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Imagen del crítico Pablo Raimondi
Pablo Raimondi
  • Cantidad de críticas: 190
  • Promedio: 63%
  • Críticas favorables: 148/190 (78%)
  • Críticas desfavorables: 42/190 (22%)
  • Diferencia absoluta: 12%
  • Algunos días sin música
    La fantasía de la culpa

    “Yo elijo a los que quiero que jueguen de mi lado, como un partido de fútbol”. La frase de Guzmán, uno de los jóvenes mendocinos que protagonizan la opera prima de Matías Rojo, puede aplicarse tanto a los enemigos/aliados de la escuela como a la familia. En esos dos mundos se sumerge Algunos días sin música, centrada en la vida del curioso y frágil Sebastián (Jerónimo Escoriaza) y sus dos amigos, el mencionado Guzmán (Tomás Exequiel Araya) y Email (Emilio Lacerna), siempre vestido de karateca, un acierto artístico.

    Ambientada en los cautivantes paisajes de Luján de Cuyo y alrededores, todo comienza con la dificultad del primer día de clases. Algo que atormenta a Seba, “el nuevo”, que se muda a un barrio de los suburbios y desentona con el resto. El es un lector voraz, muy curioso y que a cada rato cita como un latiguillo “en las revistas de ciencia dicen...”. Y pone varios ejemplos para el asombro.

    La muerte y la culpa son los ejes de análisis del filme. Antes de entrar a clase, los tres chicos desean en simultáneo el fallecimiento de una maestra. Y ella, súbitamente, se desvanece. Muere. ¡Sorpresa!, la finitud aparecerá como algo cercano a ellos, los acorralará para luego meterlos en el limbo del luto escolar. Y búsquedas de por qué.

    Así se motorizará una fantasía de la culpa, con sonidos de guitarra, cumbias pegadizas y una hipnótica percusión de fondo que aceitará el paso del tiempo. Y donde los muchachos tratarán de descubrir el motivo del fallecimiento de la docente, a quien creen que mataron mentalmente.

    Otro eje jugoso es el contraste y choque con los adultos. Sebastián le dice a su padre: “No quiero crecer, no me quiero parecer a vos”. Y el realizador muestra a los más grandes como sujetos toscos, distantes, armados con la ignorancia y brutalidad. Los niños serán su tamiz, todo tendrá su filtro que puede metaforizarse en cámaras de seguridad o bien con una red de alambre que separa el viñedo de la calle. O al padre del hijo. Barreras que los chicos deberán superar para crecer en paz.
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  • Academia de vampiros
    Tibio examen de sangre

    Otra película -light- que reúne colmillos, amor y magia para público adolescente. Las protagonistas son dos chicas de 17 años.

    Como si fuese el Colegio Hogwarts, de la saga Harry Potter, pero en versión vampírica, llega otro filme de colmillazos, amor, magia... bah, más de lo mismo para el público adolescente, pero con la diferencia de darle un marco académico. ¿A la facu? ¿Qué enseñan? No se aprecia mucho en este filme de Mark Waters (Chicas pesadas), aunque se sabe que en la Academia St. Vladimir hay que quemarse las pestañas para acumular poderes y derrotar a los strigoi, upires inmortales y de gran potencia. Los de verdad.

    Los chupasangres “light” llegan con los dhampir, guardianes mitad humano-mitad vampiro, que deberán velar por la seguridad de los moroi, la raza más pacífica. Sin fuego, ni ganas, los vampiros estudiantiles se alimentan del fluido humano de donantes que colocan su brazo en mesas de extracciones Ni luchan por el vil fluido. ¡Qué herejía!

    El filme gira alrededor de dos jovencitas de 17 años, la morocha, Rose Hathaway (Zoey Deutch), quien verá a través de los ojos de la princesa Lissa Dragomir (la blonda Lucy Fry) cuando ella esté en peligro. Y buscará protegerla.

    Comparar este filme con Crepúsculo es una falta de respeto. La saga creada por Stephenie Meyer se toma en serio -o al menos eso aparenta- el argumento. Sus personajes tienen una identidad definida y roles bien marcados. No hay confusión. En Academia... hay una amalgama de personajes tibios, similares, que pelean confundiéndose entre ellos. Hasta los muchachos son delicados y luchan de igual a igual con las chicas.

    En esta película hay varios pasajes en los que los protagonistas parecen reírse de sus actuaciones (sobre todo entre Rose y Lissa), como si fuese una pseudoparodia embebida en un filme “serio”. Si se lo ve como un recurso descontracturado, se puede perdonar, pero si se toma a rajatabla y hay que desmenuzar las ideas del filme, Academia... se hunde sin piedad por su vacío de ideas. Las chicas podrán embobarse con el imperturbable porte del ruso Dimitri Belikov (Danila Kozlovsky) y los muchachos aullar por los pronunciados escotes de Rose.

    Y, aunque usted no lo crea, habrá segunda parte que promete más colmillazos, poderes y oscuridad. Así que a cuidar esos cuellos. Y ojos.
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  • El verano siguiente
    Melancolía en estudio

    La lluvia, las rondas de mate, las risas, la ansiedad. O los conflictos, la tensión, la tristeza por una muerte inesperada. Postergación. Miedo.

    Todo se apila en Elefante blanco, el búnker de grabación montevideano donde No Te Va Gustar (uno de los grupos más convocantes del rock charrúa) se recluyó para gestar su último disco: El calor del pleno invierno. Contracaras.

    Y en donde el director argentino Gabriel Nicoli se invisibilizó, cámara en mano, para registrar paso a paso y de un modo no invasivo. Sin entrevistas ni declaraciones al lente. Sólo la cruda intimidad del proceso compositivo del álbum.

    Desde el comienzo, El verano siguiente parece una semblanza sobre su líder, el cantante y guitarrista Emiliano Brancciari quien construye en off las vivencias del grupo. ¿Una biopic sobre él? No, por más que él guíe al espectador (con su voz en off) recorriendo las cuatro estaciones de este viaje cinematográfico que culmina, muy acertadamente, con la antesala del show en Costanera Sur (6/4/13) ante más de 50.000 personas.

    La edición del filme tiene sus momentos críticos, con un ritmo que, por momentos, parece el de un videoclip donde se intercalan, como flashes, grabaciones de instrumentos, un asado, anécdotas de convivencia, entredichos, y más.

    El verano siguiente es un collage de vivencias, que por momentos pierde el hilo argumentativo por el forzado vértigo que busca ante la tranquilidad del grupo: no esperen una road movie con los cliches típicos del rock. No, en NTVG todo es melancolía. Muy familiar.

    Durante el rodaje se vivió la muerte del tecladista Marcel Curuchet (el 14/07/12 en EE.UU.), que mutó de gris a negro el tenor del filme. Pero jamás se cayó en el golpe bajo. La grabación de los coros de NTVG, en una iglesia, fue una metáfora de lo padecido.
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  • 300: El nacimiento de un imperio
    Pantalla de sangre

    La carne, el acero y el sexo dicen presente en esta película de Noam Murro. Las peleas en cámara lenta son un recurso repetido.

    La labrys (una pesada hacha de doble filo) remata el destino del rey espartano Leónidas (Gerard Butler). Su verdugo es Jerjes I, el calvo dios-rey de Persia (Rodrigo Santoro), quien también actuó en 300 y ahora dice presente en esta brutal muestra tridimensional.

    Siguiendo el rigor histórico del filme de Zack Snyder (productor en esta realización), 300: El nacimiento de un Imperio, se muda de la tierra a las aguas del mar Egeo. Y allí se construyen sus fornidos personajes embarcados.

    Por un lado, Temístocles (Sullivan Stapleton), el político y general ateniense que estuvo al mando de la marina griega en las batallas de Artemisio y Salamina, ambas en el 480 A.C. Por el otro, la letal Artemisia (la francesa Eva Green), al frente de la flota persa. Su personaje no tiene piedad, exuda odio, es capaz de decapitar a un hombre y besar los labios de la cabeza recién cortada sin inmutarse ni perder un repetido semblante, entre seductor y maléfico. Al igual que Jerjes, ella busca poner a sus pies a las ciudades-estado helenas.

    La carne, el acero y el sexo dicen presente en este filme. Artemisia parece luchar al momento de tener relaciones con Temístocles. Todo es muscular, fricción en cuerpos y armas (¿o el cuerpo no es un arma también?). Y también cerebral -lo más disfrutable- ante cada estrategia de guerra entre los trirremes (antiguas embarcaciones) donde se ve cómo la cantidad no garantiza un triunfo bélico.

    El director Noam Murro identificó exageradamente a las fuerzas contrincantes. El ejército persa está abrazado por la oscuridad: el color gris y negro domina el vestuario de los súbditos de Artemisia. Por su parte, la legión de Temístocles brilla con tonalidades oro que enmarcan su invencibilidad.

    Párrafo aparte para al factor sangre: siempre en cámara lenta, enchastrando la pantalla como si fuese barro digital. Una y otra vez. Aburre y es obvio, como la excesiva crueldad (caso, una espada clavada en la boca de un rival) que da más asco que acción. Por algo, en los créditos finales, suena War Pigs de Black Sabbath (Paranoid, 1970) que dice: “Los generales concentraron a sus tropas como brujas en misas negras”.
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  • Operación monumento
    El arte del rescate

    Escrita, dirigida y protagonizada por Clooney, sigue a un grupo que intenta recuperar obras robadas por los nazis durante la guerra.

    En la entrevista del domingo pasado que este diario publicó con el actor/productor/director George Clooney él dice: “queríamos poder agregar momentos más livianos y algo de conflicto, por lo que cambiamos los nombres. Por eso decimos el filme está ´inspirado en´ la historia real en lugar de ser un documental dramatizado”.

    Y en esa “inspiración” está el primer error de Operación monumento, una de las historias más apasionantes de la Segunda Guerra Mundial, que se “bancaba sola”. Sin modificaciones. ¿Por qué? El filme involucra a directores de museo, artistas, arquitectos, curadores e historiadores de arte quienes, lejos de estar bajo el servicio militar de los aliados (en plena agonía de la Segunda Guerra Mundial), son convocados por Frank Stokes (Clooney) para recuperar un botín inimaginable: seis millones de piezas de arte, las obras más importantes del mundo.

    Así entran al juego los actores Matt Damon (James Granger), John Goodman (Walter Garfield), Jean Dujardin (Jean Claude Clermont), Bob Balaban (Preston Savitz), Hugh Bonneville (Donald Jeffries) y Bill Murray (Richard Campbell). ¿Quién desentona? Lejos, este último. Es imposible creerle a Bill un papel serio luego de su tradición “cazafantasma” y cara de la inigualable Hechizo de tiempo. Clooney confesó que buscó remarcarle defectos a los protagonistas, por eso el cambio de identidades. Para no herir susceptibilidades. Lógico, pero erróneo, como el crucial papel de Claire Simone (Cate Blanchett), la “entregadora”, de los secretos artísticos nazis.

    El gran presupuesto con el que se manejó Clooney justificó una lograda ambientación -y banda sonora de guerra-, donde no hay que esperar sangre ni fuertes bombardeos, sino enfocarse en las réplicas de las obras de arte recuperadas como así también los inexpugnables refugios de las obras. Habrá un rico hallazgo que erizará la piel.

    Los sesudos trabajos de estrategia para dar con el botín es lo más disfrutable de este filme donde las fuerzas de Hitler buscaban “destruirlo todo” y el ejercito rojo les pisaba los talones a los “hombres de los monumentos”. Héroes.
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  • Tinker Bell: Hadas y Piratas
    Personalidad alada

    La directora Peggy Holmes asumió, otra vez, la responsabilidad de continuar la historia de Campanita luego de El secreto de las hadas (The secret of the wings). Pero en esta ocasión, a diferencia de estelares que llevan el nombre del hada rubia más conocida, la figura de Zarina es la más importante. Y con mucha más personalidad y provecho que sacar ante la inocente Tinker Bell.

    Luego de un forzado destierro, Zarina vuelve al Festival de las Cuatro Estaciones para rociar con unas partículas rosadas parte de la Tierra de las Hadas y llevarse consigo el polvillo azul, materia prima para crear del vuelo de las hadas.

    Campanita y sus amigas irán al rescate de la pócima pero se encontrarán con algo peculiar: la hadita capitana, Zarina, comandará una flota de piratas (la maldad está casi ausente en ellos) para lograr lo imposible: que su nave vuele gracias a la purpurina amarilla que se crea por la destilación del polvillo azul.

    Lo peculiar, y más entretenido de la historia, es que Campanita y sus amigas tienen sus talentos intercambiados por la nube multicolor que les arrojó Zarina al enfrentarlas. ¿Habrá que dejar de ver a los héroes con sus poderes peculiares? Gran guiño el de Holmes.

    Tinker Bell: Hadas y Piratas apunta a las niñas pequeñas, no es inclusivo tanto para los chicos o adultos. La historia es corta y ajustada al metraje. Por otro lado, el uso del 3D es correcto en los paisajes y no tanto en las acciones particulares de este filme.
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  • Extrañas apariciones 2
    Esclavitud fantasmal

    “¡Tengo un haaaacha!”, avisa el protagonista mientras se asoma tímidamente para entrar a un ambiente. Hace una mueca de inseguridad, ni él cree al peligro que se expone. Y el espectador tampoco al ver esta (tardía e innecesaria) segunda parte de Extrañas apariciones (The Haunting in Connecticut) que jamás termina de convencerse a sí misma. Es tibia.

    Basado en hechos reales, ocurridos en 1993, los Wyrick, papá Andy (Chad Michael Murray), mamá Lisa (Abigail Spencer) y la pequeña Heidi (Emily Alyn Lind) se van a vivir a una casa de campo en Pine Mountain, Georgia. Al combo se suma Joyce (Katee Sackhoff), que se aloja en una casilla rodante, vecina a la casona familiar.

    Extrañas apariciones 2 no pierde el tiempo en mostrar que las tres mujeres tienen un “velo”, curiosa forma de describir el poder sobrenatural para percibir cosas en otra dimensión. Sólo basta con observar detenidamente una situación.

    La fotografía del filme, las prolijas puestas en escena (que parecen interiores más que exteriores), protagonistas de pulcra estética y una frenética edición de imágenes aglomeran un producto digno de una serie televisiva al que sólo le faltan las tandas publicitarias.

    A cada rato, este filme necesita revalidar el susto, no generar suspenso, sino atropellar una débil historia de una niña perturbada por Mr. Gordy, un anciano (al que sólo ella puede ver), que le legará un inquietante misión espectral.

    La banda de sonido es lo único que sobresalta a las mujeres que se topan repentinamente cara a cara con cadáveres en descomposición. Y además, como si el tema no se hubiese tocado ya, aparecen fantasmas de esclavos negros del siglo XIX. El reclamo en búsqueda de la libertad podría enlazarse con una versión sobrenatural de la correcta 12 años de esclavitud.

    Como si los actores dirigidos por Steve McQueen hubiesen viajado hacia ese tenebroso bosque de Georgia, para dar con un temible sujeto con hábitos de coleccionismo, no muy convencionales.
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  • Las aventuras de Peabody y Sherman
    Aprender con el tiempo

    En tiempos donde las distracciones, en todas sus plataformas virtuales, monopolizan el tiempo de los chicos, nada mejor que combinar una película animada con un largo viaje por la Historia.

    Eso es lo que logra Las aventuras de Peabody y Sherman, la adaptación animada digitalmente de la serie televisiva de los años 50/60 (Mister Peabody) donde el perro más inteligente del mundo decide adoptar a un niño. Y acá rige el principal desafío para el can: ser un (buen) padre que educa a su pequeño. ¿O acaso el rol humano-mascota siempre debe ser en ese orden y no al revés?

    El pequeño Sherman apunta a ser un discípulo de Mr. Peabody, un perro multinstrumentista que hace de todo, y bien, aunque a veces su postura es algo pedante. El niño será seducido por la pequeña Penny Peterson, una rubiecita manipuladora, y por momentos temeraria, que será la compinche ideal para el viaje en la WABAC, una máquina del tiempo creada por el can, que servirá como motor y disparador de desopilantes aventuras animadas a través de los siglos.

    Viajarán para intervenir en la guerra de Troya, se sumirán en el reinado de Tutankamón, o la Florencia renacentista de Leonardo da Vinci, y sus invenciones, le abrirán sus puertas. Y hasta conocerán antiguos presidentes de los Estados Unidos. El objetivo es corregir hechos históricos, que todo siga su curso normal, abriendo la curiosidad de los espectadores.

    Las aventuras de Peabody y Sherman, además de entretener, educa, una cualidad valiosa y no muy frecuente en este tipo de filmes donde la fantasía es el gran adorno de argumentos ficticios.

    En este filme, el guión manda con un adecuado rigor bibliográfico, sin caer en lo solemne. Y mucho tienen que ver el director Rob Minkoff (El Rey León, Stuart Little 1 y 2) y el guionista televisivo Craig Wright que trabajó para Lost, Six Feet Under y Dirty Sexy Money. El pulso adulto se nota en el trepidante argumento: los chisporrotazos de humor son efímeros para los más chicos y los mayores ganarán terreno. La sola aparición de Bill Clinton, será una breve muestra de ello.
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  • La grande bellezza
    Roma era una fiesta

    Candidata al Oscar al mejor filme extranjero, trata sobre la decadencia de la clase alta.

    Con sólo el desencanto que destila La grande bellezza, Italia es firme candidato a sumar otro Oscar en la vitrina como mejor película extranjera. La esencia de cada personaje se desmenuza fácil, de un tirón. El director Paolo Sorrentino aflora las miserias y (escasas) virtudes de la alta sociedad romana, adentro de una puesta de escena sobrecargada -con el vestuario a la cabeza-, que deja en evidencia la cáscara hueca de Jep Gambardella y los suyos.

    Pero a él se lo ve solo, apagado, recluso de “El aparato humano” (que lo cobija) que noveló varias décadas atrás para volverse “alguien”, dentro de la alta sociedad romana. Sus escasas amistades lo alientan a encontrar la inspiración para escribir otra novela y salir de su cómodo rol de exitoso periodista. Pero él los ignora, refugiado en cierta autocompasión y falsa modestia.

    Nada es inocente en el cine de Sorrentino. Por algo cita aquella aspiración de Flaubert: escribir un libro sobre la nada. Metáfora, según su director, de emparentarlo con la urgencia histórica de Roma en pasar a la eternidad gracias a su fastuosa demostración artística. Y hay mucho de cierto en ello.

    La opulencia nocturna de la Via Veneto de La Dolce Vita de Federico Fellini, junto al paralelismo de un joven Mastroianni y un maduro Servillo, se puede ensamblar imaginariamente con aquel cuchicheo de La terraza (1980), de Ettore Scola. La parte superior de la vivienda de Gambardella es el “ring” de este filme donde vale la pena balconear sus coloridos safaris nocturnos.

    Sorrentino espía a este bon vivant, presentado como un epílogo dentro de una fiesta que mezcla canciones de Rafaella Carrá con hipnóticos sonidos electrónicos y así recrea un baile orgiástico e histérico sin límite de edad. La fricción de los cuerpos enmarca a un hombre trajeado que muerde un cigarrillo a plena sonrisa. Y se lo ve feliz. ¿O está algo adormecido?

    Hay que mantener distancia en La grande bellezza, desconfiar. A través del prisma de la mentira se descompone la luz del círculo animal de Gambardella: un circo romano erguido en base a la ostentación, el cinismo y la melancolía.

    La actuación de Toni Servillo (con quien Sorrentino ya trabajó en El hombre en la luna o Il divo), es soberbia. Puede ser alguien entrañable -de la puerta para adentro de su vivienda- o un sujeto despiadado y repulsivo que pone en caja a sus “amistades”. Sus primeros planos, lo desnudan, siempre entre volutas de humo.

    Jep, al igual que Giuseppe Garibaldi, lucha por la unificación. Pero no la de Italia, sino la de su ser, cuyo eje se encuentra desperdigado en cientos de noches de excesos. Pero una experiencia religiosa lo pondrá a caballo de su destino. El novelista redescubrirá la belleza de algo extraviado hace tiempo: el sabor de la verdadera existencia. ¿Roma o muerte? Para él, vida.
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  • Un cuento de invierno
    Cegados por la luz

    En el Día de San Valentín, Un cuento de invierno es un corazón que colapsa cinematográficamente por la inmensidad de la novela homónima de Mark Helprin (casi 800 páginas), en la cual se basó el filme de Akiva Goldsman.

    Este novel director, guionista de El código Da Vinci, Soy leyenda y Angeles y demonios, entre otros, comprimió a la fuerza drama, fantasía, suspenso, algo de terror y acción. Y por su ambición se quedó con una película vacía y sin identidad. Encandilada por una historia que no supo resolver en pantalla.

    La trama gira en torno a Peter Lake (Colin Farrell, en la piel de un huérfano, devenido en ladrón) que es abandonado en las aguas, como si fuera un Moisés del siglo XIX. Su conexión es la luz. Desde las estrellas, los faroles de Nueva York (con voraces saltos temporales entre 1895, 1916 y 2014 que dejan perplejo tanto a protagonistas como a espectadores), las piedras preciosas y hasta una moneda que vuela en manos de un citadino.

    El destello de cada material transporta a Lake, quien se enamora de Beverly Penn (Jessica Brown Findlay, de correcto papel), una chica condenada a muerte por tuberculosis. Y allí el “drama” del filme: ella morirá frente a él, no revivirá, como sucede en la mayoría de este tipo de películas.

    Desde ese momento todo será desesperación para Peter, habrá que afilar el ojo y seguirle el ritmo a la película. Lake es perseguido por el diabólico Pearly Soames (un rígido Russell Crowe) y habrá espacio para la mitología griega con la aparición de un pegaso blanco y sus alas formadas por varios haces de luz, que luego desaparecen.

    Con el correr del metraje, esta película busca llamar la atención con un trabajo de investigación (y el rol de una niña, luego anciana, que confunde más las cosas) en donde se revisan fotos familiares del pasado como si fuese una versión dulce de Volver al futuro.

    Pero falla.

    Un cuento de invierno no conmueve, carece de suspenso y hasta Will Smith hace su peor aparición en la pantalla grande. Créanlo. El pastiche se resume en la escena del pegaso que recorre un cementerio en medio de la noche y se pierde en el cielo. Estrellado.
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  • Rodencia y el diente de la Princesa
    A los quesos por su nombre

    Como si fuese un Harry Potter en una versión más inocente y hecho ratón, el pequeño Edam, un aprendiz de mago, protagoniza junto a sus amigos una road movie que recorre paisajes urbanos y naturales para hallar el diente de una princesa. ¿Una versión aventurera y animada del Ratón Pérez?

    Ese diente es la llave mágica para salvar Rodencia -el pueblo donde viven los ratones- del acoso del demoníaco Rotex, el rey de las ratas que cabalga a una serpiente. El, junto a su ejército del inframundo, buscará apoderarse del mundo de los ratones y, luego, dominar a la raza humana.

    Un importante condimento de este filme (que ganó el premio a la mejor película Infantil en el BAFICI 2013) es la magia, que no está en los objetos, “sino en los corazones, por eso la magia de Rotex es negra”, dice Blue, el mayor mago ratón de Rodencia.

    Otro rasgo peculiar del filme es que los protagonistas tienen nombres de diferentes tipos de quesos: el protagonista Edam, el valiente Roquefort, su aliado, el gordinflón Gruyere, y la celosa y corajuda Brie, fiel admiradora de Edam, quien guarda un gran secreto.

    Los diálogos y escenas (con una animación más que lograda, aunque sin profundizar en los rasgos y detalles) posee su toque criollo, como las tonadas de dos de los guardias. O cuando, en medio de la travesía, los ratones se preguntan: “¿Qué extraño fruto será éste?”, al ver una pelota de fútbol y estar “entre gigantes” (humanos) en medio de un “picadito”.

    El asombro es una constante en Rodencia y el diente de la princesa, que busca atrapar la atención de un público no mayor a los 10 años. Las situaciones de confusión y el humor infantil son los pilares.

    La acción es inmediata, el suspenso casi está ausente, y se peca de saltar muchas veces -de una situación a otra- sin coherencia temporal. Un montaje abrupto genera una forzada dinámica de acción.

    La lucha “luz versus oscuridad” y los hechizos, con disímiles resultados, engarzan una linda historia para comerla de un bocado.
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  • RoboCop
    RoboCop
    Clarín
    El gol de la remake

    La nueva versión del filme de Paul Verhoeven realzó el aspecto humano del cyborg, ahora negro, en su lucha contra el crimen.

    La mayoría de las remakes 2013 dejaron sabor a poco en el paladar del espectador. El terror y la acción fueron vívidos ejemplo de ello. Por ende, las esperanzas puestas en RoboCop no eran muchas.

    Al retrotraerse hacia el cyborg policial de Paul Verhoeven (1987) y avanzar en el tiempo, vimos cómo las secuelas del filme (1990 y 1993) oxidó al héroe de acero. Por ende, se acertó en sacarle lustre a la primera versión, a la génesis del agente de Detroit, Alex Murphy.

    El director brasileño José Padilha puso en marcha con Tropa de Elite su implacable mirada hacia la política conjugada con los grupos armados. Y en RoboCop no le tembló el pulso, por más encorsetado que estuvo frente al guión.

    El realizador carioca dio muestra de cómo entrelazar la tensión fílmica entre un gobierno de turno, la voracidad empresarial -la inefable OmniCorp encabezada por Raymond Sellars, a cargo de un gesticulador Michael Keaton- y la difusión, de la mano de Samuel Jackson, con el ampuloso mesías televisivo Pat Novak. Todo esto, encadenado con los últimos adelantos científicos de la robótica. Difícil.

    Queda claro que el actor Joel Kinnaman no tiene el carisma de Peter Weller, pero da en el blanco con el foco del filme: el emotivo componente humano que nutre (¿y domina?) a la máquina.

    La lucha de sentimientos endulza las armas de última generación. No por nada este Murphy conserva una mano humana y otra artificial, a diferencia del original con extremidades de acero. Sus pensamientos post atentado (una detonación vehicular) lo vinculan con su fibra sensible. Puede soñar con una canción de Frank Sinatra, llorar por los suyos y, a su vez, procesar una inigualable base de datos de criminales. Calor y frío.

    La anatomía del justiciero también genera empatía: gran decisión la de “descarcasar” al héroe, dejando ver, por momentos, sus pulmones, corazón, cara y cerebro, que parece flotar dentro de una estructura última generación.

    Más allá de lo orgánico, RoboCop es una película panfletaria donde las leyes por estar a favor o en contra de la robotización de las fuerzas policiales pendulan los ánimos de la opinión pública.

    Las traiciones y connivencia empresarial-gobierno serán más de lo mismo, no se verá sangre y la construcción del relato se nutre en la relación creador-máquina con el doctor Norton (Gary Oldman, lo mejor) y su Frankenstein anti-delito. Ventaja para la remake.
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  • El ojo del tiburón
    A la pesca de una historia

    El director se mete en la vida de dos niños pescadores de Nicaragua. La observación e interacción, como eje fílmico.

    Maicol y Bryan son dos amigos que viven en Greytown, un pequeño pueblo sobre el Caribe nicaragüense, aislado del resto del país por una densa selva. Ellos deben comenzar a trabajar. Y la pesca del tiburón es una alternativa.

    Pero mucho antes de que incursionen en el mundo de las líneas de nylon y redes (acá la pesca es manual, nada de cañas), los jóvenes serán seguidos de cerca por la cámara del director Alejo Hoijman, autor del logrado documental Unidad 25, donde mostró las prácticas de conversión al evangelismo, en una penitenciaría.

    El ojo de tiburón, premiado en los festivales de Cartagena de Indias, Roma y a nivel local, hace un retrato desde la confianza entre el realizador y los muchachos. Profundo, y sin timidez, Hoijman deja que los chicos exuden todas sus debilidades y deseos. Y, además, cumplan el rol de “actor” (aunque hagan de ellos mismos en forma fresca y natural) y espectador, ya que por momentos verán algunos adelantos de este filme. Una linda forma para empatizar con ellos.

    Los sonidos de la naturaleza, la potente fotografía del verde selvático -que todo lo domina- sumado a los pícaros diálogos (a veces inentendibles) de los jóvenes, ensambla un combo de realidad y ficción que parece extraído de un manual sobre pesca embarcada.

    Con el correr del metraje el documental peca de repetitivo: las continuas anécdotas de sus protagonistas (siempre un grupo de jóvenes) navega entre los juegos playeros y paseos recreativos en lancha. Recién a la hora, la intervención de los adultos le pondrá pimienta al filme, sacándolo del sopor selvático y llevándolos a la verdadera acción pesquera.

    El ojo del tiburón es un filme de desafíos. Hoijman filma sobre una barcaza, sigue -a pesar del movimiento del oleaje- el devenir de los pescadores. Y en las tomas nocturnas, el público tendrá que adivinar algunas situaciones.
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  • Deshora
    Deshora
    Clarín
    Secretos en el campo

    En su opera prima, la directora Bárbara Sarasola Day, quien antes realizó los cortometrajes Exodia y El canal, plasmó la llegada de Joaquín (el colombiano Alejandro Buitrago) a una casa de campo. El arribo del muchacho oxigenó las distancias pasionales entre Helena (María Ucero) y su marido, Ernesto (Luis Zembrowski).

    A Joaquín se lo ve distendido, feliz, lejos de su celda: un centro de rehabilitación para recuperarse de sus adicciones. Fue enviado, en contra de su voluntad, a pasar un tiempo cerca de la naturaleza. Y se acostumbrará, cigarros en mano.

    El arribo del muchacho libra en la pareja una silenciosa batalla de deseos, algo que se fue apagando entre ellos, fatigado por la dificultad por concebir un hijo.

    La novel directora plasma, desde la artesanía de este drama de observación, una rica historia de secretos entre los protagonistas. La tensión flota en el aire, cada uno tira de una cuerda imaginaria como si fuese una cinchada. Y en el medio está Joaquín, quien cumple un rol entre enigmático y ambiguo, matizado por su, no tan casual, aspecto andrógino.

    Desde la contemplación, él sembrará dudas (y desafiará) los conflictos que se le crucen: se niega a disparar una escopeta o pregunta qué sucede si los gallos de riña no pelean. Navega en contra de la corriente. La abstracción es su arma, porque sabe que con el tiempo la explosión de situaciones será inevitable. Y comenzará a gatillarse la verdadera “cacería” humana.

    Deshora es un filme cuerpo a cuerpo donde la intimidad es un candado abierto por la llave del deseo. Las miradas penetran a los personajes. El sexo hará el resto.

    Los campos de tabaco, una laguna artificial y la espesura de la selva son bocanadas de aire fresco ante la erótica y sofocante situación en el interior de la finca. Un filme de contrastes. Un limbo.
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  • La leyenda de Hércules
    “Gladiador”, a la griega

    “Una película que reinventa los orígenes del épico héroe”, reza la gacetilla de prensa sobre La leyenda de Hércules. Un mal presagio en un momento donde Hollywood no se toma en serio la Historia (sí, con mayúsculas) y la deforma a gusto y piaccere .

    Con Yo, Frankenstein ya se vivió el absurdo de “reinventar” una novela. Pero la falta de respeto, en este caso con la mitología griega, estremece con esta producción cuasi épica, donde la solución se buscó en la media sonrisa y ojitos seductores de su protagonista (Kellan Lutz), una linda chica (Gaia Weiss) y cuerpos varoniles bien trabajados (todos los demás hombres que aparecen). Y listo.

    El argumento es conocido: la reina Alcmena invoca a Zeus, el dios de la guerra heleno, quien le dará un hijo: Hércules. Su marido, el temible rey Anfitrión, al sospechar del origen sobrenatural del niño, lo envía a una misión a Egipto para que lo asesinen. Pero sus victimarios, obvio, fallarán.

    Y desde ese momento, La leyenda de Hércules pasa a ser Gladiador (2000), versión griega. Aquel que vio el derrotero del guerrero Maximus Décimo Meridio lo emparentará con Hércules por su destino de esclavo-a-salvador. Y en el cobarde Ificles (Liam Garrigan), medio hermano de Hércules, verá reflejado al traicionero emperador romano Cómodo (Joaquín Phoenix). La doncella en cuestión, Hebe (sí, Gaia Weiss), es casi un doble de Lucila (Connie Nielsen), adaptada por Ridley Scott.

    Pero, obviamente, Gladiador tiene un 10% del componente fantástico de La Leyenda de Hércules. Las copiosas lluvias digitales, los sonidos épicos, las lenguas de fuego que buscan atravesar fortalezas inexpugnables y, el colmo del absurdo, llega en el uso y abuso del slow motion aplicado a cada salto sobrenatural del protagonista con las gotas de barro que se desparrama lentamente por toda la pantalla. Ni hablemos de las cualidades únicas para la lucha del fortachón Hércules. Su escudo, lanza, espada y demás artilugios bélicos... sí, también recuerdan a Gladiador.

    La fuerza de Zeus, con su rayo benefactor, podría acercarla a la vikinga Thor. ¿Ante que estamos? Frente a un collage que ni la serie televisiva Spartakus o la producción Furia de Titanes puede igualar desde lo irreal. Sólo se codea con la espartana 300 y su ejército de hombres invencibles.
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  • Yo, Frankestein
    Reciclaje, sin estilo

    El clásico personaje de Mary Shelley vuelve, sin su aspecto monstruoso, en una película con una puesta digna de un videojuego.

    Parece que la crisis no es sólo europea, la austeridad también llegó a Hollywood con un reciclaje de ideas y personajes que da miedo. Sino pregúntenle a Kevin Grevioux, la mente detrás de un filme que marcó a los jóvenes amantes del cine con tintes góticos, tapados largos, catedrales, cementerios.

    No es El cuervo, tampoco Van Helsing, Blade o la Drácula de Francis Ford Coppola (vade retro), sino Inframundo (Underworld), que desde 2003 nos regaló cuatro películas repletas de oscuridad y la eterna lucha de hombres lobo vs. vampiros. Y los humanos como testigos de la crueldad. Nada nuevo, pero efectivo.

    Pasó 2013 y la estela de ese filme protagonizado por Kate Beckinsale (la chupasangre Selene) se apagó. “¿Qué hago?”, habrá pensado Grevioux luego que su saga se quedó sin más trapos con hemoglobina por escurrir. Fue a lo fácil, recreó una especie de réplica de Inframundo mutada con la archiconocida novela de Mary Shelley, la proyectó 200 años después y, por si fuera poco, le sacó a Frankenstein todo el aspecto monstruoso que lo hizo famoso.

    Así se gestó un súper humano inmortal, llamado Adán, que peregrina por una Tierra oscura para mitigar su dolor. ¿Lucha o se relaciona con licanos y úpires? No, las razas sobrenaturales fueron trocadas por -los buenos-, una orden de gárgolas que al morir ascienden al cielo, y -los malos-, un clan de demonios que al pasar a otra vida, descienden al averno. Original Kevin.

    Frankenstein es Aaron Eckart, quien lejos de tener una mala actuación, se circunscribe a un papel entre egoísta y justiciero donde un libro explica su origen. Jamás sonreirá, ni ante la hermosa Yvonne Strahovski, en la piel de la científica Terra, única llave para que Adán conozca su génesis. Otro guiño a Inframundo es reciclar al actor Bill Naighy, en aquella saga como jefe de los vampiros, y ahora en la piel de Naberius, el Principe de las Tinieblas que busca multiplicar a sus súbditos infernales para dominar el mundo.

    La puesta en escena de Yo, Frankenstein es digna de un videojuego en tercera persona, en donde las batallas virtuales parecen reflejadas dentro de una sombría estética del filme. Los personajes parecen funcionar bajo comando con logradas coreografías incluidas. Los efectos especiales, donde no faltan llamaradas ni armas bendecidas con símbolos, son los pocos destellos de una película para el olvido.

    ¿Qué pensará el mítico Boris Karloff o Robert De Niro (Mary Shelley’s Frankenstein) al ver esta aberración histórica? Volvé Selene, te perdonamos.
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  • Justin Bieber's: Believe
    Sólo deben creer en él

    De niño a hombre. Justin Bieber´s Believe es la lógica continuación de Never Say Never (2011), que mostró la construcción -y explosión- del ídolo teen de 19 años. Eso sí, a años luz de sus comienzos. Si no, vean los casos de Selena Gomez, Miley Cyrus, Taylor Swift...

    Este documental se enfocó en la gira que lo trajo al país, por segunda vez, con eje en un show en Miami donde JB demostró todo su despliegue físico, escénico y musical. Pocos temas, mucha charla y escaso 3D es la fórmula de este filme, donde se muestra parcialmente la “cocina” del universo Bieber: la preselección de bailarines para su gira, entrevistas a su manager Scooter (que regala tickets “camuflado”), sus mesías musicales, crew de gira y, lo jugoso, las declaraciones del entorno familiar.

    Todo este documental es a pedido (y medida) de sus fanáticas: muchos planos detalle de ellas durante el concierto, palabras de amor y una escala de gritos que se amplificará en las salas de cine.

    Eso sí, olvídense de las polémicas extramusicales que lo llevan a las primeras planas. Y hoy, sugestivamente, son casi diarias. No hay rigor periodístico en las preguntas que le hacen ni son duros con él. Varias veces se lo pone en papel de víctima y le repiten cara a cara que muchos lo quieren ver caer. Y Justin pone cara de circunstancia.

    Si a las believers les faltó emoción con este filme, Believe golpea duro (y bajo) con la extensa aparición de Avalanna Routh, su “esposa”: una nena de seis años que falleció en septiembre de 2012 luego de luchar contra un cáncer cerebral. Y Justin, le cumplió el sueño de “casarse” con ella y rendirle tributo en vivo. Bien emotivo.
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  • Esto no es un film
    Crear desde el encierro

    El director iraní Jafar Panahi dirigió esta película mientras cumplía arresto domiciliario en Teherán. Puro ingenio y coraje.

    “Es importante que las cámaras estén encendidas”. La frase de Mojtaba Mirtahmasb, amigo y colaborador del director Jafar Panahi, resume la potencia de Esto no es un film, una película ingeniosa que demuestra cómo contar una historia sin necesidad de actuarla.

    Pero la historia del realizador iraní no es fácil, fue detenido en marzo de 2010 por sus filmes críticos hacia el gobierno y condenado por la justicia de su país a seis años de reclusión y la prohibición por 20 años de ejercer cualquier actividad cinematográfica. Panahi quedó libre de las rejas (previo pago de fianza de 200 mil dólares) aunque continúa bajo un estricto régimen de arresto domiciliario.

    Por todo esto, el forzado encierro doméstico es el ámbito para esta película con un mensaje de cabecera: “¿si podemos contar una película, para qué hacerla?”. Entonces Panahi se dejó filmar por su colega Mirtahmasb y, no pudo con su genio, también registró a su amigo con un teléfono celular. De esta forma el director explicó a cámara el guión de un proyecto (hasta 2011) trunco: la historia de una muchacha inspirado en un breve cuento de Antón Chéjov.

    Desdoblándose como actor y guionista, el iraní (quien en 2013 sacudió la Berlinale con Closed Curtain) marcó en su casa, con cinta adhesiva y sobre una alfombra, los límites de la imaginaria locación en donde una chica transcurre sus días. Y allí está el nudo del filme: en el plano por plano, secuencia por secuencia (con logradas referencias a filmes de su autoría, como Crimson Gold), donde Jafar explica el devenir de su imaginaria protagonista. Guía al espectador, metro por metro.

    Con movimientos muy medidos, el realizador de las premiadas El globo blanco, El círculo y Offside hace sentir en carne propia el agobio de la muchacha. Una sofocación que atrapa a Panahi y lo hace viajar mentalmente hacia dos situaciones del exterior: su situación judicial, que le comentan por teléfono, y las detonaciones de los fuegos artificiales que anticipan el nuevo año del calendario persa.

    Pero él sabe que está solo, aislado en una vivienda que choca con la condición de la mayoría de la sociedad iraní. Es grande, muy decorada y puede pecar de una opulencia que no se condice con la frágil situación de su dueño. La iguana que se trepa al iraní parece ser esa presencia invisible que lo vigila, un estado autoritario al cual Panahi casi no hará mención, excepto en la brutal metáfora punteada de los créditos finales.

    Lo ponderable de este filme (que viajó al Festival Internacional de Cannes 2011 en un pendrive y pasó la frontera iraní ¡camuflada adentro de una torta!) es que el realizador no se mostró como víctima del sistema que lo condenó sino que, a pesar de destilar melancolía en sus declaraciones, se armó de fuerza en las penumbras de su hogar. Sin resentimientos.

    Panahi ensambló a un personaje dócil y algo risueño, que no reprocha, sino que asiente. En silencio. Su grito es el cine, por más mordazas que lo quieran callar.
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  • Ladrona de libros
    Rescate emotivo

    Antes de ver Ladrona de libros hay que preguntarse: ¿Estamos frente a un hecho real? ¿Hay que enfocarse en Liesel? ¿O en su entorno? ¿Qué rol cumple el nazismo en este filme? ¿El drama histórico será devorado por una novela juvenil?

    Luego de la sugerencia, llega el primer tropezón que respeta al best seller homónimo de Markus Zusak: el narrador. La Muerte, relata en off con voz grave y dice frases como “no entrés en pánico, no ayuda”, en relación al inevitable final humano. Espantoso si se ingresa a Alemania, 1938, y un futuro signado por el genocidio de la Segunda Guerra Mundial.

    Prosigamos. La nieve, un pueblito de estética grisácea y la llegada de la pequeña Liesel Meminger (algo anodino lo de Sophie Nelisse, de Profesor Lazhar) a casa de la familia Hubermann, sus padres adoptivos. La pareja es un dúo de encierro, el interior (en tonos ocres) de su vivienda demarcará territorios y fragmentará la película. Ella, Rosa (Emily Watson), ama de casa autoritaria, con un corazón arrebatado por el dolor. El, Hans, (buen trabajo de Geoffrey Rush) quien navega entre la ausencia doméstica y construye un tierno vínculo con Liesel luego de descubrir el analfabetismo de la niña.

    Desde la lectura y la escritura, nace la sobriedad, lo mejor del filme. Padrastro e hija viajan entre la habitación y el sótano para crecer juntos entre nuevas palabras. En el subsuelo de esa casa también se esconde un secreto: Max, un joven judío, asilado por la familia para esconderlo de las garras nazis.

    A partir de la aparición del muchacho, Ladrona de libros caerá en un espiral de repeticiones sin resolver a lo largo de su excesivo metraje. Mutará del drama de la guerra a una pseudo novela adolescente como si la joven, presa de amor-admiración, encarnase la piel de una heroína que “toma prestadas” obras literarias de una aristocrática casona. Y se las leerá al joven refugiado cuya salud se resquebraja, Así, toda la solemnidad acumulada, se irá al diablo.

    A años luz de la maestría de La lista de Schindler o El pianista, Ladrona de libros pierde fuerza en sus personajes centrales, no habrá mención a las consecuencias de la guerra (por más que la niñe grite “odio a Hitler”) y flamearán demasiadas banderas nazis. Por último, la música de John Williams (candidata al Oscar) resaltará una gran ambientación de época.
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  • Código sombra: Jack Ryan
    Fiebre bursátil

    Hagamos memoria. El agente Jack Ryan, aquel personaje creado en los ‘80 por el escritor Tom Clancy, tuvo cuatro filmes y disímiles caracterizaciones. Bien por Alec Baldwin (La caza del octubre rojo) y Harrison Ford (Peligro inminente y Juego de patriotas), no tan convincente lo de Ben Affleck (La suma de todos los miedos).

    En este filme, el estelar cae en manos de un tibio Chris Pine (el joven Capitán Kirk de Star Trek: en la oscuridad) donde se recurre al viejo truco de dar a luz el origen de una saga. Ryan, luego de ver por TV el ataque a las Torres Gemelas, decide alistarse como marine y luchar por su país en Afganistán. Su lealtad le cuesta cara: sufre un accidente en helicóptero que casi lo envía a mejor vida.

    Luego de una dolorosa recuperación, es reclutado por la CIA -bajo la tutoría del implacable Thomas Harper (Kevin Costner)- que lo infiltrará en Wall Street como corredor de bolsa. Lo financiero no es un dato menor, en Código sombra: Jack Ryan no hay sedes diplomáticas ni jefes de gobierno en peligro. No, el atentado tendrá destino bursátil y fuertes gravitaciones accionarias. No por nada el comienzo del filme muestra imágenes reales del World Trade Center a punto de colapsar.

    En esta película, los “malos” llegan desde Rusia (¿original, no?) con el gran Kenneth Branagh, quien asume acertadamente el doble comando de director del filme y villano de turno. El encarna a Viktor Cherevin, quien con su simpática estética soviética (mirada penetrante, acento duro y debilidad por el vodka y las mujeres) junto a los gélidos paisajes de Moscú le da credibilidad al filme. La antítesis es Ryan, quien en piloto automático se levanta a su enfermera Cathy (Keira Knightley), quien luego jugará un rol de pareja celosa y, a veces, algo ingenua.

    Código sombra: Jack Ryan posee un ágil ritmo narrativo, aunque por momentos cuesta seguirle el hilo al argumento. Eso sí, jamás será un caos, por más que las trepidantes escenas de acción sean el punto fuerte de este thriller con vertiginosas filmaciones urbanas donde la pericia del manejo recuerda los mejores momentos de La supremacía Bourne.

    La incongruencia del filme asoma con los recursos para obtener información (¡ojo con los carteristas!), la fragilidad en la seguridad de un edificio inteligente y también por el exacerbado patriotismo que destila, como es el caso del decidido (y criminal) hijo de Viktor, llamado Alexander en clara referencia al histórico zar ruso.

    La melodramática referencia pictórica de La batalla de Waterloo, que cuelga de la oficina de Cherevin, metaforiza la caída de un imperio. Tanto del napoleónico como el de este temible ruso.
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  • Dos pavos en apuros
    Rebelión en la granja

    Si a Estados Unidos le faltó difundir, mediante el cine, alguna otra celebración de su larga historia en exclusiva, llega Dos pavos en apuros, que se encarga del Día de Acción de Gracias.

    En clave animada, el director Jimmy Hayward situó a dos plumíferos para viajar al pasado y liberar a sus colegas de ser condenados a ser servidos en la mesa familiar como festejo. El protagonista es Reggie, un pavo incomprendido, inteligente y con agallas. “El granjero no es tu amigo”, les advierte a sus colegas, mientras son engordados para su cruel destino.

    De forma inesperada, Reggie queda indultado para ser comido, siguiendo la costumbre instaurada por George Bush (padre) en 1989, donde un ave es salvada del degüello e invitada a Camp David para vivir como un verdadero monarca. En este caso, el protagonista se la pasa a puro delivery de pizza.

    Por el doblaje, se pierde la chance de escuchar a Owen Wilson (Reggie) y Woody Harrelson (Jake), en la voz de un ave que lidera el Frente de Liberación de Pavos y que secuestra a Reggie para llevarlo hacia el pasado y evitar una masacre aviar.

    La profundidad del 3D tiene una escasa presencia.

    El humor es otro tema polémico del filme, ya que difícilmente los niños capten el mensaje de la mayoría de las bromas. ¿Entonces a quien apunta esta realización? A los adultos, ya que es una película demasiado hablada, con un argumento que se torna complejo desde la segunda mitad en adelante y en donde la acción y morisquetas de sus protagonistas serán el único lazo de gracia con los más pequeños. Todo un desafío, ninguna pavada.
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  • El juego de Ender
    El gran simulador

    “Los niños primero”, parece ser el lema de El juego de Ender, donde desde temprana edad un grupo de privilegiados púberes es entrenado en una academia espacial. Pero estos muchachitos/as no buscarán alunizar o colonizar planetas lejanos. No, se defenderán de los formics, una hostil raza de insectos robóticos que amenaza La Tierra en un postapocalíptico 2070.

    Este filme de Gavin Hood (X-Men Orígenes: Wolverine y Mi nombre es Tsotsi) es un unipersonal a cargo de “Ender” Wiggin (Asa Butterfield), quien conjuga la violencia-dulzura de sus hermanos para formar parte de la Flota Internacional. Una vez en la nave, comienza el ascenso militar de Ender bajo la tutela del coronel Graff (Harrison Ford), quien además guiará a un grupo de chicos. Ellos parecen máquinas asexuadas, cuyo vínculo tendrá una frialdad pasmosa. La rebeldía ante la autoridad de turno, junto a su cerebral (y eficaz) comportamiento, son el arma del protagonista, a quien se le encargará comandar la lucha contra los bravos alienígenas.

    Esta adaptación cinematográfica de la novela de ciencia ficción de Orson Scott Card es un filme chiquito, dominado por la presión psicológica de llegar a ser líder y asumir esa responsabilidad. Todo se centra en la meteórica carrera de Ender y los trabajos de simulacro y estrategia intergaláctica, donde el espacio virtual de batalla es el único ámbito que busca dar forma a una guerra que parece existir a millones de kilómetros.

    Los efectos especiales de El juego de Ender parecen sacados de una película de antaño, con acciones que se observan a la lejanía, como si fuese un videojuego, lo que aparta al espectador, dejándolo vacío, gravitando, como los mini astronautas que la protagonizan.

    La correcta actuación de Asa Butterfield (Hugo, de la La invención de Hugo Cabret) es lo único rescatable de un filme repleto de histéricos y excesivos cambios de plano, a tal velocidad, que diluyen la acción. Y ese frenesí eyecta a todos, haciendo imposible compenetrarse a fondo con la historia.
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  • 47 Ronin: La leyenda del samurai
    El honor ante todo

    47 Ronin: La leyenda del Samurai es un filme de desafíos. Uno: debía recrear fielmente, y con el aura irreal (y muchas veces innecesaria) de Hollywood, a un clásico de la historia japonesa del 1700. Dos: el inexpresivo Keanu Reeves nuevamente al frente de un papel de acción (lo último, El día que la Tierra se detuvo) despegándolo del filme Constantine y Neo (Matrix). Tres: lo más arriesgado, depositar más de 200 millones de dólares de presupuesto en manos de un novel director como Carl Rinsch.

    ¿Qué sucedió? Uno, la historia. Kai (Reeves), es un mestizo que se suma a las fuerzas de Oishi (Hiroyuki Sanada), jefe de los 47 Ronin, la legión de samurais cuyo viejo líder es condenado a muerte y el resto del grupo obligado al destierro por parte del malvado Lord Kira (Thadanobu Asano).

    Con ellos, Rinsch creó un híbrido. Por un lado está la solemnidad de la leyenda, donde el aspecto visual y sonoro de Ronin 47... jamás es maltratado. Logradas panorámicas del Japón feudal del siglo XVII y un clima hipnótico en cuanto a la liturgia nipona (sobre todo el seppuku, el ritual de suicidio) se adhieren a exageradas performances de lucha con sables de filo infinito donde se huelen cositas de 300, y del Gladiador de Ridley Scott. ¿O no encaja el samurai gigante con el enmascarado Tigris de Gaul?

    Mezclar brujas y demonios en CGI no le hizo cosquillas a Rinsch. La seductora, e irreconocible, Rinko Kikuchi le da el toque fantástico a este filme donde honor y venganza se imponen ante todo.

    Dos, los actores. Reeves parece camuflado en la historia, su gesto siempre adusto es un ingrediente a la camada de personajes secundarios que por momentos se lo devoran al astro canadiense. Y por esto.... Tres, a Rinsch le costó caro: fue expulsado por la compañía productora durante la edición del filme ante el supuesto escaso protagonismo de Keanu. Y esto, paradójicamente, es lo más ponderable de un filme donde Sanada guía la película, Asano desafía, Kikuchi hechiza y Reeves... es Reeves.
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  • Actividad paranormal: Los marcados
    El terror sale de las casas

    Resultó evidente que otro capítulo de Actividad paranormal no soportó el formato repetido de eventos nocturnos dentro de una vivienda. En la parte cuatro predominaron los sustos diurnos y en este nuevo filme muchas acciones sobrenaturales se trasladaron al exterior o viajaron hacia otras casas para desdibujar (¿o dar un respiro?) a la esencia de la saga.

    En este filme predomina la cultura mexicana. Tanto el castellano como el inglés se funden en un argumento donde Jesse (Andrew Jacobs) y Ali (Moly Ephraim) buscan desentrañar extraños sucesos alrededor de sus amistades.

    Película entre voyeurista y curiosa, algo chusma, donde hay que agacharse para espiar a perturbadoras vecinas (como meter una cámara remota a través de una ventilación), descubrir insignias diabólicas y un extraño legado. Todo, entre la sangre, los símbolos en libros ocultistas y las curvas femeninas: agotadora fórmula que busca dejar su marca.

    En esta realización predomina la cámara en mano y ya nos olvidamos de las grabaciones fijas y cenitales. No más cámaras de seguridad en viviendas, todo es dinámico como el ritmo agitado de filmación y las costumbres adolescentes de sus protagonistas, donde algunos desarrollan poderes sobrenaturales y se comunican con espíritus no a través de la copa o la tabla ouija, sino del minijuego de memoria Simon. Verde es “sí”, rojo es “no”.

    A destacar, el continuo tributo a otros filmes de género (con El proyecto Blair Witch a la cabeza) que se metaforiza con un paneo hacia estantes repletos de películas en dvd. Y la alevosía en el constante foco de la cámara, que jamás pierde su eje y siempre queda apuntando hacia la acción, por más que un auto te choque de costado a toda velocidad. Se viene un 2014 con cambios.
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  • Ritual sangriento
    La sangre con letra entra

    Suspenso, sordidez y fanatismo en una historia muy subrayada.

    “Nadie salvo Dios”. La justificación divina encadena las acciones más importantes de Ritual sangriento, filme sobre una familia que parece ajena al tiempo. Ellos son los Parker: viven atados a su fervor religioso en las afueras de un pueblo. Y esconden una perturbadora tradición que se camufla bajo los designios del Señor.

    La intempestiva muerte de Emma Parker (en esta película el plano detalle del sufrimiento no es ajeno) abre una crisis adentro del clan, literalmente, dominado por Frank (Bill Sage) quien con puño de hierro cría a sus hijas adolescentes: Iris (Ambyr Childers), quien se tiene que hacer cargo del pequeño Rory (Jack Gore) ante el fallecimiento de su madre, y Rose (Julia Garner), con una mirada penetrante, gesto exageradamente adusto y una actitud muy adulta que no condicen con sus 14 años.

    En este filme todo se remarca, subraya doble, para evitar malos entendidos Si se ve la imagen de un cordero muerto, no será casual, se estará ante eventuales víctimas. Físicas y psicológicas, componentes que van de la mano durante todo un metraje regido bajo la palabra de Dios. Como si desde el más allá el destino familiar está digitado y deba cumplirse a cualquier precio. La película, basada en Somos lo que hay (una producción mexicana del 2010 del director Jorge Michel Grau), tiene una esencia de thriller que se monta al suspenso del comienzo, donde habrá que entender el porqué del temprano final de la señora Parker debido a unos espeluznantes temblores, con sangrado incluido.

    Ritual sangriento muta hacia lo policial y posee escamas aventureras. Así, este filme pasea por los rincones (y mazmorras) de una tenebrosa vivienda y el raid por descubrir el origen de una serie de desapariciones. Y en esa división de géneros, pierde fuerza el argumento y las imágenes nocturnas -inquietantes en un principio- luego se licuarán dentro de una inapropiada banda de sonido (música country, un tedioso piano), lo que desdibujará la tensión de un filme que busca salvarse con una misteriosa enfermedad que tiene una repugnante causa.

