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Imagen del crítico Laura Osti
Laura Osti
  • Cantidad de críticas: 35
  • Promedio: 72%
  • Críticas favorables: 34/35 (97%)
  • Críticas desfavorables: 1/35 (3%)
  • Diferencia absoluta: 8%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: El Litoral
  • Tenemos que hablar de Kevin
    La raíz del odio y sus consecuencias

    En “Tenemos que hablar de Kevin”, de la directora escocesa Lynne Ramsay, la historia, los personajes, el ambiente, la imagen, la forma en que está narrada y el montaje, son un todo articulado, una unidad de sentido que muestra pero no explica por qué a veces suceden cosas que van más allá de lo previsible o de lo considerado normal.

    El film se centra en la relación madre-hijo, entre una joven madre primeriza, Eva (Tilda Swinton) y Kevin (Ezra Miller) su primogénito, un niño raro.

    El relato no sigue un discurso lineal, se va desplegando a la manera de un rompecabezas en el que las piezas van cayendo de manera caótica, dislocada en el tiempo y el espacio. El tono de tragedia se respira desde el primer plano y se mantiene en altos niveles durante toda la película hasta el final, y sumerge al espectador en un estado de inquietud, a veces de rechazo. Esos sentimientos son los que manifiesta Eva hacia su hijo, incluso desde antes del parto. Ambos mantienen una relación tensa, de mutua agresividad, fría y a menudo perversa.

    El padre, Franklin (John C. Reilly), es apenas una figura secundaria que suele poner un poco de equilibrio, funcionando a veces como el factor que aparece para descomprimir la siempre alterada relación de la madre con el hijo.

    Ramsay apela también al uso de íconos y símbolos, que refuerzan el mensaje de disfuncionalidad que afecta a la familia, a la que se agregará, años después, otra hija, una niña de conducta más normal, pero que será una de las primeras víctimas de la violencia de su hermano mayor.

    Frialdad, un orden maníaco, ausencia de alegría, sentimientos de furia reprimida, son las características del hogar, aun cuando Franklin, un mediocre y simplón, trata de poner a veces un toque de sentido común. Pero es evidente que ni entiende demasiado lo que está pasando en el seno de su familia ni se hace cargo tampoco de la gravedad de lo que se está gestando, de modo que cuando todo estalla finalmente, sucumbirá también como el resto de las víctimas del joven.

    Porque hay que decir que lo que intenta Ramsay, a partir de la recreación de la novela de Lionel Shriver, es escudriñar el entorno familiar del protagonista de una matanza en un colegio secundario de Estados Unidos. La idea dominante es que el problema quizás tenga el origen en la falta de sentimientos maternales de esa mujer escuálida y gélida. La cuestión es que Kevin crece de una manera diferente al resto de los niños, tiene dificultades para incorporar el lenguaje, dificultades para controlar esfínteres, dificultades para expresarse, pero se revela como un frío y calculador manipulador, que se va de las manos de sus progenitores y de todo el sistema, provocando una tragedia que nadie supo prevenir a tiempo.

    Olla a presión

    La película parece pensada a la medida de la capacidad histriónica de Tilda Swinton, que construye el personaje exacto que la historia requiere, y también es de destacar la interpretación de Ezra Miller, con su adolescente terriblemente perturbador y hasta por momentos, repulsivo.

    Sin atenuantes, finalmente madre e hijo se enfrentan cara a cara y se hacen cargo de su mutua desgracia, sin atisbos de redención, dejando la impresión de que esa olla a presión que son esos indescifrables sentimientos que los unen pueda volver a estallar en cualquier momento. El punto de vista es despojado y no toma partido por ninguno de los personajes, simplemente muestra lo que quizás nadie quiera ver.
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  • Espejito, espejito
    El eterno femenino y un mito que regresa

    La Reina es una bella mujer, pero más que bella, es malvada. Es ambiciosa, inescrupulosa y ha usado su belleza para conquistar hombres poderosos. Se vanagloria de haber tenido ya cinco maridos, contando al último, el Rey, padre de Blancanieves, muerto en misteriosas circunstancias.
    Es decir, que ahora la Reina es la ama absoluta del reino que heredó de su último marido y madrastra de la joven y bella Blancanieves, una muchachita que acaba de cumplir dieciocho años. Joven y hermosa, se convierte en una presencia desestabilizante para la malvada mujer, que pretende seguir reinando sin competencia de ninguna especie.
    El clásico relato infantil es retomado en esta oportunidad por el director indio Tarsem Singh, tomando como figura central precisamente a la mala del cuento. De ahí que toda la propuesta descansa fundamentalmente en el trabajo de la actriz Julia Roberts, que compone una bruja de manual pero aggiornada a los tiempos que corren.
    El tópico de la mujer bella que concentra poder gracias a esa cualidad, la juventud y la malicia, y que por lo tanto considera al paso del tiempo como su peor enemigo y a la competencia de mujeres más jóvenes su peor amenaza, es un clásico de todos los tiempos y de todas las culturas.
    El mundo siempre ha sido demasiado sensible a esos atributos, en detrimento de otros valores, como la bondad, la lealtad, la virtud y el sacrificio. En estos relatos arquetípicos, el mal, la manipulación y el poder basado en malas artes es una fuerza muy poderosa que siempre pone en peligro a los más honestos. Generalmente, se confunde esa cualidad con debilidad, en la relación de fuerzas, el mal siempre parece más fuerte que el bien. Cuenta con más recursos, apela a la magia, a trucos, mentiras y demás conductas que una persona justa jamás usaría.
    En este caso la historia respeta esos preconceptos y se concentra en los esfuerzos que hace una Reina ya madurita, en bancarrota, con una princesita que asoma como su rival más peligroso y con sus encantos en franca decadencia. ¿Qué hacer para reciclarse y seguir disfrutando de las mieles del éxito? Conseguir otro marido poderoso a quien engatusar y exprimir. Por allí aparece un despistado Príncipe, apuesto y honorable, y la Reina se lanzará a su conquista.

    Realidad y fantasía

    A Hollywood le gusta reírse de sí mismo y las tribulaciones de la monarca no se ven diferentes a las de una diva acostumbrada a las mieles del éxito a cualquier precio y que ve con horror los atormentadores indicios de la decadencia.

    La propuesta de Singh le da gran importancia al juego coreográfico, al vestuario colorido y fantástico, y a las situaciones que mezclan realidad con fantasía.

    Y en el plano de los contenidos, enfoca el relato poniendo también un poco el acento en la cuestión social, en el sufrimiento que los delirios de grandeza y la ambición desmedida de la Reina infiel traen al pueblo, agobiado por el hambre y esquilmado por impuestos cada vez más elevados.

    ¿Y los enanitos? Pues bien, constituyen un grupo de marginales expulsados del Reino por indeseables (feos) y que no han tenido más remedio que convertirse en bandidos para subsistir. En manos de ellos quedará Blancanieves cuando escape de su asesino, Brighton, uno de los más fieles cortesanos de la malvada madrastra. Y con ellos reconquistará el Reino, legado de su padre, a quien también rescatará del hechizo en el que lo tenía envuelto la Reina y colorín colorado... Blancanieves y el Príncipe se casarán y una nueva etapa, más normal, parece inaugurarse a partir de la derrota de la bruja.

    Julia Roberts demuestra un gran profesionalismo, imprimiéndole a su personaje más humanidad, haciendo una mala típica aunque en tono de humor, pero los otros personajes no pasan del estereotipo, como si se tratara de un mero baile de disfraces.
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  • Protegiendo al enemigo
    La confianza es lo primero que se pierde

    “Protegiendo al enemigo” es un thriller de acción que saca a relucir algunos trapitos sucios de la Central de Inteligencia Americana, en una ficción que tiene como escenario a Ciudad del Cabo, la capital de Sudáfrica. Todo lo que sucede en esta película ocurre en las entrañas mismas de la agencia, se trata de un asunto interno que primero implosiona y luego explota y trasciende los muros del silencio impuestos por la “seguridad”.

    Matt Weston (Ryan Reynolds) es un joven agente que tiene a su cargo la custodia de una “casa segura”, como se denomina a un centro donde se cumplen determinadas misiones secretas. La rutina es un tanto aburrida, ya que generalmente no pasa nada, pero de golpe un día todo cambia. Sus colegas traen a un detenido a quien tienen que interrogar. Se trata de Tobin Frost (Denzel Washington), un ex agente de la CIA, a quien se le atribuyen acciones que han perjudicado directamente a sus compañeros, provocando la muerte de varios de ellos.

    Los espías lo descubren merodeando el consulado de Estados Unidos en la ciudad sudafricana y lo arrestan para saber qué estaba haciendo ahí. Conociendo sus antecedentes, saben que el tipo es peligroso. Pero a los pocos minutos de haber llegado, un grupo comando irrumpe a sangre y fuego para tratar de rescatarlo. ¿Qué está pasando? Weston está desconcertado y la seguridad de la casa es su responsabilidad.

    Allí, en medio de la balacera y la confusión, comienza una relación de mutua conveniencia entre el desertor y el novato. Para salvar sus vidas, deben apoyarse uno al otro y salir del lío como sea.

    De este modo se desata una serie de persecuciones y encontronazos, mientras se va develando el intríngulis de la trama.

    Parece ser que Frost tiene pruebas de alguna ropa sucia que involucra a agentes de la CIA y de otras agencias de espías de otros países, todos implicados en negocios oscuros y traiciones que salpican a altos funcionarios. Frost no es un patriota, o en todo caso es un patriota decepcionado. Desde que se abrió de la CIA, solamente piensa en hacer su propio negocio.

    En cambio Weston, joven y confiado, todavía cree en la honorabilidad de la agencia y sus códigos de seguridad. Sin embargo, esta experiencia lo colocará ante otra perspectiva, y el ex agente descarriado será una especie de mentor de esta nueva etapa que indefectiblemente se abre en su vida. Le develará la trama secreta de corrupción que se entreteje dentro de la CIA, y le hace comprender la gravedad del asunto.

    Las cosas se irán develando entre balacera y balacera. La película dirigida por Daniel Espinosa tiene todos los ingredientes clásicos de un filme del género de espionaje y acción. Intriga, secretos pesados, traiciones, violencia extrema, muchos muertos y un poco de romance, además de algunos códigos de honor, que funcionan pese a todo. Y a Denzel Washington como garantía de buena actuación.
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  • El topo
    El topo
    El Litoral
    Encontrar la manzana podrida

    La acción transcurre en el año 1973, en Londres, como escenario principal. Es el tiempo de la Guerra Fría, época en la que los servicios secretos de las grandes potencias trabajaban a full en tareas de espionaje y contraespionaje y todo tipo de acciones que involucraran a otros países. El MI6 era un actor importante en esas cuestiones.

    El topo, basada en una novela del ex agente secreto, más conocido como escritor, John le Carré, refiere a un asunto interno dentro de la comunidad de espías, que derivó en un conflicto grave que puso en jaque la seguridad del reino.

    El detonante fue el fracaso estrepitoso de una misión en Hungría, que fue calificada por la cúpula de MI6 como “un desastre” y provocó la renuncia del jefe, Control (John Hurt), quien debió abandonar su cargo junto a su lugarteniente, George Smiley (Gary Oldman).

    Pero ambos toman caminos separados, mientras Control se repliega y aceptando el fracaso da un paso al costado. A Smiley, el gobierno le pide que investigue las filtraciones dentro del servicio secreto, ya que se está ante la evidencia de que hay un desertor que conspira desde adentro.

    Smiley, un hombre oscuro y silencioso, que no atraviesa un buen momento personal, puesto que su mujer lo dejó para irse con un colega, contará con la ayuda de un joven agente, Peter Guillam (Benedict Cumberbatch), todavía no contaminado por los vicios del oficio. Por su parte, Control le hace saber a Smiley que su lista de sospechosos se reduce a cinco, todos del equipo: el “calderero” Percy Alleline (Toby Jones), el “sastre” Bill Haydon (Colin Firth), el “soldado” Roy Bland (Ciarán Hinds), el “pobre” Toby Esterhase (David Dencik) y el “espía”, el propio Smiley.

    En pocas palabras, todos están en la mira de todos. Ese trabajo es así, nadie puede confiar en nadie y la traición es moneda corriente. Pero cuando las cosas se ponen muy pesadas y las órdenes de arriba son encontrar al soplón, no hay otra cosa que hacer que cumplir las órdenes.

    El relato se va desenvolviendo intercalando en el tiempo presente fragmentos de hechos que ocurrieron en el pasado, sucesivos flashbacks que van enhebrando una historia en la que cada uno de los nombrados ha tenido alguna participación.

    Smiley también recurre a una vieja colega, Connie Sachs (Kathy Burke), ya retirada pero con buena memoria, que le aporta algunas pistas importantes, y al fin, las piezas se irán encajando como en un gran puzzle, hasta que finalmente se arribará a una solución eficaz.

    La película dirigida por el sueco Tomas Alfredson es impecable en la construcción de climas, acompañada por una música muy sugerente que contribuye a poner el tono de intriga y un algo de angustia al relato. También se destaca el cuidado de los detalles y el seguimiento de los actores, sus pequeños gestos, todo eso que debe atender un buen agente secreto. A la cámara de Hoyte van Hoytema no se le escapa ningún dato significativo.

    El elenco es excelente, está a la altura de la historia y de la calidad demostrada por el director. Es un film de neto corte británico, sin estridencias, inteligente, que invita a pensar al mismo tiempo que entretiene con recursos nobles, propios del cine clásico, en el que el contenido es lo más importante y la forma acompaña.
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  • El Artista
    El Artista
    El Litoral
    El cine nuestro de cada día

    “El artista” es una película concebida con espíritu de homenaje. Es una mirada nostálgica hacia los inicios de una industria-entretenimiento, allá por las primeras décadas del siglo XX, en el epicentro de la imagen en movimiento: Los Ángeles-Hollywood.

    La propuesta de Michel Hazanavicius es un juego de cine dentro del cine, en un guión que se va encastrando como cajas chinas, con una historia de la cual surge otra, pero siempre dentro de lo que es ficción pura.

    El protagonista, George Valentin, es un galán del cine mudo de los años ‘20, exitoso. Sus películas rompen las taquillas, una multitud lo asedia cada vez que aparece en público y los reporteros gráficos se pelean por obtener una “exclusiva” que impacte en las ventas de su periódico.

    En uno de esos entreveros, George conoce a una joven, que, un poco por azar y otro poco por audacia, consigue sortear la barrera policial de contención y logra acercarse a la estrella, justo cuando estaba posando para los fotógrafos en las puertas de un hotel. Peppy Miller es una muchacha encantadora, fresca, simpática, y capta la atención del artista que se deja besar y fotografiar con ella. Este gesto le abrirá las puertas a la joven para comenzar lo que sería una rápida y ascendente carrera cinematográfica.

    La película está filmada en blanco y negro, con una impecable reconstrucción de época, para la cual no se han ahorrado recursos, desde los ambientes, el vestuario, los automóviles, la música de fondo... en fin, una recreación casi perfecta del Hollywood de aquellos tiempos, hasta el mínimo detalle.

