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Imagen del crítico Pablo O. Scholz
Pablo O. Scholz
  • Cantidad de críticas: 227
  • Promedio: 65%
  • Críticas favorables: 202/227 (89%)
  • Críticas desfavorables: 25/227 (11%)
  • Diferencia absoluta: 8%
  • Elefante blanco
    Yo vengo a ofrecer mi corazón

    Historia sobre villeros, y no la villa, con Ricardo Darín.

    Como en El Bonaerense y en Leonera , Pablo Trapero vuelve a centrar a sus personajes en un ámbito específico –la Policía, la cárcel, aquí es la villa-, instituciones u organizaciones cuyos límites el protagonista tratará de flexibilizar, ya que dentro de los mismos el padre Julián -como Zapa en El Bonaerense , o Julia en Leonera - no se siente cómodo ante lo que ve. Cada uno sabrá cómo modificarlo, y cuánto los modifica a ellos. Los personajes se mueven más en los márgenes que lo que burocráticamente las instituciones querrían.

    No es lo mismo ser policía que cura, pero lo que Trapero sabe mantener es el tema: la integridad.

    Julián es un cura villero, que sigue el sendero que trazaron muchos otros en la senda pastoral, con el padre Mugica como estandarte (el homenaje al sacerdote asesinado en 1974 es explícito en la trama, y también en la construcción del personaje central, que vive en Recoleta y mira por la ventana la Villa 31). La Iglesia junto a los habitantes de la villa están construyendo unas viviendas dignas para ellos, allí mismo, al lado del Elefante blanco, un enorme complejo que nunca se terminó, y Julián, más una asistente social (Martina Gusman) pelean codo a codo para que la tarea llegue a buen fin.

    Trapero no hace un filme sobre la villa, si no acerca de los villeros. Deambula con su cámara por los pasillos, los muestra en sus actitudes diarias, destapa las desigualdades, evidencia la violencia social y la impunidad con que el narcotráfico se apodera de sus vidas y familias. Habla de la cultura villera desde afuera (los personajes centrales no son producto de la villa, sino que llegan para mejorarla) para comprenderla desde adentro.

    El realismo (la utilización del plano secuencia, por caso, implica no realizar cortes en la toma y mostrar las cosas como son) se apodera del estilo de Trapero, un director que en la secuencia inicial demuestra qué gran puesta en escena es capaz de realizar.

    Elefante blanco , de nuevo como El Bonaerense y Leonera , marcha a partir de un protagonista. Julián tiene muchos frentes a los que estar atento –la función sacerdotal, la seguridad en la villa, las trabas de la Iglesia, y su salud- y cuando la cámara se aboca a seguir a otros personajes, su figura se agiganta en cuanto reaparece.

    ¿Por qué? Porque Julián, cuando está terminando el filme, no es el mismo que fue a rescatar a Nicolás -un cura belga que no pudo impedir la masacre de una población indígena en el Amazonas en manos de los narcos- para que lo ayude en Buenos Aires. Lo que suceda en la villa podrá seguir siendo siempre lo mismo, pero lo que le pasa a los personajes, no.

    Se podrá estar en desacuerdo con algunos procederes del trío protagónico, o cómo Trapero y sus guionistas deciden que termine cada uno de ellos en la historia. Pero la riqueza surge en la confrontación, en las contradicciones de Julián, de Nicolás y de Luciana.

    Ricardo Darín compone con una ductilidad encomiable, para que los distintos estados de ánimo por los que atraviesa Julián peguen hondo en el espectador. Jérémie Renier, habitual en los filmes de los hermanos Dardenne, se aleja del típico personaje extranjero que mira lo que sucede, confiriéndole nervio y sangre cuando así lo requiere la historia, y Martina Gusman, menos protagónica que en Leonera y Carancho , construye, maneja con sus miradas más que con su cuerpo todo lo que pasa por dentro de Luciana.
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  • Misión secreta
    Yo sé que tú sabes (algo) que yo sé

    Richard Gere es un ex agente de la CIA que debe volver a la acción.

    Las intrigas con espías, sean de una sencillez como El Super agente 86 o de una intrincada trama como El topo , tienen, vienen con una marca de fábrica. Algo que ya está incluido en el título de la película - El doble , en el original- y de lo que siempre se sospecha.

    Alguno de los personajes es un infiltrado. Un doble agente.

    Y en la trama de Misión secreta , el secreto parece que se revela bien pronto. O sea: el director, el doble agente y el espectador saben quién es el señor del título a no mucho de desandada la acción. No lo vamos a decir, no porque revelaríamos algo que es mejor no saber, sino porque el efecto sorpresa se perdería antes de acomodarse en la butaca.

    Esto -el hecho de saber bien pronto la identidad del que juega a dos puntas- puede ser bueno, o malo en una película. Por un lado, le permite al espectador jugar, conociendo las cartas, a ver si el Sr. Espía pisa el palito, y quién de los otros personajes es capaz de advertir lo que al público se le ha dicho desembozadamente en la cara.

    Pero también todo puede resultar muy obvio, y en este tire y afloje hay que evitar caer en la otra presunción: que quien creemos que es bueno es el malo.

    Basta de prolegómenos: Richard Gere es Paul Shepherdson, un ex agente de la CIA al que su antiguo jefe (Michael Sheen: es increíble como pasan los años, pero sigue con los mismos tics que tenía el capitán Willard en Apocalypse Now ) se le mete en su living sin que él lo advierta. Es asombroso cómo los espías tienen casas enormes (con ventanales ídem) cuando viven solos.

    Lo molesta porque han asesinado a un senador estadounidense. Le cortaron el cuello de la misma manera en que operaba Cassius, un antiguo asesino soviético, que en la buena época de la Guerra Fría Shepherdson había estado tras su huellas.

    Y le ponen como compañero en la búsqueda a un novato, una rata de biblioteca del FBI, interpretado por Topher Grace (Eric en That ‘70s Show ), que basó su tesis en Harvard en Shepherdson y su caso.

    Debutante en la dirección, el hasta aquí guionista Michael Brandt se había especializado en filmes de acción, con personajes antagónicos (en Se busca , en El tren de las 3:10 a Yuma ). Y uno de los problemas en Misión secreta es que el personaje de Gere debió basarse en algo más que en el carisma del actor. Otro, es que el efecto de suspenso se pierde bien pronto. ¿Más? Los giros del final e inverosimilitudes a lo largo de toda la trama.
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  • Battleship: Batalla naval
    La reseña dejó de estar online el mismo día de su publicación. Se tomó el puntaje.
  • Essential Killing
    Y sobran las palabras

    El polaco Jerzy Skolimowski tiene a su protagonista, Vincent Gallo, huyendo y sin abrir la boca.

    No habla. A lo sumo, grita. El protagonista de Essential Killing podría ser la síntesis del apotegma justicialista, aquel de hechos y no palabras , pero bastante problemas tiene para escapar de quienes, armados, lo persiguen en medio de un territorio helado.

    En la nueva película de Jerzy Skolimowski -uno de sus filmes más recordados es, paradójicamente, El grito -, el héroe o antihéroe es un talibán, quien estaba escondido en una cueva en Afganistán y asesina a tres norteameri canos. Prontamente es apresado (y torturado) y más rápido todavía logra escapar y emprender la huida.

    ¿Hacia dónde? No se sabe. Como tampoco se conoce su nombre, ni sus intenciones y por qué hizo lo que hizo. El por qué no habla parece una extensión de por qué no responde al interrogatorio. Una explosión cercana le ha dejado un extraño zumbido.

    Enseguida se comprende que los datos son aleatorios. Para Skolimowski el por qué interesa menos que el cómo. El dolor del prisionero es lo que prima. Y la convincente actuación de Vincent Gallo es, entonces, fundamental para generar enmpatía con el espectador.

    El prisionero está solo, malherido, perseguido por hombres cuando no atacado por lobos. Como no habla ni siquiera con quienes lo atacan, el relato es casi estrictamente visual.

    Es cierto que al pobre tipo le pasa de todo. Cuando no está por congelarse en medio de la nieve, mete la pata literalmente en una trampa para osos. Las expresiones de Gallo van más allá del tormento por el calvario que atraviesa. En su virtual agonía se adivina la lucha por la supervivencia.

    Las implicancias de la historia hacen que poco interesen la nacionalidad del perseguido y las motivaciones de unos y otros.

    Cuando recibió el guión, el actor de Tetro debe haberlo meditado antes de aceptar el papel. Egocéntrico o no, Gallo supo que su personaje estaría prácticamente todo el tiempo en pantalla desde que sale de su cueva a matar a los tres extraños forasteros. Su rol le demanda extrema contención y exageraciones, tan disímil es lo que afronta. Entre la introspección y la exteriorización de su drama -el director también apela a raccontos, flashbacks de su pasado- navega y no naufraga el personaje, y con él, el actor.

    Una curiosidad es la voz que se escucha diciendo que, casi proféticamente, y antes del 11 de septiembre de 2001, tres hombres iban a encontrar al Anticristo en Afganistán... Para alimentar más interpretaciones y/o polémicas.

    La película contiene escenas que pueden resultar chocantes para gente sensible. Es un filme, si se quiere, de acción pura, pero también un drama bien envuelto en un thriller como Dios manda. Y sobran las palabras.
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  • La separación
    En lo más íntimo

    La ganadora del Oscar extranjero es un drama humano, con muchos puntos altos en su realización.

    La sorpresa al término de La separación no es una. Son varias. Por un lado, el final, cómo el realizador Asghar Farhadi decide rematar su película. Mucho antes, cómo la historia, que parecía centrada en la separación del título entre Nader y Simin, se abre en otra disputa, la que el hombre tiene con una mujer que iba a cuidar a su padre con Alzheimer, y termina en un juicio. Otro juicio.

    El término juicio engloba toda la película, que ganó primero el Oso de Oro en el Festival de Berlín, y en marzo se alzó con el Oscar a la mejor película hablada en idioma extranjero. Porque se trata de un relato cuyos temas troncales se enmarcan en sendos juicios, pero el director jamás juzga a sus personajes.

    Simin quiere emigrar “por la situación” en la que se encuentra su país, Irán, junto a su esposo y su hija. Como Nader no quiere abandonar a su padre enfermo, el divorcio pareciera inevitable. El único camino. ¿Tiene razón Simin? ¿Quién es más egoísta en esta situación? Pero cuando un hecho totalmente desgraciado suceda, la unión, más que de la pareja, de hecho separada, de la familia, se pondrá en juego.

    El cine de Farhadi está más cercano al del Mohsen Makhmalbaf que al de Abbas Kiarostami, a la hora de hablar de los referentes del cine iraní. No debe llamar la atención el premio de la Academia de Hollywood, ya que el relato no es meramente contemplativo, sino que tiene varios rasgos occidentales en su manera de narrar, de expresarse.

    Al fin de cuentas, de lo que trata La separación es de verdades. Tal vez no absolutas, pero sí sinceras. Qué es capaz de admitir un ser humano cuando se ve apremiado en lo que más le duele. Cuánto peso tiene la hidalguía, el ser fiel a sí mismo, ante la posible pérdida de un vínculo, de una relación. De un afecto.

    Farhadi deja planteados varios problemas existenciales en su filme. La mirada de Termeh (Sarina Farhadi, hija del realizador), la niña que prefiere quedarse con su padre antes que ir con su madre cuando ésta deja el hogar, es fundamental. ¿Qué es lo que quiere ella? ¿Alguien se lo preguntó? La película está contada desde esos momentos de decisiones imprescindibles, que nos forjan. Pero aquí cuenta, y pesa, el género, la religión, la clase social.

    El nivel de las interpretaciones también es otro punto alto de la realización. No se puede quedar impasible ante el alegato de Simin, al que Leila Hatami le confiere todas sus entrañas. Y los vaivenes de Nader (Peyman Noadi), ante esa mirada de los otros, y de los suyos. Cómo lo íntimo se vuelve universal, cómo es imposible esconder lo que se lleva adentro. Todo eso hace de La separación una película inolvidable.
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  • Cuando te encuentre
    ¡Pero qué casualidad!

    Un amor (casi) imposible.

    Zac Efron se hizo un nombre jugando al básquet y cantando -en el orden que prefieran- en High School Musical . Pero demostró que es un muy buen actor en Me & Orson Welles , no estrenada aquí, y en Hairspray al lado de John Travolta no desentonaba. Aquí, como un (joven) veterano de guerra que regresa sano y salvo de milagro de Medio Oriente, no canta ni juega al básquet. Y aunque vuelve a mostrar que es un buen intérprete, su papel, el guión y la dirección de Scott Hicks (el de Claroscuro ) más que ayudarlo, lo empujan hacia el descrédito.

    Zac es Logan, quien busca a una chica. Munido de la clásica fotito 4x4 que los soldados siempre llevan en la billetera de sus seres amados, con la leyenda Cuidate , que fue la que le salvó la vida a él, pero no al portador de la misma (¡la encontró!), quiere hallar a esa joven. Y la encuentra en un pueblito rural. Pero no le dice que la buscaba. Ni le muestra la foto. Ni le aclara que era de su hermano, por el que ella llora desde hace tiempo. Y consigue trabajo con ella, que tiene un ex marido golpeador. Y que tiene un hijo comprador.

    ¿Cuánto tiempo podrá Logan ocultar la fotito? Mejor: ¿por qué cuernos no le dice a Beth (Taylor Schilling) la verdad de una buena vez, y sanseacabó? Las respuestas a ambas preguntas están enumeradas en el primer párrafo: la construcción de su papel, el guión y la dirección, que no deja de acumular lugares comunes, clisés y vueltas de tuercas de lo más inverosímiles.

    En el elenco está Blythe Danner ( La familia de mi novia ) como la mamá de Beth, pero poco importa. Schilling tiene un carisma extraño, no es bella pero sí llamativa como actriz. Zac Efron espera por otra mejor oportunidad.

    Tranquilos: como en este filme, todo llega.
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  • Shame: sin reservas
    Esta vez el dolor va a terminar

    ¿Un obsesivo sexual, o incapaz de sentir?

    Shame: sin reservas es una película provocadora, sí, pero no porque el protagonista se exhiba desnudo, de frente, de perfil y de espalda mucho tiempo. Lo que provoca no es el físico, lo externo, sino todo lo que pasa por el interior de Brandon, a quien tipificar como un adicto al sexo sería, mínimo, banalizar el filme del inglés Steve McQueen.

    Brandon padece de adicción sexual, es claro y cierto, y no puede mantener un vínculo serio. No es curioso: cuando cree que puede cambiar, no logra mantener la relación sexual con su ocasional pareja, ni siquiera una erección.

    Brandon parece incapaz de tener una emoción. McQueen ( Hunger ) lo hace llorar dos veces al personaje: cuando escucha una lenta versión de New York, New York , cantada por su hermana Sissy (Carey Mulligan) y en otro momento que conviene no develar. Mientras tiene relaciones o se autosatisface no parece disfrutarlo.

    Si hay algo que el rostro de Michael Fassbender magnifica es dolor. Como si Brandon siguiera un patrón, o una necesidad que no puede o no sabe cómo manejar. Parece encadenado a hacerlo, como un esclavo de su adicción. El calor del contacto humano no es algo que pueda observarse en él.

    La caracterización del personaje (lo externo) es tan pulcra y esterilizada como el departamento que habita en Manhattan. Brandon no sonríe. Cuando viaja en subte, las mujeres lo miran fijo, en clásica situación de levante. Pero su rostro es impávido. Suponemos -sabemos- por cómo lo conocemos que él también está buscando ese contacto. Qué lo lleva a aceptar el convite es otro asunto.

    Brandon ama tener orgasmos. Los puede tener con una pareja o masturbándose ante la notebook, en la ducha de su departamento neoyorquino o también en el baño de su oficina. No sabemos en qué trabaja. A él tampoco parece modificarlo o importarle demasiado, salvo que le avisan que se llevaron su computadora porque estaba infectada de virus.

    El disco rígido estará con virus, pero también la cabeza de Brandon.

    Al personaje de Steve McQueen no le interesa nadie. Sólo momentáneamente si ese alguien/algo le puede dar acceso al orgasmo. Sissy, su hermana, la que le dice “no somos malas personas, sólo venimos de un lugar malo” como única referencia a su pasado en común que se adivina difícil (¿incesto? ¿abuso?) es un detonante. Es su antítesis. Ella no tiene dónde vivir e irrumpe en su departamento. ¿Por qué tanta ira? Shame: sin reservas no es un filme acerca de una adicción. Verla de ese modo sería la manera más fácil. Es sobre un hombre que si sufre una disfunción no es meramente sexual, sino que se siente incapaz de entablar relaciones. Como en su opera prima, Hunger , sobre el irlandés Bobby Sands, el preso político que realizó una huelga de hambre, McQueen volvió a confiar en Fassbender. Treintaypico, alto, delgado, en su personificación está la clave del relato. No hay escena en la que no esté, escondiendo esa vergüenza de la que habla el título original, con o sin reservas.
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  • Los vengadores
    Piña va, piña viene ésta sí entretiene

    Los superhéroes se pelean por entrar en cuadro.

    El viejo truco de los personajes superhéroes de doble personalidad tiene en Los vengadores su apoteosis. Los insignes defensores del Bien que provienen de los cómics de Marvel están, todos juntos, por espacio de casi dos horas y media, y en 3D, combatiendo contra Loki, el hermano malo de Thor y sus secuaces alienígenas.

    Pero reunir a tantos superhéroes y estrellas tiene sus riesgos. Como si se tratara de una película coral, hay que saber manejar y balancear no sólo egos, sino también los tiempos de exposición de cada uno, darles escenas en solitario para no defraudar a ningún fan de ningún personaje y, cuando comparten secuencia, exprimirlos (¿explotarlos?) lo mejor que se pueda.

    Y el director Joss Whedon (coguionista de Toy Story y creador de Buffy, la cazavampiros ) vaya que lo ha logrado. Son al menos ocho personajes centrales, y hay que saber qué darles para hacer.

    La excusa es Tesseract, una sustancia superpoderosa que está encerrada en un cubo que otorga energía y también sirve de portal hacia el espacio exterior -que, como ya sabemos, nunca trae nada bueno de ahí afuera-, y así llega Loki (Tom Hiddleston). Con su extraño poder, copta a Ojo de halcón (Jeremy Renner, que es tan ducho con el arco y la flecha que lo podrían llamar para la secuela de Los juegos del hambre ). Hay que defender a la Tierra del ataque exterior, y allí van nuestros héroes, reunidos por Nick Fury (Samuel Jackson) en una embarcación que puede surcar mares y elevarse por los aires hasta parecer invisible.

    Así como varios personajes tienen esa doble personalidad, el guión casi que los emparenta en pareja. La de Tony Stark/Iron Man (Robert Downey Jr.) con Steve Rogers/Capitán América (Chris Evans) es la clásica: se celan, se encaran y terminan ayudándose. Y están Natasha Romanoff/Viuda negra (Scarlett Johansson) y Bruce Banner/Hulk (Mark Ruffalo), y Thor (Chris Mesworth), que tiene mucho por qué pelearse con su hermano Loki (“es adoptado”, dice el rubión del martillo). Igual, el guión le depara las mejores líneas de humor (¿será por contrato?) al personaje de Downey Jr.

    La película tiene espectacularidad desde que arranca hasta que termina, con el ataque de Loki y sus guerreros alienígenas, capaces de destruir medio Manhattan, desde la Grand Central Station hasta cualquier edificio. Entretenida, divertida y con ritmo sostenido, por más que tantos personajes se peleen por aparecer en cuadro, Los vengadores tiene todo para convertirse en un gran éxito, que disfrutarán los fans y hasta aquellos que crean que Los vengadores son los sempiternos John Steed y Emma Peel, de aquella serie de TV de los ‘60.
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  • 12 horas
    12 horas
    Clarín
    Me quieren volver loca

    Amanda Seyfried busca a su hermana secuestrada.

    Si usted anda de paseo por Portland, Oregon, sepa que allí la gente es muy amable. En extremo. Porque aunque sea la primera vez que la vean, a Jill, la protagonista de 12 horas , le cuentan en detalle todo cuando la joven se los cruza averiguando datos del posible criminal que la secuestró a ella hace un tiempo, y que cree que hizo lo mismo con su hermana hace apenas unas horas.

    Porque Jill tiene una capacidad y una facilidad para la mentira elogiables. No les dice la verdad. Se inventa relaciones y les saca claves para rastrear al secuestrador.

    Desde aquel secuestro -en el que nadie cree- aprende defensa personal, tiene un revólver en la cartera de la dama y desconfía de todo. Y de todos.

    Bueno, Jill tiene antecedentes psiquiátricos. Dice que un hombre la sacó de su cama y la metió en un pozo en un parque, donde luego fue encontrada llena de lodo. Nunca lo vio, y cuando la revisaron no encontraron rastros de ataque sexual, ni lesiones, ni adn de un extraño en su cuerpo. Nada. Ella dice que escapó y que el hombre ha vuelto, que intentó secuestrarla, pero se llevó a su hermana al no hallarla en su casa a ella, que es moza por las noches.

    Por eso no durmió en toda la noche. “¿Por qué no vas a dormir?”, le preguntan. “Dormiré cuando (el secuestrador) esté muerto”, responde.

    Para los policías todo está y estuvo en su imaginación. Peor: la policía está tras ella porque saben que está armada. Ellos no le creen, pero el espectador, sí. Y eso es lo que cuenta.

    Pero el mayor enigma de 12 horas -el tiempo que Jill cree que tiene para encontrar con vida a su hermana- es ¿cómo hace el director Heitor Dhalia para, pese a todo, generar tensión a lo largo de todo el relato? Amanda Seyfried, bien lejos de Mamma mia! , está el 95% del tiempo en pantalla. Esa pueder ser una respuesta. La otra hay que buscarla en la construcción del relato, que con agujeros y todo no deja de intrigar, con y sin pistas falsas. Y hasta hay algo de El silencio de los inocentes (el pozo en el que tiraron a Jill, las pistas en la casa de un sospechoso)...

    Entre los investigadores están Wes Bentley, como un recién llegado a Homicidios -sólo él dice creerle, a espaldas de sus compañeros- y Michael Pare, sí, el de Calles de fuego .

    Paranoia, ansiedad, sed de venganza... Ingredientes de un cóctel inflamable. Ya verán por qué.
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  • Piratas! Una loca aventura
    Una de piratas, como las de antes

    Diversión de la mano de los creadores de “Pollitos en fuga”.

    El Pirata Capitán está algo preocupado. Desde hace veinte años que no puede ganar en el concurso del Pirata del año. Se entiende viendo lo ingenuo que es, la poca suerte que tiene y la clase de gente que tienen en la tripulación de su buque. Pero la máxima que asegura persevera y triunfarás es la que mejor le calzará.

    Casi, casi como a Peter Lord, codirector de esta ¡Piratas! Una loca aventura , y creador de Pollitos en fuga , desde la productora Aardman ( Lo que el agua se llevó ). La animación con muñequitos, en la que Wallace & Gromit fue buena precursora moderna, tiene sus bemoles. Es a la vez encantadora, pero poco realista. La historia de un pirata que ataca a un barco en el que viaja el mismísimo Charles Darwin y a quien está punto de lanzar por la borda, pero éste descubre que el “perico” que el Capitán lleva sobre su hombro es en realidad una especie que se creía extinguida... Y que con ella el Capitán puede ganar suficiente fortuna como para poder empardar al pirata Pata de Palo, entre otros, y lo llena de ambición.

    Lo curioso -o no tanto, viniendo de estos ingleses que saben cómo reírse de sus, cómo diríamos, próceres- es que el malvado de la historia es el propio Darwin, que planea robar el pajarito para quedar bien con la otra villana del relato, la reina Victoria, quien -esto sí que es curioso- odia a los piratas.

    Realizada para ver tanto en proyecciones comunes como en 3D, el humor simple y con guiños para el público adulto es lo que la convierte, por momentos, irresistible. Claro que a veces el ritmo no se sostiene, y cuando los más pequeños en la sala empiezan a inquietarse, es termómetro de que no todo funciona lo bien que debería.

    La solidaridad es uno de los muchos valores que la película ofrece a los chicos. El equivocarse, que es humano y no sólo condición de los piratas, y el poder dar vuelta la hoja, el saber descubrir dónde está la bondad, el sentido de pertenencia, sea a lo que fuera... Así como en Wallace & Gromit el ladero del protagonista era más inteligente que él, el esquema se reitera. Con una animación que ha mejorado a pasos agigantados, no tiene catarata de gags ni la genialidad de Pollitos en fuga , pero es un buen aliciente: qué chico no querrá ver otra peli como ésta...
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  • El líder
    El líder
    Clarín
    Liam Neeson comanda un grupo de accidentados en una desolada Alaska.

    Para aquellos que sienten ternura hacia los animales, salvajes o no, El líder no es la película que querrán ver. Para aquellos a quienes les gustan las películas en que los protagonistas sacan valor, coraje y entereza aún en las condiciones menos promisorias, El líder es el non plus ultra . Es como ganar un partido de tenis estando 0-6, 0-5 y 0-40... Esto es: revertiendo absolutamente todo.

    John Ottway es un cazador nato. Trabaja en Alaska, cuidando que los lobos no ataquen a los operarios de una empresa buscadora de petróleo. Hombre de pocas palabras -mejor, porque cada vez que abra la boca será para poner en claro lo mal que están, y lo peor que estarán-, cuando el avión en el que regresa con los obreros ingrese en una tormenta y termine estrellándose en medio de la nada, todos sus conocimientos se pondrán a prueba.

    La cuestión, claro, es sobrevivir. No sólo por el frío helado, la falta de alimentación, la seguridad de que nadie podrá rastrearlos. Es que los siete sobrevivientes -hay algunos más, pero mueren inmediatamente- están siendo acosados por una jauría de lobos. Ottway lo tiene claro. Sin llegar a dar un aclase de psicología animal, si no abandonan los restos del avión, se los van a devorar.

    El título original - The Grey - hace referencia al rebaño (humano) del que se hace autocargo Ottway -de ahí El líder -. El tipo es como un guía espiritual en medio de la catástrofe, aunque más de uno se le rebele. Y entre tanto blanco que los rodea, ojitos que brillan en la oscuridad acechando, aullidos y dentaduras que meten miedo, mejor seguir a uno que dice saber lo que hace.

    Sin ser un tratado sobre la democracia, El líder plantea cuestiones inherentes a una estructura de poder, y también a la solidaridad. Todos sabemos que los siete no van a llegar con vida al final de la película. Pasó siempre, con La aventura del Poseidón y R escatando al soldado Ryan en el medio.

    El director Joe Carnahan venía de Brigada A , otra película grupal, pero en tono de comedia. Bien no le había ido, y eso que el tagline era No hay Plan B . Bueno, aquí tampoco lo hay, con Liam Neeson fantaseando entre el suicidio y la esposa que lo dejó, y los lobos que se reproducen como gremlins. La película está llena de agujeros negros de ésos que, si uno se pone exigente, lo vuelven incrédulo.

    Y, si no le tienen fe..
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  • Espejito, espejito
    Una lavada de cara

    Esta versión de Blancanieves. Ofrece algunos cambios con respecto al clásico cuento de hadas.

    Estamos en una época de revisionismo. Y si a Caperucita Roja ya le había llegado la hora de su lavada de cara, en filme con actores y también animado, este año tendremos dos películas con Blancanieves como protagonista. El primero en llegar es Espejito, espejito y, para ser honestos, debemos decir que el rol protagónico se lo van pasando entre la joven doncella y la reina malvada.

    No es éste el único gran cambio en la historia. La reina y bruja, madrastra de Blancanieves, es también quien inicia el relato. La película está contada desde su punto de vista, y es una nueva vuelta de tuerca en la que el feminismo gana buena parte de la batalla.

    Igualmente orientada para el público infantil, los pequeños que hayan leído el cuento de hadas o visto la película de Disney se encontrarán con que los hechos, básicamente, son los mismos, sólo que están narrados de distinta manera.

    A saber: los siete enanitos prefieren robar en los caminos del bosque antes que ser mineros (“es más redituable y menos cansador”, argumentan con cierto grado de razón). Y hasta se “transforman” en gigantes. Blancanieves es mujer de pelea, de armas tomar, literalmente. El príncipe que se enamora de Blancanieves (Armie Hammer, que está rodando El llanero solitario , con Johnny Depp) está a punto de casarse con la reina. El pueblo está duramente castigado por la crisis y los impuestos que cobra la reina. El leal súbdito que lleva a la joven al bosque para asesinarla (interpretado por Nathan Lane) es el personaje con más líneas humorísticas en todo el guión. Y así.

    El director de origen indio Tarsem Singh, el mismo de La celda (2000), con Jennifer López, e Inmortales , del año pasado, trata de que el trámite sea divertido los 106 minutos que dura el asunto. Y lo consigue.

    Espejito, espejito no es que reinventa la historia popularizada por los hermanos Grimm, ni tampoco es una sátira a la película producida por el viejo Walt Disney. Tiene sus propios códigos, a partir del impacto visual que ofrece a los chicos –pareciera rodada completamente en interiores, bosque de abedules incluido-, con el interior del castillo que parece de torta de cumpleaños, y el de la casita de los enanos que es directamente una cueva. Obviamente la dirección de arte, la fotografía y el vestuario tienen un rol primordial. Y eso que no hablamos aún de las protagonistas.

    Lilly Collins – la hija de Phil Collins- no sólo es bella, sino que da perfecto en el rol de la nueva Blancanieves. Conjuga candidez, bondad y energía. Y quien se lleva la película por delante, previsiblemente, es Julia Roberts. Logra que su personaje malvado no sea odiado ni cuando manda a matar a su hijastra. En la copia doblada tal vez se pierdan un tanto los giros idiomáticos y el tono socarrón de su personaje, pero es la gran ganadora de la película.
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  • La suerte en tus manos
    Volverte a ver es todo lo que quiero hacer

    La segunda oportunidad para una ex pareja.

    Daniel Burman ha construido sus últimas películas sobre personajes que ante un momento específico de sus vidas, deben pegar un volantazo para no claudicar o ver cómo sus existencias se pierden sin remedio.

    En su filmografía también hay un claro quiebre entre sus primeras películas y las más recientes. Algunos le endilgan que se ha vuelto más comercial, como si eso fuera un pecado. Otros extrañamos la credibilidad casi ciega que teníamos en sus protagonistas y lo redondas que eran sus pequeñas historias. De El abrazo partido a esta La suerte en tus manos han pasado dos títulos ( El nido vacío y Dos hermanos ) por cierto dispares entre sí y con su filmografía anterior, y no sólo por la edad de sus protagonistas. Como si con La suerte...

    Burman volviera a su primera época, a insistir con el judaísmo, paródico o no, pero no pudiera hacer que la trama -ingeniosa en el caso, prometedora en su primera hora- despegue, levante vuelo. Como si correteara todo el tiempo por una pista bien mantenida, cuidada, lustrosa. Agradable.

    Pero a Burman sabemos que podemos pedirle más.

    Uriel (Jorge Drexler, como un primo no muy lejano de los personajes que hacía Daniel Hendler, también uruguayo) llega a los 40 separado y con hijos, y desea hacerse una vasectomía como para arrancar una vida distinta. Gloria (Valeria Bertuccelli, impecable como suele estar) viene de enterrar a su padre en Francia y en Buenos Aires se cruza con Uriel. Han sido novios hace añares, pero cuando ella se cansó de “los telos” y que no la tratara como a una novia y la sacara a la luz, lo dejó. Se entiende. Uriel tiene sus bemoles: es un mentiroso casi compulsivo, y con tal de agradar a Gloria no le dice que trabaja en la financiera que heredó de su papá, y le miente que está preparando un show de regreso de la Trova rosarina. Otro guiño a las segundas oportunidades.

    Los personajes secundarios, que siempre han rendido bien en el cine de Burman, aquí tienen a Luis Brandoni repitiendo -como el médico de Uriel-, su personaje de cura en El hombre de tu vida .

    Entre un irresponsable, que le compra una pecera, pero no los pececitos a sus hijos, y que se esconde para jugar al póker en un casino, y una mujer que siente que su pareja no lo acompaña ni la atiende como debería, los protagonistas de La suerte en tus manos aspiran a más. La sensibilidad y la ternura con que Burman trata a sus criaturas sigue siendo su marca de fábrica.
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  • Un método peligroso
    Inconsciente colectivo

    Freud, Carl Jung y una paciente, luego colega: cóctel de sexo, psicoanálisis y abusos.

    A veces tenés que hacer algo imperdonable para poder seguir viviendo.” La frase, dicha con más dolor y arrepentimiento que con regodeo o deleite, sale de la boca del Carl Jung que crearon Christopher Hampton (autor de la obra teatral en la que se basa el filme) y el director David Cronenberg, cuando al atribulado Jung ya no le queda espacio para la dialéctica analista/paciente.

    Teniendo a Sigmund Freud como mentor -no está de más recordar aquello de la figura paterna-, Jung es uno de los tres vértices del triángulo entre ideológico y perverso de Un método peligroso . Otro es Freud, y el tercero y responsable de que el padre del psicoanálisis y el eminente psiquiatra se conozcan, dialoguen, se envidien y separen a comienzos del siglo pasado es Sabina Spielrein.

    El asunto es que la palabra por sí misma no había sido hasta ahora el vínculo más directo de Cronenberg con su público. Realizador de buen pulso para el relato sugerente, aquí Freud, Jung y Sabina son lo más antiperonistas que se pueda imaginar: hechos y no palabras.

    Hay marcas en el relato que son propias a cualquier Cronenberg: el sexo, la relación de poder, el abuso, el amor/odio, y -si se bucea más profundo- el tema del doble, y el querer ser y el ser.

    Y no hay que ser un experto en neurosis o histeria, ni reconocer la influencia de los impulsos sexuales o las meras pulsiones eróticas para entrarle al asunto. Que no es un tratado ni una aproximación histórica al psicoanálisis. Saber quiénes fueron los personajes, ayuda, pero no limita.

    Algo maníaca y perturbada, Sabina ingresa a la clínica donde Jung la atenderá de acuerdo a las lecturas que ha hecho de don Sigmund, y su método. De a poco la cuestión empieza a enturbiarse, no por la enfermedad de la paciente, sino por el amor que se despierta entre ambos. Como para analizar es que la relación entre el analista casado y la enferma comienza mucho antes de que la mente de ella empiece a liberarse, y a sanar, y pueda ser muchos años después, más que discípula, colega.

    La contraposición entre los personajes, por distintas raíces, sea de pensamiento, de experiencia vivida o de religión -Cronenberg remarca que Freud y Sabina son judíos, y Jung, protestante- es riquísima, tanto en los diálogos como en las actitudes -la media sonrisa de Viggo Mortensen como Freud, mascando su cigarro; los ataques de Sabina, que se excita recordando cómo la castigaba su padre (Keira Knightley); y el triste y consternado Jung de Michael Fassbender.

    La relación cuerpo mente, cóm o el sexo interviene y predomina en las conductas lleva aquí a pensar aquello de que si se actúa como se piensa en vez de como se siente, pasan cosas raras. Como le pasa a Jung.
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  • Los juegos del hambre
    Sobreviviendo

    Niños y jóvenes combatiendo a muerte en una crítica al autoritarismo de la TV y el Gobierno.

    Orwell tenía razón. Tan cierto como que el dominio de la televisión y el del poder político se consustancian y anidan en Los juegos del hambre , primer libro de una trilogía que amenaza en convertirse en el cine en la prima dilecta de la saga Crepúsculo .

    Es que no sólo los protagonistas son adolescentes. Con -al menos en Los juegos...

    - escaso romanticismo y más ferocidad que en Crepúsculo , la película es en lo básico una batalla campal en la que 24 participantes, niños y jóvenes, deben luchar entre sí en medio de un bosque, y en la que sólo puede haber un ganador. Es decir: un sobreviviente. El resto, debe morir.

    Si Andrew Niccol había imaginado las nefastas consecuencias de un ser común, que vivía en un reality show sin saberlo en The Truman Show (Peter Weir, 1998), el filme que se adelantó a Gran hermano , es esperable que lo que cuenta Los juegos...

    no llegue a ninguna realidad. Nunca se sabe.

    La trama nos sitúa en un futuro en el que se especula que los Estados Unidos ya no serán lo que son hoy, después de una guerra, sino un conjunto de doce distritos. Y el poder -que uno imagina no es de turno, sino que planea quedarse allí instalado- viene celebrando (literalmente) desde hace añares los Juegos del título. En cada distrito se elige, por sorteo, un joven y una joven para que los represente. Y la previa de los Juegos y la competencia misma es televisada en vivo y en directo, con el agregado de que, como en The Truman Show , la “realidad” puede ser manipulada por el “Gran hermano”. Como, por ejemplo, arrojar bolas de fuego para forzar a Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) a no desviarse del camino...

    Katniss es una cazadora, que se anota como voluntaria cuando el papelito que sacan es el de su hermana menor. Katniss es buenaza, y hasta parece incapaz de matar a nada o nadie si no es por necesidad de comida. Pero no le den un arco y una flecha, y un motivo para sobrevivir...

    El marcado interés romántico -su novio, que queda en el distrito, Liam Hemsworth; su compañero en el sorteo, Josh Hutcherson- están aquí en un lejano segundo plano. El director Gary Ross ( Amor a colores , guionista de Quisiera ser grande ) opta por sobrecargar los apuntes en contra de los mandamás de la televisión, que desean mejorar el programa forzando las cosas y complaciendo al Presidente (Donald Sutherland), que no resiste ni un signo de rebelión en la granja, perdón, los distritos.

    Por una cuestión de tiempos cinematográficos algunas cosas han cambiado. Las matanzas son menos gráficas, y el carácter de Katniss está más esbozado que remarcado. Pero sin Jennifer Lawrence, la actriz de Lazos de sangre , otra sería la historia. La película se centra en ella, en su sufrimiento por lo que ve y también lo que debe hacer.

    Filme sobre innumerables temas, entre ellos el despotismo, la solidaridad, el amor y la traición, sólo le falta ser real. Porque a Los juegos... habría que entenderla como de ciencia ficción. ¿No? «
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  • El guardia
    El guardia
    Clarín
    Gerry, un tipo genial

    Un policía irlandés, entre racista y borrachín, es el personaje con que Brendan Gleeson logra meterse al público en el bolsillo.

    El paisaje es el campo irlandés. Cerca de la costa. Unos jóvenes vienen a toda velocidad por la ruta, cambiando de carril, cuando pasan donde está, escondido, un patrullero. El automóvil vuelca. El policía se acerca, los revisa, encuentra droga. La prueba.

    Gerry Boyle es el sargento al que hace mención el título ( El guardia ), una película que, en su apariencia, sus tonos, su buen humor, la integridad de sus personajes, recuerda a otra gran película, Un tipo genial (1983). En aquella película que transcurría en Escocia, con Burt Lancaster y música de Mark Knopfler, todo era más altruista, si se quiere. Aquí, Gerry recibe la visita de un agente del FBI, ante el inminente arribo de unos narcotraficantes.

    Difícil de estimar con precisión cuál es el mayor atractivo de Gerry. Es un tipo simple. También, de ideales. Inclaudicable. Pero cuando hace comentarios de tinte racista no se sabe si es en broma u ocupan en serio su pensamiento. O directamente dice y actúa sin pensar. Gerry siente que puede llamar a unas prostitutas en su día libre, y no cambiar su determinación aún si con eso pone en riesgo la misión de detener a los narcos.

    Es que Gerry es un hombre libre dentro de un pueblito en el que la corrupción es tan amplia como el paisaje. Y tan abundante como las pintas que se bebe una detrás de otra.

    El guardia tampoco es fácil de definir. Es un thriller, pero también comedia. Y si se quiere hilar más fino, un drama sobre un hombre solitario enmarcado en una sociedad rural, empequeñecida y –él- sin futuro aparente.

    Los diálogos –cáusticos, socarrones, de inesperados remates- le confieren al relato un tono apenas disimulado de obra teatral, todo desmentido a partir del ágil manejo de las situaciones y de la cámara del novel director John Michael McDonaugh. La paleta de color que utiliza para re tratar y caracterizar los interiores y los paisajes son también muestras de un talento a seguir.

    Pero lo fundamental en El guardia es el casting realizado. El elenco es soberbio. Comenzando por Brendan Gleeson, el grandote rubio que ha pasado en general como actor de reparto (en otra novedad de este jueves, Protegiendo al enemigo , y en infinidad de títulos, con muy pocos protagónicos como éste). Gleeson hace que Gerry sea imprevisible y querible. Ya sea robándole a un niño algo que éste ya robó, como manteniendo esos filosos diálogos con el agente del FBI que compone Don Cheadle, un actor (y un personaje) que están en las antípodas, excepto por su integridad.

    Entre los narcotraficantes, Liam Cunningham (otro irlandés que también está en Protegiendo...
    ), Mark Strong y David Wilmot son por momentos como Los tres chiflados , cuando no se vuelven personajes de un film noir de la mejor cepa.

    Refrescante en todos los sentidos, El guardia es un título, si a usted le gustan los thrillers y los personajes con más de un perfil, como para no perdérselo.
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  • Protegiendo al enemigo
    Acción y tensión

    Buen thriller Con Denzel Washington y Ryan Reynolds.

    Matt está algo aburrido. Está a cargo de una casa segura en Ciudad del Cabo, un eufemismo para denominar lugares hiperrecontra seguros en los que alguna agencia del gobierno de los EE.UU. lleva a prisioneros para, ejem, interrogarlos. Matt no le cuenta nada de su trabajo a su novia francesa, y habla a la distancia con su superior (Brendan Gleeson), porque necesita un cambio. Quiere más acción.

    Y vaya que va a tenerla.

    Protegiendo al enemigo cambia drásticamente apenas cinco minutos de comenzado el relato. Un renegado de la CIA, Denzel Washington -que de Día de entrenamiento al presente demuestra que los roles de maldito le caen mejor que los de héroe-, consigue una información comprometedora para sus ex jefes. Y, siendo acosado, termina ingresando a la embajada estadounidense en Sudáfrica. Deciden trasladarlo a la bendita casa segura donde Matt lo recibe. De allí no podría escapar, ni tampoco los malos de turno secuestrarlo.

    ¿O sí? La acción trepidante y las vueltas de tuerca son el plato que mejor sirve el director chileno Daniel Espinosa. Para tener al espectador al borde de cada situación extrema que plantea el filme, es necesaria una edición, un montaje rápido y efectivo, y un manejo de cámaras acorde. Sobre esos dos pilares se asienta la narración de Espinosa.

    Que ambos personajes puedan pasarse 72 horas sin dormir y continuar peleando como si salieran del banco de suplentes es sólo un dato menor. Lo que cuenta es el entretenimiento, los choques de automóviles, las balaceras, las peleas cuerpo a cuerpo, ese ritmo del que hablábamos antes y la atención y tensión que se genera desde la pantalla.

    Acompañado en el elenco por Sam Shepard, Vera Farmiga y Liam Cunningham, Ryan Reynolds es el carilindo con buenas intenciones que nunca falla en un producto de Hollywood, como contraposición o sobrepeso del personaje de Washington. Uno experimentado, otro un aprendiz -como en D
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  • Enter the Void
    Perdidos en Tokio

    Gaspar Noé y un alucinante viaje entre drogas y dolor por la noche.

    Gaspar Noé hace de la provocación una manera de filmar. O, si se quiere, su manera de filmar es provocativa. Alejándose del esquema narrativo de Solo contra todos , su opera prima, y del relato contado desde el final hacia el comienzo en Irreversible , ahora en Enter the Void vuelve con su cámara giratoria, grúas increíbles y tomas supinas (con la cámara encuadrando desde lo más alto) para contar una historia pequeña en cuanto a la trama, que demanda 160 minutos de la atención del espectador.Como siempre, las relaciones familiares son troncales, sean padre e hija, pareja o, como aquí, hermano y hermana. En una Tokio nocturna, Oscar es un joven dealer, que consigue una cantidad de dinero como para invitar a su hermana, bailarina de caño, a Japón. La cosa no empieza bien, ya que en una entrega frustrada Oscar termina con un balazo en un baño de un nightclub.Y como de niños, cuando sobrevivieron un terrible accidente automovilístico en el que sí murieron sus padres, se prometieron “nunca dejarnos”, “nunca jamás”, el alma de Oscar deambulará y sobrevolará la ciudad, siguiendo a Linda.Lo de la provocación y el efectismo vienen no tanto del despliegue técnico (un soberbio manejo de cámaras e iluminación, extensos planos secuencia, todo creando un ambiente entre ominoso y opresivo) sino de las escenas de sexo ¿real?, la práctica de un aborto con el cuerpito luego en primer plano y el plano de un pene ingresando en una vagina visto “desde adentro”.Entre viajes alucinógenos, producidos por ácidos, DMT y otros químicos, la película es como un tour por el Planetario. Algunos verán un filme visionario; otros, una reflexión sentida sobre un (sub)mundo real, contado sin tapujos en un ritmo trepidante. Y otros huirán despavoridos.Personajes en posición fetal, mucha oscuridad, sexo sin placer y un gusto por lo circular que se aproxima a la obsesión: un cóctel explosivo, pero para pocos.
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  • Dormir al sol
    Qué vida de perros

    La novela de Bioy Casares tiene un cuidado correlato en la mirada de Alejandro Chomski.

    El universo de Bioy Casares es más o menos difícil de trasladar a la pantalla -recordar El sueño de los héroes , de Sergio Renán-, en particular el de Dormir al sol . Es el tipo de relato en el que las sutilezas enmarcan una trama con sorpresas, más que vueltas de tuerca. De esas narraciones que se disfrutan más y mejor a medida que se van desarrollando y abriendo los ojos al lector/espectador.Por ejemplo, ¿qué es esa cámara subjetiva de un perro, casi al comienzo? Lucio Bordenave -una de las mejores composiciones de Luis Machín en el cine, pareja con la de Felicidades , de Lucho Bender-, huérfano desde chico, trabajaba en un banco, pero ahora desempleado, es un relojero. Casado con Diana (Esther Goris, irreconocible estando tan contenida), escucha la siguiente pregunta de otro personaje: “¿De vuelta mal de los nervios?”, le dicen en referencia a su esposa. Es que Diana -¿quién no conoció a una perra con ese nombre?- tiene la teoría de que los perros hablan.Y como hay gente que no entiende, no comparte esa filosofía, Diana termina internada en el Instituto Frenopático, contra la voluntad de Lucio. Ya la tuvo internada en otros lugares y bajo otras circunstancias. Pero accede: él también advierte que Diana no está del todo bien de la cabeza.De a poco, Lucio notará que loque sucede a su alrededor tampoco condice con lo que algunos denominaría normal. ¿Qué es normal? Su cuñada (Florencia Peña) no hace otra cosa que intentar seducirlo. El doctor Samaniego (un Carlos Belloso que el cine debería aprovechar más) le responde con ambivalencias cuando él quiere saber cómo está su esposa. ¿Qué está pasando? La riqueza del filme de Alejandro Chomski radica en la creación de atmósferas y la (re)creación de época -Parque Chas, sin tiempo especificado, serían los ‘50-. En pocas películas la ambientación cobra la fuerza necesaria para acompañar y no reforzar lo que se está contando.El relato tiene un momento, un clic, en el que como solía decirse hay que creer o reventar. Optamos por lo primero, no sólo por una cuestión de supervivencia, sino porque a la sonrisa que acompaña la comprobación de lo que se intuía, le sigue un desenlace acorde con lo que venía pasando.“No confundas tristeza con locura” es una de las pocas frases que, tras la visión del filme, perdura en el recuerdo. No interesa quién la pronuncia, pero está allí el centro de la cuestión. Como toda buena película, Dormir al sol permite más de un interpretación, más de una mirada.Cada cual con lo suyo, cada loco con su tema.
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  • ¡Esto es guerra!
    Esa rubia debilidad

    Dos agentes de la CIA se enamoran de la misma mujer.

    Hay mucho del cine que Hollywood producía por los años ‘70 en ¡Esto es guerra! Combinación de comedia y acción, con dos galanes detrás de la chica, confusiones y engaños propios de las obras teatrales en las que los personajes entran y salen por distintas puertas al escenario, es una película sin otra pretensión que la de divertir, una buena excusa como para salir, compartir un buen momento y listo.Claro que los tiempos han pasado, y lo que hubiera sido una película apta para todo público para llevar a los chicos, hoy tiene unos gags más subidos de tono y un toque sexual como para que los chicos hagan preguntas inconvenientes.Dos amigos, agentes de la CIA, terminan “castigados”, alejados de la escena de acción y confinados a dos escritorios cuando debían apresar a dos hermanos en una fiesta en Hong Kong, uno muere al caer desde un alto edificio y el otro juramenta venganza. Claro, ellos no lo saben.Y da la casualidad que cuando Tuck (Tom Hardy, el próximo villano de Batman) conoce vía un sitio de citas a Lauren (Reese Witherspoon), su amigo FDR (Chris Pine) se la cruza en un ¡videoclub! (esto es para los que piratean las películas), sin saber que es la mujer por la que Tuck ha quedado perdidamente enamorado.Y cuando cada uno descubra que la chica que quiere conquistar está en la mira del otro, tras elegantemente decidir hacerse a un costado, terminarán entablando una guerra sin cuartel, estableciendo reglas. la primera: no tendrán sexo con Lauren...Witherspoon, la actriz de Legalmente rubia , muestra todos los dientes blancos de su boca tamaño buzón y sus morisquetas. Mucho más compenetrados, si cabe el término, están Hardy -un primo lejano de Daniel Craig-, que no es lo que se dice un comediante nato, pero sí un actor visceral, al que el papel por momentos pareciera quedarle chico, y Pine, en el rol del egocéntrico.Pero la cuestión no pasa por saber quién se queda con la chica, o mejor, a quién elige la chica, ya que sale con los dos. El director McG -el mismo de las dos Los ángeles de Charlie - sabe cómo sazonar la acción en la comedia y la comicidad en las escenas de tiros. O sea: está todo bien cocinado para comer rapidito, sin tener que eructar, pero tampoco como para repetir.
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  • Un dios salvaje
    Discusiones de (y entre) parejas

    A sus 78 años, a Roman Polanski le sientan bien, muy bien, los ambientes de encierro.

    Cómo le gusta, le sienta bien a Roman Polanski moverse en ambientes opresivos. Sean reducidos por espacio ( La última puerta ) o como en El inquilino , o por momentos en Repulsión , cuando las paredes forman parte del acoso que sienten los protagonistas. No había por qué imaginar que al trasladar Un Dios salvaje , la pieza de Yasmina Reza, no iban a quedarse él, con sus cuatro personajes (y el espectador) encerrados en un cuarto.

    Tal vez al estilo de su La muerte y la doncella , sobre la obra de Ariel Dorfman, la adaptación de Un Dios salvaje es terribemente fiel al orginal. De hecho, la hicieron Polanski y Reza... Alguna que otra línea de diálogo, un paso por el baño en suite de los Longsteet, la pareja que recibe al matrimonio Cowan, o el pasillo del edificio, rumbo a los ascensores, son los únicos atajos con que el director de Barrio chino planea airear la trama. Por el resto, queda todo igual, excepto la apertura y el cierre: el filme abre en un parque y se ve, de lejos, la agresión de un chico hacia otro, que es la base en la que se sustenta la obra y el motivo por el que ambas parejas se encuentran. Allí y en el desenlace –para ser estrictos, el final “cambia”- son los únicos momentos en que se escucha la música de Alexandre Desplat.

    Lo que parece ser una mera reunión para conciliar posiciones entre los padres del niño agredido y los del agresor, que son los visitantes, da lugar a un campo de batalla.

    Contradicciones, autoritarismos, irritación, egoísmos, ánimos conciliadores, apoyos, provocaciones: todo sucede en la continuidad de los 75 minutos reales y corridos en ese living del departamento. Cuando la dueña de casa, Penelope (Jodie Foster), sienta que alguien amenaza su orden o principios, mostrará las uñas. Las mismas que tiene bien ocultas su esposo (John C. Reilly), mientras Nancy (Kate Winslet) parece componer las cosas y su esposo (Christoph Waltz) no deja de habla por el celular.

    Y allí hay una diferencia notoria, ya que Polanski elige recortar con primeros planos a Waltz, cuando en el teatro sus conversaciones eran siempre a un costado de la escena. La escenografía es cargada.

    “¿Por qué sos agresivo?” tiene por respuesta “Soy sincero”. Entre momentos de absurdo (ayudados, no sostenidos, por el consumo de alcohol) y complicidades de género, la obra llega a su fin y nos quedamos pensando en la sinrazón de tanta pelea, y el póker de grandes actuaciones que han quedado allí, encerradas entre cuatro paredes.
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  • Drive
    Drive
    Clarín
    Peligro al volante

    Con Steve McQueen en el retrovisor, Ryan Gosling compone a un conductor de temer, por más de un motivo.

    El de Drive es un caso testigo de cómo un relato que, por su trama, puede pasar tranquilamente desapercibido, y a partir de una puesta en escena entre seca y vibrante termina siendo atrapante. Negocios sucios en una película bien clase B, pero con el brillo de un equipó de Primera A.

    El protagonista es un tipo sin nombre, ni pasado, pero con el rostro del canadiense Ryan Gosling. El conductor -llamémoslo así- se gana la vida manejando automóviles en escenas de riesgo en Hollywood. Es “un trabajo de medio tiempo”, como dirá las pocas veces que quiera abrir la boca. El resto, lo pasa en un taller o hace otros trabajitos detrás de un volante. Como llevar malhechores en plena huida tras un robo. Pero el conductor no planea los robos y ni siquiera lleva un revólver. El sólo abre la puerta del auto, y maneja en las fugas. Los primeros 9 minutos de la película ya valen el precio de la entrada.

    El personaje es otro dentro del auto, pero no como si se transformara, sino como si sentado al volante fuese él, y afuera, no.

    Y afuera es donde conoce a Irene (la inglesa Carey Mulligan, de Enseñanza de vida y Nunca me abandones ), vecina con hijito del hotelucho donde vive, y a cuyo esposo ayudará cuando éste salga de prisión.

    Adivinen en qué consistirá la ayuda.

    Originalmente, Drive -que le valió exageradamente a Nicolas Winding Refn el premio al mejor director en Cannes 2011- iba a tener otro protagonista (el australiano Hugh Jackman) e inclusive otro realizador. Por fortuna el danés se hizo cargo del proyecto -como antecedente, en su filme anterior, Valhalla Risng , Mads Mikkelsen era un luchador... mudo- y siguió adelante con esta producción hollywoodense, pero sin restarle su rasgo de cine de autor, alejándose de lo que pudo ser un émulo de Rápido y furioso .

    Las cámaras lentas, los decorados de los cuartos del hotel, los juegos de luces y sombras proyectadas, el escarbadiente en la boca y la campera con un escorpión dorado, todo está teñido de un mismo tono y paleta. El color que pasará a predominar -el rojo- llegará cuando comience el baño de sangre, aquello que aleja a Drive del producto exquisito o pasteurizado con que algún productor habrá soñado, para ganar en carne y bravura.

    Por más que trate de disimularlo, Gosling se fijó en Steve McQueen y le agregó algo de locura salvaje. El actor de Diario de una pasión y Secretos de Estado se luce y gana en cada confrontación, sea con Albert Brooks, Ron Perlman o Bryan Cranston. Porque da la idea -e infunde miedo- de que, en cualquier momento, ese taciturno y silencioso personaje, aunque cruzado de brazos, está por explotar.
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  • El topo
    El topo
    Clarín
    De éstas, ya no se hacen más

    Thriller como se hacían en la época de la Guerra Fría, con un elenco excepcional.

    Películas como El topo ya no se hacen más. Ambientada en 1973, parece rodada en ese año. Y entiéndase lo antedicho como un elogio, no una crítica.

    Basada en el best seller de John Le Carré, la trama es una intriga de precisiones milimétricas, intrincada, que necesita de la atención del espectador, que no podrá distraerse, claro, con el balde de pochoclo.

    En el Servicio de Inteligencia británico hay una manzana podrida, como grafica Control (John Hurt). Hay que encontrar a quien los rusos (estamos mucho antes de la caída del Muro) han infiltrado, y tienen como aliado en el Circo, como se denomina al Servicio. Control, que era quien llevaba adelante la búsqueda de manera clandestina, es despedido junto a George Smiley (Gary Oldman), pero la muerte del primero lleva a una investigación. Que le encargan al segundo, y en la que hay cinco sospechosos. Y uno de ellos es Smiley.

    Lo primero que hay que advertir es que el actor del Drácula de Coppola, el malvado de El perfecto asesino , está a kilómetros de esos personajes que, con gestos grandilocuentes, se apoderaban de la pantalla cuando el actor inglés aparecía en ella. Aquí Oldman está como detrás del personaje. Ni un grito, un exabrupto, nunca altisonante: maquillado como un tipo mayor a lo que es (tiene 53 años), y con anteojos y casi siempre de corbata, Oldman es el corazón del relato, siguiendo (y despistando) al espectador en cada tramo de los vericuetos, los viajes por Europa y los saltos temporales.

    Lo segundo es la presencia del director sueco Tomas Alfredson (la muy elogiada Criatura de la noche , que no era una mera película de vampiros, por cierto). Evidentemente, el realizador puede saltar del cine de género a lo que le plazca, adaptar la novela como le convenga y manejar las intrigas y los datos relevantes sin remarcarlos, con sutileza. Es un ejercicio bárbaro para el público habituado a que le sirvan todo previamente digerido y hasta regurgitado. Aquí, el que no presta atención, pierde.

    Alfredson vuelve a una misma secuencia para revelarnos (ahí, sí) lo que sucede desde diferentes ángulos, y utiliza una paleta cromática, con grises y ocres que le calza perfecto al relato. Y a diferencia de la miniserie de 1979, de John Irvin, con sir Alec Guinness, no se queda en los detalles: va a las entrañas.

    Y lo tercero es el elenco que acompaña a Oldman, cuyos silencios son tan imprescindibles como sus comentarios con cinismo. Entre los miembros del Circo están Colin Firth, Ciaran Hinds, Toby Jones, David Dencyk. Y en papeles no menores, Benedict Cumber- batch, Mark Strong y Tom Hardy.

    En definitiva, lo que plantea El topo (o Tinker Tailor Soldier Spy como es el libro original) es advertir qué importa más, si la caza en sí misma o saber si se aprehende a la presa. La respuesta queda en cada uno.
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  • El Artista
    El Artista
    Clarín
    Habla, mudito

    Homenaje al cine de Hollywood, con una historia de amor tragicómica.

    Ya en la proyección para la prensa, en Cannes, un domingo a la mañana, llamó la atención la sala Lumière colmada. ¿Pero si los cronistas franceses suelen ver antes que nadie las películas de su país, por qué tanta conmoción? El artista llegó en puntitas de pie, y se fue ganando críticos y público, y cuando los Weistein le echaron el ojo para su distribución en los Estados Unidos, el moño del paquete se terminó de anudar. Y hoy El artista no sólo es la película que hay que ver, sino la muy probable ganadora del Oscar.

    Pero ¿qué tiene esta película en blanco y negro, muda pero sonora, para generar tamaña expectativa? Una excelente campaña de marketing, eso es seguro, y también cierto homenaje al Hollywood de antaño en particular y al cine en general.

    No a la manera de La invención de Hugo Cabret : allí donde Scorsese hace lagrimear en buena ley, apelando al sentimiento, Michel Hazanavicius prefiere el tic, el gag, guiño cuando no la parodia.

    Y no está nada mal: ¿o acaso hoy no sorprende, viendo los resultados, que una estrella como el protagonista del filme se haya negado a trabajar en las películas “habladas”, porque “Yo soy al que vienen a ver; nunca necesitaron escucharme”? George Valentine (un Jean Dujardin con el carisma que tenía un Douglas Fairbanks, bigotito precoz, sonrisa compradora, un prodigio de la gesticulación, un Oscar posible) triunfaba sin problemas en el Hollywood de los años ‘20, hasta que la Gran Depresión asomó, y el nacimiento del cine sonoro le restó aquel público que le era fiel.

    La fidelidad es uno de los temas de El artista . Peppy Miller (la argentina Bérénice Bejo, también brillante) era nadie hasta que se topó con George. Y de la nada empezó a escalar en los créditos de las películas, hasta ser toda una estrella. George le dijo qué tenía que hacer para ser una actriz, y no ser nadie. Uno baja, la otra sube. Es la historia tragicómica de un amor.

    El artista es también otra historia, la de un amor no consumado; la de un matrimonio que no funciona; la de la relación de George con su mucamo y chofer -símbolo de lealtad y confianza-; y la de la tozudez de un hombre, que Hazanavicius remarca con trazos más gruesos que los que pintaría una brocha.

    El director es hábil, tiene lo necesario para activar los mecanismos de sentimiento en cualquier corazón cinéfilo y lo explota bien. Si algo le falta a la historia es, precisamente, historia. Como gag, como chiste, El artista funciona a las mil maravillas. Uno lo ve, se divierte, pasa un rato entretenido y ya está.

    Hay gags muy pero muy efectivos (George se sorprende al comenzar a escuchar sonidos en su vida real en cuanto le dicen que el cine silente está por morir), y una veneración por el género a la que es fácil adherir.

    De ahí el éxito sorpresivo del filme francés que homenajea a Hollywood, quien probablemente termine homenajeando al cine francés. Todo queda en casa.
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  • La dama de negro
    Casa con sorpresa

    Producción de la Hammer, en una casa con presencia siniestra.

    Daniel Radcliffe ya sabe cómo mirar fuera de campo (del campo que abarca la cámara) y parecer aterrorizado. Si Harry Potter le dio algo, además de fama y dinero, es eso. Así que no es de extrañar que el primer protagónico que aceptara después de terminar la saga del mago fuese el de La dama de negro , no en el rol del título, sino en el del abogado que traga lo que le queda de saliva y se interna en una mansión convenientemente lúgubre y alejada, a rastrear los papeles para una sucesión.

    Bajo el logo de la Hammer, la productora que dio clase sobre lo que el cine de suspenso y horror debía tener en la época de oro del género -no el actual en el que el gore se impone y lastima, sobre todo, los ojos y la credibilidad del espectador-, La dama de negro tiene sus contribuciones para recuperar la confianza.

    La historia es básica, pero con bemoles a medida que se va desarrollando. Arthur Kipps (Radcliffe) es un abogado viudo, con un pequeño hijo, al que envían a Crythin Gifford, a la mansión mencionada, y si no encuentra lo que le demandan para hacer la liquidación de la mansión, tras la muerte de su dueña, y así poder venderla, se quedará sin trabajo. Eso explica por qué, por más que sienta presencias ominosas, ruidos y demás, el tipo sigue buscando (solito y solo) en esa casona a la que las mareas suelen dejar incomunicada cuando crecen, y a la que nadie se atreve a acercarse en el pueblo victoriano.

    ¿Por qué? Fácil sería contarlo, pero mejor es que el lector lo averigüe por sí mismo.

    Los resortes del género vienen siendo los mismos desde sus orígenes –para asustar y lograr que el espectador salte de su butaca- y podrá variar (o no) la sagacidad de los guionistas para que también haya algo de intriga y se sazone mejor la historia. La película está más o menos dividida en dos mitades (presentación del personaje, llegada de los primeros temores y muertes/suisidios de varios niños), y es en la segunda donde el ritmo se acelera, sin llegar a desbocarse. La atmósfera gótica, los tonos grises y opacos de la iluminación, le sientan perfecto a la historia.

    El joven James Watkins, que debutó con Eden Lake , filme de otro estilo de terror (una pareja es acosada en un lago por adolescentes), entre crujidos y sombras, brumas y padres que sobreviven a sus hijos, supo cómo generar ansiedades en el espectador. Y así, la novela de Susan Hill, de 1983, con adaptaciones teatrales y televisivas varias, pega el salto a la pantalla grande con ímpetu propio.

    Acompaña a Radcliffe –a quien deberemos acostumbrarnos a verlo como adulto joven, para lo que, por cierto, aún le falta madurar en todo sentido- el irlandés Ciarán Hinds, cuyo rostro suele cubrir como máscara personajes conflictuados, cuando no roles de malvado, en otra sorpresa dentro de un filme que, sí, asusta en buena ley.

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  • La invención de Hugo Cabret
    La emoción de aquellos pioneros

    Martin Scorsese realiza en su primer filme “para la familia” y en 3D un entrañable homenaje al cine.

    De un mago a otro, de un artista pionero a uno que tomas las herramientas heredadas de aquél, más las nuevas del 3D para realizar un enorme, magnífico y emocionante homenaje al cine.

    La invención de Hugo Cabret está hecha por y para quienes sienten que el cine es el reflejo de sus vidas íntimas, que lo conectan con sus propias vivencias y emociones.

    Martin Scorsese tributa a Georges Méliès basándose en la novela gráfica de Brian Selznick. Hugo (un maravilloso Asa Butterfield) es un chico de 13 años, huérfano, que vive solo entre las alturas de los relojes de una estación de trenes parisina, por los años ’30. Su tío borrachín aceita los relojes, y andar entre mecanismos de precisión es algo que corre por la sangre de la familia. El padre de Hugo (Jude Law) era relojero, y en un museo había encontrado un autómata abandonado, que necesita reparación. El padre muere sin poder arreglarlo, dejando unas instrucciones que Hugo atesora como el mapa de un tesoro. Cuando éstas lleguen a las manos de un hombre mayor (Ben Kingsley), que tiene un puesto en la estación de trenes en la que remienda juguetes, resurgirá, cómo no, la magia.

    Algunas criticas han develado cierta información que, si bien sorpresiva, el espectador la advierte promediando la proyección, y quien esto escribe no cree necesario revelar. Sin ella, es más natural el adentrarse en la historia, es como dejarse llevar por los magos que nos asombran con cada paso que dan. Por qué perder esa fascinación.

    Sí podremos hablar del fantástico mundo que ha pergeñado Scorsese, con varios de sus habituales colaboradores, como el iluminador Robert Richardson y su montajista de toda la vida, Thelma Shoonmaker. Uno es clave en la transformación y ambientación de la estación de tren, sea entre los andenes o las galerías, o ya entre los mecanismos de relojería, y otra es herramienta fundamental para recrear el mundo del cine mudo.

    Hay mucho de Dickens, y no sólo por la irrupción del a primera vista maléfico inspector de la estación (al que Sacha Baron Cohen, con pierna ortopédica chirriante, sabe sacarle el mejor jugo), que persigue huerfanitos o ladrones para llevarlos a un orfanato. Hugo mismo es un ser dickensiano, e imposible de no tener empatía con él. Por varios motivos. Está solo, no tiene familia, descubre una amiga (la ahijada del personaje de Ben Kingsley) y apretuja esas instrucciones de su padre como único y último recuerdo que tiene de su ser amado.

    Si la película tiene muchos apuntes scorseseanos (el amor por el cine y la necesidad de preservar las películas originales es el más directo y atendible), no habrá quien mire al filme con extrañeza antes de sentarse en el cine. ¿El director de

    Taxi Driver y

    Toro salvaje detrás de un filme familiar, y en 3D? ¿Y por qué no? La utilización del 3D es similar a la que realizaron Spielberg en

    Las aventuras de Tintín y James Cameron en

    Avatar : necesaria, no superflua. Es una invitación a recordar los primeros pasos del cine, y cómo experimentamos eso que nos hace aún hoy en día suspirar en la oscuridad de una sala.

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  • Los descendientes
    Allí donde pertenecemos

    Magnífica comedia dramática con George Clooney sobre el amor en sus infinitas formas.

    Estábamos hablando del amor”, se dice en un momento de esta comedia de trazos negros de Alexander Payne. Y es una de las mejores síntesis que puede hacerse sobre Los descendientes , un tipo de comedia dramática adulta. Adulta por los temas que aborda (el ya apuntado amor, y sus infinitas formas, el adulterio, la posibilidad de perder a un ser querido por enfermedad, el egocentrismo, la cobardía, las raíces, la identidad) y por su tratamiento.

    ¿Cuántas veces se está ante una película con la que se pueda conectar desde varias aristas? Payne se está convirtiendo, lejanos los tiempos de Election , en un director especializado en relaciones de pareja. En Las confesiones del Sr. Schmidt , Jack Nicholson -cuya pareja moría y tenía, casi por primera vez, su misma edad- se encontraba descubriéndose a sí mismo. Ahora, tras siete años sin dirigir luego de Entre copas , adaptó una novela en la que Matt (George Clooney), de ancestros reales hawaianos, se encuentra de buenas a primeras con que debe hacerse cargo de algo con lo que nunca había querido: su familia. O sus hijas, que viene a ser lo mismo luego de que su esposa sufrió un accidente náutico y esta en estado de coma vegetativo. Con su hija menor, Scottie (10) hace siete años que no tiene una salida a solas, y Alexandra (17) está pasando por esa etapa adolescente en la que confronta todo y es capaz de ser tan filosa como hiriente.

    Y Matt debe decidir qué hacer con la herencia que administra, suya y de todos sus primos, hectáreas cuya venta en Hawaii dejarían 500 millones de dólares. En eso está cuando su hija le arroja en la cara que su esposa lo estaba engañando con otro.

    En Los descendientes los personajes femeninos tienen una fuerza y entereza que les falta a los masculinos. Mattie es, a toda vista, un cobarde. Inmiscuye a Alex en la búsqueda del amante de su madre cuando debía hacerlo él solo. Pero también es cierto que se comporta como un caballero con su suegro, que uno adivina lo ha maltratado durante los últimos 20 años.

    Decíamos que el tema del filme es el amor. Matt irá cambiando de parecer a medida que los hechos se le vayan precipitando. Es el protagonista casi absoluto y el guión le confiere escenas individuales con sus hijas, su suegro, una pareja amiga -más de su esposa que de él- para que cada secundario gane su importancia, pero siempre terminan actuando en función de la construcción del personaje central.

    Y que sea George Clooney el engañado no deja de ser un giro en la carrera del actor, que si bien repite algunos tics que le vienen de fábrica, está frente a un desafío dramático del que sale muy bien parado y la opción del Oscar al que aspira suena como muy posible. Y merecido, si lo gana.

    Payne supo cómo sacar de Clooney aspectos que sólo habíamos intuido en él. Shailene Woodley (Alex) es otra perla dentro de un relato en el que las risas y las lágrimas fluctúan, con preponderancia de las primeras.

    La familia, también se escucha, es como un archipiélago: islas separadas y en soledad, pero que se necesitan juntas. Payne muestra que el auténtico amor familiar puede ser tan atrapante como un documental sobre la Antártida.
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  • Inmortales
    Inmortales
    Clarín
    Toda la sangre derramada

    Tarsem Singh dirige esta épica y violenta película de acción y aventuras que transcurre en la Antigua Grecia.

    Los productores de 300 están detrás de Inmortales , y se nota. También es fácil advertir que quien no está detrás de Inmortales es Zack Snyder, el director de 300 . En síntesis: la idea de que unos pocos puedan vencer a unos muchos, en tierras ya mitológicas como la antigua Grecia, con Zeus tomando partido, no tiene el desparpajo visual y cuasi visionario de Snyder, pero tampoco está mal y es netamente superior a Furia de titanes , con la cual puede compararse el filme de Tarsem Singh. El indio ya dirigió Mirror, Mirror , uno de los dos títulos sobre Blancanieves que veremos este año, con Julia Roberts como la madrastra malvada, así que las superproducciones no le dan temor.

    Pero volviendo a Inmortales , Teseo (Henry Cavill, el nuevo Superman de... Snyder) es el humano bastardo –dicho con todo respeto- en el cual Zeus tiene depositadas sus esperanzas. Zeus, cuando viste de civil y tiene el cuerpo y la voz del gran John Hurt, es una cosa. Ahora, cuando habita los cielos y es más joven y viste de dorado, con el rostro de Luke Evans... es otra.

    Bien, Teseo será quien enfrente al malvado rey Hiperión (Mickey Rourke, que se nota que está feliz interpretándolo, un poco más contenido que como lo hubiera hecho hace unos años), quien no sólo quiere conquistar Grecia sino acabar con los Dioses, en plan netamente vengativo. Para ello debe encontrar a Fedra, la pitonisa, que encima es virgen (Freida Pinto, de Slumdog Millionaire ) para conseguir el arco de Epiro, con el arma liberar a los Titanes, y acabar con la humanidad. O casi. Si se perdió, no importa, porque en la película se lo explican varias veces.

    Es que es tanta la parafernalia de combates en 3D que, bueno, al espectador menos atento puede escapársele parte de la trama.

    Entretenimiento al fin, no apto para los más chicos, ya que la violencia la acerca más a 300 que a Blancanieves, Inmortales tiene en su público a aquellos que son adictos a las escenas de batalla interminables, con sangrienta acción y poco texto. Entre los esclavos que están del lado de Teseo está Stephen Dorff, al que cuesta reconocerlo, algo alejado de Somewhere , de Sofia Coppola, y más cerca de Blade, el cazavampiros .
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  • Alvin y las ardillas 3
    La isla del tesoro

    Las cantantes se pierden de vacaciones.

    Si usted está leyendo esta crítica es porque tiene hijos, nietos, sobrinos o primitos que ya le pidieron que los lleve a ver esta película, o por suerte mantiene el alma de un niño a la hora de elegir una salida al cine.

