El hombre de acero

Crítica de Alejandro Franco - Arlequin

El Hombre de Acero es la versión 2013 de la historia de Superman, el legendario personaje de historieta creado por Joe Shuster y Jerry Siegel en 1938, y que fundara el género de los superhéroes. Desde su nacimiento, Superman ha tenido numerosas encarnaciones en el cine y la TV, sea en seriales, dibujos animados, tiras televisivas y filmes, siendo el más recordado Superman (1978) de Richard Donner, el cual es un clásico indiscutible. Mientras que el filme de Donner hizo un enorme capote en las taquillas y fue alabado por la crítica, el desmanejo de la franquicia por parte de sus productores motivó la contratación de creativos mediocres, los cuales terminaron aniquilando la saga en su cuarto capítulo en 1987. El personaje subsistiría con mejor suerte en la televisión a través de numerosas tiras (Lois & Clark; Smallville; Las Nuevas Aventuras Animadas de Superman), pero pareciera que el horrendo fracaso de Superman IV: En Busca de la Paz - junto con el desbarrancamiento de otra jugosa franquicia de la editorial, como fue la del hombre murciélago en la masivamente odiada Batman & Robin (1997) - hubieran impregnado de pánico a los directivos de la DC, quienes comenzaron a dar una enorme cantidad de vueltas para autorizar nuevas adaptaciones de sus personajes al cine. Ni la oleada de megaéxitos de la Marvel - como Spiderman, Iron Man, Thor, Capitán América, Los Vengadores, Blade, y una larguísimo etcétera -, ni la masiva recepción de la aclamada trilogía de Batman orquestada por Christopher Nolan lograron sacarle el miedo a la gente de la DC Comics, quienes siguieron armando sus proyectos a paso de tortuga y bajo la atenta mirada de un riguroso comité. El fracaso lo tienen calado en los huesos, sea con las tibias de recepciones de Watchmen, Linterna Verde, o incluso el capítulo del héroe de Kriptón dirigido por Bryan Singer Superman Regresa - el cual recaudó bien pero no en los términos masivos que esperaba la gente de la DC -; eso sin contar con una larga lista de mediocridades que fallaron en la taquilla como Jonah Hex, Constantine o Gatúbela.

Es por ello que la DC Comics sólo se animó a revivir al más venerado personaje de su panteón de superhéroes después de ponerle a Christopher Nolan una millonada sobre la mesa para que oficie de supervisor creativo de la nueva versión. Nolan llamó a Zack Snyder - director de 300 y Watchmen, y un tipo que realmente sabe cómo filmar un comic -, y se pusieron a trabajar en El Hombre de Acero junto con David S. Goyer - otro tipo que entiende de sobra sobre el tema, ya que ha escrito el 90% de los filmes de superhéroes que se han rodado desde finales de los 90 hasta ahora -. Con semejante equipo de estrellas uno pensaría que las cosas no podrían salir mal, más aún cuando el trío ha declarado sus intenciones de hacer una historia realmente épica, y de utilizar al límite la parafernalia de efectos especiales que la industria tiene a su disposición para plasmar la espectacularidad que es innata de las aventuras del personaje, pero que en ninguna de las versiones previas se pudo retratar con fidelidad.

Pero El Hombre de Acero no termina siendo ese martillazo en la cabeza que todos esperaban. Es una película muy buena, es gigantesca y espectacular, e incluso tiene la valentía de hacer cosas muy diferentes pero, por otra parte, se siente episódica y emocionalmente inerte. No es Batman Inicia - un filme en donde todo se sentía fresco -, sino que se muestra como una especie de remake más oscura de las Superman I y II dirigidas por Richard Donner y Richard Lester a finales de los 70. Es como si Nolan hubiera resumido en un papel los 10 puntos más destacados de los filmes de Donner y Lester, y hubiera decidido escribir su propia versión sobre ellos. Así es como tenemos la visión nolaniana de la hecatombe del planeta Krypton, la llegada de Kal-El a la Tierra, su viaje por todo el país en busca de su identidad, el reencuentro con su padre en versión holográfica, y el enfrentamiento con el general Zod y sus huestes, últimos vestigios de la civilización kryptoniana. Incluso hay una nueva versión de la clásica afrenta que sufre Clark Kent en un bar de Alaska - de Superman II -, la cual aquí termina de manera mucho más satisfactoria.

