Agora

Crítica de Luciano Monteagudo - Página 12

Una astrónoma con más luz que las estrellas

Quinta película del director español Alejandro Amenábar y la segunda que rueda íntegramente en inglés después de Los otros, con Nicole Kidman, Agora es una superproducción de enormes proporciones, ambientada a comienzos del siglo V de nuestra era y que aspira a ser varias cosas a la vez, sin decidirse por ninguna en particular. Por un lado, se presenta como cine de gran espectáculo, pleno de masas, templos y togas, a la manera de los viejos peplums (del griego, peplo, túnica), ese subgénero histórico que parecía muerto y enterrado hasta que lo exhumó Gladiador y lo reivindicaron Troya, 300 y Alejandro Magno. Pero aquí, a diferencia de un héroe hercúleo y con testosterona guerrera, hay una heroína capaz de enfrentarse a la violencia, no tanto con su belleza, sino más bien con su razón: Hipatia de Alejandría.

Hija y discípula del astrónomo Teón, Hipatia está considerada la primera mujer matemática de la que se tiene conocimiento, en parte gracias al divulgador científico Carl Sagan, que en su famosa serie Cosmos la rescató de un largo olvido. Tal como la presenta el film del Amenábar, que no se pretende rigurosamente histórico (como ningún peplum, por otra parte), Hipatia era el alma de la Biblioteca de Alejandría, emanaba más luz que el legendario faro de la ciudad a la que perteneció y estaba empeñada en descubrir las leyes que mueven a los astros. Y lo habría conseguido, diez siglos antes que Kepler, salvo que el fanatismo religioso acabó con su vida y con su obra, cuando el incipiente cristianismo la mató por “bruja” (en el film lapidada, lo que en estos días le da a la película la actualidad en la que pensaron sus realizadores, por el caso de la mujer condenada por adulterio en Irán).

De que el personaje es interesante no hay dudas. La actriz, Rachel Weisz (El jardinero fiel), tiene no sólo sensibilidad y talento, sino –cosa rara cuando se habla de temas científicos– parece saber también de qué está hablando: piensa lo que dice y lo transmite con apasionamiento sincero. El punto de vista religioso, a su vez, resulta novedoso, al menos en los peplums, donde el pueblo cristiano –desde Ben-Hur hasta Espartaco–- siempre es perseguido y castigado. Aquí, por el contrario, las masas cristianas que se levantan contra los paganos de Alejandría están sedientas de sangre y dispuestas a ver en el progreso y el conocimiento una amenaza a su credo y una afrenta a su Dios. “Vos no podés cuestionar tus creencias, mientras que yo no puedo dejar de cuestionar las mías”, le dice Hipatia al obispo de Cirene, que fue su discípulo.

Si este costado es quizás el más llamativo de Agora, el menos lo es su convencional historia de amor, digna de un teleteatro, en la que tanto el discípulo Orestes como el esclavo cristiano Davo se disputan las atenciones de Hipatia, indiferente a ambos, ya que sólo tiene ojos para las estrellas. La nimbada luz que envuelve las escenas románticas, de neto corte publicitario, las hace aún menos tolerables de lo que ya propone el guión o la estolidez de sus intérpretes masculinos. Es que Amenábar es un director muy torpe, sin ninguna sutileza, como lo prueban algunos ejemplos extremos, pero que no son los únicos: para mostrar que el mundo está patas para arriba termina filmando el asalto de la turba cristiana a la Biblioteca con la cámara al revés; o para expresar que los humanos, vistos desde la infinidad del universo, somos apenas como hormigas, no tiene mejor idea que mostrar antes un... hormiguero.

Esa literalidad elemental a la que Amenábar es tan afecto (como cuando en Mar adentro el personaje de Bardem, paralizado en su cama, soñaba con volar y la cámara se subía a un helicóptero) lo lleva en Agora a abusar de las imágenes generadas por computadora, no sólo para resolver la difícil reconstrucción histórica, sino para crear esos planos cenitales de la Tierra vista desde el cosmos que parecen levantados de Google Earth.