    Si es de los primeros, probablemente le hayan contado (o haya visto alguna de las aventuras anteriores) acerca de estas ardillitas parlantes. Si es de los segundos no hace falta que le cuenten nada, porque la trama es lo de menos.

    Es que Alvin y las ardillas está estructurada -salvando las diferencias- de manera similar a los dos tanques que se estrenan también hoy, la nueva Misión: Imposible y Las aventuras de Tintín : son escenas concatenadas que tienen, por sí mismas, su propio valor y atracción, sean de acción o de comedia, en el caso centradas en las piruetas de las ardillitas.

    Dave (Jason Lee, que sigue incólume en la saga cada dos años) se va de vacaciones, con las ardillitas varones cantores y las ardillitas hembras que se sumaron en la secuela. Todos se suben a un crucero, pero allí Ian, el empresario discográfico que es más malo que Berlusconi, arruinado por culpa de Dave, se gana la vida entreteniendo pasajeros disfrazado de pelícano. Como Alvin no puede parar de hacer de las suyas -o sea, meterse él y a los otros en problemas-, todos terminan en el océano.

    Pero como se ve que a nadie le importaba demasiado Dave, las seis ardillitas o el pelícano humano, no les tiran ni un salvavidas, y todos van a parar, por separado, a una isla. Que estaría desierta, pero no. Y en la que -que no se enteren los chicos- hay un viejo tesoro en una gruta.

    Al mando de la película está Mike Mitchell, que supo ir de Gigoló por accidente , típico filme para lucimiento excluyente de un protagonista, el comediante Rob Schneider, hasta ponerse sobre los hombros Shrek para siempre , la última aventura del ogro verde. Y ante el consabido prejuicio de a ver qué hicieron ahora con las ardillitas cantantes , habrá que sincerarse y decir que el producto no está mal, no bastardea ni nivela para abajo, que tiene los resortes habituales para que los más pequeños se rían y diviertan. Además de las canciones ardillescas y algún que otro guiño para que usted no se duerma.
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  • Las aventuras de Tintín
    Spielberg lo hizo de nuevo

    El espíritu de los viejos seriales renace en esta animación 3D.

    Y Spielberg lo hizo de nuevo. Con Los cazadores del Arca perdida apeló al viejo y bienamado cine de aventuras, se nutrió de la esencia misma de los seriales y le dio vuelta como a un guante a la manera de contar las películas de aventuras -más que de acción-. Eso fue hace... 30 años.

    Y ahora echó mano a un personaje querido por muchos amantes del cómic, algo así como un antecesor en el tiempo real de lo que fue -y es- el doctor Indiana Jones. Tintín es un noble aventurero, creado por el belga Hergé, de quien Spielberg, dice el propio director, no tenía noticias.

    Pues bien, para la primera película en animación que realiza, con captura de movimientos, Tintín es un as en la manga, un personaje inteligente, intrépido y fascinante que salta del papel a la pantalla con rasgos muy similares e igual ímpetu trotamundos.

    El parentesco con Indiana es fácil de advertir. Saben deducir al instante lo que para otros demandaría horas y cuentan con un espíritu de lealtad, valor y altruísmo que los hermana. Y la atmósfera que se respira, también.

    Pero Tintín, muy popular en Europa, era casi un desconocido para los estadounidenses. Y Spielberg y Peter Jackson, que obra aquí como coproductor, y dirigirá la segunda aventura del periodista del jopo rebelde, adaptaron no un libro -el que da el título al filme-, sino ése y otros dos más, El cangrejo de las pinzas de oro y El tesoro de Rackham el rojo . Y por si fuera poco, en esta primera debía presentar no sólo a Tintín, sino a Milou, el perrito que lo salva de más de un problema, sino al Capitán Haddock, a Hernández y Fernández...

    La trama tiene a nuestro héroe adquiriendo en la calle una maqueta de un barco (el Unicornio), sin saber que en su interior se esconde una clave que, de conseguir otras, llevarán a un tesoro. Así es que conocerá a Haddock, pariente lejano de quien tuvo que ver con el asunto, y juntos partirán a la aventura, con el malvado Sakharine haciendo lo imposible por quedarse con la fortuna.

    En el plano narrativo, Spielberg maneja la cámara virtual como si fueran sus ojos, su propia mirada. Por momentos Las aventuras de Tintín es una montaña rusa imposible de detener. Gracias a los avances en la animación -hay un plano secuencia con Tintín y Haddock en plena persecución que ya ingresó a la antología del cine- todo parece posible.

    La pregunta de por qué resulta menos creíble lo que hace Tintín, que lo que hace Ethan Hunt (Tom Cruise en Misión: Imposible ) tiene que ver con el acostumbramiento que tenemos como espectadores con el cine de animación. Hay cuestiones de perfeccionamiento (las miradas siguen siendo un déficit en el cine animado) que alguna vez se saldarán. Quién sabe, tal vez cuando se cierre la trilogía de Tintín nos dan otra sorpresa. Por de pronto, ésta es divertida desde el primer fotograma hasta el último, con un 3D bien aprovechado. Una joyita.
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  • 50/50
    50/50
    Clarín
    ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

    En tono de comedia dramática, un joven pelea contra una enfermedad.

    No, no puede ser.” Adam le responde al médico que, casi impasible, le dice que el diagnóstico que tiene que darle es el de un cáncer, extraño y fascinante. ¿Fascinante para quién? “No fumo, no bebo... Reciclo”, se defiende el joven productor de radio, que a los 27 años siente que ese dolor de espalda se está transformando en la mochila más pesada que se hubiera podido imaginar. Adam ya no escucha más.

    50/50 es una comedia dramática, algo no demasiado habitual con un tema de fondo como el que tiene. Los apuntes humorísticos de la historia -que está basada en un hecho real que le sucedió al guionista Will Reiser- los aporta más Kyle, el amigo de Adam, que interpretado por Seth Rogen ( Ligeramente embarazada , El avispón verde ) uno sabe que tendrá un chiste cada vez que abra su bocota. Así, 50/50 es mitad comedia, mitad drama, además del porcentaje que tiene Adam de curarse. O no.

    La película plantea otra dicotomía: parece estructurada a partir de enfrentamientos. Tomemos a la terapeuta inexperta a la que cae Adam (Anna Kendrick, de Amor sin escalas ). Ambos son inexpertos en lo que están viviendo, pero hasta parecen contrapuestos ante la enfermedad. O Kyle y Rachael, la novia de Adam (Bryce Dallas Howard). Todo esto, sobre todo la aparición de gags y sonrisas donde uno imaginaría lágrimas, descontractura al filme.

    A medida que Adam vaya avanzando en su tratamiento (“parezco Voldemort”, dirá ya pelado) y tratando de alejarse de una operación, conocerá otros personajes que están atravesando como él la quimioterapia, y el director Jonathan Levine continuará apelando al humor. Scons de marihuana, sexo ocasional, y más. Pero no todo podía seguir así hasta el desenlace. Esperen a los últimos veinte, veinticinco minutos, y verán cómo 50/5 0 se transforma en lo que finalmente quedará en el recuerdo del espectador.

    Joseph Gordon-Levitt ( 500 días con ella , Arthur en El origen ) ofrece todas las aristas que el personaje le permite, hasta la eclosión cercana al final. Es un rol difícil y sabe cómo congeniar el dolor, la (des)esperanza y la sorpresa ante cada cambio que experimenta Adam.

    Algún personaje muy macchietado (el de la madre, de Anjelica Huston) y ciertas frases célebres (“vive el presente”, “no puedes cambiar a tus padres, pero sí tu actitud”) son el contrapeso de una película en la que las emociones fluctúan, pero no por indecisión, sino por elección.
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  • Un zoológico en casa
    Todos unidos triunfaremos

    Matt Damon convence a sus hijos y los empleados de un zoo cerrado que sí, se puede.

    Cuando se trata de combinar, de aunar distintos públicos, si lo que se estimula es precisamente buscar la fórmula perfecta, algo falla. Siempre. Las mejores películas “para la familia” son aquéllas en las que nada parece forzado, no están escritas para infradotados, pero no subestiman a nadie, y su mensaje lo tienen tan pero tan bien camuflado que está, sí, pero no se lo enrostran al espectador.

    Son películas Apta para todo público, pero sin pretenderlo.

    El director Cameron Crowe tomó las memorias de Benjamin Mee, un periodista que se cansó de que en su diario le tuvieran condescendencia luego de la muerte de su esposa, y de que a su hijo lo expulsaran del colegio y decidió barajar y dar de nuevo. Decidido a cambiar hasta de hogar, terminó comprando una casa... que quedaba en el medio de un zoológico. El director le confió la redacción del guión a Aline Brosh McKenna, y -Hollywood mediante- Benjamin y su hijo adolescente y su pequeña niña pasaron de vivir en Inglaterra a California.

    Benjamin, entonces, debe hacerse cargo a) de sus hijos; b) del zoológico; c) de los empleados del zoológico; y podríamos agregar un d) de su propia existencia, esto es, su corazón maltrecho y del recuerdo persistente de su esposa.

    La película tiene varios puntos en común con la más popular del director de Casi famosos : Jerry Maguire . Es la historia de una redención, ante situaciones adversas que se van sumando y apilando una tras otra.

    El sentimentalismo aflora allí, en la medida justa y no llega a derramarse. La manipulación de esos momentos lacrimógenos está tan bien realizada en el guión que nos olvidamos de esa maniobra.

    Como Benjamin llamó a Matt Damon, que tiene el rostro del norteamericano típico, de buen padre de familia y del vecino de al lado. Siempre es fácil identificarse con él, también por su simplicidad de recursos. Para Kelly, la “directora” del zoo, pensó en Scarlett Johansson, que, seamos sinceros, podría ser ella u otra actriz. Como el hermano que quiere convencerlo de que desista de gastar sus ahorros en reabrir el zoo, Thomas Haden Church, con el chiste a flor de piel. Y como la parienta de Kelly, Ella Fanning, hermanita de Dakota y que desde Super 8 viene demostrando la fuerza de una estrella.

    Las películas para la familia son así: tienen sus clisés, su almíbar y su azúcar. la presentación es lo que cuenta, y Crowe logra que Un zoológico en casa la disfrutemos, sanamente y en familia.
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  • El gato con botas
    Felino con garras afiladas

    Con la voz de Antonio Banderas -en castellano y en inglés-, el amigo de Shrek gana terreno.

    Disney -y el mismo Dream-works Animation- lo había hecho: tomar a un personaje secundario de una de sus películas de animación y realizar un filme para televisión o una serie. Pero el Gato con botas se merecía por valor propio su película en la pantalla grande. Y en 3D.

    Y aquí estamos, escuchando a Antonio Banderas (Gato con botas) y a Salma Hayek (Kitty) en castellano y en inglés -si vemos la copia subtitulada-, viviendo aventuras con algo más de acción que la de su socio Shrek, en cuya saga había aparecido en el segundo filme.

    Por un lado, el efecto del 3D funciona, esto es, tiene su por qué. Por el otro, sin ser taaaan original como la primera del ogro, Gato con botas tiene un arranque casi arrollador con la presentación del minino en un pueblo con influencias claramente latinoamericanas. Gato es un fugitivo de la ley, buscado hasta con recompensa, que junto a Kitty y a Humpty Dumpty, ese huevo antropomórfico que ha compartido con Gato en el pasado, cuando era un huevito, un orfanato, que por algo se han distanciado y que ahora, y no es mera cuestión del azar, están tras las habichuelas mágicas... cuidadas por Jack y Jill. Y hay más.

    La conjunción de distintos personajes de otros tantos cuentos tiene una ligazón más fuerte que en Shrek , donde todo siempre fue más paródico y destinado al chiste (redondo, pero) fácil.

    Todo ese comienzo a lo spaghetti western, incluyendo un mix entre lo mariachi y el flamenco, con nuestro héroe como hábil espadachín y bailarín, le otorgan una potencia al humor físico elogiable.

    Lo que se extraña, una vez que avanza el metraje, es que ese ingenio, esa rapidez en los diálogos, se vaya como perdiendo.

    Los temas abordados son básicamente los mismos de la saga de Shrek: la lealtad, el amor, la confianza en sí mismo y el sé quién eres y no te engañes. En ese sentido, Gato con botas apuesta a lo probado, y no le va mal. Para nada.

    No hay referencia a Shrek ni a Burro, como si a este Gato con botas le estuviera destinado un futuro propio. Y si, como dijeron, la saga del ogro llegó a su fin, con el gatito que hace caidita de ojos verdes tendrán para seguir adelante.
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  • Año nuevo
    Año nuevo
    Clarín
    Mucho brillo y pocas nueces

    Elenco multiestelar, de distintas generaciones, pero desaprovechado.

    Así como para el Día de los enamorados hace dos años Garry Marshall dirigió Día de los enamorados , reuniendo un elenco estelar con decenas de figuras, ahora que se aproxima el Año nuevo, estrena Año nuevo , también con un casting multitudinario.

    Y si aquella comedia romántica en la que las parejas y las historias se cruzaban una y otra vez no era mucho más que una reunión de talentos con un guión entre banal y convencional, ahora la fórmula se reitera, sólo cambiando la ciudad (Nueva York por Los Angeles).

    Son ocho las subtramas, todas girando cual satélites alrededor del festejo del año nuevo en Times Square, con la famosa bola descendiendo en el conteo final de los diez segundos y con el mismísimo alcalde Bloomberg en persona. Hay historias de romance (Jon Bon Jovi y Katherine Heigl; y otras que se develan al final) otras de amor filial (Sarah Jessica Parker y Abigail Breslin, y otra que se devela al final), alguna de amor platónico (Michelle Pfeiffer y Zac Efron, tal vez la mejor construida), un paciente moribundo y su abnegada enfermera (Robert De Niro y Halle Berry), dos parejas que quieren tener el primer bebé de 2012, una encargada de que todo en Times Square se cumpla a la perfección (Hilary Swank), un aguafiestas y una corista (Ashton Kutcher y Lea Michele, de Glee ), varios cameos y sigue la lista.

    El principal escollo no es la aglomeración de nombres en los escasos momentos en que están en pantalla, sino la falta de originalidad, la abundancia de clisés, el patrioterismo asestado como golpe bajo y el escaso humor, algo fundamental si hablamos de una comedia.

    Marshall, que en su haber tiene grandes éxitos en el género como Mujer bonita (OK, hace 21 años), no parece dar en el blanco salvo en contadas excepciones. El filme tiene tantas estrellas como generaciones se podía reunir –difícil que a alguien no le atraigan 3 o 4 de los actores del elenco-, pero la mayoría desaprovechadas. Tal vez ahora prepare una película sobre el Día de la marmota, pero por favor no, que como Hechizo del tiempo no hay otra.
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  • Operación regalo
    Aquí está la verdad, toda la verdad

    Los responsables de “Wallace & Gromit”, y Papá Noel.

    Quién más, quién menos, al terminar el Jardín de infantes o entrar a la primaria, todos comenzamos a preguntarnos cómo hace Papá Noel para estar casi a la misma hora en todos los hogares en Nochebuena. Por suerte, Operación regalo nos cuenta la verdad detrás de la historia, así podemos de una buena vez olvidarnos de las mentiras que nos contaba algún compañerito, eso de que Papá Noel y los Reyes Magos eran los padres.

    Nada más alejado de la realidad. La gente de Aardman, los creadores de Wallace & Gromit , pero aquí sin apelar a la stop motion animation , sino a la animación convencional, revelan toda la evidencia.

    Los Noel son una dinastía, claro. Por eso Papá Noel siempre es grande y con barba. El título se va pasando de generación en generación. Y en la actualidad, Papá cuenta con la ayuda de dos de sus hijos, Arthur, que lee las cartas que le envían los chicos, y Steve, que viste casi como militar y es el encargado de que el ejércitos de duendes que trabaja para los Noel fabrique, envuelva y entregue todos los regalos en tiempo y forma.

    Pero...

    Por un error, una niña está a punto de ser la única en quedarse sin su bicicleta, y allí las posiciones que asuman el abuelo, papá y los hijos los colocarán ante un desafío. ¿Es sólo un porcentaje ínfimo, como dice Steve, entre millones de entregas, o es una catástrofe, como creen Arthur y el abuelo? Papá está camino al retiro, y prefiere irse a dormir...

    Lo que regala Operación regalo es un mensaje, en el fondo, de esperanza, de amistad, de lo bien que hace sentirse realizar una buena obra. Los responsables de Aardman, en definitiva, lo hacen, y más importante que si el 3D está mejor o peor aprovechado está la historia, el soporte que hace que la película sea divertida y llevadera.

    Porque Arthur, que siempre ha sido relegado por incompetente, o distraído, es el del corazón más grande, y el que se gana la atención de los chicos en esta simpática comedia familiar.

    A los mayores: habrá que esperar a la edición en DVD para escuchar las voces de James McAvoy (Arthur), Hugh Laurie (Steve), Jim Broadbent (Papá), Bill Nighy (el abuelo), Imelda Staunton, Eva Longoria o Joan Cusack, porque todas las copias están dobladas al caste llano. ¿En qué hablará Papá Noel?
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  • El precio del mañana
    El tiempo es tirano

    En el futuro, si no se compra tiempo, se muere.

    Las películas que transcurren en el futuro pueden ser completamente alocadas o tener algo en común con los asuntos terrenales de hoy día.

    El precio del mañana juguetea con la premisa de que la vida puede ser eterna, pero sólo para algunos. Si la explosión demográfica continuara, ya no habría posibilidad de satisfacer y alimentar a todo el mundo. Entonces habrá vida hasta los 25 años. A partir de ahí, habrá un año para rebuscárselas y no morir, porque por una cuestión genética se activará en el antebrazo de cada uno una suerte de reloj digital –queda muy fashion- en el que uno puede ver cuántos días, horas, minutos y segundos le quedan de vida.

    Cuando el relojito queda en cero, el portador se desploma. Kaput.

    Pero claro que no todo está perdido. Por ejemplo, aquellos afortunados que puedan comprar (o matar o robar) “tiempo” en los bancos, ya que la moneda en curso es el tiempo, no el dinero, podrán permanecer jóvenes, con un cutis y rasgos de veinteañero, y tener, por ejemplo, 80 años. Así, ¿cómo discernir en una familia quién es mamá, la abuela o la hija? En eso está nuestro héroe, Will Salas (Justin Timberlake), trabajando en una fábrica en el gueto, cuando no llega, literalmente, a traspasarle unas horitas a su mamá –tocando brazo con brazo se donan hasta años-, quien muere. Y el joven (él sí tiene 25) jura venganza.

    A partir de allí, contará con la ayuda de la hija rebelde (Amanda Seyfried, de Mamma mía! ) del magnate y villano capitalista y codicioso que maneja el mayor banco de tiempo del país (Vincent Kartheiser, de Mad Men ) y tratará de ser un Robin Hood del futuro.

    El director Andrew Niccol ( Gattaca , y coguionista de The Truman Show ) no escatima energías. No sólo porque hace correr a Timberlake como si se perdiera el tren (de la vida), sino porque el guión está plagado de mojones y pruebas que deben resolver cual videogame alucinante. Cillian Murphy es el cuidador del tiempo, algo así como el policía, no de los sueños, sino de las horas, que va tras Will.

    Habrá quien esgrima que ver El precio del mañana le robará dos horas de su tiempo, otros argumentarán que ganaron diversión. Pero para los que se quejan de los precios de hoy, no saben lo que costará tomar un café en el futuro. Un ojo de la cara…
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  • Fuera de la ley
    Hoy por ti, mañana...

    Nicolas Cage, en medio de una banda que hace justicia por mano propia.

    Hay thrillers que, al margen de entretener, permiten al espectador que esté atento más allá del suspenso, dilucidar algunas cuestiones del género.

    Por caso, si una pareja se muestra muy enamorada en las primeras escenas, es obvio que la felicidad no será duradera: como en las películas de guerra cuando un combatiente muestra a un compañero la foto de su novia, difícilmente sobreviva mucho más. Si un personaje aprende a usar un arma de fuego, es obvio que, más tarde o más temprano, será quien la utilice en un momento inesperado. Y por último, si trabaja Nicolas Cage, a estas alturas de su trayectoria y entretejidos, es imposible no notar cómo puede correr, saltar y pelear, y estar siempre con los cabellos peinados.

    Disgresiones al margen, Fuera de la ley (con ese título también se adivina bastante) es un thriller con su costado dramático. Nic y Laura (January Jones, de Mad Men ) son una pareja que vive en una Nueva Orleáns acosada por el crimen. Lo dicho, no hay felicidad que dure 100 años, -y en una película, 10 minutos), y una noche un hombre golpea, roba y viola a Laura, concertista de violonchelo. En el hospital, Simon (Guy Pearce, que puede pasar de ser el hermano del El discurso del rey a esto) se acerca a Will y le ofrece, digamos, sus servicios. Lo convence de que, por más que la policía capture al violador, le darán menos años de cárcel que si hubiera evadido impuestos. Nic, maestro de escuela estatal, no debe entender mucho de eso, pero acepta el convite. Al fin y al cabo, lo que le proponen no le cuesta un dólar (bah, sí, dos dólares por unas barras de chocolate que le hacen comprar como gesto de OK, acepto ). Simon y los suyos harán justicia por mano propia -lo liquidan-, y en el futuro le pedirán “un favor”.

    Ya se imaginan el favor que le solicitarán.

    Dirigida por Roger Donaldson, el australiano de aquel gran título de suspenso que fue Sin salida , con los hoy casi desaparecidos Kevin Costner y Gene Hackman, uno sabe, intuye que la película no tendrá esas escenas de violencia extrema con que se regodea el Hollywood actual. Y así es. Pero el filme tampoco es un dechado de virtudes, con una trama que hace agujeros en varios rollos de la película, y un antihéroe que se ve atrapado en una red de corrupción cuyo palabra mágica es El conejo hambriento salta , y que será dicha por los personajes que uno menos se imagina. Bueno, no lo sospecha si se entrega naive a la proyección.

    Cabría preguntarse, otra vez, qué quedó del Cage de Corazón salvaje o Adiós a Las Vegas . Si ya no le llegan guiones de ese estilo, o si sus deudas financieras lo obligan a aceptar tantos filmes de acción (filma de a cuatro) por año.

    Quién lo sabrá.
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  • Las acacias
    Será lo que deba ser

    Multipremiada en todo el mundo, la película nacional emociona por y desde su sencillez.

    Dentro del vastísimo panorama que ofrece hoy en día el cine nacional, con tantas películas estrenándose y de distinto género, Las acacias puede ser un punto de partida. Porque la película de Pablo Giorgelli combina, sin proponérselo, claro está, un mix entre lo que se viene debatiendo como cine minimalista, sutil, e independiente, y otro con un fuerte apego a la emoción, rasgo este último que suele asociarse más al mal llamado cine industrial o comercial.

    ¿Qué sucede? Que Las acacias se estructura con pocos personajes (tres, contando entre ellos a una beba de meses), un ámbito casi único (la cabina del camión en el que viajan) y más miradas que diálogos. Pero que también, y con esos elementos, logra emocionar cuando el metraje va arribando a su desenlace.

    La historia, o la excusa para que Giorgelli se aboque a la presentación de Rubén y Jacinta, es un viaje. Rubén es chofer de un camión, y su cliente le pide que, además de transportar troncos de acacias desde Asunción hasta Buenos Aires, lleve a Jacinta y a Anahí, la beba.

    Algunos dirán que Las acacias es una road movie. Pero en ellas los personajes llegan al final siendo otros, habiendo crecido en el transcurso del viaje. Parten de una manera y arriban de otra. Aquí, no. Rubén y Jacinta son los mismos -la esencia no cambia-, lo que sucede es que se abren, mostrando todo aquello que por un buen rato fueron retaceándose uno al otro, en uno de los acertados manejos del guión de Giorgelli.

    Si ambos son solitarios y están atravesando etapas difíciles, con fracasos sobre sus espaldas, la cámara estará allí, acompañando, escudriñándolos, pero no interrogándolos. Es tanto lo que nos dicen Rubén y Jacinta con sus miradas que los sentimientos nos llegan sin que se necesite que los personajes lo verbalicen. Si a veces menos es más, Las acacias hace de ese axioma su razón de ser.

    Premiada en cuanto festival fue invitada (Cámara de oro en Cannes, más otros galardones en Londres, San Sebastián y Biarritz, entre tantos otros), la película tiene algunos simbolismos primarios -el encierro en el que están los personajes en la cabina del camión, y la infinidad del paisaje que recorren-.

    No hay subrayados innecesarios, palabrerío superfluo. El filme emociona por y desde su sencillez.

    Germán de Silva tiene en los surcos de su rostro todo lo que Rubén va cargando. Hebe Duarte cautiva desde su sonrisa. Y qué decir de la pequeña Nayra Calle Mamani, retratada en cada gesto con la misma honestidad con la que Giorgelli nos cuenta esta historia de amor -tal vez- no cumplida, pero llena de afecto sincero, narrado con sensibilidad extrema.
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  • La hora del crimen
    ¿Y si nada es lo que parece ser?

    Cautivante thriller con una actriz a la que se le cree todo.

    Este cautivante filme plantea dudas al espectador, a cada paso. Siendo un relato lineal, las imágenes que se entrecruzan generan lógica inquietud en una trama que combina el thriller, el horror psicológico y el romance.

    Y ¿por qué Sonia -la protagonista-, una mucama de un hotel italiano aparece en una foto en... Puerto Madero? La historia cruza a dos seres solitarios, que se conocen en una de esas citas express de solos y solas para conocer pareja. Sonia no suele asistir, pero Guido es “habitué”. Se enamoran, el ex policía trabaja como guardia de una mansión en las afueras, y justo cuando ella lo visita, llegan unos delincuentes a robar el lugar. Aparentemente -porque en esta película nada puede aseverarse como real- un ladrón disparó, mató a Guido y la misma bala dejó a Sonia inconsciente. Pero la mucama ve a Guido deambulando en un pasillo del hotel, sin saber si en verdad es él, o si está sufriendo alucinaciones, mientras otro policía, amigo de Guido, no le pierde pisada.

    Ksenia Rappoport - la misma de La desconocida , de Tornatore- está prácticamente en pantalla durante toda la proyección, por lo que el peso de la película recae sobre ella, y bien que puede llevarlo. Galardonada con la Copa Volpi en Venecia 2009, como mejor intérprete femenina, la rusa sabe lo que hace. Sonia puede parecer confundida, enamorada, engañada o hasta suspirar, y el público comprará cada uno de sus estados. La actriz morocha, teñida para la ocasión, logra que el espectador empatice con su personaje, y con ello tiene más de la mitad de su labor consagrada.

    El ritmo del relato que le imprime el operaprimista Giuseppe Capotondi es intenso. Y el hombre sabe jugar aquí y allá con la doppia ora , o la hora doble, tipo 15.15, 22.22, que es el título original de este bien desconcertante filme de suspenso que, paradójicamente, tiene convincentes actuaciones.
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  • Amanecer - Parte 1
    ¿Será nena o vampiro?

    Edward y Bella por fin se casan, y el bebé por venir ya plantea problemas a resolver... en un año.

    Los fanáticos de la saga Crepúsculo tienen en Amanecer parte 1 lo que tanto estuvieron esperando. La adolescente retraída y el vampiro musculoso finalmente (bah, al comienzo de la proyección) se casan, se van de luna de miel a una isla en Brasil, hacen el amor y Bella queda embarazada. Todo aquello que era motivo de temor en el primer libro y la primera película, tiene su resolución. Una resolución, digamos, temporaria.

    El capítulo final de la saga es de los más difíciles de trasladar en imágenes (no está mal que lo hayan dividido en dos, aquellos que leyeron el libro lo saben, más allá de que la especulación obvia sea la de obtener el doble de recaudación estrenando el último filme dentro de exactamente 52 semanas, en 2012).

    Amanecer trata sobre sacrificio, rebeldía, traición y muerte. Pero casi nada de todo esto aparece en esta primera parte, por lo que el plano final prepara para lo mejor. Como si Bella se atara la servilleta al cuello aguardando el festín que se viene en noviembre de 2012.

    Además, Amanecer parte 1 tiene su propia estructura intrínseca. Como dos películas en una. Los preliminares de la boda, y la boda misma, más la luna de miel, duran algo así como una larga media hora en la que todo, o casi, son caricias, romanticismo y suspiros. Para los no iniciados, el temor de Edward, y en parte de Bella, es que cuando ha gan el amor, bueno, no es sencillo combinar las especies y el resultado puede no ser solamente doloroso. Ya habrá tiempo para explicarlo cuando los arrumacos dejen lugar al suplicio –porque así es aquí- en el embarazo no previsto de Bella.

    ¿Tiene un vampiro en su interior? ¿Cómo hace para sobrevivir la joven humana sin convertirse? La Parte 1 más que nada prepara para la Parte 2 , en la que los lobos, con Jacob protegiéndola, amén de ser despechado, ven una oportunidad para atacar a los vampiros, y los Volturi, otra familia chupasangre, pero alla italiana (no levantarse cuando comiencen los créditos finales) también querrán aprovecharse de la situación.

    Es fácil caer en la comparación con la saga de Harry Potter : ambas son protagonizadas por chicos/adolescentes, que van madurando a lo largo de los libros, se mueven en un ámbito colegial, aunque luego esto ya no importe, van desarrollando sus hormonas e intentan sobrevivir los problemas de la vida como pueden. Pero siempre con valentía, estoicismo y perseverancia. Y, al menos aquí, bien peinaditos.

    Lo que logra Bill Condon ( Dioses y monstruos ) es precisamente mostrar a los personajes en otro estado de madurez. Bella y Edward se han casado, ya no son chicos coqueteando, tienen otras responsabilidades y están ante un sufrimiento que los marcará de por vida.

    Amanecer tiene lo que no aparecía en las películas anteriores: todo es más grave, molesto, menos naive.

    Los fans de Robert Pattinson estarán de parabienes, Kristen Stewart luce bella en su vestido de novia, pero terriblemente demacrada cuando llegue “el” momento”, y Taylor Lautner se saca la camisa cada vez que puede. Es lo que se le pide mientras se aguarda por una conclusión más osada, por la que habrá que esperar unos meses. Qué es un año en la vida de un vampiro.
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  • Hipólito
    Hipólito
    Clarín
    Una de instrucción cívica

    El polvorín político en la Córdoba de 1935, con radicales y conservadores enfrentándose para llegar al poder, en tono aleccionador.

    Con una producción cuidada, buenas intenciones y un puñado de actores conocidos cumpliendo diversos roles de peso (Luis Brandoni, Enrique Liporace, Daniel Valenzuela, que parece enquistado en los papeles de violento y/o corrupto) Hipólito transcurre en la Córdoba de los años ’30, cuando otra dictadura militar estaba instalada en nuestro país y las elecciones de noviembre de 1935 en aquella provincia resultaron un polvorín.

    El título del filme es el nombre de un niño, a quien su padre ausente se lo puso en honor a Hipólito Yrigoyen, presidente de la Nación y símbolo radical. El chico tampoco tiene madre y una mujer lo ha criado, mientras él aguarda el regreso de su padre. Comparaciones o alegorías al margen, la trama no sigue tanto a Hipólito sino a Marcelo Frías (Tomás Gianola), joven radical que va a Plaza de Mercedes, donde los conservadores hacen de las suyas (léase fraude, apremios ilegales y otros etcéteras) para ganar las elecciones. Frías es hijo de un importante dirigente radical (Brandoni), pero en el pueblo chocará sus ideales con ciertas realidades del lugar que un puntero zonal (Liporace) no podrá hacerle entender.

    “Las palabras ayudan, pero no alcanzan”, o “Vamos a ir más despacio, pero hay que ganar como sea” son frases que chocan con el idealismo de Frías hijo. Dirigida por Teodoro Ciampagna, algunos diálogos que a fuerza de sentencia pierden su mérito intrínseco no restan demasiado a un filme que busca aleccionar y defender los valores democráticos. A veces, parece demasiado destinado a un público joven.
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  • Un amor
    Un amor
    Clarín
    No hay dos sin tres

    Dos amigos, una chica y un triángulo amoroso que vuelve a armarse, treinta años después.

    La sensibilidad con que cuenta las historias y pinta a sus personajes son signos distintivos de Paula Hernández. Tanto en Herencia como en Lluvia , la realizadora de varios capítulos de la miniserie Vientos de agua no teme al sentimentalismo. Sus criaturas hablan como sienten y actúan como piensan. Si hay otra cualidad en el cine de Hernández es la honestidad con que se presentan sus protagonistas.

    El de Un amor es el relato, con más de semblanza, de un triángulo de amigos y de amor. Ya desde el título con que bautizó al guión, que escribió basándose en el cuento de Sergio Bizzio (le quitó el ”para toda la vida” ), marca una diferencia de peso para situar al espectador. Se habla de amor, de uno, pero que puede ser efímero. Potente, pero pasajero. No se sabrá hasta desandada buena parte de la proyección.

    La misma empieza con Lalo, Bruno y Lisa siendo adolescentes, a fines de los años ’70 en Victoria, Entre Ríos. Es ella quien llega para irrumpir en la amistad de los chicos. Ambos se enamoran de la recién llegada –que viene con sus padres, se verá, huyendo de Buenos Aires- y la relación singular y general, en pareja o entre los tres, no será la misma. Nunca.

    La película irá yendo y viniendo en el tiempo, ya que pronto se encontrarán Bruno y Lisa en Buenos Aires, después de treinta años, y ella disparará su deseo: “¿Vamos a Victoria, a visitar a Lalo?” El reencuentro ofrecerá de todo, momentos para la alegría, la nostalgia, la desazón, el dolor.

    “Ya recordamos suficiente, no quiero recordar más”, dice Lalo, a quien le cabe una de las más hermosas declaraciones de amor. “Cuando te fuiste te veía en todos lados. Te buscaba en otras chicas en lo que eras parecido, en lo que eras distinto”. Allí es donde Hernández da en el blanco. Cuando los personajes están sin defensas –casi siempre-, sin armaduras y vuelven a ser lo que fueron en la adolescencia.

    Historia de amor, sí, pero también de soledades, Un amor cuenta con un trío protagónico de excepción. Elena Roger, en su debut cinematográfico con un papel de peso, hace eso que tan bien sabe hacer sobre el escenario. Mostrar distintas facetas de sus personajes, ser tierna y desconsolada a la vez, comprarse a la platea pareciendo sincera en cada diálogo. Los mismo va para Diego Peretti y para Luis Ziembrowski (Lalo), en una composición que lo aleja de lo que hizo en Lalola en TV, y lo acerca a Tatuado , su mejor composición junto a ésta en el cine.
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  • Las nuevas aventuras de Caperucita Roja
    Heroína para los tiempos que corren

    Caperucita se cruza con Hansel y Gretel.

    En esta secuela de un éxito ( La verdadera historia de Caperucita roja , que ya distorsionaba al original y lo refrescaba con un personaje central mucho más aguerrido y para nada naif como era el original, estrenado aquí en 2007), la protagonista se cruza ahora con Hansel y Gretel.

    Caperucita integra una hermandad, que tiene como cruzada que los cuentos terminen siempre bien. Si el lobo no se deglutió a la abuelita, esta misma ahora es clave en la trama: ella es la única que conoce cuál es el ingrediente secreto y último de una receta, que si cae en manos de la malvada de turno... Bueno, el mundo de la infancia de más de uno se vendría abajo.

    Este tipo de películas cuenta con un punto a favor, claramente: los chicos, principales destinatarios, no se preocupan por si la historia no es como la que les leyeron antes de acostarse, o si los dibujos se asemejan o no a cómo se los imaginaron. Aquí se ríen precisamente de las diferencias, con Caperucita Roja hecha una suerte de combatiente ninja, que acude con el lobo -su amigo- al rescate tanto de la abuelita como de Hansel y Gretel. Alguien, con una horrible máscara, los secuestró. ¿Y quién podrá socorrerlos? La proyección en 3D está hecha para acrecentar la sensación de profundidad de campo -no para que los golpes de Caperucita o quien fuera salgan de la pantalla-, o sea que está bien. En cuanto al humor, hay gags que podrán ser atrapados por los chicos, y otros son para más entendidos. El doblaje al castellano hace que varios chistes pierdan en la traducción (y también con él se vayan las voces de Glenn Close, Joan Cusack, Martin Short).

    A primera vista parece que la película tuviera demasiadas subtramas, pero no: los chicos la disfrutan y la siguen sin ningún problema. La dirección de arte por momentos asombra, y si no todo es Pixar en el mundo de la animación digital, esta Caperucita no desentona ni tampoco destiñe.
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  • La profecía del 11-11-11
    El Diablo sabe por diablo

    Se acerca el 11 de noviembre, y a Joseph le va para el diablo.

    Hay gente a la que los números le rigen la vida. No hablamos de quinieleros ni de agentes de Bolsa. Tipos que creen que los días 15 todo les puede salir mal, o que tal o cual cifra no les gusta para nada. Y hay hombres como Joseph que, creer o reventar, se despiertan a las 23.11 (o sea, las 11.11 en un reloj de manecillas), que recuerdan que a esa hora su hijito murió quemado, o que el 11.11 nació su hermano Samuel, y en el parto falleció su madre.

    Bueno, a Joseph poco a poco le empieza a preocupar que en apenas unas pocas horas llega el 11/11/11 (para ansiosos, es el viernes de la semana que viene). Y, autor de best sellers, viaja hacia Barcelona, donde en una casona frente al mar su padre está muriendo, y su hermano, pastor, está en silla de ruedas.

    Al llegar ahí, luego de tratar de superar la muerte de sus seres queridos -la esposa también pasó a ver los rabanitos desde abajo- en sesiones de terapia colectiva, donde conoce a una linda morocha, Joseph advierte que a las 11.11 de la noche extrañas ¿figuras? ¿fantasmas? rondan la casa. ¿Quiénes son? ¿Por qué están ahí? ¿Llega el anticristo? ¿Por qué no se van Joseph, Samuel y el papá de la casa? ¿Eh? Si uno ingresa a la sala sin saber que el director de La profecía del 11.11.11 es el mismo de El juego del miedo II , III y IV , tal vez respire aliviado. Pero igual, el filme no tiene atrocidades en primerísimo primer plano, y es más la intriga que ofrece que el espanto que muestra.

    Hay muchas líneas inconexas y preguntas sin respuestas, y a medida de que se acerca el 11.11.11, claro, el suspenso va in crescendo. Si el Diablo sabe por Diablo, pero más sabe por viejo, de ver tantas películas ya conoce el final. O sea.
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  • La piel que habito
    Loco(s) de amor

    Almodóvar prepara un cóctel de ambición, obsesiones, abusos y sexo.

    Un Almodóvar más maduro no significa condescendiente ni vendido al establishment, y La piel que habito trae de nuevo al director de Carne trémula al campo del thriller y sorprendiendo al espectador a cada paso de su trama. Como si Pedro Almodóvar caminara sobre sus propias huellas pero reinventara esta conjunción de drama, thriller y filme de ciencia ficción en la que un cirujano plástico (¿psicópata?) pone todos sus esfuerzos en conseguir crear una piel nueva. El hombre tiene sus motivos.

    Basada muy libremente en la novela Tarántula , de Thierry Jonquet, Almodóvar toma la idea y la transforma a su gusto. Este es un filme del manchego de cabo a rabo, con personajes ambiciosos, obsesivos y pusilánimes, su cuota de humor, de sexo salvaje y de romanticismo. Un cóctel que preparaba en los ’80 de manera más despareja, y que ahora sirve en copa de cristal.

    Robert (Antonio Banderas, que vuelve a trabajar con Almodóvar después de 20 años) tiene encerrada en su mansión/laboratorio a una mujer (Elena Anaya). El está experimentando para conseguir una piel más resistente, luego de haber perdido a su esposa, que en un accidente sufre tremendas quemaduras. Su confidente y ama de llaves, Marilia (Marisa Paredes) tiene una relación algo misteriosa con Robert. La historia también va y viene en el tiempo, con otra subtrama sobre un joven que trabaja en una tienda de ropas con su madre, que en algún momento se encontrará con el personaje de Antonio.

    La película trata sobre la obsesión, pero también sobre los abusos a los que la venganza o precisamente esa obstinación o complejo pueden llevar a una persona a traspasar ciertas reglas y aprovecharse de un tercero. El director le brinda a Banderas un personaje que el malagueño jamás hubiera podido interpretar en su etapa anterior en conjunto sin que al espectador se le escapara una sonrisa. Aquí es todo lo contrario. El actor de La ley del deseo debe ceñirse, ajustarse a una personalidad de muchas aristas, un científico loco, sí, pero astuto y maquiavélico... y hasta por momentos entrador.

    Poco a poco el melodrama –el género en el que a estas alturas es evidente que mejor se siente el realizador- va ganando espacio, y todo lo anterior –el mito de Prometeo, las cirugías plásticas, el costado del thriller- dejan su lugar ante los resortes de una historia cien por ciento almodovariana.

    Además de a Banderas, Almodóvar llamó a Marisa Paredes, otra de sus favoritas para un papel en el que la maternidad, como en Todo sobre mi madre , entra a jugar de manera preponderante.

    En síntesis, Almodóvar regresa con su mejor cine, que puede desconcertar y pasar por telenovelesco, pero que está contado desde las entrañas de los personajes. La película tiene y muestra una vitalidad difícil de observar en otros cineastas españoles contemporáneos.
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  • Contagio
    Contagio
    Clarín
    ¿Y ahora quién podrá salvarnos?

    n virus que se multiplica en todo el mundo a pasos agigantados sirve para un entretenimiento sostenido.

    Steven Soderbergh es de esos realizadores que son capaces de sacarle agua a las piedras, con el tema que sea. Ducho tanto con una biografía del Che Guevara como con una trama de intriga y humor, como la saga de ladrones capitaneados por George Clooney, el director de sexo, mentiras y video toma la locura generalizada por la aparición de un virus que está contagiando de manera impresinante a seres en todo el planeta, y sabe cómo imprimirle el ritmo para que el relato no decaiga nunca. Y eso que tenía vericuetos por donde trastabillar.

    La culpa de que el virus ingrese a los Estados Unidos la tiene la linda de Gwyneth Paltrow. Regresando de un trabajo por Oriente, donde en un casino se contagia sin saberlo, hace una escala no prevista en Chicago para serle infiel a su marido (Matt Damon) y esparce el virus que sólo Dios sabe quién podrá detenerlo.

    Porque las medidas de seguridad del Gobierno no alcanzan, nadie sabe a ciencia cierta -nunca mejor utilizado el término- cómo neutralizarlo, y cuando las empresas farmacéuticas ven allí la panacea, con lo cual se harían millonarios, todo entra en duda.

    Soderbergh cuestiona un poquito a todo el mundo a la hora de endilgar responsabilidades, sin olvidarse de un periodista -se sabe: los periodistas somos los culpables de todo- que cuando en un diario en San Francisco no le dejan publicar lo que cree va a estallar, se dedica a mentir desde su blog y volverse, claro, millonario.

    Son muchísimos los temas por los que Contagio sobevuela sin profundizar prácticamente en ninguno. Y no son menos los actores de renombre que participaron del filme. A los mencionados súmenle Kate Winslet, Laurence Fishburne, Jude Law y Marion Cotillard, y no se cansarán de ver estrellas en la pantalla, mientras niños se mueren, la mugre se acumula en las calles y algo parecido a la solidaridad pasa a ser el bien más (o menos, según el caso) preciado.

    Lo que es indudable es que al salir del cine uno antes de agarrar el pasamanos en el colectivo o el subte, lo pensará dos veces. No servirá como campaña de salud pública, pero Contagio , a la larga, tiene sus beneficios...
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  • Tres hermanos, tres destinos
    El revisionismo, el drama y la familia

    La liberación de Argelia, en un fresco épico.

    La lucha por la independencia argelina y la difícil relación que, alrededor de ella, tienen los tres hermanos del título son los temas centrales de la nueva realización del francoargelino Rachid Bouchareb. El filme combina la intriga, la acción y los sentimientos fraternos con una mirada social, que enjuicia la política francesa posterior a la caída del nazismo y hasta la independencia de Argelia como colonia gala.

    Tres hermanos, tres destinos ofrece lo mejor en sus primeros veinte minutos. Allí, los tres hermanos, sus padres y familiares son despojados de sus tierras simplemente porque no tienen los papeles que testimonien que son sus dueños. Los muchachos son apenas niños, y veinte años más tarde vivirán en carne propia la matanza de Sétif, el 8 de mayo de 1945, cuando las fuerzas de ocupación francesas masacraron a 40.000 argelinos ante su levantamiento.

    A partir de allí, los tres hermanos tomarán distintos rumbos: uno irá a Francia a luchar por la liberación, y quedará preso; otro combatirá en Indochina, y el tercero se la rebuscará en Pigalle como promotor de boxeo y regenteando un cabaret.

    La película es la segunda de una trilogía de realizaciones del director sobre las relaciones entre Argelia y Francia. La primera ( Días de gloria ) versaba sobre cómo se había discriminado a los soldados argelinos que habían participado en la Segunda Guerra Mundial a la hora de recibir sus pensiones.

    Los relatos que abrevan en el revisionismo histórico están teñidos, siempre, de subjetividad, y Bouchareb sabe bien lo que quiere contar. La mayoría de los franceses no queda particularmente bien parada, salvo excepciones, y la brutalidad, el sentimiento xenófobo y la lucha por la igualdad se plantean desde el vamos. Con el correr de los minutos, y desde que los hermanos vuelvan a reunirse, la película irá de a poco menguando en intensidad dramática y volcándose hacia el thriller de aristas políticas, con la rebelión como centro. Por supuesto que acercándose al desenlace la cosa virará a como era en el comienzo de la proyección.

    Debido a las polémicas y la nominación al Oscar al mejor filme hablado en idioma extranjero, premio por el que compitió este año, Tres hermanos, tres destinos despierta interés. La reconstrucción histórica y todo lo referente a los rubros técnicos son impecables, donde el filme no termina de asentarse es allí desde donde se lo cuenta. Como si el director se mantuviera indeciso entre el relato político y la historia familiar.

    O tal vez ése haya sido su deseo, narrar un conflicto revisionista camuflado en una historia sentimental. Si fue así, lo que consiguió fue llamar la atención, pero nunca la total empatía telespectador.
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  • Detrás de las paredes
    Me quieren volver loco

    Parece una película de terror, pero no lo es. ¿Qué es?

    Seamos positivos: Detrás de las paredes permitió a Daniel Craig y Rachel Weisz, pareja en la ficción, convertirse en pareja en la vida real. Ellos seguramente guardarán un buen recuerdo de la película, porque los que paguen para ver este filme vendido como de horror, no tendrán la misma evocación. Algo es algo.

    Seguramente La casa de los sueños (traducción literal del original) no inspira tanto miedo como Detrás de las paredes , y el afiche (dos hermanitas tomadas de la mano, vistas de espaldas, con el empapelado de la pared de fondo confundiéndose como sus vestidos) infiere un relato de terror. Veamos. Craig interpreta a un exitoso editor de libros en Nueva York que decide renunciar a su trabajo e instalarse con su mujer e hijitas en una casa alejada, para dedicarle más tiempo a su familia y al libro que escribirá. Bien pronto se enterará de que en la casita de los sueños donde viven ahora, hace cinco años la madre y sus dos hijas murieron masacradas. El padre de familia es el sospechoso, pero no fue condenado, y se lo recluyó en un psiquiátrico.

    La escena en la que el personaje de Craig ve reflejadas en un espejo de la casa unas palabras que estaban escritas al revés, para el cinéfilo remiten a El resplandor y a su redrum , cuarto rojo, o asesinato, de acuerdo a cómo se lo lea en inglés. Bueno, el guionista David Loucka (por algo no escribía nada desde 2002) alude a ése y a otros relatos de terror, como Aquí vive el horror , Sexto sentido y por qué no, L a isla siniestra . Pero el (los) problema(s) no tarda(n) en aparecer.

    Primero, hay cosas raras. La vecinita de enfrente (Naomi Watts) sabe más de lo que parece, y habla con Will, pero no con su esposa, que no sale más allá del porche. OK, hace frío, nieva, pero... Segundo, porque lo que pintaba como filme de horror termina siendo un thriller de lo más banal. Tercero, porque el twist o giro que cambia el género llega no tan avanzado el relato, con lo que el suspenso muere rápidamente. Y cuarto, porque no se le cree nada a nadie.

    Pero lo más extraño y lo que termina llamando más la atención es que el director de esto sea Jim Sheridan, un realizador que se ha preocupado siempre por retratar personajes sensibles, muchas veces reales, en dramas más o menos profundos, como En el nombre del padre o Mi pie izquierdo . O cuál fue el atractivo que Craig, Weisz y Watts hallaron en el proyecto.

    Cualquier información, por favor remitirla a la bonita casa que Craig y Weisz tienen en la vida real, porque la de los suburbios de Nueva Inglaterra... mejor dejarla como está.
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  • Asesinos de Elite
    Amigos son los amigos

    Un filme de acción se disfruta más cuando también tiene una buena trama. Este es el caso.

    Los filmes de acción, cuando tienen un buen entramado, se disfrutan mejor. Asesinos de elite tiene peleas cuerpo a cuerpo, a balazos o sillazos, mucho vidrio roto, persecuciones en auto, alguna que otra exageración y el agregado de que se basa en un libro que asegura que lo que se cuenta son hechos reales. Ver para creer.
    Es la historia de un mercenario –o asesino a sueldo, como les guste más- que por 1980 sufre una crisis de conciencia cuando un atentado en México no sale como había sido planeado, y decide bajarse del trabajo, y recluirse en Australia. Al año, ya retirado, Danny (Jason Statham, cada vez más parecido a Mario Ledesma, el pilar de Los Pumas) recibe un encargo. Hunter, su compañero de tareas (ejem) ha sido secuestrado por un jeque árabe, que le dice que si no elimina a los tres agentes británicos de las Fuerzas especiales que mataron a tres de sus hijos en la guerra sucia, no liberará a Hunter. Interpretado por Robert De Niro (¿quién le da los 68 años que tiene?), Hunter aparenta ser más bueno que Lassie. Pero no lo provoquen.
    Tampoco desafíen a Spike (Clive Owen, con un ojo de vidrio ¡que se mueve!), ex de las SAS (las Fuerzas Especiales) que se dedica a cuidar a otros ex agentes para que no les pase nada.
    La película se sigue con interés, no sólo por la cantidad de confrontaciones arriba mencionadas, que están muy bien filmadas y dosificadas por el debutante Gary McKendry, sino porque el team que reúne Danny para encontrar a los asesinos, hacerles grabar sus confesiones y luego liquidarlos haciendo pasar sus muertes como meros accidentes, no tiene desperdicio.
    Por un momento olvídense de De Niro, Owen y Statham y presten atención a Dominic Purcell (el actor de Prison Break, algo irreconocible con sus bigotazos) y Aden Young: si hubiera un premio a mejor ensamble, se lo llevarían seguro.
    Entretenida de cabo a rabo, Asesinos de elite es todo lo que debe ser un filme de acción. Y aunque se base en hechos verídicos, ya se puede planear una secuela...

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  • Gigantes de acero
    Como Rocky, pero sin Stallone

    Hugh Jackman encabeza el elenco no metálico del filme.

    Crunch. Crack. ¡Ffzzzzzgh! ¡Plaff! Los robots que maneja por control remoto Charlie (Hugh Jackman) en un futuro no muy lejano (año 2020) hacen esos chirridos cuando, inevitablemente, son destrozados por su oponente en los matches de, llamémosle, boxeo.

    Charlie vive en un mundo que literalmente lo ha pasado por arriba, si uno quiere ponerse a filosofar sobre su devenir. No sólo las reglas de antaño parecen no tener actualidad, sino que descubre que debe hacerse cargo de su hijo de 11 años, cuando su madre fallece. Y para demostrar lo mal que andan él y el mundo en un par de años, Charlie decide aprovechar la situación, dándole la custodia de su hijo Max a su cuñada: con la plata que obtiene, se compra un nuevo robot para seguir peleando.

    Pero como la película, así, terminaría a los veinte minutos, Max querrá quedarse con su verdadero padre y pelear por lo que cree valedero. Ya que la cosa pasa por destruirse entre robots, ya no entre humanos, Max -que algo habrá heredado de su padre- se las ingeniará para crear su propio robot y salir a ganar, si no dinero, el orgullo perdido.

    Gigantes de acero conjuga algo de Rocky (el primero, cuando Balboa era un perdedor nato y un soñador), otro poco de El campeón y todo lo que puede venir de una producción de Spielberg.

    Así, esta pochoclera película tiene a Hugh Jackman mostrando músculos como en X-Men , a Evangeline Lilly (Kate Austen en Lost ) sufriendo como el amor imposible de Charlie y a un montón de chatarras enormes, con lucecitas y todo, golpeándose a lo bestia. Pero como los robots, más que tuercas o aceite no pierden -nada de sangre-, todos felices.

    Para los chicos quedaría la enseñanza de que hay que perseverar y no transar para obtener lo que uno se merece. Que en el caso de Max (Dakota Goyo) no es el cariño de su padre -que, obviamente, lo descubrirá- sino ganarse el respeto de los otros. Una maquinita (la de Max) contra toda la parafernalia de los millones de dólares que pueden tener los orientales (más claro...) en robot es algo así como una metáfora metalera. Con tanto ruido como los Transformers , pero algo más humanos y mucho más divertida.
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  • Justicia final
    Los hermanos sean unidos

    Hilary Swank y Sam Rockwell, lejos son lo mejor.

    Si no nos dijeran que la historia cuenta Justicia final está basada en hechos reales, diríamos que la imaginación de los guionistas en Hollywood da para todo. Pero no.

    Cual Erin Brockovich, Betty Anne Waters es una mujer tenaz, capaz de sacrificar el cuidado de sus propios hijos con tal de demostrar que su hermano Kenny es inocente de ese horrible homicidio que le inculpan y por el que está en prisión. Kenny –en otra extraordinaria creación de Sam Rockwell-, es cierto, a primera vista no impresiona bien. Tiene mal carácter, algo o muy pendenciero, sinceramente cuesta creer que no haya asesinado a esa mujer en su casa en Massachusetts. Es que si Kenny tiene una botella con un mililitro de alcohol a su alrededor, se pierde.

    Pero la que cree y no se pierde en su búsqueda de la verdad es su hermana. Nadie a puesta un centavo a la inocencia de su hermano, y ella se pone a estudiar Derecho para así defenderlo y demostrar lo que uno, desde la platea, no sabe si es evidente o no. Pero a Betty ay nada la amilana, ni el mal comportamiento de Kenny, algunas vueltas del guión, ni que el tiempo transcurrido desde el asesinato haga casi imposible recuperar pruebas o contar con testigos.

    Justicia final es de esos filmes en los que no hay que ver para creer. La mayor habilidad del director (y aquí no actor) Tony Goldwyn es dejar siempre un resquicio para la duda. Cuando todo parece indicar que sí, que Kenny es el asesino, o cuando sucede todo lo contrario. Y gran parte de ese mérito es atribuible a las performances de Rock-well y de Hilary Swank, el sostén de toda la película.

    Rockwell, una versión más joven de Gary Oldman, compone un personaje con muchas facetas, del que uno nunca sabe qué creer, pero no porque parezca un psicótico, sino porque logra hacer verosímil lo inconcebible. Y Swank – que sonaba para el Oscar a fines del año pasado, lo mismo que el actor de Confesiones de una mente peligrosa - es de esa raza de actrices que puede interpretar a luchadoras cuya firmeza y empeño no conocen claudicación alguna, y se ganan la empatía del espectador.

    Da gusto descubrir en el elenco a una recuperada Juliette Lewis, que aunque vuelva a interpretar a una joven pegada a la adicción, sabe cómo robarse la cámara. Algo que Minnie Driver no puede conseguir.
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  • Actividad Paranormal 0: El Origen
    Y aquí no ha pasado nada

    En Versión japonesa.

    Lo común es que en los Estados Unidos adapten historias de terror surgidas por mentes japonesas, y no al revés. Hecha la salvación de que Actividad paranormal 0: el origen no es el origen de nada, o si lo es, es de un saga nipona que habrá de continuar o no (la estadounidense ya va por la tercera parte, que se estrena en breve), queda claro que si la película de Oren Peli no era pecisamente un dechado de originalidad, su versión oriental, tampoco.

    Por si usted se la perdió, Actividad paranorma l trataba sobre una pareja que sentía que algo extraño sucedía en su casa por la noche, y decidía poner una cámara para registrar fenómenos paranormales. Objetos que se mueven, y esas cosas. Aquí no es una pareja sino dos hermanos. Haruka regresa de un viaje a los Estados Unidos con dos piernas fracturadas de souvenir. Postrada, queda al cuidado de su hermano Koichi, ya que papá salió en viaje de negocios.

    La primera noche, la silla de ruedas se mueve. La segunda, ponen un montoncito de sal gruesa, y se desparrama. Todo es registrado por la cámara. Cuando Haruka se despierta porque siente que “algo/alguien/loquesea” la toca, su hermanito corre hacia su cuarto por las escaleras. Pero Haruka se la pasa gritando, y Koichi –por algún extraño motivo que, como tanto en esta película, no se explica- nunca enciende la luz. Por suerte no se choca con un mueble, un fantasma ni con nada.

    La película no sólo no asusta sino que no provoca. Bueno, algo de risa, sí, y debido a que cuando Koichi esté más o menos desesperado, y busque a Haruka y no la encuentrae en la casa, la llame “hermana, hermana”, que dicho en japonés se entiende algo parecido a “Mecha, Mecha”. Pero que la hermanita se llame Mecha o Haruka, da igual: es mejor perderla que encontrarla.
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  • La quise tanto
    Y hoy que enloquecido vuelvo buscando tu querer

    Melodrama con Daniel Auteuil con más de un clisé.

    Usted los reconoce fácil. Son los personajes que Daniel Auteuil compone cuando no hace de fracasado en un thriller, o es comediante. El de perdedor, sí, es el rol para el que muchos realizadores encuentran en las grietas de su rostro el mejor perfil.

    Auteuil es en La quise tanto (el tiempo verbal preanuncia lo que vendrá) Pierre, un hombre que hace (hizo) negocios en todo el mundo y que recuerda al amor de su vida. Lo evoca con palabras como que entonces “haría el amor con el amor de mi vida por primera vez. Esas cosas se sienten”, y es el mismo que al rato dice “Era hermoso, pero artificial. Todo era falso. Me mentía a mí mismo”.

    ¿En qué quedamos? Pierre es un soñador, pero como diría John Lennon, no es el único. El problema es que todo este rememorar lo hace sentado ante Chloé, su nuera, a quien se lleva a su casita en las montañas porque Adrien, su hijo, la abandonó. ¿Y ella está dispuesta a escuchar las añoranzas amorosas de su suegro, que engañaba a su esposa con una traductora por todo el mundo? Parece que sí .

    Uno puede ser un soñador, y un hombre sensible y romántico, pero Pierre, además, es un infeliz en el cabal sentido de la palabra. Porque no dejó a Suzanne –quien apenas abre la película le dice que sabe todo sobre su amorío, pero que no lo puede dejar- y “no me recupero. Van 20 años y no puedo… Pienso siempre en ella, desde que me despierto”.

    Hay cosas para las que un Lexotanil no ayudan, pero Pierre -que en los restaurantes pide lo mismo que la mujer que lo acompaña, sea su mujer o su amante, cuando se siente intimidado- y Mathilde son una máquina de tirar frases hechas y/o de autoayuda. “Intentaré vivir sin ti” o “¿Qué va a ser de nosotros?” pueden sonar triviales fuera de contexto. Y dentro también.

    Cuando Pierre recuerda, y cuenta su reencuentro con Mathilde, Mathilde “aparece” y lo besa como habrá sido en aquel momento. La directora –y actriz, aunque aquí no cumple esa función- Zabou Breitman intenta airear la trama cada vez que salta al tiempo presente, aunque no siempre le da resultado.

    Además de Auteuil, que hace lo que puede con su protagonista, la canadiense Marie-Josée Croze, que fue mejor actriz en Cannes por Las invasiones bárbaras , le pone toda la piel y la ambigüedad necesaria a Mathilde.

    La directora por momentos pareciera que escribió la historia para poder incluir aquéllas y otras frases como “Uno no deja de amar a alguien. Empieza a amar a otro. Quizá porque hay espacio”; al ver llorar a su amante, ella le replica “Me voy. Yo ya lloré”, o la última línea de diálogo, esa esperanzada y cliseada “Va a ser un día hermoso, ¿viste?”.

    Y, no, porque el personaje se quedó dormido.

    Son cosas que pasan.
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  • El árbol de la vida
    El hombre y su circunstancia

    Debate filosófico sobre nuestro lugar en el universo.

    No hay ni muchas películas como El árbol de la vida ni cineastas como Terrence Malick que se pongan a filosofar sobre el sentido de la vida, el lugar del hombre en el universo y que lo hagan con un elenco encabezado por Brad Pitt y Sean Penn. No abundan realizadores que se dispongan a construir un relato en el que los intérpretes, se llamen como se llamen y tengan el capital de atraer público por su solo nombre, sean casi secundarios a la hora de hacer el balance concluida la proyección del filme.

    Sí hay directores que son capaces de dividir opiniones, y el realizador de Días de gloria y La delgada línea roja lo ha hecho como nunca antes en su valiosísima pero corta filmografía. Uno puede extasiarse con la capacidad visual exhibida, ya sea en la paleta de colores de la Texas de los años ’50 de la familia O’Brien, de la naturaleza o el cosmos, y comprender cómo estas últimas encastran en las anteriores. O no.

    El árbol de la vida casi no permite que el espectador no tome posición.

    Malick parece decirnos que la vida de cada ser humano es ínfima dentro del universo, pero también que vale la pena disfrutarla, o al menos atreverse, se enfrente al escollo que sea. Los O’Brien (papá, Pitt; mamá, Jessica Chastain; y sus tres hijos –Jack, cuando sea mayor, Sean Penn, que bramó por lo poco que quedó de su trabajo en la edición final-) tienen que salir adelante ante la muerte de uno de los niños. Las visiones aquí también se contraponen. El padre es rudo con todos, la madre es la más componedora, y religiosa –pregunta al Cielo qué ha hecho ella para merecer la pérdida de un hijo, y recibe de respuesta que al menos le quedan otros dos-. Y Malick puede ser igualmente retórico, mostrando imágenes del origen de la Tierra o en un arroyo (el mismo en el que jugarán los O’Brien) en cuyas orillas un saurio le perdona la vida a otro.

    Los significados de tanta aglomeración visual –Malick contó con Douglas Trumbull en los efectos especiales, y su trabajo es tan magnificente que lo que se ve parece “real”- hacen que el espectador se extasíe o se aburra. Porque esas escenas entre cósmicas y alegóricas no son un paréntesis en la historia de los O’Brien, sino que la integran. ¿O caso Jack no vive en el presente en un mundo tecnificado, en el que se lo adivina exitoso, pero vacío? No es difícil sentir empatía por los chicos en ese hogar, que están despertando a la vida y se pregunatn quiénes son.

    Penn tiene derecho a protestar, porque así como quedó el filme, sus apariciones coinciden con los momentos menos logrados de la realización, otra rareza dentro del todo. No es un relato lineal, lo desestructurado forma parte de un todo y de una reflexión más espiritual y religiosa que lógica. El debate que abre Malick va de la evolución del universo a la involución humana.

    Impecables, como suelen ser los rubros técnicos en las producciones de Malick, emparentar a El árbol de la vida con 2001, Odisea del espacio o Koyaanisqatsi será reducir nuestra capacidad de asombro o de meditar, sea cual sea la ideología que uno tenga. Y así como con otras películas, sean del género que fuesen, uno siente que las termina en su cabeza, durante las horas o los días posteriores a su visión. Es un filme tan ambicioso como valiente a la vez.
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  • Identidad secreta
    No soy yo, soy otro

    Taylor Lautner no es lobo como en “Crepúsculo”. ¿Qué es?


    Hay películas cuyo título ya adelantan, tal vez, demasiado. No hablamos
    de *Noche de miedo* o *Los vampiros los prefieren gorditos* , sino de
    este filme ( *Identidad secreta* ) en el cual cuando apenas nos sentamos
    en la butaca y comienza la proyección, desconfiamos. Desconfiamos de
    todo. Y de todos.

    A ver... Nathan es un joven que se lleva bien con su papá (Jason Isaacs)
    y mamá (María Bello). Pero recordando el título, ¿él será quien dice
    ser? Cuando entre a un sitio de Internet en el que se muestra rostros de
    chicos desaparecidos, y vea una fotito de un nene muy parecido a él, ¿no
    será que es un niño robado? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Cuál es el
    sentido de la vida? Todas y cada una de estas preguntas tendrán su
    respuesta a lo largo de los 106 minutos de *Identidad secreta* , un
    thriller construido a partir de la figura de Taylor Lautner, quien si
    bien muestra lomo, bíceps y otros músculos que el muchacho de
    *Crepúsculo* viene trabajando desde hace unos años, el actor trata de
    escaparle al perfil licántropo de la exitosa saga. Y le cuesta, claro
    que le cuesta, no sólo porque prácticamente no ha hecho otra cosa, sino
    también porque a diferencia de Robert Pattinson, no muestra hasta ahora
    mayor expresividad que la de, digamos, un Vin Diesel. Sin ofender a nadie.
    La producción lo ha rodeado bien a Lautner. El director es John
    Singleton, quien supo ser el realizador más joven en ser candidato al
    Oscar, por *Los dueños de la calle* . Bueno, *Identidad secreta* no se
    le parece en nada, pero Singleton ha manejado siempre bien los resortes
    de la intriga, y aquí eso es lo que abunda. El combo incluye corrupción,
    la CIA, asesinos a sueldo, el FBI y frase memorables (como “la confianza
    se gana”), que se repiten una y otra vez, para que el concepto quede claro.
    A Nathan lo persiguen los buenos (Alfred Molina) y los malos (Michael
    Nyqvist, de *Millenium* ), lo ayuda una psiquiatra (Sigourney Weaver) a
    superar “la tripe I” (insomnio, impulsividad, ira), pero por suerte lo
    acompaña la bella Karen (Lily Collins, de *Priest* , y que está filmando
    *Blanca Nieves* ), la vecinita de enfrente que lo tiene loco de amor. Y
    entre balazos, peleas a puño limpio y patadas voladoras, la trama se
    irá, por así decirlo, complejizando. No mucho, para que al mirar el
    balde de pochocho no se pierda nada.
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  • D-Humanos
    D-Humanos
    Clarín
    Cómo estamos hoy

    Un filme colectivo con cortometrajes sobre el tema.

    A 63 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos en las Naciones Unidas, este filme colectivo reúne nueve cortometrajes de distintos directores argentinos que, con niveles dispares de creatividad y realización, intenta dar una idea de cómo están los derechos humanos en nuestro país.

    Como suele pasar en este tipo de proyectos, se salta no sólo de un tema o tópico a otro, sino, por ejemplo, de la sensibilidad de Mariana Arruti ( Mate o leche ) a la contundencia del trabajo de Miguel Pereira sobre cómo en Abra Pampa, en el norte, el plomo en la sangre está ocasionando más que estragos ( Sangre en el plomo ).

    El filme, producido por Pablo Nisenson, quien dirige el corto que abre, cuenta con realizadores que ya han pasado por el género del documental, y muchos de los cortometrajes se afincan en la pobreza. No así La formación , de Andrea Sche- llemberg, una lúcida investigación sobre qué conocimientos de los derechos humanos (y de qué manera los adquieren) tienen quienes se forman en las Fuerzas Armadas.

    Ulises Rosell, Andrés Habegger, y Lucía Rey junto con Rodrigo Paz, dirigieron los otros tres trabajos, y, como una suerte de enlace entre los nueve, cual separador, se incluye Objetos humanos , de Javier De Silvio. Este corto presta atención justamente a objetos, como las cámaras de seguridad, que están allí, presentes a nuestro alrededor, aunque no siempre nos demos cuenta. Un filme cuyo valor va más por el tema abordado que por el resultado general.
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  • Invasión a la privacidad
    ¿Será paranoia?

    Una mujer se siente vigilada en su nuevo departamento.

    Una joven doctora necesita mudarse y encuentra un enorme loft con vista a un precio regalado en Brooklyn. No lo piensa dos veces, porque si lo hace, no entra.

    Quien se lo alquila parece un hombre sensible. Algo corto de palabras, pero buena persona. En el edificio -que necesita arreglos- también vive su padre -a quien no le vendrían mal algunas reparaciones-, que, interpretado por Christopher Lee, otorga una cuota extra de suspenso para aquellos espectadores que rememoran su pasado rn el cine de terror. Para los más jóvenes será sólo un viejito que pone caras extrañas, si no lo recuerdan de El Señor de los anillos .

    Y no es casualidad que la productora de la película sea la Hammer, que ha vuelto a la carga luego de aquellos viejos y buenos filmes de horror. Pero Invasión...

    no es que motive el salto en la butaca. Juliet irá advirtiendo que no está sola en su departamento cuando cree que sí lo está. Alguien, algunos o algo la observa(n). ¿O está algo paranoica? Como viene de cortar una relación...

    Hilary Swank pone cara de ¿qué está pasando acá? cuando a la noche, con la ventana convenientemente abierta, cree sentirse vigilada. La intriga no demorará en develarse, pero éste es el tipo de filme en el que el espectador sabe más que la protagonista, por lo que la confusión de Juliet seguirá in crescendo. Cada tanto, el finlandés Antti Jokinen, en su debut en el largometraje, pero tras varios videos musicales para Beyoncé y otros artistas, va tirando puntas que animan a pensar en un vuelco en la historia. Pero no. Lo cual no desanima, sino que hace pensar que alguien estuvo elucubrando bastante para que el espectador trabaje desde la platea.

    Swank, también productora, luce su cuerpito cada vez que se acuesta a dormir o se recuesta en la bañadera. Y Jeffrey Dean Morgan, es idéntico a Javier Bardem, como el casero, tiene el papel más complejo. Pero el que saca como siempre las papas del horno es Christopher Lee. A sus jóvenes 89 años sigue dando lecciones de actuación.
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  • Habemus Papa
    Hombres de mucha fe

    Nanni Moretti es el analista de un Papa que no quiere asumir.

    La relación entre un paciente y su terapista es siempre particular. Unica. Ahora, si el psicoanalista no es creyente y a quien tiene enfrente es el mismísimo Papa la cosa se torna completamente singular.

    Habemus Papa (aquí en la Argentina sin la “m” final que corresponde poner en latín, por el “Tenemos Papa”) es más que el vínculo entre el psicoanalista (Nanni Moretti) que llaman desde el Vaticano con desesperación cuando el cardenal Melville (Michel Piccoli) entra en crisis al ser elegido Sumo Pontífice y no quiere ni siquiera asomarse al balcón a la Plaza San Pedro. Moretti, como director, ofrece una sola y extensa escena en la que ambos personajes están sentados, uno frente al otro, con todos los cardenales rodeándolos.

    Es que al escepticismo de los prelados hacia el psicoanálisis, claro, se le suma la incertidumbre de qué pasaría si el Papa no asumiera como tal. Los designios del Señor son insondables.

    Moretti toma a todos sus personajes –básicamente los cardenales, el vocero del Vaticano, su personaje y el de su esposa, también analista- y los muestra desde una mirada entre benévola y condescendiente. No está en contra del Vaticano, y prefie re exponer a los cardenales tal cual son, como humanos con sus defectos y bondades, en un campeonato de voleibol en un patio del Vaticano...

    Decididamente en tono de comedia –pero en la modulación y el matiz que el director de Caro diario sabe imprimirle a sus filmes-, la película comienza con los funerales de un Papa (las escenas corresponden al de Juan Pablo II) y el ingreso de los cardenales al encierro hasta que haya fumata blanca y elegido al sucesor. Allí, todos al escribir el nombre de quien postulan sea el Papa, piden “Qu no sea yo, Señor, te lo ruego”.

    Moretti no se gasta en explicar por qué termina siendo elegido Melville cuando ni siquiera figuraba entre los favoritos (otro designio divino) y poco le importa, ya que su filme no es sobre los manejos del Vaticano si no sobre cómo un hombre puede advertir sus limitaciones y decidir no hacer aquello para lo que no cree estar preparado.

    Y para cuando el Papa aproveche una visita a Roma para fugarse, el enredo ya estará listo.

    Michel Piccoli está realmente espléndido. Tanto cuando sólo debe musitar alguna frase (“Dios ve en mí habilidades que yo no tengo”, o al escuchar “No quiere ser el Papa”, que argumenta el analista, y su personaje le responde “Ya soy el Papa”) como con sus gestos contrariados y de niño perturbado, que ansía refugiarse en el teatro -le gusta la actuación- para encontrarse a sí mismo. ¿O su salvación? La contraposición entre el psicoanálisis y la fe (“El concepto de alma y subconsciente no pueden coexistir”, le avisan al analista) es un punto alto del filme. “En la Biblia se habla de la Depresion, están los sintomas: sentimiento de culpa, pérdida de peso, pensamientos suicidas...”, le hace decir al analista. Poco después, con el Papa deambulando en Roma, en el torneo de voley en el patio del Vaticano, todos aplauden a los pobres curas de Oceanía, cuando finalmente consiguen un punto. Eso, y la escena en la que se escucha (y bailan) Todo cambia , en la voz de Merecedes Sosa, pintan en claro sobre qué va el filme.
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  • Sin límites
    Una mente brillante

    Gracias a una pildorita, Bradley Cooper se transforma en un Einstein. El problema: las pastillitas se acaban.

