Carol

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

Un enamoramiento

Basada en una novela de Patricia Highsmith -bastante autorreferencial y firmada con seudónimo en aquellos “tolerantes” años 50’s-, Carol no sólo representa un nuevo y elegante acercamiento a la obra de esa escritora genial, sino también el regreso de Todd Haynes, tal vez el director contemporáneo que mejor filma lo ambiguo. Precisamente la ambigüedad (moral, sexual) es algo que se observa con obsesión recurrente en las novelas de Highsmith pero también en el melodrama clásico, aquel que Haynes ya desarticuló en la superior Lejos del paraíso y al que ahora regresa con Carol, film que construye múltiples puentes con aquella película. Carol es la historia de dos mujeres de diferentes clases sociales (una de buena posición casada y con hijos, la otra una humilde vendedora de tienda) que se enamoran en un momento de la humanidad donde la homosexualidad no era lo correcto. El film avanza, por medio de la operación genérica habitual del director, hacia un registro sobre el deseo y aquello que se impone a su definitiva consumación.

A diferencia de Lejos del paraíso, Carol no evidencia una intención metalingüística fundante. Es decir, no hay aquí un juego con los códigos del cine clásico a los que se subvierta como forma de relectura postmoderna. El film de Haynes adapta una obra de aquel tiempo y el director decide contarla con la respiración de su época representada en el cine: desde la progresión dramática al trabajo de planos, pasando por la textura visual y la presencia iconográfica de su elenco, el film es un modelo vintage a contrapelo del cine del presente. Esa es su mayor subversión: ser clásica. Si en Lejos del paraíso Haynes elegía mostrarse moderno -y se hacía presente en cada decisión formal-, y tal vez por eso aquel film impactó de otro modo en la audiencia que la erigió como objeto relucientemente pop, aquí decide ponerse como realizador detrás del cuento que narra. Algo similar a lo hecho por Steven Spielberg en Puente de espías.

La estructura del film es un flashback: en la primera escena Carol (Cate Blanchett) y Therese (Rooney Mara) se encuentran en un restaurante y son interrumpidas por un hombre, ante una tensión que se respira. Lo que sigue es la historia de cómo ambas se conocieron y, progresivamente, se fueron enamorando. En concreto, lo que filma Haynes es un enamoramiento: el primer encuentro en la tienda donde Therese trabaja es ejemplar en ese sentido. La cámara toma el punto de vista de ella, y recorta con altísimo nivel de fascinación a esa mujer rubia que se acerca para hacer las compras navideñas. El diálogo es preciso, los cuerpos se notan crispados pero moderados por la corrección social que aún sobreviene al vínculo. La escena es notable porque determina el deseo de los personajes con módicos recursos, momento que refractará luego en una subyugante secuencia dentro de un túnel donde la música y la luz (notables trabajos de Carter Burwell y Edward Lachman en la creación de leitmotiv sonoros y visuales) pretenden darle, por medio de la extrañeza, fisicidad a eso que surge como la mayor de las abstracciones humanas: el amor.

Haynes filma el amor romántico, pasional y exacerbado, pero a la vez su barrera: que es el tiempo donde cuenta su historia y con las herramientas que lo hace, que son las del melodrama. Como en un thriller, Carol funciona mejor cuando el misterio (es decir, aquí, el romance) se sostiene en el territorio de la incertidumbre. Es que la incertidumbre surge en el relato a partir de esas barreras que decíamos: los años 50’s, la forma en que la cultura de aquel tiempo asimilaba la homosexualidad, una construcción social donde lo masculino se imponía fuertemente y definía un modelo familiar. Por eso, entonces, que la incertidumbre acerca del final entre Carol y Therese sea el componente que potencia a la película, porque obliga a las protagonistas -y por defecto al film- a sublimar el deseo con sutilezas. Ahí surge el Haynes de la ambigüedad, el de los cuerpos que se rozan levemente, el de las miradas que se cruzan diciendo lo indecible, los climas sugerentes e intensos. Y la notable dirección de actores, para entero lucimiento de las enormes Blanchett y Mara.

Por eso que una vez que el deseo se consuma y el amor se confirma, la película pierde algo de potencia. Haynes utiliza algunos recursos ya usados en Lejos del paraíso, y la explicitud, así como fue uno de los tiros de gracia al melodrama clásico, le quita ese velo recargado y ambiguo que la película poseía y la hacía fascinante. Lo curioso en ese sentido es que el director no profundice demasiado en las cuestiones de clase -que no sólo sexuales- que separan a sus personajes. En Lejos del paraíso el romance entre la atribulada Cathy y el jardinero negro Raymond hacía explotar la suma de referencias sociales y políticas de aquella película, mientras que aquí se evidencia un puritanismo político un tanto contradictorio con el espíritu general de la propuesta. Otro film que abordaba el lesbianismo, como lo era La vida de Adele, era mucho más punzante en ir más allá y centrar su atención no tanto en la sexualidad de sus criaturas como en lo que las distanciaba y en como disponían de su cuerpo.

Lo real, en definitiva, es que Haynes a pesar de trabajar esforzadamente a partir del diseño de producción y pertenecer a toda una línea de realizadores que piensan el cine desde el artificio, no es un mero decorador de ambientes. Es un autor y tiene una mirada cinematográfica, piensa el material que tiene entre manos y construye imágenes que son la síntesis perfecta de eso que se nos cuenta. Si Lejos del paraíso era una casa de muñecas, lo era intencionadamente y permitía una reflexión a partir de eso. Carol tal vez no alcance aquellos niveles de complejidad, pero resulta un ejercicio de estilo fascinante. Lo interesante reside en cómo el director tiene la capacidad para definir en un par de planos (especialmente los últimos) aquello que sienten los personajes e imprimirlo en la pantalla. Esa pregnancia de los clásicos, precisamente.