El problema con la mayoría de estos puntos regurgitados es que carecen de linealidad. La historia va a los saltos - la nave de Kal-El llega a la Tierra... y a la escena siguiente lo tenemos hecho un treintañero que estiba pescado en un barco en Alaska; el conflicto con su naturaleza es presentado en forma de flashbacks, cuando hubiera sido mucho mejor ser lineal, mostrando el encuentro de los Kent con el chico, su crianza, las primeras lecciones morales de su padre Jonathan sobre el sentido del destino, etc - y eso le quita efectividad. Es que, en realidad, el problema de fondo con la historia de Clark Kent / Ka-El / Superman es que Nolan y Goyer se aferran demasiado a traducirlo en términos de alegoría cristiana - con lo cual la narración sigue en cierto modo a la historia de Jesús en el Antiguo Testamento: su origen, algunos fragmentos de su infancia, salto a los veintipico de años en donde recibe la revelación de su misión, su sacrificio final a los 33 años, etc -. En versiones anteriores - como la de Donner en 1978, o la de Singer en Superman Regresa - siempre hubo alusiones y paralelismos entre el superhéroe y Jesucristo (como individuo todopoderoso y omnisciente, como ser enviado desde las estrellas con una misión de cambiar la vida de los habitantes de la Tierra, incluso como figura con poderes divinos capaz de regresar de su propia muerte), pero acá los paralelos sobreabundan y están excesivamente subrayados. Los personajes se turnan para hablar sobre Kal-El como un Dios llegado al planeta, un individuo cuya misión es de esperanza - la traducción kryptoniana de la S en el pecho -, un ser destinado a marcar un antes y un después en la vida de todos los terrícolas. Kal-El vaga sin rumbo por la Tierra tal como Jesús lo hizo en el desierto, y cuando llega al altar construído por su padre recibe la instrucción de lo que es su verdadera misión en el planeta, momento de iluminación que le llega a los 33 años de edad. Eso sin contar de que el héroe tiene un momento de flaqueza y decide sacarse todas sus dudas... yendo a una iglesia para hablar con un cura sobre el sentido de su destino.

Mientras que Snyder es excelente para lo visual, por otro lado carece de sutileza narrativa como para que los momentos alegóricos no resulten tan estridentes. Cuando aparecen esos paralelismos con Jesucristo la historia se ve forzada. Por ejemplo, el momento en que Jonathan Kent se sacrifica para mantener el secreto sobre los superpoderes de su hijo (una importante alteración en la mitología tradicional del superhéroe), resulta extremadamente absurdo. ¿Cuál es el sentido de esa muerte?. No le aporta nada al protagonista, excepto dolor e impotencia. Pero esa clase de problemas no son únicos de Jonathan Kent, sino también están presentes en Jor-El. Las figuras paternas que dibuja el libreto apestan, ya que no se tratan de hombres magníficos y formadores de héroes, sino una parva de individuos pasivos, temerosos de Dios y resignados a su destino. El determinismo de Jor-El es escalofriante - como su raza ha hecho las cosas mal, está convencido de que su pueblo debe morir y le niega la oportunidad de superviviencia al resto de sus compatriotas; ¿qué autoridad moral tiene para ello? -, y la neutralidad de Jonathan Kent es chocante - el tipo cree que no debe interferir con el destino de Clark, con lo cual no le da ni una lección de moralidad y grandeza, sino que aguarda en silencio que en algún momento el muchacho se decante solo entre el bien o el mal -. Sólo sirve para sentarse junto a su hijo y llorar juntos por el drama de ser diferente al resto.

El otro gran problema con el filme es la naturaleza de la subtrama kriptoniana. La ya mencionada actitud de Jor-El, diciendo "nos portamos mal como raza, agotamos nuestro planeta, y por eso debemos morirnos", en vez de hacer algo realmente útil para salvar a su pueblo. En mas de un momento uno siente a Jor-El como el verdadero villano de la historia en vez de una figura trágica, y hasta le doy la razón a la causa del general Zod. ¿Por qué no darle el código genético de la raza al general, para que monte un éxodo y reconstruya la civilización en otra parte del universo?. ¿Por qué mandarla en la nave con su hijo, para después decirle que la archive?. Para colmo la historia está plagada de inconsistencias - la nave prisión de Zod pierde su energía cuando explota Kryptón y por eso se liberan; algo similar ocurre con las sondas espaciales que los kryptonianos lanzaron a numerosos planetas de otras galaxias en busca de recursos minerales; o el absurdo de la gigantesca nave espacial enterrada en el hielo del ártico desde hace miles de años (que reemplaza a la tradicional Fortaleza de la Soledad), mandada por la gente de Jor-El... cuando el tipo sóo hace 33 años (otra vez, la edad de Cristo!) envió a Kal-El a la Tierra -, que la torpedean. ¿Por qué no escribieron algo menos conflictivo que el tema del código genético kryptoniano?. ¿Por qué no quedarse con el simple deseo de venganza (hacia el hijo del fiscal que lo recluyó en prisión perpetua en la Zona Fantasma), tal como tenía Terence Stamp en el filme original de Richard Lester de 1980?.