    Evidentemente calculé mal algunas cosas”, masculla en voz alta Eddie Morra. Está con la punta de los zapatos al borde de un alto edificio, mirando hacia abajo. Voltea hacia atrás, e intentan ingresar en su departamento. Hay un cadáver. Es de noche y hay viento.

    Mejor no podría comenzar Sin límites , por aquello de generar inquietud en el espectador por saber qué ocurrió tanto como qué ocurrirá. Porque esa escena en el inicio, tampoco es el final. Veamos.

    Eddie era un escritor frustrado, al extremo de no haber escrito una sola página para el libro que debe entregar en días. Quebrado y deprimido, lo abandona su novia, y deambula por las callecitas de Nueva York cuando, de la nada, se le cruza un ex cuñado. Vernon no es lo que se dice una luz, pero le ofrece algo como para iluminarlo. Le da una píldora transparente, y le explica: sólo utilizamos el 20% de los receptores en nuestro cerebro, que activan circuitos específicos. La pastillita le da acceso a todo. Pero, qué lástima, no está a la venta, ya que restan algunas pruebas.

    ¿Cuán peor puede ponerse? Vernon aparece asesinado. Y Eddie se lleva un montón de pildoritas, que lo vuelven un Einstein: gracias a esa droga, cualquier recuerdo que uno cree haber olvidado, aparece como un relámpago en el momento más inesperado... pero más necesario.

    La película de Neil Burger ( El ilusionista , la aquí no estrenada Los afortunados , y que hará una remake más oscura de Bonnie and Clyde ) combina el suspenso con el humor, un Bradley Cooper (¿Qué pasó ayer?) eternizado en la pantalla y cuenta con un Robert De Niro en esos papeles episódicos que tanto le gustan: hombre poderoso, aquí empresario, para el que Eddie trabaja como consultor, ya que es capaz de leer patrones de la Bolsa como quien lee los horóscopos de los chicles Bazooka.

    Pero como esto es un thriller, las complicaciones no tardarán en llegar, y allí es donde Sin límites , paradójicamente, los tiene. Y no porque la trama no deje volar la imaginación, sino precisamente por eso: si no deseaba convertir el filme en uno de ciencia ficción, mantener los pies sobre la tierra -o al menos uno- lo hubiera beneficiado más.

    No importa. Filme escapista, con mafiosos en el medio, bien filmado y ritmo avasallante, entretiene la hora y cuarenta que dura, y hace pensar que si tuviéramos tamaña habilidad como Eddie, tal vez no seríamos más ricos, pero por un rato la pasaríamos bárbaro.
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  • La verdad oculta
    Rachel Weisz está al frente de un relato sobre un escándalo sexual.

    Para arrancar, digamos que lo que cuenta La verdad oculta no es una ficción que se le ocurrió a un guionista trasnochado.

    Aunque parezca increíble.Rachel Weisz encarna a Kathryn Bolkovac, una agente de policía de Nebraska que denunció la trata de blanca que tenía lugar en Bosnia y en la que participaron figuritas y figurones de las Naciones Unidas.Estará más o menos novelada la historia de vida de Kathryn -que decide ir como “pacificadora” a Bosnia tras la guerra para así poder ahorrar dinero y con ello poder mudarse más cerca de sus hijos, tras su separación-, pero se supone que el resto, no. Y el resto incluye escándalos sexuales que no sólo salpican a agentes de las Naciones Unidas, sino a jerarcas de todo tipo y color.Kathryn habrá arribado a Bosnia por el dinero, pero de a poco, en cuanto se empiece a enterar de cómo jóvenes llegan engañadas al lugar y terminan siendo esclavas de un prostíbulo, alertará a sus superiores. Como Bosnia no sólo es territorio arrasado sino también tierra de nadie, “los de arriba” intentan cajonear su investigación. Y cuando el escándalo sexual salta, la que está a punto de saltar por los aires es Kathryn.La verdad oculta es el típico filme de denuncia, con el que no puede haber espectador que no esté de acuerdo, más si ingresa al cine sabiendo que los vejámenes que va a ver están basados en hechos de la vida real de esas jóvenes engañadas.Kathryn tiene algo de Sérpico, el policía honesto al que todos en su destacamento veían con ojos torcidos porque se atrevía a denunciar lo que estaba mal.Las buenas intenciones -desnudar la corrupción, amén del maltrato de género- de la directora Larysa Kondracki se notan en ésta, su opera prima. Tanto que ha conseguido un elenco de primeras estrellas, ya que a la inglesa ganadora de un Oscar por El jardinero fiel se le suman Vanessa Redgrave, Monica Bellucci, David Strathairn y el danés Nikolaj Lie Kaas ( Hermanos ), entre otros.Algunas escenas shockeantes no hacen más que acrecentar el sentimiento de impunidad con que algunos personajes se manejaron en el conflicto bosnio. Weisz convence como la mujer que, tozuda como pocas, intenta resolver la situación a partir de la confianza de que la verdad debe salir a la luz, cueste lo que cueste.En otras manos (¿Costa-Gavras?) La verdad oculta sería un filme de aliento político. Aquí prima el sentimiento.
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  • Un año más
    Las cuatro estaciones

    Mike Leigh reúne a actores amigos en esta comedia, una observación perspicaz del ser humano.

    Las películas de Mike Leigh suelen ser observaciones –refinadas, humorísticas, perspicaces- sobre el comportamiento humano. Las tramas podrán variar, pero lo que prevalece es esa mirada que curiosea sobre los personajes, sin juzgarlos como en El secreto de Vera Drake , hagan lo que hagan.

    Para Un año más el director de Secretos y mentiras reunió a buena parte de los actores con los que acostumbra filmar –y elaborar el guión, ya que es sabido que como tal es una construcción que va naciendo de charlas y ensayos antes del rodaje, como le gusta trabajar a Leigh-. Por una cuestión lógica, todos rondan los 60 años, y sus personajes afrontan los miedos que natural y sensatamente deben batallar: el futuro, la soledad, la rutina matrimonial, más el amor, la amistad.

    En el centro están Tom y Gerri. Sí, ellos ya están habituados al gastado chiste (por aquello de que sus nombres suenan a Tom y Jerry), reciben en su hogar a varias almas desveladas, y a su hijo Joe. La película se divide en las cuatro estaciones del año, comenzando con la primavera, y en cada una de ellas se irán asentando las relaciones a los ojos del espectador. Tom es ingeniero geólogo y Gerri, asistente social. Típico hogar de clase media como le gusta a Leigh, son sus amigos quienes llevan sus problemas. Mary está desesperadamente sola; Ken, también. Y si en las películas de Chabrol siempre había un cafecito a mano, aquí no hay quien no tenga una copa (de más) a su alcance.

    Edificada a partir de una puesta bastante teatral, ya que las acciones transcurren prácticamente en la casa y el jardín de la pareja británica que componen Jim Broadbent y Ruth Sheen, abunda la charla. Leigh pone la cámara y refleja los diálogos. Casi no hay cortes, ni abruptos ni de los otros, en cada escena. El público debe sentirse partícipe de lo que ocurre.

    “La vida no siempre es amable”, resume Gerri ante Mary. Es llamativo que lo diga ella, ya que su vida parece marchar sobre ruedas, pero es así, una suerte de consejera solidaria ante su compañera de trabajo, quien, interpretada por Lesley Manville, es el personaje que se roba la atención. Vean cómo se muestra más desamparada cuanto más trata de ocultar su soledad, en una actuación notable.

    “Si no me doy un gusto, ¿quién me lo va a dar?”, se afirma en su pregunta Mary, que coquetea con Joe, el hijo de 30 años de su amiga. De algo de eso trata Un año más . De las pesadillas de unos, de los temores de otros, los rechazos y la terrible necesidad de afecto que llevan cada uno de ellos bordada en la piel.

    Como curiosidad: hay varias referencias a la Argentina: Mary lleva un vino a Tom, quien lee en la etiqueta “Buenos Aires”, seguramente más fácil de identificar como región argentina que Mendoza...
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  • Balada triste de trompeta
    Un circo que no alegraba el corazón

    De la Iglesia cuenta la tragedia cómica de un amor loco.

    Viniendo de Alex de la Iglesia, todo exceso es previsible.Balada triste de trompeta es ambiciosa como tal vez ninguna otra obra del director de El día de la bestia y La comunidad . Es una comedia dramática, o una tragedia cómica, en la que la historia de amor –loco, enrevesado, paranoico- de dos payasos por una misma mujer es, también, una reflexión sobre España, la Guerra Civil y el franquismo.Si decíamos que era una película pretenciosa, en cada escena hay indicios de lo desbocado y desenfrenado que es el realizador, que ya ha dado muestras de que no se anda con grises y al que hay que disfrutarlo u odiarlo por lo que cuenta y cómo. Javier ya de niño quería ser payaso, como su padre y su abuelo. Javier es el payaso triste, el que no puede reír porque ya el hecho de existir le causa dolor. Perdió a su padre de niño, y en el circo en el que tras muchos giros y desvíos encontrará trabajo será la contratara de Sergio, el payaso alegre. Pero detrás de esa pintura risueña emerge un ser despreciable, violento, al que todos temen, hasta su novia, Natalia, a quien maltrata y más. Ni el dueño del circo tiene el valor de echar a Sergio... Es que es la atracción de este circo itinerante que es también una metáfora de España.Para De la Iglesia, el filme -que debe su título a la letra del tema que cantaba Raphael, Balada de trompeta - opera como una síntesis de la historia española, y de cómo el pasado repercute en el presente en sus personajes. “No somos nosotros. Es este país que no tiene remedio”, como dirá un tercero. En esta kermese De la Iglesia parodia al generalísimo Franco, homenajea a Gaby, Fofó y Miliki, retoma emblemas populares para realizar alegorías y destila ese humor cáustico que lleva como su marca de fábrica.Esos toques –o marcas gruesas de humor negro- están allí y aparecen en cualquier momento, en cualquier situación y diálogo. Irrumpen en medio de circunstancias o coyunturas para desdibujar lo trazado, operando como el ying y el yang. Así, la película es despareja, y a una burla machista le sigue una brutalidad irracional, de la que hay cierto regodeo.Porque así es Balada...: los personajes se mueven por impulso. Y si Javier y Sergio son las dos caras de una misma “moneda”, mejor sería no contar con esas reservas...Carlos Areces y Antonio de la Torre se adhieren a los excesos de De la Iglesia, con composiciones ampulosas cuando no exageradas, hasta llegar a un desenlace en el que la simpatía del espectador se pone en juego. Carolina Bang es la chica en disputa, y ante tamaños adefesios grotescos como pretendientes, cabe preguntarse qué hubiera pasado si De la Iglesia, en vez de poner a esta actriz tan bonita hubiera elegido a una fea. ¿O es que la hermosura le sirve para enfrentar a la bella y las bestias? “Con tanto llanto de trompeta / mi corazón desesperado/ va llorando / recordando mi pasado” , canta Raphael. Cabal síntesis de un relato desmesurado, burlón y en el que la empatía hacia los personajes se pone en cuestión más de lo aconsejable. Nada nuevo, viniendo de De la Iglesia.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    Todos unidos triunfaremos

    A la par de la original.

    Para muchos, El planeta de los simios , la película original de 1968, con un Charlton Heston desconcertado al advertir que ese Planeta de los simios, no era otro que la Tierra, es un clásico indiscutible, una obra maestra y, como tal, intocable e inmodificable.

    La película que hoy recupera la saga no es una remake de aquel filme, sino que replantea todo desde el vamos. En tiempo presente, el científico Will Rodman (un James Franco de un solo gesto) está desde hace cinco años tras la mutación de un virus que sirva para regenerar o mejorar la capacidad cognitiva. Tiene su propia razón: su padre (John Lithgow), un eximio músico, padece Mal de Alzheimer. Pero en Gen Sys, el laboratorio para el que trabaja, sólo le permiten testearlo con simios.

    Y pasa lo que usted ya imagina: algo no sale bien (Ojos brillantes, la que mejor responde al virus, de pronto reacciona mal, y ataca, pero el motivo no es por el virus 112), y Will termina llevándose a una cría a escondidas a su hogar. César irá creciendo y demostrando que recibió estando en la panza de su madre el virus, por lo que tiene un coeficiente intelectual mayor al de muchos de los cineastas del Hollywood actual.

    El planeta de los simios (R)evolución) tiene muchas diferencias con las anteriores películas de la saga. Por un lado, los simios no son actores o extras disfrazados o con maquillaje, como aquella gloria primitiva o la extrañamente aburrídisima versión de Tim Burton de 2001. No. César, cuando ya es un macho de 7 años, es interpretado por Andy Serkis, a través de la performance capture , y el actor, que ya trabajó de la misma manera para “ser” Gollum en la saga de El Señor de los Anillos , que fue King Kong y será el capitán Haddock en Las aventuras de Tintín , ya a estas alturas se merece un premio. Llamése Oscar o lo que fuera, porque aunque no lo veamos, Serkis siempre está. Y está my bien.

    Y otra disparidad está directamente relacionada con la actuación de Serkis/César. Porque el protagonismo del simio, que sufre el maltrato cuando lo encierran junto a otros de su especie, es fundamental, ele eje de una película netamente dividida en dos, y no necsariamente la segunda -la de las escenas de acción- es la mejor.

    Pero si tal vez la composición de Serkis/César -y de los otros simios, orangutanes o chimpancés que harán la rebelión- opaca la de Freida Pinto (de Slumdog Millionaire ), Brian Cox o Tom Felton (Draco Malfoy en Harry Potter ), todo ello hace que la empatía con los supuestamente malos nos deje pensando o mascullando ideas.

    Al margen de homenajes varios, que las nuevas generaciones pasarán o no por alto, por supuesto que el filme deja flotando en el aire preguntas del tipo qué nos hace humanos y qué nos diferencia de los simios y un final perfecto. Perfecto para cerrar la película y para abrir un asecuela, se entiende.
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  • En un mundo mejor
    Entre la utopía y la cruda verdad

    Oscar al mejor Filme extranjero, sobre perdón y venganza.

    No soporto a la gente que se da por vencida”, le espeta sin anestesia -como cada vez que le habla a su padre- el preadolescente Christian a Claus. Christian no aguanta unas cuántas cosas más, como el maltrato a los indefensos, el engaño, la falta de actitud antes las afrentas, todos temas que En un mundo mejor va tomando y mostrando en distintos ámbitos, familiares y hasta geográficos.

    La nueva película de Susanne Bier ( Corazones abiertos , Hermanos ) tiene muchos personajes, presentados como distintas caras de una misma realidad. La mirada de la danesa siempre ha sido entre develadora y cínica ante sus criaturas, que suelen ser infieles o cobardes, apasionados o cegados por algo que los seduzca sin conocer límites. Claus y Christian regresan a Dinamarca luego de la muerte de la madre de la familia. En su nuevo colegio, Christian poco menos que socorre a Elias, hijo de padres separados por razones que ya se sabrán, del abuso de algún bravucón.

    Bier apela al montaje paralelo en su narración, ya que el padre de Elias es un médico que trabaja en un campo de refugiados en Africam, donde cura y salva la vida -entre otras cosas- de las atrocidades que realiza un hombre poderoso. Así, las fronteras entre un mundo y otro prácticamente desaparecen, cuando el deseo de venganza y la necesidad de reparación aúne las historias.

    El cine danés, con Lars von Trier ( Contra viento y marea ) y Thomas Vinterberg ( La celebración ) a la cabeza en los ’90, dio a luz a Bier, cuyo cine siempre lució más refinado e igualmente perverso. Aquí si no hay un regodeo sobre vicios y depravaciones varias, sí hay un desenfreno en las conductas, aún en aquéllos que se presentan como más medidos o hasta cerebrales.

    Pero el espectador llegado un momento puede preguntarse: ¿cuál es la postura de Bier? Y allí reside la esencia, el fondo de la cuestión. La venganza puede tomar formas terribles, y más aún si es un menor el que la planea con aterradora frialdad.

    Como siempre, las actuaciones son el plato fuerte del banquete tremendo que suele ofrecer Bier. Tryne Dirholm y Mikael Persbrandt, los padres de Elias, llevan soberbiamente adelante las acciones, lo mismo que los jóvenes.

    No darse por vencido es lo que anima a Christian. Pero es joven y, aunque ha vivido pérdidas, le queda mucho más por vivir. Allí, en esos diálogos entre él y Elias, habría que buscar el sentido que la realizadora le encuentra a unas historias en las que el perdón, a veces, no llega, o suena a rendición.
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  • Los Pitufos
    Lo que los chicos quieren

    Buen paso de los personajes a la pantalla grande, saltando de la aldea a Nueva York. Y en 3D.

    Los traspasos de personajes de la TV al cine tienen sus bemoles. Los propios Pitufos ya tuvieron su filme en los años ’80 (¡con Los Pitufos y la flauta mágica !) con tan poco éxito que nadie por los vecindarios de Hollywood se acordó de ellos hasta ahora, cuando Sony estrena Los Pitufos , una película que devuelve a los personajes, los saca de su pitufialdea medieval y traslada a seis de ellos (uno, nuevo) a Nueva York.

    La presentación, para los más pequeños, aquellos que vieron poco o nada a estos seres azules que miden “tres manzanas de alto”, ya es para que abran bien los ojitos. Está claro que Los Pitufos es un filme para chicos de hasta 8 años, aunque algunos grandulones que en los ‘80 los veían por la tele seguramente querrán aproximarse a ver de qué se trata. Y el resultado, dentro de lo imaginable, es positivo.

    Nacidos de la imaginación del belga Pierre Culliford, alias Peyo, los Pitufos son 101 (sí, como los Dálmatas) y cada uno tiene un sobrenombre de acuerdo a su personalidad (sí, como los siete enanitos de Blanca Nieves). Está Papá Pitufo, que se diferencia de sus hijos porque tiene barba y lleva ropa y gorro rojo, en vez del blanco del resto, y está Pitufina, única femenina de la comunidad, que –como bien saben quienes siguieron el cómic o la serie de TV- fue una creación del hechicero Gargamel infiltrarse en la comunidad de los Pitufos, pero el bueno de Papá Pitufo sacó la bondad en ella y la acogió como una hija más.

    Los seis personajes (Papá, Pitufina, Tontín, Gruñón, Filósofo y Bravo, el nuevo, que viste de escocés) terminan transportados a través de un portal al Central Park luego de que Gargamel logre ingresar a la aldea y, en el escape, en los preparativos por el Festival de la Luna azul, saltan al universo “real”, por decirlo de alguna manera. Detrás del sexteto van Gargamel y su gato (animado), Azrael.

    Ya en Nueva York, entablarán relación con una pareja (Neil Patrick Harris y Jayma Mays, Emma Pillsbury en Glee ) que espera un bebé. El es ascendido como vicepresidente de marketing de una empresa de cosmetología, cuya presidenta (Sofía Vergara) le exige que arme una nueva campaña para un nuevo producto en 48 horas. El resto es previsible.

    Pero lo que, tal vez, no era fácil de imaginar era que la interacción de los dibujos o, si se quiere, la inserción de los Pitufos en el mundo cotidiano, sería tan “realista”. Los personajes están bien integrados. Raja Gosnell ( Scooby Doo ) conoce del tema, y el mensaje –cristalino- es, como dirían Los Campanelli, que no hay nada más lindo que la familia unida.

    Hank Azaria, semirreconocible detrás de la pelada y la nariz dientes postizos, se divierte y divierte a los más chicos como el maléfico Gargamel, que quiere extraer la esencia de los Pitufos para tener más poder. Pero, como dicen que la esencia no cambia… Buen programa para los más chiquitos.
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  • El mundo según Barney
    De amor y de humor

    Paul Giamatti es un impulsivo y autoindulgente productor de TV que tropieza varias veces con la misma piedra en su vida amorosa.

    No aprende. Barney no aprende. Pasan los años, las mujeres por su vida y el tipo insiste en corroborar aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. O más.

    Barney es un impulsivo -cuesta diferenciar a veces cuándo una persona deja de ser impulsiva para tildarla de infantil- que además es autoindulgente. Cómo hizo para enamorar a las tres mujeres que cuenta la película, es una incógnita. Productor de un exitosísimo programa de TV, Barney sufre horrores ya desde la primera toma, aquella en la que despierta por teléfono a la nueva pareja de una de sus ex esposas, para preguntarle si no quiere ver fotos de Miriam desnuda, cuando ella era joven. Después de que Brian le corte, vemos que las fotos que Barney tiene en sus manos son de Miriam, sí, pero toda una señorita y señora, como luego veremos que fue.

    El mundo según Barney -que nada tiene que ver con El mundo según Garp de hace casi 30 años, sobre el libro de John Irving, con Robin Williams- se centra, sí, en este hombre panzón en distintos momentos de su vida, que el debutante en la dirección de cine (con una veintena de series de TV sobre sus espaldas) Richard J. Lewis irá narrando en diferentes saltos narrativos.

    Así veremos a un Barney jovencito y bohemio, con su enamorada en Italia, con quien se casa y descubrirá una infidelidad. Luego con una hija de empresario forrada en plata y de religión judía como él, en cuya mismísima fiesta de bodas conocerá a la que -entiende Barney- es la mujer de su vida. Y que no es su esposa.

    Probablemente El mundo según Barney no sería lo que es sin Paul Giamatti como protagonista. El actor de Entre copas vuelve a pro barse en un personaje con mucho de patetismo, rodeado de otros seres no menos sombríos o melodramáticos, con un padre (Dustin Hoffman) al que cada vez que le pide un consejo paternal... prepárense.

    También sea excesivo el tratamiento de la cultura judía en varias escenas -para los que no la practican y para los que sí-, pero eso es un dato menor dentro de una comedia que desembocará en drama recién a la hora y cuarenta de su proyección. De amor y de humor, parece decirnos, también se (sobre)vive.
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  • Loco y estúpido amor
    Todo lo que necesitas

    Steve Carell demuestra por qué es un gran comediante.

    Tal vez nadie lo haya previsto, pero en lo que va de este 2011 se han visto varias comedias estadounidenses que se alejan tanto del clásico slapstick como del humor más burdo y/o sexual.

    Loco y estúpido amor cabría dentro de lo que comúnmente se suele denominar “comedia de humor inteligente”, eufemismo para diferenciar un filme del resto de la producción en la que, para lograr una sonrisa, se echa mano a recursos resabidos, aprovechados hasta el hartazgo, o al simple doble sentido.

    La nueva película de los directores de Una pareja despareja puede verse desde distintos cristales, si se piensa en quién es el protagonista. Tiene un aspecto coral (de hecho hay siete roles importantes), pero con el personaje de Steve Carell (Cal) como eje sobre el que pivotear las historias.

    Sentado a la mesa en un restaurante, Cal está inseguro sobre qué pedir de postre. “Quiero... el divorcio”, le dice su esposa (Julianne Moore, con su perfil cubista). Cal no le cuestiona nada, ni cuando se entera de que lo engañó con un compañero de trabajo (Kevin Bacon), y se tira del auto de regreso al hogar. No sufre más que un rasguño. El dolor vendrá luego.

    La trama se irá complejizando con el arribo de otros personajes, como Robbie, su hijo de 13 años (Jonah Bobo), que está enamorado de la niñera de 17 años (Analeigh Tipton), quien ama en secreto a Cal. Y con Jacob, un playboy que en un bar levanta mujeres como papelitos del suelo (Ryan Gosling) y que ayuda al buenazo de Cal –se casó con el amor de su vida a quien conoció en la Secundaria y nunca estuvo con otra mujer más que con ella- en cómo conseguir chicas. La séptima participante del juego es Hannah (Emma Stone), que cree que van a proponerle matrimonio, y rechaza alguna noche a Jacob.

    Lo de “humor inteligente” va por los remates de los gags y la encadenación de situaciones. A la hora de pensar a qué se parece Loco...

    , por momentos los personajes de Cal, Jacob y Robbie recuerda a la estructura de Two and a Half Men , pero esta película tiene su cuota de romanticismo empedernido que le falta a la serie que dejó Charlie Sheen.

    Carell no sólo está mucho más tiempo en pantalla que el resto –los directores saben cómo “sacar” o hacer desaparecer algunos personajes para luego meterlos de prepo en la historia, creando sorpresa, y eso también es signo de astucia e ingenio-, es algo así como el nexo en común con el resto. Además de ser coproductor (con Denise Di Novi, antigua productora de Tim Burton), tiene bien ganado su lugar en la historia. El comediante es dueño de una simpatía que hace sentir al espectador cerca de sus problemas, y genera con sus gestos y tonos de voz la empatía para ponerse siempre de su lado.

    La comedia a veces sucumbe ante el llamado hollywoodense de crear circunstancias con aroma a clisé, pero siempre hay una línea de diálogo que la rescata. No hay muchas comedias que ofrezcan la oportunidad de concatenar situaciones reideras, que cuando uno comienza a lamentar que termine una secuencia, ya arranca mejorando la otra.

    Entre tanta oferta infantil en la cartelera, Loco y estúpido amor no tiene ninguno de los dos calificativos del título, sí humor… y amor.

    Por qué sÍ
    Comedia inteligente, que sabe encadenar situaciones reideras con un elenco de lujo.
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  • Capitán América - El primer vengador
    Héroe, pero estilo clásico

    En su salto al cine el personaje de Marvel es menos vertiginoso y más humano.

    A los 60 años, Joe Johnston, después de dirigir Querida encogí a los niños , Jumanji y Jurassic Park III –de su curriculum puede que quiera borrar El hombre lobo , pero nadie sabe a ciencia cierta si el montaje final de ese pastiche con Benicio del Toro lo hizo él- demuestra que es un director sumamente confiable para el entretenimiento, si lo que se busca es erigir un relato contundente y convincente –algo poco usual en pleno Hollywood modelo siglo XXI- y con un superhéroe al frente.

    El Capitán América del cómic y el del dibujito animado, que muchos seguíamos en la TV blanco y negro en los años ’70, tenía algunos puntos en común con otros de los Vengadores editados por Marvel. En su paso a la pantalla grande, Iron Man tiene cinismo, Thor es duro y este Capitán América es el que mejor “da” como prototipo de la clase media estadounidense y hasta del mismísimo sueño americano.

    Steve Rogers quiere vengar, cuándo no, la muerte de su padre, que falleció por gas mostaza, pero, debilucho como es, rebota una y mil veces cuando quiere enlistarse en el Ejército para combatir a Hitler. Tanto tesón le ganará una oportunidad, cuando un científico alemán (Stanley Tucci) que trabaja para los Aliados le proponga ser parte de un experimento. ¿Vos querés ir a patear traseros nazis a Europa? Te inyectamos algo para que tus músculos crezcan...

    La prueba e investigación tiene su correlato en la Alemania nazi, donde la organización Hydra, comandada por Johann Schmidt (Hugo Weaving, el agente Smith de Matrix ) ya viene experimentando con un suero poderoso.

    Está bien: aquí había que presentarlo, pero lo que sorprende –y con agrado- es que una vez que Rogers se convierte en el Capitán América, cuando la película podía derivar en lo que fueron Iron Man o Thor , o mismo Wolverine , sigue su línea de rigor, si cabe el término. El Capitán tiene superpoderes, pero el relato no se basa en ellos si no en el enfrentamiento con el malvado Red Skull (Schmidt) ya en territorio europeo. Y le adosa su historia con Peggy Carter (la linda y modosita Hayley Atwell) y el coronel Phillips (el cara de piedra Tommy Lee Jones).

    Cuando Stan Lee tomó el personaje -que había nacido en 1941- le quitó lo más panfletario y lo barnizó con preocupaciones sociales que eran más afines al lector estadounidense de 1964. Y aquí, hasta los colores de la bandera, las barras y estrellas cuando aparecen propagandísticamente son retratados precisamente como propaganda...

    Pegando un vistazo a los nombres que hemos puesto entre paréntesis es fácil advertir que no se han ahorrado dólares a la hora de conformar el elenco. Falta hablar de Chris Evans, el héroe en cuestión. Con experiencia en superhéroes (era La Antorcha humana en Los 4 fantásticos ), ya desde su presentación (con un doble de cuerpo cuando es flaquito) calza perfectamente en el personaje, en cómo lo imaginó Johnston. Es el motor de la historia y enciende a la perfección.

    Ahora hay que esperar a Los vengadores, que se está rodando, y reunirá a todos los superhéroes. Y -más que nunca- no perderse lo que pasa tras los créditos finales...
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  • Atrapada
    Atrapada
    Clarín
    Me quieren volver loca

    John Carpenter regresa con un relato afín a sus primeros grandes éxitos, y con el encierro como leit motiv.

    John Carpenter se hizo un nombre en el cine de los años ‘70 cuando una película suya, de bajo presupuesto, se convirtió en una de las campeonas de la taquilla, e inició no sólo una saga exitosa ( Noche de brujas ) sino un tipo de filme de terror que sería emulado, multiplicado y bastardeado hasta el presente.

    Lo que destacó a Noche de brujas y a su asesino serial, Mike Myers (nombre del protagonista, no el comediante homónimo) en los primeros títulos, los dirigidos por Carpenter, era lo que sería la marca de fábrica del director de El enigma de otro mundo . Más que terror, suspenso. En Atrapada , su regreso al cine después de una década ausente, tiene muchos puntos en común con Noche de brujas , en lo narrativo y hasta en el estilo de cámara.

    Kristen (Amber Heard) deambula por los pasillos de un hospital psiquiátrico. Sabemos poco y nada de su pasado, sólo que la internaron allí después de haber incendiado una casa en las afueras de North Bend, Oregón. Es 1966, y los métodos que el doctor Gerald Stringer utiliza con ella y sus cuatro compañeras del pabellón (el título original del filme) son las drogas y, eventualmente, el electroshock.

    La protagonista –que a diferencia de otras sagas, es línda pero no tonta, lo que la saca de la ley no escrita del género de que si es hermosa va a encabezar la lista de las futuras víctimas- quiere escapar del lugar, más aún cuando advierte que sus compañeras empiezan a desaparecer, algo que hace recordar involuntariamente a La isla siniestra , de Scorsese. ¿Qué les pasa? Las vueltas de tuerca del guión, que no es creación de Carpenter, como tampoco la música -algo de lo que le gustaba encargarse al realizador de Escape de Nueva York -, son un poco tiradas de los pelos.

    Hablábamos del estilo repetido de Carpenter. Hay aquí mucha cámara desplazándose por pasillos montada en grúa, pantalla widescreen (ancha), mucha acción nocturna, lluvias y relámpagos, y un uso tal vez abusivo de golpes de efecto.

    También están los personajes arquetípicos, no sólo la protagonista como la aparentemente cuerda en medio de loquitos, que hace que toma la medicación, pero no, más la enfermera con anteojos, el enfermero fuerzudo, el médico que ocultaría algo.

    Con todo, y sin ser lo mejor que se le vaya a recordar a Carpenter, Atrapada jamás aburre, mantiene en tensión, tiene muy buena iluminación –dato no superfluo en este tipo de filme- y no cae en el gore o el slash del tipo El juego del miedo , hijo bastardo de las Noche de brujas .
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  • Los pingüinos de papá
    Esas son mascotas

    Jim Carrey mejora la relación con sus hijos cuando aloja las aves del título en su casa.

    Jim Carrey se hizo hiperpopular con aquel megaéxito que fue La máscara , pero su primer golpe de suerte, por decirlo de alguna manera, lo tuvo como ese detective de mascotas que fue Ace Ventura , en 1994, en la que se las veía con animalitos. Todo viene a cuento ante el estreno de Los pingüinos de papá , la comedia de tono familiar en la que el actor que de vez en cuando intenta ponerse serio vuelve a probarse como comediante, y no cómico.

    La trama y el nudo argumental son pequeños y simples. Popper es un ejecutivo exitoso en lo suyo, no así en su vida personal. Padre separado, a sus hijos mucho no les interesa pasar el fin de semana en su deslumbrante piso sobre el Central Park, en Nueva York. Digan que es una comedia, pero que los niños, de repente, acepten quedarse con él, no por él, sino por los pingüinos que habitan su hogar, ejem… El mismo hijo de un aventurero, que de chico seguía por radiollamadas la comunicación con su padre siempre de viaje, cuando éste fallece recibe una encomienda. Es un pingüino de la Antártida, no embalsamado como él cree, sino vivito y defecando. No puede sacárselo de encima, recibe cinco más y, lo antedicho, cuando su hijo menor y su hija adolescente descubren que pueden divertirse con papá, el hombre se niega a entregar las aves al zoológico.

    Pero el verdadero “mensaje” del filme no es “queré a tu papi por lo que tiene, no por lo que es”, sino todo lo contrario. Popper, para ascender en la firma donde trabaja, debe convencer a la dueña del restaurante Tavern on the Green (Angela Lansbury, nada menos) de venderlo, porque sus jefes quieren tirarlo abajo y construir allí un edificio. ¿Qué hará el bueno de Popper? No es éste un festival de morisquetas Carrey, aunque al actor le suceda lo que a John Travolta tras Fiebre de sábado por la noche : no había filme en el que no le hicieran bailotear un poco, y Carrey no puede evitar no imitar a James Stewart, o hacer más bufonadas, que, en fin, fue lo suyo en un principio. Pero como la película llega hablada en castellano, parte de la gracia se pierde.

    Los más chicos, hasta los 9, 10 años, la pasarán bien, por su humor sano. En estas vacaciones de invierno atomizadas por Potter y Cars 2 , ésta es otra opción, Sifinitivamente , como diría Popper.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    Adiós a un mago a pasos de ser leyenda

    El final dejará conformes -y emocionados- a los fans del mago.

    Después de diez años y ocho películas llega el momento de despedirse de Harry Potter. El fan, de los libros y de los filmes, quedará satisfecho con Harry Potter y las reliquias de la muerte, Parte 2 , no sólo porque se respeta el libro de J.K. Rowling, sino porque, más importante aún, el filme honra y reverencia a sus personajes y los temas abordados a lo largo de la saga, la más exitosa en términos económicos de toda la historia del cine.

    Desde la orfandad y los maltratos que sufría Harry en La piedra filosofal hasta –ya todos lo saben- el duelo final que mantiene con Lord Voldemort en la película que hoy se estrena en la Argentina, un día antes que en los EE.UU., ha pasado de todo. Rowling y los respectivos realizadores de las películas posaron sus miradas sobre los conflictos de los niños y adolescentes, la amistad y los miedos, la solidaridad y hasta la violencia, la muerte, el enfrentamiento entre el Bien y el Mal, y también el sentido de pertenencia, sea a una escuela de magia, a una familia o a sentirse leales a un ideal.

    Pero tal vez haya sido el guionista Steve Kloves el mayor responsable de que la saga del mago con el relámpago en la frente haya conquistado públicos de toda clase y en todo el mundo. Kloves (director de Los fabulosos Baker Boys , que adaptó todos los libros excepto La Orden del Fénix ) siempre supo cómo sopesar la amistad de ese trío formado por Harry, Hermione y Ron, ya sea desde el costado de cuento de hadas que le confirió Chris Columbus a las dos primeras películas, hasta la oscuridad y la mejor intriga que le dio Alfonso Cuarón en la mejor de todas, El prisionero de Azkaban . Lo cierto es que el seleccionado de estrellas británicas -más algunos infiltrados estadounidenses- que acompañaron a los chicos siempre han hecho que ver las películas de Harry Potter resultara un placer.

    Ahora bien, aquéllos que nunca vieron un fotograma de HP , no entenderán nada si van a ver Las reliquias de la muerte, Parte 2 . Por más que se haga hincapié innecesariamente en los diálogos, que explican más de lo que deberían, como para que nadie se olvide de nada. Si bien en la Parte 2 se cierra todo lo que en la Parte 1 quedaba abierto, aquélla es sensiblemente superior, en términos de suspenso, sorpresa y perplejidad. Desde que David Yates, quien básicamente provenía de la TV británica, tomó la posta (hizo las últimas cuatro películas), hay ierta homogeneidad.

    En esta Parte 2 Harry regresa a Hogwarts y sabe que, con o sin horocruxes, deberá enfrentarse al Innombrable. Rodada en 3D, tiene la espectacularidad que le faltó a otras, es cierto, y momentos que parecen tomados cinematográficamente de la última parte de El Señor de los Anillos , de Peter Jackson.

    Aquí se resuelven muchas preguntas que el fan tuvo a lo largo del desarrollo de los libros y las películas, y no tiene sentido hacer mención a ellas. Los fanáticos tendrán su momento para emocionarse –o no- en el epílogo.

    Concluye Harry Potter, y más sustancial que el duelo que los fans harán por el final es lo que ha dejado la saga, cómo influyó en otros filmes en la manera de contar relatos aptos para chicos y adolescentes. Si Daniel Radcliffe tiene mejor perspectivas de futuro que Emma Watson o Rupert Grint está por verse. Lo cierto es que muchos jóvenes crecieron con estos personajes durante los últimos diez años, y ni el final podrá con el mito o la leyenda. El cine logra cosas así. Por suerte.
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  • Tengo algo que decirles
    Mejor me callo la boca

    El turco Ferzan Ozpetek retrata una familia italiana dedicada a la fabricación de pasta, con secretos mejor o peor guardados.

    Una novia, con su vestido blanco movido por el viento, camina por el campo italiano. Va sola. Llega donde hay un muchacho, le apunta con un revólver y luego se dirige el arma hacia su propio pecho. La cámara se aleja, toma la vivienda desde lejos y se escucha un disparo.

    No se trata de un thriller. No. Ferzan Ozpetek ofrece esta suerte de preámbulo para luego saltar en el tiempo y ofrecer una commedia all’italiana de mejores épocas, con los toques de modernismo que imperan en el presente. Pero lejos de Scola o Risi, ya que Tengo algo que decirles jamás promueve la carcajada, ni la simple ni la hiriente. No hay una mirada crítica sino contemplativa.

    La trama se desarrolla en el seno de una típica familia, en el caso una que tiene una fábrica de pastas en Lecce. Sentados a la mesa, claro, son más de una decena. Tommaso llega desde Roma, donde en vez de estudiar Económicas se abocó a la Literatura, y piensa aprovechar esa reunión anual en casa de sus padres para revelar no sólo eso, y que piensa dedicarse a la escritura, sino también que es gay. Su hermano mayor, Antonio, que trabaja en la empresa, le pide que no lo haga. Y cuando llega el momento del anuncio, le gana de mano. Sí: Antonio revela que es homosexual, y el padre literalmente se desmaya luego de echarlo, y termina en el hospital.

    Cada espectador podrá engancharse con algunos de los dos temas troncales. Uno, claramente, es el de la aceptación de la homosexualidad y cómo lo viven ambos hermanos. El otro es la relación padre-hijo, cuando aquél no sólo no ve reflejado en éste sus expectativas, sino que se siente defraudado.

    El turco Ozpetek, afincado en Italia desde sus 17 años, extrañamente prefiere volcar ambos asuntos en clave humorística, cuando tanto el tema de las relaciones familiares como el de la homosexualidad los había tocado en Hammam, el baño turco y La ventana de enfrente , dos de sus tres películas estrenadas hasta aquí en nuestro país. Así, su filme no deja de ser un pasatiempo algo extendido (111 minutos) en el que todo parece pasar por si Tommaso le dice la verdad a su padre o si ese hombre de Neanderthal que es Vincenzo alguna vez reflexionará.

    “Si uno hace siempre lo que le piden los demás, no vale la pena vivir”, dice la abuela a uno de sus nietos. No vamos a revelar por qué la nona lo dice, pero entre los secretos mejor o peor guardados de una familia con muchos integrantes –que el filme se empecina en caracterizar de un plumazo-, habrá que seguir con atención a la abuela (Ilaria Occhini).

    También, a Riccardo Scamarcio –empezó a rodar Bop Decameron , esta semana con Woody Allen-, y no sólo porque es del que está más tiempo en pantalla. Los suyos son personajes que no se ajustan a una sociedad rígida, y tal vez en ellos Ozpetek haya querido concentrar su punto de vista. Pero es evidente que, aquí, lo manifiesto le quita lo valiente.

    Comedia a la italiana, pasatista, que no ahonda en los temas que aborda, la aceptación de la homosexualidad y la relación padre-hijo.
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  • De dioses y hombres
    El sentido de la vida misma

    Monjes franceses en Argelia deben tomar una decisión.

    Por qué la fe es tan amarga?” La pregunta se la hace un monje ante una situación límite. El y otros siete religiosos que viven en el Monasterio del Atlas, en Argelia, en los años ’90, son amenazados por un grupo fundamentalista, que comete todo tipo de atrocidades, ante un gobierno que muestra corrupción. Y entonces los monjes deben tomar una decisión. Regresan a Francia, su país, o se quedan allí, donde -para más de uno- es su verdadero hogar.

    Basada en hechos reales, la película de Xavier Beauvois quiere por todos los caminos incluir al espectador en su trama, haciéndolo partícipe de las crueldades de los terroristas tanto como de las dudas y los miedos que tienen estos siervos de Dios en un territorio que para muchos resultará ajeno. El protagonismo se repartirá entre Christian (un contenido y a la vez temeroso Lambert Wilson), Luc (un soberbio Michael Lonsdale) y el resto.

    Es que cada monje tiene sus ideas, sus motivaciones internas y sus necesidades, por más que lo que compartan todos sea el deseo de ayudar al prójimo. “No podemos dar lo que no tenemos”, se escucha por allí. Es una de las tantas frases con las que el realizador pretende sumergir al público en la ineludible tragedia. Es que la colonización francesa también tuvo que ver con los hechos que luego acontecieron.

    “Somos como pájaros en una rama. No sabemos si partir”, dice uno de los religiosos a los aldeanos, pero como los cistercienses no tienen como misión la evangelización, en ese pueblo musulmán, la ayuda que pueden brindar muchas veces tiene que ver con la salud. Historia de coraje, valentía y temores, De dioses y hombres habla de seres que luchan contra la sinrazón, con la esperanza como bandera.

    “¿Para que ser mártires?” “Somos mártires de fidelidad, de amor”, se preguntan y responden los monjes. El relato utiliza como contexto la religión –o las distintas creencias-, pero sabe ir más allá de la cuestión filoreligiosa. ¿Qué hacer cuando todo indica que para sobrevivir sería necesario cambiar una forma de ver las cosas? ¿Se es fiel a un precepto, a lo que dicta el corazón, o se ve la realidad y se actúa en consecuencia? Ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes 2010, De dioses...

    no es un filme sobre la religiosidad, por más que abunden las escenas de rezo y los protagonistas sean cristianos de ley. La humanidad y el entendimiento de lo que es correcto son las bases en las que se sustenta este muy buen filme que no debería pasar desapercibido en la cartelera argentina.
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  • Cars 2
    Cars 2
    Clarín
    Con un pie en el acelerador

    Rayo y Mate vuelven con más ritmo, comedia y aventuras.

    Es, a todas luces, la película animada en 3D mejor realizada y más brillante a la fecha -se sabe que los prodigios cinematográficos en la materia hacen que lo que hoy parezca insuperable, dentro de un par de años pase por obra de un principiante-. Eso, en cuanto a cómo se ve , a su diseño de producción, a los escenarios que sirven de fondo, sea en Italia o en Londres, además de que el agua, ese elemento que tantas veces denota en la animación artificiosidad, esta vez parezca tan real como la del Mediterráneo.

    Y los ojos, ese otro componente difícil de lograr creíble, esta vez zafan, ya que no hay personajes humanos. Todos, en Cars 2 , son autos. O barcos. O aviones. Con ojos y boca.

    Y con corazón.

    De Toy Story a esta parte -lleguen temprano al cine, que el corto que precede a la película es Vacaciones en Hawai , con Woody, Buzz y compañía, ya sin Andy...- Pixar ha hecho de la amistad el núcleo central de sus historias. Aquí, Rayo McQueen sigue compitiendo -desde 2006 ha ganado varias Copas Pistón- y su equipo es el mismo que lo acompañaba en “Radiador Springs”, con Tom Mate como su amigo fiel... y corazón de la nueva historia.

    Es que en el periplo que Rayo debe hacer por el mundo a través de la triple competencia -en Tokio, en una ciudad costera italiana y en Londres-, los amigos se cruzarán con espías, y el remolque en particular se verá en medio de una trama que tiene a agentes británicos (como los buenos) y un grupo de autos como caídos en desgracia, que están comandados por otro enigmático auto, que nadie sabe quién es, pero que está boicoteando un nuevo combustible más puro, que es el que utiliza Rayo...

    Mate cree que Holly Shiftwell, una belleza de auto, está en verdad enamorada de él, pero es una espía británica, lo mismo que Finn McMissile, quien es el james Bond de la historia. Claro: los gadgets de los autos del 007 se justifican aquí porque el protagonista es un auto sofisticado en sí mismo.

    Pero al costado de intriga -y conveniente humor- se le agrega el de la competencia internacional propiamente dicha, donde Rayo pelea, bujía a bujía, con el as del volante italiano Francesco Bernoulli, que no es de jugar limpio. ¿Tendrá que ver Francesco con el complot contra el nuevo combustible? Con un pie en el acelarador, John Lasseter marca diferencias que los fans de la primera película sabrán notar. Por un lado, el ritmo, más frenético. Por otro, se extraña la mirada nostálgica, esas sutilezas que campeaban por Springs. Ahora todo es más el aquí ahora, no hay un pueblito por recuperar, ni la ruta 66 es un eje del relato.

    Cars 2 está mucho más volcada -sin nunca llegar a volcar- hacia la aventura y la comedia. Las secuencias de persecución en las pistas son realmente asombrosas, y el 3D está más que bien aprovechado.

    La película tiene muchas copias subtituladas, con lo que los mayorcitos pueden oír a Owen Wilson, John Turturro y más estrellas. Los chicos (y las chicas) pueden disfrutar igual sin tener que leer, para así dedicar sus ojitos a estos reyes de la pista, que abren camino a más y más aventuras y humoradas por venir.
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  • Medianoche en París
    Sueño con el pasado que añoro

    Allen muestra su amor por la Ciudad Luz y unas criaturas con las que siempre se sintió en deuda.

    Woody Allen siente amor, históricamente, por historias como ésta: el protagonista anda como perdido por la vida y zonas aledañas, y encuentra en el amor un camino de posible salida, si lo que escribió es en tono de comedia, o de plausible redención, si es drama.

    En Medianoche en París vuelve a mostrarse efusivo con una ciudad, como en su bienamada Manhattan . Afecto por una urbe y sus seres, aquí son criaturas que Woody ama (y amó ya desde su juventud) desde lo intelectual.

    Porque convengamos que ese prólogo de imágenes de la Ciudad Luz con que abre en el presente tiene mucho de mirada turística, naif, que no sabemos si es la idealización de Gil, el protagonista, o cómo en verdad Woody, ya sus 75 años, ve o sueña a París.

    Gil (Owen Wilson) es un guionista de California que está de paseo por París con su prometida, Inez (Rachel McAdams). Que las cosas no marchan como deberían el espectador menos atento lo advierte una noche, cuando ella en vez de acompañar a su pareja, se marcha con otros amigos y lo deja deambulando las callecitas parisinas. Suenan las 12 y Owen es invitado a subir a un Ford de los años ‘20 e ingresa mágicamente a un mundo que lo fascina y con el que siempre soñó. Y del que despierta cada mañana, suponemos, muy a pesar suyo.

    Es que allí puede hablar sobre su frustración como escritor con Ernest Hemingway o F. Scott Fitzgerald, codearse con Salvador Dalí, Luis Buñuel o T. S. Eliot.

    El punto en común con La rosa púrpura del Cairo (1985) es claro, aunque aquí no enjuicia la época específica en que transcurre la acción (era la Depresión). La identificación de Allen con la mirada melancólica hacia esas figuras del pasado es el toque autobiográfico de Medianoche en París , ya que Allen no es un escritor en problemas. Porque esos encuentros con Hemingway y Scott Fitzgerald son como la corporización de sus sueños más vívidos.

    Porque eso es la película: una divertidísima receta que incluye realismo mágico, viaje en el tiempo, comedia romántica y algunas neurosis allenescas.

    Si Owen Wilson interpreta el papel que, por edad, ya no puede encarnar el director como en su época de Manhattan , a Michael Sheen le toca los que componía a veces Tony Roberts en los primeros Allen, el del intelectual arrogante. Es el amigo de Inez que tiene “la” escena con Carla Bruni, gancho de marketing como la guía de museo. MacAdams juega a lo Diane Keaton, con quien trabajó en Un despertar glorioso , pero se ve que algunos consejitos no los atendió.

    Pero para quien Allen tiene reservado el rol que a Gil lo dará vuelta como a un guante es a Marion Cotillard, bien francesa ella, quien en los ‘20 sueña... con estar en la Belle Epoque.

    Es en ese advertir que otro sueña con otra época distinta a la que él tanto atesora lo que le da a Gil un sentido aleccionador: si no es que más vale pájaro en mano que cien volando, es bueno tener a mano la honda adecuada para no errarle al pajarito.

    Por que sí
    Podrá criticársele que sumar más y más artistas en cada “viaje” del protagonista al París de los años ‘20 agota el recurso, pero es el filme de Allen más original en años.
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  • El amor de Robert
    Desde ahora y para siempre

    Un romance otoñal, con un giro a mitad del trayecto.

    El amor puede llegar a una edad en la que los familiares crean que quienes están en la tercera edad deberían preocuparse por otras cosas. Pero no. Robert conoce a Mary, y surge, a primera vista, una atracción.

    Las chispas de ese amor, que lo hace despertar a la noche al protagonista, y no por un problema de próstata, y las cosas que Robert le dice a su amada, hablan de un entendimiento puro, sensible, mágico. Mary se presenta como una nueva vecina de Robert, quien trabaja en un supermercado, y que pide tips para enfrentar esa nueva relación a la que parece no haber vivido nunca tan intensamente. El manager del lugar (Adam Scott) trata de ayudarlo. Está por llegar la Navidad y el sentimiento de este hombre, que vive en soledad, parece renovarse, florecer en pleno invierno.

    Los temores y la vergüenza de la primera cita, y el encontrarse con alguien con quien comparte vaya uno a saber cuántas cosas hacen que Robert actúe casi como un niño. Tanto el manager como la hija de Mary (Elizabeth Banks) aprueban esta relación. ¿Por qué no habrían de hacerlo…? Nicholas Fackler, quien debutó en la dirección con esta película a los 24 años, muestra una madurez poco habitual a esa edad, acorde con el relato que ha encarado. Martin Landau, que había cumplido los 80 cuando actuó en este filme de 2008, ofrece una entrega total con su personaje. Lo acompaña Ellen Burstyn, acostumbrada a estas alturas a componer mujeres mayores con el corazón abierto y la dignidad a flor de piel.

    Hay algo de Capra en el aire de El amor de Robert , tan cierto como que el giro en la historia después de la mitad de la proyección pueda enojar y/o entusiasmar más al espectador. Queda en usted.
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  • El laberinto
    Belleza americana

    Una pareja sufre la pérdida de un hijo en este filme inusual.

    Ya en los primeros minutos, uno advierte que algo no está bien. Becca y Howie “actúan” en el hogar como si desearan que lo que están “actuando” fuese, digamos, normal. Pero no lo es. No faltará mucho metraje para que nos enteremos de lo que la pareja está sufriendo. Hay desavenencias, sí, pero vienen por una pérdida: hace seis meses su hijito de 4 años salió corriendo a la calle y murió atropellado por un automóvil. Difícil convivir con ello. Y difícil le resulta a la pareja no autodestruirse.

    De ahí que Becca y Howie (o Nicole Kidman y Aaron Eckhart, en dos de sus mejores interpretaciones en las carreras de ambos) traten, intenten escapar de ese falsa naturalidad e ir a lo que el común de la gente llamaría “normal”. Necesitan enterrar el dolor para poder seguir adelante.

    La cuestión pasa por preguntarse cuánto más están dispuestos a sufrir.

    El laberinto toma tópicos del mejor melodrama y les asesta un golpe de efecto. La película ofrece momentos extraños, en los que el humor parece campear por sobre el drama, creando una curiosa parábola sobre el dolor. El director John Cameron Mitchell, el de Hedwig and the Angry Inch y Shortbus , suele dar giros inesperados en sus relatos, y aquí Kidman, que también oficia como productora, le ha dado rienda libre.

    Pero donde mejor hace pie la historia, basada en la pieza teatral Rabbit Hole , ganadora del Pulitzer, es en los contrapuntos entre los protagonistas, o cada uno de ellos con otros secundarios. Si Becca no ve con buenos ojos las terapias de grupo de autoayuda, y así se lo hace saber a Howie, éste encontrará allí, medio perdido, el afecto y algo más en otra alma perdida (Sandra Oh, de Entre copas ).

    Y como hay un antecedente en la familia, ya que la madre de Becca (Dianne Wiest) ha perdido también a un hijo mayor, en otras circunstancias, esa relación de Becca como hija pero también como madre dispara, arroja señales de conflictos y colisiones más o menos ocultos que la tragedia lleva a la superficie.

    Es en ese círculo de la tristeza donde se debate la trama, con sus ramificaciones.

    Porque ¿cuál es la verdadera razón por la que Becca desea entablar comunicación con el adolescente que atropelló a su hijito? ¿La mueve la venganza, el remordimiento, la culpa, o qué? ¿Por qué le interesa charlar con él de ciencia ficción? El director ya se las había visto con historias en las que el deseo -latente o explícito- demostraba estar encarnado en los personajes, aunque no pareciera conveniente. Aquí la mano viene algo distinta, ya que se sugiere que reprimir (algún) sentimiento no estaría del todo mal visto.

    En síntesis, un drama como pocas veces se ve en la pantalla, con algunos clisés que pudieron evitarse, pero que en la mayoría de las situaciones que proyecta está lejos de lo políticamente correcto.
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  • La doble vida de Walter
    No deja títere con cabeza

    Gibson entrega una de sus mejores interpretaciones.

    Esta película tiene múltiples entradas, sentados desde la butaca. Alguna tiene que ver con su protagonista, Mel Gibson, cuya vida fuera de la pantalla está llena de exabruptos y que podrían condicionar la visión de La doble vida de Walter por un motivo claro: el personaje del título cae en el alcohol, como su intérprete. Pero al ver el filme es evidente que el actor de Arma mortal y Corazón valiente entrega una de sus mejores interpretaciones. Y no parece que sea porque el arte imita a la realidad.

    Por otro lado, la tercera película con Jodie Foster detrás de la cámara se emparenta, y mucho, con sus anteriores realizaciones, Mentes que brillan y Feriados en familia . A la actriz de El silencio de los inocentes le interesan como directora los relatos familiares. Ahondar allí donde los cineastas de Hollywood prefieren panear rápido la cámara, es lo que Foster mejor sabe hacer.

    Walter es un hombre sumido en una depresión aguda. En ella arrastra a toda su familia (Foster es su esposa), sus dos hijos -uno adolescente que pareciera odiarlo, y el menor, que lo ama sin vueltas- y también a su empresa. Pues bien, sin saber cómo comunicarse con los suyos y el mundo exterior, y tras un fallido intento de suicidio, Walter encuentra un títere de mano, un castor (de allí el título original, The Beaver ) con el que le hablará al mundo… y primero, a sí mismo.

    El primer diálogo es revelador. “Dejame solo”, es la respuesta de Walter a su mano izquierda. “Eso no es lo que querés, no querés estar solo”, le dice el castor.

    La doble vida...

    habla de la necesidad de tener contacto con los otros, de la soledad de un personaje, pero también de la de cada miembro de su familia, y de encontrar una salida a una depresión que puede terminar con un núcleo familiar... y con una vida.

    Foster, cuando presentó su película fuera de concurso en Cannes, dio una explicación a por qué entiende que sus compatriotas no comprendieron La doble vida de Walter . “Es el mix de comedia y drama”, se encogía de hombros, dando a entender que los estadounidenses son, cómo decirlo, un tanto cuadrados. Y es precisamente esa conjunción la que hace que el filme se eleve de la medianía de los productos hollywoodenses estandar, ya que si resulta surrealista que un personaje falsee la voz y se ordene la vida -y que muchos le sigan la corriente-, el costado sobrecogedor no tarda en ganar espacio en la aguda mirada de la directora.

    Ese humor negro es el que, tal vez, haya descolocado al público. Es el mismo de sus dos películas anteriores.

    En el plano actoral, es clave que Foster eche mano a sus conocimientos –es actriz desde los 3 años- para que el desenvolvimiento de los chicos gane naturalidad. Las incomprensiones en la pareja de Meredith y Walter tampoco resultarían creíbles sin la química de Foster y Gibson, dos almas en pena que atraviesan un relato lleno de ironías.
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  • Priest: El Vengador
    Cuando el agua bendita no alcanza

    Cura del futuro Ataca vampiros, para salvar a su sobrina.

    Priest apela a una combinación que, hoy, parece exitosa en términos de cine comercial: acción, terror, 3D.

    En un mundo tal vez no postapocalíptico, pero sí postvampirístico , en el que un grupo de curas (priests, en inglés) pelearon una guerra desigual contra los chupasangres y los confinaron en “reservas”, la llama vuelve a encenderse. Uno de los clérigos se ha convertido en vampiro y desea atacar la ciudad Catedral, aquélla amurallada donde los emblemas se repiten: Fe, trabajo, seguridad, y la gente camina cabizbaja.

    Es que en la afueras, el hermano, la cuñada y la sobrina del próximo héroe son atacados por estos seres nocturnales, llevándose a Lucy (una neurona por ahí: podrían habérselas ingeniado un poco más y no poner el nombre del personaje de Drácula ), por lo que el tío Paul Bettany sale al desierto a rescatarla.

    No irá solo. En otra moto (con nitrógeno) irá Hicks (Cam Gigandet), el novio de la chica, quien sabe que el Priest, si se entera que la sobrina fue infectada, la pasa a mejor (peor) vida. Y allí van, rumbo a lo (des)conocido, porque Priest apelará a cada clisé del género, el de los vampiros, y también al del western. Otra neurona por allá: la metáfora de los indios/vampiros confinados en las reservas, de obvia, le resta interés.

    El director Scott Charles Stewart, quien ya había dirigido a Bettany como otro personaje angelical en Legión de ángeles , se basa en un cómic coreano, mete mucho acero, humo y polvo en esta simbiosis de filme de Far West con terror. Y el cóctel, que incluye monstruosidades saltando al primer plano por lo del 3D mostrando sus pocos dientes afilados, no puede decirse que esté bien servido. Inclusive el final parece cosido a los apurones (¿el corte original habrá sido más extenso que los 87 minutos que dura éste?).

    De no ser por la presencia de Paul Bettany, que ya fue religioso en El Código Da Vinci (era el asesino albino), y Maggie Q (la estrella de Nikita , ver contratapa), Priest caería más pronto que tarde en el olvido. Ella encorsetada en un traje negro, es la sobreviviente de aquel grupo de masacravampiros que ha caído, vaya uno a saber por qué tenebrosa razón, en la oscuridad de la denigración. Christopher Plummer es Monseñor Orelas, el capo de tutti li capi en la escala de la Iglesia y, como casi siempre aparece sentado, no tiene que disimular que se aburre.
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  • Kung Fu Panda 2
    Mucho humor, poca frescura

    Una secuela graciosa, entretenida, pero poco original.

    Las secuelas, sean de filmes de animación o con personajes de carne y hueso, tienen sus pros y sus desventajas. A favor suele jugar que, para el que vio la película original, los personajes ya son conocidos, están presentados y hay que ahorrarse minutos de introducción. Para el que no la vio, no. Y lo que puede jugar en contra es el hecho de que lo que fue original una vez, pierde ese sentimiento de frescura.Con Kung Fu Panda 2 pasa un poco de todo eso. Po, el oso panda que se convertía, de un momento para otro y tras ganarle a mucho más entrenados y avezados competidores, en guerrero dragón, ahora tiene dos asuntos con los que lidiar. Uno, la aparición de un pavo real (voz de Gary Oldman en la versión subtitulada) que planea destruir el kung fu y apoderarse de todo. Y por el otro, el asunto ni siquiera esbozado en la película de hace tres años de cómo podía ser que su padre fuera un ganso, dicho esto sin el menor ánimo de ofender a su progenitor.Todo esto sumado al hecho de que el trasfondo o mensaje que la producción de DreamWoks quiere insertar en la historia es la de la búsqueda de la paz interior, que nos confiere fuerzas de donde no creíamos tener para sobrellevar, enfrentar y vencer todo tipo de problemas.No se puede decir que los temas de Kung Fu Panda 2 sean menores, pero tampoco que hayan sido tratados con profundidad: de hecho, la película está pensada, planteada y concebida como un entretenimiento familiar, y si las peleas de artes marciales abundan y hasta marean en su frenético corte de edición, vayan a preguntarle a un chico dónde quedó la paz interior...Ahora rodada en 3D (también se proyecta en pantallas convencionales), no han ganado mucho ni la historia ni el desarrollo de los personajes. El oso Po sigue siendo un gordinflón bueno, a quien acompañan sus amigos para vencer el mal, y que cuenta con su maestro Shifu para que le baje línea. Hay momentos en los que la película funciona -los humorísticos- y otros en los que, ya fue dicho, las peleas y combates ganan la pantalla y parece que la película fuera de alguno de los hermanos Ridley o Tony Scott.Divertida para los que le tomamos cariño a Po en la primera película, con un gran elenco de voces (Jack Black, Angelina Jolie, Dustin Hoffman, Jackie Chan, Seth Rogen, Lucy Lui), a esto que promete ser otra saga le empieza a faltar sorpresa. La animación es bárbara, los movimientos de cámara, los fondos, el colorido, todo está correcto. Atención: no levantarse rápido de las butacas para no perderse lo que ya preanuncia por dónde irá la tercera parte...
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  • Aguas turbulentas
    Ensayo sobre la culpa y cómo no sentirla

    Filme noruego que permite reflexiones más allá de su trama.

    Es un riacho, no muy profundo, allí donde ocurre el hecho. Jan es acusado de haber asesinado a un niño, por lo que, cuando sale de purgar su condena, tendrá una despedida acorde de parte de los otros presos: cabeza sumergida en agua, una buena golpiza y mano derecha casi fracturada, ya que un organista le consigue trabajo en una iglesia para tocar el órgano.

    A esas aguas del comienzo hace referencia el título de esta impactante película noruega, en el que el sentimiento de culpa atraviesa a cada uno de los personajes. Porque si Jan siempre adujo su inocencia, la madre del niño fallecido, a Agnes, cuando lo reconozca sentado detrás de los teclados, se le revolverá el estómago. No sólo porque lo ve libre, sino porque había sido ella quien dejo al pequeño en su cochecito en la puerta de una chocolatería, cuando entro al baño a limpiarse la ropa y alsalir, ya no lo vio.

    Enter el ascetismo de Erik Poppe y las actuaciones de Pal Hagen Valheim Sverre y Trine Dyrholm, más Ellen Dorrit Petersen, como la pastora con hijito de la que Jan se enamora, pero le oculta su pasado, son de los mejores atributos de este filme inclasificable. Porque tiene suspenso, pero también es un drama, todo con una intensidad asombrosa. Jan y Agnes intentan, cada uno por su lado, reconvertir sus vidas luego de aquel hecho -uno reinsertándose en la sociedad; la otra, con dos niñas adoptadas-, siendo ambos personajes culpógenos crónicos, buscando revancha en la vida, o tal vez una venganza terrible.

    Lo que podría caer en convenciones múltiples -alguna al director se le escapa- deriva en una narración fluida en la que se conjugan distintos tiempos de la historia (la reconstrucción del pasado, y el presente, a la vez contado por separado entre lo que viven Jan y Agnes).

    Como todo gran filme, permite reflexiones que trascienden la trama. Qué estamos dispuestos a perdonar, a otros y a nosotros mismos, está en el centro, es el nudo a desatar de este atrapante relato.
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  • Rompecorazones
    Tenían que ser franceses

    En clave de comedia romántica, un joven es contratado para enamorar a la hija de un millonario e impedir que se case.

    Los franceses a la hora de inventar historias para sus comedias son mandados a hacer. A la manera del cine de Francis Veber, Rompecorazones parte de una premisa traída de los pelos, pero que en su desarrollo, porque uno se olvidó de lo inverosímil o porque los gags y las situaciones fluyen con naturalidad, terminan dibujando, al menos, una sonrisa.

    En su debut como director en cine, tras pasar por la televisión, Pascal Chaumeil sabe imprimirle ritmo a un tejido de equívocos. Alex (Romain Duris, de El latido de mi corazón ) se encarga con su hermana y cuñado de destrozar parejas. Esto es: usted quiere que su hija no salga con ese zapallo que es su novio, Alex despliega sus encantos (y su tecnología) para enamorar a la susodicha y lograr que la pareja en cuestión -que suelen ser abusadores, malos tipos- sea cosa del pasado. Alex hace que las mujeres se den cuenta de que están por arruinar su futuro, y son ellas mismas las que terminan con la relación.

    Creer o reventar.

    Un millonario padre lo contrata para que su hija Juliette (Vanessa Paradis, la mujer de Johnny Depp en la vida real) no se case con otro joven rico, mucho más lindo que Alex y, un dato no menor, del que Juliette está enamorada. Tiene diez días para lograrlo.

    Si se sigue tirando de aquel hilo de lo inverosímil se descubrirá que Alex será el chofer y hasta guardaespaldas de de Juliette, y prefabricará situaciones para que ella lo vea como el héroe que no es. Pero si es una comedia romántica, obviamente uno debe imperiosamente enamorarse “en serio” del otro, y probablemente le suceda lo mismo a este otro, por lo que...

    Lo dicho: sin ser un tratado de originalidades pero tampoco un desperdicio de clisés, algunos momentos humorísticos funcionan como deben, los papeles de reparto hacen lo que deben hacer, soportar a aquellos protagónicos y todo redunda en un pasatiempo liviano, divertido y llevadero.

    Paradis cuando no abre la boca y muestra sus paletas separadas, es realmente una belleza. No es que como actriz no cumpla, pero Duris, literalmente, le gana por robo.
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  • X-men: Primera Generación
    Mutantes con sangre nueva

    El origen de Magneto y el Profesor X.

    Si James Cameron hizo creer a media humanidad que el Titanic se hundió porque quien debía vigilar los témpanos se entretuvo mirando a Jack y Rose en la cubierta del transatlántico, es enteramente razonable que nos quieran vender que los mutantes de X-Men fueron quienes evitaron otra catástrofe, la crisis de los misiles en Cuba en 1962.

    Lo que cuesta tragar, al menos de este lado del hemisferio, y encima en nuestro país, es que Villa Gesell, OK, queda en la Argentina, pero que tiene montañas y un hermos lago...

    Minucias, nomás, que plantea X-Men: Primera generación , algo así como la precuela para que nos enteremos cómo Charles Xavier (James McAvoy, gran actor) conoce a Erik Lehnsherr (Michael Fassbender), mucho antes de que se convirtieran en Profesor X y Magneto. E s decir: los líderes de estos mutantes que en un futuro algo lejano pelearán entre sí por mantenerese “al lado de” los humanos, en buena convivencia, o totalmente en contra.

    Toda la saga, que hasta el momento tenía tres películas y una bifurcación, con la floja aventura solista de Woverline , precisaba transfusión de sangre. Esta Primera generación arranca con una escena conocida: los padres de quien será Magneto son enviados a un campo de concentración. Lo que ahora averiguamos es que el niño Erik verá con sus ojitos cómo su madre es asesinada a sangre fría por el villano médico de turno (Kevin Bacon, que se refugiará en una Villa Gesell lacustre...).

    Toda precuela debe dejar en claro, esbozar o precisar cómo tal y cual personaje llegará a ser como es. Así, los preMagneto y preProfesor X irán buscando y descubriendo mutantes por todos lados, alguno se pasará al lado oscuro y se asociará con Shaw (Bacon); otros lo combatirán, mientras la tensión entre ambos líderes mutantes va acrecentándose y explicará varios puntos salientes (por qué Profesor X se moverá en silla de ruedas; a qué se debe que Mystique sea afín a Magneto).

    Pero el tema de la saga -y del cómic original- siempre fue la pelea entre los diferentes, la discriminación de fondo y cómo lograr superarla o, mejor, si la integración es posible.

    Con escenas de lucha entre espectaculares y rutinarias y un fondo como la Guerra Fría que habrá que ver si interesa a los jóvenes que hoy devoran pochoclo -lo mismo da-, X-Men: Primera generación tiene un público cautivo. Al otro, al que en su vida se cruzó en una pantalla con un mutante, tal vez todo le suene chino básico.

    Lo importante aquí es que se le insufló aires nuevos a una saga que parecía anémica. Tal vez -todo dependerá de lo que recaude- haya una secuela de esta precuela, con lo cual habrá tres tiempos distintos en los que se muevan los mutantes. Beast, Havoc, Banshee, Darwin y Angel, entre otros, hacen su bienvenida aparición.

    Sangre joven hacía falta.
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  • Incendies
    Incendies
    Clarín
    Búsqueda frenética

    Dos gemelos deben hallar a un hermano y a un padre que creían muerto en un relato atrapante.

    Un filme que se base en una obra teatral y que a los monólogos les haya encontrado la punta desde la que crear situaciones en imágenes propias, no poéticas, ya es un acierto.

    Y que en la trama casi detectivesca en que quedó convertida Incendies se incluyan temas como la búsqueda de la identidad, el terrorismo, una guerra civil, la violación sistemática y el genocidio es un gran hallazgo de Denis Villeneuve, un hombre para tener en cuenta en el cine canadiense.

    Comienza mostrando a los gemelos Jeanne y Simon incrédulos ante el testamento que dejó su madre Nawal Marwan, y en veredas bien distintas ante lo que vendrá. A ella le dan un sobre cerrado, que deberá entregar a su padre (a quien creían muerto), y a Simon, uno a su hermano, del que no tenían noción de que existiera. Jeanne es la que emprende el vaje a Medio Oriente -no se aclara, pero se trataría de El Líbano, aunque en una vetana se lee Palestina...-.

    La película se estructura entre ese viaje de Jeanne (y el posterior de Simon, al descubrir su hermana un hecho terrible en la vida de su madre) y varios flashbacks contando distintos momentos en la vida de Nawal. Lo que obliga y permite ver a Lubna Azabal componer al mismo personaje, pero no sólo en distintas edades sino también en diferentes etapas de su vida. Podrá ser una enamorada, una activista, una presa que es violada, una madre en silencio. Azabal es el corazón de la historia, y las revelaciones cercanas al final del metraje -que pese a ser de 130 minutos jamás se resiente- hacen repensar una y otra vez las escenas y las circunstancias en las que la protagonista debe (sobre)vivir penurias y dolores.

    Villeneuve consigue con Azabal impresionar al espectador, trasladarlo en el tiempo y hacerlo sentir tanto el horror como la necesidad de reparación, de justicia, como de hallar las propias raíces. Si bien Incendies no es un filme estrictamente “de actuación”, son ellas las que llevan la historia a buen puerto.

    Aclamada y premiada en distintos festivales, Incendies puede seducir tanto al público masivo ocmo a aquél más cinéfilo. Abre debates, hace reflexionar, genera suficiente intriga, sabe dosificarla: es una película que se sigue con constante interés, que parece dialogar con el espectador, algo que no es muy frecuente en las carteleras de estos días, de material más del tipo consuma y olvide.
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  • Poder que mata
    El enemigo está adentro

    La identidad de una agente encubierta de la CIA es revelada por su propio gobierno.

    Cuando el cine se mete con la privacidad de los ciudadanos, recrea una conspiración y, además, lo que cuenta se basa en una historia verídica, estamos ante un alegato que, bien realizado, crispa los nervios y eriza la piel.

    Es lo que en buena parte de la proyección sucede con este Poder que mata , que nada tiene que ver con aquel filme de Sidney Lumet (en el original Network ) que hace 35 años presagiaba la locura de la televisión por alcanzar ratings de cualquier manera. Valerie Plame era una agente encubierta de la CIA, algo que sólo sabía su esposo, un ex embajador estadounidense. Al resto de sus conocidos, la “novedad” le cayó como un balde agua fría. Y qué decir al matrimonio al enterarse de que el mismísimo Gobierno de los Estados Unidos, en una actitud de venganza, decidió “filtrar” la identidad de Valerie.

    Todo porque Joseph Wilson (Penn) regresó de Nigeria e informó al Gobierno de Bush que allí no había indicios de que hubieran vendido uranio a Irak, por lo que se caía el argumento de las armas nucleares de Saddam Hussein.

    Lo que cayó, ya se sabe, fue otra cosa. La gente de Bush Jr. se encargo de que el mundo se enterara de que Plame era una agente de la CIA y comenzaron a denostarla.

    La película de Doug Liman ( Identidad desconocida , la primera de la saga Bourne) sigue por un lado el costado de índole político, de denuncia. Esa es una vertiente que puede atrapar al espectador adicto a los thrillers. Pero, por otro, está la que asume el director por ver en qué estado va quedando -esos son los verbos- la relación de pareja.

