Bestia

Crítica de Emiliano Fernández - Metacultura

Sobre subproductos frankensteineanos

El islandés Baltasar Kormákur es uno de los tantos realizadores anodinos de nuestros días trabajando tanto en Hollywood como en el resto del planeta pero a diferencia del resto de sus colegas, quienes a rasgos generales se la pasan filmando una y otra vez exactamente la misma película, el señor por lo menos ha diversificado su mediocridad en múltiples géneros y/ o registros narrativos siguiendo el camino de los artesanos de antaño y su capacidad de adaptación, pensemos en la comedia romántica de 101 Reikiavik (101 Reykjavík, 2000) y Boda de Noche Blanca (Brúðguminn, 2008), el drama familiar de El Mar (Hafið, 2002), el film noir de Un Viaje al Cielo (A Little Trip to Heaven, 2005) y Las Marismas (Mýrin, 2006), el thriller hecho y derecho de Tráfico de Órganos (Inhale, 2010) y El Juramento (Eiðurinn, 2016) y aquel cine de acción de Contrabando (Contraband, 2012) y Dos Armas Letales (2 Guns, 2013), amén de rubros adicionales en lo que respecta a sus trabajos para televisión, hablamos del misterio de Atrapados (Ófærð, 2015-2021) y la ciencia ficción de Katla (2021). En la producción artística de Kormákur todas las propuestas de un mismo género se conectan de alguna forma, casi siempre por líneas argumentales casi idénticas, el nivel cualitativo de hecho nunca supera la medianía, lo que implica que tampoco cae en los abismos del desastre de buena parte del acervo cultural contemporáneo, e incluso podemos llegar a toparnos con el propio Baltasar delante de cámaras porque de vez en cuando el susodicho regresa a su primer amor, la actuación, como en los casos de 101 Reikiavik y El Juramento, esta última como protagonista al igual que en La Isla del Diablo (Djöflaeyjan, 1996) y Ángeles del Universo (Englar Alheimsins, 2000), ambas de su amigo Friðrik Þór Friðriksson, y Reikiavik-Róterdam (Reykjavík-Rotterdam, 2008), opus de Óskar Jónasson.

En su faceta como realizador de raigambre internacional, casi siempre rodando en Islandia o en los Estados Unidos en calidad de director por encargo, Kormákur insólitamente se fue especializando de a poco en el gremio de los thrillers de supervivencia mediante una seguidilla de tres películas relativamente interesantes basadas en sucesos verídicos, léase Lo Profundo (Djúpið, 2012), retrato de un pescador islandés, Guðlaugur Friðþórsson, que en 1984 sobrevivió a seis horas en agua helada luego de que su barco volcara y a una caminata de otras tres a través de campos de lava, Everest (2015), acerca del Desastre del Everest de mayo de 1996 que le costó la vida a ocho escaladores, debacle causada en parte por una tormenta de nieve y en gran medida por las clásicas estupidez y negligencia humanas, y A la Deriva (Adrift, 2018), propuesta inspirada en el periplo de la navegante norteamericana Tami Oldham Ashcraft, quien en el año 1983 quedó atrapada en la trayectoria del furioso Huracán Raymond -en rumbo desde Tahití hacia San Diego- y logró improvisar un viaje de 41 días hacia Hawái con el yate de turno semi destruido y apenas un sextante y un reloj a posteriori de la desaparición de su prometido y único colega de travesía, Richard Sharp. En esta oportunidad, concretamente en ocasión de Bestia (Beast, 2022), el islandés une fuerzas con el equipo de la olvidable Asalto en la Noche (Breaking In, 2018), de James McTeigue, el guionista Ryan Engle y la encargada de la historia de base Jaime Primak Sullivan, para retomar la estela de los films citados y hacer exactamente lo que se espera de él, aquello de entregar un producto ameno de esos que escasean en el paupérrimo mainstream de hoy en día, aunque ya dejando de lado las conexiones con los cataclismos del pasado reciente y consagrándose a una trama hollywoodense hasta la médula de “encierro a la intemperie”.

