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Imagen del crítico Pablo O. Scholz
Pablo O. Scholz
  • Cantidad de críticas: 460
  • Promedio: 67%
  • Críticas favorables: 423/460 (92%)
  • Críticas desfavorables: 37/460 (8%)
  • Diferencia absoluta: 8%
  • Sin City 2: Una mujer para matar o morir
    El 3D es otra arma más que efectiva en este regreso de la novela gráfica.

    El cine en 3D viene siendo mal usado o mal aprovechado y hasta bastardeado, pero el giro que tiene en Sin City: Una mujer para matar o morir lo justifica con creces.

    Y no porque la primera adaptación de las novelas gráficas de Frank Miller, que se estrenó en 2005 y en formato convencional, no haya sido efectiva, impecable y original, saltando de los dibujos a la acción en vivo, con montaje abrupto. La novela gráfica o el cómic pueden sacar muchísimo provecho del 3D.

    Pese a la reticencia inicial de Miller -autor, también de 300, y codirector con Robert Rodríguez de la primera Sin City y de ésta- los resultados son admirables, en cuanto a la forma.

    En cuanto a la trama y el sabor que deja, es muy similar a la anterior.

    Personajes dañados, abandonados a su suerte o buscando (y brindando) protección, mucha estética neo noir, mujeres exuberantes, tiroteos increíbles, oscuridad predominante, el ruido seco de los golpes o desmembramientos... Eso es el universo de Sin City, al que regresan algunas caras conocidas y se suman otras nuevas.

    Las historias son cuatro, y se entrelazan. Vuelven Nancy (Jessica Alba), la stripper que ya no cuenta con su protector, John Hartigan, el policía que encarnaba Bruce Willis (pero que regresa como una presencia fantasmagórica). Está Marv, el matón solitario con la cara de bestia de Mickey Rourke, que deambula amniótico por las cuatro historias; el personaje que antes tenía un rostro parecido al de Clive Owen, ahora se asemeja al de Josh Brolin, su reemplazante, para proteger -o lo que haga falta- a la seductora Ava (Eva Green), nueva adquisición de femme fatale.

    Y Johnny (Joseph Godon-Levitt) tiene unas cuentas pendientes con un político, que deberá resolver más allá de la mesa de juego, donde suele ganar.

    Hay mucho para el regocijo. Las acciones saltan del blanco y negro a colores inesperados, un lápiz labial u ojos pueden así resplandecer en contraste.

    El espíritu que anida en las siluetas y en las entrañas de los personajes de Sin City está al borde del cinismo -cuando no cae en él-. Hay una cosa que es cierta: la sorpresa que fue la primera es algo difícil de repetir, pero la experiencia de esta Sin City es por momentos de gozo y deleite.
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  • El hombre más buscado
    La suma de todos los miedos

    En su último rol protagónico, Philip Seymour Hoffman acapara toda la atención.

    Ciertas circunstancias pueden cambiar la percepción de una actuación. La muerte por sobredosis de heroína de Philip Seymour Hoffman, en febrero, ha hecho que El hombre más buscado sea su última actuación protagónica. Si el actor de Capote tuvo siempre una suerte de imán hacia la platea, en la adaptación del best seller de John Le Carré pareciera que Günther Bachmann tuviera mucho, pero muchísimo más peso específico que el personaje del título, un joven ruso sin papeles al que se presume terrorista.

    La novela de 2008 se centra en Issa Karpov (Grigoriy Dobrygin), quien llega ilegalmente a Hamburgo, Alemania, para sacar la fortuna de su padre de un banco que regentea Thomas Brue (Willem Dafoe), para lo que contrata a una abogada de derechos humanos (Rachel McAdams). Günther, o sea Philip Seymour Hoffman, encabeza una pequeña red de espionaje alemana, que tiene en la mira a la comunidad musulmana, y debe averiguar si el recién llegado integra, o no, la trama de un presumible atentado.

    A lo intrincado que se va volviendo el asunto -pero nunca como en El Topo, otro best seller de Le Carré- se le suma esa atención por el actor que asume el rol principal. Entre sorbos de whisky, las poses de su cuerpo, las miradas, la manera de enunciar sus parlamentos -a veces susurrando-, estamos ante un festival Philip Seymour Hoffman, pero sin sobregiros. Como si hubiera sabido que lo que estaba haciendo era su legado como actor principal.

    Porque ¿cuánto confía en sí mismo? Casi nada es lo que sabemos de su vida interior -retaceos de información bien administrados por el guionista australiano Andrew Bovell (Al filo de la oscuridad) y el realizador holandés Anton Corbijn (El ocaso de un asesino, con Clooney)-, lo que acrecienta el enigma alrededor del personaje.

    Si pudiera apartarse por un instante la mirada al actor, está la no tan embrollada pero sí compleja historia de traiciones, dudas y agachadas propias de una novela de espionaje. Porque después del 11 de septiembre de 2001 -hoy se cumplen trece años- la paranoia cunde en todo Occidente, pero los precios que algunos están dispuestos a pagar por la pretendida “seguridad nacional” son tan altos como muchas veces descabellados.

    Y de eso también trata El hombre más buscado.

    ¿Cuántas veces uno se topa con una adaptación inteligente y, a la vez efectiva? Este es un filme en el que la tensión se acrecienta, las vueltas de tuerca no son increíbles. Y claro, está él, como un he chicero, un gancho que la película aprovecha en sano beneficio.
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  • Que extraño llamarse Federico
    Publicada en la edición impresa.
  • El ardor
    El ardor
    Clarín
    Un auténtico hijo e’ tigre

    Gael García Bernal se luce en este “western revisionado” de Pablo Fendrik, con tintes ecológicos y un aire místico que lo resignifica.



    En el western, los foráneos, los de afuera llegan, polvorientos al lugar rocoso a imponer su ley.

    Lo que sucede en El ardor es que no hay ley que valga, parece, y los sicarios que arriban lo hacen sudorosos, pero por el exceso de humedad de la selva misionera, y son enviados por terratenientes que quieren devastar la zona para beneficio propio.

    La trama, la excusa argumental para que arranque y se desarrolle el filme, es simple. Los asesinos (tres: el jefe, un excelente Claudio Tolcachir, más Jorge Sesán y Julián Tello) son enviados por quienes desean usurpar las tierras y aniquilar a los legítimos dueños, si no firman un modelo de contrato de venta bastante espurio. Y terminan aniquilando a un campesino agricultor, y secuestrando a su hija (la brasileña Alice Braga. Kai (interpretado por Gael García Bernal, otra pata internacional y americana del proyecto), hombre de pocas palabras, que había conseguido cobijo en el lugar, parte, entonces, a su rescate.

    Pero el personaje de Gael García Bernal si se parece a algo es a un samurai, y no solamente por la cuestión del honor.

    La película de Pablo Fendrik, el mismo director de las potentes El asaltante y La sangre brota, es el largo enfrentamiento, hasta el esperado duelo final, en medio de la selva. Los personajes se esconden y sorprenden, ya que a diferencia del western aquí no hay lugares abiertos, sino que Fendrik aprovecha lo laberíntico del espacio selvático para crear más y más suspenso. Si en un filme de terror las apariciones son nocturnas, aquí el verde de la jungla juega en ese sentido.

    El filme también puede entenderse desde su costado ecológico. Hay quienes desean usurpar para su beneficio, y quienes protegen la naturaleza, sean humanos o animales. Al filme lo recorre un aire místico, agigantado por la presencia animal enigmática, y la escasez de los diálogos, que son como la violencia del filme: secos.

    Gael García Bernal luce entre misterioso e inescrutable. Hay alrededor de Kai algo de intriga como también de reserva, como si el personaje que surge de la selva fuera un ente mítico sobrehumano. El rol del héroe, que en apariencia juega con menos armas que los malvados, le sienta bien, con o sin su físico trabajado.

    No hay muchos exponentes aquí del género -western revisionado, o drama ecológico con filme de acción, o como quieran definir a El ardor-, pero el ostensible esfuerzo de producción y la capacidad narrativa de Fendrik lo representa sobradamente bien.
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  • Los indestructibles 3
    Diversión con parodia ochentosa

    Stallone frente Gibson, en un duelo en el que importa más el choque que la trama o la forma.



    Hace cuatro años, Los indestructibles sorprendió, si el término fuese posible, contingente, porque era una combinación de espíritu ochentoso con cine de acción y humor. Con Sylvester Stallone a la cabeza, las figuras de Dolph Lundgren, Jet Li y un astro nuevo del cine de los golpes, Jason Statham, era divertida, o daba para la diversión.

    La saga ya va por la tercera entrega (Los indestructibles 2 se estrenó en 2012, ya con Chuck Norris, Jean-Claude Van Damme y Bruce Willis, que no están en la 3, y Schwarzenegger que la sobrevivió, a bordo) y el espíritu reinante es el mismo. Nadie puede decir que los gags o las situaciones disparatadas -los saltos acrobáticos de Barney Ross (el personaje de Stallone, líder del grupejo de elite), por ejemplo- no tengan parangón con la saga de Rápido y furioso, o la ¿terminada? de Duro de matar.

    Y la cuestión tampoco pasa por la trama, que es más o menos la misma de siempre -rescate de un compañero, en el caso Doc (Wesley Snipes), más salvatajes y duelo con el malvado de turno, aquí un Mel Gibson que fue iniciador de Los indestructibles, pero se pasó al lado oscuro y ahora es traficante de armas-. Ni porque se sume un grupo de jóvenes -nunca novatos- luchadores del lado de los buenos (sin olvidar que actúan contratados por el Gobierno de los Estados Unidos, pero fuera de la ley).

    La cuestión principal no es de forma, sino de choque. Los indestructibles los matan bien muertos a los malos, pero en toda película de acción el personaje que se viste de malvado tiene que ser fuerte, no en su musculatura sino en su sapiencia. En su maldad. Del Guasón de Jack Nicholson que ensombrecía al Batman de Michael Keaton en el filme de Tim Burton al presente hay cientos de ejemplos.

    Mel Gibson da con el rol del maquiavélico, cruzando de vereda, y ya poco importa que del lado de los buenos estén Jet Li y Dolph Lundgren, que fueron antagonistas de Gibson en Arma mortal 4 y de Stallone en Rocky 4. Esto es el siglo XXI y si vamos a reciclar, reciclemos bien.

    La película entretiene en su ley, no tiene la violencia desatada ni descabellada de otras producciones de Stallone, porque por momentos más que una parodia a los ‘80 se asemeja a un cómic, o a un episodio de un dibujito animado de acción, puro diversión.
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  • Relatos salvajes
    Aplastante y excepcional

    Provocativo antes que provocador, Damián Szifron pinta a la sociedad argentina con humor y violencia.

    Un cineasta es alguien que piensa, sueña y habla en términos de cine. Damián Szifron es un cineasta como Hitchcock, como Spielberg, como Scorsese. Bastarían charlar tres minutos con él para advertirlo, pero mejor es ver el resultado de lo que pasa por la cabeza de este animal de cine, y que en Relatos salvajes llega a su expresión más acabada, aplastante y abrumadora a la vez, mucho más que en El fondo del mar o Tiempo de valientes.

    Szifron es un creador, dueño de una inventiva audiovisual apabullante, que hace que cada una de las historias se sigan -se disfruten, bah- como en una montaña rusa.

    El asunto, lo que lo hace más adrenalínico aún, es que nunca se sabe cuándo el carrito va a pegar una vuelta de golpe, o va a llegar el descenso en velocidad más espeluznante.

    Y se ha dicho desde su presentación en mayo en la competencia en el Festival de Cannes que los personajes -todos los personajes- de Relatos salvajes son seres más o menos comunes que se ven expuestos a situaciones que los desconciertan. Circunstancias que ciertamente son más fuertes de lo que ellos pueden aceptar. Y actúan en consecuencia. Como pueden. A veces, sólo a veces, sin medir los efectos.

    La mirada de Szifron es para nada condescendiente. Y disculpen, pero contar de qué va cada uno de los episodios le quita el plus, el juguito intrínseco a cada historia.

    Narrativamente, Szifron estructura cada cuento como el viejo y querido relato -presentación, desarrollo y desenlace, este último con giros totalmente inesperados, para los protagonistas como para el público-. Y el espectador atento notará que nada está hecho por que sí. Que Szifron opta, cuando puede, por cerrar y abrir cada relato con un fundido a negro (observen cómo abre y cierra Bombita, el corto de Ricardo Darín).

    Con el tiempo a Relatos salvajes se la verá como al Tiempo de revancha de Aristarain. La película en seis episodios refleja la idiosincrasia argentina, es un espejo de la sociedad nacional hoy, desprotegida, con lucha de clases, corrupción generalizada y varios etcétera.

    La suma de los factores sorpresa y humor -negro, negrísimo- hace que cada relato sea tragicómico, a excepción, claramente, del quinto, La propuesta, con Oscar Martínez, el más duro de todos.

    Szifron es provocativo antes que un provocador. Un maestro en crear tensiones, y desatarlas, en jugar con los temores del espectador al enfrentarlo a estos personajes y situaciones. ¿Qué haría uno si le pasara lo que al automovilista en la ruta de Salta (El más fuerte)? ¿Salvaría como fuera a un hijo de ir a la cárcel? ¿Cuáles son nuestros límites morales?

    Porque aquí hay personajes con doble moral, como corderitos. Y otros que van de frente.¿Qué les pasa a los protagonistas de Relatos salvajes? Lo inesperado, lo cruel; se encuentran con la violencia que halla una vía de escape; la indignación, el sentirse solo ante el mundo, y que lo pisoteen, que se le rían en la cara. O se preguntan cómo escapar de una situación apremiante. El filme habla también de la justicia por mano propia, o al menos hay personajes que intentan enmendar las cosas cuando la justicia -no la divina-, no aparece. No es que tarde en llegar. No llega nunca.

    Hay cortos más tribuneros que otros (Bombita, por caso), en los que uno puede sentirse más identificado. Y unos con más humor que otros, o más de género -El más fuerte-, después del gran aperitivo que es Pasternak (con Darío Grandinetti), aún antes de los títulos. No importa. El nivel de las actuaciones -los secundarios de Bombita son todos sencillamente para la mesita de luz-, y la música, la cámara y la fotografía, los efectos especiales, todo está unido en la construcción de la mejor película argentina que combina arte y cine comercial en muchísimos años.
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  • Gracias por compartir
    Donde pone el ojo...

    Mark Ruffalo interpreta a un adicto al sexo que trata de salir adelante, pero se enamora de Gwyneth Paltrow, y... Entre la comedia y el drama.

    Las adicciones no suelen deparar comedias, sino por lo general dramas, y Gracias por compartir tiene un pie en cada estribo. Tal vez sea el hecho de que la adicción por la que Adam sigue el programa de los famosos 12 pasos sea la del sexo que uno se siente, a lo sumo, más relajado desde la butaca. Pero no.

    A Stuart Blumberg le gustan las tramas controvertidas. Fue guionista de Divinas tentaciones (un sacerdote y un rabino se enamoran de la misma mujer), de La chica de al lado (un adolescente se vuelve loco cuando una estrella del porno se muda al lado de su hogar, y se enamoran) y de Mi familia (dos jóvenes que nacieron de inseminación artificial llevan a sus progenitoras -dos mujeres- a su padre biológico). Aquí, Adam no es el único que tiene que lidiar con alejarse de las tentaciones.

    Interpretado por Mark Ruffalo (de Mi familia), Adam lleva cinco años sin abrir la bragueta hasta que conoce a una mujer (Gwyneth Paltrow, nada menos) y le cuesta horrores contarle la verdad.

    Menos problemas tiene Neil (Josh Gad), ya que por más que está en el programa de rehabilitación, se engaña a sí mismo y a quienes lo rodean acosando mujeres en el subte, en su trabajo y mirando porno. Adam es el "mentor" o guía responsable de Neil, y Mike (Tim Robbins), el de Adam.

    Más que sumergirnos en el infierno, Blumberg está más preocupado por mostrar cómo el apoyo mutuo es más que suficiente para salir adelante. De ahí que intuimos que los tres personajes sufrirán su zancada, pero que probablemente saldrán a flote. Es una instinto.

    Lo mejor del filme es que no nos mueve a la compasión. Seguramente porque tampoco juzga a los personajes. Fuera del terceto, quien se roba las escenas es Pink, la cantante que hace su debut en un rol dramático en esta opera prima de Blumberg, un nombre que empezaremos a oír más seguido, porque sabe narrar sin caer en agujeros y también conseguir un elenco -y qué elenco: sumen Joely Richardson, Carol Kane y Patrick Fugit- que se adapta a su guión y no a la inversa.

    Con una banda sonora excepcional, la película plantea cuánto se gana o se pierde al mentir en una relación o no ser sincero consigo mismo. O sea: cuando no se comparte.
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  • Juntos... pero no tanto
    Calentando corazones

    De Rob Reiner. Michael Douglas y Diane Keaton, dos viudos y vecinos con humor y romance.

    Si en los ‘80 y ‘90 Meg Ryan era la reina de la comedia romántica, Rob Reiner se había ganado el título en cuanto al director del género en cuanto realizó Cuando Harry conoció a Sally. Veinticinco años más tarde, Juntos... pero no tanto es, también, una comedia romántica, pero con personajes de la tercera edad. Como si Harry y Sally estuvieran al borde de la jubilación.

    Es que Michael Douglas y Diane Keaton interpretan a dos viudos y vecinos, que se llevan horrible. Dos almas heridas que no pudieron superar la muerte de sus parejas, pero uno imagina que el final los encontrará mejor. Unidos y dominados.

    El protagonista claramente es Oren Little, que como agente inmobiliario espera vender una propiedad (la casa que compartió con su esposa) para mudarse a una casita en Vermont. Cascarrabias -al estilo del personaje de Jack Nicholson en Mejor... imposible-, de su boca salen espinas y ninguna rosa. Las películas de Reiner suelen tener muy buenos diálogos, con mejores respuestas, y Douglas se mueve muy, pero muy suelto con sus, claro, remates.

    La necesaria complicación llega cuando el hijo de Oren, que debe cumplir una pequeña condena en prisión -por algo que no cometió, obvio- le deja en la puerta del condominio donde vive a Sarah, la nieta por cumplir 10 años que no conocía. A partir de ahí, Oren y Leah (Keaton) tendrán algo en común, hacer lo mejor posible para que Sarah no extrañe a su padre, y comenzarán a encariñarse.

    Reiner -que se quedó con el papel del pianista con peluquín enamorado de Leah, que es cantante aficionada en bares- mantiene con el correr de los años el timing apropiado. Los chistes sexuales ya son como de salón, pero eso es tan cierto como que por fin a Douglas le pusieron como contrafigura a una mujer de su edad, no haciendo de galán jovencito. Está... viejo.



    Y si el actor por cierto se luce gracias a sus diálogos, Diane Keaton está encantadora con su look a lo Annie Hall, sombreros y pantalones incluidos.



    Igual, los personajes secundarios funcionan como deben hacerlo en el género: tienen su momento de lucidez, apoyan a los protagonistas y desaparecen en el momento justo. Como el hijo drogadicto de Oren -que es hijo, y nada más-, o la compañera de inmobiliaria, interpretada por la siempre exquisita Frances Sternhagen.



    En síntesis, en tiempos en que la comedia de Hollywood busca ser efectista antes que efectiva, y es grosera o banal, Juntos... pero no tanto es el tipo de película que veíamos hace años, y como hijos compartíamos con los padres.
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  • Guardianes de la galaxia
    Hay custodios para un buen rato

    Llega la primera parte de lo que promete ser una saga con bastante humor y desparpajo. Y con muchos personajes que traen la venganza grabada en sus ADN.

    En el universo de los cómics hay personajes e historias más serios que otros. Guardianes de la galaxia, de Marvel, no tiene el status ni la popularidad previa de otros. No son celebridades.

    Perdón. No eran celebridades.

    Porque a partir del salto a la pantalla grande, este quinteto con mucho de los viajeros de la saga de La guerra de las galaxias -es inevitable la comparación, y no sólo porque el Episodio VII se esté rodando en estos momentos- van a ganarse un lugar en el Olimpo hollywoodense de las adaptaciones pochocleras.

    Son renegados o bandidos, ladrones o aventureros, la mayoría con el chip de la venganza grabado en el ADN. Empezando por Peter Quil (Chris Pratt), un humano que, como abre la película en 1988, estaba fanatizado con la música ochentosa, es abducido por extraterrestres y convertido en saqueador intergaláctico.

    En eso está él, y en eso estarán el mapache creado genéticamente Rocket (voz de Bradley Cooper), el Arbol Groot (voz de Vin Diesel que sólo dice "Yo soy Groot"), el forzudo Drax (Dave Bautista) y la verdolaga Gamora (Zoe Saldana): de aquí en más, los Guardianes de la galaxia.

    Como todo filme presentación, y con tantos personajes, hace falta desandar un poco para conocerlos. Pero el quinteto aventurero no tiene nada que ver con la cofradía de los X-Men, por ejemplo. Y el tono humorístico que le imprime el director James Gunn -el de Super, sobre un extrañísimo superhéroe¨- es acorde. Los Guardianes de la galaxia mezclan parodia con humor bien simple, todo esto tamizado sobre una trama en que la amistad es el bien supremo.

    Entonces, ¿nadie debería tomarse demasiado en serio nada de lo que se cuenta? No es para tanto. Todos, los buenos y los malos, empezando por Yondu (Michael Rooker, el alien que secuestró por algún motivo a Peter de niño) o Ronan, el malo más malvado, quieren esa gema por la que todos pelean, aunque peor se intuye que será Thanos (que tendrá mayor envergadura en filmes por venir -la secuela se anunció esta semana, será para 2017-, con la voz de Josh Brolin).

    Y hay muchos más personajes dando vuelta, encarnados por John C. Reilly, Glenn Close, Benicio Del Toro y Djimon Hounsou. Hay mucho despliegue para llenar la pantalla.

    Si a otra saga se acercan estos Guardianes... es a Piratas del Caribe. Hay acción, mucho humor, desparpajo y ganas de pasarla bien entre los personajes, y eso salta de la pantalla, se ve con o sin anteojos 3D. ¿Seguirá así?

    Vamos viendo.
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  • Todo lo que necesitas es amor
    El placer de tu compañía

    Alejada de los melodramas, la directora danesa Susanne Bier cuenta una gran historia de amor, con Pierce Brosnan.

    Contra lo que muchos suelen pensar, de que a cierta edad, parece, en materia de amor la gente está a la vuelta de todo, Ida y Philip desafían a más. Y eso que en la nueva película de Susanne Bier tendrían más para perder que para apostar.

    Bier es de los realizadores daneses surgidos de los '90 que mejor se lleva con el público femenino. Sin la iracundia de Lars von Trier ni el escepticismo de Thomas Vinterberg, sus ex compañeros del Dogma, a la directora de Corazones abiertos le llaman más las relaciones de pareja enrevesadas.Lo que puede un accidente automovilístico inesperado. Si en Corazones... la pareja de un hombre que quedaba paralítico se enamoraba del esposo de la mujer que había causado el accidente de tránsito, en Todo lo que necesitas es amor también cruza a una mujer y a un hombre que a priori no deberían unirse. O tal vez sí.

    Ida es danesa y madre de Astrid, y Philip, el padre de Patrick, jóvenes que se van a casar en Sorrento. Ida viene de sufrir golpes de todo tipo, ya que si la quimioterapia ya pasó, teme que el cáncer regrese, y lo que menos esperaba era encontrarse a su marido revolcándose con una compañera, "la puta de Contabilidad", en el sillón de su casa. Philip es viudo y ni siquiera acepta ponerse los zapatos para bailar tango que le obsequia su más joven y linda secretaria. Están, claro, uno y otro para otra cosa.

    Bier maneja el humor como un escape. No hay escena dramática que no tenga como corolario un gag bien cosido. Porque Todo lo que necesitas es amor es una comedia, romántica, y por momentos dramática, con muchos personajes secundarios rondando esa historia central que arranca mal (Ida choca el auto de Philip, aún antes de saber que sería su consuegro) y que va tocando extremos como un subibaja, o un electrocardiograma.

    Hay tal vez demasiadas subtramas y algunas historias inverosímiles en cuestión de que cada familia tiene sus secretos (otra constante en Bier) y está todo muy mezclado.

    Pierce Brosnan vuelve a viajar para asistir a una boda a un lugar paradisíaco (Grecia en Mamma mia!, donde cometía el sacrilegio de cantar; aquí es Sorrento, al sur de Italia), pero parece más aplomado, aunque su Philip es, por momentos insufrible.

    Trine Dyrholm, que sufría como pocas en La celebración, y vista en En un mundo mejor, Aguas turbulentas y Pequeño soldado, tiene el papel más complejo. Y a veces dan ganas de arroparla, pero otras lo que extrae de uno es bufar: todo ello indica que estamos ante otra gran trabajo de esta monumental actriz danesa.
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  • El planeta de los simios: Confrontación
    La saga continúa, y ahora la espectacularidad se suma a la humanización de los primates.

    Si en 2011 El planeta de los simios: (R)Evolución auguraba una nueva concepción sobre el best seller de Pierre Boulle, esta Confrontación, con nuevo director, supone un paso adelante hasta que finalmente se llegue a la nave madre de la historia, El planeta de los simios.

    Porque tanto (R)Evolución como Confrontación son precuelas, narrando acontecimientos que suceden mucho antes de que los primates gobiernen la Tierra, como ocurre en la novela y se veía en la película original de 1968, con Charlton Heston como astronauta que creía haber llegado a otro planeta, pero no, estaba en la Tierra.

    Aquí todavía hay resistencia. Rebelión humana.

    Han pasado diez inviernos, dice un simio, desde que el científico que encarnaba James Franco diseminó un virus genético que dio más inteligencia a los primates. Muchos de ellos habían sido torturados en laboratorios. Y el aroma de la venganza, que se ha esparcido en buena parte de la producción de acción del Hollywood contemporáneo, aquí brota a borbotones.

    El director Matt Reeves (Cloverfield) le ha dado al tratamiento un estilo visual diferente. Si (R)Evolución prácticamente transcurría en interiores, en Confrontación la acción pasa al aire libre. La ferocidad y la inteligencia, combinadas, dan más adrenalina. Es cierto que las batallas con los simios son visiblemente animadas, y eso distrae, le quita mérito a la narración. Pero en la construcción de los personajes gana la película, que en su primera mitad es como un cargamento de explosivos a punto de dinamitarlo todo.

    César (Andy Serkis, por movimiento captado y luego animado digitalmente) ahora es el líder de una colonia de unos 2.000 simios que viven en el bosque de las afueras de San Francisco. Hay caos y ley marcial en los pocos centros urbanos que se mantienen en pie. Dreyfus (Gary Oldman) es el cabecilla de lo que quedó de San Francisco, y enviará a Malcolm (Jason Clarke, de La noche más oscura) a reparar una represa eléctrica, para así intentar sobrevivir y poder comunicarse con el resto del mundo.

    Si es que afuera queda alguien con vida.

    Reeves acierta en cimentar, asentar en los personajes de las dos facciones, humanos y simios, características contrapuestas. Ha humanizado a los primates, si cabe el término, y la lucha, cuando se desate, ya no parece ser entre especies, sino entre facciones de una misma índole.

    Imposible no sentir empatía, entonces, por unos u otros, algo que ya sucedía en (R)Evolución. César tiene familia, y hay varias familias cercenadas de lado de los humanos. Hay traidores, y seres que actúan de acuerdo a lo que creen es lo mejor... Lejos de la mecanicidad de Transformers, aquí no hay ruido a lata, sino sangre corriendo por las venas. Y el final preanuncia la nueva precuela (y secuela de ésta), prevista para 2016. Y tal vez nos acerquemos a aquello que Pierre Boulle planteaba: quién es más salvaje, el hombre o el simio. Algo que Confrontación hace más que esbozar.
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  • 7 cajas
    7 cajas
    Clarín
    Corre, Víctor, corre

    Más que agradable sorpresa es este thriller paraguayo.

    Las sorpresas que puede deparar el cine, cuando uno ingresa a una sala y se deja llevar por la narración, sin preocuparse por los antecedentes. Es estar con la cabeza alejada de los prejuicios.Eso es 7 cajas, un thriller contundente y sin mirada cuestionadora o social.

    La cámara sigue a Víctor, un carretillero de 17 años, que para conseguir la otra mitad del billete de cien dólares que le dieron, debe transportar las siete cajas del título en el Mercado 4 de Asunción, sin saber qué es lo que contienen.

    Pero llevar ese cargamento se transformará en un acontecimiento entre épico e increíble, cargado de trabas, aparición de delincuentes, traiciones, policías honestos (!) y una serie de vicisitudes que conviene no adelantar para no quebrar el clima intenso de continua sorpresa.

    La historia del personaje que de la nada se ve metido en un asunto peligroso, que se le escapa de las manos, y que sufre el acoso de agentes externos y se siente como encerrado en su ámbito, no es seguramente nuevo. Hay mucho aquí de Corre, Lola, corre, y hasta de El Mariachi, y desenvolviéndose en un entorno como el de Ciudad de Dios.

    Si 7 cajas no fuera una producción paraguaya -Paraguay no tiene una industria de cine, sino que son películas, arrestos individuales- y de otra nacionalidad con una trayectoria cinematográfica medianamente importante, y con rostros conocidos, estaríamos hablando de un filme que hasta podría convertirse de culto. Y en su país de origen lo fue: vendió en Paraguay más entradas que el Titanic de James Cameron...

    Pero 7 cajas mantiene aún el encanto de ls operas primas. Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori debutan en el largometraje. Es que lo que cuentan es enteramente universal y, al margen de alguna redundancia o repetición que aminora el ritmo y resiste la credibilidad, la película entretiene y mantiene en tensión desde que arranca hasta el final.
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  • La mejor oferta
    Publicada en la edición impresa.
  • Khumba
    Khumba
    Clarín
    La cebrita que quería rayas

    "A veces retroceder es la única forma de continuar". El mensaje, que puede sonar algo contradictorio, es en esta película de animación sudafricana toda una síntesis de los temas que abarca.

    Hay una cebra que nació diferente al resto -no tiene rayas negras de la mitad del cuerpo hacia la cola-, por lo que la cargan y le dicen "ceb", marginándola. Y que, antes que sentarse a sufrir la discriminación, parte decidida siguiendo el consejo de un conejo: la leyenda dice que en algún lugar existe un pozo mágico de agua, donde podría recuperar las rayas.

    Y por si fuera poco, no llueve desde hace rato, por lo que la supervivencia en esa región rocosa africana se hace más difícil.

    Las metáforas y las comparaciones en los filmes para chicos están claras, a la vista. Pero no siempre, por fortuna, son remarcadas. Y Khumba baja su línea, pero lo hace de manera casi natural.La fauna es amplísima: están el leopardo malo, ciego de un ojo, que amenaza a las cebras, un águila negra que es blanca (?) y otros extraños especímenes, sean suricatas, cabra, avestruz, bisonte, coyote, oveja (?) y hasta un mantis.

    ¿Quieren más cosas insólitas, singulares? Las cebras juegan al fútbol -¿efectos del Mundial de Sudáfrica?- y hasta gritan gol.

    El 3D no es algo que sume, añada demasiado, por lo que no afecta verla con o sin anteojitos. Amable, se deja ver con o sin pochoclo, y le fue tan bien en su país de origen que el año que viene se estrena la secuela.
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  • Mi gran oportunidad
    El que no arriesga, no gana

    El director de “El Diablo viste a la moda” toma al tenor Paul Potts, primer ganador de un reality, y cuenta su historia de superación.

    Los guiones que se basan en historias de superación de la vida real tienen un handicap, pero también algnas contras. Y más aún cuando el personaje es contemporáneo, la gente tiene fresca su historia y, aún más, como es el caso de Paul Potts, surgió y ganó un reality televisivo...

    Potts triunfó en la primera edición de Britain's Got Talent, en 2007, y no por cantar baladas o pop. Paul era un aficionado a la ópera, pero que la pasó mal -muy mal- ya desde pequeño, cuando el término bullying no se había acuñado ni mediatizado como en el presente. "Si no se arriesga no se gana", le dice su novia. Y tiene razón.

    El filme, de David Frankel, cuyo as en la manga es haber dirigido aquella brillante comedia que fue El Diablo viste a la moda, toma a un personaje entrañable y lo vuelve más querible aún. Y a aquéllos que conocen la vida real de Potts, la versión les resultará resumida y/o pasteurizada. Para los que sólo saben que triunfó de inmediato en cuanto cantó la primera nota de un aria ante el jurado que integraba Simon Cowell, conocido por su sarcasmo (y que hace de sí mismo en el filme) la película es, si cabe, mucho más disfrutable.

    Es que cuando la emoción es la que tiene que saltarle a los ojos al espectador, es allí donde, pese a algunas notas falsas, da en el blanco.

    A Paul, el personaje, lo rodearon de familiares que son, mire, como para la mesita de luz. Desde su novia y esposa -Alexandra Roach, que hacía de joven Margaret Thatcher en La Dama de hierro- hasta sus padres, interpretados por Julie Walters y Colm Meany, que cada vez que abren la boca lo hacen siguiendo un arco dramático previsible, pero bien llevado y sumamente entrador.

    James Corden debió engordar unos kilos para dar con un phisique du rol que se asemeje a Potts, pero lo suyo no pasa por la apariencia ni la gestualidad. Lo suyo es generar empatía con el público. Y lo hace.

    Es que Paul, de no ser por su peso, también es para la mesita de luz. Es un naive, un tipo común que tiene un sueño, pero él lo cumplió. Ya lo dijo un coterráneo suyo, un beatle. Pueden decir que Paul es un soñador, pero seguramente no el único, y ésos que son como él seguro se deleitarán con Mi gran oportunidad más que otros.
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  • Transcendence: Identidad virtual
    Publicada en la edición impresa.
  • Ismael
    Ismael
    Clarín
    De amor y desamores

    La nueva película de Marcelo PiñeyroUn niño de 10 años deja su hogar para localizar a su padre, a quien no conoce.



    Un importante giro ha dado Marcelo Piñeyro a su cine con Ismael, que rodó enteramente en España. No es que sea un filme sin la marca del director de Tango feroz y Caballos salvajes, porque algunas constantes están, pero hasta ahora no se había decidido a mostrar los sentimientos de sus personajes, y los propios, como en esta ocasión.

    La búsqueda de la identidad es troncal en Ismael, en la película, en el protagonista que le da su título al filme y en los personajes que lo rodean.

    Ismael es un niño de unos diez años, de color, que un día se escapa de su casa en Madrid para encontrar a su padre en Barcelona, a quien no conoce. Félix es su padre biológico, ya que dejó a la madre de Ismael cuando se enteró de que estaba embarazada.

    Historia de encuentros y reencuentros, Ismael va creciendo a medida de que los personajes dejan de ser rótulos, nombres y empiezan a decir sus verdades.

    Tal vez Piñeyro se ha ceñido en demasía a los textos, y en su afán por explicar en palabras lo que las imágenes no dan por sí mismas sobrecarga la atención dramática. Porque Ismael es un melodrama, sin que esto signifique un juicio de valor: es un género con sus propias reglas a las que Piñeyro le aporta su mirada nunca distante y sí emocionante.

    Y el amor y el desamor están allí presentes. A Ismael, Félix y Alika se suman la madre de Félix (Belén Rueda) y el más pintoresco de los que cruzan la pantalla, Jordi, un Sergi López que en su relación con Rueda consiguen una química tan fuerte que empañan a la central. También está Luis (Juan Diego Botto), la pareja de Alika (Ella Kweku) y el hombre que Ismael tiene como referencia paterna.

    El guión está planeado con enigmas planteados, todos alrededor de las relaciones interpersonales. ¿Cómo será el encuentro entre Ismael y su padre? ¿Y entre Félix y Alika? ¿Y Félix con su madre? Si a veces las miradas dicen más que las palabras, aquí Piñeyro optó por el camino inverso.

    Y así las cosas es en los contrapuntos donde se genera la tensión y donde debe estar centrada la atención. Mario Casas (Antonio en Las brujas, de Alex de la Iglesia, también visto aquí en Carne de neón) compone a la más jeroglífica de las criaturas de Piñeyro. Es un profesor de alumnos con problemas de conducta, y el filme pivotea en él, por su vínculo (auténtico o inexistente) con Ismael, la abuela y la madre. Búsqueda de identidad, como decíamos, genuina exploración para descubrir e integrarse al otro, no adosarlo.

    En eso, se ve, está el realizador.
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  • Jersey Boys: Persiguiendo la música
    El musical sobre Frankie Valli

    Buena película de Clint EastwoodSurgimiento, apogeo y disolución de la banda Frankie Valli y los Four Seasons.



    Contar la historia de una banda de música en cine incluye necesariamente, por catálogo, representaciones en vivo, el backstage, y los conflictos, internos, entre los integrantes, casi siempre por cuestiones de egos, y familiares -por lo general, por el mismo motivo y/o flagrantes desatenciones-.

    A Clint Eastwood el género del musical le es, o le era, ajeno, pero no la música. Hombre de jazz de la primera hora, ha compuesto las bandas de sonido de sus últimas películas, así que si además, como confesó, era admirador de Frankie Valli en su época de esplendor, aunque nunca había visto Jersey Boys, el musical de Broadway, decidió adaptarlo a la pantalla. Y hace su primeros palotes en el musical.

    Lo de adaptar es una manera de decir, porque quienes firman el guión son Marshall Brickman y Rick Elice, los mismos que escribieron el show ganador del Tony. Eastwood casi no tocó lo central -formación, ascenso y disolución de Frankie Valli y los Four Seasons, de los años '50 en adelante-, reclutó a muchos actores que encarnaron a los músicos en Broadway o en otros escenarios, con excepción de uno, y le dio su toque de clasicismo, hoy casi olvidado por Hollywood.

    El resultado es en términos generales bueno, entretenido en lo musical, pero con agujeros dramáticos, baches llamativos en la narración. O no tanto si advertimos El sustituto o Invictus. Como si al director de Río Místico pusiera el piloto automático y confiara en su equipo técnico, y descansara en ellos.

    Eastwood mantuvo la estructura de "cuatro estaciones" en que se divide la pieza teatral, y en que los cuatro integrantes de la banda hablaran al espectador. Algo que en la inmediatez de un teatro en vivo tiene un efecto, y que en una pantalla implica otro riesgo. No es que esa complicidad que se quiere plantear con el público cinematográfico no llegue a ser fluida. Es que al Jersey Boys en fílmico le falta, ¿cómo decirlo? Polenta.

    La estructura es similar a Buenos muchachos, de Scorsese. Amigos ítaloamericanos de un barrio, aquí Belleville, Nueva Jersey, que eran delincuentes de poca monta que casi sin darse cuenta revolucionan el mundo que los circunda, y se convierten en un fenómeno pop. Otro problema es que no hay un contexto: pareciera que Frankie y los suyos lideraran los charts de la época y no convivieran con los Beach Boys ni los Beatles.

    No importa. El placer que Eastwood siente por los marginados es lo que levanta al filme. El frontman, la energía sexual que emanaba de sus representaciones está a cargo de John Lloyd Young, quien hizo el personaje central en Broadway y ganó un Tony por ello. Otro que no desentona, curiosamente, es Vincent Plaza, como Tommy DeVito, que es el nuevo en el cuarteto, ya que no participó de la obra.

    Es curiosa la construcción de los personajes femeninos (que siempre estuvieron en el debe de Eastwood, a excepción de Los puentes de Madison y Río Místico). Renée Marino ilusiona al comienzo como la primera esposa de Valli, pero luego se hunde en el olvido.

    La ambientación y, sobre todo, la luz de Tom Stern desde la dirección de fotografía, apunta mucho a que Jersey Boys se pueda disfrutar, con las salvedades marcadas.
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  • Cómo entrenar a tu dragón 2
    Amigos para la aventura

    En concordancia con su vigésimo aniversario, el estudio DreamWorks SKG (S de Steven Spielberg; K de Jeffrey Katzenberg; y G de David Geffen) estrena este año Cómo entrenar a tu dragón 2, -aquí llega pasado mañana- y decidió presentarla (y festejar) en el marco del Festival de Cannes, donde en 2001 la primera película emblemática de DreamWorks Animation (Shrek) se exhibió en la muestra y -toda una rareza por entonces- en competencia por la Palma de Oro.

    El ogro que parodiaba los cuentos de hadas no ganó nada, ni siquiera como mejor actor, pero a partir de allí se creó un lazo entre este nuevo estudio hollywoodense y el Festival, y año tras año un título animado tiene su presentación en la ciudad de la Costa Azul.

    Gran parte del equipo de la película animada, que el viernes se estrenó en los Estados Unidos, y aquí lo hará este jueves, víspera del feriado del 20 de junio, habló con la prensa acreditada en el Festival hace apenas semanas, cuando Como entrenar a tu dragón 2 se exhibió fuera de competencia.

    Cinco años después de que el niño vikingo Hipo (voz de Jay Baruchel) se hiciera impensable amigo del dragón Chimuelo y la vida en la aldea de Berk cambiara para siempre, ahora convertido en adolescente, Hipo reniega del legado que quiere darle su padre (ser el líder del pueblo), y emprende un viaje que lo reencontrará con su madre (Cate Blanchett).

    Dan Deblois no sólo es el realizador de la película. Ya había codirigido la primera, y a él se debe un título entrañable de la factoría Disney, Lilo & Stitch. De hecho, las similitudes entre uno y otro filme pasan porque se centran en la relación entre un humano y un ser fantástico (Stitch es un extraterrestre azul de seis brazos -esconde dos para parecer un perro-; Chimuelo es un dragón negro).

    “Sin revelar demasiados detalles, una de las cosas que hemos tenido presentes desde el comienzo de la trilogía es que concluiremos la saga revelando el destino del dragón. Es algo que sigue siendo un misterio actualmente, ¡pero tal vez todo será revelado en Cómo entrenar a tu dragón 4!”, bromeó el canadiense, de 44 años. La tercera parte estará lista para junio de 2016. La primera fue candidata al Oscar como mejor filme de animación y, claro, perdió con Toy Story 3.

    Cate Blanchett le pone la voz a la madre de Hipo, y viene de ganar el Oscar a la mejor actriz por Blue Jasmine. “Esta experiencia ha sido un gran privilegio. Mis hijos y yo adoramos la primera película -dijo la intérprete australiana, de 45 años-. Es muy divertida, pero también tiene un gran corazón. Como actriz, utilizás todo tu cuerpo para comunicarte. En una película de animación, usás únicamente tu voz, y es una experiencia asombrosa. La diferencia más grande es que no podés interactuar con los otros actores, porque tenés que grabar sola en una cabina”.

    Pero como la trama implicaba el reencuentro de su personaje -al que Hipo creía que había sido raptada y fagocitada por los dragones- con Estoico, el padre de Hipo, Gerard Butler, que le pone la voz al jefe de la aldea, tuvo que regrabar su trabajo.

    Con la película terminada, Butler regresó al estudio para así afianzar, consolidar detalles de su interpretación vocal. “Grabé de nuevo el 75 por ciento de mis oraciones. Podrán decir que son detalles, OK, pero me sentí más seguro. Creo que así le otorgo mayor emoción a las palabras al ver cómo quedaron en el montaje final las escenas del reencuentro”.

    Jeffrey Katzenberg, que suele ser tan diplomático como hiperkinético, “Cannes y Dreamworks es una historia de amor que se remonta a la proyección de Shrek. La animación por ordenador sigue siendo un arte muy joven, la primera película se remonta a 1994. En la actualidad contamos con enormes recursos tecnológicos. Me siento muy orgulloso de Cómo entrenar a tu dragón 2 porque va más allá. Nuestra meta es superar constantemente las expectativas del público”.

    Katzenberg tiró datos como para erizarle la piel a cualquiera. “En diez años las películas se verán en cine no más de las tres primeras semanas en cartel, para pasar a otros formatos. Es posible que la entrada cueste 15 dólares, y por verla en TV, 4 y en un celular, 1,99”. También aseguró -aprovechando que creó Oriental DreamWorks, con sede en Shanghai-, que hará películas con ADN chino “desde 2016” que “en cinco o siete años China será el primer mercado mundial”.

    Por de pronto, la película aquí llega subtitulada al castellano. Al chino, ya se verá.
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  • Pasión inocente
    Cuán frágiles que somos

    Una historia de infidelidades, con un final sorprendente, debida a un joven talento independiente.



    El desamor y el amor no son las dos caras de una misma moneda, pero se le parecen. Cómo el arribo de un factor externo implosiona en una relación familiar -esposo, esposa e hija de 17 años- es el eje sobre el que el independiente y joven (31 años) Drake Doremus hinca el diente, y si deja un sabor amargo es porque está en las antípodas del cine de Hollywood.

    Hay una historia de infidelidades, al inicio más latente que concreta, que involucra a cuatro personajes. Keith y Megan son una pareja en apariencia feliz, llevan 17 años juntos y tienen una hija, Lauren, por la que se desviven. Doremus abre la película mostrándolos en una sesión de fotos en los jardines de su casa, a una hora y media de Manhattan. Por entonces, Megan se preocupa porque no salga el reflejo del sol en los anteojos de su marido en las fotos. Todo es apacible, hay sonrisas y hasta cierta complicidad.

    Pero cuánto hay en un cruce de miradas. Y cuánto le dice Keith a Sophie, la inglesa de 18 años que llega a vivir con ellos en un intercambio cultural, y viceversa, cuando la atracción entre ellos es más que notoria.

    ¿O acaso importa quién le toma primero la mano a quien?

    Doremus tiene la habilidad de escaparle al dramón y de eludir enjuiciar a sus personajes. Como la cámara se entromete de a poco en la familia, el espectador irá descubriendo por qué viven donde viven, y que Keith, que enseña piano a adolescentes, lo que menos quiere en su vida es eso, y está impaciente por pasar una audición y ser chelista en una orquesta sinfónica.

    Historia de sueños (in)compar­tidos, de trenes que pasan por última vez y de la fragilidad de una adolescente (Lauren, porque Sophie no sólo es mayor de edad, sino que actúa como la más adulta del cuarteto), Pasión inocente tiene mucho de pasión y poco de inocencia. Lo que se dice y más lo que no se vuelca en palabras adquiere un tono en la estructura dramática que fortifica a la película, que admite distintas miradas, de acuerdo a los personajes. Como un Rashomon a la Belleza americana, pero menos sangrienta y mucho, mucho más contenida.

    Doremus tiene en Felicity Jones a su actriz fetiche. Ya habían trabajado juntos en Like Crazy (2011) -de las últimas películas con Jennifer Lawrence no estrenada entre nosotros-, galardonada en Sundance, y la joven tiene una presencia que no termina siendo arrolladora para el bien del relato y que sirve para sopesar, tantear las relaciones y el peso específico de cada personaje involucrado.

    Guy Pearce es toda una sorpresa, ya que el actor de Los Angeles: al desnudo y Memento tiene aquí oportunidad de mostrar otras facetas sin empuñar un arma ni sentirse en peligro de muerte. Aunque dependa de cómo se lo vea, Keith está igualmente acorralado.

    En fin, un filme con muchas capas para ir pelando hasta llegar a un final que sólo un cineasta independiente es capaz de graficar como Doremus lo hace.
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  • Love punch
    Love punch
    Clarín
    Publicada en la edición impresa.
  • El hombre duplicado
    En nombre de Saramago

    El actor de “Secreto en la montaña” protagoniza “El hombre duplicado”, el filme basado en una novela del Premio Nobel, que se estrena aquí el jueves. La viuda del escritor portugués elogia la versión del director, Denis Villeneuve.



    “El caos es un orden por descifrar”, dice el epígrafe de El hombre duplicado, el libro que José Saramago publicó en 2002. Y así comienza la película homónima del director canadiense Denis Villeneuve (Quebec, 1967), que se estrena el jueves en Buenos Aires. “Pensé en ser fiel al amor que sentí cuando leí el libro, pero más que adaptación es mi interpretación”, sostuvo el ascendente director, dueño de un cine virulento, autor de éxitos como La sospecha (2013) o Incendies (2010). Y Pilar del Río, viuda de Saramago y traductora del libro, concede: si Saramago entregó los derechos de su obra, es porque confiaba en el director (ver “Adaptación...”).

    No conocemos el trasfondo de la negociación entre Villeneuve y Saramago. Pero sí la que el cineasta mantuvo con el venerado dramaturgo Wajdi Mouawad para llevar al cine su Incendies, una obra que Sergio Renán trajo en 2013 a la escena local y que en su versión cinematográfica estuvo nominada al Oscar como mejor película extranjera. Cuando Villeneuve fue a pedirle los derechos, Mouawad le puso condiciones: que hiciera una película personal y que no le pidiera ayuda. Fue el mejor regalo. Para él y para los espectadores. Con el libro del Nobel portugués ocurre lo mismo. Por suerte y por respeto a todos, el director abusó de su libertad. Una libertad que también le ofrece su actor fetiche, el polifacético Jake Gyllenhaal.

    Su cine enigmático agobia. Su alter ego aflora sin piedad, pues Villeneuve hace cine más allá del origen de sus historias: la vida, el teatro, un libro. Tal vez la clave haya que buscarla en su infancia. De chico adoraba los western, y más tarde se vio deslumbrado por 2001 Odisea del espacio, la mítica película de Stanley Kubrick, basada en un libro del novelista Arthur Clarke. Fue la película que le enseñó el misterio. Pero lo suyo no es la ciencia ficción, sino la condición humana, las personas, amenazadas por situaciones extremas, históricas, sociales o meramente personales, si es que éstas existen.

    Si en Incendies el desencadenante está en el contexto, en las secuelas de la guerra de Líbano, cuyas consecuencias son atribuibles a cualquier guerra, si en La sospecha la violencia urbana además de aturdir muestra las perversiones de un padre acorralado por la desaparición de su hija, en El hombre duplicado vemos la lucha del subconsciente. La identidad, el conflicto interno que se dispara en los personajes. Y una pregunta que es la del libro: ¿Qué nos define como personas individuales y únicas? Preocupaciones compartidas, excelentemente amparadas en el guión del español Javier Gullón.

    Apuesta a la universalización de sus historias Villeneuve. Sus películas ocurren en Montreal, en Ontario o en Líbano, pero poco importa el lugar. Podría ser Buenos Aires. Sí sobresalen las miserias, los interrogantes y las angustias de los protagonistas. La lucha interna, que en el caso de El hombre... hasta permite reconstruir el pasado.

    Hay que desconfiar de Villeneuve. Lo suyo es el enigma. Y lo simbólico. Si hasta juega con las arañas de Louise Bourgeois, la artista franco estadounidense. Ella estuvo en el infierno y volvió. Su gigantesca araña es un homenaje a su madre, víctima como la artista, del padre de Louise, tiránico y mujeriego. Si van a ver la película, descifrarán la relación. Si no, es suficiente saber que a Villeneuve lo atraen los miedos, sus propios miedos.
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  • Tutti I Santi Giorni
    Cuando el subrayado raya

    Típica “commedia all’italiana”, sobre una pareja que busca quedar embarazada, el realizador toscano Virzi remarca más de la cuenta.



    El problema con el subrayado en el cine es que delata más de lo que afirma. Y en esta comedia dramática italiana, Paolo Virzi remarca las características de los personajes, y termina abrumando.

    Claro que el énfasis es una propiedad innata de los italianos, aunque el director de La prima cosa bella pudo haberse guardado el marcador en el bolsillo.

    La historia de Tutti i santi giorni ( Todos los santos días ) es la de una pareja, Guido y Antonia, que buscan quedar embarazados, pero les cuesta conseguirlo. Llevan seis años juntos y las presiones de la familia y de los conocidos parecen, por suerte, no intervenir en su deseo. Y hacen todo lo que está a sus manos (y más) por ser padres.

    Lo del subrayado va por la manera de definir a Antonia y Guido, en contraposición a una pareja vecina. Unos son intelectuales, y Marcello es un machista a ultranza, y así. El inconveniente no sería mayor de no ser que cuando la comedia deja más lugar al drama -cuando la pareja parece que va a derrumbarse- no se reduce el número de clisés, sino que aumenta.

    Thony, que es música y es la primera vez que actúa en una película, está muy bien como Antonia, ya que es la única que no parece regirse por las normas, y su conducta es por momentos arbitraria. Es la bocanada de aire necesaria para que la película respire. Porque más allá de gags sexuales -la confusión con un oriental, que le pide a Guido, conserje en un hotel, que le consiga chicas o lo masturbe él- todo en Tutti i santi giorni no ofrece mucho como para asombrarse, y, menos, admirar.
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  • A million ways to die in the west
    Con la pólvora mojada

    Parodia al género del western, con Charlize Theron y Liam Neeson.



    Mel Brooks, que hizo la mejor parodia del western con Locuras en el Oeste (1974), tenía un método para saber si un gag era bueno o no. El director de El joven Frankenstein lo decía en voz alta, y si se reía, lo repetía cinco veces. Y si se seguía riendo, lo dejaba en el guión de sus películas.

    Tras la serie animada Padre de familia, cuando Seth MacFarlane, su creador, estrenó en los cines Ted, sobre un muñeco de peluche que habla y a lo largo de los años sigue siendo compañero de parranda del personaje de Mark Wahlberg, se aplaudió la osadía y, si no la originalidad, cierto aire de parodia a las comedias sexistas del llamado nuevo cine americano.

    MacFarlane apostó más alto y, antes de rodar la continuación de Ted, se metió con el western, uno de los géneros, junto con la comedia musical, creados por Hollywood. Y si el intento fue parodiar, aquí a MacFarlane el ingenio se lo agotó pronto. Demasiado rápido.

    La andanada de gags escatológicos y sexuales termina siendo como la diarrea que sufre uno de los personajes. No es puritanismo, sino que la reiteración no suma sino que resta eficacia.

    MacFarlane también se pone delante de la cámara (en Ted le ponía la voz al osito) y ahí tampoco zafa. Es Albert, un pastor de ovejas miedoso, que al escapar de un duelo en la calle principal del pueblo, por 1882, su novia (Amanda Seyfried) lo abandona por un bigotudo (Neil Patrick Harris). Albert conoce a Anna (Charlize Theron, con look siglo XXI), que le enseñará a disparar para poder reconquistar a su chica, y de la que, obvio, se enamora. Pero es la esposa de un bandido (Liam Neeson), y cuando pase por el pueblo, el lector ya se imagina lo que sucede.

    Como con la mayoría de las escenas que comienzan y terminan más o menos igual.

    Hay un par de cameos sorpresivos, con homenajes a otros filmes, y si decide ir a ver A Million Ways to Die in the West ( Un millón de maneras de morir en el Oeste ), ya que está, quédese hasta el final de los créditos.

    Incomprensible la decisión de mantener el título en inglés. No es como Flashdance, o RoboCop, éste es casi una oración. En España y en Chile lo tradujeron como Mil maneras de morder el polvo y Pueblo chico, pistola grande , como reza chico como subtítulo en los afiches locales.
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  • Maléfica
    Maléfica
    Clarín
    El auténtico beso de amor

    Angelina Jolie le da un giro a la trama, y ahora todo es diferente, gracias al amor.



    Hay que ver cómo pasó Maléfica, la malvada de La Bella durmiente animada (1959) de ser la más perversa, peligrosa, maligna, ruin y, seguro, con peor aliento de la factoría Disney, a una villana heroica.

    Sí, porque no importa si uno leyó el cuento de Perrault, o vio la versión en dibujitos. Disney, como hizo con tantos personajes literarios, de La Sirenita a Pocahontas, ahora se inspiró en el filme y dio vuelta la trama como a un guante. Si hasta cambia el clásico castillo de los títulos...

    Porque Maléfica no es “la” versión de la misma historia desde el punto de vista de esta hada, ahora de enormes cuernos y que arrastra las alas, y tez blanca y labios rojo carmesí como Blancanieves.

    Maléfica descubre qué era de la vida de este personaje, desde que era una huerfanita, sonriente, bondadosa, casi casi una princesita de Disney, hasta que algo, alguien le hace cambiar el humor. Maléfica, aunque hada, es humanizada.

    Y si a una mujer no se le hace algo feo, no quieran saber cómo reacciona un hada con poderes.

    En tiempos en los que Holly-wood cree que si hay más -efectos, escenarios, colores, ruidos, metraje- es mejor, Maléfica -que sí tiene ruidos y efectos, pero dura 97’- es casi como un oasis. Porque tiene trama, no es una mera sumatoria de escenas y, sobre todo, tiene un personaje central absorbente, con la sangre de Angelina Jolie. Que impregna, empapa a la historia su impronta, y nos interesa.

    La maldición sobre Aurora -que cuando cumpla 16 se pinchará un dedo con una rueca, y dormirá el sueño eterno, salvo que reciba un beso de amor verdadero- es irrevocable. “La maldije así, porque el amor verdadero no existe”, dice Maléfica, quien no pestañea jamás, con sus ojos iridiscentes, y que agrega “No me gustan los niños”, justo en boca de Angelina.

    La creación de Jolie es tan asombrosa desde lo estético como desde su interpretación. Las aplicaciones prostáticas de Rick Baker -camino a su octavo Oscar en maquillaje- le dan un rostro anguloso, como si en vez de pómulos luciera cuchillas. Asusta, pero apasiona. Es altanera, pero a la vez simpática...

    Maléfica está llena de guiños e invenciones en la trama, como diálogos iguales al filme animado, o tips sobre qué hace daño a un hada. Las tres hadas madrinas que cuidan a Aurora (Elle Fanning) son como Los tres chiflados, es el único comic relief , el alivio de comicidad de un drama de acción y aventuras, en el que el arrepentimiento de la mala, no choca ni hace ruido.

    El director Robert Stromberg viene de hacer la dirección de arte de Avatar (las escenas con la cámara de Dean Semler en el reino de las criaturas fantásticas remite al filme de Cameron) y del campo de los efectos especiales, y se nota en la plasticidad de las imágenes.

    Los más pequeños a lo mejor -o a lo peor- se asustan, pero esta recreación de la villana que busca redención es un buen giro. Esperen el beso...
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  • Godzilla
    Godzilla
    Clarín
    Es un monstruo grande...

    Los estudios japoneses Toho crearon a Gojira (o Godzilla) en la película original de 1954 -la primera de 28 que tiene el monstruo- como una metáfora, la representación del terror que causó en tierras niponas el ataque nuclear de los Estados Unidos sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Gojira, un dinosaurio mutante, supo salvar a Tokio antes de que lo enmarañaran con invasiones extraterrestres o seres igualmente fantásticos.

    El director inglés Gareth Edwards es mucho más fiel a aquel espíritu del que se alimentó el mutante, que el desastre que hizo Roland Emmerich en 1998 con su versión de Godzilla. Hoy, Godzilla es una aterradora fuerza de la naturaleza, en una trama en la que las primeras pruebas nucleares han tenido consecuencias nefastas, inimaginables, y cuyo rebote lo pagarán distintas ciudades de este siglo XXI.

    Tal vez se haya pensado en una nueva saga made in Hollywood, porque Godzilla aparece poco y nada. Convertido en el héroe, debe enfrentar a un OTENI, un organismo no identificado, en fin, otro monstruo que el Estado ha mantenido convenientemente oculto, y que para crecer debe alimentarse de energía. Le da lo mismo torpedos, o una planta nuclear. Una vez liberado, hacia allí va.

    Lo desparejo del filme es que cuenta con un elenco internacional en el que sobreabundan los nombres con talento (un Bryan Cranston - Breaking Bad- con peluquín, Juliette Binoche, Sally Hawkins, David Strathairn) que poco y nada pueden hacer con sus papeles. Y un reparto joven (Aaron Taylor-Johnson y Elizabeth Olsen) que sí, está a la altura que merece ante el monstruo de 100 metros: están chiquititos.

    El mensaje ecologista y antinuclear es claro, pero uno adivina que quien paga para ver Godzilla en 3D quiere ver al monstruo combatir y destrozar edificios mientras el malo se come los torpedos como pochoclo, mientras hace lo mismo -engullendo pochoclo, no destrozando nada-. Hay buenos efectos para la increíble credibilidad que se necesita en este relato. Un filme que comienza mucho más prometedor que como termina, por aquello de que generar tensiones siempre es más redituable que dar todo servido en bandeja. O en una lata de pochoclos.
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  • Muerte en Buenos Aires
    Policial abarcativo

    Con el Chino Darín en su primer protagónico, la película es un thriller con algo de comedia, que también bucea en la identidad sexual.

    Una noche, mientras muchos bufaban por los cortes de energía en la Argentina de fines de los años ’80, “Copito” Figueroa Alcorta, proveniente de una familia de doble apellido y alta alcurnia, aparece muerto en su cuasi mansión en Recoleta. El inspector Chávez (el mexicano Demián Bichir, que fue Fidel Castro en el Che de Soderbergh), un policía que maneja una cupé Fuego, toma a su cargo el asunto, y conoce en el lugar del hecho al agente Gómez (Chino Darín, abriéndose camino propio), un novato al que apodan El Ganso, vaya uno a saber por qué.

    Bueno, ya se sabrá por qué.

    Muerte en Buenos Aires es un policial con intenciones de denuncia, de corrupción policial y judicial, pero también una comedia y, por si fuera poco, es un filme que busca ahondar en las identidades sexuales de los personajes para crear un entramado más grande y complejo aún que el simple que podría imaginarse al ver un tocadiscos, o una birome Bic azul de capuchón blanco.

    Con la reconstrucción de época acertada, con guiños para quienes vivimos esa época, Muerte...coquetea más que lo que llega a enamorar. Cada personaje tiene su costado secreto, o al menos no resuelto. A la ambigüedad sexual -“Copito” Alcorta era “un puto”, como lo define Chávez, y todas las sospechas se dirigen a Kevin (Carlos Casella), su amante y cantante- se suman jugadas turbias de parte de un comisario (Hugo Arana) y el juez de turno (justamente, de apellido Morales -Emilio Disi-). Algo raro se cocina por abajo, y Chávez, con Gómez como su mano derecha, más la agente Dolores (Mónica Antonópulos) indagarán, como siempre, hasta llegar ”hasta las últimas consecuencias”.

    Es, sí, un policial descontracturado, con escenas que juegan a la Arma mortal, acción, humor, sexo, sadomasoquismo, drogas, pistas falsas, sorpresas y vueltas de tuerca. La opera prima de Natalia Meta es de factura impecable, aunque algunos momentos o actuaciones que pretenden generar mayor verosimilitud no estén acordes a lo que se propone.

    Los giros idiomáticos muy del Buenos Aires de los ’80 (“ni fu ni fa”, qué churro”, “a calzón quitado” o “quedate piola”), tienden a acercar al espectador, a generar empatía con un filme de los llamados “comerciales” que cumple su cometido y no defraudará a su público.
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  • La ley del mas fuerte
    Tensión que corroe

    Christian Bale encabeza un elencazo en este thriller en el que el director sabe exprimir lo mejor de sus intérpretes.

    Hay vidas, en la ficción, pero en la realidad cotidiana también, que parecen complicadas hasta que un hecho, o una serie de hechos, hacen ver que aquello que se presentaba enrevesado o complejo, podría ser mucho peor. Y lo es.

    Pregúntenle a Russell (Christian Bale), operario en una acería. Se queja de que nunca sale del pueblo, tiene a su padre moribundo, y una novia, eso sí, que lo quiere. Pero un incidente o accidente que no hace vamos a adelantar hace que su existencia se transforme en un calvario. Prisión, muerte cercana, liberación de la cárcel pero pérdida de su pareja, un hermano que se mete en problemas de apuestas, y sigue la lista.

    La ley del más fuerte es, increíblemente, recién la segunda película de Scott Cooper, un joven director que además de saber imprimirle ritmo a las secuencias, sabe exprimir lo mejor de sus intérpretes. Jeff Bridges logró su único Oscar por aquel debut de Cooper en la realización, Loco corazón. Y si aquí tiene un elencazo (Casey Affleck, Woody Harrelson como el malo, Willem Dafoe, Forest Whitaker, Sam Shepard, Zoe Saldana), ahora mismo está dirigiendo a Johnny Depp y Dakota Johnson en Black Mass … Por un lado, el filme se enlaza en los que se basan en un fuerte vínculo familiar, y de camaradería masculina, con mínima presencia femenina como interés amoroso. Y por otro, hay algo -mucho- de El francotirador. Aquí también hay trabajadores metalúrgicos, y una guerra lejana Irak, de donde regresa Rodney (Affleck), hermano de Russell, cuando en aquel filme de Michael Cimino con Robert de Niro era Vietnam. Y trascurre enla misma Pensilvania. Y hay una escena en la que un personaje no sabe si cazar, o no, un ciervo.

    Punto.

    Punto, porque las situaciones son otras, las épocas, también, y los realizadores detrás de la cámara, lo mismo.

    Cooper se preocupa por mostrar la podredumbre de una sociedad postindustrial, en un terruño de límites difusos. Se habla de “las colinas” para referirse a un submundo en el que impera el mal y al que, si se interna en él, difícilmente se pueda salir de la misma manera de la que se ingresó.

    Las actuaciones son el punto más alto del filme. Hay que ver la mirada seca y pletórica de angustia y explosión de Affleck. La composición -una vez más, es cierto- como malvado de Harrelson. Y observen cómo contiene la respiración Bale en el momento culminante de su actuación. Eso sólo lo logra un director atento a sus actores. Cooper lo es, y también es actor.

    Donde el filme se entorpece un tanto es allí donde Cooper se esfuerza por el simbolismo y el montaje paralelo entre lo que le sucede a los hermanos. Eso y algún clisé entre las nociones de justicia/venganza no pueden opacar, enturbiar una realización en la que el papel de la música, tanto como el de la iluminación, son tareas de esencial importancia para este thriller que no defrauda en sus casi dos horas de proyección.
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  • La gran noticia
    La mirada indiscreta

    Cómo un hecho político y social es visto desde afuera, con ojos extranjeros, y los protagonistas parecen seguir sumergidos en su propia vida aunque la realidad circundante los altere y no los deje escapar. De eso, en parte, trata La gran noticia, una comedia con el fondo de la Revolución de los claveles en Portugal, en abril de 1974.

    Quienes llegan hasta allí son periodistas francófonos de una radio suiza. A Julie le encargan realizar un informe sobre los aspectos del aporte económico que su país brindó a Portugal, antes de que estallara la revuelta. La acompaña Cauvin, uno de esos periodistas que se dicen estar a la vuelta de todo, que ha tenido centenares de coberturas en el exterior y que ve casi todo con cinismo.

    Para cerrar el grupo se suma un sonidista que los lleva en una camioneta Volkswagen, y un muchacho del lugar, apodado Pelé, que los ayudará como pueda, entre otras cosas con el idioma.

    El director Lionel Baier (37 años, director de Un autre homme) dedica la mayor parte del tiempo a tomarles el pelo a sus personajes, o al menos a reírse de y con ellos. Por ejemplo, de los principios de Julie (Valérie Donzelli), una periodista feminista que acepta que lo acompañe el autosuficiente Cauvin (Michel Vuillermoz) porque cree que logrará su cometido: conducir su propio programa en la radio.

    Lo llamativo es cómo el punto de vista actual sobre tópicos de la época -como la liberación sexual, y las libertades que ganan espacios luego de una dictadura- se sitúa casi en una tragicomedia, eso sí, muy amable y con mayor énfasis en la sonrisa. Los contrapuntos entre los personajes tienen punch, por lo que la comedia sigue su trecho sin desviarse demasiado.

    La realización baja el promedio cuando los gags sobre las barreras idiomáticas ya no causan la misma gracia que al comienzo, ni cuando los clisés y la mirada pintoresca se tornan algo rutinario.
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  • Casi un gigolo
    El sexo y el placer

    Comedia entretenida y con una base de disparate, se lucen especialmente Woody Allen y Sharon Stone.

    La premisa de Casi un gigoló ya da risa. John Turturro, con esa facha, como un gigoló, y Woody Allen como su manager, consiguiéndole clientes ricas. Si suena increíble, también lo es que la dermatóloga del personaje de Allen, de la nada le haya contado que quiere hacer un menage a trois .

    Y si cuando uno entra al cine y empieza la proyección entra en estado de ensueño -las luces que se apagan sería bajar los párpados-, allí todo es posible. Como que la dermatóloga en cuestión sea Sharon Stone; su amiga, para el menage, Sofia Vergara, y que ambas sucumban ante la parsimonia -y más- de Fioravante, un florista venido a menos convertido en Don Juan.

    Tal vez, que reciba propina sea demasiado.

    Es que salvo el personaje de Turturro, que es una metáfora de él como director -pocas palabras, pocos gestos, economía de recursos: con poco, logra mucho- el realizador presenta a Allen y a Stone en personajes que si pueden parecer reiterativos en su trayectoria, no lo son.

    Allen, en las películas en las que se dirige, parece siempre variaciones de un mismo individuo. Aquí, no tanto: Murray ha formado una familia de color, algo desopilante, y tiene muchas capas para ir descubriendo, por más que hable rápido y tenga salidas ingeniosas, esta vez, surgidas de un libreto ajeno. Y la rubia está muy lejos de la Catherine Tramell de Bajos instintos. Sexy, pero ¿alguien podía imaginarla vulnerable?

    Turturro casi no se toma tiempo en presentar a los personajes, y a los pocos minutos ya están lanzados en la trama.

    Casi un gigoló son dos películas en una. La primera mitad es comedia pura, que se vuelve entre romántica y dramática -sin exagerar- con Avigal, el personaje de Vanessa Paradis (la ex de Johnny Depp). Cómo una viuda judía ortodoxa cae a los pies de Fioravante, y éste a los de ella es también cosas del destino, del azar y del guión.

    Siempre amable, con las confusiones y los enredos a la vuelta de página, Casi un gigoló entretiene y cuando parece ponerse más seria, por suerte tiene un gag para bajar el tono melodramático.

    El dinero no podrá comprar amor, pero sí la entrada para esta agradable, divertida comedia.
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  • Muppets 2: Los más buscados
    El crimen puede ser muy divertdo

    Los Muppets participan, sin querer y sin saberlo, del maléfico plan de un criminal de gran parecido con la rana Kermit.

    Son adorables, cómicos, ingenuos y, salvo al Oso Figaredo (o Fozzie) como para ponerlos en la mesita de luz. Los Muppets han regresado en otra comedia con un malvado muy malo que atenta contra ellos, pero en especial se vale de la ingenuidad de los muñecos creados por Jim Henson para llevar adelante su malévolo plan.

    Que Constantine, una mente criminal, un maestro del delito, sea casi idéntico a la Rana René (o Kermit), salvo por un lunar cerca de los labios (¿las ranas tienen labios?) y nadie lo distinga aunque tenga una voz diferente, pronuncie con acento ruso y se tape (mal) el lunar con crema verde, no debe sorprender a nadie.

    Muppets 2: los más buscados tampoco sorprende, porque su humor es blanco, como siempre, pero esta vez también hay dardos hacia Hollywood -por su secuelitis aguda-, y hasta se ríe de sí misma con su propia secuela. Y, también, de los críticos de cine.

    La película arranca ni bien terminada la de 2011, pero sin que medie explicación alguna de por qué ya no están más que de espaldas en la primera escena Gary (Jason Segel) y Mary (Amy Adams). Sí sigue el pequeño Walter, su nuevo amigo, y, ya reunidos, los Muppets aceptan la sugerencia de un productor (Dominic Badguy) de hacer un tour por Europa. Es una pantalla, ya que lo que planea, una vez que Constantine se fugue de una prisión rusa, es reemplazarlo por Kermit, e ir robando obras de arte y siguiendo pistas para finalmente alzarse con las joyas de la Corona británica.

    La trama es lo de menos y cada escena está hecha para lucimiento de los muppets. Algunos extrañaremos mayor protagonismo del perro pianista Rowlf, o El chef, pero el staff, el círculo íntimo de Kermit (Miss Piggy, Figaredo, Gonzo y hasta Animal) están allí para regocijo de todos.

    La cantidad de cameos de estrellas invitadas, como en Los Muppets, es mucha y vamos a dejar que cada uno los descubra. Tina Fey es la guardia de la prisión en Siberia, Riky Gervanis, el Número 2 del crimen, y Ty Burrell, el agente francés de Interpol que sigue los robos, trabajando codo a codo y ala con ala con Sam, el Aguila, de la CIA.

    Hay canciones con letras y coreografías muy bien resueltas, golpes de efecto humorísticos logrados y un clima festivo que, aún pese a las preocupaciones por el destino de Kermit -encerrado en un calabozo siberiano- sigue con la marca de los muñecos. Que, por séptima vez en la pantalla grande, vuelven a deleitar a los chicos, y a los adultos, que volvemos a ser niños sentados viendo a los Muppets.
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  • Blancanieves
    Hispana, muda y en blanco y negro

    Para aquellos que critican a Disney por adaptar a su gusto clásicos de la literatura, esta Blancanieves trascurre en 1920, en Sevilla, y la hacendosa jovencita en vez de limpiar la casa termina como torera.

    Ah, y rodada en 2012, es muda y en blanco y negro. Y española.

    Blancanieves es una película atosigada de riesgos, de los que sale bien parada en la mayoría de las oportunidades. Porque toma la tauromaquia por las astas, porque tiene al cuento de los hermanos Grimm al lado, sólo como referencia. Porque tiene realismo mágico, a una malvada madrastra que viste de negro, y hasta enanitos (seis), y una maestría en lo visual pero que no emparda con el relato. Lo que se ve es mucho mejor que el guión.

    Y en parte eso es aquí fundamental, ya que al ser muda la película se refuerza el lenguaje fílmico, el impacto visual, los encuadres y la iluminación para el blanco y negro.

    En muchas películas la labor del iluminador o director de fotografía es determinante -y se ha dicho en esos casos que el que dirige el relato es él, y no el realizador-. En Blancanieves hay un trabajo mancomunado entre Pablo Berger y el vasco Kiko de la Rica (asiduo iluminador de Alex de la Iglesia), y escenas con aliento del cine expresionista. Toda una apuesta.

    La trama toma a un torero (Daniel Giménez Cacho, de Profundo carmesí), cuya esposa rompe bolsa en la plaza de toros por el susto que le da la corneada que sufre su marido famoso. En el parto, la mujer fallece, y habrá una madrastra, una enfermera (Maribel Verdú) quien se aproveche de la situación del torero lisiado y le haga la vida imposible a Carmencita (la debutante en el largometraje Macarena García). Que será Blancanieves, se irá del palacete y encontrará un circo rodante, donde conocerá a los enanos, uno de ellos, travesti.

    La música del catalán Alfonso de Villalonga suple bien la falta de diálogos y aporta con sus acordes esos climas tan necesarios para la dramaticidad del filme mudo. Si el francés Michel Hazanavicius le ganó de mano en estrenar El artista, a Blancanieves eso no le hace mella. Es más que un ejercicio, una invitación a los sentidos en tiempos en que las sorpresas en el cine no abundan.
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  • El sorprendente Hombre Araña 2
    Más animado que nunca

    El universo de la animación se apodera del cómic en esta saga de acción y melodrama.

    “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad” . Eso ya lo sabemos desde hace años: lo decía Peter Parker en El Hombre Araña 2.

    “Las promesas que no se cumplen son las mejores” . Con esa frase terminaba Parker el reboot (reinicio) de la saga arácnida, la primera El sorprendente Hombre Araña.

    En esas dos frases puede resumirse qué espíritu anida en una y otra saga. La nueva es más pop, y tiene un estilo visual mucho más de dibujo animado que la anterior. Las cosas que Peter Parker disfrazado de superhéroe eran imposible de ver en cine (o, al menos, resultar medianamente creíble) cuando Stan Lee y Steve Ditko crearon al personaje, por 1962.

    Ahora parece que el universo de la animación se apodera del cómic, al menos en esta El sorprendente Homre Araña 2: La amenaza de Electro.

    Tantas vueltas le vienen dando a Parker, el Duende verde y Gwen Stacy (que es otra novia de Parker, no confundir con Mary Jane de la primera saga) que ahora tenemos a los tres personajes jóvenes, de la misma generación, huérfanos. Peter, de padre y madre; Gwen, ya en el final de la primera, de padre; Harry Osman, de padre, apenas arranca esta película.

    También, y por si un malvado solo no alcanza, aquí abundan. El principal es Electro, que como suele suceder con los malditos con que se enfrenta Parker/Hombre Araña, en el fondo no era malo, pero las circunstancias o las sustancias los vuelven más malos que pegarle a la madre, o a la tía May (Sally Field).

    Antes de convertirse en Electro, Max Dillon era una mezcla de nerd ingeniero eléctrico que trabaja en la compañía Oscorp (la misma donde trabajaba el papá de Peter; la misma que comanda Harry; la misma donde está empleada Gwen; la misma donde a Peter lo mordió la arañita). Max diseñó unas redes eléctricas capaces de alimentar energéticamente a toda Nueva York, pero… La gran diferencia que el Hombre Araña tiene, por ejemplo, con Batman, que anda por la misma ciudad con distinto nombre, es que él adquirió superpoderes, más allá de lanzar telarañas. No tiene la plata de Bruce Wayne, pero se las ingenia. Entonces, lo que hace el Hombre Araña desafía a la física y también a la lógica. Pero tal vez, sólo tal vez, si en la película no lo hicieran tan adolescente y decir tantos chistes bobos cuando lleva el traje azul y rojo (como la bandera estadounidense, hasta Peter lo aclara en la película) parecería menos soso, altanero, agrandado. Ya bastante tiene con esquivar balas, golpes y volar entre los rascacielos.

    Pero la película, cuyo público destinatario es esencialmente el de los adolescentes, a los adultos parece que los tienen algo alejados de la mira, es un melodrama. Y así la película salta de la acción a las situaciones pseudo románticas, con frases de manual tipo, textual, “Creo que es tiempo de terminar lo nuestro, no porque no te quiera sino precisamente porque te quiero”.

    Y todo, llegado el momento, tiene su explicación (la desaparición de los padres de Peter incluida).

    “Lo espontáneo es bueno”, dice Peter. Lástima que ni los guionistas ni el director lo escucharan.
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  • Los dueños
    Los unos y los otros

    ¿Qué mejor que tomar la comedia para hacer una crítica social?

    Eso, tal vez, hayan pensado Agustín Toscano y Ezequiel Radusky, los jóvenes realizadores y amigos tucumanos, a la hora de pensar y filmar Los dueños, que se llevó una mención en la Semana de la Crítica el año pasado en Cannes.

    El tema es el eterno de la lucha de clases, pero dicho como en voz baja. Por un lado están los propietarios de una finca en Tucumán, y por el otro, los caseros que la cuidan, y que en los meses de ausencia de aquellos, se la apropian y se sienten como en su casa. El problema surge cuando, por el casamiento de una de las dos hermanas dueñas, con un corrupto que está con el manejo de la finca, la otra hermana (Rosario Blefari) llega a Tucumán.

    A partir de allí, las tensiones -internas, sexuales, de mando, por miedo- afloran. Algunas permanecían ocultas, otras se cocinan al calor ambiente.

    ¿Quiénes son los dueños? es la pregunta que se hace y nos realiza el filme.

    Los debutantes Toscano y Radusky le escapan a las resoluciones simplistas de cada situación, y del mismo filme. El tono termina siendo como de comedia, pero cáustica, con ciertos toques de absurdo, aunque lo que se cuente no dé precisamente para la risa.

    Los dueños hace referencia a la propiedad de la estancia, pero también a quién maneja o no las situaciones. Es una cuestión de poder, y los directores saben hasta dónde tensar la cuerda.

    La película tiene algún punto en común con La ciénaga, de Lucrecia Martel, como la decadencia de la burguesía del interior, y la tirantez, el nerviosismo por algún encuentro sexual.

    Salvo Rosario Blefari, particularmente notable, y Germán De Silva -el protagonista de Las acacias, aquí como uno de los cuidadores-, el resto son actores tucumanos. Y ninguno de ellos desentona. La cohesión que lograron los directores en el nivel interpretativo es loable.
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  • Hijo de Dios
    Siguiendo la Biblia al pie de la letra

    El portugués Diogo Morgado compone a Jesucristo.

    Si usted pagó su entrada para ver Hijo de Dios, cuando comience la proyección no se levante de su butaca. No se ha equivocado de sala en el multicine. A esos dinosaurios peleando le seguirá el Arca de Noé embistiendo las aguas, y hasta estarán Adán y Eva. Uno de los apóstoles, Juan, llevará adelante el relato para contarnos cómo Dios siempre estuvo, está y estará en la Tierra.

    Es una suerte de preámbulo de lo que es Hijo de Dios, una película que sigue casi al pie de la letra lo que dice la Biblia. Centrándose en Jesús, y no solamente en su Pasión.

    Así, el filme está a kilómetros de la crueldad que puso en pantalla Mel Gibson hace diez años en La Pasión de Cristo -que, un dato no menor, con sus 2.800.000 espectadores es una de las películas más vistas en la historia del cine en la Argentina-. En parte, quizá, porque es la parte de la miniserie La Biblia que Christopher Spencer estreno en History Channel el año pasado.

    No hay, por supuesto, nada nuevo, ni una investigación realizada para aportar otros puntos de vista o lo que fuera. Sí hay efectos que permiten, en el cine del siglo XXI, atraer seguramente a los más jóvenes una vez que se sumerjan a la historia bíblica.

    A Jesús se lo sigue desde sus humildes comienzos, pasando por cómo la gente comenzó a seguirlo, su encuentro con Pedro en el Mar de Galilea, su ingreso a Jerusalén. Obviamente la fecha elegida para el estreno local es adecuada.

    Lo más destacable en la película es la puntillosidad con la que se narran los hechos, sin recargar las tintas en algún milagro o personaje (Barrabás, Poncio Pilato, Caifás). Los religiosos israelíes son pintados como temerosos e incrédulos, y tal vez a la actriz que compone a María (la irlandesa Roma Downey, también productora) le sobran cirugías estéticas que seguro no se hacían en los tiempos de Nuestro Señor.

    Las dos horas y cuarto que dura Hijo de Dios, y pese a que la historia es conocida por todos, pasan como si nada, quizá debido a las proporciones épicas, y a los acordes que el gran Hans Zimmer compuso para acompañar la historia.
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  • Osos
    Osos
    Clarín
    Un ejemplo de vida

    Disneynature es una marca de cine independiente dentro de The Walt Disney Company, que incluye no sólo filmes sino también videos y galerías de fotos, más material educativo. En los últimos años estrenó La Tierra, Chimpancés y ahora esta Osos que, con el relato en off del actor John C. Reilly, sigue a una osa y sus dos cachorritos en el primer año de vida en Alaska.

    Este tipo de trabajo documental, entonces, tiene su fin didáctico, y sus enseñanzas de vida. Mamá Sky tuvo a Amber y Scout (papá oso no está, se fue, no sabe/no contesta) y tras hibernar, deben realizar una extensa travesía por montañas nevadas hasta llegar a la costa y poder alimentarse de peces, principalmente salmones. En el camino nada les resultará sencillo. Al margen de una avalancha de nieve, lluvia y demás, Magnus y Chinook, dos osos enormes, están al acecho, y Tikani, un lobo, mira con ojos de hambre a los hermanitos osos.

    Para quienes todos los osos son pardos, es un tanto difícil discernir cuál oso es cuál, pero al final eso es un tema menor.

    En estos documentales el punto de vista es fundamental. Es decir, si en vez de estar centrado en los osos lo estuviera en los salmones, que los osos pescan y devoran en cámara, éstos serían algo así como la amenaza y los malos de la película. No es el caso.

    También está la duda de cómo hicieron los realizadores para retratar y reflejar lo que cuentan. Para dilucidarlo, no hace falta más que quedarse en la butaca mientras pasan los créditos finales, y ver cómo entrenadores manipulan y/u ordenan a los osos a realizar determinados movimientos que en pantalla, hace minutos nomás, parecían naturales.

    El fin justifica los medios, y Osos es un documental entretenido, con momentos de humor, aventura, peligro y más enseñanzas de vida. Que de eso se trata.
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  • Divergente
    Divergente
    Clarín
    Curso gratis de liderazgo

    Primera de una saga de cuatro películas, tiene romance, acción, malos malísimos y a Shailene Woodley (“Los descendientes”).

    No empezó, por cierto, con aquel niño mago de los anteojitos rotos, pero las historias con protagonistas que no encajan en una sociedad se fueron convirtiendo en sagas literarias y luego cinematográficas. Ya a esta altura da lo mismo si Harry Potter en Hogwarts pertenecía a Gryffindor o a otra de las cuatro casas de la Escuela de magia, y si Bella no sabía si enamorarse de un vampiro o un lobo en Crepúsculo. En Divergente, Beatrice (luego Tris) no ensambla en ninguna de las cinco facciones en las que quedó dividida la sociedad luego de una guerra, en una Chicago futurista y apocalíptica.

    Pero si en la saga de Potter era el sombrerito el que elegía adónde pertenecía cada alumno nuevo, en Divergente la decisión de ser lo que se quiere ser es de cada quien. Las facciones son Erudición, Abnegación, Osadía, Verdad y Cordialidad. La familia de Beatrice está en Abnegación, la casta que gobierna, pero al hacerle un test ella resulta Divergente y cuando decide, opta por Osadía.

    Lo que sigue es una fuerte competencia dentro del grupo, en un entrenamiento feroz (cual Los juegos del hambre) porque pocos seguirán adelante, y el resto serán desclasados.

    La comparación con las sagas ya nombradas no es ociosa, y hay aquí mucho de Los juegos del hambre -protagonista femenina que debe luchar por su supervivencia-, pero sin la crítica social a los medios de comunicación y en especial al reality.

    Divergente es el comienzo de una saga adolescente de fuerte impacto, con ritmo sostenido y gran despliegue de producción. Y, de paso, el tanque de Semana Santa.

    En esta saga está más claro que en otras que el poder de uno mismo es el motor que lo lleva adelante. Tris no tiene un físico como para estar en Osadía, pero a ella el miedo, el temor, no la paraliza. La despierta. En ese ejemplo está, tal vez, la razón por la cual el libro Divergente se convirtió en un éxito instantáneo, y tenga en los cines un correlato acorde.

    La autora, Veronica Roth, tenía sólo 22 años cuando publicó la novela, que tendría dos continuaciones (Insurgent y Allegiant -la saga fílmica contará con cuatro películas, ya que el último libro estará dividido en dos filmes-). Sheilla Woodley (la hija adolescente del cornudo George Clooney en Los descendientes) da perfecto con el rol. Su personaje tiene su costado romántico, cómo no, pero lo que más atrae es que es una más, que si triunfa es porque persevera. Y si está algo desperdiciada Kate Winslet, como la malvada que desde Erudición quiere tomar el poder y eliminar a los Divergentes, la película tiene suficiente brío en cada vuelta de tuerca, en sus sorpresas y su desarrollo para nada lineal.
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  • Ella se va
    Ella se va
    Clarín
    Mujer engañada busca

    A quién no le ha pasado que cuando creía que todo estaba mal -en el amor, la familia, el trabajo- pega un volantazo y, de repente, todo tiene otro color.

    Y a quién no le ha pasado que cuando promedia la proyección de una película, se da cuenta de que todo está como medio desordenado, y que la protagonista es un personaje muy rico para actuar, pero al que en verdad no le pasa nada como para que todo dure cerca de dos horas.

    Ambas cosas suceden en Ella se va, la película que nos trae de regreso a Catherine Deneuve a las pantallas argentinas. Lo del volantazo de más arriba no es metafórico, ya que cuando Bettie (Deneuve) se dé cuenta de que está por perder el restaurante casero que maneja, que su madre la tiene como loca, que su hija no le presta atención y que su amante la dejó por otra mujer, se sube a su auto y enfila hacia la ruta.

    Precisamente el encuentro con su nieto será la excusa para que todo comience a ensamblar mejor. La vuelta de rosca -algo remanida- es que Bettie fue en su juventud reina de belleza, y ya que estamos entre tantas casualidades y causalidades, también tendremos un reencuentro.

    Bettie, o Deneuve, que para el caso es lo mismo, ya que en los últimos años la actriz que sabía componer personajes como en Repulsión parece hacer de sí misma, no tiene el glamour que se adivina supo tener. Y Deneuve juega su rol sin ese plus que al personaje le sienta bien, y la aleja, a la actriz, de los clisés.

    La directora Emmanuelle Bercot, eso sí, supo cómo hacer que la diva se ría de sí misma. La cantante Camille no está mal como la hija de la protagonista pero, en síntesis, si la realizadora se hubiera decidido por un género, película del camino o comedia romántica de los años ‘50, todo habría sido más llevadero, por no decir congruente.
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  • Las novias de mis amigos
    Tres pícaros sinvergüenzas

    Dentro del manual de la comedia estadounidense del siglo XXI, si en pantalla hay tres jóvenes más o menos apuestos, con la libido en alza, el resultado serán gags zafados, escenas de sexo y, cuándo no, otros escatológicos.

    La regla se cumple casi al pie de la letra en Las novias de mis amigos, con la rara excepción de que las actuaciones están por encima de lo que ofrece la trama.

    Tres amigos veinteañeros juran fidelidad a una idea: no estar en pareja, o algo así como tener sexo, pero no comprometerse. Como cada uno anda tras lo suyo (Mickey acaba de enterarse de que su mujer le es infiel, y la dejó, pero la sigue viendo; Daniel empieza a ver con otros ojos a una amiga; Jason se acuesta con una rubia y la confunde con una prostituta, para luego enamorarse), el asunto se les complicará. Hoy un juramento, mañana una traición.

    Las novias de mis amigos también se diferencia de las películas de humor más grosero en que es más lo que se esboza que lo que se confirma en imágenes. Y en que, más que una comedia a secas, la película termina apuntando hacia la comedia romántica.

    Y también en que, transcurriendo en Nueva York, salvo los vasos de papel de café con los que deambulan, no hay íconos de la Gran manzana, sino todo lo contrario.

    El muy buen actor que es Michael B. Jordan aquí está lejos del papel dramático de Fruitvale Station, galardonada en Cannes 2013. Y si las mejores líneas las tiene Miles Teller (Daniel, algo misógino y tramposo), en el centro de atención está Zac Efron. El ex High School Musical tuvo una enorme oportunidad de pegar un giro a su carrera, de la mano de Richard Linklater en la aquí no estrenada Me and Orson Welles. El californiano optó por el camino más corto y sencillo, y aquí está, mostrando sus músculos, haciendo morisquetas y ganándose al público femenino.

    Son tres embaucadores, tres pícaros sinvergüenzas que protegen el corazón hasta que les estalla el pecho, pero no por una bala y sin una gota de sangre.
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  • Río 2
    Río 2
    Clarín
    La segunda mejor que la primera

    Segundas partes, a veces, son mejores, y la secuela de Río lo demuestra. Montándose, eso sí, en el éxito y los personajes de aquel éxito suyo de 2011, el carioca Carlos Saldanha -responsable también de la saga de La Era de hielo- sorprende gratamente con una historia llena de subtramas, que irán congeniando y aunándose. Y que revela que aquí no subestimó la inteligencia de los más chicos con una historia lineal. Todo lo contrario.

    El protagonista es el mismo guacamayo azul de la primera, Blu, que tuvo tres hijos algo traviesos con su mujer, y que en familia dejarán la costa de Río de Janeiro hasta adentrarse en el Amazonas, donde la pareja de científicos que los había cobijado parece que encontró más pájaros de su especie perdida.

    Como saben hasta los más pequeños, toda segunda parte se basa en una venganza, y aquí está el papagayo desairado en la primera, ayudado por un oso hormiguero y una rana presumiblemente venenosa, pero habrá más malvados -la tala del Amazonas no podía faltar-, y muchos personajes coloridos, caminen en dos o cuatro patas o vuelen.

    La proyección es como una fiesta de imagen y sonido, con una banda musical bien brasileña, que incluye a Milton Nascimento y Sergio Mendes, entre otros, mucha alegría y, claro, en el año del Mundial de Fútbol en Brasil, alguna disputa que se dirima en un partido animal.

    El mensaje ecologista no entra a la fuerza, sino que acompaña la historia, y son tantos los personajes que rodean a la familia que siempre hay espacio para un sorpresa o una nueva broma.

    Un tema aparte es el doblaje, con modismos y acentos que no dejan de alejar en vez de aproximar a los personajes al público. Pero los ganchos son tantos, incluido un 3D muy bien aprovechado, que bien podemos esperar la edición en DVD para escuchar a Jesse Eisenberg, Anne Hathaway o Andy García.
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  • Betibú
    Betibú
    Clarín
    La muerte no es ninguna solución

    El best seller de Claudia Piñeiro, con pequeños retoques, es un drama sobre la sociedad enmascarado de thriller.

    La novela de Claudia Piñeiro, salvo algún personaje borrado, las características de varios y la suerte con que termina otro -todo obedeciendo a la adaptación y la coproducción con España- sigue su curso y sus temas en su traslado al cine.

    Betibú habla de corrupción, de una sociedad en estado de putrefacción, celos laborales, amistades, pactos, manejos de poder político y policial.

    Betibú es el apodo que una exitosa escritora de novelas policiales se ganó hace un tiempo, y que, tras un paso desafortunado en la literatura romántica, se gana la vida como “escritora fantasma” en una editorial”. Pero cuando, crisis mediante, se corta ese trabajo, acepta la oferta de Rinaldi, el jefe de redacción de El Tribuno (el madrileño José Coronado), con quien había tenido un affaire, de escribir sobre el asesinato de un empresario en un country. Y allí se instala, en una casa en La Maravillosa.

    Los personajes centrales son tres, y lo mejor de la realización de Miguel Cohan es ese ensamble entre Betibú y los dos periodistas de El Tribuno que se suman a la investigación del crimen. Porque los manejos de zorro y buen periodista de Brena (Daniel Fanego), que fue removido de la sección Policiales por capricho del jefe de redacción, pero debe ayudar al recien llegado (Alberto Ammann), son el condimento de la trama. O tal vez sea que Fanego cumple, una vez más en cine, una de esas composiciones difíciles de olvidar.

    Hay, matizando el thriller, apuntes o inquietudes sobre el periodismo en general, y el funcionamiento de un multimedios de capitales españoles en particular, del que El Tribuno forma parte. Aunque hay ramificaciones con el poder, Betibú no es Todos los hombres del presidente, y fija su foco en la resolución del asesinato. En la primera mitad reparte las cartas, y en la segunda se da el juego fuerte.

    Perdura, como en Las viudas de los jueves, de la misma autora, el sentido de complicidad y amistad de los personajes. Y si la relación entre Rinaldi y Betibú parece forzada, no lo es la del trío. Mercedes Morán asume un protagónico en una veta distinta a la habitual, y trabaja bien para la cámara, mientras el cordobés Amman (Celda 211 y Tesis sobre un homicidio) hace todo lo necesario para que resulte entrador.

    Betibú sigue la línea de Haddock Films, que también produjo El secreto de sus ojos, Las viudas..., Todos tenemos un plan y Tesis..., entre otros dramas enmascarados de thriller a partir de la búsqueda del autor de un crimen. Es como el sello de una productora -como fue la Hammer y el terror-, haciendo cine de género, algo nada habitual por estas latitudes.
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  • Noé
    Noé
    Clarín
    Siempre que llovió, paró

    "Noé". Combinación de pretensión artística y espectáculo, el filme de Darren Aronofsky plantea más preguntas que respuestas.

    Es la primera producción hollywoodense en casi medio siglo inspirada en la Biblia, y dista mucho de ser literal o rendir pleitesía al texto original, como sí fueron Los diez mandamientos, con Charlton Heston o El manto sagrado, con Richard Burton.

    El Diluvio fue uno solo. Pero son otros tiempos.

    Aquí Noé es un Russell Crowe que ha trabajado su musculatura, aunque no todo pasa por las peleas cuerpo a cuerpo que, sí, libra el hombre elegido.

    Tampoco es que la Biblia sea fácil de llevar al cine, y aunque pueda parecer ciertamente “maleable” en cuanto a las interpretaciones, Noé no es un personaje de cómic como para pensar en una saga exitosa. Si Noé, la película, tiene suerte en la taquilla, pronto veremos a Brad Pïtt como Poncio Pilato y otros menos conocidos enfundados en togas o ropa de hace veinte siglos.

    Sí: vendrán caras extrañas.

    Noé no va a gustar a los conservadores. Eso se sabe. Lo que no se sabe es si gustará a quienes se acerquen por el “cine catástrofe” por el Diluvio universal.

    Entre tantas cosas, Noé tiene un mensaje ambientalista. “Sólo recolectamos lo que necesitamos”, le dice a uno de sus hijos, en onda cuidemos el planeta .

    Al Elegido por el Creador (no se menciona a Dios) lo ayudan en la construcción del Arca Los Vigilantes, ángeles caídos del cielo -es increíble la motricidad fina que tienen estos seres de piedra, antecesores de los Transformers-. “El agua limpia, separa lo malo de lo puro”, se escucha. La tormenta no se puede parar -pero se puede sobrevivir-, y la primera semilla del Jardin del Edén se la da Matusalén, su abuelo (Anthony Hopkins) a Noé.

    Para Darren Aranofsky (El cisne negro) Noé recibe las instrucciones en forma de inquietantes visiones, alucinaciones. Es algo así como el último hombre bueno sobre la Tierra. El preservará las distintas formas de vida animal. El y su núcleo familiar se salvarían, dejando a los débiles y los malos. Empezaría una nueva humanidad, siempre y cuando hubiera una mujer fértil. Y es allí cuando la telenovela se entremezcla con el drama y el cine catástrofe. Porque si está el enemigo de Noé, Tubal-cain (Ray Winstone), descendiente de Caín, y también están los hijos, la esposa (Jennifer Connelly) y la hija adoptiva (Emma Watson), que es infértil. O era .

    Noé es un luchador que, torturado, cuestiona al Creador, pero lo sigue de manera mesiánica. Si los hombres, en general, llevaron al caos y la ruina, piensa y dice Noé, no merecen salvarse. Y no los deja subir al Arca, sean niños o mujeres. La pregunta es ¿Noé está obedeciendo a Dios, o se cree Dios?

    El pecado y la fe son dos temas que Noé pone adelante. Aronfsky se los enrostra al espectador, mientras los efectos juegan con el agua. Una sabia decisión fue que los animales sean adormecidos y terminen como hivernando, así es fácil la respuesta de por qué no se comieron entre sí...

    Aronofsky busca conjugar lo artístico, sus preguntas existenciales, con el espectáculo, lo rimbombante. Otra sería la película si en vez del musculoso Russell Crowe -que recuerda más a su personaje en Gladiador, por la fiereza de su mirada- estuviera, por ejemplo, Tom Hanks. Es que este Noé es un Noé siglo XXI. A los tibios, se sabe, los vomita Dios.
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  • Lo mejor de nuestras vidas
    Extranjeros en NY

    Una comedia romántica tan entradora y divertida como pasatista.

    Con esta película el francés Cédric Kaplisch completa una trilogía que inició con Piso compartido y Las muñecas rusas.

    Como sucede con los de Antes de…, de Richard Linklater, los personajes van creciendo, lo que en este caso específico no es sinónimo de madurar. Ya pasaron los 40 y las cuestiones, las preocupaciones, los miedos y, ante todo, los vínculos entre sí han ido mutando.

    Xavier decide mudarse a Nueva York cuando su ex, Wendy (la británica Kelly Reilly) parte rumbo allí con los hijos de la pareja. Xavier necesita por un lado oxigenar su vida y su trabajo, no cree poder vivir tan alejado de sus dos pequeños hijos y, de paso, no está nada mal instalarse en Manhattan. Ella ya tiene pareja, habita un lujoso departamento con vista al Central Park, todo lo contrario de lo que consigue Xavier.

    Por un lado, el filme pasea sobre el eje de las disimilitudes. Xavier pasa por todo tipo de situaciones para establecerse, desde conseguir un sucucho donde dormir hasta tener que casarse con una china para que no lo deporten. Y por si fuera poco, se agrega la visita de Martine (Audrey Tautou), que parece fuera de lugar por como marchan las cosas en la vida del protagonista, pero se verá qué efecto tiene en él. Y en la película.

    Kaplisch panea raudamente la cámara por Nueva York, porque no le interesa la postal, sino desentrañar cuál es el pulso de la ciudad. Por eso se centra en relaciones y personajes y no en los hitos turísticos, que pasan desapercibidos.

