Cold War

Crítica de Guillermo Colantonio - Fancinema

DE AMORES Y FATALIDADES

Decía un poeta que “el adjetivo, cuando no da vida, mata.” La belleza fotográfica en el cine es un atributo que puede pensarse de modo similar. Vemos infinidad de películas, sobre todo en circuitos de festivales, bañadas de elogios, que hipnotizan fácilmente con su arte equilibrado y complaciente. Son muchas, sin embargo, solo se salvan pocas de la repetición de esquemas estéticos tranquilizantes. El comienzo de Cold War es apabullante al respecto. Es difícil no obnubilarse. Cada encuadre está cuidado obsesivamente y el blanco y negro utilizados son signos irresistibles como determinantes. Es que esta historia de amor fou entre un músico y una joven cantante, narrada por tramos a medida que pasan los años, es mostrada desde una continuidad que parece no develar movimiento. Los planos transcurren como golpes y el estatismo es tan frío como las situaciones. Los personajes ocupan el centro a partir de una nitidez que contrasta con el fondo, como si fueran insertos sobre una pantalla desenfocada. Entonces uno piensa lo peor: que la perfección estilística se trague finalmente todos los otros elementos sanguíneos de una película, es decir, una belleza fotográfica que “mata”. Sin embargo, más allá de lo anterior, hay una especie de energía que paulatinamente invade el relato, una fuerza sinérgica que le devuelve la vida al procedimiento de Pawlikowski y no todo está (por fortuna) relegado al notable trabajo de iluminación.

Estamos en Polonia, 1949. Con un registro que bordea el documental, nos internamos en los preparativos de una obra de teatro musical conformada por composiciones rurales, una decisión que no será bien vista por las autoridades ya que atentan contra la voluntad de que todo se dirija a ensalzar la figura de Stalin. En el casting aparece una joven rubia de labios carnales, aspecto angelical y misteriosa personalidad. Es un molde que no encaja en esa estructura, pero Wiktor la elegirá, guiado por su deseo y por el talento mismo de la cantante. El rostro mismo del pianista no dejará de revelar a través de su mirada el misterio subyugante de Zula y su cuerpo luchará con la abstinencia de la sensualidad en los encuentros y desencuentros que marcarán el recorrido de la trama.

Cuando la relación de los dos personajes ocupa el centro, la enorme presencia de ambos llevan a Cold War hacia otros horizontes: son las miradas, los silencios y la desesperación de un amor imposible por la misma naturaleza de los seres humanos (artistas) y por las circunstancias que les toca. Aquí comienza la maestría del director para tejer los hilos de un relato a base de elipsis que evitan repetir la Historia posterior a la Segunda Guerra Mundial, las restricciones de la Polonia comunista, las purgas y las persecuciones. De manera inteligente, todo se cierra en los vínculos enfermizos de los dos protagonistas, tan aferrados a la pasión como alejados por los fantasmas. En ese devenir hay dos formas de dar cuenta del tiempo. Está el orden de los hechos, a medida que pasan los años, marcado por la música (canciones propagandísticas del régimen en contraste con el Jazz y el Rock incipiente). Ahora la lógica de continuidad de los planos obedece a bruscos cortes donde los silencios cortan como navajas o los estruendos rompen la quietud precedente. Pero también está el tiempo psicológico de la espera, de la angustia, ese que tantas veces nos mostró la Nouvelle Vague con sus amantes a la deriva, caminando en círculos, sentados fumando o recorriendo los espacios urbanos sin rumbo preciso. De esa larga tradición se hace cargo Pawlikowski en este atípico melodrama. No será la única referencia con respecto al cine de los cincuenta, especialmente al de sus colegas del este. No obstante, a medida que la historia de amor de Wiktor y Zula avanza, en un constante juego de atracción/rechazo, el linaje se corre y da lugar a lo que importa, la propia mirada del realizador en medio de un ambiente plagado de romanticismo fatal. A esta altura, ya somos parte de ese mundo.