    Para disfrutar del filme hay que enfocarse en las niñas y las peculiares costumbres alimenticias de los Parker. Ellas son como fantasmas, que acatan y casi nunca se opondrán a su padre. En ese “casi”, está la diferencia. El germen de la violencia. Y raíces de sus hábitos.
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  • Jackass: el abuelo sinvergüenza
    Un chiste envejecido


    Espectáculos

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    Un chiste envejecido

    19.12.2013
    Por Pablo Raimondi

    “¿Cuál es el secreto de la comedia? El ritmo cómico”. Ese consejo, de abuelo a nieto, del octogenario Irving Zisman (caracterizado por Johnny Knoxville) a Billy (Jackson Nicoll) choca de frente con Jackass: El abuelo sinvergüenza.

    Lo que debería haber quedado como un personaje más de la vieja serie de MTV, devenida en filmes (con resultados desiguales), pasó al grado de película unipersonal que agota, con sólo ver 20 minutos de rodaje, casi todos sus recursos humorísticos. A saber: flatulencias, escatología, genitales (o hablarle a su pene y decirle “somos libres” al enterarse que enviudó) o endulzarle el oído a cuanta mujer se le cruce y causar, por más que sea a propósito, un estado de vergüenza ajena que tiene un carácter más fantástico que comedístico.

    Knoxville, co creador de los disfuncionales Jackass, parece que tiene cierta fijación por los clubes nocturnos y sus personajes o predecir lugares comunes de una comedia negra, como que un cadáver se caiga de su ataúd, en plena ceremonia religiosa, o, bien, una anciana muerta como protagonista de una road movie desde el interior de un baúl.

    Si se puede rescatar algo de este filme es el papel del pequeño Jackson Nicoll, con rostro imperturbable ante las ridículas charlas que tiene con los adultos. Y una sangre fría total para afrontar situaciones ante los incrédulos ojos de sus eventuales (y dudosos) testigos de correrías junto a su abuelo.

    En este filme, Jeff Tremaine (la otra pata de Jackass y director de las incursiones de los muchachotes en cine) se empecinó en arruinar las pocas buenas ideas con las que contó el filme, como el caso del concurso de belleza de niñas. Cuando Nicoll revea, años más adelante, esas imágenes, quizás se arrepienta de lo que hizo.

    A pesar del humor infantil de sus dementes colegas, en este filme se extrañan las apariciones grupales y desafíos de todo tipo como ocurrió en la aceptable Jackass 3D donde la brutalidad tenía ingenio y ritmo, algo que escasea en esta cuarta parte. El tono comedia con ribetes pseudodramáticos (un padre alcohólico que no acepta a su hijo) no encaja en la esencia de Knoxville y cía. Olvidable.
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  • A la deriva
    El precio de la mentira

    La tierra roja de la provincia de Misiones se mezcla con la sangre de negocios turbios. Ramón Antúnez, un peón de aserradero, es despedido de su trabajo y busca changas por todo el pueblo.

    De repente, una imagen de un cuerpo inerte flota en las aguas del río Paraná. Una ruptura. Así delimita el director Fernando Pacheco, el precio del trabajo y la vía “alternativa” del éxito.

    Los problemas de dinero acechan a Ramón quien es tentado por El polaco (Julián Stefan), su cuñado. El es un pescador que hace de sus silencios un idioma, actúa sin decir palabra, y se mete en terreno espeso: trabaja para el narcotraficante Leiva (Juan Palomino) transportando cargamento, en bote, desde la costa paraguaya hacia terreno misionero. Hacia esa jungla “arrastra” a Antúnez para ganar plata fácil y asumir riesgos.

    A la deriva tiene la particularidad de mostrar a las mujeres (las hermanas Lidia y María) como si fuesen fantasmas, que acatan, agachan la cabeza y jamás se rebelan a sus maridos. Ellos se mueven con total impunidad, entre bellas imágenes del paisaje litoraleño.

    Con la noche como refugio, los compadres irán con las mercancías de una costa a la otra, pero uno de ellos se quedará con una parte, mentirá a su patrón y pagará.

    A la deriva es un filme que queda corto de metraje y debería haber ahondado más en sus protagonistas y disímiles destinos.
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  • Esclavo de Dios
    La hora del espanto

    “Es la vida que tenemos. Es el espanto”. Con esta expresión, David Goldberg (Vando Villamil), un implacable agente del Mosad, resume su oficio y por lo que viajó al país: un alerta de ataque terrorista en la Argentina. Lo peor se desató aquel 18 de julio de 1994 cuando una explosión frente a la AMIA se llevó la vida de 85 personas.

    El comienzo de Esclavo de Dios va al nervio: imágenes de atentados en todo el mundo. El director venezolano Joel Novoa Schneider mete al espectador (algo forzadamente), en un tema difícil, sensible y al que se le debía tomar el pulso con valentía: el terrorismo.

    Líbano, 1975, un pequeño Ahmed Al Hassama ve cómo su padre es asesinado. Luego es reclutado por la guerrilla, será un experto en explosivos y deberá refugiarse en Caracas. Es 1990 y el libanés rehace su vida en Venezuela como médico cirujano bajo la identidad de Javier Hattar. Forma una familia y reza, a escondidas, en dirección a La Meca, ocultando su origen islámico a los suyos.

    Desde Buenos Aires es llamado para alistarse al llamado de Alá e inmolarse en su nombre. Abandona a su familia y se reúne con una célula terrorista en Villa Luro.

    Esclavo de Dios explora en la teoría del tercer atentado -incluyendo el de la Embajada de Israel (17/3/1992)- donde Ahmed debía detonarse, junto a una van repleta de explosivos, frente a una imponente sinagoga. Pero algo fallará.

    El director venezolano enfoca a su filme desde los opuestos, el israelí David y el palestino Ahmed (Mohammed Al Khaldi), a los que aunará desde sus ritos religiosos.

    También los unirá el temor, el del extremista al saber que se acerca su momento suicida (atención a la grabación del juramento), el del agente, de que su gente sea víctima de otro ataque. En este filme, cada amanecer parece atravesado por la tragedia, el estremecimiento es inminente. Para evitarlo se muestra un logrado paso a paso en los trabajos de inteligencia.

    La acción está en la psiquis de cada personaje, la procesión va por dentro. Y por más que la escena del tiroteo final deje mucho que desear (por su precaria actuación y dinámica), la pulsión del miedo devora en esta película al guión más temido: el de la realidad.
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  • Este es el fin
    Humor y redención con nombre propio

    Una propuesta original donde seis muchachos se refugian en una mansión ante un clima apocalíptico. Y cada actor hace de sí mismo.

    En un 2013 donde muchas parodias y comedias fueron para el olvido, Este es el fin es una brisa de aire fresco que demuestra cómo hacer reír sin caer en lo grotesco.

    Mezclando tópicos tan disimiles como apocalipsis, excesos y redención, esta película goza de una peculiaridad. Bienvenidos los actores que hacen de ellos mismos y juegan irónicamente con la vida personal, como así también dan guiños hacia sus filmes. No se ponen al hombro papeles estúpidos.

    Seth Rogen (sí, el director) junto a Jay Baruchel van a la inauguración de la mansión de James Franco (más civilizado que en Spring Breakers: viviendo al límite) donde -positivamente- no reina el descontrol típico de estas reuniones sino más bien un espíritu lounge . Se acaba la bebida y la dupla va por más al mercado y allí... comienza la verdadera película con una explosión que quiebra la tranquilidad y se desarrollan una serie de abducciones hacia el cielo.

    Este es el fin, cuya gran parte del elenco formó parte de Piña Express (2008), es una película de interiores, donde la vivienda -que al principio parece ajena a todo colapso y causa una simpática sensación- es presa del pánico: un pozo gigante devora a varios actores en el jardín del lugar (entre ellos a la popular Rihanna) y Los Angeles es consumida bajo el fuego.

    El entorno apocalíptico que reina en el exterior se contrasta con la impericia, cobardía (vean cómo Emma Watson domina al grupo sólo con un hacha) de seis muchachotes refugiados en la casa. Pero, a pesar de todo, buscan pasarla bien. Frases como “rechacé acostarme con Lindsay Lohan”, de un Franco avergonzado, hacen que el espectador se sienta parte de esa reunión íntima cuando sus actores revelan curiosidades.

    El egoísta y carismático Danny McBride es la oveja negra del grupo. El reúne todos los pecados capitales en esa mansión que ventilará las miserias de cada uno. Y hasta hay un videoconfesionario al mejor estilo Gran hermano.

    Satirizar viejos clásicos del cine (como El exorcista) es algo demasiado visto, pero en Esto es el fin calza justo con la guturalidad y posesión de Jonah Hill (el que más se destaca) de la mano de logradas figuras diabólicas a gran escala.

    El argumento tiene un timing correcto con sus gags, justo a tiempo, sin caer en la desmesura y el desgaste del guión. Excepto cuando un tópico se repite como el uso y abuso del consumo de marihuana (que tiene una alta presencia en el filme) y la exasperante discusión sobre las eyaculaciones. Las pocas sobras de un filme con un alto vuelo humorístico.
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  • Paranoia
    Paranoia
    Clarín
    La telefonía celular ya tiene su película

    Como una pompa de jabón, el misterio de Paranoia (¿no tenían otro nombre mejor?) explota en segundos. Y el resto, defrauda. El director australiano Robert Luketic (21: Blackjack, Una rubia muy legal) mostró las cartas rápido y reveló con qué nos encontraremos: un talentoso desarrollador de tecnología -para teléfonos móviles- que es despedido de una compañía, junto a su equipo de trabajo.

    La firma es Wyatt, quien luego lo recluta a escondidas de su team para que se infiltre en la competencia y le informe de todos sus proyectos futuros. ¿Por qué? El despechado Adam Cassidy (Liam Hemsworth, cara de Los juegos del hambre) se gastó 16.000 dólares con su troupe en una noche de juerga “financiado” con créditos de la empresa que lo había echado. Entonces, a pagar, haciendo de topo. Un recurso tan ingenuo e infantil como el resto del filme.

    Liam -es imposible creerle algo, con su porte de carilindo y la soberbia de la juventud- conquista a Emma Jennings (Amber Heard), una chica que vive del otro lado del puente. Una noche de sexo en Nueva York y el chico se enamora. Pero ella lo miró a él, lo buscó.

    Así se dan las cosas en Paranoia, todo llega hacia Liam, para ello deberá cruzar ese puente que metaforiza la separación del éxito y el fracaso. Cassidy residía con su padre Frank (gran caracterización de Richard Dreyfuss) quien vive conectado a un tanque de oxígeno y, del otro lado, se establece en un lujoso departamento desde donde sus ex empleadores lo vigilan.

    Los papeles secundarios rescatan del desastre a este filme. Nicolas Wyatt (Gary Oldman), desde su rostro imperturbable y frialdad, se complementa con el de su ex socio, Jock Goddard (Harrison Ford), quien con gesto algo paternalista recluta a Cassidy y lo seduce con infinidad de placeres. Superficiales, claro, como lo es la estructura de este filme, que al igual que las carcasas de la telefonía (que desarrollan y promocionan) pueden cambiarse, pero el contenido no varía. En este caso es algo vacío, por más tecnología móvil que haya de por medio.

    Paranoia es lo más parecido a Wall Street, pero con telefonía celular de última generación, con las traiciones a flor de labios, pero sin el talento de aquel memorable cast dirigido por Oliver Stone en 1987.

    Con sólo un par de gestos, Oldman y Ford devoran a Hems- worth, a quien el protagónico le queda grande. A nivel números, en los EE.UU., Paranoia es el peor estreno en la carrera de Harrison Ford. Su trayectoria, y la de Gary, no se lo merecían. En llamas.
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  • Machete kills
    Un justiciero bien afilado

    Machete vuelve con todo su rigor para cumplir una misión presidencial: atrapar a un millonario contrabandista de armas.

    Esa sociedad Rodriguez-Trejo de once películas juntos y aquel inolvidable Navajas de Danny, cuya afilada puntería en La balada del pistolero (1995) lo puso como “el malo a seguir”, marcó en Machete (2010) el primer papel estelar del estadounidense más mexicano de todos, que se reforzó (y mejoró), con esta segunda parte.

    El realizador de Sin City: La ciudad del pecado y El mariachi, entre otros éxitos, acertó en la secuela con un producto que se alejó del gore de la primera parte aunque no perdió el carácter brutal y su humor tan particular. En esta secuela, el ex agente federal también corta cabezas y brazos a mansalva, pero parece civilizado y dispuesto al diálogo, por más que su tono seco y monosilábico no olvide la graciosa tercera persona: “Machete no twittea”, dice recio.

    En esta versión matadora, Robert Rodriguez lava un poco el tributo al cine exploitation de los ‘70 y se mete de lleno en el mundo del espionaje, como si Trejo mutara al mejor James Bond chicano.

    Vale recordar que el que se toma en serio esta saga, pierde. La trama es descabellada por donde se mire. ¿Alguien vio que el disparador de un misil atómico esté encastrado al corazón de su dueño (Marco Méndez, por Demián Bichir)? Bueno, de ese calibre es el detonante de las aventuras que Machete debe superar. Contratado por el presidente de los Estados Unidos -un mujeriego interpretado acertadamente por Charlie Sheen-, el mercenario deberá impedir que se desate una tormenta nuclear en manos de Luther Voz (Mel Gibson), un loco millonario contrabandista de armamento.

    El rostro de Trejo, tallado a pura sangre, acero y balas, dirá que “La venganza nunca muere”, parodiará los efectos 3D y pondrá a prueba su virilidad inoxidable (¡tiene 69 años!) ante Luz (Michelle Rodríguez), parche en el ojo y más brava que nunca.

    Entre las malvadas aparece Desdémona, la madama (a cargo de la bella colombiana Sofía Vergara) quien, en la cumbre de lo dantesco, muestra un brassiere armado con un par de metrallas que usa sin piedad. Y otra estrella pop se mete en el séptimo arte (ver crítica de Este es el fin), es el caso de Lady Gaga quien, fiel a su estilo camaleónico -y aquí peligroso- aparece por debajo de una máscara luego de un trasvestismo total.

    Por más que los diálogos no sean sustanciosos, Machete Kills es el vivo ejemplo de la imagen por sobre la palabra. Y así lo será en el supuesto cierre de la trilogía -anunciada al comienzo y al final del filme- donde se lo ve a Danny Trejo haciendo de las suyas ¡en el espacio! Machete puede.
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  • Memorias cruzadas
    La revolución del recuerdo

    Coproducción con Brasil, sobre un grupo de ex guerrilleros con nostalgia colectiva.

    Todo tiempo pasado no fue mejor, podría ser la síntesis de Memorias cruzadas, donde se refleja un choque de dos generaciones desde la perspectiva revolucionaria.

    “Ustedes ya hicieron todo”, es el reclamo sarcástico de un hijo a su madre. Ella es Irene (Irene Ravache), la cineasta que filma la vida de Ana (Simona Spoladore), una ex guerrillera, cuya historia se basa en Vera Silvia Magalhaes, quien en 1969 participó en el secuestro del embajador de los EE.UU.

    La directora brasileña Lucía Murat fue militante política, pasó a la clandestinidad y fue detenida y torturada entre 1971 y 1974. Ella parece retrotraerse en Memorias cruzadas hacia su opera prima Que bom te ver viva, donde documenta -con algunas escenas de ficción- el testimonio de ocho mujeres (ex guerrilleras) que estuvieron en prisión durante la dictadura militar brasileña (1964-1985).

    Su flamante filme ubica a un grupo de viejos amigos -todos ex miembros de la resistencia radicalizada- que recuerdan a su líder mientras ella atraviesa sus últimos días internada en un hospital, con planos detalle de su sufrimiento.

    Los integrantes del grupo (entre los cuales se destaca Paolo, un ex militante italiano, encarnado por el renombrado actor Franco Nero) parecen almas en pena que viven reflejados en los objetos, miran sin ver hacia un pasado de repetidas anécdotas revolucionarias.

    Los flashbacks hacia la joven Ana son fuertes desde lo fotográfico, la mayoría del filme sucede durante la noche (metáfora de una época oscura) y Murat hace un buen uso de la cámara lenta, sobre todo a nivel submarino.

    Las imágenes de archivo en blanco y negro (las reales, no las ficticias) le dan un marco histórico al filme, donde Murat debería haber escarbado más y no dividir el guión en múltiples relatos. Así, el argumento empatizaría más con un espectador sometido a las habladurías de los ex militantes.

    Por momentos, el filme hace foco en discusiones tibias (algunas acaloradas) que rescatan al azar la figura de la ex guerrillera moribunda. Y los diálogos se construyen más desde el ego personal que desde la nostalgia colectiva.
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  • El amor dura tres años
    Frases contra el flechazo

    Una road movie de autocompasión al estilo de Woody Allen.

    “El amor es una bruma que se evapora con las primeras luces de la realidad”. La frase la dice a cámara Charles Bukowski, el célebre escritor y poeta estadounidense con quien, a modo de prólogo, el realizador Frédéric Beigbeder abre su opera prima. Contundente.

    Marc Marronnier (Gaspard Proust), es crítico literario de día y cronista nocturno donde las mieles del exceso lo persiguen. Luego de atravesar por el filo judicial del divorcio (“pueden odiarse el resto de sus vidas”, les dice el juez a la ex pareja), al muchacho no le queda otra opción que hacer su luto a través de las letras. Y tiene una hipótesis: que el amor disminuye con el tiempo y no dura más que tres años. Manos a la obra.

    El director Beigbeder, muta al protagonista bajo el seudónimo de Feodor Belvedere, quien será el enigmático autor del best seller (des)amoroso. Pero poco antes que la fama toque a su puerta, los planes del novelista estallarán al conocer a Alice (la sensual Louise Bourgoin), esposa de su primo. Empezarán a frecuentarse, hacer un tour sexual (delicadamente filmado entre escenarios europeos que “no” visitan) y vivir la etapa “rosa” del amor. Que combate. Entre histerias (e historias) varias.

    “Los esposos cenan, los amantes almuerzan”, encastra Frédéric a la fuerza en el guión para ilustrar la situación de Marc, quien protagoniza una road movie de autocompasión woodyallenesca y frases hechas para sentirse identificado: “la felicidad no existe”, “el amor es imposible”, etc. O nadar dentro del desencanto: “todo hombre que sigue vivo después de los 30 es un imbécil”, piensa Marc, quien decide suicidarse. Obvio, él falla.

    Esta película siempre hace equilibrio al borde del ridículo y la vergüenza ajena, con serias probabilidades de repetirse y coquetear con los clisés de estas comedias románticas: “chica-con-vestido-rojo corriendo-taxi-en-búsqueda-de-su-amado” u “hombre-abandonado-que-ruega-clemencia-bajo-la-lluvia”. El filme, por tramos, peca de cursi, pero sale a flote por sus actores secundarios: el depredador Jean-Georges (el rapero Joey Starr) y el libertino Pierre (Jonathan Lambert), quienes -tarde o temprano- pasarán al otro bando. El de los casados, claro.
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  • Super Once: El juego final
    El efecto Dragon Ball no siempre funciona

    La tentación era grande. Luego del éxito en taquilla de Dragon Ball Z: La batalla de los dioses, la animación nipona debía pisar fuerte nuevamente en la pantalla grande local. En esta ocasión la apuesta corrió hacia el lado del fútbol con Inazuma Eleven, la adaptación fílmica del videojuego homónimo que emergió en Japón en el 2008.

    Este filme, que también fue manga y anime, tendría algo de original de no ser por la inigualable tira creada 27 años atrás por Yoichi Takahash: Super campeones, que combinó fútbol con animación y también pasó por la pantalla chica local.

    El Inazuma Eleven (o Super Once), creado por Ten´ya Yabuno, es una fantasiosa copia de las aventuras del delantero ochentoso Oliver Atom y el arquero Benji Price. Este último podría ser la musa inspiradora de Endou Mamoru, el guardameta del equipo de fútbol del Instituto Raimon, cuyos jugadores son un rejunte de nerds que no se animan a salir a la cancha. A excepción de su perseverante y exagerado arquero, que siempre los motiva para seguir adelante.

    La película tiene un argumento básico: el desafío de un equipo que busca reunir a los jugadores suficientes para sobrevivir como equipo de escuela. Pero para ello deberán enfrentar a rivales superiores a los que -increíblemente- le ganan, pero por las virtudes de ¡un solo jugador que estaba retirado del deporte! Y cuando sepan por qué... Mejor no hablemos.

    Piruetas futbolísticas imposibles, campos de juego infinitos e inexpresivos rivales es un chiste que ya vimos. Además, la animación de este filme parece rescatada en el tiempo, los dibujos podrían ser de cualquier historietista novato, y el guión, es lo más severo, como el mensaje de odio hacia el deporte más popular del mundo, que proviene desde otro lado de la galaxia. Y jamás sabremos por qué. Mención aparte a los trucos futbolísticos: el tiro del ave fénix o el del tigre (Steve Hyuga en Super Campeones tenía uno igual), ejecuciones de a dos o tres jugadores. Repetimos, todo esto ya lo vimos.

    Son llamativos los cortes entre secuencias (dignas de tanda publicitaria) lo que presagia un destino televisivo. Atención a ver cuando un pedazo de estadio cae en la cancha como boicot del juego, o que un equipo de colegio enfrente a ¡los mejores del mundo! En fin, la lógica escasea y los recursos se repiten, como “la mano fantasma” que parece ser la única herramienta de Endou para evitar goles. La tentación tiene sus riesgos.
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  • El abogado del crimen
    Trampa y velocidad

    Thriller con violencia, sexo y un elenco plagado de estrellas.

    Un guepardo persiguiendo a una liebre. La sagacidad felina, la velocidad, el instinto. Un singular comienzo para El abogado del crimen, lo nuevo de Ridley Scott, quien prometía dejar al espectador bajo sus garras con una historia que conjuga sexo, tráfico (de todo tipo), violencia y mucha sangre entre las ciudades limítrofes de El Paso (Texas, Estados Unidos) y Ciudad Juárez (México).

    Si a esto se le suma un envidiable quinteto actoral (Michael Fassbender/Penélope Cruz/Camerón Díaz/Brad Pitt/Javier Bardem), el éxito parece asegurado. Pero no.

    El realizador de Gladiador, Alien: El octavo pasajero, Hannibal, entre otras joyas del séptimo arte, se confió en El abogado del crimen con una historia simple de mejicaneadas varias, diamantes, drogas, cadáveres y un ¿forzado? giro hacia los consumidores de películas snuff , supuestas grabaciones, sin efectos especiales de por medio, de asesinatos, violaciones, torturas y otros crímenes.

    Scott y el célebre escritor Cormac McCarthy (en su debut como guionista) pusieron todas las fichas en los atributos de la dupla femenina de Vanilla Sky, a quienes parece no afectarles el paso de los años sobre sus cuerpos.

    Cameron es Malkina, quien conjuga velocidad, sensualidad y aura de muerte: el núcleo del filme. Los tatuajes leopardinos de su espalda aúnan su espíritu depredador. Ella no duda, actúa, y no vacilará en enviar a cortar cabezas (literalmente, si no vean la escena de la ruta) a quien se le interponga en sus maquiavélicos planes.

    Penélope es Laura, la enamorada esposa de El abogado (Fassbender) del que jamás sabremos su nombre: dato no menor. El se deja llevar por la tentación por más que su vida sea plena junto a su mujer. La vida les sonríe a ambos, pero el dinero (fácil) siempre tira más.

    El abogado del crimen tiene cierto espíritu retro, con una estética ‘50-’60, muebles art deco y personajes antagónicos como Reiner (Javier Bardem), el ostentoso amante de Malkina, quien maneja los hilos de un misterioso botín. Su antítesis es Westray (Brad Pitt), un intermediario con cierto toque bohemio, desprejuiciado y quien piensa que el riesgo ni siquiera lo rozará. Atrapa desde lo simple y así seduce a El Abogado para atravesar un sinfín de traiciones y esquivar balas. “El problema no es caer, sino lo que arrastrás contigo”, le dice Pitt a Fassbender. ¿Un presagio sobre esta obra de Scott con su troupe estelar? Quizás.
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  • Sola contigo
    Cuando la muerte sigue tus pasos

    “Llamo para decirte que en cinco días vas a morir”. En chiste o en serio, esa frase perturba, cambia el eje, eriza la piel, hiela la sangre. Una amenaza telefónica irrumpe en la vida de María Teresa (la ibérica Ariadna Gil), jefa de personal de una empresa, y quien -aunque parezca algo insensible y distante- debe convivir con el sufrimiento.

    Su memoria intenta esconder un pasado turbio: un accidente automovilístico que marcó su vida. Pero no como víctima, sino como victimaria. Atropelló a una mujer embarazada, estando alcoholizada, y escapó. Selló su destino y disparó una persecución mortal.

    Sola contigo atrapa desde el comienzo. Por más que desarrolle una idea ya explotada (el acoso telefónico), el argumento abre laberintos misteriosos donde se despliegan personajes singulares. Está Alberto (Antonio Birabent), el pedante jefe de Teresa y antiguo pretendiente, que parece obsesionado por ella. También Ezequiel (el chileno Gonzalo Valenzuela), un playboy que seduce mujeres solas en los bares para luego estafarlas. Y también Flor (Sabrina Garciarena), la incondicional secretaria de María, fiel, aunque metida. Todos están en la mira.

    La actriz española es lo mejor de la película, ella carga con toda la tensión y emoción, si ella fracasa, el filme también. Su rostro perturbado y manejo de los tiempos es creíble y sostenido a pesar de lo predecible del argumento.

    La película, desde la segunda mitad, se torna repetitiva, se sabrá cuándo sonará el teléfono, quien hablará y qué dirá. La distorsionada voz en off intimida desde su timbre gutural y marca los tiempos de un filme que, cuando parece bajar por un tobogán, aparece Esteban Fuster (Leo Sbaraglia, el otro protagonista). El asume un jugoso doble rol: justiciero-acosador quien investiga a María y la sigue (a una distancia polémica) para dar con esa voz telefónica que sofoca a la mujer y lleva hacia un interesante plano de redención.

    En este filme de Alberto Lecchi (director de las series de TV Nueve lunas y Mujeres asesinas) los actores secundarios están encorsetados al guión, rígidos al diálogo de un argumento que atrapa al comienzo y sorprende, y puede confundir, sobre el final.
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  • Desierto verde
    La denuncia ejemplar

    La deforestación, la desertificación de los suelos, el avance de la soja sobre la agricultura, el polémico monocultivo y, sobre todo, el uso de agroquímicos son los temas que plantea Desierto verde.

    Este documental de Ulises de la Orden (Río Arriba, 2004) es un brillante trabajo periodístico que acopia una multiplicidad de fuentes de varios puntos del globo. Pero el desafío de encarar un tema con tantas aristas se resuelve con una coherencia (y cohesión) narrativa acompañada por un trabajo de archivo notable y una cuidada presentación de los entrevistados.

    El documental toca varias campanas, no emite juicio de valor alguno y deja que la contundente información hable por sí sola. Así escucharemos la palabra de empresarios agropecuarios como Gustavo Grobocopatel y los testimonios de bioquímicos, médicos, ingenieros agrónomos como así también la explicación del negocio de la soja desde potencias importadoras como China e India. Desde este último país asoma la doctora Vandana Shiva quien, en forma clara y precisa, detalla las ventajas de la agroecología y confronta al negocio de la soja y sus usos.

    Lo fuerte de Desierto verde es el seguimiento del juicio hecho a dos productores rurales y un aerofumigador de agroquímicos en Ituzaingó, provincia de Córdoba. Algunos de sus habitantes sufrieron secuelas graves (y hasta mortales) por el supuesto abuso de fertilizantes y sus consecuencias: cáncer, tumores cerebrales, deformaciones y casos de leucemia.

    En este documental hay que prestar mucha atención a cada declaración y dato que se vierte. Es grave, es serio. Y emociona. Como el testimonio de Walter, que logró hacer enmudecer a la sala del tribunal con su duro presente. Una denuncia que sirve de ejemplo.
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  • Lluvia de hamburguesas 2
    Cuando la comida amenazó al mundo

    La búsqueda del reconocimiento (tanto profesional como paternal) dispara otra vez las aventuras de Flint Lockwood, el joven inventor quien enLluvia de hamburguesas creaba una máquina que transformaba agua en comida. Y la situación, se le iba de las manos. En esta ocasión su misión es distinta. Luego del ínfimo repaso que se hace sobre el filme anterior, la mirada se posa sobre The Live Corp Company, la firma del carismático Chester V -otro científico y musa inspiradora de Flint- quien parece siempre sereno y tiene un perturbador aire mesiánico. El reclutará (y engañará) a Lockwood. La máquina de Flint, perdida en una parte de la galaxia, es recuperada pero no se le dará el fin bonachón de antaño sino que le dará vida a los alimentos ya creados, el mundo de las “zoosobras”. Y así asoma lo mejor del filme: la imaginación en la creación de criaturas. Veremos la temible hamburgaraña, las sushiovejas, una tierna frutilla con ojos y a la meteoróloga Sam Chispas más intrépida que nunca. Ella, que eclipsa a Flint, lo acompañará para superar decenas de peripecias en Isla Bocado como atravesar un pantano de jarabe. La paleta de colores que deslluvia de Hamburguesas 2: la venganza de las sobras animación computarizadaEE. UU., 2013. 95’, atpdecody cameron, kris pearnsalashoyts abasto, Village caballito Muy buena GGGG crítica pliega el filme es muy llamativa, su estética tiene más de dibujito animado clásico que de un trabajo computarizado -como fue la primera parte-, la acción de 2009 era más intensa y el desarrollo de los personajes acorde a un público preadolescente. En esta secuela es al revés, los más chiquitos estarán a gusto, mientras que los mayores difícilmente se entretengan. En medio de la acción, donde predomina el trabajo en equipo, Lluvia de hamburguesas 2deja un mensaje moral, antibullying, que destaca la importancia de los amigos y la familia por sobre el éxito y fomentación del ego. La soledad. Al igual que en la primera, es recomendable quedarse a ver los créditos finales y transportarse a un universo más bidimensional con los personajes haciendo de las suyas. ¿Se viene la tercera?
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  • La Guayaba
    La Guayaba
    Clarín
    El grito que esconde dolor

    La cruda historia de Florencia, una de las tantas víctimas de la trata de personas. Con Lorenzo Quinteros y Marilú Marini.

    “Lo lindo se termina rápido por acá”. Esa frase de Bárbara, una especie de madama que regentea un prostíbulo en un lugar perdido de la Argentina, es una herida abierta en La guayaba, la película del director Maximiliano González, quien abordó con mucha seriedad el tema de la trata de personas.

    El filme parte en Puerto Iguazú, Misiones, donde la tierra roja y el potente caudal de las cataratas enmarcan la vida de Florencia (Nadia Ayelén Giménez), una chica de 17 años que viaja engañada a una casa de familia. Su tranquila rutina adolescente, acompañada junto a su hermano, con quien contempla las estrellas o sumerge en aguas turbias, se ve truncada ante el sórdido grito de la prostitución y sus siniestros personajes.

    En ese bar, el tiempo no corre, o al menos así lo refleja González, todo es un eterno y dramático loop donde asoman las miserias y necesidades de los personajes secundarios. El Oso (Lorenzo Quinteros), el abatido barman del lugar, quien con la mirada siempre baja gatilla cada noche su arma hacia la oscuridad. Raúl (Raúl Calandra), el amenazante dueño del boliche que viola a Florencia (“un cliente, un plato de comida, si tenés hambre los hacés salir más rápido”) y controla todo. Y Bárbara (Bárbara Peters), cuyo bálsamo a su rostro pétreo y ojos llenos de dolor son las eternas rondas de whisky.

    Verán al cliente abusivo que se encierra en una fantasía unilateral, el dialoguista, el callado: una paleta de hombres a los que Flor se ve sometida diariamente. Y ella lo refleja con gestos de ausencia.

    Luego de los primeros 40 minutos, La guayaba se estanca, cada noche es igual, el filme pierde su foco de denuncia y se repliega sobre el dolor de Florencia. La dramática puesta en escena, repleta de opacidad y con cierta impronta televisiva, no ayuda en el guión. La tensión deja lugar a la depresión, melancolía y las pulsaciones del filme bajan. Muy lentamente.

    El electroshock llega con Marilú (Marilú Marini), un travestido y logrado personaje que le otorga una vuelta de rosca al filme. Ella se camufla como cliente exclusivo de Florencia, siempre paga doble, toma ginebra y tiene una misión crucial: liberar a la chica.

    Pero la película navegará en la medianía hasta desembocar en un final algo espectral, cíclico e innecesariamente sangriento. Lo cruel, será la realidad: “según el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, desde 2008, en Argentina se rescataron más de 3.500 víctimas de trata de personas”.
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  • Escape imposible
    El desafío de la fuga

    Stallone y Schwarzenegger unen fuerzas para huir de prisión.

    Podemos decir que Escape imposible es un aperitivo antes de Los Indestructibles 3, a estrenarse en 2014, o que la dupla Schwarzenegger-Stallone le tomó el gustito a eso de trabajar juntos y enfrentar, codo a codo, a villanos de todo tipo.

    Pero lo que sí se nota en este filme del sueco Mikael Hafstrom (1408, El rito) es que estos héroes sexagenarios del cine de acción, se divierten. Y mucho. Hacen casi de ellos mismos, en forma relajada, y Arnold muestra costados inéditos, como hablar en alemán, hacer chistes (sin caer en el ridículo) o tirar guiños a su filmografía, donde las balas caerán y caerán.

    El argumento parte con Stallone en la piel de Ray Breslin, quien tiene el peculiar trabajo de testear cárceles de máxima seguridad: pasa un tiempo recluido en prisión y luego -con recursos de lo más desopilantes- escapa. Y escribió un libro donde explica los secretos para construir una penitenciaría inexpugnable. Error.

    La primera parte del filme está bien ensamblada y tiene la cuota de intriga necesaria para conocer las cualidades de Breslin. Hasta que acepta un último trabajo luego de ocho años de exitosas fugas.

    De allí en adelante, Escape imposible encerrará al espectador para no largarlo hasta el final. Lo asfixiará entre las paredes de “La Tumba”, una colmena vidriada que reúne a los criminales más peligrosos de todo el mundo.

    Allí parará Ray, engañado, quien conocerá a Emil Rottmayer (sí, Schwarzenegger ) y juntos harán lo que mejor saben. Usar sus músculos, pero con inteligencia.

    Ubicada en un punto enigmático del planeta, y con guardiacárceles enmascarados que le dan un toque futurista al filme, la prisión será escenario para que los protagonistas se luzcan mejor juntos que por separado, usando todos los artilugios posibles para descubrir los secretos del presidio. Y con un desenlace bastante sorpresivo.

    Lo que no se comprende es por qué Håfström desperdició a un actor de la talla de Sam Neill para colocarlo en un rol pequeño, como el médico cómplice del presidio. Hubiese encajado mejor haciendo de Willard Hobbes, el mandamás de “La Tumba”, encarnado por el inexpresivo Jim Caviezel (La pasión de Cristo), quien con cierto aire (ridículo) al Silencio de los inocentes diseca mariposas mientras escucha música clásica.

    Si Arnold brilló en El último desafío y los fanáticos de Syl aguardan el estreno de El ejecutor, con Escape imposible este dúo de la acción demostró que le sobra pericia a pesar del paso de los años.
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  • Carrie
    Carrie
    Clarín
    Adaptación edulcorada

    Pocas películas de terror tienen una imagen tan iconográfica como la de Carrie, la adaptación de la novela de Stephen King: joven ensangrentada, fuego de fondo, mirada perdida, telequinesis mortal. Y como casi todos los clásicos de terror fueron reversionados: ¿cómo iba a faltar esta joya de Brian De Palma? El resultado fue una innecesaria remake luego de la fallida Carrie 2: la ira (1999) y el film homónimo para tv de 2002.

    La directora Kimberley Peirce (Los muchachos no lloran) acertó en adecuar el clásico de 1976 a los tiempos que corren. No recurrió a la tecnología y recursos de hoy para recrear el tiempo pasado, solución facilista en los filmes de este tipo, sino que se metió con el bullying y las redes sociales, cara y cruz de la juventud.

    A Carrie White (Chloë Grace Moretz) la ubicó bien lejos del estereotipo de sus bellas compañeras de colegio que se burlan de su primera menstruación: ella es bajita, tímida, su vestimenta parece anticuada y, para colmo, es sometida al fanatismo religioso de mamá Margaret (Julianne Moore).

    En lo que falló la cineasta estadounidense fue en edulcorar la historia de la joven poseedora de poderes sobrenaturales. Carrie no va al hueso, los personajes secundarios no son tan severos (es más, en 1976, John Travolta aparece como un novio golpeador), la joven White no intimida cuando muta de ángel a demonio como su predecesora, su dócil carácter pierde credibilidad en el momento de los efectos mortales. Le falta emotividad, sangre, pero no de la de utilería, que sobra, sobre todo en el baile de graduación final.

    A pesar de tener la mayoría de diálogos calcados del filme original, esta versión se corre muy poco de la estructura madre. Entonces, es inevitable -y aconsejable- poner blanco sobre negro: el inigualable papel de Sissy Spacek es más decidido, adulto, sexual y expresivo que el interpretado por la actriz de Kick Ass I y II, Déjame entrar y Sombras tenebrosas, quien posee un exagerado poder sobrenatural, destruye objetos con la mente y fuerza levitaciones. Pero su halo inocente, jamás la abandona.

    En Carrie se destaca la banda de sonido y el atormentado rol maternal de Moore, quien es abrazada por el sombrío mundo de su casa, con un Cristo que se desangra y cuchillos que vuelan. Ella se autoflagela y aparece siempre con el pelo revuelto, como una bruja.

    Si la cámara lenta fue el recurso ideal para el deambular espectral de la clásica Carrie en el salón en llamas, en 2013 se abusó en proyectar, desde varios planos, a la sangre de cerdo derramada sobre la joven. O ver al detalle, como un rostro atraviesa un parabrisas. En fin, la leyenda no se mancha.
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  • Los elegidos
    Visitantes en casa

    Si no puedes asustar, sugestiona. Esa parece ser la premisa de Scott Stewart (Priest: el vengador, Legión de ángeles) a la hora de plantear un thriller psicológico muy bien logrado. Y si el temor llega desde el cielo y con cierto aire Los expedientes secretos X, mucho mejor.

    Ya sabemos que a la hora de ver este tipo de películas de fenómenos paranormales en clave extraterrestre -con abducciones incluidas-, la mente se dispara hacia las históricas Juegos diabólicos y Encuentros cercanos del tercer tipo. Pero en Los elegidos encontramos el sello del suspenso en manos de los productores de Actividad paranormal y La noche del demonio.

    La historia parte con Daniel (Josh Hamilton) y Lacy (Keri Russell), una pareja estadounidense de clase media-alta que se las ve feas a nivel económico. De antemano, la realidad preocupa más que la ficción, hasta que Sam (Kadan Rockett), el menor de los niños, comienza a percibir la presencia de intrusos dentro de la casa. La noche siempre será cómplice y los Barrett recurrirán a (cuándo no), las cámaras de seguridad de la vivienda para detectar las extrañas manifestaciones.

    Hasta allí, un comienzo típico para estos filmes, pero todo se complica cuando en la oscuridad se registran movimientos (atención a la iluminación y la atrapante banda de sonido) donde los objetos caseros parecen tomar vida propia (hay cierta obsesión con los juguetes infantiles) y “el hombre de los sueños”, un ser causante de pesadillas en los pequeños, buscará los ojos de ellos como trofeo onírico. O es lo que ellos creen.

    La sugestión -y los ruidos, fuera de campo, que atraviesan la vivienda familiar- desenvuelve un papiro de suspenso, donde el terror deja lugar a la intriga y a saber con qué se encontrará la familia al día siguiente. Así, verán objetos apilados misteriosamente, una heladera saqueada y, lo más perturbador del filme, cómo cada uno de los habitantes de la casa deambularán como sonámbulos, contactados por “ellos”, Los Grises, logrados entes del más allá.

    Cada uno en la casa cumplirá su rol y el protagonismo irá saltando de uno al otro, un método eficaz para este tipo de obras donde casi siempre la acción se centra en un personaje. Aquí no.

    Entre tanto dinamismo, este filme tendrá sus “tributos”: el giro hitchcockiano (Los pájaros) con las aves estrellándose contra los cristales de la vivienda, emparentarse con la Milla Jovovich de Contactos de cuarto tipo o, la investigación y los mensajes de Señales con Mel Gibson. Esta película mezcla diferentes formas de encarar la presencia de seres de otros mundos , y es de lo mejorcito de este 2013 atestado de terror-suspenso, pero escaso en calidad.
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  • Riddick
    Riddick
    Clarín
    Rápido, furioso y futurista

    La tercera parte de Riddick demuestra por qué a Vin Diesel le sienta tan bien el papel de antihéroe de un mundo lejano. Luego de Pitch Black (2000) y, cuatro años después, La batalla de Riddick, el calvo y musculoso actor estadounidense guardó en el placard las características “terrenales” de Dominic “Dom” Toretto (de Rápidos y furiosos) para asomar con su contundente papel futurista.

    La secuela había quedado cerrada con la coronación del convicto Richard B. Riddick (que tiene la particularidad de ver en la oscuridad) y pertenece a la raza súper humana de los furyanos. El había derrotado a Lord Marshal, rey de los temibles necromongers y letal conquistador galáctico. Pero en esta nueva película, el protagonista sufre la traición de Vaako (Karl Urban) quien cree haberlo asesinado y lo deja librado a su merced en un planeta árido, desolado.

    Desde ese momento, comenzará la reconstrucción del protagonista, como si el director David Twohy (El escape perfecto) hiciese volver a Riddick a un estado primitivo. No por nada el entorno con tonos ocres recuerda a Marte, y su fauna es una versión prehistórica-apocalíptica de lo que nos enseñaron en el colegio. Vale tener un mínimo repaso de las precuelas, para empatizar mejor con el nervio de este convicto.

    El largo, y algo tedioso proceso de adaptación de Riddick en el inhóspito suelo, su forma de sobrevivir y el costado “humano” que adopta cuando cría a una especie de dingo, un perro salvaje, adelantará que este filme será a fuego lento. Habrá que tener paciencia y esperar que los personajes se acomoden y encajen con su rol Así aparecerán los cazarecompensas, liderados por el español Santana (Jordi Mollà) quien se obsesiona en llevar en una caja la cabeza de Riddick. El será bastante caricaturizado, y también golpeado, por la temperamental Dahl (la blonda Katee Sackhoff) quien forma parte del escuadrón liderado por el capitán Johns (Matt Nable). Un grupo de once personas en búsqueda de una sola.

    Pero la oscuridad es lo que atrapa; el ámbito preferido del fugitivo, quien parece tener a su favor a los peligrosos habitantes de ese ¿inframundo? como las terroríficas serpientes-escorpión que parecen aliens. Todo está calculado en el universo Riddick, el dominio psicológico que ejerce sobre sus perseguidores es total. Puede aparecer poco en pantalla y, sin embargo, ser omnipresente.

    Luego de Stallone, Van Damme, Bruce Willis, Steven Seagal, etc… queda flotando una pregunta sobre Vin, parafraseando un filme de -otro duro- Arnold Schwarzenegger: ¿estamos ante el último gran héroe?
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  • La noche del demonio 2
    Tributos exagerados

    Resultó tentador para el director James Wan hacer una segunda parte de la original Insidious, donde se conjugó demonología, espiritismo y viajes astrales. Y también volver a su actor fetiche, Patrick Wilson (Josh Lambert), con quien se consagró en la imprescindible El conjuro, una película que con maestría (y sin alevosía) recurrió a hitos de género de terror de antaño.

    Recalculando: el cineasta malayo decidió revolver el placard de Alfred Hitchcock (Psicosis), Stanley Kubrick (El resplandor), Dario Argento (Suspiria), John Carpenter (Halloween) y su filmografía para sacar las mejores ropas y armar un pastiche cinematográfico: La noche del demonio: Capítulo 2, que: a) no asusta, b) mezcla el mundo de los vivos y los muertos (luz/oscuridad) a un ritmo inentendible, c) es una oda a sus cineastas favoritos donde, a pesar de los buenos efectos especiales, la originalidad estuvo ausente.

    ¿El guión? Una perturbadora imagen espectral persigue otra vez a la familia Lambert. La atención se depositará en el enigmático padre de familia (Josh), el pequeño Dalton (Ty Simpkins, lo mejor del cast) y en la difunta Elise Rainier (Lin Shaye), la justiciera medium que pasó a mejor vida por no soportar la espectral presencia que habita en la casona familiar.

    El fantasma de una madre atormentadora, abofeteadora y criminal o el exceso de color rojo (desde el logo del filme hasta algunas puertas y sectores de la casa), remiten al cine giallo y hacen de esta película una exageración al tributo que domina a la historia central.

    Sólo se destaca un siniestro personaje donde el trasvestismo -ceñido en un puntilloso vestido de novia negro- y su colección de víctimas, hacen a lo interesante.

    A esto sumemos que la locación es muy parecida a donde se rodó El conjuro y que Wan se empecinó en incluir, otra vez, a la pareja de nerds cazafantasmas que sólo causan gracia y le quitan seriedad a la película. Por eso, James, hay que resistirse a las tentaciones.
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  • Abril en Nueva York
    Soledad a la distancia

    A toda velocidad y como si fuese un tour cinematográfico por Nueva York, digna herencia del cine de Woody Allen y su omnipresente Central Park, el joven realizador Martín Piroyansky condimentó su opera prima a pura urbanidad.

    El filme gira en torno a Pablo (Abril Sosa), un bohemio que vive en su mundo, es idealista y muy vago. Trabajar para él es una ofensa (“yo no quiero pensar que mi trabajo es por plata”, dice) y la paciencia de su novia Valeria (Carla Quevedo) se agota.

    Ella es maître en un bar-restaurante de la zona de West Village y con lo que gana banca solita las cuentas del departamento que alquilan. El, de yapa, tiene problemas con la bebida, con todos los problemas que ello acarrea. Una pareja (despareja) de expatriados que se juntan (mitad a la fuerza, mitad por necesidad) de vez en cuando con otros argentinos.

    El acierto de Piroyansky en Abril en Nueva York es poner el foco en la soledad de los protagonistas, desde el desarraigo hasta las situaciones sentimentales. También en cómo construye los casos de discriminación laboral con sutileza, donde se marca muy bien la condición de extranjero. “Acá tenemos que hablar en inglés”, le dice un latino que entrevista a Valeria en su despacho. La maltrata feo, sinónimo del derecho de piso.

    Lo que resta en este filme es la relación casi infantil de la pareja protagonista, ella habla como si fuese una nena, duerme con un osito cuando su novio deja la vivienda, se pelean como infantes o huyen de un restaurante sin pagar, por una decisión unilateral (y caprichosa) de Pablo que, por varios momentos, da vergüenza ajena, como cuando se pone a cantar ebrio y el filme se desdibuja.

    El recurso del fuera de foco, inteligentemente usado cuando los jóvenes entran en conflicto, la aparición de un tercero (Ben, por Matt Burns) que busca seducir a la muchacha y parece “oler” cuando Pablo y Valeria están en conflicto, se redondea con una sorpresa que reacomodará los tantos.

    “Me siento feliz, pero también estoy muy sola”, le dice Vale algo desolada a una profesional de la medicina. Una frase que puede aplicarse a muchos ámbitos de la vida, en el exterior del país.
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  • Fenómenos paranormales 2
    Carrera de cine

    En 1999 la leyenda urbana que disparó El proyecto Blair Witch derivó en una secuela donde un grupo de turistas investigan, in situ, los orígenes de la leyenda.

    Pasaron 23 años para que Fenómenos paranormales 2 “adapte” esa idea con su precuela de 2011. En esta ocasión es Alex Wright (el canadiense Richard Harmon), un estudiante de cine y fanático de los filmes de terror, quien busca entrevistar a toda aquella persona relacionada con la realización de Fenómenos paranormales.

    Su señuelo hacia el terror aparece, cuándo no, en una Noche de Brujas: es el usuario de YouTube DeathAwaits666 (¿qué auténtico, no?), quien intercambia mensajes con Alex. El muchacho con sus ingenuos amigos viajan a Canadá para entrar a una macabra institución mental que sirvió de locación para el filme original. El escollo a superar es un policía, única custodia nocturna del lugar. ¡Ja!

    Lo que hizo John Poliquin con su opera prima fue no jugarse por algo distinto, sino apilar clichés de una película de terror. A saber: oscuridad por todos lados, espectros, ambientes inquietantes, linternas (la escasa luz de muchos tramos), una tabla ouija gigante, videocámaras variadas (hasta térmicas) y muertes violentas del más allá.

    A este repetido combo le sumó un ritmo alocado de filmación con varios planos inentendibles y un escapismo constante, sin pausa, que atropella las situaciones y mezcla el (mortal) destino en esta carrera de cine con obstáculos.

    Si no fuese por una banda de sonido exagerada (cuando los monstruos aparecen), casi no hay sobresaltos en este filme que se destaca únicamente por las partes que remiten a su precuela.

    Reconozcamos que las deformaciones faciales de los asesinos, los ojos que parecen derretirse y una boca estirada (¿les suena la máscara de Scream?) es uno de los pocos signos interesantes que identifican a esta saga. Si el original supera ampliamente al tributo: John, tenemos un problema.
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  • Imágenes paganas
    Homenaje sin vuelo

    La familia Moura abrió las puertas de su hogar (y archivo) para un merecido documental que honra la memoria de Federico Moura, motor de Virus, el icónico -y adelantado- combo musical de los ‘80.

    El realizador mendocino mezcló ficción (con Paloma, una fan desde los orígenes del grupo) junto a los testimonios, filmaciones y fotos de la carrera del grupo platense. Esa cruza interrumpe el vértigo documental, lo embrolla y hace perder cierta coherencia temporal.

    La cuidada obra de Federico, todo su glamour y dominio artístico en varios campos, choca con las desacertadas locaciones para presentar al resto del grupo: Julio, entre sombras, tocando el piano, el tecladista Marcelo Moura en un viaje en auto (y ruido ambiente en el jardín familiar) y hasta Mario Serra, de pantalones camuflados, gesticulando a cámara y tocando exageradamente la batería.

    Lo más jugoso llega con la palabra de Ricardo Serra, primer violero del combo platense, que cuenta sus desavenencias cuando el grupo se hizo más electrónico y menos rockero. Y cómo el artista plástico Eduardo Costa, íntimo de Fede, lo ayudó durante su enfermedad.

    Aunque Imágenes paganas tenga un amplio registro de voces y un valor de archivo sin igual, su presentación estética y guión podría haber sido más prolija. A la altura del gran Federico Moura.
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  • Starlet
    Starlet
    Clarín
    Soledad estrellada

    Rodada en Belleville, California, y dominada por torres de electricidad que puede leerse, por un lado, como un filme de alto voltaje y, por el otro, el tendido de una (incansable) mano para paliar la soledad. Jane (Dree Hemingway), una actriz porno, y la huraña anciana Sadie (hallazgo actoral de Besedka Johnson) cruzarán sus vidas por un descubrimiento monetario.

    Starlet se desenvuelve dentro de una estética con colores claros que le da un clima crepuscular, dentro de un sonido con tintes oníricos.

    El filme es repetitivo en la aceptación de amistad, los actores secundarios (una parejita hot) están de más y el factor dinero podría haber generado cierta tensión.
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  • Romper el huevo
    Hora de adoptar

    Hugo Varela, en clave de comedia y drama.

    Que reconfortante es descubrir cuando a un humorista teatral se lo lleva hacia la pantalla grande y redescubre una veta actoral.

    Hugo Varela, quien hizo cameos en Los extraterrestres (1983) y Las lobas tres años después, hoy encarna a Manso Vital, un relojero, quien (vaya paradoja por su apellido) recibe una noticia letal: padece leucemia linfática crónica.

    La inminente muerte late en Romper el huevo: la construcción de una corona, una radio donde se escucha el discurso de despedida de los restos de una mujer, el diálogo imaginario de Manso con su difunta esposa Inés. Pero una promesa de vida dominará el filme: la adopción de un niño.

    Este filme, de Roberto Maiocco, viaja desde la oscuridad hacia la luz, donde puede convivir un suicidio fallido dentro de una fábula disparatada. La película navega dentro de un relato sólido, con una ambientación teatral y cierto costumbrismo y caricaturización en la elaboración de sus personajes.

    La fantástica aparición de Pollo (Conrado Valenzuela), un chico que servirá de foco de esperanza para Manso y sus ganas de adoptar, reconstruirá su cansada existencia. Le dará fuerzas para mostrarle al pequeño esa ciudad que desconoce, como si viniese desde otra galaxia. En la escena del bar o la casa velatoria, Romper el huevo reflejará su cara surrealista. Y también repetirá ese recurso.

    A Hugo Varela se lo verá mutar desde la curvatura de su ser, con la mirada al piso (como si ya se viese bajo tierra), hacia una nueva vida. “Tantas veces he arreglado el tiempo de los demás, ahora no puedo arreglar el mío”, o “Ahí donde hay un problema siempre vas a ver un policía o dos” (mientras los uniformados se pierden en su teléfono celular), ejemplifican el registro de un filme que enseña a no bajar los brazos. Porque siempre habrá una chance para ser feliz.
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  • Dragon Ball Z: La batalla de los Dioses
    La nostalgia que da pelea

    El filme animado es para fanáticos que conozcan a Goku, respetando la serie de TV.

    La espera terminó para los fanáticos de esta historia, creada por Akira Toriyama en 1984, cuya publicación finalizó ¡hace 18 años!, tuvo sus casi 300 capítulos televisivos y una docena de películas.

    El carácter nostálgico de ver en salas comerciales a un hito animado de los años noventa planteaba dos caminos: hacer un filme que sumase nuevos adeptos a la saga o recluirse en sus seguidores.

    Este debut cinematográfico del nipón Masahiro Hosoda optó por lo segundo. Una película no inclusiva, sólo para fanáticos, donde desde el comienzo del filme hay que tener una dosis mínima de conocimiento de Goku y cía.

    El recorte del filme también es polémico, centrado en Bills, un temerario dios destructor quien despierta de una “siesta” de 39 años. Junto a su fiel (y ambiguo) asistente Wiss (quien esconde un importante secreto), viajan hacia el alejado planeta Tierra para conocer al único Dios Super Saiyajin de la galaxia. Y así poner a prueba su imbatible poder del mal.

    Lo que amenaza con ser muerte y desolación queda totalmente descartado al ver que los seres extraterrestres desembarcan ¡en una fiesta de cumpleaños! de Bulma, la esposa de Vegeta, otro héroe de la cosecha Toriyama.

    El guión, podríamos decir televisivo y que se podría haber condensado en un capítulo de la tira, se estira y estira viendo cómo el Dios de la Destrucción cae como eje en una comedia animada donde las risas están garantizadas en algunos pasajes. ¿O quien imagina a una deidad felina con look del Antiguo Egipto sucumbiendo ante un budín o gustando del sushi? Placeres terrenales que no se consiguen en galaxias lejanas.