    El juego que presenta Hazanavicius es contar a través de un film mudo, precisamente la transición entre esa forma de filmar y el surgimiento del cine sonoro, desde las entrañas mismas de la industria. Porque la historia comienza cuando George está en pleno apogeo de su carrera y Peppy apenas comienza, pero pronto su mentor empezará a declinar (por no poder adaptarse a los nuevos retos de la profesión) y en cambio, la joven actriz asciende vertiginosamente de la mano de los flamantes recursos que unen imagen y sonido.

    “El artista” imbrica una historia dentro de otra, ya que además de concentrar en pocos minutos ese período de cambio, lo hace a través de lo que es también una historia de amor. A pesar de que sus vidas tomarán rumbos diferentes, Peppy nunca olvidará a George, y cuando éste ya no tenga qué vender para hacer frente a sus gastos, sin trabajo y sin poder adaptarse a los nuevos tiempos, allí aparecerá ella para rescatarlo.

    Triunfa el amor

    La narración, sencilla, apela a los trucos típicos de la época para amenizar el espectáculo, desde un perro amaestrado hasta bailes y gags exagerados. También desfilarán personajes típicos, como el fiel chofer del artista, la esposa que no soporta la crisis y se va, el productor implacable que defiende su negocio caiga quien caiga, el público que corre detrás del éxito y olvida pronto a los perdedores... pero, a pesar de todos los conflictos y sinsabores, el amor logrará triunfar.

    Con aire ingenuo pero rigor formal, aun cuando no pueda evitar tomarse algunas licencias, pareciera que “El artista” intenta ser una metáfora del mundo del cine válida para todos los tiempos, invitando a la reflexión sobre sus orígenes, en un tiempo en que la acción y los trucos tecnológicos parecen haber llegado a un paroxismo casi deshumanizante.
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  • Los descendientes
    Un tropiezo llamado muerte

    Alexander Payne, conocido por sus realizaciones “La elección”, “Entre copas” y “Las confesiones del Sr. Schmidt”, mantiene cierta coherencia en sus temas preferidos con su nueva película, “Los descendientes”.

    Renombrado como director indie dentro de la maquinaria de Hollywood, bucea en cuestiones psicologicistas. Sus relatos ponen el acento en el universo interior de los personajes y cómo, por alguna eventualidad de la vida, ese escenario sufre modificaciones, más o menos conflictivas, según la manera en que se perciba la nueva situación desde la perspectiva de los protagonistas.

    Sin apartarse un ápice de lo que aparenta ser lo más normal del mundo, lo menos extraordinario, incluso hasta feo o que no responde a los cánones de belleza del mercado, Payne se esmera por poner a sus personajes en eventualidades comunes y corrientes, que sin embargo tienen su carga trágica.

    En esta oportunidad, cuenta la historia de un padre de familia, de mediana edad, que debe hacer frente a un hecho que conmociona totalmente su existencia. Su esposa ha sufrido un accidente que la deja postrada en estado vegetativo y debe hacerse cargo del cuidado de sus hijas, una niña de diez años y una adolescente de diecisiete.

    Matt (George Clooney), el padre, es un hombre adinerado integrante de una familia tradicional de Hawaii, y el accidente de su mujer, Elizabeth, lo sorprendió lejos de su hogar, en viaje de negocios.

    Al principio, no consigue asimilar del todo el golpe y pretende recomponer las cosas, alienta la esperanza de que su esposa despierte, recuperar su matrimonio e iniciar una nueva etapa, en la que promete atender mejor a su familia.

    Es evidente que está en pleno estado de shock y no sabe ni por dónde empezar, entonces lo que reclama es que su mujer vuelva. Pero los médicos se encargarán de colocarlo ante la difícil e irreversible realidad, Elizabeth está en una situación de muerte cerebral y ya nada se puede hacer. No obstante, le dan unos días a Matt para que comunique la gravedad de la situación a las niñas, a los parientes y a los amigos, para que tengan tiempo para despedirse y así poder continuar con los procedimientos protocolares que se siguen en estos casos (donación de órganos, etc.).

    Da la impresión de que la vida en Hawaii es verdaderamente paradisíaca. Mansiones confortables, una naturaleza maravillosa, calles tranquilas y limpias, y gente descontracturada en ropa playera todo el día, aun en las reuniones de negocios. Y además, aparentemente, un sistema legal moderno y que funciona, que no deja nada librado al azar.

    Duelo personal

    En ese marco de contención, el único y verdadero problema de Matt es el duelo personal y cómo reorganizar su vida de ahora en más. Y en eso se concentra la película. Así, en plena crisis, se enterará de algunos secretos dolorosos que guardaba su mujer y se enfrentará a la impotencia de no poder discutir con ella, ni poder resolver la situación juntos.

    Se apoyará en sus hijas y también recibirá el afecto de un nutrido grupo de amigos. Aunque simultáneamente tendrá que seguir con los negocios familiares, que involucran a varios primos, todos herederos de una buena porción de tierra virgen en la maravillosa isla. Y resulta que Matt es el administrador que debe resolver la venta. Pero la muerte de su mujer hará que se produzca un cambio de planes también en ese aspecto.

    La película de Payne se concentra en la transformación que en pocos días sufre este hombre y cómo de la crisis parece surgir un nuevo proyecto de vida. Matizado con algunos momentos de humor, aun en medio de la tragedia, con ese tono algo liviano característico del director, la película se disfruta precisamente porque ni el dolor es tan agobiante ni la situación es tan desesperada. La única que está verdaderamente jodida es la accidentada, pero como ya no siente nada, en realidad lo único que deja es un vacío al que los demás deberán adaptarse lo más rápido posible.

    Muy buena la fotografía, Clooney está correcto y hasta incluso llora lágrimas que parecen verdaderas, y las niñas logran una buena química con él. Es una película que se deja ver de manera confortable y de paso, recrear la vista con paisajes hermosos.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Ethan Hunt Recargado

    Tom Cruise ha dado un paso verdaderamente gigantesco en su apuesta por el cine de acción y su (ya propia) marca “Misión Imposible”. Es la cuarta película que produce y protagoniza, basada en la mítica serie sesentista. En esta oportunidad, bajo la dirección de un experto en cine de animación, Brad Bird, quien le da un toque especial a la imagen y a las escenas, para hacerlas más atractivas, más impactantes, más atrapantes.

    Pero no todos son trucos en Misión Imposible 4, y ahí está la gracia, el acierto espectacular de esta entrega. Hay mucho trabajo de actores que no tienen miedo de poner sus cuerpos, trabajo en el que Cruise se lleva las palmas porque se luce en escenas de alto riesgo, nada menos que trepando como hombre araña la torre Burj Khalifa de Dubai, el edificio más alto del mundo, piruetas que realizó sin utilizar dobles.

    Por supuesto que esa hazaña es la marca de la película, el clímax, no obstante no hay que desdeñar todas las demás secuencias en que ocurren situaciones en las que se combinan la extrema violencia con la velocidad, luchas cuerpo a cuerpo, persecuciones y todo tipo de encontronazos de alto voltaje, que crean un clima muchas veces catastrófico, con explosiones, cristales que se rompen, patadas y golpes de puño capaces de demoler al adversario más duro.

    Ya desde el comienzo, la adrenalina empieza a correr en altas dosis, cuando el agente Ethan Hunt protagoniza una alocada fuga de una prisión de Moscú, donde estaba recluido por cuestiones más bien personales, pero que no conviene revelar.

    Su fuga tendrá apoyo externo de agentes de la Fuerza Misión Imposible (FMI) y eso significa ni más ni menos que lo necesitan para otra misión. Como todo el mundo sabe, la FMI está compuesta por agentes de elite que sin embargo tienen la libertad de aceptar o no los trabajos que les proponen, que siempre conllevan altísimos riesgos y requieren un gran despliegue logístico, tecnológico y financiero, además de habilidades de todo tipo. No son cosas ni para improvisados, ni para energúmenos sin cerebro, ni para timoratos.

    Benji (Simon Pegg) y Jane (Paula Patton) serán los compañeros de Ethan en este trabajo, a quienes se une luego William (Jeremy Renner). Primero deberán ingresar clandestinamente al Kremlim, para tratar de hacerse con algunos códigos secretos, que los llevarían tras las pistas de una conspiración en ciernes capaz de causar un gran daño a Estados Unidos. Pero ya en la sede del poder de Moscú y en plena tarea, ocurren imprevistos, intercepciones, que desbaratan el plan original y para colmo los muchachos de la FMI quedan expuestos y acusados de los desastres que ocurren. ¿Y qué es lo que pasó? un tercero en discordia, Trevor (Josh Holloway) aprovechó la ocasión y armó tal revuelo que todos quedan confundidos y persiguiendo al hombre equivocado. Mientras, la conspiración avanza con sus planes maléficos.

    Este desastre obliga a los Estados Unidos a activar el “Protocolo Fantasma” para abortar la misión en Moscú y los agentes quedan a la buena de Dios, librados a su propia suerte. Y aquí es donde aflora el espíritu que anima a estos héroes, sabiendo el gran peligro que anda suelto, deciden continuar tras los sospechosos, a pesar de no tener ningún apoyo oficial. Y se lanzan a una misión no autorizada bajo su propio y exclusivo riesgo.

    Las aventuras, que entre piña y piña se salpimientan con un poco de humor y un poco de amor, suceden en Moscú, Budapest, Dubai y la India, todos escenarios exóticos que dan un marco visual atractivo y misterioso a la vez a todas las escenas de acción en las que el equipo de la FMI sale airoso, logrando, una vez más, salvar al mundo de una terrible amenaza.
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  • Alamar
    Alamar
    El Litoral
    Un mensaje sencillo y profundo

    El amor es un sentimiento que trasciende fronteras, es un idioma universal accesible para todos y cuando se presenta, no es posible escapar de él. El amor es el tema central de la película “Alamar” del joven realizador mexicano Pedro González-Rubio.

    Basada en una historia real, tratada con características de documental, la narración adquiere una dimensión casi metafísica. Jorge es un joven buceador que vive en el Caribe mexicano, en la zona del Banco Chinchorro, uno de los arrecifes más grandes del planeta. En un verano, conoció a una turista italiana, Roberta, se enamoraron y tuvieron un hijo, Natan. Después de un tiempo, ella quiso volver a su país y se fue con el niño. Jorge siguió con su vida en el mar.

    Cuando Natan tiene cinco años, va a México a pasar una temporada con su padre y todo lo que ocurre durante su estada con él es el desarrollo principal de la película.

    Jorge vive en una casa de madera sobre pilares, un palafito en la orilla del mar, como otros pescadores. Durante el día, en una pequeña embarcación, navega mar adentro hacia los lugares propicios para la pesca, que se realiza bajo el agua y con harpón.

    Tímidamente, Natan va tomando contacto con ese mundo tan diametralmente opuesto a su universo cotidiano en una ciudad europea. En el Caribe impera la sencillez, la pobreza de recursos materiales, pero encuentra un mundo natural maravilloso, totalmente a su disposición.

    La cámara de González-Rubio va registrando cada detalle que el niño descubre, cada experiencia nueva, siempre junto a su padre, que lo cuida, lo protege y le enseña a entender y a disfrutar del entorno.

    En el relato escasean las palabras, no hay mucho para decir, apenas lo elemental, y sí mucho por experimentar. Desde las tareas en la casa hasta el cuidado de las embarcaciones y lo más emocionante, las aventuras bajo el agua, entre los arrecifes, en medio del mar.

    Natan toma contacto y aprende a reconocer cada producto que su padre extrae desde las profundidades, los peces y frutos de mar que se irán acumulando sobre la embarcación y que significan el sustento diario de Jorge y de su padre, quien lo acompaña cada día. Una tradición familiar, que pretende transmitir a su pequeño hijo, a pesar de que la mayor parte del tiempo vivan distanciados.

    La seducción

    Y el espectador, seducido por las elocuentes imágenes, cargadas de belleza y de significaciones, aprenderá a conocer esa parte del mundo a la par de Natan y se dejará llevar, con absoluta confianza, como el niño se entrega al cuidado de su padre y de su abuelo.

    Lo que consigue González-Rubio es reunir en unos 70 minutos un mensaje sencillo y profundo a la vez, que habla de las diferencias pero también de la convivencia, y al mismo tiempo, aprovecha para mostrar uno de los lugares más bellos del planeta, de gran interés no sólo para el turismo sino para la comunidad científica y la conservación de la naturaleza.

    Un cúmulo de información en un largometraje, tomando como eje la relación fundamental padre-hijo-naturaleza, en un viaje iniciático.

    Una belleza.
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  • La piel que habito
    Siempre hay lugar para un rollo más

    Robert es un cirujano plástico exitoso que además se dedica a la investigación. En los últimos tiempos ha estado experimentando en su laboratorio en la creación de piel, mediante un procedimiento transgénico, para ser usada en humanos.

    Sus aplicaciones serían varias, desde reparación de heridas producidas por quemaduras hasta prevención de otras enfermedades, “como por ejemplo, la malaria”, dice sin titubear ante un auditorio de colegas que lo escuchan entre maravillados e incómodos.

    Pues a partir de ahí empieza a desenrollarse la historia que hay detrás de Robert. Resulta que el hombre estuvo casado con una mujer muy bella que casi muere víctima de un accidente de tránsito en el que el vehículo en el que viajaba se incendió. Rescatada de entre las llamas, aún con vida, logró sobrevivir gracias a los cuidados de su esposo, pero quedó desfigurada. Mientras la cuidaba, Robert empezó a investigar la manera de recuperar la belleza perdida de su mujer.

    La historia que cuenta Pedro Almódovar en “La piel que habito” está basada en la novela Tarántula, de Thierry Jonquet, y refiere al caso de este médico quien, pese a sus esfuerzos por salvar a su esposa, no lo consigue, aunque le queda una hija, la que sin embargo, al haber presenciado el suicidio de su madre (por culpa de un espejo inoportuno que se cruzó en su camino), debió ser internada en un neuropsiquiátrico ya que la experiencia la sumerge en la locura.

    Es decir que la vida de Robert no es un lecho de rosas ni nada que se le parezca. Pero la vida le tiene reservadas todavía más experiencias extremas. Cuando su hija parece recuperada, decide llevarla a una fiesta para que se empiece a socializar y no va que cae en manos de un joven drogadicto que solamente quiere divertirse. Una confluencia de señales y situaciones hacen que el encuentro entre los chicos se convierta en una desgracia.

    A partir de entonces, el cirujano plástico volverá a sus experimentos, pero ahora motivado por su sed de venganza y pasará fronteras, físicas, mentales, morales y espirituales, hasta lograr resultados extraordinarios. Claro que todo eso ocurrirá en la clandestinidad y en el más absoluto aislamiento, en su clínica privada, que también es su hogar, una especie de fortaleza hermética en las afueras de Madrid.

    Almódovar vuelve a sus obsesiones en “La piel que habito”. Pone a jugar cuestiones que tienen que ver con los deseos más profundos que anidan en la mente humana y que a veces consiguen manifestarse, dando rienda suelta a fantasías que no por retorcidas no resultan familiares.

    El clásico tema del científico loco que experimenta con seres humanos, logrando transformaciones que pueden llegar a modificar de tal manera la naturaleza, que lo que se obtiene ya no se sabe a qué categoría pertenece. Sin embargo, y pese a todas las transgresiones, la crueldad extrema y la perversión dominante, el director manchego parece añorar un espíritu de normalidad al que se aferra siempre. Un retazo, apenas un recuerdo medio perdido de algo que pertenecía a otra realidad, esa realidad perdida, destruida y fragmentada, irremediablemente transformada en otra cosa.

