Gigantes de acero

Crítica de Isabel Croce - La Prensa

Con humor y mucho movimiento

Los encuentros entre padre e hijo se sacan chispas, porque si Hugh Jackman tiene personalidad, el niño canadiense Dakota Goyo, es una aplanadora de simpatía e histrionismo.

Charlie Kenton tuvo un buen pasado profesional que vaya a saber porqué no terminó bien. Pero ahora es otro tiempo y no el mejor. Por vaya a saber qué transferencias psicológicas, se compró un robot gigante boxeador y recorre, como los domadores los rodeos, buscando rivales para su "ahijado". Ubiquémonos, estamos en un futuro próximo.

El negocio es tener el mejor competidor, pero el de Kenton es un pobre y sufrido robot de tercera, o cuarta mano y en un momento terrible de lucha y valentía queda hecho un cascajo. Ahí va el pobre Kenton a buscar un "médico" para su pupilo. En este caso, una "mecánica" de primera, que arregla bien a todo robot que se precie de tal. También con él ejerció sus funciones terapéuticas y lo arregló románticamente hasta que el nomadismo de Kenton reapareció y se distanciaron. Este es un buen motivo para reencontrarse.

Al desastre laboral, se le suma un hijo olvidado, que reaparece de la mano de una tía casada con un millonario que quiere adoptarlo y busca a Kenton para que, en un juicio, normalice la situación.

El caso es que Kenton tiene que quedarse con el chico por un tiempo, previo pago por el futuro padrastro del niño de una suerte de "reaseguro" y descubre, entonces, que el pequeño Max es un conocedor del manejo de robots y un hábil negociador de posibles encuentros entre estos especímenes tecnológicos.

BOXEO Y HUMOR

"Gigantes de acero" es un entretenido relato de acción con notables encuentros boxísticos de despliegue visual y violencia extrema, tamizados con buen humor y efectos especiales.

Los encuentros entre padre e hijo se sacan chispas, porque si Hugh Jackman tiene personalidad, el niño canadiense Dakota Goyo, es una aplanadora de simpatía e histrionismo. Las peleas robóticas (fiesta de animatronics) recuerdan las clásicas películas del oeste, o las actuales en que especialistas en rodeo y adiestramiento de caballos recorren campos y doman al mejor postor, hasta caer con los huesos rotos para siempre.

Llama la atención el desparpajo paterno, sin pesares ni remordimientos de ausencias paternales (bueno, estamos en el futuro) y la clara ubicación del chico, conciente de que su dominio del manejo de las computadoras debe complementarse con la habilidad boxística de ese padre ex púgil, capaz de improvisar en cualquier torneo en los que pupilos robóticos serán bien entrenados para ganar competiciones. Un vistoso y entretenido filme con simpáticos y descomunales robots.