    El polémico “modo Dios” de Goku, y la larga batalla que libra contra su rival, son algunos puntos fuertes de este filme cuya estética de los personajes no gusta moverse del original.

    Con colores vívidos y respetando al dedillo los paisajes de la serie, acá no hay tridimensionalidad ni efectos especiales de lujo. La película se encierra en la nostalgia de tiempos mejores como al escuchar a Mario Castañeda ponerle voz a Goku o a René García, haciendo lo mismo con Vegeta. Snif, snif.
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  • La noche de la expiación
    Violencia es nuestro nombre

    Imaginen que el Gobierno (en esta caso el estadounidense) avale cualquier acto de violencia durante doce horas de un día determinado del año. El castigo es abolido y se puede matar a mansalva sin pena alguna. Eso sí, se prohíbe el uso de armas de guerra y atacar a magistrados calificados. En fin.

    Entre las siete de la tarde hasta la madrugada, es la “noche de purga”, donde los habitantes del país expulsan toda su violencia y odio con el prójimo sin piedad.

    Parecía interesante la idea de los productores de Actividad paranormal, a quienes les gusta que el miedo se esparza dentro de una vivienda. Sólo simple apariencia.

    La víctima en el filme es la familia Sandin, con papá James (Ethan Hawke) a la cabeza, quienes se recluyen en su mansión (incalculable la cantidad de ambientes que tiene), pero algo falla.

    Las cadenas televisivas anuncian el comienzo de la purga con un “que tengan una noche segura”, y un complejo (pero no inexpugnable) sistema de seguridad bloquea la vivienda. La expectativa del comienzo promete un interesante perfil dramático y psicológico en base al encierro. Pero no.

    Este thriller futurista (es el año 2022) se va al pasto con soluciones predecibles y cero suspenso: persecuciones a indigentes (afroamericano, no hay caucásicos pobres por lo visto), rencores y envidias entre vecinos (adinerados), traiciones (recuerden que se podía matar a cualquiera), y un largo etcétera.

    Lo poco logrado del filme -donde la sucesión “oscuridad-ruido-susto”, se repite- son los villanos, un grupo de jóvenes ricos con máscaras sonrientes. En el grupo hay una rubia con un hacha u otra que le hace caritas a una cámara de seguridad mientras un machete afilado recorre su cuello en señal de degüello. Escalofriante.

    Lo mejor del filme es el líder del grupo (Rhys Wakefield), quien con una diabólica sonrisa negocia y comanda la invasión en la casa. Pero allí adentro el guión se fragmenta en la familia tipo: Charlie (un hijo emo y existencialista), Zoey (la hija hot con pollerita escocesa incluida) y mamá Mary.

    Algunos mensajes del filme dejarán pensando al espectador: Dallas logrando el récord en la matanza anual. “Este país me lo ha quitado todo”, expresa un ciudadano. Verdades de película.
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  • Caídos del mapa
    El sótano de los sueños

    El canchero, la linda, el sabelotodo, la tímida y la “buchona”. Si hay un estereotipo del grupo escolar, así lo reflejó la escritora y dramaturga argentina María Inés Falconi, quien en 1995 publicó el primer libro de su exitosa saga que se completó con nueve libros más.

    Este filme (¿habrá segunda parte?) se centra en cinco amigos: Federico (Felipe Corrado), Graciela (Sofía Calzetti), Fabián (Tomás Carullo Lizzio, muy seguro de sí mismo), Paula (Ailén Caffieri) y Miriam (Brenda Marks Cobas). Los primeros cuatro personajes buscarán ratearse de la clase de Geografía de La Foca, la inquieta interpretación de Karina K, cuya vista le juega malas pasadas.

    Estos alumnos de séptimo grado deciden ir al rincón más inexplorado del colegio, obviamente un sótano, donde sus tonos ocres y aspecto derruido parecen llevarlos a otra dimensión: la de sus sueños, miedos y deseos más profundos.

    Uno de los problemas de esta película es su forzada atemporalidad y ambientación, como si se tratase de una historieta. Y eso sin tener en cuenta que hoy es 2013 y no 1995. El preadolescente actual no es el mismo del de casi dos décadas atrás; todo se aceleró, cambiaron las costumbres (ejemplo, tecnológicas), por ende la inocencia e ingenuidad de Caídos del mapa, alarman. Es difícil creer que un chico de 12 años se identifique con ellos. Sí, un infante.

    Otro punto polémico es la estructura del filme, digno de un carácter más televisivo que cinematográfico. En el recorrido por los recovecos del recinto, sólo faltan los cortes publicitarios: todo está muy demarcado, la acción es tibia y posee escasa fluidez. Amén que los actores secundarios fueron caricaturizados en sus papeles y algo desaprovechados, caso Osqui Guzmán (El Plomero), quien no deja de gesticular ante la cámara.

    De los chicos, la más creíble es la “olfa” Miriam, quien logra cierta empatía con el público y siempre está al tanto de todo, y no permite que nadie concrete sus planes. Ella pasa de acusada a acusadora y manipula psicológicamente a sus amigos en el “juicio” en el sótano. Allí, los estudiantes verán una bandeja reproductora de discos como si fuese una nave extraterrestre, y se disfrazarán de lo que gusten como si estuviesen en el depósito de un circo urbano.

    El descubrimiento de un nuevo amor, la soledad, la aceptación por ser distinto y el trabajo en equipo, conviven en este film musicalizado por el grupo Miranda!
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  • La sublevación
    La crítica no fue publicada en la edición online.
  • R.I.P.D. Policía del más allá
    Veo gente muerta

    Cosa de historieta. En R.I.P.D. Policía del más allá dos difuntos pecadores se salvan de someterse a juicio y ser condenado al infierno a cambio de integrar una misteriosa fuerza: el Departamento de Policías de Quienes Descansan en Paz. Si suena ambicioso el nombre de la unidad no imaginen al enemigo: los “muertidos”, almas en pena que se camuflan entre las personas y pueden tomar formas horripilantes. Un soplón tendrá una boca enorme y otros despellejarán sus ropas al mejor estilo Hulk, de lo más colorido de esta película que representa la estética comiquera de la editorial Dark Horse, firma que publicó la historieta que da nombre al filme.

    Aquí al argumento no se le encontró la vuelta adecuada y más teniendo en cuenta que posee una estructura similar a Hombres de negro, pero con la diferencia que el Agente K (Kevin Brown por Tommy Lee Jones) y el Agente J (James Edwards III por Will Smith) eran la antítesis, aunque se destacaban actoralmente en conjunto. En esta película jamás sabremos si el actor Ryan Reynolds (en la piel de Nick) está feliz o triste, es muy opaco lo del canadiense en comparación con la correcta actuación de Jeff Bridges -Roy-, un alguacil del Lejano Oeste quien se “come” la película. El malvado en cuestión es Kevin Bacon (como Hayes, símil Sebastian Caine de El hombre sin sombra) quien busca que los habitantes del inframundo dominen la Tierra.

    Lo peculiar es que cuando la pareja protagonista baja a la Tierra para combatir a los seres (a la caza de piezas de oro), sus apariencias no son las mismas a las de su anterior vida: Nick es un anciano oriental (el inefable James Hong) cuya “arma” es una banana (sí, leyeron bien) y el recio de Roy es… la modelo Marisa Miller, quien no dice una sola palabra, su escultural cuerpo habla por sí solo. Los momentos donde se ve a los “dobles”, son los escasos lapsos entretenidos del filme, como si fuese necesario “disfrazar” a los actores para tener éxito.

    Vale posarse en las escenas en donde todo se detiene, como si fuese una maqueta. Allí es cuando el 3D se pone bonachón para darle un poco de profundidad al filme. O los continuos tributos a Los Cazafantasmas que tiene su mayor reflejo cuando en el cielo se abre un gran agujero por encima de una torre: sinónimo ineludible a la obra maestra de 1984 a la cual al director Robert Schwentke no le importó emular. Solo le faltó cruzar los rayos.
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  • Percy Jackson y el Mar de los Monstruos
    Revancha de la mitología griega

    El segundo capítulo de esta saga está mejor logrado que “El ladrón del rayo”.

    Un comienzo azulado con medusas que buscan zambullir al espectador en un mundo de fantasía. Competencias medievales que recuerdan al aspecto lúdico de la saga Harry Potter, cuyo público huérfano captura Percy Jackson y el mar de los monstruos, una secuela cinematográficamente mejor lograda que la de El ladrón del rayo ( 2010), basado en el libro de la saga literaria Percy Jackson y los dioses del Olimpo, del escritor estadounidense Rick Riordan.

    Percy, único hijo vivo de un dios olímpico (Poseidón), protagoniza este filme que cayó en manos de Thor Freudenthal (El diario de un chico en apuros, Hotel para perros) donde se combinan recursos literarios, aspectos básicos de la mitología griega y una dosis de contemporaneidad: podran ver como los papiros se manejan en tablets o el temible Toro de Colchis es un bronceado diseño robótico.

    La leyenda cuenta que Thalia, hija de Zeus, se sacrificó para salvar a sus compañeros. Su cadáver se transformó en un pino y su poder mágico creó una barrera de protección del Campamento Mestizo, reducto donde viven Percy y sus amigos. Dicho lugar peligra por el envenenamiento del árbol.

    La misión: un grupo de estudiantes deberá rescatar el Vellocino Dorado, un manto mágico con poderes de sanación en manos del temible cíclope Polifemo. Para llegar a él, Jackson y cía deberá atravesar las aguas infectadas con infinidad de monstruos marinos.

    Nuestro héroe, por el frío carácter actoral de Logan Lerman y/o directrices del guión, no asoma la cabeza por sobre los papeles secundarios. El protagonismo viaja de mano en mano: pasa por la aguerrida y soberbia Clarisse (la blonda Leven Rambin) o recae en Annabeth (Alexandra Daddario), la semidiosa hija de Atenea.

    A ellos se sumarán el chistoso sátiro Grover Underwood (Brandon Jackson) junto al personaje más aprovechado: el ignífugo cíclope Tyson (Douglas Smith), medio hermano de Percy, que usa anteojos negros para que no lo burlen por su único ojo.

    En esta película se viaja vertiginosamente de una situación a otra sin perder jamás su atrapante halo mágico-mitológico. Aunque el suspenso escasea, podremos conocer a la fantasmal portavoz de Delfos, hacer un fugaz viaje con el Taxi de la Perdición de las hermanas Gray y hasta caer en las fauces del remolino devorador de Caribdis, de lo más impresionante del filme por su gran escala.

    Hacia el final del metraje, que en ningún momento se hace tedioso, las miradas se depositarán en la gran recreación de Cronos y su poder infernal.

    Percy Jackson... es ideal para que los más jóvenes se acerquen a la mitología griega. Y así no dejen de leer. Y saber.


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  • Cacería macabra
    Todo por que rías... y mueras

    Las reuniones familiares forzadas difícilmente terminen bien. Sino pregúntenle a Paul y Aubrey Davison, quienes cumplen años de casados y deciden reunir en una (obvio) alejada cabaña en el bosque a sus hijos y respectivas parejas.

    Lo que comienza como una ríspida cena familiar termina con un certero flechazo en pleno rostro. Locura instalada por parte de tres maniáticos que comienzan a masacrar a todo aquel que se cruce en su camino. Pero se llevan una sorpresita con Erin (a cargo de la australiana Sharni Winson), la novia de uno de los hijos -casualmente el más inepto de todos- criada por una familia preppers : los que esperan una catástrofe y se preparan para ello. Ella es una mezcla de Rambo y Angus MacGyver que se las ingeniará para terminar con los ingenuos malvivientes.

    Cacería macabra más que una película de terror es una comedia gore que experimenta inusuales formas de matar. O acaso a quién se le puede ocurrir clavarle una ¡licuadora! en la cabeza a un malhechor y de yapa hacerla funcionar sobre el cráneo de la víctima.

    Los travelling alrededor de la casona al estilo Halloween, de John Carpenter, bandas de sonido homenaje de los ‘80 (podemos imaginar el acecho de Jason Voorhees) y asfixiantes movimientos en la vivienda redondean una copia mala de la irreprochable La cabaña del terror donde mostraban los clichés del cine de terror y no buscaban hacer algo serio.

    El trillado título original (You’re Next, pintado con sangre en las paredes) o la apariencia risible de los asesinos (con máscaras de tiernos animalitos) restan puntos en Cacería macabra, que sólo suma con dosis de humor negro.

    Era de esperar algo así de Adam Wingard, director de las prescindibles Crónicas del miedo: intenta innovar sin un buen resultado.
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  • Venimos de muy lejos, la película
    Una suma que resta

    “El que mucho abarca poco aprieta”, reza el dicho popular. Y en algo similar podría resumirse este, aclaremos, merecido homenaje a los 30 años del Grupo de Teatro Catalinas Sur y el medio siglo del barrio que le da nombre a este colorido ensamble artístico.

    El director Ricky Piterbarg cruzó realidad y ficción, con una forzada historia embebida en el documental. Orillando entre el cine y el teatro, este choque de géneros atropelló seriamente al guión.

    No se entiende si se está dentro de una película o una obra de teatro o el making off del filme, o un musical, o un repaso sobre el grupo teatral callejero, o un racconto de entrevistas en plan documental, o qué. Los límites son difusos, sin un enfoque argumentativo claro. Como si se hubiesen ensamblado de apuro varios proyectos cinematográficos.

    El aspecto de ficción es lo más polémico, centrado en la vida del padre del cineasta de Venimos de muy lejos. Este hombre ve a una fantasmal niña de blanco, su carácter se ve minado por problemas y los berrinches de su padre no suman. ¿Qué tiene que ver eso con los inmigrantes en plan teatral? Quizá que el anciano muestre las pocas imágenes de archivo del filme. Quizás.

    Se destaca en el fime el coro teatral y la representación de la fundación de la República Popular de La Boca junto a los pintorescos vestuarios de los actores teatrales y sus roles de inmigrantes. También se ven flashes (como si fuese un videoclip), de las escenas del Mundial ‘78, las sirenas que refieren al hundimiento del buque General Belgrano en la guerra de Malvinas, los ataques anárquicos, citas de Roberto Arlt. Si cuesta contarlo, cuesta entenderlo.

    Valen destacar la locación del conventillo (con gritos y puteadas en italiano incluidas), las imágenes nocturnas de la obra callejera que aportan por el carácter intimista. También, la repercusión del público y las entrevistas finales a los inmigrantes actuales. Pero sin cohesión, ningún homenaje cierra.
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  • El ataque
    El ataque
    Clarín
    Traición recargada

    Señor espectador: antes de mirar esta película se recomienda ver Ataque a la Casa Blanca. Aunque parezca un chiste, cuatro meses atrás, el director Antoine Fuqua también sembraba miedo en la sede de gobierno estadounidense.

    Convengamos que la originalidad escasea en las cabecitas de la industria y el realizador Roland Emmerich vuelve hacer lo que más sabe: destruir. Y la Casa Blanca parece ser su obsesión como lo hizo en Día de la Independencia o El día después de mañana.

    Lo lúdico que tiene El ataque es poder comparar personajes con su antecesora: al actor Jamie Foxx en la piel del atlético (usa zapatillas) e implacable presidente James Sawyer con el papel de Aaron Eckart como Benjamin Asher. O al ex agente de seguridad John Cale (Channing Tatum) con el custodio Mike Banning (Gerard Butler) en plan de “yo contra el mundo”.

    Ante esta clonación fílmica podremos ver algunos puntos sobresalientes.

    El ataque trepa apresuradamente a la acción cuando una traición en el entorno presidencial desemboca en la toma de la Casa Blanca. La pregunta es ¿cómo sostener sin aburrir tanta tensión a base de balas, sangre, negociaciones y (des) lealtad en las casi dos horas restantes? Ahí se luce otra vez la muñeca del alemán.

    Asesinatos a tiro limpio (no hay tanta quiropraxia mortal como en el otro filme), un completo tour cinematográfico por cada rincón del palacio gubernamental (incluido los túneles por donde “JFK metía a Marilyn”) condimentan un filme donde el presidente estadounidense deja de ser impávido, sino que es enérgico y atlético: trepa junto a su agente por el hueco de un ascensor, dispara (y mata), pelea a puño limpio, etc.

    La caída de la cúpula del Capitolio, puede recordar al 11-S, aunque Emmerich llame a no tomar muy en serio a sus películas. El uso y abuso de la cámara lenta en las explosiones (que las hay en cantidad), la loca persecución de la limusina presidencial por el parque o un helicóptero clavándose en uno de los salones de la sede de gobierno mide el grado de frenesí de un filme donde los malos actúan más por despecho y venganza familiar que por dinero.

    Mención aparte para la pequeña Joey King (Emily, la hija de Cale), quien lloró más que en El Conjuro y hasta filmó y desafió a sus captores. En Hollywood, todo vale.
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  • Las crónicas del miedo 2
    Sangre encontrada

    En vez de “material encontrado” (o found footage ) Las crónicas del miedo 2 podría crear una nueva rama de este bastardeado género: “sangre encontrada”. A diferencia de su también floja antecesora (con más suspenso y shock), esta secuela es puro fluido rojo.

    La historia que engloba todo (Tape 49) es de una pareja que ingresa a una sórdida vivienda donde encuentran cassettes con cintas de VCR por doquier y televisores. Y nuevamente se ponen a verlas.

    La primera cinta es Clinical trails, un hombre al que le hacen un implante ocular de última generación y ve fantasmas. Sólo una mínima vuelta de tuerca a la efectiva película oriental El ojo.

    El segundo VHS parece un tributo a lo más explícito del cine de Lucio Fulci, George Romero o el costado más bizarro de Peter Jackson. Sin ningún sentido del suspenso, en The Rider Park sus directores deben haber conseguido tripas al costo y maquillaje por doquier: una matanza zombie en la que sólo se rescata la crudeza de los primerísimos planos de las entrañas de las víctimas y el gruñido del muerto vivo. Con poca gracia y guión nulo, este fragmento da más para la risa que el espanto.

    La mejor de todas las historias es sin dudas Safe Heaven: un grupo de jóvenes se interna en el lúgubre mundo de una secta oriental para entrevistarlos. Las misteriosas proyecciones de las cámaras de seguridad del establecimiento escolar es lo más alto del filme. Con el mayor índice de suicidios y ejecuciones explícitas por metro cuadrado, el carácter snuff de este corto deja pensando no meter las narices donde no se debe.

    El colmo del frenesí del movimiento de cámaras y una ensordecedora banda de sonido llega con Alien Abduction Slumber Party con un grupo de extraterrestres que buscan (por agua y tierra) secuestrar a unos jóvenes dentro de un bosque. El chocante cambio de luces ante cada aparición del otro mundo (se impone el color rojo y azul) junto a un denso humo ambiental parece extraído de una detonante fiesta electrónica.

    Entrar a una habitación con amigos, mientras tu hermana hace el amor, es el calibre del chiste que busca este filme. Básico, como sus historias de ¿miedo?
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  • One Direction - Así somos
    No sólo para fanáticos

    En este documental se muestra al quinteto pop, en plena intimidad durante una gira, pero también en el trato con su familia.

    Con fragmentos del dinámico show en el O2 Arena de Londres (filmado en abril de este año), One Direction: Así somos, balancea la paleta pop del quinteto (surgido en el reality The X-Factor en el Reino Unido) junto al fervor de sus fanáticos y un interesante costado familiar del grupo.

    El frenesí de sus seguidores en el aeropuerto de Tokio o los miles que congregan en la puerta de los hoteles muestran la legión teen que los aclama a escala global. Y esto lo aprovechó el director Morgan Spurlock mostrando sus rostros emocionados, filmando pruebas de sonido, recorriendo escenarios de todo el globo y haciendo un ajustado uso del slow motion que deja notables planos en vivo con toda la profundidad del 3D.

    El documental muestra a una boy band por fuera del molde prefabricado de la industria que los deglutirá día a día. Estaremos frente al costado angelical de los muchachos, donde los excesos desaparecen por arte de magia (lo más salvaje es jugar con un carrito de golf dentro de un estadio cerrado) y cero groupies alrededor. Su diversión parece ir por otro lado: compartirán unos tiros al arco con Cristiano Ronaldo, acamparán en el bosque alrededor de una fogata (¿hecha por ellos?), o se disfrazarán para pasar desapercibidos entre sus fans: atención al barbado acomodador de ubicaciones.

    Este grupo apadrinado por el implacable jurado Simon Cowell reconoce que “odian apasionadamente bailar”, en palabras de su coreógrafo. Y aunque One Direction niegue que este documental esté guionado, varias escenas dejan un manto de duda. ¿Un ejemplo? Cuando pasan a saludar por los camerinos del Madison Square Garden el director Martin Scorsese y el actor Chris Rock.

    El costado emocional del documental se vuelca más por el lado padre-madre que por la devoción de sus fans. Es más, esa reacción masiva que producen es analizada por un neurocientífico -réplica de un cerebro en mano- quien explica los efectos de la dopamina. Un enfoque más que original.

    El documental hace un logrado seguimiento por la gente más cercana al grupo. El irlandés Niall en el casamiento de su hermana o mirando un partido de fútbol. O cómo Harry atiende la panadería familiar, muestra el contraste entre la tranquilidad de los que lo conocen de toda la vida y la locura de las giras mundiales.

    También dice presente la emoción de la mamá de Zayn cuando ve la casa que le regala su hijo, y el conmovido padre de Liam, que no para de repetir: “se me fue, se me fue”, ante el inevitable trajinar de su hoy popstar mundial. “No lo estás disfrutando todo el tiempo”, es la autocrítica de uno de ellos. Y vaya si esto será cierto.
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  • Zambezia
    Zambezia
    Clarín
    Alas para Sudáfrica

    En el corazón de Africa se alza Zambezia, la encumbrada ciudad de las aves que se prepara para las celebraciones de la Primavera.

    Hasta allí llega Kai, un joven, expresivo e inquieto halcón, al huir del nido familiar luego de discutir con su padre Tendai. La estricta disciplina y sobreprotección paternal (cuya relación puede recordar a Buscando a Nemo) se mezcla con la viudez que atraviesa y un constante sentido de culpa.

    El niño incomprendido, el que no encaja a sus raíces, toma relevancia en este filme donde el color lo es todo. Ese carácter rebelde, peculiar, puede emparentarse con este filme sudafricano, algo distinto que arriba al país, entre tanto tanque animado estadounidense.

    Lo llamativo -aparte de los plumíferos protagonistas- es que en la mayoría de estas películas animadas el guión queda eclipsado por los efectos gráficos. En Zambezia es al revés: una realización que técnicamente podría tener 20 años de antigüedad teniendo en cuenta los avances tecnológicos en filmes como Monsters University, Pitufos 2, Mi villano favorito 2 o Metegol. En este filme sólo podemos destacar algunas tomas aéreas donde se luce el efecto tridimensional.

    Es muy difícil que Zambezia genere empatía con el público adulto, pero sí con los más chiquitos, ya que la historia no tiene demasiados secretos, es simple y fácil de comprender con diálogos, por momentos, bastante básicos.

    Uno, el sueño de Kai: unirse al grupo de “Los huracanes”, halcones que velan por la seguridad de Zambezia. Dos, los malvados marabúes: unas grotescas aves de rapiña que tienen un rol importante (y cambiante) en el filme. Tres, el villano principal: Budzo, una temeraria iguana que buscará conquistar la ciudad a cualquier precio. Y no falta el momento de amor y admiración entre Kai y su alma gemela Zoe, una bella ave.

    Gogo, una excéntrica cigüeña, y el pajarraco Ezee (que siempre buscará la forma de sacar provecho con el menor esfuerzo posible) son algunos de los personajes secundarios que sobresalen.

    Con una muy buena banda de sonido (sin ser rimbombante), Zambezia levanta vuelo sola, aunque escasee en sorpresas y dosis de acción. Bien por Sudáfrica.
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  • Cazadores de sombras: Ciudad de hueso
    Una mezcla para nada efectiva

    Hacía mucho tiempo que una película de acción juvenil no se hacía tan, pero tan larga y pesada. Esta Cazadores de sombras: Ciudad de hueso, es una de las más flojas adaptaciones de una novela juvenil hacia la pantalla grande.

    Desde estas líneas se alabó a Hermosas criaturas y hasta a la vapuleada La huésped, pero lo nuevo del holandés Harald Zwart (la adaptación de Karate Kid, La Pantera Rosa 2) es poco defendible.

    La entrada al gótico-industrial boliche Pandemonium prometía un ambiente frío, desolador, rico para esta historia, en seis libros, de Cassandra Clare. Sólo prometía. Desde el momento que un demonio es muerto en manos de Jace (el anodino Jamie Campbell Bower) y flecha el corazón de la “mundana” Clary Fray (la apática Lily Collins) el filme comienza a irse de pista.

    La joven pelirroja vive engañada por su madre Jocelyn (Lena Headey), que oculta poderes mágicos. Y una Copa Mortal, es la presa. Hacia ella va Valentine (Jonathan Rhys Meyers), quien pide secuestrarla y la deja flotando en trance.

    A su rescate irán los cazadores de sombras, creados por el arcángel Raziel (extraído del Kabbalah, “el guardador de secretos”), quienes deben enfrentar ¿adivinen qué?, obvio, a los demonios del averno.

    La acción en esta película por momento es continua, no hay paz entre tanto vértigo, el uso de afiladas armas es vistosa como así también el recurso (gastado) del portal de agua hacia otra dimensión.

    Una conjunción de demonios ensamblados por cientos de murciélagos quizá sea la mejor metáfora de este filme: unir y mezclar sin ningún criterio. Los hombres lobo- que ayudan a los cazadores- que tienen parte de ángeles y humanos- que luchan contra los demonios- que usan hechizos de magia rúnica- que buscan una copa mortal… ufff, un collage que se atropella en más de dos horas.

    Este filme tiene un humor muy ingenuo (“de repente se tatuaron, pensé que eso pasaba en Las Vegas”, dice Clary), hay escenas de celos estúpidos por un beso y hasta se insinúa que J.S. Bach era un cazador de sombras. ¡Por Dios!

    Da que pensar que Crepúsculo, con todos sus aciertos y errores, era una obra clara al lado de este filme. En la saga de Stephenie Meyer los personajes tenían una identidad definida, los diálogos eran más profundos y el objetivo estaba claro. Sin embargo, Cazadores...busca facturar con el mismo público que dejó vacante la otra saga. La pregunta es: ¿a qué precio?
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  • Drácula 3D
    Mordidas sin vuelo

    El director de “Suspiria” y una versión oscura y, a la vez, risible.

    ¡Ay Dario! ¿En qué pensaba el as del giallo italiano para esta adaptación de Drácula? Con la excusa de lograr algo bien oscuro y dramático, acorde a la triste historia del conde de Transilvania, Argento recuperó -luego de varios años- al director de fotografía que trabajó en Suspiria: Luciano Tovoli.

    El fue el artífice de una atmósfera densa y fuerte para esta versión 3D, cuya estética remite a las adaptaciones del Nosferatu de F.W. Murnau o a las versiones de Terence Fisher, en épocas de la mítica productora Hammer.

    Con un rústico y exagerado aprovechamiento del efecto tridimensional -por momentos una estaca parece salir de la pantalla y mancharte de sangre-, esta interpretación de la novela del irlandés Bram Stoker está corrida en su tiempo. Por no decir que atrasa.

    El filme puede tener dos lecturas, el del autobombo hacia el cine de Argento con ese color negro y rojo (firma del giallo ) que todo lo abarca, o bien un tributo a Klaus Kinski y Christopher Lee, los vampiros más notables que dio el cine. Pero no, Dario buscó hacer “su” versión, solemne, novelada y con un decorado bien teatral que impregne de opresión cada rincón del set. Que asfixie al espectador, donde el guión navega más por el triste devenir de sus personajes que por el vuelo propio que le podría haber dado el cineasta.

    A diferencias de los históricos colmillos de antaño, Drácula 3D carece de tensión y misterio. Lo que sí sobran son senos (símbolo giallo ), sino a preguntarse por qué la pulposa Miriam Giovanelli (en la piel de Tania) aparece más veces sin ropa que con ella. El impacto viene más por el softcore (la escena del granero, un ejemplo) que por la creatividad. Perdón, a Dario se le ocurrió transformar a Drácula en una ¡mantis religiosa gigante!, entre otros bichos. Ni la figura del clásico chupasangre respetó.

    El alemán Thomas Kretschmann, en la piel del engañado príncipe de Valaquia, muta de la ternura a una ferocidad inusitada. Sin punto medio. Símbolos de la histeria y desbalance de este filme donde los roles secundarios toman protagonismo con muy poco. Lo de Asia Argento, como Lucy, es apenas correcto, Jonathan Harker (Unax Ugalde) es un suspiro y su mujer Mina (Marta Gastini) asoma entre lo mejorcito del cast con el ignoto Giovano Franzoni, en la piel de Renfield, a la cabeza.

    Párrafo aparte para Rutger Hauer, quien es de los pocos que valida el legado de sus papeles a cargo del implacable Van Helsing. El lentísimo transcurrir del filme, junto a la sobriedad en el relato de los protagonistas, no deja en claro si estamos frente a una parodia de colmillos, sangre y desnudos, o bien frente a un simple universo gótico de los años ‘60 y ´70.

    En palabras de Argento este Drácula es un romántico, pero sólo con aires de melancolía, un filme no se salva. ¡Ay, Dario!
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  • Sip'ohi - El lugar del manduré
    El fuego de la identidad

    Una chispa, la que surge luego de frotar con insistencia una vara de madera dentro del hueco de otra. El fuego. Lo arcaico, lo elemental y artesanal. Las raíces de todo. Eso es lo que rescata Sip’ohi - El lugar del manduré (premiada en el 22° Festival Internacional de Cine de Marsella), un documental que narra la vuelta de Gustavo Salvatierra a su tierra natal: Sip’ohi, en pleno Impenetrable chaqueño.

    Salvatierra escapa del frenesí urbano con un solo objetivo: armar un proyecto para que todos reconozcan la cultura indígena de la zona. “El reconocimiento no tiene que venir de otros sino de nosotros”, le dice Gustavo a Félix, otro wichi más joven que él. “Reconocimiento es afirmar una verdad”, contesta su compañero. Pero a ellos no se los ve. El audio se funde sobre las imágenes de Sip´ohi.

    Los planos largos de los paisajes y la cámara que se posa varios segundos sobre los rostros de sus habitantes (tallados por el sol), generan silencios, a veces incómodos, donde el suspenso se transforma en letargo y el filme se lentifica.

    Sip’ohi - El lugar del manduré gana en intimidad y curiosidad, reconforta siguiendo el pausado relato de las fábulas en off, donde el subtítulo atrapa (se habla en wichi en todo el filme) y las escenas del árido pueblo se matizan con el sonido de los instrumentos regionales tocados por los indígenas.

    La reconstrucción del relato en el ámbito mitológico wichi es rico en detalles (como la leyenda del tigre, dueño del fuego y la fábula del pichiciego y su cabeza achatada), o también cómo el protagonista deja perder sus pensamientos sobre el brutal cambio de Sip’ohi donde “no hay montes, hay construcciones”.

    La película parece tácitamente mutar del ruido a la paz, sostenidas por el peso de la oralidad, narrado por los ancianos.

    Este segundo largometraje de Sebastián Lingiardi (Las pistas - Lanhoyij- Nmitaxanaxac, de 2010) además ficcionaliza el audio de una transmisión radial con entrevistas donde se tocan diversos temas (“¿cómo educaban las mujeres wichis a sus hijas?”). Por eso no falta un paso a paso en la enseñanza del tejido que sobrevivió de generación en generación.

    Las leyendas del Takjuaj, el origen de todo, el que da y quita, es mostrado con un fondo negro, la no representación (hay un relato que dura siete minutos sin imagen, todo oscuro) para que el espectador cierre los ojos y se pierda en la espesura chaqueña. En las misteriosas raíces wichis.
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  • Aprendices fuera de línea
    El que busca, encuentra

    Dos desempleados hacen lo imposible para entrar a Google.

    “Da miedo porque es nuevo”. Ese fragmento del guión podría ser el eje de Aprendices fuera de línea, lo nuevo del director Shawn Devy (Una noche en el museo, Gigantes de acero), que gestó un tributo en semicomedia a uno de los casos más exitosos de la era digital: el buscador Google y sus múltiples aplicaciones online.

    Luego de Red social (acerca de Mark Zuckerberg y Facebook) y en vísperas de Jobs (el filme acerca de la vida y obra del fundador de Apple), Aprendices fuera de línea sigue otro caso patente en el cine de publicidad por emplazamiento. El disparador es la lograda -aunque por momentos forzada- pareja cómica de Nick Campbell (Owen Wilson) y Billy McMahon (Vince Vaughn), también uno de los guionistas de la película.

    El argumento ubica a dos hombres 100% analógicos -como si la mayoría de los estadounidenses post 40 lo fuesen- que no se llevan nada bien con la tecnología. Luego de años y años de dedicarse a la venta de relojes, su jefe los despide con la excusa de que todos chequean la hora en su computadora o teléfono celular: un claro guiño tech . Los amigotes están obsoletos, fuera del sistema, como los relojes que irónicamente les regala el jefe por los servicios prestados.

    La química humorística entre Nick y Billy se destaca en los primeros minutos de la película cuando quedan en la calle y el rubio decide vender colchones con su explotador cuñado como jefe. Pero McMahon lo rescata de las fauces familiares al perder su vista en el logo multicolor del buscador. ¡Eureka! Decide presentarse con su amigo en una entrevista para tener chances de trabajar como aspirante en Google. Y, de paso, zafar de las deudas económicas que lo abruman. Buen comienzo.

    La entrevista de admisión vía Skype y el ingreso al colorido mundo de la mega empresa de Internet los asombra. Lo lúdico va codo a codo con el trabajo donde todo parece más el típico highschool estadounidense que una exitosa firma tecnológica. Y comienza lo predecible: discriminaciones por la edad avanzada de los protagonistas ante el promedio veinteañero. Hasta ahí, todo bien, incluyendo la charla grupal donde el rígido y súper exagerado Mr. Chetty (Aasif Mandvi) reta a los muchachotes por responder todo al revés y buscar quebrar reglas.

    De allí en adelante, el filme comenzará a rodar en bajada a pesar del esfuerzo de la dupla por ajustarse a los tiempos que corren: el común denominador será la exigencia del universo Google para superar pruebas junto a un grupo de chicos (encorsetados en el mundo nerd) y así alcanzar el codiciado puesto de trabajo.

    Juegos con escobas en el campus, como si se tratase de una versión digital del Colegio Hogwarts, algún que otro gag y un tono sentimental inadecuado para este filme entre Nick y Dana (Rose Byrne que interpreta a una treintañera geek ), redondean a la película.

    En Aprendices fuera de línea triunfa el compañerismo -por momentos de carácter infantil- y se comprueba que, a pesar de la edad, uno puede torcer sus oxidadas estructuras y adaptarse a los tiempos que corren. Como los del asombroso mundo Google.
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  • El conjuro
    El conjuro
    Clarín
    Joya del terror

    Desde hace 40 años la posesión demoníaca sólo sirve para homenajear a la solemnidad lograda por William Friedkin en El exorcista. Los trastornos de personalidad y los fantasmas hicieron cumbre con El resplandor (1980) y Poltergeist (1982). Como dicen que “todo tiempo pasado fue mejor”, ¿por qué no recurrir a los viejos almanaques y así situarse en una época donde también nació otro de los clásicos del género?: Aquí vivió el horror (1979) ambientada en la ciudad de Amityville, en 1974, con los asesinatos de Ronald DeFeo, Jr. a su padre, madre y cuatro hermanos, ocurrido a las 3:15 AM.

    Entonces el malayo James Wan, creador de El juego del miedo, retrocedió tres años del caso real y ambientó El conjuro en un hecho estudiado por los parapsicólogos Ed y Lorraine Warren en 1971, esta vez en Rhode Island. Y le restó ocho minutos al reloj de Suffolk, Nueva York: a las 3:07, donde misteriosos eventos del más allá atormentó a otra familia, los Perron.

    ¿Podemos decir que Wan hizo un sutil copy paste basándose en el caso de Amityville? No, él le puso más que ingenio a la historia de Carolyn (Lili Taylor) y Roger (Ron Livingston). Como si se tratase del cubo de Hellraiser, El conjuro es un filme con varias caras que encastran unas a otras y sorprenden al desplegar más suspenso que terror en un combo de sucesos espeluznantes. En la sugestión está la clave del filme, pero sobre tres ejes: los estados de la actividad demoníaca. Infección, opresión y posesión. Así lo explican los Warren (Vera Farmiga y Patrick Wilson) en una charla facultativa antes de acudir al caso de los Perron.

    Un macabro muñeco surgido de la casa-museo de la pareja vidente-demonóloga es el disparador de esta brillante realización, con lo más jugoso en la etapa de las manifestaciones a través de aplausos, sombras y susurros que sobresaltarán al espectador, con una banda de sonido algo excesiva.

    El conjuro completa la tríada junto a Mamá y La cabaña del terror como lo mejorcito del género en el año. Hay menores en escena con grandes actuaciones, sin tantos movimientos bruscos de cámara, sino con un sadismo cinematográfico en cámara lenta para taparse los ojos. El reflejo de la caja musical habla por sí solo.

    No esperen extensos rituales romanos como salida típica en estas películas de posesiones. No. Una bolsa tapará la cabeza de la posesa como si fuese una metáfora de la negación hacia lo establecido. Cuando lo religioso toma protagonismo, y hay una bajada de línea hacia lo bautismal, esta obra se mete en terrenos clichés. De los cuales siempre buscó escapar.
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  • Últimas vacaciones en familia
    Unir las partes

    El encierro, adonde no van a ver a otra gente. La contención para la unión, camino a la destrucción. Los López Araujo son los últimos resabios de una familia unida, donde la opera prima del joven director Nicolás Teté (la filmó a los 20 años) pone a la ciudad de Merlo como eje de ensamble.

    El grupo familiar se compone por dos adolescentes que buscan su camino. E identidad. Los “hermanos” son Joaquín -Camilo Cuello Vitale, quien participó en Las viudas de los jueves- y Camila (Naiara Awada, en Dulce de leche también con Camilo), a quien se los ve mucho más sueltos y naturales que sus “padres”, Marcela (Many Díaz) y Arturo (Luis Alvarez Moya). Mamá, siempre con los binoculares en mano observando las aves de la zona y aprovechando la distracción de su marido para ratonearse con un vecino. El progenitor (con amante a la distancia), es seco, conservador y brusco en el trato como así también rígido hacia las líneas de guión. Ambos se evaden en sus mundos.

    La voz en off del hijo cuenta que “papá durmió fácil 20 noches en un hotel de Buenos Aires y sino en el sillón del living. Mamá siempre vivió para la familia y siente que su sueño se está desmoronando”.

    Ultimas vacaciones en familia es una película autobiográfica, ya que su realizador es puntano (nacido en Villa Mercedes) y pasó varias vacaciones familiares en Merlo, en la casa de su abuela, el mismo lugar donde se rodó el filme.

    La vivienda es aprovechada al límite, con planos de cada rincón y a cada hora, sobre todo del jardín y pileta. El filme toma aire cuando se recorre Merlo y sus curiosos recovecos nocturnos, como los que Joaco inspeccionará junto a un amigo casual que lo llevará hacia su reprimida homosexualidad.

    El filme escarba en la intimidad de los personajes, pero carece de chispa y vértigo. El que nos saque de la tranquilidad puntana.
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  • Los Pitufos 2
    El director Raja Gosnell, responsable de la primera parte, la saga Scooby-Doo y Jamás besada, entre otras, repitió la fórmula: combinar una de las grandes capitales del mundo (antes Nueva York, ahora París) y el mágico mundo pitufo.

    Otra vez los seres azulados en plan de aventura, pero con toque turístico. El mix de urbanidad y leyenda, comunicados a través de un portal que los teletransporta desde la aldea hacia la Ciudad Luz.

    En esta secuela, la historia gira en torno al secuestro de La Pitufina y los malvados planes de Gargamel (Hank Azaria), quien fue el que más transpiró la camiseta en cuanto a interpretación se refiere. El hechicero es uno de los villanos más tenaces del cine animado, su obstinación por dar con los suspiritos azules es total. El se aísla en sus elucubraciones y además (no se explica por qué) es furor por sus shows en vivo de magia real.

    El brujo abandona su oscuro recinto para habitar la fastuosa suite Napoleón de un hotel parisino. Pero tanto lujo no significa nada para él. Junto a su expresivo gato Azrael (a quien sólo su dueño entiende) buscan atraer con el rapto de La Pitufina al resto de las criaturitas. ¿Su misión? Extraerles su esencia a través de una maquiavélica máquina (muy bien lograda) y así conquistar el mundo con sus poderes mágicos. El rescate de La Pitufina recae en manos de Papá Pitufo, Gruñón, Vanidoso y... Tontín, el más risueño de todos.

    Los Pitufos 2 es más adulta que la anterior, con un guión más rebuscado donde los padres también se divertirán. Este filme explica la génesis pitufa, hay pocos chistes y más lazos con el mundo real, y Gargamel posee un papel más importante que la familia Wislow, a diferencia de la anterior. Por suerte, porque lo de Patrick (Neil Patrick Harris) y Grace (Jayma Mays) es apenas decoroso en su interacción con los pequeños seres. Sobresale la actuación de Brendan Gleeson (como el abuelo Victor) y el ya crecidito Azul.

    Es también acertada la aparición de los naughties, las nuevas creaciones del hechicero. Por un lado, Vexy (con la voz de Christina Ricci), una pitufina versión dark y callejera, pero que en el fondo tiene un gran corazón, y Hackus, muy travieso pero bastante tonto e ingenuo en sus acciones.

    El filme posee cierto guiño tech (además de la maravillosa lluvia azulada en clave CGI): Gargamel trata de entender el funcionamiento de las tablets, Azrael con perfil de Facebook propio y hasta aparece el pitufo Social, adicto a las redes sociales. En fin.

    París es recorrida por casi todos sus íconos turísticos (Gargamel llama “gran aguja metálica” a la Torre Eiffel) pero desde el aire, sin entrar en detalle en las locaciones, algo que le hubiese dado mayor intimidad y cercanía a un filme que por momentos se atropella en fallidos gags familiares y dinámicas escenas callejeras como la de la rueda gigante fuera de su eje.

    Para la tercera parte ya flotan algunas preguntas: ¿se rodará en Londres, Tokio, Río de Janeiro? ¿O se hará en la aldea pitufa, el mágico (y desaprovechado) rincón medieval digno de ser explorado por la variedad de personalidades azuladas? Hagan sus apuestas.
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  • Mal del viento
    Mal del viento
    SI (Clarín.com)
    El latido de una creencia

    La tradición y la ciencia se cruzan, la vida de un niño está en juego, las creencias populares desafían a
    la razón. El debate y la polémica proliferan por doquier.
    La realizadora Ximena González enfocó Mal del viento, su opera prima, en un caso de confrontación cultural entre las creencias indígenas y la medicina tradicional. Es el caso de Julián Acuña, un niño de tres años de la Comunidad Mbya Guaraní (provincia de Misiones), quien fue trasladado de urgencia desde Oberá hacia Buenos
    Aires. ¿El motivo? Un terrible diagnóstico: su corazón tenía varios tumores y debía ser operado.
    Allí comenzó el raid medicinaljudicial en el cual la realizadora invirtió un año de trabajo de campo y reflejó dos mundos tensos. Por un lado, la orden de realizar
    la intervención quirúrgica y, por el otro, la negación de Leonarda y Crispin (los jóvenes padres de Julián) quienes se negaron en un comienzo a operación. Ellos confiaban
    en Julio Villalba, el líder espiritual de su pueblo, quien “soñó” con una piedra en el corazón del pequeño y le sugirió a la pareja que lleveran al niño a la aldea para
    curarlo con los yuyos de monte.
    Mientras tanto, la Justicia y los médicos capitalinos “retuvieron” al pequeño en el Hospital de Niños
    hasta que finalmente se realizó la operación. Y la repercusión mediática estuvo latente a la evolución
    del caso. Mal del viento aprovechó la cobertura televisiva del caso como material de archivo. Los planos fijos (externos e internos) del hospital, el seguimiento
    de los minuciosos cuidados al bebé en el nosocomio y un constante registro de Leonarda, quien no abandona a su niño en ningún momento, son alguno de los focos
    de este documental.
    La película se torna repetitiva, y algo extensa en su metraje, ante las excesivas tomas al chico (con
    mucho sonido ambiente en la habitación) y el rostro de la inocencia e ingenuidad de su madre (quien no habla español) y parece estar más compenetrada en la salud de
    su pequeño que su padre. A él a veces se lo ve distante, pendiente de la tecnología urbana: el teléfono
    celular, la TV y otros artefactos a los cuales en la aldea no tienen acceso. El asombro y desconcierto de
    Leonarda y Crispin se emparenta con la inocencia de su hijo.
    El documental no emite juicio de valor sobre el uso de la medicina autóctona o tradicional, Mal del viento escucha las dos campanas, logrando un relato intimista notable
    sobre todo en el seguimiento de la madre, quien con sus cortos 17 años, no deja de mirar a cámara y prolonga un profundo silencio, entre la congoja y la resignación.
    Pega fuerte saber que ella se abrazó a su hijo para evitar que el niño fuese operado. No se ve, pero uno de los relatos lo cuenta. En este filme hay que imaginarse
    muchas cosas, ya que los testimonios son en su mayoría en off y sin identificar a los entrevistados. Así Mal de viento ensambla el guión de una historia que se desarrolla
    con un cierto carácter intuitivo.
    El peor de los finales llegaría un año después de la operación, desde la espesura selvática. La noticia
    es manejada por la realizadora sin golpes bajos, con metáforas. La lluvia, el cielo plomizo, la intensa
    niebla misionera y su contraste con ese suelo rojo profundo. Y otra vez los testimonios de los médicos.
    Pero esta vez, contando que se hizo lo que se pudo
  • Algunas horas de primavera
    El digno camino hacia el final

    El relato de una conflictiva relación madre-hijo y una sutil mirada sobre la eutanasia.

    Luego de pasar 18 meses en prisión por transportar 50 kilogramos de marihuana en un camión, a Alain Evrard (Vincent Lindon) no le queda otra que volver a vivir con Yvette, su madre, quien sólo lo visitó dos veces tras las rejas. La tensa y conflictiva relación que siempre tuvieron estalla una y otra vez en Algunas horas de primavera, la durísima -pero real- historia de Stéphane Brizé, autor de Mademoiselle Chambonn (2009).

    Alain pagó por su error y la reinserción a la sociedad no le es fácil. Con el fracaso a cuestas, su gesto adusto lo matiza entre sorbos de cerveza y pitadas de cigarrillos. En este filme todo es veloz, las relaciones son depredativas: hagan una pausa en la escena del bowling donde con un par de miradas es suficiente para que Evrard conquiste a Clémence (Emmanuelle Seigner) y se la lleve a la cama.

    La rutina es una excusa temporal en esta obra, lo importante se centra en el trato madre-hijo donde cada uno atiende a Calie, una perra que parece ser el único nexo entre ambos. Alain prende la radio; Yvette, la TV. Se interrumpen en esta guerra tácita con episodios de violencia verbal, pero no física. Evrard se cansa de que su madre lo critique y moleste a cada rato. En el fondo, él es un cabezadura que odia dar explicaciones.

    Brizé es artesanal y sutil con los personajes que construye, aunque la dirección actoral de ellos, por momentos, cae en espirales de repetición. Y eso es usado con fortaleza. Observen la brillante interpretación de Hélene Vincent (Yvette), quien con sus movimientos pausados -pero firmes, casi robóticos- parece ausente, en piloto automático hacia otra vida.

    La meticulosa dueña de una casa -que simula una maqueta- repite su rutina de armar rompecabezas de 2.000 piezas (obvio, lo termina), es obsesiva con la limpieza y el orden (Alain lo padece), corta manzanas a cada rato y clasifica fotos viejas con puntillosidad.

    Yvette lo planifica todo, sabe que está sola y no deja absolutamente nada librado al azar. Sí, hasta su final, donde decide contratar los servicios de una asociación suiza de suicidio asistido.

    Algunas horas de primavera se anima a poner sobre el tapete un tema polémico: la muerte digna, la eutanasia. Pero el realizador francés no toma postura alguna al respecto, muestra el hecho imparcialmente donde la carga emocional de los personajes oprime y angustia. Hay que estar fuerte anímicamente para ver este filme.

    La empatía con Yvette es inevitable, para bien o para mal. ¿Cómo sobrellevar la noticia de una enfermedad evolutiva (un tumor en el cerebro) que no tiene cura y te atormentará inesperadamente? ¿Hay que justificar a una mujer que envenena a su perro? ¿Alain es humano y natural al mantener una fría contemplación ante el trágico devenir de su madre? Este filme clava su aguja existencialista con preguntas (“¿usted siente que ha tenido una vida hermosa?”) donde pasado, presente y futuro luchan en el cuerpo de la mujer.

    Los últimos minutos del viaje a Suiza, junto a su hijo, son devastadores. Ella cuenta todo lo que hace y a ella le cuentan todo lo que sucederá, con derecho a decir “no”. El digno camino hacia el final.
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  • Ladrona de identidades
    Dejá de robar de una vez

    ¿Quién no se molesta cuando a horas (desubicadas) de la noche o el día llaman al teléfono particular o celular para darnos a conocer molestas promociones, encuestas, concursos, etc? El condimento especial es si del otro lado de la línea hay un estafador/a quien, en este caso por la renovación de los datos de un seguro, nos pide que digamos nuestros datos personales.

    El director Seth Gordon, que quizás recuerden por Navidad sin los suegros (2008), intentó renovar su paso de comedia cinéfila. Paso, pero en falso en esta Ladrona de identidades que tiene una pata en Sandy Bigelow Patterson (Jason Bateman, quien trabajó con Gordon en Quiero matar a mi jefe), un exitoso hombre de negocios con una familia ejemplar quien tiene una condición irreal: el ser humano más inocente e ingenuo del planeta, el tipo que no se enojará con nada ni con nadie.

    La otra pata es Melissa McCarthy (Damas en guerra), lo único destacable del filme, en la piel de Diana, una compradora compulsiva que no puede (¿quiere?) parar de robar, mentir y engañar a sus víctimas. Y además tiene serios problemas con el alcohol y la ley.

    La idea de clonar a Sandy Bigelow Patterson y azotar sus tarjetas de crédito/débito es un prometedor disparador de historias disparatadas. Pero luego de los 20 minutos de iniciado el filme, el camino (predecible) del guión, naufraga, por más que tome onda road movie donde el Sandy real conduce miles de kilómetros en búsqueda de su doble quien, tarde o temprano, terminará influyéndolo para pasarse al lado ilegal.

    En Ladrona de identidades los chistes no funcionan y el mensaje del dilapidador monetario que tapa carencias y busca llenar su vacío se profundiza recién al final.

    Los personajes secundarios son olvidables: los mafiosos latinos, el rústico cazarrecompensas y hasta el grandote Chuck, un obeso donjuán con costumbres voyeurísticas. Lo mejor: los escapes grotescos de McCarthy, su puñetazo a la garganta como arma de defensa. Lo peor: todo lo demás.
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  • Esos colores que llevás
    Retazos de una pasión

    “Hay que alentar de corazón / hay que alentarlo al campeón / de la cabeeeeeza” . Desde el vamos, Esos colores que llevás saca al espectador de la butaca para meterlo entre los hinchas de River y la patriada por tener la bandera más larga del mundo. La idea se fue cosiendo mentalmente mientras el club de Nuñez atravesaba el increíble capítulo de la Primera B Nacional.

    El motor (¿cómo terapia para superar aquel trance olvidable?) fue el Frente Angel Labruna quien, junto a varios hinchas, decidieron sacar pecho y decir “acá estamos” para recolectar retazos de tela rojiblancos, donados por simpatizantes de todo el mundo, y así unir la distancia comprendida desde la avenida Alvear (hoy Libertador) y Tagle –donde estaba el viejo estadio de River allá por 1923– hasta el Monumental, inaugurado 15 años después. Un verdadero desafío.

    La película está narrada en base a entrevistas a los fanáticos: una gran multiplicidad de voces a las que por momentos cuesta seguirle el hilo. Si uno ve El otro fútbol, opera prima de Peretti, quien pinta un fiel retrato de 140 equipos de varias ligas de capital y el interior del país, entenderá que a él le gustan las cosas exhaustivas. En este documental no hay voces en off ni imágenes de archivo futbolísticas, el eje está puesto en el “trapo” gigante y la pasión de los hinchas como en aquella caravana de 2001 por los 100 años de River.

    Aunque el filme por momentos peque de onanista y se apilen más y más calificativos de lo lindo que es ser de River (¿o acaso que van a decir los hinchas?) uno de los grandes aciertos de Esos colores que llevás fue despegarlo del fútbol y la política: cero voz de dirigentes, la película no tuvo apoyo del club. Glorias como el Beto Alonso, Enzo Francescoli o el “Burrito” Ortega (recién retirado del fútbol y quien reunió el sábado pasado a varios de los entrevistados del filme como el “Pelado” Almeyda, el “Chapa” Zapata o Hernán Díaz, entre otros) hacen referencia a su amor por River. Hasta el gran Amadeo Carrizo tiene su lugar.

    El sistema rústico para subir esa ballena rojiblanca al camión (sin poleas ni nada, haciendo palanca con varias vallas), las agotadoras jornadas de cosido de dos hinchas de Zárate y sus anécdotas (que unieron más de 4 mil metros de tela), suman transpiración a esta pasión hecha bandera donde la frase “se me pone la piel de gallina”, fue la más repetida. Lejos.

    Párrafo aparte para la titánica tarea del escribano Andrés Bello que midió los 7.829,74 metros de tela (en 603 pliegos de 13 metros cada uno) o el pastor millo que bendijo el “trapo” aquel 8/10/12 donde unos 120 mil hinchas se reunieron en Recoleta para comenzar el peregrinaje hacia Nuñez.

    Otra pegada del filme fue mostrar la repercusión televisiva del récord en Rusia, Lituania, Arabia Saudita, Turquía, Francia y Brasil junto a la cobertura de los portales web periodísticos de varios puntos del globo. Sin referencias al ámbito barrabrava, casi todo el filme muestra al hincha común en las calles, en familia, cantando “Cuando mirés para el tablón / vamos a estar / siempre con vooos” .
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  • Turbo
    Turbo
    Clarín
    ¿A él le dicen lento?

    Un filme energizante, con Teo, un caracol fanático de las pistas, cuyo cuerpo recibe óxido nitroso y desarrolla una velocidad única.

    Simple pero efectiva, Turbo no requiere (ni busca) grandes secretos argumentales sino un solo eje de acción: el don de la velocidad en el mundo de los opuestos. ¿Por qué? Un caracol es el protagonista.

    El original enfoque de la opera prima de David Soren, quien trabajó junto a los guionistas Darren Lemke (Madagascar, Jack el cazagigantes y Shrek para siempre) y Robert Siegel (El luchador), abarca la vida de Teo, un molusco fanático de las carreras y coleccionista (en VHS, ojo) de la trayectoria de Goyo, un conductor francocanadiense y quíntuple campeón de las 500 Millas de Indianápolis.

    Los días de Teo pasan tediosamente en un jardín donde se encarga, junto a sus amigos, de recolectar y alimentarse a base de jugosos tomates. Y cada mañana algún cuervo se lleva algún caracolito al estómago (epa, peli atp).

