Brightburn: hijo de la oscuridad

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

EL MAL COMO DESTINO PERO NO COMO ELECCIÓN

Si bien cuenta con producción de James Gunn –que es la gran marca que sirve de soporte a la campaña de marketing-, Brightburn: hijo de la oscuridad es más un proyecto de los guionistas Brian y Mark Gunn, hermano y primo, respectivamente, del realizador de Guardianes de la Galaxia. Ambos ya habían escrito el guión de Viaje 2: la isla misteriosa y aquí aplican nuevamente un procedimiento de reescritura, consistente en tomar el mito de Superman para darlo vuelta como una media: acá hay un niño que una noche cae en una nave extraterrestre, es adoptado por una pareja que estaba buscando un hijo pero, cuando comienza a descubrir que tiene poderes extraordinarios, los aplica para los peores designios.

Por más que el planteo puede sonar simple pero efectivo, el film dirigido por David Yarovesky se ve frente al dilema de darle cabida a varios puntos de vista: por un lado, la perspectiva de los padres (Elizabeth Banks y David Denman), que ven cómo ese niño tímido pero dulce se va convirtiendo rápidamente en un monstruo al que no pueden entender y contener. Por otro, la mirada del chico, que siempre se sintió distinto pero cuando descubre sus verdaderos orígenes y poderes, entra en una espiral de destrucción sin límites. Como telón de fondo y jugando roles propios, la gente del pueblo que sufre las consecuencias de la acumulación de acontecimientos y la estética propia del género de superhéroes pero reconvertida para el lado del terror.

Este dilema sobre las múltiples vertientes del relato intenta ser resuelto por el film mediante la apelación a un referente ineludible del horror tanto en el cine como en la literatura, que es Stephen King. Por eso Brightburn es también una especie de reversión de Carrie en cómo narra esa rebelión del que se descubre poderoso frente a un contexto que lo subestima u oprime; y de Cujo o El resplandor en cómo configura el drama íntimo y familiar, ese crecimiento doloroso que lleva a un quiebre matrimonial y paterno-filial. De hecho, hasta puede pensarse la cuestión del antagonismo frente a lo heroico como algo meramente accesorio.

Este procedimiento, por el cual la película funciona como un Frankenstein que toma herramientas de distintos lugares para armar un collage mínimamente propio, es efectivo principalmente durante la primera mitad, en la cual los indicios trágicos y simbolismos oscuros son los que marcan el ritmo. Cuando todo son pistas de lo que podría venir o suceder, cuando la lucha entre el bien y el mal se da dentro de los personajes, es cuando más temor consigue generar la película. De hecho, hay un par de escenas donde se nota que el niño empieza a coquetear con quebrar los límites morales –la invasión a la habitación de una niña que le gusta- que son sumamente inquietantes. Pero esos logros se van disolviendo cuando todo va quedando más claro y las referencias o citas pasan a ser la repetición de lugares comunes, hasta derivar en unas cuantas decisiones apresuradas, que en vez sumar dramatismo, ambigüedad o inquietud, le restan.

Si Brightburn: hijo de la oscuridad amaga inicialmente con ser una historia marcada por lo afectivo viéndose desbordado por lo que marca el contexto y el destino, termina siendo un despliegue de guiños enciclopédicos. Pero lo peor es que sus giros del final no solo son previsibles, sino que encima no llegan a tener un verosímil que los sustente de la manera apropiada. Eso lleva a que ni siquiera lleve a fondo su apuesta de ser un reverso de Superman: lo siniestro que enmarca a ese niño convertido en villano, la mitología maligna que lo rodea, no pasa de ser una mera decisión del guión, un experimento donde ningún protagonista tiene capacidad de decisión. No estaría mal recordar que el mal, como el bien, también se elige.