hoss, es nada menos que la Alemania post nazismo y en vías de la futura aniquilación del Muro de Berlín, que separaba a la parte Oriental de la Occidental marcando divisiones muy fuertes entre los ciudadanos, que iban más allá de las ideologías políticas.

    Así las cosas, tras cumplir una condena carcelaria por motivos que el film no devela, la médica Bárbara acepta trabajar en un hospital provincial junto al doctor André (Ronald Zehrfeld), quien llega a ese lugar más que como elección personal por un problema en el pasado que lo conmina a quedarse allí. Si bien la mujer se dedica sencillamente a su trabajo con diferentes pacientes, entre ellos, una joven prisionera llamada Stella (Jasna Fritzi Bauer), quien encuentra en las internaciones el escape ideal y un joven con tendencias suicidas, comienza a surgir entre ambos colegas una sutil atracción, producto de compartir horas de trabajo.

    Sin embargo, los planes de Bárbara más allá de su vocación médica incorporan a un tercero en discordia, un novio con quien planea fugarse de Alemania a Dinamarca y que aporta un vértice importante en esta suerte de triángulo amoroso, aunque este detalle no ocupa el centro de la trama sino la periferia porque la historia se focaliza principalmente en los conflictos internos de la protagonista, quien se debate entre el deber ser para con la profesión y el deseo por querer modificar su mundo y empezar de cero.

    Hay cierta disparidad en lo que se refiere al progresivo avance del relato y su correspondencia desde el punto de vista visual con un fuerte trabajo de la imagen que acuña un estilo plástico compuesto por colores intensos (rojos, azules) para ilustrar escenas y quitarle una pátina de absoluto realismo y naturalismo a un film que abraza el clasicismo en cada uno de sus intentos por desarrollar la historia.

    El realizador alemán contó con la ayuda de otro director conocido, Harun Farocki, para escribir el guión que apela a la sutileza y a la escasa información para que las piezas del rompecabezas se vayan acomodando, pausada pero ininterrumpidamente.

    Bárbara es un film también sobre el mundo femenino, la represión del deseo y desde su costado más político un interesante modo de reflejar el estado de paranoia social cuando el Estado opera entre las sombras o simplemente actúa sin esconderse.
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  • La huella del Doctor Ernesto Guevara
    Socialudo y viajero

    Huella y viajero son palabras que deben ir de la mano y que muchas veces no se encuentran nunca en la dialéctica del tiempo. Quien viaja, explora, conoce, transita, es aquel que no se estaciona en ninguna parte y avanza o retrocede sobre sus propios pasos, pero lo único que deja presente es esa marca o huella por cada lugar en el que estuvo.

    Ese es de cierta manera el leitmotiv de este interesante documental La huella del doctor Ernesto Guevara, de Jorge Denti, que toma como punto de partida los dos periplos realizados por el joven médico Ernesto Guevara entre 1952 hasta 1956 junto a su inseparable ladero Alberto Granado (a quien está dedicado este documental) y Galica Ferrer, otro de sus inseparables compañeros de aventuras por la Latinoamérica profunda, pobre y cruel, por la cual viajaron durante varios años antes de que germinara la idea revolucionaria primero en Guatemala y luego al conocer a Fidel Castro y el embrión de lo que tras su partida a la revolución se terminaría transformando en el Che Guevara.

    Si bien la estructura elegida por Denti responde a los códigos del documental más clásico, alternando con un montaje material de archivo, fotos y entrevistas a distintos testigos que dan cuenta de un retrato a primera mano de aquel joven socialudo y viajero -como el propio Guevara se definió en uno de sus escritos- terminan trazando el camino no cronológico para ilustrar anécdotas y experiencias fascinantes en las que se desprenden las primeras características de su profunda convicción y transformación personal, a lo largo de su contacto con los sectores más golpeados e invisibles de los países latinoamericanos condenados por la lógica capitalista a la que debía combatirse desde el primer minuto.

    Así, el trabajo de investigación en alergia; la aguda observación de los modos de vida; la enorme sensibilidad poética para mirar la realidad y no ver simplemente quedan plasmados en los 124 minutos en los que además aparece, a partir de la voz en off, el espíritu de Guevara y de su prosa a la hora de comunicar sus vivencias, miedos, contradicciones y emociones.

    Los pequeños fragmentos de cartas a su madre, a su amiga Tita, en complemento con los testimonios de las diferentes cabezas parlantes seleccionadas con rigor para aportar distintos matices y ángulos en la construcción del personaje suministran la información necesaria para aquel espectador que desconocía la historia y los orígenes del Che, así como funcionan de elemento que evoca y llama a la nostalgia para todo aquel que sí había tenido cierto contacto con su pasado y sobre todo con los comienzos en los que la vocación y el compromiso médico fueron mutando con el correr de una vida agitada a otra vocación mucho más trascendente: la de revolucionario y hombre internacionalista.
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  • La cacería
    La cacería
    CineFreaks
    La mirada ajena enajena

    El danés, otrora sindicado como uno de los representantes más importantes del Dogma 95, Thomas Veinterbeg ya hace tiempo que transita por otros territorios ríspidos pero no por ello menos atractivos desde el punto de vista cinematográfico, rayanos con la incorrección política siempre reivindicada por el cine convencional o aquel que busca el consuelo redentor de Hollywood para no ventilar las miserias humanas.

    La cacería (título poco feliz para un traducción que en realidad debería haber sido La caza) es un drama social sin moralina barata ni anestesia para espectadores que con frecuencia reaccionan de manera negativa ante propuestas en los que los maniqueísmos quedan absolutamente sepultados por las aristas y los reveces de la condición humana.

    Quedarse con la anécdota de esta historia que propone no un enfoque unidireccional sino precisamente ambivalente, caleidoscópico como si se tratara de un prisma que refleja distintos niveles de realidad se acomoda en el incómodo resquicio entre las víctimas y los victimarios anticipándole desde el primer minuto al espectador la inocencia de un hombre acusado de abuso deshonesto a la hija de su mejor amigo, quien junto a otros niños convive con el acusado durante unas horas en su trabajo de una guardería.

    Lucas (Mads Mikkelsen) es un padre divorciado que lucha por la tenencia de un hijo adolescente, Marcus (Lasse Fogelstrøm), y con la intención de recomponer esa relación comienza a trabajar en la guardería ya mencionada porque además le gusta el contacto con los niños pequeños. Su predilección por la hija de su amigo Klara (Annika Wedderkopp) es evidente, aunque nunca existen indicios de segundas intenciones.

    Sin embargo, la pequeña al no sentirse correspondida por Lucas y tras un límite impuesto por el adulto experimenta una reacción negativa y su enojo se convierte en fabulación. A partir de los dichos de Klara, quien bajo presión de la directora y de su propia madre, vacila pero confirma un encuentro sospechoso, la vida del sospechado cobra un vuelco de 180 grados sin ninguna chance de defensa ante el escarnio social que lo sume en una pesadilla sin retorno.

    Fiel a la idea de poner la otra mejilla, Lucas se resigna ante las infundadas acusaciones de pedófilo como una presa acorralada por la mirada ajena que ya lo estigmatizó a pesar que Klara resulta contradictoria en sus nuevas declaraciones.

    El director de La celebración (1998) ensaya en este film un tratado sobre la mirada de los otros cuando lo que menos está en juego es precisamente la búsqueda de la verdad y si bien no terminan condenando a su protagonista tampoco lo redime en su lucha desigual haciendo de este relato algo mucho más crudo y verosímil porque el espectador conoce pormenorizadamente todos los hechos y saberse depositario de esa verdad automáticamente lo involucra desde su condición de público pasivo, una pieza más del engranaje de la maquinaria social amparada en la hipocresía de la estigmatización.

    El planteo radical de este opus no complaciente resulta por un lado perturbador y por otro esclarecedor acerca de un tema considerado grave y serio que desde la dialéctica cinematográfica la mayor cantidad de veces se somete bajo las coordenadas de la venganza y el maniqueísmo poco interesante en materia conceptual.

    Todo está servido en bandeja para la reflexión y la mayor virtud de esta película se esconde recién en el clímax y en un desenlace absolutamente coherente y orgánico como este audaz trabajo requería para dejar una huella indeleble en cada uno de los espectadores.
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  • El hombre de acero
    Del superhéroe al hombre

    Hay dos modelos de Superman que pugnan en El hombre de acero, pensada bajo la prédica de Christopher Nolan y sus particulares enfoques filosóficos sobre la figura del héroe y dirigida, así como ejecutada visualmente, por el creativo Zack Snyder. Es decir, que esta nueva franquicia que procura reinventar a la creación de los años treinta, que luego llegara a la pantalla grande para convertirse en icono cinematográfico y arquetipo de héroe, intenta la alquimia entre el Superman de acción y el filosófico con su planteo existencial detrás.

    Empresa desafiante si las hay para tiempos en que Hollywood ya no sabe cómo reciclar fórmulas sin repetirse y donde la idea de industria como negocio multimillonario se liga directamente al cine en su carácter de fuente de entretenimiento y espectáculo de masas más que a nivel artístico.

    La primera novedad se resume en el alto grado de dramatismo e intimidad que atraviesa el universo de El hombre de acero durante 143 minutos –quizás se pueda objetar la excesiva duración- en el que conviven un relato de tipo iniciático como el propuesto desde Batman inicia (2005) a un film de ciencia ficción y acción al estilo Hulk (2003) o Los vengadores (2012). Esa curva iniciática expone desde el punto de vista narrativo el inteligente recurso de la fragmentación de tiempo pasado y presente para introducir los necesarios flashbacks y así reconstruir los hitos que marcan el nacimiento del héroe y su transformación hacia el desenlace del relato.

    La mirada Nolan –por bautizarlo de alguna manera- explora y refleja las fisuras y aristas del conflicto moral por el que debe atravesar el extraterrestre kriptoniano al haberse criado en la Tierra en compañía de la raza humana, infinitamente inferior y débil en relación a cualquier espécimen proveniente de su galaxia ya extinta. El planteo moral dinamita de forma racional los preceptos religiosos más puros pero se arraiga en los mandatos paternos desde dos focos complementarios: la ley de Jor El, padre biológico de Kal El –Superman- interpretado por un correcto Russell Crowe y aquel código ético impuesto desde las enseñanzas a Clark Kent por su padre de corazón, en la piel del siempre eficiente Kevin Costner, granjero de Kansas quien junto a su esposa (Diane Lane) se encargaron de integrar, proteger y a la vez ocultar a este niño llegado desde el espacio y en quien se deposita nada menos que la esperanza de salvación de la humanidad.

    Lo que realmente hace efectiva esta suerte de transformación del personaje desde el aprendizaje y a partir de asumir su calidad de outsider eterno (cada vez que descubre uno de sus poderes ante sus pares humanos debe huir a otro pueblo y comenzar nuevamente de cero) es haber encontrado el equilibrio justo entre infancia, adolescencia y adultez bajo la órbita del mismo conflicto interno: la soledad del héroe.

    El Superman de Nolan y Snyder es un Hombre de acero por su voluntad a prueba de las debilidades humanas; su carácter de hombre superior a todos es la capacidad de empatía emocional con el dolor del otro y la exteriorización del propio sufrimiento y sentimiento de culpa cuando no está a la altura de las circunstancias, sin menoscabar claro está los aspectos racionales que son fundamentales para tomar decisiones ante situaciones límite como aquella que experimenta el niño cuando el micro escolar que lo transporta, junto a sus compañeros de curso, se precipita al agua y sin su intervención hubiese significado la muerte de todos esos niños que descubren sus cualidades en vivo y en directo.

    Superada esta lectura, debe avanzar el análisis a lo que en materia cinematográfica nos atañe y fundamentalmente en relación al estilo y estética del film, la cual abraza la idea de comic, camuflado en una historia de invasión extraterrestre con el propósito de conquistar el planeta Tierra, para desarrollar toda la seguidilla de momentos y secuencias de acción, utilizando al máximo la digitalización para destruir literalmente la ciudad de Nueva York en una pelea cuerpo a cuerpo entre el protagonista y su antagonista el general Zod (Michael Shannon).

    La balanza no se inclina para ningún costado de manera manifiesta, pues cada vez que surge una secuencia de carácter intimista con fines de desarrollo dramático sin sobre explicaciones, con una banda sonora muy acorde a las situaciones -donde por momentos Hans Zimmer se disfraza de Clint Eastwood- arremete otra cargada de caos, destrucción y despliegue visual haciendo gala de un diseño y coreografías complicadas, pero que se comprenden en la imagen y se sienten en el cuerpo como los golpes que cada uno recibe en pleno combate, donde los militares y los humanos se ven relegados en calidad de testigos.

    Las bondades del 3D para una película que no fue pensada para explotar este formato no aportan demasiado a la pirotecnia visual que estalla sobre todo en la batalla final, no ocurre lo mismo en el comienzo que tiene como marco un enfrentamiento galáctico en el propio planeta de Superman, a quien el actor Henry Cavill le encuentra el sayo justo para calzarse e impregnarlo de humanidad, a pesar de la inexpresividad de su rostro.

    Algo similar ocurre con la buena elección de Amy Adams para probarse el traje de Lois Lane, en las antípodas de la insípida Kate Bosworth de la olvidable Superman Returns (2006) y mucho más protagonista en la historia que la reconocida Margot Kidder de fines de los 70. Esta nueva versión que supera con creces la idea de interés amoroso para convertirse en personaje de mayor intensidad, que lucha en un mundo de hombres, genera un lugar distinto para las mujeres en este relato predominantemente masculino.

    Para aquellos que no comulguen con la concepción Nolan encontrarán consuelo en la estética Snyder absolutamente presente en cada plano. No obstante, quienes hayan disfrutado de la renovada trilogía de Batman a partir de haber tomado la posta el director de Memento se reconciliarán y regocijarán con esta nueva incursión que seguramente depare más sorpresas en el futuro e inaugure un antes y un después de este icono del comic y del cine.
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  • El gran casamiento
    La gran familia conservadora

    El matrimonio y sus votos conllevan sus crisis pero al final siempre termina triunfando el amor. Ese es el mensaje de esta simpática aunque no deslumbrante comedia El gran casamiento, remake del film suizo de 2006, Mon frere sa marie, de Jean-Stephane Bron, cuya particularidad es en definitiva su única virtud: un reparto de lujo en el que se destaca un Robert De Niro ajustado y contenido en base a su galería de tics a los que nos tiene acostumbrados.

    De Niro se complementa con otros actores de la talla de Diane Keaton, Susan Sarandon y Katherine Heigl, secundados también por un desaprovechado Robin Williams en el rol de cura católico que deberá casar al hijo adoptivo de De Niro y su ex esposa interpretada, por Diane Keaton, Alejandro. Alejandro (Ben Barnes) está a punto de casarse con Missy (Amanda Seyfried), hija de una familia conservadora que ve con prejuicio a los latinos como él, pero que harán el esfuerzo por conocer a su futura consuegra y a la hermana del novio, invitadas para encontrarse con los padres adoptivos de Alejandro, sus hermanos Lyla (Katherine Heigl), abogada y soltera y Jared (Topher Grace), médico y soltero también.

    El énfasis puesto en la soltería no es una redundancia a los fines de esta película dado que todo gira en torno a la diferenciación entre los dos estados: casados con hijos y solteros sin hijos.

    Sin embargo, a pesar de bordear un espacio lúdico y un tanto irreverente en algunas situaciones, el conflicto central de esta boda obedece a la impronta de lo sagrado que implica dentro de la doctrina católica mantener los votos del matrimonio. Eso es lo que motiva a que durante 48 horas antes del casamiento propiamente dicho Don (Robert De Niro) y Ellie (Diane Keaton) deben aparentar estar casados para no levantar sospechas frente a las creencias religiosas de la madre biológica de Alejandro, Madonna (Patricia Rae), para quien el divorcio es pecado.

    El director y guionista Justin Zackham (fue quien escribió el guión de Antes de partir, 2007) dota al relato de frescura y en esporádicas situaciones de incorrección política para tocar los tópicos más convencionales que hacen a los valores conservadores como familia, matrimonio, etcétera, en una trama que no alcanza a convencer desde su planteo pero que sin embargo entretiene por mérito de sus intérpretes.

    El gran casamiento es otra comedia que busca el detonante cómico en el enredo y en este caso explota a partir de la forzada relación entre Don y Ellie con la tercera en discordia Bebe, quien vuelve a ocupar el lugar de la segunda y a perder su status y reinado ante la llegada de su amiga.

    Muy poco puede agregarse, salvo la mala elección de los personajes secundarios como la madre latina y la hermana del novio.
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  • Nada es lo que parece
    Anexo de crítica.

    El director francés Louis Leterrier ha demostrado a lo largo de sus películas de acción como las dos El transportador –The transporter, 2002, 2005- oficio y a la vez desparpajo en lo que a manejo de cámara y dirección se refiere. Su cine maneja el mismo verosímil que las películas clase B pero con presupuestos diez veces mayores a los que puede aspirar un film de esas características y siempre en función al espectáculo cinematográfico como sello personal.

    Cabe preguntarse cuándo un truco de magia es eficaz para responderse si Nada es lo que parece –Now you see me- es igual de eficaz y entonces no queda más remedio que admitir que, a pesar de las trampas de Leterrier y compañía, la digitación del plan maestro queda perfectamente oculta en las numerosas maniobras de distracción, las cuales conducen al espectador por diferentes caminos para que nunca reconozca el verdadero atajo y así llegar a resolver dónde está la falsedad ante los hechos que suceden a gran velocidad frente a sus ojos.

    Nada es lo que parece apela al recurso de la rapidez tanto en la narración como en el montaje para potenciar la distracción y camuflar las enormes falencias del guión, así como las arbitrariedades en función al propósito buscado: sorprender, engañar, burlarse tanto del público como de sí misma. Parte de ese objetivo lo cumple por contar con un reparto muy calibrado y afiatado para esta aventura entre quienes debe destacarse a Jesse Eisenberg y Mélanie Laurent por encima del resto del elenco integrado por Mark Ruffalo, Woody Harrelson, Isla Fisher, Dave Franco, Morgan Freeman y Michael Caine.
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  • Un lugar donde refugiarse
    Suéltame pasado

    El sueco Lasse Hallström tiene en su haber algún que otro título digno y muchos otros que pueden pasar al olvido. Entre los rescatables claro está se impone Chocolate (Chocolat, 2000) sencillamente por contar con Johnny Deep y la francesa Juliette Binoche que hacían el deleite del espectador en una historia romántica e insulsa, pero al fin y al cabo llevadera.

    No cabe ninguna duda que con esta adaptación de otra novela de Nicholas Sparks (Querido John), frecuentemente llevado al cine con relatos de amor edulcorados, nos encontramos ante un producto menor que marca sin dudas una caída en el nivel del realizador sueco.

    La diferencia con otros films inspirados en el universo Sparks es que en esta ocasión se ha buscado introducir un elemento de suspenso, con pretensiones de thriller en una trama que jamás avanza hacia un lugar no predecible, pese a que la protagonista intente esconderse. Podría decirse, siguiendo este planteo, que la descubrimos en el primer minuto y también las intenciones del guión (si se lo puede llamar guión) así como el esquemático juego de simetrías entre los amantes, el tufillo maniqueo de buenos y malos y la ingenuidad más absurda que eleva a niveles irrisorios situaciones y desenlaces al servicio de un romanticismo hueco y meloso.

    Un lugar donde refugiarse es el título elegido por la distribuidora local para el original Safe Haven (algo más acorde a lo que realmente ocurre más allá de la referencia geográfica) para adentrarse en el derrotero de la joven Erin (Julianne Hough) en plan de huída para tomar la personalidad de Katie, una dulce muchacha que se enamora del viudo Alex (Josh Duhamel), quien se encuentra a cargo de dos niños pequeños Josh (Noah Lomax) y Lexie (Mimi Kirkland) en un pequeño pueblo cercano a Atlanta.

    Ella se instala en una cabaña en el bosque e intenta recomponer y rehacer su vida como camarera, al tiempo que comienza a enamorarse del vulnerable y sensible Alex, mientras el detective Tierney (David Lyons) sigue sus pasos porque existe entre ellos un vínculo relacionado a su pasado.

    El relato transita por todos los lugares comunes habituales pero lo más preocupante aparece cerca del final con un cúmulo de torpezas, golpes bajos y revelaciones que no sorprenden ni siquiera a aquellos espectadores que se durmieron durante el desarrollo de la película, cansados de ver a la parejita feliz en sus paseos en bote o los escarceos amorosos en plena lluvia.

    Tanto Julianne Hough (la chica de La era del rock) como Josh Duhamel cumplen en sus roles, aunque la química entre ambos no explota jamás en pantalla pese a los fuegos de artificio del 4 de Julio, imagen hartamente utilizada en el cine.
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  • Hermanos de sangre
    El sacrificio

    El realizador Daniel de la Vega es un batallador incansable del cine de género, más precisamente aquel que se vincula al terror con una fuerte influencia del giallo o de directores como Lucio Fulcci, Bava, por citar los más reconocibles en sus cortometrajes Sueño profundo (1997) o La última cena (1999), premiados en varios festivales. También ha experimentado en carne propia el amargo y doloroso tránsito por las coproducciones con Estados Unidos en los largometrajes Jennifer’s shadow (2004) y La muerte conoce tu nombre (2006), pero nadie le quita la satisfacción de haber dirigido con cámara Panavision nada menos que a Faye Dunaway.

    Partícipe activo en el film de Nicanor Loreti, Diablo, quien ahora se suma a Hermanos de sangre como uno de sus guionistas, junto a Martín Blousson y Germán Val, sobre una idea original del mismo Loreti, esta incursión en el género de la comedia negra con fuertes dosis de violencia y gore significa un saludable cambio de rumbo en su filmografía, sin perder la esencia de su cine y sobre todas las cosas de un estilo que va afianzándose.

    Podría entenderse a esta propuesta como el entrelazamiento de dos ideas muy exploradas por el maestro del suspense Alfred Hitchcock: la del asesinato cruzado y la del héroe o mejor dicho antihéroe sin estrategia que se ve involucrado en una situación que excede su acotado margen de acción y para la cual deberá adaptarse. También se respira en la trama la sutil impronta de las buddymovies al plantear la relación entre Matías Timmerman (Alejandro Parrilla) y su compañero de coro en su temprana juventud Nicolás Galvagno (Sergio Boris).

    Matías responde al arquetípico perdedor, buen compañero de oficina que guarda la secreta esperanza de que su colega Eugenia (Natalia D’Alena) se fije en él y que a pesar de las humillaciones constantes mantiene su espacio sin actuar para modificar el entorno y preso de una rutina agobiante, donde está incluida una novia manipuladora (Rebeca Kohen) y una tía recalcitrantemente conservadora (gran sorpresa de Carlos Perciavalle).

    Sin embargo, su vida se ve alterada a partir de la llegada azarosa de Nicolás, acompañado de Belén (Jimena Anganuzzi) que desde sus comportamientos psicopáticos allana el camino de bienestar del protagonista con el sólo objetivo de evitarle nuevas derrotas y humillaciones a cambio de una amistad incondicional.

    Así las cosas, a fuerza de un humor corrosivo que se ajusta a la perfección entre el tendal de muertos y escenas que pasan del absurdo a la extrema violencia, Daniel de la Vega consigue subvertir la connotación negativa de las malas influencias en un relato que se vuelve verosímil gracias a sus personajes y situaciones y que no busca ningún escape sentimental o moralista de último momento.

    Los personajes de Hermanos de sangre se enfrentan a todo con una impronta heroica a pesar de que eso esté contaminado de muerte, sangre y perversión. Son tan auténticos desde su amoralidad como genuinos en sus últimas intenciones. Lo mismo ocurre desde el punto de vista cinematográfico, que trata de sortear los estereotipos a partir del recurso de la exageración con buenos resultados, inclusive mejores que los de Diablo.

    La invitación a ver un cine argentino de género que no especula un céntimo con convencionalismos está hecha con una película sólida, bien narrada, divertida y original, ahora falta que el público responda como el film se merece.
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  • Samurai
    Samurai
    CineFreaks
    Tradición, desarraigo y soledad

    Al despojarse de primera mano del anclaje histórico o más precisamente de la reconstrucción episódica de los acontecimientos que anteceden la historia de Samurai, el realizador Gaspar Scheuer, quien ya había incursionado con su opera prima en la épica gauchesca El desierto negro (2007) –inspirada desde lo literario en el cuento del mendocino Antonio Di Benedetto que años después también fuera recreado en Aballay de Fernando Spiner-, propone al espectador un viaje, mezcla de onírico con reflexión, acerca de la condición de los descastados, estableciendo un paralelismo conceptual entre el destino de la tradición samurai y la del gaucho atravesado por la crisis de la tradición en aras del progreso.

    Para tal propósito y desde el punto de vista narrativo, el director imagina la historia de una familia japonesa en el siglo XIX, exiliada tras el proceso de restauración imperial, que por un lado busca mantener la tradición y las raíces en la figura de un anciano (Kazuomi Takagi) para legarle a su nieto Takeo (Nicolás Takayama) la misión de encontrar al último samurai, Saigo Takamori, personaje histórico real que fuera responsable de una revolución para defender el honor de sus pares y muerto en batalla tras las enormes ventajas del ejército enemigo que contaba con poder de fuego, episodio reconstruído por hollywood en el film protagonizado por Tom Cruise.

    A partir de la introducción del mito que rezaba que Saigo estaba vivo y escondido en el campo argentino comienza el derrotero de esta interesante película donde se entrelaza también el contexto de la Guerra del Paraguay a partir del testimonio viviente de un soldado que perdió sus miembros superiores, Poncho Negro (Alejandro Awada), quien se cruzará en el camino iniciático del protagonista.

    En ese periplo por locaciones reales, entre ellos San Luis, donde dialécticamente se tensa la cuerda invisible entre tradición y progreso, los personajes aparecen delineados con fuertes marcas en lo que a idiosincrasia y maneras de pensar se refiere, con un cuidado trabajo en los diálogos y los léxicos, uno de los puntos fuertes del guión también escrito por Scheuer con la colaboración de Fernando Regueira.

    La relación entre Takeo y Poncho Negro marca desde lo simbólico el choque cultural pero también se hace carne en pantalla y pivotea por diferentes estados emocionales y psicológicos que dan marco a los conflictos de manera sutil.

    Samurai abraza los códigos del western con una impronta muy personal que da un espacio privilegiado al tratamiento de la imagen; los encuadres prolijos y una virtuosa fotografía a cargo de Jorge Crespo para que lo paisajístico cobre un verdadero sentido dramático y se integre al lienzo de este cuadro rico en matices, que aporta al cine argentino nuevas maneras de mirar la historia desde otros colores, recupera la fuerza de la imagen como parte de la dinámica del lenguaje cinematográfico para generar en el público un vínculo sensorial que trascienda la intelectualidad y permita desarrollar la sensibilidad por algo que parece alejado u olvidado, pero que vive en la memoria.
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 3
    Anexo de crítica

    La necesidad de un cambio de aire para encarar la innecesaria ¿Qué pasó ayer? Parte 3 – The hangover Part III- busca sin conseguirlo despegarse de la ecuación olvido/descontrol para suplirla por otra mucho menos atractiva: policial esquizofrénico con curva de maduración y guiños auto referenciales.

    La trama se concentra en la parábola del proceso madurativo de Alan, esta suerte de niño malcriado y caprichoso en el cuerpo del multifunción Zach Galifianakis, quien se carga la película a la espalda cuando otro personaje completamente secundario, que aquí cobra un protagonismo absurdo, como Chow se encarga de tirar ese peso mientras todo el resto sobra.

