Calabria

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

REFLEXIONES EN VOZ BAJA

Los movimientos migratorios que atraviesan a Europa promueven toda clase de lecturas, que muchas veces son altisonantes y de trazo grueso, tanto desde la derecha como desde la izquierda. En ese contexto, un film como Calabria, aún con sus defectos, no deja de ser una especie de aerolito, por cómo apela a un tono moderado, sin remarcaciones, e incluso permitiéndose desvíos hacia otras vías temáticas.

El film de Pierre-François Sauter, que combina hábilmente dosis de documental con construcciones ficcionales, arranca con la muerte de un migrante calabrés que arribó a Suiza con un objetivo no precisamente novedoso: encontrar una mejor vida y oportunidades laborales más óptimas. Lo que primero es un análisis casi clínico –y mucho más ligada al documental a partir de la utilización de planos fijos y un seguimiento casi obsesivo de las personas- de los procesos funerarios, deriva luego en otra estructura más propia de una road movie, ya que dos trabajadores deben llevar el cuerpo a su pueblo natal. Ellos también son migrantes: Jovan es un serbio fuertemente aferrado a la creencia de que hay vida después de la muerte; José es un portugués apasionado por las expresiones culturales y definitivamente ateo. Ese largo viaje que ambos se ven obligados a emprender es el punto de partida que utiliza el film para reflexionar sobre las perspectivas respecto a la muerte, la pérdida, la memoria de los orígenes y la hermandad casi casual que puede surgir entre individuos que están en territorios ajenos.

El mérito principal de Calabria consiste en jamás entrar en remarcaciones o confrontaciones innecesarias. De hecho, hasta pareciera eludir la conflictividad, como si estuviera más interesada en explorar las chances de encontrar puntos de coincidencia entre los sujetos. El viaje de Jovan y José es de descubrimiento y autodescubrimiento: de ellos mismos como personas, de su respectivo compañero de viaje, de los paisajes y personajes con los que se van encontrando, y ese nunca deja de ser el foco de la película. Al mismo tiempo, ese tono medido le quita algo de potencia al relato, que además se estira en demasía, cayendo en ciertas repeticiones de situaciones y reflexiones.

Aún así, con ese estiramiento y pasajes donde la narración gira sobre sí misma, sin un rumbo del todo claro, Calabria construye un relato donde se entrecruzan la melancolía y la vitalidad, en una Europa marcada el cambio constante, pero también por la permanencia de tradiciones casi indestructibles.