    Almodóvar cuenta historias entre absurdas e inverosímiles, sólo para expresar a través de su arte, los delirios a lo que se puede llegar cuando se va más allá de los límites conocidos, y lo hace con cierto refinamiento.
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  • Violeta se fue a los cielos
    Un homenaje a la pasión creativa

    “Violeta se fue a los cielos” es un film que despierta emociones, tal como inspiraba en vida la figura que evoca, la compositora e intérprete chilena Violeta Parra.

    El guión está basado en una biografía escrita por el hijo de la cantante, Ángel Parra, y no se puede soslayar que se trata de una mirada intimista, subjetiva, una aproximación, cuyo valor en todo caso, más que artístico, está en acercar al público un poco, un algo apenas, de lo que fue la carnadura humana de un personaje que se entregó con pasión al arte y que tomó su vida como parte de su obra.

    Porque lo que queda explícito en esta reconstrucción fragmentaria, compuesta de retazos de recuerdos sin una sucesión lógica ni necesariamente cronológica, es la imposibilidad de separar la vida y la obra de la artista. Lo que se trata de mostrar es cómo esta concepción de la existencia puede llegar a momentos de brillo, incendios casi de creación, y también puede hundir en abismos de autodestrucción, sobre todo cuando la artista siente que pierde la conexión con la gracia creativa y se cree perdida.

    Es una historia que habla de la desmesura y de los límites.

    La película del chileno Andrés Wood recorre la vida de Violeta desde sus primeros años, cuando junto a sus hermanos acompañaba a su padre, un músico popular que se ganaba unas monedas cantando en bodegones de mala muerte, en pueblitos de la puna.

    Pronto, los chicos quedaron solos de toda soledad y tuvieron que hacerse cargo de sí mismos, con un único legado dejado por su padre: una guitarra. Violeta toma el mando y se propone recorrer los ambientes rurales y mineros de su país para contactar, aprender y registrar las manifestaciones del canto popular, un protagonista imprescindible en la vida de los lugareños. Su pasión y obsesión, y su voluntad inquebrantable, más la compañía de su hermana, los maridos de las dos y los hijos, permitieron que la esencia y el espíritu de ese arte no quedara en el olvido y se conociera en todas partes.

    Arrolladora

    El filme de Wood muestra a Violeta como una mujer compleja, apasionada, con una carga trágica en su mirada, vital, pero no feliz, sino más bien arrolladora. Ella encarnó a su manera la figura del artista genial pero atormentado, déspota con sus afectos y obsesivo en sus decisiones.

    El gran acierto del realizador chileno es haber elegido a la actriz Francisca Gavilán para interpretar el personaje protagónico, puesto que es el alma de la película. Gavilán es capaz de meterse de lleno en el papel, para el cual la favorecen el conocimiento que evidentemente tiene de la figura a representar, así como de la cultura a la que pertenece y por si fuera poco, puede imitar el modo de cantar de Violeta, y hasta su aspecto físico es semejante.

    Esta magia que logra transmitir al espectador es el gran valor de este film, es la joya que se luce engarzada sobre un montaje entramado, como un entretejido, de episodios aislados de una vida que sólo tienen sentido porque se trata de una figura muy conocida cuya obra ha trascendido las fronteras. Son las ventajas y las desventajas del género “biofic”. En este caso, la experiencia es satisfactoria.
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  • Aquel martes después de Navidad
    Escenas de una historia trivial

    El rumano Radu Muntean se propone capturar un fragmento de vida. Es como si con su cámara quisiera registrar lo que ocurre entre un pequeño grupo de personas que viven una situación singular, pero ni original, ni extraordinaria. Un suceso que los implica, como en este mismo momento podría estar ocurriendo en miles de otros lugares del mundo, casi de la misma manera.

    Es ni más ni menos que lo que le ocurre a Paul, un hombre cuarentón, casado, con una hija, y que mantiene una relación extramatrimonial con una mujer soltera, más joven e independiente.

    Un clásico de manual. Un desafío también para hacer que la historia merezca ser llevada al cine y pueda salir airosa, batallando contra los clichés, los lugares comunes, lo previsible. Es casi un anticine, si se mira bien. Lo que ocurre entre Paul, su esposa Adriana y su amante Raluca forma parte de ese anecdotario cotidiano que ya no sorprende a nadie. Integra el repertorio de las experiencias más frecuentes que se puedan tener o ver sin alejarse ni un poquito de la propia casa.

    Pero Muntean se pone el desafío al hombro y se sumerge en la intimidad del triángulo amoroso casi como un niño dispuesto a descifrar todas las señales que puedan expresar algo de lo que ocurre en realidad en el interior de las personas involucradas. Lo que se escapa del libreto, ese gesto, pequeño, que denuncia el conflicto, y que se perdería en la corriente si no estuviera ahí el testigo, el observador dispuesto a atraparlo y registrarlo.

    La cámara, generalmente fija, muestra la química que existe entre Paul y Raluca, el diálogo entre sus cuerpos desnudos, tumbados en la cama, sin nada importante (aparentemente) en qué pensar, ni nada trascendente de qué hablar. Solamente disfrutar.

    En contraste, la casi palpable atmósfera de rutina y aburrimiento que se impone cada vez que la cámara muestra a Paul con su mujer Adriana. Entre ellos, hay una sintonía casi administrativa, se entienden bien para afrontar las cuestiones del hogar, el cuidado de la niña y el reparto de funciones y tareas, pero ni una pizca de pasión.

    Festín de sutilezas

    Un poco más atrás, aparecen a veces los padres de él, ejerciendo también esa presión que no se ve pero se siente, del statu quo, lo previsible, lo que ya no tendrá sorpresas y solamente se desliza en el tiempo y el espacio, sin ánimo de ir a ninguna parte.

    Pero ¿el azar? provocará un situación que hará de bisagra y finalmente se producirá el quiebre, la ruptura, ese momento entre deseado y temido que hace que las cosas se muevan y la sangre bulla, sacudiendo la modorra de la comodidad de los afectos.

    Aunque, como todos son muy educados, salvo un pequeño estallido de rabia de Adriana, pronto parece que la situación tenderá a acomodarse. Es como si rápidamente todos quisieran pasar el mal momento y adaptarse en seguida a la nueva realidad y... que la vida siga.

    Por supuesto que el espectador quedará con muchas dudas, porque pese a que se sugiere que Paul quiere empezar una vida nueva, no se lo ve muy firme en los pasos que da y su rostro parece expresar más angustia que entusiasmo.

    “Aquel martes después de Navidad” es un festín de sutilezas a cargo de excelentes actores que llevan adelante una propuesta caracterizada por la renuncia a toda idea pretenciosa.
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  • El árbol de la vida
    En busca del sentido de la vida

    “El árbol de la vida” refiere directamente a una figura alegórica que alude a una cosmogonía y es lo que pretende llevar a la pantalla cinematográfica el director Terrence Malick. Para ello toma como eje la vida de una familia típica estadounidense de los años ‘50. Esa estructura básica que representaba en aquel momento el ideal del sueño americano: padre, madre, hijos, casa, trabajo, esfuerzo, más educación, cultura, ciencia, innovación...

    Todas esas características están reunidas en el hogar del señor y la señora O’Brien en la pequeña ciudad de Waco.

    El film comienza con una cita bíblica del libro de Job (“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia”) y a partir de allí, empieza a desarrollarse una historia narrada de manera fragmentaria, con saltos permanentes en el tiempo y también en el lenguaje, el discurso. Así como a veces prefiere la voz en off, que expresa los pensamientos de alguno de los personajes, en otros momentos utiliza escenas cargadas de significado simbólico, con fuerte apoyo de la banda sonora, y en otras ocasiones apela a imágenes oníricas (con mucho soporte tecnológico).

    En casi 140 minutos, Malick pretende dar su visión acerca de una manera de entender la vida, desde sus orígenes. En el subtexto está la concepción judeo-cristiana y particularmente hace hincapié en las dos opciones básicas que se le presentan al ser humano a lo largo de su existencia, como una constante: la necesidad de elegir entre seguir a la naturaleza o inclinarse por una vida signada por la gracia.

    Para ilustrar este punto de vista, toma a la familia como lugar central donde se va a manifestar esta eterna cuestión, ya que simboliza la organización básica donde se reúnen las condiciones que la vida impone: sujeción a la naturaleza con sus ciclos vitales y a la vez búsqueda de trascendencia, mediante el trabajo, la cultura, el arte y la religión.

    El señor O’Brian no solamente es habilidoso para todo tipo de oficio técnico sino que además gusta de la música clásica y toca el piano. Tiene ambiciones y busca progresar en la vida en base a ideas y proyectos propios. Es sumamente riguroso en la educación de sus hijos y la disciplina del hogar. En tanto que su esposa es una mujer casi etérea, dulce, cariñosa con los niños, una perfecta ama de casa. Pero Malick pone el acento en cierta violencia apenas contenida en el marido, como rasgo aparentemente propio de los machos de la especie, lo que vuelve difícil, al fin y al cabo, el mantenimiento de la armonía del hogar.

    Es así que el relato va mostrando distintos momentos de la vida de la familia en la que se esboza esa idea básica donde la naturaleza colisiona con otros aspectos como los sentimientos, la moral o incluso el bienestar, en busca siempre de nuevas experiencias, nuevos horizontes, ir más allá de lo ya conocido.

    Un lugar en el mundo

    En ese marco, tiene especial significado la rivalidad entre el primogénito y el padre, y también los celos y la competencia entre los hermanos, ya sea por quién es más fuerte o por quién es más querido (el viejo asunto entre Caín y Abel).

    La tragedia, precisamente, estará presente desde un primer momento, a partir de la cual se irá hilvanando la mirada que va hacia el pasado, como buscando una explicación, y en el presente, cuando el hijo mayor ya es un hombre adulto y parece querer interpretar, darle un sentido a su vida y encontrar un lugar en el mundo.

    Se trata de una ambiciosa propuesta de Malick, quien tal vez no está del todo a la altura del desafío, pero que aún así logra momentos interesantes, acompañado de grandes actores como Brad Pitt, Sean Pean y Jessica Chastain, menos conocida pero de digna actuación. Y una mención especial merecen los niños, puesto que son lo más genuino que ofrece esta película.
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  • La princesa de Montpensier
    Entre el deber y los sentimientos

    “La Princesa de Montpensier” está basada en una novela homónima de Madame de La Fayette, escrita y ambientada en la Francia del siglo XVI.

    La historia se concentra en una etapa de la vida de una joven, Marie, hija de un acaudalado marqués, quien está enamorada de uno de sus primos, el duque Henry de Guise, y medio comprometida con el hermano de Henry, pero a quien su padre obliga a casarse con Philippe, el Príncipe de Montpensier. Son todos jóvenes que no superan los 20 años de edad, que gastan su tiempo entre juegos cortesanos, estudios de idiomas, coqueteos y peleas entre espadachines. Pero en esos momentos, Francia está desgarrada por una guerra que parece interminable entre hugonotes y católicos.

    El guión apenas esboza las ventajas y desventajas que reparten los matrimonios por conveniencia y las alegrías y pesares que esto puede provocar en jóvenes corazones apasionados.

    Marie es una muchacha muy bella y pese a sentirse atraída por Henry, se somete a la voluntad paterna y se casa con el Príncipe, quien apenas transcurridos unos pocos días de la boda, debe dejarla sola en un castillo en medio de la campiña, porque los deberes de la guerra lo obligan a correr al campo de batalla, por orden del rey.

    Antes de partir, encomienda su esposa al cuidado de su fiel súbdito, el conde de Chabannes, a quien considera un maestro y amigo, por ser quien le enseñó las artes de la guerra y otras virtudes.

    El tiempo transcurre entre los plácidos y amables ambientes del castillo, donde Marie es instruida en lectura y escritura, y otras artes, por el abnegado Chabannes, y los rigores de las batallas en las que su marido combate con arrojo y coraje, junto a otros nobles.

    Chabannes, pese a haber sido un noble muy distinguido y leal a la corona, y de haber combatido en esa guerra como el mejor, hastiado de tantas matanzas, decidió desertar y alejarse para siempre del uso de las armas, lo que lo obligó a vivir sometido a la voluntad de perdón del rey, por intercesión de su hijo, el príncipe, hoy casado con la bella Marie, de cuyos encantos Chabannes no ha podido o no ha sabido salir indemne.

    Tantas horas juntos en una suerte de aislamiento del mundo, consiguen subyugar el sufrido y solitario corazón del veterano guerrero, cuya formación religiosa y cultural lo convierten en un mentor y consejero respetado y confiable. Sin renunciar a sus sentimientos ni a sus principios, estará siempre ahí para proteger tanto al príncipe como a la princesa, de las acechanzas a las que los someterán las convulsiones políticas y sociales del país.

    Sin ahondar demasiado en sentimientos ni en los pensamientos más íntimos de los personajes, ni tampoco en las cuestiones históricas, la novela esboza una mirada costumbrista, poniendo un poco el énfasis de la cuestión en las difíciles circunstancias en las que se desarrollaba la vida cotidiana de las mujeres en esa época. Dejando en claro que a pesar de estar sometidas a convenciones sociales extremadamente rígidas, igual que los varones, nadie parecía dispuesto a renunciar a los sentimientos tan fácilmente, aun cuando los mismos lleven a asumir riesgos a veces desmedidos.

    La película de Tavernier muestra una buena reconstrucción de época en cuanto a ambientes y caracterizaciones de los personajes, el relato se mantiene a buen ritmo con un prolijo trabajo de montaje, pero ni los sucesos ni los protagonistas llegan a conmover demasiado. La tensión dramática parece más literaria que vivencial. Y además, muchos le reprochan algunas deficiencias técnicas en la imagen y el sonido, que desvalorizan de manera aleatoria la calidad del filme.

    No obstante, se puede ver y disfrutar, porque aun con sus defectos, “La Princesa de Montpensier” tiene un encanto propio que no es para despreciar.
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  • Habemus Papa
    Habemus Papa
    El Litoral
    Una crisis de sinceridad inoportuna

    Nanni Moretti sigue jugando al rebelde irreverente y ahora desafía nada menos que al Vaticano, con su última comedia “Habemus Papam”.

    Totalmente producto de su fantasía, el guión refiere a la muerte de un Papa y el proceso interno de la Iglesia para elegir a otro, el riguroso cónclave entre los cardenales que tienen que reunirse en el mayor de los hermetismos para elegir, entre ellos mismos, a uno que será el sucesor en el trono de Pedro.

    El punto de vista de Moretti pretende ser una mirada crítica, suavizada con un humor entre irónico y sarcástico, que no intenta hilar muy fino en las cuestiones ni religiosas ni institucionales. Se trata de un juego farsesco de grandes pinceladas para ilustrar jocosamente un pensamiento: entre las paredes del Vaticano se guarda celosamente un poder imaginario que se sustenta más en el secreto que en un poder real.

    Moretti se toma su tiempo para enfocar uno por uno a los cardenales (provenientes de distintos lugares del mundo) que tendrán que elegir al sucesor, y cómo en su fuero íntimo todos preferirían que el peso de la responsabilidad cayera sobre otro, porque es más cómoda la vida cortesana dentro de palacio, que el propio reinado.

