Glass

Crítica de Diego Batlle - Otros Cines

Podría decirse que una parte esencial de la cinefilia de las últimas dos décadas se define por la grieta entre los exégetas y los detractores de M. Night Shyamalan. Yo, que descreo de los bandos y las posturas inamovibles, he estado la mayoría de las veces en la vereda opuesta del director indio, aunque en el caso de Fragmentado me llevé una agradable sorpresa. Por lo tanto, la expectativa ante Glass, que funciona como una suerte de continuación de El protegido y Fragmentado, era alta. La decepción, lamentablemente, también lo fue.

Antes de analizar Glass hay que advertir que, aun con todos sus problemas y caprichos, es superior a los bodrios de Shyamalan de su período 2006-2013 (La dama del agua, El fin de los tiempos, El último maestro del aire, Después de la Tierra). Pero, en el camino de la recuperación que había insinuado desde Los huéspedes (2015), surge como una clara recaída.

Más allá de su algunos destellos de creatividad e ingenio, siempre consideré a Shyamalan como un encantador de serpientes, un artista presuntuoso que convenció a no pocos cinéfilos de que realmente era un genio que había bebido de géneros populares (de la historieta al terror) para construir una iconografía y una mitología propias. Esa pretensión reaparece a la enésima potencia en Glass, un film en el que nos pasamos más de dos horas escuchando supuestas revelaciones trascendentales sobre los superhéroes, los hechos sobrenaturales y el lugar de los series extraordinarios en un mundo ordinario, pero todo se desarrolla y culmina de la forma más banal, terrenal y obvia que pueda imaginarse.

Y no solo eso: Glass es de las películas menos lucidas desde lo visual y narrativo (la puesta en escena es absolutamente chata) en la carrera de un director que, aun en sus trabajos menos logrados, siempre había entregado momentos de gran cine. Aquí ni siquiera ese virtuosismo aparece en cuentagotas durante el clímax con la interacción entre los tres principales personajes que reaparecen: el psicópata Kevin Wendell Crumb (con sus 24 personalidades) que interpreta James McAvoy (a la larga sus excesivos unipersonales resultan de lo más simpático del film), el justiciero David Dunn de Bruce Willis y el manipulador Elijah Price de Samuel L. Jackson (que por momentos parece un alter-ego de Shyamalan).

El director de Sexto sentido logra mantenernos medianamente interesados durante esas largas dos horas (buena parte de las mismas restringidas al interior de un neuropsiquiátrico de Filadelfia) a la espera de lo que, suponemos, será un desenlace lleno de sorpresas y hallazgos. Lo que sobreviene, sin embargo, es una acumulación de falsos finales, la mayoría de ellos entre explícitos, didácticos (sobre-explicados), impostados y decepcionantes. Así, el resultado de Glass es el de un film ahogado en su grandilocuencia, su ampulosidad y su solemnidad (todo lo contrario a lo que debería ser un trabajo sobre superhéroes ligado al espíritu del cómic). En definitiva, otro ejercicio autocomplaciente y autoindulgente de un director que ha logrado aquí convencer a Universal, Disney y Blumhouse (debe ser la peor película de esta productora tan de moda) de asociarse para financiar sus caprichos. En ese sentido, Shyamalan es, sí, un auténtico genio.

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