Matías Gelpi
  • Cantidad de críticas: 47
  • Promedio: 56%
  • Críticas favorables: 26/47 (55%)
  • Críticas desfavorables: 21/47 (45%)
  • Diferencia absoluta: 8%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: Fancinema
  • Battleship: Batalla naval
    Ridiculez absoluta

    Que quede claro, el nuevo film de Peter Berg (Malos pensamientos; Hancock) no aburre en casi ningún momento y en general sostiene un ritmo interesante, pero sólo si uno suspende el juicio racional y se abandona al mar de arbitrariedades, ridiculeces y estupideces planteados.

    Se nos presenta la historia más o menos común de la invasión extraterrestre: a partir de un satélite de mucha potencia se envía una señal a un sector del espacio donde se supone que podría existir vida inteligente. Luego de un tiempo, unos extraterrestres de barba puntuda se presentan en la Tierra para terminar con todo. Una nave extraterrestre cae en Hawái justo cuando la Marina estadounidense está realizando ejercicios de combate y de este encuentro se arma la hecatombe. En la subtrama paralela se intenta contar el nacimiento del héroe del film a partir del personaje de Alex Hooper (Taylor Kitsch), un teniente canchero y rebelde que con el pretexto de una venganza escucha el “llamado del patriotismo”.

    En plano de las actuaciones, digamos que van de lo regular a lo pobre: ninguno de los actores es lo suficientemente carismático como para sostener un poco el interés. Taylor Kitsch no demuestra talento, su personaje es, sin otras palabras para describirlo, un gil. Las dotes actorales de Rihanna son, digamos, pocas, y la participación de Liam Neeson, vergonzosa. El querido Liam aparece para decir un par de malos chistes y dar algunas órdenes intrascendentes en su carácter de almirante, sumando aproximadamente unos 15 minutos totales de aparición en pantalla. Para ver a Neeson conviene acercarse a El líder, que es una gran película aún en cartelera.

    Decíamos que Battleship: batalla naval está mal actuada y que su guión es inexistente y que si existe es bastante estúpido. Pues bien, agreguémosle un patriotismo barato y superficial como sacado de Día de la independencia y una mirada complaciente y apologista de la milicia estadounidense y tenemos un cóctel bastante poco atractivo. Por si fuera poco, nos ofrece también algunas escenas de acción que aturden y no se entienden demasiado. Hay otras bien resueltas, pero en general predominan las imágenes confusas al mejor estilo Transformers.

    Por último, luego del visionado de este mamotreto, da la sensación de que Peter Berg (que por antecedentes no es un mal director) es consciente de que estuvo filmando una pavada. Sin embargo, en el film no se explicita suficientemente algún nivel de autoconciencia que la convierta en algo más divertido y con algo de sentido del humor.

    En suma, Battleship: batalla naval es una película ridícula, con algunos momentos divertidos, pero que se hunde en un caos ruidoso, arbitrario y olvidable.
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  • Cuando te encuentre
    Ojalá no te encuentre

    Cuando te encuentre es la adaptación de la novela homónima del autor best seller Nicholas Sparks, también responsable de The notebook, novela que tomó forma de película con Diario de una pasión en 2004. El tipo de historias que insiste en contar el señor Sparks son románticas en el sentido más superficial del término, o sea aquí siempre estamos hablando de dos personajes aparentemente (arbitrariamente) destinados a estar juntos, y que por alguna razón más o menos dramática no pueden concretar esa unión. Luego llega alguna solución más o menos moral, más o menos mágica que les permite ser perfectamente felices para siempre o hasta que alguno de los dos se entere que tiene leucemia (aunque lo último es para otra película).

    De entrada, el director Scott Hicks (Claroscuro, 1996; Sin reservas, 2007) nos sumerge en el “terrible mundo interior” de Logan (Zac Efron), veterano de la (última) guerra de Irak, quien ha sobrevivido unas cuantas misiones peligrosas. Logan atribuye su “suerte” en el campo de batalla a una foto de una bonita chica rubia (que más adelante sabremos que se llama Beth y está interpretada por Taylor Schilling) que encontró un día entre los escombros. Cuando lo devuelven a los Estados Unidos, se propone buscar a la chica de la foto para decirle gracias (?). Aunque no sabe nada de ella, existe Internet, por lo cual la encuentra fácilmente. Ustedes pensarán: si la encuentra tan rápidamente ¿de qué trata la película? La verdad no sé…, o sí sé, pero es tan poco interesante que en este momento me invade un tedio tan pesado que no me permite ni siquiera articular una oración para expresarles (o mejor dicho avisarles) con lo que se van a encontrar, si en algún momento de debilidad deciden ir al cine a ver esto.

    Porque obviamente Beth se enamorara de Logan y su amor será bello pero imposible y etcétera. Y si no lo sospechábamos, nos enteramos de esto al minuto 15 y todavía queda una interminable hora y veinte de lugares comunes y obviedades. Y el problema no es que se nos cuente lo mismo de siempre, lo que está mal es la forma en que se lo cuenta. Hicks no intenta una búsqueda, no tiene o no encuentra sentido del humor en su película. Y así, Cuando te encuentre es angustiosamente chata, clásica en el peor de los sentidos, no tiene ritmo, aburre y además le sobran unos quince minutos.

    Si podemos rescatar algo positivo digamos que el film tiene una bella fotografía y que además Zack Efron es alguien con cierto talento por explotar pero que elige proyectos pésimos. Con respecto al resto de las actuaciones, tenemos a una irregular Taylor Schilling y a una especie de escultura de la isla de pascua llamado Riley Thomas Stewart que hace lo que puede con un personaje tan infame como es el de Keith (el ex marido de Beth).

    Me dicen, escucho y leo, que Cuando te encuentre es un producto con un target determinado. Que apunta un público fiel que la va ver, le va a gustar y va a pasar un buen rato. Está bien, pero eso no le da derecho a ser mala, a estar dirigida en piloto automático, a construir personajes sin matices, a no intentar agregarle interés a una historia que nunca despega.
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  • Los vengadores
    Todos los héroes

    Los últimos diez años de cine mainstream hollywoodense (digamos desde 2002 con el estreno de Spiderman), han sido la era de oro de los superhéroes. Se hicieron adaptaciones de casi todo lo más o menos viable que ofrecían las dos grandes y ya mitológicas empresas productoras de comics, Marvel y DC. Hubo también parodias, spin-offs, secuelas, pre-cuelas, reinicios (por ejemplo este año comienza una nueva saga de Spiderman desde su origen). Y la batalla por aceptación del público la va ganando sin dudas Marvel, a fuerza de múltiples films sobre sus personajes en general con bastante éxito. Mientras que DC contraatacará este año con la culminación de la saga de Batman de Christopher Nolan, Marvel concreta Los vengadores, un proyecto que venía insinuándose (y en el último período explicitándose) en las películas de sus personajes. Si se toma a Los vengadores como una saga podríamos decir que la componen: El increíble Hulk (la versión con Edward Norton), Iron Man 1 y 2, Thor y Capitán América: el primer vengador.

    Con todo esto, se eligió a Joss Whedon (creador de la serie noventosa Buffy: la caza-vampiros), y se le dio nada menos el desafío de unir a un montón de personajes e historias y construir algo que dé mucho dinero y que sea más o menos aceptable al ojo humano. Y Whedon responde con una gran pirotécnica y festiva película. Por suerte, muchos llegábamos a Los vengadores con las expectativas por el piso: esos tráileres triviales que se mostraban, los finales arbitrarios de las películas anteriores con algún tipo conocido que hablaba de Los vengadores, el estreno de la intrascendente y pequeña Thor no auguraban nada bueno.

    Entonces el hombre clave para el buen resultado de este proyecto es Whedon. En esta película al menos demostró saber filmar y contar una historia, con timing y sabiendo dosificar. La introducción es larga, casi una hora presentando los personajes y el conflicto (o los conflictos), hay pausa y hay acción, y se llega al intervalo en la mitad con la tensión necesaria, con la idea de que todo está por estallar o que debería estallar. Y en la segunda hora de Los vengadores todo estalla definitivamente por los aires, en un caos ordenado a puro buen montaje. Todos los personajes están allí, al mismo tiempo, nunca desaparecen lo suficiente, nunca están demasiado. Whedon es claro, no duda y eso se nota. La batalla final dura lo suficiente, es monstruosa y bien filmada (qué suerte que Michael Bay no tiene nada que ver con este proyecto). Como agregado magistral, esta batalla contiene un plano secuencia inolvidable y genial.

    Entre las buenas decisiones del director casi que debemos elogiar el tratamiento del personaje de Hulk. Bruce Banner (aquí Mark Ruffalo), o sea alter ego de Hulk, estuvo tapado en los tráiler, y está disfrazado de ser absolutamente racional durante la primera hora de la película. Todos sabemos que Banner no quiere ser Hulk, de hecho en Los vengadores lo llama “el otro” como si hubiera intentado psicoanálisis (entre otras cosas) para librarse de él. Pero también sabemos que la suficiente dosis de tensión e ira harán estallar la bomba que este personaje lleva adentro. Todos queremos que estalle, y cuando lo hace, la película entra en un divertido tubo vertiginoso que no se detendrá hasta el final.

    No quiero detenerme en la enumeración de cosas buenas y atributos de este elenco que claramente es muy bueno. Nadie iba a dudar de la efectividad de Downey Jr, Evans, Ruffalo, Hemsworth (Thor está mejor que en su propia película), Johansson, Renner y los demás. Si la película hubiera tenido graves fallas seguramente no hubiera sido por sus interpretaciones. Sí vamos a destacar la buena labor de Cobie Smulders (la querida Robin de How I meet your mother).

    Ya mencionamos el hombre clave del buen resultado de este film (Whedon), también el personaje clave (Hulk), tenemos por último al elemento clave: el humor. El sentido del humor y la autoconciencia atraviesan a Los vengadores, hay chistes sobre casi todo. Hay humor físico, verbal, referencias, ironía. La pantalla se divide entre el vértigo de la acción que se propone y las carcajadas y risas nerviosas de los chistes de desfilan como un bálsamo. Mi amigo y también critico de FANCINEMA, Mex Faliero, me dijo al salir de la función: “Hulk tiene la construcción moral del Demonio de Tasmania de la Warner”. Sin duda, el bestial comportamiento, la violencia injustificada y encendida de Hulk es uno de los mejores chistes de Los vengadores.

    Por todo esto, Los vengadores es un triunfo para las películas de superhéroes, y plantea la pregunta de fácil respuesta: ¿y ahora qué?. La respuesta: muchas secuelas hasta agotar la veta sin duda. Mientras tanto queda esta muy buena película para disfrutar y divertirse.
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  • Diario de un seductor
    El diario del ron (libro vs. película)

    Dejemos pasar por alto la inexplicable y absurda elección del título argentino para este film, y digamos que Diario de un seductor es una adaptación de una recomendable novela que Hunter Thompson escribió cuando tenía alrededor de 22 años y que en la Argentina fue publicada como Días de ron.

    Esta película nunca habría sido posible sin Johnny Depp: dice una anécdota por ahí, que mientras el actor preparaba el personaje de Pánico y locura en Las Vegas (1998), estuvo viviendo en la casa del mismísimo Hunter y allí (precisamente en el sótano) encontró el manuscrito de The rum diary entre algunos papeles olvidados. Hunter y Johnny fueron grandes amigos hasta la muerte del escritor, que se suicidó de un tiro en 2005 a los 67 años. Depp ha demostrado siempre una gran admiración por el trabajo de Thompson (vale la pena ver el documental Gonzo: the life and work of Dr. Hunter S. Thompson, de Alex Gibney), y sin su influencia y dinero Diario de un seductor no se habría realizado. Sin embargo, el resultado es más bien decepcionante.

    Lo que hay que contar es simple, Paul Kemp (alter ego de Thompson interpretado por Johnny Depp) llega a un incipiente Puerto Rico a trabajar en un diario de habla inglesa en decadencia. De a poco quedará en medio del submundo de aquel país, entre periodistas borrachos, algún triangulo amoroso y una gran negocio inmobiliario.

    La novela de Thompson es el primer obstáculo que al que se enfrenta el director y guionista Bruce Robinson (Jennifer 8), además del hecho de no haber filmado nada relevante en los últimos 18 años. Esto es porque Días de ron es la historia de un condenado a tirar la toalla, no hay redención posible para el Paul Kemp literario en el Puerto Rico descripto en la novela. Sí, es la simple historia de un tipo que llega a vivir a un lugar desconocido que lo modifica para siempre, pero no a la manera esperanzadora del lugar común hollywoodense. Al contrario, Kemp se convierte en un cínico melancólico de un pasado que nunca fue, alguien que siempre tiene la necesidad de escapar a alguna parte.

    Entonces Robinson toma algunas decisiones para intentar un film más directo y llano que su versión literaria, que de por sí no es un texto críptico ni mucho menos. El resultado es que la película se empobrece y pierde en matices. Por ejemplo: Sanderson (interpretado aquí por el gran Aaron Eckhart) es en realidad la fusión de dos personajes de la novela. Personajes que llevan a Kemp a sus límites entre la locura y la “buena vida” burguesa. Esta simplificación le quita fuerza a la trama y riqueza al ambiente que Thompson describe en su obra.

    Hay otros personajes que sí ganan en fuerza, carisma y sentido del humor en el film, como Sala (Michael Rispoli), el desquiciado Moberg (Giovanni Ribisi) y el insoportable Lotterman (Richard Jenkins). En este apartado, el personaje más fiel a su versión literaria quizás sea el de Chenault, encarnada por la bella Amber Heard.

    Por otro lado, más allá de que la novela contenga elementos autobiográficos, en la película se exagera este rasgo. El Paul Kemp de Johnny Depp es demasiado parecido al Hunter Thompson famoso, post invención del periodismo gonzo, y no al muchacho medio perdido y resignado que aparece en la novela. La inclusión de escenas de consumo de drogas altamente alucinógenas o la de Kemp despotricando contra Nixon hablan de un Thompson posterior al de la época que supuestamente está contando Diario de un seductor. Parece que hubiera una necesidad por querer mostrar a Thompson haciendo esas cosas, cuando lo interesante hubiera sido quizás contar la historia del periodista en formación, ese tipo al que le suceden cosas cada vez peores, divertidas, ridículas y peligrosas casi sin proponérselo, como se cuenta en la novela.

    El film de Bruce Robinson y Johnny Depp toma la superficie de libro de Thompson, para contar su versión de la biografía del autor. Encontraremos por allí las escenas fundamentales de la novela: peleas con puertorriqueños en el bar, el baile de Chenault, etcétera, pero en función de contar otra cosa menos interesante. En conclusión, en este caso, el libro vale más la pena que su adaptación cinematográfica.
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  • American Pie: el reencuentro
    Melancolía Americana

    Ni American Pie: el reencuentro, y ninguna de las anteriores entregas de la saga han sido grandes películas. En general han sido divertidas, pero siempre han apelado a la corrección política y es paradigmático cómo hacia el final de cada entrega triunfan el conservadurismo y las “buenas costumbres”. Incluso un rasgo fundamental en toda esta serie de films es que se coloca a los personajes en situaciones críticas donde todo está por salir mal, y sin embargo nunca nada sale mal del todo. Sólo en la superficie los personajes son derrotados, ya que al final siempre aparece el velo de esperanza burguesa biempensante y terminamos todos felices. En esta última entrega todo lo anteriormente dicho merodea por allí, sin embargo contiene algunos aciertos que la hacen más atractiva e interesante.