    Un relato desganado que acumula situaciones no graciosas y que trata con mucho esfuerzo cobrar un sentido de seriedad y sentimentalismo en el tercer acto, que para los fines de un producto de este nivel de mediocridad resulta penoso más que ridículo. Esperemos que esta sea la última porque las drogas y el alcohol siempre causan adicción y las malas películas también.
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  • Locamente enamoradas
    Cuatro mujeres

    Hay un cine con mirada femenina que resulta mucho más interesante que esta película de neto corte comercial proveniente de Bélgica, Locamente enamoradas, de la directora Hilde Van Mieghem, una actriz con una importante trayectoria que ahora también se dedica a dirigir.

    Bajo un registro que pretende contagiarse de la velocidad de una sitcom como podría ser Sex and the city, las protagonistas de este film coral atraviesan desde diferentes edades el mismo conflicto: los hombres y sus relaciones amorosas.

    La que ocupa el centro es Eva (Aline Van Hulle), preadolescente en estado de ebullición hormonal en busca del primer beso y de la experiencia amorosa en general. Sus modelos a seguir son su madre Judith (Veerle Dobbelaerre), actriz cuarentona que tras un fracaso con el matrimonio encuentra refugio como amante de un poeta maduro que no está dispuesto a abandonar a su esposa para que ella ocupe el primer lugar y entonces cansada de jugar el rol de segunda sale en busca de nuevos candidatos, uno peor que el otro.

    Completan el cuadro, la media hermana de Eva, una joven que intenta despegarse de la esfera paterna para convertirse en mujer, así como la tía de Eva que pretende quedar embarazada y concibe al sexo solamente desde ese lugar hasta que conoce la otra parte con un colega de trabajo.

    Las viñetas que desarrollan situaciones cotidianas como parte del abc del universo femenino exploran temáticas pero de una manera muy superficial a la que se compensa en la vorágine de la trama con algunos recursos ingeniosos desde el punto de vista narrativo, aunque eso no suma demasiado más que nada por las limitaciones del guión y la construcción esquemática de cada personaje, incluido claro está el mundo masculino con todos los lugares comunes a la vista.

    La única cuota de transgresión que se puede reconocer en este poco atractivo film belga es la utilización sin especulaciones de los desnudos y las escenas de sexo que resaltan por un lado la femineidad, la sensualidad de sus actrices y por otro la predominancia de lo erótico como parte del amor, sin un enfoque edulcorado o salpicado de moralina.
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  • Héroes del espacio
    La familia extraterrestre

    Esta nueva apuesta a la animación de la compañía Weinstein que marca el debut en la dirección del encargado de storyboard en La era de hielo 4, Cal Brunker, arrastra uno de los defectos que últimamente vienen apareciendo en propuestas similares: es demasiado infantil para un público que supere los seis años y muy compleja desde los guiños referenciales a la cultura pop como para que lo entienda el público menudo. Por eso, esas limitaciones condicionan el resultado general, que si bien no defrauda en cuanto a la historia tampoco termina por convencer si se tiene en cuenta la vara con que se mide la animación en los últimos años.

    Dicho esto se puede argumentar que lo novedoso obedece a la elección del villano (Voz en el original a cargo de William Shatner), un humano resentido que captura a todo extraterrestre que aterrice en el planeta para hacerlo trabajar a destajo y explotar su inteligencia en beneficio de la construcción de un rayo para destruir la galaxia. Los héroes en esta oportunidad son dos hermanos azules (¿serán primos lejanos de los de Avatar?) que pese a su rivalidad y diferencias se unen en la causa común: salvar a su planeta y el resto de la locura de los humanos.

    Gary Supernova (Rob Corddry) vive junto a su hijo y esposa, Kip (Jonathan Morgan Heit) y Kira (Sarah Jessica Parker) en el planeta Baab a quince millones de años luz de la Tierra. Su trabajo en la base de la BASA –algo como la NASA pero en Baab- es controlar las misiones encargadas a su arrogante hermano Scorch (Brendan Fraser), el más mediático de la familia, quien siempre se lleva los créditos por poner la cara y el cuerpo ante las amenazas más terribles. Sin embargo, todo se precipita a partir de la existencia de una nueva misión al Planeta oscuro, que no es otro que la Tierra, algo inexplicable para la lógica alienígena.

    Para Gary el peligro no vale el riesgo pero para Scorch es la oportunidad de mantener su status de héroe por los siglos de los siglos. Claro que lo que no sabe el valiente azulito, que tiene un traje parecido al de Buzz Lightyear, es que en el área 51 le tienen preparada una bienvenida poco amistosa y tras ser atrapado por el villano de turno, junto a otros especímenes alienígenas, obliga a que su hermano Gary parta a su rescate para ganarse entre otras cosas la admiración de su hijo, quien ve al tío Scorch como un modelo a seguir.

    Las referencias a la cultura pop norteamericana y algún que otro chiste a los ingleses como el despiadado Simon Cowell o una pequeña participación para el odiado Ricky Gervais aporta la única cuota de humor para los más grandes dejando todo tipo de gag físico para los más pequeños y explotando las características de los personajes secundarios, que son mucho más atractivos que los propios protagonistas. En ese punto se destaca un bicho simpático llamado Doc (Craig Robinson) muy parecido en sus gestualidades y voz al lémur de Madagascar, pero sin mover ningún bote.

    No faltarán las coreografías para que los niños sacudan el esqueleto mientras sus padres soportan la película y tampoco la velocidad en las escenas de acción y el color habitual para un despliegue visual correcto, aunque no deslumbrante en lo que hace a diseño de decorados en particular. Como se trata de un film dirigido especialmente al público infantil tampoco se olvida el mensaje familiar y la fuerza de la unión para vencer al enemigo.

    En resumidas cuentas, Héroes del espacio funciona a medias si se piensa en un espectro mayor como audiencia pero eso no significa que niños de 4 a 6 se aburran en el cine o dejen de prestar atención a estos personajes atractivos visualmente y por momentos graciosos
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  • TV Utopía
    TV Utopía
    CineFreaks
    El medio es el mensaje

    Vamos al grano: Tv utopía es un documental del director Sebastián Deus, quien allá por los noventa también formaba parte del Canal cuatro utopía, proyecto de autogestión de los vecinos del barrio de Caballito fundado por Fabián Moyano que al no contar con una licencia para transmitir lo hacía desde la clandestinidad y con una escasísima producción y amateurismo evidente.

    Detrás de este proyecto colectivo, que para la década menemista significaba por un lado la identidad de un medio alternativo de comunicación y por otro un sueño hecho realidad para aquellos que jamás formarían parte de ninguna programación de canal de cable o de aire por el contenido y la forma de los programas (a lo largo de diez años hubo de todo incluso noticieros y programas políticos), existe de cierta manera una historia que de acuerdo al punto de vista que la observe podría asociarse a la lucha quijotesca contra los molinos de viento de los grupos hegemónicos pero también es justo reconocer planteada en términos que dentro del ámbito comunicacional resultan por lo menos cuestionables, no tanto desde lo ideológico sino desde los códigos de la comunicación per se.

    Hay dos preguntas incómodas que este loable, aunque con importantes falencias en lo que a la utilización del material se refiere, documental no puede responder desde la propuesta por lo menos cinematográfica que sale a buscar el testimonio de los involucrados y de sus particulares anécdotas: ¿cuánta gente miraba este canal gratuito y de aire que por sus condiciones rústicas transmitía las 24 horas con interferencia? Y la segunda obedece a preguntarse con sinceridad a qué intereses reales afectaba este proyecto comunitario que transcurrida una década intentó recuperar luego un espacio durante la agitada y convulsionada disputa por la famosa Ley de medios con la esperanza de conseguir alguna adhesión a sus ideas cuando la política lo contaminó todo.

    No puede visionarse este documental de buenas intenciones sin tomar como punto de partida una frase del filósofo y teórico canadiense Marshall McLuhan (1911-1980), pionero en muchos temas de debate de teoría de la comunicación que aún hoy continúan vigentes a pesar de los brutales cambios a partir de la digitalización: el medio es el mensaje.

    Sin ánimo de teorizar desde este lugar y simplemente con fines complementarios a este texto podría resumirse el pensamiento del canadiense partiendo de la idea que el contenido de la comunicación es menos importante que el medio que la provoca. Esa pequeña y sutil diferencia entre contenido o mensaje y medio es lo que sintetiza el antes, durante y después del Canal 4 utopía, que por su esencia y origen distaba mucho de lo que puede significar la palabra televisión porque lo que predomina en este medio es la imagen sobre el contenido.

    Muchos de los programas que se transmitían en Utopía, y sobre este particular alcanza con el material de archivo recuperado por Deus -casi 300 horas-, hubiesen tenido mayor impacto en una radio porque carecen de imagen más allá de la exposición de la televisión en crudo y con las impurezas técnicas pertinentes.

    Así, lo que frecuentemente aparece en pantalla y más aún en un documental de estas características es el costado artesanal y voluntarioso pero también su límite cuando se rompe la barrera entre lo que está adelante y lo que está atrás de cámara. El efecto de la desprolijidad muchas veces juega en contra porque a pesar de causar simpatía o gracia en un primer instante luego desnuda con más profundidad los alcances del mensaje en función al contenido. Algo que por ejemplo se toma en solfa en programas humorísticos como los de Peter Capusotto, por citar el ejemplo local más oportuno.

    Sin embargo, también debe reconocerse que el Canal utopía utilizó un espacio en la comunicación para dar voz a otra manera de entender a los medios de comunicación alternativos sin entrar en el debate sobre la legalidad o ilegalidad de sus transmisiones.

    La clave del documental de Deus no es otra que el punto de vista elegido para contar la historia que no presenta dobleces, contradicciones pero es justo decir tampoco transparenta militancia en una época donde no existe el matiz sino el posicionamiento hacia un extremo o hacia el otro.
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  • Rápidos y furiosos 6
    Anexo de la crítica

    El listón alcanzado por la franquicia Rápido y furioso –Fast and Furious-, sobre todo desde la cuarta y quinta entrega, había llegado por una serie de decisiones acertadas a un nivel superador en lo que a la saga respecta. Pasaron doce años y con Rápido y furioso 6 –Fast and Furious 6-, donde nuevamente Justin Lin se hace cargo de la dirección, dejando en claro que Rápido y furioso 6 –Fast and Furious 6- es más que una película de persecución automovilística aunque varias de sus escenas de acción involucren velocidad y autos. Más allá de estos defectos que seguramente los fanáticos no tendrán en cuenta y le darán la importancia equivalente a la de preguntarse si no es demasiado pesado lo que están viendo, Rápido y furioso 6 –Fast and Furious 6- anticipa que habrá franquicia para rato con una sorpresa luego de los créditos finales pero también que el desgaste se aproxima si es que se transita por el mismo camino, donde el gigantismo oculta las pequeñas grandes grietas de un producto con fecha de vencimiento, adulterada por las grandes explosiones y esa velocidad que se lleva por delante al buen cine de acción, ese en el que cada persecución se comprendía y se disfrutaba de la misma manera. Pablo E Arahuete (6 puntos)
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  • Cuando yo te vuelva a ver
    Te vi y te perdí

    Hay películas argentinas que por su forma más que desde el contenido funcionarían mucho mejor en televisión. Básicamente porque detrás de los proyectos de este tipo se cuenta con buenos actores, alguna que otra interesante idea pero no se piensa demasiado en los códigos del cine más allá de estar atado a los cánones de un género como en este caso el melodrama costumbrista.

    Según los créditos, Cuando yo te vuelva a ver, cuarto opus de Rodolfo Durán (Terapias alternativas, 2007) se inspira en una idea original de Pascual Condito –para quien se reserva un personaje en la película- y cuenta con el guión a cargo de Gisela Benenzon y Marcela Sluka, quienes desarrollan el reencuentro de dos jóvenes que en los setenta tuvieron un fugaz romance de veinte días y que luego se separaron a causa del exilio para dividir rumbos e historias de vida que en el presente vuelven a unirse.

    Así las cosas, Paco (Manuel Callau) regresa a la Argentina luego de treinta y seis años de ausencia en España para asistir al casamiento de un amigo (Pascual Condito) y pasar unos días con su hermano (Alejandro Awada). Sin embargo, lo que nunca se iba a imaginar, ocurre: en ese casamiento se encuentra Margarita (Ana María Picchio) trabajando en el catering, la mujer que debió abandonar en su juventud y a quien estuvo buscando durante todo su exilio, incluso desde las cartas que jamás fueron respondidas por la destinataria.

    Es en el encuentro de estos dos personajes que se deben esa charla aclaratoria para sanar heridas donde se concentra la trama y en las consecuencias de una toma de decisiones del pasado que alteraron el presente de cada uno de ellos con un denominador común: la frustración.

    El problema del film de Durán obedece al tono y registro elegido para contar la historia en primera instancia por un innecesario subrayado y un excesivo nivel dramático, propio de una novela televisiva de las de antes. Se puede reflejar humanidad en los personajes sin que esas emociones parezcan sobreactuadas y es en ese umbral donde se aprecia una buena película que trata de narrar sin pretensiones una historia sencilla.

    Por otra parte, el recurso del paralelismo y la alternancia en el montaje para que avance la historia del pasado y la del presente a fuerza de flashbacks no es el más adecuado y tampoco equilibrado teniendo en cuenta que toda la carga se deposita en el aquí y ahora de Paco y Marga.

    No obstante, debe reconocerse una buena subtrama en relación al vínculo entre Marga y su hija (Malena Solda), depositaria de todas las frustraciones de su madre y víctima involuntaria de las malas decisiones. Tal vez con un mayor énfasis en esta relación se hubiese alcanzado un mejor desarrollo de la historia de Paco como ese hombre ausente para un relato donde las mujeres son protagonistas y los hombres convidados de piedra, nostalgiosos y poco convincentes.
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  • Ginger & Rosa
    Ginger & Rosa
    CineFreaks
    Antes de que estalle la bomba

    Desde el comienzo, la vida de Ginger y su inseparable amiga Rosa (Alice Englert) ha transitado por los carriles normales de la adolescencia.

    La contemplación secreta de Ginger en todo lo referente a las actitudes desinhibidas de su compañera de aventuras se irán disipando paulatinamente al descubrir un aspecto un tanto oculto en ella y que está estrechamente vinculado al padre de la protagonista, Roland, un hombre recién separado de su esposa -la madre de Ginger- que abraza el liberalismo en todos los órdenes de la vida tras haber permanecido un tiempo en prisión, con un pasado algo oscuro y varios misterios detrás.

    Roland no tarda en seducir con su aparente tristeza a Rosa, aspecto que genera en ambas amigas un distanciamiento agudo y para Ginger la confirmación que su percepción de las dos figuras idealizadas, su padre y su mejor amiga, son producto de su incipiente inseguridad y tal vez de un avanzado estado de locura.

    Si la adolescencia como etapa conflictiva se entrelaza con un contexto adverso tanto en lo interno como en lo externo, sugerido desde este interesante melodrama intimista, Ginger y Rosa, de la directora británica Sally Potter (que no tiene nada que ver con el mago Harry) y a eso se le agrega una fuerte carga psicológica que no deviene catarsis, es porque el relato se encarga de desarrollar de manera sutil tópicos elementales para el cine, léase los celos, las inseguridades y los deseos reprimidos.

    Sin embargo, lo que puede parecer un pretexto histórico e incluso un capricho encierra su fuerte connotación dramática e imprime en el derrotero de la conflictuada Ginger (brillante actuación de Elle Fanning) un camino lo suficientemente sinuoso para conducirla a un precipicio emocional que con absoluta destreza narrativa se va gestando a lo largo de los noventa minutos.

    Para aquellos que pretendan como siempre un cine digerido y explicativo de las conductas o actitudes de los personajes, este film demuestra precisamente lo contrario y requiere por parte del espectador un esfuerzo extra para ir atando los cabos en la trama, atravesada por momentos de ambigüedad, personajes funcionales a esa ambigüedad y ciertas escenas perturbadoras, aunque no gratuitas.

    El opus de Sally Potter no es una película de fácil digestión dado que transita por los reveses morales sin una mirada acusadora o educativa pero sin abandonar los aspectos humanos detrás de cada conflicto o conducta manifiesta de sus personajes, muy bien escritos desde el punto de vista narrativo y con rasgos distintivos para enriquecer la fauna suelta en esta selva en que se debaten el ser y el deber ser; el deseo y la represión del deseo, la identidad y la libertad, antes de que la bomba del conformismo estalle.
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  • El gran Gatsby
    El gran Gatsby
    CineFreaks
    Anexo de crítica:

    La sexta adaptación de la novela El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, a cargo del australiano Baz Luhrmann no pasa desapercibida en cuanto a valores cinematográficos y tampoco en relación a la renovada mirada sobre el clásico de la literatura norteamericana por excelencia dejando el interrogante abierto: ¿Baz Luhrmann realiza cine de autor o simplemente construye un cine mainstream de mejor calidad que el habitual? Para aquellos espectadores que no soportaron la ampulosidad de Moulin Rouge! es recomendable abstenerse de esta experiencia porque se verán altamente defraudados y no encontrarán el acartonamiento de Gatsby impregnado por Robert Redford ni la inocencia casi infantil de Mia Farrow por no mencionar ese incipiente anacronismo que mezcla la música jazz propia de la época con la electrónica y el hip-hop. Ahora bien, a los espectadores que hayan vibrado a la par de Romeo + Julieta, llorado con la tragedia de Moulin Rouge!, la concurrencia a las salas cinematográficas es poco menos que obligatoria.
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  • Pecados
    Pecados
    CineFreaks
    Pueblo chico, secreto grande

    El segundo opus de Diego Yaker, Pecados, gira en torno a una historia de amor de adolescentes en el seno de un pueblo norteño donde la mayoría de sus habitantes guardan un pacto de silencio por el que de manera secundaria se verían afectados los enamorados, de llegarse a revelar el gran secreto.

    Todo indica que cuando existe una red de mentiras, sostenidas a lo largo de los años, en algún momento el peso de la verdad cede por los lugares que menos se esperan para destruir los hilos del silencio. Ese es el detonante que separará a los jóvenes que empiezan a sentir atracción y mirarse de otra manera a la habitual y que en cierta medida altera el orden de la comunidad.

    Bepo (Mariano Reynaga) tiene dieciséis años y vive junto a su abuelo déspota y castrador, interpretado por el experimentado Pepe Soriano, antiguo Luthier que en la actualidad y producto de un avanzado estado de parkinson ve seriamente dificultada su labor. Por su parte, Lourdes (Diana Gómez), de la misma edad de Bepo, vive con su padre (Carmelo Gómez), a quien ayuda en la despensa del lugar. Para el muchacho, cada visita como pretexto de un recado de su abuelo significa unos minutos de contemplación de la belleza de Lourdes, así como la imposibilidad de comunicarle su amor por timidez, aunque ella intuye que la atracción física es recíproca.

    En la intimidad de ambos; en los paseos furtivos por los desolados desiertos salteños, Diego Yaker (Como mariposas en la luz, 2004) construye este romance adolescente prohibido -algo similar ocurría en Dulce de leche (de Mariano Galperín, 2011)-, a la par que la verdadera historia atravesada por los tabúes y prejuicios originados en el pasado avanza por los carriles más convencionales. Sobre este particular, las falencias de un buen guión que por no caer en recursos explicativos desemboca en un hermetismo peligroso para el relato afectan el conjunto de la propuesta.

    No obstante, debe reconocerse un esmerado trabajo en rubros técnicos como fotografía a cargo de Félix Bonnin o una banda sonora con reminiscencias a western compuesta por Rudy Gnutti, a pesar de que el género propicio para aprovechar las bondades paisajísticas no está explorado en este caso, ni siquiera como guía o segunda línea argumental que podría haber aportado a esta historia de amor y enfrentamientos generacionales un costado más atractivo que el trillado drama de pueblo pequeño con grandes secretos.
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  • Planetario
    Planetario
    CineFreaks
    Padres e hijos por el mundo

    Pasamos por la vida; transitamos un recorrido pero hay un origen en cada historia y un legado destinado a prolongarse en el futuro, que a veces es demasiado intenso como para querer registrarlo en una grabación casera u hogareña.

    El boom de las redes sociales -o de la internet como herramienta de comunicación- ha conformado un mosaico inconmensurable de pequeñas historias que se comparten únicamente con el fin de la trascendencia en ese álbum globalizado y virtual que reserva un minúsculo espacio a la vida cotidiana de millones.

    En paralelo, la moda de las grabaciones amateurs y hogareñas también tuvo su rebote en el ámbito cinematográfico, incluso se volvió, más allá de los fines fetichistas, en una temática con peso propio donde el valor afectivo de cada cinta es mucho más importante que el documento per se.

    Al realizador argentino Baltazar Tokman (Tiempo muerto) lo sedujo de antemano la posibilidad de convertirse en testigo de pequeños momentos importantes para distintas familias a lo largo del mundo; padres que desde los primeros minutos registraron los nacimientos de sus hijos y luego continuaron la tradición de documentar el crecimiento de ellos, así como los procesos en las relaciones entre ambos con el paso del tiempo. Tal vez a este entusiasmo se le sumó la paternidad de Tokman y su decisión de filmar a su hija por lo que es casi seguro haber encontrado nexos con los otros padres a pesar de la distancia geográfica, cultural o idiomática.

    Planetario es la síntesis de veinte años de recolección de material ajeno correspondiente a filmaciones de los padres con sus hijos bajo la técnica found footage (montaje en base a grabaciones ajenas). El hilo conductor no es otra cosa que la paternidad representada a partir del testimonio de seis familias pertenecientes a diferentes latitudes: Polonia, Argentina, Rusia, India, Estados Unidos y Egipto, insertadas a lo largo de los ochenta y seis minutos que dura el documental en el que puede apreciarse el contraste dialéctico como uno de los elementos estéticos y conceptuales, basta como botón de muestra reflexionar sobre los festejos de cumpleaños en el que se advierten las diferencias sociales y el poder adquisitivo de cada familia.

    Los miedos y las inquietudes de cada padre y madre respecto al futuro de sus hijos, al rol desempeñado desde que vieron la luz, también forman parte del núcleo narrativo de este singular trabajo de Tokman junto a la investigación aportada por Irene Hartmann, seleccionado para la Competencia Argentina del Festival de cine de Mar del Plata en 2011, quien tras la autorización de cada uno de los padres involucrados culminó su tarea solicitándoles que respondan a un extenso cuestionario.

    Otro elemento unificador es la fuerte presencia de la religión sobre todo en una familia norteamericana conservadora y creyente, en la que uno de sus hijos fue enrolado por el ejército para combatir en Afganistán. En las antípodas, el padre ruso ateo enseña a su hijo pequeño a manejar armas porque debe prepararlo para sobrevivir. Y de eso se trata la educación en definitiva, en la preparación de los hijos para sobrevivir, algo que nadie puede enseñar o aprender de antemano tal como expresan las dudas de estos padres, orgullosos y devotos de sus retoños como ocurre con la conmovedora historia de la familia argentina Tinde en el norte argentino.

    La virtud de Planetario no reside tanto en el material acumulado sino en la selección metódica y conceptual para trazar las coordenadas de este viaje que se extiende a lo largo del mundo a paso firme y concentrado en la experiencia de ser padre, y mucho más aún de ser hijo.
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  • Scary Movie 5
    Scary Movie 5
    CineFreaks
    Una parodia para odiar

    Más que parodiar Scary movie 5 es para odiar. Este juego de palabras sin ser brillante ni mucho menos es más eficaz que la galería de chistes insultantes al intelecto que conforman esta patética muestra de que se podía superar el nivel de mediocridad de las anteriores entregas.

    Lejos de la efectiva Una película de miedo (2000) que nació como parodia del éxito Scream todo lo que vino después para esta franquicia vergonzosa fue peor.

    En esta oportunidad la torpeza recae en las películas elegidas básicamente por su proximidad con los estrenos como es el caso de Posesión infernal, donde resulta tan obvio el gag recurrente con la convocatoria de la maldición que ya solamente eso vuelve a este adefesio cinematográfico irritante e insufrible.

    Casi noventa minutos de desperdicio en donde la figura de Charlie Sheen adquiere otro nuevo grado de patetismo y Lindsay Lohan parece recién llegada de una rehabilitación alcanzan para firmar el acta de defunción de un subgénero como el de la parodia y la sátira, al que el gran Mel Brooks honraba hace mucho tiempo y que en la última década ha sufrido las peores vejaciones y maltrato por culpa de películas como ésta.

    Mama, Actividad paranormal y El planeta de los simios son los blancos menos potables para hacer efectivo el recurso, así como El cisne negro donde la carencia de ideas es notable.

    Y si a eso le sumamos la constante apelación a la escatología completamos un mosaico deplorable servido en bandeja y que causa vergüenza porque ni siquiera arranca un vestigio de risa.

    Por la salud mental de los espectadores esperemos que esta vez sea la definitiva y no tengamos que volver a padecer productos infradotados y berretas como este o tantos otros que por fortuna no llegan a estrenarse.
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  • En otro país
    En otro país
    CineFreaks
    Tres veces Anne

    El título de esta nota no hace alusión literalmente a aquella película emblemática de la generación del sesenta del cine argentino dirigida por David J Kohon, Tres veces Ana (1961), protagonizada por una jovencísima María Váner, sino porque en esta propuesta del realizador surcoreano Hong Sang-Soo el número tres es fundamental y el nombre Anne también.

    El hilo conductor de En otro país es la construcción de un guión que escribe una alumna de cine para un cortometraje que va adquiriendo a lo largo del film diferentes caminos que conducen hacia un mismo lugar, pero en los que la protagonista Anne, interpretada siempre por la francesa Isabelle Huppert, en primera instancia busca algo en un espacio geográfico y cultural con el cual no se identifica en su carácter de extranjera y por otra parte se cruza en el camino de su búsqueda con una serie de personajes masculinos (dos directores de cine, un bañero) con los cuales atravesará distintos estadios de una historia amorosa.

    Ese es a grandes rasgos el universo cinematográfico por donde fluye el relato, que además de apelar a los recursos habituales en la poética del director de Hahaha (2010) como el zoom rabioso para acercarse o alejarse de sus criaturas y la exposición del artificio –incluido la repetición de diálogos- como parte de un juego, explora con sutileza temas universales y espirituales, a saber, el amor, la soledad, la necesidad de parecer otra cosa a la que se es.

    Las tres Anne que pululan por las calles del pueblo Mohang, con una playa; un bañero y un faro, necesitan de alguna manera hallar la guía para continuar con sus vidas. Ese faro que se anhela encontrar cual náufrago en el mar de las decepciones puede relacionarse con la búsqueda de la iluminación del budismo, así como la necesidad, bajo la misma premisa, del despojo para de cierta manera renovar el espíritu. No por casualidad la última historia de este trama circular enfrenta a la protagonista francesa –la barrera idiomática es otro indicio del descontento- con un monje budista, a quien le pregunta angustiada porqué tiene miedo y porqué miente.

    La respuesta a esa inquietud es tan sencilla como profunda: usted tiene miedo porque tiene miedo. Tal vez Hong Sang-Soo desde su filmografía luminosa y sus historias pequeñas de charlas triviales, paseos íntimos y borracheras, intente hacerse la misma pregunta acerca del amor y en su contrapartida la derrota del amor para dibujar con una sonrisa agridulce y melancólica -como el leit motiv musical que introduce en cada segmento- un relato casi rosa atravesado por los mecanismos del subtexto y la meta narración para contar sencillamente la experiencia de enamorarse en un lugar lejano al que se llega buscando vaya a saber qué y sin saber a ciencia cierta si esa aventura tendrá o no su final feliz.
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  • Leones
    Leones
    CineFreaks
    Transiciones

    Tomar como referencia los tres cortometrajes de Jazmín López para sumergirnos como espectadores en su debut en el largometraje que tuvo su presentación oficial en el reciente BAFICI con un premio especial del jurado es una guía posible para dimensionar el universo de Leones. Al punto que se extrae una frase completa de uno de sus cortos Te amo y morite (2009) protagonizado por Ignacio Roger que se vale de un mecanismo de abstracción o enunciación para describir un personaje.

