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Imagen del crítico Pablo E. Arahuete
Pablo E. Arahuete
  • Cantidad de críticas: 937
  • Promedio: 65%
  • Críticas favorables: 707/937 (75%)
  • Críticas desfavorables: 230/937 (25%)
  • Diferencia absoluta: 10%
  • La Religiosa
    La Religiosa
    CineFreaks
    De represiones y calvarios

    La tercera adaptación de la novela de Denis Diderot, La religiosa, plantea desde el primer minuto hasta el último el drama de Suzanne Simonin -Pauline Etienne-, una joven de 16 años obligada a recluirse en un convento hasta que su familia consiga casar a su hermana y así recuperar un poder económico debilitado.



    En ese sentido, el calvario interno de la protagonista comienza apenas llegada al lugar con una madre superiora sumamente estricta, aunque no tan abusiva como su reemplazante más joven al quedar a cargo de todas las monjas del lugar.



    La lucha personal de Suzanne, durante su pesadillesca estadía monacal funciona en paralelo a la crítica sobre las prácticas religiosas -recordemos que está ambientado en el siglo XVIII- y los tormentos que debe padecer al ser considerada impura. A eso debe sumarse un constante y alusivo juego de represión sexual, que junto al deseo de libertad, encuentran la mayor expresión en las conductas durante todo el relato.



    La soledad de esta joven, quien además se entera que su madre mantuvo una aventura adúltera y que ella es hija bastarda, suma una nueva espina a su corona. No obstante, la voluntad y la necesidad de libertad hacen de la lucha personal de Suzanne uno de los pilares de esta película dirigida correctamente por Guillaume Nicloux, a pesar de la extensa duración que por momentos la vuelven un tanto densa y reiterativa en cuanto al planteo central.



    La religiosa es una propuesta francesa atendible para una cartelera local tomada por el cine mainstream y más aún por toda la oferta para chicos, tratándose de frías vacaciones de invierno.
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  • Relámpago en la oscuridad
    Hombres de hierro

    Resulta más que interesante sumergirse en la propuesta Relámpago en la oscuridad, documental de los directores Pablo Montllau y Germán Fernández por varios motivos: en primer lugar, por poner al heavy metal vernáculo en un lugar importante de la música rock, y mucho más desde su actitud contestataria ante el sistema represivo de la dictadura, en épocas donde sus integrantes iban presos simplemente por querer contar otra cosa sobre lo que pasaba en un país cuya sociedad parecía anestesiada o por lo menos temerosa de represalias. En segundo lugar, por darle a Alberto Zamarbide, pionero del metal criollo, un espacio fundamental con sus aportes en las bandas V8 y Logos, reconocidas en el ambiente metalero al mismo nivel que otra banda insignia como Hermética.



    La impronta del documental busca construir el relato histórico a partir del aporte de voces y testimonios acreditados como periodistas, músicos y los propios referentes de V8 y Logos, en un registro de cabezas parlantes, que en conjunto no desentona frente a la propuesta en términos cinematográficos, aunque limitan su estética, el film añade imágenes de archivo ricas para el contexto de aquellas épocas turbulentas. El Zamarbide de entrecasa acompañado por una cámara -no intrusiva- se conecta desde el interior de Relámpago… con el Zamarbide músico y reflexivo, exponente del metal cristiano en su etapa más reciente, aspecto que lo alejó en algún ámbito referencial por el contenido de sus letras en comparación a las legendarias de V8 como la clásica Destrucción.



    La entrega emocional del líder, su paso desde el descontrol de su juventud a la madurez de la recuperación en pos de un acto de fe, que entiende a la música como ese puente que conecta directamente con dios, no contrasta en absoluto con otra mirada distinta sobre el heavy metal y su acto de fe no cristiana que se corona con la incorporación de Ricardo Iorio a la ecuación como otra de las voces predominantes de este documental, pero mucho más desde el lugar de la amistad que se viera interrumpida por décadas, cuando ambos músicos tomaron caminos muy diferentes.



    La pasión y el amor por lo que se quiere transmitir desde el Heavy metal, en contraste con el estereotipo maldito de la rebeldía sin causa, así como la lucha silenciosa para insertarse en un mercado discográfico desde la más absoluta orfandad y marginalidad son las coordenadas conceptuales que trazan el guión y que encuentran la voz portentosa en los protagonistas y en su experiencia de juventud hasta la actualidad, con los consabidos achaques del cuerpo, pero también de una realidad política cambiante para la cual la democracia no fue la panacea y los prejuicios una vez acabada la dictadura, no dejaron de existir.



    Como documento musical, Relámpago… acopia material sonoro indispensable para entender un poco más de qué se trata el metal vernáculo; como retrato de los pioneros de este movimiento es un verdadero exponente de respeto y pasión, con enorme energía que logra trasladarse a la pantalla y contagiar a fanáticos y no tanto.
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  • Solo (2015)
    Solo (2015)
    CineFreaks
    Subordinación y valor

    Si existe o no un nuevo o –al menos- un cine uruguayo a secas, lo sabremos seguramente más adelante. Lo que es irrefutable es que un pelotón de películas, provenientes del otro lado del charco, comparte estilos y formas de presentación de sus personajes en constante conflicto con la rutina diaria, los otros y el entorno, algo que no es necesariamente lo mismo en función a espacios, lugares y personas.



    Con Solo -2013-, opera prima de Guillermo Rocamora, quien fuera asistente de producción en la película Whisky, se puede encontrar una unión temática con la película Gigante, de Adrián Biniez, en primer lugar porque el protagonista se encuentra atrapado en una inercia de trabajo que lo vuelve invisible a los ojos ajenos. Algo parecido ocurría con Julio Chavez, en su papel de El Custodio, de Rodrigo Moreno: pasar desapercibido por el lugar designado. En este caso, formar parte de la banda de la Fuerza Aérea Uruguaya, como trompetista, entre tantos otros instrumentos que destacan aún más. Nelson, debut de Enrique Bastos, es un hombre de pocas palabras, no por parco sino por su acostumbramiento de sentirse solo en diferentes sentidos del término.



    En su vida de pareja, abandonado -sin mediar frase alguna- por una mujer -Claudia Cantero- que le pregunta si ha cobrado; en su relación con una madre enferma -Marilú Marini-, quien machaca la idea que, a pesar de estar en la Fuerza Aérea, no es piloto, sino músico. Ella está al cuidado de una enfermera -Rita Terranova-, interés amoroso y espejo en el que Nelson prefiere verse frente a su contrastante derrota con la mujer que lo ha dejado.



    Pero Nelson tiene otras aspiraciones como músico de un instrumento de viento, y mucho más desde el anhelo interno que la palabra solo connote un lugar de preponderancia, donde finalmente pueda explotar su condición de compositor e intérprete ante un público que valore su papel de trompetista, escindido del mero acompañante de una banda militar, que recorre distintos lugares con un repertorio de marchas militares y temas populares.



    Guillermo Rocamora expone desde la trama la tensión entre el deseo de su protagonista y su subordinación por el rol y mucho más implícitamente por la mirada de las diferentes personas con las que interactúa. Esa travesía personal que se desarrolla con pequeños detalles que se incorporan, de manera paulatina pero constante, al derrotero de Nelson, se conecta con otra travesía que debe leerse desde un punto de vista simbólico y donde la soledad no se tiñe del mismo color, como así tampoco esa tristeza que emana en cada nota cuando Nelson toma su trompeta y la pantalla se deleita con la melancolía uruguaya, que no es igual a la argentina.
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  • Anconetani
    Anconetani
    CineFreaks
    Narrador de oficio

    El mérito de este anómalo documental de los realizadores Silvia Di Fiorio y Gustavo Cataldi es haber encontrado el equilibrio para construir un relato que puede interpretarse de tantas maneras como elementos narrativos se utilizan para escapar del convencionalismo de las historias de vida. Es que en Anconetani traza la diferencia entre realidad y mito, pero sin el mecanismo del artificio o la falsedad del documental, sino desde las propias vivencias de una persona compleja para encasillar simplemente con el rótulo de personaje.



    Nazareno, un hombre mayor, luthier marca registrada en el mundo de los acordeones, hace de su oficio, heredado de su padre inmigrante, parte de su vida, pero además de un espacio en el que genera una realidad paralela. El lugar donde trabaja con los acordeones, que le llegan desde diferentes lugares y además pertenecientes a personalidades conocidas en el mundo musical, como Raúl Barboza o El Chango Spasiuk, esconde misterios e historias que el propio Nazareno se encarga de reforzar. Además, sus interlocutores, ayudan a creerle y así tomar en esa complicidad la posta para que el mito perdure. Basta con ver los ojos de Spasiuk al expresar que si Nazareno te invita a subir a esa suerte de santuario, la mística se vuelve magia y, solamente se entiende desde una conexión o sensibilidad particular.



    El amor por el trabajo se entronca entonces con el amor por la música, y si de música se trata, los acordeones y la batería juegan para Nazareno un rol importantísimo, cuando se deleita sin ningún prejuicio en sus presentaciones junto a una pequeña banda de amigos. La vitalidad que expresa en cada movimiento de sus brazos al castigar con cariño esos tambores y platillos, gozar al ritmo del mismo modo que a la melodía para generar en el público una atmósfera de fiesta, es directamente proporcional a la filosofía de vida o legado que Nazareno deja a los suyos.



    La familia italiana, que aparece al comienzo en esas comilonas tan características, pero que al día de hoy resultan anacrónicas, tiene por un lado la autenticidad de la pertenencia que la hace creíble y querible, pero por otro trae el recuerdo fantasmagórico de dos emblemáticas gemas televisivas locales como Los Campanelli y –en su versión moderna- Los Benvenutto.



    La pasta casera, la parentela en versiones generacionales intactas y ese clima entre acogedor, intimista, aunque inclusivo y no expulsivo para los propios realizadores, encuentra la distancia ideal para no contaminarse de su propia dialéctica o código de retórica enunciativa que lo volviese artificioso.

    Lo que menos importa de Anconetani, en definitiva, es la historia, es decir, la línea narrativa central que adopta diferentes rumbos, que exceden lo histórico o lo familiar -por citar el ejemplo más cercano- porque Nazareno es el centro y todo lo demás la periferia, sus enseñanzas reales encuentran en la mirada atenta de los directores el mejor legado cinematográfico posible, pues no especula con una cámara que lo intrusa a la vez que escruta desde lo más profundo, hasta lo superficial y ese resultado no tiene otra explicación que la de una puesta en escena en permanente cambio y dispuesta a mutar con el mismo ánimo que su personaje.
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  • Placer y martirio
    La vacua razón de ser

    En esta extraña incursión del director de Fango -2012- en el mundillo de la burguesía y la clase media alta porteña, bajo el sugestivo y provocativo título Placer y martirio, la artificiosidad de la vida encuentra su mayor y más cruel vehículo de expresión en la historia de Delfina, personaje visto a la distancia por el propio Campusano y hostigado por todo ese entorno vacío en el que se desenvuelve, compuesto por máscaras de todo tipo y nivel: la hipocresía de clase, la cirugía plástica, la infidelidad y, en definitiva, la vacua razón de ser.



    Ese es el eje temático en el derrotero de la protagonista, carente de voluntad e infantil desde los planteos, quien se entrega a un juego de sumisión patético, a manos de un amante misterioso, hombre exitoso en las finanzas, quien la manipula a niveles insospechados.



    El placer parece solamente un deseo retorcido de sadomasoquismo por parte de Delfina, y el martirio -vaya palabra elegida por Campusano- la vida de plástico que rebota y se desintegra entre las inyecciones de botox, las pastillas para alucinar y los desplantes de una mucama en un rol invertido entre la convencional dialéctica amo y esclavo.



    Para quienes estén acostumbrados al estilo áspero y sin concesiones del director de Vikingo -2009-, con la exposición de los diálogos y un tono que no es actoral, esta propuesta de los bordes es sumamente atractiva.
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  • La vida de alguien
    Banda sonora de la ausencia

    La vida de alguien -2014- es el cuarto opus de Ezequiel Acuña, también el nombre de un disco y de una canción de una banda uruguaya, La Foca, que quizás se conecte -o no- con el propio derrotero de esta banda liderada por Guille -Santiago Pedrero-, protagonista indiscutido del film.

    Al comenzar, una serie de imágenes inconexas introduce al espectador a un terreno donde lo onírico choca en apariencia con flashbacks, que repercuten en la mente de Guille en el transcurso de un viaje en micro. Rápidamente, la idea de reencuentro para terminar de concretar la grabación de un disco con canciones viejas, que por distintos motivos se vio interrumpida años atrás y marcó el alejamiento definitivo del bajista, Nico -Ignacio Rogers-, reaviva la llama para volver a formar una banda con Pablo -Matías Castelli-, antiguo vocalista, el bajista y gente nueva, entre quienes se encuentra un baterista y la presencia femenina para los teclados y coros, Luciana -Ailín Salas-.

    Pero es la ausencia nuevamente el fantasma que atraviesa el universo de La vida de alguien, y como complemento la melancolía con su carga extra de atemporalidad donde parece que las cosas no se pierden como aquellos discos que siempre suenan perfectos. Algo de banda sonora generacional transmite el cuarto film del director de Nadar solo -2003-, quien vuelve además a las playas de la costa atlántica para que el mar se lleve las historias junto al viento y al paso del tiempo.

    Santiago Pedrero entrega a un Guillermo maduro y para quien el hoy representa una encrucijada, mientras que el pasado es ese refugio al que regresa desde las canciones, sin embargo, la melodía no suena como antes, la banda tampoco, más allá de una subtrama que apela a los lugares comunes de todo proceso cuando entran en juego los managers, las presentaciones y las rencillas propias de los egos a la hora de encontrar nuevamente esa identidad y esencia, que cambia inexorablemente.

    Si Excursiones -2009- estaba filmado en blanco y negro como parte del mecanismo estético empleado por Acuña para encontrar, desde lo poético de la imagen el mejor color para la nostalgia, la tiñe de colores, y quizás eso signifique que después de todo no sea tan malo regresar, al menos desde la intención y el deseo, a otro tiempo en el que las canciones marcaban rumbos antes de hacerse caminos.
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  • Reimon
    Reimon
    CineFreaks
    Teoría y práctica

    Pese a la original presentación en la que, detalladamente, Rodrigo Moreno exhibe en números el costo total -34 mil dólares- y la cantidad de horas hombre que llevó la realización de esta película en consonancia con la premisa de exponer las contradicciones de la prédica marxista en la realidad laboral de una empleada doméstica, Ramona, apodada por sus empleadores: Réimon, el tercer largometraje del director de El Custodio -2006- se queda estancado en la superficie, porque no se despoja de pre conceptos sobre la lucha de clases ni tampoco evita el atajo del contraste como herramienta para comunicar sus ideas.



    Aquí los representantes de la clase media alta son unos estudiantes, habitantes casi fantasmagóricos de un piso en una zona geográfica muy referencial de esa clase social, quienes intentan comprender algunos conceptos absolutos del libro El capital. Ramona llega a ese espacio intelectual para hacer su trabajo y nada más ni nada menos que eso, la limpieza de dormitorios atestados de objetos, ordenar un desorden propio de la desaprensión de los dueños del piso, que de vez en cuando, toman contacto con la realidad -que no está en los libros de Marx- al interesarse por la vida cotidiana de Ramona. A veces, le donan aquella ropa en desuso en buen estado para que reparta con los suyos y todos esos gestos que para el realizador y su operativo de contraste habilitan el maniqueísmo entre ricos y pobres, elemento que sirve, además, para dejar en evidencia la dialéctica entre la idea de teoría y práctica.



    Al igual que con El custodio -2006-, el director de Un mundo misterioso -2011-, opta por seguir a su personaje Ramona con su cámara, pero mucho más visible en esta ocasión que Julio Chavez, en su opera prima, acompañarla en sus viajes de un mundo al otro y en la soledad de los tiempos muertos. Cuando irrumpe el ocio en la intimidad de esos dos escenarios pareciera que a las realidades las atraviesa una equidad espontánea y poco duradera una vez que lo cotidiano avanza y todo vuelve a ser lo mismo con la rutina y la falta de horizonte, tanto de un lado como del otro.



    Réimon, sin lugar a dudas y más allá de sus intenciones estéticas o su mirada política, es un film que abre la polémica sobre los modos de representación, pero más aún si se trata de un origen burgués. Pone al espectador en un lugar incómodo, de la misma manera que hace pocos días La Patota -2015-, de Santiago Mitre, básicamente por exponer las deformaciones de la mirada cuando penetra la ideología. Si la idea de Rodrigo Moreno implica, por ejemplo, construir desde una anécdota las condiciones para reflexionar sobre los maniqueísmos a la hora de representar el choque de clases sociales, la poca sutileza del convite deja abierta la duda, así como esa presentación de aparente transparencia de un presupuesto de cine independiente, apunte que a esta altura alimenta la idea provocativa más que analítica.
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  • Stockholm
    Stockholm
    CineFreaks
    Encuentros peligrosos

    La película que causó sensación en los premios Goya 2014 es mucho más que lo que sugiere desde su título. El síndrome de Estocolmo resulta conocido para muchos como el vínculo enfermizo producido entre víctima y victimario que muchas veces deriva en romances trágicos, donde el cine se ha hecho eco con películas tales como La muerte y la doncella -1994- de Roman Polanski. Si bien la trama adopta parte de esta estrategia, en realidad el film del premiado director novel Rodrigo Sorogoyen explota los recursos del género y del minimalismo hasta alcanzar la máxima tensión en una anécdota que puede resumirse bajo la fórmula chico-conoce-chica, para enrarecerse y transitar por diferentes escenarios macabros, sin llegar a enquistarse en ninguno de ellos.

    El plus lo marca también, la excelente performance de la pareja protagónica, Javier Pereira y Aura Garrido, quienes desde el primer momento consiguen generar la atmósfera propicia que va desde la seducción y la incomodidad hasta el desenfreno de caracteres y personalidades que emergen en una situación sumamente verosímil.

    Con pulso narrativo constante, cambios de ritmo y de tono, Stockholm sorprende por la rigurosidad en la puesta en escena y la capacidad de hacer de los diálogos más mundanos y banales posibles una trampa dialéctica al espectador que guarda absoluta correspondencia con la suerte de los personajes.
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  • El prisionero irlandés
    El amor en tiempos de colonia

    El contexto en que transcurre El prisionero irlandés, de Carlos Jaureguialzo, Marcela Silva y Nasute, se instala en las instancias de 1806, los derrotados ingleses por la frustrada invasión, cuentan entre sus filas con un irlandés cuyo destino de prisionero es San Luis.

    Allí y siempre en calidad de hombre apresado por el ejército argentino toma contacto con una viuda de guerra sin elegir la repatriación para comenzar su historia de amor con el nexo entre ambos de pertenecer a países que debieron soportar las invasiones británicas. El protagonista así toma contacto con una cultura muy diferente pero encuentra, con el tiempo y la convivencia, su lugar en el mundo.

    La estructura del relato bordea el clasicismo con un guión bien construido y en el que los personajes exponen diversas esferas, así como reproducen, de manera no forzada, diálogos sumamente interesantes. Los rubros técnicos también merecen un reconocimiento, sobre todo el sonido de la película, que sumado a la excelente fotografía que destaca el paisaje dramático, suman un plus a la propuesta general.

    Sin historicismo a cuestas y concentrada en sus personajes, conflictos y resoluciones, el opus de Carlos Jaureguialzo, Marcela Silva y Nasute alcanza niveles en materia de producción poco habituales, tratándose de una película con ciertas ambiciones de antemano.
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  • La parte automática
    Desiertos

    El realizador Ivo Aichenbaum expone en una voz en off rápidamente su llegada al mundo, allí su padre se relaciona con un pasado que conjuga la aventura de un médico en la guerrilla sandinista, y luego una gran ausencia desde Río Gallegos, desde esa Patagonia desértica hacia el desierto de Israel. Ivo emprende así un viaje acompañado de varios jóvenes de origen judío para retomar contacto con esa tierra, pero desde el lugar del extrañamiento y ese es el principal motor de este interesante relato que no detiene su atención en las obviedades para enriquecerse desde la incomodidad de la incerteza.

    Resulta difícil sintetizar que es La parte automática, porque precisamente la idea central es encontrar en el pretexto del documental el espacio para poner en marcha las contradicciones, por ejemplo, del realizador a la hora de encarar un reencuentro con un padre ausente o tratar de asimilar las tradiciones y la cultura en un país al que le encuentra a veces similitudes con el barrio patagónico donde pasó gran parte de su infancia.

    El recorrido por lugares parece abrazar la idea de azar y no la del itinerario programado de un turista y la forma desde su contenido adhiere al enfoque despojado de didactismo o bajada de línea en función a alguna causa más profunda, como por ejemplo el holocausto o el conflicto entre Palestina e Israel. Basta una charla con un taxista para reconocer en ese intercambio cultural otra idea completamente distinta de la que puede tenerse de un pueblo enfrentado y que también padece el terrorismo propio y ajeno. Tampoco el director toma partido ni deja entrever un discurso formado u opinión, aspecto que hace de este documental extraño y muy recomendable su mayor cualidad, sin menoscabar un meticuloso trabajo de dirección y la confianza en que a veces tomar riesgos a nivel cinematográfico da sus frutos.
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  • Los dioses del agua
    Aquí y allá

    Sin dejar de lado su poética, Pablo César recupera su fascinación por el continente africano ya reflejada en la trilogía Equinoccio, el jardín de las rosas (1991), Unicornio, el jardín de las frutas (1996) y Afrodita, el jardín de los perfumes (1998), pero esta vez con una estructura narrativa clásica para explorar la aventura del conocimiento a partir del viaje iniciático de un antropólogo interpretado por Juan Palomino, quien viaja a Angola y a Etiopia en búsqueda del eslabón perdido del comienzo de la vida humana en el planeta tierra.


    Los dioses del agua, título que remite a uno de los mitos africanos que encuentra además correspondencia con muchas otras leyendas de distintas civilizaciones como la de los pueblos originarios, coincide en que el hombre desciende de los anfibios, seres mitad pez mitad hombre, fueron los antecesores de acuerdo a lo que las leyendas expresan generaciones tras generaciones desde la oralidad. Ese es uno de los conocimientos primitivos y más poderosos que en este caso coexiste con aquel que otorgan los libros, mientras que la experiencia en el terreno completa el círculo en el derrotero de Hermes, el antropólogo protagonista de esta película.

    El otro viaje surge de la llegada de un angoleño, Oko, a nuestro país también en busca de sus orígenes en estas tierras lejanas de la esclavitud y donde los afroamericanos han dejado huellas a pesar de los borrones que los blancos que cuentan y escriben la historia se encargan de multiplicar. Lo onírico y la alegoría se nutren de la belleza visual, que en formato 35mm, (ver entrevista) encuentra el mayor despliegue visual, en sus encuadres y en aquellos paisajes africanos donde parece ocultarse el verdadero conocimiento.

    La lucha entre la intuición y la razón se resumen en la travesía interna de Hermes antes de tomar contacto con lugareños, chamanes y sabios de la etnia dongu en Mali y tchowke en Angola; la cultura y la tradición estallan como notas musicales de una partitura universal y la correspondencia de saberes acompaña con el ritmo de los tiempos para un film completamente alejado de los cánones convencionales y que vale la pena descubrir para conocer otro modo de entender la vida.
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  • Un castillo en Italia
    Catarsis sin vuelo

    Para la directora y actriz Valeria Bruni Tedeschi, sobrevalorada por Cannes el año pasado, el cine es un pretexto para dar rienda suelta a su catarsis más que a su imaginario para construir historias o como ella prefiere “autobiografías ficcionales”.

    Al igual que en Actrices (2006), las obsesiones y crisis de los cuarenta -soltería, maternidad y pasaje de cuarto de hora en el terreno de la actuación- atravesadas por la hermana de la ex primera dama de Francia, la modelo Carla Bruni, se apoderan rápidamente de la trama, que mezcla algo del humor característico de Bruni Tedeschi con el drama familiar. Es un film donde se destaca, al igual que en su segundo opus, Actrices, la actuación de su madre Marisa Borini, eficaz a la hora de lanzar esos dardos venenosos y críticos que ponen al descubierto las máscaras en las que su hija siempre esconde vulnerabilidades, al tiempo de funcionar como un pequeño motor para que ella emerja emocionalmente robándose varias escenas de corte dramático.

    Un castillo en Italia funciona a medias cuando la realizadora se despoja del operativo catártico para sumergirse en el retrato de una familia burguesa, acomodada y en plena decadencia, en la que se ventilan tanto los trapitos sucios al sol como el fuerte vinculo afectivo entre Valeria y su hermano Ludovico, (interpretado por el italiano Filippo Timi), enfermo de Sida en etapa terminal en la ficción, para quien el castillo familiar representa no sólo el contacto con el pasado que ya no vuelve, sino el único bastión para no reflejar esa decadencia, aspecto que evidentemente a la francesa le molesta demasiado por la ironía con que maneja a veces el tono de la película.
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  • Dos locas en fuga
    Buddy movie con curvas

    Dos locas en fuga toma la estructura de la buddy movie para explotar las posibilidades histriónicas de Reese Witherspoon y la simpatía con un plus de enorme sex appeal de la colombiana Sofía Vergara, en una trama sencilla, aunque no por ello poco efectiva a la hora de introducir alguna que otra escena de acción –hay pocas- para transitar por los andariveles de lo que cada vez se consolida como fórmula efectiva: comedia policial.

    Bajo la dinámica de los opuestos que se atraen, la combustión entre Witherspoon y Vergara no se da desde el convencionalismo que se puede especular, es decir la rubia no hace aquí de fea, en comparación a la despampanante latina, sino que representa la rectitud y el orden ante el libertinaje y la libertad. Para ello, el pretexto es resguardar la integridad física de Vergara, cuyo marido debía declarar como testigo en reserva contra uno de los narcotraficantes más peligrosos.

    Como es de esperar, las cosas salen torcidas y es a partir de ese cruce en que las dos féminas en plan de huída toman las riendas de su destino. El atractivo en la trama es que ninguna de las dos quiere a la otra, una buddy movie hecha y derecha pero que por suerte no apela a la masculinización de la pareja protagónica, sino que maneja con coherencia los atributos de cada una de ellas, resaltando los diferentes tipos de femineidad.

    La fórmula por momentos cansa al no encontrar en el desarrollo situaciones que superen las obviedades y los lugares comunes esperados pero que por ese detalle no desentonan del todo con la idea de comedia y tampoco con la de policial.

    Cabe destacar que hay química y correspondencia sin egos por delante entre las dos actrices, a pesar de que para Witherspoon el desafío es más arriesgado que en el caso de Sofía Vergara, a quien a esta altura se le perdona absolutamente cualquier exabrupto: incluido ese inglés único e irrepetible que ha hecho escuela gracias al talento de los guionistas de la serie Modern Family.
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  • Cercana obsesión
    Mi vecino es psicópata

    Definitivamente con Cercana obsesión la irregular carrera de Rob Cohen en su rol de director se cayó estrepitosamente y tras este traspié le resultará sumamente trabajoso recuperar el aceptable nivel exhibido en películas como Corazón de dragón (1996) o Triple X (2002), por citar lo primero que se viene a la mente.

    Qué decir entonces de Jennifer López en un rol de lo que en el cine porno se denomina Milf (mother i like to fu…), léase profesora de literatura ya madura que se obsesiona con un muchachito que se muda frente a su casa para ayudar a un pariente inválido y que rápidamente gana la confianza de ella y la amistad de su hijo adolescente de edad similar.

    Hasta aquí el argumento ridículo sólo podría funcionar en esas películas sexploitation que hicieron furor en los 90 y que recibieron también el sobrevalorado mote de thriller eróticos para compartir lugares con otros títulos mucho más interesantes desde lo que a trama se refiere como a tratamiento de personajes e historia, de la talla de Atracción Fatal (1987) o el clásico instantáneo Bajos Instintos (1992) por ejemplo. Nada de eso se acerca a Cercana obsesión, ni desde la propuesta pseudo erótica y trasgresora (se cuentan con los dedos de la mano las escenas fuertes) por supuesto revestida con un nivel de moralina abismal porque en definitiva la protagonista se las ve feas por ceder a la tentación de un jovenzuelo psicópata, quien no a fuerza de seducción sino de sometimiento liso y llano derrumba en un segundo su círculo de confort a sabiendas que revelar la relación clandestina al entorno de la docente implicaría el escarmiento público.

    Todo en Cercana obsesión parece gratuito, desde la historia en sí misma hasta las increíbles ingenuidades de los personajes pero lo que es más grave aún no es la insólita pendiente de complicaciones o falsas vueltas de tuerca en las que incurre López sino las resoluciones de cada conflicto. No hay trabajo en la esfera psicológica de esta enfermiza y caliente relación, más allá del estereotipo violento y el juego de dominio entre ambos personajes. Tampoco aporta demasiado un grupo de personajes secundarios sin peso más que la funcionalidad al derrotero de los acontecimientos.

    Un film para el olvido o para un día de lluvia pero muy torrencial.
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  • La Patota
    La Patota
    CineFreaks
    Relativismo militante

    Muchos colegas consideran oportuno el estreno de La Patota, remake más que libre del clásico de Daniel Tynaire de 1960 y protagonizado por Mirtha Legrand, al exponer la coincidencia coyuntural con un tema que ha tomado a la opinión pública en estas últimas semanas relacionado con la violencia de género y su consecuencia más atroz, el femicidio. La vinculación -atendible y no especulativa- se sustenta al encontrar en la anécdota planteada por el propio director, junto a su co-guionista Mariano Llinás, léase la violación de una maestra por un grupo de lugareños entre los que se encuentran sus propios alumnos y sus derivaciones éticas y morales frente al entorno, al establecer vasos comunicantes con las miles de historias de mujeres víctimas de la violencia de los hombres.

    Ahora bien, La Patota no pretende desde su tesis cinematográfica visibilizar la violencia de género a partir del acto de vejación sufrido por su protagonista Paulina, interpretada de manera soberbia por Dolores Fonzi , tanto desde lo corporal como en lo que hace a la reducción de gestos ampulosos para generar desde las micro expresiones de su rostro e inflexiones de voz, un personaje complejo y tridimensional.

    Tampoco era un objetivo del film original de los años 60 la denuncia social sino la exposición cruda entre lo concreto y lo abstracto o más precisamente entre la realidad y la interpretación subjetiva de la realidad. La redención de la religiosidad ante la situación extrema de la víctima Mirtha Legrand, quien enseñaba Filosofía y tenía enormes convicciones religiosas, en la película del 2015 se transforma en el peso de la ideología a la hora de enfrentarse con la realidad.¿Puede la ideología alterar la percepción de la realidad y reducirla al terreno del dogmatismo que esquiva al supuesto discurso reaccionario o políticamente incorrecto cuando es exactamente lo mismo que lo que ataca? Pensemos en una religión, más allá de la fe, el armazón ideológico detrás de los fundamentos inatacables existe en la idea del bien y del mal. Es válido, desde este punto de vista, sostener de manera argumentativa que la ideología política funciona de la misma manera que una religión, por ejemplo al definir qué es la justicia, o más complicado aún qué es justo.

    Bajo este criterio relativo pendula la tesis cinematográfica de esta película marcadamente política, la cual se encarga desde sus ideas de abrir un abanico de preguntas sobre los dilemas éticos, pero también de confrontar lo discursivo y abstracto con el barro de lo inexplicable, de lo inteligible desde la lógica racional para poner el cuerpo, al igual que su protagonista, al debate generacional sobre la justicia y la manera de entender la acción política como motor de cambio social.

    Ya en El estudiante, debut de Santiago Mitre, se exploraba la militancia desde las filas de la Universidad y se la despojaba y desmenuzaba de todo tipo de romanticismo ante los tejes y manejes internos de aquellos que tenían más poder sobre el estudiantado y también allí se cuestionaba cuál era el valor de la ideología en la toma de decisiones individuales que afectaban a grupos. En ese sentido, el comienzo de La Patota en un plano secuencia donde desde el guión se plantea la brecha generacional pero también la inexpugnable relación entre un padre (Oscar Martínez, brillante) y una hija sobrevuelan chicanas para defender ideologías: la idealista de impartir educación cívica en el interior de la Misiones profunda y así abandonar un doctorado en Derecho que con el correr del tiempo podría significar una verdadera chance de hacer política desde el poder contra la mirada cínica de aquel que se vio derrotado ante la utopía de luchar por un mundo más justo, quien paradójicamente es Juez.

    Ante esos dos ejes conceptuales , la idea abstracta de justicia se entronca con la dominancia de una clase sobre otra y se resume en una excelente línea a cargo de Paulina que reza que cuando se trata de pobres la justicia no busca la verdad sino busca culpables. Pero si las víctimas están de los dos lados ese argumento se desvanece. El cuestionamiento de este film entonces pone al espectador en un lugar incómodo si se deja arrastrar por el hecho de la violación de la protagonista y su extraña manera de reaccionar al defender sus convicciones ante la perplejidad de todo un entorno que actúa en su nombre.

    La distancia con que Santiago Mitre aborda el dilema contrasta con la elegida desde la puesta en escena al partir el relato cronológicamente y mostrar la situación que detona el conflicto central tanto desde el punto de vista de Paulina como de su violador, sin juzgar, pero aproximado a sus cuerpos, rostros, a veces a las espaldas como Gus Van Sant lo hiciera en Elephant y otras con planos generales donde por ejemplo la selva misionera transmite la ferocidad del lugar o el edificio abandonado una metáfora contundente que en toda región del país habrá un elefante blanco, un proyecto de cambio social sepultado en el barro de la realidad, ese que Dolores Fonzi transita desde el primer minuto pero que prefiere percibir de otra manera.
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  • La Salada
    La Salada
    CineFreaks
    Multiculturalismo agridulce

    La opera prima del cineasta argentino de origen taiwanés, Juan Martín Hsu, multiplica los sentidos del título literal La salada, para explorar diferentes escenarios y conflictivas dentro de ese espacio geográfico tan característico, ubicado en el partido de Lomas de Zamora.

    El multiculturalismo que forma parte del mosaico de inmigrantes que hacen de ese lugar de encuentro también su posibilidad de subsistencia en pequeños negocios, donde se venden mercaderías de dudoso origen, es el motor de adaptación de estos personajes que transitan a lo largo del film entre la soledad y la interacción con un entorno y culturas diametralmente opuestas.

    Vale decir que en el emporio de lo trucho, lo genuino resalta aquí en la trama desde los aspectos humanos de los personajes. Ese racimo de historias que se entrecruzan con personajes secundarios que completan el cuadro social busca en primer lugar la alteridad y el amor para derrotar a la soledad y al desarraigo, cara invisible de ese flagelo silencioso.

    Así las cosas, la intimidad de la coreana Yun-Jin, quien hace las veces de traductora para su padre, dueño de varios puestos en la feria, quien ya tiene planeada una boda con el sólo objeto de la conveniencia económica, no dista demasiado del derrotero de Huang (Ignacio Huang, ya visto en Un cuento chino -2011- y en la serie Graduados), quien se dedica a copiar DVDs y aprende la idiosincrasia argentina desde el cine local, en un excelente guiño que el propio Hsu efectúa como parte lúdica de su film, éxito en el último BAFICI.

    Los problemas de adaptación se suman a partir de la historia de un joven boliviano, con anhelos de progreso en el rubro gastronómico y que trata de desprenderse paulatinamente de la tutela de un tío sobreprotector para crecer como persona.

    En un competitivo mundo laboral; en un país con costumbres distintas, el multiculturalismo de La salada entrega más allá de sus apuntes humorísticos un interesante retrato de estos grupos ya instalados en la comunidad, despojado de todo efectismo y con hondo interés humano, sin caer en golpes bajos o sensiblería for export.
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  • Leopardi, el joven fabuloso
    Bella melancolía

    El director Mario Martone logra una correcta biopic sobre el poeta y filósofo italiano Giacomo Leopardi, uno de los intelectuales del siglo XVIII más reputados. Conde, quien en su temprana infancia tuviese acceso a una biblioteca del conde Monaldo, su padre, que le permitió el rápido aprendizaje de la filología y el dominio de varias lenguas, pero siempre bajo los rígidos postulados religiosos que iban en contra de la naturaleza y el libre pensamiento de su hijo.

    Leopardi, el joven fabuloso, en primera instancia define a su protagonista como un personaje torturado desde el aspecto físico, padecía una mezcla de raquitismo y tuberculosis vertebral (Mal de Pott), por lo que los dolores corporales, graficados desde su incipiente joroba, lo acompañaron hasta el lecho de su muerte por la enfermedad del cólera, en Nápoles, ciudad en la que el poeta italiano estuvo recluido junto a su amigo y primer biógrafo Antonio Ranieri.

    La ambientación de la Italia de fines de 1700 y la primera mitad del 1800 (Leopardi nació en 1798 y murió en 1837) funciona en la película como catalizador de distintos escenarios: por un lado, la decadencia de la propia nobleza, en la que el conde Monaldo dilapidó sus riquezas, y por otro la avanzada del bonapartismo que marcaba altos niveles de conservadurismo. Tampoco puede dejarse de lado el rol del catolicismo frente a las ideas revolucionarias de los intelectuales, quienes si bien aceptaban la obra de Giacomo Leopardi, le criticaban su pesimismo cósmico aunque valoraban su estilo y su prosa luminosa.

    Infatigable en lo que hace a su producción literaria, algunos de los hitos de este joven erudito italiano forman parte del núcleo del film, donde puede apreciarse su pluma y su pensamiento alineado a las filas del romanticismo. No obstante, también desde la puesta en escena el realizador italiano construye el espacio para escapes alucinatorios del protagonista y para la poesía, que encuentra en las imágenes un complemento ideal.

    La banda sonora cuenta con un hallazgo que contrasta con el resto del repertorio musical al insertar un tema moderno para una película de época, pero que no desentona con los fines dramáticos y para los que el aporte actoral de Elio Germano resulta imprescindible. Sin sobreactuaciones, compone a un Leopardi melancólico, pero con una enorme sensibilidad por la naturaleza y la condición humana.

    Tal vez en donde haya que hacer algún reparo, más allá de su extensa duración, es en la presentación de los personajes principales con muy poco desarrollo en lo que hace a la psicología o a la manera de pensar de la época.
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  • El otro lado del éxito
    Mujeres frente al espejo

    Son varios los espejos que reflejan el universo femenino de este nuevo opus del francés Olivier Assayas, El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria, 2014), que cuenta entre su elenco dominado por féminas de carácter con la experimentada Juliette Binoche, junto a las promesas hollywoodenses Kristen Stewart y Chlöe Grace Moretz. Las tres en representación de distintos tipos y arquetipos femeninos, que a veces bajo la mirada impiadosa del cine mainstream refractan los achaques del tiempo pero sobre todas las cosas las consecuencias de someterse a la tiranía de la industria, siempre que el objetivo sea mantenerse vigentes en el cambiante firmamento cinematográfico.

    Es así como el director francés se las ingenia a partir de la introducción de una anécdota que involucra a la actriz desvalorizada, María Enders, en la piel de Binoche, en compañía casi constante de su joven y ambiciosa asistente Valentine, personaje que le queda como anillo al dedo a Stewart, para dejar plasmadas sus enormes diferencias de criterio y críticas al Hollywood industrial, responsable, entre otras cosas, de una homogeneización y achatamiento cultural en general que el cine francés ha sabido superar con armas propias, pero que en la actualidad hace verdadera mella en muchas propuestas europeas que se acoplan cada vez más a los modelos de representación norteamericanos.

    Se trata, en definitiva, de exponer una mirada y discurso crítico a cierto tipo de lenguaje para preservar desde términos creativos y sin concesiones, rasgos de identidad de una cinematografía sobre otra. Para ello, qué mejor que enfrentar dialécticamente a dos actrices con una propuesta que expondrá por un lado la vulnerabilidad de la olvidada María Enders, en plena crisis de transición por el paso del tiempo y la competencia con actrices mucho más atractivas y jóvenes como la que le toca en suerte a la enigmática Chlöe Moretz, quien se encargará de interpretar un personaje que otrora había catapultado a Enders al éxito teatral durante su juventud.

    La obra de teatro La Serpiente De Maloja traza las coordenadas de una relación un tanto enfermiza entre una joven y una mujer madura. Juego de espejos que se distorsiona al reproducirse una situación paralela entre la actriz María Enders y su ya mencionada asistente Valentine, quien la ayuda también en el repaso del texto y la contiene emocionalmente durante sus ataques y crisis a lo largo del relato.

    Hasta dónde la manipulación entre una y otra se materializa es otro de los encantos que propone Assayas en este juego que se torna mucho más eficaz al entrar en escena el tercer personaje, desde la ambigua y perturbadora Jo-Ann Ellis (Moretz), quizás una relectura muy personal de La Malvada (1950) pueda explicar de manera más concreta las verdaderas intenciones del realizador francés, quien logra extraer lo mejor de cada una de sus actrices para quienes reserva escenas o momentos de alta tensión dramática.

    Pese a esta calibrada dirección y prolija puesta en escena, por momentos El otro lado del éxito se muerde igual que la serpiente su propia cola y se estanca en el retrato intimista de una relación cuasi lésbica bastante predecible en cuanto a los gestos que le quitan espesura a la trama y por ende a la película, en términos generales, con un último acto por demás cuestionable, siempre teniendo en cuenta la propuesta desde el inicio hasta promediar la segunda mitad del film.
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  • Historias de caballos y hombres
    Animaldad

    Más allá de su efectividad visual, porque decir belleza es un término demasiado alto, más que historias, lo que se hilvana en este film, de origen Islandés, son anécdotas protagonizadas por lugareños de la costa de Islandia y sus caballos, domesticados y al servicio de sus perversiones.

    No se trata aquí de la relación utilitarista propia del hombre con el animal en el campo, por ejemplo, sino de tomar al equino como un objeto o fetiche, despojado de toda emocionalidad y cargado de un manifiesto desequilibrio que no es otra cosa que el abuso de poder.

    La metáfora obvia recae sobre la libertad de los caballos salvajes y su carencia, a partir de la domesticación, a esa obviedad le sumamos una alegoría muy subrayada entre la animalidad y el instinto en contraste con el hombre, en este caso representado por este grupo de habitantes, hombres y mujeres, quienes solamente se relacionan desde la mirada escondida en prismáticos, las rivalidades –producto de sus miserias- y el sexo. Algunos con ciertas características de supervivencia en un apartado de los relatos con el único fin de impactar en la sensibilidad del espectador.

    Monótona, como un galope corto, cada anécdota toma alguna referencia humorística, con ese tono asordinado, típico de directores como los Kaurismaki, quizás para soliviantar la crueldad a pesar de que al final el film se encarga de advertir al público que ningún caballo sufrió durante el rodaje de la película.

    Sin embargo, resulta dudoso haber conseguido el sometimiento de los caballos a escenas extremas, como por ejemplo llegar a nado a un barco ida y vuelta. Algo similar ocurría con la película Las aventuras de Chatrán, donde el número de gatos sacrificados por los caprichos del director fueron más que contundentes.

    No obstante, ese detalle –no menor- solamente expone uno de los reparos que hay que hacer en esta película aunque su mayor defecto obedece a la pobreza de su guión.
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  • Hawaii
    Hawaii
    CineFreaks
    Hawaii: Un juego inocente

    Lejos de repetirse, la nueva película de Marco Berger retoma el tópico del deseo masculino ya sugerido desde su ópera prima Plan B (2009), también protagonizada por dos amigos como en este caso lo son Eugenio y Martin (soberbias actuaciones de Manuel Vignau y Mateo Chiarino).

    Ellos, además coinciden en un espacio común de un pueblo de la provincia al que Eugenio llega desde la ciudad para hacerse cargo del cuidado de la quinta de sus tíos y, para el caso de Martin en busca de nuevos horizontes, que se conectan con el pasado más remoto de la infancia cuando jugaba con Eugenio y planificaban aventuras sin importarles el entorno, parte de un juego íntimo e inocente que se reaviva a partir de este nuevo encuentro en el que cada máscara desaparece con sutileza cuando las miradas cómplices, los tiempos muertos y el detalle se encargan de ir construyendo una intensa relación entre ambos.

    La sensibilidad y la renuncia a la exposición en primer plano forman parte del estilo de Berger, quien demuestra un cabal conocimiento del universo masculino, así como de las posibilidades de lenguaje que brinda el cine y la distancia de la cámara al servicio de la narración, para transformar todo lo que filma y así definir su propio universo temático y cinematográfico, que seguramente se seguirá nutriendo de nuevas experiencias e historias como la de Hawaii.
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  • Chappie
    Chappie
    CineFreaks
    El robot del pueblo

    El sudafricano Neill Blomkamp ya nos tiene acostumbrados a sus fábulas donde la lucha de clases tuerce siempre para el lado de los buenos. A la pregunta ¿Quiénes son los buenos?, debemos responder desde la ideología: aquellos que no tienen el poder; los que son sojuzgados por el sistema perverso que los explota sin misericordia con el único fin de que la rueda nunca deje de girar.

    En ese sentido, Chappie viene a consagrar un estilo -cuestionable o no- que hace de la mezcla de elementos genéricos la plataforma ideal para bajar línea y un discurso camuflado de otra cosa. Se trata, nada más ni nada menos, que de un robot creado para el control social, que a partir de su contacto con la realidad marginal y con un grupo de personajes estereotipados, comprende que el mundo es otra cosa y que la violencia separa más de lo que organiza.

    Por otra parte, Chappie personaje, es una esponja que absorbe todo tipo de aprendizaje, por lo menos ese es el objetivo de su creador Deon Wilson (Dev Patel), lejos de aceptar las leyes que imperan sobre la robótica con fines militares, idea que expresa su antagonista Vincent Moore (Hugh Jackman).

    Así las cosas, los dilemas a los que se enfrenta este prototipo de titanio se van sumando a medida que adquiere todo tipo de conocimiento de la escuela de la calle y las contradicciones de aquellas lecciones que, por ejemplo, lo involucran con actos delictivos cuando su esencia es el respeto por la ley.

    Para el realizador de Sector 9 (2009), cualquier alegoría es válida para reforzar la dialéctica planteada al inicio de esta nota y en esa obsesión de querer cerrar el círculo, las películas quedan subordinadas a los pretextos de las ideas. Ahora bien, en Chappie se refleja con más intensidad ese desequilibrio entre el ¿qué? y el ¿cómo?, sumado a un puñado de escenas melodramáticas en contraste con la acción que parece llegar cuando la película no encuentra un camino potable –en términos narrativos- para avanzar hacia el territorio de las ideas o, lo que es peor, de la sensiblería.
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  • Congreso
    Congreso
    CineFreaks
    La gran noche

    Congreso, opera prima de Luis Fontal, antes que nada es una comedia generacional. La palabra, lejos de condicionarla o al menos encasillarla en un grupo de películas argentinas como 20.000 Besos (2013) o Días de vinilo (2012), le cae perfecto para encontrar un público amplio capaz de identificarse con el derrotero de estos seis personajes, todos de treinta años para arriba, dividido en tres masculinos y su par femenino.

    Los hombres se preparan para una noche de fiesta con el pretexto de una cena mexicana en la que están invitadas tres amigas, dispuestas a esa cita a ciegas para pasarla bien. El anfitrión Nicolás (Ezequiel Tronconi, también guionista) se encuentra con su novia, son los únicos personajes que ya tienen una relación de antemano. El resto está en igualdad de condiciones, es decir, con las máscaras y roles a cuestas bajo la impunidad del desconocimiento ajeno.

    El mecanismo de máscaras también funciona, en términos narrativos, para marcar diferencias entre los personajes. Por el lado de las chicas, Agustina Quinci, Florencia Benítez y Sabrina Macchi, hay una que se dedica a la kinesiología, otra que estudia cine y la tercera que hace del papel de novia. Para los hombres quedan los roles de arquitecto separado, Germán (Maximiliano Zago) y actor vocacional, Gonzalo (Matías Dinardo) y del ya mencionado anfitrión, cantante de rock.

    Sin embargo, los maquillajes y las máscaras comienzan a descascararse una vez superada la inercia de las presentaciones y con el paso de las horas, el alcohol y sustancias varias para participar de esos juegos peligrosos, donde quedan expuestas las miserias y secretos de cada participante.

    En realidad eso es la superficie de Congreso (2013), porque en el apartado más profundo, generado a partir de muy buenos climas, entran a tallar otro tipo de conflictos, pero también afloran emociones y sueños incumplidos. Para esos climas es insustituible el buen material sonoro, integrado por una serie de temas musicales entre los que se cuelan Kevin Johansen, referencias directas a Soda Stereo (el hallazgo del vinilo de Signos), pero también con un puñado de temas propios muy acordes a cada escena.

    La amistad a los treinta podría ser un título tentativo de esta película ultra independiente, donde el barrio de Congreso, que da origen al título, opera no tanto desde lo geográfico sino desde ese espacio cinematográfico, en el que confluyen la nostalgia, la madurez y la melancolía por el tiempo que no volverá.
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  • Camino a Estambul
    Duelos que hacen agua

    Russel Crowe demuestra en este proyecto las mismas falencias detrás de las cámaras que delante de ellas. Camino a Estambul nace de la idea de un hecho verídico, con todos los condimentos para transformarse en película, que sigue las peripecias de un padre para recuperar los cadáveres de sus tres hijos, caídos en el combate de Gallipolli, al enfrentarse a los turcos como parte del ejército aliado compuesto por australianos y neozelandeses.

    La emblemática batalla acaecida en 1915 es el marco y el trasfondo del debut en la dirección del actor neozelandés, film que al tratarse de un relato antibélico –más allá de su condicionante del hecho real- busca desde su primera intención homenajear a los millones de caídos sin nombre ni tumba en la primera guerra mundial. De la historia de este australiano, con un don particular para encontrar agua en lugares desérticos, se desprende la mirada global sobre las heridas sin cicatrizar que todo conflicto bélico genera en aquellos que lo sobreviven, por supuesto los padres, quienes deben reponerse a las pérdidas de sus hijos soldados y la culpa que esto acarrea en ellos.

    En ese sentido, la travesía espiritual choca con la personal y el protagonista encara –llamado por su intuición- el viaje primero al lugar de los hechos, donde tomará contacto con los británicos, quienes finalmente derrotaron a los turcos, reacios a acompañarlo en su intento de repatriación cual Antígona de Sófocles.

    Trascurrida la guerra, el contacto con el enemigo cara a cara se verá disipado al recibir la colaboración de un oficial turco, quien antes que soldado refleja su costado humano y su necesidad de salvar el honor de la derrota.

    Camino a Estambul no logra escapar de ningún lugar común y presenta enormes fallas estructurales, como por ejemplo, la torpeza de integrar a la trama el pasado mediante flashbacks sin un sentido narrativo inteligente.

    La actuación en piloto automático de Russel Crowe, en consonancia con su dirección –también en piloto automático- ni siquiera es equiparable a cualquier film bélico mediocre que ande pululando en formatos no cinematográficos, lo único destacable es la fotografía del recientemente fallecido Andrew Lesnie (responsable de la trilogía El señor de los anillos, por ejemplo), y no mucho más.
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  • Mil veces buenas noches
    Mostrar o no mostrar

    Mil veces buenas noches, del director noruego Erik Poppe, expone el dilema que atraviesa su protagonista, Rebecca (Juliette Binoche), fotógrafa de guerra, entre el deber ser y el ser. Las fotos que ella entrega y por las que pone en riesgo su propio pellejo conforman un testimonio clave para que el mundo tome contacto con realidades y miserias de las que muchas veces no se tiene información por el juego de intereses políticos que opera en cada rincón del planeta.

    Tal vez con el antecedente de haber sido fotógrafo, Erik Poppe logra plasmar en un crudo relato el drama personal de Rebecca y de su entorno familiar, en base a las decisiones personales en detrimento de la estabilidad familiar. Por momentos queda evidenciado que entre la profesión y la vida mundana no hay matrimonio posible y que, en todo caso, ser fotógrafo de guerra implica necesariamente la soledad si es que se pretende un equilibrio emocional, capaz de no interferir con el profesionalismo requerido para este tipo de actividad.

    La observación del realizador noruego es directa con los hechos que retrata, busca el más pleno realismo en las imágenes para mover los resortes emocionales pero siempre desde el lado del drama, tanto interno como externo. En la intimidad de Rebecca no funciona el contacto con sus hijas y tampoco con su marido (Nikolaj Coster-Waldau), aunque puertas afuera encuentra su lugar y sentido al aceptar misiones peligrosas en las que las mujeres también protagonizan acciones terroristas.

    Mostrar o no mostrar, ese parece el dilema de Mil veces buenas noches, un film que sin apelar a ningún golpe bajo logra salir airoso al reflejar con un tono realista y cierto sentimentalismo la difícil tarea de retratar lo peor de la humanidad, a pesar de no esquivar los lugares comunes.
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  • Margarita no es una flor
    Los pasos de la memoria

    La apacible melodía de un chamamé en honor a Margarita Belén, lugar donde se produjo uno de los tantos fusilamientos de presos políticos camuflados como huídas en momentos de traslado de un penal a otro, contrasta rápidamente con el murmullo y el bullicio de una manifestación popular, donde el aparato represivo del Estado provincial revive fantasmas de épocas de horror en las que los reclamos de justicia cobran mayor sentido en el presente.

    Por contraste entre la versión oficial sostenida desde los mandos militares acerca de lo que hoy se define como Masacre de Margarita Belén, por la que fueron condenados por la justicia a cadena perpetua ocho inculpados y un policía absuelto, desfila la directora debutante en el largometraje, Cecilia Fiel, y a partir de su recorrido por los lugares de los hechos –Chaco, Formosa- y la recolección de testimonios a cámara se van desentrañando las madejas de una historia amparada en el silencio y la impunidad.

    Margarita no es una flor es un documental que intenta recuperar el pasado de Ema, militante y terapista ocupacional que integró uno de los cuadros de Montoneros junto a su esposo Reinaldo Zapata, ambos secuestrados y asesinados en Resistencia durante el operativo militar. Aún hoy y a pesar de la sentencia se desconoce el lugar en el que descansan sus restos por lo cual parte de este film se relaciona con la búsqueda de la identidad arrebatada, que se indaga desde la propia búsqueda personal como parte del proceso de reconstrucción cinematográfico.

    Retazos, audios, fotos, recortes de una vida truncada y un largo silencio que se rompe en el clamor de miles de voces anónimas forman parte de este itinerario en primera persona en que los pasos de la memoria van encontrando sus huellas y el recuerdo de Ema, sus sueños y su legado de lucha resiste a pesar de los golpes del olvido.
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  • Zonda: folclore argentino
    Vientos de cambio

    Con Zonda, el director Carlos Saura parece haber saldado una asignatura pendiente con la música argentina, así lo expresó en una oportunidad al contarle a los periodistas que el folclore argentino lo escuchaba de niño cuando su madre, pianista, ejecutaba piezas como chacareras o sambas para no perder la digitación.

    El sentido de homenaje se respira en cada cuadro de este largometraje de no ficción, que reúne a lo más representativo del folclore nacional, desde las tradicionales canciones pasando por otro tipo de interpretaciones más ligadas con la actualidad y la fusión de ritmos e instrumentos. Además, se destaca un homenaje a Mercedes Sosa con el emblemático himno Cambia, todo cambia y otro a Atahualpa Yupanqui, que gracias al trabajo visual a cargo de Félix Monti, director de fotografía -ya convocado por el realizador aragonés en otras oportunidades-, explota en pantalla.

    Cada matiz musical, cada ritmo, incluido cuerpos de baile al que la cámara danzante de Saura recorre y no abandona nunca, encuentra en la puesta en escena y de luces un tono singular, mezcla de colores fuertes y cálidos, que fluyen con absoluta armonía en contraste con las sombras que a veces se proyectan en el fondo, o en complemento con las imágenes que se multiplican desde un tríptico que juega con los espejos para resaltar, por ejemplo, los cuerpos en las coreografías concentradas en el baile.

    Los convocados al convite de Carlos Saura fueron: Koki y Pajarín Saavedra, Horacio Lavandera, Jaime Torres, el Chaqueño Palavecino, Soledad Pastorutti, Liliana Herrero, Jairo, Los Nocheros, Polo Román, Luis Salinas, Pedro Aznar, el grupo Metabombo, Los Amigos del Chango, Marián Farías Gómez, Juan Falú, Gabo Ferro, Walter Soria y Luciana Jury, quienes aportaron, además de su arte, la riqueza compositiva y melódica de chacareras, sambas, cuecas, vidalas, entre otros ritmos.

    La dirección musical, a cargo de Lito Vitale, es otro de los elementos artísticos de primer nivel en Zonda, que cuenta con la cantidad justa de cuadros y el tiempo adecuado para no resultar denso al público, pero con la salvedad que la propuesta no se agota en el regionalismo, sino que pretende trascender y encontrar su público en cada país donde se logre estrenar el último trabajo, hasta la fecha, de Carlos Saura.
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  • Incomprendida
    Incomprendida
    CineFreaks
    El desafecto

    Asia Argento, hija del legendario Darío Argento, bucea en su nuevo opus, Incomprendida, el tortuoso mundo de su protagonista Aria (Giulia Salerno): una niña que busca desenfrenadamente un lugar en el seno familiar, pero que recibe el desafecto y el rechazo en cada intentona por ganarse el corazón de una madre concertista y libertina, en la piel de la actriz Charlotte Gainsbourg (Anticristo 2009), y de su padre (Gabriel Garko), un actor mediocre obsesionado con las supersticiones religiosas y otros conflictos que no vale la pena aclarar aquí.

    En la primera secuencia, la directora, que con esta película confirma un talento innegable para dirigir actores, desarrolla una típica escena de familia disfuncional, con un plus de exageración que forma parte del tono por el que el film atravesará a partir del derrotero de la pequeña Aria; de sus paseos en el desamparo urbano (la escena de amor con una prostituta es impagable) y sus refugios callejeros, donde toma contacto con un gato negro para paliar su soledad.

    Un mundo infantil alterado por el destrato adulto, la infancia que se quiebra en cada rechazo tanto por parte de la madre -a la que acompañan amantes ocasionales en estados que oscilan el desenfreno y el descontrol- y un padre que entabla un vínculo pseudo incestuoso con una de sus hijas preferidas, la consentida, que no tiene ganas de perder su lugar con la presencia de Aria.

    El bullying escolar se adosa al infierno personal de la protagonista así como los desplantes de su única amiga con quien, en un principio, ensaya esa mímesis necesaria cuando no se tiene muy consumada la identidad en una etapa de la niñez donde la necesidad de los modelos es imperiosa.

    Asia Argento además con Incomprendida logra poner en práctica un estilo muy personal y hasta a veces anárquico en términos formales, donde en un momento domina el clima del vértigo de la música y las drogas (perfecto para la ambientación ochentosa del film) desde la mirada de una niña desamparada y en otros escarba la intimidad más absoluta con los silencios que demuelen. Es la expresión del rostro de Aria, sus ojos que trasmiten tristeza y el paso que arrastra el peso del no ser querido, algo que define el universo de este contundente film, que no apela a golpes bajos en ninguno de sus planos pero que tampoco esquiva el bulto del drama con mayúsculas.
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  • Tomorrowland
    Tomorrowland
    CineFreaks
    Utopía en tamaño miniatura

    Disney busca recrear con Tomorrowland aquel viejo sueño de su padre Walt, quien tenía para el futuro una mirada absolutamente esperanzadora, pero la realidad de ese anhelo se hizo añicos tras la segunda posguerra y todo aquello que involucró políticas capitalistas y grandes multinacionales, gigantes que pugnaron por una luchan de poder donde el conocimiento y la parte científica fue cooptada por el interés económico y en relación a la peligrosa ideología del progreso el medio ambiente sufrió las mayores catástrofes.

    Pero por supuesto que las distopías no son un tema recurrente para los estudios del ratón Mickey y los finales deben ser felices, porque de lo contrario el fantasma del tío Walt y su gélido aliento caería sobre la cabeza de cualquier infante. Tomorrowland es cine con mensaje que no alcanza a moraleja y que explota desde las ideas de Damon Lindelof la capacidad creativa de Brad Bird para construir un universo visualmente atractivo y un relato de aventuras a lo Julio Verne.

    El resto es parte de un mecanismo conocido: estrellas convocantes como George Clooney, Hugh Laurie y dos adolecentes que se llevan la película por delante, Britt Robertson (Casey Newton) y Raffey Cassidy (Athena). Por momentos, el diseño de producción resulta impactante a la hora de tomar contacto con ese mundo del futuro donde, en apariencia, todo es felicidad como en Disney World, pero que es para pocos. Sobre este asunto no conviene avanzar, porque estaríamos adelantando mucha información aunque de eso se trata el mayor conflicto que atraviesa esta trama. Habrá robots reclutadores de jóvenes pioneros o soñadores para arreglar el planeta contra otros robots que pretenden mantener el status quo, mientras los protagonistas de la historia debaten entre el escepticismo de George Clooney, en la piel de Frank Walker –algo así como un inventor- y Casey Newton, una rebelde sin causa que intenta recuperar a un padre abatido que trabajaba para la Nasa.

    Ahora bien, más allá de los pro y contra en función de las ideas de Tomorrowland, no puede dejarse de admitir que la película funciona como aventura cinematográfica, tiene un ritmo trepidante y una catarata de situaciones imprevistas, así como humor y acción ATP. No esperen violencia en Tomorrowland, porque los cuerpos no sangran; los huesos no se rompen a pesar de volar por los aires, salvo que seas robot y tus cables queden al descubierto.

    El rescate de los pioneros o de aquellos que no conocían lo imposible obedece más a un anhelo de la nostalgia infantiloide necesaria para todo producto Disney que a una idea un poco más profunda en términos políticos.

    Tomorrowland se pregunta desde su comienzo si el mundo roto tiene arreglo, pero lo más importante es que cuestiona el modo de contar la historia, porque el optimismo vende más entradas que la realidad, tal vez una lección de cine gratuita frente al modelo del cinismo imperante y falso que procura apoderarse de la industria, pero que en realidad alimenta al mismo lobo.
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  • Motivación cero
    Chicas pesadas

    La opera prima de la realizadora israelí Talya Lavie, por un lado procura traspolar a la pantalla grande su experiencia como secretaria en el ejército desde lo cotidiano y hace gala en el llamado universo femenino, pero por otro lado bajo un tono ligado a la comedia negra toma el modelo de la franquicia Sex and the city para mezclarla con el tono de la serie icónica de los 80 Mash.

    En esa mezcla de texturas, discursos, se concentra el jugo de Motivación Cero, también allí descansan sus propios límites en cuanto a propuesta, que no deja de traspasar el umbral de lo anecdótico. Quienes llevan el ritmo son dos personajes, amigas que comparten el escenario del ejército pero que se verán distanciadas debido a que una de ellas pretende un traslado a Tel Aviv. En medio de dimes y diretes, situaciones complicadas que marcan el enfrentamiento entre ambas, aparecen una serie de personajes secundarios que aportan los aspectos lúdicos y graciosos de esta película.

    La mirada sobre el machismo imperante en el ejército israelí dice presente pero también el difícil rol de la mujer que trata de adaptarse a las reglas de ese mundo, aunque el denominador común de cada uno de estos personajes es la apatía por casi todo. Un trabajo rutinario de oficina, ordenar fichas o papeles que luego deben destruirse forma parte del derrotero de Daffi (Nelly Tagar), quien anhela escapar de la rutina para probar suerte en el campamento de Tel Aviv, mientras que Zohar (Dana Ivgy) representa todo lo contrario desde sus actitudes rebeldes por el trabajo, resistencia a la autoridad y falta de compañerismo.

    Pequeñas viñetas estructuran esta comedia negra, que por momentos apela al factor emocional para desarrollar subtramas que se vinculan con aspectos íntimos de cada una de las mujeres retratadas, sin menoscabar la cuota de humor, los estereotipos y algo de cinismo que provoca en el espectador una sensación agradable y hace del visionado de esta cinta un ejercicio placentero.
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  • Cenizas del pasado
    Tan primitivo como la venganza

    La justicia por mano propia es un tópico que el cine ha abordado desde incansables miradas, algunas en búsqueda de una reflexión de carácter ético o moral y otras como pretexto de un entretenimiento de violencia, sangre y maniqueísmos paroxísticos.

    Ejemplos de los dos modelos sobran, pero lo que escasea es aquella película que transita en el medio de estas dos estructuras y ese sea quizás el logro de cenizas del pasado: Una sencilla pero poderosa historia de un individuo desamparado por el aparato estatal que decide tomar justicia por mano propia en defensa de su honor y dignidad.

    Que el protagonista del relato dirigido por Jeremy Saulnier –también guionista- nos introduzca de lleno en la vida de un vagabundo por elección no es meramente ilustrativo, sino por elevación un concepto que busca desarrollo a medida que avanza la historia por los carriles convencionales pero que va adoptando diferentes matices en un in crescendo dramático, que tampoco ahorra en tensión y suspenso.

    El desarrollo de los personajes en Cenizas del pasado es mínimo en función a la historia, aunque la pincelada de detalles y la dosificación de la información para entender los motivos del enfrentamiento completan el rompecabezas.

    Jeremy Saulnier organiza un relato clásico sin embellecerlo con recursos estilísticos, no obstante en ningún momento abandona su lugar de director y mucho menos de director de actores, donde sin lugar a dudas, se destaca la performance del protagonista Macon Blair, su composición de Dwight es impecable por construirla desde las mini expresiones y las menores gestualidades posibles, se respira en cada minuto una violencia contenida que tarde o temprano sabemos que va a estallar.
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  • Mad Max: Furia en el camino
    Alegorías en las arenas del tiempo

    En tres décadas y media el cine ha mutado, ha adquirido nuevos lenguajes pero las películas siguen siendo películas y ya. Eso parece haber ocurrido, tal vez, en la cabeza de George Miller, al encarar este reboot no convencional de su original película de 1979, aquella distopía que abrazaba al cine bizarro australiano de esos momentos y que con el correr de los años se transformara en trilogía con un joven Mel Gibson en la piel de un policía renegado, el desierto, los fierros, los metales y muchas ideas visuales con alegorías de por medio en los andariveles de dos géneros que se dieron la mano en esa extraña mezcla que fuera Mad Max y Mad Max, guerrero del camino: el western y la ciencia ficción.

    Ahora bien, el reboot/remake/precuela de Mad Max deja en claro que el director australiano no traiciona la esencia de su original pero tampoco adscribe a las prerrogativas del cine mainstream que intenta seducirlo con un fuerte presupuesto y un elenco con estrellas de la talla de Tom Hardy y Charlize Theron. Eso no significa renunciar en absoluto a desplegar en pantalla la misma historia de 1979/81/85 pero adaptada a las tecnologías y a los lenguajes del cine de hoy. Mad Max, furia en el camino, es una película que en términos narrativos transcurre por la ruta de lo clásico pero que en lo formal opta por tomar atajos insólitos donde se privilegia la palabra acción y adrenalina sin perder el horizonte de las lecturas alegóricas detrás de la trama en la que queda perfectamente definido quien es el bueno y quien el malo.

    Ahí está el western salpicado de tecnología en función a la espectacularidad en las persecuciones con esos autos híbridos y quienes los conducen también híbridos entre lo semi humano y el personaje expulsado de un comic que nunca se ha filmado ni se filmará, porque da toda la sensación desde la impronta estética que el cineasta organizó la historia en viñetas, distribuyó los planos en una dialéctica muy parecida a la de un comic, con primeros planos o angulaciones de cámara rupturistas del clasicismo visual.

    Por otra parte la violencia de esta película no tiene nada que ver con el esteticismo industrial, sino que se respira en esa atmósfera -por momentos lisérgica- que además adopta como recurso la velocidad en secuencias de acción donde es notorio el agregado de planos por segundo, aspecto que en el clima de la película contagia y no aturde, como así tampoco esa suerte de banda de sonido diegética (es decir, mostrando la fuente sonora en pantalla) que corona el vértigo de la acción y los gritos desenfrenados de los seguidores del villano Immortan Joe, referencia doble para la película de 1979, con un Hugh Keays-Byrne renovado e irreconocible.

    Más allá de estos detalles, la que se lleva los laureles es la sudafricana Charlize Theron, protagonista absoluta que deja a Tom Hardy chiquito al lado de su entrega, tanto en lo físico como en lo compositivo de su Imperatore Furiosa, la encargada de desatar la hecatombe y la seguidilla de persecuciones en el desierto.
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  • Sin hijos
    Sin hijos
    CineFreaks
    Del rencor al aprendizaje

    En su cuarta película, el director Ariel Winograd (Cara de queso, 2006) logra algo que es muy difícil: una comedia romántica que no se aparta un ápice de los convencionalismos del género y que ese detalle sea lo menos importante para decir que Sin hijos funciona en todo sentido.

    En primer término, el elenco sostiene sin esfuerzo ni caprichos una historia que habla de la relación padres e hijos, de la madurez una vez rota la coraza de los rencores y de las irreconciliables diferencias cuando está en juego el ego sin importar el entorno ni el contexto donde lo único que cambia es el paso del tiempo.

    Con esas tempranas promesas del amor incondicional que surgen en la juventud, Gabriel (Diego Peretti) y Vicky (Maribel Verdú) se distancian y desencuentran por distintas causas que no convienen revelar aquí. Pero luego de muchos años, vidas en paralelo, por el lado de Gabriel significaron un divorcio y la llegada de una hija como Sofía (Guadalupe Manent), aspecto que lo mantiene alejado de toda iniciativa para reencausar su vida amorosa y por quien se siente profundamente absorbido.

    Al igual que en la primera vez, Vicky avasalla a Gabriel y le confiesa que su arribo a BAires no tiene otro objetivo que el de venir a buscarlo con la propuesta de comenzar una relación para establecerse y no seguir deambulando con sus valijas por el mundo, aunque sin renunciar a su cuota de libertad que implica no tener hijos.

    Ante el dilema, entonces, Gabriel apela a una serie de estrategias para ocultar a Sofía de los ojos de Vicky, disparador del torrente de situaciones y enredos que sirven a Winograd para mover las clavijas de la comedia y explotar las condiciones tanto de Peretti para el humor como de la pareja con Verdú en el ámbito de la comedia romántica. Pero el contra punto de este film se lo lleva la revelación Guadalupe Manent, quien aporta en los retrueques y en las actitudes para con su padre ocultador, uno de los aspectos más interesantes de Sin hijos.

    Sin recurrir a un mensaje ni tampoco empañar la película con dosis de moralina culpógena, las diferencias de los aprendizajes entre adultos, que a veces parecen niños, y niños adultos como Sofía, deja plasmado que el rencor imposibilita el camino hacia la madurez y en un segundo plano que la búsqueda del amor, ya sea de pareja o familiar, es una meta alcanzable para la que el tiempo no necesariamente es un obstáculo.

    Cuando se intenta recurrir a fórmulas aplicadas sin un criterio de identidad lo suficientemente sólido como para dejar una marca en el producto final, no se llega nunca a buenos resultados por carencia de sentido. Con Sin hijos ocurre exactamente lo contrario, en más de una escena Ariel Winograd consigue amalgamar el timing y ese plus que no se explica desde lo genérico, sino desde lo humano, y con eso alcanza y sobra.
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  • Trash: Desechos y esperanza
    El basural de la discordia

    Lo primero que viene a la cabeza al tomar contacto con este opus del director Stephen Daldry (Billy Elliot, 2008) es el eterno debate entre aquellos que pregonan cierto miserabilismo como estética frente a los que defienden el lenguaje cinematográfico por sobre todas las cosas.

    ¿Cómo abordar la miseria sin mostrar la miseria? Esa es la pregunta más difícil de responder, desde dos ejemplos que pueden significar las antípodas en relación a la representación: Ciudad de dios (2002), exploraba la realidad de una favela, las luchas entre sus miembros valiéndose de recursos estéticos que embellecían la imagen y que suscitaban polémicas por aquellos años en la crítica especializada, y por otro, la ganadora del Oscar Slumdog Millonaire (2008), híbrido inclasificable que hacía de la pobreza en la India la misma postal que los cuadros musicales de las películas hindúes, pero movía los resortes emocionales con un conjunto de golpes bajos a la par de misiones heroicas.

    A medio camino de estos dos modelos se encuentra Trash: desechos y esperanza, porque si bien la realidad de una favela ocupa gran parte de la historia también se desarrolla un thriller atravesado por la denuncia social, la corrupción política y la hipocresía estatal en todos los estratos, particularmente en la sociedad carioca. Los protagonistas de esta historia son un grupo de niños, Raphael (Rickson Tevez), Gardo (Eduardo Luis) y Rata (Gabriel Weinstein), desamparados en todo sentido, tanto de la asistencia social como de un estado que los proteja de los abusos de las esferas del poder como por ejemplo la policía, la seguridad privada y la inescrupulosidad de un alcalde que hará lo imposible por recuperar una billetera encontrada en un basural.

    En paralelo a esta historia, se desarrollan subtramas unidas por el mismo trío de niños en una carrera contra el tiempo y con un aire de justicia poética detrás que no desentona para este film reivindicatorio de un director con luces y sombras, películas buenas, regulares y malas.
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  • No todo es vigilia
    Amorosa soledad

    En la cámara de Hermes Paralluelo conviven, por un lado, la paciencia del director que sabe esperar los momentos de verdad, esos que muchas veces el documental logra captar, y por otro lado la capacidad de síntesis para dejar en un encuadre plasmada una idea que va mucho más allá de la imagen y se incrusta en el alma del espectador.

    No todo es vigilia es el segundo opus del realizador catalán, quien debutara con Yatasto (2012), pero además la plataforma que eligió para retratar a sus abuelos, octogenarios, que aún conviven en una casa un tanto aislada en el mundo. Antonio y Felisa, los abuelos del director, transitan una vejez normal, ninguno de los dos presenta agudos signos de deterioro físico ni mental, simplemente aquellos indicios de la senectud, la lentitud habitual para las reacciones cotidianas y la falta de memoria reciente, elementos que la cámara capta en una mezcla de ficción y documental durante el tiempo en que coexisten en el mismo lugar.

    A pesar de tratarse de sus abuelos, la particularidad de No todo es vigilia obedece, entre otras cosas, a la distancia que logra tomar la cámara con especial atención al desplazamiento minúsculo por el espacio y a la espera de que la acción fluya con su tiempo interno. Paralluelo se acomoda en los intersticios de la intimidad de Antonio y Felisa, pero no provoca, al menos en la puesta en escena, situaciones extraordinarias valiéndose de la riqueza de lo cotidiano: El desayuno, el llamado insistente para que les arreglen la calefacción y esa soledad que los cobija en el refugio de la casa oscura.

    Son los sonidos los que se adueñan del clima de No todo es vigilia, los ruidos que a veces parecen ajenos a ese microclima de día a día, los reproches que no se escuchan porque no se quieren escuchar, marcan los roces en la convivencia. Camas separadas, pero dependencia mutua deja un reflejo de historia de amor sin segundas lecturas, uno de los aspectos más singulares del documental.

    La belleza de lo efímero encuentra aquí su espacio cinematográfico como si la velocidad del olvido no existiese cuando alguien recuerda, ejercicio vital que practica Antonio en su autoafirmación desde la primera escena, donde relata su biografía ante desconocidos, mientras Felisa lo busca por los pasillos del hospital y lo espera.
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  • La vida después
    Las ausencias

    La originalidad de este segundo opus del dúo Bardauil-Verdoia, que ya habían trabajado juntos en la opera prima Chile 672, es haber encontrado una manera diferente de hablar de las ausencias y representarlas con recursos desde la puesta en escena, con múltiples elementos cinematográficos y sutilezas desde el guión para el lucimiento del trío protagónico integrado por Carlos Belloso, María Onetto y Rafael Ferro.

    La historia arranca por el final y esa ausencia se acrecienta aunque rápidamente se difumina cuando irrumpe el pasado y sobre todas las cosas el momento de ruptura de un matrimonio, donde una de las partes cede más que otra.

    Rehacer la vida luego de muchos años de convivencia parece ser una tarea difícil para Juan (Carlos Belloso), escritor que atraviesa un bloqueo creativo pero que encontrará en su próxima novela, “La vida que sigue”, el escape ideal para cubrir la ausencia de Juana (María Onetto), actriz y conductora de un programa de televisión, quien aprovecha la separación consensuada para respirar nuevos aires.

    La fusión entre recuerdos, pasado, alucinaciones y el propio presente en la trama, encuentran en la dinámica y en la prolija dirección conjunta entre Pablo Bardauil y Franco Verdoia el espacio adecuado para crecer durante el derrotero de la pareja.
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  • Choele
    Choele
    CineFreaks
    El primer amor

    El segundo opus de Juan Sasiaín hace referencia a la historia de Moby Dick, a la obsesión del capitán Ajak por cazar a la enorme ballena, esa obsesión se traslada a la mirada inocente de Coco (Lautaro Murray) en su primera etapa de enamoramiento de la novia de su padre, Kimey (Guadalupe Ocampo), separado y distanciado de su hijo, alejado desde su vida en Capital Federal, en comparación a la tranquilidad de Río Negro, en la casa modesta de su padre Daniel (Leonardo Sbaraglia), más precisamente en Choele Choel.

    La llegada de Coco a la casa del padre recrea entre ellos el vínculo, es decir, la relación padre e hijo se afianza durante su estadía, en ese aprendizaje necesario para que el muchachito asimile, por ejemplo, las técnicas de seducción para encarar a cualquier chica o perfección en el uso de la camioneta -siempre bajo la supervisión paternal-, entre otras cosas. Pero el director de La Tigra, Chaco (2008) no se olvida nunca que el punto de vista de este relato es el de un niño enfrentándose al mundo adulto, atravesado de tristezas, aunque sin volverse solemne y mucho más conectadas con las emociones de cada personaje.

    Ese es el mayor mérito de Choele, un film que sabe encontrar en cada personaje la emoción adecuada para la situación, sin grandilocuencia y adoptando, desde lo narrativo, una naturalidad que se mezcla con la espontaneidad de todo el elenco. Desde los niños que participan en la película –son tres y de edades parecidas- con una revelación como Lautaro Murray, quien entrega junto a Leonardo Sbaraglia y Guadalupe Docampo, las mejores escenas tanto en lo dramático como en aquel espacio lúdico que el director Juan Sasiaín abre con absoluta generosidad.

    Hay muchas ideas detrás de Choele que toma, por ejemplo, la estructura de film iniciático y de aprendizaje en un doble sentido: hacia la madurez por parte de Coco, pero también por parte de Daniel, para quien el fracaso del matrimonio no significa solamente la pérdida de la pareja sino la de su propio hijo.

    La austeridad y la calidez en los diálogos, donde no se percibe ampulosidad alguna, sino todo lo contrario, austeridad en el decir y respeto por esa manera de decir que lo vuelve mucho más verosímil por la diferencia de léxicos y tonos de voz, reflejan en Choele una película diáfana y honesta desde lo que quiere contar y hasta dónde quiere llegar.
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  • Casa vampiro
    Casa vampiro
    CineFreaks
    Humor inteligente para hincar los colmillos

    A modo de falso documental y con la precisa mirada ácida sobre los clichés del género, esta rara avis neozelandesa nos introduce en el derrotero de un grupo de cuatro vampiros, que deben lidiar con el conflicto de la inmortalidad aplicada al mundo que les toca en suerte. La convivencia con mortales, por ejemplo, y ese irrefrenable apetito por la sangre, marcan las coordenadas donde una batería de chistes y situaciones provocan la carcajada asegurada.

    La parodia sobre los lugares comunes, en este caso, resulta más que inteligente y la elección del reparto acertada en todos los personajes. Estrenada en el festival de Mar del Plata y con gran éxito, la propuesta avanza en la intimidad de Viago (Waititi), Vladislav (Clement), el lujurioso, Deacon (Jonathan Brugh), la oveja negra y Petyr (Ben Fransham), en clara alusión a Nosferatu. A ellos se suman una serie de personajes secundarios también atractivos desde el punto de vista psicológico y con quienes interactuarán en un juego que mezcla las diferencias, pero también se atreve a exhibir –siempre bajo un tono irónico- la conflictiva existencialista planteada desde los anales históricos del vampirismo.

    Con escenas sumamente jocosas e ingeniosas y un empleo de los efectos especiales, que se ajusta a las exigencias del guión, Casa vampiro es un ejemplo de buen cine que no tiene prejuicios a la hora de adentrarse en temáticas consideradas banales o superficiales, pero que nunca deja librada a la suerte la mezcla de entretenimiento puro con humor inteligente.
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  • Bailando por la libertad
    Fundamentalismo malo, malo y malo

    No por su mirada edulcorada, sino por la falta de vuelo para reducir esta historia a buenos y malos bajo los típicos clichés del Hollywood más despreciable, Bailando por la libertad es otro intento de contraponer el arte como expresión política cuando debería dejarse de lado ese elemento propagandístico y separar la paja del trigo.

    Todos los fundamentalismos se apoyan en la súper estructura del pensamiento único y la palabra “libertad” de expresión no forma parte de su postulado máximo, justificándose cualquiera de las aberraciones contra aquellos individuos que piensan de manera diferente con –es justo decirlo- consenso social. Irán no es la excepción a la regla y por supuesto, que bajo la mirada occidental, es el peor ejemplo de fundamentalismo y atraso cultural.

    Así las cosas, Bailando por la libertad, que se ampara en ese subterfugio basado en hechos reales toma como punto de partida una convencional historia que tiene por protagonista al bailarín Afshin Ghaffarian, quien huyó de su Irán natal tras organizar una escuela de baile clandestina que por supuesto molestaba al régimen y que hizo de la expresión corporal y de su particular danza todo un manifiesto político fronteras afuera.

    El esquematismo pasmoso del guión y una dirección anodina, salvo en las coreografías de baile donde se puede apreciar el cuerpo de la sensual Freida Pinto, a la sazón interés amoroso de Afshin, con pasado trágico y derrotero de drogadicta, por momentos resulta soporífero, teniendo en cuenta que el relato busca conmover desde el primer minuto en que el protagonista es agredido por querer simplemente bailar.

    Párrafo aparte merece la compañía YouTube, por posicionar su marca en esta película, que asocia la libertad al acceso a sus videos desde una mirada tan superficial como un desenlace anunciado que obviamente no se revelará aquí.
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  • 3 Corazones
    3 Corazones
    CineFreaks
    Por ese palpitar

    Un encuentro azaroso y la mirada misteriosa de una mujer con quien se comparte un paseo nocturno y el acuerdo tácito de volverse a ver en secreto unos días después, forma parte del detonante de 3 corazones, cuyos personajes, un empleado público encargado de auditar impuestos y dos hermanas de las cuales se enamora perdidamente, experimentan el drama de un triángulo amoroso donde no existe ley de compensaciones y donde el destino parece subrayar la tragedia para cada uno de ellos.

    Esa fuerza arrolladora que despierta la pasión, pero más aún la que viven Marc (Benoît Poelvoorde) y Sylvie (Charrlotte Gainsbourg), mientras la abnegada Sophie (Chiara Mastroianni), se queda con las migajas de un matrimonio por conveniencia, laceran el corazón del protagonista, capaz de perder todo por el inexplicable atractivo de su cuñada, pero en el film de Benoît Jacquot aparece como un elemento de desunión y de ruptura que sumado a la cuota de suspenso que se origina desde la clandestinidad y las relaciones secretas, permiten que el largometraje se escape de la trama melodramática, para encontrar otros horizontes mucho más atractivos desde el punto de vista de la puesta en escena.

    Esa exposición desde las vísceras y desde los sentimientos más profundos encuentra su correlación también con una cámara que guarda distancia en ocasiones, pero también ataca con zooms rabiosos al estilo Hong Sang-soo cuando sus criaturas parecen atrapadas en su propio círculo vicioso.

    La tragedia shakespeariana y el suspenso francés, con sus ritmos pausados y esa pátina tortuosa que lo cubre todo, prevalecen en la trama de 3 corazones, que además cuenta con la participación especial de Catherine Deneuve que aporta su cuota de elegancia –como siempre- y la justeza a la hora de interpretar a la madre de estas dos hermanas conflictuadas y dependientes.
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  • Saldaño, el sueño dorado
    Portación de etnia

    El documental Saldaño, el sueño dorado, es el resultado de una investigación a cargo del periodista Raúl Viarruel, tras ocho años de seguir de cerca las instancias sobre el juicio y finalmente la condena al cordobés Víctor Saldaño, quien se encuentra actualmente en la prisión estatal de Texas a la espera en el Corredor de la muerte que se cumpla su sentencia. Este cordobés que llegó de manera ilegal a Estados Unidos, luego de un periplo por diferentes lugares, estuvo involucrado junto con otro inmigrante ilegal mexicano en un homicidio.

    Sin contar con un apoyo legal, cayó en manos de un defensor de oficio y, en el juicio y posteriores apelaciones siempre obtuvo un veredicto desfavorable y muy cuestionable, en términos jurídicos, aspecto que hizo de su caso algo singular en el sistema penal estadounidense y que derivó en la promulgación de la “Ley Saldaño”, la cual sintéticamente argumenta que no se puede utilizar como agravante, en una condena, la condición de raza u origen del acusado. Estos elementos, antes de aplicada la ley, fueron esgrimidos en contra del argentino y además se agregó, luego de pericias psicológicas, que Saldaño era peligroso por ser latino y loco.

    La cronología de los hechos en contraste con testimonios a cámara, sumada la filmación del interrogatorio policial en el que el acusado cordobés termina auto incriminándose por una manipulación psicológica de su interrogador, ocupa el centro del documental y deja abierta la pregunta sobre el destino de este argentino condenado a la pena máxima en el estado de Texas, como parte de un entramado político y un juego de intereses que van más allá del propio Víctor Saldaño y de los dos países en conflicto.

    Resultan válidos los aportes desde las entrevistas para conocer, por ejemplo, las instancias diplomáticas y la propia voz del acusado, en un deterioro psiquiátrico bastante agudo, producto de su confinamiento que refleja, sin lugar a dudas, las aristas más perversas de la política carcelaria en el estado de Texas.
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  • Una noche para sobrevivir
    Los hijos son sagrados

    Las pericias del catalán Jaume Collet-Serra en el género de acción, pero más precisamente con la capacidad de amalgamar buenos personajes en tramas atractivas y llevaderas, se acrecientan con un puñado de títulos como Sin escalas (2014) y ahora Una noche para sobrevivir, nuevamente con la participación de Liam Neeson, actor que por estos azares de las distribuidoras locales aparecerá en otro estreno de la semana, pero en un tono melodramático, completamente diferente al que nos compete.


    Uno no puede dejar de pensar al ver esta película en el anticipo de un duelo actoral con otro actor de fuste como Ed Harris, en este caso antagonista y para una historia donde no hay héroes pero tampoco antihéroes, sino la pugna de dos padres por defender el honor de sus hijos. Claro que un hijo merece que le ocurra lo peor, por su ambición desmedida, y el otro merece la redención por hacer bien los deberes cristianos occidentales.


    Sin entrar en detalles, lo único que se debe esperar es un film que apela a la estructura del policial hardcore para enfrentar estos dos pesos pesados en el vertiginoso escenario de una noche, donde pasa absolutamente de todo y obviamente la violencia, persecuciones, tiros y cosa “golda” está a la orden del día.


    Con un Collet-Serra en piloto automático, aunque el término no implica automatismo alguno, sino precisión narrativa, el relato fluye y encuentra momentos de solaz y esparcimiento sin forzar demasiado los hilos de la trama, la cual avanza por los carriles tradicionales y adopta a veces un cruce verbal con diálogos precisos para dar peso dramático a estos dos lobos en un mundo repleto de ovejas.


    Sin embargo, algunas concesiones del guión y cierta moralina molesta empañan, por decirlo de algún modo, las intenciones sin segundas lecturas, a pesar de que eso no ocupe el centro de todo y por suerte prevalezca la más pura acción y adrenalina.
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  • El cuarto azul
    El cuarto azul
    CineFreaks
    Desear para morir

    El actor y director Mathieu Amalric elige la adaptación de un policial del escritor belga Georges Simenon para desarrollar una trama minimalista que expone las consecuencias de un amor apasionado y clandestino que se conecta con dos muertes dudosas de allegados a los amantes.

    A Mathiue Amalric no le interesa en El cuarto azul develar el misterio y la verdad de los hechos más que desde lo anecdótico para reconstruir a partir de flashbacks y declaraciones policiales o ante el juez la relación secreta de estos dos personajes, para quienes varios encuentros secretos se convierten en una cadena de acontecimientos mucho más peligrosos pero dotados de intensidad.

    La fragmentación así como la austeridad en la puesta en escena es una de las claves para que el relato no se estanque en un recuento sumario de situaciones normales dentro de los parámetros de toda relación, entre amantes, dominadas por el fuego de la pasión y en la que tampoco queda de lado el juego de seducción y manipulación a la hora de conocerse la verdad.

    El cuarto azul también permite una lectura cinéfila al encontrar no desde la superficie narrativa, sino un poco más profundo, la marca registrada del suspenso del maestro inglés Sir. Alfred Hitchcock, tanto en lo que hace al avance de la historia como a la atmósfera creada de una banda de sonido omnipresente, característica de muchas de las grandes obras del cineasta británico.
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  • Los Vengadores 2: Era de Ultron
    Mejor juntos que revueltos

    Resulta difícil hablar de los Avengers, en su segunda aventura (recordemos que la tercera vendrá dentro de tres años y dividida en dos), sin caer en la tentación del spoiler por lo que esta crítica simplemente tocará algunos detalles que no afectan a la trama. Lo único que se puede decir es que el trabajo en equipo, es decir, la coordinación de las habilidades de estos superhéroes, Iron Man (Robert Downey Jr.), Capitán América (Chris Evans), Thor (Chris Hemsworth), Hulk (Mark Ruffalo), Hawkeye (Jeremy Renner), Black Widow (Scarlet Johansson), The Vision (Paul Bettany), Scarlet Witch (Elizabeth Olsen), Quicksilver (Aaron Taylor-Johnson) es uno de los elementos predominantes en todas las ideas de acción del guión.

    Esta aclaración obedece a dos motivos: allí reside la mayor virtud de Avengers, la era de Ultron y su mayor defecto, porque hay secuencias donde todo sobra, desde los personajes que intervienen hasta el tiempo empleado en el desarrollo.

    El otro elemento que encuentra más trabajo desde el punto de vista del guión radica en la diseminación de las escenas espectaculares, donde realmente el 3D no se destaca ni deslumbra -pero tampoco molesta- a diferencia de lo que ocurría en la primera entrega en la que toda la apuesta se encontraba recién en la última mitad.

    Los chistes y el humor ocupan un espacio demasiado importante y no son solamente objeto de Tony Stark, por lo cual a veces desentonan cuando nadie se espera que Thor salga con alguna ocurrencia y cara de circunstancia y mucho menos aún que Ultron (voz de James Spader) remate alguno de esos diálogos cursis con un chascarrillo al estilo Iron Man, aunque sea creación del mismísimo Stark.

    Sabido es que en el universo Marvel los villanos no reciben un tratamiento muy profundo y simplemente aparecen como obstáculo ante las misiones de los superhéroes. Pero en este caso la fórmula se invierte, pues para Ultron el grupo de elite es simplemente una piedra en el zapato, teniendo en cuenta que su objetivo y plan maquiavélico apunta a la aniquilación de la especie humana para re ordenar la tierra. Obviamente, el dreamteam liderado por Iron Man, mal que le pese al Capitan América, se lo tomará muy personalmente y a partir de allí todo lo que se espera y algún plus divertido para esta franquicia cinematográfica que parece haber encontrado la clave para ganarse a los fans y no sucumbir frente a las largas esperas, aunque la aventura se exceda en tiempo por lo menos unos veinte minutos.
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  • Mis días felices
    Tiempo libre

    Hay pocas películas que abarcan tópicos relacionados con la tercera edad sin abocarse en el conflicto que implica atravesar esta etapa final de la vida. Desde los dramas con enfermedades limitantes del cuerpo o de la cabeza hasta las comedias negadoras que evocan esa vejez falsa, amparada más en un anhelo que en una realidad, por lo general los personajes que pertenecen a esa franja etaria -desde el punto de vista cinematográfico- nunca se cuestionan su realidad y mucho menos qué hacer de sus vidas cuando hay tiempo de sobra.

    Mis días felices es un film que se instala sin tapujos en ese umbral hacia la vejez cuando la juventud quedó en el pasado pero persiste en el presente, por lo menos desde la actitud proactiva y no depresiva de su protagonista, Caroline, odontóloga en edad de retirarse y que por intermedio de sus hijas, quienes le regalan un vale para incorporarse a un centro de jubilados, comienza a experimentar a partir de la relación clandestina con un joven profesor treintañero las chances de ponerle algo de picante a su rutinaria vida matrimonial y así experimentar en carne propia la sensación de libertad y sus peligros cuando no se depende más que del deseo propio y genuino, a pesar de las miradas ajenas.

    Sin embargo, sin caer en demagogia la directora Marion Vernoux desde el guion, en coautoría con la sensacional actriz Fanny Ardant, esboza los planteos y conflictos por las diferencias de edad sin escabullirse con pretextos dramáticos o facilistas, sino por el contrario que actúan como detonantes problematizadores para la protagonista en plena etapa de búsqueda y de fuga al mismo tiempo.