    En 1999 American Pie se convirtió el paradigma de las teen movies, se la publicitaba como la más zarpada comedia adolescente (todavía no existían Supercool o las más reciente Proyecto X), el público la aceptó y fue un éxito de taquilla. Sus personajes se volvieron iconos, todos recordaban las ridículas acciones que cometía Jim Levenstein (Jason Biggs) para tener sexo por primera vez. Ahora en 2012 los que éramos adolescentes en aquella época estamos desengañados del mundo y para suerte y consuelo de nosotros, a los personajes de American Pie les pasó lo mismo. Es que el gran acierto de los directores Jon Hurwitz y Hayden Schlossber, es darle de autoconciencia a la saga, haciendo que los protagonistas revisen su pasado y vean que aunque algunas idioteces se repitan, ya nada es lo mismo y que muchas cosas ya no se recuperarán. Esto le da otra dimensión a los personajes, más viejos, cansados, melancólicos, y aceptando que ya deben abandonar algunos sueños. Mientras se nos cuenta todo esto volveremos a ver la misma estructura que los anteriores films, es decir todo transcurre en la previa y durante tres fiestas, donde veremos viejos romances truncos que se reavivan, gente que sorprendentemente (o no) aceptó su condición sexual, chistes sexuales y escatológicos, varias conversaciones incomodas de Jim con su padre (interpretado por Eugene Levy), alusiones al video de Jim eyaculando precozmente y todos aquellos elementos que forman parte del imaginario de los que vieron la película hace diez años.

    Además de continuar la historia de Jim y Michelle (la querida Alyson Hannigan), que siempre ha sido la más relevante e interesante, en American Pie: el reencuentro se reinventa al personaje de Stifler (Seann William Scott). Ser inoportuno, muchas veces insoportable pero también muy maltratado, aquí se convierte en catalizador y movilizador de situaciones. Sus chistes y participaciones están bien dosificados y son muy divertidas. Stifler le da el toque guarango y desquiciado al film cuando este empieza a decaer, y termina reivindicado con justicia ya que gran parte del atractivo de American Pie es este personaje. Y por si fuera poco Hurwitz y Schlossberg le dan la posibilidad de vengarse de Finch (Eddie Kaye Thomas).

    En suma, American Pie: el reencuentro continúa y homenajea una saga irregular que ha tenido mucha suerte con el público. Pero además se da la posibilidad de reflexionar junto a Jim y compañía sobre sí mismos y sobre del paso del tiempo con mucho sentido del humor.
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  • Extraños en la noche
    Divertidos extraños

    El último recuerdo que tenía del Diego Torres actor antes de ver Extraños en la noche era el de esos trailers de La furia que pasaban en Telefé. Aquellos donde el cantante en cuestión gritaba “¡guardias!”, con cara de “me van a violar”. Nunca me atreví a ver aquella película. Así que fuera de aquel grito desaforado entre rejas, no sabía con qué me iba a encontrar en este film que ubica a Torres en un registro absolutamente diferente. En fin, la impresión no fue muy buena, pero desarrollaremos la marcha hacia el cadalso crítico de Diego más tarde. Además, parafraseando a Homero Simpson, la verdad que canta bien y es noble.

    Extraños en la noche cuenta la historia de Martín (Torres) y Sol (Julieta Zylberberg), una pareja de músicos que viven (más o menos) de tocar en eventos. Una noche, ciertos movimientos extraños en el departamento de su vecino de arriba los lleva a sospechar un terrible crimen. La película nos contará los problemas que desencadenará para los protagonistas involucrarse en este crimen y, además, las dificultades que atravesarán como pareja.

    Esta combinación de géneros bien delimitados, es decir la comedia romántica y el policial, está bastante bien trabajada en Extraños en la noche. El director Alejandro Montiel demuestra sensibilidad y timing para ir desarrollando lo más conveniente de la historia a cada momento, en favor del ritmo y la generación de interés. Entonces, así como en un principio la trama criminal cobra preponderancia, se va diluyendo hacia el final, donde lo que en verdad importa es lo que pasa entre Martín y Sol. Tanto es así que la resolución del hecho criminal es absolutamente inverosímil y absurda, y sin embargo no termina pesando tanto en el resultado final.

    El film de Montiel va sobre los rieles de un guion imposible, lleno de arbitrariedades y algunas situaciones fuera de la lógica que el film propone unos minutos antes, y también hay por allí algún plano inentendible y un montaje bastante feo con una canción de Diego Torres de esas del montón (por no decir mala). Sin embargo, Extraños en la noche se apoya inteligentemente en la actuación, genio y figura de Julieta Zylberberg, quien hace olvidar todo lo anterior, sobre todo porque sabe actuar muy bien, y entiende los códigos y tiempos de la comedia. La gracia, belleza y hasta buena voz de Zylberberg es el punto más alto de esta película.

    Muy diferente a la situación de Diego Torres, que hace lo que puede en su complicada labor, pero lamentablemente nunca logra un rasgo de naturalidad en su personaje. Siempre aparece fuera de registro, tosco, artificial. Incluso algunos buenos chistes que tiene su personaje quedan estrolados contra la dureza de su interpretación. Diego Torres me cae bien, me parece un tipo divertido, talentoso, y aunque no frecuento su música reconozco en él a alguien trabajador y de sensibilidad artística, pero en este film no funcionó.

    Un comentario con respecto a quienes interpretan a los padres de Martín, Betiana Blum y Daniel Rabinovich. Ella cree que interpretar a una madre es gritar mucho. Yo hubiera preferido a Mirta Busnelli en plan post faso. El sufre el síndrome de Les Luthiers en el cine: no puede dejar de ser un Luthier, incluso sus parlamentos son al estilo de Les Luthiers. A pesar de esto, sus apariciones son siempre muy divertidas.

    Entonces Extraños en la noche tiene la virtud de ser una comedia distinta a lo que acostumbramos a ver en producciones nacionales como Esperando la carroza o Cruzadas. Tiene algunas fallas que la vuelven irregular, pero se sobrepone a fuerza de algunas buenas ideas de Montiel y compañía, y de la performance de Julieta Zylberberg.

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  • Un método peligroso
    ¡Psychotherapy!

    David Cronenberg es uno de esos talentos imprescindibles, un autor particular de estilo marcado y reconocible, que se ha apropiado para sí de ciertos temas sobre los cuales se permite reflexionar en casi todos su films. La relación cuerpo-mente-máquina, el sexo, los sueños, y unos cuantos etcéteras son tópicos recurrentes en su cine. Siendo un poco más abstractos podemos aventurarnos a decir que a Cronenberg siempre le ha interesado, entre otras cosas, la reacción del cuerpo humano ante los más variados estímulos. Es casi lógico, entonces, que haya encarado este film.

    Lo más interesante que relata Un método peligroso es la interacción intelectual entre Carl Jung (Michael Fassbender), Sabina Spielrein (Keira Knightley) y Sigmud Freud (Viggo Mortensen). En el film se nos resumen diez años fundamentales en la vida de estos intelectuales pioneros del psicoanálisis. En ese lapso de tiempo, sus relaciones interpersonales definieron no sólo el rumbo de sus teorías, sino también rasgos definitorios de sus personalidades.

    El film de Cronenberg triunfa cuando muestra la confrontación de ideas y la pasión por mejorar y repensar las teorías. Mediante sensibilidad y sutileza, el bueno de David es capaz de hacer comprender conceptos herméticos de la teoría psicoanalítica. Nada es más interesante en Un método peligroso, que la discusión y el intercambio entre Jung-Spielrein-Freud, en todas las direcciones posibles de esa triada. Un ejemplo es una conversación entre Sabina y Sigmund, donde ella le sugiere las bases del concepto de pulsión de muerte, o el intercambio de correspondencia entre Jung y Freud.

    Por supuesto que las buenas actuaciones de los tres protagonistas son fundamentales para la fluidez de un film como este, cuyas principales acciones y catalizadores de la trama son diálogos y cartas. La comunicación mediante palabras (al igual que en el psicoanálisis) es el recurso que mejor utiliza Cronenberg aquí. Fassbender es un talento absoluto, su versión de Jung es magistral, nunca fuera de registro, sutil y compleja. Knightley tiene momentos memorables, sobre todo cuando interpreta esas manifestaciones histéricas propias de principios de siglo. La chica tiene con qué pero su personaje incomoda todo el tiempo, demuestra una incapacidad de relajarse que la vuelve insoportable, y también, por momentos, aparece exagerada y un poco fuera del tono general. Con respecto a Mortensen, su interpretación de Freud no está mal (el maquillaje es bastante bueno), aunque el problema más evidente es que el personaje es más bien esquemático: hace las mismas tres cosas todo el tiempo (fuma, insiste con la teoría sexual y dice: “mmm”), y aunque es secundario con respecto a los otros dos, se podría haber profundizado un poco más sobre él sin caer en tantos lugares comunes.

    Más allá de los buenos puntos que posee Un método peligroso en el terreno intelectual y en las interesantes actuaciones que mencionábamos, hay que decir también que es una película un tanto irregular ya que, a pesar de la importancia en la relación entre Jung y Spielrein (historia central del film), su desarrollo es repetitivo y un poco estirado. Mas allá de un buen comienzo (las primeras sesiones de psicoanálisis son excelentes), la relación entre ellos se vuelve predecible y monótona. A pesar de esto, su corta duración y todo lo demás que Cronenberg hace bien impiden que el tedio invada a la película.

    Con sólo ver la escena de la primera relación sexual de Sabina Spielrein o la que muestra a Jung analizando a su propia esposa con una especie de complicado y antiguo polígrafo, nos percatamos de la presencia de un autor como Cronenberg haciendo suya una historia que en principio no le pertenece. Casi sólo esto hace que Un método peligroso valga la pena.
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  • Inframundo: El despertar
    Injustificable

    No hay un solo argumento no comercial que justifique haber hecho esta cuarta parte de Inframundo. Es evidente, ya desde el póster, que es un producto del afán por querer vender el artefacto 3D, llenando las salas de fanáticos que paguen entradas más caras. Su aparición es comparable a la de la cuarta parte de Terminator hace unos años: al menos en el resultado la comparación es válida, pues ambas son intrascendentes, con malos guiones y en ninguna sucede nada que haga avanzar sustancialmente la historia de la saga.

    Es cierto, que tras de nueve años desde la aparición de la primera parte de Inframundo y luego de una secuela y una precuela, es difícil encontrar algo realmente interesante que contar. En esta cuarta parte, donde sólo queda Kate Beckinsale de los elencos anteriores, el peso de la historia debería recaer sobre ella. Pero su personaje, la vampira Selene, no evoluciona, al menos en sus acciones, y da la sensación de que hace siglos que está protegiendo a Michael (quien era interpretado por Scott Speedman en la primera y segunda parte de la saga, y era un híbrido entre las razas de vampiros y licántropos súper importante para no sé qué, etcétera), matando lobos, vampiros y humanos por doquier. Entonces no vemos aquí una Selene que vuelve descarnada, o sacada y divertida. Todo lo contrario: sigue teniendo una solemnidad aplastante y está todo el tiempo preocupada, ya no por Michael, sino por una repentina hija.

    Esta serie de películas no se permiten reírse de sí mismas (y sí que tienen ridiculeces en su haber como para hacerlo). Esa falta de autoconciencia, y principalmente su incapacidad para la autoparodia, la convierten en un film imbécil, que no agrega nada sino que entorpece algún recuerdo de diversión (si es que alguna vez lo hubo) de las entregas anteriores.

    Los directores de esta falacia, Måns Mårlind y Björn Stein, cometen una linda lista de errores, hablando de lo narrativo claro. Mucha gente puede filmar hermosas y potentes escenas pero no todos pueden contar algo, y este es el caso de esta dupla. En principio, pretenden insertarle interés a la trama jugando con el paradero de Michael, un McGuffin soso ya que todo el mundo o al menos los que siguen la saga sabían que Speedman no iba aparecer en este film. Y sí, nadie puede negar la velocidad con que se cuenta todo aquí, pero el ritmo es más bien torpe. Todo está contado a los tumbos y sin verdadera fluidez. La verdad es que Inframundo: el despertar es un rejunte de violentas escenas de acción más o menos logradas. Esto en sí mismo no está mal. Sin embargo, en un film más o menos digno siempre conviene contar algo, y aquí lo que cuentan es una absoluta pavada. A cada paso el guión se encuentra con escollos narrativos que siempre están mal resueltos. Es decir, algunas cosas que merecen una mención mas profunda sencillamente no se explican y las que se explican con detalle, no agregan nada.

    En fin, Inframundo: el despertar es una película corta, increíblemente estirada, porque para lo que tenía para decir hubiera alcanzado con un videoclip.
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  • Con el diablo adentro
    Con casi nada adentro

    Así como sucedió con El juego del miedo y sus copias, el cine de terror de los últimos años viene aprovechando el éxito de la saga de Actividad paranormal, produciendo cantidades industriales de falsos documentales. Si hasta el bueno de George Romero filmó su propio ejemplar de este subgénero, la simpática El diario de los muertos (2007). Con el Diablo adentro es uno de tantos intentos fallidos de resultado de irregular a malo que pretenden seguir explotando el filo que dejó el film de Oren Peli.

    Este tipo de películas tiene algunas ventajas que impulsan a los realizadores a seguir produciéndolas hasta el hartazgo. En principio son muy baratas y efectivas. Además, aún son propuestas atractivas para el público que llena la sala y termina aburriéndose de lo lindo o indignándose como si hubieran sido engañados (y un poco de razón tienen). Por otro lado, la estética de película casera da una sensación de realidad que, si es utilizada con una pizca de talento, es capaz de ser muy impactante y conmovedora.

    Por supuesto, hacer films de este subgénero tiene algunos obstáculos que no muchos logran sortear. Por ejemplo, casi nunca se puede conseguir que sea verosímil que alguien siga filmando hasta las últimas consecuencias cuando está en peligro de muerte, con ataque de pánico o muerto de miedo. También las situaciones o las posibilidades están muy limitadas, por lo que los guiones terminan siendo tan irregulares que el film se va perdiendo entre arbitrariedades y tedio.

    Muchas de estas cosas suceden en el film de William Brent Bell. Con el Diablo adentro nos muestra cómo Isabella Rossi (Fernanda Andrade) se propone hacer un documental para indagar en el caso de su madre, quien a fines de los años ochenta asesinó a tres personas (curas y monjas) que le practicaban un exorcismo. Veremos a Isabella recorriendo Roma, conociendo a exorcistas y viendo exorcismos. También yendo a ver a su madre, que ha estado internada durante años en su psiquiátrico.

    El film comienza bastante bien, construido con ritmo, verosimilitud y hasta bastante bien actuado, hasta que llega una escena clave: el primer encuentro entre Isabella y su madre luego de 20 años. Esta escena espeluznante está bien resuelta e inquieta bastante. Sin embargo, significa el fin de la película como la conocimos en los primeros minutos. Es como si Bell hubiera empezado a dudar, y el relato se convierte en un divague, un salpicado de escenas de exorcismos, conversaciones repetitivas con curas saca-demonios y el susto inconfesable del camarógrafo. A pesar de todo esto, cierto hilo argumental continúa con algo de interés hasta un final inconcebible que destruye todo lo que quedaba en pie en el castillo de naipes que es la trama.

    Es que la peor falla de la película de Bell es ir de mayor a menor, no logrando intensificarse hacia el final como, por ejemplo, sí consiguen las tres partes de Actividad paranormal, cuyas impresionantes conclusiones hasta hacen olvidar las arbitrariedades e inverosimilitudes anteriormente vistas.