    Las antenitas del molusco no están en la rutina sino en las pistas. Es rehén de la velocidad y quiere batir su record de 17 minutos en carrera. Muy bien logrado el esfuerzo animado del pequeñito.

    Su vida cambiará cuando, junto a su hermano Chet (más precavido y menos intrépido que Teo), conozca a un grupo de “carrocoles”, moluscos con sus conchas espiraladas listas para pistear. Ellos son motivo de lucro para unos lumpenes humanos que trabajan en Starlight, un pequeño (y nada exitoso) reducto comercial. Allí trabaja Tito, quien con su hermano Angel, manejan el local Dos Bros Tacos y parecen el reflejo humano de los moluscos, el primero es soñador, aventurero, al segundo, sólo le interesa administrar el negocio.

    Pero un accidente hará “morir” a Teo y “nacerá” Turbo. Quedará embebido en óxido nitroso y su ADN se transformará (¿guiño a La Mosca o El Hombre Araña?) transformándolo en un caracol a altísimas revoluciones y un kilometraje digno de un Fórmula 1.

    Desde ese momento el filme comienza a ganar en vértigo y el 3D hará de las suyas. Sobre todo ante los intrépidos participantes en las 500 Millas de Indianápolis. El villano de turno es, paradójicamente, Goyo, su ídolo, quien le da dramatismo al filme mostrando la esencia humana del narcisismo y depredación competitiva. Valdrá todo para derrotar al ingenuo Turbo, quien se enciende como si fuese un neón azulado y dejará atrás a todo aquel vehículo que desafíe su velocidad supersónica.

    Los personajes secundarios carecen de relevancia en el filme, corren desde atrás al caracol estrella que acapara todo. Asoma Sombra (por su rol de antihéroe), Chicotazo -adaptado con la voz de Samuel Jackson- y Pepe Maniobra, doblado por Snoop Dogg. El hip hop manda como banda sonora y también está la voz de Michelle Rodríguez (sí, la de Rápidos y Furiosos), fiel representante de cine y velocidad.

    Turbo podrá ser algo inocentona, pero para aquellos fierreros que se alían a los desvalidos, pongan primera y déjense llevar por la velocidad... sí, de un caracol.
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  • Cirquera
    Cirquera
    Clarín
    Hacia el rescate de la tradición

    Los malabares de la memoria, el resabio de aquella infancia entre carpas y artistas de lo imposible. Inspiración, pasión y transpiración familiar rescatada de la mano de Diana Rutkus, la menor de un linaje circense originado allá por 1860, quien junto al documentalista Andrés Habegger reconstruyeron a cuatro manos la tradición por la diversión y el asombro.

    Ella recopila archivo fílmico, fotografías y testimonios de Juan Carlos Rutkus y Elisa Riego. El, domador de leones y baterista, ella equilibrista y trapecista, quienes deslumbraron a su hija durante los primeros seis años de vida de la pequeña. Diana ensambla, con tenacidad, una historia difusa y fragmentada, sin distancia ni rigor, sino con una impronta intimista, demasiado cómplice y melosa por momentos.

    La voz en off, recitada, de Diana, busca el impacto sentimental. El cometido lo logra el valioso material en Súper 8, algo desordenado, mechado con audios en cinta de 1969 donde el padre cuenta las travesías del grupo. Diana y su hermano Carlos (de gran aporte) lo oyen emocionados. Lágrimas sobran en este documental como así también varios planos detalle de los paisajes y objetos de la vivienda familiar, que amplifican silencios y por momentos fatigan un relato que sufre algunos baches.

    Lo llamativo de Cirquera es el escaso aporte en vivo en cuanto a testimonios del padre y la abundancia en apariciones en cámara y palabras de la madre. Desparejo. El toque didáctico se lo da Hugo “Lalo” Crinó, el acróbata y actual profesor de escuela de circo, que compartía desde 1956-57 la rutina circense con la familia de Diana. Con simpleza, explica cómo era la vida sobre ruedas, el andamiaje de la carpa de la diversión itinerante. Todos los testimonios se matizan al compás de decenas de fotos que despiertan anécdotas risueñas.

    El filme acierta en no recostarse solo en el pasado. Trae hacia la actualidad testimonios de otras familias que aún sobreviven en el mundo del circo, tal es el caso de una joven contorsionista a quien se sigue en el paso a paso de su extenso proceso de maquillaje.

    Un gran hallazgo del documental son los ensayos en blanco y negro de la rutina familiar, donde se plasman los desfiles acrobáticos y las prácticas de cada número.

    Cirquera sirve de ejemplo sobre cómo rescatar una tradición familiar.
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  • Ritmo perfecto
    La vida y el canto

    Las chicas sólo quieren cantar, o mejor dicho The Bellas, esa fraternidad a capella que año tras año busca el preciado trofeo de la competencia interuniversitaria. Ritmo perfecto gira en torno a Beca (Anna Kendrick, Amor sin escalas, En la mira), quien comienza siendo interesante, se recluye en sus auriculares y ve todo con escepticismo en la Universidad Bardey. Pero la joven se amalgama a la superficialidad dejando de lado su pasión DJ y las largas noches en la radio.

    Beca sólo es blanco de burlas por su aspecto solitario y retraído, en tiempos donde la fórmula del “ éxito looser ” impuesto por series de TV como Glee se la hizo fácil al director Jason Moore. Desde el vamos, dejemos en claro que esta película dista de ser un musical: es un filme con tintes románticos, un sutil descontrol, humor que no califica (los chistes sexistas e hirientes de los comentaristas del certamen musical, apestan) y que incluye algo de escatología, con vómitos incluidos.

    La energía de las chicas no pasa por estudiar (casi ni se las ve con un libro en la mano) sino por cantar mejor. La voz de mando es la marcial Aubrey (Anna Camp, sí, la de Glee), a quien le calza bien el papel conservador y minado de estructuras. El equipo a vencer, los nerds The Treblemakers, con una exagerada caracterización de su líder con todos los tics de un pedante. En ese grupo es reclutado Jesse (Skylar Astin), quien protagonizó la olvidable 21 La gran fiesta. Y crean que aquí actúa mejor que en su otro filme caracterizando a un animal party .

    Entre el elenco se destaca la australiana Rebel Wilson (Despedida de solteras, Damas en guerra) quien se autodenomina “Amy, la gorda” e impone en voz y actitud con un personaje frontal sin llegar a lo grotesco. Atención a la escotada y pasional Stacie (Alexis Knapp), quien parece que su papel es sólo tocarse los senos y hacer aullar a la platea masculina.

    Ritmo perfecto es puro audio, escasas coreografías (sólo en la escena de la audición final) y voces desparejas. La banda de sonido del filme tapa a la película misma: Bruno Mars, Rihanna, Katy Perry, Chris Brown y hasta David Guetta -cuando Beca canta Titanium antes de bañarse, Chloe (Britanny Snow) la descubre desnuda e invita a sumarse a The Bellas-. Y por detrás asoma un enigmático muchachito, epa.

    Una montaña de cliches baratos tapa a este buen intento por querer plasmar la pasión cantora de los chicos/as en una era donde las competencias de talentos musicales buscan otro nicho para las películas hollywoodenses.
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  • La pasión de Michelangelo
    La fe que transforma

    “Los caminos del Señor son misteriosos, padre”. En esa frase, que mezcla cinismo y devoción, se pinta a Miguel Angel, el vidente de Peñablanca (afueras de Valparaíso, Chile) que aseguraba recibir mensajes de la Virgen María allá por la década del ochenta.

    Basado en hechos reales (googleen Miguel Angel Poblete), este filme refleja a un país inmerso en un pozo, a espaldas de la delicada situación militar. El factor de distracción es el fenómeno de Peñablanca, pueblo que nadie conocía antes de la “aparición” de la Virgen sobre el cerro El Membrillar.

    Cuando ve en un libro a La Piedad, la famosa escultura de Miguel Angel Buonarrotti, su vida cambiará: de allí en más será Michelangelo. Desde ese momento se transformará, se la creerá y más si gente funcional a Pinochet le preguntan si “pueden cargarse” a unos muchachos que extorsionan al joven. El dice que sí. Ya no es el mismo, su media sonrisa maléfica muestra su otra cara: sabe que tiene un poder, el de influenciar a mucha gente (hasta los hace comer tierra). Nada divino, todo es terrenal.

    Acá no hay sangre en balde ni crucifixiones, sí estigmas (sólo en la frente). La película acierta en no ahondar en la situación política chilena y a los funcionarios se los ve como lúgubres personajes trajeados. Larraín muestra la evolución desde la leyenda milagrosa hasta el fraude, del negocio religiosos, hasta al fracaso y el olvido.

    No todos creen en Miguel Angel; el papel contemplativo del padre Ruiz Tagle (Patricio Contreras), un jesuita con una profunda crisis de fe, navegará entre el asombro y la sobriedad. Siempre se verá escéptico ante las, por ejemplo, misteriosas formaciones en las nubes similares a la estampa santa.

    No aconsejable para católicos fervorosos (el filme muestra al joven desnudo ataviado cual Virgen), su homosexualidad se cruza con la intolerante sociedad de entonces.

    Hablar en lenguas, lisiados que caminan, tullidos que sanan, un fenómeno del cual el gobierno militar sacó provecho hasta que no lo necesitaron más y abandonaron. Con su mitomanía a cuestas.
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  • Bárbara
    Bárbara
    Clarín
    División de sutilezas

    En la República Democrática Alemana de 1978 la joven médica Barbara Wolff (Nina Hoss), luego de cumplir una condena carcelaria (jamás se aclara por qué) es enviada desde Berlín a un hospital de un pequeño pueblo. Allí su jefe es André (Ronald Zehrfeld), un cirujano quien también fue deportado por un error profesional del que fue responsable indirecto.

    La unión, en base a la desgracia, emparenta a estas almas gemelas del nuevo cine alemán donde el director Christian Petzold ensambla una relación profesional basada en silencios, miradas y altas dosis de sutilezas, escapando de los filmes clásicos que retratan la Alemania dividida.

    Barbara, que por momentos es algo lenta y recurre al factor repetición (viajes en bicicleta, charlas en el nosocomio, trato con los pacientes), jamás pierde intensidad. Su sólido relato se escuda en la paranoia y el rostro pétreo de Wolff, el apesadumbramiento de su colega y un ambiente, entre melancólico y sórdido, con una lograda paleta de colores.

    Pero entre ellos asoma Jörg, el amante de Barbara, quien vive en el Oeste y le propone a su chica emigrar hacia Dinamarca. Escapar por mar de noche. Allí se abrirá una disyuntiva para la muchacha: ¿se va con su amado o intima con André? Para esto será determinante la aparición de dos personajes secundarios muy bien trabajados por Petzold, por un lado Stella, una chica prisionera que está enferma, es rebelde y desconoce que está embarazada. Ella se apega a Wolff. Por el otro, Mario (aferrado a André), un paciente suicida que sufrió una contusión y no registra sentimiento alguno.

    Más que colegas, Barbara y André parecen hermanos, se pelean pero en el fondo se cuidan. Y aman en silencio. Pulcra, por momentos perturbada, en otros algo paranoica y meticulosa hasta para esconder dinero (y esquivar así las rigurosas y abusivas inspecciones de la policía secreta germana), Hoss mantiene un gesto tenso, serio, con un cansancio que reprime sus impulsos. Sus largas sesiones frente al piano y multiplicidad de planos con lo que se registra a ella, le brindan mucha riqueza a este jugoso personaje femenino.

    Petzold -quien dirigió a Nina en Wolfsburg (2003), Yella (2007) y Triángulo (2008)- no ahonda en un guión con datos sino en la incertidumbre de los personajes, donde las dudas construirán la historia. Para destacar las escasas imágenes nocturnas del filme, como la que se ve en la playa frente a un mar embravecido. Metáfora del carácter de una película movilizante, conmovedora. Bárbara.
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  • El gran casamiento
    Oda a la confusión

    ¿Qué pensarán Diane Keaton, Robert De Niro, Susan Sarandon o Robin Williams al ver el resultado final de esta pseudo comedia de “cansamiento” más que de una boda? Justin Zackham, guionista de Antes de partir (2007) y director de Going Greek (2001) se basó en el filme Mon frère se marie para recrear el estrés que produce la unión religiosa de dos personas.

    Nervios es lo que sobra en la familia de Don (De Niro) y Ellie (Keaton), divorciados hace años y reunidos por el matrimonio de su hijo adoptivo Alejandro -un joven colombiano encarnado por el inglés Ben Barnes- junto a Missy, en la piel de Amanda Seyfried.

    Don, un ex alcohólico, vive junto a Bebe (Sarandon) la mejor amiga de Ellie y quien le robó el marido a ella. De movida se busca confundir y forzar para generar tensión. Y más si se suma a escena Madonna (Patricia Rae), la conservadora madre biológica del novio a la que -no se entiende porqué- hay que ocultarle el divorcio y simular que Don y Elie son una pareja feliz. Todos le temen a Madonna mientras ella observa y juzga al acecho (crucifijo en mano) a una familia que recién conoce.

    Zackham aún debe creer que pronunciar nombres en español y poner a un personaje que no habla una gota de inglés es gracioso. Y que si a esto sumamos a Nuria, la desinhibida hermana latina del novio que juguetea sexualmente con Jared (Topher Grace), un galancete que no encontró el verdadero amor, el combo estaría completo. Pero no, el derroche de personajes secundarios asfixia en un guión simple que podía funcionar mejor para Los Fockers: la familia de mi esposo (hasta De Niro coincide). ¿Otra muestra? Los padres de la novia, Barry (David Rasche) y Muffin (Christine Ebersole), endeudados hasta las muelas “deben” dar una apariencia de ostentación y poder.

    Con muy poco sobresale Robin Williams, quien habría quedado mejor en otro papel y no recluido como cura.

    El gran casamiento repite una fórmula oxidada: una gran cantidad de nombres estelares en plan de comedia. En esta ocasión terminan estrellados .
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  • Hermanos de sangre
    Atrapa tus sueños

    Un rompecabezas en el cual las sombras, los tonos ocres y los colores saturados forman un combo con estética ochentosa. Y mucha sangre. El personaje inocentón, reprimido (Matías Timmerman, por Alejandro Parrilla) y su “mejor amigo” que lo ayuda a liberarse de los traumas, a aprender a cobrar lo que el mundo le debe (Nicolás Galvagno, por Sergio Boris).

    En estos dos papeles gira Hermanos de sangre, una muestra más de un renovado cine de género en la Argentina, herederos del giallo italiano donde la comedia, el gore , el mensaje justiciero y, lo más importante, cuidadas puestas en escena le dan un par de cachetazos al encorsetado cine nacional. Para el que vio Diablo (su director Loreti es unos de los guionistas en este filme) notarán que hay un cast similar: Juan Palomino, ahí ex boxeador, aquí impiadoso policía, Boris de primo problemático a un asesino a sangre fría, y el carismático Luis Aranosky.

    El carácter slasher de esta película -que se impuso en la competencia nacional del último Festival de Cine de Mar del Plata- contiene toques hilarantes (la castradora y cristiana Tía Dora a cargo de Carlos Perciavalle) y emotivos (¿imaginan a un asesino emocionándose con la muerte de Godzilla?), sumado a una cruel demostración de cómo la mente humana puede ser manipulada. Y envenenada.

    Ambientaciones sórdidas pero atractivas (el antro bolichero donde suenan los opresivos Mueran Humanos), un mundo lleno de ilusiones (amores arrebatados, sueños misteriosamente cumplidos) y una tercera pata: Belén (Jimena Anganuzzi), retraída, pero peligrosa, quien instrumenta las disecciones de los cuerpos con los más variados artefactos. Sí, no puede faltar una motosierra.

    El contraste del bien y del mal (bueno aunque obvio el plano del reflejo del vidrio) induce a no caer siempre en la misma fórmula. A no repetirse.

    Hermanos de sangre carga con un par de muertes de más (el fotógrafo y la novia psicópata, por ejemplo) estirando un argumento que se podría haber resumido sin caer en una exagerada cadena gore de hechos.
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  • Después de la Tierra
    El control del miedo

    El realizador de “Sexto sentido” dirige a Will Smith y su hijo Jaden en una aventura de sobrevivencia futurista y apocalíptica.

    “El peligro es real, el miedo una elección”. En el eslogan promocional del filme podría resumirse el argumento de Después de la Tierra, lo nuevo de padre e hijo Smith. La película es una gran metáfora para que aprendamos a controlar nuestros temores. El enemigo voraz del hombre son los ursas, unos bichos ciegos que nos detectan por las feromonas que desprendemos a causa del pánico. Sin miedo, ellos no nos detectan.

    Mil años después de los cataclismos que obligaron a los humanos a abandonar la Tierra, Nova Prime es el nuevo hogar de la especie humana. El general Cypher Raige (Will Smith) viajará junto a Kitai (Jaden Smith) y una preparada tripulación hacia un planeta cercano. Pero una tormenta de asteroides les hará torcer el rumbo y caer en picada hacia un planeta dominado por fauna y flora, pero sin vestigio humano: la Tierra. Los paisajes naturales y habitantes de ese lugar generan una sensación de vacío única donde el pequeño Kitai demostrará la madera de la que está hecho superando mil y un desafíos, sobreviviendo al frío, luchando en tierra, aire y mar.

    Durante la mayor parte del filme, el papel de Will Smith se encapsula en la cabina de mando, él queda malherido e inmovilizado allí y su hijo Kitai (que reverencia a su progenitor como si estuviese en el ejército) debe atravesar casi 100 kilómetros para recuperar el faro de rescate y emitir una señal intergaláctica para que los vayan a rescatar antes de perecer.

    La película gira en torno a una palabra: sobrevive, que según L. Ronald Hubbard (padre de la Dianética) cita: “es un pensamiento nuevo que el hombre esté motivado únicamente por la supervivencia. Es el principio dinámico de la existencia humana”. El volcán en erupción (igual que en la portada del famoso libro) y la guía que Smith padre ejerce -a la distancia- sobre su hijo puede enlazarse con el código del auditor cienciológico donde se expone el modelo de conducta de supervivencia. Recordemos que Smith apoyó financieramente (un millón de dólares) a la polémica organización y es uno de los mejores amigos de Tom Cruise, uno de los más famosos difusores de la Cienciología.

    Volviendo al filme, Jaden se come la película solo, con sus cortos 14 años despliega un papel bien físico con un vestuario e instrumentos futuristas (excelentes las armas y pantallas de seguimiento) sin dejar de destilar sentimientos y generar empatía en el espectador. Polémico, pero entretenido.
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  • Teen angels: El adiós 3D
    El último vuelo de un fenómeno del pop

    El filme de Juan Manuel Jiménez tiene una mirada de fan y está pensado para aquellos que no estuvieron en sus últimos shows.


    La cámara lenta deja ver a la larga fila de chicos y chicas que se amontonan en las puertas del Teatro Gran Rex para disfrutar del último show de TeenAngels en julio de 2012. Como si no se quisiera acabar, llega a su fin aquel ritual que se respetaba desde hacía más de un lustro.

    Los preparativos en el backstage de Nicolás Riera, Peter Lanzani, Lali Espósito, Rochi Igarzábal y Gastón Dalmau comienzan a correr el telón de la intimidad de este grupo que editó seis álbumes de estudio y tres ediciones en vivo, además de unas cuantas giras internacionales. Furor joven.

    El concierto posee una ágil edición, registrado desde varios puntos con cámara grúa incluida, y se intercala con entrevistas a los artistas, antecedidos con el tema de la pregunta en cuestión, un recurso que le quita algo de ritmo al relato. Por separado, el quinteto responde sobre el escenario del Gran Rex vacío y se profundiza el efecto tridimensional.

    Lo que llama la atención de este musical (más que documental) es el rol que cumplen los fans en la película. Por un lado se les da cierta omnipresencia durante muchos tramos del show, a través de planos faciales que buscan plasmar -hasta el cansancio- cuánta emoción sienten por sus ídolos. Pero por el otro, existe una ausencia de sus seguidores en el registro oral: no hay una sola declaración de ellos a cámara sobre el grupo de sus sueños. Se percibe cierta distancia cinematográfica entre los ex Casi ángeles y su gente.

    Las entrevistas al grupo toca temas como “El público”, “Ser mujer” o “Lo bueno y lo malo, la música y los miedos” donde Nico es -por varios cuerpos-, el que más se sale del libreto y le pone algo de pimienta y humor a las acartonadas y predecibles respuestas de sus compañeros. “Lo bueno es que no tuve que pagar más una entrada a un boliche”, contaba Riera sobre el plus de la fama.

    Temas como Sale el sol, Nena (con la clásica galera incluida) y la emotiva Escaparé se reparten en el recorte del setlist. Las coreografías de Lali y Rochi (algunas bastante sensuales) se contrastan con el gran despliegue físico de Nico y el carisma de Gas. Y la lluvia de papelitos nunca desentona en estos popcumentales para chicos.

    “A mí me decían que no podía cantar”, dice entre lágrimas Nico en las palabras de despedida del show. Los cinco están muy emocionados, bien cerca, es lo más lacrimógeno del filme. Pureza y pasión donde chocan las emociones. Una mayor cantidad de tomas desde el medio del público (se ven algunas, pero no son suficiente) le hubiese dado un mayor vértigo y calor a este registro correcto. Demasiado prolijo para un producto que nunca deber perder la frescura necesaria.
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 3
    No todo lo que brilla es oro

    Desde el vamos, ¿Qué pasó ayer? 3 denota la ausencia del carácter resacoso, el descontrol, la idea del título del filme. Mal presentimiento: acá no hay ningún disparador de boda, despedida de solteros, un despertar en situaciones hilarantes o fotos locas al final de la película. No, como si fuese una película aparte, lo nuevo de Todd Phillips (también a cargo de las precuelas) se centra en la figura del barbado Alan (Zach Galifianakis) quien busca ser intervenido por su familia debido a su particular comportamiento donde no le importa nada ni nadie. No madura con sus 42 años viviendo junto a sus padres. ¿O cómo entienden que se compró una jirafa de puro gusto y la decapita por error en una autopista produciendo una serie de choques al mejor estilo Destino final?

    Un motín carcelario en cámara lenta (que recuerda al hit de YouTube Harlem Shake) ambienta el escape de un preso muy especial: el histriónico y sobreactuado Mr. Chow (Ken Yeong) apresado en Bangkok, la capital tailandesa donde se desarrolló el festín de la parte dos. No quieran saber cómo hace este oriental para secuestrar 21 millones de dólares en lingotes de oro, o entrar a una terrible mansión custodiada solo por dos perros y alarmas vulnerables.

    En esta ocasión, Phil (Bradley Cooper), Stu (Ed Helms), Alan y Doug (Justin Bartha), sufren el secuestro de este último a cambio de la cabeza de Chow y el oro robado. Todo está digitado por el malvado Marshall (John Goodman) de lo mejorcito de este filme sin sentido donde la troupe fiestera debe dar con su ¿amigo? estafador. ¿En dónde? sí, en Las Vegas, la ciudad del pecado de la que ellos esta vez quieren escapar. Los excesos parecen que les provoca alergia.

    Con toques heavies en la banda sonora (caso Mother ´93 de Danzig) y el Caesars Palace como epicentro -donde Mr. Chow arma una estroboscópica fiesta más cercana al sueño que a la realidad-, el trío hace lo imposible para atraparlo y sufren sus habilidades en escalada y hasta en el uso del ¡parapente!

    Si queremos rescatar algo, los flashbacks hacia las precuelas (la aparición de la embarazada stripper Jade y el ya crecidito Carlos) o el romance entre Alan y Cassie (Melissa McCarthy), una empleada de una casa de empeños, con la escena del chupetín y el comentario sobre la “tensión sexual” del momento.

    ¿Qué pasó ayer? III escapa de su esencia, quiere sofisticarse y pierde la brújula por no recaer en lo básico: hacer reír desde el exceso. Es el fin.
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  • Héroes del espacio
    Humanos al ataque

    Filme animado que, con humor e ingenio, evita los lugares comunes del género.

    Las fuerzas alienígenas casi siempre fueron vistas en el cine como el enemigo a vencer, el invasor, el que somete. Pero en Héroes del espacio 3D, con un claro mensaje familiar para grandes y chicos, los extraterrestres deben explorar el Planeta Oscuro (la Tierra), un enigmático lugar con un enemigo letal: los seres humanos. Nada más cercano a la realidad actual.

    El debut como realizador en el cine de Cal Brunker (storyboarder de La Era de Hielo 4) le da vida digital a un viaje a las estrellas animado con entrañables protagonistas de mucho carácter. Está Scorch Supernova, el héroe del planeta BAAB y cuya fisonomía puede recordar a Buzz Lightyear (Toy Story). Sus imperdibles aventuras son televisadas por la BNN (sí, guiño a la CNN). Su hermano mayor (aunque el físico no lo refleje) es Gary, súper inteligente y valiente, integra el Control de Misiones en la BASA (sí, guiño a la NASA) para controlar a los malvados 1200 gnarlach, los devoradores de bebés. Fuerte para una película para chicos y más si se ve la ternura de los pequeñísimos azules.

    Kira (con la voz de Sarah Jessica Parker) es la admirada esposa de Gary, piloto de pruebas y sombra de Kipper, el intrépido hijo de la pareja, quien tiene como ídolo a su tío Scorch. Una señal de socorro, desde millones de kilómetros, alerta a este grandulón que cree que se las sabe todas y acude en misión intergaláctica hacia el Planeta Oscuro. Nadie volvió de allí: es una trampa de Shanker, un jefe paramilitar humano. El malo.

    Lo que hará reír a los adultos -y seguramente deje afuera a los más pequeños- es cuando la película intenta explicar la raza humana a los alienígenas. Habla de líderes barbados (incluyen una foto de Gibbons y Hill de ZZ Top), referencias al capitalismo y comunismo y hasta hace chistes con el imperturbable Simon Cowell, el implacable jurado cazatalentos de tv.

    En Héroes del espacio 3D, el fuerte está en los personajes secundarios, caso un agudo ratón que subestima al Hombre (“¿tú creés que pueden haber inventado el celular, Internet, las redes sociales?”), una lograda animación -ojo, sin innovar- con una gran dinámica y óptimas escenas de acción infantil, sobre todo en los enfrentamientos. Lo opaca el frenético ritmo en los diálogos que, por momentos, puede hacer perder el hilo narrativo.
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  • Masacre en Texas 3D
    Cuando la sangre tira

    El respeto de un legado. El inefable clan Sawyer, allá por 1974 (de la mano del mítico realizador Tobe Hooper) masacraba sin piedad en Newt, Texas. Y la homicida familia fue ajusticiada y quemada viva por un pueblo en busca de venganza. Pero como sucede en muchos de estos filmes, alguien sobrevive.

    Dos décadas después (o sea 1994) la sangrienta herencia recae en Heather (Alexandra Daddario) quien con sus ojazos y curvas peligrosas se entera que es adoptada y presa de su enigmático linaje y suculenta herencia: la mansión de su millonaria abuela.

    El filme que implementó a la motosierra como instrumento de tortura y muerte, no tiene casi ningún acercamiento a la original, sólo el comienzo. En aquella masacre setentosa todo era frenético, la hemoglobina se dosificaba y Leatherface parecía matar sin razón alguna. Aquí, Cara de cuero (o Jed Sawyer, a cargo de Dan Yeager) se humaniza. Sigamos.

    La hermosa y equipada mansión victoriana en manos de la oscura joven (debe tener varias porque es nulo su gesto de sorpresa) es visitada por su grupete de amigos quien a la mitad del film ya son cadáver en manos del loco de la motosierra. Solo quedará ella y su blonda amiga Nikki, la osada Tania Raymonde, quien también pasará a mejor vida. Entonces, la pregunta: ¿cómo hará John Luessenhop para continuar el filme sin repetirse ni aburrir con el guión?

    Recurrirá a la mística pueblerina con personajes secundarios que ocultan secretos y están al acecho: desde el comisario (de los buenos), el alcalde (de los malos) y un abogado familiar que le recuerda a cada rato a Heather que ella es una Sawyer. Y que el filo de la familia será su karma.

    Como anticipamos, la humanización del hombre-niño es una jugada vuelta de tuerca. Y por más que haya masacrado a todos los amigos de su primita, ella se pone del lado de Jed (¿atraída por su tétrico pasado?) y le grita “Haz lo tuyo, primo”. Y, obviamente, Leatherface la tiene clara: el efecto 3D parece manchar con sangre al público, la motosierra quiere salir de la pantalla grande mientras corta todo a su paso. Es indestructible.

    Este filme muestra la artesanal faena de Jed, el mata despacito, a sierra lenta para delirio de sus fans. Su reducto (con una cortina de huesos humanos) ambienta muy bien a su lúgubre mundo.
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  • Rouge amargo
    Traición a sangre

    Una habitación de un hotel en una peligrosa zona roja de la ciudad, la droga, los intereses políticos y el sexo por dinero. Cóctel mortal.

    Desde el minuto cero, Rouge amargo mete todos los condimentos sobre la mesa para recrear una película que juega en un terreno difícil. Cualquier paso en falso podrá hacerla trastabillar y mandarla a los vestuarios. Pero la muñeca del director Gustavo Cova (Gaturro: la película; Boogie, el aceitoso; Alguien te está mirando) se luce al meter de lleno a Julián (Luciano Cáceres), un ex presidiario también alojado en el mismo hotel de mala muerte, quien oye ruidos extraños en el ambiente contiguo y rescata a Cyntia (Emme), una prostituta que tiene por cliente habitual a la persona equivocada: un candidato a diputado que muere, en manos de un sicario, por hablar de más. Julián intervendrá y, otra vez, volverá a su pasado marginal. Su hábitat son los problemas.

    Este misterioso crimen es seguido por Luis (Nicolás Pauls), un joven periodista que encabeza este raid de intrigas, persecuciones y violencia en el cual Julián y Cyntia se ampararán en Rita, un travesti caracterizado por Gustavo Moro, de brillante actuación. Este filme se complementa con la tensión de una traicionera cúpula política que se resguarda en la impunidad del poder y el intercambio de información.

    Cáceres -mucho más asentado y firme en la actuación luego del flojo protagónico en Uno y su papel de El Niño en Carne de neón- demuestra en Rouge amargo su veta más salvaje a fuerza del uso de armas y sus puños. Un papel bien físico donde deberá andar por los techos, trepar rejas y enfrentarse a oscuros personajes como Báez, un ex policía devenido en asesino a sueldo, encarnado por César Vianco, sí, el vengativo estafador Franco Milazzo quien se creía Rambo en Los Simuladores.

    Con un vertiginoso ritmo televisivo, interesantes planos nocturnos (se impone el color rojo) y las paredes del cementerio que dibujan el fiero trazo de las chicas de la calle, este filme se transforma en un policial negrísimo digno de imitar. Felicitaciones.
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  • Rápidos y furiosos 6
    A puro vértigo, con caja de sexta

    En la nueva entrega de la saga, la pandilla tuerca enfrenta a un cuerpo de elite que busca desactivar las defensas militares de los Estados Unidos. Un clásico de la adrenalina pura.

    El avance hacia otro nivel, algo distinto. Luego de la electrizante quinta velocidad de la saga (¿o ya serie?) donde Rápidos y furiosos quemaba cubiertas en Río de Janeiro, el director Justin Lin tiró caja de sexta para los fierreros cinematográficos. No se guardó nada.

    En esta ocasión el enemigo no son ni narcotraficantes o policías de poca monta. No, el clan liderado por Dominic Toretto (Vin Diesel) pasó a otra escala: un cuerpo de elite que busca adueñarse de un equipo tecnológico que desactiva las defensas militares del país.

    En esta oportunidad la familia tuerca disfruta en Europa de su último botín logrado en la precuela, sentó cabeza (como Brian O´Conner, un papá primerizo) y parecen más afines a domingos de barbacoa que a enfrentarse a la ley. Excepto que el fortachón Luke Hobbs (Dwayne Johnson) corte su tranquilidad y acuda al clan para atrapar a una troupe militarizada encabezada por Owen Shaw (Luke Evans), un ex agente de las fuerzas especiales británicas. ¿El precio por luchar del lado del orden? El indulto de todos sus delitos.

    Sonidos hip hop y electrónicos, curvas por doquier (viales y de las otras), autos imposibles -los prototipos rampa, símil F1- se combinan en este filme que se parece más a un juego de estrategia militar que a un grupo de ladronzuelos de autos veloces, la esencia de la saga. El lado ridículo del filme es el recurso de la amnesia de Letty Ortiz (Michelle Rodríguez), dada por muerta en la quinta parte y quien recae con los malos.

    Rápidos y furiosos 6, rodada en Islas Canarias, Moscú y Londres, brilla con la ruda presencia de Gisele (la bella Gal Gadot) quien pelea codo a codo con Riley (la luchadora Gina Carano). La pétrea Letty protagoniza contra Dom una espectacular carrera por las calles londinenses y te remonta allá por 2001, el comienzo de todo.

    Lo mejor del filme recae en las escenas de acción, olvidemos el guión, esto es 100% alta cilindrada con chapas retorcidas e ingredientes bélicos: un indestructible tanque de guerra y un avión militar al que, a cualquier precio, deben evitar que despegue. Adrenalina pura para la escena del puente entre Dom y Letty. ¡Para aplaudir! ¿Se quedaron con ganas? Tranquilos, se viene una séptima parte.
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  • Scary Movie 5
    Parodia a las apuradas

    ¿Qué estarán pensando los hermanos Muschietti (Andy y Bárbara) gestores de Mamá-de lo más interesante en un año repleto de películas de terror- con esta quinta parte de Scary Movie? Aunque hace rato la sátira agota ideas (de las buenas y de las malas) no extraña que ambos géneros vayan de la manito hacia el abismo. Terror y parodia se inmolan juntas.

    Lo nuevo de Malcolm Lee (The Best Man, Undercover Brother) tiene su potencial en los primeros minutos, tira toda la carne al asador en la introducción de esta saga con el recuperado Charlie Sheen y la reincidente encarcelada Lindsay Lohan. ¿Dónde? Acertaron, en una habitación que “resalta” las proezas sexuales de la pareja con cámara rápida incluida y guiños hacia el mítico Leslie Nielsen.

    Luego comienza un devenir de gags forzados junto a otra parejita, Dan (Simon Rex) y Jody (Ashley Tisdale) quienes mezclan escatología -no excesiva aunque con fijaciones hacia los simios (¿?)-, un bebé atormentado (atención a cuando le queman el pelo), mutilaciones más gore (guiño a Posesión infernal) y dos niñas que tienen un espíritu maternal que las protege (Mamá): lo mejor.

    La película se enmarca dentro de una estructura ideal para la parodia, la de Actividad Paranormal 4, donde se ensañan con la fealdad de la niñera, y queda al descubierto la rapidez con que Scary Movie 5 se ensambló; un guión menos que discreto y una filmación veloz como hamburguesa de fast food. Tengamos en cuenta que varias de las películas satirizadas ¡aún siguen en cartel con pocos meses en la pantalla grande!

    Los invitados le dan un toque particular al filme, Marcus (el genial Snopp Dogg), que se arma un porro gigante mientras recorre el bosque y hasta un par de trompadas de Mike Tyson, quien se prende en donde lo llamen. Lo que cuesta entender es la referencia a El cisne negro y la concepción temporal de El origen con un logrado clon de Leonardo DiCaprio versión Ben Cornish. En fin.
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  • Pecados
    Pecados
    Clarín
    El amor ante el temor

    “El otro día te vi, en el camino del arroyo... ¿qué hacías”; “Fui al arroyo”. Así de simple, este ejemplo refleja la básica línea argumentativa de Pecados, que intenta mostrar el incipiente amor de dos jóvenes de 16 años. Por un lado está Bepo, quien trabaja como ayudante de un viejo luthier de violines interpretado por Pepe Soriano, lo único rescatable de esta película con un personaje hosco y autoritario que despierta ira y lástima en dosis iguales. Sus manos temblorosas esclavizarán el futuro de su trabajo pero se pondrán firmes para adoctrinar a Bepo con cinturonazos.

    El actor Mariano Reynaga encarna a un chico timorato, callado, quien debe quebrar la barrera del miedo de su juventud. Eso no justifica que el actor recite cada letra del guión como si la estuviese leyendo, con un forzado énfasis y actuaciones poco creíbles, como en el encierro en la habitación, donde no lanza ni un exabrupto y casi no opone resistencia.

    Por el otro lado, está Lourdes (Diana Gómez) con el estallido hormonal a flor de piel, quien coquetea alevosamente con el muchacho. El padre de la chica es Don Santo (interpretado por Carmelo Gómez), un viudo que mezcla melancolía, pulcritud y es metódico hasta para barrer su almacén. Todo lo hace en cámara lenta, con algo de asombro (y ausencia), sobre todo ante su hija.

    Los adolescentes nacieron en un mismo pueblo, pero (vayan a saber porqué) la chica tiene un acento y el muchacho otro, parecen de lugares diferentes. Lo que los une son la fantasías mutuas, con escenas de masturbaciones (soft) en cada una de sus habitaciones.

    Esta película de Diego Yaker, que dirigió Como mariposas en la luz (2006), tiene varios saltos y planos inconexos con situaciones difíciles de asimilar. Por caso, Bepo lanza a la ventana de Lourdes una pequeña estatuilla que le pega en la cabeza a su enamorada, ella se asoma y (cambio de plano) se lo ve al pibe escapando en bicicleta en vertiginosa cámara rápida.

    El comienzo de Pecados, con el trágico parto de mamá María (Cristina Brondo), promete un filme con nervio. Pero entre los tonos ocres, rescatable en varias locaciones crepusculares y en la opresiva ambientación del taller del abuelo, se desdibuja una película sin sorpresas donde, ni siquiera, se explotó el recurso de una enigmática tumba.
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  • Spring Breakers: viviendo al límite
    Las chicas crecen

    Vale todo. La semana de sus vidas en las costas de La Florida. La costumbre adolescente de entregarse a los brazos de la autodestrucción etílica en el famoso spring break se refleja de forma magistral en este filme de Harmony Korine, el exitoso guionista de Kids quien no da tregua en esta obra teen explotation.

    Las microbikinis flúo, la carne joven y los cuerpos torneados (y bronceados) parecen ser la única forma humana posible. El slow motion de la fiesta sin fin se intercala en una película donde los colores saturados contrastan con el oscuro mundo del hampa. Como si fuese un sueño, la desnudez, histeria (muchos gritos) y hectolitros de alcohol enmarcan el ámbito del filme.

    Spring Breakers: Viviendo al límite gira en torno a Faith (Selena Gómez, la más recatada de las cuatro), una católica practicante, que tiene cara de nena tan pero tan buena que desentona con el descontrol de sus compañeritas de fiesta. La ex Hechiceros de Waverly Place y artista musical a escala global (que anduvo por estas tierras) tiene el papel más tibio de una troupe que se completa con Brit (Ashley Benson, Hanna Marin en Pretty Little Liars, la exitosa serie de ABC Family), Cotty (Rachel Korine, la mujer de Harmony, quien disimula muy bien sus 27 abriles) y Candi (Vanessa Hudgens, Gabriella de High School Musical).

    Tanto Brit como Candi son las mas osadas, con pasamontañas asaltan un comercio y se llevan toda las pertenencias de los clientes para poder solventar sus merecidas vacaciones. O eso es lo que aparentan decir. Cotty es el vínculo, la logística del grupo y Faith, bueh, digamos que cuando el caldo se pone espeso (y los excesos ya toman cierto carácter orgiástico), un bus la estará esperando para volver a su cómodo origen.

    Con una gran fotografía de Benoit Debie (Irreversible, Enter the void) para ambientar algo de porno soft (sino lo creen vean el menage a trois en la pileta), todo se envuelve en un paquete gangsteril siglo XXI encabezado por Alien (un genial James Franco). El no ostenta trajes oscuros, cicatrices o dicta vendettas, no, su mundo son las armas de todo tipo, el dinero (siempre repartido sobre una cama) y la elaboración de la droga, que marcan la agenda del mafioso.

    Las chicas caen presas y Franco (con un lookeo hiphopero que le calza perfecto) se apiada de ella. El las ve tan puras que decide pagarles la fianza. Pero obvio, nada es gratis en la vida. Las chicas deberán entrar a su sórdido mundo. Y tres de ellas no se ven a disgusto. Sólo Faith se alejará. El ritmo frenético de Skrillex (el dustep del comienzo no tiene ningún desperdicio) o la secuencia de Alien, tocando Everytime de Britney Spears en un piano de blanco inmaculado, son algunas de las perlas de esta película. Sí, zarpada película.


    FICHA TECNICA

    CALIFICACION: Muy buena

    Spring breakers: Viviendo al límite

    Comedia Estados Unidos, 2012. 93’, SAM 18 De Harmony Korine Con James Franco, Selena Gomez, Vanessa Hudgens, Ashley Benson, Rachel Korine Salas Hoyts Abasto, Cinemark Puerto Madero, Showcase Belgrano, Village Recoleta.
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  • El último exorcismo - Parte 2
    Amor infernal

    Las películas sobre posesiones infernales marcaron una era en el cine de terror desde la mítica El exorcista (1973), de William Friedkin. A este filme se lo exprimió por donde se pudo con resultados más que disímiles. Y en los últimos años se fatigó el recurso del falso documental.

    Una apenas correcta primer par- te con El último exorcismo mostra- ba al reverendo evangélico Cotton Marcus (Patrick Fabian) desenmascarando las mentiras de los ritos que hacía. Y como despedida de su ministerio decide socorrer a una familia granjera: terminó participando de su peor experiencia frente al Mal a través de la joven Nell Sweetzer (Ashley Bell, buena actuación) quien sobrevivió ante el poder infernal de Abalam, un demonio embarazador.

    Muchos años después, la des- dichada muchacha busca rehacer su vida en Nueva Orleans, donde trabajará en la limpieza de un hotel junto a un grupo de cachondas amiguitas. Los vestigios con el pasado es lo único que la acecha y asusta, tanto a ella como -seguroa los espectadores. Esta película de Ed Gass Donnelly (This Beautiful City) coquetea más con el suspenso que con el terror, los sustos llegan gracias a los poderosos flashbacks demoníacos que tiene Nell, imágenes repentinas donde el chirriante sonido desde el más allá estremece.

    La negación de la joven hacia Abalam se asimila con la del di- rector en recaer en la típica película de exorcismos (excepto en la escena de la levitación): acá la protagonista no se retuerce ni blasfema, sino que será seducida constantemente por esa sombra que la persigue, Abalam está "ca- liente" con la muchacha. Los que están cerca de Nell le vaticinarán su cruel destino a través de convulsiones, voces extrañas en el teléfono, la radio, sacrificios ("nunca te podré amar como él", dice su noviecito quien se degüella), etc.

    La secuencia en la iglesia donde las sombras ocupan cada vitreaux (junto a la perversa posesión del cura) o el ambiente ritualístico que crea Cecile (la morocha Tarra Riggs) es de lo poco rescatable de este filme donde a Nell no le quedará otra que asumir su condición maléfica con un final donde la ciencia ficción supera al terror.

    Vade retro.
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  • Ataque a la Casa Blanca
    Yo quiero a mi bandera

    La bandera estadounidense agujereada a balazos, chamuscada. Un símbolo fuerte, o un recurso repetido para sensibilizar y forzar el drama de un atentado.

    El director Antoine Fuqua (Día de entrenamiento) tuvo de su lado con Ataque a la Casa Blanca un toque de actualidad: la delicada situación entre Corea del Sur y Corea del Norte. La constante amenaza nuclear de este último, se enlazó de casualidad con el argumento donde el presidente de los EE.UU., Benjamin Asher (Aaron Eckart), viene de mal en peor.

    El mandatario primero sufre la muerte de su esposa luego de un misterioso accidente donde el vehículo oficial cae desde un puente. Allí asoma la estelar figura de Mike Banning (Gerard Butler, el épico Leónidas de 300), custodio presidencial y agente de seguridad que no puede rescatar a la Primera Dama del coche. Siempre cargará con esa muerte, se apartará de las armas y recluirá en una oficina.

    La segunda parte del trágico devenir de Asher se da cuando una comitiva de Corea del Sur visita a la Casa Blanca. Peeerooo, parte del equipo diplomático -que acompaña al primer ministro oriental- esconde a ¡terroristas norcoreanos!

    Desde ese momento Ataque a la Casa Blanca toma un carácter bélico (se utilizan todas las armas que imaginen) y destila un patriotismo irritante: la bandera por doquier, “que Dios bendiga a los Estados Unidos”, un terrorista muerto con un busto de Lincoln, etc.

    Lo que brilla en este filme es Butler, quien luego de que los norcoreanos copan la sede y secuestran al mandatario, adopta el rol de “yo contra el mundo” al mejor estilo Bruce Willis en Duro de matar. Gerard desarrolla un personaje brutal, rápido, intimidante, no duda en romper cuellos, degollar y disparar a la cabeza. Se mimetiza con su enemigo que exagera la crudeza de algunas muertes con ejecuciones en primer plano.

    Párrafo aparte para la “logística” gubernamental a cargo del presidente interino Allan Trumbull (un desaprovechado Morgan Freeman) y el buen papel de Rick Yune (Kang, el líder terrorista), quien desde el bunker presidencial por momentos hará retroceder a una nación que, sí, a veces cede.
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  • Bomba
    Bomba
    Clarín
    Una explosión de sentimientos

    ¿Quién no fue prisionero de las (in)creíbles historias de esos personajes urbanos que conducen autos pintados de negro y amarillo? Una de ellas podría ser la de Walter, un joven que recibe en su pueblito natal de Santa Fe un gran paquete que revela un notición: su historieta fue elegida en un concurso literario, impresa, encuadernada y a punto de presentarse en la Feria del libro. Un comienzo algo fantástico. Digno de un taxi.

    El protagonista, a cargo de Alan Daicz, quedará varado en una parada de su viaje hacia Buenos Aires y deberá llegar por las suyas. En la avenida 9 de julio, donde el caos vehicular cobra magnitud, comenzará una verdadera odisea para el protagonista. El taxi será su cárcel por las próximas horas y el que echará llaves, su conductor (Jorge Marrale). El gesto duro, la tensión en el tránsito y la mirada hacia su interlocutor trasero marca la chispa del pálido tachero que lo encierra y amenaza: el vehículo está repleto de explosivos y la bomba se detona con la bocina. Una vuelta de tuerca interesante. ¿O quién imaginó un taxi-bomba?

    Desde ese momento las hipótesis que se manejan para continuar este filme -dirigido por el realizador de Animalada (2001) y No fumar es un vicio como cualquier otro (2005)- podrían haber tenido un destino trágico, argumentativamente hablando. Pero no, acá no hay rehenes encapuchados, toma de lugares públicos, héroes anónimos o personajes nefastos que cuadren con una situación terrorista. No. El acierto de Sergio Bizzio fue “encerrar la película”. El interior del auto, como único testigo, ambienta un relato lleno de tensión, mimetizaciones, sentimientos encontrados y miserias. Se asemeja a una sesión de terapia mutua en cuatro ruedas.

    El asombro de Daicz (a veces exagerado) y el excelente trabajo de Marrale (quien con su mirada lo dice todo) albergan lágrimas de ira y dolor por partes iguales. El joven, desde el miedo y luego la comprensión, el adulto por lo estructurado y robótico, un muerto en vida a punto de estallar presa de infidelidades y desengaños. Los laberínticos paseos por Parque Chas, metaforiza lo cíclico de esta película producida por Lucía Puenzo (XXY) donde ambos se miden, juzgan y, lo más importante, perdonan. La bomba es una excusa.
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  • La huésped
    El secreto de sus ojos

    De la autora de “Crepúsculo”, otra historia de amor, con brillo en los ojos de aquellos humanos invadidos por una fuerza alienígena.

    Parece que la escritora estadounidense Stephenie Meyer tiene algo con la visión de sus personajes, los desdoblamientos y, por sobre todas las cosas, el amor como fuerza motora. Su best seller Crepúsculo, que hechizó a millones de adolescentes con el triángulo licano-vampiro-humano, mostraba el iris rojo de los chupasangres marcando el camino hacia la inmortalidad. En La huésped, otra aventura romántica, pero no tan sesgada al público teenager , se refleja un brillo peculiar en los ojos de aquellos seres humanos invadidos por una fuerza alienígena. ¿Cómo ocurre esto? A través de un alma (unos filamentos incandescentes) que penetran suavemente en la piel del sujeto y borran su memoria, purifican su esencia llevándolo a construir la utopía del mundo perfecto: con salud y sin violencia, hambre, ni dinero que necesitar.

    Una de las “víctimas” es Melanie (Saoirse Ronan), a la que se le implanta un alma y pasa a llamarse Wanderer. Y aquí lo interesante del filme de Andrew Niccol (Gattaca): encapsular en un cuerpo al espíritu atrapado que se niega a desaparecer. Como si fuese una voz de la conciencia neutra y con cierta reverberación, Melanie luchará por dominar a la inmaculada Wanderer y obligarla a no adaptarse al nuevo orden mundial. Párrafo aparte para ese mundo, prolijo, limpio, despojado de toda maldad, donde todos visten de blanco y resalta un plateado brillante en autos, motos, helicópteros, lo que le otorga un carácter impersonal, emparentado con el pueblo infantilizado -e ingenuo- del 2032 del filme El demoledor.

    La conquista de las almas es por desgaste, contemplar la extinción de la otra raza, sin violencia, la contracara de los pocos humanos sobrevientes, ocultos en desértica zona de formaciones rocosas. Y en ese submundo (donde la escenografía y fotografía se lucen con, por ejemplo, las imágenes de las luciérnagas o las doradas cosechas) se desatará la lucha interna de la protagonista. Melanie se encontrará con su novio Jared (Max Irons) y Wanderer quedará obnubilada por Ian (Jake Abel), un cuadrado amoroso pero en tres cuerpos. ¿Difícil, no?

    Los contínuos debates internos de la protagonista con su otro yo (donde el amor es el único eje) por momentos hacen caer al filme en un pozo creativo del cual se levanta por la tensión de La buscadora (la pétrea Diane Kruger), quien hará lo imposible para encontrar a Melanie y llevarla hacia el foco de la resistencia humana. ¿Lo conseguirá?
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  • El nombre
    El nombre
    Clarín
    Una cuestión de identidades

    A toda velocidad, en apuros. Desde el vamos, El nombre (Le prénom) muestra la cautivante geografía parisina desde la óptica del recorrido en bicicleta de un delivery boy que toca una puerta y sufre el tempestivo temperamento de Pierre (Charles Berling). Dirección equivocada, era la casa de al lado.

    Esta comedia francesa, basada en la obra de teatro Le prénom y cuya adaptación local está en cartel bajo la novel dirección de Arturo Puig, posee el ritmo abrupto del comienzo: de la risa al silencio, de la duda a la vergüenza, sin grises.

    La pareja de este profesor -con ideas de izquierda progresistas- es Elisabeth (Valérie Banguigui), una vulgar maestra, algo esclavizada a la cocina, que prepara una dulce velada de cocina marroquí. Es sábado a la noche, los chicos se fueron temprano a la cama, llegarán tres amigos más a comer. Nada puede fallar. O eso parece.

    Luego del frenesí de los preparativos las fichas comienzan a acomodarse en esta producción con una verba vertiginosa. Aparece Claude, un refinado trombonista de orquesta y eterno confidente de Elisabeth; luego Vincent (Patrick Bruel), macho alfa galo y homenajeado padre primerizo quien sedujo a la bella y embarazadísima Anna (Judith El Zein), que también se sumará a la apocalíptica cena.

    Con diálogos repletos de ironía, mentiras (por parte de Vincent), sarcasmo y algo de mal gusto (de más lo del supuesto bebé muerto) las punzantes charlas incluyen posiciones ideológicas enfrentadas (guiño al Denys Arcand de Las invasiones bárbaras) donde los trapitos al sol salen a la luz y también algunos secretos como el del ¿prohibido? romance de Claude.

    El chiste de querer ponerle Adolphe a un hijo deriva en discusiones a voz en cuello por parte de Pierre y también cómicos malentendidos. En El nombre (Le prénom) una discusión siempre lleva a otra, nunca hay paz en la casa: asfixia. Los realizadores agotan un tema (ejemplo: los nombres) y asoma otro (la intolerancia familiar) como punta de ovillo para tirar y así justificar la duración de un filme que se podría haber resuelto en mucho menos tiempo.
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  • Por un tiempo
    Papá por siempre

    Una foto. Una chica de 12 años. Un estudio de ADN positivo. Una paternidad inesperada. Leandro (Esteban Lamothe, de El estudiante) es un exitoso y joven arquitecto al que la vida le cambia de repente. Nunca supo que tenía una hija de otra mujer. Y al mismo tiempo su esposa Silvina (Ana Katz) se entera de que está embarazada, luego de años de intento. Sorpresas y alegrías en una olla a presión.

    El actor Gustavo Garzón debuta como guionista y director en una historia simple, a la que trató en profundidad y dedicó una década de su vida. El plasmó parte de la vida de Lucero (Mora Arenillas, un hallazgo), una preadolescente de origen humilde y carácter introvertido que contrasta con la situación económica y felicidad de la flamante pareja adoptiva.

    Con la mirada al piso, algo ausente, la chica refleja apatía, tristeza: su madre biológica está muy enferma y por esa razón su tía decide contactar a Leandro para contarle de su paternidad y obligar a que cuide de su hija. El al principio mantendrá una relación de cierta frialdad y rigidez con su hija y Silvina será su salvavidas, le comprará ropa a Lucero, la contendrá como si fuese su madre.

    Durante la mayoría del filme, Leandro mantiene un perfil entre el asombro y la impotencia, parece no relajarse nunca, sus ojos bien abiertos lo delatan: el trabajo se complica (discute con su jefe, tiene un cliente al que nada lo convence), su relación con Silvina se torna turbulenta -cambios de humor, vacaciones postergadas, cierto recelo a Lucero, los conflictos del embarazo- y su hija, sumida en su mundo, inapetente, deprimida. Pero lo positivo es que nunca la hacen a un lado, suma.

    La creciente tensión que despliega Por un tiempo, donde casi no hay situaciones que descompriman el conflicto (un chiste, algo de picardía u humor hubiese venido bien), fatiga y ahoga un argumento algo predecible. Garzón prefirió profundizar en los problemas cotidianos y no tanto en las soluciones, aunque la imprevista llegada de una mascota (con los reclamos a cuestas) ayudará a que Lucero ablande su corazón y muestre destellos de simpatía. Y todo se encaminará, sólo es cuestión de sonrisas, relax y que los roles se acomoden porque -pese a todo- la vida continúa.
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  • La esperanza de una nueva vida
    Entre las redes de las distancias

    Delicada película en la que una trabajadora textil china debe buscar, en soledad, su lugar en un pueblo italiano.

    Extraña en tierra ajena, eso es lo que siente Shun Li (Tao Zhao), una trabajadora textil que vive en las afueras de Roma. Proveniente de China, deberá viajar a Chioggia (un pueblo ubicado en la provincia de Venecia) para ser camarera en un bar. Un cambio brusco.

    La niebla, las aguas que suben y bajan, junto al fastidio de los clientes (en su mayoría veteranos pescadores) ambientan un presente difícil para Shun Li, cuya barrera idiomática la ahoga y oprime, al igual que su jefe. Está presa entre botellas, se siente una esclava.

