Ida

Crítica de Laura Osti - El Litoral

Exquisitez formal y rigor estético

Pawel Pawlikowski es un director de origen polaco, radicado en Londres, donde ha desarrollado su filmografía. “Ida” es su primera película rodada en su país natal, a través de la cual aborda una temática muy sensible a la experiencia desgarradora vivida por el pueblo de esa nación durante la Segunda Guerra Mundial.

Pawlikowski, autor también del guión junto a Rebecca Lenkiewic, se toma solamente 80 minutos para contar una historia dramática que se ubica en el año 1960, cuando Polonia estaba bajo el régimen comunista de posguerra.

El estilo adoptado es una mezcla de despojamiento y condensación, puesto que con un lenguaje mínimo en un tiempo también mínimo se habla de sucesos que en el pasado marcaron la vida de los personajes para llevarlos a este presente que no es fácil de entender.

La protagonista es Anna (Agata Trzebuchowska), una joven novicia que se encuentra a punto de hacer sus votos finales. Una semana antes de celebrarse esa ceremonia, la hermana superiora le pide que vaya a ver a su única pariente, una tía que vive en una localidad cercana. Anna es una muchacha de una belleza calma, ensimismada, transmite serenidad pero también lejanía, como si las cosas del mundo, literalmente, no la afectaran en absoluto.

Hace un par de preguntas a la superiora y obedece.

Al encontrarse con su tía, Wanda Gruz (Agata Kulesza), la primera impresión es de frialdad y rechazo. Wanda es una mujer dura que trata de sacarse de encima rápidamente a esta visitante inoportuna. Sin embargo, pronto se arrepiente y la acepta.

Anna hace preguntas sobre su origen y por qué su tía nunca la buscó en el convento donde se crió, y así se entera de que fue abandonada allí cuando era bebé porque en medio de la guerra, fue la única manera en que pudieron salvarle la vida. El gran secreto que su tía le revela de pronto y sin anestesia es que su verdadero nombre es Ida Lebenstein y que es judía, que a sus padres los mataron los nazis y que ella sobrevivió porque la abandonaron en un convento católico.

Ida quiere saber dónde están enterrados sus padres para ir a visitar la tumba. Entonces Wanda, que fue una reconocida militante comunista que luchó contra la invasión alemana, que fue fiscal de Estado y actualmente es jueza regional, decide acompañar a su sobrina en la búsqueda de las respuestas a sus preguntas.

Pero Wanda también esconde sus propios secretos y tiene sus asuntos que resolver. En una suerte de road movie por paisajes nevados, tía y sobrina llegan al lugar donde vivió la familia hasta los desgraciados hechos que provocaron la muerte de los padres de Ida y de alguien más, muy querido para Wanda.

En este viaje que sólo dura un par de días, ambas mujeres tienen experiencias profundas que van a modificar su manera de ver las cosas y las impulsarán a tomar decisiones difíciles, como un modo de cerrar las cuentas que habían quedado pendientes y como paso necesario para empezar una vida nueva.

Lo que impacta y también desconcierta de esta película no es el relato en sí sino la manera de contarlo. Pawlikowski manifiesta un marcado rigor esteticista, usa película en blanco y negro, muchos planos fijos con un encuadre que deja un gran espacio al entorno físico que rodea a los personajes y otros detalles técnicos sólo para especialistas. También la banda sonora cobra un protagonismo importante, estableciéndose un contrapunto entre la música clásica con su rigor formal-institucional y el jazz, con su impronta de improvisación y libertad.

“Ida” es una película de una exquisitez visual irreprochable que se destaca por su originalidad para abordar varios temas de enorme trascendencia, sin tomar partido por ninguna de las posturas expuestas, evidenciando una significativa influencia de la tradición cinematográfica del este europeo y también nórdica, con su estética inclinada al tema social y a la tragedia humana-espiritual, pero invitando a la reflexión y al distanciamiento.