    También lo lúdico y el bosque como escenario de representación juega un rol trascendente en otro de sus relatos, Juego vivo (2008), que se sintetizan en Parece la pierna de una muñeca (2007), ejercicio cinematográfico para explorar las posibilidades de la narración como contrapunto de la imagen y hacer de esta unión un lenguaje en sí mismo.

    En ese cortometraje, donde la voz reconocible de Inés Efron relata sus impresiones sobre una situación anecdótica en una pileta de natación, la relación entre lo enunciado y lo mostrado se tensa y se vuelve invisible. Esa es la primera línea que cruza Leones: la transición dentro del mismo espacio y la ruptura de la linealidad del tiempo sin perder de vista la continuidad espacio temporal.

    Cabe preguntarse por ejemplo cuál sería el lugar para escenificar el olvido. Tal vez la respuesta se construya en ese bosque donde deambulan un grupo de personajes adolescentes en una búsqueda difusa, pero que guarda relación con algo que ya pasó. Y ese pasado dentro de la trama también se simboliza con un elemento que registra desde una cinta de casette un hecho donde los cinco están involucrados.

    Pero la cámara, que se contagia del devenir y fluye a la par de la narración (muy buen trabajo del uso de la steadicam) es un personaje más de Leones y como tal cobra sentido al deambular separada de los habitantes del bosque.

    Los elementos que se acumulan en esa transición del viaje que parece no tener dirección más que el devaneo literario y el mecanismo de la memoria y del olvido como acompañantes invisibles operan como pistas en lo que a simple vista no tiene lógica pero que esconde una lógica interna que se acomoda y se desplaza en una estructura narrativa fragmentada. El fragmento, entonces, como concepto abre la puerta metafóricamente hablando a la ruptura del tiempo y en ese intersticio se reconstruye la frontera sutil entre los planos de la realidad y aquellos que pertenecen al terreno de la metafísica.

    Bajo esa dinámica también asociada en otra capa de la narración a juegos de palabras (sobrevuela el fantasma de Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, entre otros), que en realidad operan además como indicios, la idea de la muerte se resignifica porque encuentra un lugar y un espacio cinematográfico fértil para dar vuelo a una poética muy personal de esta joven realizadora, cuyo único defecto en esta ópera prima consiste en la elección de casting porque si bien la importancia no reside en los personajes sino en el grupo, no existe diferencia ni matices en los estereotipos y así la identificación con algún punto de vista se vuelve dificultosa y más aún cuando desde una artificiosa naturalidad se revelan las costuras de un tejido narrativo muy bien planificado.
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  • El último exorcismo - Parte 2
    Exorcizar el mal cine

    La pregunta del millón: ¿era necesaria una secuela de esta película producida por el niño mimado de Quentin Tarantino, Eli Roth? Recordemos que la primera, El último exorcismo (2010) tenía como estructura narrativa el ya gastado falso documental y que más allá de las referencias obvias a El exorcista (1973) se tomaba con muy poca seriedad el tema y aventuraba una interesante reflexión sobre la puesta en escena de la fe a partir del protagonista que no era otra cosa que un falso ministro que lucraba con la desesperación y la ignorancia de la superstición pueblerina.


    Sin embargo, la víctima era una adolescente poseída por el demonio Abalam, quien desataba a partir de la conducta de la pequeña perturbada una tras otra calamidad en el seno de su familia compuesta por un padre y un hermano mayor.


    La novedad de la segunda parte y por ende el mayor defecto que arrastra desde el minuto uno hasta el último suspiro –del espectador tras una jornada de aburrimiento- es el cambio del registro que se despoja del falso documental para pasar al terreno de la ficción clásica, pero donde la torpeza en la dirección a cargo de Ed Gass-Donnelly no se compensa con la patética manera de montar el film.


    No hay efecto bien resuelto ni mucho menos cuando se trata de activar el mecanismo del terror apelando a todos los recursos del golpe de efecto y el sobresalto. La historia también escrita por Ed Gass-Donnelly junto a Damien Chazelle, a partir de los personajes creados por Huck Botko y Andrew Gurland, no se sostiene desde su planteo que vuelve a retomar a la protagonista Nell (Ashley Bell) luego de su traumática experiencia en la comunidad rural donde estuvo a punto de ser sacrificada por la secta satánica pero fue salvada en el último minuto.

    Un tanto más madura, la muchacha ahora es internada en una casa de adolescentes perturbadas y solas con el objeto de una paulatina reinserción. Pero algunos recuerdos del pasado reciente continúan haciendo mella en su cabeza y mucho más cuando reaparece por un lado el fantasma de su padre y por otro Alabam.

    Para salir del lugar común y del tedio garantizado, los guionistas recurren a un par de giros que en vez de corregir el rumbo terminan por hacer de esta mala película un festival absurdo y donde la risa despunta sin demasiado esfuerzo en sintonía con la pregunta incómoda ¿Qué hacemos acá?

    Cuando termina el pochoclo seguramente la respuesta llegará tarde y la sensación de haber malgastado el tiempo acompañará a cada espectador a sus respectivos hogares.

    Salvedades al margen, quien desafíe al aburrimiento de El último exorcismo parte II merece un reconocimiento por lo menos de quien escribe o mejor dicho ser exorcizado para no cometer el mismo error. Están advertidos.
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  • El gran simulador
    Culto al artificio

    Quienes hayan disfrutado del documental Amateur encontrarán en la nueva propuesta del realizador Néstor Frenkel otro personaje atractivo y entrañable como el prestidigitador octogenario René Lavand y seguramente quedarán igual de cautivados como el director al haber espiado de cierta manera la intimidad de este notable y auténtico ilusionista.

    Claro que al igual que lo que ocurre con un truco de magia todo lo que se deja ver en El gran simulador es en definitiva aquello que habilita el carisma de su protagonista. Pero lo que se esconde o lo que pertenece al terreno de la conjetura, o en el mejor de los casos alimenta un misterio, permanece oculto y al resguardo de cualquier avance o violación de un pacto entre la cámara y su imagen.

    Esta idea que para algunos podría resultar defectuosa en realidad guarda coherencia desde el punto de vista conceptual y sobre todas las cosas mantiene vigente el recurso del artificio cinematográfico como parte esencial del cine.

    El propio René Lavand a lo largo de su enorme trayectoria con sus trucos de cartas recorrió el mundo desafiando a las cámaras de televisión, elemento que siempre utilizó para darle credibilidad a su destreza manual, aunque consciente de que lo suyo no es otra cosa que un acto de ilusionismo. Por eso, al principio explica que la palabra mago no le sienta bien y de vez en cuando intenta justificar sus ardides y encantamientos bajo fines nobles.

    La fascinación de Néstor Frenkel por esta magnética figura, de porte señorial, se transmite de principio a fin y desde ese sentido la utilización de material de archivo -provisto por el propio Lavand- complementa al personaje en varias de sus dimensiones.

    Para el hombre de 84 años al que le falta su mano derecha producto de un accidente que tuvo en su infancia -episodio que también originó el mito con varias versiones sobre el acontecimiento e incluso pusieron en duda su veracidad- queda la intimidad junto a su esposa en una cabaña modesta y muy acogedora en Tandil; en su visita médica de rutina para controlar una artrosis importante y en esos pequeños juegos de barajas que en la charla cotidiana con el director de Buscando a Reynolds van tejiendo un vínculo de camaradería que se refuerza a partir del armado del documental y de un truco donde la mano derecha gracias a la magia del cine aparece junto a la izquierda.

    La otra cualidad que sostiene toda la imaginería de El gran simulador la aporta el propio protagonista con su capacidad de narrador, que viste cada uno de sus trucos de un ropaje muy especial y son su sello distintivo.

    En su nuevo opus Néstor Frenkel reafirma su sensibilidad para extraer momentos de verdad en situaciones de lo más insólitas, donde las máscaras destiñen ese maquillaje que las hace atractivas pero artificiales a la vez, sin embargo, lo más importante es lograrlo desde lo natural y no de manera forzada como en el caso de la visita de un amigo escritor que comparte junto a Lavand un cuento para que incorpore en sus presentaciones. En el abrazo sentido o en la emoción que la cámara de Frenkel capta viven la pureza de su cine. No hay artificio posible para construir esos pequeños retazos de vida y magia.
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  • Rigoletto en apuros
    Un canto a la vitalidad

    Bajo el ridículo nombre local de Rigoletto en apuros –el nombre original es Quartet y le hace más justicia- se estrena esta película que marca el debut del actor Dustin Hoffman como director para adaptar a la pantalla grande una pieza teatral de Ronald Harwood, que en esta oportunidad también colaboró como guionista.

    La música y la vejez van de la mano en la Residencia Beecham, hogar que necesita financiamiento para no cerrar sus puertas en forma definitiva y así dejar desprotegidos a sus residentes, todos ellos músicos o cantantes de ópera que comparten el último tramo de su existencia contagiando vitalidad pese a los achaques físicos, las enfermedades propias de la edad, porque gozan de la música desde que se levantan por las mañanas; en los ensayos durante el día y a toda hora, tanto dentro como fuera de la casona, dirigida por una médica joven que apuesta a la terapéutica de la tercera edad desde las actividades recreativas hasta el contacto con niños o adolescentes que los visitan y reciben a cambio de clases o de la sabiduría de la edad.

    Los protagonistas de esta comedia humanista, fresca y sencilla son cuatro ancianos encarnados nada menos que por cuatro notables actores que brillan en sus respectivos papeles y aportan su carisma incuestionable en cada escena, donde se nota el oficio para encarar con enormes matices, sensibilidad y riqueza compositiva a sus personajes.

    Entre este cuarteto es de destacarse por un lado Maggie Smith en su rol de la ex diva de la ópera Jean Horton, quien en su época de esplendor artístico también vivió tórridos y fugaces romances que le valieron una reputación bastante cuestionable para la prensa e incluso dejó despechado a Reginald Paget (Tom Courtenay), otro cantante prestigioso que integró el cuarteto en sus épocas doradas junto a su amigo Wilfred Bond (Billy Connolly), un pícaro seductor que no ha perdido las mañas ni el sarcasmo británico tan característico.

    Completa el cuadro protagónico Cecily Robson (Pauline Collins), entusiasta soprano también poseedora de un timbre celestial que padece esporádicas ausencias o pérdida de memoria, aspecto que mantiene en vilo a sus amigos de la residencia.

    La llegada de la flemática Jean, la más prestigiosa de las cantantes de allí, genera revuelo entre los habitantes del lugar pero el principal afectado es Reginald, quien a pesar del dolor por haber sido engañado por ella no deja de sentirse nuevamente impulsado hacia la reconquista de su antiguo y único amor, aunque el tiempo parece no haber cicatrizado aquellas heridas del pasado.

    La posibilidad del reencuentro, superado el rencor, de los cuatro y armar otra comunión de voces para volver a ser disfrutadas en la gala anual por colegas, personal de la residencia y amigos, entre quienes se destaca como gran secundario Michael Gambon, se presenta en la alternativa de interpretar el cuarteto de la ópera Rigoletto y en ese nuevo comienzo renace el valor de la amistad por encima de las rencillas, celos, vanidades y todo aquello que para la juventud resultaba importante y que en la senectud solamente es un mal recuerdo.

    El film de Dustin Hoffman en calidad de director es disfrutable de cabo a rabo básicamente por contar con un reparto de lujo (todos ellos superan los 70 años), en primer lugar por brindarles personajes donde la vejez es un atributo y no una carga o castigo y en segundo término por abordarla desde un enfoque que privilegia la intensidad de vivir más que la irrefutable pérdida de la juventud como parte del proceso natural del envejecimiento.
    Cabe anticipar al público que en los créditos finales hay una pequeña sorpresa que vale la pena descubrir para hacer la experiencia más completa y para salir del cine con el ánimo renovado y el alma reconfortada.
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  • De jueves a domingo
    Paisajes y desiertos

    La directora chilena Dominga Sotomayor fue una de las invitadas para integrar el jurado de este último BAFICI y su ópera prima fue una de las películas que pudo verse en la edición del año pasado del mismo festival, cosechando muy buenas críticas tanto del público como de críticos por su original propuesta que desde el título De jueves a domingo propone un contacto íntimo como espectador tanto con el tiempo como con el espacio.

    Lo espacial debe dividirse entre el interior de un auto durante todo el trayecto de un largo viaje y lo que pasa en el exterior, en el que una familia atraviesa de distintas maneras -y muy sutiles por cierto- la disgregación y en un terreno más metafórico la muerte como estructura nuclear al quedar sus miembros dispersos y con vínculos que paulatinamente pierden consistencia, aunque nunca se destruyen los roles entre padres e hijos. Dos paisajes que se entrelazan en el relato como el que representa la intimidad de esta familia y aquel que se observa detrás de las ventanas y que muchas veces pasa desapercibido a los ojos del público.

    En otro aspecto puramente cinematográfico debe reconocerse la audacia de esta joven realizadora en plantear desde el punto de vista de una niña de diez años, Lucía (Santi Ahumada), un universo fragmentado y rico en detalles, a quien llegan las impresiones de la disolución de la pareja de sus padres, Ana (Paola Giannini) y Fernando (Francisco Pérez-Bannen), sin enormes estallidos o conflictos matrimoniales, para terminar de armar el complejo entramado de relaciones y pérdidas progresivas: la inocencia, la idealización de la figura paterna, el tránsito hacia la madurez desde la pre adolescencia.

    Por otra parte, cierra el cuadro el hermano menor de la protagonista, Manuel (Emiliano Freifeld), quien desde su presencia infantil y de su constante aburrimiento aporta otra interferencia que desde la distancia de la cámara, no tanto cuando el encuadre se encierra junto a sus personajes, desvía al relato hacia otro tipo de devenir que aquel que sucede en la estructura de road movie, respetada de cierta manera desde la estructura narrativa.

    La otra metáfora que ronda en De jueves a domingo es la de la fragilidad por un lado de la familia; de un viaje hacia algún lugar con el desierto como testigo de la travesía y por otro de esos accidentes que nunca llegan a concretarse pero que sumen a este grupo en un estado de alerta y riesgo permanente, que se sintetiza en la imagen que a la propia Dominga Sotomayor, según sus palabras, le disparó la película: dos niños atados con sogas al techo de un auto, a la deriva pero felices por esa libertad robada al viento en la ruta de la vida.
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  • Por un tiempo
    Por un tiempo
    CineFreaks
    Vínculos

    Diez años le llevaron al actor y ahora director Gustavo Garzón para terminar trazando las coordenadas de un guión con muchas reescrituras que termina siendo el valor más importante de esta ópera prima intimista y muy personal, Por un tiempo.

    Ese trabajo meticuloso en los diálogos, en abarcar desde lo cinematográfico los aspectos más cotidianos en la vida de una pareja de jóvenes, Leandro y Silvina, que en su momento de mayor felicidad y a la espera de un hijo se ven de repente atravesados por una situación límite e inesperada, se extiende a la excelente elección del elenco para conseguir un reparto ajustado a los fines dramáticos, encabezado por el ascendente Esteban Lamothe, la directora Ana Katz y la revelación Mora Arenillas –elegida tras un extenso casting-, a quien le toca un rol contenido pero muy expresivo desde las emociones y la angustia.

    Garzón se toma el tiempo adecuado para que el relato crezca en el aspecto dramático, matizado con un sutil humor de vez en cuando, y sobre todo a partir del punto de vista de Leandro, arquitecto, quien se entera de la existencia de una hija adolescente, Lucero, tras conocer a la hermana de la que doce años atrás fuese una de las chicas con las que estuvo y que en la actualidad padece una enfermedad que la ha obligado a delegar el cuidado de su hija en manos ajenas.

    Lucero (Mora Arenillas) no puede elegir con quién vivir y tampoco conoce a su padre como para establecer un vínculo desde el comienzo. La falta de comunicación entre ella y Leandro, sumada la interferencia obvia de su esposa embarazada, Silvina, quien debe aceptar la nueva realidad sin elección, genera cimbronazos, reproches, celos, en la pareja y el pequeño mundo de confort y bienestar del protagonista se desmorona en un abrir y cerrar de ojos.

    Nada de lo que ocurre en Por un tiempo resulta exagerado o forzado y es ese verosímil el que realmente permite la reflexión en los intersticios de los conflictos de cada uno de los personajes: en el caso de Lucero desde la transición de la adolescencia hasta la singular situación de abandono por las circunstancias familiares; en el caso de Leandro, el aprendizaje de la convivencia y la aceptación de la paternidad deseada así como la no deseada; para el caso de Silvina, la capacidad de asumir un rol para el que no se está preparado como el de la sustitución pero sin renunciar al deseo genuino de ser madre.

    El debut cinematográfico de Gustavo Garzón no se caracteriza por la originalidad del tópico elegido sino por el tratamiento sobre la superficie dramática, sin aludir a lugares comunes, y concentrado en sus personajes, en las decisiones que conllevan pequeñas acciones para consumar y hacer verosímiles las emociones.
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  • El nombre
    El nombre
    CineFreaks
    El problema de la connotación

    Llega a nuestras salas El nombre, pieza teatral homónima que en estos momentos subió a escena en el complejo teatral Multiteatro, de Matthieu Delaporte (aquí también guionista y director junto a Alexandre de La Patellière) que dado su éxito inusitado rápidamente se convirtió en una comedia popular taquillera a partir de la traspolación de las tablas a la pantalla grande en un film de cámara, bien actuado, entretenido y llevadero para el público un poco más exigente.

    El vértigo de los primeros minutos con un prólogo que descubre una voz en off de uno de los protagonistas de esta historia ya define el tono sarcástico que se empleará en la trama, la cual se apoya en dos pilares básicos: el equívoco intencional y la idea de la connotación.

    La premisa es sencilla: Elisabeth (Valérie Benguigui) y Pierre (Charles Berling), matrimonio burgués y padres de dos hijos, Apollin (Alexis Leprise) y Myrtille (Juliette Levant), ella mucho más inteligente que su hermano menor, organizan una cena con el pretexto de festejar la paternidad de Vincent (Patrick Bruel), quien además es hermano de Elisabeth y que espera la llegada de su novia Anna (Judith El Zein) y de su amigo Claude (Guillaume de Tonquedec), especialista en la ejecución del trombón y que ante sus amigos se define como Suiza por su neutralidad frente a cualquier conflicto.

    Como Anna no llega, Vincent se anticipa con la noticia y abre el juego con una broma pesada que involucra al futuro niño, fiel a su reputación de chistoso en el grupo. Sin embargo, todo se precipita cuando informa que ha decidido el nombre de su hijo porque sus amigos y hermana no logran adivinarlo.

    Sin preámbulos, sentencia tajante que el pequeño y futuro vástago se llamará Adolphe, que fonéticamente remite a Adolf y así se desata la tragedia.

    El más indignado por semejante afrenta es Pierre, profesor universitario de literatura, dado que esgrime el argumento de lo que connota la palabra Adolf que no puede despegarse de la figura del tirano y genocida nazi, por lo que no está dispuesto a transigir con su amigo de infancia Vincent.

    A partir de esa discusión semántica, pirotecnia verbal de grueso calibre, y en retrueque dialéctico acalorado, cada personaje transitará por una pendiente cada vez más peligrosa que los llevará a sacar los trapitos al sol, con fuertes críticas y prejuicios, donde ninguno queda exento de la reprobación y el estereotipo del que tanto huyen u ocultan desde las máscaras sociales.

    El nombre tensa hasta el último minuto el poder de la connotación por encima de la denotación; desde lo que significa el juego de roles dentro de una dinámica de pareja o por ejemplo de amistad como la que se presenta, y se vale de un guión literario muy bien desarrollado y escrito para lucimiento de sus cinco actores principales, con momentos de mucho humor, otros más reflexivos pero que en el conjunto se amoldan a la propuesta que busca hacer del enredo verbal lo mismo que lo que podría ocurrir con una estructura de comedia de enredos tradicional más concentrada en las situaciones.

    Si bien por momentos pareciera estancarse en una puesta en escena excesivamente teatral –algo que no ocurría en Un dios salvaje, de similares características-, pues todo ocurre en cuatro paredes sin disolución de espacio salvo una pequeña transgresión –torpe- con flashbacks, son los intérpretes y su capacidad compositiva los que apuntalan el relato y en definitiva los que dan valor a las palabras, a los silencios y a los reproches.

    Esta comedia coral de pocos personajes se disfruta más que nada por el grado de identificación que el público puede establecer con algunas de las situaciones pero sobre todas las cosas por apelar a un humor más inteligente cuando busca la sutileza más que el efecto de la risa fácil y eso en el alicaído cartel hoy por hoy se agradece.
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  • Iron Man 3
    Iron Man 3
    CineFreaks
    El hombre y la máquina

    Empecemos por despejar la gran incógnita ¿esta nueva entrega de la franquicia es superadora de la segunda o es más de lo mismo? La respuesta debe dividirse en dos estancos no compatibles y no es caprichoso el número dos para sumergirnos en el universo propuesto en Iron man 3.

    En primer lugar, estamos frente al capítulo más divertido y entretenido de la saga que sabe en este caso dosificar escenas de acción a todo trapo y donde el 3D post producido no pasa vergüenza, articulando el despliegue visual y el histrionismo del gran Robert Downey Jr, quien ha impregnado de vida propia a este prototipo de acero más allá de la autoparodia sobre su propia y caótica existencia como actor en consonancia con el personaje del excéntrico Tony Stark.

    Por lo tanto decir que la tercera Iron man aporta desde la historia más de lo mismo no es tan descabellado pero eso no implica reiteración o desgaste porque en este particular momento que atraviesa la saga en el que Jon Favreau se baja de la dirección para que lo reemplace el guionista Shane Black (responsable de las dos primeras Arma mortal o El último Boy scout) por un lado se aprecia mayor prolijidad en cuanto a puesta en escena y por otro una sana madurez y frescura que quitan todo tipo de solemnidad a un drama mezclado con aventura y mucha adrenalina.

    Decía anteriormente que el número dos cobra un significado importante en este relato desde el punto de vista conceptual porque si hay una idea interesante en la trama, ésa es la de escisión del hombre con la máquina, particularmente del héroe humano y torturado con el superhéroe de traje y armadura invencible.

    Tony Stark no es Iron man y eso queda evidenciado en el conflicto interno del protagonista, quien no puede sobrellevar sin consecuencias el lastre de su último gran combate junto a Los vengadores. Trauma que detonó ataques de ansiedad y pánico, así como pesadillas que confrontan con los propios demonios internos.

    No por nada, irónicamente, se introduce la historia a partir de una suerte de confesión donde el propio Tony desnuda sus defectos y se lamenta de sus actos por las consecuencias, tanto de su egoísmo como de su irresponsabilidad ante los peligros a los que se enfrenta.

    De este modo, el juego de despojarse de sus emociones y de su armadura lo expone como humano más que como personaje; lo confronta con la imagen que transmite su justiciero vengativo (lo aclara desde el vamos aquí) y además lo enfrenta a la proyección de su villano de turno: un terrorista, El mandarín, con más de un parecido a Bin Laden, que Ben Kingsley se encarga de dotar de humor, personalidad y desparpajo, aunque el verdadero antagonista es un empresario científico que guarda cierto resentimiento pasado en la piel del correcto Guy Pearce, dispuesto a atacar las debilidades y las vulnerabilidades del héroe.

    A fin de evitar anticipos que puedan adelantar sorpresas para una trama que no está bombardeada de giros o vueltas de tuerca forzadas, sólo cabe mencionar que el personaje de Pepper (Gwyneth Paltrow) gana espesura tanto en lo dramático como en lo físico; Don Cheadle se consagra como un gran acompañante y alivio cómico –aunque no le puede ganar la pulseada a Downey Jr- mientras que la incorporación de Rebeca Hall como decodificadora de ADN y de un niño cerebro que entabla una buena relación con el apático Tony y lo reconecta con su chico interior sin caer en sentimentalismos burdos suma elementos atractivos que se acomodan armoniosamente a los acontecimientos.

    Tal vez el único reparo obedezca a la excesiva duración (cabe aclarar que hay que quedarse hasta el final de los créditos porque se incorpora una escena) en la que por momentos se nota un innecesario alargamiento de escenas que podría haberse evitado.

    En conclusión Iron man 3 no defraudará a fanáticos y no tan fanáticos, sencillamente por haber logrado amalgamar la alquimia de una película blockbuster para todo tipo de público: buenas actuaciones, guión sólido y buen uso de efectos visuales.
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  • Tabú
    Tabú
    CineFreaks
    Oda al relato cinematográfico

    El nombre de Miguel Gomes llegó a la cinefilia local gracias al Bafici con una bellísima película Aquel querido mes de agosto (2008). A partir de ese grato descubrimiento surgió la necesidad de investigar sus orígenes y el dato relevante sin lugar a dudas estaba circunscripto por su carácter de crítico cinematográfico antes que director de cine.

    La referencia no es antojadiza y tratándose de Tabú, su último opus estrenado ahora comercialmente en salas porteñas, mucho menos aún porque sobrevuela el fantasma de aquel film del año 30, de tono antropológico en sociedad entre F. W. Murnau y Robert J. Flaherty, dominante en la primera parte -o capítulo- bajo el título Paraísos perdidos, cuyo extraño formato de 4:3 genera en el espectador sensaciones diversas, así como el poder hipnótico de las imágenes en blanco y negro complementadas con un texto de una riqueza literaria admirable.

    Allí, la voz en off, en contraste con un registro más afín con el cine mudo que con el sonoro, recupera la fuerza del mito o la leyenda para narrar en breves fragmentos una historia de amor protagonizada por un cazador y el espectro de una mujer que lo convoca a los confines del mundo y lo condena a la eterna melancolía, simbolizada en la figura de un cocodrilo que lo enguye.

    Y es la melancolía, por ende el recuerdo y la memoria, precisamente el nexo con la segunda parte de este sugestivo relato la que abre el abanico a diferentes capas narrativas que irán aflorando a la superficie y a un ritmo sostenido para desplegar otra historia de amor donde la principal protagonista es Aurora (Laura Soveral en su faz de anciana y Ana Moreira en su etapa juvenil), primero en un mustio presente que recorre los últimos días de su vejez y luego en retrospectiva hacia su juventud en una colonia portuguesa de Mozambique, tironeada por el amor irrefrenable de un amante aventurero, Gian Lucca Ventura (Carloto Cotta cuando joven y Hernique Espiríto Santo de anciano), y un marido que no merece semejante traición (Ivo Muller).

    Es a través de la mirada de Gian Lucca y de su evocación de Aurora y de ese pasado idílico, a la vez que trágico, donde se desarrolla por un lado la tragedia romántica devenida del triángulo amoroso con la particularidad formal de que imagen y sonido no presentan correspondencia, es decir entre lo que se escucha y lo que se ve no hay una relación dramática pero sí cinematográfica.

    En ese sentido el término de “tabú” podría relacionarse entre otras cosas con aquello que está vedado o lo que se oculta y se vincula estrechamente con lo secreto; que se resignifica en el film de Gomes al apelar como recurso narrativo a la ausencia del sonido directo para reemplazarlo con un discurso más interno o más precisamente una voz en off que cumple la función de lo que significaba el intertítulo para una película muda, que narra en tercera persona a los personajes e intercambia narradores en relación con la primera parte en la que Aurora se construye desde el punto de vista de su vecina Pilar (Teresa Madruga) y su mucama Santa (Judite Evaristo), a quien ella acusa de estar influenciada por las fuerzas oscuras y paganas al sentirse indefensa y abandonada por una hija –siempre fuera de campo- que jamás aparece y presa de un castigo por sus pecados del pasado.