    Definitivamente no conviene develar cómo termina Con el Diablo adentro, para que el espectador se indigne por sí mismo. Estamos ante una película que se autodestruye, convirtiéndose en mucho menos de lo que aparentaba, por propia ineptitud.
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  • El Artista
    El Artista
    Fancinema
    No es para tanto

    Siempre es complicado hablar de un film que le gusta a todo el mundo. Uno corre el riesgo de formar parte del grupo de pedantes que no puede disfrutar de lo que tiene éxito masivo, ni de lo que posee la aprobación de los que construyen el canon del “buen cine”. Pero la verdad, cuando un film es tan festejado por cierto público, determinados críticos y todas las academias de cine del universo, da ganas de desconfiar.

    El año pasado sucedió lo mismo con El discurso del Rey (Tom Hooper) una película correcta, en contenido y en forma, bien actuada y carente de todo riesgo y búsqueda. Sólo las buenas actuaciones de Geoffrey Rush y Colin Firth, además del tema que trataba (la tartamudez del Rey de Gran Bretaña) la convirtieron en un film excesivamente premiado y festejado.

    En el caso del El artista, nos encontramos con un film mudo que habla del cine mudo. Esto, que en principio parece tan interesante, se vuelve monótono y artificial, porque rápidamente nos damos cuenta que estamos ante un film absolutamente moderno sólo que sin color y sin sonido. Los planos, ciertas secuencias, los sutiles movimientos de cámara, la hermosa fotografía, es algo que, salvo algunas excepciones, no se veía en el cine mudo. El problema con esto es que, al final, no hay interrelación entre lo que se quiere contar y la manera en que se lo cuenta. Es decir, de ninguna manera el hecho de que El artista sea un film mudo, hace que hable mejor del cine mudo. El resultado hubiera sido el mismo con color y sonido. Este punto es uno de los más elogiados en el film de Michel Hazanavicius, que al fin de cuentas, es tan sólo un arbitrario alarde técnico. Un ejemplo positivo de cómo utilizar cierta estética cinematográfica para hablar de un periodo del cine en particular es Ed Wood (1994), de Tim Burton, donde se habla del cine de los 50 utilizando un tono y una estética propios de esa época. Burton logra que esto funcione haciendo que la forma agregue algo y sirva a la historia que quiere contar.

    Por otro lado, Hazanavicius pretende hablarnos de la transición del mudo al sonoro, desde la historia más lineal y naif posible. Nos cuenta cómo una estrella del cine de aquellos años (George Martin, interpretado decentemente por Jean Dujardin), se niega neciamente a comenzar a filmar películas con sonido, cayendo en la ruina absoluta, hasta que una nueva oportunidad en Hollywood renueva su carrera. Todo esto con una trillada historia de amor incluida, y también con las apariciones de un perrito muy simpático que aparece cada vez que el film se vuelve aburrido -y para ser justos, hasta este can repite su chiste demasiadas veces-. Este argumento es un lugar común en sí mismo, se puede contar la misma historia con un jugador de fútbol que se retira, cae en la ruina y se redime como técnico, o con un cazador de dodos que cae en la ruina cuando se extingue la especie y se redime dedicándose a matar pavos, también se pueden incluir historias de amor y perritos simpáticos en ambas variantes.

    Todo lo anterior para aclarar un par de puntos que a mi modo de ver habían sido demasiado celebrados y que no eran para tanto.

    En rigor, El artista se deja ver y, aunque repetitiva, nunca aburre hasta llegar al tedio. Sin embargo, para ver cine que hable del cine basta con ver, por ejemplo, La invención de Hugo, de Martin Scorsese, o la mayoría de los films de Steven Spielberg. Vaya… fíjese… que todavía está Caballo de guerra en cartel.
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  • La dama de hierro
    Dama de hierro, película de trapo

    Dos películas que no vi (entre tantas) son Mamma mia! (anterior trabajo de Phyllida Lloyd) y J. Edgar del gran Clint Eastwood. Estas dos omisiones configuraron mi acercamiento a La dama de hierro, primero por no tener la suficiente información acerca del estilo de Lloyd (a pesar de haber leído algunas pésimas críticas a Mamma mia!) y segundo, porque, circunstancialmente, de los dos biopics importantes de las últimas semanas vengo a dar con el menos interesante a priori, y a posteriori también.

    Phyllida Lloyd tenía en sus manos un personaje fuerte y complejo como Margaret Thatcher, de gran influencia en la política mundial durante 11 años de gobierno en Inglaterra en una década convulsionada en su país y en el exterior. Ante sus ojos de primer ministro desfilaron, entre otras cosas: la recesión y caída estrepitosa de la economía inglesa, la guerra de Malvinas, el alzamiento de una salvaje era neoliberal y hasta la caída del muro de Berlín. Con todo esto por contar, Lloyd se limita a mostrarnos a una viejecita con demencia senil, que recuerda en forma de flashbacks sus años políticos con admirable linealidad y que no puede olvidar a su esposo muerto con el cual alucina.

    Entonces en vez de una gran película sobre un gran personaje (detestable sí, pero relevante) tenemos un film más bien pequeño que poca justicia le hace a la historia de Thatcher. Merodea por allí esa idea anglosajona de las “grandes democracias” del norte, que sería algo así como: todo dictador es un hijo de puta, y todo gobernante elegido en democracia es justificable. Idea falaz sobre todo si pensamos que, elegido por el voto o no, cualquier gobernante llega al poder con cierto aval de un gran sector del pueblo. Ni Alemania fue víctima de Hitler, ni la Argentina de la Junta Militar, estaba dentro de los ciudadanos el deseo y el aval para que estos seres consiguieran gobernar. La dama de hierro no festeja el gobierno de Thatcher, pero si la justifica, y casi siempre interponiendo la frase, “el pueblo la votó”. Por otro lado, el gobierno de la dura Margaret con sus medidas económicas, la opresión a las clases trabajadoras y la utilización del conflicto de Malvinas para darle vida a una gestión desastrosa tiene mucho que ver por ejemplo, salvando las distancias, con el de las Junta Militar aquí en la Argentina.

    La dama de hierro no profundiza sobre estos temas ni ningún otro. No vamos a ver en ella ningún dato o mirada profunda sobre la influencia de Thatcher en la política de fines de siglo, al contrario se nos contará lo mismo que alguna vez escuchamos o imaginamos de cómo este personaje actuó en Inglaterra ,y lo que hizo durante la guerra que es lo que más nos concierne como país contendiente.

    En otro orden de cosas, decir que claramente este film es una excusa para darle el Oscar a Meryl Streep. Su actuación es contundente y por momentos brillante. Y además el trabajo de los maquilladores es de una calidad impresionante a tal punto que Lloyd no se cansa de filmar a Streep de todos los ángulos y la muestra en pantalla lo máximo posible.

    Por detrás de ese unipersonal de Streep, intenta aparecer una película que a fin de cuentas se queda ahogada en lugares comunes e ideas agotadas.
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  • Al borde del abismo
    Otras 35 vueltas de tuerca

    Al borde del abismo se impone desde el comienzo con mucha intriga y suspenso. Queremos saber de inmediato qué hace ese hombre en una cornisa a punto de suicidarse. Esos primeros minutos críticos auguran un film atrapante y que, sin embargo (como tantas veces), se termina desinflando hacia un final con altos picos de inverosimilitud y ridiculez.

    El argumento es sencillo y efectivo: un hombre llamado Nick Cassidy (Sam Worthinton) se sube a la cornisa de un reconocido hotel de Nueva York con supuestas intenciones de suicidarse. Claramente la película se centrará en contarnos por qué llegó a esa situación.

    Asger Leth, hijo del director Jorgen Leth -El humano perfecto (1967), o en otras palabras, el viejo que se deja joder por Lars Von Trier en Las cinco obstrucciones-, no consigue mantener demasiado tiempo la tensión y el ritmo iniciales. Su film se va desenvolviendo con torpeza, y a veces, llegando a situaciones inverosímiles para forzar tal o cual desenlace. Hay un par de sub-tramas que son apenas contadas por los personajes, aludidas de tal manera que no queda claro de qué están hablando. Además, hay dos registros muy diferentes en el film que a veces pecan de incompatibles. Para no develar demasiado de la trama, diremos que son los momentos en los cuales el film va contando la interacción entre la detective Lydia Mercer (Elizabeth Banks) y Nick Cassidy, y la historia que se desarrolla en paralelo con Joey Cassidy (el hermano de Nick interpretado por Jamie Bell) y su novia Angie (interpretada por Génesis Rodríguez, la hija del Puma Rodríguez). En fin, Asger Leth va de la solemnidad de la cara no muy flexible de Worthington a la casi comedia que plantean los hechos que implican al bueno de Bell y a la linda de Génesis. Todo esto genera que se disuelvan los momentos de suspenso logrados.

    Por otro lado, los giros que va tomando el relato implican por parte del espectador cierta tolerancia a lo arbitrario e inverosímil. El problema es que pasados tres cuartos del film, los conflictos son tantos y tan difusos, que ciertas reacciones de los personajes ya no son sólo intolerables sino además incomprensibles.

    Como si fuera poco, Al borde del abismo se permite una superficial bajada de línea. Hablando sobre todo de la crisis financiera de 2008 y diciendo a grandes rasgos lo malos que son los empresarios (en este caso representados por un efectivo y repulsivo Ed Harris) y lo pobres que son las personas de clase media presionadas por la sociedad depredadora. También se habla un poco de los medios de comunicación, pero es una tosca caricatura que no dice nada que no sepamos por aquí.

    Más allá de la enumeración de fallas, hay que decir que el film de Asger Leth no es un embole. Al contrario, tiene algunas secuencias de tensión genuinas y que sus fallas no terminan de destruir. Es un film menor, no demasiado pretencioso, que al fin de cuentas termina entreteniendo lo suficiente.
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  • Robo en las alturas
    Robo a la altura de las circunstancias

    La premisa de Robo en las alturas es un lugar común de la comedia en general. Esto es, pongamos a los personajes más incompetentes a realizar una tarea excesivamente compleja. Y ya lo dijo (o lo repitió) Alejandro Dolina: el humor es básicamente poner una cosa donde no va. El irregular Brett Ratner no olvida nunca estos preceptos durante el desarrollo de su película, por lo que las cosas funcionan bastante bien.

    Robo en las alturas es otro film sobre un robo absurdamente complejo realizado por gente que no ha robado más que un kiosco en su vida. Retoma elementos de Ladrones de medio pelo de Woody Allen y también de Las locuras de Dick y Jane (de esta última no sólo a Téa Leoni, sino también algún detalle importante del argumento). Puntualmente, Josh Kovacs (Ben Stiller) planea robar a su propio jefe, Arthur Shaw (Alan Alda), quien es acusado de estafa y ha perdido el dinero de la jubilación de todos sus empleados. Para esto reúne un grupo de gente inexperta pero con rencores hacia Shaw, y a su vecino, un ladrón semi-profesional llamado Slide (Eddie Murphy).

    Más allá de la participación de Matthew Broderick en este film, las obvias estrellas de la comedia en el elenco son Stiller y Murphy. El bueno de Ben está como siempre, o al menos, con su forma de hacer personajes de los últimos años. A esta altura, si no te gusta, es difícil que lo puedas soportar, y así como a veces sostiene films flojos, aquí encaja bastante bien con sus gags típicos. Hay un chiste que siempre hace muy bien, cuando sus personajes están nerviosos o enojados e intentan explicar algo y no encuentran las palabras, para terminar dando vueltas en círculos con sus discursos o inventando absurdos neologismos para al final no decir nada. Si Will Ferrell es el rey de estos monólogos disparatados, Ben Stiller es el príncipe, mientras por estas tierras seguimos con el “a comerla…” de Guille Francella.

    Por el otro lado, tenemos a Eddie Murphy que por fin está excelente. Hace un personaje ingrato y traidor como Slide, exagerando lo que tiene que exagerar para lograr la parodia, pero conteniéndose lo suficiente como para no volverse insoportable. Está en gran forma para sus 50 años y además, no está fuera de registro, todo lo contrario, encaja perfecto en la estructura del film.

    Por último, decir que Ratner nunca deja de lado la premisa inicial y juega todo el tiempo con el desmoronamiento de un plan hecho para fallar. Y aunque por momentos pierda la capacidad de sorpresa, el buen ritmo y las buenas actuaciones convierten a Robo en las alturas en un film digno y entretenido.

    Me permito un comentario al margen sobre un tema tratado en este film y que contantemente aparece en el cine norteamericano, sobre todo luego de la crisis de 2008. Uno nunca termina de sorprenderse de lo hijo de putas que son los sistema de vida estadounidenses. Me refiero a salud, educación, jubilación, etcétera. Si estudiás en la universidad, debés sacar un pesado préstamo para costearlo; si no pagás el seguro médico, te pueden dejar morir en un hospital; si te atrasás un par de cuotas de la hipoteca, hay muchas posibilidades de perder la casa; y si cometés ciertos errores probables con el dinero de tu jubilación, vas a morir pobre o en la miseria. No es este el momento ni el espacio para hacer un análisis socioeconómico de estos temas, ni para escribir un panfleto berreta estilo Marcos Aguinis. Tampoco es nada nuevo, sólo que sorprende la recurrente aparición de estos tópicos en el cine estadounidense, y no sólo en los documentales de Michael Moore o en el cine indie.
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  • La última noche de la humanidad
    Medianoche en Moscú con extraterrestres energéticos

    En La última noche de la humanidad, se conjugan elementos de unos cuantos films (y tendencias) de los últimos años. A saber, la principal idea argumental es muy parecida a La oscuridad (Vanishing on 7th street, 2011, o esa bosta que tenía como protagonista al insufrible Hayden Christensen), es decir, de repente en una noche, unos enemigos invisibles y letales exterminan a la mayoría de la gente y el mundo como lo conocíamos empieza a desaparecer. Además, el esquema mediante el cual se narran los hechos es muy parecido a las muy flojas Skyline e Invasión del mundo – Batalla Los Angeles, mediante un par de escenas más o menos impresionantes disfrazan una película pequeña de un grupo de sobrevivientes escapando por las ruinas de ciudades conocidas. Entonces, son films con aspiraciones de parecerse a los de Roland Emmerich, pero sin el presupuesto ni las ideas de este. Por último, otra particularidad comparable a un film de los últimos tiempos es la insistencia de Chris Gorak en mostrarnos Moscú, casi la misma que tuvo Woody Allen al mostrarnos París en su Medianoche en París. Salvando las distancias, algunos hermosos planos de la ciudad rusa parecen pensados por algún organismo de turismo. Obvio, Gorak no olvida subrayar a trazo grueso, la “ironía” de los carteles de McDonalds que invaden hoy la capital de la ex Unión Soviética.

    Olvidándonos un poco de la comparación con la película de Woody Allen, pareciera que la conjunción de los elementos del resto de los films mencionados en el anterior párrafo, no podría dejar bien parada a La última noche de la humanidad, sin embargo, es un poco mejor que aquellas tres sobre todo, porque por momentos no se toma tan en serio y deja aparecer personajes inverosímiles, como los soldados excesivamente nacionalistas rusos o el electricista que inventa un arma que lanza microondas (¡!). Gorak se permite un poco de humor (no demasiado), y aunque el film no es lo suficientemente autoconsciente como para ser realmente bueno, se deja ver.

    En principio el ritmo de la película es aceptable, una introducción que nos pone rápidamente en contexto. Luego empiezan las lagunas, demasiados midpoints en el guión que le quitan velocidad y energía. Y por supuesto, una gran cantidad de arbitrariedades y ridiculeces que son salvadas por la corta duración, con lo cual nunca se vuelve tedioso o demasiado aburrido.