    Entre los habitués del bar está Bepi (Rade Sherbedgia), un solitario pescador cuyas raíces tampoco son italianas -por más que desde hace 30 años viva allí-, él es eslavo. Este poeta amateur -que arma rimas en la ronda de amigos- percibe el desamparo (y hostilidad) que sufre la muchacha. Las carencias irán acercando a los personajes, de a poco, como si se midiesen.

    La devoción de Li por Qu Yuan (el primer poeta chino importante en la literatura del país), la emparenta con el novato amor por las letras de Bepi, quien a cambio le enseñará su duro oficio.El realizador Andrea Segre, especialista en documentales, construye una relación de silencios, contención, miradas y breves caricias. La esperanza de una nueva vida -premiada en el Festival de Venecia 2011- se cocina a fuego lento, pero no aburre, sino que intriga. La mimetización en la desdicha de los personajes los unirá para poder escaparle a la triste rutina de una realidad inevitable.

    Ante la mirada inquisidora de los otro pescadores -quienes imaginan una conspiración de los chinos hacia los italianos- “El poeta” abrirá su corazón para acercarse más y más a Shun Li. Pero ella está maniatada sentimentalmente por sus coterráneos. La moneda con la que le quieren hacer pagar su amor prohibido con Bepi es cruel para cualquier madre: alejarla para siempre de su pequeño hijo, quien vive en China. Si ella paga una deuda, él la visitará en Italia.

    Los diálogos en esta película son breves, precisos, no necesitan profundidad. Cada final de la jornada laboral de ambos abrirá la puerta para una esperanza de amor. El filme busca conmover desde la escenografía, muestra lentamente cada rincón de Venecia, un lugar amigable para recorrer en pareja, pero enemigo en soledad. El agua calma y los crepúsculos, sustentado por un correcto trabajo de montaje y fotografía, estructura el relato de esta tierna relación que desprenderá un sorpresivo final.
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  • 21 La gran fiesta
    Graduación alcohólica

    Los guionistas de la genial ¿Qué pasó ayer? pudieron construir, sobre todo en la primera parte de aquella película, una idea desopilante ambientada en Las Vegas luego de una salvaje despedida de solteros. Pero parece que nuestros amigos Jon Lucas y Scott Moore, que debutan en la dirección, quisieron hacer la versión veinteañera de la exitosa comedia. Pifiaron.

    Como si la “verdadera vida” tuviese punto de partida a los 21 años y la única misión es ahogarse en alcohol, Milles (Milles Teller) y Casey (Skylar Austin) tienen la brillante idea de “rescatar” a Jeff Chang (Justin Chon) para festejar su mayoría de edad para la bebida. Mostrando su documento como si fuese un trofeo -y creyéndose impune a todo- el oriental vivirá una gira interminable por bares, calles y demás ámbitos con sus secuaces. ¿La condición para emprender tal aventura?: volver sobrio a las 7 AM para asistir con su padre a una entrevista de admisión estudiantil.

    Pero algo sale mal -como en todas estas películas- y Jeff tendrá mucho alcohol en la sangre como para mantenerse lúcido. Milles y Casey, que no están mucho mejor, olvidan un pequeño detalle: dónde devolver a su amigo. Y allí comienza la otra película, el ensamblaje de una red de contactos que ayude a develar el domicilio de Jeff.

    El egoísmo, la falta de sinceridad y también la hipocresía de “creer” conocer a su compañero de aventuras, por más que hayan pasado un par de años sin verlo, es lo que refleja 21, la gran fiesta, donde se sabe que todos guardamos oscuros secretos, por más compinches que seamos en las buenas.

    El filme abunda en cerveza, bromas escatológicas, genitales siempre presentes (un osito de peluche agarrado “ahí”) y una fiesta en una torre en la que hay que superar pruebas... alcohólicas, obvio ¿o qué otra cosa esperaban?
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  • La vida anterior
    En clave de traición

    Dos cantantes de lírica enamoradas del mismo hombre son las que componen Elena Roger y Esmeralda Mitre en este drama.

    Basado en el libro La maestra de canto, de la escritora y cantante Silvia Arazi, La vida anterior se mete en la vida de Ana (Elena Roger), una aspirante a voz lírica que desde hace siete años está en pareja con Federico (Sergio Surracco), quien toca el violoncello en una Sinfónica. Pero su vigor y talento queda plasmado en la pintura.

    Desde un comienzo, la opera prima de Broitman (dividida en tres capítulos) aparece encorsetada en lo teatral, dándole un carácter señorial a ciertas escenografías como el caserón donde vive Mara (Adriana Aizenberg), la glamorosa maestra de canto de la protagonista. La exageración parece ser una constante en este filme novelado: pasos que retumban, una dramática voz en off, los sonidos tangueros de fondo (“la dulce voz de la tragedia”), un óleo en llamas o el demacrado semblante final de Federico.

    La llegada de Ursula, una alumna de canto lírico encarnada por Esmeralda Mitre, es crucial para la hasta entonces feliz pareja. La admiración que Ana siente por ella, la lleva a presentársela a su marido: comienzan los problemas.

    Por más que Mitre cargue en su personaje con un gran vacío y misterio (con riesgo de llevar a la película hacia un cono de sombras y depresiones sin salida), su impactante figura y dramática voz acomoda los roles de este reciente triángulo amoroso: Ana pasará a un segundo plano, la envidia y celos (inseguridad) la dominarán y Ursula deseará secretamente a Federico. El, entre dos mundos, pagará el precio de la pasión.

    Un viaje a Uruguay que alimenta sospechas, los enigmáticos regalos de la rubia (¿quién ofrenda un gato negro?), la música -entre otros- de los compositores Franz Schubert y Henri Duparc (engarzado con Charles Baudelaire en un libro) sumado a la semilla de la traición amorosa, condimentan a La vida anterior, una obra demasiado prolija que resalta el papel de León (Juan José Camero), que despierta admiración por el fracaso rotundo” que carga sobre sus espaldas.

    Los mejores momentos de la película se dan durante las escenas de concierto. Allí se puede disfrutar la brillante voz de Roger y Mitre. La primera muta, su rostro aparece pétreo, con la mirada ausente, lejos de la fragilidad de la actriz. Ursula mantendrá siempre una fuerte estampa en sus dos facetas.
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  • Oblivion: El tiempo del olvido
    Abre tus ojos

    Memoricen el comienzo de la enigmática Vanilla Sky donde David Aamies (Tom Cruise) despertaba de un largo sueño (lúcido, pero sueño al fin) y se encontraba intermitentemente con Sofía Serrano (Penélope Cruz) y Julie Gianni (Cameron Díaz). Ese triángulo de confusión y egocentrismo (¿o acaso hay muchos filmes donde Mr. Cruise pase a segundo plano?) podría resumirse en Oblivion: el tiempo del olvido donde las damiselas mutan a Julia (Olga Kurylenko) y Victoria (Andrea Riseborough) pero en una ambientación fría, postapocalíptica, donde el tiempo parece no ser tal en el no tan lejano 2077.

    Los escasos sobrevivientes de una Tierra devastada emigran hacia Saturno donde reside la base-hogar donde Jack Harper y Vika pasan tediosas jornadas de exploración. Desde allí comandan la reparación de drones, las máquinas que se encargan de sobrevolar y explorar el inhóspito planeta anteriormente poblado por humanos. Pero no están solos, se enfrentarán a los "carroñeros", unos monstruos mutantes (estilo Depredador), que buscarán exterminar todo a su paso.

    Este tanque de Holywood rodado en Islandia y con promoción inédita –la tan publicitada visita al país de los artistas principales a excepción de Morgan Freeman (Beech)- tiene varios rasgos de las películas de ciencia ficción de los ´70 con una pulcritud ambiental (todo es blanco, atención a los interiores de la nave) y tecnológica que asusta. Las armas que porta Tom Cruise pueden remitir a la opera prima del director Joseph Kosinski: Tron: el legado con todo el aspecto futurista que ello conlleva. Los enfrentamiento entre el protagonista y los "malos" le pone la cuota de acción necesaria a una película minada de hostilidad escenográfica. Todo es gris.

    Las órdenes y traiciones a cargo de Sally (la pétrea Melissa Leo), la crisis de identidad (con clones incluidos) que sufre Jack -que remite a la adaptación de Alejandro Amenábar (Abre los ojos)- y el encuentro con algunos sobrevivientes humanos (depositados en cápsulas) y que es la semilla de un confuso amor, son lo más interesante de este film donde la omnipresencia de Cruise (a lo Misión imposible, fortuito o no) se roba la película. Una vez más.


    FICHA TECNICA

    Calificación: Buena

    Oblivion: El tiempo del olvido

    Acción Estados Unidos, 2013, 140´, SAM 13 De Joseph Kosinski Con Tom Cruise. Morgan Freeman, Olga Kurylenko Salas Village Caballito, Cinemark Puerto Madero, Cinema City General Paz.
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  • Tadeo, el explorador perdido
    Un tesoro animado

    Una verdadera y agradable sorpresa es esta película española, entretenida de principio a fin, y que no aburrirá a los adultos.

    Emular con estilo y darle una identidad personal, un gran desafío para el cine ibérico sobre todo si el producto a “clonar” es ícono en su género como sucedió con la saga de Indiana Jones. Con reminiscencias a El secreto de los Incas (1954), la ochentosa Alan Quatermain y toques de acción y animación versión Tomb Raider- La Momia, Tadeo, el explorador perdido en 3D da sobradas muestras de por qué se convirtió en la película de animación más taquillera del cine español.

    Con un guión entretenido de principio a fin -donde los adultos no se aburrirán- y un logrado trabajo en la construcción de los personajes secundarios, la aventura arqueológica de Tadeo viajó a Perú, precisamente hacia la ciudadela de Machu Picchu. Un dato: esta herramienta turística hecha filme llevó el día de su estreno a casi 40 mil personas al cine, lo que la convirtió en la más exitosa en la historia del cine del Perú.

    El director Enrique Gato lleva más de ocho años con la arqueo logía animada en la cabeza. Esta película es el tercer paso, primero el exitoso corto Tadeo Jones (2003) que tuvo, cuatro años después, Tadeo Jones y el sótano maldito (2007), con sendos Premios Goya.

    Entonces caía de maduro este largometraje que tiene como eje a una misteriosa piedra de la cual falta la otra mitad y abriría la puerta hacia la ciudad perdida de Paititi, una leyenda real en el universo arqueológico. Por un fortuito incidente, Tadeo -un obrero de la construcción en Chicago y soñador empedernido- se lanza hacia la aventura trasandina, con un altísimo vuelo de animación.

    Pero él no estará solo, lo acompañará Freddy, un guía local del cual se fuerza su característica ventajera y compradora, y la curvilínea Sara Lávrof -¿la unión de Lara Croft?- quien mezcla conocimiento, tenacidad y valentía, la contratara del ingenuo e inocentón Jones. Ambos deberán vérselas con Kopponen, jefe del grupo Oddyseus, quien se encarga de robar tesoros para venderlo al mejor postor, en complicidad con el soberbio Max Gordon, un pseudo arqueólogo que conquistó el corazón de Sara. Mención aparte para el loro Belzoni, mudo, de carácter fuerte y quien con ingeniosos tablones nos da su opinión.

    Humor, mucha acción, momias juguetonas y el acercamiento a la civilización inca, que como esta película, no deja de sorprender. La secuela de Tadeo Jones, el explorador perdido ya está en marcha.
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  • Ausencia
    Ausencia
    Clarín
    Olvídate de mí

    Irse y jamás volver, el hueco, el vacío, la impotencia. Eso es lo que vive Tricia Riley (Courtney Bell) cuando su marido Daniel (Morgan Peter Brown) desaparece sin dejar rastro alguno. Siete años después la mujer parece bajar los brazos para asumir la realidad: no volverá.

    Su hermanita Callie (Katie Parker, de una pasable actuación) la visita luego de un largo tiempo. Una vez en el vecindario -que sufre desapariciones de animales y personas- observa a la embarazada Tricia vivir en un limbo: entre aceptar la definitiva falta de su marido y el desafío de empezar una nueva vida. Pero los (muy bien logrados) sueños lúcidos de Tricia con la aparición de Daniel le recuerdan que él está al acecho y no le pierde pisada.

    Apenas recibe en su domicilio el certificado de defunción de su esposo por “ausencia”, y cuando el corazoncito y mente de ella parecen enderezarse... ¡zas!, un zombie digno de The Walking Dead deambula por la calle: es Daniel. Y allí comienza la otra película, la de integrar a su pálido marido (un ente casi) a su nueva vida. Su atemorizado rostro y pésimo estado físico-mental denotan que no la pasó nada bien. Y las explicaciones de su extraña desaparición nunca están claras.

    No esperen impactantes efectos especiales en Ausencia, sino la sugestión de desconexión en la que están las víctimas del túnel con una figura (¿araña, langosta?) que rapta a las víctimas y las somete. Lo interesante de este filme de Mike Flanagan es el suspenso generado dentro del túnel donde el efecto de vacío, junto a sórdidas voces del más allá, transportan al espectador hacia el inframundo. Lo negativo es el factor repetición: un argumento espiralado en torno al difuso destino de las víctimas.

    En esta producción independiente asoma Doug Jones (El laberinto del fauno), el malogrado Walter Lambert, uno de los “aparecidos”, quien con su mirada perdida le dice a Callie “¿Puedes verme?”, la síntesis de este filme que abrió el festival Buenos Aires Rojo Sangre 2012.
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  • Bienvenido a los 40
    La crisis de la cuarta década

    Crisis y conflictos familiares en tono de comedia, con una pareja a punto de llegar a la barrera de los 40 años.

    Cinco años después de que el escritor y director neoyorquino Judd Apatow presentara a Pete y Debbie en la lograda Ligeramente embarazada, el desafío a que “las segundas partes nunca fueron buenas” se enfrentan en Bienvenido a los 40, donde la crisis y los conflictos familiares son la constante en una película que comienza bien pero luego se repite hasta el hartazgo.

    Apatow, especializado en analizar la condición de la soledad en diferentes enfoques (Virgen a los 40 o Hazme reír, con Adam Sandler), abandona el carácter embrionario de la familia -con las nenas chiquitas y ellos más jóvenes- para estallar en las manos como una granada. El arribo a la cuarta década le quema a la pareja. Pete con una dieta militar a la que debe (¿quiere?) someterse mientras planea su fiesta de 40 años, Debbie con sus 38 recién cumplidos, le echa en cara los dos años de diferencia. Los dos son iguales, aparte de amarse locamente, atraviesan los últimos coletazos de una adolescencia postergada y no se animan (sobre todo Pete) a afrontar las obligaciones familiares. Siempre se los ve agobiados, sobre todo en lo económico, tratando de llevar una vida en la que el bolsillo no le va a en saga.

    Pete, que puede emparentarse con el Rob Gordon (John Cusack) de Alta fidelidad, se pone la caparazón de su sello discográfico under que intenta mantener a flote. Lo que se hunde es su pareja, pero por problemas no tan graves. En el filme todo se amplifica. Aunque los gags no son lo que abundan sino un guión que escarba dentro de una problemática de la que hay más mito (y frases hechas) que realidad: la crisis de la cuarta década. “La mayor felicidad del hombre se da entre los 40 y los 60”, le dice Debbie a su marido. Apatow intenta desdramatizar la situación, cae en la picardía como en el aspecto caricaturesco del ginecólogo, proctólogo o el dentista. La pareja siempre cumplirá el rol de víctimas.

    Maude e Iris Apatow (los hijos reales de Judd y Leslie), se llevan lo mejor del filme con sus eternos conflictos de hermana mayor-menor matizado por los cambios hormonales de Sadie ante la aún inocencia de Charlotte. Otro personaje muy bien explotado -al borde de la vergüenza ajena- es el cáustico Larry (Albert Brooks), padre de Pete, una sanguijuela familiar (en todas las hay) que jamás tiene dinero, la ciencia le dio trillizos y él se los confunde. Otro puntito a favor es Desi (Megan Fox), la empleada -y escort- de la tienda de Debbie, quien tiene la aparición justa para deslumbrar con su cuerpazo.
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  • ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?
    Disparo a la ilusión

    La construcción de una noticia a través de entrevistas, archivo, prosa pura y las pausas necesarias para que el texto repose. Y, de nuevo, el periodista se sumergirá en él, siempre con la presión del tiempo a cuestas.

    ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?

    título homónimo del libro de Diego Rojas (del cual se basó este documental) muestra de una forma ágil y llevadera como el periodista Andrés Oviedo (Martín Caparrós) escribe una serie de artículos que investiga para una revista la muerte del joven militante de Partido Obrero.

    Aquel 20 de octubre de 2010, entre la estación Avellaneda y Barracas, una patota -digitada por la Unión Ferroviaria- prohibió y reprimió una protesta de un grupo de trabajadores tercerizados despedidos que reclamaban el pase a planta del ferrocarril Roca. Hubo sangre, heridos. Y muerte.

    La investigación de Oviedo también se vio trabada: su jefe (en la voz de Enrique Piñeyro) vetó la publicación de su artículo por ser demasiado incisivo. No quería algo tan comprometido. El periodista debía tomar una decisión: acatar la orden de arriba o seguir su rigor profesional. Entonces redobló la apuesta y encaró un libro con su investigación. Oviedo va al hueso (con la voz en off de Caparrós que tira datos crudos de los implicados) y entrevista al dirigente gremial José Pedraza, quien este mes sabrá su destino judicial junto a otras 16 personas.

    El documental de Alejandro Rath y Julián Morcillo intercala jugosas entrevistas con familiares y amigos de Ferreyra, como su hermano Pablo, que recuerda la biblioteca creada por Mariano, o su mamá, que al principio habla con naturalidad y luego se quiebra al igual que Nicolás, un compañero de militancia que también, entre lágrimas, piensa que todo le sigue pareciendo una ficción. No puede caer, como El Be, un amigo que no deja revelar su identidad y condensa los testimonios más ricos sobre el perfil de Mariano Ferreyra. Una semblanza a puro plano detalle.

    La redacción en casa de Oviedo, la colaboración de su hija Ana (Lucía Romano), el devenir melancólico en los medios de transporte y la lucha para dejar el cigarrillo son detalles que los directores exprimen -con una lograda fotografía- para darle calor y color a una historia difícil de contar.

    El momento de mayor tensión llega, con música pesada de fondo, cuando se recrea el breve (y bien logrado) enfrentamiento entre la patota sindical y los tercerizados/militantes del Partido Obrero. Piedrazos y disparos, mucho movimiento de cámara y una caída en primera persona como si Ferreyra tuviese una filmadora en sus ojos. De lo más duro junto a su agonía en una ambulancia.

    El logrado detallismo en las banderas, estandartes, graffittis y pines con la imagen del militante muerto, reflejan la ilusión de su rostro. Hecho causa.
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  • La memoria del muerto
    Y el terror festeja a los gritos

    El combo que conforman los elementos sangre, miedo y cine argentino se continúa renovando con esta película.

    Dos mundos, uno interior, teatral, asfixiante por momentos; y otro exterior, con espíritus, estética de cómic, vibrante. En La memoria del muerto conviven dos universos donde el carácter ritualístico se enlaza con el sacrificio y un pacto siniestro, el de Jorge (Gabriel Goity), que muere en forma misteriosa mientras duerme. Su viuda Alicia (Lola Berthet) convocará -a pedido del difunto- a sus seres queridos para leer una emotiva carta escrita por él, que pinta de un trazo las cualidades y defectos de cada uno.

    Con un fino trabajo artístico y sin caer en lo bizarro del gore (aunque tiene escenas fuertes), el director Javier Diment recrea el ambiente opresivo en una mansión de la cual no se debe (ni puede) escapar. Las velas, cuchillos, vasos y -siempre- la sangre ambienta el inframundo de la película, un sótano que esconde los secretos de la trama hilvanados en un relato sólido, con suspenso. Las locaciones reducidas sirven para poner la lupa en los actores. Y no distraerse.

    Con vistosos planos angulares (Jorge que contempla desde el más allá), una inquietante pintura del fallecido y entidades que se corporizan y desmaterializan llevando un mensaje, los protagonistas tarde o temprano harán eje en la viuda. Es destacable la caracterización artística de Nicanor (Matías Marmorato) junto al desempeño de Hugo (Luis Ziembrowski).

    El silencio del abuso (simplificado con una madre que se cose y descose ojos y boca, mientras su hija es sometida), hipnotizantes cajitas musicales, una logradísima extracción de ojos y algunos guiños de películas históricas: el avance de la entidad a la altura del suelo (símil Evil Dead) o el estiramiento de una lengua (recuerden a la enfermera de Pesadilla en lo profundo de la noche) retratan a este melodrama que tiene una interesante vuelta de tuerca final a base de traición y engaño.

    Luego de Malditos sean!, Diablo y Making off sangriento: masacre en el set de filmación (Diment trabajó en estas dos últimas producciones), el combo sangre/miedo/cine argentino se continúa renovando con La memoria del muerto. Y así, el género de terror festeja a los gritos.

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  • Proyecto 43
    La cantidad no hace a la calidad

    Imaginen que lo más rico de un suculento sandwich de jamón, queso, lechuga y tomate es la mayonesa, mostaza o condimento que utilice. Esto es lo que sucede con el proyecto coral de los productores Peter Farrelly y Charles Wessler (Tonto & Retonto, Loco por Mary) que incluyeron a varios nombres rutilantes de Hollywood para contar casi una docena de historias diferentes con un humor, digamos, dudoso. Lo más jugoso (no califica ni para gracioso) llega en los pseudo avisos publicitarios intercalados entre los sketches.

    Pero, ¿de qué versa el filme?: dos adolescentes enviciados con YouTube caen en la trampa de un precoz nerd que les hackea la máquina y hace creer que un video que ellos grabaron tiene un éxito inusitado de visitas. La “venganza” del dúo, hacia el pequeño conocedor de los rincones de Internet, es desafiarlo a encontrar una realización desconocida, única en la red de redes. Sí, la Película 43.

    El hacker se empecina en buscarla, se obsesiona, enloquece y encuentra un lugar en la web con 43 filmes al que verá uno por uno. Desde su notebook abrirá ventanas que desplegará cada una de las historias. Un singular comienzo.

    El primer filme muestra una cita entre Hugh Jackman y Kate Winslet, donde al actor de Los miserables se lo ve con testículos ¡en la garganta! El recurso del “chiste” estirado hasta el hartazgo (y a cualquier precio) es el sello distintivo en cada uno de los episodios.

    Con sólo ver el trailer, el espectador tendrá un pantallazo de una película sin sorpresas: el mal gusto, lo forzadamente incorrecto, la falta de remate en varias de las historias (vean el capítulo sobre la menstruación), la vergüenza ajena (papá -Liev Schreieber- que hace pasar malos momentos a su hijo) o la innecesaria escatología (el capítulo La proposición con Anna Faris). Hasta hay una golpiza a un gnomo en manos de Johnny Knoxville (de la tira Jackass), de lo más justificable del cast actoral.

    ¿Proyecto 43 tiene alguna salvación? Sí, la original propaganda donde se toma conciencia acerca del espíritu infantil de las máquinas y el uso violento que se ejerce sobre ellas, o en la creación del iBabe, un reproductor musical en un cuerpo de mujer. Allí Richard Gere oficia de jefe de la compañía y es de los pocos famosos que sale ileso de este olvidable filme.
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  • Efectos colaterales
    Efectos colaterales
    SI (Clarín.com)
    Antídotos del abismo

    ¿Será cierto que Steven Soderbergh tendrá una despedida definitiva en la dirección cinematográfica luego de Efectos colaterales y se embarcará 100% al mundo del teatro y la televisión? Quien sabe sobre este laureado director estadounidense, que alzó su Oscar de la Academia al mejor director por Traffic (2000).

    El thriller que acaba de lanzar sería una despedida con gloria, a la altura de sus mejores películas como la debutante Sexo, mentiras y video (1989) o Erin Brockovich (2000). En esta ocasión, Soderbergh craneó un filme que gira en torno al uso de antidepresivos y sus temibles consecuencias. Los trastornos mentales, la bipolaridad imanta, como el gran papel de Rooney Mara (La chica del dragón tatuado), en el papel de Emily Taylor, quien puede recordar por momentos a aquella inolvidable interpretación del por entonces debutante Edward Norton en La verdad desnuda (1996) con Richard Gere.

    Pero volviendo a nuestra protagonista, Emily es una joven a la que la vida le sonríe, ama a su pareja Martin (Channing Tatum), tiene salud (por el momento), dinero (también esporádico) pero en un segundo todo se desmorona a sus pies cuando las oscuras actividades de su chico son descubiertas: manipulación ilegal de dinero de una financiera. A la cárcel. Golpe al mentón.

    Hasta ese momento, el guión de Efectos colaterales hace presión sobre la apesadumbrada Emily quien está al borde del abismo y ve el suicidio como la solución definitiva. Pero fracasa. Debido a su inestable comportamiento (y ante la desesperación por no ser hospitalizada), ella accede a seguir un régimen de terapia… y antidepresivos, el eje del conflicto del filme. Bajo su cuidado está el psiquiatra Jonathan Banks (Jude Law) quien le prescribe una nueva pastilla de la discordia: un medicamento cuyos efectos secundarios son puestos en tela de juicio.

    De allí en más, Soderbergh se mete cinematográficamente tanto en la mente del profesional como en el accionar de la joven Taylor. Es audaz. Por un lado, el psiquiatra quedará atrapado bajo la inquisidora mirada de los medios y la sociedad. Lo verán como el culpable. En otro costado, como si la vida que los unió los enfrentase, Emily matará. Y nadie, incluida ella, parece conocer los motivos. Todo es confusión, una constante en la segunda parte del filme.

    Efectos colaterales también se sumerge –superficialmente- en el teje y maneje de una de las industrias más rentables del planeta: la farmacéutica con los consabidos arreglos entre empresarios para adquirir tal o cual medicamento. Una red de traiciones (varias veces un poco complicada de seguir) sumará a la trama a una terapeuta rival de Banks (encarnada por la siempre seductora Catherine Zeta-Jones) que atendía a Emily años atrás. En una entrevista Jude Law, quien jamás había trabajado ni conocía a CZJ, Chaning o Rooney dice que con esta película se respetará la profesión del psiquiatra. “Vi el modo delicado en que trataban a pacientes con un asombroso grado de disconformidad y dolor”. ¿El fin de Soderbergh?
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  • ¿Y dónde está el fantasma?
    El espíritu de la risa

    “Equipo que gana no se cambia” dice la máxima futbolera. En el género de terror se optó por recurrir una y otra vez al efecto found footage (material encontrado) como recurso de las últimas películas de miedo. Eso sí, con diferentes resultados. Pero a Hollywood pareció no importarle. Entonces en la comedia, Marlon Wayans que participó en Una película de miedo I y II (que se metía con Scream y El proyecto Blair Witch, entre otras víctimas) esta vez se encargó de parodiar la, en sus comienzos, exitosa y original saga de Oren Peli: Actividad paranormal.

    Con divertidas dosis de posesiones demoníacas (en referencia a Con el diablo adentro) la historia se centra en el adultescente Malcolm (Wayans) y su pulposa novia Kisha (Essence Atkins), que decide mudarse a la casa de su chico. Y así no sentirse más solo. Pero habrá alguien más que transformará su vida en un infierno... de risas y situaciones desopilantes.

    Para estar más seguro, Malcolm decide contratar un sistema de monitoreo casero que también le servirá para registrar una serie de eventos del más allá. Pero luego se sorprenderá al ver que Kisha está en manos malditas, con comportamientos aberrantes y que su vida (sobre todo la sexual) corre peligro.

    Si el objetivo es reír, ver una ametralladora de gags con el chiste efectivo (a cualquier precio) ¿Y dónde está el fantasma?

    sin dudas cumple el objetivo. Pero si el filme se analiza en profundidad, se verá que el guión no se molesta en buscar suspenso, tensión, simplemente copia la estructura de la saga de terror paranormal. Aunque con divertidos resultados: el ente fumando marihuana, teniendo relaciones con Kisha (expulsando previamente a Malcolm), siendo ignorado por la pareja, etc.

    En cuanto a la temática de las bromas, la creación de Michael Tiddes abusa en la sexualidad (algunas subiditas de tono como la mandingo party con la intervención de Steve y Jenny, la pareja swinger amiga de Malcolm), la escatología (no apta para estómagos sensibles) y codazos al racismo. En esta película fue crucial que los personajes secundarios vayan a la par de la dupla protagonista. Y los responsables del filme acertaron con los papeles: Chip (Nick Swardson), un psíquico homosexual que acosa al moreno -su desnudo a oscuras no tiene desperdicio-, Rosa (Marlene Forte), la latina que limpia la casa y tiene una doble vida en la vivienda, o Dan y Bob, los cazafantasmas subnormales, en la piel de los actores David Koechner y Dave Sheridan.

    Párrafo aparte merece la entrada del Padre Williams (Cedric the Entertainer), un ex convicto entregado a la fe religiosa que buscará limpiar la casa del ente maligno. Asi que, ¡a reír se ha dicho!
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  • Matrimonio
    Matrimonio
    Clarín
    Laberintos de una obsesión

    La crisis de una pareja de 23 años de casados, con Darío Grandinetti y Cecilia Roth.

    Una historia íntima en la rutinaria vida de una “pareja” que lleva 23 años de casados. Esteban (Darío Grandinetti) es un dibujante publicitario que no le encuentra la vuelta (o no quiere hacerlo) en la creación de una campaña para un perfume de mujer. Está estancado, como en su relación con Molly (Cecilia Roth), una compositora musical sumida en una profunda depresión. Desde el vamos, Matrimonio plantea una trama plana, sin profundidad.

    Los protagonistas, que en la intimidad casi no se hablan y cuando se encuentran parecen extraños -a pesar de convivir-, sin embargo se extrañan, se buscan, están obsesionados uno con el otro. Desde el nickname del chat hasta la grabación del contestador telefónico figuran de a dos, una simple pantalla de Esteban y Molly. El, siempre se mostrará con un tono monocorde, como si fuese un robot oscuro donde la voz en off (que refleja los pensamientos) empalaga en el recurso. Ella, se refugiará entre las sábanas, no se animará a cortar la relación o a sumergirse en una aventura extramatrimonial. La pareja peca de timidez.

    El segundo largometraje de Carlos Jaureguialzo (Tres pájaros, 2002) muestra la tibieza de los que se extrañan, pero no se animan a solucionar las cosas, lo único que los une es el amor por su hija, que reside en Viena. En el filme que se vende como “inspirado libremente en Ulises, de James Joyce” el guión carece de intensidad aunque tiene chisporrotazos de risas (sin llegar a la comedia), el sonido se pierde en la melancolía del piano (parece que Cecilia jamás tocó uno o Fito no le enseñó) y hasta cae en los clichés del desamor como el del peculiar violinista urbano que cita un fragmento de Amor se llama el juego, de Joaquín Sabina.

    Es rescatable en Roth la actuación de los síntomas del inefable ataque de pánico (miedo a la muerte, presunta taquicardia, agorafobia, hipocondría, ahogos) como así también -aunque sea un recurso ya utilizado en varias películas- la repetición del día desde la óptica de él y ella donde en algún momento habrá conexión.

    Matrimonio navega en lo detallista (planos de manos, objetos, paisajes), lo melancólico y, al igual que la pareja, jamás se anima a jugársela desde la narrativa, ponerle pimienta y tensión al asunto exprimiendo las cualidades actorales del dúo teatral que encarna Una relación pornográfica.
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  • Villa
    Villa
    Clarín
    La marginalidad al ángulo

    Vino en cajita, el Gauchito Gil entre velas, armas, fútbol y la villa miseria: “el barrio”. El director formoseño Ezio Massa, que hizo su debut en el cortometraje Malevo, pinta de una forma cruda y directa la vida en la 21-24 de Barracas, uno de los focos más calientes de la ciudad de Buenos Aires. Con pocos recursos y mucha tensión, Villa exhala la bronca de una época donde la post crisis del 2001 se funde con el factor-distracción futbolero, el Mundial de Corea-Japón 2002 que obligó a millones de argentinos a vivir de madrugada en madrugada.

    El filme sigue los pasos de tres chicos del barrio, Cuzco (Jonathan Rodríguez), Freddy (Julio Zarza) y Lupin (Fernando Roa, que actuó en El Polaquito) quienes a cualquier precio buscarán ver el debut de Argentina, contra Nigeria, en un televisor a color. La voces en off de los protagonistas explican los límites y características de “el barrio”, al que Massa filma varias veces desde lejos, como espiando su interior, en una película de gueto, 100% de género.

    Cuzquito, el más chico del trío, se caracteriza por su gesto fiero y dureza, y gana la confianza de una anciana vecina (encarnada por la fallecida Floria Bloise) para entrometerse en su vivienda. La tensión vivida en el hogar de la mujer es de lo más logrado del filme. Freddy es el paria de la villa, hundido en los excesos, rencoroso y con aires de soberbia, cuyo lenguaje son las balas.

    Un gran acierto del filme es la musicalización con Carajo (con el tema Chico granada), la percusión de La Chilinga y la verba dura del Sindicato Argentino de Hip Hop que le da a la película un carácter entre sórdido y con mucho nervio. Los personajes secundarios como el Padre Tito (Adrián Spinelli), Bocha (Diego Sampayo) y el Gordo Miguel reflejan el argot villero a la perfección, realismo puro.

    Esta realización escapa del esteticismo fílmico que tuvo Ciudad de Dios, una de las películas emblemas, y se podría emparentar con la exitosa Elefante blanco de Trapero, rodada tres años después. En Villa, el fútbol y la marginalidad se entremezclan tal como ocurrió en La ciudad oculta (1989) de Osvaldo Andéchaga, ambientada durante la realización del Mundial de 1978 de Argentina, donde se buscó erradicar a la villa miseria Manuel Dorrego.
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  • Mamá
    Mamá
    Clarín
    Protección del más allá

    No es ningún tonto Guillermo del Toro. El mexicano, creador de El laberinto del Fauno, El espinazo del diablo y Cronos, entre otras genialidades, apostó por el guión de un director argentino (Andy Muschietti) basado en un cortometraje rodado en 2006, Mamá, de gran potencia narrativa, trama de intrigas y un clima que viaja entre lo fantástico y lo espeluznante.

    Aunque de arranque el relato tiene una connotación económica (asediado por las deudas un padre asesina a su ex esposa y luego de un incidente automovilístico intenta matar a sus hijas) la misteriosa figura de un ser justiciero se cargará con la vida paterna. Y luego todo se enfocará las dos niñas, Victoria (Megan Charpenter) y la asombrosa Lilly (Isabelle Nelisse) quienes desaparecen en el bosque por cinco largos años. Y logran sobrevivir pero, ¿están solas?

    Del Toro (productor ejecutivo del filme) metió la cuchara en la urbanidad, la película debía transcurrir en su mayor parte en la ciudad (Toronto) y no entre árboles y tierra. Este contraste le dio dos mundos diferenciados donde el filme logra profundidad, suspenso y a su vez algo difícil de lograr en estas películas: drama.

    El tío de las niñas, Lucas (Nikolaj Coster-Waldau), y su novia, Annabel (Jessica Chastain), buscaron a las pequeñas por años. Y al dar con ellas quedan tan sorprendidos como el espectador: verlas con un comportamiento cuasi animal es el gancho ideal para atrapar. Y no soltar hasta el final.

    Además ver a Chastain en un género que no es su especialidad, en la piel de una rockera treinteañera que escapa a cualquier compromiso y sin embargo se encariña con las hermanas protegiéndolas. Dibujos en las paredes, conversaciones a solas, manchas que crecen y la huesuda figura de mamá (interpretada por el actor Javier Botet) desentrañan una jugosa historia de protección, guiños al pasado y climas inquietantes. Podría emparentarse este filme El orfanato, de Del Toro: niños en un ambiente sobrenatural.

    Andrés Muschietti, responsable del guión junto con su hermana Bárbara, hizo un excelente trabajo en la dirección actoral de las niñas, no se quedó en el “fantasma que asusta”, fue más allá: le dio un rol y objetivo a la entidad, despegándolo de los actores principales (aunque la corporización de Mamá le quita enigma). Todo esto circunscripto en una logradísima fotografía y ambientación musical. Con algunos guiños a La leyenda del jinete sin cabeza (del espíritu que vuelve por lo suyo) la película viene pegando fuerte en la taquilla del género y se rumorea una segunda parte. ¿Dijimos que Del Toro no es ningún tonto, no?
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  • Carne de neón
    Curvas, sangre y risas

    Filmada parcialmente en Buenos Aires, tiene una dosis del humor de “Torrente” y guiños a lo Tarantino.

    Con una dosis humorística a lo Torrente, la narrativa y presentación de personajes a lo Snatch de Guy Ritchie y la crudeza de Quentin Tarantino, Carne de neón es una intensa (e interesante) propuesta del español Paco Cabezas, realizador de Aparecidos, que dirigirá a Nicolas Cage en el policial Tokarev.

    La película, donde lo azulado se impone en su lograda fotografía, se desarrolla en el submundo de la prostitución. Allí Ricky (Mario Casas) es un joven que se crió en el entorno de la delincuencia y que lidia diariamente con drogadictos y proxenetas. Su misión de vida es darle un peculiar regalo a su madre Pura (Angela Molina): el club nocturno Hiroshima. Ella, prostituta y recién salida de la cárcel, no reconocerá a su niño: el Mal de Alzheimer la nubla.

    El filme apila demasiadas situaciones dignas de un thriller policial: secuestros extorsivos, torturas, violencia de género, tráfico de bebés, lo que engrosa a una película correcta que con menos condimentos también habría funcionado. Pecó de abundante. El entrañable personaje de Angelito (Vicente Romero), un proxeneta antihéroe amigo de Ricky se contrapone a El Niño (Luciano Cáceres), en un papel frágil de sentimientos, aunque algo atontado.

    Es destacable la mutación del galán Mario Casas (de la exitosa Tres metros sobre el cielo), difícil de sacar de su rol de seductor, acá se lo ve fiero, rápido para las negociaciones, con carácter, mérito de la dirección del realizador. El Hiroshima es un mundo aparte, con la base rockera como sonido ambiente, entre el meneo de las chicas en el caño y algunos desnudos oportunos como el de La Canija (Macarena Gomez), clon de Courtney Love.

    La película no baja una línea moral aunque navega entre la sensibilidad (en torno a un bebé) y la violencia. La dureza se ve con El Chino (Darío Grandinetti), un mafioso de la noche que asesina a un policía (maniatado) a través de un submarino seco, o a patadas a otro uniformado, clavado a una mesa con navajas. Curvas, sangre y risas.
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  • Hermosas criaturas
    Hechizos adolescentes

    Esta nueva saga tiene un desarrollo más adulto, logrados efectos especiales y no es tan empalagosa como su antecesora “Crepúsculo”


    La industria del cine no deja de sorprender. Cuando parecía que los huérfanos del amor sobrenatural de la saga Crepúsculo deberían penar en el recuerdo de Bella Swan y Edward Cullen, asoma Hermosas criaturas, una fresca e interesante propuesta del director Richard LaGravenese, un experimentado guionista en el género amoroso.

    El filme gira en torno a Ethan Wate (Alden Ehrenreich), quien no es el típico galancete de tiras adolescentes: su mirada crítica de la vida, un humor ácido y un análisis láser de las situaciones lo ubica en un plano de antihéroe y maduro por su corta edad. La pérdida de su madre lo acercará inconscientemente a Lena Duchannes (Alice Englert), la “freak” del curso. Todos (obvio, menos Ethan) se burlarán de ella por su retraída personalidad, vestimenta, conducta. Y un descuido mágico de la joven la pondrá en la mira del pueblo.

    Ante el rechazo por sus supuestos poderes, aumenta la atracción de Ethan hacia ella. Es capaz de todo, está cegado por amor. Wate es un lector empedernido y aspirante a escritor (no por casualidad su tutela está a cargo de la bibliotecaria del pueblo); ella es presa en una particular mansión donde su interior muta. La misión de Ethan será liberarla de la opresión de su clan, una familia de casters (léase, brujos o magos del nuevo milenio). Lo que no sabe el muchacho es que el destino de su amada está sellado por un poderoso solsticio en el cual las fuerzas del Bien y del Mal pelearán para llevarla de su lado.

    Uno de los condimentos interesantes del filme es el huraño (aunque benévolo) Macon Ravenwood, el poderoso caster a cargo de Jeremy Irons. Su personaje es una cruza del Marqués de Sade y el Conde Drácula, que buscará alejar a Ethan de su amada. Otro personaje destacable es la dualidad de Sarafine y la Sra. Lincoln (Emma Thompson), como así también Ridley Duchannes (Emmy Rossum), la apetecible prima de Lena a bordo de un bólido rojo.

    El humor llega en cuentagotas, pero suma muchísimo: la broma acerca de Greenpeace y otra sobre Nancy Reagan desacartona a este filme de amor sobrenatural y guiños “crepusculares” (basado en una novela exitosa, elementos del más allá, atracción adolescente), aunque a diferencia del fenómeno literario de Stephenie Meyer, Hermosas criaturas tiene un desarrollo más adulto, logrados efectos especiales y no es tan meloso (y empalagoso) como su antecesor. Esto ayudaría a captar a un público diverso y dejar de lado la inocencia y predecibilidad con la que se desarrollan este tipo de películas para el público joven.
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  • Terror en Silent Hill 2: La revelación
    Una cuestión de identidad

    La pérdida de la identidad, vivir escapando, al fin y al cabo, no saber quién se es. La segunda parte de Silent Hill remite en profundidad a rostros sin rasgos, cosidos, verdugos con máscaras de hierro, la ambigüedad de los maniquíes. Todo embebido en un sórdido mundo de terror monocromático donde los tonos ocres, el óxido y las alucinaciones transportan al espectador hacia un mundo paralelo de frío, niebla y sombras.

    Con un gran aprovechamiento del 3D (como hacía meses no se veía en este tipo de películas), Terror en Silent Hill 2: La revelación continúa el peregrinaje de Sharon Da Silva, quien ahora es Heather Mason (Adelaide Clemens), que cambió su nombre para huir de una peligrosa Orden que la persigue hace seis años. El peregrinaje es junto a su padre Harry (antes Christopher Da Silva, encarnado otra vez por Sean Bean), quien caerá en las garras del mal y viajará ...¿hacia dónde? Sí, hacia el misterioso pueblo de la colina silenciosa.

    Al igual que la clásica serie Pesadilla en lo profundo de la noche, el filme recurre a las mamushkas oníricas: el espectador no sabrá en qué plano de la realidad ocurren las cosas, lo que muchas veces confunde. Otro punto de discusión es la unión de los dos filmes: los que no vieron la primera parte de la saga, difícilmente en un comienzo de la peli puedan captar el mensaje, por los guiños específicos que hay hacia Silent Hill.

    La espeluznante niña (¡esos ojos!) que con sus cabellos negros atrae tempestades y oscuridad, la putrefacción de las paredes para pasar a otro plano de la realidad o el halo de misterio que envuelve al culto ritualístico superan el nivel de la anterior. Otro de los puntos fuertes del filme es su cohesión fotográfica, ambientaciones y maquillajes, dignos del más perverso videoclip de Marilyn Manson a cargo de Floria Sigismondi.

    La dirección musical recae nuevamente en Akira Yamaoka, encargado de la banda de sonido del videojuego (la película se basa en la saga lúdica de survival horror ) y entre sus múltiples locaciones se destaca la prisión (¡ojo con asomar las manos por fuera de la celda!), el maquiavélico carrusel conducido por un enmascarado encadenado y una araña formada por múltiples cabezas, esto último, de lo más ingenioso de este filme.
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  • 5-5-5
    5-5-5
    Clarín
    Obsesionado por las profecías

    Las profecías psicográficas de Benjamín Solari Parravicini son, desde el vamos, una interesante propuesta cinematográfica.

    El argumento gira alrededor de Gabriel (Antonio Birabent), un profesor de filosofía y lógica que conoce a Amnis (Belén Chavanne), una enigmática alumna quien luce una remera con uno de los dibujos del pintor y escultor argentino nacido en 1898. Empieza el surrealismo: ¿qué veinteañera de hoy portaría una prenda profética y hablaría como si fuese una autómata enviada desde el más allá? No existe, recurso forzado.

    El profe cae bajo su encanto y se mimetiza con su hablar: cada línea del guión parece ser leída por Birabent, su robótico e impostado fraseo le quita suspenso y fuerza al filme. El primo del protagonista (Tony, por Gonzalo Suárez) le da algo de frescura al almidonado Gabriel, quien empieza a devorar vida y obra de Parravicini luego de que Amnis desaparece sin dejar rastro.

    La cámara inquieta de Giannini registra desde varios planos, es veloz, curiosa. La misión es deconstruir un derruido departamento céntrico, el bunker donde Gabriel intenta descifrar los mensajes codificados de Parravicini, envuelto en su neurosis. La numerología abruma en medio de una ambientación ocre que parece transportar al protagonista a los lejanos tiempos del profeta y sus psicografías.

    Otra falla es que el director parece atropellarse en mostrar todos los detalles proféticos de este Nostradamus argentino. Giannini se deslumbró -y documentó- con Parravicini al igual que lo hace Gabriel, quien frenéticamente conecta fechas, lugares (ver número de la calle Avalos, telefóno de Amnis) lo que lo sumerge en una voraz confusión, paranoia (bien la persecución MIB) y un apocalíptico final con mega ola incluida del cual Hollywood nos tiene muy mal acostumbrados.
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  • Mala
    Mala
    Clarín
    Pura venganza

    Una asesina con distintas personalidades mata a hombres que maltratan a mujeres.

    Cuando el director Adrián Caetano definió a su flamante película como un “melodrama sangriento” y no dudó en afirmar que se preparaba para “correr riesgos”, el resultado cinematográfico tenía dos caminos: algo brillante, digno del realizador de Un oso rojo, Crónica de una fuga o Pizza, birra, faso o, un filme desparejo, como Mala. Un paso en falso del uruguayo por querer hacer una película “para él” y olvidarse del público.

    Con una atractiva idea, que roza a la película colombiana Rosario Tijeras -el de una mujer en el submundo de los sicarios-, Caetano llamó también Rosario a la asesina a sueldo, encarnada por Florencia Raggi, quien hace justicia sin armas de fuego y despacha hacia otra vida -por dinero- a los hombres que maltratan a mujeres.

    Originalmente, la asesina iba a ser Natalia Oreiro, pero la coterránea del director no fue de la partida. Entonces el guión pasó a tener otra cara visible junto a… polémicos desdoblamientos de personalidad que llevaría a Rosario a montar su espíritu en más de un cuerpo femenino.

    Los rostros angelicales (y la actuación) de Liz Solari y Brenda Gandini no se condicen con el gesto frío y el gran desempeño físico de la mujer de Nicolás Repetto. La que suma unos porotos es la seductora María Dupláa quien, a pesar de no matar en la película, tiene una dualidad angelical-demoníaca (ver la escena en el establo).

    Estas combo Rosario buscará acabar con Rodrigo (Rafael Ferro) financiado desde las sombras por María (logrado papel de Ana Celentano), su villana ex mujer, campeona de tiro con ballesta quien motoriza todo su odio y envidia hacia la nueva conquista amorosa de Rodrigo: la inocente Angélica, a cargo de Juanita Viale, lejos de sus mejores trabajos actorales.

    En esta multiplicidad de caras vengativas es donde el filme pierde fuerza: cuando el espectador se comienza a encariñar con la Rosario “original”... ¡zas!, aparece su copycat que arruina el suspenso de la trama y genera cierta inconexión entre las escenas. El hilo narrativo de Mala varias veces se adapta a la fuerza en situaciones que son inverosímiles y el espectador dudará si se trata de un filme de Caetano o no: lo máximo, la escena en el hospital.

    Lo rescatable es el papel de Raggi, bien físico. Ella le pone el cuerpo al asunto más allá de su desnudo, fundido con el de la Rosario veterinaria (María Dupláa).

    En este submundo de violación y venganza, Caetano escapa de la temática marginal de antaño, su sello cinematográfico, que le sirvió para construir personajes inolvidables. No es así en el caso de Mala donde cada actor parece desvanecerse con el correr de los minutos. Si se quiere apelar a lo absurdo y ficticio para asimilar este filme, el callejón no tiene salida porque el realizador presenta con cierta solemnidad las situaciones y después cae en lo inverosímil como la carrera inicial de Rosario intentando huir de la ley.

    Con un final predecible, flota la pregunta en Mala: ¿estamos frente a un filme donde la justicia está ausente, la denuncia es obsoleta y el camino es buscar justicia por mano ajena?
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  • Las crónicas del miedo
    La unión no hizo la fuerza

    Cinco historias de terror, unidas con una excusa, son contadas por varios realizadores con un resultado sumamente dispar.

    Parece que ya casi no existen películas de terror donde no se recurra al efecto material encontrado y, ni qué hablar, que haya buenas ideas (hay excepciones como La cabaña del terror o la futura Mamá). En Las crónicas del miedo, promocionada como la película más aterradora del año, se recurre (en plena era digital) al simpático efecto vintage , a la moda también en el ambiente cinéfilo: rescatar videotapes hogareños -el título original es V/H/S- que, en miles de casos, sólo sirven para acumular tierra en alguna repisa, caja o biblioteca.

    El argumento no es muy rebuscado: un grupo de jóvenes delincuentes deben ingresar, por encargo, a una vivienda para rescatar una extraña cinta de VCR, de la que jamás se explica el porqué. Arrancamos mal. Lo que no tenían en cuenta los maleantes era encontrar en la casa a un coleccionista de videos caseros (supuestamente) sin vida y enrollado en cintas de grabación. Mejoró. La curiosidad lleva a que uno de lo muchachos se siente en plena oscuridad -y frente a un cadáver (mmmm)- a revisar el contenido de las cintas en una videocasetera. Así se desarrollarán las cinco historias, grabadas por directores diferentes y el colectivo Radio Silence, que a su vez engloba las peripecias de los malvivientes dentro de la desolada vivienda cinéfila.

    Y en esa casa está el repetido germen del “terror” bajo la simpática fórmula: oscuridad + luz de linterna alumbrando frenéticamente + agitación + primeros planos + apariciones (reales o ficticias) = intento de susto. ¿Ya se vio eso, no? Hay que reconocer que, por momentos, Las crónicas del miedo hace saltar de la butaca (atención a los niños fantasmas o la mutación de la mujer vampiro), pero la proyección difusa de un asesino en un bosque simil Depredador o una fiesta de Halloween que termina mal hace doler los ojos y oídos por el vuelo rasante tanto argumentativo como de efectos especiales: manos que salen de las paredes, ¡¡palomas en una casa!!, objetos levitando. El compendio de las cinco historias tiene un nivel de diálogo básicos y flotan “la” pregunta: ¿por qué cuando nos grabamos frente a las cámaras tenemos que actuar siempre como estúpidos?

    La historia que más se destaca es la que recuerda a Actividad Paranormal IV por el factor inquietante de la videoconferencia y varias de las escenas en bosques fuerzan el efecto El proyecto Blair Witch, sin éxito. Vale rescatar que con estos proyectos salen a la luz directores que -en solitario- quizá jamás tendrían su oportunidad. Pero en este caso, la unión no hizo la fuerza.
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  • Cracks de Nácar
    No toca botón

    Como artesanos de una batalla de soldaditos de nácar, los veteranos periodistas Rómulo Berruti (del recordado ciclo Función privada) y Alfredo Serra (redactor jefe de Gente) despuntan una singular pasión: el fútbol con botones. Un submundo al que nutren con recorridas por mercerías, botonerías y ¡cuidado! algunas prendas de cuyos dueños estén distraídos.

    Los realizadores Daniel Casabe y Edgardo Dieleke reflejan didácticamente cómo unos redonditos privilegiados necesitan un retoque especial para pasar al césped vidriado: lijarlos, rellenar los agujeros con cera, agregarle una pasta cerámica o metal en la base, etc. Es un verdadero arte. “Los de madera, cuero y metal no sirven sino hueso, baquelita, nácar, plástico, esos sí”, dicen. La dupla se ríe con la confianza que dan los años aunque muchas veces se atropellan con sus anécdotas (algunas se desdibujan) mientras se acodan en una barra de tragos casera donde pasa el buen whisky.

    Sobre una mesa de comedor está la cancha de fútbol, delimitada con todas sus zonas reglamentarias. Y encima un vidrio para que se deslicen los players. Con una ficha de póker pellizcan cada botón en busca de golpear a la “pelota”, un botoncito metálico. ¿Cuántas jugadas habrán registrado los realizadores para lograr goles de corner y de tiro libre con barrera?

    Cada botón parece tener vida propia, con nombres (el “Pícaro” Bordenave, un lindo caso), habilidades (los que hacen saltar la pelota y los que no) y la fidelidad por cada uno, divididos en dos equipos: el Newbery de Berruti, el Pampero, de Serra. La vista fija en la cancha, la estrategia de juego lista, el debate sobre quien está para atacar o defender. Toda esa neurosis botonera se describe en Cracks de nácar intercalado con amplias anécdotas sobre la trayectoria periodística de la dupla.

    Para el final, dos brasileños son desafiados a un encuentro. Pero la escena no se amplía, queda trunca y queda la duda cómo salió el partido y el ida y vuelta de las anécdotas. Menos entrevistas y más visión de juego para ese caso. Porque nada es al divino botón.
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  • El vuelo
    El vuelo
    Clarín
    El latigazo de los excesos

    La historia de un héroe de la aviación, con una gran actuación de Denzel Washington.

    Whip significa látigo en inglés. Y el director Robert Zemeckis sabía bien lo que hacía al ponerle este sobrenombre a William Whitaker (Denzel Washington), un piloto de avión comercial que produce una verdadera hazaña aeronáutica: un aterrizaje forzoso en un campo de Atlanta luego que la aeronave falle mecánicamente a 9.000 metros de altura y se vaya en picada.

    Un par de horas antes del grave incidente, el alcohol y las drogas habían lacerado el organismo del capitán aunque su imperturbable destreza en el manejo del avión no se condecía con los excesos. Las impactantes imágenes del jet volando cabeza abajo a solo 150 metros del suelo hablan por sí solas. Hacen sudar las manos.

    Denzel Washington se come la película desde el primer minuto con un personaje duro, algo impune, que tiene una sensibilidad escondida. Las lágrimas del actor se cruzan con su coraza. Los sentimientos lo chocan y confunde.

    Con un guión candidato al Oscar, El vuelo es varias películas en una y acepta múltiples lecturas: el del fantasma del bebedor y sus consecuencias, el de la lucha de una persona que no asume su condición y entra en el sombrío mundo del aislamiento dinamitando vínculos, la creación de una artificial omnipotencia de querer (¿poder?) llevarse todo por delante cayendo en los inevitables ocultamientos. “No te curás mintiendo”, le dicen a Whitaker. Es un clic, aunque el realizador del filme no te baja un tratado moral sino que deja que cada personaje decante en su condición y choque con la cruda realidad. El peso de la ley será uno de los latigazos al alma.

    El vuelo además tiene su costado religioso (no por nada el avión impacta en un ala contra una iglesia bautista) que le da un guiño milagroso, incluye chispazos de humor (atención a Harling Mays, el dealer amigo de “Whip”), la acidez de la ironía (el paciente con cáncer del hospital) y cómo se vive la metamorfosis del personaje, construyéndolo de menor a mayor con un Washington sólido, firme candidato a levantar su segundo Oscar como actor principal.