Mientras que Kryptón y los padres de Superman / Clark Kent resultan discutibles, el resto de la trama es muy buena. Me gusta mucho que Nolan & Cía hayan adoptado un punto de vista moderno, en donde Lois Lane conoce la identidad de Superman / Kal-El / Clark Kent de entrada. Es ridículo pensar que un personaje tan avispado pueda ser engañado por un par de lentes y una mala imitación de Cary Grant (es por ello que el Clark Kent que todos conocemos prácticamente no aparece en la historia). De este modo la relación es mucho más frontal y madura, aunque aquí sea la de una periodista intentando conocer a un alienígena todo poderoso que se encuentra indeciso entre permanecer en el anonimato o aceptar su rol de salvador de la Tierra. La química entre Amy Adams y Henry Cavill es buena, aunque no brillante, y basta para que la relación funcione. La Lois Lane de Adams es inteligente, realista y avispada, pero no es la meterete inconsciente que protagonizaba Margot Kidder (y que era más apropiada al rol clásico del personaje). No sé si es el mejor enfoque del personaje, pero es uno válido. Por su parte Henry Cavill posee una gran presencia física - el tipo es Superman, aún cuando no tiene traje -, es muy sobrio y, a la hora de los bifes, es un auténtico bad ass. Mientras que Cavill compone a un Superman potente y furioso, por otra parte es algo deslucido cuando no anda cometiendo actos heroicos. No es un problema del actor sino del libreto, el cual está tan obsesionado con los conflictos del personaje que prácticamente no le inyecta algo de humor que contribuya a humanizarlo.

Y por supuesto están los efectos especiales. Este es un filme realmente masivo - uno que haría orinarse en sus pantalones a Michael Bay; otra que una catarsis violenta para perderle el miedo al 11 de setiembre de 2001, con decenas de rascacielos viniéndose abajo con sus ocupantes dentro - y espectacular, pero da la impresión que todo ese show termina devorando a los personajes en el corto plazo. Como este Superman no es un simpaticón que guiña a la cámara, a uno no le importa tanto su suerte en semejante orgía de destrucción. El filme hace las cosas que uno siempre esperó de Superman - batallas masivas, ciudades arrasadas, lanzamiento de cosas gigantescas como improvisados proyectiles, etc -, pero llega un momento en que tanto caos sólo resulta en ruido y aturdimiento. Hacia falta algo menos de engolosinamiento con los efectos especiales y un poquito más de humanidad (y tranquilidad) en el desarrollo de los personajes.

Sin dudas El Hombre de Acero explotará en las taquillas y recaudará una cifra obscena de dólares. Hay muchas cosas buenas en el filme - la estética, la acción, la visión más oscura y furiosa del superhéroe, un villano educado, siniestro e inteligente como el general Zod de Michael Shannon, el enfoque moderno de la relación de Lois & Clark -, pero también hay agujeros de lógica (la trama del código genético) y versiones discutibles de personajes tradicionales (como Jor-El y Jonathan Kent). Tampoco la primera parte - con la descripción de los años de juventud pre-Superman del personaje - tiene la fluidez que debiera. Sin dudas es un Superman diferente, pero no uno que resulte parejo o enteramente satisfactorio. Quizás en un futuro cercano los filmes de Superman logren despegarse de la sombra de la película de Richard Donner, y generen una identidad que, si no opaca, al menos conviva en otro plano de existencia con los que tenían a Christopher Reeve como el superhéroe de capa roja - algo similar a lo que pasó entre los Batmans de Tim Burton y Christopher Nolan -. Aquí hay un primer paso en tal sentido, que toma ideas de los momentos más recordados de la saga y las regurgita en una visión más oscura... y no siempre bien lograda. Cuando la franquicia decida traer temas (y villanos) nuevos, y deje de transitar por caminos que todos ya conocemos, quizás allí podremos evaluar en sus propios términos a la visión de Nolan, Goyer y Snyder sobre el superhéroe más grande del género. Por el momento sólo tenemos un anticipo, el que resulta tan prometedor como imperfecto.