    Es remarcable la labor de Fanny Ardant al componer desde su sensual Caroline un personaje plagado de matices y aristas que seduce desde el primer minuto porque resulta por momentos impredecible al dejarse llevar por el deseo, como ocurre en gran parte de la película al encontrarse con este joven profesor enamorado en la piel de Laurent Lafitte.
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  • Se levanta el viento
    En lo más alto del cielo

    Con una veintena de títulos en su haber, algunas de ellas obras maestras de la animación tradicional como El viaje de Chihiro (2001), la despedida del maestro Hayao Miyazaki con Se levanta el viento elije el realismo por encima de la fantasía, pero sin abandonar la poética característica de este inigualable dibujante japonés que apela a la historia real del ingeniero aeronáutico Jirô Horikoshi para reflexionar sobre el arte y la vida cuando la pasión y la vocación se interponen ante la rutina de los años.

    Resulta notable cómo el creador de La Princesa Mononoke (1997) abarca un contexto histórico muy importante para Japón –la infancia de Jirô en 1916, pasando por sus colaboraciones como ingeniero para Mitsubishi en 1927 y su relación amorosa en la década del 30-, que marca además la transición entre lo tradicional y el paulatino abandono de esas costumbres culturales para abrirse al mundo y al modernismo, elementos que entran en tensión y crisis tras la segunda guerra mundial. El avance de la tecnología aplicada a la guerra también forma parte del conflicto del protagonista, quien de niño mantiene el sueño de volar a partir de sus creaciones, al verse afectado de los ojos, aspecto que lo priva de un futuro como piloto. Son los sueños, aquellos que marcan el camino para Jirô durante su preparación y estudios para encontrarle soluciones aerodinámicas a los aviones japoneses, los cuales finalmente hicieron estragos en la guerra e incluso bajo la estrategia de los kamikazes en Pearl Harbor.

    Cuando el joven entusiasta ingeniero aeronáutico se deja llevar por su imaginación en los sueños, el film de Miyazaki vuela desde lo poético junto con él, para luego aterrizar relajado en el drama épico que sobresale de la pantalla y ocupa el centro de la historia de Jirô Horikoshi, colmada de detalles visuales que hacen de esta película una pieza única de animación tradicional, que rehúye por convicción y amor a la tecnología y a la digitalización para entregar por ejemplo el movimiento de las olas; las nubes y hasta del pelo de la hermosa joven Naoko Satomi, en quien deposita la mirada Jirô y el mismísimo Miyazaki, para dotar de romanticismo su relato crepuscular.

    En Se levanta el viento aparece oculto el dibujante pero más que eso el artista en la figura de Jirô, cuando la vida le demuestra que el arte no alcanza para soportar el dolor de las pérdidas, contundente despedida del maestro que seguirá conmoviendo cada vez que nos crucemos con esos mundos de fantasía y mitos reelaborados para no sentirnos tan solos.
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  • Big Eyes
    Big Eyes
    CineFreaks
    El color del dinero

    Entre la cursilería de una Corín Tellado y la artificiosidad del cine mainstream sin alma, Big Eyes es la nueva trastabillada del director Tim Burton, quien a pesar de querer recuperar la esencia de sus primeras obras luego de Sombras tenebrosas (2012) en escenarios alejados del gótico fantástico, salpica mediocridad por donde se la mire.
    Así de insulsos son los cuadros de la pintora Margaret Keane (Amy Adams), norteamericana que en la década del 50 -como toda mujer y artista de la época- vivía a la sombra de un estafador. Este adorable seductor con quien rápidamente contrajo matrimonio al tener a su cargo una niña pequeña y así conseguir la estabilidad y seguridad masculina, se hacía pasar por pintor, Walter Keane (Christoph Waltz). Ambos iniciaron la sociedad conyugal a la vez que comercial bajo un pacto de silencio al figurar el nombre de él en las obras pintadas por ella. Sin embargo, Walter además de engañarla y someterla; de llevarse todo el crédito por esos cuadros que se caracterizaban por el tamaño expresivo de los ojos de los niños, encontró la veta comercial en la producción en serie, aspecto que lo volvió, en pocos años, millonario a expensas del trabajo arduo de la abnegada madre, esposa y pintora en las sombras.

    Desde la puesta en escena, Tim Burton abusa de la paleta policromática de pasteles para lograr una imagen tan naif y contrastante con la oscuridad habitual de sus anteriores propuestas, que por momentos se hace tan pesada a los ojos como la soporífera tensión que se desata entre Margaret y Walter cuando ella decide revelarse para que aflore finalmente la bestia encerrada en la falsedad del carismático y miserable personaje masculino al que el austríaco Christoph Waltz impregna de matices simpáticos para marcar alguna que otra característica que resalte frente al escueto plano psicológico desarrollado por los guionistas Scott Alexander y Larry Karaszewski (Ed Wood, 1994) y que es justo decirlo no encuentra en ningún momento un justificativo para no repetir estereotipos. En el caso del personaje de Margaret, el problema reside en el tono dramático impuesto por Amy Adams, que si bien cumple con su rol de mujer atravesada por un contexto machista desentona ante el registro liviano y cínico del film.

    El resultado final es un producto más que hueco, porque no avanza siquiera en algunas ideas que podrían resultar interesantes de antemano, como por ejemplo la contraposición entre el comercio del arte y la autenticidad de la obra artística. Además, el creador de El gran pez (2003) parece haber recurrido a la voz de Andy Warhol como autoridad de calidad para defender las obras de Margaret Keane, cuyo destino más adecuado hubiese sido un póster al estilo Pagsa, de esos que se venden en cualquier supermercado. Las películas de Tim Burton también se venden en los supermercados, pero eso es otro tema que no hace a esta crítica.
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  • Terror en el bosque
    Los invasores

    Poco puede agregarse sobre el ya gastado recurso del falso documental que explotó con la efectiva Blair Witch Project (1999) y encontró rápidamente una meseta con todo lo que vino luego, salvo honrosas excepciones como Cloverfield (2008) y la menos conocida Trollhunter (2010). Por eso, tampoco era garantía que detrás de Terror en el bosque o Exists (desde su título original), se mencionara al creador Eduardo Sánchez como sinónimo de buena película, aunque debe reconocerse que el resultado integral de la propuesta encuentra vetas interesantes que hacen de esta fórmula ya trillada un espectáculo entretenido en términos de puesta en escena y tensión dramática a la par.

    Quizá, con el correr de los productos que hacen del metraje encontrado su plataforma de lanzamiento para crear esa verosimilitud forzada que muchas veces no justifica determinado tipo de accionar en los personajes, con Terror… se resuelve uno de los mayores escollos que se repite película tras película: la morosidad del relato y la dilatación absurda de los clímax y anticlímax, aspecto que puede resumirse en el vicio del “no-pasa-nadismo” en lo que la franquicia Actividad Paranormal, desde su segunda entrega, da cátedra. A diferencia de muchas de estas copias, aquí el detonante y conflicto que cambia el rumbo de la historia de estos jóvenes exploradores e invasores de un bosque ajeno ocurre ni bien comienza el film, con el típico recurso narrativo de un camino nocturno en el que los tripulantes del vehículo atropellan algo que no se sabe muy bien qué es ni a dónde huyó.

    El director Eduardo Sánchez por un lado no abusa del punto de vista de la cámara que registra todo para encontrar un salvoconducto narrativo al multiplicar los puntos de vista -no necesariamente justificados en el uso forzado de la cámara testigo- porque muchas veces la puesta de cámara adopta la focalización externa con cámara en mano para que el propio relato respire y no se atosigue de planos sin sentido dramático como suele ocurrir en esos momentos de pereza de todos los directores cinematográficos que abrazan el estilo del falso documental.

    En una interesante propuesta donde se invierten los roles, pues aquí los que usufructúan el territorio de la criatura Pie Grande son nada menos que los humanos, Terror en el bosque plantea un mecanismo de cacería humana a la inversa y hace de la indefensión y vulnerabilidad del grupo ante la inesperada presencia de la criatura salvaje, en actitud de atacante para defenderse y no como depredador natural, su mayor virtud.

    La escueta presencia de Pie Grande en el film también marca un horizonte prometedor donde muchas veces el recurso de fuera de campo o la sugerencia cumple un rol importante, aunque en segmentos donde las luchas se vuelven mucho mas físicas con el detalle de mantener las proporciones de los cuerpos como eje de las enormes diferencias de fuerza y tamaño, también le juegan a favor.

    Poco puede decirse del reparto en lo que a performance y actuación representa de acuerdo a las exigencias del guión y la historia, donde el físico es expuesto en más de una oportunidad con escenas y secuencias realmente logradas que se deben destacar por su austeridad.

    Sin tratarse de una obra maestra del subgénero, Terror en el bosque consigue atrapar al espectador y captar la atención de aquellos fanáticos que se encontrarán con más de una sorpresa a lo largo de esta trepidante travesía por el bosque.
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  • El Picasso de Persia
    Entre lo sagrado y lo fútil

    Bahman Mohasses es un artista íntegro que fue conocido por pertenecer a la camada del movimiento cultural iraní previo a la Revolución. Siempre transgresor desde sus propuestas tanto en la pintura como en la escultura, desapareció prácticamente del mundo a principios de los 80, víctima del exilio, y aquellos que intentaron rastrearlo o por lo menos hallar sus obras fracasaron en sus intentos.

    Muchas de sus pinturas y esculturas ya no existen en parte porque él se encargó de destruirlas, fiel a su pensamiento y creencia que la humanidad avanza hacia su extinción y que la ignorancia del hombre no tiene remedio. Ya enfermo, fumador empedernido y desobediente esperando con tranquilidad la llegada de la muerte, y escondido en un hotel de la ciudad de Roma, la pintora y directora iraní -Mitra Farahani- de este maravilloso documental, le propone una serie de charlas para que el propio autor cuente su biografía y al obtener tal protagonismo la chance de que sea el mismo Mohasses quien determine cómo realizar este documental, con decisiones estéticas y éticas de por medio, entre frases sentenciosas, anécdotas de vida y las más lúcidas reflexiones sobre el arte, el sentido y propósito del artista y de la idea de que la destrucción también forma parte de la creación.

    El Picasso de Persia (cuyo título original es Fifi, aúlla de felicidad) es, entre otras cosas, un retrato de muchas capas, texturas, sensibilidad y honestidad brutal que tras haber ganado en el BAFICI 2014 con el premio del jurado, ahora encuentra su estreno, insólita y afortunadamente, comercial para confrontar con un cine valiente desde el punto de vista estético, pero sobre todas las cosas, arriesgado y respetuoso.
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  • En tus zapatos
    En tus zapatos
    CineFreaks
    El juego de la alteridad

    La premisa de En tus zapatos sonaba un tanto ridícula, pero gracias al ingenio de su director Thomas McCarthy, con sólidas credenciales como Visita inesperada (2007) y The Station Agent (2003), sumada a la buena predisposición de un Adam Sandler alejado de sus vicios y tics, alcanza para entregar esta comedia agridulce en tono de fábula, que logra mezclar con eficacia elementos genéricos tanto de la comedia negra como del drama, con un plus de fantasía que no hace humo.

    El personaje interpretado por Sandler es un zapatero, quien heredó el oficio de su padre (Dustin Hoffman) a la vez que éste lo contrajo de su abuelo, tradición familiar que parece originarse a principios del 1900 tal como describe un prólogo que se resume en la idea de ponerse en el lugar del otro en relación a usar los zapatos ajenos.

    De la casa al trabajo y no mucho más, el rutinario Max Simkin se topa azarosamente con una máquina de coser mágica dado que si remienda calzados con este elemento puede transformarse en las personas o clientes por el tiempo en que los lleve calzados. Esa transformación en múltiples personajes, historias y rostros diferentes, implica un cambio de rumbo en su monótona vida, pero también una responsabilidad al asumir roles para los cuales no se encuentra preparado. Es en ese sentido donde el relato rápidamente abandona el punto facilista de hacerle al protagonista la vida más sencilla y divertida para sumirlo en una serie de problemas y situaciones de las cuales deberá escapar sin revelar su secreto.

    Pero En sus zapatos no es sencillamente una comedia a lo Sandler, porque el tono, lejos de abrazar el absurdo y el humor infantil al que nos tiene acostumbrados el productor y creador de Happy Gilmore (1996) es otro: un híbrido entre el drama familiar y la comedia de situación -sin llegar al enredo- y que cuenta con la buena actuación del propio Sandler acompañado de un elenco de secundarios de lujo como Steve Buscemi y el mismísimo Dustin Hoffman, quien aunque aparezca poco, brilla como siempre.
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  • El desierto
    El desierto
    CineFreaks
    Lo endógeno versus lo exógeno

    El desierto no funciona como alegoría, principalmente porque es una película opresiva, de gran austeridad, que maneja correctamente la tensión irresuelta entre la amenaza endógena y la exógena, es decir que tanto el adentro como el afuera –bajo las condiciones planteadas por esta distopía- son iguales de peligrosas para el inestable orden del trío sobreviviente, quienes tras el desgaste de la convivencia, comienzan a exhibir su lado más humano a la vez que perverso, aspecto que se magnifica a partir de las idas y venidas de un triángulo amoroso convencional.

    Que haya zombies, o al menos aparezcan señales de muertos vivientes o personas contagiadas, sin caer en la tentación de la explicación para entrar de lleno en la otredad monstruosa como parte de un contraste donde quedan marcadas las grietas de la degradación humana no es otra cosa que un pretexto porque la columna vertebral de este relato apocalíptico, pseudo existencial, en realidad adopta una reflexión un tanto elemental sobre la incapacidad de sentir cuando el deseo domina a la mente o al cuerpo. Cuerpo que para el personaje de Axel (Lautaro Delgado) necesita ser maltratado y cubierto de puntos que su compañero Jonatan (William Prociuk) a veces ayuda a concretar. Pero el conflicto lo desata Ana (Victoria Almeida), para quien su cuerpo representa un tesoro que no puede ser vulnerado por un acto de voyerismo cobarde, elemento central que dinamiza el triángulo amoroso.

    El otro recurso que utiliza el director alemán Christhoph Behl para lograr buenos climas y una atmósfera asfixiante, sin lugar a dudas las mejores credenciales de este fallido film que ha recorrido festivales como el BARS, es el fuera de campo sonoro y el agregado de un diario íntimo a modo de confesionario de reality show, en la que cada vértice de este triángulo comparte sus pensamientos y sensaciones acerca del resto, así como sus miedos ante la amenaza de lo desconocido.
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  • Home
    Home
    CineFreaks
    Colorín colonizado, este cuento ha fracasado

    A no sorprenderse con la historia de Home, la nueva apuesta de Dreamworks a la animación destinada al público menudo (hasta 8 años, aproximadamente), porque se trata de una colonización alienígena donde la raza humana es trasladada a Australia y el verosímil de esta anécdota intergaláctica, pensada sólo para chicos, no se sostiene desde el minuto uno hasta el desenlace con mensaje pacificador detrás y la moraleja que reza: No importa de qué color seas, todas las razas somos iguales.

    La raza colonizadora son los Buvs, quienes en plan de fuga de su planeta por la llegada de su enemigo natural, deciden apoderarse de la tierra sin invadir ni destruir nada. Aterrizan y ya, la tierra es de los Buvs. Entre ellos, el protagonista Oh, un paria dentro de su propia especie, sin amigos ni familia, quien para no sentirse tan solo organiza una fiesta de inauguración de su nuevo hogar, pero en vez de enviar el mensaje a los íntimos, es decir a los de su propia especie, lo envía a toda la galaxia, por lo cual llegaría la nueva ubicación de los Buvs a manos de sus enemigos y así el planeta tierra correría un serio peligro de destrucción masiva.

    Un film planteado con tanta liviandad que solamente apela a las acciones donde se mezcla el despliegue visual y los colores que inundan la pantalla, no puede crecer sin establecer un principio de simetría con un humano también paria y resentido de la presencia alienígena. Ella es Trip, a quien los aliens alejaron de su madre al invadir este planeta, aunque Oh le confirma que está sana y salva en Australia, objetivo de la futura misión que encararán una vez solucionado el tema de la invitación masiva.

    Home no es un film que explote en ideas sino más bien todo lo contrario; su impronta conservadora le juega demasiadas veces en contra y en los momentos de desacartonamiento la movida no sale como corresponde, al punto de volverse tedioso por lo esquemático sin siquiera destacarse el trabajo de composición de las escenas de acción y mucho menos los personajes, que no pasan de la categoría de simpáticos a soportables, a pesar de que cambien de color según la emoción.
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  • The Gunman: El objetivo
    Kiss kiss bang bang

    Con Gunman, el objetivo pueden confirmarse dos dudas: si una película cuenta entre sus protagonistas y productores –también guionista- con Sean Penn, eso no significa necesariamente que estemos en presencia de un film comprometido con la realidad mundial o con la política exterior por un lado, y por otro que Javier Bardem y su histrionismo están cerca de convertirse en una marca registrada que hace peligrar considerablemente los dotes actorales de este español querido por Hollywood.

    Hechas estas salvedades, debemos comenzar por aclarar que el fantasma de Luc Besson, mejor dicho su legado, encuentra uno de sus alumnos más disciplinados, el ex DF (director de fotografía) Pierre Morel, para tratar de contentar con su labor detrás de cámara tanto a Penn como al director de El perfecto asesino (1994), con este producto de acción y drama, donde prevalece mucho más el drama que la acción por cierto. No es adecuado asociar las intenciones de Morel y equipo con, por ejemplo, Búsqueda Implacable (2008) –recordemos que ésta fue dirigida por el mismo Morel- o la trilogía de Jason Bourne, aunque sí existan algunas escenas de ritmo frenético que apunten hacia ese horizonte, pero que en el resultado final no hacen más que número frente a muchas otras de menor intensidad.

    La República del Congo es el escenario tercermundista elegido para el comienzo del film en el contexto de las revueltas sociales del continente africano, donde entran en pugna los intereses de las empresas multinacionales en el negocio de la extracción de minerales a expensas de muertes, pobreza y toneladas de sangre de las poblaciones civiles. Allí, la labor de organismos de ayuda humanitaria trata de hacer frente a tan nefasto panorama, pero es la pantalla ideal para un grupo de mercenarios contratados por uno de los competidores en el negocio de la minería, grupo que tiene entre sus filas a Penn, experto tirador, junto a otros mercenarios como el civil Félix, interpretado por Javier Bardem. Si a esa situación le sumamos un triangulo amoroso con el interés romántico de una joven luchadora humanitaria, a cargo de la actriz Jasmine Trinca, el operativo kiss kiss bang bang está en marcha.

    Así las cosas, Gunman... no supera las convenciones de un thriller al que le queda bastante grande la palabra político –lo político es una excusa y no un disparador de subtramas interesantes- para adentrarse de lleno en la rivalidad entre el protagonista y su antagonista por el amor de una damisela en peligro. A eso debe agregarse la idea de reconvertir a Sean Penn en un héroe maduro de acción, como ya se hiciera con Kevin Costner o Liam Neeson, aspecto que en este caso no alcanza a pesar de la exhibición casi obscena de tubos y músculos que justifican algunas secuencias de lucha cuerpo a cuerpo, donde cabe aclarar que Penn no es Jason Statham, pero no pasa vergüenza.

    El elenco no sobresale pero suma un puñado de secundarios interesantes como Ray Winstone, ese amigo fiel que nunca falta cuando el héroe está en apuros, claro que lo de héroe teniendo presente que la moral de un mercenario arrepentido es más que gracioso, por no decir cuestionable. Pero ese no es el punto de Gunman, sino la garantía de entretenimiento por tratarse de una película liviana de acción protagonizada por un ícono del cine políticamente incorrecto, quien ahora parece ir por los dólares o los euros (se trata de una coproducción entre Francia, Reino Unido y España), esperemos que para mejores causas.
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  • Vicio propio
    Vicio propio
    CineFreaks
    Las drogas y las mujeres

    Sin tratarse de una de las mejores películas de Paul Thomas Anderson, por supuesto muy lejos de las excelentes Petróleo Sangriento (2007) y The Master (2012), Vicio Propio (2014) explora los límites del cine alucinatorio y los del propio realizador a partir de la puesta a punto de la adaptación de una novela de Thomas Pynchon en la que la galería de personajes estrambóticos, por no decir freaks, atraviesa el universo interior del protagonista: una suerte de detective privado, fumón, encargado de resolver una serie de misterios de alcoba en torno a la repentina desaparición de un magnate de los bienes raíces, Michael Z. Wolffman (Eric Roberts), amante de la ex novia del detective, Shasta Fay Hepworth (Katerine Waterson), quien recurre a sus servicios para que la ayude a frustrar un plan orquestado por la esposa del magnate junto a su joven amante, que tiene por objeto encerrarlo en un manicomio para quedarse con toda su fortuna.

    Hasta ese punto uno no puede dejar de pensar en la atmósfera ambigua que sostenía, por ejemplo la película de los hermanos Coen El Gran Lebowsky (1998), desde el punto de vista de eliminar la frontera entre la realidad y la propia alucinación para conjugar esos elementos en un espacio y tiempo interno, no cronológico y no lineal. El problema básico del film de Paul Thomas Anderson radica en que esa conjunción de planos de realidades se aplica únicamente al derrotero errático y fumeta del propio detective Larry Sportello (Joaquín Phoenix), en plena sintonía con su ritmo parsimonioso y lentitud para desarrollar hipótesis o abrir líneas de investigación cuando la trama en sí por su grado de complejidad requiere mayor rigor que ese desparpajo incontrolable y por momentos tan digresivo como gratuito. Demasiado cotillón y artificio para que surjan en el seno de su poco ortodoxa investigación un puñado de situaciones absurdas y personajes funcionales a ese grado de absurdo, sin un peso específico que los separe de la mera circunstancialidad. Entre ellos, una serie de mujeres que irán apareciendo a lo largo de los 148 minutos con aportes mínimos de información para el espectador pero con la impronta de la sensualidad y toda la carga sexual reprimida (paradójico, pensando que la ambientación obedece a los años 70), siempre teniendo presente el punto de vista difuso del detective, para quien las mujeres y las drogas representan la misma tentación y por añadidura el vicio inherente (Inherent Vice) que pregona el título.

    Un vicio que por una parte no deja de ser un adecuado pretexto para dar rienda suelta a ideas locas que el director de Magnolia no alcanza a desarrollar con la eficacia esperada en él, además de apoyarse casi en un cien por cien en la ductilidad de Joaquín Phoenix para cargarle a sus espaldas el propio peso muerto de la falta de sustancia del relato, donde no hay, por ejemplo, diálogos brillantes y si el exceso de datos y palabras que desvían la atención de la torpe investigación; que suman nombres y personajes secundarios completamente irrelevantes pero lo más llamativo es que tampoco alcanza con el humor o la irreverencia permanente, recurso que no encuentra equilibro y sentido bajo las coordenadas del tono que predomina en el film.

    Desde el punto de vista de lo formal, se puede destacar la correcta ambientación de fines de los ’70 y la copia explícita de un estilo cinematográfico característico de la época, aunque ese detalle va en desmedro del propio estilo de Paul Thomas Anderson y le quita personalidad.

    Tal vez la incerteza de hacer coincidir a lo largo de las dos horas treinta el punto de vista del protagonista, nunca metódico ni racional, sino manipulado por las distintas voces que arrojan a velocidad rumores y pistas falsas, con el del propio espectador que no tiene acceso a las mismas drogas –por lo menos al momento del ver el film- conspire negativamente con la propuesta integral de mixturar elementos de film noir con apuntes y recursos a contracorriente de esta tendencia sin haber encontrado el recurso cinematográfico que mejor se ajuste a las pretensiones del cineasta como por ejemplo, la utilización de una voz en off expresamente literaria que no aporta nada a la trama.
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  • El 5 de Talleres
    Retiro voluntario

    En El 5 de Talleres, segundo opus del argentino Adrián Biniez -ahora radicado en Uruguay-, no hay partidos históricos o recuperaciones heroicas en el resultado chivo de un enfrentamiento al que se da vuelta desde la entereza y la garra de un equipo del Argentino C como lo es Talleres de Remedios de Escalada; en la segunda película del director de Gigante (2009) se clausura de ante mano la idea de épica y se la reemplaza por la de la cotidianeidad, inclusive desde el micro clima de un vestuario o las instancias de un partido de fútbol, sin que el foco de atención sea precisamente este deporte o los deportistas. El protagonista es un jugador de 35 años, temperamental y muy duro en la marca, que transita por la crisis tanto de la edad como de la identidad y que tiene por objetivo tal vez colgar los botines al final del torneo porque los sueños de juventud, los anhelos de adolescencia, como tocar la guitarra, han quedado en offside hace tiempo.

    El Patón (Esteban Lamothe) vive de su trabajo de fumigador junto con su esposa (Julieta Zylberberg) y de lo que le depara su actividad futbolística semi profesional en el club Talleres de Remedios de Escalada. Le deben varios meses de sueldo y dentro del equipo parece líder tanto para la juventud como para otros que se acercan a su edad. Su relación con la dirigencia es un tanto tirante debido a la inestabilidad económica, pero su futuro inmediato parece estar signado por la supervivencia de una clase media baja que, una vez resignada la fuente de trabajo seguro como el fútbol, debe buscar alternativas para que ese hueco no cale demasiado hondo en la pareja, en la convivencia diaria y en la mirada de un entorno que muchas veces criticará la decisión de retirarse a sabiendas de que hay pocas cosas que pueda hacer que no sean correr atrás de la pelota.

    Sin embargo, para el Patón la esperanza de revancha o de un nuevo partido nunca se pierde y apoyándose en una esposa contenedora, pero exigente, busca la identidad entre otras búsquedas que a lo largo del film se conectarán con la conflictiva interna del protagonista. Por ejemplo, la dependencia de la mirada del otro o el consejo para seguir adelante, quizá como reflejo distorsionado de lo que implica salir a la cancha y estar expuesto a las puteadas de la hinchada, a la crítica de los periodistas y lo que es peor aún a la autocrítica.

    Adrián Biniez se encarga de organizar una puesta en escena que busca en un tono realista reflejar con enorme sutileza narrativa y sin subrayados o golpes de efecto la cotidianeidad, la medianía en el pequeño y gran camino de la vida de estos personajes, quienes tienen por meta la supervivencia con los recursos mínimos con los que cuentan tanto a nivel material como espiritual, siempre adelante el proyecto salvador de un negocio o emprendimiento familiar. Los personajes de El 5 de Talleres son un reflejo constante de un grupo social que muchas veces el cine reduce a determinadas esferas evitando extraer la riqueza de su día a día como parte de una mirada cultural sesgada, que por pereza a veces apela al estereotipo o al contraste básico sin renunciar a modelos de representación elementales y predecibles. No hay una intención por parte del realizador de generar en la película un discurso o manifiesto de clase sino por el contrario tomar la libertad que le supone utilizar una cámara, explotarla sin concesiones, y así finalmente construir un relato para contar una de las tantas historias sencillas que muchas veces pasan desapercibidas y que se conectan desde lo emocional -más que de lo intelectual- con una franja de público bastante amplia que necesita tomar contacto con películas de esta factura, tanto en términos de producción como cinematográficos.
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  • En un patio de París
    En la cornisa

    Personajes en la cornisa pululan en el micro universo de En un patio de Paris, comedia dramática, -por así decirlo- dirigida por Pierre Salvadori que cuenta con la participación de la gran Catherine Deneuve, rodeada de un elenco sólido entre quienes se destaca su coprotagonista Gustave Kervern. A pesar de la poca diferencia etaria, ambos comparten la soledad y algunos rasgos de excentricidad que genera un vinculo lo suficientemente sólido para que se complementen en una relación que pasa de lo laboral a lo afectivo en un in crescendo de situaciones donde se mezclan los dramas cotidianos de la protagonista en un rol de desquiciada para los ojos de su marido, con escenas un tanto absurdas que aportan los personajes secundarios que forman parte de una galería atractiva, en términos de construcción de personajes.

    En un patio de Paris parece abordar desde un punto de vista más simbólico que literal los resquebrajamientos de las grietas del alma. Tal vez ocasionados por una rutina aplastante en el caso de Antoine (Gustave Kervern), quien abandona o fuga hacia delante de manera forzada al quedarse sin trabajo en un delivery, bajo la acusación de desmotivador y que busca nuevos horizontes como encargado de un edificio parisino con patio en el medio (de ahí el título local), o quizá para Mathilde (Catherine Deneuve) es sencillamente acercarse a la vejez y vivir en carne propia la crisis de una pareja que ya no la comprende ni la acompaña en sus aventuras, por más descabelladas que resulten.

    Antoine y Mathilde se entienden en esa dinámica y caos, pero el film se contagia demasiado rápido de ese ritmo de acumulación de pequeñas viñetas o ideas que terminan por no explotar en términos dramáticos siempre unidireccionales. El humor absurdo por momentos desentona teniendo en cuenta que todo apunta siempre hacia el lado del drama personal de la mujer y existencial del encargado del edificio. Queda inestable, valga la paradoja, la relación que se establece entre la estructura edilicia al borde del colapso y el derrumbe emocional de cada criatura a quien la noche parece sentarle mejor que las mañanas, entre ellos el hombre que aúlla para dialogar con los perros de la cuadra.

    En un patio de Paris es un film irregular a pesar de contar con una gran actriz, como Catherine Deneuve, capaz de insuflarle a su Mathilde su propia impronta y hacerla más querible que reprochable.
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  • La Cenicienta
    La Cenicienta
    CineFreaks
    Un clásico en sus zapatos

    Las adaptaciones de cuentos clásicos a la pantalla grande últimamente han dividido las aguas tanto en el terreno de la crítica como en el público en general, básicamente por anteponer a la diatriba fidelidad o renovación total un listón cargado de gustos personales, nostalgia y muy poco cine. Es verdad que los ejemplos de versiones transgresoras de algunos cánones fundantes como Blancanieves y el Cazador (2012) o Maléfica (2014), representan los dos modelos en pugna. La primera supo aggiornar de manera eficiente a los tiempos de la acción un cuento de rivalidad entre dos mujeres por el reino de la belleza, cuando todo el resto es secundario y la segunda desoscureció a una villana lisa y pura por un hada despechada y resentida.

    Cuento de hadas si o cuento de hadas no, parece ser el debate aún no zanjado cada vez que se supone una nueva adaptación infantil -o no tanto- de este tipo de mitos, como el que nos compete: Cenicienta.

    Lo primero que hay que decir es que el director Kenneth Branagh parece mucho más animado en respetar a rajatabla la mística de la historia con su “happy ending” a toda orquesta más que a exponer una lectura personal sobre los hitos más reconocibles del relato, léase el confinamiento de la pobre Ella (Lily James), apodada por su madrastra Cenicienta; la chance mágica de convertirse en princesa en el lapso de unas pocas horas y finalmente el enamoramiento con el príncipe (Richard Madden), con el que todas las mujeres sueñan.

    Ese esquema narrativo y clásico permanece más que intacto en esta versión y, en manos del realizador, se magnifica desde la puesta en escena con poco abuso de recursos digitales, más no así visuales, apelando por ejemplo a un vestuario de colores pasteles como el clásico dibujo animado, aunque es justo recalcar con una presencia mayúscula de la madrastra en la piel de Cate Blanchett, quien sabe dotar a su personaje del tono caricaturesco que muchos espectadores celebrarán y otros repudiarán.

    Entonces la pregunta más difícil de responder es si Cenicienta es o no una película a la altura de sus zapatos, cuando la respuesta queda en evidencia por no haber caído en la tentación de sumar a una historia dramática de por sí pero de tinte rosa y púrpura el manto de negrura y cinismo ya practicado en otros exponentes como por ejemplo Hansel y Gretel, cazadores de brujas (2013), donde el drama de esos pequeños quedaba reducido a la mínima potencia y tapado por la pirotecnia visual que si bien entretiene en algunos momentos, en otros nos obliga a replantear con qué necesidad se llevan a cabo este tipo de proyectos que desde sus orígenes cuentan con mucho mas consenso que críticas a su mensaje o estructura narrativa.

    Cenicienta bajo el mando de Kenneth Branagh es un digno producto, prolijo, conciso y que reconcilia con la ingenuidad de la fantasía, con la necesidad de volver a creer en calabazas convertidas en carrozas o que a la menos besada del pueblo le termine tocando nada menos que el príncipe azul, que nunca destiñe.
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  • El gurí
    El gurí
    CineFreaks
    Hay dos elementos que interactúan y definen la suerte de este quinto opus de Sergio Mazza, El Gurí: sostener un punto de vista de un niño a lo largo de todo el relato por un lado, y por otro asimilar con cierta endeblez la estructura coral para expandir una historia que en primera instancia podría resumirse en anécdota.

    La premisa del film es sencilla y tiene por protagonista a Gonzalo (Maximiliano García), un niño que vive con una abuela enferma, padre y madre ausentes por diferentes motivos y a quien le pesa el cuidado de una hermana menor muy pequeña para lo cual, claro está, no está capacitado.

    La responsabilidad adulta y el desamparo infantil son los ejes transversales de esta historia dramática que apela a la idea coral para incorporar diferentes aristas y personajes de manera centrípeta al núcleo de la película. Entre esas vertientes y en consonancia con la introducción de personajes secundarios, como el veterinario interpretado por Daniel Araoz o el bisabuelo de Gonzalo a cargo de Federico Luppi, queda plasmada la situación conflictiva entre el niño que pulula solo por cada casa del pueblo junto a su hermana y las resonancias indirectas de esa marca difícil de ocultar que no es otra que la orfandad.

    Para dar mayor volumen a la historia, el director de Graba (2011) encuentra en un registro contemplativo el ritmo pausado para lograr verdaderos climas y tonos que se ajustan al universo del Gurí. Por ejemplo, la aparición de alguien ajeno al pueblo (Sofía Gala Castiglione) como personaje receptor pero también generador de cambios o la de un personaje misterioso que insiste en querer contactarse con la madre del niño, cargado de amenaza latente para el propio entorno, mientras que el resto del reparto se asienta en la solemne apatía aunque no presentan indicios de indiferencia ante el muchacho y su cruel situación.

    El Gurí se debate en logros y asignaturas pendientes, tales como la casi nula explosión de la estructura coral con fines dramáticos, en contraste con una solvencia narrativa que logra sus mayores picos de realismo cuando la cámara se detiene a vivir con los personajes más que a escrutarlos desde la distancia.
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  • La danza de la realidad
    Crónica de un niño solo

    Veintitrés años tardó el realizador chileno Alejandro Jodorowsky en reunir el dinero necesario para autofinanciar su nueva usina creativa a modo de película, que tiene por objeto narrar de manera poética y cinematográfica su infancia, para llevar al extremo las posibilidades del lenguaje del cine desde su aspecto no narrativo para vérselas contra todo sistema de representación industrial y siempre fiel y coherente con su forma de entender el séptimo arte como algo mayúsculo desligado de todo efecto comercial detrás.

    Es que Jodorowsky hace el cine que quiere y es por eso que siempre obtiene resistencia de parte de los productores, quienes no encuentran negocio alguno en esas historias y delirios que forman parte de su universo, desde Fando y Lis (1968), pasando por El Topo (1970) hasta el film que nos compete: La Danza de la Realidad (2013), donde se mezcla tanto el misticismo como el chamanismo, entre otras tantas cosas, pero que el propio director de Santa Sangre (1989) se encarga de alejar de lo que podría ser interpretado como film surrealista a secas. Si bien lo onírico y lo simbólico en cada película del chileno se dan la mano, eso no reduce su propuesta cinematográfica y artística a un único rasgo de estilo.

    La Danza de la Realidad es el nombre elegido por el poeta, escritor y psicomago para recorrer en un viaje espiritual sus primeros años de infancia: un traumático periplo y tour de force para un niño judío (interpretado por Jeremias Herskovits) en la Chile reaccionaria del dictador Carlos Ibañez del Campo, en el pueblo de Tocopilla, y en el contexto del crack financiero de 1930. Los avatares del pequeño Jodorowsky primero descansan en soportar la severidad de un padre (Brontis Jodorowsky) sumamente autoritario, admirador de Stalin con tendencias fascistas, desde su rigor de enseñanza concentrada en el castigo corporal y la permanente humillación ante los demás, y una madre (Pamela Flores) con anhelos de ópera, pero cuya frustración en la vida real según el propio Alejandro Jodorowsky muta aquí en el éxito rotundo, pues durante todo el largometraje cada vez que este personaje se expresa lo hace mediante el canto.

    Lo que muta también en Jodorowsky y particularmente en La Danza de la Realidad como plataforma creativa donde no aparecen límites tanto en las ideas alegóricas como en la puesta en escena a veces tan maximalista como el tono pomposo de algunas secuencias o el tono altisonante que atraviesa la trama entre escena y escena. Ciertos rasgos de opereta sobrevuelan el relato por momentos, aunque no necesariamente dominen el núcleo de la historia y su derrotero, que toma de referencia en varias oportunidades el punto de vista del niño protagonista rodeado de personajes variopintos. La atmósfera circense y el recuerdo latente de Federico Fellini también dicen presente en este opus autobiográfico, del que se conoce al menos como información no desmentida una segunda parte como proyecto futuro una vez que el realizador de El Ladrón del Arcoiris (1990) pueda recaudar los millones de euros necesarios para poner en marcha sus sueños, bajo el pretexto del cine como herramienta de comunicación, de ideas y sentidos.

    Si la realidad es lo que vemos y cómo nos ven los otros, la película del cineasta chileno rompe toda estructura racional para crear una sensación de continuidad donde está abolido el tiempo lineal y las elipsis cinematográficas (de ahí la palabra danza como orientación) a cambio de un entramado de conjunción de diferentes capas de realidades en las que entran a tallar las pujas entre el inconsciente con el consciente en plena construcción radical y revolucionaria del Yo. Tal vez, algo de ello pueda configurar esa traumática infancia desde el proceso de construcción de la propia identidad o al menos marcar las coordenadas del arduo camino espiritual hacia la trascendencia para que todo aquello que vemos se trastoque de tal manera que reconfigure toda la realidad y así el circo deje de ser un circo para transformarse en un espacio lúdico, donde la inocencia de un niño es mucho más poderosa que la prédica vacua del adulto represor; donde los mutilados o tullidos son tan importantes como aquellos con todos sus miembros inútiles y autómatas a cuestas. En definitiva, la libertad y el autoritarismo se expresan en su faceta más cruel en una batalla por demás desigual.

    Además hay ironía y crítica mordaz a la religiosidad machacada en La Danza de la Realidad, pero a la vez, un profundo respeto por lo sagrado, algo que excede en esencia el repiqueteo de palabras, consejos o máximas religiosas cuando el subtexto de ese mensaje en realidad se resume en una palabra subversiva: Autodeterminación.

    Autodeterminación que también nutre la propuesta de La Danza de la Realidad cuando de cine industrial se trata porque la trasgresión estética es una posición ética ante los hechos narrados. Ese concepto o punto de partida no negociable, deja plasmada la capacidad de síntesis de Alejandro Jodorowsky, cuando elige hablar por ejemplo de la atroz dictadura chilena nada menos que desde la representación más realista posible de una escena de tortura que incluye genitales picaneados y otro tipo de prácticas muchas veces estilizadas por el mainstream como parte de un discurso estético y visualmente atractivo pero completamente negador de la realidad y el efecto provocado en el espectador y desde su mensaje ideológico encubierto en la seguidilla de imágenes violentas pero vacías.

    Cabe aclarar que como toda película de Alejandro Jodorowsky, hay un umbral que el público debe atravesar para encontrar los puentes de conexión no tanto desde la intelectualidad, sino desde la sensibilidad dispuesta a poner todo patas para arriba, inclusive una interpretación humilde como la que acabo de compartir.
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  • Las enfermeras de Evita
    Heridas que no cicatrizan

    Marcelo Goyeneche (SMO: Batallón Olvidado 2011) reconstruye con testimonios, fotos y material de archivo la historia de la salud pública a partir de la labor de las enfermeras que se acercaron a la profesión gracias a la fundación Eva Perón y a las políticas de sanidad llevadas a cabo por el gobierno de Juan Domingo Perón hasta la caída en 1955 en manos de los militares. En paralelo al desarrollo histórico, reforzado desde el contexto sociopolítico y plasmado con la selección meticulosa de material de archivo, tanto de noticieros de la época como audios y otro tipo de elementos aportados por las propias protagonistas de la obra, Las Enfermeras de Evita busca establecer una dialéctica de contraste entre el pasado y el presente en materia de los avances y retrocesos en el campo de la salud pública tras los embates y turbulencias del clima político que alternó gobiernos democráticos con dictaduras feroces.

    En materia de información, el documental cumple con las expectativas, sumado al anecdotario de las cuatro mujeres entrevistadas a lo largo de los 85 minutos: Lucy Rebelo, María Luisa Fernández, Dolores Rodríguez y María Eugenia Álvarez, quienes recuerdan con pesar las proezas realizadas en aquellos años, desde los primeros momentos en la fundación, pasando por el terremoto en Ecuador (1949) hasta la enfermedad de Eva Duarte, que luego terminaron derrumbándose por decisiones políticas alimentadas por el odio y la persecución de intereses contrarios a las políticas públicas que llevaron a las protagonistas a continuar sus tareas por caminos disímiles, y para quienes haber conocido y atendido a Eva Duarte, significó todo un símbolo.

    Esa simbología se traduce para este documental en la puesta en escena de números musicales a cargo de Magali Sánchez Alleno, Melania Lenoir, Andrea Lovera y Deborah Turza, en canciones que aluden tanto a la bandera política como a la labor de las enfermeras en la coyuntura de ese momento. Quizás no existe un equilibrio sostenido entre la columna vertebral de esta producción que transita por los andariveles de un documental clásico y los apéndices musicales que más allá de su propósito empático hacen más ruido de lo necesario.

    En otro orden y siempre bajo la misma lógica dialéctica, el foco de Las Enfermeras de Evita se traslada al marco de la actualidad cuando toma como punto de referencia la situación de los enfermer@s de hoy y su necesidad de reconocimiento laboral como otra radiografía concisa del estado actual de la salud pública en la órbita general, haciendo énfasis en las dificultades laborales, pero también en el intenso compromiso con la salud y con otorgar el mejor servicio a la comunidad.
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  • Autómata
    Autómata
    CineFreaks
    Banderas Caídas

    Las leyes de la robótica de Isaac Asimov han dado de comer a más de un guionista para elaborar esas distopías tan atractivas para el desarrollo de ideas donde la coexistencia entre la raza humana y la robótica, que no es una raza -cabe la aclaración- sino producto de la utilización de la tecnología y la inteligencia primate para desarrollar una inteligencia superior, eje de conflicto de cada uno de los relatos entre los que lleva la bandera en astas la imbatible Blade Runner.

    Los autómatas del título de este film de Gabe Ibáñez, protagonizado y producido por Antonio Banderas, son robots creados por el humano para palear la crisis generada a partir de la radiación que redujo al planeta tierra a la friolera cantidad de 21 millones de habitantes. El sol hizo sus estragos y los robots se encargaron de contenerlo con la construcción de enormes murallas para generar un microclima propio y así evitar el achicharramiento de la especie. Luego de solucionar el conflicto, simplemente quedaron al servicio de los humanos en todo tipo de actividad bajo la premisa o protocolo de no dañar al amo en cuestión. Pero siempre hay excepciones a la regla, y ahí es donde aparece nuestro amigo Antonio Banderas, en el rol de un empleado de la compañía de seguros que monitorea a sus clientes cuando de errores de funcionamiento en el robot servicial se trate. A él se suma un policía (Dylan McDermott) que odia a los autómatas y tiene por deporte predilecto eliminarlos para que la trama arribe a un relato convencional donde la única trasgresión es una regresión en materia de tecnología a raíz de las radiaciones que llevan a un escenario similar al de Mad Max.

    Por momentos la presencia de humanos ambiciosos y capaces de destruir a los robots autómatas que han logrado la suficiente inteligencia como para aislarse y no estar sometidos a la esclavitud pero también a reconocer en el humano un enemigo y no un aliado, transportan a esta coproducción europea de ciencia ficción hacia el terreno resbaloso y poco interesante de la dialéctica hombre-máquina.

    Autómata por momentos parece un western, cuando decide ubicar el centro de la acción en el desierto y en ese sentido se despoja rápidamente de la ciencia ficción, y los planteos menos convencionales para terminar dejando un sabor a poco y una actuación de Antonio Banderas apenas correcta, pero que se destaca frente a sus compañeros de elenco como Dylan McDermott y Robert Forster.
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  • Invasión
    Invasión
    CineFreaks
    La polifonía domina el centro de Invasión, documental del panameño Abner Benaim, que se concentra en la reconstrucción a partir de muchas voces de los acontecimientos acaecidos en diciembre de 1989, año en que Panamá fuera repentinamente invadido por Estados Unidos, so pretexto de capturar con vida al dictador Noriega. Esa invasión a la que hace referencia el título de este opus, palabra que ha quedado grabada desde el pueblo panameño cuando el recuerdo de esa noche fatídica en la que el cielo de la ciudad se iluminó por las bombas y las calles se tiñeron de sangre y vísceras, para el documental implica un punto de partida no con un rigor histórico sino más bien, guiado por la propia intuición y anhelo de búsqueda de Benaim y equipo, para conocer en primera persona historias y experiencias de vida de aquellos sobrevivientes a quienes el olvido de gran parte de la sociedad panameña ha dado la espalda.


    Memoria y olvido son las tensiones que manejan y dividen a la sociedad panameña aún hoy y de la que este singular documental se hace eco sin perder de vista el manto de silencio detrás del genocidio perpetrado por el ejército norteamericano en suelo panameño y las sucesivas operaciones por encubrir el ataque y los muertos, cifra que al día de hoy se desconoce al haberse eliminado todo tipo de prueba, lista e incluso robado cadáveres desde la misma morgue.

    En relación a la figura del dictador Noriega, sumado al fracaso de entrevistarlo desde la cárcel para que aparezca su testimonio en el documental (solamente extractos de audio), Invasión, se queda con lo anecdótico e incluso muestra la aceptación desde ciertos sectores y los apoyos para refugiarlo hasta que finalmente se entregó. También queda marcada la diferencia entre las clases sociales y su mirada del conflicto con un fuerte enfrentamiento entre aquellos que vieron como una salvación el intervencionismo a pesar de los daños colaterlaes y quienes sintieron en carne propia la necesidad de defender la soberanía de un país invadido.

    Invasión es un documental que siembra preguntas, porque su director no tiene respuestas más allá de las que puede otorgarle este viaje por la historia de su país y su gente.
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  • Sueño de invierno
    A Chejov con cariño

    El cineasta turco Nuri Bilge Ceylan cautivó una vez más al Festival de Cannes y obtuvo en 2014 la Palma de Oro por su nuevo opus Sueño de Invierno, donde dialoga intertextualmente por un lado con el cine del sueco Ingmar Bergman o del Italiano Michelangelo Antonioni y con la literatura de Anton Chejov, Fiódor Dostoievski, entre otros, para dar rienda suelta a partir de sus personajes a un puñado de reflexiones sobre la decadencia de valores en el islamismo, la ruptura social con una diferencia de clases cada vez más evidente y la crítica solapada a la mirada intelectual o al distanciamiento dialéctico de la realidad cuando en lo discursivo se esconde la cobardía y la melancolía por un mundo mejor y más justo.

    El protagonista pivote de este relato, Aydin (Haluk Bilginer) de 3 horas 16 minutos, dialoga con diferentes personajes secundarios que se acoplan a su procesión y a su viaje persona. Con cada uno de ellos entabla una acalorada discusión sobre diferentes tópicos, pero en la que paulatinamente transparenta un carácter soberbio, cierta melancolía por la juventud ya perdida y el desencanto por la sociedad o el entorno. Actor ya retirado, heredero de varias propiedades que comparte con su hermana Necla (Demet Akbag), su vida transcurre entre los diálogos y la preparación de artículos para publicar en un periódico de baja tirada. Ese pequeño detalle de trabajar sin un sentido más que el anhelo y egoísmo de un escritor frustrado es uno de los puntos claves que lo separan de su pareja Nihal (Melisa Sözen), mucho más joven que él y que no oculta el odio por vivir a su sombra como mujer de.

    Lo que el director de Climas (2006) propone como parte de esta puesta de cámara en el sentido teatral, más que el cinematográfico, es una historia para mostrar dos miradas sobre el mundo y sobre el rol de la mujer en la sociedad turca. La enorme diferencia entre la pasividad de Necla, hermana del protagonista, que no hace otra cosa que aburrirse frente a la independencia buscada por la joven Nihal; sus intentos apresurados de caridad con los carenciados o los enfrentamientos formales ante su esposo, hablan a las claras de este propósito. Pero como estamos en presencia de un film que reflexiona sobre la ética y moral de sus personajes, el detonante de ese largo debate de posiciones, que encuentra su mayor expresión en charlas de apariencia banal, es un incidente menor pero que acarrea toda una larga cadena de situaciones y conflictivas subyacentes para explorar rasgos de la condición humana.

    Sin que el espectador advierta, una piedra arrojada por un niño estalla en el vidrio del vehículo en el que se transporta Aydin y su mano derecha Hidayet. Volantazo mediante para evitar un accidente mayúsculo, Hidayet apresa al agresor, nada menos que el hijo de uno de los inquilinos morosos de Aydin y deciden devolver al pequeño a su hogar no sin antes prevenirle al padre sobre lo sucedido. El padre del pequeño, lejos de ensayar una disculpa, expresa un absoluto desprecio sencillamente porque sus interlocutores pertenecen a otra clase social, sabiendo que debe el alquiler y que por ese motivo el desalojo está a la vuelta de la esquina.

    Desde ese conflicto mínimo, el director de Tres Monos (2008) suelta amarras para subirnos al transatlántico y navegar así en las aguas más profundas de las miserias y las virtudes humanas; para anclar en la tensión irresuelta entre la culpa y la redención como posibles escapes aliviadores cuando la mustia y gris existencia parece solamente alcanzada por el tiempo. Contraste de grises en lo que a conductas se refiere en un manto de blancura que aporta la estepa helada de Capadocia, lugar en donde se encuentra el hotel Otelo, que recibe a los turistas y mantiene el estatus y negocio de Aydin para que éste se desentienda de la supervivencia cotidiana y así pueda salir en busca de un horizonte, donde las críticas a su arrogancia no caigan con la misma virulencia que la nieve que tapa todo.

    Sueño de Invierno no sólo hace alusión a William Shakespeare, de ahí también el nombre del hotel, en clara referencia del dramaturgo inglés que versa entre otras cosas sobre los celos y su poder destructivo, sino que recae en el homenaje al escritor ruso Anton Chejov tomando prestados tres de sus relatos, que aquí son el mejor pretexto para desarrollar cada uno de los monólogos y diálogos agudos donde la precisión narrativa es asombrosa.
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  • Focus: maestros de la estafa
    Pungas high class

    Focus es un film entretenido. La palabra entretenimiento muchas veces no significa demasiado, pero en el caso de esta película, que gira en torno al sugestivo mundo de las estafas, el adjetivo cabe. También es una comedia romántica o pretende serlo, y en ese “pretende” reside su problema. Focus son dos películas en un mismo largometraje: una funciona y la otra no. Asimismo, esas dos películas encuentran, dentro de la puesta en escena, dos escenarios muy diferentes pero atractivos desde el punto de vista visual, como Nueva Orleans y Buenos Aires.

    En la primera etapa, la introducción de una sexy aspirante a estafadora por parte del maestro apodado “Meloso” rápidamente llega a la cúspide en una secuencia digna del aplauso por el nivel de tensión que se maneja en la trama. En paralelo a este enfoque, y la palabra no es antojadiza porque en definitiva se trata de poner foco u orientar la mirada hacia donde los directores pretenden que el espectador mire, se van tejiendo las coordenadas de una relación amorosa que por motivos que no revelaremos se verá interrumpida abruptamente para trasladar la acción tiempo después a Buenos Aires.

    No puede dejar de pensarse en películas como Nueve Reinas, La Gran Estafa, Hitch: experto en seducción, por citar referencias que vienen al alcance de la mano o de los ojos, para ser más precisos. De cada una de ellas, en Focus, aparecen reminiscencias: de la primera, la relación de complicidad entre Will Smith y Margot Robbie, similar a la de Ricardo Darín con Gastón Pauls; de la segunda, ese ejercicio lúdico bien calibrado de las Estafas con una apuesta en el Super Bowl muy ingeniosa y por último, de la tercera, el inigualable carisma de Will Smith para lograr convencer y seducir, no sólo a la chica, sino también al espectador.

    Los directores Glenn Ficarra y John Requa logran un film de una dinámica muy afín a la química de su protagonista, sin excesos de artificios, pero con una fuerte presencia del paisaje urbano como fondo que hace de esta película un buen ejemplo de posicionamiento de marcas si fuese la intención publicitaria promocionar por ejemplo la ciudad de Buenos Aires.
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  • Lo mejor de mi
    Lo mejor de mi
    CineFreaks
    Amor altruista

    Las adaptaciones cinematográficas del estadounidense Nicholas Sparks –productor en este caso- siempre gozan de buena salud y con garantía asegurada del público, habitué de los melodramas rosas con altos componentes trágicos y una historia de amor superadora, ligada a la contraposición de caracteres o como es el ejemplo de Lo mejor de mí: la diferencia social.

    El director Michael Hoffman se apoya en primer lugar en dos parejas que representan a los protagonistas en el pasado adolescente donde nace el amor y luego de distintas desavenencias y jugarretas del destino se instala en el presente en el que ambos se reencuentran, algo cambiados; en el que han dilapidado sus sueños y debieron conformarse con lo que hay.

    El pretexto del encuentro lo constituye un deseo post mortem del anciano Tuck (Gerald McRaney), quien en el pasado dio refugio y protección de un padre abusivo a Dawson (James Marsden), quien que por distintas razones que no revelaremos aquí huyó del pueblo y del amor hacia Amanda (Michelle Monaghan). Ella representaba a la burguesita que para los ojos de papá merecía algo mejor que Dawson, prototipo del White trash, aunque decidido desde el comienzo a pelear por su enamorada. Cabe destacar que en este segmento del relato realmente se lucen los actores Luke Bracey y Liana Liberato en comparación a la poca química entre Marsden y Monaghan, en quienes la desconexión es notoria y sobre todo promediando la segunda mitad.

    Más allá de los estereotipos y los diálogos altisonantes, Lo mejor de mí cuenta con una buena dirección que sabe dosificar la ruptura temporal a modo de flashbacks sin perder coherencia interna en el relato, que puede resumirse como un compendio de minis tragedias que se acrecientan al paso del romance como un obstáculo del que sólo puede salirse con un sacrificio altruista.

    El conservadurismo de la historia y su coqueteo constante con lo religioso marca un derrotero en el que los pecadores tendrán su merecido y los sacrificados su recompensa, a pesar del calvario personal tanto para la protagonista como para su amado, sobreviviente a un accidente en una petrolera, al maltrato de su padre y hermanos entre otras contrariedades. Para ella, se reserva el dolor de pérdidas y la constancia de aceptar las enseñanzas de las cosas malas.

    A grandes rasgos, de eso se trata este nuevo producto marca Nicholas Sparks que vende en dosis aceptables y no empalagosas las bondades del amor altruista.
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  • Francisco de Buenos Aires
    Recen por él

    Habría que preguntarse en primer lugar si el director Miguel Rodríguez Arias hubiese elaborado un documental sobre la figura del ex cardenal Jorge Bergoglio, de no haber sido elegido Papa.

    Francisco de Buenos Aires, es una buena respuesta a ese interrogante, dado que sumariamente, recorre los caminos que llevaron a Bergoglio a convertirse en el Papa Francisco, desde un punto de vista orientado y elaborado en base a testimonios a cámara, un gran racimo de cabezas parlantes destacando las virtudes y bondades del Papa Francisco.

    En el empleo de material de archivo, para complementar los dichos o las anécdotas que rubrican su personalidad de carácter fuerte, enérgico, pero coherente con un pensamiento y un profundo valor en la fe, se compilan una serie de declaraciones sumamente comprometidas con los problemas cotidianos del mundo: como la trata de personas, el trabajo infantil, las guerras mundiales, así como la complicidad de la iglesia como institución cuando se aleja de los pobres o de las causas nobles del hombre.

    La edición es prolija, pero en términos cinematográficos no hay aportes estéticos de valor, más que un buen uso de las imágenes y la música que acompaña el relato. Entre los testimonios mas rescatables se encuentran aquellos relacionados con la etapa en que Bergoglio ayudó a escapar a personas perseguidas por la dictadura, punto que fue cuestionado una vez asumido su papado por algunos sectores que lo vincularon con una parte de la iglesia, que tuvo una participación proactiva con la dictadura. Si bien el documental no ahonda ni busca voces confrontativas, la elección de testigos vinculados con aquella época cuentan una historia diferente.

    Para aquellos que quieran conocer más de cerca cómo piensa el Papa Francisco sobre determinadas temáticas, más allá de sus sermones o misas multitudinarias, encontrarán en este documental –el primero de una seguidilla que seguramente copará el espectro cinematográfico junto a las ficciones- una buena referencia y para quienes ya lo conocen y siguen sus prédicas, sean creyentes o no, Francisco de Buenos Aires es un buen espejo donde reflejarse.
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  • Joven y bella
    Joven y bella
    CineFreaks
    Mi cuerpo, mi vida

    La trayectoria cinematográfica del realizador francés François Ozon, integra entre otras cosas una diversidad de títulos concentrados en el cine de género, pero también desde una óptica muy personal, jugando sobre los límites de su propio universo y entendimiento de lo que el cine representa. Las ideas que el director de La Piscina (2003) expone en sus películas, siempre representan alguna mirada transgresora ante convencionalismos y que por lo general dialogan intertextualmente con las costumbres burguesas en un eterno conflicto entre lo material y la libertad.

    Pero, en Joven y Bella el pretexto de un relato concentrado en el despertar sexual de una adolecente perteneciente a esa burguesía, tan criticada, sirve de puntapié al cineasta para explorar los límites del deseo y el uso del cuerpo con fines de manipulación y poder, aunque y tal vez eso es lo que pueda criticarse, con juicio de valor y posición moral, no tan propia de Ozon y su particular canon de películas en las que la libertad no se cuestiona ni se castiga, como por ejemplo 8 Mujeres (2002).

    A eso debe sumarse la incorporación de un melodrama familiar cuando uno de sus eslabones más débiles, en este caso la protagonista, quien una vez pasada la primera experiencia sexual decide prostituirse con una clientela cien por cien adulta y en la que todos los clientes la superan por varios años en edad, comienza a experimentar el desencanto de todo: no hay placer, no hay deseo y la apatía se contrapone a la acumulación del dinero sin un fin material, sino la mera acumulación.

    Ese desencanto latente, que por motivos obvios no revelaremos aquí, crece y multiplica el drama, así como la conflictiva interna de Isabelle (Marine Vacth), cuyo nombre de fantasía es Lea, y toma otro cariz al conocer a Alice (Charlotte Rampling), primero en calidad de potencial clienta, pero después en un doble rol de adulta y espejo deformado de lo que puede terminar siendo su vida en caso de no cambiar. Ozon, no cae en la tentación de utilizar a Rampling como contraste entre juventud y senectud, sino que también explora su personaje maduro desde la conflictiva del deseo y la apatía desde otro nivel de exposición.

    Ahora bien, el problema de Joven y Bella radica entre otras cosas en la mixtura de elementos que desconcentran y no clarifican el rumbo de la historia, mas allá de sus méritos en lo que a dirección de actores respecta.
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  • Polvareda
    Polvareda
    CineFreaks
    El camino y el desvío


    La particularidad de Polvareda, opus de Juan Schmidt, la constituye la mixtura de elementos genéricos, aplicados con prolijidad y sutileza narrativa a un marco referencial poco frecuente en el cine Argentino si es que de cine de género se trata. Fábula con gusto a tragedia o policial rural con reminiscencias del western clásico plantean los interrogantes, a lo largo de los minutos en que rápidamente se abre el juego que enfrenta a una banda de delincuentes con un policía que no les pierde pisada.

    Enterrado el quinto miembro de la banda, los cuatro restantes que participaron del exitoso atraco a una financiera se instalan en un agüantadero del pueblo natal, lugar de donde huyó en busca de otro horizonte el líder de la banda, Chino, acompañado de su hermano, El Facha, junto al Mudo y al Gordo.

    Tal como indica la escueta conversación en el bar entre el líder y el viejo policía que lo conoce cuando aquel formaba parte de las fuerzas de la ley y ahora se pasó al otro lado de la fuerza -parafraseando a Star wars- ellos están de paso y a la espera de pasaportes falsos para cruzar la frontera una vez repartido el dinero del robo.

    Hasta allí, con Polvareda estamos frente a un relato donde las piezas se acomodan en el tablero al igual que las vacas en el campo, presos de esa letanía de pueblo chico que invade la atmósfera y el ritmo del film, aunque hay una búsqueda permanente por parte del guión coescrito entre Juan Schmidt, Marcos Vieytes y Fabián Roberti para insertar en el camino pequeños apuntes lúdicos o humorísticos.

    Desde un picadito improvisado con una pelota que se encuentra a un costado de la ruta hasta el baño refrescante en una pileta sucia, paseos en tractor o prácticas de tiro con botellas, se trata simplemente de exponer el paso del tiempo y de la acción con una apuesta a la bifurcación entre lo que podría definirse como hombres de acción y hombres de contemplación, ideas que marcan la dicotomía entre el nuevo cine argentino en cuanto a los personajes y el cine más genérico. Una contemplación que no recae en esas huídas metafísicas a lo Terence Mallik, con diálogos brillantes pero forzados, sino que se asemejan más al cine de un Takeshi Kitano o de un Johnnie To.

    El otro protagonismo insoslayable, más allá de la galería variopinta de personajes, construidos con austeridad de rasgos pero con personalidad bien definida, es el del paisaje o lugar y su magnetismo intrínseco tal vez arrastrado como una huella del pasado, que abre grietas y cuentas pendientes antes de morir.
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  • Se acabó la épica
    Rastros de lo efímero

    Como esa sombra que se escabulle en la vereda o en la nieve, el misterio del escritor argentino Néstor Sánchez; el mito a través de su obra y figura con forma de pregunta más que de certeza traza las coordenadas de Se acabó la épica, documental de la realizadora e investigadora Matilde Michanie (ver entrevista), quien busca con su cámara y a partir de una serie de entrevistas reconstruir las huellas o rastros que a lo largo del tiempo dejaron tanto las palabras como los viajes de Sánchez, desde la iluminada París hasta una habitación derruida en Villa Pueyrredón, barrio donde nació y en el que murió en 2003.

    La relación de Néstor Sánchez con la vida y la existencia en su faz banal, algo que el propio escritor se encargó de definir como demasiado corta, lo posiciona desde una actitud ética y podría decirse metafísica para indagar sobre lo que realmente importa y descartar todo aquello que no es útil. Síntesis perfecta del sentido que sólo encuentra un significado de trascendencia siempre que se pueda escribir. Esa consigna o filosofía particular de vida lo condujo a un deambular constante, de acumulación de experiencias extremas como bohemio o simplemente hombre sin lugar para finalmente encontrar algunas respuestas en las enseñanzas de la escuela del Cuarto Camino o en las palabras de George Ivanovich Gurdjieff, guía y maestro espiritual.

    La realizadora Matilde Michanie apela a la fragmentación para llegar a Néstor Sánchez, da espacio a un conjunto de voces que interactuaron con él como sus amigos de la literatura, su esposa o su hijo, quien acumula recuerdos, postales y novelas de su padre más que experiencias de vida palpables.

    El aporte que llega desde los testimonios de la psiquiatra del escritor, apadrinado en su primera novela, Nosotros dos, nada menos que por el mismísimo Julio Cortázar y las anécdotas que resaltan un espíritu libre pero a la vez confrontativo con todo tipo de convencionalismo o norma resumen un aspecto central de una personalidad muy compleja, aspecto que el documental no logra completar afortunadamente.

    El coqueteo permanente con la muerte o un pesimismo sobre la realidad que crece con el correr de los años ponen en manifiesto una mente lúcida que parece haber estado en el lugar justo y en el momento justo, que gracias a la magia de este documental de búsqueda más que de observación se hace presente desde la ausencia; desde los rastros que son la única expresión de un viaje de sombras.
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  • La mirada del amor
    Estás igual…

    Es conocido el juego de dobles en el cine aplicado tanto al género del thriller como al drama que no hay sorpresa alguna en La mirada del amor. Tampoco es novedoso el proceso de duelo en la viudez, detonante de tantas historias protagonizadas por hombres y mujeres dolidos donde los mecanismos de negación de la pérdida operan a la par de las emociones que definen las conductas de los personajes. Muchas veces existen frente al conflicto de la pérdida salvoconductos como las segundas oportunidades, tópico recurrente en el cine mainstream.

    Ahora bien, si a la idea del doble se la trabaja literalmente, sin matices y encima se utiliza a un mismo actor para componer dos papeles el resultado no puede ser otro que catastrófico como es el caso de este film básicamente porque todo se supedita a la mirada negadora de la protagonista.

    La historia rápidamente acomoda las piezas y plantea la sustitución del hombre amado, quién murió luego de haberse abalanzado sobre las olas, papel interpretado por Ed Harris. Su esposa en la piel de Annette Bening aún en duelo y desatendiendo los intentos románticos de su vecino también viudo a cargo de Robin Williams, descubre a otro hombre, profesor de plástica en una Universidad que es idéntico al difunto. Lo de idéntico por una genialidad de los guionistas se cumple a rajatablas ya que el papel queda en manos de Ed Harris, quien no presenta singularidad alguna en su personalidad y no hay contraste posible con el ausente ya que aparece en ráfagas de flashbacks frente al presente del relato.

    Por ende la idea del doble más que despertar intriga confirma la endeblez de un guión que no sabe a dónde quiere llegar, al igual que la sufrida viuda que hace lo imposible por recrear una relación amorosa proyectando en el nuevo individuo la imagen o el pálido reflejo de aquel amado al que jamás volverá a besar, a tocar y a oler.

    Así las cosas, con un esforzado in crescendo dramático que pone en crisis la estabilidad emocional de ambos personajes al intentar convivir sin que el hombre conozca la verdadera historia por obra y gracia de los caprichos de los guionistas para sostener el verosímil, La mirada del amor es un melodrama absurdo, denso y muy poco esmerado desde las correctas aunque no deslumbrantes actuaciones de un reparto que daba para mucho más.
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  • Selma: el poder de un sueño
    El puente de la libertad

    La sobrevaloración es lo que mejor define a Selma, el poder de un sueño, la biopic del año para reivindicar la figura de Martin Luther King, que buscaba alzarse con varias nominaciones a las ternas más importantes de los Oscars - tal vez para repetir el derrotero exitoso de 12 años de esclavitud- y así cruzar el puente del éxito cuando un cachetazo de la realidad la dejó en el camino con la singular nominación a mejor película de consuelo, a pesar del coro de reproches y tibias acusaciones de cierta animosidad para con el film, teñidas de racismo.

    Si la película dirigida por la directora Ava DuVernay, con guión de Paul Webb, hubiese tenido reconocimiento por parte de los miembros de la Academia nunca se hubiese justificado por sus méritos cinematográficos, sino por la mera especulación y corrección política a la que ya estamos más que acostumbrados porque Selma ante todo es un relato bastante lineal, que puede calificar como telefilm por su estructura.

    No pasa de un intento prolijo por acumular situaciones que ponen en contexto la lucha por los derechos civiles, las rencillas internas y políticas entre los propios activistas afroamericanos y muy por encima la pincelada del magnetismo del líder Martin Luther King, aquí retratado sin maquillaje idealista detrás, pero desde sus discursos y pensamiento para negociar con el enemigo entre otras cosas el derecho a sufragar. En ese recuento sumario de idas y venidas, amenazas, un clima de disturbio social creciente que ponía nervioso al, en ese entonces, presidente de los Estados Unidos Lyndon Johnson, sumada la recalcitrante figura de hombres blancos racistas para lo cual Tim Roth era el actor ideal por su fisic du rol, transcurre esta anodina y poco interesante radiografía de lo que fuese una marcha social multitudinaria y pacífica que cambiaría el destino de la raza más sojuzgadas en la tierra de los hombres libres.

    Una película que no funciona como alegato y que está destinada al pronto olvido.
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  • Annie
    Annie
    CineFreaks
    Usted, preguntará porqué cantamos


    Annie: Usted, preguntará porqué cantamosDos escollos atraviesan el camino sinuoso de Annie, nuevo intento de llevar el musical de Broadway protagonizado por una niña huérfana, quien entonaba que mañana saldrá el sol: un elenco que no sabe cantar –ni bailar- y la indefinición en lo que hace al público que puede colmar las expectativas de los productores, entre ellos Will Smith, ya que estamos ante esa zona gris donde el producto es demasiado soso para adolescentes y muy extenso para niños.

    El operativo de aggiornamiento que incluye, desde una banda sonora omnipresente, canciones nuevas, se acomoda a los ritmos del hip-hop y el pop arreglado para melodías al estilo de la serie Glee, aunque claro está sin la calidad interpretativa de ninguno de los involucrados en el film.

    Basta con ver el tráiler para saber absolutamente todo sobre el argumento de esta Annie recargada, con todos los tics de la cultura pop incluidos celulares, redes sociales y políticos en campaña capaces de comer el puré de los indigentes para ganar votos. En este caso el encargado de malograr ese rol entre patético y tierno es el interesante Jamie Foxx, un empresario con aspiraciones a convertirse en alcalde de Nueva York, rodeado de un grupo de asesores calculadores y dispuestos a todo en beneficio de su candidato. De ese grupo, se destaca Rose Byrne, a quien le toca el papel transformador a partir de la toma de conciencia de la historia de la huerfanita.

    El puñado de canciones que lamentablemente interpreta cada uno de los actores, incluida la protagonista afroamericana Quvenzhané Wallis, quien cumple pero no deslumbra, son directamente proporcionales a la efectividad nula de los chistes cuando el film busca escapar de la solemnidad y adoptar esa frescura que no logra aportar nunca desde la relación entre Annie y su tutor temporal
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  • Cincuenta sombras de Grey
    Chas chas en la colita

    Tan ingenua como una canción infantil, la adaptación cinematográfica del best seller softcore archi consumido por mujeres de todas edades es un mediocre film erótico, excesivo en su duración y nada sensual desde la puesta en escena pseudo publicitaria acomodada a los cánones del convencionalismo pacato del cine mainstream.

    Ningún análisis del relato amerita un esfuerzo teniendo presente las nulas pretensiones de esta película, cuyo objetivo es devolver a las fanáticas y sus fantasías a partir del texto un universo representativo a partir de las imágenes. Nada de eso se cumple durante el metraje que demora demasiado en ir al hueso del asunto: chico rico de 27 años, playboy multimillonario, propone a chica recatada y virginal un contrato de sumisión a cambio de atenciones, regalos y todo tipo de seducciones que hacen que la presa termine enamorándose.

    Así las cosas, cuatro escenas de sexo, en la que intervienen algunas prácticas sadomasoquistas, complementan la película dirigida en piloto automático por Sam Taylor-Johnson y protagonizada por una pareja, la insulsa Dakota Johnson y el maderón terciado Jamie Dornan, con poca química y que hace sombra a la hora de interactuar en las secuencias tan sobrevaloradas como decepcionantes.

    Claro que a nadie importa mucho lo que pueda decirse de este nuevo despropósito cinematográfico a caballo de otro despropósito literario que ya tiene asegurada la taquilla y la secuela para beneplácito de las fans e infortunio de una minoría que extraña el erotismo en el cine.
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  • Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)
    Verdad o consecuencia

    Y ahí va Birdman, deambulando por su Universo Teatro en busca del éxito Sol. Éxito que puede pavonearse cual ave humana al desplegar frente a la cohorte obsecuente que viraliza cualquier estupidez en segundos. Segundos que tarda en vencer la ingravidez y a la par de un Ícaro ingenuo buscar ese ansiado y artificioso Sol éxito, para finalmente precipitarse como ese telón que baja en el último acto de una obra de teatro, baja la representación o la ficción de la vida para que suba la realidad o la ficción de la realidad.

    ¿Cuánto pesa la verdad? ¿ 21 gramos, igual que el alma? Y ¿el ego? es precisamente lo que nos hace vulnerables a la gravedad. En definitiva, se trata del despojo o de ese eterno trabajo de despojarse de todo lo que sobra para no cargar con tanto peso muerto.

    Hace poco descubrí que para alcanzar el Nirvana no hace falta ser budista, sino simplemente comprar sus discos en Musimundo y ya está… bue… Y ahí va entonces Birdman con su actor a cuestas, monologando o discurriendo mientras se acerca al abismo por haber perdido la esencia, o tal vez el amor de una hija que, fiel al estereotipo, entró en las drogas por tener problemas con papá y ahora trabaja junto a papá para tenerlo más cerca y así poder destrozarlo con la honestidad que no reflejan los espejos, ni tampoco los monitores de televisión o pantallas HD cuando las celebrities dicen que son felices y anuncian proyectos serios o inspiradores que finalmente les servirán para crecer actoralmente y despojarse así de ese encasillamiento letal que atenta contra cualquier noble intento de autorrealización.

    Y junto a Birdman, va Raymond Carver con su realismo sucio, que rompe adjetivos y adverbios con la misma fuerza que intenta hablar del amor absoluto un actor devenido superhéroe hollywoodense, que lo único que quiere es que lo amen en el crepúsculo de su vida. No hay Sol en el crepúsculo, pero puede haber verdad y si hay verdad hay libertad. Y con Carver, un guión a ocho manos retrucándolo todo, hablando de todo sin decir nada y por eso sus notables virtudes y defectos equiparan la balanza, a sabiendas que el caos se puede controlar si detrás de cámara dirige un perfeccionista, ególatra, cínico, que en su temprana infancia navegó por el mundo y conoció mucho de ese mundo imperfecto, áspero, descolorido, loco (perdón Carver por el exceso de adjetivos), que vivió Amores perros y seguramente sufrió tanto como un perro al ser abandonado por una mujer, y que luego optó por la música y el cine para probar suerte en la Babel hollywoodense.

    Va un director ombliguista, quien cínicamente hizo una película sobre el ego; un mexicano que apela a la comedia negra para reírse de sí mismo y de la industria que lo utiliza y lo premia porque es rentable. La ecuación perfecta para que todos ganen, con elenco de lujo que conoce el paño celebrity y que en su mayoría formaron parte de proyectos comerciales inspirados en comics como por ejemplo Edward Norton con Hulk. Y junto al director, etiquetado por muchos de manierista, van el cine y el teatro, dos universos parecidos pero diferentes y un plano secuencia de 119 minutos tan artificioso como el agua que reemplaza al whisky en la representación teatral mientras la crítica todopoderosa espera con ansias ganar la batalla con 500 caracteres para no decir nada de nada.

    ¿Birdman es una megaproducción de un Superhéroe con poderes telequinéticos inspirado en un comic de los años 70 que llegara a la pantalla chica como dibujo animado?; ¿ Birdman es una comedia sardónica al estilo Robert Altman en La regla del juego que pone el ojo en el impostado mundillo de los actores y la industria del cine? ; ¿Birdman es acaso el retrato descarnado y cruel de un actor fracasado que busca redención en las artes serias o la lucha de un hombre analógico en la era digital? ; ¿Birdman es otro exabrupto de Alejandro González Iñárritu que vuelve a reflexionar sobre el sentido y la existencia en la incansable búsqueda por la autenticidad? Ahí va Birdman, con sus preguntas a cuestas, en busca del Éxito Sol y del último aplauso, segundos antes que descorra el telón.

    Veanlá y saquen sus propias conclusiones.
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  • La teoría del todo
    El tiempo sin tiempo

    Al promediar el minuto siete de película, luego que el espectador observe desde la pasividad un sumario derrotero de movimiento y alegría juvenil para comenzar a palpar el mundo de Stephen Hawking antes del deterioro progresivo, el síntoma de la debilidad muscular dice presente en la correcta y sutil composición del británico Eddie Redmayne, firme candidato a llevarse el Oscar en su terna para que Michael Keaton aplauda con desgano y así asuma una derrota evidente el próximo 22 de febrero. Tras ese instante, los síntomas comenzarán a apoderarse de su tiempo y de su destino pero también le generarán al director James Marsh un problema que no logrará subsanar en lo que resta de metraje.

    El pensamiento y la propuesta revolucionaria en el campo de la física del británico Stephen Hawking, sus propias revisiones acerca de sus teorías del origen del universo, la no existencia de Dios, la correlación entre la física cuántica y la teoría de la relatividad, son los elementos que lo elevaron como una de las personalidades y mentes brillantes del siglo pasado, más que su lucha individual contra los embates irreversibles de la esclerosis lateral amiotrófica (enfermedad que tomó hace unos meses estado público por una moda banal de desafíos banales que se apoderaron de las redes sociales por el famoso baldazo de agua congelada) y su particular relación de pareja con Jane Wilde (Felicity Jones), y luego con la enfermera Elaine Mason.

    Ahora bien, si a eso le sumamos el punto de vista de la propia Wilde, pues el film se inspiró en su novela autobiográfica, el problema es doble no en lo que hace a la historia per se sino al lugar en el que se ubica al mismísimo S. Hawking y su labor en el campo de la física. El film de Marsh evita el golpe bajo sencillamente porque toda la existencia física de Hawking es en su esencia un golpe bajo, desde el momento que le anuncian una enfermedad en la motoneurona que gradualmente lo dejará sin posibilidades de hablar y comunicar así sus ideas, entre otras tantas imposibilidades de carácter puramente fisiológico.

    Allí es donde el tiempo, gran concepto filosófico que puede aplicarse al quehacer cotidiano de Stephen Hawking, cobra un sentido ontológico y desde el recurso de la elipsis cinematográfica uno narrativo para avanzar por los hitos del deterioro corporal frente a los hitos en el desarrollo de las teorías tan avanzadas que es justo decirlo generaron siempre grupos de detractores y otros defensores en la divisoria de aguas, donde el propio Hawking experimentó singulares retrocesos y cambios de conceptos a lo largo de las décadas (recordemos que tiene actualmente 72 años).

    Así las cosas, el relato respeta el punto de vista de la primera esposa, no en la puesta en escena, que mixtura encuadres bellos para sacar poesía de donde no la hay; o en los planos de manos atrofiadas o pies debilitados, en los que es destacable el trabajo físico de Eddie Redmayne, ni tampoco en las expresiones tortuosas del rictus y un rostro que ante el asombro no oculta el padecimiento de los dolores que el film de Marsh decide encapsular en la metonimia y de esa parte que representa el todo quizás resaltar lo más superficial. De esta manera La teoría del todo se estrangula en su propio círculo vicioso de la biopic convencional, cumpliendo a rajatabla todos los vicios narrativos que tanto le gustan a la Academia, ese contraste permanente entre una escena alegre o positiva y otra triste y negativa, binario, absurdo, con el agregado de una figura relevante como la de Stephen Hawking.

    La dialéctica entre el aspecto familiar, las crisis luego de dos décadas de convivencia con Jane Wilde y la incorporación de un doble triángulo amoroso, primero con un profesor de coro de la iglesia que se hace amigo del físico -y obviamente de su mujer- y luego con la llegada de una joven enfermera, que rápidamente interfiere y desplaza a Jane, ocupan demasiado metraje frente a otros tópicos que hubiesen sido mucho más interesantes para conocer algo distinto del protagonista más allá de los obvios padecimientos de la enfermedad y la reivindicación del ejemplo de vida y lucha que realmente conmueve a cualquier persona con cierto grado de sensibilidad.

    Poco puede sacarse en concreto de los aportes significativos de Stephen Hawking a la ciencia y menos aún comprender el alcance de sus teorías que persiguen una ecuación para explicar el todo y no las partes que lo conforman, al igual que esta anodina película pensada para ganar Oscars.
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  • El código enigma
    La guerra dilatada

    No es un dato anecdótico tomar como referencia que el título original de este film, dirigido por el noruego Morten Tyldum, The Imitation Game, refleje el concepto del juego de imitaciones para introducir una trama que se bifurca entre el relato de espionaje clásico con el contexto de la Segunda Guerra a cuestas y un drama personificado en la figura que además de ser un genio de las matemáticas y visionario de la aplicación de esta ciencia a la informática era gay para la Inglaterra de los años 50, donde se consideraba a la sodomía como un delito hasta 1967.

    Un juego de imitaciones entonces para construir desde un guión sólido a cargo de Graham Moore, quien tomó como punto de partida la novela del matemático activista por los derechos de los homosexuales, Andrew Hodges, aspectos para retratar el mundo de Alan Turing (Benedict Cumberbatch) protagonista de este film que fragmenta la historia en etapas que van desde los comienzos de los estudios de Turing hasta la convocatoria urgente por parte del Servicio Secreto británico para formar parte de un equipo de notables matemáticos y lingüistas y así encontrar las claves para decodificar los mensajes de la máquina alemana Enigma, pilar de la enorme potencia bélica de los nazis.

    La trama del espionaje se constituye bajo los parámetros de la operación secreta y el proyecto propuesto por el mismo Turing para construir una máquina –para ello contó con la financiación de los propios británicos- que resolviera los acertijos de encriptación cambiantes cada doce horas, aspecto que los hacía indescifrables para la mente humana –incluido Turing y compañía- pero también por el entorno tanto de superiores como de colegas al existir las chances del agente encubierto o por ejemplo espía soviético infiltrado en las filas de la inteligencia británica.

    Mientras Turing y equipo corrían contra reloj, las pérdidas de vidas humanas crecían de manera exponencial y bajo esa presión más allá de la propia estaba expuesto cada minuto de su vida en aquel entonces sin descuidar, claro está, su compostura e impostura frente al resto para no delatar su homosexualidad. Para marcar ese contraste entre la vida pública y la privada el personaje de Keira Knightley resulta esencial no sólo por representar a una mujer de carácter, sino por generar en el propio Turing emociones encontradas y mezcladas durante todo el metraje.

    También aparecen en tensión aspectos del orden ético que chocan con las conductas o decisiones pragmáticas del protagonista a la hora de resolver la aplicación de su invención y los alcances que finalmente tuvo respecto al fin de la Segunda Guerra y la derrota total de Alemania, dato de relevancia más que por el carácter histórico por las consecuencias a nivel psicológico sufridas por el protagonista luego del gran hallazgo que cambió la historia del mundo moderno sin que él siquiera tuviese crédito.

    En ese sentido, podría pensarse que El código enigma intenta de cierta manera reivindicar al personaje sin juzgarlo ni idealizarlo, pero se encarga de ubicarlo en perspectiva para que el espectador, guarde o no empatía, conozca las instancias dramáticas de un pasado trágico atravesado tanto por la crueldad de la guerra como por la intolerancia creada en gran parte por la ignorancia.

    Tal vez allí se encuentre el argumento encriptado que con inteligencia, paciencia y estilo clasicista el realizador noruego Morten Tyldum nos propone resolver simplemente con los elementos y la información dosificadas para generar un equilibrio entre el suspenso y la emoción. Esas dos fuerzas que atraviesan El código enigma se sintetizan en una soberbia actuación de Benedict Cumberbatch, y se sostiene gracias al buen aporte de un elenco ajustado, donde se destacan Matthew Goode, Rory Kinnear, Allen Leech, Matthew Beard, Charles Dance, Mark Strong y la ya mencionada Keira Knightley.
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  • Naomi Campbel
    Naomi Campbel
    CineFreaks
    Entre la libertad y el pudor

    La búsqueda de identidad en dos facetas diferentes pero que se conectan entre sí marcan el rumbo caótico, multidireccional, de este documental fronterizo con la ficción, Naomi Campbel, participante de la Competencia Internacional del BAFICI 16, que tiene como protagonista a un transexual chileno cuya meta consiste en la operación de cambio de sexo completa.

    Por ello, la falta de recursos económicos propios lo vuelve permeable a la fauna que pulula en los reallity show que prometen a sus participantes la operación en caso de resultar ganadores, alimentados por el morbo y las historias de miserias personales o redenciones edulcoradas, aunque sabe en su fuero íntimo que es realmente difícil quedar seleccionado frente a otras ofertas más atractivas desde los códigos televisivos actuales.

    No obstante, Yermén, así se llama el protagonista, participa activamente de este proyecto, ópera prima de los realizadores Camila Donoso y Nicolás Videla, no sólo como figura central seguida por la cámara con la distancia propia de los documentales de observación, sino que mantiene y sostiene su punto de vista con el recurso singular del auto registro que se intercala como parte estructural de la puesta en escena, la cual adopta por momentos un registro más urgente, sucio y artesanal, en contraste con otras imágenes que pretenden resaltar la poesía desde lo cotidiano.

    En esa mezcla o híbrido cinematográfico se construye con sus altibajos Naomi Campbel, conservando por un lado el respeto y la no complacencia de su personaje, pero por otra parte privilegiando los instantes en los que la improvisación parece adueñarse de las resoluciones formales con sus altas dosis de impredictibilidad y verdad, a veces en un diálogo íntimo entre Yermén y su novio y otras en las charlas con vecinos o amigos, micro segmentos que tocan desde lo banal o trivial tópicos tales como la post dictadura de Pinochet o las fuertes contradicciones sociales ante la poca tolerancia de la transexualidad.

    Tal vez el título es toda una pista falsa para el espectador que busque directamente las referencias con la modelo norteamericana, elemento simbólico que en este caso cumple la función del modelo que se anhela cuando no se está conforme con la propia identidad.

    últimamente, se suma al debate de la transexualidad el concepto de subjetividades que rompe con los convencionalismos tradicionales de la identidad de género, algo que desde el cuerpo de Yermén plantea un conflicto que trasciende las fronteras de su intimidad sobre expuesta por propia decisión para incrustarse en la matriz cultural e interpela al público desde los interrogantes -más que desde las certezas- como parte constitutiva de un proceso de búsqueda arraigada a la expresión más viva del deseo entre la libertad y el pudor.
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  • El vals de los inútiles
    Educación libre en carrera

    Una simbólica forma de protesta impulsada desde las inquietudes de los estudiantes chilenos en 2011, la cual consistió en correr con una bandera durante 1800 horas alrededor del palacio de La moneda para exigir una educación gratuita y de calidad a las autoridades del gobierno de Piñera, se transformó por siete meses en un puente de acceso para escuchar a viva voz una serie de medidas propuestas desde los centros de estudiantes y así lograr con más fuerza y énfasis el reclamo de una reforma educativa y estructural tras décadas de oscurantismo provenientes de la dictadura Pinochetista.

    El registro con un fuerte distanciamiento de lo discursivo forma el corazón de este documental, opera prima del realizador chileno Edison Cajas, quien durante dos años se adentró con una cámara y un equipo entusiasta en el clima de efervescencia social y política generada a partir del movimiento estudiantil y sus ramificaciones, que llegó hasta las calles chilenas con un apoyo popular interesante y la fuerte respuesta de violencia por parte del gobierno que rechazaba cualquier diálogo en defensa de las políticas neoliberales.

    La intensidad de El vals de los inútiles la marca por un lado la decisión del propio realizador de concentrarse en un hilo conductor por el que se unen dos historias paralelas, la de Darío que es un estudiante del Instituto Nacional y que se involucra junto a sus compañeros en la toma del establecimiento en solidaridad con los demás centros de estudiantes, y por otro lado la de Miguel Ángel, ex preso político en la época de Pinochet como tantos jóvenes de aquellos años de dictadura militar, quien se une desde su convicción política al avance estudiantil como parte del legado que tal vez desde su acción de juventud -tras pasar por torturas y miedo- intentó dejar a las generaciones siguientes.

    La ausencia de voces representantes de lo institucional y con el murmullo de las transmisiones de radio y televisión que funcionan como marco referencial y contextual del acontecimiento hacen de este debut cinematográfico de Edison Cajas una propuesta que gana riqueza por sus méritos visuales, donde se equilibra la contundencia de las imágenes con la búsqueda poética que intenta trazar paralelismos dialécticos entre pasado y presente de cara al futuro, sin subrayados textuales o meta discursivos detrás.

    El contrapeso entre los registros de la intimidad de los gestores del movimiento estudiantil y las salidas al escenario en el que se desarrollaron las marchas y manifestaciones, que fueron reprimidas por los carabineros, alcanza para configurar la tensión que significa una lucha desigual entre un Estado sordo y las voces anónimas de las semillas de cambio que empiezan a germinar en una sociedad cansada de un status quo capaz de adormecer cualquier inquietud de cambio y más aún si se trata de la libertad de elegir cómo educarse.
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  • Inquebrantable
    Inquebrantable
    CineFreaks
    Sacrificio japonés

    Lo primero que debe decirse de este insípido y kilométrico canto al sacrificio a partir del dolor, dirigido por la caritativa Angelina Jolie, obedece en primer lugar al interrogante que sitúa a los prestigiosos hermanos Coen entre las firmas de un guión tan vacío y grandilocuente en diálogos y situaciones dramáticas que nunca encuentran un sentido siquiera estético para justificar tanto despliegue.

    Poco o nada importa haber tomado otra historia de guerra para destacar al héroe norteamericano de turno, léase en este caso recuperar y sacar del placard de los olvidados al ítalo americano Louis Zamperini (Jack O’Connell), atleta olímpico que en sus épocas de juventud se enroló en el ejército y participó activamente de la Segunda Guerra Mundial.

    La anécdota de Zamperini y el derrotero de peripecias y situaciones límite que tuvo que soportar no son más que las de haber sido capturado por los japoneses y junto a los otros prisioneros norteamericanos sometido a las duras tareas en los campos de detención, bajo las órdenes del despótico enemigo de ojos rasgados Mutsuhiro Watanabe (Takamasa Ishihara).

    Angelina Jolie en su calidad de directora no hace más que ceñirse y cumplir a rajatabla el esquema estético básico en la correspondencia de planos y en el apelativo constante del golpe bajo desde lo visual para lograr la empatía directa con el sufrimiento ajeno.

    El martirio, los golpes en ese cuerpo acabado pero que nunca termina por caer sintetizan conceptualmente la apuesta al humanismo y la voluntad que abriga el mensaje de Inquebrantable, título sumamente explícito para entender de qué se trata este film que por fortuna alcanzó menos nominaciones al Oscar de las que seguramente aspiraban sus productores y la propia Angelina Jolie.
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  • Búsqueda implacable 3
    La tercera será la vencida

    A esta altura de la franquicia y sumándonos al coro de críticas sobre las inverosímiles aventuras de este pobre personaje creado por el poco creativo Luc Besson, Liam Neeson vuelve a subirse a la montaña rusa de complicaciones y se enfrenta nada menos que a los rusos, esta vez en reemplazo de los malvados albaneses para dar cabida a otro exabrupto mal dirigido en Búsqueda implacable 3.

    El falso culpable, elemento trillado si los hay, es el detonante de esta trama en la que el ex CIA encuentra en su domicilio a su ex mujer (Famke Janssen) asesinada cuando la policía cae de sopetón y lo atrapa –por unos segundos claro- con las manos en la masa.

    A partir de ahí, el derrotero y la pirotecnia absurda que en coreografías mal resueltas le suman persecuciones con montajes vertiginosos para tapar la falta de pericia de Olivier Megaton; un plan macabro que lo involucra y lo conecta directamente con la mafia rusa hacen las delicias para fanáticos de estos thrillers sin cerebro que solamente entretienen por el ritmo pero que hacen agua desde el guión por donde se lo mire.

    Decir que el argumento de El fugitivo (1993) es más que sospechoso en esta tercera parte, como si fuese una copia al carbónico pero en lugar de Harrison Ford lo pusieron a Liam Neeson, sería demasiado sutil en este caso porque particularmente el justificativo de aquella trama del film dirigido por Andrew Davis, protagonizada por Harrison Ford, era establecer un antagonismo con el personaje de Tommy Lee Jones en esa dialéctica de caza que abunda durante todo el metraje. En el caso particular de este tercer acto no hay correspondencia entre Neeson y el policía detective interpretado por Forest Whitaker, cuyo personaje queda completamente desdibujado frente al mareo visual de la propuesta.

    Superados esos detalles no menores tratándose de un thriller, la película fluye si es que el espectador no se toma demasiado en serio lo que está viendo.
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  • St. Vincent
    St. Vincent
    CineFreaks
    Dulce melancolía

    Hay dos estilos de comedia palpables que pugnan por imponerse en St Vincent, film de Theodore Melfi, protagonizado por el colosal Bill Murray junto a Melissa McCarthy, Naomi Watts y el púber Jaeden Lieberher: por un lado el de la típica comedia sensiblera mainstream, con esa galería de lugares comunes a la orden del día y por otro el de la tradicional comedia indie que hace de esos lugares comunes y estereotipos su blanco perfecto para, ya sea, la ridiculización o el exceso de cinismo con un carácter de crítica más que al contenido a la forma.

    Esos dos gigantes estructurales, los cuales pueden conducir una comedia sin mayores pretensiones que la del género en su máxima pureza, alternan el abanico de rumbos y horizontes que pueden alcanzarse teniendo presente qué camino se elige tomar, es decir, el precipicio hacia la cursilería o el del abismo hacia la exacerbación de lo políticamente incorrecto.

    La clave de St. Vincent no es otra que haber contado entre sus filas con la presencia de Bill Murray y dejarle al ex cazafantasmas -por decirlo de algún modo- la decisión sobre el rumbo de los acontecimientos y su reacción ante determinados planteos dramáticos del guión. Es precisamente el actor quien matiza y transgrede la diatriba entre los qué y los cómo de la hoja del guión, léase aquellos lugares comunes inevitables, desde su genialidad y ductilidad para transformar en una mueca la solemnidad de un acto que a las claras pide seriedad o experimentar una metamorfosis dulce y melancólica cuando no sutil de un personaje construido desde lo literario en base al estereotipo de viejo gruñón, parco pero noble de corazón.