    Y en una u otra instancia, tener a Naomi Watts y a Sean Penn cubriendo esas responsabilidades es una apuesta firme, segura que tiene el realizador.

    Si bien es Valerie la real protagonista del drama, su marido es quien desea llevar adelante -por honor, por ética, por convicción o lo que quieran llamarlo- el enfrentamiento con el Gobierno. Y la figura de Penn, que al margen de su actividad como intérprete, es conocida por su militancia por los derechos humanos, hace más creíble aún la pelea. También esto es índice de que la posición del filme está tomada desde el vamos. Aquí no hay otra campana por escuchar.

    Thriller por momentos, drama de entrecasa en otros escasos, Poder que mata se sigue con interés. Usted tal vez recuerde cómo quedó todo, ya que fue un hecho real, y muy publicitado en su momento. Pero si no lo supo o no lo recuerda, acá tiene material como para entretenerse.
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  • Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo
    Quisiera ser grande, quisiera ser chico...

    Con tono fantástico y escepticismo.

    Tras dos títulos que, cada uno por su lado, causaron entre sorpresa y apalusos, Gastón Duprat y Mariano Cohn retomaron el tema de lo inesperado y la ambiguëdad que tiñe toda relación, o de cómo alguien puede parecer algo, y ser otro. Pasaba en El artista , con un enfermero que se hacía pasar por artista plástico, y en El hombre de al lado , donde el personaje de Rafael Spregelburd desnudaba una cara muy distinta de la que quería mostrar a los demás.

    En Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo el protagonista es, cabría decir, otro hombre angustiado, que, abatido, encuentra aquí una aparente salida en el ofrecimiento de un extraño personaje que se le cruza en un bar en Olavarría, “el culo del mundo” (la película debe ser, junto a Juan Moreira , la que mayor cantidad de palabrotas registra por minuto). Es el personaje de Eusebio Poncela, a quien no le cayó un relámpago, sino dos: uno lo mató, y el otro lo revivió y dio superpoderes, en medio del desierto. Lo ha vuelto inmortal (aunque se encarguen de decir que “el mal no muere, se traslada”), y vaya a saber uno por qué, aterrizó allí, en Olavarría, escuchó los pensamientos de los parroquianos y eligió a Ernesto para ofrecerle un millón de dólares si acepta volver a tener el cuerpo más joven, pero con la mentalidad “de ahora mismo”.

    O sea: en vez de Quisera ser grande , un Quisiera ser chico ...

    Así, Ernesto le dice a su mujer, que lo aguanta (y la aguanta) desde hace 43 años que va a comprar cigarrillos, y vuelve, pero en verdad elige distintos momentos de su vida para cambiar o reacomodar las cosas. Cuando le va mal con su madre en un geriátrico, se aviva y decide plagiar en el pasado algún éxito musical: total, nadie debería darse cuenta...

    La dupla de directores se ha vuelto mucho más escéptica, con cierto tono a lo hermanos Coen. Por momentos paracen reírse con sus patéticos personajes, pero por otros cuestionarlos y hasta denostarlos. Mucho más jugados que en sus anteriores filmes, Cohn y Duprat siguen siendo de lo más originales -mal que le pese a algunos-: al menos tienen ideas para llevar al papel y luego a la pantalla.

    Y su recurrente apuesta en el casting de sus filmes les sigue dando buenos resultados. Porque si Poncela sigue siendo Poncela, Disi y Lopilato están en un registro completamente distinto a su habitual televisivo.


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  • Agua para elefantes
    Había una vez un circo

    Robert Pattinson se enamora de la esposa del dueño de un circo.

    Los antecedentes del director Francis Lawrence antes de tirarse de cabeza a Agua para elefantes eran varios famosos videoclips, su debut en el cine con el filme de terror Constantine y Soy leyenda , de ciencia ficción. Ahora se abocó al melodrama. Un melodrama hecho y derecho, o sea: triángulo amoroso, con protagonista joven carilindo, buenazo hasta el paroxismo y huérfano de golpe, en medio de la gran Depresión estadounidense de los ’30. ¿Más? El marido mayor de la rubia en cuestión es el sádico dueño de un circo.

    El reciente best seller de Sara Guren es seguido casi al pie de la letra en le guión de Richard Lagravenese ( Pescador de ilusiones ). Jacob está feliz y tranquilo, sentado a punto de dar su examen final para recibirse de veterinario -hasta coquetea con la más linda del pueblo- cuando la realidad lo interrumpe: en un accidente fallecieron sus padres, su casa estaba hipotecada, y sin nada se cuela en un vagón de un tren en movimiento, rumbo a donde fuere.

    Pero el tren no era otro que el del circo de los hermanos Banzini, y así, sin quererlo, termina siendo el veterinario. La atracción principal de la compañía sería un caballo blanco, pero no para Jacob, quien descubre en la rubia Marlena rápidamente el amor. Ella fue salvada de la pobreza por August, quien compuesto por Christoph Waltz es un manojo de nervios, a veces contenidos, cuando no tremebundo. El, junto a Robert Pattinson y Reese Witherspoon, conforma el trío que si no se saca chispas es porque lo que precisamente le falta a la película es eso: una chispa que encienda el fuego.

    Muerto el caballito -porque Jacob es hombre de decisiones certeras: en cuanto lo ve, advierte que hay que sacrificarlo-, August se compra una elefanta, Rosie, lo cual sirve para explicar el título y para mostrar a August completamente sacado castigar al paquidermo que no obedece y hace correr peligro de defunción al circo, ya que sería la atracción sustituta. No importa si para pagarla hay que acortar gastos entre los equilibristas, freaks y gente de mantenimiento: August los manda tirar del tren en movimiento. Eso sí: de noche.

    Entre la nostalgia y la tragedia que se palpa al instante, y un comienzo por demás prometedor, tal vez le haya faltado mayor carga sexy entre Pattinson y Withers-poon, o reforzar las tintas sobre el ambiente (no el circense, que está logrado, sino el de la Depresión).

    El diseño de producción, de Jack Fisk, y la iluminación de Rodrigo Prieto son de primer nivel. Es una producción lujosa, a la que le faltó sacarle más brillo a la historia que a los protagonistas.
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  • Cocina del alma
    Sabroso y picante

    Comedia alemana que crece y crece hasta comprar al espectador.

    Premiada en Venecia, Cocina del alma es la película menos dura y más divertida de Fatih Akin. El tema sigue siendo el mismo de sus más viscerales Contra la pared y Al otro lado , con el mestizaje cultural atravesando las acciones.

    Aquí Zinos (Adam Bous- doukos) regentea un restaurante de comida más bien rápida, con lo más sencillo que pueden digerir sus habitués, operarios de esa zona de Hamburgo: salchicas, hamburguesas, pizzas. Pero al presenciar en otro restaurante cómo es despedido un chef, éste terminará cambiándole no sólo la carta al Soul Kitchen (soul en verdad entendido como ritmo musical, aunque la traducción permita la doble interpretación de alma) sino también su fisonomía. Habrá otro público, otros ingresos y también otros riesgos. Algún ex compañero del colegio de Zinos verá la oportunidad de emprender un negocio inmobiliario allí, quiere comprar el establecimiento para erigir un condominio y hará lo que sea -literalmente- para arruinar a Zinos y los suyos.

    Precisamente allí, en quienes rodean al simpático y bonachón Zinos, está lo mejor que Akin supo retratar, ahora decidido a largarse a la comedia con tintes sociales. Desde la presentación de su hermano (preso, que sale con permiso, muy jugador) al chef o la mesera Lucía, más un marino inquilino, los músicos que ensayan y zapan allí gratis, o Nadine, la novia de Zinos que se cansa de sus postergaciones y se va a trabajar a Shanghai.

    Lo que logra Akin es consustanciarnos con este perdedor de Zinos, a quien le pasa de todo, pero saca fuerzas de donde sea. Los diálogos tienen ritmo, la trama va creciendo a medida que conocemos más y mejor a los protagonistas, el humor pica alto: Cocina del alma tiene todo para ser un éxito, salvo las pocas salas en que se estrena.

    Los actores Adam Bousdoukos y Moritz Bleibtreu (los hermanos) están un peldaño más arriba en esta comedia en el que los buenos, como antes, siempre ganan.
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  • Mis tardes con Margueritte
    Encuentros cercanos

    Gérard Depardieu interpreta a un hombre casi analfabeto que conoce a una encantadora ancianita.

    Tendrías que ver a esa abuelita: 40 kilos, arrugada como una amapola, con miles de estanterías en la cabeza. Lo entiende todo”, dice Germain (Gérard Depardieu) en diálogo con... su gato. Tipo simple, casi analfabeto, maltratado de pequeño por su propia madre, a la que cuida como pueda ahora en su ancianidad, Gérard encuentra en Margueritte (Giséle Casadesus, que tenía 95 años cuando filmó esta película, y ya tiene dos títulos más...) algo así como un soplo de vida en una existencia por demás gris.

    El realizador Jean Becker (el de Verano caliente , con Isabelle Adjani) pinta con más trazos a Germain que a Margueritte, a quien prácticamente vemos solamente sentada en el parque, leyéndole a Albert Camus o Romain Gary a su nuevo amigo, a quien conoció mientras alimentaba (y contaba) las 19 palomas a las que Germain había nombrado una por una.

    Germain está construido a partir de viñetas, de encuentros con terceros, amén de alguna que otra frase que él mismo dice en voz alta y donde se pierde el sentido de unidad del relato, delatándose demasiado la mano del director.

    No es Mis tardes con Margueritte una película, por ejemplo, que vaya a tener su remake hollywoodense. No porque no sea entretenida y con mucho almíbar, sino porque no es el tipo de cine -de actuación, de diálogo, de miradas- que les guste a los estadounidenses. Así, es básico que las actuaciones de los protagonistas, y del resto del elenco, sean de excepción para llevar el filme a buen puerto.

    Y vaya que lo son. Trate de recordar el lector la última muy buena actuación que vio de Depardieu, quien recientemente estuvo eligiendo productos -no filmes-, a excepción de algún título con Chabrol. Estando solo ante la cámara o acompañado por Casadesus, lo suyo es brillante, y es el mejor gancho para seguir las vicisitudes de un hombre solitario, junto a otra mujer solitaria, en un encuentro cercano en el que el término amar puede conjugarse de la mejor manera imaginable.
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  • Un tren a Pampa Blanca
    Esperanza en trocha angosta

    Documental sobre un servicio de salud.

    Para aquéllos que creen que con la voluntad sólo no se puede, este documental sobre el servicio que brindan voluntarios de la salud, a bordo de un Tren Hospital de niños que va por una trocha angosta, es una cabal muestra de lo contrario.

    Si bien es tan cierto que con más insumos -y obviamente una mejor calidad de vida- la tarea casi épica que cumplen estos médicos sería menos necesaria, la asistencia que dan a chicos (y grandes) de poblaciones que no cuentan con servicios médicos es reflejada con testimonios de unos y otros, historias de vida que pueden terminar bien, o no. Pero nunca se pone el ojo más allá de la esencial cuestión social. No hay regodeos con la pobreza con la que conviven los habitantes de Pampa Blanca, en la provincia de Jujuy. Aquí interesa más qué es lo pasó con Filomena Gómez, o con Sonia, quien a los 17 años debe hacerse cargo de una realidad familiar que superaría a cualquiera.

    En Un tren a Pampa Blanca lo más potente no son las imágenes, sino el relato en sí mismo, la historia de niños que necesitan contención además de cuidados sanitarios. Ante tanto documental en el que los realizadores parecen mirarse el ombligo, el de Fito Pochat se destaca por lo contrario.
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  • La chica de la capa roja
    Qué boca grande que tienes...

    La enamoradiza Caperucita, ahora acosada por un hombre lobo.

    No habrá sido obra de la casualidad que los productores de esta aggiornada versión de Caperucita roja hayan llamado a Catherine Hardwicke para dirigirla. Luego de ver la primera parte de Crepúsculo , era número puesto: ambas son historias de amor adolescente, con un costado fantástico casi primordial, un trío romántico enrevesado, hombres lobos dando vuelta y, por su fuera poco, la realizadora volvió a llamar a Billy Burke, que había sido el padre de Bella para ahora ser... el padre de Valerie.

    La idea primordial de Hollywood hoy es, ya que no abunda el ingenio para bosquejar nuevas tramas, retomar aquéllas que son clásicas y demostraron tener anclaje popular, y reformularlas. Caperucita ya no teme al Lobo, sino a un Hombre lobo. La madre (Virginia Madsen) no manda a su hijita a llevarle comida en una canastita a la abuelita, porque ella misma ya tiene asuntos más espinosos por resolver. Y la abuela (Julie Christie) no está postrada en la cama en su casa en la profundidad del bosque, sino que sospecha de medio mundo y de la otra mitad también.

    Pero la cuestión no queda allí en cuanto a personajes, porque están Peter (el ascendente Shiloh Fernandez), a quien Valerie ama y con quien quiere escapar, y Henry (Max Irons), el otro joven, pero de buen pasar, con quien quieren casarla de prepo. Cuando el lobito ataque la aldea y mate a la hermana de Valerie, al clérigo del lugar (Lukas Haas) no le queda otra que llamar al experto Padre Solomon, que no es exorcista, pero sí capaz de cazar y aniquilar al atacante de las lunas llenas. Y que, siendo interpretado por Gary Oldman, claro, estará lleno de excesos.

    Como los que tiene la película: apartada del relato de Charles Perrault, inquieta más descubrir quién es el hombre lobo que si se comerán o no a Caperucita. Para el espectador avezado hay pistas suficientes, pero los que se queden prendidos entre la agitación y los escarceos románticos se sorprenderán con el final.

    Almibarada y sangrienta, con frases apasionadas como “La vida que quiero no es otra que contigo”, o la menos apropiada aquí “Te comería”, por razones obvias, La chica de la capa roja tiene en Amanda Seyfried a la intérprete virginal y brava, el corazón que bombea la trama. Y la acompaña un elenco de renombre -aunque para los adolescentes Oldman y Christie no signifiquen nada-. Para los que no estén apurados, quédense hasta el final, después de los créditos...
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  • Prueba de amor
    Una lagrimita rebelde

    Un gran elenco es lo mejor de un bastante excesivo melodrama.

    Cuando a Susan Sarandon le toca interpretar papeles “de madre”, por lo general, sufre. Ya no hablemos de Un milagro para Lorenzo : con esta Prueba de amor tiene suficiente. Bennett, su hijo (Aaron Johnson), muere apenas empieza el filme cuando detiene su auto en medio de una ruta para hablar de amor con su novia. Ella (Rose, o Carey Mulligan) sobrevive y el que los embiste (Jordan, o Michael Shannon) termina en coma.

    Si algo le faltaba a Grace es que la “nuera” no tenga con quien vivir, se le instale en la casa y esté embarazada de su hijo. ¿Quiere más? Su marido, Allen (Pierce Brosnan) le había sido infiel.

    El filme tiene varios coprotagonistas, ya que casi nunca Sarandon es quien lleva el relato. Más peso aún tienen Brosnan, como el tipo que es incapaz de derramar una lágrima por la muerte de su hijo, pero sufre por dentro; Rose, con todos sus miedos por el parto que vendrá, y cuya madre está internada, inestable mentalmente; y Ryan (Johnny Simmons), el hermano menor de Bennett, que tiene problemas con las drogas y ha conseguido una novia que perdió a un pariente como él.

    Si la trama se asemeja a una telenovela en sus primeras instancias, lo sobrepasa con un elenco de excepción. La mejor es Mulligan, a quien vimos hace poco en Nunca me abandones .Vuelve a hacer de joven angustiada con ganas de salir adelante, y la verdad es que –ella, igual que su protagonista- lo logra.

    La película también atraviesa distintas etapas. Por momentos recuerda a Gente como uno (por lo del hermano muerto y ciertos reproches del hermano vivo, más la devoción de la madre cercana a la pleitesía absoluta). Sin ser un drama que aborde con profundidad el tema del duelo, y lejos de un muestrario de clisés, Prueba de amor por momentos conmueve, por otros abruma y por lo general empuja alguna lagrimita, que puede rebelarse o no, depende del estado de ánimo del espectador.
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  • Rio
    Rio
    Clarín
    El último guacamayo virgen

    La nueva película del creador de “La Era de hielo” Tiene a un ave como protagonista en las calles brasileñas.

    Con la desfachatez que tenían (y mantienen) ciertos personajes de La Era de hielo , Blu deambula por las callecitas cariocas, las playas de la Cidade maravilhosa y también las favelas en Rio , nueva producción de los hacedores de aquel filme.

    Blu tiene una condición que lo emparenta con aquéllos -¡habla!, y no sólo porque es un guacamayo- y otra que casi, casi: si los protagonistas de La Era...

    se extinguieron, eso es algo que la especie de Blu corre peligro. Es el último guacamayo, macho, y vive domesticado desde que literalmente cayó con su embalaje (había sido apresado por cazadores furtivos en la selva brasileña) a los pies de Linda, una estadounidense que lo toma como mascota.

    Blu no sólo no sabe volar (lo cual no es sólo temor, sino que, a la hora de buscar comparaciones, lo acerca al pececito payaso Buscando a Nemo , que tenía una aleta cortada como si se tratara de una discapacidad) sino que también es el último guacamayo azul virgen. Y en Río de Janeiro han localizado a un aguacamaya azul en su misma condición, y bueno, para que no se extinga la especie, hay que llevarlo de regreso a Brasil.

    De tono ecologista pero sin que el mensaje sea refregado en las caritas de los espectadores, Rio tiene más el clima de la primera Era de hielo que de sus secuelas. Se trate de la frescura de los personajes, de la originalidad del relato, comparte con la opera prima del mismo director, Carlos Saldanha, un tono de humor zumbón, y un personaje central -Blu- que como Sid es terriblemente entrador y querible.

    La animación, sea de Pixar, de DreamWorks, Sony Pictures Animation o del estudio de Saldanha, aún no ha logrado con los humanos lo que sí con los animales. Y entonces Linda se parece demasiado a la protagonista femenina de Lluvia de hamburguesas y tiene algo de la Roxanne de Megamente . Pero como lo que aquí importa son los animales (más aves, monos, un bulldog que se babea), que son quienes atraen más a los pequeños, éstos importan más y -extraño-, hace que los niños sientan más simpatía por ellos que por los hombres y mujeres.

    Divertida siempre, alocada de a ratos, Rio no decae en su ritmo e incluye un clásico de fútbol entre Argentina vs Brasil de resultado... incierto.
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  • El hombre que vendrá
    Ojos bien abiertos

    Fuerte drama, en un pueblo italiano ocupado por nazis.

    La Historia -así, con mayúscula- contada desde los ojos inocentes de una niña, o el clásico pinta tu aldea y pintarás el mundo: cualquiera de las frases sirven para explicar qué es lo que el habitualmente documentalista Fiorgio Diretti ha hecho en El hombre que vendrá , un fuerte drama que transcurre en un pequeño pueblo de provincias italiano ante la irrupción de los nazis a finales de la Segunda Guerra Mundial.

    Aunque la película, nominada a un David Di Donatello, llega en formato DVD, hay imágenes que son ciertamente bellas al comienzo de la proyección. la aclaración es más que válida, ya que lo que se ve cercano al final dista -y mucho- como para poder utilizar la palabra belleza nuevamente.

    Martina (la niña Greta Zuccheri Montanari) vive con sus padres, su abuela, sus tías y familia en una enorme casona en el campo. Corre el año 1943, son campesinos y la irrupción de las fuerzas alemanas desestabilizará la supervivencia familiar. Los partisanos están allí, pero llegado el momento de la barbarie, nadie estará a salvo, lleve o no un arma para defenderse.

    El director estructuró el filme en dos partes bien definidas: la primera, en la que plantea cómo viven Martina -que no habla- y los suyos, determina las relaciones y se centra más que nada en la niña, cuyo mutismo tendrá su explicación bien avanzado el relato; y la segunda, ya con los soldados arrasando sin mirar a quién.

    Tanto en una como en otra, Diretti decide que la cámara observe, como si no tomara posición, algo ciertamente discutible, porque mostrar cómo los casquillos de las balas bailotean en el aire sin encuadrar los asesinatos a sangre fría en sí, es tomar un punto de vista.

    El hombre que vendrá , título también sugerente, conmueve y hace entrecerrar los ojos. Ante lo que parece incomprensible -como la maldad humana- a la razón siempre le cuesta distinguir, y Diretti -insistimos- parece sólo exponer una locura, a través de la mirada de una infante.

    Las actuaciones de Maya Sansa (la madre de Martina, vista en La nodriza , Buongiorno, notte , ambas de Bellocchio) y la propia niña son los puntos más altos de este filme fuerte y polémico.
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  • El mal ajeno
    Manos curanderas

    La opera prima de Oskar Santos tiene a Eduardo Noriega como un médico que casi muere y obtiene un don sanador.

    El título bien podría caberle al resultado de la película. En su opera prima, el vasco Oskar Santos contó con la producción de su amigo Alejandro Amenábar, un cineasta que en buena parte de su filmografía expuso su afición por lo sobrenatural o al menos por las historias de gente al borde de la muerte.

    Los otros , con Nicole Kidman, y Mar adentro son manifestación de ello.

    Y así es que El mal ajeno , para el espectador no avisado, puede pasar por una realización de Amenábar, ya que tiene muchos tópicos en común con su cine, no sólo en su trama, también en la utilización rimbombante de la música: otra demostración de lo altisonante, ostentoso y grandilocuente que es, por momentos, el relato.

    Guionista de algunos capítulos de Hospital central , por lo que el hombre ya estuvo entre internaciones y salas de operaciones, Daniel Sánchez Arévalo bosqueja una historia con tintes sobrenaturales a partir de un médico que suele no relacionarse con sus pacientes, que sufren enfermedades terminales. Pero una noche, cuando enfilaba para su hogar –igualmente resquebrajado con una hija a la que no comprende y a punto él mismo de separarse- recibe, más que palabras de denostación, un balazo de muerte por parte del amante de una paciente. Estando allí mismo, lo llevan al quirófano y, como de la nada, despierta.

    A partir de allí toda la película será cuestión de creer o reventar. Porque Diego comenzará -primero sin entenderlo, luego tendrá su explicación traída de los pelos- a curar pacientes con sólo tocarlos. Pero tiene sus consecuencias. ¿Milagro? ¿Obra de la santidad? Nah.

    El mal ajeno se desarrolla en lo básico en el sanatorio, y los personajes más apegados al doctor son mujeres. Su ex, su hija, la paciente, la esposa de aquel hombre que le disparó. Santos elige para el último plano precisamente a parte de su elenco femenino, y si es cierto que la primera y la última imagen de una película son como la firma del realizador, pues ahí tienen su importancia.

    Lo que en cierto modo molesta del filme es su tono. Pareciera que Santos quiere enrostrarle al espectador el “mensaje”, ya sea con fuertes imágenes o con diálogos que son más frases remanidas que intentos de comunicación.

    Sí contó con un elenco de notables, encabezado por Eduardo Noriega, Angie Cepeda (la paciente), Cristina Plazas (la ex), Clara Lago (la hija) y Belén Rueda (la esposa del que intentó matarlo). Todos muy descarnados y con las emociones a flor de piel.
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  • Nunca me abandones
    Hipnótica y romántica

    Una gran novela, un buen director y un elenco joven de lujo en un filme emotivo.

    Desde los papeles, uno no sabe a quién prestarle mayor atención: la novela en que se basa es un best seller de Kazuo Ishiguro, el autor de Lo que queda del día y La condesa rusa ; el director Mark Romanek es el mismo de Retratos de una obsesión ; los actores son los ascendentes Andrew Garfield, Carey Mulligan y Keira Knightley; el guionista, Alex Garland, es el autor de La playa y luego escribió un par de libretos para Danny Boyle.

    Y el filme es la suma de estos talentos, un hipnótico relato de horror y ciencia ficción, y a la vez un filme romántico y melancólico con tres personajes centrales que nos hablan de cómo la sociedad muchas veces dicta el destino de los seres humanos... y cómo revelarse a ello.

    Tommy, Kathy y Ruth (Garfield, el nuevo Hombre Araña , Mulligan y Knightley) viven desde pequeñitos en Hailsham, llamémosle un internado en la campiña inglesa. El mundo que viven es por momentos idílico, como si deambularan en un universo que corre en paralelo al real. Y ellos saben que están predestinados a algo, que no saben qué es ni, luego, cómo comprenderlo. Cuando crecen, lo averiguan y a partir de ahí, de ese misterio, de ese clic, Nunca me abandones se desarrolla y acrecienta el suspenso, y con ello la necesidad de vivir de los protagonistas.

    Lo mejor es no ahondar en la trama, para que el lector la vaya descubriendo por sí mismo. Y lo importante es cómo Romanek puede parecer gélido a la hora de dibujar algunas situaciones, pero también lleno de pasión y cierta sabiduría al retratar momentos específicos de esas relaciones (el primer beso, por caso).

    Como Kathy ama a Tommy, pero es Ruth quien se lo quita, la cuestión parece encaminarse hacia el despecho, pero Romanek sabe cómo y cuándo dar el volantazo.

    Es curioso el camino del director. Se hizo famoso por la realización de videoclips de Madonna, Michael Jackson y R.E.M., pero a la hora de filmar muta el ritmo, la pulsación frenética por una sosegada, apacible mirada que puede malinterpretarse como distante ante lo que narra.

    Como toda buena película, las capas de Nunca me abandones son varias y complementarias. Cada uno podrá apropiarse de la que más le agrade. Pero en todas ellas la que descuella es Carey Mulligan, dueña de una ingenuidad y una simpatía capaz de comprarse al espectador más arisco o indócil. La estrella de Enseñanza de vida , que protagonizará El gran Gatsby al lado de DiCaprio, lleva adelante el relato y vale ella sola el precio de la entrada.
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  • El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina
    Del otro lado de la cortina

    Una película búlgara, entre el revisionismo y la emoción.

    Filme revisionista, o trivializador de la realidad histórica, El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina navega entre aguas en las que el espectador no sabe si el árbol le impide ver el bosque, o el bosque es tan frondoso que la importancia de un árbol es mínima.

    Basándose en la biografía de Ilija Trojanow, quien escapó con su familia de Bulgaria en los ’70 y estuvo en campo de refugiados, el búlgaro Stephan Komandarev se centra en la relación entre un abuelo y su nieto. Bai Dan (Miki Manojlovic, de Underground , La profesión de Irina Palm ) es un maestro en lanzar dados en el backgammon, quien instruye de pequeño a su hijo y a su nieto (Carlo Ljubek). Pero luego de que éstos y su nuera emigren en épocas de censura y comunismo, y se afinquen años más tarde en Alemania, sufren un accidente automovilístico en el que los padres de Sashko fallecen y él pierde la memoria.

    Lo que sigue es un doble relato, el del viaje que el abuelo emprende hasta Alemania para recuperar a su nieto y su memoria, llevándoselo a recorrer la ruta en tándem, y, en flashbacks, cómo eran esos años de la niñez de Sashko en un pueblo donde la persecución política ponía en riesgo, inclusive, la unión familiar.

    Narrada con varios tips de la especie persevera y triunfarás , o pinta tu aldea… , con diálogos eufemísticos (“si te sientes atrapado, cambias tus tácticas, te arriesgas, juegas con valentía, pase lo que pase”, como si hablaran del backgammon, pero se refieren al sentido de la vida), en El mundo...

    termina primando el costado emotivo más que el sociopolítico.

    El director, habitual documentalista, tiene un personaje que no recuerda ni quién es, y otro que ansía recuperar a ese nieto, pero en algunos momentos, al relatar lo que le sucedió al padre de Sashko, cabe preguntarse quién es el que narra, ya que uno no recuerda, el otro no estaba allí presente y el muerto difícilmente pueda decir nada.

    Otra de las varias licencias que Komandarev se permite en un filme premiado internacionalmente, con una convincente tarea del serbio Miki Manojlovic, de lejos lo mejor que tiene esta película sencilla y con pluralidad de sentidos.
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  • Sucker Punch: Mundo Surreal
    Me quieren volver loca

    El director de “300” redefine la fábula en el siglo XXI.

    Espectacular en sus secuencias de acción, combinación de cómic y videomusical, Sucker Punch redefine el término de fábula en estos vertiginosos tiempos que corren.

    En lo que podríamos definir como el prólogo de la película, Zack Snyder hace una vez más uso de su prodigioso lenguaje visual para contarnos todo, casi sin palabras. En un par de minutos la protagonista se entera de la muerte de su madre, y de que su padrastro ansía quedarse con la herencia, por lo que elimina a su hermana menor y a ella la encierra en un asilo para gente con problemas mentales.

    Como ya hiciera en Watchmen , Snyder vuelve a mostrar el placer que le da moverse en ambientes retro: todo allí será muy de los ’50.

    En el asilo la bautizan como Baby Doll, ya que allí funciona una suerte de prostíbulo. Baby Doll y otras cuatro internadas ingeniarán un plan para escapar del lugar, en el que mucho tendrán que ver las fantasías y lo surreal, ya que cuando Baby Doll entre en trance al comenzar a contonearse y bailar, ella y sus amigas ingresan como a otro mundo en el que son guerreras letales, capaces de combatir a malvados medievales, dragones, robots o soldados de la Primera Guerra Mundial, en busca de los elementos indispensables que le permitirán la huída.

    La película está plagada de guiños, los más nítidos a Alicia en el País de las Maravillas o hasta El Mago de Oz . Y por más que Snyder proclame que Brazil y Atrapado sin salida fueron su inspiración, debe haber visto decenas de videogames. En ese sentido, el director no defraudará aquéllos que salieron extasiados (los hubo) de ver 300 .

    Y aunque Snyder sea políticamente correcto (o marketineramente eficaz) y deslice que en ningún momento deseó poner a sus protagonistas como objetos, las chicas muestran bastante como para poder refutarlo.

    No es precisamente Sucker Punch un filme donde las actuaciones estén ni por asomo por encima del ritmo –como en ninguna de las realizaciones de Snyder, a quien si mencionamos tanto es porque tiene un estilo definido, de planos cortos y cámara en prodigioso movimiento-. Sólo cabe mencionar a Emily Browning, la ex niña de Lemony Snicket , y a Vanessa Hudgens, ex High School Musical , como Baby Doll y Blondie (aunque sea morocha), además de la presencia simpre magnetizante de Jena Malone como Rocket y, en una aparición especial, Jon Hamm, de Mad Men .

    Lo último: no ver Sucker Punch en pantalla grande sería un sacrilegio.
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  • Marte necesita mamás
    Operación rescate

    Filme de Disney con la técnica de captura de movimiento.

    Robert Zemeckis tiene, parece, una obsesión. Aunque los detractores de la captura de movimiento no dejan de dispararle una y otra vez desde que dirigió El Expreso polar e insistió con el formato en Monster House , como productor, y en la dirección en Beowulf y Los fantasmas de Scrooge , con Marte necesita mamás las críticas le arreciaron en los Estados Unidos.

    Hay algo que es cierto: la mirada de los personajes animados, más que los movimientos corporales, los asemejan más a zombies que a seres humanos (por eso en Avatar no molestaba ver actuar a los alienígenas Na’vi). Igual, aquí hay tres o a lo sumo cuatro humanos, y el resto del elenco son todos marcianos.

    Milo es un niño que, una noche, cansado de que su mamá lo regañe, le dice lo que todo chico alguna vez le dijo, con más o menos respeto, a su mamá: aquello de que qué mejor estaría sin ella.

    Bueno, sus palabras se convierten en realidad, porque una misión extraterrestre secuestra a la madre –mal que le pese a Milo, ella es tan ordenada y consigue que su hijo cumpla con todo lo que le pide, que los marcianos la detectan y quieren que sea ejemplo para las madres en el planeta rojo- y él, desesperado porque no tendría quién le ordene que limpie su cuarto ni saque la basura, se cuelga de la nave espacial y también llega a Marte.

    Allí conocerá a un único humano, Gribble, un gordinflón que hace muchos años también perdió a su mamá, y que junto a una marciana rebelde ayudarán a Milo, de sólo 9 años, a buscar a la que hay una sola. El hecho de que a Milo lo “interprete” Seth Green, de 36 años, no varía en nada en las pantallas argentinas, porque no escuchamos su voz, ya que las copias están dobladas al castellano.

    Hay, de fondo, todo un tema con los hombres marcianos, recluidos en el fondo de la Tierra (deberíamos decir el fondo de Marte). Allí los confinó la Supervisora, la malvada de turno, que dice que se cansó de que no hicieran nada ni ayudaran en la casa y, peludos como son, desde bebés los separan de las bebas y de sus madres. De Bambi y Dumbo a esta parte, Disney ha sabido cómo lidiar con la separación (y/o muerte) de una madre con su hijo.

    Marte necesita mamás es un filme animado de aventuras, con toques de humor, persecuciones, peleas y todo lo que una película animada del siglo XXI suele ofrecer. Es, igualmente, escurridiza como el polvo marciano y algo pegajosa como el pochoclo dulce que los más chicos devorarán mientas la vean. Porque está destinada a ellos, no a grandulones como los padres, que probablemente se queden pensando en cómo continúa la salida con los chicos una vez que termina la proyección.
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  • Un despertar glorioso
    Es tan adorable...

    Una entradora Rachel McAdams se roba el protagonismo.

    Es sumamente probable que comedias como ésta usted haya visto montones. Los primeros títulos que saltan a la memoria van de Secretaria ejecutiva a El diablo viste a la moda , no sin pasar por Detrás de las noticias o El diario , porque Un despertar glorioso tiene una protagonista workaholic como las de las dos primeras -y tiene que soportar jefes o compañeros de trabajo insufriblemente egocéntricos- y transcurre en un medio de comunicación, aquí la TV.

    Y no cualquier TV: la de la mañana, o mejor, la de la primerísima mañana.

    No es extraño que hasta los conductores se queden dormidos a la hora de presentar las noticias en el canal en el que Becky (Rachel McAdams, de Diario de una pasión a Sherlock Holmes ) es una productora que promete. Pese a ello, es echada de su trabajo y consigue un lugar en otra televisora -ahora sí, en Manhattan- con una misión cuasi imposible, aceptando un salario inferior al que tenía y con conductores y equipo de producción tan adormecidos que uno no sabe si cuando los ve se acaban de despertar o nunca se acostaron.

    En fin, digamos que Roger Michell ( Un lugar llamado Notting Hill ) no hace más que acomodar el ambiente para que McAdams se luzca -siempre- y se sienta a sus anchas al lado de dos pesos pesados como Harrison Ford y Diane Keaton, que deben asumir a la fuerza la conducción de Daybreak , un programa de TV a punto de desaparecer por los bajos ratings. Se lo merecen: por momentos Keaton parece presentar un Boluda total de Fabio Alberti, y Ford, que hace de periodista prestigioso obligado a cumplir un contrato, no quiere saber nada con esto.

    La comedia tiene esos elementos que distinguen a las producciones hollywoodenses que pretenden emular aquella otrora era dorada. Y no será casualidad que el guión sea obra de Aline Brosh McKenna, quien cada dos años ofrece trabajos como Las reglas de la seducción , El diablo viste...

    y 27 bodas , en los que suele colarse el glamour y el ingenio en las situaciones planteadas y los diálogos.

    Lo dicho: McAdams está tan adorable que al filme pueden perdonársele unos cuántos -muchísimos- clisés (desde el quedarse dormida y levantarse a las corridas, hasta las metidas de pata en un videograph o lo que fuere que salen al aire). El elenco que la acompaña ciertamente no desentona, y además de Ford y Keaton -el gancho para el público más adulto-, están un Jeff Goldblum desatado y con las mejores líneas de diálogo, y el ascendente Patrick Wilson, como su novio.

    Divertida, Un despertar glorioso es como una brisa en una cartelera adocenada. Pasajera, pero brisa al fin.
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  • Líbano
    Líbano
    Clarín
    Temple de acero

    Extraordinario alegato antibélico, premiado en Venecia, transcurre enteramente dentro de un tanque.

    “El hombre es acero. El tanque es sólo hierro.” Hay un dato quizá no aleatorio para ojos argentinos: mientras nuestro país estaba en plena guerra por las Islas Malvinas, comenzaba el enfrentamiento entre israelíes y sirios. El ahora director Samuel Maoz ingresó en el tanque de guerra donde se desarrollan los 93 minutos de Líbano , ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, como artillero. Ese día de junio sus pies chocaron con el suelo seminundado del tanque, saludó al comandante, al conductor y al cargador de municiones, y allí Líbano arranca.

    No dejará muchas cosas en pie, empezando por la esperanza de que el salvajismo de la guerra se aplaque de una vez, y siguiendo con la ingenuidad de quienes cómodamente apoltronados en sus butacas crean que lo que están viendo es sólo una mera ficción.

    En breves pantallazos y diálogos Maoz presenta y construye a sus personajes, que tienen carne, y sangre en sus venas: no es fácil crear esa verosimilitud, ni siquiera generar esa empatía con seres como estos soldados que no están cerca del espectador.

    Y no es Líbano un trabajo amateur, ni documental, ni experimental: basado en sus propias experiencias, a Maoz (Shmulik en la película) no le tiembla el pulso a la hora de mostrar cómo niños y civiles indefensos son asesinados, y la desesperación del cuarteto encerrado al quedar en pleno territorio enemigo, sin ayuda para poder escapar cuando el tanque se detenga.

    La película transcurre enteramente dentro del tanque (se ve lo que acontece en el exterior sólo a través de la mira del cañón), pero lo que pasa allí afuera es tan horrendo que los que miran no son simples obervadores, sino que forman parte, participan de la guerra. Por momentos Líbano tiene muchos puntos de contacto con Vivir al límite , de Kathryn Bigelow: mientras la estadounidense ofrecía la locura de los ataques al aire libre en Irak, Maoz apela al encierro, la claustrofobia, y si los sonidos en Vivir...

    eran pieza fundamental del engranaje, aquí el ruido del desplazamiento de la mira juega como elemento dramático, lo mismo que la visión nocturna, virada al verde.

    Aquella frase del comienzo ( El hombre es acero, el tanque es sólo hierro ) es la que Shmulik advierte y lee apenas ingresa en el tanque. Hay que tener un temple de acero para sobrevivir lo inconcebible.
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  • Rango
    Rango
    Clarín
    Lo que el agua se llevó

    Simpático western animado, de Gore Verbinski, sobre una lagartija que aspira a ser actor y héroe.

    Una lagartija con aspiraciones a actor –y también a héroe- se encuentra, tras un accidente automovilístico en una ruta en pleno desierto, y de buenas a primeras, en un pueblito del Lejano Oeste. Habitado por otros animales, se llama tierra (con minúscula, porque es como polvo), que es lo único que hay a kilómetros de distancia.

    La sequía es atroz, en el banco –donde se guarda lo más preciado- sólo queda agua para seis días, y nuestro antihéroe comienza a creer que el alcalde (una tortuga que ¿para movilizarse más rápido? anda en silla de ruedas) mucho tiene que ver en el asunto.

    La lagartija, que, para ser sinceros, tiene mucho de camaleón, decide autobautizarse Rango luego de entrar al saloon y beber de una botella Made in Durango. Como sus deditos tapaban Du, decidió que sería Rango. Y más: termina siendo el sheriff del pueblo, fantaseando y fabricando historias de un pasado de certezas incomprobables, hasta que… Ya se sabe, si la mentira tiene patas cortas, no quieran saber lo que son las de la lagartija.

    Rango homenajea aquí y allá unos cuántos títulos del western ( A la hora señalada , el primero) pero también a Apocalypse Now y La guerra de las galaxias . No es, como podría presumirse, un filme alla Shrek , con guiños del estilo DreamWorks, pero también es cierto que dejará perplejo a más de un niño (y niña, ni qué hablar).

    Es que los personajes son, cómo decirlo sin herir susceptibilidades de las estrellas, francamente feítos. Miren, sino, a Rango, con sus ojos saltones y su cuello en diagonales. La estructura del guión también es extraña para los más pequeños que en su vida hayan visto o sepan qué es un western, por lo que ahí sí la ayuda de papá y mamá o un abuelito será recomendada.

    Está, cómo no, el mensaje ecológico sobre la importancia del agua y de no desperdiciarla. También queda claro que cualquier embustero puede ser sheriff (o policía) y alcalde (o Jefe de Gobierno), pero esas son minucias que los chicos aprenderán a discernir y/o padecer cuando hayan crecido.

    Lo que es una pena es que tanto talento involucrado en la confección de las voces se haya perdido casi por completo en las copias que se estrenan entre nosotros –hay una sola copia subtitulada, en La Plata-. Vayan anotando para cuando salga editada en DVD: Johnny Depp es Rango, y por ahí andan en dos o más patas Ned Beatty, Alfred Molina, Harry Dean Stanton, Ray Winstne o como arrastrándose como Jake, la serpiente, el gran Billy Nighy.
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  • Biutiful
    Biutiful
    Clarín
    El sacrificio emocional

    Javier Bardem conduce el drama de un hombre que sabe que morirá.

    Uxbal es un hombre común viviendo circunstancias extraordinarias. Vive, también, en un mundo en el que la sordidez es moneda corriente. Tanto a su alrededor (González Iñárritu sitúa las acciones en el barrio pobre de El Raval, el costado menos glamoroso de Barcelona, donde inmigrantes ilegales, latinos, africanos y asiáticos son explotados y trabajan en talleres clandestinos como un modo de sobrevivir) como puertas adentro.

    Su departamento dista de ser un modelo -los bichos que Uxbal ve en el techo son más que una alegoría-, pero es en el interior del mismo, con sus hijos pequeños a los que cría y de quienes tiene la custodia por la bipolaridad de su ex mujer (la argentina Maricel Alvarez, notable), donde el hombre se encuentra mejor. Puede molestarle que Mateo patee la mesa al comer –la paternidad vuelve a ser un tema recurrente en la filmografía de Iñárritu- y es allí, sentados a la mesa o en la cama, donde se dicen y explicitan temores, problemas y alegrías de esta familia desarmada.

    Ah, Uxbal se entera de que tiene cáncer y le quedan pocos meses de vida.

    El título del filme ( Hermoso ) es la antítesis de lo que se ve en pantalla. Aunque el espectador puede hallar aquí o allá momentos luminosos, más que nada en la relación de Uxbal con sus niños.

    En esta película “circular”, en vez de las enrevesadas historias cruzadas que confluían en sus filmes anteriores ( Amores perros , 21 gramos , Babel ), el tema de la muerte, tan familiarizada a la cultura mexicana, vuelve a ser recurrente. El dolor que se siente es continuo y al salir del cine uno tiene algo así como la necesidad de pegarse una ducha.

    Sin Javier Bardem, el sacrificio emocional que realiza Uxbal llegaría al espectador de otra manera. El actor decididamente se roba la película, y no sólo porque esté el 99% de la proyección en pantalla. No se trata de proporción sino de presencia.

    Uxbal es un marginal, sí, pero trata de emerger de la miseria, un término que se podría utilizar aquí para denominar más de una coyuntura. El hombre de ojos cansados puede comunicarse con los muertos, y sabe que no debería cobrar por ese don. Pero lo hace… El filme shockea desde el realismo y desde las cosas que Uxbal, entonces, imagina. Esta vez Iñárritu deseó contar la historia desde el punto de vista de un solo personaje, y sobre él recae la cámara en mano su habitual iluminador, Rodrigo Prieto (también, Frida y Secreto en la montaña ).

    La angustia y el tormento por los que atraviesan Uxbal y quienes lo rodean son ciertamente agobiantes. No hay regodeo en el sufrimiento ajeno, pero se los muestra con detalles como para que el golpe no pase de-sapercibido. Si el filme es esperanzante o desmoralizador, la respuesta la tiene cada espectador.
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  • Soy el número cuatro
    Alien todopoderoso

    Filme de acción con adolescentes con, ejem, todo a flor de piel.

    Las ventajas que tiene John, ya desde el afiche de la película, son inocultables. Si lo desea, abre los puños y de la palma de sus manos sale una luz, azul, muy útil para iluminar en bosques nocturnos, algún sótano o escuela cerrada. No es lo único que John puede hacer a voluntad con su cuerpo: tiene una fuerza terrible, salta como si rebotara en una cama elástica y –siempre achinando los ojos, haciendo muecas y extendiendo sus brazos- logra alejar de sí objetos que desea mantener a distancia. Como explosiones, malvados o monstruos.

    Soy el número cuatro se basa en una novela que fue (es) best seller y es producida –aunque no en los papeles- por Steven Spielberg, y por Michael Bay, el mismo de Transformers . John, por si no lo adivinó, es un extraterrestre que tomó forma humana aunque nunca sepamos cómo, y es el número 4 porque en total son nueve los alienígenas que abandonaron el planeta Lorien cuando los mogadorianos iban a eliminarlo todo. Y como no hay dos sin tres, a esos primeros tres los mogadorianos los aniquilaron junto al guerrero que acompañaba a cada uno como una suerte de ángel de la guardia (pero con una daga con lucecita, acertó, azul). Ahora John y su custodio Henri deben cuidarse porque los malos atacan en orden, por número de aparición.

    Que pase el que sigue.

    Soy el número cuatro es la (nueva) típica película de acción con algo de romance desde el inicio de la saga Crepúsculo , en la que los personajes son adolescentes que pertenecen a mundos diferentes. John sería como el vampiro que se enamora de la chica normal (aquí se llama Sarah, es fotógrafa aficionada, y justo lo que John menos necesita es que suban su carita a una red social) y debe luchar junto a otro mortal (un nerd hijo de un obsesionado por los ovnis que habría sido secuestrado por extraterrestres) y un perrito no tan faldero contra estos invasores pelados pintarrajeados y con branquias.

    El director D.J. Caruso expone casi el mismo dinamismo que en Paranoia y Control total , sus dos éxitos anteriores. Presumible primer capítulo de una saga, hay que esperar que aparezca la Número 6 (Teresa Palmer) para que la cosa se ponga mejor y la acción se asuma como tal. A Alex Pettyfer, el joven inglés de Alex Rider , lo veremos de aquí en más hasta en la sopa.

    Con algunas frases más o menos memorables –la dedicada a una bebida energizante no debe contarse como chivo-, Henri (Timothy Oliphant, de Duro de matar 4.0 ) le aclara a John que “nosotros no amamos como los humanos; lo hacemos con una sola persona y para siempre”.

    Error de marketing: debieron estrenarla antes de San Valentín.
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  • El cisne negro
    Magnífica obsesión

    Natalie Portman es una bailarina clásica en una encrucijada tan sórdida como encantadora.

    Quiero ser perfecta”. Esas tres palabras definen a Nina y, dichas a poco de comenzar la proyección, desnudan todo lo que importa y vaya a suceder en la nueva película de Darren Aronofsky, que se ha vuelto más preciosista y autoindulgente que en su época de Pi o Réquiem para un sueño .

    A El cisne negro se la aplaude por develar la hipocresía y la competencia desleal en el mundo del ballet, pero también es una película que aborda el archiempleado tema del doble, la paranoia y la presión que ejerce una madre sobre su hija para que triunfe allí donde ella no pudo hacer carrera. En el combo también entra el despertar sexual.

    Nina está ante la oportunidad de su vida. El protagónico de El lago de los cisnes está vacante ya que la estrella de la compañía donde se desempeña (Winona Ryder) está pronta a ser jubilada por el coreógrafo y estrella del ballet (Vincent Cassel). Nina baila realmente bien, su técnica es irreprochable. Y es “casi” perfecta, pero le falta la vitalidad, el aire de ser libre que conlleva el cisne negro, la hermana del blanco que es todo delicadeza. Nina no tiene maldad, es prácticamente pura.

    Y para adueñarse del doble rol en el ballet de Chaikovski tiene que mostrar otra cara, la más oscura. El coreógrafo (y con él, Aronofsky) es explícito al preguntarle al partenaire de Nina si le excitaría acostarse con ella. La respuesta de ambos es no.

    El cisne negro es un filme que va creando y sumando capas de interés, de agobio y de encierro, de locura. El leitmotiv es el temor al fracaso, a no ser lo que uno ambiciona, a encontrar en sí mismo los límites de la creatividad. Y hasta qué punto uno puede llegar a obsesionarse por algo o alguien.

    En esos términos, El cisne negro se toca, sí, con aquellas dos primera obras de Aronofsky, cuando su cine era más visceral, cruel y despojado de artificios. Y el director de El luchador vuelve a enfrentar a su protagonista con un sueño, un deseo, planteándolo casi como una necesidad vital. Si Randy (Mickey Rourke) no podía con su vida para volver a ser lo que era, Nina está en una etapa anterior de obnubilación.

    Aquí el tema del doble es central. Nina se ve a sí misma en la calle, en el subte. Y su transformación en el cisne negro la lleva literalmente en la piel. También lo es la relación con su madre (Barbara Hershey), que la abruma y fastidia, en la que no se quiere reconocer. Y con Lily, la bailarina llegada de San Francisco que parece, sí, perfecta para el cisne negro, por quien Nina siente rechazo y atracción en dimensiones parecidas.

    Qué es realidad y qué ingresa en el terreno de la imaginación es algo que el espectador deberá resolver acurrucado en su butaca. Aronofsky es más claro que lo que aparenta, y en eso también se diferencia de Pi . Algunos ven en el filme un costado de horror. Si es entendido como angustia y no atrocidad, bienvenido sea el término.

    La construcción del filme es soberbia. No hablamos del guión, sino de los aspectos artísticos. Al contraponer bondad y maldad como blanco y negro, los rubros visuales -vestuario, dirección de arte, la iluminación de Matthew Libatique (habitual director de fotografía de Aronofsky)- acaparan la atención, tanto como Natalie Portman, entregada a una pasión interna en un filme atrapantemente sórdido y encantador.
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  • Las aventuras de Sammy
    Al fin una película donde el 3D tiene razón de ser

    Además de su mensaje ecologista, el filme hará vivir a los chicos una gran experiencia.

    Ante todo, y lo más importante, si usted decide elegir una película en 3D en la cartelera para llevar a sus hijos, sobrinos, ahijados o nietos, no lo dude: Las aventuras de Sammy: en busca del pasaje secreto les hará vivir una experiencia como no se recuerda en el mundo de la animación tridimensional. Sentirán que están nadando, flotando o sumergiéndose en el mar abierto, al lado de peces, corales y tortugas marinas, sí, al alcance de la mano.

    El director belga Ben Stassen ( Vamos a la luna ) aprovecha el efecto tridimensional para integrarlo a la historia. Aquí el 3D no está para acompañar a Sammy, un tortugo marino, en su travesía de 50 años, sino convivir con él en todo lo que le suceda. Va mucho más allá de que los chicos estiren sus bracitos para “tocar” lo que deseen: la profundidad del fondo y los relieves de los personajes logran esa impresión de realidad, por más que estemos ante una fantasía animada.

    Una ficción con algo de utopía, es cierto, pero mucho de autenticidad y verdad fácil de constatar en el mundo que vivimos. Sammy nace obviamente de un huevo, le cuesta llegar hasta la costa y, una vez allí, se embarcará en una aventura sin fin. Una amiguita, Shelly, lo ayudará en sus primeros pasos, la perderá, conocerá a otro tortugo del que se hará amigo fiel y navegará distintas aguas alrededor del planeta –incluidas nuestras costas australes- en busca de ese amor extraviado por las corrientes marinas.

    Y como si no tuviera suficiente con tener que lidiar con los depredadores naturales, Sammy se enfrenta a manchas de petróleo, pescadores furtivos y bolsas de plástico que casi lo ahogan. Hay un claro mensaje ecologista, pero no impuesto ni obligado, sino consignado: los más pequeños lo incorporarán como algo natural. Lo mismo que los personajes “malos” –al margen de algunos humanos-, todos tienen una razón de ser. ¡Y hasta aparece un pulpo Paul! La película, entonces, recorre 50 años de la historia contemporánea, con Sammy como testigo privilegiado de la caída del Apolo XI en el Océano Pacífico, por ejemplo. Todo en un tono ameno, accesible y disfrutable.

    La paleta de colores y el movimiento de los personajes también sirven de atracción a los más pequeños, a quienes indudablemente está destinada Las aventuras de Sammy , pero que sus acompañantes también podrán divertirse. Y ya se viene la secuela… «
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  • El discurso del rey
    Gritos y susurros

    Colin Firth, como el soberano tartamudo, y Geoffrey Rush, como su terapeuta, en un duelo interpre Tativo que termina en empate en la gran candidata al Oscar.

    La película que tiene todos y cada uno de los elementos que tanto gustan a los miembros de la Academia de Hollywood (filme de época, historia real, personaje con capacidades especiales, grandes actuaciones, un protagonista que supera sus inconvenientes) se basa en una obra de teatro. Pero a no creer que es un filme de plano y contraplano, de frases hechas y estático. Por más que se desarrolle casi siempre en interiores, El discurso del rey es dirigido por Tom Hooper, quien a sus 37 años tiene en sus espaldas la miniserie John Adams y Prime Suspect : todo dinamismo.

    El filme abre en 1925, cuando el por entonces príncipe Alberto debe dirigirse a la multitud que llena el estadio de Wembley, por la Exhibición del Imperio Británico, y a otros cientos de miles que lo escucharían por radio, el nuevo fenómeno de comunicación. Los silencios entre las sílabas que apenas puede pronunciar el príncipe hablan de un papelón. Y de un problema a futuro.

    Bertie, como lo llaman sus íntimos, es tartamudo. El padre de la actual reina Isabel deberá enfrentar algo mucho más temible que un micrófono cuando su padre Jorge V (Michael Gambon) muera, su hermano mayor Eduardo (Guy Pearce) abdique para seguir tras una estadounidense casada y, a poco de la declaración de guerra con Alemania en 1939, deba ser, justo él, la voz cantante de la nación y su pueblo.

    La película admite varias capas de lectura. Por un lado, la posición que ante sus súbditos mantiene cada uno de la familia real. Por otro la historia de amor –y habría que agregar, paciencia- entre Bertie/Jorge VI e Isabel (Helan Bonham Carter). Y tercero y principal, la relación entre Bertie y Lionel Logue, el terapeuta del habla que intenta ayudar al soberano y que ocupa en buena parte el centro de la cuestión.

    Y para que el corazón del relato pueda latir y bombear suficiente energía se necesitaba una contraposición de caracteres entre el paciente y su terapeuta, apoyarse en diálogos filosos e ingeniosos y dos actuaciones a la altura de las circunstancias. Todo ello se cumple en El discurso del rey .

    Colin Firth se parece físicamente poco y nada a Jorge VI y nadie ha visto o recuerda fotografías de Lionel Logue, por lo que lo mejor es reclinarse en la butaca y disfrutar del duelo interpretativo, que también tiene varias capas o niveles. El actoral, que termina en empate; el de los personajes, ya que uno es soberbio y el otro, más humilde, pero que proyecta en el príncipe todo lo que no pudo hacer o ser (Lionel es un actor frustrado); y el hecho de que el terapeuta sea australiano le confiere a la relación otro matiz, ya que es un súbdito, sí, pero, además, viene de una colonia… La relación entre Su Alteza Real y su terapeuta desnuda las hipocresías de las que tanto se hablan en esas esferas de la monarquía, y el método que utiliza Lionel para ayudar a Bertie es sencillamente curioso. Advierte que la ira, el enojo hace que la lengua se le suelte a Bertie a la hora de proferir improperios, y lo alienta a decir palabrotas, lo que genera risas en la platea, que permiten cierto relax en la tensión de la historia de un hombre más solo… que un rey.

    “Tengo una voz”, llega a gritar Bertie antes de convertirse en rey. El problema es que nadie lo escucha, y en todo sentido. El hombre –que no tiene amigos y sí un pasado que habrá de revelarse nefasto- advierte que no ejerce poder alguno: son otros los que deciden si entrar en guerra o no con la Alemania nazi (brillante el momento en el que el rey ve un noticiero en el que Hitler se dirige a las masas y más que preocuparse por lo que sucede, admira lo bien que se expresa el Führer). Ya se ha dicho que el rey reina, pero no gobierna. Pero vayan a explicárselo a Bertie, que bastante tiene con practicar con sus trabalenguas.

    Firth probablemente se lleve el Oscar que debió ganar en marzo pasado por su profesor gay en Sólo un hombre . Su actuación es soberbia más allá de que haya tenido que hacer como que tartamudeaba. Hooper lo rodeó de otros talentosos, como Derek Jacobi (como el arzobispo, algo encorsetado y macchietado ), Rush y Helena Bonham Carter, a quien alguna vez se la recompensará por interpretar tan disímiles personajes ingleses.

    De todas maneras, El discurso del rey luce tan perfectita que por momentos uno recuerda que está ante una pantalla y le ve alguna que otra costura. Pero es un trabajo de orfebre, que le dicen.
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  • Lazos de sangre
    La heroína menos pensada

    Jennifer Lawrence, en una actuación arrolladora.

    No hay muchas películas estadounidenses que escarben tanto en las miserias humanas como Lazos de sangre . Que lo hace de manera directa, con un personaje central con el que el espectador traba rápidamente empatía, y al que la jovencísima Jennifer Lawrence le pone el cuerpo y el alma, ambas piezas devastadas por lo que debe vivir.

    El entorno de Ree es ciertamente difícil. A sus 17, la chica debe hacerse cargo -nadie se lo pide, salvo las circunstancias- de una familia. Sus dos hermanitos menores y su madre, depresiva y casi postrada, mal alimentados como ella, están a su cuidado desde que el padre de Ree cayó en prisión (elaboraba y traficaba droga), de la que salió y si no se presenta ante la Corte, el sheriff del lugar le indica a la atribulada Ree que perderán la casa, ya que la dio como garantía.

    Ree, vuelta heroína a su pesar, tiene una semana para encontrar a su padre, pero cada vez que comienza a averiguar y a bucear, se topa con mensajes poco o nada alentadores. Mejor que no se meta a investigar mucho, porque en las casas de madera en medio del bosque en Missouri donde vive le esperan revelaciones difíciles, duras de asimilar.

    La directora Debra Granik va tirando al rostro del espectador uno por una todos los datos dolientes que recibe Ree. Su tío y hermano de su padre (Taerdrop, interpretado por John Hawkes, candidato al Oscar como actor de reparto) le sugiere que tal vez esté muerto. Todo lo que (re)mueve esta aseveración -por un lado, pesar; por el otro, la tranquilidad o sosiego que le da saber que si murió, no perderá su hogar- está reflejado en la expresión de Ree. Al estar prácticamente el 99% de la proyección en la pantalla, todo lo que la realizadora tenga por decir pasará ineludible e imperiosamente por este personaje.

    Drama que desnuda que subyacen conflictos nunca aclarados -y ése es otro rasgo a favor del filme, ya que la incertidumbre de Ree es la misma que tiene el especta- dor-, el ámbito en el que se mueven los personajes define en más de un sentido sus características. Pueblo rural, perdido en el interior de los Estados Unidos, hay mucho desecho rondando por allí, como neumáticos, que trabajan también como reveladores metafóricos. Los habitantes del lugar están entre las sobras, los desperdicios de la sociedad.

    Quienes se sientan a ver Lazos de sangre en busca de un thriller -que también lo es- tal vez se pierdan ese costado mórbido, patológico y nocivo. Ree aparece, junto a sus hermanitos, como el único personaje limpio, inocente, al que la sociedad no ha ensuciado. “Nunca pidas lo que te deberían otorgar”, le dice a su hermanito. Y el contexto es frágil: no tienen qué comer.

    Acostúmbrese a ver a la talentosa Jennifer Lawrence. Pronto estará en Las dos vidas de Walter , con Mel Gibson, y será Mystique en la precuela de X-Men : filmes completamente distintos en los que no hará falta encubrir su belleza; mientras, hay sobrados motivos para descubrirla en esta odisea humana que atrapa y no suelta.
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  • El Avispón Verde
    Avispón que zumba, no pica

    La película con el superhéroe y su asistente Kato se queda a mitad de camino entre la parodia y el homenaje.

    La sumatoria del director Michel Gondry ( Eterno resplandor de una mente sin recuerdos ), el actor, comediante, coguionista y coproductor Seth Rogen ( Ligeramente embarazada ) y El avispón verde (más Kato) daba para imaginar un entretenimiento estilístico inusual, alocado, con más humor que aventuras y mucho desparpajo.

    Gondry no deja de sorprender. Porque su Avispón verde no es ni lo que uno presumía ni tampoco un entretenimiento del todo eficaz.

    Lo es por momentos, cuando el humor se impone a la acción –dicho sea de paso, pueden sacarse los anteojitos porque los efectos en 3D aportan poco y nada a la proyección- en una adaptación que se queda a mitad de camino. No es parodia, aunque dobla en la esquina, ni homenaje, aunque haya algún guiño a Bruce Lee.

    Tras zumbar primero en la radio, luego en el cine (1940) y entre 1966 y 1967 en la TV, con sólo 26 episodios y Bruce Lee en la piel de Kato, el asistente asiático maestro en artes marciales, a El avispón verde le costó volver al cine. Diferencias en el guión, o sea: en cómo encarar a este héroe sin superpoderes, que de la noche a la mañana decide combatir el Mal aprovechándose de la herencia millonaria que le dejó su padre, hicieron que Kevin Smith pasara por el proyecto hasta que terminara en las manos de Gondry. Ya Seth Rogen estaba subido al Black Beauty, el auto negro que Kato prepara y que es casi casi un émulo del batimóvil.

    Es que si El avispón y Kato (que en algún momento iban a ser George Clooney y Jet Li) tienen algo en común con Batman y Robin, esta película tiene más aliento a la serie del héroe de Ciudad Gótica que de los filmes de Tim Burton o de Christopher Nolan sobre el caballero de la noche. Para Gondry son lo de menos la trama y hasta el malvado (Chudnovsky, interpretado con cierta malicia y dejadez por Christoph Waltz, el de Bastardos sin gloria ). Es más vital y significativa la relación entre “amo” y sirviente” (aunque quede claro que el más talentoso es Kato) que todo lo que lo rodee o enfrente. Y eso incluye a Lenore, la secretaria de Britt Reid, el joven heredero del diario convertido en héroe, que interpretada por Cameron Diaz no hace más que sonreír y perderse en la trama hasta que uno se pone a pensar ¿cuál era el rol de esta chica en toda la película? Salvo en la Katovisión –el momento en el que Kato anticipa cómo va a pelear contra su(s) contrincante(s)-, y que, sí, es parecido a lo que Guy Ritchie le hacía ver a Robert Downey Jr. en su Sherlock Holmes , no hay mucho de la fantasía Gondry volcada en el relato.

    Que el taiwanés Jai Chou casi no sepa pronunciar una palabra en inglés le da otro toque kitsch al asunto, que demuestra que avispón que zumba, no pica.
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  • El oso Yogi
    Los ositos cariñosos

    Su humor y situaciones, algo básicas, son para chicos bien pequeños.

    De los dibujitos animados que veíamos en la tele hasta aprenderlos casi de memoria, de tanto que lo repetían, El oso Yogui (que hasta ahora en nuestro país era con u , no como titulan al filme, que se leería Yoji ) era casi un prototipo del chanta porteño. Vago pero querendón, al estilo del Lagarto Juancho -que tenía al Sr. Horacio en el Zoológico como humano (ir)responsable; en el parque Jellystone es el guardabosque Smith-, era imposible que no nos cayera simpático.

    Yogi, el oso pardo con camisa de cuello, corbatita y sombrero, que habla hasta por los codos y devora de un saque la comida de las canastas que roba a los visitantes al parque, tenía en el original de Hanna-Barbera una ingenuidad que en la actualidad mutó en parte. Lo escatológico (un poquito) gana en escena en la traslación animada, que comparte con personajes de carne y hueso. No escatimaron esfuerzos de producción: la voz de Yogi es la de Dan Aykroyd, y la de su inseparable y más prudente amiguito BuBú, de Justin Timberlake, pero eso en la versión en inglés, que aquí no se estrena.

    La trama, que de alguna manera hay que llamarla y que permite que Yogi meta una y otra vez la pata, habla de la irresponsabilidad del alcalde, que como el Parque da pérdidas -se ve que el ecologismo y la vida al aire libre no atrae demasiado por la zona- decide venderle sus hectáreas a una empresa, que talará árboles y demás. El guardabosque hará lo imposible por recaudar fondos, armará una fiesta aniversario que saldrá espantosa, se enamorará de una documentalista y habrá que ver si se consigue preservar el parque.

    La versión en 3D no aporta mucho a la tradicional en esta producción pensada para los chicos más pequeños, que no tienen la menor idea de que quién es Yogi, porque en los canales de cable no lo pasan, y la excusa de ser padre para llevarlos y compartir algún recuerdo es lo que nos lleva a comprar las entradas. Humor y situaciones bien básicas, que disfrutarán chicos de hasta 7 años.
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  • Amor de madres
    Querer no es poder

    Rodrigo García lleva adelante un filme cuyas actrices son la locomotora del relato.

    Como si fueran los polos de una misma pila, Karen (Annette Bening) y Elizabeth (Naomi Watts) son madre e hija, pero no se conocen. Encendida la segunda, algo apagada y renuente a mantener cualquier tipo de relación que no sea profesional (es físicoterapeuta) la primera, son dos de los tres personajes centrales de la nueva película de Rodrigo García, un realizador con una apreciable predisposición por los personajes femeninos y sus mundos.

    Es que el hijo de Gabriel García Márquez, si en algo se ha especializado, es en la construcción de los protagonistas de sus relatos. Los va abriendo a los ojos del espectador de a poco. No importa si es cronológicamente o no, si advertimos antes o después por qué Elizabeth está dolida, cuándo Karen decide buscar, saber qupe es de la vida de la hija que dio en adopción cuando la tuvo, a sus 14 años, o en qué momento Lucy (Kerry Washington) decide ir al frente y dar todos los pasos necesarios para adoptar un niño cuando con su esposo no pueden procrear.

    A la manera de los filmes de González Iñárritu -que produjo Amor de madres - anteriores a Biutiful , que disparan distintas historias hasta que se conectan, García no fuerza las acciones sino que hace que se relacionen casi por causalidad no por casualidad. Está claro que Karen, Elizabeth y Lucy son mujeres de carácter fuerte -de nuevo: García se toma su tiempo para demostrarlo con Lucy- y ante situaciones extremas reaccionan como pueden más que como quieren.

    La mirada del realizador, también es cierto, suele dejar muy mal parados a los personajes masculinos. Desde la ausencia de los padres, por más que el título original, y con el que se estrena aquí hable de madres, la irresponsabilidad de algunos o el tardío darse cuenta de otros, es fácil advertir la debilidad y/o preferencia por ahondar en ellas más que en ellos.

    Y son ellas las que impulsan como locomotoras el relato. Una Annette Bening que asume papeles más fuertes -recordar el de Mi familia , por la que es candidata al Oscar este año-, Naomi Watts en un rol que mezcla desfachatez, insidia, audacia y resolución en idénticas dosis, y Kerry Washington ( Ray , El último rey de Escocia ) no es que se pongan a cargo la película: es ésta la que las acompaña.

    El amor interracial, el dolor, la muerte, el respeto, los prejuicios, las dificultades de la adopción y las relaciones madre e hija son como capas de una misma cebolla (no sólo por activar los lagrimales de las espectadoras) en este drama intenso, con actrices que son capaces de dar todo, y más, para conseguir su fruto.
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  • La vieja de atrás
    Para saber lo que es la soledad

    Adriana Aizenberg y Martín Piroyansky, vecinos parecidos y disímiles.

    Dos personajes tan disímiles y parecidos entre sí, viven en un mismo edificio de departamentos. Una debe andar cerca de los 80, el otro es universitario. Rosa no tiene amigos ni parientes; Marcelo, pampeano, estudia Medicina, tampoco tiene amigos y sus padres no le mandan ayuda económica, por lo que está a punto de quedarse por dormir en la calle. Pero...

    Las vueltas de la vida, o del ascensor descompuesto que comparten, hacen que uno y otro terminen viviendo bajo un mismo techo, el del departamento de la anciana en esta segunda película de Pablo José Meza, luego de Buenos Aires 100 kilómetros , filme con el que había concursado y ganado en varios festivales internacionales.

    Ya no son historias corales sino prácticamente la de Marcelo (Martín Piroyansky), por más que se titule La vieja de atrás . Meza lo pinta como un joven que parece que quiere estudiar, pero que en el aula de la Facultad hace garabatos en vez de tomar apuntes. Que se enamora como en un flash de una desconocida (Marina Glezer), pero que no hace nada por prolongar la primera cita.

    Pero si hay algo que se destaque en la película es la vieja de atrás (o Adriana Aizenberg). La actriz, que prácticamente no había tenido papeles protagónicos sino de sotén en el cine argentino, demuestra con creces el porqué de su elección. Paradita en una esquina, sin que sepamos qué espera o qué mira, bien arreglada para la ocasión, Rosa es un símbolo de la soledad mejor entendida. Meza la traza de mejor manera en la oscuridad de su casa, cuando no quiere levantar las persianas “para que no nos miren” o cuando le quiten ese yeso en su brazo. “Siento que me falta algo”, dice, y desde la platea se entiende a la perfección lo que el director quiere expresar.

    Maza opta por algunos encuadres llamativos. Luego de arrancar con varios minutos de planos detalles, coloca a los personajes en los bordes, a veces casi cayéndose del cuadro, sin motivo ni necesidad específica (en el contraplano entre Rosa y Marcelo en la cocina, por ejemplo). Si en Buenos Aires 100 kilómetros despertaba curiosidad ver qué camino seguía, cuatro años más tarde la pregunta sigue siendo la misma.
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  • Somewhere - En un lugar del corazón
    Todo eso se parece a la sonrisa de papá

    Sofia Coppola apunta a lo más íntimo de sus personajes en su nueva y celebrada película.

    Siempre se dice, y muchas veces con verdadera razón, que un director autor está contando una y otra vez la misma historia, pero con distinta trama. Puede expresar diferentes cosas, pero refiere a lo mismo.

    A Sofia Coppola le endilgaron -y ella mismo lo aceptó- que sus tres primeras películas, Las vírgenes suicidas , Perdidos en Tokio y María Antonieta eran, componían una trilogía sobre personajes femeninos. Jóvenes.

    Bueno, ahora en Somewhere , que lleva adosado al título en un rincón del corazón , que funciona como un acaramelado subtítulo innecesario y le hace perder toda sutileza y enigma, el protagonista no es una mujer, sino un hombre.

    El hombre se llama Johnny, es un actor -joven- famoso, se ha separado de su mujer, que debe ausentarse vaya uno a saber por qué, y le pide que se encargue de Cleo, su hija en común, de once años. Nos enteramos de todo ello una vez que la película ha iniciado hace rato su metraje. Hasta entonces, vimos cómo Johnny vive en el hotel Chateau Marmont, un emblema del glamour hollywoodense en Los Angeles, invita parejas de bailarinas a danzar en el caño y se queda dormido. Bebe, fuma, maneja su Ferrari negra. Parece aburrido.

    Sofia Coppola tuvo que salir a aclarar que la película “no es autobiográfica”, sobre todo a partir de que Johnny debe convivir con Cloe, y la lleve con él de viaje a Milán, donde también vivirán en un hotel a puro lujo. Sofia viajó muchas veces, a solas, sin la compañía de su madre o sus hermanos, con papá Francis a distintos destinos.

    Esa aclaración de Sofia es y no es innecesaria. Por un lado, si usted ve Somewhere sin saber que es una película de Sofia Coppola -se la cruza en el cable en un par de años, digamos-, se pierde eso : el considerar, presentir que tal o cual suceso o coyuntura tiene que ver con algo que le sucedió a Sofia con su padre. Pero también puede descubrir otros matices en ese vínculo, que va más allá de la familiaridad entre el padre famoso y su hija... que está descubriendo el mundo, sensible y temblorosa.

    Somewhere habla del vacío de la fama y de las relaciones humanas. De las negligencias y las frases nunca dichas a tiempo. Coppola tiene un timing propio, que para algunos será cansino. Cuestiona y se burla de la prensa del espectáculo internacional, del showbusiness, pero su ojo apunta hacia algo mucho más íntimo. Aunque tarde en hacerle verbalizar a Johnny lo que le pasa en su interior, cuando la verdad estalle, nada podrá recomponerse como era antes.

    La película abre con un auto negro -la Ferrari de Johnny- girando y girando, dando vueltas y más vueltas sin sentido alguno. Hasta que se detiene. El final -que no vamos a adelantar- cierra con absoluta precisión la historia de Johnny, el hombre que eligio Sofia Coppola para hablar... de sí misma.
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  • Noches de encanto
    Baila conmigo

    Christina Aguilera es la joven que quiere triunfar en el music hall, pero Cher gana por robo.

    Hay gente capaz de convertirse en lo que sueña, y otra, de reconvertirse cuando aquello que anhelaba ya lo consiguió. Y ambiciona más.

    Ali es la típica joven que se harta de vivir en un pueblito y marcha atraída rumbo a las luces de la ciudad. Tess lo ha tenido todo, marido incluido, pero ahora regentea Burlesque, ya no canta ni baila y el marido pasó a ser su insoportable socio en el negocio. Un negocio que no funciona bien y que está a punto de tener que vender.

