Dredd

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

Un día en el futuro

La primera adaptación al cine del cómic Judge Dredd (conocida en la Argentina como El juez), era una gran parafernalia de colores, explosiones, autos voladores, trajes vistosos, músculos y frases altisonantes de Sylvester Stallone. Típico producto de la herencia irreflexiva de Blade runner, terminaba siendo una parodia de la historia de base, casi para ver drogado con los amigos, gritando bien fuerte “¡I am the law!”. Esta nueva versión debía hacerse cargo de esa herencia maldita y lo hace con creces, imprimiéndole un fuerte giro estético y narrativo a su relato.
Dredd toma indudablemente como punto de partida la premisa y el marco visual de la historieta, trazando una ciudad futurista situada en el medio de un inmenso paraje destrozado por la radiación. Este enorme emplazamiento urbano, Mega City One, tiene 800 millones de habitantes, todos apretados y tratando de sobrevivir en las violentas calles de la forma que sea. En este ámbito, sólo los jueces -quienes poseen el poder combinado de juez, jurado e instantáneo verdugo- aparecen como una mínima garantía de orden, aunque el crimen los sobrepasa.
Sin embargo, tanto desde el guión de Alex Garland (con dos muy buenos créditos en Exterminio y Sunshine-alerta solar) como desde la dirección de Pete Travis (quien levanta bastante respecto a la decepcionante Puntos de vista) hay una búsqueda que sigue la línea de films como Niños del hombre y Sector 9, donde el futuro que se muestra en pantalla apenas si ha extremado características ya presentes en la actualidad. La Mega City One donde Dredd se siente en su salsa combina ciertos elementos futuristas con los paisajes más decadentes y asfixiantes propios de ciudades como Los Angeles, México DF o San Pablo, sólo por citar algunas. La construcción audiovisual del film es cruda, áspera, con una fotografía granulada, alejándose definitivamente de la vistosidad.
Además, Dredd aplica al género de la ciencia ficción distópica dos variables interrelacionadas ya presentes en los cines de Michael Mann, Christopher Nolan o Paul Greengrass, en películas como Miami Vice, Batman: el caballero de la noche o En la ciudad de las tormentas. Nos referimos, en primera instancia, a la concepción del profesionalismo como lo único que puede salvar a los individuos frente a los mundos despiadados en que se manejan. En segunda instancia, a cómo ese mismo profesionalismo no garantiza en lo más mínimo que puedan hacer una diferencia significativa en la sociedad. De hecho, lo que vemos es apenas un día en la vida del Juez Dredd, una porción del tiempo de su existencia, donde debe hacer de tutor de una jueza recién graduada en la que los altos mandos tienen bastantes esperanzas, ya que posee poderes telepáticos. Un operativo se complicará y ambos se verán inmersos en una batalla a muerte con un poderoso grupo criminal que controla el tráfico de una nueva droga llamada SLO-MO. Termine como termine todo al final del día, la diferencia no será mucha: la ciudad seguirá siendo terriblemente violenta, el caos continuará reinando, la esperanza permanecerá ausente. De este modo, asimismo, se disuelve el potencial discurso fascista de la trama, cuando esa pulsión por la justicia a cualquier precio se revela como absolutamente infructuosa.
Un último aspecto interesante de Dredd es la forma en que el foco de atención se desvía del personaje del título para centrarse más que nada en la recluta Anderson, que tras una superficie frágil esconde una gran fortaleza, actuando a la vez en numerosos pasajes como observadora, narradora e incluso protagonista de las acciones. No menos importante es el peso del villano, que en realidad es villana: Ma-Ma es la pesadilla de todo machista, con su actitud despiadada a la hora de decidir sobre la vida y la muerte de los habitantes del territorio que domina y su suficiencia para darle órdenes o reprender a subordinados que aparentan ser mucho más fuertes que ella. Ambas mujeres son como las caras de la misma moneda, y hasta en ocasiones se fusionan en el mismo rostro.
El film se resiente bastante al quedar desbalanceada en la influencia del Juez Dredd en la narración, ya que por momentos el personaje queda casi anulado dentro del relato. A la vez, en ocasiones cae en lo meramente discursivo, sin confiar en la potencia de sus imágenes, diciendo dos veces lo que sólo basta con mencionar una. Aún así, Dredd se erige en una pequeña sorpresa, bastante agradable por cierto, dentro del panorama de la acción y la ciencia ficción. Es una suerte (y hasta meritorio) que a pesar de su fracaso en Estados Unidos haya igual llegado a los cines argentinos.