    De las actuaciones de personajes tan estereotipados, no vale demasiado comentarlo. Quizás la química entre los amigos protagonistas Sean (Emile Hirsh) y Ben (Max Minghella) sea los más interesante al principio, aunque luego se convierten en seres más bien convencionales. Además, sin ningún atenuante, cuando algún personaje se vuelve lo suficientemente insoportable muere, al estilo esquemático de los viejos slashers de los 80’s.

    La última noche de la humanidad no es tan mala, peca de poco original y quizás sea un tanto fallida. A pesar de todo lo anterior, es pasable y olvidable pero no indignante. O por lo menos no hay que aguantar a Hayden Christensen, lo cual no es poco.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Ethan Hunt para siempre

    Para suerte y felicidad de todos nosotros, la saga de Misión: imposible siempre ha tenido a cargo de cada una de sus entregas a buenos directores. Ya JJ Abrams había desplegado su gran talento en MI-3, y aquí produce, dejándole la riendas al gran Brad Bird uno de los chicos Pixar, con antecedentes como Los increíbles y la genial Ratatouille.

    Con esta cuarta parte de la saga, Misión: imposible entra en ese feliz periodo donde poco importa ya la verosimilitud y coherencia entre cada parte. Aquí lo que interesa es revivir o hacer resurgir al protagonista (en este caso el bueno de Ethan Hunt, es decir Tom Cruise) y ponerlo en la peor situación posible para que la resuelva de la manera más loca que se le ocurra. Si hay un rasgo distintivo en Protocolo fantasma es cómo el equipo de Hunt va abandonando cada vez más la precisión para utilizar la fuerza bruta. El mismo Ethan apela a sus “corazonadas” y termina cada plan minuciosamente trazado, a las corridas o peleando a mano limpia.

    Queda claro antes de que se diga nada, que cada secuencia de acción en el film de Bird es excelente. De hecho la película podría ser sólo eso, cuatro o cinco secuencias bien pensadas, y a otra cosa. Sin embargo, cada prefacio a la misión siguiente, donde se puede ver al grupo reunido planeando algo que seguro saldrá al revés, es un momento divertidísimo. La química entre Cruise, Jeremy Renner (William Brandt), Simon Pegg (Benji Dunn) y Paula Patton (Jane Carter) es evidente y funciona perfecta. Además, la trama está poblada de chistes autoconscientes y autorreferenciales: artefactos súper-tecnológicos que no funcionan o son tan increíbles que parecen mágicos, y exageraciones como Ethan gritando “¡misión cumplida!” al final de unos de sus actos heroicos.

    Quien merece ser mencionado aparte es Simon Pegg, que demuestra dos facetas diferentes en las cuales siempre sale bien parado. Puede ser protagonista de cualquier comedia y puede ser el mejor actor secundario de película de acción. Si sigue saltando entre las producciones de JJ Abrams y Edgard Wright vamos a ser felices por el resto de nuestras vidas.

    Brad Bird (que hace todo bien), junta todos estos elementos, y construye un film de una gran efectividad, de ritmo ajustado y trepidante. Nunca mejor dicho, aquel lugar común de la “adrenalina fílmica”. Los responsables de Misión imposible: protocolo fantasma se atreven a todo, disuelven la organización a la que pertenece el protagonista, y mezclan conflictos post 2011 con otros de hace cuarenta o cincuenta años. Entonces el conflicto contiene terroristas y atentados, temor a guerra nuclear y tensión entre Estados Unidos y Rusia (¡!). De hecho luego de que estalla el Kremlin, un personaje importante dice “¡nunca hubo tanta tensión entre Estados Unidos y Rusia desde la crisis de los misiles en Cuba!”. Por otro lado, no vamos a describir acá escenas de acción, mejor que sea una sorpresa. Sin embargo, es necesario prestarle atención a todo lo que sucede en Dubái, esa secuencia es una genialidad tras otra.

    Misión imposible: protocolo fantasma es descontrolada en el mejor de los sentidos, y en gran medida es gracias al carisma y el resurgir de Tom Cruise, que parece que ya no va a recuperar la cordura, sobre todo si se sigue golpeando la cabeza como en este film. Hay que estar atentos a nombres como Brad Bird, Tom Cruise y, obviamente, JJ Abrams en el futuro. Acá están en estado de gracia.
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  • Terror en lo profundo 3D
    Lo que pudo haber sido

    Para ser claros, Terror en lo profundo 3D es todo lo que temimos que fuera Piraña 3D. En aquel momento Alexander Aja sorprendió con su vertiginosa versión de los pescaditos asesinos, un film con mucha garra, mala leche, sexo, drogas y rock and roll. En el caso de Terror en lo profundo 3D, David R. Ellis decepciona.

    El bueno de David es un director irregular. Ha sido capaz de filmar películas con mucho ritmo, ridículas a veces, pero muy divertidas siempre, como Destino final 2 o Terror a bordo (esa locura de las serpientes en el avión con Samuel Jackson). Sin embargo, también es responsable de artefactos fallidos como Destino final 4 y también de este film con tiburones sanguinarios.

    Terror en los profundo 3D tiene unos cuantos problemas. Para empezar, un guión inexistente: sólo se mantiene esa premisa de “un grupo de adolescentes excitados van a pasar un fin de semana a una casa cerca de un lago que resulta estar infestado de todas las especies posibles de tiburones”. Luego, todo parece filmado burocráticamente, como si fuera la novena parte de Viernes 13. Es increíble la falta de ideas y la previsibilidad que merodea cada minuto de un film casi insufrible, porque no se puede creer que una historia con semejante premisa sea tan aburrida. La promesa de descontrol y excesos nunca se cumple, pues súbitamente estamos ante un grupo de chicos un poco borrachos y asustados, y sin un mínimo de carisma. Y a todo esto, cuando se genera un pequeño clima o suspenso, hay un abrupto ataque de algún feo tiburón digital que todo lo destruye en un abuso del efectismo sin precedentes.

    Párrafo aparte merecen el estúpido trío supuestamente responsable de que el lago esté lleno de tiburones. Dennis Crim, Red y el Sheriff Greg Sabin (interpretados por Chris Carmack, Joshua Leonard y Donal Logue, respectivamente) no sólo son personajes idiotas y fuera de registro, sino que tampoco agregan algo de sentido del humor que tanto hace falta en una película como esta. Quizás se le pueda reconocer algún buen momento a Logue, pero es intrascendente y olvidable en el gris general de la historia.

    La falla más grave para un film como este es la falta de humor. Los personajes no tienen la suficiente gracia ni carisma, ni se ven inmiscuidos en situaciones lo bastante ridículas como para generar humor. Tampoco se explota la estupidez o la autoconciencia que suele generar complicidad con el espectador. A cambio de eso, tenemos algún culo puritano, un montón de sexo potencial que nunca se concreta, y bromas brutas y gastadas.

    Volviendo a la comparación con Piraña 3D, Aja entendió lo necesario como para que funcionasen los mecanismos del film de monstruos en nuestros tiempos. Releyó y rehízo la película de Joe Dante de 1978, aceleró y llenó de excesos de todo tipo a su película, logrando así un festival infernal, con litros de sangre, estrellas porno y seres mutilados por doquier.

    Si Ellis hubiera entendido esto, estaríamos ante la segunda mejor comedia de terror del año. Por desgracia estamos ante otro film intrascendente y olvidable.
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  • Año nuevo
    Año nuevo
    Fancinema
    Noche e ideas viejas

    Este último film de Garry Marshal (Mujer bonita, El diario de la princesa), al igual que su Día de los enamorados, es un film coral (es decir, una película donde se cuentan varias historias simultáneas), repleto de estrellas, o actores con cierta fama, y lleno de lugares comunes. También, al igual que en el anterior trabajo del director, sobrevuelan aquí viejas ideas optimistas naif asociadas a la redención y las segundas oportunidades posibles en estos días “especiales” y no en otros.

    Vale decir en principio que esta no es una película aburrida, pero sí fallida e irregular. Las múltiples historias contadas no generan el mismo interés, las actuaciones son desparejas y su registro de humor biempensante la vuelve un divertimento burgués intrascendente. Marshall toma las vísperas de fin de año en Nueva York, una de las tradiciones más arraigadas en el sentimiento estadounidense, y desde allí cuenta cada una de las historias sin más hilo conductor que la excusa de las fiestas. Por lo tanto, a veces su película se convierte en una colección de sketches, más o menos (o nada), logrados.

    Eso sí, con tanta presencia de estrellas, estrellitas y… gente, vale la pena detenerse un poco (sólo un poco) en las actuaciones: Ashton Kutcher, Robert De Niro, Katherine Heigl y hasta Hale Berry están en su registro habitual en estos últimos tiempos, casi a media máquina sin destacarse ninguno; Sarah Jessica Parker, que parece que sólo puede filmar en Nueva York, da la impresión de componer el mismo personaje que para ¿Cómo lo hace?, sólo que esta vez usa suecos; Abigail Breslin está correcta, y además, uno la aprecia por haber protagonizado la genial Tierra de zombies, por lo cual no diré nada más sobre ella.

    Sigamos: Michelle Pfeiffer compone una mujer inexplicablemente deprimida y un poco insoportable en una mini historia junto a Zac Efron, que está bastante bien en su rol, aunque el carácter del personaje lo obligue a pasarse de canchero. Por otro lado, tenemos a los cantantes del elenco: Jon Bon Jovi siempre ha sido insoportable (actuando y cantando) y digamos que aquí sigue en esa línea; mientras que Lea Michele crea un personaje muy parecido a su Rachel en la serie Glee, aunque un poco más agradable. Su motor es el canto, tiene una linda y potente voz, y le gusta alardear de su virtuosismo.

    El enfrentamiento entre los Byrne y Schwab por tener el primer niño de 2012 es de las historias más divertidas del film. Estas familias están interpretadas por Jessica Biel y Seth Meyers, y Sarah Paulson y Til Schweiger respectivamente. Los cuatro están muy bien en sus registros y en el timing para la comedia.

    En la película de Marshall (como en gran parte de su filmografía) se explota al máximo la vieja idea de que el fin de año es momento de balances y un punto de inflexión en la vida de las personas que se atreven a tomar decisiones, y de las segundas oportunidades en la vida. Como si de repente todas las películas para toda la familia de los domingos a la tarde se unieran en una, Año Nuevo habla de la esperanza, pero una esperanza poco real, de libros de autoayuda.

    Año Nuevo no se pasa de mala, es fallida e irregular, pero entretiene y a veces divierte. Sin embargo, no podrá escapar a la absoluta intrascendencia y olvido.
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  • ¿Cómo lo hace?
    Siempre estuvo todo “bien”

    En la industria cinematográfica hollywoodense se suele identificar a Sarah Jessica Parker como el retrato de cierto tipo de mujer norteamericana (generalmente neoyorquina), de clase media, exitosa (o con destino de serlo), independiente, autosuficiente, con problemas amorosos, etcétera. Por eso le suelen quedar cómodos esta clase de “proyectos de comedia romántica”. En este caso, ¿Cómo lo hace?

    Aquí estamos con Kate (Parker), una mamá que quiere hacer todo. Me refiero a tener una vida profesional exitosa y encargarse de todos en su familia. Además, para ella, todo tiene que ser perfecto, y si no lo es, al menos debe funcionar. En cierto punto las cosas empiezan a desbalancearse, su matrimonio corre peligro debido a un compañero de trabajo que se le acerca sentimentalmente y… demás lugares comunes.

    El trabajo del director Douglas Mc Grath (Infame, 2006) es el de alguien indeciso. Por ejemplo, al principio de la película utiliza algunos recursos simpáticos, como el que los personajes hablen a cámara y testimonios de amigos y conocidos de Kate al estilo entrevista documental, que con mayor y menor suerte, logran buenos momentos y le dan cierta elasticidad y ritmo a una historia de por sí poco original. Sin embargo, poco a poco la comodidad y la falta de pulso hacen que el tedio y la falta de ideas ganen el film. De repente, ¿Cómo lo hace? es una película absolutamente convencional, en la cual se empiezan a desarrollar un par de conflictos que nunca despiertan el suficiente interés. Por un lado, la elección de prioridades de Kate entre su vida profesional y su vida personal; y por el otro, la aparición de Jack Abelhammer (Pierce Brosnan), un inversionista que comienza a trabajar junto a Kate y con el que iniciará una especie de romance, o mejor dicho, comenzará a existir cierta tensión romántica/sexual (para la lógica del film, estos adjetivos van juntos), pero no mucho más.

    McGrath decide resolver todo sin que pase realmente nada, es decir, el matrimonio de Kate nunca corre realmente peligro y jamás queda cerca de cometer un “error” realmente grave con Jack. Además, reafirma y avala que ella siga con ese estilo de vida que la obliga a trabajar mucho, y descuidar a su familia o viceversa. Por lo tanto, nos encontramos ante una comedia burguesa y conservadora cuyos puntos de vista son, al menos, discutibles.

    ¿Cómo lo hace? es todo lo que uno no espera de una comedia: en vez de ser corrosiva, incómoda y crítica con ciertos modos de vida que retrata, es condescendiente, amable y bienpensante en el peor de los sentidos. Por momentos es entretenida, sí, pero sin nada nuevo para decir, sino todo lo contrario.

    En este año, cuando se han estrenado cosas interesantes como Damas en guerra, el personaje de Sarah Jessica Parker queda anacrónico y su película atrasa ya unos 20 años. Kate, con su vida exitosa y sus aires noventosos, es un símbolo anticuado de una época decadente que merece ser olvidada en los DVD de Sex and the city. En conclusión, para divertirse en serio preferible volver a ver la excelente película con Kristen Wiig y olvidar por un rato por qué no somos lo que pudimos haber sido.

    Redundancia o insistencia: ¡para entender el por qué de la última frase, hay que ver Damas en guerra!
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  • La profecía del 11-11-11
    La insoportable vida de Joseph Crone

    A nadie engaña ya el truco publicitario de la coincidencia de fechas (que por suerte se terminará en 2012). Un juego utilizado anteriormente para estrenar el 06/06/06 la pobretona remake de La profecía, y que aquí es la única excusa para estrenar este engendro llamado La profecía del 11-11-11.

    El tema es así: el exitoso escritor Joseph Crone (Timothy Gibbs) vive deprimido desde la muerte de su mujer y su hijo. Va a reuniones de terapia en grupo donde conoce a Sadie (Wendy Glenn), ese mismo día a las 11:11 tiene un terrible accidente de tránsito del que sale ileso, y a la noche del mismo día se entera de que su padre está muriendo en su casa en Barcelona por lo cual viaja hacia allá. Ni bien llega a España comienza para él, un derrotero de experiencias paranormales (ve demonios, su padre parece poseído, la enfermera española que cuida a su padre dice cosas extrañas todo el tiempo). En fin, todos los lugares comunes posibles del cine de terror, especialmente del subgénero de films de posesiones.

    Gibbs intenta un personaje imposible al componer a Joseph Crone. Por un lado intenta ser una persona atormentada por un tortuoso pasado y, por el otro, casi que se obliga a obsesionarse con los números 11-11-11, siendo esto tan absurdo que dicha premisa del film se cae a pedazos desde el principio.