    A menos que...Los puntos suspensivos los puede llenar el lector.

    Noches de encanto es un musical con una base tan recorrida por el cine y la TV que apenas uno termina de acomodarse en la butaca sabe que mejor será enfocar la atención en los números musicales, alguna actuación y dejar la trama en sí a un costado.

    El contrapunto entre Christina Aguilera y Cher, Ali y Tess, no es tal, o nunca llega a realizarse, sencillamente porque es, casi, como comparar a Messi con Eber Ludueña. A sus 64, Cher afronta dos números musicales en los que demuestra tener no sólo presencia y prestancia escénica, sino que no hace falta gritar para conmover, algo que el timbre de voz de la nueva estrella aquí no disimula nunca, y el director debutante Steven Antin tampoco se preocupa por camuflar o encubrir.

    A la elegancia de esos cuadros musicales, con una cuidadísima iluminación y ajustado timing, y en los que Aguilera sostiene sus agudos a más no poder, se le suma la presencia de Cher. Que puede o no estar frente a cámara, pero que es ineludible.

    Noches de encanto no es solamente la historia del ascenso de una jovencita que debe sobreponer prejuicios y celos más ajenos que propios para triunfar en el show business. En la figura de Tess, su supuesta decadencia, que no es tal, radica la mirada más fina que irradia el relato.

    Tal vez el encierro del musical en el ámbito oscuro del Burlesque le saque “aire” a la narración. Por allí se pierde entre mohínes Stanley Tucci y, en la entrada del local, Alan Cumming, que fue un magnífico Emcee en el Cabaret de Sam Mendes en teatro.
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  • Imparable
    Imparable
    Clarín
    Chofer, chofer, apure ese motor...

    Denzel Washington y Chris Pine deben detener un tren descontrolado

    A los 66 años, Tony Scott parece filmar como cuando empezaba y era conocido como e l hermano menor de Ridley Scott. Porque el director de El ansia y Top Gun , tiene el mismo brío y logra transmitir a la platea la sensación de vértigo que sus películas de acción siempre han tenido.

    En Imparable , su quinta colaboración –tercera al hilo- con Denzel Washington, director y actor se las vuelven a ver con un tren. En Rescate del Metro 1 2 3 era un subte, con Denzel sentado en una oficina tratando de negociar con el pelado terrorista que componía John Travolta. Ahora la que está sentada en su lugar es Rosario Dawson, que por primera vez no debe mostrarse sexy sino inteligente, y el actor de Malcolm X , detener un tren descontrolado, que marcha a toda velocidad sin conductor y que atravesará una zona densamente poblada con unos cuantos vagones de material químico.

    Como en varias producciones del realizador de Marea roja y Enemigo público la pareja protagónica comienza siendo antagónica, aunque luego eso pueda cambiar o no. Washington es un operario que debe trasladar un tren a otra estación, y le ponen al lado -cuándo no- a un novato, interpretado por Chris Pine. Que luego de ser el comandante Kirk en la remake de Viaje a las estrellas podría imponer algo más de respeto. Cada uno tuvo sus problemas en casa y habrá tiempo para que nos enteremos, mientras vayan tras el vehículo imparable al que hace referencia el título de esta película rodada con tanto ímpetu como dinamismo.

    Mucho más corta de lo que suelen ser las aventuras cinematográficas de Scott, lo cierto es que la historia no daba para mucho más, ya que no bien arranca se desencadena el conflicto, el nudo de la trama, mientras se presenta a los personajes.

    Washington, a los 56 años, ya no está para ir saltando vagones en movimiento, pero lo hace. Y Pine da perfectamente el look de pendenciero-de-buen-corazón que le tocó en suerte. Como película de acción, a Imparable no se le puede pedir más: cumple con creces los requisitos de entretener.
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  • Enredados
    Enredados
    Clarín
    La princesa que quería vivir

    La 50° película de Disney es un símbolo de los cambios de la empresa a la hora de adaptar “Rapunzel”.

    Se sabe: la gente de marketing de Disney desconfiaba de titular Rapunzel a, precisamente, esta adaptación de Rapunzel , porque creían que alejaría al público varonil, y Enredados (o Tangled , lo mismo, en el original) no le cae mal: el protagonismo está más compartido entre Rapunzel y el ladrón Flynn Ryder que en Blancanieves o Mulan . Si a alguna película de Disney se parece es a Aladdin , por el hecho de que un ladronzuelo termina enamorándose de una princesa, y tanto Jazmín como Rapunzel son bien, bien bravitas.

    No es la primera vez, no será la última, que la empresa del Ratón toma una historia original y la da vuelta a la hora de volcarla a la pantalla. Rapunzel vive encerrada en una torre en medio de la nada, sin saber que es la hija de los reyes, raptada por una malvada que quiere aprovechar el poder mágico de sus largos 21 metros de cabellos. Rapunzel está por ser mayor de edad y quiere escaparse de allí. El salvador será Flynn, que llega de casualidad, huyendo tras un robo, y la ayudará, primero interesadamente, a descubrir el mundo de ahí afuera -igualito a Aladdin-.

    No es una película de Pixar, y tampoco de DreamWorks, aunque el personaje de Flynn en mucho se parece a los héroes que construye la empresa de Katzenberg. Es que Disney está reinventándose, y en buena y sana medida apelando a lo clásico, con lo que mejores productos realizó en un pasado reciente. El humor y la buena construcción de los personajes -todos- apuntalan el resultado, con una pareja que va en camino a convertirse en nuevas estrellas.

    Aquí también el 3D tiene su sentido. Rapunzel utiliza su cabellera como látigo o especie de liana, las escenas de pelea están bien resueltas -siempre con un gag- y los personajes de apoyo -un caballo, un camaleón- cumplen con los roles de airear y dar pie a Rapunzel y Flynn para crecer en pantalla. Disney lo ha hecho de nuevo, para alegría de las chicas... y los chicos.
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  • Más allá de la vida
    Cuestión de vida o muerte

    Eastwood aborda por primera vez lo sobrenatural.

    La filmografía de Clint Eastwood incluía, hasta Más allá de la vida , dramas hechos y derechos como Río Místico y Million Dollar Baby , westerns revisionistas como Los imperdonables , filmes sobre la guerra antes que de guerra ( La conquista del honor ) thrillers y una olvidable cantidad de títulos de acción fascistoide, cono Firefox y El guerrero solitario a la cabeza, pero nunca uno, digamos, sobrenatural.

    Y a los 80 años, Eastwood abordó el primero, probablemente el único de su frondosa carrera.

    Lo llamativo en Más allá de la vida no es tanto, proviniendo de Eastwood, el asunto elegido –la posibilidad de entablar contacto con espíritus de gente querida- sino la parsimonia con que la realizó (un rasgo que era más evidente en la insípida Invictus , que quedó como un filme por encargo antes que una obra de autor), incluyendo un final muy a lo González Iñárritu, de historias que se cruzan. Y que lo hacen más por capricho del guionista que por obra del destino.

    La película abre con Cécile De France como una periodista televisiva francesa de vacaciones, poco antes del tsunami asiático de 2004. Su personaje sobrevive, cuando todos la daban por muerta, en una secuencia que, siendo el filme producido por Spielberg, es dable apostar que Eastwood habrá monitoreado todo desde una consola, aprobando o desaprobando con la cabeza.

    La segunda historia arranca con un (ex)psíquico, que se hartó de tomar las manos a extraños para sentir una conexión y relatar las visiones que tiene. Interpretado por Matt Damon, parece mejor estructurado, inclusive psicológicamente, hasta que irrumpe el tercero, un niño inglés que acaba de perder a su gemelo, tiene una madre alcohólica y termina en un hogar prestado, mientras lo que más ansía es recuperar a su alma… gemela.

    El estilo de Eastwood, allí donde se ve y se siente que el director se mueve a sus anchas, se expresa mejor en la secuencia de la casa de Damon, entre la cocina y el living, cuando George trata de convencer a Melanie (Bryce Dallas Howard) que mejor no, que no le pida que la contacte con su padre muerto. Inclusive la resolución de la escena se emparenta con un tema que al director parece obsesionarlo cada vez más desde Río Místico , y es el abuso o maltrato de menores.

    No es un filme sobre lo paranormal, sino sobre tres personajes en busca de la verdad; alguna verdad que les devuelva las ganas de vivir al ser rozados, de una u otra manera, por la muerte. Pero la reflexión que uno quisiera suponer es el alma mater del relato se desdibuja acercándose al final, cuando por más que uno adivine que las tres historias deberán cruzarse, lo hagan de la manera más clisada posible.

    Y es extraño, porque el guionista Peter Morgan (el mismo de La reina y Frost/Nixon ) suele trabajar con habilidad y meticulosidad las escenas para desnudar las características de sus personajes. Bueno, en Más allá de la vida se tomó un descanso.

    Damon es lo mejor de la película (su segunda escena en la cocina, comiendo solo, tiene el desenlace que mejor pinta a su personaje) y el pequeño Frankie McLaren, por carisma, se roba algunas escenas.

    Más allá de la vida , cuando el fan haga un repaso de la filmografía de Eastwood, no estará en el cielo ni en el infierno; permanecerá en el limbo.
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  • Los pequeños Fockers
    Sonrisas, enemas y erecciones

    Robert De Niro y Ben Stiller exprimen una saga cuya cantera ya parece agotada.

    Si no hay dos sin tres, era de esperar que guionistas, director y productores (Robert De Niro incluido) exprimieran una vez más aquello que fue una buena aunque no original idea –el enfrentamiento entre futuros suegro y yerno- diez años atrás, en la descostillante La familia de mi novia .

    Pero traten de encontrar una escena que les haga abrir la boca para reír, no esbozar una sonrisa, como la del jarrón con las cenizas, el partido en la piscina o la del avión en aquella comedia. No traten, porque no lo conseguirán.

    Los pequeños Focker abreva en lo que comenzó a forjarse como la “nueva” comedia sexual, pero aquí con menos apuntes sexuales, aunque los haya, y algo más o menos escatológico. Hay erecciones, enemas y vómitos, además de las clásicas confusiones que son el centro de la trilogía, sin las que la ¿trama? no podría desarrollarse.

    Greg (antes, Gay) Focker y su esposa Pam están atravesando la famosa crisis de la mediana edad. Tienen dos gemelos a punto de cumplir los 5 y problemas financieros. Jack Byrnes, el suegro de Focker ex agente de la CIA, para los desmemoriados, ha sido el patriarca del clan y un oculto ataque cardíaco lo devuelve a la realidad: desea delegar el mando del círculo de la confianza en alguien, y como su otro yerno, médico, se escapó con una enfermera, decide que el enfermero Greg Focker sea el “Padrino”.

    Pero eso implicaría confiar ciegamente en Focker, algo para lo que Byrnes no está entrenado. Y los problemas se apilan: los Focker quieren enviar a sus gemelos (la nena, más inteligente, no le habla al padre; el hijo es menos despierto) a un colegio exclusivo, afrontan complicaciones con el dinero, están a punto de mudarse y a Greg le aparece una oportunidad fácil de sumar dólares, todo legal, pero se lo ofrece el personaje de Jessica Alba y, sí, la infidelidad ronda la pantalla y, lo más importante, por la cabeza de Byrnes.

    El resto es más o menos lo mismo que en las anteriores: lo central es la tirantez entre suegro y yerno, y se ha recuperado al personaje de Owen Wilson, que fue novio de Pam, como para sumar inconvenientes y algún que otro gag, porque las apariciones de los padres de Focker, Dustin Hoffman y Barbra Streisand, son esporádicas. Casi, casi como las oportunidades de risa.

    Como pasatiempo que es, Los pequeños Focker deja en claro que la cantera parece agotada, y las bromas se perciben y divisan a la distancia, apenas arranca la primera línea de diálogo. Por suerte cada tanto La familia de mi novia aparece en la programación de la tele o el cable, para recordar que alguna vez Stiller y De Niro supieron ser lo graciosos que en Los pequeños Focker no les sale por más que se esfuercen.
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  • Las crónicas de Narnia - La travesía del viajero del alba
    Con el espíritu de siempre, y la ayudita del 3D

    Edmond y Lucy esta vez llegan a Narnia a través de un cuadro.

    El mundo de hoy en día -y durante la Segunda Guerra Mundial se ve que también- está plagado de tentaciones. Los chicos hermanos que protagonizan Las crónicas de Narnia , y sus espectadores de todas las edades, lo saben bien. Y quienes se asomaron a las páginas escritas por C. S. Lewis (1898-1963) conocen el estilo y las alegorías religiosas del autor. A Lucy, a Edmond y al insoportable primito Eustace que los acompaña en esta aventura que hoy se estrena entre nosotros en 3D, los tientan diversas cosas, que los apartarían del Bien, en mayúsculas, en desmedro o deterioro de la mismísima Narnia.

    Y La travesía del Viajero del alba es un compendio de decisiones a tomar -los chicos ya no son tan pequeños-y buenas acciones por decidir, todo dentro de un espectáculo pensado para toda la familia.

    Segunda Guerra, Edmund desea enlistarse para pelear en ella, pero siendo menor de edad, no se lo permiten. El y la más pequeña de los Pevensie, Lucy, están en la casa de unos tíos en Inglaterra, mientras los hermanos mayores, Susan y Peter, están en los Estados Unidos. Edmund no se banca más a Eustace, su primo, y cuando con su hermana observen el cuadro de un navío “de apariencias narnianas” en el cuarto, y terminen forcejeando con el primito, el océano mismo saltará del cuadro, los atrapará y los tres terminarán como náufragos, siendo rescatados por el barco que da título al filme.

    Alí está el Príncipe Caspian, y junto a él deberán salvar a Narnia, encontrando una espada (curiosamente, lo mismo que Harry Potter en las reliquias de la muerte ) que los ayudará a combatir el Mal, con la ayuda del león Aslan.

    Mucho ayuda el efecto tridimensional a que la película atrape a los más pequeños. El mundo de sueños que es Narnia está perfectamente realzado en lo que refiere a la dirección artística. Michael Apted no dejó de lado el humor y menos la aventura, resaltando el aspecto alegórico de Lewis allí donde era preciso. Los cambios en la adaptación podrán poner los pelos de punta a los fanáticos que han leído el libro, pero para aquellos que se sumerjan a la historia sin preconceptos, todo tendrá, si se quiere, su lógica.

    Lucy ya no es la niñita que se la pasaba con los ojos y la boca abierta descubriendo ese mundo de fantasía, y está a punto de caer en alguna tentación, de ésas a las que Ed mund siempre estuvo más propenso.

    Tanto fue lo que se tejió alrededor de La travesía del Viajero del alba , tanta responsabilidad se le adosó sobre si hundirá o reflotará a la saga fílmica que lo mejor es verla, disfrutarla tan solo como lo que es: un filme de aventuras, co personajes fantásticos. La travesía sale a flote, lo que venga (o no) después, ya es agua de otro océano e historia.
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  • Surveillance
    De tal palo...

    Jennifer Lynch, surrealista.

    Jennifer Lynch lleva sobre sus espaldas un apellido ilustre y al que en buena medida sabe hacer honor en su película Surveillance (Vigilancia, literalmente). La hija de David Lynch, director de Twin Peaks y El camino de los sueños , entrega una historia retorcida, entre onírica y surreal por momentos, con una fuerte carga de violencia incontenida.

    La película comienza bien arriba, con una escena fuerte. Una pareja duerme en su habtación y dos extraños irrumpen con máscaras y masacran al hombre. La mujer logra escapar, y corre por la ruta, perseguida por la camioneta que conducen los asesinos.

    La escena siguiente tiene a dos agentes del FBI, que vienen siguiendo el caso de los asesinos seriales desde hace tiempo, que llegan a la zona donde se produjo esa matanza... y otra más, en una ruta. Como en el Rashomon de Akira Kurosawa, hay sólo tres testigos que dan su versión de los hechos. Son una joven drogadicta, una niña y un policía. Y los tres perdieron a seres queridos: la primera, a su novio; la segunda, a su familia entera; y el oficial, a un compañero.

    A la manera de su padre, Jennifer construye los personajes a partir de sus actos más que de sus palabras. Igual, como las versiones de los tres se conrtradicen, los agentes -interpretados por Bill Pullman, con tics misteriosos, y Julia Ormond- van y vienen en los interrogatorios.

    Surveillance , que tuvo a papá Lynch como productor ejecutivo, tiene por momentos aroma a Twin Peaks , y no sólo porque hay que descubrir a los asesinos y desmenuzar tantas incoherencias y paradojas en las descripciones de los testigos. Lynch hija se toma sus tiempos para narrar, por ejemplo, el encuentro de la patrulla policial con la familia de la niña y los drogadictos, que dan para largas secuencias. El sadismo, la perversión y la corrupción se dan de la mano allí, y en otras escenas, más alguna vuelta de tuerca que le dan al relato un semblante, un cariz atrapante.

    En verdad es más lo que promete el filme -proyectado en DVD-que lo que termina brindando, pero ver a Pullman y Ormond bien vale el precio de la entrada.
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  • El día del juicio final
    ¿Y si fuera verdad...?

    Fuerzas de seguridad estadounidenses torturan a un ciudadano convertido al islamismo y presunto terrorista.

    Lo que plantea la película es políticamente tan incorrecto que El día del juicio final no se estrenó comercialmente en los cines en los Estados Unidos, pasando directamente al DVD. Se sabe, y hay muestras a rolete: allí hay temas que no les gusta ver, ni hablar, por lo que se intuye el destino del filme: la tortura a la que se somete a un ciudadano estadounidense convertido al islamismo por parte de un compatriota, con la aprobación de los altos mandos del Gobierno.

    No es que le falte elenco al filme del australiano Gregor Jordan (que filmó, en parte, en Buenos Aires The Informers , no estrenada aquí): Samuel L. Jackson es “H”, el inquisidor profesional ; Michael Sheen ( La reina ), el terrorista, y Carrie-Anne Moss ( Matrix ), la agente que parece ser la única con sensibilidad y sentimientos en un grupo de hombres -militares, agentes y políticos- que consienten que a Steven le corten los dedos, apliquen picana, vaya uno a saber qué le hacen en la boca y varios etcéteras más, que si bien no se ven en primer plano, son suficientemente elocuentes como para generar repulsión.

    Precisamente ese sentimiento es el que genera la controversia en la película, que manipula información y se vale de la remanida frase “mejor que sufra/muera uno a que mueran millones”, ya que Steven envió un video en el que muestra que colocó tres bombas nucleares en tres distintas ciudades, y si el Gobierno no accede a un petitorio que todavía no difundió, explotarán. Quedan cuatro días para que eso suceda, y el terrorista se deja atrapar mansamente. Está dispuesto a todo.

    Lo mismo que el director Jordan, ya que es fácil adivinar que le lluevan palos por la agresión física que recibe el presunto terrorista (presunto, porque nadie sabe si las bombas existen o no) y las actitudes de “H”, a las que Jackson le agrega todo su sarcasmo.

    Pero la posibilidad de que lo que se cuente pueda ocurrir, esto es, que fuerzas de seguridad de los EE.UU. realicen este tipo de tortura ante presuntos terroristas, no parece muy lejano de la realidad, tras lo que se sabe que sucedió en Medio Oriente. Allí radica el asunto principal, el tema de fondo de un filme que tiene suspenso constante, escenas apenas tolerables y un sinfín de preguntas sin respuestas.
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  • Megamente
    Megamente
    Clarín
    Bueno para hacer el Mal

    El filme animado de DreamWorks es original por donde se lo mire, y con más vuelo se transformaría en un clásico.

    Hace unos meses, cuando se estrenó la también animada Mi villano favorito , cabía la pregunta de qué tienen los personajes malvados, viles y sinvergüenzas para atraer tanto a los espectadores. Gru le pinchaba un globo a un niño en su presentación, pero luego se descubría que tenía un buen corazón. Megamente casi, casi tiene su razón de ser villano y asolar Metrociudad como contraposición a Metro Man, el héroe. Ambos llegaron de bebés con ultrapoderes desde el espacio exterior, pero terminaron en distintas cunas. Megamente se crió en una prisión, y Metro Man en un hogar a puro lujo.

    Uno, genio criminal, y otro, guardián heroico, son como la oposición y el oficialismo: uno no puede existir sin el otro. Y cuando Megamente elimina a Metro Man -ni él lo puede creer-, se da cuenta de que lo tiene todo, sí, pero le falta algo (o alguien) con quién pelear. De allí que en su guarida secreta “crea” a Titán, un nuevo héroe... ¡desde la caspa de Metro Man!, modificando a Hal, un camarógrafo enamorado de Roxanne, la periodista que siempre se interponía entre uno y otro.

    Megamente es bueno para hacer el Mal, pero no es tan, tan malo. Los chicos van a disfrutar de algunos de sus “trucos”, como su arma deshidratadora, y hay guiños a Superman -se dice que a Metro Man lo perjudica el cobre, no la kriptonita-, a Donald Trump y a Marlon Brando que atraparán más los mayores que los niños.

    Los avances en la animación computarizada siguen siendo deslumbrantes. El asunto con las comedias infantiles animadas pasa más por el lado de los guiones. Hablando en generalidades, suele haber muchos simplistas, o acumulaciones de gags visuales ( Madagascar ), pero a veces alguien se destapa y luce original -como en Cómo entrenar a tu dragón -. Que éste y Megamente sean los nuevos productos de DreamWorks abre una esperanza: no todo está perdido, ni Pixar estaría solo en el horizonte.

    Los mayores que vayan solos al cine y elijan las copias originales, sin el doblaje, podrán escuchar las voces de Will Ferrell (Megamente), Brad Pitt (Metro Man), Tina Fey (Roxanne), Jonah Hill (Titán) y Ben Stiller, que también la produjo (Bernard). O sea, no han escatimado billetes. Igual, no es de los doblajes localistas , por lo que papás, tíos o abuelos pueden acompañar a los niños y pasar una hora y media divertida, tanto en 3D como en proyecciones standards.
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  • La reunión del diablo
    Cuando se apaga la luz

    Cinco desconocidos, atrapados en un ascensor. Uno es Satanás.

    Nada es lo que parece en las películas de M. Night Shyamalan. Y en La reunión del diablo -anunciada como la primera de una trilogía titulada “The Night Chronicles” , que juega con el apellido del director de Sexto sentido , que traducido es noche , y aquí aparece sólo como guionista y productor- los cinco “pasajeros” atrapados en un ascensor saben que uno de ellos es un asesino. Y cada vez que se apaga la luz... se enciende el terror, porque el Diablo -que adopta forma humana, vea- aprovechará la oscuridad para liquidar, despachar a alguno al Más allá.

    Para los supersticiosos, del director John Erick Dowdle se había estrenado justo hace dos años Cuarentena , remake estadounidense de la española Rec , en la que también había gente encerrada, pero en un edificio. Aquí el efecto claustrofóbico es mayor. Son cinco desconocidos retenidos en el ascensor entre dos pisos, los celulares no tienen señal, los guardias de seguridad los ven desde un monitor, pero ellos no pueden hablarles. Llega un policía, que hace unos años perdió a su mujer e hijo en un accidente automovilístico. Uno de los guardias se llama Ramírez y, creyente y agorero, recuerda un relato que contaba su mamá y asegura que es el Diablo el que se corporizó en uno de los cinco. ¿Y si tiene razón? Entonces hay que adivinar quién tiene el diablo en el cuerpo. ¿El guardia que está haciendo un reemplazo? ¿El vendedor de colchones, que ha sido un estafador? ¿El joven veterano de guerra? ¿La joven que acusa que le tocaron el traste? ¿O la viejita insoportable? Hagan sus apuestas, antes de que se apague la luz de nuevo...

    Por una razón están los cinco allí, y la trama tiene sus vueltas de tuerca, todo lo imprescindible para que se crea la tensión indispensable. El coguionista de Shyamalan es Brian Nelson, que escribió Hard Candy y la terrorífica 30 días de noche , por lo que supo combinar el terror psicológico... y el otro.

    En un elenco con algún rostro familiar (Chris Messina, de Julie & Julia y Greenberg , como el policía), La reunión del diablo es la antítesis de ese cine que hace del asco su base -como El juego el miedo -, para pegar sus buenos sustos con armas más legítimas.

    Ahora, si adivina quién es el diablo, se gana un viaje en ascensor con Shyamalan, o con el Michael Caine de Vestida para matar .
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  • Machete
    Machete
    Clarín
    A Dios rogando y con el machete dando

    Popurrí de violencia, sexo y corrupción, Robert Rodríguez agita la coctelera y sirve un trago fuerte.

    Machete es un popurrí -de violencia, sexo, gore y corrupción policial y política, con toques de comedia-, en fin, de componentes variados que como se conjugan en un solo género con semejanzas al cómic no produce distanciamiento, sino diversión.

    Ya en sus inicios Robert Rodríguez era amigo de los desbordes, nutriéndose en el cine de Clase B, a veces parodiándolo -como aquí- y otras homenajeándolo, como en La balada del pistolero . Pero el director de Sin City, la ciudad del pecado unió, cosió todos los elementos antes mencionados con un hilo, para nada delgado: los problemas de la inmigración mexicana en los Estados Unidos. Y entonces cada vez que un policía (Don Johnson) o un senador (Rober De Niro) acribillen con mano propia en la frontera a alguien que quiera ingresar ilegalmente, no habrá espacio para la broma. Aunque Rodríguez se las arregle para que el combo pase como un entretenimiento, algo brutal, pero distracción al fin.

    Machete Cortez (Danny Trejo, de una fiereza que asusta) lleva tal seudónimo porque es diestro con esa arma filosa. Fue policía en México, hasta que Torrez (Steven Seagal), un capo de la droga, mató a su familia y lo obligó a cruzar la frontera. Tres años más tarde, Machete es un simple obrero al que el inescrupuloso asesor del senador lo contrata para asesinarlo... o si no, lo mata. Es pura estrategia, una zancadilla para que otro matón hiera en una pierna al político, echen la culpa al mexicano y el senador sume intención de votos camino a su reelección.

    Pero hay dos mujeres de origen mexicano que se cruzarán con Machete. Una es una agente de inmigración (Jessica Alba), y la otra, quien ayuda a pasar la frontera a sus compatriotas (Michelle Rodríguez). El director les ha dado un peso específico, más allá de que les haga empuñar armas, superior al de Lindsay Lohan -que se autoparodia de lo lindo-.

    Lo antedicho: Rodríguez agita la coctelera y sirve un trago fuerte, con decapitaciones, desmembramientos y sangre, algo de sexo y un ritmo bien de Clase B, donde el que menos desentona es Danny Trejo. Tiene un elenco soporte que es una selección, pero ¿qué sería de esta diversión sin un tipo como Rodríguez agitando las banderas de la libertad a puro sablazo?
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  • Cosa voglio di più
    Una de pasión desenfrenada

    Silvio Soldini retoma temas comunes a sus mejores películas, como la soledad, pero esta vez al filme le falta sustancia.

    Si la situación no es novedosa, el reflejo en la pantalla, tampoco. Sólo queda por saber cuál será el desenlace que Silvio Soldini, el eficaz e incisivo realizador de Pan y tulipanes y Sonrisas y lágrimas le da a esta historia de dos amantes que engañan a sus respectivas parejas.

    En principio Anna y Domenico no tienen nada en común -como tampoco Anna con su esposo Alessio, ni Domenico con su mujer Miriam-, pero poco a poco los encuentros “casuales” entre la empleada de una empresa de seguros y un mozo que se conocen en una fiesta son más frecuentes, y la pasión se enciende.

    El título original, que se mantiene en su estreno local, se toma de un diálogo entre Anna y Domenico, plácidamente sentados en un restaurante. “Lo que más me gusta -dice ella, tras la pregunta de él, y enumerar alguna comida- sos vos”. Ante la misma cuestión, él le responde “tus manos acariciándome, estar bajo el agua, tu cara cuando llegás al clímax...” y se lamenta por no haberla encontrado antes.

    Es que Cosa voglio di piú tiene dos protagonistas que deambulan por una vida tranquila y a los que la rutina los cansa. Cada uno tendrá -y ofertará al otro, llegado el momento- una salida o solución a la situación que viven.

    Los tópicos de la película son similares a los anteriores filmes de Soldini -la crítica situación social y la falta de trabajo, pero también el temor a relacionarse en serio con quien se comparte la vida, o la soledad-, pero esta vez le falta más sustancia a la historia, que recorre lugares comunes al género, como las peleas entre los amantes y la infinidad de puertas que se abren de los departamentos luego de sus encuentros, con los infieles temiendo que los descubran.

    Y es que si los personajes protagónicos no ofrecen mucha tela para cortar, los esposos engañados, menos, en especial Miriam (Teresa Saponangelo, que se las tiene que ver con la mujer traicionada y madre de hijos gritones).

    Hay personajes satélites (Bruno y su esposa, Bianca, amigos de Anna y Alessio) que ayudan a descargar muchos de los abundantes diálogos. Alba Rohrwacher y Pierfrancesco Favino dan todo de sí, pero queda la impresión de que un montaje más preciso hubiera ayudado, amén de un guión menos esquemático, para que la película nos hubiera gustado más...
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 1
    Todo tiene un fin

    Oscura, la película también prueba el peso de sus jóvenes actores.

    Todo llega a su fin, y a Harry Potter comienza a llegarle el momento de la despedida. La primera parte de Las reliquias de la muerte -la segunda llegará aquí el 14 de julio de 2011- lo muestra ya todo un hombre. Han pasado los años -y los libros- en los que jugaba quidditch y aprendía a volar en escoba. El enfrentamiento final con Lord Voldemort, esa alma en pena que asesinó a sus padres y le dejó la marca en su frente, se cocina a fuego lento. Debe ser lo único sosegado en HP 7 , ya que David Yates, que se hizo cargo de la saga a partir del quinto libro, El cáliz de fuego , con los años se ha consustanciado en la mirada romántica de la autora JK Rowling. Y no son momentos para la relajación. Ni para la moderación...

    La principal pregunta, para quienes leyeron el libro, era si el trío de jóvenes que encarnan a Harry, Hermione y Ron sería capaz de estar al frente del relato sin la constelación de estrellas británicas a su alrededor, ya lejos de los muros de Hogwarts. Porque la escuela de magia no es más el espacio del conflicto, y los profesores apenas aparecen. Y sí, están a la altura.

    “Estos son tiempos oscuros, no se lo puede negar”, informa el Ministro de magia Rufus Scrimgeour (Bill Nighy) en un primerísimo primer plano. Si otras adaptaciones habían remarcado los costados más oscuros de la saga -peligros de muerte, torturas-, HP 7 comienza como un filme de terror -la Muerte, con mayúsculas, está en estado omnipresente, y fallecen tres personajes cercanos al protagonista- y de a poco va dejando espacio al thriller, con el agregado de que, como dijimos, el trío protagónico está librado a su suerte.

    Por si no es fan o no leyó el libro, la única forma en la que Harry puede derrotar a Voldemort es encontrando y destruyendo los horocruces que El Innombrable necesita para adquirir más poder y aniquilar al Elegido. Así que Las reliquias -al menos esta primera parte- mostrará a Harry sorprendido por algunas cuestiones que descubre de Dumbledore, y más que nada en plena huida para que los mortífagos no lo atrapen. La primera escapada, con los 6 falsos Potter, es un ejemplo de cómo filmar escenas de acción y suspenso.

    Al dividirse en dos películas hay espacio para contar mucho más y, en cierta medida, ser fiel al original. Si la decisión de hacer dos filmes de Las reliquias...

    obedece a una cuestión de fidelidad o de negocio (¿o acaso La Orden del Fénix no era el libro más extenso y terminó siendo la pelicula más corta?) es otra cuestión.

    Los personajes han crecido, y junto a ellos sus espectadores. Si se compara con La piedra filosofal , las diferencias son notorias en cuanto a la tonalidad y la madurez. Este HP7 prepara más que clausura el final de la saga. Queda mucho por verse, pero con lo que se ve dan ganas de esperar ese desenlace que viene aguardándose desde hace ya una década.
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  • Todo un parto
    Como un viaje alucinante

    Robert Downey Jr. debe cruzar los EE.UU. por ruta con una, cómo decirlo, molesta compañía.

    Como una buena -y probada- idea no debe pasarse por alto (y si es en Hollywood, menos que menos desaprovecharla), el director y guionista Todd Phillips tomó desembozadamente Mejor solo que mal acompañado (1987), de John Hughes, puso a Robert Downey Jr. en el papel que sufriera Steve Martin, y a su amigo y coestrella de ¿Qué pasó ayer? , Zach Galifianakis, por el malogrado John Candy, como acompañante de un viaje impensado que deben compartir dos completos desconocidos.

    Si allí el apuro era por llegar a festejar el Día de Acción de gracias, ahora es porque el arquitecto que interpreta Downey Jr. teme no llegar al parto de su primer hijo, y Ethan, interpretado por el hombre del apellido difícil, en vez de llorar la muerte de su esposa, pena por la de su padre.

    Hasta allí, las comparaciones más obvias. Porque Martin es un comediante de raza, pero Downey Jr. no le va en zaga, y porque Hughes era un maestro de la comedia más o menos blanca, y Phillips es mucho más osado, hasta llegar a ofrecer momentos de dudoso gusto: la comedia de tintes sexuales del siglo XXI.

    La película es políticamente incorrecta desde la pintura de los dos personajes. Ethan y Peter suben al mismo vuelo, desde Atlanta hacia Los Angeles. Pertenecen a clases diferentes, uno es adicto a las drogas, el otro jamás las ha probado -todo un guiño para el personaje de Downey Jr.-, pero ambos se trenzan en una discusión que los dejará abajo del avión, por temor a que sean terroristas (!), y con Peter sin su billetera ni portadocumentos teniendo que acceder a viajar por tierra junto a Ethan para poder llegar a tiempo a la sala de partos.

    De más está decir que Ethan es insoportable, y capaz de sacar de juicio a cualquiera.

    Lo de políticamente incorrecto va no tanto por todo lo que consume y fuma Ethan (Galifianakis hizo campaña por la legalización de la marihuana), sino por lo que llega a hacer el personaje de Downey Jr. No cualquier actor sale indemne de doblar de un golpe en el estómado a un niño y amenazarlo a que no le diga nada a la madre, y de escupirle en la cara a un perrito...

    Phillips conoce del tema: sus anteriores éxitos en la materia ( Viaje censurado , la aquí editada en DVD Old School , autor de la historia de Borat , y hasta la comedia de acción Starsky & Hutch ) siempre fueron de un humor grueso, adulto cuando no pasado de rosca. No es una catarata de gags, sino la construcción propia de situaciones hilarantes lo que vuelve divertida la acción, ya que la trama tiene un final esperable desde el primer fotograma. Jamie Foxx y Michelle Monaghan, como el amigo salvador y la esposa de Peter, ayudan a que el relato llegue a buen puerto.
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  • Anónima: Una mujer en Berlín
    Recordarás con ira

    Basada en un diario de una mujer violada por soldados rusos, es un filme atrapante.

    Dentro de los terribles hechos que sucedieron en la Segunda Guerra Mundial, las violaciones a ciudadanas alemanas luego de la entrada del Ejército Rojo a Berlín, en abril de 1945, es uno de los menos difundidos. El relato de Anónima: una mujer en Berlín fue escrito en forma de diario personal por una de las víctimas y, cuando se lo publicó a fines de la década del ‘50, fue denostado en la misma Alemania. Su autora pidió que no se realizara ninguna reedición hasta su muerte. En 2002 Anónima se convirtió en bestseller. Un polémico bestseller.

    “Era una de los muchos que creían con fervor en el país. ¿Dudas? Sólo los débiles las tienen”, escribía Anónima. Fue una de las 100.000 mujeres que, se estima, resultaron agredidas por las tropas que ingresaban a liberar la destrozada ciudad. Repetidamente violada, Anónima decidió que sería ella quien decidiera a quién le entregaría su cuerpo. “Sobreviviremos a esto, al precio que sea”, sentenció a otra mujer.

    La película es, como resulta fácil imaginar, brutal. Anónima está ante una situación extrema, e intenta acomodarse a ella de la única manera que, siente, sufrirá menos. ¿Su decisión está reñida con la ética, o con la supervivencia? Mujer de un oficial alemán, del que no tiene noticias, es la única que habla un poco de ruso en el edificio en ruinas, pero eso no la salva de los vejámenes. ¿Qué es capaz de hacer un ser humano ante semejante encrucijada? El director Max Färberböck ( Aimée y Jaguar ) no ahorra crueldades, pero no se regocija en el salvajismo. La relación que Anónima traba -con un teniente, con un mayor- (“El amor tiene otra acepción ahora”) van más allá de la descripción. En los vínculos entre los vecinos, en la urdida connivencia con los rusos ocupantes está el foco, el centro del relato. Es una historia en la que las mujeres quedan shockeadas, donde la desprotección es moneda corriente.

    Nina Hoss, la actriz de Triángulo y Yella , de Christian Petzold, atraviesa cada momento de la protagonista con el corazón en la mano. Es la gran médula de una película fortísima, un drama que difícilmente se disfrute, pero sí se siga con atención, porque atrapa.
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  • Secretos de matrimonio
    Algo huele mal...

    Tragicomedia sueca sobre dos parejas que pasaron los 50 y, ejem, se les complica la vida.

    Es una tragicomedia, porque lo que le sucede a las dos parejas (tres, si contamos la que se forma entre dos integrantes de cada una de ellas) sólo puede arrimar, esbozar una sonrisa para disimular lo terrible que afrontan.

    Erland y su esposa Maj llevan adelante un grupo de reflexión para ayudar a parejas en la iglesia de su pueblo, en Suecia. Todo parece marchar bien en su relación. Un compañero de la fábrica de papel de Erland, Sven-Erik, al que ayudó en una crisis reciente, festeja su cumpleaños. Quien coordina la fiesta sorpresa es su esposa, Karin.

    Erland no conocía a Karin, pero verse es magnetizarse. Que sí, que no, una mirada va, otra viene, se besan en un estacionamiento y terminan haciendo el amor en el auto.

    Lo que convierte y transforma a Secretos de matrimonio un relato sorprendente es la decisión que toman los cuatro protagonistas una vez que Erland blanquea la relación con Karin: vivirán los cuatro en la casa de Erland y Maj, pero Karin se mudará al dormitorio principal, y Maj y Sven-Erik dormirán por separado.

    “Es algo momentáneo”, esboza el consejero matrimonial, el personaje que poco a poco se mostrará como el más hipócrita del cuarteto. Pasarán los días y las relaciones se irán transformando, con desplantes, más reuniones alrededor de una mesa, disputas (verbales) en la cama y el final... será tan desconcertante como el principio.

    Secretos de matrimonio plantea una serie de preguntas a las relaciones de pareja duraderas, con las que cada espectador se sentirá más afín o no a responder, sobre si los personajes son ingenuos o hacen todo premeditado, sobre la pasión en sí misma, los conflictos internos, las crisis matrimoniales, la lealtad.

    El director Jörgen Bergmark refuerza las tintas en la pareja de Erland y Maj, ya que al ser consejeros matrimoniales están simulando y falseando ante la comunidad lo que no se atreven a hacer público. No son sinceros.

    Típico formato de obra de teatro llevado al cine, si uno desde la platea termina casi odiando más que comprendiendo a alguno de los cuatro personajes es porque la labor de el actor que lo encarna y quienes lo rodean es suficientemente potente como para no caer en lo inverosímil.

    La película trata sobre la amistad, el amor en la gente que supera los 50. Rolf Lassgard (Erland) y Stina Ekblad (Maj) tienen tal vez una vuelta de tuerca más en el armado de sus personajes, y la eterna Pernilla August, intérprete de varios títulos de Ingmar Bergman, y Claes Ljungmark juegan roles más estereotipados. No importa: el filme promueve la discusión, más allá de que la situación que viven estos acomplejados suecos parezca de movida difícil de entender, o creer.
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  • Red
    Red
    Clarín
    Yo (era) espía

    Cuatro agentes jubilados deben volver a la acción en el atrapante thriller con Bruce Willis y Helen Mirren.

    No es Watchmen , pero se le parece en la trama: como en aquélla, “alguien” está asesinando a los integrantes de un grupo de élite. Tampoco es El ocaso de un asesino , más que nada porque aquí se trata de una banda de amigos y no de un hombre solitario como el que encarna George Clooney en el filme aún en cartel. Y entonces tiene algo de Los indestructibles , la de Stallone, en cuanto a lo inverosímil de algunas situaciones libradas por estos asesinos jubilados (de allí el título del filme, en inglés: “Retired-Extreme-Dangerous).

    Basada en un comic de DC, la historia comienza con Frank Moses (Bruce Willis), ex agente de la CIA jubilado, cuya vida monótona sólo cambia al intentar seducir por teléfono a la empleada pública (Mary Louis Parker) que tramita los problemas de los jubilados. No importa cómo, Moses llegará a conocer a Sarah y la involucrará en una trama de asesinatos varios y la reunión e aquel grupo del que hablábamos al comienzo, reunido por Moses y que integran otros ex agentes.

    La cuestión es quiénes los interpretan. Morgan Freeman es Joe, recluido en un asilo de ancianos; John Malkovich, Marvin, el desquiciado y paranoico del grupo, quien vive oculto literalmente en lo subterráneo; y Helen Mirren, actuando con una ametralladora en sus manos, como Victoria, asesina fría y certera. Moses los reúne porque participaron en una misión de la CIA, hace años, y todos quienes estuvieron allí están terminando con una (o unas cuantas) bala(s) en el cuerpo. E inclusive descubrirán una conspiración que cerca a la Casa Blanca.

    ¿Es éste un filme para un público joven, que sea ver un producto pochoclero, o para uno más adulto, por los nombres y trayectoria de las estrellas? RED es, en tal senti do, apto para todo público: con envoltura y fisonomía de comic, tiene acción a raudales, toques de humor, cierta cuota de suspenso bien dosificado. ¿Qué más pedirle? El hecho de que se trate de personajes al borde de la despedida –dicho esto en todo sentido- le confiere a la película una pátina de humanidad a los protagonistas, algo bien logrado merced a un elenco que es, realmente, todo un lujo.

    La diferencia de edad entre Willis, acostumbrado al cine de acción, y Freeman, Malkovich y Mirren no juega en desventaja en absoluto. Más aún: la ganadora del Oscar por La Reina parece sentirse a sus anchas. Rebecca Pidgeon, Brian Cox, Richard Dreyfuss y James Remar no hacen más que acrecentar la idea de Dream Team pergeñada por el director alemán Robert Schwentke, el mismo de Plan de vuelo y Te amaré por siempre : es obvio que puede filmar lo que le ofrezcan.

    Párrafo aparte se merece el gran Ernest Borgnine, quien a los 93 años tiene un par de escenitas en las que despliega todo su talento, con su mirada entre pícara y socarrona.
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  • Atracción peligrosa
    ¿Y si el crimen no paga?

    Vertiginoso thriller, de y con Ben Affleck, en la dinastía del mejor Scorsese o Eastwood.

    Cuando Atracción peligrosa (título que poco tiene que ver con The Town , el original) se presentó en el Festival de Toronto rápidamente se la emparentó con Los infiltrados , de Martin Scorsese, y con cierto estilo narrativo que emparentaba a la película de Ben Affleck con el cine de Clint Eastwood.

    Y no era un parámetro errado ni muho menos. Affleck es dueño de un lenguaje entre seco e impactante, se desenvuelve muy bien en las escenas de acción que Atracción peligrosa le pedía desde el guión que redactó con Peter Craig (debutante en el rubro, hijo de Sally Field).

    El nervio con que rige las escenas ya era un rasgo destacable en su opera prima Desapareció una noche (2007). Aquí Affleck también asume el rol protagónico. Es Doug MacRay, un ladrón de bancos al mando de una banda pequeña -reducida en cantidad de miembros, pero enorme en cuanto a la magnitud de sus golpes- en Boston, quien de manera eventual y azarosa traba relación con una empleada de una entidad a la que robó (Rebecca Hall, la Vicky de Vicky Cristna Barcelona ), quien había sido tomada como rehén.

    Pero Affleck no se queda sólo con el costado romántico del asunto, al que igualmente le da su despliegue, sino que sabe cómo elevar a protagonistas al resto de la pandilla, cada uno con su problemática, y al agente del FBI detrás de los pasos de MacRay (Jon Hamm, quien cambia su parsimonia de la serie Mad Men por un personaje igualmente inteligente pero doblemente retorcido).

    Porque si el espectador está del lado de los criminales, es porque algo en la historia hace que su corazón se vuelque hacia ellos. Llámenlo carisma, capacidad de seducción... o talento narrativo.

    Con todo ese material, el actor de En busca del destino se despacha con dos horas de vértigo, no entendido como aceleramiento, sino como dinamismo puro. El filme arranca con el golpe, y de allí en más el ritmo no decaerá jamás. La rica pintura de los personajes, con un elenco que es un auténtico seleccionado (Jeremy Renner, de Vivir al límite , con su toque Cagney, como su amigo; Chris Cooper, su padre; Pete Postlethwaite, en el papel del capo mafia camuflado como florista; la bella Blake Livelly) no hace más que sumar sorpresa tras sorpresa, en uno de los mejores thrillers sobre el crimen de los últimos años.
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  • Amor de familia
    Todos eran mis hijos

    Típico (y buen) filme francés sobre relaciones parentales, en búsqueda de libertad.

    Una de las preguntas que podría disparar la trama bosquejada por el guionista y director Rémi Bezançon en Amor en familia sería ¿qué pasa cuando en un núcleo familiar, aparentemente normal, el síndrome del nido vacío tiene un twist , ya que son todos y cada uno de sus integrantes los que quieren escapar de la casa, en búsqueda de libertad? “La familia es una máquina de triturar sentimientos”, escribe Flor en su diario íntimo. Ya es grande, le ha pasado de todo, y se aflige porque uno de sus dos hermanos mayores, Al hace un año que no pasa por la casa.

    La estructura es casi una suma de episodios o capítulos, cada uno transcurriendo en diferentes etapas de la familia, con fechas y títulos individuales, y sirven, a la vez, para retratar y enfocarse en cada uno de los miembros del clan de los Duval. La película comienza con una filmación casera y casi termina con otra. Como si el lienzo de una pantalla pudiera albergar aquello que se vivió, alegró y sufrió, a lo largo de los años.

    Amor en familia tiene todos los elementos de un filme que pretenda analizar y criticar sin eufemismo una estructuración familiar. Insatisfacciones, padres que sobreestiman a sus hijos o no los alientan, deseos, tensiones, patologías varias, falta de experiencia y secretos revelados casi sin querer. La escena en la que la madre descubre y lee el diario íntimo de Flor quizá sea el mejor extracto o síntesis de lo que Bezancon anhela relatar.

    Tal vez la caracterización de los personajes sea algo esquemática (padre rockero, fumador y taxista; madre que de grande retoma estudios y sueña con un affaire; hermanos mayores de caracteres contrapuestos; hija menor rebelde y ávida de nuevas experiencias; abuelo cascarriabas), pero lo cierto es que el relato funciona, y bien. Hay situaciones generalizadas y frases hechas del tipo “Ojalá todo fuera diferente -dice la madre- cuando tu papá me amaba y yo era todo para ustedes”, o la temible expresión “Tengo que decirte algo” que no suele anteceder nada bueno.

    En este tipo de comedias dramáticas las interpretaciones son la clave, amén de un guión que sea ágil y la realización, que sabe dar saltos hacia atrás en el tiempo, aprovecha elipsis y jamás peca de perder el rumbo pese a hacer piruetas con los personajes. La belga Déborah François (Flor) es todo un hallazgo, lo mismo de sus hermanos en la ficción, Marc-André Grondin (Raphael) y Pio Marmaï (Albert), amén de papá y mamá (los más veteranos Jacques Gamblin y Zabou Breitman), todos realmente impecables.


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  • Más allá del cielo
    Veo gente muerta

    Zac Efron pierde a su hermanito en un accidente. Y lo sigue viendo.

    En un paisaje paradisíaco, Charlie y su hermanito Sam disfrutan de correr carreras en un mar azul, con su velero. Y ganarlas. Ambos se llevan a las mil maravillas, hasta que por un infortunio, cuando Charlie manejaba una noche se produce un accidente automovilístico, y Sam muere.

    Pasan los años, y aunque pareciera que no para Zac Efron, ahora Charlie trabaja cuidando las tumbas en el cementerio en el que Sam, su hermanito, está enterrado. El paisaje no es tan, tan paradisíaco como antes, aunque el cielo, donde debe descansar el alma del niño, esté dando vueltas por allí. Pero Charlie tiene la suerte, para alguno no será precisamente suerte, de ver a su hermano vivo . Y quiere cumplir la promesa de enseñarle a jugar al béisbol todos los días, a la hora del crepúsculo, allí, en el bosque.

    La carrera de Zac Efron, de la primera High School Musica l a esta parte, no deja de sorprender. Porque tras actuar en Hairspray , un paso lógico en la comedia musical a punto de desligarse de la factoría Disney, hizo la comedia juvenil 17 otra vez y Me and Orson Welles , la excelente película de Richard Linklater, donde la película le pedía entregar algo más que una actuación convincente. Y Zac lo hacía.

    Bur Steers, el director de Más allá del cielo , conoció a Efron cuando lo dirigió en 17 otra vez , así que se corría el riesgo de que ésta fuera otra película vehículo para afianzar la fama del joven maravilla. Pero no. El tono no es sencillo, Efron debe convencer de que Charlie es tierno, pero no está loco -aunque también vea vivo a otro amigo muerto en Medio Oriente-, al margen de mostrar sus músculos y el brilo de sus ojos celestes al borde del agua.

    Por allí está Kim Basinger, como la madre de los chicos, aunque pronto desaparezca del mapa. Y la canadiense Amanda Crew, como el interés romántico de un muchacho mucho más interesado en ese lazo que no puede desanudar con su hermano. Un caso de diván, seguro, pero resuelto lejos de la psicología barata.
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  • Enterrado
    Enterrado
    Clarín
    Hitchcock lo envidiaría

    El catalán Rodrigo Cortés logra máxima tensión en el agobiante relato de un hombre en un ataúd...

    Enterrado es la película que Alfred Hitchcock se hubiera “muerto” por filmar, de haber existido el celular -o, mejor, el BlackBerry- en su época.

    Y no es exagerado. Al maestro del suspenso le intrigaba cómo generar tensión en la platea con pocos elementos, y si reconocía que mostrarle al espectador una bomba debajo de una mesa a la que luego se sentaba un personaje era el mejor clímax, tener a un hombre medio atontado, que despierta malherido y se descubre adentro de un ataúd...

    El joven catalán Rodrigo Cortés, que había debutado con Concursante , con Leonardo Sbaraglia, responde algunas de las preguntas de Hitchcock con respecto a trabajar con escasos elementos.

    Veamos lo que el encendedor de Paul Conroy nos permite saber que hay dentro de ese ataúd bajo tierra: además del mechero, le han dejado un BlackBerry, y una petaca. Paul es un chofer de camión, un contratista que con tal de obtener rápida ganancias trabaja para el Ejército de los EE.UU. como transportista en Irak. Hubo una emboscada de insurgentes iraquíes, y Paul no recuerda nada más.

    A partir de allí, la sensación de claustrofobia irá in crescendo por una catarata de motivos que tal vez no convenga adelantar, porque hay que tener imaginación -y frondosa- para crear más y más situaciones de suspenso en un lugar tan acotado como en el que se “mueve” Paul.

    A partir de las comunicaciones que Paul tiene con el mundo exterior a través de su teléfono -con los captores, con la empresa que lo contrató, con el FBI, con un especialista en toma de rehenes, e infructuosamente con su familia en Ohio- se va aireando el relato, construido para un solo personaje en un único y módico escenario.

    Enterrado plantea también otras cuestiones, como la responsabilidad de quienes lo contrataron, el lavado de manos, la corrupción, la lealtad o la falta de ella. Y la fuerza necesaria de un hombre que sabe que le queda poco oxígeno y tiempo por sobrevivir, si nadie da con su lugar en la Tierra...

    El desconcierto del espectador, con el correr de los minutos, también crece, y es totalmente válido que se pregunte si Paul realmente está bajo tierra en Irak -¿o lo llevaron a los Estados Unidos?-, si todo es sólo una estrategia para cobrar el rescate, si es un juego perverso, o si es una pesadilla.

    Generar intriga constante es una de las varias virtudes de Cortés, quien tuvo en Ryan Reynolds a un intérprete perfecto. Si uno no se sintiera próximo a Paul, nada de lo que le sucede le importaría. Y eso es mérito del tándem actor/director.

    De enterarse, Alfred Hitchcock, también en su ataúd, debería estar retorciéndose de sana envidia.
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  • Ga’Hoole: La leyenda de los guardianes
    Entra por los ojos

    Filme de animación, del director de “300”.

    De Avatar a esta parte, cualquier película animada en 3D que además contenga paisajes paradisíacos y escenas de vuelo corre el riesgo, sino la desventaja, de tener que ofrecer más, y mejor. Ningún inconveniente en ese sentido para Ga’Hoole , del mismo estudio que hizo Happy Feet .

    Y de Zack Snyder, el director de 300 y Watchmen , podía esperarse algo tan decididamente belicoso, combativo y aguerrido, y su concepción de Ga’Hoole tiene momentos de genuina y cautivante expresión cinematográfica –las escenas en las que los protagonistas vuelan en plena tormenta-, pero también superficialidad y sencillez en la historia que relata.

    Soren es un búho que disfruta los relatos míticos que su padre le cuenta sobre los Guardianes, que batallaron y protegieron el mundo. Basado en el primero de tres libros de una serie de quince de la autora Kathryn Lasky, Soren y su celoso hermano Kludd son capturados y secuestrados por los Puros, que desean esclavizarlos junto a otros búhos para recuperar el trono. Soren se cruzará con otras aves, escapará –no así su hermano, que es “tomado” por el lado oscuro- y llegará hasta Ga’Hoole, el árbol donde los Guardianes viven, se enteran del maléfico ardid de Nyra y su esposo e irán al rescate de los pichoncitos de búho secuestrados.

    Cualquier semejanza con los nazis y los Aliados no es pura coincidencia.

    Y tampoco con Hamlet o, si se quiere, El Rey León animado de Disney, ya que así como Scar y Mufasa se enfrentaban, en Ga’Hoole la disputa entre los hermanos bien pronto pasa a ocupar el primer plano de la película en 3D.

    A los chicos menores de 7 años algunos enfrentamientos los van a asustar, y quizás el hecho de que Kludd sea tan pérfido con Soran y hasta con la pequeña Gylfie, su hermanita menor, hará que los ojos de los más pequeños salten más allá de los anteojos tridimensionales.

    A la manera de lo que hizo Robert Zemeckis, que del cine con actores saltó a la animación (la diferencia es que el director de Forrest Gump se abrazó al motion capture ), Snyder se prueba con protagonistas no humanos, pero a los que, por una cuestión de simplificación, les falta sangre. Y no es que no haya enfrentamientos de vida o muerte en los combates en pleno vuelo.

    No es el entramado, pero ya es evidente que a Snyder le cuesta instituir singularidad a sus personajes. Ocurría en 300 , pasaba en Watchmen y sucede en Ga’Hoole . Sean humanos o búhos, los personajes son superhéroes, lleven espadas o plumas. El despliegue visual es, por cierto, el gran punto a favor que tiene la experiencia de disfrutar Ga’Hoole . Snyder dirige como pocos las escenas de luchas cuerpo a cuerpo y de batallas, por lo que el espectáculo está asegurado.

    Con todo, el mensaje del filme es claramente eficaz y provechoso, y tan generoso como altruista. La máxima o consejo sería confíá en vos, apoyate en quienes te aman y saldrás adelante. Los ejes de los Guardianes son fortalecer al débil, curar al herido y derrotar al mal, para luego, sí, disfrutar de un vuelo en plena tormenta.

    Y eso sí que no está nada mal.
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  • Mi familia
    Mi familia
    Clarín
    Casadas con hijos

    Crítica “Mi familia” Julianne Moore y Annette Bening componen una pareja que tambalea con la llegada de un hombre.

    De no ser porque quienes crían a Joni y Laser no son mamá y papá, sino mamá y mamá, la trama, el principal conflicto de Mi familia pasaría por un caso de infidelidad. Pero claro, Jules (Julianne Moore) y Nic (Annette Bening) son pareja, y eso tiñe invariablemente todo lo que ocurra en la película de Lisa Cholodenko, desde el primer beso.

    Ellas llevan una larga relación, y tienen dos hijos, una engendrada por Nic (Joni, la adolescente de 18, a punto de ingresar a la universidad) y el otro, por Jules (Laser, el varón de 15). Ambos son hermanastros, tienen distinta madre pero un mismo padre desconocido: es el donante de esperma que se ha mantenido de manera anónima, desde siempre.

    Hasta que los chicos, que aparentemente están bien como resume el título en su versión original, quieren conocerlo.

    Lo antedicho: la relación entre Nic y Jules es en la práctica casi la misma que la de cualquier matrimonio heterosexual. Nic es profesional, trabaja fuera del hogar y podría pasar por el padre de una familia convencional. A Jules siempre le costó abrirse camino en lo laboral. Una necesita el control, la seguridad. La otra prefiere mayor libertad.

    Si desean, adivinen qué sucede cuando Joni (por Joni Mitchell) y Laser conocen a Paul (Mark Ruffalo, el donante). Y más que nada cuando Nic y Jules terminen sentadas a una misma mesa compartiendo una comida con Paul.

    Con mucho más drama que comedia, en Mi familia las situaciones se plantean básicamente alrededor de una mesa bien servida -y con buen vino, un pequeño problema que afronta Nic- o directamente dentro de una cama (o dos).

    Mi familia es un filme en el que las palabras valen mucho más que una imagen.

    Pese a algunos típicos clisés que pudieron haber sido salvados -el alcoholismo de Nic, los reproches de Jules- la película tiene un sesgo marcado: no exagerar ni recargar las tintas más de lo que debe el asunto.

    Lo que consiguen Moore y Bening no es fácil: que se sienta desde la platea que esa relación “Es”, así, en mayúsculas, una pareja formada, establecida, con lazos fuertes aunque aparezcan dobleces. No es descabellado imaginar nominaciones a premios para ellas.

    Si la dupla Moore/Bening funciona a las maravillas como pareja, quienes cumplen los roles de sus hijos no se quedan atrás. La australiana Mia Wasikowska se parece más a la conflictuada Sophie de la serie In Treatment que a la Alicia en el País de las Maravillas que protagonizó para Tim Burton, y Josh Hutcherson (el sobrino de Brendan Fraser en Viaje al centro de la Tierra ) tiene el carisma y la frescura indispensables para que Laser fluctúe entre el cariño por su familia y su deseo por conocer mejor a su padre biológico.

    En fin, un filme para ver sin prejuicios y descubrir qué tan bien están los chicos...
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  • Una pareja despareja
    La historia de un gay sin máscara

    Un padre de familia se asume homosexual.

    No hay muchos actores con éxito en Hollywood que se arriesguen a la hora de elegir qué guiones filmar. Jim Carrey es uno de ellos. Tras el exitazo que fue La máscara aceptó protagonizar un filme oscurísimo, no sólo en su humor, que fue El insoportable . Y alejándose de la comedia, probó suerte (variable) con el drama, en The Truman Show y El Majestic , y hasta en el thriller ( Número 23 ). Pero Una pareja despareja lo ponía –y lo puso- en una situación que resultó más incómoda de lo que podía esperar. De hecho I Love You Philip Morris (tal su título original), se estrenará en los EE.UU. en diciembre, casi dos años después de su première en Sundance y su paso por Cannes.

    ¿El motivo? No, no es porque sea una mala película. Es una película muy pero muy jugada sobre una pareja gay, que se conoce en prisión, se ama con desesperación más que con locura, que incluye una fuerte escena de sexo entre hombres y, además, se inspira en hechos reales. Tal vez demasiado para el standar estadounidense.

    Carrey es Steven Russell, que de un día para otro, aunque casado y con hijo, admite que, en verdad, siempre fue gay. Lo que no le gusta aceptar ni reconocer es que es un estafador. Así que termina tras las rejas, donde conoce al Philip Morris del título (un mucho menos sobreactuado Ewan McGregor) y lo que nace ahí no morirá jamás. Podrá sucederles de todo, y de hecho, les sucede, pero lo que siente Russell por Morris no conoce límites. Aunque no faltará quien piense que le vendrían muy bien.

    Lamentablemente, las extravagancias del personaje de Jim Carrey han hecho que la película pase más por el costado de la ironía, la zafaduría y el humor grosero que por lo que pudo ser una historia romántica con todas las de la ley (ahora que está el matrimonio igualitario).

    Los debutantes Glenn Ficarra y John Requa también son dispares y heterogéneos: fueron los guionistas de otra subida de tono como Un Santa no tan santo , pero también de la infantil Como perros y gatos , y tienen por estrenar en 2011 Crazy, Stupid, Love , con un elenco de estrellas. Con Una pareja despareja demuestran que tienen con qué sorprender en un universo como el hollywoodense, donde a las cosas se las llama por su nombre, y a esta película nadie la quiere recordar…
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  • ¿Y tú quién eres?
    De dudoso gusto

    De Antonio Mercero, trata sobre el mal de Alzheimer.

    Dicho y comprobado en infinidad de oportunidades, sólo las buenas intenciones no alcanzan para que un filme sea lo logrado que sus hacedores seguramente desean que sea. Mucho de eso ocurre en ¿Y tú quién eres? , la película del vasco Antonio Mercero (que tenía 71 años cuando la dirigió), realizador de Espérame en el cielo , con Pepe Soriano, y del éxito de TV Farmacia de guardia .

    El tema que aborda el filme, más que la enfermedad de Alzheimer, es todo lo que conlleva esa penosa enfermedad con quienes rodean afectivamente al enfermo.

    En este caso, don Ricardo (Manuel Alexandre, el interés amoroso de China Zorrilla en Elsa & Fred , aquí a sus 90 años), a quien su hijo de 60 decide internar en una clínica mientras él, su mujer y sus dos hijos menores se la van a pasar bárbaro a las playas de San Sebastián. Y Ana, la nieta mayor, se queda estudiando, pero siente algo que los otros integrantes de la familia evidentemente no: un apego hacia el anciano y la necesidad de preservar lo mejor que pueda su calidad de vida.

    Por un lado, Mercero acierta con los apuntes dramáticos –las manifestaciones de la enfermedad, que Ana primero trata de disimular ante el doctor que atiende a su abuelo-, pero, por el otro, apuesta a pasos de comedia.

    Si éstos fueran para relajar la tensión, se comprende, pero ver a José Luis López Váquez en su último papel expulsando flatulencias (aquí se habla de “el pedo luminoso” –sic-) y contando cómo colecciona preservativos, da una pista de que se quiso hacer un drama con pasos de comedia, pero más que risa da estupor.

    Tampoco la subtrama del romance entre el doctorcito y la nieta sirve en ninguna instancia para apuntalar el relato, sino que pareciera desdibujar el centro de la cuestión.

    Cómo el hijo de Ricardo y padre de Ana ve con malos ojos que su hija abandone sus estudios para dedicarse a su abuelo no tiene razonamiento en el guión, y la relación entre el abuelo y su hijo es tan desdibujada que al menos merecía un refuerzo, en algún diálogo o situación que explicara o justificara tan poco contacto.

    Manuel Alexandre y la catalana Cristina Brondo ponen todo el énfasis por parecer creíbles -aunque los lloriqueos de ella cuando descubre lo mal que está otro par de pacientes aparenten sobrecargados-, pero recién en el final el drama gana su espacio, algo escasamente tarde.
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  • Lula, el hijo de Brasil
    Errores del amor ciego

    Es antes propaganda política que una buena película.

    A veces, cuando se pretende homenajear a una figura, el resultado, en lugar de vanagloriarla, la destiñe. Es lo que sucede en Lula, el hijo del Brasil , rodada y estrenada en pleno auge de popularidad del líder brasileño, y cuyos déficits son superiores a algunas cuestiones propias de una megaproducción como ésta.

    La película es un panegírico sobre Luis Inacio Lula da Silva, desde su nacimiento hasta que alcanza la primera magistratura del país vecino. Son cinco décadas también de historia brasileña, contada a grandes pinceladas con todos los clisés, y tratando de pivotear en distintos aspectos de la vida y trayectoria del líder metalúrgico. Se pasa por el abandono y el posterior maltrato del padre de Lula hacia él, su madre y sus numerosos hermanos (el propio Lula dijo, ante el estreno en Brasil, no recordar que su progenitor fuera tan violento), el viaje a San Pablo, su primer amor, las penurias económicas, inundaciones, el nacimiento de su hijo muerto y el deceso de su primera esposa, su casamiento, la relación con su madre, los compañeros del sindicato y el rápido ascenso político.

    Es claro el deseo de Fábio Barreto, el director, por ensalzar a su protagonista, desde lo enérgico que lo pinta para comandar las masas hasta lo “canchero” que resulta al seducir a la que será su segunda esposa. La escena en la que Lula se saca de encima a un pretendiente de ella, es elocuente. Lo que no se ve es su ambición por presidir Brasil: sólo al final, con sobreimpresos, se cuenta que falló en tres intentos por ser electo. “Necesito tener ocupada mi cabeza” es todo lo que se le escucha decir, antes de postularse como primer secretario de su sindicato, luego de las muertes de su esposa e hijo. Están las huelgas, el golpe de Estado, la fuerte presencia de su madre, su devoción por el Corinthians, la cárcel y el acceso a la presidencia, todo enmarcado en una biopic partidista. Rui Ricardo Diaz no está mal interpretando a Lula, pero no logra levantar el entusiasmo en los 127 minutos que dura esta coproducción argentina brasileña (Costa Films, por nuestro país). Cuestión al margen, el filme se estrenó en Brasil este año, en el que se está a punto de elegir nuevo presidente tras dos mandatos de Lula. Vista como propaganda política, se entiende. Pero si no...
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  • Asesinos con estilo
    Una comedia que se vio antes

    De Robert Luketic, es una suma de clichés del género.

    La ingesta de arroz sin condimento, de tan repetida puede cansar, aburrir, sencillamente porque ya no se le encuentra sabor a nada. Algo similar ocurre con Asesinos con estilo , comedia romántica sin una pizca de originalidad, con todos los clisés del género “marido-que-lleva-doble-vida-laboral”, que por supuesto su mujer ignora, hasta que se entera.

    Tal vez sí sea original suponer que Jen (Katherine Heigl), a los treinta y pico salga de vacaciones a Europa con sus padres (un Tom Selleck teñido y una Catherine O’Hara regordeta, lejos de la mamá de Mi pobre angelito ), pero es poco creíble. Menos original aún es que se enamore de Spencer (Ashton Kutcher), a quien conoce cuando éste está en plena misión. Spencer es un asesino, y decide abandonar todo por Jen.

    Y sí, adivinó: la mentira tiene patas cortas, el pasado vendrá a buscarlo, y por más que la pareja se la pase corriendo a partir de entonces por toda la película, la chica descubrirá el secreto del chico, se pelearán, volverán a amigarse y el amor todo lo podrá.

    El problema con este filme es que prácticamente no tiene gags. O si los tiene, han sido ya tantas veces vistos y probados que pierden gracia. El australiano Robert Luketic ya había dirigido a Heigl en La cruda verdad , y también tiene en su haber Legalmente rubia , aunque lo mejor que haya hecho sea 21 Blackjack , que no tenía nada que ver con la comedia romántica, sea o no subida de tono.

    Asesinos con estilo carece de ídem, aunque a los espectadores menos exigentes, que sólo quieran pasar un rato, les sirva para eso.

    Eso sí: no olviden llevar aceite, manteca o queso de rallar.
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  • Los Indestructibles
    Barney, mercenario

    Stallone reunió otros viejos del cine de acción. Y se divierte.

    Es tanta la acción, la violencia y la sangre que salpican los fotogramas de Los indestructibles que la confusión en las peleas cuerpo a cuerpo, cuchillo a cuchillo y balazo a balazo puede hacer perder al espectador la atención. No la cabeza, ya que ésa -y varios miembros del cuerpo de los malos- se perderán de a montones en la nueva película de Sylvester Stallone, en la que lo inverosímil gana por robo.

    Stallone también coescribió y dirigió esta aventura por “una isla del Golfo” adonde Barney (Stallone, el chiste fácil con el dinosaurio es inevitable) y sus compañeros mercenarios viajarán para hacer limpieza. La trama es tan añeja como los músculos de Dolph Lundgren, uno de los merce y que ya hace 25 años en Rocky IV boxeaba con Sly: el lugar está regido por un militar corrupto y revolucionario, pero en verdad es un títere de un estadounidense (Eric Roberts, con menos suerte que su hermanita Julia, siempre de traje aunque vaya a una plantación de coca y se muera de calor). Barney viaja por un pedido de un agente de la CIA (Bruce Willis, en el prometido cameo que incluye a Arnold Schwarzenegger y el mejor gag de la película) para eliminar al General Garza. Pero allí conoce a Sandra, la hija buena del militar, quien no acepta escapar de la isla a bordo del hidroavión de Barney, y bueno, el tipo planea volver.

    Volver, no por el dinero (cinco millones de dólares le promete Willis).

    Volver, no para liberar al pueblo oprimido.

    Volver, sin la frente marchita -pasó por tantas cirugías que ahora hasta tiene un aire, con todo respeto, a Horacio Guarany-, para salvar a Sandra.

    Entre quienes secundan a Barney, el mercenario, están también Mickey Rourke, otro al que las cirugías le dejaron el rostro lisito, como un tatuador de reflexiones indelebles, el mencionado Lundgren, Jet Li y Jason Statham, el benjamín del grupo que saca cuchillos de donde uno no se imagina. Observen el tamaño con el que amasija a uno de los peores malvados y traten, si pueden, de averiguar dónde lo tenía escondido...

    Stallone, como decíamos al comienzo, apela a atrocidades varias como en Rambo , como se tituló la cuarta (y última) aventura del ex marine, que dirigió y que era revulsiva por donde se la viera.

    Los indestructibles , que tendrá su secuela, es como una estudiantina de gente grande, con una trama mínima que atrasa tres décadas, más o menos. Que es la época en la que en Hollywood veían a Centroamérica como repúblicas bananeras, y sus intérpretes tenían su momento de gloria. Así, todo cierra, incluidas las heridas de muerte.
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  • Amor a distancia
    Con la idea más que fija

    Drew Barrymore, perdida en una comedia sexual.

    La comedia sexual no es un género en sí mismo, al menos made in Hollywood.

    Amor a distancia se disfraza de comedia romántica cuando en verdad habla (y habla, y habla) mucho más de sexo que de amor, de necesidad física que del corazón.

    La misma noche en la que a Garrett (Justin Long, novio en la vida real de Drew Barrymore) lo abandona su novia, porque es su cumpleaños y no le compró regalo, el muchacho bebe cerveza, se lleva a su departamento compartido, droga y termina en la cama con Erin. Como terapia parece que le da resultado, porque Erin, estudiante de periodismo (Barrymore, que dice tener 30), hace una pasantía en el New York Sentinel (?), pero le quedan seis semanas antes de dejar Manhattan y regresar a San Francisco.

    Tal vez ahora entienda lo de Amor a distancia , porque tratarán de sobrellevar la relación más allá de la diferencia horaria y geográfica. Nada de amor platónico. No.

    Si la premisa no era mala pero tampoco original, lo que la convierte en un fiasco es que, como comedia, los gags se alargan indefinidamente, y cuando debe llegar el punch, está fuera de tiempo.

    Luego de que le publican un artículo, Erin bien podría trabajar como free lance , pero parece que nadie oyó hablar de eso entre el equipo técnico, y el “remedio” que Nanette Burstein encontró para paliar la escasez de humor es apelar a la vulgaridad. Y si hay pocos chistes, los que abundan son referidos específicamente al sexo, a lo escatológico, masturbación, autofellatio y la lista sigue. No, no es un filme de Judd Apatow, y el humor es más verbal que visual.

    Drew Barrymore trata de mantener su dignidad, pero la pierde en dos escenas, la del sexo telefónico y la de la borrachera en la que le pide a un grandote..., en fin, para qué repetirlo.

    Igual, Amor a distancia deja sus enseñanzas en un par de líneas de diálogo, cuando Garrett y Erin recién se conocen y antes de advertir que se necesitan muchos mas física que románticamente, él le dice en Atlantic City (con el mar, las gaviotas, el muelle de madera y todo) que le gusta observar a las parejas grandes la felicidad y, más allá de la felicidad, el verlos satisfechos con sus vidas.

    Que luego esto no tenga nada que ver con la película es otra extrañeza, igual que el final apresurado en los últimos cinco minutos.
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  • El encanto del erizo
    La niña y la portera

    Bellísimo filme francés acerca de todo aquello que no se ve, pero está, en las almas sensibles.

    El psicoanálisis compite con la religión en su amor al sufrimiento“. Tamaña afirmación no proviene de un erudito en la materia, ni siquiera alguien cercano a la filosofía. Ni siquiera de una persona adulta, aunque sí: los comentarios de Paloma (11 años) asombran por su sencillez, su grado de agudeza... y su sinceridad.