    Luego de varias votaciones fallidas, con fumata negra y una multitud ansiosa esperando novedades en la plaza, finalmente, la gran mayoría se decide por Melville (Michel Piccoli), un monje discreto, silencioso y de bajo perfil.

    Pero los problemas empezarán justamente cuando parecía que todo se solucionaba. Es que Melville, un hombre anciano, sufre una profunda crisis en el preciso instante en que tiene que asumir su designación y presentarse ante los fieles.

    Gran consternación cunde en el Vaticano que cae prácticamente en el ridículo al afirmar, fumata blanca mediante, “habemus Papam”, pero tiene que suspender el anuncio del nombre del elegido y su presentación en público por tiempo indefinido.

    Para ayudar a Melville a salir de su abismo psicológico, llaman a un psiquiatra (Nanni Moretti), quien intentará tratar al prelado de urgencia, dadas las circunstancias.

    Vacío de poder

    Las cosas tenderán a complicarse, porque lo que le sucede al flamante Papa no es de fácil abordaje. Mientras, el Vaticano deberá mantener el hermetismo durante varios días, generando en los fieles lo que más detesta: incertidumbre. El vacío de poder provocado por esta circunstancia imprevista y desconcertante, amenaza no solamente la imagen de la Iglesia sino que socava los fundamentos mismos de su poder.

    Lo que ocurre puertas adentro, mientras Melville pasea su crisis de incógnito por las calles, es una sucesión de situaciones hilarantes, ociosas e insignificantes. Moretti muestra a los cardenales y otros funcionarios del Vaticano nada más que matando el tiempo con entretenimientos superficiales.

    Finalmente, luego de idas y vueltas, cuando la tensión alcanza niveles insostenibles, llegará el desenlace, donde se concentrará el golpe de gracia de la propuesta del director italiano, quien quiere resaltar el aspecto humano, demasiado humano, de la jerarquía católica.

    “Habemus Papam” es una humorada crítica que deja picando algunas cuestiones sin pretender ahondar demasiado en debates profundos, que tienen como premio una digna y respetable actuación de Piccoli, a quien el personaje le sienta como hecho a medida.
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  • Amigos con beneficios
    Una historia romántica con los mismos tics de siempre pero con los aparatitos del siglo XXI: el omnipresente celular, las ridículas pero vistosas tablets, los enigmáticos pero imprescindibles ipads y todo tipo de cosas para las que sólo se necesita tener el dedo índice disponible y unas cuantas burbujas de alguna bebida energizante agitando el cerebro (o su remedo).

    Una novelita de amor estadounidense, ambientada en la Nueva York post 9/11, o cómo Dylan y Jamie se conocen, se hacen amigos, pretenden tener sexo sin complicaciones y, contra todos sus deseos (?), terminan enamorados, y ¡ay, qué fatalidad!

    El viejo tema del chico apuesto que esconde muy bien sus debilidades y la chica atractiva que oculta su corazón dañado, para seguir adelante en un mundo que no tiene contemplaciones con los sentimientos y que tiene una mórbida debilidad por el éxito a cualquier precio.

    Todo eso representa en el imaginario universal la vida en Nueva York, un estilo de vida promocionado por los mismos estadounidenses y recreado hasta el cansancio por la industria de Hollywood. “Casualmente”, en este filme, se ironiza un poco con eso, dado que Dylan es nacido y criado en Los Angeles, la cuna del cine, y Jamie, en cambio es una todoterreno de la Gran Manzana.

    Son jóvenes y bellos, además de creativos. Ella es una cazatalentos vía Internet y él, justo pasaba por allí promocionando sus habilidades. Ella lo cita y se encuentran en el aeropuerto de NY. Allí empieza una relación, como se ha dicho, burbujeante, que surge como una amistad laboral y luego, sin querer, se convierte en otra cosa. Pero esa parte queda fuera del filme. De modo que los 108 minutos de la película de Will Gluck se dedican a describir las idas y venidas de los chicos entre sus acrobacias sexuales sin sentimiento y sus otras actividades: trabajo, familia, entretenimiento, etc.

    Con final feliz

    Nada del otro mundo: ella es hija de una madre que se las ingenia para estar siempre ausente y de padre desconocido; él, viene de una familia algo conflictiva, pero que todavía resiste. La madre de ella huye de los compromisos y el padre de él ya sufre los primeros zarpazos del Alzheimer.

    Ambos vienen de sendos fracasos amorosos y se hacen compinches y aliados para esta nueva etapa.

    Pero... los sentimientos, se sabe, aparecen justo cuando nadie los reclama y le ponen ese tono agridulce aun a las mejores performances eróticas y hacen que ya las cosas empiecen a complicarse, y que algún dolorcito inoportuno aparezca por algún rinconcito de la mente. Después vienen peleas, desplantes, y todo tipo de reacciones histéricas... quién no conoce un poco de esas cosas.

    Pero a no asustarse, no será necesario aprontar pañuelos, Dylan y Jamie no están tan locos como para dejar pasar esa oportunidad y un gran beso de reconciliación sella el final feliz de la novela.

    Y no me reprochen que les cuente todo, es que no hay nada que merezca ocultarse. Es un pasatiempo hecho y derecho, sin ambajes ni pretensiones. Sólo resta decir que los actores que tienen a su cargo los personajes secundarios se llevan los pocos elogios, ya que le ponen a la historia el sabor que les falta a los protagonistas.
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  • La vitalidad de los afectos
    Pasiones desatadas, libertad condicionada

    El título original de la novela del escritor belga Dimitri Verhulst es De Helaasheid der Dingen, algo así como “El infortunio de las cosas”. Nada que ver con el título con que se conoce aquí la versión cinematográfica de Felix van Groeningen: “La vitalidad de los afectos”.

    Desde ya que el título original tiene más relación con el contenido, aunque los afectos sean también protagonistas ineludibles en la historia de los Strobbe en su país natal.

    Son cuatro hermanos que viven con su madre, una pensionada que tiene que hacerse cargo de los grandulones porque ellos son vagos, jugadores y bebedores empedernidos, que se gastan lo que tienen y lo que no tienen en juergas. Las deudas los acosan y siempre terminan parasitando a la anciana, que no es capaz de ponerles límites a sus vástagos. ¿Del padre?, ni noticias.

    En ese ambiente está tratando de crecer Gunther, un niño de trece años, hijo de uno de los hermanos, a quien la madre abandonó a poco de nacer.

    El relato está narrado en primera persona por el protagonista, quien en su vida adulta, es un escritor de novelas, a través de las cuales, aparentemente, ha logrado no sólo tener un digno pasar económico sino también exorcizar los fantasmas de su infancia, dolorosa, por cierto.

    Gunther ha tenido que pasar los años más tiernos de su vida entre borrachos desaliñados, groseros y violentos, sin madre, y con una abuela de muy buenos sentimientos, pero víctima también de los abusos de esa banda de desconsiderados llamados hijos.

    El pequeño es sometido a todo tipo de presiones para tratar de inclinarlo hacia las mismas malas costumbres de su padre y de sus tíos, pero algo se rebela en su interior, una necesidad de zafar de las garras de ese ambiente autodestructivo y promiscuo. Dotado con una sensibilidad y una inteligencia especiales, aprovechará las oportunidades (aunque pinten calvas), para buscar y al fin, encontrar, una salida a su situación y así, quizás, evitar ese destino poco promisorio que caracteriza a los miembros de su familia.

    Familia disfuncional

    La vida cotidiana de los Strobbe es un caos, un caos existencial, económico, afectivo. Es una familia completamente disfuncional, incapaz de establecer relaciones normales y durables con otras personas. El relato de Van Groeningen asume el caos como estilo narrativo y muestra las cosas como son, sin analizarlas ni juzgarlas. Solamente se intercalan algunos párrafos en off dando cuenta de que se trata de la historia contada por uno de sus protagonistas, varios años después. Son los recuerdos de Gunther adulto los que se expresan, y como todos los recuerdos, sobre todo de la infancia, son más bien desordenados y si a eso se le agrega el entorno, literalmente bochornoso, se entiende que la subjetividad domina por completo la escena, llevando a situaciones extremas o disparatadas a cada paso, porque se trata de una subjetividad extravertida y ruidosa, por lo general.

    En el presente narrativo, Gunther es un joven treintañero, que ha logrado hacerse un lugar en la vida, pero para ello tuvo que pagar el costo de renunciar a su familia. Por decisión propia, a los trece años se refugió en un internado para chicos con problemas y a partir de allí, comenzó su recuperación. Pero los lazos familiares no son tan fáciles de romper y la vida lo pondrá ante pruebas y zancadillas difíciles de eludir, aunque con el tiempo, logrará reconciliarse con sus orígenes y seguir adelante.

    Es un relato de iniciación, con ribetes costumbristas y con final alentador, donde el esfuerzo personal le gana a la adversidad y a la orfandad.
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  • Un año más
    Un año más
    El Litoral
    Una película de la vida real

    El director británico Mike Leigh es conocido por su estilo de rescatar historias oscuras y volverlas luminosas a partir de su narración cinematográfica. Algunos de sus títulos más conocidos son “Secretos y mentiras”, “El secreto de Vera Drake” y “La felicidad trae suerte”.

    Experto en la construcción de personajes y en la dirección de actores, en “Un año más” vuelve a dar muestras de su talento para mostrar aspectos de la vida cotidiana, donde no sucede nada extraordinario, donde todo transcurre de manera más bien mediocre, previsible y sin mayores horizontes. Y sin embargo, en esos pequeños detalles, en esos mínimos dramas que se cuecen entre gente casi anónima, está, podría decirse, el secreto de la vida, para Leigh, un director que trabaja a años luz de la maquinaria de Hollywood y que hace un cine diferente, sin estridencias, ni efectos especiales, ni cuerpos esculturales, ni extravagancias tecnológicas. Sus actores son profesionales excelentes encarnando personajes que parecen extraídos de cualquier calle londinense y no de escaparates de la farándula.

    Esa característica se corresponde con una forma de narrar de manera clásica. “Un año más” está estructurada en cuatro capítulos referidos a cada una de las estaciones. Comienza en Primavera y termina en Invierno. El centro de atención está puesto en el matrimonio de Tom y Gerri (un guiño a sus vecinos de Disney), una pareja de personas maduras y establecidas en la vida con cierta armonía y paz. Ambos trabajan todavía y tienen un hijo de 30 años, ya casi independizado, mientras en sus ratos libres, cultivan una huerta.

    El hogar de Tom y Gerri es el punto de referencia de sus amigos, con quienes la vida no ha sido tan amable como con ellos. Mary los visita frecuentemente porque allí encuentra contención a su inestabilidad afectiva y sus problemas con el alcohol. Ken, otro solitario, también suele encontrar refugio en casa de sus amigos, siempre aferrado a un cigarrillo, a su desorden alimentario y a la bebida.

    El centro del relato

    Para Mary y para Ken, Tom y Gerri representan todo lo que ellos no pudieron lograr en la vida: una pareja estable, un hogar armonioso, un buen pasar económico, una vida ordenada.

    Si bien la pareja funciona como punto de referencia, como centro del relato, en realidad, se comporta más bien como receptora de las historias de los otros, que encuentran allí un oído atento a sus confidencias. Así, las manifestaciones de la angustia de Mary ocuparán buena parte del film y se podría decir que es el personaje en el que la cámara de Leigh se detiene con mayor atención. Escruta y registra cada uno de sus gestos, de sus mohínes, de sus altibajos anímicos (el filme abunda en primeros planos). Es también el personaje más evidentemente desestructurado y vulnerable, incapaz de elaborar sus duelos ni de recomponer su intimidad, no consigue construirse una vida propia y se aferra a la familia de sus amigos, como una mendiga afectiva siempre famélica.

    Leigh no ahonda mucho en explicaciones, ni análisis, tampoco juzga, pero es bastante impiadoso al mostrar cómo, pese al gran cariño que todos le tienen a la “rara” de Mary, de algún modo también, casi imperceptiblemente, todos se abusan un poco de ella y hasta pueden llegar a comportarse con un dejo de perversión, como es el caso del hijo treintañero con quien Mary tiene fantasías inapropiadas.

    “Un año más” es de esas películas que hablan de esas cosas que les ocurren a casi todos, el paso del tiempo, los sueños frustrados, los logros de unos que despiertan las envidias de otros, el amor, la muerte, la soledad, el vacío espiritual y los excesos adictivos. Es una película que no llega a ser amarga, pero está atravesada por una melancolía abrumadora, aunque termina con un esbozo de esperanza.
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  • La verdad oculta
    La trama oscura de un negocio ruin

    “La verdad oculta” (The Whistleblower) es la opera prima de la canadiense Larysa Kondracki, basada en una novela escrita por Kathryn Bolkovac, que refiere a sucesos reales que le tocó protagonizar luego de la guerra de los Balcanes.

    El papel en la película está a cargo de Rachel Weisz, quien interpreta a una oficial de policía de Nebraska que atraviesa conflictos familiares a la vez que busca nuevos horizontes en su carrera. En ese interín, recibe la propuesta de viajar a Sarajevo para integrar las fuerzas de paz de los Cascos Azules de la ONU, con vistas a una reconstrucción de los territorios devastados por los enfrentamientos étnicos.

    El relato está presentado a la manera del cine de denuncia característico de los años ‘70, ya que al referirse a hechos reales, la trama dramática está encorsetada en el interés documental, y más que tratarse de una historia individual, pretende destapar aspectos que se mantienen ocultos a los ojos de la opinión pública y ausentes en los discursos del poder.

    La oficial Bolkovac, de aspecto frágil y vulnerable, se encontrará con un escenario complejo, violento y perverso, pero, en el marco de su crisis personal, lo ve como una posibilidad de juntar dinero para mejorar su situación y tal vez recuperar a su hija, al volver a los Estados Unidos.

    Sin embargo, la realidad en Bosnia la sumirá pronto en un remolino de circunstancias oscuras y dolorosas, que ella pretenderá esclarecer, no sólo para cumplir con su misión, sino también para darle un sentido trascendente a su propio sacrificio.

    En el escenario de posguerra se encontrará con escombros, estallidos de minas que todavía subsisten en algún lugar del territorio, y los estragos de un negocio truculento: la trata de personas, un flagelo que parece acompañar a todas las contiendas bélicas, especialmente cuando la víctima mayoritaria es la población civil.

    Así, poco a poco, Cathryn irá desenredando una maraña de complicidades, traiciones y encubrimiento de una organización que lucra con mujeres jóvenes que son atraídas desde sus pueblos de origen con falsas promesas y luego sometidas a la esclavitud sexual y a un trato inhumano.

    Mal alimentadas, hacinadas en antros sucios y oscuros, las jóvenes deben entretener a militares, policías y funcionarios de organismos internacionales, que están ahí supuestamente para garantizar la paz y volver a la zona a la normalidad. Hay una empresa privada que se encarga de manejar esos negocios, bajo pantallas diversas: Democra Corp, la que se aprovecha muy bien de la inmunidad que otorga el paraguas de la ONU en estos casos.