    El cuarteto de actores ya siente como si fueran ellos sus personajes, y eso se nota y se agradece. Tampoco es necesario haber gozado las películas anteriores. El humor está a flor de labios, y los personajes son rápidamente identificables dentro del esquema de comedia romántica que le interesa a Kaplisch.

    Romain Duris se come el relato, y las tres mujeres que lo acompañan -hasta la a veces insoportable Tautou, que aquí está extrañamente deliciosa- no desentonan un ápice. Con o sin crisis de los 40, Lo mejor de nuestras vidas, se sabe, está siempre por venir, por descubrirse y por disfrutar, si se siente libre o se deja serlo.
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  • Berberian sound studio
    El miedo más efectivo de todos

    Así como Hollywood inventó sus géneros -el western y el musical- el cine italiano no se quedó atrás, hizo el spaghetti western y llamó péplum a las películas de historia romana. Pero el subgénero que no admite copias -porque las que hubo fueron horrendas, y esto no es un elogio- fue el giallo. Una combinación entre cine de terror y thriller, que tuvo a Darío Argento como su principal artífice, y a Mario Bava como creador.

    Varias décadas más tarde, cuando el giallo ya es un recuerdo, el inglés Peter Strickland lo homenajea a su manera con Berberian Sound Studio. El giallo siempre incluyó asesinatos y morbo en sus intrigas, pero más que las tramas, lo que atraía al público eran los climas sórdidos y la violencia explícita.

    Y salvo esto último, Berberian... abreva en todo aquello, pero con una historia de cine de terror dentro de un filme de horror.

    Es un ejercicio de estilo, si se quiere, pero atrapante desde el mismo argumento.

    Gilderoy (Toby Jones) es un ingeniero de sonido que viaja de Inglaterra a la Italia de los ’70 para realizar la mezcla del último trabajo de Santini, maestro del giallo. Gilderoy es entre tímido y poco amigo de lo extravagante. El maltrato que impera en las sesiones de doblaje habla de un trabajo malpago y otras vicisitudes propias de la industria, que el filme irá sumando al mismo tiempo que el protagonista comience a dejar de mostrar asco por la película en sí (El vórtice ecuestre) y comience, de a poco, a confundir ficción con realidad.

    El miedo más pavoroso siempre es ése. El más efectivo: el terror psicológico. Ya no importa que en la trama haya brujas y demonios maltratando vírgenes y cometiendo asesinatos atroces. Porque lo que imprime terror es el rostro de Gilderoy ante lo que ve. Es un personaje pacífico que encontrará en su interior facetas más oscuras.

    Y es Toby Jones el centro del relato. El actor que compuso a Truman Capote en Infame está omnipresente (cuando no aparece en la imagen, sabemos que lo que vemos, de una manera u otra, está siendo escudriñado por él).

    Los cinéfilos la disfrutarán doblemente, ya que se echa mano a varios efectos de sonido rudimentarios -desde cortar de un cuchillazo una sandía a encender una licuadora-. Perturbadora, oscura, con una iluminación bien al estilo de los años ’70 con interiores tenebrosos desde lo estético, lo mejor es lo que desvela. No hay muchas propuestas como ésta en los cines de hoy en día.
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  • Tarzán
    Tarzán
    Clarín
    La apuesta es doble

    Desde que Disney adaptó a su gusto varios clásicos, cada revisión que se haga de ellos parece que debiera superarlos, para no perder en la comparación. Un dislate.

    Con Tarzán: la evolución de la leyenda la apuesta es doble, ya que esta producción alemana aggiorna la historia a tiempos presentes, con lo que las licencias son múltiples. Greystoke es ahora Greystoke Energy, una empresa que busca como sea recursos para su propio beneficio, y es su CEO el que quiere eliminar a Tarzán, heredero de la empresa, que de niño sí sufre la muerte de sus padres, queda solito en la selva y es adoptado por una gorila.

    La otra vuelta de tuerca sorprende ya desde las primeras tomas, cuando se ve un meteorito ingresar a la atmósfera terrestre y alojarse, si cabe el término, en un lugar no descubierto por los humanos y protegido por simios.

    No nos equivocamos de sala, ni los anteojitos de 3D nos hacen ver cosas que no son, es fantasía pura (o mejor, pura fantasía) lo que Reinhard Klooss, un director de animación que con éste llega a su quinto título, entrega a los chicos. Que disfrutan con las monerías de los tres gorilitas, se ríen de los despistes de Tarzán con Jane y que, de paso, aprenden a cuidar el planeta.

    Este Tarzán, que vuela entre las lianas y pelea con un gorila más malo que pegarle a la madre, no se pregunta tanto qué hacer cuando se descubre que es humano, como en el filme con la banda musical de Phil Collins. Más que existencial, la preocupación aquí es por divertirse desde la platea. La animación germana no tiene nada que envidiar a las producciones hollywoodenses, y el resultado es eso, entretenimiento.

    Lo que sí, ¿por qué se olvidaron del elefante Tantor?
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  • El pasado
    El pasado
    Clarín
    El director iraní de “La separación” vuelve con otra pareja en proceso de agonía.

    Con La separación, el iraní Asghar Farhadi demostró una veta distinta a la que el cine de su país, con Abbas Kiarostami, Jafar Panahi y Mohsen y Samira Makhmalbaf a la cabeza, nos tenía acostumbrado. Su película era claramente más “occidental”, y hasta ganó el Oscar a la mejor película hablada en idioma extranjero.

    Otra separación, ahora, lo regresa a la cartelera argentina. Ya no hay un trasfondo político, nada transcurre en Irán sino en Francia, pero hay otra pareja en proceso de agonía. Aquí, Marie (la argentina Bérénice Bejo, de El artista, y ganadora del premio a la mejor actriz en Cannes por este filme) pide a Ahmad (Ali Mosaffa) que viaje desde Irán para terminar con los papeles de divorcio. Su ex marido llega y ella en vez de conseguirle alojamiento en un hotel, le dice que se quede a dormir en su casa. Vive con dos hijas de otras dos distintas ex parejas, y -aquí la extrañeza de él- con otro hombre y su pequeño hijo.

    Esto desconcierta un poco a Ahmad. También el hecho de que la hija mayor se quiera ir del hogar. Y habrá más sorpresas en la trama que no conviene adelantar.

    Las barreras culturales eran un tema que, se intuía, iban a estar presentes en el filme. Farhadi sigue demostrando que la dirección de intérpretes y los diálogos son un fuerte en su haber. Tal vez todo un costado telenovelesco le juegue un tanto en contra, pero cuando los personajes principales -todos- exploten, el asunto no se le irá de las manos.

    Los conflictos que no se resolvieron en su momento, y la sensación de que se pudo salvar lo que no se salvó, y el remanido asunto de “qué hubiera pasado si...” campean por la trama, a la que el realizador parece abrir en demasiados frentes. Esto es notorio cuando en el tramo final, y no vamos a contar nada, el eje principal gira y Farhadi se olvida de una historia para interesarse por otra.

    La película abre con casi una alegoría. Marie y Ahmad se reencuentran e intentan, en vano, comunicarse, a través de un cristal en el aeropuerto. Aún no sabemos que están separados, creemos que son marido y mujer.

    Es que Marie, Ahmad, Lucie, la hija mayor (gran performance de Pauline Burlet) y Samir (la nueva pareja, interpretado por Tahar Rahim, de El profeta) están como al borde de un colapso sentimental. Y si no todo tiempo pasado del título fue mejor, es ese pasado el que limita y delimita a los protagonistas de esta historia sensible, por momentos sensiblera, pero atrapante de principio a fin.
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  • El gran hotel Budapest
    Entusiasmo por el romanticismo

    Una comedia empedernidamente romántica, soñadora e idealista, del director de “Los auténticos Tenenbaums”.

    Que Wes Anderson es un romántico lo sabemos desde Rushmore (Tres son multitud). Que es empedernidamente soñador e idealista, y que siente cierta fascinación contagiosa por el pasado y entusiasmo por los arrebatos lo viene manifestando en cada una de sus realizaciones, sea El fantástico Sr. Zorro o Moonrise Kingdom, un reino bajo la luna.

    Al universo cada vez más expansible de Anderson, parece, se ingresa, y no se lo abandona.

    El Gran Hotel Budapest es como una enorme bola de nieve que va creciendo a medida que recorre más y más la trama. Porque hay sorpresas, infinidad de escenas pequeñas, múltiples escenarios y personajes en cantidades industriales, todos ellos con el rostro conocido de varios recurrentes intérpretes en el mundo Anderson. Sin repetir y sin soplar: Bill Murray, Adrien Brody, Edward Norton, Jason Schwartzman, Owen Wilson, Tilda Swinton, Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Bob Balaban, y Tom Wilkinson, F. Murray Abraham, Mathieu Amalric, Jude Law, Harvey Keitel, Saoirse Ronan, Léa Seydoux… El protagonista es un singular Ralph Fiennes, el conserje de este hotel ficticio en un país inventado en Europa Oriental, cuya historia central se relata entre las dos Guerras Mundiales, con los nazis metiendo las narices y más, y Gustave descubriendo que es heredero de una huésped anciana y millonaria (Tilda Swinton), lo que genera persecuciones, confusiones y violencia. La muerte (¿el asesinato?) de Madame Céline y la posterior desaparición de una pintura del Renacimiento lleva a todo eso.

    A Gustave, que no es un ejemplo de moral, claro -se acuesta con huéspedes de cualquier edad-, Anderson lo acompaña con personajes variopintos, pero que, más pruebas de su marca, podrían provenir de otras de sus películas. Hay mentirosos, que mienten por pasión, ambición, compasión o por todo eso junto; hay enamorados, presos, más concierges con un sentido de la fidelidad envidiable. Y hay, claro, mucho pero mucho humor.

    La dirección de arte -artificiosa pero deslumbrante, que nunca nos hace olvidar que todo es una gran maqueta, pero nos encanta-, la paleta de colores de Robert D. Yeoman, el director de fotografía que ya es el ojo de Anderson, la música del prolífico francés Alexandre Desplat -nada que ver con lo que hizo para Clooney en Operación Monumento, aquí la música no resalta, sino que protagoniza-, todo suma en un compendio rotundo. Hay que zambullirse en la pantalla y disfrutar.
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  • El sobreviviente
    Pecados de guerra

    Las buenas películas de guerra no son las que enfrentan a un bando contra otro. Esas, hoy por hoy, son simples videojuegos llevados a la pantalla. Los filmes de guerra plantean dilemas morales. Pueden ser en lucha cuerpo a cuerpo como en la original 300, o como Nacido para matar, de Kubrick, Rescatando al soldado Ryan, de Spielberg, o Pecados de guerra, la bastardeada primera película de horror real que hizo Brian De Palma.

    Con todas ellas El sobreviviente tiene un punto en común. Es la de provocar discusiones éticas, la de poner delante de la táctica el valor humano. La de preguntarle al espectador, a punta de pistola, si lo que hicieron los cuatro soldados en Afganistán estuvo o no correcto.

    Porque si en la vida las decisiones que uno toma pueden parecer fundamentales, pregúntenle a un combatiente si lo son en plena guerra.

    El sobreviviente se basa en un best seller cuyo título adelanta demasiado. Marcus Luttrell fue uno de los cuatro del minipelotón que participó como avanzada en la misión Alas rojas, que en 2005 los llevó a trepar una montaña, y avistar donde estaba el líder talibán Ahmad Shah para eliminarlo. Pero tres pastores se toparon con ellos. A partir de ahí, el cuarteto tuvo tres opciones. Ataban a los afganos indefensos, por lo que morirían de frío o devorados por los lobos y seguían con su misión; los soltaban y obligaban a descender, ellos ascendían e intentaban desde allí dispararle a Shah. La tercera era eliminar el peligro de cuajo. Matarlos.

    Los militares, más que democráticos, se rigen por una escala de mandos, y aquí alguien toma una decisión, errada o no. Eso es lo que plantea el filme al espectador.

    Porque por más que la bandera flamee al comienzo, llega un momento en que El sobreviviente deja el patrioterismo de lado, abandona lo propagandístico y se transforma en eso, un acto de supervivencia, que si atrapa es porque el director Peter Berg tiene bravura a la hora de filmar los constantes tiroteos entre 140 talibanes y los cuatro estadounidenses.

    Para llegar a ese momento, Berg se preocupó en mostrar la camaradería -como, desde otro punto de vista, Kubrick en la citada Nacido para matar- y no evade clisés. Tan cierto como que los guerreros extranjeros donde ponen el ojo ponen la bala, y los talibanes precisarán muchas más municiones para herir y terminar con los SEAL.

    Mark Wahlberg asumió el rol protagónico, y también la producción de la película. Que es violenta, tiene tensión. Y que, basada en un hecho real, parece de película.

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  • Heredero del diablo
    Eso les pasa por no cuidarse...

    Cuando no hay mucho nuevo bajo el sol, nada mejor que reciclar. Y también, combinar: dos filmes exitosos del género del terror -por distintos motivos y vías ciertamente diferentes- como El bebe de Rosemary y Actividad paranormal. El engendro, dicho con todo respeto, es Heredero del diablo.

    Veamos. Una parejita marcha muy, pero muy feliz de luna de miel a República Dominicana -cuya Secretaría de Turismo no debe estar muy contenta con cómo pintan al país-. Allí, la última noche, medio que se pierden y aceptan la invitación de un taxista, que ofrece llevarlos, en vez de regreso al hotel, a pasar una noche, cómo decirlo, distinta.

    Y la parejita, que llegó muy, pero muy feliz, regresa muy, pero muy embarazada.

    Ya con el título del filme de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett (qué apellido para un filme de terror) se sabe lo que tiene en el vientre la incrédula Samantha (Allison Miller), y de ahí la mención a aquella pequeña obra maestra de Roman Polanski de 1968. La referencia a Actividad paranormal es que Zach (Zach Gilford) se la pasa, cámara en mano, filmando todo. Y así es que descubre que, amén de que el comportamiento de su esposa a medida que crece la panza aumenta en improperios y gestos extraños, hay ciertas presencias rondando la casa.

    Porque siempre es una casa, con escalera. Aquello que logró Polanski -que los vecinos del edificio de Rosemary eran los amantes del diablo- se ve que ya no rinde.

    El género del terror es de los que más fanáticos tiene en nuestro país. O para decirlo con claridad: deben ser los mismos, pero que ante cada estreno, llenan las salas. Con Heredero del diablo presumiblemente pasará lo mismo: un éxito, aunque el filme no tenga sutilezas y sí muchos efectos.

    A lo mejor el lector vio un video viralizado sobre un cochecito de bebe abandonado en las calles de Nueva York. La gente se acerca al oír llorar un bebe y, por un dispositivo, el bebe se levanta de pronto con cara de monstruo.

    ¿Lo vio? Si no le alcanza, vaya a ver la película.
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  • La tercera orilla
    Bien genuina

    A muchos los “dramas contemplativos”, aquéllos en los que la cámara acompaña a sus protagonistas sin interrumpirlos, los agobian, pero es ese realismo naturalista, que Murga sabe filmar con talento, elegancia y profesionalismo, el que hace tan notable a su cuarta realización.

    La tercera orilla es un filme sobre la sociedad argentina, no sólo la del pueblo entrerriano que cuenta, y si no se está atento a los detalles, ese sentido se puede perder o no llegar a valorar.

    Los personajes centrales masculinos -el padre y el hijo- son los mejor construidos por la directora de Una semana solos, porque uno de los temas que aborda es el patriarcado. En cada contrapunto -que es lo que suelen ser los encuentros cuando el padre visita a la familia, o se relaciona con Nicolás, el adolescente- se revela el inconformismo. No se sabe si es hipocresía, falta de cariño o de horizonte, pero en las entrañas de Nicolás se está engendrando algo que va a ser imparable.

    Por un lado, Murga marca los ecos de ser “macho” en esa sociedad pueblerina, en la que Jorge es médico y también estanciero, Nicolás quiere seguir la carrera de su padre, y sólo muestra agresividad -reflejo de un estado de daños internos- cuando su hermanastro menor sufre de bullying en la escuela. Porque Jorge no vive con Nico, su madre y sus hermanos, tiene otro hogar y allí, entre la necesidad básica de afecto y comprensión, va anidando una criatura dolorida y que sabrá qué hacer cuando se decida y se plante ante la situación.

    El papel del padre, compuesto por el dramaturgo y director teatral Daniel Veronese, es un extraño para los suyos, pero porque es un hombre incapaz de medir lo que sus actos generan en los sentimientos de quienes lo rodean. Alian Devetac es un actor no profesional, pero en su interpretación brinda toda la autenticidad que necesitaba el personaje de Nicolás.

    Murga marca los resentimientos y los convencionalismos familiares, pero sin subrayarlos. Nunca remacha sobre un tema, sino que deja que fluya. El entramado es lo suficientemente intenso y resistente para que sobre él descansen otros temas, entre ellos la digni dad en esta pequeña gran obra.
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  • Ella
    Ella
    Clarín
    El amor es real

    Ilusión o no, el filme pregunta por el afecto en los tiempos virtuales.

    Podría pensarse que si en el afiche de un filme que se titula Ella aparece El, y no Ella, es que la película se centra más en El y su relación con ella, que en Ella.

    Es una verdad a medias. Porque Samantha, o Ella, no tiene cuerpo -difícil por ahora para el marketing mostrar algo que es, pero que también no es-, pero sí tiene sentimientos. Y vaya que razona. Samantha es un sistema operativo, una inteligencia artificial metida en una computadora a la que El (Theodore, o Joaquin Phoenix) adquiere en una ciudad de Los Angeles en un futuro no muy lejano, como una compañía virtual.

    Y si hay gente que, en la actualidad, busca pareja por Internet, que Theodore compre un sistema operativo, elija ponerle voz femenina y termine enredándose -enamorándose, lisa y llanamente- habla de una necesidad afectiva. Que es virtual -esto es: potencial, posible, aparente e imaginaria-. No fue casual que la historia de amor de Blade Runner, entre humanos y replicantes, también transcurrió en lo que era el futuro en Los Angeles.

    Estamos ante una historia de amor contemporáneo.

    Para comunicarse con Samantha, Theodore debe colocarse un audífono. Los susurros en sus oídos le suenan genial, más si la voz, áspera y sensual, es la de Scarlett Johansson. Si en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, que escribió Charlie Kaufman (guionista de ¿Quieres ser John Malkovich?

    y El ladrón de orquídeas, ambas de Jonze) la idea era borrar de la memoria aquel amor que no pudo ser, aquí se trata de encontrar otro amor que, si puede ser, es más en la imaginación que en la vida real.

    Spike Jonze se preocupa porque el amor entre Theodore y el sistema operativo sea (parezca) real. Su mirada también apunta a cómo la tecnificación, las redes sociales (¿el presente? ¿el futuro?) más que enlazar, alejan los lazos con la realidad. La gente en Ella camina, se choca y no se comunica. La imaginación es el bien supremo (recuerden ¿Quieres ser...) y ahí Jonze dispara la película hacia consideraciones filosóficas. Como, por ejemplo, si el amor es una ilusión.

    Jonze, en su primer guión escrito en solitario, está a un paso de tornarse cursi, pero evade la zanja. Escuchadas sueltas, fuera del contexto, son naroskianas. “Creo que me escondí y la dejé sola en la relación... Estoy esperando a que desaparezca todo el amor (dice Theo, para divorciarse)”. “A veces siento que ya he sentido todo lo que tenía para sentir”. O “El pasado es sólo una historia que nos contamos”, dice Samantha, quien tiene mucho más claro que Theodore qué pasa en esa relación ¿de a dos?

    Pero la mejor, la más clara sale de boca de su amiga Amy (Amy Adams, de Escándalo americano): “Enamorarse es una locura socialmente aceptable”.

    Theodore es un tipo introspectivo, solitario, que vive en lo alto de un edificio en su departamento enorme, vidriado y cuasi vacío. No es lo único que tiene prácticamente desocupado, desde la separación de su mujer. Es curioso cómo se abre ante una desconocida que no ve, y cómo se autoboicotea con una mujer real (brillante la escena de la cita a ciegas con Olivia Wilde, y mejor aún el final de la misma). Es sensible, “mitad hombre mitad mujer”, le dicen en el trabajo. A propósito, Theodore trabaja en bellascartasescritasamano.com: él dicta a una computadora lo que los clientes, románticos, amigos o parientes, deberían haber escrito de puño y letra.

    Ella no es una película sobre un loco que se enamora de una computadora. Habla de cómo cambiamos, nos relacionamos, sufrimos, deseamos, y volvemos a empezar. Mientras no se caiga el sistema, y la necesidad de poseer no se entrevere en la relación.

    En fin, sabemos que con Ella -con o sin negritas- el amor es real.
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  • Balada de un hombre común
    Acido y melancólico

    Otro retrato de un perdedor, con muy buen pie en la música folk.

    Casi no se ve la luz del sol cuando Llewyn deambula por los exteriores. El cielo es plomizo. Si la película en vez de en colores fuera en blanco y negro, el tono predominante sería el gris.

    La película arranca con Llewyn, cantautor folk de los ’60, interpretando Hang me, Oh Hang me, el tema de Dave Van Rank. Son poco más de tres minutos, y es el único momento de la película en la que los hermanos Coen deciden tomarse su tiempo.

    Los hermanos Coen -debe ser Ethan, que además de cineasta es escritor y dramaturgo- ven las flaquezas de la gente y las explicitan, pero no en términos de parodia. Las agrandan, les dan una magnitud casi en Panavision. Si de algo se burlan, con el espectador, es de los absurdos. El humor oscuro de los directores de Fargo y Sin lugar para lo débiles combina con diálogos tremendamente hirientes.

    Es curioso, pero nunca hay maldad en los personajes que pintan. Tienen lo suyo: pueden ser obsesivos o maníacos, ser obstinados y agradecidos cuando -alguna vez les tiene que pasar- la suerte tal vez no les sonría, pero les guiñe un ojo. Como con ese gato que Llewyn pierde y encuentra. Ese gato que se llama Ulises y es otra más de las metáforas sobre Homero, y sobre el viaje más interno que externo que realiza Llewyn, por el subte o en auto, y que nos hace pensar si se va a dejar arrastrar por la corriente -como tantos- o tomará el timón de su vida.

    Así, presentan a Llewyn como un nómade, un tipo que no tiene no ya dónde caerse muerto, sino siquiera dormir. Lo hace en sofás de amigos, conocidos o parientes, mientras intenta vanamente y con vanidad tener éxito como músico en el Greenwich neoyorquino. Integró un dúo que se disolvió -ya se verá por qué- y le cuesta abrirse camino en solitario.

    Tal vez no todo conspira en su contra y él tenga algo que ver en sus infortunios. O tal vez no. A los Coen eso no les interesa. Como todos sus personajes perdedores -pero luchadores-, Llewyn es tozudamente melancólico.

    Balada de un hombre común es de las películas que conjugan drama y comedia y en las que por momentos uno no sabe si llorar o reír. Conviene ingresar al cine sabiendo lo menos posible de su trama, porque también es de los filmes en los que todo puede suceder tras el próximo compás.

    Es una película cíclica, y a la manera de los Coen, decíamos, homérica. Como si Llewyn fuera un hámster, caminando en esa ruedita sin fin, y tratara de cambiar su destino sin hacer, él mismo, mucho por torcerlo. Como si estuviese varado en el Greenwich. Como si aquéllos con los que se cruza -breves papeles interpretados por Carey Mulligan, John Goodman y Justin Timberlake (en la escena en que cantan Please Mr. Kennedy el tercero es Adam Driver, que sería el próximo malvado de la nueva trilogía de Star Wars)- no hicieran más que remarcarle, por oposición, su condición de perdedor, de frustrado.

    La banda de sonido es todo un hallazgo, sean los temas interpretados por Oscar Isaac -toda una revelación, injustamente dejado afuera de la nominación al Oscar- o por Carey Mulligan.

    Y como en Sin lugar..., en Fargo o en Barton Fink, el gusto que nos queda rebotando en el paladar es agridulce. O directamente ácida. Pero es un sabor decididamente necesario.
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  • Tras la puerta
    Mujeres en mundos distintos

    István Szabó siempre tuvo buen pulso a la hora de dirigir intérpretes. Y si bien es cierto que, ante todo , supo seleccionarlos -Klaus Maria Brandauer en Mefisto y Coronel Redl, Annette Bening en Conociendo a Julia-, ha sabido sacar de ellos lo mejor. Con Helen Mirren logra lo mismo en Tras la puerta.

    La actriz inglesa de La reina personifica a Emerenc, una mujer mayor que en la Hungría comunista de los años ‘60 trabajará como sirvienta de una pareja adinerada, pero sabrá mantener las distancias.

    Magda (Martina Gedeck) siente entre curiosidad, atracción y respeto por la mujer que no deja ingresar absolutamente a nadie a su casita cercana a la de la incipiente escritora.

    Tras la puerta es, ante todo, la relación entre ambas mujeres, que pertenecen a mundos distintos, y si Szabó no hace mucho por mostrar qué tan diferentes son, desde su educación, sí se preocupa por resaltar el carácter y los valores de una y otra.

    Al húngaro le alcanza con mostrar la tozudez de Emerenc en barrer la nieve que parece negarse a derretir en la vereda. Es como una batalla desigual, sí, pero mucha más fácil de entender cuando se sepa todo lo que ha vivido el personaje.

    Las cuestiones políticas no son ajenas al realizador, pero ha preferido en la trama hacer hincapié en ese personaje central, poco erudito pero rico en experiencia de vida, tal vez rudimentario pero cumplidor, fiel esperanzado y enorme.

    No debe resultar fácil compartir una escena con Helen Mirren, porque el verbo .-compartir- se vuelve como un boomerang, tanto es el magnetismo que irradia de la actriz de Gosford Park y La locura del Rey Jorge. Avejentada, por más que hoy tenga 68 años, Mirren impone una seducción natural.

    Hay muchas cuestiones que el director deja entreabiertas -la libertad de expresión bajo el régimen comunista es una-, pero la lealtad es algo así como el faro que ilumina cada acción de Emerenc, y su reflejo, Magda, en este filme atrapante, más por lo que esconde e intriga.
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  • Non-Stop: Sin escalas
    ¿Quién es el asesino?

    Liam Neeson debe descubrir en pleno vuelo quién es el terrorista que quiere ir eliminando pasajeros.

    La carrera de los actores, aquí y en Hollywood -pregúntenle, si no, a Ricardo Darín cómo varió su status luego de Nueve reinas- toma sendas a veces impensables. Liam Neeson había hecho películas de acción, con superhéroes oscuros (Darkman, por caso, de Sam Raimi) hasta que con La lista de Schindler pareció que todos le descubrieron su veta más dramática. Candidato a un Oscar que nunca ganó, el irlandés pegó otro giro -ya había actuado en un papel chico en tiempo, pero trascendente en la trama de Batman inicia- en Búsqueda implacable. Fue tan grande el éxito de la secuela, que al actor de Star Wars, Episodio I ahora le llueven los guiones de thrillers o filmes de acción en los que debe enfrentar, solito o con alguna ayuda impensada, a malvados malvadísimos que quieren hacer el mal o directamente eliminarlo a Neeson de la faz de la Tierra.

    En Non-Stop: sin escalas lo que quieren es volarlo, no de la Tierra sino del mismísimo cielo, ya que la trama lo encuentra a bordo de la cabina de un avión en el 90% de la proyección. Neeson es Bill Marks, uno de esos agentes de seguridad privada de las aerolíneas que, del 11 de septiembre en adelante, se volvieron casi imprescindibles. El hombre no se lleva bien con el verbo tener: ha tenido un pasado algo turbulento, tiene inconvenientes con el alcohol y tendrá problemas a bordo. Alguien -puede ser en plural- le avisa por mensajito en su celular que si no le consigue una panzada en millones de dólares irá eliminando individuos. El vuelo partió de Nueva York, con rumbo a Londres.

    Non-Stop es de las películas que sin la tecnología actual no podrían hacerse, y no porque cuente con efectos espectaculares, sino por que sin celular, mensaje de texto, WhatsApp y Wi-Fi sería imposible. El director ya había demostrado que sabe cómo meter intriga en La huérfana, por ejemplo, y aquí la construcción de cada escena va increíblemente abriendo nuevas posibilidades.

    La película es del tipo hay que descubrir al asesino en potencia , que podría convertirse en serial, averiguar por qué todo parece inculpar al buenazo de Bill y si el maldito está o no a bordo. Los sospechosos se van apilando como los cadáveres, y hasta la pecosa Julianne Moore cae en la duda.

    Si lo que el lector busca es una película que lo entretenga desde que arranca hasta que termine, y le gusta devanarse los sesos preguntándose, cual en juego de ingenio, quién es el asesino, ésta es su película. Tiene acción, sí, pero lo esencial pasa por el suspenso. Y si Neeson, hace veinte años, salvó a muchos inocentes en La lista de Schindler de una muerte segura, ¿no lo iba a hacer ahora? Ver para creer.
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  • Dallas Buyers Club: El club de los desahuciados
    Hay que pelearla

    Matthew McConaughey y Jared Leto encabezan el filme sobre enfermos de SIDA en los ‘80, contra los laboratorios que buscaban lucrar.

    Ron está, digamos, pasándola bien, con dos mujeres antes de que alguien se le anime a un toro en un rodeo. Hay que aguantar algunos segundos para declararse vencedor. El apuesta, y su futuro inmediato depende de lo que suceda. Es un cowboy de los ’80, pero no como el que compuso John Travolta en Urban Cowboy. La metáfora de Ron y el toro es tal vez obvia en demasía, pero al menos sirve para entender que el protagonista de El club de los desahuciados no es un tipo común. O sí: es un hombre corriente que atravesará un período extraordinario cuando se entere de que tiene HIV, y que, por esos años sin cura a la mano, era como un certificado de defunción sin fecha precisa de vencimiento. Pero próxima.

    La energía no tiene relación con el cuerpo, la carne, sino con el espíritu, la mente y la sangre. Ron es un tipo apasionado por lo que hace, sea lo que sea. Homofóbico, drogón, arrogante y con vocación por las chicas fáciles, no mide consecuencias en sus actos hasta que le dan un mes de vida. Se contagió seguramente por no cuidarse, pero no se dará por vencido.

    La lucha por la supervivencia de un salvaje, en el cine, tiene atractivos de por sí, pero la de Ron, basada en la historia real del hombre que cuestionó a los laboratorios que buscaban curar al SIDA y que creó una red, un club de infectados a los que les conseguía medicamentos contrabandeados para paliar su enfermedad, le da otro reflejo, otro vislumbre al asunto.

    Eran tiempos en los que el AZT era una droga experimental, que parecía ser la solución, pero las dosis podían alterarlo todo. Ron encontró en México a un médico (Griffin Dunne) que lo convenció -en verdad, no le quedaba otra- que utilizar una combinación de drogas más una ingesta de suplementos dietarios podían ayudar a su sistema inmune.

    La película coquetea con la denuncia. Tanto los laboratorios como los funcionarios del Gobierno están más orientados hacia el beneficio propio, o la gloria por alcanzar la cura a expensas de los enfermos que por mostrar algún mínimo rasgo de compasión. Pero el filme ofrece su costado más humano con Ron y con Rayon, el travesti que compone Jared Leto.

    Es muy posible que Matthew McConaughey y Leto se lleven el domingo los Oscar a mejor actor protagónico y secundario la primera vez que son candidatos. Es que su presencia es fundamental en la historia. El hecho de que Ron tenga SIDA y no sea gay, sino abiertamente homofóbico, también es una veta que Jean-Marc Vallée (La reina Victoria, C.R.A.Z.Y.) señala con trazos más gruesos. Hay mucho de sentimiento sincero y poco de melodrama en este filme que empieza duro, prosigue algo cruel y termina devastando.
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  • La paz
    La paz
    Clarín
    El chico de la motocicleta

    Vínculos y correspondencias de un joven, casi, sin fe en sí mismo.

    “No se puede abandonar todo”, dice Liso. Es la respuesta a su madre, cuando ella se sorprende de que siga fumando. Liso ha ido perdiendo mucho, sino todo; novia, amigos, tal vez fe en sí mismo. Quiere recuperar amores perdidos, como si se pudiera perder lo que no se tuvo.

    La paz es una película de relaciones. De vínculos y correspondencias. De cómo Liso (Lisandro Rodríguez), que acaba de salir de una internación psiquiátrica, se lleva -más que nada- con las mujeres. Su madre, su abuela, a la que lleva a pasear en moto, la sirvienta boliviana, una prostituta, su ex novia, otra amiga de la infancia. También con su padre, que cree arreglar todo dándole dinero.

    Porque Liso vive en una familia desacomodadamente de clase acomodada. Y son los de afuera quienes advierten su estado de tristeza. Y eso que, como él dice, “Yo estoy mejor, ¿sabés? Estoy medicado”.

    Este Santiago Loza que hace expresar en sus obras de teatro a sus protagonistas femeninas de manera muy verborrágica es el mismo que en el cine se muestra más austero. Lo es en La paz, un retrato cálido, nada minimalista en el sentido peyorativo que se le ha dado por tildar a ciertos filmes nacionales del post nuevo cine argentino. Su mirada apunta a las relaciones, a cómo repercuten en Liso y quienes lo circundan.

    Son, de nuevo, las mujeres las que le marcan el terreno, con sus actitudes o palabras. “Si no querés trabajar o estudiar me lo tenés que decir. Y si no querés vivir más, también me lo tenés que decir”, le avisa la madre. Tener y querer son dos verbos que a Liso le cuesta conjugar.

    Loza construye a sus personajes desde los detalles. En su cine (Extraño, Cuatro mujeres descalzas, Los labios) es así. Liso utiliza una moto para moverse y para relacionarse. Y si un gesto sirve para interpretar una relación, una emoción, vean la mano de la abuela, sentada detrás de su nieto, en pleno paseo con la moto.

    Como de costumbre, la marcación de los actores es otra rúbrica del realizador. Loza continúa, antes que construyendo, abriéndonos un mundo, no un universo, en el que él, sus protagonistas y el espectador no somos nosotros sin los otros.
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  • Pompeii, la furia del volcán
    Con la lava lavada

    Siempre, pero siempre ¿eh?, que hubo una catástrofe hay una parejita en el medio. Así como a James Cameron se le ocurrió que un marinero se entretuvo viendo los besos de Jack y Rose en la cubierta en Titanic, y por eso embiste el iceberg, en Pompeii no hay témpanos, pero sí un amor entre dos jóvenes de distintos estratos sociales cuando pase el temblor.

    Porque en Pompeii (que no tiene nada que ver con un árbitro de fútbol) son Cassia (Emily Browning, de Una serie de eventos desafortunados) y Milo (Kit Harrington, Jon Snow en Game of Thrones). Ella, hija de un acaudalado señor de Pompeya. El, más conocido como el Celta, vio de niño cómo los romanos mataron a su padre y a su madre y, convertido en esclavo, llega a Pompeii para ser gladiador.

    Allí también arriba el Senador Corvus (¡Kiefer Sutherland!), que vino a hacer negocios en nombre del emperador Titus, pero que antes fue el que encabezó la masacre de los celtas. Milo, a quien se ve que no le gustaba su nombre porque tarda en decir cómo se llama, lo reconoce enseguida. En el año 79 DC no había Google, cuando vio a Corvus casi dos décadas atrás era de noche, pero la memoria visual de Milo no tiene parangón. Como tampoco su sueño de venganza.

    Y menos la parafernalia que el director inglés Paul W. S. Anderson (el de la saga de Resident Evil con su esposa Milla Jovovich) despliega cuando el Vesuvio entre en erupción. Paradójicamente, Atticus, esclavo de piel oscura, le aclara a Milo: “Es la montaña que gruñe de vez en cuando”. Y se viene una, que otra que el reciente bólido de Santa Fe.

    “Que empiecen los juegos (con j)”, dice Corvus/Kiefer, y remeda no a su Jack Bauer en 24, pero sí a su padre Donald en Los juegos del hambre. La cosa es que cuando empiecen los fuegos del volcán, está clarísimo que cada dólar invertido está allí, en las imágenes CGI y los efectos especiales, y no en la cuenta de los libretistas.

    Sí han pagado a un elenco de nombres. Carrie-Anne Moss (a quince años de su Trinity en Matrix) ya no hace de chica, sino de madre, y Jared Harris, que es el hijo de Richard harris, hace del padre de Cassia.

    Y así, combinación entre Gladiador, Titanic y Vulcano -o Terremoto, o La aventura del Poseidón, o cualquier película de catástrofe o las peplum de hace sesenta años-, Pompeii pasa ante los ojos sin lastimar. Y no, no es una catástrofe.
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  • Nebraska
    Nebraska
    Clarín
    Sueños compartidos

    Gran película sobre las relaciones familiares, y el orgullo sincero.

    Vaya uno a saber si Woody Grant tiene lo que quiere, o lo que quiso en la vida. Allí va, caminando por la ruta, con su cuerpo cansado, solo, a buscar su recompensa.

    De esto trata Nebraska: de recibir. De dar, de jugarse, de dejar algo. De actuar, en el sentido de vivir. Los cobardes, nos dice Nebraska, no actúan.

    Woody es un anciano que recibe un cupón en una revista y cree que en verdad ha ganado un millón de dólares.

    Está obsesionado. Tanto, que duerme aferrado a la carta. Y quiere viajar desde su casa en Montana hasta Nebraska, a recibir el premio. No entiende que es un engaño, una estafa.

    Los personajes de Nebraska son gente de pocas palabras.

    Pero las tienen, y las dicen en el momento preciso.

    “¿Tiene Alzheimer”?, le preguntan a David, su hijo menor. “Sólo cree lo que la gente le dice”. Más claro...

    El tipo necesita algo por qué vivir. No se trata del dinero, sino de seguir con la fantasía. ¿Qué haría Woody con un millón de dólares? Comprar una camioneta nueva. Su sufrida esposa, con un millón, lo pondría en un asilo...

    Y allí van, en auto, Woody y David, rumbo a Nebraska, y pasarán de camino a visitar familiares. Y las ciudades, como despersonalizadas, estarán tan presentes como un personaje más.

    Alexander Payne es un especialista en retratar relaciones familiares, sean las que fueran. El director de Las confesiones del Sr. Schmidt, Entre copas y Los descendientes tiene una habilidad encomiable en ese ámbito. Para pintar un vínculo, con alguien, o con algo, le basta un pantallazo. Puede mostrar la casa de la infancia del protagonista, derruida, o hacerle decir a David “Quiero que vuelvas” a su ex, y “Casarnos, separarnos... Hagamos las dos cosas. Hagamos algo”, le reprocha la ex, que lo dejó después de dos años.

    Woody es un tipo de buen corazón, pero alcohólico y, parece, fue mujeriego. “Tú también beberías si estuvieras casado con tu madre”, le dice a David. “¿Dejarla? Terminaría con otra que estaría molestándome todo el tiempo”.

    Nebraska habla de la sabiduría que dan los años. De saber cuándo dejar una Mountain Dew para compartir una cerveza con el padre. Y de una generación que no se separaba nunca, y otra que sí. De los buitres que hay en toda familia cuando aparece dinero, y de recuperar algo, al menos, de lo extraviado.

    Como encontrar cosas perdidas o dientes postizos entre las vías del ferrocarril. Son tal vez sueños postizos. Sueños derruidos, sueños compartidos entre padre e hijo que siente orgullo por el otro.

    Y por algo Payne eligió que en el karaoke del bar suene Time After Time, de Cindy Lauper, por aquello de que " Si estás perdido, puedes buscar y me encontrarás una y otra vez Si caes te sujetaré, estaré esperando una y otra vez”.

    Los últimos 5 minutos son los mejores que haya rodado Payne en toda su carrera.

    Probablemente Nebraska no gane ninguno de sus seis Oscar a los que está nominada, pero se los merece todos.
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  • Philomena
    Philomena
    Clarín
    Más corazón que odio

    Candidata al Oscar, basada en una historia real, tiene a Judi Dench como la madre que busca al hijo que hace medio siglo le arrebataron.

    Hay amores de la vida real que uno vive y no parecen de película. Pero éste se trata de un amor materno, y la historia de Philomena es tan increíble que parece de película. Pero es verdadera.

    Philomena Lee era una huérfana que, como madre adolescente, fue forzada a dar a su hijo en adopción por las monjas del convento Roscrea en el que vivía -las monjas vendieron al hijo de 3 años a padres desconocidos-. Philomena calla durante cincuenta años, y un buen día no puede más. Llora y habla. Quien la escucha es su hija.

    A partir de entonces comenzará la búsqueda de la madre de su hijo perdido, encabezada por Martin Sixsmith, un ex periodista que se encargó de temas políticos en la BBC, convertido en vocero del Gobierno inglés, descreído del poder de las historias de vida, quien, ya sin trabajo, ve una oportunidad. Y allí va con Philomena a buscar a Anthony.

    La película sigue su viaje para encontrar a su hijo, y refleja aquello que aflora en la relación entre Philomena y Martin, la suerte de amistad que nace entre ellos, nacida de la mutua confianza. Y del entendimiento, pese a las claras, convincentes y e inequívocas diferencias entre ellos.

    Así contada la historia no sería más que la de una road movie , una película de camino en la que los personajes parten hacia un fin, que no saben si llegarán a alcanzar (encontrar a Anthony) y en la que -siempre- el recorrido, por H o por B, los cambia.

    Por fortuna, Stephen Frears le escapa al juego de las lágrimas. Cada golpe bajo que se avizora, lo elude. Cada vez que una cuota de almíbar parece que va a decorar la torta, aleja el cuchillo de untar. Frears, que sabe de vínculos de amistad y de los otros, forzados o no, como lo demostró en Las relaciones peligrosas, Alta fidelidad, o inclusive La Reina, se muestra por primera vez compasivo con su protagonista.

    Philomena Lee tiene todo como para sentirse resentida. Pero es una católica creyente -y practicante-, y en su corazón, antes que odio, tiene misericordia y piedad ante quienes la afrentaron.

    Judi Dench tiene la particularidad, como actriz, de ponerse los diferentes trajes de los personajes que le otorgan o acepta. Y adaptarse a la medida que sean. Puede ser M en los filmes de Bond, madre castradora o reina, pero a los casi 80 años que cumplirá en diciembre tiene la fuerza -y la fiereza- de una mujer con todas las letras.

    La película, que tiene cuatro candidaturas al Oscar (filme, actriz, guión adaptado y música) es un conglomerado de géneros. Es filme de denuncia, drama, tiene retoques de película del camino cómica y hace colisionar la fe con la razón. También ofrece una mirada crítica hacia la Iglesia que prefiere esconder la suciedad bajo la alfombra.

    Steve Coogan, que interpreta a Sixsmith, el ateo que acerca a Philomena a la luz -al menos a la luz de la verdad-, también es coautor del guión. Su personaje es arrogante, como contraste de Philomena, esa mujer tan simple y amorosa, tan devota como con pocas pulgas que en la vida, tal vez, perdió más de lo que ganó.
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  • Horas desesperadas
    Papá corazón

    Es la última película de Paul Walker.

    Es casi imposible ver Horas desesperadas sin tener en mente que es la película póstuma de Paul Walker. Y ver que lejos de su antihéroe de acción, Walker tenía un caudal y capacidad de transmitir dramaticidad no advertido por muchos realizadores.

    Es que el actor de la saga Rápidos y furiosos, que murió en un accidente automovilístico el 30 de noviembre, es protagonista casi excluyente de este dramón de supervivencia como Nolan, quien iba a afrontar el mejor día de su vida y está a punto de pasar las más horrorosas 48 horas de su existencia.

    A su mujer, Abigail (Genesis Rodríguez, la hija del Puma Rodríguez) se le adelantó el parto unas cuantas semanas. Y por más que Nolan le dice que todo va a estar bien, ella muere al dar a luz. Para dificultar más la situación, la beba tiene complicaciones para respirar, y debe estar conectada a una máquina de ventilación asistida. ¿Más? El hospital donde nació la beba queda en Nueva Orleáns. Y sí, nace la misma noche que el huracán Katrina azota la región.

    La serie de eventos desafortunados que vive Nolan no termina ahí, y parece que no va a acabar nunca en los 97 minutos que dura la opera prima de Eric Heisserer. Porque se inundan los pisos de abajo, se corta la electricidad, la batería que mantiene el respirador se va agotando, evacuan el hospital pero a Nolan le dicen que se quede, que una ambulancia vendrá a rescatarlos. Ya adivinan qué pasa.

    Walker debe lidiar casi solo, sin otros actores, con la odisea. Algo similar a la historia de vida de John Q, de Nick Cassavetes, con Denzel Washington peleando por mantener vivo a su hijo. Aquí Walker se parece más al Tom Hanks de Náufrago o al personaje de Ryan Reynolds en Enterrado: aislados, casi dejados a su suerte.

    Hay que saber y llevar adelante toda una trama casi solo frente a la cámara, y Walker lo logra. Con soliloquios ante la beba y luchando con el contador que le dice cuántos segundos le quedan a la maquinita si no le da con la manivela, más que héroe de acción parece un condenado al suplicio.

    La película también expone que ante una situación extrema, la gente puede mostrar lo mejor o lo peor de sí mismas. Es que la trama incluye saqueadores y un francotirador, por ejemplo, tanto como una enfermera considerada y atenta. No importa: lo troncal está en esa relación padre/hija, y habrá que ser decidido y corajudo para sobrellevarla.
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  • Agosto
    Agosto
    Clarín
    Mi mamá me mima (poco)

    “Agosto” es un filme de actuaciones, y su elenco es un seleccionado de 11 grandes intérpretes.

    Una obra de teatro trasladada a la pantalla, por lo general, gana y pierde.

    Agosto, además de tener en su trama tantos elementos sobre el derrumbe de una familia que dejan al espectador entre groggy y exhausto, es el tipo de pieza que se basa en las actuaciones.

    Es que para ayudar a sobrellevar tantos infortunios, y los desvíos melodramáticos, y tantos momentos en que los personajes están muy arriba, y explotan, y… hay que contar con un elenco de excepción.

    John Wells, productor fructífero, guionista de varios capítulos de ER Emergencias y de The West Wing, debe haber puesto como condición tener a este verdadero seleccionado que parece un equipo de fútbol, once intérpretes de primer nivel a su cargo. Haberlo conseguido es su mayor mérito.

    Es que casi todo transcurre en la casona en el campo de los Weston, donde la intolerable, insoportable, fastidiosa, irritante, cruel e hiriente Violet (Meryl Streep) espera a su familia tras la desaparición de su esposo escritor (Sam Shepard).

    Que las cosas nunca estuvieron bien, que las relaciones entre los integrantes de esa familia están lejos de basarse en el respeto -parecen fundamentarse en el miedo y la mentira- se desvela pronto. De las tres hijas, Ivy (Julianne Nicholson) es la única que se quedó allí. Barbara (Julia Roberts) y Karen (Juliette Lewis) hicieron su vida lejos del condado de Osage. El regreso a casa será entre truculento y liberador.

    La película dura dos horas, una menos que la puesta en escena que estrenaron aquí Norma Aleandro y Mercedes Morán, en los roles que ahora abordan Streep y Roberts, ambas muy merecidamente candidatas al Oscar como actrices protagónica y de reparto. Si el lector vio la obra, no es necesario recordarle qué es lo que enfrenta a todos. Y si no la vio, prepárese porque cuando crea que ya ha visto y oído todo, queda mucho por descubrir.

    Decíamos que en la adaptación al cine una obra teatral gana y pierde. Aquí fue el mismo autor Tracy Letts (que ganó el Tony y el Pulitzer por ella, y que también es actor: estuvo en la última temporada de Homeland), el encargado de “comprimir” algunas acciones. Pero bien que dejó los momentos más álgidos, intensos y graves.

    En los ojos, las actitudes y los gestos de Streep hay más de un indicio de qué es lo que motiva lo agria que es Violet. Háblese de duelo actoral, de tour de force, de peso específico como actrices, pero cada vez que Roberts le clava la mirada a Streep, chispas es lo menos que brotan.

    Tal vez todo sea demasiado, excesivo. Que en una sola familia pasen tantas cosas resulta abrumador, pero el teatro, como el cine, a veces es el arte del engaño. Está en cada uno dejarse llevar de las narices por este seleccionado que encabeza Streep, pero que tiene a Chris Cooper, Ewan McGregor, Dermot Mulroney, Benedict Cumberbatch, Juliette Lewis, Margo Martindale y a Abigail Breslin, además de los nombrados, sufriendo y haciendo sufrir de lo lindo.
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  • 12 años de esclavitud
    Para nosotros la libertad

    Fuerte candidata al Oscar, es un filme sobre la degradación, con fuertes imágenes.

    Steve McQueen, salvando todas y cada una de las distancias, tiene algo en común con el fallecido Stanley Kubrick.

    Ambos sostienen en sus películas que la maldad anida en todo ser humano, y puede surgir, brotar de manera inesperada y bajo distintas formas, a veces como locura, y en cualquier momento.

    El joven realizador británico de color, que ya hizo Hunger (sobre los vejámenes a un preso del IRA) y Shame: sin reservas (sobre una compulsiva adicción al sexo) aborda el racismo en 12 años de esclavitud. Y sobre el protagonista, Solomon Nothrup, se descargan todas las torturas, físicas y psicológicas en una época que en los Estados Unidos tienden a querer olvidar. Cuando la esclavitud era legal y, si cabe el término, normal.

    Engañado, emborrachado y secuestrado, el hombre se despierta alejado de su familia y vuelto esclavo en una plantación en el Sur. Músico y hombre letrado, Solomon no puede creer y menos entender el calvario por el que está atravesando. Pero si se rebela, sabe que lo castigarán, o le harán cosas peores.

    Basada en una historia real, el debate que plantea la visión de la película no es tanto si es o no merecedora del Oscar por su posición políticamente correcta, sino si se justifica la crudeza con que McQueen muestra la violencia a la que se somete a Solomon y otros esclavos, su manera de exponer la degradación humana.

    Ya lo había explicitado en sus dos películas anteriores, así que no debería sorprendernos. McQueen estudió arte y diseño, y sus películas tienen, siempre, una lograda combinación entre el armado estético de la imagen y las actuaciones.

    No podría acusárselo de regodearse con la tortura y el maltrato, aunque la crudeza que exhibe -¿en busca de verosimilitud o de hacer partícipe al espectador?- bien puede lograr el cometido contrario.

    La utilización de planos secuencia, con la cámara rodeando y balanceándose alrededor de los personajes, da mayor fluidez al relato. Pero sin la fiereza y lo visceral de la actuación de Chiwetel Ejiofor otra sería la historia, lo mismo puede decirse de Lupita Nyong’o. Michael Fassbender, habitual en el cine de McQueen, es el más pérfido amo. Y si hay muchos más talentos en papeles secundarios (Paul Giamatti y Paul Dano como malvados, el muy de moda Benedict Cumberbatch como bueno), el aquí productor Brad Pitt se quedó con el personaje más bueno. El del hombre blanco que ve lo que ningún otro en ese manojo de nervios, expresividad y dolor que es Solomon.
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  • El sueño de Walt
    Duro de negociar

    El filme tiene buenas actuaciones de Emma Thompson y Tom Hanks.

    Todo sabemos cómo termina El sueño de Walt. La película no trata sobre el rodaje de Mary Poppins, sino sobre las negociaciones que Walt Disney debió realizar previamente y en persona con P.L.Travers, la autora del personaje -la niñera que sabia volar de la muy british familia Banks- que Disney había prometido a sus hijas iba a llevar al cine.

    Travers era un hueso duro de roer, que no quería que el espíritu de “su” Mary Poppins terminara entre dibujitos animados, y si tras veinte años transó, no fue por placer sino por necesidades económicas y porque Disney la persuadió. Así que, por un lado, aquéllos que disfrutaron del filme con Julie Andrews y Dick van Dyke estarán felices de que aquello haya sido así, pero no deja de desanimar el hecho de que Travers haya perdido parte de su batalla.

    Es que la escritora australiana, afincada en Londres, tenía con Mary Poppins algo muy personal, que no conviene adelantar. Uno crece, madura, se golpea y aprende. La esencia no se pierde, pero parece que sí se adapta. Travers en la visión de John Lee Hancock (la sobrevalorada Un sueño posible, por la que Sandra Bullock ganó el Oscar) tiene todos y cada uno de los tics que reconocemos de los ingleses, y con los que tropieza y en cierta manera choca Disney -Walt, sí, pero también todos los integrantes de la compañía con los que Travers se cruza, incluyendo los hermanos Sherman, los músicos de la película-.

    Travers tenía una lengua afilada, un carácter fuerte, terrible, y un corazón difícil de abrir. Emma Thompson está estupenda en todo momento. Sea cuando muestra su alergia a California, su pésima reacción al guión, sus desplantes constantes a Disney -le dice que aborrece “sus tontos dibujitos”- y hasta su desaprobación de las canciones supercalifragilisticamente luego exitosas.

    Sin ella, y sin Tom Hanks, quien a priori no parecía la mejor elección para ser Disney, pero luego de verlo cuesta creer que algún otro pudiera interpretarlo (no parecerse) mejor, El sueño de Walt no sería ni tan entretenida ni emotiva. Después de todo, ésta es una película sobre Disney hecha por los estudios Disney. O sea.

    Por cierto, las referencias al clásico filme de 1964 son muchas, y quien no haya visto al menos hace muchos años la película puede quedarse pensando de qué le están hablando en más de un momento. Y si piensa ir a ver el filme, por favor, no mire el trailer: cuenta toda la película, y hasta todos los secretos...
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  • Escándalo americano
    Cansados de fingir

    Gran comedia sobre perdedores que quieren reinventarse.

    Ese mismo 1978 en que transcurre Escándalo americano, cantaba The Police (segundo tema del lado 2 de Outlandos d’Amour) aquello de que Truth hits everybody, truth hits everyone . La verdad golpea a todos, a cada uno. A los personajes de David O. Russell, siempre, pero siempre, los hace reaccionar. Y no fingir más. Darse cuenta de algo, algo que les pasa, o de cómo son, los lleva a reinventarse. A no estar conformes con cómo son, o eran. Por más duro que sea, son valientes. Enfrentan la realidad. Y van más allá. Mucho más allá.

    Escándalo americano no trata sobre cómo, basado en un hecho real, un agente del FBI utiliza a dos estafadores para apresar peces más gordos. Eso es una anécdota, a Russell le interesan Irv y Sdney. Y lo dice y se los hace decir a los protagonistas, hablando en primera persona, un recurso más literario que cinematográfico, pero que no le quita ni un ápice de vibración al relato. Irv se da cuenta de que con Sidney, su amante y socia en el crimen, puede mostrase sin ningún tipo de vergüenza. Y Sidney necesitaba después de unos cuántos golpes, ser otra.

    Hay momentos, frases que pintan a la gente. Irv advierte qué tipo de mujer es Sydney por cómo ella entendía a Duke Ellington. Sydney se da cuenta de que adora a ese hombre gordo, calvo y decidido. Eso, ese combo, la sedujo.

    Alrededor de estos dos estafadores, que engañaban a incautos haciéndoles creer que por 5.000 dólares les conseguirían un préstamo de 50.000, Russell va creando personajes nada más que lo necesariamente ingenuos para que sean los resortes, más que nada de Irv. Son su esposa Rosalyn (una Jennifer Lawrence que se merece el Oscar sólo por su versión de Vivir y dejar morir), y el alcalde de Camden, Nueva Jersey (Jeremy Renner), a quien Irv debe hacer pisar el palito para no terminar él en la cárcel.

    Es muy difícil conseguir mantener la tensión, el hijo de cualquier relato en más de dos, tres escenas continuas. Y Russell lo logra. Supo de entrada ir y venir en el tiempo, compartir guiños con el espectador atento -o que ya pasó los 40-, darles líneas de diálogos ingeniosas pero reales, convincentes, meter una sorpresa y más que nada, hacer queribles a Irv y a Sydney. Ese es su mayor logro y que redunda en beneficio propio, para el filme, y para el público.

    Si Russell, además de un guionista que sabe crear personajes -esto es: hacer que lo que hagan y digan nos resuene en algún lugar de nuestro ser, sea la conciencia o el corazón-, es un eximio director de intérpretes. Vayan a encontrar a Christian Bale haciendo un papel como éste en su extensa filmografía. O a Amy Adams. Y qué nos importa si Lawrence a sus 23, debería dar mayor en su papel, si lo que consigue cada vez que aparece en cámara es devorarse con empatía nuestra voluntad. Tal vez Bradley Cooper sea el que más tics de comediante reitera.

    Los personajes del cine de Russell -el boxeador y el hermano de El ganador; el marido engañado y la viuda joven de El lado luminoso de la vida- sufren. Pero se levantan. Lejos de ser parásitos depresivos, se conciben de nuevo, se reinventan. Después de todo, ya lo bramaba Tina Turner. Quién necesita un corazón, cuando un corazón puede ser roto.
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  • El tiempo de los amantes
    Pasión y triángulo

    Hay miradas que lo dicen todo.

    Alix y Doug se cruzan muchas, la primera en un tren, cuando eran dos desconocidos. Y habrá más en el transcurso de ese día en el que la causalidad, y no la casualidad, los anuda y vincula.

    Si es difícil reconocer cuál fue el clic, el momento en el que un vínculo se convierte o evoluciona en amor, Alix y Doug no cuentan con ese tiempo. Fue un flash. Ella inició, dio el primer paso, pero no fue una maniobra premeditada. Después de todo, ¿qué haría luego allí, en el velatorio de una mujer a la que no conocía ni el nombre, si no era para seguir al hombre que la despertó a la vida, a sus 43 años, y con ocho en pareja?

    El tiempo de los amantes tiene muchos aspectos en común con otras grandes realizaciones donde ella y él se conocen, viven una pasión desenfrenada y, para complicar lo simple, uno de los dos está en pareja; de Breve encuentro a la saga iniciada con Antes del amanecer. “Lo que parece amor, siempre es amor” es la frase de Tristan Bernard que asoció el joven Jérôme Bonnell (36) y lo llevó a aproximar al profesor irlandés, de paso por Francia para despedir a esa amiga que murió, a la actriz que se quedó sin dinero y sin crédito en el teléfono y que apuesta a lo que siente.

    Bonnell decidió que Alix, el personaje, fuera actriz. Para que en el comienzo de la situación pudiera fingir. Pero lo mejor que hace Alix es no fingir. No oculta sentimientos, no escatima palabras y deja claro lo que quiere … y cómo conseguirlo.

    La película, como toda buena realización, está pensada, masticada, pero no deglutida a la hora de ofrecérsela al espectador. Bonnell reposa la cámara sobre los amantes cuando debe, no los hace hablar nimiedades, pequeñeces ni cursilerías. No transforma ese amor apasionado en algo trivial.

    Claro que cuenta con dos intérpretes cuya imagen y presencia ya de por sí brindan un peso propio, y cuya gestualidad exime de palabras. Gabriel Byrne está tan medido como el director y guionista necesita que esté Doug. Casi no se sabe nada de él, porque lo que requiere saberse se entiende o intuye. Y Emmanuelle Devos es un prodigio de expresión para ilustrar su interior, sus estados de ánimo, sus temores, su frenesí y su sufrimiento.

    Pero es determinante esa mirada, casi al finalizar la proyección, cuando los personajes ya se conocen, la que los desnuda más allá de la ilusión. Ellos, y el espectador, lo saben.
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  • Caminando con dinosaurios
    Algo más extinto

    A los chicos el universo de los dinosaurios les fascina, les atrae y los incita a aprender más y más.

    Caminado con dinosaurios se propone acercarlos casi como un juego, con una aventura en la que los protagonistas hablan cual ventrílocuos y hacen chistes, sufren y se aman, se pelean y se amigan.

    Uno de los cráteres en los que cae la película es que ambiciona en buena ley ser instructiva o educativa, y por momentos termina siendo como Dora la exploradora. Y cual meteorito a la vista, cuando los diálogos procuran ser graciosos, muchas de las bromas son más prehistóricas que los mismos dinosaurios.

    Patchi -qué nombre- es un Pachyrhinosaurus, un pariente cercano del más popular Triceratops, un hervíboro que vive a la sombra de su hermano, con el que se lleva no a las patadas, pero casi a las corneadas -tenían protuberancias, no cuernos-, y que se enamora de pequeño. Los dinos deben emigrar para conseguir comida y no congelarse, y emprenden una travesía, que es la que la película basada en una serie homónima de la cadena televisiva británica BBC- sigue, “caminando” con estos animales que poblaron la Tierra hace, día más, semana menos, 70 millones de años.

    Hay salvedades que ciertamente se comprenden: los dinosaurios no tenían músculos en sus rostros, por lo que es imposible que Patchi exprese sus emociones como lo hace, pero en andas del relato (prehistórico), todo se disculpa.

    Nadie pide rigor paleontológico, como así tampoco cantidad de flatulencias, popó y una trama tan lineal. Es que así el filme se restringe a los chicos más pequeños, que pueden reírse, claro, de cualquier cosa. El tono de las voces es tan pueril como el uso del 3D: podría o no estar rodada en tres dimensiones.

    Una curiosidad: Barry Cook, uno de los codirectores, había codirigido Mulan. Ciertamente, toda una rareza, porque aquí cuando a la media hora de la proyección lo anodino se apropia, y se queda, no hay pochoclo que alcance.
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  • Entre sus manos
    Satisfacción no garantizada

    El actor de “Looper” y “500 días con ella” debuta en la dirección con esta comedia sexual jugada, osada y paródica.

    “Es mejor que lo real”, trata de convencernos (y convencerse) Jon Martello con respecto a las imágenes que observa en la pantalla de su computadora. Jon suele tener mucho levante -lo interpreta Joseph Gordon-Levitt, aquí también director de largo: tiene varios cortos como realizador-, por lo que suele llevarse a su cama y casa de soltero a distintas conquistas.

    Pero no. El dice que la pasa mucho mejor masturbándose mientras ve películas pornográficas. Puede estar con una bomba como Scarlett Johansson, levantarse de la cama y prender la laptop. Dios le da pan a quien no tiene dientes.

    Jon -por algo sus amigos le dicen Don Jon- es un narcisista, y un católico penitente, que no falta a misa, se confiesa y recibe padrenuestros como remedio a sus pecados, que se convierte en un enajenado cuando maneja su auto -y maldice y execra a todo el que se le cruce en el camino-. Jon probablemente no tenga los patitos en fila, pero el guión explica que si Jon es lo que es -y si Barbara (Johansson) es como es-, es resultante de la sociedad en la que viven y se (con)forman.

    Un ejemplo: Jon y Barbara van al cine, y ven imágenes de un bodrio con Chaning Tatum y Anne Hathaway. A Barbara le encanta y se emociona, porque vive en un mundo de fantasía. El de Jon es igualmente falso, y así, parece, les va.

    Gordon Levitt, también autor del guión, es terriblemente cómico y no le hace asco a nada. Gráfico o impúdico, el relato pega un par de giros con los dos personajes femeninos con los que se cruza. Barbara de entrada le dice que sí, pero no, por lo que Jon debe ingeniárselas para seducirla -en la visión del personaje sería dominarla, adueñársela-. Y Esther (Julianne Moore) es una viuda madura y algo depresiva con sus secretos a cuestas, con la que Jon aprenderá más de lo que se esperaba.

    La otra mujer importante está en su familia, y no es su madre -una igualmente soberbia Glenne Headly- sino su hermana (Brie Larson, ningún queso). Casi no habla, metida como está con su smartphone. Pero esperen a que abra, ejem, la boca.

    Acaso el padre de Jon (Tony Danza, guapo en camiseta como Pepe Galleta) no sea más que una parodia, un reflejo de una familia, un grupo, una comunidad que se pudrió en vida y dio a luz estos personajes que exudan tanto patetismo como evidente autenticidad.
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  • La vida de Adele
    El amor duele

    Cuando el amor pega en cierta zona cercana al esternón, a la izquierda, mejor estar preparado. Adèle no estaba prevenida. Tenía 15 años, pero lo que le ocurre supera a cualquiera a cualquier edad.

    La vida de Adèle es una historia de amor que contagia a puro arrebato, frenesí, pero también sufrimiento. El amor les duele a Adèle y a Emma en esta película de cortas tres horas, que no es, como algunos presentan simplificado, un amor lésbico, sino un amor, no de película -en el cine suele rebasarse la realidad-, un amor que nos llega real, porque es embrollado, vehemente. Auténtico.

    Adèle estuvo con otros chicos, pero cuando se cruza en la calle con esa chica de cabellera teñida de azul, abrazada a otra chica, no sabe por qué, pero se da vuelta. Y Emma también. Amor a primera vista. A no perder de vista.

    La relación entre Adèle y Emma en una década será como una montaña rusa. Adrenalina pura, emociones incontenidas, pasión, idas y vueltas, placer sexual, partición de cabezas incluidas. Lo que Abdellatif Kechiche expone es un romance sin red. Si Adèle y Emma se entregan así, y no se miden, es porque se encontraron.

    Pero las relaciones nunca son sencillas. Pregúntenle a Adèle.

    El director muestra, mucho, y no se pronuncia sobre sus personajes. Sí se preocupa por las cosas que unen y otras que separan a las protagonistas. Pertenecen a clases sociales diferentes -Adèle es de un hogar proletario, Emma es una extravagante estudiante de arte-, pero ése no será tema para la ruptura. Adèle está obsesionada, necesita a su chica con ella. Los tiempos eran buenos, ella nunca pensó en el futuro.

    La vida de Adèle es como un merengue relleno con dulce de leche. Empalaga. Kechiche cuenta casi todo -179 minutos- con primeros planos. Tiene sus tempos, sexo sin inhibiciones, apetitos saciados, erotismo de alto nivel, todo en un filme sobre una historia de amor con un lazo imposible de disolver. Y se empecina, pero bien, en mostrar a los personajes en situaciones tan cotidianas como comiendo. ¿En una nueva búsqueda de autenticidad? Lo consigue.

    Adèle Exarchopoulos tiene una belleza entre fresca e intimidante. El labio superior levantado, la boquita casi perfecta, una capacidad para transmitir sentimientos contundente. Ya a los 20 es la nueva diva del cine francés.

    Y no vengan con que el amor que lastima, no es amor. Pregúntenle a Adèle.
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  • El lobo de Wall Street
    Te amo, te odio, dame más

    Filme de excesos, pero no excesivo, sobre la codicia y la sociedad.

    “El amor es como una estatua; le podés ir quitando trocitos, pero al final no quedará nada”.

    Bien dicen que los grandes realizadores de cine abordan siempre los mismos temas, aunque cambien de historia a la hora de narrar sus películas. A Martin Scorsese lo obsesiona la sociedad estadounidense. Y El lobo de Wall Stree t es una disección (la suya) de una ciudadanía egoísta, codiciosa, pero más que nada avara. Y en la que el amor, como también la moral, no es una moneda que tenga dos caras.

    Las palabras del primer párrafo las escupe la esposa de Jordan Belfort en los tribunales a su marido, cuando la suerte del lobo de Wall Stret ya está echada. Pero está en las memorias de Belfort, no en la película de Scorsese, que -como Coppola- prefiere lo más operístico a la hora de mostrar disoluciones sentimentales. Jordan, a su manera, era -es- un romántico. Scorsese lo advierte, pero no lo distingue. Scorsese está en otra cosa. Se engulle al protagonista. Primero lo saborea, lo digiere y lo devuelve como más le gusta. Como un arquetipo, o mejor un paradigma del joven triunfante que persigue el sueño americano -como Amsterdam Valon/DiCaprio en Pandillas de Nueva York-, que se transforma en emblema, en ejemplo. En gurú.

    Jordan Belfort fue un operador de Bolsa que amasó una fortuna lasciva, de manera deshonesta en Wall Street, estafando a incautos. La película muestra a quien se creía “el futuro amo del universo”, para quien la mejor droga es el dinero y la segunda, la cocaína, en sus comienzos, su ascenso y su caída, con todo lo que arrastró en su camino.

    Scorsese vuelve a sus excesos, aquéllos que casi dejó de lado para consagrarse y ser consagrado en Hollywood.

    El lobo... es una de sus películas más personales. Retoma la gran famiglia , esa comunión, sea por lazos de sangre o no, esa barra de amigos que ya mostró en Calles peligrosas, en Buenos muchachos, en Casino. Pero tal vez este filme se parezca más a Los infiltrados, con gente buena haciendo cosas malas. Con personajes con un apego ambiguo a la solidaridad y a la lealtad entre los hombres -las mujeres para Marty, exceptuando a Katharine Hepburn/Cate Blanchett en El aviador, son otro asunto, en el que no suele profundizar-.

    En definitiva, habla de individuos pasionales, no amebas, que hacen lo que hacen porque así lo sienten. Y como buen ítaloamericano y cristiano, flagela sobre la moral.

    Porque si hay escenas fuertes y jugadas que incluyen carradas de sexo y consumo de drogas, todo junto, por separado y más, muestra a Jordan (un DiCaprio que cada vez se consustancia más con el cine de Scorsese) aspirar droga del trasero de una prostituta en primer plano. Es su forma de shockear. Sacudir más que conmocionar, o siquiera emocionar.

    “Era obsceno en el mundo real. Pero ¿quién quiere vivir en él?”, se (y nos) pregunta Jordan. El tipo es un líder, que arenga a sus corredores de bolsa a que “sean feroces, implacables, irritantes”; con que quiere que “enfrenten sus problemas haciéndose ricos”. Para él, no hay nobleza en la pobreza.

    Su problema es que no sabe dónde encontrarla.

    Los grandes cineastas también se distinguen por cerrar sus relatos con una toma que resuma o deje en claro su punto de vista. La que eligió Scorsese -nada que ver con el final de la novela- eriza la piel por su persuasión. Ahí, sí, está la clave de por qué El lobo de Wall Street, la película, molesta más que un dedo en el traste.
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  • La increíble vida de Walter Mitty
    Un negativo positivo

    Stiller combina humor absurdo y una veta humanística en su delirante comedia.

    Ben Stiller no sólo es un comediante brillante, que puede dibujar personajes tan patéticos como entrañables -o personas patéticas que se vuelvan entrañables, como entrañables que sean patéticas-, sino que tiene un enorme sexto sentido para la farsa cuando se pone detrás de la cámara. Salteando Generación X (1994), tanto El insoportable (1996) como Zoolander (2001) y Una guerra de película (2008) eran sátiras, alguna más oscura que otra.

    En La increíble vida de Walter Mitty -cuestión inescrutable: es secreta para los espectadores estadounidense, e increíble para el público argentino- no hay mordacidad como la que mostró con los modelos de Zoolander, sino todo lo contrario. Walter es un personaje delirantemente tranquilo en el descomunal delirio en el que transcurre la primera mitad de la película. Un ¿perdedor? Nunca. Un soñador, que un día, movida su estructura desde afuera, decide dejar de soñarse aventurero, aguerrido y heroico para salir a vivir.

    Basada en un relato corto que James Thurber publicó en 1939 y que llegó al cine con Danny Kaye en 1947, bastante modificado, ahora Walter es un editor de negativos en Life. La gran revista del fotoperiodismo está por desaparecer en papel para ser digital -como sucedió-, por lo que un engreído ejecutivo (Adam Scott) recortará empleos y deberá, eso sí, editar el último número mensual. Para la tapa el mejor fotógrafo, que vive en lugares inhóspitos, envió un negativo (sigue tomando fotos con película) para que Walter, en el laboratorio, la trabaje.

    Bueno, el negativo 25 no aparece. Y a partir de allí, el consternado -pero jamás afligido- Walter deberá salir a la búsqueda del paradero del fotoperiodista y dejar de vivir aventuras imaginarias -soñar con algo mejor que lo que su vida gris tiene- para hacerlas realidad.

    Groenlandia, Islandia, Afganistán: peleas con tiburones, escape de un volcán en erupción y más. En la segunda mitad de la película, Stiller reviste a su historia con una pátina de humanismo no muy común en su cine, siempre con una audacia cuidada: no será naif, no volcará, pero tampoco le escapará a algún sentimentalismo para generar lágrimas.

    Walter tiene como motor, claro, un interés romántico -porque en el fondo él lo es, pero nadie lo ha podido ver-. Y que en la pantalla es Kristen Wiig (algo desaprovechada está la actriz de Damas en guerra, a quien veremos en Her). La elección del elenco es también mérito de Stiller. Hay dos personajes coprotagónicos importantes, que interpretan dos estrellas que es mejor que el lector, futuro espectador, los descubra por sí solo.

    Igual, hay momentos paródicos (El curioso caso de Benjamin Button) y un humor absurdo campeando a la vuelta de cada fotograma. Stiller es un tipo sensible, que asustó a la industria con Jim Carrey en El insoportable, que se mostró mansito con Zoolander y que ahora, parece, atacó con todo.

    Lo suyo es el humor, aquí apasionado y nada realista. Podrán decir que es un soñador, pero ciertamente no es el único.
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  • Último viaje a Las Vegas
    Son gente grande

    Con el condimento que le aportan los apellidos (Douglas, De Niro, Freeman y Kline), el filme entretiene sin mayores ambiciones.

    No importa que alguna vez los cuatro hayan ganado un Oscar por trabajos más meritorios. Tampoco que sus edades (Morgan Freeman a sus 76 años le lleva diez a Kevin Kline, que tiene 66) sean disímiles y la trama los haga pasar a todos como amigos de la misma generación. Ni que los chistes que el libreto les haga decir sean más viejos que ellos.

    Ultimo viaje a Las Vegas se sostiene gracias a Michael Douglas, Robert De Niro y los ya nombrados, porque esa camaradería que sienten sus personajes saben trasladarla hasta que llegue a la platea.

    La excusa para que los Cuatro de Flatbush , amigos de la infancia de un barrio de Brooklyn, vuelvan a reunirse es el casamiento de Billy (Douglas), un abogado que ahora reside en Malibu y va a esposar a una mujer que tiene la mitad de su edad.

    Archie (Freeman), que tiene problemas de salud, y Sam (Kline), que vive ya retirado con su mujer en Miami, deben convencer a Paddy (un como de costumbre huraño De Niro) de abandonar su departamento en Nueva York, algo que no hace desde que enviudó. Pero lo consiguen y, ya en Las Vegas, viejos enfrentamientos con Billy le pondrán el azúcar al asunto.

    O al menos, la sacarina.

    ¿Qué pueden hacer cuatro jubilados en la ciudad del pecado? Eso que el lector imagina, y más. El director, Jon Turteltaub (realizador de La leyenda del tesoro perdido, Aprendiz de brujo, entre muchas otras películas) suma más y más disparates a la despedida de soltero del último amigo que quedaba por casar, no ahorra chistes gruesos y otros de salón, mucho descontrol, mujeres que increíblemente se sienten atraídos por los gerontes y humor al estilo de Jorge Corona.

    Para que haya algo de romanticismo se agrega al plantel una cantante (Mary Steenburgen, reconocible aún pese a sus cirugías), que destapará algo -lo único- que quedaba oculto.

    Sumado a Tres tipos duros (Al Pacino, Crystal y Alan Arkin) y a la secuela de Red, este filme no es un póker de ases, pero tampoco son cuatro cartas negras.

    Ultimo viaje a Las Vegas entretiene sin mayores ambiciones a su público destinatario, aquél que vio a los cuatro actores en su esplendor cuando no había cines con proyección digital.
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  • En el camino
    Indomables

    Fiel, en escencia, adaptación del clásico.

    “Luego seguí como hice toda mi vida, detrás de las personas que me interesaban, porque las únicas personas que me interesan son los locos, los que están locos por vivir, por hablar, los que desean todo al mismo tiempo: las personas que nunca bostezan ni dicen trivialidades, sino que arden, arden, arden…” Carlo/ Allen Ginsberg.

    En el camino fue el manifiesto de una generación y, escrita con un aliento jazzero, era de una adaptación si no imposible, difícil si no se quería caer en la presuntuosidad.

    Walter Salles y José Rivera, su guionista de Diarios de motocicleta -otra película sobre un viaje, en la carretera, y de dos jóvenes buscando forjar su destino-, le buscaron una vuelta que puede disparar críticas. Se mantuvo fiel al espíritu de la novela, pero se centró en los momentos que consideró sustanciales para entender a Sal Paradise (el propio Kerouac), Dean Moriarty (el amigo del autor, Neal Cassidy, y centro de la obra) y Marylou (LuAnne Henderson). Tres espíritus libres, pero cada uno con sus características distintivas. Hay que recordar que Keouac al utilizar su “prosa espontánea” es poco menos que detallista. Lo importante es lo que se vive en el camino. Hacia dónde, eso lo precisa cada quién.

    Si a Sal/Kerouac lo distinguía la inspiración que le venía del jazz, la poesía ajena y las drogas, Dean/Neal es un tipo entre desaprensivo e incapaz de crear un lazo fuerte con... nada ni con nadie. La fascinación de Sal por Dean hace pensar que el narrador es sencillamente eso, alguien obsesionado por el símbolo beat que encarna Dean. Y la película ondula entre dejar llevar al espectador por lo que viven los personajes, triangular en esa relación de amor y sexo de los tres, y la creación en sí misma de Sal.

    Sal dice “no necesito un hogar” en cuanto toma el primer ómnibus. Ese estilo errante está en toda la película, que Salles opta por mostrar con grandes angulares para que crezca el espacio que rodea a los protagonistas y recortarlos sobre él. Tal vez la cantidad de lugares recorridos -saliendo de Nueva York, pasando por Colorado, California, Virginia, Nueva Jersey, Nueva Orleáns, Arizona, México, etc.- conspira con cierto sentido de unidad, pero así estaba en el libro.

    Y si la película se sitúa también en la época en que transcurrieron los viajes, bien podría suceder hoy, incluidas las libertades sexuales -Marylou entre Dean y Sal, desnudos sentados en el asiento delantero, masturbándolos-, que para su época causaron controversia.

    Así como los lineamientos de Dean y Sal son aislados en el filme, también hay personajes sin presentación alguna. Varios secundarios, pero con protagonismo, son encarnados por Viggo Mortensen, Kirsten Dunst, Amy Davis o Steve Buscemi, y la verdad es que una cuota de anonimato estelar les hubiera resultado mejor.

    Salles ama, no cuestiona a sus personajes. Kristen Stewart está ciertamente mejor que sus compañeros masculinos, y que en la saga de Crepúsculo, porque se le ve la indocilidad a flor de piel. Sam Riley (Sal) y Garrett Hedlund (Dean) completan el triángulo rebelde e insumiso.

    “Sé que no hay un tesoro a fin al del camino, pero el saberlo me hace un hombre libre”, dice Carlo/Allen Ginsberg. Improbable mejor síntesis de lo que es el filme.
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  • La esencia del amor
    Colores verdaderos

    Una mujer enferma se suma a un coro de jubilados, pero su marido no lo aprueba.

    Las películas sobre el amor maduro, bien maduro, en la tercera edad, no son algo nuevo, aunque tampoco se estrenan todos los días. Pero últimamente, y al margen del drama de Amour, de Michael Haneke, ganadora de un Oscar y la Palma en Cannes, y probablemente a partir del inesperado éxito de El exótico Hotel Marigold (Judi Dench, Maggie Smith) y Rigoletto en apuros, de Dustin Hoffman (de nuevo con Maggie Smith, y Billy Connolly) los productores le echaron una mirada al asunto y casi lo transforman en una moda.

    La que se estrena hoy, La esencia del amor, tiene a una pareja que se profesa afecto hasta la adoración, pero su historia está signada por la enfermedad de Marion (Vanessa Redgrave). Arthur (Terence Stamp) es un huraño y controlador que no ve con buenos ojos que su mujer, en el estado en que se encuentra, salga de la casa a participar en un coro de jubilados que, alentados por una profesora joven y que anda mal de amores (Gemma Aterton, más acostumbrada a las aventuras de El Príncipe de Persia), quiere llegar a las finales de un concurso nacional. Como Glee, pero sub ‘80.

    El poder de la voz no está en la técnica que se tiene, si no en el camino hasta llegar allí, es la cuasi metáfora que se esboza, entre muchas otras, en esta realización, se diría, medida. Al director Paul Andrew Williams (de la muy buena London to Brighton) le cuesta no caer en el sentimentalismo en una trama que parece abrir paso a cada rato a la irrupción de uno nuevo. Y cuenta con el aval de dos actores cuyo nivel amortigua, aminora el riesgo.

    En efecto, Redgrave desde siempre y ella sola es capaz de sacar agua de las piedras, y si bien sus diálogos son calibrados, moderados en cuanto a la expresión del dolor, ilumina la pantalla con un personaje que hace creíble y querible.

    Mucho más en escena está Stamp, quien había renunciado a compartir el elenco con Redgrave en Camelot porque no quería cantar, y, paradójicamente, cuarenta años más tarde el cine los reunió. Sutil, pero con emoción, Stamp se va ganando de a poquito al espectador con ese personaje arisco por fuera, pero lleno de ternura por dentro. Y si Aterton no da un paso más allá de lo que le pide el guión, Christopher Eccleston (Tumba al ras de la tierra), como el hijo del matrimonio que se distancia, sí.

    Un párrafo aparte merece la interpretación que de Colores verdaderos, de Cindy Lauper, hace Marion/Redgrave, dedicándosela a Arthur/Stamp. Si eso no es una demostración de amor…
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  • El Hobbit: La desolación de Smaug
    Preparando el camino...

    La segunda parte de “El Hobbit” es el aperitivo energético para el desenlace crucial.

    Energía es la palabra que mejor define lo que proporciona El Hobbit: La desolación de Smaug. Como los hijos del medio, la segunda de las tres partes en que Peter Jackson fraccionó el libro de J.R.R. Tolkien tiene un peso específico que, cotejado con Un viaje inesperado, y previendo Partida y regreso, es un aperitivo ideal.

    Bilbo, Gandalf y los enanos son retomados en el camino, antes de llegar a Esgaroth, la Ciudad del Lago, desde donde -ya sin Gandalf- irán hacia Erebor. Allí, el Hobbit deberá ingresar a la guarida del dragón Smaug con la ayuda del Anillo, y tomar la Piedra del Arca.

    Peter Jackson es menos fiel a la palabra escrita y dispuesto a adaptar la trama de Tolkien a su gusto. La esencia como siempre no cambia, sí se alteran encuentros, aparición de personajes y la preponderancia de los elfos.

    Y aquí para los fans entra en discusión la irrupción de Taurel, pelirroja comandante de la guardia élfica, un personaje creado por Jackson y sus guionistas que no está en el original. Interpretado por Evangeline Lilly (Lost), le agrega un costado entre romántico y épico a la saga, abriendo un sendero nuevo a los varios que a Jackson le gusta echar mano para narrar las aventuras.

    Más allá de lo que opinen -y sientan- los puristas, el neozelandés demuestra que ha decidido apoderarse del universo de Tolkien, hacerlo suyo y contarlo como le plazca. La estructura de El Hobbit es similar a la de El Señor de los Anillos -presentación, viaje, arribo al destino y desenlace- y la de La desolación de Smaug a la de Un viaje inesperado, en cuanto a que por momentos hay no tres, sino cuatro historias narradas de manera paralela (la de Bilbo, la de Gandalf, la de Taurel y Ergolas, y otra que no vamos a adelantar).

    No tiene La desolación de Smaug tanto humor como Un viaje…, ni la dramaticidad que los personajes de El Señor... tenían como marca en el orillo. No, no la tiene ninguno de El Hobbit.

    En eso sí Jackson entendió la naturaleza de lo que escribió Tolkien.

    El Hobbit es mera aventura, tal vez hasta con un tono infantil, y salvo la violencia de algunas escenas -decapitaciones de orcos, ferocidades varias- se diría que hasta es para ver con el pochoclo a mano. En las proyecciones de El retorno del rey no se escuchaba un solo crujido.

    Y como en las cuatro películas (la trilogía de El Señor... y la primera parte de El Hobbit), aquí hay una secuencia de persecución alucinante, con los enanos en barriles huyendo por el agua. Ya se sabe la importancia que Jackson le da a esas escenas para aflojar tensiones, descomprimir la trama y dejar que el público disfrute distendido en su butaca. Y también el valor que le da al agua, al líquido, como ingrediente de su imaginería visual.

    La aparición de Smaug también da para el debate. Se generó tanta expectativa en Un viaje inesperado en cuanto a cómo despertaría el dragón, que para algunos podrá ser frustración o desengaño. No importa: lo mejor, se presume, está por venir.
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  • Kon-Tiki - Un viaje fantástico
    Contra y viento y marea

    La epopeya del increíble viaje en balsa, espectacular y real.

    Cada vez que comienza la proyección de una película y se sabe que está basada en hechos reales, la sensación suele reiterarse: se teme que la ficcionalización agrande las cosas, la sobredimensione o arruine. Los ejemplos, lamentablemente, abundan.

    No es el caso de Kon-Tiki: Un viaje fantástico, que se basa en la historia y el best seller de Thor Heyerdahl, líder de un grupo de seis valientes (¿locos?) que realizó una travesía increíble, en 1947.

    Thor, que casi muere congelado de niño, sin saber nadar, y a quien el padre pide que le prometa que nunca hará nada peligroso -obvio, no promete nada-, es años después un etnógrafo, un científico convertido en expedicionario que, tras sus años de vida en la Polinesia, cruzó el Océano Pacífico en una balsa de madera, en 1947. Lo hace junto a otros cinco intrépidos navegantes, para probar que -en contra de lo que opinaban los otros científicos durante décadas, de que fueron los asiáticos los que las poblaron- los sudamericanos en la era precolombina pudieron cruzarlo como él, y llegar hasta las islas de la Polinesia. Luego de conseguir las donaciones y empréstitos para lograr la financiación del viaje, se tomaron 101 días para recorrer los 8.000 km.

    Al ser una producción noruega y no hollywoodense, éste no es un filme en el que las escenas de espectacularidad o de catástrofe sean las que tengan más peso, aunque los peligros existan y no se los minimice.

    Así las cosas, habrá ballenas y tiburones, muchos tiburones -y un par de escenas que ponen los pelos de punta-, tormentas de día y de noche, pero sobre todo el temor, manifiesto de unos y otros por no saber si en mar abierto están yendo en el curso debido, o si los troncos de la balsa ligera se separarán de un momento a otro.

    Contra viento y marea, la epopeya está contada y rodada prácticamente en exteriores, con amplias panorámicas, pero sin la grandilocuencia de Una aventura extraordinaria -que se filmó en un estanque-.

    Tiki es el dios del sol. Los directores Joachim Rønning y Espen Sandberg le rinden tributo con un relato en el que confluyen la aventura, la solidaridad, el tesón y por qué no la fortuna, el destino, porque la casualidad no existe.
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  • El otro hijo
    Yo soy lo que quiero

    Un israelí y un palestino son entregados a padres equivocados, y 18 años después surge la verdad. Pero ¿cuál es la verdad?

    Muchas más preguntas que respuestas trae El otro hijo, que puede transcurrir en Tel Aviv, pero la universalidad de lo que plantea va más allá de fronteras delineadas por los poderes políticos.

    Un israelí, Joseph (Jules Sitruk) y un palestino, Yacine (Mehdi Dehbi), nacidos durante la Guerra del Golfo, fueron entregados equivocadamente a sus familias durante un bombardeo en Haifa.

    De esto no se notifican hasta que Joseph quiere alistarse en el Ejército, donde su padre es coronel. Hay un “problema” con el factor de la sangre. Y si de entrada se presume que la madre (la francesa Emmanuelle Devos) pudo haber sido infiel, la realidad, se dijo, es otra.

    La película de la también francesa Lorraine Lévy lo primero que se propone es si uno es hijo de alguien por una cuestión meramente genética, o si la crianza es lo que consolida los lazos.

    A medida que se desarrolle el argumento, los temores de todos los padres, los hijos y los hermanos irán cediendo. Pero el costado político no es soslayado, en una tierra en la que unos y otros se sienten invadidos y/o segregados.

    “Los grandes sacrificios son para los grandes hombres”, se dice muy confiadamente, como si no pudiera haber equívoco. Más auténtico e irrefutable es lo que dice Yacine: “Yo soy lo que soy y lo que quiero”.

    Controvertida, la trama está tamizada por una ternura que aflora primero por los personajes femeninos. Son las madres -Areen Omari compone a la palestina, y suele robarse las escenas- quienes saben, sienten qué es lo que está pasando e intuyen cómo se resolverá, ante la posición rígida y negativa de los padres. La directora es bastante directa en la manera de expresar sentimientos -no da rodeos si va a promover la lágrima; tampoco si va a estallar el conflicto religioso, o lo que fuera-, pero una sola vez apela a la metáfora en imágenes.

    Sentada, recostada muy tranquilamente en la arena, Orith (Devos, maravillosa como en la inminente El tiempo de los amantes) casi ni observa la bravura con la que arrecian las olas a su alrededor. Es una anécdota, pero de ésas que pintan bien un relato, una película.
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  • Una segunda oportunidad
    Y, si son tal para cual...

    Hay gente que pasa por la crisis de la mediana edad a los 40, otra a los 50, y hay quienes como a Eva y Albert les importa tres pepinos cuántos años tienen, sino lanzarse a vivir el amor cuando sienten que el juego que comienzan va tomando otro color.

    Una segunda oportunidad tiene como protagonistas a dos seres que ya supieron lo que es el amor, pero con ese amor ya no conviven. Y se les cruza otro. Y, con sus vueltas, se juegan.

    Eva (Julia Louis-Dreyfus, Elaine en Seinfeld) da masajes a domicilio, y en una fiesta conoce a Albert (James Gandolfini, el capo mafioso Tony Soprano), gordito entre extrasimpático y semipatético, y a Marianne (Catherine Keener), una poetisa algo extravagante, por separado.

    En resumen: una divorciada se enamora del ex de su nueva mejor amiga, claro, sin saberlo. Sin saber que era el marido de su nueva clienta/paciente/amiga.

    La película de Nicole Holofcener (Amigos con dinero) podía caer en uno o varios de los clisés de la comedia romántica adulta, pero los evade de a uno en fila. Eva y Albert tienen escenas románticas, y más, y están narradas con una naturalidad asombrosa para lo que suele ser la pacatería pasteurizada hollywoodense.

    Si el argumento, con sus vueltas de tuerca y malentendidos, podría parecer de serie de TV en horario central, los diálogos son tan jugosos que invitan tanto a la risa franca como a la introspección.

    A él le preocupa que su peso sea demasiado cuando tiene sexo con ella, y ella no deja de parar la oreja al escuchar las barbaridades que la ex cuenta de él. Y sin decirle al amante que conoce a la amiga, ni viceversa.

    No es poco.

    Da realmente pena que en su vida no le hayan caído más roles de comedia a Gandolfini, acostumbrado a roles rudos y duros, porque realmente se luce. El actor, fallecido en junio, tiene esa química en pantalla con Louis-Dreyfus que hace no solamente llevadera sino entrañable la relación. La directora cobijó a la pareja con muy buenos intérpretes en otros roles importantes -a Keener, actriz fetiche de la realizadora, se suma Toni Collette-.

    Los mejores momentos en una relación son aquellos que, de tan simples, hacen brotar las emociones, casi inesperadamente. Y esta historia tiene varios.
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  • La sospecha
    Con efectos colaterales

    Tenso thriller y drama sobre la desaparición de dos niñas, con Gyllenhaal y Jackman.

    Las películas en las que la suerte y la vida de niños está en peligro suelen ser de las más desesperantes. Hablamos de aquellas en las que los pequeños desaparecen: son secuestrados y no dejan rastros. Uno teme ante todo por lo que les puede haber sucedido, pero las heridas que dejan esos hechos en los padres angustiados son como efectos colaterales.

    Y todo lo que puede pasar por la cabeza de un padre desanimado -pero no vencido ni abatido- es uno de los muchos contenidos que tiene La sospecha, un thriller como Dios manda, que mantiene en vilo y preocupado al espectador a lo largo de dos horas y media.

    Denis Villeneuve, el realizador canadiense que dirigió Incendies, tiene como ases en la manga a la hora de promediar cada escena.

    La estructura de La sospecha parace salida de esos talleres de guión en los que se enseña a alterar los ejes narrativos, sorprender. Los personajes centrales (el padre que compone Hugh Jackman, el policía que busca a las dos niñas desaparecidas en Pensilvania y que nunca perdió un caso que interpreta Jake Gyllenhaal) no serán los mismos al final del metraje.

    Sucede que Keller cree que el detective Loki no actúa con la celeridad que debiera para encontrar a su hija y la de un matrimonio amigo. Las evidencias para arrestar a Alex (Paul Dano), un joven con deficiencia mental que estuvo merodeando por la zona con su casa rodante, para Keller son sufcientes. Y cuando queda en libertad, lo toma prisionero. Deja sollozando en su casa a su esposa (María Bello), hace partícipe a los padres de la otra niña (Viola Davis y Terrence Howard). Y lo tortura.

    El tormento que intensifica Villeneuve no es ése, el que grafica, sino el que invade como un tumor las psiquis de todos los protagonistas.

    La sospecha es más un tratado sobre la construcción de personajes y sus pensamientos, sobre la maldad, la ética y el dolor, pero sin sermoneos. Gran filme.
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  • Diana
    Diana
    Clarín
    El amor de su vida

    Resulta más sencillo contar qué no es Diana que lo que sí es. La película no cuenta la separación de Lady Di del príncipe Charles, su relación con sus hijos y con la corona británica, ni su romance con Dodi Fayed, aunque todo eso lo incluye con pinceladas. ¿De qué va entonces? Del verdadero amor de su vida.

    Diana estuvo perdida, loca, apasionadamente enamorada de un cirujano paquistaní que trabajaba en Londres. Lo conoció luego de su separación del infiel Charles y antes de Fayed. Los encuentros con el millonario habrían sido, según la película y el libro en el que se basa, una pantalla y también una manera de desafío hacia Hasnet, el hombre que no sabía cómo hacer para amar a esta mujer pública que amaba todo el mundo.

    Pero no es ése el ángulo desde el que Oliver Hirschbiegel enfoca la historia del “verdadero amor de Diana”, sino que, cómo perdérselo, pone la cámara del lado de Diana. Si la película es, en sí, toda, una historia de amor, qué mejor que tener como entera protagonista a la mujer que murió trágicamente, y que tenia el corazón más grande que el Palacio de Buckingham.

    Hirschbiegel (La caída), sabiendo que trata una historia poco conocida, se permite sorpresas, incidencias como guiños (el médico ingresando a la residencia custodiada de la Princesa escondido en el auto; Diana disfrazada sorprendiendo en la puerta de su departamento a su amante, y así). Todo eso le garantiza la empatía, si acaso hiciera falta, del espectador/a con Diana.

    El asunto es que Diana, la película, anda un poco floja de papeles. El guión no es sólido, y los papeles secundarios aportan poco y nada a una historia que, eminentemente, pasa por el corazón y no por otro sentido del público.

    Naomi Watts trabaja los gestos, las posturas y hasta el acento, lo cual asombra pero no lleva más allá del comentario de qué buena personificación hace. La interpretación del personaje no depende aquí de ella, sino del guión.
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  • El quinto poder
    Retrato de un anarquista

    Sobre el ambivalente líder de WikiLeaks, pendulando entre el thriller y el psicodrama.

    Mal que le pese a algunos, o muchos, el efecto que Julian Assange tuvo sobre el periodismo fue inmenso. No sólo por difundir información clasificada que hizo y hace más que cosquillas en la administración Obama, sino porque actualizó los planteos morales sobre la privacidad y la seguridad.

    Un personaje con tantas características ambivalentes es una fuente inagotable de ideas desde lo cinematográfico.

    El quinto poder también pendula entre el elogio y la defenestración, pero también, lo extraño, entre el thriller global y el psicodrama banal.

    Assange -pasar por Wikipedia para más datos- fue el hombre que casi solito desenmascaró las miserias de la guerra de Afganistán, los enjuagues bancarios en Europa y masacres en Africa. El director Bill Condon hace el retrato de un ciberanarquista.

    Ni tan héroe ni tan villano, Asange despierta entusiasmo y desencanto. Admiración, por su coraje e idealismo, pero también rechazo por sus puntos de vista morales, su egocentrismo. Ese personaje fluctuante es el que se apodera del relato, incluyendo hasta una falsa entrevista a Assange para que opine sobre la película.

    El encandilamiento nunca termina siendo positivo, porque oculta más que lo que ilumina. Condon muestra el culto a su personalidad desde que Daniel Domscheit-Berg (Daniel Brühl), un hacker alemán, lo conoce. La película se basa en el libro que Daniel escribió, por lo que es lógico que los sentimientos del amigo/traidor -según cómo se lo vea-, tiñan lo que se cuenta.

    La trama arranca en 2010, y va hacia atrás, cuando Julian y Daniel se conocen. El carisma del protagonista central es tan importante como la relación de amor/odio que se construye entre ambos. Y cuando el filme se centra en ellos y/o en difundir videos (el asesinato de periodistas de Reuters en Bagdad) o audios altamente comprometedores es una. Pero cuando se decide por subtramas -la interna en el Gobierno de EE.UU., por más que estén Stanley Tucci y Laura Linney- es otra.

    Y, como toda película que se cree que debe dejar mensaje, posición y moraleja, Condon y su guionista dejan frases más o menos celebérrimas como “Lo único que debemos temer es el miedo mismo”, “El coraje es contagioso”, “La gente es fiel hasta que no le conviene” o “El verdadero compromiso exige sacrificios”, todas en boca de Assange, el adalid de la libertad de expresión.

    Así, Benedict Cumberbatch y Daniel Brühl, Julian y Daniel, tienen un peso específico supremo. Más allá de que se parezcan o no a sus personajes, cuenta que lo que hacen los vuelvan creíbles, no queribles.

    En fin, es gente con valores que se atreve a hacer la historia, y no leerla. Se merecen una película.
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  • En llamas
    En llamas
    Clarín
    Juventud más rebeldía

    Superior a la primera película de la saga, empieza a definirse el costado más crítico a la sociedad tiránica, sin perderse el entretenimiento.

    Juventud más rebeldía es una fórmula que siempre ha sido exitosa en el formato que se la presente: libro, filme, serie de TV. Sea Novecento o Soñadores y Bertolucci o esta Katniss Everdeen que en En llamas defiende la libertad de los distritos en que quedó dividido el poder.

    Más subversiva que la primera entrega de la saga de Suzanne Collins, en En llamas no es sólo el juego lo que se pone, en fin, en juego. No es una cuestión de supervivencia del más apto, sino que, amén de tejer alianzas y armar estrategias, lo que está en pugna en este futuro pseudoapocalíptico es la rebelión. Para terminar con la tiranía.

    Katniss es una mujer joven -pero no adolescente- y bien consciente. Tiene sentimientos que afloran, llora, pero también la agresividad de la presa que se sabe en peligro. La ferocidad que escupen sus ojos en el desenlace dice y preanuncia mucho de lo que vendrá.

    Contada como si fuese una fábula, Katniss empieza de gira por los distritos junto a Peeta, victoriosos de los 74° Juegos, como terminaba la primera película. El presidente Snow (Donald Sutherland, que es malo y le gusta serlo) no la ve con buenos ojos, y cambia las reglas. Para el 75° aniversario de los Juegos, deberán competir antiguos ganadores. Ya se sabe cómo es esto: va una pareja por cada uno de los 12 distritos y sólo puede sobrevivir un integrante.

    La crítica a la inutilidad de las guerras y los realities shows -hay que darle circo al pueblo, como si fuera un espectáculo de gladiadores- está para quien quiera verla. “Hay que alimentar al monstruo”, dicen: que cada uno entienda a qué se refieren.

    Hay nuevos personajes como Plutarch Heavensbee, el flamante titiritero detrás de los Juegos (Philip Seymour Hofman), quien cuando Snow brama porque Katniss muera, le dice una sola palabra. Escueta. “Paciencia”.

    Y paciencia hay que tener hasta que empiecen los Juegos, pero como la trama se pone más y más interesante, nadie en la platea desespera. Aparecen personajes que serán claves aquí y en las dos partes en que se está rodando Sinsajo (la conclusión), como Heavensbee, o Finnick, y luego las amenazas consisten en pájaros que atacan, niebla que es gas venenoso, simios salvajes que no parecen digitales como los lobos de Crepúsculo, y más.