    Imaginemos que la verosimilitud y el desarrollo de climas no importe, es más, presupongamos que este film pudiera valer la pena sólo por sus golpes de efecto. Bueno, tampoco los tiene, no hay sustos. El director Darren Lynn Bousman (El juego del miedo 2, 3 y 4) camina con una torpeza sin precedentes sobre un guión enclenque. Nos enrostra todo el tiempo escenas de supuesto miedo, que por previsibles o por mal construidas no generan más que tedio. Andan por allí un par de demonios que en la buena de Night of demons (1988) hubieran sido suplentes, sacando la lengua, caminado lentamente y amenazando con su sola presencia (?). También el padre de Crone deambula poseído, insidioso e intrascendente. Quizás el personaje más interesante sea el de Samuel, interpretado por Michael Lande, interesante en el contexto de un film horrible como este. Aunque hay que reconocerle algunos momentos logrados a Lande, que hace un poquito creíble el ambiguo cura que le toca interpretar.

    Y cuando todo parecía terminar en un film muy malo, lleno de escenas inconexas arbitrarias y mal logradas, aparece el director Bousman con su herencia del juego del miedo a cuestas, e intenta explicar todo lo anteriormente sucedido con flashback tras flashback conectando un rompecabezas imposible. Logrando así un film peor, por tramposo y sesudamente absurdo.

    ¿No era más fácil intentar una película entretenida, con cierta cadencia o algún tipo de narración?

    Parece que no, gracias por nada El juego del miedo.
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  • Actividad paranormal 3
    Lo que no se ve (o por qué defiendo a Actividad paranormal)

    La saga de películas de Actividad paranormal iniciada en 2007 por el film de Oren Peli, es un caso atípico dentro del panorama del cine de terror de la última década. En principio por la cantidad de particularidades que la definen y la diferencian de casi todo lo que se hace en el género en todas sus sub-categorías y presupuestos.

    Se suele incluir a Actividad paranormal dentro del subgénero de “falsos documentales de terror”. Grupo que integran propuestas bastante diferentes entre sí, como Holocausto caníbal, El proyecto Blair Witch, la saga de REC, El diario de los muertos, Cloverfield, Apollo 18 o las menos conocidas (y no estrenadas en la Argentina) Lake mungo, Poughkeepsie tapes, Behind the mask. Para ser más exactos se podría diferenciar a aquellas películas que efectivamente están construidas como documentales, es decir, bajo ciertas convenciones y estructuras de este tipo de films, y las que, por otro lado, plantean ser “found footage”, o mejor, material encontrado y crudo acerca de sucesos supuestamente reales que por arte de magia se estrenan comercialmente en masivas salas de cine. Esta clase de manejo publicitario funcionó muy bien para El proyecto Blair Witch hace 10 años. Sin embargo, el gancho de Actividad paranormal pasa por otro lado, ya no quedan demasiados incautos que crean que lo que están viendo, por más crudo que luzca, sea verdad. Su atractivo radica en su efectismo y efectividad.

    Para los que no conocen de qué va la cosa, las tres películas de Actividad paranormal tratan sobre grupos familiares (ok una pareja en la primera, familias en las otras dos) en los cuales uno de sus miembros tiene experiencias paranormales y, por lo tanto, otro de sus miembros (generalmente varones que, convenientemente, gustan de jugar con cámaras de video) decide filmar continuamente su casa para ver qué sucede cuando ellos no están viendo. Así estructurados los films, estaremos durante mucho tiempo ante material de descarte: personas durmiendo, habitaciones en las cuales no sucede nada en serio, filmaciones caseras de cumpleaños o cualquier ocasión común en la que sea verosímil tener una cámara cerca, y también unos cuantos momentos que rayan la ridiculez. Por ejemplo: largos planos-secuencia de gente escapando del peligro que ¡jamás suelta la cámara! ¡Y en el caso de Actividad paranormal 3, que transcurre en 1988, estamos hablando de ¡enormes cámara VHS!

    En Actividad paranormal 3 específicamente, se vuelve a apostar por la generación de climas. Siempre se trata de la dosificación y el pulso de quien la dirige. En este caso, Henry Joost y Ariel Schulman han entendido cómo hacerlo nuevamente. Entonces todo lo que parece que nada contribuye a la historia, está puesto en función del desarrollo paulatino de un enrarecimiento del ambiente, que en los tramos finales es tan tenso que los sustos, y en algunos casos, el verdadero miedo, son incontenibles. Hay una apuesta constante a la utilización del fuera campo, como cuando Lovecraft nos despistaba (o nos aterrorizaba mas) diciéndonos que algo era tan terrorífico que no se podía describir o decir. Hay una excelente idea de una cámara montada sobre un ventilador oscilante que genera un juego de campo-contracampo tan efectivo y terrorífico, que de por sí vale para la valoración positiva de Actividad paranormal.

    En lo que respecta al contenido cabe decir que si Actividad paranormal 2 engordaba y daba un giro sobre los acontecimientos de la primera parte, esta tercera se ocupa de desarrollar un poco más el origen de estos personajes y sus circunstancias. Pero todo esto se pierde ante el golpe de efecto y el clima de pesadilla que es lo realmente atractivo del film.

    Actividad paranormal 3 dejará a una parte del público aburrida e indiferente, pero a la otra la dejará realmente asustada y sugestionada. Tiene un gran merito al ocuparse de lo que no se ve: los terrores ocultos, en la sutileza del aire, allí donde no hay nada, podría haber un ser maligno con el poder de matarnos no sin antes aterrorizarnos de la peor manera posible. Si va a ser a así, mejor que haya cámaras para que nos crean después.
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  • Asesinos de Elite
    Jason Statham y diez más

    La última película que vi con dos actores de renombre mas el “Dios” Robert De Niro fue La revelación. En aquel caso, Milla Jovovich, Edward Norton y De Niro eran cómplices en la composición de un bodrio insufrible y fallido. Lleno de lugares comunes idiotas y personajes fuera de registro. Salvo en participaciones como el bestial senador que interpreta en Machete, el gran Robert suele inmiscuirse en artefactos como La revelación. En el caso de Asesinos de élite, por suerte, se rompe esa tendencia.

    Aquí el trío estelar Robert De Niro, Clive Owen y Jason Statham está bien aprovechado por el ignoto Gay McKendry, cumpliendo cada cual un rol equilibrado y acorde a la historia.

    Danny (Statham) y Hunter (De Niro) son amigos y sicarios. Sin embargo, el primero decide retirarse del negocio porque ya no puede con su conciencia. Todo va bien para Danny, hasta que se entera de que Hunter fue raptado por un jeque árabe por no haber cumplido con un “trabajo”. Danny intentará salvarlo.

    Lejos de toda originalidad es un argumento simple, concreto y contado unas cuantas veces. Pero que McKendry aprovecha al máximo tomando algunas buenas decisiones. La primera es hacer que Statham sea quien se lleve la película a cuestas. El tipo es hoy, sin duda, el heredero y reemplazante de todos aquellos héroes de acción que florecieron en los años ochenta, hablando del trío principal compuesto por Stallone, Schwarzenegger y Willis (con mas coincidencia con el último y no porque ambos sean pelados), de hecho su papel en Los indestructibles es el de más trascendencia, luego del de Stallone claro. Aquí compone a Danny, alguien que busca redención saliéndose de su actividad, pero la realidad le demostrará que todo aquello es ingenuidad, y que la moral y la justicia no son reglas en su mundo. Danny es un tipo peligroso, hábil, y feroz cuando se ve acorralado, típico personaje hecho a la medida de Statham que simplemente tiene un carisma particular para trabajar en este tipo de films, además de una espléndida capacidad física.

    Lo otro que juega a favor de la película es que transcurre en los 80’s, momento donde el mundo era absolutamente diferente por razones socio-políticas obvias y donde estas historias de violencia, corrupción, multimillonarios árabes y asesinos salvajes cuadran mucho mejor. El universo que Asesinos de élite se crea contiene por un lado una lógica de mundo hostil y rudimentario, donde sus personajes se mueven con fluidez, y donde el exceso de fuerza y poder tiene sentido. Y por otro lado hace casi un nostalgioso homenaje a aquel reciente y feo pasado que generó buenos films de acción tantas veces maltratados por crítica y público en general, pero que hoy son reivindicados porque, en principio, su bajada de línea política ya resulta ridícula y además porque enseñaron mucho acerca de cómo filmar a ritmo frenético y cómo orquestar escenas acción.

    Y quizás me estoy olvidando de McKendry, un tipo que demuestra con este film cómo se puede seguir explotando un género tan abarrotado de ejemplares fallidos. Como realizador evidencia destreza, decisión y un gran pulso, porque es tan bueno el ritmo de Asesinos de élite que entretiene sin atenuantes durante casi dos horas.

    Y por si lo anterior fuera poco, decir que la pelea entre Statham y Owen es memorable hasta el punto de emocionar y que hay que prestar atención a la escena que incluye a Statham y una silla para entender cómo se filma una escena de acción.

    En fin hay que verla y divertirse.
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  • Gigantes de acero
    El ojo del tigre de metal

    La recepción de una película tiene mucho que ver con la actitud con que uno se acerca al cine mirarla. Es decir que la carga emotiva -prejuicios, expectativas, problemas financieros o lo que sea- que traigamos en nuestro cerebro cuando llega el momento del visionado, determina bastante el tipo de disfrute o no del film. No vamos a hablar sobre teoría del espectador aquí ni mucho menos, todo esto para que quede claro que muchos nos acercamos a Gigantes de acero porque era una de “robots que peleaban con Hugh Jackman a la cabeza”, de la misma manera que nos acercamos a Cowoys y Aliens por el título y porque estaba Harrison Ford. Sin embargo, mientras que la segunda estaba un poco por debajo de las expectativas (sólo un poco), Gigantes de acero está bastante por encima de la premisa robots boxeadores + Hugh Jackman.

    Gigante de acero nos cuenta la historia en un futuro cercano sobre un ex boxeador, Charlie Kenton, interpretado por Jackman, que ahora se dedica al boxeo de robots, dado que el boxeo “entre humanos” ha desaparecido. En su peor momento deportivo y financiero, aparece su hijo (digamos no reconocido) de once años, Max (Dakota Goyo) a quien no conoce y del cual deberá hacerse cargo hasta que sus tíos vuelvan de viaje y se encarguen de la custodia.

    Entonces, a partir de allí el director, Shawn Levy (Una noche en el museo 1 y 2, Una noche fuera de serie), toma la mejor decisión de todas, explotar al máximo la relación entre Charlie y Max, aprovechando la gran química entre Hugh Jackman y Dakota Goyo, ambos carismáticos, cancheros y a la vez lo suficientemente complejos. Y con esto logra el equilibrio entre la acción pura y dura de los robots masacrándose y la emoción del relato de la formación de un vinculo padre-hijo. Porque, mas allá de que se nos ha contado muchas veces aquello del “padre ausente que se redime cuando deja de pensar en sí mismo y comienza a pensar en su hijo”, no deja de ser efectivo e interesante cuando se cuenta con talento y gracia, como afortunadamente lo hace esta vez el señor Levy. Lección, que por ejemplo, debería haber aprendido ya, cierto director cabeza hueca responsable de una saga de películas de robots aburguesados, políticamente correctos e ideológicamente peligrosos, que piensa que un film de acción sólo debe tener un descalabro inentendible de efectos especiales y un montón de personajes idiotas y poco naturales.

    Habiéndome permitido el anterior desliz, decir que otro gran punto a favor de Gigantes de acero es la constante referencia-homenaje a la saga de Rocky Balboa, cada vez más presente a medida que pasan los minutos del film y cuando la historia de Charlie y Max se va convirtiendo en la historia de Charlie y Max con Atom. Atom es un robot antiguo según los tiempos que corren en el film, con el cual la pareja de protagonistas lograrán cosas extraordinarias, como las que logró el torpe semental italiano con sus puños. Quien haya visto y disfrutado las películas de Stallone, recibirá con agrado el continuo bombardeo de referencias, y con suerte volverá a sentir la emoción que provocaba ver al siempre venido a menos Rocky enfrentarse a la máquina asesina del momento. Siempre es atractivo y efectivo aquello del pequeño enfrentándose de igual a igual al grande, contra todas las expectativas.

    Sosteniéndose por habilidad del director, en cuanto a ritmo y decisiones tomadas; una buena y coherente historia; dos grandes actores protagonistas, y por qué no también gracias a la existencia de Rocky, Gigantes de acero es una muy buena película con entretenimiento, emoción, y que supera las expectativas, en la mayoría de los casos.

    Volviendo un poco al principio, quizás la mejor forma de recibir esta película es como niños. Niños con ídolos y héroes, niños con padres o figuras paternas, niños con ganas de jugar y divertirse a lo grande. Y también siendo niño, por supuesto.
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  • El guardián del zoológico
    Ignoren a los mariachis (spoiler)

    ¿Cómo sentirse atraído a ver una película como El guardián del zoológico? El enésimo filme con animales que hablan y que van a ayudar al buenazo de turno, en este caso, el “king of Queens” Kevin James. Aquí, los animales romperán su pacto de “no hablar nunca a los humanos” para ayudar a que Griffin reconquiste a su ex Stephanie (Leslie Bibb), que cree que su trabajo es patético, y no abandone sus tareas en el zoológico, ya que, obviamente, ha sido el mejor cuidador que han tenido.

    Así se presenta este filme en el cual se acumulan todos los lugares comunes de las comedias románticas más chatas. Y, en realidad, es una película más fallida que mala. Lo peor que tiene es que es tan lineal y predecible que agobia. Logra sí, algunos buenos chistes y sobre todo buenos momentos de inspiración de Kevin James, que es alguien con gracia. No hay mucho más que eso en una historia que se va diluyendo al mismo tiempo que el poco interés que suscita.

    Frank Coraci se embarca en la dirección de este film que hace 15 años hubiera tenido seguramente a Adam Sandler como protagonista. De hecho, Coraci ha dirigido algunos films de Sandler como La mejor de mis bodas, de 1998, El aguador (en la Argentina directo a DVD) de 1999, y la más interesante Click, perdiendo el control, de 2006. Claramente, El guardián del zoológico es de lo más flojo de su producción aunque, en definitiva, es un filme menor con un guion inconsistente y plano, con lo cual Coraci realiza un trabajo bastante digno.

    Además, los personajes y las actuaciones están correctos y, más allá de que el peso de casi todo el film recaiga sobre James, también hay algún destacado, como el oriental lascivo Venom interpretado por Ken Jeong. Lo que resulta por momentos insoportable son los animales, que en un tono al estilo Madagascar, se la pasan gritando y diciendo chistes viejos robados a algún mal comediante cordobés. Sólo se salva el querible gorila o el monito cappuccino (sólo cuando alardea por tener pulgares), y quizás las pequeñas apariciones del cuervo y el avestruz. El resto es un grupo insufrible.

    Reiterando ideas, El guardián del zoológico es una cinta menor, sin pretensiones, un producto que por momentos aburre y a veces hace reír por acumulación de chistes, algunos de ellos buenos. Posiblemente todo esto hubiera funcionado mejor en el contexto de alguna aventura, pero así como comedia romántica es un pasatiempo olvidable aunque no tan malo como para indignar, por suerte.
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  • Damas en guerra
    Have fun!

    Damas en guerra es, a priori, la enésima película acerca de las vicisitudes que debe atravesar una “dama de honor” para que la boda de su mejor amiga sea “perfecta”. Sin embargo es, además, un retrato plural sobre la mujer moderna norteamericana, una crítica corrosiva de las costumbres y rituales burgueses como el matrimonio, y un entretenido conjunto de chistes y gags, algunos pasados de rosca e incomodísimos. En resumen, todo lo que no son las películas de Sex and the city.

