Capitán América y el soldado del invierno

Crítica de Bernabé Quiroga - CiNerd

NO ES PAÍS PARA VIEJOS

Aunque a simple vista parezca ser solo barras, estrellas y esteroides, el Capitán América es un héroe mucho más complejo. Algunos lo rechazan por su burdo patriotismo norteamericano y su personalidad de Boy Scout, pero lo cierto es que esas características –que tenían razón de ser en sus orígenes (comiqueros) en la década del 40, en plena Guerra Mundial– van quedando en el pasado. Incluso la inocente CAPITÁN AMÉRICA: EL PRIMER VENGADOR (CAPTAIN AMERICA: THE FIRST AVENGER, 2011) era menos patriótica que cualquiera de Michael Bay o Roland Emmerich, con sus planos de banderas estadounidenses flameando en el fondo. Esto se debe a que, cuando Marvel Studios descongeló los comics del Capi, los responsables de la adaptación entendieron que no podían hacer que este personaje sea nuevamente un Tío Sam con poderes. Así que le hicieron sutiles cambios que fueron modernizándolo con cada aparición en cines, y volviéndolo más atractivo para el público de cualquier país. El problema es que muchos espectadores aun no se dieron cuenta de esto y varios siguen rechazando al Capitán que, según las apariencias, defiende incondicionalmente a “América”. Pero el Steve Rogers de Chris Evans no debería llevarse toda la culpa. Como nos mostró su primera aventura bélica, fue el gobierno estadounidense el que le dio un disfraz ridículo y un nombre exagerado para ganar el apoyo del pueblo en tiempos de crisis, en lugar de dejarlo usar sus habilidades para el bien mayor (algo que él decidiría hacer por su cuenta, adoptando ese nombre y ese disfraz como símbolo de algo un poco más universal). Ahora, en la muy superior secuela CAPITÁN AMÉRICA Y EL SOLDADO DEL INVIERNO (CAPTAIN AMERICA: THE WINTER SOLDIER, 2014), el gobierno vuelve a meter la pata con el Primer Vengador. Pero en nuestros tiempos, el gobierno es diferente. Y cuando mete la pata, no hay lugar para la inocencia, ni mucho menos para los superhéroes.

Pero no me malentiendan. Sé que Steve Rogers sigue siendo el más patriota en el panteón de Marvel (en el de DC, Superman). Pero al menos se dio cuenta de que su querida patria no es perfecta como pensaba, lo cual es un gran paso para un personaje tan yanqui como éste. Eso que sospechaba en LOS VENGADORES (THE AVENGERS, 2012), aquí se confirma: No se puede confiar en S.H.I.E.L.D. Sus ideas de libertad a cambio de miedo inducido, muertes masivas o invasión a la privacidad (¿Seguimos hablando de S.HI.E.L.D. o del verdadero gobierno de EE.UU.?) no cuadran con el anticuado héroe, que intenta adaptarse a los tiempos modernos, Post-9/11 y Post-Batalla de Nueva York. Y sumado esto a la aparición de un fantasma de su pasado –un infalible villano soviético conocido como El Soldado del Invierno–, el Capitán América encara aquí su reto más difícil y su batalla más personal. Ahora, los conflictos que debe superar son varios y allí radica lo atractivo del film. No solo tiene que enfrentar un doble enemigo, sino también el derrumbe de sus creencias y el permanente choque de sus ideas clásicas con las del mundo actual. Además de cumplir con mucha eficacia la labor de coreografiar grandes escenas de acción y una historia aun más grande, los directores Anthony y Joe Russo (ya contratados para la tercera parte que veremos en 2016) dotaron a Steve Rogers de madurez, empatía y una vulnerabilidad mucho más creíble que los ataques de pánico de Tony Stark. Le sacaron la máscara (y, literalmente, rara vez se la pone de nuevo) para mostrarnos a alguien que, más que un soldado perfecto, es un buen hombre. Y eso hace que la secuela sea mil veces más disfrutable.