    Tabú condensa metatextualmente lo cinematográfico con lo literario, aspecto formal que para un lenguaje esencialmente visual (de ahí la conexión intertextual con el cine mudo ya mencionada) la introducción de un texto en off generaría más ruido que armonía pero que en este desafío modifica satisfactoriamente la percepción y en un segundo plano el prejuicio que predica que la literatura y el cine no pueden enamorarse sin traicionarse, por lo que se considera a esa unión antinatural también como un tabú.

    Con Tabú Miguel Gomes supera a su Aquel querido mes de agosto en cuanto a propuesta cinematográfica per se y reescribe de cierta forma y sin pretensiones ni arrogancia alguna un más que interesante capítulo del cine moderno que se nutre de dos orígenes: el primitivismo de la imagen y el poder de la imaginación para acompañarla en esta oda al relato cinematográfico.
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  • Palabras robadas
    Ficciones

    Las decisiones y la culpa atraviesan el universo de esta ópera prima, Palabras robadas –título poco feliz para el original The Words- que apela al trillado recurso de la ficción dentro de la ficción, como si se tratara de un elemento novedoso que no hace más que trasladar a la pantalla una fórmula tan vieja como el cine mismo.

    Los guionistas y directores debutantes Brian Clugman y Lee Sternthal (Tron: el legado) toman la estructura narrativa de un mecanismo de cajas chinas para introducir tres historias, cuyo nexo es un libro y del que se desprenden diferentes capas o ramificaciones que cuentan con el protagonismo de un personaje, siempre escritor.

    Así las cosas, todo comienza con la lectura en público del primer capítulo de una novela a cargo del exitoso Clay Hammond (Dennis Quaid), quien narra la desventurada existencia de un joven aspirante a escritor Rory Jansen (Bradley Cooper), cansado de los fracasos editoriales y a punto de echar todo por la borda.

    Sin embargo, un elemento azaroso durante su viaje de luna de miel con su esposa Dora (Zoe Saldana) en Paris modifica el curso de los hechos y como por arte de magia el escritor fracasado se transforma en la revelación de la literatura joven al publicarse su novela donde cuenta las peripecias de un joven soldado en la Segunda Guerra, su romance con una joven francesa y la tragedia tras pocos meses de felicidad junto a ella.

    La popularidad del joven Rory lo vuelve más vulnerable y cierto secreto que pretende resguardar (unos papeles que encuentra en un viejo maletín en Paris) rápidamente se revela a partir de la introducción de un personaje misterioso interpretado por Jeremy Irons.

    No sería adecuado avanzar desde este lugar en el relato cuando desde el título local se puede anticipar en qué radica el verdadero secreto y por qué gran parte de este argumento toma como uno de los ejes narrativos la culpa sin posibilidad de redención alguna. Lo cierto es que en el campo estrictamente de la ficción habría lugar para la justicia poética pero como en este caso se trata de establecer un límite entre lo real y lo ficticio esa carta no se jugará jamás.

    La moraleja un tanto fácil de comprender y en definitiva lo que da forma a la trama se sintetiza en la premisa de que una vida es más importante que una novela, o que las palabras que construyen esa ficción basada en el hecho real, aunque para eso los autores se hayan tomado cien minutos de película; agregando personajes sin demasiado peso más que el funcional al guión como es el caso de aquel interpretado por la bella Olivia Wilde, quien no aporta mucho pero actúa de elemento revelador para que la historia cierre no tan caprichosamente -como parecía- al entrelazar las dos ficciones, en las que la presencia del anciano misterioso opaca a la figura del joven escritor.

    La falla fundamental de Palabras Robadas no es otra que su predictibilidad, a pesar de los giros y vueltas de tuerca para desviar la atención del espectador y sostener un drama bastante elemental que sale a flote gracias a las buenas interpretaciones de Irons y Bradley Cooper.
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  • La vida anterior
    ¿Quién engañó a Elena Roger?

    La ópera prima de Ariel Broitman, basada en la novela de la cantante y escritora Silvia Arazi intitulada La maestra de canto, exhibe su mayor defecto desde el comienzo: su ampulosidad. Todo es grandilocuente y trágico al exceso en lo que puede representarse como un sencillo triángulo amoroso, cuyos vértices están conformados por dos cantantes líricas muy distintas; de coloraturas vocales complementarias interpretadas por Elena Roger y Esmeralda Mitre, para debatirse entre envidias, celos y la atención de Federico (Sergio Surraco), pareja de Ana (Roger) que queda obnubilado al conocer a la misteriosa úrsula (Mitre).

    El otro pivot en el relato lo constituye la fuerte influencia y presencia de la maestra de canto, bajo la piel de una correcta Adriana Aizemberg, sabia consejera que atraviesa durante toda la trama el derrotero sentimental de Ana y es receptáculo de sus propios miedos y de sus inseguridades, elementos que transmite en sus performances líricas.

    La ampulosidad de la que se habló al comienzo la arrastra en tono y registro toda la película con una omnipresente y molesta voz en off en carácter de personaje torturado que en este caso le toca a Federico y a su desesperanza tanguera, en contraste con la fortaleza de la ópera como parte de este juego que busca cruzar la música y el estilo desde el sello del contraste pero que no se ajusta armoniosamente con el guión.

    Elena Roger en esta ocasión no descolla ni con su canto y mucho menos desde su actuación contenida y sin matices para un personaje que necesitaba por sus características trágicas mayor intensidad, cuerpo y alma. No ocurre lo mismo con Esmeralda Mitre, aunque su rol es menos interesante desde el punto de vista dramático al ocupar ese espacio de tercero en discordia habitual.

    Por la propuesta y su origen, da la sensación que La vida anterior se fascina muy rápidamente con sus figuras y no deja que ellas crezcan en escena más allá de la exposición en cuadros prolijos donde se puede apreciar un repertorio clásico acorde a las circunstancias y a las potencialidades de cada una de ellas como cantantes notables.
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  • La esperanza de una nueva vida
    Contigo a la distancia

    El choque de culturas entre Oriente y Occidente y los prejuicios de la Europa globalizada hacia los inmigrantes, que reniega de sus orígenes fronteras hacia afuera, eclosiona en este drama social teñido de historia de amistad y algo más entre una mujer proveniente de China y un marinero de origen eslavo a punto de jubilarse.

    Tanto Shun Li (Tao Zhao) como Bepi (Rade Sherbedgia) comparten entre charlas su afición por la poesía y guardan cierta sensibilidad por la vida, que los separa del entorno, reacio y hostil ante el cruce de culturas y con una fuerte xenofobia detrás.

    Ella, en su condición de inmigrante, adeuda a su amo chino una cantidad de dinero que debe ir pagando con trabajo en los lugares a los que es enviada, primero como empleada textil y luego detrás de la barra de un bar en la ciudad pesquera italiana de Chioggia, frecuentada por Bepi y su grupo de amigos, también pescadores como él.

    La camaradería y caballerosidad de este veterano yugoslavo, un tanto parco con sus semejantes pero muy cortés con la empleada china, cimenta los pilares de una relación que comienza con amistad pero que con el correr del tiempo y la confianza mutua va solidificando un vínculo amoroso que funciona como válvula de escape para mitigar la soledad en el caso del anciano y para insertarse de a poco en una sociedad bastante dura en el caso de Shun Li, cuyo único objetivo es un reencuentro con su hijo residente en su pueblo natal y al que debería ver una vez saldada la deuda.

    El registro cuasi documental que perdura durante todo el desarrollo de la trama, donde se respira la frescura del cine asiático en cuanto a los tiempos y la elección de los elementos minimalistas para contar la historia se mezcla con un cine de tipo social que se acomoda en el contexto de una Europa que atraviesa una enorme crisis de identidad y económica con sectores empobrecidos como es el caso de la ciudad donde transcurre este relato de amor.

    El director Andrea Segre, conocido por sus trabajos documentales, en esta ocasión apuesta a la ficción para encontrar un puente narrativo capaz de transmitir desde la metáfora y la alegoría cinematográfica un mensaje elocuente y crítico desde el punto de vista sociológico, donde el fenómeno de la migración no se tiene tan presente y surge más como un conflicto coyuntural que como un fenómeno social en expansión que avanza hacia otras latitudes.

    No obstante, por momentos La esperanza de una nueva vida parece abandonar la causa para concentrarse en la anécdota de esta particular amistad entre una joven asiática perdida y desamparada en la fría Venecia pero que finalmente puede ser rescatada de ese naufragio por el galante marinero.
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  • 21 La gran fiesta
    El paroxismo del mal gusto

    A pesar de las estrategias de marketing que intentan vincular a este deplorable film con la saga de la exitosa ¿Qué pasó ayer?, es imposible reírse o divertirse con 21 la gran fiesta básicamente porque sus protagonistas adolescentes son tan malos actores que causan vergüenza.

    Tampoco se salva un guión a cargo de los directores del film Jon Lucas y Scott Moore que acumula situaciones sin ninguna cohesión interna y en función de la escatología o el mal gusto con la sencilla idea de provocar al espectador o al menos robarle una sonrisa con las desagradables escenas que involucran vómitos en cámara lenta o la ingestión de un tampón en estado de absoluta ebriedad.

    Para los norteamericanos eso es gracioso y a esta altura incluso lo consideran transgresor en épocas donde internet ha superado cualquier limite en lo que a mal gusto se refiere y el cine parecería estar en este caso al servicio de ese mal gusto más que de la comedia revulsiva en sí.

    La historia prácticamente es una copia de la fórmula ensayada en ¿Qué pasó ayer? pero con la diferencia de hacer hincapié en el cumpleaños número 21 del joven Jeff Chang (Justin Chon), estudiante aplicado con un padre extremadamente rígido que ve con muy malos ojos los ejemplos de estudiantes desperdiciados a causa de la diversión y el exceso en las fiestas. Por eso, la llegada de dos amigos como Miller y Casey (Miles Teller y Skylar Astin) precipita los acontecimientos a niveles paroxísticos que incluyen drogas, alcohol, mujeres desnudas y un sinfín de humillaciones al protagonista que resuelve todo con una risa enfermiza.

    Fiesta alocada, una fraternidad de mujeres que se vengan del machismo, concursos sobre quién resiste mayor ingesta de alcohol forman parte de este producto maloliente que por esas cuestiones comerciales se estrena en nuestros cines a caballo del éxito de una comedia con similares características pero con buenos actores en su reparto que garantizaban la efectividad de chistes mal escritos pero bien actuados.
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  • Tadeo, el explorador perdido
    El Indiana ibérico

    Esta propuesta de origen español para todo público y generada a partir del éxito de dos cortometrajes es la carta de presentación del personaje Tadeo Jones: un albañil que de niño soñaba con convertirse en arqueólogo y formar parte de aventuras en busca de tesoros ocultos o misterios ancestrales, pero que se le negaron durante toda su existencia en un trabajo más que rutinario y carente de todo tipo de emociones.

    La idea como concepto y producto cinematográfico tiene por objeto ponerse a la par de los grandes Estudios como Disney o Pixar, aunque con menos ambiciones desde la gestación del proyecto y siempre concentrado en la mirada de afuera más que la de preservar una identidad para el adentro.

    En esa operación es donde se puede notar por un lado el acierto en la construcción de esta aventura animada en 3D, a la que no le falta acción pero tampoco le sobra nivel, equiparándose con cualquier film ATP que no necesariamente pase por el tamiz Pixar, como así también observar ciertas falencias sobre todo en materia de guión más que en lo referente a la dirección o a los rubros técnicos.

    El film de Enrique Gato comete el error de mirarse en un espejo que le queda demasiado grande; se somete de manera constante a una mirada externa con un forzado intento For export que le quita personalidad y lo estanca en un conformismo peligroso. Así, queda desaprovechado el diseño de los lugares en donde se desarrolla la acción como por ejemplo Machu Picchu y se transforma a una interesante leyenda incaica en un mero pretexto narrativo, que para el público infantil debería haber sido tratada con mayor respeto.

    Más allá de estas definiciones y apreciaciones particulares, estamos frente a una película que entretiene y cuenta con una sustanciosa galería de personajes secundarios atractivos, bien construidos desde el guión a cargo de Javier Barreira, Gorka Magallón, Ignacio del Moral, Jordi Gasull y Neil Landau, entre quienes se destaca un loro mudo de color rojo que actúa de alivio cómico, junto a un simpático perro, fiel compañero del protagonista Tadeo, quien se verá por azar involucrado en una expedición hacia el Perú ocupando el lugar de un experto en cultura incaica para dar con el tesoro perteneciente a los incas.

    Allí, además conocerá a la hija de otro avezado investigador de las culturas precolombinas –mezcla de Cachorra y Lara Croft- a quien deberá salvar de las garras del villano de turno, un hombre con una mano mecánica al que sólo le interesa la arqueología como negocio y también deberá alejarla de la influyente presencia de un explorador mediático con intenciones poco claras.

    No obstante, Tadeo, el explorador perdido es un digno intento de animación española destinado al público infantil que a pesar de sus desaciertos seguramente cuente con el apoyo del espectador argentino más pequeño por contar con los ingredientes básicos del entretenimiento: acción, humor y personajes queribles
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  • Ausencia
    Ausencia
    CineFreaks
    Desapariciones

    A la película norteamericana independiente de terror, Ausencia, que finalmente se estrena de manera comercial en nuestro país, le alcanzan dos elementos efectivos para construirse y lograr con muy poco concluir un film interesante desde el punto de vista del planteo y diferente a lo que se viene estrenando en materia de cine de terror en los últimos años.

    Gran parte de ese mérito debe atribuirse a su director Mike Flanagan, quien desarrolla con meticulosidad un relato minimalista que explota al extremo la idea de las presencias fantasmales, mezclada con la culpa cristiana que alimenta los monstruos internos que toda explicación psicologista reviste de entidad y como parte del juego perverso de la mente.

    A esas fuerzas que se contraponen, el agregado de una atmósfera tensa y atravesada por ambigüedades sumado a una serie de hechos misteriosos más cercanos al policial sobrenatural que a una película de terror en sí misma se le debe agregar una ecléctica galería de personajes secundarios bastante convincentes gracias a buenas elecciones de casting, donde se destaca el actor Morgan Peter Brown, personaje clave sobre el que gira el derrotero de la trama.

    Callie (Katie Parker) visita a su hermana Tricia (Courtney Bell) para ayudarla a cerrar una etapa dolorosa en su vida al haber desaparecido Daniel (Morgan Peter Brown), su pareja, hace 7 años. Sin rastros sobre su paradero y con una investigación policial infructuosa detrás decide declararlo muerto en ausencia para poder continuar con su proyecto de vida y con asuntos legales en vistas a que pronto dará a luz. Todavía el duelo de la pérdida hace mella en su frágil mente y la atormenta la presencia fantasmal del desaparecido Daniel cada vez que intenta olvidarlo.

    En paralelo, su hermana también católica y devota, descubre a metros de la casa un túnel en el que encuentra personas extrañas y que en cierta medida se vincula con la desaparición de Daniel.

    Un hecho inesperado que es conveniente no anticipar aquí modificará drásticamente el rumbo y tono de los acontecimientos para que el realizador saque a relucir algunos trucos y vueltas de tuerca lícitas que hacen de este producto de bajo presupuesto y buenas ideas una propuesta más que satisfactoria tanto para amantes del género como para aquellos que buscan todavía encontrar películas bien narradas y que logran mantener atado al espectador a la butaca a fuerza de pulso y nervio más que de efectos visuales o golpes de efecto.
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  • Oblivion: El tiempo del olvido
    La nostalgia del ayer

    Una premisa básica como la devastación del planeta Tierra a causa de una guerra contra alienígenas que vinieron a conquistarnos marca el prólogo en off donde el protagonista Jack Harper (Tom Cruise) narra cuál es su función en el nuevo panorama en el que según sus palabras los sobrevivientes humanos ganaron la guerra pero perdieron el planeta.

    Jack es algo así como un encargado de seguridad y mantenimiento de drones programados para aniquilar al enemigo extraterrestre que aún persiste con sus ansias de conquista y que se denominan carroñeros. Trabaja día a día explorando la geografía y las ruinas de lo que quedó tras las batallas -y no fue alcanzado por la radiación- junto a su compañera Vika (Andrea Riseborough) bajo las órdenes de la autómata Sally (Melissa Leo), quien se encarga de dejar todo preparado para que ellos partan hacia Titán, el nuevo planeta cerca de Saturno donde los humanos sobrevivientes comenzarán de nuevo.

    Sin embargo, a pesar de que la memoria de Jack y de los otros soldados fue borrada totalmente, un recuerdo recurrente se niega a desaparecer y lo conecta de cierta manera con un pasado en el que el rostro de una misteriosa mujer (Olga Kurylenko) ocupa el centro de sus sueños en los que se lo puede observar feliz y menos frio de lo que es actualmente.

    Todo tomará otro cauce cuando Jack, en una misión extra oficial, descubre unas cápsulas con presencia de personas, quienes a pesar de ser humanas son objetivo de los drones y entonces ese recuerdo cobrará otro sentido en su vida desde el momento que se reencuentra con Julia, la mujer misteriosa del sueño.

    Poco más se puede agregar (sin revelar información sustancial) sobre esta historia que toma como punto de partida la lucha de un hombre por preservar sus rasgos de humanidad contra la mecanización y la deshumanización en un futuro muy cercano, dominado por un poder en la oscuridad y por manos invisibles que digitan operaciones secretas y manipulan el relato para no perder el privilegio de la dominación sobre la sociedad.

    Tópico que la ciencia ficción ha desarrollado desde Un mundo feliz hasta 1984 pasando por Blade Runner por citar los casos más paradigmáticos donde siempre hay un grupo que resiste al orden instaurado en pos de una lucha desigual por la libertad.

    Tom Cruise se luce en este rol de héroe melancólico y su carisma aparece cada vez que la película lo necesita, aunque el diseño de producción y la puesta en escena son las estrellas del film, dirigido por Joseph Kosinski, quien ya con su trabajo en Tron: el legado demostrara talento para este tipo de megaproyecto en el que los efectos visuales juegan un rol trascendente pero siempre en función a la trama y no a la exhibición gratuita.

    El mayor problema de Oblivion... es la extensa duración teniendo en cuenta un prólogo y una introducción demasiado larga para lo que se quiere contar, defecto que arrastra a lo largo de los 126 minutos de metraje al que le sobran por lo menos 30 minutos y le falta algo más de acción porque no puede negarse la estructura del western impregnada en un producto de ciencia ficción como éste.

    Los personajes secundarios están bien construidos, ninguno desentona pero tampoco brilla por sí mismo como es el caso de las dos actrices principales que se disputan a Jack en un pseudo triángulo amoroso, que no aporta mucho al argumento pero alcanza para disfrutar de dos rostros muy fotogénicos que -por decir de alguna manera- calientan la fría imagen saturada de blancos y falta de personalidad en un mundo donde los sentimientos y las emociones parecen haber quedado en el olvido hasta que un nostálgico se acordó de su humanidad.
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  • Contrarreloj
    Contrarreloj
    CineFreaks
    Anexo de crítica:

    Contrarreloj confirma que Nicolas Cage ya no se interesa en lo más mínimo por buscar otro tipo de propuestas de mayor riesgo para sus dotes actorales, y que el género de la acción y el tipo de cine pasatista le sientan muy bien y además le suministra a su cuenta bancaria exorbitantes sumas cada vez que pone el cuerpo, los tics y la cara al servicio de la acción y el absurdo en la misma proporción. A pesar de estos notorios desniveles en la trama, ciertas incongruencias y arbitrariedades en la historia, no puede negarse que el film resulte por lo menos entretenido para aquel público que sólo quiere pasar un rato agradable en el cine acompañado de un gigante cubo de pochoclo.-
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  • Bienvenido a los 40
    La trillada cuarta década

    Con este cuarto opus, Judd Apatow, confirma dos cosas: su incuestionable capacidad para escribir gags o chistes y por otro lado un preocupante reblandecimiento de su posicionamiento políticamente incorrecto cada vez que se trate de hablar o exponer temas vinculados a lo familiar y la institución familia como valor intocable.

    El problema más acuciante de esta comedia Apatow, Bienvenido a los 40 (This is 40) –a esta altura ya es un género en sí mismo como Adam Sandler- que rescata a dos personajes secundarios de la correcta Ligeramente embarazada (Knocked up) como la pareja de Pete (Paul Rudd) y Debbie (Leslie Mann, esposa de Apatow) es sin lugar a dudas la acumulación de conflictos y el exceso en la duración del largometraje al que le sobran más de media hora y por el que desfilan una batería de chistes buenos, malos, y peores, en claras alusiones a los típicos conflictos de las crisis matrimoniales o de los 40 años.

    Tanto Pete como su esposa se ven afectados por el avance de la edad y en el caso particular de ella en la negación del paso del tiempo más allá de las frustraciones personales como madre o empresaria de un pequeño negocio, que no puede manejar con holgadez. Además, ambos son padres de dos preadolescentes, Sadie y Charlotte (Maude e Iris Apatow, hijas del director), quienes suman a los problemas de pareja aquellos relacionados con la adolescencia y los conflictos de comunicación generacional, a pesar de tratarse de padres jóvenes y aggiornados.

    Así las cosas, al derrotero de esta pareja de clase media norteamericana en crisis existencial se le unen un racimo de personajes secundarios interesantes como Larry (Albert Brooks), en el rol de padre de Pete, quien extorsiona emocionalmente a su hijo y vive de sus ahorros sin ningún escrúpulo, o la empleada sexy de Debbie a cargo de la infaltable Megan Fox, quien para este tipo de personajes no necesita ninguna preparación.

    Pese a algunos aciertos en lo que a comedia se refiere, Bienvenido a los 40 no consigue afianzarse durante las dos horas y quince de largometraje, donde la repetición y la reiteración de fórmulas termina cansando al público como por ejemplo las referencias a la serie televisiva Lost y su final incomprensible.
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  • Jack el cazagigantes
    Anexo de crítica:

    Pareciera ocurrir que en esta suerte de fiebre hollywoodense por rescatar clásicos de la literatura infantil y adaptarlos a las bondades del cine de acción, con la explotación de la tecnología 3D, la industria a veces peca de ingenua de acuerdo al cuento que se toma como referencia para luego aplicarle la fórmula del maniqueísmo y terminar construyendo el enfrentamiento entre el bien y el mal o en su defecto entre las fuerzas de la oscuridad y aquellas pertenecientes a la luz.

    Ahora bien, en ese mecanismo que por un lado mezcla el marketing y por otro el cine, la operación de traslación convierte por ejemplo a la pareja de Hansel y Gretel en temibles cazadores o a Blancanieves en una Juana de Arco pop, por ejemplo. Por eso, retomar la clásica aventura del cuento inglés anónimo Jack y las habichuelas, exponente literario de cuento de hadas emblemático, resultaba un tanto desproporcionado teniendo en cuenta que el atractivo de este relato infantil es un héroe, unas habichuelas mágicas y un ogro que custodia tesoros en un mundo vedado a los humanos.

    No obstante, estos logros en los aspectos narrativo y técnico, Jack, el cazagigantes del director Bryan Singer carece de ingenio y vuelo imaginativo tanto a la hora de construir el mundo de los gigantes como en los momentos de las grandes batallas en los que las coreografías son impactantes visualmente pero no deslumbran. Tampoco lo hace esta nueva versión que parece atrasar dos décadas en relación a los nuevos paradigmas del cine de aventuras.
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  • Verano del '79
    Verano del '79
    CineFreaks
    Y se venía el fin del mundo...

    La directora francesa Julie Delpy -también guionista en este caso- apuesta por una narración coral en este relato que por momentos coquetea con la comedia de carácter costumbrista para retratar, bajo la representación de una familia de clase media que se reúne en el campo a fines de los ’70, el contexto que marcaba la expectativa sobre la posible caída de la base espacial norteamericana Skylab y el supuesto fin del mundo de acuerdo a las especulaciones del lugar en que semejante aparato se precipitaría.

    El titulo local Verano del ’79 además propone un interesante mosaico de personajes de época que también obedecen a modelos sociales que pueden mirarse desde el aspecto político más que sociológico. En esa familia que se reencuentra con motivos de festejo del cumpleaños de la abuela Amandine (Bernadette Lafont), en la tranquilidad bucólica de la Bretaña francesa, aparecen algunos parientes de derecha y otros de izquierda para enfrentar ideologías mientras las diferencias generacionales se terminan reflejando entre los niños y los adultos.

    En el caso de los infantes se destaca el protagonismo de la pequeña Albertine (Lou Alvarez), niña sabia que vive con unos padres liberales interpretados por la propia Julie Delpy junto a Eric Elmosnino. La educación poco ortodoxa de la pequeña precoz contrasta con la de sus primos, quienes pertenecen a familias menos amplias y más rígidas en sus conceptos educativos y políticos. En los papeles correspondientes a los ancianos realza por encima de sus compañeros de ruta el abuelo con demencia senil, sobreviviente a la guerra, quien se lleva la mejor escena al entonar la balada de los hombres felices ante sus familiares que miran con admiración, tristeza, respeto.

    El fuerte del film, por momentos demasiado ambicioso en lo que a propuesta narrativa se refiere, lo constituye el meticuloso trabajo en el guión y en la construcción de un singular y variopinto grupo de personajes, con un peso dramático importante en cada uno de ellos para que nada parezca forzado dentro de la dinámica de esta particular familia francesa, numerosa, graciosa y que seguramente genere empatía en el público con sus simpáticas ocurrencias o peleas a la hora de compartir un momento importante en la mesa.

    Este tercer opus de la actriz en calidad de directora reafirma su capacidad tanto delante como detrás de cámara y su sensibilidad en la composición de los personajes.
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  • La reconstrucción
    Las islas y sus archipiélagos

    Si bien la imponente Ushuaia es la geografía elegida para el desarrollo de este drama intimista, La reconstrucción, cuarto largometraje del director Juan Taratuto, quien vuelve a contar entre sus actores con Diego Peretti, acompañado por Claudia Fontán y Alfredo Casero, son en realidad los paisajes interiores aquellos que predominan en la trama del film.

    En esta propuesta diferente encarada por el director de Un novio para mi mujer; un interesante desapego del género de la comedia romántica trabajado en sus anteriores películas para encarar con audacia un coqueteo con el cine de autor, con un meticuloso manejo de los recursos cinematográficos desde el aspecto del lenguaje audiovisual, prevalece el punto de vista del protagonista Eduardo (gran composición de Diego Peretti), un trabajador del petróleo, parco y con un código de conducta muy personal, quien arrastra en su paso algo desganado un pasado que nunca termina por configurarse pero del que Taratuto se encarga de entregar a través de los ajustados y creíbles diálogos la información justa para que el espectador comprenda ciertos impulsos de Eduardo y su hostilidad manifiesta con el entorno.

    Eduardo es una isla conceptualmente hablando pero está rodeado de archipiélagos como Mario (un sobrio Alfredo Casero), un viejo amigo que le pide un favor de esos que comprometen y de los que no se puede retroceder una vez aceptado el encargo: sustituirlo durante un tiempo de ausencia tanto en el manejo de su local de venta como en la atención de su familia constituida por Andrea (Claudia Fontán), su esposa, y dos hijas adolescentes (Maria Casali, Eugenia Aguilar, ambas verosímiles en sus papeles como hermanas), atravesadas por los conflictos familiares cotidianos y también en pleno desarrollo de una edad difícil y definitoria como esa, en el particular escenario de la Patagonia.

    A partir del choque de estas islas en la desolación; en la angustia por la pérdida y durante el "mientras tanto" de un doloroso duelo devenido depresión en el caso de Andrea y malestar e impotencia en sus hijas, Eduardo se sumerge en un viaje iniciático que lo conecta por un lado con un presente distinto al imaginado y con un pasado que necesita ser reconstruido desde los afectos para que el futuro implique la creación de un nuevo puente comunicante para con los otros y lo más importante para consigo mismo.