    En principio nos encontramos con Annie (una dulce y melancólica Kristen Wiig), que está pasando por un mal momento: no le gusta su trabajo, está con un tipo que la desprecia, vive con una pareja de ingleses insoportables y encima su mejor amiga Lilian (Maya Rudolph) se compromete. Por lo cual, comienza el relato de cómo la vida de Annie va cambiar debido a esta boda de la cual ella y otras cuatro mujeres serán las damas de honor.

    Paul Feig, quien anteriormente ha dirigido en la televisión norteamericana, por ejemplo en The office o Nurse Jackie, se mete de lleno en subrayar lo estresante y absurdo que suele ser la ceremonia de matrimonio para las mujeres de clase media estadounidenses. Tanto las bodas o los funerales, y hasta Navidad y Acción de Gracias, son rituales de gran importancia y tradición en la sociedad biempensante en general. Forman identidad y tienen fuerte presencia en la cultura. La comedia suele encargarse de disparar contra estas tradiciones, la mayoría caducas, demostrando que tanta pomposidad y solemnidad hacen que carezcan de sentido. Esto es ni más ni menos lo que hace Damas en guerra una vez más: se ríe de todo lo que supuestamente se debe hacer de una manera determinada para ser “perfecto”.

    Pero no sólo se queda con eso, más interesante es la mirada que posa sobre Annie, una persona que se ha abandonado, o que se está abandonado. Que piensa que no puede estar peor, y sin embargo, la vida le pasa por al lado y se va hundiendo aun más en su propio patetismo. Damas en guerra trata sobre Annie pero no la observa de manera paternalista y compasiva, sino que la critica, mostrándole que mucho de lo malo que le pasa es más bien por su culpa, por su pasividad, más que por lo mal que le hacen los demás. Y también se ríe de ella, la pone en situaciones, a veces, incómodas y terribles, y la ridiculiza sin atenuantes.

    El film dura algo más de dos horas, y tiene algunos baches que la vuelven un poco tediosa, aunque nunca cae en un aburrimiento insostenible, por el contrario, recompensa la espera con algún chiste explosivo o desquiciado. Feig no teme en llevar bien lejos las posibilidades de las situaciones que construye. Traducción, si algo puede salir mal, va a salir bien mal en Damas en guerra. Además, un gran punto a favor son la mayoría de los diálogos, todos con buen ritmo y contribuyendo a estirar, a veces, hasta el hartazgo la incomodidad de las situaciones cómicas.

    Y quizás a lo último nos encontremos con un final demasiado convencional, que desentona con la historia en general, pero que mejora si esperamos los títulos y vemos un video sorpresa que nos dejará mejor sensación de esta comedia. Damas en guerra nos deja una vez más con la certeza que la mejor forma de enfrentar la vida y el mundo, es riéndose a carcajadas de ambos.
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  • Noche de miedo
    Nostálgica noche de terror

    El cine de terror es comparable al rock en la música, en el sentido de que ambos son géneros añejos, cíclicos, que entran en crisis y se reinventan constantemente. Además, nunca caen en el olvido o en el desuso por demasiado tiempo, como por ejemplo el western. Hoy vivimos en una época donde el cine de terror ha agotado varias aristas, y busca desesperadamente nuevos aires haciendo una relectura de su pasado reciente y glorioso. Esto, en su forma más explícita, se ve en los constantes estrenos de remakes de películas de los setentas y los ochentas. La Noche de miedo original de Tom Holland, es un exponente de ese cine de terror “ochentoso”, que tenía mucho de comedia, con ritmo, gore y música estridente. Una estética propia y reconocible de un género que, en aquellos años, ya era absolutamente autoconsciente y tenía entre “ceja y ceja” el entretenimiento como principal fin, más que sólo provocar emociones de terror o de risa esporádicas.

    Craig Gillespie, director anteriormente de Mr. Woodcock y Lars y la chica real, además de haber dirigido algunos capítulos de United States of Tara, juega aquí con el homenaje y la parodia, no sólo a la película de Holland, sino del cine que se hacía en los ochenta. Sin embargo nunca se olvida de hacer su propia película, es decir, de contar a su manera la historia del vampiro Jerry (Colin Farrel) y su némesis ocasional Charlie (Anton Yelchin). Recurre si, a elementos típicos de la vieja escuela de películas para adolescentes, la música incidental presente y efectista por ejemplo, o los personajes estereotipados y funcionales, pero todos utilizados con fluidez y matices. El director demuestra saber lo que está haciendo, equilibra perfectamente las dosis de humor, miedo, gore, homenaje, referencias y del ¡maldito suspenso! Tiene claro como mantener el interés en un film poco original desde lo temático y argumentativo, y aprovecha de gran forma los momentos de tensión que disparan la historia hacia adelante sin atenuantes, lo cual ayuda a mantener el ritmo.

    El casting es otro acierto de Noche de miedo. Los protagonistas, Anton Yelchin y Colin Farrel, son una dupla de enemigos muy interesante con cruces que son divertidos y vertiginosos. Ambos demuestran oficio y talento para darles vida a personajes diametralmente opuestos, además, imprimiéndoles matices y personalidad. Tenemos también a un histriónico Christopher Mintz-Plasse haciendo de un amigo de Charlie (el personaje de Yelchin), un poco nerd y bastante obsesivo, y también al mago Vincent interpretado en muy bien por el gritón de David Tennan, un falso cazavampiros coleccionista, que a su vez es un mago que hace ilusionismo a todo trapo.

    Imogen Poots y Toni Collette interpretan a Amy y a Jane, novia y madre de Charlie respectivamente, sus personajes son los más arquetípicos, y sin embargo funcionan y encajan perfectamente en el film. Además el personaje de Poots es clave en la trama, con lo que cumple con creces.

    En fin, Noche de miedo es una linda sorpresa, una buena combinación de elementos de los de antes y de los de ahora. Nos manda el gastado espíritu de los ochenta para que lo veamos con la actitud de hoy y sale bien parada. Quizás pierde un poco por su falta de originalidad, pero gana por la calidad de su forma y por el talento de los involucrados. Y junto con Scream 4 y La noche del demonio, demuestran que el género se está revisando y pensando a sí mismo, a ver que sale.
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  • Apollo 18
    Apollo 18
    Fancinema
    Nada por aquí, nada por allá...

    Apollo 18 es, en principio, otra de las películas de terror hijas de las premisas del Proyecto de Blair Witch de 1999. Esto es, armar un film a base de imágenes supuestamente reales que documentan algún hecho extraordinario y terrible. En verdad, aceptamos el juego de que las imágenes son material rescatado de hechos verídicos desde Holocausto Caníbal, recurso que por gastado no deja de producir, a veces, un golpe de efecto interesante. El problema es que la mayoría de estas películas solo se quedan con eso, sin historia, sin ideas o sumando un montón de arbitrariedades y ridiculeces. Apollo 18 contiene todas estas fallas al por mayor.

    Entonces la cosa es más o menos así: oficialmente, el último viaje del hombre a la Luna se produjo el 7 de diciembre de 1972, en el Apollo 17. De acuerdo con el material “encontrado”, con el cual fue hecho el film en cuestión, hubo una misión secreta posterior en el Apollo 18 donde se nos revelará la verdad acerca de por qué el hombre jamás volvió a pisar el suelo lunar. Entonces veremos un montaje de imágenes tomadas a través de las cámaras de control y documentación de la nave, y las que instalan convenientemente los astronautas en suelo lunar, además de la que llevan en la mano. Todo bajo el aspecto visual de aquellas filmaciones rudimentarias y por momentos ininteligibles, a través de las cuales se pudo ver a Neil Amstrong pisar suelo lunar en 1969.

    El film del español Gonzalo López Gallego (Nómadas ; Sobre el arcoíris, El rey de la montaña), es esquelético. Desde el principio está acotado y presionado por su propia propuesta. El estilo “falso documental” obliga a abandonar unas cuantas herramientas cinematográficas y simular tosquedad o desprolijidad, con lo cual se pierde en emoción, en timing volviéndose todo monótono y se decanta en el aburrimiento. Además, el espacio donde se desarrolla la acción se ve claramente comprometido, es decir, astronautas encerrados en una nave demasiado pequeña, como lo era el modulo lunar de las misiones Apollo, que sólo pueden salir por determinado tiempo en trajes pesados e incómodos, teniendo que lidiar con cierta amenaza extraterrestre que no tiene ningún problema para vagar lo mas campante por la Luna. De ahí que el desenlace sea obvio y previsible: sabemos que en las misiones en el espacio cualquier eventualidad es tragedia, por lo cual, si aguantamos el innecesario bodrio de la primera media hora de la película, quizás podramos ver qué les pasa a estos muchachos.

    López Gallego, ante las dificultades que tiene el film desde su concepción, sólo le suma ineptitud y falta de ideas. Lo único que le queda para generar suspense, es hacer zoom y subrayar (unas cuantas veces) alguna piedrita moviéndose donde no debería hacerlo; o cada vez que llega un ataque climático, recurrir a una interferencia o la destrucción de la cámara prohibiéndonos ver que está pasando. ¡Incluso hace que las cosas hagan ruido al caerse, fuera de la nave, donde no hay atmósfera! En suma, despoja a su película de la posibilidad de mejorarla mediante los recursos de la imagen, haciendo hincapié hasta el hartazgo con los pocos recursos disponibles, quedándose con el esqueleto de una película, una historia escuálida ejecutada y flaca de ideas. Quizás hubiera sido igual de mala si se la pensaba con otra concepción, pero seguro que no tan desagradable y tediosa.

    Así, repleta de lugares comunes y de golpes de efecto, avanza Apollo 18 hacia la nada. Esto se da porque el resultado más común de tanta torpeza y tantas malas elecciones en la elaboración de un film es el aburrimiento, y la total carencia de emoción. En eso Apollo 18 cumple.
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  • Destino final 5
    Morir 5 veces

    Sin que nadie lo esperara, o lo pidiera, o al menos lo pensara, llega la quinta parte de la franquicia Destino final. Y si, es de esas películas que a uno lo tientan a decir cantidad de lugares comunes, como que es intrascendente o sólo para fanáticos y, de hecho, los es, sin embargo, a pesar de lo absurdo y a veces ridículo de la propuesta, también es un entretenimiento con bastante humor negro y mala leche.

    Ya la olvidable cuarta parte de Destino Final se anunciaba como la última de la supuesta saga que ya como trilogía parecía agotada, más allá de la buena primera parte y de la muy buena Destino Final 2. Y sin darnos cuenta terminamos de ver la 5, y si encima hacemos filosofía barata, podríamos pensar que todo en esta vida es cíclico y que de repente estamos de nuevo en los años 80; cuando se estrenaba Volver al futuro y cuando los estudios se dedicaban a hacer sagas interminables, especialmente de películas de terror. Estaban la torpe saga de Halloween, la insoportable de Martes 13 y la “a veces buena” de Pesadilla en Elm Street. Y hoy ya contamos con 7 Juego del miedo, 4 Scream, 3 películas de zombies de George Romero en 6 años y por supuesto 5 destino final repitiendo un esquema conocido (como en toda saga), en este caso: Gracias a la visión o premonición de una persona, un grupo arquetípico de adolescentes en plena ebullición sexual y con fácil acceso a estupefacientes, se salvan de un mega accidente fatal. Ahora por haber esquivado ese destino, la muerte los perseguirá uno a uno hasta que todos cumplan ese designio prefijado, es decir, morir cuando la parca tenía planeado que murieran.

    En el caso de Destino Final 5, los muchachos en cuestión se salvan de un grotesco y cinematográficamente entretenido accidente en un puente colgante que se desploma. De hecho el punto fuerte en toda la saga ha sido la narración violenta y detallista de la “premonición” del accidente que tiene el protagonista, aquí no se queda atrás, la escena del puente desplomándose es absolutamente bestial.

    Steven Quale, alguien sin demasiada experiencia como director, pero si un trabajador de la industria que ha sido, entre otras cosas, ayudante de dirección de James Cameron, intenta un film vertiginoso, que termina siendo apurado. Porque, si bien Destino final 5 ya no tiene demasiado que explicarle al público con respecto a los mecanismos de la muerte (y por extensión, los de la película) hay un desarrollo torpe de personajes y situaciones. Hay algún agujero en el guion en los 30 minutos de film luego del accidente del puente, los personajes pasan de no entender nada, a saberlo todo y de repente Destino Final 5 se convierte en la colección de muertes extravagantes que todos, más o menos, esperaban. Por lo tanto Quale deja de construir algún tipo de narración y va “a los bifes” sin estadio previo convincente lo cual parte al film en dos.

    Por otro lado, como simpatizante del cine de terror en todas sus formas, debo decir que si en algo no falla Destino Final 5 es en lo retorcido y morboso de las muertes. Es una divertida colección de empalamientos, pinchazos, quemaduras, caídas y quebraduras de decenas de huesos. Y además, hay un uso medianamente justificado del 3d en el sentido más efectista de sus posibilidades, esto es, sangre y tripas que vienen a la cara.

    Entonces, no era de esperarse mucho más de Destino Final 5, es mejor que la anterior entrega y tiene un giro final que le agrega un poco de originalidad a la propuesta. Y aún así, más allá de sus fallas argumentativas y de ritmo entretiene y divierte, aunque se olvidará con rapidez.
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  • La oscuridad
    La oscuridad
    Fancinema
    Especies que desaparecen

    La oscuridad es uno de esos estrenos tardíos y de relleno, que llega sin explicación a las salas argentinas, bastante después de su lanzamiento estadounidense y cuando ya se pueden conseguir copias de todo tipo y calidad en Internet, lo cual acota bastante sus posibilidades de éxito.

    Dirigida por Brad Anderson (El maquinista, Sesión 9), alguien con habilidad para el thriller “enroscado”, que sin embargo, a pesar de ciertos clímax, no puede disimular las lagunas de guión y la incapacidad de Hayden Christensen para expresar algo creíble. Porque la verdad, luego de un prologo potente lleno de suspenso que recuerda al tipo de tópicos y maneras de la serie Dimensión desconocida (Twiligh Zone 1959 – 1964), llega la entrada del loco de Hayden, que marca el momento en el cual desaparece la mayoría de lo medianamente interesante que se plantea en el principio.

    La premisa del filme es interesante: de repente se produce un gran apagón y la mayoría de las personas desaparece misteriosamente dejando sólo sus ropas y las cosas que tenían a mano. Cierta presencia misteriosa en las sombras amenaza a los “supervivientes”, cuya única protección son las fuentes de luz portátiles, que se están agotando. Luke (Christensen) se escapa hasta un bar junto a otras tres personas, el tiempo de luz se agota y deberán idear un rápido escape. Entonces La oscuridad, que arranca como una película que muestra un cataclismo mundial, se achica hasta ser una de esa especie de subgénero de films sobre personas-encerradas- en-un- bar-amenazadas- por- terroríficas- amenazas- externas. Esto no es del todo malo, pero el problema es que a medida que pasan los minutos se vuelve evidente la falta de consistencia del guion. Aparecen arbitrariedades que no suman absolutamente nada, como la niña con expresión cadavérica que cada tanto entra en escena y sale corriendo. Además, la absoluta falta de explicación de lo que está sucediendo suena más a pereza de los escritores que a elipsis consciente, ya que por un lado se logra ese horror e impotencia ante lo desconocido, pero por el otro, el director nos sugiere explicaciones nada sutiles, acerca de lo que se encuentra en la oscuridad, que nunca terminan de definirse, y deja al film con cierto vacío argumental que lo vuelve intrascendente. Es otras palabras, así contado, el film de Anderson pierde interés y se vuelve predecible.