Obviamente, CAPITÁN AMÉRICA Y EL SOLDADO DEL INVIERNO cuenta con los elementos obligatorios: Espectaculares luchas y persecuciones, incontables referencias al universo compartido y a los comics (¡También un increíble guiño a PULP FICTION y otro genial cameo de Stan Lee!), nerdgásmicas escenas post-créditos y su característica cuota de humor con timing perfecto (aunque no mucho humor, es la menos graciosa de Marvel Studios junto al Hulk de Edward Norton). Pero pese a estos elementos, la película es diferente a todo lo que nos presentó la productora previamente. CAPITÁN AMÉRICA Y EL SOLDADO DEL INVIERNO se niega a darnos demasiados efectos visuales y pantallas verdes (solo abundan en la explosiva secuencia final) y opta por narrar una historia inteligente, intensa, llena de giros (algunos muy obvios, lo admito) y de grandes conflictos (tanto internos como externos), que se asemeja más a un thriller de conspiraciones gubernamentales con tintes setentosos y algunos momentos de acción a veces del estilo Bourne, a veces ochentosos. Inyectándole nueva vida al Universo Marvel y al cine de superhéroes (¿Forma parte de ese subgénero?), la película sorprende placenteramente y se ubica bien en lo alto de la franquicia, como la mejor secuela y uno de los mejores exponentes que nos regaló la compañía hasta la fecha.

Pero el constante clima de paranoia no es lo único que atrapa en la continuación del Súper Soldado. El guión (plasmado en pantalla en más de dos horas que –casi– siempre entretienen) se encarga de usar de la mejor manera a cada personaje y deja ver que realmente existe un cierto entrañable afecto entre estos compañeros de laburo. Black Widow de Scarlett "siempre sexy" Johansson es ahora mucho más compleja y divertida; Nick Fury (encarnado por Samuel L. Jackson) recibe las escenas de acción y el respeto que se merece; y Anthony Mackie (Falcon, el sidekick) es un sutil aunque buen agregado al equipo. La participación de estos Vengadores Clase B ayuda a apaciguar la personalidad incorruptible del Capi, que a veces puede llegar a cansar al espectador que ya vio mil veces a un héroe inspirando a sus compatriotas con un emotivo discurso o ayudando estúpidamente al malo (sí, aquí hay ambas cosas). Es que, por más seria o moderna que sea, sigue siendo la película de un superhéroe creado en los 40s. Esto significa que el heroísmo clásico iba a estar inevitablemente presente en alguna parte. Sin embargo, eso aquí ayuda, ya que es la constante tensión entre sus ideales y los del presente lo que unifica y le da fuerza y sentido al film.

Creo que lo único que no disfrute por completo fueron los villanos: El Soldado del Invierno participa menos de lo que pensaba (aunque sí da lugar a buenas escenas de lucha y drama), y sentí como retroceso la sorpresiva revelación de los verdaderos malos que se esconden en las sombras. Aun así, esta entrega de CAPITÁN AMÉRICA es un paso adelante en muchos otros aspectos. La acción (que va desde combates muy bien coreografiados en calles, barcos y ¡ascensores!, a persecuciones por rutas y cielos) es real, orgánica y se justifica SIEMPRE; Evans nunca decae y la película se atreve a mucho. Se anima a ser violenta, seria, oscura y a darle humanidad a sus protagonistas (algo que viene perfeccionando de a poco la Fase 2). Se atreve a alterar drásticamente el Universo Marvel, a dejar continuada su historia y a presentar personajes cargados de ambigüedad. Es que, en la actualidad, no todo es blanco o negro. En nuestros tiempos, no todos los villanos son monstruos nazis con cráneos rojos y no todos los héroes son súper soldados perfectos. Si los eruditos hablaran de un “Cine de Superhéroes Posmoderno” (el cual seguramente incluiría a THE DARK KNIGHT, WATCHMEN y otras con ideas similares), esta secuela figuraría allí por una sola razón. Porque, a diferencia de muchos otros coloridos films de enmascarados justicieros, CAPITÁN AMÉRICA Y EL SOLDADO DEL INVIERNO nos muestra el mundo tal como es y no como nos gustaría que fuera.