Aquarius

Crítica de Leandro Arteaga - Rosario 12

La película de la mujer suficiente

Con ritmo sostenido, el personaje de Sonia Braga es la mesura, la experiencia desafiante y la virtud de los vinilos que atesora.

Aquarius es la película de Sonia Braga, y está bien que sea así. Desde ya que el film se preocupa por más, y que la elección de la actriz fue posterior al guión de su director, Kleber Mendonça Filho. Pero lo cierto es que la convocatoria que significa la brasilera no se discute, tampoco su caracterización desde la pantalla, porque así de bien está su personaje. A la par de una cámara que la quiere mientras la retrata. Vale decir, Aquarius es noticia porque Sonia Braga está en ella y ¿quién no quiere volver a verla? ¿Eh?

También porque el film quedó felizmente asociado a la repulsa que sus integrantes manifestaron, desde la alfombra internacional de Cannes, al golpe de estado que Brasil sufre en manos de Michel Temer y acólitos. Dado el conformismo político que pulula, el gesto no es habitual.

Pero por sobre todo, Aquarius tiene una construcción dramática sostenida que se ampara en los movimientos demorados de Clara, su personaje principal. El film tiene el ritmo de ella, su andar sostenido, sin apuros ni retrasos. Como si quienes rodearan a Clara debieran acostumbrarse a su talante rítmico. De esta forma, el personaje de Sonia Braga se perfila como el eje sobre el cual se ordena la narración. No es sólo una virtud de la actriz, ya que evidentemente se juega esta misma composición en la recreación que de la Clara más joven desempeña Barbara Colen. De este modo, hay una continuidad entre el prólogo ‑situado en 1980‑ y el presente que marca el pulso de la historia y, justamente, su puesta en escena.

Así, la elipsis acelera el tiempo. Pero Clara continúa igual: aferrada a su departamento de toda la vida, en un edificio que un grupo económico ya compró en su casi totalidad para derribar. Sólo falta ella. Clara persiste y no tardará en sufrir las consecuencias, entre la fiesta orgiástica sobre su departamento y una invasión de prédica religiosa. No faltan los "argumentos" que pretendan situarla, de cara a una zona que ya no es "segura", que no se corresponde con su edad, que mejor estar entre cámaras de vigilancia ‑le dicen‑ y al amparo de decisiones más jóvenes.

En el barrio y en la misma familia es cierto que no faltan quienes han cambiado, prestos a adoptar tales libretos. "Me conocías de niño pero no de adulto", le espetan con desafío a Clara. Ella, en tanto, busca amparo en la mujer que trabaja en su casa, en la amistad de las amigas, en los vinilos que atesora. Su tarea como crítica de música es la del apego al objeto, a la historia que este contiene. Un vínculo generacional que las nuevas tecnologías amenazan socavar sin la custodia de la memoria.

Al respecto, es suficiente la cita metatextual que Aquarius establece con el cine mismo, al hacer referencia a un edificio barrial que ya no guarda relación con su arquitectura de origen. Clara, sin embargo, lo recuerda como cine. Por eso y porque lo dice, ella es una amenaza, de cara a un proyecto edilicio que promete paraísos para algunos, implementado por sabihondos del mercado que rebosan de cursilería, de estampa publicitaria y de mucho dinero. Son ellos, a recordar, los que han metido al cine dentro de shoppings, con entradas privativas.

Podría malpensarse en Aquarius como en una película reaccionaria. A no confundir, su postura es bien diferente, porque apela a la memoria como un recurso necesario a la condición humana. Como ejemplo y por poseer las fotografías familiares archivadas, Clara puede referir a los demás su historia de vida. Costumbre que quizás muera con ella. De todos modos, la película de Kleber Mendonça Filho apela a una continuidad desafiante, sin buscarla en la cercanía familiar, sino en quienes todavía poseen cierta sensibilidad. Desde esta signatura, la película se permite por momentos jugar con el prejuicio del espectador, para hacerle caer en la cuenta de que no todo es lo que parece, y de que la dignidad está escondida en personas que no son, justamente, las que tienen dinero.

Las y los adinerados, en última instancia, son quienes han establecido las líneas divisorias, reales y alegóricas. Clara las señala y las cruza. Su propio cuerpo carga con ello, de manera recubierta y también al desnudo. Como un sufrimiento que permanece pero que sin embargo es suyo. Un dilema que ella encarna por elegir recordar y, de esta manera, saber pensar distinto.

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