    La niña precoz que protagoniza El encanto del erizo , opera prima de Mona Achache, sabe lo que quiere, y lo que no quiere. Apenas abre el filme, el espectador descubre, como en un diario íntimo, lo que sus padres y hermana mayor desconocen: cuando termine el curso del año escolar, Paloma planea suicidarse.

    El mundo visto desde la mirada de una niña en esa edad tan particular en que no se es chico pero tampoco adolescente, allí transcurre el grueso del relato, hasta que la directora pegue un aparente volantazo y deje a la portera del edificio en el que la familia, rica, de Paloma habita, y un nuevo inquilino, el japonés Kakuro Ozu.

    “Todas las familias felices se parecen, pero todas las familias infelices son diferentes”, dice Ozu, que -se aclara en el filme- no tiene parentesco con el mítico realizador.

    Mientras Paloma desea no acabar “como un pez en una pecera, con la que los adultos chocan contra su vidrio como moscas”, la señora Michel (para Paloma luego será Renée, algo huraña, sí, inicia una relación de amistad que vaya a saber en qué desembocará con el Sr. Ozu.

    “La señora Michel me recuerda a un erizo: por fuera llena de espinas, pero creo que por dentro es refinada, solitaria”, se dice a sí misma Paloma. La película sabe elegir la manera en que los personajes se comunican, cómo alguien que en apariencia parece invisible, está, vive, sufre. ¿Paloma será una Renée en su adultez? ¿Cuánto más podrá soportar su corazoncito tamañas angustias referidas al amor, la muerte y la vida? Aquella temprana referencia al psicoanálisis no es más que una pose de la niña. Que muchos adultos se valgan de lo mismo para creer y hacerse creer superiores es, en definitiva, la pantalla sobre el que El encanto del erizo descansa gran parte de su preciso encanto. Josiane Balasko y la pequeña Garance le Guillermic son los dos mejores motivos para arrojarse de cabeza en el filme.
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  • El hombre de al lado
    Vecinos invasores

    El conflicto por una ventana es el disparador en este controvertido y sanguíneo filme.

    La dupla detrás de El hombre de al lado , la misma que hizo El artista , sabe muy bien esconder sus intenciones, que son mostrar las características más sórdidas de sus personajes, cuando pocos espectadores lo esperan. En aquel filme con el que debutaron en el largo tomaban el mundo del arte, lo examinaban y descomponían. Lo superfluo, lo naif y lo snob se daban de la mano hasta arribar a un final destructivo .

    Como si la mirada, la observación, fuera más que un tamiz, un filtro, en El hombre de al lado comienzan hablando de una relación conflictiva para terminar indagando en profundidad en uno de los hombres de al lado .

    Porque si hay un hombre del otro lado, también está el de éste. Las interpretaciones sobre quién es el centro no admiten dudas en el -algo- inesperado final.

    “Sólo quiero unos rayitos de sol”, le dice Víctor (Daniel Aráoz, en un papel completamente diferente a todo lo que se le vio) a Leonardo (el dramaturgo, director y actor Rafael Spregelburd). Un albañil está abriendo una ventana en la medianera, nada menos que de la Casa Curutchet, la única construcción de Le Corbusier en Latinoamérica, y Leonardo quiere hacer entrar en razón a su vecino para que desista.

    Poco a poco Leonardo, que es un diseñador exitoso, profesor universitario, comenzará a ver cómo su estructura -personal, familiar, laboral- comienza a resquebrajarse. Ese conflicto exterior no viene a hacer más que a estallar los problemas internos de esa casa, y de Leonardo en particular. Su relación con su esposa -que le exige que haga algo ante esa intrusión en su privacidad- y con su hija adolescente cambian.

    En un filme que levantará polémica, a todas luces Víctor tiene todos los números para llevarse en el sorteo el mote de malvado. Lo que quiere hacer -lo que hace- está mal. Decididamente mal. Gastón Duprat y Mariano Cohn han visto el cine de Polanski, y dominan la ambigüedad como pocos cineastas en el medio local. Y han extraído de Aráoz y Spregelburd dos actuaciones sorprendentes, en la acumulación de tensiones y lejos de distender al espectador, lo llevarán a una situación límite. Son impiadosos con sus personajes y pese a que algunas escenas denotan una falta de montaje preciso, son dueños de un estilo propio, controvertido y bien, bien sanguíneo.
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  • El hombre solitario
    Pollerudo viejo

    Michael Douglas, obsesionado por las mujeres.

    Hay que haber vivido en una cueva para, al ver a Michael Douglas en El hombre solitario , no emparentar la figura de Ben Kalmen, su personaje, con la vida del actor de Wall Street . No tanto porque el protagonista sea un estafador sino porque uno y otro tienen problemas con el sexo, el alcohol y tienen un rol decididamente ausentes con sus hijos, como es público y notorio con el hijo de Kirk Douglas.

    Pero hasta allí conviene seguir con la similitudes, porque Ben es un inescrupuloso no solamente en los negocios: fue tapa de la revista Forbes , pero también apareció en las páginas del The New York Times por estafas en el negocio de la venta de automóviles. Y al borde de los 60 odia que el nieto le diga abuelo y que su hija lo llame padre. Se cree irresistiblemente seductor pero quienes lo conocen, por más que sean de la familia o algo así, lo tildan de “nefasto” o “nocivo” para las relaciones.

    Los directores Brian Koppelman y David Levien no le han ahorrado cinismo, ni al personaje ni a su manera, desde la realización, de enfrentar a su criatura con quienes lo circundan. Ben ha sido infiel a su primera mujer (una Susan Sarandon siempre espléndida) y también a su segunda pareja (Mary- Louise Parker, de quien no puede decirse exactamente lo mismo), pero lo peor es su comportamiento con otras chicas jóvenes. Ben comienza la película en una visita a su médico, y seis años y medio después lo vemos casi en bancarrota, despilfarrando dinero y su propia vida.

    Douglas asume el rol central del filme y está presente en todas y cada una de las escenas. No hay nadie que hable de otra cosa que de su personaje. Tamaña decisión asumida ya desde el guión no hace otra cosa que predisponer al espectador a focalizarse sólo en Ben. Desde la platea uno va construyendo quién es él, a partir de lo que observa en su comportamiento, pero también por lo que relatan quienes lo conocen.

    ¿Es posible ser amigo de un hombre como Ben? ¿Por qué todos lo abandonan y le dan la espalda? Y si es así, ¿por qué su amigo de la universidad, ahora detrás del mostrador de un bar –encarnado por Danny DeVito, amigo personal de Douglas- le tiene tanto aprecio… y paciencia? Todas cuestiones que se revelan en los últimos minutos de El hombre solitario , película plagada de referencias sexuales que al actor de Atracción fatal, Bajos instintos y Acoso sexual le venían mejor hace unas décadas que ahora.

    El aporte que dan a Douglas desde los roles secundarios los mencionados Sarandon y DeVito, y los más jóvenes Jenna Fischer y Jesse Eisenberg son más que esenciales para sostener los 90 minutos de este drama con toques de humor sobre la necedad de un hombre, la necesidad de afecto sincero y, sí, la naturaleza humana.
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  • De vuelta a la vida
    Papá, ¿es un ídolo?

    Clive Owen cria a sus hijos al quedarse viudo en su primer melodrama.

    Increíblemente inteligente, luchadora, sensual, enérgica”. Difícil ganarle a la descripción que Joe Warr hace de su segunda esposa, Katie. Si eso es difícil, más aún será reemplazarla -en cualquier sentido que se le ocurra- cuando Katie muera y lo deje a él, periodista deportivo, solo en su casa en el campo australiano con su pequeño Artie para criar.

    Joe no cree tener aptitudes para criar niños. En la puerta de la heladera alguien ha formado las palabras “Di que sí”, que ha pasado a ser una de las pocas reglas que Joe intenta no claudicar, ya que lograr que Artie se lave los dientes o el pelo es algo que logra una o dos veces. Por año.

    Y de hecho, cuando dejó a su primer mujer en su Inglaterra natal, también se fue dejando a su hijo Harry, cuando embarazó a la amazona australiana Katie y partió a la tierra de los canguros. Que es donde se desarrolla casi íntegramente De vuelta a la vida , la nueva película del ugandés radicado en Australia Scott Hicks, el de Claroscuro .

    Tal vez sea, no llamémosle desarraigo, el vivir en tierra ajena hasta sentirla como su lugar en el mundo lo que llevó a Hicks a adaptar la novela autobiográfica del periodista Simon Carr. Porque De vuelta a la vida es un filme de interiores más que de tomas en exteriores que no sean un viñedo, un camino de tierra, un jardín por donde corretea una gallina y el océano. Casi todo transcurre puertas adentro de esa casa ahora tan desordenada en la que Joe no permite que ni su ex suegra ni una potencial novia (Emma Booth, una Renée Zel-weger a la australiana) interfieran en la crianza de Artie o de Harry, cuando el hijo mayor decida visitar a papi. Ahora, si por tener que viajar para cubrir el Abierto de Australia a Melbourne, Joe tiene que dejar a sus hijos a cuidado de ellas, no dudará en intentarlo. Así le irá.

    La película tiene un click cuando resta media hora de metraje, en el que, por más que se base en una historia verídica, lo que sucede suena a desmedido y resta verosimilitud. Pero el error que le cabe a Hicks es optar porque sus personajes hablen de más. Verifíquelo: cuando en la escena final –y no adelantamos nada- se decide por mostrar en imágenes el estado de ánimo de sus personajes en vez de hacerlos hablar, la emoción nace genuina.

    Aún no dijimos que Joe es interpretado por Clive Owen, cuyo rostro enjuto, poceado y viril ha sido la máscara correcta para filmes de otros géneros, sea Closer o Niños del hombre . En su primer melodrama hecho y derecho el actor de Sin City no desentona y, es más, da perfecto en el papel del padre que siente que debe rehacer todo para ayudar a sus hijos. Es mirar para afuera antes que al ombligo.

    El director de casting le puso a dos pequeños grandes intérpretes como el londinense George MacKay (Harry) y el más extrovertido Nicholas McAnulty a su lado, y a una Emma Booth que es 18 años menor que él (tiene 45) como posible interés romántico. Todo bien, ya que si de algo puede jactarse De vuelta a la vida es de ser una película de actuación.
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  • London river
    El trauma y la pérdida

    Brenda Blethyn y Sotigui Kouyate llevan adelante este drama de ribetes cosmopolitas.

    Un hecho histórico emparienta las vidas de una madre y un padre, o de una protestante y un musulmán, una inglesa y un africano, una blanca y un negro o, mejor, de Elisabeth y Ousmane. Sin haberse relacionado previamente, los une el no tener noticias de sus hijos desde el atentado terrorista del 7 de julio de 2005 en Londres. Jane, hija de Elisabeth, era estudiante. Alí trabajaba donde podía. Las vueltas de la vida y del guión del parisino de padres argelinos Rachid Bouchareb ( Días de gloria ) harán el resto.

    El resto es un drama que si se sigue con atención es porque en la búsqueda de los jóvenes van sucediendo encuentros y reflexiones sobre la interrelación entre gente que piensa y vive diferente, entre inmigrantes y “locales”, por los avances en la investigación y por las soberbias actuaciones de Brenda Blethyn y Sotigui Kouyate, premiado en Berlín ‘09 por esta interpretación.

    Es que la película tiene como principal soporte a Elisabeth y Ousmane, los miedos de ella y el pesar de ambos. No es un dato menor que ella, una granjera que abandona su hogar en una isla para llegar e instalarse en Londres, ya haya perdido a su esposo –era oficial en la Armada británica y murió en la Guerra de las Malvinas- y que él no tenga contacto con su hijo desde que éste tenía 6 años y él lo abandonó.

    Con el trasfondo del barrio de inmigrantes en el que Jane y Alí vivían, que sirve como caja de resonancia, pero también sabe ocupar el primer plano en la historia, el filme se basa en una experiencia traumática para ahondar en el costado más humanístico, cotejar prejuicios y analizar no desde el cuestionamiento ético -ni siquiera sociopolítico- al terrorismo, sino las vidas de relaciones de los personajes. Si Jane y Alí están o no vivos, si se conocían y cómo, son capas que irán sedimentando hasta abordar un final no por previsible menos emocionante.

    Brenda Blethyn sabe lo que es sufrir en pantalla, enfrentando situaciones inesperadas que le explotan en la cara de Secretos y mentiras , de Mike Leigh, a esta parte. Y por más que se haya probado en alguna comedia, es la cuerda del drama la que mejor sabe tensar.

    La cámara de Bouchareb muestra ese mundo cosmopolita, con asistentes sociales, policías y empleados varios. Gente común, para ayudar a contar una historia extraordinaria por ribetes propios, pero con un tono medido, para nada grandilocuente, sobre un drama en particular, contado con verosimilitud.

    No era tarea fácil, y al margen de algunos baches narrativos -la extensión de dos o tres escenas de manera innecesaria- London River conmueve, a veces, y logra que Elisabeth y Ousmane se ganen la em patía del espectador. No es poco.
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  • Chloe
    Chloe
    Clarín
    Hay gente morbosa...

    Una mujer contrata una prostituta para seducir a su marido.

    Hay gente morbosa dando vueltas por allí. Hay mujeres que contratan el servicio de alguna prostituta para seducir y averiguar si sus maridos les pueden ser infieles. Hay quienes descubren, tardíamente o no, sensaciones o placeres que no habían experimentado antes. Y hay gente como Catherine, que a todo lo que dijimos antes, le suma una insatisfacción mayúscula, de tal tamaño que no entra en su enorme casa con forma de cubo en un bello suburbio canadiense.

    Chloe (pronúnciese Cloi ) no es un filme original, no tanto porque toma un tema archiabordado por el cine, sino porque se basa en otro, francés, de 2003, Nathalie X , en el que Fanny Ardant conocía casualmente a Emmanuelle Béart y mandaba a encarar a Gérard Depardieu. El canadiense Atom Egoyan no se anduvo tampoco con chiquitas a la hora de acometer la adaptación: Julianne Moore contrata a Chloe -Amanda Seyfried, sí, la angelical hija de Meryl Streep en Mamma Mia! - para ver qué onda con Liam Neeson.

    El resto es historia.

    Es historia si usted vio aquella película y recuerda qué sucede. Egoyan prácticamente trasladó la trama a una casi irreconocible Toronto –pasa por cualquier otra gran ciudad- y no la varió mucho. No es –ni era el original- una aproximación a la pareja y sus conflictos existenciales, como la que planteara Stanley Kubrick en Ojos bien cerrados , sino que Chloe se centra mucho más en Catherine que en el personaje del título.

    Las comparaciones son válidas, ya que Béart da mucho más por su físico y su sensualidad como f emme fatal , además de una cuestión de edad, que Seyfried, cuyos ojitos saltones no dejan de perturbar (o recordar, exagerando, a Marty Feldman o a quien usted se imagina en un plano más cercano y nacional). La chica, de 24 años, pasaba algo menos inadvertida que la perversa Megan Fox en Diabólica tentación . Hay algo extraño en su elección de prostituta, en sus diálogos dando detalles de sus relaciones y alguna escena de fuerte contenido sexual. Y pensar que en breve hará La Cenicienta … A Egoyan le gustan las historias, más que rebuscadas, que a veces lo son, que planteen conflictos serios, duros, que hagan replantear el sentido de la vida a sus protagonistas. Hizo una gran, gran película como El dulce porvenir , llena de dolor, en la que desde la platea se sentía el pesar de sus personajes. Aquí tiene a la actriz de Las horas , Magnolia y Sólo un hombre sufriendo como pocas, y como pocas veces. Aunque cabe preguntarse si tanto morbo por saber qué hace su marido con otra, cuando cree que le fue infiel, se aproxime a cierto grado de insalubridad, Moore saca adelante su papel. Neeson, como siempre, presta su máscara para ser enigmático, y Seyfried, se nota, se esfuerza para “dar” ese plus que su personaje le pide y que, sabe, puede lograr.

    Intensa por momentos, intrigante por otros, Chloe tendrá su público en aquéllos que quieran ver, pizpear como en un peep show las intimidades de una mujer, su esposo y su amante. Es cierto: falta el cocinero y sería una película de Peter Greenaway.
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  • Igualita a mi
    Desventuras de un metrosexual

    Adrián Suar se descubre de golpe padre y abuelo en esta comedia con los elementos para ser un éxito.

    Aunque se parezca en el afiche, donde se toma la cara, al Macaulay Culkin de Mi pobre angelito , Freddy no tiene nada de pobre y menos de angelito. Freddy vive al día, es un playboy sin ataduras que pasa el día haciendo negocios -o negociados- o en la peluquería -es un metrosexual-, y la noche bailando en una disco, seduciendo chicas jóvenes.

    Hasta que intenta “levantar” a una chica, pero Aylin, a la que Florebncia Bertotti le aporta su cuota de gracia, resulta ser la hija que nunca supo que tenía. La sorpresa es doble: Aylin está embarazada, así que de pronto descubre que es padre y que será abuelo.

    Con el correr de los años, y de las películas, Adrián Suar se ha afianzado en la combinación de la comedia de situaciones y el cine de raigambre popular. Los buenos guiones, como el de Un novio para mi mujer y el de su estreno de hoy, Igualita a mí , le permiten expresar su andamiaje interpretativo volcado al género, pero –y la diferencia es vital- no sólo a su servicio. Suar ya no es el mismo de los tics de Comodines , aunque algunas escenas de Igualita a mí parecieran escritas para él. Detrás de El Tenso ( Un novio… ) y de Freddy hay un personaje o, mejor aún, una persona distinta. Otros actores nacionales se reiteran a sí mismos, no importa el papel que deban jugar en la trama. Los ejemplos abundan.

    Es que Freddy no es aquel mismo que conoce a Aylin al final de la proyección. Pese a la previsibilidad de la historia, lo que la hace entretenida son los enredos, las líneas de diálogo, las resoluciones de las situaciones y, claro, las propias actuaciones de los protagonistas: todo para ser un éxito. El guión de Juan Vera -involucrado en la producción en cinco de las seis películas que Suar tiene como protagoniosta- posee el timing, el humor y el sentimentalismo justos.

    Como toda buena comedia, los intérpretes principales tienen un fuerte soporte en los papeles llamados secundarios (con Claudia Fontán a la cabeza). Y los rubros técnicos son de una calidad propia de una superproducción.

    Un párrafo aparte merece el ecléctico Diego Kaplan, que de joven soñaba con ser Spielberg, y luego de dirigir a Carlos Calvo en la miniserie Drácula debutó en cine con la mucho más críptica Sabés nadar? y ahora, esta comedia. Lo que se dice un todoterreno.
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  • La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina
    Vértigo y violencia en partes iguales

    Segunda parte de la saga “Millennium”, impresiona.

    Ha pasado más de un año desde que Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist se vieron por última vez. Ella, hacker, con tendencias violentas, y él, periodista redimido, salieron indemnes de Los hombres que no amaban a las mujeres , cuando descubrieron una trama de sexo y violencia familiar que se mantuvo oculto en una familia por cuatro décadas. Ahora el presente vuelve a cruzar a la punk bisexual de cabello negro azabache y el hombre de cutis problemático en un caso de homicidio, trata de mujeres y corrupción.

    Igual que en la primera novela de Stieg Larsson, Lisbeth y Blomkvist son vistos en paralelo: cada uno por su lado. Ella tiene asuntos pendientes con su vigilante penitenciario Bjurman -el que la violó- y él va a dar cabida en su publicación Millennium a un trabajo de investigación de Dag, un periodista sobre tráfico de seres humanos, preferentemente de Europa del Este. No sólo quiere difundir los nombres de los proxenetas: hay clientes importantes, desde jueces y fiscales a policías y miembros del Gobierno.

    Obvio: Bjurman aparece asesinado con un revólver en el que hay huellas de Lisbeth, y Dag y su pareja Mia, ajusticiados en su departamento.

    A partir de allí, y con menos dramatismo que en Los hombres... , pero con mayor protagonismo de Lisbeth, La chica que soñaba con un fósforo y un bidón de gasolina comenzará a desandar el camino del thriller, con policías que no siguen las pistas adecuadas, Blomkvist creyendo a ciegas la inocencia de la joven, y Lisbeth transformándose en una investigadora cada vez más sagaz. Y perversa.

    Daniel Alfredson, que reemplazó en la dirección a Niels Arden Oplev ( Los hombres...) y dirigiría el capítulo final de la saga de Milleniumm , La reina en el palacio de las corrientes de aire , no tiene que presentar a los personajes, ahorra palabrerío y va directo a la historia. Hay muchas revelaciones importantes, un asesino enorme y rubio que por un asunto genético no percibe dolor, sexo, violencia, y un pasado doloroso que marca cada acción de la protagonista.

    Lo que no ha cambiado con la variación de realizador es el ritmo vertiginoso, el profundo clima de suspenso y esas volteretas de la trama, que más que desconcierto, sorprenden y cautivan.

    El papel de Lisbeth es realmente uno de los más difíciles de llevar adelante para cualquier actriz. Su carga de sadismo, de pena, su contracción y pocas palabras hacen que la labor de Noomi Rapace se gane un elogio merecido. Y cuesta pensar quién podrá reemplazarla en la versión hollywoodense de la saga, con un Daniel Craig que tiene un phisique du rol similar al de Michael Nykvist, el sueco que interpreta sin muchas luces aquí a Blomkvist.

    Ya en Los hombres... se sabía que aquella chica que jugaba con un fósforo y la gasolina era Lisbeth, prendiéndole fuego a su padre. Y es bueno recordar que Lisbeth odia a los hombres que no aman a las mujeres...

    Lástima que habrá que esperar, para la resolución, al estreno en cines locales de La reina... , que empieza justo, justo cuando termina La chica...
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  • Cinco minutos de gloria
    Irlanda, en la mira



    Es posible aproximarse a la verdad y a la reconciliación, cuando hay un asesinato a sangre fría? Ese es el tema central de Cinco minutos de gloria , la nueva película del alemán Oliver Hirschbiegel ( La caída ). De nuevo la controversia: si en el filme mencionado se abordaba el final de Hitler, aquí es el enfrentamiento entre los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes del Ulster, en Irlanda del Norte, por 1975, y décadas después, cuando el asesino y el hermano de una víctima puedan mirarse cara a cara.

    Liam Neeson -que es católico en la vida real- interpreta a Alistair, el protestante que de joven, y para ganarse el reconocimiento de los suyos, se pone una máscara, se acerca a la casa de los Griffen y dispara desde afuera al hermano mayor de Joe, por entonces un niño que jugaba con la pelota en la calle. En el presente, un canal de TV quiere reunilos, con el pretexto, la excusa aquélla de la reconciliación posible.

    Por momentos Cinco minutos de gloria asemeja tener una estructura teatral. Juega con el suspenso creado ante lo que el espectador sabe (el muy nervioso Joe lleva un cuchillo al encuentro en el castillo), el aparente remordimiento de Alistair y la confusión de Joe. La película está estructurada claramente en tres secuencias, como si fuesen los actos de una obra teatral. Es fácil advertir que Cinco minutos de gloria (la referencia es a lo que Joe cree que sentirá en cuanto ajusticie al asesino de su hermano) es un filme “de actuación”.

    A medida que avanza la trama, Alistair muestra rasgos de su carácter y es el personaje mejor construido, no sólo por la calidez y hasta enjudia que le pone el actor de La lista de Schindler . James Nesbitt (el actor de Bloody Sunday , también sobre el conflicto en Irlanda del Norte) juega con un rol menos preciso, cuyas (in)decisiones lo hacen tan vulnerable como poco empático.

    Hirschbiegel, quien había tenido su paso por Hollywood con Invasores , vuelve a demostrar ahínco desde la marcación, aunque en los tiempos muertos no parezca saber cómo hacer para que la historia fluya. Hay un mensaje en contra de la violencia, un paralelismo con lo que sucede en la Inglaterra actual y los musulmanes terroristas, muy buenas intenciones y un dolor palpable en cada fotograma.
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  • Mi villano favorito
    Gru es malo, y le gusta serlo

    Animación 3D con un maldito tan despreciable... y tan querible.

    Las buenas películas suelen ofrecer un plus. A los lineamientos generales de su trama le adosan miradas o subtramas, capas superpuestas para que, en una visión lineal, se vea el conflicto y lo más rudimentario, pero a poco que se escarbe en el relato se encuentren otros elementos más para disfrutar.

    Y eso es lo que pasa, al menos en la primera hora de Mi villano favorito , filme animado en 3D, cuya producción es de estadounidenses y la animación, francesa. Semejante combo redunda en una incorrección política de su personaje principal, un malvado que responde al nombre de Gru y que debido a los traumas que tiene por su relación con su madre, el exacerbado sentido de su egocentrismo, los celos por otro villano más joven y consentido, y su claro sentimiento de inferioridad lo vuelven tan despreciable como… querible.

    Gru es malo y le gusta serlo. Maltrata a todo el mundo, escapa de la Justicia y tiene un plan para convertirse en el villano más grande de la historia. Su deseo es robar la luna (!) y para lograrlo necesita un invento: con un rayo encogedor, se convertirá en el ladrón más importante, ejem, del universo. El problema es que Gru, que tiene a sus Minions –unos personajitos amarillos de uno o dos ojos, que en algo remedan a los marcianitos de Toy Story - y a un científico, el Dr. Nefario, que le fabrica los gadgets como si fuera el Q de James Bond, le falta aquel invento supremo, que ahora está en manos de Vector, el villano soberbio y más joven con el que compite.

    La película podría circunscribirse a la lucha descarnada entre estos dos maléficos personajes, pero –por fortuna del filme hay un pero- ingresan en la historia las tres hermanitas huérfanas a las que Gru adopta, no por sentimentalismo si no por una razón de necesidad: cree que con ellas logrará ingresar en la mansión guarida de Vector y robar el rayo encogedor.

    Entre los muchos puntos a favor que tiene Mi villano favorito uno que cuenta y mucho es el humor, el delirio de algunas secuencias –su visita al banco, sus intentos por ingresar a la mansión de Vector- y principalmente el hecho de que Gru no viva como otros villanos algo dementes en una isla alejada del mundo. No. Gru vive en una casa sin pasto en los suburbios de una ciudad, tiene vecinos y se mueve como pancho por su casa. Gru puede ser el hombre de la próxima puerta.

    Los más pequeños seguramente se perderán algunas de las humoradas de Gru, pero disfrutarán el triple con las huerfanitas (¿alguien dijo Las Trillizas de Bellville ?), con los Minions y con la escasa suerte de Gru. Que sí, empezará a encariñarse con Margo, Edith y Agnes –la más pequeña y cuyos ojitos enternecen tanto o más que los del Gato con botas de Shrek -.

    La composición de Gru (en el original, la voz es de Steve Carell) es magnífica desde lo visual, pero también desde la voz. Es una cruza entre un alemán y un ruso de la Guerra fría. No es el único malo. La Srta. Hattie, a cargo del orfanato donde estaban las hermanitas, también tiene lo suyo, y qué decir de la mamá de Gru.

    Mi villano favorito acerca a los chicos a un antihéroe, demuestra por enésima vez que los malos pueden ser más entretenidos que los héroes, descoloca los cimientos de la narración convencional de películas para niños y si bien no llega a la excelencia de Pixar en cuanto a los toques sentimentales, tampoco es la andanada de gags sin ton ni son de algunos títulos de DreamWorks. En fin, es una película que disfrutarán –y es la tercera vez que utilizamos el término- tanto los grandes como los chicos.
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  • El origen
    El origen
    Clarín
    Si la vida es sueño...

    DiCaprio se mete en la mente y los sueños de la gente en el nuevo y avasallante filme de Nolan.

    La inspiración espontánea no se puede falsificar. Esa es una de las premisas de El origen , una película ambiciosa desde donde se la quiera observar. Por más que el guión en el que trabajó Christopher Nolan durante diez años esté lleno de recovecos y laberintos para hablar supuestamente y en un primer plano de los sueños, son tantos los artilugios, las vueltas de la trama, los temas que aborda –la culpa, el amor- y el avasallador despliegue visual, que la proyección de El origen puede resultar tan placentera –casi siempre- como por momentos de-sorientadora.

    Cobb (Leonardo DiCaprio, siempre en el tono justo) tiene la habilidad de ingresar en la mente de la gente, cuando duerme y sueña, cuando sus defensas están presumiblemente más bajas, para descubrir sus secretos. Es un espionaje industrial. Cobb roba esa información al mejor postor. Cuando uno de estos atracos sale mal, la víctima se convierte en su próximo cliente: el japonés Saito (Ken Watanabe) le pide que le implante, le origine una idea sencilla al heredero de un imperio energético (Cillian Murphy), que está a punto de apoderarse del monopolio de la energía mundial, y es su competidor, y lo obligue, manipulando esa idea, a disolver el imperio. Cobb tiene una razón para hacerlo: no puede volver a los Estados Unidos a reunirse con sus hijos, acusado de haber asesinado a su mujer (Marion Cotillard). Saito, con sus contactos, le permitirá volver.

    Hasta ahí, la base. A partir de allí, la superposición y complejización de los sueños, la lógica interna del trabajo de Cobb y los suyos, que deben “fabricar” un mundo de ensueño que parezca real para poder manejarse en él y manipular al heredero.

    El éxito obtenido con Batman, El Caballero de la noche le franqueó al director londinense (mañana cumple 40 años) el acceso a realizar lo que quiera. Warner le dio 200 millones de dólares y Nolan optó por una trama que se asemeja mucho más a Memento , la obra que lo catapultó como un cineasta original, que al Superhéroe. Si en Memento (2000, hace 10 años, el tiempo que le demandó a Nolan escribir el guión de El origen ) Leonard vivía la historia –su historia- de atrás para adelante, del presente hacia el pasado porque no tenía memoria reciente, en un recuerdo dentro de un recuerdo, aquí Nolan hace que Cobb y su gente vivan un sueño dentro de un sueño… dentro de otro sueño.

    Si DiCaprio y los otros intérpretes debieron leer más de una vez el guión para entenderlo, es fácil adivinar que El origen permite más de una lectura, y pide, tal vez, más de una visión. Por momentos pareciera que Nolan quisiera demostrarle al espectador todo lo ingenioso que puede ser, pero esa supuesta soberbia se astilla cuando explica en imágenes lo que los personajes acaban de decir con palabras.

    El origen tiene de fondo una historia de amor –la de Cobb y Mal, vaya nombre que le tocó al personaje de Cotillard-, pero la estructura es la de un thriller de acción trepidante. No en vano los momentos más adrenalínicos tiene que ver con la “arquitectura” de los sueños (el personaje de Ellen Page, creando con su imaginación una París que, literalmente, se dobla, y más) y con las escenas de acción, que por lo general son de persecución.

    Nolan tiene un poder de plasmar en imágenes grandilocuente. “No tengas miedo de soñar algo grande”, le dicen a un personaje en medio de un sueño. La mención es a un arma más potente para eliminar enemigos. Nolan hace de esa línea, como de aquélla con la que comenzamos la crítica, un leit motiv de su propio metier.

    El origen es un filme fascinante, un compendio de realidades virtuales, de saltos en el espacio y el tiempo, y de virtuosismo cinematográfico. Nolan es un creador, con todo lo que eso implica: es un tipo creativo, que refresca con ideas el anquilosado mundo que ofrece Hollywood, por más que un ojo atento detecte citas, homenajes o robos a Matrix , El Ciudadano , al cine de Kubrick y más. ¿Cuántas veces usted pidió que le dejaran interpretar lo que deseara en la oscuridad del cine, en ese contrato implícito con el director, que puede guiar, orientarlo, pero en definitiva el dueño del relato es uno mismo? Los regodeos de Nolan están presentes en más de una escena, pero de eso también se trata el mejor cine: de maravillarnos y dejarnos sorprender.
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  • Partir
    Partir
    Clarín
    Misterios del amor

    Kristin Scott Thomas encarna a una mujer que deja a su marido y se mete en serios problemas.

    La estructura, el tema, el conflicto y hasta la presentación de la trama son archiconocidos, pero cuando saltan en la pantalla los sentimientos que afloran en la relación entre los personajes que magníficamente interpretan Kristin Scott Thomas y Sergi López Partir se aleja del clisé del triángulo amoroso para convertirse en un filme dinámico, potente y, a la vez, sensible.

    Suzanne llega a sus 40 queriendo volver a trabajar como fisioterapeuta, profesión que había relegado para la crianza de sus dos hijos. Con su marido, Samuel, deciden reacondicionar un sector de la casa que habitan en el sur de Francia para que sea su consultorio. En la refacción conoce a Iván, un obrero español (catalán) y es verlo y enamorarse. Suzanne deja todo por él: marido, hijos, profesión, casa, una vida supuestamente resuelta. Supuestamente, porque si hace lo que hace es que algo (mucho) no cuajaba en su existencia.

    Desdibujado el papel del marido (Yvan Attal), más que nada porque es el único de los personajes que tiene un solo perfil –odia la situación, maltrata a su esposa pero está desesperado para que vuelva al hogar-, Corsini se apoya y mucho en el dúo protagónico. Y lo bien que ha hecho. Kristin Scott Thomas es ya una adalid en el cine europeo, francés o inglés, a la hora de encarnar mujeres insatisfechas que viven una realidad romántica que muchas veces las supera y que van más allá de lo que imaginaban. Y Sergi López, al margen de deber cumplir con el physique du rol del macho latino, tiene ese rostro entre angelical y perverso que a Iván le cae como anillo al dedo.

    La historia de la burguesa y el proletario es más que un clisé cuando Suzanne hace cualquier locura con tal de mantener a su lado a su amante. Algunas líneas de diálogo ahora leídas (como “Me gusta todo cuando estoy contigo”, dice ella; “Te vas y pierdo el mundo de vista”, le dirá luego él) pueden parecer banales, pero en el contexto en el que las coloca la directora de El ensayo (o La répétition ) tienen un sentido preciso.

    Tal vez mantener fresca en la mente la primera escena ayuda poco a disfrutar, si cabe el término, el desarrollo dramático del filme. Un amor loco, apasionado, vivido con intensidad, necesitaba dos intérpretes como los que tiene para redondear un filme que se gana su propio lugar para el público adulto en la cartelera de las vacaciones de invierno.
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  • Las hierbas salvajes
    Amorosa obsesión

    La nueva película del veterano Alain Resnais (87 años) habla del amor y la casualidad.

    Las ambigüedades propias del ser humano inundan la pantalla en cada escena de Las hierbas salvajes , la película del jovencísimo Alain Resnais (87 años al presentar este filme en Cannes el año pasado). Así como al director de Hiroshima mon amour le gusta no repetirse y que sus filmes sean bien distintos entre sí, al adaptar por primera vez en su carrera una novela también se ha permitido, en la misma película, saltar de un género a otro.

    Todo comienza con una pérdida y un encuentro. Georges Palet (André Dussollier) es un marido supuestamente feliz, casado hace 30 años con una mujer más joven, que encuentra en el estacionamiento de un shopping un portadocumentos. Es de Marguerite Muir (Sabine Azéma), a quien un ladrón le arrebató la cartera y tras quitarle el dinero, lo arrojó. Georges siente el deseo, primero, de devolver lo encontrado, pero poco a poco sus ansias van in crescendo, hasta transformar el encuentro en una obsesión.

    El amor ¿no es en sí una obsesión?, parece preguntarnos Resnais? “Si uno quiere que todas esas cosas funcionen tiene que aceptar, aún a regañadientes, renunciar, ceder. En fin, comprometerse... Finalmente eligió un modelo que se acercaba a lo que quería”, dice una voz en off. No habla de amor. Habla de la elección de Marguerite por un par de zapatos.

    Resnais siempre estuvo en la avant garde, por lo que se permite jugar con las imágenes, los colores, los pensamientos (“Todos cometemos errores, es nuestra naturaleza imaginar cosas”) de sus protagonistas. La luz emocional, no realista, del fotógrafo Eric Gautier, la manipulación del tiempo a través de la edición (un rasgo del realizador), todo aúna en un filme que por momentos es comedia de enredos, por otro se asemeja a un thriller y finalmente es una película romántica al viejo estilo del cine francés de los ’50.

    Es que, al fin y al cabo, como dice Georges, “después del cine, nada nos sorprende, todo puede ocurrir con total naturalidad”...

    Y así es como sus personajes pueden usar pilotos en días de sol, la dentista y aviadora Marguerite puede decir algo y querer manifestar lo contrario, tomar decisiones intempestivas, temer, soñar...

    “Uno puede preocuparse sin amar, pero ¿acaso uno puede amar sin preocuparse?”, Georges afirma más que le pregunta a Marguerite. “Sí”, es la desconcertante respuesta de ella. Igual que la pregunta que una niña hace a su madre al final, que descoloca al espectador y permite abrir un abanico de posibilidades sobre su inclusión por parte de Resnais.

    Claramente los actores juegan a lo que Resnais les pide y se sienten a sus anchas. Dussollier y Azéma expresan esas ambigüedades que marcábamos al principio. La relación de sus personajes es como esas hierbas salvajes que menciona el título, que crecen en cualquier lugar, sin que medie un motivo aparente. Nada podía hacer pensar que Georges y Marguerite podían conocerse y/o amarse. Pero las hierbas salvajes se abren paso sin motivo, sin razón aparente.

    “Si pone algo nuevo en algo viejo, tiene que reemplazarlo todo. Sí, no hay opción. Lo viejo pronto se vuelve insoportable”. Y Georges no habla de las relaciones afectivas.
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  • El aprendiz de brujo
    ¿Se viene otra saga?

    Nuevo filme del equipo de “La leyenda del tesoro perdido”.

    A partir de ahora se podrá acuñar la frase “más viejo que hechicero de brujo”. Nicolas Cage encarna a Balthazar Blake en El aprendiz de brujo , no como el aprendiz, sino como el brujo: hace 1.400 años que este discípulo de Merlín está buscando un joven profetizado que siga su magia y detenga a las fuerzas del Mal que quieren destruir el mundo con un ejército de almas en pena. O algo así.

    Y encuentra en Nueva York a un estudiante de física, llamado Dave Stutler (Jay Baruchel, con una dicción que lo hace distinguible más que por sus aptitudes histriónicas). Dave es mitad nerd mitad sabio, como corresponde al clisé, y será el proceso de aprendizaje el que depare los momentos, si no mágicos, más risueños del filme producido por Jerry Bruckheimer y dirigido por Jon Turteltaub. Sí, ambos, más Cage, son el trío detrás de La leyenda del tesoro perdido . ¿Se viene otra saga? Basándose vagamente en el episodio en el que Mickey se las veía feas en Fantasía –que inclusive es homenajeado en una escena en la que Dave ve inundarse su estudio y es salvado por Balthazar-, el relato recorre todos los caminos que el manual del buen filme de aventuras indica que se deben seguir: hay un malvado perverso (personificado por Alfred Molina, igual que en El Hombre Araña 2 ), un hechicero antiguo que tiene en el presente también a un aprendiz –Tobby Kebbell, de El príncipe de Persia y la reciente Chéri , suerte de David Copperfield punk-, intereses románticos –Monica Bellucci, el de Cage; Teresa Palmer, el de Baruchel- y mucho, pero muchos efectos especiales para que los mundos paralelos en los que transcurre la historia parezcan más reales.

    Típica película del nuevo Disney, que incluye aventuras, acción, violencia y humor, El aprendiz de brujo necesitaba más magia y menos barullo, pero nadie puede negarle a Turteltaub destreza a la hora de amalgamar los ingredientes.

    Para los fanáticos: después de los créditos finales hay una toma, que no agrega mucho, pero que es un clásico en los filmes de Bruckheimer, y si El aprendiz de brujo llega a funcionar con el público, da pie a la consabida secuela.
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  • Chéri
    Chéri
    Clarín
    Las vueltas de la vida...

    Stephen Frears vuelve a dirigir a Michelle Pfeiffer, tras “Relaciones peligrosas”.

    Nada conduce al amor. Es el amor el que se arroja en tu camino.” Tal era el pensamiento de Colette (1873-1954), de cuyas novelas se nutrió Christopher Hampton para escribir el libreto de Chéri , nueva asociación tripartita entre el guionista portugués, el realizador inglés Stephen Frears y la estrella californiana Michelle Pfeiffer luego de Relaciones peligrosas (1988).

    El personaje del titulo no es el que interpreta la actriz de Los fabulosos Baker Boys . Por más que vista con elegancia en una Francia apenas posterior a la que vivió en la Nueva York de La Edad de la inocencia , Pfeiffer juega de nuevo a la amante. Claro que está mayorcita, y si como ex cortesana decide iniciar en el amor a Chéri (Rupert Friend), hijo de 19 años de una ex colega (Kathy Bates), nunca había caído en el mayor problema que tenían las prostitutas de entonces: enamorarse.

    Las diferencias de edad no serán un problema para nadie y tras seis años de buena vida, la mamá de Chéri decide que ya es hora de que su nene le dé nietos. No con Lea de Lonval, sino con una joven. Así que arregla el matrimonio por conveniencia sin importarle la ídem de Chéri y menos la de su amiga.

    Pfeiffer luce radiante en sus 50, y no sólo por el vestuario diseñado por la irlandesa Consolata Boyle ( La reina , del propio Frears, quien relata en off). Esos ojos tan celestes, los labios entremordidos y su sensualidad innata hacen que valga la pena seguir mirando la pantalla cuando Frears y Hampton se preocupan más por dotar de diálogos a un relato que pide más concentración, menos dispersión y mucho, mucho más contenido que un paseo por los interiores de un París o un Biarritz de esplendor.

    Frears ha sabido ser sarcástico y molestar a los pensamientos más conservadores, sobre todo con sus primeras películas allá por los ’80, cuando dejó la TV y filmó Ropa limpia, negocios sucios , Susurros en tus oídos o Sammie y Rosie van a la cama . No hay visos de la genialidad de La reina , y sí un director contemplativo, pero más que observador, un curioso ante lo que el relato muestra.
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  • Shrek para siempre
    Volver a las fuentes

    El ¿cierre? de la saga del ogro recupera algo de la ironía y el desparpajo del filme original.

    No deja de llamar la atención que el mismo personaje que hace sólo nueve años se limpiaba el traste con una página arrancada de un cuento de hadas y que en su primer filme daba una vuelta de tuerca impensada, precisamente, a los relatos de fantasía, llegue a su cuarto y final capítulo adaptándose a las reglas del juego presente, esto es, en 3D.

    Al margen del formato, Shrek para siempre disipa lo que fue Shrek tercero , la más anquilosada de las películas de la serie y que hacía prever que la ironía y el desparpajo original se habían agotado o ahogado en el pantano. La nueva vuelta de tuerca trae al personaje verde hastiado de su vida personal, ser esposo y padre de trillizos, una rutina que parece agobiarle, y quiere volver a aquellos tiempos en los que los aldeanos temían al ogro malhumorado que sabía ser y cuando “podía hacer lo que quisiera y cuándo quisiera”. Ya no tiene tiempo ni de limpiarse la cola.

    Allí entra en la historia Rumpelstitskin, un diminuto personaje con el poder de realizar “transacciones mágicas”, y quien iba a apoderarse del reino de Muy Muy Lejano cuando los padres de Fiona, cansados de que nadie rompiera el hechizo que pesaba sobre su hija, estuvieron a punto de cambiar su reino con tal de que la princesa no se transformara en ogra de noche. Pero Shrek le dio el primer beso de amor, y chau arreglo. Así que mientras le pasa la lengua a los platos sucios en la calle, Rumpel escucha cómo el ogro que le birló el poder desea volver a ser ogro. Y Rumpel engaña a Shrek, haciéndole firmar un contrato por el que él le devuelve un día de ogritud plena a cambio de un día de Shrek.

    El engaño consiste en que Rumpel elige el día en que nació Shrek, por lo que Fiona nunca fue salvada, sino que se unió a la resistencia contra Rumpel, quien se quedó con el Reino de Muy Muy Lejano. Nadie reconoce a Shrek –ni Burro, ni el Gato con Botas, menos Fiona- y si Shrek y Fiona no se dan el primer beso de amor antes del amanecer, Shrek muere.

    Antes de que lo que muera fuese la saga, los productores le insuflaron algo de chispa y agudeza, sarcasmo y mucho slapstick –las caídas, marca que los productos de DreamWorks llevan cosidos indeleblemente, a excepción de Cómo entrenar a tu dragón - y los guiños a la cultura pop, Carpenters incluidos, como quien hace un refresh antes de que la cosa se estanque.

    Hay en el libreto un ¿homenaje? a Qué bello es vivir , de Frank Capra (y en el comienzo a Hechizo del tiempo ), con Shrek atrapado en una crisis de los 40 y ansiando recuperar lo que tenía y más amaba, de lo que se da cuenta recién cuando lo pierde. Y algunos gags y líneas de diálogo mueven a la risa franca –los juegos de palabras a veces sufren por la traducción: sólo hay 8 copias subtituladas-.

    Si termina aquí, Shrek para siempre es un digno cierre. En los créditos finales hay un repaso de la saga y, por lo menos, ahora se sabe por qué los ogros tienen esas orejas símil trompetita, que algunos llamarán vuvuzela. Nunca falta un oportunista.
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  • Amores de diván
    Un psiquiatra ahí para el psiquiatra mujeriego

    Comedia checa con un personaje que pudo enloquecer a Freud.

    Siempre elegí mujeres que no valieran la pena. En verdad, ellas me eligieron a mí.” La confesión es de Frankie, de profesión psiquiatra, a quien una tormentosa relación amorosa con una paciente -en fin, por un código de ética médica- lo deja sin licencia, matrícula ni trabajo.

    Frankie sufre una disfunción hormonal física: tiene un deseo sexual excesivo, le dicen, y habría una cura, con procedimientos médicos modernos y progresivos. Bah, tendrían que castrarlo. En lugar de eso, decidió casarse inmediatamente.

    Si Frankie hubiera sido argentino y no checo, tal vez lo habría interpretado Francella. Pero no. Josef Polášek tiene la capacidad de poner su mejor cara de póker ante situaciones disímiles. Casado, sí, su mujer decide hartarse de sus infidelidades, echarlo y casarse con Viktor, abogado y amigo de Frankie. Pero Frankie, que se reconoce inestable, no quiere perder a su mujer, que encima está embarazada y no sabe de quién.

    Amores de diván tiene momentos jugados de comedia y otros tamtos más dramáticos, serios o románticos. Ningún personaje parece salvarse de las infidelidades de otros -al hermano de Frankie su mujer lo cornea repetidamente con el mecánico que trabaja para él-, la madre del protagonista también tiene su secreto bien guardado, hasta que Frankie trabaje como instructor de manejo y conozca a una joven... también con un as en la manga.

    De la tierra donde surgieron Milos Forman y Jirí Menzel, Jan Prušinovský tiene la misma habilidad de desmenuzar un personaje como una migaja de pan... sobre todo si no es trigo limpio. Es su opera prima, a los 29 años, y con Polášek, a quien dirigió en su época de cortos, se nota que se entienden a las mil maravillas. En síntesis: una comedia con humor, romance y toques dramáticos que no tiene localismos ni apuntes de Europa del Este.

    Lo que se ve en pantalla pasa en todos lados...
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  • Flame y Citrón
    La resistencia danesa

    La obra de Ole Christian Madsen trata sobre dos asesinos en la Dinamarca ocupada por nazis.

    Con miembros de la resistencia danesa viviendo al filo de la navaja a fines de la Segunda Guerra Mundial, Flame & Citron es un combo de acción, thriller, romance, guerra, traición y grandes actuaciones, debido al talentoso Ole Christian Madsen.

    Los protagonistas que dan título al filme son, básicamente, dos hombres desencantados que combaten, antes que a los invasores nazis, a los colaboracionistas de su propia patria. Comenzando en mayo de 1944, ajustician militares y/o periodistas que ayudan al régimen alemán aunque cuando los maten las víctimas por lo general no estén armados. Quedan pocos rebeldes: la mayoría de sus colegas han sido descubiertos (o sea, delatados) y torturados, fusilados o exiliados. Y sí, a veces se les va la mano –sobre todo a Flame-, pero como es por la patria, y alguien dice “no es que sea justo o injusto: es la guerra”… Si por momentos el espectador siente que está ante un relato más o menos convencional -¿cuántas películas ha visto sobre el mismo tema, sean los rebeldes franceses o de cualquier otra nacionalidad?-, el hecho de que Flame se relacione con mujeres que están muy inmiscuidas en la traición, y que Citron no pueda convivir con su mujer y su hijita comienza a darle otros tintes al relato.

    Que se sigue con atención, porque el peligro es inminente en cada secuencia que comienza. A veces, el director muestra a los protagonistas a punto de asesinar a alguien sin previo aviso. Otras, demuestra sus ¿flaquezas? El problema con Flame es que escucha demasiado a sus víctimas, y a veces, decide no ajusticiarlas. Es allí cuando Flame se sincerará, y dirá que “olvidé que no matamos a personas, sino a nazis”.

    Pero no todo queda en la lucha fratricida. El guión, basado en hechos reales, apunta que Flame quiere eliminar a Karl Heinz Hoffmann, jefe de la Gestapo en Dinamarca, cuando en realidad su grupo recibe órdenes de los ingleses y en sus actividades clandestinas tienen vedado aniquilar oficiales de alto rango nazis. Y por allí las cosas se irán complicando para el dúo.

    Antes de que los eleve a un pedestal, el realizador danés testimoniará las contradicciones de sus héroes, que pelearán como Butch Cassidy y Billy the Kid en Bolivia. Cuestión de lealtad, que le dicen, ambos viven épocas difíciles en que no se puede confiar en nadie, ni en aquéllos que le tienden una mano… o les tienden una trampa.

    Todo un descubrimiento, Thure Linhardt es Flame (Llama, por sus cabellos pelirrojos) y Citron es Mads Mikkelsen, el actor más popular de Dinamarca, el malvado de Casino Royale . Ambos son capaces de mostrar la hidalguía de sus personajes, pero también sus bemoles. También cumplen con sus actuaciones el alemán Christian Berkel (el jefe de la Gestapo), que luego de rodar esta película sería visto en Operación Valquiria y Bastardos sin gloria ; Jasper Christensen, como el padre de Flame, y Stine Stengade como una enigmática mujer.

    Pero lo que da más valor al filme es que muchos de los valores aquí mostrados, en situaciones límites, siguen teniendo el mismo peso moral de siempre en el mundo contemporáneo.

    Y eso vale doble.
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  • Brigada A
    Brigada A
    Clarín
    El juego de las diferencias

    Reiterativa en secuencias de acción y persecución, sólo ofrece adrenalina.

    Los tanques de Hollywood se diferencian entre sí cuando detrás de ellos hay una idea -que no es precisamente, la que los reúne y permite definir como tanques, y es recaudar con pala-. Son los casos que ofrecen películas con una trama, una intriga, un aliento o llámenle alma. Sea Batman, el Caballero de la noche , Los Simpson o Toy Story 3 .

    El tardío traslado de Brigada A al cine no se emparienta en nada con “esa” buena idea, pero tampoco es aburrida y reiterativa como recientes tanques, tipo Furia de valientes . Porque Brigada A sí es reiterativa en las secuencias de acción y persecución, pero no aburre ni cansa. Es como estar en la montaña rusa: uno sabe, lo tiene a simple vista: habrá momentos de adrenalina. Y nada más.

    Ya tener al frente del elenco a Liam Neeson, que hace casi veinte años salvaba prisioneros de campos de concentración nazis en La lista de Schindler , y a la nueva estrella Bradley Cooper como Aníbal y Peck habla de un mínimo esfuerzo por rodear bien un guión inexistente en historia y desarrollo.

    La película tiene un prólogo de unos casi veinte minutos que, si terminara allí, todos quedarían contentos. En él se cuenta cómo Aníbal y Peck conocen a Baracus y Murdock. Luego, claro, para empalmar con la serie hacía falta que estos militares que forman su propio grupo sean sentenciados por algo que no cometieron -en la tele era asaltar un banco para terminar antes con la guerra de Viernam (!), ahora en Bagdad debieron robar de manera clandestina unas placas para imprimir dólares-, huir de cárceles de máxima seguridad y limpiar su nombre.

    Ideológicamente la película no comienza bien (los policías mexicanos son corruptos y asesinos en el prólogo), pero como después son los militares estadounidenses y hasta miembros de la CIA quienes son igual o más sucios, todo queda parejo.

    Lo antedicho: habrá alguna secuencia de acción que impacte más que otra, vuelos rasantes en helicóptero o avión, estará la camioneta que ama Baracus, las locuras sin freno del esquizofrénico Murdock, la pinta y seducción de Peck y el cinismo y las frases hechas del coronel Aníbal.

    Si usted seguía la serie, ya sabe lo que Los magníficos le pueden brindar. Y si no, también. ¡Ah!, los fanáticos abstenerse de levantarse cuando comiencen a rodar los títulos finales. Un par de sorpresas les tienen reservados a los más pacientes.
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  • Francia
    Francia
    Clarín
    Juntos, pero no revueltos

    En apariencia menos ambicioso, el nuevo filme de Adrián Caetano se centra en las relaciones familiares.

    Como si la vida fuera un libro abierto de oportunidades, Francia plantea desde sus personajes protagónicos la esperanza y los temores ante situaciones comunes de cualquier mortal. El amor funciona como bálsamo o motivo de sana discordia.

    Si Francia se asemeja a alguna otra película de Adrián Caetano -largo, no cortometraje- es a Un oso rojo . Padre, madre e hija, el primero alejado de las segundas -en el filme con Julio Chávez, por estar preso; aquí, Carlos se separó de Cristina cuando Mariana era muy pequeñita- y enfrentando una difícil convivencia.

    Las comparaciones deberían terminar allí, ya que en Uno oso rojo a la relación padre-hija se sumaba un aliento de thriller que Francia está lejos de ofrecer.

    Francia es una película, en apariencia, menos ambiciosa que otras realizaciones del director de Bolivia o Crónica de una fuga .

    Carlos regresa al hogar más que por amor -nada se descarta- por penurias económicas compartidas: Cristina pensaba alquilar la piecita de arriba, a él le viene bárbaro y a Marianita, ni qué hablar. Es que, en verdad, la película está contada en buena parte desde lo que ve y absorbe como una esponja Mariana. A sus doce años la niña tiene problemas de conducta y de relación, vive como enfrascada con sus auriculares y el tema Gloria le fascina tanto como para querer que la llamen así. Pero el tener al padre bajo un mismo techo no le asegura que su mundo de relaciones cambie demasiado. Cada vértice del triángulo que conforman tiene asuntos por qué preocuparse, y Caetano les da su espacio propio.

    Al margen del tema familiar, al director le interesa la inclusión social -Cristina no la pasa bien como empleada doméstica- y el maltrato contra la mujer -Carlos golpeaba a su nueva pareja-. Caetano sorprende por el tono que utiliza, por la musicalización y hasta por elegir a su propia hija Milagros en el papel protagónico.

    Donde no hay lugar para el asombro es en el ya acostumbrado timing y rigor narrativo. Cuenta en planos secuencias -la escena en la que Mariana hace los deberes, con su mamá al lado- y es un gran director de actores. No es común ver a Natalia Oreiro en un papel como éste, y ganarse la simpatía del espectador. Chica de producción, Francia es más grande en su planteo que lo que parece a simple vista.
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  • Toy Story 3
    Para verla una y otra, y otra vez

    La que tal vez marque el cierre de la saga es una película tan emocionante -y humana- como divertida. La solidaridad y la amistad como bien supremo.

    No hay ser humano -o juguete- que no quiera que lo quieran. Pero para sentirse querido, se lo tienen que demostrar. Woody, Buzz y todo el grupete aguarda en el baúl a que Andy, que ya es un adolescente, decida qué va a hacer con ellos. Andy está armando literalmente la valija para ir a la universidad, y recibe un ultimátum de su madre -del padre, como desde la primera película, no se sabe nada-. O se los lleva con él, los manda a la buhardilla o los dona a una guardería.

    De ahí que los juguetes tiemblen por su futuro. Está claro que hace mucho que el niño ahora adolescente no juega con ellos, y de ahí el temor, pero Andy no olvida a sus amigos, elige al vaquero y mete en una bolsa al resto para mantenerlos, juntos, en algún lugar de la casa. Pero -si no hubiera un pero no habría película- la madre confunde la bolsa y el dino Rex, el perro Slinky, el cerdito Hamm, Sr. y Sra. Cara de papa, Buzz, Barbie, la vaquera Jessie y el caballito casi terminan en la basura, y al final llegan a una guardería.

    Los elogios que había despertado la primera película de PIxar, Toy Story , iban por el ingenio de crear juguetes que no sólo hablaran, sino que sintieran como humanos. La segunda lo multiplicaba todo: al ingenio original le sumaba la carga emotiva, ejemplificada con Jessie padeciendo el síndrome del abandono -igual que aquí-, acompañada por la canción de Randy Newman con la que era imposible no enternecerse.

    Bueno, sepan los amigos de Woody y Buzz que van a emocionarse, sufrir, llorar y reír como no lo imaginaron nunca.

    La estructura de Toy Story 3 es similar a sus predecesoras -un juguete cae en manos peligrosas, sea un vecinito o un coleccionista- y hay que rescatarlo. Aquí es de nuevo el vaquero quien pone en juego su vida por salvar a sus amigos, porque la guardería está dirigida por un oso de peluche -Lotso, divino, sí- pero que en verdad es un déspota que desde que su dueña lo abandonó en el campo se volvió egoísta y desconsiderado con sus pares.

    Lee Unkrich -que codirigió la segunda Toy Story y Monsters Inc.

    - sabe mover con precisión los hilos de la trama, que alterna comedia y, sí, cierta angustia, y así la película no ahorra sustos a los más chiquitos (y a sus acompañantes). En más de un momento se sufre -sí: se sufre- por el destino de los juguetes.

    Y por eso, cuando los juguetes están a punto de ser destrozados y/o quemados, uno siente lo mismo que cuando era chico y sufría con Dumbo, Bambi y todos esos animalitos con que Disney nos supo torturar en nuestra niñez, y se pregunta: ¿los van a... matar? Lo que hace realmente grande a Toy Story 3 es la conjunción de humor, imaginación, colorido, animación 3D y sentimiento en estado puro. Purísimo.

    Y no hay que haber visto las primeras para comprender la tercera. Con tener corazón, alcanza.

    En las películas de Pixar las moralejas llegan por decantación, no por subrayados innecesarios. Con la solidaridad que nace de la amistad como bien supremo, los chicos las reciben con los ojos y los brazos abiertos. Es una película para compartir y ver una y otra vez.

    Si Toy Story 3 marca o no el cierre de la saga iniciada en 1995 no corresponde decirlo aquí. El final es tan emocionante que deja sin palabras.
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  • El refugio
    El refugio
    Clarín
    Allí donde pertenecemos

    La película de Ozon habla de responsabilidades, amores pasajeros y la imposibilidad de ser feliz.

    Si cada película de Francois Ozon es distinta a la anterior -y seguramente a la próxima-lo que llama la atención en El refugio no es la trama ni el tema (los grandes directores no suelen cambiar de tema, sí hacer distintas variaciones) sino la sequedad con que trata a su protagonista, Mousse, una joven embarazada que decide hacerse cargo de su estado cuando su pareja muere por una sobredosis.

    Ozon, director de 8 mujeres y La piscina , trata sin ningún tipo de miramientos o condescendencia a Mousse, quien si no murió junto a Louis es porque tuvo más suerte. Adicta a las drogas, desoye el consejo de la madre de su pareja, que apenas ha enterrado a su hijo le “sugiere” que lo mejor sería que ese bebe no naciera. Mousse, que será cualquier cosa y, además, independiente, se marcha y aloja en una casona cerca del mar, a esperar que su físico cambie y tener su criatura.

    Si la película abre con escenas fuertes -la inyección de la droga propiamente dicha-, luego Ozon decide narrar con mesura y hasta una puesta de cámara más tradicional. La llegada del hermano de Louis a la casa en la playa -nunca se sabe si enviado por su madre para “controlar” a Mousse-, de paso hacia España, le devuelve ese protagonismo compartido a Mousse, ahora con un gay y, en muchos aspectos, distinto a Louis.

    Pero el centro es Mousse. Siempre. Ozon sí parece entusiasmarse con los cuerpos -el de Mousse en sus distintos momentos del embarazo, el del hermano en la playa-. Ellos son jóvenes, apuestos, pero algo no condice con esa situación de apariencia, de lo externo: no hay regodeo sino contraposición con, más que lo que dicen, lo que hacen.

    El refugio del título no es, como podría preverse, el cuerpo de Mousse con respecto al bebé, sino el lugar, físico, en el que Mousse decide alojarse. La pertenencia, la ausencia del amor, la imposibilidad de ser feliz y las responsabilidades que se deben asumir son sólo un puñado de los asuntos que aborda Ozon, y para los que Isabelle Carré aporta mucho más que su phisique du rol.

    Mousse es una mujer inabordable. Cuando creemos saber qué o cómo piensa, muy probablemente estemos equivocados. Ella sola sabe adónde pertenece: pese a todo lo que sucede, el filme nos dice lo afortunada que es.
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  • Cartas a Julieta
    La decisión de Sophie

    Romántica a más no poder, tiene a Amanda Seyfried, Gael García Bernal y Vanessa Redgrave como cartas de triunfo.

    Pasa en muchas relaciones: ella es una chica madura, y hasta madura en su romanticismo, y él, un romántico que tiene una pasión que compite con la que siente por su chica: la cocina. ¿Podrán convivir, no ya después de casarse, sino estando lejos de Nueva York, juntos pero con distintas ambiciones? Así planteada, una de las subtramas de Cartas a Julieta no sólo pinta como prometedora, pero llegados en preluna de miel a Verona, donde Víctor (Gael García Bernal), que es un chef a semanas de abrir su primer restaurante en Nueva York aprovechará para conocer viñedos y visitar proveedores, las cosas cambian... Y Sophie (Amanda Seyfried), “investigadora” del The New Yorker , tratará de despuntar el vicio que más le gustaría tener: ser escritora, más aún cuando una historia increíble –esto es Hollywood- le pega en la nariz.

    En la mismísima casa de la Julieta creada por Shakespeare, Sophie conoce a las secretarias de Julieta, mujeres que se encargan de recoger las cartas que mujeres jóvenes por lo general desesperadas de amor le escriben a la Capuleto, para responderles vía postal. Y Sophie, con algo de tiempo libre mientras su novio degusta vinos, quesos y aceites de oliva, decide ayudarles. Para qué. Encuentra metida en la pared una carta que hace 50 años nadie vio –esto es Verona, pero también, dijimos, Hollywood- de una quinceañera británica que penaba de amor por Lorenzo, un italiano a quien sabe que no volverá a ver.

    Adivinó: Sophie le escribe y, ahora convertida en abuelita, Claire (Vanessa Redgrave) llega hasta Verona con su nieto (el australiano Christopher Egan) en busca del amor perdido.

    A partir de allí, el triángulo Sophie, nieto británico, abuelita alegre reemplaza a la pareja Sophie/ Víctor, dando vueltas en auto siempre limpito por pueblitos, granjas y viñedos en busca del tal Lorenzo, cuyo apellido, para que se den una idea, es como si fuera López en Madrid. Hay quichicientos.

    Y aquéllo que marcábamos en el comienzo, de cómo compatibilizar pasiones, madurez y romanticismo tendrá varias vueltas de tuerca.

    Lo mejor que le pudo pasar a Cartas a Julieta , como proyecto, fue que Amanda Seyfried, Gael y Vanessa Redgrave aceptaran sus papeles. Redgrave luce espléndida a sus 73 años, y el hecho de que Lorenzo sea Franco Nero (pareja en la vida real de Redgrave) es, para el que lo sabe, un plus.

    García Bernal está como con un cambio de más, medio acelerado y menos romántico de lo que el papel de Víctor le pedía. En cuanto a Amanda Seyfried, la actriz de Mama mia! y Diabólica tentación tiene ya en su rostro una madurez que muchas estrellitas le deberían envidiar. El que desentona es Christopher Egan, el nieto de Claire, en el típico rol de no quiero saber nada con esto pero después me involucro .

    Cartas a Julieta es para románticos incurables. Escépticos, abstenerse.
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  • Sex and the city 2
    En liquidación

    El cuarteto que paseaba a la última moda por Nueva York se muda a Abu Dhabi. Sobra arena.

    Debe haber pocos adjetivos calificativos tan inocuos como, precisamente, inocuo, que es uno de los que mejor le caen a Sex and the City 2 , prolongación en el cine de la serie de TV que fue un éxito porque revelaba la rebelión de algunas de las cuatro protagonistas en la ciudad de Nueva York. Carrie, Samantha, Charlotte y Miranda ya tuvieron su primera experiencia en la pantalla grande hace dos años, y tanto en aquella oportunidad como en ésta se mantiene el espíritu de chicas -ya grandecitas- que quieren divertirse, pero la historia es decididamente nula.

    Como prolongar en casi cinco episodios (la película dura 140 minutos) lo que en uno alcanzaba, bastaba y sobraba.

    Las bastante maduritas protagonistas comienzan la película de fiesta. Están en la boda gay de Stanford y Anthony (si usted no vio la serie, no importa), lo cual no aportará mucho en el futuro desarrollo del filme, salvo que Charlotte comenzará a mirar con malos ojos a la “nana” de sus hijas, una joven de enormes senos que no usa sostén, y a quien sí mira con buenos ojos el marido de Charlotte. Los celos, cómo y cuándo no, serán uno de los ejes, si hay algo parecido a ello en la película de Michael Patrick King.

    El centro de la trama, si la hubiera, sería el viaje a Abu Dhabi que emprende el cuarteto cuando un jeque invita a Samantha a hospedarse en una suite de su hotel, a 22.000 dólares la noche. La condición que pone la ninfómana es que la acompañen sus amigas. Y allí van, puro lujo y glamour casi, casi obsceno. Ni importa que paseen en camello por el desierto: ellas lucirán de estreno y se cambiarán de modelo como de ropa interior, o más, ya que pueden lucir más de un vestido por jornada/escena/toma. Como si en vez de clavar los tacos brillantes en la arena anduvieran por la Quinta Avenida.

    Aquéllo de inocua va porque en la película sencillamente no pasa nada, y difícilmente pueda tener un efecto sobre los espectadores, en su gran mayoría espectadoras televidentes que hayan disfrutado de la serie, pero que seguramente extrañarán algo.

    No es la cara de Sarah Jessica Parker, que con los años se parece cada vez más a la hermana de Alf. No, no es eso. Tampoco los comentarios entre sexistas y racistas que suelta Carrie (“cuando ya nadie se podía casar, llegaron los gays”), ni los cameos, alguno más extenso que otro, de Liza Minnelli -a los 64 parece más joven que Kim Cattrall-, Penélope Cruz y Miley Cyrus. No.

    Lo que se extraña es el desparpajo, que aquí ya ha mudado a rutina rancia. Porque los gestos provocadores -está en Medio Oriente rodeada de mujeres tapadas y no por arena- y el maratón sexual de Samantha no sorprende a nadie.

    Un ejemplo de lo avejentada que está la cosa es que “el” problema en la relación entre Carrie y Big, su marido, pasa porque él no prenda tanto la tele (plasma extrachato) y le dedique más atención (a ella). El The New Yorker publica la crítica del nuevo libro de Carrie -lo mata- con una caricatura en la que aparece con la boca tapada con cinta.

    Linda metáfora.
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  • Al sur de la frontera
    Vení que yo te explico

    Un Oliver Stone didáctico para contar quién es Hugo Chávez a los espectadores estadounidenses.

    Oliver Stone -visitante hoy de nuestro país- ya le había tomado el gusto al documental político con sendos trabajos sobre Fidel Castro. Y como en la ficción de JFK , el director de Pelotón es didáctico en Al sur de la frontera , un filme que para los que vivimos al sur de ese límite que marca su título no trae ninguna novedad, pero que para los compatriotas de Stone parece una toma de conciencia necesaria.

    Como si fuera Michael Moore, Stone se pone delante de cámara, entrevista o habla en off. No tiene el timing ni el desenfado del realizador de Bowling for Columbine , pero se las arregla para marcar su punto de vista unívoco. Igual que lo que hace Moore.

    No es obra de la casualidad que ambos directores apunten sus dardos contra cierta prensa estadounidense, que tergiversa datos e imágenes televisivas. Stone da nombres y muestra extractos de The New York Times o emisiones de la CNN referidas a Hugo Chávez, que es retratado por varios medios como un dictador enemigo de los EE.UU.

    Porque Al sur de la frontera se centra en el presidente de Venezuela, pero la cámara de Stone va rotando. Enjuicia a los medios por un lado, pero también va más allá al comprender que hay un correlato en Sudamérica con otros presidentes democráticos, de “espíritus bolivarianos”. Y dice: “Hay un problema con la democracia que se practica en el sur: puede crear políticos que se nieguen a aceptar los mandatos de Washington”.

    A partir de allí seguirá al ex oficial militar luego de haber intentado un golpe de Estado, y que sufrirá él mismo otro golpe. Y presentará al FMI como “controlado por el Ministerio de Hacienda de EE.UU., usando como conejillo de indias a Sudamérica para sus experimentos económicos”.

    Como se ve, ninguna novedad para el público de estos lares. Sí es provocativo el montaje y la manipulación de imágenes acerca de la represión a chavistas. Tras presentar a Venezuela como el tercer país en abastecimiento de petróleo, y que en los primeros seis años de gobierno de Yávez , como lo pronuncia Stone, la economía se duplicó, y que Yávez trabaja hasta las 2 de la mañana, Stone inicia su recorrido por Bolivia, Paraguay, Brasil, Ecuador y, claro, la Argentina.

    Y se sabe: en la Quinta de Olivos entrevistó a Cristina y Néstor Kirchner, y a la Presidenta le formula la famosa pregunta de ¿ Cuántos pares de zapatos tiene? “Ah no sé, nunca los conté. Nunca le preguntaron a un hombre cuántos pares de zapatos tiene”, le responde.

    Pero el tono es amable. Con Kirchner habla de ”su heroísmo” en la Cumbre de las Américas en Mar del Plata. “Ese día no me lo voy a olvidar nunca en mi vida. Tanto que tengo el sillón de esa reunión guardado en mi casa en Calafate”, dice Kirchner en confianza.

    A partir de esa confianza es que Stone hizo su documental, más necesario al Norte de esa frontera.
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  • El príncipe de Persia
    Realeza devaluada

    Una de acción con mucha reiteración.

    Qué debe tener un filme de aventuras? Ritmo, acción, crear simpatía con el o los protagonistas, algo de humor. Esos ganchos escasean en la traslación del popular videogame en El príncipe de Persia, donde hay acumulación de vuelos acrobáticos de parte de Jake Gyllenhaal, a quien si le sobra musculatura y carisma le faltó un buen dialoguista para ganarse al espectador.

    Con un comienzo que parece más surgido de Aladdin, el filme animado de Disney -con Dastan niño saltando de aquí para allá tratando de esquivar que lo capturen los guardias-, la película guarda parecidos y diferencias respecto al original. Dastan es adoptado por el rey de Persia y, con el correr de los años y un par de tomas, ya está junto a sus dos hermanastros a punto de invadir Alamut. Les dicen que allí, en la ciudad sagrada, se fabrican armas que son utilizadas por los enemigos de Persia. En verdad, el hermano del rey (un Ben Kingsley de ojos pintados) trama que se roben una daga con arena que permite ir hacia atrás en el tiempo, y así resolver algunas cuestiones que lo preocupan. Como apoderarse del trono de su hermano.

    A Dastan lo culpan de la muerte del Rey Sharaman y el muchachito debe empezar a escapar, junto con la princesa Tamina (la bella e inexpresiva Gemma Arterton, que de Quantum of Solace pasó por Furia de titanes y se rumorea esté en Transformers 3 en lugar de Megan Fox). Ella, además de ser aguerrida, sabe dos cosas: cómo utilizar la daga, y cómo no despeinarse ni que se le corra el maquillaje.

    Las carencias del filme se notan desde el lado de la reiteración. Porque si la primera mitad del relato puede seguirse con mediana atención, cuando todo tiende a repetirse, no hay Gyllenhaal que alcance. Y el montaje totalmente enloquecido, no permite el disfrute de las escenas de acción, sino que se ve como muchas imágenes rápidas carentes de significación.

    Entre los blockbusters que se estrenaron las últimas semanas, El Príncipe de Persia: las arenas del tiempo se asemeja más a Furia de titanes (por la mera acumulación de escenas de acción) que al más clásico Robin Hood de Ridley Scott. No llega al humor de Iron Man 2. Es un claro exponente del cine que el productor Jerry Bruckheimer viene cosechando últimamente. Como si los genes de Armageddon, Con Air, la saga La leyenda del tesoro perdido estuvieran latentes en cada fotograma. El director Mike Newell es un cocinero de restaurante internacional: filma lo que le den, de Cuatro bodas y un funeral a El amor en los tiempos del cólera. Alfred Molina interpreta a un jeque ladrón y parece el único que se entretiene con su diente de oro. Es poco para 116 minutos. No quedarse en los créditos: tampoco pasa nada.
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  • Batalla por Terra
    Para adolescentes y niños varones

    Como en "Avatar", los humanos buscan un planeta para apoderarse de su energía.