    Si En llamas es mucho más madura, tiene más trasfondo y entretiene más -dura casi 150‘- es porque es el mejor libro y Lawrence y cía parecen sufrir y estar compenetrados de verdad. Los fans, encantados.
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  • Thor: Un mundo oscuro
    A pelear, que se acaban los mundos

    Bien dicen que muchas veces menos es más, y con Thor: Un mundo oscuro ocurre precisamente eso. Alejándose de cuestiones mitológicas, o apenas esbozándolas, la secuela del filme estrenado por Marvel/Disney en 2011 se toma con liviandad la trama -qué mejor-, tiene combates en 3D por los que el espectador joven paga su entrada para ver, y también humor, guiños con otros personajes de Los Vengadores y una pareja como la que forman el musculoso Chris Hemsworth y Natalie Portman como para que la aventura y el romance terminen ganando la batalla.

    Básicamente los personajes son los mismos que en la primera película de Thor, y al que se la perdió tal vez le cueste rearmar la historia y comprender por qué el hijo de Odin (Anthony Hopkins, maquillado de viejo, pero ya viejo) dejó plantada a la terrenal Jane Foster. Un amor entre un extraterrestre y una estadounidense, pero no como Mork & Mindy. La excusa para que empiece la acción es que Malekith (Christopher Eccleston, casi disfrazado de Nosferatu, vea) quiere gobernarlo todo, y para ello debe obtener un fluido rojo por el que habrá que pelearse.

    A nadie puede escapársele que así como en el Batman de Tim Burton el villano (Jack Nicholson como El Guasón) se robaba la película -que merecía llamarse como su personaje y no como el Encapotado-, aquí es Loki (Tom Hiddleston) quien atrae más que el actor pelilargo, rubio y australiano. Es que el hermano de Thor es el que levanta a la platea con sus apariciones, siendo desterrado y tan malo como lo conocimos.

    En las sagas de los protagonistas de Los Vengadores Iron Man siempre fue el más divertido, y el que mayor cuota de humor tiene. Pero ahora Thor no le teme al ridículo -entra a una casa y cuelga el martillo en un perchero- y ciertamente cuando la película más se aleja de los cánones del blockbuster hollywoodense es cuando más se disfruta.

    El director Alan Taylor viene de dirigir unos cuantos episodios de Game of Thrones y es evidente que arrastra lo necesario para un molino que seguirá girando, imparable, hasta que el público diga basta. Como siempre, quedarse hasta que terminen los títulos, que hay bonus track...
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  • El mayordomo
    Testigo o partícipe

    Entre la épica histórica y el melodrama familiar, “El mayordomo” plantea el rol que cualquier ser humano decide ocupar en su vida y la de su país.

    Hay cierta épica histórica y melodrama familiar balanceándose en El mayordomo, la nueva película del iracundo Lee Daniels, el mismo de Preciosa y The Paperboy (nunca estrenada en la Argentina, editada en DVD como El chico del periódico: las cosas que le hacía hacer a Nicole Kidman no tenían nombre).

    Cómo contar la Historia desde una historia personal es lo que se propuso Daniels. El papel protagónico se basa en un personaje de la vida real, Eugene Allen, que falleció en 2010. De niño, Cecil Gaines escapa de una plantación del Sur tiempo después de ver cómo un patrón blanco violaba a su madre y mataba a su padre. Trabajó como mayordomo en un hotel lujoso en Washington y después sirviendo a los presidentes en la Casa Blanca por tres décadas, de 1957 a 1986.

    Pero Daniels apuesta por la doble vía: si es importante seguir los acontecimientos políticos y sociales en las presidencias de Eisenhower, Johnson, Kennedy, Nixon y Reagan, por caso, también lo es lo que pasa en el hogar de Cecil.

    Y la casa de Cecil es un compendio de problemas, familiares pero también salpicados por la política, con un hijo que se enlista voluntario a Vietnam y otro, Louis, que se vuelve activista social e integrará las Panteras negras.

    A todo esto, Cecil es como si no existiese. Sirve té en el Salón Oval mientras escucha cómo se cocina la política, pero allí es impasible, u ofrece masitas a los chicos que hacen el tour por la Casa Blanca.

    La segregación social y racial son algo así como el eje del filme, que cuando baja las pretensiones se vuelve entre tierno y mucho más valorable. La comunidad afroamericana está dividida en cómo actuar ante las injusticias, y si el ala pacifista era enarbolada por Martin Luther King, la más contestataria lo fue por Malcolm X. Ya se sabe cómo terminaron.

    Cecil -está en discusión si el personaje real sufrió lo que sufrió el de la ficción, y si tuvo o no un hijo activista- es una suerte de fantasma que tras advertir que no tiene voz, acepta ir al baño de los negros. Vive entre la pasividad y la sumisión. Louis (David Oyelowo) es más sanguíneo, preferiría morir si no le dejan elegir dónde sentarse en un restaurante.

    Daniels gana cuando se lanza a la confrontación. En montaje paralelo, aunque parezca una obviedad, Cecil acerca las sillas a la mesa de los comensales blancos, mientras a kilómetros de allí otros blancos apalean a su hijo y otros activistas por haberse sentado en un restaurante en el lugar restringido para los blancos. Uno opta por la docilidad y ser mero testigo de lo que pasa, el otro participa, se arriesga. Se anima, pelea por lo que cree.

    Así, podría creerse que el papel que magistralmente, con matices y sobriedad, compone Forest Whitaker es una ameba. Y no. Cecil les hace cambiar su punto de vista a otros mayordomos (dos muy buenos trabajos de Lenny Kravitz y Cuba Gooding Jr.). Y Oprah Winfrey es la frustración en persona, esa esposa ama de casa que trata de aunar las diferencias, aunque cansada del trabajo continuo de su esposo se sumerja en el alcohol y no sepa qué hacer con los coqueteos de alguien cercano (Terrence Howard).

    En cuanto a los actores que interpretan a los presidentes, algunos con más capas de maquillaje, no deja de ser un ejercicio que aleja de la trama descubrir cuán parecido o no es Robin Williams a Eisenhower, James Marsden a Kennedy o lo bien que compone Jane Fonda a Nancy Reagan. John Cusack no se parece en nada a Nixon, pero el papel gana por sí solo.
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  • Las brujas
    Las brujas
    Clarín
    Desvergüenza y frescura

    Comedia desprejuiciada y anárquica, con carmen maura en el pandemónium.

    Qué divertido puede ser Alex de la Iglesia cuando se lo propone. Las primeras secuencias deLas brujas gozan de una frescura, una desvergüenza y desfachatez de la que es imposible mantenerse afuera. Si hasta ver acribillar a Bob Esponja en la Puerta del Sol es un deleite. Bob es una de varias estatuas vivientes que pululan por el centro aquelarreEva (carolina bang) sobre José (hugo Silva): de terror./alfa filmS de Madrid, en medio del robo a una casa de Compro oro que realizan Jesús -Cruz incluida y pintado de gris-, otro secuaz y hasta su pequeño hijo armado hasta los dientes. El asalto sale mal, la policía los persigue, y ahí es donde Esponja queda con más agujeros y balas de las que puede absorber. Alex de la Iglesia es así: desbocado. Y, como en sus mejores películas, Las brujasluce desprejuiciada, anárquica, atrapante e intensa. Pero como en sus últimas realizaciones, el director deLa comunidadnecesita un amigo (mejor, un productor) que, a tanto desenfreno e intemperancia no le ponga moderación -jamás, porque perdería su esencia-, pero sí lo oriente para que la película no termine tan despistada como por momentos apareceLas brujas. Cuando el vasco se lanza a la comedia, es decididamente disfrutable. De la Iglesia tiene una cuota de ironía que lleva en ADN imposible de modificar. José y Tony, dos desempleados, más el hijo del primero, se suben a un taxi cuyo pasajero despistado y el conductor participarán de la huida hacia Francia, que los hará pasar por un pueblo en Zugarramurdi, famoso por, en tiempos de la Inquisición, haber quemado mujeres acusadas de brujería. Hay algo de Tarantino en el viaje en taxi, con los hombres hablando de las mujeres, Para los que tildan -otra vez- de misógino a De la Iglesia: si los personajes masculinos hablan de las mujeres comobrujas (la ex de José responde al arquetipo), siempre queda claro que José -un excelente Hugo Silva-, Tony y Manuel son tres perfectos idiotas, inseguros y manipulables. Será cuando se crucen con las distintas generaciones (abuela -Terele Pávez-, madre -Carmen Maura- e hija -Carolina Bang, pareja del director-) de una familia de brujas donde, de a poco, el guión se empiece a poner más espeso. La sátira de El día de la bestia está aquí ampliada con nueva tecnología -aunque algunos efectos estén entre bizarros y berretas-, y cuando la energía se agota, el humor ya no es tan brillante y las alegorías pasan ante el rostro sorprendido del espectador. Párrafo aparte para los créditos iniciales, ilustrados con retratos de ciertamente otras brujas, entre las que se cuelan Margaret Thatcher y Angela Merkel. Hay que cuidar el mercado externo. w
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  • Cuestión de tiempo
    No sabés lo que te espera

    Guionista de Cuatro bodas y un funeral y Un lugar llamado Notting Hill, a Richard Curtis no se le puede negar la buena mirada a la hora de escribir comedia, personajes y situaciones románticas. También, diálogos y remates con punch para dejar nocaut a cualquier sensiblero. Todo eso está claro en su tercer filme como director, luego de Realmente amor. También, que se pasa de rosca, y no sólo por naif. La trama se centra en una historia de amor, entre un cuasi nerd, temeroso y perdedor Tim (Domhnall Gleeson, hijo de Brendan) y Mary (Rachel McAdams), con un aditamento. Tim, como todos los hombres de su familia, tiene el que hace veinte años Bill Murray revivía día a día lo que había pasado la jornada anterior, la historia toma ribetes de ingenuidad, que el humor lleva adelante. Dentro del parámetro de la ciencia ficción y la comedia, el disparate es posible y bien aprovechado, salvo cuando el drama golpee a la puerta -no una sino dos veces- y los recursos se vuelvan, en fin, acotados. Todos sabemos que, de una u otra manera, se puede manipular el futuro. La pregunta que despiertaCuestión de tiempoes si vale la pena, y si la vida tendría mejor sabor de saber lo que nos espera. Lo que sí sabemos es que con un personaje como Mary, que saca de la nada frases entrañables para deshacer a cualquier hombre, difícil no caer hechizado. El encanto de los intérpretes -McAdams, Gleeson, el mencionado Nighy, Lydia Wilson como la hermana de Tim, y el imprevisible TomHollander comoHarry- ayuda, suma, aunque lo que reste es la duración de una historia que, tal vez, daba para más, y tamaños talentos quedan algo desperdiciados. Si usted cree que la únicamanera de alcanzar lo imposible es creyendo que es posible, ésta es su película.
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  • Rush - Pasión y gloria
    Vértigo

    Atrapante filme, en torno del duelo de Fórmula 1 entre Niki Lauda y James Hunt.

    Para los estadounidenses la Fórmula 1 no es lo mismo que para el resto de los fanáticos del automovilismo del planeta. Ellos están más enfrascados en las 500 millas de Indianápolis y esos circuitos, y, por eso, que Ron Howard se haya fijado en este mundo, y además en el pasado, en la rivalidad de Niki Lauda y James Hunt, es sorprendente. Y además, fueron pilotos austríaco e inglés, no norteamericanos. Doblemente arriesgado.

    El riesgo es el material sobre el que el director de las excelentes El diario y Apollo 13 -y la soporífera El código Da Vinci- construyó Rush. Basada en la historia real de los pilotos que a mediados de los ’70 llevaron su rivalidad en las pistas hasta fuera de ellas.

    No importa que el espectador sea o no fierrero para entretenerse. Ni que sepa quién ganó tal o cuál carrera, quién tomó primero una curva o fue primero campeón del mundo, ni nada con la historia o la trayectoria de Lauda y Hunt.

    Howard grafica -no es de ahora: siempre fue mejor mostrando las acciones que haciendo hablar a sus personajes- el temor por la posibilidad concreta de perder la vida en cualquier giro, en cualquier momento de una carrera haciendo vomitar a Hunt antes de subirse al auto.

    Técnicamente, la película es impecable. El director de fotografía Anthony Dod Mantle trabaja el color y la composición de la imagen para crear climas y efectos (la carrera bajo la lluvia, en la que la cámara tiembla, se sacude, y los autos parecen brotar de la niebla). Y el montaje es brioso, con cortes rasantes.

    En un filme con presupuesto apretado para lo que es Hollywood, Peter Morgan, el guionista de La reina y que ya trabajó con Howard en Frost/Nixon, se volvió un pistón importante. Construyó la guerra de egos a partir de los diálogos que los corredores se cruzaron, y lo que dicen de sí fuera de cámara.

    Lo cierto es que el “papel” de Niki Lauda está mucho mejor escrito y desarrollado que el de James Hunt. Lauda se rige por las reglas, Hunt es un playboy más guiado por el instinto que el cálculo. El agua y el aceite, en una misma pista, con neumáticos a centímetros uno de otro, puede resultar inflamable.

    Y al ser algo así como un estudio de dos hombres, quienes los interpretan tienen el desafío de volverlo apasionante y sustancioso. Daniel Brühl tiene el handicap de que su personaje, Lauda, ofrece más aristas, y es el más ambivalente de los dos. Puede despertar tanta admiración como compasión, pero nunca pena. Chris Hemsworth, más conocido por “Thor”, es un Hunt visceral, un tipo de una sola línea. Y es el contrapeso perfecto.

    En síntesis, Howard logra que el espectador se meta, literal y en sentido figurado, dentro de los cascos de los pilotos para desarrollar una historia tan atrapante como vertiginosa.
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  • Adoro la fama
    Los chicos sólo quieren divertirse

    Basado en hechos reales, el filme cuenta robos a famosos hechos por jóvenes burgueses.

    En el que tal vez sea su último ensayo sobre la juventud, o una generación que siempre le ha preocupado a la hora de rodar, Sofia Coppola decide no juzgar a sus personajes protagónicos, sino mejor plantear situaciones, preguntas y no ofrecer respuestas. Que el espectador sepa qué sentir ante Nicki, Sam, Chloe, Rebecca y Mark.

    Son jóvenes, van a la high school en Los Angeles, no tienen un mal pasar, pero quieren más. Ansían lo que no poseen. Y cuando advierten que pueden alcanzarlo, vanagloriarse de ello en las redes sociales y las fiestas, ¿por qué habrían de detenerse?

    ¿Qué es lo que estos chicos quieren, y no tienen? Y ¿cómo lo consiguen?

    Basada en hechos reales, Adoro la fama trata sobre el vacío, la necesidad de reconocimiento, la exposición, y, claro, la fama. Los chicos tal vez no quieran ser como Lindsay Lohan, Paris Hilton u Orlando Bloom, a cuyas mansiones, entre otras, ingresaron sin ser descubiertos, en 2008, y si bien no las desvalijaron, se llevaron lo que quisieron. Joyas. Prendas. Zapatos. Cuadros. Y un arma.

    Cuánto de fetichismo hay en llevarse algo de alguien al que admiran, pero no conocen, y luego exhibirlo en las redes sociales. Mark es lo que comúnmente se considera un nerd, y con las chicas consigue lo impensado. Expresarse a sus anchas, ser tal cual es y, tal vez lo principal, sentirse querido. Hay dos personajes femeninos menos agradables –aunque por fuera vendan simpatía-, que se mostrarán como son cuando las papas quemen y no alcance el agua mineral Evian para apagar el fuego.

    Lo primero que salta a la vista es que Coppola no glorifica el robo, sino que se preocupa por ver lo que hay detrás, qué motiva a estos adolescentes que siguen realities shows y los medios del espectáculo. Que viven en un mundo tan irreal como de fantasía, pero que cuando los hechos los enfrentan con la realidad, ¿qué actitud toman? Hay algún punto de contacto con Spring Breakers, pero donde el filme de Harmony Korine se dispara hacia la fábula, aquí se ponen los pies sobre la Tierra.

    Compartir la intimidad se está volviendo frecuente, sea uno famoso o no. Y esa necesidad de expandirse, de mostrarse, de reconocimiento, tiñe la vida de los protagonistas de la película.

    Por momentos el relato parece embrollarse entre tantos robos y fiestas, drogas y fotos. El narcisismo es lo que une a las víctimas y sus victimarios, y la escalada de mentiras nunca termina bien.

    Emma Watson (Nicki) y Katie Chang (Rebecca) son claramente las que mayor magnetismo logran, y no sólo por sus personajes. Son dos actrices con talento, jóvenes, y que si saben no encasillarse darán mucho bueno por ver.
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  • Capitán Phillips
    Gato y ratón, hombre común y pirata

    Tom Hanks vuelve a ser el ciudadano medio que afronta una experiencia extraordinaria en este filme con tensión.

    Los thrillers en los que los hechos reales trascienden a la película en sí se han vuelto la mejor carta de presentación para Paul Greengrass. Primero fue Domingo sangriento, sobre la matanza en Irlanda, en enero de 1970. Y luego Vuelo 93, con una mirada que petrificó a los estadounidenses sobre el fatal destino de uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre.

    La amenaza de que algo -por lo general, terrible- está por ocurrir es la base del cine de Paul Greengrass.

    Pero lo bueno de Greengrass es que sabe cómo acrecentar la tensión al cruzar a la gente común y en circunstancias extraordinarias con tipos mesiánicos, enceguecidos por el odio o los negocios.

    Capitán Phillips se basa en las memorias de Richard Philips, marino mercante que sufrió en abril de 2009 el abordaje de piratas somalíes en su Maersk Alabama, de bandera estadounidense. El navío transportaba comida y agua para africanos, y aunque por esas aguas se teme a diario la actividad pirata, los cargueros de esa índole no pueden transportar armas para defenderse.

    Y así las cosas, Greengrass plantea el filme como un juego de gato y ratón. Hasta que el gato y el ratón se conozcan.

    Darle el papel estelar a Tom Hanks fue el primer acierto del realizador de Bourne: el ultimátum. Tras algunos tropiezos comerciales, el actor de Forrest Gump, ya con barbita canosa, da con el personaje apenas arranca la película.

    No está en altamar, no se ve amenazado, ni debe disciplinar a su tripulación. Philips charla con su mujer (Catherine Keener) en su auto, rumbo al aeropuerto. Hablan de los hijos, y de cómo en el presente se hace mucho más difícil conseguir empleo que en sus buenos tiempos.

    La exposición de la reflexión de Philips no es, claro, gratuita. Greengrass lo introduce al espectador fuera del perímetro de su trabajo, pero demarca cuál es su pensamiento. Su moral. Su estilo de conducción, de vida.

    Pero Capitán Philips es un thriller, así que los ataques de los piratas se repetirán, habrá que esconder a la tripulación, jugar con lo oscuro, el suspenso. El manejo de la situación estresante cambiará de bando. Y habrá un duelo, personal y también actoral.

    No hay muchos actores que puedan expresar al norteamericano medio como Hanks. ya se lo comparó con James Stewart, pero aquí debe ser un poco más aguerrido que el intérprete de La ventana indiscreta. Y enfrente tiene a Barkhad Abdi, un somalí que nunca había trabajado en cine, y le juega de igual a igual. Hay que ver esos diálogos en los que plantean quién es el jefe, y cómo los principios del estadounidense no parecen ser muy distintos de los del pirata.

    Obviamente no hablaremos de la resolución, aunque se base en un hecho que fue público y difundido, pero es allí donde la mano del director se muestra manipuladora, de manera innecesaria.
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  • Apuesta máxima
    Hagan juegos, señores...

    Justin Timberlake y Ben Affleck, con las cartas marcadas.

    “Esa vocecita que escuchas en tu cabeza no es tu conciencia. Es miedo.” La frase tiene punch, y cualquiera que la escuche, dentro o fuera de lo que plantea Apuesta máxima, le encontrará algún significado propio.

    Apuesta máxima no tiene mucho más ingenio que el de ese enunciado. Sí tiene personajes más o menos macchietados, y un déficit de tensión que no llega a mayor porque la película dura 91 minutos.

    Ya hemos expresado que Ben Affleck es mejor -mucho mejor- director que intérprete. Ganador del Oscar como realizador por Argo, el regreso del morocho a las pantallas tras el éxito de aquel filme es con un rey del juego online. A él llega Richie (Justin Timberlake), quien viaja hasta Costa Rica, donde Ivan Block tiene armado su imperio fuera del territorio de los Estados Unidos, y este estudiante de Princeton que perdió todo en un juego, y no le queda un centavo para pagarse la graduación, termina trabajando para él.

    Como la base del relato sigue las fórmulas conocidas de los filmes de juego/gángsters que incluyen traición, joven aplicado y con principios, rubia/morocha/pelirroja amante del jefe, pero de buen corazón (Rebecca, una mujer no inolvidable, interpretada por Gemma Arterton) y varios etcéteras, todo pasa más por las actuaciones que por las presumibles vueltas el guión.

    Y éstas no son muchas. Timberlake, que ya está grandecito para hacer de estudiante del college , se las tiene que ver con mafiosos, agentes del FBI y administrativos y empleados con mayor o menor poder de Costa Rica corruptos. Es decir; está todo podrido, tengan la nacionalidad que tengan, y sean funcionarios del Estado o simples inescrupulosos, ávidos de ganancias exponenciales y rápidas.

    La película de Brad Furman (Culpable o inocente) transcurre sin sobresaltos. El problema es que ni como es presentado el personaje de Ivan Block, ni la actuación de Affleck lo vuelven amedrentador. Y sin conciencia y sin miedo, ¿qué queda?
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  • Blue Jasmine
    Cuando todo se va al infierno

    Allen vuelve a su mejor forma en esta gran comedia dramática con Cate Blanchett.

    El lo niega, pero se le nota el homenaje. Blue Jasmine es la admiración que Woody Allen tiene por Un tranvía llamado Deseo -más por la obra en sí que la película con Brando y Vivien Leigh-. Si en la pieza de Tennessee Williams la construcción del personaje de Blanche DuBois es soberbia, cargada de matices en cada recoveco desde que empieza hasta su final, esperen a ver la composición del personaje y la actuación de Cate Blanchett. Es magnífica, y nos quedamos cortos.

    Allen, cuando no piensa en comedias y se aboca a dramas, consigue mejores resultados escribiendo el rol central para una mujer. No son lo mismo los personajes que creó para Mia Farrow que para Diane Keaton, porque Allen en los años ‘70 y ’80 sabía elaborarlos de acuerdo a sus actrices fetiches. Blanchett no lo es, pero el director de Interiores y La otra mujer bien podría tomarla en cuenta.

    Los personajes femeninos son los que Allen sabe mejor encontrarle el nervio, la columna vertebral, exprimirle la savia. A Jasmine la presenta ya separada, en un vuelo desde Nueva York hacia San Francisco, adonde buscará refugio tras la infidelidad de su esposo especulador -en todo sentido- Hal (Alec Baldwin, quién mejor) en los brazos de Ginger (Sally Hawkins), su hermana adoptiva -ambas fueron adoptadas, como varios de los hijos del director-. Allen irá hacia atrás (a Nueva York) y volverá al presente (San Francisco), y cada vez que lo haga descubriremos a una Jasmine cambiante. Hay diferencia en saber primero que se separó y luego ver cómo confiaba en Hal ante la primera advertencia. Ni tampoco es lo mismo que Jasmine forme parte de la clase alta neoyorquina y hayan caído en bancarrota su fortuna y su matrimonio.

    En tal sentido, Blue Jasmine no parece, desde la historia, una típica película de Woody, aunque el entramado sea de lo más allenesco posible. Los caracteres secundarios remedan un poco a aquellos de Dos extraños amantes, a la época en la que aparecían porque tenían que algo que decir. El amor, el romanticismo, el sexo, los celos o una combustión entre ellos los impulsa.

    Salvo a Jasmine, que es un caso aparte.

    Es que tanto Jasmine como Ginger buscan una segunda oportunidad amorosa. Y San Francisco para Allen puede tener seres tan estrambóticos como la Nueva York que ama. El Stanley de Un tranvía… aparece esbozado en más de un personaje allí, y Jasmine se aleja de la realidad de su vida como, salvando las distancias, lo hacía Blanche.

    Es una comedia dramática -noten el sabor que les dejará la reflexión final de la protagonista-. En el plano de la comedia, sí, hay enredos, la mayoría amorosos. Y esa fina ironía que Blanchett sabe marcar como nadie, ya sea con la mirada, o escapándole con el cuerpo a las situaciones.

    Blue Jasmine despierta bronca. ¿Cómo puede ser que Allen no siempre escriba guiones como éstos, y se despache con comedietas de lo más superfluas? ¿Por qué no espera la inspiración en vez de obligarse a hacer una película por año?

    La banda sonora como siempre no tiene desperdicios, aquí con blues, y con ese Blue Moon que tanto fascina a Jasmine. No hay que dejar arrullarse sólo por los compases de la música, parece decirnos Allen, porque así te pueden llevar puestos.
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  • Gravedad
    Gravedad
    Clarín
    Sola, con los pies en el aire

    Sandra Bullock tiene el papel de su vida en este filme con alma, drama y aventura.

    Se puede estar solo en medio del espacio exterior como en un departamento en Caballito. Tal vez no haya que agregarle un tan entre estar y solo para dar cuenta de lo que le sucede a Ryan Stone, la ingeniera y astronauta que Sandra Bullock compone en Gravedad, un título que sugiere y mucho en su doble acepción, en sus significados. Porque Ryan está flotando, sola, en medio de la gravedad. Y su situación es igualmente grave.

    Alfonso Cuarón escribió el guión con su hijo Jonás como una manera de expiar una situación personal. En la pantalla, lo que vemos es a Ryan -astronauta primeriza- quedándose sin oxígeno en su traje espacial, una vez que, cumpliendo una misión fuera de su nave (reparar el Hubble), la ocasional destrucción de un satélite -ruso, ¿eh?- genera una lluvia de residuos que irán a chocar contra ella. Y contra Kowalski (George Clooney), el astronauta de la NASA que no para de hacer comentarios jocosos ante cualquier eventualidad.

    Así tenemos a la novata y al experimentado, enfrentando una situación de vida o muerte. No pueden volver a la nave. No tienen contacto con Houston. ¿No tienen salvación?

    Así como Spielberg en Tiburón demostraba cómo el hombre común, el jefe de policía Brody, debía sacar no sabía de dónde lo necesario para enfrentar la situación cuando el ictiólogo y el pescador experimentado fallaban, Cuarón pone a Ryan en medio del pánico. Si se deja estar, muere. Pero si busca una salida, nada le asegura que conseguirá salir con vida.

    La película -y aún no hablamos del prodigio visual, en cuanto a narración- trata sobre cómo nos sobreponemos, o no, a lo que parece imposible de sobrellevar.

    Algunos comentarios hablan de Gravedad como la nueva 2001, odisea del espacio. Se asemejan en que transcurren en el espacio, y la vida está en juego, pero la película de Stanley Kubrick planteaba cuestiones metafísicas. Era mística y operística. Cuarón es más simple y directo. En el medio de la nada (o el todo: el espacio) si uno no se aferra a algo, tarde o temprano sucumbe.

    La película subyuga ya desde la primera imagen. En el espacio hay un puntito lejano, blanco, que irá acercándose. Escuchamos en off las conversaciones de los astronautas entre ellos y con la base en la Tierra, pero lo esencial es eso que estamos viendo. La toma es un plano secuencia (sin corte aparente de cámara) de casi 18 minutos -Cuarón ya había realizado uno espectacular en medio de un ataque en Niños del hombre-. Pero al prodigio de la toma única hay que agregarle el sentido de la misma. El porqué, su necesidad.

    Para entrar en empatía con Ryan, una vez que su vida se ponga en riesgo, no hacía falta mucho. Pero Cuarón enfatiza desde el sonido -la respiración, los efectos, sus palabras- para que ese horror que siente Ryan lo experimentemos nosotros. Y es así como la cámara ingresa a la mismísima escafandra de Ryan, girará y podremos ver lo que ella ve.

    Cuarón ha intentado explicar cómo hizo para rodar la película -con animación, captura de movimientos-, pero es lo que menos importa. Aquí cuenta el efecto, la consecuencia. A diferencia de Avatar donde el regocijo era tal sólo en el plano de lo visual, Gravedad tiene alma, sustancia, drama y aventura. Cuarón tiene la suficiente maestría para generar picos de tensión en cualquier escena y en cualquier momento. Juega con lo inesperado -levante la mano el que sepa lo que puede suceder en el espacio- y una entrega de Bullock impresionante. Es el papel de su carrera.

    Visionario, el director de Harry Potter y el prisionero de Azkaban sabe darle al drama trascendencia. No habla desde un púlpito, no baja línea. Como director entretiene y deja espacio para la reflexión. Como Kubrick, como Spielberg. Como sólo él sabe hacer por estos días.
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  • Bella addormentata
    Es lealtad o integridad

    El director de “I pugni in tasca” aborda ahora el espinoso tema de la eutanasia.

    Tema controvertido, tanto como el del aborto, la eutanasia está en el centro de Bella addormentata, la película de Marco Bellocchio, un director que no le teme a la polémica ni le huye al escándalo.

    A sus 73 años, el director de I pugni in tasca, La hora de la religión, Buongiorno, notte y Vincere sigue siendo el mismo rebelde de siempre.

    Y dentro de su filmografía, es un filme que apunta más a las emociones, algo ya difícil de lograr en un entramado coral como el que el director de El diablo en el cuerpo establece en Bella addormentata.

    Porque si se basa en un hecho real, el de Eluana Englaro, que estuvo 17 años en estado de coma, Bellocchio no se cierra en ese solo caso, sino que ficcionaliza a partir de otros en los que las actitudes de quienes están cerca de las tragedias bien pueden ser distintas ante un mismo tema.

    Estudiante -aunque de estilo rebelde- de un colegio salesiano, el director tira dardos al gobierno de Berlusconi: las acciones se centran en 2009, y a nadie se le debe escapar que la historia transcurre a pocos kilómetros del Vaticano...

    Y le adosa el costado legal -ya se verá por qué- sobre si se debe o no aprobar la ley que autorice la llamada muerte digna en Italia. Hay quien sufre, como legislador, la proximidad de un ser querido en esa situación. Y la mirada de Bellocchio apunta a que los político son, por lo general, gente corrupta, que optan por intereses espurios antes que por razones más humanitarias.

    Bellocchio parece recostarte y afirmarse más en ese aspecto -el de los políticos y la ley sobre la eutanasia-, tener un punto de vista definido, y no tanto en el de la muerte digna en sí misma. Y eso es lo que se le critica. Puso en el tapete un tema álgido, abre el juego en apariencia, pero no termina por mostrar su posición.

    La película plantea, así, extremos. Entre las cuatro historias, se llega a elucubrar que si no se desconecta de los aparatos a una joven, quien se estaría suicidando en vida sería su madre (Isabelle Huppert, un poco pasada de rosca en su personificación). Curiosamente, Huppert coprotagonizó el año pasado Amor, la película de Michael Haneke que abordaba un tema similar.

    Lealtad o integridad parece ser el leit motiv del filme.
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  • Elysium
    Elysium
    Clarín
    Hombres ricos, hombres pobres

    En una trama futurista y de acción, el Director de “Sector 9” vuelve sobre la desigualdad.

    A veces en la vida suceden cosas y sólo hay que aceptarlas.

    Mentira.

    Max escucha esas palabras siendo niño, huérfano y desamparado. De grande sabrá cómo ponerse delante del carro cuando deba ser él quien dirija su vida.

    El sudafricano Neill Blomkamp sorprendió cuando en 2009, producido por Peter Jackson, realizó esa alegoría del apartheid que se llamó Sector 9. Era un filme de ciencia ficción, pero con la inmigración, el racismo, la pobreza y la solidaridad dando vueltas y vueltas. Con Elysium vuelve a girar sobre lo mismo.

    Es 2154 y hay una estación espacial orbitando la Tierra, adonde se mudaron los ricos. Los pobres viven en este planeta, en un estado paupérrimo, en medio de la mugre. Entre ellos, Max da Costa, que trabaja en Los Angeles casi como un esclavo en una fábrica de androides, que son, sí, los esclavos en Elysium, la estación allá afuera.

    Aquí no hay extraterrestres, pero sí humanos buenos y malos. Muy malos. Como la secretaria de Defensa (los años no pasaron en vano para Jodie Foster), que participa del costado thirller político del filme. Max debe “ir para arriba”, no porque haya sido un sueño de chiquito, sino por que recibió una carga de radiación letal, le quedan cinco días de vida. Y el único lugar donde puede curarse es en Elysium.

    Tal vez a Blomkamp pueda remarcársele que el presidente Patel, la secretaria de Defensa y el Sr. Carlyle -que administra Armadyn, la fábrica de robots- tengan un solo perfil, y los pobres, no. Pero tal vez sea que para Blomkamp resulta mucho más rico hablar de seres sin esperanzas que de burócratas adinerados y burgueses.

    Pero no es que Max sea héroe de libros de escuela primaria. Tampoco es Mad Max... Aunque tiene sus antecedentes, la mayoría criminales. Está en libertad condicional luego de realizar asaltos a mano armada, robar autos, y por resistirse a la autoridad. O sea que si alguien puede rebelarse contra la autoridad, es él. Pero la cuestión es más personal.

    La película tiene, antes que un envoltorio, un marco que es más fuerte que su historia. Y una coreografía de peleas de acción impresionantes. Los combates entre Max y el agente oculto Kruger (Sharito Copley, que era Wikus Van De Merwe en Sector 9) son algo así como el clímax.

    Tatuado, con la cabeza rapada, Matt Damon -que reemplazó a Eminem, que quería filmar la película en su Detroit natal en vez de en México y Canadá, donde se rodó- da perfecto para el rol. Cara de niño bueno -el martes 8 es su cumpleaños-, aguerrido y valiente sin medir las consecuencias, es mejor tenerlo de amigo que de enemigo. Dinamita pura.
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  • Hannah Arendt
    Asuntos de conciencia

    Margarethe von Trotta aborda el juicio a Eichmann y la posición de la filósofa alemana.

    “El es nadie” es la cabal definición que Hannah Arendt hace de Adolf Eichmann, acusado de crímenes contra la humanidad. Fue teniente coronel de las SS y responsable del Holocausto. La filósofa judía y alemana presenció el juicio que en Jerusalén se le hizo luego de que agentes del Mossad lo capturaran en Buenos Aires, en 1960. Y escribió artículos para la revista The New Yorker, en los Estados Unidos, donde vivió desde que escapó a las persecuciones nazis tanto en su país como en Francia.

    El punto de vista y el pensamiento de Arendt le ganó en su momento más enemistades y enojos que aplausos. Mientras refrendaba que Eichmann era un “nadie que habla burocráticamente” y que en su participación en el Holocausto “seguía órdenes”, los israelíes hacían cola para escribirle cartas denostándola. Y muchos amigos se enfrentaron con ella.

    La frase que está en el título del filme de Margarethe von Trotta ( La banalidad del mal ) fue la que acuñó tras presenciar el juicio a Eichmann. Arendt reflexionó sobre el mal, pero desde su propia naturaleza. Ni tan naif ni tan sarcástica, la filósofa trató con su pensamiento de ir más allá de los hechos aberrantes, y chocó contra muchos.

    La película de la realizadora de Rosa Luxemburgo -que protagonizó la misma Barbara Sukowa, que encarna aquí a Arendt- la sigue en ese derrotero por su cabeza. Hay, claro está, mucho diálogo y poca acción. Un punto alto de la realización es contar con las escenas de archivo del juicio en las que se ve al propio Eichmann defendiéndose en imágenes en blanco y negro, bien montadas en la ficción del relato.

    Y si la posición de Arendt fue polémica, la película abona esa teoría. Hay subtramas que parecen creadas para darle aire al filme -la enfermedad de su esposo, el flashback del recuerdo de algún encuentro con Martin Heidegger, con quien estuvo relacionada amorosamente, pero que el filme da sólo un esbozo-, aunque lo central es tan rico que hasta resultan superfluas.

    La película no deja de cuestionar y de tirar preguntas a la platea sobre el estado de conciencia de unos y otros, la búsqueda de justicia y esa reflexión sobre el mal en estado puro. Es un filme de frases contundentes, pero que así como resuenan promueven la introspección y la meditación. No es poco para los tiempos que corren.
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  • Dos armas letales
    Este dúo ya lo vi, pero me divierte

    Denzel Washington y Mark Wahlberg reiteran la pareja despareja de una comedia de acción, entre narcotraficantes y la DEA.

    La combinación acción y humor en las buddy movies (películas de compañeros más que amigos que deben enfrentar, por lo general solitos, a ejércitos de malvivientes) tuvo en Arma mortal uno de los más logrados exponentes. Uno algo loco, el otro más racional. Mark Wahlberg y Denzel Washington, uno más adicto a la comedia que el otro, por cierto, cumplen casi esos roles que tenían Mel Gibson y Danny Glover, uno blanco y el otro negro, ahora en Dos armas letales. Si el título les suena a Arma mortal (Lethal Weapon) no es mera coincidencia.

    Hollywood viene apelando, ante la cabal, estricta e incuestionable falta de ideas, a cómics, o novelas gráficas.

    2 Guns es una de ellas, con una trama que tiene más vueltas que una calesita, sí, pero también violencia exacerbada y un humor negro, negrísimo.

    Mínimamente digamos que Bobby Trench (Washington) y Stig Stigman (Wahlberg) se ven metidos en medio de una guerra impensada entre narcotraficantes mexicanos, la DEA y la CIA, en la que nadie debería confiar demasiado en nadie.

    La historia, bastante descabellada y traída de los pelos, es una mera excusa para darle cuerda al humor, en momentos políticamente incorrecto, y balaceras varias.

    El islandés Baltasar Kormákur -había dirigido a Wahlberg en Contrabando- nunca parece tomarse todo demasiado en serio, y así arma un filme con guiños para el espectador atento. Y le reserva a dos personajes secundarios, para los que pensó en Bill Paxton y Edward James Olmos, las escenas más paródicas, ejemplificando en ellos las dos caras de la maldad, sí, pero también de la corrupción, la ambición desmedida y el desdén por la vida.

    Tal vez no quiso hacer tanto, pero así le salió. Y el resultado es un entretenimiento al que, de no ser por las vueltas de la trama que mencionábamos al inicio, se le puede perder tranquilamente algunos fotogramas mientras se busca la gaseosa o se pide el pochoclo al compañero de butaca. Porque Dos armas mortales es bien, bien pochoclera. Mejor tener el estómago lleno ante las escenas violentas.
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  • Wakolda
    Wakolda
    Clarín
    Peligro en estado latente

    La directora de “XXY” promueve la polémica al relatar la relación entre el nazi Josef Mengele y una famila argentina en la Patagonia.

    Wakolda se basa en una muy buena novela de la propia directora, Lucía Puenzo. Escritora de tiempos cinematográficos, imprime al relato, página a página, un ritmo y un clima, entre detalles precisos y la trama, que van enriqueciendo la intriga. Puenzo sabe manejar el suspenso para maniatar al lector y sorprenderlo en una sola frase.

    Para trasladar Wakolda -el título hace referencia a una muñeca indígena en el libro- a la pantalla, Puenzo debió hacer lógicas concesiones por cuestiones de metraje. Cambió algún punto de vista, mimetizó personajes en función de mantener el esquema: la relación entre Josef Mengele, el criminal y científico nazi que se refugió en Sudamérica tras la caída del Tercer Reich, y una familia argentina.

    Si bien el paso de El Angel de la muerte por la Argentina está probado, Puenzo apela a la ficción entrelazando la anuencia de alemanes en Bariloche con la visita de Mengele, aquí un médico que conoce en plena ruta patagónica a Eva, hija de alemanes, Enzo, su esposo, y sus tres hijos.

    Es 1960 y Mengele queda imantado a Lilitth (la pequeña Florencia Bado), la hija del medio de 12 años y que tiene problemas de crecimiento. Para quienes no supieran quién fue Mengele, la película es menos terrible que el libro -o que la vida misma del criminal-. El hombre (quien aseguraba que la mezcla contaminaba la sangre) realizó experimentos humanos, con hormonas, y no le pierde el ojo a que Eva está embarazada. Así que abona seis meses por adelantado y se asegura su estadía en la hostería que el matrimonio reabrirá a orillas del lago Nahuel Huapi.

    Puenzo hace una primera pintura de los protagonistas creíble, real, y no sólo con Mengele (el catalán Alex Brendemühl, de increíble parecido físico con Mengele). Algunos personajes laterales, que sumarían en sus subtramas -los compañeros del colegio alemán de Lilith, las empleadas de la hostería- en las pocas escenas que tienen debilitan su peso, por lo que la variedad de tramas que la directora quiere abarcar -el despertar sexual incluido- queda esbozado pero algo trunco.

    Tras XXY y El niño pez, la realizadora entrega su filme más profesional y, en cierto sentido, de una narración más clásica que los anteriores. De una factura técnica impecable, la película abre la polémica con referencia al pasado en la Argentina como refugio de criminales, y la caza de nazis por parte del Mossad.

    Al no demonizar y, si cabe el término, humanizar a Mengele, mostrándolo casi como un ser común y corriente, el filme gana lo que pierde al simplificar el comportamiento de la colonia alemana en Bariloche.

    Natalia Oreiro se juega en un rol bien dramático como la madre que no duda a la hora de ayudar a su hija, lo mismo que Diego Peretti como ese hombre que construye muñecas sin saber el legado que estará dejando.
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  • Séptimo
    Séptimo
    Clarín
    ¿Se los tragó la Tierra?

    Darín les pierde el rastro a sus pequeños hijos en un edificio de departamentos.

    “No sé qué pasó, no entiendo. No los puedo encontrar.” Pocas cosas dan más temor a un padre que los chicos desaparezcan. Los fantasmas crecen así, de la nada. Sebastián bajaba de su ex departamento en el séptimo piso por el ascensor, mientras Luca y Luna lo hacían por las escaleras. Era un juego que repitieron mil veces. Pero el ascensor se detiene unos segundos, y cuado el padre llega a la Planta Baja, los chicos no están. El encargado no los vio salir.

    ¿Se los tragó la Tierra? Difícil.

    ¿Alguien los raptó para pedir dinero?

    ¿O los capturaron para algo peor...?

    Todas esas preguntas se hace Sebastián, el tercer abogado en poco tiempo que interpreta Ricardo Darín. Pero a diferencia del de Tesis sobre un homicidio, que era sobrador, es difícil no sentir empatía con el padre que, separado, se quedó sin rastro de sus hijos.

    Y las preguntas que se hace Sebastián se las hace el espectador. Los sospechosos son varios Séptimo es de esas películas en las que al comienzo el espectador sabe lo mismo que el protagonista, para que, luego, uno de los dos sepa más que el otro, el paralelismo se quiebra y alguno corra en desventaja.

    Obvio que no develaremos quién.

    Repasemos: Delia, la ex de Sebastián (la madrileña Belén Rueda), quiere que le firme los papeles del divorcio, para, española, llevárselos a la Madre patria. El no lo hizo. Y ahora ella desconfía de él. Pero nosotros vimos que Sebastián no hizo nada. ¿Por qué será que, salvo en Nueve reinas, siempre confiamos en Darín?

    Escrita, rodada y editada antes del caso Angeles, el encargado Miguel (Luis Ziembrowski) es otro de los sospechosos. Lo mismo que Rosales (Osvaldo Santoro), el comisario con quien alguna vez discutió Sebastián. Y hay un propietario que subió por el ascensor cuando él iba a buscar a los chicos... Otra vecina que antes cuidaba a los chicos, y ahora ya no. Más: el ex cuñado le manda un mensaje por el celular (“Vos tenés la culpa de todo. Ya te vas a enterar”). Y mientras busca a los hijos, Sebas se demora en llegar a una audiencia, por lo que el cliente para el que trabaja perderá un juicio. ¿Serán ellos quienes tienen secuestrados a sus hijos?

    La tensión y la intriga se mantienen hasta ese click en el que uno sabe más que el otro. Allí donde el realizador Patxi Amezcua se juega.

    Séptimo también es de esas películas en las que el edificio donde transcurre la mayor parte de la trama es protagonista. Y es como un laberinto. También, es de los filmes que sin celulares no podrían existir. Pero más importante aún, es de los que sin Darín resultarían algo insustanciales. ¿Quién banca y se banca toda una película con la cámara encima?
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  • Aviones
    Aviones
    Clarín
    Vuele bajo, porque abajo está la verdad

    Prima de “Cars” y hermana de “Turbo”, el protagonista es un avión fumigador que quiere correr una carrera internacional y le teme a las alturas.

    Ya es una tendencia: son muchas las películas animadas en las que todo el clímax se resume en una disputa deportiva. Por ejemplo, si gana o no una carrera, como si no fuese más importante que, al final, gane o pierda deportivamente, no consiga un triunfo mayor. Véase Metegol, Monsters University o Cars. Ya se ha dicho y promocionado que A viones se parece precisamente a Cars, que es de la misma familia de vehículos parlanchines, pero mucho más a la reciente Turbo, donde un caracol quiere correr las 500 millas de Indianápolis. Aquí es un avión monoplaza fumigador el que quiere imponerse a otros aviones más veloces en una suerte de rally alrededor del mundo.

    Nada es imposible, diríamos, pero haríamos mención a otra campaña deportiva...

    Todo esto está bien para el adulto que vio y puede relacionar estas películas, pero para los más pequeños lo importante es que la trama sea entretenida, que haya buenos gags y los dibujos lo atrapen, la vea con o sin anteojitos tridimensionales.

    Y algo que todo eso se da en Aviones.

    También es una road movie , la película del camino en la que precisamente en la travesía el personaje central irá atravesando circunstancias que lo enriquecerán y, cuando llegue a la meta, no será el mismo.

    La avioneta fumigadora -que, no es un dato menor, le teme a las alturas-, tiene sus amigos (una elevadora que lo arregla todo, y como en Cars, hay una camioncito algo bobalicón y un antiguo caza de combate, el héroe -el clásico personaje que, con su experiencia, da consejos y ayuda al más joven protagonista-) e irá sumando otros en pleno vuelo.

    Pero aquí el 3D sí da la sensación de adrenalina, no indispensable, pero sí bienvenida. Desde los primeros vuelos a través de los campos sembrados que fumiga XX, pasando por los desiertos y los cañones, ofrece un plus que suma cuando la trama empieza a aflojar y a descender, a perder altura.

    Tal vez le falte un poco más de humor, de ingenio, pero Aviones responde más al tipo de película de Disney para toda la familia que las originadas en Pixar. Y eso que Cars era de Pixar.

    La tipificación de los buenos y los malos es muy fuerte -igual, siempre hay uno que parece malo, pero en el fondo del fuselaje es bueno-. No deja de ser curioso que entre los aviones que compiten, de Latinoamérica haya uno brasileño y otro mexicano -son los dos mercados más importantes en materia de recaudación- y ninguno argentino. Todo llega.
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  • ¿Quién *&$%! son los Miller?
    Un GPS para Jennifer Aniston


    Ultimamente Jennifer Aniston tiene una costumbre, no sana, precisamente. En Quiero matar a mi jefe era una odontóloga sexópata, en Wonderlust, editada aquí en DVD, se mudaba al campo con su pareja y vivían de acuerdo a las reglas edl amor libre, y en Una esposa de mentira tenía diálogos subiditos con Adam Sandler, siempre con el sexo -perdón- en la boca.

    Todo bien con la ex de Brad Pitt, pero a los 44 parece que necesita una brújula a la hora de elegir los guiones.

    En ¿Quién *&$%! son los Miller?

    Jenni es una desnudista. Pero no una stripper como cualquiera. Tampoco como Demi Moore en Striptease: Rose hace shows eróticos en Denver, pero sugiere más que lo que muestra, y renuncia cuando le piden que tenga sexo con los clientes. Mujer de principios, Rose transa cuando se queda en la calle (literalmente, porque como no pagó el alquiler, tampoco puede entrar a su departamento), y acepta el convite de David, un vecino. Ahí arranca la historia.

    El vecino es Jason Sudeikis (también en Quiero matar a mi jefe), que interpreta a un vendedor de drogas, que trabaja para un narco (Ed Helms, de ¿Qué pasó ayer?

    ). Pero le roban en su departamento la droga y sus ahorros, por lo que su jefe le da una misión: ir a México y cruzar la frontera de regreso, no con unos gramos, ni siquiera unos kilos: toneladas de droga, para quedar a mano y quedarse con unos 100.000 dólares. David advierte que es más sencillo hacerse pasar por padre de familia en una casa rodante, y así Rose pasará por su esposa, una chica de la calle será su hija y otro vecino abandonado por su madre, su hijo.

    El problema de ¿Quién *&$%! son los Miller?

    -después de ¿Quién... usted lea las exclamaciones que empiezan con ca... o mier...)- es que es de un humor burdo, ramplón, cuando no soez.

    ¿Quién... no entra en la bolsa de la nueva comedia estadounidense, pero sí en la del humor sexista. Sea por chistes de doble o triple sentido, malas palabras o cuestiones similares (una araña pica a alguien en sus genitales, y el director Rawson Marshall Thurber los muestra).

    En la trama habrá más confusiones, personajes arquetípicos y lo que escaseará serán las sonrisas. Y ¿qué %$%# es una comedia si no logra risas?
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  • Reality
    Reality
    Clarín
    Magnífica obsesión

    El director de “Gomorra” cambia de género, pero no de profundidad y fiereza.

    La frivolidad es todo un tema, y no sólo en la ficción que plantea Reality, sino en la vida cotidiana, aquí y en Italia. La nueva realización de Matteo Garrone muestra a partir de un personaje la crisis que atraviesa la sociedad moderna.

    Y lo hace desde la búsqueda repentina de la fama y, consecuentemente, el dinero. Dinero por nada, diría Mark Knopfler.

    Luciano es un hombre común, que se gana la vida vendiendo pescado en Nápoles. El y su esposa se las arreglan como pueden para mantenerse con algún que otro negocio non sancto, pero la inestable estabilidad que tenían se tira por la borda cuando Luciano se obsesiona con ingresar a la casa del Grande Fratello, el Gran Hermano de la TV con hogar en Roma. El no había hecho nada por acercarse al concurso pero, empujado por sus hijos, logra una audiencia.

    A partir de allí, el rostro alegre de Luciano mutará hacia un rictus que alternará compungión y desazón, a medida de que pasen las jornadas y no reciba “el “ llamado para entrar a la casa.

    Garrone, que supo retratar de manera exquisita el mundo de la mafia en Gomorra, se nutre de elementos del neorrealismo, no sólo por retratar a una familia de clase media baja y muchos personajes como escapados de la vida real. Luciano está en un debate moral, sin que él mismo se dé cuenta. Abandona todo -sus afectos y hasta su cordura- obsesionado por formar parte de ese mundo superficial, ¿Cómo tabla de salvación, aunque el llamado tarda, y tarda? ¿Acaso no estaba mejor cuando tenía tiempo de sentarse con los amigos en el bar, y disfrutar de las comilonas de la nona?

    A contramano del personaje de Roberto Benigni en A Roma con amor, de Woody Allen (que era perseguido de un momento para otro, también por la locura de la fama de la TV, y abandonado de la misma manera), Luciano es reflejo de la hipocresía. La paranoia más que la ansiedad lo hace creerse observado, y si hace el bien, lo hace porque cree lo están poniendo a prueba.

    Pero lo interesante de Reality es lo que refracta.

    Luciano quiere dejar de ser él, para convertirse en alguien excepcional. Y no le importa ser (extra)ordinario. Aniello Arena, su protagonista, es en la vida real un sicario de la camorra que cumple condena. El sabe en carne propia lo que es estar encerrado.
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  • Jobs
    Jobs
    Clarín
    Las dos caras de un genio

    Visionario y narcisista: así se muestra al fundador de Apple, con una personificación -más que interpretación- admirable de Ashton Kutcher.

    Tan visionario como narcisista es el Steve Jobs que retrata la película que protagoniza Ashton Kutcher.

    Las biopics atraen, y más cuando la figura central ha hecho tanto para la vida diaria -como Jobs con las computadoras personales-, y ha muerto recientemente. La personificación, más que la interpretación, de Kutcher, es admirable. La primera imagen de Jobs, entrando en un auditorio para presentar su nueva gema -el iPhone-, impacta. Realmente creemos que es el verdadero Jobs.

    Jobs era un nerd, tal vez, pero lo visionario que fue en la tecnología no lo fue en su vida privada. La película de Stern deambula entre la biografía lineal, arrancando en 2001 y yendo hacia atrás, en saltos temporales, y abocándose a su genio creativo. Lo que queda claro es que todo lo iluminado que fue con respecto a la nueva tecnología, no lo fue en su ámbito más íntimo, siendo mal esposo, mal padre y abusando de sus amigos. Es recién después de un quiebre (notable en la construcción del filme) que nos encontramos con un Jobs que recompone la situación con la hija a la que, de movida, no quiso.

    La película es muy diferente entre el arranque, cuando se genera Apple en el garage de los padres adoptivos de Jobs, y luego cuando la empresa ya es un monstruo, y en vez de dirimir cuestiones entre las herramientas del taller de papá, tienen lugar los enfrentamientos de la junta directiva a lo largo de una mesa y en cómodas sillas.

    Esto es: cuando de un grupo de amigos se pasa a un grupo de empresarios. Cuando la corporación se engulle la historia.

    No yerra la película cuando muestra a Jobs como un hombre sin reglas, autosuficiente, rudo, cruel. Eso está en la película. Pero ni una mención a su pancreatitis.

    Jobs no está basada en la biografía best seller de Walter Isaacson. Y la mirada final que queda es que Steve Jobs, con sus zancadillas a amigos desde su juventud (le da menos dólares a Steve Wozniak de los que debería cuando éste cuando eran jóvenes lo saca de un brete) es una suerte de profeta en una tierra por erigirse, al que se le deben perdonar esos deslices, como si el bien supremo (¿la Mac?), el fin justificara los medios.

    Por ahí queda flameando la idea de que Jobs se creyó autosuficiente como una necesidad de superar el abandono familiar que padeció de pequeño. El director Joshua Michael Stern (Swin Vote, con Kevin Costner, no estrenada aquí) le da un tono de telefilme que sigue a su personaje, y mientras lo idolatra, traza y describe, opta por no profundizar sino por mostrar.

    A Kutcher lo rodearon bien. Matthew Modine (Birdy) está perfecto como el marketinero que dejó Pepsi para arribar a Apple, y Dermot Mulroney, que tan bien sabe mutar en los personajes secundarios, tienen dos personajes tan ambivalentes como retorcidos. Como Jobs, un hombre genial, sin piedad.
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  • Star Trek 2: en la oscuridad
    Viaje a otras estrellas

    El interés por En la oscuridad, Star Trek va más allá del lógico por saber cómo J.J. Abrams retomaba al universo trekkie tras su Star Trek, El futuro comienza, de 2009. Es que el creador de Lost se pondrá al hombro la nueva saga de Star Wars, y En la oscuridad podría dar más que pistas de su estado narrativo.

    Pues bien, para los que siguieron las sagas en el cine del capitán Kirk y Spock, más que la de TV, En la oscuridad no los defraudará. Como tampoco a los que elevaron a un altar a Abrams por Lost. Esa recurrente y aplaudida extravagancia de jugar con los tiempos y los espacios -nada para Abrams es tan lineal y previsible- sigue al orden del día y, para terminar con Star Wars, es de suponer que con Skywalker y su gente volverá a aprovecharlo y detonarlo.

    Para Abrams los tripulantes de la Enterprise son como una familia. No es como en Lost, donde en la isla se podía desconfiar de cualquiera. Aquí la solidaridad es la moneda diaria, por más que estemos en el año 2259. Al impulsivo Kirk (un encendido Chris Pine) y el vulcano lógico y atado a las reglas Sr. Spock (un medido pero extraordinario Zachary Quinto) los fusiona la confraternidad, y uno daría la vida por el otro.

    Con esa y no otra base, Abrams y sus guionistas de siempre armaron una historia de terrorismo interestelar, que -ojo- transcurre mucho en la Tierra. Está visto que el director de Super 8 quiere inquietar a los fans.

    El malvado Khan -al que Benedict Cumberbatch sabe cómo extraerle en módicos gestos toda su bravura-, que estuvo en uno de los filmes de los ’80, regresa en medio de una probable guerra entre la Flota Estelar y los klingons. No será el único malvado, no habrá una sola vuelta de tuerca y no tiene ningún sentido adelantar nada más de la trama.

    Abrams se rehusó a utilizar el 3D que le exigía Paramount, porque quería rodar en el formato IMAX. Los dos salieron empatados, ya que la filmó con cámaras IMAX y luego se la traspasó al 3D, con efectos asombrosos. Y allí sigue estando la clave. Las escenas de acción y combate están perfectamente realizadas y logran transmitir la adrenalina que Star Trek necesita.

    El comienzo de En la oscuridad bien podría ser el de algún nuevo capítulo de Star Wars. Lo mismo algunos movimientos de masas en los hangares... Abrams regala una película disfrutable, y abre la puerta como para ilusionarse.
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  • Causas y consecuencias
    Cosecharás tu siembra

    ¿Qué es lo que siempre atrae de las películas de Robert Redford, como realizador? Los personajes son incorruptibles, honestos, de buenos principios. Tienen, sí, remordimientos, pero están siempre construidos a la medida del american way of life .

    En Causas y consecuencias Red-ford traspasa una frontera, la de los idealismos de los años ’60 y parte de los ’70 al centrarse en las consecuencias, como dice el título local, del activismo de un movimiento pacifista que se oponía al Gobierno de los EE.UU. y su participación en la Guerra de Vietnam. Una acción que terminó mal -el asesinato de un guardia de un banco- hizo que tres activistas adoptaran falsas identidades y fueran inhallables para el FBI. Hasta que...

    Por aquello de los remordimientos, una mujer (es increíble lo que puede expresar Susan Sarandon, hipnotiza) iba a entregarse, pero alguien la delató. Y el abogado Jim Grant (Redford) ve peligrar su suerte, por lo que, acosado por un joven periodista (Shia LaBeouf), y siendo padre viudo, empieza a huir. Busca a alguien, que no vamos a develar, para zafar. ¿Es inocente?

    Causas y consecuencias trata sobre las crisis de conciencias, la maduración y los cambios en los puntos de vista de idealistas de pura cepa. “No éramos hippies drogadictos, el Gobierno mataba, la guerra seguía, nos molían a palos”, se autodefiende un personaje. “Violencia era no hacer nada mientra el gobierno cometía un genocidio”, se escucha. ¿Lo haría de nuevo? “Cometimos errores. Pero teníamos razón”.

    Como se ve, la cuestión fue, es y será de nunca acabar, aquí y en todas partes. Redford tomó la novela de Neil Gordon y se la apropió para hablar de la redención. Le dio a sus personajes carnadura humana, no activista. También cuestiona (“el periodismo está muerto”, casi le escupe Jim a Shepard) y se autoindulge a sí mismo demasiado. Ver a Redford trotando cuando el filme se tamiza de thriller da un poquito de rubor.

    Con un elenco que habría llenado los cines hace 30 años (anoten: Julie Christie, Nick Nolte, Stanley Tucci, Richard Jenkins, Sam Elliott más Terrence Howard, Chris Cooper, Anna Kenrick, Brendan Gleeson), Causas y consecuencias es de esas películas que ya no se hacen. Las que polemizan y objetan miradas, las que abren a la discusión, las que vanamente o no, tratan de que nos reconozcamos en lo que vemos en la pantalla.
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  • Corazón de león
    Es preferible reír que llorar

    Guillermo Francella y Julieta Díaz viven un romance que se vive mejor con los pasos de comedia.

    La comedia romántica tiene sus reglas (básicamente ella y él se conocen; se enamoran; se pelean, vuelven a estar juntos) que nadie -excepto Un toque de distinción (1973)- parece querer modificar, así que el secreto de su éxito no pasa por la trama sino por los gags.

    Corazón de León es una comedia romántica, y parte de una premisa antiprejuiciosa. Todos somos iguales ante el amor y no importa que León (Guillermo Francella) mida 1,36 m. Ivana (Julieta Díaz) queda perdidamente magnetizada por él cuando fortuitamente se conocen. Más llamativo que la altura de León -lograda en la ficción por efectos de chromas, dobles, Francella arrodillado, etc.- es que el personaje sea, no por su tamaño, como para ponerlo en la mesita de luz.

    León es más bueno que el pan. Simpático, inteligente, siempre tiene una salida ingeniosa, es un arquitecto exitoso, tiene una casa que parece una mansión, la mucama lo adora, se lleva bárbaro con su ex, es un excelente padre y encontró el amor de su vida. No le falta nada. Bueno, algunos centímetros, pero recién se queja de ello hacia el final de la película.

    Es que en su primera mitad está todo tan bien hilado y construido que Corazón de León no deja de disfrutarse ni un minuto. Es el consabido “algo que tiene que pasar” como para que la comedia deje lugar al drama y al conflicto, lo que no le cierra a la película de Marcos Carnevale. Como si la necesidad de atarse a la estructura de la comedia romántica lo obligara, más que le diera paso con naturalidad, al desarrollo de la historia.

    Carnevale es de los directores de cine argentino que pueden llamarse a sí mismos autores, y en sus películas ha abordado distintas materias o asuntos más o menos espinosos, como el amor en la tercera edad (Elsa & Fred), la discriminación (Anita) y la infidelidad (Viudas). Siempre les supo colocar (o tamizar con) una cuota de humor. Y cuando Corazón de León se vuelca a la comedia es allí donde mejores resultados obtiene.

    Y siguiendo con lo básico de la comedia romántica, cada personaje central tiene lo que en la comedia hollywoodense se llama sidekick (acompañante): la secretaria de Ivana, Jorgelina Aruzzi; el hijo de León, Nicolás, el hijo de Francella en la vida real, que sirven para descomprimir y hacerles ver a ellos (y a los espectadores) lo que sus anteojeras parecían no permitirles observar de sus propias vidas.

    Mientras Francella se mueve como pez en el agua en un papel hecho a su medida, Julieta Díaz lleva adelante el rol más difícil y demuestra que tiene con qué ganarle a su personaje. Toda una revelación es Francella Jr., igual a su padre en sus gestos.
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  • Renoir
    Renoir
    Clarín
    Modelos de vida

    Calma. Eso es lo que exterioriza Renoir, lograda biopic sobre Pierre-Auguste Renoir, el pintor impresionista, su hijo Jean -luego actor, y cineasta de renombre- y la joven Andrée, la chica que llega como modelo y termina en la contradicción de disociar y enlazar la vida del padre y su hijo.

    Cine que cuenta más en imágenes que en sus diálogos -aunque cuando haya algo que explicar, el director Gilles Bourdos no perderá un instante en poner abundantes palabras, aunque no excesivas, en las bocas de sus coprotagonistas-, Renoir una vez que fija su centro, difícilmente se corra de él.

    Andrée llega a la casa en la campiña del genial pintor. Andrée es un espíritu rebelde -más aún si hablamos de la campiña francesa por 1915, cerca de la Costa Azul-, y será la musa inspiradora, que libera tanta pasión concentrada en el artista, ya anciano y atormentado por la muerte de su mujer, como celos a su alrededor. El erotismo es más latente que explícito: nada tiene que ver que Christa Theret se pase media película sin ropa.

    Es en los encuadres en que Renoir está al aire libre, o ensimismado en el atelier, donde surge más diáfana la exuberancia de su personalidad. Con el arribo de Jean, su hijo que es herido en la Primera Guerra Mundial, las relaciones sufren una alteración. Andrée puede significar distintas cosas para cada espectador, si observa el alcance que tiene su aparición en la casa casi paradisíaca para el padre y para el hijo. No sólo por una cuestión de generación.

    El director Bourdos a veces elude la zancadilla de los lugares comunes, pero en otras se mete hasta la rodilla. La amplitud de los planos, la premeditada escasez de decorados artificiales, en fin, en la naturaleza pura que muestra Renoir es donde está la matriz, el molde en el que Bourdos prefiere seleccionar las singularidades de los personajes. A veces por contraste, otras por superposición.

    El gran Michel Bouquet, un Renoir postrado, tiene los mejores momentos, bien apoyado más por Theret que por Vincent Rottiers, que interpreta a su hijo, por lo general desde la distancia emotiva.

    Hay mucho de tristeza, de melancolía, de enseñanzas con frases rimbombantes. Cómo lo estático cobra movimiento no sólo es un principio del impresionismo, es el puntapié de este filme acerca de cómo las mujeres pueden gobernar -una residencia, pero también una vida- de hombres, por lo que sea, algo desprotegidos.
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  • Los amantes pasajeros
    La ley del deseo

    Comedia alocada y desprejuiciada, con Cecilia Roth.

    Uno de los personajes de Los amantes pasajeros le indica a otro que tiene algo cerca de la comisura de los labios. Siendo una película de Almodóvar, cualquier espectador más o menos prevenido sabe que no es dulce de leche ni mermelada. Y no precisamente porque lo delate el color del líquido en la cara.

    Es que Los amantes... es el regreso a la comedia revulsiva, alocada, desprejuiciada que Pedro Almodóvar empezó a cultivar con sus primeros palotes, cuando filmaba en Super 8 y 16 mm. También, es la película con mayor impronta gay friendly que haya realizado. Porque hasta en La ley del deseo, protagonizada por Antonio Banderas y Eusebio Poncela, que los protagonistas fueran homosexuales podía pasar como anécdota ante la profundidad del relato, en el que no importaban las preferencias sexuales.

    Y aquí tampoco, porque hay de todo. Es en parte una caricatura gay y sexual sobre las películas de cine catástrofe de antaño, con los Aeropuertos de moda, ya parodeados en la saga Y... dónde está el piloto?

    . La tripulación de un avión debe entretener a los pasajeros de Primera -a los de la clase turista directamente los drogó y dejó durmiendo- cuando una avería en la nave impide no sólo llegar desde Madrid a México, sino aterrizar en cualquier aeropuerto.

    Así el trío de flight attendants , decidida y abiertamente gays, harán cócteles de lo que sea -alcohol, drogas- y apelarán a un número musical -lo mejor de toda la película- para que el minizoológico reunido en la cabina exclusiva no advierta los peligros por los que atraviesan. A veces, parece como un cabaret en el aire.

    Están allí una pareja de recién casados, una madama ex chica de tapa de revista Interviú (Cecilia Roth) que tendría en su agenda al mismísimo Rey de España, un sospechoso personaje mexicano, una cuarentona virgen, un piloto bisexual, y así.

    Almodóvar sabe hacer, y muy bien, cine de género. El melodrama y hasta el film noir -con Todo sobre mi madre y Carne trémula como ejemplos- son dos de sus mejores películas. Y cuando bucea en temas que lo inquietan, como en La ley del deseo y Matador, logra lo mejor de sí mismo.

    Los amantes pasajeros puede ser visto, para quien sigue la carrera última del manchego, como un paso al costado. O atrás, pero en sentido positivo, ya que la trama y el sentido del filme lo acerca a aquellos borroneos que fueron sus primeros filmes, como Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, en las que lo guarro, exagerado, el sexo y el humor sin medidas casi como que explotaba en el rostro del -por aquel entonces- desprevenido espectador almodovariano.

    Ahora, a más de 30 años, el cineasta creció, maduró. Y vuelve a la comedia alocada.

    Lo que debe quedar claro es que no hay dos Almodóvar. El talentoso es uno solo, con sus obsesiones tan personales. A uno puede gustarle, o preferir, determinado tipo de cine. ¿O acaso Los amantes pasajeros no trata también sobre la soledad, el fracaso de estos personajes que llegan a una edad sin haber logrado lo que íntimamente fuera lo que desearan? Es divertida, aunque menos profunda. Pero ya se sabe que sobre gustos no es que no haya nada escrito: hay demasiado.
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  • Red 2
    Red 2
    Clarín
    Y... son gente grande

    El formato de comedia y acción, con estrellas conocidas y maduras, con Willis a la cabeza, vuelve a dar en el blanco.

    “Hace meses que no matás a nadie”. La frase, que suena a reclamo, es también un guiño que sale de la boca de Marvin Boggs, el estrafalario y psicótico personaje que John Malkovich repite en Red 2.

    El destinatario es Frank Moses (Bruce Willis), que está de compras en un Home Depot apenas abre la secuela, disfrutando -sin acribillar espías, terroristas o corruptos- de su retiro, junto a su esposa (Mary-Louise Parker). Los dos pelados saben que la jubilación por edad, para esta saga de comedia de acción que quién sabe si termina aquí, es un viaje de ida y vuelta.

    Ambos ya estaban retirados en la primera Red (2010), y a eso hace mención la sigla en inglés: Retired Extremely Dangerous. Agentes de la época de la Guerra fría, alguien subió a Internet su participación en una operación fallida hace treinta y pico de años (Sombra nocturna), sobre ¡un arma de destrucción masiva! Quién lo diría, décadas anteriores a Bush hijo. Y de ahí que Marvin busque a Frank. Más que para salvar su honor, para salvar el pellejo.

    Si la primera Red funcionaba como una pseudoparodia a las películas de la saga de Bond, basada a su vez en una novela gráfica, esta secuela redobla la apuesta. La cámara acompaña a los protagonistas por varias capitales del mundo (París, Londres, Moscú), los enredos se multiplican cada vez que tocan una ciudad, son perseguidos por estadounidenses y rusos… Y ahí radica el mayor aporte del filme: en la sorpresa.

    Porque si la trama se va haciendo más intrincada -bueno, esto es un entretenimiento, pero no está mal que la historia tenga recovecos-, la aparición de distintas estrellas en papeles importantes, que aparecen así, asombrosamente, incrementa el disfrute.

    Sin decir quién es quién, regresan algunos personajes que ya estaban en la primera, como los de Helen Mirren (ex agente del MI6) y Brian Cox (agente soviético), a los que se suman los que ahora interpretan Anthony Hopkins, Catherine Zeta-Jones, David Thewlis, Neal McDonough y una estrella coreana, Byung-hun Lee -ya lo vimos este año también con Willis en G.I. Joe: El contraataque-.

    Más que las escenas de acción -la persecución en París, entre moto, un viejo Citröen 3CV y un auto último modelo no tiene desperdicio-, son las de comedia las que logran que estas viejas estrellas se pongan al espectador en el bolsillo. Desde descubrir nuevas e impensadas utilidades de las papas Pringles a la dinamita que Marvin lleva siempre en sus bolsillos y diálogos o sentencias, algunas sobre la tenencia de armas en los Estados Unidos...

    Dean Parisot -que como director ganó un Oscar, por un cortometraje, y realizó Las locuras de Dick y Jane, con Jim Carrey- le imprime dinamismo ahí donde hacía falta. Y, son gente grande.
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  • Metegol
    Metegol
    Clarín
    En busca de la hazaña

    El filme animado no tiene nada que envidiarle a los de Hollywood.

    Más que de fútbol, Metegol habla de la lealtad. Una fidelidad a ultranza, un tema muy querido por Juan José Campanella, que lo planteó en todos sus largometrajes. La honradez, el seguimiento a un ideal, a un amor, a un sentido de pertenencia, y en este relato a un pueblo, así como en Luna de Avellaneda lo hacía con el club de barrio. El bar del pueblo donde arranca Metegol se asemeja a la sede del club: sí Metegol parece una versión de Luna de Avellaneda explicada, acercada a los chicos.

    Está, claro, el fútbol. Un fútbol de espacios reducidos como la canchita del metegol, en el único orden de su vida en el que Amadeo es un crack. Inseguro, dubitativo, gobernando las manijas del metegol, Amadeo es imbatible. Tanto que, convertido en un astro del fútbol (Cristiano Ronaldo es el reflejo de El Grosso), un marketinero y triunfador jugador profesional de fútbol regresa años después al pueblo para vengarse de la única derrota que sufrió. Sí, fue en manos de Amadeo y en el metegol del bar.

    El inescrupuloso que quiere todo para sí sin importarle ni los medios ni el bienestar común ya estaba en Luna..., y aquí está tamizado con mucho humor. Los jugadores del metegol -los del equipo rayado, con el que Amadeo hace malabares, pero también los” lisos”- cobrarán mágicamente vida (sí, como los juguetes de Toy Story) para ayudar a ese chico/joven a salvar al pueblo que quiere “comprar” El Grosso... y a conquistar a la chica.

    Porque, también, Metegol es una historia de amor. Por más que en algún momento El capi, jugador de metegol, tire una frase como “los muchachos son de fierro, las mujeres van y vienen”, todo lo que hace Amadeo es por Laurita, que de chica lo apoyaba en el metegol y ahora está a punto de irse del pueblo.

    Amadeo, como Campanella, busca la hazaña. Ante la mirada incrédula de muchos, si un rejunte de gente común del pueblo (los aparentemente débiles) se le planta a un equipo de profesionales para jugarle de igual a igual un partido de fútbol y defender lo suyo, el realizador apostó fuerte a la animación 3D e hizo una película que no tiene mucho que envidiarle, desde lo técnico, a los tanques del Hollywood animado, sean de Pixar o DreamWorks.

    El amor por el cine y la cinefilia de Campanella están en cada fotograma. Las alusiones a clásicos de Bergman o a 2001, Apocalypse Now, los enfrentamientos como westerns son guiños para los padres, lo mismo que la jerga que utilizan los jugadores, no sólo por futboleras. bien de los ’70. Si Metegol es atractiva para el público femenino, de cualquier edad, es una incógnita que se revelará a partir de hoy.

    Hay personajes arquetípicos, pero muy bien delineados (el egocéntrico Beto, Loco, el filósofo) y un excelso trabajo de doblaje (Fabián Gianola, Pablo Rago, el Negro Fontova son los más conocidos). Y más apuntes sobre el “progreso” y el capitalismo enfrentando al espíritu de las tradiciones, que despierta nostalgia, y que se dirimirá en un estadio de fútbol.

    Es cine de superación. El público -el pueblo-, finalmente dirá quién ganó.
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  • El chef
    El chef
    Clarín
    En la comedia hay nobleza

    El salón, con cúpula vidriada del Grand Hotel, frente a la Opera de París, permite ver cómo se desliza la lluvia. Daniel Cohen debe ser buen director de comedias, porque apurando su café no deja de sonreír. “Conozco poco de la cultura argentina... Sé poco de fútbol, pero estoy atraído por Buenos Aires. Nunca estuve, me atraen el tango, desde lo cultural, y, uf, oí tanto de los asados...”.

    El chef, que se estrena el jueves, tiene a Jean Reno como el personaje del título, y a Michaël Youn como un amateur que sueña con ser chef. Todo, en tono de comedia con el típico gusto francés.

    ¿Cuál es el lugar de la comedia en el panorama del cine francés?

    Importantísimo. En general es el género con las películas mas fáciles de producir. Hay un pedido de los productores: es lo más fácil que se puede financiar. Y claro que hay distintas comedias, de gran público y más elitistas.

    Se suele decir que es más fácil hacer drama que una comedia.

    Sí, totalmente. Hay una mecánica muy rigurosa y muy inmediata con la comedia, que es muy difícil de poner en situación. O sea que si la película ya no hace reír en el set, es difícil que luego haga reír en la pantalla. Entonces la adecuación del ritmo, del gag, es una arquitectura difícil de construir, y en ese aspecto es más difícil que un drama.

    Mel Brooks decía que escribía un gag, y si la quinta vez que lo leía, se reía, quedaba. Si no, lo sacaba.

    Uh, me encanta Brooks. Crecí con El joven Frankenstien. Me parece una frase muy buena, muy acertada. Porque a pesar de que la comedia sea un género más bien despreciado, de todos modos implica una escritura muy, muy controlada, dominada. Veo cierta nobleza y grandeza en la comedia.

    ¿Jean Reno y Michaël Youn tenían que ceñirse al gag, al guión?

    Respetaban lo que estaba escrito, bastante, pero lo que hacíamos era juntarnos los fines de semana releer, reescribir, hablarlo juntos, ensayar y luego cando llegábamos al set se mantenían en lo que había quedado. Obviamente si alguna magia surgía, se conservaba, pero por lo general estaba super encuadrado.

    Los protagonistas son hombres de principios, cuando se van de cuadro es cuando las cosas les van mal. ¿Es la moraleja que busca dar la película?

    Una de las ideas de partida de la película era que hay un profesional, muy profesional, que desea volver a cierto estatuto de amateur, y al contrario, hay un amateur que ambiciona volverse profesional. Y quizás éste sea el principio que evocás, o que la película quiere evocar. Y el hecho de que cambian durante el transcurso de la película, van a invertir las curvas, digamos, eso es lo que crea lo cómico.

    No engañar a la realidad...

    Efectivamente, proviene más del hecho de que la pasión causa problemas, sea cual sea la pasión. Se ve que uno tuvo dificultades en educar a su hija, y esa pasión por la hija le causo problemas, y el otro empieza a mentir justo en el momento en que le surge poder ser chef, algo muy importante en su vida.

    Reno tiene versatilidad, se luce en drama, thriller y comedia. ¿Por qué lo elegiste?

    Fuera de su presencia y sus grandes películas, también tiene una cara de gran actor de comedias. Hizo Los visitantes del tiempo, es un gran comediante, y sobre todo lo elegí porque para hacer reír hacen falta los dos payasos, el blanco, el de las payasadas, y el payaso serio, el que mira al otro hacer las payasadas, y que tiene que tener carisma, autoridad y credibilidad. Y él lo da perfectamente.

    ¿Con qué comediante del cine francés te hubiera gustado trabajar?

    Nunca pensé en semejante pregunta, pero Lino Ventura, que frente a Jacques Brel en L’emmerdeur tiene ese aspecto que tiene Jean Reno, de mirar al otro hacer las payasadas... Y sino Yves Montand, Louis de Funes, Fenandel. Seguramente el capo de la lista es Funes, que se presenta como un extraterrestre, porque es todo íntegro, de una sola pieza.
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  • Titanes del Pacífico
    A escala humana

    Cuando la tecnología está al servicio del relato, se logran filmes de acción como éste, que atrapan y no son mero regocijo virtual.

    Qué extraña (pero agradable) sensación se tiene cuando en plena era digital vemos una película en que máquinas pelean contra seres monstruosos, pero los combates “se entienden”, la trama es sencilla -hasta parece salida de un clásico de Hollywood- y los personajes están bien delineados.

    En fin, cuando la tecnología está en función del relato, y no al revés.

    El mexicano Guillermo del Toro es un fanático de los cómics, y en Titanes del Pacífico, la nueva creación de realizador de Cronos y El laberinto del fauno, consiguió lo que a pocos hoy parece preocuparles. Hacer un filme de acción, con un pie en el cine catástrofe y casi apocalíptico -la proximidad del fin del mundo este año fue tema de Oblivion, Después de la Tierra, Guerra Mundial Z y siguen las firmas-. Y pese a que los combates son entre robots de 100 metros de altura y monstruos que emergen de las entrañas de la Tierra, lo hizo a escala humana.

    Estamos en 2020, y desde hace siete años (o sea, hoy) se desata la lucha entre Kaijus (monstruos, en japonés) y Jaegers (cazadores, en alemán), robots piloteados por dos humanos adentro, creados cuando aquellos asolaron las costas y amenazaron con destruirlo todo. La pelea, en aguas del Océano Pacífico, es desigual y, ante la supremacía de los Kaijus, las potencias deciden construir Muros de la vida, paredes enormes en las zonas costeras para detenerlos.

    Sin buscarle el pelo al huevo, en vez de levantar estas fortificaciones (como las que se construyen en Jerusalén en Guerra Mundial Z, para detener a los zombis), ¿por qué no evacuaron las ciudades como Sidney y Hong Kong, que van a ser atacadas en la película, si lo que está en juego es la extinción del planeta, para que los Kaijus estén más lejos de su habitat natural, y pelar contra ellos en tierra firme, y no en el océano?

    Porque ésa sería otra película.

    Del Toro pone en escena ni bien arranca el relato a Raleigh (Charlie Hunnam) y su hermano mayor a bordo de un Jaeger. Es que la unión hace la fuerza, y dos personas, cuyo ensamble sea propicio -porque sus cerebros van a estar unidos- logrará mayor fuerza ante los Kaijus. Raleigh pierde en la batalla en Alaska a su hermano, termina construyendo como operario Muros hasta que, cinco años más tarde, es sacado del ostracismo por el comandante Pentecost (!). Quedan sólo 4 Jaegers antes de ser desmantelados, y quiere que Raleigh pilotee uno. Claro, hay que buscarle compañero/a.

    Para condimentar, las otras parejas de pilotos son una australiana (padre e hijo, que semejan imbatibles), más un trío chino y otra dupla rusa. Es que pensada también para el mercado asiático, la trama se traslada a Hong Kong, y una de las protagonistas será la nipona Rinko Kikuchi (de Babel, dirigida por otro mexicano, Alejandro González Iñárritu)-.

    Oscura en todo sentido -las acción por lo general transcurre de noche, o llueve, o es dentro de la base-, la ferocidad de las bestias, y la agresividad en estado latente explota en los combates “cuerpo a cuerpo”. Y cuando no hay peleas, la tensión se mantiene entre los pilotos humanos.

    Hay una buena dosificación de acción física y verbal, lo que lleva al mejor resultado. Los científicos son la antítesis de los pilotos de los Jaegers, y el comic relief de la película. No deja de ser curioso que quienes, desde el cerebro y la ciencia, no desde el músculo y la fuerza bruta deben resolver los problemas, sean dos nerds competitivos.

    Por allí están Ron Perlman y Santiago Segura, como rostros conocidos además de Idris Elba (Pentecost), el actor que en breve será Mandela, y el personaje mejor delineado de la -presumimos- saga por venir.
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  • César debe morir
    El arte como liberador

    Reclusos ensayan “Julio César” en este sugestivo filme.

    “Desde que me familiaricé con el arte esta celda se ha vuelto una prisión”. El que habla, desde esa celda en el ala de máxima seguridad de la cárcel de Rebibbia, en Roma, es uno de los reclusos que participa en un taller de teatro. El y otros compañeros ensayan Julio César, de William Shakespeare, para presentar a un público que colmará la sala, en este filme de los hermanos Taviani en el que confluyen las parábolas y los acercamientos entre la vida de los presos y los vericuetos de la obra shakespeareana.

    Los octogenarios realizadores, que en sus mejores tiempos nos brindaron clásicos como Padre padrone y La noche de San Lorenzo, se instalaron en la cárcel y siguieron el casting, los ensayos y la vida doméstica en prisión, hasta desembocar en la interpretación de la obra ante invitados.

    Así, en César debe morir convergen la ficción y el documental. Con suerte dispar, ya que cuando los presos interpretan -sin ser actores- los personajes de Julio César (Julio César, Cassio, Bruto, Marco Antonio, Decio, Lucio) parecen mucho más naturales que cuando deben “hacer” de sí mismos.

    Esta suerte de experimentación de los Taviani, claramente, permite por elevación hablar, a la vez, de las libertades colectivas. En definitiva, César debe morir es una adaptación de la obra, ciñéndose a los diálogos en otras circunstancias, pero el tema del poder y de la amistad están allí, siempre en primer plano.

    Quizá no hiciera falta en la presentación de los protagonistas citar qué condena están cumpliendo. ¿Importa la sentencia -los hay con sentencia a cadena perpetua, por tráfico de drogas, crimen organizado y asesinato, uno de ellos nacido en Buenos Aires, otro, luego de su liberación, se transformó en actor- o la acusación, a la hora de adentrarse en la trama del filme? Si uno ingresa a la sala unos minutos más tarde, la disfrutará igual, sin saber quién cometió varios crímenes.

    Los Taviani filmaron en blanco y negro la elección del elenco, los ensayos -manteniendo los distintos dialectos- y viran al color recién en la representación final de la obra. Como una manera de develar el contenido, el resultado.

    La prisión es representada como una gran sala de ensayo: metáfora social sobre la que se esgrime este sugestivo filme, premiado con el Oso de Oro en el Festival de Berlín el año pasado.
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  • El llanero solitario
    Con pajaritos en la cabeza...

    Johnny Depp es un Toro que alimenta a un cuervo (muerto), que tiene sobre su cabeza, en una comedia de humor absurdo y acción.

    ¿Cuántas veces uno termina de ver una película, y quiere más?

    No es algo que suceda seguido. Con El llanero solitario, es tanto el espectáculo y la energía desplegada, tanto el humor absurdo y la simpatía de la pareja protagónica que sí, dan ganas de que haya más.

    El llanero puede convertirse en otra franquicia como la que el director Gore Verbinski y el productor Jerry Bruckheimer erigieron con Piratas del Caribe. Tiene los mismos guionistas, Ted Elliott y Terry Rossio, que también escribieron Shrek y Aladdin, y a Johnny Depp como figura central. Aunque no sea el Llanero, sino Toro, el indio comanche.

    Esta adaptación del personaje al cine, tras su origen radial y su serie de TV, arranca en San Francisco, en 1933 -pocos meses después de que El llanero debutara en la radio-, cuando un niño con un antifaz entra a una feria, y en una carpa se detiene ante el noble salvaje . Parece un maniquí, pero no, es Toro, quien ya anciano le relatará al chico cómo conoció a John Reid, alias El llanero solitario.

    Para lo cual, la acción se retrotrae a Colby, Texas, en 1869. Y aquí habrá acción y mucha más comedia. Con la(s) persecucion(es) a bordo de los trenes, al mejor estilo de Indiana Jones, con quien más se parece esta extravagancia. Las sorpresas más que en la trama, están en la sumatoria de gags. ¿O acaso muchos de los mejores clímax no se consiguieron en el cine, a bordo de un tren descarrilado?

    Con un cuervo muerto en su cabeza, al que le a de comer, la cara pintada de blanco con rayas negras, Toro es un comanche que le habla a los caballos. Parece tonto -como es su nombre en el ­original-, pero ciertamente no lo es. Depp lo juega a lo Buster Keaton, con más gestos que palabras, y sí, es un pariente no muy lejano de su pirata Jack Sparrow.

    Verbinski utiliza un montaje brioso, que sirve de enlace con timing perfecto a la sucesión de gags. Y si John Reid (Armie Hammer) pronto quiere vengar la muerte de su hermano -un Texas ranger , pero no como Chuck Norris-, son muchos los personajes que están tras la venganza del forajido Butch Cavendish (William Fichtner, un villano de primer nivel, hasta el canibalismo, de muy buen sobrepeso para los héroes). Y otros tantos tienen mucho por ocultar.

    Al ser la “película presentación”, hay que explicar el origen de la bala de plata, el caballo Silver, por qué Reid debe usar la máscara y hasta qué remueve la conciencia de Toro. La rectitud del Llanero contrasta con Toro. Pero una vez hechas las aclaraciones, a dejar correr la aventura.

    Hay secuencias espectaculares, no todas con CGI o animación por computadora, por más que por momentos uno crea que está viendo una de dibujitos, con el Coyote en medio del desierto. Precisamente el aprovechamiento del paisaje del Lejano Oeste y los efectos especiales (ojo: el tren es real) hacen pensar que así como verbinski y Depp resurgieron las de piratas, puede pasar lo mismo con el western. El espectáculo debe continuar.
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  • Mi villano favorito 2
    El malo que es rebueno

    Gru y las huerfanitas ahora están tras otro cerebro que desea conquistar el mundo.

    Así como Monsters University puso en evidencia que en Pixar las ideas también pueden escasear, Mi villano favorito 2 repite la fórmula de retomar personajes, ahondar en sus características pero no rodear a los gags, más que nada slapstick , humor corporal, de una trama que enganche o al menos sostenga en pie el interés por compartir la vida de Gru y las (ex) huerfanitas Margo, Edith y Agnes.

    Si la primera, estrenada en 2010, dibujaba carcajadas sorprendiendo por la maldad del protagonista, en contraposición con la ternura de las niñas a las que terminaba adoptando (o ellas a él, da igual), en esta secuela Gru aparece desdibujado, valga la paradoja, y el peso de las niñas disminuye, asumiendo los miniones, los ayudantes amarillos de Gru, un papel más preponderante. Que los miniones tengan en 2014 su propia película explica, en parte, esa resolución.

    El filme abre con una secuencia en el Polo Artico, donde un extraño imán se “lleva” un laboratorio super secreto. La liga antivillanos contacta a Gru -que había robado la luna, ¿se acuerdan?- para desenmascarar al culpable y apresarlo. Es que en el laboratorio se estaba elaborando un suero de transmutación, el PX 41, que podría ser el arma más devastadora de la Tierra.

    Mente criminal, padre ejemplar, vestido de negro con bufanda a rayas y nariz aguileña que justifica el uso del 3D cada vez que se lo ve de frente, a Gru le ponen como compañera a Lucie Wilde. Y mientras las chicas, que le están buscando pareja, creen que dieron con la indicada, Gru y sus Miniones van al Shopping donde el nuevo villano estaría enmascarado en algún local comercial.

    Hay momentos risueños, y los chicos más oequeños, principales destinatarios del filme, la pasarán bien.

    Lo dicho, cuando una película se realiza más por marketing y/o aprovechamiento de imagen, que por una buena idea, los resultados no suelen ser los esperados. Y en la comparación, pierde; no seguramente en lo económico, pero ésa es otra historia.
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  • Antes de la medianoche
    Los amantes sean eternos

    Celine y Jesse tienen mucho por decirse en un filme igual de cautivante que sus antecesores.

    Hay historias, relatos de amor que definen a determinadas generaciones. Como en su momento Un hombre y una mujer (1966), la saga de Antes… lo hace con sus personajes verborrágicos, intelectuales, pasionales e inseguros a muchos de los que los vienen siguiendo desde la platea cada nueve años y desde hace 18.

    Tras Antes del amanecer y Antes del atardecer, en Antes de la medianoche Jesse y Celine ya no son los jovencitos que se conocieron en un tren y bajaron en Viena. Esa cuestión de edad repercute tanto como que Ethan Hawke, Julie Delpy y el director Richard Linklater escriben los guiones y no son ni los tiernos inocentes de 1995 ni los ilusionados de 2004. En la segunda se los notaba decepcionados y algo lastimados, pero Antes de la medianoche es la más agria, triste y desesperanzada de las tres. Justo en la que la pregunta no es si al fin estarán juntos, sino si permanecerán unidos después de todo lo que se dicen en la cara.

    Pero hay que saber decirse lo que se dicen... Y hay que tener madera (y amor, mucho amor) para seguir al lado de quien aman luego de escuchar lo que escuchan.

    Para hablar de Antes de la medianoche es innecesario contar la trama, porque para quienes conocen a Jesse y Celine, que estén juntos se caía de maduro (una tercera película dubitando ya era imposible). Y quienes ingresen ahora a esta relación, la comprenderán enseguida.

    Si antes el romanticismo campeaba en cada diálogo y la seducción estaba que se caía del tren en Viena, del barco en el Sena o del auto en las callecitas de París, ahora los amantes llevan adelante una rutina. No es El año que viene a la misma hora. Ahora conviven, tienen dos mellizas de 7 años, no todo es rosa ni idealismo. “No es perfecta, pero esta vida es real”, dice en positivo Jesse.

    El paso del tiempo aparenta haber sido más ingrato con Celine, y no hablamos de lo físico. Las cosas que se guardaron en el buche van a salir esta vez para lastimar más que para aflojar tensiones o seducir al otro.

    Linklater había sido muy equitativo a la hora de repartir los roles en las películas anteriores -ambos eran, y son, rápidos, chispeantes e instruidos-. Jesse es el profesional y Celine la que, idealista como siempre, quiere reforzar su activismo ecologista, pero es la que cocina, limpia y acuesta a las chicas. ¿Es que se aburguesaron a los 40? ¿Habrían imaginado escuchar a Celine decir que lo que más teme es que todos los hombres quieran convertirla en un ama de casa?

    No hay buenos ni malos, ni el espectador se identificará más con uno que con otro, si no que es una mezcla. Desde la realización, Linklater escapa a los clisés de una relación de pareja, hace pasar todo por un tamiz dinámico y para nada vulgar, sino sumamente atractivo. El único clisé que no puede evitar es que Celine y Jesse encuentren -recién- en las vacaciones en Grecia el tiempo para hablarse.

    Están, claro, las discusiones. Ya no son diálogos. Allí se arrojan palabras cargadas de emoción, frustración y… amor. Se escucha el zumbido de los dardos hirientes. Delpy y Hawke están para la mesita de luz.

    Dicen las encuestas que lo que más une a una pareja es sentirse cómplices. Nadie dijo que es fácil parece el leit motiv de Antes de la medianoche.

    También afirman que los matrimonios se refuerzan o se separan después de unas vacaciones. Jesse y Celine son gente como uno. Que los amantes sean eternos.
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  • Guerra Mundial Z
    No me importa cuántos son

    Brad Pitt busca una cura contra los zombies que gruñen, muerden y se multiplican.

    Hollywood viene predicando desde hace décadas que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. Puede llegar por negligencia humana (destrozando la ecología, eliminando fuentes de energía) o por ataques alienígenas. Lo que las películas de George Romero, toda su saga de zombies, encorsetaban en una pequeña población, Guerra Mundial Z lo expande con la plata de la productora Plan B, de Brad Pitt, más otros cuantos capitalistas ponen a disposición del entretenimiento, una vez que los zombies se multipliquen a mordida batiente. Un mordisco, y a los 10 segundos se transforman en muertos vivos. Casi como el agua que rozaba a los gremlins y se reproducían. Pero aquí, sin chistes.

    Marc Forster, el ecléctico director que puede filmar Descubriendo el Pais de Nunca jamás y Quantum of Solace, la más floja de las películas con Daniel Craig como Bond, no pierde el tiempo. Los zombies aparecen pronto. Sólo hay que mostrar a la familia de Gerry (Pitt), entender que dejó de trabajar en las Naciones Unidas para estar más con su familia, y así comprender por qué luego le cuesta dejarla e ir tras la cura de la pandemia. Ah, y que una de sus hijas sea asmática. ¿Rachel, la nenita del personaje de Tom Cruise, no era alérgica en Guerra de los mundos?

    Así, ya sabemos que papá deberá ir en busca del inhalador que la nena perdió entre muertos vivos que gruñen y están como en s tand by hasta que oyen un ruido y salen disparados con la dentadura lista.

    Lo mejor de Guerra Mundial Z es que la acción no se detiene. No importa cuántos son (los zombies), sino que vayan saliendo. Los zombies vienen de a millares. Son, en cuanto a bravura, como los que enfrentaba Will Smith en Soy leyenda. Están en todas partes, se apoderaron de (casi) todas las ciudades del mundo, pero Gerry tiene que ir (como en Epidemia) a buscar el origen, el primer humano que propagó el virus. Así, Forster y sus cámaras pasan por Corea del Sur, Jerusalén, Gales, donde los zombies son todos parecidos y la valentía de Pitt se mantiene al nivel de cualquier padre de familia (de nuevo, como Cruise en Guerra de los mundos).

    La diferencia con otras películas sobre supervivencia es que Gerry termina alejado de los suyos, pero como en los filmes en que un hombre común se encuentra ante circunstancias extraordinarias (del jefe Brody de Tiburón a esta parte, todas las que se imagine), Gerry es alguien con quien podemos proyectarnos.

    Pitt está presente en casi todas las escenas. Por algo puso la plata. Su personaje es casi de historieta, sin llegar a superhéroe, pero sobrevive a catástrofes y lesiones que tumbarían a cualquier militar entrenado. A él, no.

    Es recomendable la proyección en 3D. Es una película de zombies, y los ataques imprevistos suelen deparar mejores sustos si se los ve con los anteojitos. Vayan avisados.
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  • Monsters University
    Los nuevos monstruos

    Los personajes Mike y Sullivan ahora son más jóvenes, y no se llevan bien al comienzo de su paso por la Facultad de Sustos.

    Algo está sucediendo con Pixar, No hay más que ver sus últimas películas (Cars 2, Valiente y Monsters University, que estrena hoy), para advertir que a esa excepcional usina de idas frescas e historias originales -la misma que nos convenció que los juguetes hablan y tienen vida propia (Toy Story) e hiciera un filme con una primera media hora sin diálogo (WALL-E) y varios etcéteras- se amesetó.

    Toy Story tuvo dos secuelas, Cars, otra y ahora nos cuentan cómo se conocieron Mike y Sulley. La sorpresa y originalidad de las propuestas, últimamente, viene en los cortos que anteceden a sus tanques (Azu- lado, que precede a Monsters… es, otra vez, imperdible).

    Nadie alzaría la voz si no fuera porque la gente de John Lasseter ha dado muestras de elevar la animación al difícil combo de aunar entretenimiento y arte. Claro que Monsters University entretiene, tiene muchos más gags físicos ( slapstick ) que la original, está bien, pero no sorprende. En Monsters, Inc.

    (2001) la presencia de Boo, la nena que atravesaba la puerta que conectaba su dormitorio con la fábrica de energía en Monstrópolis, era una vuelta de tuerca ingeniosa y disparadora. Aquí no hay presencia humana. No hay confrontación ni empatía con “algo” conocido. No hay proyección con el personaje. Todo es monstruoso.

    El monstruito verde, de forma redonda y con un solo ojo, con braquets incluidos, visita la fábrica de niño y se jura que ahí es donde quiere estar cuando sea grande. Algo como un nerd -lo maltratan e ignoran hasta en el ómnibus que lo deja a las puertas de la Universidad-, Mike quiere probarse que tiene pasta, o lo que tengan los monstruos adentro, para ser un buen asustador. El mejor.

    Quienes recuerden Monsters Inc., sabrán que terminará como ladero de Sullivan, más grande, peludo y púrpura, que, como es hijo de un famoso asustador, es displicente y algo engreído y no se esmera en el estudio. Mike y Sulley comienzan siendo uno la antítesis del otro. El esfuerzo y el talento natural confrontan, como luego lo harán en una suerte de Olimpíadas de susto contra otras confraternidades dentro de la Facultad de Sustos. El mensaje es claro: juntos podemos, separados, qué haremos, y con otros monstruos que más que asustar, dan pena, se enfrentarán a los mejores para poder seguir estudiando en la Universidad. No, no es que reinvente las comedias colegiales.

    Y tampoco es que Mike haya entrado a Hogwarts, la escuela de Harry Potter, aunque hay juegos en los que están los malos y los buenos, Monsters University es como los jueguitos de los estudios Disney. Una catarata de estímulos, visuales, con un 3D que esta vez no aporta mucho más al disfrute.

    Formalmente, los dibujos son bárbaros -los nuevos monstruos, sus desplazamientos, el colorido, la estructura neoclásica de la Universidad- y si no fuera porque uno le pide más a quien sabe que puede exigirle, no nos asustaría tanto.

    Ah, a no moverse cuando termina la película y empiezan los títulos, que la cosa sigue...
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  • La cacería
    Víctimas de la inocencia

    Incomodar y/o enojar al espectador son constantes en el cine del danés Thomas Vinterberg. Como su amigo y colega Lars Von Trier, pero menos extremista, el director vuelve a abordar como en La celebración el abuso de menores. Ya no dentro de una familia, sino en una comunidad pequeña.

    El protagonista es Lucas (Mads Mikkelsen, mejor actor en Cannes 2012), un tipo afable, muy querido por los niños que asisten al jardín de infantes donde trabaja, tanto como por sus amigos. Recién divorciado, pelea sin suerte un régimen de visitas de su hijo adolescente. Empieza una relación con una maestra del jardín, hasta que todo comienza a ir barranca abajo.

    El acercamiento al abismo llega cuando la hija de su mejor amigo cuenta en el jardín que Lucas le mostró su pene. El espectador sabe que es una fantasía de Klara. La comunidad se le cae encima. No lo escuchan. Tampoco hablan demasiado con la nena, por lo que esta caza de brujas tiene su costado pérfido.

    La película, que tiene su pie en el costado moral, aunque Vinterberg jamás la vuelve moralista, también trata sobre la ingenuidad. Y no sólo la de la nena, si no también la de Lucas, la de su hijo y la de todos. Cada uno se siente seguro con su verdad. Tanto, que no disimulan que lo que creen que creen es terriblemente cierto. No hay lugar para las dudas.

    Y allí comienza otra cacería, a la que hace referencia el título, ya que la primera es la que Lucas y sus amigos emprenden en el bosque, persiguiendo ciervos.