    Mención aparte para la actriz inglesa Kelly Reilly que encarna a Nicole, una adicta en rehabilitación que conoce a Whitaker en el hospital y luego buscará ayudarlo. Y ni hablar de Hugh Lang, el pétreo pero eficaz abogado encarnado por Don Cheadle.

    Luego de sus últimas -y polémicas- incursiones animadas ( El expreso polar, Beowulf y Cuento de Navidad), Zemeckis vuelve a brillar en la dirección actoral al igual que como lo hizo con Tom Hanks en Náufrago y Forrest Gump o con Michael Fox en las inolvidables sagas de Volver al futuro. Es inentendible como El vuelo solo tuvo dos nominaciones a los premios de la Academia (actor y guión original) y se la dejó afuera como película y director. Sin dudas, un filme de altísimo vuelo para pensar.
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  • El fruto
    El fruto
    Clarín
    La muerte y sus metáforas

    Documental de observación, con cruces de ficción, sobre el destino de un anciano que emprende un misterioso peregrinaje.

    Los directores Miguel Baratta y Patricio Pomares mezclan ficción y documental en El fruto, una película que muestra el peso de una vida difícil. La de Juan, un viejo habitante de Carlos Keen (un pueblito bonaerense de 400 habitantes) que lentamente marca el ritmo de un filme rico en detalles.

    El paso de los años, lo mecánico de la rutina, el cansancio y, sobre todo, la soledad del protagonista, transforma a Juan en un engranaje de una vida destinada a repetirse día a día. La película se enfoca quirúrgicamente en sus rasgos, la mirada perdida, sus arrugas, el desvelo que le pelea cada noche.

    Trasplantar un árbol será la acción que le dará un eje a El fruto y esa silenciosa compañía estructurará un guión basado, también en silencios. Todo será contemplación cocinada a fuego bien lento, no apto para espectadores impacientes. El vívido sonido de la naturaleza (demasiado preponderante en el filme) parece reemplazar los movimientos de Juan, los articula y adapta a un entorno hogareño sombrío con mucho detalle en el óxido, las telarañas: el cruel e inevitable paso del tiempo.

    Juan todo lo calcula. Mide cada palabra, dosifica su experiencia marcada en su larga barba mesiánica. Arbol en mano, el protagonista (sin experiencia actoral) emprenderá un peregrinaje hacia ninguna parte. Pero algo lo vigilará, la cámara siempre estará expectante ante cada paso de él, a veces detrás de un cristal, otras, desde lejos, para analizar la quietud del hombre y su casi nulo diálogo frente a otros vecinos.

    La muerte ronda la película y en su repetición metafórica es donde el filme se ahoga, se hace predecible. Las creencias populares como la lechuza escarbando el alero, un perro negro (fantasmagórico) que se esconde bajo la cama de un difunto a la distancia o un vecino que lo chicanea si va para el cementerio con el árbol. ¿Atormentará esto al dueño del arbolito? ¿Sembrará nueva vida para poder morir en paz? Quien sabe.

    Mientras una niña dibuja una mariposa -de lo más bello y efímero de la existencia alada- Juan resalta la corta vida del insecto y, una mujer le roba un pensamiento: “¿Para que vivir si la vida va a durar dos días?”, dice. El, renegado de la cultura (“los libros son tristes porque dicen cosas que ya pasaron”), no se permite mirar atrás. Jamás.

    “No tenés que darle tanto cariño a ese perro, ya está viejo, se va a morir”, le dice Juan a un chico que cuida a un can. Esa frase sirve como proyección de lo que los demás piensan de él, recluido en el olvido, un náufrago de tanta vida. Al perro lo sacrificarán y el dirá: “La muerte no siempre tiene tiempo de ocuparse de todo”.
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  • Graba
    Graba
    Clarín
    París no siempre es una fiesta

    Belén Blanco protagoniza esta película sobre una argentina que se exilia en la fría capital francesa, y traba relación con el fotógrafo que le alquila su habitación. El sexo vigoroso es la parte fuerte del filme del director Sergio Mazza.

    Una mochila pesada, que carga en un hostil enero de un París poco turístico. Con el frío como protagonista y lo plomizo como carácter, la recién exiliada María busca refugio en una habitación que le alquila a Jerome (Antoine Ronan Raux), un fotógrafo francés recién separado que domina la lengua española por su paso por Bilbao.

    La actriz Belén Blanco -que habla un correcto francés- se sumerge en el papel de una inmigrante que irradia vacío. Y todo dentro de un ámbito que graba a fuego el peso de haber dejado su tierra en busca de un destino mejor.

    Jerome, quien atraviesa las típicas peripecias legales con cartas de abogados de por medio y el intermitente contacto con su hijo Nico, encastra por necesidad -y 500 euros mensuales- el presente de María dentro de su propiedad. Y la soledad, de a poco, los irá acercando a lo largo de tres capítulos.

    Ella parece un fantasma mientras recorre las calles de la capital francesa, es casi nulo su contacto social, invisible dentro de su presente densidad en la que el director Sergio Mazza refleja la dificultad de mantener un trabajo siendo extranjero. La fría burocracia del papeleo laboral, sus tensas esperas, todo repercute en el pétreo rostro de María, quien con conversaciones secas y monosilábicas -tanto con Jerome como con sus familiares- muestra una angustia latente: la de buscar pertenecer a la fuerza a una tierra ajena. Sólo el río Sena parece acompañarla en su crepuscular contemplación.

    El sexo vigoroso es la parte fuerte del filme (¡doce horas de filmación a solas con Ronan Raux!) que proyecta el alma de la película: la carnalidad pura, el amor lejano, un simple trámite de actividades físicas donde luego cada pieza vuelve a su cono de sombra.

    Cuando Jerome y María comienzan a hablar en español, Graba quiebra su rígida estructura de padecimientos y los actores se humanizan en un ámbito donde la desnudez de ella (tanto en las fotografías de Jerome como en el aseo personal) muestra su vulnerabilidad latente, bien llevada por el realizador de la geométrica Gallero, la expresionista El amarillo y la flamante Natal. Al final, una propuesta laboral hará cambiar el rumbo de la joven, tentada por un rapaz amigo de J erome. Lo que no quita, como cita Héroes del Silencio en una canción: “En sus ojos apagados, hay un eterno castigo”.
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  • S.O.S: Familia en apuros
    Todo fuera de control

    Los abuelos como nexo de dos generaciones posteriores, sumidas en las obligaciones diarias y, a su vez, aisladas por la tecnología. La familia Simmons no fluye sanamente. Dos grandes actores como Bette Midler (Diane) y Billy Crystal (Artie) buscan reflotar una correcta idea argumentativa, pero fracasan en los chistes generacionales y gags forzados, sumado a que se contagian del frenético ritmo de los dueños de casa: mamá Alice y papá Phil, una pareja esclavizada a su trabajo que consiente a sus hijos, lo que no quiere decir que les preste atención. Por si fuera poco, la familia es conejillo de indias de un sistema central de control hogareño que funciona por voz y, fríamente, les recuerda obligaciones diarias. Un invento de papá Simmons para huir del orden familiar. Y correr y correr.

    Esta militarización tecnológica los anula en sorpresa e improvisación, lo mismo que pasa en el desarrollo de la película, donde el salvavidas cae en los abuelos. Rechazados al principio, Diane y Artie asumen con cierta hipocresía la idea de cuidar la casa por un fin de semana con los papis fuera de órbita. Y la tecnología les jugará malas pasadas al igual que los pequeños Simmons. Ellos son lo más rescatable del filme, con la preadolescente Harper que estudia día y noche para entrar a un conservatorio, el tímido Turner que sufre de bullying escolar o el pelirrojito Barker, hiperactivo, extorsionador, caprichoso -demasiado insoportable- que se relaciona con un canguro imaginario. Cada uno con sus presiones a cuestas.

    Cuando la película baja sus revoluciones, se pone seria, reflexiva (y algo triste), los personajes funcionan mejor, no así en el plano de la comedia. Los enredos familiares funcionan bien detrás de un guión sólido, que no es este caso, el único sustento es dejar de ser islas y transformarse en familia. Patear una lata, embarrarse, mojarse, quererse: las cosas simples de la vida, sin tanto gadget de por medio.
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  • Fuerza antigangster
    Fuerza antigangster
    SI (Clarín.com)
    Balas de fogueo

    Un comando antimafia buscará romper con el dominio de Mickey Cohen, un sangriento hampón que quiere adueñarse de Los Angeles.

    Basado en una historia real, Fuerza antigángster tiene varios condimentos que pueden llevarla a ser una película atractiva: un grupo de choque anónimo –vinculado sólo a un jefe policial- que buscará desarticular a la mafia que busca apoderarse de la costa oeste de los Estados Unidos, un villano ejemplar (Mickey Cohen), la ninfa pelirroja de la traición (a cargo de la seductora Emma Stone) y una sucesión de balas y ajustes de cuenta dignos de un argumento de cómic.

    Esta película tenía previsto su estreno para septiembre pasado, pero con la matanza ocurrida en Aurora (durante una de las avant premiere de Batman: el caballero de la noche asciende) se decidió la postergación del estreno de la película y, además, quitar una escena del filme donde hay una masacre…. en un cine. Los mensajes violentos desde el séptimo arte hollywoodense hace rato son motivo de discusión, la pregunta es si es necesario recurrir a ejemplos que peligrosamente se tocan con la realidad. Basta con ver la flamante Jack Reacher donde el eje gira en torno a un francotirador que practica en campos de tiro en las afueras de la ciudad.

    Pero volviendo al Los Ángeles de 1949, el actor Sean Penn le pone la piel a un capo mafia con pocas pulgas quien con desmembramientos (¡muy real!), incineraciones y muchos golpes pondrá en caja a cada “colega” que dude de su autoridad en el oscuro mundo del hampa. Los Angeles es suyo y sólo suyo. Con una exagerada encarnación en el malo de la película (tics por doquier), Cohen domina y digita las ganancias ilegales de las drogas, armas, prostitutas, etc. Y creará un centro clandestino de apuestas por donde pasarán millones de dólares.

    El dolor de cabeza ante este plan maquiavélico es el sargento John O´Mara, a cargo del imperturbable Josh Brolin, quien reclutará al policía Jerry Wooters, encarnado por Ryan Gosling, uno de los actores mimados de Hollywood. El resto del team del bien lo conforma un moreno justiciero (Anthony Mackie), el latino (Michael Peña), el capo en escuchas y comunicaciones (Giovanni Ribisi) y hasta un cowbow quien con su revólver demuestra una puntería única, caracterizado por Robert Patrick, sí, el avejentadísimo actor que fue el T-1000 de Terminator 2.

    La película de Ruben Fleischer (Tierra de zombies) tiene balaceras exageradas, artesanales persecuciones en esos viejos bólidos -se extrañaban en esta clase de filmes- y una oscuridad que siempre va tiñendo a una película de por sí bastante negra, con un malhechor que recuerda al Capone de De Niro pero con mayor brutalidad. La película, aunque no abunda en recursos y un guión original, te mete de lleno en el submundo del hampa donde se buscará escapar a cualquier precio, donde siempre habrá un mártir y ajusticiamientos públicos. Porque las viejas fórmulas de estas películas, son a las que siempre se recurre. Y funcionan.
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  • Tres
    Tres
    Clarín
    Somos mucho más que dos

    Allá por 1969, en coincidencia con el primer alunizaje tripulado, David Bowie cantaba acerca de la experiencia de flotar en el espacio y estar aislado del mundo. En Tres , el realizador Tom Tykwer recurre a Space Oddity para construir un triángulo amoroso de personas que en el fondo se sienten solas y necesitan del otro para evadir las responsabilidades de estar en pareja. O mejor dicho, suspenderse en otra realidad.

    “Relajación. La rutina diaria. Escapar. Volver a casa”. El realizador de la exitosa Cloud Atlas: La red invisible y las ya clásicas Corre Lola corre y Perfume fragmenta el comienzo de la película con palabras en off, y la visión de un paisaje difuso, a bordo de un tren a toda máquina, balance de una vida que pasa rápido frente a los ojos. No hacerse cargo de las cosas, a los treinta y tantos años, es el eje de un filme sensual, oscuro y algo ácido en su humor, con altas dosis de frialdad y sexo seco. Carnalidad descorazonada en alemán.

    “Ser infiel. Lamentarlo. No casarse. No tener hijos. No vivir juntos. Vivir juntos”. Eso le sucede a la doctora Hanna (Sophie Rois) y al artista Simon (Sebastian Schipper), una pareja que convive hace varios años, lo que no significa que sus vidas vayan de la mano. La incomunicación erosionará esa unión, pero no se lo reprocharán, buscarán satisfacción fuera de casa, lo que generará una inevitable brecha que cruza desde operaciones (testicular, explícita), deportes (fútbol, natación, con vestuario hot incluido) hasta el sufrimiento trunco de un pariente con cáncer de páncreas. Hay que estar con un temple sostenido para la primera mitad de la película. Es mitad sufrimiento, mitad reflexión.

    La tercera pata de la historia es Adam (Devid Striesow), nexo amatorio de la pareja. En forma inteligente -sin caer en los típicos descubrimientos de infidelidad-, Tikwer nos acerca, juega (cuadros que se superponen en pantalla) con los rumbos de las tres personas que tarde o temprano volverán a la prisión rutinaria de la cual querían huir. La doble -y hasta triple- vida es un mundo al que muchos se acostumbran. Y como toda decisión tiene sus consecuencias. Y riesgos, con doble sorpresa incluida. “Aún más despacio. Mueres. Yo también”.
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  • La cabaña del terror
    Horror, humor, inteligencia

    Aprender a reírse de uno mismo, en este caso de las limitaciones del terror, un género cinematográfico que arrastra un vacío creativo a contramano de la cantidad de remakes, precuelas y toda clase de filmes que se estrenan por año.

    La cabaña del terror combina formatos de televisión (como es el caso del reality show) ámbito conocido por Drew Goddard quien junto a Joss Whedon (realizador de Los Vengadores ) unieron fuerzas creativas para las tiras juveniles Buffy , La CazaVampiros y A ngel , entre otras.

    ¿Y que hizo esta dupla? Plantó la típica propuesta de miedo de los ochenta (cabaña símil Evil Dead , bosque, universitarios libertinos, zombies asesinos a lo George A. Romero) y la cruzó con un experimento mediático que recuerda a The Truman Show .

    El ficticio montaje es controlado a la distancia desde una sala de operaciones comandada por Hadley (Bradley Whitford) y Sitterson (Richard Jenkins) donde los miedos, comportamientos y demás acciones son digitados por estos sarcásticos titiriteros a los que les gusta especular, apostar y ¿disfrutar? por el destino de sus víctimas. Una proyección de lo que sienten los fanáticos del género. Desde ese momento, el espectador conocerá el juego de este filme: el triunfo desde lo absurdo, la autocrítica hecha película que se escuda en sus miserias y clichés.

    Chris Hemsworth (Thor) en la piel de Curt, la actriz Kristen Connolly (Dana) y el enigmático pero acertado Marty (Fran Kranz) son parte de los conejillos de indias dentro de la cabaña, presa de los manipulados “muertos vivientes”. Aunque algo fallará y el sistema de control (inspirado en el medioambiente tecnológico de la NASA de los setenta) sucumbirá.

    Esta película pregona contra el excesivo daño a los jóvenes en pantalla, su primitivo y limitado comportamiento donde la muerte es sólo un remate obvio carente de suspenso. Uno de sus guionistas fue lapidario: “las tramas son cada vez más predecibles y las muertes cada vez más repugnantes. Se invierte más interés en los instrumentos de tortura y menos en los personajes y el diálogo. El sistema se ha abaratado”. Como pocos exponentes del género, La cabaña del terror te dejará pensando.
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  • Malditos sean!
    La venganza de los enanos

    Popularizados en el siglo XIX en Alemania, los enanos (o gnomos) de jardín decían traer buena suerte a la casa, aparte de decorar el espacio al aire libre. Pero con el paso del tiempo ese mito se cruzó hacia el costado del infortunio.

    Supersticiones al fin y al cabo, como alimento de Malditos sean!

    , que parte en 1979 con una redada policial que da con una vivienda derruida. Allí una enigmática anciana se ensambla con Ulises, un peligroso curandero al que todos persiguen. Nadie sabe por qué, pero este personaje es el hilo conductor de un tríptico de situaciones que se articula en capítulos.

    Tanto el brujo como los gnomos encierran un aura de misterio muy bien llevado por Demián Rugna & Fabián Forte gracias a algunos pasajes gore, suspenso, surrealismo y una pizca de humor negro que remiten al truculento cine de Clive Barker, pero con la salvedad que los realizadores se las arreglaron con 10.000 dólares.

    El capítulo de 1999 parte de una caja (recuerden la dibbuk de The Possession , 2012) que emana unas perturbadoras voces -al igual que los enanos de jardín- y busca redimir el alma de un niño asesinado. Diez años antes, en 1989 un grupo de adivinas se somete a un destino sangriento, este apartado es lo más disonante del filme.

    El cierre viaja a lo hilarante, absurdo, lo más discutible de un filme que merecía mantener el serio registro de suspenso hasta el final.
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  • Marley
    Marley
    Clarín
    Un mito nacido en Jamaica

    “La gente amaba su música por las historias que contaba. Y esas historias tenían tristeza”. Esa es la llave de la devoción que despierta Robert Nesta Marley, ese ídolo cobrizo que en tres letras resume la leyenda: Bob.

    Hijo de padre inglés y madre afrojamaiquina, Marley refleja la retraída personalidad del astro quien carga desde pequeño con el estigma del mestizaje del cual se libera al abrazar la cultura rastafari. Más que una exhaustiva biografía, el documentalista Kevin Macdonald brinda una profunda lección histórica del desarrollo del reggae. El filme cuenta con entrevistados de lujo como Bunny Wailer, único sobreviviente del núcleo fundador de The Wailers, el mítico grupo que catapulta la carrera de Marley junto al multiinstrumentista Peter Tosh.

    Las imágenes de archivo laten actuales (observen la nitidez de la visita del emperador de Etiopía a Jamaica), como si el tiempo no pasara, una metáfora de la atemporalidad del legado Marley que se plasma con fragmentos de sus himnos reggae por distintos pedazos del globo: Estados Unidos, Japón, Zimbabwe, Bahamas, Brasil, Inglaterra y, obviamente, Jamaica. Las tomas aéreas de la naturaleza selvática jamaiquina, sus primeros pasos musicales en Trenchtown, su intensa vida en Hope Road -una alta zona residencial de Kingston donde sufre un atentado del que resulta herido- y su fanatismo por el fútbol muestran la versatilidad de temas y recursos con la que el director cuenta para ensamblar un jugoso documental repleto de fotos familiares, audios y videos inéditos. Un dato no menor: uno de los productores ejecutivos es Ziggy Marley, uno de los hijos de Bob.

    La película es narrada por el entorno de la estrella reggae con algunas placas sobreimpresas con frases célebres y datos de su prolífica carrera que fusionó jazz, rithm & blues y funk en forma única, gestando un género. Eso sí, no abundan las entrevistas audiovisuales de Marley frente a cámara, excepto en una bien informal en la que no se consigna fecha y lugar. El demo No Woman no Cry en clave gospel o la imagen de su mujer Rita que llora mientras mira por la ventana del bus de gira, al tiempo que a Bob se lo nota ausente, refleja la otra cara de la vida de Marley: una cosecha de decenas de amantes y 11 hijos.

    El extenso, aunque no aburrido, documental maneja muy bien los silencios ante declaraciones de fuerte tenor y jamás cae en el golpe bajo, aun ante las desgracias de salud como la que Bob tuvo que enfrentar luego que una metástasis de un melanoma mal tratado (un voraz cáncer cutáneo) que lo arrinconó desde mediados de 1980 hasta su muerte en Miami el 11 de mayo de 1981. El fallido tratamiento holístico en Alemania, el regreso a América y las imágenes del funeral de Estado bajo elementos de la tradición rastafari, son de una crudeza a la altura de esta leyenda musical de 36 años. Un merecido y respetuoso homenaje fílmico.
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  • Piñón Fijo y la magia de la música
    El cantar es un placer

    El payaso cordobés, en un filme con animalitos animados.

    La música como mensaje y bandera de la felicidad y libre expresión. Fabián Gómez, el famoso Piñón Fijo, protagoniza una película que comienza en un show circense en Córdoba junto a su amigo El Cabrito. De repente, aparece la primera figura animada, es el grillo Cri Cri quien luego de acoplar en un micrófono se mete en el camarín del clown para pedirle ayuda: ir a una laguna para esconder un cancionero del que un malvado cuis busca apoderarse. ¿El fin? Que sólo se cante una canción compuesta por él: su desafinada marcha.

    Para cumplir esta misión, los realizadores de Piñón Fijo y la magia de la música afrontaron el desafío de “encoger” digitalmente al payaso y así meterlo en el mundo de los bichos cantores. Esta película, que combina live action con animación 3D, recrea los escenarios mediante maquetas con elementos naturales, circulación de agua y cielos pintados en cicloramas. De esta forma, el protagonista -único personaje humano en la película- interactúa con divertidos bichos imaginarios como El sapo -jefe del grupo-, la enamoradiza araña Anita (bien lograda por su sensibilidad y carácter) y el tímido pero simpático grillo Cri Cri.

    El lado ¿podría llamarse oscuro dentro de tantos colores animados? es José Mandoni, el cuis quien junto a sus secuaces (atención a la lombriz camaleónica) se apodera del cancionero. Una perla: los temas no están en un gran libro o se escriben en un pergamino, sino que se almacenan en un ¡pendrive!, fresco guiño tecnológico para una película donde el cruce de escenarios reales y digitales estructuran un relato sólido que sólo desentona con la velocidad de los diálogos de El Cabrito al que a veces es difícil de entender. Las energéticas apariciones de este muñeco -que busca al payaso perdido- no cuajan con la tranquilidad del mundo animado de los bichos.

    Las criaturitas cantantes forman un jurado propio (que califica con voto secreto incluido a lo ShowMatch ) para seleccionar las mejores canciones y rehacer así su libreto musical perdido. Piñón fijo, miembro del tribunal, siempre apuntará al optimismo para hacer brillar a los bichitos más limitados. Mientras ocurre el peregrinaje de la búsqueda del cancionero que al principio está escondido dentro de un saxo cloacal, se intercalan varios hits musicales del payaso cordobés, acompañado por los bichos del arroyo. Esta película instala varias sonrisas y deja enseñanzas desde el lado de la aceptación, la superación de la timidez y, sobre todo, la comprensión. ¡Que viva la música!
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  • Tengo ganas de ti
    El macho de España

    Filme sobre un conquistador, con un guión marcado por lo romántico, sexual y, sobre todo, lo superficial de la vida.

    El director Fernando González Molina no tuvo mejor idea que armar una segunda parte de 3 metros sobre el cielo , también de su autoría, basada en la novela de Federico Moccia. Tanto Tengo ganas de ti como en su precuela se repite el objetivo: elevar al actor Mario Casas como uno de los íconos juveniles del cine español. Con un look que puede recordar a Taylor Lautner (Jacob Black, el lobizón crepuscular), el galán ibérico se hermana con su colega estadounidense por su destreza motociclística. Y, obvio, por conquistar (y destrozar) corazones femeninos en estos cuentos de hadas para adolescentes.

    El bueno de Mario encarna a Hache, quien vuelve luego de una larga estadía en Londres a su Barcelona natal. En la ciudad española se reencuentra con su entorno de años atrás, y esto engarza el recuerdo tormentoso de su amor por Babi (María Valverde), en esta ocasión eclipsada por la actuación de Clara Lago (Gin, lo mejor de la película) quien también conquista al galancete. Ella tiene el desenfado, fluidez, complicidad, misterio y una pizca de masculinidad que magnetizará a Hache. El es reflejado como el típico macho alfa que se lleva todo por delante y carga con el Manual del Buen Levante: mirada felina, cuerpo torneado, algo torpe (vean las escenas de los vestuarios) y en complicidad con una montaña de clichés amorosos dispuestas por el director: lluvia, arena, mar, noche, velas, etc. “Odio los tíos como tú”, dice Gin, “¿Irresistibles?”, contesta él. No comments.

    Conversaciones con un amigo muerto, embarazos no deseados, enfermedades terminales, infidelidades y abusos son situaciones que González Molina cruza peligrosamente en un guión marcado por lo romántico, sexual y, sobre todo, lo superficial de la vida. Un delicado contraste, poco efectivo en este filme.

    La celestial voz de Gin -participa en un ciclo de casting a la búsqueda de talentos musicales- le da algo de vuelo a una película que nunca despega donde se enaltece hasta el hartazgo las virtudes del conquistador.

    Tengo ganas de ti insiste y siempre se empantana en los conflictos de amores no resueltos y, en parte, la irresponsabilidad juvenil. ¿Ejemplo? Andar parado en la parte de atrás de una motocicleta en movimiento, brazos en cruz. Y sin casco, obvio: ¡bienvenida la seguridad vial! En síntesis, un filme que alerta a las chicas enamoradizas ante los pretendientes con agallas (de película) para la seducción. Muchachos: apliquen el método Hache a ver si les funciona.
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  • Boxeo Constitución
    Piñas van, piñas vienen

    Un gimnasio subterráneo en Constitución, eje de este interesante documental. Va sólo en el Arte Cinema.

    El gimnasio subterráneo del andén 4 de la estación de trenes de Constitución es un secreto para muchos de los que transitan el Ferrocarril Roca. Pero no para los amantes del boxeo. El realizador austríaco Jakob Weingartner, quien dirigió los cortos Obras y obreros y Murga en Lugones , se metió de lleno en un mundo de sudor, golpes, ilusiones y fracasos donde la lucha diaria no sólo está en el ring, sino en la vida misma.

    Boxeo Constitución sigue el camino de los debutantes Federico Rodríguez y El colo. Este último quería ser una estrella, tocar la guitarra y después se le dio por el boxeo, mientras trabaja en una carnicería. “No tengo la violencia que debe tener un boxeador, es un deporte”, dice. Los muchachos anhelan la fama, el reconocimiento y respeto, una inocente inercia que choca con la cruda realidad del debut sobre el cuadrilátero.

    Con sus limitaciones, desconfianza (“tu entrenador te ve el signo de pesos, nadie te quiere, no tenés amigos”) y el apoyo familiar, Fede y El colo se abren camino en el espinoso universo pugilístico. Las rutinas de trabajo en esta locación sombría son seguidas con un gran detalle mientras los sonidos cumbieros de El Remolón le meten frescura y ritmo a un relato que a veces exagera el dramatismo. El predio inundado, problemas de electricidad, típicas discusiones alumno-entrenador y exigencias varias -bajar de peso o lograr volumen corporal a fuerza de gimnasio- son momentos que llenan de vallas a un documental correcto. Y gusta decorarse con paisajes tormentosos, con una mirada intimista que roza lo bizarro como los innecesarios planos detalle de dientes recién extraídos en un consultorio odontológico.

    Todo, para mostrar la otra cara de un mundo a los golpes.
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  • Uno
    Uno
    Clarín
    Misterio que empalaga

    Un teléfono que se descompone, una llamada perdida y una mujer que no se puede olvidar. Tres momentos de Sebastián Oviedo (Luciano Cáceres), un arquitecto en crisis con su pareja, que lo motorizan a viajar al interior. Pero queda varado en un pueblo sombrío, con personajes que parecen inanimados. Y está Ella, Mariela (Camila Fiardi Mazza), una niña huérfana, muy creyente y con mantras apocalípticos. Su estampa fantasmal (un recurso recurrente en el filme) lo acecha, piensa que Oviedo es un enviado de Dios por el que estuvo rezando. Y lo transforma, le cambia la identidad diciendo que es su tío y vino a hacerse cargo de ella.

    Uno fuerza el suspenso con lugares comunes: taconeo a oscuras en un piso de madera, una recepcionista con un don profético, muebles de una posada abandonada tapados con sábanas blancas... Del otro lado del cuadrilátero aparece Hernán Barrera (Carlos Belloso, lo mejor), quien con su mirada penetrante intimida al estático arquitecto. El busca adueñarse de una hostería familiar, heredada por Mariela, y asedia a Sebastián. Una tenaza argumentativa que asfixia, no avanza, donde el filme se pierde en un laberinto de enigmas de pueblo chico e infierno grande.

    El plano de las moscas muertas atrapadas en una telaraña, reflejan la médula espinal del filme donde el encadenamiento de mentiras toma protagonismo. Por esas aguas navega Oviedo, presa de la niña que lo atrapa con sus caprichos y busca seducirlo desde su despertar sexual. Bajo una estela de traiciones, el pueblo teje una trama que paraliza al protagonista, sus movimientos no parecen naturales sino digitados símil autómata bajo designios ajenos. Un títere de las circunstancias donde las mentiras crecen y arrastran a la película hacia el filo del misterio, que empalaga como la miel.
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  • El romance del siglo
    Una esclava de otra vida


    La relación entre Wallis y Edward, el rey que abdicó por amor, en la mira de Madonna.

    La búsqueda del amor verdadero y de una identidad. Madonna, en su segunda incursión como directora de un largometraje (la comedia dramática Filth and Wisdom es de 2008) cuenta la historia de Wally Winthrop (Abbie Cornish), quien presa de su infelicidad conyugal se sintió atraída por la historia de Wallis Simpson (Andrea Riseborough), la mujer que luego de dos matrimonios conquistó el corazón de Edward (James D’Arcy), el principe de Gales, luego rey, y que decidió abdicar su trono en 1936 y transformarse en duque de Windsor. Y ella en duquesa. Todo por amor. Una verdadera revolución institucional para la realeza del Reino Unido.

    La película viaja a Manhattan en 1998 donde se subastan los bienes de la pareja y Wally se enamora, es esclava de una vida ajena ocurrida varias décadas atrás. Mientras recorre los objetos se retrotrae a los años mozos de la famosa pareja de Windsor. Un ida y vuelta de tiempos que por momentos funden sus vidas y cuesta seguirle el hilo a la duquesa y su copycat siglo XX. Wally imagina ver a la figura fantasmal de Wallis, quien le aconseja que “se busque una vida”. Pero no lo logra y su vida es un reflejo vívido: desengaño, soledad, violencia de género (escenas muy crudas) y una fogosa epístola que toca el nervio de estas almas gemelas.

    W.E.

    (su título en inglés o las siglas de Wallis y Edward) se extiende demasiado en un argumento que podría resolverse en menos tiempo, pero gana en detallismo, preciosismo tanto en su fotografía como vestuario. En esta película pasado y presente se cruzan, se tocan, pegan y despiertan. La cámara rodea a las protagonistas y también se aleja para que las locaciones brillen, desde París a Nueva York. La vida de Wally se transforma cuando se enreda con un guardia de seguridad de la colección, lo que necesitaba para estar en el corazón del mundo de W.E. Las acciones de subasta muestran su caída al vacío de la devoción, llenar su vida con una ajena. ¿Con qué fin? ¿Cambiarla del lujo a la simpleza? ¿Lograr una identidad propia?

    Los actores principales se lucen más en las escenas conmovedoras (D’Arcy, al dar el discurso radial para informar su abdicación) que en las tomas más relajadas y festivas. Y siempre con el piano como música de fondo, un sello de La reina del Pop (hoy y el sábado en River), quien lo refleja a puro dramatismo clásico en sintonía con el argumento del filme. Y muta, como la Ciccone, como cuando suenan los Sex Pistols y su Pretty Vacant en medio de una fiesta o cuando Wallis baila The Twist de Chubby Checker frente al lecho de muerte de su marido. Un codazo a tanta solemnidad.
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  • Mátalos suavemente
    Mátalos suavemente
    SI (Clarín.com)
    El precio del juego

    Brad Pitt encarna a un sicario que busca ajusticiar a dos ladrones novatos que se metieron donde no debían. Humor, sangre y balas en un thriller humorístico con mucho capitalismo de fondo.

    George V. Higgins. De ese nombre y apellido, factotum de la novela –hecha serie televisiva- The Friends of Eddy Cole, parte el director Andrew Dominik. El tiró del piolín bibliográfico del escritor estadounidense y dio con un libro que le llamó la atención: Cogan’s Trade, una obra con oscuros personajes del hampa que buscan dinero irrefrenablemente.

    El libro destila vidas miserables regadas de drogas, sexo y alcohol. Y en esta película, el realizador de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford vuelve a confiar en Brad Pitt, en esta ocasión para interpretar a Jackie Cogan, un oscuro sicario que mata a distancia para no soportar el lamento de sus víctimas.

    El disparador (nunca mejor dicho) parte de dos ladrones, muy novatos ellos, que apenas salen de la cárcel aceptan una peligrosa proposición de robo: cargarse con un garito clandestino con clientes más que pesados. Ver las caras de los malhechores (enfundada en unas medias femeninas) y los guantes de goma que usan son de un cuadro más que gracioso.

    Por eso el creador de Chopper: retrato de un asesino, no tuvo alternativa, una comedia era el destino final de este thriller donde los dramas de crímenes y delitos se ensamblan con la crisis hipotecaria de los Estados Unidos. El final de la era Bush ante el “Yes, we can” de Obama se funde con el hampa entre pasajes televisivos, cierres de campaña y el análisis de un futuro que no sería nada alentador.

    Con los valores familiares y éticos por el piso, Cogan cumplirá con su trabajo: matar. Para ello viaja de traición en traición nutriéndose de soplones: imperdible el personaje de Mickey (James Gandolfini) un fiestero de aquellos al que no le gustan que le digan qué y cómo hacer las cosas.

    Para los que aman la mezcla de risas, munición gruesa, sangre y violencia, Mátalos suavemente les irá como anillo al dedo y dejará la enseñanza de aprender a reírse de nuestros miedos. Y pensar cómo las medidas económicas de un gobierno te hacen la vida mucho más “fácil”.
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  • Blackie: una vida en blanco y negro
    Blackie: monumento a ella misma

    El costado menos conocido, la estela femenina dominada por la vorágine laboral. La que siempre iba por más. Una idealista, una pionera.

    Paloma Efron tiene su justo y merecido homenaje en Blackie, una vida en blanco y negro a cargo del montajista Alberto Ponce, quien encolumnó la rica historia de la estrella entrerriana alrededor de una entrevista ficticia entre Blackie y un periodista. Todo dentro de un registro ameno, cómplice, biográfico, sumidos en un ambiente algo sombrío, con volutas de humo, aquel silente compañero de Efron.

    La lograda adaptación vocal de Dora Baret da vida a los 64 años de una Blackie multifacética: cantante de jazz, actriz, periodista, productora y directora de televisión. Y políglota: dominaba hebreo, alemán, francés, italiano y portugués.

    Con un valiosísimo trabajo de archivo, el documental reúne fotos, audios y videos de las diferentes etapas profesionales de Paloma, quien anteayer hubiese cumplido 100 años. El guión de Ponce se realizó en colaboración con Diego Sabanés y parte del libro Memorias y Recuerdos de Blackie , de Ricardo Horvath, a quien también se entrevista. Suman las palabras de Hinde Pomeraniec (autora de Blackie: La dama que hacía hablar al país ) y de Carlos Ulanovsky, quienes entregan datos imperdibles de una mujer que se camufló, a fuerza de disciplina, algo de soberbia y mucho trabajo, en un mundo de hombres.

    El filme también plasma la visión empresarial de Blackie, que la ayudó a catapultarse y exportar algunos libretos cinematográficos, de la Argentina a Hollywood, escritos por el periodista y guionista Juan Carlos Olivari, con quien se casó y mantuvo una relación por diez años. Al morir su padre y separarse de “Carlucho”, Blackie, una vida en blanco y negro refleja un quiebre en el relato. Y una decisión de la mujer: abocarse al trabajo y relegar para siempre su vida sentimental.

    De allí en más emergería la productora estrella de la televisión argentina, la que todos conocemos. En la parte final de la película se plantea un interesante debate (contrastado con testimonios) acerca del legado que dejó Blackie en la pantalla chica y qué pensaría acerca del amarillismo que pulula hoy.

    ¿El momento emotivo? Cuando su primer productor y amigo Tito Bajnoff lee una carta manuscrita de ella, pero sin caer en el golpe bajo. “No me molestan las arrugas, ni los cumpleaños, sino cuando el bocho no me funcione”, expresa. Ese que iluminó a la cultura argentina.
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  • El décimo infierno
    Dos especialistas en matar sin sentido

    El fuego, el calor chaqueño... y la locura. En esas palabras parece justificarse El décimo infierno , obra del escritor, periodista y guionista Mempo Giardinelli quien, junto al realizador colombiano Juan Pablo Méndez Restrepo, debuta en el rol de director.

    La trama se centra en Alfredo (Patricio Contreras), un divorciado cincuentón, soez, que cree que puede llevarse al mundo por delante. Junto a Griselda (Aymará Rovera) construye una relación clandestina de dos años a espaldas de Antonio, su amigo y socio inmobiliario. Hasta ahí todo “normal”, y el protagonista se pregunta “¿Por qué Antonio acepta ser cornudo y jamás dice nada?”.

    Los directores reiteran en relacionar las altas temperaturas con las reacciones violentas. “De pronto uno enloquece”, enuncia en off Alfredo. Y, pala en mano, asesina a traición a Antonio en presencia de su infiel mujer. En vez de buscarle una salida rápida al asunto (ocultar el cuerpo, llevarse el dinero), la vivienda es el primer escenario de un raid criminal sin sentido. O sino cómo se entiende que la pareja deja pasar a una vecina a la casa porque oyó ruidos y es acuchillada. O un delivery boy es ultimado de un tiro sin ingresar a la vivienda. Salidas y recursos inofensivos, poco efectivos.

    De allí en adelante la estirpe asesina de los amantes irá in crescendo sin valores morales ni planificación alguna. Todo será en caliente, en la ruta, espontáneo, donde la ley brilla por su ausencia y no se comprende cómo no son atrapados. Presas de la paranoia más que del peligro, la pareja buscará fugarse al Paraguay (increíble el proceso de coima con el lanchero y un oficial corrupto enfrente) con Brasil como destino final.

    El sexo ocasional en distintas locaciones, un argumento escaso con recursos repetidos (caso el cigarrillo encendido como mecha del Mal) y la absurda cosecha de muertes dibuja un panorama predecible del cual ni el más vil podría escapar, pero ellos sí. Solo estarán atados a su propia desconfianza. Y a la sangre, que todo lo salpica. Y arruina.
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  • Una mujer sucede
    Muerta y llena de misterio

    En su primer largometraje, Bucca maneja muy bien la intriga. Con una estructura coral, la trama es atrapante. Enfermedades, secretos y traiciones bajo el signo del desamor.

    Un féretro. En torno al ritual de la muerte, una mujer es velada. Pero se desconoce quién es, si tiene familia, un verdadero enigma femenino con una brutal tormenta de fondo en un perdido pueblito del interior. Durante algunas noches y días, sólo tres hombres se acercarán al cajón para reconstruir el pasado de la difunta y así forjar una identidad a conveniencia: pertenecerle.

    El director Pablo Bucca, en su primer largometraje basado en la novela del escritor Luis Lozano, presenta a los personajes como si fuesen cartas sobre el paño: Fernández (Alejandro Awada), un escritor que cuenta la historia de Laura, una mujer a la que conoce en una biblioteca y con quién se enreda sentimentalmente; Santos (Eduardo Blanco) habla acerca de su relación con Sofía, una antigua amante y esposa de su íntimo amigo. Por último, Villalba (Oscar Alegre), un empleado municipal que relata cuando era chofer de colectivo y conoce a Rosita, una mujer al borde de la no videncia que busca seguir viendo a través de su imaginación.

    Enfermedades, traiciones, secretos, todo regido bajo el signo del desamor articulan las tres historias de los hombres a los que parece no importarles estar frente a un cadáver (¿jugarías al truco sobre un muerto?). Lo que realmente interesa en Una mujer sucede es que ellos no pierdan protagonismo ni cedan un centímetro a su rival en esa surrealista carrera hacia la misteriosa dama inerte.

    La intriga permanente y una narración dinámica hacen avanzar al relato con fluidez, mantiene al espectador en el núcleo del conflicto. Eso sí, hay que estar muy atento durante la primera mitad del filme para no perder el hilo de las múltiples historias, sobre todo la de Fernández, y así no enredarse y tropezar en esta verdadera mamushka de corazones rotos.

    Con una estructura coral, esta atrapante película se desarrolla en diferentes capas como si fuese una cebolla fílmica, donde los relatos tienen texturas propias y, según su director, tonalidades particulares. “Marrones y verdes en la historia de Fernández y Laura, lo moderno y actual para el relato de Santos y Sofía y mucho contraste y colores brillantes en la narración de Villalba y Rosita”. Todo en pos de descifrar quién es realmente esa mujer que pasó a mejor vida. ¿O no?
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  • La inocencia de la araña
    Nuestro y de nadie más

    Del amor a la obsesión puede haber un largo y espinoso camino. O puede ser fugaz, invasivo, sin límites. Y peligroso.

    La inocencia de la araña se desarrolla en la tierra natal de su director, en esta ocasión Formosa.

    El realizador Sebastián Caulier viaja introspectivamente hacia su infancia, identificándose en Camila y Daniela, dos estudiantes de 12 años que se enamoran perdidamente de Manuel (Juan Gil Navarro), un tímido profesor de Biología, recién llegado de Buenos Aires, que dictará clases en un colegio donde todos miran hacia el costado de la indiferencia.

    El enigma del imaginario infantil, con su compleja trama y procesos de elaboración a cuestas, se apodera del argumento donde la fantasía y lo platónico cruzan la delgada línea hacia un oscuro universo de celos, envidias, magia y... ¿pero a qué se debe este cambio? A la mujer que conquistó a Manuel, Ana, la profesora de gimnasia, encarnada por la también formoseña Gabriela Pastor. Ella será la “presa” de las chicas y, su musa, Ofelia, la tarántula-mascota de Manuel. Como todo lo que rodea al profesor, el arácnido es objeto de análisis y devoción de las niñas. Ver como lo alimentan (con insectos y hasta un ratón bebé) anticipa la cruel metáfora de su macabra búsqueda: poseer al profesor.

    Las nenas (Lourdes Rodas y Renata Mussano) no son actrices y, aunque a veces ingresan en un guión muy pausado, cumplen un buen rol protagónico. Eso sí, a veces las “persecuciones” e intromisiones con su profe son más que ficticias.

    La historia de este filme sale a flote, sin caer en un análisis psicológico de la obsesión de los niños. Capturen esta imagen: la danza de las chicas alrededor del fuego.
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  • Diablo
    Diablo
    Clarín
    Justicia diabólica

    La historia de un boxeador frustrado que mató a un rival es el pretexto para esta comedia negra en la que abunda la sangre.

    Un boxeador que besa la lona de la frustración, del abatimiento, al matar a un rival en un combate, ese es Marcos Wainsberg, el Inca del Sinaí. El rústico personaje de Juan Palomino en Diablo , de Nicanor Loreti, muestra su costado más salvaje, casi desconocido.

    La sorpresiva llegada de Hugo (Sergio Boris), primo del pugilista, con su camisa manchada de sangre, es un aviso de que se avecinan tiempos violentos para los dos. Exactamente tres horas donde pasará de todo: violencia, muerte, torturas, delirios bizarros, humor y sangre, mucha sangre, con algunas escenas no aptas para estómagos y retinas sensibles La tensión entre Marcos y Hugo crece en base a sospechas y silencios de este último, quien carga con negocios turbios y además se conecta “orgánicamente” con un viejo moribundo. Pero el personaje que quiebra el argumento y le inyecta vértigo y muchas risas a Diablo es Café con leche, la eléctrica caracterización de Luis Aranosky. El absurdo y la adrenalina en parejas dosis, tributo al Guy Ritchie de Snatch , también refleja en esta película claros guiños a lo más border del cine de Tarantino.

    Nicanor Loreti, especialista en el mundo del terror, ensambla una comedia negra con toques de thriller y acción, con coloridos personajes secundarios como los matones de cotillón que terminan muertos en un baño y hasta un grupo de elite a cargo de Hugo “Kato” Quiril, el gran Ninja blanco de Lucha Fuerte . La pelea final entre el grupo comando y los primos es brutal, al igual que la escena de Hugo al grito de ¡mandangaaaaa!

    La casa del boxeador apila situaciones desopilantes, caseros elementos de tortura (¡hielo, agua hirviendo y un embudo!) y diálogos muy bien llevados por los protagonistas, aunque a veces los recursos se repiten y la historia se torna predecible y demasiado bizarra. La música pesada no falta en el filme (recordemos que Loreti dirigió el documental La H y es afín al heavy metal), donde el sonido distorsionado calza justo en las escenas más fuertes.

    La presencia del Maligno, ¿versión carnavalesca? deja una enseñanza y un mensaje en Hugo. Esperemos que otros actores, fuera del mundo clase b o gore, muestren su lado más zarpado como lo hizo Palomino en Diablo.
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  • Elsa y su ballet
    La pasión no tiene edad

    El documental sobre Elsa Agras muestra la labor del Ballet 40/90.

    Atrapa tu sueño. Ese es el mensaje que parece transmitir Elsa Agras, la directora de ballet que allá por 1995 creó una particular compañía de baile. Por un lado, ninguna integrante tenía formación académica y, por el otro, la menor rondaba los 40 y la mayor se acercaba a los 90. Esta última es Elsa, su motor, quien se vio reflejada en la vida de la bailarina, coreógrafa y profesora de danza alemana Pina Bausch.

    Este documental del realizador Darío Doria ( Grissinopoli , Cuatrocientos cincuenta ) se mete de lleno en la vida de Agras, guía natural de unas 60 mujeres que son desde amas de casa hasta profesionales y están unidas por una misma pasión: la expresión corporal a través del baile.

    Créase o no, la protagonista pudo comenzar a desarrollar su vocación a los 71 años, bastón en mano. La atenta (y a veces hasta ausente) cámara de Doria, en varias oportunidades enfoca a espaldas de la mujer y así ubica al espectador desde la perspectiva doctrinaria y contemplativa de la maestra, donde suma jugosos planos y movimientos imperceptibles de la protagonista.

    Elsa no se calla nada, gesticula, reta a sus chicas, las arenga y aconseja. Busca sacar lo mejor de cada una, sin soberbia, con comprensión y una dulce -pero estricta- disciplina. Ella supervisa todo, no se le escapa nada, cada paso y gesto está bajo su atenta mirada desde donde conjuga un chachachá, música clásica y hasta La marcha de San Lorenzo (imperdible), donde aflora el humor post 40, característica siempre latente en este documental.

    Emociona ver las caras de las bailarinas cuando Elsa anuncia que se presentarán en el Teatro Empire o que se armará una función donde podrán actuar con sus nietos. Este filme no plantea una postura de protesta acerca de los pocos espacios de ocio que hay para las personas de la “tercera edad” (término que Elsa detesta). Todo lo contrario, se pondera lo maravilloso que otorga el paso de los años donde la madurez hace cumbre y las cosas se ven desde una perspectiva diferente.

    Siguiendo a las alumnas en la preparación del vestuario para la función en el Empire, repartiendo volantes, la profesora de 87 juveniles años no claudica en llevarles confianza a sus alumnas, aún estando enferma. Desde su creación en 1995, el Ballet 40/90 se presentó en distintos centros culturales y desde 2000, desarrollan una temporada teatral de cuatro meses donde se destacan los espectáculos Miusijol , Per Viver e, Te bailo la justa y Sandunga . Hasta el 30 de noviembre presentaron A los hechos pechos , en el Espacio Cultural y teatro Garrick.

    Elsa y su ballet es un viaje hacia un sueño, no hacia un escape.
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  • Step Up 4: La revolución
    El baile del cambio

    Bailar por el arte mismo o con un fin de protesta, allí está la disyuntiva, el quiebre de Step Up 4: la revolución donde The Mob, un grupo under de bailarines urbanos, irrumpe sin aviso en distintas locaciones de la glamorosa Miami.

    Bajo furiosos ritmos dubstep y hip hop, entre otros estilos, chicas y chicos con cuerpos sin un gramo de grasa y torneados a puro gym que despliegan impresionantes flashmobs (lo mejor de la peli) en Ocean Drive, un museo de arte, sobre una explanada y hasta encima de varios containers. Todo ese trabajo es para cosechar 10 millones de visitas en YouTube y ser financiados. Aunque el fin es otro: hacerse notar, ser conocidos.

    La bailarina Kathryn McCormick encarna a Emily Anderson, una aspirante a entrar en un selecto elenco de danza y además es hija de un poderoso constructor cuyos designios financieros se interpondrán con Sean (Ryan Guzmán), el amor de Emily y uno de los líderes de The Mob quien la incluirá en el team urbano sin desenmascarar el acaudalado origen de la muchacha. Pero fallará.

    Cuando los planes de la empresa de papá Anderson se interponen con las propiedades costeras donde Sean vive, en el corazón de Emily latirá la lucha: padre vs. novio. ¿Qué pasará? Las escenas acarameladas de los tortolitos le quitan vibración a un filme que promete, pero hacia el final roza la banquina del ridículo.
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  • Gricel. Un amor en tiempo de tango
    El amor de toda una vida

    “¿Cuánto dura el amor? Hay amores que pueden durar toda una vida”. A la inversa del ícono tanguero (el abandonado por una mujer), el poeta José María Contursi hizo letra, al ritmo del 2 x 4, sobre como dejó a Gricel, una joven de 16 años y luego, preso de la culpa, arrastró una pena eterna. Y la buscó.

    Reconstruir esa increíble historia de amor prohibido, ocurrida en la década del ‘40, es la misión de este documental, donde Manuel (Pablo Basualdo) es un cantante lírico que quiere llevar el tango Gricel a escala de ópera. Entonces bucea en archivos (lee la epístola amorosa entre ellos), y entrevista a historiadores, amigos y familiares de la pareja para ensamblar aquella aventura de pasión y pecado donde el tanguero se arrojó a una aventura sin igual para encontrar a su amada en Capilla del Monte.

    El filme, con un tranquilo desarrollo donde convive la música clásica y el tango, exhala aires de melancolía tanto en Buenos Aires como en Córdoba, proponiendo cuidadas locaciones y logrados personajes secundarios que colaboran en reconstruir la historia.

    Con la música de Mariano Mores, Contursi -a diferencia de muchos tangueros- se corrió de la ficción para inspirarse en la vida misma. El desengaño, la depresión por enviudar de su esposa, los fantasmas del alcohol y la muerte que lo rondaban, transportó al poeta hacia un sinfín de heridas y desdichas. Al que sólo la bella Gricel pudo rescatar. Y curar.
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  • Juegos de muerte
    Sangre descontrolada

    Las segundas partes nunca fueron buenas, reza el dicho popular, y el director Marcus Dunstan, al frente de The Collector (2009), se lo toma al pie de la letra. Con un comienzo que parece de otro filme, la “estructura” de este relato atropella con una serie de matanzas donde la sangre abunda y faltan ideas. La película se centra en Elena (Emma Fitzpatrick), única sobreviviente de una fiesta en un boliche, donde el Coleccionista (una cruza del Mago Enmascarado y Machine, de 8mm ) digita el destino de sus futuras víctimas.

    Desde las alturas comanda una maquinaria letal (aspas de una trilladora, una jaula metálica que compacta), sello de la dupla Marcus Dunstan-Melton, responsables de las últimas cuatro partes de El juego del miedo , donde los recursos también se desgastaron.

    Elena, encerrada en una caja por el psicópata enmascarado, buscará ser liberada por Arkin (Josh Stewart), quien hará lo imposible por rescatarla. Varias de las escenas causan gracia en vez de miedo y se busca una repulsión innecesaria, caso fracturas expuestas.

    A un ritmo frenético (¿una gran trailer movie?), Juegos de muerte muestra todo ya, carece de suspenso, es predecible y no asusta. Estos filmes deben ir a boxes, refrescar ideas y volver a pista. Urgente.
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  • Zuloak
    Zuloak
    Clarín
    Andy Warhol a la vasca

    Agujeros, en euskera, el idioma vasco. Eso significa Zuloak , lo nuevo del músico Fermín Muguruza, quien como director tomó la posta iniciada por la cazatalentos Arrate Rodríguez -dibujante y documentalista amateur-. Ella, como lo hizo Andy Warhol con The Velvet Underground & Nico, repitió el proceso con una emergente banda de punk rock vasco: Zuloak.

    Con el feminismo, la protesta adulta, el sexo (a veces explícito, aunque en general sin groserías), los apoyos monetarios virtuales y muchas influencias (Black Keys, Patti Smith, White Stripes, PJ Harvey), el trío -hoy quinteto- se dejó llevar por la incisiva cámara de Rodríguez, a quien varias veces le pidieron respeto a la intimidad.

    “Si Dios es un DJ/Satán es un punk/Si Dios es un hombre/Satán es una mujer”, son algunas de las frases que muestran el ímpetu de estas chicas que atraviesan los típicos conflictos rockeros.

    Con una fotografía impecable, edición de gran vértigo y muchas entrevistas (desde modelos y artistas hasta íconos femeninos del rock vasco), Zuloak refleja la tensión documentalista-banda, su entorno, los problemas de ego (ida de la primer cantante y gran reemplazo con Tania de Sousa) y hasta chistosas sesiones de depilación.

    Zuloak es un brillante ejemplo de como documentar a una banda con recursos artesanales. Hoy en plena gira europea, flota la pregunta obligada: ¿vendrán?
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  • El Impenetrable
    Propiedad reservada

    Indignación y confusión, saber que se es el titular de unas tierras que uno no eligió ni compró y, a su vez, no poder visitarlas porque el dueño ¡es otro! ¿Cómo? Sí, el realizador ítalo-argentino Daniele Incalcaterra heredó de su padre 2.500 hectáreas en el chaco paraguayo (otras 2.500 fueron para su hermano) y se llevó una sorpresa: fueron vendidas por duplicado a un ex diputado uruguayo, meses antes que a su progenitor, allá por 1983. Por este chiste, Daniele no podía acceder a su terreno y declararlo reserva natural, un sueño pendiente que tenía desde que codirigió La nación mapuche junto a su pareja, Fausta Quattrini.

    Incalcaterra documenta con gran rigor el paso a paso de su periplo por la selva chaqueña desde donde filma el pulso de la naturaleza (con excelente planos detalle) y además recorre el ríspido espinel de la burocracia paraguaya.

    El realizador entrevista a funcionarios, un poderoso empresario que tiene de vecino y hasta al mismísimo ex presidente Lugo, quien firmó un decreto de preservación natural con el que Daniele pudo nombrar al terreno como reserva. ¿Es suyo? Esa es otra historia.
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  • Néstor Kirchner, la película
    Impronta del militante

    La impronta del militante, el emergente, el soñador y, por qué no, el libertador. No en vano el trailer de Néstor Kirchner, la película se impulsa con este testimonio en off: “El nació el 25 de febrero de 1950, el año de San Martín”. Luego Kirchner dice “vengo a proponerles un sueño” extraído del discurso en su juramento como presidente en el Congreso.

    En su nueva película, la realizadora Paula de Luque refleja a Kirchner como una figura liberadora, una brisa con aires de cambio, la solución misma. Con impactantes imágenes de la Patagonia austral se desprende un documental donde, según la placa que abre el filme, 12.000 personas aportaron su granito de arena. De entrada se busca impactar.