    Nadie puede arrogarse ser el dueño, no ya de la verdad, sino de la originalidad en el cine. Típica historia de ciencia ficción, con un planeta siendo atemorizado por una invasión extranjera, Batalla por Terra 3D es, en su base y su fondo, lo mismo que en Avatar cuenta James Cameron: los humanos aniquilaron sus fuentes de energía y marchan hacia el espacio en búsqueda de conquistar algún planeta donde poder obtener lo que destruyeron en el suyo.

    Como los Na'vis imaginados por Cameron, los habitantes de Terra son pacíficos y no molestan a nadie. Hasta que los molestan. Si los humanos vencen, será a costa de los habitantes de Terra, ya que para obtener el oxígeno deberán realizar cierto dispositivo que terminará envenenando a los locales.

    La protagonista es Mala, que no es mala sino todo lo contrario. Ama surcar el aire con su máquina, y como es algo rebelde, llegar hasta un túnel de viento y hasta ahí nomás, porque los líderes no permiten ir a zonas prohibidas. Cuando el ataque, su padre es apresado con otros cientos, y ella rescata a un piloto humano herido. Claro, Mala quiere recuperar a su papá, y con la ayuda del buenazo de Jim elaborarán un plan para salvar a la raza humana y al planeta Terra.

    Proyectada en 3D, la película del canadiense Aristomenis Tsirbas gana algo en la profundidad. Es un relato de aventuras, con algunas escenas que no ahorran crudeza -cuando los buenos se quedan sin poder respirar-, con generales malos y el pueblo siempre bueno, personajes corajudos, desafiantes y rebeldes. El público de Batalla por Terra 3D son los niños varones y algunos adolescentes. El estilo visual de las batallas también remite, en parte, a Star Wars: la guerra de los clones. En síntesis, un entretenimiento, un pasatiempo para seguir alimentando la fiebre del 3D en el público infantil.
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  • El plan B
    El plan B
    Clarín
    Primero los bebés

    Jennifer Lopez vuelve al cine como embarazada antes de conseguir novio.

    Para su intento de resurgimiento en el cine, después de fracasos comerciales y de estar alejada de los sets para cuidar a sus mellizos, Jennifer Lopez eligió un guión en el que tiene que lidiar con la inseminación artificial, la falta del caballero ideal y el queso de cabra. No se trata de un filme documental ni tampoco es un tratado sobre la soledad siglo XXI, pero la estrella se ha preocupado más por aparecer bella -como siempre, lo logra- que porque la trama tenga un mínimo atisbo de verosimilitud.

    Puede compararse, salvando las distancias, a El Plan B con aquellas comedias románticas que protagonizaba Doris Day. Reina del naif, DD podía decir cualquier línea de diálogo y -dentro de su universo en el que todo brillaba, desde los pisos hasta el blanco de sus ojos- sonaba creíble. JL, aquí, no.

    Zoe, harta de no hallar a su príncipe azul, decide probar con la inseminación. A la salida del tratamiento, conoce al que será el amor de su vida. Y a los pocos minutos descubre -cuando su perrito vomita la prueba de embarazo que se había deglutido- que sí, está embarazada. ¿Cómo decírselo a Stan?

    La película atraviesa el típico subibaja de la comedia romántica (chica conoce chico; chica cree que chico no la quiere como ella quiere; chica se da cuenta de que chico sí la quiere; chica se queda con el chico) con todos los clisés que el espectador pueda imaginar. Y ni hace falta que lo piense, porque en El Plan B todo está dicho.

    Cuando las estrellas de Holly-wood empiezan a crecer -de edad- y no pueden hacer como que estudian o van al college, hoy está de moda que tengan su propio negocio independiente. JL tiene un pet shop, y Stan (el australiano Alex O'Loughlin) vende queso en un mercado callejero. Al menos Lopez se permite autoparodiarse: Zoe entrada en kilos (sólo en la panza, eh) exclama "¡Extraño mi trasero!", cuando todos saben que la actriz y cantante se ganó buena parte de su fama precisamente por eso y no por sus actuaciones.

    Una pena es que el asunto de que el nuevo enamorado descubra que su enamorada está embarazada (de antes) no haya sido tocado más en profundidad, pero se ve que la opera prima de Alan Poul -que produjo y dirigió algunos capítulos de Six Feet Under- fue siempre pensada para la sonrisa. Y así se la ve.
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  • Zenitram
    Zenitram
    Clarín
    Gran poder requiere gran responsabilidad

    El filme de Luis Barone trata sobre un héroe que, en el futuro, hace lo que puede.

    Una Argentina posapocalíptica en la que no hay agua potable -y la que se consigue sale carísima-, sin recursos naturales renovables necesita, cómo no, un héroe. Y el que respondería al y ahora ¿quién podría salvarnos? es un basurero despedido, de apellido Martínez que se encuentra con un extraño personaje en los baños de Constitución -algo quedó en pie-. Y ahí, frente a un mingitorio marca Zenitram, el ex recolector de residuos es advertido de que "Sos el elegido", y descubre que tiene superpoderes. Bah, que tomándose los genitales y mencionando su apellido al revés, puede volar. Y desde entonces se encargará de poner las cosas en su lugar.

    Si antes quienes detentan el poder no lo ponen a él en su lugar.

    Zenitram, hay un argentino que vuela juega con el ámbito y los clisés del cómic, pero no se convierte en uno. Con animación al comienzo, luego las escenas en las que este argentino que vuela y se droga, ayudado por un periodista (Luis Luque), y al que el Presidente (Daniel Fanego) quiere en algún lugar de su gabinete, sale por la vida y por los aires a ayudar a los pobres. Hasta donde le da el cuero.

    Surgido de la pluma de Juan Sasturain, el personaje es un loser nato. Juan Minujín, que está trabajando a destajo en el cine nacional, le pone la cuota de gracia ("Un gran poder requiere una gran responsabilidad", dice Zenitram, parafraseando a El Hombre Araña) y no mucho desparpajo a un superhéroe claramente del subdesarrollo. Las líneas que apuntan a la corrupción y la desmedida ambición de las multinacionales están siempre teñidas de humor, con nuestro arquetípico héroe intentado "cambiar el sentido de las aguas"...

    Con efectos especiales y chistes de doble sentido, Zenitram, de Luis Barone, nada entre la comedia desembozada y la crítica paródica. Y entre ello, toda una extrañeza es ver a Steven Bauer (el que compartía el protagonismo con Al Pacino en Scarface) como un superéroe estadounidense. Igual, queda claro que el destino de la Patria, si Dios no es argentino, está en ¿buenas? manos.
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  • Triángulo
    Triángulo
    Clarín
    El crimen tiene tres caras

    Christian Petzold entrega un thriller con varias lecturas.

    En Triángulo abundan -no sobran- los ismos, empezando por el machismo y terminando con el racismo. Es una historia de perdedores en la que Christian Petzold abreva en el clásico de James Cain El cartero siempre llama dos veces, pero bien que lo reformula. Hay un marido mayor que su esposa, blonda, linda y que planea su muerte, y un recién llegado que se siente atraído y necesita cambiar su suerte.

    Los integrantes de la llamada Escuela de Berlín, a la que el director de Yella no sólo pertenece: es de sus mejores exponentes, no suelen hacer cine de género. Petzold se lanza al film noir y plantea en profundidad cuestiones que a un espectador atento no se le pasarán por alto. Thomas (Benno Fürmann) regresa del frente en Afganistán con una baja deshonrosa, dice, a la casa de su madre recién fallecida, y debe afrontar deudas. En su camino se cruza Ali (Hilmi Sözer), un turco vuelto empresario de pequeños negocios de comidas al paso, que suele emborracharse y al que le quitan el registro. Le ofrece ser el chofer, armar los pedidos y entregarlos. Su esposa Laura (Nina Hoss, musa del director) lleva la contabilidad.

    Como Ali es un desconfiado de todos y maltrata a su esposa, la venganza de Thomas y Laura vendría a poner las cosas -en un país donde la inmigración no es un tema menor- en su lugar: el héroe que rescata a la mujer de las garras del malvado extranjero. "Vivo en un país que no me quiere con una mujer que compré", dirá Ali. "Si no tienes dinero, no puedes amar. Eso lo sé", se enoja Laura con Thomas.

    Pero el desenlace que tiene preparado Petzold lo trastoca todo, resignificando cada pensamiento de los tres protagonistas del triángulo. Ya antes, trabajó las escenas con la dedicación de un artesano, deparando sorpresas en los diálogos que nunca serán forzados, ya que los secretos que fueron guardando Laura y Ali salen a la luz en el momento preciso. Lo que se llama un trabajo de relojería.

    Triángulo (o Jerichow, como reza su título original) se exhibe en DVD y merecía otra proyección y un mejor estreno. Porque valores artísticos y "comerciales" tiene de sobra. Sería una pena que el público que supo aplaudir a Fassbinder deje pasarla de largo. No se arrepentirán.
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  • Siempre a su lado
    Fiel como perro de Gere

    La historia real del can que siguió leal a su dueño hasta más allá de su muerte.

    Bien dicen que si uno quiere lucirse como actor, lo mejor es no compartir escenas con niños ni con perros. No por las comparaciones -aunque a veces, sí.-, sino porque la atención suelen llevárselas estas criaturitas. Y más si, en el caso de los canes, es un cachorrito indefenso, que hace honor al refrán de que el perro es el amigo más fiel del hombre.

    Pese a todo esto, Richard Gere sale airoso en Siempre a su lado. Es el músico que una noche en una estación de trenes encuentra perdido al cachorrito akita y se lo lleva a su casa. Su esposa (Joan Allen) está recontrapodrida de los animales, no lo quiere ni ver a Hachiko, como llaman al cuatro patas, pero de a poco entiende que el cariño y la devoción que su esposo le dedica al pichicho (se revuelca en el pasto con él; intenta enseñarle a ir a buscar la pelotita) no le quita su espacio.

    En fin: que Parker la sigue queriendo, y ella advierte que la relación con el perro le ha devuelto a su pareja algo de la pasión por vivir que parecía apaciguada.

    La película de Lasse Hallström (Las reglas de la vida, Chocolate) se basa a su vez en una historia real, ocurrida en Japón, por la década del '20 del siglo pasado. Gere, como productor del filme, tampoco se ha quedado con el rol principal. Curioso o no, el Siempre a su lado puede referirse a Parker, no al perrito. Sin adelantar demasiado -la cola en los cines lo deja en claro-, en algún momento Parker morirá y Hachiko irá todos los días durante diez años a la estación a esperar a su dueño.

    Que los amantes de las panzadas lacrimógenas sepan que Siempre a su lado es su película de la semana. Todos los personajes secundarios (el vendedor de hot dogs, el guarda de la estación, la esposa de Parker, su hija, un amigo japonés que explica todo lo que el perro no puede) están en pantalla en función del pichicho. Emotividad cruel, en síntesis, todo aquel que sienta que la fidelidad no es un viaje de ida, la disfrutará hasta las lágrimas. ¿Si es una película infantil? No, pero no habrá chico que se resista al perrito.
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  • Garfield y el Escuadrón de las Mascotas
    Y ahora, michifus en 3D

    Sólo puede entretener a chicos menores de 5 años.

    Adorado por muchos niños, ahora Garfield, acorde a los tiempos que corren, tiene su propia película en 3D. Pero a diferencia de los dos filmes anteriores del minino anaranjado, aquí Garfield no tiene el protagónico asegurado.

    Es que es la legión del Escuadrón de mascotas y sus propios amigos (unos, que saltan de las historietas, son alter egos de los otros) se reparten las "acciones". La trama es como siempre bien sencilla: en el planeta Tontolandia la villana Vetkis se casa con el emperador, engañándolo ya que lo único que quiere de él es la pistola mezclamole que él tiene bajo llave, capaz de combinar dos seres, para así apoderarse del mundo. Del Mundo de las Historietas Garzooka, Starlena, Odious y Abnermal llegan hasta el Mundo de los Dibujos, en fin, para que Garfield, su novia y sus amigos los ayuden a recuperar el arma.

    El efecto 3D seguramente atrapará a los más pequeños, ya que no hay muchos otros ganchos. El humor es tan básico como elemental, y los gags de Garfield y el Escuadrón de mascotas, sino cumplieron su primer centenario le pasan raspando.

    Pero claro, si se tiene 4 o 5 años todo será novedoso. La cuestión es para los acompañantes, que deberán armarse de paciencia. Pero con sólo disfrutar de las caritas alegres de los chicos, también alcanza.
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  • El escritor oculto
    Intriga y tensión, pero sin acción

    El thriller de Roman Polanski funciona a las maravillas retorciendo el cerebro del espectador.

    El tipo de thriller que construyó Roman Polanski en la traslación al cine del best seller de Robert Harris es casi el mismo que ya utilizó en Búsqueda frenética (1988). Y su sabiduría radica en generar intriga en igual grado de tensión, pero casi sin apelar a la acción. Y entiéndase bien: no es que en El escritor oculto no pase nada, sino que lo que pasa y los efectos de todo ello transcurre más en la mente del espectador que en escena.

    Muerto misteriosamente un asistente de un ex primer ministro inglés, que oficiaba como "escritor fantasma" -el hombre que ayuda a otro a redactar, en este caso, sus memorias-, al periodista que encarna Ewan McGregor le encargan esa tarea. No es fácil: tiene sólo un mes para retocar y completar unas seiscientas y pico de páginas que dejó el anterior escritor oculto. Pero el negocio editorial será brillante, a él le reconocen ser rápido y eficaz y le ofrecen un cuarto de millón de dólares, así que el joven inglés se toma un avión en Primera clase y un ferry (medio de transporte que de La isla siniestra a esta parte demostró ser preámbulo de problemas) que lo transportará a la isla donde Lang tiene una fortaleza a orillas del mar, y la biografía guardada bajo llave.

    Las complicaciones -un clásico que le suceden a los atribulados personajes de Polanski, que se enfrentan a cambios repentinos y sorpresas en lo que creían y lo que los rodea, como en Barrio Chino- se irán adicionando. Lang está en medio de un escándalo, cuestionado y sospechado por la Corte de La Haya de haber dado el visto bueno a torturas en la Guerra de Irak, su esposa ve con malos ojos a su secretaria -que como la interpreta Kim Cattrall, de Sex and the City, todos intuimos que es su amante- y la muerte del primer fantasma no le cierra a Ewan. Ni al espectador.

    Y hoy que Polanski es más noticia por si es extraditado o no de Suiza a los Estados Unidos por el famoso caso de pedofilia, El escritor oculto permite al espectador atento o más o menos informado seguir analogías. Lang está en esa isla de los Estados Unidos y sabe que no puede regresar a Inglaterra, y sólo podría entrar a algunos otros países (China, Irak, Israel), porque sino la Corte lo apresaría.

    El elenco que acompaña a Ewan McGregor (el fantasma) y a Pierce Brosnan (el ex primer ministro) es verdaderamente un lujo. Desde Tom Wilkinson y Olivia Williams, pasando por un casi irreconocible Jim Belushi pelado, Timothy Hutton y Eli Wallach, todos dan el aporte justo para continuar con la intriga que la película necesita para sostenerse. Los actores no son lo único bueno del filme, ya que mantener en vilo al espectador sin ofrecerle pistas falsas, ni engolosinarse con escenas de violencia es ya un mérito en estos tiempos que corren para el thriller globalizado.

    Es así: Polanski echa mano a la violencia psicológica más que a la física. No, no estamos ante una obra maestra como Repulsión, pero a sus 76 años el director de El bebé de Rosemary mantiene buen pulso a la hora de aprisionar a su público durante poco más de dos horas.
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  • Robin Hood
    Robin Hood
    Clarín
    Antecedentes del héroe del bosque

    Drama con acción antes que filme de aventuras, se luce todo su elenco.

    Aquéllos que esperen ver a un hombre de calzas saqueando a los ricos para darles a los pobres en los bosques de Sherwood, mejor que se recuesten en sus butacas, disfruten la película y esperen a la secuela de esta Robin Hood del dúo Scott/Crowe, la misma pareja de Gladiador.

    Tras los muchos cambios que fue teniendo el guión, con Crowe primero para personificar al Sheriff de Nottingham hasta esta suerte de precuela del arquero nacional y popular, la película une el clasicismo de Scott -historia lineal, escenas bien construidas, montaje perfecto, atildada reconstrucción de época- con una crítica a las intrigas palaciegas, el heroísmo no siempre bien entendido y hasta la democratización de los terratenientes ingleses cuando ven puestos en peligro sus derechos. y sus bolsillos.

    Scott toma a Robin de regreso de las Cruzadas, acompañando al Rey Ricardo Corazón de León. El y su guionista Brian Helgeland (Río Místico) se toman algunas libertades con ciertos hechos históricos, pero el deseo del Príncipe Juan por acceder al trono una vez muerto Ricardo, la traición de los ingleses y el poder expansivo e imperial de Francia por apoderarse de Inglaterra están más que como telón de fondo de la historia.

    Porque, insistimos, no es éste el Robin Hood ni de Errol Flynn, ni de Kevin Costner ni el zorrito dibujado por Disney en 1973. Robin se hace pasar por Sir Robert Loxley, un noble que acompañaba al Rey, y entrega en Londres el casco de Ricardo para partir a Nottingham. Allí se encuentra con Lady Marian (Cate Blanchett, mujer de arcos tomar) y el padre de Loxley (Max Von Sydow), a quienes cuenta la verdad. A todo esto, Robin ya comenzó a formar su grupejo de rebeldes, con el Pequeño Juan y el falso monje.

    Todo lo que ocurra en Nottingham estará lejos de ofrecer aventuras propiamente dichas. Scott prefiere que la historia se desande por el camino de los diálogos más que de las acciones, dejando para la gran batalla final, en los acantilados, el clímax emocional.

    Es cierto que muchos extrañarán la grandilocuencia de las batallas con que el mismo director bañaba en sangre y violencia Gladiador, en especial el comienzo del filme ganador del Oscar. Lo que no extrañarán es ver a Crowe con el mismo corte de pelo que en aquella película. Y si antes blandía la espada, ahora es el arco o el martillo con el que imparte, ejem, justicia por mano propia.

    Hay algo evidente en el cine de Scott, y en particular en los relatos históricos que filma: los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, con armas filosas, no tienen parangón alguno con las guerras del siglo XXI. El combate frente a frente, a caballo o de a pie, generan una cercanía que redunda en empatía con los protagonistas.

    Scott volvió a secundar a Crowe, a quien el personaje le cae como anillo al dedo, con un notable elenco: Blanchett, Von Sydow, William Hurt, Mark Strong, Oscar Isaac, Danny Huston, todo para que la historia se siga con sumo interés, haya o no haya sangre y peleas. Así vale la pena.
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  • Dos en uno
    Dos en uno
    Clarín
    Hay (otro) cerebro en mi cuerpo

    Aunque livianita, la comedia con Daniel Auteuil entretiene.

    Hay gente que oye voces y no por eso merece ser encerrada en un nosocomio. Jean-Christian Ranu (Daniel Auteuil) es atropellado en la calle por un auto que conduce una ex estrella de pop de los '80 (Alain Chabat, algeriano como Auteuil), y de buenas (o malas) a primeras el cerebro del conductor pasa a adosarse al suyo.

    OK: es una comedia.

    Como sucedía hace 25 años en Hay una chica en mi cuerpo (1984), en la que Steve Martin compartía el suyo con el de Lily Tomlin, el personaje de Auteuil debe lidiar dentro suyo con el cerebro de Gilles Gabriel. Ranu es un tipo solitario, enamorado de una compañera de trabajo a la que el espíritu más aventurero de Gilles bien podría ayudar. O no.

    Los gags son los imaginables a partir de la premisa de la trama: Ranu se habla a sí mismo en voz alta, lo que ocasiona(ría) la sorpresa y/o el la reprobación de quienes lo rodeen, sea en un mmeting laboral o en un baño público.

    Auteuil es de esos actores que despierta inmediata atención cuando aparecen. De los pocos capaces de encender una escena, por más que sus diálogos sean divertidos a medias. Dúctil en el drama como en la comedia, tanto como para que un personaje le pregunte la edad y diga "39" y uno le crea... aunque cuando filmó Dos en uno ya andaba por los 58.

    Que los realizadores de la película sean dos puede permitir cualquier tipo de asociación lícita (o no) en nuestro cerebro, pero lo mejor será pensar en positivo: si entre los dos escribieron y dirigieron esta comedia, qué hubiera hecho uno solo. O sea.
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  • Sangre y amor en París
    Arma mortal a la francesa

    John Travolta y Jonathan Rhys Meyers son compañeros tras narcotraficantes terroristas.

    Las películas que produce Luc Besson (director de Nikita y El perfecto asesino, en el siglo pasado) son más o menos todas iguales. Hay un personaje que habla poco, pero cuando lo hace se asegura de ser más sarcástico que amable. Por lo general, empuña un arma con cantidad ilimitada de balas y debe enfrentarse, casi siempre en soledad, con malvados malísimos que -como se los cuenta en decenas- no tienen ni una línea de diálogo.

    Ese protagonista en Sangre y amor en París es Wax, interpretado por un John Travolta rapado, chivita candado y algo regordete. Es el compañero de un más atildado y metódico asistente del embajador estadounidense en la Ciudad Luz (Jonathan Rhys Meyers), al que le adosan como chofer por las callecitas parisinas mientras él despacha narcotraficantes.

    Pero en verdad Wax y James Reece estarán tras un posible atentado terrorista que ocurrirá en unas horas. Bueno, con Wax despachando criminales en un restaurante, en la calle y por una autopista, difícil que ello suceda, pero nunca está dicha la última palabra.

    El título original (De París con amor) parafrasea a De Rusia con amor, clásico de Bond. De hecho, Wax no se parece ni en el blanco del ojo a Bond -lo único en común es que el agente del FBI debe tener licencia para matar-, pero a Besson le gustan esos guiños, como que al personaje de Travolta le gusten las hamburguesas con queso de McDonald's, en obvia alusión a su Vincent Vega de Tiempos violentos.

    El actor de Match Point no la pasa mal de entrada -su personaje tiene un bomboncito francés de novia, que se hace un vestido con una cortina-, pero luego como ésta es una buddy movie jugará de partenaire del papel de Travolta. Y ahí pierde notoriamente, no sólo porque los chistes salen de la bocota de John, sino porque es el personaje que se entera tarde de todo.

    También es cierto que la trama podría ser menos elemental (el chino que escapa de una matanza en vez de llamar por celular a su jefe va a su guarida, y así Wax lo persigue y encuentra), pero el ritmo no decae jamás y el entretenimiento para los pochocleros está asegurado.
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  • La pequeña Jerusalén
    Creer o reventar

    El deseo y la emancipación de dos hermanas asfixiadas.

    De cómo encontrar una tabla de salvación cuando el sentimiento va en contra de la razón -o de lo que el entorno le marca lo que debería sentir-, La pequeña Jerusalem enfrenta más que enlaza a dos hermanas que viven en un hogar judío ortodoxo en el suburbio parisino conocido como el título de la película, cuyo estreno llega demorado y probablemente como colofón de La canción de las novias, la segunda, pero aquí estrenada antes, película de Karin Albou.

    Laura quiere emanciparse y se refugia en la filosofía -y particularmente en Kant, amén de otros pensadores occidentales-, pero su corazón y su cabeza están más enfrascados en el vecino algeriano y musulmán del que se ha enamorado. Su hermana Mathilde no la pasa mejor: sigue hasta el paroxismo lo que le dicta la Torah, hasta el extremo de reprimir sus deseos sexuales y desatender a su esposo Ariel, que le es infiel. El tercer lado del triángulo femenino en ese hogar lo encarna la madre, que le espeta a Laura "La filosofía no te va a dar felicidad ni te va a dar hijos". Así de sencillo.

    Las diferencias no sólo religiosas, sino también en el plano afectivo, son expuestas con rigor, sensibilidad y sensualidad por la realizadora. A lo largo de la proyección los personajes se preguntarán de qué es capaz la razón, si es imposible probar la no existencia de Dios y qué harían sin amor en sus vidas. Tal vez demasiado ambiciosa, La pequeña Jerusalem peca precisamente de su puntillosidad a la hora de marcar contrastes y tipificar a los cinco personajes principales (a los femeninos sumarles el marido y el novio de las hermanas).

    No obstante, el filme es como un aperitivo ante La canción de las novias, donde las creencias y los debates están a la orden del día.
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  • Ricky
    Ricky
    Clarín
    Un ángel que sí tiene espalda

    Francois Ozon conjuga varios géneros y vuelve a la película surrealista. Nuevamente, gran actuación de Sergi López.

    El cine de Francois Ozon es desconcertante, lo cual debe entenderse como un elogio. Ha cambiado de género como de climas, pero ahora lo hace en una misma película. Ricky comienza como una historia de amor que se bandea hacia lo trágico, y tras pasar por cierto surrealismo más propio a Buñuel, desemboca en el género fantástico.

    La humilde Katie (Alexandra Lamy) vive con su hija Lisa (Mèlusine Meyade) cuando en la fábrica de productos químicos en la que trabaja conoce a Paco (Sergi López). La relación se torna más o menos estable y ella queda embarazada. Cuando las miradas de Lisa -que no es Simpson, pero se las trae- empiezan a incomodar, de un día para otro Katie encuentra algo parecido a un moretón en un omóplato de Ricky, el bebé. De ahí a culpar a Paco de agredir a su hijito no pasa mucho, y el hombre se va del departamento.

    Es a partir de allí que Ricky cambia de registro. Porque Ozon, que es uno de los cineastas más imprevisibles de la actualidad, conjuga el cine social y la fantasía, y la poesía, con maestría. Porque otro moretón aparecerá en la espalda del bebé, y de allí le crecerán alas. Sí, Paco no tuvo nada que ver, o en verdad sí: los efectos en el niño bien pudieron ser por esos trabajos en la firma química, pero a Ozon eso le importa poco o nada.

    La aceptación de lo diferente pasa a ser el eje en el que el director de Bajo la arena y 8 mujeres construye su relato. Y, lo mejor, en ningún momento el filme tiene un tono de moraleja y sí alcanza una cohesión sorprendente.

    Cine acerca de los afectos y las relaciones, algunas más conflictivas que otras bajo un mismo techo, Ricky habla de la unidad familiar para enfrentar a lo externo. Si Katie cree que es Paco quien pone en peligro a los suyos, pronto descubrirá que la sociedad y los medios buscarán en ese pequeñito que se sube a los armarios y se golpea contra los ventanales la noticia del día. Y habrá que estar juntos para ver cómo afrontar no sólo el acoso, sino la novedad de tener un hijo que es todo un angelito.

    Como siempre, hay una gran labor de Sergi López, acompañado por la pequeña Mèlusine Meyade, que es todo un hallazgo. Uno puede desconfiar de Paco en más de una oportunidad, pero el actor de Harry, un amigo que te quiere bien (ver El extranjero) sabe ganarse la confianza del espectador, aunque todo lo señale como sospechoso de un hecho atroz.

    Entre López y Meyade, Ricky y Ozon tienen bien cubiertas las espaldas.
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  • Hombres de mentes
    El rey de la comedia

    El secreto mejor guardado del Ejército: George Clooney, ahora con poderes psíquicos...

    Mira fijo. Parece como poseído, pero no lo está -o si lo está, no es por un demonio sino por una obsesión-. Sentado ante una cabra, el personaje de George Clooney la mira a los ojos. Fijo. Y logra su objetivo: la cabra cae redonda. Muerta. Creer o reventar.

    En Hollywood los conflictos bélicos dan para todo, si se observa el protagonismo estadounidense en territorios lejanos y ajenos con una mirada irónica, desde sátiras como M.A.S.H. o esta Hombres de mentes, que demuestra cómo es posible reírse de cuestiones bien serias, desde la óptica algo deformante del absurdo.

    Porque en Hombres de mentes no hay un solo personaje que pueda pasar una revisación psicológica para ingresar al Ejército... o a cualquier trabajo. Ewan McGregor es un periodista que, abandonado por su esposa, decide probar suerte como corresponsal de guerra. Le encantaría ingresar a Irak, pero no lo logra, hasta que conoce a Lyn Cassady (Clooney), quien estaría trabajando para una compañía con intereses en la región. Poco a poco el absurdo va ganando espacio, cuando se sepa que el Pentágono, hace varias décadas, se dejó convencer por un hippie (Jeff Bridges) y creó la New Earth Army, una compañía que a través de la parapsicología cree convertir a sus soldados en guerreros mortales, capaces de atravesar paredes, disipar nubes y. matar cabras con sólo mirarlas.

    Cómo se fue forjando ese experimento militar en el pasado, con Clooney soldado, con un peinado ridículo y bigotes es uno de los momentos mejor logrados por el director Grant Heslov, amigo de Clooney desde hace más de 30 años y guionista de su película Buenas noches, y buena suerte. También es cierto que Bridges y Kevin Spacey (un envidioso recluta en su momento, que guarda un as en la manga en el presente) juegan papeles paródicos y no desentonan en ningún momento.

    Pero los mayores aplausos se los llevan Clooney y McGregor. El astro de El amor cuesta caro consigue entrar en confianza con el espectador, que sabe que todo lo que dice Cassady suena raro, bien raro, pero le cree. Clooney es como un amigo allí en la pantalla, al que seguirle la corriente. Y McGregor, que lleva el rol del narrador, es la cara de la sorpresa, la duda eterna, el no saber dónde se está parado.

    Desopilante en más de un momento -el accidente en el desierto, las pruebas a las que se someten los soldados en el pasado y el de-senlace propiamente dicho-, Hombres de mentes es una comedia que va creciendo como una bola de nieve. Entre lo ilógico, lo cínico y lo adrenalínico, Clooney demuestra que, cuando se lo propone, puede ser el rey de la comedia.
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  • La cinta blanca
    La angustia corroe el alma

    Los efectos del filme de Haneke siguen al espectador mucho después de la proyección.

    La naturaleza misteriosa de estos actos criminales despertó una antigua desconfianza entre los pobladores", dice el narrador en off de La cinta blanca. Quien fuera el maestro de la aldea al norte de Alemania, poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, oficia también como los ojos del espectador. Alguien ató un delgado cable en la entrada del pueblo, que provocó que el caballo que montaba el doctor del pueblo cayera, y lesionara gravemente a su jinete; niños, que habían desaparecido en el bosque, regresan con muestras de torturas; una noche, un granero se incendia. Ni el maestro ni el espectador saben quién fue. Pueden seguir indicios, sospechar.

    Pero nadie puede explicarlos.

    Para la cámara de Haneke, nadie en la aldea ve lo que ha sucedido. La negación es una de las armas más cobardes del ser humano.

    Desde su estreno en el Festival de Cannes en mayo pasado, aún antes de ganar la Palma de Oro, se habló de cómo Michael Haneke volvía a su tierra -y a filmar en alemán- para manejar una hipótesis que explicara el origen del nazismo. Cómo la violencia contenida en esos hogares en los que la disciplina era férrea, la pobreza, moneda corriente -como el maltrato y el abuso de los padres sobre sus hijos- y la esclavitud a las formas más autoritarias anidaban en una sociedad que eclosionaría y daría origen a uno de los mayores males del siglo XX.

    Haneke puede dar a entender que en esa comunidad religiosa, esos niños y niñas que andan en grupo pueden sentir que, ante lo que consideran injusticia, es Dios quien les ordenaría hacer lo que hacen. Si es que fueron ellos. Esos chicos, con el correr de los años, bien podrían estar arriba en la pirámide fascista.

    Pero lo mejor es que Haneke no da nada por sentado, ni siquiera muestra la violencia. Presenta los prolegómenos y las consecuencias de esos actos criminales, desnuda la asfixia del ambiente. El director de Caché- Escondido escribe casi monólogos que el pastor tiene con sus hijos, denota la violencia verbal y psíquica en alguna pareja, connota pero no muestra un incesto o castigos corporales.

    La utilización del blanco y negro refuerza el sentido de desesperanza. Hay imágenes realmente bellas (la cosecha en el campo) e imponentes (el incendio), pero donde la monocromía lastima más a los ojos es en esos planos que el director le dedica a los niños acusados o abusados, que llevan esa cinta blanca atada al cabello o en un brazo para recordarles lo que es la inocencia y la pureza.

    La brutalidad que acecha desde el fondo del alma de los habitantes de este pueblito rural aparentemente idílico puede explotar en cualquier momento. La angustia que se instala en el espectador en más de un momento hacen que la visión de La cinta blanca incomode, pero también nos deje pensando mucho después de terminar su exhibición.
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  • Nuevamente Amor
    Juramento hipocrático

    Aaron Eckhart es un viudo autor de un libro de autoayuda. Y como conoce a Jennifer Aniston...

    Hay quienes se confunden, cuando se trata del género romántico, al establecer las bases para erigir un drama o una comedia, entonces, romántica. Si el asunto se pone espeso, es drama. Si da para la risotada, con un par de personajes adláteres de los protagonistas -el de él, por lo general es gordo, el de ella, es despistada o tiene salidas ingeniosas; ambos, por supuesto, son solteros y/o divorciados-, estamos ante una comedia.

    Pero con Nuevamente amor nos encontramos con una historia que pinta dramón -un autor de un exitoso libro de autoayuda, que perdió a su esposa en un accidente automovilístico-, pero como cuando Burke se cruce con Eloise la cosa dará para la sonrisa, sería ésta una comedia dramática romántica.

    Aclarado el punto, vayamos a algo más importante: un hombre y una mujer se pueden conocer en las situaciones más incómodas o increíbles, pero un guión puede resultar cómodo o creíble si solo si quienes lo interpreten tengan un aura que genere empatía con el espectador.

    Si no, fueron.

    Aaron Eckhart ya tenía una buena carrera mucho antes de interpretar al fiscal de distrito Harvey Dent en Batman: El Caballero de la noche, y aquí también juega a ser Dos Caras. Deprimido, no sonríe, bebe vodka y no toma ascensores aunque tenga que subir veinte pisos, pero se muestra completamente diferente a la hora de aparecer ante sus fans. Burke se ha convertido en un hombre best seller, da talleres de autoayuda para gente que, como él, han perdido seres queridos. Pero es una pantalla hipócrita.

    Eloise también viene de una pérdida, pero no tan irreversible. Descubrió que su pareja la engañó con otra, pero a las 48 horas ya sale con Burke. Como Eloise es interpretada por Jennifer Aniston, no importa que, como florista que es, se la pase con palita y tierra, o jarrones horrendos: ella está siempre impecable, cambiando de modelo, peinado y accesorios en el vestuario. En algún momento algo tiene que pasar entre los dos personajes, y pasa. Pero como el protagonista es Burke, y Eloise entra y sale de la historia como del vestidor de su casa, todo pinta más dramático.

    Nuevamente amor habla, sí, de las nuevas oportunidades, y de cómo hay que sacar afuera el dolor para poder afrontar el futuro medianamente con entereza y, si cabe, buena fortuna. Eckhart lleva adelante el personaje más cambiante (Aniston cambia, pero sólo de camisa), es el hombre que ayuda pero no sabe cómo ayudarse. En el elenco está Martin Sheen, que a años luz de su "Saigon... shit" de Apocalypse Now compone al ex suegro de Burke, y John Carroll Lynch -eterno secundario- es el constructor al que se le murió un hijo. Sus enfrentamientos con Burke son los únicos momentos de tensión. El resto, relax.
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  • Crisálidas
    Ni gusanitos ni pobres mariposas

    Historia coral, de cinco trabajadoras de un taller textil pueblerino.

    Hacer cine con buenas intenciones, está visto, no alcanza. Crisálidas tiene un muy lindo título, producto de una buena idea, pero la imaginación ha quedado resumida allí.

    El protagonismo de la película está repartido en cinco personajes, cinco mujeres que trabajan en un taller textil en un pueblo del interior. Cada una tiene su problemática, pero lo que las emparenta es algo más que la convivencia mientras cosen: vidas opacadas por la rutina, la escasez de oportunidades, la falta de afecto.

    Los conflictos se desatan de manera autónoma, y la película se detiene en una y otra, yendo y viniendo de manera dispar y con distintos grados de interés, algo evidente desde el vamos.

    Desde hace más de diez años que Cine con vecinos, con base en Saladillo, viene produciendo filmes con actores profesionales y no actores. El año pasado se estrenó El último mandado, de los mismo directores de Crisálidas, y si bien Julio Midú y Fabio Junco (egresados de la escuela del INCAA) demuestran mejor pericia en el armado de la trama, hay situaciones planteadas que llevan al descrédito (la subtrama de Sofía, soltera y que se inventa un novio).

    También se nota demasiado quiénes cuentan con antecedentes profesionales -Viviana Esains (Mercedes) y Florencia Midú (Ana)- y quiénes actúan con ganas.

    El tesón puesto de manifiesto es válido, el camino es el correcto, pero sería injusto pedirle a Crisálidas más que lo que puede ofrecer.
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  • Recuérdame
    Pattinson, carne de diván

    El galán de "Crepúsculo" se prueba en un rol dramático.

    A todo actor al que el éxito le llegó de la mano de una superproducción hiperpopular también le llega el momento de probarse a sí mismo y demostrar realmente qué es aquéllo para lo que es capaz. El londinense Robert Pattinson (23), que es conocido por Edward en la saga Crepúsculo, decidió seguir en la línea romántica, pero mucho más dramática. Y no sólo se atrevió a protagonizar al hermano de un joven suicida en Recuérdame, sino que también puso su nombre detrás de la producción.

    Lo que se dice doblar la apuesta.

    Pero Pattinson no es el único. La australiana Emilie de Ravin (Claire Littleton en Lost) también se la juega con un personaje sufriente: de niña, en un andén del subte, ve cómo asesinan a balazos a su mamá.

    Pero Recuérdame es más que el encuentro de dos almas en continua pena que se conocen en un encuentro más o menos forzado. Es que si Tyler se lleva horrible con su padre divorciado (Pierce Brosnan) desde la muerte del hermano, Ally tiene una relación peor con su padre policía (Chris Cooper, más que habituado a papeles agrios desde Belleza americana).

    En síntesis, Tyler y Ally pertenecen a familias destrozadas por la muerte trágica de alguno de sus miembros, que los marcará de por vida... hasta un final igualmente trágico.

    Recuérdame es de las películas en las que las redenciones están a a la vuelta de cada esquina o página del guión. Con personajes que rondan los veinte años y aún tienen arranques de adolescentes -el público al que está destinada en primer término-, lo llamativo es que Pattinson optara por un drama romántico, con más drama que amor.

    Allen Coulter, que hace su primera película tras un vasto background en la TV, supo orientar a Pattinson, quien esta vez no muestra su rostro atribulado con los ojitos entrecerrados. Con algunos papeles totalmente desdibujados -el de Lena Olin, como la madre de Tykler, y el de su nueva pareja son ceros a la izquierda, o el del compañero de departamento de Tyler, todo un clisé del gracioso-, salva lo suyo Ruby Jerins como la hermanita de Tyler, sufrida y maltratada por sus compañeritas de colegio.

    Las fans de Pattinson, de parabienes, se encontrarán con un drama como Hollywood no suele atreverse a hacer.
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  • Una noche fuera de serie
    Cuando uno más uno no es dos

    Steve Carell y Tina Fey están desaprovechados en el filme.

    El proyecto sonaba atractivo. Porque tanto Steve Carell como Tina Fey son dos muy buenos comediantes. Surgidos en la televisión estadounidense, él aún en The Office, ella en 30 Rock, o ambos en distintos momentos en Saturday Night Live, cuna de talentos humorísticos. E inclusive ellos se han destacado al escribir sus propios libretos -en particular Fey en SNL.

    Pero no. En Una noche fuera de serie el humor, cuando hay situaciones que rondan la sonrisa, no es original ni inteligente, sino tirando al doble sentido más básico y ramplón. Ni siquiera en los créditos, con los outtakes, las tomas que quedaron afuera por distintos errores, motivan una mueca.

    Los Foster, Phil y Claire, son un matrimonio aburrido de New Jersey que van a cenar a un restaurante top en Manhattan, sin reservaciones. Y aprovechan que los Tripplehorn no aparecen al llamado de la maitre, se hacen pasar por ellos y se sientan a degustar el menú.

    Comedia de situaciones entre absurdas y equívocas, los Tripplehorn estaban chantajeando a un fiscal de distrito, por lo que unos policías que trabajan para un mafioso están tras ellos para que les den la prueba que incrimina al funcionario. Y así a los Foster les pasa más o menos de todo, y más o menos todo lo que usted ya vio en infinidad de comedias de este estilo, o algo parecido.

    La película del director Shawn Levy se asemeja más a su Recién casados que a Una noche en el museo o Más barato por docena. Lo que tuvo en cuenta, y termina a su favor, fue la selección para cubrir papeles secundarios a unos cuantos famosos, que no vamos a revelar aquí, porque el espectador se perdería el efecto sorpresa.

    Una noche fuera de serie pudo ser un nuevo vehículo para potenciar aún más a Carell y dar a conocer a Fey al gran público fuera de los Estados Unidos. Pero el resultado es tan poco afortunado que como consuelo queda verlos en la tele, donde sí exponen sus mejores recursos.
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  • Contactos de cuarto tipo
    Los sospechosos de siempre

    Gente de-saparece en Alaska: ¿Fabio Zerpa tenía razón?

    Si hay algo interesante en Contactos de cuarto tipo es la duda que implanta en el espectador que se atreve a mantener los ojos abiertos, acerca de lo que es real y lo que es ficción. Cuánta es su capacidad de creer en lo que le cuentan.

    Bah, si es o no un ingenuo.

    La misma actriz Milla Jovovich abre la película diciendo a cámara "Yo soy Milla Jovovich, e interpreto a la doctora Abigail Tyler". Más tarde, se la dejará picando al espectador, que a estas alturas ya abonó su entrada: "Ustedes decidirán qué es cierto y qué no".

    Resumiendo: en Nome, Alaska, la mentada Abigail es una psicóloga que ha quedado muy desmejorada luego de que su marido fallece (según ella, alguien lo apuñaló en la cama mientras los dos estaban durmiendo), y luego comienza a encontrar pistas en los relatos de sus pacientes, todos en estado de hipnosis, y con alteraciones en los sueños, acerca de algo extraño, un búho incluido en las ventanas como imagen recurrente.

    El director (que "interpreta" a quien entrevista en la realidad, no en la ficción, a la supuesta Abigail) da vueltas hasta que, en cierto momento, da a entender que todo esto es producto de la abducción de varios ciudadanos de Nome por parte de extraterrestres.

    Creer o reventar.

    En la película confluyen, entonces, dramatizaciones y "escenas de archivo", grabadas con cámara de video que, cada vez que pasa algo extraño -alguna levitación, algún ataque- pierde el equilibrio y todo se torna borroso. Y más: una extraña vos gutural habla en una lengua indescifrable.

    El combo parece similar a El proyecto Blair Witch y la más reciente Actividad paranormal. Lo dicho más arriba: los que crean que lo que están viendo tiene un viso de realidad, se tragarán todo y se asustarán de lo lindo. Ahora, los que descubran que nada de lo que se ve se filmó en Alaska sino en Bulgaria, en Columbia (Canadá) y en California, tal vez empiecen a mirar con cierta extrañeza a los sospechosos de siempre.
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  • Séraphine
    Séraphine
    Clarín
    La menos pensada

    La vida de la sirvienta que se convirtió en expresión de la pintura naif, con actuaciones memorables.

    De rodillas, Séraphine friega los pisos. Ronda los 50 años y lo hace con ahínco, hasta se diría que con ganas. Las mismas con las que, también arrodillada, pinta sobre un lienzo en la habitación que en Senlis, un pueblito a 40 kilómetros de París, debe dos meses de alquiler. Corren los años '10 y, quebrando todos los prejuicios y superando las burlas que nunca le importaron demasiado, Séraphine Louis se convirtió en una artista.

    Basada en la historia real de quien luego sería conocida como Séraphine de Senlis, se gana la vida como puede. Y pinta con lo que tiene a mano: ella misma fabrica los colores, con la cera derretida de las velas, la sangre en que se encuentra un hígado, algunas raíces de un riacho.

    Es que Séraphine pinta no por dinero, aunque cuando por primera vez sube a un automóvil, sueña con el que se comprará cuando sea famosa, sino que expresa en los lienzos con su mirada naif lo que su ángel guardián le dicta. Su obra tiene mayormente arreglos florales llenos de fantasía o se nutre de naturaleza muerta.

    Emotiva, con una interpretación mayúscula de Yolande Moreau, Séraphine es el retrato de un personaje solitario, recortado entre el comienzo de la Primera Guerra Mundial -en gran parte-; luego en 1927, cuando Wilhelm Uhde (Ilrich Tukur, de Amen, de Costa-Gavras), el crítico y coleccionista alemán que rentaba la pieza que limpiaba la artista, que emigró a su tierra al empezar la Guerra regresa y la reencuentra; y años más adelante, cuando la salud de Séraphine desencadene el drama.

    Séraphine tiene su ritmo, impuesto por el director Martin Provost. Tras una primera parte de presentación, hacia el final desbarranca casi abruptamente. La belga Moreau (la portera de Amélie, Sin techo ni ley, de Agnès Varda) tiene una expresión exacta para cada estado de ánimo de su personaje. Rústica, simpática, entrometida o tímida, su Séraphine es una ilustración compleja de una mujer con un mundo propio. No hubiera estado mal caracterizarla mejor según pasan los años.

    Multipremiado, ganador de 7 César, es un título que engalana a la cinematografía francesa.
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  • Hermanos
    Hermanos
    Clarín
    La mujer del medio

    Remake made in Hollywood de la potente película danesa, con un poderoso elenco.

    Si hay algo que el cine danés ha hecho, y con lo que se ha ganado defensores y detractores a ultranza, es examinar las relaciones de pareja y familiares hasta deshilacharlas. Todo parece estar podrido en Dinamarca, de acuerdo a las obras de Lars Von Trier, Thomas Vinterberg y Susanne Bier, de quien el irlandés Jim Sheridan abordó Hermanos para una remake made in Hollywood, con un elenco poderoso.

    Tal vez nunca mejor utilizado el término remake para referirse a lo que el realizador de Mi pie izquierdo hizo con el original de 2004. El propio director lo ha manifestado: hay escenas que son un calco desde las puestas de cámara, los diálogos. Lo que le falta a esta historia del soldado que vuelve de la muerte y se encuentra con (o, mejor, cree) que su hermano lo engañó con su esposa es la potente intensidad y el dramatismo que alcanzaba la película de la directora de Corazones abiertos.

    Hasta la guerra a la que parte Sam (Tobey Maguire) es la misma: Afganistán. Poco antes de ir al frente, su hermano (Jake Gyllenhaal) sale de prisión. Cuando el helicóptero en el que viaja Sam sea derribado y las patrullas no encuentren rastros de su cuerpo, el Ejército lo dará por muerto. Y la esposa (Natalie Portman) y sus hijitas poco a poco irán encontrando consuelo en el cuñado y tío.

    Pero Sam no murió, sino que fue capturado, torturado y regresará a casa tras haber vivido en carne propia un hecho que le revuelve las tripas y cuestiona su ética.

    No era -ni es ahora- Hermanos una película sobre la moral. Sheridan prefiere descansar en las miradas y algún diálogo alrededor de una mesa para marcar los frentes de conflicto, y a veces, extralimitarse.

    Habiendo chicos de por medio, toda la historia va tomando ribetes que nunca llegan ni a codearse con el patetismo, pero que rondan la catástrofe que se avecina.

    Donde Sheridan vuelve a hincar el diente es en la familia. El padre de Sam, interpretado por Sam Shepard, es un modelo rústico de militar y pater familiae patriótico y machista. Si Maguire sorprende en un rol completamente alejado a todos los que le vimos al a esta altura ex Hombre Araña, es la ductilidad y sutileza con que Portman se entrega a Grace lo que ayuda a que Hermanos llegue a buen puerto. Gyllenhaal sabe cómo jugar a la ambigüedad, aunque el borrachín a veces le salga excedido etílicamente.
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  • La mosca en la ceniza
    Adiós a la inocencia

    Gabriela David aborda el flagelo de jóvenes prostituidas, sin subrayados.

    No es la primera ni será la última vez que el cine refleje el drama y el engaño en el que caen las jóvenes del Interior que llegan a Buenos Aires seducidas por un trabajo bien remunerado haciendo limpieza y terminan encerradas y explotadas en un prostíbulo. Pero Gabriela David le ha encontrado una vuelta en su guión, y dentro del encierro de la casona en la calle Agüero construyó relaciones, marcó ingenuidades en la protagonista, Nancy (María Laura Cáccamo) y no cayó -jamás- en el subrayado ni la condescendencia a sus personajes.

    Si hasta el agobio de La mosca en la ceniza lleva a recordar algunos momentos de Crónica de una fuga, de Adrián Caetano.

    Nancy y Pato (Paloma Contreras) son llevadas con el anzuelo de recibir buena paga y poder ayudar a sus casas. Amigas desde la infancia, de familias numerosas, hay muchas bocas por mantener y si Nancy primero duda, finalmente ella y Pato caerán en la trampa. Una trampa difícil de sortear.

    Uno puede temer por la suerte de Nancy, quien es inocente en extremo, y llega a pensar que el mozo del restaurante de enfrente (Luis Machín), que pasa a su ser su cliente, la quiere de verdad y la liberará de la esclavitud. Y también creer que Pato, que no acepta ser prostituida y es maltratada, terminará como muchos casos policiales lo reflejan. Pero en buena parte nada es como parece, y David vuelve a acertar en las líneas de fuga del guión, con un doble final en el que suelta escepticismo.

    Ya en su debut en la realización, con Taxi, un encuentro (2001), Gabriela David se mostraba atenta a la construcción de personajes inmersos en una ciudad que era referente y parte fundamental en las reacciones del ladrón de taxis y la chica protagonista. Ahora casi no hay exteriores, pero cada vez que la cámara salga del prostíbulo lo hará para reflejar el distanciamiento entre la gente, alguna solidaridad y básicamente la falta de comunicación.

    Podría también creerse que, siendo mujer, el tema del sometimiento tendría una mirada feminista. David, antes que feminista, es sensible.

    El mayor peso de la trama recae sobre Cáccamo, toda una revelación, que logra credibilidad hasta en la suerte de monólogos que tiene, los que demuestran la ingenuidad de su personaje. Hay personajes más estereotipados, como otras adolescentes, la madama y el hombre encargado de la seguridad, pero son Contreras y Machín quienes más destacan en un elenco parejo.

    El simbolismo de las moscas que Nancy atrapa y guarda en frascos con agua en distintos momentos de la película es sólo una mirada poética dentro de un filme de una gran factura técnica al que un mayor nervio y tensión hubieran ayudado a sobrellevar algún clisé y constituirse en gran obra.
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  • Como entrenar a tu dragón
    Mi mascota favorita

    Agradable sorpresa del estudio que hizo "Shrek": aventura atrapante y con humor.

    A veces entrar a al cine a ver una película para la cual no se tiene expectativas puede terminar siendo una más que agradable sorpresa. Y sin querer arruinarle al lector tamaño placer, no queda otra que recomendar Cómo entrenar a tu dragón, que si no es un oasis en medio de tantas producciones animadas en 3D en las que la historia que se cuenta es mínima y todos los cañones apuntan a los efectos tridimensionales, le pasa raspando.

    Detrás de cámara está la dupla que dirigió Lilo & Stitch, una comedia estrambótica que allá por 2002 remozó el tipo de humor que tenía la factoría Disney, juntando a una niña hawaiana, criada por su hermana, y un extraterrestre. Aquellos padres que recuerden el rostro de Stitch advertirán que el dragón Furia nocturna debe ser un pariente cercano. Y la trama de este filme, que se estrena acá antes que en los EE.UU., también relaciona a un niño diferente, aquí hijo de Estoico (!), líder de una tribu vikinga en una isla, con el bicharraco del título.

    Y como en Lilo & Stitch, también el animalito debe congeniar en un ámbito que no le resulta natural. Si Stitch es una mascota un tanto, por no decir del todo, anárquica, Furia nocturna llega a la isla con una fama inédita -nadie lo ha visto, pero se sabe que es el más mortífero de todos los dragones que acechan la isla- que terminará trastocada cuando Hipo (!), el joven flacucho que quiere combatir dragones pero no lo dejan, descubra que estos reptiles son más dóciles que Lassie si se los trata como corresponde.

    Tanta mención a aquel filme no debe hacer creer que Cómo entrenar a tu dragón no tenga originalidad, sólo se apuntan rasgos en común. La relación padre-hijo está tan bien planteada y dosificada como la que entabla Hipo con su mascota. La fiereza de Estoico es proporcional con la de Chimuelo, como bautiza el joven a Furia nocturna, a quien Hipo capturó casi de casualidad y debido a que le cortó parte de la cola es que el dragón permanece junto a Hipo.

    Es fácil asociarse a la simpatía que despierta la relación dueño mascota, pero la película va mucho más allá, con escenas de combate entre vikingos y dragones muy bien desarrolladas, subtramas, toques de humor y sensibilidad. Los personajes secundarios son más que acompañantes, incluida Astrid, la rubia vikinga que se entrena junto a Hipo para pelear con los dragones, y Bocón, el entrenador a quien un dragón le comió una pierna y un brazo.

    En síntesis, un excelente programa para diversión de todos.
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  • El libro de los secretos
    Eli, el cruzado

    Denzel Washington cuida un volumen único en pleno Apocalipsis.

    Eli deambula por un territorio desolado, postapocalíptico. Casi no consigue agua, y con quienes pueda llegar a verse, mejor no cruzar palabra, porque Eli es precisamente un cruzado que lleva en su mochila el Libro del título, que defiende con sable, puntapiés, golpes de puño o lo que tenga a mano.

    Eli no se llama a sí mismo un Elegido, pero sabe que ese libro, el Libro, que una voz le dijo hace tiempo que debe llevar al Oeste (¿para hacer la película en Hollywood?) es casi imprescindible para que sobreviva la humanidad. Y si Carnegie, con toda la maldad y los tics que Gary Oldman impone a los perversos, de El perfecto asesino a esta parte, está buscando el libro, por algo será.

    Denzel Washington tiene esa presencia y esa prestancia que le da la ambigüedad necesaria para que cuando empiece una película, uno se pregunte si interpretará al bueno o al malo de la película. Aquí claramente es el bueno, aunque sanguinario defensor de quienes sufren al costado de su camino. "No te apartes del camino", se dice así mismo. Pero cual buen samaritano, no puede.

    Por lo general, en la nueva película de los hermanos Hughes (aquéllos que despacharon Desde el infierno, con un Johnny Depp pasado de droga) tiene que ayudar a mujeres. Principalmente a la bonita Solara (Mila Kunis, de That '70s Show), hija del personaje ciego que interpreta Jennifer Beals, quien a 27 años de Flashdance no se muestra tan atlética: Gary Oldman la maltrata que da miedo.

    Eli es una suerte de cowboy que llega a un pueblo no diríamos fantasma, porque todo por allí tiene aspecto fantasmagórico, pero que es el salvador. Guerra nuclear de por medio, esa idea de desprotección y de un futuro sin futuro se hace carne en el espectador, aunque algunas incongruencias del guión -pavadas- no nos hagan olvidar que estamos viendo un filme de Hollywood.
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  • Número 9
    Número 9
    Clarín
    Trapito

    Producida por Tim Burton, unos muñecos de arpillera son la esperanza en un mundo devastado.

    Cuando abre los ojos, 9 no entiene absolutamente nada. Estamos observando, en verdad, su nacimiento. Pero no tiene apariencia humana, aunque sentimientos. 9 parece hecho de arpillera, con pedazos de madera tallada y cobre moldeado. Es la creación de un hombre, que ha fallecido, y antes le ha bordado ese número en su "cuerpo", y tiene casi la obligación de salir a un mundo exterior devastado, a ver qué pasa.

    Es que cuando el mundo tira para abajo, o se está acabando, alguien tiene que seguir.

    Número 9, producida por Tim Burton, tiene toda un aire retro. Pero es algo que va más allá del diseño artístico, los automóviles desvencijados, las chimeneas humeantes, el hollín. Se respira en el relato la solidaridad propia de los filmes estadounidenses posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en los que en plena Guerra Fría los ataques extraterrestres servían para unir ante la invasión externa. Aquí los trapitos -9 es precisamente la novena creación de un científico, cuyos hermanos tendrán características bien definidas- deben actuar y rápido ante el accionar de las máquinas, que han aniquilado a la humanidad y están a punto de apoderarse de la Tierra.

    Hay muchas referencias religiosas -los muñecos trapitos enfrentan primero a la Bestia, antes que a la Máquina, y 9 descubre que todos se refugian en una catedral, con 1 al frente de los trapitos, asumiendo el rol del conductor, cual Papa. "Todo grupo debe tener un líder", expresa 1, pero ¿qué pasa si está equivocado?

    Hay quienes dan todo por el otro, sin mediar consecuencias. Si bien es cierto que los 79 minutos que dura Número 9, se nota, están algo alargados, con varios finales -la historia estaba contenida en un cortometraje, con el que el director, por entonces alumno de la UCLA, llegó a una nominación al Oscar-, el optimismo que muestra 9 es admirable y digno de imitar por los espectadores más jóvenes. Hay escenas algo violentas, por lo que no es recomendable para los más chicos, y algo del universo de El joven Manos de Tijera, como homenaje o simple muestra de influencia. Tiene todo para ser un filme de culto.
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  • Paco
    Paco
    Clarín
    Cuando mucho es sumamente poco

    El filme que protagoniza Tomás Fonzi se abre en subtramas que no crecen.

    Hay veces en las que con las buenas intenciones no alcanza. Paco las tiene, al igual que un elenco con mucho renombre y un equipo técnico envidiable. Pero tal vez haya sido esa diseminación de buenos intérpretes en más de una decena de personajes lo que atente contra la homogeneidad del relato, el afianzamiento de una idea rectora.

    Es que hay tantas subtramas o personajes que empiezan con fuerza y terminan siendo casi episódicos -como el que compone Sofía Gala Castiglione- que el espectador siente ya cuando promedian las más de dos horas de proyección que depositó tal vez demasiado interés en una historia que no ha de crecer.

    El protagonista es Francisco (Tomás Fonzi), hijo de una senadora (Esther Goris), que consume paco y lo apodan, vaya paradoja, Paco. La madre hará lo imposible por lograr que su hijo quede internado en una institución, que regentea el personaje de Norma Aleandro, junto con el de Luis Luque, y donde se mezclan más que combinan las historias de otros internos y sus familiares.

    Entre los muchos temas que Paco intenta abordar está la corrupción ("Si es una oportunidad política, la pienso aprovechar", dice la senadora Blank, quien desembucha sin vueltas que puede conseguir subsidios para la institución, cuando descubre que no quieren admitir a Paco), el abuso a los adictos, las relaciones quebradas, los padres y madres ausentes, y más.

    No son las imágenes "fuertes" -hay quien, se sugiere, se inyecta en el pene, violaciones varias- las que generan distanciamiento con el espectador, sino algunos diálogos explicativos ("Es contra la drogadicción, no el narcotráfico") donde el filme de Diego Rafecas no termina de encender el entusiasmo.
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  • Los últimos días de Emma Blank
    Dinero por nada

    El filme holandés habla de la codicia familiar.

    El cine, la literatura y el teatro han dado cuenta de familias nada convencionales, con secretos mejor o peor ocultos, pero la de Emma Blank sí que se las trae. Cuando un señor de traje llama a un personaje en la cocina, chasquea los dedos y mira hacia abajo, como si se tratara de un perro. En efecto, el hermano de Emma oficia de mascota. Y el mayordomo -el hombre de traje- es su esposo. Y la sirvienta es su hermana, el jardinero, su sobrino, y la mucama, su hija. ¿Es que están todos locos en Holanda?

    Lo peor es que no se trata de ningún juego. Los últimos días de Emma Blank se centra en el personaje del título, una mujer que ronda los 60 y que da indicios de estar gravemente enferma. Por la casa que habita uno imagina que la familia ha tenido un buen pasar. Y poco a poco el director Alex van Warmerdam permite intuir, cuando no se hace explícito en algún diálogo, que la relación de entre Emma y sus humillados parientes se basa en la explotación -al hermano perro lo manda a excretar al jardín, y su sobrina junta lo que hace con una palita- y en que la señora tendría una importante herencia para repartir entre sus futuros deudos.

    Combinación de comedia, absurdo y ridículo con un drama potente, la nueva realización del director de Ménage à trois dejará con la boca abierta a más de uno. No tanto por cómo puedan identificarse con alguno de los personajes -algo que no es sencillo, y si lo fuera, habría que tener coraje para admitirlo-, sino por el grado de codicia puesto de manifiesto por todos.

    Como las acciones transcurren prácticamente en el interior de la casa, con esporádicas salidas de la hija hacia la playa o la laguna, el relato guarda ciertas similitudes con una obra teatral, casi de cámara. Pocos personajes, mucho diálogo, pero bastante es lo que acontece dentro de esas cuatro paredes pintadas de negro por fuera.

    Los últimos días de Emma Blank es el tipo de película que no se podría sostener sin actuaciones sólidas. Y vaya que las tiene. Emma es Marlies Heuer, y quien juega el rol del perro es el mismísimo director. Por qué se habrá quedado con tal papel es materia opinable, o hasta para que lo dilucide un psicoanalista.
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  • Al filo de la oscuridad
    Gibson, un padre de armas tomar...

    Mel Gibson vuelve a actuar tras ocho años, como un policía que investiga la muerte de su hija.

    Mel Gibson ha vuelto a la actuación en Al filo de la oscuridad con un papel que en buen grado sorprende. No porque sea un policía, no porque vea conspiraciones a su alrededor, no porque su detective busque la venganza. Esos tres parámetros hacen -hicieron- al personaje Gibson en las pantallas durante parte de los años '80 y '90. Gibson sorprende porque supo ponerle a Thomas Craven un rasgo de cordura, una cuota de verosimilitud que en sus intempestivas y atropelladas interpretaciones de antes no solía frecuentar.

    No le dura la paz más que unos minutos a Tom Craven. En la puerta de su casa asesinan a quemarropa a su única hija, Emma (Bojana Novakovic), quien venía a visitarlo. Lo primero que piensa el policía es que la bala tenía por destinatario a él, por alguna vieja cuestión pendiente en las calles de Boston. Pero no. A poco de iniciar la investigación descubre que el blanco era Emma, una activista con algo parecido a una doble vida, y que una corporación tuvo que ver con el "asunto".

    Por "asunto" entiéndase un caso de corruptela en el que distintos personajes de órbitas gubernamentales están metidos hasta el cuello.

    Como se advertirá, nada demasiado nuevo bajo el sol de Boston. Es que Al filo de la oscuridad tampoco pretende descubrir el fuego. Es un relato clásico, y de no ser por la violencia gráfica de disparos, sangre y muerte, podría pasar por cualquiera de las realizaciones de los años '70, de Don Siegel para acá.

    El realizador neozelandés Martin Campbell, que fue quien renovó la saga de Bond en dos períodos distintos (GoldenEye, Casino Royal) y que también había dirigido la miniserie británica original, de 1985, trasladó la acción a los Estados Unidos y se mueve con sigilo, digita los pasos de un casi omnipresente Craven y construye su trama sin develar demasiado. El bueno es buenísimo -hablamos de bondad y de moral, no tanto de sus procedimientos ni de su sagacidad-, los malos son malísimos, y Campbell logra que al descubrirse la fachada, lo que quede ante los ojos del espectador sea algo concreto.

    No hay aquí espacio para las humoradas que otrora le escucháramos al Martin Riggs de Arma mortal, porque Craven es un tipo serio. Y solitario, como solían ser los antihéroes de Gibson, y todos los que el buen cine policial y de acción han sabido entrenar a directores que, como Campbell, saben que una buena balacera sirve ahí donde las palabras ya no convencen a nadie.

    Párrafo aparte para Gibson, que tras ocho años aparece más maduro en la actuación, sin perder ese toque mágico que le permite ganar la empatía del espectador. Con Danny Huston (el gélido empresario) y Ray Winstone (un hombre que se mueve por detrás limpiando y/u ocultando evidencias) conforman los lados de un triángulo, sino equilátero, isósceles, teniendo en Gibson la base suficiente para lograr un filme potente y entretenido.
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  • El imaginario mundo del Doctor Parnassus
    La imaginación al poder

    Terry Gilliam ("Brazil") vuelve con aire fresco a sus mejores andadas.

    Por hechos fortuitos, que tiene n más que ver con la distribución de los estrenos en la grilla semanal, (sobre)abundan los títulos en los que la relación padre/hija son el centro de la trama. Aunque en general lidian con la muerte de sus primogénitas (a Días de ira y Desde mi cielo se suma esta semana Al filo de la oscuridad), en El imaginario mundo del Doctor Parnassus el personaje del título es capaz de hacer lo que sea para que el Diablo, con el bombín y bigotito de Tom Waits, no se lleve a su hijita adolescente.

    Pero Parnassus está rodeada de otras cuestiones, que tanto tienen que ver con su trama como con la muerte de uno de sus actores principales, Heath Ledger, por lo que El imaginario. es el trabajo póstumo del último ganador del Oscar como actor de reparto por Batman, el Caballero de la noche. Así, mucha atención del espectador estará en ver al australiano y cómo Terry Giliam resolvió suplantarlo -Ledger murió cuando promediaba el rodaje- por sus amigos Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell.

    Y es más: aquí el director de Brazil se lanza -cuándo no- desbocadamente con un historia fantástica en todo el sentido de la expresión, en la que atravesar un espejo puede significarle a quien lo hago ingresar en un universo mágicamente transformador.

    Gilliam suele hablar en sus filmes de una sociedad que devasta y excluye al diferente. Habrá quienes lo vean con mayor optimismo, pero los protagonistas de los relatos del ex Monty Python suelen estar agobiados en su pesimismo -aunque la peleen- y ser a la larga perdedores.

    Pero hay que tener mil años y enfrentarse en una apuesta con el Diablo.

    Parnassus lleva su carromato por Londres. Tiene como compañía a su hija, un enano y un joven. La vida vacía de los transeúntes que se le cruzan cambia radicalmente si atraviesan ese espejo. Y Tony (Ledger) lo descubre, luego de ser rescatado de una horca en un puente sobre el Támesis. Tony, agradecido, quiere que al Dr. Parnassus le vaya mejor que como le va, al menos en lo económico. Cuando el espectador se entere de que el longevo personaje necesita conseguir cinco almas antes de que Valentina cumpla años, ya Terry Gilliam habrá tirado toda la carne sobre el asdor.

    Y el asado resulta un festín, nada del todo esperable viendo lo que fueron las últimas realizaciones del ahora ciudadano británico. Pero junto a uno de sus coguionistas de Brazil, Charles McKeown, parece que Gilliam encontró aire fresco. A su reconocida imaginación esta vez le pudo sazonar cierta cuota de lirismo y un diseño de producción que maravilla. Del otro lado del espejo hay mucho efecto especial y animación computarizada, es cierto, tanto como que uno espera como un niño que Tony o quien sea cruce el espejo para disfrutarlo.

    Con algunos recortes y retomas, Gilliam solucionó la ausencia de Ledger: cada vez que Tony pasa por el espejo, en ese mundo paralelo, cambia su rostro. Entonces tendremos tres Tonys más: Depp, Law y Farrell. Quien no sepa nada de la muerte de Ledger, tampoco extrañará el cambio: la historia es tan alocada y aceitada que permite todo tipo de dislates, soportados por la lógica gilliamista: suelta tu imaginación, y si no logras tu própsito, al menos lo habrás disfrutado.

    De eso se trata.
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  • Desde mi cielo
    Mi vida sin mí

    Peter Jackson eligió privilegiar la relación entre el padre y su hija asesinada en su emocionante adaptación.

    Ya le había sucedido a Peter Jackson antes de estrenar la primera parte de la trilogía de El Señor de los Anillos. Fans de Tolkien de todo el mundo lo atacaban en Internet sin haber visto una imagen en movimiento de La comunidad del Anillo. Al adaptar Desde mi cielo, el best seller de Alice Sebold publicado en 2002, al neozelandés le llovieron críticas de lectores de la novela ... pero esta vez, tras ver la película.

    Mejor, parece, si se quiere disfrutar el filme, es llegar al cine sin haber leído la novela. Como suele suceder.

    Jackson, así, recrea la historia contada por Susie Salmon, esta adolescente de 14 años que, en 1973, es salvajemente asesinada y que luego observa todo lo que sucede en la Tierra desde Ningún lugar, como lo define Peter Jackson, y que la propia Susie lo ponía en estas palabras: "el horizonte azul entre el Cielo y la Tierra".

    Cada uno tomará el filme desde la visión que prefiera. Por un lado está el thriller, la pesquisa tras Harvey, el vecino que violó y asesinó (en la novela; en la pantalla lo que le sucede a Susie, la muerte inclusive, no está explícita), con los denodados esfuerzos del padre de la víctima (Mark Wahlberg) por hallar un culpable, y también el cuerpo de su hija.

    Pero por otro -y tal vez el que le cuestionan quienes amaron el libro y no la película-, está la intensa relación afectiva, los bones, huesos, o lazos que unen a Jack, el padre, con Susie, y que para Jackson son más fuertes que nada. Hasta que la muerte.

    La película tampoco tiene una construcción sencilla, porque la narración va y viene en el tiempo, hay personajes que tienen ciertos dones que no vamos a develar, y otros que en apariencia quedaron algo relegados -el de la madre, interpretado por Rachel Weisz-.

    Pero allí donde el director no podía dar ninguna nota en falso es donde Jackson acierta dos plenos. El primero es en la selección de Saoirse Ronan, la neoyorquina de 15 años que asombró en Expiación, ahora en un papel diametralmente opuesto. Susie es la ingenuidad, la candidez, ofrece la sana seducción de la pureza, y a través de sus ojos es que Jackson construye un universo de infinita imaginación -la escena en la costa, con las embarcaciones embotelladas es bellísima-. Al fin y al cabo, Weta, su compañía de efectos especiales, para algo está.

    Y la otra es haber elegido a Stanley Tucci como el asesino. Casi irreconocible, el actor de Big Night compone desde cada mínimo gesto al personaje con más carnadura de la película, que sabe emocionar allí donde otros serían un clisé.
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  • Percy Jackson y el ladrón del rayo
    Mito a la griega

    Nace una nueva saga, tipo Harry Potter.

    Había una vez un niño, hijo de padres con poderes (magos, bah) cuyas historias fueron best seller y su traspaso a la pantalla grande no tardó en convertirse en éxito. A la saga de Harry Potter le sucede otra, la de Percy Jackson, otro hijo de al menos un padre superpoderoso, tanto que es Poseidón. Como su madre es humana -de acuerdo a los parámetros HP Percy sería como Hermione- nuestro héroe es un semidios, y sin advertirlo primero, y convencido de que buena parte del futuro de la humanidad depende de él, se pone a la carga.

    Producida y dirigida por el mismo productor y director de las dos primeras películas de HP, Chris Columbus, Percy Jackson y el ladrón del rayo no crea su propia mitología sino que se nutre de la griega. Allí está Poseidón, peleando con su hermano Zeus, a quien alguien le ha robado su poderoso rayo. El joven, que es disléxico, tarda un poco en darse cuenta de que un profesor en sillas de ruedas y su compañero de estudios son en realidad figuras mitológicas: un centauro (Pierce Brosnan) y un sátiro -a no asustarse que la película es ATP-. Con el sátiro Grover y la hija de Atenea, Annabeth, Percy recorrerá etapas a lo ancho de los Estados Unidos para recuperar el rayo, porque sino, no volverá a ver a su mamá humana.

    Sabiendo que Columbus estaba detrás del proyecto, era esperable la superproducción, el ritmo vertiginoso y los efectos especiales, tipo HP y Narnia. Todo ello está, sumado -igual que en HP- a un elenco lleno de estrellas en papeles secundarios como es el caso Uma Thurman, que como Medusa es capaz de dejar tieso al más pintado. No está nada mal que los niños y jóvenes se acerquen a la mitología desde el cine, con Hades, Hidra, Caronte, más minotauros y dioses del Olimpo. Hay escenas de violencia, pero no más fuertes que las que sobrevive el mago de Hogwarts, ni la historia es tan oscura como las que imagina J.K. Rowling. Se nota que Rick Riordan, el autor estadounidense de la saga de cinco novelas con Jackson al frente, ha leído los clásicos... o al menos los clásicos de la nueva literatura de aventuras, y su traslado al cine será más entretenida para los adolescentes que para los chicos.
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  • Los hombres que no amaban a las mujeres
    Algo huele mal en una isla de Suecia

    Fiel adaptación del best seller al cine.

    Las expectativas con respecto a la primera novela de Stieg Larsson adaptada al cine eran enormes. El best seller que sigue al periodista Mikael Blomkvist y la hacker punk Lisbeth Salander -y que continuará en dos entregas más, ya filmadas sobre sendas novelas del autor sueco fallecido- tuvo una traslación exitosa. Allí donde Larsson era explícito en cuanto a vejaciones y ultraje, la película de Niels Arden Oplev no se queda atrás. Toda adaptación es compleja, como también le sucedió a Peter Jackson en Desde mi cielo, otro estreno de esta semana, pero está claro que si se apropia de un tema más que de una trama, el resultado puede ser satisfactorio.