Bestia gira alrededor del Doctor Nate Samuels (Idris Elba), un médico neoyorquino que viaja de vacaciones a Sudáfrica junto a sus dos hijas adolescentes, Meredith (Iyana Halley) y Norah (Leah Jeffries), después de la reciente muerte de su ex esposa, precisamente una sudafricana que falleció de cáncer y de la que estaba separado al momento del óbito, lo que genera diversos roces con el vástago más intolerante, Meredith, señorita que le reprocha al padre un supuesto abandono durante la enfermedad. El trío se hospeda en casa de un amigo de la fallecida y Nate, Martin Battles (Sharlto Copley), el equivalente a un guardabosques en una reserva natural de la sabana africana, no obstante la tranquilidad dura poco porque los cazadores furtivos matan a casi toda una manada de leones que se alimentaban de noche y así despiertan la ira irrefrenable del único sobreviviente, un macho adulto enorme que se carga a varios de los asesinos y extiende su furia a todo un poblado de una tribu local, por ello eventualmente el animal se abalanza contra Battles y obliga al matasanos y sus dos hijas a encerrarse en un vehículo colisionado a la espera de algún tipo de ayuda exterior. El guión de Engle, por cierto aquel de la desquiciada Devastación (Rampage, 2018), de Brad Peyton, y las muy disfrutables Non-Stop: Sin Escalas (Non-Stop, 2014) y El Pasajero (The Commuter, 2018), ambas del catalán Jaume Collet-Serra, no se queda sólo con la fórmula del entorno cerrado y las diferentes opiniones sobre cómo encarar la situación sino que la combina con latiguillos varios de los thrillers de supervivencia más frenéticos, como por ejemplo la exploración, el melodrama, las arremetidas impetuosas, el suspenso de acecho, la histeria y la desesperación, el sacrificio suicida, el secundario malherido y la amenaza accesoria, aquí unos cazadores que descubren que Martin se cargó a varios de los suyos.

Kormákur, como decíamos con anterioridad, recupera ingredientes de Lo Profundo, Everest y A la Deriva, como el realismo neurótico de torpezas en espiral y esas tomas secuencia para generar tensión sin el exceso de cortes del montaje industrial actual, y los adapta a un relato modelo estadounidense en una coyuntura exótica y siempre peligrosa, de allí que Bestia a veces pueda ser leída contradictoriamente como un exponente de demonización de los depredadores símil Tiburón (Jaws, 1975), joya de Steven Spielberg, una metáfora de la indocilidad de la naturaleza a lo Moby Dick (1956), de John Huston, y un análisis tácito de los desastres causados por el ser humano y de cómo la flora y la fauna se vengan desde una conciencia colectiva, en la tradición del ozploitation cuasi metafórico de Largo Fin de Semana (Long Weekend, 1978), de Colin Eggleston, relectura a su vez de Los Pájaros (The Birds, 1963), de Alfred Hitchcock. El film de Baltasar se beneficia mucho de la excelente intervención de Elba, perfecto como un burgués atolondrado que hace lo que puede y no se convierte de un momento a otro en un héroe automático del delirio homicida, y de Copley, un sudafricano que se lució en películas de Neill Blomkamp, Gonzalo López-Gallego, Ilya Naishuller, Ben Wheatley y Tony Stone y hoy entrega el infaltable “saber experto” que potencia la cruzada por la supervivencia del clan de turistas en duelo, aquí en pos de una reconciliación que se oculta con máscaras de agresividad o automortificación. Por suerte el islandés logra un diseño de CGIs bastante digno, incluso tapando lo digital con oscuridad y objetos al paso que maquillan la artificialidad, y en última instancia conduce al asunto hacia una fábula ecológica que piensa a la entidad asesina como un subproducto frankensteineano de nuestra eterna locura explotadora, abusiva e irrespetuosa para con lo natural y la vida…