    Vinterberg echa su mirada sobre la comunidad. El padre de la niña, la madre, la directora del jardín, la amante de Lucas, gente involucrada directamente en la denuncia, pero también en el dueño del supermercado, el carnicero, los padres de otros niños.

    El cine danés suele hacer hincapié en que la actual es una generación perdida. Vinterberg explora la condición humana en sus miserias, pero también en la solidaridad. Con ese humor tan negro y macabro, desestabiliza cada tanto y desde el guión plantea al espectador constantes dudas.

    El cine de Vinterberg llega por los sentidos. Golpea primero en el intelecto hasta remover el estómago. No muchos cineastas son capaces de lograr semejante cosa. Mads Mikkelsen, compone un personaje complejo. Si primero dan como ganas de ayudarlo, poco a poco irá revelando otro costado de su personalidad, que tenía a flor de piel, pero también oculto.

    ¿Sólo los borrachos, los locos y los niños dicen la verdad? Pavada de pregunta plantea esta película que es, se dijo, como un golpe al estómago y al corazón.
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  • El hombre de acero
    Jesús contra los transformers

    Con alegorías y mucha estimulación visual, la película es la suma de escenas de acción.

    Con cada reboot o revisionismo de un superhéroe hay cosas que se ganan y se pierden. En El hombre de acero no hay kriptonita verde, ni está Lex Luthor, Superman no sonríe, ni guiña el ojo a cámara mientras vuela, y para ver a Clark Kent cumplir función de periodista, habrá que esperar a la secuela. Si hasta la S , dicen, no es por Superman ya que no es una S , si no que refiere a Esperanza. Y casi no se lo nombra como Superman...

    En esta versión, el héroe es una alegoría de Jesús (tiene 33 años, aguanta humillaciones, es “el ángel guardián”, es quien salvará a la humanidad y debe “potenciar a los hombres de bien”, pregunta por qué Dios lo hizo así, pero acepta su destino) y en la última hora pelea contra otros extraterrestres, ex compatriotas del desaparecido Kryptón, como si ésta fuera otra película de Transformers.

    Cabía preguntarse qué saldría de la combinación entre Christopher Nolan como autor de la historia y productor, y Zack Snyder, con su estimulación visual de 300. Lo que resulta es una película alejada de toda escala humana. Por las dimensiones que tiene, y en cuanto a que, básicamente, es la lucha entre extraterrestres exiliados.

    Terminada la trilogía de Batman -y ante la catarata de éxitos económicos de las películas de Marvel-, era indudable que el otro héroe de DC, Superman, tenía que llegar al cine. Nolan y su guionista amigo David S. Goyer bucearon en las raíces de Kal-El, el bebe al que su padre científico Jor-El y su madre Lara envían a la Tierra con un Códice que permitiría reanudar la vida de Kryptón. Son los primeros veinte minutos en los que se presenta al malvado Zod, el general golpista, quien al haber estado congelado en la Zona Fantasma (en Kryptón, saben los fans, no existía la pena de muerte), cuando llegue a la Tierra 33 años después estará igual.

    Es que Nolan no es hombre que abrace las causas sencillas, y menos aún los relatos lineales, así que habrá idas y venidas en el tiempo y apariciones de papá Jor-El (“Soy la conciencia”, aclara a los desprevenidos), más que nada para explicar alguna cosa a quienes entraron tarde a la sala y para darle el traje a Clark.

    Cómo hizo para que le calce perfecto es un enigma. Las convenciones permiten que en los filmes de superhéroes no es que no haya lógica, sino que haya otra lógica posible, como para entender tamaña destrucción de edificios, que sea de noche y de pronto de día -antes de la pelea final-, las idas y venidas entre Smalville y Metropolis.

    La trama se sostiene a partir de pequeñas grandes escenas de acción y/o tensión, casi de catástrofes, sea la explosión de una torre que busca petróleo en el océano, un ómnibus escolar cayendo a un río, un tornado.

    No importa que Henry Cavill parezca verdaderamente de acero (es bien, bien duro), pero para crear química con Luisa Lane, que la periodista descubra tan pronto la identidad de Superman hace que todo el costado romántico pierde rápida consistencia.

    La música wagneriana de Hans Zimmer (el gran compositor predilecto de Nolan) está para subrayar, porque nada hay dejado a la sutileza.
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  • Un lugar donde refugiarse
    Perdida y encontrada

    Nicholas Sparks vende sus libros por millones. El autor de The Notebook (aquí, Diario de una pasión) Querido John, Noches de tormenta y La última canción suele tener suerte dispar con las adaptaciones de sus best sellers. Por lo general, las tramas incluyen una pareja que por h o por b se distancia, se encuentra, se ama, se pelea y así. Y un personaje muere.

    No es que Sparks sea un adicto a escribir fórmulas exitosas y repetirlas. En las adaptaciones a veces las tensiones crecen, cuando no el romanticismo. Veamos qué sucede con Un lugar donde refugiarse.

    Comienza con una joven que huye de Boston, no sabemos por qué, salvo por algún flashback o pesadilla que Katie tendrá más adelante. Se sube a un ómnibus mientras un policía bajo la lluvia la busca desesperadamente. Ella en vez de llegar al destino final, se baja en un pueblito con las 3 P (pintoresco, pesquero y pequeño) en Carolina del Norte. Allí cambia de nombre, consigue un trabajo en un bar y conoce a Alex. Porque si no, esto sería un mero thriller y no un thriller romántico.

    La trama va pendulando entre la actualidad de Katie y Alex, un viudo musculoso con dos hijos pequeños, y la del policía que parece obsesionado con esta mujer. Y cuando a uno se le viene a la mente Durmiendo con el enemigo, pasa lo que tiene que pasar. Allí la adaptación cumple al pie de la letra.

    El sueco Lasse Hallström ha logrado traspolarse a Hollywood, y luego de ¿A quién ama Gilbert Grape?

    y Las reglas de la vida, abocarse a filmes con parejitas románticas. De Chocolate a Un amor imposible, hasta la mencionada Querido John y ahora Un lugar donde refugiarse. Los clisés son menos virulentos, y si los personajes no crecen demasiado es porque así como están -pintados- es como lucen mejor. No hay vuelta de hoja.

    Lo que sí hay es vuelta de tuerca, con dos revelaciones que no hay que adelantar, pero que si se están atentas, capaz que las damas entre lagrimones logran percibirlo.

    Julianne Hough -la despampanante rubia de La Era del rock- está casi todo el tiempo en pantalla (para alegría del público masculino) y Josh Duhamel (para el femenino) se mide y nunca pega un grito de más.
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  • Nada es lo que parece
    Nada por aquí, todo por allá

    Un thriller con ilusionistas que roban bancos a distancia, y un elenco multiestelar.

    Si el cine es el marco perfecto para la ilusión, qué mejor que no uno, ni dos, ni tres, sino cuatro ilusionistas se apoderen de la pantalla y en la trama de Nada es lo que parece roben un banco (cerca de la Opera de París) desde un escenario en Las Vegas... y hagan caer los millones de euros sobre la platea.

    Y si la política es el arte de lo posible, el cine lo es de lo imposible. Y aquí no por los trucos cinematográficos, si no por las estratagemas que los Cuatro Jinetes realizan cual modernos Robin Hoods mientras un agente del FBI y una de Interpol (ella francesa, tres chic ) están tras ellos.

    Dicen que para que un truco de magia logre su efecto hay que estar bien predispuesto. Pues bien, con el elenco que reunió el francés Louis Leterrier (39 años, director de El transportador y la última El increíble Hulk) no hay más que acomodarse en la butaca. Y sentirse, engañado o no, como con El socio del silencio, aquella maravilla de 1978 que tenía guión de Curtis Hanson y a Elliott Gould y Christopher Plummer como protagonistas.

    Los cuatro ilusionistas (Jesse Eisenberg, Woody Harrelson, Isla Fisher y Dave Franco) son contratados por un multimillonario empresario (Michael Caine) para una serie de shows impresionantes. El público no sabe con qué se va a encontrar en cada espectáculo. El millonario, tampoco, los agentes (Mark Ruffalo y la parisina Mélanie Laurent -Shosanna en Bastardos sin gloria-), menos, y los espectadores en el cine son los más privilegiados. No porque puedan desenredar la trama -no es un filme de aquellos en los que haya pistas de movida para saber cómo se resuelve el enigma-, sino porque ven todo y a todos desde cierta perspectiva... objetiva.

    Las películas con magos, como El ilusionista o El gran truco cuentan a su favor con ese handicap que les da saber que el público se deja engañar. Y más en el cine, donde por la edición todo puede realizarse. Lo bueno de Nada es lo que parece es que la intriga no se queda solamente en cómo hacen para robar un banco, o lo que luego hagan, sino que además suma qué motiva a los personajes. El guión es, en ese sentido, ingenioso, al margen de diálogos chispeantes, la clásica competencia entre magos, mentalistas y afines, los celos y los intereses románticos.

    Si parece mucho, es como con el título en castellano. Y además se agrega otro personaje, un ilusionista que trata de desenmascarar las artimañas del cuarteto, cual émulo del de Detrás de la magia por TV. Que, interpretado por Morgan Freeman, oscila entre la soberbia y el sombro.

    Como casi todo en esta película recomendable, en la que las vueltas de tuercas finales le dan otro toque de magia a un filme plenamente disfrutable.
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  • El reino secreto
    Un desborde de creatividad

    Chris Wedge, director de “La Era de hielo”, vuelve a lucirse con un filme animado.

    Lo primero que llama la atención apenas comienza la proyección de El reino secreto es la impresión de que no estamos ante un filme de animación, tan perfecta es la calidad de los dibujos. El bosque, el agua, el cielo son nítidos, prácticamente reales. Hasta ahora lo difícil sigue siendo cómo inducir vida a los ojos humanos.

    Y lo segundo que impresiona es que el ritmo y la historia en sí atraen los 102 minutos de la proyección. Ni chicos ni grandes se aburrirán, sino que se divertirán un buen rato.

    Hay un hincapié en la ecología, pero desde el lado más aventurero que se pueda imaginar. Uno puede creer que la adolescente (y huérfana de madre) Mary Katherine sea reducida al tamaño de los insectos, que están viviendo una guerra despiadada en el bosque. También que existan en él los hombres hoja como Ronin y el valiente (y huérfano de padre) Nod, que pelean contra los Boggans, que si logran que el capullo que la reina Atara bendijo como su heredera se abra en la oscuridad, el bosque morirá. Todo lo que Mandrake destruya, nada lo podrá restaurar, salvo el capullo.

    Mandrake es el villano, y, antes de que alguien diga Disney, ha perdido un hijo.

    La nueva película de Chris Wedge (La Era de hielo, Robots) es un desborde de creatividad y avances en lo técnico. En cuanto a lo dramático, en aquella primera Era de hielo eran los animales prehistóricos quienes debían salvar al hombre; aquí una humana, cuyo padre es un científico de campo, intentará ayudar a estos seres fantásticos para sobrevivir.

    Hay mucho humor, más que nada en los comic reliefs que recaen en la babosa y el caracol que deben proteger al capullo, mucha aventura, marcado heroísmo y mucha contraposición (la luz y la oscuridad; los buenos vuelan a bordo de colibríes y los malos, sobre cuervos). Esto último parece reforzar que algunos personajes son arquetipos. Cómo saberlo, si son insectos.

    Con un padre a la Danny Kaye -un guiño para los adultos- y muchos famosos prestando su voz -en el original: Amanda Seyfried, Colin Farrell, Christoph Waltz y hasta Steven Tyler-, El reino secreto tiene todo para ser otro mojón (y no sólo en cuanto a la taquilla) en el mundo animado, un arte que se supera día a día.
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  • El gran Gatsby
    Historia de amor ampulosa

    El filme de Baz Luhrmann se mete con la clásica trama de amor, pero su contenido es escaso. DiCaprio y Mulligan salen adelante con su presencia.

    Si Baz Luhrmann había atacado un clásico de Shakespeare en Romeo + Juliet (1996), quienes preveían que al abordar la novela clásica de la literatura norteamericana El Gran Gatsby iba a apropiarse de ella, y dar otro espectáculo a la Moulin Rouge... pues bien, estaban en lo cierto.

    El realizador australiano es cinematográficamente operístico. Le gusta lo ampuloso, lo rimbombante, y no teme mezclar no ya géneros sino músicas, como incluir hip hop en plena era del jazz de los años ’20. A Luhrmann la historia del joven pobre que se hizo rico sólo para reconquistar al amor de su vida le interesa para desplegar toda su imaginería visual, en un marco de dirección artística espectacular (decorados, vestuario, iluminación y recreación de la Nueva York de los ’20 -digital y en estudios en Australia, por cuestión de costos)-, pero con contenido escaso.

    A Luhrmann nadie podrá decirle que no es un romántico. Empedernido, y manipulador, sí, pero en sus cuatro largometrajes -sumemos su opera prima, Strictly Ballroom, que como Moulin Rouge estuvo en Cannes- lo central son historias de amor en las que a los amantes les cuesta reunirse. F. Scott Fitzgerald fue claro en su novela: Jay Gatsby asciende en una sociedad con dobleces, corrupción y lujos desmedidos, y toda la fortuna que llega a amasar la utiliza para reconquistar a Daisy Buchanan, que no la esperó a su regreso de la Primera Guerra Mundial, y está mal casada con Tom.

    Esta sexta adaptación de la novela tiene a Leonardo DiCaprio y Carey Mulligan como su interés romántico -como Robert Redford y Mia Farrow lo fueron en la más recordada versión en cine, con guión de Coppola-, y a Tobey Maguire como Nick Carraway, el primo de Daisy y ocasional vecino de la mansión de Gatsby que lleva adelante el relato. Pero si hacer que Carraway le cuente lo sucedido en el pasado a un psiquiatra en un asilo puede sonar un despropósito antes que un guiño al autor de El último magnate, que el ex Hombre Araña sea quien lo interprete es un error de casting.

    DiCaprio y Mulligan salen adelante con lo que tienen: presencia, talento, aunque aparezcan como flotando entre tanto lujo, fiestas y en medio de un 3D cuya razón no justifica la historia, y sí el desmadre y espectáculo que busca el director.

    El éxito de El Gran Gatsby en Norteamérica hizo pensar a quienes no vieron el filme que se trataba de una zancadilla a los blockbusters de Hollywood, como Iron Man 3. Pero no: El Gran Gatsby no es una realización donde pese más el cine de autor o su calidad artística, sino que es otro blockbuster, un tanque donde no hay superhéroes pero sí grandes estrellas. Que es, hoy por hoy y desde donde se lo mire, más o menos lo mismo.
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  • Spring Breakers: viviendo al límite
    Las chicas quieren divertirse

    Combinación siglo XXI de Asesinos por naturaleza y Scarface, Spring Breakers levanta polémica por su desenfado, lo explícito de sus imágenes y de su lenguaje, y porque tiene a un par de ídolas de Disney ya convertidas en señoritas haciendo cosas no aptas para la TV infantil. Candy (Vanessa Hudgens, de High School Musical), Faith (Se- lena Gomez, de Los hechiceros de Waverly Place) Brit (Ashley Benson), y Cotty (Rachel Korine, esposa del director Harmony Korine) son las cuatro amigas adolescentes que deciden tomarse una semana en sus estudios en primavera (de allí el título orignal) y pasarla bomba en Florida. Para solventar el gasto, deciden robar un restaurante. Lo hacen, pero las cosas terminan mal. Apresadas, se relacionan con Alien, un por momentos irreconocible James Franco, que viste y camina como un rapero, un tipo de temer. Se mueve del otro lado de la ley, con drogas y armas, y las chicas -que en apariencia sólo querían divertirse- van a tener unas experien- cias, cómo decirlo, inolvidables.

    Korine ha retratado a adoles- centes del mundo marginal esta- dounidense, como guionista de otros (Kids) o como realizador (Gummo). Aquí redobla la apuesta desde todo punto de vista, porque Spring Breakers pinta como filme de culto, una exploración artística desde la imagen -la iluminación es de Benoit Debie, de Irreversible, como para que vayan preparándose-, pero también más allá de lo narrativo.

    La exposición sin censura -esce- nas de sexo, consumo de drogas, en eterno clima fiestero- puede saturar a alguno, pero la subida a la montaña rusa es tan empinada que garantiza una sensación de descontrol cuando el carrito empiece su descenso y nada pueda detenerlo.

    Korine es enérgico e irónico - Alien les canta un tema de Britney Spears a las chicas- y cuando todo exceso parece sobrepasado, demuestra que tiene dominio de la situación. Claro que la atención más morbosa estará puesta sobre Hudgens y Gomez, y Spring Breakers es el vehículo ideal para romper con los moldes preestablecidos de sus carreras. Malhabladas, sexies y violentas, las chicas se ponen salvajes en un cóctel potente para desprejuiciados, un relato sobre la moral y lo amoral lo suficientemente abierto para que el espectador apruebe o desapruebe tamaña festichola de estímulos.
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  • Pensé que iba a haber fiesta
    ¿Amor mata amistad?

    Hay películas cuyos temas pueden disparar disímiles discusiones. Y algunas están hasta por encima de lo que el filme en cuestión logra como resultado final.

    Pensé que iba a haber fiesta trata sobre la lealtad, en primer término, pero también sobre la amistad y el amor, y le pregunta a sus personajes y al espectador qué significa ser íntegro. Todo a partir de una premisa, que el filme entrega de a poco: ¿es correcto que una mujer tenga una relación con el ex marido de su mejor amiga?

    Pero lo que plantea el guión de Victoria Galardi (Amorosa soledad, Cerro Bayo) es que Ana (la española Elena Anaya, de La piel que habito) se enamora desde las tripas de Ricki (Fernán Mirás) cuando éste pasa a buscar a su hija Abi por la casa de Lucía (Valeria Bertuccelli). Ana le está cuidando la casa con pileta en San Isidro a Lucía, que tiene nueva pareja (Esteban Bigliardi) mientras se escapa unos días a Uruguay, entre Navidad y Año nuevo. Si Lucía y Ricki están separados desde hace tres años, ¿tiene pista libre?

    No vamos a adelantar si Galardi sugiere una respuesta, ni si le da un final feliz o no a la película (en todo caso, ¿qué sería un final feliz?). Galardi va entretejiendo la trama, con algunos disparadores y subtramas que a veces están mejor escritas, o aportan poco o mucho al centro de la cuestión. El personaje del jardinero (Esteban Lamothe), por ejemplo, o si cierto personaje es o no cocainómano no tienen el mismo rebote que el amigo al que le presentan a Ana (Augusto Giménez Zapiola, una revelación).

    De todas formas, lo que uno espera es más del intercambio entre Ana y Lucía, cómo esa amistad se pone a prueba. A su favor, Galardi cuando llega el momento, se torna naturalista, luego de tomarse sus tiempos en alguna presentación y alterar el ritmo de lo que sería un filme más comercial (Ana bailoteando una noche escuchando música en el living).

    Como es de prever, Pensé que iba a haber fiesta descansa sobremanera en las espaldas de las actrices, y de Mirás. Bertuccelli enfrenta un papel no atípico pero sí diferente de los que el cine suele depararle y sabe cómo jugar con la imprevisión. Anaya está más tiempo en pantalla y al llevar un poco las riendas del relato presupone que el espectador debería comprender mejor su situación. Mirás cumple una correcta labor, y es una buena decisión de casting, ya que si el elegido hubiera sido Facundo Arana, es factible que otra sería la percepción del conflicto.
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  • En trance
    En trance
    Clarín
    Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

    No está mal recordar de dónde viene Danny Boyle, el inglés ganador del Oscar por ¿Quién quiere ser millonario?

    Debutó en la realización con un thriller de aquéllos, Tumba al ras de la tierra (1994). Hizo filmes en los que jugó con el terror (Exterminio) y experimentó con distintas narraciones visuales (Trainspotting, 127 horas). También fue el responsable de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos del año pasado.

    Pues bien, todo esto sirve para dimensionar qué es En trance. Porque a la manera de El origen, la película de Christopher Nolan, aquí hay dos premisas que el espectador debe seguir para no perderse nada. Una, no confiar en nada de lo que ve o escucha.

    La otra es no parpadear.

    Pero Boyle complica las cosas más y más a medida de que se va desarrollando el guión ajeno. De movida, Simon (James McAvoy) trabaja en una casa de subastas, donde ladrones profesionales quieren robar, en pleno acto, una pintura de Goya, Brujas en el aire. Simon nos ha contado en off cómo debe hacer para que el delito no se cometa. Así que hace lo que debe hacer, y recibe un tremendo golpe de parte de Franck (Vincent Cassel), líder de los delincuentes.

    Nadie sabía era que Franck estaba confabulado con Simon. Y que por culpa del golpe, éste no recuerda dónde cuernos escondió el lienzo multimillonario. Y allí entra a tallar el personaje de una hipnoterapeuta Elizabeth (Rosario Dawson), a quien acuden sin decirle nada para ver si puede sacarle dónde escondió la pintura.

    Pero como dijimos al comienzo, lo mejor en En trance es no creer nada, ni en nadie.

    Boyle se está especializando en narrar de manera entre fragmentaria y elíptica. Si a los encuadres y la utilización de la banda de sonido -fundamental ya en Tumba…- le agrega flsahbacks y revelaciones una tras otra sin respiro y con mucho vértigo, En trance resultaría más fácil de seguir parando y rebobinando. Pero no se preocupen, que cuando salga el DVD lo podrán hacer, y no es que el filme sea imposible de entender. Para nada.

    Boyle se extralimita. Es un hombre que asume riesgos -como Nolan en El origen-, pero en vez de hacerlo sobre terreno firme, una vez que la espiral arranca, parece no detenerla (no querer hacerlo) nunca.

    Violencia, sexo, torturas, más sexo: ése es el cóctel que sirve en una copa vistosa, lujosa, cuyo contenido tal vez no sea el preferido por quien lo bebe pero, en definitiva, es lo que Boyle ofrece en la carta de tragos.
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  • Rigoletto en apuros
    Cuarteto de lujo

    En su debut como director de cine, Hoffman retrata a músicos retirados.

    Dustin Hoffman eligió para el que terminó siendo su debut como realizador, tras un proyecto que fracasó y no terminó de rodar en los años ’70, un filme de cámara, con cuatro (grandes) intérpretes. Grandes en valores y en edad, a quienes situó en una casa de retiro para músicos (un geriátrico 5 estrellas, con piano incluido) para hablar del amor, la amistad, los celos y el perdón.

    Todo junto puede parecer ambicioso, por el actor de Tootsie eligió un tono entre socarrón y dulce, nostálgico para retratar a estas antiguas glorias de la canción que viven sus últimos años más con el recuerdo que con la vista posada en el futuro. Y se entiende.

    La trama o excusa para hablar de esos temas es el ingreso de Jean Horton (Maggie Smith, 78 años) a la institución en medio del campo, que supo ser novia de Reginald (Tom Courtenay, 76). Allí están también hospedados y sin recibir muchas visitas Wilf (Billy Connolly, 70) y Cissy (Pauline Collins, 72). Alguien tendrá demencia senil, internarán a otro. La escusa final es un concierto para recaudar fondos y salvar a la casa de retiros.

    Por un lado, Hoffman escribió a cuatro manos el guión del filme con el autor de la novela en la que se basa, Ronald Harwood. Ganador del Oscar por el guión de El pianista, y que también adaptó El vestidor y La escafandra y la mariposa, es un hombre que sabe escribir diálogos con personajes en situaciones extremas, pero aquí se permitió jugar con el humor. Por eso Wilf pendula entre ser un sinvergüenza y viejo verde con un tipo de gran corazón. Y Courtenay hace el sobrepeso por ese amor que siente hasta el dolor por la diva que interpreta la gran Maggie Smith.

    Hace unos años, Rigoletto en apuros se hubiese mantenido en cartel en el Grand Splendid de la avenida Santa Fe durante meses. No es que el filme atrase unas décadas, pero el estilo de Hoffman detrás de cámaras es tan convencional como probablemente era necesario. Filme de actuación, es conciso, tiene empuje y un cuarteto para el aplauso.
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  • Iron Man 3
    Iron Man 3
    Clarín
    Manteniéndose vivo

    Downey Jr. pasa más tiempo fuera del traje de hierro, y así puede lucirse mucho más. Ahora pelea contra un terrorista y un científico loco.

    Sin perder el eje de la aventura, la saga de Iron Man es, seguro, las más divertida o, mejor, la más virada hacia la comedia de las producciones de Marvel.

    Sin descuidar el aspecto, la forma del cómic -aunque con el héroe de hierro hasta pueda hablarse de estilo cartoonish , de dibujo animado-, Iron Man 3 renueva al personaje con los mismos elementos que lo hicieron exitoso. El empresario y millonario Tony Stark, en la piel de Robert Downey Jr., se ríe de sí mismo, es megalómano, egocéntrico y tan simpático y entrador como decidido a combatir a los malos de turno. Aquí, un genio de la biogenética (Guy Pearce, como siempre, mejor haciendo de malo) y El mandarín, un terrorista a lo Bin Laden (Ben Kingsley, como siempre, mejor haciendo papeles de dos caras).

    La película arranca en 1999, en la noche de Año nuevo en Berna, Suiza, donde Stark seduce a Maya (Rebecca Hall, la de Vicky Cristina Barcelona, en su primer filme de gran producción) y deja pagando a un científico nerd y cojo (Pearce) que quiere ofrecerle algo. Ya en el presente, el nerd se ha convertido en un galán, que visita las Industrias Stark y tampoco logra convencer a Pepper Potts (Gwyneth Paltrow) de su plan genético.

    Lo que sigue será mejor disfrutarlo en el cine, con o sin anteojitos de 3D, ya que los ataques terroristas harán que Stark deba recurrir a quien y lo que sea para conseguir su traje, contará con la ayuda de un niño (Ty Simpkins), habrá voladuras de mansiones, escenas con varios Iron Manes y un final a lo James Bond de los años ’70, cuando Roger Moore interpretaba al 007.

    Pero lo básico en el triunfo de Iron Man 3 es la presencia de Downey Jr. El actor que supo ser Chaplin se la pasa mucho más tiempo fuera del traje de hierro, lo que le da más oportunidades para su lucimiento que cuando el enlatado pelea. Hay lugar para la autoparodia, los ataques de ansiedad que sufre y sus pesadillas recurrentes, y algunas frases con chispa (cuando le refriegan en la cara que apela a un truco barato y una frase cursi, responde que eso sería una acabada autobiografía) sirven para su lucimiento.

    Con cambio de mando detrás de cámaras, ahora dirige Shane Black, guionista de Arma mortal y también corresponsable del libreto de esta nueva aventura, en la que Jon Favreau -realizador de la Iron Man original y la 2- volvió a reservarse, además del papel de productor ejecutivo, el del jefe de seguridad de Tony, en uno de los papeles más cómicos del filme, El otro... es una sorpresa par descubrir.

    Lo mismo que la ya acostumbrada escenita luego de los largos créditos del final. Después de ver que las compañías de James Cameron y Peter Jackson -entre otras- hicieron los sorprendentes efectos visuales, llega la yapa que adelanta un filme por llegar. Claro, está contado con el mismo humor contagioso que Iron Man 3.
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  • Palabras robadas
    Verdad o consecuencia

    El ascendente Bradley Cooper es un escritor que publica como propia una novela cuyos originales encuentra en un portafolios.

    Cuando la mentira es la verdad podría ser el subtítulo de Palabras robadas, en la que el ser y el parecer, el engañarse a sí mismo y a los otros son los temas abordados en este drama con algo de suspenso de los debutantes Brian Klugman y Lee Sternthal.

    Jansen (Bradley Cooper, de El lado positivo de la vida y ¿Qué pasó ayer?) es un joven escritor al que no le han publicado una letra. Y eso que lo intenta, siempre apoyado por su pareja (Zoe Saldana, de Avatar). Se pasó tres años redactando su primera obra, pero las respuestas de las editoriales van por el lado de “es artístco, es sutil, es una obra de arte”, OK, pero terminan con que “es impublicable”.

    No tienen ni para comer, pero estando de luna de miel en París -los bohemios, se sabe, son así- ella le regala en una casa de antigüedades un portafolios medio maltrecho. De regreso a Nueva York, Jansen encuentra muy bien guardado un manuscrito en el portafolios. Es brillante. No él, sino lo que encuentra. Y esas hojas mecanografiadas ya amarillas sobre una relación de familia, no es que lo inspiran. Las copia, sin cambiarle un punto, la presenta como propia y Lágrimas en la ventana es un best seller. Y “el escritor” se llena de plata, reconocimiento y premios.

    Hasta que (Palabras robadas es de esos filmes en los que si no hay un hasta que, no existirían) un anciano le inicia conversación en el Central Park. Es Jeremy Irons, algo maquillado, algo avejentado. Es el autor de la novela. Y le cuenta sus penas.

    Relato dentro de un relato dentro de otro relato (la historia de Jansen y la del viejo están contenidas en la novela que el autor que interpreta Dennis Quaid en el filme lee a un auditorio), el interés primordial pasa por saber qué hará el joven. ¿Le contará la verdad a su esposa? ¿Y a su editor? ¿Y al mundo entero? ¿Qué busca el viejito?

    Cooper ya se había puesto en la piel de un escritor sin suerte que en Sin límites, con Robert De Niro, conocía los fabulosos resultados de una pastillita que le daba habilidades sobrehumanas. Más lógica y terrenal, Palabras robadas entretiene por ese debate interno del protagonista, por ese personaje que era un perdedor y que de pronto se transforma en un príncipe, hasta que a las 12 pase a buscarlo la carroza...

    Los directores y guionistas, que ya escribieron la historia en que se basó Tron: el legado y preparan otra película, se reservaron pequeños papeles como actores, y no es que se desentiendan de la cuestión. El elenco es importante, sus actuaciones le dan un marco a una historia que plantea al espectador interrogantes. Que después, como Jansen, se haga cargo de lo que sintió.
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  • Lazos perversos
    Mi tío de América

    Más que logrado debut del realizador de “Oldboy” en Hollywood.

    Para aquellos que conocen el cine del surcoreano Chan wook-Park, la primera media hora de Lazos perversos puede resultarles de lo más extraño que hayan visto del realizador amado por Quentin Tarantino. No porque el director de Oldboy no sea tan detallista como siempre, sino porque en el filme los trazos de la tragedia, el temor que sabe infundir y el regodeo con la violencia no aparecen de entrada en su primer filme rodado para Hollywood.

    Todo llegará.

    Para comenzar, el director llamó a Nicole Kidman y a Mia Wasikowska para cubrir los roles femeninos principales, la viuda y la hija de Richard, quien apareció calcinado en su auto. Kidman desde que se operó no es la misma, ni por fuera ni a la hora de elegir los roles que interpretará. Y la segunda palabra del título del filme da una idea de para dónde está apuntando la ex de Tom Cruise.

    El caso de Wasikowska es especial. Está prácticamente irreconocible, pero no por cirugías, sino porque, al margen de tener el cabello teñido de oscuro, la Alicia de Alica en el País de las maravillas se dispuso a jugar su papel en una cuerda muy alejada a lo que había hecho anteriormente.

    La trama comienza a moverse con la llegada del tío Charles al sepelio de su hermano en la casona. la joven India, que no sabía de su existencia, trata de huirle, como quien husmea que su presencia le molesta. O le molestará. La cámara se mueve en círculos en alguna presentación, y da la idea de acoso, de persecución. De caza.

    El rol que Charles jugará en la casona -enorme, por otra parte- comienza a abrir ventanas al espectador sobre la veracidad de lo que se dice. Charles estuvo en Europa, algo que al oírlo le parece extraño a una tía abuela. Cada uno sabe lo que tiene escondido en el ropero, pero también puede haber quien desee conservar sus cosas en el freezer...

    Lazos perversos podría pasarse de manera obligatoria en las escuelas de cine, como clase magistral de construcción de un relato, con personajes que saben más que otros, con ese juego en el que el espectador sabe más que H, pero menos que B, y que desconfía de todos. Y lo bien que hace.

    Kidman ha sido fría y distante en mucha realizaciones, pero cuando ha estado mejor no ha sido precisamente en esos papeles. El inglés Matthew Goode (Sólo un hombre, Watchmen, casi fue descubierto por Woody Allen en Match Pont) tiene a favor no sólo ser el único hombre en un elenco con preminencia femenina, sino que es camaleónico.

    Chan wook-Park sabe lo que hace, evidentemente conociendo a qué público iba destinada su película por encargo. Empieza a construir un relato apto para hollywoodenses, para luego darle el twist, el giro que descoloca.

    Estén avisados.
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  • Jugando por amor
    En tu cabeza hay un gol

    Gerard Butler, el de “300”, es un ex crack de fútbol perseguido por las mamás de los chicos a los que entrena.

    Las películas románticas de Hollywood con deportistas retirados -no que estén por el piso, sino que ya no practican lo que mejor saben hacer- suelen ser sobre béisbol o fútbol americano, pero ¿sobre fútbol (soccer)? Que Gerard Butler sea el protagonista y uno de los productores mucho tiene que ver: es amante de este deporte, y no hace falta ponerle un doble cuando el escocés George Dryer, su personaje, hace jueguito con la pelota.

    Pero más que un filme sobre el deporte, Jugando por amor, del romano Gabriele Muccino (El último beso) el trata sobre los enredos en los que el divorciado George se mete. No se sabe por qué se separó de Stace (Jessica Biel), aunque se intuye que el que metió la pata u otra cosa fue él. Los hechos son que para estar más cerca de su hijo Lewis (9 años), se muda a Virginia, EE.UU., donde su ex ya formó pareja y hasta está ordenando un nuevo vestido de novia.

    Un buen día George acompaña a Lewis a una práctica de fútbol de la escuela y termina siendo él quien dirige a los alumnos, para alegría de unas cuantas madres. Que como hay presupuesto son Catherine Zeta-Jones, Uma Thurman y Judy Greer. También está Dennis Quaid, aunque no se involucra románticamente con Butler como las otras, pero sí juega ese papel de ganso que tan bien le sale a él y a su hermano Randy. Un poco desperdiciado, sí, pero está.

    La película empieza realmente muy bien, con diálogos, ritmo y situaciones que hacen querible al personaje -endeudado, no sabe cómo pagar el alquiler, todo le sale mal-, hasta que la comedia pega el volantazo o habrá que decir da un pase de 40 metros- hacia el almíbar. Lo que parecía un gol de media cancha pasa a ser una jugada estudiada, pensada, bien ejecutada, pero que se caía de maduro el camino para llegar al gol.

    Bien Butler (Thurman -como Quaid- podría ser más pretenciosa), la película entretiene; pintaba para goleada y termina ganando apretada, pero sin pedir la hora.
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  • Roa
    Roa
    Clarín
    ¿Y si no fue él?

    Hay hechos que marcan a las sociedades. Lamentablemente, muchos de esos acontecimientos tienen que ver con algún asesinato. En Colombia, el 9 de abril de 1948 murió Jorge Eliécer Gaitán, un dirigente liberal que aspiraba a gobernar el país. Lo que siguió a su muerte fue llamado el Bogotazo, un levantamiento que cambiaría de cuajo la situación sociopolítica del país sudamericano.

    Roa se basa en el personaje del mismo nombre (Juan Roa Sierra) que fue quien apareció como el responsable del asesinato. El director Andrés Baiz (38 años) tomó la novela El crimen del siglo, de Miguel Torres, para construir un relato que comienza en 1948 y arranca tiempo atrás, para elucubrar o imaginar quién era Roa, cómo era su vida y cuáles habrían sido los resortes que lo impulsaron (o no) a asesinar al dirigente.

    La cinematografía colombiana no tiene la pujanza que ha sabido tener la argentina, y Baiz acudió a la coproducción, que en cuanto a nombres propios le ha aportado a la realización el iluminador Guillermo Nieto. El habitual colaborador de Pablo Trapero, apoyándose a la vez en una dirección de arte muy precisa, logra que el ambiente se sienta bien real.

    Como soporte a la historia es importante, aunque algunos vaivenes del guión hagan por momentos perder el interés y cueste resignificar algunas expresiones de Roa en su casa, o con otros personajes. Mauricio Puentes, el protagonista, sabe dimensionar los distintos estados de ánimo de su personaje. Lo acompaña una segura Catalina Sandino Moreno - María, llena eres de gracia-.

    Patagonik es la “pata” argentina en el proyecto, que tiene a Arturo Goetz en el elenco y al compositor Iván Wyszogrod creando la música de un thriller que, a quienes no estén al tanto de las implicancias que tuvo el hecho real, puede dejarlos a mitad de camino.
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  • 911 Llamada mortal
    Quédate en la línea

    Halle Berry es la operadora y heroína en este thriller en el que raptan a una adolescente, con más suspenso que acción.

    No es usual, en ninguna cinematografía, que en un thriller las mujeres sean las heroínas. Y menos cuando el filme tiene más suspenso que acción. Pues 911: Llamada mortal las tiene, en la piel de una operadora de la central de emergencias de Los Angeles (nuestra reciente visitante Halle Berry) y la joven Casey (Abigail Breslin), la niña de Pequeña Miss Sunshine (2006) que ya no quiere participar en ningún concurso, sino salir del baúl del auto en el que un hombre la ha secuestrado con fines presumiblemente homicidas.

    De bajísimo presupuesto (13 millones de dólares) y un rodaje que demandó menos de 4 semanas, la película se la pasa yendo del rostro de la telefonista Jordan al baúl de Michael (el autor de la historia y guionista Richard D’Ovidio debe ser fan de Michael Jordan). Casey, se comunica con Jordan a través de un celular. Es una película imposible de haber rodado hace 30 años. Pero también es un filme con puntos de conexión con Celular (2004), con Kim Basinger, y en cierta medida con la reciente Contrarreloj, con la hija de Nicolas Cage también secuestrada en el baúl, pero de un taxi.

    Jordan tiene el antecedente de que otra joven terminó en la morgue, por un error de su parte, y no puede -ni el guión quiere- que le vuelva a suceder. Así que promete lo que no debe a la otra voz en el teléfono. Los hombres, sean los policías buenos, ciudadanos que se cruzan con Michael y el propio secuestrador, no tienen la sagacidad, la entereza ni la perseverancia de la enrulada Jordan y la pobre Casey.

    El director Brad Anderson (El maquinista, con Christian Bale, y varios capítulos de series como Fringe y Boardwalk Empire) maneja bien el suspenso teniendo en cuenta la escasez de locaciones y ese ir y venir entre la central del 911 y allí por donde estén Casey y Michael (Michael Eklund).

    El final final , está OK, lo que pasa diez minutos antes ya es obra de una mente algo desquiciada. Al margen de que pueda haber o no secuela -la película ya recaudó cuatro veces su costo original en menos de un mes en cartel en Norteamérica, así que…-, el mensaje, aparte de cierta morbidez y sadismo allí, en esos instantes, es para los delincuentes: no se metan con una capricorniana. Y con dos, menos.
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  • Oblivion: El tiempo del olvido
    Recuerdos del futuro

    La película empieza ambiciosamente, y no es para menos si lo que se va a ver es un filme de ciencia ficción. Un planeta Tierra deshabitado en un futuro posapocalíptico, por 2077, luego de que unos aliens invasores -malos como siempre- llevaron a la devastación, por la utilización de armas nucleares. Así que los humanos que sobrevivieron se exiliaron en Saturno, ya que la luna, que quedaba más cerca, está destrozada, y mientras se pueda extraer agua, Jack Harper y su pareja se quedarán cuidando los drones que aseguran el abastecimiento ante probables ataques extraterrestres.

    Pero hay una fecha. Faltan dos semanas para que Jack Harper y Vika se vayan y dejen la base flotante en el aire. Y a Jack esto le trae recuerdos, o sueños, sobre una mujer que no (re)conoce.

    Con algo de WALL-E -la Tierra devastada, pero con más violencia y sin el humor de la película de Pixar- y, habrá que decirlo, otro tanto del espíritu de Philip K. Dick y su Blade Runner: Jack se asemeja a Deckard en cuanto a las preguntas que se hace sobre su propia existencia. Y que tal si… Al universo de la ciencia ficción mejor se ingresa sin prejuicios, o sino, no se entra. Así que obviamos que el director Joseph Kosinski es el de Tron, el legado. Lo bien que hacemos, porque Oblivion no tiene estructura de videojuego y sí una realización visual impactante. La fotografía es del chileno Claudio Miranda, el mismo iluminador de Una aventura extraordinaria, por la que ganó el Oscar, y que ya había trabajado con Kosinski en Tron…. Rodada en Islandia, entre otras locaciones, es una película de pocos personajes, con -eso sí- un Tom Cruise omnipresente en los 140 minutos de proyección.

    La aparición de más personajes, que conviene no adelantar para no atentar con las sorpresas que le deparan a Jack y al espectador, intentan conferir al relato un sesgo de aventura humanista. Pero está claro que la segunda parte del filme -la vuelta de tuerca- resulta mucho menos rigurosa e interesante que la primera, en la que Jack sobrevuela con su nave ultramoderna cual helicóptero del futuro, y todo es mucho menos discursivo de lo que vendrá después.

    Lo mejor de Oblivion es la imaginería visual. Y como se ve en el filme, hay que creer y/o reventar.
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  • Profesor Lazhar
    Enseñanza de vida

    Esta sensible película sobre la relación de un nuevo maestro inmigrante en un aula escolar de Montreal conmueve con buenas armas.

    Como en toda comunidad que se precie de tal, las asignaciones están repartidas. En la escuela en Montreal, esa mañana le tocaba a Simon ir a buscar las leches y llevarlas a su clase. Pero se encuentra con un cuadro inesperado. Su maestra se ha suicidado, ahorcándose en el aula.

    Candidata al Oscar a la mejor película extranjera, que el año pasado ganó otra excelente realización, la iraní La separación, Profesor Lazhar tiene en común con ella el plantear que si nada en la vida es sencillo, la resolución de los problemas tampoco lo son.

    Y a contramano de mucho cine hollywoodense, la película del canadiense Philippe Falardeau prefiere utilizar un medio tono a la hora de enfrentar la cuestión. La institución, en apariencia progresista, no se hace cargo de lo sucedido más allá de tratar de contener con ayuda psicológica a los niños. Pero quien se ponga al frente de la clase, el Monsieur Lazhar del título original, es un inmigrante argelino que le dice a la directora que estuvo en un colegio durante 19 años, y que se siente capacitado para seguir adelante con la tarea. Se enteró de la noticia por los medios de comunicación, y se presenta a cubrir el puesto.

    La tarea, se sabe, no será única, ni tampoco sencilla.

    Porque nada será igual después de aquel hecho. Habrá chicos más o menos alterados, alguno que se sienta responsable, y una niña, Alice, que llevará la voz cantante.

    Los muchos temas que aborda el filme -la integración y la inmigración, el dolor y la idea de no imponer un pensamiento moralizante, algo que en un filme que básicamente se desarrolla en las aulas de una escuela, es decir bastante- son reflejados con cuidado, buen tino y sin dejar espacio al desborde emocional, que en manos de otro realizador con menos sensibilidad pudo haber llevado al desbarranco.

    Porque el maestro sustituto, que no perdona que la maestra se haya suicidado precisamente en el aula, se hace cargo -tal vez más de lo que debería- de lo que les pueda pasar (ahora) a sus alumnos. El también tiene una historia que lo atormenta en su pasado reciente, y esa revelación traerá consecuencias. Todo ello le da una dimensión diferente al drama que viven los niños.

    No es La sociedad de los poetas muertos, ni tampoco Entre los muros.

    Profesor Lazhar respira por sus propios pulmones, tiene sus propios medios para conmover. Desde la autoridad, los pliegues en su composición y la honestidad que transmite Mohamed Fellag como el profesor, en un papel nada fácil y que es verdaderamente consagratorio. Evelyne de la Cheneliere, la autora de la pieza teatral en que se basa el filme, aparece como la madre de Alice.
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  • Posesión infernal
    Remake de atrocidades

    Siendo muy amplios, puede afirmarse que hay géneros cinematográficos a los que los avances de la tecnología no le han jugado a favor. Es que lo que hasta hace años era imposible imaginar que se podía ver en pantalla, hoy es probable . Y el de terror, más que el de acción, es el género que más lo ha sufrido y menos lo ha podido aprovechar en su veta narrativa.

    Si antes cortar una pierna, un brazo, una mano o una lengua era en la práctica inalcanzable, ahora hay cineastas que se regodean con ello. La saga de El juego del miedo, que empezó precisamente como un juego que planeaba hasta qué punto uno lucharía por sobrevivir, se fue, literalmente, desfigurando. Y esta remake de Diabólico cae entonces en ese mar de posibilidades visuales, descartando el elemento madre del cine de terror, que es el bienamado suspenso.

    Sam Raimi dirigió The Evil Dead (aquí conocida como Diabólico) hace 32 años. Y sucede lo mismo que con La masacre de Texas, de Tobe Hooper, cuya remake era gráfica, sanguinolenta, repulsiva de ver.

    Aquí, algunas cosas han cambiado -no sólo el humor- en la trama: a la cabaña en medio de un bosque solitario llegan cinco jóvenes, pero con la premisa de que deben limpiar de su adicción a las drogas a Mia. Por eso, cuando Eric abra un libro que no debía abrir, y pronuncie las palabras que no debía pronunciar, y un espíritu maligno se apodere de Mia, nadie le creerá una palabra a la pobre joven cuando la ven con los primeros síntomas de la posesión del título. Creen que son efectos de la desintoxicación.

    Y así les va.

    Fede Alvarez es un joven uruguayo, cuyo corto Ataque de pánico (2009, ver en YouTube) fue a manos de Raimi, quien lo apadrinó y lo puso a cargo del proyecto. Difícil saber si el mar de sangre, las mutilaciones y atrocidades en la pantalla fueron todas ideas de Alvarez o sugeridas por el director de la ATP Oz, El Poderoso. Pero el resultado es lo que cuenta, y para aquellos que gustan de tener revuelto el estómago Posesión infernal estará bien. Para los que pagan una entrada para asustarse y así y todo pasar un rato agradable, el asunto es mucho más espeso.

    Los personajes son arquetípicos (el hermano de Mia, que se siente en deuda con ella; el nerd; la chica tonta) y no despiertan la menor empatía. Habrá que ver qué futuro sueña Fede Alvarez, si su inventiva visual se queda anclada en la mutilación, o se corre de registro.
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  • Contrarreloj
    Por la plata y por la hija

    Nicolas Cage debe correr para conseguir US$ 10 millones, o encontrar a su hija secuestrada: todo, hasta que se acabe el pochoclo.

    Hay películas que no hacen mal a nadie. Que pasan por la pantalla, entretienen un rato, y al tiempo se las olvida.

    Nicolas Cage tiene unas cuántas en su haber. La carrera del sobrino de Francis Coppola -de hecho su nombre es Nicholas Kim Coppola- es tan dispar como prolífica. Son 71 títulos desde su debut hace 31 años en Picardías estudiantiles. Pícaro o no, Cage se las rebusca en el cine de acción, donde la pegó con La Roca y Contracara, los dramas -de Adiós a Las Vegas, que le reportó el Oscar, a Alas de libertad y Corazón salvaje- y las comedias de aventuras.

    Contrarreloj es de ésas que Cage hace casi en piloto automático, pero esta vez se olvidó los tics y el peluquín, qué cosa, se disimula mejor.

    Ladrón de bancos -de bóvedas de bancos-, a Will lo están por apresar con 10 millones de dólares en la mano, y decide quemarlos antes, para que la sentencia disminuya. Le dan ocho años, y cuando sale de prisión, su hija adolescente, que se siente abandonada, lo espera menos que sus cómplices y el detective que se quedó con la sangre en el ojo. Nadie cree que Will haya quemado el botín, y sí esperan que los recupere, unos para dividirlo, otro para apresarlo.

    Pero -siempre hay un pero- Vincent (Josh Lucas, lejos de Poseidón y de jugar al galán, con el pelo largo y sucio y una pierna ortopédica) quedó resentido y quiere más que su parte a toda costa. Así que rapta a la hija de Will y le pide que le dé los 10 millones de dólares. Will no los tiene, y sí tiene poco tiempo.

    Rodada en Nueva Orléans, ciudad favorita de Cage donde filmó más de una de sus películas, cambiaron el guión para que de la original Nueva York se pasara a la ciudad post Katrina. Y como de taxis se habla, decidieron que la acción transcurriera durante el Mardi Gras, el carnaval, para que Will se vuelva algo loco en encontrar a su hija escondida en el baúl de un taxi.

    El director Simon West ya había dirigido a Cage en Con-Air, otra de acción con trama ridícula. Lo dicho: pasa rápido, dura lo que un balde de pochoclos.
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  • G.I.Joe: el contraataque
    Nuevo capítulo de la saga basada en los juguetes bélicos.

    El diálogo es textual. “¿Qué vamos a hacer esta noche?” Respuesta: Lo mismo que hacemos todas las noches, ¡Tratar de conquistar el mundo!” Los personajes no son de G.I. Joe, sino que son Pinky y Cerebro, personajes del dibujo animado producido por Spielberg en los ’90, pero son la síntesis perfecta de lo que ocurre en cada capítulo de la saga G.I. Joe, basada en los populares juguetes de Hasbro.

    Como en la primera película, Cobra y sus secuaces quieren hacer lo mismo que Pinky y Cerebro, sólo que ahora van por más. Luego de ser encerrado bajo tierra en una ex mina en Alemania, Cobra logra escapar, quiere terminar un siniestro plan: apoderarse del planeta enfrentándose con las ocho potencias nucleares.

    Antes, los Joes caen en una trampa -no urdida por Cerebro, pero por lo simplista parecería que sí- y antes de que alguien les diga Yankees go home , la mayoría de los soldados quedan aniquilados. Sin una gota de sangre: se sabe que estas películas deben ser aptas al menos para preadolescentes en Norteamérica, y entonces hay violencia, explosiones, fuego, pero nada de fluido rojo.

    Los fanáticos descubrirán que hay caras nuevas y otros personajes/juguetes desaparecen más bien rápido. Como no queda otra, los sobrevivientes busca ayuda en un líder de los Joe: si antes era el general Hawk (Dennis Quaid), ahora es el general Colton (Bruce Willis). Y deben averiguar si el mismísimo presidente de los Estados Unidos los mandó eliminar.

    Interpretado de nuevo por Jonathan Pryce -que fue Perón en la Evita de Alan Parker-, parece cansado, como si el poder no le sentara bien. Igual, nadie se pregunta o responde cómo es que secuestraron al presidente.

    Minucias de la trama, porque lo que importa es la acción. Al grito de Hu ah!

    los Joes son -casi- invencibles. Por ahí está el músico RZA como el maestro de kung fu ciego (que no parodia al de pequeño saltamontes , pero casi), muchos ninjas, más traiciones y solidaridades inquebrantables. Y todo lo que comenzó como un juego, termina así: chicos, a tomar la leche.
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  • Jack el cazagigantes
    Poderoso el chiquitín

    La lucha entre dos mundos antagónicos (o buenos y malos, bah) es tan vieja como la Tierra. Bryan Singer, el director de Los sospechosos de siempre, insiste desde hace un tiempo con la misma idea, sea con los mutantes de X-Men o con Hitler en Operación Valquiria. El poder enceguece, parece, y en términos del Hollywood moderno es más sencillo repartir los roles protagónicos entre varios personajes. A Singer también le gusta ser grandilocuente, por lo que Jack, el cazagigantes le debe haber interesado ya desde el título.

    El cuento anónimo de las habichuelas mágicas, que mojadas germinan y crecen hasta más allá de las nubes, tuvo varias adaptaciones al cine, desde el dibujo animado de Mickey hasta la más reciente El Gato con botas -que no se menciona a Jack-. Con algunos cambios en los personajes y creando más de un gigante ogro, Singer se vuelca decididamente al cine de acción y aventuras, con humor y muchos personajes secundarios -humanos y/o gigantes-.

    Jack (Nicholas Hoult, de Mi novio es un zombie) es el joven granjero que vendía una vaca (ahora va a vender un caballo, pero lo mismo da) y termina con las habichuelas. Cuando éstas crezcan, no quedará otra que treparlas, porque la princesa (Eleanor Tomlinson) anda por ahí. Y Jack, más el heroico caballero Elmont (Ewan McGregor) y el pretendiente de la hija del rey (Stanley Tucci con peluquín) llegarán a un mundo donde los gigantes son generados por computadora, y se nota. El líder tiene dos cabezas, pero no siempre dos cerebros piensan más que uno.

    Y aquí, pese a que se reúne el dúo de director y guionista de Los sospechosos de siempre, no sobran ideas, y las habichuelas, en términos de interés, no levitan demasiado.

    Sí vale el filme como espectáculo, que además es en 3D, por lo que la catarata de vuelos, mazazos y pies grandes están a la orden del día. En síntesis, que si lo que busca es entretenimiento, aquí lo hay.
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  • Verano del '79
    Estampa familiar

    Julie Delpy dirige y coprotagoniza esta comedia costumbrista sobre una extensa familia, que se reúne un día en el campo.

    Hay quienes tienen familias acotadas, y quienes para Navidad se gastan una fortuna en regalos. La de Albertine es de estas últimas. Reunida en la casa en la campiña -la Bretaña francesa- de la matriarca del clan familiar, festejan el cumpleaños de la abuela, y entonces se reúnen hijos, tíos, hermanos, primos y todos los etcéteras que esta suerte de Los Campanelli, algo más osada, ha dirigido Julie Delpy.

    La actriz de Antes del atardecer y Bleu, Blanc y Rouge construye una comedia costumbrista, en la que las discusiones más apasionadas pueden surgir por un tema político o alguna desavenencia que se arrastra sin remedio.

    Armada a partir de recuerdos de su propia infancia -Delpy interpreta a la madre de Albertine; Albertine es ella, y a la abuela de Albertine la encarna Emmanulle Riva-, la película está ambientada en 1979, cuando la estación espacial Skylab estaba por caer a la Tierra. Salvo por una analogía muy básica -la llegada del Skylab y la primera menstruación de la protagonista-, la realizadora opta por hacer una radiografía de los comportamientos de la sociedad francesa de esa época, y en la que los progres de izquierda y los conservadores de derecha bien podían compartir una mesa. Cómo terminaba la cosa, ésa es otra historia.

    La larga jornada en la campiña está vista desde la perspectiva de la niña, cuyos padres liberales le han formateado una manera de enfrentar la vida para la que no está preparada. Cuando le llegue el primer enamoramiento con un chico mayor que ella, quedará inocentemente embobada.

    Delpy construye las escenas desde la multiplicidad de miradas y aprovecha los distintos escenarios -la mesa puesta en el campo, el interior de la casona, la visita a la playa y el sector nudista, la fiesta de adolescentes- para desacartonar la puesta, muy basada en los diálogos, las opiniones y las réplicas.

    Pese a que su posición ante la familia es muy clara, la película abre con una escena en la que cuando viaja con los suyos en el tren, no consiguen sentarse todos juntos, y poco menos que estalla. Cohesión: el mantener la familia unida ante todo problema externo, aunque internamente las diferencias estén. La decisión de iniciar el filme con esa escena no es superflua.
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  • Efectos colaterales
    Peor el remedio

    En su despedida como cineasta, el director de “Traffic” regala un thriller con todas sus marcas. Camaleónica actuación de Rooney Mara.

    La manifiesta despedida de Steven Soderbergh de la dirección en cine -planea seguir haciendo TV, harto de los manejos de los financistas en Hollywood- es un trabajo que lo representa ciento por ciento.

    Efectos colaterales es un thriller en el que los personajes principales no son buenos ni malos, ni héroes ni villanos, son todos ambiciosos y han hecho -o harán- lo impensable para destrozar, arruinarse sus vidas.

    Son personajes ambiguos, sí, pero egoístas al extremo. La trama depara, como todo buen thriller, más que vueltas de tuerca en su desarrollo, sorpresas difíciles de prever.

    La historia se centra en Emily Taylor (la siempre camaleónica y sorprendente Rooney Mara). Cuando su marido (Channing Tatum) sale de la cárcel tras cuatro años en prisión por manejos fraudulentos, Emily se siente algo perdida. Se sube al auto en su garage, apunta a un muro, aprieta el acelerador y choca. En el hospital, por su intento de suicidio, la atiende el psiquiatra Jon Banks (Jude Law), quien ante la depresión de Emily le receta Ablixa, un antidepresivo en etapa de estudio.

    No tardan los efectos colaterales, al margen de las virtudes del medicamento que promueven los anuncios de la TV y la web. Somnolencia, sonambulismo, renovación del apetito y voracidad sexual. Y Soderbergh ahí sirve el thriller: se produce un asesinato.

    Los ataques y acusaciones a la industria farmacéutica están casi en primer plano, pero lo central más que la protesta es cómo se desenvuelven los personajes mencionados, más la psiquiatra que interpreta Catherine Zeta-Jones, que atendía a Emily y ha promovido las bondades y excelencias del remedio.

    Soderbergh ama los filmes corales. Desde sexo, mentiras y video, pasando por Traffic y la saga de La gran estafa, prefiere repartir protagonismo. También opta por no ahondar en la problemática farmacológica, y su denuncia es a los personajes tramposos del argumento.

    Si en el cine es hasta aplaudible que nos engañen, Soderbergh no lo hace. Las cartas están jugadas desde la primera toma, un paneo aéreo que termina en un edificio de Nueva York (¿qué es?) y sí juega con la percepción del espectador.

    Película de tensión, de climas, y de personajes, Efectos colaterales enlaza al espectador y si cuando se acerca a la resolución puede ser maniqueísta y algo simplista, el tono, la sequedad, los engaños e intrigas se sostienen. Es un thriller sin revólveres, sin balas, que se desarrolla tanto en la mente del espectador como en el mundo de la psiquiatría sin remedios.
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  • Una pistola en cada mano
    Confesiones de hombres de 40

    Hablan. Cómo hablan los personajes de las seis historias de Una pistola en cada mano. Lo peor para los protagonistas masculinos es que creen saberlo todo, pero el desenlace de cada secuencia les demuestra lo contrario. Los deja mal parados. En un offside irremediable.

    La película, que transcurre en Barcelona, defenestra a los hombres que rondan los 40. “Lo más jóvenes son más interesantes”, dirá una de las mujeres, que son menos vuelteras, más sinceras y fuertes que los hombres en el guión de Cesc Gay y su habitual colaborador Tomás Agaray.

    La primera historia reencuentra a dos amigos (Leonardo Sbaraglia y Eduard Fernández), uno medicado por stress, el otro sin trabajo. En la segunda Javier Cámara es un padre divorciado que intentará volver a su hogar, pero... En la tercera Ricardo Darín ha seguido a su esposa hasta el departamento del amante de su mujer, y charla en un parque con un conocido (Luis Tosar). La cuarta tiene a Eduardo Noriega tratando de “levantar” a una compañera de trabajo, y en la quinta y sexta se entrecruzan dos parejas, yendo a una misma fiesta (Leonor Watling encuentra en la calle y lleva en su auto a Antonio San Juan, y Jordi Mollá y Cayetana Guillén Cuervo, sus parejas, se cruzan y van caminando). Recién al final las seis tramas se cruzan.

    El título hace referencia a que los personajes masculinos no ponen los huevos en una sola canasta. Y por lo general, terminan enfrentando, con vergüenza genuina, alguna situación embarazosa. Es la regla del cortometraje: el final debe ser más o menos sorpresivo o shockeante.

    Con un apuesta algo teatral, a Una pistola en cada mano le cuesta salirse del formato. No es que puedan cerrarse los ojos y escuchar los diálogos para entender lo que sucede, porque las actuaciones son ricas en gestualidad, hay giros más inesperados que previsibles y un cabal aprovechamiento de los actores. Gay suele filmar películas corales (En la ciudad) y ser ácido. Aquí redobla la apuesta.

    Entretenida y con algún relato mejor construido que otros -se destacan el de Cámara y el de Darín con Tosar-, más que los diálogos las salidas inesperadas de algunos personajes (“Se lo debo -dice unmarido engañado-, después de tantos años de estar juntos”), o “No es culpa de nadie”, y “para qué sirve la madurez”.

    Que hay que afrontar las cosas, de eso habla esta suerte de Confesiones de mujeres de 40, pero masculina.
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  • Los Croods
    Los Croods
    Clarín
    Comer y no ser comido...

    Entretenida desde que empieza hasta que termina es la nueva película del director de “Lilo & Stitch”.

    Entre las películas animadas de los últimos años, dejando de lado a la dinastía Pixar, Chris Sanders demostró ser un director ingenioso, ya en la construcción de los personajes como de las situaciones que deben atravesar. El director que hizo Lilo & Stitch para Disney, saltó a DreamWorks Animation con otra película de un dúo imposible. Si en aquella era una chica hawaiana que adoptaba un extraterrestre -la voz original es de Sanders-, en Cómo entrenar a tu dragón el protagonista era un joven vikingo junto al personaje del título.

    En Los Croods -codirigida por Kirk De Micco-, el universo se vuelve volcánicamente más rico. La familia Croods -papá, mamá, la hija mayor, los hermanitos y la abuela- deben abandonar la cueva en la que vivían en la Edad de Piedra cuando el suelo empieza a moverse y descubrir un nuevo mundo para sobrevivir.

    Sanders cambia la paleta de colores -de tonos ocre en el comienzo, cuando los cavernícolas casi que vivían ocultos, en la oscuridad- a unos más brillantes, con vegetación al salir de la caverna, y con bestias prehistóricas multicolores. No son dos películas distintas, cambia el entorno. Porque Eep, la hija adolescente, es igual de rebelde, y papá Grug es realmente de piedra (“El miedo nos mantiene vivos, no dejen de tener miedo” es su frase de cabecera. “Ya entendí, papá, nunca voy a hacer nada nuevo o diferente”, le dice su hijo Thunk). Algo cambia cuando Eep se encuentra con Guy (lo más parecido al primer homo sapiens), quien le enseña el fuego y se sumará al clan familiar para sobrevivir, si pueden, juntos.

    A quienes ven con asiduidad la animación de Hollywood no sólo muchas situaciones, sino características de los personajes les parecerán reconocibles. Combinación de La Era de hielo 4 y Los Increíbles, Eep es muy parecida a Merida, no sólo porque es pelirroja como la protagonista de Valiente, y la abuelita es como la abuela de Sid en La Era de hielo 4. Por no decir que el animalejo que persigue a los Croods se asemeja en su rostro al dragón de Cómo entrenar a tu dragón.

    No es que Los Croods vayan a cambiar el mundo de la animación ni mucho menos, pero a fuerza de gags, gracia y agudeza se erige en un entretenimiento desde que comienza hasta que termina, para chicos y grandes. Desde la poética idea de montar el sol para ir hasta el mañana, mientras todo cambia y explota alrededor, hasta el placer de la familia por escuchar relatos orales que les cuenta Grug, no es difícil sentirse cómodo entre estos cavernícolas.

    Sanders ya tuvo nominados al Oscar al mejor filme de animación a Lilo & Stitch y Cómo entrenar a tu dragón. Ya le llegará el reconocimiento.
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  • ¿Y si vivimos todos juntos?
    Siempre fuimos compañeros

    Parejas y amigos de la tercera edad, con Jane Fonda y Pierre Richard a la cabeza

    Si para algunos vivir no es tarea sencilla, imagínense lo que es envejecer. Los personajes de esta comedia dramática coral rondan los 75 años y los achaques ya empiezan a formar parte de la rutina diaria.

    Son parejas y amigos desde hace añares, y cuando alguna descubre que tiene una enfermedad incurable (Jane Fonda), y que su esposo (Pierre Richard), que empieza a padecer Alzheimer, quedaría solo en la vida, surge, entre ella y todos, la pregunta del título.

    A diferencia de Amour, otra película sobre el apego y la ternura en momentos en los que la muerte está cada vez más cerca, ¿Y si vivimos todos juntos?

    plantea los problemas de la tercera edad con una sonrisa. O al menos con una mueca. En el grupo de amigos hay quien se mandó una infidelidad con la mujer de otro y, lo que pudo encadenar como una tragedia, pasa como una anécdota. A la comunidad que prefiere vivir así, en lugar de en una institución geriátrica, se suma un joven (Daniel Brühl) que seguirá el comportamiento en la casa en la que viven en común, para un estudio universitario, y le permitirá al director Stéphane Robelin la inclusión de una mirada, primero distante, y luego comprometida.

    La película se basa en esas relaciones amistosas, y no le esquiva el bulto al sexo maduro, a los temores, a la enfermedad, a la soledad y a la muerte. Así como hay un eterno seductor (el personaje de Claude Rich), hay cierta ambigüedad entre los de Fonda y Brühl, que podrían ser la abuela y su nieto. Pero todo es armonioso, digerible y sienta bien.

    El elenco es todo un lujo -sumar a Geraldine Chaplin y otra gloria del cine francés como Guy Bedos- en este filme tranquilo, pausado, que no se hace drama ni cuando la tragedia toca a la puerta de la residencia.
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  • La nana
    La nana
    Clarín
    Con cama adentro

    Los manejos de una empleada doméstica con una familia chilena, con la que trabajó por más de 20 años.

    ¿Cuánto llega a formar parte e integrar una familia una empleada de servicios domésticos, que cocina, lava, aspira y convive con ellos por veinte años? Los manejos de Raquel, la empleada, con sus patrones, y su particular relación con Lucas, el hijo varón más grande, y lo pésimo que se lleva con Camila, la hija más grande, son como hitos en La nana, una coproducción chileno-mexicana con vartios premios en su haber, y que llega a las salas comerciales argentinas tras varios años de retraso -es de 2009-.

    Embarcada en lo que fue una suerte de (¿re?)nacimiento del cine chileno, junto a Tony Manero (2008, de Pablo Larraín, el mismo director de No), La nana trata sobre la lucha de clases al comienzo, para luego adentrarse más en la figura protagónica de Raquel, sus celos cuando, por sus constantes jaquecas y desmayos, le traen varias mucamas para que la ayuden, y cómo ella, que se siente la reina en la casa, empieza a sentir que, como tal, no gobierna.

    El director Sebastián Silva marca de entrada cómo es cada personaje en relación con Raquel, de trato más bien hosco y receloso. El cariño que los patrones le tienen se demuestra con la torta y el festejo de su cumpleaños con que abre la película, pero de golpe y porrazo la trama se abrirá cuando Raquel salga del ámbito familiar y descubra un par de cosas de las que había estado ajena, sumida en su mundo de cuatro paredes.

    La película es homogénea en cuanto al tratamiento narrativo, pero lo cierto es que los personajes no crecen desde que son apenas pincelados. Catalina Saavedra “es” la película, está prácticamente en todas las escenas y con su mirada desconfiada, de pocas amigas, sabe ganarse su sitial en un elenco parejo en una película seca, áspera.
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  • Mi novio es un zombie
    Cuerpos calientes

    Nicholas Hoult, el inglés a quien en un par de semanas veremos como Jack, el cazagigantes, y que hace once años era el chico de Un gran chico al lado de Hugh Grant, es R. Vive en un avión. Pero no en el sentido figurado de que es comandante de a bordo, o asistente de vuelo. Ha hecho literalmente su hogar en una nave en un aeropuerto abandonado. Bah, hay quienes deambulan por ahí. R es el zombie del título en castellano del más entrador Warm Bodies (cuerpos tibios) del original.

    R es, entonces, un muerto vivo ambulante, que junto a otros cadáveres tiene rasgos en común. No sangran, no sienten dolor, se mueven -despacio- en grupos, están pálidos y huelen a podrido. Pero lo que lo diferencia es que R se ha comido el cerebro de Perry, el novio de la más humana Julie (Teresa Palmer, de El aprendiz de brujo y Cuentos que no son cuentos), y así “siente” lo que él sentía, y así está “un poquito menos muerto”. Y se enamora de Julie, la hija del jefe de la resistencia -un John Malkovich con la misma cara de extrañeza de siempre: podría estar en Relaciones peligrosas o ser Athos, Murnau o el Dr. Jekyll-, a la que salva del ataque de otros cadáveres, y ambos se enamoran.

    Mezcla de comedia romántica con algún leve toque de terror -está lejos de ser una película de Sam Raimi, y a miles de kilómetros del primer Peter Jackson, cuando el creador de El Señor de los anillos aún no había salido de Nueva Zelanda-, Mi novio es un zombie tiene algunos gags muy bien trabajados, una banda de sonido que aprovecha canciones vintage ( Missing You de John Waite, Guns N’ Roses, Scorpions, Bob Dylan) y otros momentos en que el ritmo y la trama desbarrancan.

    Jonathan Levine ( 50/50) tal vez no quiso hacer una nueva Twilight, pero le pasó raspando…
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  • En la mira
    En la mira
    Clarín
    Los Angeles, al desnudo

    Un policial con Jake Gyllenhaal, en el que el compañerismo y la violencia son los ejes. Cumple el propósito de entretener.

    ¿Thriller, drama policial o reality show?

    En la mira sigue en lo básico a una pareja de policías que patrulla el barrio de Newton, en Los Angeles, y lo hace con cámaras y dispositivos HD colocados en el coche, y hasta en el pecho, cerca de la placa, de Taylor (Jake Gyllenhaal), con el pretexto de que el personaje está haciendo un proyecto de documental.

    Esa inmediatez reditúa desde lo formal. Desde el contenido, primero parece un “buddy filme” policial, como Arma mortal o 48 horas, en vez que con un blanco y un negro, con un blanco y un latino. Pero esa camaradería que hace a un buddy film - Una extraña pareja y Butch Cassidy también lo fueron- sobrepasa a la trama, que enfrenta a los oficiales Taylor y Zavala (Michael Peña) con la lucha entre narcos de color y mexicanos.

    Se ha dicho que Gyllenhaal y Peña se subieron a patrullar como investigación de sus papeles durante cinco meses. Cuántas veces hemos oído algo similar de otros actores para consustanciarse con lo que les sucede a sus personajes. La cosa es que ese se vea reflejado en la pantalla, y en el caso de En la mira, funciona.

    El guionista y director David Ayer había escrito el libreto de Día de entrenamiento, también sobre una pareja de policías, pero con un Denzel Washington corrupto. Aquí se está del lado bueno de la ley, y aunque hay clisés -desde el café humeante hasta las pujas internas entre los agentes-, todo zafa en relación a lo que se quiere contar.

    Los policías tienen pareja o familia, se cuidan espalda con espalda. Los narcos hablan soez, son sanguinarios y desprecian la vida ajena. Tampoco es que ofrezca una mirada condescendiente sobre la fuerza policial (esto no es Comandos azules). Hay resentimientos raciales, escenas de violencia como para revolver el estómago y dos actuaciones como las de Gyllenhaal y Peña (de Vidas cruzadas y Fuerza antigángster) comprometidas y que reflejan un compañerismo sincero.

    La película abre con una persecución, con la cámara puesta en el patrullero que parece una versión más seria de cómo arrancaba La pistola desnuda. Ciertamente terminará teniendo otra entidad, y otro objetivo. Pero el mismo propósito de entretener, lo cumple.
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  • Anna Karenina
    Clásico revisitado

    Con una trama que no envejece, esta versión de la historia de Tolstoi muestra a una Keira Knightley a la altura de las circunstancias.

    Filmada infinidad de veces, tal vez porque es un clásico sobre la infidelidad, que no envejece, esta versión de Anna Karenina le escapa a la adaptación precisamente fiel.

    Sí, los personajes y las situaciones son en la práctica los mismos, pero hay una carga erótica más explícita que la que Vivien Leigh y Greta Garbo le podían dar en 1948 y 1935.

    La puesta en duda de la virtud de una mujer, por ser infiel, y el coraje de la misma por dejar a su marido y su hijo por su amante son los dos tópicos sobre los que tintinea la campana del filme. Que nunca se detiene y va de un extremo al otro.

    Anna viaja de San Petersburgo a Moscú a reparar la relación entre su hermano y su cuñada, porque él le ha sido infiel con una institutriz. Pero mientras Kitty, la hermana de su cuñada, coquetea con el conde Vronsky en una fiesta, Anna y el noble se sienten atraídos. Anna morderá la manzana y nada será igual para ella, que es mostrada en esta versión como una gran seguidora de los libros de Bucay.

    Previsor, o porque leyó el libro de Tolstoi, de 1877, el conde le advierte a su futura amante que “Sólo desdicha o la mayor felicidad posible” les espera. Cuánta verdad.

    Para acentuar -aunque consigue exagerar, que no es lo mismo- la vida artificial de Anna en la Rusa imperial, las acciones se sitúan prontamente en el escenario, las bambalinas y la platea de un teatro.

    Un problema que afronta la película es el casting. Keira Knightley sabe llorar y sufrir. Lo viene haciendo desde hace años, tal vez porque le aprieten los corsés o los vestidos de época, pero lo hace muy bien. Joe Wright, que ya la dirigió en Orgullo y prejuicio y Expiación, deseo y pecado, sabe cómo enaltecerla e iluminarla desde abajo, de frente y de costado.

    Distintos son los casos de Jude Law, como Karenin, el esposo engañado, y más aún el de Aaron Taylor-Johnson ( Kick-Ass), como el conde Vronsky. Porque si en el guión del dramaturgo Tom Stoppard -que ha escrito el de Shakespeare apasionado, pero también el de Brazil- muestra a los hombres -todos los hombres- como pusilánimes, cobardes, tipos sin ánimo, los dos amores de Anna son como marionetas.

    Ganadora del Oscar al mejor vestuario, Anna Karenina se luce por eso, por su ropaje externo, su ambientación. Claro: Greta hubo uno sola.
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  • Parker
    Parker
    Clarín
    No es ni el director de Evita ni el base de los San Antonio Spurs.

    Parker no tiene nombre de pila, y a poco de desandada la acción, tampoco identidad. Parker es algo así como la suma de todos los miedos -para sus adversarios- y un hombre inclaudicable con sus principios. Que tal vez no tengan fin, pero eso es otra cuestión.

    Qué bueno sería toparse con un tipo como Parker en la vida real. No porque sobreviva a todo tipo de ataques -golpes, balas, cuchillos, caídas estrepitosas-, porque eso sería irreal. Parker dice “si digo que voy a hacer algo, lo hago”. Y lo hace. De vivir en la Argentina, sería un buen peronista -por aquello de mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar-. Pero, no, Parker surgió de la mente del novelista Donald E. Westlake, de quien ya han adaptado A quemarropa (con el seudónimo de Richard Stark) y luego el guionista John J. McLaughlin (la reciente Hitchcock) lo convirtió en un vengador al mejor estilo Gibson o Stallone.

    Pero como Mel y Sylvester ya están viejos para esto, Taylor Hackford -¿se acuerdan de Reto al destino o Ray? Bueno, él- llamó al inglés Jason Statham, que igual tiene un rostro de un solo gesto, pero es mucho más joven y cobraría menos.

    A Parker, luego de un robo en una kermesse, sus compañeros de atraco lo traicionan. Intentan liquidarlo, pero ya dijimos que, volviendo a las analogías con nuestro país, es como Durax: irrompible. Así que planea la vendetta, cuando lo creían mirando los rabanitos desde abajo, bajo tierra.

    Y ahí entra el personaje de Jennifer Lopez, una latina -cuándo no- que trabaja en una inmobiliaria en Florida y que terminará enganchándose más de lo que cualquier guionista sensato hubiera permitido. Parker quiere que le devuelvan los 200.000 dólares que le sacaron. Y, aquí al cambio blue, se entiende: hace la diferencia.

    Qué hace Hackford dirigiendo esta violenta película, no se sabe, porque además la produce. Uno de los malos es interpretado por Michael Chiklis, hoy en la serie Vegas y actor de Shield, además de ser el forzudo de Los 4 fantásticos. Y está Nick Nolte, más gordo que viejo. Así que plata para el elenco, hubo. En lo que se quedaron cortos fue en las ideas. Igual, Parker, pese a lo violenta que es, o quizá por ello, por lo exacerbada e increíble, no hace mal a nadie.
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  • Hitchcock: el maestro del suspenso
    Una pareja de entrecasa

    De sus múltiples frases famosas, a Alfred Hitchcock le gustaba repetir particularmente una.

    “Copiarse a sí mismo es estilo”, les mascullaba a los periodistas o críticos que le marcaban ciertas semejanzas en sus realizaciones -las protagonistas rubias, los inocentes acusados de algo que no cometieron-. Después de su enorme éxito con Intriga internacional, el enorme director -en más de un sentido- quiso probar que podía volver a sentir esa adrenalina de los comienzos, de su juventud, cuando rodaba en estudios en su Inglaterra natal con su amada Alma, ahora su esposa, a su lado.

    Hitchcock, contra todos los pronósticos, atacó Psicosis, una novela de Robert Bloch sobre un asesino serial, del que tomó sólo algunos elementos. Cuando Paramount no quiso poner un dólar, él y su esposa hipotecaron su mansión en Los Angeles para producirla. No imaginaban que iba a ser el mayor éxito de su carrera.

    Y Hitchcock, la película, es la historia de cómo Psicosis (1960) acabó en lo que terminó -un clásico del cine de suspenso y terror, rodado en blanco y negro-, y si cuenta su génesis, su rodaje, también desnuda la relación entre el maestro del suspenso y su mujer, Alma Reville.

    Un vínculo de entrecasa -en camas separadas- y laboral, con Alma en un segundo plano, pero que era su estrecha colaboradora -cuando no musa- en la elección del elenco, la escritura del guión, su ayudante en la mesa de edición...

    Para quienes no estén al tanto de esa comunión, puede sorprender la inseguridad del realizador de Los pájaros, los celos que despertó en él la atención que su amada le dispensaba su amigo Whitfield Cook (Danny Huston), un guionista que sólo quería que Hitch le filmara un trabajo y que el panzón creía que mantenía un affaire con su mujer.

    Uno de los logros del filme del debutante en el largo de ficción Sacha Gervasi radica en la elección del elenco, con un Anthony Hopkins metido hasta la médula en su interpretación, externa e interna. Ahí está Hitchcock, solo en el hall del cine, mientras la première de Psicosis hacía gritar a los espectadores en la escena de la ducha, marcando cada cuchillada como un director de orquesta. Y allí está Helen Mirren, soberbia como la abnegada pero díscola esposa, que supo estar al lado (y detrás) de su hombre.

    Cómo se rodó la escena del asesinato de Marion (con una Scarlett Johansson que no, no se parece a Janet Leigh, pero que supo tomar su espíritu y sentido del humor), la elección de la música de Bernard Hermann, la entrevista a Anthony Perkins, los maniqueos manejos -y los sueños- del director con sus actrices, todo está en la película.

    El guión es de John McLaughlin, que si ya supo desconcertar en El cisne negro con qué era real y qué sueño o pesadilla de su protagonista, aquí tiene un personaje rebosante de temores, dudas, vacilante e inseguro. Como para que la respuesta a ¿quién era Hitchcock? siga sin tener una respuesta.
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  • Oz: el poderoso
    Lo que había antes del arco iris

    El director de “El Hombre Araña” hace la precuela de “El Mago de Oz” con algo de homenaje y cataratas de artificio.

    Disney asumió un reto mayúsculo con Oz, El Poderoso. Porque tomar un clásico de clásicos como El Mago de Oz y crearle una precuela en la que explique el origen del Mago no le garantizaba nada más que riesgos. En vez de renovarle la confianza a Tim Burton -si a una película se parece Oz, El Poderoso es a la adaptación de Alicia en el País de las Maravillas que estrenó hace exactos tres años para la compañía de Mickey-, contrató a Sam Raimi, que se llevó con él, de la franquicia de El Hombre Araña, a James Franco. Y las brujas son tres estrellas de Hollywood, como Michelle Williams, Mila Kunis y Rachel Weisz.

    El comienzo es verdaderamente alentador. Raimi presenta a Oscar Diggs, un mago de circo ambulante de trucos de poca monta, en Kansas por 1905, y lo hace en el viejo formato de 1:33 del cine (pantalla cuasi cuadrada) y en blanco y negro. Si el director de Evil Dead quiso homenajear al Hollywood de antaño, vaya que lo logra. La magia del encuadre, el blanco y negro y la utilización del 3D, curiosamente, se reduce cuando la pantalla se expande y Oscar ingresa tras ser llevado por un tornado al mágico mundo de Oz, donde allí todo parece en technicolor.

    La historia, entonces, pega el giro: es la de un hombre que está acostumbrado a embaucar, y que cuando le piden que lo haga, no sabe cómo hacerlo. Porque todos, comenzando por Theodora (Kunis), la bruja que lo encuentra y cree ver en el mago de sobretodo, sombrero y maletín al salvador de Oz de los efectos de la Malvada Bruja. Su hermana, Evanora (Weisz) no está cuidándole el trono como parece, sino que guarda un secreto, culpando a Glinda, la Bruja Buena (Williams) de ser la malvada.

    La película tiene tres partes bien diferenciadas. La primera -y mejor-, rodada en blanco y negro. Luego sigue algo así como una transición un tanto extensa, hasta llegar a los momentos del desenlace, con más efectos y donde el público infantil -que se pegará alguno que otro susto con apariciones sorpresivas en pantalla- la pasará mejor.

    Oz, El Poderoso luce -premeditadamente- fingido, como si el mundo de ilusión se apoderase de todo (el Palacio Esmeralda, los caminos, y también los personajes). Raimi, que ha sabido coquetear con humor, otras veces, las situaciones más inverosímiles de sus relatos, pareciera no definir si quiere hacer -bien- un artificio esplendoroso. Porque todo lo que se ve es ciertamente alucinante, vistoso, magnífico, pero tanta ficción no permite zambullirse de lleno en la historia. ¿O es que la historia es humilde y el envoltorio se come a la película?

    O los árboles de Oz no permiten ver el bosque, o hay tanto bosque que no se distingue el corazón, las entrañas de la película.
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  • Magic Mike
    Magic Mike
    Clarín
    Desnudito por la vida

    Al prolífico Steven Soderbergh -26 títulos en 24 años-, cuando no dirige comedia o thriller romántico, le encanta retratar personajes que tienen fuertes principios, o buscan un sentido en sus vidas.

    Al Mike de Magic Mike de día le pagan sus jornales trabajando en la construcción. De noche, de ahí sus ojeras, exhibe su musculoso cuerpo semidesnudo en un local de strippers. La paga es mayor en sus tareas nocturnas, por lo que el espectador se preguntará para qué arregla techos cuando sale el sol. Es que debe conocer ahí a Adam (Alex Pettyfer), y llevarlo al mundo de la noche. Era por eso.

    Channing Tatum, el protagonista, antes de entrar a Hollywood ( Step Up, camino a la fama, G.I. Joe) y ser modelo, fue stripper. Conoce el mundo y es coproductor del filme.

    Magic Mike puede parecer menos pacata de lo que en verdad es. Su protagonista tiene un sueño, el que alimenta con los dólares que junta cada noche: abrir su negocio de muebles de artesanía. La dupla Soderbergh/Tatum esboza más que plantea que si todo no se compra y todo no se vende, algo se puede vender hasta alcanzar lo suficiente para hacer lo que uno quiera. Es discutible.

    Magic... también es la historia de ese muchacho naif, que de a poco se sumerge y le cuesta emerger del show business del strip tease, porque a diferencia de Mike, que sabe que el fin justifica los medios, por lo que el medio no debe deglutírselo y terminar siendo como Dallas (Matthew McConaughey), el dueño del local, Adam cuando empieza a contar los billetes que las damas le dejan en su tanga, advierte que hay otra manera de volverse más rico -la droga-.

    Soderbergh no mira a las mujeres que miran, sino que detiene su cámara sobre el escenario, en bambalinas y en la intimidad de los strippers. Se detiene en el narcisismo -y también en las rutinas de strip, que seguro harán transpirar un poco a las señoritas y señoras de la platea-, pero no termina de decidirse por desnudar lo que hay en ellos, o que todo sea un cuento con moraleja incluida. Porque empieza siendo casi una comedia, y muy divertida, hasta que se pone más oscura y dramática. Como si Mike y Adam fueran dobles de cuerpo.
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  • Broken City
    Corrupción se escribe con sangre

    Mark Wahlberg y Russell Crowe protagonizan este thriller en altas esferas del poder.

    Bien dicen que favor con favor se paga, pero que una mano lava a la otra es lo más parecido a lo que plantea, en sus comienzos, Broken City, filme que dirige en solitario Allen Hughes -con su hermano gemelo realizó Desde el infierno y El libro de los secretos-.

    En efecto, la película abre una noche con el policía Billy Taggart (Mark Wahlberg) con el arma casi humeante. Acaba de dispararla contra un acusado de haber violado a una menor. Pero en el juicio posterior que le realizan, no encuentran pruebas de que Taggart haya asesinado a sangre fría al violador, y queda libre. Lo recibe (“para mí es un héroe”) el alcalde de Nueva York, en su despacho. Parece que un testigo vio que le disparó estando indefenso, así que lo mejor es que se retire y olvidemos el asunto.

    Taggert, que con el rostro curtido de Mark Wahlberg, ya sabemos que es capaz de volver a los tiros, pudo olvidar aquello, pero el alcalde, no. Y seis años más tarde lo llama por un asuntito que quiere que investigue, como detective privado que ahora es. El alcalde está ante nuevas elecciones, quiere la reelección, pero sospecha que su mujer está teniendo un affaire. No quiere que esa información llegue al publicista de campaña de su contrincante político. Así que quiere discreción y saber quién se acuesta con su esposa.

    Tal vez si estos dos personajes no tuvieran el rostro de Russell Crowe y Catherine Zeta-Jones, Broken City -por ciudad podrida, más que rota- no tendría la potencia que termina adquiriendo. No es que los personajes estén mal construidos, todo lo contrario, sino que las vueltas del guión van enhebrando una complejidad tras otra, y lo que uno cree al comienzo bien puede cambiar si tan sólo pestañea.

    Los thrillers que involucran a políticos poderosos, gente que tiene cosas por ocultar bajo la alfombra o en el ropero y que bebe whisky sin hielo y casi desde la botella hemos visto muchos. Pero como éste, que va creciendo como una bola de nieve, no tantos.

    Broken City no es apta para quienes confían en la política, y en la policía. El resto de los espectadores la pasará bárbaro, descubriendo junto a Wahlberg que la corrupción se escribe con sangre.
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  • The Master
    The Master
    Clarín
    El dependiente

    El precio que uno está dispuesto a pagar por sentirse refugiado y comprendido es el eje del filme, con un Joaquin Phoenix excepcional.

    Las películas de Paul Thomas Anderson son algo así como la antítesis del Hollywood tradicional, que da soluciones a toda trama, es simple, nunca incomoda y da todo semideglutido para el espectador. El creador de Magnolia es todo lo contrario. Plantea sus historias de una manera nada convencional. Involucra al público en historias que a veces parten de un joven tratando de encontrar refugio en una familia o congregación o como se le quiera denominar al clan de Boogie Nights o a la Cienciología. Son seres impulsivos ( Petróleo sangriento), cuando no indecisos, necesitados de afecto ( Embriagado de amor), contención y comprensión.

    En The Master el tema es el precio que uno está dispuesto a pagar por sentirse protegido o formar parte de lo que sea -puede ser una religión, como en esta ficción sobre la Cienciología, o una ideología o movimiento político- cuando los límites se tornan difusos y ya no se sabe si se cree en lo que se le dice o si el lavado de cerebro fue tal que condiciona cualquier pensamiento. El problema es el abuso de confianza.

    Pero Anderson también propone -y desarrolla- la necesidad de convivir o congeniar con otro, y no precisamente como pareja, cuando la relación de camaradería entre dos hombres se torna casi como una adicción irrefrenable, patológica. Freddie (Joaquin Phoenix) es la inestabilidad caminando. Reciente veterano de la Segunda Guerra, le cuesta horrores reinsertarse en la sociedad. También es muy probable que antes de enlistarse haya sido un rebelde inadaptado y marginado. Lo cierto es que conoce a Lancaster (Philip Seymour Hoffman), padre de La Causa -eufemismo por Cienciología-, quien con distintos métodos lo convence, o al menos Freddie se vuelve su adláter.

    Pero sería minimizar decir que uno tiene un corazón salvaje, y el otro es un charlatán -eso sería en una película media de Hollywood-. Anderson presenta cada encuentro entre Freddie y Lancaster como un tour de force . Y en eso las interpretaciones -no actuaciones- de Phoenix y Hoffman son significativas, sustanciales.

    Ya desde lo físico, encorvado y con la mirada inyectada de morbo, el actor de Gladiador construye un personaje único, de innumerables matices, al que sus tonos de voz y su crispación lo vuelven tan magnético como hipnótico es el que edifica Hoffman. Son dos caras de una misma moneda, unidas no sólo por los cócteles explosivos que con solvente el alcohólico Freddie le prepara a su maestro. Los daños emocionales que el maestro le inflige a Freddie, ¿hablan de una posterior cura? Freddie, tras conocer al Maestro, ¿está mejor?

    Es esa dependencia insana, casi mutua, esa devoción -otra constante en la filmografía de Anderson- la que vuelve a la historia tan enigmática. Trata sobre la lealtad, también sobre la traición y la pasión -los personajes femeninos, como el de la esposa de Lancaster, por una Amy Adams excepcional- cuando nada de ello está edificado sobre bases firmes.

    Y desde lo formal, rodada en 70 mm, la iluminación de Mihai Milamare Jr. -vino a la Argentina a hacer la fotografía de Tetro, de Coppola- y la banda sonora de Jonny Greenwood, apuntalan la columna vertebral del filme.

    El cine de Paul Thomas Anderson tiene una entre otras enormes virtudes: incomoda.

    The Master nos pregunta por la malicia de ciertos cultos, si hay esperanza en el ser humano, y cuestiona la fragilidad de su esencia.
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  • Germania
    Germania
    Clarín
    Raíces, con olor a tierra fresca

    Premiada en la última edición del BAFICI, la bella película de Schonfeld destila honestidad.

    La vida en el campo tiene sus bemoles, y más si los que viven allí son campesinos que trabajan la tierra o, como en el caso de Germania, viven de la crianza de aves, y no son dueños de hectáreas. Los protagonistas de esta película, premiada en el último BAFICI, son inmigrantes, descendientes de alemanes en Entre Ríos. Son gente de pocas palabras, pero de miradas fuertes. Saben lo que quieren, y si no, apuestan por descubrirlo.

    La granja está a poco de quebrar -las gallinas se mueren-, por lo que hay que emigrar. Y los que más sufren son los adolescentes. Hay amistades que pueden quedar truncas, y hay amores complicados que pueden tener finales no deseados.

    No es ésta una película de mera observación, sino un trabajo sobre el amor, la necesidad de establecer vínculos ciertos, concretos -la falta de raíz, la emigración de la familia es más que una simple alegoría-, trabajada con una iluminación y un aprovechamiento del campo visual inusual. Maximiliano Schonfeld trabaja con sensibilidad tanta su puesta como el manejo de los actores no actores, haciendo creíble, con un registro entre la ficción y la mirada documental, lo que les sucede a los personajes.

    La gran apuesta de Schonfeld es saltar por sobre la valla que sería relatar cómo se relacionan en una comunidad que se supone cerrada -no como los amish de T estigo en peligro, más en la línea de Luz silenciosa, de Carlos Reygadas- y desmenuzar los vínculos.
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  • Los miserables
    No fue un sueño, después de todo

    El revolucionario e innovador musical, candidato al Oscar, es un relato hiperromántico.

    Son muchos los motivos por los que Los Miserables fue y es un musical revolucionario. Porque su innovación va más allá del tremendo éxito de taquilla en el West End londinense y en Broadway. Su popularidad es una consecuencia.

    Tiene romances, acción, drama, heroísmo, gente de principios, solidaridad, malvados… no le falta nada. ¿Será el idealismo revolucionario que lo inspira -e inspira-? En el musical, y el filme, sus personajes cometen errores. Fracasan y sufren frustraciones. ¿No son ésos los personajes más ricos a los que se puede apelar?

    Los Miserables cambió de cuajo la historia del género musical en escena. Libremente inspirada en la novela de Victor Hugo de 1862 -una defensa sobre los oprimidos en la Francia de comienzos del siglo XIX, una pluralidad de personajes que van pasándose el protagonismo-, la obra producida por Cameron Mackintosh integró, junto a El Fantasma de la Opera y Cats, la llamada trifecta inglesa que le pegó un cimbronazo a la realidad de Broadway, la revitalizó en los ’80.

    La trama nos presenta a Jean Valjean (Hugh Jackman), un hombre que pasó casi 20 años preso por robar un pan, que es y será perseguido in eternum por el inspector Javert (Russell Crowe). Valjean reconstruirá su vida, será alcalde y dueño de una fábrica en la que es injustamente despedida Fantine (Anne Hathaway), quien venderá su cabello, sus dientes y su cuerpo para poder enviarle dinero a dos inescrupulosos posaderos (Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter) para que cuiden a Cosette, su hijita (ya mayor, Amanda Seyfried).

    Pasarán los años y la rebelión de los jóvenes por la libertad, abrazando los principios de la Revolución francesa, creará nuevos romances y pasiones, con Valjean y Javaert enfrentándose, desde lo físico y las canciones.

    La película logra como pocas veces transmitir ese aliento, esa pujanza, ese hiperromanticismo que hará galopar varios corazones.

    Para conseguir esas vibraciones, el director Tom Hooper ( El discurso del rey) hizo que los actores cantaran en vivo. Esto es novedoso para un musical en cine. Usted nunca vio algo así. Los intérpretes no grabaron previamente sus voces y hacían mímica mientras los filmaban. Cantaron en el set -tenían puesto un dispositivo en el oído, con el que escuchaban un piano que les marcaba el tempo- y recién después se les sumó la orquesta en la edición.

    Y con ese falso irrealismo -¡es un musical!- se gana potencia. Se aprecia, se siente.

    Todo esto necesita de actuaciones que crispen y un trabajo de cámara que haga elocuente hasta lo sutil. Los grandes escenarios o campos abiertos que presenta la pantalla eran imposibles en escena, y en eso radica la adaptación, la traslación. No es que el filme se base en el musical, sino que lo traslada . Hooper no corre otro riesgo que ése: llevar las canciones y las acciones al cine.

    Y lo bien que lo hizo.

    Tal vez exagere en la abundancia de primeros planos de los actores cantando. Pero de haber alejado la cámara y elegido una puesta menos enamorada de los personajes, no estaría “el” momento de Anne Hathaway. Directamente se apropia durante tres minutos de absolutamente todo. Canta en un solo plano I Dreamed a Dream. Y si es cierto que la partitura de Los Miserables, de Claude-Michel Schönberg y Alain Boublil, es una de las mejores de los musicales modernos, ese tema hay que interpretarlo desde las vísceras. Y Hathaway las muestra.

    No hay escenario que rote en el momento de las barricadas. Sí hay gente, de nuevo, de principios. Hay textos que hablan de que “ ahora la vida ha matado el sueño que yo soñaba” . Hay amantes que entregan hasta lo que no tienen. ¿Y existen frases más románticas que “ estoy perdido hasta encontrarla ”, o “una noche llena de ti, un corazón lleno de amor ”?

    Hackman, Hathaway, el mismísimo Crowe -no es un improvisado en el musical, los ha actuado en su juventud-, todo el elenco es un lujo en un filme con sus rubros artísticos -diseño de producción, iluminación, vestuario, maquillaje- en un altísimo nivel, que deja las emociones a flor de piel.
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  • Duro de matar: un buen día para morir
    El último guapo en camiseta

    “Abuelo”. Así le dicen ni bien empieza la proyección de Duro de matar: un buen día para morir a John McClane. Es cierto que ya pasaron 25 años desde la primera de las cinco películas con Bruce Willis como el policía, ya veterano y se ve que sin ánimos de jubilarse -anuncian, cómo no, que habrá una sexta-. McClane, con ese gesto entrecerrando los ojos y levantando la nariz, como de oler excremento de Willis, y su camiseta blanca -ahora, con mangas cortas- ya ha detenido a terroristas en Los Angeles y Nueva York.

    Ahora salta a Rusia.

    No, la película no atrasa 30 años (la trama transcurre en tiempo presente) como para que los malos sean del otro lado de la ya inexistente Cortina de hierro. La -llamémosle- historia tiene a John viajando a Moscú para rescatar de prisión a su hijo Jack (Jai Courtney, de Jack Reacher), apelando a la historia del padre y el hijo que se llevaban mal, pero ante una circunstancia difícil, la sangre tira.

    Y vaya que tiran sangre. Balaceras, peleas cuerpo a cuerpo, explosiones, persecuciones por las callecitas de Moscú destrozando autos -noten el sedán azul que, estacionado con la puerta abierta, chocan no una sino dos veces-: no falta nada, pero falta algo. McClane en la película original, dirigida por John McTiernan (1988), era un outsider, enfrentando a un grupo terrorista que tenía apresados rehenes en un edificio en Los Angeles. Era él solo contra el mundo. Tenía que ingeniárselas. Justo lo que aquí no abunda: ingenio en la construcción del personaje y las situaciones.

    Ahora está peleando con su hijo, en verdad un agente de la CIA tratando de liberar a un preso político que puede hundir a un funcionario ruso.

    Que el malvado de turno -no el funcionario de traje, sino el que se ensucia las manos- masque zanahoria cual émulo de Bugs Bunny no es más que una nota de color. Que McClane transpire su pelada, caiga de alturas increíbles, atraviese ventanas -el vidrio roto siempre rinde como efecto cinematográfico- y siga en pie, apenas manchando su mítica camiseta, ya es un rasgo de humor. Porque McClane no es un superhéroe, no tiene superpoderes. Pero hay algo en su ADN.

    “¿No es siempre por dinero?”, se burla Willis/McClane del trabajo de los malos. Y, si él lo dice...
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  • La niña del sur salvaje
    Soy fuerte y resisto

    Es una suerte de enunciado, de homenaje a la resistencia a los que no quieren abandonar lo que sienten que les pertenece, enfrenten un huracán, una inundación o designio divino.

    Opera prima, rodada en digital con un estudiado tratamiento rústico, las acciones de esta hiper- independiente candidata al Oscar transcurren en el delta de Louisiana, en La Tina (o Bañadera) donde sus habitantes, que viven de forma bastante precaria, están como aislados del resto de la civilización. Allí, Hushpuppy (Quvenzhané Wallis, a sus 9 años la más joven candidata al Oscar como mejor actriz protagónica) vive en una casilla apenas separada de la de Wink, su padre enfermo. Su madre falleció, se viene una tormenta que probablemente los deje sumergidos y deban marcharse. Pero no. Papá es duro de roer.

    Filme de climas -lo que no quiere decir que no pase nada en su trama-, la película se ve sucia, como el lugar que retrata. La trama tiene a la niña creando en su imaginación personajes, ya sean las bestias del título original, o a su madre muerta, a quien ve o adivina en una camiseta de básquet.

    El debutante Benh Zeitlin confronta la ilusión y el realismo mágico de Hushpuppy con la materealidad poco y nada gratificante que la circunda. Pero no es La niña... un filme que deprima sino todo lo contrario. La poesía que emana de las imágenes, las ventanas que deja abiertas a la imaginación le dan una bocanada de aire fresquísimo al anquilosado y atrofiado cine estadounidense al que nos vamos acostumbrando.

    El caos natural en el que avanza la historia -la tormenta llega, y los obligan a ser evacuados- está también ligado a las interpretaciones de los los actores no actores -el excelente Dwight Henry, el padre, es panadero; Wallis surgió de un casting entre 3.500 niñas-. La gente, el pueblo, los personajes son reales, y se sienten como tales.

    Aunque cueste imaginarlo, el origen de La niña... es una obra de teatro, Juicy and Delicious. La emoción genuina que surge de cada aparición de Hushpuppy vuelve querible, apreciable al filme. Una joyita.
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  • Lincoln
    Lincoln
    Clarín
    Con la espada y la palabra

    Un Daniel Day-Lewis estupendo compone al ex presidente.

    La palabra pesa aquí más que la imagen, algo poco o nunca visto con tanta gravitación en la disímil filmografía del director de ET y La lista de Schidler. Lincoln, estadista pero también pragmático, fue un político de raza. Un abogado capaz de encontrar cualquier doblez para alcanzar el propósito buscado, deba ser sutil o arbitrario, jugar a dos puntas, ser un gran orador, envolver a su audiencia, escuchar al pueblo y hacer alguna pequeña o gran trampa para obtener su objetivo mayor: unir a la nación dividida en la Guerra de Secesión entre el Norte y el Sur, y lograr lo imposible: la famosa Enmienda 13 a la Constitución de su país, aboliendo la esclavitud, en 1865.