    El misterio en la composición de este singular Vincent, que se convierte por decisión y azar en niñero de un vecino (Jaeden Lieberher) recién llegado al barrio de Brooklyn, de quien debe hacerse cargo porque su madre (Melissa McCarthy) trabaja de enfermera durante todo el día y muchas horas para mantenerse, lo constituye en primer lugar la escasa información sobre su pasado y en segundo término su tendencia a la autodestrucción como alcohólico y jugador compulsivo en plena quiebra económica y con deudas por apuestas a los caballos.

    Las pequeñas subtramas que se entretejen aportan esa data esencial aunque funcionan más eficazmente para consolidar la relación entre Vincent y su desprotegido vecinito, quien pese a su inocencia entiende perfectamente cómo se manejan los adultos que lo rodean, entre ellos, su madre separada; la amante prostituta rusa interpretada por una simpática y sobreactuada Naomi Watts y el propio Vincent, honesto en sus sentimientos y en su forma de afrontar la vida sin dobleces ni salidas mágicas ante una realidad dura como la que atraviesa desde hace unos años.

    Es justo remarcar que a veces St. Vincent se vuelve un tanto esquemática y previsible pero nunca deja de sorprender con algún giro hacia el humor negro o cinismo moderado de la mano de Bill Murray, para muchos en una reversión del anciano de Gran Torino que personificara hace unos años Clint Eastwood pero con algo más de onda.

    Esas comparaciones quedan a cargo del público que seguramente sabrá disfrutar de una actuación digna de premios.
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  • Dios mío, ¿Qué hemos hecho?
    Un poco de amor francés

    Las críticas al multiculturalismo y a la mirada de la burguesía francesa en su afán de conservar los nacionalismos más retrógrados hacen blanco aunque de manera inofensiva -pero no por ello menos irónica- en esta taquillera comedia que supera en algunos segmentos a la media de productos comerciales europeos que pretenden, sin éxito, quitarle terreno a los consumados tanques norteamericanos, fronteras afuera.

    La premisa resulta por lo menos interesante al instalarse en el seno de una familia prototípicamente francesa, Los Verneuil, constituida por marido y mujer sin mayores crisis en la pareja que las de la rutina y la incompatibilidad de caracteres ante la idea de tolerancia frente a los futuros yernos. Es que sus hijas deciden cortar de cierta manera el linaje galo para casarse y así incorporar a un árabe, un judío y un chino a sus vidas, motivo por el cual el sueño de sus padres queda hecho añicos. No obstante, la esperanza de inclinar la balanza nuevamente hacia el lado de Francia se deposita en la única hija soltera, quien anuncia con bombos y platillos la existencia de un pretendiente.

    Entre la adaptación y la tolerancia forzada de ciertas culturas no afines a la francesa, Claude (Christian Clavier) y Marie Verneuil (Chantal Lauby) a veces deben soportar que sus respectivas hijas casadas los tilden de racistas ante cualquier comentario de desagrado o que suene políticamente incorrecto, hecho que conlleva un distanciamiento lógico a pesar de los esfuerzos y los propios conflictos entre los mismos yernos en cualquier reunión familiar.

    Sin embargo, todo se exacerba al conocerse la novedad del noviazgo de la última hija soltera, quien por motivos que aquí no revelaremos dilata la presentación de su futuro esposo a la familia para evitar mayores conflictos con los padres del pretendiente.

    La religión y la familia como eje de los conflictos son utilizados como disparadores reflexivos en esta jocosa propuesta del director Philippe de Chauveron, oportuna y paradójica teniendo presente los lamentables sucesos acaecidos hace muy pocos días en Francia, donde la intolerancia primó sobre todo tipo de raciocinio y pensamiento libre. Algo que solamente por el título de esta cinta francesa, que emplea el nombre de Dios, hubiese sido suficiente para desatar otra tragedia.
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  • La dama de negro 2
    Pura niebla

    Dos elementos confirman que este intento de secuela de lo que fuera una buena propuesta de terror gótico impulsada por la Hammer hace tres años termina desgastándose con esta innecesaria segunda parte, pero lo que es más triste aún con muchas chances de que continúe en otra secuela próximamente.

    Es que la fórmula bien aplicada por el director James Watkins en La dama de negro, que sabia explotar desde la puesta en escena los recursos austeros para construir climas lúgubres más que golpes de efecto en la pantalla, en esta ocasión es absolutamente dilapidada por el británico Tom Harper, quien en primera instancia no contó con la ductilidad expresiva de Daniel Radcliffe ni tampoco con un antagonista de fuste como Ciarán Hinds, para apenas conformarse con la inexpresiva Phoebe Fox, en su rol de institutriz con pasado traumático.

    En La dama de negro 2 la premisa es bastante endeble y la llegada a la famosa casona de ese pueblo atravesado por secretos y niebla parece tomada de un manual de guión para principiantes: Segunda Guerra Mundial que lleva a un grupo de alumnos, la mayoría de ellos huérfanos víctimas de las bombas que arrasaron con su familia y hogar, a buscar refugio en las afueras de Londres y así continuar su educación, en tanto y en cuanto la guerra no cese. Ese pretexto conecta con el escenario y desde el mismo concepto con la maldición del fantasmita vengativo, al que no hay que mirar si es que se quiere conservar la vida y mucho más si de niños se trata, como es el caso de uno de los protagonistas que casualmente ha dejado de hablar desde que sus padres murieron.

    La falta de eficacia, la pereza para consolidar una secuencia que valga la pena destacar, donde los mecanismos para el susto se activen de manera coordinada y no apelando al sobresalto del artificio, son suficientes elementos negativos para reforzar la sensación de que esta secuela no está a la altura de su antecesora. Ni siquiera promediando la última mitad, en la que el director parece haberse acordado de algunos trucos sencillos para despabilar a la audiencia.
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  • Con pecados concebidos
    El baby boom croata

    El realizador croata Vinko Bresan intenta, en esta comedia de humor asordinado, Con pecado concebidos, deslizar una crítica aguda a la institución Iglesia Católica en base a la posición radical frente a la anticoncepción en pos de una idea de carácter tradicional que procura la procreación a pesar de los deseos individuales y de las circunstancias particulares de cada caso.

    El protagonista de esta historia es un cura en un pueblo de Croacia en el que la tasa de mortalidad es mucho más grande que la de natalidad. Para revertir esa ecuación negativa y hacerle frente al conflicto busca una solución drástica, la cual resulta un tanto cuestionable desde el punto de vista ético: confabular con los vendedores de preservativos, un kiosquero y un farmacéutico, para que el producto sea defectuoso al momento de utilizarlo.

    Aunque eso no significa en un principio que todas las mujeres fértiles del pueblo queden embarazadas milagrosamente y que los hombres deban asumir paternidades forzadas por accidentes de dudosa naturaleza, las alteraciones en relación a las prácticas habituales entre lugareños no es la misma y tampoco las repercusiones mediáticas locales que fomentan, entre otras cosas, el turismo por las supuestas bondades de aquel lugar donde la propensión al embarazo es muy alta.

    Las pequeñas situaciones que desarrolla el director en un tono relajado y que acercan su cine al de referentes tales como Aki Kaurismaki, Emir Kusturica -por citar los más obvios- apuntan por un lado a resaltar aspectos costumbristas con ciertos subrayados de ironía sobre los propios personajes, pero también a dejar visibles las lanzas que buscan la flaquezas de los argumentos reaccionarios, no sólo ante la diatriba concepción anti-concepción, sino que van más allá en relación al racismo por ejemplo o solapadamente sobre la hipocresía clerical ante la existencia de pedofilia.

    Todo este cóctel mezclado con ternura por la historia más que por su trasfondo pseudo religioso o su carácter de fresco social, destaca a esta película croata de corte independiente como una propuesta válida no pasatista, que puede disfrutarse si es que se busca algo distinto en el menú de la empalagosa cartelera cinematográfica.
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  • Los pingüinos de Madagascar
    Infantilmente correcta

    La franja etaria a la que apunta esta aventura animada -spin off de la franquicia de Dreamworks Madagascar- que también ha tenido un exitoso paso por la serie televisiva con una tercera temporada por la cadena Nickelodeon es aquella conformada por el público infantil hasta los doce años aproximadamente.

    En sí mismo, eso no significa que no pueda disfrutarse porque si hay algo que caracteriza a este film dirigido por la dupla Eric Darnell y Simon J. Smith es el ritmo vertiginoso y la batería de gags aplicados al servicio de la acción, aunque a veces con intentos de un estilo más relacionado con cómicos como Abbott y Costello para los chistes sofisticados y en cuanto a los gags físicos las influencias notorias de Los tres chiflados, entre otros.

    El grupo de guionistas John Aboud, Michael Colton, E. Darnell, Tom McGrath y Brandon Sawyer supo acomodarse a las exigencias y el desafío de convertir en largometraje una premisa, que por su sencillez podría haberse explotado con más eficacia en un cortometraje. A ese recurso narrativo de sumar subtramas a la historia central, que no es otra que la venganza de un antagonista de los pingüinos, el pulpo Dave, quien fuera opacado en el pasado por estas aves exóticas y relegado en su condición de atractivo de zoológico, se amolda otro comando de elite integrado por un lobo, un oso polar y dos búhos que funciona como contrapeso del grupo pingüinil encabezado por Capitán, Kowalski, Rico y Soldado.

    El arranque de la película se encarga de darle respuesta al origen y lo hace de una manera creativa al tomarse en solfa la moda de los documentales sobre pingüinos, pero además marcando la diferencia entre el líder del grupo y el resto de la manada cuando se pregunta cuál es el sentido de marchar en la tundra ártica y así proclamarse en contra de la naturaleza para salir a buscar nuevos horizontes y de esta manera enfrentarse a peligrosas misiones.

    Así las cosas, a pesar de caer a veces en algunas planicies que desaceleran el vértigo impulsado desde los primeros minutos, Los pingüinos de Madagascar consigue mantener la atención de los más pequeños y no aburrir a los padres, tutores o encargados, quienes sabrán reconocer esos guiños cinéfilos de siempre, así como la justa duración que no excede la hora y media.

    Si es posible verla en el idioma original el plus lo constituye la riqueza de voces entre las que se destaca John Malkovich que da voz al pulpo villano y Benedict Cumberbatch que da vida al lobo que lidera la fuerza de elite que compite por atrapar a Dave.
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  • Francotirador
    Francotirador
    CineFreaks
    Balas de salva

    Resultaría estéril recordar que Clint Eastwood (ya tiene 84 años) es un confeso republicano y que su nacionalismo permanece intacto a pesar de un tibio criterio de ampliar el pensamiento sobre determinados postulados que marcan las enormes diferencias entre republicanos y demócratas. Por eso era de esperarse que esta biopic sobre Chris Kyle, quien tiene el record de más de 150 abatidos insurgentes en las guerras de Medio Oriente, una verdadera máquina de matar para los marines, venga recargada de esta dialéctica mentirosa que sostiene la idea de hablar de la guerra apelando al humanismo de sus ejecutores, léase víctimas engañadas de un sistema perverso que demoniza e idolatra a sus víctimas y victimarios en un abrir y cerrar de ojos, sin tomar una posición política para quedar bien con todos.

    Lo que queda claro tras 132 minutos, que pueden dividirse en una estructura narrativa básica como el entrelazamiento entre presente y pasado de Kyle, interpretado por Bradley Cooper (también productor), es que para el director de Gran Torino la guerra es per se mala y termina degradando a los hombres como Chris Kyle, quienes una vez regresados al suelo norteamericano experimentan tal vacío existencial habiendo cumplido con los mandatos de tradición, familia y propiedad, además de experimentar en carne propia el sentimiento de culpa por haber sobrevivido. Tal cóctel de trauma psicológico primario provoca el deseo inconsciente de volver al teatro de operaciones cuanto antes en pos de la defensa de la libertad del mundo.

    ¿Asesino de civiles o héroe? A pesar del destino trágico del protagonista, Francotirador no logra responder al menos desde la reflexión a este interrogante incómodo y como toda película norteamericana y bélica blande las banderas del heroísmo, la redención y la justificación del intervencionismo imperialista. Si bien el patrioterismo es moderado, debe reconocerse en el hábil Clint la capacidad para narrar desde las imágenes y la tensión dramática puesta al servicio de la acción teniendo en cuenta que el guión de Jason Hall es bastante chato y esquemático. Cuando se hace énfasis en el conflicto interno del personaje, las secuelas de ese stress post traumático que desarticulan su convivencia con una esposa comprensiva pero cansada (Sienna Miller), el film se vuelve un tanto solemne y pesado para tan pobre historia.

    El director de Los imperdonables es mimado con nominaciones de la Academia pero no como mejor director, algo que en este caso particular hubiera resultado más que un regalo, aunque es más que conocido el conservadurismo predominante en los miembros que año a año depositan sus votos para continuar alimentando la maquinaria de la industria más hipócrita y poderosa del planeta, basta con ver aquellas películas que se colaron en la terna de las mejores como este film desabrido.
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  • Whiplash: Música y obsesión
    Egos

    Dos elementos no menores trazan la dialéctica de esta película completamente alejada de los convencionalismos y que ha sorprendido al público y a la crítica en distintos festivales, sumado al Globo de Oro de J.K. Simmons (interpretación soberbia del profesor Terence Fletcher): en primer lugar que se trata de la ampliación de un cortometraje ganador del premio del jurado en el festival de Sundance 2013 y en segundo lugar, su director Damien Chazelle, quien conoce por propia experiencia el derrotero de un baterista en su etapa de estudios y exigencias, además de encontrar la riqueza narrativa en la música en sintonía con la correspondencia de la imagen desde el armado meticuloso de cada plano que parece la ejecución perfecta de una partitura más compleja en términos cinematográficos.

    El relato cuya trama es por demás sencilla, y que sorprendentemente acaba de colarse con una candidatura a los Oscars en la terna mejor película, está protagonizado por un estudiante de conservatorio con aspiraciones a convertirse en uno de los mejores bateristas de jazz frente al melómano desquiciado que lo seduce y coopta para integrar su banda en vísperas de la competición inter estados en la que pretende conservar el prestigio de la institución que representan. Un profesor, amante de la música y de por ejemplo Charlie Parker, cuyos métodos de exigencia y rigor cuasi marciales (insultos, vejaciones, castigos extremos) alcanzan niveles paroxísticos que generan una presión psicológica sobre sus alumnos, amparada en un abuso de autoridad manifiesto.

    Ahora bien, para que Whiplash, música y obsesión funcionara calibradamente en pantalla era necesario enfrentar egos en escena, tanto el del despótico Terence Fletcher en la piel de un J. K. Simmons que aporta enormes matices a su actuación -merecida nominación como actor de reparto con enormes chances de resultar ganador- que van desde la serenidad al disfrutar de una ejecución de una obra de jazz bajo sus tiempos musicales hasta el furioso estallido de violencia que expresa cuando sus músicos no responden a sus expectativas de excelencia. Duelo actoral que completa el joven Miles Teller (con el personaje de Andrew Neiman) como aquel estudiante de 19 años, tantas veces disciplinado como humillado pero dispuesto a demostrar que es más fuerte que todos sus compañeros, cobra tal intensidad que por un momento la música, el jazz, la pasión y la obsesión parecen absorbidos por el choque de temperamentos para el que no se necesita más que un redoble de tambores y el físico, es decir, el cuerpo en lucha con el pensamiento y la propia voluntad de imponerse ante el otro.

    ¿Hasta dónde se puede soportar entonces el nivel de exigencia de un mentor implacable y vengativo como el que refleja el personaje de Terence Fletcher?; ¿Cuál es el límite del abuso de poder institucional cuando se pierde de eje el sentido de la enseñanza? Estos interrogantes válidos -como tantos otros- se deslizan durante todo el metraje, motivo por el cual la tesis puede aplicarse en cualquier ámbito donde exista un abusador y un abusado, aunque las intenciones del primero puedan ser atendidas y no cuestionadas desde la ética siempre que se adhiera al pragmatismo absoluto más que a otra escala valorativa.

    El otro protagonista de este film sorprendente y cautivador desde el minuto uno hasta el último compás es el jazz y la elección de piezas magistrales como Whiplash, de Hank Levy y Caravan, de Duke Ellington, funcionales al apartado visual en la correspondencia de planos, ritmo arrollador y pulso narrativo del director Damien Chazelle, -ignoto para nosotros- pero que alcanza con este segundo opus el crédito suficiente como para estar atentos cuando suene su nombre de aquí en adelante, con un considerable respaldo de premios en diferentes festivales.
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  • 13 pecados
    13 pecados
    CineFreaks
    El negocio de la desesperación

    Si el nombre del director responsable de El último exorcismo (2010), Daniel Stamm, vuelve a aparecer en este intento norteamericano de recuperar la tailandesa 13 Game Sayawng (2006), y aggiornarla a los caprichos de la industria hollywoodense el resultado no podría ser otro que mediocre.

    13 pecados juega con la premisa de la desesperación económica de su protagonista, con novia embarazada, hermano discapacitado mental que de no conseguir cubrirlo en el seguro social tiene destino de internación en residencia, entre otras carencias materiales, quien recibe la sorpresa de una llamada en su celular que promete cambiarle la suerte si es que acepta cumplir con 13 pruebas donde se pondrá en juego su ética, morbosidad y ambición.

    De la misma manera que en Apuestas perversas, película estrenada hace pocas semanas en la cartelera porteña, el in crescendo de truculencia y perversión es directamente proporcional a la curva de degradación del personaje. Pero resulta tan torpe el tratamiento, al que se suma una seguidilla de vueltas de tuerca para enderezar el rumbo de una trama condenada al abismo y al olvido desde la primera mitad, que 13 pecados se agota como esos chistes malos, aunque efectivos al momento de contarse por primera vez.

    Sin que su antecedente tailandés significara una gema del género, la enorme diferencia es que aquella apelaba a la truculencia con un sentido de espectacularidad que en este particular caso ni siquiera asoma, como así tampoco los destellos de humor negro para quitarle solemnidad a un film que no es otra cosa que aburrido más que cínico; pobre más que minimalista.
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  • Corazones de hierro
    El tanque de Brad

    Depende con que cristal se mire o mejor dicho con qué parte de la mira se apunte para decir, sin eufemismos, que este nuevo pretexto para lucimiento de Brad Pitt no se consolida por estar sujeto a dos elementos muy dispares entre sí pero que coexisten a lo largo de todo el metraje: por un lado el punto de vista de un joven soldado de la Segunda Guerra embarcado en la locura de un pelotón comandado por Brad Pitt para frenar el avance nazi y por otro el protagonismo absoluto de un tanque, -metáfora cinematográfica si las hay- para reflejar el enfrentamiento entre una idea que apela al gigantismo contra otra que busca el minimalismo.

    En Corazones de hierro, el drama bélico predomina frente a todo tipo de reflexión interesante sobre la guerra o el flagelo de los conflictos armados y las polémicas exacerbaciones del heroísmo y la valentía, con el agregado de los estereotipos que estigmatizaron al enemigo y lavaron los pecados del aparente héroe norteamericano frente a enfrentamientos desiguales. Tal vez esa idea de valentía más que otra cosa es la que motivó a Brad Pitt a subirse a este tanque en el doble sentido, dado que se trata de un producto mainstream con alguna pretensión artística, y como se dijo anteriormente con una preponderancia de ese gigante de metal con orugas a los costados que resiste todo tipo de ataque y explosión externa.

    Ahora bien, cuando el punto de vista se concentra en un personaje secundario, quien pasa a un primer plano de inmediato al establecerse una relación mentor discípulo en medio del escenario de locura y muerte, el film pierde efectividad a la hora de definirse hacia el terreno de la acción bélica para explotar las cualidades del tanque propiamente dicho y de ese reducido espacio en el que sus cinco tripulantes sobreviven y resisten a los alemanes.

    Corazones de hierro gana como película cuando se aleja de sus pretensiones dramáticas y se entrega a la tensión del relato bélico clásico. Sin embargo, son contadas las secuencias que merecen elogios ante el cúmulo innecesario de subrayados y escenas tan comunes como predecibles, en las que los nazis son los feos, sucios y malos y los yanquis los amigables y buenos, pretexto trillado y arcaico que recuerda a los viejos films de guerra y propaganda que hoy parecen dictar los códigos de un -en apariencia- nuevo cine bélico con los vicios de siempre.
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  • Papeles en el viento
    Jugador en toda la cancha

    Así como la pasión por el futbol es algo inerte e intangible, con la amistad pasa exactamente lo mismo o por lo menos eso es lo que quiere dejar expresada la pseudo moraleja de Papeles en el viento, último opus de Juan Taratuto inspirado en la novela homónima del escritor Eduardo Sacheri, también guionista de Metegol de Juan José Campanella.

    La conjunción de elementos entre la animación de Campanella y este drama de corte costumbrista, ligado a los cánones del cine industrial con pretensión de masividad, gira en torno al futbol tanto como negocio o trampolín para salir del pozo económico con la compra y venta de jugadores por un lado, y por otro con el sentimiento que implica seguir a un equipo desde la infancia y compartir con los amigos ese ritual semanal a pesar de las diferencias o los avatares de la vida. Ese pequeño pero gran detalle que corona la amistad entre Mauricio, Fernando, el Ruso y el Mono (Pablo Echarri, Diego Peretti, Pablo Rago y Diego Torres) será la vara por la que se mida cada conducta individual a partir de la ausencia de uno de ellos así como el legado para la pequeña Guadalupe.

    Pero como se dice en la jerga futbolística hay pocos jugadores de toda la cancha y en ese sentido Papeles en el viento es un cabal ejemplo porque Juan Taratuto no encuentra el equilibrio entre la idea de la pasión futbolera con su mística (algo que cualquier historia de Roberto Fontanarrosa reflejaría sin lugar a dudas) y la sinuosa amistad entre un amigo con éxito y dos fracasados pero leales a la causa.

    Sin embargo, el director de Un novio para mi mujer siempre consigue tensar los mecanismos de identificación primaria y que el público reciba empáticamente la épica cotidiana de los personajes que parecen buscar revancha en el partido de la vida, en una cancha que viene muy complicada y sucia sabiendo que al final del partido entregaron hasta lo último y dieron todo por el equipo. Mentalidad sumamente argentina, que encuentra aparentemente la aprobación del autor de la novela y del propio Taratuto.

    Quizá resulte cuestionable el detonante del melodrama (¿Era necesaria la enfermedad terminal?) y la idea de estructurar el relato a partir de largos flashbacks para justificar de cierta manera la presencia del jugador ausente, pero lo cierto es que desde el punto de vista de la historia no hay tantos escollos a la vista como para encontrarle defectos en cuanto a la cohesión interna del relato, el ritmo y su fluidez.

    Esta vez los personajes secundarios sobre todo el de Daniel Rabinovich no sorprenden demasiado y las veces que se apela al humor (pocas por cierto) la efectividad sólo llega de la mano de Diego Torres y su histrionismo habitual.
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  • De tal padre, tal hijo
    Familia para ensamblar

    Pareciera que a esta altura de las circunstancias el cineasta japonés Hirokazu Koreeda hace de la familia y la radiografía de cada uno de sus miembros la esencia de su cine, sin repetirse en cuanto a la temática porque siempre abarca aspectos diferentes de un mismo núcleo y bajo la estricta mirada humana de los conflictos y sus afectados más allá de los enfoques éticos o estéticos que su particular estilo cinematográfico expone en el análisis integral de su obra.

    Nuevamente el eje dramático de esta historia escrita y dirigida por el director de Nadie sabe (2004) son los niños y las resonancias del mundo adulto ante ellos desde el punto de vista emocional pero también desde la propia indefensión ante los embates abruptos de la realidad cuando no se está preparado para afrontarla. Sin embargo, a diferencia de sus anteriores obras el centro o foco se ve desplazado hacia los padres y sus responsabilidades ante los hijos.

    Koreeda comienza a ensayar en De tal padre, tal hijo, film que bordea el melodrama intimista sin especulaciones ni chantajes emocionales al espectador, preguntas sobre la paternidad y las relaciones parentales que no encontrarán respuestas sencillas o mágicas pero que vienen revestidas de profundas reflexiones detonadas por un conflicto casi anecdótico que se vincula con el intercambio de bebés en la maternidad de un hospital que luego de 6 años de silencio comunica el error a los padres biológicos y los interpela y somete a un dilema y situación embarazosa, donde es realmente difícil que los miembros de ambas familias involucradas salgan ilesos.

    Así, por un lado la familia del arquitecto Ryota (Masaharu Fuku­yama, toda una celebridad nipona de la televisión y la música) se compone de su esposa Midori (Machico Ono) y su hijo Keita (Keita Nonomiya), quienes viven en un ambiente un tanto apagado y poco cálido en términos afectivos aunque funcional a la dinámica de un orden patriarcal. Al enterarse que Keita en realidad no es su hijo biológico surge en Ryota una crisis profunda, en la cual el entorno no lo ayuda a dilucidar un camino sino todo lo contrario, no sólo desde su rol de padre ausente sino desde sus propios valores respecto al instinto paternal, al peso de lo biológico y a los mandatos de la sangre.

    Su contracara se sintetiza en la figura de la otra familia, con el padre Yudai (Lily Franky), su señora Yukari (Yoko Maki) y tres hijos, uno de los cuales claro está es el hijo de Ryota, que deben intercambiar por Keita. En ese nuevo panorama de conocimiento de ambas familias se ve marcado el contraste en relación al lugar de los padres y los hijos para cada adulto más allá de lo que dicte la fria ley sobre la restitución inmediata o las necesidades de las víctimas infantes y es el vehículo formal del que se valdrá el director japonés para desarrollar diferentes escalas de conflictos vinculados a la convivencia con un extraño para el caso de Ryota y su esposa y la integración de Keita con sus nuevos hermanos y padres, mucho más atentos a sus necesidades de hijo.

    No obstante, Hirokazu Koreeda no abandona tampoco el retrato social al establecer las diferencias económicas entre las familias sin llegar a estigmatizar a sus personajes ni tampoco establecer juicios de valor sobre sus conductas, mezquindades o acciones, elementos que podrían haber contaminado o malogrado una ajustada trama que se ampara en la sensibilidad del realizador y en la renuncia manifiesta al happy ending que todos esperan cuando el drama parece matizado por el tono elegido.

    El proceso de la paternidad visto desde dos modelos filiales contrapuestos es el baluarte de esta singular pieza cinematográfica que se atreve a trascender las obviedades o a crear falsas realidades atrás de los acontecimientos para que el círculo resulte perfecto.

    Sin embargo, esa perfección de todas maneras es alcanzada por mérito y destreza de este director japonés muchas veces comparado con Yosujiro Ozu pero que demuestra que puede decir mucho con tan poco porque simplemente sabe contar historias, ni más ni menos que eso.
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  • Sin control
    Sin control
    CineFreaks
    Keanu Reeves recargado

    John Wick (título original de la cinta), interpretado por Keanu Reeves, se retiró de su antiguo trabajo de sicario para la mafia rusa y a pesar de salirse del círculo, su vida de civil estuvo rápidamente signada por la tragedia: la esposa que amaba, enferma y muere.

    En pleno duelo por la pérdida, un acontecimiento penoso y que también marca otra pérdida, alimenta su sed de venganza y su único propósito vital es paradójicamente exterminar a cuanto obstáculo humano se presente en su camino, salvo que le entreguen en bandeja al responsable de su miseria: el hijo bobo de su ex jefe mafioso, que sabe con los bueyes que deberá arar cuando John Wick entre en acción y despliegue su implacable destreza a la hora de matar y su frialdad para disparar a quemarropa.

    La pericia de los directores David Leitch y Chad Stahelski (uno de ellos no figura en los créditos de producción, según IMDB) es haber amalgamado por un lado la presencia de Keanu Reeves en pantalla en un personaje escrito a su medida para explotar el fixit du rol en escenas y secuencias de acción de una precisión y calibre para el aplauso. Además de ese detalle que no es menor tratándose de una película puramente de género, sin pretensiones de innovar y menos aún de no respetar las reglas básicas, la trama logra por mérito propio construir el submundo de la mafia y los sicarios con detalles y personajes atractivos a los fines de la acción, pero también está sembrada de buenos diálogos que a veces bordean cierta reflexión y marcan la psicología de los personajes como el protagonista y su imposibilidad manifiesta del duelo de las dos muertes que debe soportar cuando en su actividad rutinaria ciega la vida de tantos que se atraviesan en su raid de violencia y destrucción.

    El cuidado estético de la puesta en escena y un tratamiento de imagen que juega con colores fuertes como el rojo y el azul, cuando se trata de transiciones vira al verde, para dotar de cierta atmósfera alejada de toda realidad posible un relato que abraza lo inverosímil desde el primer enfrentamiento del antihéroe hasta el último, hacen de Sin control (título horrible de las distribuidoras locales) un film muy interesante y de amplio espectro en lo que a público de diferentes expectativas se refiere con un Keanu Reeves intratable, perspicaz y recargado.
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  • Sordo
    Sordo
    CineFreaks
    Cine mudo

    En términos generales cuando desde el cine, ya sea desde los registros documentales o bajo los códigos de la ficción, se abordan temas relacionados a la discapacidad se reduce el enfoque a historias de auto superación dentro de un micro clima que por lo general no toma un verdadero contacto con lo macro. Cuando se habla de lo macro, claro está, el término inclusión –tan en boga últimamente- ocupa el eje del asunto y entonces las luchas contra las adversidades dictan las pequeñas épicas de las personas con necesidades especiales o capacidades diferentes para ser políticamente correcto.

    Sordo propone ya desde el vamos otro paradigma que lo hace singular y tan reflexivo sobre la discapacidad como cualquier documental de estas características, pero con el plus de no caer en el convencionalismo de la discapacidad institucional para adentrarse en las problemáticas de un grupo de teatro integrado únicamente por actores hipoacúsicos. En primer lugar se trata de actores y en segundo plano que todos ellos son sordos.

    Desde un espacio cinematográfico que expone las historias de cada uno, sus maneras de afrontar la sordera ante el entorno pero también su capacidad creativa en primer lugar para poner a punto la puesta de una obra teatral donde serán ellos y sus gestos los encargados de comunicarse con el público, la propuesta del director Marcos Martínez (Ver entrevista) que coquetea de manera constante con la ficción desde una puesta en escena concentrada en lo visual dada la falta de lenguaje verbal –no así gestual o de otro tipo- consigue amalgamar por un lado la observación de sus personajes pero también hacer del teatro un vehículo expresivo más que poderoso. También por las características de cada uno de los actores se cruza otro lenguaje en esta propuesta que es el del cine mudo y por momentos ese ámbito le impregna otro tono a un relato anclado en los hechos de la realidad.

    Una de las escenas puede ser más que elocuentes para definir la posición y la mirada de Sordo, inclusive de cada uno de los integrantes del grupo de teatro Extranjero: el rechazo de un premio por considerar que solamente el hecho de haberlos elegido obedecía pura y exclusivamente a la discapacidad y no a la calidad de su obra.
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  • Una noche sin luna
    Infelicidades

    Allá por el 2000 el ya fallecido director argentino Lucho Bender desarrollaba una estructura coral que interconectaba durante un fin de año a sus criaturas melancólicas y taciturnas en el film Felicidades. Mezcla de costumbrismo con ciertas dosis de existencialismo a la carta, las anécdotas trascendían en la pantalla bajo un estilo muy particular donde explotaban algunos actores como Carlos Belloso o Marcelo Mazzarello en roles ajustados a sus enormes cualidades actorales.

    Por eso, es prácticamente ineludible esquivar el bulto de la comparación entre aquella película y Una noche sin luna, debut cinematográfico de Germán Tejeira, que también aplica la fórmula coral para intercalar en un solo espacio y tiempo tres historias que podrían formar parte de tres cortometrajes autónomos. Las tres tienen por protagonistas a personajes en busca de redención, pero que son alcanzados por la fugacidad de las pequeñas vicisitudes de la vida y de alguna manera esa idea de redención se patea hacia adelante. En el adentro, en el centro de los conflictos, todo se resuelve en unas pocas horas cuando el año se despide para dar la bienvenida a uno nuevo, en la localidad de Malabrigo.

    Tal vez como espacio metafórico por su desolada geografía y escasa cantidad de habitantes funciona como escenario ideal para la melancolía o la soledad que se escapa por la noche en un abrupto corte de luz que afecta a todos los personajes en la misma proporción. La transición entre la poca luminosidad, el silencio y la tristeza operan de una manera eficaz para encontrar el tono adecuado en el relato, sin otro propósito que avanzar por los carriles del costumbrismo.

    Así las cosas, en este abanico ocre de historias confluyen la de un mago al que contratan para animar la fiesta en el club pero que se queda varado al pinchar una goma y debe pasar las horas en una cabina de peaje a la espera del auxilio, en compañía de una solitaria empleada, reservada en cuanto a sus intenciones de interactuar con extraños; a esa desventura se suma la que protagoniza el cantante y autor Daniel Melingo -también responsable de algunas melodías de la banda de sonido- quien goza del beneficio de la libertad por 24 horas para presentarse en un show con motivo del cierre del año y finalmente queda por conocer el relato que gira en torno al reencuentro de un padre divorciado con su pequeña hija, a quien va a visitar para entregarle un regalo y así recuperar el lugar antes de ser totalmente desplazado por la nueva pareja de su ex esposa.

    Tres pequeños universos en donde los problemas de la comunicación parecen ser la clave o el nexo conceptual aunque independientes desde sus intenciones dramáticas y sus resultados, donde se marcan desniveles narrativos importantes, trazan las coordenadas del mapa desierto de Una noche sin luna. Entre la más sólida de las historias que es sin lugar a dudas la del mago por encima de las otras dos que son bastante convencionales según el punto de vista con que se las observa.

    Por tratarse de una ópera prima, Una noche sin luna cumple con las expectativas pese a sus desequilibrios a nivel narrativo.
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  • Flores de ruina
    Flores de ruina
    CineFreaks
    Fuera del campo

    Julio Midú y Fabio Junco apuestan al cine de género más precisamente al policial, con mezcla de suspenso y comedia negra para desarrollar una historia de traiciones, secretos y en la que las apariencias engañan. Flores de ruina, así se llama la propuesta, se concentra en el tendal de muertes que rodea a las tres ancianas protagonistas, hermanas solteras que viven en un campo y resisten desde las armas y la violencia cualquier tipo de intrusión.

    Desde el primer minuto, la información del asesinato del dueño del campo, un tal Ramirez, perpetrado por una de ellas, la desaparición del cadáver y un sinfín de contratiempos que involucrarán otros personajes secundarios, marcan el pulso de este relato que cuenta con las actuaciones de las veteranas Ellen Wolf, Nélida Augustoni y René Regina, actrices que se adaptan fácilmente a sus roles y que transmiten por un lado fragilidad desde sus contexturas físicas pero también cierto costado siniestro en sus rostros y macabras acciones.

    La coartada perfecta es que nadie sospecharía de ellas cuando un botín importante, producto de un garito clandestino, va pasando de mano en mano y deja muertos en su camino. El campo donde habitan también es un refugio para un criminal peligroso buscado por la policía, mientras las tres hermanas se encargan de ocultar el dinero, las pruebas, en la profundidad del campo o desde la complicidad con el malviviente.

    También en intervalos cortos pero efectivos el espacio para el humor dice presente en Flores en ruina, que pese a su estilo artesanal desde la puesta en escena sabe dosificar la información y mantener el ritmo sin dejar cabos sueltos.

    Los agradecimientos a los vecinos de Saladillo durante los créditos finales hablan a las claras que el proyecto Cine con vecinos puede crecer siempre y cuando adopte historias de esta dimensión.
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  • El árbitro
    El árbitro
    CineFreaks
    Se juega como se vive

    En las antípodas, por un lado está la pasión que despierta el fútbol en cada simpatizante o hincha más allá de las fronteras, y del otro el negocio del fútbol con su consabida cuota de corrupción que llega hasta las esferas del referato, inclusive si la víctima de turno es nada menos que un árbitro con ansias de dirigir la final y en apariencia insobornable. Esas dos corrientes atraviesan con la misma energía el pequeño universo de esta coproducción entre Italia y Argentina, que el documentalista Paolo Zucca convirtió en largometraje tras su paso por el cortometraje del mismo nombre, que recibiera el premio David Di Donatello al mejor cortometraje en 2009 y el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cortometrajes de Clermont-Ferrand.

    El árbitro es un film raro desde su concepción, aunque su trama sencilla aborda en primer lugar el derrotero de un club de la tercera de Cerdeña, el Atlético Pabarile, y su rivalidad eterna con otro equipo de la misma liga llamado Montecrastu, en paralelo a la historia de ascenso y crepúsculo de Cruciani (Stefano Accorsi), árbitro alcanzado por la ambición y la corrupción en las grandes ligas. Sin embargo, el film no logra decidirse en adoptar un estilo naturalista que roza el costumbrismo de pueblo chico para la epopeya futbolística del Atlético al incorporar al crack repatriado de Argentina Matzutzi (Jacopo Cullin) porque adopta, desde su estética blanco y negro, una grandilocuencia visual que lo alejan de todo realismo para sumergirlo a veces en el grotesco y cinismo ante sus personajes.

    En la galería variopinta bocetada desde los estereotipos podemos encontrar un entrenador ciego, su hija que responde al temperamento de mujer fuerte y el archi rival de Montecrastu vinculado con la mafia o el desagradable árbitro que no tiene pruritos en arreglar partidos, anular goles lícitos o inventar penales para favorecer al mejor postor.

    En ese vaivén entre la ampulosidad de las imágenes y la historia chiquita -que tranquilamente podría haber ocupado varias páginas de un cuento de Fontanarrosa- se entreteje la idea de fútbol como pasión que no se explica y que de alguna manera da revancha al más débil cuando en la cancha logra torcer el rumbo de un partido chivo ante el poderoso. En ese caso Pabarile representa al pobre como aquel Nápoli al que alguna vez la zurda de Maradona coronó entre los grandes y escupió sobre la soberbia de los clubes ricos arrebatándoles el título para que toda la Italia rica explotara de tristeza. Montecrastu es el extremo y en ese juego de contrastes tan marcado se pierde todo tipo de sutileza como la torpeza de introducir el tango cada vez que aparece el personaje proveniente de Argentina.
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  • Apuestas perversas
    Por un mísero puñado de dólares

    Craig (Pat Healy) y Vince (Ethan Embry) se conocen de hace tiempo pero por cuestiones de la vida se han distanciado. Responden al prototipo de la clase trabajadora resentida norteamericana, capaz de vender a la propia madre si es que la oportunidad se presenta. Digamos que los códigos de la moral burguesa no cuajan en un país donde reina el capitalismo salvaje y en el que todo se compra porque todo está en venta, inclusive la dignidad del hombre.

    Con ese preámbulo, ambos son presa fácil para cualquier financista perverso (David Koechner) que les ofrezca dinero a cambio de diferentes pruebas por el sólo hecho de demostrarles que se dejan humillar por unos míseros dólares y de cuya relación amo-esclavo se desprende la lógica más perversa que guarda una estrecha relación con la degradación de la condición humana. El axioma reza que todos tenemos un precio y eso lo sabe el que cuenta con los recursos para doblegar voluntades y satisfacer su aburrida vida de burgués.

    Apuestas perversas es un film que rápidamente abandona a sus personajes víctimas y no cuestiona desde el punto de vista moral a los victimarios, bajo la premisa del entretenimiento inocuo que propone al espectador el lugar de voyeur privilegiado para poner en marcha las propias perversiones de los guionistas, y el morbo de su director E.L. Katz justificado por el género. No se debe uno equivocar con la palabra transgresión por el simple hecho de mostrar en una pantalla aberraciones porque a esta altura de las circunstancias el cine perdió la batalla con internet y todo aquello que redunda en la misma dirección de la truculencia, la porno tortura o estilos similares ya son una fórmula desgastada.

    Para decirlo en otros términos: perversos con cámaras habrá siempre, espectadores para deleitarse con sus perversiones también, pero cineastas que logren superar la provocación con ideas superadoras e inteligentes escasean hace rato.

    La premisa básica se complementa cuando la pareja de perdedores, léase Craig y Vince, cuyos perfiles psicológicos o complejidades responden a un manual de primer grado, caen en la tentación de sumarse a los deseos de una pareja que conoce al dedillo cómo cooptarlos, manipularlos y destruirlos desde su integridad y condición humana de manera sistemática y en un in crescendo que sube el listón de las humillaciones, que van de lo escatológico, a las mutilaciones y a la antropofagia. Nada más que un show dentro de otro de supuesta transgresión con la impostura de apostar valga el término a un discurso provocativo pero que resulta vacío en términos filosóficos.
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  • Buongiorno papá
    Responsable a la fuerza

    Resulta ineludible trazar el paralelismo entre esta comedia exitosa que batió records de taquilla en Italia y la película de Diego Kaplan protagonizada por el productor y actor Adrián Suar, Igualita a mí, básicamente por tratarse de la misma historia: un cuarentón metrosexual, quien padece el complejo de la adolescencia perpetua recibe la inesperada visita de una joven adolescente que le comunica que es su hija y que su madre ha fallecido, causa que la ha dejado en manos de su abuelo, quien no puede hacerse cargo de ella.

    Si uno pretende evitar las comparaciones para avanzar en el análisis debe decirse que en el caso de la versión italiana hay un mejor desempeño de los personajes secundarios como el amigo buenudo del protagonista a cargo del propio director Edoardo Leo y un abuelo ex rockero y sonámbulo, quien pone la cuota de humor absurdo con sus ocurrencias frente a una catarata de lugares comunes que si bien no desentonan tampoco aportan nada novedoso.

    Tal vez alguna que otra referencia al posicionamiento de producto en películas con fines meramente comerciales, trabajo del protagonista, en contraste con referencias de directores y películas de culto como 2001, odisea del espacio trazan una línea con cierta mirada crítica a la industria aunque desde la banda de sonido con temas comerciales se argumente todo lo contrario.

    Así las cosas, Boungiorno papá aplica con eficacia la fórmula de la comedia familiar de recomposición de los lazos afectivos y la transformación a partir de la relación padre ausente - hija desconocida con algunos toques de humor liviano que alcanzan para convocar un amplio espectro de público, quizá el mismo que vio con buenos ojos aquella película con Adrián Suar.
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  • El perro Molina
    El perro Molina
    CineFreaks
    Códigos rotos

    Fiel y coherente desde sus propuestas cinematográficas, el director José Celestino Campusano escarba con su singular mirada y renuncia explícita de todo tipo de artificio en otra tragedia que esta vez excede las locaciones del conurbano para desplazarse por Marcos Paz; para rozar elementos de género (policial, drama, romance) que la propia realidad sin filtros expulsa con la misma ferocidad que sus películas y personajes extraídos también de esa antropología urbana tan característica de su cine.

    De honores y códigos dentro de la marginalidad y más precisamente en lo que a la nueva delincuencia se refiere se nutre la columna vertebral de esta nueva radiografía social, que tiene como protagonista al Perro Molina, interpretado por el actor Daniel Quaranta. Personaje umbral si los hay con destino trágico que también refleja su rol utilitarista y facilitador de la corrupción policial para pagar el precio de su libertad y lealtad de antaño, y así tal vez cumplir su sueño de retirarse con laureles de la delincuencia tras un último golpe, para el cual necesita un discípulo que no lo traicione en un mundo cada vez más viciado y destruido como el que presenta la mirada del director de Vikingo.

    José Celestino Campusano presenta una galería de personajes - la mayoría no actores- como el sicario despiadado que se encuentra con la policía en un basural, el proxeneta que se enamora de su última adquisición en el burdel, una mujer casada con un comisario que por venganza a sus cuernos decide vender su cuerpo no por necesidad sino por una mezcla de placer y autodestrucción, elementos dramáticos que hacen de este coro un repertorio elocuente que mixtura prostitución, ajuste de cuentas, lealtades, historias de amor y despechos, con diálogos que a veces escapan por las hendiduras del cine en bruto, pero que se incrustan como cuchillos en el espinazo de los silencios, donde las balas cuando zumban duelen tanto como esos amores no correspondidos o las traiciones de los mejores amigos.
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  • Reconstruyendo a Cyrano
    Por amor al arte

    Vocación, batalla de egos, trabajo, riesgo, creatividad, amor por sobre todas las cosas a lo que se hace, elementos que configuran el pequeño mundo del teatro independiente y que se refleja en el derrotero de este documental, dirigido por Eduardo De la Serna (uno de los responsables de El ambulante) y que funciona como dispositivo para adentrarnos en la caótica pero a la vez fascinante vida de los hacedores del teatro independiente argentino.

    Reconstruyendo a Cyrano parte de una anécdota que puede resumir la realidad de muchas obras atravesadas por diferentes contingencias de la cotidianeidad y que requieren de la capacidad y la voluntad de sus responsables para salir airosas. En este caso particular, tal como explica a cámara el director Pablo Bontá, responsable de la puesta Cyrano, un vodevil franco argentino, obra alternativa que tras recibir tres nominaciones a los premios ACE debió levantar dado que su protagonista Héctor Segura abandonó el proyecto por temas personales.

    Ese percance implicó la búsqueda de un nuevo Cyrano pero también la adaptación de este personaje a las cualidades del actor Diego Fregeido, quien tuvo que compartir cartel con el actor que quedó a la deriva tras el portazo de Segura: Enrique Iturralde, acostumbrado a lidiar con este tipo de desventuras dada su cercanía al universo teatral (trabaja hace muchos años como prensa en el Teatro Cervantes) hace varias décadas.

    Sin embargo, sin quedarse en la superficie, Eduardo De la Serna logra bucear en la intimidad de sus personajes tanto en los ensayos como en la puesta en marcha de la obra con una cámara que no atosiga pero que les respeta la intimidad y logra captar retazos de verdad, así como mostrar desde varios ángulos las posibilidades e imposibilidades de este tipo de proyectos donde el único fracaso es no intentar hacer lo que se siente.
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  • Juan de los muertos
    Una de zombies a la cubana

    Juan de los muertos es una liviana sátira política que dosifica la crítica al régimen socialista de la Cuba castrista con altas dosis de costumbrismo y una simpática galería de personajes variopintos como fresco social. Se apoya en el pretexto de una invasión de muertos vivientes en la precaria ciudad de La Habana y de la cual los habitantes, potenciales zoombies de propagarse la epidemia, no tienen ningún recurso para salvarse de los come cerebros.

    El protagonista interpretado por Alexis Díaz de Villegas, acompañado por Jorge Molina, responde al estereotipo del perdedor nato y su vagancia forma parte de su idiosincrasia, aspecto que se traduce en largas horas de ocio no creativo frente al sol o en una balsa sin el objetivo primario de abandonar la isla.

    Sin embargo, el ataque de los zoombies, que la televisión oficialista (la única por cierto) tilda de avanzada imperialista al desconocer absolutamente los motivos de la irrupción de los resucitados que crece exponencialmente, lo obliga a tomar cartas en el asunto y agregar a su rutinaria lucha de supervivencia un servicio para la comunidad: matar a los seres queridos cuando los familiares no pueden ejecutar tamaña tarea. Pero, sin ningún fin altruista de antemano sino cobrando por los servicios prestados como cachetazo cínico al modelo socialista que pregona la solidaridad entre pares.

    En esta película cubana no existen revolucionarios ni utopías, sólo cierto resabio de revancha por mantener un modo de vida forzadamente austero y cuestionablemente libre. Ese es quizás el mayor impacto que pueda causar desde el punto de vista político un film absolutamente inofensivo pero divertido si se deja de lado el discurso monotemático y se aceptan las concesiones que el director argentino Alejandro Brugués tiene para con el relato y sus personajes.
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  • El blanco afuera, el negro adentro
    Los mutilados

    La frontera entre la realidad y la ficción se diluye con sabor a distopía o por lo menos al retrato de las ruinas de personajes en ruinas, propuesta de este contundente opus del brasileño Adirley Queirós, El blanco afuera, el negro adentro. Tal vez un film político más que otra cosa, que no se apacigua frente a los códigos formales para dejar manifiesto un grito anti sistema de enorme fuerza y que no puede ocultar su desencanto frente a la realidad de aquellos mutilados por la brutalidad policíaca en los 80.

    Mutilados, tanto física como espiritualmente, los personajes de esta rareza cinematográfica no se conectan entre sí más que desde el escenario post favela que habitan, y por el que transitan acompañados de su silla de ruedas o prótesis de piernas para reconocer en la carencia de ese miembro que ya no está, la sensación de lo que alguna vez estuvo. Y eso es quizás el pasado visto desde el presente apocalíptico y crudo, al que se le impone -aunque más no sea desde la ilusión- la rebeldía de la transgresión: un plan pergeñado desde la clandestinidad para recuperar un territorio perdido.

    La música es un bálsamo para uno de los protagonistas, a quien una bala perdida le arrebató para siempre las chances de volver a caminar, así como deleitarse con la danza en bailes populares, añoranzas que se mezclan en el letargo de la noche y con su transmisión espontánea de radio en la que además de pasar discos de vinilo se improvisa desde bases rítmicas al mejor estilo hip hop caribeño.

    Sin embargo, para enrarecer más aún y finalmente catapultar al film a la categoría inclasificable, un hombre proveniente del futuro explora ese mundo y se refugia en un contenedor que se sacude al ritmo del baile con luces que giran y recibe órdenes de un poder superior, la representación de ese Estado represivo, poderoso e invisible, que a pesar de Lula y sus intentos por reducir la brecha de los excluidos parece incorporar nuevos especímenes: los mutilados de siempre.
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  • Zanahoria
    Zanahoria
    CineFreaks
    Carne podrida

    La dictadura militar en Uruguay se extendió desde los 70 hasta 1985 y, al igual que la de Argentina, comparte la trágica página de la historia contemporánea de desaparecidos y procedimientos aberrantes denunciados en absoluta soledad por familiares de las víctimas u organismos de derechos humanos, quienes no tuvieron un enfático respaldo de partidos políticos –tampoco de la población civil- sino más bien cierta indiferencia más allá de casos puntuales. Por eso la posibilidad de que el Frente Amplio uruguayo, que candidateaba a Tabaré Vázquez (elegido recientemente como el sucesor de Mujica) para alzarse con la presidencia en 1984 ante una dictadura militar en franca decadencia y pérdida de poder alimentaba las esperanzas de muchos para remover secretos del pasado y así conocer el destino de desaparecidos, entre otras asignaturas pendientes con la democracia y con el pueblo uruguayo.

    Ese es el contexto histórico político donde se desarrolla este thriller coproducido entre Argentina y Uruguay, Zanahoria, segundo opus de Enrique Buchichio (El cuarto de Leo) inspirado en un hecho periodístico real protagonizado por dos periodistas de un semanario de izquierda, Alfredo García (Abel Tripaldi) y Jorge Lauro (Martín Rodríguez), quienes recibieron y tuvieron contacto con Walter (César Troncoso), quien decía haber trabajado en inteligencia y formar parte de un grupo que esperaba el momento político para contar la verdad sobre la dictadura uruguaya. Estaba dispuesto por entonces a revelar, entre otras cosas, la denominada Operación Zanahoria, llevada a cabo por militares uruguayos que enterraron desaparecidos en los cementerios clandestinos ubicados en los cuarteles, de forma vertical como las zanahorias, y para ocultar los restos plantaron árboles en el lugar.

    Así las cosas, con ciertos recaudos pero conscientes de que la información y su publicación constituía un hecho periodístico sin precedentes, ambos periodistas decidieron involucrarse hasta las últimas consecuencias en las erráticas misiones propuestas por Walter para dar con la información que estaba compuesta por documentación, filmaciones de torturas y datos con nombres importantes. Lo cierto es que Walter transmitía en sus conductas y cambios de planes continuos una ambigüedad que despertaba sospechas sobre la veracidad de sus relatos y en ese juego de poder y ambición de los periodistas se nutre la trama de Zanahoria, algo que en la jerga periodística se denomina la venta de carne podrida cuando las fuentes no son confiables y no se tuvo la capacidad de discernir y chequear correctamente la información.

    El film de Buchichio transita por los andariveles del thriller político pero cae en dos pendientes pronunciadas que terminan por precipitarlo: en primer lugar la altisonancia de los diálogos y en segundo su obsesión explicativa que incluso malogra el desenlace con un subrayado en off sumamente innecesario. Da toda la sensación que habiendo elegido el género como estructura para dar cuenta de los hechos reales pero desde la licencia de la ficción, el resultado final de Zanahoria refleja que por su peso y trascendencia para la época esta historia daba para mucho más.
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  • Grandes héroes
    Grandes héroes
    CineFreaks
    Una de superamigos que se desinfla

    Lejos de alcanzar todavía los niveles contenidistas con un plus de imaginación de Pixar, con préstamos de Los Increíbles por un lado y Wall-e por otro, Grandes héroes, adaptación del manga a cargo de Disney, al igual que su figura estrella Baymax (robot inflable) se va desinflando a medida que avanza, con una primera mitad más que prometedora. El personaje en cuestión encierra el concepto de robótica aplicada a la vida cotidiana ya que ha sido diseñado como asistente enfermero para socorrer futuras víctimas.

    En un futuro tal como el que plantea la película, San Francisco y Tokio son dos ciudades que se fusionaron en algo denominado San Fransokio y allí un niño de 14 años, Hiro, huérfano, tiene un cerebro superdotado y una imaginación sin parangones.

    El muchacho no responde al típico geek pero queda deslumbrado al visitar las instalaciones en las que muchos como él desarrollan proyectos relacionados con la robótica, entre ellos su hermano mayor que tras cientos de pruebas y fracasos finalmente consigue un pleno funcionamiento de Baymax. Como suele ocurrir en toda película Disney –es justo decir que no es condición única de este estudio- existe un empresario inescrupuloso y un científico bueno que marcan el equilibrio de fuerzas entre Hiro y sus ambiciones de grandeza. También una pérdida más que importante para torcer el rumbo de la historia y así entrar en el terreno de la transformación de Hiro y su motivación vengativa para que reluzca finalmente su ingenio y conforme un quinteto de superhéroes.

    El resto del derrotero a partir de esa subtrama obedece a todo lugar común recorrido por Disney, que procura desplegar una galería de personajes secundarios atractivos para acompañar a Hiro y su muñeco inflable mientras la batería de mensajes con fines nobles o la moralina se escurre calculadamente en cada escena.

    La amistad, la tolerancia al diferente, la voluntad frente a la adversidad y los castigos sobre las ambiciones desmedidas forman parte del combo que se pretende servir en la bandeja conceptual de Grandes héroes con la expresa renuncia a la ruptura de códigos por parte de los directores Don Hall y Chris Williams, así como el abandono paulatino de todo costado lúdico en post de reforzar el mensaje que para este caso coarta la libertad creativa. Con estos reparos delante, el film de todas maneras se puede llegar a disfrutar en cuanto a su propuesta visual más que narrativa, tanto los más chicos sabrán apreciar las aventuras de Hiro y sus amigos como los más grandes que acompañan y reviven -aunque sea por un rato- su infancia.
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  • Hasta que la muerte los juntó
    Al final, lo primero es la familia

    Si en Agosto era la muerte del patriarca lo que convocaba y levantaba la polvareda de esta familia disfuncional con madre enferma de cáncer de lengua, el factor convocante de esta anodina comedia dramática Hasta que la muerte los juntó, que cuenta con un reparto por demás atractivo, es precisamente la muerte de un patriarca judío y la tradición del luto de la shiva que se extiende por una semana en la que los familiares se reúnen en la casa del difunto para poder despedirse y recibir visitas en su conmemoración. La diferencia es que aquí la madre, interpretada por Jane Fonda, responde al estereotipo de madre judía un tanto libertina en relación a determinadas pautas culturales que la ubican en el lugar de la transgresión.

    A pesar de tener una impronta independiente, el film de Shawn Levy recae en todo convencionalismo referente a la idea de familia nuclear, aunque los cuatro hermanos (el cornudo, la solterona, el responsable de los negocios y la oveja negra) por diferentes motivos se encuentran distanciados. Es en la reunión forzosa y en la interacción, donde unos y otros recuperan el tiempo perdido, recuerdan sus etapas de felicidad en ese pueblo y exponen sus conflictivas, que no son traumáticas en sí mismas ni tampoco se guardan rencores de tal magnitud como para destruir los nobles motivos del encuentro.

    Los personajes secundarios aportan poco al núcleo fuerte de hermanos pero Jane Fonda se destaca sobre el resto del elenco que convoca con la misma intención al experimentado Jason Bateman como Tina Fey, alejada de sus registros habituales de la comedia y más concentrada en los rasgos dramáticos que histriónicos de su personaje.

    En síntesis, con Hasta que la muerte nos juntó nos encontramos frente a una comedia dramática muy poco interesante desde los planteos familiares y con un elenco que convoca por sus nombres más que por sus personajes. Algo que pasará inadvertido en la cartelera.
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  • Un pasado imborrable
    Encuentro con el verdugo

    Varias referencias cinéfilas sobrevuelan este intento de drama bélico, Un pasado imborrable (The railway man), basado en un hecho verídico que se remonta a la construcción del ferrocarril que conectaba Tailandia con Birmania como parte de la estrategia de los japoneses al haber ocupado territorio y utilizado mano de obra esclava –se especula que fueron 400.000- compuesta por soldados británicos, norteamericanos, entre otros.

    Ya en el film de David Lean El puente sobre el río Kwai (1957) se aborda el acontecimiento desde sus aristas más dramáticas, pretensión cumplida a medias en este caso a partir de un relato fragmentado entre presente y pasado mediante el uso de largos flashbacks correspondientes al punto de vista de un personaje que cuenta la historia, Finlay (Stellan Skarsgard) a la esposa de Eric Lomax (Nicole Kidman y Colin Firth respectivamente).

    Ambos se conocieron azarosamente en un tren, obsesión de Eric desde sus tempranos años de juventud, y en ese viaje corto pero de intensidad nació la atracción devenida romance y posterior casamiento. Sin embargo, a esa apacible vida matrimonial sin sobresaltos se le antepone abruptamente la conducta errática de Eric, sus pesadillas sobre su pasado como prisionero de los japoneses y una serie de secretos que comienzan a revelarse y que implican para su esposa el desafío de conocer su otra cara.

    Es en ese sentido donde el apartado romántico, sugerido desde el comienzo y con las referencias a los trenes y a filmes como Breve encuentro (1945), se ve rápidamente desplazado por las atrocidades de la guerra y la experiencia traumática del sobreviviente tras las numerosas torturas del enemigo japonés y más precisamente por la Kempei, policía secreta japonesa, reducida únicamente a la figura de un antagonista como Nagase Takeshi (Hiroyuki Sanada), quien intenta quebrar la voluntad del joven Eric al sindicarlo como espía por haber encontrado un mapa de las vías férreas en cuestión.

    El tratamiento políticamente correcto de este periodo bélico llama profundamente la atención en primer término por decidir equiparar en cierto sentido al torturado con el torturador para dar apertura a una reflexión sobre las heridas y cicatrices de la guerra, despojar la vertiente vengativa cuando la idea de venganza no conduce a nada y mucho menos devuelve el pasado y el tormento vivido en aquellos años.

    Podría decirse que Un pasado imborrable se encuentra en términos cinematográficos en las antípodas de 12 años de esclavitud, pero no desde un sentido meramente estético por la liviandad de sus imágenes sino conceptual por el tratamiento de la historia y sus personajes convirtiendo por ejemplo en víctima al victimario.

    El director australiano Jonathan Teplitzky dirige con corrección a sus actores aunque no alcanza a explotar nunca el drama y las contradicciones humanas, como es de esperarse en una historia contada desde la mirada de su protagonista. Nicole Kidman cumple en su rol de esposa sorprendida pero se ve opacada por el flemático Colin Firth un tanto sobreactuado al momento de enfrentar a su enemigo en el presente cuando el camino de la redención parece tener la vía despejada.
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  • La hermana de Mozart
    Familia de gira

    Cuando los Mozart salen de gira por Europa, papá Leopold (Marc Barbe) se jacta de haber concebido con su esposa Anna-María (Delphine Chuillot) dos niños prodigio, que se presentan ante las cortes o los palacios como fenómenos musicales cuando toda la atención se dirige al pequeño Wolfgang (David Moreau) de once años y en un segundo plano, siempre en calidad de acompañante, a su hermana Nannerl (Marie Féret), que con sus 15 años es portadora de una voz encantadora y talento natural para ejecutar con pasión tanto el violín como el clavicémbalo. Pero el contexto en el que ha nacido la pre adolescente la condena al ostracismo -a nivel pedagógico- y por su condición femenina tiene prohibido desde el mandato paterno tocar el violín, estudiar y por supuesto componer.

    No es un dato anecdótico tener presente que el director del film, René Féret, introdujo en el reparto a sus dos hijas Marie y Lisa con papeles importantes, así como contó con su esposa e hijo en los rubros de edición y la asistencia de dirección, respectivamente. Por este motivo, los desniveles actorales en La hermana de Mozart (2010) se notan en varias intervenciones de las hijas del realizador aunque es justo reconocer en Marie Féret mayores condiciones dramáticas para el papel protagónico en relación a Lisa, a quien le ha tocado el personaje de la princesa Luisa, hija del rey Luis XV y hermana del Delfín de Francia (Clovis Fouin).

    Una de las subtramas de esta radiografía de época que bucea tangencialmente la figura de Wolfgang Amadeus Mozart en la etapa de su infancia obedece a la relación entre Nannerl y Luisa y cómo a partir de ese encuentro azaroso en una abadía llega a la vida de la protagonista el Delfín, un tímido y poco talentoso joven a quien secretamente Nannerl le compone para que se luzca sin siquiera levantar sospechas en su entorno porque se viste de hombre cada vez que se encuentra con el que podría ser futuro rey de Francia. A esa subtrama se le adosa la tortuosa abnegación y los avatares lógicos de vivir a la sombra de Wolfgang, el preferido de todos, así como padecer la condición de plebeyo a pesar de tomar contacto con el mundo de los lujos palaciegos durante las diferentes performances.

    Debe reconocerse en el director René Féret un compromiso con su protagonista para que cobre el verdadero peso ante un nombre que con sólo aparecer eclipsa a cualquiera, tanto como la buena elección de la música que complementa la historia que no puede superar el planteo del comienzo y se queda en lo anecdótico con demasiada facilidad.

    No obstante, La hermana de Mozart es una propuesta cinematográfica atractiva por su buena reconstrucción de época y una puesta en escena cuidada, con encuadres que a veces rozan el preciosismo pero nunca desentonan en el cuadro integral.
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  • Habitares
    Habitares
    CineFreaks
    El arte de vivir

    Algunos recortes de diario, fotos, archivos fílmicos y un racimo de pequeñas anécdotas en Europa y la experiencia de vivir la juventud junto a una comuna de actores liderada por el director Rainer Werner Fassbinder, pero también las circunstancias adversas que se cruzan en el camino de los sueños y terminan postergándolos por décadas son el resumen más contundente de la vida de Herta Scheurle, protagonista de Habitares, documental de la realizadora Marina Zeising.

    En su rol de productora, Marina tal como explica en una entrevista cruzada con su personaje siempre puso en acto ideas de otros o proyectos ajenos. Por eso, el doble desafío de encarar uno propio y a la vez permitir que Herta recupere su contacto con el teatro, el arte y el cine, marcan el rumbo de este proceso que se traduce en un documental que registra el tiempo de gestación de una idea devenida película, la cual parte de lo anecdótico para terminar reflexionando sobre diferentes conflictivas que tuvieron como protagonista a esta interesante profesora de alemán, quien debió abandonar su carrera como actriz primero por culpa de un accidente automovilístico en Alemania cuando había aceptado participar en una película de Fassbinder y luego con un forzado regreso a la Argentina por la enfermedad de su padre.

    Para Herta haber conseguido jubilarse, decidir la renuncia a su docencia para entregarse plenamente a la búsqueda de su paz interior implica más que una clausura de etapa la apertura riesgosa a la creatividad y volver a probar cómo se siente, tanto en las tablas como delante de una cámara. Es el proyecto y no la potencialidad de llevarlo a cabo alguna vez lo que en definitiva la moviliza y conmueve de tal manera que contagia.

    En ese camino de búsqueda personal se entrelaza el de la propia realizadora Marina Zeising para encontrar su propia película, para contestar una serie de interrogantes que la confrontan con su propia experiencia, diferente a la de Herta pero atravesada por las mismas ganas de querer hacer.

    Se trata, como dice el título, de habitar el arte, es decir, crear el espacio, transitarlo, descubrirlo y una vez consolidada esa creación reconocerse en un lugar propio y adornarlo de la mejor manera posible.
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  • Un pasado infernal
    Casa tomada

    De inmediato surge la referencia a Los otros (2001), película en la que Alejandro Amenábar ensayaba una vuelta de tuerca a las prototípicas historias de fantasmas o aparecidos -con un juego de inversión de roles- al tomar contacto con Un pasado infernal, nuevo opus de Vicenzo Natali. También no puede dejar de pensarse, al menos desde la idea del encierro y estar atrapado en un espacio, en otro film del mismo director como El cubo (1997).

    Sencillamente y a modo de referencia las similitudes entre Un pasado infernal con aquella película de Amenábar, incluidas algunas ideas de puesta en escena, son más que evidentes pero eso no implica que el italiano se haya copiado sino que las historias toman como punto de partida el punto de vista de los muertos antes que de los vivos. Algo que rápidamente queda revelado en los primeros 15 minutos de metraje cuando Lisa (Abigail Breslin) descubre que una rutina de lo cotidiano se repite y que todo lo que la rodea, inclusive su familia, parece no percibir lo que ocurre a su alrededor.

    El elemento extraño se inserta en la trama cuando la protagonista puede comunicarse con otra niña que la alerta de los peligros en esa casa donde parece haber quedado atrapada luego de morir en la década del 80 junto a su familia: padre, madre y hermano menor. Vicenzo Natali de esta manera organiza un relato a modo laberintico valiéndose de recursos de puesta en escena para superponer planos y tiempos de manera organizada, aunque en el vértigo que aporta la trama a veces resultan un tanto caóticos.

    Para un mejor funcionamiento del andamiaje es necesario la introducción de un antagonista muy sólido y que en este caso llega gracias a la gran interpretación de Stephen McHattie para dotar al film de un costado siniestro y atractivo. Las situaciones por las que pasa la protagonista marcan su curva de transformación en un juego de cajas chinas que crece dramáticamente hablando por la buena actuación de Abigail Breslin, mucho más madura en este papel que en anteriores performances y que además le aporta un costado trágico a su derrotero por la casa y como nexo entre los dos mundos.

    Un pasado infernal supera la media del género, se despega de los lugares comunes a fuerza de un guión inteligente.
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  • Chef: La receta de la felicidad
    Una road movie a fuego lento

    Para una comedia que gira en torno a las diferencias culinarias entre un chef que ama su trabajo y el dueño de un restaurante que lo contrata como simple empleado y no le permite crear nuevos menús para seguir vendiendo los platos de siempre, habrá que analizarla desde los aderezos y la sutileza con la que se vuelcan para el deleite del espectador.

    Chef, la receta de la felicidad es una película sin muchas ambiciones producida, escrita y dirigida por Jon Favreau, quien también protagoniza este relato que además suma la estructura de road movie a bordo de un camión de comidas al paso, en el que además de cocinar suceden una serie de situaciones que de cierta manera afianzan el vínculo entre un padre divorciado y su hijo pre adolescente.

    Tras una lapidaria crítica de un especialista, Ramsey Michel (Oliver Platt), que tiene un blog donde hace comentarios de restaurantes, Carl Casper (Jon Favreau) es despedido por su patrón Riva (Dustin Hoffman) por las constantes diferencias de criterios culinarios. Su nueva situación de desempleado, sumado a su popularidad en las redes sociales de manera involuntaria y por torpeza tecnológica de su parte, no lo desaniman sino todo lo contrario porque encuentra la veta creativa para salir a flote sin resignar su pasión por la cocina de autor. Para ello, gracias al apoyo de su ex esposa (Sofía Vergara) consigue el camión de comidas rápidas y emprende viaje junto a su hijo y un cocinero (John Leguizamo), quien le demuestra su fidelidad al abandonar el restaurante debido a su ausencia.

    Jon Favreau demuestra oficio a la hora de narrar y esquivar algunos lugares comunes, pero sin perder el norte de la fórmula como si estuviera aplicando los ingredientes necesarios de la receta que nunca debe abandonarse al encarar proyectos de esta característica de semi independencia, aunque con criterios comerciales que hacen a la convocatoria de figuras de peso como Scarlett Johansson y Dustin Hoffman para reunir también a íconos latinos como Sofía Vergara y John Leguizamo en papeles importantes y no de relleno, así como un auto bombo de twitter y sus bondades como medio de promoción gratuito y alternativo.

    A ese elemento se le debe agregar un buen colchón musical que mezcla jazz latino con música tropical, inclusive la presentación de un grupo cubano en vivo y el plato de la comedia de recomposición familiar ya está servido.
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  • Welcome to New York
    Un maldito capitalista

    De antemano y sin prolegómenos, el director Abel Ferrara se despega de los encorsetamientos del cine industrial y mucho más de ese nefasto camino de los hechos reales o las biopics lavadas para introducir la figura de un hombre público y poderoso que fuera en su momento de escándalo la referencia obligada de cuanto periodismo sensacionalista -o sencillamente amarillista- se trate en el mundo. Nos estamos refiriendo al caso de acoso sexual donde estuvo involucrado el presidente del F.M.I. Dominique Strauss-Kahn tras una denuncia de una mucama en uno de los hoteles de lujo donde se hospedaba durante una de sus habituales giras de negocios en 2011.

    Arquetipo de esos hombres intocables por la impunidad que les otorga el poder, capaz de destruir economías o países emergentes con un sólo llamado telefónico, Strauss Kahn desaparece en la piel de Deveraux (por motivos legales obviamente), composición majestuosa de Gerard Depardieu que al comenzar el film expresa su odio a los políticos y explica sus razones para aceptar el papel a unos periodistas. Meterse o mejor dicho representar en una metamorfosis muy particular a ese monstruo partiendo del preconcepto del odio es algo que solamente un director como Abel Ferrara podía aceptar con los ojos cerrados por esa extraña confianza no sólo de su actor sino de los motivos ontológicos de su propuesta, donde la verdad o la realidad que se impregna de los hechos verídicos se ve corrida de eje explícitamente para bucear en la psicología o degradación de los seres despreciables que en algún momento de flaqueza hasta parecen humanos, como Deveraux en su rol de víctima más que de victimario.

    El cuerpo fofo y deforme, lo visceral en plena y desenfrenada orgía desde los caprichos del poder rebalsan en cada plano, donde la cámara del director de Un maldito policía encuentra la distancia justa para no juzgar a sus criaturas pero también resulta impiadosa a la hora de mostrarlos en sus peores excesos o en la intimidad menos glamorosa posible. La violencia de los cuerpos, más que de las acciones o las palabras, estalla con una intensidad propia de los trabajos actorales que no miden los riesgos o especulan con la puesta en escena o con la fotogenia. Tampoco para entrar en sintonía con el drama calculado o el llanto solemne del animal herido.

    La primera mitad del film encuentra en la impunidad nocturna de un lujoso hotel de New York (recordemos que Strauss Kahn fue detenido en el aeropuerto J. F. K.) el escenario más crudo para retratar dialécticamente hablando la diferencia entre los que mandan y aquellos que obedecen por unos míseros billetes, esa ambigüedad entre amo y esclavo -tan real como perversa- que deja en claro que ninguno de los dos es puro porque el cinismo que atraviesa la realidad del capitalismo salvaje arrasó hace mucho con la dignidad y el pretexto de jugar la carta del verdugo antes que lo haga otro impera como única señal que no busca redención, aunque sí comprensión.

    Precisamente, la redención en las películas de Abel Ferrara supone siempre transiciones de dolor como aquella inexcusable de Un maldito policía que, si se permite el juego de palabras aquí, podría convertirse en la de “Un maldito capitalista”.

    ¿Importa el desenlace de Welcome to New York?; ¿importa acaso si el bien triunfó sobre el mal? Poco y nada, pero eso no significa que el cine de Ferrara renuncie a cuestionarse sobre la condición humana en un escenario donde el dios dinero tiene muchos más creyentes que cualquier otra religión.
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  • Línea de fuego
    Línea de fuego
    CineFreaks
    Conmigo no, Franco

    Silvester Stallone escribe un guión sencillo a la medida del lucimiento y violencia que desata Jason Statham, ícono indiscutido del género post Arnold y Sylvester anque el tío Bruce Willis, Gary Fleder dirige y el resto es llenar el formulario de lugares comunes de toda película con argumento como pretexto y un par de actores para convocar otro tipo de público no relacionado con el cine de acción.

    Es que la historia de Línea de fuego (del original Homefront) rescata la típica dialéctica de la doble venganza, primero la del protagonista dispuesto a llevarse el mundo por delante para defender lo único que le importa que no es otra cosa que su hija pre-adolescente y luego como coda la frustrada venganza del villano de turno, interpretado en piloto automático por James Franco a quien sólo le importa mantener su negocio de metanfetaminas.

    Claro que en el medio se topa con Boocker (Statham), quien tras una redada fallida donde trabajaba como encubierto de la DEA busca recomponerse en un pueblo con un bajo perfil y el cuidado de su hija como principal objetivo, alejado del trabajo y de los narcos con los que tuvo que lidiar.

    En ese apacible estado de tranquilidad irrumpe un incidente con su hija y un compañerito de escuela que desata una galería de complicaciones y llevan a Boocker a estados de violencia que lo reconectan con ese pasado sin que se lo proponga. El derrotero del protagonista acumula enemigos y situaciones que pondrán en riesgo su círculo de confort hasta el clímax en el que el villano queda desdibujado.

    La dirección es prolija y la coreografía aceptable pero nada más que eso. Si el espectador quiere ir a ver otra de Statham con piña, patada, piña, Línea de fuego es un film ideal.
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  • El examen
    El examen
    CineFreaks
    Proceso de selección

    Mucho más próxima a El método (2005), aquella adaptación cinematográfica protagonizada por Pablo Echarri dirigida por Marcelo Piñeiro que a El juego del miedo y toda su saga, la ópera prima El examen no logra sostenerse en el género y apela erróneamente a un elemento fantástico para rozar la ciencia ficción cuando todas las condiciones de la historia se resumían al estado de transformación psicológica de ocho aspirantes para ocupar un puesto importante en una misteriosa empresa.

    Así hombres y mujeres, rubias, morenos, rubios, árabes en representación de un conglomerado de etnias para dar la impresión de universalidad, deben rendir su examen final de admisión sabiendo que de los ocho solamente uno tendrá la recompensa, si es que no viola ninguna de las reglas pre establecidas por un enigmático anfitrión. No puede sostenerse que estamos frente a una película claustrofóbica a pesar del encierro dado que las alternativas para salir de ese habitáculo monitoreado por cámaras de seguridad y un guardia mudo simplemente consisten en abandonar el lugar y así quedar fuera de competencia. Es decir, que en ningún momento los personajes se encuentran prisioneros de nadie más allá de su propia ambición y su instinto de supervivencia en un sistema capitalista y salvaje.

    No obstante, la tensión llega desde otro lugar porque lo que mantiene en vilo al espectador es la incertidumbre y la errática conducta de cada personaje al no saber realmente qué es lo que debe hacer antes de que los ochenta minutos concedidos para resolver un acertijo -sin otra herramienta que la intuición y la inteligencia- expiren. Tres reglas inviolables marcan el derrotero de esta trama simple pero efectiva: no se puede abandonar la habitación; no se puede alterar accidentalmente o no el material con el que cuentan que es una hoja en blanco y tampoco pueden mantener contacto o comunicarse con el exterior ni con el guardia.

    Resulta un tanto torpe y como reflejo de un guión poco consistente que se apele al recurso del flashback intercalado en las secuencias como ayuda memoria o recuerdo compartido de cada contendiente antes de dar el paso en falso una vez rotas las alianzas ocasionales o bien con el paso ya dado. Este defecto, que se arrastra desde la segunda mitad hasta el desenlace, conspira contra la dinámica y el ritmo del film que por esos azares de las distribuidoras ahora se estrena comercialmente cuando data del 2009 y su paso por el DVD u otros formatos similares ya se había producido tiempo atrás.

    Allá por el 2009, esta primera película de Stuart Hazeldine, de elenco ignoto y con aires de cine independiente, había dado que hablar en el Festival de Edimburgo, aspecto que lleva a la reflexión sobre el nivel de las propuestas teniendo en cuenta su sobrevaluada atención.
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  • Antes del frío invierno
    Burguesía desencantada

    El invierno como término que juega con el título (Antes del frio invierno) de este tercer opus del francés Philippe Claudel obedece quizá al ocaso existencial del protagonista de esta historia, mezcla de policial y drama burgués, interpretado sin mayores complicaciones por el argelino Daniel Auteuil y secundado por la siempre sobria y elegante Kristin Scott Thomas, ambos en el rol de una pareja consolidada y aburrida.

    Él es un cirujano y ella solamente arregla el jardín de su casa; no pasan penurias económicas, ven ópera en el teatro y viven en un círculo de confort envidiable para muchos. Entre ellos, la relación de pareja parece estancada, fiel al desgaste del matrimonio con hijos ya grandes y fuera de casa hace tiempo.

    Sin embargo, las máscaras de la típica familia feliz comienzan a perder brillo cuando aparece en primer lugar el insistente envío de un ramo de flores, sin remitente, primero en el lugar de trabajo y luego en el propio hogar. Indicios del acoso de una ex paciente del cirujano, Lou (Leïla Bekhti), a quien supuestamente había operado cuando era una niña.

    Los encuentros secretos entre el cirujano y ella llevan al protagonista a involucrarse en una suerte de triángulo amoroso con ribetes de crisis existencial. Basta con que algo detone para rápidamente sacar a relucir la insatisfacción y el inconformismo, así como resaltar los conflictos menos visibles en el matrimonio.

    Lejos de que el invierno con la presencia de la joven Lou que implica aventura o riesgo se convierta en primavera y florezca un nuevo hombre, el film de Philippe Claudel opta por un camino sin retorno que mezcla las reflexiones y las frustraciones con la misma dosis que se apoya en la composición actoral de Auteuil y Scott Thomas, que si bien no deslumbran en sus papeles cumplen a rajatabla con sus sendos personajes.

    El defecto tal vez se vea recién hacia el final con una vuelta de tuerca no moralista pero aliviadora y forzada para justificar el policial y al personaje masculino y su desvío en la toma de decisiones, tan transgresoras desde su óptica burguesa como un paseo nocturno por una zona roja en plena ciudad luz.
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  • Después de la lluvia
    Para el frente, Brasil

    A mediados de los años 80, más precisamente 1984, Brasil recuperó un gobierno democrático tras una etapa de oscura dictadura militar que para la juventud de la época significó un verdadero obstáculo a las libertades tanto individuales como colectivas (desapariciones, presos políticos, represión) y un freno a las utopías que todo adolescente abraza con fervor, así como pretende dar los primeros pasos en la militancia de algún que otro centro estudiantil.

    Como retrato generacional y drama histórico, Después de la lluvia, dirigido a cuatro manos por Claudio Marques y Marilia Hughes, logra contagiarse de la atmósfera que marcaba la transición de un régimen absolutamente autoritario a la esperanzada llegada de la democracia.

    Los ejes dialécticos en los que se desarrolla esta historia tienen como trasfondo por un lado los conflictos del protagonista Caio (Pedro Maia), simpatizante de las ideas anarquistas que van precisamente en contra con los postulados del colegio religioso al que asiste, y por otro la rebeldía adolescente desde su espíritu contestatario ante lo convencional pero también confundido en relación a su entorno de pares y al momento histórico trascendente que le toca vivir junto a una madre separada que parece completamente zombie en cuanto a sentido de la realidad.

    Relato de iniciación con algunos elementos de drama social incrustados, el film fluye sin sobresaltos acompañado de un elenco sólido, una prolija reconstrucción de época y algo de energía que se transmite desde la música punk segmentada hasta las intervenciones de una radio pirata, cuya funcionalidad para la película es la de insertar un narrador con un punto de vista distinto al de los hechos tal cual ocurrieron.
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  • Minúsculos
    Minúsculos
    CineFreaks
    No estamos solos

    El antecedente de este film, que mezcla acción y alguna dosis de humor en un tono de naturalismo alejado de la construcción artificiosa de la animación digital, data de 2004 con una batería de cortometrajes en los que se desarrollaban las peripecias de estos simpáticos insectos con el protagonismo de la vaquita de san Antonio o las hormigas.

    Lo cierto es que la marcada diferencia entre la propuesta de Minúsculos con sus pares animados como Bichos o Antz, mundos habitados por insectos antropomorfizados, es sustancial: ninguno de los personajes de esta película habla, sino que se comunica mediante sonidos o con el cuerpo desde los gestos más que desde las expresiones. El desafío del no diálogo lleva al replanteo de la aventura y entonces la magia del cine completará el resto.

    La premisa es sencilla y tiene como protagonista a una vaquita de san Antonio que queda relegada de su grupo, aspecto que la deja primero a merced de unas moscas muy molestas y luego en su devenir por la naturaleza, rodeada de peligros pero también de estímulos, entablará contacto con las hormigas negras. El encuentro entre ambas especies se produce en el escenario que ha dejado las sobras de un picnic en un bosque. Desechos que para los humanos son basura, para estos insectos representan tesoros, y a partir de allí el conflicto por la posesión con las hormigas rojas, antagonistas y villanas de turno, se desplazan por distintas vertientes hasta desatar una batalla épica en la que la indefensa vaquita de san Antonio se convierte en heroína del relato.

    Los directores Hélène Giraud y Thomas Szabo se toman su tiempo para desarrollar la aventura jugando con las diferentes perspectivas de tamaño y los puntos de vista de los insectos en relación a los humanos y mucho más respecto al paisaje en el que se desenvuelven.

    Tal vez la falta de acción le juegue en contra a la propuesta integral, algo que en el caso de Bichos o Antz se veía suplantado por la antropomorfización de sus criaturas. No obstante, Minúsculos es una interesante propuesta sin bajada de línea ecológica ni mensajes de trazo grueso, aunque su público infantil es el indicado para disfrutar de estos simpáticos insectos que no hablan.
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  • Soy mucho mejor que vos
    El caminante

    En las películas del realizador chileno Che Sandoval, los personajes caminan y hablan por las calles; transitan por las noches o paran en bares mientras la ingesta de alcohol se mezcla desde la banalidad con charlas de sexo en la que se comparten diferentes modos de habla.

    Es realmente meticuloso el trabajo sobre la palabra, los diálogos entre hombres y mujeres, desde el guión y la elección de los actores para decirlas, pero Sandoval trabaja con más rigor sobre la manera de decir de cada uno de los habitantes en sus pequeños universos urbanos.

    Quien lleva el derrotero y el deambular nocturno en esta ocasión es Cristóbal, personaje interpretado por el director chileno Sebastián Brahm (conocido aquí por su film El circuito de Román), en crisis con su ex pareja, con su masculinidad y con la imperiosa necesidad de tener una relación sexual que de cierta manera refuerce su autoestima. Tampoco Cristóbal es lo que podría decirse vulgarmente un perdedor a secas, a pesar de tener una pésima y distante relación con un hijo adolescente y fracasar en todo emprendimiento PyMe justificado por ceder ante los caprichos de su ex para que ella crezca profesionalmente hablando mientras que él quedará atrapado en la inercia y en ese sin rumbo, que a veces implica la posibilidad de cambio y otras un estancamiento absoluto.

    Soy mucho mejor que vos retoma a un personaje de la ópera prima de Sandoval -Te creís la más linda (pero erís la más puta), 2009- pero no es necesariamente -como algunos colegas insisten- un spin off de acuerdo a las propias declaraciones del cineasta. Aunque toma como nexo al personaje de Cristóbal, en este caso particular se plantea una brecha generacional respecto al personaje de Javier, el adolescente de Te creís… y si bien la necesidad del sexo en ambos dice presente es la masculinidad en crisis la que domina el relato de Soy mucho mejor que vos…

    Desde el título se puede tomar esta idea como la expresión descarnada de una autoafirmación de Cristóbal, que lejos de hacerse carne en su aventura parece condenarlo a la eterna comparación con quienes interactúa e incluso con esa espina clavada en lo más hondo de su ego, que lo ata a su ex pareja y como expresa en un cameo la actriz argentina Antonella Costa los chilenos hablan mucho de sus ex pero nada de sex.

    El segundo opus de Che Sandoval ya estrenado en el BAFICI y que ahora se proyecta a partir del jueves 20 en los cines BAMA y Arte Multiplex Belgrano resulta por un lado un tanto más crudo que su anterior opus y por otro refleja una madurez cinematográfica para tener en cuenta.
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  • 2/11 Día de los muertos
    El árbol y el bosque

    La fábula de una loba que baja de un monte para atraer a los perros y de esa manera conducirlos a las fauces hambrientas de los lobos fue el disparador que trajo como correlato una historia, en la cual los animales se transforman en humanos.

    También la metáfora, a partir de la loba y su alto poder de seducción, resume la idea central de las tentaciones y el peligro que implica sucumbir ante lo desconocido cuando los mandatos, ya sean culturales o más íntimos, predican lo contrario. 2/11 Día de los muertos es otra apuesta al cine de género que tiene como responsables máximos al realizador Ezio Massa (Cacería, Villa) y al crítico y ahora guionista Sebastián Tabany, quien ya había incursionado en la dirección y guión de un cortometraje titulado Kidon.

    Al igual que en Kidon, el esquema narrativo de la fragmentación se reitera en 2/11… al entremezclar puntos de vista entre dos hermanos: el de Santiago (Juan Gil Navarro) y el de Elías (Nicolás Alberti), conectados por un pasado que se relaciona con la muerte de sus padres pero separados por celos o reproches llevados encima desde tiempo atrás. Las diferencias entre ambos también se ven representadas en la distancia y en el trato poco amable de uno para con el otro, aunque Santiago carga con la responsabilidad -y tal vez por culpa- de enderezar la conducta de su hermano, siempre desafiante incluso al establecer un vínculo amoroso con Mechi (Agustina Lecouna), la ex de Santiago.

    ¿Pero cómo entronca este conflicto de carácter fraternal con la leyenda de la loba? La respuesta la da un misterioso hecho en el que Elías queda lo suficientemente trastornado para no emitir sonido mientras que Santiago, en su carácter de policía de pueblo (se rodó en locaciones de Chascomús) atará cabos, decodificará los miedos y silencios de su hermano para confrontar con los propios y encontrar más preguntas que respuestas en el bosque. 2/11… no es un film de terror, sino que mezcla elementos genéricos apelando a la inteligencia del público para no servirle en la trama todo en bandeja ni caer en sobre explicaciones, con una cuidada puesta en escena y actuaciones sobrias, tanto de sus protagonistas como de los secundarios entre quienes se destaca Carlos Kaspar, ayudante de Santiago en la investigación.

    Ezio Massa se apoya en un interesante trabajo del director de fotografía, Leonardo Val, para maximizar la riqueza plástica de algunos encuadres no convencionales o angulaciones pronunciadas en planos, que obedecen más a lo psicológico que a lo meramente estético. Utiliza flashes para que estalle la imagen en pantalla y deje huellas o rastros en consonancia con las escasas revelaciones que puedan o no descubrirse en esta fábula, que abraza una identidad propia y construye un universo en el que los miedos del pasado son uno de los árboles dentro de un inmenso y misterioso bosque.
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  • El otro (no todo es lo que ves)
    Una cuestión de fe

    Aceptar las reglas del juego de El otro, no todo es lo que ves, film dirigido por encargo –según palabras del propio director- a Daniel De Filippo (Plumíferos, Los Superagentes: la nueva generación) supone una cuestión de fe en la propuesta general atravesada por elementos del policial y el drama familiar, con altas dosis de denuncia social y bajada de línea moralista detrás.

    Si como expresaba hace años la teoría el medio es el mensaje, con El otro… lo único que prevalece es el mensaje pseudo espiritual, pseudo religioso multiplicado desde los recursos del medio cinematográfico y para que ese objetivo se cumpla el personaje protagónico es víctima en un doble sentido de una tragedia y un milagro a la vez (de ahí el título no todo es lo que ves). De esta manera su misión y funcionalidad con la historia es mostrar a través de sus ojos al espectador la transformación de un personaje reacio a la fe y desencantado por las causas nobles, quien por azar es puesto a prueba para reforzar su espiritualidad en un mundo donde en apariencia todo es corrupto o injusto.

    De Filippo por momentos encuentra el ritmo a un relato que no puede despegarse de su prédica en palabras o diálogos ampulosos y confía demasiado en sus actores y en las caracterizaciones para llevar la historia a un lugar diferente al del mensaje propuesto. La desconexión de ambas líneas narrativas se hace notoria a medida que el film avanza en un cúmulo de malas decisiones que toma el protagonista interpretado por Guillermo Pfening: un reciente empleado de correo honesto que se ve por azar involucrado en un robo a una sucursal bancaria, perpetrado por una banda de delincuentes entre los que se encuentra su hermano menor Jony (Gastón Soffritti).

    El cadete es asesinado por un guardia de seguridad (Alejandro Awada) instantes después de frustrar las acciones de un ex policía (Víctor Laplace) que pretendía descargar fuego contra su hermano durante el atraco y en la morgue la presencia de un extraño (Lucas Ferraro) le devuelve la vida ¿el incrédulo víctima de un milagro?.

    Con esa premisa atractiva las condiciones del policial desde sus diferentes aristas, es decir corrupción de las fuerzas, mundillo de la marginalidad y la sensación plena de inseguridad, elementos revestidos desde lo discursivo tanto de derecha como de izquierda, se diluye paulatinamente al entrar en escena el elemento fantástico y la impronta del milagro para el incrédulo.

    Así las cosas, El otro… no encuentra el rumbo justo para unir las ideas que desde el guión se esbozan desde el planteo pero que nunca se plasman en pantalla.
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  • El muerto y ser feliz
    Paisajes interiores

    Santos es el misterioso personaje que protagoniza El muerto y ser feliz, nuevo opus del español Javier Rebollo, presentado en el Festival de Mar del Plata, y que por un lado orilla en la estructura de una road movie pero además se sumerge en la ambigüedad de los espacios geográficos y mentales con el trasfondo de las rutas argentinas y lugares de nuestra Argentina, como Mar Chiquita o Santiago del Estero, desde la mirada del extraño que le genera a la propia geografía una sustancia distinta a la de la postal básica tan recurrente en el cine foráneo cuando descansa sus ojos en estas tierras.

    Santos es un hombre que se ha relacionado con muertes ajenas por profesión ya que su trabajo como asesino a sueldo habla de un pasado donde se sentía a gusto -o por lo menos feliz de hacerlo- y que ahora en su presente lo vuelve a confrontar pero desde otro lugar ya que la sentencia de muerte pesa sobre su propio pellejo al ser portador de tres tumores en etapa terminal.

    Ese detalle de vida (o mejor dicho de muerte, según como se lo mire) detona en él la necesidad de fuga en un viaje que gracias a la ambigüedad del relato, donde Rebollo apela al recurso de la voz off para despegarlo del realismo seco e insuflarle dosis de ironía, y altas dosis de renuncia expresa a la verosimilitud, gana intensidad al tomar como punto de partida tanto el viaje literal de la road movie convencional a bordo de un viejo Ford Falcon –con la compañía de una mujer- como aquel viaje por los paisajes interiores de Santos, sus delirios causados por la morfina que debe inyectarse para apañar la agonía y el dolor.

    La introducción de una mujer tan enigmática como la caprichosa forma en que llega al camino de Santos funciona para el público como efecto de resonancia, mientras el personaje transita en fuga hacia su crepúsculo con cierta esperanza de despertar en un nuevo amanecer.

    Si Santos sueña o delira su aventura arraigada en la falta de memoria y en la necesidad de recordar el nombre de su primera víctima para tal vez partir tan tranquilo como pueda es algo que afortunadamente el director de La mujer sin piano se encarga de mantener en suspenso hasta el final e incluso sin resolución, entregado desde sus decisiones estéticas y sobre todo éticas a perderse en las búsquedas de su protagonista y fluir junto a su conciencia. Eso es lo que hace de este film algo auténtico y honesto como ya lo demostrase en su anterior opus estrenado en el BAFICI hace unos años.
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  • Caminando entre tumbas
    Cosa de hombres

    A no equivocarse, no se trata de la tercera parte de Búsqueda implacable a pesar de que la protagonice Liam Neeson y su derrotero de violencia y venganza – en este caso contratado por terceros- sea parecido, con unos villanos tan perversos que la empatía para que sufran las peores torturas se encuentra justificada desde el primer minuto.

    La diferencia entre aquellas películas de venganza de un padre y la que nos compete, donde la venganza colectiva se terceriza, es el tono y registro cinematográfico empleado por el director Scott Frank, quien se ajusta a los cánones del policial hardcore, algo bastante inusual en Hollywood, para explotar a fondo la construcción de personajes condenados por sus pecados y en fase de redención.