    La reconstrucción también se ancla en la reparación de los sentimientos para dejar de vivir aislado, a pesar de los sufrimientos que implica comprometerse con el otro cuando todo parece estar encaminado a un viaje solitario y sin rumbo definido.

    El guión que Taratuto escribió con la colaboración de Diego Peretti se encarga de abrir el espacio a la reflexión sobre los grandes temas como la ausencia, la soledad, desde el detalle y con el foco en la subjetividad del protagonista, dado que el espectador observa y mira lo mismo que él; descubre también lo mismo pero no siente igual aquel dolor o la frustración de no cambiar, hasta que se realiza el intento.

    La puesta en escena habilita el espacio cinematográfico para que la distancia entre la cámara y los personajes no contaminen los climas ni tampoco desperdicie el cúmulo de tiempos muertos o silencios incómodos que sobrevuelan constantemente la atmósfera, a veces tensa en el período de convivencia y conocimiento mutuo entre Eduardo y la familia de Mario.

    Tampoco contamina la mirada de Taratuto el paisaje exterior, aspecto de la imagen muy bien aprovechado por la fotografía, así como la presencia de la luz muy distinta para interiores y en sintonía muchas veces con el estado anímico de los personajes.

    El nuevo desafío de Juan Taratuto esta vez también como productor marca un punto de inflexión en su filmografía como ocurriera hace unos años con Pablo Trapero y su personal film Nacido y criado, particularmente rodado en locaciones en los confines del mundo donde el bullicio de lo urbano y la monocromía de sus junglas de cemento no existen para poder escuchar otros sonidos de la vida o el propio silencio de la muerte, mientras los vientos de cambio soplan entre la furia del dolor y alivian las heridas del corazón en un abrazo dado a tiempo antes de que sea demasiado tarde. Nunca es tarde para cambiar y Juan Taratuto lo ha entendido pronto con esta gran película.
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  • ¿Y dónde está el fantasma?
    Tal como sucede con las propuestas de las parodias, una película que solamente se apoye en chistes acerca de otras películas y en este caso particular con la franquicia de Actividad Paranormal rápidamente la fórmula se agota y comienzan las preguntas sobre el porqué de la insistencia de estos productos, que por lo general no se estrenan comercialmente en Argentina.

    ¿Y dónde está el fantasma? llega con anticipación a lo que va a generar el estreno de Scary Movie 5 donde también se hará mención al grupo de películas que apelan al falso documental tan de moda últimamente y que además han demostrado un agotamiento en cuanto a ideas y aspectos de puesta en escena reiterativos que no conducen a nada.

    Seguirán existiendo aquellos fanáticos capaces a la entrega de bastantes minutos ociosos por un par de sustos en el cine pero también habrá quienes cansados de lo mismo den la espalda en poco tiempo por lo que la idea de la parodia caduca en sí misma.

    Michael Tiddes dirige con desgano una trama que abunda en chistontos y escatología, así como recurre a muchas referencias a la idiosincrasia afroamericana, entre ellas a la manera de hablar o expresiones del gueto que realmente ya no causan siquiera gracia. Tampoco las monerías del actor y en este caso también guionista Marlon Wayans acompañado de la bella Essence Atkins, con escasa participación de David Koechner en el rol de cazafantasmas.

    Pensar a esta altura de las circunstancias en un guión es prácticamente gracioso teniendo en cuenta que la columna vertebral se concentra en los segmentos más relevantes de la saga Actividad Paranormal: una pareja que habita en una casa donde se supone que existe la presencia de un demonio o ente que busca poseerlos y al cual se logra registrar gracias a las grabaciones caseras de un grupo de cámaras instaladas para el monitoreo de toda la rutina hogareña.

    La excusa para abrir la puerta al humor de trazo grueso; a lo chabacano donde sin lugar a dudas entran los estereotipos surge desde el minuto uno hasta el ochenta y seis y apenas se logran contar con los dedos los chistes elaborados que no recurren a las morisquetas y tics del insoportable Wayans o a las guarradas de sus vecinos como parte del mismo plato que indigesta.
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  • Anna Karenina
    Anna Karenina
    CineFreaks
    Anexo de crítica

    En esta nueva adaptación de la novela de León Tolstói pugnan dos películas, la que pretende narrar con imágenes la historia trágica de esta heroína del siglo XIX a contracorriente de los preceptos y códigos de la aristocracia rusa, y por otro lado la del artificio y exhibicionismo con altas dosis de esteticismo que en este particular caso le juegan de manera negativa al realizador Joe Wright, hábil adaptador cinematográfico de otros clásicos literarios como Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, pero también responsable de la extraña Hanna.

    El apartado que debe destacarse es el de los rubros técnicos, aspecto lógico teniendo presente el resultado dispar entre narración y exhibición donde el máximo reconocimiento se lo lleva el vestuario ganador del Oscar a cargo de Jaqueline Durran, quien realmente diseñó ropa de época con una enorme precisión desde el punto de vista histórico. También es justo reconocer el puntilloso trabajo en el diseño de producción en las manos de Sarah Greenwood, sobre todo en la continuidad y cambio de decorados a la par de los movimientos de cámara.

    Para los cinéfilos que quieran llevarse un buen recuerdo de esta trágica historia de amor el nombre de Greta Garbo personificando a Anna Karenina quedará por siempre y el resto de sus intérpretes femeninas brillarán por su ausencia, del mismo modo que esta fallida versión del inglés Joe Wright.
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  • Mi novio es un zombie
    Anexo de crítica

    No por casualidad el protagonista adolescente de este nuevo producto que busca ocupar el espacio dejado afortunadamente por la saga Crepúsculo se llama R como el Romeo enamorado de Julieta -aquí la chica se llama Julie- en esta adaptación extremadamente fresca y libre del clásico shakespereano donde Montescos y Capuletos devienen zombies y humanos y la posibilidad de convivir entre muertos que comen cerebros y se apoderan de recuerdos de sus víctimas es posible gracias al amor. Por momentos inteligente, excelentemente actuada por la pareja protagónica y entretenida hasta el último mordisco.
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  • Parker
    Parker
    CineFreaks
    Anexo de crítica

    A pesar de contar con Statham y su presencia como héroe de acción esta alicaída película donde escasea precisamente la adrenalina y las escenas de violencia necesarias para no aburrir además comete la torpeza de introducir el interés amoroso en la insulsa Jennifer López, elemento más que decorativo para este relato clásico y elemental de venganza con un ladrón que se rige por su propio código de conducta y no perdona a quienes traicionan su nivel de confianza. Nick Nolte tampoco se logra despegar de un personaje vacío como el que le toca y si bien no tiene la intrascendencia de la protagonista femenina su peso dramático es realmente nulo.
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  • La nana
    La nana
    CineFreaks
    Con cama adentro

    Así como Rodrigo Moreno con El custodio lograba poner en un primer plano a un personaje secundario como el encarnado por Hugo Chávez, su par chileno Sebastián Silva en su opus La Nana –que llega con mucho retraso a las pantallas porteñas tras su itinerario festivalero- hace lo propio con la actriz Catalina Saavedra, artífice absoluta de los logrados momentos tragicómicos de este film, que mezcla la sátira solapada a la burguesía chilena a partir del punto de vista de una empleada doméstica con grageas de comedia costumbrista.

    Si en Cama adentro, otro film que marcaba la relación amor-odio entre la señora de la casa venida a menos y su decadencia, en contraste con la complementariedad y sostén afectivo desde el rol de la mucama, en este particular caso se da exactamente al revés: la prescindencia del servicio doméstico para la dinámica de una familia con hijos adolescentes y pequeños, un matrimonio donde el padre se dedica a armar como hobby barcos a escala y la mujer a charlar con las amigas, se manifiesta a partir del conflicto con la mucama cama adentro que lleva trabajando para ellos más de 20 años y que ahora denuncia achaques y cansancio, más el hastío de una agobiante rutina de servidumbre: alistar a los chicos para la escuela, llevar el desayuno a la cama, limpiar la casa de dos pisos, lavar la ropa, el baño, cocinar, servir.

    El rostro avinagrado de Raquel (Catalina Saavedra) ni siquiera se anima con el festejo de cumpleaños número 41, la torta y los minutos en que no debe servir a nadie, algo de vida propia que tampoco los regalos de la señora y el señor Valdes aportan a su mustia existencia de cuatro paredes y novelas televisivas donde las protagonistas sí tienen vida propia; mucho menos cuando se le informa la decisión de incorporar una nueva empleada para ayudarla, dado que su cansancio es más que notorio y su desgano no es muy bien visto por ningún miembro de la familia.

    La llegada de intrusas es una amenaza latente que ponen a Raquel en pie de guerra, sobre todo cuando los verdaderos dueños de la casa no están y ella se apodera del espacio y maneja situaciones de boicot en cada oportunidad donde ve peligrar su reinado. En ese aspecto es insoslayable el buen trabajo de puesta en escena y el manejo y desplazamiento de la cámara que aporta tensión al relato.

    El guión, rico en detalles no narrados, bucea la psicología de su protagonista desde su doble rol de dependencia; desde su intrascendente lugar y su invisibilidad que recién se manifiesta cuando sus emociones afloran.

    No puede pensarse a esta aproximación al mundo burgués chileno como una crítica, con la marcada diferencia de clases, más que como un simpático apunte que se refleja en un puñado de escenas porque el núcleo del film se apoya en los rasgos humanos con un despojo manifiesto de estigmatización tanto de la mucama como de sus empleadores.

    La Nana es un film lúcido y buen exponente de la nueva tendencia chilena que pisa cada vez con más fuerza e identidad en festivales, algo que otrora era impensado y mucho más cuando el cine argentino ocupaba el centro de atención de las miradas extranjeras como ahora sucede con el nuevo cine chileno.
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  • ¿Y si vivimos todos juntos?
    Honrar la vida

    El segundo opus del realizador francés Stéphane Robelin aborda el tema de la vejez y la soledad de la tercera edad desmitificando todos los aspectos negativos y en franca apuesta al deseo de vivir cuando aún se tienen ganas de hacerlo.

    Los protagonistas de este film que mezcla con sabiduría momentos de comedia, humor y drama, atemperados con cierta crítica social de trasfondo forman parte de un elenco de lujo donde se destacan las actuaciones de Jane Fonda en el rol de Jeanne, quien intenta ponerle un poco de pimienta al último tramo de su enfermedad terminal para dejarle a su esposo Claude (Pierre Richard), quien padece trastorno de memoria reciente, el camino allanado junto a sus amigos de juventud entre quienes se destacan Geraldine Chaplin, casada y propietaria de una casa confortable en la que todos intentarán convivir para escaparle a los geriátricos y acompañarse mutuamente.

    Es de reconocer que estamos en presencia de un grupo de ancianos de clase media francesa, con recursos suficientes como para sobrellevar su situación, sin la intervención del estado o de la seguridad social, aspecto que el film no toca en ningún punto porque se concentra en las peripecias de sus personajes y en esta suerte de experimento de la tercera edad cuando la Europa contemporánea presenta mayores índices de expectativa de vida que hace unos años, experiencia que formara parte de una tesis de un joven etnólogo alemán que se une a los ancianos y registra en un documental su quehacer cotidiano.

    A diferencia de otras películas donde el tema de la sexualidad en la tercera edad o el deseo no se tiene en cuenta, en esta ocasión particular en Y si vivimos todos juntos aparece y siempre ligado al pasado como detonante de conflictos entre los hombres y las mujeres como parte de una subtrama que vuelve más atractiva la anécdota.
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  • Elena
    Elena
    CineFreaks
    Traición, familia y propiedad

    Elena es el nombre de este drama intimista con algún elemento de thriller que bucea sobre las relaciones parasitarias entre padres e hijos y lo hace a fuerza de una narración sutil y bien trabajada, con un despojo aleccionador o moralista bajo un código de una leve amoralidad.

    El director ruso Andrei Zvyagintsev, quien hace varios años ya había sorprendido con otra película sobre la familia y la relación padre e hijo, llamada El regreso, vuelve a desarrollar una trama atravesada de tensión donde se pone en juego la condición humana desde su faceta menos complaciente.

    Nada se hace por amor en esta película rusa contemporánea que tiene como marco referencial la fría atmósfera de un lujoso condominio habitado por un anciano con dinero, quien convive hace 10 años con la persona que fuera su enfermera, Elena (Nadezhda Markina), que más allá de su rol de ama de casa mantiene con la plata de su marido a un hijo completamente holgazán que ha formado una familia con un hijo adolescente, destinado a seguir los pasos de su padre, una mujer sumisa y un tercero que está por venir.

    Por otra parte, la relación del anciano con su única hija es prácticamente nula hasta que se produce un incidente que provocará un encuentro fortuito entre ambos y a partir de ese hecho toda una serie de situaciones en relación a la herencia y al legado donde la protagonista del relato cobrará un papel decisivo.

    Sin necesidad de revelar más información sobre la trama, lo único que resta por decir es que más allá de su previsibilidad y alguna que otra licencia del guión, Elena es un cruel y despiadado retrato del individuo en función a su comportamiento grupal cuando pesa la progenie y la sangre en algo que se parece mucho a una familia; es un breve tratado sociológico de la conducta humana en situaciones límites cuando los dilemas morales y la culpa religiosa queda fuera de discusión o por lo menos desplazada a un segundo plano.

    La virtud de este film ruso consiste por un lado en la línea que logra trazar su director al tomar distancia de sus personajes con una cámara no intrusiva en rol observador, eso permite a la historia y a sus personajes un mejor crecimiento dramático en el que el uso de los tiempos muertos o los planos secuencia permiten que el relato fluya sin interrupción pero a un ritmo lento que abre el espacio a la contemplación y a la reflexión si es que el público está dispuesto a hacerlo.
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  • Hitchcock: el maestro del suspenso
    Anexo de crítica

    Sin tratarse de una biopic sobre el padre de La Ventana indiscreta, el guión de John J.McLaughlin se basa en la novela biográfica de Stephen Rebello y se concentra básicamente en el proceso creativo y la producción de la película Psicosis (1960), un hito en la carrera de Sir Alfred y una gema del cine de horror que luego inspiraría hasta el hartazgo a tantos directores como malos plagiadores y copiadores de este realizador británico que jamás fue tenido en cuenta por la Academia y mucho menos por los Estudios hollywoodenses que siempre ponían un pero a sus propuestas alocadas en las que como todo artista con mayúsculas el riesgo de perder prestigio en pos de no repetirse estaba a la vuelta de la esquina.

    Entre los mayores defectos no puede dejar de remarcarse que la elección de Anthony Hopkins para dar vida a Hitchcock no fue la más acertada porque en ningún momento el actor logra desprenderse de su avasallante personalidad y carácter para jugar el rol del director de cine, a pesar de sus esfuerzos por copiar actitudes, gestos, maneras de hablar y un trabajo pormenorizado con el cuerpo que cumple con el objetivo de caracterización no del todo lograda por el maquillaje, pero no llega a deslumbrar.

    El beneplácito de que se hayan acordado de Alfred Hitchcock para esta época de productos sin contenido lamentablemente lleva a preguntarse si era tan difícil realizar una película con mayor peso -como el telefilm de HBO The Girl- a nivel cinematográfico o como reza el mito el indescifrable y misterioso genio anda rondando entre nosotros como un fantasma que no quiere ser recordado más allá de sus obras maestras y prefiere que lo dejen descansar en paz.
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  • Mamá
    Mamá
    CineFreaks
    El instinto no muere

    El director argentino Andrés Muschietti, actualmente radicado en España, sale airoso en su debut cinematográfico con este relato originado a partir de Mamá, corto de 4 minutos que lleva el mismo título de este film, bajo la tutela nada menos que de Guillermo del Toro, responsable de convencer al argentino para entrar a las grandes ligas del cine industrial con un presupuesto importante que ya se ha recuperado con creces tras su estreno en los Estados Unidos.

    El abandono, la desprotección y el instinto maternal son las ideas nucleares de este relato terrorífico que puede enrolarse en el tipo de terror psicológico sobrenatural con un abundante ingrediente melodramático que sintoniza de manera perfecta con el tono elegido cuando el protagonismo se lo llevan dos hermanas de 6 y 8 años, Victoria (Megan Charpentier) y Lilly (Isabelle Nélisse), a quienes su padre se las lleva a una casona de un bosque para suicidarse junto a ellas debido al embate de una crisis económica que tuvo como principal víctima a la madre de las niñas. Pero la casa está habitada por un ente que pertenece a una joven madre de hace 100 años y que las protege primero de las intenciones filicidas del padre y luego de la presencia de cualquier extraño que rompa el vínculo o lazo emocional entre las tres. No obstante, tras la desaparición de la familia, un tío, Lucas (Nikolaj Coster-Waldau), continúa durante 5 años con la búsqueda de sus sobrinas y para ello costea la logística precaria con la que cuenta hasta que finalmente sus empleados las encuentran. Sin embargo, la prolongada ausencia y el sometimiento a un estado salvaje ha generado en Victoria y Lilly un vínculo demasiado sólido con aquel ente a quien denominan mamá y que se ha instalado en sus vidas a pesar de haber encontrado en su tío y su pareja Annabel (Jessica Chastain), la familia sustituta en lo que significa un intento de reinsertarse a la vida social y familiar.

    Si hay algo que puede definir el derrotero de Mamá es la presencia de lo femenino durante todo el desarrollo dado que los hombres parecen quedar en un segundo plano y por otra parte la justificación de lo monstruoso o lo que está fuera de los parámetros normales planteado como una lucha de fuerzas entre dos mujeres: una que pese a estar muerta no ha perdido su nexo maternal y otra que no necesariamente desea convertirse en madre pero que de a poco transita por ese proceso de manera involuntaria al tener que hacerse cargo de las sobrinas de su novio.

    El otro concepto interesante que maneja con sutileza el director argentino obedece a la idea de relacionar lo fantasmático con una emoción distorsionada que logra materializarse en la figura monstruosa, aceptablemente construida desde los efectos visuales y la contextura alargada que de cierta forma disuelve el aspecto corpóreo cuando el rostro no se encuentra en un primer plano. Al respecto, durante las dos primeras mitades, Andrés Muschietti se las ingenia para dosificar la presencia fantasmal valiéndose de los recursos cinematográficos como las sombras o el poder expresivo de sus actrices menudas a partir de la mirada y de la subjetividad más que de la muestra concreta de la criatura.

    Los climas de tensión y suspenso, algún que otro sobresalto bien logrado, se acumulan frente al drama y en eso es de destacarse la buena actuación de Jessica Chastain con un cambio absoluto de look y personalidad que hacen de esta actriz realmente algo serio en materia de género.

    Tal vez pueda reprocharse la última parte donde el lirismo llega un tanto forzado pero no deja de ser bienvenida la apuesta a algo que huye de los lugares comunes aunque es justo decir cumple a rajatabla con los códigos del género incluso en los momentos en los que debe exponer el artificio y mostrar más de lo recomendado para no despertar suspicacias en aquellos espectadores que siempre buscan ver la misma película de fantasmas.
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  • Oz: el poderoso
    Oz: el poderoso
    CineFreaks
    El arte de la ilusión

    El doble homenaje a los primeros pasos del cine y a la clásica película El mago de Oz (1939) se encuentran más que presentes en esta auto declarada precuela a cargo del director Sam Raimi y protagonizada por un elenco importante, encabezado por James Franco, Mila Kunis, Rachel Weisz, Michelle Williams y Zach Braff, entre otros, que cuenta además con el aval de los estudios Disney como ya ocurriera hace unos años con la nueva Alicia en el país de las maravillas dirigida por Tim Burton.

    De aquella película de Víctor Fleming en la que se consagrara Judy Garland que mezclaba la fantasía con una historia de iniciación, la esencia de lo mágico a partir de creer continúa intacta en el manifiesto de Oz, el poderoso pero creerle a un embaucador, a un falso mesías (cualquier parecido con un político es mera coincidencia) depende más del truco o del artificio que de la credulidad del público per se.

    Por eso, para disfrutar de esta aventura cinematográfica para todo público con un más que interesante uso del 3d que hace de la ilusión y la falsedad del artificio cinematográfico un valor es necesario fijar un pacto como espectador con lo que la imagen propone y con aquella fábula de redención que termina coronando el derrotero de Oscar Diggs (James Franco). Diggs es un mago de Kansas de principios de siglo, quien realiza un espectáculo bastante rústico en una feria circense a cambio de unas pocas monedas. Dueño de un poder de seducción con el sexo débil, que siempre le trae problemas con sus compañeros de trabajo, el protagonista se sube a un globo para escapar de una golpiza mientras se desata un feroz tornado que finalmente lo conduce a la tierra de Oz. En ese reino multicolor, con monos que hablan y vuelan; con flores inmensas y muñecas de porcelana, vivientes, creen que Oscar no es otro que el mago de la profecía que acabará con el reinado de la bruja mala y recuperará la felicidad de todo un pueblo pacífico que tiene prohibido matar entre otras cosas.

    Sin embargo, los deseos de grandeza y la ambición desmedida de Oscar le juegan en contra al caer en las sugestivas redes de la malvada bruja (Rachel Weisz), quien además ejerce la manipulación de su hermana (Mila Kunis) para convencerla de que la verdadera malvada es la bruja buena (Michelle Williams), interés amoroso que provocará el despecho en una de las dos hermanas, en un doble juego de apariencias donde las máscaras y las pócimas ocultan los verdaderos rostros en un principio hasta que se subvierte el código y la bruja ya no se escude en el rostro del hechizo sino en su verdadero aspecto.

    Como un mecanismo de muñecas rusas que va de la representación a la puesta en escena pasando por la ilusión y finalmente la realidad menos mágica, la propuesta de Sam Raimi expone el artificio sin ocultarlo en efectos visuales o en la parafernalia y pirotecnia visual del 3d. Por otro lado lo exterioriza desde el punto de vista del registro de las actuaciones en primer lugar para generar ambigüedad en los personajes pero sin llegar a la caricaturización de ninguno.

    Esa frescura, exageración controlada, que se respira a partir del diseño visual del mundo de Oz, permite introducir por ejemplo situaciones desopilantes o no tomarse demasiado en serio la épica del viaje exterior pero sí aquella que marca el viaje interior y su arco transformador, tanto para el personaje de Oscar como para el de su antagonista la bruja.

    Así, con el camino amarillo legendario; con un James Franco over the top, vuelos en pompa de jabón, la introducción del zootropo y una banda sonora muy similar a otras de Danny Elfman, la propuesta de la Disney alcanza y no defrauda al gran público y mucho menos a los nostálgicos que ahora encontrarán otro gran pretexto para volver un rato al arco iris algún día y en algún lugar.
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  • Los días
    Los días
    CineFreaks
    Infancia interrumpida

    Cuando se es chico un aspecto de la fantasía de actuar como los adultos forma parte de los juegos cotidianos. La imitación de lo que hacen los grandes como fumar, decir malas palabras o hablar raro, también entra en el código de un juego.

    Martina y Micaela Mendes tienen 8 años; viven en una casa modesta, en el suburbano barrio de Quilmes, junto a su madre Norma Poncio y a su padre. Duermen en la misma cama; concurren a la misma escuela y van a misa algún que otro domingo. Asisten a clases de catecismo, prontas a tomar la primera comunión, y cuando viajan a capital es para quedar seleccionadas en algún casting con la esperanza de los padres (el hombre prácticamente ausente y fuera de campo) depositadas en el anhelo de que las hijas se conviertan en famosas y ganen el dinero suficiente para paliar la situación económica.

    La infancia de ambas hermanas no dista de la de cualquier niño de esa edad hasta que las circunstancias y la realidad de su entorno familiar se alteran y entonces quedan solas tanto para educarse como para aprender y sobrellevar el tránsito de la niñez a la pre adolescencia a diario, como retrata este documental de observación, opera prima de Ezequiel Yanco, presentado en el Bafici y que ahora se estrena a partir del sábado 9 en un reducido circuito de salas cinematográficas.

    Los Días bucea en la intimidad de estas dos niñas que sueñan con transformarse en la imagen de lo que la televisión les enseña y entonces la espontaneidad demostrada a cámara se contamina de cierta manera en la propuesta, pero la observación no deja que ese elemento exógeno modifique la mirada o actúe disruptivamente en la distancia emocional que es la adecuada, algo muy difícil de sostener tratándose de niños que transparentan su fragilidad y vulnerabilidad, sin especulación o sobreactuación.

    Los tirones de pelo que forman parte de la pelea entre Mica y Martina son creíbles, así como esos berrinches que surgen durante el lapso en que su madre intenta educarlas con ayuda en los deberes escolares o en el acompañamiento doméstico antes de que su situación se modifique drásticamene y tenga que salir a trabajar todo el día.

    Los Días no es otra cosa que una radiografía perfecta de un presente que a veces no se quiere ver y de un futuro mucho más oscuro y peligroso en el que los niños dejan de ser ingenuos e infantiles a fuerza de convertirse sin escala en adultos y adquirir responsabilidades para las cuales no están preparados.

    La virtud en este caso de Yanco respecto a la puesta en escena y al cuestionamiento interno sobre la representación cinematográfica de la infancia es haber encontrado el equilibrio entre el aspecto social y el cotidiano, exponerlo sin especulaciones ni reveses discursivos como dos caras de una misma moneda: la de la supervivencia de una clase media baja que hace mucho tiempo abandonó la infancia, forzada a convertirse en adulta en un país donde ya nada forma parte de un juego, ni siquiera uno de niñas.
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  • Las edades del amor
    Todo sobra

    El único pretexto para dar luz verde al estreno de esta tercera parte del film coral Manual de amor, que se estrenara hace unos años en nuestro país con singular éxito, no es otro que la presencia de Robert De Niro y Mónica Bellucci, protagonistas del tercer episodio del film que nos compete: Las edades del amor, también dirigida por Giovanni Veronesi.

    La estructura narrativa se apoya en tres relatos que dan cuenta de distintos tiempos para enamorarse, como la juventud, la madurez y la última etapa de nuestras vidas, la cual se identifica bajo el rótulo de más allá. En ese contexto dramático, revestido de cursilería, diálogos imposibles y una música omnipresente realmente perturbadora son evidentes las fallas del guión y el muy desparejo resultado del conjunto de la propuesta teniendo en cuenta además que la única anécdota interesante resulta la menos romántica y a la vez la más graciosa porque gira en torno al cambio de rumbo que sufre un popular presentador de noticieros que vive un tórrido romance con una psiquiatra bipolar. Sin moverse un ápice de la comedia de enredos, este segundo capítulo es el único que vale la pena destacar gracias a las buenas actuaciones de Carlo Verdone y Donatella Finocchiaro.

    El primer episodio donde sobra absolutamente todo es un cúmulo de clichés que recicla la historia de un joven abogado (Riccardo Scamarcio) a punto de casarse con Sara (Valeria Solarino), pero a quien Cupido le juega una mala pasada al ponerle en el camino a una chica durante un viaje por trabajo en Toscana y así quedar tan enamorado como para dudar de su futuro y apostar a otro incierto presente.

    El registro telenovelesco para mezclar el costumbrismo de un pueblo chico resulta realmente insoportable hasta que el alivio llega con el ya citado segundo episodio.

    Respecto al último tramo no puede agregarse demasiado salvo una correcta actuación de De Niro en el rol de un profesor de historia del arte, divorciado y trasplantado del corazón, quien se enamora de la hija de su portero y amigo italiano interpretada por la sensual Mónica Bellucci. Sin embargo, el relato trata de insuflar algo de romanticismo en la ocasional pareja que por momentos se vuelve verosímil aunque en otros parece muy forzado.