    No es nuevo: Spielberg ha sabido ser patriota -en Rescatando al soldado Ryan- y tomar el tema de la esclavitud, con El color púrpura, su primer filme serio, y Amistad.

    El guión nos revela a un Lincoln lejos de la edición Billiken y más humano, en su relación con su gabinete y con su familia. Spielberg presenta a Lincoln de casa al trabajo y del trabajo a casa. El secretario de estado William Seward (David Strathairn) le avisa: o termina la guerra o se deroga la esclavitud. Una cosa o la otra. Lincoln quiere todo.

    ¿Es ésta una película de Spielberg? Sí, por su nervio, su generación de suspenso, pero como sucede en las películas que protagoniza, es una película de Daniel Day-Lewis. El londinense se fagocita todo lo que lo circunda -actuaciones, guión- hasta apropiarse por entero de la pantalla. Dirigir a Day-Lewis es un riesgo para los directores. Puede hacer pesar más su interpretación -o su papel- que el relato mismo. Pero en este retrato de un líder, Spielberg está ante, más que una historia, una manera de relatar diferente en su estilo. Y confió en su intérprete por las características antes marcadas del filme. No lo hubiera llamado para protagonizar Minority Report, ni Indiana Jones. No es un actor alla Spielberg, como Cruise o Ford.

    La estructura de la película también es extraña a Spielberg.

    Lincoln es un filme en todo caso interno, de interiores -de la Casa Blanca-, de diálogos y monólogos o soliloquios, sin dejar espacio a la espectacularidad ni los efectos especiales con los que Spielberg se pudo tentar y que apenas utiliza en las escasas escenas de guerra. Están Lincoln con su familia, o con el Gabinete, y los debates en el Congreso, y como nexo un trío de lobbistas que harán lo necesario -dar empleo, facilitar cosas, sea lo que sea- para conseguir esos votos esquivos. La cámara va de un núcleo narrativo a otro, pero siempre el mayor atractivo -no importa el suspenso en cada debate parlamentario- surge cuando emerge Lincoln. Spielberg lo puede mostrar dialogando con empleados, deambulando por una Casa Blanca nocturnal, a solas, casi como un fantasma. O hacerlo contar anécdotas y comprarse a su audiencia.

    La iluminación es de tonos ocres, reforzando los interiores, pero ni la fotografía. ni la música de John Williams emergen sobre el resto. Si hay algo que Spielberg nunca ha podido mejorar es la construcción de sus personajes -son de una sola coloratura, no tienen ambigüedades- y la posterior dirección de sus actores. Eso que le viene de maravillas en el cine de acción, en un drama como éste no le iba a jugar a favor. Y si se observa a los personajes que encarnan Tommy Lee Jones, Sally Field y James Spader, notarán que así como se los presenta en su primera toma, seguirán a lo largo del metraje. Podrán actuarlos de manera soberbia, pero sus personajes son unívocos, a excepción del Lincoln de Day-Lewis.
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  • La noche más oscura
    Ni olvido ni perdón

    La búsqueda, cacería y asesinato del Osama bin Laden, con nervio y polémica.

    Narrar los diez años que demandó la búsqueda, cacería y asesinato de Osama bin Laden corre con riesgos de todo tipo. Desde ser imparcial o parcial a ser patriotera o quedarse en la denuncia. Kathryn Bigelow, que debe ser la cineasta -el sustantivo no admite diferencia de géneros- más valiente del cine estadounidense, se decidió por encontrarle un lado humano a la historia.

    Así, La noche más oscura no es un docudrama, pero tampoco una ficción sobre las atrocidades cometidas por los agentes de la CIA que torturaron detenidos para saber dónde se ocultaba el líder de Al Qaeda. Bigelow asegura que lo que cuenta se basa en hechos reales y testimonios verificados, y así como se atreve a mostrar no una sino dos torturas con la técnica del submarino y más, también recurre a un Barack Obama en plena campaña -para su primera presidencia- diciendo que “los Estados Unidos no tolerará la tortura”.

    La película abre en negro, sólo se escuchan los pedidos de auxilio de quienes sufrieron los atentados aquel 11/9. Lo que sigue es la pesquisa de la CIA, y en particular la que emprende Maya (Jessica Chastain), personaje basado en una agente de Inteligencia que aún hoy se mantiene encubierta, que presencia interrogatorios sin pestañear, y que, obsesiva, dirá “voy a atrapar a quienes fueron los responsables (de un atentado suicida) y luego matar a Bin Laden”.

    Venganza y justicia. Dos ejes para la vida democrática; uno, el primero, como último motor de la acción; el segundo jamás es mencionado en toda la proyección.

    La noche más oscura no es una película fácil de digerir para los estadounidenses. Por lo mencionado en el párrafo anterior, porque admitir la práctica de torturas -“programa de detenidos” es el eufemismo utilizado- en un régimen democrático es un certero golpe a la credibilidad. Aquí no hay bandera con estrellas flameando.

    Esto decididamente no es Hollywood.

    Lo que sí es, es una historia llena de escenas de suspenso y nervio. Uno ya sabe cómo terminó la misión en Abbottabad, donde estaba la fortaleza en la que se escondía Bin Laden en Pakistán, pero Bigelow se las arregla para crispar los nervios en esa secuencia, en la que alterna cámara en mano y la vista se torna verdosa a través de los lentes de visión nocturna de los soldados especiales.

    Tremenda, es imposible quedar indiferente a la polémica. Impetuosa, Bigelow es la directora más creativa, inteligente e independiente del cine estadounidense. Se vale de efectos sonoros para dar más realismo a las escenas de acción que tan bien sabe filmar. La secuencia final, rodada con maestría y nervio narrativo, será difícil de olvidar. Jessica Chastain irradia fiereza, compasión, es una figura magnética, la nueva Meryl Streep del firmamento hollywoodense.

    La confusión moral que se desprende en esa última lágrima son, más que un punto final, puntos suspensivos para que todo el horror y el drama visto durante dos horas y media de tensión, sigan dando vuelta en los pensamientos del espectador. Y difícilmente los suelte.
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  • El lado luminoso de la vida
    Tal para cual

    Bradley Cooper y Jennifer Lawrence llevan adelante el jugoso guión de esta comedia como las del Hollywood de los ‘70 y ‘80.

    “No puedes estar feliz todo el tiempo” (Un personaje de “El lado luminoso de la vida”) .

    Es la historia de dos perdedores, contada en tono de comedia ácida y romántica, con diálogos que promueven la risa, pero que están afilados como para herir a cualquiera. Y es la película que puede ser la gran sorpresa en la entrega del Oscar. En la misma senda que las grandes comedias románticas y dramáticas del mejor Hollywood de los ‘70 y ‘80, se disfruta desde la primera toma.

    Ya se sabe que las desgracias que llegan sin preaviso uno las trata de compensar como puede. Pat (Bradley Cooper) llegó temprano de regreso a su casa, y se encontró con su esposa duchándose, no precisamente sola. Como casi asesina brutalmente al amante, Pat, diagnosticado bipolar, pasa ocho meses en un hospital psiquiátrico, del que sale gracias a su madre (Jacki Weaver). Y ya en casa de sus padres (papá es Robert De Niro), tratará de “buscar combustible en todo lo negativo”.

    Pat conoce a Tiffany (Jennifer Lawrence), que enviudó de una manera un tanto absurda, y buscó apaciguar su pena teniendo sexo con todos los compañeros (y compañeras) de oficina. Bueno, la echaron.

    Tal vez no sean tal para cual -la cena en la que se conocen preanuncia lo contrario- pero, de nuevo, lo que llega sin aviso suele impregnar las relaciones para siempre. Pat y Tiffany no se buscaron y se encontraron.

    El guión es crucial en este tipo de película. Cómo son presentados los personajes es elemental. El sincericidio verbal tiene sus bemoles, y aunque Pat y Tiffany se hablen sin filtro, reconocen que a veces se dicen cosas que no sienten. El, que quedó prendado de su ex, viviendo un sueño imposible, cree que si ella le alcanza una carta a su esposa, todavía tiene esperanzas de reconciliación. Ella necesita un compañero para un concurso de baile. Una mano lava la otra. El asunto es cuánto están dispuestos Pat y Tiffany a enjabonarse y no patinar en el asunto.

    David O. Russell es lo suficientemente ducho como para pasar, dentro de los límites del mainstream de Hollywood, de la comedia sarcástica y visceral como Tres reyes a un drama familiar como El ganador y ahora a esto.

    Los protagonistas con algún trastorno psicológico son una fuente de inspiración para Hollywood. Con algo de Mejor… imposible, en El lado luminoso... casi todos tienen algún problemita. Desde la violencia de Pat padre -además de padecer un Trastorno Obsesivo Compulsivo al mirar a los Filadelfia Aguilas por TV, no le dejan acercarse al estadio precisamente por su conducta agresiva- y Pat hijo, la única que parece manejarse con extrema y cuidadosa cordura es la madre. Al final, Pat y Tiffany constatan que no estaban tan locos si se compara con quienes tienen a su alrededor.

    Es que de eso trata El lado...: de relaciones y comportamientos, de lo que se dice y de lo que se calla, de seguir apostando por lo que se cree aunque se tengan todas las de perder. Hay cosas que no cierran -se banaliza la enfermedad de Pat con la apuesta del final-, pero Russell logra que al brillante elenco que ha elegido le creamos todo. O acaso la escena en que Jennifer Lawrence le grita a De Niro no vale el precio de la entrada, y hasta le puede valer el Oscar.
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  • Hansel y Gretel: Cazadores de brujas
    Cuentos a la moda

    Adaptación truculenta de la historia de los hermanitos perdidos en el bosque.

    La onda viene siendo adaptar cuentos de hadas, pero en versión adulta. Aunque viendo los resultados de Espejito, espejito y Blancanieves y el cazador, sobre la princesita y los enanitos, y esta truculenta traslación de los hermanitos abandonados por sus papis en el bosque, más que adulta es una versión adolescente.

    Producida por MTV, aquí Hansel y Gretel comienzan igual que en el cuentito -por lo del abandono-, pero uno intuye que mamá y papá no los dejan porque no tenían con qué alimentarlos sino por otro motivo. Ya llegará el momento de la explicación en el filme. Mientras, los niños ingresan a la casa de dulces y allí una bruja más fea que verborrágica los tortura, hasta que ellos se liberan y la matan, quemándola viva.

    Sin que nadie diga chicos, no hagan esto en sus casas, ni que no hay que aceptar dulces de extraños, Hansel y Gretel crecen y con los cuerpos de Jeremy Renner ( Vivir al límite) y Gemma Arterton se convierten en cazarrecompensas -copyright para Quentin Tarantino y su inminente Django sin cadenas- cazando brujas y recuperandos niños raptados.

    Las brujas son realmente tremebundas, comandadas por Muriel, a quien Famke Janssen interpreta con maquillaje (horrenda) y sin (bella), se sabe que se viene una de apilar cadáveres, destrozando, quemando, clavando, explotando y cualquier verbo de primera declinación que lleve a la muerte de estas hechiceras que -dicen- “vuelan de noche y hacen pacto con el diablo”.

    Al noruego Tommy Wirkola hay que agradecerle que ruede las secuencias de acción con premura, luego utilice un montaje ríspido y que salte de una escena a otra casi sin mediar puente. De hecho, la película -que dura 88 minutos con créditos finales y todo- es una suma de esas escenas más que una historia con desarrollo.

    Está el sheriff presuntamente malo (Peter Stormare, que hace de villano esta semana en El último desafío), un troll de animación digital que ayuda a las brujas, pero que en el fondo tiene buen corazón, brujas perversas y alguna buena. Y Hansel dispara un arma ultra moderna mientras Gretel, pantalón de cuero negro ajustadísimo, descarga una ballesta a repetición, ayudados por un “fan”. Y de las brujas no dejan ni miguitas.

    Igual, hay que reconocer algo: el hecho de que el zurdo Hansel se haya vuelto diabético de tanto comer dulces, es síntoma de haber parado y meditado un segundo. Lástima que no pensaron más.
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  • El último desafío
    Hechos y no palabras

    Arnold Schwarzenegger regresa con un protagónico en un western disfrazado de thriller de acción, con violencia y humor.

    Cuando a su edad (65) muchos deciden retirarse, y tras haber sido por dos períodos gobernador de California, Arnold Schwarzenegger regresa a un rol protagónico en cine, tras una década de ausencia ( Terminator 3, 2003). Seguro él y/o su agente leyeron varios guiones antes de decidir con cuál volvería al cine de acción, destrozos, tiros, golpes, sangre y alguna cuota de humor. Y fue éste de El último desafío, con equívoco título premonitorio, pero que lo encuentra al austríaco con su mejor cara granítica vistiendo el uniforme de un sheriff que, con unos subordinados no muy duchos, debe detener a un narco que quiere cruzar la frontera hacia México, huyendo del FBI.

    Arnold nunca fue actor de muchas palabras. Y en su buena época -los años ’80, comienzos de los ’90- supo alternar el cine de acción y la comedia, cosa de que cuando debiera abrir la bocota su pronunciación en inglés -que sigue siendo calamitosa- no lastimara los oídos sino que sirviera para aflojar tensiones.

    El último desafío es, entonces, un mix.

    Vestido de thriller de acción, es en verdad un western, con el sheriff Arnold aguardando parapeteado en su pueblito sin parroquianos por las calles -sólo faltan las bolas de pasto seco rodando- que el malvado (Eduardo Noriega) llegue hasta ahí. Nadie apostaría un cuarto de dólar a favor de que él y cinco ayudantes pudieran detener a Gabriel Cortez. Ni el agente del FBI (Forest Whitaker).

    El surcoreano Kim Jee-woon ( I Saw the Devil, A Bittersweet Life) entendió que por lo que la gente paga su entrada para ver a Arnold es para que haya carradas de acción. Y hay persecuciones, enfrentamientos armados, incongruencias, bromas, tomaduras de pelo del propio Arnie y un elenco -sumen a Peter Stormare, el siempre ubicuo Luiz Gusmán, el carioca Rodrigo Santoro ( Leonera) y el Jackass Johnny Knoxville- exagerado para tanta balacera y muerte truculenta.

    Como regreso, Arnold demuestra que está en lo suyo. Ya anunció que continuará con la saga de Terminator -como informamos en nuestra edición del sábado-, donde hablaba menos y pegaba más. Ya lo dijo un General: hechos y no palabras.
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  • Sammy 2: El gran escape
    Aventura, ecología y 3D

    La animación atrae desde siempre a los chicos, porque les permite soltar su imaginación y creer que los personajes que están en la pantalla son reales y hacen cosas que, tal vez, ellos no puedan realizar. Un mérito de esta secuela de Las aventuras de Sammy , estrenada en 2011, es mantener el mismo tono ecologista. A la par que les brinda entretenimiento a los chicos, les ofrece un mensaje a favor de la conservación del ecosistema, pero nunca con el índice levantado.

    Han pasado muchos años desde la primera historia, tantos para que la tortuga marina Sammy y su amigo Ray ahora sean abuelos. Unos cazadores furtivos los capturan apenas sus nietos han roto los cascarones, para llevarlos de exhibición a un inmenso acuario en... Dubai. En el barco pesquero, ocultos, viajan Ella y Ricky, sus nietos. Cuando los mayores queden atrapados, tratarán de elucubrar un plan para escapar junto a otras especies marinas, mientras Ella y Ricky, desde afuera del acuario, también se las ingeniarán para salvarlos.

    Si la primera Sammy ofrecía un viaje por distintas partes del planeta, aquí los directores Ben Stassen y Vincent Kesteloot decidieron concentrarse en un solo lugar. Y en el acuario conviven un caballito de mar que es una suerte de gángster, gobernando e imponiendo el terror, secundado por dos anguilas con acento francés. El comic relief lo da una langosta que tiene doble personalidad, una especie de Gollum, pero que se ve, digámoslo, mucho más apetitosa.

    La grata sorpresa de Sammy , la original, era, al margen del mensaje ecologista, la utilización del 3D, que era verdaderamente espectacular. Esta producción belga lo renueva -las secuencias que transcurren en el agua, estéticamente, son más impresionantes que con los humanos en la superficie-, y si le falta un poco más de clima de aventura continua, cual montaña rusa, no llega al extremo de hacer a lo adultos mirar la hora. Es un programa para que los más pequeños lo disfruten, sumergidos en una trama a favor de la vida, la naturaleza y la diversidad.
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  • Fuerza antigangster
    Parapoliciales eran los de antes

    Sean Penn es el “capo” al que un grupo de policías de élite debe desbancar en la Los Angeles de los años ‘40.

    Las películas de gángsters tienen un encanto, que tal vez nazca del traqueteo de las metralletas, los autos antiguos, o de los trajes de corte y confección a mano que suelen vestir los mafiosos de turno.

    Bueno: Fuerza antigángster tiene esos elementos, más un elenco descomunal, con Sean Penn como el capomafia y Josh Brolin liderando a los agentes en busca de imponer el orden en una desquiciada Los Angeles de la posguerra.

    La película abre con una escena fuerte, terrible, que casi hace bajar la mirada. Sirve como preaviso: Cohen (Penn), “el judío que amenaza el control de los italianos”, quiere manejar el negocio del hampa -droga, prostitución, apuestas ilegales- tanto en Los Angeles como en Chicago. Y está dispuesto a todo.

    Lo cierto es que la fuerza antigángster que el personaje de Nick Nolte le pide al de Brolin que arme es, dicho sin vueltas, un grupo parapolicial. Y en él están los policías sin placa que, por más que la película se base en hechos reales, suenan arquetípicos.

    De este lado de la ley están el lindo Jerry (Ryan Gosling), el negro (Anthony Mackie), el latino (Michael Peña), el que tiene familia -siempre hay uno- (Giovanni Ribisi), el que donde pone el ojo, pone la bala (Robert Patrick, el malo de Terminator 2 ) y el que volvió de la Guerra (Brolin). Y entre los dos bandos está la vampiresa, en este caso, pelirroja (Emma Stone), que se acuesta con Cohen y con Jerry.

    Y la película, en manos de Ruben Fleischer ( Tierra de zombies ) se vuelve una coctelera. El director ofrece momentos de violencia inu- sitada, escenas de balaceras muy bien encuadradas con otras que se vuelcan más hacia la comedia. Si lo hizo para relajar a la platea, de hecho lo logra, pero este quinteto de valientes -como sucedía en Los intocables de De Palma, en otra ciudad y en otra década- le parecen superhéroes al espectador, por más que uno intuya que alguno de los policías -sí: ése- no llegue sano y salvo a los créditos finales.

    Josh Brolin cumple con el rol protagónico que tantas veces le escamoteó Hollywood, con bravura y humor bien negro. Y aunque casi siempre comparte la pantalla con Gosling o sus compañeros de armas, de su rostro pétreo también pueden salir expresiones entre sarcásticas, jocosas y hasta con cierta coloratura de dulzura. Gosling se repite como el héroe de Drive y quien se lleva la mejor parte es Sean Penn. Su Mickey Cohen lo aproxima al Capone de De Niro, pero es mucho más físico -si Capone le rompía la cabeza con un bate a un comensal en una mesa, no quieran saber lo que puede hacer Cohen con sus puños de ex boxeador-.

    Esta guerra de guerrillas con mucho de art decó, y policías y jueces corruptos, no peca por original, sino por ser una catarata de escenas con algunos diálogos tan increíbles como muchas características de los personajes. Brutal y entretenida, increíble y lujosa, Fuerza antigángster depara dos horas de movimiento continuo. Las sutilezas quedaron en la funda de los revólveres.
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  • Jack Reacher - Bajo la mira
    Sesos y músculos

    La noticia en Jack Reacher no es que comienza con un francotirador asesinando a distancia, desde un estacionamiento, a cinco inocentes, ni que se haya estrenado justo en los EE.UU. luego de la última masacre en un colegio. Tampoco, que el ex militar que estuvo en Irak falle un disparo. Lo novedoso en Jack Reacher es que Jack Reacher es Tom Cruise. Y Jack Reacher no sonríe.

    O sea, Cruise archivó su famosa sonrisa socarrona, una marca de fábrica, para otras oportunidades.

    Cruise se ha calzado el rol de militar, policía militar o abogado militar infinidad de veces. De Top Gun al presente, y ya a los 50, el actor eligió un papel protagónico como un ex policía militar al que acude el supuesto asesino cuando todos -la policía, el fiscal, la prensa- dan por sentado que el sospechoso apresado hizo los disparos.

    Pero Jack -que no tiene domicilio fijo, ni celular, ni tarjeta de crédito: es una especie de Jason Bourne- es tan misterioso como sumamente inteligente para ver lo que otros no miran, y capaz de derrotar, él solito, a cinco tipos en una pelea cuerpo a cuerpo.

    Dirigida por Christopher McQuarrie, guionista de Los sospechosos de siempre , el filme tiene acción, suspenso, una persecución automovilística nocturna notable -filmada como en los ’70: fotografía oscura, poca y nada música incidental- y un casting notable.

    Cruise no se parece físicamente en nada al Jack Reacher que describe en sus ¡17! novelas Lee Child (seudónimo del británico Jim Grant: es el policía sentado tras un escritorio en uno de los mejores gags). Y si Jack Reacher se convertirá o no en una saga, McQuarrie decidió arrancar no por el principio, sino por el libro noveno, One Shot . Como presentación del personaje, cumple, y Cruise sabe cómo hacerlo suyo. Lo acompaña Rosamund Pike, como la abogada defensora para la cual Reacher termina trabajando, Richard Jenkins, como el fiscal y enfrentado padre de la abogada, y Werner Herzog como el psicópata de turno. El director alemán tiene pocas apariciones, pero hace centrar la mirada sobre él cada vez que irrumpe en la pantalla.
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  • Una aventura extraordinaria
    Nada es imposible

    Adaptación del best seller “La vida de Pi”, tiene como protagonistas a un joven que se salvó de un naufragio, en un bote con un... tigre.

    Película difícil de saber cuál público le responderá mejor, si el joven o el adulto, Una aventura extraordinaria es otra muestra de la habilidad de Ang Lee para correrse de un género a otro y, por lo general, lograr cometidos convincentes y emotivos.

    El director de Sensatez y sentimientos , El tigre y el dragón y Secreto en la montaña sabía de antemano que al tomar el best seller La vida de Pi , estaba agarrando un hierro caliente. La novela de Yann Martel es difícil de adaptar. No tanto porque la protagonicen un joven y un tigre, sino por la carga filosófica que traslucía el original.

    Pi, que se lleva de maravillas con las matemáticas, se encuentra en una encrucijada, literalmente, de vida o muerte, cuando sobrevive al naufragio de un barco en el que viajaba con sus padres y queda a la deriva en un bote salvavidas. No está solo: un tigre de bengala también se salvó y el joven Pi estará 227 días con el felino al lado.

    La película -como el libro- es un viaje interior y exterior del protagonista, que deja la adolescencia para convertirse en hombre. Esa sería la mirada más lineal. Lee le agrega otro condimento: la espectacularidad visual, que incluye lluvia de peces, noches estrelladas y más. Rodada en 3D, el artilugio le sirve al realizador nacido en Taiwán para expandir las panorámicas -y disimular el tanque de agua donde la filmó- y a la vez acercar al espectador en el encuentro íntimo que debe tener con Pi.

    Algo similar a lo que Scorsese hizo con La invención de Hugo Cabret en el aprovechamiento del 3D, y que también cuenta cómo un personaje desamparado se las debe arreglar por sí solo para salir adelante.

    A Una aventura extraordinaria hay que agarrarle el vuelo y dejarse llevar por la poesía. No es difícil entrarle a la película, con la presentación de Pi adulto y los primeros minutos antes del naufragio.

    La adaptación de David Magee ( Descubriendo el país de Nunca Jamás ) plantea justamente cómo el relato de una historia legendaria acepta distintas versiones. Es algo que al aproximarse el desenlace se hace más nítido. Las interpretaciones siempre son subjetivas, y en eso Lee se mantiene ecuánime.

    Pero lo más sorprendente es que Lee confió el protagonismo de Pi joven a un inexperimentado Suraj Sharma, que lidió todo el tiempo con su contrafigura animal… que en verdad no estaba frente a él, ya que el tigre, llamado Richard Parker, es de animación digital.

    Saber eso acrecienta el entusiasmo. Y obviamente Lee se apoyó en su director de fotografía, el chileno Claudio Miranda. Claro, no es como en la época de Tiburón (1975), cuando Spielberg se las veía en figurillas para rodar mar adentro con las nubes que cambiaban el fondo toma a toma. En el universo de la ficción, como en el de la magia, todo es posible.
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  • Ralph: el demoledor
    En varios frentes

    El filme animado apunta a públicos de distintas generaciones. Y no defrauda a nadie.

    Como un homenaje a la cultura de los antiguos videojuegos, pero no los que juegan por Internet, los videos de consola que estaban en un local y en los que había que poner una fichita, Ralph, el demoledor usufructúa la nueva tecnología para aunar a distintas generaciones en un busca de un entretenimiento integrado. Todo, combinado en una aventura del tipo dos extraños se conocen, se relacionan y realizan una road movie .

    El primer desafío, desde lo formal de Ralph , consistía en la implementación y contraposición de los mundos de los videogames. Es que el espectador -el chico, el joven, el adulto- vivirá inmerso en esos espacios. Y si no son iguales los universos de los videogames de los ’80 a los actuales, hay algo que Disney mantiene: la integridad de sus personajes.

    Con lo cual, Ralph, el demoledor , que llega en 3D, tiene puntos de contacto con varios clásicos del estudio del que ahora John Lasseter, el mismo que nos enseñó que los juguetes podían hablar, es director creativo.

    El juego el que participa Ralph tiene su contrincante. Mientras él, grandote, forzudo y de brazos impresionantes, destroza una y otra vez un edificio, el simpático de Félix, martillo en mano, lo repara. El tiempo y la rutina cansan a cualquiera, y Ralph lo dice en una reunión de malvados anónimos: “No quiero ser más un tipo malo”.

    Lo que Ralph quiere es que valoren su trabajo. Entiende que si obtiene una medalla, en otro videogame, tal vez los vecinos del edificio lo inviten a los cocktails que suelen organizar. Y se las arregla para ingresar a Hero’s Duty, donde se une a la sargento Calhoun y los suyos para eliminar a un virus que toma forma de bicho arácnido cibernético. Y de ahí a va a parar a Sugar Rush, un mundo de ensueño para chicas con sabor y color a caramelos varios, donde conoce a Vanellope.

    La chica de voz ronca es una “falla”. Y si siempre hay un roto para un descosido, Ralph y Vanellope son tal para cual. Primero se enfrentan, luego se amigan, al final se comprenden. Ambos se necesitan: ella, para ganar una carrera de autos en el juego; él, para recuperar su medalla.

    Lo claro es que todos los personajes de Ralph tienen su fuerte personalidad y asumen las consecuencias de cada reto que encaran. En eso, Pixar ya ha hecho escuela, y Lasseter parece decidido a exportarlo a Disney. Si los juguetes cobraban vida, hablaban y mostraban emociones, en el universo digital, ¿por qué no habrían de hacerlo los protagonistas de los videojuegos?

    Vean, si no, al malvado de turno, King Candy: no es otra cosa que un remix del Lotso, el oso de peluche malo de Toy Story 3 , y una mezcla de El Sombrerero de loco y un dictador de república bananera que comanda Sugar Rush. Ralph y Vanellope son dos desclasados, dos seres fuera de la regla, que nadie quería ni daba un cuarto de dólar por ellos. Uno, villano antiguo pasado de moda, la otra, una falla de un videogame: la sociedad perfecta.

    Rich Moore, director en TV de Futurama y de varios capítulos de Los Simpson y El crítico , le adosa a la historia una veta de humor, a veces sarcástico, siempre innovador, ya desde la historia en cuya trama él mismo participó.

    Si opta por la versión original en inglés, podrá escuchar a John C. Reilly y a Jane Lynch (la profesora de Glee ) como la sargento. Y como la peli es para grandes y chicos, la banda de sonido pueden -y deben- compartirla Rihanna y Cool & the Gang. Lo dicho: diversión para todo público.
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  • Cloud Atlas: La red invisible
    Un filme hecho para deslumbrar

    Superproducción de los hermanos Wachowski, compleja y ambiciosa.

    Hay películas que deslumbran y otras que están hechas para deslumbrar. Los hermanos Wachowski, Andy y Lana (antes Larry) lograron ambos cometidos en la primera Matrix . Ahora sumaron al alemán Tom Tykwer ( Corre, Lola, corre y El perfume ) y entre los tres se repartieron la dirección de las seis historias que recrea Cloud Atlas: La red invisible , filme mamut en todo su sentido. Es ambicioso, tan grandilocuente como por momentos trivial, espectacular, extenso y agotador.

    Basado en el best seller de David Mitchell de 2004, el filme va saltando en el tiempo, también entre continentes, por no decir más, del año 1849 hasta un postapocalíptico 2346. Es un relato visionario, con teorías más o menos profundas de cómo lo que alguien hizo hoy, o ayer, puede modificar el comportamiento y la vida de otra persona mañana, u hoy. O dentro de muchos años. De ahí lo de la red invisible del título.

    La idea de que todos estamos conectados, ese enlace, esa comunión, pude resultar más obvia o menos sencilla de interpretar, según cada uno. Pero para comprender las conexiones lógicas entre una y otra historia, no importa la continuidad narrativa. Si en la saga Matrix los distintos estados de la mente se yuxtaponían, aquí directamente la apuesta se multiplica.

    Los mismos actores -cerca de una docena, encabezados por Tom Hanks, Halle Berry, Hugh Grant y Jim Broadbent- interpretan diferentes roles en cada una de las seis historias combinadas, en desiguales papeles, que a su vez pertenecen a distintas razas, tienen edades disímiles y hasta pueden cambiar de sexo (efectos del maquillaje: si se quedan al final, antes de los títulos, descubrirán cómo algunos estaban camuflados) y no siempre los que fueron héroes en una resultan igualmente buenos en otras. Salvo Hugo Weaving, que si no hace de elfo para Peter Jackson, por lo general suele ser malvado.

    Contar cada una de las tramas -que no son subtramas- no aportaría demasiado. Todas tienen que ver con el sentimiento de liberación, sea para desnudar lo que podría derivar en una hecatombe, o una revolución futurista. Sí: todo es ampuloso.

    Donde la película se cae es allí donde los directores, con toda la parafernalia y su imaginería visual, se toman un descanso, muestran la hilacha y parecen advertirle al espectador, adoctrinándolo, “miren que esto es importante”. Por lo demás, las casi tres horas se pasan volando, pero en una sola visión del filme -por su complejidad, sus ya nombrados saltos narrativos, la multiplicidad de personajes encarnados por los mismos actores- por más atención que se preste, quedan muchas cosas sueltas, que al ver la película por segunda vez, se aclaran. Algo.
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  • Lo imposible
    Lo que el agua se llevó

    Naomi Watts se luce en este drama centrado en el trágico tsunami de 2004.

    Cuando una película se basa en hechos reales la predisposición del público es otra. En una ficción el espectador se puede dejar embaucar por cosas inverosímiles, pero en relatos como Lo imposible , por más que lo que se vea parezca increíble, uno se identifica, se compenetra más con los personajes.

    Lo que cuenta el catalán Juan Antonio Bayona en Lo imposible es la odisea que una familia vivió tras el tsunami en Tailandia en 2004. Si el realizador había tenido una carta de presentación impresionante con El orfanato , aquí ratifica todo su poder para atraer al espectador.

    Los Bennett, papá Henry y mamá María, se toman unas vacaciones con sus tres hijos en un resort en la costa. Pero en el momento en que se produce el tsunami, María y Lucas quedan separados de Henry y los hijos menores, Thomas y Simon.

    La película va y viene entre la tragedia por separado de los personajes. Y si la historia de Lucas y María resulta más fuerte, conmovedora, lo es por razones intrínsecas -lo que les sucede- y por las interpretaciones de Naomi Watts y el joven Tom Holland. María está gravemente herida, y Watts logra transmitir todo el dolor que sufre y lo que pasa por la cabeza de la protagonista, entre los peligros y la desolación del lugar.

    Pero es a Lucas al que la situación -que parecía desbordarlo: es un niño-, toda la angustia y el terror lo fortalecen, llevando adelante buena parte de la narración. Y es, con la estrella de 27 gramos , lo mejor desde la actuación.

    La película tiene también una estructura clásica -presentación de los personajes, la catástrofe en sí, el desarrollo y el desenlace, que, y esto es destacable, no parecía previsible-. Pero el agobio que sienten los cinco integrantes de la familia hace que uno se sumerja, valga la paradoja o la redundancia, en la trama sin que le importen uno o más clisés que rondan por allí.

    A diferencia de lo que hacía Clint Eastwood en el comienzo de Más allá de la vida , donde la secuencia del tsunami parecía otra película dentro del mismo filme dirigida por un especialista en efectos especiales, Bayona le añade toda la carga de dramatismo a la catástrofe. Porque ése es un doble triunfo del realizador.

    Para aquéllos que se acerquen al cine para ver un filme catástrofe, no saldrán defraudados. Y los que quieran sentirse estremecidos y conmocionados por la epopeya de una familia en circunstancias adversas, y ver si se puede -o no- salir adelante, sepan que también Lo imposible los recompensará.
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  • Fausto
    Fausto
    Clarín
    Nunca pensé encontrarme con el Diablo

    El director de “El arca rusa” cierra su Tetralogía del poder con su relectura del clásico de Goethe, hipnótica y desafiante.

    Hace nueve años se estrenaba en la Argentina una película que iba a dividir las aguas con respecto a la repercusión del cine arte en nuestro país: era El arca rusa , de Alexander Sokurov, que vieron 165.000 espectadores.

    Ninguna otra producción de Sokurov alcanzaría tamaña expectativa, pero para quienes no habían visto Madre e hijo , el apellido del realizador ruso quedó marcado a fuego, emparentado con un cine sin concesiones de ninguna índole, difícil, ampuloso, atrapante y sobrecogedor.

    Con su Fausto , Sokurov cierra la que ha denominado la Tetralogía del poder, que empezó con Mo loch (1999), sobre Hitler, y continuó con Taurus (2001), sobre Lenin, y El sol (2005), sobre Hirohito. Tomar el personaje de Goethe y hacer su propia relectura, e integrarlo a ese grupo de figuras históricas, reales y potentes, ya era un desafío.

    Pues bien, el Fausto de Sokurov también ahonda en la naturaleza del poder; antes, el realizador hablaba de la decadencia; ahora, en el comienzo de lo que el Dr. Fausto cree que puede lograr.

    La película arranca con una toma desde el cielo, la cámara atravesando las nubes en un prodigio digital, hasta llegar a la habitación en la que el doctor Fausto (imponente Johannes Zeiler) examina las entrañas de un cadáver hediondo, al que le realiza la autopsia, con un pene en primer plano. No es poco: descubriremos que Fausto niega que pueda existir el alma, pero que sucumbirá ante las ofertas del Diablo.

    Fausto es la concreción del ideal renacentista. Su intelectualidad no es suficiente, y no puede (¿no lo deja?) contentarse con lo que tiene. Y, claro, sucumbe... como cualquier mortal. El Diablo es corporizado en un viejo, un usurero deforme.

    Hay una lucha constante entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, que el director de fotografía Bruno Delbonnel ha sabido plasmar (hay, sí, claro, grandes plano secuencias). Es sorprendente cómo el universo que iluminó en Amélie pueda transformarse en la sordidez de Fausto . Y cómo el indistinto uso de lentes logra la plasticidad que ama Sokurov, quien si puede ser muy amigo de los monólogos largos, como buen cineasta que es, le encanta contar en imágenes.

    Con sus atmósferas recargadas y angustiantes, sus climas de agobio, Fausto es como una ópera horrorosa, observando el patetismo humano, con un envoltorio bien barroco.

    Y es tan hipnótica como capaz de distanciarnos.
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  • El Hobbit: Un viaje inesperado
    Bilbo Bolsón y sus 13 enanos

    El director se plantea divertir, ilustrar más que emocionar. Y, como siempre, impresiona.

    Así como La Comunidad del Anillo marcó un quiebre en el género de aventuras por su manera de narrar, El Hobbit repite esa esencia en el manejo, en la conducción de un relato. La imaginería visual de Jackson, su desparpajo a la hora de mover cámaras y grúas y usufructuar los efectos de CGI se han ido perfeccionando. Es un entretenimiento de tono épico, mayúsculo: un sentimiento familiarizado se apodera desde la primera escena.

    La mayor diferencia entre esta primera película de las tres que le demandarán a Jackson contar El Hobbit y la trilogía de El Señor de los Anillos está en la historia y el tono. Si bien falta para que uno se encariñe y sienta más por los personajes de El Hobbit , Tolkien lo escribió como un libro de aventuras puro. Jackson le adosó toques de comedia, sin que sea una película cómica. Si hay algo que se extraña de El Señor... es la dramaticidad de las escenas.

    El retorno del rey se vivía con pasión y vehemencia desde la platea, se sufría por el destino de Aragorn, Frodo... Aquí es más un dejarse llevar por el cuento y algunas descripciones.

    Jackson y sus guionistas desde El Señor..., su esposa Fran Walsh y Philippa Boyens -vaya uno a saber qué quedó en el guión de la pluma de Guillermo del Toro, quien iba a dirigirla- se volvieron más puntillosos y detallistas. A veces, en extremo (la presentación de los trece enanos en la secuencia de la casa de Bilbo no termina por presentar a ninguno, es larga y si no aburrida, poco aporta más que humor) y otras ampliando lo apenas esbozado por Tolkien (la escena de los gigantes de piedra).

    Es que la película arranca bien fuerte contando cómo el dragón Smaug se apoderó de Erebor, desterrando a sus legítimos ocupantes, los enanos, y luego pasa a la introducción de Bilbo, su encuentro con Gandalf. En cuanto al hilo argumental, en El Hobbit Tolkien sigue casi los mismos lineamientos que hará en El Señor... - que escribió después-. Una congregación de personajes en marcha hacia una montaña lejana, donde recuperar algo perdido -aquí, un reino-, y en su viaje enfrentar todo tipo de peligros y criaturas, algunas ya frecuentadas por quienes leyeron o vieron El Señor... (orcos, trolls) y otras por conocer.

    En El Hobbit , la película, hay personajes familiares, que vuelven (Gandalf, un Bilbo más joven porque esto transcurre 60 años antes que en El Señor..., Frodo, Saruman, Elrond, y otro como Galadriel que no estaba en el libro, pero sí en El Señor de los anillos ). Ese sentimiento de déjà vu a veces impera en el relato. Así, El Hobbit , para los amantes de la trilogía de Jackson. es como un apéndice.

    Lo nuevo es ese tono que marcábamos, y las imágenes en 3D y a 48 cuadros por segundo, que sí, revolucionará el cine por su definición y calidad en imágenes, haciendo más realista, y vívida, la inserción del espectador en la historia. Párrafo aparte para la aparición de Andy Serkis, quien motion capture mediante, es de nuevo Gollum, en la maravillosa secuencia de los acertijos con Bilbo. Y hay una escena dentro de la monumental secuencia en la guarida de los trasgos que termina igual que una de King Kong ...

    Para que se hagan una idea: en la filmografía de Jackson, El Hobbit estaría más cerca, si cabe, de Bad Taste que de Desde mi cielo . El director se plantea divertir, ilustrar más que emocionar. Sí, como siempre, impresiona.
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  • La delicadeza
    Joven, viuda y tan sincera


    La historia de Nathalie, cuando estuvo impresa en papel en formato novela, fue finalista de importantes premios literarios franceses, como el Gouncurt.

    La delicadeza saltó rápidamente de la tinta a la imagen, adaptada por su propio autor, David Foenkinos, y dirigida por él y su hermano Stéphane, y con Audrey Tautou, la heroína de Amélie , como protagonista excluyente.

    Tautou está habituada a los personajes frágiles, sensibles y solitarios, y Nathalie se suma a su colección. La soledad de la protagonista surge cuando, a los 15 minutos de la proyección, ya se queda viuda. Pierde a Francois, su marido, su alma gemela, en un accidente en la calle, y se refugia en su trabajo.

    Cada uno sabe cuánto tiempo necesita de duelo cuando pierde por algún motivo al amor de su vida. A Nathalie parece que le toma tres años, ya que sin previo aviso le estampa un beso en la boca a Markus (Francois Damiens), el empleado sueco que trabaja con ella. Que sí, que no, que los compañeros se enteren o que no, Nathalie es un manojo de nervios, pero dice las cosas como son.

    “No sé cómo se hace bien, hago lo que me sale”, palabras más, palabras menos, dice el personaje de Tautou. La comedia tiene sus momentos más románticos que humorísticos, y está claro que si el espectador es fan de Tautou y se banca sus mohínes, la pasará bárbaro. Si no, tal vez se pregunte por el carácter extraño de esta joven, viuda y tan sincera, capaz de estallar como un volcán.
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  • Los ilegales
    Licor tres hermanos

    Bien dicen que las películas de guerra en las que más se siente el peligro latente de la muerte “eran las de antes”, en las que el combate cuerpo a cuerpo, con golpes, a cuchillazo o a balazo limpio y cercano primaba antes que la tecnología.

    Los ilegales es un filme “de crimen” en el que se desata una guerra en tiempos de la Ley seca, en Virginia, 1931. Y las escenas en las que las confrontaciones entre los contrabandistas y los corruptos hombres de la ley remedan a esos buenos viejos tiempos, los de las películas de guerra... de antes.

    El australiano John Hillcoat se basa vagamente en la historia real de los hermanos Bondurant, que fabricaban un licor de aquéllos, arreglaban con el sheriff local y terminaron en una guerra a muerte con el delegado especial Charlie Rakes. Aquí todo es cuestión de vida o muerte. Pero hay formas de vivir y otras de matar y morir.

    “No es la violencia lo que diferencia a los hombres, es cuán lejos estás dispuesto a llegar”, como le grafica Forrest a su hermano menor Jack.

    Hillcoat se enardece con las escenas de rivalidad. El hostigamiento no tiene medias tintas. Las golpizas son feroces, y las muestra como son. Tanta verosimilitud no tiene el mismo grado de efecto en el guión. Los personajes están bien construidos, pero parecen más grandes que la historia que relata. Forrest (Tom Hardy, Bane en Batman, El Caballero de la noche asciende ) es el hermano mayor, el más impiadoso. Howard (Jason Clarke), el más brutal, y Jack (Shia LaBeouf) el que siente que debe probarse ante sus hermanos y el resto.

    Hay intereses románticos interpretados por Mia Wasikowska y Jessica Chastain, ésta como una ex bailarina de Chicago que busca nuevos rumbos y termina trabajando en el bar/gasolinería de los Bondurant, imantando cada momento en el que aparece.

    Una película de acción no es tal sin un buen villano acorde a las circunstancias. Y Guy Pearce compone al delegado como un tipo tan metódico con su higiene como sádico, en un elenco que, de aquí a 10 años, para reunirlo se necesitaría muchos más millones que lo que cuestan sus servicios hoy.
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  • Despedida de soltera
    La suerte de la fea

    Comedia negra, o mejor ácida, Despedida de soltera tiene la contra de que muchos la compararán con Damas de honor , otra comedia que rondaba el mismo escenario y fue un éxito inesperado. Aunque Despedida de soltera es una creación anterior, ya que se trata de una obra Off Broadway, cuya autora Leslye Headland adaptó ahora para el cine.

    Las bromas sobre sexo, discapacidades, los vómitos, las corridas y todo lo que rodea al filme, que transcurre casi enteramente durante una jornada en Nueva York -con toques de la locura que Scorsese le imprimió a Después de hora -, la hacen un plato fuerte, aunque no pesado. Y si puede pasar inadvertido el primer “mensaje” (las tres ex compañeras de colegio más agraciadas no pueden creer que la gordita de la clase se case antes que ellas, que no consiguen pareja seria o algo por el estilo), el mismo está ahí, casi durante 90 minutos.

    Quienes vieron Damas de honor recordarán inmediatamente a la obesa Rebel Wilson, ahora como Becky, la que se casa “con un bombón”, como mascullan Regan (Kirsten Dunst), Katie (Isla Fisher) y Gena (Lizzy Caplan). La rubia, la pelirroja y la morocha, tratando de llevar a buen puerto una despedida de soltera “tranqui” y llegar a una boda con un vestido de novia destrozado.

    Es ésta una de esas películas en las que las actuaciones están muy arriba de las situaciones y diálogos. Fisher ( Los rompebodas , Loca por las compras ) y Dunst, la ex chica de El Hombre Araña , cumplen, pero la que se destaca es Lizzy Caplan (una de las Chicas pesadas ) con un personaje con más vueltas que una calesita, y por ello -vaya paradoja-, el más entendible de esta comedia entre disparatada, burda, soez y pasatista.
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  • Mátalos suavemente
    El cuento de Pedrito y el lobo

    “Me gusta matarlos suavemente, sin sentimientos”, dice Jackie Cogan, un Brad Pitt peinado hacia atrás y con barbita candado. Jackie es un sicario, un tipo al que se apela cuando se quiere averiguar “algo” o eliminar a “alguien”. O ambas cosas a la vez.

    El comienzo –en el que no está Pitt, quien tarda bastante en asomar en escena, a los 23 minutos- muestra una ciudad, o un pueblo semiderruído. El tiempo: poco antes de las elecciones presidenciales de 2008, que consagrarían a Obama. No es un dato aleatorio. El neozelandés Andrew Dominick, así como el checo Milos Forman en los ’70 y ’80, supo ver mejor que un estadounidense la debacle económica y social del país, con parábolas a veces visuales -la ciudad en ruinas-, muchas otras a través de sentencias.

    De diálogos o monólogos como “Esto no es un país, es un negocio. En América estamos todos solos”, se puede pasar a una escena en cámara lenta en la que los vidrios rotos y las gotas de lluvia mixturan en un placer plenamente cinematográfico.

    La película se toma sus tiempos, y tiene como decíamos sus diálogos. Los personajes (Jackie y quien lo contrata, interpretado por Richard Jenkins) pueden dialogar largo rato sentados en un auto hasta que descubramos qué pasará. Sí, como en el primer Tarantino. Lo mismo con Mickey (James Gandolfini), un asesino que engaña a su esposa y que se toma sus tiempos -sus días-, entre prostitutas y alcohol antes de pasar, si puede, a los hechos.

    Lo que dispara la trama es el robo a un garito que regentea Markie (Ray Liotta, cuándo no). Pero como Markie alguna vez fingió un asalto y se quedó con todo, ahora nadie cree que le hayan robado en serio. De ahí que haya que averiguar y/o eliminar.

    La tensión in crescendo en el robo es un punto altísimo del filme, en el que de fondo se escucha al presidente Bush, al senador y candidato Obama y a cualquiera en la radio y la TV hablando de “seguridad financiera”, de “proteger la economía”, “tomar medidas por la pérdida de la confianza en el sistema”. Las golpizas y los asesinatos que se entrecruzan no son más que un compartimiento de una sociedad, se ve, en declive moral.

    Mátalos suavemente es una provocación, sí, y va más allá de la sangre y los rostros destrozados. Si espanta es por otras cosas.
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  • 7 días en La Habana
    Filme coral y dispar

    En esta película sobre la capital cubana, se destacan los cortos de Pablo Trapero y, especialmente, el de Elia Suleiman.

    Toda película coral tiene sus puntos altos, sus mesetas y sus partes que uno se preguntan qué están haciendo allí. La mera comparación de los trabajos les juega a favor y en contra a unos con otros.

    Pero a diferencia de otros, llamémosle ensambles, como NewYork I Love You (2009, 10 cortos y transiciones) o Paris, Je T’aime (2006, 20 cortos), si bien la duración es casi la misma -dos horas que se hacen largas-, el número de cortos bajó, son 7. Lo que tiene sus pros y sus contras. Veamos A los productores de estos trabajos grupales siempre le resulta difícil decidir no sólo a quiénes llamar para dirigir, sino, una vez que tienen los trabajos, ordenarlos, decidir cuál abre, cuál le sigue y cuál cierra. En Historias de Nueva York , Scorsese abría con Lecciones de vida , segmento que no iba a ser superado ni por lejos por Coppola o Allen. Aquí el que abre es El Yuma , debut directorial de Benicio Del Toro. Bien podría seguir dedicándose a lo que mejor sabe hacer. El actor boricua dirige a Josh Hutcherson ( Los juegos del hambre ) como Teddy, un actor que pasa una noche entre alcohol, mujeres, prostitutas y algún otro lugar común.

    Es que a la mirada turística -pese alguna pincelada como los habituales apagones no puede decirse que se trate de un corto de mirada social- se le puede contrastar con Dulce amargo , del local Juan Carlos Tobías, o La fuente, del francés Laurent Cantet (los dos últimos cortos), donde la raíz cubana está mucho mejor expresada.

    En el primero, Mirta Ibarra es una psicóloga que debe dejar de atender a sus pacientes para preparar unos dulces, mientras su esposo (un gordísimo Jorge Perugorría) bebe a las escondidas. En el segundo, los habitantes de un edifico semiderruído se solidariza y en un día construyen un altar a la Virgen María , porque a una vecina se le ha aparecido y se lo pidió.

    Lo que comparten los cortos, además de algunos personajes y guiños, es mucho ron, muchos autos, viejos y no tan viejos, muy buena música y mujeres jóvenes y predispuestas al sexo. Después, cada uno hizo lo que quiso Flojo es el trabajo de Julio Medem ( La tentación de Cecilia ), con un cameo extendido, digamos, de Daniel Brühl, sobre una cantante que se plantea escapar de la isla. Lo mejor llega de la mano de Pablo Trapero, con un Emir Kustirica haciendo de sí mismo -borracho-, que va a recibir un premio en el Festival de La habana, y en Jam Session se cruza con músicos y un chofer de aquéllos.

    Otro que se interpreta a sí es el gran Elia Suleiman. El realizador palestino sigue con su onda Buster Keaton/Jacques Tati, y logra en Diario de un principiante el mejor de los cortos, bromeando sobre Fidel Castro (tiene un entrevista pactada con él, pero el Comandante está dando uno de sus largos discursos y no lo atiende nunca) y marcando las relaciones de las mujeres cubanas con los turistas. El director de Intervención divina entrega una escena memorable con una estatua de Hemingway.

    Y está Ritual , que es otra marca registrada de Gaspar Noé, con una joven que luego de que la descubren acostada con otra chica, forma parte del título, con escenas de vudú, un clima inquietante y esos tambores que no dejan de sonar en el fondo.
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  • Las malas intenciones
    Una niña con mirada de adulta

    Cayetana va a la escuela, privada, en Perú, por 1982. Son tiempos en los que Sendero luminoso siembra el terror. Con sus padres separados y viviendo en la casa de la nueva pareja de su madre, el anuncio de la llegada de un hermanito es algo así como el encendido de una molotov para la pequeña, que ya bastante inestable era.

    Las malas intenciones es una nueva producción peruana (con aportes de posproducción argentinos) que vuelve su mirada sobre el pasado, y en especial una época en la que social y económicamente el país estaba tan o más inestable que Cayetana. La niña no tiene carencias económicas, si no de otro tipo más difícil de suplir. Y trata de reemplazar la realidad que no le gusta con sus fantasías, con próceres (su nombre completo es Cayetana de los Heros) a los que les habla. Y llega a preguntar a su maestro “¿por qué siempre es feriado cuando perdemos las batallas?”.

    Pero la debutante Rosario García Montero, al igual que Claudia Llosa ( La teta asustada ) supo cómo combinar realismo mágico con drama y comedia, dejando a su heroína desprotegida y querible, entablando un lazo con el espectador que no tiene más remedio que compungirse ante lo que le pasa a Cayetana, quien a sus 9 años es más adulta que cualquiera de los que la rodea.
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  • Las ventajas de ser invisible
    Juventud ¿divino tesoro?

    Un joven elenco se destaca en esta gran comedia dramática.

    Es, si se quiere, una película sobre la adolescencia, el primer amor, la identidad sexual, las drogas, las amistades duraderas y el no saber qué hacer cuando se está atravesando esa etapa matriz de la vida.

    Las ventajas de ser invisible es todo eso, pero pese a querer abarcar tanto, no resulta sobrecargada ni confusa, sino una bocanada de aire fresco sobre un momento que, al director, le significó algún que otro disgusto.

    Stephen Chbosky publicó en 1999 The Perks of Being a Wallflower , sobre su paso por la secundaria, cuando alumnos mayores a él lo cobijaron y lo guiaron por la vida. Las heridas que ciertas emociones dejan en algunos adolescentes parecen repercutir en Chbosky, cuyo alter ego, Charlie (Logan Lerman), viene con una mochila pesadita. El contenido se irá descubriendo con el correr de la proyección, lo mismo que la de Sam (Emma Watson, que con cada filme demuestra su crecimiento como intérprete) y su hermanastro Patrick (Ezra Miller, el hijo psicópata de Tilda Swinton en Tenemos que hablar de Kevin ). Que Charlie queda perdidamente enamorado de Sam es tan entendible como que Patrick no oculte que es gay, y que su franqueza para afrontar las cosas -y los problemas- le deparen a Charlie como una Guía Peuser por el camino de la vida.

    Chbosky mira a sus personajes sin condescendencia, en una etapa en la que el verbo crecer trae aparejadas muchas interpretaciones. Y lo hace con una mezcla de nostalgia, candor y algo agridulce. No todos los compañeros de Charlie son buenos con él -que es un poco inocente e inexperto en varios órdenes de la vida-, y el guionista y realizador le otorga a personajes secundarios, como el profesor que compone Paul Rudd, un sostén estimable.

    Las ventajas… es un filme en el que las actuaciones están muchas veces por encima de los diálogos o las situaciones que los personajes deben desafiar. Y así, si bien el protagonista es Lerman - Percy Jackson , también visto en Número 23 y en El tren de las 3.10 a Yuma - es difícil no estar atento a lo que dice, hace o deja de hacer Miller. Ventajas de no parecer invisible.
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  • Dulce de leche
    Mi primer beso

    La iniciación en el amor es troncal en la nueva película de Mariano Galperín, cineasta pero también director de videoclips de estrellas del rock, de Charly a Soda Stereo. El director de El delantal de Lili es afortunadamente inclasificable, ya que puede contar una historia truculenta como la de Chicos ricos y otra que es casi la antítesis como esta Dulce de leche , por momentos dulzona, pero llegando a su desenlace, bravita.

    Los protagonistas son Lucho (Camilo Cuello Vitale) y Ana (Ailin Salas). El recala en Ramallo para vivir con su madre (Florencia Raggi) luego de hacerlo con su padre en Buenos Aires. Y de pasear en bicicleta con su amigo Pedro pasa a noviar con Ana, a quien Pedro le echó el ojo -sólo el ojo- primero. Lucho la conoció sin saber que era la chica de los sueños de su amigo, así que todo marcha bien, con los jugueteos de la adolescencia, hasta que los mayores se meten en el medio.

    Luis Ziembrowsky es el padre comprensivo, de entrada, de Ana, y esa confrontación generacional, el espectador intuye, va a estallar en cualquier instante. Como la decisión que se debe tomar aproximándose al final, que deja bien en claro las hipocresías y el alma más pura de unos y otros, y que, ya se sabe, el dulce pueda ser amargo si no se lo sabe cocinar a la temperatura adecuada. Ailin Salas demuestra que está para más.
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  • Las chicas de la banda
    Cantando por un sueño

    Como un cruce generacional, pero también posando la mirada en la tercera edad, Las chicas de la banda demuestra qué tan joven se puede ser a cierta edad y qué tan viejo a una numéricamente inferior.

    De una cinematografía de la que no nos llega demasiado como la nelga, Claire (Marilou Mermans) acaba de enviudar, y antes que quedarse sentada mirando la tele o llorando por los rincones de su casa, decide recuperar la ambición asordinada y el afecto de los que la quieren, apelando a reunir a dos viejas amigas con las que supo tener una banda. Ya no cantarán a Jacques Brel, porque es su hijo, que (sobre)vive como puede siendo músico, el que quiere que las chicas se presenten a un concurso, cantando adaptaciones que él ha creado.

    Pero como se trata de una comedia dramática, Geoffrey Entoven le(s) hará pasar momentos no tan lúdicos y sí más conflictivos y angustiantes, a todos. Los años no llegan solos, y así como se puede redescubiri el amor a los setenta, también es factible que alguna enfermedad degenerativa se cruce en el camino.

    Sin apelar a golpes bajos, aunque hacendo nítidas diferencias en los personajes de los hijos de la protagonista (el mayor, que le cuida las cuentas bancarias; el menor, más bohemio y apegado), Las chicas de la banda funciona cuando aprieta los botones justos y prescinde de los momentos remanidos. Cuando deja que los personajes hagan lo que se les da la gana y no se pone a juzgar ni condenar a nadie, ahí sí logra meterse al espectador en el bolsillo.
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  • Siete psicópatas
    Humor negrísimo

    Colin Farrell y especialmente Sam Rockwell llevan adelante esta comedia negra con asesinos de temer, pero también para divertirse.

    Autor teatral antes de devenir guionista y cineasta -ganó el Olivier por su obra The Pillowman -, el londinense Martin McDonagh es un amante de la comedia negra, y su anterior largo como realizador, Escondidos en Brujas , era precisamente un compendio de situaciones que incitaban a la sonrisa cómplice. En todo momento.

    Scorsese y Tarantino, dice McDonagh, de jóvenes 42 años, son sus referentes. Mucho hay de éste último en Sie7e psicópatas , su segundo filme, en el que vuelve a contar con Colin Farrell como coprotagonista en un elenco múltiple, que depara sorpresas en cada secuencia. ¿Cuántos directores pueden contar en sus películas a Farrell, Christopher Walken, Sam Rockwell, Woody Harrelson, Tom Waits, Harry Dean Stanton, Olga Kurylenko y Michael Pitt? Sí: Scorsese y Tarantino son dos de ellos.

    McDonagh se traslada de Brujas a Hollywood para contra una historia que, ya en el relato de su trama, puede sonar ridícula. Marty, un guionista sin demasiada suerte, tan borrachín como el propio Farrell en su vida real, se ve metido en problemas junto a un amigo actor, Billy (Rockwell) y el polaco Hans (Walken) cuando Billy le rapta su perrito a un mafioso, Charlie (Harrelson). Hans y Billy solían secuestrar perros y, ante los avisos callejeros de recompensa por extravío, se presentaban, devolvían las mascotas y cobraban como si los hubiesen encontrado en la calle. Fácil.

    Pero algo sale mal. Y no adelantaremos más, porque Sie7e psicópatas es de esas realizaciones que conviene irlas descubriendo secuencia por secuencia, escena por escena, toma a toma, y disfrutarla.

    La película es fabulosa en sus viñetas. Es poco frecuente que cada escena pueda valer por sí misma el precio de la entrada. La visita de Charlie al hospital donde está internada la mujer de Hans (Linda Bright Clay), por ejemplo, es un resumen de superlativa puesta de clamara, diálogo y actuación. O, habrá que decirlo, cada aparición de Sam Rockwell, el personaje más enigmático del esquema que ha urdido McDonagh, como base, para hablar de la amistad, la solidaridad, el amor y la violencia.

    Todo, claro, con humor.

    La película debe su título al guión que un Marty bloqueado empieza a escribir, con ideas que le ha tirado Billy. Los psicópatas tienen una historia detrás, y cada una de ellas merecería su película propia. Pero McDonagh sabe cómo sumar las partes y lograr un todo que regocijará a los amantes de los thrillers contados con ingenio, gracia y ocurrencias.
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  • Curvas de la vida
    Hablando se entiende la gente

    Clint Eastwood y Amy Adams son padre e hija en un filme... como los de antes.

    Es una película como las de antes, gracias a Dios que lo es. Una trama sencilla a partir de la posible reconciliación de un padre y su hija, con el béisbol como telón de fondo, algunos personajes secundarios unidimensionales, humor, cierta cuota de ternura.

    Y algo que no suele encontrarse en el Hollywood de hoy en día: corazón.

    Curvas de la vida es una película de miradas, de lágrimas, con un Clint Eastwood que vuelve al gruñón de Gran Torino , con un personaje que, siendo un filme como dijimos de miradas, está perdiendo la vista. Es un cazatalentos del béisbol, un tipo de la vieja escuela que con sólo escuchar cómo le pega el bate a la pelota sabe si el bateador tiene -o no- lo que hay que tener.

    A los 82 años no es la primera vez que el actor -que vuelve a protagonizar un filme que no dirige desde En la línea de fuego (1993)- encarna a un personaje que está lidiando con el paso del tiempo y se niega a retirarse. A Gus le quedan tres meses de contrato con los Atlanta Braves, el equipo que está detrás de un bateador joven, rubio, gordito y fanfarrón. Gus y sus colegas lo seguirán en las pequeñas ligas, para ver qué tan bueno es, viajando por pueblos, parando en moteles y bares, comiendo comida grasosa. Su amigo Pete (John Goodman, cada vez mejor) nota que el hombre ya no es el de antes y convence a Mickey (Amy Adams), la hija con la que se ha distanciado desde hace años, a que lo acompañe en el viaje.

    Mickey tiene mucho por perder -está justo, justo a punto de ser nombrada socia en la firma de abogados en la que trabaja-, pero va igual. Junto a Gus está Johnny (Justin Timberlake, uno de esos personajes de un solo tono, pero que el actor y cantante sabe remontar), haciendo el mismo trabajo de Gus, pero para los Red Sox. Cartón lleno.

    Eastwood sabe afilar y sacarle la más colorida veta a la madera de Gus mejor que nadie. Es un tipo que prefiere ver las estadísticas de los jugadores en el papel del diario y no regirse “por la interweb”, como llama a Internet, un hombre que usa el teléfono público, no tiene celular y que da ¡5! dólares de propina al chico del delivery de la pizza.

    Sí, evidentemente es una película de las de antes, y de la clase de las que sabemos lo que va a pasar, todo parecerá arruinarse y... Pero nos dejamos embaucar. Y disfrutarlo.

    La secuencia del cementerio, en la que Gus va a visitar a su esposa, tuvo mucho de improvisación. Y si por esa escena Eastwood logra una nueva nominación al Oscar, bien merecido lo tendrá.


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  • El ministro
    La política tiene patas cortas

    Quizás él no se dé por enterado, pero seguro que en ese último plano que lo toma, el protagonista de El ministro se dé cuenta. Bertrand Saint-Jean es un animal político.

    Bertrand es el ministro de Transporte francés, un tipo sin pasado político, sin background, como le echa en cara una de sus asesoras, y tal vez por eso cuando se entera de un terrible accidente vial en una ruta, con niños como víctimas fatales, no le huye al compromiso; la misma noche se hace presente en el lugar del hecho. Y a partir de allí no abandonará el centro de la escena. Que pasa a ser, sí, una cuestión política, pero para Bertrand, de tintes más morales y personales. Se está ante la disyuntiva de privatizar las terminales de transporte. Y él está en contra.

    Producida por los hermanos Dardenne, la mano de los realizadores de Rosetta y El hijo , se nota en las características del personaje. Pero el director francés Pierre Schöller le imprime un ritmo propio. Si el “acoso” de la cámara sobre los personajes es algo así como la firma de los realizadores belgas, Schöller le aplica otra mirada. Construye un thriller político revelando tejes y manejes, enjuagues, agachadas, favores y traiciones en un mundo sucio en el que, cuando se atisba un poquito de pulcritud, siempre llega algo para enroñarlo. “En crisis de comunicación, olvídense de la realidad. Sólo cuenta la percepción”, se escucha.

    “Cuatro mil contactos y ningún amigo”, dice entre un suspiro y quejoso, mientras mira su celular el ministro, que ni sabe que su hija está en Egipto. El hombre que tiene un compañero (el gran Michel Blanc, tan versátil para el drama como para la comedia) del que se sorprende su rectitud humana y política. “El primer hombre que conozco que calza los mismos zapatos desde hace veinte años”, se ufana.

    Filme de fuertes contrastes y, como se ve, grandes diálogos, la interpretación de Olivier Gourmet está también entre lo más alto de la realización. Porque encarna, en definitiva, a un político, y desde la platea no sabemos nunca si lo que dice es lo que piensa, si lo que piensa lo actúa, si va a cambiar o si la palabra integridad está grabada a fuego en su vocabulario.
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  • El origen de los guardianes
    Felices sueños

    Una especie de Liga de la justicia que cuida a los niños de los malos protagoniza el filme animado de DreamWorks, en 3D.

    “Nuestra misión es proteger a los niños”, dicen una y otra vez los protagonistas de El origen de los guardianes 3D . Para que quede claro, ellos son Norte, El Conejo de Pascuas, El Hada de los dientes y Sandman. Y hay que explicarles a los chicos que acompañen a papás, abuelos, tíos o hermanos mayores que Norte es Papá Noel (¿será por problema de derechos que lo llaman así?), la que traía los huevos de Pascua para nosotros siempre fue la Coneja y no el Conejo (cambio de género), y al menos sí aclaran como un guiño que “en la división latina” de la búsqueda de los dientes dejados debajo de la almohada, trabaja el Ratón Pérez (en el Hemisferio Norte es el Hada). De Sandman, por estos lares, ni noticias.

    Hechas las salvedades, a estos cuatro protectores de los sueños y las esperanzas infantiles se les suma Jack Frost, figura legendaria que en la tradición del Hemisferio Norte deja escarcha en las ventanas en invierno, un joven que apenas comienza la proyección descubrimos que es como un fantasma (murió), y al que el Hombre de la luna decidió sumar al cuarteto de arriba para combatir el Mal, encarnado en Black Pitch. Algo así como el monstruo que espera escondido debajo de la cama de los niños para que sus sueños se conviertan en pesadillas.

    La película animada de los estudios DreamWorks apela al miedo, al susto como fondo, igual que en las recientes Paranormal , Hotel Transylvania o hasta Frankenweenie , para hablar de valores más puros como la solidaridad y el valor propio. Y el sacar de adentro de uno mismo el coraje, la valentía y el espíritu necesarios para enfrentar un mundo cada vez más hostil y menos solidario.

    No tiene sentido detallar más aspectos de la trama. Sí adelantar que tanto la casa en el Polo Norte de Noel, la madriguera del Conejo y el Palacio de los dientes tienen lo suyo, igual que el trineo de un Papá Noel con los brazos tatuados y que tiene, ejem, dos espadas en sus manos.

    Basado en una serie de libros juveniles de William Joyce, es un nuevo giro a la eterna lucha entre el Mal (encarnado por Pitch, que gobernaba en la época de la Edad oscura) y el Bien, con los guardianes que reemplazan su miedo y oscuridad con luz, dándoles esperanzas a los chicos. Pitch dice que “ya es el turno de que el mundo los olvide” y quiere volver a reinar. Pero si nos sacan la esperanza, ¿qué nos queda?

    Lo mejor de esta opera prima de Peter Ramsey es la animación en sí misma, que demuestra que DreamWorks está cada vez más cerca de Pixar, y la banda de sonido de Alexandre Desplat.

    ¿Sabían que los dientes guardan las memorias más importantes de nuestra infancia? Todos los días se aprende algo nuevo.
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  • Amanecer - Parte 2
    Yo fui hecho para amarte

    El final de la saga de “Crepúsculo” dejará más que satisfechos a los fans.

    La saga Crepúsculo , ya en las cuatro novelas de Stephenie Meyer (igual que con Harry Potter , el último libro se dividió en dos películas para recaudar el doble), plantea una diferencia desde las entrañas, bien sanguínea, con el mito vampírico. Los chupasangres de antaño ahora son galanes adolescentes. Los jóvenes son todos lindos y la trama romántica siempre estuvo por delante de todo. Del despertar sexual, de la relación paterno filial, de los vínculos de la amistad y de la diferencia de clases.

    El miedo a lo desconocido siempre estuvo grabado en la saga. Un balance de Crepúsculo nos llevaría a observar cómo el personaje de Bella (Kristen Stewart) fue transmutando desde aquella tímida adolescente a esta mujer que, cuatro películas después le dice a su amado Edward Cullen (Robert Pattinson) lo que él más quería escuchar: “Yo nací para ser vampira”. Y sí, tienen la misma temperatura...

    Así, esta Parte 2 de Amanecer es, si se quiere, más de lo mismo -Taylor Lautner, el lobo, debe sacarse la camisa por contrato-, pero con dos segmentos bien diferenciados. Como arranca donde terminó la primera parte, comienza con el reacomodamiento de Bella Swan (que renace como indica su apellido como un cisne, ahora vuelta vampira) descubriendo su velocidad, su fuerza y sus ojitos rojos. La segunda ya nos lleva de lleno al desenlace de la saga que se veía venir: el combate final entre los Cullen y los Volturi.

    Con más parsimonia y menos truculencia -aunque haya varias decapitaciones sin sangre-, el director Bill Condon (el de Dioses y monstruos y Amanecer Parte 1 ) narra cómo otros vampiros buenos se acercan y apoyan a Bella y Edward, cuya hija Renesmee crece a pasos agigantados (su carita digital de bebé recuerda a los efectos de Benjamin Button) y, no habiendo sido mordida, es mitad vampira mitad humana. Los Volturi la creen una amenaza para la especie (de inmortales) y de ahí a la secuencia final hay sólo un paso.

    A los fans de Crepúsculo poco y nada les puede importar algunos clisés, porque todo final conlleva un frenesí, un entusiasmo sólo comparable con la exacerbación y la exaltación por un equipo de fútbol.

    Y como sólo lo conocido es tolerable y seguro, como esboza Aro (Michael Sheen, el líder de los Volturi), en Parte 2 abundan los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, los lobos aullando y, lo que sí es nuevo, las vueltas de tuerca. El combate final sí hace abrir más grandes los ojos, no por la pelea sino por lo que pasa. Hay sorpresas (no para los que leyeron el libro).

    “Nadie ha amado a alguien como yo a ti”. Imaginen quién se lo dice a quién. Así como Harry Potter acompañó, película tras película, el crecer de varios chicos hasta su adolescencia, el capítulo final de Crepúsculo encontrará a sus adolescentes contentos y felices. Quédense a ver los créditos. Mejor final no puede tener.
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  • Ni un hombre más
    Al fin una comedia negra

    Valeria Bertuccelli y Martín Piroyansky alternan protagonismo en un divertido filme.

    No abundan, por desgracia, los títulos en el cine nacional que combinen la comedia y, digamos, el thriller, o la película con uno, dos o más muertos . Y menos como lo hace el director y guionista Martín Salinas en Ni un hombre más , con un protagonismo que va rotando entre Valeria Bertuccelli y Martín Piroyansky. Acá la comedia suele ser comedia, el thriller es un género poco abordado y si hay algún cadáver difícilmente se promueva a la risa.

    Los personajes de Bertuccelli y Piroyansky, Karla (“con K”, aclara ella) y Charly se conocen de manera fortuita. Ella y su novio (Juan Minujín) llegan a una suerte de hostería en Misiones que atiende Charly, él ensangrentado, ella un tanto nerviosa. Tienen el primer cadáver en el baúl de un auto con el que chocaron y dejaron abandonado. Y tienen una cajita con 100.000 dólares no del todo bien conseguidos.

    La película cuenta con el enorme aporte de Bertuccelli que, como comediante en el cine nacional, a estas alturas pareciera no tener quién la iguale. Es rápida para la respuesta supuestamente improvisada, sabe manejar su cuerpo y no sólo sus gestos en el humor más físico, cambiar el tono en un mismo parlamento y ser natural cuando otra hubiera pisado el palito del grotesco. Bertuccelli, no.

    Es que el humor negro tampoco es moneda corriente por estos lares, y ella se mueve con llamativa comodidad.

    Lo mismo sucede con Piroyansky, que se suelta del papel del joven-atribulado-en-circunstancias- inesperadas en el que lo encapsularon ya suficientes veces. Charly tiene más oportunidades de cambiar a lo largo de la proyección ante los ojos del espectador, porque el guión le da cimbronazos desde que empieza hasta que termina.

    Salinas se apoyó en un elenco dúctil -Luis Ziembrowsky, el mencionado Minujín, Emme- y aunque las acciones suceden casi siempre dentro de cuatro paredes, cuando es necesario airear las situaciones sabe cómo explotarlas.

    En síntesis, la sensación que perdura luego de ver Ni un hombre más -que no es un manifiesto feminista ni mucho menos- es la de haber pasado un rato agradable, escuchando retruécanos desopilantes y con buenas actuaciones. La comparación entre las relaciones humanas y las iguanas macho y hembra podrían estar o no, obviando un relato en off que genera expectativa y nada más.
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  • Cosmopolis
    Cosmopolis
    Clarín
    Mensaje en una limusina

    Robert Pattinson compone al gélido protagonista, tan monstruoso como solitario.

    El libro que el propio David Cro-nenberg adaptó de Dom DeLillo preanunciaba una filme con más fuerza en los diálogos que en las imágenes. Más aún con el recuerdo de su película inmediatamente anterior, Un método peligroso , por más que Cosmópolis eche mano a un mundo entre surreal y alegórico.

    Mensaje en una limusina. Encerrado, aislado y ensimismado en sí mismo -y en su vehículo, a prueba los ruidos de la calle- Eric Packer es un yuppie hipermillonario, un joven que no sabe -o no le preocupa- que sus ganancias manipulando Wall Street pueden afectar a otros. Un tipo que lo tiene todo y que de pronto se queda sin nada.

    Pero Eric se propuso como meta este día, el que retrata Cosmópolis , una visita a su peluquero. Para ello debe atravesar Manhattan la misma jornada en que la visita del Presidente, el cortejo fúnebre de un rapero y una revuelta de protesta enloquecen el tráfico. Cronenberg supo crear un microcosmos en esa limusina, para mostrar cómo es su protagonista, capaz de mantener un diálogo con una mujer mientras su médico particular le realiza un test de próstata ahí, en el vehículo.

    La alienación, la soledad y la falta de solidaridad son temas que saltan a la cara del espectador entre frases rimbombantes, filosóficas o de compleja comprensión acerca de la globalización y el capitalismo. Cronenberg no se preo- cupa si distancia al público: no es ésta una película ni convencional ni simplista.

    Cronenberg eligió a Robert Pattinson, a quien se le cuestiona su frialdad para un papel que precisamente lo que necesita es su ser gélido. Cada relación que entable con diversos asistentes, su esposa, su amante, su chofer, una agente de su seguridad, está signada por la impotencia, por más que tenga sexo con más de un personaje. Los rostros de Juliette Binoche y Samantha Morton impactan de movida, pero sucumben ante un ser monstruoso y que también genera pena, un solitario en un universo de depredación.
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  • Frankenweenie
    La luz de su vida

    El director retoma su corto de 1984 y demuestra que su universo e ima Ginería visual mantienen su fuerza. Animación blanco y negro y en 3D.

    Fanáticos de Tim Burton: ¿cuántas veces han visto llorar -y no una sino varias veces- a un protagonista de sus películas? A los que objetan que los personajes burtonianos son estrafalarios, sepan que hasta cuando no son humanos lo son más que cualquier vecino. Victor Frankenstein, el niño de Frankenweenie , llora. Y motivos no le faltan.

    Frankenweenie era, en el formato de corto de 25 minutos que Burton realizó en 1984, un homenaje a clásicos del terror, y una enternecedora admiración por la amistad entre un chico y su mascota. Ahora Burton ha decido expandirlo, animarlo y reanimarlo, manteniendo lo básico y creando subtramas con los compañeritos del colegio de Victor, el niño que ha logrado revivir su perrito muerto, Sparky, que atropellado por un auto buscando una pelota de béisbol termina partido en dos.

    Tímido y solitario, Victor tiene, obvio que sin quererlo, la megalomanía, el honor de trascender y la incomprensión de quienes lo rodean, cosas que comparte con el Jack de El extraño mundo de Jack , con Ed Wood, con Willy Wonka y con el inventor de El Joven manos de tijera : no quieren hacer daño a nadie, pero tienen -como Burton- la mirada posada más allá de lo natural y lo establecido como normal. Revivir un perro, llevar la Navidad a la Tierra de Halloween son deseos y actos impulsados por sus entrañas, no por un delirio de grandeza, que es lo que quienes los rodean les achacan sin razón.

    Pariente cercano de Edward Scissorhands, y no sólo por sus costuras, Sparky es un sinónimo de pureza e ingenuidad. Rasgos que tiene en común con su dueño. Cuando los padres le dicen que al morir alguien cercano, sigue vivo en su corazón, Victor les replica que no lo quiere en el corazón; él lo quiere a su lado.

    Así que estimulado por su maestro de ciencia (increíble la voz de Martin Landau en la copia subtitulada), Victor descubrirá que nada, hasta lo más difícil de imaginar, es imposible.

    En un año en el que coinciden -y en la Argentina están actualmente en cartel- películas animadas para niños con zombies, monstruos y vampiros como Hotel Transylvania y ParaNorman , Frankenweenie es la menos pasteurizada. Acá no se trata de comprender por qué los monstruos son perseguidos por los humanos o quitarle la pátina de temor a los muertos vivos. Burton se vale de los compañeritos del colegio que le roban a Victor la tecnología para revivir a sus mascotas enterradas para seguir homenajeando (¿alguien dijo Godzilla?) y, también, reírse de qué puede suceder si la ciencia loca cae en manos inadecuadas.

    Ya el corto era monocromático, pero ahora es animado, en stop motion y encima en 3D. Increíblemente están casi iguales el cementerio en la colina, el molino, y algunas tomas han sido calcadas del corto (lo pueden ver en YouTube). La imaginería visual y artística -el cementerio en particular- llevan la marca indeleble de Burton. Pero cuando se vuelve literal, y sus personajes optan por frases como que los adultos dicen cosas a las que no hay que seguir al pie de la letra, y que se teme a aquello que no se conoce (salvo al amor), ahí el director parece subestimar al público de todas las edades.

    Más macabra, pero también más sentimental que su original, Frankenweenie no defraudará a los seguidores del director de El cadáver de la novia , y aquéllos que no sepan quién es, no saben el universo que se están perdiendo.
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  • Operación Skyfall
    Herido de cuerpo y alma

    Daniel Craig le dio nueva vida a Bond. Algo maltrecho, ahora el 007 debe salvar a su jefa.

    Cuando en la piel de Pierce Brosnan Bond ya era una parodia de sí mismo, la llegada de Daniel Craig, más que devolverle credibilidad, le dio una vida nueva. El 007 de Craig es más seco que un Martini, y en Casino Royale redobló la apuesta por un personaje que, si sigue siendo inoxidable, está ahora más anclado al mundo real. Y por favor olviden Quantum of Solace : en Operación Skyfall Bond vuelve a lucir en su mejor forma, herido en su cuerpo. Y también en su conciencia.

    Pareciera que los héroes del cine siglo XXI deben ser huérfanos (Batman, Harry Potter, James Bond, como nos contaron en Casino Royale ) y en el transcurso de sus sagas hay que develar misterios de su infancia.

    Rechazo patológico a la autoridad originado en un trauma infantil figura en el expediente del 007, algo que ni en sueños hubiéramos imaginado en los años en que Roger Moore vivía y dejaba morir.

    Bond arranca, como de costumbre con una secuencia de acción de aquéllas -difícil empardar la persecución con que abría Casino Royale - en la que 007 va tras un hombre que tiene una lista con agentes infiltrados en organizaciones terroristas. Si se difunden sus identidades, es casi un suicidio. Bueno, Bond pierde al hombre y encima lo matan. A Bond, a James Bond.

    Tras los títulos, M (Judi Dench) está a punto de que la retiren. “Al diablo con la dignidad”, casi que le escupe a Mallory (Ralph Fiennes), nuevo presidente del Comité de Inteligencia. No pregunten cómo, pero Bond cual Sparky en Frankenweenie renace. Su pulso al empuñar el arma no es el mismo. Medio maltrecho, estará a las órdenes de su superiora cuando un ataque ciberterrorista esté por destruir al MI6 y a la seguridad nacional.

    Que el villano Silva tarde en aparecer, y que sea un Javier Bardem rubio y afeminado no hace más que acrecentar el desafío. Ya no hay científicos locos ni multimillonarios recluidos en una isla desierta donde planean conquistar el mundo. El peligro en Skyfall es más real. Silva parece un Hannibal Lecter, y así Bond tiene un malvado a su medida, como se merece.

    Los seguidores del agente con licencia para matar saldrán más que conformes. Hay abundantes guiños (tras una década era hora de que regresara Q, el creador de gadgets , Bond dice que un informe es For her eyes only , por Sólo para sus ojos - y ¿se acuerdan de Moneypenny?), antiguos secretos revelados y más.

    Hay algo que es cierto. Bond nunca corrió tanto como con Craig agitando sus bracitos. Y está más patriota que nunca. El humor está más acotado, pero el cinismo sigue en la punta de su lengua. Y que Sam Mendes ( Belleza americana y Camino a la perdición ) haya sido el director elegido habla a las claras de que Bond no sobrevivió 50 años para ser cine de autor . Pero un autor puede aportarle mucho al cine de Bond.
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  • Sinister
    Sinister
    Clarín
    A qué no saben quién es el asesino

    El director de “El exorcismo de Emily Rose” sabe cómo asustar y generar temor.

    El viejo truco de la casa con la familia como nueva inquilina y que se muda porque el alquiler es conveniente tiene una vuelta de tuerca espeluznante en Sinister . Ellison (Ethan Hawke) es un escritor de best sellers que investiga crímenes no resueltos, y lleva a su esposa e hijos a la zona donde una familia apareció ahorcada, colgando de un árbol. La única que desapareció fue la hijita menor.

    “¿Nos mudamos cerca de la escena de un crimen?”, le pregunta su mujer. “No”, le responde y no le miente. Se mudaron a la escena del crimen.

    Ellison sólo necesita un éxito. En verdad, otro éxito, ya que Sangre en Kentucky le dio fama. Pero por su culpa, un asesino quedó libre en Denver. No importa, Ellison sabe que la policía no va a ayudarlo a resolver el misterio, se arma su estudio en la casa y empieza a investigar. Encuentra en el ático una caja con rollos de películas caseras en Super 8. Allí se ven familias espiadas. El que filmó parece vigilarlos, y luego se ve cómo son brutalmente asesinadas, en los años ’60, ’70 y ’80. ¿Quién las filmó? ¿Cómo llegó esa caja allí?

    Lo de las familias amenazadas está en el trailer en los cines, y en la película pasa en los primeros 20, 25 minutos. Y la película dura 110...

    De ahí en más habrá puertas que chirrían, alguien que pasa rápido delante de la cámara, más ruidos, pisos de madera que crujen, un niño que sufre pesadillas, aparatos que se activan solos... Apariciones.

    Y si a la media hora uno ya se habría mandado a mudar, Ellison no lo hace. Y faltan 80 minutos...

    Si en los filmes de horror en pleno siglo XXI parecen más importantes las escenas terroríficas o escalofriantes que la trama en sí, Sinister plantea otra cosa. Eso ya es un handicap. El espectador ve cosas, digamos, que el protagonista no. Se apela a lo nocturno, tal vez exageradamente para que en la platea se peguen sus buenos sustos.

    Pero la película transcurre casi enteramente dentro de la casa...

    Scott Derrickson ( El exorcismo de Emily Rose ) ya dio muestras de saber cómo oprimir la (in)conciencia del espectador. Lo suyo no es meramente gráfico. Cada escena que se suma genera más expectativa y, hay que decirlo, sensación de temor. Cuando las cosas parecen tener una explicación “lógica”, allí va otro mazazo -no literal, esto no es El juego del miedo - para sacudir la aparente tranquilidad de la sala.

    Hawke, que siempre dio como el americano medio, se prueba en un género que es difícil de hacer bien, y cumple en su papel. Hay, claro, algunos clisés y preguntas que los espectadores se harán, y otras que no son la simple por qué no se mandan a mudar de una buena vez . Por suerte, el director no los escucha...
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  • ParaNorman
    ParaNorman
    Clarín
    Veo (mucha) gente muerta

    Es probable que si alguien pensaba una película como ParaNorman hace 30 años, los estudios de Hollywood hubieran pensado que no habría púbico para ella. ¿Historia de zombies, con un niño que ve gente muerta, enmarcada en una historia triste, y encima en animación?

    Hoy es otra época, y ParaNorman , que llega más en copias 3D que convencionales, tiene no uno sino varios públicos. Los chicos ya no se asustan tan fácilmente, y los adultos pueden disfrutarla como chicos.

    Creada por los mismos responsables de Coraline , aquella maravilla sobre la nena que encontraba un mundo alternativo, una versión idealizada de su hogar, pero con características algo siniestras, la película ofrece humor y sobresaltos en idénticas dosis.

    Vale, sí, una aclaración: ParaNorman , como diría una niña de 7 años, está “muy buena”, pero no es “linda”. Norman es un chico que no sólo ve gente muerta en su pueblo: habla con los fantasmas, todos como Casper, amigables, y con el espíritu de su abuela, sentada y tejiendo en el sillón del living acompañando a Norman mientras él ve películas de zombies. Norman vivirá su propia película con los comedores de cerebros cuando un tío, vago y apestoso, y con un aire a Fidel Castro, le advierte que deberá usar su don para otra cosa.

    Es que se aproxima el 300° aniversario de la muerte (y la maldición) de una bruja, su fantasma despertará y traerá con ella a los muertos. Así que Norman, el chico de los pelos parados, deberá hablar con los muertos vivos para terminar con la maldición.

    Si el filme no es “lindo” es porque no sólo Norman padece bullying en la escuela -lo mismo que un compañerito, por gordo-, y hay cierto detalle con quién fue la bruja y lo que le sucedió, que a los más pequeños habrá que acompañar y explicarles por qué pasó lo que pasó. Y luego sí, a disfrutar del terror animado.

    Para los más grandes hay guiños -el ringtone en el celular de Norman, es la musiquita de Noche de brujas , de Carpenter; Neil, el gordinflón, a veces usa la máscara de Jason-. Y no todo es terror: la abuelita sabe de lo que habla cuando le dice a Norman que “tener miedo no tiene nada de malo”.

    Al fin de cuentas, vale la opinión de Neil sobre Norman: “No creo que sea raro, sólo habla con fantasmas”. Es eso.
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  • Histeria - La historia del deseo
    Cosita loca llamada amor

    Comedia jugada sobre la invención del vibrador, que habla de la emancipación femenina.

    Hace muchos años, y mucho antes de la revolución sexual de los ’60, se entendía que el deseo sexual femenino reprimido era una enfermedad, las mujeres que lo padecían eran denominadas histéricas y los médicos ofrecían, si no una cura, una manera de aplacar la histeria: largas sesiones acariciando el clítoris a sus pacientes.

    Esto no es invento del guión de Histeria, la historia del deseo . Es verdad.

    Como también lo es el nacimiento de cierto aparato (eléctrico, en tiempos de la era victoriana inglesa) cuya función no era otra que la de ser un práctico plumero, que se convirtió en el sustituto de las manos de un par de atribulados médicos. El origen, entonces, del aparatito que hoy se denomina vibrador anda por el centro de la cuestión en la película de Tanya Wexler.

    La directora le otorgó un tono de comedia ligera, pero jugada. En el fondo habla de la emancipación femenina encarnada en Charlotte (Maggie Gyllenhaal), una adelantada para su época, hija del doctor Robert Dalrymple (Jonathan Pryce), a quien asiste otro avanzado, Joseph Mortimer Granville (Hugh Dancy). Y también de cómo las ideas nuevas tienden a sobreponerse a los prejuicios, sean de la índole que fuesen.

    La película tiene un comienzo que podríamos considerar grotesco -la presentación de Granville, un médico que termina excluido de los hospitales por querer aplicar sus nuevos conocimientos en la salud- y va ganando forma con la irrupción de Gyllenhaal, la hija mayor de Dalrymple que se fue de la casa de su padre (!) y trabaja como voluntaria social cuidando y alimentando a los pobres. Hay escarceos románticos entre Granville y Emily (Felicity Jones), la otra hija más mojigata del dueño de casa, pero uno intuye que el encuentro de dos modernos progresistas “revolucionarios”, más que un choque va a provocar otra cosa.

    A diferencia de otros títulos en los que se cuentan historias del siglo XIX con personajes que parecen salidos del XXI, Histeria...mantiene la apariencia victoriana, se cuida en los diálogos y si bien no expone a Charlotte como una extraterrestre, el contraste logra la empatía del espectador con el personaje.

    En el reparto eminentemente británico a excepción de la neoyorquina Gyllenhal -y además de un siempre creíble Jonathan Pryce, alejado del Perón de Evita -, están Rupert Everett como el amigo de Granville y verdadero inventor del vibrador, y Sheridan Smith, una joven que viene de la TV y que está dando muestras de su talento. Aquí es Molly, la mucama con quien prueban por primera vez el instrumento, y demuestra no ser ningún aparato.
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  • Un reino bajo la luna
    Dulce y melancólico

    Dos chicos se escapan en una isla para vivir una aventura amorosa en el nuevo filme del director de “Los excéntricos Tenenbaums”.

    Los filmes de Wes Anderson pendulan, alternan entre la melancolía y la tristeza, la resignación de sus personajes. Es el vuelo poético del director de Tres son multitud y Los excéntricos Tenenbaums el que nos reconforta durante la proyección, por más que nos deje un sabor agridulce, semiamargo al terminar la misma, y nos acompañe afuera del cine.

    Con un elenco que es todo un seleccionado (Edward Norton, Bill Murray, Bruce Willis, Frances McDermond, Tilda Swinton, Harvey Keitel, Jason Schwatzrman), los protagonistas no son ellos sino chicos. En particular, dos. Sam (Jared Gilman), que se escapa de un campamento de scouts en la isla donde transcurre la película, y Suzy (Kara Hayward, un rostro a seguir), que huye de la casa de sus padres en esa misma isla para encontrarse con Sam y vivir una aventura. Casi, casi como en Melody . El resto, salvo Schwartzman, partirá a su búsqueda.

    Es 1965 (pero podría ser 1940, 1990, 2012 o 2040) y un narrador omnipresente (Bob Balaban), que entra y sale del relato y de la pantalla, se dirige al espectador y también a los personajes, cuenta que cuando empieza la historia, faltan tres días para el arribo de un huracán. Un dato, no más.

    Sam y Suzy son preadolescentes pero se mueven como adultos en un mundo en el que los adultos se mueven como preadolescentes. Los chicos quieren escapar de sus realidades (Suzy le escupe a su madre el consabido “Te odio”; Sam no puedo hacerlo porque es huérfano), algo en que los mayores les vienen ganando por trayectoria y veteranía. El jefe del grupo de scouts (Norton) se desdice al confesar cuál es su principal profesión, si líder o maestro de escuela; el policía (Willis) y la madre de Suzy (McDermond) tienen un affaire de manual; el padre de Suzy (Murray) y el jefe máximo de los scouts (Keitel) actúan más como niños que como cabezas de sus respectiva familia y grupo.

    Anderson, que escribió el guión con su amigo Roman Coppola, les pone delante de sus ojos a su héroe y heroína enormes anteojos (a Sam) e indispensables binoculares (a Suzy) para que vean, adviertan mejor lo que los rodea, o lo que se les viene. Aunque obvia, la referencia del inexorable paso de la ingenuidad hacia la madurez, la oportunidad de vivir en ese verano una aventura que (¿tal vez?) no puedan o se atrevan a realizar después.

    Hay algo de fábula en el relato, en la isla que recorren como en El fantástico Sr. Zorro , la anterior realización animada del texano Anderson. El reino, el universo, el mundo o la mente de Wes Anderson es también una isla en el panorama del cine estadounidense. La iluminación de Robert Yeoman abre una paleta de colores festivos, la música de Alexander Desplat hace más que acompañar y, con un elenco recargado, Un reino bajo la luna les recuerda, a los desafortunados que lo olvidaron, que vivir un sueño no es (no era) tan difícil como creían.
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  • Argo
    Argo
    Clarín
    Cuando la mentira es la verdad

    Ben Affleck consigue un filme con picos altos de tensión y también de humor narrando un hecho real y complejo.

    No hay dudas después de volver a ver Argo que la película de Ben Affleck es una de las mejores producciones estadounidenses que se han estrenado este año, y que estará en la pelea grande por el Oscar. La afirmación se sustenta más en la agudeza y astucia del Affleck director, en el nervio que sabe imponerle a la narración, al exacto balance entre el thriller -más que drama- que transcurre en Teherán y la sátira y el humor que despliega cuando las acciones se quedan en Hollywood. Y mucho menos por estar basada en un hecho real.

    Porque la historia de los seis diplomáticos estadounidenses que se escaparon de la toma, por parte de militantes y estudiantes iraníes, de la embajada norteamericana en la capital iraní en noviembre de 1979, y se ocultaron en la residencia del embajador canadiense, es cierta. Gracias a que el presidente Clinton desclasificó unos archivos en 1997, se supo que fue una arriesgada movida de Tony Mendez (el propio Affleck), un agente de la CIA que pergeñó una idea (la “mejor mala idea” disponible en plena crisis) para ingresar él en Irán, hacer pasar a los seis por miembros de un equipo de filmación canadiense que buscaban locaciones para un filme de ciencia ficción, llevarlos hasta el aeropuerto y devolverlos sanos y salvos en sus casa en los Estados Unidos. Lo que no es verdadero, auténtico es el final, la odisea que en la pantalla hace crispar los nervios, y nos pone al borde de la butaca.

    Affleck falsea la verdad en pos de su legítimo cometido de entretener y atrapar al espectador. ¿Está mal? Alan Parker hizo algo similar cuando retrató cómo Billy Hayes escapó de una prisión turca -otro hecho real- en Expreso de medianoche (1978). El filme fue candidato al Oscar. Y nadie dijo nada.

    Mucho se dice y habla ahora de Argo , en momentos en que las relacione entre los Estados Unidos e Irán vuelven a ser tensionantes como en aquella época. Es que la película tiene una construcción (y una reconstrucción del lugar y la caracterización de los personajes) notable: quedarse después de los créditos para constatarlo, y un espíritu patriótico y no patrioterismo -los iraníes son tontos, pero algunos en el Gobierno, también-. Ya al comienzo Affleck deja en claro la intromisión estadounidense en Irán, imponiendo al Sha Pahlevi para favorecer sus intereses económicos por el petróleo y cómo la revolución y Khomeini se veían venir y nadie la predijo.

    La película pivotea en tres ámbitos. Lo que va sucediendo en Teherán, los manejos de la CIA en Virginia y en Washington y la puesta en marcha de la falsa película (la Argo del título) en Hollywood, donde John Chambers, el maquillador de El planeta de los simios y un productor (inventado) prefabricaron algo que parecía imposible, pero todos se lo tragaron.

    Esta parte, la de Hollywood, sirve para descomprimir, es el comic relief, para relevar la tensión, y donde John Goodman y Alan Arkin se meten al espectador en el bolsillo. Así como Affleck lo hace el resto del relato. La ficción a veces supera a la realidad, y aquí, cuando la realidad parece de ficción, no queda otra que relajarse y disfrutar de un acabado producto cinematográfico. Hollywood lo ha hecho otra vez.
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  • Looper: asesinos del futuro
    Tiempos violentos

    Thriller de ciencia ficción, con Bruce Willis, Joseph Gordon-Levitt y Emily Blunt, que transcurre en dos futuros.

    “Esta es mi vida. Vos ya tuviste la tuya“.
    Nada raro en esta frase, excepto que Jason, el que la pronuncia, se la está diciendo a sí mismo, treinta años más viejo. En persona.
    Una especie de “No sos vos, soy yo, que vendríamos a ser los mismos. El mismo”.
    Antes de que abandone la lectura, las explicaciones del caso. Looper: asesinos del futuro transcurre en dos futuros. El más lejano es el de 2074. Allí ya existen los viajes en el tiempo, pero 30 años antes, no, por lo que cuando quieren eliminar a alguien, lo “trasladan” al pasado y un looper -esos asesinos del futuro (futuro actual)- se encarga de, arma en mano, ajusticiarlo, sin dejar evidencias. Redondo.
    Todo iba bien para Joe, que viste con corbata y aspecto retro (retro para 2044) hasta que le llega un encargo y cuando está a punto de disparar el gatillo, advierte que el futuro fiambre es él mismo. O sea que en vez de asesinar a alguien, está por cometer suicidio. Cuando quiere disparar, es tarde, porque él mismo (30 años más viejo) tiene reflejos más rápidos, y escapa.
    Si nada de todo esto le llama poderosamente la atención, tal vez sí si le decimos que Joe joven es Joseph Gordon-Levitt y Jason viejo no es Josephn Gordon-Levitt con maquillaje sino Bruce Willis. Y que Joseph Gordon Levitt es el que usa maquillaje para parecerse a Willis… Algo en la nariz, las cejas, el color de los ojos. Ver para creer, y creer o reventar.
    Pero lo más relevante de Looper... es que si bien se trata de una película de ciencia ficción, no lo es en el sentido que más ha popularizado el cine últimamente. No hay un futuro apocalíptico, sino que se ciñe más estrictamente al término como lo que es, un género especulativo que relata acontecimientos posibles desarrollados en un marco puramente imaginario. Es un thriller de ciencia ficción. No es tiempo de megacorporaciones como las que soñó Philip K. Dick, aunque haya un loquito suelto (Jeff Daniels, que ya supo de meterse en otras historias en La rosa púrpura de El Cairo, pero ésa es otra historia) que quiera eliminar a Jason.
    O sea que la persecución no es una, sino que son dos. Y serán tres cuando Jason viejo quiere descubrir en el pasado (que es el presente de la película) quién es el hacedor de lluvia que lo tendrá a maltraer en el futuro más futuro.
    Ciencia ficción, con algo (mucho) del primer Terminator, con extensos tiroteos, muertos por doquier, violencia inusitada, sed de venganza, sacrificios y el duelo interpretativo entre Gordon-Levitt y Willis.
    Y falta Emily Blunt, que tarda en aparecer. pero cuando lo hace ilumina toda la pantalla con un personaje totalmente impensado para ella (¿la inglesita como una granjera?). No hay mucho presupuesto (la ciudad es apenas decline de lo que es hoy), pero no se nota y lo que se ve, se ve muy bien.
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  • Hotel Transylvania
    Una de terror para chicos

    En este filme animado, papá Drácula intenta proteger a su hija adolescente (de 118 años, cosas de vampiros) de los humanos.

    Si las chicas sólo quieren divertirse, a los chicos les gusta asustarse. O al menos eso es lo que piensan en Hollywood, que en las últimas semanas está estrenando películas animadas de terror… para niños. Veamos: ParaNorman –a la Argentina llega en noviembre-, Frankenweenie , de Tim Burton, y hoy llega Hotel Transylvania , con papá Drácula tratando de proteger a su hija Mavis de los humanos.

    Para ello y para que “los monstruos y sus familias reposen en un paraje de paz”, el Conde hizo construir este resort , por 1895. El tiempo pasa, los chicos crecen y Mavis es una adolescente (de 118 años, por esas cosas que tienen los vampiros) que quiere salir al mundo exterior, ése que Dracu no le permite ver. El chupasangre tiene sus motivos para protegerla, algo que se cuenta más avanzada la trama. La cosa es que Jonathan, un joven humano y mochilero irrumpe en el Hotel por casualidad, y el Conde trata de hacerlo pasar por otro monstruo entre sus huéspedes.

    ¿Quiénes se alojan allí? Frankenstein, El Hombre Invisible, el Lobo, varios esqueletos y otras criaturas espeluznantes. La cosa es que Jonathan y Marvis sienten amor a primera vista, y el primer largometraje para cine de Genndy Tartakovsky ( El laboratorio de Dexter , Las Chicas Superpoderosas ) tiene diversión y mensaje.

    Drácula (voz original de Adam Sandler) cuida a Mavis (Selena Gomez) porque es viudo y le prometió a su madre protegerla por siempre de los ”humanos inmundos”. Así que de pequeña le leía cuentos de humanos a la hora de acostarla, hay muchos gags visuales, aprovechando la sorpresa que generan las cosas que pueden hacer los monstruos, líneas de diálogo igualmente jocosas y una tomada de pelo a Crepúsculo .

    Y por el lado del mensaje cifrado, es fácil advertir que se propone comprender y aceptar al que es diferente a uno. Después de todo, los monstruos no son tan malos como parece.