    Caminando entre tumbas es una novela de Lawrence Block con las características propias del policial negro en una Nueva York atravesada de corrupción policial, drogas, narcos y todo tipo de delincuencia que parece no tener límite. En medio de ese mundo oscuro y degradado, nuestro héroe (o antihéroe según como se lo mire) Matt Scudder (Liam Neeson) intenta huir de un pasado tortuoso que lo dejó fuera de la policía y ahora en el presente de la historia brinda servicios de detective por cuenta propia, siempre haciendo gala de sus métodos poco ortodoxos para resolver los problemas de sus clientes.

    Sin embargo, la nueva misión implica unos pequeños ajustes en cuanto a la nómina, dado que quien contrata sus servicios es un narcotraficante. Su pareja fue secuestrada, torturada y asesinada pese a haber pagado un rescate a los captores para que la liberaran. El grado de saña empleado en ella provoca en la víctima la desesperación por vengar tan injusta y cruel muerte y allí es donde nuestro antihéroe entra en acción.

    El ritmo sostenido y la metódica puesta en escena son cualidades poco novedosas en este tipo de propuestas, pero al contar con Liam Neeson en un papel hecho a su medida, tanto desde lo físico como en lo psicológico, el combo cierra un producto digno de consumirse. Tampoco hay un exceso morboso de la violencia gráfica sino más bien un cúmulo de detalles para caracterizar la conducta perversa de los hombres y una llamativa misoginia detrás.

    Caminando entre tumbas es un policial duro que apela a la dialéctica de los infiernos personales y la búsqueda desesperada de redención, en un mundo decadente y tan oscuro como el alma de los hombres que lo habitan.
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  • Mañana Tarde Noche
    Tres veces tres

    La infidelidad en potencial y los sueños como vehículo de sublimación de los deseos son el eje de continuidad narrativa de este tríptico filmado por tres directores a seis manos y que exhibe, más allá de su costado experimental como ejercicio para poner en práctica diferentes estilos y estéticas, las mismas virtudes que defectos, pero con la consistencia de un film con peso propio.

    Mañana Tarde Noche, supone por un lado el acortamiento del tiempo de una pareja joven, Tomás (Jair Toledo) y Julia (Katia Szechtman), atravesando un momento de crisis aunque en apariencia todo parezca indicar lo contrario, que comparten el sexo y la convivencia en un departamento, única locación del film en la que la cámara en mano jugará un rol importante.

    También el título marca una secuencia o un ciclo, con sus determinadas características desde el punto de vista progresivo o gradual, para diferenciar a primera vista esos tres estadios en donde los personajes transforman su realidad y la infidelidad más que un potencial se vuelve casi un acto que está allí a la vuelta de la esquina.

    La experimentación de los directores Federico Falasca, Tatiana Pérez Veiga y Laura Spiner se evidencia tanto en la mezcla de géneros como en las largas charlas entre la pareja, las cuales oscilan entre la banalidad, los reproches y algunos silencios cuando la puesta en escena se acomoda en pequeños detalles sin llegar a ser opresiva en los planos.

    El mérito de este film, consciente de sus limitaciones y su rasgo particularmente anecdótico, es precisamente haber conseguido sustancia como película y no caer en el facilismo o pereza de una mera unión de cortometrajes con un único denominador común.
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  • El estado de las cosas
    Al mejor postor

    Sin entrar en un debate sobre valores o la mercantilización de absolutamente todo en el seno de una sociedad de consumo feroz, El estado de las cosas utiliza en sus primeros minutos una correspondencia de imágenes que exponen con claridad el punto de partida.

    Los fletes atestados de objetos, que salen de una casa tras la apresurada tasación de uno de los personajes que formará parte del variopinto seleccionado que dan testimonio de sus experiencias a cámara, contrastan con las góndolas del supermercado, cargadas de productos y marcas que gente desconocida elige.

    Los directores Joaquín Maito y Tatiana Mazú, sin tomar partido o posición frente a la actividad de la compra y venta de objetos en diferentes modalidades, resaltan además de la peculiaridad de cada uno de los entrevistados, léase el rematador del comienzo, un vendedor on line que se preocupa por la presentación y la puesta en escena para exponer mejor el producto y hasta una anticuaria, las voces del mismo discurso mercantilista sin reparos a pesar de mostrar a veces cierto recelo por estar comercializando afectos con historia y pasado.

    No obstante, ninguno de los protagonistas se vincula afectivamente con los productos que adquieren a precio vil pero sí lo hacen con su oficio. El mérito de los directores obedece a la conjunción de dos factores entrelazados y que tienen en común un sentido de la observación agudo, el cual permite sumergirse en un mundo ajeno sobre el que rigen reglas propias, pero que a la vez muestra sus límites y, en muchas ocasiones, la anécdota abunda por encima de la historia.

    Si todo se vende es porque todo se compra, esa idea domina cada remate que, captado por una cámara testigo, transmite la adrenalina de lo perentorio de poseer algo que antes no se tenía, aunque esa sensación efímera de lo material dure el mismo lapso de tiempo que tarda en bajar el martillo y la vida de cada uno siga buscando la oferta del mejor postor.
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  • Los Boxtrolls
    Los Boxtrolls
    CineFreaks
    Lección de tolerancia en envase chico.

    De la misma productora que llevó a la pantalla grande Coraline (2009) y luego Paranorman (2012), Los Boxtrolls se suma a los productos animados para niños que pretenden quitar reinado al imbatible Pixar, con propuestas diferentes en cuanto a estilos y orígenes de las historias. En este caso, basada en la novela Here Be Monsters! (Inglaterra, 2005), del británico Alan Snow, quien también la ilustró con más de quinientas láminas, que forma parte de una trilogía y fuera publicada en Estados Unidos en 2006.

    Los directores, Graham Annable y Anthony Stacchi, se encargaron de construir un contexto que, más que ver con lo histórico, hace hincapié en el universo de estos monstruos que cubren sus cuerpos con cajas de cartón, sobre quienes pesa la mala prensa de ser peligrosos para los habitantes de la ciudad en la que transcurre la historia. Cercana a la Inglaterra de la Revolución Industrial, de acuerdo al escenario de la novela de Snow, los boxtrolls viven en las alcantarillas y en esporádicas ocasiones salen a la superficie a exponerse a la caza por parte de los villanos de turno. También ocupa el centro de la escena Huevo, un niño de diez años que por un hecho fortuito, que no revelaremos, aprendió a convivir con ellos, distanciado del contacto con humanos y huérfano de padre o familia alguna.

    Como suele ocurrir en este tipo de películas dirigidas al público menudo y diseñadas en parte para satisfacer a la audiencia adulta que acompaña, el mensaje para los pequeños es el de la tolerancia y el descubrimiento de las diferencias, aspecto que lejos de implicar peligro resulta enriquecedor para el corazón. De ahí, el falso rumor de los monstruos que comen niños y que prevalece como estrategia de control de los habitantes de Cheesebridge y como parte del ambicioso plan de exterminio pergeñado por el inescrupuloso Archibald Snatcher (voz original de Ben Kingsley), adepto a la degustación de quesos y a vestirse de mujer y cantar bajo otra personalidad. En un menor grado, también se destaca el trío de secuaces, especialmente uno de ellos que cuestiona si cazar monstruos es algo bueno o malo, en contraste con el frío y violento compañero que goza en cada cacería, con el sufrimiento de las pobres criaturas azules.

    Quien queda un tanto desdibujado en el relato es el niño, Huevo (voz de Isaac Hempstead-Wright, conocido por su rol de Bran Stark en Game of Thrones), así como algunas referencias a los quesos, por ejemplo, el nombre de la ciudad, Cheesebridge, dato que se pierde completamente en la versión en español.

    Por momentos lúgubre y tétrica desde lo visual, pero con un ritmo dinámico para que los niños no se aburran, Los boxtrolls seguramente obtenga un buen recibimiento de la platea menuda, aunque no está a la altura de Coraline, por ejemplo, desde el punto de vista del riesgo creativo y la construcción de un universo propio.
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  • Planta madre
    Planta madre
    CineFreaks
    Exorcizar el pasado.

    Dos viajes, el interior y la travesía por el Amazonas peruano, atraviesan el microcosmos dramático y musical de Planta madre, nuevo opus del director peruano Gianfranco Quatrini, quien además escribió el guión junto a Lucía Puenzo y Leonel D''Agostino, para concretar esta coproducción entre Argentina, Perú e Italia, en la que confluyen la mixtura de culturas y música, en un relato que pendula entre pasado y presente de manera fluida.

    Es precisamente el pasado, o quizás el recuerdo doloroso del ayer, el que ata al protagonista, Diamond, un rockero venido a menos que en épocas de juventud integraba junto a su hermano Nicolás un grupo con reminiscencias a Pescado Rabioso y Manal. Este dato cobra un particular sentido, más que nada por el contexto que elige el realizador para construir el pasado, esos tiempos de libertades y hippismo a flor de piel, cuando no de experimentación, tanto en lo musical como en las búsquedas espirituales.

    La música rock convive en el film con la cumbia peruana y así la mezcla cultural se despliega en el viaje propuesto desde la aventura, atravesado en esa intimidad por subtramas, como por ejemplo, el narcotráfico o la banalización de lo sagrado. El testigo privilegiado de estos cruces turbulentos durante la gran travesía personal es sin lugar a dudas Diamond, alejado de la música y con el peso de la culpa y la tristeza por haber perdido a su hermano menor Nicolás, quien anhelaba realizar el viaje desde Buenos Aires a Perú cuarenta años atrás y que ahora reactiva su hermano mayor para afrontar la búsqueda de una cura chamánica y así recuperar esa paz y tranquilidad, perdidas hace tiempo.

    El film de Gianfranco Quatrini logra acomodarse narrativamente hablando en la fragmentación, apelando a flashbacks para trazar de manera prolija las distintas rivalidades entre el hermano mayor y el menor, en pugna también por la atención y el amor de una magnética mujer, Pierina.

    La contraposición entre lo sagrado y lo profano, así como la necesidad de volver a las raíces, opera como catalizador aunque también detonante de los conflictos internos del personaje, acechado por los fantasmas vívidos del pasado que, desde una arriesgada decisión de la puesta en escena, aparecen en constante asedio durante el viaje por el Amazonas peruano, o en la selva amazónica, espacio metafórico para enfrentar los miedos internos.

    Planta madre es un film que transmite por un lado ternura hacia sus personajes, vigor por la música que complementa la historia y cierta nostalgia por un espíritu de juventud que hoy parece olvidado.
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  • Ensayo de una nación
    Una utopía cantada.

    La ópera prima de Alexis Roitman, Ensayo de una Nación, expone las aristas de la Argentina contradictoria que nos toca padecer a diario como habitantes y ciudadanos porque el contraste entre la buena voluntad y la falta de voluntad es notorio en el derrotero de cualquier iniciativa que tenga por objeto una meta más que ambiciosa.

    Utopías alcanzables para algunos como la creación de un proyecto cultural y educativo, Argentina canta por la paz, cuyo objetivo central era la amalgama de diferentes colegios del país, contenedores de alumnos de distintas clases, credos y estratos sociales para interpretar como cierre de los festejos por el Bicentenario en el 2010 una cantata con un mensaje claro de integración y tolerancia de cara al futuro.

    Los entretelones y las idas y venidas de esta unión de fuerzas entre docentes, alumnos de quinto grado y los propios hacedores del proyecto, la mayoría jóvenes y entusiastas que contaron con la enorme colaboración de experimentados directores de coros, músicos y maestros de escuela, fue registrada en arduas jornadas por la cámara de Roitman con la distancia adecuada para no contaminar la puesta en escena.

    El mérito de Ensayo… más allá de su costado emocional en esa mezcla de combo que refleja las frustraciones y las soluciones creativas cuando los obstáculos de la burocracia y la falta de voluntad de las instituciones hacen mella en cada uno de los involucrados, lo constituye su despojo de didactismo, así como su equilibrio a la hora de pensar el documental como un apéndice visual y no meramente desde un espacio institucional, sea del cuadro político que sea.

    El montaje ágil y una cuidada selección de escenas y testimonios para habilitar los caminos de la reflexión a pesar de la emoción significan para esta ópera prima una carta de presentación por demás interesante.
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  • Los elegidos (2014)
    Oveja dócil, oveja descarriada

    Dos hermanos enfrentados por los celos y la envidia que provoca el amor de una mujer que conocen en su primer día de aventuras en Buenos Aires, tras la partida del pueblo que los vio nacer para triunfar en el canto lírico, forma parte del eje narrativo de Los elegidos.

    Sin embargo, apelar a la dialéctica de contrastes y un subrayado permanente de las diferencias entre el bueno de Martín y el enfermo de Román no es el mejor camino para encontrar matices a una trama elemental y poco despojada de la constante idea del mensaje y la moraleja o moralina, que deja muy poco para la reflexión a un público cautivo.

    Si bien las actuaciones no presentan mayores inconvenientes y la dirección es correcta en términos formales, el problema más importante lo constituye el guión y un desplazamiento hacia el melodrama fraternal que resulta bastante pesado y solemne.

    El desenlace abrupto y exagerado para remarcar la funcionalidad del mecanismo dialéctico de los contrastes conspira de manera negativa con una idea que en el comienzo parecía interesante al poner en primer plano la lírica y la rivalidad entre los hermanos por destacarse en el canto, hasta que aparece la tentación de una mujer de los bajos fondos interpretada por Florencia Otero y todo se derrumba.
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  • El triángulo rosa y la cura nazi para la homosexualidad
    El gran danés

    Hay muchas maneras de retrotraerse desde la historia a las atrocidades cometidas por los nazis cuando Hitler tomó la decisión práctica del exterminio y de los campos de concetración. Allí, fiel a una sistemática y modélica estructura verticalista se diferenciaban los prisioneros mediante el símbolo de un triángulo. Para los nazis no era lo mismo un preso político, un judío y un homosexual, grupo al que le tocaba en suerte un triángulo de color rosa invertido.

    Sobre esta verdad oculta se encarga de indagar el documental de Ignacio Steimberg y Esteban Jasper, El triángulo rosa y la cura nazi para la homosexualidad para introducir en esta historia de terror a un protagonista bastante poco conocido que tuvo relación directa con la Argentina. El nombre de un endocrinólogo danés, Carl Vaernet, surge a partir de su colaboración directa con los nazis en los campos de Buchenwald, donde aplicó a más de una decena de prisioneros homosexuales una glándula artificial que contenía tetosterona y se inyectaba en la ingle. El procedimiento emulaba a las experimentaciones con las gallinas que por exceso de tetosterona desarrollaban crestas y así se concluía que la homosexualidad considerada como aberración por los nazis tenía cura y los hombres afectados volverían a ser productivos tanto para la guerra como para la reproducción.

    Como todo nazi luego de la derrota del fuhrer, el destino de este facultativo íntimo de Himmler fue la República Argentina, refugio de varios jerarcas amparados en las estrechas vinculaciones del gobierno de turno con aquel régimen. Hasta ese lugar y siempre con la misión de develar lo oculto llega el interesante trabajo de la dupla Steinberg y Jasper para involucrarse con la investigación en primera persona y descubrir por ejemplo al nieto de Vaernet o simplemente instalarse en el presente de aquel campo de concentración, intacto para el horror y la memoria.

    Si se trata de recomponer los pedazos de una historia sepultada por la indiferencia hacia las minorías y por los poderes que pretenden silenciarlo, el aporte de El Triángulo rosa… es sumamente significativo y obligatorio si es que se quiere conocer otros cristales de un prisma oscuro y muy poco traslúcido.
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  • Refugiado
    Refugiado
    CineFreaks
    Los rastros y rostros de la violencia

    Si en Tan de repente (2002), ópera prima de Diego Lerman, la idea de fuga era una posibilidad de búsqueda y parte de una aventura iniciática, es precisamente la fuga la que domina la tensión dramática de su cuarto opus, Refugiado, y la clave para comprender los alcances de su cine en su rol de narrador.

    La sutileza con la que se enmarca este derrotero frenético de dos víctimas de la violencia de género, Laura (gran actuación de Julieta Díaz) y su pequeño hijo Matías (la revelación Sebastián Molinaro) en un corto lapso de tiempo, implica por un lado el reconocimiento de las enormes chances del lenguaje cinematográfico para abarcar temáticas de tipo universal con tanta delicadeza -por lo áspero del tema- que la tentación del golpe bajo siempre está a la vuelta de la esquina.

    Lerman, no sólo construye un relato de fuga de manera eficaz en la puesta en escena, sino que traza a sus personajes con una gran sensibilidad y sentido de la observación por los gestos, miradas, silencios y pequeños detalles que se van acrecentando a medida que la angustia de Laura, por encontrar un refugio que no esté al alcance de su pareja, -siempre fuera de plano tanto sonoro como visual-, se apodera de la pantalla. Ese in crescendo además encuentra un complemento ideal en la inocencia de Matías, aunque también en su entendimiento de la situación dramática, algo que deja de ser un juego en el momento en que halla a su madre tirada y lastimada en el interior de su departamento.

    Para que la química entre Díaz y Molinaro explote en un vínculo tan intenso que el espectador conciba sin reparos que ambos sean madre e hijo en la ficción, el mérito es tanto de ellos como del realizador por saber dirigirlos y en ese trípode se encierra este círculo no vicioso sino todo lo contrario: virtuoso por su rigor y confianza en la historia que se quiere contar, o el cuadro que se quiere exponer ante nuestros ojos, el de los rastros que deja la violencia en los rostros de quienes la padecen.
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  • El último amor
    El último amor
    CineFreaks
    Entre la espera y la contemplación

    Basada en la novela La Douceur Assassine de Francoise Dorner , el film de la directora Sandra Nettelbeck gira en torno a la fase crepuscular del Sr. Morgan, viudo y que en sus épocas de juventud además de estar perdidamente enamorado de su fallecida esposa tras una larga enfermedad que lo mantuvo alejado de sus hijos, que azarosamente conoce a una joven francesa (Clémence Poésy) que despierta su interés y por un instante lo aleja de su gris existencia.

    El ímpetu y el parecido físico de la muchacha con la esposa de Morgan es lo suficientemente fuerte para que afloren recuerdos en contraste con aquellos fantasmas que lo buscan en momentos de soledad. Las extensas charlas en las que Morgan se muestra caballero, amable y a veces ventilando alguna que otra intimidad lo exponen ante los ojos de la joven insegura y en búsqueda de una fuerte presencia paternal o una familia sustituta que reemplace la soledad.

    Solitarios que a pesar de la diferencia de edad y la vida ya vivida se encuentran y entienden sin preguntarse quienes son realmente pero el entorno y la realidad de cada uno dice lo contrario y el doble aprendizaje tal vez transita por su lección más dura.

    Sin el aporte de Michael Caine en un papel que es justo decir no se acerca a sus mejores interpretaciones, el relato se sostiene desde el punto de vista dramático y gracias a la presencia de importantes personajes secundarios, entre los que se destacan los hijos de Morgan especialmente Gillian Anderson. Pese a todo un final predecible confirma que no supera al standard pero se deja ver.
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  • Annabelle
    Annabelle
    CineFreaks
    Muñeca brava

    Ingeniosa de a ratos, pero por momentos despareja en el balance final y algo torpe en resoluciones narrativas, se puede justificar en la puesta en marcha de este spin off, Annabelle, originado tras el éxito taquillero de El conjuro, los signos de los aciertos y desaciertos como nueva propuesta que se nutre de influencias setentosas para encontrar el hueco adecuado al mecanismo de construcción del susto.

    Más allá de los ángulos de cámara poco convencionales, o ciertos juegos en la puesta en escena, el primer defecto del film de John R. Leonetti consiste en no encontrarle la vuelta al guión para rodear satisfactoriamente a la anécdota de la existencia de una muñeca poseída, que no se mueve como Chucky sino que es transportada por diferentes demonios –cuando no por el mismísimo Lucifer- para aterrorizar más que a los personajes, al público.

    La aparición del caricaturesco príncipe de las tinieblas negro y con cuernos no le aporta absolutamente nada a esa impronta minimalista que se buscaba al traer a colación ese prólogo prometedor ya anunciado en El Conjuro, pretexto para retroceder a los anales que en teoría marcan el origen de esta maldición y que se remontan a la época de los rituales satánicos del clan Manson. Elipsis mediante y con la consabida aparición de la muñeca en la casa de Mía y su esposo, quienes están a la dulce espera de Lía, rápidamente el episodio conecta al público cinéfilo con aquella película El bebé de Rosemary, aunque aquí no hay vecinos misteriosos o personajes ambiguos de dos caras.

    La simpleza en el trazo de cada uno de los secundarios e incluso de esta madre primeriza, varias veces atacada antes de dar a luz, poco convincente con sus reacciones de miedo, hablan a las claras de que todo se deposita en la construcción de los climas y la atmósfera dejando en un plano rezagado el argumento.

    En los setenta, toda propuesta de terror contaba con una trama bien desarrollada y personajes menos chatos que los que abundan en productos de este milenio. Quizás por eso se comprenda que de los cinco millones de dólares del presupuesto se haya destinado tan poco al cachet de un elenco ignoto. Algo diferente a lo ocurrido en El Conjuro.

    Piénsese, por ejemplo, en la genial Magia, con un Anthony Hopkins joven y dirigida en 1978 por Richard Attemborough, lo escalofriante de ciertas escenas con el muñeco y la locura del ventrílocuo, por citar una película muy poco revisitada y que esperemos no tenga remake nunca.

    Sin embargo, no todos son escollos en la trama de Annabelle cuando aparece la eficaz utilización de los recursos cinematográficos y de la puesta en escena en conjunto para lograr esporádicos sobresaltos sin golpes de efecto. La iconografía básica de las películas de aparecidos o fantasmas en pena dice presente aquí, así como la idea de redención a partir del sacrificio de las madres para contentar la saciedad de almas inocentes, objetivo central de todo sacrificio satánico.

    Si uno tomara de referencia el inicio de Annabelle dentro de una iglesia y con un sermón que gira en torno al sacrificio para la purificación, tranquilamente sabrá o conjeturará de qué se trata todo y cómo puede llegar a terminar el film sin ser acusado de spoileador serial por algún espectador incauto.

    La mayoría del público habitué no prestará demasiada atención a ninguno de estos argumentos en base a la ansiedad por verse sorprendidos en la butaca, algo que lamentablemente deberán buscar en otra parte.
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  • Barroco
    Barroco
    CineFreaks
    Lo estático y lo mutable

    Múltiples capas narrativas o texturas atraviesan el microuniverso mitad ficción, mitad realidad de Barroco, debut cinematográfico de Estanislao Buisel, quien escribió junto al actor Walter Jakob un complejo guión con enormes reminiscencias literarias, las cuales encuentran una sólida plataforma de despegue en la trama, donde además recursos de la metalingüística crean espacios que se yuxtaponen entre los planos de realidad y ficción ya mencionados.

    Por un lado, Barroco es la expresión de deseo de un protagonista, Julio, al que la idea de sublimación de sus ansias de venganza, dirigida a un ex novio de su actual novia, lo conducen a tramar un robo perfecto. El atraco aparece primero como argumento de una fotonovela ambientada en una Buenos Aires sin gas y tiene desencadenantes trágicos. Pero en la realidad gris, como empleado recién contratado de una librería, la chance concreta de un golpe delictivo casi perfecto germina con la misma rapidez y torpeza en su ambiciosa mente, aspecto que lo sume en un problema de mayor envergadura y por el que se ven involucrados terceros, cuando todo se precipita en un escenario donde parece estar todo bajo control.

    El elemento de la fotonovela aporta la idea de la connotación o la enunciación, es decir que bajo la saludable impunidad que otorga la ficción, el divorcio entre la imagen y la verdad es bienvenido. Los rostros y cuerpos que aparecen, así como los escenarios de cada fotografía elegida por Julio y Lucas (Julián Larquier y Julián Tello, respectivamente), no responden con exactitud al hecho en que fueron capturadas. De este modo, el rostro de uno de los compañeros de Julio (Walter Jakob) representa un personaje de su fotonovela y la cola del cine hace lo propio para ilustrar una fila de víctimas de ese Buenos Aires postapocalíptico de la fotonovela.

    Ese juego de capas superpuestas, que rápidamente trae el recuerdo de la genial Historias Extraordinarias, de Mariano Llinás -por citar el ejemplo más al alcance de la memoria- suma una rigurosa puesta en escena que podría relacionar, por ejemplo, la abundancia de libros en la librería, escenario recargado de referencias literarias, con esa idea originaria del barroco, pues en un film cuyo trasfondo no es otro que lo novelesco y literario, se reviste plásticamente el subrayado del mundo ficcional en la locación donde se desarrolla parte de la aventura del atraco. Sin, claro está, hacer una mención directa a la música y a la subtrama musical, que fiel al estilo lúdico que predomina en esta sugestiva ópera prima, habilitan las coordenadas de la rivalidad entre antagonista y protagonista, es decir entre Julio y el ex novio que es un organista (recordemos que el órgano y el clave fueron los instrumentos característicos del barroco musical), con quien su novia actual comparte la pasión, los ensayos y cierta admiración no oculta por su talento y popularidad en el ámbito musical.

    En todo film de aventuras que se precie la presencia del villano es el recurso fundamental para darle sustento al héroe y mucho más aún si en el medio de ambos aparece un interés amoroso, o esa lucha descarnada de egos por conquistar el corazón de una damisela con características de femme fatale.

    La película de Estanislao Buisel también propone un relato de fuga hacia adelante. Ahora bien, otra lectura posible y que resignifica el título surge si nos detenemos en uno de los recursos musicales del barroco, con la palabra fuga. Basta recordar que Bach es famoso por sus piezas musicales en forma de fuga, esto significa que una melodía o motivo musical es perseguido por otro u otros en una misma composición.

    La fuga, tanto literal en las ansias de su protagonista, como simbólica en su juguetón vaivén entre diferentes capas o rumbos narrativos, es un elemento constante y no llegado a la trama por azar o como parte de un caos en apariencia descontrolado, obedece en realidad a un riguroso mecanismo de relojería que se arma y desarma a un ritmo veloz. Julio es un personaje que parece mostrar signos de resistencia a la autoridad o a los convencionalismos, quizá llamado a la aventura por el vuelo de su imaginación, estimulado por las lecturas literarias o simplemente como la expresión de un deseo que aún no se concreta por no estar escrito. En paralelo, Barroco es un film que busca a su autor y a su espectador; huye del estancamiento o la anquilosante trama clásica para abrazar, sin temor, lo mutable y dispuesto a quedarse en la búsqueda, consciente de que para jugar a la libertad se necesita romper las reglas.
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  • Rosa fuerte
    Rosa fuerte
    CineFreaks
    No hay nada más que decir

    María Laura Dariomerlo llega a su ópera prima tras varios años de pelea y a un estreno comercial que no es poco teniendo en cuenta que su film tiene varias particularidades y virtudes, esas que por un lado hablan de ciertos riesgos estéticos, ya probados en su cortometraje El beso que te di , en el cual contara con la actuación de Joaquín Furriel para una historia donde no hay una línea de diálogo entre la pareja protagónica y que puede relacionarse - tal vez - desde la temática con el universo de pocas palabras planteado en Rosa fuerte, protagonizada por Pablo Rago y Leticia Brédice.

    La ambigüedad que se encarga de mantener la directora en el relato es tan sólida desde el guión como desde la escasa información que se dispersa en la puesta en escena, rigurosa en detalles y con una distancia adecuada entre la cámara y esta pareja que habla poco pero dice mucho desde sus gestos y silencios.

    Él, Manuel (Pablo Rago), en constante amague de preparar el bolso y marcharse, harto de soportar a veces los humores erráticos o el destrato de Cristina (Leticia Brédice) en lo que en apariencia será un domingo más de una pareja en crisis.

    Sin embargo, hay en ella cierto secreto que tarda en revelarse y en Manuel una actitud protectora, aunque también con signos de desgaste que lo llevan a reconocer el estancamiento habitual por el que pasa cualquier pareja, transcurrido el estadio del enamoramiento y la novedad.

    A escondidas, Cristina recibe llamadas de un hombre a quien no duda en declararle afecto y decirle que lo extraña, sin tener presente que Manuel descubra esa potencial traición o al menos reaccione cuando se entere de lo que está pasando.

    En Rosa fuerte, tal como demuestra el título colmado de connotaciones, el lugar del espectador no es para nada pasivo y si bien se juegan las cartas de un típico triángulo amoroso, en sus vértices se desarrolla de manera progresiva el desmoronamiento de una pareja, como si se tratara de un film que comienza cuando el típico había una vez … terminó: un cuento donde no hay nada más que decir.
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  • El justiciero
    El justiciero
    CineFreaks
    Hacer lo correcto

    Sin la hiperquinesia de Tony Scott, pero con un personaje calcado de aquella Hombre en llamas, el retorno de Denzel Washington al cine de acción significa por un lado un reencuentro con el director Antoine Fuqua -tras trece años de ausencia desde Día de entrenamiento- para poner en marcha el mecanismo de la remake que tantos buenos resultados ha dado a Hollywood.

    Esta vez el modelo a seguir no es otro que la serie The Equalizer, que se emitiera allá por el año 1985 y con una seguidilla de episodios que comprendieron cuatro temporadas hasta 1989. El protagonista de la serie era Edward Woodward, en el rol de Robert McCall, ex agente de la Cia y entrenado por fuerzas paramilitares que interviene en asuntos domésticos como una suerte de justiciero o vigilante, cuando la injusticia de los débiles resulta insoportable para su escala de valores. Washington encarna a la perfección a este McCall afroamericano, quien se desempeña como empleado en una carpintería y pasa sus noches en un bar, acompañado de un buen libro y un saquito de té propio. McCall es austero y hombre carismático, aunque no muy hablador. Su metódica conducta indica autodisciplina y muy fácilmente puede advertirse un pasado que prefiere olvidar, cuando no ocultar mediante su pantalla de trabajador común.

    Sin embargo, una de esas noches de lectura conoce a una prostituta joven, de acento ruso, a quien no tarda en sacarle la ficha y descubrir que trabaja para una red rusa no por gusto y que su destino depende de un proxeneta violento y despiadado. La primera injusticia con el débil, en este caso la chica tras recibir una fuerte golpiza que la deja en el hospital por negarse a atender a un cliente despreciable, despierta en McCall al justiciero y vigilante nocturno dormido.

    La decisión de intervenir y malograr los planes de la mafia rusa, enquistada en pleno corazón de Norteamérica bajo la complicidad corrupta de la policía local, abre el plano a la llegada de un antagonista: el despiadado Teddy, mercenario cuyo objetivo es recuperar el orden para que la mafia continúe con sus negocios y aniquilar a McCall.

    Protagonista y antagonista, entonces, toman el control de film en un derrotero básico de presa y cazador que por supuesto, promediando la etapa final, cambiarán de roles mientras una ola de violencia y muertes de terceros se desata en el escenario elegido para que la puesta en escena sea lo suficientemente efectiva al lucimiento de Washington y su frialdad a la hora de empuñar un cuchillo, un revolver o hasta un sacacorchos.

    Los puntos fuertes de este entretenido thriller lo constituyen la buena elección del villano interpretado por Marton Csokas, a veces como caricatura de sí mismo al mejor estilo comic, la presencia de la ascendente Chloe Grace Moretz, en el rol de prostituta rusa y, por supuesto, Denzel Washington en un papel a su medida.

    Sin mayores pretensiones que la entrega de un film pasatista, que por momentos busca crecer en aspectos dramáticos y desarrollar más intimidad en sus personajes para contrarrestar el vértigo de la acción física, El Justiciero se deja ver no sólo como entretenimiento sino como un buen y esperado retorno de la dupla Fuqua-Washington.
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  • El karma de Carmen
    Yo soy sola


    La actriz Malena Solda encarna a Carmen, protagonista absoluta de esta comedia romántica, anómala, del director Rodolfo Durán (Terapias alternativas), con guión de María Meira (La mirada invisible), que se ubica en la frontera de la treintena cuando las presiones sociales y los mandatos sobre las mujeres indican la imperiosa necesidad de casamiento e hijos.

    Si parte del karma de nuestra antiheroína, quien ha optado por su carrera e independencia del yugo masculino, se pudiera resumir en la soledad, que tarde o temprano tocará a su puerta, también permite diferentes lecturas en base a la idea de una consecuencia provocada por múltiples causas: la soltería militante, la renuncia a los lugares comunes de todo romanticismo convencional (podríamos decir una comedia anti-hollywoodense) y además, la crisis que supone atravesar los treinta y seis sin horizonte de pareja a la vista.

    El tono elegido por el director, en su sexto opus, recoge algunos elementos de la comedia, la ironía y un cinismo a conciencia por parte de la protagonista ante un entorno, tanto familiar como externo, que pretende encontrarle candidato y un sentido tradicional a su existencia.

    La oportunidad de un viaje a Mar del Plata, que el azar de un concurso en su heladería preferida le dispensa siempre que vaya acompañada, supone la chance del cambio, pero también es el detonante del mayor conflicto interno y el reflejo deformado de ese espejo en el que Carmen no se quiere mirar. A esa alternativa de viaje de autoconocimiento se le superpone la presencia de Javier (Sergio Surraco), conocido de su hermano Santiago (Gustavo Pardi), quien pretende romper el hechizo de soltería de su hermana organizando una cita incómoda, lo suficiente para que Carmen rechace el plan de conquista, aunque luego tratará de someterse a la teoría de las segundas oportunidades.

    Con buenas actuaciones en roles secundarios de Manuel Callau (habitué de los films de Rodolfo Durán), y Laura Azcurra como la amiga que a veces usa de confidente a Carmen cuando pelea con su novio y otras la descarta cuando todo se arregla, El karma de Carmen explora en la intimidad de una treintañera que no se amolda a los cánones establecidos por la cultura, desde la superficie, pero también se sumerge sin solemnidad ni bajadas de línea morales, con la sensibilidad justa por los vericuetos de la soledad.
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  • Las chicas del 3º... un consorcio felíz
    Alguien golpea la puerta

    El debut cinematográfico en la ficción de Maximiliano Pelossi apela a elementos de la comedia costumbrista, el sainete y el humor blanco, con un dejo de nostalgia por cierto tipo de cine de antaño, aunque con timing más aggiornado a estos tiempos.

    Con Las chicas del tercero… no nos encontramos frente a una sitcom, pese a que el escenario en donde ocurren las acciones es un edificio de departamentos, ideal para una puesta en escena de estas características.

    Cada copropietario es visitado por las hermanas Celia y Aída (Betiana Blum y Lucrecia Capello), encargadas de la administración y del cobro de las expensas, pretexto que utilizan para invadir puerta por puerta y fisgonear al mejor estilo, con una mirada un tanto prejuiciosa sobre las conductas de algunos de sus vecinos. La galería de personajes responde al típico arquetipo del costumbrismo: madre maltratada por su esposo con hijo pre adolescente que encuentra algún que otro alivio en la mirada y los brazos de un joven estudiante del interior, quien vive con su hermana y fuma marihuana; una ex profesora de piano que en realidad ejerce la prostitución por las noches; una inquilina Búlgara que también sale a trabajar por las noches y sobre la que pesa la misma sospecha; un hombre misterioso que recibe paquetes y cuya hosquedad hacia las ancianas es manifiesta, y para terminar el portero con deudas de juego.

    El eje por el que avanza el relato se sostiene desde la dialéctica del equívoco o la idea de las apariencias que engañan para encontrar el mismo punto de vista sesgado y repartido entre Celia y Aída, en paralelo a la relación a veces simbiótica y otras parasitaria de ambas, ocupando Celia el rol de la solterona y Aída el de la viuda. Ambas se disponen a abandonar el edificio para ir a Canadá con una de las hijas de Aída pero, entre los preparativos de la mudanza, ocurre un hecho -que por motivos lógicos no se revelará aquí- que podría llegar a modificar el rumbo de ellas y precipitar algunos acontecimientos.

    Como comedia blanca, Las chicas del tercero… entretiene aunque los desniveles en las actuaciones entre las protagonistas y los personajes secundarios es notorio y ese defecto por momentos repercute en el fluir de la trama. Con algunos diálogos forzados en contraste con escenas donde el drama o la nostalgia nacen de manera espontánea, gracias al profesionalismo de Betiana Blum y Lucrecia Capello, a quienes no les resulta nada difícil apropiarse de sus personajes y hacerlos queribles
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  • UAHAT: El Padre Rio negado para sus hijos
    Redes invisibles

    Un río que no fluye -o al menos no fluye de manera natural- es un curso de miles de vidas que no avanzan. Fluir junto al río y vivir de los sábalos que se pescan a diario forma parte del sustento de la comunidad wichi del Chaco Salteño y ocupa el centro del conflicto que los documentalistas Franco González, Julián Borrell y Demián Santander descubrieron al llegar con sus cámaras a la región con un propósito distinto: los artesanos y la cultura de la comunidad wichi.

    Apenas tomaron contacto con esa realidad, un corte de ruta como expresión de lucha para parar ese progreso que no entiende razones culturales o de economía de subsistencia, les abrió el panorama complejo que arrastra un convenio entre los gobiernos de Argentina y Paraguay que data de la década de los noventa y hace foco en la explotación del río Pilcomayo, cuyas aguas también involucran a Bolivia, tercero en discordia, país que en un comienzo se vio beneficiado por el canal natural argentino pero que hace unos años sufrieron las consecuencias del llamado Proyecto Pantalón que implicó la construcción de un canal artificial por parte del Paraguay provocando una incipiente bajante del río Pilcomayo.

    Las imágenes captadas por la cámara en compañía de los damnificados son más que elocuentes al reflejar que donde antes había un río ahora solamente hay tierra, sin sábalos y sin chances de que el conflicto contemple el reclamo de los pueblos originarios. Las máquinas que dragan, o deberían hacerlo en una extensión de 17 kilómetros para que ese pantalón tenga dos piernas y no una sola, no son suficientes como paliativos de la traumática situación. En ese sentido las diferentes voces que dan cuenta de una problemática social con alcances de desastre natural reciben una escasa preocupación de los medios locales y de una clase política del lado argentino demasiado complaciente con los acuerdos firmados décadas atrás.

    Pero el documental no se queda solamente con el panorama nefasto de los wichis del Chaco Salteño, sino que avanza hacia otra comunidad indígena en Bolivia, que reclama una pronta solución por vivir de la misma economía de subsistencia, aunque desde realidades distintas pero dependientes del desove del sábalo río arriba, algo que por no contar con un canal adecuado del lado argentino ha dejado de ocurrir.

    Uahat… es un documental que expone en primera persona la lucha de resistencia de los pueblos originarios por preservar su tierra y como ellos definen a su padre, el río Pilcomayo, conscientes que para el hombre blanco son invisibles o presas de redes invisibles como la burocracia, la política sucia y los intereses de unos pocos que deciden el destino de muchos. También en Uahat… se aprecia la pasión en la búsqueda de verdades que se niegan, a veces movilizados por la intuición y otras abriendo los ojos alrededor, sin prejuicios.
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  • Tropicália
    Tropicália
    CineFreaks
    La vanguardia es así

    El término tropicalia traza varias líneas interpretativas, por un lado responde al movimiento contracultural que en los últimos años de la década del sesenta penetró en distintas ramas del arte en Brasil, entre ellas el cine con Glauber Rocha a la cabeza y la música, con artistas jóvenes como Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Arnaldo Baptista, Rita Lee y Tom Zé. También es el título de uno de los álbumes rectores de este movimiento (editado en 1968, un año después de Sargeant Pepper de The Beatles) y la respuesta contra la palabra tropicalismo, pues -como decían sus creadores- todo ismo implica separación y la idea central de la corriente Tropicalia precisamente era la mixtura de la música popular brasilera con influencias extranjeras.

    Pero Tropicalia es el título de un documental del realizador Marcelo Machado, que pudo verse al aire libre en el Bafici hace unos años y que ahora afortunadamente se estrena en el circuito comercial. A Marcelo Machado (ver entrevista) lo sedujo la idea de reflejar la efervescencia política y cultural de aquellos años difíciles de Brasil, en los que la dictadura marcó el rumbo y el exilio obligado de muchos artistas, como los ya mencionados Veloso y Gil a Londres, Portugal y París.

    Precisamente son ellos a quienes convoca Machado en el presente de su obra para mostrarles en una pantalla gigante fragmentos de archivo propios del tropicalismo, en los que los artistas se identifican, luego de alguna que otra emoción contenida, en los rostros de miles de jóvenes que manifiestan por las calles. Además, dice presente el recuerdo con aires de melancolía y sabor a tiempo perdido en algunas melodías de sus canciones más representativas, como Alegría, alegría y Domingo no parque, ambas finalistas del Tercer Festival de MPB da TV Record.

    Con ese recurso de confrontarlos, Marcelo Machado consigue que aquello que representaba una anécdota del pasado, para ellos cobre un significado mayúsculo, gracias al valioso aporte de testimonios, un nutrido e inédito material de archivo, que se despliega en pantalla bajo una estética de collage –fiel al tropicalismo- para mezclar texturas, colores y una banda sonora inmejorable.

    El auge del tropicalismo se extendió por tres años y su alta dosis de transgresión, a partir de la deconstrucción de valores tradicionales de la cultura popular brasileña, le generó enemigos puertas adentro, la mayoría universitarios que esgrimían discursos en pos de un nacionalismo y tradicionalismo a contracorriente de aperturas hacia otras geografías como Norteamérica, aspecto que desde los medios de comunicación masiva también se procuraba mantener vigente. En ese sentido, uno de los mejores segmentos de este multifacético y fascinante documental lo constituye el enfrentamiento entre Caetano Veloso ante una audiencia de estudiantes hostil, a la que el artista terminó saludando con una frase sentenciadora: Ustedes no entiende nada. Podría haberse parafraseado en aquella convulsionada velada a Charly García para rubricar con la frase la vanguardia es así. Incomprendida, transgresora, mutante y como suele ocurrir adelantada a su contexto sociopolítico.

    En materia cinematográfica, Tropicalia no viene a revolucionar el cine documental ni mucho menos, pues se pueden encontrar recursos clásicos en su estructura narrativa, pero también otros no tan convencionales que terminan constituyendo una pieza única que vale la pena descubrir y por supuesto abrir el debate cultural bajo la perspectiva histórica de Latinoamérica, en tiempos donde la globalización del arte ha quitado rasgos de identidad a los países, aunque haya aportado nuevos discursos y formas de entender el mundo.
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  • Tres D
    Tres D
    CineFreaks
    Sólo para cinéfilos

    Tan anómalo o fuera de lo común resulta la realización de un festival de cine independiente en Cosquín como la existencia de un fenómeno inexplicable que altere la percepción de los colores si es que no se utilizan anteojos para seguir viendo la misma realidad. Tres D, segundo opus de Rosendo Ruiz (De caravana, 2010), lleva al extremo la fórmula de cine dentro del cine y encuentra en la excusa de la ficción, pero también del documental, los caminos aptos para reflexionar sobre qué significa el cine y para qué hacer películas.

    Para ello, los discursos de directores reconocidos como Gustavo Fontán o José Celestino Campusano, acompañados de un enfoque más acrítico desde ciertas miradas de la crítica especializada, se yuxtaponen y entrelazan con el biorritmo de un festival desde adentro y hacia afuera. Pero si a ese complejo trabajo de mezcla de texturas se le suma la ficción en su estado de mínima expresión, el combo deja una película extraña e inclasificable como Tres D, un aire renovado en materia estética y completamente distinto al estilo de la ópera prima de Rosendo Ruíz que coqueteaba con el cine de género aunque desde un plano subyacente recreaba sus preguntas e interrogantes sobre la teoría cinematográfica.

    Es cierto –y justo de advertir para el espectador no avezado- que varios de los códigos o guiños del film solamente lo podrán apreciar aquellos que abracen la cinefilia local con los ojos abiertos y demuestren cierto interés por debates estéticos que plantean diferentes posturas entre críticos, aspecto que en la coyuntura hoy por hoy cobra un significado particular a raíz de varios cruces entre colegas, en lo que va de los últimos meses, que ponen el ojo directamente en la crítica y aquellos críticos devenidos realizadores. Para un público masivo, la atención de estos menesteres es por lo pronto dudosa y en ese sentido una gran parte de Tres D dejará afuera a una audiencia no familiarizada con el derrotero de festivales y menudencias de carácter doméstico.

    Sin embargo, aquellos que busquen una historia con personajes y situaciones también la encontrarán en esta propuesta, que maneja con rigor y precisión su puesta en escena y consigue por momentos construir una atmósfera de intimidad propia así como dejar reflejado a través del punto de vista de los protagonistas, Matías y Mica, la pasión y el amor por el cine.
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  • Pichuco
    Pichuco
    CineFreaks
    Dos manos, dos corazones

    Partir o desentrañar un misterio, sea éste fruto de la imaginación o anclado en hechos fehacientes, es un buen comienzo para encarar un documental sobre una figura popular, resistente a detractores y mucho más permeable a recibir todo tipo de elogio de distintos estratos por considerar su obra uno de los hitos en la música ciudadana. Como aquellos escultores que dan cuenta que en el proceso de concretizar una obra extraen y sacan de ese enorme rectángulo de piedra aquello que sobra para así llegar a las formas de un cuerpo, Aníbal Troilo, conocido como el virtuoso bandoneonista Pichuco, se caracterizaba por borrar partituras que le traían sus arregladores para que luego su orquesta las ejecutara en bailes o teatros.

    Una de las tantas anécdotas que atraviesan el universo propuesto por el documentalista Martín Turnes en Pichuco, estrenada este año en el BAFICI y que ahora encuentra pantalla en un circuito limitado y también en el interior del país, lo involucra al mismísimo Astor Piazzola (integrante de su orquesta que luego siguiera por otros rumbos) cuando el maestro Troilo dijo sobre la partitura de "Adiós Nonino" que eran demasiadas notas para decir adiós a un papá. A esa anécdota se le suman otras de igual calibre y testimonios a cámara (como el de Horacio Ferrer o Leopoldo Federico) para ir construyendo no sólo al Aníbal Troilo persona sino al Pichuco artista y músico inimitable e incomparable -que murió tempranamente en 1975-, desde una selección rigurosa de tangos, material de archivo, grabaciones y obras orquestadas que trazan los contornos de un artista prodigioso, quien siempre se guió por la intuición más que por la perfección técnica o el estudio académico de la música, con la particularidad que entre sus partituras y grabaciones existe una diferencia significativa. Este misterio y rasgo de autenticidad es en realidad el corazón de esta investigación en el documental de Turnes.

    También la correspondencia a través de la música de Pichuco entre distintas generaciones no necesariamente tangueras como la de los jóvenes que estudian sus composiciones y sus antiguos músicos, quienes a modo de tributo regalan su arte en versiones de sus tangos más reconocidos. Por eso, la melodía de "Sur" o "La última curda" por citar algunas entre milongas con su sello indeleble reviven en cada acorde y en cada silencio que se cuela en la pantalla. Pichuco y los silencios, marca registrada de su estilo, es también otro de los hallazgos de Martín Turnes, quien apuesta convencido de su material a una estética dinámica para ilustrar el derrotero de la investigación con audios, fotos, fragmentos de películas como Los tres berretines donde aparece con su bandoneón y la presencia del colchón musical en cada secuencia.

    A cien años del nacimiento de Aníbal Troilo y en sintonía con el merecido homenaje, este documental refleja el respeto a su figura y obra artística pero por sobre todas las cosas la admiración por un artista argentino, único e irrepetible.
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  • Aprendiendo a volar
    Las alas del duelo

    Las ausencias no simbólicas sino aquellas que el protagonista sufre a diario, leáse carencia de madre, padre ausente y alcohólico, sumado un entorno demasiado hostil, condicionan el vuelo de esta infancia en la que el único sustituto de libertad y posibilidad de darle rienda suelta al deseo llega desde la particular relación que establece Jojo con un cuervo pichón que no ha podido quedarse en su nido.

    La psicología barata rezaría a los cuatro vientos síndrome del nido vacío, que se reproduce en la existencia de este muchachito pero con los roles invertidos dado que sus padres, por distintas circunstancias, son los abandónicos y no el niño que debe transitar por los duelos habituales del crecimiento en los primeros estertores de la infancia; en la forzada metamorfosis hacia la adultez temprana que implica hacerse cargo de uno mismo y cuidar a quien debe cuidarlo.

    A pesar que el film pretende mantener oculta cierta información sobre la madre de Jojo, las llamativas charlas telefónicas a escondidas del padre para describirle una realidad idílica son el indicio de que algo extraño ocurre en la conducta del niño adulto. Los episodios de violencia doméstica que debe soportar, cuando no la ausencia temporaria del padre que trabaja como seguridad fuera de casa, completan el patético cuadro.

    Pero a esa cruda realidad se le superpone el pequeño idilio de Jojo y su cuervo. Ambos coexisten en un mundo atravesado de peligros y amenazas externas, aunque cuando ese espacio es conquistado por ellos nada puede lastimarlos.

    Aprendiendo a volar, entre otras cosas, es un film de aprendizajes, con la particularidad de que los únicos protagonistas son el niño y el pájaro en el camino de la vida. Y si de vida se trata, también aparece la contracara de la muerte y con ella la ausencia y el duelo. Y del duelo, la capacidad de duelar diferentes cosas y entonces extender las alas para que el deseo renazca en el próximo vuelo hacia la libertad.
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  • Atlántida
    Atlántida
    CineFreaks
    Transiciones en pueblo chico

    La debutante cordobesa Inés María Barrionuevo muestra en su ópera prima, Atlántida, una capacidad narrativa asombrosa así como la sensibilidad para acercarse a los conflictos de sus personajes sin perder la distancia y mucho menos el centro de atención en los detalles a la hora de pensar la puesta en escena.

    La película aborda la idea de los cambios y la transición que atraviesa el derrotero de dos hermanas, Elena y Lucía, en el corto periodo de un verano de 1987. La más pequeña, Elena, quiere convertirse en Maricruz y sale al mundo con sus ropajes de inocencia para aprender y vivir nuevas aventuras junto al médico de pueblo cuando lo convence de que la deje acompañarlo en su recorrido de rutina mientras que la mayor Lucía pretende escapar del letargo pueblerino y probar suerte en el estudio en una ciudad con más atractivo y lejos de su familia y su hermana.

    Algo del horizonte trazado por Lucrecia Martel o Celina Murga en sus respectivas óperas primas que generaron la atención en otro tipo de mirada sobre su propio lugar parece transitado desde este enfoque muy particular y personal de esta novel y talentosa directora, quien ya se encuentra trabajando en su segunda película.
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  • Borrando a papá
    Rehenes del rencor




    Más allá de las polémicas suscitadas de las idas y venidas para el estreno del segundo documental de la realizadora Ginger Gentile (Mujeres con pelotas), acompañada por Sandra Fernández Ferriera, Borrando a papá (liberada a todo público gratuitamente unas horas por Youtube), resulta importante en primer término defender el derecho de todo espectador potencial por ejercer un acto de libertad y tras esa acción participar o no del debate que se construyó alrededor de la presión de diferentes ONG -en carácter de boicot- por considerar al film promotor desde sus conceptos de un mensaje peligroso y muy sesgado sobre los protagonistas, en este caso padres divorciados que, judicializados y estigmatizados por los juzgados de familia, intentan recuperar el contacto con sus respectivos hijos como parte de una lucha desigual con un sistema judicial que, ante la sospecha de violencia familiar, se escuda en el derecho de la madre, a veces injustamente ubicada en el lugar de víctima y no de victimario.

    Son cinco los ejemplos elegidos por las directoras para dar muestra representativa de los resortes que movilizan una maquinaria judicial perversa por la que desfilan intereses de abogados, asistentes sociales, psicólogos y las propias ONG de fuerte tendencia feminista que, bajo el pretexto de defender los derechos del niño, consideran que los adultos en conflicto cuentan con el tiempo suficiente para reparar el vínculo. En realidad, en todo divorcio traumático, donde las partes no velan por el bienestar de sus hijos el daño colateral recae en ellos, en varias ocasiones como blanco de rencores de los padres por sus fracasos como pareja. Eso queda en evidencia cuando los testimonios a cámara se unen bajo las mismas coordenadas de enfrentamiento con madres que no entran en razón y utilizan su poder para hacerse cargo de la crianza de los niños de manera exclusiva y excluyente. Para ello una dura cámara oculta, que forma parte del núcleo de este mosaico de relatos recogidos por Gentile, alcanza como botón de muestra.

    El estilo ágil en la edición también deja que se oiga la otra campana, en base a voces que defienden a rajatabla el sistema judicial y tratan de minimizar sus falencias o errores, así como el contraste entre abogados a favor de los padres y psicólogos en contra de ellos con los famosos argumentos del síndrome de alienación parental entre otros, funciona -dialécticamente hablando- para fijar un posicionamiento de las realizadoras, teniendo en cuenta que la propia Ginger Gentile vivió en carne propia el alejamiento de su padre divorciado, como consecuencia de la influencia de su madre y su discurso mentiroso.

    Sin pretensiones de verdad absoluta, sin obscenas bajadas de línea, Borrando a papá merece el estreno comercial (ahora pautado para el 2 de octubre cuando debería haberse concretado el 28 de agosto) y quienes lo boicotean por las razones que sean, el repudio.
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  • Comando especial 2
    La eterna adolescencia

    Quedan claras varias cosas con la secuela de este suerte de remake de la serie original, que tras 25 años de vida solamente se recuerda por haber sido el trampolín del actor Johnny Depp, sin ningún otro atributo en relación a su contenido. La primera clave para acceder a los códigos de la saga protagonizada por el todo terreno Jonah Hill junto a Channing Tatum, en los roles de Schmidt y Jenko, es que sin ellos no hay manera de sostener el operativo de traslación cinematográfica de la serie juvenil ochentosa. La química entre ambos consigue aderezar los chistes con mejores remates que los que provienen del guión y eso se nota a la legua cuando la idea de la rienda suelta se hace evidente en una trama lineal, aburrida y que no es otra cosa que un pretexto para justificar el porqué de esta insistencia en una segunda entrega.

    Sin embargo, los esfuerzos de Hill no son suficientes y nunca sus intervenciones cómicas por más desopilantes que sean consiguen carcajadas sin la buena predisposición del público. Es que el humor adolescente de Comando especial 2, que abraza ciertos códigos revulsivos de la Nueva Comedia Americana ya no sorprende a nadie y demuestra que, sin complicidad, carece de valor en sí mismo. No ocurre lo mismo con la parodia o la auto parodia cuando los mecanismos del humor buscan atajos más inteligentes que la exageración de las imposturas culturales.

    Toda película de universidad convoca desde su estructura narrativa núcleos temáticos similares: galería de profesores excéntricos, fraternidades masculinas con alto grado de estrógenos y un puñado de freaks o personajes secundarios para salvar a los guionistas. En ese ámbito de previsibilidad se inserta esta investigación policial para descubrir al proveedor de una droga de diseño que circula por los claustros académicos y que se relaciona con la dudosa muerte de una universitaria.

    Allí, en calidad de alumnos universitarios, arribarán los policías Schmidt y Jenko, con una tapadera que más de un estudiante puede llegar a descubrir mientras el humor y el chiste poco elaborado marca el ritmo de la poca acción de un film pasatista y apenas agradable para quienes gusten sobre todo de estos actores.
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  • El manto de hiel
    Pueblo chico, alegoría grande.

    Entre la frase sentenciosa que reza un fragmento del Infierno de Dante Alighieri, Que olvide toda esperanza aquel que entra a este lugar y la postal de todo relato que comienza con el extranjero en tierra ajena, bajo el abrasador sol y la aridez del desierto sanjuanino, se desliza el desarrollo tentativo de una historia que en la superficie transita por los andariveles del drama iniciático, pero que en la profundidad adopta características fantásticas, las cuales funcionan sencillamente como parte de una alegoría un tanto obvia que busca hacer blanco en la memoria y el inconsciente colectivo de la sociedad argentina al establecer el paralelismo entre los huesos del pasado que se quiere enterrar y el terremoto de la conciencia que hace fuerza para que esa verdad emerja en el temblor de los tiempos.

    Es así como El manto de hiel, del realizador Gustavo Corrado (El armario, Garúa) busca, bajo el pretexto de la ficción, trazar puentes comunicativos entre el pasado y un personaje (quien paradójicamente esconde su pasado), que se enfrentan en un territorio desconocido, habitado por extraños. Éstos pretenden conservar el orden y el status quo, además de mantener oculto un secreto que los hace cómplices a todos, con mayor o menor grado de responsabilidad, vinculados estrechamente con el pasado.

    La experiencia de filmar en paisajes de la provincia de San Juan –el film contó con el apoyo absoluto de la gobernación y se rodó en locaciones como El Caucete, Marayes y el Dique Cuesta del Viento- y contar con actores oriundos del lugar, hace mella en las irregularidades evidentes que se ven plasmadas en pantalla. Por momentos se imponen los paisajes desde su poder visual y no como elementos funcionales a la trama y por otro, los exabruptos de ciertos personajes con parlamentos altisonantes aportan ruido al relato.

    Si bien ciertas ideas consiguen su correspondencia en la puesta en escena, otras no logran su cometido como parte integral de un todo conceptual y ese defecto genera alguna disrupción en el desarrollo.

    Al director Gustavo Corrado, quien también produce, escribe y en este caso se hizo cargo de la fotografía, le juega una mala pasada la necesidad de conservar la ambigüedad en la historia para poder ejecutar las alegorías sin que el artificio se revele de primera mano. Pero ese denodado esfuerzo –es valorable de todas maneras la intención- no le alcanza para ocultar las costuras de esa red de significados buscada desde el primer minuto cuando el extraño, interpretado por el actor William Prociuk, se queda varado con su auto en un inhóspito paraje surcado por una vía muerta y habitado por un grupo de extraños que miran con recelo su llegada.
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  • Ricardo Bär
    Ricardo Bär
    CineFreaks
    El problema de la representación

    La particularidad de este documental de los directores Nele Wohlatz y Gerardo Naumann es la idea de exponer en carne viva el artificio cinematográfico y reflexionar, a partir de la experiencia de abordar a un personaje un tanto díscolo, sobre los problemas de la representación a la hora de plantear una puesta en escena para un potencial documental, atento al registro sin filtros de lo que acontece delante de cámara.

    Dos tipos de adaptaciones al entorno atraviesan el universo de Ricardo Bär: la de los propios realizadores para convencer y ganarse la confianza de una comunidad de alemanes, en Aurora (Misiones), cuyas familias practican el culto católico bautista y la del propio Ricardo Bär, un joven que afronta una de las decisiones más difíciles de su vida, la cual consiste en la aventura de viajar a Buenos Aires para estudiar teología y así convertirse en pastor o continuar su rutina en el campo, hacer honores al legado paterno y ganarse el respeto de la iglesia de su pueblo con un sermón antológico.

    De la misma manera que en 2005 Mariano Donoso en su original film Opus expusiera el artificio del proceso de rodaje de un documental sobre la crisis educativa que nunca se llega a concretar, Ricardo Bär transita por el mismo camino sinuoso de la representación, sus limitaciones y la manera de vincularse con un entorno hostil, cuando no un personaje que expone a cámara sus contradicciones y reparos al convertirse en protagonista de una película.

    Es la distancia de la cámara la que traza el rumbo errático y los contratiempos que deben sortear Nele Wohlatz y Gerardo Naumann, quienes desde el guión y bajo una estructura narrativa partida, que rompe la linealidad temporal (el presente del film en realidad se conecta con situaciones anteriores a las mostradas) y utiliza la voz en off como apunte irónico a veces y otras meramente informativo para orientar al espectador; deconstruye el artificio y reflexiona -en silencio- acerca de las posibilidades de intervenir frente a la realidad aunque se persiga celosamente la idea de mantener la fidelidad ante los hechos, porque en definitiva el salvoconducto de ofrecer al protagonista la chance de la beca de estudios para así comprometerlo en la película, representa la misma contradicción ética de los realizadores al actuar sobre la realidad.

    Ricardo Bär, personaje, parece tomar las riendas de Ricardo Bär, película, de manera anárquica y despótica al ejercer un efecto de fascinación y misterio, capaz de sostenerse en el derrotero de contratiempos durante el complicado proceso de rodaje, en eso reside su rareza, que podrá o no atrapar al espectador en caso de que éste muerda los anzuelos –a veces no tan evidentes a simple vista- lanzados al mar de dudas por los entusiastas documentalistas, quienes se dejan seducir por la estrella en vez de dirigirla hacia donde realmente debería haber llegado: terminar una película sobre la experiencia de un joven de la provincia de Misiones, quien parte hacia Buenos Aires, dejando atrás su pueblo y su zona de confort, convencido de que su guía no es otro que el propio Jesús.
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  • Dos vidas
    Dos vidas
    CineFreaks
    La dualidad con rostro de mujer.

    La demora que se percibe desde el inicio hasta promediar la primera media hora de película para configurarse realmente de qué se trata Dos vidas, se ve subsanada de inmediato al atar una serie de cabos que, a rigor de verdad, aparecen desperdigados en el relato.

    La referencia directa a la caída del muro de Berlín que mantenía separadas a las dos Alemanias, la Federal y la Democrática, refleja que de esos escombros emergen historias oscuras y secretos que parecían sepultados por el paso del tiempo, las complicidades internacionales e internas y un sinfín de intereses políticos y económicos que sostuvieron durante décadas la Guerra Fría y todos sus derivados, a lo largo y ancho de Europa.

    El hecho de que la protagonista se disfrace con una peluca al pasar por un aeropuerto desde Noruega a Alemania nos introduce en un relato que rozará las líneas narrativas del cine de espionaje -¿doble agente?- pero al introducir de lleno a una familia de clase media noruega en apariencia feliz, la perfecta fachada para no levantar sospechas, oculta su verdadero sentido.

    Ese es el mérito -quizás el único destacable- de su realizador George Maas en su segundo opus, que desarrolla con ciertos contratiempos la historia de las denominadas Alemanas Tristes, episodio poco conocido que se remonta a los años del nazismo y a la ejecución del programa Lebensborn, el cual consistía en separar a los niños nacidos de madres noruegas y oficiales alemanes por considerarlos arios y así trasladarlos a maternidades germanas para que se desarrollen y crezcan allí. Sin embargo, la derrota en el campo bélico con la posterior caída del Reich y del régimen nazi en su conjunto condenó a esas criaturas a una infancia humillante por considerarlos los niños de la vergüenza.

    Sobre ese pilar histórico y poco conocido de la historia nazi y mucho más aún de la suerte de muchas madres noruegas sometidas a esta práctica aberrante se basa la investigación judicial del tribunal de Estrasburgo y se alimenta la obsesión de un abogado noruego (Ken Duken) quien, tras la caída del muro, pretende llegar hasta las últimas consecuencias y conseguir mediante un juicio y testimonios de las víctimas un resarcimiento del gobierno noruego.

    El eje de su investigación se concentra en la historia de la única noruega que logró escapar luego de la guerra; cruzar la frontera y reencontrarse con su verdadera madre ya en Noruega años después. Esa es la historia de Katrine (Juliane Kohler), quien al recomponer los lazos con su madre (Liv Ullman) conformó una familia con esposo, hija y nieta, como parte de su plan en su calidad de espía, que se verá en jaque de conocerse su verdadero pasado como integrante de la Stassi, policía secreta que hizo estragos en la pos guerra y que perseguía a los disidentes que intentaban cruzar fronteras.

    El testimonio de Katrine ante el tribunal resulta clave tanto para el abogado como para que la investigación provoque una sentencia favorable aunque la verdad de su historia expondría su tapadera y verdadera identidad, algo que sus superiores de ninguna manera pueden permitir.

    Dos vidas entonces escarba entre las verdades y mentiras que rodean el pasado histórico de Alemania antes y después del nazismo (sobre un tópico parecido en cuanto a la época trata el film Lore) con la distancia adecuada para no verse involucrado en un punto de vista cerrado o la mirada sesgada ante los acontecimientos narrados desde la novela de la alemana Hannelore Lippe.

    Tal vez, si bien resulta atractiva la idea de dualidad en el personaje de Katrine, su doble moral al usurpar identidades ajenas, que a fuerza de claroscuros en el tratamiento de la imagen refuerzan este aspecto de su personalidad se resiente un tanto el revisionismo histórico que se propone de antemano para acotar las acciones exclusivamente al drama familiar y a los dilemas éticos de la protagonista.

    Una inmejorable oportunidad para ver a Liv Ullman en cine aunque en un personaje que no logra crecer desde el punto de vista dramático en comparación a la notable actuación por partida doble de Juliane Kohler. Este film elegido por Alemania para competir en los Oscar fue uno de los 9 pre-nominados y resulta extraño que no haya quedado entre los 5 ternados porque logra mixturar el thriller con el drama testimonial de manera eficaz y entretenida para el público local y extranjero.
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  • El cerrajero
    El cerrajero
    CineFreaks
    Las trabas de la comunicación.

    Si en Rompecabezas el trasfondo no era otro que los conflictos de la maternidad y de cómo enfrentar los cambios con las escasas estrategias de lo cotidiano, El cerrajero, segundo opus de la realizadora Natalia Smirnoff (ver entrevista), se concentra en los avatares de un protagonista (Esteban Lamothe), un tanto parco que por un lado atraviesa sus pequeños conflictos de interacción con el entorno y por otro vive la paternidad desde dos aspectos que no se vinculan entre sí: la figura de su padre ausente (el ya fallecido Arturo Goetz) y el potencial deseo de convertirse en padre del hijo de una amiga (Erica Rivas).

    Pero más allá de estos apartados temáticos, de inmediato la trama toma elementos ambiguos tales como la coexistencia de una nube o neblina con humo blanco que recubre el aire viciado de la ciudad (acontecimiento real acaecido en 2008 en la ciudad de Buenos Aires) junto al descubrimiento de un don por parte del protagonista cada vez que intenta arreglar o destrabar una cerradura.

    Un don en crisis acarrea también para quien lo padece una suerte de maldición y ese es el conflicto implícito que debe afrontar durante toda la película Lamothe, así como establecer los mecanismos que tiene a su alcance para reparar sus lazos afectivos, o al menos recomponer algunas situaciones.

    Los elementos sembrados con inteligencia por la directora en la puesta en escena de El cerrajero permiten elaborar algunos análisis en base a su valor simbólico, por ejemplo la búsqueda de pedazos para componer una cajita de música, obsesión que se encuentra a la par del conflicto principal durante gran parte del desarrollo.

    La otra virtud de Smirnoff es haber logrado introducir el código de lo fantástico –la palabra sobrenatural le queda grande y no es justa- sin arribar a la puesta de un elemento concreto o situación extraordinaria que no encuentre una lógica si se respeta a rajatabla el punto de vista de un protagonista en crisis, en el que a veces un incipiente aunque sutil estado de paranoia puede provocar distorsiones a su percepción de los hechos. Percepción que al ser sometidas a los poderes de las neblinas que azotan la ciudad cobran un sentido particular y sumergen a esta historia de dones en crisis en otro tipo de escenario, en el cual la alegoría de las trabas de la comunicación y de las cerraduras que no se quieren abrir estalla como esos secretos que pululan en el polvo de la memoria.
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  • Las aspas del Molino
    Entre ruinas

    La arquitectura de una ciudad habla silenciosamente de ese espacio, más allá del esqueleto que conforma la geografía urbana, o de aquellas ideas de urbanización, que son el resultado de proyectos o sueños de distintos personajes con una visión de futuro o simbólica que desde las frías calles o edificios sin personalidad no se aprecia o percibe. La preservación de las reliquias arquitectónicas también refleja un discurso implícito sobre la idiosincrasia de sus habitantes, tanto los del pasado como los del presente. Es por eso que Las aspas del molino, documental del chileno Daniel Espinoza García, trasciende su objeto de investigación, que no es otro que la mítica confitería El Molino, abandonada desde el año 1997, en cuyo edificio se alojó Espinosa entre otros extranjeros, como parte de una solución a su problema habitacional.

    El Molino, desde sus orígenes alberga la innovación arquitectónica y desde cada uno de sus rincones contiene gran parte de la cultura de una época, pues en sus años de gloria la literatura o las celebridades se daban cita en esa confitería y hasta se celebraban fiestas y bodas.

    El paso del tiempo y la caída en bancarrota de sus dueños desembocó en el abandono del inmueble, ubicado en Callao y Rivadavia, esquina que hace un par de décadas reemplazó la mística de aquella nostalgia porteña por el caos vehicular o el fervor desmedido de protestas sociales de cara a reclamos que nada tienen que ver con las políticas de preservación del patrimonio histórico, siempre náufragas por proyectos sin sentido o vapuleadas por el cinismo de toda la clase política sin distinción de cuadros partidarios.

    Lo cierto es que, si bien el documental del director chileno, que vino a Argentina en 2007 para estudiar cine, recoge el testimonio de sus pares y desnuda los contratiempos de todo extranjero al querer encontrar una vivienda para alquiler, se encarga de aportar una mirada desde afuera sobre un adentro que por el propio ombliguismo y pereza intelectual muchas veces se evade de reflexiones profundas, las cuales tienen sustento en las expresiones de la identidad, el escaso interés por lo histórico y esa agridulce sensación de nostalgia de una República en ruinas o que alguna vez fue otra cosa.
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  • Lucy
    Lucy
    CineFreaks
    La mula lisérgica

    Si partimos de la base de lo ridículo de la premisa de Lucy, tenemos dos opciones: o nos relajamos para dejarnos llevar por las incongruencias de un guión que no se sostiene, o indagamos con mayor seriedad sobre la necesidad de introducir temas interesantes en un relato absurdo e inverosímil, con el pretexto de querer esquivar el sayo de entretenimiento pasatista a secas.

    No necesariamente esta hipótesis se sustente por tratarse de un proyecto de Luc Besson, pues el realizador francés, en su calidad de productor, ha dado muestras acabadas de que el género o, mejor dicho, la mixtura de géneros, como la acción y la comedia, le resultan atractivos o al menos muy rentables. Pero si tenemos en cuenta que también Besson, en sus épocas doradas fue responsable nada menos que de El perfecto asesino y Nikita, ninguno de estos ejemplos –hay otros- abrazó de una manera tan cabal la ridiculez y los excesos en la trama.

    Formulada esta idea de contrastes, debe destacarse que las escenas de acción de Lucy cumplen pero no deslumbran y que la actuación de Scarlett Johansson, como nueva heroína, alcanza a satisfacer a fanáticos y no tanto, por contar con la ductilidad de manejar el cuerpo en escenas físicas cuando se lo requiere y, por otra parte, aportar la cuota dramática en los momentos donde el relato busca un respiro.

    Así las cosas, tras cumplir con un pedido de su novio para entregar un maletín a un villano oriental (Min-sik Choi), cuyo contenido es una droga artificial elaborada en base a sustancias humanas de embarazadas, la protagonista se ve obligada a convertirse en mula para hacer llegar la droga de China a los Estados Unidos. Sin embargo, luego de una golpiza (violencia de género, presente) que le provoca a su organismo la dispersión de la droga CPH4, desarrolla una hipersensibilidad; su coeficiente intelectual se incrementa descomunalmente (del 10 al 100%) hasta adquirir habilidades como la telepatía, la telekinesis, sujeto siempre a las reglas de todo comic de superhéroes, en el que el accidente otorga beneficios extraordinarios a la víctima.

    El problema de Lucy en su concepción de película de entretenimiento, blockbuster hecho y derecho, es que se toma demasiado en serio a sí misma, aunque esté presente el apunte irónico de Bresson sobre tópicos de los superhéroes o ciertos códigos del género. Prevalece, en los intentos de introducir ideas metafísicas o conflictos de carácter existencial en una historia básica de villanos contra una chica superpoderosa, la innecesaria solemnidad que desacredita el divertimento llano que no requiere ninguna reflexión extra por parte del espectador. Pero eso no sería una falla estructural o formal, en la medida en que lograra un desarrollo con el peso suficiente frente al cúmulo de escenas de acción, aspecto que desequilibra desafortunadamente la balanza.

    En síntesis, Lucy se queda por su propia vanidad a medio camino del entretenimiento bien filmado y la pretensión de película seria a lo The Matrix, a pesar de los ojos electrizantes de Scarlett Johansson y su fotogenia imbatible.
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  • Malka
    Malka
    CineFreaks
    Sepultar la verdad

    Las aristas invisibles sobre el hermetismo de la comunidad judía, si de secretos bien guardados se trata, se refleja en este debut documental del productor y director Walter Tejblum, quien reconstruye en Malka, una chica de la Zwi Migdal, el pasado de una joven judía, Malka Abraham, quien en plena huida de los pogroms europeos arribó a la Argentina en busca de la tierra prometida, engañada para inmediatamente caer en las garras de una red de trata de personas denominada Zwi Migdal.

    Las actividades ilícitas de esta organización polaca, que dejó de existir hace ochenta años, fueron repudiadas siempre por la comunidad judía, no obstante, aún en estos días existe una madeja de secretos y revelaciones que oculta una historia más compleja y que el director intenta desentrañar en su búsqueda por conocer más de cerca al personaje de Malka Abraham, dueña en su vejez de una fortuna –se especula cuatro millones de pesos- obtenida gracias a la prostitución y que como parte de su testamento había decidido donar a la comunidad judía tucumana a cambio de ser sepultada en el cementerio judío y aceptada por sus coetáneos.

    El documental, a veces guiado por la intuición y otras por el olfato periodístico del propio Tejblum, en su extenso periplo investigativo que suma testimonios a cámara, material de archivo y reflexiones propias, en realidad expone más allá de la anécdota de Malka Abraham y su rica historia de vida la cara oculta de la doble moral. Interrogantes tales como: ¿qué es ser judío?; ¿cómo reacciona la comunidad ante la presencia de personajes de reputación dudosa como la que se le adjudicaba a Malka?, orillan, perturban; mientras los pasos firmes del cineasta avanzan a pesar de los obstáculos y el pacto de silencio, reconocible en algunos rostros que no logran disimular la incomodidad ante las preguntas.

    Las frías líneas de un artículo periodístico publicado en La Gaceta sobre el asesinato de Malka Abraham a los sesenta y ocho años, tras haber culminado su testamento, encierra por un lado el mecanismo del olvido, pero parece querer expresar que además de esa crónica el recuerdo de esta figura rechazada por sus pares merece un mejor destino y al menos eso es lo que persigue este documental.
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  • Las insoladas
    Las insoladas
    CineFreaks
    El menemismo en la terraza

    Con Las insoladas da la sensación que al director Gustavo Taretto le ocurrió lo mismo que con su anterior film Medianeras al tomar la decisión de extender el metraje a la duración de un largo cuando para esta nueva radiografía del neo liberalismo de los noventa parecía más adecuada la síntesis de un cortometraje. No tanto por la calidad de las actrices convocadas, Carla Peterson, Luisana Lopilato, Marina Bellati, Maricel Álvarez, Elisa Carricajo y Violeta Urtizberea, sino por una falta de ritmo que se percibe promediando la mitad del film y que se va acentuando hacia el desenlace.

    El punto de encuentro de estas seis amigas, quienes se prepararon y ensayaron para salir victoriosas en un concurso de Salsa que las puede hacer acreedoras del premio mayor de cinco mil pesos (dólares con el 1 a 1) y así cumplir el sueño del viaje a la isla de Cuba, es la terraza de un edificio céntrico a la intemperie y dispuestas a broncearse con un sol que raja la tierra.

    Entre el aumento de la temperatura, que funciona como separador de los distintos estadios a modo de viñetas, en la trama también, y en sintonía, lo que crece y aumenta en Las insoladas es la tensión dramática que se constituye por el choque de personalidades, pero que no logra escapar desde los trazos gruesos del guión de los estereotipos del mundo femenino: la psicóloga del grupo que interpreta los dichos y actitudes inconscientes de sus amigas; la sabelotodo que usa anteojos como una Calculín en bikini: la boba: la obsesiva de los animales, por citar los más obvios.

    A ese racimo de lugares comunes se le debe agregar, a veces ,diálogos ampulosos que no aportan demasiado más allá de su rasgo de banalidad, en contraste con aquellas situaciones donde los elementos del costumbrismo y la observación aguda de una idiosincrasia propia de aquellos tiempos del 1 a 1 resultan atractivas y permiten realizar comparaciones con la actualidad y encontrar en ese ejercicio de los contrastes históricos similitudes y diferencias tan abruptas y tajantes como ese sol que deshidrata en una tarde de verano porteño cuando las gotas de sudor se escurren entre los cuerpos bronceados como las ideas que se achicharran a pesar de los buenos intentos de Taretto y equipo.
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  • ¿Qué ves? Ecos de lo invisible
    Percepciones

    ¿Cómo se percibe el mundo?, seguramente este interrogante resultó un interesante detonante para que la realizadora Sofía Vaccaro atravesara el universo de las preguntas en búsqueda de posibles respuestas, en un documental que a veces adopta la forma de ensayo cinematográfico y otras la más clásica con testimonios a cámara, pero que evade todo intento didáctico y se sumerge en la profunda subjetividad.

    Qué ves, ecos de lo invisible tiene la particularidad de fluir a la par de sus siete historias, las cuales se relacionan entre sí bajo el denominador común de la utilización de los sentidos, aunque predomina en varias de las anécdotas la carencia de uno de los sentidos más importantes: el de la vista.

    ¿Se puede ver sin ver?; hasta qué punto se reconfigura un espacio en la mente valiéndose de los otros sentidos como el oído o el tacto parece responder positivamente la experiencia de vida de una madre no vidente que cría en perfectas condiciones a sus hijos videntes o en la performance de un bandoneonista ciego que ejecuta junto a otra compañera de ruta melodías con alta sensibilidad. La misma que se reconoce en la enseñanza o dedicación de la escritura braile a un niño en plena etapa de descubrimiento de ese mundo de otras sensaciones más allá de la vista.

    Pero además de resignificar el uso de los sentidos, Vaccaro encuentra en su propia búsqueda otra modalidad que hace a la creatividad y a la experimentación, como por ejemplo el teatro oscuro, la conversión de la luz en sonidos o la técnica de una pintura concentrada en los destellos de una imagen. Esos elementos, a veces dispersos en el lienzo cinematográfico de Qué ves..., constituyen la verdadera esencia de este singular enfoque propuesto por la directora argentina y que merece la pena descubrir en la sala de cine.
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  • Córtenla, una peli sobre call centers
    Los terceros en discordia

    Una de las herencias socioeconómicas de los noventa, sin lugar a dudas, ha sido la flexibilización laboral. Fenómeno que con el correr de las décadas sumó diferentes variables como la precarización, el empleo en negro y el auge de trabajos de explotación, entre ellos el de telemarketing o su cara más reconocible: los call centers.

    En primera instancia, estos reductos de jóvenes en busca de primeros empleos o de personas que por diferentes motivos quedan al margen del sistema de mercado, por no cumplir los requisitos de edad o de capacitación para otro tipo de trabajos, representan literalmente escenarios donde grandes empresas tercerizan la actividad laboral a partir de la incorporación de recetas del extranjero y tecnología para llevar a cabo, en poco tiempo, fabulosos negocios sin riesgo de sindicalización de su mano de obra, entre otras irregularidades.

    Así las cosas, el documental Córtenla, una película sobre call centers intenta, desde sus fines informativos, entregar al espectador un abanico de actores y variables que atraviesan el universo de esta actividad que sobrevive a las condiciones de un mercado laboral cambiante como el de Argentina. El foco elegido se concentra en testimonios de trabajadores que comparten sus nefastas experiencias y desnudan los aspectos invisibles de la precarización laboral, a la que se suma la representación -en tono irónico- en el terreno de la ficción acerca del microclima de un call center.

    Para escuchar al otro bando, el realizador Ale Cohen y su equipo organiza un discurso muy crítico y denuncia las intenciones de los consultores externos o empresarios a partir de las imágenes de un seminario en la ciudad de Córdoba.

    Los rostros de diferentes personas, que representan los intereses inescrupulosos de entes multinacionales sin rostro, aparecen durante distintas exposiciones frente a un auditorio en un discurso sobre la maximización económica que pregona como herramienta de productividad la explotación de los trabajadores, la mayoría jóvenes.

    En términos formales, debe argumentarse que la propuesta de Cohen funcionaría mejor en la televisión que en el formato cinematográfico, así como su mirada condicionada hacia un único aspecto de una realidad mucho más compleja, de acuerdo a la dinámica entre lo que Marx definiría como lucha de clases y que hoy se ajusta a distintas perspectivas sociales, aunque eso no significa que el planteo reivindicatorio sea innecesario.
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  • Sin City 2: Una mujer para matar o morir
    Esteticismo chato

    Es posible que los fanáticos de Sin City, luego de casi una década de ausencia, se vean defraudados con esta segunda entrega. En primer lugar, porque Robert Rodriguez no ha sabido articular argumento y atmósfera con ese plus de esteticismo que respeta el estilo de Frank Miller a rajatabla, pero que para los efectos dramáticos no resuelve los enormes baches de un guión escrito a desgano y con muchas falencias.

    Vale como botón de muestra, la desaprovechada historia del jugador de cartas que tiene como protagonista al Luciano Pereyra de Holywood, Joseph Gordon-Levitt. La suerte que corre este interesante personaje en la trama es menos que lamentable y eso repercute como boomerang para el resto de las criaturas que pululan en la ciudad del pecado, salvo la increíble y seductora Eva Green, como una de aquellas femmes fatales de otras épocas que no se olvidan con el correr de los años, cuya presencia en pantalla no es más que el pretexto de exhibicionismo de todas sus dotes, tanto en el terreno actoral como en el otro (se entiende).

    La estructura narrativa que esta vez rompe la linealidad y cronología de los diferentes relatos amalgamados tampoco es efectiva en términos de un orden interno que le aporte al desarrollo una coherencia interna. De esta manera, personajes y anécdotas que acumulan escenas sin cohesión abundan y lo que es peor aún, se nota la esterilidad de sus apariciones.

    La violencia gráfica sumada al exceso de cámara lenta y ese esteticismo chato resumen los defectos de una dirección aplicada, aunque nada creativa. Muchos actores que se prestaron a esta propuesta, como Christopher Lloyd, someten su presencia simplemente a la categoría de cameo, cuando podrían haber sido tratados más delicadamente por Rodriguez, sus tics y manierismos.

    Si bien se respetan los diálogos del comic de acuerdo a la opinión de expertos en la materia (quien escribe jamás tuvo en sus manos tan preciada gema), Sin City, version Rodriguez (en co-dirección con Frank Miller), dista mucho del estilo comic llevado a la pantalla grande y su resabio de film noir desde las intenciones no alcanza en esta oportunidad.
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  • Mujer lobo
    Mujer lobo
    CineFreaks
    Cine en estado de mutación

    Mujer lobo muta; el cine de Tamae Garateguy, también, porque sigue su camino de búsqueda ya despuntado en la interesante Pompeya, que roza sin casarse el policial con agregados propios y hasta a veces contrapuestos a los convencionalismos o códigos genéricos. En esta ocasión, la directora se anima a construir una película que explora el erotismo como pocas veces se ha atrevido el cine argentino, pero sin caer en la exposición gratuita o publicitaria y en plena confianza con un reparto muy convencido de los fines narrativos y estéticos de la propuesta.

    Mujer lobo avanza un paso más allá al tomar como eje una trama policial sencilla: en el Buenos Aires más urbano posible anda suelta una asesina serial, personaje interpretado por tres actrices de la talla de Mónica Lairana, Guadalupe Docampo y Luján Ariza. Busca en los subtes o en las calles a su presa masculina, la seduce y aniquila luego del acto sexual, a veces bestial y otras, envuelto en sábanas de sensualidad. Perseguida por un desagradable policía (Edgardo Castro) de insipiente misoginia –¿acaso el género policial no tiene algo de misoginia?-, que junta cadáveres en los recovecos de la ciudad, algunos envenenados y otros envueltos en charcos de sangre.

    A ese relato, filmado en un rabioso blanco y negro, se le suma un fuerte contenido erótico en coqueteo permanente con el soft porno, que impregna la película de una visceralidad más que interesante, donde son los cuerpos los que sufren, gozan y ocupan el centro de atención. Por otro lado, la idea estética del blanco y negro, integrado también a un concepto que otorga a la misma protagonista tres personalidades o rostros distintos –similar recurso al empleado por Adrián Caetano en Mala y también por Todd Solondz en Palíndromos- multiplica los sentidos de las lecturas que puedan realizarse, confirma que detrás de la joven realizadora se respira un aire de renovación que el cine argentino siempre necesita y mucho más cuando se trata de explorar géneros sin perder creatividad.

    La atmósfera de peligro latente que atraviesa el relato se vincula con la esfera psicológica de una mujer lobo torturada pero instintiva, capaz de desgarrar los cánones básicos narrativos con sus audaces uñas y dejar las marcas de un cine desafiante, que provoca al espectador y lo saca de la complacencia pasiva a la que está habituado. Rasgos de una mirada en permanente estado de mutación.
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  • Seré millones, el mayor golpe a las finanzas de una dictadura
    El problema de la representaión


    La representación y la subjetividad forman parte del núcleo conceptual de este documental, Seré millones, que se retrotrae con escaso material de archivo a los acontecimientos contados a cámara por sus propios protagonistas, bajo el pretexto de organizar y ordenar un casting con actores jóvenes para interpretarlos en una ficción.

    Seré millones parte de la exposición del artificio en las primeras instancias de ese casting en el que Ángel Abus y Oscar Serrano, autores y artífices de uno de los robos más importantes durante la dictadura de Lanusse para financiar la guerrilla armada del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), eligen a sus potenciales actores representantes y, bajo otro recurso que tiene como objetivo transmitir a una generación ignorante de la historia de los movimientos sociales -o en este caso políticos- realizan lo que en su momento se llamó trasvasamiento generacional, método de reclutamiento practicado por el peronismo desde las bases hasta los cuadros para que éstos retransmitieran el mensaje a nuevas bases.

    También el cine funcionaba por aquella época como herramienta de doctrina, información de aquellas asignaturas sociales que enfrentaban una feroz dictadura, que con el correr de los años lamentablemente se tiñó de sangre y desaparecidos dejando un tendal de muertos de un bando y del otro.

    Los recuerdos arrastrados desde un pasado duro pero donde la utopía de un mundo más justo era el motor de la militancia socialista aparecen en los testimonios de los protagonistas, además de reforzar sus ideales en la actualidad para dejar al menos un legado o explicación de sus acciones al decidir llevar a cabo el robo en el Banco Nacional de Desarrollo en 1972 y, una vez perpetrado el atraco con un botín de 10 millones de dólares, emprender la fuga por varios años en la más absoluta clandestinidad.

    Robar con fines solidarios resulta un acto de ciencia ficción para los tiempos que corren y jugarse la vida por una causa parece demencial hoy por hoy, pero esa historia existió con épica o sin ella y tuvo muchos protagonistas que no tuvieron la suerte de quedar en pie para transmitirla tras la derrota de la dictadura con la llegada de la democracia y ese punto tal vez es el que debe valorarse en este documental dirigido y guionado por Omar Neri, Mónica Simoncini y Fernando Krichmar, que funciona a medias desde la representación por estar viciado de subjetividad pero efectivo en la esfera emocional y humana.
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  • El cazador
    El cazador
    CineFreaks
    Realismo feo, sucio y malo

    Los cuervos, el hedor, la sangre, el calor agobiante del sur australiano son los verdaderos protagonistas de esta potente distopía, que puede leerse también como Western si se buscara un análisis desde la alegoría o simplemente tensando los resortes de su temática, que no es otra que la supervivencia en un mundo atravesado por una mirada nihilista y por un estilo cinematográfico muy emparentado con el realismo sucio.

    Podría también especularse sobre un realismo feo, sucio y malo si se tiene presente que en este segundo opus, El cazador, el director australiano David Michod vuelve a posar toda su carga en la poca humanidad de los hombres, despojado de toda redención sobre sus personajes –ya visto en su ópera prima Animal Kingdom- salvo en alguna excepción que los redime del término lacra social.

    En ese presente, que en realidad marca un punto de inflexión y abraza la incerteza al situar la acción diez años después del colapso sin mayores precisiones, la ambigüedad temporal resignifica el valor simbólico de una historia que enfrenta a Eric (Guy Pearce) con el resto del mundo, pero más precisamente con Henry (Scott McNairy) y sus secuaces, quienes en su raid delictivo acopian el coche del protagonista y fugan, dejando en el camino al hermano mal herido, Rey (Robert Pattinson), muchacho poco despierto que no opone gran resistencia cuando Eric lo arrastra y vincula con su nueva misión: recuperar el auto perdido.

    Como una buddy movie desangelada y tan seca en cuanto a la relación utilitaria de los personajes, el relato de Michod transita por el desierto de Australia y se contagia, desde esa actitud desaprensiva y ascética, de la aridez y putrefacción de su contexto para dejar un retrato cruel de la humanidad en plena degradación y en un desesperado grito de supervivencia para alejar a los cuervos del conformismo y erradicar todo espejismo de esperanza estéril. Los silencios, en el desierto, se reservan a los muertos, quienes parecen contar otra historia, más allá del derrotero de violencia y gore servido como aperitivo de este menú que indigesta pero no empalaga.

    Pocas películas pueden llegar a justificar la violencia gráfica como recurso narrativo y no estético como ésta porque bajo las reglas de la lucha silenciosa entre pares es el único lenguaje que no necesita de intérpretes y que se entiende a pesar del paso del tiempo. La miseria de la condición humana, también. ¿Se puede hacer un cine humanista cuando se perdió la esperanza en el hombre?
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  • Anagramas
    Anagramas
    CineFreaks
    El día que Cassavetes conoció a Spinetta

    La particularidad de Anagramas, tercer opus en solitario de Santiago Giralt, se encuentra en lo extra cinematográfico más que en el interior de este relato donde tres pares o mejor dicho parejas coexisten bajo un denominador común: el conflicto amoroso, ya sea expuesto por la desgastante rutina, la desatención del otro, la necesidad de la aventura adúltera o sencillamente la incompatibilidad de caracteres en la dictadura de la ley del deseo.

    A modo de viñetas, que se entrelazan, y en la que cada personaje enfrenta una situación extrema frente al otro, como por ejemplo el hijo gay que no puede convivir con su pareja (típico relato de salida de closet) frente a la presencia de una madre castradora y negadora o un hijo preadolescente que no ve con buenos ojos al compañero homosexual de su propio padre, se cruza con la aventura en paralelo de marido y mujer que buscan amantes para salir del letargo de la convivencia cuando ya hay hijos de por medio.

    Los anagramas a los que alude el título de esta creación colectiva (los actores también se encargaron del vestuario, entre otros rubros, pero siempre bajo la dirección de Giralt) no son más que la idea del intercambio de roles o la transmutación de las relaciones humanas, motor del cine que pretende ir más allá de la representación de la intimidad en clara sintonía con lo que hacía John Cassavetes, referencia cinéfila obligatoria cuando del cine del director de Antes del estreno se trata, aunque eso signifique asumir el riesgo de exponer al público el artificio de la misma representación que busca combatir.En ese sentido el tercer cuadro se desarrolla como no podía ser de otra manera en la representación de una obra teatral, espacio ligado a la sobreexposición pero también donde los personajes de este relato interactúan por reflejo más que por acto mientras que la presencia de Luis Alberto Spinetta no sólo en la música sino presente en sus hijas Vera y Catarina –también en uno de sus nietos- completan desde lo conceptual este encuentro entre el cine, el artificio y la magia sin galera y sin conejos.
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  • Nuestro video prohibido
    El problema de la sincronización

    En presencia del resultado general tras el visionado de Nuestro video prohibido, la primera reflexión que salta a la vista recae sobre la figura de Cameron Díaz y la necesidad de pedirle a la actriz, quien nos hiciera estremecer en su rol de femme fatale en La máscara, que revea las películas en las que decide participar. Este pedido obedece exclusivamente a que las últimas comedias con Cameron Díaz entre sus estrellas demuestran signos de decadencia o la incómoda impresión de que ella no encuentra su lugar en las propuestas y sus personajes no logran brillar.

    Con Nuestro video prohibido, comedia arraigada en la tradición de La Nueva Comedia Americana, surgen los mismos problemas que en todo producto mainstream proveniente de las lides de la falsa incorrección política, con la inefable recaída conservadora que en este caso es más grave tratándose de un tema tabú como el sexo en una pareja representante de la burguesía pacata norteamericana.

    Así las cosas, Jay y Annie llevan un matrimonio normal que no puede escapar de la rutina aplastante por la que pasa toda pareja cuando existen esas obligaciones de conformar la clásica postal familiar. Sin mayores contrariedades, el único problema que comienza a afectarlos es su mal funcionamiento en la cama, por lo cual intentan búsquedas alternativas para recuperar la fogosidad y de esta forma reavivar la llama del sexo. Las nuevas tecnologías hoy dictan las modas de los videos porno amateur y entonces para Annie –la más propensa a experimentar- resulta atractiva; siempre y cuando aquello que se filme quede guardado bajo siete llaves y solamente bajo el compromiso de mantener el secreto con su pareja.

    Como no puede ser de otra manera, en un mundo en el que lo privado y lo público se chocan a partir de la explosión de las nubes virtuales, la seguridad de los datos, imágenes o –en este caso- videos es fácilmente vulnerada cuando se oprimen las teclas erróneas o por ejemplo se comparten con un nutrido grupo poseedor de dispositivos sincronizados e interconectados a la nube quienes, sumidos en una actitud plenamente voyeurista, se quemarán las pestañas al tener en sus manos tan preciado tesoro.

