El pasajero

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

UN TIPO DE 60

“Tengo 60”, dice Michael MacCauley (Liam Neeson) en una escena durante los primeros minutos El pasajero. No lo dice con orgullo, sino casi con desesperación. Es también, en cierto modo, una declaración de principios, un hacerse cargo de la vejez, tanto desde lo ficcional como desde lo real –Neeson tiene 65 años y ya ha dicho que no podrá desempeñarse mucho tiempo más como héroe de acción-, como trampolín para construir una identidad y sustentar un verosímil.

Es que El pasajero es un film que gira –narrativa y temáticamente- alrededor de lo identitario, un tópico que está siempre presente en la filmografía del director Jaume Collet-Serra. Acá tenemos a Michael, un agente de seguros (y también ex agente de policía) que en su viaje diario en tren de Nueva York rumbo a su hogar es tentado –pero también forzado- por una misteriosa mujer (Vera Farmiga) a realizar un pequeño pero significativo trabajo: encontrar a un pasajero que no encaja dentro del tren y que posee algunas características distintivas. Esa propuesta implica para Michael –que acaba de quedar desocupado y encima tiene que pagar la universidad de su hijo- la chance de llevarse una buena cantidad de dinero, pero también una amenaza a su familia y la certeza de que esa persona a la que debe encontrar va a ser liquidada por una organización bastante siniestra.

Si La casa de cera, La huérfana, Desconocido, Non-stop: sin escalas y hasta Una noche para sobrevivir y Miedo profundo eran películas siempre preocupadas por explorar quiénes eran sus protagonistas –con sus pasados y presentes difusos y problemáticos-, situándolos en espacios y tiempos limitados y herméticos, pero potentes y herméticos, El pasajero es casi como un resumen de las ambiciones y perspectivas de la obra de Serra. Indudablemente, el catalán se siente cómodo con las premisas acotadas, un contexto de producción mediano dentro del espectro hollywoodense (por algo rechazó hacer la secuela de Escuadrón Suicida y en su lugar dirigirá a Dwayne Johnson en Jungle Cruise) y el contacto directo con lo genérico. Por eso ese viaje en tren infernal pasa a ser un retrato no solo de Michael –con sus dudas pero también sus convicciones y profesionalismo-, sino también del resto de los pasajeros, como si asistiéramos a un pequeño recorte de la variopinta clase trabajadora estadounidense que labura en las grandes ciudades pero reside en los suburbios.

Como muchas películas sostenidas esencialmente en su premisa y las vueltas de tuerca, El pasajero encuentra unas cuantas dificultades para cerrar su relato de la manera apropiada. Hay incluso un descarrilamiento un tanto confuso donde se evidencian ciertas limitaciones de producción. Pero eso lo compensa con un trabajo muy acertado de lo espacio-temporal –que incluye un excelente plano secuencia durante una lucha en vagón- y una tensión permanente en su narración. Y, de paso, se constituye en una nueva muestra de la desconfianza en las instituciones que atraviesa las capas medias desde hace mucho tiempo: Michael y quienes lo rodean (amigos y enemigos, con sus rutinas, ritos, lealtades y miserias) son seres desprotegidos frente a los poderes que mueven los hilos. Ante eso, solo quedan la experiencia individual y la consciencia social. Por eso Neeson, que por suerte ya dejó de ser ese profesional indestructible de Búsqueda implacable para reconvertirse en otro tipo de profesional: al borde del retiro, vulnerable, pero también noble y persistente, digno representante de la clase trabajadora.