    Filmada en 3D, pero sin saltos en primer plano, la película es un entretenimiento eficaz, una buena salida para compartir con los chicos, que para eso uno los lleva al cine.
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  • La casa de al lado
    Como para no mudarse

    Ante una película de terror, hoy el espectador que esté atento podrá saber si lo que está por ver será otra más de destripamientos y torturas varias, bien gore , o una película Triple S : con suspenso, sobresaltos y sangre.

    La clave está en el elenco. Cuando hay un actor conocido, o en ascenso, como es el caso de Jennifer Lawrence -candidata al Oscar por Lazos de sangre , protagonista luego de Los juegos del hambre -, es difícil que la estrella acepte un rol en un filme de los primeros. Así que La casa de al lado pinta para el lado de los segundos.

    Lawrence interpreta a una adolescente rebelde que se lleva mal con su madre joven (Elisabeth Shue, de Adiós a Las Vegas ). Juntas se mudan de ciudad y alquilan una casa en un bosque. Claro, la renta es baja y conveniente, porque allí a unos metros hay otra ca sa abandonada donde cuatro años atrás -lo vemos en el comienzo- la niña Carrie Anne masacró una noche a su mamá y su papá. La niña huyó, desapareció (¿murió?) y nunca se encontraron rastros de ella.

    Y antes de que usted pueda terminar la frase pueblo chico, infierno grande , Elissa y Sarah están en una de esas barbecues barriales enterándose de que el hermano mayor de Carrie Anne, Ryan (Max Thieriot), que había sido enviado mucho antes a vivir con una tía, está viviendo en la casa de al lado.

    Usted, yo y cualquier otro ser humano rompería el contrato y se marcharía de allí, pero Elissa y Sarah no, porque si lo hicieran no habría película y no nos pegaríamos varios de esos saltos que la película de Mark Tonderai nos tiene preparados.

    La casa de al lado tiene esos detalles que la hacen especial dentro del género. Y es que los personajes no son unidimensionales, tienen carne -OK, para que se puedan clavar cuchillos y sangrar- e historias. Ryan guarda secretos en su pasado y alguno que otro en el sótano de su memoria. Que Elissa se haga su amiga y desafíe las reglas que le quiere imponer la madre no hace más que tirar de la cuerda de la trama, que tiene suficientes giros como para advertir que hubo alguien preocupado por pensar una trama y generar tensiones constantes.
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  • Cacería implacable
    Bien negra y bien noruega

    El género negro está teniendo muy buenos ejemplares, que se suman a una tradición destacable. Desde la saga Millennium , de Stieg Larsson, sabemos que en la península escandinava que comparten Suecia y Noruega, además de mucho frío, hay autores de talento, tramas que entrecruzan corrupción, manejos turbios en empresas y personajes más o menos detestables con comportamientos privados… ¿cómo decirlo? Mejor ocultarlos.

    Roger Brown, el protagonista de Cacería implacable ( Headhunters es su título internacional) surgió de la inventiva de Jo Nesbo, quien es famoso por crear otro personaje, Harry Hole, un policía violento y depresivo. Nuestro Roger es la antítesis. Siempre de traje o con el saco puesto, está casado con una bomba noruega y le mantiene los gustos a un costo alto. Trabaja como un cazatalentos para una empresa tecnológica en Oslo, entrevistando y recomendando directivos. No le alcanzaría lo que cobra, así que se las arregla de otra forma.

    Fácil. Cuando entrevista a estos cuasi millonarios, tiene su estrategia. Manipulador, averigua sus horarios y quiénes viven en su casa, si tiene pinturas y, con la ayuda de un empleado de una firma de seguridad que le desarma las alarmas a distancia, entra, corta la tela, pone una reproducción y después las vende.

    La cosa se le complicará cuando un recién llegado le sea presentado por Diana en la galería de arte que Roger le ayudó a abrir. Clas dice tener un Rubens tasado en casi cien millones, en la casa que era de su abuelita. Roger lo tienta para el empleo, averigua horarios, etcétera… Como una suerte de Nueve reinas nórdica, al comienzo, y hasta con algo de El socio del silencio (1978), cuando el que engaña es el engañado, Cacería implacable son tres películas en una. Hay tres segmentos bien diferenciados: el primero, el que acabamos de narrar, y otros dos que no vamos a adelantar. La película de Morten Tyldum es un instrumento de precisión, de relojería. Nada de lo que se diga o vea habrá sido dicho o puesto en pantalla por que sí.

    El noruego Aksel Hennie lleva adelante todo el metraje -sin pestañear, un dato no menor-, mientras el danés Nicolaj Koster-Waldau ( Game of Thrones ) se convierte en su perseguidor, como dice el título local. La hermosa Synnove Macody Lund sale airosa en su debut como actriz aquí: era crítica de cine.

    Si se la pierden, ya una productora hollywoodense compró los derechos para la remake estadounidense.

    Mientras no hagan lo mismo que con Nueve reinas ...
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  • Buscando un amigo para el fin del mundo
    ...que se acaba el mundo

    Steve Carell se prueba en la comedia y el drama como un humano más que debe hacer lo que pueda antes de que la Tierra desaparezca.

    “¿Qué vas a hacer el resto de tu vida?” es una pregunta capciosa en el marco de esta película, si se sabe que en 21 días un asteroide chocará irremediablemente con la Tierra, por lo que el resto de son tres semanas. Apocalipsis ahora, sí, y como en Melancolía , de Lars von Trier, pero ante la misma hipótesis, distintas circunstancias y resultados.

    Dodge (Steve Carell, como siempre, con cara de yo no fui) le suma a su preocupación existencial que su mujer, presa del pánico, lo ha abandonado. No va a morir solo, va a morir con todo el mundo, pero le quieren encontrar -rápido- pareja en un universo en el que hay saqueos, suicidios sorpresivos, padres que entusiasman a beber a sus hijos menores... Es tiempo de mandar allí, adonde usted sabe, a quien siempre quiso mandar. Y también es tiempo de, ejem , que se acaba el mundo.

    La opera prima de Lorene Scafaria, guionista de TV y de Nick y Norah, una noche de música y amor , parte de una premisa que atrae, y la va acicalando y renovando en cada escena. Cuando hace que Dodge deje la ciudad para ir a buscar al amor de su vida, el de la Secundaria, le adosa a su vecina (Keira Knightley, sí, con ese acento tan british). Y los hace cruzar con personajes inesperados. O al menos que tienen presencias episódicas, cuando parecía que iban a tener más peso en la trama. Y no vamos a adelantar quiénes.

    Podría parecer una película del camino, con personajes que no son lo mismo cuando llegan que cuando partieron, pero es tan poco el tiempo que tienen, que Dodge y Penny son como uno los conoció de primera vista. Carell y Knightley se llevan de primera en pantalla. Y el actor de The Office no puede quejarse, ya que ya ha compartido escenas con Anne Hathaway, Julianne Moore, Juliette Binoche. Pone cara de tonto, pero es evidente que no lo es.

    Divertida y con giros entre inesperados y efectivos -Dodge se “emborracha” con líquido para limpiar vidrios; se despierta en un parque y descubre que le ataron la correa de un perro; la parada en el camino en el bar, donde no hay demasiadas vueltas con el sexo-, el espectador se suma al desconcierto de los personajes. Y si hay escenas que podrían o no estar -la de la prisión sirve para que los protagonistas se cuenten cosas, pero pudo haber sucedido en la camioneta-, todo está amenizado con ritmo y muy, muy buena música.
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  • Tournée
    Tournée
    Clarín
    Pasajeros en tránsito

    Es Tournée una película acerca de lo que un hombre cree ser y lo que es. De lo que no hay dudas es del talento de Mathieu Amalric, a quien en todo el mundo se lo reconoce como un gran intérprete más que como director, porque se lo ve más delante que detrás de la cámara.

    En su tercer filme como realizador, el actor de La escafandra y la mariposa se basa en su personaje (Joachim), un productor de televisión exitoso que se fue de Francia y que regresa con una troupe de cinco artistas de neo burlesque estadounidenses.

    Tournée es un relato que se ve y que va de afuera hacia adentro, hasta en sus alegorías más simples. Las chicas actúan, por elección de Joachim, en salones de ciudades portuarias, arrancando en Le Havre. Les cuesta llegar al centro, a París.

    Son como esos viajeros que están en tránsito en los aeropuertos, sólo que aquí viajan en tren, en una combi y paran en hoteles, lugares donde nadie puede sentirse como en casa. Y eso es lo que, uno vislumbra, Joachim ansiaba más que nada y nadie.

    Los cuerpos de las artistas son bien fellinescos. Exuberantes, pero también cuyos encantos comienzan a desaparecer. Joachim y sus mujeres son eso: un sexteto, si no en descomposición, viendo cómo la notoriedad se está transformando y reflejando más en una sombra que en lo que les devuelve el espejo.

    Joachim trata a sus figuras -actúan de lo que son en la vida real, figuras del burlesque- como niñas, las adula y les miente, a veces como forma de apoyo, otras todo lo contrario. Amalric elige a una, Mimi Le Meaux (Miranda Colclasure) casi como explicación o interpretación del mundo que relata. Ella podrá estar bien, mejor o peor, sintetiza los sueños y miedos de todos.

    Joachim regresa a su tierra, y espera ser recibido más que como lo que es, como lo que fue. Se imagina un regreso con gloria. Un pasado mejor, un presente que no se sabe, y un futuro… que quién sabe cómo será. Pero que será de él, y de ellas. Como esa única, la última lágrima que se ve recorriendo su rostro.
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  • Ruby, la chica de mis sueños
    El amor imaginado

    Si algo distinguía a Pequeña Miss Sunshine era que rompía con lo preestablecido. La pareja que forman sus directores Jonathan Dayton y Valerie Faris -con éxitos en la publicidad y el videoclip antes que en el cine- se tomaron su tiempo, y seis años después ya no analizan a una familia particular, sino a un escritor bloqueado y necesitado de atención amorosa.

    En Ruby, la chica de mis sueños muestran a un individuo -que tiene su familia, pero el centro no es la interrelación, sino él-. Calvin tuvo un éxito editorial con su primera novela a los 19 años. Una década después, no sólo está paralizado: no sabe cómo empezar a escribir algo nuevo, ni cómo iniciar una cita. Y siguiendo el consejo de su psicólogo (Elliott Gould) esos sueños sobre la chica soñada los plasma en el papel de su máquina de escribir.

    Y un día Ruby, la chica sobre la que escribía, se reaparece en realidad. Ya Calvin dirá que no escribe “sobre” Ruby, sino que “la” escribió. Ruby es como él la quería. Y si algo no le gusta, va, se sienta ante la vieja máquina, tipea y, por arte de magia, Ruby es y hace lo que él desea.

    Película sobre el amor, la manipulación del ser amado, la necesidad de querer y de no querer, Ruby... abreva en varias fuentes. De la obvia Más extraño que la ficción (del mismo año que Pequeña… ), pasando por Harvey (con James Stewart), El ladrón de orquídeas , de Spike Jonze, y hasta cruzando con The Truman Show . No se le busca originalidad a la trama, lo original pasa por el tratamiento, y por qué harán los directores con Ruby.

    Con o sin final feliz, el filme plantea más que lo que resuelve. De qué sirve tener a alguien soñado si se puede maniobrar sobre él como con plastilina. Aquí no hay cinismo -sí algo de presunción e inmodestia desde la realización, que en momentos nos aleja de los personajes-. ¿Vale más ser querido o querer?

    Siguiendo con las parejas, Zoe Kazan (Ruby) escribió el guión, siendo nieta de Elia Kazan ( Nido de ratas ), y su novio en la vida real es Paul Dano, el protagonista de este filme singular e insólito. Por ahí está Antonio Banderas, en una de esas películas en las que no debería estar.
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  • ¿Qué voy a hacer con mi marido?
    Matrimonio mayor

    Meryl Streep se luce interpretando a una mujer que trata de encarrilar la relación con su esposo, un malhumorado Tommy Lee Jones.

    Algo decididamente no anda bien entre Kay y Arnold. Sentados a la mesa junto a sus hijos, celebrando sus 31 años de casados, Kay cuenta que como presente “nos regalamos la suscripción al cable. Son muchísimos canales...”. Duermen en cuartos separados, la rutina diaria es asfixiante. “¿Se puede cambiar un matrimonio?”, le pregunta intrigada Kay a una amiga. No, no haría como en Dos más dos . Nada de swingers. A los sesenta y pico, Kay y Arnold están más cerca de ir a la cama a ver la tele que hacer otra cosa.

    La pregunta es quién quisiera estar con un especimen como Arnold, con el rostro, el malhumor y todo lo negativo que sabe darle a su personaje el insufrible Tommy Lee Jones. Bueno, ésa es Kay, la protagonista a la que Meryl Streep sabe dotarle de toda una paleta de ricas características, cambiante pero coherente en cada salto de escena, más aún cuando el guión los lleva a pasar una semana en Hope Springs (el título original del filme), donde el doctor Feld (Steve Carell) intentará ayudar a ambos en su centro de terapias de parejas.

    Con experiencia en la pantalla chica -ha dirigido capítulos de Sex and the City , Band of Brothers y Entourage -, el director de El diablo viste a la moda vuelve trabajar con Streep, y eso, se nota, es un handicap. La actriz se roba cada una de las escenas en las que está incluida, aunque sin proponérselo. Debe ser difícil compartir encuadre con ella: Aunque Carell y Jones no desentonan, la estrella de La amante del teniente francés sigue imponiendo su estilo y magnetismo como siempre.

    Meryl compone a un personaje, distinto a lo de siempre, Tommy Lee hace lo de siempre, el insoportable, quejoso, amargado. Claro, lo bien que le sale.

    Para que la película no terminara siendo un capítulo de una buena serie de televisión, se necesitaban, además de las buenas actuaciones, diálogos jugosos, situaciones cambiantes, un ritmo distinto en cada salto de secuencia. Y Frenkel lo hace. A veces, con meros apuntes (la mesera que los atiende en el restaurante del pueblo inmediatamente detecta que están para la terapia de parejas), otras dejando fluir las acciones y expresando la simpleza de una mirada cómplice entre el matrimonio, o con las preguntas de tono sexual que les hace el terapeuta.

    “No es tarde para el que se atreva a intentarlo”, dice el doctor Feld, con más ímpetu de libro de autoayuda que otra cosa. En una pareja en la que no se cuentan sus fantasías ni sus sentimientos, debe hacerse difícil sostener la intimidad a futuro, se tenga la edad que se tenga. Y por eso ¿Qué voy a hacer con mi marido? es tan divertida como cuestionadora. Tal vez Kay y Arnold no tengan éxito en lo suyo, quién sabe, pero del otro lado de la pantalla, el que gana es el espectador.
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  • 360
    360
    Clarín
    Historias que se cruzan sin fin

    El guionista Peter Morgan ( La reina ) fue sincero al decir que se basó en Reigen , una obra que había sido adaptada para el cine en 1950, La ronda , de Max Ophuls.

    360 es el tipo de filme coral, con varios personajes que viven distintas historias que, en algún momento, se irán a cruzar. El mexicano Alejandro González Iñárritu (con Babel , por ejemplo) se había especializado en el género. Y el propio Morgan lo hizo en el guión de Más allá de la vida , para Clint Eastwood.

    Ahora es otro latinoamericano, el brasileño Fernando Meirelles ( El jardinero fiel ), quien se aboca a juntar y seccionar las historias en diferentes ciudades. Como si fuera el efecto mariposa, ése que hace que lo que pasa en una punta del mundo repercuta en otra distante. Empezando por una prostituta de Europa del Este que hace sus primeras armas en Viena, con un frustrado cliente (Jude law), que engañaría a su esposa (Rachel Weisz), quien ya de por sí lo engaña en Londres. Y hay un padre inglés (Anthony Hopkins) desesperado buscando viva o muerta a su hija, que abandonó el hogar. Volando a los Estados Unidos a reconocer un cadáver, conoce en el avión a una brasileña (María Flor), que dejó a su novio que le pone los cuernos y que se encuentra en el aeropuerto con un pedófilo recién liberado de prisión (Ben Foster). Y hay un dentista en París que no sabe qué hacer con su asistente, si avanzar en una relación que nunca comenzó.

    Aquellos espectadores a quienes esta clase de relatos le sea atractivo, sin profundizar demasiado en las relaciones (a cualquier película le resulta imposible realizarlo si tiene una duración normal), terminarán satisfechos con el filme del director de Ciudad de Dios . Hay, sí, tremendas actuaciones, como la de Weisz y la de Hopkins, mientras Ben Foster bien sabe cómo infundir temor y ambigüedad desde su extraño personaje. Pero es un virtual desconocido por estos lares el ruso Vladimir Vdovichenkov, como un asistente de un mafioso que planea redimirse, junto a la checa Lucia Siposova (la prostituta del comienzo) quienes, sin interactuar con las estrellas, llaman la atención y generan la empatía necesaria para sostener sus propias historias.
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  • Ted
    Ted
    Clarín
    Yo soy tu amigo fiel

    Mark Wahlberg y un oso animado protagonizan una comedia de lo más incorrecta.

    Hay que tener hombría o ser un soberano lelo para pedir que el osito que tus papis te regalaron cierta Navidad se convierta en tu mejor amigo por siempre jamás, que hable y te acompañe por el resto de tus días, amén.

    John Bennett lo hizo. Chico impopular en su barrio, si le pidió un deseo a una estrella, mejor que después se haga cargo. Y si Ted termina hablando y creciendo -es una manera de decir, porque John será un eterno adolescente con su compinche de peluche- y es su amigo inseparable, al fin y al cabo, John lo deseó. Y al fin y al cabo es su vida.

    El asunto con John es que en su vida, cuando crezca y tenga 35 años y un trabajo por el que nadie pelearía, estará Lori (Mila Kunis), su novia, esperando que él termine por comprometerse con ella, le pida matrimonio, dé un paso adelante. Cuando Lori advierta que Ted es un osito bárbaro, pero también el amigote al que su novio sigue pegoteado, le llegará al muchacho el ultimátum. No es o él o yo, pero casi.

    La comedia hollywoodense más exitosa, en términos de cantidad de público, del siglo que corre, tiene en su trama, por lo general, a personajes como John. Si no son adolescentes en su documento de identidad, nítidamente lo son en su adultez, y se niegan a crecer. Las películas de Judd Apatow lo testimonian. Y esta opera prima de Seth MacFarlane (38), creador de American Dad!

    y Family Guy ( Padre de familia ), dos irreverentes comedias animadas de la televisión estadounidense, se sube a la ola.

    Y al adosarle un personaje animado (no dibujado: se utilizó la técnica de motion capture , se lo agregó después por computadora), redobla la apuesta.

    Ted es una comedia todo lo políticamente incorrecta que cabía esperar de McFarlane, que en el cine no se puso límites. Ted (con la voz del propio MacFarlane, quien también lo hace con sus famosos protagonistas animados en TV) se enfiesta, se droga con John, recibe prostitutas (cuatro) y hablando podrá parecer inteligente, pero es una letrina. El guión de Ted tira un par de premisas (la amistad incuestionable, y la necesidad de crecer, como persona y con su pareja) y les da una y otra vuelta, con gags graciosísimos y otros pasados de rosca.

    Los treintañeros o cuarentones con nostalgia -otro tópico del Hollywood de hoy-, con guiños y homenajes del otro lado de la pantalla, también estarán complacidos y satisfechos con esta película. Hay mucha mención a Flash Gordon (el filme de los años ‘80 con música de Queen), a Indiana Jones y más.

    Mark Wahlberg, en el personaje de John Bennet, da ese típico adolescente -un Ralph Macchio, ¿qué será de la vida del actor de Karate Kid ?- y parece embobado cuando debe parecerlo, e irresoluto y simpático casi siempre. Kunis (que trabaja con MacFarlane desde Padre de familia ) es la compinche ideal para la trama. Y Ted es un personaje al que no se le puede discutir nada. A ver si contesta.
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  • Elles
    Elles
    Clarín
    Objeto y persona

    Una periodista (Juliette Binoche) investiga a jóvenes europeas que eligen la prostitución para solventar sus gastos.

    No deja de ser curioso cómo una investigación cambia casi de cuajo la vida de la periodista que interpreta Juliette Binoche, madre de familia y con algunos problemas de pareja.

    Anne trabaja free lance para la revista Elle y la intriga el, llamémosle, fenómeno de las estudiantes europeas que eligen la prostitución para solventar sus gastos.

    Entrevista a dos, una francesa y otra polaca. Y ninguna de las dos jóvenes parece tener inconvenientes con su profesión. Son abiertamente francas en contar por qué hacen lo que hacen.

    Dirigida por Malgoska Szumowska, no es Elles una película a la que se pueda tildar de feminista, porque no toma partido. No se pone la realizadora en el lugar de sermonear, de decir qué está bien y qué mal. Prefiere dejar planteadas, en la conciencia del espectador, de manera más sutil qué dice todo esto de la sociedad que las cobija.

    Y también la directora polaca pone el centro en la percepción que Anne tiene con respecto a las chicas. En las entrevistas se muestran confidentes. Y Anne descubre, no sin sorprenderse, que Charlotte (Anais Demoustier) y Alicja (Joanna Kulig) son felices en sus vidas. Más que ella.

    La película ofrece escenas de fuerte contenido, en cuanto a diversas prácticas sexuales entre el sadismo y masoquismo, que pueden resultar shockeantes, aunque están dentro de un marco orgánico.

    Las jóvenes ¿viven su profesión como una sumisión o con la libertad de disponer del cuerpo como les plazca, más que como lo deseen? El filme sugiere, esboza la diferencia entre objeto y persona con el compromiso y el riesgo que conllevan.

    También habla de la soledad -de Anne, y de su esposo, de sus hijos, uno adolescente-. Binoche tiene un personaje para nada sencillo, del que sale adelante que su consabido aplomo.
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  • Todos tenemos un plan
    Yo sé que tú sabes que yo sé

    El tema del doble y el enfrentamiento de los opuestos es crucial en este thriller, que mejora cuando transcurre en el Delta.

    Muchos son los temas de la opera prima de Ana Piterbarg, que en formato de thriller se estrena hoy. El enfrentamiento de los opuestos es el más claro, el que nítidamente atraviesa toda la trama del filme. Dos hermanos gemelos de distinta personalidad. El Delta y la ciudad. La naturaleza y lo urbano. La sinceridad y la mentira. Y la más obvia, el bien y el mal.

    La configuración es el thriller, porque hay un secuestro, y una muerte -que podrá potenciar otras-. Pero la película también es un drama, el de un hombre (Agustín) que está harto de su vida ordenada y que al entrever una oportunidad de cambio, se lanza sin medir las consecuencias.

    Agustín (Viggo Mortensen) es un pediatra aplicado y apocado, cuya pareja, Claudia (Soledad Villamil, en un personaje que merecía mejor desarrollo) quiere adoptar un bebe. “No tengo nada que darle, no sirvo para eso”, se sincera él. “¿A vos te está pasando algo? ¿Hay algo que no me dijiste a mí?”, es la respuesta de su mujer.

    La respuesta de Agustín será imprevista para ella, para él y para el espectador.

    Cuando Claudia esté ausente, Pedro, el gemelo de Agustín, lo visitará. Es su antítesis. Pedro usa barba, es un hombre desalineado. Agustín comenzó a dejarse la barba y a beber, a abandonarse ante el abandono de su mujer. Hubo un secuestro en la isla del Delta del Tigre, donde los hermanos pasaron su infancia y Pedro se gana la vida con su colmena. Tras esa visita, Agustín adoptará la identidad de su gemelo, viajará al Delta y se hará pasar por él.

    La directora ahonda en esa dualidad entre lo urbano y lo campestre, siendo mucho mejor el relato cuando transcurre en el Delta que cuando los protagonistas están en tierra firme. Será o no una metáfora buscada, pero el cambio de registro es brusco.

    Es que los personajes en el Tigre son mucho más ricos. Agustín/Pedro es en verdad un tercer protagonista, al que Mortensen le ofrece esa máscara de ambigüedad y temor que tanto le pedía desde el guión. Y fundamentalmente están la pichona Rosa (Sofía Gala Castiglione), un interés romántico de Pedro, a quien ayudaba en la colmena, y también de Adrián (Daniel Fanego), que lo conocen a Pedro en su intimidad y que -todos- quedarán descolocados en sus encuentros en la isla.

    El tema del doble en el cine es tan antiguo como el cine mismo. Piterbarg demuestra ser muy buena dialoguista, aunque su guión presenta, revele (demasiados) guiños literarios. Tal vez no haya sido necesario mostrar la tapa de un gastado Los desterrados , de Horacio Quiroga.

    Técnicamente la película está 10 puntos -con una gran dirección de arte-, y a un Mortensen que se ha entregado por entero lo secunda un Fanego con otra gran actuación (recordar ¡Atraco!).

    “Todos tenemos el mal adentro” advierte Rosa, y sugiere no hacer el mal a los otros. La cuestión es que muchos de los personajes no tienen un plan para luchar contra eso, aunque sí para otras cosas que sostienen el título del filme.
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  • Posesión satánica
    A ver qué hay adentro...

    Una niña compra una extraña caja de madera en una venta de garage, sin saber que la habita un espíritu maligno.

    En tiempos en los que el suspenso parace un instrumento dejado en desuso en las películas de terror, que en su inmensa mayoría prefieren el golpe de efecto, el golpe bajo o cualquier otro tipo de mazazo al espectador, Posesión satánica es una rareza. Su guión no es un dechado de virtudes, pero se toma sus tiempos en desarrollar la historia, casi a la manera de una de sus predecesoras, El exorcista .

    Claro que la película de William Friedkin es de 1973, y ahora el público necesita todo ya, rápido. Pues bien, habrá que esperar sentados para que la cosa se vaya poniendo turbia.

    La menor de dos hijas de una pareja separada le pide a su papá que compre una caja de madera en esas ventas de garage que son tan comunes en los Estados Unidos. Lo que no saben -ellos, porque el espectador, sí- es que la caja posee un Dibbuk, un espíritu maligno según la tradición judía, que está agazapado esperando que un alma ingenua lo deje libre y apoderarse de ella. Obvio que Em, la chica, la abre.

    Basada, se informa, en hechos reales, la desesperación del padre (Jeffrey Dean Morgan, clon estadounidense de Javier Bardem) y de la madre (Kyra Sedgwick) va in crescendo al no saber qué es lo que le pasa a Em (Natasha Calis).

    La película pega sus buenos sustos y en buena ley, mantiene la tensión casi siempre y cuando se apela a los clisés, éstos se ven hasta con complicidad. tal vez sea mérito de Sam Raimi, que oficia de productor, más que del realizador danés Ole Bornedal, quien sabe decirle ole a los convencionalismos del género.
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  • Cuando los chanchos vuelen
    Absurda, pero con respeto

    La situación en la Franja de Gaza entre palestinos e israelíes, vista desde el humor.

    Todo lo absurda y surrealista que pueda parecer la situación en el conflicto palestino israelí en la Franja de Gaza tiene su cuota de humor en Cuando los chanchos vuelen , de Sylvain Estibal, un fotógrafo que ahora está radicado en Uruguay.

    El filme es un retrato claramente surrealista a partir de algo que une a israelíes y palestinos: su rechazo al cerdo. Y a partir de ese dato, Estibal pinta a sus personajes con ironía y -a veces- cierto grado de ternura.

    Jafaar es un pescador que no suele levantar mucho con sus redes en el mar. Encima, debe soportar a soldados israelíes que, subidos a la terraza de su casa, la utilizan como puesto de observación. Pero su suerte cambia el día que -no pregunten cómo- pesca un cerdo (vietnamita, dirán). Y Jafaar está en una encrucijada: desea sacarse de encima al animalejo, pero descubre que hasta puede ganar cierto dinero si lo logra vender. Los palestinos y los israelíes no pueden permitir que las patas del animal toquen el suelo… pero los colonos judíos, que viven cerca, utilizan cerdos para detectar minas.

    Y es una bella mujer, Yelena, quien puede comprárselo desde el otro lado de la cerca, pero debe disimularlo.

    El género elegido por el director abiertamente es el de la comedia, con alguna que otra connotación sexual, pero casi siempre manejándose en los parámetros de la comedia blanca. Hay militares corruptos, personajes más o menos estereotipados. Y Jafaar, interpretado por Sasson Gabai, es una combinación entre Charles Chaplin y Roberto Benigni, pero más perdedor que cualquiera de los dos.

    Gabai es el motor de la historia, y su presencia en pantalla es casi constante. El personaje se va construyendo en su interacción con su mujer, un amigo, un control o la colona “enemiga”, y hasta con qué puede pasar por su cabeza cuando está solo con el cerdo.

    Así como, con mayor talento, Elia Suleiman se reía de la misma cuestión (el enfrentamiento y el hostigamiento), Estibal más que tomar partido retrata, con menos sutileza que un cerdo, una situación que, vista como está planteada, es tan ridícula como entretenida. Absurda, pero con respeto.
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  • Tinker Bell: El secreto de las hadas
    Con hermanita y ecológica

    Los más chicos (chicas) la conocen como Tinker Bell, aunque para los de 15 años para arriba el hada que acompañaba a Peter Pan era Campanita. Cuestiones de marketing y globalización al margen (como la Rana René, que ahora se llama en todo el planeta Kermit), el hada bondadosa y curiosa regresa a la pantalla en su cuarta aventura, tras Tinker Bell (2008), El tesoro perdido (2009) y Hadas al rescate (2010).

    En El secreto de las hadas la cosa es más o menos similar, ahora no debe congeniar con un hada rival, como en la película anterior, si no que Tinker se encuentra con su hermana, Periwinkle. Y si la explicación es que “Ambas nacimos de la misma risa”, no da para aclarar nada más.

    Así, Tinker, de curiosa que es, quiere cruzar la frontera e ir al bosque del invierno, para encontrar al Guardalibros, una especie de Señor Escritor Bibliotecario. Viaja de polizonte en una canasta que lleva un búho y conoce a su hermana -“la mejor cosa perdida que jamás hayas hallado”, le dicen sus amigas-. En el frío el hada cálida (Tinker) debe cuidar sus alitas para no congelarse, porque está todo nevado. Su hermanita es el hada de la escarcha -es artesana y escarcha cosas- y juntas descubrirán que (ahí viene el mensaje ecologista) si se altera el equilibrio de las estaciones, no podría producirse más el polvo de hadas, que está en un árbol.

    Ver El secreto de las hadas en 3D o en proyecciones normales no varía demasiado. La película de animación computarizada, con mucho cuchicheo entre las amiguitas hadas, tiene como principales destinatarias a las niñas de hasta 9 años, esa edad en la que todavía uno puede zambullirse en un cine con toda su ingenuidad. Que la disfruten.
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  • El legado de Bourne
    ¿Bourne está?

    Para reinventar la saga, otro agente es el perseguido por el recontraespionaje.

    Es un Bourne, sin Bourne. Aunque a Jason Bourne se lo vea sólo en fotos, el legado del que habla el título de la cuarta entrega de la saga, poco y nada tiene que ver con el agente creado por Robert Ludlum.

    El principal motivo de que Bourne no esté en la película es que Matt Damon, quien lo interpretó en las tres primeras, dijo adiós. Y a diferencia del agente Jack Ryan, que entre otros tuvo los rostros de Harrison Ford y Ben Affleck, o Clarice Starling (Jodie Foster en El silencio de los inocentes y Julianne Moore su secuela, Hannibal ), para no hablar de James Bond, se ve que los productores no estaban convencidos de cambiarle la cara al personaje. ¿Creerán que Damon puede volver? Tal vez.

    Por de pronto en El legado de Bourne el protagonista es otro agente y otro actor. Aaron Cross (Jeremy Renner) anda nadando con el torso desnudo en las heladas aguas de Alaska. Es parte de un entrenamiento (el nadar) y, el agente, parte de un proyecto de biogenética que debe ser borrado de la faz de la Tierra. Ya bastante tienen la CIA y otras agencias del recontraespionaje estadounidense con el bendito Bourne perdido por allí, acusándoles de todo como para dejar algún cabo suelto.

    Por lo que Cross, a quien el actor de Vivir al límite le presta su rostro pétreo pero con más movilidad que un Stallone y al estilo de lo que generaba el más carilindo de Damon, deberá correr por su vida. Hay unas pastillitas, una azul (no es para eso) y la otra verde que explicarán por qué Cross tiene tamaña resistencia al dolor, entre otras cosas, y la bióloga (Rachel Weisz) que cada tanto le tomaba los análisis terminará, de buenas a primeras y tras algunas balaceras, inmiscuida en la huida de Cross y en la propia, cuando también quiera eliminarla. El malo de turno es Edward Norton, un malo de escritorio.

    El legado de Bourne tiene una estructura de guión hiperrecontra básica. Salvando las distancias, si Kubrick había imaginado Inteligencia artificial en capítulos guionados bien diferenciados -lo que después hizo Spielberg al filmar es otra cosa-, Tony Gilroy armó secuencias que hasta podrían estar desconectadas. O formar parte de otra película.

    Hay mucho diálogo y necesarias explicaciones en algunos bloques de escenas, pero cuando se viene la acción, hay tres secuencias (en el laboratorio, en la casa y la persecución) en las que las palabras sobran y si el ritmo interno se acrecienta, también se agregó más adrenalina en la mesa de edición.

    Las películas de Bourne, a diferencias de las Misión: Imposible o las Bond, podrán transcurrir en diferentes ciudades (aquí se pasean por Alaska, ciudades estadounidenses, Manila, Seúl), pero saber que los malos están siempre del lado de uno genera cierto resquemor. Son estadounidenses vs. estadounidenses. Todos contra todos.

    Por la pantalla pasean varias leyendas, como Albert Finney, Stacey Keach, Scott Glenn (jefe de Sterling en El silencio...) y otras caras conocidas que no vamos a mencionar.

    ¿Volverá Bourne ? Seguro. ¿Con o sin Bourne? Ese es otro asunto.
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  • Los indestructibles 2
    No pregunto cuántos son...

    Juntar a media docena de héroes de acción que han conocido mejores épocas y que se tomen el pelo no está mal. Lo que pasa con Los indestructibles 2 es que las bromas no abundan y lo que sobra es sangre, seres despiadados, sadismo y violencia.

    Para aquéllos que el combo les cierre, la pasarán bien. El guión es bien rutinario, sólo una excusa para que Sylvester Stallone y sus mercenarios peleen una y otra vez, a puño (cuesta decir limpio) o a balazos con los malos de turno. No pregunto cuántos son, sino que vayan saliendo, parece decir Barney (Stallone).

    El chiste es obvio y reiterativo: Barney es, en sí mismo, un dinosaurio, aunque no violeta. Stallone tiene en su ADN el gen de la acción desmedida. Como director ha hecho cosas terriblemente violentas. Ahora le pasó la posta a Simon Wincer ( Con Air ) pero se ve que con indicaciones bien precisas.

    La película arranca con Barney y sus secuaces en plena misión casi suicida de rescate de un millonario asiático en Nepal. Alguien les ganó de mano. Es Trench (Arnold Schwarzenegger, que en la primera tenía un cameo), a quien también salvan. De regreso a los Estados Unidos, Church (Bruce Willis, con más papel que en la original) le recuerda a Barney que le debe un vuelto de una operación anterior.

    Son cinco millones de dólares, y con o sin cepo cambiario, si no quiere terminar preso, Barney debe aceptar una misión. Sí, otra casi suicida.

    Le adosan una mujer oriental (Nan Yu) y debe rescatar una cajita. Lo hace, pero se enfrenta al malvado Jean Vilain (Jean-Claude Van Damme), que le saca el mapa de dónde hay enterrados toneladas de plutonio. El mundo corre peligro: con esa cantidad se fabricarán bombas poderosísimas. Y como Vilain mata a uno de sus hombres (Liam Hemsworth, de Los juegos del hambre ) la cosa para Barney ya no es negocio.

    Ahora se trata de venganza.

    Hasta qué punto, cuál es el límite de la violencia gráfica es lo que plantea el filme, a menos que el espectador se entregue a este carnaval de la sangre. Decíamos que había pocos chistes. Algunos salen de labios de Jason Statham, el intelectual, si cabe el término, del grupo. Pero el mejor lo tiene Arnold. Cuando ve un avión destartalado, Willis dice que está como para un museo. “Nosotros pertenecemos a un museo”, le responde...
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  • El molino y la cruz
    Un cuadro con vida propia

    Interpretar un arte desde otro, conjugar sus semejanzas y expandir sus límites es lo que Lech Majewski propone y consigue en El molino y la cruz , con el que ingresa en la pintura La procesión hacia el calvario , de Pieter Bruegel.

    Si hay alguna otra película a la que pueda emparentarse, ésa es El arca rusa , de Alexander Sokurov: tienen un imponente tratamiento visual, que en el caso del filme que se estrena hoy hace imprescindible su visión en un cine.

    Lo que narran las pinceladas es la crucifixión de Jesús, y lo que Bruegel ilustra es también la ocupación española en el siglo XVI en su tierra. Explicar el arte, o una pintura en particular desde una película puede parecer pretencioso. Pero la manera en que el director polaco logra plasmar en imágenes, lo descarta. El filme va más allá de ser una guía visual y auditiva del cuadro.

    Bruegel, considerado uno de los grandes de la pintura flamenca, es interpretado por Rutger Hauer, con quien varias veces dialoga el mecenas Nicolaes Jonghelinck, rico señor burgués que encarna Michael York. El propio pintor explica las metáforas y significados de su pintura, donde el molinero en lo alto de una enorme roca es Dios, moliendo el pan de la vida y el destino.

    Los paneos “internos” sobre los personajes en la pintura, como deteniendo la acción y metiéndose en un fragmento del cuadro, que combina actores con proyección en blue screen, curiosamente le otorgan credibilidad al relato.

    Hay mucha crueldad en la trama, pero allí andan también en su ambiente rural los niños jugueteando como si nada. El mismo Bruegel comenta que lo que sucedía alrededor de El Salvador, como llama a Jesús, pasó inadvertido para muchos. Simón, Ester y la Virgen María (Charlotte Rampling) pasan en el óleo entre “el camino de la vida y el camino de la muerte”, según la boca de Bruegel/Hauer.

    Al pintor le interesaba sobremanera captar la atención del espectador, algo que en este atrapante juego de experimentación artística es fácil involucrarse. No hay muchas películas como ésta en la cartelera de los cines. Ni ahora ni casi nunca: conviene zambullirse a disfrutarla.
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  • La era del rock
    Es sólo rock’n’roll

    Con varios cambios respecto al musical original, Cruise gana protagonismo, canta y es lo mejor que se ve en pantalla.

    Si de una obra de teatro pueden hacerse diversas adaptaciones al llevarse al cine, lo que han hecho con Rock of Ages , el musical de Chris D’Arienzo que arrancó en Los Angeles en 2006 y siguió hasta aterrizar en Broadway y en el West End londinense, plantea preguntarse por las necesidades de llevar adelante cambios tan -perdón- radicales.

    De acuerdo, aquí no debemos ser muchos los que lo vimos, pero cuando en Hollywood decidieron comprar los derechos y realizar el filme no habrán pensado en el público argentino sino en el norteamericano, que sí lo vio. Sería agotador marcar cada una de las mutaciones, pero si un personaje protagónico rompe con su novia porque descubre que ella se acostó con una estrella de rock, resulta curioso que en la adaptación ella no tenga relaciones con el rock star y el novio la deje porque cree que sí. De ahí en más, lo que pasa por la mente de los personajes no es lo mismo.

    Pero vayamos a la película, que es la que se estrena. Sherrie, la chica, baja del ómnibus en Los Angeles desde Oklahoma y le roban el equipaje. Casi sin un dólar, se encuentra ante el mítico The Bourbon Room, un local donde las bandas han dado recitales memorables. Ah, ella quiere ser cantante de rock, es 1987 y el chico que le consigue trabajo como mesera en el Bourbon (Drew) es el que después la abandona.

    Bueno, ella le dirá a Stacee Jaxx, el famoso cantante con algo de Axl Rose (Tom Cruise), que “cuando murió mi hámster tu música me consoló”. Así que cuando Stacee llegue para actuar antes de que probablemente cierren el lugar que regentea Dennis (Alec Baldwin), en fin, no pasa lo que pasa en el teatro.

    La película se ha armado alrededor de Cruise, convirtiendo al filme en coral y no con uno o dos protagonistas casi excluyentes. Y a decir verdad, lo bien que lo hicieron. Porque es Cruise el mejor de los que están en pantalla. El actor se viene reinventando desde hace un tiempo, haciendo papeles tan disímiles como el de Una guerra de película o éste, que lo obliga a cantar. Y por cierto que lo hace muy bien.

    Como soporte, aunque debía ser más potente, Alec Baldwin como el dueño del lugar cumple, algo que no puede decirse de Russell Brand, como su mano derecha. Paul Giamatti se repite como el productor musical ambicioso, lo mismo que Catherine Zeta-Jones. Sus personajes no eran así en el original, pero ya dijimos que ésa es otra historia.

    Nos falta hablar de los protagonistas. Drew ya no es Constantine Maroulis, de American Idol , sino el mexicano Diego Boneta, que no está mal, pero tampoco da como para aplaudirlo. Y como Sherrie, es llamativo que Julianne Hough, dos veces ganadora de Bailando con las estrellas en la TV estadounidense, aquí tenga que cantar.

    Adam Shankman, que además de dirigir Niñera a prueba de balas es coreógrafo, ya había llevado Hairspray al cine. Homenaje al Glam metal, se ve que por una cuestión de derechos quedaron afuera varios temas del musical original. No están Too Much Time In My Hands , de Styx, ni Cum On Feel the Noize (de Slade). Si una canción del comienzo la pusieron al final, y ahora la canta otro personaje, tampoco debería llamar la atención que la película la hayan rodado en Florida haciéndola pasar por Hollywood.
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  • La fuerza del amor
    Una mujer ejemplar

    Toda figura que protagoniza un hecho histórico relacionado a los derechos humanos merece reconocimiento. En el caso de la birmana Aung San Suu Kyi, parecía extraño que lo realizara Luc Besson, director que si se especializó en algo que tuviera balas en sus tramas era en exhibir los tiroteos con regodeos visuales (Nikita , El perfecto asesino , El quinto elemento), todos filmes de ficción. Aquí, las balas son reales, quienes las disparan son miembros de la dictadura militar en Birmania (hoy, Myanmar) y quienes las reciben son ciudadanos pacíficos.

    Pero Besson subdivide su relato. Por un lado, el costado político y social (con la detención de Suu Kyi, su prisión domiciliaria) y por otro, su relación con su esposo inglés y sus dos hijos.

    La diferenciación no es poca. Desde las actuaciones, con una siempre potente Michelle Yeoh, y un David Thewlis que, como su esposo, gana con oficio los momentos difíciles. Donde Besson refleja a los militares birmanos -tal vez para enfatizar la sinrazón de la violencia- termina parodiándolos y el efecto, en vez de ser dramáticamente eficaz, se desvanece.

    No muchos conocen la vida de Suu Kyi, quien de niña perdió asesinado a su padre. Sí se sabía que Suu Kyi no podía abandonar su país para estar con sus seres queridos. Y ese aspecto de la historia, en el que la líder de la oposición debe elegir entre su país y su familia, es el que Besson, amigo del blanco sobre negro, decide dejarlo en un tono gris. Que sea el espectador quien opine.

    Besson es un gran puestista, sabe dónde colocar la cámara, es en la cuestión dramática donde la narración se le dilata y extiende más de lo aconsejado. Las labores protagónicas balancean el resultado final.
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  • El vengador del futuro
    Golpe de adrenalina

    Philip K. Dick murió poco antes de que Ridley Scott estrenara Blade Runner (1982), basada en su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de la que apenas pudo ver unas imágenes. Verdadero padre de la ciencia ficción, los estados alterados de la mente (probó con las drogas y padeció esquizofrenia) y los gobiernos autoritarios son moneda corriente en sus relatos. Y en casi todos los que fueron adaptados -la mayoría, mal- al cine.

    Es que el universo de Dick no es sencillo. Su escritura, tampoco. Paul Verhoeven, allá por 1990, estrenó la primera El vengador del futuro ”, sobre Podemos recordarlo por Usted al por mayor (1966), con Schwarzenegger viajando a Marte y no sabiendo bien quién era. Otro tema recurrente en Dick: las distintas personalidades, el desconocimiento de saber quién se es.

    Ahora Len Wiseman ( Inframundo ) se abocó de nuevo a Dick, pero le dio más vueltas aún, dejando el relato más como una película de acción que preocupándose por las cuestiones metafísicas de Dick.

    Aquí no hay Marte, sí dos mujeres peleando por el mismo hombre, que no sabe quién es. Tras una guerra química, en la Tierra sólo quedan habitables la Federación Unida de Bretaña y La Colonia. Los obreros oprimidos trabajan en La Colonia y viajan diariamente a la FUB en La caída, una especie de tren subterráneo. Hartos de no tener independencia y de la desigualdad, planean rebelarse. Y Doug (Colin Farrell), que trabaja fabricando robots, al intentar implantarse en el cerebro como un juego una nueva personalidad, termina aniquilando él solito a una decena de policías. Parece que Doug no es Doug, sino Carl, mano derecha del líder revolucionario a quien le implantaron otras memorias, cree estar casado con una policía (Kate Beckinsale, esposa del director), pero ella sólo quiere manipularlo y entregarlo a las autoridades autoritarias.

    La otra mujer que lo quiere es el papel que juega Jessica Biel, rebelde con causa y que parece tener algo más de carne que la curvilínea Beckinsale.

    Farrell había actuado en Minority Report , de Spielberg, también sobre Dick. Aquí funciona como el héroe que quiere poner las cosas claras aunque no sepa quién es.

    Antes de dirigir Inframundo, también con su esposa, Wiseman se ganaba sus dólares como director de arte, en filmes como Día de la Independencia . Se entiende, entonces, la calidad y el peso específico que tienen las ciudades, con sus autopistas y sus construcciones y ascensores que se desplazan de manera vertical u horizontal.

    Visualmente El vengador del futuro no tiene falencias. Le falta espesor dramático. Con policías sintéticos, mucha lluvia y orientales, elementos que conjugan para un filme plagado de persecuciones bien filmadas, pero que sólo aportan adrenalina momentánea.
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  • Amigos intocables
    La atracción de los opuestos

    La base de su éxito: un parapléjico rico convive Con su asistente pobre y de origen senegalés.

    Cuando una película se transforma en un fenómeno -de masas, más allá de tener o no sus valores cinematográficos- es porque toca alguna fibra íntima de ese público que acude en malón a verla. Con Amigos intocables , que en Francia ya fue vista por casi 20.000.000 de espectadores, hasta se pudo prejuzgar que ocurriría lo contrario: que no fuera nadie a verla.

    ¿Por qué? Su tema, que evidentemente fue el motor que impulsó el éxito: las diferencias entre los dos protagonistas, uno de ellos -para muchos, espanta público- sufrió una tetraparaplejia.

    Pero no es un drama, sino precisamente todo lo contrario. El tono de comedia elegido por los codirectores Eric Toledano y Olivier Nakache hace que los problemas que atraviese Philipe sean no solamente sobrellevados, sino seguidos con una sonrisa.

    Y su contraparte, Driss, no tiene una mejor existencia. Desempleado, de origen senegalés, vive hacinado con sus hermanos y termina siendo echado de su hogar por su madre. Driss llega a la mansión del aristocrático millonario Philippe con el propósito de que le pongan una firmita a un papel para poder cobrar un subsidio por desempleo. Philippe necesita un asistente personal para que lo atienda en su cuidado personal, entre otras cosas. Y contra todo lo previsible, Philippe contrata a Driss.

    La película es tan políticamente correcta como incorrecta. Se ríe de lo que se recomendaría no hacer bromas, y toma en solfa o pone en el tapete los prejuicios ante una discapacidad.

    Y tiene tantas buenas intenciones, logrados gags y diálogos filosos como momentos en los que parece bajar línea de manera rápida y desordenada.

    También es el tipo de filme que sin dos intérpretes como François Cluzet y Omar Sy podría caerse en cualquier momento.

    No es el caso.

    Si la película no ganó otro premio César este año que no fuera el de mejor actor (para Omar Sy) fue por el vendaval El artista . Sy -que interpreta al ilegal, al marginado, al inculto- y Cluzet -el viudo que fue exitoso en su empresa, el de la élite, el culto- logran eso que suele llamarse buena química y que el público francés y también el europeo supo aplaudir.

    Será, también, que la inmigración y sus bemoles en Europa no muchas veces ha sido retratada de esta manera. O que cuando una comedia entretiene, cumple con sus propias reglas, y entonces está muy bien que le vaya bárbaro.
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  • Atraco!
    Atraco!
    Clarín
    Robaron, huyeron... y los pescaron

    Guillermo Francella y Nicolás Cabré son los ladrones que en “¡Atraco!” hurtan las joyas de Evita en la Madrid de 1955.

    Las películas de robo, sea a un banco, a un casino o al malvado de turno, tienen siempre como aliado al espectador. Aunque los personajes sean delincuentes, el corazón de uno está con ellos. Será motivo de otro análisis si es por alguna proyección inconsciente, pero Merello (Guillermo Francella) y Miguel (Nicolás Cabré), los protagonistas de este “¡Atraco!” , siguen otros fines más altruistas al robar las joyas de Eva Perón de una joyería madrileña, por noviembre de 1955.

    Ya en los títulos se aclara que es una ficción, inspirada por informaciones de la época. Lo cierto es que con Perón en el exilio en Panamá, el General necesita efectivo para instalarse en España, y uno de los tantos secretarios/auxiliares que lo secundaban (Landa, interpretado por un gran Daniel Fanego) decide, sin que el Pocho se entere, empeñar las joyas de Evita en una joyería en la Gran Vía. Pero como la mujer del Generalísimo Franco se las quiere llevar, Landa organiza el robo, que en verdad no sería tal ya que el dueño del local está al tanto y es partícipe del hurto.

    Lo que realmente importa en la trama y en el desarrollo de esta coproducción con España, rodada allí, es la relación entre Merello y Miguel. El primero es un ex custodio de Eva, a quien Landa convence de realizar el desfalco más por una cuestión patriótica –Merello es un peronista de la primera época, leal, obediente, bienintencionado-. El segundo es un aprendiz de actor que llega a Panamá siendo hijo de una amiga de Landa, ingenuo y sumamente torpe.

    Por qué Landa lo une a Merello no es una incógnita: sin ellos no habría película. Por que ésta es una comedia de enredos, que de a poco comienza a ponerse más seria, a mezclar el thriller de ribetes políticos y de corrupción, con policías tras los ladrones sudamericanos, en el terreno siempre patinoso del dúo desparejo.

    Y por si fuera poco hay un interés romántico (la enfermera que encarna la bella Amaia Salamanca). La película tiene una estructura firme, pero le cuesta empinar, levantar más vuelo y apartarse de los convencionalismos. El profesionalismo detrás de cámaras, con la realización del catalán Eduard Cortés, hace que se siga siempre con interés, más allá de las actuaciones de los protagonistas argentinos -ambos están muy bien- como estos soldados de Perón.
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  • Batman: el caballero de la noche asciende
    Con un encapotado así, no necesitamos otro héroe

    El filme escrito y dirigido por Christopher Nolan se debate en una cuestión de lealtad y honor. Tiene acción y aventuras, pero no al ritmo frenético de Hollywood. Se luce Christian Bale.

    Christopher Nolan tiene una cualidad. Sabe, esencialmente desde el guión y luego plasmado en la realización y el montaje, construir un entretenimiento acabado, íntegro y proporcionado otorgándole a un personaje conocido y su entorno nuevas connotaciones. Su trilogía de Batman, que cierra con el estreno de hoy, escapa de los encorsetados límites del género de superhéroes (Batman no tiene superpoderes, así que no es tal) para poder repensar temas muy caros a su filmografía, como la lealtad y el miedo, y otros más presentes como el terrorismo o hasta la energía sustentable.

    Bruce Wayne no es un justiciero más. Lo que hace, por lo que actúa y reacciona tiene que ver con su psicología y sus traumas. ¿Quién es Bruce Wayne, para Nolan? Un tipo solitario, pero vengativo, de alma torturada desde la primera película, un héroe que alcanza tal dimensión por casualidad.

    Nolan y su hermano coguionista Jonathan retoman la historia ocho años después de El Caballero de la noche . Hay paz aparente en Ciudad Gótica luego de que la doctrina Dent haya encerrado a los criminales. Bruce Wayne está con bastón, maltrecho y encerrado en su mansión. El Comisionado Gordon había convencido a Batman de aparecer como el único al que echarle la culpa de la criminalidad y entronizar a Harvey Dent (que terminaba psicótico como Two Faces) como el adalid de la Justicia.

    Pero si la mentira tiene patas cortas, el brazo largo de la Justicia llegará, de una manera u otra, a Ciudad Gótica.

    Si El Caballero de la noche era oscura, El caballero de la noche asciende lo es más. Mucho más.

    Algunas secuencias -el prólogo del secuestro de un avión; la cárcel en las cuevas; Bane atacando la Bolsa de Ciudad Gótica- son de una precisión milimétrica en sí mismas y dejan con la boca abierta. Nolan trabaja con un guión de hierro -como hacía Hitchcock-, pero si cada diálogo encierra una verdad trascendental y está trabajado para ser importante, nada de esto parece quitarle naturalidad.

    Lo que ocurre es que Wayne, Alfred el mayordomo, el Comisionado, Bane y Gatúbela parecen recién salidos de la universidad.

    Wayne (Christian Bale), filántropo en bancarrota, un ermitaño que tiene olvidados los juguetitos de Batman, no quería volver a ponerse el traje, pero -siempre hay un pero- la idea del malvado Bane (Tom Hardy) de tomar Ciudad Gótica y amenazar volarla en pedazos lo hace recapacitar.

    Bane retrotrae la historia a Batman inicia , con la Liga de las Sombras, allí donde Wayne forjó su espíritu. Bane es la encarnación en carne y hueso del Mal. Oculto tras una máscara que le permite tolerar el dolor, Nolan presenta a quien supo en el cómic quebrar la espalda de Batman como un tipo cerebral, brutal… y leal.

    La película se debate en una cuestión de lealtad. Y de honor.

    Pero hay otro motivo por el que Wayne/Batman sale del ostracismo. Es la presencia de Selina/Gatúbela (Anne Hathaway, algo de luz entre tanta tenebrosidad). Ladrona de joyas, sí, pero lo que busca es lavar su pasado (como Batman). Y se suma Blake (Joseph Gordon-Levitt), un policía idealista, huérfano como Wayne.

    Para apuntalar una personalidad así de compleja, el mayordomo Alfred y el agente Blake son para Wayne/Nolan algo así como enfrentar la voz de la conciencia. Un súper yo al que se puede estar dispuesto a escuchar. O no.

    Igual, para quienes vayan a encerrarse casi tres horas en busca de aventuras, también las tendrán. Y acción a raudales, a un ritmo no tan frenético como el de los tanques de Hollywood (para algunas escenas se utilizaron cámaras de Imax, por lo que verla en ese cine es más que una opción). Batman tiene nuevos gadgets (moto de ruedas giratorias, una batiaeronave) y Nolan dosifica la tensión como en una montaña rusa. Hay momentos de extraña tranquilidad y otros en los que eriza la piel. Muchos estadounidenses sufrirán con algunas escenas que recuerdan al 11 de septiembre.

    En definitiva, para Wayne/Batman es una cuestión de superación. De poner las cosas en blanco sobre negro -mucho negro-. Para que entendamos cómo alguien que está fuera de la ley puede ser un héroe. Y para que advirtamos que después de El caballero de la noche asciende no necesitamos otro héroe.
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  • El dictador
    Mano dura, en todo sentido

    Sacha Baron Cohen interpreta a un tirano en esta comedia molesta, vulgar y divertida.

    Sacha Baron Cohen divide las aguas como Moisés. Pero en el caso del comediante londinense lo que queda en un margen no es idéntico a lo que hay en el otro: tiene sus defensores y sus detractores.

    Con El dictador Mr. Sacha se aleja de lo que podríamos denominar su trilogía, ya había hecho tres películas ( Ali G , un rapero blanco que quiere ser negro, Borat -la única estrenada aquí en cines- y el racista Brüno ) sobre personajes que había presentado primero en la TV. El general Aladeen no tiene nada que envidiarles a sus antecesores, ya que es ofensivo, y sus insultos y menosprecios le salen con total naturalidad. Si Borat era terriblemente agraviante, Aladeen lo es a una énesima potencia.

    Dictador del ficticio país de Wadiya, al Norte de Africa, Aladeen es antioccidental, antidemocrático y antisemita. Sacha Baron Cohen profesa la religión judía, por lo que nadie en su sano juicio podría tildarlo de antisemita. ¿O sí? Con el actor de La invención de Hugo Cabret (era el inspector de policía de la estación de trenes), no se sabe. Si su estilo humorístico se parece al de los hermanos Farrelly, que hoy estrenan una versión de Los tres chiflados , donde lo escatológico se mezcla con el humor más simplón, este dictador es capaz de realizar cualquier ultraje y reírse de sí mismo, de famosos -por su dormitorio en el palacio han pasado Megan Fox y... Arnold Schwarzenegger- y de la corrección política en una misma escena.

    Si hay algo que Aladeen ama -además de a sí mismo- es oprimir a sus súbditos. Por eso no quiere que -nunca- la democracia impere en su tierra y cuando un complot estalla en su contra encabezado por Tahir (Ben Kingsley, que alguna vez fue Gandhi y también compañero de elenco de Sacha en La invención...

    ), Aladeen terminará en Nueva York para hablar ante las Naciones Unidas. Pero habiendo fracasado un intento de asesinato, descubrirá que Tahir utiliza un doble, y él se encuentra deambulando por las calles de Manhattan. Intolerable.

    El dictador tiene chistes escatológicos, de índole sexual, vulgares, algo más sofisticados y diálogos que parecen salir de la boca de Zoolander, el personaje de Ben Stiller.

    Si quien pone la cara y otras partes del cuerpo es Sacha Baron Cohen, no hay que quitarle el ojo a Larry Charles, el director de ésta, Borat y Brüno . El timing es esencial en un género como la comedia, y sin una dirección que siga y entienda los gags como un todo, el asunto puede derrapar. No es el caso.

    Podrá gustar más o menos, resultar molesto u ordinario, pero, hoy, Sacha Baron Cohen es tan divertido como necesario.
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  • Valiente
    Valiente
    Clarín
    La princesita que quería vivir

    Las distintas relaciones familiares, una historia de aventura y con abundante humor, más el 3D: el combo de la película.

    Lo primero a considerar tras la visión de Valiente es que es la película de Pixar más Disney que haya hecho la compañía de John Lasseter. Pixar nunca había pisado Escocia, ni tampoco el terreno de las princesas, la reina y el rey. Pero tampoco es que Mérida sea la princesa típica de las películas de Disney. No es una niñita. Es una adolescente. ¿Como Rapunzel en Enredados ? Tal vez, buscando su propio destino y desafiándolo todo. La historia es muy dinámica, eso sí que es rasgo de Pixar. Y tiene, cómo no, un personaje fuerte.

    Porque Valiente es del tipo de película en cuya historia los personajes no son unidimensionales. Es fantástica, sí, pero con varios puntos de conexión con la realidad, aunque tiene un clic en su trama. De esos que hacen que uno trague el anzuelo y disfrute, o pase de largo.

    La trama centra en la princesa/arquera a quien sus padres desean casar con alguno de los herederos de los clanes de las Tierras altas (alguno con guiño incluido a Corazón valiente ). Pero ella, rebelde, no quiere saber nada. Y porque es más fácil imaginar a Mérida soltera e independiente que casada con hijos, y como es un cuento de hadas, Mérida va tras una poción mágica, un hechizo que la haga cambiar de parecer a su madre. Pero consigue otro cambio en Elinor. No contemos más.

    La familia es otro punto central en la película. Primero está la relación padre/hija, con el rey Fergus obsequiándole un arco en su cumpleaños cuando es una niña (y antes de perder, él, una pierna en una pelea con un bravo oso). Y luego, la de madre/hija. Los personajes son presentados de manera bien antagónica -Elinor es la rectitud, encorsetada, tiene el cabello siempre bien peinado; Mérida luce la melena al viento, enrulada y, para más extravagancia, ¡pelirroja!-, hasta que aquel clic obliga a una y otra a cambiar de mirada.

    El humor es algo más “zafado”, si puede utilizarse el término en una película de Pixar/Disney, que lo habitual. Los trillizos hermanitos de Mérida recuerdan al trío de niñitos de El extraño mundo de Jack . Algo de la historia remeda a Tierra de osos , también de Disney. O será que uno ha visto tanto cine animado que todo le recuerda a algo.

    Otro punto a considerar: la vara que fijó Pixar, con cualquiera de las tres Toy Story , Buscando a Nemo , Wall-E y Up ha quedado tan pero tan alta... Sí todas tienen en común que Woody, Nemo, el robot y hasta el abuelito, igual que Mérida, no son los mismos cuando comienzan sus historias que cuando llegan los títulos finales.

    Pero también es loable el adelanto tecnológico, lo que hace de Valiente un espectáculo visual incomparable. Las escenas donde Mérida está en el bosque, los árboles están cubiertos de musgo, tiene tres o cuatros capas de musgo. El suelo no es llano. Y hay que observar cómo la iluminación juega en estos ambientes. El 3D también es una carta a favor.

    Y atención: como de costumbre, no llegar tarde a la sala, no sea cosa de perderse otro prodigio, el corto La luna , una auténtica maravilla casi sin diálogo (ya verán), ni tampoco retirarse antes de que terminen los créditos finales, que hay allí una pequeña sorpresita...
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  • Plan perfecto
    Peligro: bebé a bordo

    En tono de comedia transgresora, dos amigos deciden tener un hijo, pero no casarse.

    La comedia romántica tiene siempre sus valores y uno sabe más o menos cómo va a terminar el asunto.

    No es una historia de amigos con beneficios , aunque el tema se roce (el verbo vale doble). Veamos.

    Jason y Julie (Adam Scott y la actriz y directora del filme Jennifer Westfeldt) se quieren como amigos. Sienten algo así como un amor, si cabe, platónico. Viven en distintos departamentos de un mismo edificio en Manhattan. No sienten atracción sexual, no son amantes, sólo amigos. Tanto que cuando otros amigos en común los invitan a cenar, es imposible que no los inviten juntos.

    Ben y Missy (Jon Hamm, esposo de la directora, y Kristen Wiig) son una pareja lujuriosa, pero cuando perciben que la pasión decayó, empiezan a reprocharse todo uno al otro, casi a odiarse.

    Y también están Leslie y Alex (Maya Rudolph y Chris O’Dowd), que viven en Brooklyn y anuncian a sus amigos que están embarazados.

    Eso –no otra cosa- despierta, activa el reloj biológico de Julie y de Jason, que se preguntan por qué no tener un hijo juntos. Pero no quieren caer en lo que denominan la trampa del matrimonio: un desgaste progresivo del amor, sea por desatención, falta de pasión o lo que el lector prefiera elegir. Ven al matrimonio como una obligación contractual, y prefieren escaparle a eso y gozar del beneficio del hijo propio. Así, cada uno seguirá saliendo con otras y otros, compartirán 50% el cuidado del bebé, y listo.

    Y lo tienen.

    Pero Jason conoce una bomba sexual como Mary Jane (Megan Fox), mientras a Julie le presentan a Kurt (Edward Burns). Y la unión tan poco ortodoxa, cómo no, empezará a traer complicaciones.

    De hecho, la responsabilidad de criar a un hijo –juntos o separados- implica eso, un compromiso.

    Está claro que el sentimiento será diferente si uno tiene hijos o no. Y que el riesgo de Plan perfecto pasa por ser distinta, transgresora, como se presenta en las primeras escenas, y no terminar siendo igual a las otras comedias románticas.

    La actriz y directora ofrece unas cuantas buenas preguntas al público –desde la monogamia y/o la rigidez moral hasta cómo criar un niño preocupándose por lo que a futuro será lo mejor para él, las desigualdades de género, los problemas de los hijos de padres divorciados y así hasta casi el infinito-. Luego de su guión de Besando a Jessica Stein , la acidez no le ha menguado.

    La película tiene sus pasos de drama, y ahí es donde Westfeldt, con mucha gimnasia como actriz de TV, desde su propio guión, la pifia. Como si necesitara que los seis personajes tuvieran que alternar sus dosis de comicidad y seriedad. Acertó en no dar el papel de su amigo/padre de su hijo a su marido en la vida real, el actor de Mad Men . Ya es algo.
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  • El gran río
    Cántame tu vida

    Buen documental sobre un rapero polizonte, que llega de Guinea.

    Es una historia singular, la de un rapero de Guinea que termina grabando un disco en la Argentina, un destino con el que no había soñado cuando partió de su país en Africa y deseaba ingresar a Europa. Pero terminó viajando como polizón, pasó días sin comer, descendió en el puerto de San Lorenzo, en Rosario, y este documental cuenta su increíble historia, con testimonios de sus parientes del otro lado del río/océano.

    La película del rosarino Rubén Plataneo acompaña el derrotero de David/Black Doh. Lo sigue donde duerme, en su peregrinar por buscar un techo, lo entrevista, lo filma mientras graba el disco que tanto anhelaba ( Cruzando el mar ) y luego viaja -el director- al pueblo de Black Doh, donde el espectador descubre el pasado del que se fue el protagonista.

    Hablada en castellano, francés y soussou –los mismos idiomas en que Black Doh canta en su CD-, el relato es casi siempre simpático, hasta cuando cuenta las penurias que atravesó el personaje a bordo del buque, o cuando lo robaron en una pensión rosarina.

    La película va más allá del talento del músico y se erige dentro de los parámetros de la historia de vida : es más imponente lo que le sucedió que la música propiamente dicha (de hecho, no está toda subtitulada).

    La de Black Doh fue una travesía compleja, y su traslado a la pantalla, con esos diferentes formatos de narración, le cuadra.
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  • El chico de la bicicleta
    En busca de la dignidad

    El filme de los Dardenne, de raigambre social, vuelve a centrarse en un niño en riesgo.

    Los hermanos Dardenne aman a sus personajes, piensen lo que piensen o hagan lo que hagan. La razón de esa adoración, de esa estima, es que unos y otros van reiterando algunas características comunes y también que los directores difícilmente los juzguen. Aquí, como lo indica el título, hay un niño, o mejor un hijo, como en El niño , donde un padre joven vendía a su bebé por necesidades económicas. O en El hijo , donde otro padre adulto enfrentaba al joven que provocó la muerte a su hijo.

    En El chico de la bicicleta , Cyril (Thomas Doret) es un niño y un hijo. Fue dejado por su padre (Jeremie Renier, asiduo colaborador de los belgas, y coprotagonista de Elefante blanco ) en un hogar de menores. Cyril está convencido de que Guy no lo abandonó y volverá. Pero Guy no atiende el teléfono, se mudó de ciudad y hasta le vendió la bici del título. La esperanza (enérgica, resistente) de Cyril pronto mutará en desilusión, y él, que a su manera pide lo que ni siquiera debería, le pregunta a una peluquera, que fue quien recompró la bici que Guy vendió para irse, si lo acoge en su hogar. Samantha (Cecile De France) acepta: estará con él los fines de semana, casi como una madre sustituta.

    Pero una película de los Dardenne en la que sus personajes no sufran desazón y caminen en la cornisa de lo que se debe hacer y lo que se puede, no sería digna de ellos. Y El chico de la bicicleta exuda mucho más que dignidad.

    Por un lado, Cyril es cooptado por el líder de una banda criminal adolescente. En cuestión de días, el chico está perdido: quien debería cuidarlo, huyo; no tiene parámetros, no tiene héroe. Lo único que le queda es sobrevivir. Y actúa de acuerdo a los modelos: si su progenitor huye, escapa de las situaciones, él lo imita. El futuro aparece nublado en las realizaciones de los Dardenne.

    Los Dardenne retratan -siempre- historias de vidas ordinarias. Las cosas nunca les resultan sencillas, difícil que les vaya bien. Pero agachan la cabeza, y arremeten. Cyril despierta ternura, aunque también tiene arranques que condicionan la mirada del adulto hacia él. De entrada es odioso, pero ¿cuántos protagonistas recuerda usted que despierten igual grado de simpatía y lástima? Ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes 2011, trata sobre un niño problemático, con todo lo que conlleva contenido. ¿Cómo un niño de 11 años puede entender que su progenitor no quiera saber nada de él? Pero los temas abordados son más amplios: la infancia en riesgo, la solidaridad, el amor paterno, la irresponsabilidad de los adultos. Es cine de raigambre social, con cero sentimentalismo.

    La utilización de la cámara en mano nos acerca, nos hace en cierta manera partícipes de lo que vemos. Ese estilo entre despojado, seco, que es una marca indeleble de los directores de Rosetta , es el que mejor le sienta a un relato que se debate entre la desesperanza y la búsqueda de la dignidad perdida.
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  • La era de hielo 4
    Se agranda la familia

    Más personajes y el mismo humor, para la fórmula exitosa de siempre.

    Película tras película, la saga de La Era de hielo ha sido cada vez más exitosa. Y eso que las tramas han sido en lo básico las mismas: a los tres personajes centrales -Sid, el perezoso, Manny, el mamut, y Diego, el tigre dientes de sable- siempre, sea que deban entregar un humano a su familia, o deban escapar de dinosaurios de otra era, invariablemente deben emprender un viaje de características épicas.

    Pero como ninguna saga podría continuar sin una renovación y cambio, se han ido agregando personajes. En verdad, intereses románticos o directamente familiares. Y esa palabra -familia- es clave. Porque el perezoso, el mamut y el tigre son algo así como una familia ensamblada, que va sumando integrantes con cada capítulo. Ahora, es la abuelita de Sid, un personaje enteramente encantador, y una tigresa dientes de sable.

    Aquí, todo comienza con la separación de los continentes. Y el cataclismo es obra exclusiva de Scrat, la ardillita que va tras esa esquiva bellota, y que desde el éxito de la primera película bien se merece una película para ella sola. Pero claro, funciona mejor como divisor de escenas, y hasta como relajante y breve interludio cómico.

    Por aquello de que las tierras se mueven, Manny queda separado de su mujer Ellie y su hijita Morita, al caerse con Sid y Manny en un trozo de hielo. Y como buen padre, les promete que volverán a encontrarse. Pero la corriente los aleja cada vez más y, además, son apresados por unos piratas, comandados por un simio -llámenlo guiño, homenaje o como quieran, pero cómo se parece el Capitán Tripa a cierto personaje relevante de Piratas del Caribe ...-.

    La película tiene suficiente humor, más que nada gráfico, con caídas, golpes y demás, que hacen reír a los más pequeños. Y si no llega al grado de ternura extrema que había tenido la original, por eso de que las relaciones familiares son centrales, impera el sentido de que por más que nos guste alguien, no debemos dejar que nos cambie (Morita se enamora de un mamut con corte de pelo actual, y olvida a su mejor amigo, el topo Louis; no importa el tamaño físico para enfrentar los problemas), y otras más que no pasarán desapercibidas para los chicos.

    Mucho ha mejorado técnicamente el diseño de los fondos y de los mismos personajes -el pelaje de Manny y el resto de los mamuts es el mejor ejemplo- y la utilización del 3D tiene su sentido, no es algo meramente superfluo.

    Párrafo aparte para el corto que acompaña la proyección de la película, Un día en la guardería , en el que Maggie Simpson tiene un rol fundamental. Dura menos de cuatro minutos, sí, pero es otro motivo por el que vale la pena llegar temprano al cine.
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  • Un amor imposible
    Echale la culpa al río

    Romance e ironía política, del director de “¿A quién ama Gilbert Grape? y ”Chocolate”.

    Lo hemos dicho y escrito mil y una vez: combinar más de un género a través de subtramas en una película, puede atraer distintos públicos, pero a la vez repeler a todos. El romanticismo, vinculado a una ironía o crítica política, puede convivir, aunque convengamos en que la pátina kitsch con la que el director Lasse Hallström pinta esta historia termina asemejándolo a esos malabaristas que manejan más bolos que los que deberían.

    Pero por otro lado, el director de ¿A quién ama Gilbert Grape? y Chocolate contó con Ewan McGregor y Emily Blunt como la pareja despareja, los británicos que uno muy diferente al otro se encuentran en medio de un embrollo internacional. Las relaciones entre Yemen y el gobierno inglés no son las mejores, pero cuando un jeque propone afrontar todos los gastos que sean necesarios para instalar en su reseca patria la pesca deportiva del salmón (de ahí el título original del filme, Salmon Fishing in the Yemen ) y de la novela en que se basa), más de un político ve una oportunidad.

    El que no entiende cómo se pueden llevar 10.000 salmones hasta Medio Oriente es el doctor Alfred Jones (McGregor), un científico dedicado a los peces que vive su propia crisis de la mediana edad con su esposa. Y quien debe convencerlo de encaminar el asunto –por pedido de la vocera del primer ministro inglés (Kristin Scott Thomas, en un papel reconstruido a su medida)- es Harriet, a quien Blunt, la secretaria desplazada de El diablo viste a la moda , le confiere toda su simpatía y entrega.

    Halsström, que se granjeó su buen nombre con títulos notables y significativos hace unos años -el sueco ya tiene 66-, ahora ya no va tras utopías trascendentes, y opta por asignar a sus intérpretes el peso del relato. Alfred y Harriet –cuyo novio es dado por desaparecido en combate- son dos personas comunes, que en un ámbito lejano se descubren afines. El resto lo pone la música del toscano Dario Marianelli y el almíbar que cae en torrente.

    Pero lo realmente importante de Un amor imposible es que el filme nunca parece tomarse demasiado en serio a sí mismo. Como si Hallström fuera consciente y no quisiera dar rodeos y mostrarse naif sin ambages. Insistimos: sin el escocés McGregor y la londinense Blunt, otra sería el resultado.
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  • Chimpancés
    No es bueno que el mono esté solo

    Dentro de los documentales de Disneynature, Chimpancés es tan elocuente sobre la vida salvaje como siempre, pero menos truculento que en otras producciones.

    Aquí el “protagonista” es Oscar, un chimpancé que sigue con su mamá Isha a Freddie, el jefe de los monos, por la selva. Pero Scar –por cicatriz, sí, pero también casualmente se llama como el tío malo de El Rey León - es el macho alfa de otro grupo de monos rivales y mucho más salvajes y menos solidarios, que se meten en territorio de Feddie para poder comer de los nogales. Se están quedando sin alimento y cuando el hambre aprieta...

    Hay momentos en que todo simula poesía, los chimpancés parecen bailar por la selva tropical, las arañas y las hormigas cautivan solamente con sus apariciones, hay fuertes tormentas y Oscar –habrá que decirlo- pierde a su mamá, como Dumbo, Bambi y siguen las firmas.

    Huerfanito, Oscar no podría sobrevivir solo en la selva, por lo que la película se preocupa por mostrar cómo Freddie lo adopta y se comporta como si el pequeño fuera su hijo.

    En este tipo de documentales, se supone que no puede haber un guión preestablecido, y que lo que captan las cámaras es lo que finalmente se convertirá en historia.

    En los créditos finales, para los que no deban salir corriendo de la sala con los más pequeños para llevarlos al baño, se explica algo de cómo se filmó el documental, en el Parque Nacional Taï, en Costa de Marfil, que es Patrimonio de la Humanidad, con una suerte de minibackstage. Allí se pierde un poco de la magia, pero se toma conciencia de lo difícil que les resultó el rodaje.
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  • El secreto de Albert Nobbs
    Soy lo que soy

    Glenn Close, brillante, como un personaje masculino.

    Atento pero con una mirada vacía, Albert Nobbs observa minuciosamente todo a su alrededor, con pequeños e ínfimos gestos. En buena parte, porque debe pasar desapercibido: es mayordomo en un hotel en Dublín, a fines del siglo XIX. Y en mayor parte, porque está convencido de que no le conviene que nadie descubra –como reza el título local- cuál es su secreto.

    Pero el misterio se acaba pronto para el espectador. Si uno no conociera a Glenn Close, tal vez creyera que Albert Nobbs es realmente un hombre, tal es la caracterización de la actriz de Atracción fatal y Relaciones peligrosas . Igual, la trama de la película, tomada de una corta novela que luego fue llevada al teatro por la propia Close, en 1982, no oculta sino que hace eje en esa dualidad. O, mejor, esa partición en la individualidad del personaje central.

    Nobbs guarda con celo las apariencias, así como sus ahorros debajo de la madera del piso de su habitación en el hotel. Su sueño es reunir cierto capital para poder abrir un negocio de tabaco, y hasta fantasea con casarse. Todos sus temores y pesadillas brotarán casi de la nada cuando otro personaje –un pintor que llega al hotel- deba pasar la noche en su cuarto. A partir de allí, Nobbs empieza a cabildear entre la seguridad que le daba su masculinidad y el hecho de ser como es, con ese nuevo personaje como modelo a seguir.

    La película de Rodrigo García -hijo de García Márquez (ver contratapa), un realizador al que le gusta vérselas con personajes femenino fuertes, como Con solo mirarte y Amor de madres - no le escapa al melodrama de buen gusto. De todas formas, su estilo no es ambicioso desde lo formal y se mantiene en el tono de una buena serie de TV, un medio en el que ha hecho mucha de su carrera, como director y guionistas ( In Treatment , Six Feet Under ).

    Lo que toma como tema es la posición social de la mujer en el siglo XIX. Si el personaje de Close deja de ser quién es , es así porque cree que lo necesita para poder ser quién es , algún día. La película se aboca a lo que comúnmente denominamos libertad, más allá de géneros. La cuestión es aceptar la realidad y, en el caso de Nobbs, su identidad. Para ser más claro: no es que quiere ser hombre, sino que necesitó dejar de ser mujer, que es muy distinto.

    En las subtramas es donde la película falla, o no llega a alcanzar el mismo nivel que cuando cuenta con Close al frente. Si las reuniones alrededor de la mesa de la cocina, con los empleados, tienen lo suyo, son la innecesaria apertura a varias subtramas –el botones que llega, el alcoholismo de otro sirviente, la fiebre tifoidea y cómo altera la vida en el hotel- lo que restan interés al relato.

    Pero la película está construida para especial lucimiento de Close, que sí, está muy bien y no por actuar como hombre, sino por manifestar con mínimas expresiones y actitudes lo que le sucede a la protagonista.

    Close no sólo interpreta a Nobbs, sino que, tras bregar diez años por llevar la historia a la pantalla, terminó coescribiendo el guión y también produciéndola. Se rodeó de un elenco inmejorable –Mia Wasikowska como el interés romántico de Nobbs, Brendan Gleeson, Pauline Collins, Jonathan Rhys Meyers, Janet McTeer, Aaron Johnson- en este filme sobre ser diferente a lo que se es, con los riesgos de ser una persona incapaz de sentir, algún día, la felicidad.
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  • Prometeo
    Prometeo
    Clarín
    Verás que nada es mentira

    La precuela de “Alien” entusiasmará a los fanáticos, pero también a los no iniciados. Gran utilización del 3D.

    Tal vez obedezca más a las necesidades del marketing de hoy en día, donde lo viral excede el campo de lo artístico, pero todo lo que fue rodeando a la producción y el esperado estreno de Prometeo llevaron a que el público potencial no supiera si en verdad esta película de Ridley Scott es o no una precuela de Alien (1979). Su realizador se sumó a la -llamémosle- confusión, diciendo que si en un principio la pensó como tal, la historia había generado su propio núcleo y había desechado la idea.

    Mentira.

    Prometeo tiene muchos puntos de contacto con aquella obra maestra del terror en el espacio, como personajes o secretos (en la expedición de Alien , el enorme cadáver del conductor extraterrestre de la nave del que los tres tripulantes humanos descubren que algo le explotó desde adentro). Pero siguiendo en el rubro a qué otra película se le siente espíritu o el aliento, es decididamente a Blade Runner (1982), otra obra de Sir Scott.

    Es que el origen de la humanidad, el descubrimiento de la creación es la base en la que la trama de Prometeo no dejará se asentarse. Podrá haber más o menos truculencias –que las hay-, morirá algún personaje importante en la historia, pero las preguntas que se hacían los replicantes de Philip K. Dick son las mismas que perturban a los antropólogos Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall-Green), el robot –se sabe enseguida- que interpreta el omnipresente Michael Fassbender y hasta el empresario que, ya muerto, financia la expedición a millones de años luz, y a fines de este siglo, para saber si algunos “ingenieros” del espacio exterior crearon la vida humana. Y luego –vaya uno a saber por qué- decidieron aniquilarla.

    Para que de una película se hable –mucho- no sólo se necesita que ésta sea buena. También puede ayudar generar una serie de incógnitas a su alrededor. Como en la saga de Matrix o la serie Lost , o como preguntarse si Deckard era o no un replicante en Blade Runner .

    Otro punto en común que tiene Prometeo con Alien es que la protagonista es una mujer –Sigourney Weaver en la saga de cuatro filmes, Noomi Rapace, la actriz de la Millennium sueca, ahora-, que desconfía de todo y es más valiente y aguerrida que el Che Guevara.

    Aquí, como James Cameron logró en Avatar y muy pocos más, el 3D cumple un rol preponderante. Realmente estamos en la nave espacial, o sobre territorio desangelado. Scott siempre cuidó los aspectos visuales, más allá de la fotografía, y Prometeo es un festín para los ojos detrás de los anteojitos.

    No es una película “de actuación”, si no de emociones.

    Prometeo va creando su propia mística a medida de que va progresando su metraje. Y con las secuelas por venir, tal vez nos enteremos si Cristo tuvo algo que ver en esto.
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  • Mi semana con Marilyn
    Andá a saber...

    Fabulación de un asistente de dirección con la rubia.

    Difícil definir en pocas palabras lo que fue, y lo que Marilyn Monroe generó en los otros. Su sex appeal combinado con su vulnerabilidad y dulzura, además de la naturalidad con que parecía expresarse cuando estaba actuando, la convirtieron –y convierten- en una figura mítica.

    Y si es complicado precisar la ecuación, más aún resulta apropiarse de su figura y llevarla al plano cinematográfico, que fue donde la bomba rubia mejor se reveló.

    Mi semana con Mariyn está basada en los diarios y memorias publicados por Colin Clark, quien fue tercer asistente de dirección de Laurence Olivier en El príncipe y la corista (1957), la película que la joven esposa de Arthur Miller fue a rodar bajo la dirección del inglés, que a su vez fue su coprotagonista.

    Vayan a cuestionarle a Clark –muerto en 2002- que lo que cuenta es una fabulación. No tanto con respecto a las inseguridades de Monroe, sus continuas llegadas tardes al set de rodaje, sus crisis y consumo de ansiolíticos. Lo que cuesta creer es esa aproximación íntima de la estrella con el joven de 23 años, fundamentalmente en la semana del título, aquélla en la que Miller se fue de Inglaterra y Marilyn se sintió desprotegida y sola.

    Y habrá que considerar si pudo ser cierto que Colin se escapó un día con ella, se bañó en un lago (ella, desnuda, él en calzones), la besó y otros cuantos etcéteras que no vienen al caso. Marilyn fue una figura pública, por lo que si lo que aquí se cuenta fue verdad o no, debería importarnos. El cine es fantasía, pero la gente de carne hueso, aunque se convierta en mitos, no.

    Pero lo atractivo del filme es el embrujo que Marilyn crea a su alrededor. No hay quién pueda mostrarse ajeno a ella. Desde el mismísimo Olivier –en una estupenda caracterización de Kenneth Branagh, quién otro hubiera podido hacerlo- hasta su esposa, Vivien Leigh (Julia Ormond), o la Dama Sybil Thorndike (Judi Dench). Todos personajes que vivieron en el mundo del arte, del cine, y que sucumbieron de una forma u otra ante sus encantos innatos.

    Así, componer a Monroe no era tarea sencilla. Michelle Williams no apuesta a la caracterización, sino a revelar cómo era Marilyn. Pueden pintarle un lunar y peinarla como la actriz de Una Eva y dos Adanes , pero lo que trasciende al fin y al cabo es cuánto puede desnudarla, hacerla creíble. Y Williams (Blue Valentine) lo logra.

    El papel de Clark es no sólo el narrador sino que prácticamente está en todas las escenas. Eddie Redmayne pone cara de sorprendido y le sale casi siempre bien. Pero el que se roba la película es Branagh, no sólo porque su personaje termina siendo un imán, sino porque es el sobrepeso con el que el director Simon Curtis, que debuta en el cine pero tiene una amplia trayectoria en la TV británica, balancea a Marilyn.

    El elenco es otra selección inglesa, con Toby Jones, Dominic Cooper, Derek Jacobi, y hasta Emma Watson (Hermione en Harry Potter), algo perdida como la vestuarista que flirtea con el protagonista, al que se lo ve poco, pero que luce muy bien.
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  • Acorralados
    Un tema serio que termina siendo cómico

    Lo que se supone una situación dramática, con comicidad involuntaria.

    En Hollywood cuando un director no estaba de acuerdo con cómo estaba quedando su película terminada -por presiones, decisiones estéticas o lo que fuere- retiraba su nombre de los créditos del filme y lo firmaba como Allen Smithee . Y si hoy algunas películas animadas tienen más de un realizador, no es siempre porque sea mucho el trabajo, sino que el director original se bajó por -eufemismo- diferencias creativas. También puede ser que los productores no estén de acuerdo con lo que les entrega el director, y lo echen.

    Juan Carlos Desanzo rodó una historia sobre el corralito. Lo hizo en San Luis, con un elenco que contaba con Federico Luppi (un músico jubilado que necesita la plata que el corralito le birló en 2001 para comprarse insulina, y se mete en el banco con una granada: si no le dan los dólares, la hace explotar), Gustavo Garzón (el jefe de policía que trata de mediar en el conflicto), Esther Goris (algo disfrazada y enloquecida, reclama lo suyo desde adfuera del banco, con su marido, que decide hacer ahí mismo un asado, con parrilla y todo) y Gabriel Corrado (el gerente del banco que le es infiel a su esposa).

    Errores de continuidad, música disonante, situaciones que bordean o se instalan en el ridículo, mala elección de los planos, el dislate no tiene nombre. O sí, se titula Acorralados , llega hoy a los cines argentinos y se informa que el director ya no es Desanzo, se llama Julio Bove (coguionista y productor también).

    Con el ruido de los cacerolazos de fondo, o gente vitoreando a (don Antonio) Funes, el personaje de Luppi, casi todo sucede en el interior de la sucursal bancaria, cuando no se apela a flashbacks. Entre los ocasionales rehenes hay una pareja que presentó un amparo para que le devuelvan el dinero y poder llevar a su hijito a operarlo de su sordera en los Estados Unidos -la escena en que Funes le explica qué es chiquito y qué grande, arriba y abajo, no tiene desperdicio- y un agente de seguridad que es incapaz de sacarle la granada al anciano que se mueve con bastón -hay que ver lo ágil que es don Antonio bajando las escaleras-.

    Con muchos de los desaciertos que terminaron enterrando a cierto cine nacional en los años ‘90, Acorralados es involuntariamente cómica.
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  • Blancanieves y el cazador
    Dura y despiadada

    Lejos del cuento original, esta heroína de armas tomar batalla por lo que quiere.

    Las adaptaciones literarias al cine tienen sus bemoles. Se puede ser fiel al pie de la letra, hasta cierto punto. Coquetear con la trama y mantenerla firme. O, como en el caso de esta Blancanieves y el cazador , utilizar el original como base, darlo vuelta como una media y realizar una película estilísticamente más jugada.

    Porque Blancanieves aquí no les hace la camita a los enanitos, ni canta con los animales del bosque. Tampoco el beso de un príncipe la rescata de la muerte. No.

    Esta Blancanieves tiene el alma de Juana de Arco. La reina Ravenna no es morocha, sino Charlize Theron; el cazador no es un mero súbdito del reino sino precisamente un cazador al que la reina le hace creer que si le entrega a Blancanieves muerta, le devolverá en vida a su esposa fallecida. Y el bosque encantado es en verdad tenebroso, los enanitos ya no son mineros sino que se encargan de robar en los caminos. La reina tiene un hermano pérfido. Y Blancanieves también tiene lo suyo.

    Prisionera en el castillo –difícil que plumeree y cante con los pajaritos-, Blancanieves decide huir cuando advierte que la reina la necesita para perpetuar su físico, volverse inmortal, ya que es maga y consume juventud. Pero la princesa no huye por el bosque, sino que primero se lanza al océano y luego cabalga. Hasta que sí, llega al bosque, se cruza con el cazador y hasta conoce la cueva de los enanos.

    El espíritu de venganza es lo que anida en el corazón de los personajes femeninos. Si la niñez de Blancanieves no fue buena desde la muerte de su padre (asesinado por su madrastra con una daga), la de la reina tampoco lo ha sido. Y la lucha será despiadada.

    Queda claro –clarísimo- que no es Blancanieves y el cazador una producción apta para los ojos de los más pequeños, que saldrán alterados, conozcan o no el cuento de los hermanos Grimm. Es un filme para adolescentes, con escenas de acción, magia y una carga dramática potente.

    Todo el diseño de producción está puesto aquí en aras de la espectacularidad. Los enanos (que no son enanos, allí está Bob Hoskins, por caso, como uno de los siete, y es ciego) parecen tales gracias a efectos similares a los de El Señor de los anillos, y si la verosimilitud se pone en juego, es parte precisamente del convite.

    Hay un arquero (Sam Claflin), William, hijo de un duque y amigo de la infancia de Blancanieves, para ponerle la cuota de romanticismo al asunto. Tanto él como Kristen Stewart dan el perfil exacto que requiere esta historia, lo mismo que Theron –exacerbada como malvada- y el musculoso Chris Hemsworth (Thor en Los vengadores ) cumpliendo con lo suyo.

    Como filme de acción, Blancanieves y el cazador entrega lo que se le pide. Pero la opera prima de Rupert Sanders seguramente va a dar mucho que hablar, y no sólo por alguna que otra estocada.
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  • El puerto
    El puerto
    Clarín
    Una lágrima asomada yo no pude contener

    Una excepcional película sobre la solidaridad, con un humor absurdo.

    Las realizaciones de Aki Kaurismäki tienen como eje la esperanza o desesperanza, el amor, la humildad de sus protagonistas -que suelen ser personajes perdedores- y en su aspecto estilístico echa mano a un humor entre absurdo y tragicómico.

    El protagonista de El puerto ( Le Havre ) es Marcel Marx, un escritor que colgó la lapicera y decidió ganarse la vida -lo mal que puede- como lustrabotas en el puerto de Normandía, al norte de Francia. De su etapa de bohemia parisina no le queda más que los encuentros en el bar del pueblo, al que su esposa Arletty le permite ir a tomar “un aperitivo” luego de que él, algunos dirán con docilidad, otros como gesto de amor, le deje sobre el mantel de la mesa los euros que ganó pasando pomada a los zapatos de los que llegan en el tren de la tardecita.

    Si su vida resulta más o menos rutinaria -lo echan del frente de una zapatería cuando allí lleva su cajoncito, y se queja con el zapatero, al que trata de colega; suele tomar prestada una baguette en la panadería antes de ingresar a su casa- un hecho le dará un giro inesperado.

    Lo atractivo de la propuesta del director finlandés es que si el filme siguiera con la vida de Marcel y los suyos sería igualmente entretenido. Pero Kaurismäki hace que el protagonista se cruce con un niño, que ha llegado encerrado en un container ilegalmente, por supuesto, desde Africa, con destino a Londres, adonde quiere reencontrarse con su madre.

    Aquí, el director de la impar El hombre sin pasado mete las narices en un tema que hoy, en Europa, moviliza mucho. La inmigración ilegal, el racismo, enfrentados a la solidaridad.

    Todo el estilo Kaurismäki se filtra en cada plano, cada escena, cada línea de diálogo. A él le gusta rodar en interiores, y la iluminación es siempre dirigida -esto es, se resalta un personaje o un objeto, más que el contexto en el que se encuentra-. El mobiliario y la manera de relacionarse de los personajes parece salidos de los años ‘60.

    Y para hablar de los diálogos, uno ilumina el relato. Arletty, la esposa de Marcel, es internada. “¿No hay esperanza?”, le pregunta al médico. “Los milagros ocurren”, le responde, a lo que ella sin siquiera una mueca le espeta “No en mi vecindario”. Paso seguido, le pide que no le cuente la verdad de su enfermedad a su marido. “El es un gran chico”, le dice como toda explicación.

    Kaurismäki siente devoción por sus personajes. El inspector Monet (Jean-Pierre Darroussin), que está detrás del pequeño Idrissa, podría paracer un despiadado, pero demuestra tener un corazón tan noble como la perra (¡Laika!) de Marcel.

    El director elige incluir en la banda de sonido el tango Cuesta abajo , con la voz de Carlos Gardel, y a Pierre Etaix y Jean-Pierre Léaud en pequeños papeles. ¿Homenajes? Tal vez, en este filme sobre la identidad y la fidelidad a uno mismo.
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  • Hombres de negro 3
    Cuando un amigo se va...

    Abarca un divertido viaje a los años ‘60.

    Había que volver sobre los Hombres de negro , después de que se los retomó una vez (la secuela, de 2002) y el resultado no había sido todo lo satisfactorio que los fans hubieran querido.

    Pero el mismo director de la original y la segunda parte (Barry Sonnenfeld) volvió a la carga, y hay que decirlo: le salió mejor que lo que podía esperarse.

    Es que la película no falla allí donde debe dar en el blanco: las escenas de acción con las distintas clases de extraterrestres, el humor, los efectos especiales. Y ni importa que el suspenso sea ínfimo, porque está Will Smith, que ya demostró ser capaz de hacerse cargo de llevar adelante cualquier guión, por más inverosímil que parezca.

    Para los que no están familiarizados con la Agencia, los Hombres de negro son los encargados de mantener en línea, digamos, a los extraterrestres que, sí, están entre nosotros, la gran mayoría disfrazados de humanos. Como pasaba en las anteriores, ahora descubrimos qué luminarias son en verdad alienígenas -Lady Gaga, Tim Burton-, y pasado el gag, vamos a la trama. Si el Agente J (Smith) no hace un viaje al pasado para evitar que un demente extraterrestre, llamado Boris, el animal (el neozelandés Jemaine Clement), asesine al agente K (en el presente, el insufrible Tommy Lee Jones; en los años ‘60, Josh Brolin), bueno, las cosas no serían como son ahora, una invasión alienígena terminará con la Tierra y así no habría quién pagara por ver esta película en las salas 3D.

    Entonces J emprende el viajecito, y allí surgen los momentos más jocosos, ya que la comunión de Smith con Brolin es sumamente efectiva, permite conocer por qué el agente K es tan caracúlico y otras cuestiones que no conviene aquí revelar.

    Y Boris, que escapa de una prisión en la luna -un dato no menor es que J viaje en junio del ‘69- tiene las características de Edgar (Vincent D’Onofrio en la película original). Tiene humor, es despiadadamente horrible, le falta un brazo y cuenta como aliado a un pequeño bichito que también se las trae.

    Han pasado diez años, hay nuevos personajes (la jefa de los agentes ahora es Emma Thompson) y la cosa sigue por los andariveles habituales, es cierto. No será original, pero sí por momentos muy divertida. La ironía, los guiños y sobre todo Will Smith vuelven al filme un entretenimiento placentero.
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  • Elefante blanco
    Yo vengo a ofrecer mi corazón

    Historia sobre villeros, y no la villa, con Ricardo Darín.

    Como en El Bonaerense y en Leonera , Pablo Trapero vuelve a centrar a sus personajes en un ámbito específico –la Policía, la cárcel, aquí es la villa-, instituciones u organizaciones cuyos límites el protagonista tratará de flexibilizar, ya que dentro de los mismos el padre Julián -como Zapa en El Bonaerense , o Julia en Leonera - no se siente cómodo ante lo que ve. Cada uno sabrá cómo modificarlo, y cuánto los modifica a ellos. Los personajes se mueven más en los márgenes que lo que burocráticamente las instituciones querrían.

    No es lo mismo ser policía que cura, pero lo que Trapero sabe mantener es el tema: la integridad.

    Julián es un cura villero, que sigue el sendero que trazaron muchos otros en la senda pastoral, con el padre Mugica como estandarte (el homenaje al sacerdote asesinado en 1974 es explícito en la trama, y también en la construcción del personaje central, que vive en Recoleta y mira por la ventana la Villa 31). La Iglesia junto a los habitantes de la villa están construyendo unas viviendas dignas para ellos, allí mismo, al lado del Elefante blanco, un enorme complejo que nunca se terminó, y Julián, más una asistente social (Martina Gusman) pelean codo a codo para que la tarea llegue a buen fin.

    Trapero no hace un filme sobre la villa, si no acerca de los villeros. Deambula con su cámara por los pasillos, los muestra en sus actitudes diarias, destapa las desigualdades, evidencia la violencia social y la impunidad con que el narcotráfico se apodera de sus vidas y familias. Habla de la cultura villera desde afuera (los personajes centrales no son producto de la villa, sino que llegan para mejorarla) para comprenderla desde adentro.

    El realismo (la utilización del plano secuencia, por caso, implica no realizar cortes en la toma y mostrar las cosas como son) se apodera del estilo de Trapero, un director que en la secuencia inicial demuestra qué gran puesta en escena es capaz de realizar.

    Elefante blanco , de nuevo como El Bonaerense y Leonera , marcha a partir de un protagonista. Julián tiene muchos frentes a los que estar atento –la función sacerdotal, la seguridad en la villa, las trabas de la Iglesia, y su salud- y cuando la cámara se aboca a seguir a otros personajes, su figura se agiganta en cuanto reaparece.

    ¿Por qué? Porque Julián, cuando está terminando el filme, no es el mismo que fue a rescatar a Nicolás -un cura belga que no pudo impedir la masacre de una población indígena en el Amazonas en manos de los narcos- para que lo ayude en Buenos Aires. Lo que suceda en la villa podrá seguir siendo siempre lo mismo, pero lo que le pasa a los personajes, no.

    Se podrá estar en desacuerdo con algunos procederes del trío protagónico, o cómo Trapero y sus guionistas deciden que termine cada uno de ellos en la historia. Pero la riqueza surge en la confrontación, en las contradicciones de Julián, de Nicolás y de Luciana.

    Ricardo Darín compone con una ductilidad encomiable, para que los distintos estados de ánimo por los que atraviesa Julián peguen hondo en el espectador. Jérémie Renier, habitual en los filmes de los hermanos Dardenne, se aleja del típico personaje extranjero que mira lo que sucede, confiriéndole nervio y sangre cuando así lo requiere la historia, y Martina Gusman, menos protagónica que en Leonera y Carancho , construye, maneja con sus miradas más que con su cuerpo todo lo que pasa por dentro de Luciana.
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  • Misión secreta
    Yo sé que tú sabes (algo) que yo sé

    Richard Gere es un ex agente de la CIA que debe volver a la acción.

    Las intrigas con espías, sean de una sencillez como El Super agente 86 o de una intrincada trama como El topo , tienen, vienen con una marca de fábrica. Algo que ya está incluido en el título de la película - El doble , en el original- y de lo que siempre se sospecha.

    Alguno de los personajes es un infiltrado. Un doble agente.

    Y en la trama de Misión secreta , el secreto parece que se revela bien pronto. O sea: el director, el doble agente y el espectador saben quién es el señor del título a no mucho de desandada la acción. No lo vamos a decir, no porque revelaríamos algo que es mejor no saber, sino porque el efecto sorpresa se perdería antes de acomodarse en la butaca.

    Esto -el hecho de saber bien pronto la identidad del que juega a dos puntas- puede ser bueno, o malo en una película. Por un lado, le permite al espectador jugar, conociendo las cartas, a ver si el Sr. Espía pisa el palito, y quién de los otros personajes es capaz de advertir lo que al público se le ha dicho desembozadamente en la cara.

    Pero también todo puede resultar muy obvio, y en este tire y afloje hay que evitar caer en la otra presunción: que quien creemos que es bueno es el malo.