    Bajo la dialéctica lineal que busca acumular complicaciones con el fin de construir desde lo artificioso un derrotero donde la pareja hará lo posible por destruir la prueba virtual ya viralizada que los condena, la película de Jake Kasdan (que vuelve a contar con el dúo Díaz-Sieguel, como en Bad teacher) transita por el camino de lo obvio con pretensiones de transgresión al exponer a Cameron Díaz a situaciones embarazosas, o por lo menos, no afines a su conducta de mujer burguesa aburrida. Da la sensación de que para cada estadío de esta falsa metamorfosis existiera un gag físico o visual que refuerce la idea de la incorrección política. Así, el chiste de la cocaína se topa con el de las posiciones extrañas para tener sexo o la galería de equívocos, muchos de ellos forzados, poco funcionales al desarrollo fluido de la trama.

    Más allá de estos desaciertos, que no hacen más que confirmar que la Nueva Comedia Americana ya debería replantearse su fórmula para no caer siempre en el mismo lugar común de la transgresión mal entendida, lo que realmente perturba de Nuestro video prohibido sucede en la segunda mitad donde el registro de lo guarro se ve opacado por un peligroso brote conservador, que no se atreve a cruzar ninguna frontera o tabú simplemente por motivos de especulación.
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  • Viva la libertá
    El doble discurso

    Sin lugar a dudas, una de las maneras más efectivas, en los últimos tiempos, de hacer cine político es mediante el empleo del recurso dialéctico de la ironía y el juego de los contrastes de caracteres a partir de una intencionada puesta a punto de exageraciones de cara a los estereotipos más reconocibles. Por eso la idea de atacar desde la crítica con inteligencia a las contradicciones del doble discurso del Partido Comunista Italiano a través de la exposición del equívoco que se explota desde las características físicas de dos hermanos gemelos, interpretados por el genial Toni Servillo, resulta más que atractiva en este film de Roberto Andó bajo el sugestivo y paradójico título Viva la libertad y que por fortuna encuentra un espacio en la cartelera cooptada por la mediocridad mainstream.

    De aquellos resabios de la izquierda italiana, que encontraron expresión en las banderas acuñadas por el Partido Comunista Italiano (PCI), antes de vivir en carne propia la derrota por parte de la Democracia Cristiana Italiana (DCI) que llegó al poder en la década de los 80, la figura del intelectual era considerada como uno de los mayores baluartes del PCI. Sin embargo, la decadencia política entre otros fenómenos que hicieron mella en esa Italia convulsionada no dejaron indemnes a las mayores filas o cuadros del PCI, que se volcaron hacia el mal habido pragmatismo traicionando ideales que hoy forman parte de los debates más acalorados de la izquierda, no sólo en Europa sino por estos confines del mundo también.

    Las contradicciones políticas entonces aparecen como el principal conflicto para el Secretario del partido, quien cansado de las incongruencias de su propia gente y contagiado por ese pragmatismo peligroso que reemplaza aquellas ideas revolucionarias de antaño, huye sin aviso en busca de una antigua novia y tal vez esa fuga hacia adelante se transforma en un intento de recuperar un pasado donde el entusiasmo por la política afloraba con la misma efervescencia de los discursos cuando las palabras aún tenían un valor.

    En pleno clima de campaña y con el agregado de la ausencia del máximo referente, la solución también surge desde el pragmatismo al conocerse la existencia de un hermano idéntico, universitario que se encuentra internado en un psiquiátrico por sus desvaríos de vehemencia pero que a los ojos de los medios, la oposición y la opinión pública podría ocupar el liderazgo sin levantar siquiera sospechas, como aquel hombre del jardín que alguna vez fuera interpretado por el inigualable Peter Sellers. Algo que no está en los planes de asesores ni allegados es que el buen hombre se encuentra políticamente en las antípodas del discurso dominante y su honestidad a la hora de responder lo vuelve un fenómeno político que apela a la honestidad y al sentido común en pos de la política entendida como acción para mejorar el bienestar general.

    Claro que el cine no va a cambiar nunca al mundo pero al menos en ese instante donde el verosímil cinematográfico desnuda nuestras propias hipocresías, contradicciones y virtudes con relatos sencillos parece un bálsamo que alimenta el alma y sacude la pereza intelectual para vaciar la cáscara de la retórica chata que encuentra su mayor expresión en todas las clases políticas.
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  • Los indestructibles 3
    Un desgaste evidente

    Los signos de decadencia del cine de acción, o de súper acción, con el avance aplastante de la tecnología configuraron un panorama complicado para esos relatos que otrora conformaban el imaginario de muchos espectadores y que fuera inteligentemente reflotado por Los indestructibles, una jugada suspicaz de Silvester Stallone en una suerte de autoparodia que convocaba íconos del género como Arnold Schwarzenegger con, por ejemplo, Jason Statham, un producto ideal para una tarde de pochoclos y nada más que eso.

    El resultado fue poco feliz con la secuela Los indestructibles 2, film que se agotaba en sí mismo al haberse consumado la novedad retro a pesar de recurrir a las mismas figuritas repetidas para llenar un álbum de lugares comunes sin gracia y con un guión bastante flojo. Sin embargo, la nueva intentona de Stallone y compañía (previa filtración de un DVD por internet que hizo la delicia de millones de piratas) naufraga en el recurso de apelar a la nostalgia aunque busque mixturar sangre vieja con sangre nueva al incorporar jóvenes a la trama.

    El hecho de atemperar la violencia simplemente con el fin de ampliar la calificación para convocar un público más amplio es un arma de doble filo para Los indestructibles 3 con un Antonio Banderas insoportable, elegido como alivio cómico que tampoco funciona entre toda esa acumulación digresiva de situaciones, donde el villano de turno en la piel de Mel Gibson trafica armas y se mete con un amigo de Stallone, motivo suficiente para que el creador de Rocky lo tome como algo personal y la vendetta implique el abandono del viejo grupo para darle cabida al nuevo, jóvenes que además conocen de tecnología y lo sacarán de su anacronismo incipiente.

    Las escenas de acción no deslumbran pero tampoco generan vergüenza, sin embargo no hay una sola secuencia que vaya a quedar en el recuerdo al menos como botón de muestra para los nostálgicos de siempre.

    La franquicia cada vez menos sólida en lo que a trama se refiere, repetitiva hasta en los guiños entre personajes demuestra al igual que sus actores signos de fatiga y un futuro poco claro si es que no se corrige el rumbo en lo que a concepto de película de acción ochentosa aggiornada se refiere.
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  • Historias de Cronopios y de Famas
    Animando a Cortázar

    Resulta más que meritorio, y cerca de la celebración del centésimo aniversario del natalicio de Julio Cortázar, un homenaje como el que se le ocurrió al realizador Julio Ludueña, quien tuvo el privilegio de conocer al escritor argentino en Cannes en los años 70 y a partir de allí dejar plasmada en esta película colectiva la impresión de aquel memorable encuentro con la poética del creador de Rayuela.

    La mirada de 10 artistas plásticos para ilustrar la riqueza literaria de textos pertenecientes a uno de los libros más emblemáticos del universo cortazariano, Historias de Cronopios y de Famas, encuentra desde su espacio expresivo el mejor instrumento para dejar presente la huella de ese estilo que abrazaba la cotidineidad con palabras sencillas, pero que unidas en una frase se volvían prácticamente maravillosas. Así, el enfrentamiento dialéctico de ideas como la de los Cronopios, esos seres anónimos amigos de lo imposible y de las utopías contra la mustia marcha de los Famas, defensores del orden, la moral y las buenas costumbres, estalla en la paleta de colores; se entrecruzan en los diferentes tipos de texturas que estas diez historias elegidas representan.

    Tal vez en algunos trabajos existe cierto desequilibrio en los lenguajes, dado que el torbellino de la poética de Cortázar arrasa hasta con las mejores intenciones de algunos artistas por reflejar en imágenes la profundidad de conceptos, metáforas y palabras, como por ejemplo en el relato del sillón en el que son invitadas por unos perversos niños las personas para morir. Así como en este segmento se impone lo literario a lo visual, existe otro donde sucede exactamente lo contrario y la creatividad explota en pantalla al seguirse el recorrido de una línea que sale al exterior a descubrir un mundo y personajes que desfilan en pantalla.

    El mundo Cortázar y su ironía, sensibilidad e inteligencia se expande en cada segmento de este viaje sin escalas, que cuenta con la participación artística de: Luis Felipe Noé, Carlos Alonso, Daniel Santoro, Antonio Seguí, Patricio Bonta, Crist, Ricardo Espósito, Magdalena Pagano, Luciana Sáez y Ana Tarsia, todos ellos con estilos diversos y algunos reconocibles a simple vista como Seguí y su obra Fama y eucalipto, un ejemplo de la dificultad para encontrar la balanza entre el texto y la imagen pero no por ello menos valiosa en el intento como el resto de los textos seleccionados, útiles a la hora de pensar a Cortázar desde sus relatos y poesías.
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  • Aprox
    Aprox
    CineFreaks
    Cuerpos que hablan y mienten

    Si hay algo singular y de cierta manera atrapante de Aprox, film de Víctor Kesselman, una rápida respuesta orillaría en su difícil clasificación como documental o cine experimental de ensayo porque tanto uno como el otro están presentes en esta película, que toma como punto de partida el contraste desde la mirada ácida e irónica al clásico método conductista o estandarizado que define libros de capacitación con las claves del éxito para vender mejor o a veces incluso alcanzar la felicidad.

    En este caso un manual de los años ochenta que hace referencia al lenguaje no verbal fue el detonante para que Kesselman y sus guionistas Bruno Gerondi y Viviana Vázquez se valieran del microcosmos de una oficina, con sus empleados más representativos en función a la dinámica de la guerra de sexos, para demoler o derrumbar los mitos alrededor de la moda de la interpretación del lenguaje del cuerpo que se puso en boga con la serie norteamericana Lie to me, también utilizado por ejemplo por el programa TeleVisión Registrada para retratar de manera antojadiza y tendenciosa las mentiras en los gestos de las celebrities vernáculas o de la clase política.

    Con una base estructural de viñetas para recoger situaciones cotidianas, la contrapartida de este recurso no es otra que la exposición del artificio a partir de la presencia de un analista que explica a cámara con tono didactista y de monótono documental televisivo aquello que se debe observar para argumentar una teoría basada muchas veces en la más absoluta subjetividad cuando no en psicologismo que pretende encontrar explicaciones a toda conducta humana.

    Más allá del tono desacartonado de Aprox, y su libertad a la hora de exponer la tesis en pantalla, debe destacarse el rigor de la propuesta al tomar la crítica como una punta de lanza y apelar al absurdo y a la exageración para remarcar la presencia de la subjetividad ante una falsa o pretendida objetividad científica.

    En el terreno netamente de la dramatización o la ficción que se inserta en el documental es digno de mencionar la presencia de un elenco sólido que supo decodificar las coordenadas de esta anómala y atractiva película.
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  • El día fuera del tiempo
    Policial anodino

    Aunque parezca evidente, las intenciones de El día fuera del tiempo, segundo opus de Cristina Fasulino (El sur de una pasión, 2000), no alcanzan para concebir siquiera un film interesante desde el punto de vista de la meta narración porque es tan antojadiza la ligazón de la trama central con sus adyacencias, que rápidamente se pierde el camino para conectar ambos polos y lo que queda es realmente muy pobre en términos narrativos y mucho más aún cinematográficamente hablando.

    Si vamos a intentar analizar el relato desde el género policial a secas, teniendo presente que todo gira en torno a un asesinato de una monja estricta y odiada en un colegio religioso de la orden de los franciscanos, en el trasfondo de los primeros escarceos del periodo democrático bajo las leyes de la impunidad, la resolución del misterio es poco menos que absurda y lo peor es que se reviste de una seriedad que nunca se respeta en términos formales porque de parodia o sátira este film tiene muy poco.

    Los estereotipos, no ridiculizados sino potenciados, no ayudan en lo más mínimo a configurar algún personaje con alguna característica interesante para descubrir al menos cierto rasgo de particularidad como por ejemplo el supervisor devenido detective -con problemas de alcoholismo- interpretado por Gonzalo Urtizberea. Tampoco aporta nada nuevo la niña algo siniestra y sus dibujos premonitorios, cuya madre vivió la pesadilla de un centro clandestino de detención y ahora enterada de la ley de obediencia debida y punto final confronta nuevamente con los fantasmas del pasado.

    El humor que pretende construirse desde los estereotipos como el monaguillo con retardo mental es muy elemental y básico, así como el avance de la pseudo investigación que siembra pistas falsas con bastante torpeza.

    En síntesis, El día fuera del tiempo es un film que no funciona como policial por su elementalidad y tampoco como puente alegórico para hablar de tópicos serios o buscar la apertura de caminos reflexivos sobre los años de la dictadura y las consecuencias de ese régimen dictatorial una vez llegada a la democracia.
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  • Tortugas ninja
    Tortugas ninja
    CineFreaks
    Y faltaba Manuelita

    Resulta más que visible y comprobable que detrás de este relanzamiento de los personajes que hicieron las delicias de millones de treintones, cuyo boom se produjo a mediados de los 80 y 90, se encuentra el para muchos odiado y otros amado Michael Bay como productor, aunque también como filtro para un director sudafricano más que obediente.

    Nos referimos, claro está, a la nueva aventura – ¿nueva?- de las cuatro tortugas no extraterrestres sino producto de la naturaleza accidental mutante, que nuevamente aparecen en Tortugas Ninja con ganas de quedarse por varios años, desde una supuesta y novedosa operación de reposicionamiento y colocación de producto bajo el pretexto de un film que aspira a ganarse tanto a pequeños, a nostálgicos o público adulto.

    El director responsable, Jonathan Liebesman, procuró hacer de un guión mediocre un producto digno y su misión no fue demasiado satisfactoria básicamente por no encontrarle la vuelta a la historia; no evadir ningún estereotipo ni lugar común y aceptar todas las demandas de Michael Bay, quien seguramente con la calculadora bajo el brazo pensó que cambiando tortugas por robots nadie se iba a dar cuenta, inclusive los puristas en un ejercicio de comparación con aquella película de los 90 que contaba nada menos que con la colaboración de Jim Henson para la confección de los muñecos.

    Así las cosas, la premisa ubica por un lado al Clan del pie en un plan macabro para desatar una epidemia en la ciudad de Nueva York, para la cual existe un antídoto formado por el mutágeno, sustancia que da poder a las tortugas y que fuera la causante de sus facultades extraordinarias, desarrolladas por años en la alcantarilla que incluso tiene una súper guarida que sería envidia hasta del propio Batman.

    Los villanos de turno son Destructor y un secuaz del que no revelaremos identidad por motivos obvios. El nexo con nuestros superhéroes amantes de las pizzas no es otro que la periodista incisiva Abril (Megan Fox), vinculada con ellas por su pasado y portadora de un secreto revelador.

    La galería de personajes secundarios está integrada por Whoopi Goldberg como jefa de Megan Fox y el comediante y compañero de ella Will Arnett, quien no tiene química alguna con la chica Victoria Secret, una de las tantas marcas colocadas en el film así como la de la conocida pizza Hut en otro patético recurso de marketing hollywoodense. Si bien los CGI no pasan vergüenza, el excesivo costo de esta producción nunca se justifica en pantalla ni siquiera en una secuencia de acción bastante lograda que involucra una caída libre en la nieve a gran velocidad y con despliegue visual aceptable.

    Si el éxito de este relanzamiento traerá secuelas, eso lo sabremos en un futuro muy cercano pero tal vez y pese a las declaraciones de Megan Fox la franquicia diga adiós o hasta pronto, que para los términos de Hollywood significa casi lo mismo.
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  • La ballena va llena
    Los fitzcarraldos argentos

    La singularidad de este documental dirigido colectivamente por los integrantes del Colectivo Cultural Estrella del Oriente, integrado por Daniel Santoro, Juan Carlos Capurro, Juan Tata Cedrón, Pedro Roth y Marcelo Céspedes es exponer bajo el artificio del documental las riquezas y contradicciones de todo proceso artístico antes de concretarse la obra en sí.

    Pero esa sustancia cinematográfica atractiva se nutre de un proyecto mucho más ambicioso en relación a los alcances de su búsqueda y que se remonta a un fuerte debate sobre la conceptualización de lo que es o no una obra de arte por un lado y por otro de la manifiesta crítica a la institucionalización de lo artístico y a la mercantilización de la obra de arte que involucra políticas culturales o en su defecto la falta de criterio en materia de cultura que demuestra signos preocupantes de decadencia en las principales ciudades del mundo. Así como el protagonista de Fitzcarraldo (1982) soñaba con montar una ópera y su perseverancia lo llevó a concretar la imposible empresa de subir un barco por una montaña, los cinco artistas llegan a concretar la utopía del arte al servicio del hombre y de las causas sociales como la migración a partir de la concepción de un proyecto de enorme impacto político que se resume en la idea de transformar al hombre en obra de arte para ser exhibida como tal en los principales museos o exhibiciones.

    Para ello, el proceso de transformación se resume en diferentes etapas a bordo de un crucero de titanio con forma de ballena, que albergaría a todo aquel migrante que sueñe con su arribo a Europa sin riesgo de deportación por las autoridades y sometido a una transformación espiritual a cargo de curadores y maestros que forman parte de esa metamorfosis casi alquímica y también de la tripulación de esta nave. L

    as peleas entre los involucrados, el derrotero de su gesta por Europa o sencillamente en las infructuosas charlas telefónicas con una fundación española a la que presentaron la aplicación para una beca como parte de su estrategia contracultural para correr el velo de la hipocresía europea forman parte de los hallazgos de La ballena va llena que para aquellos cinéfilos traerá el recuerdo de los falsos documentales como La era del ñandú de Carlos Sorín y para quienes no sepan sobre la existencia de este modelo de cine simplemente aportará una manera inteligente y creativa de denotar y connotar discursos y pensamientos sin bajadas de línea o declamaciones grandilocuentes.
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  • Tiro de gracia
    Tiro de gracia
    CineFreaks
    La inseguridad en el foco

    Puntos a favor y en contra dividen el resultado de esta ópera prima, Tiro de gracia, que pese a la manifiesta posición ética de no tomar partido por sus personajes comete excesos a nivel formal y narrativo que malogran el conjunto de la propuesta del debutante Nicolás Lidijover.

    Tomar prestado de lo cotidiano un tema tan urticante como el de la inseguridad a partir de la recreación de un robo a una farmacia con toma de rehenes supone de antemano abrir una polémica en el espectador sobre las causas que conducen a la delincuencia más que sobre los acontecimientos que se producen a diario en la realidad y no como sensación de la paranoia, que sigue siendo la carta marcada de muchos discursos y retóricas de la política de turno. En esa divisoria de aguas –izquierdas y derechas, sordas y falsas- se encuentran aquellas voces condenatorias de todo acto de delincuencia que abraza un discurso radicalizado afín a la caprichosamente llamada mano dura frente a otro coro de voces que idealizan palabras que hoy no tienen valor como derechos humanos, reinserción social y justifican modos y prácticas culturales que parten de premisas antojadizas o falsas en muchas ocasiones para evadir análisis más agudos sobre un fenómeno sociológico de enorme magnitud.

    Por ese motivo circunscribir conceptualmente o cinematográficamente hablando a un punto de vista dominante, el reducido enfoque de una cámara de seguridad (muchas cámaras de seguridad indiferentes), condiciona la mirada de quien observa más allá de sus prejuicios o idiosincrasia particular arrastrado por esa urgencia tan enfermiza y propia de los tiempos que nos tocan atravesar. Esto no deja de ser atractivo en cuanto a propuesta desde la puesta en escena pero se ve rápidamente alterado por el propio director que se acorrala -por así decirlo- en su propio mecanismo de representación para empañar el realismo buscado en procura del mensaje. Algo así como una traición implícita del mensaje perpetrada por el medio.

    El argumento es simple y no se escapa de la anécdota que podría haber sido más efectiva en el formato de un cortometraje aunque es justo decir que aquí no hay exceso en el desarrollo sino reiteraciones inconducentes: un joven (Nicolás Goldschmidt) entra a una farmacia, el personal de seguridad sin arma advierte una actitud sospechosa al empleado que atiende la caja (Ignacio Godano) y acto seguido saca un revolver para tomar rehenes, entre ellos una mujer embarazada (Julieta Vallina) y desatar el caos en el reducido espacio, previo enfrentamiento con el policía de calle que hiere gravemente al seguridad en otro acto de gatillo fácil.

    La estructura que se vale del juego de cámaras del presente registra en tiempo real, aunque sesgado al recorte dramático, los acontecimientos que se impregnan del nerviosismo de las víctimas y el victimario. Sin embargo, la trama adopta un recurso cinematográfico válido en el empleo de flashbacks que complementan el pasado del delincuente y justifican su estado de desesperación y toma de malas decisiones al momento de optar por la vía del robo con rehenes.

    Un guión un tanto elocuente en la elección de los diálogos denota y connota diferentes idiosincrasias, discursos de clase y altas dosis de hipocresía social, sin declamaciones irritantes pero con poca sustancia en los planteos vertidos. A pesar de esas contradicciones que no son en sí un obstáculo sino el resultado de un síntoma en una sociedad enferma y esquizofrénica como la que se representa aquí debe destacarse la buena elección de actores como Ignacio Gadano, Julieta Vallina, Guadalupe Docampo, Nicolás Goldschmidt y Arturo Bonín, entre otros.
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  • La cárcel del fin del mundo
    En el frío encierro

    Presente y pasado se fusionan en este documental de la realizadora Lucía Vasallo, La cárcel del fin del mundo, que se instala en los recovecos y las grietas que ha dejado la historia de la ciudad de Ushuaia, lugar donde se construyó la cárcel en 1904 hasta 1947 cuando un decreto de Juan Domingo Perón la cerró definitivamente, en la que fueron confinados presidiarios de nombre, famosos asesinos: Cayetano Santos Godino, alias El Petiso Orejudo, Simón Radowitzky, responsable del asesinato del jefe de policía Ramón Falcón y Mateo Banks, entre otros.

    El escaso material de archivo no fue un obstáculo en sí mismo para la directora argentina al haber encontrado el testimonio de pioneros del lugar en un noble ejercicio de memoria y recuerdos dispersos, que aportan un espacio distinto al relato, sumado a las fotografías que pudo recopilar y algunos elementos de la cárcel, donde las voces de los presidiarios de aquella época viaja en off desde el descubrimiento de algunas cartas o escritos que dejaron como único testimonio de su encierro, soledad y dolor, tras los muros y alejados de todo contacto con el mundo exterior.

    Las palabras que piden prestado a la poesía algún rayo de luz para hablar de tanta oscuridad del alma y para el alma encierran en un pedido casi agónico el anhelo de libertad, pero más que eso deslizan en los grilletes de la impotencia la sensación de que la socialización y reinserción social no se vuelva una utopía de trasnochados o soñadores sino que se haga carne en el reflejo de un avance en el pensamiento que despoje la idea del estigma social y repudie pacíficamente la indiferencia ante determinados emergentes sociales, que aún hoy lamentablemente continúan portando el estigma más allá de sus conductas o aberrantes actos pasados y presentes merecedores de todo castigo o cuota disciplinaria adecuada y justa.

    En ese sentido son elocuentes las palabras de uno de los confinados, José Berenguer, a modo de cierre para sintetizar conceptualmente el camino de búsqueda de la propia Lucía Vasallo, directora de fotografía egresada del Enerc en este interesante documental que recibió el premio Películas digitales 2010 del INCAA, al expresar que mientras siga habiendo lucha de clases, las cárceles van a ser un lugar de reclusión que no aspiren a la reinserción de presos, por lo cual se debe suprimir el régimen represivo en pos de la humanización.
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  • Gabor
    Gabor
    CineFreaks
    Ver sin mirar

    A veces los insondables caminos del documental confluyen en insospechadas relaciones entre las personas pero existe una energía que emana de la capacidad de proyectar los sueños que hace que las fronteras de lo imposible acorten esa distancia infinita, siempre que la pasión y las ganas de superarse permanezcan intactas. Si ese espíritu, que hace de la incerteza un camino más que una meta a conseguir, es el motor de un proyecto, por más descabellado que resulte su planteo el primer objetivo ya está cumplido: concebir algo que en apariencia resulta irrealizable y llevarlo a la práctica para hacerlo posible.

    Podría decirse que el azar en el caso particular de este documental facilitó la unión entre el realizador argentino, radicado desde el 2001 en España, Sebastián Alfie y el director de fotografía húngaro -también radicado en España- Gabor Bene, pero en realidad fue el cine y la pasión –además de su condición de expatriados- lo que hizo factible un encuentro entre ambos.

    El pretexto –siempre hay uno- fue el alquiler de equipos para filmar en el altiplano un cortometraje institucional de una organización que ayuda a personas que han perdido la vista a recuperarla con operaciones de alto costo pero financiados desde la organización. Para Alfie entonces contar con la colaboración de un director de fotografía, quien hace diez años dejó de ver producto de un glaucoma avanzado y que contrajo mientras trabajaba en el Amazonas, implicó por un lado el desafío de preguntarse si se puede filmar sin ver y por otro el aprendizaje a partir del particular modo de trabajar junto a una persona no vidente en un escenario desconocido y a contrarreloj.

    La particularidad del documental Gabor, ya desde el título es palpable sobre quién gira la película y desde quién se proyectan las preguntas o reflexiones, consiste en el despojo de la mirada a partir del preconcepto sobre la discapacidad o esa idiosincrasia institucional que invisibiliza al discapacitado dentro de la sociedad bajo eufemismos como personas con capacidades diferentes. Esa confrontación o choque conceptual permite al director cruzar la primera barrera para aproximarse desde la honestidad, la intuición y la experiencia a una realidad mucho más rica y compleja como la que atraviesa Gabor Bene, quien por ejemplo se atreve a preguntar cuál sería el salario para un director de fotografía ciego y responde irónicamente la mitad o el doble.

    Sin embargo, más allá de la historia de auto superación del húngaro que forma parte de una de las líneas narrativas de este relato en primera persona existen otras aristas más interesantes que hacen al enriquecimiento de la mirada y corresponden a los modos de representación y en un segundo plano al propio abordaje de la realidad desde la subjetividad del cine y de una cámara. Ese proceso, que atraviesa Sebastián Alfie en una dicotomía entre sujeto y objeto de estudio en el mejor sentido del término, también se traduce en el propio rodaje del cortometraje cuando confrontan enfoques sobre una misma realidad: la ceguera y sus limitaciones.

    Gabor es un film que tiene el mérito de condensar la idea de pequeña familia que se construye en un proyecto cinematográfico al mostrar todos los procesos positivos y negativos de un rodaje junto a la irracionalidad que conlleva dejarse guiar por un deseo siempre que esa pasión no se disfrace de auto compasión o algo similar, credenciales lo suficientemente atractivas para convocar al público a una experiencia cinematográfica conmovedora que nos enseña que se puede ver sin mirar.
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  • Líbranos del mal
    Entre dos infiernos

    Ese infierno tan temido para el cine mainstream y el subgénero más rentable del terror no es otro que el de las posesiones demoníacas, a veces en pequeños pueblos rurales y otras en grandes urbes pero siempre bajo la misma fórmula que se reitera bajo distintos argumentos basados en hechos reales, novelas autobiográficas o recortes periodísticos de rara procedencia.

    En muchas ocasiones con más suerte que otra, desde diferentes propuestas cinematográficas, de calidad dudosa la mayoría de ellas, se pretende sorprender a un público ávido con alguna vuelta de tuerca aunque nunca lo suficientemente atractiva porque todos los lugares comunes de este tipo de argumentos se respetan.

    Líbranos del mal, dirigida por Paul Harris Boardman y Scott Derrickson (Sinister), no es la excepción a la regla a pesar de la música de los Doors para amenizar la velada o la apertura de una subtrama policial que se desliza detrás del entramado macabro que involucra una serie de personajes vinculados a un pasado que se remonta al conflicto de Irak en 2010. Allí, tres marines, luego retirados de la fuerza por conductas impropias, tomaron contacto con un mensaje del maligno por el cual se invoca (de ahí el título original luego descartado Invocamus) al demonio para que cruce un portal y así desate toda su furia en la Tierra.

    Como no podía ser de otra manera, el oficial encargado de resolver algunos asuntos domésticos menores que se entroncan en cierta medida con los soldados anteriormente mencionados (una madre arroja a su bebé a un río, unos pintores toman contacto con las escrituras en un sótano) lleva en sus espaldas la culpa de haberse excedido con un pederasta, además de su ateísmo militante que busca toda explicación racional a esa serie de eventos sobrenaturales que lo tienen por testigo privilegiado, incluso aquellas voces o imágenes que sólo se presentan ante él y que lo hacen acreedor de un don espiritual (escuchador de almas) que para el caso es una maldición.

    La correlación de los acontecimientos en la trama transcurre en un in crescendo acumulativo que aporta alguna dosis de susto por golpe de efecto o caprichos de la puesta en escena, la cual se vale de escenarios oscuros, lluviosos, callejones mugrientos para generar atmósferas propicias a los efectos decrépitos y lúgubres. Nada puede decirse del correcto trabajo en los rubros técnicos que incluyen efectos visuales o maquillaje sin dejar de mencionar el aporte del elenco encabezado por Eric Bana en su rol de policía atormentado y un simpático sacerdote latino que de a poco lo instruye y nos instruye sobre los pasos del exorcismo, demonología y la pronunciación de un español para reírse cinco minutos seguidos.

    Si el espectador no tiene reparos en encontrarse con la misma película de exorcismos de siempre y se dispone a disfrutar nuevamente de cuerpos que se contorsionan, un cóctel de dialectos antiguos con frases pronunciadas en latín –faltaba el guaraní- y la mirada perpleja de los no creyentes que siempre terminan más cerca de la senda del señor, este film no los defraudará aunque desde estas filas exclamamos a los cuatro vientos que por una vez nos libren del mal cine.
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  • Making off Sangriento: Masacre en el set de filmación
    Sniff, snuff, acción

    Con gran acogida en el Festival Buenos Aires Rojo Sangre donde obtuvo el Premio del Público, este cortometraje ampliado ahora a largometraje, dirigido y escrito por Hernán y Gonzalo Quintana, es una digna autoparodia, sátira, gore, que introduce al slasher vernáculo por la puerta grande y que, consciente de su propio norte y su acotado nivel de pretensiones artísticas, explota en el mejor sentido del término con una economía de recursos notable.

    La premisa sugiere que la mejor coartada para un serial killer, cuya preferencia no es otra que la fauna de estudiantes de cine, es sin lugar a dudas un set de filmación donde un grupo de estudiantes se encuentran en pleno rodaje de la tesis para lo cual realizan un corto de terror que tiene como protagonista a un asesino serial, entre otras cosas.

    Cine dentro del cine con altas dosis de humor, el relato incorpora la auto referencia desde el minuto cero cuando una cámara documenta los entretelones del rodaje mientras el asesino camuflado de actor hace de las suyas y desata un verdadero carnaval de tripas, sangre y mutilaciones, en pleno ritual de cacería de cada uno de los miembros del equipo (productores, maquilladores, asistentes y actores), incluido un director Lisandro Acuña, caricaturizado por sus pretensiones cinematográficas -en clara alusión al realizador Lisandro Alonso-, quien acepta unirse a este proyecto menor como parte de su experimentación artística entre la frontera de la representación, el artificio y la realidad.

    El elenco cumple en su derrotero de pesadilla pero quien más sorprende es el rockero punk apodado Marcelo Pocavida en el rol de serial killer –con cierto parecido a Javier Bardem en la película Sin lugar para los débiles- no sólo por su naturalidad frente a cámara sino por su fotogenia a la hora de resaltar sus rasgos psicopáticos. También se une a este proyecto de los hermanos Quintana y en este caso delante de cámara otro referente obligado del cine de terror local como Javier Diment (La memoria del muerto) en el rol del perverso detective Caligari (sin su gabinete) que sigue los pasos del monstruoso demente.

    El equilibrio entre el humor y los exabruptos gore, que incluyen una felatio bastante jugada en cámara por sus efectos, marcan la principal característica positiva de una película que sabe hacia dónde se dirige y piensa en el público que la consumirá sin reparos, entre risas y la predisposición a pasar un rato agradable.
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  • Los insólitos peces gato
    Solas, siempre solas

    Pese a la compañía circunstancial, Martha (Lisa Owen) y Claudia (Ximena Ayala), no sólo comparten su condición de convalecencia en un hospital por situaciones muy distintas –una tiene cáncer y la otra fue operada de apendicitis- sino que ambas padecen la soledad en algún sentido profundo del término, tópico que la trama de esta ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce irá desentrañando a partir de un guión sólido que hace de los tiempos muertos y los diálogos pequeños una gran sustancia que de a poco también se contaminará de una atmósfera opresiva por donde sobrevuelan planteos morales o reflexiones acerca de las familias nucleares, legados maternales y otros temas relacionados con lo femenino en el marco de un universo enteramente femenino.

    Para Martha y sus cuatro hijos Alejandra (Sonia Franco), Wendy (Wendy Guillén), Mariana (Andrea Baeza) y el más pequeño Armando (Alejandro Ramírez Muñoz) el tránsito por una enfermedad terminal marca el camino de la espera ante lo inevitable, pero de esa incertidumbre se reviste cada minuto que pueda dedicarle a la crianza, al control perentorio de una casa un tanto caótica cuando goza de cierto bienestar o se encuentra con fuerzas para enfrentar el último tramo de su vida. Claudia llega como ese extraño a la dinámica familiar, capaz de aportar otro tipo de energía y en búsqueda de una familia sustituta pero también esa presencia para cada miembro implica una intrusión más que una beneplácita bienvenida.

    En ese terreno difuso de la cotidianeidad y la espera se debate esta historia protagonizada enteramente por mujeres que sobrellevan varios pesos, algunos tangibles como la enfermedad de Martha, otros menos tangibles como el dolor de la pérdida, el miedo al futuro y a la soledad pero siempre en un tono no angustiante que incluso permite el lugar para descontracturar, a fuerza de pequeñas anécdotas, situaciones de mayor peso dramático que evitan que el film caiga en melodrama naturalista o culebrón pesado.

    Los insólitos peces gato es un excelente debut para una directora mexicana que muestra credenciales a la hora de pensar el cine como vehículo narrativo a partir de un elaborado guión y un inteligente manejo de los tiempos y la puesta en escena.
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  • Marea baja
    Marea baja
    CineFreaks
    El hombre que esperaba la muerte

    Las credenciales de extraño, paranoico y parco rápidamente se dibujan en el contorno de Pascual (Germán Da Silva) al llegar a la casona en el Delta en busca de refugio pero con un pie al borde de la huida. Precisamente en los bordes; en las orillas de la supervivencia y la muerte transita este segundo largometraje del crítico y realizador Paulo Pécora (ver entrevista en Cinefreaks) que coquetea con elementos genéricos del western, el suspense y el policial negro para indagar sobre los estados oscuros de la condición humana bajo la metafórica lucha entre la naturaleza del hombre y la otra naturaleza representada en la hostilidad de un escenario selvático como el propuesto por la geografía del Delta argentino.

    Personajes sin pasado (el protagonista y dos mujeres) que pululan entre atmósferas oníricas, naturalistas o pesadillescas según el punto de vista que prevalece –el del propio Pascual en su ocaso- complementan una trama de tono minimalista donde aparentemente la muerte ronda a cada paso (incluso está presente en las cartas de tarot) y no hay vía de escape a pesar de la amplitud de espacio o la chance de atravesar un río hacia otro lugar al resguardo de los otros.

    Esos otros, amenazantes, que primero se construyen desde la ausencia y el fuera de campo cobran sentido y se hacen realidad desde el clímax y anticlímax propuesto por Pécora, fiel al planteo de su historia que evade la redención desde el minuto uno y se deja atravesar por la tragedia y la oscuridad moral en sus diferentes facetas que estallan en violencia inusitada.

    Si para El sueño del perro existía cierta esperanza en la veta espiritual y de la propia trascendencia, en Marea baja no es posible redimirse del pasado, que siempre acecha como aquel monstruo interior que todo lo domina y que emerge cuando la espesura parece aclarar porque no todo lo que brilla reluce, tampoco la condición humana.
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  • 12 horas para sobrevivir
    Calles sin ley, cine sin ideas

    Bajo la misma premisa que la anterior, La noche de la expiación, el director y guionista James DeMonaco apela a la metáfora sin vuelo para cargar las tintas sobre el sistema político en esta suerte de distopía fantasiosa –los hechos suceden en el 2023- que expone las aristas oscuras del fascismo o totalitarismo que se oculta tras el régimen democrático norteamericano actual bajo la consigna del control social o la lucha de clases financiada por intereses políticos y que recibe el nombre de purga social.

    El primer fracaso de esta secuela, 12 horas para sobrevivir, es haber intentado equiparar el clima de claustrofobia hogareña, que asolaba a la familia de clase alta refugiada en una súper casa durante las 12 horas del carnaval maquiavélico donde todo valía, por el derrotero de un grupo de personajes completamente chatos y representantes de lo que podría denominarse clase media y clase obrera, a merced de los asesinos en las calles donde reina la anarquía absoluta por este salvoconducto de la violencia gratuita, el crimen sin castigo, donde sale a la luz entre otras cosas la sofisticación en el armamento y el sadismo para llevar a cabo los asesinatos más brutales e impunes bajo las luces de neón.

    Machetes, ametralladoras y un grupo desaforado de enmascarados desatan el raid de terror y sangre en el centro de Los Ángeles mientras el grupo de víctimas, a saber cinco personajes, deberán unir fuerzas para sobrevivir, liderados por el Sargento (Frank Grillo), quien tiene por objeto una vendetta personal tras una reciente muerte cercana; la latina Eva (Carmen Ejogo), una camarera junto a su hija adolescente Cali (Zoë Soul), y el típico matrimonio joven que aparece en el lugar y en el momento menos indicado (Zach Gilford y Kiele Sánchez), al descomponerse el vehículo minutos antes del comienzo de la purga.

    Sin demasiadas ideas sobre la temática a desarrollar, la introducción de un grupo combativo ante estas prácticas liderado por un afroamericano que denuncia de cierta manera las claras y explícitas intenciones de un exterminio de pobres amparado por las clases pudientes introduce, de manera torpe, el juego dialéctico de la lucha de clases para sustentar la dinámica de los acontecimientos y justificar así ese territorio ambiguo y no comprometido moralmente donde la violencia contra el otro es aceptada.

    Todo lleva a pensar que esta nueva manera de desarrollar tópicos sociales profundos bajo la reducida mirada y maniqueísmos de manual goza de muy buena salud en el cine contemporáneo y más teniendo presente que viene a respaldar el discurso del mainstream hollywoodense (Europa no se queda atrás) que hace de la paranoia social su mayor fuente de ingresos y del entretenimiento pochoclero como el que nos atañe su mejor vehículo exploitation, sin reflexión, sin argumentación y por ende sin ideas.
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  • Todo lo que necesitas es amor
    La segunda es la vencida

    Todo lo que necesitas es amor representa para el caso de la directora danesa Susanne Bier un retroceso en su filmografía teniendo en cuenta sus créditos desde aquella devastadora Corazones abiertos pasando por la oscarlizable Un mundo mejor (2010) que apela a la fórmula del drama teñido de comedia romántica para explotar la figura del galán maduro Pierce Brosnan, rodeado de actores daneses bastante conocidos para un público familiarizado con el cine europeo. Poco de ese cine europeo pensante, agudo se respira en este relato que se concentra en la idea o el tópico de las segundas oportunidades cuando de historias de amor se trata.

    Tal vez una pequeña sorpresa pueda ocurrir con algún lugar común no del todo respetado pero nunca llega la vuelta de tuerca o la relectura de los elementos más básicos del género en cuestión, más allá de cierto esmero al momento de filmar y sacar de los paisajes italianos el mejor jugo para embellecer las imágenes.

    El ritmo a tono con la propuesta no afecta el desarrollo pero sí lo hace en algún sentido la idea de ir salpicando personajes y subtramas que alejan en realidad el foco de la historia principal: la que se teje entre el avinagrado viudo Philip (Pierce Brosnan) y la enferma oncológica Ida (Trine Dyrholm), quienes tienen en común además de la proximidad etaria ser los respectivos padres de la pareja joven que los convoca a su boda en el sur de Italia. Patrick (Sebastian Jessen) es el hijo de Philip que decide junto a su novia Astrid (Molly Blixt Egelind) invitar a todos los familiares a la tierra de la tarantela y cuna de Romeo y Julieta aunque también para el caso de su padre significa un mal recuerdo que se conecta con la muerte de su esposa Elizabeth.

    Susanne Bier hace de este encuentro el ideal puente para interconectar personajes secundarios y poner cuotas de melodrama y humor en dosis proporcionales pero falla en la elección de los personajes, como por ejemplo el de la cuñada insoportable de Philip, Benedikte, a cargo de la conocida actriz Paprika Steen, calcado de cualquier estereotipo sin vida propia. No es el caso del viudo interpretado por Brosnan y su carisma o la correcta Ida con su procesión interna producto de su enfermedad.

    De segundas oportunidades y malas elecciones para enamorarse va este segundo film hablado en inglés que para el caso de Susanne Bier implica un rotundo cambio de registro para nada prometedor y que teniendo presente sus próximos proyectos con Jennifer Lawrence parece ingresar en una preocupante pendiente de decadencia.
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  • Lore
    Lore
    CineFreaks
    La niña nazi

    Infancias que se rompen temprano y ausencias paternas tanto simbólicas como reales marcan el tortuoso periplo y curva de transformación de la protagonista de este segundo opus de la realizadora australiana Cate Shortland, Lore, que ensaya desde una mirada despojada de toda candidez un retrato y radiografía cruda de la Alemania nazi derrotada por los aliados bajo el punto de vista de una adolescente cooptada por la ideología nacional socialista, que debe hacerse cargo de sus cuatro hermanos para llegar a la casa de su abuela en Hamburgo luego del abandono de sus padres.

    El contexto en el que se desata esta travesía a pie, mezcla de lucha por sobrevivir y reflejo y resonancia de la guerra en la piel de los inocentes, se vuelve desde el punto de vista simbólico un referente obligado a la hora de establecer el análisis y la lectura sobre el ocaso del nazismo y su penetración ideológica en los ciudadanos alemanes con la inexcusable negación del holocausto a cuestas y la humillación del perdedor que creía haber vencido por contar con la protección de un padre todopoderoso como el Fuhrer, que en un sencillo y patético acto de cobardía los abandonó a su suerte y a merced del enemigo.

    Lore (Saskia Rosendahl), desde su deber como hija actúa y resuelve en la desesperación, pero a la par su crecimiento, el cambio hormonal y su cuerpo también experimentan la dolorosa metamorfosis que la alejan de la inocencia y la sumergen en el lodo de las contradicciones, los odios y el rencor hacia esa Alemania sorda y ciega, dividida en zonas o fronteras por las que debe transitar con sus hermanos sin reflejar su origen ante la mirada escrutadora de los enemigos. Así se cruzará en su travesía con Thomas (Kai-Peter Malina), un muchacho judío que la salva en más de una oportunidad pero para quien ella guarda el máximo desprecio producto de su xenofobia, por lo menos al comienzo de la relación.

    Como se dijo en un principio la idea de infancia destruida por los embates del horror causado por los adultos junto a los despojos de la inocencia que yacen en las mismas ruinas que atraviesa la valiente niña nazi forman el eje de esta aventura de iniciación, basada en la novela El cuarto oscuro, de Rachel Seiffert, sumado a la tensión desde el punto de vista cinematográfico a fuerza de cámara en mano y primeros planos.

    En otro orden es de destacarse la actuación de la joven Saskia Rosendahl en un papel de mucha intensidad pero que nunca sobrepasa los niveles del drama y con sutileza transmite emociones diversas y contenidas, sin vicios actorales o excesos compositivos.
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  • El color que cayó del cielo
    El profanador

    Casi once años tuvieron que pasar para que Sergio Wolf volviera a tomar las riendas en la dirección y así concebir un documental tan fascinante como el anterior Yo no sé que me han hecho tus ojos (2003) en codirección con Lorena Muñoz. Apenas entre aquella obra y esta más reciente El color que cayó del cielo –presentada en el último BAFICI- existe cierta vinculación en relación al descuido o nula preservación del pasado, la historia y el patrimonio nacional.

    Si en la peripecia casi detectivesca de reconstrucción de la mítica Ada Falcón se vislumbraba la huella de lo perdido en materia de archivos o datos del pasado también la contraparte de los mitos que se tejían alrededor de su figura y su misteriosa desaparición abrían las puertas a diferentes subtramas que rozaban elementos de la ficción para despojarse concienzudamente de la rigidez documental. Y es en ese sentido, en ese difuso pero maravilloso terreno de ambigüedad, donde crece el nuevo opus del crítico, cineasta, investigador Sergio Wolf al tomar de referencia la apuesta a lo sagrado versus lo profano en el contexto de la búsqueda de meteoritos en suelo argentino, en la que se involucra la ciencia, el mito, las leyendas, la mercantilización, el vil negocio por encima de la historia y sus raíces invisibles con algo más grande que una mera suma de dinero.

    Cuatro mil años marcan el eje de esta aventura y el reconocimiento de una leyenda de los mocovíes que narra la lluvia de fuego cuando según sus creencias el sol cayó a la Tierra desde el cielo en dos oportunidades. Así, lo representa un fragmento del film La nación que cayó del cielo, de Juan Carlos Martínez, película artesanal que Wolf toma de referencia para introducir apuntes históricos donde se mezclan nombres y relatos de expediciones en busca de un meteorito por sus propiedades ricas en metales.

    Del expedicionario español Rubín de Celis en el siglo XVIII hasta el aporte testimonial de algunos lugareños, el documental se nutre de toda la información necesaria para poner en contexto la historia y así avanzar hacia su verdadero propósito: la presentación de dos personajes antagonistas diferenciados entre otras cosas por un sentido metafísico y hasta ético. Como en toda ficción que se precie el contraste y la dialéctica son clave para el buen desarrollo de la trama pero también la exposición conceptual de un héroe y un villano lo suficientemente sólidos como para hacer de esa distancia infranqueable el verdadero camino a recorrer.

    La inteligencia del realizador obedece en primera medida en haber encontrado un villano excéntrico como el profanador de meteoritos más conocido en el mundo, el norteamericano Robert Haag, preso de su vanidad ante la cámara de Fernando Lockett y la curiosidad incipiente del director, que sabe cómo y cuándo hacer las preguntas para que el frio dealer de rocas del espacio muerda la carnada y desnude su ego. Y en ese juego de seducción entre personas y personajes emerge el superhéroe de esta historia: Bill Cassidy, un anciano adorable, humilde, meticuloso que dedicó parte de su juventud al recuento y estudio de meteoritos en Campo del cielo, ubicado en la provincia de Chaco; tomó contacto con los originarios del lugar para aprender sus costumbres y luego tras la indiferencia estatal y provincial se abocó al estudio de la Antártida.

    En esa segunda parte de El color que cayó del cielo se concentra su mayor riqueza porque los meteoritos y su descubrimiento pasan a un segundo plano en base a los diferentes emprendimientos y motivaciones personales que acercan o ejercen una atracción magnética frente al profanador Hagg, al profesor y estudioso Cassidy cuando no debería descartarse aquella fascinación de Sergio Wolf por encontrar estas historias que lo condujeron por ejemplo a la guarida del antagonista en Tucson (Estados Unidos) o a la feria de Tokio donde se comercializan fragmentos de rocas celestiales como las encontradas en Chaco o en Esquel, piezas invaluables desde el punto de vista geológico que han llenado el bolsillo de Hagg para quien Argentina representa una asignatura pendiente al frustrarse su intento en 1990 de transportar un meteorito de 37 toneladas para comercializarlo en el mercado negro.

    Ese magnetismo de los metales o el reconocimiento de lo extraterrestre entronca perfectamente con los fines y los medios siempre que se lo observe desde la distancia adecuada como es el caso, pero con la sensibilidad intacta y el sentido de la observación alerta para tomar prestado de la naturaleza imágenes de amaneceres, cielos u ocasos de una belleza extrema; redondear así el círculo entre el mito, su representación y la historia en un documental atrapante y distinto.
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  • 7 cajas
    7 cajas
    CineFreaks
    Todo por un puñado de dólares

    Las bondades del cine digital se hacen visibles cuando el uso inteligente del recurso proporciona grandes posibilidades a la hora de organizar una estructura narrativa ágil y aportarle una estética atractiva en términos visuales, que se apoya en una calibrada puesta en escena y se sostiene por respetar ciertas coordenadas del género. Eso es lo que ocurre con 7 cajas, ópera prima de los debutantes Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori –conocidos en el terreno de la ficción televisiva en ese país- que pudo verse en el Festival de Mar del Plata en su edición número 27 y que ahora llega a estrenarse comercialmente.

    7 cajas podría describirse como un Pulp Fiction guaraní por su tono frenético a veces cercano a la estética de videoclip pero que encuentra sus tiempos muertos y espacios cinematográficos para salir del agobio de un encuadre chato, a pesar que explota el formato del celular con filmaciones que se insertan en la trama. Con un ojo apuntando al mercado internacional para que el producto consiga pantallas en diversas latitudes y otro hacia adentro respetando la idiosincrasia paraguaya, la historia básicamente explora el mundo marginal de los carretilleros del mercado 4, en Asunción, algo similar a lo que en Argentina se conoce como La Salada.

    Allí, el protagonista Víctor (Celso Franco) acompañado de Liz (Lali González), un joven que aspira a tener un celular para elevar su status social y que vive -o mejor dicho sobrevive- transportando mercadería por esos largos pasillos atestados de negocios y gente ve la oportunidad de ganar cien dólares de una manera rápida y fácil: transportar 7 cajas sin preguntar de qué se trata.

    Claro que esa misión en apariencia sencilla atravesará una suma de contratiempos y peligros que involucran a otros carretilleros, la policía, los amigos y una serie de personajes secundarios que sirven a los directores como una muestra de la fauna y el costumbrismo que a veces roza de estereotipo y otra peca de ingenuo.

    Apuntes de crítica social también atraviesan el relato pero de forma subyacente porque el fuerte de esta historia no es otro que las peripecias de un antihéroe en pleno corazón de Asunción.

    Para destacar de 7 cajas sin lugar a dudas, la balanza debe inclinarse hacia los aspectos técnicos y visuales más que narrativos sin dejar de mencionar la buena amalgama entre cine de género y cine costumbrista para un público masivo que seguramente acepte sin miramientos esta propuesta cinematográfica paraguaya que afortunadamente se estrena en algunas salas de Argentina.
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  • AB
    AB
    CineFreaks
    Desplazamientos

    Este film dirigido por Iván Fund y el danés Andreas Koefoed en conjunto transita por la frontera difusa entre el documental y la ficción y permite desde su título, en apariencia inexplicable, trazar diferentes directrices de análisis para abarcarlo en su integralidad.

    En primer lugar puede decirse que en la palabra AB (título del film) existe la presencia de un manifiesto que simboliza dos puntos y una distancia –entre ellos- que marca un camino o dirección originada en la A y finalizada en la B. Es decir que ese signo espacial también encierra en su trayectoria simbólica un tiempo, que tiene comienzo y fin. La amistad entre los dos personajes, Araceli y Belén, cuyos nombres coinciden con las letras del título respectivamente parece algo infranqueable desde la propia distancia de la cámara e incluso para la presencia intrusiva de quien registra en este caso el derrotero anecdótico de estas dos amigas. Sin embargo, como se dijo, esa amistad o distancia simbólica se ve atravesada por el tiempo y es en ese punto invisible donde la amenaza latente de disolución se hace presente en la historia de A y de B.

    Los desplazamientos en el espacio reducido a la geografía y las distintas locaciones de un pueblo del interior, en el que ellas rumbean acompañadas de una caja que contiene cachorros para ir ubicando con los vecinos, encuentran -por decirlo de algún modo- su lado B en otros desplazamientos no espaciales sino aquellos provocados por el crecimiento, los deseos, los celos, los sueños, los miedos y la necesidad de tomar rumbos distantes y probar suerte con otras cosas.

    Pero la aventura de Iván Fund y Andreas Koefoed no se termina o clausura en esa línea narrativa sino por el contrario expande sus raíces como aquel árbol que una vez plantado busca el mejor espacio para crecer. Y en ese terreno otra interpretación del llamativo título abre la puerta a dos mundos diferentes o parte A y parte B de esta película, que abarca un costado exploratorio completamente singular en el que ambos personajes son retratados por detalles pero de manera separada. Esa unión desde la desunión afirma mucho más enfáticamente la idea de amor en la amistad más allá del entorno o del contexto aunque también se pregunta implícitamente si esa sensación puede perdurar para siempre.

    Claro que los perros y la ubicación de las crías para tomar contacto con un grupo variopinto de rostros y voces que se pierden en las anécdotas es meramente un pretexto para hablar de lo que verdaderamente importa: de cómo se llega de la A a la B sin dolor y sin cambios, en un camino atravesado de obstáculos, contratiempos y atajos difíciles de sortear.
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  • Me perdí hace una semana
    Cabezas parlantes

    Sin llegar a la equilibrada AB, repitiendo al menos en lo conceptual el juego entre ficción y documental, con Me perdí hace una semana se confirma que Iván Fund es un realizador en permanente estado de búsqueda más allá de lo estético y que toma al cine y a la cámara como medio más que como fin.

    Jugar al extremo con la idea de representación al romper un código y exponer de manera explícita el artificio de la cámara implica en este caso que los actores que interpretan los personajes expresen sus emociones o cuenten experiencias a cámara.

    El microuniverso de un barrio en el que coexisten una pareja a punto de separarse, un tarotista gay que busca ser el alma de la película y a veces lo consigue y una mujer madura que no desea ser madre son los pilares temáticos en los que se apoya el opus de Fund. S

    in embargo, un carácter disruptivo y cierta digresión a la hora de unir las pequeñas anécdotas arrebatadas a la realidad sin permiso le juegan en contra a la propuesta y a veces la tornan un tanto críptica o la envuelven en un hermetismo poco saludable.

    No obstante, Me perdí hace una semana que también se conecta con perros, búsquedas y pérdidas -como ocurre en AB- logra por momentos crear climas de intimidad y verdad únicos, algo que a esta altura tratándose de Iván Fund no es mera casualidad y refleja un agudo poder de observación y síntesis difícil de emular.
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  • La mejor oferta
    La mejor oferta
    CineFreaks
    Los falsos autómatas

    No son casuales dos detalles que coronan este regreso grande del genial Giuseppe Tornatore luego de la anodina Baarìa (2009) a las raíces de su mejor cine y a su manejo exquisito de la narración cinematográfica que quedan más que sintetizados en La mejor oferta. Esos dos elementos, que se yuxtaponen a lo largo de una meticulosa trama donde se mixtura una historia perturbadora de amor; el drama existencial de dos personajes en apariencia opuestos pero tan falsos desde los sentimientos como para encontrarse en su camino, con aristas de thriller psicológico y no grandilocuente, son por un lado la idea del autómata y por otro el de la autenticidad y falsificación en el mercado del arte.

    Tampoco resulta casual que el protagonista, interpretado con solvencia por el eximio Geoffrey Rush, tenga por apellido Oldman que traducido del inglés significa algo así como hombre viejo porque precisamente su obsesión por el pasado, por lo arcaico, por ese aura que emana de toda obra de arte y ya no existe es lo que mejor define su conducta y su talón de Aquiles, por decirlo de algún modo. De allí que representar a un martillero experto en subastas de mobiliarios o piezas artísticas de enorme valor monetario lo ubica en un lugar preferencial y que no está precisamente conectado con el mercantilismo en su variante más patética como la de cualquier curador oportunista de estos tiempos, sino con la ambición de conocer y poseer obras u objetos de extraña procedencia.

    Con semejante carta de presentación para completar las esferas de la personalidad del misterioso Oldman, el agregado de su inefable elegancia, reserva para con sus clientes y pulcritud, no hacen más que definirlo como el personaje ideal para llevar a cabo una misión un tanto incómoda: subastar todas las pertenencias de una enigmática joven, Claire Ibbetson (Sylvia Hoeks), heredera de una fortuna obscena, cuya particularidad es no mantener contacto visual con el entorno por un aparente mal físico, ligado con la agorafobia.

    Seducido por el enigma más que por la posible recompensa final una vez tasada cada pieza de la gigante mansión que alberga secretos, las piezas desparramadas de lo que supone podría pertenecer a un autómata forman parte de la red que envuelve a Oldman al tiempo que la inquietud por revelar la identidad de la joven heredera se acrecienta en un juego de contemplación, fisgoneo y peligro latente, que va in crescendo así como un leve enamoramiento a pesar de la sustancial diferencia etaria de los amantes.

    En paralelo, una subtrama que avanza por los andariveles del thriller se acomoda entre los intersticios de un drama existencial de un vigor llamativo que deviene en tortuoso romance como parte de un mecanismo de puesta en escena de una ambición solamente sostenible gracias al talento del realizador de Cinema paradiso (1988).

    Las lecturas posibles sobre La mejor oferta avalan análisis en base al contrapunto de la idea del automatismo contra el libre albedrío cuando el deseo se interpone a la razón porque ¿Acaso existe algo más autómata que trabajar de martillero para engañar con artilugios retóricos a los incautos e ignorantes compradores? Esa es la pregunta que el film no se atreve a responder sin arriesgar un costado de ambigüedad permanente que lo hace acreedor de los méritos necesarios para considerarlo casi al nivel de una obra maestra. Claro está que parte de ese elogio obedece pura y exclusivamente a la soberbia dirección de Tornatore y la actuación de Geoffrey Rush en un rol hecho a su medida.
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  • El tercero
    El tercero
    CineFreaks
    Adiviná quién viene a cenar

    En este segundo opus del cordobés Rodrigo Guerrero (El invierno de los raros) salta a la vista la capacidad del realizador para construir con economía de recursos y algunos planos una historia de intensidad importante y riqueza estética en cuanto a la puesta en escena y las ideas de encuadre con fines narrativos, conceptuales y cinematográficos.

    Estructurada en tres actos que pueden ser autónomos entre sí sin respetar siquiera un orden cronológico, el denominador común de estas tres instancias no es otro que el sexo y las relaciones humanas devenidas del sexo. Tampoco puede soslayarse el juego rupturista con la idea conservadora y tradicional de pareja –pese a que los involucrados son una pareja gay que lleva ocho años de relación- para agregar un tercero y hacer de la suma de las partes mucho más que un todo.

    Apenas transcurren horas de este encuentro entre un joven universitario, Fede (Emiliano Dionisi), quien tras picantes y sugestivas charlas por chat con una pareja gay (Carlos Echevarría y Nicolás Armengol) decide aceptar la invitación de ellos para conocerse en un departamento céntrico y tener un encuentro sexual. Ese cruce de lo virtual a lo real se produce en el segundo acto y se define desde su costado más humano con sus dobleces emocionales en una cena introductoria en la que cada personaje desnuda por decirlo de algún modo parte de su alma y marca un espacio y lugar en el triángulo amoroso sexual que terminará por concretarse en el tercer y último acto.

    Sin sorpresas pero consciente del valor de los buenos diálogos y la tensión en el juego de miradas cómplices y silencios con una cámara como testigo que encuentra la distancia justa en el encuadre y también en el espacio vertical u horizontal, El tercero es un film que trasciende por méritos propios la temática gay porque se permite abordar con libertad y sin tapujos las aristas del amor entre hombres, despojado del estereotipo publicitario y gracias a la entrega de tres buenos actores que entendieron a la perfección su rol dentro de esta pequeña historia de encuentros, revelaciones, exploraciones, iniciaciones, miedos y sobre todas las cosas emociones.

    Con la aclaración pertinente que puede haber espectadores que sientan rechazo por la propuesta de Guerrero o para los cuales algunas escenas puedan herir su susceptibilidad.
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  • El rostro
    El rostro
    CineFreaks
    La otra orilla

    Si en La orilla que se abisma el espectro del poeta Juan L. Ortíz era un navegante lúcido y en La Casa la ausencia se exiliaba de las ruinas antes del derrumbe del olvido es en El rostro donde confluyen los ríos de la memoria; donde las historias nacen y mueren en cada remada cuando la estela de un río tranquilo remueve aquello que queda y que no tiene rostro pero sí presencia como la muerte, como el tiempo, como el pasado que se transforma en un archivo minúsculo de Súper 8 –también en formatos de 16mm y video- y lucha con la fugacidad en un ralentí encarnizado y único que se pierde con el viento en la naturaleza más viva o en el susurro del presente al evocar sus pasados.

    Es ese río de Gustavo Fontán el continente donde se mezcla el documental con la ficción para yuxtaponer los dispositivos cinematográficos y desnudar el alma de la imagen al despojarse de esa esterilidad del esteticismo prefabricado o la falsa impostura de la belleza artificial y carente de sentido.

    El otro protagonista es un hombre en el medio del río a bordo de un bote y a la deriva, como el cine que descubre en cada plano una historia pero no la cuenta por respeto a la vida y a la esencia de las pequeñas cosas, aquellas sin rostro que se sienten aunque no se vean.

    Tal vez desde los términos cinematográficos esta sea la obra más completa del director, fiel a su poética y coherencia artística como pocos pero con la sensación que al indagar en ese río donde confluyen presente con pasado uno forma parte de un viaje que invita a disfrutar desde los sentidos y entregarse a esa deriva sin reparos y con la convicción que del otro lado siempre habrá una orilla.
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  • Oculus
    Oculus
    CineFreaks
    Qué ves cuando no ves

    De cómo sobrellevar o justificar un hecho trágico, no morir en el intento y asustar al espectador trata la segunda película del interesante realizador Mike Flanagan, Oculus, menos eficaz que su anterior trabajo Ausencia pero que respeta ciertos códigos de un género ya agotado y decadente en cuanto a receta o fórmula exitosa para el cine de terror.

    Que exista un espejo donde se resguarde un ente maligno y que de la destrucción de ese elemento siniestro dependa el futuro de dos hermanos atravesados por el complejo de Edipo y Electra respectivamente, con un padre extraído del manual de El resplandor y una madre víctima de su propia locura y la ajena no es una idea original pero sí un punto de partida más que aceptable que podría haber construido una mejor historia basada en la representación de la maldad y los reflejos distorsionados de los miedos a lo desconocido, la cual termina naufragando por intentar unir o vincular ideas sueltas que no tienen demasiado sustento narrativo. A eso debe sumarse desde la puesta en escena el intento también fallido de superponer planos y realidades que no hacen otra cosa que embarrar el relato, diversificarlo sin sentido y lo que es peor aún: desorientar al espectador que quiere gozar una vez más de una lisa y llana historia de fantasmas y posesiones.

    Si la propuesta formal de Oculus gana peso por su planteo cinematográfico, ese extra lo pierde por su falta de criterio narrativo no en lo que hace al entramado de imágenes o aspectos del orden visual sino en lo narrativo desde el guión y su estructura no lineal.

    No obstante, debe reconocerse que a veces los climas y las atmósferas perturbadoras se construyen de manera sólida acompañados de un elenco adecuado que logra transmitir algún margen de emoción y hacer creíble o verosímil al menos ese sufrimiento que provoca un quiebre en el orden psicológico, con los derivados de las patologías mentales que hacen de la disociación de la realidad su caballo de batalla y que el cine se encarga de reducir a la simple manifestación de un acto de locura y violencia extrema donde claro está la presencia del otro como amenaza es fundamental.

    Oculus trabaja sobre los reflejos y las refracciones pero se queda con una imagen de esa idea ya trillada y poco atractiva en términos visuales reproduciendo el vicio de lo que algunos ya no queremos ver.
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  • Amor a la carta
    Amor a la carta
    CineFreaks
    El sabor de la soledad

    Es poco frecuente en la cartelera local una película proveniente de la India y que no tenga esas características for export del producto Bollywood que pulula más en internet que en salas de cine. Por eso, el debutante Ritesh Batra se aleja de los cánones convencionales para tomarse el tiempo necesario y así desarrollar una historia que roza el melodrama sentimental pero que en su esencia busca efectuar un retrato seco y sin colorido ni estridencias protagonizado por dos solitarios en una gran urbe.

    Para el protagonista masculino de esta historia, Saajan Fernandes (Irrfan Khan), un oficinista que tras 35 años de servicio en un ente gubernamental decide pedir el retiro, el sabor de la soledad es siempre el mismo desde el día en que su esposa falleció. Parco, taciturno y muy meticuloso en su trabajo, el hombre divide su rutina diaria en un viaje en tren atestado de gente, el entrenamiento a desgano del joven que se supone lo suplantará, Shaikh (Nawazuddin Siddiqui), verborrágico y hasta molesto, con quien comenzará a compartir las misteriosas viandas que le llegan por equivocación.

    Es tradición en la India que las esposas envíen la vianda a sus esposos al trabajo mediante un delivery en unos recipientes que se llaman dabbas (de ahí el título original del film) pero para nada habitual que ese delivery cometa un error y lo entregue al destinatario equivocado como es el caso de Ila (Nimrat Kaur) y su marido, hastiado de comer la coliflor que le entregan todos los días por error mientras su apetitosa comida muere en la boca de Fernandes.

    Con un elemento prototípico como el equívoco para desatar una serie de situaciones embarazosas -por lo general jugadas al tono de la comedia-, aquí el pretexto de la vianda construye de manera pausada aunque progresiva una relación epistolar entre la mujer y el oficinista que también se entrelaza con los diferentes platos que ella prepara para el desconocido y así de esa sutil referencia a los nuevos sabores aparezcan nuevas miradas sobre las dos realidades que tienen como denominador común la soledad: la de Ila como ama de casa y madre de una niña pequeña que no recibe atención de su esposo y la de Fernandes en su tránsito lento hacia la vejez, a pesar de haber encontrado un interlocutor joven en su aprendiz y algún que otro ingrediente que despierte el deseo y el proyecto futuro de un cambio una vez que se retire de su actividad laboral.

    El ritmo y los textos de las cartas que tanto uno como otro se envían en el mismo recipiente marcan los hitos de una historia de amor en la distancia y bajo el encanto del anonimato, aunque no así de la franqueza en cada una de las palabras en las que se confiesan sueños, miedos, frustraciones y recuerdos de tiempos más dulces, sazonados de cierta melancolía que cualquier paladar poco exigente podrá entender y compartir.

    Resulta atractivo en cuanto a la puesta en escena el contraste elocuente entre los interiores y los exteriores donde las personas parecen amuchadas y sin un espacio para que la mirada descanse o al menos vuele hacia otros horizontes.

    Muchas veces la gastronomía es un buen recurso cinematográfico para alimentar corazones desnutridos de emociones pero otras el exceso indigesta y cae pesado, Amor a la carta encuentra el equilibrio entre los sabores de las pequeñas cosas en la misma proporción que los platos que se exhiben a lo largo de todo el rodaje con variedad pero sin grandilocuencia.
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  • Amar es bendito
    Amar es bendito
    CineFreaks
    El amor y el desencanto

    Si bien se trata de películas distintas puede establecerse un nexo conceptual entre el segundo opus de la realizadora Liliana Paolinelli, Lengua materna (2010) y este tercer largometraje también protagonizado por las actrices Claudia Cantero y Mara Santucho, Amar es bendito porque a la conflictiva de la aceptación de la mirada ante una relación lésbica, que era el eje dramático de la segunda película, ahora se le superpone el desgaste de la convivencia de la pareja y las relaciones tóxicas que giran alrededor cuando no se puede romper un vínculo amoroso.

    El titulo que puede reinterpretarse desde un punto de vista irónico remite a todo lo contrario para el desarrollo de una trama que adopta cambios de registro abruptos y constantes como parte de un juego que la propia Paolinelli parece establecer con el espectador y en el que se subvierten a veces estereotipos en un relato por momentos anárquico, con altibajos, pero en el que se deja abierta la puerta a la reflexión sobre lo que acontece en pantalla y el efecto que eso pueda provocar en cada espectador.

    No estamos en presencia de lo que podría encasillarse apresuradamente como cine lésbico a pesar de que las protagonistas sean en definitiva dos lesbianas, Mecha y Ofelia, quienes apuestan a las relaciones casuales y al intercambio sexual con una tercera Ana Laura –Carolina Solari, amante de Mecha- y un hombre –Carlos Possentini, amante de Ofelia- porque los planteos exceden cuestiones de género, o no se limitan a los códigos de ese tipo de cine por lo general en la doble dirección de la culpa y la redención.

    Tal vez lo que a esta altura ya debería considerarse, superado el prejuicio de cierta mirada conservadora (como le ocurre a Claudia Lapacó en Lengua materna), como parte de una naturaleza diferente y singular pareciera que en el film de Paolinelli formara parte no de lo natural sino del artificio, algo así como un metadiscurso expuesto en la propia película que le juega en contra.

    Amar es bendito por momentos adopta un tono de teatralidad que se enfatiza quizás improductivamente en un guión que las actrices Claudia Cantero y Mara Santucho respetan a rajatabla y eso le resta dramaticidad además de generar interferencias con la apuesta a lo espontáneo con algunos diálogos que si bien son atractivos desde las palabras desentonan en ese contrapunto entre la coloquialidad y la altisonancia.

    Por un lado, el tercer largometraje de la directora cordobesa rompe moldes y estructuras establecidas para construir desde una mirada no complaciente del amor, intuitiva y entregada a los humores de sus actrices, un derrotero distinto para sus protagonistas, Mecha y Ofelia, pero por otro al avanzar en un terreno un tanto ambiguo, donde la incerteza domina la acción y el deseo explota, condiciona de cierta manera la chance de tomar una dirección que encause la historia para trascender la anécdota y así quedarse a medio camino entre la reflexión crítica de los convencionalismos y la transgresión de las formas cinematográficas.
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  • Transcendence: Identidad virtual
    Cyber todopoderoso

    Demasiado presupuesto y nombres de estrellas para un producto tan poco atractivo como esta ópera prima de Wally Pfister, integrante del equipo de Christopher Nolan y encargado de la fotografía, con guión de Jack Paglen, que toma por un lado el intrincado y polémico universo de la inteligencia artificial y por otro esboza el planteo ético acerca de los alcances y limites de los avances de la ciencia.

    La frontera entre el hombre y la máquina; esa suerte de continente aún sin explorar del todo, han sido cooptadas como tópico y elemento distópico de la ciencia ficción y particularmente desde el cine con el claro ejemplo de 2001, odisea del espacio. Ahora a esa premisa siempre permeable a levantar vasos comunicantes con otros asuntos también explotados por la ciencia ficción se le suma la radicalización del pensamiento a partir de los extremos y fundamentalismos que chocan no sólo en el campo de las ideas sino desde la acción per se bajo la máscara del terrorismo tecnológico o los activistas anti tecnología.

    Bajo esas coordenadas binarias, poco o nada se puede desarrollar y ese es el principal escollo que no logra superar Transcendence, identidad virtual, con un Johnny Depp desganado en el rol de un científico, Will Caster, que apuesta a la idea que las computadoras tengan conciencia propia en pos de una evolución del pensamiento en el que una computadora todopoderosa logre aunar la inteligencia colectiva de todos los hombres capaces y así llevar a la humanidad a otro estadío. Claro que a esa utópica proeza tecnológica y humana se opone un grupo de hackers extremistas, quienes alertados por el peligro del avance de la ciencia y la neurociencia organizan un ataque a modo de boicot pero con el objetivo de eliminar la mayor amenaza: Will Caster.

    El envenenamiento radioactivo lo condena a una muerte rápida pero antes de desaparecer de la faz de la Tierra y alentado por su esposa Evelyn (Rebeca Hall), junto a la inestimable colaboración de otro científico y amigo, Max Waters (Paul Bettany), coordinan un procedimiento para trasplantar la conciencia de Will a una computadora denominada PINN, con el objeto de que su obra continúe y por supuesto su legado. Pero un científico con síndrome de dios o una relectura moderna del complejo de Frankenstein no son alicientes sólidos como para avanzar en una trama lineal que no consigue superarse a partir de sus planteos profundos a nivel ético o hasta pseudocientíficos que encuentran las respuestas más elementales y reduccionistas, con pretensiones de filosofía o metafísica y en un registro que no abandona una solemnidad tediosa, apenas transitable para los márgenes de la tolerancia.

    Dónde empieza la personalidad y termina la conciencia, interrogante que se encargó de explorar hasta las últimas consecuencias la gran película Ella, de Spike Jonze, tal vez hubiese encontrado en Transcendence otro costado siempre arraigado a la ambición humana y a la necesidad de prevalecer más allá de los límites de la propia existencia. Sin embargo, bajo la escueta dinámica de los acontecimientos y las acciones, el relato se achata y ameseta en el territorio del thriller cibernético que nada aporta a pesar del despliegue visual, que tratándose del debutante Wally Pfister tras la venia de Nolan cumple pero no satisface las expectativas.
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  • Ismael
    Ismael
    CineFreaks
    Mis dos papás

    Tras cuatro años de ausencia, Ismael marca por un lado el retorno de Marcelo Piñeyro detrás de las cámaras y como guionista junto a Verónica Fernández y Marcelo Figueras para entregar un film amable e intimista que gira en torno a la búsqueda de identidad a cargo de un niño de ocho años (Larsson do Amaral), de madre nigeriana, quien escapa de su hogar de Madrid a Barcelona al encuentro de su padre biológico Félix (Mario Casas) sin que éste supiera anteriormente de su existencia.

    Para ello la llegada del pequeño al único lugar de referencia de una carta añeja lo conecta directamente con su abuela (Belén Rueda), quien desayunada de la nueva situación y la posible paternidad de un hijo, a quien no ve hace tiempo, decide ayudar al morenito Ismael en su empresa y además aprovechar el pretexto del viaje para recomponer tal vez algunos vínculos con Félix, dedicado al trabajo con adolescentes problemáticos en un colegio donde enseña dibujo, y así saldar cuentas pendientes.

    Así las cosas, la confrontación entre Ismael y su padre biológico origina también que su madre Alika (Ella Kweku), acompañada de su nueva pareja Luis (Juan Diego Botto), a quien el niño considera su verdadero padre, remueva viejos tiempos y reabra heridas que ya parecían haber cicatrizado cuando decidió marcharse con el pequeño y alejarlo del contacto con Félix.

    Marcelo Piñeyro conoce al dedillo los lineamientos del melodrama familiar clásico sin el chantaje emocional de golpes bajos a cuestas y sale airoso en cuanto a su performance de director atento para el lucimiento de un elenco sólido, donde la presencia de la revelación Larsson do Amaral ocupa el centro pero también el profesionalismo y ductilidad de una Belén Rueda mucho más despierta que en Séptimo, film donde se la pudo reconocer junto a Ricardo Darín, actor con el que no logró la química necesaria que sí consiguió esta vez –claro que con un personaje distinto- con Sergi Lopez en un rol secundario pero importante al fin.

    Ismael es un film pequeño pero noble, con corazón y despojado de toda recarga emocional extra para plantear de manera sencilla y con poca elocuencia conflictos paternales identificables y la importancia de conocer la verdad para crecer sin rencores y afrontar la vida desde otro lugar.
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  • Pasión inocente
    El paso equivocado

    Tal vez Pasión inocente hubiese llegado a otro lugar si transitaba por los andariveles del thriller y no descansara únicamente en la estructura del melodrama burgués tan afín a cierto cine de carácter independiente con pretensiones de seriedad que muchas veces corona las propuestas de los festivales de menor categoría. Y en ese sentido sin menospreciar esta película correcta del realizador Drake Doremus, se puede decir que el resultado final es menos provocador que lo que en un comienzo se vislumbraba al menos como un film interesante.

    Sencillamente la premisa de este melodrama se apoya en el elemento distorsionante dentro de una estructura familiar consolidada –o al menos eso parece- que trastoca toda la dinámica y pone en peligro el círculo de confort, especialmente el del miembro más vulnerable que es aquel que manifiesta sutilmente disconformidad con la vida que lleva. Ese es el caso de Keith (Guy Pearce), quien toca el violonchelo en una orquesta y espera la ansiada vacante para seguir progresando en su carrera mientras se gana la vida como profesor de música en el mismo colegio donde estudia su hija Lauren (Mackenzie Davis), nadadora de competición cuya afición por la música es nula. Casado con Megan (Amy Ryan), quien acepta recibir a Sophie (Felicity Jones) como estudiante de intercambio inglesa, Keith siente un atractivo por esa enigmática y callada joven que además ejecuta el piano prodigiosamente y representa esa pequeña cuota de libertad que él necesita para salir del agobio y de una rutina de vida cercana a la monotonía.

    Respirar nuevos aires y así romper los vicios y las inercias propias parece la única alternativa para el hombre, que comienza a cambiar sus conductas habituales para con su mujer y su hija de manera paulatina y sin poder cortar el vínculo invisible con la atractiva Sophie, quien también se ve seducida por el profesor y sus tribulaciones melancólicas. Sin embargo, la encrucijada entre comenzar desde cero junto a Sophie y perder todo bajo el hechizo de lo fugaz hace mella en el presente y condiciona el futuro de Keith para quien el riesgo no es directamente proporcional con el placer o el goce del cambio.

    Si bien el guión busca a veces con eficacia y otras no evitar lugares comunes en la definición tradicional de un triángulo amoroso o la historia de una obsesión elemental, los resortes del drama existencial se tensan principalmente en la piel de Keith, personaje al que el australiano Guy Pearce dota de espesura, densidad dramática, en plena consonancia y química con la fotogenia y misterio de Felicity Jones, quien no apela al recurso de la sensualidad o sexualidad velada sino que lo hace desde una sensibilidad y fragilidad particularmente perversa.

    Pasión inocente no obstante es un film bien construido, que pese a sus altibajos narrativos logra sostenerse gracias a las buenas actuaciones de sus protagonistas así como a la cuidada y prolija dirección que encuentra el ritmo ajustado para el desarrollo de un melodrama en apariencia distinto pero convencional al fin.
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  • Ida
    Ida
    CineFreaks
    Cambio de hábito

    Desde la transversalidad y con una estética particularmente relacionada con el cine polaco del pasado, el director y también guionista Pawel Pawlikowski junto a Rebecca Lenkiewicz indaga y escudriña sobre las profundidades de la historia de su país a partir de un relato concentrado en la búsqueda de la identidad y el rescate doloroso y traumático de la memoria histórica.

    La Polonia antisemita; la Polonia católica; la Polonia de la post guerra se encuentra retratada de manera descarnada en este film, rodado enteramente en blanco y negro y ambientado en los años 60, cuya protagonista Anna (Agata Trzebuchowska) vive desde pequeña en un convento y se dispone a tomar los hábitos sacramentales una vez saldada la deuda moral con su pasado familiar al enterarse que en realidad ella es hija de judíos y que su nombre real es Ida, de ahí el título original del film. Para ello, la intervención de una tía, Wanda (Agata Kulesza), ex jueza con la que retomará su pasado -pero también intentará conocer desde otro lugar- abre el camino hacia una road movie convencional en la que la información se siembra a cuenta gotas y con enorme sutileza para dar lugar a los tiempos muertos y los climas de agobio, en sintonía con la imagen y sus contrastes de claro oscuros.

    Se puede encontrar en este opus del director radicado en Gran Bretaña una fuerte carga estética en el tratamiento de la imagen y la impecable dirección de un elenco sólido en el que destaca el duelo actoral de las dos principales actrices, quienes se complementan de manera extraordinaria. Es muy interesante la transformación de Ida, un personaje calibrado y bien construido desde la ausencia del pasado y la paulatina metamorfosis a medida que toma contacto con sus orígenes, sus muertos y la necesidad de conocer la verdad a pesar de la dureza de Wanda.

    Sin trazo grueso o bajada de línea hacia un costado u otro, la película del director Pawel Pawlikowski es un buen ejemplo de revisionismo histórico contemporáneo, sin discursos grandilocuentes o rimbombantes pero que sobre todas las cosas no descuida la condición humana y el drama causado por las heridas de la guerra y el horror del holocausto.
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  • El pacto
    El pacto
    CineFreaks
    Cuando menos es mucho más

    No hay alternativa en el análisis de un film de terror más que medirlo por sus logros o defectos siempre en un contexto devaluado y frente a una batería de productos y propuestas de dudoso nivel y calidad artística como la que aparece en la cartelera cinematográfica desde varios años hasta la fecha. Por ese motivo el cine no hollywoodense o proveniente de algún que otro sector independiente –todavía los hay- alimenta en la mayoría de los casos las expectativas de un público familiarizado con los códigos y obediente a la hora de llenar una sala para ver casi siempre lo mismo.

    El debut del director Nicholas McCarthy por un lado bebe de las fórmulas minimalistas del cine japonés pero sin repetir esa atractiva estructura se nutre además del mecanismo del suspenso y del terror a partir de la explotación del axioma: cuanto menos se muestra, mayor es el resultado. El pacto asimila desde el primer minuto el clima de película de terror básicamente porque sostiene una tensión que atraviesa diferentes atmósferas y se conecta con el pasado oscuro de la familia Barlow, cuyas hermanas, Nichole (Agnes Bruckner) y Annie (Caity Lotz), distanciadas por diferentes causas deciden reunirse para despedir los restos de su madre recién fallecida.

    Sin embargo, Nichole desaparece misteriosamente y nunca llega a la cita, motivo por el que Annie una vez instalada en la casa de infancia, lugar del que guarda horribles recuerdos, se encamina junto a un detective y una médium, Stevie (Haley Hudson, confirmada su participación para la secuela) en la búsqueda para toparse en su investigación con un secreto oscuro y la presencia de un espectro relacionado a aquel pasado.

    La certeza en el manejo de los espacios y la profundidad para generar la sensación de desprotección en la protagonista así como los lugares secretos dentro de la casa con una sugestiva mirilla para habilitar la presencia de algo extraño resultan claves como elementos para que el relato fluya y construya una puesta en escena funcional a los resortes de la sugestión y del terror propiamente dicho. Es también eficaz el manejo de las distancias con la cámara para cerrar o ampliar el encuadre con el mismo objetivo siempre que la actuación resulte verosímil y en ese sentido debe destacarse la labor de Caity Lotz, nunca sobre actuando su rol ni anticipando al espectador desde lo gestual lo que va a venir.

    Basta esta carta de presentación para decir que El pacto es un film interesante desde su propuesta formal, que avanza sin tropiezos por el terreno del suspenso y el thriller mezclando con eficiencia todos aquellos elementos del terror fantástico más primitivo que se vincula directamente con los miedos infantiles y la incertidumbre por lo desconocido, sin apelar a golpes de efecto innecesarios o grandilocuencia gore.
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  • In-actividad paranormal
    Innecesaria y gritona

    Resulta un tanto estéril preguntarse viendo los resultados de In Actividad paranormal porqué se insiste con estas parodias infradotadas que degradan al término parodia per se y reflejan la falta de talento a la hora de hacer reír sobre todo si la idea proviene de las huestes del insoportable Marlon Wayans, gritón, excitado y reiterativo hasta el hartazgo en lo que no podría ser otro fiasco devenido secuela de la patética ¿Y dónde está el fantasma?

    El conjuro y Sinister esta vez ocupan el blanco para desatar las referencias paródicas apelando siempre a la obviedad de los lugares comunes y a la escatología simplista como remate de chistes que son tan tontos que la única manera de hacerlos efectivos es con un apunte de mal gusto o humor rancio y chabacano.

    Era de esperar que la muñeca Abigail, conocida por la platea cultora del género en el prólogo de El conjuro, tuviese aquí un protagonismo fundamental y como era de esperarse también vinculado a la extraña relación con Malcom (Marlon Wayans) que tras exorcizar a su novia Kisha (Essence Atkins) intentará recomponerse y esta vez con una pareja blanca: Megan (Jaime Pressly) y los dos hijos, una adolescente media dark y un pequeño que se contacta con el demonio ancestral que habita en la nueva casa.

    Con la misma estructura que Actividad Paranormal, es decir el registro del falso documental intrascendente, la galería de exabruptos y apología al consumo de drogas dice presente desde el minuto uno hasta el final. El humor drogón sólo hace reír por unos segundos y luego el efecto acumula la resaca de la falta de ideas o giros entretenidos para que la trama acopie referencias inútiles o refleje su mediocridad en cada remate, siempre con un plus de gritos y caras de susto que Wayans se encarga de hacernos soportar frente al espectáculo de su propia decadencia.

    A nadie sorprende que se tomara por ejemplo la referencia a la pareja de psíquicos de El conjuro como el estereotipo elemental del matrimonio con problemas y dado el don de la videncia que ella sepa con quién se quiere acostar su esposo.

    De esas ideas maravillosas y dotadas de un talento abrumador se compone esta insoportable secuela que anticipa una tercera parte. Y si la droga sigue, el número llegará al infinito y más allá.
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  • Boca de pozo
    Boca de pozo
    CineFreaks
    En lo profundo

    Boca de pozo es un relato hacia adentro, que pretende sumergirse –a veces lo logra, a veces no- en el complejo estado psicológico de su protagonista en un proceso de enajenación y auto alienación, que no tiene como detonante –paradójicamente- su rutina laboral como perforador de pozos en el sur sino su propia impotencia para moverse con libertad cuando esa rutina desaparece.

    Pablo Cedrón es el actor más adecuado para ponerse en la piel de Lucho, hombre de pocas palabras, siempre con un gesto de disconformidad ante todo y que parece encontrar seguridad durante sus largas estadías, alejado de sus deudas financieras, una esposa embarazada, un hijo poco comunicativo y una madre a la que visita de vez en cuando pero no con la misma frecuencia que lo hace con su amante prostituta.

    La salida obligada del pozo simbólicamente sumerge al protagonista en otro pozo del que parece aún no haber tocado fondo y ese derrotero, que también cuenta con lugares comunes en un pueblo común donde no queda mucho por hacer, se vuelve un círculo vicioso que lo mantiene atrapado. Para Lucho el dinero implica problemas y los afectos también, aunque ese vértigo y adrenalina de lo incierto no le alcanzan para motivarle siquiera la chance de un cambio o proyecto de huida.

    Las falencias del guión que encuentra en el naturalismo su mejor aliado quizás obedezcan a la falta de construcción de personajes secundarios de más peso, aunque todas las fuerzas recaigan siempre en el mismo centro que no es otro que este atribulado y nada empático personaje, a quien la cámara de Simón Franco acompaña desde la distancia necesaria pero sin perderle el rastro a su procesión interna.

    La idea de calar hondo tanto para extraer el tan codiciado petróleo como alcanzar en lo más profundo aquellas emociones que determinan las conductas o llevan a tomar las decisiones más extremas trazan el paralelismo entre Lucho, su trabajo y su entorno, dejando muy poco margen para escudriñar sobre otros aspectos de su existencia.
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  • Ramón Ayala
    Ramón Ayala
    CineFreaks
    Una copla ya pronto serás

    El nombre de Ramón Ayala viaja en el viento como esas coplas que se cantan pero se desconoce de donde provienen o quien fue su creador. Esa es la primera de las impresiones al verlo interactuar con la cámara de Marcos López para hacer de lo sencillo de sus palabras y reflexiones sobre la vida un discurso profundo y honesto.

    No hay poses o máscaras en el gesto despreocupado de este autodidacta misionero que conoció en carne propia la experiencia de la explotación del Mensú y transformó esa gesta en poesía; en imágenes traídas por las palabras para pintar esos cuadros y adornarlos de música y una voz sentida y auténtica.

    Por eso quienes interpretan sus canciones como la singular Liliana Herrero que es uno de los testimonios elegidos por el debutante Marcos López se emocionan y conectan con ese instante de verdad y belleza que describe a un árbol como un gigante que yace en la selva.

    Pero además de ser un retrato o un tributo en vida a este indiscutido referente del folklore argentino, Ramón Ayala se nutre de distintas texturas para abarcar por ejemplo desde el recurso de la ficción el desconocimiento del protagonista al no formar parte del mundo de la música popular o de los medios hegemónicos porque la sabiduría no tiene marketing ni vende discos o remeras, sino que se descubre en los lugares menos recorridos o impensados.
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  • Luna de miel en familia
    Unidos y revueltos

    Con este nuevo opus dirigido a toda la familia, el comediante Adam Sandler confirma un alejamiento total de lo que otrora se podía considerar la nueva comedia norteamericana para caer en las redes del conservadurismo menos interesante de la comedia hollywoodense de los últimos tiempos.

    La química entre Sandler y Drew Barrymore en esta tercera película juntos permanece intacta pero eso ya no alcanza tratándose de una comedia ATP, que tiene muchas aristas cuestionables incluso desde el punto de vista de la comedia romántica en sí misma o esta especie de puesta a punto de las historias de segundas oportunidades que apuestan a la recomposición de los vínculos afectivos a partir de una gran pérdida. Quizá el único elemento a destacar en cuanto a la presentación no tan convencional del núcleo familiar es que el cruce de los dos grupos compensa la ausencia paterna y materna simultáneamente, dado que para Sandler y sus tres hijas la presencia de Barrymore necesariamente representa la figura maternal ausente y lo mismo ocurre en relación al lugar desplazado de un padre divorciado y poco atento a su hijo preadolescente que ocupa espontáneamente Sandler y su deseo frustrado de contar con un hijo varón.

    Planteado el cuadro de situaciones, ambos personajes se encuentran en momentos de recomposición tanto afectiva como familiar para lo cual es necesario un viaje lo suficientemente atractivo para que la misión tenga éxito: Jim (Adam Sandler) se hizo cargo de sus tres hijas tras la muerte repentina de su esposa, herida que aún no cicatriza en el seno familiar y que arroja como resultado diferentes conflictos con cada una de ellas como por ejemplo la del medio que dialoga con su madre muerta y la hace participar de todas sus actividades o la mayor con fuertes rasgos varoniles que le juegan en contra a la hora de querer resaltar su femineidad ante el sexo opuesto.

    Por su parte, Lauren (Drew Barrymore) ha llegado al divorcio tras las infidelidades de su esposo y trata de criar a sus dos hijos como puede mientras se apaña con un trabajo que consiste en ordenar placares de gente con dinero junto a una amiga (Wendi McLendon-Covey), quien intenta convencerla por todos los medios para que encuentre un nuevo hombre en su vida. Luego de una primera cita a ciegas desastrosa con Jim donde queda clara la incompatibilidad de caracteres, el destino y los caprichos de los guionistas los vuelve a unir y por accidente ambos deciden aprovechar unos pasajes y estadía en el continente africano para concretar esas vacaciones tan ansiadas y si es en un continente exótico mucho mejor aún.

    África y sus exotismos for export son el centro de la acción para que se cimente la relación entre Jim y Lauren, acompañados de sus hijos, para conformar una familia completa en donde cada miembro experimente la cuota de aprendizaje adecuada para la transformación y todo marche sobre ruedas mientras el romance de uno con el otro inicie un lento recorrido. Pero es mayor el énfasis en la construcción de esta nueva familia numerosa que de la pareja en sí misma lo que hace en definitiva que esta comedia transite hacia los lugares comunes de los productos ATP, lejos de las irreverencias de aquel muchacho transgresor criado en la factoría Saturday night live hoy devenido holgazán conservador. Por eso en Luna de miel en familia no hay exabruptos y los pequeños deslices políticamente incorrectos son más que inofensivos en base a la fuerte carga emocional que atraviesa el relato.

    El Sandler familiero aquí está en su salsa con un papel hecho a su medida pero ha quedado estancado en esa mirada complaciente y hasta ingenua del humor que para aquellos que busquen sus orígenes de originalidad o riesgo, ese aspecto ya forma parte de una leyenda más que de una posibilidad a futuro. Más allá de estos apuntes, la película como comedia familiar funciona solamente por la sinergia de la pareja protagónica y algunas chispas de humor a cargo de Sandler cuando se olvida de su rol de padre viudo y deja que el chico maldito que vive aún en lo más profundo de su ser aflore.
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  • Tutti I Santi Giorni
    Un pobre exponente del cine italiano

    Sin lugar a dudas Tutti I Santi Giorni, que tranquilamente podría haberse traducido como todos los santos días, representa ese grupo de películas de medio pelo provenientes de Italia, que últimamente ocupan el minúsculo espacio del cine europeo destinado por las distribuidoras locales cuando no se busca ningún riesgo en cuanto a propuestas mucho más interesantes.

    Si bien estamos frente a una convencional comedia romántica con algunos elementos de costumbrismo, el relato transita por cuanto lugar común se nos ocurra y toma como eje de unión y conflicto a la vez a una pareja un tanto opuesta en caracteres: Guido (Luca Marinelli) es recepcionista nocturno en un hotel y Antonia (Federica Victoria Caiozzo) pretende ganarse la vida como cantante con un estilo de solista, que apenas despunta en sus performances en bares de mala muerte. Ambos proyectan agrandar la familia, ya sea por una mezcla del deseo personal y otra por la presión del reloj biológico, aunque ese será un detonante al aparecer en la pareja problemas de concepción.

    Desde ese terreno que habilita las situaciones más recorridas por el cine industrial como por ejemplo tratamientos, intentos fallidos y peleas con culpas repartidas, el film del director Paolo Virzì pretende generar un equilibrio entre la comedia y el drama solamente con el objeto de establecer entre el público y la pareja protagónica un acuerdo tácito de empatía. Quizás en ese forzado interés por construir situaciones y acciones en la que los personajes principales tienen la misión de caernos simpáticos y enternecedores –queribles también podría decirse- trastabilla esta propuesta anodina a la hora de desarrollar la historia de la convivencia y las enormes diferencias entre el hombre y la mujer.