    Kathryn se compromete mucho con su trabajo, pretende ir a fondo, desbaratar la trama de corrupción y salvar a las muchachas de tremenda explotación, que incluye palizas y torturas, además de todo tipo de vejaciones e incluso, la muerte.

    Sin embargo, tropezará con la resistencia de sus propios compañeros, muchos de ellos involucrados en el oscuro negocio; no obstante, con la ayuda de algunos colegas leales y sensibles, a pesar de perder su cargo y su inmunidad, logrará hacerse de pruebas que ventilará a través de la cadena BBC de Londres, y luego, mediante su libro.

    Sacudir conciencias

    La película es amarga, dura, violenta, y sacude las conciencias, puesto que no se trata de la violencia grandilocuente típica de los escenarios de Hollywood, abundante en trucos hipnóticos, sino una violencia inspirada en la más cruda realidad, ésa que a veces uno preferiría ignorar.

    Weisz se luce en el papel protagónico, lleno de furia y de sed de justicia, acompañada por un elenco de buenos profesionales en el que se destacan especialmente Vanessa Redgrave, Monica Bellucci y David Strathairn.
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  • El amante
    El amante
    El Litoral
    Negocios, intrigas y pasiones en una atmósfera decadente

    Luca Guadagnino es un joven director italiano no demasiado conocido, pero que tiene una socia estelar: Tilda Swinton, quien produce y protagoniza “El amante”, su primer largometraje que se conoce aquí.

    Swinton tiene a su cargo el personaje principal, Emma, alrededor del cual se estructura un relato en el que los demás tienen sentido o cumplen una función solamente en relación a ella. Quien sin embargo, va a experimentar a lo largo de la trama una metamorfosis, una transición dramática, que alterará por completo su rol en la historia y también pondrá en máximo riesgo toda la constelación de personajes que la rodean.

    Emma es una mujer que ronda los cincuenta años, es rusa de origen y está casada con un rico industrial milanés, heredero de un establecimiento textil que tuvo su tiempo de gloria y que al morir su fundador y adentrarse en el siglo XXI, no resistirá ante las nuevas reglas de juego que se imponen en los negocios, con la presión de los capitales globalizados.

    Emma es la esposa perfecta, madre atenta de tres hijos, la reina del hogar, excelente cocinera, que sabe cómo atender a los invitados de su esposo, ya sea en cenas familiares o de negocios, en su majestuosa finca.

    Lo que sucede se muestra, se sugiere, se sospecha o se adivina, pero se explica casi nada. En pocas palabras, la familia atraviesa una crisis a partir de la venta de la industria familiar, lo que provoca incipientes desaveniencias entre los herederos, agudizadas por algunas decisiones testamentarias del patriarca fallecido, quien favoreció a unos más que a otros.

    En ese marco en el que tallan las tradiciones, que se ven confrontadas con las nuevas tendencias, económicas, culturales y sociales, los hijos, jóvenes, intentan a su vez su propia realización personal y afectiva, tratando de hacer equilibrio también entre los viejos esquemas y sus inclinaciones.

    En medio, aparece el amigo de uno de ellos a terciar de manera solapada. Emma tiene preferencias por su hijo Edoardo, casualmente, el elegido por su abuelo Tancredi para compartir los negocios con su padre, también llamado Edoardo. El clima entre ellos es denso, uno intuye que hay cosas no dichas que sin embargo pesan. Y de pronto se introduce alguien más, Antonio, un joven de origen más humilde, quien es un cocinero exquisito. La pasión por la cocina será el punto de encuentro entre Antonio y Emma, lo que los llevará a un romance apasionado, que terminará en tragedia cuando Edoardo (el hijo), descubra el asunto y se sienta doblemente traicionado.

    Escapar a los moldes

    Guadagnino da muestras de un marcado interés por la estética, por las formas, ya que el relato se sostiene fundamentalmente por las interpretaciones y los climas, logrados mediante la impecable fotografía de Yorick Le Saux y el finísimo montaje de Walter Fasano. Cada plano, cada escena, cada cuadro está pensado para expresar o sugerir algo, un sentimiento, una emoción, un clima afectivo, lo que se acompaña con una banda sonora que funciona como un protagonista más, cargando de sensaciones apabullantes algunas escenas.

    Muchas reminiscencias de Visconti, también de Hitchcock, por la atmósfera de intriga y decadencia que se describe, en la que las pasiones buscan una manera de escapar a los moldes rígidos, aunque los resultados sean los contrarios a los que se aspiraba.

    Emma sufre muchas transformaciones que no canaliza de modo apropiado, al tiempo que padece una crisis de identidad, una falta de arraigo que termina haciendo estragos en los demás y en sí misma.

    “El amante” es un film inquietante con características de melodrama, que hace honor al cine europeo de los años ‘70.
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  • Balada triste de trompeta
    Hecho con rabia y ganas de llorar

    En “Balada triste de trompeta”, parece que Alex de la Iglesia se da el gusto de juntar varios asuntos que conforman el legado cultural de su país y que se manifiestan mediante la forma de obsesiones, a las que aborda con una mirada rabiosa, irreverente y despiadada. En esta película. parece hacer un gran ejercicio de catarsis, algo así como un vómito creativo.

    La historia y la estética, desmesuradas ambas, grotescas, esperpénticas, surrealistas, confluyen en un mensaje provocador, que abunda en situaciones y en imágenes chocantes, y hasta repulsivas, que buscan llegar al espectador no de manera complaciente sino más bien agresiva.

    La anécdota comienza en 1937, en plena Guerra Civil, cuando un grupo de militares irrumpe en una función de circo para reclutar combatientes y se llevan a los payasos, que justo en ese momento estaban divirtiendo con sus humoradas a unos niños, que se reían con alegría. Momento que queda completamente destruido y violentado para siempre con la intromisión, nada elegante por cierto, de la guerra.

    Uno de los payasos, el Payaso Tonto, alcanza a despedirse de su hijo, el pequeño Javier, y a partir de allí, la historia se va a centrar en este niño, que luego crecerá y se convertirá también en payaso, porque eso es lo que quiere, seguir la tradición de su padre y de su abuelo.

    Rápidamente, el guión pega un salto en el tiempo y la acción culmina en 1973, con Javier ya adulto, y realizando su deseo y su vocación, pero al mismo tiempo, sin poder eludir la carga trágica y violenta que los acontecimientos históricos dejaron marcada a fuego en su vida. Su padre, finalmente, murió en la cárcel y fue uno de los obreros que ayudó a levantar el Monumento a los Caídos. Javier lleva en el alma otro dolor, nunca conoció a su madre, y además, ha tenido que vivir gran parte de su infancia en soledad, debido al arresto de su padre, y en medio de un país desgarrado por una violencia interna interminable.

    La película de Alex de la Iglesia es una alegoría en la que intenta reunir esos grandes tópicos de la historia de España, que no porque sí, la llevó a una guerra fratricida de la que aún hoy perduran remezones.

    Por otra parte, el director también homenajea a los grandes directores del cine que influyeron en su estética y a otras figuras descollantes del mundo del arte y del espectáculo, que marcaron esa etapa de la vida española. Hay reminiscencias, entre otros, de Luis Buñuel, Hitchcock, Salvador Dalí, y más acá en el tiempo, homenajes a figuras populares como Raphael, Kojak y una mélange de íconos del pop, mezclando todo en un gran collage desbordante.

    La anécdota se desenvuelve en torno a una trágica historia de amor: Javier se enamora de la trapecista del circo donde consigue trabajo, pero resulta que es la novia del otro payaso, el dueño del circo, y se arma un triángulo de pasiones desatadas, capaz de arrasar con todo a su paso.

    Plagada de detalles desopilantes y personajes fronterizos, el filme transita cómodamente por un escenario freak, a veces onírico, en el que lo feo, lo grotesco, burdo, violento, fantástico y desagradable es siempre dominante, y sin embargo, no deja de percibirse un anhelo de belleza, la añoranza de una ilusión sublime, muy alla española, pero que queda frustrado por el peso de la tragedia inevitable. Como si lo único que hubiera para celebrar fuera la pasión, la muerte y la destrucción.
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  • Viudas
    Viudas
    El Litoral
    Un lío entre mujeres

    La propuesta de Marcos Carnevale apunta a las emociones femeninas. En “Viudas”, elige un tema muy sensible para las mujeres que tiene que ver con los sentimientos, pero también con esas cuestiones más difíciles de asumir, como la infidelidad del hombre amado, la pérdida de la juventud, la defensa del territorio del hogar, el deseo de ser valorada, el valor de la belleza, la necesidad de cuidar y de ser cuidada, en fin, una serie de tópicos que hacen a la vida psíquica más que todo.

    Elena (Graciela Borges) es una mujer madura y glamorosa que se dedica a la realización de filmes documentales, junto a su inseparable asistente Esther (Rita Cortese). Los acontecimientos la sorprenden mientras está sumergida en la rutina de su trabajo: un llamado le avisa que su marido Augusto ha sido internado de urgencia porque le ha dado un infarto.

    Las dos salen corriendo hacia el sanatorio y allí se encuentran con una joven vestida de un modo provocativo, Adela (Valeria Bertucelli), quien fue la que avisó a emergencias y acompañó al paciente hasta allí.

    En medio de la conmoción y la angustia del momento, las chispas empiezan a saltar para un lado y para otro. Y la revelación estalla: esa señorita tan extraña es la amante de Augusto. Pero eso no es todo, no se quiere separar de su lado y encima el enfermo, en su último aliento, le pide a su esposa que la cuide, sí, que cuide a “la otra”, porque, pobrecita, “no va a poder sola”. En el sanatorio, todos piensan que se trata de una familia y que la chica es la hija. Esa sensación parece contagiosa porque de algún modo, la pequeña intrusa se va instalando en la vida de Elena como reclamando que la adopte casi como a una hija. ¿Disparatado? Sí, un poco.

    Elena, que es una dama pero ante todo es una mujer, ofrece resistencia, aunque entre el dolor y la curiosidad, va cediendo, sobre todo, cuando la muchacha no puede con su cuadro depresivo, sus deudas y su soledad, e intenta suicidarse. Como los acreedores van a golpear a la puerta de su ex amante, y son atendidos por su viuda, ésta, humanitaria al fin, decide hacerse cargo de todo, por lo menos, hasta que la chica deje de generar problemas.

    La instala en su casa, donde con la ayuda de su mucamo travesti, Justina (Martín Bossi), tratarán de volverla a la normalidad y que acepte irse en buenos términos.

    Todas contentas, todas juntitas

    El relato, por supuesto, está desarrollado en tono de comedia, en la que abundan los momentos absurdos, con un cierto toque almodovariano, aunque a la manera porteña. Un lío entre mujeres (incluida la travesti), todas enamoradas del mismo hombre, que en vida se las ingenió para tenerlas a todas contentas y ya muerto, parece que las quiere a todas juntitas.

    Eso también tiene que ver con la psiquis femenina, que parece no poder funcionar por sí misma si no es en relación satelital con una figura masculina fuerte, que vendría a ser el astro, el centro, alrededor del cual se organiza la vida de todas ellas. Para colmo, la ausencia del susodicho hace que esa cuestión se vuelva más patética: cada una ve en la otra algo del ser amado perdido que todavía perdura, algo que la conecta a él.

    Rollos, la película de Carnevale apunta a los rollos de las mujeres con los hombres, de los cuales los hombres también viven y mueren, pero que al fin y al cabo son patrimonio exclusivo de la mente femenina, capaz de inventar miles de excusas para estar siempre enredadas en situaciones imposibles.

    Por supuesto, todavía hay alguna vueltita de tuerca más, muchas lágrimas y un poquito de excesos, pero la sangre no llegará al río y, con la ayuda de esos galanes siempre dispuestos que nunca faltan, todo se irá encaminando otra vez. Y la vida continúa...

    “Viudas” es una agradable propuesta para pasar el rato y reírse un poco de esas cosas por las que todos, o casi todos, han pasado alguna vez en este mundo.
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  • ¿Diferente de quien?
    Demoliendo muros mentales

    “¿Diferente de quién?” es la ópera prima de Umberto Riccioni Carteni, un joven realizador italiano que luego de desempeñarse como asistente de dirección de algunas grandes figuras del cine de su país, se lanzó al ruedo con un largometraje en tono de comedia romántica.

    El guión, de Fabio Bonifacci, pone el acento en las cuestiones amorosas de los protagonistas, una pareja de hombres gays que lleva catorce años de convivencia, y una mujer solitaria, que viene de un divorcio traumático.

    El ámbito donde se conocen es en las filas de un partido político de centro, en una ciudad del norte de Italia, supuestamente Trieste. En plena campaña para las próximas elecciones locales, el comité electoral decide buscar un competidor interno para el candidato oficialista, con el fin de garantizarle a éste un triunfo que lo consolide ante la oposición, que viene tallando fuerte en las encuestas.

    Una clásica “rosca” política, que implica también posicionar a la candidata femenina, que por ser mujer, debe postergar sus aspiraciones o en todo caso, camuflarlas detrás de un candidato perdedor y para colmo gay.

    En fin, los operadores se la pasan haciendo cálculos electorales y buscan qué aspectos resaltar de la imagen de las figuras elegidas: Piero, el candidato gay, y Adele, la candidata conservadora. Cuando ambos se encuentran en una reunión partidaria para afinar estrategias, la incompatibilidad es imposible de disimular y ambos se sacan chispas.

    La película, hasta ese momento, abunda en guiños referidos a los trucos, artimañas y mentiras de los que se nutren los programas políticos y cómo, finalmente, todos deben rendirse a lo que capten y difundan los medios.

    La vida sentimental

    Pero aunque se pueda pensar que Carteni se adentrará en los intríngulis de la política, la corrupción y las tramas secretas del poder, se trata nada más que de un escenario apenas esbozado y planteado, donde se dirimirá el verdadero problema que le preocupa: la vida sentimental de sus protagonistas.

    Es que tanto Piero como Adele rápidamente sucumbirán a sus intereses personales y pondrán en un segundo plano sus carreras políticas o sus ambiciones en ese aspecto, o en todo caso, las subordinarán a sus deseos más íntimos. Es un dato que se corresponde con el tono general “políticamente incorrecto” que plantea el filme, donde se busca, aunque livianamente, desarticular los esquemas establecidos, jugando siempre con la réplica especular. De modo que el gay liberal se enfrenta a la conservadora defensora de la familia, pero finalmente ambos terminan influyéndose uno al otro al punto de invertir los roles.

    En el campo político, tratado de manera más liviana aún, ocurre lo mismo, las maniobras proselitistas de los contendientes muchas veces terminan generando el efecto opuesto al buscado. Los límites se trastocan, provocando más de una situación risueña, rozando muchas veces el sarcasmo y hasta el humor negro.

    Un papel importante juega Remo, la pareja de Piero, quien no tiene ningún interés político, pero está dispuesto a acompañar a su hombre en todos los emprendimientos, incluso los más audaces, mostrando una flexibilidad y una amplitud extraordinarias.