    Basta de prolegómenos: Richard Gere es Paul Shepherdson, un ex agente de la CIA al que su antiguo jefe (Michael Sheen: es increíble como pasan los años, pero sigue con los mismos tics que tenía el capitán Willard en Apocalypse Now ) se le mete en su living sin que él lo advierta. Es asombroso cómo los espías tienen casas enormes (con ventanales ídem) cuando viven solos.

    Lo molesta porque han asesinado a un senador estadounidense. Le cortaron el cuello de la misma manera en que operaba Cassius, un antiguo asesino soviético, que en la buena época de la Guerra Fría Shepherdson había estado tras su huellas.

    Y le ponen como compañero en la búsqueda a un novato, una rata de biblioteca del FBI, interpretado por Topher Grace (Eric en That ‘70s Show ), que basó su tesis en Harvard en Shepherdson y su caso.

    Debutante en la dirección, el hasta aquí guionista Michael Brandt se había especializado en filmes de acción, con personajes antagónicos (en Se busca , en El tren de las 3:10 a Yuma ). Y uno de los problemas en Misión secreta es que el personaje de Gere debió basarse en algo más que en el carisma del actor. Otro, es que el efecto de suspenso se pierde bien pronto. ¿Más? Los giros del final e inverosimilitudes a lo largo de toda la trama.
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  • Battleship: Batalla naval
    La reseña dejó de estar online el mismo día de su publicación. Se tomó el puntaje.
  • Essential Killing
    Y sobran las palabras

    El polaco Jerzy Skolimowski tiene a su protagonista, Vincent Gallo, huyendo y sin abrir la boca.

    No habla. A lo sumo, grita. El protagonista de Essential Killing podría ser la síntesis del apotegma justicialista, aquel de hechos y no palabras , pero bastante problemas tiene para escapar de quienes, armados, lo persiguen en medio de un territorio helado.

    En la nueva película de Jerzy Skolimowski -uno de sus filmes más recordados es, paradójicamente, El grito -, el héroe o antihéroe es un talibán, quien estaba escondido en una cueva en Afganistán y asesina a tres norteameri canos. Prontamente es apresado (y torturado) y más rápido todavía logra escapar y emprender la huida.

    ¿Hacia dónde? No se sabe. Como tampoco se conoce su nombre, ni sus intenciones y por qué hizo lo que hizo. El por qué no habla parece una extensión de por qué no responde al interrogatorio. Una explosión cercana le ha dejado un extraño zumbido.

    Enseguida se comprende que los datos son aleatorios. Para Skolimowski el por qué interesa menos que el cómo. El dolor del prisionero es lo que prima. Y la convincente actuación de Vincent Gallo es, entonces, fundamental para generar enmpatía con el espectador.

    El prisionero está solo, malherido, perseguido por hombres cuando no atacado por lobos. Como no habla ni siquiera con quienes lo atacan, el relato es casi estrictamente visual.

    Es cierto que al pobre tipo le pasa de todo. Cuando no está por congelarse en medio de la nieve, mete la pata literalmente en una trampa para osos. Las expresiones de Gallo van más allá del tormento por el calvario que atraviesa. En su virtual agonía se adivina la lucha por la supervivencia.

    Las implicancias de la historia hacen que poco interesen la nacionalidad del perseguido y las motivaciones de unos y otros.

    Cuando recibió el guión, el actor de Tetro debe haberlo meditado antes de aceptar el papel. Egocéntrico o no, Gallo supo que su personaje estaría prácticamente todo el tiempo en pantalla desde que sale de su cueva a matar a los tres extraños forasteros. Su rol le demanda extrema contención y exageraciones, tan disímil es lo que afronta. Entre la introspección y la exteriorización de su drama -el director también apela a raccontos, flashbacks de su pasado- navega y no naufraga el personaje, y con él, el actor.

    Una curiosidad es la voz que se escucha diciendo que, casi proféticamente, y antes del 11 de septiembre de 2001, tres hombres iban a encontrar al Anticristo en Afganistán... Para alimentar más interpretaciones y/o polémicas.

    La película contiene escenas que pueden resultar chocantes para gente sensible. Es un filme, si se quiere, de acción pura, pero también un drama bien envuelto en un thriller como Dios manda. Y sobran las palabras.
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  • La separación
    En lo más íntimo

    La ganadora del Oscar extranjero es un drama humano, con muchos puntos altos en su realización.

    La sorpresa al término de La separación no es una. Son varias. Por un lado, el final, cómo el realizador Asghar Farhadi decide rematar su película. Mucho antes, cómo la historia, que parecía centrada en la separación del título entre Nader y Simin, se abre en otra disputa, la que el hombre tiene con una mujer que iba a cuidar a su padre con Alzheimer, y termina en un juicio. Otro juicio.

    El término juicio engloba toda la película, que ganó primero el Oso de Oro en el Festival de Berlín, y en marzo se alzó con el Oscar a la mejor película hablada en idioma extranjero. Porque se trata de un relato cuyos temas troncales se enmarcan en sendos juicios, pero el director jamás juzga a sus personajes.

    Simin quiere emigrar “por la situación” en la que se encuentra su país, Irán, junto a su esposo y su hija. Como Nader no quiere abandonar a su padre enfermo, el divorcio pareciera inevitable. El único camino. ¿Tiene razón Simin? ¿Quién es más egoísta en esta situación? Pero cuando un hecho totalmente desgraciado suceda, la unión, más que de la pareja, de hecho separada, de la familia, se pondrá en juego.

    El cine de Farhadi está más cercano al del Mohsen Makhmalbaf que al de Abbas Kiarostami, a la hora de hablar de los referentes del cine iraní. No debe llamar la atención el premio de la Academia de Hollywood, ya que el relato no es meramente contemplativo, sino que tiene varios rasgos occidentales en su manera de narrar, de expresarse.

    Al fin de cuentas, de lo que trata La separación es de verdades. Tal vez no absolutas, pero sí sinceras. Qué es capaz de admitir un ser humano cuando se ve apremiado en lo que más le duele. Cuánto peso tiene la hidalguía, el ser fiel a sí mismo, ante la posible pérdida de un vínculo, de una relación. De un afecto.

    Farhadi deja planteados varios problemas existenciales en su filme. La mirada de Termeh (Sarina Farhadi, hija del realizador), la niña que prefiere quedarse con su padre antes que ir con su madre cuando ésta deja el hogar, es fundamental. ¿Qué es lo que quiere ella? ¿Alguien se lo preguntó? La película está contada desde esos momentos de decisiones imprescindibles, que nos forjan. Pero aquí cuenta, y pesa, el género, la religión, la clase social.

    El nivel de las interpretaciones también es otro punto alto de la realización. No se puede quedar impasible ante el alegato de Simin, al que Leila Hatami le confiere todas sus entrañas. Y los vaivenes de Nader (Peyman Noadi), ante esa mirada de los otros, y de los suyos. Cómo lo íntimo se vuelve universal, cómo es imposible esconder lo que se lleva adentro. Todo eso hace de La separación una película inolvidable.
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  • Cuando te encuentre
    ¡Pero qué casualidad!

    Un amor (casi) imposible.

    Zac Efron se hizo un nombre jugando al básquet y cantando -en el orden que prefieran- en High School Musical . Pero demostró que es un muy buen actor en Me & Orson Welles , no estrenada aquí, y en Hairspray al lado de John Travolta no desentonaba. Aquí, como un (joven) veterano de guerra que regresa sano y salvo de milagro de Medio Oriente, no canta ni juega al básquet. Y aunque vuelve a mostrar que es un buen intérprete, su papel, el guión y la dirección de Scott Hicks (el de Claroscuro ) más que ayudarlo, lo empujan hacia el descrédito.

    Zac es Logan, quien busca a una chica. Munido de la clásica fotito 4x4 que los soldados siempre llevan en la billetera de sus seres amados, con la leyenda Cuidate , que fue la que le salvó la vida a él, pero no al portador de la misma (¡la encontró!), quiere hallar a esa joven. Y la encuentra en un pueblito rural. Pero no le dice que la buscaba. Ni le muestra la foto. Ni le aclara que era de su hermano, por el que ella llora desde hace tiempo. Y consigue trabajo con ella, que tiene un ex marido golpeador. Y que tiene un hijo comprador.

    ¿Cuánto tiempo podrá Logan ocultar la fotito? Mejor: ¿por qué cuernos no le dice a Beth (Taylor Schilling) la verdad de una buena vez, y sanseacabó? Las respuestas a ambas preguntas están enumeradas en el primer párrafo: la construcción de su papel, el guión y la dirección, que no deja de acumular lugares comunes, clisés y vueltas de tuercas de lo más inverosímiles.

    En el elenco está Blythe Danner ( La familia de mi novia ) como la mamá de Beth, pero poco importa. Schilling tiene un carisma extraño, no es bella pero sí llamativa como actriz. Zac Efron espera por otra mejor oportunidad.

    Tranquilos: como en este filme, todo llega.
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  • Shame: sin reservas
    Esta vez el dolor va a terminar

    ¿Un obsesivo sexual, o incapaz de sentir?

    Shame: sin reservas es una película provocadora, sí, pero no porque el protagonista se exhiba desnudo, de frente, de perfil y de espalda mucho tiempo. Lo que provoca no es el físico, lo externo, sino todo lo que pasa por el interior de Brandon, a quien tipificar como un adicto al sexo sería, mínimo, banalizar el filme del inglés Steve McQueen.

    Brandon padece de adicción sexual, es claro y cierto, y no puede mantener un vínculo serio. No es curioso: cuando cree que puede cambiar, no logra mantener la relación sexual con su ocasional pareja, ni siquiera una erección.

    Brandon parece incapaz de tener una emoción. McQueen ( Hunger ) lo hace llorar dos veces al personaje: cuando escucha una lenta versión de New York, New York , cantada por su hermana Sissy (Carey Mulligan) y en otro momento que conviene no develar. Mientras tiene relaciones o se autosatisface no parece disfrutarlo.

    Si hay algo que el rostro de Michael Fassbender magnifica es dolor. Como si Brandon siguiera un patrón, o una necesidad que no puede o no sabe cómo manejar. Parece encadenado a hacerlo, como un esclavo de su adicción. El calor del contacto humano no es algo que pueda observarse en él.

    La caracterización del personaje (lo externo) es tan pulcra y esterilizada como el departamento que habita en Manhattan. Brandon no sonríe. Cuando viaja en subte, las mujeres lo miran fijo, en clásica situación de levante. Pero su rostro es impávido. Suponemos -sabemos- por cómo lo conocemos que él también está buscando ese contacto. Qué lo lleva a aceptar el convite es otro asunto.

    Brandon ama tener orgasmos. Los puede tener con una pareja o masturbándose ante la notebook, en la ducha de su departamento neoyorquino o también en el baño de su oficina. No sabemos en qué trabaja. A él tampoco parece modificarlo o importarle demasiado, salvo que le avisan que se llevaron su computadora porque estaba infectada de virus.

    El disco rígido estará con virus, pero también la cabeza de Brandon.

    Al personaje de Steve McQueen no le interesa nadie. Sólo momentáneamente si ese alguien/algo le puede dar acceso al orgasmo. Sissy, su hermana, la que le dice “no somos malas personas, sólo venimos de un lugar malo” como única referencia a su pasado en común que se adivina difícil (¿incesto? ¿abuso?) es un detonante. Es su antítesis. Ella no tiene dónde vivir e irrumpe en su departamento. ¿Por qué tanta ira? Shame: sin reservas no es un filme acerca de una adicción. Verla de ese modo sería la manera más fácil. Es sobre un hombre que si sufre una disfunción no es meramente sexual, sino que se siente incapaz de entablar relaciones. Como en su opera prima, Hunger , sobre el irlandés Bobby Sands, el preso político que realizó una huelga de hambre, McQueen volvió a confiar en Fassbender. Treintaypico, alto, delgado, en su personificación está la clave del relato. No hay escena en la que no esté, escondiendo esa vergüenza de la que habla el título original, con o sin reservas.
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  • Los vengadores
    Piña va, piña viene ésta sí entretiene

    Los superhéroes se pelean por entrar en cuadro.

    El viejo truco de los personajes superhéroes de doble personalidad tiene en Los vengadores su apoteosis. Los insignes defensores del Bien que provienen de los cómics de Marvel están, todos juntos, por espacio de casi dos horas y media, y en 3D, combatiendo contra Loki, el hermano malo de Thor y sus secuaces alienígenas.

    Pero reunir a tantos superhéroes y estrellas tiene sus riesgos. Como si se tratara de una película coral, hay que saber manejar y balancear no sólo egos, sino también los tiempos de exposición de cada uno, darles escenas en solitario para no defraudar a ningún fan de ningún personaje y, cuando comparten secuencia, exprimirlos (¿explotarlos?) lo mejor que se pueda.

    Y el director Joss Whedon (coguionista de Toy Story y creador de Buffy, la cazavampiros ) vaya que lo ha logrado. Son al menos ocho personajes centrales, y hay que saber qué darles para hacer.

    La excusa es Tesseract, una sustancia superpoderosa que está encerrada en un cubo que otorga energía y también sirve de portal hacia el espacio exterior -que, como ya sabemos, nunca trae nada bueno de ahí afuera-, y así llega Loki (Tom Hiddleston). Con su extraño poder, copta a Ojo de halcón (Jeremy Renner, que es tan ducho con el arco y la flecha que lo podrían llamar para la secuela de Los juegos del hambre ). Hay que defender a la Tierra del ataque exterior, y allí van nuestros héroes, reunidos por Nick Fury (Samuel Jackson) en una embarcación que puede surcar mares y elevarse por los aires hasta parecer invisible.

    Así como varios personajes tienen esa doble personalidad, el guión casi que los emparenta en pareja. La de Tony Stark/Iron Man (Robert Downey Jr.) con Steve Rogers/Capitán América (Chris Evans) es la clásica: se celan, se encaran y terminan ayudándose. Y están Natasha Romanoff/Viuda negra (Scarlett Johansson) y Bruce Banner/Hulk (Mark Ruffalo), y Thor (Chris Mesworth), que tiene mucho por qué pelearse con su hermano Loki (“es adoptado”, dice el rubión del martillo). Igual, el guión le depara las mejores líneas de humor (¿será por contrato?) al personaje de Downey Jr.

    La película tiene espectacularidad desde que arranca hasta que termina, con el ataque de Loki y sus guerreros alienígenas, capaces de destruir medio Manhattan, desde la Grand Central Station hasta cualquier edificio. Entretenida, divertida y con ritmo sostenido, por más que tantos personajes se peleen por aparecer en cuadro, Los vengadores tiene todo para convertirse en un gran éxito, que disfrutarán los fans y hasta aquellos que crean que Los vengadores son los sempiternos John Steed y Emma Peel, de aquella serie de TV de los ‘60.
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  • 12 horas
    12 horas
    Clarín
    Me quieren volver loca

    Amanda Seyfried busca a su hermana secuestrada.

    Si usted anda de paseo por Portland, Oregon, sepa que allí la gente es muy amable. En extremo. Porque aunque sea la primera vez que la vean, a Jill, la protagonista de 12 horas , le cuentan en detalle todo cuando la joven se los cruza averiguando datos del posible criminal que la secuestró a ella hace un tiempo, y que cree que hizo lo mismo con su hermana hace apenas unas horas.

    Porque Jill tiene una capacidad y una facilidad para la mentira elogiables. No les dice la verdad. Se inventa relaciones y les saca claves para rastrear al secuestrador.

    Desde aquel secuestro -en el que nadie cree- aprende defensa personal, tiene un revólver en la cartera de la dama y desconfía de todo. Y de todos.

    Bueno, Jill tiene antecedentes psiquiátricos. Dice que un hombre la sacó de su cama y la metió en un pozo en un parque, donde luego fue encontrada llena de lodo. Nunca lo vio, y cuando la revisaron no encontraron rastros de ataque sexual, ni lesiones, ni adn de un extraño en su cuerpo. Nada. Ella dice que escapó y que el hombre ha vuelto, que intentó secuestrarla, pero se llevó a su hermana al no hallarla en su casa a ella, que es moza por las noches.

    Por eso no durmió en toda la noche. “¿Por qué no vas a dormir?”, le preguntan. “Dormiré cuando (el secuestrador) esté muerto”, responde.

    Para los policías todo está y estuvo en su imaginación. Peor: la policía está tras ella porque saben que está armada. Ellos no le creen, pero el espectador, sí. Y eso es lo que cuenta.

    Pero el mayor enigma de 12 horas -el tiempo que Jill cree que tiene para encontrar con vida a su hermana- es ¿cómo hace el director Heitor Dhalia para, pese a todo, generar tensión a lo largo de todo el relato? Amanda Seyfried, bien lejos de Mamma mia! , está el 95% del tiempo en pantalla. Esa pueder ser una respuesta. La otra hay que buscarla en la construcción del relato, que con agujeros y todo no deja de intrigar, con y sin pistas falsas. Y hasta hay algo de El silencio de los inocentes (el pozo en el que tiraron a Jill, las pistas en la casa de un sospechoso)...

    Entre los investigadores están Wes Bentley, como un recién llegado a Homicidios -sólo él dice creerle, a espaldas de sus compañeros- y Michael Pare, sí, el de Calles de fuego .

    Paranoia, ansiedad, sed de venganza... Ingredientes de un cóctel inflamable. Ya verán por qué.
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  • Piratas! Una loca aventura
    Una de piratas, como las de antes

    Diversión de la mano de los creadores de “Pollitos en fuga”.

    El Pirata Capitán está algo preocupado. Desde hace veinte años que no puede ganar en el concurso del Pirata del año. Se entiende viendo lo ingenuo que es, la poca suerte que tiene y la clase de gente que tienen en la tripulación de su buque. Pero la máxima que asegura persevera y triunfarás es la que mejor le calzará.

    Casi, casi como a Peter Lord, codirector de esta ¡Piratas! Una loca aventura , y creador de Pollitos en fuga , desde la productora Aardman ( Lo que el agua se llevó ). La animación con muñequitos, en la que Wallace & Gromit fue buena precursora moderna, tiene sus bemoles. Es a la vez encantadora, pero poco realista. La historia de un pirata que ataca a un barco en el que viaja el mismísimo Charles Darwin y a quien está punto de lanzar por la borda, pero éste descubre que el “perico” que el Capitán lleva sobre su hombro es en realidad una especie que se creía extinguida... Y que con ella el Capitán puede ganar suficiente fortuna como para poder empardar al pirata Pata de Palo, entre otros, y lo llena de ambición.

    Lo curioso -o no tanto, viniendo de estos ingleses que saben cómo reírse de sus, cómo diríamos, próceres- es que el malvado de la historia es el propio Darwin, que planea robar el pajarito para quedar bien con la otra villana del relato, la reina Victoria, quien -esto sí que es curioso- odia a los piratas.

    Realizada para ver tanto en proyecciones comunes como en 3D, el humor simple y con guiños para el público adulto es lo que la convierte, por momentos, irresistible. Claro que a veces el ritmo no se sostiene, y cuando los más pequeños en la sala empiezan a inquietarse, es termómetro de que no todo funciona lo bien que debería.

    La solidaridad es uno de los muchos valores que la película ofrece a los chicos. El equivocarse, que es humano y no sólo condición de los piratas, y el poder dar vuelta la hoja, el saber descubrir dónde está la bondad, el sentido de pertenencia, sea a lo que fuera... Así como en Wallace & Gromit el ladero del protagonista era más inteligente que él, el esquema se reitera. Con una animación que ha mejorado a pasos agigantados, no tiene catarata de gags ni la genialidad de Pollitos en fuga , pero es un buen aliciente: qué chico no querrá ver otra peli como ésta...
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  • El líder
    El líder
    Clarín
    Liam Neeson comanda un grupo de accidentados en una desolada Alaska.

    Para aquellos que sienten ternura hacia los animales, salvajes o no, El líder no es la película que querrán ver. Para aquellos a quienes les gustan las películas en que los protagonistas sacan valor, coraje y entereza aún en las condiciones menos promisorias, El líder es el non plus ultra . Es como ganar un partido de tenis estando 0-6, 0-5 y 0-40... Esto es: revertiendo absolutamente todo.

    John Ottway es un cazador nato. Trabaja en Alaska, cuidando que los lobos no ataquen a los operarios de una empresa buscadora de petróleo. Hombre de pocas palabras -mejor, porque cada vez que abra la boca será para poner en claro lo mal que están, y lo peor que estarán-, cuando el avión en el que regresa con los obreros ingrese en una tormenta y termine estrellándose en medio de la nada, todos sus conocimientos se pondrán a prueba.

    La cuestión, claro, es sobrevivir. No sólo por el frío helado, la falta de alimentación, la seguridad de que nadie podrá rastrearlos. Es que los siete sobrevivientes -hay algunos más, pero mueren inmediatamente- están siendo acosados por una jauría de lobos. Ottway lo tiene claro. Sin llegar a dar un aclase de psicología animal, si no abandonan los restos del avión, se los van a devorar.

    El título original - The Grey - hace referencia al rebaño (humano) del que se hace autocargo Ottway -de ahí El líder -. El tipo es como un guía espiritual en medio de la catástrofe, aunque más de uno se le rebele. Y entre tanto blanco que los rodea, ojitos que brillan en la oscuridad acechando, aullidos y dentaduras que meten miedo, mejor seguir a uno que dice saber lo que hace.

    Sin ser un tratado sobre la democracia, El líder plantea cuestiones inherentes a una estructura de poder, y también a la solidaridad. Todos sabemos que los siete no van a llegar con vida al final de la película. Pasó siempre, con La aventura del Poseidón y R escatando al soldado Ryan en el medio.

    El director Joe Carnahan venía de Brigada A , otra película grupal, pero en tono de comedia. Bien no le había ido, y eso que el tagline era No hay Plan B . Bueno, aquí tampoco lo hay, con Liam Neeson fantaseando entre el suicidio y la esposa que lo dejó, y los lobos que se reproducen como gremlins. La película está llena de agujeros negros de ésos que, si uno se pone exigente, lo vuelven incrédulo.

    Y, si no le tienen fe..
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  • Espejito, espejito
    Una lavada de cara

    Esta versión de Blancanieves. Ofrece algunos cambios con respecto al clásico cuento de hadas.

    Estamos en una época de revisionismo. Y si a Caperucita Roja ya le había llegado la hora de su lavada de cara, en filme con actores y también animado, este año tendremos dos películas con Blancanieves como protagonista. El primero en llegar es Espejito, espejito y, para ser honestos, debemos decir que el rol protagónico se lo van pasando entre la joven doncella y la reina malvada.

    No es éste el único gran cambio en la historia. La reina y bruja, madrastra de Blancanieves, es también quien inicia el relato. La película está contada desde su punto de vista, y es una nueva vuelta de tuerca en la que el feminismo gana buena parte de la batalla.

    Igualmente orientada para el público infantil, los pequeños que hayan leído el cuento de hadas o visto la película de Disney se encontrarán con que los hechos, básicamente, son los mismos, sólo que están narrados de distinta manera.

    A saber: los siete enanitos prefieren robar en los caminos del bosque antes que ser mineros (“es más redituable y menos cansador”, argumentan con cierto grado de razón). Y hasta se “transforman” en gigantes. Blancanieves es mujer de pelea, de armas tomar, literalmente. El príncipe que se enamora de Blancanieves (Armie Hammer, que está rodando El llanero solitario , con Johnny Depp) está a punto de casarse con la reina. El pueblo está duramente castigado por la crisis y los impuestos que cobra la reina. El leal súbdito que lleva a la joven al bosque para asesinarla (interpretado por Nathan Lane) es el personaje con más líneas humorísticas en todo el guión. Y así.

    El director de origen indio Tarsem Singh, el mismo de La celda (2000), con Jennifer López, e Inmortales , del año pasado, trata de que el trámite sea divertido los 106 minutos que dura el asunto. Y lo consigue.

    Espejito, espejito no es que reinventa la historia popularizada por los hermanos Grimm, ni tampoco es una sátira a la película producida por el viejo Walt Disney. Tiene sus propios códigos, a partir del impacto visual que ofrece a los chicos –pareciera rodada completamente en interiores, bosque de abedules incluido-, con el interior del castillo que parece de torta de cumpleaños, y el de la casita de los enanos que es directamente una cueva. Obviamente la dirección de arte, la fotografía y el vestuario tienen un rol primordial. Y eso que no hablamos aún de las protagonistas.

    Lilly Collins – la hija de Phil Collins- no sólo es bella, sino que da perfecto en el rol de la nueva Blancanieves. Conjuga candidez, bondad y energía. Y quien se lleva la película por delante, previsiblemente, es Julia Roberts. Logra que su personaje malvado no sea odiado ni cuando manda a matar a su hijastra. En la copia doblada tal vez se pierdan un tanto los giros idiomáticos y el tono socarrón de su personaje, pero es la gran ganadora de la película.
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  • La suerte en tus manos
    Volverte a ver es todo lo que quiero hacer

    La segunda oportunidad para una ex pareja.

    Daniel Burman ha construido sus últimas películas sobre personajes que ante un momento específico de sus vidas, deben pegar un volantazo para no claudicar o ver cómo sus existencias se pierden sin remedio.

    En su filmografía también hay un claro quiebre entre sus primeras películas y las más recientes. Algunos le endilgan que se ha vuelto más comercial, como si eso fuera un pecado. Otros extrañamos la credibilidad casi ciega que teníamos en sus protagonistas y lo redondas que eran sus pequeñas historias. De El abrazo partido a esta La suerte en tus manos han pasado dos títulos ( El nido vacío y Dos hermanos ) por cierto dispares entre sí y con su filmografía anterior, y no sólo por la edad de sus protagonistas. Como si con La suerte...

    Burman volviera a su primera época, a insistir con el judaísmo, paródico o no, pero no pudiera hacer que la trama -ingeniosa en el caso, prometedora en su primera hora- despegue, levante vuelo. Como si correteara todo el tiempo por una pista bien mantenida, cuidada, lustrosa. Agradable.

    Pero a Burman sabemos que podemos pedirle más.

    Uriel (Jorge Drexler, como un primo no muy lejano de los personajes que hacía Daniel Hendler, también uruguayo) llega a los 40 separado y con hijos, y desea hacerse una vasectomía como para arrancar una vida distinta. Gloria (Valeria Bertuccelli, impecable como suele estar) viene de enterrar a su padre en Francia y en Buenos Aires se cruza con Uriel. Han sido novios hace añares, pero cuando ella se cansó de “los telos” y que no la tratara como a una novia y la sacara a la luz, lo dejó. Se entiende. Uriel tiene sus bemoles: es un mentiroso casi compulsivo, y con tal de agradar a Gloria no le dice que trabaja en la financiera que heredó de su papá, y le miente que está preparando un show de regreso de la Trova rosarina. Otro guiño a las segundas oportunidades.

    Los personajes secundarios, que siempre han rendido bien en el cine de Burman, aquí tienen a Luis Brandoni repitiendo -como el médico de Uriel-, su personaje de cura en El hombre de tu vida .

    Entre un irresponsable, que le compra una pecera, pero no los pececitos a sus hijos, y que se esconde para jugar al póker en un casino, y una mujer que siente que su pareja no lo acompaña ni la atiende como debería, los protagonistas de La suerte en tus manos aspiran a más. La sensibilidad y la ternura con que Burman trata a sus criaturas sigue siendo su marca de fábrica.
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  • Un método peligroso
    Inconsciente colectivo

    Freud, Carl Jung y una paciente, luego colega: cóctel de sexo, psicoanálisis y abusos.

    A veces tenés que hacer algo imperdonable para poder seguir viviendo.” La frase, dicha con más dolor y arrepentimiento que con regodeo o deleite, sale de la boca del Carl Jung que crearon Christopher Hampton (autor de la obra teatral en la que se basa el filme) y el director David Cronenberg, cuando al atribulado Jung ya no le queda espacio para la dialéctica analista/paciente.

    Teniendo a Sigmund Freud como mentor -no está de más recordar aquello de la figura paterna-, Jung es uno de los tres vértices del triángulo entre ideológico y perverso de Un método peligroso . Otro es Freud, y el tercero y responsable de que el padre del psicoanálisis y el eminente psiquiatra se conozcan, dialoguen, se envidien y separen a comienzos del siglo pasado es Sabina Spielrein.

    El asunto es que la palabra por sí misma no había sido hasta ahora el vínculo más directo de Cronenberg con su público. Realizador de buen pulso para el relato sugerente, aquí Freud, Jung y Sabina son lo más antiperonistas que se pueda imaginar: hechos y no palabras.

    Hay marcas en el relato que son propias a cualquier Cronenberg: el sexo, la relación de poder, el abuso, el amor/odio, y -si se bucea más profundo- el tema del doble, y el querer ser y el ser.

    Y no hay que ser un experto en neurosis o histeria, ni reconocer la influencia de los impulsos sexuales o las meras pulsiones eróticas para entrarle al asunto. Que no es un tratado ni una aproximación histórica al psicoanálisis. Saber quiénes fueron los personajes, ayuda, pero no limita.

    Algo maníaca y perturbada, Sabina ingresa a la clínica donde Jung la atenderá de acuerdo a las lecturas que ha hecho de don Sigmund, y su método. De a poco la cuestión empieza a enturbiarse, no por la enfermedad de la paciente, sino por el amor que se despierta entre ambos. Como para analizar es que la relación entre el analista casado y la enferma comienza mucho antes de que la mente de ella empiece a liberarse, y a sanar, y pueda ser muchos años después, más que discípula, colega.

    La contraposición entre los personajes, por distintas raíces, sea de pensamiento, de experiencia vivida o de religión -Cronenberg remarca que Freud y Sabina son judíos, y Jung, protestante- es riquísima, tanto en los diálogos como en las actitudes -la media sonrisa de Viggo Mortensen como Freud, mascando su cigarro; los ataques de Sabina, que se excita recordando cómo la castigaba su padre (Keira Knightley); y el triste y consternado Jung de Michael Fassbender.

    La relación cuerpo mente, cóm o el sexo interviene y predomina en las conductas lleva aquí a pensar aquello de que si se actúa como se piensa en vez de como se siente, pasan cosas raras. Como le pasa a Jung.
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  • Los juegos del hambre
    Sobreviviendo

    Niños y jóvenes combatiendo a muerte en una crítica al autoritarismo de la TV y el Gobierno.

    Orwell tenía razón. Tan cierto como que el dominio de la televisión y el del poder político se consustancian y anidan en Los juegos del hambre , primer libro de una trilogía que amenaza en convertirse en el cine en la prima dilecta de la saga Crepúsculo .

    Es que no sólo los protagonistas son adolescentes. Con -al menos en Los juegos...

    - escaso romanticismo y más ferocidad que en Crepúsculo , la película es en lo básico una batalla campal en la que 24 participantes, niños y jóvenes, deben luchar entre sí en medio de un bosque, y en la que sólo puede haber un ganador. Es decir: un sobreviviente. El resto, debe morir.

    Si Andrew Niccol había imaginado las nefastas consecuencias de un ser común, que vivía en un reality show sin saberlo en The Truman Show (Peter Weir, 1998), el filme que se adelantó a Gran hermano , es esperable que lo que cuenta Los juegos...

    no llegue a ninguna realidad. Nunca se sabe.

    La trama nos sitúa en un futuro en el que se especula que los Estados Unidos ya no serán lo que son hoy, después de una guerra, sino un conjunto de doce distritos. Y el poder -que uno imagina no es de turno, sino que planea quedarse allí instalado- viene celebrando (literalmente) desde hace añares los Juegos del título. En cada distrito se elige, por sorteo, un joven y una joven para que los represente. Y la previa de los Juegos y la competencia misma es televisada en vivo y en directo, con el agregado de que, como en The Truman Show , la “realidad” puede ser manipulada por el “Gran hermano”. Como, por ejemplo, arrojar bolas de fuego para forzar a Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) a no desviarse del camino...

    Katniss es una cazadora, que se anota como voluntaria cuando el papelito que sacan es el de su hermana menor. Katniss es buenaza, y hasta parece incapaz de matar a nada o nadie si no es por necesidad de comida. Pero no le den un arco y una flecha, y un motivo para sobrevivir...

    El marcado interés romántico -su novio, que queda en el distrito, Liam Hemsworth; su compañero en el sorteo, Josh Hutcherson- están aquí en un lejano segundo plano. El director Gary Ross ( Amor a colores , guionista de Quisiera ser grande ) opta por sobrecargar los apuntes en contra de los mandamás de la televisión, que desean mejorar el programa forzando las cosas y complaciendo al Presidente (Donald Sutherland), que no resiste ni un signo de rebelión en la granja, perdón, los distritos.

    Por una cuestión de tiempos cinematográficos algunas cosas han cambiado. Las matanzas son menos gráficas, y el carácter de Katniss está más esbozado que remarcado. Pero sin Jennifer Lawrence, la actriz de Lazos de sangre , otra sería la historia. La película se centra en ella, en su sufrimiento por lo que ve y también lo que debe hacer.

    Filme sobre innumerables temas, entre ellos el despotismo, la solidaridad, el amor y la traición, sólo le falta ser real. Porque a Los juegos... habría que entenderla como de ciencia ficción. ¿No? «
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  • El guardia
    El guardia
    Clarín
    Gerry, un tipo genial

    Un policía irlandés, entre racista y borrachín, es el personaje con que Brendan Gleeson logra meterse al público en el bolsillo.

    El paisaje es el campo irlandés. Cerca de la costa. Unos jóvenes vienen a toda velocidad por la ruta, cambiando de carril, cuando pasan donde está, escondido, un patrullero. El automóvil vuelca. El policía se acerca, los revisa, encuentra droga. La prueba.

    Gerry Boyle es el sargento al que hace mención el título ( El guardia ), una película que, en su apariencia, sus tonos, su buen humor, la integridad de sus personajes, recuerda a otra gran película, Un tipo genial (1983). En aquella película que transcurría en Escocia, con Burt Lancaster y música de Mark Knopfler, todo era más altruista, si se quiere. Aquí, Gerry recibe la visita de un agente del FBI, ante el inminente arribo de unos narcotraficantes.

    Difícil de estimar con precisión cuál es el mayor atractivo de Gerry. Es un tipo simple. También, de ideales. Inclaudicable. Pero cuando hace comentarios de tinte racista no se sabe si es en broma u ocupan en serio su pensamiento. O directamente dice y actúa sin pensar. Gerry siente que puede llamar a unas prostitutas en su día libre, y no cambiar su determinación aún si con eso pone en riesgo la misión de detener a los narcos.

    Es que Gerry es un hombre libre dentro de un pueblito en el que la corrupción es tan amplia como el paisaje. Y tan abundante como las pintas que se bebe una detrás de otra.

    El guardia tampoco es fácil de definir. Es un thriller, pero también comedia. Y si se quiere hilar más fino, un drama sobre un hombre solitario enmarcado en una sociedad rural, empequeñecida y –él- sin futuro aparente.

    Los diálogos –cáusticos, socarrones, de inesperados remates- le confieren al relato un tono apenas disimulado de obra teatral, todo desmentido a partir del ágil manejo de las situaciones y de la cámara del novel director John Michael McDonaugh. La paleta de color que utiliza para re tratar y caracterizar los interiores y los paisajes son también muestras de un talento a seguir.

    Pero lo fundamental en El guardia es el casting realizado. El elenco es soberbio. Comenzando por Brendan Gleeson, el grandote rubio que ha pasado en general como actor de reparto (en otra novedad de este jueves, Protegiendo al enemigo , y en infinidad de títulos, con muy pocos protagónicos como éste). Gleeson hace que Gerry sea imprevisible y querible. Ya sea robándole a un niño algo que éste ya robó, como manteniendo esos filosos diálogos con el agente del FBI que compone Don Cheadle, un actor (y un personaje) que están en las antípodas, excepto por su integridad.

    Entre los narcotraficantes, Liam Cunningham (otro irlandés que también está en Protegiendo...
    ), Mark Strong y David Wilmot son por momentos como Los tres chiflados , cuando no se vuelven personajes de un film noir de la mejor cepa.

    Refrescante en todos los sentidos, El guardia es un título, si a usted le gustan los thrillers y los personajes con más de un perfil, como para no perdérselo.
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  • Protegiendo al enemigo
    Acción y tensión

    Buen thriller Con Denzel Washington y Ryan Reynolds.

    Matt está algo aburrido. Está a cargo de una casa segura en Ciudad del Cabo, un eufemismo para denominar lugares hiperrecontra seguros en los que alguna agencia del gobierno de los EE.UU. lleva a prisioneros para, ejem, interrogarlos. Matt no le cuenta nada de su trabajo a su novia francesa, y habla a la distancia con su superior (Brendan Gleeson), porque necesita un cambio. Quiere más acción.

    Y vaya que va a tenerla.

    Protegiendo al enemigo cambia drásticamente apenas cinco minutos de comenzado el relato. Un renegado de la CIA, Denzel Washington -que de Día de entrenamiento al presente demuestra que los roles de maldito le caen mejor que los de héroe-, consigue una información comprometedora para sus ex jefes. Y, siendo acosado, termina ingresando a la embajada estadounidense en Sudáfrica. Deciden trasladarlo a la bendita casa segura donde Matt lo recibe. De allí no podría escapar, ni tampoco los malos de turno secuestrarlo.

    ¿O sí? La acción trepidante y las vueltas de tuerca son el plato que mejor sirve el director chileno Daniel Espinosa. Para tener al espectador al borde de cada situación extrema que plantea el filme, es necesaria una edición, un montaje rápido y efectivo, y un manejo de cámaras acorde. Sobre esos dos pilares se asienta la narración de Espinosa.

    Que ambos personajes puedan pasarse 72 horas sin dormir y continuar peleando como si salieran del banco de suplentes es sólo un dato menor. Lo que cuenta es el entretenimiento, los choques de automóviles, las balaceras, las peleas cuerpo a cuerpo, ese ritmo del que hablábamos antes y la atención y tensión que se genera desde la pantalla.

    Acompañado en el elenco por Sam Shepard, Vera Farmiga y Liam Cunningham, Ryan Reynolds es el carilindo con buenas intenciones que nunca falla en un producto de Hollywood, como contraposición o sobrepeso del personaje de Washington. Uno experimentado, otro un aprendiz -como en D
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  • Enter the Void
    Perdidos en Tokio

    Gaspar Noé y un alucinante viaje entre drogas y dolor por la noche.

    Gaspar Noé hace de la provocación una manera de filmar. O, si se quiere, su manera de filmar es provocativa. Alejándose del esquema narrativo de Solo contra todos , su opera prima, y del relato contado desde el final hacia el comienzo en Irreversible , ahora en Enter the Void vuelve con su cámara giratoria, grúas increíbles y tomas supinas (con la cámara encuadrando desde lo más alto) para contar una historia pequeña en cuanto a la trama, que demanda 160 minutos de la atención del espectador.Como siempre, las relaciones familiares son troncales, sean padre e hija, pareja o, como aquí, hermano y hermana. En una Tokio nocturna, Oscar es un joven dealer, que consigue una cantidad de dinero como para invitar a su hermana, bailarina de caño, a Japón. La cosa no empieza bien, ya que en una entrega frustrada Oscar termina con un balazo en un baño de un nightclub.Y como de niños, cuando sobrevivieron un terrible accidente automovilístico en el que sí murieron sus padres, se prometieron “nunca dejarnos”, “nunca jamás”, el alma de Oscar deambulará y sobrevolará la ciudad, siguiendo a Linda.Lo de la provocación y el efectismo vienen no tanto del despliegue técnico (un soberbio manejo de cámaras e iluminación, extensos planos secuencia, todo creando un ambiente entre ominoso y opresivo) sino de las escenas de sexo ¿real?, la práctica de un aborto con el cuerpito luego en primer plano y el plano de un pene ingresando en una vagina visto “desde adentro”.Entre viajes alucinógenos, producidos por ácidos, DMT y otros químicos, la película es como un tour por el Planetario. Algunos verán un filme visionario; otros, una reflexión sentida sobre un (sub)mundo real, contado sin tapujos en un ritmo trepidante. Y otros huirán despavoridos.Personajes en posición fetal, mucha oscuridad, sexo sin placer y un gusto por lo circular que se aproxima a la obsesión: un cóctel explosivo, pero para pocos.
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  • Dormir al sol
    Qué vida de perros

    La novela de Bioy Casares tiene un cuidado correlato en la mirada de Alejandro Chomski.

    El universo de Bioy Casares es más o menos difícil de trasladar a la pantalla -recordar El sueño de los héroes , de Sergio Renán-, en particular el de Dormir al sol . Es el tipo de relato en el que las sutilezas enmarcan una trama con sorpresas, más que vueltas de tuerca. De esas narraciones que se disfrutan más y mejor a medida que se van desarrollando y abriendo los ojos al lector/espectador.Por ejemplo, ¿qué es esa cámara subjetiva de un perro, casi al comienzo? Lucio Bordenave -una de las mejores composiciones de Luis Machín en el cine, pareja con la de Felicidades , de Lucho Bender-, huérfano desde chico, trabajaba en un banco, pero ahora desempleado, es un relojero. Casado con Diana (Esther Goris, irreconocible estando tan contenida), escucha la siguiente pregunta de otro personaje: “¿De vuelta mal de los nervios?”, le dicen en referencia a su esposa. Es que Diana -¿quién no conoció a una perra con ese nombre?- tiene la teoría de que los perros hablan.Y como hay gente que no entiende, no comparte esa filosofía, Diana termina internada en el Instituto Frenopático, contra la voluntad de Lucio. Ya la tuvo internada en otros lugares y bajo otras circunstancias. Pero accede: él también advierte que Diana no está del todo bien de la cabeza.De a poco, Lucio notará que loque sucede a su alrededor tampoco condice con lo que algunos denominaría normal. ¿Qué es normal? Su cuñada (Florencia Peña) no hace otra cosa que intentar seducirlo. El doctor Samaniego (un Carlos Belloso que el cine debería aprovechar más) le responde con ambivalencias cuando él quiere saber cómo está su esposa. ¿Qué está pasando? La riqueza del filme de Alejandro Chomski radica en la creación de atmósferas y la (re)creación de época -Parque Chas, sin tiempo especificado, serían los ‘50-. En pocas películas la ambientación cobra la fuerza necesaria para acompañar y no reforzar lo que se está contando.El relato tiene un momento, un clic, en el que como solía decirse hay que creer o reventar. Optamos por lo primero, no sólo por una cuestión de supervivencia, sino porque a la sonrisa que acompaña la comprobación de lo que se intuía, le sigue un desenlace acorde con lo que venía pasando.“No confundas tristeza con locura” es una de las pocas frases que, tras la visión del filme, perdura en el recuerdo. No interesa quién la pronuncia, pero está allí el centro de la cuestión. Como toda buena película, Dormir al sol permite más de un interpretación, más de una mirada.Cada cual con lo suyo, cada loco con su tema.
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  • ¡Esto es guerra!
    Esa rubia debilidad

    Dos agentes de la CIA se enamoran de la misma mujer.

    Hay mucho del cine que Hollywood producía por los años ‘70 en ¡Esto es guerra! Combinación de comedia y acción, con dos galanes detrás de la chica, confusiones y engaños propios de las obras teatrales en las que los personajes entran y salen por distintas puertas al escenario, es una película sin otra pretensión que la de divertir, una buena excusa como para salir, compartir un buen momento y listo.Claro que los tiempos han pasado, y lo que hubiera sido una película apta para todo público para llevar a los chicos, hoy tiene unos gags más subidos de tono y un toque sexual como para que los chicos hagan preguntas inconvenientes.Dos amigos, agentes de la CIA, terminan “castigados”, alejados de la escena de acción y confinados a dos escritorios cuando debían apresar a dos hermanos en una fiesta en Hong Kong, uno muere al caer desde un alto edificio y el otro juramenta venganza. Claro, ellos no lo saben.Y da la casualidad que cuando Tuck (Tom Hardy, el próximo villano de Batman) conoce vía un sitio de citas a Lauren (Reese Witherspoon), su amigo FDR (Chris Pine) se la cruza en un ¡videoclub! (esto es para los que piratean las películas), sin saber que es la mujer por la que Tuck ha quedado perdidamente enamorado.Y cuando cada uno descubra que la chica que quiere conquistar está en la mira del otro, tras elegantemente decidir hacerse a un costado, terminarán entablando una guerra sin cuartel, estableciendo reglas. la primera: no tendrán sexo con Lauren...Witherspoon, la actriz de Legalmente rubia , muestra todos los dientes blancos de su boca tamaño buzón y sus morisquetas. Mucho más compenetrados, si cabe el término, están Hardy -un primo lejano de Daniel Craig-, que no es lo que se dice un comediante nato, pero sí un actor visceral, al que el papel por momentos pareciera quedarle chico, y Pine, en el rol del egocéntrico.Pero la cuestión no pasa por saber quién se queda con la chica, o mejor, a quién elige la chica, ya que sale con los dos. El director McG -el mismo de las dos Los ángeles de Charlie - sabe cómo sazonar la acción en la comedia y la comicidad en las escenas de tiros. O sea: está todo bien cocinado para comer rapidito, sin tener que eructar, pero tampoco como para repetir.
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  • Un dios salvaje
    Discusiones de (y entre) parejas

    A sus 78 años, a Roman Polanski le sientan bien, muy bien, los ambientes de encierro.

    Cómo le gusta, le sienta bien a Roman Polanski moverse en ambientes opresivos. Sean reducidos por espacio ( La última puerta ) o como en El inquilino , o por momentos en Repulsión , cuando las paredes forman parte del acoso que sienten los protagonistas. No había por qué imaginar que al trasladar Un Dios salvaje , la pieza de Yasmina Reza, no iban a quedarse él, con sus cuatro personajes (y el espectador) encerrados en un cuarto.

    Tal vez al estilo de su La muerte y la doncella , sobre la obra de Ariel Dorfman, la adaptación de Un Dios salvaje es terribemente fiel al orginal. De hecho, la hicieron Polanski y Reza... Alguna que otra línea de diálogo, un paso por el baño en suite de los Longsteet, la pareja que recibe al matrimonio Cowan, o el pasillo del edificio, rumbo a los ascensores, son los únicos atajos con que el director de Barrio chino planea airear la trama. Por el resto, queda todo igual, excepto la apertura y el cierre: el filme abre en un parque y se ve, de lejos, la agresión de un chico hacia otro, que es la base en la que se sustenta la obra y el motivo por el que ambas parejas se encuentran. Allí y en el desenlace –para ser estrictos, el final “cambia”- son los únicos momentos en que se escucha la música de Alexandre Desplat.

    Lo que parece ser una mera reunión para conciliar posiciones entre los padres del niño agredido y los del agresor, que son los visitantes, da lugar a un campo de batalla.

    Contradicciones, autoritarismos, irritación, egoísmos, ánimos conciliadores, apoyos, provocaciones: todo sucede en la continuidad de los 75 minutos reales y corridos en ese living del departamento. Cuando la dueña de casa, Penelope (Jodie Foster), sienta que alguien amenaza su orden o principios, mostrará las uñas. Las mismas que tiene bien ocultas su esposo (John C. Reilly), mientras Nancy (Kate Winslet) parece componer las cosas y su esposo (Christoph Waltz) no deja de habla por el celular.

    Y allí hay una diferencia notoria, ya que Polanski elige recortar con primeros planos a Waltz, cuando en el teatro sus conversaciones eran siempre a un costado de la escena. La escenografía es cargada.

    “¿Por qué sos agresivo?” tiene por respuesta “Soy sincero”. Entre momentos de absurdo (ayudados, no sostenidos, por el consumo de alcohol) y complicidades de género, la obra llega a su fin y nos quedamos pensando en la sinrazón de tanta pelea, y el póker de grandes actuaciones que han quedado allí, encerradas entre cuatro paredes.
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  • Drive
    Drive
    Clarín
    Peligro al volante

    Con Steve McQueen en el retrovisor, Ryan Gosling compone a un conductor de temer, por más de un motivo.

    El de Drive es un caso testigo de cómo un relato que, por su trama, puede pasar tranquilamente desapercibido, y a partir de una puesta en escena entre seca y vibrante termina siendo atrapante. Negocios sucios en una película bien clase B, pero con el brillo de un equipó de Primera A.

    El protagonista es un tipo sin nombre, ni pasado, pero con el rostro del canadiense Ryan Gosling. El conductor -llamémoslo así- se gana la vida manejando automóviles en escenas de riesgo en Hollywood. Es “un trabajo de medio tiempo”, como dirá las pocas veces que quiera abrir la boca. El resto, lo pasa en un taller o hace otros trabajitos detrás de un volante. Como llevar malhechores en plena huida tras un robo. Pero el conductor no planea los robos y ni siquiera lleva un revólver. El sólo abre la puerta del auto, y maneja en las fugas. Los primeros 9 minutos de la película ya valen el precio de la entrada.

    El personaje es otro dentro del auto, pero no como si se transformara, sino como si sentado al volante fuese él, y afuera, no.

    Y afuera es donde conoce a Irene (la inglesa Carey Mulligan, de Enseñanza de vida y Nunca me abandones ), vecina con hijito del hotelucho donde vive, y a cuyo esposo ayudará cuando éste salga de prisión.

    Adivinen en qué consistirá la ayuda.

    Originalmente, Drive -que le valió exageradamente a Nicolas Winding Refn el premio al mejor director en Cannes 2011- iba a tener otro protagonista (el australiano Hugh Jackman) e inclusive otro realizador. Por fortuna el danés se hizo cargo del proyecto -como antecedente, en su filme anterior, Valhalla Risng , Mads Mikkelsen era un luchador... mudo- y siguió adelante con esta producción hollywoodense, pero sin restarle su rasgo de cine de autor, alejándose de lo que pudo ser un émulo de Rápido y furioso .

    Las cámaras lentas, los decorados de los cuartos del hotel, los juegos de luces y sombras proyectadas, el escarbadiente en la boca y la campera con un escorpión dorado, todo está teñido de un mismo tono y paleta. El color que pasará a predominar -el rojo- llegará cuando comience el baño de sangre, aquello que aleja a Drive del producto exquisito o pasteurizado con que algún productor habrá soñado, para ganar en carne y bravura.

    Por más que trate de disimularlo, Gosling se fijó en Steve McQueen y le agregó algo de locura salvaje. El actor de Diario de una pasión y Secretos de Estado se luce y gana en cada confrontación, sea con Albert Brooks, Ron Perlman o Bryan Cranston. Porque da la idea -e infunde miedo- de que, en cualquier momento, ese taciturno y silencioso personaje, aunque cruzado de brazos, está por explotar.
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  • El topo
    El topo
    Clarín
    De éstas, ya no se hacen más

    Thriller como se hacían en la época de la Guerra Fría, con un elenco excepcional.

    Películas como El topo ya no se hacen más. Ambientada en 1973, parece rodada en ese año. Y entiéndase lo antedicho como un elogio, no una crítica.

    Basada en el best seller de John Le Carré, la trama es una intriga de precisiones milimétricas, intrincada, que necesita de la atención del espectador, que no podrá distraerse, claro, con el balde de pochoclo.

    En el Servicio de Inteligencia británico hay una manzana podrida, como grafica Control (John Hurt). Hay que encontrar a quien los rusos (estamos mucho antes de la caída del Muro) han infiltrado, y tienen como aliado en el Circo, como se denomina al Servicio. Control, que era quien llevaba adelante la búsqueda de manera clandestina, es despedido junto a George Smiley (Gary Oldman), pero la muerte del primero lleva a una investigación. Que le encargan al segundo, y en la que hay cinco sospechosos. Y uno de ellos es Smiley.

    Lo primero que hay que advertir es que el actor del Drácula de Coppola, el malvado de El perfecto asesino , está a kilómetros de esos personajes que, con gestos grandilocuentes, se apoderaban de la pantalla cuando el actor inglés aparecía en ella. Aquí Oldman está como detrás del personaje. Ni un grito, un exabrupto, nunca altisonante: maquillado como un tipo mayor a lo que es (tiene 53 años), y con anteojos y casi siempre de corbata, Oldman es el corazón del relato, siguiendo (y despistando) al espectador en cada tramo de los vericuetos, los viajes por Europa y los saltos temporales.

    Lo segundo es la presencia del director sueco Tomas Alfredson (la muy elogiada Criatura de la noche , que no era una mera película de vampiros, por cierto). Evidentemente, el realizador puede saltar del cine de género a lo que le plazca, adaptar la novela como le convenga y manejar las intrigas y los datos relevantes sin remarcarlos, con sutileza. Es un ejercicio bárbaro para el público habituado a que le sirvan todo previamente digerido y hasta regurgitado. Aquí, el que no presta atención, pierde.

    Alfredson vuelve a una misma secuencia para revelarnos (ahí, sí) lo que sucede desde diferentes ángulos, y utiliza una paleta cromática, con grises y ocres que le calza perfecto al relato. Y a diferencia de la miniserie de 1979, de John Irvin, con sir Alec Guinness, no se queda en los detalles: va a las entrañas.

    Y lo tercero es el elenco que acompaña a Oldman, cuyos silencios son tan imprescindibles como sus comentarios con cinismo. Entre los miembros del Circo están Colin Firth, Ciaran Hinds, Toby Jones, David Dencyk. Y en papeles no menores, Benedict Cumber- batch, Mark Strong y Tom Hardy.

    En definitiva, lo que plantea El topo (o Tinker Tailor Soldier Spy como es el libro original) es advertir qué importa más, si la caza en sí misma o saber si se aprehende a la presa. La respuesta queda en cada uno.
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  • El Artista
    El Artista
    Clarín
    Habla, mudito

    Homenaje al cine de Hollywood, con una historia de amor tragicómica.

    Ya en la proyección para la prensa, en Cannes, un domingo a la mañana, llamó la atención la sala Lumière colmada. ¿Pero si los cronistas franceses suelen ver antes que nadie las películas de su país, por qué tanta conmoción? El artista llegó en puntitas de pie, y se fue ganando críticos y público, y cuando los Weistein le echaron el ojo para su distribución en los Estados Unidos, el moño del paquete se terminó de anudar. Y hoy El artista no sólo es la película que hay que ver, sino la muy probable ganadora del Oscar.

    Pero ¿qué tiene esta película en blanco y negro, muda pero sonora, para generar tamaña expectativa? Una excelente campaña de marketing, eso es seguro, y también cierto homenaje al Hollywood de antaño en particular y al cine en general.

    No a la manera de La invención de Hugo Cabret : allí donde Scorsese hace lagrimear en buena ley, apelando al sentimiento, Michel Hazanavicius prefiere el tic, el gag, guiño cuando no la parodia.

    Y no está nada mal: ¿o acaso hoy no sorprende, viendo los resultados, que una estrella como el protagonista del filme se haya negado a trabajar en las películas “habladas”, porque “Yo soy al que vienen a ver; nunca necesitaron escucharme”? George Valentine (un Jean Dujardin con el carisma que tenía un Douglas Fairbanks, bigotito precoz, sonrisa compradora, un prodigio de la gesticulación, un Oscar posible) triunfaba sin problemas en el Hollywood de los años ‘20, hasta que la Gran Depresión asomó, y el nacimiento del cine sonoro le restó aquel público que le era fiel.

    La fidelidad es uno de los temas de El artista . Peppy Miller (la argentina Bérénice Bejo, también brillante) era nadie hasta que se topó con George. Y de la nada empezó a escalar en los créditos de las películas, hasta ser toda una estrella. George le dijo qué tenía que hacer para ser una actriz, y no ser nadie. Uno baja, la otra sube. Es la historia tragicómica de un amor.

    El artista es también otra historia, la de un amor no consumado; la de un matrimonio que no funciona; la de la relación de George con su mucamo y chofer -símbolo de lealtad y confianza-; y la de la tozudez de un hombre, que Hazanavicius remarca con trazos más gruesos que los que pintaría una brocha.

    El director es hábil, tiene lo necesario para activar los mecanismos de sentimiento en cualquier corazón cinéfilo y lo explota bien. Si algo le falta a la historia es, precisamente, historia. Como gag, como chiste, El artista funciona a las mil maravillas. Uno lo ve, se divierte, pasa un rato entretenido y ya está.

    Hay gags muy pero muy efectivos (George se sorprende al comenzar a escuchar sonidos en su vida real en cuanto le dicen que el cine silente está por morir), y una veneración por el género a la que es fácil adherir.

    De ahí el éxito sorpresivo del filme francés que homenajea a Hollywood, quien probablemente termine homenajeando al cine francés. Todo queda en casa.
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  • La dama de negro
    Casa con sorpresa

    Producción de la Hammer, en una casa con presencia siniestra.

    Daniel Radcliffe ya sabe cómo mirar fuera de campo (del campo que abarca la cámara) y parecer aterrorizado. Si Harry Potter le dio algo, además de fama y dinero, es eso. Así que no es de extrañar que el primer protagónico que aceptara después de terminar la saga del mago fuese el de La dama de negro , no en el rol del título, sino en el del abogado que traga lo que le queda de saliva y se interna en una mansión convenientemente lúgubre y alejada, a rastrear los papeles para una sucesión.

    Bajo el logo de la Hammer, la productora que dio clase sobre lo que el cine de suspenso y horror debía tener en la época de oro del género -no el actual en el que el gore se impone y lastima, sobre todo, los ojos y la credibilidad del espectador-, La dama de negro tiene sus contribuciones para recuperar la confianza.

    La historia es básica, pero con bemoles a medida que se va desarrollando. Arthur Kipps (Radcliffe) es un abogado viudo, con un pequeño hijo, al que envían a Crythin Gifford, a la mansión mencionada, y si no encuentra lo que le demandan para hacer la liquidación de la mansión, tras la muerte de su dueña, y así poder venderla, se quedará sin trabajo. Eso explica por qué, por más que sienta presencias ominosas, ruidos y demás, el tipo sigue buscando (solito y solo) en esa casona a la que las mareas suelen dejar incomunicada cuando crecen, y a la que nadie se atreve a acercarse en el pueblo victoriano.

    ¿Por qué? Fácil sería contarlo, pero mejor es que el lector lo averigüe por sí mismo.

    Los resortes del género vienen siendo los mismos desde sus orígenes –para asustar y lograr que el espectador salte de su butaca- y podrá variar (o no) la sagacidad de los guionistas para que también haya algo de intriga y se sazone mejor la historia. La película está más o menos dividida en dos mitades (presentación del personaje, llegada de los primeros temores y muertes/suisidios de varios niños), y es en la segunda donde el ritmo se acelera, sin llegar a desbocarse. La atmósfera gótica, los tonos grises y opacos de la iluminación, le sientan perfecto a la historia.

    El joven James Watkins, que debutó con Eden Lake , filme de otro estilo de terror (una pareja es acosada en un lago por adolescentes), entre crujidos y sombras, brumas y padres que sobreviven a sus hijos, supo cómo generar ansiedades en el espectador. Y así, la novela de Susan Hill, de 1983, con adaptaciones teatrales y televisivas varias, pega el salto a la pantalla grande con ímpetu propio.

    Acompaña a Radcliffe –a quien deberemos acostumbrarnos a verlo como adulto joven, para lo que, por cierto, aún le falta madurar en todo sentido- el irlandés Ciarán Hinds, cuyo rostro suele cubrir como máscara personajes conflictuados, cuando no roles de malvado, en otra sorpresa dentro de un filme que, sí, asusta en buena ley.

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  • La invención de Hugo Cabret
    La emoción de aquellos pioneros

    Martin Scorsese realiza en su primer filme “para la familia” y en 3D un entrañable homenaje al cine.

    De un mago a otro, de un artista pionero a uno que tomas las herramientas heredadas de aquél, más las nuevas del 3D para realizar un enorme, magnífico y emocionante homenaje al cine.

    La invención de Hugo Cabret está hecha por y para quienes sienten que el cine es el reflejo de sus vidas íntimas, que lo conectan con sus propias vivencias y emociones.

    Martin Scorsese tributa a Georges Méliès basándose en la novela gráfica de Brian Selznick. Hugo (un maravilloso Asa Butterfield) es un chico de 13 años, huérfano, que vive solo entre las alturas de los relojes de una estación de trenes parisina, por los años ’30. Su tío borrachín aceita los relojes, y andar entre mecanismos de precisión es algo que corre por la sangre de la familia. El padre de Hugo (Jude Law) era relojero, y en un museo había encontrado un autómata abandonado, que necesita reparación. El padre muere sin poder arreglarlo, dejando unas instrucciones que Hugo atesora como el mapa de un tesoro. Cuando éstas lleguen a las manos de un hombre mayor (Ben Kingsley), que tiene un puesto en la estación de trenes en la que remienda juguetes, resurgirá, cómo no, la magia.

    Algunas criticas han develado cierta información que, si bien sorpresiva, el espectador la advierte promediando la proyección, y quien esto escribe no cree necesario revelar. Sin ella, es más natural el adentrarse en la historia, es como dejarse llevar por los magos que nos asombran con cada paso que dan. Por qué perder esa fascinación.

    Sí podremos hablar del fantástico mundo que ha pergeñado Scorsese, con varios de sus habituales colaboradores, como el iluminador Robert Richardson y su montajista de toda la vida, Thelma Shoonmaker. Uno es clave en la transformación y ambientación de la estación de tren, sea entre los andenes o las galerías, o ya entre los mecanismos de relojería, y otra es herramienta fundamental para recrear el mundo del cine mudo.

    Hay mucho de Dickens, y no sólo por la irrupción del a primera vista maléfico inspector de la estación (al que Sacha Baron Cohen, con pierna ortopédica chirriante, sabe sacarle el mejor jugo), que persigue huerfanitos o ladrones para llevarlos a un orfanato. Hugo mismo es un ser dickensiano, e imposible de no tener empatía con él. Por varios motivos. Está solo, no tiene familia, descubre una amiga (la ahijada del personaje de Ben Kingsley) y apretuja esas instrucciones de su padre como único y último recuerdo que tiene de su ser amado.

    Si la película tiene muchos apuntes scorseseanos (el amor por el cine y la necesidad de preservar las películas originales es el más directo y atendible), no habrá quien mire al filme con extrañeza antes de sentarse en el cine. ¿El director de

    Taxi Driver y

    Toro salvaje detrás de un filme familiar, y en 3D? ¿Y por qué no? La utilización del 3D es similar a la que realizaron Spielberg en

    Las aventuras de Tintín y James Cameron en

    Avatar : necesaria, no superflua. Es una invitación a recordar los primeros pasos del cine, y cómo experimentamos eso que nos hace aún hoy en día suspirar en la oscuridad de una sala.

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  • Los descendientes
    Allí donde pertenecemos

    Magnífica comedia dramática con George Clooney sobre el amor en sus infinitas formas.

    Estábamos hablando del amor”, se dice en un momento de esta comedia de trazos negros de Alexander Payne. Y es una de las mejores síntesis que puede hacerse sobre Los descendientes , un tipo de comedia dramática adulta. Adulta por los temas que aborda (el ya apuntado amor, y sus infinitas formas, el adulterio, la posibilidad de perder a un ser querido por enfermedad, el egocentrismo, la cobardía, las raíces, la identidad) y por su tratamiento.

    ¿Cuántas veces se está ante una película con la que se pueda conectar desde varias aristas? Payne se está convirtiendo, lejanos los tiempos de Election , en un director especializado en relaciones de pareja. En Las confesiones del Sr. Schmidt , Jack Nicholson -cuya pareja moría y tenía, casi por primera vez, su misma edad- se encontraba descubriéndose a sí mismo. Ahora, tras siete años sin dirigir luego de Entre copas , adaptó una novela en la que Matt (George Clooney), de ancestros reales hawaianos, se encuentra de buenas a primeras con que debe hacerse cargo de algo con lo que nunca había querido: su familia. O sus hijas, que viene a ser lo mismo luego de que su esposa sufrió un accidente náutico y esta en estado de coma vegetativo. Con su hija menor, Scottie (10) hace siete años que no tiene una salida a solas, y Alexandra (17) está pasando por esa etapa adolescente en la que confronta todo y es capaz de ser tan filosa como hiriente.

    Y Matt debe decidir qué hacer con la herencia que administra, suya y de todos sus primos, hectáreas cuya venta en Hawaii dejarían 500 millones de dólares. En eso está cuando su hija le arroja en la cara que su esposa lo estaba engañando con otro.

    En Los descendientes los personajes femeninos tienen una fuerza y entereza que les falta a los masculinos. Mattie es, a toda vista, un cobarde. Inmiscuye a Alex en la búsqueda del amante de su madre cuando debía hacerlo él solo. Pero también es cierto que se comporta como un caballero con su suegro, que uno adivina lo ha maltratado durante los últimos 20 años.

    Decíamos que el tema del filme es el amor. Matt irá cambiando de parecer a medida que los hechos se le vayan precipitando. Es el protagonista casi absoluto y el guión le confiere escenas individuales con sus hijas, su suegro, una pareja amiga -más de su esposa que de él- para que cada secundario gane su importancia, pero siempre terminan actuando en función de la construcción del personaje central.

    Y que sea George Clooney el engañado no deja de ser un giro en la carrera del actor, que si bien repite algunos tics que le vienen de fábrica, está frente a un desafío dramático del que sale muy bien parado y la opción del Oscar al que aspira suena como muy posible. Y merecido, si lo gana.

    Payne supo cómo sacar de Clooney aspectos que sólo habíamos intuido en él. Shailene Woodley (Alex) es otra perla dentro de un relato en el que las risas y las lágrimas fluctúan, con preponderancia de las primeras.

    La familia, también se escucha, es como un archipiélago: islas separadas y en soledad, pero que se necesitan juntas. Payne muestra que el auténtico amor familiar puede ser tan atrapante como un documental sobre la Antártida.
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  • Inmortales
    Inmortales
    Clarín
    Toda la sangre derramada

    Tarsem Singh dirige esta épica y violenta película de acción y aventuras que transcurre en la Antigua Grecia.

    Los productores de 300 están detrás de Inmortales , y se nota. También es fácil advertir que quien no está detrás de Inmortales es Zack Snyder, el director de 300 . En síntesis: la idea de que unos pocos puedan vencer a unos muchos, en tierras ya mitológicas como la antigua Grecia, con Zeus tomando partido, no tiene el desparpajo visual y cuasi visionario de Snyder, pero tampoco está mal y es netamente superior a Furia de titanes , con la cual puede compararse el filme de Tarsem Singh. El indio ya dirigió Mirror, Mirror , uno de los dos títulos sobre Blancanieves que veremos este año, con Julia Roberts como la madrastra malvada, así que las superproducciones no le dan temor.

    Pero volviendo a Inmortales , Teseo (Henry Cavill, el nuevo Superman de... Snyder) es el humano bastardo –dicho con todo respeto- en el cual Zeus tiene depositadas sus esperanzas. Zeus, cuando viste de civil y tiene el cuerpo y la voz del gran John Hurt, es una cosa. Ahora, cuando habita los cielos y es más joven y viste de dorado, con el rostro de Luke Evans... es otra.

    Bien, Teseo será quien enfrente al malvado rey Hiperión (Mickey Rourke, que se nota que está feliz interpretándolo, un poco más contenido que como lo hubiera hecho hace unos años), quien no sólo quiere conquistar Grecia sino acabar con los Dioses, en plan netamente vengativo. Para ello debe encontrar a Fedra, la pitonisa, que encima es virgen (Freida Pinto, de Slumdog Millionaire ) para conseguir el arco de Epiro, con el arma liberar a los Titanes, y acabar con la humanidad. O casi. Si se perdió, no importa, porque en la película se lo explican varias veces.

    Es que es tanta la parafernalia de combates en 3D que, bueno, al espectador menos atento puede escapársele parte de la trama.

    Entretenimiento al fin, no apto para los más chicos, ya que la violencia la acerca más a 300 que a Blancanieves, Inmortales tiene en su público a aquellos que son adictos a las escenas de batalla interminables, con sangrienta acción y poco texto. Entre los esclavos que están del lado de Teseo está Stephen Dorff, al que cuesta reconocerlo, algo alejado de Somewhere , de Sofia Coppola, y más cerca de Blade, el cazavampiros .
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  • Alvin y las ardillas 3
    La isla del tesoro

    Las cantantes se pierden de vacaciones.

    Si usted está leyendo esta crítica es porque tiene hijos, nietos, sobrinos o primitos que ya le pidieron que los lleve a ver esta película, o por suerte mantiene el alma de un niño a la hora de elegir una salida al cine.

    Si es de los primeros, probablemente le hayan contado (o haya visto alguna de las aventuras anteriores) acerca de estas ardillitas parlantes. Si es de los segundos no hace falta que le cuenten nada, porque la trama es lo de menos.

    Es que Alvin y las ardillas está estructurada -salvando las diferencias- de manera similar a los dos tanques que se estrenan también hoy, la nueva Misión: Imposible y Las aventuras de Tintín : son escenas concatenadas que tienen, por sí mismas, su propio valor y atracción, sean de acción o de comedia, en el caso centradas en las piruetas de las ardillitas.

    Dave (Jason Lee, que sigue incólume en la saga cada dos años) se va de vacaciones, con las ardillitas varones cantores y las ardillitas hembras que se sumaron en la secuela. Todos se suben a un crucero, pero allí Ian, el empresario discográfico que es más malo que Berlusconi, arruinado por culpa de Dave, se gana la vida entreteniendo pasajeros disfrazado de pelícano. Como Alvin no puede parar de hacer de las suyas -o sea, meterse él y a los otros en problemas-, todos terminan en el océano.

    Pero como se ve que a nadie le importaba demasiado Dave, las seis ardillitas o el pelícano humano, no les tiran ni un salvavidas, y todos van a parar, por separado, a una isla. Que estaría desierta, pero no. Y en la que -que no se enteren los chicos- hay un viejo tesoro en una gruta.

    Al mando de la película está Mike Mitchell, que supo ir de Gigoló por accidente , típico filme para lucimiento excluyente de un protagonista, el comediante Rob Schneider, hasta ponerse sobre los hombros Shrek para siempre , la última aventura del ogro verde. Y ante el consabido prejuicio de a ver qué hicieron ahora con las ardillitas cantantes , habrá que sincerarse y decir que el producto no está mal, no bastardea ni nivela para abajo, que tiene los resortes habituales para que los más pequeños se rían y diviertan. Además de las canciones ardillescas y algún que otro guiño para que usted no se duerma.
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  • Las aventuras de Tintín
    Spielberg lo hizo de nuevo

    El espíritu de los viejos seriales renace en esta animación 3D.

    Y Spielberg lo hizo de nuevo. Con Los cazadores del Arca perdida apeló al viejo y bienamado cine de aventuras, se nutrió de la esencia misma de los seriales y le dio vuelta como a un guante a la manera de contar las películas de aventuras -más que de acción-. Eso fue hace... 30 años.

    Y ahora echó mano a un personaje querido por muchos amantes del cómic, algo así como un antecesor en el tiempo real de lo que fue -y es- el doctor Indiana Jones. Tintín es un noble aventurero, creado por el belga Hergé, de quien Spielberg, dice el propio director, no tenía noticias.

    Pues bien, para la primera película en animación que realiza, con captura de movimientos, Tintín es un as en la manga, un personaje inteligente, intrépido y fascinante que salta del papel a la pantalla con rasgos muy similares e igual ímpetu trotamundos.

    El parentesco con Indiana es fácil de advertir. Saben deducir al instante lo que para otros demandaría horas y cuentan con un espíritu de lealtad, valor y altruísmo que los hermana. Y la atmósfera que se respira, también.

    Pero Tintín, muy popular en Europa, era casi un desconocido para los estadounidenses. Y Spielberg y Peter Jackson, que obra aquí como coproductor, y dirigirá la segunda aventura del periodista del jopo rebelde, adaptaron no un libro -el que da el título al filme-, sino ése y otros dos más, El cangrejo de las pinzas de oro y El tesoro de Rackham el rojo . Y por si fuera poco, en esta primera debía presentar no sólo a Tintín, sino a Milou, el perrito que lo salva de más de un problema, sino al Capitán Haddock, a Hernández y Fernández...

    La trama tiene a nuestro héroe adquiriendo en la calle una maqueta de un barco (el Unicornio), sin saber que en su interior se esconde una clave que, de conseguir otras, llevarán a un tesoro. Así es que conocerá a Haddock, pariente lejano de quien tuvo que ver con el asunto, y juntos partirán a la aventura, con el malvado Sakharine haciendo lo imposible por quedarse con la fortuna.

    En el plano narrativo, Spielberg maneja la cámara virtual como si fueran sus ojos, su propia mirada. Por momentos Las aventuras de Tintín es una montaña rusa imposible de detener. Gracias a los avances en la animación -hay un plano secuencia con Tintín y Haddock en plena persecución que ya ingresó a la antología del cine- todo parece posible.

    La pregunta de por qué resulta menos creíble lo que hace Tintín, que lo que hace Ethan Hunt (Tom Cruise en Misión: Imposible ) tiene que ver con el acostumbramiento que tenemos como espectadores con el cine de animación. Hay cuestiones de perfeccionamiento (las miradas siguen siendo un déficit en el cine animado) que alguna vez se saldarán. Quién sabe, tal vez cuando se cierre la trilogía de Tintín nos dan otra sorpresa. Por de pronto, ésta es divertida desde el primer fotograma hasta el último, con un 3D bien aprovechado. Una joyita.
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  • 50/50
    50/50
    Clarín
    ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

    En tono de comedia dramática, un joven pelea contra una enfermedad.

    No, no puede ser.” Adam le responde al médico que, casi impasible, le dice que el diagnóstico que tiene que darle es el de un cáncer, extraño y fascinante. ¿Fascinante para quién? “No fumo, no bebo... Reciclo”, se defiende el joven productor de radio, que a los 27 años siente que ese dolor de espalda se está transformando en la mochila más pesada que se hubiera podido imaginar. Adam ya no escucha más.

    50/50 es una comedia dramática, algo no demasiado habitual con un tema de fondo como el que tiene. Los apuntes humorísticos de la historia -que está basada en un hecho real que le sucedió al guionista Will Reiser- los aporta más Kyle, el amigo de Adam, que interpretado por Seth Rogen ( Ligeramente embarazada , El avispón verde ) uno sabe que tendrá un chiste cada vez que abra su bocota. Así, 50/50 es mitad comedia, mitad drama, además del porcentaje que tiene Adam de curarse. O no.

    La película plantea otra dicotomía: parece estructurada a partir de enfrentamientos. Tomemos a la terapeuta inexperta a la que cae Adam (Anna Kendrick, de Amor sin escalas ). Ambos son inexpertos en lo que están viviendo, pero hasta parecen contrapuestos ante la enfermedad. O Kyle y Rachael, la novia de Adam (Bryce Dallas Howard). Todo esto, sobre todo la aparición de gags y sonrisas donde uno imaginaría lágrimas, descontractura al filme.

    A medida que Adam vaya avanzando en su tratamiento (“parezco Voldemort”, dirá ya pelado) y tratando de alejarse de una operación, conocerá otros personajes que están atravesando como él la quimioterapia, y el director Jonathan Levine continuará apelando al humor. Scons de marihuana, sexo ocasional, y más. Pero no todo podía seguir así hasta el desenlace. Esperen a los últimos veinte, veinticinco minutos, y verán cómo 50/5 0 se transforma en lo que finalmente quedará en el recuerdo del espectador.

    Joseph Gordon-Levitt ( 500 días con ella , Arthur en El origen ) ofrece todas las aristas que el personaje le permite, hasta la eclosión cercana al final. Es un rol difícil y sabe cómo congeniar el dolor, la (des)esperanza y la sorpresa ante cada cambio que experimenta Adam.

    Algún personaje muy macchietado (el de la madre, de Anjelica Huston) y ciertas frases célebres (“vive el presente”, “no puedes cambiar a tus padres, pero sí tu actitud”) son el contrapeso de una película en la que las emociones fluctúan, pero no por indecisión, sino por elección.
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  • Un zoológico en casa
    Todos unidos triunfaremos

    Matt Damon convence a sus hijos y los empleados de un zoo cerrado que sí, se puede.

    Cuando se trata de combinar, de aunar distintos públicos, si lo que se estimula es precisamente buscar la fórmula perfecta, algo falla. Siempre. Las mejores películas “para la familia” son aquéllas en las que nada parece forzado, no están escritas para infradotados, pero no subestiman a nadie, y su mensaje lo tienen tan pero tan bien camuflado que está, sí, pero no se lo enrostran al espectador.

    Son películas Apta para todo público, pero sin pretenderlo.

    El director Cameron Crowe tomó las memorias de Benjamin Mee, un periodista que se cansó de que en su diario le tuvieran condescendencia luego de la muerte de su esposa, y de que a su hijo lo expulsaran del colegio y decidió barajar y dar de nuevo. Decidido a cambiar hasta de hogar, terminó comprando una casa... que quedaba en el medio de un zoológico. El director le confió la redacción del guión a Aline Brosh McKenna, y -Hollywood mediante- Benjamin y su hijo adolescente y su pequeña niña pasaron de vivir en Inglaterra a California.

    Benjamin, entonces, debe hacerse cargo a) de sus hijos; b) del zoológico; c) de los empleados del zoológico; y podríamos agregar un d) de su propia existencia, esto es, su corazón maltrecho y del recuerdo persistente de su esposa.

    La película tiene varios puntos en común con la más popular del director de Casi famosos : Jerry Maguire . Es la historia de una redención, ante situaciones adversas que se van sumando y apilando una tras otra.

    El sentimentalismo aflora allí, en la medida justa y no llega a derramarse. La manipulación de esos momentos lacrimógenos está tan bien realizada en el guión que nos olvidamos de esa maniobra.

    Como Benjamin llamó a Matt Damon, que tiene el rostro del norteamericano típico, de buen padre de familia y del vecino de al lado. Siempre es fácil identificarse con él, también por su simplicidad de recursos. Para Kelly, la “directora” del zoo, pensó en Scarlett Johansson, que, seamos sinceros, podría ser ella u otra actriz. Como el hermano que quiere convencerlo de que desista de gastar sus ahorros en reabrir el zoo, Thomas Haden Church, con el chiste a flor de piel. Y como la parienta de Kelly, Ella Fanning, hermanita de Dakota y que desde Super 8 viene demostrando la fuerza de una estrella.

    Las películas para la familia son así: tienen sus clisés, su almíbar y su azúcar. la presentación es lo que cuenta, y Crowe logra que Un zoológico en casa la disfrutemos, sanamente y en familia.
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  • El gato con botas
    Felino con garras afiladas

    Con la voz de Antonio Banderas -en castellano y en inglés-, el amigo de Shrek gana terreno.

    Disney -y el mismo Dream-works Animation- lo había hecho: tomar a un personaje secundario de una de sus películas de animación y realizar un filme para televisión o una serie. Pero el Gato con botas se merecía por valor propio su película en la pantalla grande. Y en 3D.

    Y aquí estamos, escuchando a Antonio Banderas (Gato con botas) y a Salma Hayek (Kitty) en castellano y en inglés -si vemos la copia subtitulada-, viviendo aventuras con algo más de acción que la de su socio Shrek, en cuya saga había aparecido en el segundo filme.

    Por un lado, el efecto del 3D funciona, esto es, tiene su por qué. Por el otro, sin ser taaaan original como la primera del ogro, Gato con botas tiene un arranque casi arrollador con la presentación del minino en un pueblo con influencias claramente latinoamericanas. Gato es un fugitivo de la ley, buscado hasta con recompensa, que junto a Kitty y a Humpty Dumpty, ese huevo antropomórfico que ha compartido con Gato en el pasado, cuando era un huevito, un orfanato, que por algo se han distanciado y que ahora, y no es mera cuestión del azar, están tras las habichuelas mágicas... cuidadas por Jack y Jill. Y hay más.

    La conjunción de distintos personajes de otros tantos cuentos tiene una ligazón más fuerte que en Shrek , donde todo siempre fue más paródico y destinado al chiste (redondo, pero) fácil.

    Todo ese comienzo a lo spaghetti western, incluyendo un mix entre lo mariachi y el flamenco, con nuestro héroe como hábil espadachín y bailarín, le otorgan una potencia al humor físico elogiable.

    Lo que se extraña, una vez que avanza el metraje, es que ese ingenio, esa rapidez en los diálogos, se vaya como perdiendo.

    Los temas abordados son básicamente los mismos de la saga de Shrek: la lealtad, el amor, la confianza en sí mismo y el sé quién eres y no te engañes. En ese sentido, Gato con botas apuesta a lo probado, y no le va mal. Para nada.

    No hay referencia a Shrek ni a Burro, como si a este Gato con botas le estuviera destinado un futuro propio. Y si, como dijeron, la saga del ogro llegó a su fin, con el gatito que hace caidita de ojos verdes tendrán para seguir adelante.
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  • Año nuevo
    Año nuevo
    Clarín
    Mucho brillo y pocas nueces

    Elenco multiestelar, de distintas generaciones, pero desaprovechado.

    Así como para el Día de los enamorados hace dos años Garry Marshall dirigió Día de los enamorados , reuniendo un elenco estelar con decenas de figuras, ahora que se aproxima el Año nuevo, estrena Año nuevo , también con un casting multitudinario.

    Y si aquella comedia romántica en la que las parejas y las historias se cruzaban una y otra vez no era mucho más que una reunión de talentos con un guión entre banal y convencional, ahora la fórmula se reitera, sólo cambiando la ciudad (Nueva York por Los Angeles).

    Son ocho las subtramas, todas girando cual satélites alrededor del festejo del año nuevo en Times Square, con la famosa bola descendiendo en el conteo final de los diez segundos y con el mismísimo alcalde Bloomberg en persona. Hay historias de romance (Jon Bon Jovi y Katherine Heigl; y otras que se develan al final) otras de amor filial (Sarah Jessica Parker y Abigail Breslin, y otra que se devela al final), alguna de amor platónico (Michelle Pfeiffer y Zac Efron, tal vez la mejor construida), un paciente moribundo y su abnegada enfermera (Robert De Niro y Halle Berry), dos parejas que quieren tener el primer bebé de 2012, una encargada de que todo en Times Square se cumpla a la perfección (Hilary Swank), un aguafiestas y una corista (Ashton Kutcher y Lea Michele, de Glee ), varios cameos y sigue la lista.

    El principal escollo no es la aglomeración de nombres en los escasos momentos en que están en pantalla, sino la falta de originalidad, la abundancia de clisés, el patrioterismo asestado como golpe bajo y el escaso humor, algo fundamental si hablamos de una comedia.

    Marshall, que en su haber tiene grandes éxitos en el género como Mujer bonita (OK, hace 21 años), no parece dar en el blanco salvo en contadas excepciones. El filme tiene tantas estrellas como generaciones se podía reunir –difícil que a alguien no le atraigan 3 o 4 de los actores del elenco-, pero la mayoría desaprovechadas. Tal vez ahora prepare una película sobre el Día de la marmota, pero por favor no, que como Hechizo del tiempo no hay otra.
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  • Operación regalo
    Aquí está la verdad, toda la verdad

    Los responsables de “Wallace & Gromit”, y Papá Noel.

    Quién más, quién menos, al terminar el Jardín de infantes o entrar a la primaria, todos comenzamos a preguntarnos cómo hace Papá Noel para estar casi a la misma hora en todos los hogares en Nochebuena. Por suerte, Operación regalo nos cuenta la verdad detrás de la historia, así podemos de una buena vez olvidarnos de las mentiras que nos contaba algún compañerito, eso de que Papá Noel y los Reyes Magos eran los padres.

    Nada más alejado de la realidad. La gente de Aardman, los creadores de Wallace & Gromit , pero aquí sin apelar a la stop motion animation , sino a la animación convencional, revelan toda la evidencia.

    Los Noel son una dinastía, claro. Por eso Papá Noel siempre es grande y con barba. El título se va pasando de generación en generación. Y en la actualidad, Papá cuenta con la ayuda de dos de sus hijos, Arthur, que lee las cartas que le envían los chicos, y Steve, que viste casi como militar y es el encargado de que el ejércitos de duendes que trabaja para los Noel fabrique, envuelva y entregue todos los regalos en tiempo y forma.

    Pero...

    Por un error, una niña está a punto de ser la única en quedarse sin su bicicleta, y allí las posiciones que asuman el abuelo, papá y los hijos los colocarán ante un desafío. ¿Es sólo un porcentaje ínfimo, como dice Steve, entre millones de entregas, o es una catástrofe, como creen Arthur y el abuelo? Papá está camino al retiro, y prefiere irse a dormir...

    Lo que regala Operación regalo es un mensaje, en el fondo, de esperanza, de amistad, de lo bien que hace sentirse realizar una buena obra. Los responsables de Aardman, en definitiva, lo hacen, y más importante que si el 3D está mejor o peor aprovechado está la historia, el soporte que hace que la película sea divertida y llevadera.

    Porque Arthur, que siempre ha sido relegado por incompetente, o distraído, es el del corazón más grande, y el que se gana la atención de los chicos en esta simpática comedia familiar.

    A los mayores: habrá que esperar a la edición en DVD para escuchar las voces de James McAvoy (Arthur), Hugh Laurie (Steve), Jim Broadbent (Papá), Bill Nighy (el abuelo), Imelda Staunton, Eva Longoria o Joan Cusack, porque todas las copias están dobladas al caste llano. ¿En qué hablará Papá Noel?
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  • El precio del mañana
    El tiempo es tirano

    En el futuro, si no se compra tiempo, se muere.

    Las películas que transcurren en el futuro pueden ser completamente alocadas o tener algo en común con los asuntos terrenales de hoy día.

    El precio del mañana juguetea con la premisa de que la vida puede ser eterna, pero sólo para algunos. Si la explosión demográfica continuara, ya no habría posibilidad de satisfacer y alimentar a todo el mundo. Entonces habrá vida hasta los 25 años. A partir de ahí, habrá un año para rebuscárselas y no morir, porque por una cuestión genética se activará en el antebrazo de cada uno una suerte de reloj digital –queda muy fashion- en el que uno puede ver cuántos días, horas, minutos y segundos le quedan de vida.

    Cuando el relojito queda en cero, el portador se desploma. Kaput.

    Pero claro que no todo está perdido. Por ejemplo, aquellos afortunados que puedan comprar (o matar o robar) “tiempo” en los bancos, ya que la moneda en curso es el tiempo, no el dinero, podrán permanecer jóvenes, con un cutis y rasgos de veinteañero, y tener, por ejemplo, 80 años. Así, ¿cómo discernir en una familia quién es mamá, la abuela o la hija? En eso está nuestro héroe, Will Salas (Justin Timberlake), trabajando en una fábrica en el gueto, cuando no llega, literalmente, a traspasarle unas horitas a su mamá –tocando brazo con brazo se donan hasta años-, quien muere. Y el joven (él sí tiene 25) jura venganza.

    A partir de allí, contará con la ayuda de la hija rebelde (Amanda Seyfried, de Mamma mía! ) del magnate y villano capitalista y codicioso que maneja el mayor banco de tiempo del país (Vincent Kartheiser, de Mad Men ) y tratará de ser un Robin Hood del futuro.

    El director Andrew Niccol ( Gattaca , y coguionista de The Truman Show ) no escatima energías. No sólo porque hace correr a Timberlake como si se perdiera el tren (de la vida), sino porque el guión está plagado de mojones y pruebas que deben resolver cual videogame alucinante. Cillian Murphy es el cuidador del tiempo, algo así como el policía, no de los sueños, sino de las horas, que va tras Will.

    Habrá quien esgrima que ver El precio del mañana le robará dos horas de su tiempo, otros argumentarán que ganaron diversión. Pero para los que se quejan de los precios de hoy, no saben lo que costará tomar un café en el futuro. Un ojo de la cara…
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  • Fuera de la ley
    Hoy por ti, mañana...

    Nicolas Cage, en medio de una banda que hace justicia por mano propia.

    Hay thrillers que, al margen de entretener, permiten al espectador que esté atento más allá del suspenso, dilucidar algunas cuestiones del género.

    Por caso, si una pareja se muestra muy enamorada en las primeras escenas, es obvio que la felicidad no será duradera: como en las películas de guerra cuando un combatiente muestra a un compañero la foto de su novia, difícilmente sobreviva mucho más. Si un personaje aprende a usar un arma de fuego, es obvio que, más tarde o más temprano, será quien la utilice en un momento inesperado. Y por último, si trabaja Nicolas Cage, a estas alturas de su trayectoria y entretejidos, es imposible no notar cómo puede correr, saltar y pelear, y estar siempre con los cabellos peinados.

    Disgresiones al margen, Fuera de la ley (con ese título también se adivina bastante) es un thriller con su costado dramático. Nic y Laura (January Jones, de Mad Men ) son una pareja que vive en una Nueva Orleáns acosada por el crimen. Lo dicho, no hay felicidad que dure 100 años, -y en una película, 10 minutos), y una noche un hombre golpea, roba y viola a Laura, concertista de violonchelo. En el hospital, Simon (Guy Pearce, que puede pasar de ser el hermano del El discurso del rey a esto) se acerca a Will y le ofrece, digamos, sus servicios. Lo convence de que, por más que la policía capture al violador, le darán menos años de cárcel que si hubiera evadido impuestos. Nic, maestro de escuela estatal, no debe entender mucho de eso, pero acepta el convite. Al fin y al cabo, lo que le proponen no le cuesta un dólar (bah, sí, dos dólares por unas barras de chocolate que le hacen comprar como gesto de OK, acepto ). Simon y los suyos harán justicia por mano propia -lo liquidan-, y en el futuro le pedirán “un favor”.

    Ya se imaginan el favor que le solicitarán.

    Dirigida por Roger Donaldson, el australiano de aquel gran título de suspenso que fue Sin salida , con los hoy casi desaparecidos Kevin Costner y Gene Hackman, uno sabe, intuye que la película no tendrá esas escenas de violencia extrema con que se regodea el Hollywood actual. Y así es. Pero el filme tampoco es un dechado de virtudes, con una trama que hace agujeros en varios rollos de la película, y un antihéroe que se ve atrapado en una red de corrupción cuyo palabra mágica es El conejo hambriento salta , y que será dicha por los personajes que uno menos se imagina. Bueno, no lo sospecha si se entrega naive a la proyección.

    Cabría preguntarse, otra vez, qué quedó del Cage de Corazón salvaje o Adiós a Las Vegas . Si ya no le llegan guiones de ese estilo, o si sus deudas financieras lo obligan a aceptar tantos filmes de acción (filma de a cuatro) por año.

    Quién lo sabrá.
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  • Las acacias
    Será lo que deba ser

    Multipremiada en todo el mundo, la película nacional emociona por y desde su sencillez.

    Dentro del vastísimo panorama que ofrece hoy en día el cine nacional, con tantas películas estrenándose y de distinto género, Las acacias puede ser un punto de partida. Porque la película de Pablo Giorgelli combina, sin proponérselo, claro está, un mix entre lo que se viene debatiendo como cine minimalista, sutil, e independiente, y otro con un fuerte apego a la emoción, rasgo este último que suele asociarse más al mal llamado cine industrial o comercial.

    ¿Qué sucede? Que Las acacias se estructura con pocos personajes (tres, contando entre ellos a una beba de meses), un ámbito casi único (la cabina del camión en el que viajan) y más miradas que diálogos. Pero que también, y con esos elementos, logra emocionar cuando el metraje va arribando a su desenlace.

    La historia, o la excusa para que Giorgelli se aboque a la presentación de Rubén y Jacinta, es un viaje. Rubén es chofer de un camión, y su cliente le pide que, además de transportar troncos de acacias desde Asunción hasta Buenos Aires, lleve a Jacinta y a Anahí, la beba.

    Algunos dirán que Las acacias es una road movie. Pero en ellas los personajes llegan al final siendo otros, habiendo crecido en el transcurso del viaje. Parten de una manera y arriban de otra. Aquí, no. Rubén y Jacinta son los mismos -la esencia no cambia-, lo que sucede es que se abren, mostrando todo aquello que por un buen rato fueron retaceándose uno al otro, en uno de los acertados manejos del guión de Giorgelli.

    Si ambos son solitarios y están atravesando etapas difíciles, con fracasos sobre sus espaldas, la cámara estará allí, acompañando, escudriñándolos, pero no interrogándolos. Es tanto lo que nos dicen Rubén y Jacinta con sus miradas que los sentimientos nos llegan sin que se necesite que los personajes lo verbalicen. Si a veces menos es más, Las acacias hace de ese axioma su razón de ser.

    Premiada en cuanto festival fue invitada (Cámara de oro en Cannes, más otros galardones en Londres, San Sebastián y Biarritz, entre tantos otros), la película tiene algunos simbolismos primarios -el encierro en el que están los personajes en la cabina del camión, y la infinidad del paisaje que recorren-.

    No hay subrayados innecesarios, palabrerío superfluo. El filme emociona por y desde su sencillez.

    Germán de Silva tiene en los surcos de su rostro todo lo que Rubén va cargando. Hebe Duarte cautiva desde su sonrisa. Y qué decir de la pequeña Nayra Calle Mamani, retratada en cada gesto con la misma honestidad con la que Giorgelli nos cuenta esta historia de amor -tal vez- no cumplida, pero llena de afecto sincero, narrado con sensibilidad extrema.
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  • La hora del crimen
    ¿Y si nada es lo que parece ser?

    Cautivante thriller con una actriz a la que se le cree todo.

    Este cautivante filme plantea dudas al espectador, a cada paso. Siendo un relato lineal, las imágenes que se entrecruzan generan lógica inquietud en una trama que combina el thriller, el horror psicológico y el romance.

    Y ¿por qué Sonia -la protagonista-, una mucama de un hotel italiano aparece en una foto en... Puerto Madero? La historia cruza a dos seres solitarios, que se conocen en una de esas citas express de solos y solas para conocer pareja. Sonia no suele asistir, pero Guido es “habitué”. Se enamoran, el ex policía trabaja como guardia de una mansión en las afueras, y justo cuando ella lo visita, llegan unos delincuentes a robar el lugar. Aparentemente -porque en esta película nada puede aseverarse como real- un ladrón disparó, mató a Guido y la misma bala dejó a Sonia inconsciente. Pero la mucama ve a Guido deambulando en un pasillo del hotel, sin saber si en verdad es él, o si está sufriendo alucinaciones, mientras otro policía, amigo de Guido, no le pierde pisada.

    Ksenia Rappoport - la misma de La desconocida , de Tornatore- está prácticamente en pantalla durante toda la proyección, por lo que el peso de la película recae sobre ella, y bien que puede llevarlo. Galardonada con la Copa Volpi en Venecia 2009, como mejor intérprete femenina, la rusa sabe lo que hace. Sonia puede parecer confundida, enamorada, engañada o hasta suspirar, y el público comprará cada uno de sus estados. La actriz morocha, teñida para la ocasión, logra que el espectador empatice con su personaje, y con ello tiene más de la mitad de su labor consagrada.

    El ritmo del relato que le imprime el operaprimista Giuseppe Capotondi es intenso. Y el hombre sabe jugar aquí y allá con la doppia ora , o la hora doble, tipo 15.15, 22.22, que es el título original de este bien desconcertante filme de suspenso que, paradójicamente, tiene convincentes actuaciones.
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  • Amanecer - Parte 1
    ¿Será nena o vampiro?

    Edward y Bella por fin se casan, y el bebé por venir ya plantea problemas a resolver... en un año.

    Los fanáticos de la saga Crepúsculo tienen en Amanecer parte 1 lo que tanto estuvieron esperando. La adolescente retraída y el vampiro musculoso finalmente (bah, al comienzo de la proyección) se casan, se van de luna de miel a una isla en Brasil, hacen el amor y Bella queda embarazada. Todo aquello que era motivo de temor en el primer libro y la primera película, tiene su resolución. Una resolución, digamos, temporaria.

    El capítulo final de la saga es de los más difíciles de trasladar en imágenes (no está mal que lo hayan dividido en dos, aquellos que leyeron el libro lo saben, más allá de que la especulación obvia sea la de obtener el doble de recaudación estrenando el último filme dentro de exactamente 52 semanas, en 2012).

    Amanecer trata sobre sacrificio, rebeldía, traición y muerte. Pero casi nada de todo esto aparece en esta primera parte, por lo que el plano final prepara para lo mejor. Como si Bella se atara la servilleta al cuello aguardando el festín que se viene en noviembre de 2012.

    Además, Amanecer parte 1 tiene su propia estructura intrínseca. Como dos películas en una. Los preliminares de la boda, y la boda misma, más la luna de miel, duran algo así como una larga media hora en la que todo, o casi, son caricias, romanticismo y suspiros. Para los no iniciados, el temor de Edward, y en parte de Bella, es que cuando ha gan el amor, bueno, no es sencillo combinar las especies y el resultado puede no ser solamente doloroso. Ya habrá tiempo para explicarlo cuando los arrumacos dejen lugar al suplicio –porque así es aquí- en el embarazo no previsto de Bella.

    ¿Tiene un vampiro en su interior? ¿Cómo hace para sobrevivir la joven humana sin convertirse? La Parte 1 más que nada prepara para la Parte 2 , en la que los lobos, con Jacob protegiéndola, amén de ser despechado, ven una oportunidad para atacar a los vampiros, y los Volturi, otra familia chupasangre, pero alla italiana (no levantarse cuando comiencen los créditos finales) también querrán aprovecharse de la situación.

    Es fácil caer en la comparación con la saga de Harry Potter : ambas son protagonizadas por chicos/adolescentes, que van madurando a lo largo de los libros, se mueven en un ámbito colegial, aunque luego esto ya no importe, van desarrollando sus hormonas e intentan sobrevivir los problemas de la vida como pueden. Pero siempre con valentía, estoicismo y perseverancia. Y, al menos aquí, bien peinaditos.

    Lo que logra Bill Condon ( Dioses y monstruos ) es precisamente mostrar a los personajes en otro estado de madurez. Bella y Edward se han casado, ya no son chicos coqueteando, tienen otras responsabilidades y están ante un sufrimiento que los marcará de por vida.

    Amanecer tiene lo que no aparecía en las películas anteriores: todo es más grave, molesto, menos naive.

    Los fans de Robert Pattinson estarán de parabienes, Kristen Stewart luce bella en su vestido de novia, pero terriblemente demacrada cuando llegue “el” momento”, y Taylor Lautner se saca la camisa cada vez que puede. Es lo que se le pide mientras se aguarda por una conclusión más osada, por la que habrá que esperar unos meses. Qué es un año en la vida de un vampiro.
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  • Hipólito
    Hipólito
    Clarín
    Una de instrucción cívica

    El polvorín político en la Córdoba de 1935, con radicales y conservadores enfrentándose para llegar al poder, en tono aleccionador.

    Con una producción cuidada, buenas intenciones y un puñado de actores conocidos cumpliendo diversos roles de peso (Luis Brandoni, Enrique Liporace, Daniel Valenzuela, que parece enquistado en los papeles de violento y/o corrupto) Hipólito transcurre en la Córdoba de los años ’30, cuando otra dictadura militar estaba instalada en nuestro país y las elecciones de noviembre de 1935 en aquella provincia resultaron un polvorín.

    El título del filme es el nombre de un niño, a quien su padre ausente se lo puso en honor a Hipólito Yrigoyen, presidente de la Nación y símbolo radical. El chico tampoco tiene madre y una mujer lo ha criado, mientras él aguarda el regreso de su padre. Comparaciones o alegorías al margen, la trama no sigue tanto a Hipólito sino a Marcelo Frías (Tomás Gianola), joven radical que va a Plaza de Mercedes, donde los conservadores hacen de las suyas (léase fraude, apremios ilegales y otros etcéteras) para ganar las elecciones. Frías es hijo de un importante dirigente radical (Brandoni), pero en el pueblo chocará sus ideales con ciertas realidades del lugar que un puntero zonal (Liporace) no podrá hacerle entender.

    “Las palabras ayudan, pero no alcanzan”, o “Vamos a ir más despacio, pero hay que ganar como sea” son frases que chocan con el idealismo de Frías hijo. Dirigida por Teodoro Ciampagna, algunos diálogos que a fuerza de sentencia pierden su mérito intrínseco no restan demasiado a un filme que busca aleccionar y defender los valores democráticos. A veces, parece demasiado destinado a un público joven.
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  • Un amor
    Un amor
    Clarín
    No hay dos sin tres

    Dos amigos, una chica y un triángulo amoroso que vuelve a armarse, treinta años después.

    La sensibilidad con que cuenta las historias y pinta a sus personajes son signos distintivos de Paula Hernández. Tanto en Herencia como en Lluvia , la realizadora de varios capítulos de la miniserie Vientos de agua no teme al sentimentalismo. Sus criaturas hablan como sienten y actúan como piensan. Si hay otra cualidad en el cine de Hernández es la honestidad con que se presentan sus protagonistas.