    Ciertos arrebatos de temperamento por parte de ella en contraste con la parsimoniosa actitud de Guido hacen ruido y no contribuyen en nada a esta relación, donde muchas veces es notorio el esfuerzo más que la naturalidad de la pareja protagónica para lograr esa química esencial que toda comedia romántica requiere.

    El tono hiper realista para describir cierta idiosincrasia italiana, rayano al costumbrismo más elemental por momentos aburre y no se despega de un telefilme que puede encontrarse perdido en la grilla de algún canal de cable. Tutti I Santi Giorni es un producto pasatista, entretenido de a ratos pero sin lugar a dudas un pobre exponente del cine italiano.
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  • Lumpen
    Lumpen
    CineFreaks
    La ruptura social

    En su debut como director, el experimentado actor Luis Ziembrowski describe en el micro universo de Lumpen el proceso de descomposición social y de fractura a partir de la exposición de un conflicto menor entre ocupas y vecinos de un barrio.

    La atemporalidad pero no así el contexto y el escenario en donde suceden situaciones que no tienen conexión cronológica pero sí una ligazón conceptual es una de las marcas más interesantes y provocativas de esta ópera prima, así como la galería de personajes variopintos en la piel de un elenco ecléctico (Diego Velazquez, Alan Daisc, Daniel Valenzuela, Analía Couceyro, María Inés Aldaburu y Gabo Correa), muchos de ellos en roles secundarios para plasmar un retrato de un grupo social bastante poco explotado por el cine argentino actual.

    El estilo ascético y con cámara en mano, sumada la opresión de la imagen y los climas de asfixia mucho más vívidos desde el punto de vista de Bruno, protagonista indiscutido de esta pesadilla a cargo del actor Sergio Boris, por momentos incomoda y perturba al espectador. También esa suerte de digresión e inercia entre los personajes que va acumulando tiempos muertos o situaciones y tejen en un segundo plano una atmósfera cargada de violencia no explícita aunque apoyada en la creciente paranoia que es la que domina todo el relato.

    El otro –o el avasallamiento del otro- como enemigo y no semejante siempre implica para Bruno permanecer en estado de alerta para no salirse de un círculo de confort junto a su pareja (Analía Couceyro) e hijo adolescente, Damián (Alan Daisc), aspecto que para este film parece sencillamente contar con un techo propio y con algunos recursos para la supervivencia.

    Ciertas reminiscencias al cine de observación de los hermanos Dardenne y otras más directas al cine social y de denuncia sobrevuelan las imágenes de Lumpen, una aproximación a esos desclasados de siempre que a veces parece perder el rumbo en el intento de abordaje aunque nunca afortunadamente del todo.
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  • Cuerpos de agua
    Cuerpos de agua
    CineFreaks
    Salvavidas de plomo

    Varias corrientes narrativas o ríos que confluyen en el mismo margen son los afluentes más originales y dignos de un documental que se atreve a la ficción y rompe el molde de lo que podría haberse sintetizado en un recuento sumario de testimonios y material de archivo para narrar desde otro lugar, y asumiendo la condición de autor, la historia de una inundación acaecida hace tres décadas –más precisamente 1985- y que anegó a varias ciudades como Epecuén, Carhué, Guaminí, con millones de hectáreas sumergidas y la amenaza latente sobre Bolívar, la ciudad del director.

    Un relato donde chacareros y pobladores además de haber quedado sepultados por el agua lo perdieron todo y la fuerza de la naturaleza demostró una vez más su furia y su distancia infranqueable con la condición humana como parte de un conflicto que parece no tener mediadores o soluciones. Tampoco se puede modificar o arreglar la miseria de los hombres cuando pretenden sacar tajada del dolor ajeno o se aprovechan de la desesperación para acopiar riquezas o recursos en detrimento de los padecimientos de las víctimas.

    Bolívar fue un ejemplo, para ese entonces, de resistencia popular ante el peor panorama tras los embates de la inundación, la desidia de los poderosos y la falta de solidaridad en muchos niveles. Su relato antes y después del agua fluye desde los testimonios desgarradores y cada uno de esos micro universos contiene el argumento básico de una tragedia familiar. Esa es la principal vertiente que alimenta desde la docuficción Cuerpos de agua, de Juan Felipe Chorén, quien en base a una estética muy personal y a riesgos en la puesta en escena reconstruye más que desde lo cronológico desde las sensaciones y emociones la crónica de lo que fue considerado uno de los mayores anegamientos de la historia de la provincia de Buenos Aires.

    Desde textos que le piden prestado a la poética de las palabras el recurso para calar hondo en el espectador hasta un puñado de testimonios lo suficientemente ilustrativos para ampliar la mirada sobre las causas y las consecuencias, Cuerpos de agua se diferencia de otros documentales por apelar a la fuerza de sus imágenes y sobre todo de esa voluntad que ante cualquier catástrofe natural emerge por capricho.

    Resulta casi inevitable no trazar un paralelismo entre aquella inundación que llevó a un pueblo a tomar la drástica decisión de volar con dinamita la ruta 226 para evitar el avance del agua y de ese alud mortal con las imágenes de los noticieros de la actualidad cuando la lluvia asola y la indiferencia de los gobernantes sólo arroja salvavidas de plomo.
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  • I am mad
    I am mad
    CineFreaks
    Un tajo a la realidad

    Loco o enajenado social, para la existencia de Miguel Ángel Danna parecen atajos para sobrellevar la carga pesada del dolor acarreado desde la infancia por la muerte de una hermana, quien se ahogó en una piscina por descuido de sus padres.

    Esa situación, además de la educación informal al no asistir a un colegio y vivir deambulando junto a su familia y hermanos en una casa rodante, llevó al protagonista de este documental de Baltazar Tokman a las puertas de una secta, cuyo gurú bajo esa prédica sugestiva lo convenció en muy breve tiempo de que era el elegido, un guerrero, entre tantos otros que también transitaron por esa Escuela, donde además de hacer trabajos de diferente tipo fueron adoctrinados en una mezcla de filosofía oriental, magia, artes marciales y un fuerte trabajo de despersonalización. La secta originada en Córdoba, que también absorbió a parte de la familia de Miguel Ángel, incluida su madre –prófuga de la justicia- y hermanos, tomó estado mediático hace un tiempo y fue blanco de debates televisivos por el fuerte mensaje misógino de su líder.

    Sin embargo, I am Mad se propone desde lo conceptual la deconstrucción de la personalidad y psicología de su protagonista y en un segundo plano le otorga las riendas para que el relato se sumerja muy a conciencia en la propia percepción de su locura. Locura que para Miguel Ángel no es pasible solamente de trauma o escisión del plano de la realidad sino una poderosa chance para evadir los convencionalismos de la vida tradicional, ordinaria, fútil, vacua aunque parte de su tropiezo con el mundo que transita implican el sometimiento a las cosas más mundanas y desde una mirada no complaciente lo ubicarían dentro del grupo de esas personas que hacen de la bohemia o la marginalidad un culto cuando en verdad el golpe de la realidad es tan fuerte y duro que el único antídoto es creerse distinto.

    Según la mirada de quien se enfrente al derrotero de Danna; según el ojo que lo observe se puede sacar alguna conclusión en base a su supuesta locura pero nada escapa de ese dolor que significa la pérdida irreparable y mucho más la angustia ante lo que no se puede cambiar. En la puesta en escena planteada por Tokman se aprecia una sensibilidad particular que ya fuera demostrada en su anterior opus Planetario; en su aproximación a la médula y al alma del conflicto interno -no sólo en primera persona- de su protagonista sino por la elección de material de archivo (alguno realmente impactante) para completar esa compleja subjetividad de la que en un principio conocemos solamente un aspecto y a lo largo del metraje somos testigos de la progresiva metamorfosis, dolorosa pero trascendente igual que una palabra dicha en un momento adecuado.
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  • El cielo otra vez
    Amor en cautiverio

    No son habituales los documentales en los que se observa un equilibrio entre el objeto y el sujeto como El cielo otra vez. En este caso la idea rectora es el seguimiento de quienes hacen posible y ejecutan el Proyecto Cóndor, originado en 1991 y que tiene por objeto la conservación de una especie en peligro de extinción: el cóndor andino.

    El Dr. Luis Jacome, gerente del Zoológico de Buenos Aires y Director del programa de conservación Cóndor Andino, junto a un puñado de colaboradores que trabajan incansablemente –algunos de manera voluntaria- generan desde el principio un vínculo más que afectivo con estas aves, pero deben experimentar también ese desapego que implica la crianza en cautiverio para luego dejarlas en libertad.

    Esa experiencia única se entrelaza además con el minucioso y silencioso trabajo educativo con las generaciones venideras para que aprendan a conservar el ecosistema y conozcan desde chicos los nexos de la naturaleza con lo sagrado y así respeten la voz de los ancestros y sus rituales.

    En ese todo convive el respeto por los pueblos originarios, el cuidado de la fauna autóctona y más que nada la fe y la pasión en una tarea que regocija cuando se obtienen resultados a muy largo plazo pero que sin lugar a dudas es tan importante como la necesidad de reencontrarse con la tierra y el aire y así aprender a volar.
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  • Historia del miedo
    Polaroid de locura ordinaria

    El ensordecedor y atemorizante sonido de las aspas de un helicóptero que sobrevuela el conurbano bonaerense irrumpe en la pantalla y genera en el espectador una sensación extraña, que se mezcla con la desprotección y la incerteza de lo que podría llegar a pasar. Apenas pasan unos segundos y un distorsionado altavoz pone en estado de alerta a quienes permanecen en ese barrio privado o zona restringida y a partir de allí la seguidilla de micro situaciones siempre como detonante de una paranoia latente, oportuna mirada sobre el estado de la fractura o la grieta social si las hay, que nos caracteriza en estos convulsionados momentos.

    Historia del miedo no pretende establecer ninguna respuesta didáctica al interrogante sobre la inseguridad, ni siquiera pierde el tiempo en la dialéctica maniquea de la lucha de clases para concentrarse sencillamente en las formas de percibir la realidad desde los diferentes puntos de vista de un racimo de personajes, sometidos por el propio director y la puesta en escena meticulosa a distintas situaciones extraídas de la más pura realidad (cortes de luz intermitentes en épocas de calor, presencias amenazantes en plena calle o negocio, un ascensor que se detiene a mitad de piso, etc.) pero siempre atravesadas por un rasgo distintivo y artificioso que las aleja del corte realista para abrazar de manera sutil los códigos del género y así jugar -hasta el límite- con los climas de tensión, angustia psicológica, a la vez que abre la puerta al reflejo deformante de los prejuicios y las sospechas infundadas sobre los otros. Esos otros en esta trama que se maneja por viñetas y de manera coral se representan desde los rostros o los cuerpos, que por momentos invaden el espacio o el encuadre en un primer plano.

    No obstante, la distancia de la cámara y la precisión para desplazarse o detenerse en la quietud de la paranoia son claves y demuestran una habilidad poco frecuente que caracteriza a Benjamín Naishtat y lo ubica en el grupo de jóvenes directores argentinos que no temen al riesgo cuando la propuesta estética habla por sí sola. En ese sentido es casi obligatorio encontrar nexos con Lucrecia Martel y su tratamiento de la imagen en La ciénaga por citar un ejemplo al alcance de la mano y de los ojos. También el cine de John Carpenter dice presente, incluso admitido en algunas entrevistas por el propio Benjamín Naishtat, pero siempre como referencia conceptual más que como modelo a seguir.

    Por lo que se anticipa de la nueva película de Damián Szifrón, Relatos salvajes, que ahora se encuentra en la competencia oficial en Cannes, reflejo de la Argentina saturada de violencia que responde con más violencia, podría tranquilamente emparentarse con esta propuesta de este joven realizador egresado de la FUC desde la perspectiva del lugar donde se gesta la fractura social y las consecuencias de esa grieta que hoy no son más que una polaroid de la locura ordinaria.
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  • Muerte en Buenos Aires
    Un policial que camina y no galopa

    Muerte en Buenos Aires es una ópera prima de Natalia Meta con todas las condiciones para acomodarse como uno de los potenciales referentes comerciales del cine argentino en la cartelera porteña dada su adecuada campaña de marketing y sus inteligentes estrategias de promoción, que resaltan la figura de Darín Jr y la presencia del mexicano Demián Bichir, quien en declaraciones públicas enfatizó las bondades del guión, de la propuesta y sobre todo de su personaje para dar su visto bueno a la convocatoria y sumarla a una carrera internacional donde realmente ha compartido cartel con grandes actores y fue dirigido por notables realizadores.

    Pero toda esa impronta positiva se desinfla al tomar contacto con este policial que coquetea con la buddy movie al estilo Arma mortal, se mezcla con la sordidez en una trama que viste un homicidio de un hombre de la alta sociedad con apetencias sexuales masculinas en el contexto del Buenos Aires de aquellos años de las privatizaciones y los cortes de luz, mientras la música pop aquietaba las almas intranquilas y apostaba a imágenes paganas o a historias de amor de una noche.

    Los personajes no cuentan con un desarrollo acorde a lo que pide un policial como el que se pretende desde el enunciado y donde todos los hilos son tan visibles como inverosímiles. Si el público logra evadirse de esta tensión entre lo que ocurre en pantalla y lo que debería ocurrir si es que se buscaba construir un relato policial preciso y atractivo por sus marchas y contra marchas es probable que sintonice con la propuesta de la directora y guionista Natalia Meta, solvente a la hora de dirigir pero con problemas de criterio a la hora de desarrollar personajes y un racimo de subtramas que no se resuelven de manera coherente.

    Los méritos en los valores de la producción deben repartirse entre la fotografía, la musicalización y la propuesta estética en la que Buenos Aires y sus noches también ganan protagonismo, incluso más que algunos personajes secundarios planos como por ejemplo el juez a cargo de Emilio Disi o la policía en la piel de una desaprovechada Mónica Antonópulos, por citar un ejemplo concreto.

    Las actuaciones de Bichir y el Chino Darín son correctas en relación a lo que cada uno de sus personajes está dispuesto a revelar en una trama que hace de las apariencias y el secreto su mayor capital.
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  • Las puertas del cielo
    Tinta roja

    Si bien la reconstrucción de época de los años 40 es aceptable en términos de producción, Las puertas del cielo, dirigida por Jaime Lozano, no llega a convencer por los escasos valores de su guión y su acartonada propuesta estética, que debe sumarse a una desacertada dirección de actores con diálogos altisonantes y poco creíbles.

    El drama de denuncia social haciendo foco en la situación crítica de los trabajadores de la caña y un estado de huelga que afecta los intereses de los poderosos es rápidamente desplazado por un policial chato y poco interesante que involucra a un ladrón malherido, el Montarás, quien antes de pasar a mejor vida lega a un muchacho campesino su botín y le obliga a jurar que se lo va a entregar a una mujer ya que ese es su último deseo.

    Sin embargo, la promesa al muerto pondrá en peligro la vida del muchacho cuando la policía siga el rastro de los billetes y una operación de prensa lo señale como un justiciero social solamente con el objetivo de vender más ejemplares.

    El interés amoroso es una prostituta que intenta disuadir al muchacho y despertarlo de su inocencia pero el signo de tragedia ya está escrito como el resultado poco atractivo de esta película.
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  • Rey Milo
    Rey Milo
    CineFreaks
    Arte que sana

    Según testimonios a cámara de su madre, Milo Lockett de pequeño fue salvado de ahogarse en lo profundo de una pileta precisamente porque le dijo a su madre que quería conocer lo hondo. Tal vez esa búsqueda en lo profundo, en lo desconocido, talló a fuego su personalidad y su riesgo de apostar al fracaso para llegar al éxito. Así fue como su extraña travesía por la vida primero como verdulero, luego con una PyME textil alcanzada por los embates económicos de la crisis del 2002 terminaron por marcarle el rumbo hacia la pintura y hacia el arte desde su capacidad transformadora de la realidad.

    Su producción de obras es tan vasta e inabarcable desde un sólo punto de referencia o análisis pero su estilo es único y esa marca distintiva lo ha expuesto dentro de los círculos artísticos como el pintor que más obras vendió en estos últimos años.

    Rey Milo pretende abarcar al multifacético artista chaqueño observando diferentes prismas de una figura de muchos lados distintos: el Milo en su etapa de creación interna; el Milo público o más vinculado con lo institucional y el Milo solidario y comprometido con las asignaturas pendientes tanto del Chaco profundo como de las problemáticas relacionadas con los niños.

    La estructura de este documental de Federico Bareiro –también encargado de la investigación- que apela a lo cronológico como eje narrativo busca abarcarlo y reconstruirlo en los testimonios de distintas voces que pueden agruparse en aquellas que representan la mirada artística o analítica de la obra de Milo y aquellas que lo describen como persona, amigo o artista popular, mientras segmentos de material de archivo complementan un retrato múltiple e inacabado aunque siempre centrado en Milo para reflejar la idea de monarca en su propia tierra.

    La admiración y el respeto del director también quedan plasmados en el documental cuando se deja abierta la puerta para que el propio artista salga a jugar con su niño interior frente a cámara y quizás en esa frontalidad y desnudez de las máscaras vive oculta la verdadera esencia del motor de la creatividad y de su permanente necesidad de pintar o proyectar desde el arte acciones concretas y darle otro sentido que el material o el mercantil.
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  • La mirada del hijo
    La mujer con cabeza

    De a poco y teniendo presente siempre las escasas oportunidades de ver cine rumano actual uno se va configurando un estilo gracias a películas de alto contenido social y dramático como La mirada del hijo, ganadora del Oso de Oro en Berlín y dirigida por Calin Peter Netzer que cuenta con el notable guión de Razvan Radulescu, responsable de La noche del señor Lazarescu (2005) de Cristi Puiu, otro gran film rumano que sorprendiera en el BAFICI por aquellas épocas.

    La grandeza de este film es la capacidad para desarrollar entre líneas una compleja madeja de fuerzas y relaciones para describir con absoluta realidad y crítica social el retrato crudo de los mecanismos de poder cuando se trata de la prevalencia de una clase social sobre otra en la dinámica del capitalismo Occidental con el dios euro como única estampa de devoción frente al cinismo de los nuevos ricos que ahora aparecen en la Rumania tras el régimen.

    Del drama familiar o relato de descomposición a la alegoría más contundente el film toma la anécdota de un homicidio accidental que involucra al hijo de la protagonista, Barbu (Bogdan Dumitrache), y a un niño de catorce años a quien atropella mortalmente. A partir de conocer el hecho y sobre todo de anoticiarse que la policía detuvo a su vástago, la sobre protectora Cornelia (Luminita Gheorghiu) apelará a todo su poder económico y recursos a veces no éticos para que Barbu no sea acusado de homicidio culposo cuando hay ciertas pruebas y un testigo que puede comprometerlo si es que la familia de la víctima decide proseguir con la denuncia.

    En paralelo a este conflicto donde sale la verdadera miseria de Cornelia y su predisposición a mover cielo y tierra con tal de conseguir su objetivo ante un esposo prácticamente ausente y superado por su avasallante temperamento, se cuela otra compleja historia de dependencia afectiva y un complicado vínculo que pasa del amor al odio en un parpadeo de ojos.

    Son las miradas sobre el otro, tanto la de una madre que no puede aceptar la culpabilidad de un hijo como la de un victimario frente al entorno los elementos que prevalecen en este agudo y áspero film que por su temática relacionada con la impunidad, la culpa y la necesidad reparadora de los vínculos trasciende las fronteras geográficas para hundirse en la universalidad más extrema por su contundencia en los declives de una sociedad tan parecida a la Argentina que causa estupor.

    Párrafo aparte merece la extraordinaria interpretación de la actriz Luminita Gheorghiu y su prodigiosa composición de la oscura y creíble Cornelia con su drama familiar a cuestas.
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  • Muppets 2: Los más buscados
    A la conquista de Europa

    Con menos eficacia y sorpresas que su antecesora, Muppets 2: los más buscados (Muppets most wanted) alcanza a cubrir las expectativas de la secuela tan esperada por fanáticos, con una explosión de cameos que despertarían envidia en cualquier producción cinematográfica donde comparten cartel desde Tony Bennet hasta Dany Trejo, en una historia entretenida y agradable para todo público.

    En misión autoparodia, el arranque prometedor de Muppets anticipa que lo que seguirá de acá en adelante es una secuela y allí aparece la primera pregunta que siempre hay que hacerse teniendo en cuenta las experiencias de secuelas a lo largo de la historia: ¿Segunda parte mejor que primera? La respuesta puede dividirse en dos compartimentos estancos, uno por el no y otro por el sí y en ese sentido comienza a tallar un nuevo interrogante que resulta más complejo teniendo en cuenta el presente de esta franquicia de cara al futuro y que tiene que ver exclusivamente con perdurar en el tiempo o caer en el olvido o en ese espacio tan explotado hoy en día por Hollywood como lo retro y la nostalgia sin una cuota de novedad o riesgo artístico.

    El desafío mayor que debía afrontar la secuela era si conseguía superar pasada ya la moda y la novedad a su antecesora que marcó el regreso triunfal de estas marionetas y sus caóticas aventuras. Para tal propósito la historia no debía solamente ser un pretexto sino tener sustancia y peso más allá del aportado por cada personaje reconocible aún hoy y desde este punto de vista resulta adecuado haber incurrido en un relato que mezcla elementos del cine de género, dosificados por buenos gags y números musicales como vehículo o pantalla para marcar el lucimiento de un nutrido y ecléctico seleccionado de estrellas hollywoodenses contemporáneas.

    Fiel a la premisa de la secuela, el comienzo se conecta en la trama con la primera película tras el exitoso espectáculo donde Kermit –aquí más conocido como la Rana René- y su troupe recuperaron su lugar y a partir de ese momento todo lo que venga debería ser un triunfo más allá del riesgo del olvido del público como síntoma de una moda pasajera. Pero ese tono de autoparodia se ve de inmediato reemplazado por un relato de aventuras ATP desplegado en distintos puntos geográficos de Europa como Madrid, Dublin, Londres, que forman parte de un plan urdido por una mente maquiavélica y su secuaz para llevar a cabo una seguidilla de robos de joyas y piezas de valor bajo la pantalla de una gira de los Muppets acompañados por un nuevo representante, a quien el británico Ricky Gervais dota de su habitual cinismo y sentido del humor, aunque la estrella del convite es otra rana llamada Constantin. Kermit y Constantin son como dos gotas de agua, aspecto que no dificulta que el villano tome el lugar del líder en la troupe y engañe hasta a la mismísima Piggy mientras el verdadero René es confundido por el malhechor y recluido en la prisión de Siberia.

    Así las cosas, la idea del equívoco Constantin René llega hasta las últimas consecuencias en una trama que coquetea por momentos con el cine de espionaje y que acumula chistes físicos o visuales en medio de las habituales canciones por las que desfilan nombres reconocibles en los créditos finales pero no así en la pantalla por su ínfima aparición –hay que buscarlos con lupa a veces perdidos en el encuadre-.

    James Bobin vuelve a dirigir con eficacia, ritmo y criterio para abrir el espacio entre la historia y las mini historias de cada canción que amalgaman y enriquecen el relato, que cuenta con momentos realmente logrados y otros no tanto pero que se deja ver.
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  • El día trajo la oscuridad
    Miradas en la noche

    La meticulosidad y el rigor tanto a la hora de pensar los mejores diálogos o silencios para decir o sugerir sin grandilocuencia como en la progresiva construcción de climas enrarecidos, con el protagonismo absorbente de la oscuridad y de la noche son los puntales que trazan las marcas distintivas de El día trajo la oscuridad.

    La apuesta del director Martín Desalvo al cine de género dice presente, al menos desde la temática que puede vincularse con una relectura interesante del vampirismo aplicada a la actualidad y a la dinámica de un pueblo circunscripto por sus bosques, por sus escuetas salidas de emergencias o fuga y sobre todo por ese hermetismo que arrastra secretos, pero que se escabulle furtivo cuando todos parecen anestesiados o sumidos en lo profundo del sueño.

    El tono minimalista en la puesta en escena sumado a la decisión de que las palabras tengan un verdadero sentido connotativo eleva la propuesta de Desalvo y equipo a otros niveles, que superan por mérito propio a otros títulos nacionales también en sintonía con el fantástico terrorífico.

    Romina Paula compone un personaje de una extraña y fascinante belleza revestida de salvaje ambigüedad pero que a la vez transmite la fragilidad de quien se sabe y conoce maldito; o que convive silenciosamente con el monstruo interior al que debe saciar para sobrevivir antes que ese monstruo se escape del cuerpo.

    El contagio o la enfermedad como una arista subyacente y sin desarrollar pero que busca explicación a partir de una serie de acontecimientos anómalos en un círculo muy pequeño de personajes aporta otro elemento dramático a una trama rica en atmósferas y tensiones irresueltas entre el instinto y el deseo, cuando está en juego el cuerpo y las apariencias lucen sus mejores colmillos para reflejarse en los alaridos de la noche y refugiarse así en el silencio de las sombras.
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  • Buscando al huemul
    Cultura en peligro de extinción

    Es claro el pretexto y el sentido simbólico de este documental para trazar un paralelismo entre un animal autóctono en peligro de extinción, el huemul, y una cultura aborigen con una ligazón sagrada con la naturaleza, también próxima a desaparecer y amenazada de manera constante por el cuestionable avance del progreso y su religioso capitalismo.

    Buscando al huemul es un documental de observación que hace foco en la travesía o anhelo de dos hombres, Ladislao Orosco y Nazareno, para recuperar su identidad antes de que sea demasiado tarde. Por eso, encontrarse cara a cara con un ejemplar de esta especie diezmada por el hombre no es otra cosa que mirarse en un espejo y reconocer en ese reflejo tal vez los aspectos constitutivos o esenciales de una identidad, una cultura y una particular relación con la naturaleza y su entorno no contaminado por el progreso.

    El camino ríspido entre las montañas, sin un rumbo definido y solamente trazado por la interpretación de rastros o huellas, marcan una trayectoria errante para estos buscadores pero también para el propio director Juan Diego Kantor, quien decide no sólo registrar ese devenir sino fluir en esa incerteza donde importa el proceso más que el resultado final.

    Es loable el trabajo con la cámara para encontrar un equilibrio entre la distancia y el registro de la realidad sin otro filtro que el recorte de la subjetividad, en un paisaje donde la inmensidad reduce a la mínima expresión la presencia del hombre y parece estar atravesado por un tiempo que se detiene y no avanza.

    Esa sensación de pérdida de rumbo se ve plasmada en la travesía para volverse en sí misma otra travesía menos visible y que obedece a la intimidad o a los aspectos internos de Ladislao y su fiel compañero de ruta. Elemento que se cristaliza pero a la vez fuga como esa huella que ya no se encuentra a pesar de haber estado allí, al igual que el huemul o la cultura mapuche en un tiempo donde el viento se sentía como una melodía de la montaña y no como el grito descarnado de aquello que tiende a extinguirse.
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  • Fermín
    Fermín
    CineFreaks
    Con la frente marchita

    La fusión de tiempos pasados y coloridos con un presente gris y deslucido no le encuentran el tono adecuado a Fermín, película que busca ubicar en primer plano al tango desde el minuto 1 hasta los créditos finales y que a veces pareciese un institucional for export para explotar esa mística que envuelve al baile del 2x4. Pero como indica el título, el protagonista de esta historia es Fermín Turdera (Héctor Alterio para el presente y Luciano Cáceres para el pasado), un anciano internado en un neuropsiquiátrico decrépito que solamente se comunica con el entorno repitiendo títulos o letras de tango, algo que sabe de hace mucho tiempo su nieta Eva (Antonella Costa), quien va a visitarlo de vez en cuando y que además se gana la vida como bailarina de tango y profesora de alumnos principiantes.

    La particular manera de comunicarse de Fermín es el detonante que llama la atención del flamante e ingresado al establecimiento doctor Ezequiel (Gastón Pauls) y el pretexto para conectar al espectador mediante flashbacks prolongados con las vivencias del protagonista (amores, traiciones, tragedias) en tres tiempos pasados que forzadamente mezclan los aires tangueros con referencias a la dictadura en un mismo nivel que hacen colapsar la psiquis de Fermín.

    A modo de simetría y como parte de la estrategia del guión para establecer un paralelismo entre Ezequiel y Fermín, la culpa de un padre ausente y la ausencia de un padre sin culpa se dan la mano y bailan un tango, aunque uno camina hacia el costado de la nostalgia y el otro tropieza con su propio rencor.

    No obstante lo que se transmite en la película de Hernán Findling y Oliver Kolker, donde los actores convocados realmente hacen lo que pueden, es una profunda desconexión y falta de criterio desde el punto de vista conceptual. Son ráfagas de buenas intenciones y escasas ideas que chocan de manera constante, aunque los tangos y el costumbrismo apunten siempre hacia otro lugar.

    Fermín no es un film que carezca de sensibilidad pero sí que hace del sentimentalismo su arma de doble filo y ese es su principal defecto y su carta de presentación, que lo hermana desafortunadamente con un cine argentino ya caduco.
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  • Blancanieves
    Blancanieves
    CineFreaks
    Tauromaquia silente

    La sobrevaluada en los premios Goya –se llevó diez entre las categorías principales- Blancanieves funciona más como ejercicio de estilo rodeado de ampulosidad que como émulo o espejo del registro del cine mudo al que pretende aproximarse.

    La historia que se inspira muy libremente en el cuento original de los hermanos Grimm toma esos elementos constitutivos del relato literario de hadas para trazar la dinámica de la protagonista heroína Carmencita (Macarena García) bautizada luego por siete enanos toreros Blancanieves en referencia al cuento clásico y su contraparte o antagonista, la malvada Encarna, personaje al que la actriz Maribel Verdú le imprime el arquetipo de la malvada obsesionada por esa cuota de vanidad que detenta contra su reinado en la mirada ajena.

    Más jugada a la performance de la madrastra despiadada y dispuesta a todo para conseguir sus objetivos, Verdú es tal vez el personaje menos grandilocuente de este film del director Pablo Berger, quien pese a declarar que el proyecto data de tiempo pasado aprovecha el boom conseguido por el éxito de El artista y su reelaboración del estilo del cine mudo. Sin embargo, aquí estamos en presencia de un film que carece de ese estilo por su enorme cuota de exageración, que se divide por un lado en la impronta actoral muy pomposa y poco expresiva y por otro en esa búsqueda casi obsesiva del encuadre majestuoso que explote los recursos estéticos del blanco y negro sin dejar de lado la mezcla de un montaje un tanto vertiginoso en contraste con la fluidez narrativa de lo que pareciese una película muda.

    La idea de coartar la pista sonora a todo diálogo y así dejar a la música referencial en un primer plano por momentos parece bastante forzada en este universo rodeado de tauromaquia y melodrama grave, sin ningún matiz entre una cosa y la otra.

    Si se descartan los valores estéticos de la propuesta de Pablo Berger para analizar detalladamente el aspecto narrativo propiamente dicho aparecen las contradicciones propias de un guión que acusa falta de coherencia desde la primera mitad y pocas ideas para sacarle el jugo a la original Blancanieves de los hermanos Grimm, que en la España de 1920 y en el universo reducido de toreros y verónicas sabe a poco.
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  • El sorprendente Hombre Araña 2
    Y se hizo la noche

    Una mezcla mal hecha, indigesta. Eso es principalmente el problema de este segundo acto del reboot de El hombre araña, que ya en su primera entrega proponía al público en general no sólo un recambio generacional sino de estilo, capaz de quitarle aquella cuestionable solemnidad que se le achacó a la trilogía de Sam Raimi y que revistiera al superhéroe de capas más humanas que extraordinarias. Sin embargo, con este camino pareciera que el rumbo tiende a achicarse y el horizonte acusa cierto grado de agotamiento que no puede escapar de lo mundano, más allá de toda la pirotecnia visual puesta al servicio del artificio en vez que en la consistencia dramática del relato.

    Mucho más farolero y adolescente que nunca, este sorprendente hombre araña nuevamente en la piel de Andrew Garfield se encuentra atravesado por un dilema importante que afecta por un lado al superhéroe y por otro al mismísimo Peter Parker: la culpa. Ese gran motor que condiciona todo tipo de conducta y acto futuro es por ejemplo el que pone en jaque su relación de pareja con la chica de sus sueños Gwen Stacy (Emma Stone), quien parece haber aceptado tener un novio superhéroe pero inseguro a la hora de definir el siguiente paso en la relación y entonces la decisión de un cambio rotundo se encuentra a la vuelta de la esquina.

    La futura promesa de un viaje a Inglaterra para continuar con los estudios y así alejarse de Peter será el detonante que precipite las cosas entre ellos, mientras los deberes de defender a la ciudad de Nueva York llaman a la puerta sin descanso. Tres villanos que no hacen uno son los encargados de vestir este derrotero de peripecias del arácnido adolescente en enfrentamientos esporádicos a la par de sus conflictos personales con un amigo de infancia, Harry Osborn (Dane DeHaan), devenido Duende Verde; un mafioso ruso que aparece al comienzo y al final interpretado por un ridículo Paul Giamatti y en el ojo de la tormenta nos encontramos con Electro (Jamie Foxx), villano por opción más que por convicción por un capricho de los guionistas Alex Kurtzman, Roberto Orci y Jeff Pinkner, quienes nunca consiguen pese a los esfuerzos darle verdadera entidad a este deslucido némesis.

    Acción, romance, tribulaciones de superhéroes al que le hace falta un psicólogo por sus problemas de autoestima que en definitiva lo hacen autosuficiente forman parte de este rompecabezas ya conocido y bastante agotador tratándose de los 142 minutos de largometraje (esta vez sin sorpresas luego de los créditos finales). Si El sorprendente hombre araña –lo de sorprendente le queda grande como el traje pero no por su tamaño- no pasa de la adolescencia a la madurez, esta franquicia correrá la misma suerte.
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  • El otro Maradona
    El caza talentos

    El título de este documental dirigido por Ezequiel Luka y Gabriel Amiel es lo suficientemente sugerente para sintetizar dos ideas que se ven plasmadas en el film: la que expresa el anhelo de todo padre que ve una chance en el hijo cuando demuestra ciertas habilidades en el futbol de que allí se geste el proyecto de otro número 10 como el que naciera en villa Fiorito y por otro el que resume -quizás con poca justicia- el destino de Goyo Carrizo, amigo de la infancia del astro futbolístico pero a quien las malas decisiones y también la mala suerte le condicionaron el futuro como futbolista profesional pero nunca desalentaron esa pasión inexplicable por el deporte y como él mismo define por el arte del movimiento de las piernas.

    Las anécdotas que conectan a Goyo con Diego Armando Maradona son tantas que el documental de Ezequiel Luka y Gabriel Amiel le reservan un espacio desde la voz en off del protagonista para ir contrastando ese pasado con su presente y siempre apelando a un registro nostálgico que se complementa eficazmente con el uso de imágenes o recortes de diarios funcionales desde el punto de vista narrativo y dramático. En ese sentido es notoria la presencia de un guión sólido que traza las directrices de la historia para abarcar a conciencia ciertos aspectos puntuales sin perder el hilo conductor, que no es otro que el mismo Goyo Carrizo y su cotidianeidad.

    Los primeros planos contribuyen para retratarlo tal cual es sin máscaras o poses ante una cámara que registra a la vez que narra desde sus propias búsquedas estéticas en cada encuadre o armado de la puesta en escena. Desde la armazón y la estructura empleada, los directores logran entablar nexos en pequeñas subtramas que se intercalan, como por ejemplo la familia, el barrio, el trabajo de buscador de talentos futbolísticos y la intimidad con los amigos o el trato amable con los vecinos.

    El otro Maradona es un buen referente de los documentales que explotan los recursos cinematográficos para crear pequeños universos con su lógica interna y desde una coherencia narrativa que se sostiene hasta el final porque tiene muy en claro el camino por el que busca transitar y habilita el espacio cinematográfico adecuado para recorrerlo desde la sensibilidad y el respeto por el personaje, que no es tal sino una persona con sus matices, contradicciones y virtudes a cara lavada.
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  • Los dueños
    Los dueños
    CineFreaks
    Mi casa es su casa

    Esta sorprendente ópera prima de dos jóvenes más ligados al teatro que al cine, Ezequiel Radusky y Agustín Toscano, se mueve con sutileza y ambigüedad en el complicado territorio de las diferencias sociales o de clase.

    En Los dueños lo que prevalece es por un lado el punto de vista dividido entre la protagonista porteña Pia (Rosario Bléfari) y sus peones, en el contexto de una casa familiar ubicada en un campo venido a menos a cargo de un yerno poco esmerado con el trabajo y más atento a los negocios con la venta de animales a espaldas de su suegro.

    El comienzo es contundente en cuanto a lo que el relato pretende desarrollar desde la mínima historia que da pie a pequeños apuntes sociales, sin subrayados estériles y muy precisos tanto en la descripción de los hechos como en la construcción de los personajes: la llegada de un auto a las inmediaciones de la casa irrumpe la tranquilidad de tres ocupantes (dos hombres y una mujer de mediana edad), quienes en ausencia de los propietarios usurpan la casa, así como utilizan todos los elementos en su interior aprovechando que nadie los controla ni se da por enterado en tanto no quedan huellas o indicios de la ocupación.

    Mezcla de un impulso arrastrado por el resentimiento ante los propios patrones que tampoco tienen un trato amable o sencillamente como una expresión de deseo de pertenencia, la conducta de Ruben (Germán de Silva), Sergio (Sergio Prina) y Alicia (Liliana Juárez) no es necesariamente juzgada por los directores más que el resultado sintomático de una relación de poder que va intercambiando roles a lo largo de la trama. La ajenidad y la otredad juegan un rol clave en el relato donde también queda marcada a fuego la burguesía y su inconformismo representado en la figura de Pía y su hermana, pretexto por el cual ella llega al campo para asistir al casamiento de aquella mientras atraviesa una crisis personal y la necesidad de cambios en su rutina.

    Los tiempos muertos, los planos con duración más prolongada y la distancia justa entre la cámara y sus retratados son manejados con solvencia en una puesta en escena que se concentra más que en el espacio en el detalle dentro del espacio, como reflejo distorsionado de esta dialéctica de ocupados y ocupantes, que en determinado segmento cambia de lado porque a veces es más fuerte la curiosidad para Pía y su ambigua relación con el entorno en un doble juego de amo y esclavo que se interconecta también con la represión del deseo sexual.

    Los dueños dialoga intertextualmente con otras películas argentinas recientes por compartir un estilo descarnado y nada complaciente en el retrato crudo -sin ánimos de realismo ni idealizaciones- de sus criaturas como ocurre por ejemplo en Deshora o en menor medida en la reciente película Atlántida, presentada en BAFICI.
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  • El crítico
    El crítico
    CineFreaks
    Lugares no tan comunes

    El crítico, ópera prima de Hernán Guerschuny, es un film que ve de manera reflexiva al cine de género y mira con inteligencia y algo de ironía al cine en general y a quienes nos apasionamos por el séptimo arte y procuramos volcar esa pasión en la crítica de las obras cinematográficas, con nuestras miserias intelectuales, gustos antojadizos y las imperfecciones habituales de todo aquel que indaga desde la sensibilidad o la racionalidad más pura aquello que lo conmueve o lo exaspera.

    Hay dos historias de amor que se yuxtaponen en esta trama –palabra muy usada por quien escribe y algunos críticos- que mezcla a conciencia los elementos de género desde el thriller a la comedia romántica, pasando por el melodrama íntimo y tensan los resortes de las fórmulas y los lugares comunes para construir artificiosamente un verosímil sólido.

    El riesgo de someterse al reducido código y los guiños solamente dirigidos a una minoría afín a los ámbitos en los que circulan la mayoría de los críticos –aquí aparecen por ejemplo Quintín y Leonardo D´Esposito-, léase privadas de prensa en un microcine y charlas en los cafés al término de las proyecciones, es superado porque la estructura narrativa propone un juego que tiene como eje la pesadilla personal del protagonista, Víctor Téllez (Rafael Spregelburd), quien se ve de pronto atrapado en un género que se encarga en defenestrar desde sus críticas para un diario en el que no se encuentra nada cómodo pero que le supone un ingreso para sobrevivir.

    Si bien las costuras de un guión muy atento al detalle y a la construcción del verosímil y de los personajes se notan en demasía, ese reflejo del artificio no malogra la historia y mucho menos el ritmo sostenido para el avance progresivo y no forzado de las situaciones y los conflictos de cada personaje como por ejemplo el de la sobrina de Víctor que juega en este caso la carta generacional para marcar diferencias de gustos y de apetitos cinematográficos, pero también para encontrar el efecto espejo deformado en relación a las relaciones amorosas o los vacíos emocionales que ni siquiera llenan esas películas cursis que a ella tanto le gustan.

    El otro acierto, además de los guiños cinéfilos y la utilización de arquetipos para evitar estereotipos, es sin lugar a dudas la presencia de la magnética y fotogénica Dolores Fonzi, personaje del cual es imposible no enamorarse por esa mezcla de fragilidad y temperamento que emana con absoluta naturalidad cada vez que se pone en la piel de una mujer enigmática como la de esta película. Interés amoroso pero además personaje tridimensional que complementa la fórmula para que funcione una comedia romántica por transmitir esa sensación de química con Spregelburd, en otro rol para el aplauso y en misión Jay Sherman (dibujo animado de un crítico cinematográfico igual de apático y hosco como Víctor).

    Decía al comienzo de este texto que El crítico acobijaba dos historias de amor, la de Víctor con la chica que todos soñamos luego de haber visto Cuando Harry conoció a Sally o de enamorarnos de alguna heroína de la Nouvelle Vague y la del propio crítico ahora devenido director Hernán Guerschuny con el séptimo arte y las películas que hacen que uno ame esta vocación, aunque no pueda despojarse del mote de director de cine frustrado.
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  • Santa Lucía
    Santa Lucía
    CineFreaks
    Romper el silencio

    Santa Lucía no sólo es el nombre de este documental de Andrea Schellemberg sino que también da cuenta de la historia de un pueblo en la provincia de Tucumán en el que aún descansan muchos relatos y secretos por develarse, ocurridos durante la última dictadura militar y que se relacionan directamente con la desaparición forzada de personas –la mayoría jóvenes- en lo que se conoció como Operativo Tucumán, cuya figura más emblemática no es otro que el ex general Bussi.

    Con un tono un tanto didactista y un tratamiento artesanal en lo que a cine se refiere, el relato sigue los pasos de la búsqueda de la verdad motorizada por la inquietud de Lucía Aguilar. Ella es maestra de historia y además víctima indirecta de la dictadura al contar con un tío desaparecido y en el presente con el mutismo de su madre al ser interpelada sobre el pasado familiar o en sintonía con el miedo que aún persiste entre sus vecinos o en la población de los alrededores cuando se intenta avanzar y saber qué es lo que pasó por aquella época en que los ingenios fueron tomados por el ejército y convertidos en centros clandestinos, como parte del plan sistemático de lucha contra la subversión.

    La investigación de Lucía y su voz en off ocupan el centro de este film, sus preguntas siempre pretenden develar rumores o confirmar datos pero los obstáculos se presentan en cada momento por existir aún un pacto de silencio y el miedo implícito a que la historia se repita como una enorme pesadilla sin fin.

    El material de archivo acompaña cronológicamente y algunos que otros apuntes de la propia Lucía Aguilar reconstruyen los momentos más acuciantes y contextualizan desde el punto de vista socioeconómico el escenario histórico en el que se desarrollaron los mayores atropellos contra las libertades individuales en manos del terrorismo de Estado.

    Santa Lucía no se destaca por sus valores cinematográficos pero sí se encolumna en las filas de los documentales revisionistas contemporáneos que deben difundirse sobre todo a las generaciones más jóvenes para conocer parte de una historia muy negra de la Argentina que todavía presenta sus enormes huecos y grietas y que espera con urgencia interlocutores pero también gente dispuesta a querer escuchar.
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  • El grito en la sangre
    El lenguaje del facón

    De la misma forma que en Aballay el hombre sin miedo el detonante para el desarrollo de la acción surgía de la venganza, el móvil que arrastra al protagonista joven de esta historia, Cali (Abel Ayala), pensada y escrita por el cantante Horacio Guaraní también es la venganza por la muerte de su padre durante una carrera de caballos.

    El grito en la sangre cuenta entre sus claves con la dirección de Fernando Musa, esta vez completamente alejado de sus mundos adolescentes como ocurría en Fuga de cerebros (1988) o Chiche bombón (2004) para sumergirse campo adentro y abrazar las coordenadas del western y la impronta gauchesca. El resultado de la empresa es positivo al contar con un elenco sólido y la sorprendente participación de un Horacio Guaraní que logra establecer de inmediato un vínculo interesante con Cali, primero ocupando el espacio vacío de un padre, pero destilando cierta ambigüedad a lo largo de la trama que propone su personaje muy bien escrito.

    La historia de amor con ribetes de tragedia al enfrentar clases también gana intensidad gracias a Florencia Otero en el rol de Lucía, quien despierta el contraste sensible ante un universo atravesado propiamente por el machismo de la época –estamos en 1950 en pleno campo- y la hostilidad con la que estos hombres dirimen sus cuentas pendientes con el lenguaje del facón.

    No puede dejar de destacarse y tratándose de una película donde la geografía es fundamental el excelente trabajo de fotografía de Jorge Crespo (de acuerdo a los créditos del film), así como las cuidadas panorámicas para resaltar la belleza del paisaje y el esmerado trabajo en el tratamiento de imagen para hacer de esta película una obra de calidad, salvo algunas deficiencias en el guión pero que son detalles menores a la hora del balance integral de la propuesta.
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  • Divergente
    Divergente
    CineFreaks
    Serás lo que debas ser

    Nueva franquicia que se somete a las reglas del cine para adaptar la trilogía de Verónica Roth –este es el primer libro al que le sigue Insurgente y Leal- tendiente a ganarse los millones que pueda dejar el público teen cautivo y que puede definirse como una mezcla de Harry Potter con Los juegos del hambre.

    En Divergente, dirigida por Neil Burger (El ilusionista), la idea central es que cada ciudadano de una ciudad de Chicago post apocalíptica debe encontrar su lugar en cinco facciones distintas por las que se dividió a la sociedad con fines dudosos, pero que no hacen otra cosa que reafirmar la idea de control social desde las esferas del poder. Esas cinco castas o facciones reclutan a las nuevas generaciones de acuerdo a su personalidad o característica.

    Sin embargo, como siempre ocurre existe una minoría de desclasados o parias, quienes no pueden integrar ninguna facción. Su cara opuesta son aquellos que se destacan para cualquiera de las facciones y que se llaman, por esa cualidad, divergentes. La divergencia responde a la capacidad de adaptación pero también supone un peligro para el orden instaurado por lo cual se debe aniquilar a este reducido grupo, entre quienes se encuentra como no podía ser de otra manera Tris Prior (Shailene Woodley), cuyos padres integran la facción de la Abnegación mientras que su hermano se ha volcado hacia la facción de la Erudición cuando ella decide formar parte de la casta Osadía, jóvenes intrépidos que se preparan para la guerra y que se destacan por encima de las otras facciones.

    Como introducción de esta saga, el film se toma demasiado tiempo en el desarrollo de toda la etapa de iniciación bajo la fórmula reclutamiento-entrenamiento-enfrentamiento en el campo de batalla. Allí, las peripecias para nuestra heroína de turno acrecientan intensidad, enemigos que aparecen en el camino y un verdadero interrogante hacia el futuro en relación al rol que ocupará de acá en adelante.

    Por supuesto no dejarán de aparecer algunos personajes secundarios de menor atractivo y el interés amoroso en la figura de Cuatro (Theo James), el instructor y líder de la facción Osadía, quien siente un atractivo particular por la misteriosa Tris y su secreto. Las escenas de acción no deslumbran y no superan el grado de prolijidad necesario como para no pasar vergüenza, aunque la trama a esta altura parece demasiado lineal y los personajes unidimensionales mucho no dicen ni tampoco se logra vislumbrar una evolución a nivel temático para despertar cierta curiosidad en la franquicia.
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  • Ella se va
    Ella se va
    CineFreaks
    Una fuga frustrada

    La experimentada Catherine Deneuve se sumerge en la piel de Bettie, una mujer madura que maneja un restaurante venido a menos, con deudas financieras y el peso de cuidar a su madre para evitar llevarla al asilo de ancianos. Un amante la ha dejado hace poco –su marido murió atragantado por un hueso de pollo- y a eso debe sumarse la inexistente relación con una hija joven, atravesada de rencores y deudas personales, la cual se antepone a los planes de fuga de la protagonista una vez que decide dar el portazo y lanzarse a la aventura con su viejo Mercedez.

    Al comienzo Bettie se deja llevar por ese impulso del descubrimiento y así se relaciona de manera espontánea con algunos lugareños de un pueblo remoto, pero una llamada inesperada de su hija trunca su anhelo de libertad para confrontarla con su pasado de madre ausente que procurará reparar –aunque más no sea desde el intento- haciéndose cargo por un breve tiempo del cuidado de un nieto pre adolescente a quien desconoce por completo y que le transmite desde sus ataques de furia y rebeldía esa suerte de desamparo al quedar a la deriva por las decisiones de su madre.

    El problema con Ella se va reside en la ambigüedad entre lo que podría definirse como road movie por un lado y drama familiar por otro, dado que lo más relevante en este viaje simbólico no es otra cosa que recomponer los lazos emocionales o por lo menos inaugurar nuevos afectos con segundas oportunidades, a pesar que los años hacen mella en el rostro y estragos en el cuerpo. Sin embargo, Catherine Deneuve acusa un envejecimiento digno y una personalidad avasallante que parece por momentos abrumar la pantalla.

    En la intimidad, Emmanuelle Bercot –también guionista- sabe aprovecharla pero en varios segmentos que imponen cierta adrenalina y un trabajo con el físico y las emociones pierde el rumbo y eso se nota en la irregular actuación de la actriz francesa. Otro punto débil de la película lo constituye el reparto, muchas veces no a la altura de las circunstancias tratándose de una propuesta que apela a la mínima expresión, más que a la ampulosa dramatización.

    Ella se va es un film a medio camino entre el relato iniciático y el melodrama de descomposición familiar que parece descansar en demasiadas ocasiones en la ductilidad de Catherine Deneuve y en la manera de filmarla.
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  • Noé
    Noé
    CineFreaks
    Flor de tsunami

    Dicen que a Dios le llevó siete días crear el universo y a Darren Aronofsky le alcanzó con 138 minutos para convertirse en un cineasta obvio y poco atractivo, dato preocupante tratándose de este autor que por ejemplo abrazó el misticismo con su película La fuente de la vida allá por el 2006, o se atrevió a exponer los lados más oscuros de la condición humana en la perturbadora El cisne negro (2010).

    Noé es un film que pese a su mirada poética y libre del personaje bíblico aquí devenido héroe trágico parece perseguir el objetivo de conformar a todos para evitar controversias teológicas o acusaciones de blasfemia al tomar tan libremente un apartado del Génesis para ilustrar el diluvio universal. Melodrama familiar con madre culposa y padre dispuesto a cumplir los designios de la máxima autoridad sobre la tierra, el relato es sumamente lineal y más que nada poco profundo a la hora de indagar sobre los aspectos menos elementales de la parábola del arca y la historia de este salvador.

    La idea de jugar la carta del antagonista Tubalcaín (Ray Winstone) en representación al hombre en su esencia maligna, egoísta y destructora ante un compasivo humanista como el personaje interpretado por Russell Crowe es un tanto pobre para desarrollar la trama, pero efectiva en función de las escenas de acción donde el foco está puesto en los efectos visuales y las escenas de grandes movimientos de masas. Los animales digitalizados dan vergüenza quizá es por ello que durante todo el metraje permanecen dormidos en el arca susodicha e incluso en pleno batuque cuando se viene el agua.

    No hay que dejar de destacar ese vestuario absolutamente alejado de la época donde ocurrió el supuesto diluvio y mucho menos el aspecto pulcro del pelo de los personajes, que seguramente no se bañaban todos los días. La alegoría que busca estrechar lazos entre aquel diluvio y uno futuro si la humanidad continúa destruyendo el mundo legado por el creador resulta simpática ante tanta falta de ideas en Noé, así como su mensaje ecológico subyacente que se refuerza en el último tramo del film. Quien se roba la película y opaca al resto del elenco es Anthony Hopkins en una composición memorable de Matusalén, híbrido entre un mago escapado de Harry Potter y un anciano con demencia senil.

    La premisa es literal: se viene el agua y no el fuego como estaba previsto y el bueno de Noé se pone en campaña, junto a su familia y los gigantes de piedra prestados por J. R. R. Tolkien, para construir el arca y alejar su propio rebaño de la chusma humanidad que se portó mal por querer parecerse al Creador. Luego, mucha agua y gritos y dolor y angustia y al final la luz que le hace pito catalán a la oscuridad.

    En síntesis: con Noé a Darren Aronofsky también lo tapó el agua.
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  • Nadie vive
    Nadie vive
    CineFreaks
    La víctima equivocada

    El realizador japonés Ryuhei Kitamura (Azumi, 2003) demuestra pericia en este digno ejemplo slasher que llega con dos años de retraso a las pantallas locales. Nadie vive restaura en su relato un viejo tópico de los años 80 que tiene que ver con el castigo moral a las ovejas descarriadas.

    Típico elemento del cine de terror de aquellas épocas, las víctimas en este caso son los victimarios y así una banda de delincuentes mixta que se encarga de robar casas y cometer otras tropelías por el estilo secuestran a la pareja equivocada y así se sumergen en una pesadilla de tripas y sangre a cargo de un despiadado psicópata, metódico a la hora de cazar a sus presas (particularmente jovencitas).

    El festival de torturas, mutilaciones y litros de hemoglobina está asegurado en una trama que sube en adrenalina y truculencia a medida que avanza, aunque las primeras impresiones de estar frente a un interesante film se van diluyendo tras una prometedora media hora donde todo es factible de ocurrir al verse las víctimas delincuentes en manos de este implacable asesino serial.

    Una pequeña subtrama -que por motivos obvios no se revelará en esta nota- aporta la presencia ambigua de un personaje que guarda una estrecha relación con el pasado del asesino a pesar de volverse recurrente promediando la mitad del metraje.

    Con un reparto aceptable, donde se destaca la composición de Luke Evans en la piel de esta máquina de matar, Nadie vive cumple con las expectativas de un subgénero ya trillado pero que a veces encuentra algún resquicio para sorprender y estremecer a todo aquel público impresionable.
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  • Capitán América y el soldado del invierno
    Anacronismo 2.0

    Si existía alguna posibilidad de convertir a los superhéroes en un género en sí mismo para la industria hollywoodense sin lugar a dudas los arribos de las figuritas más interesantes de la factoría Marvel abrieron las puertas para generar un nicho importante, capaz de generar enormes dividendos para las arcas.

    Claro que la particularidad del Capitán América, icono de los años 40 nacido de la necesidad de recuperar al héroe norteamericano después de la post guerra, es sencillamente su cuota de anacronismo teniendo presente aquella época en que el mundo se dividía en dos grandes potencias, ambas con el poder militar lo suficientemente importante como para desatar una hecatombe planetaria, única amenaza concreta de esos tiempos.

    Pero estos años de la era post 11S –la referencia surge en los primeros apuntes del film- cambiaron absolutamente el teatro de operaciones para Steve Rogers (Chris Evans), quien además de su incompatibilidad con la cultura actual, sus dificultades de socialización, sumado a los contrastantes modos de vida yanquis debe interiorizarse y asimilar las nuevas reglas del juego de la geopolítica que involucran a su país como el principal promotor de la teoría del miedo y la justificación del uso del poder en función a la disciplina de todo aquel que se considere enemigo potencial de los intereses del Tío Sam. En ese terreno de thriller político símil setentas, elemental pero consolidado al menos en el planteo general, se posiciona esta aventura de acción para dejar como resultado un producto atractivo desde lo visual (en 3D no aporta mucho) pero además con cierta coherencia en lo que a materia cinematográfica y conceptual se refiere.

    Es cierto que al film dirigido por los hermanos Anthony y Joe Russo (Bienvenidos a Collinwood, 2002) le sobran unos 20 minutos en los que no se desarrolla absolutamente nada porque los aspectos y conflictos de los personajes aparecen temprano afortunadamente, siendo por supuesto el más interesante el dilema de Steve Rogers ante las erráticas políticas internas de S.H.I.E.L.D y su desamparo al convertirse de pistón útil para la maquinaria en pieza obsoleta y peligrosa para los tecnócratas de turno.

    A diferencia de su antecesora, Capitán América el primer vengador, en la que uno de los puntos débiles de la trama obedecía pura y exclusivamente a la poca presencia de un villano de fuste, en este caso las clavijas se ajustaron positivamente para la creación de un antagonista de mayor jerarquía, el ya mencionado soldado de invierno, y que guarda una estrecha relación con el Capitán América que data de un pasado antes de las metamorfosis respectivas sufridas por ambos en esa suerte de sacrificio altruista mal remunerado.

    Sin llegar a los niveles de entretenimiento de la franquicia Iron Man (sencillamente porque Chris Evans no es siquiera 1cm lo que representa Robert Downey Jr) esta segunda entrega del héroe más patriotero y norteamericano del dream team Avengers, Capitán América y el soldado del invierno, supera en varios de sus segmentos el sello de producto pasatista para transformarse por méritos propios en un film de acción con todas las letras, bajo un entramado político que recubre, sin que eso afecte en su integridad a la historia y menos aún al personaje.
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  • Condenados
    Condenados
    CineFreaks
    A los jóvenes de ayer…

    Carlos Martínez es uno de los tantos presos políticos de la época de la dictadura, sobreviviente a los nefastos años de plomo, desapariciones forzadas y muertes a cualquier hora del día. Su destino de preso allá por los 70 estuvo marcado en el penal de La Plata, la Unidad Nro. 9 en el pabellón número dos dada su militancia en las filas del ERP-PRT.

    En el pabellón uno del mismo penal se encontraban los Montoneros y las autoridades penitenciarias funcionaban bajo las órdenes directas de los militares, quienes comenzaron a desatar operativos clandestinos para aniquilar a la subversión mediante el secuestro de los propios detenidos y también de su entorno más directo como en el caso de Martínez a quien además le secuestraron y desaparecieron a una hermana.

    Condenados es un film sobre aquella época negra de la Argentina más contemporánea y su formato cinematográfico apela a la dramatización para ampliar su efecto emocional y concentrarse en un audiencia potencial mayor que la que podría encontrar afinidad desde el punto de vista generacional con esta propuesta, en la que el propio Martínez no intenta trazar un camino autobiográfico sino que disuelve en lo colectivo, en la multiplicidad de miradas, el objetivo individual.

    Su personaje, el único que aparece en el relato con un apodo y no con el nombre real, es interpretado por Enrique Dumont (hijo del gran Ulises Dumont), quien junto a un ecléctico reparto entre los que se destacan Alicia Zanca, Facundo Espinosa, Ingrid Pelícori y Nicolás Pauls, entre otros, recrean sumariamente el contexto político y el terror de vivir bajo la incertidumbre de la vida y la muerte y ante el desamparo del estado, cooptado por la locura mesiánica de cientos de trasnochados.

    Desde el primer minuto, en la película se ve reflejado un estilo sumamente televisivo que puede ser tomado como muestra de lo que se ha confirmado como serie bajo el título tentativo de Unidad 9 y que de no existir algún imprevisto o contratiempo tiene programado un estreno para el mes de mayo.

    A pesar de ciertos altibajos en lo que hace a aspectos de la narración, el film de Carlos Martínez mantiene una coherencia interna y suma tensiones en el avance progresivo de los capítulos, tanto en lo que respecta a la convivencia en la cárcel como fuera de ella con los familiares o las diferentes estrategias para hacer visible una realidad oscura que nadie se atrevía a cuestionar, salvo que estuviese dispuesto a derrumbar un pacto de silencio e impunidad tras los muros de la indiferencia y del por algo será… ¿Será?
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  • Tan cerca como pueda
    La fugacidad y un día

    Poco y nada del pasado de Daniel (Daniel Laferrara), protagonista de esta ópera prima del realizador Eduardo Crespo, con la cámara a cargo de Iván Fund, se revela en este sugestivo viaje por distintos rincones de Entre Ríos.

    En Tan cerca como pueda prevalece la contemplación de los pequeños momentos de verdad (una sesión de masajes, una misa de bautismo, una fiesta íntima y familiar) que una cámara atenta capta prácticamente sin proponérselo.

    Escudriñar en la intimidad de los personajes parece ser el único motor narrativo en marcha, dada la ruptura con la linealidad y el uso adecuado de la fragmentación en la información, porque lo que importa en este film no es tanto la historia per se sino aquellos destellos de verdad. Esos que se precipitan al vacío de los cuerpos o se escabullen furtivos ante nuestros ojos cuando la cámara los persigue y los sorprende en la penumbra de una charla o en el murmullo casi inaudible para no despertar otro momento que no sea el de la observación.

    La película de Eduardo Crespo guarda una estrecha relación con otras obras recientes como Hoy no tuve miedo (2011) o un poco más hacia adelante con Los días (2012), ese registro que mezcla realidad ficcional con ficción documental de una manera natural y que consigue una aproximación diferente con el retrato de sus personajes, sin las costuras de un guión que direccione o las marcaciones actorales que quitan espontaneidad y se pierden a veces las atmósferas o los climas.

    En este caso particular, en el debut en el largometraje de Eduardo Crespo se pueden atesorar esos instantes en que el cine saca a relucir su pureza cuando se recupera la alquimia entre la imagen y el tiempo para ganarle a la fugacidad la partida, antes que la realidad funda a negro.
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  • El pasado
    El pasado
    CineFreaks
    Una familia para desarmar

    Las familias ensambladas son el hilo conductor que atraviesa el universo de El pasado, tercer opus del realizador iraní Asghar Farhadi (La separación, 2011) y nuevamente la inocencia infantil y la mirada de los niños marca el pulso dramático de esta historia de descomposición que tiene por protagonista a Marie (Bérénice Bejó), quien pide a su actual esposo Ahmad (Ali Mosaffa) que viaje de Teherán hacia París para firmar formalmente el divorcio debido a que ella busca recomponer su familia con una nueva pareja, Samir (Tahar Rahim), un joven dueño de una tintorería cuya esposa se encuentra en estado vegetativo.

    Samir tiene un hijo, el pequeño Fouad (Elyes Aguis) que vive con Marie y sus dos hermanastras, una adolescente llamada Lucie (Pauline Burlet) y la más chica Léa (Jeanne Jestin). Ambas soportan las convulsiones afectivas de su madre y sus intrincados escarceos con los hombres sin conocer en realidad qué lugar representan en ese escenario de guerra permanente más allá del rol de hijos tanto biológicos como no biológicos. Lo cierto es que en el instante que Marie decidió darle una oportunidad a Samir en su vida, el pasado de sus anteriores fracasos de pareja parece golpear a su puerta y hacerse presente con la llegada de Ahmad, víctima en cierta forma de las decisiones extremas de Marie que lo involucra en el ojo de la tormenta cuando comienzan a desmoronarse todas las coartadas afectivas o extorsiones a partir de la culpa y salen a la luz secretos que la comprometen y que cambian el punto de vista de Ahmad frente al panorama de desintegración familiar del que es testigo.

    El guión de El pasado despliega varias capas narrativas y funciona como un mecanismo de relojería cuasi perfecto, en el que cada pieza encaja en un verosímil dramático de gran intensidad sin golpes efectistas y ceñidos a las emociones humanas por sobre todas las cosas. El realizador iraní, al igual que en su anterior film La separación, no apela al juicio moral de sus personajes a partir de sus actos sino que pretende comprender sensiblemente la espesura de la existencia humana cuando está en juego nada menos que la búsqueda justificada de la propia felicidad a expensas del dolor ajeno.

    Más allá de tratarse de un cuadro social que hace foco en las nuevas composiciones de familias, surcadas por la urgencia de los adultos de construir núcleos sólidos tomando lo que se tiene a mano cuando en realidad nada se tiene tan a mano, la idea rectora de la película consiste en las resonancias conflictivas sobre los entornos y en las grietas que esos trastornos generan en los eslabones más débiles de la cadena. El punto de vista de los niños, sumado al del extraño que llega a París, permite al director iraní marcar la distancia necesaria para no contaminar su relato y aparecer bajo una mirada menos sesgada desde el punto de vista sociológico. La sensación de desamparo la transmite el rostro compungido del pequeño Fouad, quien muchas veces es tratado por Marie como un adulto cuando se trata nada más que de un niño; la falta de madurez de una madre como ella la refleja la combativa y rebelde Lucie, quien sacude las apariencias simplemente porque no soporta las hipocresías y mucho menos la culpa por ser frontal con sus sentimientos.

    De sentimientos rotos y de las estrategias para recomponerlos o al menos transformarlos se trata El pasado, un relato de corte realista, crudo y sin recetas mágicas, que seguramente deje abierto el debate en un contexto donde cada vez es más habitual encontrarse con familias ensambladas como esta.
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  • El desconocido del lago
    Cosa de hombres

    La desmesura en el tratamiento de las escenas de sexo explícito entre hombres puede resultar un tanto chocante al espectador que se acerque al universo de El desconocido del lago, film del realizador Alain Guiraudie que explora el mundo masculino a partir de los encuentros azarosos y furtivos de bañistas que buscan relaciones sexuales sin compromiso en una playa aislada del mundanal ruido de la sociedad francesa.

    El punto de encuentro siempre tiene al inmenso mar como testigo de charlas banales o intentos infructuosos de seducción entre los interlocutores. Luego, el ritual del chapuzón a las orillas de la playa o adentrarse mar adentro para encontrar otro tipo de intimidad o jugar peligrosamente a la muerte con un desconocido que atrae por su sexapeal, su virilidad pero también por ese misterio que expulsa todo intento de aproximación o compromiso de otro tipo.

    Los personajes de este relato cuidado desde los aspectos formales no tienen un pasado que pueda conocerse más allá de los escuetos indicios que revelan las conversaciones ocasionales. Están suspendidos en un aquí y ahora atravesado tangencialmente por la libre expresión del deseo y más específicamente por el instinto sexual a flor de piel. Esa desnudez de los cuerpos –frontales, genitales- se traduce también en otra menos visible cuando cada uno se expone tal cual es ante los ojos ajenos.

    Por eso el descubrimiento accidental de un asesino entre esos extraños no resulta tan anormal para aquellos que concurren a esa playa sin preguntarse con quien pasan el tiempo y menos cuándo se concreta el acto sexual. La naturalidad con la que van transcurriendo los pequeños hechos en esta historia es único mérito del tono elegido por el realizador para introducir algunos elementos genéricos del policial en un contexto que parece idílico o soñado.

    Alejado de todo convencionalismo y consciente del riesgo, el uso austero de los recursos cinematográficos aportan al film una atmósfera hipnótica donde cobra un protagonismo fundamental la luz y la oscuridad en una dialéctica interna que permite revelar y ocultar los cuerpos y sus actos para dejarse llevar por un tanteo sensible donde juegan todos los sentidos, especialmente el sonido y el silencio.

    El desconocido del lago no es un film de temática gay con otros aditamentos a pesar que el erotismo y el pornosoft dicen presente sino una película sobre las relaciones humanas, las máscaras sociales y la libertad del deseo.
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  • Motín en Sierra Chica
    Empanada de preso

    La banda de Los doce apóstoles se hizo famosa en las crónicas periodísticas de los noventa por haber sido responsable de lo que se conoció en la historia del servicio penitenciario argentino como el motín más sangriento, del que existe un libro del periodista Luis Beldi, quien reveló detalles atroces y consiguió testimonios de sus cabecillas, además de numerosos informes periodísticos que más allá de los datos de color y la morbosidad dejaron en evidencia la crisis del sistema penitenciario; las aberrantes situaciones de muchos presos comunes y un sinfín de interrogantes y pases de factura entre las cúpulas del sistema carcelario nacional y las autoridades políticas.

    En el relato cronológico resulta clave la fecha de vísperas de pascuas en el año 1996 cuando en la Unidad N° 2 de Sierra Chica por la tarde y con muy poca seguridad se produjo un intento de fuga de 13 presos con el saldo de uno de ellos muerto (de ahí el nombre 12 apóstoles) que derivó luego en la toma total del penal con más de mil presidiarios -que hicieron las veces de rehenes- a los que se sumaron 13 guardias, dos pastores evangélicos. A horas de iniciado el motín, que rápidamente tomó estado público y se hizo eco en otros penales, se apersonó al lugar la entonces jueza en lo Criminal y Correccional Nº 1 de Azul, María Mercedes Malére, quien ingresó al penal junto a un secretario para mediar en el conflicto, y ambos fueron capturados por los internos.

    La carpintería del penal y el horno de panadería son los elementos más importantes además de la cifra de ocho muertos –presos todos ellos- cuyos cuerpos fueron incinerados o utilizados para la preparación de empanadas, hecho que coronó el trascendido periodístico y que marcó a fuego la anécdota de Los doce apóstoles y sus renombradas empanadas de preso.

    Así las cosas, la ficción de Jaime Lozano -basada en este hecho real- procura ilustrar algunos de los acontecimientos acaecidos en Sierra Chica para transmitir desde la tensión del relato las horas de infierno que fueron oscureciendo a medida que pasaron los días y donde la situación no estaba en absoluto controlada por las autoridades, bajo la amenaza permanente de lo que pudo haber sido una masacre de gran magnitud que no llegó a concretarse por las negociaciones entre los involucrados con el servicio penitenciario.

    El antecedente cinematográfico más cercano en cuanto a película carcelaria es la prolija y artísticamente noble El túnel de los huesos (2011), pero Motín en Sierra Chica se ubica muy por debajo en materia cinematográfica y se aproxima a lo que podría emparentarse con una serie televisiva por los registros actorales y la rusticidad de la puesta en escena. No alcanza jamás el nivel por ejemplo de la serie Tumberos –altamente superior en cuanto a guión y despliegue visual- y esto se refleja en su escasa calidad narrativa a pesar de contar con un elenco aceptable para el convite, donde son notables las diferencias actorales por ejemplo entre Jorge Sesan o Alberto Ajaka en comparación con el resto de sus compañeros, incluida Valeria Lorca en el rol de jueza demasiado sobreactuada para el papel.

    La violencia no se escatima en el registro, que no puede huir de la representación más elemental (duelo de facas, corridas por pasillos) pero la falta de ritmo en una trama con demasiados altibajos se evidencia como un verdadero obstáculo que no deja fluir dramáticamente la historia, sin dejar de mencionar una banda sonora chirriante y molesta a cargo de Alberto Quercia Lagos, que con su omnipresencia perturba la atención del espectador.

    La historia de Sierra Chica y su motín sangriento era más que tentadora para convertirla en película pero a pesar de esas buenas intenciones en esta oportunidad fracasa en todos los aspectos.
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  • El sobreviviente
    Los muchachos también lloran

    Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Emile Hirsch y Ben Foster se disfrazan y juegan por casi cuarenta minutos de pura adrenalina, acción trepidante y exposición física a que son marines sofisticados y altamente preparados para soportar todo tipo de situación extrema en medio del conflicto bélico de Afganistán, donde gracias a los documentales valientes como Restrepo y Dirty wars –nominado al Oscar- se conocen las aberraciones que el ejército de la potencia más letal del planeta comete sobre poblaciones civiles, aldeas de pastores, bajo el pretexto de la lucha sin cuartel contra el terrorismo y el fundamentalismo talibán.

    Por eso, despojado de toda profundidad o manifiesto antibelicista, el director Peter Berg construye una historia de épica heroica a partir de los hechos verídicos que uno de los sobrevivientes, Marcus Luttrell, interpretado por Mark Wahlberg, recoge en sus memorias, en las cuales el director de Battleship (2012) despliega sus obsesiones y su particular modo de patrioterismo y chauvinismo insultantes.

    El comienzo de El sobreviviente condensa desde material de archivo sobre los duros entrenamientos de los Navy Seals, rostros de dolor y una incipiente muestra de sobre exposición de las cualidades heroicas de esos muchachos de pelo raso, las intenciones propagandísticas más allá de los méritos cinematográficos en la puesta en escena y en las secuencias de acción propiamente dichas.

    Al relato central que demora en poner al grupo de cuatro soldados, que tienen la misión de asesinar a un líder terrorista que se esconde entre los civiles, a expensas de la suerte en la montaña y a merced de un nutrido y feroz enemigo que los dobla varias veces en cantidad y poder de fuego lo atraviesa una forzada estrategia de empatía emocional para que el público sufra el destino trágico de estos héroes de carne y hueso que están allí para velar por la libertad de los sojuzgados campesinos causada por los despiadados y malvados talibanes.

    La acción no tarda en aparecer y la tensión cuando el pelotón pierde todo contacto con sus bases y debe sobrevivir día y noche en un terreno hostil, con escasas municiones, comida y un cartel de hombre muerto pegado en la frente si es que el rescate de los helicópteros Apaches no se concreta en la curva de tiempo estimada porque el enemigo no tiene piedad.

    Repiqueteo de balas zumbadoras, caídas libres desde alturas inimaginables y fracturas expuestas son los condimentos físicos que Peter Berg resalta en este entretenido pastiche pro militar al que le sobran por lo menos cuarenta minutos de metraje y drama insulso, así como las cataratas de patriotismo que exuda en cada plano hasta el último aliento de su protagonista y bajo la prédica extorsiva de los créditos finales con la foto de estos muchachos que también lloran.
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  • Inevitable
    Inevitable
    CineFreaks
    Los amores cruzados

    Destino, azar, amores inevitables se entrecruzan en este relato que el director español Jorge Algora (El niño de barro, 2007) lleva al cine, inspirándose en la obra teatral de Mario Diament, donde el drama y el suspenso se mezclan a partir de una trama sólida que gira en torno a las consecuencias de la toma de decisiones cuando la rutina resulta aplastante en el caso de algunos personajes o el precio de la incerteza que a veces puede pagarse demasiado caro en el caso de otros.

    Por un lado, la descripción de una crisis matrimonial de la pareja conformada por un empleado bancario (Darío Grandinetti) y su esposa psicoanalista (Carolina Peleretti) expone el malestar de sus personajes por la falta de horizonte en sus vidas y la aparente renuncia al cambio arrastrada desde la actitud conformista propiamente burguesa. En paralelo, el errático pero a la vez intenso romance clandestino entre el bancario y una escultora, que vive en el pintoresco barrio de la Boca (Antonella Costa), abre las puertas a la aventura y a los inevitables obstáculos que se presentan en el camino cuando la pasión enceguece a la razón.

    Sin embargo, quien maneja a modo de demiurgo invitado las coordenadas de estos amores cruzados es un escritor ciego –el fantasma borgiano dice presente- interpretado por Federico Luppi, quien desde sus charlas con el protagonista en el banco de una plaza sutilmente interviene en su vida y reescribe metafóricamente su propia historia, quizás deformaciones del oficio de escritor o simplemente como un pretexto para que la soledad no se siente junto a él en esa plaza poblada de inevitables destinos, que el propio ciego desconoce y sobre los cuales no tiene acceso.

    La estructura narrativa simple y prolija empleada para el desarrollo dramático adopta por un lado la sutileza y el símbolo como hilo conductor de un guión que se destaca por algunas frases ingeniosas en el duelo verbal cotidiano entre Luppi y Grandinetti, cuando no le llega el turno a Carolina Peleretti con una paciente, interpretada con corrección por Mabel Rivera. La actriz Antonella Costa, por su parte, compone un personaje de personalidad avasallante, misterio sensual y cierta fragilidad para conseguir de inmediato la atención del empleado bancario, su billetera y el goce del juego prohibido cuando éste se expone y se obsesiona al punto de disfrazarse (convertirse en otro) y perseguirla hasta las últimas consecuencias.

    También se vive desde la propuesta como un juego el coqueteo permanente con los dobleces de las personalidades y el vértigo que implica conectarse con los aspectos más oscuros en las relaciones humanas sin reparar en los daños que pueda causar la necesidad de respirar otro aire cuando la atmósfera parece viciada y asfixiante, en esa letanía permanente que se traduce en la falta de desear un cambio por temor o culpa acumulada.

    El título del film elude precisamente el significado literal de la palabra inevitable para abrir, aunque más no sea desde la actitud inconsciente, la chance de transformarse y mutar hacia otras realidades menos perceptibles cuando la necesidad perentoria de existir parece algo Inevitable.
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  • El mejor de nosotros
    Todo por un amigo


    El antecedente cinematográfico de Jorge Rocca es el melodrama en blanco y negro Patrón (1995). También en blanco y negro se desarrolla esta suerte de drama de conurbano pero trasladado al interior (rodada en Tucumán) para dar rienda suelta a una adaptación libre de la novela Lanús, del escritor Sergio Olguín y bajo un tono de realismo sucio y desprolijo que por momentos da la sensación de un amateurismo alarmante.

    El mejor de nosotros, así se llama el film, cuenta con un elenco tan dispar en sus actuaciones y tan poco ducho a la hora de decir los textos de un guión que deja bastante que desear, que es muy poco lo que puede rescatarse.

    La historia tiene un costado interesante a partir de la muerte dudosa de un amigo del protagonista y su barra de toda la vida, reunida como pretexto del funeral y donde la sospecha de un asesinato en manos de la policía, tras un robo frustrado, apunta directamente al corazón de una mafia de poca monta liderada por un histórico del barrio, quien levanta quiniela y está involucrado en negocios turbios para los cuales consigue mano de obra desocupada mucho más rápido que lo que tarda el protagonista en infiltrarse en el negocio para descubrir la verdad sobre la muerte de su amigo.

    La presencia de una ex novia del finado, un amigo travesti y una prostituta procuran darle algo de color a este claro oscuro sin sustancia, muy mal dirigido a pesar de contar con el hallazgo actoral de uno de Los Nocheros como Alvaro Teruel y la sorpresa de Claudinna Rukone en el rol de Vanesa la travesti.
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  • La segunda muerte
    La madre de todas las madres

    Fe y razón son dos fuerzas antagónicas de fuste en cualquier historia que las ubica a la par. Ese equilibrio inestable se rige bajo su propia lógica interna y es precisamente en la distancia entre un elemento y otro por donde pasa el éxito o fracaso de un relato atravesado por las coordenadas de género, que aquí se respetan a rajatabla.

    La ópera prima de Santiago Fernández Calvete (ver entrevista), La segunda muerte, se estrenó en el marco de la sección Nocturna del BAFICI 2012 y tuvo una acogida de público y crítica más que respetable sencillamente por méritos propios y más tratándose de cine argentino independiente que apuesta al género con el consabido riesgo de la empresa.

    El policial de investigación sobrenatural se desarrolla sin tropiezos en la trama pero ese nivel narrativo habilita otras capas más profundas y que se conectan por ejemplo con esa dialéctica representada en una lucha de fuerzas en donde lo desconocido y en su faz más tangible el miedo a lo desconocido ocupan el corazón del texto.

    Para ello desde el guión, autoría del hermano del director, se construyen dos personajes centrales: una policía escéptica y entregada a los métodos convencionales, Alba Aiello (Agustina Lecouna), quien llega a Pueblo chico -así se llama el lugar- para investigar un extraño caso, cuya particularidad es que las víctimas aparecen completamente incineradas por combustión interna.

    A ese dato se suma la correspondencia de testimonios de testigos con elementos en común -que por razones obvias no revelaremos aquí- vinculadas con historias del pueblo y el pasado de cada habitante, que se interconectan con la galería de personajes secundarios, todos ellos poseedores de un secreto a develar en un círculo que ya parece cerrado en un pacto de silencio. El otro personaje que desvía el eje de la investigación y pone en crisis el pensamiento y proceder de la policía está representado por un niño (Tomás Carullo Lizzio) con el don de la clarividencia, explotado por su padre, cuya singularidad es la conexión con hechos del pasado y no con el futuro –retrocognición-, quien a lo largo de la trama entablará una relación particular con la protagonista.

    No es conveniente avanzar en la historia, colmada de detalles, para ir armando un complejo rompecabezas, sin dejar de destacar que estamos en presencia de un relato prolijo pero cuyo fuerte es lo climático y las atmósferas perturbadoras, que con austeridad de recursos e inteligencia parecen claves desde la puesta en escena cuidada y meticulosa.

    El trabajo de las capas sonoras de Sergio Korin para jugar con las dimensiones de primeros, segundos y hasta terceros planos auditivos fuera de campo se amalgama perfectamente con la trémula atmósfera pseudo gótica que atraviesa la investigación policial e introduce al espectador en un vibrante thriller religioso, con buenas actuaciones de Agustina Lecouna y especialmente de Tomás Carullo Lizzio, sin desentonar Guillermo Arengo y Germán de Silva, dos secundarios de peso, con una lectura audaz de ciertos símbolos pero siempre en beneficio de la historia que se desea contar, sin especulaciones o golpes efectistas a último momento.
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  • Ella
    Ella
    CineFreaks
    Nostalgia por lo humano

    La soledad es un tema universal, el amor también. Ahora bien, con la llegada de la era virtual y la frontera digital a cuestas se han roto y abierto nuevos paradigmas que se entroncan desde las raíces más profundas con aquellos tópicos que desde los ancestros marcan el derrotero de nuestra existencia y que procuran responder tal vez ese interrogante más incómodo que nunca queremos afrontar: ¿Cuál es el sentido de la existencia humana si existe la soledad?

    Tal vez enamorarse; encontrar esa mitad para complementar el propio vacío nos acerque a una respuesta aliviadora, pero conscientes siempre de la fugacidad no nos alcanza y entonces surgen alternativas para no estar solo. Internet y las redes sociales llegaron para ocupar ese vacío; llegaron para destapar nuevos vacíos y de ese nuevo vacío -y tantas otras cosas- es de donde el guionista y director Spike Jonze parte para desestructurar a cualquier espectador que pretenda encorsetar su película en un género o procure traducir en una reseña de qué se trata Ella.

    El futuro en el que se ancla el film está mucho más acá que allá, porque los elementos que se juegan en la trama existen en el presente pero su aplicación y dinámica excede por ahora la realidad. Con esto quiero decir que es factible que una computadora hable e interactúe con un humano -no que evolucione por su pensamiento- ; realice tareas por él a fin de complementar sus actividades y que ese nexo de interacción entre ambos se pueda percibir –siempre desde el punto de vista del usuario- como algo real; como si tuviese entidad, donde lo artificial se ve anulado precisamente por la necesidad perentoria de creer en algo. ¿Acaso el amor no puede entenderse en cierto sentido como un acto de fe que involucra a dos en principio, cuando no a tres o más de tres?

    Ella es un film que abraza la nostalgia por lo humano, dado que el conflicto invisible que arrastra a sus personajes no es otro que haber perdido el tacto por lo humano en reemplazo del no tacto que propone lo virtual. En eso se juega también el cuerpo, lo físico y el deseo no como proyección sino desde lo visceral y la imposibilidad concreta de convertir en acto ese deseo.

    La originalidad del guión del creador de Ladrón de orquídeas es por un lado la efímera sensación de construcción de un mundo perfecto para los ojos del protagonista, Theodore (Joaquin Phoenix), cuya tarea consiste en escribir cartas ajenas o tarjetas de salutaciones y seguir ese derrotero de vidas de terceros que lo conecta con su fibra sensible. Su vida social es tan mustia como la música que escucha y el recuerdo de una relación de pareja idílica lleva fecha de vencimiento dado que su próximo paso en el amor es el divorcio definitivo de aquella mujer que pareció amarlo pero que un día se desencantó por verlo cambiado y decidió dar un paso al costado, dejando una importante herida en Theodore y una cuña imposible de romper en ese círculo vicioso de la interacción con otras personas de carne y hueso.

    La perfección espontánea llega a partir de la instalación de un sofisticado sistema operativo -se acuerdan de la deliciosa Sueños eléctricos, 1984- que cuenta con la particularidad de ir evolucionando a medida que toma contacto con su usuario. Eso para Theodore es Samantha (Voz de Scarlett Johansson), una alternativa virtual que lo va acompañando en su rutina ¿evolución? y que lo entiende, lo valora, lo necesita igual que él en relación a su dependencia. Samantha comprende los sentimientos e indaga acerca de las particularidades que constituyen los avatares de la existencia humana y con esas respuestas refleja las contradicciones y los miedos por los cuales ese mundo perfecto se derrumba.

    La virtud de Spike Jonze es también la de haber creado un personaje absolutamente fuera de campo que tiene más presencia y peso que el propio protagonista, aunque lamentablemente se reconozca muy rápido a Scarlett y entonces se complete ese rostro que nunca aparece y la personalidad avasallante de la actriz surge aunque no se la convoque a pesar de la ausencia del cuerpo. El resto de los laureles se los lleva Joaquin Phoenix en una actuación memorable y Amy Adams que opera como espejo o elemento simétrico para que el conflicto de la incomunicación y la soledad encuentre otros rumbos en paralelo y abra otras grietas. La simetría por ejemplo la constituye el hecho de que ella se dedica a programar juegos interactivos y también esas vidas virtuales forman parte de su propia vida apagada.

    Spike Jonze no comete ningún exabrupto o recae en líneas explicativas para despejar todos los interrogantes que atraviesan el universo de Ella; abraza desde lo formal y la imagen melancólica con tonos opacos (soberbia la fotografía de Hoyte Van Hoytema), la música de Arcade Fire y un texto surcado por diferentes capas narrativas aquel cine contemporáneo y urgente que da cachetazos al Hollywood mediocre, moralista y bien pensante, que adormece con finales felices el espíritu del público en vez de proponerle un puente para que se conecte con lo más profundo de su esencia: su dolor y su creatividad para superarlo.
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  • Luna en Leo
    Luna en Leo
    CineFreaks
    Diferencias conciliables

    La falta de espontaneidad en los diálogos y una sugerente desconexión entre los protagonistas Ismael Serrano y Carla Pandolfi le juegan demasiado en contra a este segundo opus de Juan Pablo Martínez, Luna en leo, aunque no pueden dejar de destacarse los logros en cuanto a lo formal y al retrato nocturno de Buenos Aires, escenario propicio para historias de amor o de encuentros importantes como el que motoriza esta sencilla premisa.

    Leo (Ismael Serrano) es un español que vive en Argentina y aspira a que le publiquen una investigación periodística para salir de la rutina de escribir horóscopos para el diario, sin saber nada de astrología. Se cita con Luna (Carla Pandolfi), una sensual y confiada treintañera como él para conocerse en un bar pero algo que parece de rango corto, dada las incompatibilidades, se prolonga durante toda la madrugada en charlas triviales, juegos de pool o una cena en un restaurante mexicano para terminar la jornada en un cumpleaños de una amiga de ella.

    En esas pequeñas incursiones rápidamente se definen los contrastes entre Leo y Luna: ella una cínica irresistible –el recuerdo de la Julie Delpy de Antes del amanecer dice presente- y él algo tímido, nostálgico pero positivo ante los cambios que puedan realizar las buenas acciones. Por suerte, desde el guion de Ismael Serrano, Juan Pablo Martínez y Jimena Ruiz no se cae en la tentación de marcar las diferencias de clase y jugar el discurso anti burgués tan de moda últimamente para ir tejiendo desde las mínimas diferencias y detalles los rasgos constitutivos de cada personaje.

    Sin embargo, Carla Pandolfi (Días de vinilo) opaca con su manera de decir y su actuación medida al pobre trabajo de un Ismael Serrano que por momentos parece desconectado o al menos desconcertado con su propio personaje, salvo en aquellos instantes de soledad donde sale el cliché.

    Las referencias a ciertas series o películas son un buen puntapié para el desarrollo de diálogos pero se quedan en la superficie de la anécdota y no funcionan como nexos para dar cabida a otras instancias más profundas en que cada uno exponga sus verdaderos conflictos, contradicciones, miserias y virtudes.

    Luna en leo se queda a medio camino porque a pesar de desbordar en palabras y verborragia -a veces forzada- no le saca el jugo y el brillo a la noche, a sus personajes y a su poca interesante historia.
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  • El verano siguiente
    Tributo que queda en familia

    Estructurado por episodios coincidentes con las estaciones del año, El verano siguiente es un documental que gira en torno a la banda uruguaya de rock No te va gustar, pero que se concentra en un momento crítico debido a la inesperada muerte de su tecladista Marcel Curuchet –fallecido por un accidente de moto en julio de ese año- en pleno proceso de producción y grabación de lo que terminó siendo su séptimo disco: El calor del pleno invierno.

    El director argentino Gabriel Nicoli logra a través de la cámara adentrarse en ese clima de intimidad de los miembros de la banda durante todo el período de grabación del álbum en el estudio de Montevideo Elefante blanco. Allí, desde febrero hasta septiembre de 2012 se terminó de producir este séptimo trabajo, que para la banda marcó un punto de inflexión tras la ausencia de su tecladista, aspecto que fortaleció anímicamente al grupo a pesar de la tristeza y ese hecho particular se vio reflejado en el show ante 50.000 personas en la costanera sur en 2013.

    Ese hito que marca el desenlace del documental de Nicoli se entronca con los pequeños momentos que fue registrando el realizador argentino donde su líder, el guitarrista Emiliano Brancciari, toma la posta como voz predominante pero sin acaparar completamente el centro de atención, a pesar de que la voz en off que conduce de cierta manera el relato está a su cargo.

    Las diferencias a la hora de elegir canciones, las rencillas entre los miembros de la banda y esa sensación constante de camaradería en los ratos de ocio con torneos de futbol virtual forman parte de las anécdotas que van sumándose a lo largo de 69 minutos sin un hilo conductor pero que seguramente para aquellos fans no resulte importante siempre que algún aspecto no conocido sea revelado. Y en ese sentido es donde El verano siguiente se destaca porque logra mantener la distancia entre persona y personaje sin abusar de entrevistas o puestas en escena para que la obra sea más redonda.
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  • Mika, mi guerra de España
    Ideales que no mueren

    Los protagonistas de esta historia de amor y guerra son Mika Etchebéhère y su esposo Hipólito, ambos comprometidos desde muy jóvenes con la política pero sobre todas las cosas con las causas que intentaban reducir la brecha de la injusticia en el mundo.

    Así, lo describe el documental Mika, de Fito Pochat y Javier Olivera, con una protagonista singular, revivida en la sentida pero profunda interpretación que la voz de la actriz Cristina Banegas nos regala valiéndose de textos extraídos de las páginas del libro Mi guerra de España, publicado en los 70, elemento que forma parte del operativo de reconstrucción de las vivencias de su autora Mika junto a Hipólito durante su participación en la Guerra Civil Española como parte de la resistencia contra las fuerzas franquistas.

    Un relato que por momentos parece apresurarse en la cadencia estrepitosa como si la memoria buscara ganarle la batalla al olvido para contar una guerra en primera persona luego de muchos años y con las reflexiones que el corazón calla para que las heridas no sean tan profundas.

    El material de archivo que los realizadores eligieron rigurosamente ubican el contexto y entonces las palabras cobran un sentido distinto, así como las fotos o los segmentos de una entrevista para conocer otros aspectos de esta mujer, quien fuera capitana durante la época de la guerra y activa luchadora, desde todos los frentes, por convicción más que ideología política.

    La amplitud del documental y los recursos cinematográficos al servicio del relato para trazar una silueta compleja más allá de su contorno permiten llegar a conocer cómo pensaba Mika Etchebéhère, que con sus 70 años formó parte del Mayo francés desde su incansable militancia por la vida y la justicia social. Vale la pena conocerla como testimonio de una época difícil que cinematográficamente quedó coronada en el documental Morir en Madrid y que ahora reaparece desde un lugar muy diferente gracias a esta obra.
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  • La corporación
    La corporación
    CineFreaks
    Vidas de plástico

    ¿Qué tan lejos nos encontramos del presente oscuro que atraviesa el universo de La corporación?, el nuevo opus del realizador Fabián Forte (Mala carne, 2003) que ya fuera presentado oficialmente en el 27 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

    La respuesta contempla dos partes porque por un lado la premisa que presupone que el dinero puede comprarlo todo en un mundo ordenado bajo las leyes del capitalismo salvaje y el individualismo a ultranza encajan perfectas en el planteo rector, donde están expuestas sutilmente las aristas negativas que construyen una faceta interesante del protagonista (buena interpretación de Osmar Nuñez), un empresario metódico, seco y pulcro, quien contrata los servicios onerosos de una corporación para así satisfacer todas sus necesidades y deseos, entre los cuales se encuentra la compañía de una misteriosa y sensual mujer (la fotogénica Moro Anghileri) con quien convive bajo el rol de esposa, ama de casa, amante, objeto de deseo y varios etcéteras.

    Pero por otro lado -y este es el costado singular del film- también se desprenden los conflictos internos causados por la imposibilidad de obtener todo lo que se desea –tener un hijo con ella por ejemplo- cuando se es víctima de un entorno de apariencias y artificio autoconsciente para combatir la tristeza de la soledad.
    Estos tópicos, a primera vista separados, se conjugan y amalgaman porque la trama, que adopta diversas texturas en función a una mezcla muy interesante de géneros como la comedia, el drama, el thriller y elementos de la ciencia ficción, se encarga de desarrollarlos equilibradamente respetando siempre el punto de vista del personaje, quien además opera como guionista de su propia vida al escribirle a su mujer rentada diálogos completos como si se tratara de una película centrada en una historia de amor devenida triángulo amoroso para culminar en thriller psicológico.

    En otro orden y ya entrando en el terreno conceptual resulta más que atractivo el artificio de la puesta en escena que expone precisamente ese grado de apariencia constante dado que todo lo que se ve en escena es producto de una construcción previa, cambiante y adaptable que se adosa a la realidad y muestra sus diferentes capas.