    Se trata, en definitiva, de un triángulo amoroso, que surge a partir de las diferencias, se apoya en ellas y se resuelve mediante el libre curso de las emociones. El mensaje de Carteni es claro, en su película se deja hablar a los sentimientos, que se impondrán a todos los intentos por encorsetarlos, aunque pongan en riesgo otras estructuras aparentemente más sólidas, como los poderes públicos, los partidos políticos y hasta la familia misma.
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  • El mundo según Barney
    Cuando los excesos pasan factura

    “El mundo según Barney” es una película que es mejor no subestimar, porque si se mira con atención, presenta muchos aspectos interesantes que tienen que ver no sólo con toda una vida, la vida del personaje protagónico, sino con una época, el espíritu de esa época, una generación que lleva la marca de un estilo de vida que se comprometió, quizás sin pensarlo demasiado, con una expansión de la conciencia hacia límites desconocidos, y muchas veces, sin pasaje de retorno.

    El joven Barney (Paul Giamatti), hijo de un policía judío de personalidad carismática (Dustin Hoffman), fue hippie en los setenta, vivió y sufrió el amor libre, se casó con una joven borderline que pronto lo deja viudo mediante suicidio, se vuelve a casar con una mujer de familia acomodada, pensando en la conveniencia, pero casi al mismo tiempo se enamora de la mujer de su vida, a quien perseguirá hasta alcanzarla.

    Fiel, a pesar de las íntimas traiciones, a un grupo de amigos también fronterizos, que gastan su vida rápidamente inmolándola en el abuso de drogas, alcohol y sexo descontrolado, Barney se las ingenió para navegar sobre aguas revoltosas y pese a todo, mantener el rumbo de su nave. Es productor de televisión y sabe cómo manejar su negocio. Mientras sus amigos andan a la deriva, él mantiene su cable a tierra, aunque se permite algunas excentricidades, sobre todo, en cuestiones afectivas.

    Por momentos parece caprichoso, tirano con los que ama, egoísta, sin embargo, es capaz de gestos nobles, de entrega desinteresada y siempre está cuando lo necesitan.

    Un tipo simpático, medio loco, pero sentimental, al fin y al cabo.

    Las cosas se le ponen más turbias de lo que hubiera imaginado cuando su mejor amigo desaparece en circunstancias muy confusas y Barney es acosado por un policía que lo acusa de asesinato, y aunque nunca puede probarlo, escribe un libro con su tesis, con el solo fin de manchar el nombre de su sospechoso.

    De modo que el protagonista está sometido a un cúmulo de presiones que tratará de sobrellevar, intentando mantener el control de su vida, y al mismo tiempo, encontrar las respuestas que también a él lo trastornan. Estaba tan borracho que no recuerda qué pasó con su amigo al momento de desaparecer y se ve que la duda lo perturba.

    Al momento actual, se ha divorciado también de la madre de sus hijos, la mujer de su vida, su tercera esposa y está solo. Los primeros signos de decadencia física empiezan a manifestarse y pronto se le diagnosticará una enfermedad degenerativa progresiva que va sumiendo su mente en una nebulosa.

    El talento de Dustin

    Pese a los esfuerzos por mantenerse al frente del timón, no podrá con sus propios límites y ya en el final de su vida, aun cuando algunos misterios logren revelarse, se sugiere que muchos secretos se irán con él, perdidos en su memoria destruida por la enfermedad.

    Es una película que apela a los raccontos de manera insistente, con la intención de reconstruir el hilo de la historia íntima del personaje, aunque la narración tropiece precisamente con esos paréntesis en que no se sabe a ciencia cierta qué ha ocurrido, ni cómo han experimentado los acontecimientos los otros personajes. Es solo el punto de vista del protagonista, que como tal, es incompleto y lleno de zonas grises. Aunque al mismo tiempo, es una historia que se parece a la de mucha gente de esa generación, que decidió vivir la vida con intensidad, forzando los límites.

    El plus de calidad lo aporta Hoffman, el veterano actor hollywoodense, quien con su talento le sube la calificación al filme.
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  • Atrapada
    Atrapada
    El Litoral
    Una de píldoras y electroshocks para aventar fantasmas

    Después de nueve años de silencio, volvió John Carpenter con una película en la que retoma sus temas favoritos, como son el terror, el suspenso, el misterio, clase B o C: “Atrapada”. Se trata de un thriller psicológico, ambientando a mediados de la década de los ‘60, en Estados Unidos. La protagonista es una joven, Kristen, que presa de algún trastorno mental, incendia una casa rural y es detenida por la policía. La muchacha es internada en un hospital neuropsiquiátrico, porque será muy linda, pero es obvio que su actitud ante la vida y el resto de la humanidad no es de las más tranquilizadoras. La chica, además de incendiaria, es bastante explosiva y revoltosa.

    Claro que el hospital donde es recluida no colabora mucho para volverla a sus cabales. Allí deberá compartir espacios con otras chicas más o menos de su edad, con trastornos diversos, con quienes tiene reiterados encontronazos. Pero los que acosan verdaderamente a la pobre criatura son una enfermera con cara de vieja vinagre y modales al tono, y un enfermero con pinta de patovica con mucho músculo y poco cerebro. Ambos responden a las órdenes del médico psiquiatra que está a cargo del tratamiento, el Dr. Stringer, un individuo algo flemático que parece tener todo bajo control, aunque tendrá que enfrentar uno que otro intento de sublevación de las internas e, incluso, un atisbo de insurrección de sus subordinados.

    Sucede que Kristen está convencida de que no está loca y que algo malo sucede allí, algo que no le quieren decir, y que pone en peligro a las pupilas. Ella cree que es el fantasma de una jovencita que estuvo internada en el hospital y que ha desaparecido de manera misteriosa, y que ha vuelto para matarlas a todas, una por una. Y sospecha que el doctor y los enfermeros son cómplices del fantasma asesino.

    La chica no quiere tomar su medicación y a veces arma tanto revuelo que le tienen que aplicar uno que otro electroshock para dejarla groggi y que no moleste por un rato. Claro que enseguida volverá a la carga hasta dar vuelta todo, con el sólo objetivo de escapar del encierro y liberarse de sus amenazas.

    Clichés

    Esta nueva película de Carpenter está hecha a la manera de los clásicos del suspenso, con casi todos los clichés. Las secuencias transcurren en el hospital, cuya arquitectura casi carcelaria aporta el escenario de opresión, con puertas sucesivas que se cierran con llaves y trabas, pasadizos oscuros y húmedos, escaleras que llevan para arriba y para abajo, pero que no conducen a ninguna salida, y siempre algún enfermero o alguna enfermera que cual despiadado guardiacárcel, abortará oportunamente, y no de buenos modos, cualquier intento de huida. Y para colmo, el fantasma de Alice (la chica desaparecida) acechando en cada rincón con su aspecto cadavérico repulsivo y su manía asesina.

    Kristen las tiene todas en contra y nadie la entiende... sin embargo, un buen día, todo mejora como por arte de magia. El médico parece persuadido de que está recuperada, esboza una explicación de las causas de su mal y el porqué de su conducta tan extraviada. La chica queda conforme y los padres vienen a llevársela... pero, puede que no sea tan así. El final es abierto y todas las dudas vuelven a precipitarse, como para que el espectador nunca sea rescatado de la confusión, igual que la atormentada protagonista.

    “Atrapada” es un producto mediocre del género, al guión le falta ritmo, la intriga decae demasiado a menudo y los momentos de tensión no llegan al clímax que se le exige al rubro. ¿O será que a estas alturas ya necesitamos dosis más fuertes?
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  • De dioses y hombres
    En el límite del absurdo

    Cómo explicar esas cuestiones que atraviesan la vida espiritual de las personas y que pueden influir en una serie de acontecimientos impredecibles.

    “De dioses y hombres” plantea la acción en un escenario vibrante, complejo, por momentos, inasible. Se ubica a principios de la década de los ‘90 del siglo pasado, en las montañas Atlas de Argelia. Está basada en un hecho real. En ese lugar, se alzaba un monasterio de monjes cistercienses franceses, quienes se dedicaban al cultivo de la tierra, la producción de miel, la cría de ganado ovino y brindar asistencia médica a los lugareños. Esa unidad productiva estaba dirigida a mejorar la vida de los habitantes de la zona, cercana a un pueblo. Es decir, que se trata de población rural y semirrural, en un territorio montañoso y aislado de los grandes centros urbanos.

    Parece un ámbito donde reina la paz, la armonía, donde no hay prisa ni ruidos. Un ámbito propicio para la vida religiosa y la actividad desinteresada.

    Pero... esa imagen se quiebra a poco de comenzar el filme y la violencia irrumpe en los caminos, a merced de terroristas islámicos que empiezan a matar gente indiscriminadamente. Hoy le toca a un grupo de croatas, mañana a un vecino y después, puede ser cualquiera.

    Los ocho monjes que están a cargo del monasterio empiezan a sufrir todo tipo de conflictos, porque a pesar de estar en contra de la violencia y de no aceptar la lógica de las armas, cuando éstas hablan es difícil no escuchar.

    Comenzarán a recibir presiones y amenazas de los terroristas y el ejército les ofrece protección. Aquí es donde la película del francés Xavier Beauvois concentra el nudo del dilema de los religiosos, quienes aferrados a su fe y a sus votos, rechazan todo sometimiento al discurso armamentista y no aceptan la protección del ejército. A pesar de esa decisión, el miedo empieza a instalarse en su ánimo y todos los días deliberan entre ellos si deben seguir allí o volver a Francia, de modo que, quieran que no, la obra que llevan adelante se ve seria y trágicamente perturbada. Tratan de adaptarse a esta nueva realidad y a pensar en que tal vez los próximos sean ellos. Y esta cuestión los pone en crisis con su fe, con su vocación y hacen denodados esfuerzos por no renunciar a sus creencias y prioridades.

    La vida en el monasterio intenta seguir con su rutina de trabajo y asistencia a los enfermos, en su mayoría, mujeres y niños.

    Conflicto moral

    La cámara de Caroline Champetier se toma su tiempo para escrutar a cada uno de los monjes, desde el prior, hasta el médico cuya propia salud es frágil, desde el más fuerte hasta el más débil. Las dudas, el dolor, la tensión se contrarrestan con mutuo apoyo en los momentos difíciles, cánticos y oración.

    La llegada del invierno y las intensas nevadas ponen una cuota más de desolación y angustia a un paisaje ya diezmado por la violencia solapada que acecha en cualquier recodo del camino.

    Y como era de esperar, ni la fe, ni la inquebrantable voluntad de seguir pese a todo, ni la vocación irrenunciable por la paz salvará a estos monjes de las garras del terrorismo local.

    Beauvois no pone tanto el acento en los motivos políticos, étnicos o religiosos que podrían explicar la violencia, sino en el conflicto moral en el que se ven sumergidos los cistercienses y cómo, en circunstancias tan desfavorables, ellos entienden que deben seguir siendo fieles a sus votos.

    El tono denso y dramático que tiene el relato no permite ni un momento de relajación, no obstante, aun con su crudeza y realismo, no deja de soslayar un poco el absurdo. El absurdo de preguntarse qué sentido tiene lo que uno hace, lo que uno cree, lo que uno piensa, en un mundo no receptivo. Qué sentido tiene jugarse la vida de esa manera.

    Las preguntas quedan flotando en la bruma que se lleva a los personajes en la secuencia final. Y las respuestas se irán con ellos.
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  • Medianoche en París
    Una encantadora fantasía parisina

    Woody Allen da la sensación de hacer algunas películas “de taquito”. “Medianoche en París” es una de ésas. Comienza con una sucesión de imágenes estilo postal turística de distintos lugares típicos de la capital francesa, mientras se escucha una melodía del saxofonista Sidney Bechet, como para entrar en clima.

    El film es un tributo a una ciudad ícono de la cultura de Occidente del siglo XX y el homenaje elige enfocarse en la década de los años ‘20, que marcó de manera indeleble a todos los artistas e intelectuales europeos y estadounidenses, que fueron quienes protagonizaron con su experiencia y su influencia las más importantes tendencias estéticas y filosóficas de la época, cuyos alcances llegan hasta nuestros días.

    La anécdota reúne a Gil (Owen Wilson), un guionista de cine de Hollywood y novelista frustrado, quien junto a su novia Inez (Rachel McAdams) y sus suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy), está de visita en París en un viaje que combina negocios y placer. Allí se encuentran con otro matrimonio joven, amigos de Inez, con los que Gil no simpatiza demasiado. Pronto, las discusiones y desaveniencias van a distanciar a la pareja, y mientras Inez sale a divertirse con sus amigos, Gil encara un paseo solitario por las calles nocturnas de la ciudad de sus amores.

    ¿Y qué es lo que sucede? Un embrujo muy al estilo Allen. Justo a medianoche, por una callecita oscura, aparece un viejo Peugeot de los años ‘20 y uno de sus pasajeros incita a Gil a sumarse al grupo. El joven guionista de cine, que está algo embriagado por haber abusado de algunos buenos vinos, se ve pronto rodeado de un grupo de personas bastante extravagantes y vestidas al estilo de la belle époque. Y eso no es todo, pronto descubre que no se trata de cualquier gente, sus nuevos amigos son nada menos que personajes muy famosos de la literatura y del arte, con quienes mantendrá interesantes diálogos.

    De paseo con los grandes

    Scott y Zelda Fitzgerald, Ernest Hemingway, Cole Porter, Gertrude Stein, T.S. Eliot, Pablo Picasso, Djuna Barnes, Jean Cocteau, los surrealistas Dalí, Buñuel y Man Ray lo llevarán a ciertos lugares míticos donde ellos se reunían habitualmente para compartir veladas donde el arte, el alcohol y los romances eran los temas prioritarios y lo que daba sentido a la existencia. Gil queda deslumbrado y a partir de allí, comienza a transitar por una especie de “doble vida” muy particular, en la que incluso se enamora de una bella mujer de aquella época, Adriana (Marion Cotillard), quien fuera amante de Picasso, Braque y Modigliani.

    La extraña experiencia se repite cada medianoche y Gil, seducido por ese mundo y desengañado de su presente no del todo satisfactorio, terminará sufriendo una crisis con su pareja y la huida nostálgica al pasado le abrirá la puerta para un futuro diferente.

    “Medianoche en París” parece una película hecha “de taquito”, casi como una excusa para hablar de las bondades turísticas de la capital francesa, mientras se hace un repaso por su riquísimo acervo histórico-cultural, con una fugaz participación de la primera dama Carla Bruni incluida en el paquete. Sin embargo, la misma idea, el mismo material e incluso los mismos actores, en manos de cualquier improvisado posiblemente terminaría en un pastiche mediocre insustancial, pero en manos del genio laborioso de Allen se convierte en un exquisito juego intelectual, un pasatiempo hecho con buen gusto e inteligencia, en el que el espectador se verá tratado con respeto y amabilidad, como en cada una de sus producciones.
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  • 8 minutos antes de morir
    Un viaje a otra dimensión

    El capitán Colter Stevens despierta sobresaltado en un tren que se dirige a Chicago, tiene enfrente a una hermosa joven que le habla amistosamente y no entiende nada. Debería estar en Afganistán luchando contra talibanes y sin embargo... La joven lo llama por otro nombre y la confusión es total.

    Pero la mente del capitán está entrenada, muy entrenada para afrontar situaciones difíciles y asumir lo desconocido en un abrir y cerrar de ojos. Le sigue el juego a la chica (después de todo el cambio de escenario parece prometedor) y anda de aquí para allá haciendo una que otra rareza para tratar de descubrir qué está haciendo allí, hasta que de repente el tren se convierte en una bola de fuego y el militar aparece encerrado en una especie de cápsula oscura, aislado del mundo pero conectado mediante algún sofisticado método de comunicación con alguien que a través de una pantalla le da órdenes.