    Las actuaciones son también un punto flojo: John Leguizamo (Tierra de los muertos, de George Romero) vuelve a hacer de hispano católico en plena capital gringa, con un exagerado acento, y encima, sin la gracia que a veces demuestra. Otro estereotipo es el que compone Thandie Newton (Aquella ladrona peligrosa de Mision: Imposible 2) que es una madre que perdió a su hijo en “la oscuridad” y tiene la esperanza encontrarlo aún. Y bueno, nos queda Hayden Christensen, aquel que tuvo la oportunidad de ser el mítico Darth Vader, y que lo convirtió en un pavote que hace pucheros sith, o sea, lo que la mayoría vimos en la última trilogía de La guerra de las galaxias. Aquí no logra ni un grito contundente, todo lo que muestra es tan artificial y fuera de registro que nos expulsa de la historia en cada intervención.

    En fin, La oscuridad es un film fallido de buen comienzo que se diluye y termina aburriendo. Asimismo, presenta la peor actuación de Christensen desde Darth Vader. Por todo esto no se justifica su estadía en las salas marplatenses con un gran film como Super 8 aún sin estrenarse.
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  • El mundo según Barney
    Ascenso y caída de Barney

    Dirigida por Richard J. Lewis, quien ha desarrollado su carrera principalmente en la televisión estadounidense, El mundo según Barney es la adaptación de la novela Barney`s Version del canadiense Mordecai Richler. La historia es básicamente un recorrido por la vida amorosa de Barney Panofsky interpretado por gran Paul Giamatti, que no sólo se apropia de cada sutileza de un personaje complejo, sino que a la vez oficia como sostén casi único de una película con algunas fallas.

    Entonces, Lewis nos presenta a un melancólico Barney, productor de televisión, quien vive un presente hundido en la soledad y la melancolía. Entonces comienzan una serie de flashbacks que nos muestran, una a una, las historias amorosas y también algunos hechos relevantes de de la vida de Barney, principalmente su vida con Miriam (una extremadamente sutil Rosamund Pike) y como todo esto terminó en un presente apático y cansino.

    En principio es una propuesta poco original pero no despreciable, que funciona bien sobre todo cuando la ironía y cierta mala leche del personaje de Giamatti despiertan del tono de pesadez general. Porque la falla principal de El mundo según Barney es la falta de ritmo, y quizás por momentos la falta de pulso para balancear la comedia dramática y el drama liso y llano. También hay buenos momentos en las intervenciones de Izzy Panofsky (Dustin Hoffman), el padre de Barney, un personaje que parece salido de algún film perdido de Woody Allen, que refresca por momentos pero que quizás está fuera de registro con respecto al elenco en general.

    Entre las fallas también cuenta cierta subtrama policial, un hecho confuso entre Barney y su amigo Boogie (Scott Speedman), que está insertada a la fuerza. Es cierto que el hecho es importante y definitorio para el personaje principal, sin embargo, nunca tiene suficiente peso y al final se resuelve, pero ya no tiene tanto significado como el director pretende. Suma pero nunca se acopla, y si se la piensa en perspectiva, podría haber sido eliminada y la cosa no cambiaba demasiado.

    Donde la película si funciona, y en gran parte es gracias a Giamatti, es en su bien contado retrato de una persona absolutamente consciente de sus buenos aciertos y también de sus grandes errores. Aparece allí una mirada melancólica, pero para nada autocomplaciente o victimizada de porque las cosas llegaron a estar en tal o cual estado. Barney Parnofsky se lamenta, pero sabe y recuerda que mucho de lo malo que le sucede es por su responsabilidad, y hay un poco de patetismo y ternura en ese saber.

    El mundo según Barney es entonces una historia demasiado larga de victorias y fracasos personales, que puede llegar a aburrir, pero no deja de ser simpática por momentos, por lo cual se deja ver. Además, deja la certeza de que un gran actor como Paul Giamatti puede sostener casi mucho de una película por propia capacidad, a pesar de que el contexto no sea demasiado favorable.
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  • Atrapada
    Atrapada
    Fancinema
    Clichés

    Desde el póster de promoción de Atrapada, e incluso luego de verla, da la sensación de estar frente a un film de terror convencional, simplemente malo y sin ideas. El problema es que quien la dirige es John Carpenter, y aquí va el primer cliché: uno de los maestros del cine de terror de los últimos treinta años y, probablemente, el mejor de aquel podio imaginario de realizadores que ocupan, con mayor o menor justicia, algunos directores que explotaron en las décadas de los 70 y los 80. Y estamos hablando de gente como George Romero, Wes Craven, Tobe Hooper, David Cronemberg, el insoportable de Sean Cunningham, o alguien de producción más reciente como Sam Raimi y hasta el joven Peter Jackson.

    Seguimos con la lista de clichés: John Carpenter ha sido un realizador personal, es decir, con un estilo propio reconocible en casi todos sus films, en muchos casos no solo dirigiendo, sino también escribiendo el guión y componiendo la música. Además, se ha dicho (y he dicho alguna vez): que en Asalto al distrito 13 (1976), Carpenter reescribió Rio Bravo; que El enigma de otro mundo (1982) es la gran película de terror de los 80 y casi de la historia; que con Halloween (1978) (y a pesar de Black Christmas y otros exponentes anteriores) inventó el slasher moderno. O sino: que Christine (1983) era floja pero igual estaba buena; que el Príncipe de las tinieblas (1987) es “realmente” terrorífica; que En la Boca del miedo (1995) es la última gran película de terror; y que Vampiros (1998) y Fantasmas de Marte (2001) han sido injustamente despreciadas.

    Todo esto para que quede claro que Carpenter no ha pasado inadvertido en la historia del género. Uno le tiene un gran respeto y admiración, sobre todo, por hacer un cine distinto, de gran carácter narrativo y personal (más clichés), haciendo muchas veces de lo mejor que se ha visto en el género desde hace tres décadas. Gracias al nombre de Carpenter, Atrapada no pasa inadvertida y va directo a DVD sin escalas (además de los caprichos y conveniencias de las distribuidoras). Estamos ante una película convencional ya desde el argumento: “la chica perturbada (Amber Heard) que va a parar al psiquiátrico tenebroso, y que afirma que no está loca, pero que con cada una de sus acciones le confirma a los médicos esa sospecha. Además vemos que la protagonista en cuestión es perseguida por una especie de fantasma que, al menos, la quiere lastimar”. Pasando por alto que esta historia ha sido contada un millón de veces, agreguemos en el medio un giro argumental que ha sido utilizado unas 50.0000, lo que da una suma de redundancias difíciles de soportar. Y si encima está dirigida por un director cuya última incursión relevante en la gran pantalla (¡cliché!) fue hace 10 años, estamos ante un producto agotado desde el principio. En Atrapada se suceden golpes de efecto continuos a medida que la historia se desarrolla a pulso pero sin alma.

    Heard además de aportar belleza, entrega una actuación correcta. Es que ya ha tenido algunas apariciones en el género, como la horrible versión de And soon the darkness (2010); o el interesante slasher de 2006 All the Boys Love Mandy Lane. Incluso hace poco se la pudo ver en Argentina con Infierno al volante junto a Nicolas Cage. El problema de su personaje en Atrapada no es su actuación, ni la dirección de Carpenter, sino el guión de Michael y Sahwn Rasmussen, que la atiborran de diálogos innecesarios y estúpidos, y la obligan a acciones arbitrarias o forzadas.

    Más allá de alguna esperanza aislada, era previsible que la vuelta al ruedo de John Carpenter fuera una decepción. Quizás, sorprende la falta de personalidad, y la poca originalidad de la propuesta. Sin embargo, la decadencia de los Grandes Maestros del Terror también es hoy un cliché. Y la verdad, es que todos los años hay gratas sorpresas y películas por encima de la media en este género. Sin ir más lejos, la cuarta parte de Scream, la fiesta gore de Piraña 3D y la vuelta a las raíces que propone La noche del demonio nos han dejado buenas sensaciones. Y al querido John todavía le debemos respeto y admiración, sin dejar de señalar que Atrapada es mediocre, bastante mediocre.
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  • La reencarnación de los muertos
    George de los muertos

    Dos años luego de su estreno en USA y, en la misma semana en la cual se estrena en Argentina el regreso de John Carpenter a los cines, llega la última película de otro grande del cine del género terrorífico: La reencarnación de los muertos de George A. Romero. A sus 70 años el querido George filma a sus criaturas preferidas: los zombies. La verdad es que su principal aporte al cine moderno han sido estos muertos caminantes y caníbales, desde La noche de los muertos vivientes de 1968, donde ayudó a sentar las bases del cine de terror moderno, crudo, salvaje y con una cierta mirada crítica a la sociedad.

    Tal fue el éxito y la influencia de aquel bestial film que Romero completó una trilogía con la buena El amanecer de los muertos de 1978 (que tiene una remake con el mismo nombre de 2004 dirgida por Zack Snyder que es mejor que la original) y la interesante aunque irregular El dia de los muertos (1985). Vinieron además, varios remakes, plagios, homenajes y parodias, y hay dos excelentes que vale la pena destacar como para revisitar, ahora que vamos a hablar un poco de La reencarnación de los muertos que es bastante floja: El regreso de los muertos vivientes (1985) dirigida por Dan O`Bannon, es un homenaje, una parodia y una falsa secuela descarada, divertida, bien clase B; y La remake de 1991 de La noche de los muertos vivientes, una potente reversión del primer film de Romero dirigida por Tom Savini.

    En fin, desde 2005 hasta hoy, Romero solo ha tenido en sus manos proyectos de películas con zombies. Inaugurando una nueva trilogía con la entretenida La tierra de los muertos, que siguió con la fallida El diario de los muertos de 2007 filmada con cámara subjetiva y que concluye, o continúa con La Reencarnacion de los muertos. Y sí, luego de 6 películas y 40 años, el director en cuestión ya nos ha contado casi todo lo que tenia para decir con sus zombies: como empieza y como termina una hecatombe zombie, de que cosas son capaces los humanos en situaciones extremas, cuan desagradable puede ser una calle repleta de gente muerta que camina y mastica otros cadáveres, que tan malo es el capitalismo, el armamentismo, la aristocracia y etc. Entonces llega con esta película que debe ser la más pequeña de las 6 (en presupuesto y en historia) donde todo y todos parecen cansados. Tanto Romero, como los personajes, como la historia, todo es rutinario y esquemático como lo han sido siempre sus películas con muertos vivientes sin embargo, aquí ese esquema ya no tiene nada para decir y tampoco divierte. Porque claro, los zombies siempre fueron una excusa para decir algo más, pero aquí lo que dice ya es repetitivo, confuso sin alma. Por otro lado, si hay una orgia de sangre y tripas final, algunos buenos chistes negros y el típico ambiente de serie B pero con eso solo no alcanza, más bien aburre.

    Semana trágica para los baluartes del cine de terror, al menos en Argentina. Ya vendrán tiempos mejores, y si no, no importa mucho bueno ya han hecho, John y George.
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  • Medianoche en París
    Escritor se busca a sí mismo en Paris

    Gil (Owen Wilson) es un artista en crisis que cuestiona sus talentos y posibilidades literarias, mientras está escribiendo su primera novela (hasta ahora lo suyo eran guiones para Hollywood). Se encuentra en París junto con su novia Inez (Rachel McAdams), con quien se va a casar, aunque la relación también está en problemas.
    Woody Allen, al igual que Gil, admira París -o al menos, a sus productores europeos-, por lo cual se preocupa en demostrarnos que aquella ciudad es hermosa por muchas razones, desde un largo comienzo que consiste en planos de diferentes sectores famosos de la capital francesa a ritmo del infaltable jazz clásico, casi un spot de turismo. Luego sí, se nos sugiere todo aquello que le pasa a Gil en Paris, con su trabajo y con sus relaciones personales.
    Es que si algo se nota claramente en esta última película de Allen, es su falta de capacidad de síntesis y la continua reiteración de diferentes elementos; como algunos chistes, ciertas actitudes de los personajes, alguna música y alguna intención. Woody no redondea y se lo encuentra a veces dando vueltas en círculos dentro de la historia. Hay que reconocer, sin embargo, que esto no afecta realmente una película que no sólo es mirable, sino también amable y divertida. Que al director neoyorquino le falte un poco de solidez, no significa que sufra de la desmesura insoportable de Michael Bay por ejemplo, sino más bien, de una falla de cierta importancia que por suerte no influye tanto en una película que también tiene muchos aciertos.
    Por ejemplo, está el buen elenco que sostiene a Medianoche en Paris. Personajes como la insoportable Inez que hace Rachel McAdams, o el pedante Paul del gran Michael Sheen (el Frost de la buena Frost/Nixon) están más que correctos en sus actuaciones, y aunque son estereotipos, acompañan muy bien al Gil de Owen Wilson. En cuanto a Wilson, que le toca componer al personaje alter ego de Woody Allen, se puede decir que es un gran acierto suyo el no imitar los tics que el director tiene al actuar, logrando así apropiarse del papel y divertir con armas propias. Entre ellas, un acento extraño, casi inglés, pero hablado con los cachetes inflados, y una nariz que se va tornando cada vez más misteriosa en cuanto a su forma (de hecho, ya parece una mutación genética).

    En esta París también merodean algunos personajes que ya pueden ser calificados como históricos, interpretados con mayor o menor suerte. Se trata de artistas, escritores, pintores geniales que alguna vez pisaron el suelo parisino. La ciudad los formó, los alojó y les dio material con el cual hacer sus obras. Desde Cortázar y Pizarnik, hasta Marta Minujin han reconocido la influencia de París en ellos y sus obras. Aquí en la medianoche francesa de Woody Allen aparecen los artistas geniales del imaginario norteamericano. Desde el influyente y reflexivo Ernest Hemingway interpretado por Corey Stoll , hasta la pareja parrandera de Scott y Zelda Fitzgerald (Tom Hiddleston y Alison Pill, respectivamente), pasando por la Gertrude Stein de la buena de Kathy Bates. También está un eternamente enojado Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), que tiene una amante llamada Adriana, personaje importante interpretado maravillosamente por Marion Cotillard, que no sólo es una gran actriz, sino que además es hermosa. Woody se encarga de resaltar aquellos aspectos conocidos de estos personajes logrando una burla respetuosa que a veces es excesiva y otras veces lo suficientemente divertida. La galería de artistas que presenta el director es enorme e innecesaria, atiborrada de homenajes y referencias, y en general es un deleite, y llega a cumbres como cuando aparece el Dalí de Adrien Brody.

    París es una usina cultural, la capital de amor, centro político del universo y hasta un lugar donde se come bien. Estos son saberes baratos desde hace mucho tiempo, lo cual no significa que sean mentira. Allen se encarga de decirnos que todo aquello es verdad y más. Que París siempre ha sido mágicapor varias razones: o por el amor, la inspiración que provoca, o por quienes la eligieron y la están por elegir. Por suerte nos lo dice con su cine, que aunque un poco desgastado y enclenque, todavía puede hacer reír y disfrutar.
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  • La doble vida de Walter
    La del castor

    Sí, una de las películas más interesantes en lo que va del año está dirigida por Jodie Foster y protagonizada por ella misma junto a Mel Gibson, Anton Yelchin (el ruso tripulante del Enterprise en la ultima versión de Star Trek) y Jennifer Lawrence (protagonista de Lazos de sangre y que hace de Mystique en X-Men: primera generación). Y, sí es la historia de Walter, que a diferencia de lo que dice el infame título que recibió este en Argentina, no tiene, tuvo o tendrá una doble vida. Walter es un depresivo patológico que supo tener una linda familia, un buen trabajo y una hermosa casa, pero todo eso lo ha perdido. Hundiéndose en una profunda angustia, está casi al borde del suicido cuando, de repente, una voz que proviene desde el títere de un castor que tiene en su mano lo detiene, y allí comienza el verdadero relato de la supuesta recuperación de Walter, quien empieza a usar la marioneta como método terapéutico.