    El de Un amor es el relato, con más de semblanza, de un triángulo de amigos y de amor. Ya desde el título con que bautizó al guión, que escribió basándose en el cuento de Sergio Bizzio (le quitó el ”para toda la vida” ), marca una diferencia de peso para situar al espectador. Se habla de amor, de uno, pero que puede ser efímero. Potente, pero pasajero. No se sabrá hasta desandada buena parte de la proyección.

    La misma empieza con Lalo, Bruno y Lisa siendo adolescentes, a fines de los años ’70 en Victoria, Entre Ríos. Es ella quien llega para irrumpir en la amistad de los chicos. Ambos se enamoran de la recién llegada –que viene con sus padres, se verá, huyendo de Buenos Aires- y la relación singular y general, en pareja o entre los tres, no será la misma. Nunca.

    La película irá yendo y viniendo en el tiempo, ya que pronto se encontrarán Bruno y Lisa en Buenos Aires, después de treinta años, y ella disparará su deseo: “¿Vamos a Victoria, a visitar a Lalo?” El reencuentro ofrecerá de todo, momentos para la alegría, la nostalgia, la desazón, el dolor.

    “Ya recordamos suficiente, no quiero recordar más”, dice Lalo, a quien le cabe una de las más hermosas declaraciones de amor. “Cuando te fuiste te veía en todos lados. Te buscaba en otras chicas en lo que eras parecido, en lo que eras distinto”. Allí es donde Hernández da en el blanco. Cuando los personajes están sin defensas –casi siempre-, sin armaduras y vuelven a ser lo que fueron en la adolescencia.

    Historia de amor, sí, pero también de soledades, Un amor cuenta con un trío protagónico de excepción. Elena Roger, en su debut cinematográfico con un papel de peso, hace eso que tan bien sabe hacer sobre el escenario. Mostrar distintas facetas de sus personajes, ser tierna y desconsolada a la vez, comprarse a la platea pareciendo sincera en cada diálogo. Los mismo va para Diego Peretti y para Luis Ziembrowski (Lalo), en una composición que lo aleja de lo que hizo en Lalola en TV, y lo acerca a Tatuado , su mejor composición junto a ésta en el cine.
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  • Las nuevas aventuras de Caperucita Roja
    Heroína para los tiempos que corren

    Caperucita se cruza con Hansel y Gretel.

    En esta secuela de un éxito ( La verdadera historia de Caperucita roja , que ya distorsionaba al original y lo refrescaba con un personaje central mucho más aguerrido y para nada naif como era el original, estrenado aquí en 2007), la protagonista se cruza ahora con Hansel y Gretel.

    Caperucita integra una hermandad, que tiene como cruzada que los cuentos terminen siempre bien. Si el lobo no se deglutió a la abuelita, esta misma ahora es clave en la trama: ella es la única que conoce cuál es el ingrediente secreto y último de una receta, que si cae en manos de la malvada de turno... Bueno, el mundo de la infancia de más de uno se vendría abajo.

    Este tipo de películas cuenta con un punto a favor, claramente: los chicos, principales destinatarios, no se preocupan por si la historia no es como la que les leyeron antes de acostarse, o si los dibujos se asemejan o no a cómo se los imaginaron. Aquí se ríen precisamente de las diferencias, con Caperucita Roja hecha una suerte de combatiente ninja, que acude con el lobo -su amigo- al rescate tanto de la abuelita como de Hansel y Gretel. Alguien, con una horrible máscara, los secuestró. ¿Y quién podrá socorrerlos? La proyección en 3D está hecha para acrecentar la sensación de profundidad de campo -no para que los golpes de Caperucita o quien fuera salgan de la pantalla-, o sea que está bien. En cuanto al humor, hay gags que podrán ser atrapados por los chicos, y otros son para más entendidos. El doblaje al castellano hace que varios chistes pierdan en la traducción (y también con él se vayan las voces de Glenn Close, Joan Cusack, Martin Short).

    A primera vista parece que la película tuviera demasiadas subtramas, pero no: los chicos la disfrutan y la siguen sin ningún problema. La dirección de arte por momentos asombra, y si no todo es Pixar en el mundo de la animación digital, esta Caperucita no desentona ni tampoco destiñe.
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  • La profecía del 11-11-11
    El Diablo sabe por diablo

    Se acerca el 11 de noviembre, y a Joseph le va para el diablo.

    Hay gente a la que los números le rigen la vida. No hablamos de quinieleros ni de agentes de Bolsa. Tipos que creen que los días 15 todo les puede salir mal, o que tal o cual cifra no les gusta para nada. Y hay hombres como Joseph que, creer o reventar, se despiertan a las 23.11 (o sea, las 11.11 en un reloj de manecillas), que recuerdan que a esa hora su hijito murió quemado, o que el 11.11 nació su hermano Samuel, y en el parto falleció su madre.

    Bueno, a Joseph poco a poco le empieza a preocupar que en apenas unas pocas horas llega el 11/11/11 (para ansiosos, es el viernes de la semana que viene). Y, autor de best sellers, viaja hacia Barcelona, donde en una casona frente al mar su padre está muriendo, y su hermano, pastor, está en silla de ruedas.

    Al llegar ahí, luego de tratar de superar la muerte de sus seres queridos -la esposa también pasó a ver los rabanitos desde abajo- en sesiones de terapia colectiva, donde conoce a una linda morocha, Joseph advierte que a las 11.11 de la noche extrañas ¿figuras? ¿fantasmas? rondan la casa. ¿Quiénes son? ¿Por qué están ahí? ¿Llega el anticristo? ¿Por qué no se van Joseph, Samuel y el papá de la casa? ¿Eh? Si uno ingresa a la sala sin saber que el director de La profecía del 11.11.11 es el mismo de El juego del miedo II , III y IV , tal vez respire aliviado. Pero igual, el filme no tiene atrocidades en primerísimo primer plano, y es más la intriga que ofrece que el espanto que muestra.

    Hay muchas líneas inconexas y preguntas sin respuestas, y a medida de que se acerca el 11.11.11, claro, el suspenso va in crescendo. Si el Diablo sabe por Diablo, pero más sabe por viejo, de ver tantas películas ya conoce el final. O sea.
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  • La piel que habito
    Loco(s) de amor

    Almodóvar prepara un cóctel de ambición, obsesiones, abusos y sexo.

    Un Almodóvar más maduro no significa condescendiente ni vendido al establishment, y La piel que habito trae de nuevo al director de Carne trémula al campo del thriller y sorprendiendo al espectador a cada paso de su trama. Como si Pedro Almodóvar caminara sobre sus propias huellas pero reinventara esta conjunción de drama, thriller y filme de ciencia ficción en la que un cirujano plástico (¿psicópata?) pone todos sus esfuerzos en conseguir crear una piel nueva. El hombre tiene sus motivos.

    Basada muy libremente en la novela Tarántula , de Thierry Jonquet, Almodóvar toma la idea y la transforma a su gusto. Este es un filme del manchego de cabo a rabo, con personajes ambiciosos, obsesivos y pusilánimes, su cuota de humor, de sexo salvaje y de romanticismo. Un cóctel que preparaba en los ’80 de manera más despareja, y que ahora sirve en copa de cristal.

    Robert (Antonio Banderas, que vuelve a trabajar con Almodóvar después de 20 años) tiene encerrada en su mansión/laboratorio a una mujer (Elena Anaya). El está experimentando para conseguir una piel más resistente, luego de haber perdido a su esposa, que en un accidente sufre tremendas quemaduras. Su confidente y ama de llaves, Marilia (Marisa Paredes) tiene una relación algo misteriosa con Robert. La historia también va y viene en el tiempo, con otra subtrama sobre un joven que trabaja en una tienda de ropas con su madre, que en algún momento se encontrará con el personaje de Antonio.

    La película trata sobre la obsesión, pero también sobre los abusos a los que la venganza o precisamente esa obstinación o complejo pueden llevar a una persona a traspasar ciertas reglas y aprovecharse de un tercero. El director le brinda a Banderas un personaje que el malagueño jamás hubiera podido interpretar en su etapa anterior en conjunto sin que al espectador se le escapara una sonrisa. Aquí es todo lo contrario. El actor de La ley del deseo debe ceñirse, ajustarse a una personalidad de muchas aristas, un científico loco, sí, pero astuto y maquiavélico... y hasta por momentos entrador.

    Poco a poco el melodrama –el género en el que a estas alturas es evidente que mejor se siente el realizador- va ganando espacio, y todo lo anterior –el mito de Prometeo, las cirugías plásticas, el costado del thriller- dejan su lugar ante los resortes de una historia cien por ciento almodovariana.

    Además de a Banderas, Almodóvar llamó a Marisa Paredes, otra de sus favoritas para un papel en el que la maternidad, como en Todo sobre mi madre , entra a jugar de manera preponderante.

    En síntesis, Almodóvar regresa con su mejor cine, que puede desconcertar y pasar por telenovelesco, pero que está contado desde las entrañas de los personajes. La película tiene y muestra una vitalidad difícil de observar en otros cineastas españoles contemporáneos.
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  • Contagio
    Contagio
    Clarín
    ¿Y ahora quién podrá salvarnos?

    n virus que se multiplica en todo el mundo a pasos agigantados sirve para un entretenimiento sostenido.

    Steven Soderbergh es de esos realizadores que son capaces de sacarle agua a las piedras, con el tema que sea. Ducho tanto con una biografía del Che Guevara como con una trama de intriga y humor, como la saga de ladrones capitaneados por George Clooney, el director de sexo, mentiras y video toma la locura generalizada por la aparición de un virus que está contagiando de manera impresinante a seres en todo el planeta, y sabe cómo imprimirle el ritmo para que el relato no decaiga nunca. Y eso que tenía vericuetos por donde trastabillar.

    La culpa de que el virus ingrese a los Estados Unidos la tiene la linda de Gwyneth Paltrow. Regresando de un trabajo por Oriente, donde en un casino se contagia sin saberlo, hace una escala no prevista en Chicago para serle infiel a su marido (Matt Damon) y esparce el virus que sólo Dios sabe quién podrá detenerlo.

    Porque las medidas de seguridad del Gobierno no alcanzan, nadie sabe a ciencia cierta -nunca mejor utilizado el término- cómo neutralizarlo, y cuando las empresas farmacéuticas ven allí la panacea, con lo cual se harían millonarios, todo entra en duda.

    Soderbergh cuestiona un poquito a todo el mundo a la hora de endilgar responsabilidades, sin olvidarse de un periodista -se sabe: los periodistas somos los culpables de todo- que cuando en un diario en San Francisco no le dejan publicar lo que cree va a estallar, se dedica a mentir desde su blog y volverse, claro, millonario.

    Son muchísimos los temas por los que Contagio sobevuela sin profundizar prácticamente en ninguno. Y no son menos los actores de renombre que participaron del filme. A los mencionados súmenle Kate Winslet, Laurence Fishburne, Jude Law y Marion Cotillard, y no se cansarán de ver estrellas en la pantalla, mientras niños se mueren, la mugre se acumula en las calles y algo parecido a la solidaridad pasa a ser el bien más (o menos, según el caso) preciado.

    Lo que es indudable es que al salir del cine uno antes de agarrar el pasamanos en el colectivo o el subte, lo pensará dos veces. No servirá como campaña de salud pública, pero Contagio , a la larga, tiene sus beneficios...
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  • Tres hermanos, tres destinos
    El revisionismo, el drama y la familia

    La liberación de Argelia, en un fresco épico.

    La lucha por la independencia argelina y la difícil relación que, alrededor de ella, tienen los tres hermanos del título son los temas centrales de la nueva realización del francoargelino Rachid Bouchareb. El filme combina la intriga, la acción y los sentimientos fraternos con una mirada social, que enjuicia la política francesa posterior a la caída del nazismo y hasta la independencia de Argelia como colonia gala.

    Tres hermanos, tres destinos ofrece lo mejor en sus primeros veinte minutos. Allí, los tres hermanos, sus padres y familiares son despojados de sus tierras simplemente porque no tienen los papeles que testimonien que son sus dueños. Los muchachos son apenas niños, y veinte años más tarde vivirán en carne propia la matanza de Sétif, el 8 de mayo de 1945, cuando las fuerzas de ocupación francesas masacraron a 40.000 argelinos ante su levantamiento.

    A partir de allí, los tres hermanos tomarán distintos rumbos: uno irá a Francia a luchar por la liberación, y quedará preso; otro combatirá en Indochina, y el tercero se la rebuscará en Pigalle como promotor de boxeo y regenteando un cabaret.

    La película es la segunda de una trilogía de realizaciones del director sobre las relaciones entre Argelia y Francia. La primera ( Días de gloria ) versaba sobre cómo se había discriminado a los soldados argelinos que habían participado en la Segunda Guerra Mundial a la hora de recibir sus pensiones.

    Los relatos que abrevan en el revisionismo histórico están teñidos, siempre, de subjetividad, y Bouchareb sabe bien lo que quiere contar. La mayoría de los franceses no queda particularmente bien parada, salvo excepciones, y la brutalidad, el sentimiento xenófobo y la lucha por la igualdad se plantean desde el vamos. Con el correr de los minutos, y desde que los hermanos vuelvan a reunirse, la película irá de a poco menguando en intensidad dramática y volcándose hacia el thriller de aristas políticas, con la rebelión como centro. Por supuesto que acercándose al desenlace la cosa virará a como era en el comienzo de la proyección.

    Debido a las polémicas y la nominación al Oscar al mejor filme hablado en idioma extranjero, premio por el que compitió este año, Tres hermanos, tres destinos despierta interés. La reconstrucción histórica y todo lo referente a los rubros técnicos son impecables, donde el filme no termina de asentarse es allí desde donde se lo cuenta. Como si el director se mantuviera indeciso entre el relato político y la historia familiar.

    O tal vez ése haya sido su deseo, narrar un conflicto revisionista camuflado en una historia sentimental. Si fue así, lo que consiguió fue llamar la atención, pero nunca la total empatía telespectador.
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  • Detrás de las paredes
    Me quieren volver loco

    Parece una película de terror, pero no lo es. ¿Qué es?

    Seamos positivos: Detrás de las paredes permitió a Daniel Craig y Rachel Weisz, pareja en la ficción, convertirse en pareja en la vida real. Ellos seguramente guardarán un buen recuerdo de la película, porque los que paguen para ver este filme vendido como de horror, no tendrán la misma evocación. Algo es algo.

    Seguramente La casa de los sueños (traducción literal del original) no inspira tanto miedo como Detrás de las paredes , y el afiche (dos hermanitas tomadas de la mano, vistas de espaldas, con el empapelado de la pared de fondo confundiéndose como sus vestidos) infiere un relato de terror. Veamos. Craig interpreta a un exitoso editor de libros en Nueva York que decide renunciar a su trabajo e instalarse con su mujer e hijitas en una casa alejada, para dedicarle más tiempo a su familia y al libro que escribirá. Bien pronto se enterará de que en la casita de los sueños donde viven ahora, hace cinco años la madre y sus dos hijas murieron masacradas. El padre de familia es el sospechoso, pero no fue condenado, y se lo recluyó en un psiquiátrico.

    La escena en la que el personaje de Craig ve reflejadas en un espejo de la casa unas palabras que estaban escritas al revés, para el cinéfilo remiten a El resplandor y a su redrum , cuarto rojo, o asesinato, de acuerdo a cómo se lo lea en inglés. Bueno, el guionista David Loucka (por algo no escribía nada desde 2002) alude a ése y a otros relatos de terror, como Aquí vive el horror , Sexto sentido y por qué no, L a isla siniestra . Pero el (los) problema(s) no tarda(n) en aparecer.

    Primero, hay cosas raras. La vecinita de enfrente (Naomi Watts) sabe más de lo que parece, y habla con Will, pero no con su esposa, que no sale más allá del porche. OK, hace frío, nieva, pero... Segundo, porque lo que pintaba como filme de horror termina siendo un thriller de lo más banal. Tercero, porque el twist o giro que cambia el género llega no tan avanzado el relato, con lo que el suspenso muere rápidamente. Y cuarto, porque no se le cree nada a nadie.

    Pero lo más extraño y lo que termina llamando más la atención es que el director de esto sea Jim Sheridan, un realizador que se ha preocupado siempre por retratar personajes sensibles, muchas veces reales, en dramas más o menos profundos, como En el nombre del padre o Mi pie izquierdo . O cuál fue el atractivo que Craig, Weisz y Watts hallaron en el proyecto.

    Cualquier información, por favor remitirla a la bonita casa que Craig y Weisz tienen en la vida real, porque la de los suburbios de Nueva Inglaterra... mejor dejarla como está.
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  • Asesinos de Elite
    Amigos son los amigos

    Un filme de acción se disfruta más cuando también tiene una buena trama. Este es el caso.

    Los filmes de acción, cuando tienen un buen entramado, se disfrutan mejor. Asesinos de elite tiene peleas cuerpo a cuerpo, a balazos o sillazos, mucho vidrio roto, persecuciones en auto, alguna que otra exageración y el agregado de que se basa en un libro que asegura que lo que se cuenta son hechos reales. Ver para creer.
    Es la historia de un mercenario –o asesino a sueldo, como les guste más- que por 1980 sufre una crisis de conciencia cuando un atentado en México no sale como había sido planeado, y decide bajarse del trabajo, y recluirse en Australia. Al año, ya retirado, Danny (Jason Statham, cada vez más parecido a Mario Ledesma, el pilar de Los Pumas) recibe un encargo. Hunter, su compañero de tareas (ejem) ha sido secuestrado por un jeque árabe, que le dice que si no elimina a los tres agentes británicos de las Fuerzas especiales que mataron a tres de sus hijos en la guerra sucia, no liberará a Hunter. Interpretado por Robert De Niro (¿quién le da los 68 años que tiene?), Hunter aparenta ser más bueno que Lassie. Pero no lo provoquen.
    Tampoco desafíen a Spike (Clive Owen, con un ojo de vidrio ¡que se mueve!), ex de las SAS (las Fuerzas Especiales) que se dedica a cuidar a otros ex agentes para que no les pase nada.
    La película se sigue con interés, no sólo por la cantidad de confrontaciones arriba mencionadas, que están muy bien filmadas y dosificadas por el debutante Gary McKendry, sino porque el team que reúne Danny para encontrar a los asesinos, hacerles grabar sus confesiones y luego liquidarlos haciendo pasar sus muertes como meros accidentes, no tiene desperdicio.
    Por un momento olvídense de De Niro, Owen y Statham y presten atención a Dominic Purcell (el actor de Prison Break, algo irreconocible con sus bigotazos) y Aden Young: si hubiera un premio a mejor ensamble, se lo llevarían seguro.
    Entretenida de cabo a rabo, Asesinos de elite es todo lo que debe ser un filme de acción. Y aunque se base en hechos verídicos, ya se puede planear una secuela...

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  • Gigantes de acero
    Como Rocky, pero sin Stallone

    Hugh Jackman encabeza el elenco no metálico del filme.

    Crunch. Crack. ¡Ffzzzzzgh! ¡Plaff! Los robots que maneja por control remoto Charlie (Hugh Jackman) en un futuro no muy lejano (año 2020) hacen esos chirridos cuando, inevitablemente, son destrozados por su oponente en los matches de, llamémosle, boxeo.

    Charlie vive en un mundo que literalmente lo ha pasado por arriba, si uno quiere ponerse a filosofar sobre su devenir. No sólo las reglas de antaño parecen no tener actualidad, sino que descubre que debe hacerse cargo de su hijo de 11 años, cuando su madre fallece. Y para demostrar lo mal que andan él y el mundo en un par de años, Charlie decide aprovechar la situación, dándole la custodia de su hijo Max a su cuñada: con la plata que obtiene, se compra un nuevo robot para seguir peleando.

    Pero como la película, así, terminaría a los veinte minutos, Max querrá quedarse con su verdadero padre y pelear por lo que cree valedero. Ya que la cosa pasa por destruirse entre robots, ya no entre humanos, Max -que algo habrá heredado de su padre- se las ingeniará para crear su propio robot y salir a ganar, si no dinero, el orgullo perdido.

    Gigantes de acero conjuga algo de Rocky (el primero, cuando Balboa era un perdedor nato y un soñador), otro poco de El campeón y todo lo que puede venir de una producción de Spielberg.

    Así, esta pochoclera película tiene a Hugh Jackman mostrando músculos como en X-Men , a Evangeline Lilly (Kate Austen en Lost ) sufriendo como el amor imposible de Charlie y a un montón de chatarras enormes, con lucecitas y todo, golpeándose a lo bestia. Pero como los robots, más que tuercas o aceite no pierden -nada de sangre-, todos felices.

    Para los chicos quedaría la enseñanza de que hay que perseverar y no transar para obtener lo que uno se merece. Que en el caso de Max (Dakota Goyo) no es el cariño de su padre -que, obviamente, lo descubrirá- sino ganarse el respeto de los otros. Una maquinita (la de Max) contra toda la parafernalia de los millones de dólares que pueden tener los orientales (más claro...) en robot es algo así como una metáfora metalera. Con tanto ruido como los Transformers , pero algo más humanos y mucho más divertida.
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  • Justicia final
    Los hermanos sean unidos

    Hilary Swank y Sam Rockwell, lejos son lo mejor.

    Si no nos dijeran que la historia cuenta Justicia final está basada en hechos reales, diríamos que la imaginación de los guionistas en Hollywood da para todo. Pero no.

    Cual Erin Brockovich, Betty Anne Waters es una mujer tenaz, capaz de sacrificar el cuidado de sus propios hijos con tal de demostrar que su hermano Kenny es inocente de ese horrible homicidio que le inculpan y por el que está en prisión. Kenny –en otra extraordinaria creación de Sam Rockwell-, es cierto, a primera vista no impresiona bien. Tiene mal carácter, algo o muy pendenciero, sinceramente cuesta creer que no haya asesinado a esa mujer en su casa en Massachusetts. Es que si Kenny tiene una botella con un mililitro de alcohol a su alrededor, se pierde.

    Pero la que cree y no se pierde en su búsqueda de la verdad es su hermana. Nadie a puesta un centavo a la inocencia de su hermano, y ella se pone a estudiar Derecho para así defenderlo y demostrar lo que uno, desde la platea, no sabe si es evidente o no. Pero a Betty ay nada la amilana, ni el mal comportamiento de Kenny, algunas vueltas del guión, ni que el tiempo transcurrido desde el asesinato haga casi imposible recuperar pruebas o contar con testigos.

    Justicia final es de esos filmes en los que no hay que ver para creer. La mayor habilidad del director (y aquí no actor) Tony Goldwyn es dejar siempre un resquicio para la duda. Cuando todo parece indicar que sí, que Kenny es el asesino, o cuando sucede todo lo contrario. Y gran parte de ese mérito es atribuible a las performances de Rock-well y de Hilary Swank, el sostén de toda la película.

    Rockwell, una versión más joven de Gary Oldman, compone un personaje con muchas facetas, del que uno nunca sabe qué creer, pero no porque parezca un psicótico, sino porque logra hacer verosímil lo inconcebible. Y Swank – que sonaba para el Oscar a fines del año pasado, lo mismo que el actor de Confesiones de una mente peligrosa - es de esa raza de actrices que puede interpretar a luchadoras cuya firmeza y empeño no conocen claudicación alguna, y se ganan la empatía del espectador.

    Da gusto descubrir en el elenco a una recuperada Juliette Lewis, que aunque vuelva a interpretar a una joven pegada a la adicción, sabe cómo robarse la cámara. Algo que Minnie Driver no puede conseguir.
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  • Actividad paranormal 0: El Origen
    Y aquí no ha pasado nada

    En Versión japonesa.

    Lo común es que en los Estados Unidos adapten historias de terror surgidas por mentes japonesas, y no al revés. Hecha la salvación de que Actividad paranormal 0: el origen no es el origen de nada, o si lo es, es de un saga nipona que habrá de continuar o no (la estadounidense ya va por la tercera parte, que se estrena en breve), queda claro que si la película de Oren Peli no era pecisamente un dechado de originalidad, su versión oriental, tampoco.

    Por si usted se la perdió, Actividad paranorma l trataba sobre una pareja que sentía que algo extraño sucedía en su casa por la noche, y decidía poner una cámara para registrar fenómenos paranormales. Objetos que se mueven, y esas cosas. Aquí no es una pareja sino dos hermanos. Haruka regresa de un viaje a los Estados Unidos con dos piernas fracturadas de souvenir. Postrada, queda al cuidado de su hermano Koichi, ya que papá salió en viaje de negocios.

    La primera noche, la silla de ruedas se mueve. La segunda, ponen un montoncito de sal gruesa, y se desparrama. Todo es registrado por la cámara. Cuando Haruka se despierta porque siente que “algo/alguien/loquesea” la toca, su hermanito corre hacia su cuarto por las escaleras. Pero Haruka se la pasa gritando, y Koichi –por algún extraño motivo que, como tanto en esta película, no se explica- nunca enciende la luz. Por suerte no se choca con un mueble, un fantasma ni con nada.

    La película no sólo no asusta sino que no provoca. Bueno, algo de risa, sí, y debido a que cuando Koichi esté más o menos desesperado, y busque a Haruka y no la encuentrae en la casa, la llame “hermana, hermana”, que dicho en japonés se entiende algo parecido a “Mecha, Mecha”. Pero que la hermanita se llame Mecha o Haruka, da igual: es mejor perderla que encontrarla.
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  • La quise tanto
    Y hoy que enloquecido vuelvo buscando tu querer

    Melodrama con Daniel Auteuil con más de un clisé.

    Usted los reconoce fácil. Son los personajes que Daniel Auteuil compone cuando no hace de fracasado en un thriller, o es comediante. El de perdedor, sí, es el rol para el que muchos realizadores encuentran en las grietas de su rostro el mejor perfil.

    Auteuil es en La quise tanto (el tiempo verbal preanuncia lo que vendrá) Pierre, un hombre que hace (hizo) negocios en todo el mundo y que recuerda al amor de su vida. Lo evoca con palabras como que entonces “haría el amor con el amor de mi vida por primera vez. Esas cosas se sienten”, y es el mismo que al rato dice “Era hermoso, pero artificial. Todo era falso. Me mentía a mí mismo”.

    ¿En qué quedamos? Pierre es un soñador, pero como diría John Lennon, no es el único. El problema es que todo este rememorar lo hace sentado ante Chloé, su nuera, a quien se lleva a su casita en las montañas porque Adrien, su hijo, la abandonó. ¿Y ella está dispuesta a escuchar las añoranzas amorosas de su suegro, que engañaba a su esposa con una traductora por todo el mundo? Parece que sí .

    Uno puede ser un soñador, y un hombre sensible y romántico, pero Pierre, además, es un infeliz en el cabal sentido de la palabra. Porque no dejó a Suzanne –quien apenas abre la película le dice que sabe todo sobre su amorío, pero que no lo puede dejar- y “no me recupero. Van 20 años y no puedo… Pienso siempre en ella, desde que me despierto”.

    Hay cosas para las que un Lexotanil no ayudan, pero Pierre -que en los restaurantes pide lo mismo que la mujer que lo acompaña, sea su mujer o su amante, cuando se siente intimidado- y Mathilde son una máquina de tirar frases hechas y/o de autoayuda. “Intentaré vivir sin ti” o “¿Qué va a ser de nosotros?” pueden sonar triviales fuera de contexto. Y dentro también.

    Cuando Pierre recuerda, y cuenta su reencuentro con Mathilde, Mathilde “aparece” y lo besa como habrá sido en aquel momento. La directora –y actriz, aunque aquí no cumple esa función- Zabou Breitman intenta airear la trama cada vez que salta al tiempo presente, aunque no siempre le da resultado.

    Además de Auteuil, que hace lo que puede con su protagonista, la canadiense Marie-Josée Croze, que fue mejor actriz en Cannes por Las invasiones bárbaras , le pone toda la piel y la ambigüedad necesaria a Mathilde.

    La directora por momentos pareciera que escribió la historia para poder incluir aquéllas y otras frases como “Uno no deja de amar a alguien. Empieza a amar a otro. Quizá porque hay espacio”; al ver llorar a su amante, ella le replica “Me voy. Yo ya lloré”, o la última línea de diálogo, esa esperanzada y cliseada “Va a ser un día hermoso, ¿viste?”.

    Y, no, porque el personaje se quedó dormido.

    Son cosas que pasan.
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  • El árbol de la vida
    El hombre y su circunstancia

    Debate filosófico sobre nuestro lugar en el universo.

    No hay ni muchas películas como El árbol de la vida ni cineastas como Terrence Malick que se pongan a filosofar sobre el sentido de la vida, el lugar del hombre en el universo y que lo hagan con un elenco encabezado por Brad Pitt y Sean Penn. No abundan realizadores que se dispongan a construir un relato en el que los intérpretes, se llamen como se llamen y tengan el capital de atraer público por su solo nombre, sean casi secundarios a la hora de hacer el balance concluida la proyección del filme.

    Sí hay directores que son capaces de dividir opiniones, y el realizador de Días de gloria y La delgada línea roja lo ha hecho como nunca antes en su valiosísima pero corta filmografía. Uno puede extasiarse con la capacidad visual exhibida, ya sea en la paleta de colores de la Texas de los años ’50 de la familia O’Brien, de la naturaleza o el cosmos, y comprender cómo estas últimas encastran en las anteriores. O no.

    El árbol de la vida casi no permite que el espectador no tome posición.

    Malick parece decirnos que la vida de cada ser humano es ínfima dentro del universo, pero también que vale la pena disfrutarla, o al menos atreverse, se enfrente al escollo que sea. Los O’Brien (papá, Pitt; mamá, Jessica Chastain; y sus tres hijos –Jack, cuando sea mayor, Sean Penn, que bramó por lo poco que quedó de su trabajo en la edición final-) tienen que salir adelante ante la muerte de uno de los niños. Las visiones aquí también se contraponen. El padre es rudo con todos, la madre es la más componedora, y religiosa –pregunta al Cielo qué ha hecho ella para merecer la pérdida de un hijo, y recibe de respuesta que al menos le quedan otros dos-. Y Malick puede ser igualmente retórico, mostrando imágenes del origen de la Tierra o en un arroyo (el mismo en el que jugarán los O’Brien) en cuyas orillas un saurio le perdona la vida a otro.

    Los significados de tanta aglomeración visual –Malick contó con Douglas Trumbull en los efectos especiales, y su trabajo es tan magnificente que lo que se ve parece “real”- hacen que el espectador se extasíe o se aburra. Porque esas escenas entre cósmicas y alegóricas no son un paréntesis en la historia de los O’Brien, sino que la integran. ¿O caso Jack no vive en el presente en un mundo tecnificado, en el que se lo adivina exitoso, pero vacío? No es difícil sentir empatía por los chicos en ese hogar, que están despertando a la vida y se pregunatn quiénes son.

    Penn tiene derecho a protestar, porque así como quedó el filme, sus apariciones coinciden con los momentos menos logrados de la realización, otra rareza dentro del todo. No es un relato lineal, lo desestructurado forma parte de un todo y de una reflexión más espiritual y religiosa que lógica. El debate que abre Malick va de la evolución del universo a la involución humana.

    Impecables, como suelen ser los rubros técnicos en las producciones de Malick, emparentar a El árbol de la vida con 2001, Odisea del espacio o Koyaanisqatsi será reducir nuestra capacidad de asombro o de meditar, sea cual sea la ideología que uno tenga. Y así como con otras películas, sean del género que fuesen, uno siente que las termina en su cabeza, durante las horas o los días posteriores a su visión. Es un filme tan ambicioso como valiente a la vez.
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  • Identidad secreta
    No soy yo, soy otro

    Taylor Lautner no es lobo como en “Crepúsculo”. ¿Qué es?


    Hay películas cuyo título ya adelantan, tal vez, demasiado. No hablamos
    de *Noche de miedo* o *Los vampiros los prefieren gorditos* , sino de
    este filme ( *Identidad secreta* ) en el cual cuando apenas nos sentamos
    en la butaca y comienza la proyección, desconfiamos. Desconfiamos de
    todo. Y de todos.

    A ver... Nathan es un joven que se lleva bien con su papá (Jason Isaacs)
    y mamá (María Bello). Pero recordando el título, ¿él será quien dice
    ser? Cuando entre a un sitio de Internet en el que se muestra rostros de
    chicos desaparecidos, y vea una fotito de un nene muy parecido a él, ¿no
    será que es un niño robado? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Cuál es el
    sentido de la vida? Todas y cada una de estas preguntas tendrán su
    respuesta a lo largo de los 106 minutos de *Identidad secreta* , un
    thriller construido a partir de la figura de Taylor Lautner, quien si
    bien muestra lomo, bíceps y otros músculos que el muchacho de
    *Crepúsculo* viene trabajando desde hace unos años, el actor trata de
    escaparle al perfil licántropo de la exitosa saga. Y le cuesta, claro
    que le cuesta, no sólo porque prácticamente no ha hecho otra cosa, sino
    también porque a diferencia de Robert Pattinson, no muestra hasta ahora
    mayor expresividad que la de, digamos, un Vin Diesel. Sin ofender a nadie.
    La producción lo ha rodeado bien a Lautner. El director es John
    Singleton, quien supo ser el realizador más joven en ser candidato al
    Oscar, por *Los dueños de la calle* . Bueno, *Identidad secreta* no se
    le parece en nada, pero Singleton ha manejado siempre bien los resortes
    de la intriga, y aquí eso es lo que abunda. El combo incluye corrupción,
    la CIA, asesinos a sueldo, el FBI y frase memorables (como “la confianza
    se gana”), que se repiten una y otra vez, para que el concepto quede claro.
    A Nathan lo persiguen los buenos (Alfred Molina) y los malos (Michael
    Nyqvist, de *Millenium* ), lo ayuda una psiquiatra (Sigourney Weaver) a
    superar “la tripe I” (insomnio, impulsividad, ira), pero por suerte lo
    acompaña la bella Karen (Lily Collins, de *Priest* , y que está filmando
    *Blanca Nieves* ), la vecinita de enfrente que lo tiene loco de amor. Y
    entre balazos, peleas a puño limpio y patadas voladoras, la trama se
    irá, por así decirlo, complejizando. No mucho, para que al mirar el
    balde de pochocho no se pierda nada.
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  • D-Humanos
    D-Humanos
    Clarín
    Cómo estamos hoy

    Un filme colectivo con cortometrajes sobre el tema.

    A 63 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos en las Naciones Unidas, este filme colectivo reúne nueve cortometrajes de distintos directores argentinos que, con niveles dispares de creatividad y realización, intenta dar una idea de cómo están los derechos humanos en nuestro país.

    Como suele pasar en este tipo de proyectos, se salta no sólo de un tema o tópico a otro, sino, por ejemplo, de la sensibilidad de Mariana Arruti ( Mate o leche ) a la contundencia del trabajo de Miguel Pereira sobre cómo en Abra Pampa, en el norte, el plomo en la sangre está ocasionando más que estragos ( Sangre en el plomo ).

    El filme, producido por Pablo Nisenson, quien dirige el corto que abre, cuenta con realizadores que ya han pasado por el género del documental, y muchos de los cortometrajes se afincan en la pobreza. No así La formación , de Andrea Sche- llemberg, una lúcida investigación sobre qué conocimientos de los derechos humanos (y de qué manera los adquieren) tienen quienes se forman en las Fuerzas Armadas.

    Ulises Rosell, Andrés Habegger, y Lucía Rey junto con Rodrigo Paz, dirigieron los otros tres trabajos, y, como una suerte de enlace entre los nueve, cual separador, se incluye Objetos humanos , de Javier De Silvio. Este corto presta atención justamente a objetos, como las cámaras de seguridad, que están allí, presentes a nuestro alrededor, aunque no siempre nos demos cuenta. Un filme cuyo valor va más por el tema abordado que por el resultado general.
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  • Invasión a la privacidad
    ¿Será paranoia?

    Una mujer se siente vigilada en su nuevo departamento.

    Una joven doctora necesita mudarse y encuentra un enorme loft con vista a un precio regalado en Brooklyn. No lo piensa dos veces, porque si lo hace, no entra.

    Quien se lo alquila parece un hombre sensible. Algo corto de palabras, pero buena persona. En el edificio -que necesita arreglos- también vive su padre -a quien no le vendrían mal algunas reparaciones-, que, interpretado por Christopher Lee, otorga una cuota extra de suspenso para aquellos espectadores que rememoran su pasado rn el cine de terror. Para los más jóvenes será sólo un viejito que pone caras extrañas, si no lo recuerdan de El Señor de los anillos .

    Y no es casualidad que la productora de la película sea la Hammer, que ha vuelto a la carga luego de aquellos viejos y buenos filmes de horror. Pero Invasión...

    no es que motive el salto en la butaca. Juliet irá advirtiendo que no está sola en su departamento cuando cree que sí lo está. Alguien, algunos o algo la observa(n). ¿O está algo paranoica? Como viene de cortar una relación...

    Hilary Swank pone cara de ¿qué está pasando acá? cuando a la noche, con la ventana convenientemente abierta, cree sentirse vigilada. La intriga no demorará en develarse, pero éste es el tipo de filme en el que el espectador sabe más que la protagonista, por lo que la confusión de Juliet seguirá in crescendo. Cada tanto, el finlandés Antti Jokinen, en su debut en el largometraje, pero tras varios videos musicales para Beyoncé y otros artistas, va tirando puntas que animan a pensar en un vuelco en la historia. Pero no. Lo cual no desanima, sino que hace pensar que alguien estuvo elucubrando bastante para que el espectador trabaje desde la platea.

    Swank, también productora, luce su cuerpito cada vez que se acuesta a dormir o se recuesta en la bañadera. Y Jeffrey Dean Morgan, es idéntico a Javier Bardem, como el casero, tiene el papel más complejo. Pero el que saca como siempre las papas del horno es Christopher Lee. A sus jóvenes 89 años sigue dando lecciones de actuación.
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  • Habemus Papa
    Hombres de mucha fe

    Nanni Moretti es el analista de un Papa que no quiere asumir.

    La relación entre un paciente y su terapista es siempre particular. Unica. Ahora, si el psicoanalista no es creyente y a quien tiene enfrente es el mismísimo Papa la cosa se torna completamente singular.

    Habemus Papa (aquí en la Argentina sin la “m” final que corresponde poner en latín, por el “Tenemos Papa”) es más que el vínculo entre el psicoanalista (Nanni Moretti) que llaman desde el Vaticano con desesperación cuando el cardenal Melville (Michel Piccoli) entra en crisis al ser elegido Sumo Pontífice y no quiere ni siquiera asomarse al balcón a la Plaza San Pedro. Moretti, como director, ofrece una sola y extensa escena en la que ambos personajes están sentados, uno frente al otro, con todos los cardenales rodeándolos.

    Es que al escepticismo de los prelados hacia el psicoanálisis, claro, se le suma la incertidumbre de qué pasaría si el Papa no asumiera como tal. Los designios del Señor son insondables.

    Moretti toma a todos sus personajes –básicamente los cardenales, el vocero del Vaticano, su personaje y el de su esposa, también analista- y los muestra desde una mirada entre benévola y condescendiente. No está en contra del Vaticano, y prefie re exponer a los cardenales tal cual son, como humanos con sus defectos y bondades, en un campeonato de voleibol en un patio del Vaticano...

    Decididamente en tono de comedia –pero en la modulación y el matiz que el director de Caro diario sabe imprimirle a sus filmes-, la película comienza con los funerales de un Papa (las escenas corresponden al de Juan Pablo II) y el ingreso de los cardenales al encierro hasta que haya fumata blanca y elegido al sucesor. Allí, todos al escribir el nombre de quien postulan sea el Papa, piden “Qu no sea yo, Señor, te lo ruego”.

    Moretti no se gasta en explicar por qué termina siendo elegido Melville cuando ni siquiera figuraba entre los favoritos (otro designio divino) y poco le importa, ya que su filme no es sobre los manejos del Vaticano si no sobre cómo un hombre puede advertir sus limitaciones y decidir no hacer aquello para lo que no cree estar preparado.

    Y para cuando el Papa aproveche una visita a Roma para fugarse, el enredo ya estará listo.

    Michel Piccoli está realmente espléndido. Tanto cuando sólo debe musitar alguna frase (“Dios ve en mí habilidades que yo no tengo”, o al escuchar “No quiere ser el Papa”, que argumenta el analista, y su personaje le responde “Ya soy el Papa”) como con sus gestos contrariados y de niño perturbado, que ansía refugiarse en el teatro -le gusta la actuación- para encontrarse a sí mismo. ¿O su salvación? La contraposición entre el psicoanálisis y la fe (“El concepto de alma y subconsciente no pueden coexistir”, le avisan al analista) es un punto alto del filme. “En la Biblia se habla de la Depresion, están los sintomas: sentimiento de culpa, pérdida de peso, pensamientos suicidas...”, le hace decir al analista. Poco después, con el Papa deambulando en Roma, en el torneo de voley en el patio del Vaticano, todos aplauden a los pobres curas de Oceanía, cuando finalmente consiguen un punto. Eso, y la escena en la que se escucha (y bailan) Todo cambia , en la voz de Merecedes Sosa, pintan en claro sobre qué va el filme.
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  • Sin límites
    Una mente brillante

    Gracias a una pildorita, Bradley Cooper se transforma en un Einstein. El problema: las pastillitas se acaban.

    Evidentemente calculé mal algunas cosas”, masculla en voz alta Eddie Morra. Está con la punta de los zapatos al borde de un alto edificio, mirando hacia abajo. Voltea hacia atrás, e intentan ingresar en su departamento. Hay un cadáver. Es de noche y hay viento.

    Mejor no podría comenzar Sin límites , por aquello de generar inquietud en el espectador por saber qué ocurrió tanto como qué ocurrirá. Porque esa escena en el inicio, tampoco es el final. Veamos.

    Eddie era un escritor frustrado, al extremo de no haber escrito una sola página para el libro que debe entregar en días. Quebrado y deprimido, lo abandona su novia, y deambula por las callecitas de Nueva York cuando, de la nada, se le cruza un ex cuñado. Vernon no es lo que se dice una luz, pero le ofrece algo como para iluminarlo. Le da una píldora transparente, y le explica: sólo utilizamos el 20% de los receptores en nuestro cerebro, que activan circuitos específicos. La pastillita le da acceso a todo. Pero, qué lástima, no está a la venta, ya que restan algunas pruebas.

    ¿Cuán peor puede ponerse? Vernon aparece asesinado. Y Eddie se lleva un montón de pildoritas, que lo vuelven un Einstein: gracias a esa droga, cualquier recuerdo que uno cree haber olvidado, aparece como un relámpago en el momento más inesperado... pero más necesario.

    La película de Neil Burger ( El ilusionista , la aquí no estrenada Los afortunados , y que hará una remake más oscura de Bonnie and Clyde ) combina el suspenso con el humor, un Bradley Cooper (¿Qué pasó ayer?) eternizado en la pantalla y cuenta con un Robert De Niro en esos papeles episódicos que tanto le gustan: hombre poderoso, aquí empresario, para el que Eddie trabaja como consultor, ya que es capaz de leer patrones de la Bolsa como quien lee los horóscopos de los chicles Bazooka.

    Pero como esto es un thriller, las complicaciones no tardarán en llegar, y allí es donde Sin límites , paradójicamente, los tiene. Y no porque la trama no deje volar la imaginación, sino precisamente por eso: si no deseaba convertir el filme en uno de ciencia ficción, mantener los pies sobre la tierra -o al menos uno- lo hubiera beneficiado más.

    No importa. Filme escapista, con mafiosos en el medio, bien filmado y ritmo avasallante, entretiene la hora y cuarenta que dura, y hace pensar que si tuviéramos tamaña habilidad como Eddie, tal vez no seríamos más ricos, pero por un rato la pasaríamos bárbaro.
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  • La verdad oculta
    Rachel Weisz está al frente de un relato sobre un escándalo sexual.

    Para arrancar, digamos que lo que cuenta La verdad oculta no es una ficción que se le ocurrió a un guionista trasnochado.

    Aunque parezca increíble.Rachel Weisz encarna a Kathryn Bolkovac, una agente de policía de Nebraska que denunció la trata de blanca que tenía lugar en Bosnia y en la que participaron figuritas y figurones de las Naciones Unidas.Estará más o menos novelada la historia de vida de Kathryn -que decide ir como “pacificadora” a Bosnia tras la guerra para así poder ahorrar dinero y con ello poder mudarse más cerca de sus hijos, tras su separación-, pero se supone que el resto, no. Y el resto incluye escándalos sexuales que no sólo salpican a agentes de las Naciones Unidas, sino a jerarcas de todo tipo y color.Kathryn habrá arribado a Bosnia por el dinero, pero de a poco, en cuanto se empiece a enterar de cómo jóvenes llegan engañadas al lugar y terminan siendo esclavas de un prostíbulo, alertará a sus superiores. Como Bosnia no sólo es territorio arrasado sino también tierra de nadie, “los de arriba” intentan cajonear su investigación. Y cuando el escándalo sexual salta, la que está a punto de saltar por los aires es Kathryn.La verdad oculta es el típico filme de denuncia, con el que no puede haber espectador que no esté de acuerdo, más si ingresa al cine sabiendo que los vejámenes que va a ver están basados en hechos de la vida real de esas jóvenes engañadas.Kathryn tiene algo de Sérpico, el policía honesto al que todos en su destacamento veían con ojos torcidos porque se atrevía a denunciar lo que estaba mal.Las buenas intenciones -desnudar la corrupción, amén del maltrato de género- de la directora Larysa Kondracki se notan en ésta, su opera prima. Tanto que ha conseguido un elenco de primeras estrellas, ya que a la inglesa ganadora de un Oscar por El jardinero fiel se le suman Vanessa Redgrave, Monica Bellucci, David Strathairn y el danés Nikolaj Lie Kaas ( Hermanos ), entre otros.Algunas escenas shockeantes no hacen más que acrecentar el sentimiento de impunidad con que algunos personajes se manejaron en el conflicto bosnio. Weisz convence como la mujer que, tozuda como pocas, intenta resolver la situación a partir de la confianza de que la verdad debe salir a la luz, cueste lo que cueste.En otras manos (¿Costa-Gavras?) La verdad oculta sería un filme de aliento político. Aquí prima el sentimiento.
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  • Un año más
    Las cuatro estaciones

    Mike Leigh reúne a actores amigos en esta comedia, una observación perspicaz del ser humano.

    Las películas de Mike Leigh suelen ser observaciones –refinadas, humorísticas, perspicaces- sobre el comportamiento humano. Las tramas podrán variar, pero lo que prevalece es esa mirada que curiosea sobre los personajes, sin juzgarlos como en El secreto de Vera Drake , hagan lo que hagan.

    Para Un año más el director de Secretos y mentiras reunió a buena parte de los actores con los que acostumbra filmar –y elaborar el guión, ya que es sabido que como tal es una construcción que va naciendo de charlas y ensayos antes del rodaje, como le gusta trabajar a Leigh-. Por una cuestión lógica, todos rondan los 60 años, y sus personajes afrontan los miedos que natural y sensatamente deben batallar: el futuro, la soledad, la rutina matrimonial, más el amor, la amistad.

    En el centro están Tom y Gerri. Sí, ellos ya están habituados al gastado chiste (por aquello de que sus nombres suenan a Tom y Jerry), reciben en su hogar a varias almas desveladas, y a su hijo Joe. La película se divide en las cuatro estaciones del año, comenzando con la primavera, y en cada una de ellas se irán asentando las relaciones a los ojos del espectador. Tom es ingeniero geólogo y Gerri, asistente social. Típico hogar de clase media como le gusta a Leigh, son sus amigos quienes llevan sus problemas. Mary está desesperadamente sola; Ken, también. Y si en las películas de Chabrol siempre había un cafecito a mano, aquí no hay quien no tenga una copa (de más) a su alcance.

    Edificada a partir de una puesta bastante teatral, ya que las acciones transcurren prácticamente en la casa y el jardín de la pareja británica que componen Jim Broadbent y Ruth Sheen, abunda la charla. Leigh pone la cámara y refleja los diálogos. Casi no hay cortes, ni abruptos ni de los otros, en cada escena. El público debe sentirse partícipe de lo que ocurre.

    “La vida no siempre es amable”, resume Gerri ante Mary. Es llamativo que lo diga ella, ya que su vida parece marchar sobre ruedas, pero es así, una suerte de consejera solidaria ante su compañera de trabajo, quien, interpretada por Lesley Manville, es el personaje que se roba la atención. Vean cómo se muestra más desamparada cuanto más trata de ocultar su soledad, en una actuación notable.

    “Si no me doy un gusto, ¿quién me lo va a dar?”, se afirma en su pregunta Mary, que coquetea con Joe, el hijo de 30 años de su amiga. De algo de eso trata Un año más . De las pesadillas de unos, de los temores de otros, los rechazos y la terrible necesidad de afecto que llevan cada uno de ellos bordada en la piel.

    Como curiosidad: hay varias referencias a la Argentina: Mary lleva un vino a Tom, quien lee en la etiqueta “Buenos Aires”, seguramente más fácil de identificar como región argentina que Mendoza...
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  • Balada triste de trompeta
    Un circo que no alegraba el corazón

    De la Iglesia cuenta la tragedia cómica de un amor loco.

    Viniendo de Alex de la Iglesia, todo exceso es previsible.Balada triste de trompeta es ambiciosa como tal vez ninguna otra obra del director de El día de la bestia y La comunidad . Es una comedia dramática, o una tragedia cómica, en la que la historia de amor –loco, enrevesado, paranoico- de dos payasos por una misma mujer es, también, una reflexión sobre España, la Guerra Civil y el franquismo.Si decíamos que era una película pretenciosa, en cada escena hay indicios de lo desbocado y desenfrenado que es el realizador, que ya ha dado muestras de que no se anda con grises y al que hay que disfrutarlo u odiarlo por lo que cuenta y cómo. Javier ya de niño quería ser payaso, como su padre y su abuelo. Javier es el payaso triste, el que no puede reír porque ya el hecho de existir le causa dolor. Perdió a su padre de niño, y en el circo en el que tras muchos giros y desvíos encontrará trabajo será la contratara de Sergio, el payaso alegre. Pero detrás de esa pintura risueña emerge un ser despreciable, violento, al que todos temen, hasta su novia, Natalia, a quien maltrata y más. Ni el dueño del circo tiene el valor de echar a Sergio... Es que es la atracción de este circo itinerante que es también una metáfora de España.Para De la Iglesia, el filme -que debe su título a la letra del tema que cantaba Raphael, Balada de trompeta - opera como una síntesis de la historia española, y de cómo el pasado repercute en el presente en sus personajes. “No somos nosotros. Es este país que no tiene remedio”, como dirá un tercero. En esta kermese De la Iglesia parodia al generalísimo Franco, homenajea a Gaby, Fofó y Miliki, retoma emblemas populares para realizar alegorías y destila ese humor cáustico que lleva como su marca de fábrica.Esos toques –o marcas gruesas de humor negro- están allí y aparecen en cualquier momento, en cualquier situación y diálogo. Irrumpen en medio de circunstancias o coyunturas para desdibujar lo trazado, operando como el ying y el yang. Así, la película es despareja, y a una burla machista le sigue una brutalidad irracional, de la que hay cierto regodeo.Porque así es Balada...: los personajes se mueven por impulso. Y si Javier y Sergio son las dos caras de una misma “moneda”, mejor sería no contar con esas reservas...Carlos Areces y Antonio de la Torre se adhieren a los excesos de De la Iglesia, con composiciones ampulosas cuando no exageradas, hasta llegar a un desenlace en el que la simpatía del espectador se pone en juego. Carolina Bang es la chica en disputa, y ante tamaños adefesios grotescos como pretendientes, cabe preguntarse qué hubiera pasado si De la Iglesia, en vez de poner a esta actriz tan bonita hubiera elegido a una fea. ¿O es que la hermosura le sirve para enfrentar a la bella y las bestias? “Con tanto llanto de trompeta / mi corazón desesperado/ va llorando / recordando mi pasado” , canta Raphael. Cabal síntesis de un relato desmesurado, burlón y en el que la empatía hacia los personajes se pone en cuestión más de lo aconsejable. Nada nuevo, viniendo de De la Iglesia.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    Todos unidos triunfaremos

    A la par de la original.

    Para muchos, El planeta de los simios , la película original de 1968, con un Charlton Heston desconcertado al advertir que ese Planeta de los simios, no era otro que la Tierra, es un clásico indiscutible, una obra maestra y, como tal, intocable e inmodificable.

    La película que hoy recupera la saga no es una remake de aquel filme, sino que replantea todo desde el vamos. En tiempo presente, el científico Will Rodman (un James Franco de un solo gesto) está desde hace cinco años tras la mutación de un virus que sirva para regenerar o mejorar la capacidad cognitiva. Tiene su propia razón: su padre (John Lithgow), un eximio músico, padece Mal de Alzheimer. Pero en Gen Sys, el laboratorio para el que trabaja, sólo le permiten testearlo con simios.

    Y pasa lo que usted ya imagina: algo no sale bien (Ojos brillantes, la que mejor responde al virus, de pronto reacciona mal, y ataca, pero el motivo no es por el virus 112), y Will termina llevándose a una cría a escondidas a su hogar. César irá creciendo y demostrando que recibió estando en la panza de su madre el virus, por lo que tiene un coeficiente intelectual mayor al de muchos de los cineastas del Hollywood actual.

    El planeta de los simios (R)evolución) tiene muchas diferencias con las anteriores películas de la saga. Por un lado, los simios no son actores o extras disfrazados o con maquillaje, como aquella gloria primitiva o la extrañamente aburrídisima versión de Tim Burton de 2001. No. César, cuando ya es un macho de 7 años, es interpretado por Andy Serkis, a través de la performance capture , y el actor, que ya trabajó de la misma manera para “ser” Gollum en la saga de El Señor de los Anillos , que fue King Kong y será el capitán Haddock en Las aventuras de Tintín , ya a estas alturas se merece un premio. Llamése Oscar o lo que fuera, porque aunque no lo veamos, Serkis siempre está. Y está my bien.

    Y otra disparidad está directamente relacionada con la actuación de Serkis/César. Porque el protagonismo del simio, que sufre el maltrato cuando lo encierran junto a otros de su especie, es fundamental, ele eje de una película netamente dividida en dos, y no necsariamente la segunda -la de las escenas de acción- es la mejor.

    Pero si tal vez la composición de Serkis/César -y de los otros simios, orangutanes o chimpancés que harán la rebelión- opaca la de Freida Pinto (de Slumdog Millionaire ), Brian Cox o Tom Felton (Draco Malfoy en Harry Potter ), todo ello hace que la empatía con los supuestamente malos nos deje pensando o mascullando ideas.

    Al margen de homenajes varios, que las nuevas generaciones pasarán o no por alto, por supuesto que el filme deja flotando en el aire preguntas del tipo qué nos hace humanos y qué nos diferencia de los simios y un final perfecto. Perfecto para cerrar la película y para abrir un asecuela, se entiende.
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  • En un mundo mejor
    Entre la utopía y la cruda verdad

    Oscar al mejor Filme extranjero, sobre perdón y venganza.

    No soporto a la gente que se da por vencida”, le espeta sin anestesia -como cada vez que le habla a su padre- el preadolescente Christian a Claus. Christian no aguanta unas cuántas cosas más, como el maltrato a los indefensos, el engaño, la falta de actitud antes las afrentas, todos temas que En un mundo mejor va tomando y mostrando en distintos ámbitos, familiares y hasta geográficos.

    La nueva película de Susanne Bier ( Corazones abiertos , Hermanos ) tiene muchos personajes, presentados como distintas caras de una misma realidad. La mirada de la danesa siempre ha sido entre develadora y cínica ante sus criaturas, que suelen ser infieles o cobardes, apasionados o cegados por algo que los seduzca sin conocer límites. Claus y Christian regresan a Dinamarca luego de la muerte de la madre de la familia. En su nuevo colegio, Christian poco menos que socorre a Elias, hijo de padres separados por razones que ya se sabrán, del abuso de algún bravucón.

    Bier apela al montaje paralelo en su narración, ya que el padre de Elias es un médico que trabaja en un campo de refugiados en Africam, donde cura y salva la vida -entre otras cosas- de las atrocidades que realiza un hombre poderoso. Así, las fronteras entre un mundo y otro prácticamente desaparecen, cuando el deseo de venganza y la necesidad de reparación aúne las historias.

    El cine danés, con Lars von Trier ( Contra viento y marea ) y Thomas Vinterberg ( La celebración ) a la cabeza en los ’90, dio a luz a Bier, cuyo cine siempre lució más refinado e igualmente perverso. Aquí si no hay un regodeo sobre vicios y depravaciones varias, sí hay un desenfreno en las conductas, aún en aquéllos que se presentan como más medidos o hasta cerebrales.

    Pero el espectador llegado un momento puede preguntarse: ¿cuál es la postura de Bier? Y allí reside la esencia, el fondo de la cuestión. La venganza puede tomar formas terribles, y más aún si es un menor el que la planea con aterradora frialdad.

    Como siempre, las actuaciones son el plato fuerte del banquete tremendo que suele ofrecer Bier. Tryne Dirholm y Mikael Persbrandt, los padres de Elias, llevan soberbiamente adelante las acciones, lo mismo que los jóvenes.

    No darse por vencido es lo que anima a Christian. Pero es joven y, aunque ha vivido pérdidas, le queda mucho más por vivir. Allí, en esos diálogos entre él y Elias, habría que buscar el sentido que la realizadora le encuentra a unas historias en las que el perdón, a veces, no llega, o suena a rendición.
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  • Los Pitufos
    Lo que los chicos quieren

    Buen paso de los personajes a la pantalla grande, saltando de la aldea a Nueva York. Y en 3D.

    Los traspasos de personajes de la TV al cine tienen sus bemoles. Los propios Pitufos ya tuvieron su filme en los años ’80 (¡con Los Pitufos y la flauta mágica !) con tan poco éxito que nadie por los vecindarios de Hollywood se acordó de ellos hasta ahora, cuando Sony estrena Los Pitufos , una película que devuelve a los personajes, los saca de su pitufialdea medieval y traslada a seis de ellos (uno, nuevo) a Nueva York.

    La presentación, para los más pequeños, aquellos que vieron poco o nada a estos seres azules que miden “tres manzanas de alto”, ya es para que abran bien los ojitos. Está claro que Los Pitufos es un filme para chicos de hasta 8 años, aunque algunos grandulones que en los ‘80 los veían por la tele seguramente querrán aproximarse a ver de qué se trata. Y el resultado, dentro de lo imaginable, es positivo.

    Nacidos de la imaginación del belga Pierre Culliford, alias Peyo, los Pitufos son 101 (sí, como los Dálmatas) y cada uno tiene un sobrenombre de acuerdo a su personalidad (sí, como los siete enanitos de Blanca Nieves). Está Papá Pitufo, que se diferencia de sus hijos porque tiene barba y lleva ropa y gorro rojo, en vez del blanco del resto, y está Pitufina, única femenina de la comunidad, que –como bien saben quienes siguieron el cómic o la serie de TV- fue una creación del hechicero Gargamel infiltrarse en la comunidad de los Pitufos, pero el bueno de Papá Pitufo sacó la bondad en ella y la acogió como una hija más.

    Los seis personajes (Papá, Pitufina, Tontín, Gruñón, Filósofo y Bravo, el nuevo, que viste de escocés) terminan transportados a través de un portal al Central Park luego de que Gargamel logre ingresar a la aldea y, en el escape, en los preparativos por el Festival de la Luna azul, saltan al universo “real”, por decirlo de alguna manera. Detrás del sexteto van Gargamel y su gato (animado), Azrael.

    Ya en Nueva York, entablarán relación con una pareja (Neil Patrick Harris y Jayma Mays, Emma Pillsbury en Glee ) que espera un bebé. El es ascendido como vicepresidente de marketing de una empresa de cosmetología, cuya presidenta (Sofía Vergara) le exige que arme una nueva campaña para un nuevo producto en 48 horas. El resto es previsible.

    Pero lo que, tal vez, no era fácil de imaginar era que la interacción de los dibujos o, si se quiere, la inserción de los Pitufos en el mundo cotidiano, sería tan “realista”. Los personajes están bien integrados. Raja Gosnell ( Scooby Doo ) conoce del tema, y el mensaje –cristalino- es, como dirían Los Campanelli, que no hay nada más lindo que la familia unida.

    Hank Azaria, semirreconocible detrás de la pelada y la nariz dientes postizos, se divierte y divierte a los más chicos como el maléfico Gargamel, que quiere extraer la esencia de los Pitufos para tener más poder. Pero, como dicen que la esencia no cambia… Buen programa para los más chiquitos.
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  • El mundo según Barney
    De amor y de humor

    Paul Giamatti es un impulsivo y autoindulgente productor de TV que tropieza varias veces con la misma piedra en su vida amorosa.

    No aprende. Barney no aprende. Pasan los años, las mujeres por su vida y el tipo insiste en corroborar aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. O más.

    Barney es un impulsivo -cuesta diferenciar a veces cuándo una persona deja de ser impulsiva para tildarla de infantil- que además es autoindulgente. Cómo hizo para enamorar a las tres mujeres que cuenta la película, es una incógnita. Productor de un exitosísimo programa de TV, Barney sufre horrores ya desde la primera toma, aquella en la que despierta por teléfono a la nueva pareja de una de sus ex esposas, para preguntarle si no quiere ver fotos de Miriam desnuda, cuando ella era joven. Después de que Brian le corte, vemos que las fotos que Barney tiene en sus manos son de Miriam, sí, pero toda una señorita y señora, como luego veremos que fue.

    El mundo según Barney -que nada tiene que ver con El mundo según Garp de hace casi 30 años, sobre el libro de John Irving, con Robin Williams- se centra, sí, en este hombre panzón en distintos momentos de su vida, que el debutante en la dirección de cine (con una veintena de series de TV sobre sus espaldas) Richard J. Lewis irá narrando en diferentes saltos narrativos.

    Así veremos a un Barney jovencito y bohemio, con su enamorada en Italia, con quien se casa y descubrirá una infidelidad. Luego con una hija de empresario forrada en plata y de religión judía como él, en cuya mismísima fiesta de bodas conocerá a la que -entiende Barney- es la mujer de su vida. Y que no es su esposa.

    Probablemente El mundo según Barney no sería lo que es sin Paul Giamatti como protagonista. El actor de Entre copas vuelve a pro barse en un personaje con mucho de patetismo, rodeado de otros seres no menos sombríos o melodramáticos, con un padre (Dustin Hoffman) al que cada vez que le pide un consejo paternal... prepárense.

    También sea excesivo el tratamiento de la cultura judía en varias escenas -para los que no la practican y para los que sí-, pero eso es un dato menor dentro de una comedia que desembocará en drama recién a la hora y cuarenta de su proyección. De amor y de humor, parece decirnos, también se (sobre)vive.
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  • Loco y estúpido amor
    Todo lo que necesitas

    Steve Carell demuestra por qué es un gran comediante.

    Tal vez nadie lo haya previsto, pero en lo que va de este 2011 se han visto varias comedias estadounidenses que se alejan tanto del clásico slapstick como del humor más burdo y/o sexual.

    Loco y estúpido amor cabría dentro de lo que comúnmente se suele denominar “comedia de humor inteligente”, eufemismo para diferenciar un filme del resto de la producción en la que, para lograr una sonrisa, se echa mano a recursos resabidos, aprovechados hasta el hartazgo, o al simple doble sentido.

    La nueva película de los directores de Una pareja despareja puede verse desde distintos cristales, si se piensa en quién es el protagonista. Tiene un aspecto coral (de hecho hay siete roles importantes), pero con el personaje de Steve Carell (Cal) como eje sobre el que pivotear las historias.

    Sentado a la mesa en un restaurante, Cal está inseguro sobre qué pedir de postre. “Quiero... el divorcio”, le dice su esposa (Julianne Moore, con su perfil cubista). Cal no le cuestiona nada, ni cuando se entera de que lo engañó con un compañero de trabajo (Kevin Bacon), y se tira del auto de regreso al hogar. No sufre más que un rasguño. El dolor vendrá luego.

    La trama se irá complejizando con el arribo de otros personajes, como Robbie, su hijo de 13 años (Jonah Bobo), que está enamorado de la niñera de 17 años (Analeigh Tipton), quien ama en secreto a Cal. Y con Jacob, un playboy que en un bar levanta mujeres como papelitos del suelo (Ryan Gosling) y que ayuda al buenazo de Cal –se casó con el amor de su vida a quien conoció en la Secundaria y nunca estuvo con otra mujer más que con ella- en cómo conseguir chicas. La séptima participante del juego es Hannah (Emma Stone), que cree que van a proponerle matrimonio, y rechaza alguna noche a Jacob.

    Lo de “humor inteligente” va por los remates de los gags y la encadenación de situaciones. A la hora de pensar a qué se parece Loco...

    , por momentos los personajes de Cal, Jacob y Robbie recuerda a la estructura de Two and a Half Men , pero esta película tiene su cuota de romanticismo empedernido que le falta a la serie que dejó Charlie Sheen.

    Carell no sólo está mucho más tiempo en pantalla que el resto –los directores saben cómo “sacar” o hacer desaparecer algunos personajes para luego meterlos de prepo en la historia, creando sorpresa, y eso también es signo de astucia e ingenio-, es algo así como el nexo en común con el resto. Además de ser coproductor (con Denise Di Novi, antigua productora de Tim Burton), tiene bien ganado su lugar en la historia. El comediante es dueño de una simpatía que hace sentir al espectador cerca de sus problemas, y genera con sus gestos y tonos de voz la empatía para ponerse siempre de su lado.

    La comedia a veces sucumbe ante el llamado hollywoodense de crear circunstancias con aroma a clisé, pero siempre hay una línea de diálogo que la rescata. No hay muchas comedias que ofrezcan la oportunidad de concatenar situaciones reideras, que cuando uno comienza a lamentar que termine una secuencia, ya arranca mejorando la otra.

    Entre tanta oferta infantil en la cartelera, Loco y estúpido amor no tiene ninguno de los dos calificativos del título, sí humor… y amor.

    Por qué sÍ
    Comedia inteligente, que sabe encadenar situaciones reideras con un elenco de lujo.
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  • Capitán América - El primer vengador
    Héroe, pero estilo clásico

    En su salto al cine el personaje de Marvel es menos vertiginoso y más humano.

    A los 60 años, Joe Johnston, después de dirigir Querida encogí a los niños , Jumanji y Jurassic Park III –de su curriculum puede que quiera borrar El hombre lobo , pero nadie sabe a ciencia cierta si el montaje final de ese pastiche con Benicio del Toro lo hizo él- demuestra que es un director sumamente confiable para el entretenimiento, si lo que se busca es erigir un relato contundente y convincente –algo poco usual en pleno Hollywood modelo siglo XXI- y con un superhéroe al frente.

    El Capitán América del cómic y el del dibujito animado, que muchos seguíamos en la TV blanco y negro en los años ’70, tenía algunos puntos en común con otros de los Vengadores editados por Marvel. En su paso a la pantalla grande, Iron Man tiene cinismo, Thor es duro y este Capitán América es el que mejor “da” como prototipo de la clase media estadounidense y hasta del mismísimo sueño americano.

    Steve Rogers quiere vengar, cuándo no, la muerte de su padre, que falleció por gas mostaza, pero, debilucho como es, rebota una y mil veces cuando quiere enlistarse en el Ejército para combatir a Hitler. Tanto tesón le ganará una oportunidad, cuando un científico alemán (Stanley Tucci) que trabaja para los Aliados le proponga ser parte de un experimento. ¿Vos querés ir a patear traseros nazis a Europa? Te inyectamos algo para que tus músculos crezcan...

    La prueba e investigación tiene su correlato en la Alemania nazi, donde la organización Hydra, comandada por Johann Schmidt (Hugo Weaving, el agente Smith de Matrix ) ya viene experimentando con un suero poderoso.

    Está bien: aquí había que presentarlo, pero lo que sorprende –y con agrado- es que una vez que Rogers se convierte en el Capitán América, cuando la película podía derivar en lo que fueron Iron Man o Thor , o mismo Wolverine , sigue su línea de rigor, si cabe el término. El Capitán tiene superpoderes, pero el relato no se basa en ellos si no en el enfrentamiento con el malvado Red Skull (Schmidt) ya en territorio europeo. Y le adosa su historia con Peggy Carter (la linda y modosita Hayley Atwell) y el coronel Phillips (el cara de piedra Tommy Lee Jones).

    Cuando Stan Lee tomó el personaje -que había nacido en 1941- le quitó lo más panfletario y lo barnizó con preocupaciones sociales que eran más afines al lector estadounidense de 1964. Y aquí, hasta los colores de la bandera, las barras y estrellas cuando aparecen propagandísticamente son retratados precisamente como propaganda...

    Pegando un vistazo a los nombres que hemos puesto entre paréntesis es fácil advertir que no se han ahorrado dólares a la hora de conformar el elenco. Falta hablar de Chris Evans, el héroe en cuestión. Con experiencia en superhéroes (era La Antorcha humana en Los 4 fantásticos ), ya desde su presentación (con un doble de cuerpo cuando es flaquito) calza perfectamente en el personaje, en cómo lo imaginó Johnston. Es el motor de la historia y enciende a la perfección.

    Ahora hay que esperar a Los vengadores, que se está rodando, y reunirá a todos los superhéroes. Y -más que nunca- no perderse lo que pasa tras los créditos finales...
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  • Atrapada
    Atrapada
    Clarín
    Me quieren volver loca

    John Carpenter regresa con un relato afín a sus primeros grandes éxitos, y con el encierro como leit motiv.

    John Carpenter se hizo un nombre en el cine de los años ‘70 cuando una película suya, de bajo presupuesto, se convirtió en una de las campeonas de la taquilla, e inició no sólo una saga exitosa ( Noche de brujas ) sino un tipo de filme de terror que sería emulado, multiplicado y bastardeado hasta el presente.

    Lo que destacó a Noche de brujas y a su asesino serial, Mike Myers (nombre del protagonista, no el comediante homónimo) en los primeros títulos, los dirigidos por Carpenter, era lo que sería la marca de fábrica del director de El enigma de otro mundo . Más que terror, suspenso. En Atrapada , su regreso al cine después de una década ausente, tiene muchos puntos en común con Noche de brujas , en lo narrativo y hasta en el estilo de cámara.

    Kristen (Amber Heard) deambula por los pasillos de un hospital psiquiátrico. Sabemos poco y nada de su pasado, sólo que la internaron allí después de haber incendiado una casa en las afueras de North Bend, Oregón. Es 1966, y los métodos que el doctor Gerald Stringer utiliza con ella y sus cuatro compañeras del pabellón (el título original del filme) son las drogas y, eventualmente, el electroshock.

    La protagonista –que a diferencia de otras sagas, es línda pero no tonta, lo que la saca de la ley no escrita del género de que si es hermosa va a encabezar la lista de las futuras víctimas- quiere escapar del lugar, más aún cuando advierte que sus compañeras empiezan a desaparecer, algo que hace recordar involuntariamente a La isla siniestra , de Scorsese. ¿Qué les pasa? Las vueltas de tuerca del guión, que no es creación de Carpenter, como tampoco la música -algo de lo que le gustaba encargarse al realizador de Escape de Nueva York -, son un poco tiradas de los pelos.

    Hablábamos del estilo repetido de Carpenter. Hay aquí mucha cámara desplazándose por pasillos montada en grúa, pantalla widescreen (ancha), mucha acción nocturna, lluvias y relámpagos, y un uso tal vez abusivo de golpes de efecto.

    También están los personajes arquetípicos, no sólo la protagonista como la aparentemente cuerda en medio de loquitos, que hace que toma la medicación, pero no, más la enfermera con anteojos, el enfermero fuerzudo, el médico que ocultaría algo.

    Con todo, y sin ser lo mejor que se le vaya a recordar a Carpenter, Atrapada jamás aburre, mantiene en tensión, tiene muy buena iluminación –dato no superfluo en este tipo de filme- y no cae en el gore o el slash del tipo El juego del miedo , hijo bastardo de las Noche de brujas .
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  • Los pingüinos de papá
    Esas son mascotas

    Jim Carrey mejora la relación con sus hijos cuando aloja las aves del título en su casa.

    Jim Carrey se hizo hiperpopular con aquel megaéxito que fue La máscara , pero su primer golpe de suerte, por decirlo de alguna manera, lo tuvo como ese detective de mascotas que fue Ace Ventura , en 1994, en la que se las veía con animalitos. Todo viene a cuento ante el estreno de Los pingüinos de papá , la comedia de tono familiar en la que el actor que de vez en cuando intenta ponerse serio vuelve a probarse como comediante, y no cómico.

    La trama y el nudo argumental son pequeños y simples. Popper es un ejecutivo exitoso en lo suyo, no así en su vida personal. Padre separado, a sus hijos mucho no les interesa pasar el fin de semana en su deslumbrante piso sobre el Central Park, en Nueva York. Digan que es una comedia, pero que los niños, de repente, acepten quedarse con él, no por él, sino por los pingüinos que habitan su hogar, ejem… El mismo hijo de un aventurero, que de chico seguía por radiollamadas la comunicación con su padre siempre de viaje, cuando éste fallece recibe una encomienda. Es un pingüino de la Antártida, no embalsamado como él cree, sino vivito y defecando. No puede sacárselo de encima, recibe cinco más y, lo antedicho, cuando su hijo menor y su hija adolescente descubren que pueden divertirse con papá, el hombre se niega a entregar las aves al zoológico.

    Pero el verdadero “mensaje” del filme no es “queré a tu papi por lo que tiene, no por lo que es”, sino todo lo contrario. Popper, para ascender en la firma donde trabaja, debe convencer a la dueña del restaurante Tavern on the Green (Angela Lansbury, nada menos) de venderlo, porque sus jefes quieren tirarlo abajo y construir allí un edificio. ¿Qué hará el bueno de Popper? No es éste un festival de morisquetas Carrey, aunque al actor le suceda lo que a John Travolta tras Fiebre de sábado por la noche : no había filme en el que no le hicieran bailotear un poco, y Carrey no puede evitar no imitar a James Stewart, o hacer más bufonadas, que, en fin, fue lo suyo en un principio. Pero como la película llega hablada en castellano, parte de la gracia se pierde.

    Los más chicos, hasta los 9, 10 años, la pasarán bien, por su humor sano. En estas vacaciones de invierno atomizadas por Potter y Cars 2 , ésta es otra opción, Sifinitivamente , como diría Popper.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    Adiós a un mago a pasos de ser leyenda

    El final dejará conformes -y emocionados- a los fans del mago.

    Después de diez años y ocho películas llega el momento de despedirse de Harry Potter. El fan, de los libros y de los filmes, quedará satisfecho con Harry Potter y las reliquias de la muerte, Parte 2 , no sólo porque se respeta el libro de J.K. Rowling, sino porque, más importante aún, el filme honra y reverencia a sus personajes y los temas abordados a lo largo de la saga, la más exitosa en términos económicos de toda la historia del cine.

    Desde la orfandad y los maltratos que sufría Harry en La piedra filosofal hasta –ya todos lo saben- el duelo final que mantiene con Lord Voldemort en la película que hoy se estrena en la Argentina, un día antes que en los EE.UU., ha pasado de todo. Rowling y los respectivos realizadores de las películas posaron sus miradas sobre los conflictos de los niños y adolescentes, la amistad y los miedos, la solidaridad y hasta la violencia, la muerte, el enfrentamiento entre el Bien y el Mal, y también el sentido de pertenencia, sea a una escuela de magia, a una familia o a sentirse leales a un ideal.

    Pero tal vez haya sido el guionista Steve Kloves el mayor responsable de que la saga del mago con el relámpago en la frente haya conquistado públicos de toda clase y en todo el mundo. Kloves (director de Los fabulosos Baker Boys , que adaptó todos los libros excepto La Orden del Fénix ) siempre supo cómo sopesar la amistad de ese trío formado por Harry, Hermione y Ron, ya sea desde el costado de cuento de hadas que le confirió Chris Columbus a las dos primeras películas, hasta la oscuridad y la mejor intriga que le dio Alfonso Cuarón en la mejor de todas, El prisionero de Azkaban . Lo cierto es que el seleccionado de estrellas británicas -más algunos infiltrados estadounidenses- que acompañaron a los chicos siempre han hecho que ver las películas de Harry Potter resultara un placer.

    Ahora bien, aquéllos que nunca vieron un fotograma de HP , no entenderán nada si van a ver Las reliquias de la muerte, Parte 2 . Por más que se haga hincapié innecesariamente en los diálogos, que explican más de lo que deberían, como para que nadie se olvide de nada. Si bien en la Parte 2 se cierra todo lo que en la Parte 1 quedaba abierto, aquélla es sensiblemente superior, en términos de suspenso, sorpresa y perplejidad. Desde que David Yates, quien básicamente provenía de la TV británica, tomó la posta (hizo las últimas cuatro películas), hay ierta homogeneidad.

    En esta Parte 2 Harry regresa a Hogwarts y sabe que, con o sin horocruxes, deberá enfrentarse al Innombrable. Rodada en 3D, tiene la espectacularidad que le faltó a otras, es cierto, y momentos que parecen tomados cinematográficamente de la última parte de El Señor de los Anillos , de Peter Jackson.

    Aquí se resuelven muchas preguntas que el fan tuvo a lo largo del desarrollo de los libros y las películas, y no tiene sentido hacer mención a ellas. Los fanáticos tendrán su momento para emocionarse –o no- en el epílogo.

    Concluye Harry Potter, y más sustancial que el duelo que los fans harán por el final es lo que ha dejado la saga, cómo influyó en otros filmes en la manera de contar relatos aptos para chicos y adolescentes. Si Daniel Radcliffe tiene mejor perspectivas de futuro que Emma Watson o Rupert Grint está por verse. Lo cierto es que muchos jóvenes crecieron con estos personajes durante los últimos diez años, y ni el final podrá con el mito o la leyenda. El cine logra cosas así. Por suerte.
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  • Tengo algo que decirles
    Mejor me callo la boca

    El turco Ferzan Ozpetek retrata una familia italiana dedicada a la fabricación de pasta, con secretos mejor o peor guardados.

    Una novia, con su vestido blanco movido por el viento, camina por el campo italiano. Va sola. Llega donde hay un muchacho, le apunta con un revólver y luego se dirige el arma hacia su propio pecho. La cámara se aleja, toma la vivienda desde lejos y se escucha un disparo.

    No se trata de un thriller. No. Ferzan Ozpetek ofrece esta suerte de preámbulo para luego saltar en el tiempo y ofrecer una commedia all’italiana de mejores épocas, con los toques de modernismo que imperan en el presente. Pero lejos de Scola o Risi, ya que Tengo algo que decirles jamás promueve la carcajada, ni la simple ni la hiriente. No hay una mirada crítica sino contemplativa.

    La trama se desarrolla en el seno de una típica familia, en el caso una que tiene una fábrica de pastas en Lecce. Sentados a la mesa, claro, son más de una decena. Tommaso llega desde Roma, donde en vez de estudiar Económicas se abocó a la Literatura, y piensa aprovechar esa reunión anual en casa de sus padres para revelar no sólo eso, y que piensa dedicarse a la escritura, sino también que es gay. Su hermano mayor, Antonio, que trabaja en la empresa, le pide que no lo haga. Y cuando llega el momento del anuncio, le gana de mano. Sí: Antonio revela que es homosexual, y el padre literalmente se desmaya luego de echarlo, y termina en el hospital.

    Cada espectador podrá engancharse con algunos de los dos temas troncales. Uno, claramente, es el de la aceptación de la homosexualidad y cómo lo viven ambos hermanos. El otro es la relación padre-hijo, cuando aquél no sólo no ve reflejado en éste sus expectativas, sino que se siente defraudado.

    El turco Ozpetek, afincado en Italia desde sus 17 años, extrañamente prefiere volcar ambos asuntos en clave humorística, cuando tanto el tema de las relaciones familiares como el de la homosexualidad los había tocado en Hammam, el baño turco y La ventana de enfrente , dos de sus tres películas estrenadas hasta aquí en nuestro país. Así, su filme no deja de ser un pasatiempo algo extendido (111 minutos) en el que todo parece pasar por si Tommaso le dice la verdad a su padre o si ese hombre de Neanderthal que es Vincenzo alguna vez reflexionará.

    “Si uno hace siempre lo que le piden los demás, no vale la pena vivir”, dice la abuela a uno de sus nietos. No vamos a revelar por qué la nona lo dice, pero entre los secretos mejor o peor guardados de una familia con muchos integrantes –que el filme se empecina en caracterizar de un plumazo-, habrá que seguir con atención a la abuela (Ilaria Occhini).

    También, a Riccardo Scamarcio –empezó a rodar Bop Decameron , esta semana con Woody Allen-, y no sólo porque es del que está más tiempo en pantalla. Los suyos son personajes que no se ajustan a una sociedad rígida, y tal vez en ellos Ozpetek haya querido concentrar su punto de vista. Pero es evidente que, aquí, lo manifiesto le quita lo valiente.

    Comedia a la italiana, pasatista, que no ahonda en los temas que aborda, la aceptación de la homosexualidad y la relación padre-hijo.
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  • De dioses y hombres
    El sentido de la vida misma

    Monjes franceses en Argelia deben tomar una decisión.

    Por qué la fe es tan amarga?” La pregunta se la hace un monje ante una situación límite. El y otros siete religiosos que viven en el Monasterio del Atlas, en Argelia, en los años ’90, son amenazados por un grupo fundamentalista, que comete todo tipo de atrocidades, ante un gobierno que muestra corrupción. Y entonces los monjes deben tomar una decisión. Regresan a Francia, su país, o se quedan allí, donde -para más de uno- es su verdadero hogar.

    Basada en hechos reales, la película de Xavier Beauvois quiere por todos los caminos incluir al espectador en su trama, haciéndolo partícipe de las crueldades de los terroristas tanto como de las dudas y los miedos que tienen estos siervos de Dios en un territorio que para muchos resultará ajeno. El protagonismo se repartirá entre Christian (un contenido y a la vez temeroso Lambert Wilson), Luc (un soberbio Michael Lonsdale) y el resto.

    Es que cada monje tiene sus ideas, sus motivaciones internas y sus necesidades, por más que lo que compartan todos sea el deseo de ayudar al prójimo. “No podemos dar lo que no tenemos”, se escucha por allí. Es una de las tantas frases con las que el realizador pretende sumergir al público en la ineludible tragedia. Es que la colonización francesa también tuvo que ver con los hechos que luego acontecieron.

    “Somos como pájaros en una rama. No sabemos si partir”, dice uno de los religiosos a los aldeanos, pero como los cistercienses no tienen como misión la evangelización, en ese pueblo musulmán, la ayuda que pueden brindar muchas veces tiene que ver con la salud. Historia de coraje, valentía y temores, De dioses y hombres habla de seres que luchan contra la sinrazón, con la esperanza como bandera.

    “¿Para que ser mártires?” “Somos mártires de fidelidad, de amor”, se preguntan y responden los monjes. El relato utiliza como contexto la religión –o las distintas creencias-, pero sabe ir más allá de la cuestión filoreligiosa. ¿Qué hacer cuando todo indica que para sobrevivir sería necesario cambiar una forma de ver las cosas? ¿Se es fiel a un precepto, a lo que dicta el corazón, o se ve la realidad y se actúa en consecuencia? Ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes 2010, De dioses...

    no es un filme sobre la religiosidad, por más que abunden las escenas de rezo y los protagonistas sean cristianos de ley. La humanidad y el entendimiento de lo que es correcto son las bases en las que se sustenta este muy buen filme que no debería pasar desapercibido en la cartelera argentina.
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  • Cars 2
    Cars 2
    Clarín
    Con un pie en el acelerador

    Rayo y Mate vuelven con más ritmo, comedia y aventuras.

    Es, a todas luces, la película animada en 3D mejor realizada y más brillante a la fecha -se sabe que los prodigios cinematográficos en la materia hacen que lo que hoy parezca insuperable, dentro de un par de años pase por obra de un principiante-. Eso, en cuanto a cómo se ve , a su diseño de producción, a los escenarios que sirven de fondo, sea en Italia o en Londres, además de que el agua, ese elemento que tantas veces denota en la animación artificiosidad, esta vez parezca tan real como la del Mediterráneo.

    Y los ojos, ese otro componente difícil de lograr creíble, esta vez zafan, ya que no hay personajes humanos. Todos, en Cars 2 , son autos. O barcos. O aviones. Con ojos y boca.

    Y con corazón.

    De Toy Story a esta parte -lleguen temprano al cine, que el corto que precede a la película es Vacaciones en Hawai , con Woody, Buzz y compañía, ya sin Andy...- Pixar ha hecho de la amistad el núcleo central de sus historias. Aquí, Rayo McQueen sigue compitiendo -desde 2006 ha ganado varias Copas Pistón- y su equipo es el mismo que lo acompañaba en “Radiador Springs”, con Tom Mate como su amigo fiel... y corazón de la nueva historia.

    Es que en el periplo que Rayo debe hacer por el mundo a través de la triple competencia -en Tokio, en una ciudad costera italiana y en Londres-, los amigos se cruzarán con espías, y el remolque en particular se verá en medio de una trama que tiene a agentes británicos (como los buenos) y un grupo de autos como caídos en desgracia, que están comandados por otro enigmático auto, que nadie sabe quién es, pero que está boicoteando un nuevo combustible más puro, que es el que utiliza Rayo...

    Mate cree que Holly Shiftwell, una belleza de auto, está en verdad enamorada de él, pero es una espía británica, lo mismo que Finn McMissile, quien es el james Bond de la historia. Claro: los gadgets de los autos del 007 se justifican aquí porque el protagonista es un auto sofisticado en sí mismo.

    Pero al costado de intriga -y conveniente humor- se le agrega el de la competencia internacional propiamente dicha, donde Rayo pelea, bujía a bujía, con el as del volante italiano Francesco Bernoulli, que no es de jugar limpio. ¿Tendrá que ver Francesco con el complot contra el nuevo combustible? Con un pie en el acelarador, John Lasseter marca diferencias que los fans de la primera película sabrán notar. Por un lado, el ritmo, más frenético. Por otro, se extraña la mirada nostálgica, esas sutilezas que campeaban por Springs. Ahora todo es más el aquí ahora, no hay un pueblito por recuperar, ni la ruta 66 es un eje del relato.

    Cars 2 está mucho más volcada -sin nunca llegar a volcar- hacia la aventura y la comedia. Las secuencias de persecución en las pistas son realmente asombrosas, y el 3D está más que bien aprovechado.

    La película tiene muchas copias subtituladas, con lo que los mayorcitos pueden oír a Owen Wilson, John Turturro y más estrellas. Los chicos (y las chicas) pueden disfrutar igual sin tener que leer, para así dedicar sus ojitos a estos reyes de la pista, que abren camino a más y más aventuras y humoradas por venir.
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  • Medianoche en París
    Sueño con el pasado que añoro

    Allen muestra su amor por la Ciudad Luz y unas criaturas con las que siempre se sintió en deuda.

    Woody Allen siente amor, históricamente, por historias como ésta: el protagonista anda como perdido por la vida y zonas aledañas, y encuentra en el amor un camino de posible salida, si lo que escribió es en tono de comedia, o de plausible redención, si es drama.

    En Medianoche en París vuelve a mostrarse efusivo con una ciudad, como en su bienamada Manhattan . Afecto por una urbe y sus seres, aquí son criaturas que Woody ama (y amó ya desde su juventud) desde lo intelectual.

    Porque convengamos que ese prólogo de imágenes de la Ciudad Luz con que abre en el presente tiene mucho de mirada turística, naif, que no sabemos si es la idealización de Gil, el protagonista, o cómo en verdad Woody, ya sus 75 años, ve o sueña a París.

    Gil (Owen Wilson) es un guionista de California que está de paseo por París con su prometida, Inez (Rachel McAdams). Que las cosas no marchan como deberían el espectador menos atento lo advierte una noche, cuando ella en vez de acompañar a su pareja, se marcha con otros amigos y lo deja deambulando las callecitas parisinas. Suenan las 12 y Owen es invitado a subir a un Ford de los años ‘20 e ingresa mágicamente a un mundo que lo fascina y con el que siempre soñó. Y del que despierta cada mañana, suponemos, muy a pesar suyo.

    Es que allí puede hablar sobre su frustración como escritor con Ernest Hemingway o F. Scott Fitzgerald, codearse con Salvador Dalí, Luis Buñuel o T. S. Eliot.

    El punto en común con La rosa púrpura del Cairo (1985) es claro, aunque aquí no enjuicia la época específica en que transcurre la acción (era la Depresión). La identificación de Allen con la mirada melancólica hacia esas figuras del pasado es el toque autobiográfico de Medianoche en París , ya que Allen no es un escritor en problemas. Porque esos encuentros con Hemingway y Scott Fitzgerald son como la corporización de sus sueños más vívidos.

    Porque eso es la película: una divertidísima receta que incluye realismo mágico, viaje en el tiempo, comedia romántica y algunas neurosis allenescas.

    Si Owen Wilson interpreta el papel que, por edad, ya no puede encarnar el director como en su época de Manhattan , a Michael Sheen le toca los que componía a veces Tony Roberts en los primeros Allen, el del intelectual arrogante. Es el amigo de Inez que tiene “la” escena con Carla Bruni, gancho de marketing como la guía de museo. MacAdams juega a lo Diane Keaton, con quien trabajó en Un despertar glorioso , pero se ve que algunos consejitos no los atendió.

    Pero para quien Allen tiene reservado el rol que a Gil lo dará vuelta como a un guante es a Marion Cotillard, bien francesa ella, quien en los ‘20 sueña... con estar en la Belle Epoque.

    Es en ese advertir que otro sueña con otra época distinta a la que él tanto atesora lo que le da a Gil un sentido aleccionador: si no es que más vale pájaro en mano que cien volando, es bueno tener a mano la honda adecuada para no errarle al pajarito.

    Por que sí
    Podrá criticársele que sumar más y más artistas en cada “viaje” del protagonista al París de los años ‘20 agota el recurso, pero es el filme de Allen más original en años.
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  • El amor de Robert
    Desde ahora y para siempre

    Un romance otoñal, con un giro a mitad del trayecto.

    El amor puede llegar a una edad en la que los familiares crean que quienes están en la tercera edad deberían preocuparse por otras cosas. Pero no. Robert conoce a Mary, y surge, a primera vista, una atracción.

    Las chispas de ese amor, que lo hace despertar a la noche al protagonista, y no por un problema de próstata, y las cosas que Robert le dice a su amada, hablan de un entendimiento puro, sensible, mágico. Mary se presenta como una nueva vecina de Robert, quien trabaja en un supermercado, y que pide tips para enfrentar esa nueva relación a la que parece no haber vivido nunca tan intensamente. El manager del lugar (Adam Scott) trata de ayudarlo. Está por llegar la Navidad y el sentimiento de este hombre, que vive en soledad, parece renovarse, florecer en pleno invierno.

    Los temores y la vergüenza de la primera cita, y el encontrarse con alguien con quien comparte vaya uno a saber cuántas cosas hacen que Robert actúe casi como un niño. Tanto el manager como la hija de Mary (Elizabeth Banks) aprueban esta relación. ¿Por qué no habrían de hacerlo…? Nicholas Fackler, quien debutó en la dirección con esta película a los 24 años, muestra una madurez poco habitual a esa edad, acorde con el relato que ha encarado. Martin Landau, que había cumplido los 80 cuando actuó en este filme de 2008, ofrece una entrega total con su personaje. Lo acompaña Ellen Burstyn, acostumbrada a estas alturas a componer mujeres mayores con el corazón abierto y la dignidad a flor de piel.

    Hay algo de Capra en el aire de El amor de Robert , tan cierto como que el giro en la historia después de la mitad de la proyección pueda enojar y/o entusiasmar más al espectador. Queda en usted.
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  • El laberinto
    Belleza americana

    Una pareja sufre la pérdida de un hijo en este filme inusual.

    Ya en los primeros minutos, uno advierte que algo no está bien. Becca y Howie “actúan” en el hogar como si desearan que lo que están “actuando” fuese, digamos, normal. Pero no lo es. No faltará mucho metraje para que nos enteremos de lo que la pareja está sufriendo. Hay desavenencias, sí, pero vienen por una pérdida: hace seis meses su hijito de 4 años salió corriendo a la calle y murió atropellado por un automóvil. Difícil convivir con ello. Y difícil le resulta a la pareja no autodestruirse.

    De ahí que Becca y Howie (o Nicole Kidman y Aaron Eckhart, en dos de sus mejores interpretaciones en las carreras de ambos) traten, intenten escapar de ese falsa naturalidad e ir a lo que el común de la gente llamaría “normal”. Necesitan enterrar el dolor para poder seguir adelante.

    La cuestión pasa por preguntarse cuánto más están dispuestos a sufrir.

    El laberinto toma tópicos del mejor melodrama y les asesta un golpe de efecto. La película ofrece momentos extraños, en los que el humor parece campear por sobre el drama, creando una curiosa parábola sobre el dolor. El director John Cameron Mitchell, el de Hedwig and the Angry Inch y Shortbus , suele dar giros inesperados en sus relatos, y aquí Kidman, que también oficia como productora, le ha dado rienda libre.

    Pero donde mejor hace pie la historia, basada en la pieza teatral Rabbit Hole , ganadora del Pulitzer, es en los contrapuntos entre los protagonistas, o cada uno de ellos con otros secundarios. Si Becca no ve con buenos ojos las terapias de grupo de autoayuda, y así se lo hace saber a Howie, éste encontrará allí, medio perdido, el afecto y algo más en otra alma perdida (Sandra Oh, de Entre copas ).

    Y como hay un antecedente en la familia, ya que la madre de Becca (Dianne Wiest) ha perdido también a un hijo mayor, en otras circunstancias, esa relación de Becca como hija pero también como madre dispara, arroja señales de conflictos y colisiones más o menos ocultos que la tragedia lleva a la superficie.

    Es en ese círculo de la tristeza donde se debate la trama, con sus ramificaciones.

    Porque ¿cuál es la verdadera razón por la que Becca desea entablar comunicación con el adolescente que atropelló a su hijito? ¿La mueve la venganza, el remordimiento, la culpa, o qué? ¿Por qué le interesa charlar con él de ciencia ficción? El director ya se las había visto con historias en las que el deseo -latente o explícito- demostraba estar encarnado en los personajes, aunque no pareciera conveniente. Aquí la mano viene algo distinta, ya que se sugiere que reprimir (algún) sentimiento no estaría del todo mal visto.

    En síntesis, un drama como pocas veces se ve en la pantalla, con algunos clisés que pudieron evitarse, pero que en la mayoría de las situaciones que proyecta está lejos de lo políticamente correcto.
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  • La doble vida de Walter
    No deja títere con cabeza

    Gibson entrega una de sus mejores interpretaciones.

    Esta película tiene múltiples entradas, sentados desde la butaca. Alguna tiene que ver con su protagonista, Mel Gibson, cuya vida fuera de la pantalla está llena de exabruptos y que podrían condicionar la visión de La doble vida de Walter por un motivo claro: el personaje del título cae en el alcohol, como su intérprete. Pero al ver el filme es evidente que el actor de Arma mortal y Corazón valiente entrega una de sus mejores interpretaciones. Y no parece que sea porque el arte imita a la realidad.

    Por otro lado, la tercera película con Jodie Foster detrás de la cámara se emparenta, y mucho, con sus anteriores realizaciones, Mentes que brillan y Feriados en familia . A la actriz de El silencio de los inocentes le interesan como directora los relatos familiares. Ahondar allí donde los cineastas de Hollywood prefieren panear rápido la cámara, es lo que Foster mejor sabe hacer.

    Walter es un hombre sumido en una depresión aguda. En ella arrastra a toda su familia (Foster es su esposa), sus dos hijos -uno adolescente que pareciera odiarlo, y el menor, que lo ama sin vueltas- y también a su empresa. Pues bien, sin saber cómo comunicarse con los suyos y el mundo exterior, y tras un fallido intento de suicidio, Walter encuentra un títere de mano, un castor (de allí el título original, The Beaver ) con el que le hablará al mundo… y primero, a sí mismo.

    El primer diálogo es revelador. “Dejame solo”, es la respuesta de Walter a su mano izquierda. “Eso no es lo que querés, no querés estar solo”, le dice el castor.

    La doble vida...

    habla de la necesidad de tener contacto con los otros, de la soledad de un personaje, pero también de la de cada miembro de su familia, y de encontrar una salida a una depresión que puede terminar con un núcleo familiar... y con una vida.

    Foster, cuando presentó su película fuera de concurso en Cannes, dio una explicación a por qué entiende que sus compatriotas no comprendieron La doble vida de Walter . “Es el mix de comedia y drama”, se encogía de hombros, dando a entender que los estadounidenses son, cómo decirlo, un tanto cuadrados. Y es precisamente esa conjunción la que hace que el filme se eleve de la medianía de los productos hollywoodenses estandar, ya que si resulta surrealista que un personaje falsee la voz y se ordene la vida -y que muchos le sigan la corriente-, el costado sobrecogedor no tarda en ganar espacio en la aguda mirada de la directora.

    Ese humor negro es el que, tal vez, haya descolocado al público. Es el mismo de sus dos películas anteriores.

    En el plano actoral, es clave que Foster eche mano a sus conocimientos –es actriz desde los 3 años- para que el desenvolvimiento de los chicos gane naturalidad. Las incomprensiones en la pareja de Meredith y Walter tampoco resultarían creíbles sin la química de Foster y Gibson, dos almas en pena que atraviesan un relato lleno de ironías.
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  • Priest: El Vengador
    Cuando el agua bendita no alcanza

    Cura del futuro Ataca vampiros, para salvar a su sobrina.

    Priest apela a una combinación que, hoy, parece exitosa en términos de cine comercial: acción, terror, 3D.

    En un mundo tal vez no postapocalíptico, pero sí postvampirístico , en el que un grupo de curas (priests, en inglés) pelearon una guerra desigual contra los chupasangres y los confinaron en “reservas”, la llama vuelve a encenderse. Uno de los clérigos se ha convertido en vampiro y desea atacar la ciudad Catedral, aquélla amurallada donde los emblemas se repiten: Fe, trabajo, seguridad, y la gente camina cabizbaja.

    Es que en la afueras, el hermano, la cuñada y la sobrina del próximo héroe son atacados por estos seres nocturnales, llevándose a Lucy (una neurona por ahí: podrían habérselas ingeniado un poco más y no poner el nombre del personaje de Drácula ), por lo que el tío Paul Bettany sale al desierto a rescatarla.

    No irá solo. En otra moto (con nitrógeno) irá Hicks (Cam Gigandet), el novio de la chica, quien sabe que el Priest, si se entera que la sobrina fue infectada, la pasa a mejor (peor) vida. Y allí van, rumbo a lo (des)conocido, porque Priest apelará a cada clisé del género, el de los vampiros, y también al del western. Otra neurona por allá: la metáfora de los indios/vampiros confinados en las reservas, de obvia, le resta interés.

    El director Scott Charles Stewart, quien ya había dirigido a Bettany como otro personaje angelical en Legión de ángeles , se basa en un cómic coreano, mete mucho acero, humo y polvo en esta simbiosis de filme de Far West con terror. Y el cóctel, que incluye monstruosidades saltando al primer plano por lo del 3D mostrando sus pocos dientes afilados, no puede decirse que esté bien servido. Inclusive el final parece cosido a los apurones (¿el corte original habrá sido más extenso que los 87 minutos que dura éste?).

    De no ser por la presencia de Paul Bettany, que ya fue religioso en El Código Da Vinci (era el asesino albino), y Maggie Q (la estrella de Nikita , ver contratapa), Priest caería más pronto que tarde en el olvido. Ella encorsetada en un traje negro, es la sobreviviente de aquel grupo de masacravampiros que ha caído, vaya uno a saber por qué tenebrosa razón, en la oscuridad de la denigración. Christopher Plummer es Monseñor Orelas, el capo de tutti li capi en la escala de la Iglesia y, como casi siempre aparece sentado, no tiene que disimular que se abu