    Poco a poco se va a ir aclarando la situación. Se trata de un experimento de los servicios de inteligencia y de seguridad de los altos mandos para tratar de descubrir quién fue el autor del atentado al tren que voló en mil pedazos sin dejar sobrevivientes y así tratar de evitar el próximo ataque que sería peor.

    Mediante una compleja manipulación científica de las coordenadas tiempo-espacio, pasando por algunos cálculos de mecánica cuántica (supuestamente), la mente de Stevens es capaz de transportarse, ocupar el cuerpo de otra persona y actuar donde sea que vaya con ese cuerpo.

    A Stevens no le gusta este nuevo trabajo, quiere recuperar su vida anterior, volver a casa, pero sus superiores le dicen que no pierda tiempo en eso y que se concentre en el objetivo de la misión. Stevens se somete y aunque parezca raro le encuentra algún gustito al asunto y cada vez que regresa (porque el experimento debe repetirse varias veces) a intentar descubrir al terrorista, tiene ganas de quedarse y conseguir algo más, que tiene que ver con la chica y tratar de salvarla y por qué no salvar a todos y etcétera. Pero ése no es el plan original así que Stevens deberá enfrentar varios problemas a la vez, además de lidiar con sus emociones.

    “Source Code” es el segundo largometraje de Duncan Jones, más conocido como “el hijo de David Bowie”, después del elogiado por los críticos “Moon”, también de ciencia ficción.

    Entretenimiento puro

    En esta oportunidad el relato combina acción, intriga, romance y algunas insinuaciones que no dejan muy bien parados a los servicios de inteligencia de Estados Unidos, por lo menos, desde el punto de vista humano. Mucha tecnología, mucho armamento, pero quedan picando dudas acerca de las verdaderas intenciones.

    Con esa pizca de crítica, la película se sostiene gracias al ritmo narrativo y las actuaciones respetables de Jake Gyllenhaal (Stevens), Vera Farmiga (su contacto con los altos mandos) y Michelle Monaghan (la chica del tren). No es nada más que un entretenimiento sin demasiados alardes, cosa que hay que agradecer porque así los 90 minutos que dura se pasan volando y uno se va del cine tan fresco como llegó. Sin ánimo de ofender a nadie, mucho menos al padre de la criatura, “Source Code” tiene más de telefilme que de cinemascope.
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  • Incendies
    Incendies
    El Litoral
    Vivir y morir en medio del infierno

    “Incendies” es un film centrado en la figura de una mujer que ha tenido una experiencia vital compleja y desgarradora y que al momento de morir, deja un testamento con algunas instrucciones para sus hijos, que serán quienes tendrán la tarea de reconstruir la historia de su madre, para cumplir con su último deseo y al mismo tiempo para develar los misterios de sus orígenes.

    Basado en una obra teatral del libanés Wajdi Mouawad, el director canadiense Denis Villeneuve desarrolla la anécdota en capítulos diferenciados unos de otros por un título que refiere a las distintas instancias de la narración.

    Diseñado a partir de una concepción trágica, el guión va dando saltos en el tiempo, engarzando situaciones del pasado que afloran a partir de la investigación que emprenden los gemelos, Simone y Jeanne, los hijos de Nawal, la mujer que acaba de morir. Todo comienza en Canadá, lugar en el que el grupo familiar ha vivido los últimos años, adonde los tres llegaron como refugiados provenientes de la convulsionada zona del Medio Oriente. Hacia allá deberán volver los jóvenes para intentar hallar al padre de ambos y a un hermano mayor perdido.

    La muchacha es la que encara la búsqueda de manera más entusiasta, pero finalmente se le unirá el hermano y entre ambos desentrañarán una compleja trama de violencia, dolor y desarraigo, que al final del camino se revelará como un secreto muy perturbador y difícil de asimilar para los sobrevivientes. Mediante el recurso constante del flashback, el espectador se va enterando paso a paso del periplo de Nawal, desde su apasionada juventud hasta sus últimos días, a través de paisajes signados por la violencia étnica y religiosa, donde no importa mucho para el relato la precisión de lugares geográficos ni de fechas sino que lo importante son las situaciones existenciales por las que la mujer atraviesa. De modo que si bien la acción se ubica en la región del Medio Oriente, el enfoque propuesto apela más bien a un paisaje metafísico, en donde ocurren cosas entre los seres humanos que se dirimen mediante la violencia, como protagonista casi excluyente, en donde el amor y el surgimiento de la vida se abren paso pese a todo, en medio de circunstancias no muy propicias y hasta desesperantes.

    Propuesta inquietante

    El filme muestra una sucesión de situaciones límite, pero que en ese contexto, son cotidianas, son el pan y las lágrimas de cada día. ¿Cómo se adapta la mente humana al horror permanente? ¿Qué lugar se le puede dar al amor en medio de inimaginables torturas? ¿Qué pasa con los niños que nacen y crecen en un ambiente de extrema violencia, donde muchas veces son alejados de sus padres y no conocen nada que se parezca a la ternura?

    “Incendies” toca muchos temas verdaderamente significativos que plantean interrogantes filosóficos, morales, religiosos, políticos, culturales y un largo etcétera, sin ofrecer respuestas cómodas ni fáciles.

    Por momentos, el espectador se verá arrojado al mismo infierno, tal y como parece sentirse Nawal durante casi toda su vida, en la que al final recibirá la última estocada, el golpe de gracia, que terminará por desintegrar definitivamente su psiquis y su salud. Lo que parece querer decir esta obra con su propuesta tan inquietante es que cuando se pierden todos los límites y las fronteras se convierten en un hervidero confuso de pasiones descontroladas, en las personas se hace carne ese conflicto al punto de llegar a vivir verdaderas tragedias de una magnitud insospechada.
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  • El hombre que podía recordar sus vidas pasadas
    La presencia viva del misterio

    “El hombre que podía recordar sus vidas pasadas” es una experiencia cinematográfica que se explica en un contexto cultural misterioso para los ojos occidentales, pero que trasciende sus fronteras para llegar, con sus rasgos que mezclan el exotismo y lo naif, directo a la sensibilidad del espectador.

    Está rodada en Tailandia, donde la producción de cine recién está tomando forma y adquiriendo un lenguaje propio. Sin embargo, el director, Apichatpong Weerasethakul, se ha hecho un lugar en el mundillo de los festivales donde es tratado con respeto, incluso esta película recibió la Palma de Oro en Cannes, de manos de un jurado presidido por Tim Burton.

    La historia sucede en un ambiente rural semiselvático, con bosques, ríos, cascadas y grutas, casi un paraíso terrenal. Allí, un hombre afronta el último tramo de su vida. El tío Boonmee está solo y padece una enfermedad renal que lo tiene a maltraer.

    Ha hecho cierta fortuna con su granja y eso le proporciona algún confort para aliviar la carga de su mal, pero lleva consigo mucha pena que se hace patente a medida que su cuerpo se deteriora.

    Boonmee tiempo atrás ha perdido a su esposa y a su hijo, pero una hermana de su mujer y un hijo de ella se acercan para cuidarlo en estos difíciles momentos.

    El reencuentro con estos familiares, que vienen de la ciudad, coadyuva a que el proceso de despedida se desenvuelva de manera no traumática.

    El universo cotidiano de este hombre empieza a poblarse de presencias sugestivas, espíritus atraídos por esa situación especial que es la transición entre la vida y la muerte, cuando el alma empieza a asumir que pronto abandonará ese cuerpo y emprenderá un viaje por mundos desconocidos.

    En ese trance, Boonmee, asistido por su cuñada y su sobrino, recibe la visita del fantasma de su esposa, que se conserva igual que hace 19 años, cuando murió, y el de su hijo, quien en cambio aparece bajo el aspecto de un primitivo hombre de las cavernas con ojos que despiden una luminosidad rojiza.

    Los sucesos extraños se integran sin estridencias ni sobresaltos a la vida normal, por llamarla de alguna manera. Las cuestiones domésticas y coditianas, así como los datos de la realidad que refieren a un pasado no muy lejano de violencia social y política y a un presente complejo donde la inmigración ilegal de pueblos vecinos es una amenaza constante, todo convive en ese pequeño terruño, haciendo eje en el personaje protagónico que es quien da sentido a su entorno, por más fantástico y raro que parezca.

    Significado poderoso

    Los límites entre la realidad y los sueños se desdibujan y estos seres se entregan a una ceremonia de despedida que concluirá con los ritos budistas propios de sus creencias, pero cada detalle, cada pequeña circunstancia tendrá algún significado poderoso que Boonmee asociará con alguna deuda kármica de su existencia.

    El relato tiene la virtud de lograr una síntesis poética entre diversos mundos que se entrecruzan, donde las tradiciones más antiguas perduran y resisten ante los avances tecnológicos y los cambios socioculturales que bajo la influencia de Occidente se suceden sin pausa. La película, no obstante, es austera en recursos, nada de trucos ni banda sonora, Weerasethakul da mucha importancia al contenido, al paisaje y al sonido ambiente de la naturaleza, incluida la voz humana que se oye en los diálogos amistosos entre los personajes.

    No todo lo que ocurre en “El hombre que podía...” es susceptible de ser interpretado de manera inequívoca, el director mantiene siempre esa zona de misterio indescifrable que instala el alma en un estado diferente, que pone en entredicho a la razón y exacerba los sentidos.

    Quizás es una película que exige cierta disponibilidad receptiva especial para disfrutarla, pero la experiencia es gratificante.
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  • Ajami
    Ajami
    El Litoral
    Ni buenos ni malos, personas en conflicto

    “Para los palestinos, la creación del Estado de Israel fue un desastre. Para los judíos, una salvación”, explica en una entrevista el israelí Yaron Shani, coguionista y codirector con el árabe Scandar Copti de la película “Ajami”, un drama que transcurre en un conflictivo barrio de Jaffa.

    El film, si bien es una ficción, tiene características compatibles con un documental, dado que los escenarios son los propios de la barriada mencionada y los actores son no profesionales, habitantes de ese lugar, quienes prácticamente hablan de ellos mismos, se muestran como son. Por lo tanto, “Ajami” ofrece una mirada bastante fiel y cercana sobre las condiciones en que transcurren las vidas de familias judías, musulmanas y cristianas en uno de los lugares más turbulentos del planeta.

    Cada grupo humano, diferenciado fundamentalmente por sus creencias religiosas, está obligado a interactuar con los otros en un territorio que no se caracteriza por su generosidad natural y que de alguna manera impone condiciones violentas e inestables para todos.

    Basta un entredicho, un encontronazo cualquiera entre personas de distintos sectores para que se desencadene una reacción en cadena de hechos virulentos, en donde las agresiones mutuas entre bandos enfrentados provocan casi siempre derramamiento de sangre, muertos y heridos, que van dejando huellas y marcas difíciles de sobrellevar.

    Se trata de la ópera prima de Copti y Shani, quienes con cámara en mano, improvisación y audacia, se adentran en esa maraña compleja donde se entrecruzan cuestiones religiosas con conductas tribales, el problema de la falta de trabajo, las fronteras más o menos sutiles pero siempre peligrosas, el crimen y el narcotráfico. Un escenario donde pese a todo aflora el amor a cada paso, aunque eso también puede ser la chispa que desencadene una tragedia si las personas que se aman pertenecen a bandos diferentes.

    “Ajami” narra varias historias que se entrelazan de manera no cronológica y como un mosaico ofrece distintos puntos de vista de los mismos sucesos en los que todos los personajes se ven involucrados de algún modo. Cada grupo familiar, con sus problemas de subsistencia, de salud y también de códigos, es protagonista a su manera de cada circunstancia que trasciende los límites de la intimidad. Todos están atravesados por la amenaza constante que implica esa coexistencia territorial entre grupos humanos que piensan y viven de manera diferente y donde es difícil encontrar un orden y una ley que conforme a todos.

    Imposible tomar partido por unos u otros. Los hechos que se narran son tan dolorosos y tan humanos que los personajes despiertan en el espectador una compasión indiscriminada.

    Ninguno merece de modo absoluto ni la condena total ni el perdón total. Y como corolario, queda la sensación amarga de que ese lugar del mundo no conoce, no digamos la paz (lo que es obvio), no conoce la alegría, la gracia de vivir.

    ¿Duro? Sí, el film de estos jóvenes realizadores exhuma dureza, amargura, angustia, desconsuelo, impotencia también. ¿Desesperanza?, ellos dicen que no, que contar lo que pasa es una manera de exorcizar la tragedia y quizás contribuir a una toma de conciencia que tal vez permita algún cambio positivo.

    De cualquier manera, se trata de un trabajo digno, serio, profundo y muy conmovedor, que a nadie puede dejar indiferente.
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  • Torrente 4
    Torrente 4
    El Litoral
    Y un día, volvió el tonto

    A Torrente le llegó la onda 3D. Buscavidas como es, inescrupuloso y atorrante, no podía perderse la oportunidad de ver su “gallarda” imagen cinematográfica, enriquecida por las bondades tecnológicas de los últimos tiempos.

    Hay que recordar que el personaje creado por Santiago Segura (“el brazo tonto de la ley”), se dio a conocer en las postrimerías del siglo XX, en plena agonía, bah: 1998.

    Ahora, bien entrado ya el siglo XXI, se imponía un retoque; después de haber hecho escala en los capítulos 2 y 3, llegó por fin a las tres dimensiones, no es cuestión de quedarse afuera de los avances tecnológicos de la industria.

    En esta entrega, Torrente ya no es policía y apenas sobrevive como investigador privado. Al comienzo del film, se lo ve a cargo de la seguridad en una boda fastuosa. Su personalidad grosera y provocativa en seguida lo mete en problemas y como una cosa lleva a la otra, pronto se origina un escándalo descomunal que arruina los festejos y debe huir de manera por demás indecorosa.

    Sin dinero, con hambre, desaliñado, sucio, subalquila su departamento a una legión de inmigrantes indocumentados, roba desperdicios de los bares y restaurantes y hasta se disputa basura callejera con una pandilla de niños.

    Con lo cual, las maravillas de los trucos 3D lo único que hacen es realzar las miserias por las que atraviesa este marginal.

    Así, de desventura en desventura, por ahí, le cae un “negocio”. Personas poderosas le encargan un asesinato por una módica suma de dinero, imposible de rechazar. Pero resulta que las cosas no siempre son como las pintan, y todo se complica de manera ingrata. Como consecuencia, el ex policía va a parar a la cárcel.

    Una buena parte de sus nuevas aventuras suceden, como se imaginarán, en ese ambiente penitenciario, donde se encontrará no sólo con parientes, sino también con todo tipo de especímenes de la fauna humana genéricamente considerada transgresora. Habrá además, como no puede faltar en la tradición esperpéntica española, deformes y discapacitados, algunos chulos hermosos y putos jodidos dispuestos a todo.

    Un curita amanerado está incluido asimismo en el colectivo carcelario, quien hace poderosos esfuerzos por humanizar un poco a esos brutos alejados de la mano de Dios.