    El proyecto original iba a ser firmado por el realizador Adrián Caetano, pero en las últimas instancias no fue aprobado y pasó a manos de De Luque, quien agregó siete semanas de filmación y mantuvo la gran banda de sonido de Gustavo Santaolalla.

    Néstor Kirchner, la película combina elementos de tensión con un homenajeado que no necesita libreto: su calor y color frente a la gente en actos públicos son su motor fílmico. Además, la directora plantea casos de personas ayudadas por la obra del dirigente fallecido, como es el de Facundo Nolasco, un joven violinista jujeño a quien Kirchner le regaló un instrumento del pianista Miguel Angel Estrella. Con estas apariciones se busca conmover al espectador, dejar una estela como salvador.

    Los más rico de la película es el material de archivo en súper ocho cedido por la familia del santacruceño. Allí se aprecia el micromundo costumbrista del ex mandatario. Sorprende que no se aclare el nombre de la mayoría de quienes hablan ante cámara o en off. Este recurso genera confusión en su hilo narrativo, pierde rigor documental, aunque es claro que el recorte de la historia es el Kirchner militante, en perspectiva histórica.

    A diferencia de la valiosa palabra de Máximo -a quien por primera vez se lo ve hablando sobre su padre luego del fallecimiento-, la Presidenta no es entrevistada y tampoco aparece en los agradecimientos finales. ¿Un recurso extremo para intentar apolitizar el filme -algo utópico, aclaremos- o una clara orden de Gobierno? Hubiese sido importante incluir el testimonio de la mandataria, aunque con el transcurrir del filme se intuye su ausencia por el carácter narrativo de la obra. Lo que no se entiende es por qué Florencia no fue entrevistada, su visión hubiese contrastado muy bien y cerrado un logrado círculo de voces familiares donde se destaca María Juana Ostoic Dragnik, la madre de Néstor.

    El filme, como era de esperar, no hace directa y explícita a la muerte de Kirchner, sólo se ven carteles donde se expresa que el ex mandatario vivirá por siempre: es el presente perpetuo al que la realizadora referencia y reverencia. Los rostros compungidos de sus seguidores son tibias metáforas de una tristeza de la cual, Néstor Kirchner, la película busca escapar.
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  • Porfirio
    Porfirio
    Clarín
    Tomar un avión en silla de ruedas

    El director de “Cocalero” basa este filme en la historia real de un aeropirata con una historia muy particular.

    Una película que comienza y termina en un mismo lugar, lo cíclico de la vida. La existencia repetitiva de un tal Porfirio Ramírez Aldana, quien en septiembre de 2005 llegó a la tapa de los diarios por el intento de secuestro de un avión, granada en mano.

    Tamaña sorpresa se llevaron las autoridades aeroportuarias al dar con un terrorista en silla de ruedas al que luego se sentenció a ocho años de arresto domiciliario. El realizador Alejandro Landes ( Cocalero ) encontró en esta noticia el motor de su nuevo filme donde viajó a Florencia, Colombia, para proponerle la idea al aeropirata Porfirio: actuar de él mismo, con trámite de permiso de trabajo de por medio.

    Lo mejor de esta película es que en ningún momento el espectador sospechará que se está frente a un virtual recluso, al contrario, el entrañable protagonista será visto como una víctima de una bala policial que lo dejó postrado en una silla de ruedas. Y desde esa dura realidad, despega el filme que muestra con un detalle y crudeza envidiable cómo es el día a día en la vida de una persona cuyas piernas no responden.

    La vivienda es su cárcel, desde donde Porfirio contempla el repetido paso de los días y noches, amparado bajo el cuidado de su hijo Lissin y su pareja Jasbleidy, el amor hecho fuerza de uno y otros para superar situaciones. El aseo personal al detalle (baño -solo y en pareja-, cortar las uñas, lavado de dientes) se contrasta con imágenes fuertes, escatológicas.

    Sr. Landes: ¿era necesario mostrar a Ramírez hacer sus necesidades?

    Porfirio vende minutos de telefonía celular, se aísla en su micromundo de Florencia (Colombia) y está harto que lo llamen erróneamente a su teléfono público móvil. Los planos obvios de su deseo de volver a caminar (viendo por televisión una carrera de caballos en donde se enfocan las patas del equino), la lucha contra un estado que lo ignora pero juzga y gambetear a vendedores de remedios “milagrosos”, que lucran con la desesperación ajena, son algunos de los frentes que toca Porfirio , filme que no deja al protagonista como una víctima ni tampoco cae en lo lacrimógeno o el golpe sino que se centra en la crudeza de sufrir una limitación física y sus consecuencias. El día a día.

    Recién pasados los 45 minutos de película el protagonista saldrá de su vivienda para hacer trámites, una bocanada fresca a un argumento que corría peligro de asfixia por su encierro constante. Pero logra salir a flote.
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  • Amor a mares
    Romance a bordo

    Una historia ENcubierta reza parte del título de este filme. Y ya el chiste forzado es para levantar la guardia.

    Amor a mares se embarca en una historia donde Javier, un exitoso escritor de novelas, cae en crisis creativa al separarse de su mujer. Y Andrés, su agente literario (a cargo de Miguel Angel Rodríguez) tiene la “brillante” idea de subirlo a un crucero trasatlántico para que se relaje, inspire y de forma a una novela que lo libere de las deudas y los intimidantes acreedores.

    El deprimido escritor, que demuestra exageradamente su pesar a fuerza de frases hechas, refleja un opaco papel protagónico de Luciano Castro, a quien se lo ve poco suelto, atado a los diálogos. Un dato: el actor reconoció en un principio que no quedó del todo conforme con su actuación en su segundo largometraje (el anterior fue Toda la gente sola de 2009).

    No es una salida original que un escritor quede enredado en su novela y forme parte del relato como protagonista tácito. Lo colorido de la película es el ámbito en que se desarrolla la trama: un majestuoso crucero (con una fachada fastuosa que contrasta con la simpleza de algunos ambientes interiores) con escenas en Río de Janeiro (Brasil), Málaga (España), la Isla de Malta, y Venecia (Italia). Para el calorcito que se viene, Amor a mares es un folleto turístico en versión cinematográfica donde los paisajes te distraen de un argumento que navega entre lo irrisorio y predecible.

    Una vez a bordo, Javier se verá atrapado por la belleza y carisma de Julieta, una bella abogada (Paula Morales, de buen papel) quien deberá lidiar con Tomás, su marido infiel (Nacho Gadano) y dos eventuales contendientes, Analía (Agustina Córdova), la joven amante, y Paloma (Luisa Kuliok) responsable legal del crucero.

    Como testigo de esa triste situación de infidelidad, serrucho en mano, el protagonista seducirá a Julieta desde el desamparo y caerá en el terreno conocido del actor: el del galán infalible. Las palmas de la película se las lleva Larry, el casual ayudante para que el escritor complete su historia, quien arranca algunas risas gracias a una gran actuación de Goity, compañero de Castro en Sos mi hombre .

    El raid de engaños, mentiras y malos entendidos (con escasos gags) que copan el film le dan algo de vértigo a una película que intenta llegar a buen puerto.
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  • Cosmopolis
    Cosmopolis
    SI (Clarín.com)
    Palabras capitales

    El multimillonario Eric Packer habla y habla sobre la crudeza de un sistema politico-social-económico regido por la velocidad, información y existencialismo. Lo más border y jugado de David Cronenberg.

    Una limusina súper sofisticada, la abstracción ante la caída de un imperio, la neurosis de un yuppie del futuro y mucho pero mucho dinero hecho información. Con pocos ingredientes, y sólo con la novela de Don LeLillo bajo el brazo, el director David Cronenberg tira de las raíces para mostrar el nervio del capitalismo más crudo. O mejor dicho, el final de él, mediante una mirada lisérgica. Sin contemplaciones.

    A metros del final de la saga Crepúsculo, el actor Robert Pattinson se prueba el traje de un actor post vampírico (no contemos el traspié de Bel Ami) y muestra una de sus facetas más interesantes en la piel de Eric Packer, un joven multimillonario que se abstrae en su mundo de cristal y acero montado en varias ruedas para recorrer sus ¿últimas? agitadas 24 hs en una convulsionada Nueva York.

    La bisagra que tiene esta película, también guionada por Cronenberg quien no se mueve un ápice del libro, es la línea argumental: un ametrallamiento sin piedad de diálogos que fusionan los elementos del malogrado capitalismo (existencialismo, pánico, frialdad, paranoia, etc) y que puede llegar a asfixiar -o aburrir- al inocente espectador que no leyó el libro original o su paladar cinéfilo no comulga con este tipo de films tan verborrágicos. Es aconsejable estar bien despierto (y con las antenas paradas) para no perderle pisada a las frases que Packer y sus eventuales interlocutores (novia, amantes, hacker, asesores) escupen frente al malogrado sistema político-económico-social que domina al mundo.

    La locura que arrastra el protagonista, signada por la estrepitosa subida del yen, es digna de ciencia ficción como hacerse un chequeo médico ¡diario! (incluido un examen manual de próstata con un interlocutor enfrente) o verse obligado a palpar la realidad poniendo a prueba su resistencia al dolor. Sin dudas lo más rescatable de la película es el tramo final donde se cruza con Benno Levin (una gran actuación de Paul Giamatti), quien encarna a un fanático de Packer que lleva su obsesión hasta las últimas consecuencias. Y el ida y vuelta de conceptos entre ellos es más que jugoso.

    Cosmópolis deja en pie a una de las más fieles adaptaciones de una obra literaria al cine, no recomendable para verla con la guardia baja. Acá hay que enfocarse y concentrarse en la pantalla porque Cronenberg no te deja pestañear con este postulado capitalista, donde entre la anarquía y desidia económica, se engendra un posible presagio de tiempos no tan lejanos.
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  • Bel Ami, historia de un seductor
    Colmillo blanco a la francesa

    El eterno galán, el vampírico, el melancólico, pero también… el calculador. Así parece que el actor Robert Pattinson queda signado en Bel Ami, historia de un seductor , donde el apuesto y sin escrúpulos Georges Duroy, un simple recluta del ejército en Argelia, llega a la elegante París de 1890 y se encumbra en el poder de manera 100% fantástica. O mejor dicho, irreal.

    La película, representada en una época más tardía que en la novela original de Guy de Maupassant, muestra a un joven que hace sus primeras armas laborales en un diario que busca derrocar al gobierno francés. Y de allí en adelante sembrará el terror ante cualquier fémina del poder que se le cruce. Con solo mirarlas caerán rendidas a sus pies. Un ganador.

    En su debut en el largometraje, la dupla Donnellan-Ormerod eligió a tres actrices bien diferentes para encarnar a las presas de Duroy: la “comehombres” Madeleine Forestier (Uma Thurman), cerebro detrás del matutino, la “enamorada” y creíble Clotilde de Marelle (Christina Ricci), quien tendrá su propio nidito de amor y lo esperará por siempre a Georges y, por último, la menos agraciada Virginie Rousset (Kristin Scott Thomas) a quien Duroy trata con repulsión aunque ansía su poder y a ¡su hija Suzanne!, quien también caerá bajo su hechizo.

    Este filme muestra cíclica y repetitivamente cómo el colmilleante protagonista (que en siete días estrena dos películas, hoy Cosmópolis y el jueves que viene Amanecer, parte 2 ) no puede con su blanquísima estampa y ojos rasgados para alternar amantes (irrisorio su raid en un día), montar escenas fogosas (¿qué opinará la infiel Kristen Stewart?) y reflejar los tejes y manejes político-sociales de la elite francesa que horada de a poco las expectativas de Georges: denigrará su escasa moral y mostrará las peores caras de sus rústicos orígenes.

    La muerte misma dejará golpeado al galancete, quien no tarda en hundir sus románticas garras en Madeleine ¡frente al cadáver de su difunto marido! Ella, quien al principio se niega a los incorrectos deseos del muchacho, sucumbe insólitamente ante el vil ¿amor?

    La rimbombante música clásica, varias veces le queda grande a este filme producido por Uberto Pasolini ( The Full Monthy ), donde la fotografía y algunas secuencias urbanas se llevan los aplausos.

    En la novela se lo plasma a Duroy como alguien difícil, aunque la película lo muestre atribulado, pedante y con una superficialidad pasmosa. Es hilarante cómo Georges deslumbra a las mujeres y hasta comparte una mesa ¡con todas sus amante s juntas! ante la, no tan ingenua, presencia de sus parejas. ¿El rol de seductor encarcelará a Mr. Pattinson para siempre?
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  • Otro corazón
    Entre dos tierras estás

    A la vida hay que encararla muchas veces desde varios frentes y algunas situaciones se desencadenan en simultáneo para poner a prueba el temple de uno. Así le sucede a Leo (Mariano Torre), quien por un lado enfrenta la recta final del embarazo de su esposa María (Elena Roger) y, por el otro, se entera de que lo que comenzó como un chequeo coronario de rutina de su padre (Carlos Moreno) derivó en un inevitable trasplante de corazón.

    Esta doble tensión es la que empuja minuto a minuto el argumento de Otro corazón , donde el director Tomás Sánchez incursionó en el delicado tema de la donación de órganos y se asesoró con especialistas del Incucai y de la Fundación Favaloro, firmas que apoyan y auspician el filme, además de entrevistar al doctor Jorge Rodríguez Kissner, quien en 2009 estuvo en la lista de emergencia nacional y recibió un trasplante exitoso.

    Otra pata interesante de esta historia es el destino de la financiera familiar cuyo destino económico tambalea. Una cooperativa agraria, deudora de ellos, propone crear en conjunto una planta de elaboración de productos lácteos con el fin de reactivar la actividad de ambos. Y aquí el jefe de familia ingresará en un doble desafío: preservar su salud y cumplir con la obligación moral de colaborar con el ámbito rural. Un ejemplo de clara generosidad en un momento de riesgo personal.

    Leo, día a día más compenetrado en el devenir económico y en la enfermedad que aqueja a su progenitor, sufre excesivamente el crudo proceso de la aparición de un donante. Y tritura sus nervios en reuniones con profesionales, adicciones tecnológicas y encuentros con familiares que atraviesan una situación similar a la de él.

    El director tuvo la claridad profesional de enfocar toda la carga emotiva en el papel de María quien contrasta con la mesura y tranquilidad del rol encarnado por Fabián Gianola, un hermano médico de Leo que acompaña y asesora sin reproches a la pareja.

    El padre en silla de ruedas, a la espera del milagroso donante y los silencios de un ritualístico proceso de despedida son pliegues del dolor familiar que contrastan con la llegada de un nuevo niño. Dos tierras de un mismo presente.
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  • El sexo de las madres
    Cuando el pasado grita presente

    Filmada en Tucumán, con interesantes planos detalle de su naturaleza, El sexo de las madres navega entre el devenir de dos amigas y sus hijos adolescentes donde ellas parecen mutar roles llegando a adoptar cierta adultescencia .

    Ana (Victoria Carreras, hija de Enrique) es una adicta en recuperación, quien se fustiga los errores cometidos como madre, amante y no toma conciencia de la realidad. Vive en las sierras, su limbo, junto a su hija Roberta (Carolina R. Carreras, su hija en la vida real).

    Laura, la uruguaya Roxana Blanco, es una obstetra urbana que carga con un pasado difícil y recibe el llamado desesperado de su amiga, a quien le quitaron la tenencia de sus hijos menores y no tiene un peso. En compañía de su hijo Juan viajarán para el emotivo reencuentro con madre e hija.

    En un hotel del pueblo, donde Ana hace la limpieza y se refugia ante la ausencia de sus dueños, las amigas apilarán anécdotas, confesiones, reproches y abrirán una brecha argumental con sus vástagos, quienes descubrirán el amor y también contemplarán a sus madres con cierta distancia. Entre la resignación y la aceptación.

    La ya crecida Roberta se muestra interesada por Juan y varias veces invade la intimidad del joven a quien se lo ve muy atado en su papel. El, tímido, ella, arrebatada.

    La directora Alejandra Marino, que ya dirigió a Carreras en Franzie, confiesa que buceó en lo más íntimo de su historia preguntándose como se manifestaron las consecuencias de ciertos hechos de violencia que marcan durante la adolescencia. Sin juzgar a los personajes, reflejó de forma meritoria cómo se construye la huella profunda que deja un hecho traumático, en este caso una violación que se repite en la mente de Ana y tiene un enigmático nexo con uno de los habitantes del pueblo. Aunque la memoria diga basta, la película revela la sordidez misma.

    Con algunos giros predecibles, a merced de un final que sorprende, el argumento se construye desde el dolor, matizado con llantos nocturnos, el fantasma del aborto y los silencios cómplices de la impunidad. Todo cose un relato fuerte que estremece. Y advierte.
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  • Sinister
    Sinister
    SI (Clarín.com)
    Hacerse la película

    Es inverosímil como Scott Derrickson, padre de aquella excelsa criatura cinematográfica llamada El exorcismo de Emily Rose (2005), tiró del piolín de lo insólito y comenzó su flamante Sinister con un argumento difícil de creer: el escritor Ellison (Ethan Hawke) sobrevive gracias a su exitosa novela Sangre en Kentucky, pero la escribió una década atrás y hoy busca inspiración para una nueva obra que lo ayude a librarse de sus deudas económicas. ¿Dónde? En una casa, que compró de oferta, y en la cual ocurrieron una serie de crímenes aberrantes que lo atraparon para investigar el caso y redactarlo. ¿Y qué brillante idea tuvo este periodista especialista en crímenes celebres? Ocultarle a su recién mudada familia el siniestro pasado de la vivienda. En fin.

    Ya instalado, el escritor encuentra en el altillo de la vieja casona una caja con varios rollos de peliculas filmadas en Súper 8 mm. y, además, un proyector. No pregunten porqué pero el protagonista sabe usar el artefacto a la perfección. En cada cinta hay diferentes escenas familiares que mutan abruptamente al horror con asesinatos de las formas mas diversas y truculentas. Ante el furor y gastado recurso del found foottage, los productores de Insidious y Actividad Paranormal recurrieron a una leyenda urbana: las snuff movies, peliculas con supuestos asesinatos reales, dignos de films como Hardcore, Tesis u 8mm.

    A la inversa de muchas películas del género, que comienzan de forma prometedora y desbarrancan en la recta final, Sinister se acomoda y toma forma en la segunda mitad partiendo desde lo sugestivo (la especialidad de Derrickson), como así tambien en la intriga y toques bien macabros en relación a lo voyeurístico de un fantasmagorico criminal. Ethan Hawke, un actor ajeno al genero del suspenso, se repite en las acciones del film: cada noche se recluye en su búnker hogareño para investigar las muertes, aparta a su familia y se obsesiona con su papel cuasi detectivesco. Además el protagonista inspecciona cada cinta minuciosamente, toma whisky (a veces en demasia), edita artesanal y digitalmente cada película y, lo menos creíble, tiene un sueño bastante liviano a pesar del alcohol ingerido. Durante algunas noches se despertará y oirá el reproductor cinematográfico funcionando solo. La familia parece que duerme profundamente porque jamás se alteran ante los terrores nocturnos y ruidos que hace Mr. Ellison.

    Lo rescatable de Sinister es la aparición de dos personajes: un oficial de policía que colabora con el escritor ofreciéndole documentación precisa y un especialista en civilizaciones antiguas que orienta al protagonista para descifrar el origen de las matanzas. A la mínima pista o indicio se descubrirá la trama del film: así de delgada es la resistencia del argumento de Derrickson, realizador que exploró con la ciencia ficción (The Day the Earth Stood Still) y guionó ibretos como Urban Leyend: Final Cut y Hellraiser: Inferno, ambas de 2000. Una película que atrapa desde lo ritualistico. Y nada más
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  • La Caracas
    La Caracas
    Clarín
    Epopeya tuerca

    Valiosa reconstrucción del Gran Premio que unió Buenos Aires con Caracas en 1948.

    Una verdadera hazaña para algunos, una locura para otros, el Gran Premio América del Sur unió seis países con vehículos de Turismo Carretera -casi sin sistemas de seguridad- en sinuosos caminos de ripio y un peregrinar de 20 días.

    El director Andrés Cedrón tomó este jugoso hecho como foco de su opera prima sin centrarse en pocos testimonios centrales sino que ensambló, en un arduo trabajo de investigación, incluyendo la recuperación de materiales fílmicos, las anécdotas de muchos entrevistados: familiares de los corredores, dirigentes deportivos y protagonistas. Por esta multiplicidad oral, en la edición final a veces se dificulta seguir el hilo argumental.

    Por la distancia temporal de 64 años, el desafío fue conseguir relatos en primera persona. El director dio con dos copilotos de aquella epopeya y con Froilán González, uno de los corredores. Esto se sumó a declaraciones de archivo de otros ases del volante como Juan Manuel Fangio, Oscar Gálvez e imágenes de Domingo Marimón, el ganador de la competencia en un dramático final.

    La demarcación en un mapa, ciudad por ciudad, etapa por etapa, sitúa al espectador en aquel mítico recorrido de casi 10.000 km desde Buenos Aires hasta Caracas con el énfasis de locución deportiva de Luis Elías Sojit, filmado en su bunker de transmisiones de 1948. Todo bien vívido, con vértigo.

    La competencia también tuvo su costado político, como la intervención de Perón, que ayudó con un valioso giro de dinero a los participantes, o un golpe de Estado en Perú que obligó a apurar la salida de una nueva etapa. A esta película, de alto valor histórico, se sumaron las interesantes miradas de Horacio González, director de la Biblioteca Nacional Argentina, y el historiador Norberto Galasso.

    La Caracas también reflejó esa rivalidad folclórica del TC entre el El Chueco (Chevrolet) y El Aguilucho (Ford), que llevó a novelar mediáticamente el accidente de Fangio al norte de Lima, donde perdió la vida su copiloto. Otro gran acierto es la musicalización del Cuarteto Cedrón y ficcionar, con autos de aquella época, pero en los caminos de hoy, la histórica huella panamericana.
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  • Errantes
    Errantes
    Clarín
    En busca del techo propio

    La autogestión, en un cruda mirada sobre el déficit habitacional.

    El barrio la Lechería -por estar emplazado en una vieja envasadora ubicada frente a las vías del Ferrocarril San Martín- fue uno de los símbolos de la precariedad habitacional de los sectores más empobrecidos de la ciudad de Buenos Aires. Desde la década del ’80, y año tras año, la cantidad de ocupantes fue creciendo y llegó a tener unos mil habitantes.

    Este documental, de Lisandro González Ursi y Diego Carabelli, ingresa de una forma casi ausente en el paso a paso de Los Bajitos, una cooperativa de vivienda conformada por sus habitantes, en búsqueda del techo propio. ¿Su proyecto de mudanza? Un terreno que consiguieron en el barrio de Mataderos. Y aquí comienza el gran trabajo de los directores, hilar un relato con eje en tres vecinos, donde se destaca el desgarrador testimonio de un ciudadano boliviano quien fue abandonado por su mujer, gana no más de 300 pesos mensuales, está a cargo de cinco chicos y perdió una pierna en un accidente entre otros problemas. La fuerza misma.

    La repetida figura del Che Guevara (en almanaques, pintadas) más su mítica frase “Hasta la victoria siempre”, sumerge al espectador en un espacio de lucha, autogestión, donde el portavoz de la Cooperativa (con un discurso algo impostado, duro aunque honesto) informa a los habitantes de La Lechería cuál es el paso a paso a seguir en cuanto al flagelo habitacional que padecen. Y se plasma muy bien esa empatía entre los vecinos y los trabajadores sociales.

    Las tomas nocturnas, con el ferrocarril bordeando el complejo de La Paternal, el movimiento de gente en los pasillos y el pulso de cada asamblea incrementa la tensión, y atención, de un relato sólido con un prolijo montaje donde se destaca el sonido y las tomas panorámicas en una locación con escasos recursos fílmicos.

    El fuego y la barricada para cortar las vías en señal de protesta, la intimidante presencia policial o la bronca de los vecinos lindantes al terreno de Mataderos (donde el mensaje amenazador está muy bien captado) son algunas de las entradas hacia el conflicto, la tensión, elementos que llenan de color (y calor) a este logrado documental.

    Lo cíclico en Errantes se sostiene con la demolición de La Lechería, imágenes crudas, dolorosas, luego de un lento peregrinaje en la desocupación en diciembre de 2008. Parte de las familias terminaron mudándose a las casas construidas en un terreno en Parque Avellaneda y otras recibieron un subsidio para resolver, de un modo transitorio, su situación habitacional.
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  • Actividad paranormal 4
    A un clic del miedo

    Cámaras nocturnas, una gran casa vacía, hechos sobrenaturales y un ruido denso, sórdido, sembró el terror cinco años atrás de la mano de Oren Peli y su primer Actividad paranormal . Este nuevo guión del israelí (más Zack Estrin) se sostiene en la reencarnación de la eterna Katie y el niño Hunter, desaparecidos en 2006, al final de la segunda parte.

    La historia gira en torno al pequeño Wyatt (Aiden Lovekamp), su familia y un invitado especial: el enigmático Robbie, amigo de Wyatt, quien es acogido por la familia luego de que su madre fuese internada. Desde la llegada de la inquietante visita -con gestos hostiles y miradas penetrantes, lo mejor del cast -, la vivienda sufre embates sobrenaturales que asustan a Alex, una rubiecita adolescente de discreto papel, quien se alía a Ben, su amigo nerd que programa dispositivos de filmación caseros para no perder rastros de los extraños sonidos que acechan la casa.

    Como si fuese una larga sesión (de días y noches) de videollamada instantánea, la película refleja un espanto siglo XXI: la ciberadicción donde las notebooks acompañan a cada integrante de la familia adonde vayan: a mamá Alice en la cocina, a Alex por todos los ambientes y al pequeño Wyatt hasta el borde de una bañadera. ¿Otra muestra? Una consola de juegos interactiva irradia rayos verdes que dibujan las siluetas de los entes malignos.

    Con el correr del argumento, Wyatt y Robbie se ven envueltos en un ritual antiguo, con figuras geométricas incluidas, bajo la atemorizante supervisión espectral de Katie, la protagonista involucrada en toda la saga paranormal. Su designio de sembrar terror y muerte es bien crudo. Impacta.

    Con un transcurrir más lento de lo habitual (varios planos inertes), Actividad paranormal 4 incluye remates de escena predecibles: elementos que caen, puertas que se abren, arrastres de cuerpos y objetos. Desde lo inofensivo surgen sustos bien logrados: un gato, bromas de Ben (con algún que otro gag), una vecina nocturna y hasta la ingenuidad de la chica.

    Las escenas diurnas es uno de los puntos fuertes del filme, no se recae en la noche, lo fácil. El tramo final se atropella en ideas y recursos -con un guiño a otra rama del miedo- y reúne la adrenalina necesaria para hacer temblar.

    Con esta cuarta parte, la dupla Joost-Schulman (al frente de la tercer parte) sacaron el poco jugo que le quedó a la exitosa fórmula terrorífica de antaño, hoy, tecnología y virtualidad al servicio del miedo. Pero a no darle más rosca, porque el chiste ya se falseó.
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  • El día que cambió la historia
    Con la carne al hombro

    La ciudad de Berisso como núcleo movilizador del 17 de octubre.

    Filmada en Berisso, entre 2005 y 2009, El día que cambió la historia se mete didácticamente en esa ciudad forjada a la sombra de la fiebre amarilla que diezmó a la población de Buenos Aires allá por 1871.
    En la primera mitad del filme las apariciones de los historiadores (Osvaldo Bayer, Norberto Galasso, Sergio Pujol y Roberto Tarditti) orientan y ponen en contexto al espectador que viajará por el destino de los mataderos suburbanos, obligados al exilio por ser acusados de generar la plaga por la falta de higiene. Así, uno de sus dueños, Juan Berisso viajó a la costa de la Ensenada para emplazar su industria. Esa zona se desarrollaría como un imponente espacio portuario y dos frigoríficos motorizarían la industria nacional.
    De la mano de un minucioso trabajo de archivo (digitalización de diarios y fotos de época), el relato se encolumna en la narración arrabalera del personaje de Lito Cruz, que atraviesa épocas, muere (y revive) y entabla coloridas y costumbristas charlas con el obrero Celestino Morales, encarnado por Rubén Stella, un obrero del frigorífico que muta del conformismo capitalista a la lucha sindical.
    El documental fluye en la construcción de un modelo de luchas, triunfos (y derrotas) sindicales que desembocaron en la figura de Perón, de incipiente coronel a héroe de la clase obrera.
    La entrevista grabada con Cipriano Reyes, líder gremial formado en el anarquismo, es una de las perlas del filme. Algunas partes de la entrevista están subtituladas, otras no. Raro.
    La última línea testimonial, la más cruda, emotiva y sincera (aunque algo desprolija en cuanto a sonido, claridad en los dichos e iluminación) fueron la de los protagonistas del 17 de octubre de 1945 que marcharon desde los frigoríficos de Berisso a clamar por la libertad de Perón. El resto, es historia conocida.
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  • Schafhaus, casa de ovejas
    Secretos patagónicos

    La Patagonia esconde secretos, mitos y las leyendas surcan su tierra. Así lo vive Ernesto (Sergio Surraco), chubutense, quien vivió en Alemania casi toda su vida. Al enterarse de la muerte de su abuelo, vuelve al país para resolver unos negocios familiares, pero el rubro de la compra-venta lanar le es ajena y se distrae. Sus rasgos pétreos y ostracismo cautivan a Erica (María Lía Bagnoli), quien lo aloja en su hostería al recién llegado y, entre miradas cómplices, construyen una tímida historia de amor.

    Pero el pasado se interpone cuando una foto con la palabra Schafhaus (Casa de ovejas , en alemán) despierta curiosidad en Ernesto. Allí se lo ve con sus padres y abuelos, siendo apenas un niño. Lo que seguirá es un lento devenir hacia la búsqueda de una vivienda abandonada que lo arrastrará a un origen inevitable.

    Esta película de Alberto Masliah, rodada en Neuquén, se enmarca dentro de recurrentes planos crepusculares que meten al espectador en la frescura del sur argentino. Con un argumento que viaja entre la melancolía y el drama de la perdida de identidad se destaca el papel revelador de Georgina (María Fiorentino) quien guiará a Ernesto hacia un pasado familiar que desconoce, pero siempre sospechó: fines de los años ’70, una zona gris para la memoria argentina. En los últimos minutos la película dará una vuelta de tuerca interesante, aunque predecible.

    Algunos intrigantes planos secuencia sobre automóviles (¿con carácter publicitario?) y hacia personas contrastan con el logrado montaje exterior y fotografía del filme. La amistad de Ernesto con Martín (Guido Massri), es el nexo de él con una familia que lo obligará a alejarse de Europa para cimentarlo al suelo patagónico. Con todos sus secretos.
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  • Ruby, la chica de mis sueños
    El poder de la palabra

    ¿Qué harías si pudieras regir las acciones de alguien con solo escribir un par de palabras? ¿Y si te enamorás de esa persona? ¿Y si además la soñaste? Todas estas preguntas tienen su respuesta ficcionada en Ruby, la chica de mis sueños, lo nuevo de Johnatan Dayton y Valerie Faris, creadores de Pequeña Miss Sunshine y especialistas en dirigir videoclips musicales: The Smashing Pumpkins, Offspring, R.E.M., Red Hot Chilli Peppers, entre otras bandas de renombre.

    La dupla de directores en esta ocasión se metió de lleno en una historia de amor que combina comedia, toques de suspenso (sin llegar al susto, pero sí a la intriga) y una interesante vuelta de tuerca que recuerda a la construcción de personajes como la célebre El ladrón de orquídeas (Adaptation). El argumento es sencillo, Calvin es un joven y exitoso escritor quien, como la mayoría de sus colegas, debe enfrentar el famoso “temor a la hoja en blanco” ante un desafío editorial de comenzar una nueva obra que lo consagre. La angustia se apodera del actor Paul Dano (quien interpretó a Dwayne en Pequeña Miss Sunshine y también se destaca en la flamante Looper) y recurre al sueño como su aliado de inspiración.

    Así en estado onírico aparece ella, Ruby Sparks (Zoe Kashan), una colorada intrigante que tomaría protagonismo en su nuevo libro. Lo que menos piensa el escritor es que su creación ingresaría a su vida cotidiana. Y aquí es donde la película podría derivar en una clásica historia de encuentros y desencuentros o personajes secundarios que creen que el novelista se relaciona a una figura inexistente. Pero no, ella es de carne y hueso y comenzará a vivir una particular historia de seducción con Calvin y todos sus allegados.

    El joven actor estadounidense calza perfecto en el papel de escritor introvertido, un lector apasionado que contrasta con la efervescente y multifacética personalidad de Ruby. Y a la actriz Zoe Kashan le sientan muy bien las comedias románticas (como Enamorándome de mi ex o Al diablo con el amor). Calvin siente tocar el cielo con las manos por haber conseguido al codiciado amor que soñó por años: es simpática, afín a sus gustos, muy sociable (a veces en demasía), buena cocinera, deportista, sexualmente inobjetable. En síntesis, la novia ideal.

    Pero como en estas películas siempre hay cosas que se desbarrancan, una máquina con teclas (y atención, no es una computadora) irá cambiando las actitudes de la bella Ruby quien pondrá al novelista en una verdadera disyuntiva. Lo empalagoso, a la larga sabe mal y cuando un sueño se cristaliza, también puede tener ribetes atemorizantes.

    Mención aparte para la familia de Calvin, muy ligados a los inolvidables Focker, aquella pareja libertina encarnada por Bernie (Dustin Hoffman) y Rozelin (Barbra Streisand) que incomodaba a su hijo Greg (Ben Stiller). En Ruby, la chica de mis sueños aparece la madre (Annette Bening), una amante de la naturaleza que rehizo su vida junto a su pareja, un canoso y jocoso Antonio Banderas que hará sonrojar al huraño novelista.

    Esta película destila dulzura, dejará pensando al espectador y demostrará como el amor es algo que se construye paso a paso, sin necesidad de buscar (o forzar) un ideal, sino experimentándolo día a día, entendiéndose mutuamente con naturalidad. Como la vida misma.
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  • La aparición
    Espíritu con poca tensión

    Un equipo de estudiantes universitarios busca demostrar que a través de las ondas del cerebro humano se pueden invocar y materializar espíritus en conjunto. Los jóvenes filmaron la sesión ocultista, pero no todos pensaron en la misma persona. Y el experimento se desmadró. Hasta ese momento, una hipótesis atractiva para La aparición, el inquietante debut en largometraje del joven director Todd Lincoln.

    Uno de los integrantes de aquel team es Ben (Sebastian Stan, de la tira Gossip Gir l), quien no espera que un espíritu lo persiguiera a él y a su novia Kelly (Ashley Greene, de la saga Crepúsculo ). Por esas causalidades de un argumento predecible, la película se desarrolló en un barrio repleto de torres de electricidad. Imaginen.

    Las manifestaciones en la vivienda (manchas en las paredes, putrefacción por debajo del piso, típicas sombras nocturnas) obliga a que el joven recurra a la ayuda de Patrick (Tom Felton), un nerd experto en lo sobrenatural, quien ya le había advertído de esta aparición. Y él lo obviaba.

    Víctimas transportadas a otro mundo, un virus que crece y se alimenta de nuestros miedos (algo que escasea en el filme), bilocaciones (lo mejor) y voltajes en ráfagas fantasmales es una perdigonada inconexa de situaciones para desentrañar el hilo (eléctrico) de un “exitoso” juego parapsicológico.

    El filme posee algunos guiños con dos perlas orientales, Ju-On (raíz de las sucesivas The Grudge ) o Ringu (germen de The Ring ) con la clásica imagen de la mujer emergiendo de un pozo y atravesando la pantalla de la tele. En L a aparición sale de un ¡lavarropas! Rescatemos algunas locaciones y el trabajo fotográfico de Daniel Pearl ( Masacre de Texas , Viernes 13 ). Nada más.

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  • El código del miedo
    El código del miedo
    SI (Clarín.com)
    El secreto de su mente

    Luke Wright (Jason Statham) transcurre la vida como un luchador de segunda categoría en el circuito de artes marciales de Nueva Jersey. Pero cuando arruina una pelea previamente arreglada, la mafia rusa decide ajusticiarlo y, como castigo ejemplificador, matan a la esposa y lo amenazan con eliminar a cualquier persona con quien entable relación. Así su devenir pasará a ser el de un indigente, un fantasma urbano cuya única salida parece ser el suicidio.

    Hasta allí El Código del Miedo (Safe), un filme de 94 minutos del director Boaz Yakin (Duelo de titanes que también guionó El principe de Persia: las arenas del tiempo, The Punisher o la segunda parte de Desde el crepúsculo hasta el amanecer), parece ser una película que mostrará las peripecias del infortunado ¿justiciero?. Pero no, una señal lo ilumina cuando su vida toca fondo y se encuentra al borde de las vías del metro estadounidense.

    Una señal, en el momento más crítico de su existencia donde sólo un paso divide la vida del fin, él tiene una visión, real: una nena oriental de 12 años escapa de las garras de la mafia rusa en pleno anden del metro neoyorquino. Y allí aparece el mejor Statham, el luchador, el que rompe huesos y pelea con una fiereza implacable llevándose todo por delante. Este experto en el arte de los golpes brilló en Los Indestructibles 2, donde a Lee Christmas jamás lo tocan y hasta le sugiere a Sylvester Stallone (Barney Ross) que aprenda a pelear.

    La otra protagonista de la película es Mei (Catherine Chan), una niña con una mente prodigiosa para las matemáticas, perseguida también por la tríadas chinas e incluso por la sobornable policía de la ciudad quienes están al servicio de políticos corruptos. Pero ¿porqué tanto interés por Mei?, ella guarda en su mente un código secreto que servirá como llave para concretar turbios negocios.

    La película tiene algunos guiños con Al rojo vivo (Mercury Rising), la peli protagonizada por Bruce Willis donde tiene que proteger a un niño autista de nueve años que tiene una increíble capacidad para descifrar códigos. Y también se la puede relacionar con Ni una palabra (Don´t Say a Word), la película protagonizada por Michael Douglas, un psiquiatra infantil, y Britanny Murphy, una chica con trastornos psicológicos que memorizó un código de seis dígitos.

    Cuando se cruza una mente inigualable, el dinero, la mafia y un actor de la talla de Statham se garantiza acción por doquier con fracturas (algunas tomas impresionan por su crudeza), velocidad y mucha destreza física. Con una de las mayores inversiones hollywoodenses en casquillos de balas, Luke se enfrenta por igual a las mafias como a los agentes policiales. Y sin temor a nada.
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  • El legado de Bourne
    El legado de Bourne
    SI (Clarín.com)
    Esa maldita pastilla

    El ¿final? de la era Bourne, encarnada ahora por Jeremy Reener, se despega de sus predecesoras. Manipulación genética, inteligencia mundial y acción en exclusivas dosis.

    Una foto de Jason Bourne es el único rastro (y rostro) que se tiene en esta cuarta parte de quien fuera cara de una trilogía que ahora busca ¿analizarse, reinventarse?. Si Identidad, Supremacía y Ultimátum alimentó la figura de Matt Damon y dio una vuelta de tuerca interesante a las películas de espionaje, con El legado Bourne el cambio de figurita (Jeremy Reener en la piel de Aaron Cross) deja en la mesa los condimentos para servir apenas una discreta película.

    Con diálogos demasiado extensos (lo que no garantiza un guión rico), el film del director y guionista Tony Gilroy es más un tratado de inteligencia mundial –con pasajes en Seúl, Manila, Alaska y urbes estadounidenses- que una película de acción. Hay momentos donde cuesta seguir el hilo de la película y confiar en los métodos y manipulaciones de terapia genética utilizados lo que la convierte en ciencia ficción pura, con escasa o nula conexión con la realidad. Una serie de pastillas azules que el agente conserva para su subsistencia serán su karma que a toda costa buscará cortar con la adicción.

    La pata supuestamente verídica del film la tienen con el programa DARPA que está estudiando la modificación de los genes de los soldados para lograr una mayor tolerancia ante la falta de sueño, comida, sed. Y según científicos de la universidad de Arizona ya se produjeron avances al respecto: el ejercito probó una droga que anula los mecanismos del sueño.

    Las escenas de acción de El legado Bourne se dan en un laboratorio, una vivienda y, quizás lo más logrado, la persecución en motocicleta (algo extensa aunque muy lograda cinematográficamente) que eleva el escaso grado de adrenalina sin olvidar los típicos finales ficcionados en este tipo de escenas. Una lástima. La inevitable unión entre el agente Cross, que a toda costa busca despegarse del programa secreto creado por la CIA, y la sexy biologa Rachel Weisz recorre un film que se deshilacha con el correr de los minutos.

    Las escenas que demuestran el poder del espía casi superhumano, digno de los héroes de Marvel, rescata en dosis mínimas la velocidad, resistencia, agilidad y fuerza de su antecesor, Jason Bourne, al que se lo extraña. Y mucho. ¿Continuará?
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  • El sol
    El sol
    SI (Clarín.com)
    El futuro ya llegó

    Presentada como la última película de animación de la Humanidad, la hilarante propuesta de El Sol de Ayar Blasco, muestra en flash 2D como sería el mundo (y sus inefables consecuencias) luego de un desastre atómico.

    El económico y sencillo recurso gráfico con el cual el director resolvió las situaciones deja ver a dos jóvenes marginales (Once y La Checo) que se las rebuscan en el sórdido mundo de la delincuencia y el saqueo. Los limitados movimientos de los protagonistas recuerdan a Southpark, Beavis and Butthead o Alejo y Valentina junto al vulgar y lisérgico lenguaje que destilan.

    Las voces son un punto crucial del film: Blasco eligió a Sofía Gala Castiglione, Divina Gloria, Jorge Sesán, Martín Piroyanski y, una perla inédita cinematográfica, el Dr. Tangalanga, el zar de las bromas telefónicas de los ´80. “No entiendo cómo es que lo han dejado pasar en el cine de comedia”, confiesa el joven director creador de la lograda Mercano, el Marciano.

    Con un argumento simple, pero con una cruda visión sobre una civilización deformada por costumbres egoístas (pesimismo, mala onda, desinterés por todo y todos) Blasco no pierde el hilo conductor de violencia y comicidad en el guión del cual se rescata cierta melancolía heroíca. Y todo dentro de un postmundo donde las máquinas anestesarion a la Humanidad, por cierto, algo no muy lejos de la realidad.
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  • Prometeo
    Prometeo
    SI (Clarín.com)
    El primer pasajero

    Robado de los dioses, la antorcha con el fuego está en manos de los hombres. Zeus será el encargado de castigar al responsable. La mitología griega da a Prometeo el papel de la traición pero, a su vez, cumple un papel benefactor para la Humanidad. Ese acercamiento entre la leyenda y los habitantes de la Tierra tiene en el último film de Ridley Scott, su lograda adaptación en clave ciencia ficción: futurista y en 3D.

    Según la película, las principales civilizaciones antigüas rindieron adoración a objetos provenientes del cielo. La pleitesía hacia un ser superior es el eje de Prometeo donde el director de Alien busca descifrar el futuro de la humanidad, desafiando algunas de nuestras ideas científicas y filosóficas más apreciadas. El comienzo de la película es más que interesante metiendo al espectador en el inabarcable y existencialista (característica que prima en el film) enigma de ¿cuál es el punto de partida de todo?, ¿qué hay después de la muerte?, ¿Dios existe, con qué fin?. “Es el relato de una búsqueda épica del origen de la vida”, sintetizaría el director en una entrevista.

    Presentada como una precuela de Alien (1979), Prometeo deriva en una interpretación bastante libre y flexible de su famosa segunda parte. Según Scott, la noción de su nuevo trabajo comenzó con una figura que apareció brevemente en Alien, y que parecía haber sido olvidada una vez que el supuesto xenomorfo estalla, literalmente, en escena. El sujeto en cuestión es el conductor de una nave extraterrestre que marca el único rasgo de vida en un lejano planeta al que un grupo de científicos arriban para estudiar el supuesto origen de la raza humana en la Tierra.

    Los líderes de la expedición son Shaw (la sugerente sueca Noomi Rapace) y Holloway (Logan Marshall-Green), ella es una creyente que desea conocer a estos “dioses” para acercarse a sus creencias religiosas, mientras que él busca desmitificar este tipo de nociones espirituales. Su trabajo como arqueólogos dio con un grupo de pictogramas en cavernas de civilizaciones antiguas de todo el mundo, que todas apuntan hacia el mismo lugar en el espacio distante. En escenarios naturales de Islandia y Escocia, Ridley construyó “el patio de recreo alienígena más grandioso del mundo” donde la tridimensionalidad se complementa con las locaciones reales sin necesidad de recaer obligatoriamente en la superficialidad tecnológica. Un gran acierto y, quizás, lo más valioso de Prometeo.

    La bellísima y sugernte Meredith Vickers (bajada a Tierra por Charlize Theron) junto a David, (el robot encarnado por Michael Fassbender) que con su carencia de rasgos calza más que bien en este ser cibernético papel más allá de su correcta interpretación. Scott, realizador también de Blade Runner hacía tres décadas que estaba alejado de la ciencia ficción y, sin dudas, con Prometeo volvió para crear un universo singular que puede apartar el legado Alien, aún con todos los guiños de la obra del genial H.R. Giger, mastermind de la criatura extraterrestre.

    La película tiene un guión sostenido que al promediar la historia comienza a decaer con clichés típicos del cine de ciencia ficción y momentos inverosímiles como la lucha contra las tormentas espaciales o los combates ante las fuerzas superiores. Esos pasajes deshilachan la trama original y apaga el misticismo que concibió. Ya se rumorea una segunda parte, llamada Paraíso. ¿El cielo podrá esperar?
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  • El cuervo
    El cuervo
    SI (Clarín.com)
    Letras de sangre

    Los últimos momentos en Baltimore de Edgar Allan Poe siguen siendo un misterio. Cuatro días antes de su muerte fue encontrado en un estado de delirio y luego derivado a un hospital donde finalmente falleció.

    La película de James McTeigue, el director de V de Vendetta, recorre un singular camino anacrónico. El comienzo muestra al autor de El cuervo, sentado en un banco con su mirada hacia el cielo, ido. El graznido del ave negra, que bordea la silueta circular del satélite natural, es el puntapié de una interesante aventura que descompone la personalidad de este oscuro romántico muerto a los 40 años.

    A diferencia de lo que muchos pensarían con un Poe sumido en los excesos de la bebida, las drogas alucinógenas y las relaciones ocasionales, el film ubica al actor John Cusack en un papel casi detectivesco, sólo cercano a la bebida donde sus truculentas y sombrías letras son el motor de un asesino que homenajea al creador de Los crímenes de la calle Morgue y La caída de la casa Usher.

    El amor prohibido de Poe con Emily Hamilton (Alice Eve), hija del coronel Charles Hamilton, muestra la tenacidad del escritor por seducir a la joven de alta alcurnia que no encaja con la vida licenciosa de su amado. Las estratagemas a las que recurre para conquistar su corazón enaltecen la figura del alienado escritor quien cada vez se siente más rechazado en el periódico local que, espaciadamente, publica sus escritos.

    La acción comienza al asomar una serie de crímenes con claras reminiscencias a la obra de Poe como El pozo y el péndulo. Cuando la brutalidad de los asesinatos va tomando notoriedad pública y estremecen la calma de Baltimore, las autoridades empiezan a analizar el perfil del criminal. El detective Emmett Fields (Luke Evans) desgrana las señales simbólicas (y crípticas) que va dejando el asesino. El hilo conductor son las historias de Poe que, en código, encajan hacia un final sangriento.

    El protagonista de ¿Quieres ser John Malcovich?, que precedió a la gran actuación del melómano Rob Gordon en Alta Fidelidad, leyó todas las obras del autor de El corazón delator y estudió la vida del escritor al dedillo, lo que se nota en el desarrollo de la película con una gran caracterización con tintes que van desde la melancolía y preocupación hasta la locura. La carrera de Cusack parece que seguirá un camino criminalístico, en The Paperboy -estrenada recientemente en el festival de Cannes-, encarna a un condenado a muerte por un crimen y en Frozen Ground (con Nicolas Cage) la historia girará en torno a un asesino serial.

    Lo que deriva en un lugar común de El cuervo es la presa que elige el misterioso cegador: Emily, la enamorada de Poe, raptada frente a las narices de las autoridades en medio de una fiesta de disfraces. Un recurso, a esta altura, poco original y muy trillado. Al principio, las sospechas caen ante el turbado escritor que enfrenta un doble rol, el de supuesto secuestrador y también el de damnificado ya que su amada tiene las horas contadas. Para encontrarla deberá descifrar sus propios relatos. Y hasta el crítico y agente literario Rufus Wilmot Griswold (muy conocido por su rivalidad con Poe) es apuntado como el supuesto asesino de Baltimore. Todos son sospechosos.

    De allí en más la carrera contrarreloj para dar con el criminal muesta lo más jugoso de la película con señales imperceptibles que desanudarán, entre tinta y sangre, el enigma de un secuestro escrito de antemano. ¡Nunca más!
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  • 12 horas
    12 horas
    SI (Clarín.com)
    Juguemos en el bosque

    Si lo tuyo son los bosques, perderte en la oscuridad y seguir el hilo del suspenso podés adentrarte en 12 horas, el tiempo que tiene Jill Parrish, encarnada por la bella Amanda Seyfried, para rescatar a su hermana de las garras de un misterioso secuestrador.

    En la ciudad de Portland, Oregon, los días transcurren sin prisa, con ese espíritu bucólico característico del paisaje entre árboles y hojas. Pero al igual que en muchísimas películas, esa tranquilidad se quiebra con la amenaza de un lunático que no tiene mejor idea que coleccionar chicas perdidas. Ese fue el supuesto caso de Jill, quien hacia algunos años salió (con la ayuda de su captor) y escapó de un pozo ubicado en medio de la espesura del bosque.

    Desde ese momento la pesadilla del secuestro persiguió noche tras noche a la rubia protagonista. Su empleo nocturno en una cafetería del pueblo y el coqueteo con el amanecer siempre la mantuvieron en vilo. Esa sensación de incertidumbre al borde de que todo tome un giro inesperado es uno de los puntos fuertes de la película. El desbalanceo del guión recae en el humor de Jill Parrish, propensa a inventar historias y esquivar la ley creando sus propias reglas (ojo, que ahí no escapa a la realidad en los tiempos que corren)

    La paranoia de la joven se hace realidad cuando su hermana es secuestrada y allí Seyfried encaminará su cruzada para encontrar al culpable, cueste lo que cueste. La lucha contra la incredulidad policíaca (piensan que su anterior desaparición fue algo ficticio) y su background relacionado a la internación en un neuropsiquiátrico por su obsesión boscosa complota contra el personaje.

    Amanda hace una discreta interpretación en un film donde todo ocurre a gran velocidad y los primeros planos abundan. Estado físico no es algo que le falte a la protagonista, y curvas tampoco: como las que se ven a través de las cortinas mientras se da una ducha nocturna. La noche y el histórico temor a la oscuridad en medio de la naturaleza desata una persecución, en base a pistas telefónicas, de Jill con el eventual secuestrador. El resto es predecible para una película que no le suma demasiado al género thriller de suspenso.
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  • Con el diablo adentro
    Con el diablo adentro
    SI (Clarín.com)
    Conecta los cortes

    La reproducción del llamado al 911, donde la sra. Rossi (¿o el espíritu malvado de ella?) asevera que mató a tres personas es un interesante comienzo en Con el diablo adentro otra propuesta para el ya trillado género de posesiones demoníacas hecha film. Y sí, cuesta abstraerse de estas clases de películas como la gran El exorcismo de Emily Rose (2005), El último exorcismo (2010), el origen de un clásico El exorcista: el comienzo (2004) o la flamante El Rito (2011).

    En este caso, la obra del director y guionista William Bren Bill deja bien en claro que no hubo ninguna colaboración por parte de El Vaticano para su realización. Y vaya si se nota al escarbar en el argumento de esta película, semi destrozada por la crítica.

    Corría 1989 y un misterioso triple crimen envuelve un ritual liberador. Al requisar la vivienda, lo que no imagina el espectador -y aquí es donde el guión parece que se pone interesante-, es que entre las víctimas aparecerá con vida la virtual asesina: la endemoniada Sra. Rossi a quien las autoridades internarán de por vida en un neuropsiquiátrico.

    Veinte años después, su hija (que reside en los Estados Unidos), viaja a Roma para intentar reconstruir la cruel historia familiar y, además, entrevistar a su madre. Para ello viaja con un amigo camarógrafo, que filmará cada paso de ella transformando esta aventura en una especie de El proyecto Blair Witch en clave posesión.

    Dos curas serán fieles laderos de la joven para poder descifrar el porqué de la posesión de la Sra Rossi quien estalla en gritos indescifrables, deja mensajes hirientes, mueve objetos y todas las características típicas que vimos en otras pelis. Los múltiples demonios que copan el cuerpo (y alma) de la mujer irá tomando otros prisioneros y acá es otro giro interesante de la película. Aunque también la sentencia.

    Lo que llama la atención de Con el diablo adentro es la brutalidad de algunos pasajes (¿mal gusto?) como la escena del bautismo o las contorsiones de una posesa en un sótano. Repetimos, el comienzo dell film, atrapa, también la ambientación casi real del hecho sumado a la trama investigativa. Pero con el correr de los minutos parece que el argumento se le escurre entre las manos al director, coronado por un final abrupto, para el olvido.
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  • La dama de negro
    La dama de negro
    SI (Clarín.com)
    Cuiden a sus hijos

    La varita, los conjuros y todo el mundo fantástico del Colegio Hogwarts está muy alejado de la Inglaterra victoriana donde se desarrolla La Dama de Negro, el film que tiene a Daniel Radcliffe como protagonista. El ex Harry Potter parece buscar con este papel una forma elegante de irse, poco a poco, despegando de aquel inocente niño con anteojos que hechizaba al mundo entero. Y como todo ser humano, creció. Y de un libro, saltó a otro, en esta ocasión a la novela homónima de Susan Hill escrita en 1982.

    La trama gira alrededor de un joven abogado londinense, Arthur Kipps (Daniel Radcliffe) que se ve obligado a dejar a su hijo de tres años para viajar a Crythin Gifford, un pueblo en el que el tiempo parece haberse detenido. El letrado deberá ocuparse de los asuntos de un cliente recientemente fallecido, propietario de la mansión Eel Marsh.

    Para la decoración, encontraron una construcción del período Jacobino y recrearon el sombrío y extraño pueblo de Crythin Gifford, en Halton Gill (Yorkshire), un lugar real donde el tiempo también parece haberse detenido en la vida real, con casas originales de hace cuatrocientos años. Técnicamente se trabajó para lograr las atmósferas deseadas, con una sola fuente de luz para iluminar el set.

    Y en esa alejada propiedad, la cual hay que llegar a través de un camino que se anega por la marea durante varias horas al día, Kipps trabaja en solitario. Y acá este thriller es donde tiene pulgares arriba: el clima hostil, la lúgubre locación y esa asfixia hacia lo desconocido en la cual el protagonista se sumerge. Además de esto, aparece la siniestra figura de una dama de luto que presagia situaciones catastróficas para un pueblo, supersticioso, que no puede entender el porqué varios niños mueren.