    No puede dejar de relacionarse para quien esté familiarizado con lecturas de ciencia ficción –Fabián Forte ha declarado en varias ocasiones su afición por Ray Bradbury, entre otros escritores- la idea central de este mundo artificioso y confeccionado a medida que por su propia inconsistencia, falsedad, estalla o colapsa en el peor de los sentidos, pero tampoco, y ya desde lo cinematográfico, se puede obviar por ejemplo el film de David Fincher Al filo de la muerte (1997) o la serie televisiva -y no muy conocida- Dollhouse (2009-2010) sin dejar por supuesto de mencionar Las mujeres perfectas (2004) protagonizada por Nicole Kidman.

    De estas referencias tanto literarias como cinematográficas el puente intertextual con La corporación resulta más que adecuado porque todas ellas de cierta forma anteponen la dialéctica del automatismo frente al impredecible comportamiento humano y mucho más si se trata de relaciones amorosas en conflicto, algo que ya el propio Forte en su largometraje Celo (2008) exploraba y también desde un relato de obsesión como el que configura este sugestivo y más que bienvenido film argentino, que sabe dosificar el suspenso, habilitar el drama sin forzar situaciones y sobre todas las cosas unir elementos que en apariencia parecen incompatibles pero que con inteligencia y una sensibilidad acorde calzan maravillosamente
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  • La paz
    La paz
    CineFreaks
    En los confines

    ¿Cómo reinsertarse en el mismo lugar expulsivo que detonó una crisis a nivel emocional si el deseo no existe? Ese es el dilema que atraviesa Liso (Lisandro Rodríguez), un joven que tras un largo periodo de internación en un neuropsiquiátrico recibe el alta para intentar recomponerse en el seno de su familia –padre ausente y madre sobreprotectora- y así comenzar una nueva etapa en su vida.

    Sin embargo, a primera vista el desencanto del protagonista hacia todo aquello que lo rodea marca una frontera entre su mundo y la realidad, umbral que apenas cruza al tomar contacto con su abuela o en alguna charla contenedora con Sonia, la empleada doméstica de origen boliviano que parece entender su silencio y su estado espiritual. Todo contacto con el entorno implica enquistarse y quedar atrapado entre lo que pudo haber sido y no fue, como por ejemplo una relación duradera con una novia (Pilar Gamboa) y el proyecto de tener un hijo, deseo que parece inalcanzable en el presente de Liso tras su recaída que derivó en internación.

    ¿Cuál es la búsqueda de Liso, entonces? La respuesta no es sencilla teniendo presente la connotación del título de este último opus de Santiago Loza –ganador del último BAFICI- en la ambigüedad de lo que significa La paz porque si el concepto se abstrae o vacía de su significado último se transforma en un lugar, es decir en un espacio geográfico concreto y alcanzable si es que se logra destruir las ataduras con el presente y con el pasado. Bolivia representa aquí el no lugar más que el lugar dado que para el punto de vista del protagonista es ese refugio en el que ninguna mirada lo juzga; donde no existe un Liso medicado o un Liso hijo, sino sencillamente Liso. La connotación en este sentido reafirma la búsqueda del cambio y una vez que las raíces se cortan de cuajo florece algo nuevo.

    La cámara a cargo de Iván Fund -también la fotografía- narra desde los espacios que ocupa manteniendo esa distancia necesaria entre los personajes, sin encimarse pero tampoco tan lejos de ellos salvo en los paseos en moto de Liso y su rostro enajenado. Son los reflejos o las expresiones las que dicen más que las escuetas palabras; son las miradas al vacío las que llenan esa atmósfera aciaga, las que atraviesan la quietud de los cuerpos, que en el film ocupan un lugar siempre desde la pasividad, ya sea en la cama, en la posición de tiro o al tomar sol en una reposera.

    La paz se estructura en capítulos hilvanados con meticulosa precisión desde un guión no abarrotado de palabras, minimalista, pleno y austero como la puesta en escena para que el in crescendo dramático se construya paulatinamente y así estalle en un clímax realmente inesperado.

    Cine de contrastes que encuentran desde la imagen su valor expresivo cuando de la monotonía cromática de esa casa familiar se desplaza a los colores vivos de la fiesta de Copacabana y su danza desprejuiciada y alegre.
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  • Nebraska
    Nebraska
    CineFreaks
    El viajante y el camino

    Parece que para el director Alexander Payne las transformaciones se producen luego de atravesar un camino de aprendizaje que implica retroceder hacia el pasado pero siempre con los ojos para adelante. Es ese recuerdo y la búsqueda el que traza la dirección en todos sus personajes y para los cuales el trasvasamiento generacional –evitemos las alusiones políticas del término- es fundamental. Padres e hijos a veces presentes y otras desde la propia ausencia transitan un sinuoso pero fructífero viaje iniciático y así duelan el ayer para asimilar el aquí y ahora transformado.

    Con Nebraska, la operación resulta similar a lo que ocurría con otro film del director también protagonizado por un anciano, Las confesiones del Sr. Schmidt (2002), en ambas la idea reparadora funciona como un legado para los otros cuando las instancias de la propia existencia se ven confrontadas con el inevitable paso del tiempo y con el inminente final. Por eso un autoengaño es el pretexto que motoriza un reencuentro entre padre e hijo bajo la excusa de ir a reclamar un premio de un millón de dólares por una carta que bajo la argucia publicitaria funciona de carnada para la pesca de incautos o desesperados.

    Claro que el protagonista, Woody Grant (Bruce Dern), viene de un mundo en el que la palabra tenía un valor y por ese motivo considera que lo que está escrito es prueba contundente para realizar un viaje de más de mil kilómetros en la topografía mustia de la América más profunda y bajo el aletargante recorrido, que tiene como destino su pueblo natal, Billings, sus familiares tan lacónicos como él y su historia de vida a través de los relatos ajenos. Su hijo David (Will Forte) llega a comprender a regañadientes que no se trata del viaje insólito en el que se ve atrapado por culpa o cierta lástima ante la fragilidad mental de Woody sino sencillamente compartir la experiencia para llegar a conocer a ese hombre que bajo su mirada sesgada no es otra cosa que un alcohólico irremediable. El resto de los personajes entre quienes se destaca la esposa de Will, Kate (June Squibb) y su otro hijo (Bob Odenkirk) funcionan como el espejo donde esta relación padre e hijo se refracta, como así también el bloque de personajes secundarios, sin otra característica que la de resaltar su ambición y la necesidad de congraciarse con el futuro millonario a quien siempre consideraron un perdedor.

    El desfile de pueblo chico con miseria grande en Nebraska llega como contrapunto de los rasgos más nobles de Woody y David, tal vez un tanto caricaturizado en su antagonista, quien parece dominar el centro con su éxito a expensas de los demás pero nunca Alexander Payne juzga a sus criaturas por sus actos ni por su conducta ética frente a los demás porque los ubica en el corazón de la inercia que precisamente se encuentra en el extremo opuesto a la idea del viaje.

    Despojado de todo espíritu aleccionador y sin forzar moralejas simplistas, el planteo de Nebraska reconcilia con la importancia de mantener la dignidad frente a los obstáculos que se presentan a lo largo del camino. Convertirse en un viajante, a veces a pie como al comienzo del film, solitario, errático y otras acompañado para recoger los frutos y poder transmitirlos a aquellos que valorizan la búsqueda interior sin atajos ni premios millonarios que nos conviertan en otra cosa.
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  • Errata
    Errata
    CineFreaks
    La odisea interna

    La fragmentación y el corte abrupto con la temporalidad presuponen desde un primer impacto visual la apertura a lo fantástico al hacerse de la multiplicidad de espacios una regla inquebrantable en el universo de Errata, ópera prima del joven Iván Vescovo que explora los límites de la ficción convencional desde la estructura de un policial, colmado de referencias literarias desde los nombres elegidos para cada personaje y mucho más todavía por anclarse en la obra de Borges El jardín de los senderos que se bifurcan.

    Aquello que se bifurca en este opus no es otra cosa que la realidad, siempre marcada por el punto de vista del protagonista Ulises (Nicolás Woller) inmerso en una odisea tras la repentina desaparición de su novia Alma (Guadalupe Docampo), hecho que encuentra una explicación un tanto endeble en un posible secuestro cuya única manera de pagar el rescate es apoderándose de la edición incunable del libro de Borges editado por Sur para la cual existen coleccionistas –Federico D’elia y Boy Olmi en esos roles- dispuestos a vender a su propia madre con total de conseguirla.

    El plan de una estafa en curso se descubre de manera original a partir de los equívocos en el accionar de los personajes o en el reguero de pistas falsas y no tanto que la trama meticulosamente siembra a un ritmo constante, donde también entran en juego las percepciones sobre los hechos y la obsesión cuasi enfermiza por ordenar un caos que se manifiesta con la yuxtaposición de planos de realidad.

    La propuesta de Iván Vescovo deconstruye la idea de la errata como esa equivocación para darle un sentido de construcción de significado diferente, como si se tratara de un apartado autónomo que conduce hacia otra dirección y propone un atajo para desentrañar lo que a simple vista pareciera un error cuando en realidad no lo es.

    En ese juego de vaciar de sentido el concepto también operan las diferentes percepciones sobre la realidad y desde esas percepciones la posibilidad de construir relatos paralelos –aquí el azar se desestima- en los que convive lo onírico con lo pesadillesco como suele ocurrir por ejemplo en el cine de David Lynch. Por momentos el horizonte se pierde en su propia búsqueda estética y desatiende quizás la historia pero nunca la abandona por completo, aunque el desequilibrio entre forma y contenido en Errata es notorio.

    Guadalupe Docampo se destaca gracias a su fotogenia y a la forma desenvuelta con que encara los desafíos en sus personajes, sin atarse a estereotipos o poses, para así encontrar esa dosis justa de misterio que cautiva al no saber realmente hasta dónde controla su interpretación que mezcla esa fragilidad con frialdad de una manera imperceptible.

    Las referencias literarias también forman parte de un juego que el propio Vescovo expone porque todas las características del policial se encuentran dispersas en este mosaico post moderno, que además construye su atmósfera cuando amalgama el blanco y negro de su imagen con la música de Bauer que irrumpe con intensidad en varias ocasiones en el marco de la pesquisa de Ulises y su odisea interna.
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  • La grande bellezza
    Final de fiesta

    No está. Por más que los ojos de Jep Gambardella (Toni Servillo) acudan desesperados en este hipnótico viaje en búsqueda de algo que lo inspire para llevar adelante su segunda novela; esa gran belleza del título ha desaparecido por completo.

    En realidad para la película del talentoso italiano Paolo Sorrentino lo desaparecido es más intangible que una obra de arte, una película como la felliniana La dolce vita –homenajeada desde lo conceptual en esta ocasión- o un libro esclarecedor, algo así como el aura del filósofo Walter Benjamin o la italianidad por ponerle un nombre.

    Anhelos y añoranzas de un hombre en el crepúsculo de su vida y en el de la Italia de la decadencia que se unen a los fantasmas de un tiempo pasado y cohabitan en esta Roma sin rumbo y travestida que forma parte del escenario del film por el que su protagonista deambula errático y se debate en distintas charlas con amigos o colegas para desencantarse de todo y de todos.

    No es la edad de Jep, no es su tránsito por la última etapa de su existencia aquello que influye sobre su punto de vista omnipresente en esta obra maestra, La grande bellezza que puede llevarse el Oscar el próximo 2 de marzo si la Academia se acuerda del buen cine, que apela a la crítica más rigurosa y virulenta sobre la intelectualidad, sobre las poses esnobistas del arte y la hipocresía de una elite anestesiada por el brillo de oropeles artificiales, fiestas electrónicas donde el exceso prima sobre la cordura.

    A dónde fue a parar esa cultura tan rica y lejana a estos tiempos del post modernismo y de la Italia en la era post Berlusconi, es una pregunta que encuentra sus respuestas en las ruinas por las que se pasea Jep acompañado de su cinismo saludable, de su crítica pero nostálgica mirada sobre su país y su gente desde la distancia adecuada para no contaminarse de esa inercia enfermiza que conduce a la nada.

    La dirección de Sorrentino es soberbia porque logra transmitir con sus imágenes la cosmovisión de su personaje sin traicionarlo desde la estética por la estética misma; encontrando el espacio justo para introducir diálogos punzantes que trascienden la mera bajada de línea como suele ocurrir en este tipo de propuestas en donde la ironía acaba dinamitando todo rasgo de complacencia o ternura frente a lo mediocre pero desde una sensibilidad absoluta y con una concepción artística increíble.
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  • Salsipuedes
    Salsipuedes
    CineFreaks
    Los gestos del desamparo

    Lo único explícito en esta sugerente ópera prima de Mariano Luque que ya recorrió festivales, incluido el BAFICI, es su título en base al contexto en que se desarrolla una historia mínima e intensa que gira en torno a las micro expresiones de la violencia de género, protagonizada por un matrimonio joven en crisis, interpretado por Mara Santucho y Marcelo Arbach, acompañados de Mariana Briski y Camila Murias.

    Resulta evidente que por momentos el film exhibe los reflejos de una operación de prolongar una idea de mediometraje para convertirla en largometraje y así acumula planos que no contribuyen al desarrollo dramático, pero ese detalle no desalienta porque el trabajo en la puesta en escena al servicio de la poética es impecable.

    La virtud de Mariano Luque es haber encontrado el equilibrio entre lo que la cámara narra y aquello que busca desde un discurso estético, aunque también prevalece el trabajo meticuloso sobre el fuera de campo para definir los espacios invisibles en los que se escurre la violencia entre Carmen y Rafael, o mejor dicho las consecuencias de ese destrato constante por parte del hombre, que se condensan en el rostro de ella, en los arrebatos de rebeldía espontáneos a las apetencias de él o cuando en silencio su personaje transmite toda esa angustia y bronca acumuladas.

    La relación parasitaria no es otra que la que marca el círculo vicioso de la violencia de género por lo general subrayado en el cine argentino, sin matices y con una carga extra de virulencia gráfica para teñir de tono realista la escenificación. El caso de Salsipuedes precisamente es todo lo contrario y en eso reside su fuerza expresiva: en lo que no se ve en pantalla –no es necesario mostrar golpes, agarrones, empujones, gritos, llantos- pero se mira desde el primer minuto hasta el último.

    Ese juego de poder machista de Rafael, del cual ella no puede escapar, también encuentra su costado cómplice en la tibia mirada de su madre en la piel de Mariana Briski (quizá la diferencia etaria entre madre e hija debería haber sido mayor) y un testigo silencioso en la inocencia de la pequeña (Camila Murias), hermana menor de Carmen.

    El contraste de haber elegido la topografía de un camping al que supuestamente llega la pareja para pasar una jornada agradable funciona eficazmente en Salsipuedes para remarcar el agobio y la opresión cuando la fuga responde más al deseo que a la realidad.
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  • Los desechables
    Los desechables
    CineFreaks
    Un experimento mal terminado

    Los desechables, nueva propuesta de las lides de la FUC, dirigida por Nicolás Savignone es un experimento mal resuelto que nace como parte de la extensión de un taller para actores a cargo de la actriz Andrea Garrote según palabras de su propio director para luego transitar en teoría desde una plataforma cinematográfica el diálogo entre cine y teatro que al juzgar por los resultados en pantalla más que diálogo parece un monólogo que apenas funciona como puntapié de experimentación en lo que a discurso y construcción de personajes se refiere.

    Estructurada en capítulos o viñetas para transmitir una falsa independencia en los relatos que luego se transforma rápidamente y por cohesión dramática en una sola historia, la premisa central inquieta por dejar sembradas muchas preguntas que no obtienen respuesta tanto desde la acción como desde las actitudes de los personajes involucrados.

    No hay que ser demasiado astuto para comprender que todo está librado a la improvisación y en ese nivel de improvisación se nota a las claras la mayor falencia por no saber dirigir a este grupo de actores Maida Andrenacci, Francisco Benvenuti, Miguel Bianchi, Mario Bodega, Ariel Bottor, Nacho Bozzolo, que logran hacer inverosímil la trama no por mérito propio o en busca de un registro surrealista sino por no encontrar matices al texto y a la actuación.

    Los personajes se ven representados como la cara visible de un género y tal vez la búsqueda de la mixtura en el cambio de registro era una idea sólida e interesante pero aquí lamentablemente nunca llega a desarrollarse o a distinguirse, salvo en el segmento Elenco medio estable donde la ironía sobre la intelectualidad, el esnobismo y una subyacente crítica sobre el discurso acrítico surge de manera forzada y con poco vuelo creativo.

    El título de Desechable remite desde una lectura apresurada a todo aquello que se descarta cuando la individualidad o el egoísmo vencen a un conjunto de valores donde entra en juego por ejemplo la ética en los negocios. También son desechables las personas cuando estorban en los planes o en las ambiciones personales, como es el caso de este grupo que trabaja en una empresa de la cual se ha filtrado información vital que pone en riesgo la continuidad de los negocios y para la cual debe existir un chivo expiatorio.

    Así las cosas, traiciones, lealtades, secretos y mentiras se exponen de forma descarnada en un simbólico purgatorio para no llegar a ninguna parte porque no se partió de ninguna parte. No siempre los experimentos cinematográficos resultan atractivos para compartir con el público si es que no se tiene presente el código que los rige por encima de las aspiraciones o buenas intenciones de sus creadores y Los desechables a pesar de su irreverencia formal no aporta nada nuevo ni tampoco seduce con su aparente textura cinematográfica.
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  • El ojo del tiburón
    Aprendizajes

    En este opus del documentalista Alejo Hoijman predomina el espíritu lúdico al buscar un retrato lindero con el documental de observación sobre dos adolescentes que recién comienzan a transitar hacia la adultez y a aprender el oficio de la pesca de tiburones.

    Los parajes exóticos de San Juan del norte, pueblo ubicado en Nicaragua, conforman una postal donde conviven los aspectos selváticos junto a la inmensidad acuática como dos espacios cinematográficos independientes que para el realizador implican un desafío en términos técnicos –llegar al pueblo implica una odisea dado que no hay caminos más que el río que debe atravesarse en botes- al que se suma su conexión en el rol de observador con sus personajes.

    El doble carácter de persona y personaje también configura lo que para Hoijman marca las diferencias entre documental y ficción desde el punto de vista ético más que estético y para romper la inercia la apuesta se eleva en materia de representación cuando los propios protagonistas observan fragmentos del documental y opinan al respecto, tanto como actores u observadores de sus acciones o palabras que una cámara no invasiva capta con enorme sentido para ir configurando un trayecto narrativo coherente en el que se desarrolla, de manera sutil, este tránsito de la adolescencia a la adultez.

    Son esos rituales de lo cotidiano; esas charlas banales entrecruzadas con salidas furtivas en las que la inocencia infantil muchas veces se ve opacada por la realidad más acuciante y despojado de todo halo bucólico para entregar su cara más cruda y salvaje los puntos fuertes de El ojo del tiburón, así como algunos fragmentos donde la verdad emerge más allá de las poses o máscaras en una constante voracidad por registrarlo todo y desde la mejor distancia posible.

    Es visible también esa idea de búsqueda permanente, caótica, por parte del director de Unidad 25 (2008) para encontrar diferentes subtramas a partir de un punto en común que nunca pierde de vista a sus personajes en lucha constante con sus sueños, su entorno y su propia identidad.
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  • El almanaque
    El almanaque
    CineFreaks
    Los pasos de la memoria

    Paradójicamente o tal vez el cinismo y la lucidez trasnochada de algunos quisieron denominar Libertad a la cárcel más emblemática de Uruguay (a 50 km de Montevideo) que albergó durante las épocas de dictadura –hoy sigue activa con presos comunes- a presos políticos, muchos de ellos jóvenes estudiantes, militantes, que parecieron cometer el delito de pensar a contracorriente del discurso dominante y que fueron privados de su libertad sin conocer derechos ni algo parecido a lo que en épocas de democracia se denomina justicia.

    Entre ellos se destaca la historia de Jorge Tiscornia, estudiante de ingeniería que estuvo doce años detenido –el realizador estuvo ocho- y encontró desde la más absoluta clandestinidad y puertas adentro un escape creativo e inteligente para no perder la memoria de esos 4646 días de estadía en el penal, registrados bajo un código propio en diferentes hojas de almanaque, las cuales escondió durante todo ese periodo en la parte interior de unos zuecos de madera confeccionados por él mismo y que no despertaron curiosidad o llamaron la atención de sus guardia cárceles.

    El realizador José Pedro Charlo al tomar contacto con el libro autobiográfico de Tiscornia, Vivir en libertad, gestó este proyecto, El almanaque, para reencontrarse con el protagonista y proponerle esta suerte de mecanismo de decodificación de aquellas anotaciones herméticas y así trazar la topografía de los recuerdos, que son un testimonio viviente y de un valor incalculable para reconstruir el día a día en la cárcel y reflexionar a partir de los recuerdos difusos sobre esa lucha silenciosa contra el olvido; contra la incerteza política del momento y sobre todas las cosas contra los momentos más angustiantes de una larga y prolongada pesadilla.

    El trabajo que el propio Jorge Tiscornia se toma desde el punto de vista emocional pero también consciente de que es una manera de reivindicarlo resulta asombroso y conmovedor, así como el constante respeto del director al confrontarlo con un pasado del que nos llega como espectadores muy poca información en pos de conservar el testimonio en tiempo presente y reflejar el aquí y ahora que desde la puesta en escena se reconfigura al volver los pasos sobre las instalaciones actuales del penal en contraste con los archivos fotográficos, otro elemento esencial que también formó parte de esa resistencia secreta para que el olvido no gane la batalla.

    Nada más simbólico que el refugio de esos zuecos imperfectos, artesanales, para sellar conceptualmente hablando los pasos de la memoria, con sus atajos y laberintos, que la cámara lúcida y urgente de este documental recorre desde su proceso transformador y que vale la pena descubrir.
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  • Deshora
    Deshora
    CineFreaks
    Presas de caza

    Existe un halo de inconformismo en esta pareja que habita el universo para nada bucólico de Deshora, film de la debutante salteña Bárbara Sarasola Day y que se presentó entre otros festivales en el último BAFICI. En un momento del relato, en una charla de esas donde los silencios juegan un rol esencial Helena (María Ucedo) deja entrever en su discurso ese hastío propio de la convivencia junto a un esposo, Ernesto (Luis Ziembrowsky), resignado pero también acomodado a su nueva rutina en el campo como patrón ante peones obedientes que le cuidan la hacienda; como ese macho alfa que debe dominar a la mujer y de vez en cuando permitirse esas aventuras en los prostíbulos aledaños y así volver borracho al hogar.

    Pero ese clima de tristeza, frustración y conformismo se ve profundamente alterado con la llegada del primo de Helena (Alejo Buitrago), un joven dispuesto a pasar un tiempo forzado con ellos tras una rehabilitación. De inmediato la juventud y el ímpetu del extraño pone en jaque a Ernesto y despierta fantasías en Helena para que la atmósfera de apacible letanía se envicie desde el punto de vista del deseo y el juego permanente de los cuerpos, que a veces deviene vouyerismo en la secreta e impune contemplación del acto sexual o en las competencias por ganarse la atención de Helena.

    La realizadora maneja la tensión del relato a fuerza de escenas largas o planos y encuadres cortos para transmitir una sensación de opresión latente que ocasionalmente encuentra respiro en la inmensidad del afuera pero donde parece vedada la palabra o expresión de lo que realmente se siente desde el discurso más que desde el cuerpo.

    La presencia de un tercero trae consigo el vértigo de lo novedoso y de las chances de cambiar que se encuentran ligadas a la aventura de lo prohibido, aunque también la otra cara de la misma moneda refleja la inercia y el propio letargo de esos personajes que por momentos parecen enquistados en la tierra y a toda represión corporal.

    Existe una animalidad que subyace al comportamiento instintivo presente en este escenario de cacería simbólica, retrato del universo masculino desde una mirada muy personal de la realizadora debutante, en el que las presas cambian de rol pero comparten la necesidad constante de la fuga.
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  • Horas desesperadas
    No me iré sin mi hija

    Queda el interrogante si después de haber participado como protagonista absoluto en esta ópera prima del director Eric Heisserer, Horas desesperadas, el recientemente fallecido Paul Walker hubiese dado un golpe de timón a su vertiginosa carrera actoral o si la fagocitante factoría hollywoodense seguiría explotando su personaje de acción hasta el hartazgo sin posibilidad alguna de salir de esa cárcel llamada fama. Lo cierto es que por su performance en la que ahora por esas cosas del destino se transformará en su última película todo hacía indicar que la estrella de la franquicia Rápido y furioso tenía madera para actuaciones donde el cuerpo es el principal atractivo y el drama queda en un segundo plano.

    La premisa de este melodrama con mezcla de suspenso trae rápidamente a la memoria otra historia de desesperación como John Q (Nick Cassavetes, 2002): un padre dispuesto a todo para la supervivencia de su hija cuando el entorno se ve más que hostil y las estrategias para sobrevivir se cuentan minuto a minuto y con los dedos de una sola mano. También todo transcurre en el escenario de un hospital, en este caso abandonado debido al avance irremediable del huracán Katrina donde se desatan todo tipo de complicaciones que el protagonista deberá sortear en una lucha desigual contra el tiempo y sin otro recurso que su inteligencia y voluntad.

    La trama no tarda en generar la sensación de estar atrapado sin salida cuando todo depende de un respirador que se ha quedado sin batería –un apagón energético- y cuya carga manual es lo único que puede mantener con vida a su hija recién nacida tras la muerte de su madre al darla a luz en ese lugar. Sin embargo, a ese presente en estado puro y salvaje; descarnado y cruel se le adosa primero en forma de relato confesional, pero luego mediante flashbacks, un pasado bastante irrelevante en el que nuestro héroe narra los hitos de su corta relación con la madre de su hija (Génesis Rodríguez) y que le quitan tensión a la película y aletargan un ritmo que requiere mayor destreza en términos cinematográficos.

    La decisión de darle importancia al pasado del protagonista responde más a una falta de pulso narrativo por parte del debutante Eric Heisserer que a los fines dramáticos per se donde Walker demuestra poca convicción en varias oportunidades, pero que se compensan cuando pone en juego su físico en un proceso de paulatino deterioro a medida que transcurren las horas y el desenlace parece golpear sus puertas.

    No obstante, con ciertos reparos debe rescatarse el constante apego de Horas desesperadas a un verosímil que se sostiene a pesar de algunos caprichos del guionista y director Eric Heisserer a la hora de construir el terreno adecuado para este tour de force en el que de todas maneras el actor sale airoso para dejar un grato recuerdo en aquellos fans que vibraron cada vez que pisaba el acelerador y se llevaba el mundo por delante como este padre preocupado por la vida de su hija.
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  • Esto no es un film
    Esto no es una crítica

    Las alusiones al confinamiento y a la falta de libertad son más que evidentes pero a la vez poéticas en la elección expresa del director iraní Jafar Panahi sobre quien pesa la condena a seis años de prisión domiciliaria sumados veinte años donde se le prohíbe filmar, para concebir esta obra que más allá de sus valores cinematográficos es un manifiesto político quizás más contundente que toda su filmografía hasta el día de hoy.

    ¿Cómo expresar la lucha silenciosa contra la censura; contra la cerrazón del pensamiento sino a través del arte? Porque un artista transforma la realidad y modifica lentamente la percepción sobre esa realidad con la responsabilidad de quien busca una verdad a pesar de la condena social o el prejuicio que dictan las mayorías. Pero el cine en su rol artístico construye además con sus recursos audiovisuales una mirada o discurso que poco tiene que ver con ese fenómeno que aborda desde la cámara y que se ancla con conceptos abstractos, los cuales solamente se reconocen en su poesía de imágenes como en el caso de Esto no es un film.

    Poco importa lo extra cinematográfico que ha tomado características de mito (se cuentan con los dedos de la mano las versiones de cómo llegó el film a estrenarse fuera de Irán) sin dejar de rescatar esa sensación de gustito dulce de venganza por parte de Jafar Panahi y sus cómplices (sobre todo Mojtaba Mirtahmasb) para salirse con la suya sin violar las condiciones de espacio restringido y reglas preestablecidas por quienes lo condenaron al encierro, pues el director nunca toca una cámara, permite que se registre su testimonio y por ende deja plasmado su pensamiento en este documental ingenioso y modelo de perseverancia ante tantos obstáculos absurdos.

    El pretexto que no es otra cosa que la anécdota y que abriga el subtexto del film es bucear entre los límites de lo permitido y lo no permitido (o acaso el arte no es transgresor por esencia) para crear esa película que el realizador iraní anhela llevar a cabo, consciente de su imposibilidad concreta de llegar alguna vez a filmarla. Es la puesta en escena de un cuento de Anton Chéjov (Del diario de una jovencita), que suscita mente narra el drama de una joven iraní que desea estudiar artes y sus padres la encierran como parte de un castigo y cuyo único consuelo es una ventana por la que observa cómo pasa la vida, sin que su imaginación pueda ser reprimida por la otra cárcel: el prejuicio.

    Así las cosas, la cámara es la que se metamorfosea para transformarse repentinamente en esa ventana a donde el régimen no llega y por la cual el director escapa cinematográficamente y rompe la barrera espacial en un abrir y cerrar de ojos.

    Lejos de acomodarse en el rol de incomprendido por el sistema pero sin ocultar esa melancolía y el cansancio por tanta injusticia a cuestas, lo que prevalece en Esto no es un film es la insolencia de aquel que se cree libre solamente porque pretende pensar y expresar lo que siente ante otros que seguramente no piensan igual.

    No estamos frente a un film que baje línea discursiva o esconda esa intención bien pensante sino simplemente somos testigos de un aquí y ahora en el que la creatividad y la voluntad transforman el presente para que en el futuro el final de la película no sea siempre el mismo.
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  • El sueño de Walt
    Diferencias creativas

    La primera sorpresa ocurre apenas comenzada esta historia, que se ampara en la impunidad maravillosa de la ficción para recrear -muy anecdóticamente- una historia verídica que tiene como principales referentes al visionario Walt Disney y a la autora y creadora de los libros de Mary Poppins, la escritora P. L. Travers, durante las dos semanas que se extendieron las prolongadas negociaciones para que el padre de Mickey Mouse finalmente se hiciera con los derechos de adaptación de la mencionado libro infantil a la pantalla grande en 1964.

    Tras veinte años de idas y venidas con la parca y rígida australiana, defensora a ultranza de la esencia literaria de su institutriz que llegaba azarosamente al seno de la familia Banks para poner orden y disciplinar a los párvulos, envuelta en su rectitud pero con un gran corazón, el persuasivo Walt buscó bajo todos los artilugios posibles seducirla para que diera el visto bueno a lo que finalmente se convirtió en un clásico de la factoría, con actuaciones memorables de Dick Van Dyke y Julie Andrews, con un repertorio musical entrañable y la mezcla de animación con personas de carne y hueso.

    Todos estos elementos creativos aportados desde la imaginería de Walt Disney, confeso admirador de la obra de Travers -además de ser una de las preferidas de sus hijas a quienes hizo la promesa de este film- fueron rechazados de cuajo por la autora australiana y cuenta la verdadera leyenda que se encargó de defenestrarlo hasta que se quedó sin aliento por haber hecho un desastre con sus personajes. Pero el film de John Lee Hancock (Un Sueño Posible, 2009) no pretende erigirse como una biopic sobre ambas figuras sino sencillamente como un recorte significativo para adentrarse en sus particulares personalidades y en cómo el pasado y la infancia tortuosa de cada uno luego definiera por rumbos diferentes y con diferente suerte el destino artístico, por decirlo de un modo sintético.

    La paciencia y perseverancia del dibujante (negociador nato) versus el malhumor y la desconfianza permanente de la invitada de honor forman parte de la dialéctica que define los conflictos a lo largo del metraje, donde los personajes secundarios, entre quienes debe destacarse la presencia del gran Paul Giamatti como chofer personal de Travers, aportan el grado de frescura y emotividad para que la fibra sensible del espectador se conecte con la trama y vibre junto a los personajes.

    Con la clausura ex profeso del rigor enciclopédico y en base al homenaje manifiesto a Walt Disney aunque mucho más a la figura de la controvertida Travers, las eficaces actuaciones de Tom Hanks y Emma Thompson para los respectivos roles aportan una cuota extra al Sueño de Walt Disney (titulo local para Saving Mr Banks), película entretenida y emotiva que seguramente remueva aquellos recuerdos de infancia o despabile pies en las butacas de los cines al reconocerse algunos de los acordes de esas canciones sencillas, pegadizas e inolvidables.
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  • Código sombra: Jack Ryan
    Es la economía, estúpido

    15 libros, cinco adaptaciones cinematográficas como Juego de patriotas, Peligro inminente y La suma de todos los miedos en las pieles de Harrison Ford y Ben Affleck para hacer una pregunta incómoda: ¿Chris Pine no es demasiado madera para lucir el traje de Jack Ryan? Seguramente el creador de la saga, el ya fallecido Tom Clancy, amado y odiado por Hollywood a pesar de las enormes ganancias obsequiadas desde sus bestsellers a la industria, hubiese bajado el pulgar ante la horrible decisión de casting para reflotar a este personaje poco atractivo en lo que a espionaje cibernético se refiere y pasado de moda para el fantasma de la nueva guerra fría, que en realidad es caliente y solamente concentrada en la economía más que en la política.

    Código sombra procura aggiornarse a los tiempos que corren para adentrarse en la financiación del terrorismo internacional a partir del juego en la bolsa de Wall Street desde el manejo de cuentas fantasmas que invierten en bonos del tesoro y especulan hasta el último segundo con una estrepitosa caída del dólar y la amenaza latente de una crisis económica parecida a la Gran Depresión si es que el astuto Jack Ryan no logra detenerla.

    Geopolítica de manual de primer grado aderezada con insultantes dosis de patrioterismo barato hacen de este producto fast food un enorme hotdog incomible, indigerible y muy poco inteligente desde su planteo elemental, en una trama tan lineal como las curvas de Keira Knightley, aquí en el papel de la doctora Cathy Muller, interés amoroso con el plus de algo de participación dramática para exponer el punto máximo de debilidad de este improvisado Jack Ryan en su versión más patética.

    El villano de turno no podía ser otro que un ruso resentido y para ese infortunado papel el director Kenneth Branagh sumó varios ceros a su caché confirmando que también el amante de Shakespeare hace cualquier cosa por dinero y en esta ocasión no pierde el pulso narrativo, aunque su escasa intervención en escenas comprometidas con la acción son precisamente escasas.

    Muchas veces se dijo que el escritor Tom Clancy cuestionaba la forma en que Hollywood lavaba con moralina sus trapitos al sol y dejaba bien parado a todo estamento o institución gubernamental pero pareciera que los guionistas Adam Cozad y David Koepp hicieron caso omiso por escribir líneas o diálogos tan absurdos como indignantes.

    ¿Habrá más desaciertos con Jack Ryan como éste?
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  • Escándalo americano
    Algo más que una estafa

    Escándalo americano, nuevo opus del neoyorkino David O. Russell, quien también escribió el guión junto a Eric Singer, es algo más que un ejercicio de estilo sobre estafadores apenas inspirada por un hecho real donde estuvo involucrado el FBI conocido como operación Abscam, que tenía por objeto desenmascarar la corrupción con el pago de sobornos a políticos para llevar a cabo negocios relacionados con el juego, entre otras pequeñeces.

    Los pilares en los que se sustenta esta película con gran cantidad de nominaciones a los Oscars y recientemente ganadora de los Globos de Oro, que sigue llamando la atención a críticos extranjeros, gente de la industria y afines para aparecer como una de las favoritas, se cimentan en dos componentes: un elenco notable (muestra acabada al llevarse dos Globos de oro sus respectivas actrices y el reconocimiento a todo el reparto en los SAG, premios que entregan los actores) y un ritmo narrativo prolijo aunque no complejo pero que gana vigor por conocer al dedillo hacia dónde pretende llegar porque no intenta ubicar al espectador en el incómodo lugar de víctima, que a la larga termina siendo engañada por la manipulación lícita de la puesta en escena, sino que lo introduce en el rol de testigo y cómplice de un plan de diferentes niveles de engaño, condicionados fundamentalmente por las emociones de sus partícipes, elemento significativo que para los cánones de este tipo de propuestas por lo general aparece poco desarrollado u opacado por el principal objetivo de una estafa: timar a la víctima.

    Para ello O. Russell construye con paciencia y verosimilitud un triángulo amoroso en cuyas aristas se encuentra una pareja de estafadores financieros, Irving Rosenfeld y Sydney Prosser, interpretados con enorme solvencia y carisma por Christian Bale (esta vez con las manos vacías en los Globos de oro pero nominado a los Oscar) y Amy Adams respectivamente, quienes hacen de la estafa un verdadero arte pero caen en las redes de Richie DiMaso (Bradley Cooper), un ambicioso agente del FBI que les condiciona la libertad a cambio de la participación activa en un operativo de enormes dimensiones.

    A ese triángulo, de cuyo vértice principal encarnado por Amy Adams se desprende el mecanismo de la seducción como parte del juego de manipulación se le adosan una serie de subtramas lo suficientemente atractivas para desarrollar personajes secundarios independientes y que constituyen desde su presencia el caldo de cultivo para que la misión transite por distintos niveles de complicaciones. Desde ese punto de vista particular, la presencia de Jennifer Lawrence, involucrada afectivamente con Irving pero trastocada desde lo psicológico, es esencial para que la trama fluya y crezca en tensión.

    No es habitual que en un film con alta presencia masculina sean las mujeres quienes lleven a los hombres de las narices, sin contar que más allá de su encanto natural y sexapeal incipiente piensen una jugada antes en el tablero de las casualidades y causalidades.

    El otro aspecto a destacar y ya hablando estrictamente desde la formalidad es el estilo cinematográfico que se respira en cada plano de Escándalo americano, film que hace honor a la impronta híbrida del cine de los 70 con algo de noir pero sin abandonar el sello del director y su lugar de narrador desde las imágenes, los encuadres y la elección de la banda de sonido, elementos que hacen a un combo atractivo que no va a defraudar a espectadores exigentes.
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  • El juego de Ender
    Enemigos míos

    Aquello que en los 80 sorprendía a los lectores por plantear la virtualización dentro de las prácticas militares para simular guerras contra enemigos potenciales hoy ya existe. En la época en que fuera concebida esta novela por el escritor Orson Scott Card y que se propone como una nueva saga adaptada al cine y orientada hacia el nicho adolescente, sonaba estrafalario inclusive pensar en niños entrenados para la guerra, algo que en estos días ya no se acomoda a los cánones de la ciencia ficción.

    Para los 80 un grupo de niños, expertos en la resolución de combates virtuales como modelo de juego, empleados para convertirse en potenciales guerreros era toda una novedad y desde ese lugar parte la historia de El juego de Ender: preparar un ejército de jóvenes para aniquilar a la raza alienígena que en un pasado atacara al planeta Tierra diezmando la población.

    Así las cosas, nuestro héroe Ender (Asa Butterfield) tiene todas las características para convertirse en el elegido y de esta manera es reclutado por el comandante Graff (Harrison Ford) para ser entrenado bajo una estricta disciplina militar, donde deberá demostrar ante sus pares decisión y rapidez mental para coordinar un ejército y así terminar con el enemigo en su propio territorio. Los formics son unos alienígenas de una morfología similar a la de las hormigas y al igual que estos insectos su comportamiento obedece a una reina, el principal eslabón de una cadena que debe ser destruida para siempre.

    El director y guionista Gavin Hood en una primera mitad pareciera transitar por los caminos habituales de todo film de iniciación militarizante con los estereotipos del caso, léase enfrentamientos antagónicos, desacato a la autoridad, peripecias que pondrán en riesgo el futuro del protagonista durante el arduo proceso de reclutamiento.

    Sin embargo, en una segunda mitad el film vira hacia otros horizontes que hacen foco en aspectos más profundos en relación a la guerra preventiva como estrategia para evitar males mayores sin medir las consecuencias y que representan para Ender un dilema interesante que seguramente se desarrolle con mayor énfasis en la secuela.

    Si bien no estamos ante una película dechada de virtudes tampoco nos enfrentamos a un producto mediocre en cuanto a la calidad y desde el punto de vista cinematográfico porque es de destacarse por ejemplo el diseño de producción para una trama que se desarrolla en su mayoría en escenarios simulados, donde el despliegue visual es importante pero no avasalla con detalles ni atosiga con efectos para dejar fluir el relato de manera prolija y sostenida, hacerlo entretenido gracias a las buenas actuaciones de Asa Butterfield, Harrison Ford y una escasa participación de Ben Kingsley.
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  • El tiempo de los amantes
    Te vi en un tren

    Los trenes y los relojes marcan las directrices en este microcosmos construido meticulosamente en el film de Jérôme Bonnell, El tiempo de los amantes, cuya traducción del original debería haber sido Un tiempo para la aventura o tal vez un tiempo para la fuga.

    Precisamente es la fuga y la fugacidad lo que define conceptualmente a una breve pero intensa aventura romántica entre dos desconocidos, Alix (Emmanuelle Devos) y Douglas (Gabriel Byrne) en lo que comienza a partir de un intercambio de miradas a bordo de un tren rumbo a París. Ella por motivos laborales y él para despedir a una mujer muy influyente en su vida.

    Ambos personajes comparten con el espectador ese halo de misterio lo suficientemente poderoso para anhelar que ese fugaz cruce en el tren se prolongue durante el resto del film, sujetos al devenir de lo impredecible y expuestos uno frente al otro sin necesidad de otra cosa que ser lo más genuinos posible cuando la pasión se hace carne y la rutina cotidiana se diluye por un periodo efímero donde todo es alcanzable, inclusive comenzar de cero una relación sin estar atado al pasado ni al futuro.

    Es el presente en su estado de máxima pureza aquel elixir que entusiasma y a la vez aturde a la protagonista, actriz de vocación que intenta trazar su propio camino aceptando castings que la llevan por las periferias de Francia, sin un euro en el bolsillo –el apunte de la crisis social en Francia está presente- y desorientada en lo que a su porvenir se refiere.

    El pretexto de un llamado a su novio (siempre fuera de campo) para anoticiarlo de algo importante que nunca se concreta es el aliciente para dejarse arrastrar por el deseo y seguir los pasos, o mejor dicho las huellas imperfectas de ese hombre perfecto que con su mirada taciturna ya expuesta en el tren invita a abordarlo y por qué no contenerlo.

    Así las cosas, los dos extraños se conectan desde la intimidad con ese juego de seducción prohibido que implica el desconocimiento del otro para llegar al extremo y ubicarse en la encrucijada que puede imprimirle un continuará a su apasionada relación casual pero para que ese elemento tome vida y destruya todo lo que constituye el temor a equivocarse parecería no haber tiempo ni lugar propicio para llevarse a cabo.

    Los trenes parten y los relojes no se detienen, pero su avance es tan imperceptible como el instante en el encantamiento que trastoca la realidad y vuelve a ese viaje una aventura en sí. Aunque el destino siga siendo siempre el mismo.
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  • El misterio de la felicidad
    El temible y letal conformismo

    No es tarea fácil intentar un análisis del último opus del realizador Daniel Burman, El misterio de la felicidad, despojado de un contexto que excede las virtudes y defectos que arrastra su cine pero que a la hora de una aproximación a sus propuestas, a partir de un giro importante hacia una veta más industrial comenzada con Dos hermanos (2009) seguida por La suerte en tus manos (2012) y coherentemente continuada con esta nueva incursión genérica, es fundamental como punto de partida siempre que se considere la búsqueda cinematográfica de Burman con miras a seducir el público masivo. En este particular caso, el director de El nido vacío (2008) apunta todos sus dardos al blanco explosivo que supone contar con un elenco encabezado por Guillermo Francella y la esperada vuelta de Inés Estévez a la pantalla grande para entregar una comedia melancólica y muy poco sorprendente sobre la incapacidad de luchar por los sueños cuando se tiene miedo de fracasar.

    Parece que ser feliz en las circunstancias de la vida, pasados ya los 40 años, es un misterio del que muchos creen conocer la respuesta pero en realidad desconocen el verdadero sentido de la pregunta ¿Qué te hace feliz? Si la respuesta rápida apela al conformismo, de inmediato surge otra pregunta más compleja ¿Por qué creés que sos feliz? Y es hacia ese terreno de ambivalencia; a ese detalle de la foto en el que nadie repara cuando dos amigos sonríen adonde encamina su película Daniel Burman bajo la estructura narrativa de construir a un personaje, Eugenio (Fabián Arenillas), desde su ausencia para comprender –si es que se puede comprender- el motivo de su inexplicable fuga de la rutina y de esa supuesta felicidad cotidiana junto a su amigo y socio Santiago (Guillermo Francella), así como a su monótona convivencia matrimonial con Laura (Inés Estévez). Sin embargo, el punto de vista sobre Eugenio lo aportan dos miradas opuestas (para ella ya no volverá y para él sí) que terminan descubriendo grandes verdades y una afinidad insospechada desde la carencia y la huida temprana de la soledad, entre otras asignaturas pendientes.

    Es así cómo desde un planteo esquemático y concentrado por un lado en la errática pero necesaria búsqueda de Eugenio y por otro en la consolidación de una amistad que puede ir más allá de lo protocolar el film de Burman avanza por un camino unidireccional, sin atajos pero sin cruces o desvíos. Daría la impresión que al guión le faltara una puntada más fina y elaboración en lo que se refiere a la trama per se aunque eso no ocurre respecto a la construcción de personajes teniendo siempre presente las cualidades actorales de Francella y Estévez, a quienes no les cuesta generar empatía desde su particular decepción o sufrimiento que nunca llega a manifestarse hacia el melodrama pero que lo roza de manera tangencial por esa incipiente melancolía que encuentra correspondencia tonal con el color apagado de la imagen.

    La clausura explícita de opacar todo aquello que permita la comicidad salvaguardando esos apuntes costumbristas característicos en el cine de Burman beneficia a Guillermo Francella para mostrar otra arista interesante en su composición de Santiago, que expresa desde lo gestual o en las diferentes modalidades gestuales todo un proceso interno que va transitando por distintas etapas como la negación, la perplejidad, la falta de horizonte, la decepción, la aceptación mezclada con resignación. No es para nada gradual lo que sucede con el personaje de Laura para el cual Inés Estévez parecería haber sacado a su inolvidable Jimena del unitario Vulnerables del placar de los recuerdos y así traspolarla aquí envuelta de verborragia, inseguridad y un excesivo y reiterado tic que arrastra muletillas de antaño y que por momentos fatiga al espectador antes de experimentar la transformación y ocupar el vacío dejado por Eugenio.

    Esa sensación de vacío es la que se respira al tomar contacto con El misterio de la felicidad, un vacío o espacio ambiguo que no se termina de definir a lo largo de todo el metraje y que por momentos se llena demasiado por los clichés del cine industrial para ahogarse en el letargo de la rutina precisamente en una película que cuestiona de cierta manera la rutina; que le sacude el costado épico a lo cotidiano como algunos discursos del cine argentino o más aún de otros ámbitos buscan resaltar para ocultar ese temible pero real conformismo que hace las cosas más fáciles pero menos intensas y atractivas.
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  • Dos pavos en apuros
    Una verdadera pavada

    Poca imaginación y una notable falta de rumbo son los elementos que prevalecen a lo largo de todo el desarrollo del debut del estudio de animación Real Fx, Dos pavos en apuros, que convocó para su versión original las voces de Owen Wilson y Woody Harrelson, un plus que pocos espectadores disfrutarán en el estreno local con enorme cantidad de copias dobladas.

    La premisa sin resultar una genialidad es apenas simpática y apunta al rescate del héroe colectivo, en este caso los pavos nativos de la época que conmemora el día de acción de gracia, tradición popular enteramente norteamericana que muy poco tiene que ver con la idiosincrasia de estas pampas o latitudes. Sin embargo, la penetración cultural del tío Sam fue lo suficientemente amplia como para que cualquier niño de estas tierras -o por lo pronto su padre- supiese algo sobre la celebración donde se le perdona o indulta la vida a un pavo mientras millares de estas aves son ajusticiadas para formar parte del plato principal de la mesa de los norteamericanos.

    Hábito del consumismo exacerbado o sencillamente el respeto por la tradición, lo cierto es que los protagonistas de esta película, dirigida por Jimmy Hayward también guionista junto a Scott Mosier, intentarán torcer el rumbo de la historia remontándose al pasado gracias a una máquina del tiempo justo el día antes de la primera celebración en que los nativos y los colonos británicos compartieron la cena en el año 1621 donde los pavos corrieron la peor suerte.

    Así las cosas, Reggie (Wilson) y Jake (Harrelson) en misión libertadora de sus congéneres tratarán de convencerlos de que la unión hace la fuerza para enfrentarse a los temibles humanos. El interés amoroso de Reggie es una hembra, Jenny, un tanto aguerrida, así como para Jake el antagonista de turno será el pavo real alfa Broadbeak.

    Algunos gags visuales y referencias a la cultura pop norteamericana como guiño al público adulto no son suficientes para arrastrar al film lejos de la pendiente al vacío en la que cae desde el minuto quince en adelante y la falta de creatividad de sus realizadores no hace más que confirmarlo en un desenlace vergonzoso que por motivos obvios no revelaremos aquí.

    Como producto animado para toda la familia simplemente podemos decir que si bien cumple con sus características formales, es decir la animación es prolija pero no deslumbra a nadie, defrauda en todos los otros aspectos incluidos uno de sus puntos en apariencia fuertes que debería haber sido el humor: humor de pavos.
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  • Actividad paranormal: Los marcados
    La saga ha muerto

    Marcados sí, pero para el aburrimiento por asistir a la muerte en vivo y en directo de esta franquicia Actividad paranormal, deudora de la digna Proyecto secreto Blair Witch, que demuestra su nula eficacia en materia de sustos y mucho más grave aún su pobre criterio a la hora de mantener al menos la atención en una trama atada con alambre desde el minuto cero.

    Fiel a ese estilo ya desgastado del falso documental, no se justifica demasiado el por qué de la obsesión de los protagonistas por filmarlo todo: graduación de uno de ellos, bromas entre sí y el descubrimiento de ciertas anormalidades en sus conductas que arrastran tal vez el poder oculto de lo que a las claras se entronca con la consabida posesión. El resto no supera la rutina de la mediocridad al que nos tiene acostumbrado este tipo de producto, donde el letargo entre el nopasanadismo y el yameloveiavenir ocupan el centro de la escena mientras la frenética cámara digital empaña cualquier grado de seriedad de la puesta en escena.

    Aquí el descubrimiento de un supuesto aquelarre y una vecina con etiqueta de bruja pegada en la frente son los disparadores para que los mecanismos del terror accionen sus cuerdas aunque resulta tan desafinado este repertorio chicano que en vez de asustar genera risa y no estamos precisamente hablando de una parodia sino de un pretendido film pensado para el grito desconsolado y la taquicardia desprevenida.

    Lo desparejo y básico de este guión que acumula elementos sin siquiera preguntarse el sentido no hace otra cosa que reflejar que esta saga ha muerto, a pesar de que nadie se quiera hacer cargo de su funeral.
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  • Visiones
    Visiones
    CineFreaks
    El colmo de una falsa gitana

    ¿Cuál podría ser el colmo de una falsa vidente? La respuesta es fácil y se encuentra en la premisa de Visiones, ópera prima de Juan De Francesco –antiguo colaborador de Cristian Bernard y Flavio Nardini- y con guión del debutante en el largometraje, Nicolás Cisco: adquirir el don de predecir el futuro.

    En ese sentido resulta atractiva la propuesta luego de una primera mitad donde en pocos minutos se descubre la mecánica de la estafa entre una falsa adivina caracterizada como gitana llamada Marta (Roxana Randon) que se aprovecha del despecho de sus incautas víctimas mujeres para lo cual es fundamental la acción de su cómplice Esteban (Adrian Ero), quien hace las veces de galán, Don Juan, para enamorarlas y luego de malvado que las deja siempre por otra para que caigan en las redes de las artes oscuras de Marta y así mediante sus hechizos recuperar al amor a cambio de buenas sumas de dinero.

    Un plan perfecto siempre cuenta con alguna fisura y esa no es otra que la ambición de los involucrados, pero para el caso de Esteban se agrega al menú una suerte de revancha personal por un pasado de tortura psicológica y maltrato causado por la falsa gitana.

    Sin embargo, la vuelta de tuerca que da algún respiro a un relato que no podía salir de lo sumario es un recurso simpático del cual tanto guionista como director abusan para que de cierta manera cierre la historia, aunque es justo decir le imprime dinamismo en una trama demasiado básica.

    El pivot y elemento pendular que pertenecen únicamente al punto de vista de Marta se conecta directamente con las visiones reales que ella empieza a tener de manera espontánea y así de esta manera anticipa su destino trágico donde queda desenmascarada la supuesta traición de su socio.

    No obstante, esas visiones en lugar de mostrar fragmentos, o secuencias ambiguas, plasman situaciones o escenas completas para que avance la historia a fuerza de falsos flashforwards a los que se suman forzados flashbacks, completamente funcionales a los justificativos de las acciones. Tampoco ayuda a esta idea la acumulación porque una vez reflejado el mecanismo ya no hay sorpresa alguna, pues cada vez que la protagonista toca las manos de algún personaje, el espectador sabe que viene una visión.

    La experimentada Roxana Randon aporta a su personaje carisma, maldad, algo de humanidad pero se destaca sobre el resto de un elenco de actores desconocidos, con performances bastante flojas, sobre todo el co-protagonista Adrian Ero siempre un registro por encima de lo que su personaje necesita.

    Visiones trata de salirse de convencionalismos o estereotipos jugando a veces al humor pero eso no alcanza para evitar el término de film fallido básicamente por apostar todo a un recurso ingenioso desde el punto de vista narrativo aunque pasible de reproches a nivel conceptual y cinematográfico, así como un desenlace poco sólido.
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  • La esencia del amor
    Que nunca se acabe la música

    Si se mezclara la densidad dramática de Amour, de Michael Haneke, con la frescura y dinamismo de Rigoletto en apuros, de Dustin Hoffman, se obtendría como resultado conceptual La esencia del amor. En las tres propuestas, el denominador común es la música como terapia para sanar y su efecto positivo para transitar la vejez desde un costado de creatividad y no limitado o coartado por el paso del tiempo o los achaques de la ancianidad.

    Sin embargo, para el caso singular de este film inglés del director Paul Andrew Williams, protagonizado por Vanessa Redgrave y Terence Stamp y coprotagonizado por Gemma Arterton junto a Christopher Eccleston los resortes del melodrama se tensan a niveles tolerables para el espectador, siempre sazonados con grageas de comedia en falso y todo eso se sostiene simplemente por contar con la excelencia del reparto encabezado por esta pareja de la tercera edad que puede dar cátedra de actuación.

    Para salirse del cliché de la composición del personaje, dado que el guión se encarga de construir relaciones más que personas individuales, el aporte de matices de Terence Stamp, y el carisma de Vanessa Redgrave elevan el nivel de la historia, que transita por todos los estadios de un relato que se inserta en los últimos momentos de un largo proceso de deterioro y enfermedad de una enferma de cáncer que encuentra en el coro de la mutual de jubilados la contención y el refugio para su transición hacia el desenlace.

    Arthur, su esposo, carece de la sensibilidad para comprender que debe dejarla elegir cómo desea pasar sus últimos días y será la música o mejor dicho cantar desde el corazón y con el alma lo que termine por conectarlos para siempre.

    Una de las ideas que prevalece a lo largo del metraje es la clausura de la técnica o la perfección en la interpretación de los ancianos coreutas siempre que lo que se cante obedezca a la manifestación de los sentimientos y al des acartonamiento en función a la desinhibición como ocurre con el personaje de Arthur y su paulatina transformación de parco y gruñón a hombre sensible.

    El otro pilar desarrollado desde el guión responde a las conflictivas relaciones entre padres e hijos con un Christopher Eccleston correcto en el rol de hijo no reconocido y distante sin descontar la simpatía de la joven Gemma Arterton, una directora de coro con una energía que contagia a cualquiera.

    La virtud de esta película es saber transitar por los caminos del drama duro sin caer en golpes bajos o chantajes emocionales obtenidos desde manipulaciones poco nobles. Aquí se sacuden las vibraciones de los cuerpos, de las voces y de esas palabras que cantadas llegan a lo más profundo y que forman parte de una música que debería no acabarse nunca.
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  • Un lugar para el amor
    Escrito y borrado

    Al padre William (Greg Kinnear) los hijos lo respetan un poco por haber escrito un par de novelas exitosas y ser el referente de los aspirantes noveles en términos de literatura. A la madre (Jennifer Connelly) la hija no la quiere ver ni en figurita dado que no le perdona la infidelidad de la que encima fue testigo involuntaria. El hijo Rusty (Nat Wolff) vive a la sombra del padre y de la hermana que acaba de lograr que le publiquen una novela donde saca los trapitos al sol de una familia norteamericana promedio con problemas afectivos.

    ¿El resto de la historia? un sin fin de lugares comunes solamente en el contexto de las idas y venidas amorosas de cada personaje donde los mayores intentan recomponer lazos y los adolescentes enamorarse sin culpa y sin dolor. ¿Acaso se puede? parece que en Un lugar para el amor todo es posible: se sufre un poco ya sea por amor; por el tiempo perdido; por el flagelo de las drogas; por la enfermedad del otro y luego la segunda oportunidad llama a tu puerta y encima en el día de acción de gracias.

    Todo transcurre en el invierno y metafóricamente hablando los corazones fríos de los adolescentes se reblandecen o por lo menos eso le ocurre a Samantha (Lily Collins), la futura Patricia Highsmith, promiscua, orgullo de papá y mamá que conoce al muchachito medio insistente y amante de los policiales para que le cambie la perspectiva sobre la vida y la importancia de los afectos. En el caso de Rusty la historia transita por el despecho y decepción amorosa al elegir una muchacha con algunos problemitas de adicción.

    ¿Moralina barata? sí; actuaciones que valen la pena también pero lo primero que uno debe preguntarse es quien corta el pavo cuando un cine independiente o en apariencia de serlo recurre de manera insistente en el abc del estereotipo sin moverse de ese cómodo espacio que busca empatía directa y no toma riesgo alguno.

    La mesa está servida y comida hay para todos.
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  • Jackass: el abuelo sinvergüenza
    El mal ejemplo

    Lo primero que puede decirse de este arribo del tándem de infradotados millonarios que pulularon por el firmamento de la MTV durante los años 2000 a 2002 en el programa Jackass, que luego tuviese sus extensiones cinematográficas para mostrar más de lo mismo pero en pantalla grande, es que en esta ocasión optaron por el terreno de la ficción con Jackass, el abuelo sinvergüenza, dirigida por Jeff Tremaine, comedia que se mofa de los lugares comunes de toda película familiera y del corazón.

    En esta oportunidad quien toma la posta del grupo es nada menos que Johnny Knoxville, aunque caracterizado como un anciano, Irving Zisman, quien en el funeral de su esposa recibe la visita inesperada de una hija que le pide hacerse cargo de su nieto Billy (Jackson Nicoll) antes de caer presa. El papá del niño es un motoquero poco afecto a las responsabilidades adultas pero eso no implica que el viejo salga en su búsqueda dado que no puede cuidar a Billy todo el tiempo.

    A partir de ese encuentro fortuito entre abuelo y nieto nace una relación afectuosa pero que se rige por los códigos de la incorrección política exacerbados desde una puesta en escena que distribuye cámaras ocultas a fin de captar las reacciones adversas del inconsciente colectivo con el que interactúan Knoxville y este pequeño bastante convincente en sus intervenciones, capaz de seducir con su inocencia a los transeúntes más incautos o llevar al límite sus acciones, que muchas veces rozan con ese mal gusto propio de la franquicia pero que no es ninguna novedad teniendo en cuenta el nutrido volumen de videos amateurs que habitan la galaxia youtube.

    Algo que caracterizaba a Jackass era ese desafío corporal y de resistencia al dolor en tono de burla que se agotaba a los 15 minutos a pesar de la sofisticación en la broma pesada, algo que les daba el mote de originales a estos muchachos de la cultura MTV y prototipo del americano mediocre con panza de cerveza y neurona sulfatada. Muy difíciles de emular.
    Sin embargo, esa cualidad singular forma parte del pasado y lo que quedó como resabio es este producto por momentos gracioso, que siempre necesita de la complicidad de su víctima predilecta para ser efectivo, porque de lo contrario ya no causa sorpresa una vez que el público se acostumbra a las ocurrencias del anciano; a los cúmulos de situaciones embarazosas -que incluyen escatología a granel- así como a un puñado de escenas donde el objetivo concreto es molestar a la gente como ocurre en un bingo en el que Irving hace de las suyas o cuando irrumpe en un local de strippers masculinos y aterroriza a las mujeres con sus genitales al viento.

    La química entre el niño y Knoxville es lo mejorcito de Jackass, el abuelo sinvergüenza; su parodia de Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006) refleja el patetismo de esas madres capaces de todo para que sus hijas se ganen el concurso y seduzcan al público y al jurado, pero eso no alcanza para superar la medianía, no caer en el chiste obvio y ser una muestra palpable que el humor irreverente es mucho menos interesante e inteligente de lo que parece.
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  • Boxing Club
    Boxing Club
    CineFreaks
    Un knockout en la intimidad

    Desde el primer minuto, se reconoce en Boxing club una apuesta diferente para retratar el mundo pugilístico por fuera del ring. Es el microclima de un gimnasio, más precisamente el que reina en El Ferroviario perteneciente al gremio de La Fraternidad ubicado en el subsuelo de la estación Constitución.

    Este documental observacional se sumerge en el día a día de estos trabajadores que practican el deporte con la esperanza de profesionalizarse alguna vez y así sacar un rédito económico que los ayude a salir de situaciones apremiantes.

    La cámara de Víctor Cruz (El perseguidor, 2009) acompaña el proceso, escruta sin interferir en el combate silencioso contra la propia impotencia que a veces acarrea un entrenamiento, para esclarecer o por lo menos robarle a la realidad un pedazo de verdad en algunos instantes (la escena sobre la película El padrino es un cabal ejemplo) donde se vuelve invisible o participa con un rol observador y lúcido durante los preparativos de los protagonistas en vistas a la pelea salvadora, relatada por el periodista deportivo Walter Nelson.

    También, la importancia de las palabras del entrenador; su corazón y pasión por lo que hace, conectan a un deporte muchas veces relacionado sólo con la violencia con un costado humano poco reconocido y emotivo que es el elemento que prevalece en este inquietante y atrapante documental hasta el último minuto.
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  • Huellas
    Huellas
    CineFreaks
    Tras los pasos del abuelo

    Este documental en primera persona toma como punto de partida el viaje de reconstrucción que el realizador Miguel Colombo (co dirigió Rastrojero junto a Marcos Pastor en el 2006) se propuso como parte de un proceso de introspección para encontrar los retazos de historia familiar que le permitieran ponerle un contorno y volumen a los recuerdos de su abuelo Ludovico.

    En primera instancia la desmitificación, mezclada con la urgencia por conocer, marcan el rumbo de su viaje que se bifurca hacia la investigación del pasado en un reencuentro con familiares muy arraigados –muchos de ellos desconocidos para el director- a Ludovico, para así terminar en una travesía por el desierto hacia el encuentro con un espacio escondido que parece un mágico refugio donde el tiempo cronológico se detuvo y las historias volaron con el viento.

    En un segmento, parte de las aristas que atraviesan el enigma de Ludovico lo vinculan con la búsqueda de oro en Argentina o una esvástica, que una lectura presurosa incriminaría de pasado nazi y la preocupación de un nieto necesitado de respuestas en un desierto de preguntas también.

    Las huellas dejan sus rastros y en definitiva de eso trata este intenso camino difuso recorrido por Miguel Colombo, quien toma las riendas y la cámara para adentrarse en su propia historia y enfrentarse con ese miedo que implica la búsqueda de una verdad pero que pese a las conclusiones resulta indispensable llevar a cabo.

    Memoria, historia, identidad, olvido y perseverancia marcan el rumbo de Huellas e invitan al espectador a vivir ese itinerario fascinante desde la emoción más genuina.
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  • Esclavo de Dios
    Esclavo de Dios
    CineFreaks
    Atentado contra el buen cine

    La precariedad técnica, la falta de ritmo, las malas actuaciones y una historia que podría haber sido mucho más interesante desde sus planteos morales de lo que terminó siendo son suficientes elementos para aventurar que la única polémica posible que puede suscitarse con Esclavo de Dios, del director venezolano Joel Novoa Schneider, responde unicamente a sus valores cinematográficos que son nulos.

    Dicho esto la premisa que baraja la hipótesis de un tercer atentado en 1994 en suelo argentino contra un objetivo judío abre el interrogante sobre los fundamentalismos de ambos lados pero sin ahondar siquiera en aspectos que trasciendan el derrotero básico de todo film de estas características. La idea del terrorista arrepentido no es nueva en el cine y este intento de mostrar el lado humano de aquellos hombres dispuestos a inmolarse en nombre de Alá ya fue sumamente explotado en películas como Paradise now, un gran film palestino del año 2005 del que este intento de película debería haber tomado algún apunte para llegar a un mejor puerto. Si hay algo que debe destacarse de aquel film no es otra cosa que la economía de recursos al servicio de las tribulaciones del protagonista que son las que operan como coordenadas de esta historia.

    No puede decirse lo mismo de Esclavo de Dios porque en su afán de tomar por el carril del thriller desde el enfrentamiento del protagonista, Ahmed (Mohammed Al Khaldi), miembro de una célula dormida en latinoamérica y experto en explosivos que espera la orden para ejecutar el tercer atentado, y su antagonista, David Kollman (Vando Villamil), quien forma parte del grupo de la Mossad instalado en Buenos Aires tras la pista de terroristas árabes, se diluyen las demás subtramas paralelas que no encuentran desarrollo como por ejemplo la conexión local; el doble trabajo de la policía; la familia encubierta y otros asuntos aledaños al conflicto central.

    La idea de equiparar fundamentalismos para no tomar partido por uno u otro personaje no es mala per se pero eso no alcanza para reparar las innumerables fallas en materia de guión, la torpeza narrativa que apela a recursos elementales como flashbacks explicativos (lo del reloj es demasiado burdo por ejemplo) y desinteligencias de ese nivel que pululan a lo largo de la trama que tampoco consigue mantener un ritmo sostenido ya que se contagia de su propia impotencia y falta de criterio a la hora de definir qué se quiere contar.

    Si a esto le sumamos una puesta en escena elemental que por ejemplo en un tiroteo no repara en mostrar sangre en los cuerpos atravesados por balas que suenan como si fuesen de cebita ya es demasiado para soportar cuando se pretende narrar una historia lo suficientemente seria y que puede afectar sensibilidades.
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  • El otro hijo
    El otro hijo
    CineFreaks
    Orgullo y prejuicio

    El otro hijo, film de la francesa Lorraine Lévy, puede leerse como un alegato profundo sobre la tolerancia y la alteridad. La conflictiva relación entre árabes e israelíes; las fronteras culturales y las del prejuicio religioso o de raza, se encuentran atravesadas tangencialmente desde una indagación o interpelación inteligente bajo el pretexto de un drama que aqueja a dos familias muy diferentes pero que comparten en común un mismo dolor: el intercambio accidental de sus hijos al nacer.

    Basta que un estudio de sangre arroje luz sobre el potencial conflicto para la protagonista de este film, interpretada sobriamente por la actriz y directora Emmanuelle Devos, quien al obtener los resultados de las evaluaciones para que su hijo Joseph (Jules Sitruk) ingrese al ejército israelí descubre que él tiene un grupo sanguíneo diferente al de ella y su esposo militar.

    Zanjada la duda en medio de la turbulenta revelación, que ya de por sí le genera un conflicto extra con su pareja tras la sospecha de infidelidad, todo revela que en el pasado existió una situación desafortunada en plena guerra del Golfo donde por error entregaron su hijo biológico a otra madre mientras que a ella le dieron al bebé de aquella.

    A partir de ese instante, la necesidad de ambas mujeres de conocerse y así poder acercarse en un vínculo a sus respectivos hijos Joseph y Yacine (Mehdi Dehbi) es más fuerte que el prejuicio y la negación de sus esposos, quienes ven desde un orgullo estéril la necesidad de preservación de la familia y los lazos parentales por encima de cualquier carencia afectiva o de búsqueda genuina de la identidad.

    Para esta etapa de descubrimiento del otro y alejada de la rigidez de los adultos, el film adopta los puntos de vista de los hijos, uno palestino y otro judío, dispuestos a superar las barreras de la tradición y fieles a las concepciones modernas que vuelven a definir y a poner en el tapete de la polémica que no hay tantas diferencias como se pretende bajo los discursos reaccionarios desde una y otra parte.
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  • Machete kills
    Machete kills
    CineFreaks
    Menos revolucionario que antes

    Superada la expectativa de Machete, esa creación del mexicano Robert Rodríguez como pretexto del trailler devenido película en 2010, la saga pedía, de existir la posibilidad de una segunda aventura, un cambio de aire para no caer en redundancias sin menoscabar -claro está- la creatividad del director puesta al servicio de la autoparodia de su propia criatura y del exploitation frente a las fórmulas recicladas del Hollywood decadente que debemos padecer en materia de películas del género acción en los últimos años, que se pretenden desde un concepto serio o solemne y causan gracia sin proponérselo.

    Machete kills es más de lo mismo pero esta vez los dardos venenosos de la crítica social apuntan en el centro del cinismo de la primera potencia mundial en relación a la carrera armamentista y al negocio privado de la venta de armamento. No hay más que ese eslabón, atado a una cadena que se va oxidando a medida que acumula guiños cinematográficos, exacerba los códigos de películas de dobles agentes para caer en los lugares más comunes de la incorrección política.

    La caricatura de la acción llevada al paroxismo consigue su copia en carbónico en la construcción de un villano bipolar (Demian Bichir), híbrido entre héroe revolucionario de los pobres y narco despiadado cuando su fase Jekyll y Hide amnésica explota.

    También explota el mal gusto, el chiste fácil pero efectivo y una galería de personajes desopilantes tal vez pensados para lucimiento de los actores o celebridades convocadas, léase Lady Gaga (lamentable); Mel Gibson, igual suerte que Robert De Niro en la primera película, la sexy Amber Heard en un papel ajustado a sus curvas y Sofía Vergara que hace de…Sofía Vergara.

    La diversión está garantizada -Charlie Sheen es el presidente de Estados Unidos- y el descontrol mucho más aunque ya una tercera parte en el espacio como se anuncia dilapidaría la buena idea del origen de todo que no era otro que un metadiscurso elaborado y con crítica política sobre el rol de la comunidad mexicana en la doble moral norteamericana.
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  • La boleta
    La boleta
    CineFreaks
    Sueños compartidos

    Un racimo de buenos secundarios, un policial alocado y por momentos al borde del grotesco, ritmo constante y cambios de registro autoconsciente son los elementos predominantes en La boleta, del director Andrés Paternostro, que cuenta con los protagónicos de Damián de Santo, Claudio Rissi y Marcelo Mazarello acompañados de un nutrido elenco donde destaca la figura de Roly Serrano y una simpática aparición de Ricardo Bauleo.

    A las claras se ven transparentadas las intenciones en cuanto a lo formal y al estilo buscado por Paternostro y equipo, que se concentran principalmente en la historia del perdedor Pablo, mote que le calza perfecto al rol de De Santo y a su parte complementaria de la mano de Marcelo Mazarello.

    Soñadores en un mundo o mejor dicho en un país donde cada vez es más difícil sobrevivir y que se ven involucrados en una pesadilla en el corazón de una villa, cuyo dueño apodado Merlín (Claudio Rissi) procura mantener controlada pero al estar rodeado de ineptos su tarea se vuelve más que cuesta arriba. Entre esos indeseables se encuentra un ladrón de bajo perfil (Roly Serrano), quien busca la salvación económica con un secuestro express que por supuesto no sale como se pretende y agrega mayores complicaciones a una catarata de contratiempos que se desatan a gran velocidad y que la trama acumula sin problemas sosteniendo un verosímil que nunca exhibe costuras desde el guión sin escatimar insultos y frases altisonantes.

    En ciertos segmentos el relato busca atajos en el orden creativo como por ejemplo el apunte surrealista o algunas metáforas que funcionan mientras el eje de la comedia no se altera. Si tuviera que buscarse algún referente local en cuanto al estilo de La boleta, la primera candidata no es otra que la película argentina El boquete (2006), de Mariano Mucci, donde también se jugaba la carta del grotesco pero en el caso de una familia disfuncional.

    Para esta ocasión, la disfuncionalidad se da en torno a lo operativo vinculado a la delincuencia y sujeto a la improvisación tan auténticamente argentina cuando el plan b no existe ni siquiera en la cabeza del más lúcido de los villanos, encarnado sin escapar al estereotipo por Claudio Rissi y muy emparentado con el personaje que el mismo actor construyó en 76 89 03 (2000) de Flavio Nardini y Cristian Bernard.

    Un intento de comedia grotesca bien logrado y disfrutable para el público que apueste al cine argentino para identificarse con esas pequeñas historias que se encuentran a la vuelta de la esquina.
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  • Una familia gay
    Una familia gay
    CineFreaks
    Peguntas que incomodan

    Desde su título ya queda manifestada la idea central de este documental mezclado con ficción del director Maximiliano Pelosi que ya fuera presentado en la sección Panorama del BAFICI y que ahora se estrena comercialmente. La familia homoparental forma parte de un debate social que lejos de estar clausurado cada día cobra mayor envergadura al conocerse los alcances de la ley de matrimonio igualitario y las historias que se tejen detrás de cada trama particular que involucra a parejas gay.

    Por eso partir de la base de interrogarse, una vez conseguido el derecho, el deseo de casarse es un punto interesante y apto para reflexionar conceptos que, con el correr de los años y de los cambios en la forma de pensar a una familia, habilitan otro tipo de unión o construcción familiar.

    Ahora bien, salir en busca de respuestas siempre supone tener en claro lo que se quiere preguntar y en ese sentido Una familia gay trastabilla al poner en primer plano la historia del director Maximiliano Pelosi y su intimidad al mismo nivel que el resto de las anécdotas o testimonios de sus entrevistas, todas movilizadas por sus inquietudes personales, contradicciones y dudas acerca de varios tópicos como por ejemplo el matrimonio, entre otros temas tales como el código civil, la religión, experiencias ajenas y para ilustrar el derrotero personal de esa suerte de investigación se apela a la introducción de elementos ficcionales, que al estar atados a la representación quitan espontaneidad al relato.

    Si bien la idea es aportar ritmo para que la solemnidad no abrume al público el exceso de lo cotidiano y lo mundano le quitan peso a los temas pensados, aunque es justo reconocer la diversidad de voces a lo largo de los 82 minutos de metraje.

    Existe una búsqueda del humor como subrayado de ciertas pautas culturales por contraste o críticas a los preconceptos sobre la cultura gay pero que no son efectivos a la hora de llamar a la reflexión.

    Una familia gay celebra por un lado la libertad creativa de su autor pero esa falta de contención o criterio en cuanto a lo narrativo es precisamente su mayor falencia y queda a medio camino de lo que una propuesta más interesante -tal vez con menos énfasis en lo personal- podría haber generado en pos del enriquecimiento de ese debate social.
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  • Paranoia
    Paranoia
    CineFreaks
    Absurda como su título

    Tan decorativa resulta la presencia de la sexy Amber Heard en Paranoia como la explicación de los procesos tecnológicos que con un esmero estéril pretenden ganarse la atención del público sin la menor sospecha de que lo que pasa en pantalla no le interesa a nadie.

    Si repasamos que uno de los antecedentes del director Robert Luketic es la mediocre 21 BlackJack (2008) y en menor medida Legalmente rubia (2001) quizá podamos entender el por qué de un film tan torpemente narrado como éste, que al igual que aquella película contextualizada en el mundo de los casinos toma como detonante de conflictos la desmedida ambición de su protagonista.

    El espionaje industrial siempre es un elemento convocante para tramas complejas cuando detrás de los intereses que llevan a ejecutarlo existe algo más que la mera acumulación de dinero o su vertiente menos políticamente incorrecta: la venganza por resentimiento.

    Si todo gira en torno a estas motivaciones, la historia necesita de un ejecutor o chivo expiatorio como es el caso del joven Adam Cassidy (Liam Hemsworth), un ambicioso empleado de la compañía Wyatt Corpp, cuyo jefe (Gary Oldman) pretende robar a la competencia Eikon, presidida por Harrison Ford -su antiguo mentor-, el prototipo de un revolucionario celular. Para ello Adam debe ganarse la confianza de Eikon y una vez ingresado allí robar sin ser descubierto.

    Hasta aquí estamos en presencia del ABC de toda película elemental de este tipo y a pesar de las vueltas de tuerca necesarias para que el relato despegue de una vez por todas es tan evidente el grado de previsibilidad como los pasos en falso bajo el pretendido cambio de rumbo que nunca es tal.

    Si a eso se le suma el desperdicio de un elenco que cuenta con las patéticas actuaciones de Richard Dreyfuss, y los ya mencionados Oldman y Ford a la cabeza, el agravante es aún mayor porque los intentos por darle profundidad a una historia que nunca supera la medianía son vanos.

    Con el plus de un desenlace carente de creatividad, forzado, manipulador, engañoso y con resoluciones de situaciones sacadas de la galera en una película sin magia, Paranoia es un film tan absurdo como su título, el cual esta vez las distribuidoras locales respetaron a rajatabla.
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  • Este es el fin
    Este es el fin
    CineFreaks
    Banalidad con plata

    Hay que preguntarse qué resulta más irritante al terminar de digerir Este es el fin: que un puñado de actores que están en la cresta de la comedia norteamericana gasten dinero en una broma privada con pretexto de película autorreferencial o que hagan participe a un público consumidor de cualquier cosa de su falta de talento a la hora de pensar en algo parecido a una comedia guarra.

    No es el exceso el problema mayor de este tour escatológico y absurdo con aire de película sino el despropósito de pensar que lo que ocurre en este film puede interesar a alguien más allá de a sus actores participantes y menos si las drogas que comparten entre sí no se distribuyen al espectador.

    La premisa básica nos somete a padecer el encuentro entre el impresentable Jay Baruchel y Seth Rogen para devenir en una fiesta descontrolada en la casa de James Franco, lugar de reunión de otras tantas luminarias de la decadencia hollywoodense actual entre quienes puede destacarse una Emma Watson en rol ya terminé con Harmony y dejen de encasillarme o el propio Franco mofándose de su excentricidad intelectualoide cool que parece molestar a algunos en Hollywood.

    Luego de todas las banalidades y las charlas inconducentes se desata el apocalipsis y la lucha por sobrevivir se complementa con la de la guerra de egos como parte de una alegoría barata y bastante estúpida del mundillo de las celebrities de medio pelo como éstas.

    Los efectos visuales dan vergüenza, así como los infructuosos intentos de sacar algo en limpio de la galería de situaciones absurdas que incluyen sodomización y muertes de actores cuando la tierra se parte y caen a lo más profundo.

    Deberían haber caído todos antes de que comenzara el film pero a veces la magia del cine nos juega estas bromas pesadas y las distribuidoras locales dan cabida a productos mediocres y sin sentido como éste.
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  • Omisión
    Omisión
    CineFreaks
    Un psicópata con culpa

    Resulta imposible no traer el recuerdo del film Mi secreto me condena (1953) al pensar en Omisión porque más allá de las falencias del guión –que las hay- es notable cómo se desperdicia una premisa que expone un dilema profundo (el secreto de confesión para un hombre religioso) en el orden de la ética y parte de ese desperfecto obedece a la mala elección de Gonzalo Heredia en el rol del padre Santiago, quien se ve absolutamente opacado y eclipsado por la casi perfecta performance de Carlos Belloso, ¿Un psicópata con culpa?

    Ese defecto es insalvable para una trama que debía apoyarse en sus personajes y no tanto en las situaciones que estos enfrentan, sin moverse un milímetro de todo el derrotero de un thriller que encajaría mejor en la televisión que en el cine. Entonces muy poco queda por analizar cuando la historia parece querer contestar preguntas sin que nadie se las haya formulado y de ahí hacia el desenlace con la torpeza narrativa del flashback a cuestas para dilapidar toda opción de atractivo en un film que si bien no presenta desprolijidades en cuanto a lo formal y estructural tampoco encuentra un resquicio para salirse de los cánones convencionales que lo vuelven absolutamente previsible.

    No hace falta ahondar mucho en el argumento porque el conflicto central se juega desde los primeros minutos: un psicólogo adelanta en secreto de confesión futuros asesinatos valiéndose de la prohibición explícita que garantiza su impunidad. El depositario de tal confesión se ve atrapado entre sus actos del pasado -incluida una relación amorosa cortada abruptamente- que irán apareciendo de manera torpe a lo largo de la trama y su inercia propia por no resolver la culpa de los actos cometidos.

    La culpa para un psicópata no existe por lo cual la relación planteada entre el padre y el psicólogo es absolutamente dispar y el equilibrio de fuerzas y mecanismo de manipulación son igual de similares.

    Con semejante desnivel entre el protagonista y su antagonista si el film hubiese optado por darle más protagonismo a la oveja más descarriada de este rebaño que oculta secretos el resultado hubiese sido mucho más satisfactorio.
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  • El amor dura tres años
    Reflexiones y un aire a cine yanqui

    El amor dura tres años, ópera primera de Frédéric Beigbeder basada en su novela homónima pareciera una máxima al estilo Sebastián De Caro, pero en realidad es una comedia francesa que a pesar de querer tomar vuelo propio con algunos recursos ingeniosos no puede escapar del espejo de la trillada comedia romántica norteamericana.

    No necesariamente eso es malo para un espectador habituado pero sí le quita sustancia y sorpresa a un relato anclado en lo literario que encuentra el cine como pretexto de comunicación más que como puente artístico en sí.

    Si en una película el texto supera a sus personajes hay algo que no funciona y esa es la sensación que termina produciendo este coqueteo constante por el lugar común que se apoya en las idas y venidas de la pareja protagónica, él crítico literario con aspiraciones a escritor y divorciado que vuelve a apostar al amor tras conocer a la esposa de su primo. El, cínico al comienzo y dolido con la experiencia como marca indeleble y ella que representa a la mujer para enamorarse a primera vista no sólo por lo prohibido sino por esa irresponsabilidad y sentido de la libertad a flor de piel.

    El contexto de esta historia se arraiga en lo contemporáneo y apela a los clichés de la informática y las nuevas comunicaciones amorosas desde la impronta de la fugacidad y de ese estado virtual que a veces cobra más realidad que la vida misma.

    A pesar de depositar en un personaje una solapada crítica a los histéricos estereotipos del cine yanqui simplemente subrayando la extravagancia de una francesa hablando el inglés cuando los franceses defienden a rajatabla su propia lengua le suma un puntito a la obviedad de las situaciones que marcan la dialéctica del encuentro y desencuentro.

    Por momentos el humor aparece y está bien logrado gracias a la sobria actuación de Gaspard Proust que se complementa y consigue la química con Louise Bourgoin, de una fotogenia inapelable.

    El amor dura tres años no supera el pasatismo de su propuesta pero entretiene lo suficiente por su frescura que sabe dosificar las reflexiones más profundas con las banalidades sin forzar situaciones, aunque su perfume huele a cine yanqui.
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  • La carpa invisible. Familia de circo
    Pasen y vean

    A Pablo Magote o al Payaso Casimiro Acosta lo conocimos precisamente como parte de ese nutrido colectivo payasesco del inclasificable Sólo para payasos del director Lucas Martelli y la vida de una familia de circo se vio plasmada en el documental Cirquera de Andrés Habegger y Diana Rutkus, ambos exponentes de ese mundo maravilloso que transforma la realidad desde el lugar del circo y que aparece de una manera diferente ahora en La carpa invisible, familia de circo, del docente y director Juan Imassi.

    Los pocos segmentos de Magote en el film anteriormente citado llevaban la impronta o al menos la sospecha de que había una historia muy interesante detrás, no simplemente por estar en contacto con la adversidad de un payaso no vidente –Pablo se quedó ciego en 2006- sino porque la ceguera en Pablo no lo etiqueta ni lo limita en su rol de payaso o animador de su propio espectáculo, que involucra a toda la familia Magote (su esposa Julieta y sus 4 hijos) desde hace muchos años y que a pesar de la discapacidad del maestro de ceremonias continúa creciendo en sus cálidas presentaciones veraniegas en Aguas verdes, una playa pequeña elegida por la familia para presentarse a diario ante el público compuesto en su gran mayoría por niños y que se sostiene como varios artistas callejeros a la gorra.

    La cotidianeidad de los Magote se encuentra desde el registro documental con una cámara que no busca el encuadre perfecto ni mucho menos el lugar adecuado en la espacialidad cinematográfica pero en la forma se nutre de los sonidos más que de las imágenes.

    Si bien el punto de vista subjetivo de una persona que no ve no puede ser otro que la no imagen, Juan Imassi utiliza este recurso no de forma redundante ni abusiva para que el espectador se sumerja en la realidad del protagonista sin subrayados metatextuales o palabras para configurar su entorno de oscuridad y sonidos que le ganan al silencio. Esa es quizás la virtud más importante de La carpa invisible, familia de circo cuando los sonidos se transforman en palabras y las palabras en sensaciones o emociones, que permiten conocer desde otro lugar cómo viven los Magote; cómo se complementan en el trabajo de circo pero también cómo es cada uno en relación al otro y al personaje que aparece en el espectáculo, por ejemplo la payasa Margarita, puntal tanto del show o de la familia en los momentos críticos pero poseedora de una energía y voluntad arrolladoras.

    Cuando la vida irrumpe en el cine sin artificio estalla la belleza de las pequeñas cosas que siempre es imperfecta, agridulce y finita, pero si la búsqueda es genuina y amparada en la infatigable curiosidad por querer traspasar la barrera de los ojos se llega a la esencia y al verdadero sentido sin importar el resultado estético sino su carácter ontológico.

    La película de Juan Imassi no es solamente la historia de un payaso no vidente, ni su lucha contra la adversidad a partir del humor y de encontrar en lo tragicómico la materia prima para su representación escénica sino la experiencia de haber convivido como testigos privilegiados de un pedazo de historia de una familia con todas las letras que se transforma, discute, crea, se apoya, ama y ríe de sus problemas sin temor a lo que la mirada ajena pueda entender porque es la pasión por el trabajo lo que los termina salvando.
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  • Mujer conejo
    Mujer conejo
    CineFreaks
    Ya están aquí

    Conejos carnívoros o mejor dicho conejos que comen conejos y mutan en otra cosa, la idea funciona más como una interesante alegoría que desde el punto de vista literal en su aspecto de elemento fantástico dentro de una trama que por momentos coquetea con el policial o con un cine de género más explícito y que forma parte de la superficie del cuarto opus de la realizadora Verónica Chen, Mujer conejo, recientemente presentada en la Competencia Argentina en el Festival de Mar del Plata y que ahora tiene su estreno comercial.

    Los rasgos estilísticos de la directora de Agua quedan plasmados en una utilización autoconsciente de los recursos cinematográficos para dotar a su narrativa sencilla de cierta complejidad, que en este caso particular juega a favor porque aporta a la trama lineal, que tiene por objeto el acoso de la mafia china a una inspectora de habilitaciones del gobierno de la ciudad que no acepta la idiosincrasia de sus superiores y defiende su ética ante la corrupción enquistada en sus narices, una serie de apuntes y subtextos por demás interesantes.

    Desde lo formal por ejemplo la introducción del animé yuxtapuesto a la historia para avanzar cuando el relato da espacio a lo más violento o extraño suma en vez de restar; clarifica ese costado metafórico latente en lugar de estropear el relato porque queda más que claro que los conejos aquí son un pretexto mientras que las consecuencias de sus actos depredadores forman parte del núcleo y del conflicto implícito donde no puede dejar de introducirse una crisis de identidad en Ana (Haien Qiu), la protagonista de rasgos orientales que no habla chino y es mal vista por sus pares de la misma raza.

    ¿Conejos que se multiplican y expanden adaptándose al espacio que invaden? Cuánto de ello se relaciona con la expansión de la mafia china en el seno de la ciudad; en esos barrios multiculturales que han perdido la identidad para mutar en otra cosa. Son preguntas que quedan libradas a la percepción del espectador pero no puede dejar de pensarse que el hecho de no traducir los parlamentos de los personajes chinos más allá de un indicio de incomunicación obedece en lo más profundo a que pese a todo la cultura conserva su cuerpo y alma sin importar el ropaje extranjero que la vista o la contenga. Asimismo, la corrupción es corrupción a pesar de la justificación ética o moral que la disfrace de otra cosa.

    Con un reparto de actores argentinos en roles secundarios que se acomodan perfecto al tono buscado por Verónica Chen se debe destacar la naturalidad de Haien Qiu, artífice de una sutil pero intensa transformación no sólo en el carácter sino desde la conducta.

    La Mujer conejo de Verónica Chen no es una heroína de película clase B como sugiere tal vez uno de los afiches de promoción, no es el estereotipado personaje femenino con rasgos masculinos tan explotado por el cine de género sino que su aspecto inclasificable y mutante la hacen misteriosa y atractiva a la vez como este film alegórico y de género en simultáneo.
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  • Memorias cruzadas
    El mito flotante

    Existen varias maneras para filmar lo que ya no está, es decir hacer presente la ausencia y aquí es donde la directora brasileña Lucía Murat, en Memorias cruzadas, toma un rumbo por demás arriesgado al incluir en la reconstrucción de una ausencia el mecanismo del mito como esa imagen construida desde la fantasía o el deseo de quien la convoca para despojarla de todas aquellas impurezas que la vuelven perenne.¿ Acaso la memoria es la savia de lo perenne?.

    Interrogantes de esta naturaleza atraviesan el universo del nuevo opus de la realizadora, quien recientemente ofició de jurado en el Festival de Mar del Plata, en consonancia con los tópicos que en su larga carrera viene explorando -este es su octavo film- y que se encuentran profundamente ligados a los roles de la juventud y de la izquierda en las épocas más feroces de la dictadura en Brasil.

    Si bien no puede señalarse que estamos frente a un film de estructura coral, lo cierto es que los puntos de vista y la mirada sobre el pasado -siempre confrontada desde el presente- aparecen de manera fragmentaria y encarnizada en la voz, discurso y el pensamiento de un grupo de amigos militantes convocados por la figura de Ana, antigua compañera de lucha que en el presente se va disipando como su cuerpo que yace en una sala de hospital al que llegó por padecer un cáncer.

    La Ana imbatible; vigorosa; carismática y decidida por convicción a llevarse el mundo por delante es aquella que deambula entre la realidad y la fantasía como ese fantasma cuya rebeldía no es más que aferrarse al recuerdo para no desaparecer. Y es esa quizá la mayor lucha que ese mito de Ana libra más allá del tiempo y del cáncer o de los psiquiátricos que laceraron su voluntad pero siempre convencida de que la batalla por lo que se cree valió la pena.

    Vale la pena entonces el recuerdo no atado a la tristeza sino a la honra de un personaje que para la directora Lucía Murat encarna a un símbolo de la izquierda, Vera Sílvia Magalhães, a quién va dirigida la dedicatoria del film. Esa persona y no personaje es lo suficientemente influyente e importante para dejar su huella en cada amigo (un lujo la presencia de Franco Nero en el elenco), incluso superando una brecha generacional con los hijos de los que en un pasado fueron jóvenes revolucionarios, equivocados tal vez en haber pensado en el camino de la violencia ante una coyuntura aún más violenta pero con la suficiente capacidad reflexiva para admitir los errores.

    Un mito no conoce de errores o por lo menos no hay nadie que lo someta a semejante fragilidad, por eso la Ana representada desde lo fantasmático jamás envejece y contagia esa energía de lo que perdura porque no cambia, como una gota de lluvia que se desliza por el cristal de la vida antes que el limpia parabrisas la arrastre al olvido en ese vaivén que pendula entre lo que fuimos y lo que dejamos de ser.
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  • La sospecha
    La sospecha
    CineFreaks
    Malos padres

    Con La sospecha se concreta el arribo del canadiense Denis Villeneuve a la maquinaria mainstream con un resultado aceptable desde el punto de vista de las concesiones que muchas veces requiere ponerse el sayo hollywoodense, aunque debe aclararse no con la contundencia que muchos podían esperar teniendo en cuenta sus antecedentes cinematográficos como la magistral Polytechnique (2009).

    Enmarcado como un thriller mezclado de drama intimista, el relato se apoya en la clausura de la redención como vía de escape de las aberrantes conductas humanas que ponen en jaque valores morales cuando de situaciones límites se trata.

    Ya desde Incendies (2010) Villeneuve tensaba las subtramas haciendo gala de un pulso narrativo asombroso para mantener un verosímil en el momento de cruzar personajes e historia pero en el caso particular de esta película, cuyo contexto responde a las reglas de pueblo chico, se nota el obstáculo desde el vamos porque ese verosímil pretende mantener aislada la trama secreta alrededor de la cual gira una sencilla historia de secuestro de una niña Anna Dover (Erin Gerasimovich) y su vecina Joy Birch (Kyla Drew Simmons) para escapar de la dialéctica del policial y sumergirse en la oscuridad de víctimas y victimarios.