    Disparates por doquier

    Hay disparates por doquier, cameos con famosos (Pipita Higuain, Kun Agüero, David Bisbal, entre otros), homenajes a escenas gloriosas del cine comercial de todos los tiempos, y mujeres zarandeando sus traseros y sus tetas para amenizar la velada. Aunque no faltarán las siempre ponderadas matronas quejosas y gritonas, porque como todos saben, en el universo de Torrente, las mujeres, o son putas o son brujas.

    El capítulo cuatro, subtitulado “Crisis letal”, aprovecha otros recursos del género como las persecuciones automovilísticas aparatosas, con incendios y destrozos al por mayor, y otros detalles más bien bizarros, en los que la grosería y la crueldad con intenciones satíricas van de la mano.

    La película divide aguas entre las opiniones, a los devotos del personaje les encanta, a los más sensibles y exigentes, los aburre bastante. Según los anuncios del final, habrá que esperar hasta 2017 para ver como termina la saga (Dios mediante).
    Y un día, volvió el tonto
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  • Cacería de brujas
    Aventuras medievales en ambientes fantásticos

    Corre el siglo XIV de la era cristiana y Europa se debate ante varios frentes, a cual más devastador: el diabólico poder de las brujas, el castigo quizás divino de la peste y las heroicas Cruzadas contra los herejes. En ese contexto histórico signado por la pobreza, el hambre, las perversiones humanas y el influjo de fuerzas oscuras, Dominic Sena (Kalifornia, 60 segundos) sitúa su nueva aventura fílmica, Cacería de brujas, con el inefable y posmoderno Nicolas Cage como protagonista.

    No se trata de un relato histórico ni tampoco pretende ser realista. Es fantasía pura, inspirada en esos datos que a través del tiempo se convirtieron en clichés y estereotipos capaces de abonar ficciones que apelan a lo un poco retorcido, bizarro y sobrenatural, un gusto que se podría considerar casi perenne a lo largo y a lo ancho de la historia cultural de occidente. Y que siempre está a mano cuando se quiere representar una época de gran confusión moral y espiritual, y de extrema crueldad.

    Con esos elementos básicos y un par de pesos pesado de la pantalla, más un menú de efectos especiales ad hoc, se puede lograr un entretenimiento lucrativo con alguna que otra moraleja.

    Behmen (Cage) y su inseparable compañero Felson (Ron Perlman) son guerreros y han participado en innumerables y sangrientos combates cuerpo a cuerpo con el enemigo de Oriente: el Islam y sus acólitos. Pero no es la fe lo que los motiva, son más bien profesionales expertos en matar y sobrevivir a cada batalla, aparentemente motivados nada más que en las recompensas que recibirán a posteriori. Sin embargo, algo sucede que los hace cambiar de opinión. En desacuerdo con las órdenes superiores, deciden abandonar el frente y volver a casa.

    Al regresar, encuentran a Europa sumida en la miseria y la peste. Son acusados de desertores pero se les ofrecerá un trabajo a cambio de retirar los cargos. Por orden del cardenal D’ambroise (un irreconocible Christopher Lee), deberán trasladar hasta un tribunal eclesiástico a una joven acusada de bruja y de ser la causante de la gran peste.

    La historia, que combina acción y aventura con aspectos fantásticos, se desarrolla en fríos y húmedos bosques con climas enrarecidos por la presencia de fuerzas desconocidas. El viaje estará lleno de peligros y acechanzas. Pronto, el temor ante lo desconocido empezará a diezmar la moral de algunos de los viajeros. Si bien no todos llegarán a destino, Behmen y Felson consiguen arribar al monasterio donde se espera que un altísimo tribunal se encargue de juzgar a la muchacha y eventualmente, permitir mediante ese proceso, la erradicación de los males que aquejan a la población.

    Sin embargo, nuevas sorpresas los están esperando allá, nada más para que descubran que se están enfrentando a un enemigo mucho más peligroso y poderoso que la harapienta brujita. Pero también, gracias a la agudeza mental del cura que va con ellos, encuentran la clave para contrarrestar esa fuerza destructiva y diabólica, y no es otro que el Libro de Salomón, el libro de la sabiduría.

    Habrá una batalla final y de algún modo se hará justicia, aun cuando no haya ningún tribunal explícito para ejercerla. Porque es sabido que este tipo de propuestas, aunque no tenga un guión sólido (el problema más evidente de esta película), casi siempre lleva implícito un mensaje políticamente correcto.
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  • Biutiful
    Biutiful
    El Litoral
    Catástrofe total, sufrimiento garantizado

    “Biutiful” es la primera película de Alejandro González Iñárritu luego del ruidoso divorcio de su ex guionista Guillermo Arriaga, con quien compartió sus títulos anteriores: “Amores perros”, “21 gramos” y “Babel”.

    En esta nueva etapa, Iñárritu eligió como acompañantes en el guión a dos argentinos, Armando Bo y Nicolás Giacobone, y también convocó a Gustavo Santaolalla para la banda sonora.

    La película reúne además a actores de diverso origen, aunque el que más se destaca, obviamente, es el protagonista, Javier Bardem, quien si bien no es el mejor del elenco, sí es por lejos el más famoso y taquillero. Pero hay que decir que en el terreno actoral está muy bien acompañado por un reparto de fuste, aunque no de renombre. Hay argentinos, españoles, africanos, mexicanos, de todo un poco.

    La historia es el problema, por decirlo de algún modo, o quizás la manera de contarla, lo que sea, “Biutiful” no satisface, no alcanza ni la calidad dramática de las tres películas que corresponden a la etapa del matrimonio González Iñárritu-Arriaga, ni tampoco la potencia estética.

    En “Biutiful” observamos un relato recargado, por momentos desprolijo y en varias ocasiones, ininteligible, literalmente (no se entiende lo que dice Javier Bardem cuando cuchichea, y para colmo, lo hace a menudo).

    Pero el asunto más difícil de roer es la anécdota, que es dura, durísima. La cámara se ensaña, podríamos decir, con el personaje principal y su interminable rosario de desventuras, al punto de que no hay ni un momento de pausa, ni siquiera para tomar un poco de aire. Pilla a Uxbal, un hombre de unos cuarenta años, en el peor momento de su vida y lo persigue prácticamente “a garrotazos” hasta quitarle el último aliento vital. ¿Era necesaria tanta crueldad?

    Se trata de un hombre que sobrevive en los suburbios de Barcelona, donde se concentran la inmigración ilegal, los negocios turbios, la droga, la prostitución y un sinfín de calamidades que suelen aportar algún dinero rápido pero que se termina pagando a un precio muy alto.

    Uxbal está a cargo de sus dos hijos pequeños, porque la mamá de los niños sufre un trastorno bipolar, además de otras patologías, como adicciones y conductas inapropiadas, que la inhabilitan para el rol de madre. Pero además, se ocupa de hacer de intermediario entre los inmigrantes ilegales y la policía local, lo que significa administrar coimas y otros asuntillos fuera de la ley. Pero también se entera de que padece un cáncer terminal y que no le queda mucho tiempo de vida. Y por si fuera poco, los grupos de inmigrantes a los que regentea son diezmados por situaciones catastróficas imposibles de remontar.

    Fractura moral

    Uxbal tiene que lidiar con todo eso y con la angustia que devora su alma, su fracaso como hombre, como padre, la falta de afecto y de un lugar tranquilo y seguro para mantener una familia. Bardem interpreta bien esa fractura moral a la que está sometido el personaje, quien por un lado hace negocios con lo más sórdido de la sociedad y por otro, intenta cumplir con los mandatos tradicionales que hasta los más oscuros delincuentes añoran en lo más recóndito de su ser: una vida respetable y normal.

    El estilo para contar todo esto es un tanto caótico, por momentos estridente y hasta molesto, como acentuando todavía más el peso agobiante de la historia en sí misma. Sin concesiones ni atenuantes, la vida no da respiro ni salida al protagonista, quien sólo parece encontrar un atisbo de experiencia trascendente comunicando con los muertos, como si los realizadores quisieran decir que Uxbal pertenece más a la muerte que al mundo de los vivos.

    Triste, desgarradora, abrumadora, un mazazo, sólo recomendable para masoquistas militantes.
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  • Conocerás al hombre de tus sueños
    Otra fábula urbana del talento neoyorquino

    El veterano y prolífico Woody Allen vuelve a poner en escena sus temas favoritos: el amor, la amistad, la vejez, el miedo a la muerte, la infidelidad, la neurosis urbana, la angustia existencial y los “remedios” que el mercado ofrece a cada paso...

    En “Conocerás al hombre de tus sueños”, se entrecruzan varias historias personales que a veces confluyen y otras, colisionan, según sean los intereses que cada uno ponga en juego al momento de relacionarse con el otro.

    Sally (Naomi Watts) es el sostén de su matrimonio con Roy (Josh Brolin), trabaja para Greg (Antonio Banderas), un marchand exitoso, mientras espera que su marido, que ha renunciado a ejercer la medicina pese a tener el título, tenga éxito como escritor de novelas, algo que no se presenta fácil. Sally tiene que hacer frente también al divorcio de sus padres, Helena (Gemma Jones) y Alfie (Anthony Hopkins), y sus consecuencias.

    La historia transcurre en Londres y los personajes están construidos en base a las características típicas de la clase media de las grandes ciudades, con un buen pasar pero muchos conflictos afectivos y emocionales, que tienen que ver con las aspiraciones personales, los proyectos de vida, casi siempre frustrados por la realidad.

    Roy es un hombre de 38 años, escritor fracasado, mantenido por su esposa. Sally tiene que salir a trabajar, a malvender sus aptitudes y capacidades, cuando preferiría estar en su casa y solamente ocuparse de tener una familia. Helena ve desbarrancarse su matrimonio después de cuarenta años y encuentra consuelo en los consejos de una supuesta vidente, mientras que Alfie ha decidido que todavía tiene cuerda para rato y sale a la busca de amantes jóvenes para caer pronto en las garras de una prostituta treinta años menor, Charmaine (Lucy Punch), con quien vivirá una pasión tan arrolladora como breve que lo devolverá otra vez a la verdad que tanto quiere evitar: el ocaso de la vida y el temor a la soledad.

    Roy fantasea con una vecina a quien espía por la ventana, Dia (Freida Pinto), y a quien finalmente seduce, mientras Sally se hace los ratones con Greg, su jefe, un hombre casado pero insatisfecho que, para desilusión de Sally, caerá en los brazos de una amiga artista que ella misma le presentó.

    Una trama de encuentros y desencuentros, típica del mundo de Allen, en la que se ponen en crisis valores y creencias, mientras se buscan sustitutos que ocupen el lugar de aquellas cosas en las que se creían y que por algún motivo han desertado: amor, realización personal, éxito profesional, familia, valores morales, etc.

    Una vez más Allen hace alarde de su oficio y maestría para ofrecer un producto técnicamente irreprochable, con buenos actores que se lucen más cuando se ponen bajos sus órdenes, brindando un entretenimiento con esos ingredientes usados con inteligencia como son el conocimiento del alma humana con sus contradicciones, sus miserias y sus chispas de lucidez y grandeza, todo visto desde la perspectiva escéptica y cínica típica del director neoyorquino, que una vez más pone el acento en el egoísmo como el combustible que alimenta todos los conflictos.
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  • De amor y otras adicciones
    El amor no tiene remedio

    Jamie Randall (Jake Gyllenhaal) es un joven treintañero que vive en un pueblito de Estados Unidos donde intenta hacerse un camino como vendedor de electrodomésticos, pero sus debilidades eróticas le complican, más que facilitarle, las cosas.

    Es el hijo mayor de un matrimonio clase media que tiene dos hijos varones y que no hace más que esperar que consigan un buen trabajo y hagan su vida de una vez por todas.

    Jamie es un seductor compulsivo y casi siempre consigue lo que quiere, seduciendo mujeres aquí y allá. Cuando se propone ingresar al mundo de los visitadores médicos, para así tener la chance de buenas ganancias y otras gratificaciones que concede la industria farmacéutica, lo logra sin mucho esfuerzo gracias a sus encantos.

    Mientras, su hermano Josh (Josh Gad), un joven bizarro felizmente casado, pero en crisis matrimonial por razones indescifrables, se muda al departamento de Jamie en busca de refugio.

    El carismático Jamie, en tanto, empieza a promocionar productos del laboratorio Pfizer en destacadas clínicas del lugar y recurre a todo tipo de ardides para desplazar a la competencia en determinados rubros, especialmente el de los antidepresivos, de mucho consumo en la década de los ‘90, en que está ambientada la película. La guerra es entre Prozac y Zoloft. En tono de comedia de enredos, el film de Edward Zwick (“El último samurai”, “Diamantes de sangre”), que está basado en una novela, pretende desnudar los entretelones del descarnado mundo del mercado farmacéutico. La crítica, que a veces roza la sátira, apunta al cinismo con que se manejan todos los actores, desde los médicos, pasando por enfermeras, secretarias, vendedores y llegando hasta los pacientes, en un ambiente en que se asume que todos consumen algún tipo de droga de las que siempre están a mano para calmar cualquier trastorno.

    En ese ámbito, Jamie conoce a una hermosa joven, Maggie (Anne Hathaway), quien pese a sus radiantes 26 años, padece un incipiente Mal de Parkinson, que la tiene condenada a una medicación permanente.

    Aquí las cosas tomarán un giro y la novela, que parecía una comedia crítica, se torna un tanto romántica y llega casi al melodrama, porque los jóvenes, lindos como son, no podrán evitar enamorarse, aunque ninguno de los dos esté pensando en eso ni mucho menos cuando dan rienda suelta a sus deseos pasionales. Acostumbrados a seducir y vivir el momento, eludiendo deliberadamente los compromisos, el amor les hará cambiar de parecer, aunque no sin resistencias ni conflictos.

    Pero mientras sucede todo esto, que implica cuestiones como asumir una enfermedad incurable cuya evolución es de mal pronóstico y qué hacer cuando uno se enamora de una persona que padece ese mal y qué hacer cuando se está enfermo y no se quiere sufrir de más ni hacer sufrir, etcétera, mientras la parejita vive este dilema, derrochando encanto sensiblero en la pantalla, el mundo de la industria farmacológica se asoma a una nueva era, aparece la droga de la felicidad que si no cura, al menos hace olvidar algunos males: el Viagra.

    ¿Qué tiene que ver esto con el melodrama de Jamie y Maggie, y el fastidioso hermano menor siempre metido en el medio? No mucho, solamente que le permite a Jamie dar un salto cualitativo y cuantitativo en su carrera de promotor, escalar posiciones, adquirir influencias, e intentar por todos los medios conseguir el mejor tratamiento para su chica. Aun cuando la relación entre ellos sufra de crisis y recaídas, y aun cuando las tentaciones del mundo de los negocios sea muy fuerte, finalmente esta suerte de “Love story’’ aggiornada se impondrá sobre cualquier otro tipo de intereses, y Jamie estará dispuesto a cuidar de Maggie y Maggie estará dispuesta a dejarse cuidar.

    La película de Zwick no supera la media de una comedia hollywoodense, que picotea en varios temas sin profundizar ninguno y que apela a actores bellos y taquilleros, sin renunciar a estereotipos y golpes bajos, ni a las fórmulas trilladas del cine de entretenimiento donde se mezclan sentimientos, acidez y algunos toques bizarros, como indica la moda.
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