    “No persigas a las sombras” es una de las frases que escuchará el abogado antes de decidir trabajar toda una noche en la mansión. Y como sucede en varias películas del estilo, el espectador querrá que pronto salga el sol: crujidos, apariciones y hasta inquietantes juguetes ambientan el caserón que poco a poco irá develando pliegos de sus más oscuros secretos.

    El guión varias veces parece quedar trunco o tiene giros insólitos de excesiva autojustificación. El “no aclares que oscurece” es una constante en la narrativa de La dama de negro dirigida por James Watkins, creador de la gran película Terror en el Lago (Eden Lake).

    Un final abrupto refuerza un argumento que nunca termina de sostenerse deja flotando varios interrogantes: ¿quedará Daniel Radcliffe estigmatizado en personajes oscuros? ¿podrá separar su semblante de la pottermanía que desató su mágico personaje?
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  • La chica del dragón tatuado
    Secretos de familia

    David Fincher, el director de The Social Network y nominado a un Premio de la Academia, buscó desentrañar en la pantalla grande el mundo de la trilogía Millenium, la novela best seller de suspenso del sueco Stieg Larsson. Y vaya si lo logró en esta extensa primera parte (casi tres horas) donde el periodista financiero Mikael Blomkvist, protagonizado por Daniel Craig, decide restaurar su honor tras ser acusado por difamación.

    Uno de los industriales más ricos de Suecia, Henrik Vanger (Christopher Plummer) contrata a Mikael para investigar la desaparición de su sobrina Harriet, ocurrido varias décadas atrás, pues el empresario sospecha que la asesinó un miembro de su enorme familia. Entonces Blomkvist se dirige a una remota isla en la gélida costa sueca, sin saber lo que le espera.

    Pero no estará solo, junto a él actuará la enigmática Lisbeth Salander (Rooney Mara) quien tuvo una misión anterior: indagar los antecedentes de Blomkvist. Y desde una cabaña, enclavada en un ámbito nevado que contagia hostilidad, la dupla de investigadores tendrá que comenzar a desenmarañar los secretos de una familia enemistada con el pasado, que le huye a varios secretos y tiene muchos temas tabú. ¿No es algo común? ¿Les suena?

    Y acá es donde fluye la sagacidad y tenacidad de Salander quien parece no dar un paso demás, todo en ella es instinto puro, pragmatismo y seguridad. Por eso se interna en hemerotecas y registros empresariales para atar cabos de maniobras oscuras, testaferros y con muchas cosas en juego. Por su parte, el periodista tiene el contacto humano con la familia: algunos lo ayudarán, otros intentarán confundirlo, otros alejarlo y hasta la muerte se acercará a él.

    La chica del dragón tatuado no deja de lado las escenas subidas de tono: recordemos la bisexualidad de Lisbeth y como va a las sábanas con Mikael o una amiga que se levanta en un boliche. Y las vejaciones también están a la orden del día: Lisbeth tiene un tutor que la sobornará para darle dinero, engañará y violará. Obvio que la chica se vengará de ese acto: le tatuará en su pecho un mensaje para que no se olvide jamás de su condición criminal.

    A diferencia con la versión sueca del film, esta adaptación hollywoodense entra en mayores detalles, se acerca más a la novela y no es tan fría como su par escandinava. Sin dudas, para meterse de lleno en el intrincado mundo del cerebro mítico de Stieg Larsson.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Tormenta del desierto

    No apto para gente con vértigo, Tom Cruise sigue reticente a abandonar las escenas de riesgos en este clásico del espionaje. Pero ¿cuáles son los condimentos que hacen a Misión Imposible 4: Procolo fantasma, una de las “películas del verano”?

    Una de ellas es la tecnología de los gadgets del agente secreto Ethan Hunt, que puede dejar perplejo a más de un cinéfilo geek. ¿Un ejemplo? La pantalla espejo que recrea una copia idéntica de un pasillo del Kremlin para que los espías se apoderen del botín. Otro punto fuerte es la adrenalina con la cual se va hilando el film, que posee pocos espacios para la reflexión, y la acción a veces empalaga el argumento. Señor espectador: no espere minutos de descanso ni escenas románticas: estas son misiones con objetivos casi utópicos donde los golpes y la sangre (discreta, eso sí) se mezcla con disparos letales.

    El director Brad Bird tira una perdigonada de situaciones donde el equipo de espionaje, que se completa con la misteriosa Jane Carter (Paula Patton) y el inventor nerd Benji (Simon Pegg), deberá meterse con la mafia rusa, agentes serbios y evitar que el malísimo Cobalt (otro indestructible como Ethan), se apodere de unos misiles nucleares para sembrar el terror en el mundo. Bah, lo de siempre.

    Lanzarse de clavado con un auto desde un nivel de estacionamiento a otro (y sobrevivir por la efectividad del air bag) o trepar uno de los rascacielos mas imponentes de Dubai, gracias a unos guantes que hacen una ventosa fuera de lo común sobre la superficie vidriada, son de las escenas donde lo ficticio supera lo real. Y acá es donde la peli decae.

    La cantidad de agentes encubiertos y la superposición de objetivos genera una trama confusa donde se pierde la ubicación de los personajes y también el objetivo a seguir. El trofeo al buen gusto viene con las exóticas locaciones de la peli: la gélida Moscú, el super lujo de Dubai (donde una tormenta de arena le da una original atmósfera y giro a la misión) y la caótica Bombay que, a su vez, sirven de abanico para el inicio de las misiones que pueden recibirse desde un teléfono público o dentro de un vagón de un tren carguero ¡en movimiento!.

    Una vez más Tom Cruise no pierde su magnética sonrisa ni deja de sorprender con sus movimientos físicos de ataque y defensa. La incógnita que queda abierta es si una saga de este estilo tiene alguna forma de reinventarse y no caer en la repetición de la típica fórmula: adrenalina + tecnología + paisajes al tono = ¿continuará?
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  • Amanecer - Parte 1
    Amanecer - Parte 1
    SI (Clarín.com)
    A cuidarse más

    Llegó el día. ¿O la noche? Ese que tantos fanáticos de los colmillos y la licantropía buscaban, soñaban. Se cristalizó en un bosque cuando Bella y Edward, frente a varios chupasangres y la familia de la novia, contrajeron feliz matrimonio.

    Hasta allí, sólo el comienzo del intríngulis que Amanecer, parte 1 dicta en paralelo a la obra literaria de Stephanie Meyer. Y a diferencia de las otras películas de la saga Crepúsculo, este film balancea amor y sangre en parejas dosis.

    El film está dividido en dos partes, por un lado la paradisíaca luna de miel en una isla ubicada frente a las costas de Río de Janeiro con todas las situaciones típicas de la experiencia. Y, por el otro, el momento donde Bella comienza a sufrir dolores y vive (¿o comienza a morir?) todos los síntomas del, sí, embarazo. Y acá la película baja un claro mensaje de como todo lo que era color de rosa, de repente se torna inmanejable: Edward parece quedar sobrepasado por la situación, frío, sin saber qué hacer. Y parte de la responsabilidad para colaborar en el asunto recae en manos de Jacob, el siempre enamorado licano que le da calor a Bella.

    En torno a la bebé ¿vampiro? que va a concebir la protagonista, el guión se ajusta hacia la angustia, desnutrición y otros traumas consecuentes de una concepción no planificada. Y las escenas son fuertes en el momento de dar a luz como así también la lucha entre licanos y vampiros por las "traiciones" de Black. Con muchas puertas abiertas hacia la parte dos -a estrenarse en un año- Amanecer asoma la cabeza por el resto de las otras Crepúsculo. Y al igual de lo que sucede con Harry Potter, el argumento ya se juega con elementos referidos a la adultez de los personajes. Y hay que cuidarse mucho con eso.
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  • El extraño caso de Angélica
    Abre tus ojos

    Una película sin tiempo, donde Isaac -un fotógrafo judío- es ferviente defensor del trabajo "a la antigua", con revelados artesanales y equipos fuera de época. Lo que no espera este huésped taciturno, y bastante observador por cierto, es recibir un pedido laboral urgente de una de las familias más pudientes de Régua: ir al caserón para fotografiar a Angélica, una bella joven que falleció en forma misteriosa.

    Entre el silencio de los deudos, Isaac ajusta el objetivo y comienza a retratar a la difunta. Hace una, dos, tres, cuatro fotos y en uno de los enfoques (desde la lente) aparece lo inesperado: ella abre los ojos y mira atentamente al joven. ¿Ilusión, realidad? En esa dualidad y duda nos sumerge el prestigioso guionista y director Manoel de Oliveira, quien con 102 años, es el más longevo en actividad del mundo.

    De allí en adelante, el realizador portugués recrea ambientes costumbristas, con toneladas de melancolía y algo de repetición. Desde las intervenciones -quizás excesivas- de Dona Rosa, dueña de la pensión donde se hospeda el protagonista, hasta los diálogos entre ella y dos amigos que tratan de descifrar el extraño comportamiento de Isaac.

    Otro de los momentos de disfrute de esta película es la cotidiana rutina de los obreros agrícolas. En fila marchan hacia las parcelas para, pico en mano, labrar la tierra al son de una canción del capataz. En simultáneo y sincronizados, ellos están ausentes del trabajo de Isaac quien no se resiste a fotografiarlos una y otra vez.

    Manoel de Oliveira (quien no le presta atención al calendario) sigue pensando proyectos que resalten el cine ibérico. Y El extraño caso de Angélica demuestra que la superada madurez, sigue dando buenos buenos frutos.
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  • Identidad secreta
    Identidad secreta
    SI (Clarín.com)
    La otra supremacía

    Con sólo 19 años, el estadounidense Taylor Lautner ya inmortalizó su carrera de actor con Jacob Black, el corpulento licano que enamora a Bella en la famosísima saga Crepúsculo que ya está cocinando la segunda parte de Breaking Dawn.

    ¿El siguiente paso del estadounidense?, aprovechar el éxito de la novela de Stephenie Meyer y amoldar sus futuros trabajos con papeles similares o, sacarle jugo al furor Crepúsculo, reinventarse y desencasillarse del plano romanticón. Por suerte Taylor decidió seguir por esta senda en Identidad Secreta. Y a futuro (en 2013 se estima si la Tierra no sucumbe antes) dará vida al prisionero Finn en la película Incarceron.

    Lautner encarna a Nathan Harper un adolescente que involuntariamente fue arrastrado al mundo del espionaje encubierto. Súper entrenado por su padre (a veces con algo de brutalidad), la preparación del joven tiene un fin oculto que el protagonista irá descubriendo, literalmente, a los golpes.

    Pero Harper no está solo porque –y acá va el emparentamiento con sus pelis anteriores- su vecina Karen (Lilly Collins) sería seducida por el carisma del musculoso muchacho. Al principio ella le histeriquea pero luego también será empujada a un mundo de identidades falsas, agentes federales y asesinos serbios. Mucha acción. Y, en el medio, caerá en brazos de Nathan, lo flojito para una película que se mide en kilos de dinamita, cartuchos de balas y no en sentimentalismos vampíricos.

    Escenas de escape como la del shopping donde Nathan baja por un techo vidriado (el póster de promoción) o la maratón selvática que hacen él junto a Karen remiten –peligrosamente- a la saga protagonizada por Jason Bourne, el ex agente de la CIA que sufre amnesia traumática. Sí, donde Matt Damon, al igual que Tealor Lautner, asesina a sangre fría para defenderse.

    Esta película, a diferencia de las tres películas de la supremación Bourne (La Identidad, La Supremacía y El Ultimátum) es una versión tierna de aquella, donde hay encuentros en lugares públicos y una red de espionaje que lucha por lo más preciado de esta era: información. Apostemos a una secuela para esta película y que Lautner deje la piel de lobo.
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  • Noche de miedo
    Noche de miedo
    SI (Clarín.com)
    Colmillazos de placer

    El estudiante Charley Brewster (Anton Yelchin) es un pibe con suerte, uno de los más populares en el colegio y el que sale con la más linda del curso: Amy, interpretada por la bella inglesa Imogen Poots. Pero su vida da un giro crucial cuando conoce a Jerry (Colin Farrell), un inquietante hombre que se muda al lado de la casa familiar.

    El misterioso perfil del nuevo vecino despierta la atención de Ed (Christopher Mintz-Plasse), un geek de aquellos y viejo amigo de Charley. Obsesionado con las leyendas urbanas y las cofradías de vampiros, el curioso nerd se entromete más de lo debido y termina bajo las garras de Jerry, que como en cualquier película de terror de los ochenta, lo que se sospecha, tarde o temprano es realidad.

    Pero volvamos a Farrell, quien desde su sombría imágen busca conquistar a Jane (la australiana Toni Collette), madre de Charley como así también le tira onda a su blonda noviecita. Pero nada de esto funcionará y dará a luz (vaya paradoja) a su instinto criminal en búsqueda de la vida eterna.

    Ed le había advertido a Charley acerca del oscuro personaje de Farrell, pero el joven protagonista ignora sus acusaciones como así también trata de filtrarlo y borrar su pasado friki. Pero día a día, sus compañeros de banco desaparecen misteriosamente y Brewster comienza a sospechar de la leyenda upir. Y tiene la mágica idea de recurrir al ilusionista Peter Vincent (David Tennant), un émulo de Criss Angel versión alcohólica. Este personaje muestra la cruda realidad del negocio del entretenimiento: chicas histéricas, mucha peluca, falsos tatuajes, maquillaje y cero onda (¿les suena?). Y lo enfrentarán.

    La película de Craig Gillespie no se mueve mucho del argumento original de La Hora del Espanto, con la diferencia que este clásico de 1985 causó mucho más impacto que lo que hoy ofrece Noche de miedo: los ojos negros de Jerry, lo sórdido de su vivienda y la trama del linaje vampírico, con objetos coleccionables más que interesantes. Una cruz prendida fuego, agua bendita, balas de plata (para hombres lobo, ¡ops!), son cliches que no faltan. Una peli más del tema, y van....
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  • 8 minutos antes de morir
    8 minutos antes de morir
    SI (Clarín.com)
    Explosiones cíclicas

    Aquel que haya visto la película El día de la marmota (Groundhog Day) protagonizada por Bill Murray, recordará la vida de Phil Connors, el meteorólogo de un canal televisivo quien acompañado por la novata periodista Rita (Andie MacDowell) se dirigen a Punxsutawney, una pequeña población de Pennsylvania para hacer la cobertura de una festividad local que se celebra cada 2 de febrero.

    Hasta allí todo normal, excepto porque cada día sucesivo se repetirá inexorablemente tal cual y Phil, para no enloquecer, comenzará a cambiar el curso de cada jornada a su gusto, experimentando hasta con su propia muerte. El film 8 minutos antes de morir (con su título original Source Code o Código Fuente?)?, es una versión extrema, futurista y terrorista de El día de la marmota, mechado con pizcas de la trilogía Matrix.

    En esta película, su director Duncan Jones (hijo de David Bowie), cranea un film donde el capitán estadounidense Colter Stevens (Jake Gyllenhaal) se despierta en un tren. Y en la piel de Derek Frost quien no se explica porqué está allí. Lo último que recuerda -de su vida real- es haber comandado un helicóptero en la guerra de Afganistán.

    Frente a él está su amiga Christina Warren (Michelle Monaghan) con quien comienza a entablar una relación amorosa. Pero ese no es el eje del film sino que hay un atentado terrorista que cambiaría la vida de ambos y la de todos los pasajeros que viajan junto a él hacia Chicago. Y desde una unidad de aislamiento de alta tecnología -creada por un el doctor Rutledge (Jeffrey Wright)- le ordenan volver una y otra vez a la escena del tren pero con un pequeño detalle: tiene sólo ocho minutos para resolver el problema antes que el tren estalle. Esa cantidad de tiempo es, según los expertos, el lapso temporal en que una persona mantiene estertores de recuerdos que pueden ser rescatados tras el deceso.

    Desde una cabina televisada, la uniformada Goodwin (Vera Farmiga), monitorea su comportamiento y lo interroga para que "retorne" al tren e identifique a un terrista y desactive la bomba que se encuentra en el medio de transporte ferroviario: un argumento sencillo que encontrará la variación según la acción que decida tomar Colter. Lo que sucederá de allí en adelante, será una confusa trama de hipótesis, aciertos y desaciertos, desde interrogar a cada uno de los pasajeros (agarrándose a golpes incluso) hasta poder dar con el terrorista.

    No esperen un thriller original, sino una película asfixiante que demostrará como en ocho minutos se pueden aprovechar al máximo. Y nos daremos cuenta como perdemos el tiempo diariamente.
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  • Los agentes del destino
    Los agentes del destino
    SI (Clarín.com)
    Un voto al futuro

    El ambicioso político David Norris (Matt Damon) conoce a Elise Sellas (Emily Blunt), una hermosa bailarina de danza contemporánea. En la unión (o desunión) de estas dos personas, parte el argumento de Agentes del Destino donde unos enigmáticos hombres trajeados buscarán que los caminos de ella y él se separen definitivamente.

    El grupo de hombres (¿referencia a los clásicos ¿Hombres de Negro?) poseen mapas que van cambiando de direcciones y objetivos a medida que la vida del político se involucra en distintas decisiones. Y allí es donde el guión se torna repetitivo, el laberinto en el que giran sus decisiones siempre recaerán en la bella Sellas quien busca consagrarse en el baile artístico. Pero para él tienen otros planes: la presidencia de los EE. UU.

    Los hombres del Adjustment Bureau se manejarán, como su nombre lo dice, en "cuestiones de ajuste" donde la carrera política de Norris no deberá ser entorpecida por los danzarines planes de Elise. Este grupo de trabajo buscará a los protagonistas a través de portales: puertas que los transportarán de un lugar a otro de la ciudad de Nueva York, uno de los puntos más destacados del film.

    Este thriller, dirigido y guionado por George Nolfi, está basada en un cuento corto de Philip K. Dick, autor de Total Recall, Minority Report y Blade Runner sin dudas películas que siguen con la línea de Agentes del Destino.
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  • X-men: Primera Generación
    Poderes políticos

    Situarse en 1944, Polonia, un campo de concentración separa los destinos del pequeño Erik Lehnsherr (el futuro Magneto) y de su madre. El maléfico Dr. Schmidt (Kevin Bacon) toma de rehén al niño y lo obliga a ejercer su principal don: manejar los objetos metálicos a discreción: retorcerlos, lanzarlos a gran velocidad, atraerlos hacia él. Al no lograrlo ejecuta de un disparo a la madre de Erik quien enfurecido demuestra todo su poder.

    Lehnsherr iba a ser un arma homicida al servicio del Führer, pero la historia marca el fin del régimen alemán y casi dos décadas después Erik solo tiene una cosa en mente: encontrar al asesino de su madre. Y para ello recae en un destino donde se refugiaron algunos jerarcas nazis exiliados de la Segunda Guerra Mundial: Villa Gesell. Y aquí aparecen uno de los momentos más cómicos de la película, y no por lo humorístico precisamente: el director Bryan Singer piensa que la ciudad costera argentina tiene montañas y un lago. ¿Qué pasó por la mente de los realizadores para imaginar un paisaje patagónica (o alpino) como representación de la comunidad gesellina?. En fin.

    La otra pata de la película es Charles Xavier o el Profesor X (James McAvoy) quien es un graduado de Oxford, quien desarrolla una tésis sobre mutación, clave para conocer a los X-Men. Su poder es leer la mente de las personas y así anticipar lo que sucederá. El es hallado por la agente de la CIA (Moira Mac Taggert), y vía telepática percibe que hay otros seres con poderes especiales. Los mutantes.

    Desde ese momento se diferencian los bandos de siempre, los buenos y los malos. Los primeros con Charles y Erik a la cabeza. Y del lado de enfrente el misterioso Sebastian Shaw (el reconvertido Dr Schmidt) quien tiene la simpática idea de crear una guerra entre las naciones más poderosas del momento. Allí es donde el film se pierde en la turbulencia política de 1962 con el litigio entre soviéticos y estadounidenses. El país del norte descubre que la Unión Soviética está instalando misiles nucleares en Cuba y Shaw genera diferencias entre las dos naciones para detonar una guerra nuclear.

    Los efectos especiales (ver un submarino emerger gracias al poder de Magneto, una isla atacada por misiles o la guerra entre mutantes) rescata a X-Men: Primera generación del montón de adaptaciones hechas precuela del universo Marvel. La alfa girl Emma Frost, en la piel de la gélida mujer diamante, o el demoníaco Azazel -que se transporta de un lugar a otro- condimentan una peli que no defrauda.
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  • La noche del demonio
    La noche del demonio
    SI (Clarín.com)
    El limbo de la oscuridad

    Josh (Patrick Wilson) y Renai (Rose Byrne) son los padres del pequeño Dalton (Ty Simkins) quien cae en un misterioso coma luego de sufrir un accidente doméstico. La hipótesis de su internación casera, en una vivienda recién adquirida por la familia, son tan desconocidas como el diagnóstico mismo.

    James Wan, quien dirigió la primer parte de El Juego del Miedo y guionó la tercera entrega de la saga, se unió a los productores de Actividad Paranormal para gestar en 98 minutos una película que tiene una pata demonológica (vean los dibujos que hace el niño), espiritismo (conexiones con el más allá desde el más acá) y viajes astrales en el limbo mismo (en esta parte mejor no profundizar porque es una clave en el desarrollo del film).

    La película ingresa en el plano del mediumnismo cuando una mujer es convocada para conectarse con espíritus que habitan la casa encantada y hallar a los entes maléficos que acechan la casa. Dos ayudantes, que están más cerca de ser nerds cazafantasmas a profesionales del espiritismo, asesoran a la mujer quien entra en trance gracias a aparatosos dispositivos. Ojo, allí quizás la película pierde fuerza, su guión se torna algo insostenible y el pánico decae.

    Sombras lúgubres que van detrás del protagonista, enigmáticos estigmas caseros y la figura de un padre reacio a ser fotografiado encaminan una película que garantiza varios saltos de la butaca y sudor frío a discreción. ¿O acaso ese no es el propósito de una película de terror?
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Juventud pirata

    Dreadlocks, cicatrices y el humor siempre descolgado del capitán Jack Sparrow. Esta marca registrada se potencia en la cuarta parte saga de Piratas del Caribe: navegando aguas misteriosas, donde el histriónico Johnny Depp es capturado en Londres e, ingeniosamente puede escapar. Pero no por mucho tiempo.

    El convertido Barbossa (Geoffrey Rush), que sirve a la corona británica, encabezará una expedición para buscar la Fuente de la Juventud. ¿Y quien será su guía? Sí, Sparrow. La bella Penélope Cruz –con quien Johnny había trabajado en la peli Blow- encarna a Angelica, una española cuyo corazón es seducido por el inefable pirata. Y en medio del rodaje, se supo del embarazo de Penélope (en pareja con el actor Javier Bardem) por lo que en algunas escenas fue reemplazada por su hermana Mónica.

    Volviendo al filme, la fugaz aparición de Keith Richards –como el padre de Sparrow quien en una taberna le da algunos breves consejos- es una de las perlas del film. Y si hablamos de perlas, la mítica embarcación pirata cae en manos del archienemigo de Barbossa: el villano Barbanegra (Ian McShane), un enigmático personaje que también está detrás de la fuente rejuvenecedora.

    La película toma color –y calor- con la aparición de las ninfas de los mares, las sirenas cuyo encanto hechiza a los piratas y, sobre todo, a un cura enamoradizo que caerá en brazos de una ninfa. Un dato: una de las sirenas es la bellísima modelo argentina Jorgelina Airaldi, que en la película (bajo guión estricto) le pega un cachetazo a Depp.

    Una legión española también está tras la fuente. Y dejarán su sello conquistador en la misteriosa isla.
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  • La chica de la capa roja
    La chica de la capa roja
    SI (Clarín.com)
    Obsesión licantrópica

    Los hermanos Grimm, quienes en el siglo XIX popularizaron la leyenda de Caperucita Roja, mostraban a un hombre lobo que se disfrazaba con el atuendo de una anciana que acababa de devorar. Pero en esta versión 2011 de la mítica historia -que recayó en manos de Catherine Hardwicke, la directora de Crepúsculo- la fragilidad del guión es acorde a la fórmula melosa que catapultó al éxito a la adaptación fílmica de la trilogía escrita por Stephenie Meyer.

    En La chica de la capa roja un licano, cuyo salvajismo aparece en las escenas colectivas, hechiza (y se conecta) visualmente con la protagonista: la cautiva como Jacob Black hacía con Bella Swan. El reciente estreno está protagonizado por Valerie (Amanda Seyfried), la rubia y bella Caperucita Roja, quien se adentra en los gélidos bosques. Y acá un punto importante: si el espectador busca aislarse en ese territorio escarchado, las antorchas paganas del film le calentarán la sangre durante toda la película.

    Una luna sangrienta es la antesala para la aparición del hombre lobo que asola todo a su paso y, con una fuerza inaudita, se cobra víctimas entre zarpazos y mordidas. Los jóvenes actores Shiloh Fernandez y Max Irons, en la piel de Henry y Peter respectivamente, disputan el corazón de la joven (otro guiño crepuscular) y el padre de Caperucita, interpretado por Billy Burke, (sí, el papá de Bella en Crepúsculo) engarzan una vez más a este filme con la saga adolescente. Uno de los personajes más misteriosos es el de la abuela (protagonizada por Julie Christie) quien vive, apartada de la comarca, en medio del bosque.

    Secretos familiares, la aparición de un justiciero (en la piel del gran Gary Oldman) y el devenir de una comarca que se ampara en las leyendas folclóricas deja cierta estela sombría sobre un film al que le faltan varias manos de oscuridad.
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  • Rio
    Rio
    SI (Clarín.com)
    Ciudad animada

    Carlos Saldanha, el director de las tres partes de La era de hielo, cambió el frío por el calor de su ciudad natal: Río de Janeiro.

    A esta super producción 3D se sumaron las voces de los actores Anne Hathaway y Jesse Eisenberg, que antes de la peli jamás habían estado en la ciudad carioca. Ellos le pusieron la voz a dos aves en peligro de extinción. Por un lado Blu, un guacamayo azul hiperconsentido que nació en la ciudad pero no sabe volar, y por el otro la sensual Perla, una guacamaya quien solo está interesada en escapar de unos traficantes de aves exóticas.

    Linda, es una librera de Minnesota y amante de los animales, quien tiene como mascota a Blu. El ave es buscada, junto a su dueña, por un ornitólogo brasileño (Tulio) quien les ofrece emigrar del frío estadounidense al calor sudamericano para lograr salvar la especie. En la ciudad carioca encontrarán un mundo distinto al que buscan adaptarse. Vistas aéreas, personajes típicos y la presencia de la favela, dejan al espectador con un pantallazo de Río de Janeiro.

    La aventura entre las aves, la presencia de un tucán (Rafael) como compinche de aventuras y el incipiente romance entre la librera y el ornitólogo son condimentos que desarrollan esta comedia romántica con el sello Disney. Si bien el director es brasileño, las sambas de la peli tienen ciertos tintes pop, cuando los pájaros no están cantando hip hop: en el reparto está el rapero will.i.am prestándole su voz al personaje de Rafael en la versión original.
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  • Las aventuras de Sammy
    Las aventuras de Sammy
    SI (Clarín.com)
    Un viaje oceánico

    Sammy es un simpático tortugo quien ya desde su nacimiento, como cualquier quelonio marino, tiene que luchar para llegar desde las profundidades arenosas hasta el mar. A partir del kilómetro cero de su vida, la tridimensionalidad sumergirá al espectador (y especialmente a los niños) en un mundo de fantasía.

    Las aventuras de Sammy: en busca del pasaje secreto recorre las primeras cinco décadas de vida de Sammy que se topará con coloridos personajes como, por ejemplo Ray, un tortugo histriónico, intrépido y algo vanidoso que cuida al protagonista durante sus primeros años de su vida en las aguas. También asomará Fluffy, un gato que convive con una comunidad hippie que cuidará de Sammy cuando este se extravía. Y quizás el eje de esta película es Shelly, la tortuga que le roba el corazón a Sammy y él atravesará mares enteros (bordeando estas costas australes inclusive) para dar con su amada.

    La película además baja un mensaje ecologista donde el ser humano tiene un rol de mal necesario. Manchas de petróleo, bolsas plásticas, cazadores furtivos, entre otras crueles consecuencias de la mano del hombre, harán que Sammy y sus amigos reflexionen sobre el papel de los humanos en este mundo. Pero sin caer en la crítica exhaustiva.

    Las aventuras de Sammy… es sin dudas una excelente opción para disfrutar en familia de la tecnología 3D. Sumergirse y dejarse sorprender.
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  • La casa muda
    La casa muda
    SI (Clarín.com)
    Alumbrar la sugestión

    De una historia verídica ocurrida en un pequeño pueblo de Uruguay, el director Gustavo Hernández comenzó a tejer La casa muda, una lúgubre película que deja al espectador conviviendo con uno de sus miedos más básicos: la oscuridad y lo desconocido.

    Laura (Florencia Colucci) y su padre Wilson (Gustavo Alonso) se internan en una vieja y lejana casona de campo para reacondicionarla. Su dueño Néstor (Abel Tripaldi), en breve la pondrá en venta y le sugiere al dúo familiar que pasen allí el crepúsculo para comenzar con los trabajos al día siguiente.

    Ese será el comienzo de una larguísima noche a oscuras, asfixiante y solo bajo las luces de dos faroles, que en poco tiempo pasaría a ser uno: Wilson morirá extrañamente en la vivienda luego de ir a investigar, en la parte superior, la procedencia de ruidos extraños. Desde ese momento su hija escrutará a solas cada rincón de la casa, entre la opresión del miedo, las inquietantes voces de niños y los ruidos (supuestamente) realizados por un pequeño espíritu, nudo central en la trama del film.

    La casa muda, filmada en su totalidad con una cámara digital, en un solo plano secuencia y con varios guiños a El proyecto Blair Witch, plantea un verdadero desafío para los amantes del género de suspenso y terror: no correr la vista de la pantalla en ningún momento del film. Inténtenlo si pueden.

    El tormento psicológico, los pocos recursos utilizados (tanto actoral como material) y la simpleza de un guión contundente, que al final se torna algo forzado y difuso, plasma un excelente puntapié charrúa para un género que no deja de sorprender.
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  • Los santos sucios
    Los santos sucios
    SI (Clarín.com)
    Desolación paralela

    Una ciudad en ruinas, desolada, donde los escombros son terreno fertil para la hostilidad, es el panorama que otorga Los santos sucios, el tercer largometraje del director Luis Ortega quien, además, es uno de los protagonistas del film.

    La presencia de extraños, que tienen un papel fantasmagórico en esta película (sólo se ven autos que cruzan la carretera a toda velocidad), es el único contacto que Rey (Alejandro Urdapilleta), su pareja Cielo (Luis Ortega), junto al Mudo (Emir Seguiel) poseen con lo que queda de la Humanidad. Pero de a poco van apareciendo otros personajes como aquel que cada día hace sonar una campana y regenera su proceso cíclico. El es Berry (Rubén Albarracín) cuya voz está doblada por Oscar Alegre.

    Un clima sórdido, desolador y bastante opresivo, donde el eco de la nada misma refleja la marginalidad de los protagonistas, es una constante en el largometraje de Ortega quien en 2002 estrenó Caja Negra y cuatro años después Monobloc. La desesperación por encontrar una salida, estructura los silencios de estos personajes que van gestando un mundo paralelo, ausente a la devastación reinante.

    La histriónica Monito (Martina Juncadella), que corre de un lugar a otro haciendo el ruido de un primate, es una de las caracterizaciones más importantes del film. Y ella, aparte de ser la única mujer de la película, no emprende junto al resto de los sobrevivientes el viaje hacia el río Fijman, la meta que -entre mito e incertidumbre- divide el mundo del caos y el de la armonía. Eso sí, según del lado de donde se lo mire.
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  • Las crónicas de Narnia - La travesía del viajero del alba
    Un mar de fantasías

    En Las Crónicas de Narnia: El Viajero del Alba, Edmund y Lucy Pevensie, junto con su primo Eustace, son devorados por una pintura y transportados de regreso a Narnia y a la gran nave El Viajero del Alba. Allí se unen al Rey Caspian y a al ratón guerrero Reepicheep para una misión: viajar a las mismísimas tierras de Narnia

    Criaturas mágicas, enemigos siniestros y el ala siempre protectora del “Gran León” Aslan protagonizan este film en 3D, basado en el tercer libro de los siete que conforman la serie de Las Crónicas de Narnia escritas por C.S. Lewis y publicadas entre 1950 y 1956

    En este film, cuya producción se montó en Queensland (Australia) en julio de 2009 a lo largo de 90 días, no figuran los dos hermanos mayores Pevensie: Peter estudia para sus exámenes universitarios de admisión y Susan se encuentra de vacaciones en los EEUU. Pero los dos más pequeños, Lucy y Edmund, visitan el hogar de un pariente que vive cerca de Cambridge durante la segunda guerra mundial alrededor de 1943.

    Ellos tienen que lidiar con su insufrible primo Eustace Clarence Scrubb hasta que los jóvenes se topan con una pintura de El Viajero del Alba, un buque de vela cuya apariencia fue inspirada por dragones ya que su proa representa la cabeza de un dragón; la popa su cola; y las alas adornan el estribor y el babor. El lienzo inexplicablemente cobra vida, inundando la sala y sumergiendo a los adolescentes antes de transportarlos al Océano Este de Narnia, donde son rescatados por el Rey Caspian y su tripulación, que navegan a bordo de El Viajero del Alba.

    El trío pronto se entera de la razón por la cual el viaje de Caspian se dirige al este: cumplir un juramento para encontrar a los siete Lores de Telmar perdidos; los mejores amigos de su padre, quien fue asesinado. Su viaje los lleva a cinco islas. Caspian y sus hombres descubren la existencia de una maléfica neblina verde que tiene poderes para secuestrar no sólo los cuerpos de las personas, pero también sus mentes.

    Un sabio y anciano mago, Coriakin, le explica a Caspian y a los Pevensie que para romper este hechizo mortal deberán encontrar los siete Lores y recuperar cada una de las espadas que Aslan les regaló para proteger Narnia. Una vez recolectadas y colocadas sobre la mesa de banquetes de Aslan, las espadas les otorgarán poderes para derrotar a la niebla y a la Bruja. Sin esta unión de las siete espadas, ellos y Narnia serán destruidos. La labor de los viajeros es intimidante, deberán enfrentar una monstruosa serpiente de mar, entre otros peligros. Un viaje de asombro para esta saga que seguramente tendrá su continuación en la pantalla grande.
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  • Videocracy
    Videocracy
    SI (Clarín.com)
    Videocracia, o el telepoder

    “El 80% de los italianos se informa a través de la televisión”. Esa cifra apabullante sella el documental Videocracy, una brillante producción del director sueco Erik Gandini que muestra las ramificaciones del imperio mediático de Silvio Berlusconi.

    El comienzo, con imágenes en blanco y negro mostrando un viejo programa de preguntas y respuestas, plasma el gen de lo que 30 años después dominaría el mercado televisivo: el cuerpo femenino, como objeto. Hace tres décadas y a medida que un televidente respondía correctamente, una chica se iba desvistiendo. Así el documental desmenuza y desnuda poco a poco las miserias de la televisión chatarra que en forma implacable domina el espectro de la pantalla chica. Y lo complementa con un abanico de coloridos personajes dignos de biografías. Obviamente incluyendo a Il Cavaliere y el crecimiento de la RAI y la cadena Mediaset, su monopolio de empresas comunicativas.

    La cámara de este documental recorre ciudades como Milán, Cerdeña o Roma, cuna de la gesta televisiva de Berlusconi, uno de los estadistas más carismáticos que rodeó el Mediterráneo y que utiliza como pocos las ventajas de la pantalla chica. Desde su impecable estampa señorial, gesta la superficialidad humana que imanta a hombres y mujeres (con y sin talento) que buscan saciar su sed de fama y llenar ciertos vacíos existenciales. A pura sonrisa -fruto de la odontología moderna- el premier adorna carteles y pancartas publicitarias. Y Videocracy también expone el ensamble discursivo de devoción popular (claramente segmentado) hacia el premier.

    La televisión realitizada de estos tiempos aúna el combo narcisista (en todas sus formas), junto a cucharadas de escándalo y razonamiento en papel moneda que gestó personajes en Italia (y también en Argentina) donde, si no fuera por la bendita TV, no pasarían de la típica rutina de cualquier mortal. Así aparecen las “velinas” italianas que contornean su figura –siempre en silencio- flanqueando a un conductor televisivo. El documental muestra los castings de reclutamiento hacia la fama efímera donde pensamientos tan profundos como “mi objetivo es casarme con un futbolista” redondea la frase romana “pan y circo”. Pero en este film no hay emperadores, ni trigo, sino un foro de luces y cámaras con personajes como Ricky, Lele Mora y Fabrizio Corona.

    Ricky (26) es un combo malogrado de Jean Claude Van Damme y Ricky Martin. Este experto en karate y admirador del puertorriqueño, a quien tributa en vivo. ¿Su meta?, ser una estrella televisiva, aunque no pasa el filtro de público y rebota en cuanto casting se presenta. Las charlas con su madre (con quien vive) refleja algo de vergüenza ajena, una constante de este documental de 85 minutos que recorre el submundo de la TV con una postura de observación y poca crítica, lo que potencia la calidad del film.

    Otro personaje es Lele Mora, el pope de los agentes televisivos en Italia, un dandy peterpanesco que vive en una mansión con un diseño interior totalmente blanco. Desde Cerdeña, cuna del jet set, Mora destila pulcritud y serenidad que parece licuar el mundo en el que se mueve. Su cosecha, de potenciales figuras del espectáculo, necesita de cuidados, consejos y mucha orientación. Y allí estará el omnipresente Lele, para brindar sus servicios y confesar su admiración por el dictador Benito Mussolini. Hasta reproduce frente a cámara y orgulloso, el himno fascista de los Camisas Negras. Glup.

    Fabrizio Corona completa la trilogía de personajes. Con un pasado como asistente de Mora y luego transformado en el capo de los paparazzis locales, el fornido fotógrafo es un experto en primicias de la farándula local. “Veo el dinero, el negocio, no a las personas”, justifica Corona sobre su particular metodología de trabajo. Varias de las imágenes que toma (comprometedoras muchas de ellas) las vende a las celebrities fotografiadas. Esto lo llevó a ser acusado por extorsión y pasar ocho meses en prisión.

    Pero lo que para muchos sería un calvario, Corona lo transformó en un negocio donde, entre otros ítems, salieron a la venta ¡remeras! con su apellido y hasta llegaron a pagarle 10.000 euros para que esté en un boliche y se fotografíe junto a sus fans. Aunque parece que su futuro volvería a estar en prisión (lo sentenciaron a un año y medio por extorsión a futbolistas del Calcio) el show debe continuar y la TV italiana se sigue retroalimentando con personajes como él. Italia también, país generoso.
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  • El día del juicio final
    El día del juicio final
    SI (Clarín.com)
    Tortura explícita

    "Inimaginable" es la traducción de Unthinkable, el título original de este thriller policíaco en donde los límites éticos de uno de los protagonistas, se desplaza poco a poco hacia lo irracional. ¿El fin? Obtener la información necesaria (en este caso ubicaciones exactas) para ir a desactivar tres bombas nucleares que Steven Arthur Younger (Michael Sheen) colocó en tres ciudades americanas.

    El ciudadano estadounidense, convertido al islamismo, decidió poner en jaque a las autoridades gubernamentales de su país debido a una misión altruista (¿utópica?) que persigue: entre otros estamentos, que el país del norte retire sus fuerzas militares de todas las naciones islámicas del mundo. ¿Inconcebible, inimaginable? Sí, también se logra desde el guión que se corre poco a poco de lo establecido. Por algo El día del juicio final salteó las salas de cine estadounidenses y pasó directo a DVD.

    La película (que durá 97 minutos) muestra –muy explícitamente-, el método de tortura al cual recurre H, un agente de operaciones encubiertas y profesional del dolor, encarnado por Samuel Jackson. El señor Younger (que se deja atrapar para conocer a sus futuros opresores) es encerrado por días en un complejo secreto. Y allí comenzará su calvario: electrocuciones, golpes, laceraciones, amputación de falanges, asfixia, etc. En resumen, parte de lo que ya se reflejó al mundo desde algunos centros de detención militares del Caribe y Medio Oriente. ¿Coincidencia?

    Entre tanta desidia asoma el papel conciliador, humano y racional de la agente del FBI Helen Brody (Carrie-Ann Moss), quien con su semblante esculpido por el dolor ajeno (difícil no asociar a la canadiense con la Trinity de Matrix) busca convencer a Younger para que revele donde escondió los dispositivos bélicos. Y deje de sufrir. Ella logra, desde la indiferencia y desconfianza (dudar que las bombas existan, por ejemplo), lo que los músculos y maltrato de H no cosecha: la primer ubicación del artefacto bélico.

    Las continuas discusiones y planteos de Brody con sus superiores –un recurso del que se abusa en la película-, la tensa relación (y hasta mimetización) de víctima y victimario como así también el cinismo de H (con el cual combate la hipocresía de su profesión), ensambla el marco narrativo de una película que dejará pensando a más de uno. ¿Ficción?. O debería llamarse, ¿imaginable?
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  • Jackass 3D
    Jackass 3D
    SI (Clarín.com)
    Bromas pesadas

    Una recomendación antes de ver esta peli: comé livianito. O no comas. Jackass no perdona a los sensibles (la clasificaron como APM 18 años) y la escatología tridimensional (aparte de cortes, moretones y carcajadas por mil) desde hace casi una década conquista la pantalla mundial con el sello del golpe y la adrenalina.

    Luego de Jackass: The Movie , la versión 2 y 2.5 aterriza esta versión 3D, ideal para meterte en el universo peterpanesco donde los protagonistas (más cuarentones que veinteañeros) desafían el dolor. Aunque no olvidemos que están asesorados por gente experta y ellos no son ningunos improvisados. O sea... ¡a no hacerlo en casa!

    Johnny Knoxville es el gurú de este grupo de inadaptados que parecen vivir la joda eterna y generan la mayor cantidad de onomatopeyas por minuto en una sala de cine. Uno de los sellos de Jackass es el Rocky: por atrás el victimario le tira un vaso de agua de costado a la víctima y de toque le pega una trompada con un guante de box. ¿El único que pudo esquivarlo?: el jefe.

    ¿Más dolor? A uno le arrancan un diente con una tansa atada a un Lamborguini, o caen desde la punta de un pino a la nieve luego que se derriba el árbol. ¿Escatología? Encierro en un baño químico repleto de heces y con dos grúas....¡a volar por los aires!. El mismo flaco, entre el mareo y olor nauseabundo vomita. Al igual que cuando tomó un coctel de sudor extraído de un nailon que rodeaba al gordo del grupo. Hasta el cameraman lanzó. ¿Los espectadores? Cerquita.

    Si sos flaco te los vas a agarrar cuando veas batear a uno vestido de jugador profesional y la pelota (sostenida a un palo) impacta directo en los genitales de un Jackass. ¡Durísimo! En estos casos, el uso, y abuso, de la cámara lenta agrandan los rasgos de dolor como los cuerpos deformados por el impacto: como el del mismo obeso cuyo rostro se deforma al impactar una pelota de fútbol americano, o cuando desafían a animales como toro, burro y carnero.

    En Jackass 3D la tecnología tridimensional queda opacada entre tantas situaciones extremas y violentas pero se resalta en los momentos humorísticos del film, aunque lo que más gracia causa son las caras de los compañeros (¡vean al enano!) al festejar las bromas más crueles.

    El final de la película, entre una habitación que detona mal con todos los Jackass dentro, recorre la historia de este grupo, con fotos de ellos de pequeños. Lo único sensible para esta manga de dementes que no paran de ponerse en riesgo.
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  • El lince perdido
    El lince perdido
    SI (Clarín.com)
    Fauna animada

    El lince perdido se aleja del lenguaje exclusivamente infantil. Es una película de aventuras tanto para grandes como para chicos (no tan chicos) donde su protagonista es Félix, un felino que peca entre la ingenuidad y una constante mala suerte que lo acecha.

    Para evitar la depredación de las especies, en mano de los cazadores furtivos, este lince es atrapado y puesto en cautiverio en un centro de recuperación del parque de Doñana, un espacio natural protegido que se ubica en Andalucía, España. Allí conocerá a sus futuros compañeros de aventuras: la cabra Beea, un halcón hembra (Astarté) y Gus, u no de los personajes más histriónicos del film: un camaleón –al que le cuesta mimetizarse con las cosas- y que además sufre de continuas paranoias donde piensa que todo es una gran conspiración.

    Félix además conocerá el amor, cuando una lince (Lincesa) llega al centro de Doñana y es presentada a su futuro compañero. Pero la tranquilidad del lugar de reclusión se quiebra en el momento que un ejercito comandado por Newmann, un cazador despiadado, intenta secuestrar a todos los animales para llevarlos a un arca, cuyo dueño es –¡oh! casualidad- un anciano con un pasado oculto llamado Noé. Y Lincesa cae en sus garras.

    Desde ese momento, la película -apadrinada por Antonio Banderas quien la coprodujo desde su compañía Green Moon- será una persecución constante para poder liberar a la felina. Tanto a Félix como a sus amigos se sumará el topo Rupert, personaje clave en la trama, quien contrasta cualidades (positivas y negativas) para convivir entre el mundo subterráneo y la superficie.

    Guiños a la tecnología como un Newmann adicto a su teléfono celular, o la vanguardista arca mecánica, se mezcla innecesariamente con el maltrato del cazador hacia su grupo de trabajo, compuesto por seres similares al de la película 9, producida por Tim Burton.

    Esta film, que dura 90 minutos, se podría haber resuelto en una hora. Poco a poco desgasta recursos narrativos y cae en lugares comunes. Y así el guión se diluye forzando a un pobre desenlace. La repetición de situaciones (enfrentamientos, discusiones y persecuciones) hace que el film entre en una meseta cuyo último respiro, es el fin de la proyección.

    Según la crítica, El lince perdido es la mejor película española animada de la historia del cine de ese país. La gesticulación de los personajes y las ambientaciones (desde las áridas sabanas hasta opresivos ambientes fabriles) mete al espectador en un mundo de animación. Y nada más.
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  • Hansel & Gretel
    Hansel & Gretel
    SI (Clarín.com)
    El cuento de nunca acabar

    Dicen que la tercera es la vencida... bueno para Hansel & Gretel, la versión coreana -y macabra- de la fábula clásica de los Hermanos Grimm, el número de la suerte (¡y que las hay, las hay) sí... es el siete. Este film pareció estar maldito para las salas locales y se postergó su estreno en ¡seis oportunidades!.

    Dejando de lado esta introducción ideal para este tipo de largometrajes, el film no se basa en la cruel realidad europea de posguerra donde los padres abandonaban a sus hijos en el bosque por la hambruna imperante. No, no... el director coreano Yim Phil Sung (Antartic Journal, Baby) deja de lado la fantasía infantil para meter al espectador en un sórdido mundo de abandono, maltrato y mucho suspenso.

    Eun-soo (Chun Jeong-myoung) está distraido pensando en su futura paternidad y la enfermedad que aqueja a su madre. Mientras viaja en su automóvil, cavila la situación y repentínamente pierde el control del vehículo sufriendo un accidente. Sale ileso de milagro aunque pierde el conocimiento. Esa laguna mental es aprovechada por la mano de un profuso bosque que lo adentra más y más en sus entrañas. Luego de transitar la espesura del terreno descubre una casa digna de fábula... pero macabra. Objetos navideños por doquier y tres hermanitos que viven misteriosamente solos.

    Man-bok es un muchachito lleno de imaginación, aunque muy orgulloso y perverso si se lo enfrenta. Como el inefable guardián de esta familia huérfana, es el que genera mayor tensión a la hora de relacionarse con el adulto recién llegado. La preadolescente Young-hee (que siempre desaparece por las noches) es muy curiosa y comparte una sutil química con el forastero. Quizás un despertar sexual -que su hermano percata- aumenta su ira y celos contra el adulto a quien logra cautivar en base a historias fantásticas. Por último, Jung-Soon, la más pequeña, juega a solas con sus descabezadas muñecas y ositos de peluche destripados. Su sensibilidad (histeriqueo insoportable a veces) hace que Eun-soo pierda los estribos con ella y desate una furia inhumana del sobreprotector hermano mayor.

    La relación de los niños con el mundo adulto, el deseo -y dolor- de crecer junto a las escenas (fuertes) de maltrato, ajustará a la batuca al espectador ducho en películas de este tipo. Climas asfixiantes y opresivos muestran como la llegada de un un diácono y una mujer, con carácter algo violento, tensa aún más la cuerda en la relación de los chicos con el mundo adulto. Las escenas más escalofríantes a veces se desarrollan en un ático, rincón de la vivienda donde se vivirá una película aparte, digna para aquellos fanáticos de films como Sexto Sentido, Los Otros o las sagas de El Ojo.

    Un párrafo aparte para las afueras de la vivienda, un espacio angelical en invierno, donde se desarrolla el desenlace de la historia, lo más jugoso Una enigmática puerta azul -en medio del bosque- develará secretos de archivo en una película que muta de la asfixia al desahogo, deshojando una fábula macabra, el cuento de nunca acabar.
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  • Eclipse
    Eclipse
    SI (Clarín.com)
    Entre el amor y la inmortalidad

    Media ciudad de Buenos Aires empapelada con la cara de los protagonistas Jacob, Bella y Edward deja entrever que la adaptación fílmica del libro Eclipse centra gran parte de su argumento en un triángulo amoroso. Y así resulta, con un excedido énfasis en la melosa disyuntiva que transita la joven Swan, quien cayó bajo el encanto inmortal del vampiro Cullen y, a su vez, no quiere perder el cariño del licano Black. ¿Histeria? Puede ser. O un condimento ideal para matizar esta tercera parte de la saga furor teen.

    Enterados en el pueblo de Forks (Washington) que desde Seattle asoma una misteriosa ola de muertes y terror, el fornido Jake -que casi siempre aparece en cuero mostrando su torso tallado a puro gym- cargaría en brazos a Swan y la alejaría de las garras de los upíres. Se adentrará en los cerrados bosques de Vancouver y también busca ganar terreno sentimental para soplarle la dama a Edward, que primero quiere contraer matrimonio con Bella antes de su primera vez.

    El director inglés David Slade (30 Days of Night, Hard Candy), moldeó en la pantalla grande un cóctel de amor y.... ¡sí! guerra, en partes iguales. El punto bélico (violencia más oscuridad) es uno de los puntos fuertes de Eclipse. ¿Otro factor piola?, la curiosa unión de acérrimos enemigos (hombres lobo y vampiros) quienes dejan de lado sus diferencias históricas y aúnan fuerzas para luchar contra un enigmático clan de chupasangres recién nacidos. Y que como destino final buscan apoderarse de Bella.

    Entre la Familia Cullen (vampyres design a pleno), asoma Jasper (Jackson Rathbone) -el más nuevo del grupo- quien antes de ser marcado hacia la inmortalidad, era un oficial en la Guerra Civil. Este vampiro entrenará tanto a hombres lobos como a chupasangres para enfrentarse contra el perverso clan de neófitos liderado por la infame Victoria (Bryce Dallas Howard). Ella, a través de su manipulación, reclutó al peón Riley (Xavier Samuel), un fiel adicto a la sangre que lidera el grupo y atraviesa lagos y bosques con tal de dar con la preciada joven.

    Los efectos y la crudeza visual de las peleas, entre lobos XXL más Familia Cullen contra los vampiros "malos", se roban la película, aunque queda en suspenso un mayor protagonismo de los temidos Volturi quienes, con Jane (Dakota Fanning) como líder, solo contemplan friámente desde sus ojos inyectados en sangre. Luego de la guerra, el amor entre dos protagonistas quedará sellado dejando la puerta abierta para la ¿ultima peli?. Un Amanecer, espera.
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  • Pesadilla en Calle Elm
    Pesadilla en Calle Elm
    SI (Clarín.com)
    Nunca dormirás

    La remake Pesadilla en la calle Elm vuelve a los manuscritos del mal que allá por 1984, el guionista y director Wes Craven craneó para aterrorizar en lo profundo de la noche.

    La saga onírica más famosa, donde el afiladísimo Freddy Krueger se alimenta de los miedos nocturnos, está dirigida por Samuel Bayer quien tiene la misión de resolver una reproducción fidedigna de la primera parte creada 26 años atrás. ¿Qué logró? Un film correcto que sostiene la historia y responde la pregunta: ¿faltan ideas frescas en el género del miedo para recurrir constantemente al universo remake? Parece que si.

    Por citar algunos ejemplos, el año pasado se estrenó la adaptación de Martes 13 y parece que se hará una reversión de Los Pájaros (pobre Hitchcock). También se rumoreó la cancelación de la adaptación de La semilla del Diablo, apiadándose de Roman Polanski. En algunos (y contados) ejemplos, la recreación supera a su versión original, fruto de los adelantos sonoros y visuales del cine de hoy, como ocurrió en Terror en Amytiville (2005) que respetó en miedo y suspenso a la versión de 1979.

    Pero las ideas son inmortales. Y por más que se las refresque, las adaptaciones tienen mayor toque tecnológico y efectos especiales que homenaje o tributo. Algo así ocurre con Pesadilla.... donde el desafío mayor estuvo centrado en la caracterización del serial killer más expresivo del cine de horror. A diferencia de los enmascarados ochentosos como Jason Voorhees o Michael Myers (Halloween), Krueger -por más carbonizado que esté- ganó su fama por la actuación de Robert Englund, quien asomó en 1983 con la exitosa serie V Invasión Extraterrestre -como el buenazo del lagarto Willy-, otra víctima del efecto remake.

    Pero, para temor de los fanáticos de la saga, en Pesadilla en la calle Elm el Freddy versión 2010 no estuvo a cargo de su histórico intérprete. El papel cayó en manos de Jackie Earle Haley (Watchmen, Juegos Secretos) quien con una voz potente y tenebrosa (aunque de aspecto algo ñato a diferencia de Robert) representa bastante bien al asesino brutal y despiadado que, a veces, es difícil predecir su próximo ataque.

    Las mamushkas oníricas son los puntos fuertes del desfigurado: aún cuando muchos despiertan (o creen hacerlo) los ataques siguen. Y ahí el susto está garantizado. El carbonizado Freddy, que le dio batalla hasta al mismísimo asesino de Martes 13 en Freddy vs Jason, mantiene su chamuscado sueter a rayas y marcará el destino de los adolescentes Quentin, Kris y Dean que caerán en las garras del implacable asesino.

    La pregunta es ¿qué los une a tan macabro destino?. Familiares silenciados, recuerdos de la infancia y un personaje puntual hilvana el futuro de la dibujante Nancy Hoolbrook (en la piel de Ronnie Mara) y Jesse Braun, hijo del director de un colegio secundario, quienes lucharán contra el cansancio, los recuerdos y un pasado oscuro.

    Viajes temporales imaginarios, como los de Nancy viéndose reflejada de pequeña, o al entrar a su habitación donde nieva, se conjugan con las espectrales apariciones de víctimas de Freddy. No falta el grupo de niñas que saltan la soga mientras entonan el estremecedor (1,2 Ya viene por tí, 3, 4 cierra la puerta, etc...): la firma de una saga que recobra el miedo de antaño y viaja a la génesis del horror onírico. ¡No te duermas!
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Hoyts