Ida

Crítica de Pablo E. Arahuete - CineFreaks

Cambio de hábito

Desde la transversalidad y con una estética particularmente relacionada con el cine polaco del pasado, el director y también guionista Pawel Pawlikowski junto a Rebecca Lenkiewicz indaga y escudriña sobre las profundidades de la historia de su país a partir de un relato concentrado en la búsqueda de la identidad y el rescate doloroso y traumático de la memoria histórica.

La Polonia antisemita; la Polonia católica; la Polonia de la post guerra se encuentra retratada de manera descarnada en este film, rodado enteramente en blanco y negro y ambientado en los años 60, cuya protagonista Anna (Agata Trzebuchowska) vive desde pequeña en un convento y se dispone a tomar los hábitos sacramentales una vez saldada la deuda moral con su pasado familiar al enterarse que en realidad ella es hija de judíos y que su nombre real es Ida, de ahí el título original del film. Para ello, la intervención de una tía, Wanda (Agata Kulesza), ex jueza con la que retomará su pasado -pero también intentará conocer desde otro lugar- abre el camino hacia una road movie convencional en la que la información se siembra a cuenta gotas y con enorme sutileza para dar lugar a los tiempos muertos y los climas de agobio, en sintonía con la imagen y sus contrastes de claro oscuros.

Se puede encontrar en este opus del director radicado en Gran Bretaña una fuerte carga estética en el tratamiento de la imagen y la impecable dirección de un elenco sólido en el que destaca el duelo actoral de las dos principales actrices, quienes se complementan de manera extraordinaria. Es muy interesante la transformación de Ida, un personaje calibrado y bien construido desde la ausencia del pasado y la paulatina metamorfosis a medida que toma contacto con sus orígenes, sus muertos y la necesidad de conocer la verdad a pesar de la dureza de Wanda.

Sin trazo grueso o bajada de línea hacia un costado u otro, la película del director Pawel Pawlikowski es un buen ejemplo de revisionismo histórico contemporáneo, sin discursos grandilocuentes o rimbombantes pero que sobre todas las cosas no descuida la condición humana y el drama causado por las heridas de la guerra y el horror del holocausto.