    Siendo adolescente, Harriet desapareció en un carnaval. El hecho fue hace cuatro décadas, pero su acaudalado tío no pudo resolver el misterio. Allí entra en juego Mikael, que está lamiendo sus heridas tras ser desprestigiado por investigar un hecho de corrupción. Alejado de la revista Millennium en la que trabajaba, es contactado por el millonario para investigar la supuesta muerte y hallar al asesino.

    Larsson reparte en la novela el protagonismo entre Mickael y Lisbeth, que lo ayuda en la pesquisa, teniendo ambos mucho que refunfuñar en sus pasados. En pantalla, Oplev se entretiene -y bien- en cómo Lisbeth debe sobrellevar el acoso de su tutor legal, que administra sus bienes luego de que haya salido de prisión, por algún hecho delictivo que ya se sabrá. Siendo Los hombres que no amaban a las mujeres la primera parte de la trilogía de Millennium, hasta es bienvenido y necesario contar el background de los protagonistas.

    El suspenso, pese o contando a favor todos los enrevesados de la trama, con tantos personajes y sospechosos, no da respiro en ninguno de los 151 minutos que dura la película. La utilización de los ambientes naturales -la acción transcurre en una isla, no tan siniestra como la de la película de Scorsese por venir, pero hasta ahí nomás- y la puntillosidad en los detalles y las líneas que se van abriendo no hacen más que sumar atractivos.

    Los distintos finales que simula tener el filme -a diferencia de quien lee un libro, que sabe cuándo termina porque le faltan páginas por leer- sí parecen apurados, resueltos a las corridas. Pero allí donde Noomi Rapace (Lisbeth) esté, no hay manera de quitar los ojos de la pantalla. Su personaje termina siendo el mejor delineado, empezando como un arquetipo más de la mujer abusada. Fuerte y polémico, es un filme para mantenerse atento y atado a la butaca.
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  • Los viajes del viento
    Caminante no hay camino...

    Poético y potente filme del colombiano Ciro Guerra.

    Las películas latinoamericanas que recortan en grandes extensiones abiertas a personajes pintorescos y toman fenómenos culturales propios suelen ser muy bien vistas en el universo cinematográfico europeo. Los viajes del viento, que si bien cumple con esa premisa, por lo que fue exhibida en la sección Un certain regard en Cannes del año pasado, va algo más allá. Porque al pintoresquismo que lleva como marcado a fuego, el colombiano Ciro Guerra le supo agregar un grado de autenticidad propio de quien cuenta algo que le es conocido. Bien conocido, y le toca de cerca.

    La historia es simple: un acordeonista y juglar, al sufrir la muerte de su mujer, decide dejar de hacer lo mejor hace y lo que hace desde siempre. Emprende, entonces, un largo viaje hacia el norte de Colombia para llevarle su instrumento "a quien le pertenece", a su maestro. Y si es ésta una película del camino, es también de las que se hace camino al andar en todo sentido. Ignacio Carrillo va caminando desde Magdalena hasta la Alta Guajira, y se le suma un joven (Fermín) que quiere ser músico como él y que lo acompañará en este periplo, donde conocerán gente de todo tipo, todo bien matizado con el vallenato clásico.

    La figura del juglar, mítica, y la relación maestro-alumno padre-hijo nunca deja de estar en primer plano, dejando de fondo aquéllo del paisaje y la Naturaleza. Ciro Guerra -recordar La sombra del caminante, su gran opera prima en blanco y negro- tiene un sentido plástico a la hora de encuadrar la cámara, y opta por algunos silencios -silencios humanos, ya que el agua, el viento o los pájaros están siempre en la columna sonora- que dicen más que algunas líneas de diálogo.

    Dentro de una cinematografía que comienza a despertar, como la colombiana, Los viajes del viento es algo más que un lindo sueño.
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  • Días de ira
    ¿Justicia para todos?

    Gerard Butler venga la muerte de su esposa e hijita por mano propia.

    Días de ira es otro de los títulos que dividirán las aguas entre aquéllos que verán en el filme con Gerard Butler un panfleto gorila a favor de la justicia por mano propia y quienes, tal vez con más ingenuidad, se queden con que es un thriller que expande sus límites hacia un costado no muy aconsejable.

    El director F. Gary Gray, de buen paso con El mediador, y en particular La estafa maestra, en Un hombre diferente tenía al frente al inexpresivo Vin Diesel a quien un capo de la droga mandaba asesinar a su esposa.

    Aquí Gray agrega que el psicópata que entra a robar a la casa de Clyde Shelton no sólo asesina a su esposa, sino también a su pequeña hija. Y el fiscal de Distrito (Jamie Foxx) le hace precio al asesino a espaldas de Shelton: si él acusa a su cómplice, éste tendrá pena de muerte y él quedará libre al poco tiempo.

    Si la película logra desconcertar en un comienzo, es algo similar a lo que sucede con Butler, quien cambia de género como de ropa interior. Fue el rey Leónidas en 300, luego saltó a la comedia romántica, al filme de suspenso con toques de comedia, al filme cómico sexual y ahora es el malo de la película. Porque acá es donde el espectador debe tomar partido: al viudo convertido en asesino serial ni siquiera puede considerárselo antihéroe.

    Lo que sucede es que el personaje de Foxx -el fiscal que con tal de mantener un alto porcentaje de triunfos en la Corte hace y deshace a su gusto, importándole poco que se imponga la Justicia- es igualmente deleznable. Y puestos a elegir, sobre gustos hay demasiado escrito.

    Y así, la película sorprenderá al espectador, pero no por el suspenso si no por alguna escena que se regodea con el gore, inesperadamente muy gráfica.

    Lo que en definitiva plantea Gray es que si el sistema judicial no funciona, ¿es válido que un hombre haga, no ya justicia por mano propia, porque directamente hace un ojo por ojo, y que las víctimas -alguna que otra es inocente- no tengan derecho al pataleo? Shelton quiere dar vueltas el sistema judicial. Su "los voy a matar a todos" no suena simpático y menos aún democrático.

    Días de ira hace de la ficción una bandera, alejándose de toda posibilidad de realidad cuando Shelton sigue masacrando personajes estando encerrado en la cárcel, primero, y hasta en una celda de aislamiento.¿Es que tiene cómplices afuera? ¿Cómo se las arregla?

    Cerebral o visceral, Días de ira es un thriller fuerte por donde se lo mire.
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  • Preciosa
    Preciosa
    Clarín
    Con los ojos llenos de dolor

    La candidata al Oscar es un drama sobre una joven obesa e iletrada, abusada por su propia familia.

    Historias como la de Preciosa, el personaje central del filme, deben multiplicarse por miles, no sólo en el Harlem, en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Drama -dramón- acerca de una adolescente negra, excedida de peso, madre de un hijo con síndrome de Down producto de una violación (de su propio padre), que espera otro bebe -también de su padre-, que es analfabeta y fuertemente abusada por su madre, Preciosa persevera por la vida sabiéndose fuerte por dentro, aunque nadie a su alrededor parezca constatarlo.

    Preciosa ha encontrado una manera de atemperar los abusos, al menos, en su mente. Imposibilitada de decir lo que realmente pasa, inventa un universo en el que las fotos le hablan, por caso, o suelta su imaginación cuando su padre la viola. No hay quien la contenga, hasta que vaya a un colegio especial, donde una maestra (Paula Patton), y luego su asistente social (Mariah Carey) abran los ojos, casi tan grandes como el espectador. Y todavía habrá más.

    Una escena es ciertamente difícil de ver y no sentir ganas de bajar la vista. Es un diálogo, o casi un monólogo en el que la madre abusadora (Mo'Nique, quien seguramente se habrá de llevar el Oscar a la mejor actriz secundaria) da más que innecesarios detalles de los ultrajes a los que se sometía a su hija de pequeña.

    No hay que esconder las verdades, y no por disfrazar los hechos se llega a mejor puerto, pero la violencia de esas palabras -quienes han leído la novela original aseguran que ciertos aspectos, relaciones y hasta el tono se han morigerado- es lo suficientemente terrible como para querer que l que se escucha no sea cierto.

    Preciosa tiene momentos en los que el director Lee Daniels parece tirarle al espectador más y más escombros. El resultado es devastador. Insiste con los planos, refuerza el agobio. Está claro que escena tras escena la vida de Preciosa va cada vez más barranca abajo, y es en los ojos de Gabourey Sidibe -otra de las seis nominaciones al Oscar que tiene el filme- donde mejor se refleja.

    Cada espectador sabrá discernir qué está bien y qué mal en Preciosa, y saldrá del cine respirando profundo. Es una experiencia fuerte, decididamente no apta para todo público.
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  • Andrés no quiere dormir la siesta
    Recordando sin ira

    El filme de Daniel Bustamante usa como telón de fondo los años de plomo para hablar de una familia.

    La mirada hacia el pasado -en particular si se refiere a los años de plomo- siempre es analizada desde la platea por el tamiz de la subjetividad del que vivió esa época. No es el caso de los espectadores más jóvenes, a quienes los relatos aún pueden llevarlos a creer, de un extremo a otro, que confían lo que se les cuenta fue realmente así.

    Andrés no quiere dormir la siesta, en buena parte de su trama, no se propone gritar verdades sino poner de fondo la situación de ciudadanos comunes que convivieron con la desaparición forzada de personas para contar la historia de una familia. Una familia rota, en pedazos y por varias cuestiones: primero, porque los padres jóvenes de Andrés se separaron; luego, porque la mamá muere en un accidente de tránsito, y el padre vuelve a vivir con Andrés y con su abuela.

    El director Daniel Bustamante no profundiza en su guión ninguna cuestión aleatoria: si hay personajes que rodean a Andrés que formaron parte de grupos paramilitares, los presenta casi siempre bajo los ojos de Andrés, un niño que no quiere dormir la siesta y prefiere tomar la leche fría antes que hervida, consentido por su abuela. La película cambia el eje cuando los personajes adultos niegan a Andrés la realidad ("yo no vi nada", le dice la abuela, cuando el niño sabe que ella presenció cómo secuestraban y golpeaban a alguien en la vereda de enfrente).

    Pero es más inquietante lo que se dice y sucede en esa cocina que todo lo que pasa afuera de la casa. A la buena construcción de los diálogos de Bustamante se suman afortunadamente las actuaciones, principalmente de Norma Aleandro, Fabio Aste (el padre) y hasta el pequeño Conrado Valenzuela, como Andrés. Cada uno tiene que enfrentar situaciones de dolor, y cada personaje lo expresa a su manera.

    Allí se nota la buena mano del director, ya que no permite que nadie se extralimite ni vocifere si no lo requiere la situación.

    La película se sigue con marcado interés hasta que la trama comienza a alargarse en los últimos veinte minutos, como si tanto rigor estilístico no hubiera podido mantenerse. Habrá que ver cuál es el siguiente paso de Bustamante, pero está claro que cuenta con buenas armas.
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  • Vivir al límite
    El suspenso, por sobre todas las cosas

    Es un filme visceral, que traspasa el género de la película bélica.

    Difícil encuadrar a Vivir al límite en un género, pero si se pudiera, habría que definirlo como superior. Kathryn Bigelow toma uno o varios temas como el valor, la solidaridad, el miedo, que rondan los filmes bélicos, pero no construye un filme de guerra en el sentido lineal. Vivir al límite se sitúa en la guerra de Irak, pero la traspasa. Su protagonista está bajo fuego, pero no es presentado necesariamente como un héroe, sino como un especialista -en desactivar bombas- que llegado el caso obrará con heroísmo. Pero el sargento William James actúa con valentía porque así se lo exige la situación que lo rodea.

    Bigelow tiene un pulso maestro en elegir los planos y en la edición de las escenas de acción. En ellas el suspenso está por sobre todas las cosas, la espectacularidad, el dramatismo o el regodeo técnico -del que da muestras de sobra-. Una buena película de acción es aquélla en la que la cámara fluye, no se delata. Bigelow construye una secuencia para el recuerdo en medio de un desierto. Para entonces, el espectador ya ha pasado sufriendo por un par de desactivaciones de bombas, por lo que sabe que lo que está por venir no será sencillo.

    Sin llegar al extremo de Redacted, de Brian De Palma -con la que compitió en Venecia... 2008, Bigelow denuncia la locura de la guerra, pero se queda con el comportamiento de los soldados del escuadrón. Allí donde Oliver Stone los dividía en buenos y malos en Pelotón, o Kubrick mostraba la demencia del entrenamiento que llevaba al suicidio en Nacido para matar, la directora opta por mostrar al comando de élite tanto desprotegido como ansioso. Y allí donde Spielberg se pondría patriótico, para Bigelow no hay banderas sino hombres.

    Otro tema -al margen de qué lleva a James a vivir sin miedo todos los peligros- es el de la confianza: si James es quien se juega el pellejo, sus ojos no son los que ven alrededor y lo cubren, sino los de Sanborn, quien vigila el perímetro. De eso también trata Vivir al límite: cómo en el peligro uno no es nada, aunque puede creerse mucho, sin la ayuda, el soporte de quienes lo rodean.

    Metáforas al margen, la película es de lo más visceral, en el sentido estricto del término. Bigelow no ahorra crudezas, pero se entienden y se las ve en su justa medida. En una guerra hay cadáveres, y entre éstos suele haber inocentes -léase civiles- y allí donde parece que va a derrapar un clisé (con un niño de Bagdad), recupera el mando, y el tono.

    El filme es como un cuchillo que se introduce en la carne y va hasta la esencia. De la moral, del perdón, de la demencia de la guerra, pero con la maestría de quien cuenta y no sermonea.

    Con cámara en mano, imágenes ralentadas y planos detalles, Bigelow sabe cómo seducir al espectador y llevarlo adonde quiere. La mentada masculinidad que suele atravesar las películas de Bigelow está más que latente aquí, en la que es su mejor película y que merece todos los reconocimientos que ha tenido y -cabe esperar- tendrá.
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  • Astro Boy
    Astro Boy
    Clarín
    A volar, sin los anteojitos 3D

    El pequeño héroe robot llega con toda la parafernalia del siglo XXI.

    Pasa en muchas familias: el héroe de alguna situación es un niño y no sólo parece más adulto que los grandes: lo es. Toby era un niño entusiasta e inteligente, pero un hecho fortuito -o cierta negligencia de los grandes- terminó con él. En su momento, década del '60, Astroboy ofició como un cruda metáfora tras las bombas arrojadas por los estadounidenses en Hiroshima y Nagasaki.

    Tanto en el manga original como en la serie de TV, Toby moría en un accidente automovilístico en la futurista Metro City. El problema era que conducía él, que no tenía más de 8 años, luego de ir a visitar a su padre, un científico que no tenía tiempo para llevarlo al museo. En la película del codirector de Lo que el agua se llevó, la muerte de Toby es, si se quiere, más tremenda: Toby queda del otro lado de una cortina que podría salvarlo de unas radiaciones y de una posterior explosión (¿alguien dijo Hulk?).

    Lo que sigue es lo mismo: su padre pondrá todo su empeño para "revivir" a su hijo (¿y la madre?), pero creando un robot, al que hará similar e instruirá como si fuera Toby. Y le hará creer que es su hijo. Pero... ¿Toby no se da cuenta de que puede volar, y sus compañeros, no?

    No es tiempo de hacer preguntas en el primer capítulo -en la serie el padre se volvía loco porque Astroboy no crecía-, porque hay una ciudad, y un mundo por salvar.

    Aquí, la ciudad en la que los robots hacen de todo en beneficio de los humanos está como suspendida en el aire. Abajo está la Tierra, convertida en un mundo de desperdicios, chatarra (¿alguien dijo Wall-E?), con un malvado exprimiendo niños (¿alguien dijo Stromboli, de Pinocho?). Sin olvidarnos del presidente Stone, cuya avaricia derivó en la muerte de Toby, ya que quiso utilizar la energía azul (buena, contraria a la roja: mensaje anticomunista) para que un prototipo de enorme robot le devolviera el poder que parece estar perdiendo ante la ciudadanía (¿alguien dijo Bush?).

    Claro que los chicos poco y nada entienden esta simbología, y está bien que así sea.

    Astroboy comienza fuerte, y poco a poco va mutando en una aventura con rasgos de humor, sobre todo a medida de que el héroe va descubriendo sus poderes (tiene armas en la cola, lo que despierta las risas de los más pequeños) y toma contacto con los niños de la Tierra, en donde deberá enfrentar a otros robots, muy a su pesar.

    El mensaje ecologista está a la orden del día. Y este Astroboy no precisa, para volar, que nos calcemos los anteojitos de 3D. Sólo basta hacer volar la imaginación.
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  • Nine
    Nine
    Clarín
    En este teatro que yo llamo mi alma

    En el musical, Daniel Day-Lewis y Marion Cotillard están un escalón más arriba de un elenco de estrellas.

    El hombre, de traje y encorvado, no sabe qué hacer. No sólo es un artista, que se siente agobiado porque no le surge una sola idea para su nueva película, y está a pocos días de comenzar a rodar, con toda la producción avanzada. Por ahí, Guido Contini balbuceará que las películas son sueños, y explicar los sueños es algo así como traicionarlos. Guido tiene sueños. Lo que no tiene es la fe, ni la fuerza para volcarlos en una hoja que se transforme en guión. Tampoco parece poder convencerse a sí mismo de cómo llevar adelante el filme... ni su vida.

    Nine se basa en 8 1/2, la película de Fellini con Marcello Mastroianni como Guido Contini. Nine primero fue un musical, montado en Broadway en los '80 en los que el revival era moneda corriente en la Meca del género, y ahora que se convierte en filme, el encargado de plasmar esas canciones -varias quedaron en las veredas de la Gran manzana y no alcanzaron a llegar a la pantalla- es Rob Marshall, el director que acertó con Chicago. Y ése sí que era un desafío mayúsculo.

    Marshall hizo una adaptación mayor que cuando tomó el musical de Bob Fosse, que fue premiado con el Oscar y auguraba una época de musicales por venir. A Guido sigue obsesionándolo lo mismo -el bloqueo creativo-, pero también las mujeres que pasaron y forman parte de su vida. Porque si detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, en este caso hay varias. El muestreo es parecido al de la escena original, con cada personaje femenino teniendo su momento en pantalla. Está la madre muerta -que revive con Sophia Loren, de vestido largo-, la prostituta que conoció cuando era un niño e iba a un colegio de curas -Fergie-, su amante esposa -Marion Cotillard-, su amante -Penélope Cruz-, su actriz y musa -Nicole Kidman-, su confidente y diseñadora de vestuario -Judi Dench- y, personaje creado para la ocasión, una periodista de Vogue -Kate Hudson-, nuevo disparador para que el latin lover de los años '60, cuando transcurre la película, se autodescubra perdido, confundido y sin horizonte.

    Aquí Guido se aproxima a los 50, la edad que tendrá Marshall el próximo 17 de octubre. Fellini tenía 43 cuando dirigió 8 1/2. Si esto es un síntoma de que la madurez -o la famosa crisis que atraviesan los hombres- varió con el paso de los años es sólo anecdotario. Lo que preocupan a Fellini y a Marshall es que su alter ego no quiere mentir más -en el cine y en la vida real-, y la relación con su entorno más íntimo, pero también consigo mismo. Mucha fama lo envuelve, pero en ese escenario que es su alma, Guido juega siempre el papel principal. Y se siente tan solo...

    Daniel Day-Lewis sorprende cuando canta y, más que bailar, se trepa a los andamios en Cinecittá. Porque que el irlandés componga a Guido desde lo más profundo de su ser, con o sin acento alla italiana, y nos emocione, a esta altura no puede causar sorpresa a nadie. Entre las actrices, lejos se destaca Cotillard, no sólo por el papel que juega, sino por los matices que sabe sacarle, así como Cruz es la misma de siempre y Kidman, no, en parte por esa naricita diferente, y porque Claudia, la musa, tiene escaso peso específico en la trama. El lujoso despliegue visual, el montaje y la escenografía son buen soporte para que Nine cautive en sus mejores momentos.
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  • Vampiros del día
    Sangre que no has de beber...

    En una población vampírica, Ethan Hawke (vampiro) lucha. Y vuelve.

    James Cameron estaba equivocado. El recurso natural más preciado en el futuro no será la piedrita por la que masacrar a los Na'vis, como muestra en Avatar, sino la sangre humana. "Tengo hambre... Necesito sangre", dice un ¿hombre? en vías de extinción, demacrado, una noche lluviosa. Es 2019, y en los carteles del subte -donde los ojitos de los pasajeros que esperan el tren brillan en la oscuridad- el Tío Sam invita a capturar humanos.

    ¿Qué pasó? En algún momento de la edición o reedición de Daybreakers, Vampiros del día, eso quedó afuera, pero sí se sabe que hace 10 años (esto es: el año pasado) todo comenzó con un murciélago. La mayoría de la población mundial son vampiros, y necesitan beber sangre humana de aquéllos que no se convirtieron. Pero como éstos escasean, hay crisis de líquido y plasma y aumentan los precios. La compañía que "chupa" humanos, y en la que trabaja nuestro (anti)héroe, Ed (Ethan Hawke), está buscando un sustituto para no desaparecer del mercado. Es que si en un mes no consiguen esa sangre artificial, habrá epidemias de deformes deambulando por las noches, ya que los vampiros -se sabe- están confinados a la vida nocturna.

    Con un enfoque más futurista que retro, los gemelos alemanes Michael y Peter Spierig ponen mucho metal, mucho azul, mucha sangre y varios cuerpos mutilados, como fileteados y flambé. Ed es un hematólogo: mientras su hermano Frankie caza humanos para la compañía, él los cultiva. Pero Ed nunca quiso ser vampiro -si pagan la entrada sabrán por qué se convirtió- y está tras la cura más que querer conseguir un sustituto sanguíneo.

    Ed estaba lo más tranquilo cuando unos humanos se le cruzan, y uno de ellos resulta ser Elvis. Lo interpreta Willem Dafoe, que fue chupasangre en La sombra del vampiro, y que aquí, por obra del sol, dejó de ser vampiro y se reconvirtió en humano. Creer o -literalmente- reventar.

    Por fortuna, para los amantes del vampirismo hay bastante material para succionar; para aquéllos que se acerquen a Daybreakers buscando un plato suculento, de emociones fuertes, también; aunque algunas escenas se aproximen a las sagas de terror, tipo El juego del miedo, todo se ve bien, truculencias al margen.

    Como el malvado de turno -un capitalista hecho y derecho, con problemas familiares ya que su hija adolescente no quiso convertirse, y él, como tenía cáncer, dice que encontró la salvación en el vampirismo- está Sam Neill. Está contenido, no es grandilocuente, lo mismo que Dafoe, al que cuando le dan un espacio puede hacer descalabros. No es el caso.

    Pero el protagonista es Ethan Hawke, que como en Gattaca está ante un mundo que cambia y que él quiere tratar de resolver de la mejor manera. El guión a veces lo ayuda, otras, no, lo mismo que la música de Christopher Gordon, rimbombante sin necesidad, pero bien que sale adelante en su quimera antimaradoneana. El no quiere que sigan chupando.
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  • Amor sin escalas
    Rescatando al pasajero Ryan

    George Clooney se luce, lejos de su sonrisita compradora, en un papel maduro y sensible.

    Metáforicamente hablando, Ryan Bingham está aislado del mundo. Del mundo real, del mundo de los afectos. "¿Aislado? Estoy rodeado de gente", le dice y no miente a su hermana por el celular. Está en uno de los cientos de aeropuertos que pisa por año. Ryan se la pasa viajando en avión -el último año, los contó, viajó 322 días- y tiene un sueño: alcanzar las 15 millones de millas para tener un reconocimiento en su aerolínea preferida.

    Y ése ha de ser el único aliciente, la única palmada en la espalda que podrá llegar a tener, porque Ryan trabaja de eficaz despachante de empleados. Integra una agencia que es contratada para decirle en la cara a los empleados que cualquier empresa piensa echar, que se quedaron en la calle. Ryan no es cínico, pone su mejor cara comprensiva ante los desahuciados, pero tampoco lo toma muy a pecho.

    Hasta que una movida en la agencia lo puede dejar afuera a él.

    Así como Juno, en La joven vida de Juno, la anterior realización de Jason Reitman, afrontaba su embarazo adolescente y trataba de adaptarse a la realidad, afrontando los riesgos, y tenía toda la vida por delante, Ryan es la contracara. Largo cuarentón, no quiere saber nada de relacionarse románticamente -conoce a una mujer (Vera Farmiga) que viaja casi tanto como él, y es sólo su amante-, casi no se habla con sus hermanas y escuchar la palabra niños lo asusta más que alguna turbulencia a bordo de un Boeing.

    Hasta que...

    Amor sin escalas -título que tendrá gancho para una comedia romántica, pero escasa relación con la trama de esta película- es un mazazo al espectador, cuando se aproxima el desenlace. Sin ser Los amantes -el protagonista, Joaquin Phoenix, optaba por quedarse con la mujer que lo amaba, cuando a la que él amaba lo dejaba-, los ojos de Ryan hablan de una soledad, un vacío que es mejor no experimentar.

    Las ideas de un nuevo "talento" en la agencia (Anna Kendrick, de la saga Crepúsculo), que consiste en hacer los despidos vía teleconferencia, lo baja a tierra de una manera más que literal. Reitman, que ya había demostrado ser un gran dialoguista, acierta más aún en la pintura del protagonista. Ryan comienza a aflojar sus ataduras, bajar la coraza y a sentir, algo que aparentemente nunca había hecho en su vida de relación, con compromiso cero. Ver cómo lo trata su hermana menor, a punto de casarse, advertir que no es imprescindible para quienes lo rodean es para Ryan un aterrizaje forzoso.

    El papel a George Clooney -bien a la James Stewart- le cae a la perfección. No hay tics en su actuación, ni siquiera su famosa caidita de ojos. Y allí está su mérito. Ni su sonrisa compradora le funciona. Todo el pavor (¿dolor?) que siente ante lo que no puede resolver, a Ryan se le adivina en la mirada.

    Aunque el guión tenga momentos de calculada costura, sea moralista y hasta conservador, es devastador. Lástima que no esté traducida la canción en los créditos finales, que un desempleado dejó en el contestador telefónico a Reitman. Esparce algo de esperanza en una realidad socioeconómica despiadada que Amor sin escalas no deja de lado, y permite reflexionar, con una temblorosa sonrisa.
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  • Papás a la fuerza
    Dos tipos audaces

    Robin Williams y John Travolta, en esta comedia de Disney.

    Si usted tiene niños a su alrededor, propios o cercanos, seguro que le pidieron ir a ver Papás a la fuerza. Es una película de Disney, publicitada en sus canales de cable, con John Travolta y Robin Williams, y un orangután que abraza a Seth Green, la escena que los chicos esperan. Vaya, entonces preparado.

    Por si precisa más datos: Robin Williams es Dan, y Travolta, Charlie, amigos desde hace años y socios de una empresa deportiva a punto de cerrar un acuerdo millonario con una compañía japonesa. Y cuando todo parecía resultar -con Charlie bromeando con los japoneses que se ríen de cualquier cosa, y Dan siendo el cerebro de la operación-, Dan se entera de que el affaire de una noche para olvidar su divorcio, terminó con dos pequeños gemelos de ahora 7 años. La madre de los niños (Kelly Preston, esposa en la vida real de Travolta) va a pasar dos semanas en prisión -no por criminal, sino por activista política- y, adivinó: ellos deben hacerse cargo de los chicos (Emily es Ella Bleu Travolta: todo queda en familia, prestada).

    Al haber una sola copia subtitulada -en Unicenter; las restantes 59 que se estrenan son dobladas- hay que adecuarse a escuchar al dúo protagónico en castellano neutro, y seguro el que más pierde es Williams. Hay chistes que usted ya escuchó, y situaciones relacionadas a cómo adaptarse a los niños cuando no se está con ellos, que también le sonarán conocidas. Pero como dice la Sra Legrand, el público se renueva, los chicos más pequeños no los conocen. Y si ellos se divierten, no se sienta un papá a la fuerza.
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  • Buenas Costumbres
    Orgullo y prejuicio

    La obra de Noel Coward de los años ´20, llega como comedia con toques contemporáneos.

    Devolviéndole algo de aquel encanto entre leve y oxigenante que tenían las buenas comedias dramáticas ambientadas en mansiones en la campiña inglesa, con familias numerosas y conflictos y secretos ídem, Buenas costumbres viene a traernos una mirada cínica sobre el comportamiento de la sociedad de aquel país. Y también de la estadounidense, con este choque de caracteres y culturas que nace cuando el joven John Whittaker (Ben Barnes), heredero de una familia que disimula hasta donde puede que está venida a menos, presenta a su joven e independiente esposa norteamericana a sus padres.

    La pieza de Noel Coward -que había sido llevada al cine por primera vez en 1928 por Alfred Hitchcock, antes de que el maestro se dedicara de lleno al suspenso- es terrible al presentar y examinar a cada personaje. Por más que cada uno sea fácilmente etiquetado a primera vista -suegra anticuada y hostil, suegro depresivo y cínico, marido tironeado entre lo que siente por Larita y las buenas costumbres, sus hermanas eternamente perdedoras- ese aire de sarcasmo que campea por el relato es tamizado por alguna situación cuasi disparatada que vive, o síntoma de integridad y fuerza interior de alguno de los personajes.

    Kristin Scott Thomas es la suegra en rigor, y por más que se esfuerce en parecer pérfida y hacerle la vida imposible a su nuera, es difícil no caer ante sus encantos. Un acierto del director australiano Stephan Elliott (Las aventuras de Priscilla, reina del desierto) fue la elección de Jessica Biel para la desprejuiciada Tarita, corredora de autos que gana el Grand Prix de Mónaco y enamora al joven Whittaker. Primero ella trata de integrarse a la familia, pero bien pronto reprimirá esos sentimientos, los mismos que Colin Firth, como el abúlico Sr. Whittaker, dejará de lado, ya harto de estar harto y no sentir nada por su mujer.

    No es sencillo encontrar el punto medio, o mejor, el acertado, entre la comedia y el drama, pero Elliott da en el blanco con apuntes -observen qué le pasa a la mascota perruna de la Sra. Whittaker- y verdades reveladas cuando nadie las espera escuchar. Cuando por momentos parece una comedia de enredos, el director pega el volantazo y con un enfoque más contemporáneo, deja a Buenas costumbres en la mejor senda.
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  • Sherlock Holmes
    Detectives siglo XIX para el siglo presente

    La visión de Guy Ritchie es más atenta al original inglés que a lo que pide el Hollywood actual.

    Por suerte no siempre las adaptaciones sólo adoptan el nombre, el oficio y la época del protagonista de un clásico, sea del género que sea, para convertirlo en un producto a la medida de Hollywood. Para este Sherlock Holmes todo sonaba raro cuando se anunció el rodaje. ¿Guy Ritchie dirigiendo lo que aparentaba un tanque hollywoodense? ¿Qué haría Robert Downey Jr. como el deductivo detective, a quien el imaginario colectivo imaginaba de capa y mordiendo una pipa?

    El resultado nos trae que Ritchie es mucho más fiel al espíritu y a los relatos de Arthur Conan Doyle de lo que uno puede esperar de las adaptaciones de éxitos de otros medios. Imaginen a Michael Bay, el director de Transformers, o a John Turteltaub, si en este look revisionista a Holmes se lo muestra como un detective privado que apela a los puños y las artes marciales. No, mejor no imaginen nada, a ver si para la(s) secuela(s) los llaman.

    Holmes y su compañero -de departamento en el 221 B de Baker Street- el Dr. Watson (Jude Law) están ante un caso increíble: Lord Blackwood (Mark Strong, también haciendo de malvado en La joven Victoria) ha resucitado luego de ser aprehendido por el dúo dinámico, y ahorcado por practicar magia negra.

    Todo se le complica al intuitivo Holmes cuando es Irene Adler (Rachel McAdams), bandida pero de la que está en secreto enamorado, quien le trae un encargo que lo conectará con Blackwood.

    Ritchie tiene una visión personal de Holmes con la que se puede acordar o no. Pero una vez que se acepta que Holmes se gana la vida resolviendo misterios tanto como ganando peleas de box -en las que Watson apuesta más de lo que debe si está a punto de casarse- y que aspira más de lo que debería, es más llevadero el trayecto.

    Para introducirse en la mente y las elucubraciones de Holmes, el director de Snatch apela a la cámara lenta, cuando no a los flash- backs, y se permite bromas y peleas por aquí, y efectos especiales por allá. Pero -siempre- lo que prima en Sherlock Holmes es su capacidad para deducir. Allí los fans del personaje de Conan Doyle no encontrarán de qué quejarse.

    En el enfoque de Ritchie no habría mejor opción que la de Downey Jr., que se reinventa cada tanto y que con Law hace una pareja -y aquí los fans elevarán con preocupación sus cejas- como lo que indica el término.

    Divertida, Sherlock Holmes es un buen modelo a seguir, si no se quieren sólo tiros, explosiones y piñas sin ningún sentido.
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  • Enamorándome de mi ex
    El difícil arte de amar

    Un elenco de lujo para esta comedia sexual.

    Nos convertimos ahora en la persona que queríamos que fuésemos" antes, desliza como al pasar un ex. Pero la cita no es superflua: Jake (Alec Baldwin) se cansó de su esposa actual -25 años menor- y coquetea con su ex (Meryl Streep), a quien dejó por la joven (Lake Bell). No sólo intenta seducirla: lo logra. Y ahora son amantes. Jane se transforma en la otra, justo cuando se sentía "una mujer sola" tras ser una divorciada, como se define.

    Pero no habrá que tomarse muy a pecho todo lo que se dice y hace en Enamorándome de mi ex, y no porque sea una comedia, y de las que se permiten ciertas libertades, aunque a más de uno le pueda caber el traje de uno u otro personaje, sino porque la verosimilitud se pierde en varias situaciones en el filme de la directora de Alguien tiene que ceder.

    Como en aquella película, Nancy Meyers vuelve a meter el dedo en la infidelidad, el no saber qué hacer cuando un personaje se siente tironeado y en la diferencia de edad (Jack Nicholson le llevaba 35 años a Amanda Peet, y Diane Keaton 18 a Keanu Reeves). Al menos hay cierta dimensión humana -arrepentimiento, sinceramiento y dudas- en Jane, que de abandonada pasa a no saber qué hacer. Con su ex, con sus hijos y con su vida.

    Hay mucho clima, tics y gags en este filme del cine de Hollywood de los '70, cuando las comedias adultas las firmaban Mike Nichols o Herbert Ross, los guiones eran de Neil Simon... y Meryl Streep y Steve Martin (¿qué se hizo en el rostro, que cuando se ríe le queda la cara planchadita?) no eran más que estrellitas que asomaban.

    En el presente, la diferencia de Meyers con Nora Ephron (Sintonía de amor) es que la directora de Lo que ellas quieren es más osada.

    Meyers se juega más en lo explícito. En sus filmes hay desnudos, drogas, infidelidades, y todo -aunque tamizado con humor- pasa como lo normal. Aquí, los personajes centrales se comportan como adolescentes -"Así hablan los adultos", se sorprende Jane cuando Adam (Martin, otro divorciado detrás del personaje de Streep) le pone los puntos sobre las íes- y los hijos veinteañeros del matrimonio, como si fueran niños. Que los adultos, para afrontar sus conflictos, se fumen un porro... En eso el guión nivela para abajo, y si no llega a derrapar es porque tiene un elenco de lujo.

    A Streep le adivinamos cada gesto por hacer, pero está creíble. Baldwin pone carita de perrito faldero y tiene momentos imperdibles (esperen por su desnudo), y Martin luce más medido, más comediante que cómico.

    Meyers parece poner en pantalla un compendio de fantasías femeninas -las amigas de Jane aplauden su infidelidad, siempre y cuando no vuelva con Jake, que tendrá buen corazón pero es un soberano hipócrita y egocéntrico-. Cincuentones hablando de y teniendo sexo: en eso sí que es original. Quien quiera oír, que oiga.
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  • Matar a Videla
    Tiros por elevación

    Discursiva aunque ambiciosa, la película no da en el blanco.

    De las muchas formas que el cine demostró que hay para revisionar el pasado, con un ojo en el presente, Matar a Videla elige una de riesgo, y que también esconde un atractivo: un joven quiere hacer justicia por mano propia asesinando al ex dictador.

    Por supuesto que de Videla no se ve otra cosa que imágenes de archivo -y la toma de unas falsas manos que serían las del genocida acariciando un rosario es patética-. Julián no ha vivido -"como muchos de ustedes", dice- la época de Videla. Sufre y sufrió en carne propia las consecuencias en su familia, y el filme parece tener como público cautivo a jóvenes a los que se quiere acercar los hechos como si fuera la primera vez que escuchan la palabra dictadura.

    Igual, las tomas de archivo elegidas -en una se ve a Borges y a Sabato en una recepción con Videla- no dejan de llamar la curiosidad.

    "Soy un hombre muerto", se autodefine Julián, que ha decidido suicidarse. Antes, abandona a su novia (Emilia Attias), renuncia a su trabajo y planea hacer lo que reza el título. Compra un revólver por Internet, va a hablar con un cura (Juan Leyrado) para constatar lo que siempre creyó -aquello de que Dios no existe, etc.- y se dispone a acabar con el asesino.

    Ambicioso más allá de lo que puede, el filme de Nicolás Capelli sufre por el relato en off del protagonista, y no sólo por que el actor Diego Mesaglio (era el niño de Amigomío, 1994) lo dice sin mucho dramatismo: lo que dice, o lo que piensa, es una bajada de línea expresada de una manera poco y nada convincente. A menos que al espectador le guste que le reciten y esté dispuesto a escuchar en vez de ver, Matar a Videla puede resultar un tanto tediosa.

    La aparición de figuras conocidas en el elenco -súmese a Felipe Colombo y a María Fiorentino- en tomas que no les deben haber insumado más de un día o dos de rodaje- habla bien del casting, pero no altera el resultado final. La inclusión de Estela de Carlotto -un personaje de la vida real- hablándole a Julián, uno de ficción, no explicándole ni explayándose, sino simplemente diciéndole de pie que el dolor no da derechos no hace otra cosa que mezclar (no combinar) la realidad con una fantasía. A menos que ése haya sido el deseo, el resultado no es el apropiado.
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  • Acné
    Acné
    Clarín
    Todo por un beso

    El premiado filme uruguayo aborda los traumas de cualquier adolescente.

    No deja de llamar la atención que los realizadores jóvenes de éste y del otro lado del Río de la Plata tengan recuerdos más traumáticos que felices de su adolescencia. Al menos eso es lo que testimonian en sus películas. Suelen ser comedias dramáticas -una sonrisita por aquí, algún clisé por allá para garantizar empatía con el espectador-, pero el sabor en la boca que queda al final de las proyecciones por lo general es amargo.

    Acné es la opera prima del uruguayo Federico Veiroj, quien se desempeñó como continuista en 25 Watts y Whisky, las dos películas que marcaron el nacimiento del nuevo cine uruguayo, parangonándolo con el argentino. A la hora de lanzarse solo, Veiroj es menos críptico y más lineal.

    Montevideano, Rafa fuma y juega al póker a escondidas con sus amigos, se trata el acné que lo avergüenza, toca el piano y juega al tenis horrible, y debuta en lo sexual pero no en el amor, ya que no se anima a hablarle a Nicole, la compañera del cole de la que está enamorado. Hijo de padres que se separan, el joven Bregman vive momentos cruciales de su vida sin saber, en verdad, qué hacer. Como a tantos adolescentes, las cosas le pasan, no es él el que decide el curso de su vida.

    La baja autoestima de Rafa, claro, no le facilita nada, y menos en sus ansias por conseguir el primer beso de amor. Tomando al protagonista como centro de una mirada más global, Acné aborda tal vez no demasiadas cuestiones, pero sí muchas. La iniciación sexual, la timidez, la relación de Rafa con su padre, sus hermanos, sus amigos y las chicas, el adoctrinamiento en su colegio religioso judío -Veiroj se permite una saludable ironía-, todo conforma una viñeta colorida, que le ha permitido a esta coproducción con la Argentina pasearse y ganarse el respeto en varios festivales internacionales -estuvo en la Quincena de realizadores en Cannes 2008-.

    Así, Acné es, sino un híbrido, un filme entre cierto lacónico cine, llamémosle rioplatense, y otro más abierto, sin ser popular, pero que demuestra las raíces -en sus obsesiones, en su puesta en escena y en su deseo de alejarse del relato costumbrista y patético- de un cine de autor, que seguramente explotará a futuro. La adolescencia pasa, el talento permanece o crece.
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  • La princesa y el sapo
    Bésame mucho

    Gran apuesta de Disney a la animación tradicional.

    La apuesta de Disney a regresar al mundo de la animación a mano alzada en momentos en los que todos se lanzan a la digitalización y al 3D fue al menos llamativa cuando se anunció. Y ahora que La princesa y el sapo está en la pantalla, puede apelarse al latiguillo conocido de que Disney lo ha hecho de nuevo para testimoniar que de lo que le faltan a muchos filmes animados del presente -historia, desarrollo de personajes, creatividad, que le decían- La princesa... tiene a borbotones.

    Los responsables del filme son Ron Clements y John Musker, quienes fueron los adalides del comienzo de la segunda Edad de oro de la animación de la compañía del Ratón, con La Sirenita (1989) y -sí, lo hicieron de nuevo- Aladdin (1992). Claro que después llegaron Hércules (1997) y El planeta del tesoro (2002), filmes no tan logrados y el dúo se tomó su tiempo para volver a dirigir juntos.

    Y bienvenidos sean. Por varias razones, hay que aplaudir La princesa..., aunque a diferencia de aquellos dos primeros títulos, les falte un plus para convertirse en clásico. Clements y Musker se han especializado en aquéllo que Disney mejor sabe hacer: tomar relatos preexistentes e, importándoles poco respetar los originales, imprimirles vida propia y variarlos como deseen. Y si a los puristas puede molestar(nos), la vuelta de tuerca hecha a la historia del príncipe convertido en sapo que debe conseguir un beso de amor de una joven para volver a convertirse en humano es, digámoslo, ingeniosa.

    Por un lado, la "princesa", que en verdad no es tal, es una afroamericana. Por otro, es pobre y huérfana de padre -cuándo no le va a faltar un progenitor a un personaje de Disney-, y ansía abrir un restaurante. Y además, la historia transcurre en Nueva Orléans, por los años '20. Y si quedaba algo, La princesa y el sapo es, aquí sí, como La Sirenita y Aladdin, un filme musical. Con canciones, jazz y personajes que se expresan con las letras de Randy Newman (hombre de confianza de John Lasseter, de Pixar, pero ahora también mandamás de Disney). Y si es cierto que no hay muchos "hits" en la banda sonora -ninguna canción que uno salga tarareando y la recuerde al día siguiente sino se la pasan por la radio-, el combo está bien. Por momentos, muy bien.

    Aquel cambio en la historia tiene que ver con que, al besar al sapo príncipe, éste no se convierte en humano, sino que Tiana pasa a ser una rana. El conjuro de un especialista en vudú algo chanta, el personaje maléfico con algún rasgo de Jafar, de Aladdin, traerá más problemas y personajes secundarios que suman y no restan, como un cocodrilo que siempre soñó salir de los pantanos de Nueva Orleáns para tocar en una banda de jazz.

    Entre canciones y embrujos lo que abunda es el humor -y Aladdin salta a la mente de inmediato-. Al colorido y el despliegue visual que tiene el filme se le contrapone la oscuridad del maléfico Dr. Facillier, con escenas que pueden asustar a los más pequeñitos. Papis, niñas y niños, vayan avisados.
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  • Rosetta
    Rosetta
    Clarín
    Ser y tener

    Esta obra maestra de los Dardenne no perdió actualidad.

    Hace ya diez años que Rosetta sorprendió al mundo en el Festival de Cannes, donde los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne se llevaron la Palma de Oro a la mejor película y la jovencísima y debutante Emilie Dequenne, el correspondiente a la mejor labor protagónica femenina. Ha pasado bastante tiempo y Rosetta -que en nuestro país se exhibió en una Semana de Preestrenos organizada por Fipresci Argentina, en 2001- no ha perdido actualidad ni vehemencia. Sigue siendo una obra de arte, un alegato social, un filme sobre la humildad, un grito desgarrador acerca de cómo el entorno puede socavar el espíritu humano.

    A los Dardenne les bastan los tres primeros minutos para pintar a su protagonista y lo que le sucede. Rosetta es despedida de una fábrica luego de pasar su período de prueba. Ella se niega a abandonar el lugar y es forzada a hacerlo por los guardias. A partir de ese comienzo, Rosetta experimentará un espiral hacia el autoconocimiento. Y así como los directores de El silencio de Lorna utilizan la cámara en mano para promover nuestro acercamiento a la protagonista, el sonido ambiente, con los silencios que dicen más que mil palabras, y hasta la respiración de Rosetta retratan a la muchacha. Los primeros planos y los planos detalles no fueron elegidos porque sí. Hay una distinción entre lo que se quiere recortar y fortalecer en la mirada del espectador, por más que los Dardenne no cuestionen ni ofrezcan explicaciones del comportamiento, a veces díscolo, otros extremos, de Rosetta.

    Rosetta tiene los ojos azules más tristes del mundo. A los 17 años es víctima de una sociedad del Primer Mundo, en la que conseguir trabajo no es sencillo, pero indispensable. Para ella, tener trabajo es igual a ser un ser humano. No entiende la vida sin él, y hará todo, hasta lo impensable, para conseguirlo. Rosetta ve en la salida laboral un único camino para no caer en el hoyo en el que está su madre alcohólica, con la que comparte su casa rodante. Está sola en la vida, y cuando conoce a un muchacho, que puede quererla bien, o no, y ella puede enamorarse de él, por alguna circunstancia obrará de manera equivocada y despertará en el espectador un sentido primario más de rechazo que de comprensión.

    Los Dardenne, que antes de lanzarse al cine de ficción realizaron como productores o directores unos 60 documentales de tinte social, suelen privilegiar en sus personajes a los jóvenes. El tema del dinero (mejor, la necesidad de aferrarse a él para sobrevivir) ha sido central en La promesa, en Rosetta y en El niño -también premiada con la Palma de Oro en Cannes en 2005-, como evidencia de que algo les falta a esos hombres y mujeres para sentirse llenos, bien.

    No es que Rosetta sea ambiciosa. Sería un error entenderlo como un filme sobre las ramificaciones que tiene la avaricia, ya que Rosetta es un ser que pide, a su manera, que le den una mano. Contada desde un estilo que abreva en el neorrealismo, los Dardenne no utilizan en la columna del sonido ni un solo acorde. No hay música que adorne las situaciones o remarque actuación alguna. Todos los sonidos son de captación directa, bien al estilo documental. Parece increíble que Emilie Dequenne haya debutado con este filme, porque su labor es excepcional.

    Ese dolor en el estómago, recurrente en Rosetta, es un síntoma que queda en el espectador, que no saldrá igual después de ver esta película, testimonio de una época, y una circunstancia que, si bien se contó a fines del siglo pasado, tiene ribetes de dolor que permanecen, inequívocamente.
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  • Mis estrellas y yo
    El hombre que amaba demasiado

    La comedia con Catherine Deneuve y Emmanuelle Beárt se centra en un fan... insoportable.

    El fanático puede ser crónico y crónica de la sección Policiales, o hasta risueño y quedar como una mera apostilla de color en una historia. Robert es fan de tres estrellas del cine francés de distintas edades, pero algunos síntomas pueden llevar a pensar que algo no funciona del todo bien en su cabeza. Se sabe: el fanático no entiende razones y su única razón de ser -fanático- es el objeto de su deseo, admiración o devoción.

    Mis estrellas y yo parte de una premisa inusual para una comedia. Original idea sobre un fan que vuelve loca a sus estrellas, nada menos que Catherine Deneuve y Emmanuelle Béart, que juegan unos pasos de comedia para el aplauso, sus puntos más altos están en el comienzo, cuando el espectador ingresa en la trama sin saber demasiado de Robert, de su obsesión o trabajo. El esquema de hacer creer al espectador algo que en verdad no es -pero sin haberle mentido al público, que lo cree por su cuenta como verdadero- es base de muchos enredos, y la guionista, directora y actriz Laetitia Colombani (es la psic cat analista, psicoanalista de gatos) juega con ello reiteradas veces.

    Por una cuestión, que no conviene adelantar para que no se pierda ese espíritu de asombro o sorpresa, Solange (Deneuve), Isabelle (Béart) y Violette (Mélanie Bernier) terminan reunidas en el casting de una película gracias a Robert, que ha sabido volver loco al chofer de Solange. Y cada una de las actrices trabará relación con el fan, y sabrá cómo vengarse y/o perdonarle lo que les haya hecho sufrir o no su desmedida intromisión en sus vidas.

    Si las estrellas son otras, quien lleva el rol central en esta simpática y pasatista comedia es Kad Merad, hoy por hoy un actor más taquillero que Deneuve y Béart juntas, al menos para el mercado del cine galo. Protagonista del mayor éxito de su país en años (Bienvenidos al país de la locura, otra comedia, estrenada aquí en octubre), su semblante es fundamental para el éxito del relato. Que no apunta a más que la sonrisa, es cierto, y que Colombani no intenta forzar la carcajada ni virar hacia el disparate es tan cierto como que es un placer ver enemistarse a Catherine Deneuve con quien se le cruce en escena.SRit
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  • Igor El bueno de la película
    Un gran inventor

    Gracioso y entretenido filme de animación, con influencias de "Frankenstein" y "El extraño mundo de Jack".

    De Shrek a esta parte los intentos de la animación para renovarse -y renovar también su vínculo con el espectador adulto que acompaña a los niños- no para. Pero si abundaron referencias a otros clásicos de manera explícita como búsqueda del gag o el guiño, en Igor la frescura del relato, aunque se base en personajes ya creados, le abre un crédito, y no conviene dejarla pasar.

    Como el ogro de aspecto verde, Igor no es esbelto ni mucho menos. Pertenece a una casta -los Igor, suerte de esclavos que acompañan a maléficos científicos, sí, por Frankenstein- y que escuchan "jala el interruptor" cada hora de por medio. Vive en Malaria, donde el Rey ha hecho que sus habitantes crean que sólo a través del Mal pueden sobrevivir a las inclemencias del tiempo que los azota. Pero Igor sabe más que su amo, el Dr. Glickenstein, y cuando éste muere a causa de una invención propia, nuestro héroe se abocará a la creación de Eva, una mujer de proporciones desproporcionadas, que no tiene nada de malvada (en el original Eva juega con el término Evil), por lo que Igor trata de que el hueso de la maldad que le colocó se active, para ganar en la Feria de las ciencias del mal. Pero no lo logra.

    Hablábamos de referencias, y en Igor hay muchísimas, que van desde lo estético a El extraño mundo de Jack y El cadáver de la novia, de lo temático por El Jorobado de Notre Dame, y la parodia, sí, a Annie, La naranja mecánica y ciertamente Frankenstein. Realizada para los chicos y los grandes con corazón de niño, el mensaje de la no violencia -aunque haya escenas en que los golpes no faltan- y en el que el Bien debe estar por sobre el Mal, y el amor verdadero sobre la mezquindad, el robo y la mentira, están en un primer plano.

    La película ofrece escenas y diálogos divertidos, con una parejita de inventos -Brian o Brain (cerebro, precisamente un descerebrado) y un gato con intentos de suicidio que no puede morir- que funcionan muy bien como comic relief, acompañando a Igor y a Eva, el amor de su vida. Hay un inventor aplaudido por el pueblo que no hace otra cosa que robar ideas ajenas, y una mujer que tiene mil caras, de acuerdo a lo que necesite, para balancear la historia.

    "Cuando vean de lo que soy capaz, mi vida cambiará", dice Igor. Al director Anthony Leondis (egresado de DreamWorks y Disney) le podría suceder lo mismo, porque muestra tanto talento como Igor. Porque aunque digan que lo esencial es invisible a los ojos, en el cine mejor que se vea y se note.
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  • Mar negro
    Mar negro
    Clarín
    Nada es lo que parece

    Drama italiano de Federico Bondi.

    Dos mujeres, una anciana que acaba de enviudar y una joven rumana, inmigrante ilegal en Italia, a la que contratan para cuidar a la señora en su departamento en Florencia, son las protagonistas de Mar negro, opera prima del italiano Federico Bondi en la que abundan clisés en el retrato de ese choque de caracteres, pero que poco a poco va remontando la cuesta hasta arribar a un no menos clásico final de previsible entendimiento.

    Gemma (Ilaria Occhini, veterana actriz, premiada por este papel en el Festival de Locarno del año pasado) vive amargada y culpando al resto del mundo de sus pesares. Por supuesto que ve con malos ojos a la recién llegada, que reemplaza a otra mujer a la que hizo despedir. Pero en la historia de Angela verá reflejada la suya, sus sueños postergados, el deseo de sobreponerse a las adversidades.

    Algún manejo en el que el maniqueísmo se hace evidente impide poder considerar a Mar negro una obra acabada. Es en las actuaciones de Occhini y Dorotea Petre (mejor actriz en Un certain regard en Cannes 2006 por Como celebré el fin del mundo) donde mejor se recuesta el director.

    A la primera impresión de que Gemma es insufrible y Angela todo candor le va ganando la apuesta de que nada es lo que parece si se escarba en los corazones de las protagonistas. En eso sí, Bondi acierta, pero para ello hay que pasar casi una hora de relato.

    Tal vez el hecho de que la historia que cuenta se basa en hechos que le tocaron vivir de cerca (Gemma es en verdad su abuela, y Angela, la persona que la cuidaba) lo haya obligado a idealizar de más algunas cuestiones. Eso es lo que, como un boomerang, le juega en contra al realizador nacido en Florencia, como la nona.
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  • Los fantasmas de Scrooge
    Cuento cargado de emotividad

    Adaptación de un clásico de Dickens, funde el espíritu navideño con la redención.

    Con el mismo aliento que animaba, en todo sentido, El Expreso Polar, Robert Zemeckis decide dar nuevos aires al espíritu navideño en Los fantasmas de Scrooge, adaptación del clásico de Charles Dickens Un cuento de Navidad. Y como en aquella película, vuelve a apelar a la captura de movimientos, método que apresa digitalmente los movimientos y gestos de los actores y los traduce en imágenes animadas.

    El avance técnico entre El Expreso Polar (2004) y también Beowulf (2007) y Los fantasmas... es notable. Pero el salto cualitativo mayor se da en la narración y el haber conseguido que esas figuras animadas, que pueden tener similitudes con los rostros de Jim Carrey, Colin Firth o Gary Oldman, logren transmitir emociones de lo más genuinas.

    Y en tal sentido, la obra de Dickens publicada en 1843 se presentaba perfecta para la transformación, acorde en las escenas dramáticas y la resolución de los diálogos. Tal vez todo esto haga dudar al lector de si estamos ante un filme de producción "para toda la familia". Y de hecho Los fantasmas... puede asustar a los más pequeños, pero lo que sobrevuela y termina venciendo es la necesidad de ser amado, sentirse parte de una familia y la redención humana ante las dificultades de la vida. Ocurra hoy o en el Londres de la época victoriana.

    Ebenezer Scrooge es un tipo amargo. Huraño prestamista, desde que falleció su socio se ha vuelto más avaro y aborrece la Navidad. Hasta que un 24 de diciembre recibe primero al fantasma de su ex compañero -tal vez el momento de mayor temor para los niños- quien le avisa que los Fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura se le presentarán. Y ahí habrá que ver cómo está el corazón del avejentado Scrooge.

    Fue el propio Zemeckis quien adaptó el libro -un clásico de la literatura más leído en el Hemisferio Norte que por estas tierras-, y se mantuvo bastante fiel al original. El director de Forrest Gump y la trilogía de Volver al futuro no hace distinciones entre seres buenos y malos, sino que apela a cómo un alma puede redimirse o sentirse iluminada, sea por el motivo que fuera.

    Todo esto es fácil de advertir tanto por el público adulto como por los más pequeños, que seguramente se sentirán más atraídos y sumergidos si la ven en el sistema 3D -la película se estrena en salas convencionales y otras con la tecnología tridimensional, y en la sala Imax-. No sólo por los viajes y vuelos que Scrooge realiza en cada contacto con los fantasmas de las Navidades. El uso de la tridimensionalidad permite una profundidad mayor, aunque el ojo muerto de los personajes -la frialdad de la mirada- siga siendo el escollo hasta ahora insalvable en la animación virtual.

    Jim Carrey se ha animado no a uno, sino a ocho personajes. Su figura se presta para Scrooge en sus distintas edades, y también en los tres Fantasmas del título. Su histrionismo es buena razón del éxito del relato, que tiene momentos muy tocantes en cuanto a la situación que atraviesa la familia de Bob Cratchit (Gary Oldman), el ayudante de Scrooge, pobre y con su hijito enfermo. Ese drama, seguro, es mucho más movilizante que las visitas fantasmagóricas.

    Por momentos aterradora, lúgubre casi siempre, Los fantasmas de Scrooge es un paso enorme en cuanto a la tecnología y un acercamiento para los más chicos a un cuento cargado de emotividad. Toda la ambientación, la iluminación y la música -de Alan Silvestri: sí, el mismo de Volver al futuro y favorito de Zemeckis- apuntalan a Los fantasmas de Scrooge como una más que lograda adaptación
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  • Luna Nueva
    Luna Nueva
    Clarín
    Amor y fantasía

    El segundo capítulo de la saga "Crepúsculo" ofrece acción y romance, cada uno por separado.

    La estructura en la que descansa el éxito de la saga de Crepúsculo es tan simple como contundente: el amor de dos personas diferentes, la necesidad de protección de uno por el otro, el despertar sexual y el entregarse por amor, y la lucha entre sociedades enfrentadas desde hace años, al menos en el mundo fantástico creado por la escritora -creyente y vegetariana- Stephenie Meyer.

    Bella volvía con su padre, separado de su madre, y al reinsertarse en el pueblito Forks, conocía a Edward, el vampiro del cual quedaba perdidamente enamorada en Crepúsculo, la primera de las cuatro entregas. En Luna nueva, Bella cumple 18 y Edward no tiene mejor regalito que decirle que la abandonará, por protección. Nunca han pasado más que de los besos, y para Edward, no sería una salvación que Bella se transformara en vampira, sino "una tragedia".

    Por lo que -y las fanáticas lo saben- Robert Pattinson no está tanto tiempo en pantalla, aunque regresa en esa imagen que se aparece a la desangelada Bella, cada vez que ella asume ponerse en peligro y acrecentar su adrenalina sólo para saber que cuenta con su (ex) amado. Kristen Stewart y Taylor Lautner (Jacob), sí, y las desavenencias románticas y el debatirse entre dos mundos nuevos para Bella -el de los chupasangres y el de los hombres lobo- harán que la muchacha deba definirse. "Estás a punto de cruzar una línea", se escucha. Todo tiene sus riesgos.

    Así las cosas, en Luna nueva tendremos dos películas, algo que estaba mejor balanceado y lograba una conjunción más homogénea en Crepúsculo, donde el romance daba lugar a la acción. Aquí, todo lo romántico -el abandono, el flirteo entre Bella y Jacob, el licántropo, la esperanza de la protagonista de sentirse protegida a la distancia por la imagen de Edward- va por un lado, y la acción y violencia -las peleas, la aparición de los hombres lobos, el suspenso- por otro.

    Con Chris Weitz al mando del proyecto, se buscó quien uniera el mundo más fantástico que alumbra en Luna nueva con el de los personajes sensibles. Y el director de La brújula dorada y Un gran chico parecía el indicado.

    Es tan notoria la diferencia entre un estilo y otro que quienes se acerquen a Luna nueva por el conflicto amoroso ansiarán que las escenas de acción -mejor resueltas que las de Crepúsculo- terminen de una vez y viceversa.

    La guionista Melissa Rosenberg -que ya había adaptado Crepúsculo e hizo lo mismo con Eclipse, a estrenarse a mediados de 2010- no ha modificado la sustancia de la novela, y los fanáticos no se sentirán traicionados. Ni siquiera algún pedido de Edward sonará fuera de lugar: es que aquí todo está donde debe estar. La buena creación de climas y las participaciones de Michael Sheen y Dakota Fanning como dos "nuevos" vampiros suman a un fenómeno que cosecha allí donde pocos veían frutos: el corazón de las espectadoras, siempre sediento de los fuegos eternos.
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  • Sangre del pacífico
    El riesgo siempre es bienvenido

    Boy Olmi debuta con un filme ambicioso y también previsible.

    Por más sesos que le gusten comer a Jorge, un actor devenido cineasta, no hay mucho raciocinio en lo que el hombre hace. Entre alucinaciones y deseos, Jorge es un hombre que parece que se deja llevar por los impulsos más que por su cerebro.

    Su hija, Sara, es antropóloga, y está haciendo un video sobre las mujeres que trabajan, discute acaloradamente en paneles de televisión y parece estar tan en soledad como su padre. Pero "no estoy sola -le aclara a Jorge-. Tengo mis cosas."

    Actor de cine, pero que "odia la TV", Jorge fue famoso aunque "hace tiempo que no trabaja tanto". Está enfermo. Nada (de nadar). Y se inyecta.

    El tercer personaje de peso en Sangre del Pacífico es Charito, peruana, que deja a su hijito en su pueblo y se viene a Buenos Aires a probar suerte. Mucho no llega a probar, porque pronto le consiguen trabajo -previa cometa- en la casa de una señora mayor, algunos dirán oligarca, al menos adinerada. A Carmen (China Zorrilla) a veces se le vuelan las chapas, y le espeta un "Sos tan primitiva como las otras", cuando la echa porque cree que le robó una pulsera. Pero no la echa tanto porque sino se terminaría la película.

    En algún momento los personajes se cruzan, las miradas que dirige Jorge hacia la mucama son extrañas y bastará que alguien comience a explicar en palabras lo que se veía venir en imágenes para que todo, si no cierre, al menos permita entender de qué va la película.

    La relación entre Jorge, Sara y Charito es central en la opera prima de Boy Olmi, tanto como la intención de denunciar o al menos poner en primer plano el maltrato laboral de las mujeres. El filme incluye testimonios ficcionalizados, pero que en vez de agregar, restan, y si suman es a la confusión.

    No puede decirse que Olmi (que asume riegos) no se ha rodeado de gente de cine, que sabe como pocos el metier. Todos los rubros técnicos son impecables, pero donde Sangre en el Pacífico hace agua -vaya paradoja- es en el guión. No sólo por algunos diálogos, o situaciones que les toca vivir principalmente a Jorge y a Charito por separado -el personaje peruano es bastante elemental, y que le hagan decir que no sabe cómo piensan los pájaros tampoco ayuda-.

    Si Zorrilla está, como siempre, en su nivel, no puede decirse lo mismo de su coterráneo Delfi Galbiati como Jorge. Ana Celentano cumple y aporta su mirada y look intrigante, y Emilia Paino, la altruista de Expedición Robinson, parece más preocupada por su entonación, su voz a-la-peruana, tratando de ti, diciendo "ia" o ceviche.
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  • Terror en la Antártida
    No debe ser fácil

    El fime con Kate Beckinsale no asusta ni entretiene.

    Bien pegado al estreno internacional de Terror en la Antártida, Kate Beckinsale fue nombrada la mujer más sexy del mundo por la revista Esquire. Cuestiones de marketing al margen -cuando en verdad están en el centro-, no debe ser fácil vender una película con la linda Beckinsale si transcurre en la Antártida, y ella debe estar abrigada del cuello para abajo.

    Porque para arriba, al menos debe vérsele el rostro, con su naricita operada, su dentadura conejera perfecta.

    No debe ser fácil.

    No, no debe ser fácil tener a Kate y no poder mostrar sus formas. Entonces, ¿qué tal si se pega una ducha y se cambia?

    No debe ser fácil para una policía dejar el calor de Miami y terminar en la Antártida (bah, Manitoba, en Canadá, donde se rodó, no queda tan, tan lejos). Y menos fácil debe ser el hecho de ser la única agente de la ley y no tener mucho por hacer, hasta que, bingo, aparece un muerto. Helado. Congelado. En la nieve.

    No debe ser fácil construir un thriller cuando el suspenso es nulo. Cuando los cadáveres se suman como hielitos en una cubetera y siempre -siempre- hay alguien que explica lo que estamos viendo. ¿Será porque temen que la traducción no sea de confiar?

    Carrie, de apellido Stitko -intenten decirlo de nuevo, verán qué lindo suena- es sagaz hasta el paroxismo. Hace unos cuantos años, cuando la Guerra fría era más fría que el continente antártico, abordo de un avión ruso unos rusos se tirotean entre sí por el contenido de una caja fuerte, y la aeronave cae en la Antártida. Cincuenta años más tarde, Stitko tiene que apurarse, y no sólo porque a la película le quedan pocos minutos, sino porque en la ficción el sol se ocultará pronto por espacio de seis meses, y la base quedará desierta. Justo a ella, que por una cuestión que no vamos a adelantar, la manicura pronto le saldrá más barata, le toca el primer homicidio en la Antártida. No debe ser fácil.

    Menos fácil es descubrir a Tom Skerritt, a los 76 años, y a 30 del capitán de la nave Nostromo en Alien, barbudo y desganado. Y que detrás de cámaras está Dominic Sena, aquel que debutó como realizador en Kalifornia, con Brad Pitt y Juliette Lewis. O reconocer algo de la novela gráfica original de Greg Rucka y Steve Lieber en que se basa esto. No debe ser fácil.

    Pero si a usted no le gustan las cosas fáciles, ya sabe lo que debe hacer con esta película. Eso sí que es fácil.
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  • Mr 73: La última misión
    Dirán que soy un pesimista

    En el film noir de Olivier Marchal no hay redención posible.

    Olivier Marchal es un pesimista. Ha sido policía antes que cineasta, y en este film noir emparenta agentes del orden con delincuentes en un sociedad para él desoladora. No hay redención posible ni de un lado ni del otro de la Ley.

    Su protagonista -cabría pensar si también alter ego- es Louis Schneider (Daniel Auteuil), un detective al que le ganó la embriaguez por el accidente automovilístico que le quitó la vida a su pequeña hija y dejó en estado vegetativo a su esposa. Igual o más traumada está Justine (Olivia Bonamy), que ve 25 años después cómo el hombre que violó y asesinó a su madre, y también le quitó la vida a su padre, está a punto de quedar libre por buena conducta en prisión.

    El hecho de que Justine fuese una niña y observara -y se salvara- de- la masacre no es un tema menor. Tampoco que a Schneider le saquen el caso de un asesino serial que estaba investigando. Al promediar el relato, ambos personajes se conocerán, cuando ella advierta que el policía que se va ganando enemigos en su propia fuerza fue el hombre que detuvo al asesino de sus padres. Y claro, ella quiere venganza. Lo mismo que él.

    Lo más llamativo de MR 73 -el título responde a una pistola que utilizaba la élite de la policía francesa- es la sequedad y el escaso grado de concesión que Marchal está dispuesto a dar en su realización. Sus personajes -Schneider, Justine, Marie, la policía de asuntos internos, que interpreta la mujer del director, Catherine Marchal, y el viejo asesino (Philippe Nahon, el padre de Solo contra todos, de Gaspar Noé)- se mueven impulsivamente, pero también como con bloques de cemento de peso sobre sus hombros y espaldas.

    Auteuil sobrelleva la carga desde su boca -escupiendo frases y bebiendo o fumando-, hasta llegar a un clímax en el que directamente, pega un grito de desahogo. Ese que se le niega al resto de los personajes centrales de un filme con formato de thriller, con historias paralelas y flashbacks quizá demasiado elocuentes y nada sutiles.

    La iluminación contrastante ayuda a ese clima de sordidez casi constante que tiene el filme, con diálogos que van del "Soy como vos, perdí la esperanza", de Marie a Schneider, "Algún día voy a matar a Dios", o "De niña descubrí que los monstruos no eran una fantasía, tenían rostro y era el suyo". El desenlace puede molestar a muchos, bienpensantes o no, pero no se le puede negar el nervio que Marchal le imprime a su relato.
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  • Shotgun Stories
    Hermanos en armas

    El debut de Jeff Nichols aborda una tragedia entre hermanastros.

    Lacónico, violento pero sin estridencias, contenido y formal, Shotgun Stories fluye en la pantalla como un thriller de ribetes dramáticos, con una tensión que se acrecienta minuto a minuto, pero sin recargar las tintas ni extralimitar las interpretaciones. Toda una extrañeza en esta época, por más que sea un filme del cine independiente estadounidense.

    Ubicada en el campo, en el ambiente rural de Arkansas, los conflictos comienzan en un entierro, cuando Son, Kid y Boy asisten al funeral de quien fuera su padre, pero que los abandonó y formó otra familia con otra mujer, con la que tuvo cuatro hijos. Son (Michael Shannon) no hace más que echar leña al fuego -en verdad, escupe el ataúd-, poniendo en blanco sobre negro todo su rencor y odio, y de-satando una guerra entre hermanos de un mismo padre.

    Jeff Nichols, que debutó en la realización con este filme a los 29 años, opta por sugerir más que mostrar. No sólo el desenlace de los encuentros a las piñas y a los golpes suelen estar en el espacio off, fuera de cámara, sino que también es más sutil que gráfico al desarrollar la trama.

    El gran Michael Shannon (candidato al Oscar este año por su interpretación de John en Sólo un sueño, el esquizofrénico de Peligro en la intimidad) sorprende con un papel bastante diferente. Son es el mayor de sus hermanos, y se debate entre un difícil equilibrio, por su aficción al juego -del que se habla, pero nunca se muestra-, porque su mujer lo dejó y se llevó a su hijito y porque la inestabilidad emocional suele jugarle malas pasadas. Nichols sabe centrar la acción en lo que Son dice y hace, y en las omisiones del protagonista para acrecentar las diferencias con sus hermanos o hermanastros.

    Uno puede adivinar abusos en sus infancias, y el tono de tragedia que sucede a la venganza se avizora en un destino inmediato, y difícil. La escalada de violencia, para la que ninguno de los involucrados está preparado, los pone de frente a la elección de sus destinos.

    Y saber qué hacer ante una encrucijada y decidir por sí mismos es la ardua resolución que Shotgun Stories le dispara a su público. Porque hay dolores que ningún arma puede disparar.
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  • Camino a la redención
    Es el pasado que vuelve

    Cómo influye la muerte de un ser cercano, o por culpa de uno de los protagonistas, ya es una marca de registro de los guiones de Guillermo Arriaga. El mexicano debuta como realizador contando tres historias en paralelo, que en algún momento se enlazarán, pero no de la manera que sucedía en los filmes que guionó para Alejandro González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos y Babel).

    El espacio y el tiempo son como encrucijadas para Arriaga, que ama las historias corales, aunque las de Camino a la redención tienen una vuelta de tuerca que conviene que sea descubierta por el espectador ya en el cine.

    Si los personajes femeninos eran determinantes en buena parte de las tramas de aquellas películas, en ésta, que compitió en Venecia 08, lo son más aún. Por un lado, Sylvia (Charlize Theron) accede a llevar a su cama en Portland a cualquier hombre que se le cruce, pero está como ida, sin querer comprometerse. Algo similar le sucede a Gina (Kim Basinger), que en Nuevo México engaña a su esposo camionero con un fogoso mexicano, pero su hija adolescente la descubre. El tercer personaje que entra en juego es otra hija, la de un mexicano que ve cómo su padre se estrella con su avión fumigador.

    Camino a la redención posa su mirada sobre estas tres mujeres más que sobre los personajes masculinos -que los hay, y muchos, aunque casi sin matices- y se sitúa en el borde de la calificación moralista. El público atento advertirá la relación entre las historias, que suceden en tiempos y espacios distintos, y que convertirán a este rompecabezas en un tratado sobre la indulgencia, el dolor y el arrepentimiento.

    La película arranca con el final de una de esas tres historias (el trailer en el que Gina y su amante se encuentran se incendia, con ellos adentro), por lo que hay un relato de cómo esas muertes repercutieron en sus respectivos hijos en un falso presente, y un racconto de cómo se llegó a ese momento fatal. Y es esa hija (Mariana, interpretada por Jennifer Lawrence, todo un descubrimiento) una pieza clave para el andamiaje de la película.

    Estos dramas familiares son la moneda de mayor y mejor uso para Arriaga, con las relaciones interraciales y los conflictos étnicos, si no en primer plano, ejerciendo su peso ya desde su mera presencia. Con todo, las mayores responsabilidades en cuanto a la interpretación quedaron destinadas a actores no mexicanos. Theron es dueña de una máscara increíble, que desde Monster a esta parte no deja de sorprender con personajes disímiles y de enorme fuerza interior. Basinger parece tener un renacimiento en continuado (Curtis Hanson en Los Angeles: al desnudo le dio su primera oportunidad de demostrar que es una buena actriz además de una cara bonita).

    Lo dicho: cada historia del guionista de Los tres entierros de Melquíades Estrada es diferente también en su estructura, pero quedarse en esas instancias del relato fracturado, para sólo hablar de la forma, desdibuja el contenido
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