    Las edades del amor en definitiva es otro despropósito que arriba a las carteleras locales con un importante número de salas a su disposición para ocupar un espacio que un cine de mayor calidad y también proveniente de Europa necesita y con suma urgencia, pero que lamentablemente se le niega de manera sistemática.
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  • Antes
    Antes
    CineFreaks
    Generación partida

    Con dos temporalidades bien definidas y yuxtapuestas a lo largo del relato, la ópera prima de Daniel Gimelberg –codirector junto a Csecs Gay de Hotel room- construye un retrato intimista y generacional a fuerza de sutileza y un in crescendo dramático permanente que marca el derrotero del protagonista (Nahuel Viale) en dos etapas claves de su joven vida: un verano donde cumple 21 años y el invierno donde ya cuenta con 23.

    El Nacho del presente es completamente distinto al Nacho del pasado y eso se hace sentir tanto estética como dramáticamente, en una pendiente de desesperación originada a partir de un hecho que no revelaremos aquí pero lo suficientemente importante como para alterar el rumbo de una historia en cualquier circunstancia crítica.

    De forma fragmentada, la trama acopia situaciones que luego de conectarse dialécticamente configuran un mejor mosaico de la personalidad del protagonista y sus actitudes cada vez más angustiantes o peligrosas para el entorno.

    En ese transitar caótico, a veces a la deriva, de las emociones, los recuerdos, amigos que regresan del exilio o novias que se dejan sin saber muy bien porqué, la repetición de conductas o reiteración de situaciones conllevan una carga afectiva que a veces logra transparentar la angustia interior de Nacho si es que la violencia contenida no aflora desde el dolor o el sentimiento de culpa, muchas veces insoportables.

    Antes es un alentador debut en solitario de Daniel Gimelberg que acierta primero en la elección del casting para conformar un buen puñado de secundarios entre quienes debe destacarse Nahuel Pérez Biscayart, Carlos Portaluppi, Guadalupe Docampo, Alejandra Flechner, Horacio Acosta, el español Gabino Acosta y Verónica Llinás, todos ellos muy bien dirigidos y con sustanciales aportes desde sus personajes.

    El segundo acierto lo constituye el guión en materia de diálogos que con el correr de los minutos se aclimatan a la historia y se vuelven naturales al oído, sin excesos verbales o frases grandilocuentes aunque cargados de sustancia.

    En su rol de director, Gimelberg encuentra la distancia adecuada para seguir a sus personajes y de vez en cuando escudriñar con zooms rabiosos al protagonista en sus estados anímicos o perturbaciones de la mente que abren el espacio a otro ámbito mucho más sutil pero que no desentona con el clima de la película, incluso en esas partes más densas e íntimas.

    Esos logros son compartidos gracias a la buena actuación de Nahuel Viale y la fotografía a cargo de Diego Poleri capaz de definir a partir de tonos veteados o colores muy fuertes que estallan en la imagen dos dimensiones disimiles en las que también la música juega un importante papel.
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  • Broken City
    Broken City
    CineFreaks
    Anexo de la crítica

    No es culpa del chancho sino de aquel que le da de comer, ese podría ser el mejor resumen de este deslucido policial negro dirigido sin mucha idea por Allen Hughes sin la tutela de su hermano Albert esta vez y que cuenta con las actuaciones correctas de Mark Wahlberg y Russell Crowe porque Catherine Zeta-Jones está tan dibujada como esta trama elemental que se adentra en el mundillo de la corrupción política, en Nueva York, sin aportar absolutamente nada atractivo más que algunos gestos simpáticos de la caricatura de un alcalde inescrupuloso encarnado por Crowe, quien intenta ponerse en la palma de la mano a un detective culpógeno al que Mark Wahlberg personifica sin despeinarse.

    La atmósfera del film noir en la decadente Nueva York apenas perceptible configura cierto atractivo estético que se diluye en el tedio de un relato que hace agua por donde se lo mire.
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  • Cirque du Soleil: Mundos lejanos
    Gira mágica y misteriosa

    Pocos privilegiados en el mundo tienen la posibilidad de asistir cada vez que se anuncia en algún rincón del planeta a un espectáculo en vivo de esta compañía que sigue deslumbrando a los espectadores con su inagotable fuente de creatividad, que fusiona los códigos del circo viejo con el moderno, en un estilo que espectáculo a espectáculo se consolida como único e inimitable.

    Hoy por hoy Cirque du Soleil representa en lo que hace a performances de destreza física, elasticidad corporal y puesta en escena fastuosa lo mejor en plaza artística del mundo no sólo por el nivel de excelencia de sus integrantes pertenecientes a distintas latitudes sino por su propuesta integral y artística que se vale de un trabajo arduo en el perfeccionamiento de coreografías, cuadros o actos, donde el uso sinérgico de lo corporal junto a la tecnología y a la imaginación conforman un concepto muy cercano a la perfección.

    Ahora bien, qué podía surgir de la unión de este colectivo artístico con la cabeza de James Cameron para aportar la experiencia inmersiva del 3D y no perder detalle en el despliegue visual de este espectáculo único llamado Mundos lejanos sino la garantía de calidad que solamente puede apreciarse en cine.

    No alcanzan adjetivos calificativos para describir cada uno de los segmentos que se entrelazan en esta aventura para los sentidos. El pretexto es una mínima historia de amor protagonizada por Mia en busca del volatinero, trapecista de un circo tradicional que cae en su presentación y se sumerge arenas adentro en diferentes mundos a los que la heroína visitará y descubrirá junto a nosotros con la misma mirada de asombro y la inocencia de quien se deja hipnotizar por el fluir de un espectáculo donde están presentes los cuatro elementos pero con predominio de lo acuático tal vez porque el cuerpo humano se compone de un 70% de agua.

    Es el cuerpo y su constante capacidad de transmutación en algo etéreo e ingrávido aquello que prevalece entre contorsionistas, trapecistas y bailarines, quienes acompañan el hilo conductor de este viaje onírico, cinematográfico gracias al director Andrew Adamson (Narnia) delante de la cámara y a Cameron detrás como artífice y voz creadora que pone al servicio del show la profundidad del 3d y el uso de la cámara lenta para apreciar con detalle el movimiento de los cuerpos tanto en el aire como en el agua.

    La banda sonora incidental se acomoda y acopla perfectamente con los climas del show pero merece un párrafo especial el homenaje a The Beatles, con melodías antológicas y reconocibles por cualquiera que alguna vez haya escuchado al menos Lucy in the sky with diamonds, aunque también Elvis Presley dice presente en el convite musical.

    Algo de Alicia en el país de las maravillas; otro poco del Mago de oz; una pizca de Lili (1953) y los guiños pueden encontrarse a montones forman parte de este universo mágico y misterioso llamado Mundos lejanos, que ahora gracias al cine 3D puede descubrirse y por casi 90 minutos viajar con la imaginación a un acontecimiento audiovisual sin precedentes.
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  • Villegas
    Villegas
    CineFreaks
    Entre caminos

    No siempre se llega a buen puerto cuando se utiliza el recurso del viaje de un punto a otro como curva transformadora de personajes. Si los que viajan son idénticos a los que vuelven; arrastran las mismas virtudes y miserias, eso significa que hay algo que no funcionó en la película.

    Afortunadamente, con Villegas ocurre todo lo contrario y es por eso que la ópera prima de Gonzalo Tobal presentada en la Competencia Argentina en el último Bafici no puede pasar desapercibida o recibir el mote de road movie convencional, aunque su primera mitad adopte los códigos de ese tipo de propuesta, en su segunda etapa el relato se estaciona –por así decirlo- en el pueblo de General Villegas en un muy corto período de tiempo para remover historias y construir desde los fragmentos por un lado la identidad del abuelo que falleció, por otro el retrato de una familia y en un segundo plano la radiografía íntima de un pueblo con más de 100 años de historia.

    La precisión a la hora de delinear el reencuentro entre dos primos, Esteban y Pipa, distanciados, que deben verse nuevamente las caras para asistir a su General Villegas natal y despedir los restos de su abuelo junto a las respectivas familias habla a las claras de un guión de Gonzalo Tobal muy bien escrito que sirve de marco a situaciones cotidianas donde se ponen en juego los sentimientos y se renueva la mirada sobre lo perdido: la familia, la infancia, los amigos, los recuerdos, los miedos y los proyectos futuros. También el contacto con la fisonomía de un pueblo, sus espacios (en especial el campo familiar) y sus rostros.

    Esteban Lamothe y Esteban Bigliardi, indiscutidos exponentes de una nueva camada de actores muy interesantes, merecen un reconocimiento por sus actuaciones pero más allá de eso por lograr el verosímil en el vínculo y en la historia, nunca sobreactuando ese sutil distanciamiento que por momentos parecería reducirse al aflorar los sentimientos ligados a la infancia antes de partir a buscar suerte en Buenos Aires aunque en otros se prolonga cuando las irreconciliables diferencias, Esteban estructurado y a punto de casarse con Rosario mientras que Pipa no tiene conflicto con fluir y dejarse arrastrar por lo que el camino propone, emergen entre reproches, envidias, experiencias distintas de vida y maneras de ser y afrontar los caminos hacia un horizonte.

    Como reza una de las estrofas del leit motiv de Nacho Rodriguez (Onda Vaga): sólo queda salir si hasta los ojos que nos miran están vacios.

    Villegas explora ese vacío que genera todo duelo y hace de la búsqueda su verdadero camino.
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  • The Master
    The Master
    CineFreaks
    Las causas y sus consecuencias

    Cada película de Paul Thomas Anderson representa un enorme desafío para todo aquel espectador que busca que el cine lo problematice o inquiete a tal punto de dudar de lo que se está observando en pantalla.

    Como si en la textura cinematográfica de cada fresco visual, lo visible o revelado, existiera una capa más profunda e insondable a la que puede llegarse superando el mero formalismo.

    Petróleo sangriento es el ejemplo acabado de esta idea al plantear en los parámetros de un drama intenso y con personajes fronterizos la crítica contundente al modelo capitalista, bandera de Los Estados Unidos y estandarte del falso sueño americano que con The master, último opus de este gran director, se derrumba y precipita desde el costado menos visible que no es otro que el humano.

    Cómo pasar entonces de la tensión irresuelta de conceptos abstractos como poder, sometimiento, obediencia, odio, amor, fe, religión, culto, seudociencia, dogma, sino a través de la historia de un solo hombre o de un grupo de hombres inmersos en un experimento social que pretende elevarse por encima de los valores intangibles para proponer algo nuevo. Si hablamos del hombre en su constante lucha interna por vencer la animalidad intrínseca para conectarse con algo mucho más elevado y trascendente como el espíritu es imprescindible señalar un contexto histórico o época para comprender las causas y las consecuencias.

    La postguerra por ejemplo, escenario donde comienza este viaje iniciático y alucinatorio, significó para el planeta un momento de crisis de valores muy profundo que habilitó la necesidad imperante de unir en vez de continuar fragmentando. Los modelos de pensamiento más radicales vieron en ese momento crítico un terreno fértil en principio en aquellos sobrevivientes y su conflictivo modo de reinserción en un mundo donde la paz y la concordia fueron absolutamente derrotadas y el cinismo y escepticismo superaron con muy poco esfuerzo a la fe o a la esperanza del escape religioso para fusionarse en otras ramas y despabilar conciencias dormidas o masas dóciles que no se atrevían a siquiera preguntarse cuál es el sentido de la vida y qué nos une o separa a los unos de los otros.

    La película de Paul Thomas Anderson establece como estructura central la convulsionada y ambigua relación entre un líder carismático, Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), propulsor errante de una filosofía cuestionadora que se enrola a partir de una serie de postulados en algo que se denomina La causa (aquí se debe agregar el dato que este personaje se inspira en el creador de la cienciología) pero que en realidad puede sintetizar conceptualmente la figura de cualquier gurú, que a fuerza de retórica, técnicas de persuasión y adiestramiento cognitivo acapara voluntades de fieles y los somete a verdades que dan respuestas a las angustias existenciales más primarias pero que también cataliza los deseos individuales para transformarlos en metas colectivas bajo la pretensión de una selectividad frente a la masa ignorante que siempre genera una amenaza para los objetivos de la empresa seudoespiritual.

    En ese camino de reclutamiento de voluntades débiles o necesitadas de contención se atraviesa Freddie Quell (brillante actuación de Joaquin Phoenix), ex marino alcohólico y capaz de elaborar tragos destilando las sustancias más insólitas, que regresado de la guerra no encaja bajo ningún concepto en las coordenadas de la vida mundana ni tampoco califica como modelo para concretar ese ansiado American Dream.

    Conejillo de indias, golpeado por las circunstancias de la vida y el despecho amoroso provocado por el distanciamiento de la guerra; o desafío personal para Lancaster Dodd y su séquito la relación entre maestro y aprendiz se desdobla en un constante juego de seducción y manipulación psicológica en el que el objetivo fundamental consiste en desprogramar los hábitos o derrumbar la estructura psíquica de Freddie para que no reaccione de manera violenta e irracional frente al dolor o la frustración.

    Sin embargo, despojar al hombre de su personalidad para construir uno nuevo no siempre persigue un fin noble y en ese grado de ambigüedad y dialéctica entre dominado y dominador transita de manera vertiginosa la audaz propuesta del director de Magnolia con la mirada escrutadora y poco complaciente ante lo religioso y el libre albedrio en permanente roce pero sin descuidar la vulnerabilidad de los hombres que se estancan en un tiempo o repiten un episodio traumático del pasado que se resignifica en el presente y ahuyenta el futuro. ¿Es posible reparar algo que está roto?

    En consonancia con esta mirada introspectiva se asocia otra mucho más aguda e histórica que se arraiga con la propia historia de una Norteamérica que tras la guerra y las sucesivas cicatrices de otras guerras se enfermó de su propio cáncer social, de lo que puede desprenderse el triunfo del capitalismo salvaje y la ambición desmedida que deja víctimas en un largo tendal hacia un horizonte que parecería ser infinito.

    Como contracara del mito del buen salvaje explotado hasta el hartazgo por el cine, Paul Thomas Anderson intenta desmitificar sin cinismo este preconcepto para ir más allá de los postulados antropológicos o filosóficos convencionales y sumergirse en las profundidades del agitado océano de la consciencia, la irracionalidad, bajo las olas de la sensibilidad y la emoción que estallan en la pantalla y salpican a cada espectador que se entregue al enigmático universo de The master.
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  • Germania
    Germania
    CineFreaks
    Campo adentro

    El desarraigo y la pertenencia aparecen trabajados en esta ópera prima de Maximiliano Schonfeld, Germania, film que integrara la Competencia Internacional del último Bafici, sin grandilocuencia ni subrayados innecesarios para teñir al relato con un aletargante ritmo y una impronta visual muy personal, que siembra la información a cuentagotas para dejar que los personajes desde su silencio y el juego constante de miradas construyan la historia.

    El protagonismo del relato recae en una familia alemana del Volga, en un campo de la provincia de Entre Ríos (de donde es oriundo el director), que debe abandonar sus tierras y su producción avícola para comenzar de cero en otro lugar dejando atrás toda una tradición y un pasado que parecía mucho más próspero que el presente opaco que se avecina y que llevó a la quiebra de la empresa familiar.

    Brenda y Lucas (Brenda Krütli y Lucas Schel), ambos hijos adolescentes, deben acompañar a su madre viuda en el duro tránsito hacia lo incierto con la sensación de que cierta maldición los acompañará donde quiera que vayan.

    La información que llega de manera ambigua sugiere la presencia de un virus que diezma la población de gallinas o el agua saturada de cloro.

    Schonfeld se vale del recurso de la metonimia cinematográfica eligiendo metódica e inteligentemente qué partes mostrar para dejar el espacio de construcción del todo sin apelar a golpes de efecto y con la absoluta confianza en sus imágenes, aunque tampoco descuida los aspectos relacionados con los dos jóvenes en conflicto permanente al tener que abandonar su círculo de amistad y en el que se desliza cierto amor prohibido entre los hermanos, elementos dramáticos que aportan a la trama la tensión necesaria que sintoniza perfecto con el clima opresivo del film.

    Germania es una propuesta audaz, sutil desde el punto de vista narrativo y con su propio universo y mirada muy particular, que por momentos la asocia con el tipo y estilo de cine del mejicano Carlos Reygadas más en lo que a tono se refiere y al distanciamiento entre la cámara y la acción.
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  • Terror en Silent Hill 2: La revelación
    Bazofia neogótica

    El axioma reza que segundas partes nunca son buenas; las continuidades por lo general son mucho peores que las primeras películas, si no tomemos por caso Matrix para decir que todo está dicho.

    Sin embargo, a esta altura a nadie le importa absolutamente nada cuando de dividendos se trate, por lo tanto subirse al tren de una franquicia originada por la mente afiebrada de un par de programadores que construyeron un video juego, que se ha vuelto popular en el ámbito de las consolas y que tuvo su aceptable versión cinematográfica en el 2006, comete el pecado de querer repetir ese buen inicio y lo hace de la peor manera: reduciendo a la mínima expresión cualquier atisbo de originalidad, creatividad a la hora de planificar una puesta en escena y colmando la paciencia del público no fanático del juego.

    Esta suerte de mamarracho ciberpunk, Terror en Silent Hill 2, La Revelación (3D), que encima pretende explotar el peor 3d en el que cabezas y dedos mutilados saltan a cámara para que uno los esquive bajo el hueco pretexto de generar la idea de brindarle al espectador una proximidad a esa pesadilla digitalizada y barata, no se contenta con un vacío desde el punto de vista estético sino que además lo prolonga en el tratamiento narrativo con una trama por demás absurda a la que se le suman sobreactuaciones que realmente vuelven a esta experiencia una verdadera pesadilla pero en el peor de los sentidos.

    El argumento es básico y se concentra en las peripecias de la protagonista Sharon adolescente (Adelaide Clemens), quien se muda junto a su padre (Sean Bean) a un nuevo pueblo al resguardo de La Orden, la cual pretende devolverla a Silent Hill, ese oscuro reino de la maldad donde la niña demoníaca Alessa ha convocado a todos los demonios para venganza de sus miserias cuando fuera entregada en calidad de sacrificio.

    También aparecerá en escena un detective (Martin Donovan) y un muchachito enviado por la orden para llevarse a Sharon, aunque se termina enamorando y por ende pasa a ser traidor a la causa. El resto es un cúmulo de monstruos que se apila entre la torpeza de los guionistas, el desgano del director Michael J. Basset, los largos pasillos lúgubres, un parque de diversiones tétrico y freak y el enorme bostezo que genera este insalubre raid al que le falta talento, ideas y sobre todas las cosas actores. Fans le sobra.
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  • Amour
    Amour
    CineFreaks
    Anexo de Crítica

    -Cabe aclarar de antemano que el estreno de este nuevo opus del director Michael Haneke, Amour, sorpresivamente tenido en cuenta por la Academia como mejor película no hablada en inglés y también como mejor película, suscitará todo tipo de polémicas y abrirá falsos debates sobre los límites de la crueldad en el cine, con detractores que tildarán al director de La cinta blanca como oportunista y provocador profesional y otros defensores de su honestidad y coherencia a lo largo de una trayectoria, que más allá de los premios internacionales y el reconocimiento de la crítica, mantiene un grado intacto de estilo ascético, filosofía profunda y enorme conocimiento de la condición humana sin tapujos, ni concesiones o alivios moralizantes como siempre se pretende desde las huestes de Hollywood y su doble discurso constante.

    Se bastardea tanto el término arte en cine que cuando surge un verdadero artista como Haneke, quien más allá de sus intenciones como cineasta consigue integrar estética, pensamiento, narración, en un discurso poderoso no en términos visuales sino conceptuales, se cae en la obviedad de analizar sus intenciones a partir de lo que se ve cuando en realidad se debería partir desde lo que se oculta o no se revela.

    Amour es una película sobre el deterioro del amor de una pareja de ancianos interpretados por los geniales Jean-Louis Trintignant en el rol de Georges y la nominada Emmanuelle Riva en el papel de Anne.


    El progresivo extrañamiento, las etapas de ausencia y el no reconocimiento de su esposo se prolongan en el tiempo en que transcurre entre silencios, tiempos muertos, actos de cuidado, desprecio, cansancio, dolor, angustia, impotencia, culpa y emociones contradictorias arraigadas a lo más profundo de los sentimientos en un in crescendo dramático donde Haneke no especula un segundo con el atajo moralista para mostrar de manera descarnada hasta dónde puede manifestarse el egoísmo o la bondad entendida desde la empatía con el sufrimiento ajeno.

    Lo mejor que le podría ocurrir a Amour y a Haneke es no ganar el Óscar como mejor película y sí como película extranjera porque la calidad de sus competidoras salvo la chilena deja bastante que desear. Pablo E. Arahuete (9 puntos).
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  • Carne de neón
    Carne de neón
    CineFreaks
    Anexo de crítica

    A pesar de las irregularidades e inconsistencias narrativas varias no deja de entretener esta coproducción hispanoargentina más que nada por sus virtudes formales muy cercanas al cine de Tarantino y su estética cuando no se vislumbra el tono de algunas películas de Guy Ritchie, otra innegable influencia para su director Paco Cabezas que se vale de su galería estereotipada de personajes fronterizos y reventados para salir airoso del convite siempre que transita por los carriles del exceso o lo bizarro y se aleja del melodrama que para el registro elegido no se integra en esta trama de prostitutas, mafiosos, travestis y perros que se arrojan por la ventana en medio de un festín de sangre y drogas. Un film pasatista, llevadero y divertido que llega bastante tarde a las carteleras locales.-
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  • Mala
    Mala
    CineFreaks
    Anexo de crítica: -No alcanza para eximir del aplazo a Mala con justificar que su director Caetano buscaba filmar un culebrón violento absolutamente despojado de todo contexto social o de corte realista para jugar con el lenguaje de las imágenes y narrar un melodrama nihilista e irónico donde incluso uno de los personajes se llama Carlos Javier como cualquier personaje de telenovela. Ni siquiera como ejercicio de estilo, este sexto opus convence en su viraje hacia el género o coqueteo meta discursivo con el cine clase B utilizando el tópico de la venganza por amor como base de esta premisa, en que a la idea de la mirada ajena sobre el mismo personaje el director de Bolivia la subraya poniendo a cuatro actrices -que por cierto actúan pésimo- en el mismo personaje de una asesina que sólo mata hombres que hacen sufrir a mujeres. Nada se resuelve de manera razonable dentro de los márgenes de lo aceptable para este tipo de propuestas: no hay violencia en exceso; no hay sexo en exceso ni osadía alguna en mostrar cuerpos desnudos o un poco de sangre. Tampoco la simbología o la segunda lectura pretenciosa sobre la imagen que se proyecta y se bifurca en diferentes tipos de mujeres, supera lo predecible, por no decir lo obvio. Mala es mala, no hay otra explicación.-
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  • El árbol de la muralla
    Sobreviviendo

    El título de este quinto largometraje del director Tomás Lipgot (Moacir) refleja tan vívidamente una imagen para sintetizar un testimonio viviente de lucha ante la atrocidad que cometen los hombres y que tiene nombre y apellido: Jack Fuchs.

    A sus casi 90 años, este excepcional ser humano polaco ha sabido sobrellevar la peor carga de la culpa del sobreviviente al Holocausto sin resentimiento, odio, abatimiento o cualquier acto de desesperación que pudiera conllevar el día después del infierno que tuvo que padecer desde su temprana infancia en el guetto de Lodz con su familia primero y luego en la soledad cuando fue deportado a los campos de concentración de Auschwitz hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

    Recordar aquellos tiempos significa abrir las puertas al dolor y es por eso que durante cuarenta años tomó la decisión de no hablar sobre el pasado e intentó recomenzar una vida en Estados Unidos y posteriormente en Argentina, con una esposa (ya fallecida), una hija y tres nietas, su única raíz familiar que sigue viva.

    Igual que aquel árbol, recuerdo difuso en la mente de Jack, la resistencia, la voluntad y la pulsión de vida pudieron contra la muerte y encontró de cierta manera el camino de acopiar testigos de la historia que intenta ocultarse o negarse aún en nuestros días a través de la publicación de dos libros: Tiempo de Recordar (Editorial Milá, Buenos Aires, 1995) y Dilemas de la Memoria (Editorial Norma, Buenos Aires, 2006), a la que se suman charlas y conferencias en universidades para transmitir a las nuevas generaciones su sabiduría, sus lúcidas reflexiones producto de mucho recorrido y experiencia acumulada con el paso del tiempo.

    Sin embargo, el realizador llegó a conocer a su protagonista de una manera indirecta al ser contactado por la psicoanalista Eva Puente, autora del libro que da título al film, quien pensó siempre que la historia de Jack debía ser conocida como un testimonio muy particular y singular de un sobreviviente al nazismo y fue así como Tomás Lipgot aceptó el desafío de construir el retrato de Jack Fuchs haciéndolo partícipe del proyecto y en la búsqueda permanente y caótica para sortear los lugares comunes de la pornografía de la representación del Holocausto, pero sin desdramatizar el contexto en el que ocurrieron los hechos.

    El material de archivo, de grabaciones de un viaje que el propio Fuchs decidió emprender para volver al lugar de su niñez y no encontrar absolutamente nada, que se suma al propio aportado por esta larga entrevista segmentada, connota de manera contundente los mecanismos de la memoria y el olvido y el abismo existente entre el pasado, los recuerdos, el presente, lo vivido y lo reprimido en varias capas que se van desestructurando a lo largo del relato en primera persona y con la cámara de Lipgot siempre presente y dispuesta a escuchar distintas voces.

    A esa estructura se le debe agregar el aporte significativo del dibujo y animación para recrear las imágenes del pasado a cargo de Nahuel Ferreyra en los dibujos y la dirección de animación en manos de Pablo Calculli, y la utilización del sonido con fines narrativos, donde el trabajo de Andrés Polonsky merece un reconocimiento.

    Cada vez que Jack Fuchs nos interpela con su mirada vital y transparente; nos contagia su energía y tranquilidad la cámara desaparece y la verdad germina entre los escombros del olvido como ese árbol que aferró sus raíces a la vida sin que la muerte pudiera derrumbarlo.
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  • 5-5-5
    5-5-5
    CineFreaks
    Apocalipsis y obsesión

    La mística, historias y anécdotas relacionadas a la figura del artista Benjamín Solari Parraviccini –no confundir con el comediante Florencio- es un enorme caudal de elementos para cualquier interesado que piense una ficción dado que cuenta con todos los aditamentos y atractivos de cualquier relato revestido de fe, teorías conspirativas, realidades paralelas y un personaje que encierra desde su hermetismo pero a la vez transparencia todas las características para convertirse en gran ordenador o imaginador.

    Al realizador Gustavo Glannini, quien debutara en la desafiante industria con la animación en 3d y confeccionada a partir de software libre, Plumíferos, el coqueteo con el mundo de Parraviccini y sobre todo con sus psicografías, dibujos que el pintor elaboraba en trance y donde además iban acompañados de frases proféticas, le despertó el interés por conocer con profundidad ese universo a partir de la inflexión del 2001 en la que Argentina parecía ser el escenario ideal en el que las profecías apocalípticas se cumplieran.

    Su investigación rigurosa lo conectó con textos pertenecientes a tres discípulos del propio pintor Sigurd Von Wurmb, Pedro Romaniuk y Norberto Pakula, todos ellos especialistas en la vida y obra del autor que en vida lograra reconocimiento del propio presidente Marcelo T de Alvear y que falleciera en 1974 cuando muchas de sus profecías o mensajes premonitorios correspondían a los años 40 o 30.

    A partir de los dibujos de Parraviccini y en especial de aquel que puede interpretarse junto al texto como la predicción del atentado de las torres gemelas, el director ideó un guión que se estructura a partir del derrotero y obsesión de un profesor de filosofía y lógica (Antonio Birabent) de una escuela nocturna que comienza a obsesionarse por una alumna misteriosa y muy atractiva, Amnis (Belén Chavanne), que lo conecta con el universo de las psicografías y luego desaparece sin dejar rastro o pista alguna para que Gabriel encare por un lado una búsqueda de ella y por otro comience a unir una serie de premoniciones para entender un orden y llegar a la conclusión de que el fin del mundo se avecina.

