Copia certificada

Crítica de Diego Lerer - Clarín

Mucho más que dos

Abbas Kiarostami dirige a Juliette Binoche en una historia sobre un raro encuentro amoroso en la Toscana italiana.

Un viaje a Italia. Es eso lo que inicia, de dos maneras diferentes, la trama y la experiencia cinematográfica de Copia certificada , de Abbas Kiarostami. Ese viaje, literalmente, es el de un ensayista inglés que va hasta la región toscana a presentar un libro suyo que lleva el título del filme. Y si de historia del cine se trata, el Viaje a Italia es el título de un clásico filme de Roberto Rossellini sobre el que esta película, cual “copia certificada”, parece cabalgar.

Kiarostami tiene aquí un paisaje de tarjeta postal y a Juliette Binoche demostrando su talento para la actuación y los idiomas, pero en lo fundamental poco ha cambiado de su época de oro de los ’90: su filme es la crónica de un viaje zigzagueante, sinuoso, con historias y personajes que parecen ir mutando en esas mismas curvas del camino, y un límite cada vez más difuso, ya no entre realidad y ficción, sino entre capas de ficción.

A primera vista, la premisa es simple. James, el escritor (el cantante de opera inglés William Shimmel), conoce a una francesa (Binoche) que tiene allí su galería de arte. Juntos salen de paseo en auto por la Toscana y se detienen Lucignano, donde caminarán, tomarán un café, comerán algo, verán bodas, plazas y museos y, básicamente, conversarán (sobre el arte, sobre ellos, sobre “la vida”) en un plan de aparente seducción mutua. Pero las cosas no son tan simples y claras como parecen.

De la misma manera que en Close-Up, El sabor de la cereza o A través de los olivos , Kiarostami pondrá en duda, a partir de mitad de la película, nuestras certezas sobre esos personajes: quienes son, quienes dicen ser. No conviene revelar más porque es parte de la intriga y el disfrute del filme, del giro que tuerce la trama, el que lo vuelve más complejo y enigmático, más misterioso y hasta aterrador.

Copia...

no es una película sobre el mundo del arte, sino una que usa el arte (el cine) para hablar de las relaciones entre las personas. ¿Somos quienes decimos ser? ¿Vemos en el otro a quien es o a quien queremos ver? ¿Cuánto de persona y de personaje hay en cada uno? ¿Cuánto de actor, de espectador? Estas preguntas no están llevadas a la pantalla de una manera densa o pomposa. Kiarostami se propone un acercamiento lúdico, falsamente naturalista, usando similares elementos al de aquel filme de Rossellini: la historia de una relación de pareja a través de un viaje sin aparente destino. Sólo que aquí le agrega un elemento autoconsciente, como si Binoche y Shimell jugaran a ser Ingrid Bergman y George Sanders en aquel filme.

En cada diálogo, Copia...

va anunciando –a veces, sutilmente; otras, no tanto- hacia donde se dirige. “No hay nada simple en ser simple”, dice él. Hablan de Jasper Johns, de Andy Warhol. El se niega a ver cuadros y esculturas que Kiarostami no nos muestra. Ambos hablan mirando a cámara. Una camarera confunde (o no) sus identidades. Y así... Da la impresión de que ellos (y Kiarostami) juegan un juego a través del cine de arte europeo de los ’50 y ’60 escapándose siempre por alguna tangente. Pero, más que eso, la suya es una historia de amor sobre las historias de amor, sobre cómo proyectamos nuestras vidas en las vidas de otros y llamamos a eso Arte.