    Gracias a la ambigüedad de uno de los sospechosos que puede funcionar como chivo expiatorio para purgar culpas o bien como ese monstruo confeccionado a imagen y semejanza de las fantasías pueblerinas, el relato logra despojarse de una corriente unidireccional y convencional para bifurcar por diferentes senderos que tienen como principal protagonista a un padre desesperado Keller Dover (Hugh Jackman) dispuesto a hacer cualquier cosa para dar con el paradero de su pequeña pero también a escabullirse del acecho del detective Loki (Jake Gyllenhaal), representante de la ley y de los caminos tradicionales que respetan las reglas y que entorpecen las búsquedas en varias oportunidades.

    La sospecha no recae en la confrontación de justicia por mano propia frente a la justicia institucional sino que trasciende esa barrera para detenerse sin juzgar en las acciones desesperadas pero humanas al fin evitando la trampa de lo religioso como faro dentro de la oscuridad. Es la culpa y la expiación lo que está presente en primer plano y la necesidad de venganza como parte del proceso en segundo plano.

    No obstante, hay un problema insalvable que obedece a los puntos de vista que atraviesan este extenso derrotero de casi dos horas y media y que muestra de manera sutil pero detectable fallas a nivel guión. Por punto de vista me refiero exclusivamente a lo que ven y conocen los personajes involucrados en relación a lo que ve y conoce el espectador y en ese sentido por momentos La sospecha se pierde en su propio laberinto y para salir apela al recurso de la manipulación que derrumba la conexión entre las diferentes focalizaciones tanto internas como externas. Si bien este aspecto es visible en muchas ocasiones pasa desapercibido gracias al ritmo y el vértigo emocional que el realizador canadiense consigue por contar con actores que pueden transmitir intensidad como es el caso de Hugh Jackman o la contención de Paul Dano, sindicado como el principal sospechoso del secuestro.

    Sin embargo, La sospecha es un thriller intenso, duro y muy por encima de la media hollywoodense que merece ese reconocimiento al menos por intentar con herramientas nobles sumergir al espectador en una carrera contra el tiempo y donde el enemigo parece estar más cerca a pesar de los velos morales que lo arropan.
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  • En llamas
    En llamas
    CineFreaks
    Oprimidos, los estamos filmando

    La segunda entrega cinematográfica de la saga literaria creada por Suzanne Collins, a cargo de los guionistas Simon Beaufoy y Michael deBruyn, supera a su antecesora en relación a abocarse de lleno a marcar las coordenadas de la política como parte del gran juego de intereses en este distópico escenario esbozado desde los comienzos en Los juegos del hambre.

    Tiranos estereotipados y oprimidos arquetípicos en medio del culto a la celebridad del post modernismo son elementos sustanciales que definen la dialéctica entre los grupos antagónicos en esta suerte de lucha de clases pop muy lejos de lo que pregonaba la teoría marxista y su materialismo histórico por cierto pero en la que quedan subrayadas las ideas de poder, miedo y control social en manos de los sectores con acceso a los medios de producción, léase para el caso medios de comunicación.

    Si bien la primera película sirvió como puente de presentación de la historia de la heroína perteneciente al distrito pobre, Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence), junto a su pareja Peeta Mellark (Josh Hutcherson), sobrevivientes y ganadores de la competencia, la trama en esta ocasión los ubica dentro de las propias esferas del poder desde su lugar de líderes carismáticos y con alta imagen frente al pueblo. Aspecto que es utilizado en beneficio propio por la autoridad máxima del Capitolio, el Presidente Snow (Donald Sutherland), quien organiza una suerte de tour de la victoria por los distintos distritos para promocionar las bondades de la corrección política.

    Sin embargo, el mismo pueblo que aclama también reclama mejores condiciones de vida en los distritos ante las políticas de sojuzgamiento. Así, la pareja triunfante se convierte en amenaza para el status quo de los poderosos y las reglas del control social y la expansión del miedo surgen con mayor ferocidad desde un nuevo evento que reúne a los ganadores de antiguos certámenes para que se terminen aniquilando los unos a los otros.

    Los resortes del poder además quedan en manos de un nuevo personaje Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman), al que no le tiembla el pulso para inclinar la balanza cuando la imagen de Katniss se transforma en símbolo de resistencia y no de servilismo utilitario como se pretendía.

    Podría decirse que el director Francis Lawrence divide el relato en dos mitades con diferencia en ritmo e intensidad, algo que por la extensa y exagerada duración -146 minutos- por momentos le juega en contra a la película en su conjunto pero el equilibrio para la acción y el subtexto de las internas, alianzas y traiciones entre los propios tributos o participantes compensa ciertos desniveles en lo narrativo; encuentra los intersticios para la emoción desde lo dramático con algún atisbo de épica en un ámbito hostil y completamente digitado desde el centro para beneplácito de la periferia.

    Lo que prevalece en esta lucha de poderes en definitiva son soslayadamente modelos sociales antagónicos en un escenario pseudoapocalíptico pensado para adolescentes, con una crítica engañosa al mismo sistema que los domestica con productos de esta magnitud, que encajan de maravillas en el cinismo del Hollywood de siempre y que lejos de cambiar gracias a la maquinaria del entretenimiento goza de excelente salud y sin peligro de extinción por mucho tiempo de cara al futuro, colmado de ideas que se reciclan para transformarse en más de lo mismo como por ejemplo esta franquicia fabulesca de gladiadores oprimidos en el circo de los medios de comunicación.
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  • Tanta agua
    Tanta agua
    CineFreaks
    Relaciones volátiles

    Nada más elocuente que un título como éste para definir una comedia agridulce que gira en torno a las imposibilidades de transformar lo que uno es o representa a imagen de los otros.

    Un padre nunca dejará de ser padre por más que se disfrace de amigo o compinche y un hijo/a jamás abandonará esa mezcla de vulnerabilidad y rebeldía a cuenta gotas como los protagonistas menudos de este relato arrítmico, Tanta agua, que apela al chiste en pequeñas grageas, entre líneas, sin necesidad de utilizar recursos externos más que la mala suerte de un padre divorciado, Alberto (Néstor Guzzini), en plan vacacional con una hija pre adolescente Lucia (Malú Chouza) que ya piensa en conocer chicos más que en pasar las tardes pescando en el río y un niño, Federico (Joaquín Castiglioni), con una personalidad demasiado pequeña como para imponer su deseo infantil por encima de la infantilidad de su progenitor.

    Ana Guevara y Leticia Jorge Romero complementan una tarea de dirección impecable y cada una desde su lugar encuentra el espacio a la expresividad y al uso de la metáfora cinematográfica y de la metonimia al demostrar que se puede hablar del todo exhibiendo alguna que otra de sus partes en una ópera prima con voz propia, que se alzó con el Premio Cine en Construcción en San Sebastián 2012 y fue parte de la Competencia Oficial del Bafici, que ahora encuentra en pantalla en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín hoy viernes 15 hasta el domingo 17 a las 14.30, 17:00 y 19.30 y desde el martes 19 hasta el domingo 24, a las 22:00 en su última función.
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  • El abogado del crimen
    Narcópolis

    Dos escenas pueden llegar a definir la poco sustancial El abogado del crimen, tal vez el intento de Ridley Scott de redimirse por su solemne Prometeo jugando a transformarse en Tarantino pero con la poco feliz sociedad creativa con el ganador del premio Pulitzer, el octogenario Cormac McCarthy, en su primer intento de guión cinematográfico tras su enorme trayectoria como novelista de, por ejemplo, No es país para viejos luego llevada al cine en el film de los hermanos Coen Sin lugar para los débiles.

    Las dos escenas a las que haremos referencia son lo suficientemente gráficas para justificar los desaciertos de esta película que reúne un elenco de estrellas de la talla de Michael Fassbender, Penélope Cruz, Cameron Diaz, Javier Bardem, Brad Pitt, Bruno Ganz: la villana de turno en la piel de la gélida Cameron Diaz que parece haber entendido que la única manera de salir indemne de este mamarracho era jugar al grotesco hace el amor con un auto de alta gama (tiemblan Sharon Stone y sus Bajos instintos) mientras el impávido Javier Bardem con un peinado extraño observa atónito como ella refriega su sexo sobre el parabrisas y la segunda escena ubica a uno de los personajes -que por razones obvias no revelaremos aquí- en un basural como si fuese parte de la misma fisonomía de residuos abandonados por un camión recolector.

    El público pensará de antemano que con semejante osadía Scott y compañía buscaron traspasar los límites del mainstream y apelaron a un recurso irónico para trascender los convencionalismos del género al desnaturalizar y metaforizar una historia de venganza entre narcos que se traicionan y roban un camión que transporta desechos sépticos como parte de una pantalla que oculta un cargamento sustancioso de drogas. A ese detalle basta agregarle que todo transcurre entre la frontera de México con E.E.U.U. para terminar de cerrar un círculo vicioso sin posibilidad de redención alguna porque lo que se subraya desde el punto de vista del protagonista, un abogado (Michael Fassbender) seducido por la codicia y ese mundo de ostentación, poder y animales exóticos, una vez que se entra no se sale.

    Bienvenidos entonces a la narcópolis desde la mirada novelada de Cormac McCarthy mucho más preocupado por las palabras que sus criaturas escupen en medio de reflexiones filosóficas sobre el sinsentido de la vida, lo efímero y hasta valiéndose del pobre Rubén Blades para traer a colación el poema de Antonio Machado que reza caminante no hay camino…; bienvenidos a un despropósito cinematográfico descomunal por su falta de osadía y creatividad a la hora de deconstruir al cine de género –si esa era la intención- y despojarlo de todo condimento atractivo para terminar hablando de sexo sin mostrar sexo, de violencia sin estética y pidiendo a los actores que se tomen en serio ese ridículo derrotero al que son sometidos como ocurre en este film que encima de todo dirige Ridley Scott, quien si bien abandonó su estilo clipero, hiperquinético y recargado de colores fuertes no encuentra el camino para su aventura narco filosofada, publicitaria y aburrida.
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  • Mar del Plata
    Mar del Plata
    CineFreaks
    Caminos que se bifurcan

    La carencia de pretenciosidad es sin lugar a dudas la mayor de las virtudes de esta ópera prima de los directores y guionistas Ionathan Klajman y Sebastián Dietsch y eso es lo que permite que los realizadores apliquen desde el punto de vista narrativo recursos cinematográficos potentes para llegar a muy buen puerto con Mar del Plata.

    El balneario costero al que hace referencia el título del film es el mejor pretexto no desde lo geográfico sino en su carácter simbólico para que los caminos bifurcados de Joaquín (Pablo Pérez) y David (Gabriel Zayat) confluyan en un lapso de dos días en el que la convivencia y amistad que los une se ve en constante peligro, pero la necesidad de un cambio en sus rutinas hasta el momento es el cemento de contacto para que uno se pegue al otro.

    No hay mejor forma que abordar el pasado de un personaje a partir de su propia mirada desde el presente, ese elemento distintivo permite desde un guión inteligente, con diálogos agudos, construir varios puentes comunicantes entre los personajes sin atarse a una historia que pueda acumular flashbacks y perder sorpresa con el correr de los minutos. A eso debe sumarse la elección de una pareja de actores que resulten convincentes en sus roles de amigos -como en este caso- aunque la decisión que predomine el punto de vista de Joaquín sobre el de David genera con el espectador un grado de complicidad interesante y la chance de romper un molde en la forma de narrar cuando el registro de contar a cámara o reflexionar -con lo que podría definirse una falsa voz en off- permite una mayor flexibilidad en el abordaje de cada personaje desde su propia idiosincrasia, más que por el efecto de sus acciones o conductas.

    Mar del Plata por otra parte es un film que utiliza la estructura de road movie como presentación al igual que sucede por ejemplo en Villegas (2012) de Gonzalo Tobal, que abandona en el mejor momento a sus personajes en una deriva existencial profunda mientras todo parece lúdico o banal con situaciones que no terminan de resolverse o avanzar hacia lugares convencionales para conseguir, en el mejor sentido, desviar la atención del público una vez superada la dialéctica de la rivalidad, los celos, la envidia entre Joaquín y David, quienes son lo suficientemente diferentes en sus personalidades aunque ninguno se despoje del todo del niño interior o ese adolescente eterno, que hace un poco menos cruel la realidad de la madurez tras fracasos en todos los órdenes de la vida.

    La presencia de personajes secundarios funcionales y no de relleno enriquece la anécdota del viaje de los amigos a niveles impensados para cobrar un verdadero sentido y peso en la pareja protagónica, ya sea desde la presencia indeseada de una ex novia de Joaquín (Lorena Damonte), casada con un escritor exitoso (Pablo Caramelo) que opera de antagonista ideal, o en el caso de David la posibilidad de comenzar con una chica joven (Daniela Niremberg) la relación que lo reivindique ante su par que critica su egolatría de manera constante.

    A Mar del Plata, que ya viene recorriendo diferentes circuitos de festivales exitosamente, no le falta ni le sobra nada; es divertida porque no está atada al realismo mustio que a veces el cine argentino abraza con tanta devoción pero sobre todas las cosas es una propuesta tan honesta como audaz que vale la pena conocer.
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  • Lluvia de hamburguesas 2
    Ecosistema diet

    Ya desde el prólogo que ágilmente resume la historia de la primera Lluvia de hamburguesas (2009) queda definido el carácter de secuela de esta segunda aventura Lluvia de hamburguesas 2: la venganza de las sobras, dirigida por Cody Cameron y Kris Pearn donde la cuota de delirio y creatividad vuelve a ser una de las claves, aunque sin tanta sorpresa como su antecesora.

    Parte de esa falta de sorpresa obedece a una más que inspirada copia de Parque Jurásico al concebir un universo orgánico donde el ecosistema está integrado por alimentos vivientes, de los cuales son reconocibles por la composición de los cuerpos aquellos animales prehistóricos del film de Steven Spielberg. Este detalle no deja de ser vistoso y muy agradable sobre todo para el público al que va dirigido el film, quien se verá cautivado al cien por cien por el estallido de colores e imágenes en pantalla más que por el derrotero de la trama, lineal y predecible.

    Para aquellos adultos que acompañan, los creadores se han tomado varias licencias para construir un antagonista de Flint Lockwood -nuevamente protagonista- con bastantes guiños a la figura de Steve Jobs (el padre del IPhone, IPad y tantas otras cosas), Chester V, quien representa para nuestro héroe el modelo de científico a seguir pero que en realidad persigue un oscuro plan maquiavélico para apoderarse de la máquina que convertía el agua en comida, causal de la creación de este nuevo ecosistema en la Isla Bocado.

    Hacia los recónditos paisajes poblados de hamburguesas del tamaño de un Tiranosaurus Rex, y criaturas similares, deberán partir Flint y su grupo de amigos: su novia Sam; el camarógrafo Manny; el excéntrico Brent; y el oficial de policía Earl, sin olvidarnos claro está del mono que tiene por mascota. La misión consiste en acabar con la amenaza que la nueva fauna comestible llegue a otras ciudades.

    Sin embargo, aquello que parece una amenaza en realidad es una posibilidad de aprendizaje y de reconocimiento de nuevas especies para reforzar por parte de los creadores el mensaje ecológico hacia los más pequeños y por supuesto una moraleja con final feliz en el que prevalece el valor de la solidaridad por encima del individualismo de Chester y su cohorte de secuaces.

    En épocas donde la comida chatarra parece adueñarse de los hábitos alimentarios de muchos niños en el mundo y sobre todo en Norteamérica, la idea de reivindicar lo sano a partir de vegetales o frutas que hasta pueden resultar divertidas escuda un valor noble en una campaña de marketing que el propio film busca ridiculizar a través de la figura de Chester, pero que en definitiva en ese doble discurso permanente termina por cumplir el objetivo mercantilista de siempre. Claro que eso a los chicos no les importará en lo más mínimo cuando rían con las simpáticas frutillas o gocen de los tacos con patas.
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  • Desierto verde
    Desierto verde
    CineFreaks
    Sembrar conciencia

    Hay dos imágenes lo suficientemente potentes para comprender con cierta vastedad el problema que atraviesa la temática abordada por el documental Desierto Verde, de Ulises de la Orden (Río arriba, 2004): los rostros de las consecuencias de la utilización de agroquímicos y agrotóxicos para mejorar el rinde del suelo y por otro la fachada de la Bolsa de Chicago donde se definen prácticamente las reglas del mercado actual que rigen los sistemas económicos de los países desarrollados y en vías de desarrollo.

    Ambas realidades también se conectan intrínsecamente con una mirada micro y otra macro sobre el mismo fenómeno, pero el origen del problema tanto desde un enfoque como desde otro responde al factor dinero.

    Entonces la primera pregunta que deja planteado este documental, didáctico, de edición agil, es de carácter ético o moral más que económica o coyuntural y que puede resumirse en cuestionar precisamente la idea de progreso en detrimento de la destrucción del medio ambiente y de vidas humanas como parte del daño colateral de un discurso monolítico, reaccionario y peligroso, fundamentado en base a la ignorancia y a los intereses más que a la empírica, y que postula desde su falsedad la defensa del progreso para beneficio de la humanidad futura cuando en realidad descarta notoriamente a esa misma parte que argumenta defender.

    A grandes rasgos, la complejidad del mundo moderno y el avance de las tecnologías han modificado diferentes paradigmas sociales e introducido nuevos desafíos a las sociedades, entre ellos el problema de la alimentación mundial, asignatura crítica que muy pocos países o Estados buscan remediar simplemente porque no es rentable para sus objetivos económicos y políticos, tratándose de la sobrepoblación que acrecienta la brecha entre ricos y pobres. A esa ecuación nefasta se le suma una variable ligada a la economía, la ley de la oferta y la demanda y a caballo de ésta la regulación de los precios en los mercados de capital.

    Una de las mayores ofertas la constituye el sector de la alimentación desde el punto de vista de tratarse de una necesidad básica pero también a partir de los hábitos y las costumbres de las sociedades en el consumo de determinados alimentos. Parte de ese escenario tiene un actor fundamental que hoy significa proporcionalmente la mayor demanda para el sector alimentario porque China -en menor medida Europa- necesita importar alimentos para su consumo interno. Esa es una de las causas que conlleva las consecuencias de la explotación de los monocultivos como la soja y que provocan además de la destrucción del suelo y el medio ambiente la necesidad de mejorar las semillas para hacerlas resistentes a las plagas en corto tiempo.

    Esas semillas que incorporan genes –de ahí el término transgénicas- producto de la manipulación originan cambios no mensurables en el ecosistema pero además incorporan sustancias de alta toxicidad que luego son consumidas por animales o directamente seres humanos en pequeñas proporciones, que con el correr de los años detonan diversas enfermedades como por ejemplo la leucemia. También la exposición en zonas en las que se aplican agrotóxicos trae aparejada la misma pesadilla y es en ese punto crucial donde se detiene Desierto Verde, en la documentación con testimonios de primer nivel de distintos especialistas acerca del flagelo de los agroquímicos en complemento con la historia real de las madres del Barrio Ituzaingó Anexo de la provincia de Córdoba, quienes fueron a juicio contra dos productores por el uso de agroquímicos en campos lindantes con zonas residenciales en las que fallecieron habitantes por presentar claros indicios de envenenamiento o restos de agroquímicos en su sangre.

    Ulises de la Orden explora las consecuencias del boom sojero en Argentina desde dos puntos de vista completamente antagónicos pero no se queda en la anécdota para salir en busca de un contexto más abarcador y global donde entran a tallar voces reconocidas como la de la física india Vandana Shivana para extender un manto de luz frente a tanto oscurantismo e ignorancia respecto a verdades o axiomas que procuran tapar el sol con las manos. La cara oculta de la palabra rentable o desarrollo sustentable tan de moda en discursos políticos de distintas extracciones es miseria, enfermedad y muerte.

    Desierto verde es un alegato contundente y valiente, que afecta intereses por lo que su visionado y estreno resulta más que obligatorio para saber dónde estamos parados no sólo en materia ecológica sino ideológica en base a los números de la economía o las políticas de Estado cómplices que intentan callar realidades no tan venturosas y que no hacen más que preguntarse si las semillas pueden sembrar conciencia cuando los campos ya están completamente arrasados por el pragmatismo y el capitalismo.
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  • El loro y el cisne
    Cuerpos en fuga

    La tercera película del realizador Alejo Moguillansky, El loro y el cisne, reafirma la misma cualidad que asomaba en Castro y que parece ya una parte constitutiva del estilo del director que tiene que ver con mantener de manera constante algo impredecible, además de su permanente mutación y fuga que se extiende desde lo narrativo hasta los personajes de sus obras.

    La enunciación, el meta discurso y la ruptura con lo convencional prevalecen tanto en Castro (2009) como en este nuevo trabajo que pone en escena la idea del cine que se filma a sí mismo mientras la vida sigue su curso.

    La primera sensación apenas comienza la película responde a una sorpresa que ya toma al espectador desprevenido y que en esencia traza un falso rumbo en el relato: la transcripción en pantalla de una carta dirigida al protagonista del film, Loro (Rodrigo Sánchez Mariño) donde su novia Valeria descarga toda su furia y lo trata de denostar con adjetivos calificativos que incluso terminan confesando arrepentimiento por los besos dados.

    Desde ese inusual inicio rápidamente tomamos contacto con la tarea de Loro en el film de Alejo Moguillansky, el registro de todo lo concerniente al sonido en medio de jornadas de rodaje de un documental para los Estados Unidos que gira en torno al mundo de la danza; a los testimonios de los bailarines y claro está a las conversaciones banales que surgen en el trabajo o en esos momentos de descanso entre los de integrantes del equipo de rodaje, entre ellos el director de cámara (Walter Jakob) o cada uno de los entrevistados para los documentales particularmente aquellos vinculados con una representación de El lago de los cisnes.

    Entre esos personajes circunstanciales destaca Luciana (Luciana Acuña), una bailarina poco convencional que integra un grupo de danza contemporánea llamado Krapp y que para el film aporta el costado snob pero también el reflexivo desde el meta discurso porque si hay algo que Krapp no tiene es precisamente cohesión y sus performances implican desestructurar al límite la normalidad, desde los movimientos espasmódicos hasta las propias palabras para reinventar el lenguaje.

    Lenguaje o texto; formas de decir; coloquialismo o retórica absurda atraviesan el universo de este relato que celebra lo lúdico por encima de una estructura narrativa rígida o clásica pero que en ningún sentido cae en una atmósfera de irrealidad a pesar de todos sus virajes, que pasan por el documental hasta un cine de búsqueda permanente que coquetea con el ensayo o la puesta a prueba de ciertos elementos.

    La particularidad de El loro y el cisne consiste en compartir desde el propio proceso creativo sus limitaciones y desvaríos que pueden resultar algo perturbadores para un público necesitado de otro tipo de historias.

    Ahora bien, cuando aparece la necesidad del cable a tierra emerge un registro íntimo que bucea por la superficie de cada criatura o personaje desde una distancia adecuada y en ese momento resalta la justeza de los diálogos, las coordenadas sólidas de un guión meticuloso y las ganas de hacer cine que hable, además de sus personajes o de los cuerpos que estos ocupan en una danza de desengaños amorosos, del cine mismo.
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  • Alas
    Alas
    CineFreaks
    Una película, un set

    Alas nació como un proyecto de la carrera de Imagen y sonido de la Universidad de Buenos Aires en el año 2005 y a partir de una serie de contratiempos, sorpresas agradables -otras no tanto- y la extrema necesidad de terminar su primera película, el director Ariel Martínez Herrera junto a un incondicional equipo cumplieron su objetivo y comenzaron a transitar el circuito festivalero como el Marfici para finalmente conseguir un estreno limitado en estos días (Jueves 21hs en Monserrat, Capital; Viernes 20:30hs en San Telmo, Capital; Sábado 21hs en Haedo, Zona Oeste y Domingo 18hs en Palermo, Capital).

    Las condiciones precarias en las que fue concebido y rodado el film, la impronta artesanal de cada una de sus escenas, representan su esencia y desde ese punto es justo reconocer que funciona como un excelente ejemplo de utilización de recursos así como de la reivindicación del espíritu independiente con letras mayúsculas.

    La particularidad obedece a que por circunstancias extra cinematográficas –tal como explicara el propio Martínez Herrera en entrevistas- no se le permitía sacar la cámara del perímetro de la universidad, convertido así en un set de filmación para montar y desmontar decorados como si se tratara de una obra de teatro entre escenas, aspecto al que debe sumarse la utilización de back projecting (pantalla de fondo) para recrear exteriores, elemento que también aporta su cuota de absurdo muchas veces cuando no se corresponde el fondo con lo que sucede en el relato y que también de acuerdo a dichos del director son consecuencia de errores involuntarios.

    El derrotero elegido para contar un día en la vida del oficinista Jiménez interpretado con naturalidad por el director Fabián Forte (La corporación, 2012) avanza en una suerte de compendio de contratiempos y mala suerte en sintonía con situaciones cotidianas con las que cualquier espectador podrá sentirse identificado en más de una ocasión. Esa pesadilla que deviene infierno toma también el recurso narrativo de la road movie y desde ese pilar se van uniendo diferentes personajes circunstanciales, a veces con planteos absurdos y otras con apuntes humorísticos con resultados irregulares.

    Rostros conocidos como los de Nahuel Pérez Bizcayart o el de Inés Efron suman a la propuesta cierta cuota de originalidad. Es destacable sin embargo la puesta de cámara teniendo en cuenta el reducido espacio para organizar también la puesta en escena y la manifiesta exposición del artificio cinematográfico como sucede desde el primer minuto en que se escucha la palabra acción.

    Con sus altibajos e irregularidades que se transforma por la propuesta en méritos más que defectos, Alas respira independencia y contagia su desenfado y desparpajo porque no se cree más de lo que propone y en ese sentido su mayor virtud es hacer de la limitación de recursos un puente de absoluta libertad creativa.
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  • Dixit
    Dixit
    CineFreaks
    Un testimonio que cala hondo

    Si hay algo que hay que reconocer a este documental de Alcides Chiesa y Carlos Eduardo Martínez con guión de Alejandro Montiel es haber logrado unir testimonios desgarradores de los sobrevivientes al terror de Estado acaecido entre 1976 hasta 1983, año en que se recuperó la democracia de manera definitiva con un rotundo consenso social y la impostergable búsqueda de justicia por los atropellos y atrocidades cometidas durante la dictadura militar.

    Dixit apela a una dialéctica de contrastes lo suficientemente sólida para comprender el sentido y valor de la memoria y de recordar el pasado para no repetirlo en el presente, tal como lo muestra la selección meticulosa de material de archivo que refleja el tratamiento cómplice y sumiso de los medios de comunicación funcionales al régimen dictatorial para ocultar el horror de aquellos años en que se secuestraron, torturaron y asesinaron a miles de argentinos bajo el pretexto de una guerra civil que jamás existió.

    Pero la fuerza de los testimonios tan crudos como despojados de especulaciones políticas se magnifica al reconocer los lugares o espacios en recorridos desde el presente para reconstruir un capítulo sangriento de la historia contemporánea argentina y con un enfoque abarcador que se extiende desde Buenos Aires con la nefasta ESMA hasta el norte más profundo con La Escuelita pasando por los centros clandestinos El Vesubio, La Perla o el Pozo Arana.

    Son esos rincones a veces reacondicionados y otras desnudos los que conservan los recuerdos más terribles en sus estructuras o en sus paredes y en los que pareciera haberse detenido el tiempo como si se tratara de un segmento de un film de ciencia ficción.

    En los rostros percudidos y ajados de cada testigo que valientemente expone su historia a cámara descansa el consuelo de miles que pasaron por las mismas circunstancias y otros tantos que desafortunadamente no podrán contarnos esa parte de la historia, la cual recién en esta última etapa y a casi treinta años de conseguida la democracia resuena hoy cada vez con más fuerza.

    Sin embargo, más allá del valor de este documental como un testimonial necesario, que reconoce sus propios límites desde el punto de vista cinematográfico, la premisa se resignifica a partir de la figura de Jorge Julio López, secuestrado en 2006 un día antes de conocerse la sentencia por el juicio que lo contaba como principal testigo para condenar a sus torturadores.

    Ese detalle que no es menor cala realmente hondo y llama a la reflexión en estos tiempos de confrontaciones ideológicas, reivindicaciones llamativas y un largo etcétera que seguramente en el futuro se termine por dilucidar.
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  • María y el Araña
    La niñez partida

    Doble mérito para la directora María Victoria Menis que en este tercer opus, María y el araña, logra extraer una soberbia actuación de la debutante Florencia Salas para contar con enorme sutileza y profundidad una historia pequeña con trasfondo social y que gira en torno al abuso sexual y a la violencia psicológica.

    Basta desplegar el juego de imágenes y de miradas para comprender la situación de la protagonista: una preadolescente que atraviesa la transición hacia la adolescencia desde esa niñez partida, a cargo de una abuela (Mirella Pascual), cuya pareja (Luciano Suardi) encuentra los momentos furtivos para acercarse en la intimidad de su precaria habitación en la Villa Rodrigo Bueno.

    Pese a la situación, María procura continuar con sus estudios y por las tardes ayudar a su abuela con la venta en el subte, mientras el hombre de la casa fagocita tanto la relación de ellas como todo aquello que ambas mujeres aportan en el hogar.

    Entre lo parasitario y la sensación de desprotección, la llegada de un muchacho (Diego Vegezzi) que se disfraza de hombre araña y realiza malabares en el subte abre las puertas a nuevas sensaciones y horizontes que para María implican el escape de esa densa realidad.

    El film de Menis traza un camino de aprendizaje interior -¿Quién dijo que aprender no duele?- en el que el maltrato o el abuso deshonesto también pueden convertirse -aunque sea por un tiempo limitado- en el reflejo distorsionado de una lucha silenciosa en la que se impone el amor por sobre todas las cosas.

    De eso también se ocupa este relato de la directora de El cielito (2004) al abordar esta sensible anécdota de amor adolescente en un contexto cruzado por la violencia del mundo adulto y las problemáticas sociales que al igual que los indicios de abuso a veces no se quieren reconocer y mucho menos ver.

    En tono con un cine de carácter intimista, despojado de sensacionalismo o morbosidad estética pero que no abandona la causa ni tampoco a sus personajes, María y el araña por momentos sacude la pantalla desde sus armas más nobles extraídas de la realidad más pura, con austeridad y al borde del coqueteo con el documental aunque siempre predomine la ficción.
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  • Olvídame
    Olvídame
    CineFreaks
    Ritos de pasaje

    Varias capas narrativas recubren lo que podría denominarse la cáscara de un thriller con elementos sobrenaturales, dirigido por el realizador Aldo Paparella (Hoteles, 2004), que cuenta con las actuaciones estelares de Antonella Costa, Gonzalo Valenzuela, Carlos Kaspar, César Bordón y Mario Alarcón, producido en el año 2009 y que ahora logra su fecha de estreno comercial.

    Olvídame apuesta por un lado a escapar del convencionalismo de una trama policial básica con asesino serial, que bajo la fachada de predicador y líder de una secta, elige sus víctimas femeninas para una vez consumado el acto sexual violento ahorcarlas en el clímax para luego colgarlas de cabeza y desangrarlas. Este perturbado personaje a cargo de Gonzalo Valenzuela, quien mantiene en vilo al policía Amaya (César Bordón), se cruzará en su camino con su presa más difícil y codiciada: la misteriosa y magnética Ámbar, quien vive bajo la sumisión de un hombre (Carlos Kaspar) que constantemente la denigra y la cela pero que en el fondo procura alimentar esa relación sádica, de la cual en apariencia ella es la que conserva el control.

    Sin embargo, hay un elemento extraño que Ámbar necesita expulsar de su entorno y que proviene de otro plano de la realidad, una amenaza latente que puede llevarla a la muerte. Así, a partir de ese encuentro con Víctor (Valenzuela), quien promete ayudarla y curarla de la maldición que la aqueja, el relato se desvía hacia otros rumbos totalmente alejados del derrotero del psicópata y mucho más afines con lo onírico; con referencias a lo esotérico y a rituales chamanes que la protagonista atraviesa en una suerte de metamorfosis interna con diferentes estados de conciencia, y donde entra en juego el sexo como expresión violenta ligada a lo tanático.

    Lo sexual y sus rituales también juegan un rol importante desde su costado de alivio corporal o para purgar tensiones, en contraste con la mirada erótica que simplemente lo reduciría al exhibicionismo publicitario tan utilizado en producciones nacionales de este tipo.

    No obstante, en ese desafío de salirse de la norma o romper el molde del thriller estándar (debe destacarse la buena fotografía de Ariel Vilches), Olvídame a veces se atosiga de esteticismo o imágenes grandilocuentes y abandona a sus personajes o a la historia a una deriva peligrosa para dejar ciertos huecos narrativos importantes abiertos y que disuaden un tanto la mirada del espectador.

    La truculencia necesaria para definir la conducta del asesino serial, que en la piel de Gonzalo Valenzuela gana cuerpo y peso específico, resulta uno de los aspectos más logrados desde el guión del propio Paparella en colaboración con Roberto Scheuer y Eduardo Leiva Muller, así como la sexualidad de Antonella Costa muy bien elegida para el papel porque logra transmitir además de sensualidad un dolor profundo al saberse buscada por fuerzas extrañas y sometida al poder de los hombres.

    Tal vez la trama no cuente con el equilibrio necesario en el racimo de subtramas que despliega pero eso no implica un rotundo fracaso en el camino tomado por Aldo Paparella con el riesgo que eso conlleva y esa cualidad merece respeto.
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  • Un camino hacia mí
    Se tú mismo, pequeño saltamonte

    La pubertad es esa etapa de la vida adolescente donde se aprende prácticamente todo lo necesario para convertirse en un exitoso o en un fracasado; mejor dicho en una persona auténtica o en un prototipo autómata y funcional a una lógica donde la diferencia no se valora y lo homogéneo se sobrevalora.

    Con el cine independiente -o ahora mal llamado cine independiente- ocurre algo parecido: excesiva valoración para no hablar de patrones que se repiten y falta de madurez que hace bastante tiempo viene sucediendo, con la sensación de una chatura y carencia de riesgo preocupante. En ese incómodo espacio transita Un camino hacia mí -The way way back-, film iniciático con proyecto de familia disfuncional, que sin caer en moraleja se vuelve por falta de criterio una gran moraleja.

    El protagonista Duncan (Liam James) es el estereotipado adolescente introvertido, invisible a los ojos de su madre (Toni Collette), divorciada, quien pretende encarar un nuevo proyecto amoroso con su flamante pareja (Steve Carell). Lejos de llevarse a las mil maravillas con su padrastro, Duncan entre otras cosas debe soportar calificaciones o en menor medida órdenes de alguien que ni siquiera lo conoce. También convivir con una hermanastra (Zoe Levin) muy poco sociable, entre otros personajes impresentables.

    Así las cosas, lo que al principio puede volverse como el peor verano de su vida toma otro cariz al cruzarse con Owen (Sam Rockwell), figura adulta un tanto inmadura pero con un sentido del humor a prueba de caras tristes, que le transmite esa sabiduría básica para que el muchacho tome coraje y rompa la caparazón de la impotencia en función a su verdadero deseo.

    Camino iniciático en plena pubertad que tiene por objeto la mirada nostálgica de esa etapa de la vida teñida de música de los 80 y que hace culto de la inocencia que nunca debe perderse para ser un poco más feliz siempre que el mundo adulto demuestra sus aristas más crueles, como la que exhibe la madre de Duncan en una postal que destiñe cuando choca con la realidad.

    El problema de los guionistas y directores Nat Faxon y Jim Rash tiene que ver con la falta de profundidad en la problemática y en la forzada transformación en tan acotado margen de tiempo que es lo que dura medio verano. Tampoco ayuda la elección del actor Liam James para el rol protagónico porque su personaje pide mayores matices que esta empobrecida metamorfosis entregada en pantalla.

    Un párrafo aparte merece Sam Rockwell, quien con su aporte de histrionismo pero que nunca avanza hacia el ridículo se lleva las mejores escenas sin demasiado esfuerzo, mientras que Carell apela a su trillado personaje serio y no sorprende en ningún sentido.

    Esa predictibilidad en los personajes, situaciones de manual y conflictos, se traduce también en la trama que nunca se sale de la norma, sigue el camino de la convención sin elegir atajos que podrían haber contribuido alguna marca distintiva que nunca llega.
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  • La toma
    La toma
    CineFreaks
    El germen de la militancia

    El colegio Nicolás Avellaneda fue uno de los epicentros donde se desarrollaron las modalidades de toma impulsada por centros estudiantiles en procura de una mejoría en la educación pública que fue tomada desde el discurso mediático con posturas maniqueas que tuvieron sus referentes y opinadores desde noticieros tanto oficialistas como opositores, que en lugar de esclarecer el motivo del conflicto lo empañaron y distorsionaron a niveles preocupantes.

    Por eso al introducir una cámara –la realizadora comenzó a registrar desde 2009- con la distancia suficiente para poder escuchar a los protagonistas se toma verdadera dimensión de la agitada y convulsiva realidad que lamentablemente llega tarde a los ojos y oídos de la sociedad, dividida por pancartas y mensajes huecos desde ambos lados y donde no se sabe demasiado qué se defiende y qué se ataca, aunque sí la expresión y la necesidad de un cambio siempre se encuentran vigentes.

    Este documental, La toma, arroja un manto de luz exponiendo testimonios, peleas, ideología y política sin faltar el respeto a sus adversarios pero tampoco ensayando una mirada complaciente y romántica de un conflicto que demuestra por momentos la falta de rumbo más que una dirección a seguir, a pesar de que haya voluntades inocentes y entusiastas como las que surgen en este trabajo equilibrado de Sandra Gugliotta.
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  • Adoro la fama
    Adoro la fama
    CineFreaks
    Tener y después ser

    ¿Películas que abordan temas superficiales deben ser superficiales? Adoro la fama, nuevo opus de Sofía Coppola parece caer en esta trampa desde su especulativa mirada sobre lo fútil; el mundo de las celebridades, es decir, gente sin talento que es famosa porque todo el mundo quiere ser como ellos, del que son referentes de los nuevos modelos de mayor popularidad en una sociedad como la norteamericana, adscripta al fetichismo y a la celebración absurda de un consumo estéril y de corto plazo, cuya duración se asemeja a los tiempos virtuales en que lo fugaz se emparenta con el click de un mouse y la realidad parece acabarse en el instante en que la moda dicta cómo se debe vivir, sentir o pensar.

    El grupo de adolescentes que Coppola acompaña, con una cámara atenta a los tiempos muertos y por momentos testigo de sus andanzas en un círculo vicioso acotado y vacuo como el que implica irrumpir en casas de famosos –con enormes fallas de seguridad cabe aclarar- y robar para luego exhibirse con fotos en facebook, representa perfectamente la galería de personajes huecos y unidimensionales que por circunstancias ajenas al cine para muchos resultan más que atractivos.

    Sin embargo, ese derrotero que se vale de la impunidad de no haber sido atrapados por las autoridades o pescados infraganti por sus propias víctimas, léase Paris Hilton o Lindsay Lohan, es de mecha corta, así como la película de la realizadora que no puede despegarse un céntimo de un retrato elemental sobre un fenómeno que no necesita demasiada explicación ni cerebro para ser abordado con algo de rigor en estos tiempos donde internet sacudió a los manuales de sociología aplicada para definir y redefinir los conceptos de individualidad, sociedad, entre otras cuestiones.

    Nada se descubre al decir que el film no presenta ninguna falencia en materia de dirección; que pese a lo anecdótico del asunto conserva la suficiente dinámica y ritmo para no resultar aburrido o soporífero; que encuentra sus momentos para la intimidad aunque nunca se contagia de ella, y eso quizás hubiese servido para acercarse más a sus criaturas pero tratándose de Sofía Coppola y sus antecedentes uno siempre anhela más.

    No obstante, en el haber hay que destacar las actuaciones de Katie Chang y Emma Watson como las líderes indiscutidas que entendieron a la perfección su papel, en un segundo término Israel Broussard como ese infaltable amigo gay, para terminar con una estereotipada Leslie Mann en el rol de madre ausente que no hace otra cosa que competir con la hija por la mirada de los hombres.
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  • Tiempo de caza
    Tiempo de caza
    CineFreaks
    Torturame que me hace bien

    Hay dos clases de torturas que atraviesan el universo maniqueo de Tiempo de caza (Killing season), proyecto que por cambiar de manos en la dirección y en el elenco resulta más que penoso en el balance final.

    La primera tortura es la del espectador que deberá soportar una trama esquemática que gira en torno a la venganza de un soldado serbio (John Travolta), quien tras 18 años de búsqueda da con el paradero de otro soldado norteamericano (Robert De Niro en reemplazo del rol para Nicolas Cage), integrante de un cuerpo de la OTAN que había intervenido en 1995 en el conflicto entre Bosnia y Serbia.

    La segunda tortura es la explícita que abraza los elementos del gore, método de expiación de pecados y culpas que ambos adversarios utilizan en beneficio propio exhibiendo su cuota de sadismo y la irremediable naturaleza asesina que los hermana de cierta manera.

    Ese detalle de la confraternización, sumado al paso del tiempo, es lo que provoca la risa nerviosa en el público que con absoluta justicia puede preguntarse si le están tomando el pelo o sencillamente si se encuentra ante una película mediocre como la que nos atañe.

    Es exactamente lo que sucede promediando la segunda mitad del film: un retroceso preocupante a lo políticamente correcto porque no pueden morirse ninguno de los dos protagonistas por una lisa y llana especulación comercial. Es decir, el maniqueísmo más absurdo en pos de una reflexión antibélica más absurda aún.

    Por otra parte, la mala elección de casting en el caso de Robert De Niro que ya no está para estos trotes –no está para trotar directamente- vuelve tan inverosímil esta suerte de cacería humana con plus redentor incluso para aquellos momentos donde se aprovecha la hostilidad del terreno y la tensión de esa lucha por sobrevivir en los bosques, donde se intercambian roles entre presa y cazador, es poco convincente.

    Tiempo de caza es un flechazo tan desviado que habría que preguntarse si Hollywood está perdiendo la puntería.
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  • La guerra del fracking
    La Argentina hipotecada

    No será para nada sorprendente que se levante un coro de voces que despotriquen y vilipendien al director Fernando Pino Solanas, hoy candidato a senador por el partido UNEN, de haber hecho un documental proselitista, tendencioso con La guerra del fracking (puede verse gratuitamente y on line por internet) que se inserta dentro del mega ensayo cinematográfico que comenzara allá por el 2003 con la elocuente Memoria del saqueo y que podría considerarse como el séptimo capítulo de esta investigación llevada a cabo por el cineasta sobre los temas urgentes de la Argentina, utilizando el cine como herramienta absoluta de información y también como herramienta política.

    Sostener que Fernando Pino Solanas manipula en beneficio propio la verdad y sólo muestra una campana además de incluirse como voz dominante implica reconocer una batalla perdida porque los datos de la realidad más cruda de las últimas décadas hablan a las claras que no todo lo que brilla es precisamente oro.

    La coherencia en el discurso cinematográfico es algo que cada vez se valora menos en nuestros días y la evolución en el pensamiento, así como la desilusión de los sueños de grandeza del creador de La hora de los hornos (1968), está presente en este nuevo manifiesto que refleja la parte más cruel del capitalismo que tiene que ver con la rentabilidad en función del desastre ecológico que provoca entre otras cosas la extracción salvaje del petróleo con una nueva técnica llamada fracking, la cual consiste sucintamente en la extracción de petróleo y gas que utiliza perforaciones hidráulicas que inyectan presión en rocas blandas, método que ya ha provocado por ejemplo en E.E.U.U. sismos de alto nivel como el ocurrido en Oklahoma en 2011.

    Solanas toma su cámara para testimoniar y apoyar su investigación con datos y la experiencia de entendidos en la materia, quienes analizan las causas y los efectos de este nuevo paradigma en el mundo del petróleo y también revela en primera persona los primeros indicios de que su hipótesis no es descabellada ni antojadiza.

    La guerra del fracking vale mucho más extra cinematográficamente que por su estética simple y televisiva que por otra parte compone el basamento del estilo documental de Pino Solanas, que por momentos puede resultar didactista o cuestionable desde el punto de vista visual pero eso no va en desmedro de su aporte y difusión de la otra cara de la moneda que siempre cuesta reconocer: la improvisada política energética, la ética vendida al mejor postor y la indiferencia de quienes sólo piensan a corto plazo sin importar el futuro ni tampoco aquel pasado que los llevó a ese lugar y que parece otra Argentina.
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  • Apuesta máxima
    Apuesta máxima
    CineFreaks
    La nueva Cuba libre

    Decir que el guión de esta película es patético y que está cargado de estereotipos ahorra bastante en palabras y sintetiza de cierta manera este aburrido film, Apuesta máxima, que solamente puede explicarse desde el punto de vista comercial porque es indefendible desde cualquier otro margen de análisis.

    Parece que Ben Affleck intentó meter mano en el guión para arreglar algo pero se quedó corto y solamente se explica su participación por el simple hecho de conseguir plata fácil para autofinanciarse con sus proyectos inteligentes. Lo de Justin Timberlake es esperable dado el limitadísimo potencial actoral y la presencia decorativa de la sexy Gemma Arterton es eso: decorativa.

    La trama es básica y se rige por la lógica binaria corruptos y no corruptos; entre los personajes se disputan la jactancia de quién es más vivo que el otro en un juego muy mal desarrollado de lealtades y traiciones entre el protagonista, un estudiante de economía de la prestigiosa universidad de Princeton que para costearse la carrera levanta apuestas por internet y una vez atrapado por el decano decide jugarse su suerte enfrentándose nada menos que al millonario cool, dueño de negocios de apuestas ilegales en paraísos fiscales como Costa Rica –escenario donde transcurre la acción- para echarle en cara que su sistema hace trampa y así ganarse un lugar y la confianza para formar parte de esta empresa.

    Así, el antagonista, interpretado por un Ben Affleck más preocupado por cobrar el cheque que por actuar, le demuestra que por algo es el número uno dentro del megamillonario negocio hasta que su número dos, el ambicioso estudiante de Princeton, lo supere valiéndose de las mismas reglas del juego.

    Por supuesto aparecerá la pátina de corrupción tercermundista de trasfondo; los agentes del FBI honestos y patriotas y toda la sarta de lugares comunes sumada a la insoportable banda sonora latina y colorinche.

    Parafraseando, en este tedioso juego de naipes las cartas están tan marcadas que apostar una entrada es perder el dinero.
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  • Caíto
    Caíto
    CineFreaks
    Hacer posible lo imposible

    Caito es la extensión al largometraje de lo que fuera allá por el 2004 un cortometraje sobre la historia de Luis Caito Pfenning, hermano del actor, quien protagoniza junto a la actriz invitada Bárbara Lombardo esta mezcla de ficción y documental producida por Pablo Trapero que se presentara en el BAFICI hace un año.

    La idea central es la utilización de la ficción como herramienta transformadora de la realidad. Tanto en aquel corto como en este largometraje, el actor y director Guillermo Pfenning se vale de los recursos del cine para construirle a su hermano, quien padece de una discapacidad motora (un tipo de distrofia muscular), una historia en la que cumpla su sueño de formar una familia propia; cumplir el deseo de ser padre y de que la chica más linda del pueblo le diga te amo en la intimidad.

    Pero sabido es que todo rodaje encierra la idea de familia itinerante, que en este caso particular se yuxtapone desde la representación como en lo concreto para terminar entregando una película conmovedora y honesta que sirve de excusa como declaración de amor hacia un hermano; como documental sobre las dificultades de movimiento y obstáculos que generan la dependencia de los otros y fundamentalmente como un acercamiento de realidades dispares que confluyen en un mismo camino: el de hacer posible lo imposible gracias a la magia del cine.
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  • El problema con los muertos es que son impuntuales
    Tanatología

    Como idea de exorcizar o quizás por necesidad de catarsis luego de atravesar el umbral entre la vida y la muerte, hecho provocado por una intervención quirúrgica compleja de corazón, el productor y realizador Oscar Mazú llegó a dos conclusiones: el tiempo nos determina que nos vamos a morir por un lado y por otro que la inmortalidad es una sensación que se acaba en un momento en que tomamos verdadera conciencia de que el paso por este lugar es efímero.

    Así, y tras una serie de entrevistas con Ricardo Péculo, el tanatólogo argentino que continúa la tradición familiar y es además una voz autorizada en la materia, el realizador pensó en el mejor vehículo para reflexionar sobre su propia muerte y en general, valiéndose de una mirada que busca desdramatizar a partir de dosis pequeñas de humor negro pero siempre respetuoso de los rituales y de todo aquello que gira alrededor del fenómeno funerario.

    El problema de los muertos es que son impuntuales, título sugestivo si los hay, obedece a una frase del propio Péculo, voz dominante de este documental, que entrelaza momentos íntimos y reflexivos del propio Mazú con voz en off –al final aparece en carne y hueso-, que compara a la muerte con el sexo como ese tabú del que nadie se atrevía a hablar pero que sin embargo estaba arraigado en la gente.

    De esta manera y con un montaje un tanto televisivo se van superponiendo diferentes aspectos siempre relacionados con el antes y el después de la muerte en sí misma, que comprende desde visitas a mausoleos; clases de maquillaje funerario; vidriera de ataúdes de distintos colores y tipos, así como un revelador documento que trae a colación el traslado de los restos del ex presidente Perón a cargo del propio Ricardo Péculo, para quien ese momento histórico es una marca indeleble dentro de su profesión.

    Tal como advierte el comienzo del documental, las imágenes y temáticas que se abordan no son aptas para personas impresionables o a quienes no les interese en lo más mínimo este paseo singular por los rituales de la muerte recomendamos abstenerse.

    A pesar de todo, se aferra a la vida y a una cámara para registrarlo desde un lugar muy personal y honesto pero que se agota en la experiencia del propio realizador.
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  • Riddick
    Riddick
    CineFreaks
    Renegado arcade

    La tercera aventura del antihéroe, Riddick, que tan bien le sienta a Vin Diesel, Richard B. Riddick es un film con momentos simpáticos, muchos otros antipáticos, que dilapida una interesante historia en una primera mitad aceptable que pese a transitar por todo lugar común de la galaxia entretiene sin más que eso.

    Lamentablemente, cuando surge la impronta del videojuego y de la estética de los fichines que gana por acumulación de alimañas digitales en cambio de peripecias heroicas todo se cae a pedazos.

    En esta ocasión el ex convicto sobrevive a un intento de asesinato y queda solito en un planeta hostil; se hace amigo de un perro -o algo así- al que aprende a domesticar hasta que llega la mala compañía de cazas recompensas que cobrarían doble si es que consiguen llevarse la cabeza del hombre de anteojos saltones en una caja. De ese grupete comandado por el capitán Johns (Matt Nable), quien culpa a Riddick de la muerte de su hijo también convicto perteneciente a un pasado, se destaca el despiadado pero cobarde español Santana (Jordi Mollà); la escultural blonda Dahl (Katee Sackhoff) y en otro orden el siempre listo Karl Urban en el rol de Vaako, quien traiciona a Riddick una vez coronado rey de los necromongers.

    En su primera mitad, el relato adopta el derrotero de la supervivencia en el que Riddick se deberá enfrentar a unas criaturas venenosas y hacerse inmune con un antídoto propio contra ese veneno. En ese corto pero intenso pasaje Vin Diesel aporta todo su carisma y más aún cuando entabla relación con su mascota. Pero la acción llega a partir de la dinámica de una cacería humana que explota las ventajas de conocer por parte del protagonista un terreno hostil para ejercer una guerra psicológica contra el enemigo y obligarlo a rendirse a su voluntad, aunque siempre con la amenaza latente de la traición por parte de sus captores en contraste con los códigos morales de Riddick y su personal modo de entender la lucha.

    Resulta poco productivo entonces que el film abandone la idea de western intergaláctico para el que estaban dadas todas las condiciones. No obstante se optó por la facilidad de caer en la aventura gráfica que hace del cine una extensión del videojuego, fórmula que sin lugar a dudas una vez transcurrida la novedad termina desgastándose y amesetándose como esta franquicia que parece no morir en trilogía, lamentablemente.
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  • Abril en Nueva York
    Comedia romántica en un país ajeno

    El debut en la dirección del actor Martín Piroyanski, también guionista, transita con irregularidades pero siempre confiado de lo que pueda aportar la pareja protagónica –pareja en la vida real- que interpretan a Pablo y Valeria, dos argentinos que quieren probar suerte en E.E.U.U. para llevar a cabo sus sueños pero que se diferencian básicamente por las energías que cada uno dispone para seguir adelante, así como en el cotidiano esfuerzo para mantener sólida la pareja y de esta manera proyectar un futuro en un país ajeno.

    Carla Quevedo encarna en su Valeria, pujante aunque contradictoria, un prototipo femenino que al cine argentino le viene sumando adhesiones ya vistas en la reciente 20.000 besos de Sebastián De Caro. La cámara le resulta tan natural para su fotogenia que esa simpatía aniñada, mezcla de inocencia y ternura, hacen de sus criaturas personajes queribles a la vez que sufribles. Es ella la que se carga al hombro y a las espaldas tanto la película como la inercia parasitaria de Pablo (el músico Abril Sosa), quien pese a su costado autodestructivo por momentos genera alguna sensación de empatía por un sufrimiento genuino que surge con espontaneidad.

    Martín Piroyanski conoce los riesgos de compartir intimidad y filmarla tal como ocurre en la trama de Abril en Nueva York, pero así y todo continúa fiel a su historia pequeña con la frescura y la libertad para de repente experimentar con la introducción de música diegética que rompe con un naturalismo o pseudo realismo. También se atreve a burlarse con inteligencia de ciertos clichés del género en la elección del antagonista que ubica a Valeria en un dilema amoroso pero que a la vez orienta la historia hacia un espacio menos interesante que el que proponía un registro cómico o auto referencial, explotado en la primera mitad.

    Son destacables los rubros técnicos, particularmente la fotografía a cargo de Pix Talarico y el sonido a pesar de las condiciones en que fue rodada la película.

    Con sus irregularidades a cuestas pero en sintonía directa con su falta de pretenciosidad, esta ópera prima intenta dejar un sello diferente para las comedias románticas pensadas en base a productos norteamericanos y por ese riesgo vale la pena darle un crédito.
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  • Los quiero a todos
    Seis tristes burgueses que hablan

    Una pareja resquebrajada que acusa en sus rostros y conversaciones lacerantes el tedio y desgaste tras más de una década de convivencia; un muchacho confundido y huérfano de padres que se enamora de su empleada doméstica y le propone repoblar el Paraguay; una errática profesora en plan de fuga hacia otros horizontes que pretende transitar la aventura de ser madre soltera y valerse del esperma de su amigo para cumplir el objetivo o las andanzas de un actor vocacional que vive un tormentoso flechazo amoroso con una chica pero no puede comprometer ni una cuota de cariño hacia ella, son las pequeñas historias que se entrelazan en el microcosmos de Los quiero a todos, ópera prima del dramaturgo y ahora debutante Luciano Quilici, quien buscó trasladar su obra teatral homónima al lenguaje cinematográfico apelando entre otras cosas al recurso narrativo de la enunciación con un resultado óptimo.

    La galería de personajes, que bajo el pretexto de una reunión de amigos para un asado dominguero, encarna a veces desde la individualidad y otras como parejas aspectos propios de una burguesía porteña heredera del menemismo que exhibe sus aristas más visibles en cuanto a la ideología de clase pero también desde el discurso de la frustración y el cinismo propio de un grupo social muy identificado con personas de una franja etaria no mayor a los 40.

    La estructura del relato, que aprovecha la capacidad interpretativa de un elenco sólido donde debe destacarse la performance de Alan Sabbagh (indiscutiblemente un gran actor que promete dar muchas sorpresas de seguir por este camino) por encima del resto del reparto, integrado por Leticia Mazur, Ramiro Agüero, Valeria Lois, Santiago Gobernori y Diego Jalfen, inserta y entrelaza diferentes viñetas como marco de la exposición y enunciación de un conflicto, en el que cobran importancia tanto las palabras como los silencios o aquellos tiempos muertos incómodos que se mezclan con una densidad narrativa y profunda más que interesante.

    Como suele ocurrir con propuestas minimalistas de estas características no todas las historias o anécdotas conservan el mismo relieve de atractivo para el espectador pero lo que sí se respeta desde el punto de vista cinematográfico es la renuncia manifiesta al juicio de valor sobre los personajes y sus actitudes para dejar que emerja un discurso sesgado, aunque reconocible y creíble.

    La eficacia de esta ópera prima reside precisamente en no teñir una atmósfera de absoluta intimidad y pesadumbre con un patetismo incipiente, no por ello menos cínico, que hace dificultoso un camino de identificación emocional con alguno de los personajes.

    Luciano Quilici sabe dosificar desde los diálogos la información para construir con sutileza a sus personajes y por momentos traslada una puesta en escena semi teatral que permite el lucimiento de sus actores sin la consabida sobre actuación que tantas veces malogra películas argentinas similares.
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  • La noche del demonio 2
    Todo sobre mi madre

    Entretiene pero no asusta, así podría sintetizarse esta manifiesta secuela de la simpática La noche del demonio, que a pesar de la exploración por el ya trillado subgénero de los fenómenos paranormales, introducía la originalidad de un alocado viaje por el plano astral que recién se manifestaba en la segunda mitad de aquella película dirigida con eficacia por el malayo James Wan, quien en esta ocasión vuelve a tomar las riendas detrás de cámara para entregar otra pesadilla de la familia Lambert.

    Desde el vamos el mote de secuela queda más que definido no sólo por la palabra del título que hace referencia a un segundo capítulo sino porque la trama arranca prácticamente pegada con la primera película luego de que Josh (Patrick Wilson), quien había ido al plano astral en rescate de su hijo Dalton (Ty Simpkins) regresa acompañado por un espíritu maligno parásito y encima femenino que le da órdenes al Josh astral para hacerse más fuerte en el plano real y así poseerlo perdurablemente.

    Quien percibe la anomalía y el comportamiento errático de su padre no es otro que Dalton, dado que su madre Reani (Rose Byrne) ahora está más preocupada por defender la inocencia de Josh acusado del asesinato de Elise Rainer (Lin Shaye), la médium que lo conoció en su infancia para bloquear su don pero que en el presente lo ayudó en la inducción para realizar el viaje astral hacia Dalton.

    Ahora bien, las manifestaciones paranormales vuelven a estar presentes en el seno de la familia Lambert repitiéndose aquí el abc de toda casa poseída –en este caso la de la abuela de Dalton- con puertas que se cierran repentinamente, el piano que suena solo, juguetes que se mueven y bullicios de voces del más allá, acompañadas de vez en cuando de apariciones, entre otras cosas.

    Semejante panorama convulsionado motiva la presencia de los psíquicos de turno ya aparecidos en la primera parte y para quienes Wan reserva chistes o gags que malogran algunos climas logrados y dejan en claro la falta de rumbo de esta historia.

    Durante la primera mitad, que a pesar de contar con un ritmo sostenido y buen manejo de los golpes de efecto, el film parece estancado o por lo menos encerrado sobre su misma lógica paradojal que por fortuna se empieza a desentrañar promediando la segunda mitad para repetir la fórmula exitosa desde la puesta en escena de la simultaneidad de planos con el defecto de tomar al pasado de los personajes como eje dramático para justificar las acciones y cerrar un círculo demasiado abierto al comienzo.

    En ese margen donde las historias se entrelazan a partir de vínculos entre los personajes con el pívot depositado siempre en Josh el relato toma características propias de rareza para apartarse un tanto de lo convencional o lo esperado, con giros y vueltas de tuerca que dotan de cierta complejidad a esta segunda parte pero que no alcanzan por méritos propios a convencer sobre la efectividad de ciertas decisiones de guión.

    El principal defecto de La noche del demonio 2 reside en su pereza para sobresaltar al público, ávido de emociones fuertes, que seguramente no comparta el tono humorístico mezclado con un intento de terror que este film del creador de la franquicia Juego del miedo adeuda más allá de que su realizador demuestra conocer al dedillo los yeites y trucos del género, así como un acumulativo homenaje a películas emblemáticas como El resplandor, film al que Patrick Wilson parece conocer de memoria por la caracterización nicholsoniana de su trastornado, bipolar, psicótico afectivo Josh.
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  • Hábitat
    Hábitat
    CineFreaks
    El lienzo urbano

    Trece segundos – en ocasiones siete- nos propone cada plano fijo de Hábitat para ejercer la libertad de la mirada sobre un encuadre que lentamente sufre la invasión de lo urbano, sin la presencia de lo humano.

    El espacio vacío que forma parte del recorte elegido por el director Ignacio Masllorens para retratar desde la ausencia la presencia por los detalles, que se encuentran en las imágenes que van acopiando fachadas, edificios uniformes en una ciudad donde apenas es audible el revoloteo de algún ave o el ladrido desganado de un perro en una postal barrial decadente, reconoce la marca indeleble de un progreso un tanto cuestionable desde el punto de vista arquitectónico pero inevitable frente a la inescrutable presencia del tiempo. En esa fábrica recuperada, que sin el grito de libertad de sus operarios descansa en silencio la realidad de su lucha invisible, se estrella la desidia o la chatura de algún edificio emblemático que parece reconocerse más por su pasado que por su presente.

    Narración abolida o excluída para que el espacio se reconfigure desde un territorio virgen y novedoso pero que no deja de ser reconocible.

    Una Catedral atestada de símbolos y despojada; un Cabildo con un graffiti en su rostro urbano son parte de una geografía que excede el recorte de la mirada unívoca para abrirse hacia la reflexión más profunda y múltiple, que incluso resulta más que sugestiva al pensarse el título de Hábitat como ese lugar donde se vive y en el que la especie se encarga de perdurar cuando desde las imágenes estáticas de este mediometraje por momentos esa geografía parece abandonada o al menos invivible
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  • Las amigas
    Las amigas
    CineFreaks
    La carne de la existencialidad

    El manifiesto despojo de la mitología para internalizar en los personajes de Las amigas cierta iconografía relacionada con el vampirismo es el principal atributo de este mediometraje de Paulo Pécora.

    La ausencia de diálogos pero no así de la utilización de una banda sonora compuesta por sonidos característicos –estridencias, ruidos, gemidos- implican por un lado el reconocimiento desde el punto de vista cinematográfico al lenguaje del cine mudo con ciertas búsquedas estéticas hacia el lado del expresionismo alemán por ejemplo pero también como recurso de una puesta en escena que apela a los aspectos compositivos de la imagen desde lo pictórico.

    El Buenos Aires derruido, sucio y lúgubre impone una extraña atemporalidad en pantalla en un relato que atraviesa la condena de la inmortalidad. La metonimia cinematográfica pareciera ser el recurso narrativo que prevalece y sobre todas las cosas una forma de definir a los personajes a partir de particularidades y la austeridad narrativa que hacen a sus características físicas y fisonómicas sin la idea de la estigmatización explícita, pero sí de resaltar la monstruosidad en sus rostros o en fragmentos del cuerpo como las manos en contraste con la intangibilidad de las sombras.

    En la progresión dramática que va desarrollando el relato de Pécora, protagonizado por Mónica Lairana –actriz y musa del director-, Natalia Festa, Gladys Lizarazu, Ana Utrero junto a Andrés Passeri, se intercalan secuencias donde predomina la sensualidad y un erotismo cuidado con otras escenas jugadas hacia los aspectos del salvajismo o la bestialidad que no puede estar ausente en un film habitado por monstruos.

    El deseo, la sangre y la carne o mejor expresado la carnalidad son los elementos que motorizan la acción pero siempre lo que subyace a esta presentación preliminar es algo más profundo conectado con la veta existencial y el cuestionamiento hacia la inmortalidad, tópico explotado por todo el cine de vampiros, a lo que se suma el paroxismo del deseo carnal como fin sin importar el medio.

    Hay buenas imágenes que llegan a convencer desde el punto de vista estético y teniendo en cuenta el escueto tiempo de desarrollo de este cuento tal vez en algunos pasajes se pierde la síntesis de conceptos que afectan al conjunto de la propuesta.
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  • De martes a martes
    víctimas y victimarios

    Hay dos películas que coexisten en esta ópera prima de Gustavo Triviño ya exhibida en el Festival de Mar del plata, por un lado el retrato intimista de un personaje en latente ebullición con un conflicto interior, a quien todo lo que lo rodea lo condiciona al rol de víctima y por otro un quiebre de registro en la búsqueda genuina de un género para desarrollar un dilema moral como consecuencia de un acto atroz.

    Esa amalgama de elementos, bien equilibrada, define las coordenadas de este micro universo que se presenta como escenario en De martes a martes, con el agregado de una manifiesta huida de los convencionalismos y de las linealidades que pueden definir los rumbos de ciertas películas que construyen en el elemento de la venganza personal una subtrama lo suficientemente atractiva pero se olvidan del desarrollo de las motivaciones que llevaron a ese camino, así como las consecuencias ante los actos.

    Todo camino que implique un dilema de tipo moral como el que atraviesa el protagonista (Pablo Pinto), un fornido joven que a gatas sobrevive y mantiene una familia con un trabajo donde un jefe abusivo (Daniel Valenzuela) utiliza su pequeña cuota de poder y lo humilla cada vez que puede o simplemente recibe maltrato cuando no demuestra un costado sumiso, implica un doble sentido y de la dirección que se elija depende el resultado de ese planteo original.

    En ese punto de inflexión; en la elección del camino es donde el debutante Gustavo Triviño transita con enorme lucidez, pulso narrativo y sensibilidad hacia sus personajes para impregnar en su historia y dejar una marca muy singular que se despoja del lugar común porque propone indagar en la profundidad y no caminar hacia los bordes que casi siempre alejan más que servir como guía o mapa ante la encrucijada.

    La primera mitad de la trama nos presenta el derrotero de un hombre ordinario motivado únicamente por un sueño de tener un gimnasio propio para poder cultivar su cuerpo y fortalecer sus músculos, algo que por el momento resulta inalcanzable –lo consigue apenas unas horas como vía de escape de su actividad laboral- si es que continúa atascado en su rutinaria y gris existencia.

    Juan Benítez parece destinado a repetir una y otra vez su rol de víctima pero un golpe de la realidad completamente verosímil lo pone en otro lugar sin siquiera proponérselo: es testigo de una violación a una kiosquera que conoce y no puede salvar, aunque sí encontrar en esa situación límite la llave transformadora y así convertirse por primera vez en victimario del violador (Alejandro Awada), mediante un chantaje económico en un interesante intercambio de roles donde alguien que pensaba con la impunidad del victimario pasa a ocupar el vulnerable lugar de víctima y viceversa.

    Culpa, oportunismo, individualismo y más preguntas que respuestas actúan como fuerzas centrifugas y centrípetas en este relato sin moraleja ni fábulas subrepticias que no apela a los recursos de la redención o a la mirada que juzga a sus criaturas pero que sabe hacia dónde apuntar cuando necesita tensión o bajar decibeles en procura de las motivaciones o sensaciones emocionales de cada personaje donde es de destacarse el debut protagónico de Pablo Pinto y su contenida expresividad.
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  • Imágenes paganas
    Los Versos y la ausencia

    La historia del rock nacional post dictadura debe reservarle un capitulo completo a una banda insigne, Virus, que allá por los ochenta marcó un punto de inflexión en el pop y atacó desde un discurso musical y estético a los convencionalismos de un movimiento que luego de la dictadura pareció desinflarse sin aportar novedades en lo que a cultura se refiere.

    Pero Federico Moura, líder y creador de este grupo, conservó en su corto paso por la vida el espíritu de la libertad ante cualquier mirada prejuiciosa que se le antepusiera en su camino artístico para dejar un legado que en este documental de Sergio Cucho Costantino (Buen día día, 2010), construido con pasión, devoción y material inédito, concluye una etapa poco conocida, por no decir oculta, de un cantante genuino y auténtico que parece no haber quedado en el olvido siempre que alguna voz lo recuerde o al menos tararee esas letras vacías y llenas a la vez.

    A veces se respira una atmósfera musical muy en sintonía con lo que podría definirse como ópera rock y esa particularidad se magnifica al apelar a los recursos de la ficción para concentrar cierto protagonismo en un personaje tan ambiguo como fascinante con rostro y cuerpo de mujer que actúa en un doble carácter de testigo y musa que fluye en el devenir de las imágenes y texturas que atraviesan este pequeño y gran universo de versos y de ausencias.

    Imágenes paganas logra equilibrar la balanza entre la admiración y la contradicción de todo fenómeno que se termina convirtiendo con el correr de los años en mito o culto.
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  • Elysium
    Elysium
    CineFreaks
    El hombre radioactivo

    Si Elysium, nueva incursión en la ciencia ficción con bajada de línea de crítica social del sudafricano Neil Blomkamp hubiese evitado la alegoría facilista que contrapone el mundo de los excluidos y parias sociales ante la frialdad e indiferencia de las clases dominantes -ya explotado en la original Sector 9- estaríamos hablando de una simpática y atractiva película para disfrute de espectadores poco exigentes.

    Pero lamentablemente esta premisa se derrumba dado el tono y registro solemne tomado por el realizador para el subrayado grueso y sin sutilezas de esta suerte de reivindicación de la fuerza de lo colectivo ante el incipiente avance del individualismo, en un futuro (año 2159) que parece destinado a que el bienestar se concentre en una estación espacial alejada de la marginalidad de la Tierra a la que sólo llegan los blancos y ricos para vivir una existencia atravesada por el consumismo, donde las enfermedades se han erradicado y bajo la tutela de una dictatorial Secretaria al estilo Margaret Thatcher (Jodie Foster) que no duda en aplicar la fuerza para mantener el orden y alejar a la pestilente turba que pretende invadir su territorio y utilizar sus recursos no renovables.

    Dialéctica binaria y poco profunda ubican a nuestro héroe, representante de la clase obrera en la piel de Matt Damon a quien el papel de pobre lo excede a pesar del maquillaje y gestos ampulosos, quien como todos sus congéneres padece las injusticias de la patronal y sufre en la fábrica de armas, cuyo dueño (William Fitchner) no puede ser otro que un empresario que guarda secretos en un chip cerebral,obediente de los caprichos de la señora dictadora, un accidente que lo condena a la muerte por haber sido abandonado en una instalación con radioactividad.

    Claro que siempre hay una solución en el anhelado paraíso artificial y la utopía no se evapora como las líneas de este guión chato y sin vuelo, que no hace otra cosa que redundar más allá de reservar en la construcción del villano la brutalidad y violencia adecuada para el enfrentamiento donde prevalece lo maquinal, la estética del video juego que se contagia peligrosamente de la misma lógica de avanzar niveles de dificultad para terminar en un absurdo discurso que hace gala del sacrificio altruista y despierta más que un bostezo cuando el pochoclo ya huele a rancio.

    Alcanzaba con Sector 9 y con la lucidez de administrar pocos recursos en una puesta en escena diferente que en este caso en particular no deslumbra, cansa y aburre, aunque el televisorcito en la nuca de Damon resulta agradable.
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  • Romper el huevo
    Romper el huevo
    CineFreaks
    De una cáscara a la otra

    Con las películas de Roberto Maiocco se repite una constante que le juega en contra: premisas interesantes que no terminan de concretarse en el desarrollo y se malogran al final.

    Sin embargo, siempre resulta claro un tema o conflicto central, así como los personajes que atraviesan esas peripecias o situaciones como ocurría por ejemplo en Sólo gente (1999) o Un minuto de silencio (2006), en donde ciertos aspectos de la realidad que a veces en el cine aparecen pero en la periferia salen a la luz.

    Romper el huevo utiliza la alegoría y la metáfora de manera efectiva para adentrarse en el sistema absurdo de la burocracia en los ámbitos de la adopción de niños y tiene como protagonista paradójicamente a un relojero, quien repara máquinas de tiempo pero al que -por así decirlo- le llegó la hora. Esa frase es literal al enterarse que su diagnóstico de vida es realmente escaso, dado que le han informado que padece leucemia. No obstante, el destino le juega una mala broma cuando además recibe otra noticia importante por la que esperó doce años y que tiene que ver con la llegada de un niño para adoptar.

    Así las cosas, Manso Vital (debut protagónico de Hugo Varela) deberá transitar por este tramo final de su vida quemando etapas, sin posibilidad de dar marcha atrás y con el objetivo de dejar alguna enseñanza a un hijo que no conoce pero que de a poco descubrirá como parte de su viaje hacia la muerte desde la vida. Para la muerte también hay burocracia, y esa parece ser la primera moraleja de esta fábula que mezcla elementos de comedia absurda con drama familiar que apela al humor para reflejar situaciones absurdas pero que cae en un pozo narrativo al adoptar cambios de registro para los cuales Hugo Varela no es precisamente el actor indicado.

    Pueden encontrarse algunos detalles simpáticos entre los enormes desniveles narrativos que incluyen un guión un tanto flojo, que a veces acierta con el humor y otras erra con el sentimentalismo en primer plano pero del cual no puede dejar de señalarse una falta de rumbo o criterio en función a la historia que se quiso contar.

    Claro que uno se da cuenta que todo gira en torno a la llegada de un hijo y al proyecto familiar en el que se enmarca el protagonista, otrora encapsulado en el cascarón del dolor y el duelo por la muerte de su esposa, a quien promete adoptar un niño, pero eso no logra salir de la cáscara, para jugar un poco con la idea del título ni tampoco ayuda la característica actoral de Hugo Varela que no puede despojarse de su hugovareleidad en ningún segmento.
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  • Starlet
    Starlet
    CineFreaks
    Caminos y cruces

    Starlet es un relato intimista y una historia de personajes que sigue el derrotero de dos mujeres diametralmente opuestas, la joven y atractiva Jane (Dree Hemingway) y una anciana que le lleva más de sesenta años Sadie (Besedka Johnson), quienes por un hecho azaroso se cruzan en la vida y desde ese instante y por motivos diferentes no podrán separarse.

    Hay simetrías que funcionan para unir a estas dos protagonistas y que se relacionan con el entorno y con la soledad pero de diferentes maneras porque también se puede estar sola en compañía, como es el caso de Jane que comparte junto a dos amigos, un hombre y una mujer, un departamento en el que pasa sus horas entre las drogas y la abulia propia del desencanto burgués.

    Sadie, por su parte vive sola y no es muy sociable que digamos, pero acepta la compañía forzosa de una insistente Jane, movilizada por un sentimiento de culpa y cierta curiosidad ante la misteriosa viuda sexagenaria. Así la acompaña en su rutina que implica por ejemplo acercarla al supermercado con su auto, al bingo, o alguna que otra actividad que implica un movimiento extra. Pero además Jane de vez en cuando trabaja como actriz porno y debe lidiar con un mundo hostil para el que parece entrenada y disciplinada a diferencia de su amiga con quien comparte la vivienda.

    El director y guionista Sean Baker construye con meticulosidad y alta sensibilidad un retrato crudo y humano de la soledad y la amistad entre otras cosas, donde el pasado se manifiesta en pequeñas dosis y detalles que se suman desde una puesta en escena austera y con economía de recursos.

    La debutante Dree Hemingway –hermana de Margot- aporta todo su carisma y fotogenia en cada plano donde la cámara acompaña sin invadir su propio espacio y consigue complementarse con la sorprendente y también debutante Besedka Johnson en un film donde las curvas de aprendizaje y los arcos de transformación de los personajes se producen gradualmente y no llegan de manera forzada así como tampoco las emociones que fluyen y de manera genuina.

    Otro aspecto significativo y que se amalgama perfecto al ritmo y clima del film lo aporta la banda sonora con una selección de temas y leit motives absolutamente funcionales y atmosféricos que recuerdan por ejemplo al cine de Sofía Coppola.
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  • Chicas armadas y peligrosas
    Elogio a la amistad femenina

    Sin lugar a dudas el reinado de las Buddy Movies femeninas pertenece a Thelma y Louise (1991) porque ninguna de las otras fórmulas que trasladaron la estructura al protagonismo de parejas de mujeres antagónicas o binarias funcionó realmente.

    Por eso Chicas armadas y peligrosas (The heat) en primera instancia resulta una grata sorpresa al recuperar la esencia de las Buddy Movies policiales, pero con el ingrediente de reunir a dos actrices que saben moverse en los caminos y códigos de las comedias como ya han demostrado en diferentes oportunidades y por separado.

    Claro que aquí especialmente los laureles son para Melissa McCarthy, una actriz de facetas más que prometedoras en función a los personajes que le tocan en suerte como es el caso de esta policía ruda y malhablada que patrulla zonas marginales, de métodos poco ortodoxos que incluso desafía a la autoridad y no le hace mella la supremacía machista dentro de la jefatura de policía. Ella desde su temperamento y avasallante personalidad coquetea con los elementos de lo políticamente incorrecto para encontrarse azarosamente su mejor contrapartida en la siempre lista Sandra Bullock, cuya arma secreta continúa siendo esa mezcla de torpeza y simpatía que en esta agente del FBI castigada por ser arrogante y estructurada al máximo realzan sus dotes histriónicas.

    No cabe más que decir de este film entretenido y con momentos logrados entre la comedia y el gag físico que explota ambos cuerpos y la acción en sí misma a la que se debe sumar el costado humano y emocional, aunque la duración sea un tanto excesiva para la propuesta con innecesarias idas y venidas o vueltas de tuerca poco relevantes para una trama que es un pretexto y completamente funcional al desempeño de las dos.
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  • Son como niños 2
    Un combo de mediocridad y decadencia

    ¿Cuál era la necesidad de una secuela de Son como niños más allá de los dividendos conseguidos en 2010? La respuesta lógica está en la misma pregunta: dividendos garantizados por esa lealtad incondicional a cualquier cosa que tenga el nombre Adam Sandler.

    El creador de Happy Gilmore (1996) y de las comedias con aires transgresores pero de mirada conservadora a la Adam Sandler vuelve con una película decadente, donde ningún chiste hace reír por sí mismo más allá del esfuerzo de sus ejecutantes.

    Son como niños 2 es el equivalente a una cajita infeliz de una compañía de hamburguesas con el aderezo de las papas fritas crudas y ya comidas o masticadas porque esos chistes ya contados 1527 veces y que siempre apelan al guiño escatológico como si escuchar una sinfonía de pedos fuese gracioso colma la paciencia e indigesta.

    Más aún, ver a un Sandler con panza, desganado y lento que a pesar de rodearse de grandes como Kevin James, Chris Rock y David Spade, junto al equipo suplente de Saturday Night Live –usina creativa de los comediantes norteamericanos más interesantes de las décadas pasadas, entre ellos Sandler- no logra conectarse con el ritmo y mucho menos aún con ese simulacro de trama al que puede llamarse historia.

    A saber: el grupo de amiguetes inmaduros sigue en su camino de inmadurez preguntándose qué enseñanza dejarle a sus pequeños vástagos que por supuesto intentarán no repetir el mal ejemplo de sus padres, aunque la brecha generacional sea el mayor de los conflictos. Ahora todos viven en el mismo barrio y ese es el pretexto más idiota que encontró Sandler para justificar una secuela y un reencuentro a las viejas –muy viejas- andadas.

    Señoras y señores el combo de mediocridad está servido con el plus de un revival para los nostálgicos, que hace honor a una fiesta alocada de disfraces ochenteros.
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  • Buscadores de identidades robadas
    De la misma sangre

    El reconocido documentalista argentino Miguel Rodríguez Arias, creador del emblemático Las patas de la mentira –dado su éxito tuvo incluso programa televisivo propio- narra periodísticamente hablando la historia del Equipo de Antropología Forense Argentino en este necesario film Buscadores de identidades robadas.

    Más allá de los datos históricos que se remontan a los años de fines de la dictadura militar, seleccionados desde material de archivo televisivo, riguroso, mezclado con testimonios a cámara de los protagonistas en el presente Luis Fondebrider, Mercedes Doretti, Patricia Bernardi y Estela de Carloto, el relato maneja un recurso de contraste y contrapunto entre los audios y la imagen.

    En primer término, reconocer fácilmente a las voces de la dictadura y a sus interlocutores más siniestros como el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla cala hondo en la memoria de cualquier argentino y abre el camino hacia la memoria para recuperar a los desaparecidos como temática de una herida que no cierra aún. Y en ese sentido es donde cobra mayor fuerza reivindicar la labor titánica de este grupo multidisciplinario que en las sombras y en la más absoluta soledad perfeccionó técnicas; aunó disciplinas como la antropología y la odontología con el mismo objetivo de recuperar aquellas identidades en las pilas de huesos de los cientos de N/N dispersados en distintos cementerios, como parte del plan de exterminio ejecutado durante el proceso militar.

    También es reconocible la figura insoslayable de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo Estela de Carloto sumado claro está, al norteamericano Clyde Collins Snow para dar inicio a un cambio de paradigma en la ciencia a partir de la incorporación del ADN y de la sangre como elementos vinculantes y probatorios para identificar los restos que el equipo fue hallando y que al día de la fecha asciende a 1200 cuerpos, de los cuales 577 ya tienen identidad.

    Miguel Rodríguez Arias, que también se hizo cargo de la investigación junto a Federico Wittenstein (en los créditos como asistente de dirección), otorga todo el protagonismo al equipo de antropología forense, que si bien ha aparecido en otros documentales como referencia nunca había sido en primera persona.

    Por otra parte, esa posibilidad de reflejar una larga trayectoria a lo largo de casi tres décadas también permite conocer su extensa labor en otros países -ascienden a 45- para entender el verdadero valor y la dimensión de su trabajo que todavía continúa con la misma energía, transparencia, ética y respeto por la memoria y la identidad.
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  • La sublevación
    La sublevación
    CineFreaks
    Los abuelos de la nada

    Hay un puñado de sublevaciones que surcan el horizonte de esta película co producida entre Argentina, Brasil y aportes franceses, dirigida por el debutante carioca Raphael Aguinaga y que según palabras de su propio director y guionista formará parte de una trilogía: la de ir contra un orden establecido; la de la vitalidad frente al desánimo del espíritu y la de creer en épocas donde el nihilismo prevalece y todo atisbo de sacralidad se cuestiona o banaliza. Pero si a eso se le suma un registro muy en consonancia con la fábula y el protagonismo absoluto de un grupo de ancianos en un elenco de notables actores y actrices de renombre como Marilú Marini, Arturo Goetz, Lidia Catalano, Nelly Prince, Graciela Tenembaum y Juan Carlos Galván la expectativa es aún mayor.

    La sublevación transcurre en la rutinaria vida de estos personajes abandonados a su suerte en un asilo de un pueblito de Buenos Aires –se filmó en locaciones de Bellavista-, aislados del mundanal ruido, de lo que pasa puertas hacia afuera, y solamente conectados con la realidad de vez en cuando por un televisor sintonizado en las noticias o una radio a pilas que debe ser compartida por todos.

    La llegada de un nuevo huésped, Alicia (Marilú Marini), genera cierto movimiento en los habitantes de la casona, así como el arribo no deseado del déspota hijo de la dueña apodado La bruja (Pablo Lapadula) por su maltrato constante y su abuso de poder.

    El relato se estructura por episodios y avanza por los carriles del humor despojado de todo cliché para representar a la ancianidad y elige tomar el camino del positivismo en lugar de resaltar aquellos aspectos negativos e inevitables de la tercera edad.

    No obstante, cada personaje refleja alguno que otro conflicto ligado a la vejez como por ejemplo la soledad, el encierro, los achaques físicos y la desprotección a partir del abandono. A ese registro, que procura mantener el código de la fábula con la manifiesta intención de separarse del corte realista, se le debe agregar un nivel alegórico que resulta el aspecto menos logrado del film, sin que esto menoscabe la propuesta integral, que apela a la vitalidad del espíritu por encima de los contratiempos y resalta la importancia del amor como posible búsqueda al final del camino.

    Un nutrido puñado de ideas atraviesa el microclima de La sublevación y el recurso de la ironía con vistas a una sutil crítica también, quizás no todas lleguen a destino pero las intenciones se notan, así como la posibilidad de escindirse por un segundo del planteo literal para aventurar algunas lecturas metafóricas relacionadas a la historia contemporánea argentina siempre bajo la tentación del título del film y las referencias a la sublevación de un grupo aislado de la realidad por un discurso dominante y dictatorial empuñado en la figura de un personaje apodado La bruja.

    Seguramente su director Raphael Aguinaga no pensó en hacer esta película para hablarnos de la historia política argentina pero por sus características y teniendo en cuenta el elenco, las referencias tangueras y otras tantas -que vale la pena dejar en suspenso al espectador - La sublevación parece una película argentina.
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  • Percy Jackson y el Mar de los Monstruos
    Pobre mitología

    A esta altura parece una verdad de perogrullo comprobar un axioma tan básico en Hollywood como los indicios de decadencia de la industria del entretenimiento: todo lo que pasa por el tamiz hollywoodense se bastardea, despedaza y banaliza. Pero si a eso le sumamos el vil negocio de seducir al público teenager, cautivo tras la finalización de la saga más sobrevaluada de la historia del cine como Harry Potter tenemos como resultado la apelación a otra saga dirigida al público menudo, que se mete nada menos que con la mitología griega para hacerse un picnic y quitar todo rasgo de complejidad y seriedad a relatos e historias de una riqueza narrativa sin parangones.

    Lisa y llanamente, eso es y será la saga Percy Jackson, cuyo origen literario se ancla a su par literario Percy Jackson y los dioses del Olimpo, del escritor estadounidense Rick Riordan, que cuenta con cinco novelas. El comienzo cinematográfico de este despropósito se remonta al año 2010 con la introducción del personaje en la primera película Percy Jackson y el ladrón del rayo, donde se cimentan las bases de esta mitología pocket con el protagonismo del hijo del dios Poseidón (Logan Lerman), quien además de enterarse de ese pequeño detalle también comienza a conocer que entre los mortales viven los semidioses y que Estados Unidos se parece mucho al Olimpo (no el equipo de fútbol).

    Más allá de la mediocridad habitual de todo tipo de relato para adolescentes, el principal problema de esta saga se multiplica en la segunda entrega, Percy Jackson y el Mar de los Monstruos, dirigida en piloto automático por Thor Freudenthal –recuérdese que su antecedente cinematográfico es Hotel para perros-, es decir, un héroe que no es héroe; villanos que tampoco tienen peso de villanos; referencias a la cultura pop estadounidense y torpeza narrativa en general.

    ¿Cómo salvar entonces un relato donde la palabra aventura parece un holograma defectuoso y las peripecias a las que se someten los héroes niveles de videojuego con baja resolución de pantalla? Eso sintetiza a grandes rasgos esta nueva propuesta en la que el grupo de descendientes de dioses del Olimpo, léase Percy, Clarisse (Leven Rambin) y Annabeth (Alexandra Daddario), hija de Atenea, acompañadas por el sátiro Grover Underwood (Brandon Jackson) y un nuevo personaje, medio hermano del protagonista que viene a representar al diferente porque tiene un solo ojo debido a su origen ciclópeo llamado Tyson (Douglas Smith) hacen de las suyas.

    La misión de estos muchachos no es otra que buscar el Vellocino de oro en manos del cíclope Polifemo para así recuperar la seguridad del campo mestizo y resucitar a Thalía (no la cantante que alguna vez fue virgen), hija de Zeus que se sacrificó para proteger a sus compañeros del ataque de un minotauro robotizado, pariente de algún Transformer segregado de la saga de Michael Bay.

    Así las cosas, y fieles a la premisa que reza la unión hace la fuerza, la aventura –término demasiado grande para el caso- nos traslada al ya mencionado Mar de los monstruos, donde se supone el público debería abrir la boca deslumbrado mientras ingesta pochoclo por ese despliegue visual sin precedentes que no es tal.

    El resto es más de lo mismo y claro tratándose de semi dioses nadie va a pretender que haya un muerto o algo parecido para que la emoción de la épica aflore y la misión se torna prácticamente imposible si dependemos pura y exclusivamente del carisma de Percy, que al igual que Harry Potter le queda bastante grande el traje de héroe pero a diferencia del mago con anteojos acá no hay magia que lo salve.

    Pobre mitología.
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  • P3nd3jo5
    P3nd3jo5
    CineFreaks
    Ituzaingó silente

    En ituzaingó transcurre esta ópera de tres actos y una coda que como toda ópera no puede ser otra cosa que una historia trágica en la que las almas errantes y adolescentes del cine de Raúl Perrone se vuelven fantasmas o portadores de verdades que parecen no querer escucharse.

    P3nd3jo5 por un lado es el opus número 30 del director y por otro un retorno a su cine de los comienzos pero también la apuesta al cambio y al experimento que significa mutar, transitar por caminos distintos sin perder el horizonte, la brújula y la esencia. Y es en ese sentido donde se potencia haber elegido un registro cercano al cine mudo precisamente para gritar a los cuatro vientos a este ituzaingó silente, con intertítulos, música incidental que mezcla la cumbia electrónica con lo clásico en una textura plástica que abraza la composición 4:3 y explota las virtudes expresivas del blanco y negro, los grises y algunas imágenes de una belleza y poesía inolvidables.

    Se nota cada vez que la cámara sale a la calle o se esconde como cazador furtivo a la espera de sus presas: skaters –algo del film 180 grados se recuerda por momentos- que ensayan el salto al vacío; descreen del futuro pero viven con plena intensidad cada momento como este proyecto del realizador, absolutamente transformador, anárquico y de una potencia visual arrolladora.

    Cuando la experiencia cinematográfica recupera para nuestras retinas títulos ya consagrados por el solo reflejo de encontrar en la pantalla cierto homenaje o indicio, aunque tal vez ninguno de ellos, no cabe otro modo de pensar que existe una sintonía extra cinematográfica pero que sólo se consigue a partir del hecho cinematográfico por eso el lienzo de esta cumbiópera –así la definió su propio autor- se ve salpicado por Dreyer en la inolvidable Juana de arco (1928) o tal vez Coppola y ese recuadro generacional que significó La ley de la calle (1983).

    Todo está ahí en P3nd3jo5, hay que saber buscarlo y apenas dejarse elevar y descender por sus atmósferas densas, crudas, intensas pero de difícil indiferencia a la mirada. La de Perrone es lúcida y autoconsciente porque su poética permanece intacta.
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  • Séptimo
    Séptimo
    CineFreaks
    Anexo de crítica

    Séptimo es un thriller, mezcla de policial fallido, que explota al máximo la ductilidad actoral del argentino Ricardo Darín a partir de sus apariciones en otros films de género como El secreto de sus ojos -2009-y la más reciente Tesis sobre un homicidio -2013- pero que a diferencia de estos dos títulos no cuenta con un guión sólido y tampoco con las herramientas necesarias para sostener una premisa ambiciosa.

    Es como esos edificios viejos reciclados: por afuera parece un policial redondo pero cuando se entra en su propia inconsistencia las paredes muestran esas fisuras de un guión terminado a las apuradas y la pintura de la fachada empieza a desteñirse como las ilusiones de estar frente a otra buena película de Ricardo Darín.
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  • Venimos de muy lejos, la película
    Homenaje a medias tintas

    Muchas veces para definir el rumbo de un documental se necesita responder una serie de incómodas preguntas: qué, quién y cómo. Superada esta barrera casi conceptual aparecerán otras tantas y cada una de ellas determinará una decisión porque cuando estamos ante un hecho registrado -más allá de la subjetividad en que se inscriba el rol de quien observa- se está ante un fenómeno con muchas aristas por explorar.

    Ese es el problema que arrastra este necesario y valorable homenaje Venimos de muy lejos, la película, de Ricardo Pitterbarg, protagonizado en conjunto por los integrantes del grupo de teatro Catalinas Sur, que lleva tres décadas de existencia a partir de la iniciativa de un grupo de vecinos que vieron en el teatro esa capacidad transformadora y encontraron en el barrio de La Boca no solamente un espacio para habitar sino para construir cultura, solidaridad y por qué no decir política.

    En ese sentido, quizá lo más interesante de este documental se concentre precisamente en las discusiones y charlas entre los propios involucrados por definir qué se quiere contar y cómo, lo que sí queda claro es que la obra de teatro Venimos de muy lejos –estrenada en 1990- y la fuerte historia de los inmigrantes dicen presente en una mezcla de puesta en abismo y puesta en escena meticulosa donde lo teatral también ocupa un lugar de privilegio y la representación otro.

    El escaso material de archivo además supone un conflicto para el repaso histórico, y sobre todo a la hora de los elementos que se buscan para suplantar material de aquel pasado de conventillos y oleadas inmigrantes de otra Argentina y entonces audios en off, inserts de imágenes muy trepidantes se entrecruzan en una de las líneas narrativas donde entra a tallar la idea de alegría o fiesta que se antepone a la muerte o al proceso militar con el devenir de las décadas.

    A esa línea argumental se le suma también la historia del padre del director en una suerte de racconto y regreso al barrio como hijo de padre inmigrante pero también padre de un nieto de inmigrante como es el caso del director.

    Ese es quizá el enfoque menos interesante desde el punto de vista ficcional y un lugar para el recuerdo de viejas historias bastante convencional tratándose de un film que pretende mixturar géneros y estilos como si se tratara de un gran collage cinematográfico.

    Venimos de muy lejos, la película tiene buenas ideas en estado embrionario pero que jamás se terminan de gestar por ese vértigo impuesto y la sensación de falta de rumbo permanente, producto de una nula cohesión narrativa, aunque el objetivo de conocer la labor del grupo de teatro Catalinas Sur, así como su apuesta a la cultura popular para hacer de un barrio un ejemplo de acción política, esté logrado.
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  • Un piso para tres