    El otro personaje que talla fuerte en esta historia, representa en cierto modo al propio espectador, está a cargo de Gonzalo Suárez (reconocible tanto por sus papeles televisivos como por la publicidad de la tarjeta de crédito), quien interpreta a Tony, primo del protagonista que descree absolutamente de sus interpretaciones y teorías conspirativas pero que no le quita el apoyo ni un segundo, aunque no puede ocultar una preocupación mayor por su fragilidad psíquica en un momento de crisis muy aguda del protagonista con su ex mujer.

    Gonzalo Suarez además aporta el escape humorístico necesario como contrapunto ante tanto cúmulo de información.

    Si bien la propuesta es atractiva desde el punto de vista de la historia per se y el avance paranoico que contagia la trama, al que se añade una interesante galería de personajes secundarios de corta pero efectiva aparición, entre quienes pueden destacarse Nancy Anka, en el rol de ex esposa, Adrián Yospe, el periodista Rolando Graña, Ricardo Bauleo, Atilio Pozzobón, Daniel Fanego y Norman Briski, la película presenta ciertos altibajos y desniveles narrativos que por momentos la vuelven demasiado predecible.

    Antonio Birabent carga a sus espaldas con un personaje difícil y a veces ese peso se nota en su sobreactuación y falta de ductilidad para resolver escenas que requieren un registro menos grandilocuente.

    No obstante, pese a estos obstáculos debe reconocerse que la apuesta al cine de género y más aquella que abraza un tópico como lo sobrenatural, sin descuidar los elementos constitutivos del thriller psicológico, insumen un trabajo mucho más cuidado y meticuloso en el orden formal y eso 5-5-5 lo logra en gran parte de su desarrollo, con buenos climas, buen manejo del ritmo y una narración prolija que se puede comprender prestando la debida atención y mucho más si se cuenta con algún conocimiento previo sobre Benjamín Solari Parraviccini.
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  • Los miserables
    Los miserables
    CineFreaks
    El llanto de los oprimidos

    A pesar de los marcados desniveles en cuanto a la integralidad de la propuesta, Los miserables, dirigida por el inglés Tom Hooper, es un musical que eleva el estándar de los musicales cinematográficos de la última década porque su factura técnica y cuidado estético resulta impecable desde todo punto de vista, así como la meticulosa selección del casting para conformar un reparto de actores y actrices multifacéticos que suman voces diferentes, registros altos y potentes que cierran ese anillo de coloraturas melódicas de manera casi perfecta, con las grandes performances de Hugh Jackman y Anne Hathaway como los más rutilantes en los papeles del redimido Jean Valjean y la sufrida Fantine.

    Un escalón por debajo se puede ubicar al neozelandés Russell Crowe en el rol del cuasi napoleónico Javert, antagonista y portador de la Ley que seguirá los pasos del prófugo Valjean a lo largo del recorrido histórico que propone la novela de 1862 del escritor francés Víctor Hugo, inspirada en la historia del delincuente Vidocq, quien purgara sus pecados delincuenciales creando luego el Departamento de policía, hecho que aquí se extrapola a la lucha interna de Jean Valjean y su necesidad perentoria de redimir un pasado tormentoso al hacerse cargo de la pequeña y desprotegida Cosette.

    Si hay algo que destaca este musical trágico, dotado de emoción genuina y épica, desde el punto de vista cinematográfico es su despojo de teatralidad que por ejemplo arrastraba el fallido film Nine o reflejaba en algunos segmentos Los productores. Ese elemento es nada menos que el movimiento a través del espacio escénico, que gracias a la cámara en mano se destaca en escenas de alta tensión dramática o en aquellas que requieren desplazamiento de masas en el cuadro. Las transiciones temporales marcadas con prolijidad por las elipsis que recogen el trayecto histórico que va desde la Revolución francesa hasta el fallido alzamiento de 1832 también guardan una estrecha relación con el movimiento, aspecto que aporta a la estética del film un plus en complemento con lo arrítmico del relato completamente conformado por cantos y canciones del repertorio creado por Boublil y Schönberg, con las letras de Kretzmer que sufren un tanto la pérdida de la cadencia poética del francés, la sonoridad de las palabras, al traducirse al inglés y mucho más aún al español como sucedió en la puesta teatral argentina.

    Tal vez era mucho pedirle a Tom Hooper y equipo respetar el idioma original y un esfuerzo extra para cada actor que sin lugar a dudas hubiese causado más que una sorpresa en las especulaciones de cara a los premios Oscars donde el film cuenta con 8 nominaciones que incluye las ternas principales, aunque es más que probable que pierda como mejor película ante Lincoln.

    Los miserables amalgama en casi dos horas y media una catarata de emociones y despliegue visual donde la fastuosidad se dosifica con la épica del pueblo oprimido en el contexto revolucionario y con trasfondo de crítica social a la burguesía y al poder, pero no abandona en ningún momento la historia de amor o luego el triángulo amoroso entre la joven Cosette (Amanda Seyfried), Marius y la no correspondida Éponine.

    Párrafo aparte merece la dupla cómica y burtoniana encabezada por Sacha Baron Cohen, Helena Bonham Carter, alivio cómico frente a tanto drama para que el relato encuentre sus momentos de pausa y el espectador descanse como si se tratara de un intervalo teatral que permite mantener la fluidez de la acción y descomprimir las atmósferas de angustia o pesares que pululan en pantalla entre la fealdad de los mártires, la indiferencia de los poderosos y la fe de aquellos que luchan por lo que creen justo cuando los vientos de la injusticia se acallan frente al murmullo de las multitudes anónimas que cantan y reclaman su libertad.
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  • La multitud
    La multitud
    CineFreaks
    Sueño de grandeza derrumbado

    Más allá de hilvanar su relato con imágenes poderosas y prodigiosas a veces, la particularidad de este documental, que posa la mirada sobre las ruinas y las consecuencias de un pasado esquizofrénico para reproducirse en un presente igual de enfermo y decadente como el actual es el viaje hacia atrás propuesto por Martín M. Oesterheld para hablar de los fantasmas de la historia; los monumentos de la dictadura militar y la deuda interna argentina que cosecha en el campo del debe la justicia social y en el del haber los aglomerados y asentamientos urbanos donde la indigencia duerme despierta y las multitudes de excluidos pasea entre escombros y sueños rotos.

    Parte de la historia de un país puede reconstruirse solamente con observar su arquitectura o confrontarse con esos esqueletos de hormigón sin corazón ni alma que forman parte del paisaje urbano entre villas, miseria, basura, animales y personas, muchas de ellas provenientes de otras latitudes expulsivas para encontrar consuelo, refugio y un futuro de prosperidad aquí en esta tierra, que se hacen añicos apenas se cruza el Río de la Plata o se toma contacto con el nauseabundo Riachuelo.

    Sin embargo, ese presente está atado a un pasado dominado por la locura mesiánica y asesina de trasnochados que hipotecaron el progreso de una Nación joven con sueños de grandeza y capacidad de sobra para convertirse en potencia mundial; postal desteñida que hoy resulta imposible de comprender dada la destrucción sistemática del tejido social y el permanente retroceso que hace de la repetición de los procesos históricos un símbolo nacional.

    Así las cosas, tanto la Ciudad deportiva de La Boca proyectada en los sesenta en pleno régimen militar como Interama cercana a los 80 devenido luego Parque de la ciudad y actualmente un ruinoso predio que conserva esa inmensa torre como parte de la vista privilegiada sobre el entramado urbano vienen a representar en La Multitud la radiografía exacta de casi tres décadas que evoca a un tiempo pasado de diversión y frivolidad que encontraba en un parque de diversiones el júbilo de miles en épocas nefastas con sus montañas rusas y autos chocadores a pleno, aspecto contradictorio que cualquier argentino que haya vivido durante la última etapa de la dictadura y comienzos de la democracia podrá reconocer sin demasiado esfuerzo.

    No obstante, la unión de estas dos obras yuxtapuestas y escudriñadas no sólo desde el ojo de la cámara lúcida de Oesterheld, sumado a la buena fotografía a cargo de Guillermo Saposnik y el montaje dialéctico de Emiliano Serra y Alejandro Brodershon, sino desde la mirada extraviada de extranjeros ucranianos que desconocen obviamente la historia las vacía de ese valor simbólico e histórico per se para extraer su esencia desde la forma, la silueta, el contorno, lo oculto y lo revelado en un tiempo de urgencia, que se abre en el horizonte y se impone como parte de un enorme cuadro silente y sin movimiento.

    Estáticos, los personajes, un cafetero y una mujer mayor (llegados aquí en los noventa) que hablan un dialecto parecido al ruso, y a la espera; inmóviles, los monumentos de la decadencia, al igual que los personajes sin pasado, sin presente que deambulan alrededor, elementos de la ficción que se entremezclan en esta deriva a la que el director se expone para mostrar la ausencia desde la presencia.
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  • Lincoln
    Lincoln
    CineFreaks
    Anexo de crítica

    Spielberg estructura su película con una puesta en escena sobria y un tono que se aproxima a veces a la teatralidad porque la importancia de la palabra y los duelos verbales son el mayor caudal informativo del relato, que puede tomarse como una magistral lección de historia desde lo didáctico y con la dosis y el ritmo justos para no caer en una aletargante película discursiva. El director narra con las imágenes y subraya con los diálogos, no al revés como a veces suele suceder en otros proyectos de esta envergadura y en eso reside su mayor virtud como realizador.



    Con este recurso que podría enrolarse en lo clásico pero también en lo metadiscursivo, el clima para la emoción y la intimidad se construye de manera natural y no forzada siempre que todos aquellos elementos complementarios como la música no invasiva de John Williams, o la fotografía de Janusz Kaminski sobre todo en espacios interiores, se integren al film con cohesión y sin grandilocuencia. Esta vez parece haberlo logrado tras los problemas de Caballo de guerra y su carencia de equilibrio en tal sentido.



    El hombre y su tiempo por encima del mito y la reivindicación de su titánica tarea como presidente de una nación dividida quedan reflejados con justicia poética en este atrapante film con grandes chances de llevarse el Oscar como mejor película cuando se revele la incógnita que mantiene en vilo a la industria del cine norteamericano. Pablo E. Arahuete (9 puntos).
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  • Cracks de Nácar
    No toca botón

    Este singular y extraordinario documental ficcionalizado de los directores Daniel Casabé y Edgardo Dieleke, Cracks de nácar, hace culto del aspecto lúdico como una celebración de un ritual que jamás debería perderse en la vida porque la conexión hacia un mundo de fantasía -o una realidad diferente a la más acuciante- forma parte de una de las riquezas del alma.

    Pero por otra parte, el trabajo y la aproximación que los realizadores hacen tanto de sus personajes, en este caso nada menos que los periodistas Rómulo Berruti y Alfredo Serra, el primero reconocido como crítico de teatro y cine, conductor del legendario ciclo televisivo Función privada, el segundo, corresponsal de guerra de los grandes diarios, se entrelaza de manera casi mágica con el hobby y pasión que los hermana: el fútbol con botones, juego que trasciende fronteras y reúne ligas y aficionados por todo el planeta, entre ellos, los particulares Rómulo y Alfredo, que se han aggiornado a los cambios tácticos del futbol moderno para adaptar las estrategias de ubicación de sus botones en la cancha de vidrio en la que disputan religiosamente partidos memorables de noventa minutos cuando se enfrentan sus gloriosos equipos Newbery y El pampero cada vez que se encuentran a jugar.

    Ambos se prestan al código y juego propuesto por los realizadores tanto como protagonistas absolutos de este ritual maravilloso que cosecha anécdotas, hazañas e incluso una dedicación casi exclusiva al trabajo artesanal sobre cada botón, que también tiene su historia e identidad como si se tratara de un jugador que ha resistido al paso del tiempo; a las marcas, defectos y el desgaste en el material o sencillamente como protagonistas de partidos imborrables.

    Así, la biografía deportiva del botón Bordenave en el caso de Alfredo o Santiago para el jugador Rómulo Berruti se integra con absoluta coherencia en la dimensión lúdica que prevalece en este relato.

    Lo increíble entonces se mezcla de manera inteligente con lo verosímil y de allí simplemente a la creencia de que todo lo que se ve en pantalla, en ese pseudo registro espontáneo, existe. Ese logro con mayúsculas hacen de este singular film una rara avis dentro del mismo género que apela al humor, a la auto parodia y a la frescura narrativa como tres pilares que sostienen con justeza la película, estructurado en viñetas como uno de los recursos más interesantes para evitar el desgaste, la repetición, en lo anecdótico.

    A lo que debe sumarse un interesante aporte de la animación y la insustituible banda sonora con canciones, cuyas letras repasan la historia de estos dos amigos que en sus épocas de juventud compartieron su pasión por el periodismo, su desencanto por la carrera de abogacía y su niñez interminable (que aún hoy perdura) en el juego de futbol con botones para coronarse Cracks en el manejo de los minúsculos gladiadores de Baquelita, hueso, plástico o el preciado nácar, que hace más fácil el desplazamiento en el campo de juego.
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  • La niña del sur salvaje
    Anexo de la crítica

    Una parábola sobre el aprendizaje y la madurez de una niña de 6 años, a cargo de un padre alcohólico y enfermo en el distópico micro universo del Mississippi, castigado por la fuerza de la naturaleza y los cambios climáticos que ponen en vilo a la humanidad o por lo menos a una gran parte de ella, son los elementos que predominan en esta ópera prima La niña del sur salvaje - Beasts of the Southern Wild- de corte netamente independiente, dirigida por Benh Zeitlin, ganadora en Sundance y sensación en Cannes y que este mes subirá al podio en la terna de películas nominadas al Oscar.

    El realizador debutante apela a la fuerza de sus personajes para resaltar tanto las cualidades negativas como positivas sin ahogarse en un océano de lágrimas o sentimentalismos pero exaltando siempre las emociones, el vigor y la voluntad.

    Quvenzhané Wallis carga sobre sus espaldas con la enorme responsabilidad del protagonismo y lo hace con tanta prestancia y personalidad que su mundo, tanto interno como externo, se vuelve gigante como esas bestias portadoras de los malos presagios, que sin embargo la respetan en su carácter de heroína, cuando el agua parece haberse llevado todo allá en el sur de los Estados Unidos Post Katrina y pro Obama.
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  • Las crónicas del miedo
    Play, muerte y tedio

    En la línea de falso documental y explotando el recurso de la antología, o la estructura episódica, para diversificar la propuesta y experimentar con distintos tópicos y estilos del género, Las crónicas del miedo (VHS) entrelaza cinco cortometrajes a cargo de directores familiarizados con el cine de horror y con distintos estilos, que se unen a partir de un relato donde una banda de ladrones que se dedica a filmar sus ataques o atracos para luego venderlos a un cliente es contratada para robar una cinta de video en una casa. Llegados allí, se encuentran con muchos videos y un muerto que los protege.

    En base a la curiosidad y el morbo, con la clara complicidad del propio espectador, los protagonistas se disponen a echarle un vistazo a cada una de las cintas para encontrarse con filmaciones caseras espeluznantes, en las que no faltará truculencia, sangre, vísceras, y algún que otro elemento sobrenatural para que el menú del terror esté completamente servido.

    Igual que sucede con los proyectos colectivos, este film no excede a la regla de la irregularidad y puede medirse con la vara a partir de la originalidad o no de las historias más que de cómo está planteado en la puesta en escena el mecanismo para asustar o perturbar. Tampoco puede dejarse de lado que como ocurre con el estilo del falso documental, una cantidad de situaciones cotidianas o escenas intrascendentes como por ejemplo el trillado personaje que cuenta a cámara banalidades o emite comentarios huecos, abundan y no aportan absolutamente nada más allá que la preparación para que se desate la pesadilla en el momento menos pensado.

    Eso ocurre tanto en la primera historia Amateur Night, de David Bruckner, relectura sobre vampirismo que tiene la virtud de mantener durante su desarrollo la ambigüedad para encontrar un giro inesperado que involucra a un grupo de amigos con intenciones de llevarse a dos chicas de un boliche engañadas para drogarlas y filmar una película pornográfica amateur, pero que no se esperan que sus planes sufran algunas complicaciones con una de ellas.

    El segundo cuento o relato no merece siquiera comentario, simplemente resaltar que es el peor de todos y el que menos se esmera por sorprender o aportar alguna idea creativa. Eso sí sucede precisamente en el homenaje a los psychokillers en el corto Tuesday the 17th, de Glenn McQuaid, que apela a la interesante interferencia en la propia película para dar entidad al asesino enmascarado y violento que acaba con un grupo de adolescentes en un bosque.

    El cuarto relato The Strange Thing That Happened to Emily When She Was Younger, de Joe Swanberg, es quizás el más perturbador en cuanto a la idea en sí pero que se estanca al enfatizar el elemento de la presencia fantasmal en un departamento cuando en realidad daba para mucho más.

    Pero el plato fuerte y verdaderamente horrorífico se sirve en bandeja de plata con 10/31/98, de Radio Silence. Aquí, con pocos recursos y explotando los interiores de una casa grande en la que un grupo decide festejar Halloween y se encuentra que el ático es en realidad un lugar para realizar rituales satánicos, liberan a los demonios y posesos con escenas realmente aterradoras e ingeniosas desde la puesta en escena, y con el pulso justo en el manejo frenético de la cámara y de la tensión dramática, así como de efectos visuales rudimentarios pero de gran eficacia y funcionalidad al relato.

    En suma, Las crónicas del miedo procura condensar varias películas y homenajes en un solo producto exploitation que seguramente será bien recibido por fanáticos del género, respetado por nostálgicos y vapuleado por aquellos con ansias de más.
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  • La culpa del cordero
    La celebración Rioplatense

    El director uruguayo Gabriel Drak describe en La culpa del cordero el típico derrotero de una familia en apariencia unida pero donde los secretos y las hipocresías forman parte de lo cotidiano y estallan de la manera más predecible en la clásica reunión de los hijos y los padres en la chacra familiar, convocada por la cabeza del conjunto y proveedor Jorge que ha decidido jubilarse y ventilar los trapitos al sol de cada uno de sus hijos, mantenidos siempre económicamente por él y en anuencia de su esposa Elena con quien lleva más de 30 años de matrimonio y casi un tercio de infelicidad.

    El primer problema de esta película es la enorme falencia de todos sus actores, aunque es justo reconocer que Ricardo Couto en el papel de Jorge no desentona tanto ni tampoco sobreactúa los diálogos como el resto del elenco, parejo en su mal desempeño.

    Tampoco el director sabe manejar la tensión para que las revelaciones surjan en los momentos menos esperados como por ejemplo ocurre en la magistral película danesa La celebración, film del Dogma que también toma como premisa la reunión de familia para establecer con trazo fino un retrato descarnado de las relaciones familiares; los lazos afectivos y cinismos bajo el protocolo de las formas que se hacen añicos en dos minutos cuando el pacto de silencio se rompe y la complicidad cae y abre heridas que jamás cicatrizan.

    Sí es de reconocer que pese a la previsibilidad del relato y al esquematismo, Gabriel Drak maneja con criterio la distancia necesaria entre la cámara y sus personajes y también consigue esporádicamente crear climas con muy pocos recursos pero que lamentablemente se malogran por no estar acompañados de buenos intérpretes en las actuaciones.

    Una propuesta Rioplatense con muchas más contras que virtudes y la sensación semiamarga de que la historia si bien es trillada daba para mucho más que lo que termina plasmándose en pantalla.
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  • Graba
    Graba
    CineFreaks
    La extranjera

    Sergio Mazza abandona el drama rural ya explotado en sus dos anteriores largometrajes El amarillo y Gallero para adentrarse en la citadina Ciudad Luz a partir de una historia bastante oscura y que hace del hermetismo su arma más poderosa.

    Graba se divide en dos mitades muy diferentes donde no necesariamente la suma de estas dos partes arroje como resultado la conformación de todo porque lo fragmentario y lo episódico prevalece en una trama de cierto minimalismo y donde los climas opresivos reinan entre las pocas palabras, tanto del francés como del español, que cortan el silencio entre estos dos personajes que solamente comparten un espacio físico y el sexo como moneda de intercambio y nexo de comunicación.

    María carga con la culpa de un aborto inducido y con la mochila de una vida no planificada en permanente tránsito haciendo valer su condición de extranjera a cada paso y coqueteando con la precariedad de la ilegalidad durante su estadía en París. Jerome es un fotógrafo francés recién divorciado que busca sacar rédito económico con el alquiler de la habitación que ocupaba su pequeño hijo antes de la separación.

    María parece la inquilina ideal porque no habla, consume lo mínimo indispensable y no se mete en sus asuntos ni en su trabajo.

    Sin embargo, en esa convivencia atravesada por el hermetismo de a poco se va rompiendo la caparazón de cada uno y así empiezan a compartir su propio dolor, despojados de toda carga afectiva y entregados a la descarga sexual que el director maneja sin esteticismo y con la crudeza de los cuerpos en acción, donde hasta puede apreciarse alguna escena de sexo explicito muy poco frecuente en el cine argentino, aunque no así en el europeo.

    Precisamente eso es lo que se respira en la atmósfera y la puesta en escena de Graba: una película europea con sus tiempos, sus códigos y sus buenas actuaciones a cargo de la argentina Belén Blanco en el rol de María y Antoine Raux como Jerome, cuyo español es bastante entendible por cierto.

    El único defecto que puede marcarse a Mazza es el abuso de algunos clichés como por ejemplo esos planos contemplativos a la vera del rio que si bien buscan reflejar una rutina seguida de un círculo vicioso por momentos parecen connotar falta de ideas para resolver la inercia del personaje femenino.
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  • La noche más oscura
    Anexo de la crítica

    Cualquier serie televisiva como 24 o Homeland han abordado esta temática sin ninguna profundidad y abonado a la idea de que bajo tortura se logran resultados positivos; despojadas de un enfoque moral o ético, dado que en el contexto de la guerra parece que todo fin justificara los medios por lo que mostrar de cierta manera que en diferentes puntos no revelados geográficamente agentes de la CIA entrenados torturan prisioneros con las peores técnicas no es novedoso ni tampoco transgresor, aunque este no sea el eje central de esta película.



    Cuánto de cierto o no hay en esta película de la ex esposa de James Cameron en materia de datos comprobables, eso será un verdadero misterio como la propia muerte del terrorista más buscado en la última década, pero va más allá de los méritos que pueda o no tener el film y de las consideraciones políticas que puedan esgrimirse, dado que tanto la presidencia de Bush hijo como la de Barack Obama aparecen mencionadas en un espacio mínimo en esta historia sin diferenciarse en cuanto a la política. También es inexistente o casi nula alguna autocrítica sobre procederes de la propia CIA en relación a su plan y sus métodos para reunir información así como resulta casi ofensivo para otros países también involucrados en la cruzada contra el terrorismo un ninguneo por parte de la realizadora y los productores al volver a elevar al rango de Policía del mundo a Los Estados Unidos, hecho que ya forma parte de la ficción y del pasado histórico de esa nación en el nuevo escenario geopolítico.
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  • Django sin cadenas
    Anexo de la crítica

    -Fiel a su desenfreno, el autodidacta estadounidense apela al exceso como parte de un discurso cinematográfico propio ya ensayado desde Kill Bill hasta la fecha pero no hace de ese atributo particular y pintoresco la esencia de su obra cinematográfica sino un complemento para vestirla con otros ropajes, que para la industria funcionan como modas pero que en realidad en Tarantino operan en el orden meta discursivo que rompe moldes o convenciones.

    Es como si existiese una norma que dictara el número de balas que deben dispararse en un western. Si la regla dice 100, el astuto Quentin muestra 1000 y lo mismo se traduce en los guiones con personajes en apariencia planos o toscos que de golpe filosofan o mantienen largas conversaciones banales pero de una belleza poco frecuente.

    Conceptualmente no hay fisuras en el planteo de este film, recargado por toda la batería de recursos cinematográficos como por ejemplo el uso del ralenti de la imagen en los momentos de violencia gráfica o de una banda sonora ecléctica y muy climática para cada secuencia que mezcla acordes de los spaguettis western con canciones reconocibles.
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  • El fruto
    El fruto
    CineFreaks
    De paseo con la soledad

    Los realizadores Miguel Baratta y Patricio Pomares apelan a la mezcla sutil entre documental y ficción con su opus El fruto.

    El protagonista de este relato mínimo es un anciano llamado Juan, a quien se descubre desde el comienzo de forma fragmentaria para luego completar su figura y también su personaje desde sus hábitos, conductas y sobre todas las cosas acompañado de un silencio penetrante en su modesta casa en el pueblo casi fantasma de Carlos Keen, que cuenta con 400 habitantes, entre ellos Juan, y un puñado de personas que irán apareciendo en su recorrido a pie.

    La cámara lo sigue desde una distancia prudencial y a veces descansa al igual que él para reparar en algún detalle o quedar encandilada por el ajado rostro o los brazos enflaquecidos, o aunque más no sea por ese rostro curtido por el paso del tiempo, del que de vez en cuando brotan algunas frases sueltas antes de enmudecer.

    Así, se recogen desde la naturalidad y las charlas cotidianas toda una impronta relacionada con la superstición o las creencias populares, que parecen alimentar las tertulias durante la calma o la quietud de la tarde cuando todo parece tan muerto como las vías del tren del pueblo.

    Juan carga consigo un pequeño árbol que llevará de ofrenda a Filomena, una curandera, si es que ella logra aliviarle el dolor del cuerpo y del alma -por decirlo de alguna manera- porque la muerte acecha a cada paso no sólo desde las historias populares sino desde la más profunda soledad o una tos que corta el silencio pero desgarra el aire.

    El fruto es un interesante acercamiento al universo de un personaje a partir del ojo de una cámara que sabe encontrar el resquicio para ahondar en la intimidad, sin resultar tedioso ni lento desde el punto de vista cinematográfico.
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  • El lado luminoso de la vida
    Aceptación y adaptación

    Es sabido que a Hollywood le fascinan los relatos de auto superación y más aún cuando se intenta establecer dentro de los códigos cinematográficos un verosímil lo suficientemente sólido para que el circulo que se desarrolla a partir de la dialéctica problema, enfrentamiento, confrontación, aceptación, adaptación y resolución se manifieste gradual y progresivamente, respetando la curva dramática para que los personajes completen su aprendizaje.

    Ahora bien, si a ese cóctel se lo mezcla con elementos de comedia romántica el resultado final puede verse un tanto alterado o desplazado por la anécdota del amor frente al conflicto de la búsqueda de ese amor.

    Por lo general, el público necesita aminorar todo lo referente a lo negativo y al conflicto para recibir un final feliz y aliviador en parte porque el cine muchas veces representa ese bálsamo donde lo posible y lo imposible van de la mano y las soluciones mágicas no se cuestionan, siempre que apelen a remover emociones y no a manipularlas.

    El lado luminoso de la vida (Silver Linings Playbook), nuevo opus del realizador David O. Russell (El ganador) y protagonizado por Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Robert De Niro, Jacki Weaver, Chris Tucker y Julia Stiles es un film que sabe dosificar las convenciones de una comedia romántica sin dejarse arrastrar por los atajos para desarrollar un drama en el que dos almas vulnerables e inestables desde el punto de vista psicológico se encuentran para ayudarse y experimentar lo nuevo cuando el pasado resulta tóxico, triste y paralizante.

    Así, con la bipolaridad a cuestas y la depresión, Patrick (Bradley Cooper) y Tiffany (Jennifer Lawrence, ganadora del Globo de Oro y del premio del sindicato de actores) vienen a representar para su entorno un problema: la inestabilidad psíquica tras una situación traumática que los ha sumergido en una conducta de fijación que no les permite dar vuelta la página en sus vidas o barajar y repartir de nuevo las cartas para jugar otra mano y de la mejor forma posible.

    Paradójicamente y aunque se hable de un juego no existe azar alguno que pueda afectar el rumbo de estos atribulados personajes más que la voluntad del cambio con el esfuerzo del día a día. Para el caso de Pat, el detonante es la ira o violencia que lo nubla todo y para Tiffany el duelo por la pérdida de su esposo para no caer en comportamientos extremos y autodestructivos.

    El director que adaptó la novela homónima de Matthew Quick despoja la trama de todo psicologismo barato pero no huye del problema psicológico de sus criaturas ni tampoco al sufrimiento que significa no poder romper con obsesiones o estructuras mentales cercanas a las patologías.

    En ese sentido es realmente formidable el trabajo de Bradley Cooper, no así el de Robert De Niro en el rol de un padre supersticioso que solamente se puede comunicar con su hijo cuando la afinidad de las apuestas florece o sencillamente cuando el otro acepta su manera de entender la realidad con la ferviente convicción de que en todo lo que ocurre hay señales o indicios.

    Personaje desaprovechado como éste encuentra su correspondencia en el de Tiffany, quien no puede escapar del estereotipo de la chica medio loca e impulsiva. El resto del elenco cumple con sus roles secundarios (un deslucido regreso de Chris Tucker como alivio cómico o Julia Stiles en el rol de hermana controladora) aunque no se destacan en absoluto.

    Sin embargo, más allá de esos convencionalismos ya mencionados debe reconocerse que David O. Rusell logra que las acciones definan el rumbo de sus personajes y sus contradicciones los muestren ante los ojos del espectador tan vulnerables como genuinos en tiempos de un cine especulativo, prefabricado y archi digerido que es el común denominador.

    Tal vez a esa virtud la avalen los premios en el festival de Toronto, las nominaciones a los American Spirits Awards o al propio Óscar en el rubro mejor película, por ejemplo.
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  • Mi peor pesadilla
    El groncho y la dama

    Bajo la dialéctica de mundos contrapuestos que se superponen, la directora Anne Fontaine elabora esta comedia romántica poco interesante entre una mujer burguesa interpretada por la actriz Isabelle Huppert y un padre que conoce en una reunión en el colegio de sus hijos, un tanto ausente que se dedica a la construcción en la piel del actor Benoit Poelvoorde, quien pese a su poca cultura y modales un tanto excesivos logra ganarse el corazón de ella una vez que empiezan a entablar una relación despojada del prejuicio de clase.

    Ahora bien, como dice el refrán si la mona viste de seda, mona queda y esto es lo que se desata cada vez que uno u otro intentan encajar en el entorno ajeno: el en el mundillo del arte de vanguardia y ella en un raid en que los permisos y los excesos no están mal vistos ni tampoco la diversión a pesar de su personalidad fría y malhumorada.

    Sin embargo, lo que los une es el cuidado de sus respectivos hijos preadolescentes y la preocupación por su educación, ambos conviven en el mismo techo en tanto la situación del padre no se solucione y pueda mantener la tutela de su hijo.

    El otro eje narrativo en la trama apela al humor grueso a partir del contraste entre la vida burguesa y la llegada de este personaje que pone en conflicto el círculo de confort, así como a partir del sentido común que también provoca en la pareja algunos chisporroteos que devienen en una repentina separación entre la protagonista y su compañero, un editor que encuentra en una chica joven lo que su pareja madura no puede brindarle, el editor está a cargo de André Dussollier, cuyo personaje es bastante insulso en comparación a otras películas en las que sus dotes para la comedia resaltan mucho mejor.

    Resulta poderosamente llamativo que la experimentada Isabelle Huppert se haya inclinado por esta comedia francesa de medio pelo que ahora encuentra un espacio en las carteleras porteñas tras meses de deliberación.

    Hace muchos años el argentino Hugo Moser en un famosísimo programa televisivo llamado Matrimonios y algo más inmortalizó el sketch del groncho y la dama con el genial Hugo Arana en el papel de ese macho, bruto pero sensible, al que esta película no le llega ni a los talones.
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  • Tres tipos duros
    Anexo de crítica: -Lo que parece una excusa para reunir a grandes actores de la talla de Al Pacino, Christopher Walken y Alan Arkin, aunque es justo decir éste último con una fugaz aparición en pantalla, tiene muy poco de película y mucho de telefilm en el que los actores apelan a la auto parodia y al uso de sus cualidades interpretativas para enriquecer un guión con muy poco material interesante. La fórmula que dio sus frutos a los viejos héroes de acción con las dos Expendables aquí parece quedarse a medio camino y tal vez eso se hubiese reparado con un mejor director.
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  • Tesis sobre un homicidio
    Anexo de crítica:

    - Con este segundo opus, Tesis sobre un homicidio, en el que a la sociedad Golfrid Vega se une nada menos que el actor Ricardo Darin se confirma por un lado la capacidad del realizador para manejar la puesta en escena y su casi obsesiva preocupación por narrar con imágenes no sólo acciones sino la psicología de sus personajes en desmedro quizás de la trama y concentrado en un guión sólido, con diálogos para que Darin demuestre sus matices en la actuación y que sus personajes si bien tengan similitudes puedan diferenciarse con aportes sustanciales en materia de composición como en este caso particular con el espejo de El secreto de sus ojos, film que también opera dentro del mundillo judicial y donde existe un asesinato y una investigación para dar con el paradero del asesino. Este riesgo desde el punto de vista conceptual sumerge a Tesis sobre un homicidio en un callejón sin salida porque se aparta del canon del policial de intriga para bucear y coquetear con el thriller psicológico olvidándose en gran parte y a propósito del hecho, el cual pasa a un tercer plano en función a la reconstrucción del hecho, que no es más que mental y no factual.

    El público se encontrará ante el dilema y quizás alentado erróneamente a que participará de la experiencia de ver un policial con Darin, quien se carga al hombro tanto las virtudes como los defectos del film, que por razones obvias no revelaremos aquí, pero que hacen a la estructura narrativa y más precisamente a cierto descuido en la puesta en escena tan bien pensada durante la primera mitad.
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  • Fuerza antigangster
    Anexo de crítica

    El director Ruben Fleischer sale airoso a fuerza de un excesivo formalismo y transita por el ABC del subgénero haciendo de los clichés y de los arquetipos el caldo de cultivo lo suficientemente atractivo para la exageración y la parodia a las películas de gángsters tal como había aplicado en Zombieland. Esquemática pero atractiva en el apartado visual, la película cuenta con un interesante elenco que se ajusta a la perfección a las nulas exigencias del guión donde la cuota de violencia seca y no esteticista se entrelaza con el gore y explota en esos ralentis que inquietan y sacan al relato del realismo sucio para generar otro registro que se acerca al comic o al pulp con personajes que son caricaturas como por ejemplo Mickey Cohen.
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  • Tres
    Tres
    CineFreaks
    Simetrías y paralelismos

    Tom Tykwer, el realizador alemán que por estos momentos resuena en los oídos de todo el mundo al ser uno de los responsables de Cloud Atlas junto a los creadores de Matrix, se arriesga en este sugerente film que roza por un lado lo experimental y por otro cierta teatralidad para exponer las aristas retorcidas de las relaciones humanas representadas desde un triángulo amoroso con el trasfondo de la crisis de los 40 en su faceta más existencial.

    Eso es a grandes rasgos lo que define el universo cinematográfico de 3 (Drei), un relato plagado de reflexiones sobre la vida, el amor, el sexo y la muerte a partir de la utilización de dos elementos que desde el punto de vista narrativo abren espacios a la multiplicidad y ensanchan las posibilidades de yuxtaponer estas historias de tres personajes: las simetrías y los paralelismos.

    El destino y el libre albedrio así como la trascendencia como meta humana también entran en juego en la trama que desde el primer minuto, donde un travelling -acompañado de una voz en off- nos confronta en nuestra pasividad de espectadores con las ideas que se desarrollarán en el relato, refleja a las claras la ambiciosa película que el director de Corre Lola corre tenía entre manos.

    Los actores Sophie Rois y Sebastian Schipper interpretan en este caso a una pareja alcanzada por la rutina y el desgaste de 20 años de convivencia y con la necesidad de búsqueda de nuevos aires y horizontes, puertas afuera. Ese deseo inconfesable por ambos, quienes continúan interpretando su rol de esposo y esposa en la dinámica de la pareja se ve concretado cuando entra en escena el tercero en discordia en la piel del actor fetiche del cine alemán contemporáneo Devid Striesow.

    El triángulo amoroso no tarda en construirse pero se bifurca en dos direcciones que no son otra cosa que una relación heterosexual y otra homosexual como cachetazo a las convenciones más conservadoras que hacen del matrimonio y la familia nuclear un valor inquebrantable.

    Sin embargo, al elemento de la relación entre los tres se le integran todo tipo de variables rayanas al experimento de carácter social y psicológico, en el que prevalece por sobre todas las cosas la ironía del realizador alemán y para quienes no reparen en este detalle simplemente basta con decir que observen el desenlace del film donde todo ese entramado y circulo cierra de manera perfecta.

    La mezcla de registros que van del melodrama más crudo a los enredos con paso de comedia y a la sobre exposición desde el punto de vista de la actuación son un verdadero hallazgo para una película diferente, que data del 2010 y que solamente se había podido ver en el festival de cine alemán.
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  • Mentiras mortales
    Anexo de la crítica

    Si bien el guión de Mentiras mortales -Arbitrage- no es un dechado de originalidad, cumple con su cometido al desarrollar con solidez y buena construcción de personajes y conflictos un thriller que escapa del claustro judicial para abordar con eficacia los oscuros intereses de un millonario dispuesto a traicionar valores o principios morales en beneficio de su círculo de bienestar y confort, que sabe nadar en un océano de hipocresías y mentiras sin que el agua termine por ahogarlo en la culpa.

    Los personajes secundarios cumplen un rol importante pero es justo decir que en el caso de Susan Sarandon por ejemplo el arquetipo de la esposa cómplice o negadora se halla bien representado, no así el estereotipo del millonario frio y calculador al que Richard Gere logra aportarle matices y deja crecer escena tras escena en una curva de transformación progresiva que avanza hacia la desesperación.
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  • Una aventura extraordinaria
    Anexo de crítica

    Varias vertientes narrativas confluyen en la recientemente nominada al Oscar en once rubros Una Aventura extraordinaria –Life of Pi-: en la superficie es la historia de un naufragio protagonizada por Pi Patel –Suraj Sharma en su etapa adolescente, Irrfan Khan para su adultez-quien durante los 7 meses que duró su travesía marítima debió sobrevivir no sólo a la hostilidad de la naturaleza sino a la ferocidad de su compañero de viaje, un tigre salvaje de Bengala perteneciente, como otros animales, al zoológico familiar; más en lo profundo, se despliega la historia de un adolescente que en su niñez procuró abrazar todas las religiones para poder entender finalmente la fe y que en una etapa de crisis espiritual se halla a la deriva por decirlo de algún modo simbólico entre creer y no creer; la tercera corriente que atraviesa este inmenso océano narrativo se entrelaza con la segunda versión de la misma historia y tiene que ver con una épica de la superación en situaciones límites, que se reviste de todos los artilugios de la narración y la imaginación para volverse un relato de dimensiones extraordinarias, como aquellas novelas de Julio Verne o Emilio Salgari, ricas en descripciones de mundos imposibles o desconocidos que invitan a la aventura del conocimiento.

    Poco importa descubrir la manipulación digital para dar vida al tigre o a los animales que sobreviven en el bote junto a Pi, segmento que conmueve por su intensidad dramática además de impactar visualmente gracias a la fotografía del chileno Claudio Miranda, así como tampoco puede dejarse de lado la primera mitad del film donde el director Ang Lee adopta y adapta a su película el estilo de Bollywood-así se denomina a la industria Hindú- con un atractivo arraigo en lo tradicional pero sin descuidar los aspectos formales y sin caer en exotismo carente de contenido.
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  • Jack Reacher - Bajo la mira
    A las piñas y con sonrisa socarrona

    Con Jack Reacher: Bajo la mira, la garantía de entretenimiento está asegurada si el espectador consiente de antemano que esta nueva adaptación literaria de un personaje con características de héroe, que Tom Cruise encuentra en un momento particular de su carrera, será de aquí en más una auto parodia de sí mismo y una parodia sobre un género más que explotado por la industria hollywoodense y por las malas copias de Francia, por citar claros exponentes.

    Luego de una breve investigación y en base a datos que aportan aquellos fervientes lectores de la creación del escritor Lee Child, en una serie de novelas que ascienden a la friolera de 17 (la que nos compete es la novena) el protagonista Jack Reacher es un rubio que mide dos metros, galán a lo James Bond y dista mucho de esta composición pergeñada por Cruise y compañía.

    La decisión de lavar por decirlo de algún modo todo sex appeal y jugar la carta del histeriqueo masculino es un verdadero hallazgo que se suma a un tono más relajado en lo que a película de género dicta pero sin perder de vista los elementos rectores de un thriller estándar, con una buena trama para desarrollar ideas y mantener la atención de un espectador habituado a jugar el rol de investigador en identificación con el personaje.

    Bajo la estructura clásica de un misterio, en este caso un frio ataque de un francotirador que se cobra la vida de cinco civiles a plena luz del día y que pide una vez atrapado por la policía a Jack Reacher, todos los resortes de una investigación detectivesca, en paralelo a la oficial, y junto a una abogada defensora (Rosamund Pike), quien intentará que a su cliente no le apliquen la pena de muerte promocionada por el fiscal de distrito (Richard Jenkins), revela una compleja red de corrupción ligada a los asesinatos y donde la principal sospecha recae en una constructora multinacional, cuya cabeza operativa no es otra que un villano siniestro al que el genial Werner Herzog le imprime personalidad y autenticidad.

    Atar cabos, trenzarse a las trompadas con un par de muñecos que se cruzarán en el camino y siempre al margen de la ley, son las únicas motivaciones que este vagabundo ex-militar toma de aliciente para transitar una vida opaca, rodeado de cinismo e hipocresía y harto de un sistema que no defiende al más débil y premia al fuerte. Así las cosas, se debe además sumar la presencia de Robert Duvall con su digna vejez a cuestas y un retrueque constante de diálogos filosos con el protagonista para que el convite resulte satisfactorio para todo aquel espectador que vaya a ver un thriller, que no escapa a los lugares comunes y tampoco cuenta con una dirección prodigiosa de Christopher McQuarrie (guionista de Los sospechosos de siempre y también de El turista), aunque el estilo noventoso de la puesta en escena hace que salga airoso en las secuencias de acción –especialmente una persecución automovilística “alla Bullit”- pero sin caer en espectacularidad o grandes despliegues visuales.

    El crecimiento de este nuevo antihéroe, parco, sagaz, dependerá mucho de este primer asalto en una pelea con contrincantes de fuste como Bond, el retorno de Arnold ex-governator y del mismísimo Bruce Willis con otro film de la franquicia Duro de matar, figuritas repetidas pero esperadas para este 2013 que comienza a las piñas y con una sonrisa socarrona.
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  • Ralph: el demoledor
    Anexo de crítica: -Con este film que amalgama conceptualmente hablando la filosofía y frescura de un dibujo animado acompañado para explotar desde lo creativo con las posibilidades visuales que en manos de personas capaces se vuelve prácticamente infinita, los estudios del ratón más famoso del mundo alcanzan la cima tan buscada y esperada con Ralph, el Demoledor. El nuevo desafío de Disney a partir de este gran paso en lo que a película de animación infantil se refiere es seguir apostando a las buenas ideas más que a la técnica para llevarlas a buen puerto porque en términos formales resulta injusto exigir más a la animación digital, pero al mismo tiempo necesario para que ese maravilloso puente de la imaginación no se acorte en especulaciones comerciales, repetición de fórmulas sin sustancia y sirva de pasaje creativo hacia nuevos y ricos universos como este que puede disfrutarse desde el primer al último minuto.-
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  • Cloud Atlas: La red invisible
    Anexo de crítica: -Los creadores de Matrix ya habían recurrido en las aventuras de Neo a lecturas filosóficas, nociones básicas de la física cuántica y a Castañeda pero en esta oportunidad con esta adaptación de una novela que en los papeles resultaba infilmable explotan todos estos elementos a un nivel de pretenciosidad a la altura del proyecto que se traían en mano para regalar junto a Tom Tykwer una épica colosal que bajo la dialéctica de la libertad y la presión entrelaza 6 relatos ricos en subtramas y personajes logrando un producto cohesionado, atractivo y sumamente interesante para todo tipo de exigencia de público.-
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  • Lo imposible
    Lo imposible
    CineFreaks
    Anexo de crítica: -Un drama duro y muy bien llevado gracias a las impresionantes actuaciones de Naomi Watts y Ewan McGregor, aunque los infantes no se quedan atrás y se complementan con el verosímil de esta trama que bordea los caminos del melodrama familiar en el contexto de una catástrofe natural sin arribar a golpe bajo alguno pero explotando las fibras sensibles y los resortes dramáticos al extremo para ganarse la empatía del público.
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  • Malditos sean!
    Malditos sean!
    CineFreaks
    Vengo a ofrecer tu corazón

    Fabián Forte y Demián Rugna son dos realizadores independientes vinculados al género fantástico y de horror, batalladores por un cine de bajo presupuesto y de calidad que recién ahora comienza a verse con otros ojos desde las huestes del INCAA.

    Sabido es el rechazo a todo proyecto considerado de carácter menor y el prejuicio del público local cuando de cine argentino se trata y mucho más si detrás de esa palabra se liga otra como terror o ciencia ficción. Por eso Malditos sean! (título anómalo y caprichoso si los hay) es el claro ejemplo de las potencialidades del cine de género bien realizado pero autoconsciente de sus propias limitaciones de presupuesto, con un resultado satisfactorio en lo que a propuesta global implica dado que la unión de dos directores talentosos desemboca en buen puerto siempre que las ideas y el horizonte estén bien definidos.

    El proyecto de Forte y Rugna mama influencias de íconos como Cuentos de la Cripta, Creepshow o Cuentos asombrosos desde el punto de vista de estructura narrativa al entrelazar tres cuentos o historias, cuyo nexo está representado por un personaje intrigante y oscuro que tiene contacto con demonios o puede invocar fuerzas oscuras.

    El curandero Ulises entronca los relatos aledaños, que se contextualizan en diferentes espacios y tiempos. Así, la novedad y el riesgo del meta discurso al apelar a la atroz dictadura militar en el 79 con un grupo de tareas que irrumpe en una vivienda habitada por una anciana enigmática y en busca del tal Ulises, señalado como foco subversivo. Nada más terrorífico que ese momento histórico para hablar precisamente de horror o terror. En continuidad, la segunda historia se concentra en los avatares y la pesadilla psicológica de un asesino a sueldo perseguido por el fantasma de un niño –muy bien logrados los climas y las apariciones- que lo utilizará como vehículo ejecutor de su propia venganza, en la que se destaca una caja que demanda corazones, clara referencia a Clive Barker y su Hellraiser.

    Y el broche de oro es quizá la historia más delirante y donde realmente se destaca el ingenio y la libertad creativa de ambos directores en una mezcla de gore, giallo, humor y cine bizarro en el que un grupo de pitonisas que leen la borra de café reciben la visita de una persona que atrae la mala suerte y en este caso no sólo eso sino que atrae a un demonio sangriento y con la particularidad de seguir a aquellos que poseen algún elemento de oro.

    La amplitud de elementos y detalles de este opus que alcanza grandes picos en lo que a factura técnica respecta, donde debe destacarse por un lado la buena fotografía y los efectos especiales físicos de Rabid FX, son sin lugar a dudas un aliciente para propuestas de este nivel de riesgo que merecen el apoyo del público teniendo en cuenta la enorme cantidad de productos norteamericanos vergonzosos que se estrenan comercialmente con el quíntuple de presupuesto y producción pero vacíos de contenido.

    Los premios que ya obtuvo en festivales especializados avalan su calidad y esperemos que este 2013 sea por fin el comienzo de una nueva era para el cine independiente argentino con apoyo tanto institucional como de audiencia.
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  • La cabaña del terror
    Sonria... lo estamos sacrificando

    Bienvenido un comienzo de año tras las profecías apocalípticas del fin del mundo donde una película de terror en apariencia totalmente descartable abra el espacio a la reflexión apelando a un mix de recursos e ideas recicladas que dan como resultado la rareza en que se termina convirtiendo La Cabaña del Terror.

    Mostrar estereotipos y convenciones con el fin manifiesto de deconstruir es el principal objetivo que persigue esta película que tiene entre su guionista estrella a Joss Whedon y también a Drew Goddard, quien además se encarga de la dirección.

    Durante los primeros 15 minutos asistimos a la presentación básica de un grupo de adolescentes bellos, dispuestos a pasar un buen rato en una cabaña, alejados de la rutina y preparados para la fiesta y el reviente. No falta el par de féminas sexis, rubia y pelirroja con poco cerebro, el amigo drogón y divertido y el afroamericano nerd que de todas maneras se puede sumar al grupo sin problemas.

    Pero ni bien traspasamos esa barrera del convencionalismo más estructurado, se empieza a notar un ligero cambio de rumbo en la historia cuando aparece en escena una suerte de grupo encargado de informar que las víctimas ya partieron y que todo está en orden.

    La partida en cuestión tiene por destino una cabaña en un pueblo poco amistoso y ese es el escenario que en realidad forma parte de la puesta en escena de una suerte de reality que prepara para cada uno de los participantes involuntarios una serie de torturas seguidas de muerte y perpetradas por diversos monstruos elegidos no por azar y desde un control que monitorea y ejecuta cada acto y capítulo de este macabro espectáculo del morbo, el cual no ahorra en truculencia, sangre, tripas y humor cínico y corrosivo, bajo un pleno uso de su autoconciencia.

    Sin adelantar mucho más de una trama que parte de la idea de la meta narración; del singular desglose de lugares comunes que dialogan intertextualmente desde el relato con diversos estilos del terror y sorprende por los recovecos en los que decide transitar, no es exagerado rescatar una rareza tan bien pensada desde el género o los subgéneros que la atraviesan.

    La muestra de que cuando detrás de un guión existen ideas y riesgo para ponerlas a trabajar y que de ese conjunto se disparan capas narrativas que permiten lecturas distintas sobre un mismo hecho o situación queda reflejada en este film, que por un lado desmitifica que el cine de terror no pueda ser reflexivo o profundo sin dejar de contentar a aquellos espectadores sedientos de gritos histéricos, hemoglobina a borbotones o torturas estilizadas, las cuales muchas veces hacen de la experiencia del dolor ajeno algo tan irreal que se pierde la verdadera dimensión de la emoción.

    La Cabaña del Terror tampoco escapa a su faceta lúdica y entretenida, completamente empapada por una cinefilia no academicista y mucho menos arrogante sino en sintonía con algunos iconos de un terror que ya prácticamente no existe y que buscaba salpicar de cierta forma la conciencia del espectador cuando la sangre y el dolor le llegaban a los ojos y desde los ojos a la cabeza.
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  • Escuela normal
    Escuela normal
    CineFreaks
    El futuro imperfecto

    Resulta más que una obviedad decir que el interés de la directora argentina Celina Murga por los adolescentes o los niños es evidente desde sus primeros trabajos en lo que a largometraje se refiere. Ella tendrá sus explicaciones o justificaciones para adentrarse en ese pequeño universo, poblado por mentes en desarrollo, que a su vez reflejan el arrastre de ciertas cicatrices sociales que lejos de sanarse supuran y cada vez con mayor intensidad.

    Al practicar un despojo de una mirada ingenua -o con cierto atisbo romántico- en el amplio sentido del término lo primero que se puede descubrir en Escuela Normal, opus documental y fronterizo con la ficción, es que el microclima de un Centro de Estudiantes del colegio Normal 5 de Paraná (colegio al que asistió Murga) funciona como reflejo distorsionado de la realidad política argentina: murmullo de consignas huecas y falta absoluta de propuestas con acciones concretas que hacen del juego de la política precisamente un juego que se debe ganar sin saber muy bien para qué.

    El primer interrogante que lejos de responderse se acentúa es entonces para qué sirve un centro de estudiantes sino para canalizar o representar el interés común de alumnos, en vez de para poner en acción un pseudo proyecto no inclusivo y personalista. Hay muy poca enseñanza detrás de una experiencia de este calibre porque no alcanza con el debate de ideas cuando todo termina siendo exactamente igual.

    La virtud de esta cercanía que logra la realizadora de Ana y los otros con una cámara que procura mantener una distancia dentro de ese caos es justamente multiplicar el atolladero de voces que no conducen a ningún lugar salvo la de los protagonistas de este film: una alumna que cuestiona las referencias a Dios en la Constitución Nacional y que adscribe al lema de su partido que se debe votar con responsabilidad -también es la que cuestiona a un docente la distribución proporcional en un acto comicial donde se reparten bancas-; la infatigable Machaca, quien recorre los pasillos del colegio, soluciona problemas y procura mantener un equilibrio entre alumnos y docentes ganándose cada centavo de su magro sueldo porque no dirige desde un escritorio. Y como contrapartida otra alumna que se da cuenta de que no está preparada para ejercer alguna responsabilidad porque ante la primera crítica recibida, desiste.

    El film de Murga (responsable del guión junto a Juan Villegas) llega justo en un momento donde se habló a lo largo del año que se acaba de ir del voto a los 16 (ya aprobado en el Congreso) y donde la educación a nivel nacional experimenta su mayor decadencia, con deserción de alumnos que deben elegir si trabajan o estudian no por tener la posibilidad de hacerlo -claro está-, en ese sentido es elocuente el corto segmento en que Murga escudriña en la antesala de una reunión entre docentes donde la claridad del análisis y de los problemas de la educación aparecen sin discursos ni falsas estadísticas y acompañados de resignación cuando el Estado está ausente de las necesidades de la gente.

    Ahora bien, en lo que al documental específicamente se refiere el único defecto surge en lo anecdótico y reiterativo que se vuelve este recorrido, dividido entre charlas triviales, clases, preparación para las elecciones estudiantiles y el escrutinio final, que si bien no pierde dinamismo en su conjunto tampoco descubre atajos o espacios novedosos más allá de un acotado mundo escolar. Se recomienda a los lectores interesados ver el documental La Educación Prohibida (Youtube lo tiene disponible) para así comparar realidades y ensanchar la mirada sobre un fenómeno complejo como el de la educación argentina.
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  • Marley
    Marley
    CineFreaks
    Paz y espiritualidad

    La corta pero intensa vida del artista Bob Marley queda perfectamente resumida en este interesante documental, el único testimonio cinematográfico autorizado por su familia, que cuenta entre sus productores con uno de sus 11 hijos Ziggy Marley y la dirección de Kevin Macdonald, responsable de El último Rey de Escocia y de otro documental llamado Touching the Void.

    Si bien la estructura narrativa no escapa al convencionalismo y al orden cronológico con un enfoque desafectado que reúne por un lado testimonios de familiares, hijos, compañeros, amigos y allegados al cantante y compositor (entre quienes se destacan el propio Bob Marley, Rita Marley, Bunny Wailer, Ziggy Marley, Lee Perry), también exhibe muchas facetas positivas de Bob Marley para erigirlo al nivel de mito pero sin descuidar su parte terrenal, humana y su particular mirada sobre el mundo y la vida desde los postulados de la filosofía rastafari.

    Las imágenes de archivo conseguidas, muchas de ellas aportadas directamente por sus familiares, son tan valiosas como algunos entrevistados que se entrelazan en un relato que maneja el salto temporal de pasado a presente de manera fluida y sin cortes abruptos.

    Los nombres más conocidos que aparecen en pantalla como cabezas parlantes son por ejemplo el de Peter Tosh, guitarrista en un periodo corto del grupo con el que comenzara Marley, The Wailers, quien por diferencias artísticas y personales dejó