    Este prólogo, maravillosamente contado y dosificado, nos introduce rápidamente en una historia que fluctúa entre lo convencional y lo extraño, que se pone más incómoda, tensa e inquietante a medida que avanzan los hechos. Foster aprovecha a un Gibson efervescente y creíble, capaz de desdoblarse en dos personajes que a la vez son uno solo con total naturalidad, y que brilla sobre todo cuando dialoga con sí mismo (o con el castor) logrando grandes momentos, que van desde la risa por lo ridículo hasta la tensión por un peligro que acecha. La dirección de Foster acompaña con fluidez, ya desde la decisión de los planos elegidos en cada momento y situación. Consigue mostrar con la suficiente sutileza la diferencia entre el mundo íntimo de Walter y el castor, y cómo se los ve en sociedad.

    La doble vida de Walter, toca (y a veces sólo roza) varios temas al respecto de la familia además de, obviamente, mostrar las relaciones de Walter con su entorno. Aparecen allí el padre ausente; la madre que intenta desviar los problemas a través del trabajo y el cuidado de sus hijos; el hijo que no quiere ser como su padre bajo ningún aspecto, pero que sólo logra parecerse a él cada vez más; y hasta superficialmente la muerte por sobredosis de un miembro de una familia “bien” que lo esconde como secreto de estado. Lugares comunes, en general bien resueltos y contados con la necesaria profundidad. Pero donde la película se potencia es cuando pone en discusión los métodos de autoayuda, terapias psicológicas de toda índole (alternativas y no tanto), y la manera que tiene la sociedad y el individuo mismo para enfrentar problemas de este tipo. Porque Walter ya lo intentó todo, puso en práctica un montón de ayudas externas que no funcionaron, y sigue cada vez más perdido. Es que quizás, en muchos casos ya no quede nada por hacer, aunque leamos el ultimo libro del gurú de moda lleno de obviedades e hipocresía, o nos atendamos con el psiquiatra famoso que viajó al Tíbet, lo que escondemos y apretamos hacia adentro, volverá a salir con mas fuerza, para Walter y para todos, por mas dios, buda, Bucay, Osho o Castor que nos quiera dar respiro.

    Jodie Foster saca adelante, con oficio, una película que ya sorprendía desde el trailer, pero que con poco se podría haber convertido en un desastre, y que al final termina siendo un relato sincero, que se permite el humor y la tragedia, con un gran Mel Gibson acompañado de un muy buen elenco y el Castor que merece un Oscar y una paliza por parte de los Muppets.
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  • X-men: Primera Generación
    The Rise of Magneto

    Dos años después del estreno de la fallida X-Men Orígenes: Wolverine, llega la quinta película de la saga, otra pre-cuela que cuenta el origen de los personajes más importantes de la franquicia, y algunas circunstancias que definen la historia de la trilogía inicial.
    El director de la buena de Kick-Ass (2010), Matthew Vaughn, se hace cargo de esta parte de la saga. El proyecto original iba a ser sobre el origen de Magneto, pero luego se fue ampliando hasta contar el origen de varios personajes de importancia como Mystique, Beast y Charles Xavier. Esto genera el primer problema de X-Men: Primera Generación, más allá de que Vaughn le imprime un ritmo parejo necesario para el género: en la primera hora se despliega una cantidad de información avasallante y algunos hechos importantes pasan de largo en la narración, reducidos a escenas muy cortas. Entonces con un par de eventos subrayados excesivamente tenemos el por qué de los conflictos de Mystique (Jennifer Lawrence) y Beast (Nicholas Hoult), o el origen de la sabiduría y bondad de Charles Xavier (James McAvoy). Sin embargo, la historia de Magneto (Michael Fassbender) está desarrollada con más solidez, el dramatismo de los hechos que lo definen están a la altura del personaje en el que finalmente se convierte.

    En cuanto a las actuaciones, McAvoy hace un Charles Xavier exitoso y carismático, con mucho sentido del humor, lo cual dista bastante del Xavier de Patrick Stewart que aparece en el resto de la saga, siempre grave y solemne. De entre los más flojos se encuentra la Mystique de Jennifer Lawrence, dado que su interpretación no tiene el carácter que requiere un personaje de mucho peso para el resto de los capítulos. Con respecto al Hank McVoy/Beast interpretado por Nicholas Hoult , se puede decir que tiene un desarrollo tosco, más bien torpe, y además el maquillaje en el momento de su transformación es bastante malo, una especie de peluche azul digital de apariencia demasiado artificial. A pesar de esto, como todo lo bueno que pasa en la película, el personaje realmente fuerte y no tan superficial es el Magneto de Michael Fassbender, que tiene el físico y la expresión del hombre duro presionado por su pasado, muy necesario para interpretar a tal villano. Y también vale una mención la interpretación a cargo de Kevin Bacon del sádico Sebastian Shaw, el verdadero “malo” de la película. Bacon hace lo que le sale natural: ser alguien despreciable en su discurso, su locura y su mirada; aunque quizás, y esto tiene que ver con el guión, es un poco exagerado su plan para conquistar al mundo.

    Al igual que en otras historias de Marvel como Capitán América, en X-Men: Primera Generación el contexto sociopolítico está anclado en algunos hechos de la realidad histórica. En este caso, los problemas ocurren durante la llamada “Crisis de los misiles en cuba” en 1962, y los X-Men son fundamentales para el desarrollo del conflicto. En estas películas, en general, se sostiene el espíritu del comic en cuanto la visión, un tanto inocente, burlona y sarcástica de la política. Así los agentes de la CIA son impotentes, los gobiernos inoperantes, burocráticos y los políticos fáciles de corromper con sexo, dinero y algún buen escocés de 12 años.

    En conclusión, X-Men: Primera Generación es la historia de Magneto, bien narrada en sus circunstancias, pero también es un relato que quiere abarcar más y se queda a medias. A pesar de esto, Vaughn tiene el oficio necesario como para que la película entretenga y levante la mala imagen dejada por su predecesora. Los X-Men son personajes interesantes y con un universo lo suficientemente rico como para estar por encima del promedio de la película de superhéroes. Entonces lo que aquí hay son pocos y bien usados efectos especiales; ritmo y algo de buena acción; unos cuantos buenos personajes; y algo de sentido del humor. Algo es algo.

    En otro orden de cosas, no se puede dejar de avisar que, luego de ver esta película, quizás den ganas de pasar las vacaciones de invierno en Villa Gessell.
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  • La noche del Demonio
    Del más allá

    El guionista y director de El juego de miedo, y guionista de El juego de miedo 3, James Wan, nos trae La noche del demonio, una propuesta absolutamente opuesta a aquellas de la saga de Jigsaw, y un poco más cercana a otra de sus películas, El silencio de la muerte. Opuesta, en principio, porque elige una historia sobrenatural con buenas dosis de suspenso, alejada del gore de montaje frenético de El juego del miedo, y apoyada en una inquietante puesta en escena, suaves y efectivos movimientos de cámara, y una buena fotografía.

    El film de Wan es bastante diferente a la mayoría de los exponentes cine de terror actual. No es una remake, no es un slasher, ni un festín de sangre súper-explícito. Es una película de embrujos y posesiones basada en un continuo y cada vez más opresivo ambiente, y varios climax cada vez más intensos. Como un cuento bien narrado y dosificado, a medida que transcurre, la historia se pone más incómoda y terrorífica.

    Aquí está la historia de la familia Lambert, el matrimonio de Josh y Renai -interpretados contundentemente por Patrick Wilson (Hard Candy, Watchmen) y Rose Byrne (Troya, Exterminio 2, Sunshine)- y sus hijos, sobre todo de Dalton (Ty Simpkins), quien repentinamente una mañana no se despierta, y luego de estudios médicos inconcluyentes permanece en ese extraño coma durante meses. Al mismo tiempo, cosas extrañas comienzan a suceder en la casa y parecen estar relacionadas con Dalton y su situación.

    El gran acierto de La noche del demonio, es apostar por elementos y algunas estéticas olvidadas o dejadas de lado en los últimos tiempos en el género de miedo. No sólo la utilización de planos secuencia y encuadres que parecieran sacados de un manual escrito por Hitchcock, sino también la utilización de temas y personajes que parecieran ya fuera de lo establecido, como “cosas que dan miedo”. Este film extrae bastante de viejas joyas de culto, como From Beyond, del dúo de realizadores Brian Yuzna y Stuart Gordon, y por lo tanto también a H.P. Lovercraft; o películas pequeñas de televisión como Don’t be afraid of the dark. Incluso bastante del cine de John Carpenter, sobre todo en lo que tiene que ver con el desarrollo de cierto ambiente opresivo. Pareciera que Wan le pusiera imágenes al terror indecible, al elemento indescriptible que siempre aparece en la literatura lovercraftiana y también fuertemente en esta película. Va describiendo un mundo paralelo invisible e intangible, donde habitan poderosos entes malignos, con terribles intenciones.

    Además, de todo aquello, tenemos la escena de los cazafantasmas, donde dos investigadores de lo paranormal (¡!) analizan si el caso de los Lambert es “real”. Esta escena tiene su comicidad, descomprime de la tensión persistente y nos prepara para lo que viene. También, la exagerada actuación de Lin Shayes como Elise Rainer, la médium que va a ayudar a los Lambert, queda perfecto con el tono ochenteno que a veces tiene La noche del demonio, y además es casi un homenaje a la Tangina de Poltergeist. Un punto en contra sea quizás el diseño de algunos de los personajes “malos”, especialmente uno que se parece a Darth Maul, del Episodio Uno de La Guerra de las Galaxias.

    En fin, tenemos a un James Wan que intenta hacer una película de terror con el espíritu de hace tres décadas pero que funciona muy bien hoy. Que entretiene sin tanto efectismo desde la construcción, elemento por elemento, de un buen relato; y que al menos da un respiro a un mercado hipersaturado de productos post El juego del miedo. Le alcanza con esto para ser de las mejores del año.
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  • Gnomeo y Julieta
    Ser o Gno ser

    Con Gnomeo y Julieta vuelve la tragedia amorosa de todos los tiempos contada otra vez “pero diferente”, animada y con música de Elton John incluida en el paquete. Desde el prólogo, la película de Kelly Asbury (uno de los directores de Shrek 2) intenta ir por rumbos de la parodia desquiciada, la aventura, la comedia romántica y el musical al estilo Disney, aunque no se define realmente por ninguno.
    Estamos en un suburbio colorido donde la Señora Montesco y el Señor Capuleto son vecinos de casas contiguas y se odian, en realidad se detestan. Por lo tanto, sus respectivos gnomos de jardín también están enfrentados, los azules de la señora Montesco y los rojos Capuletos. Por diferentes razones, una noche, el azul Gnomeo y la roja Julieta salen de sus respectivos jardines y casualmente se encuentran, y convenientemente se enamoran perdidamente, pero todos sabemos que ese amor es imposible.

    Partiendo de un buen comienzo, Asbuy despliega un universo particular para las aventuras de los pequeños gnomos de jardín. Enmarcados en animación de buena calidad rápidamente se nos muestra un catálogo de personajes divertidos, algunos lunáticos otros muy queribles, junto al creído pero noble Gnomeo y a la dulce y aventurera Julieta. Sin embargo, no todos los engranajes están lo suficientemente aceitados, por lo cual Gnomeo y Julieta termina siendo un producto entretenido pero un tanto fallido.

    En primer lugar la música de Elton John nunca encaja demasiado bien. Las canciones son un trámite, que dicen lo de siempre sí, pero sin verdaderas ganas. Como si el ego del bueno de Elton cayera sobre algunas secuencias y gritara ¡miren yo sir Elton compuse la música! y el amor es lo más importante y etc. Quizás si Asbury hubiera visto la gran Enredados, se habría percatado de como se hace una secuencia musical sólida y orgánica con el resto del relato.
    Un poco del espíritu Pixar merodea por algunos momentos de Gnomeo y Julieta, aunque sólo en la superficie, nunca llega al nivel de profundidad y emotividad que casi siempre logran John Lasseter y compañía en casi todos sus films. Pero es innegable que hay momentos de mucha acción, buenos chistes y un ritmo sostenido.

    El gran acierto de Gnomeo y Julieta son la cantidad de personajes secundarios “pequeños” que se pasean por toda la película, cumpliendo la misión de la ardilla de la Era de hielo, los minions ayudantes de Gru en Mi villano favorito, o el hamster Rhino amigo de Bolt y hasta los aliens de Toy Story, es decir, son motores de comedia, agregan emoción, ternura y muchas buenas risas. En Gnomeo y Julieta tenemos a los pequeños gnomos rojos que hablan al unísono y la contraparte azul que son un grupo de conejitos de cerámica y al amigo de Gnomeo un pequeño hongo cerámico sin cara ni extremidades pero lleno de expresión y bastante importante en el relato.

    Gnomeo y Julieta es un film de algunos momentos buenos, que se deja ver y en general entretiene. No tiene mayor pretensión por lo que logra su cometido, pero deja la sensación de que pudo haber sido un poco mas en todos los rubros. Es que existiendo Pixar no queda mas que exigirle al resto de las producciones animadas siempre un poco más y un poco mejor.
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  • Scream 4
    Scream 4
    Fancinema
    ¡Slasher not dead!

    Una nostálgica declaración de principios nos envuelve desde el comienzo de Scream 4: desde allí, Wes Craven y Kevin Williamson (director y guionista de toda la saga respectivamente) nos dicen lo que van a hacer, que no es sólo volver a burlarse de los códigos, clisés y mecanismos del cine de terror actual sino también de su creación, es decir, la trilogía noventosa de terror por excelencia, Scream 1,2 y 3.
    Entonces, todos han vuelto a Woodsboro, y no sólo los asesinatos, está allí el reparto original sobreviviente: Sidney Prescott, la eterna victima de la saga interpretada por una efectiva y más adulta Neve Campbell; y por el otro lado, el dúo resuelve-crímenes, compuesto por la periodista Gale Wearthers (una madura Courtney Cox) y el policía Dewey Riley, o sea David Arquette, que está igual que hace 10 años, tanto en su desempeño como en su apariencia. Enfrente tenemos un elenco de jóvenes figuras televisivas, destacando a la bella Hayden Panettiere, quien hace a la divertida Kirby Reed, y el interesante Rory Culkin (hermano de Macaulay) interpretando a Charlie Walker, una especie de nuevo Randy (el cinéfilo que explicaba las reglas en la Scream original). También cameos de algunas medianas estrellas como Kristen Bell o Anna Paquin.

    No es noticia que desde la primera Scream el dúo creativo Craven-Williamson nos ha ofrecido películas que dialogan continuamente con el género de terror, no sólo con la catarata de referencias y homenajes constantes, también con una mirada crítica, irónica y burlona acerca de la forma de hacer estas películas. En esta cuarta entrega parece que se decidieron a poner todo los que les quedaba por dar, como si hubieran aceptado aquello de “estoy viejo para hacer esto” y gastaran sus últimos buenos cartuchos para decir “esto es lo que soy, esto es lo que nos gusta“ a todo trapo. Porque, entre otras cosas, Scream 4 viene a romperles los tímpanos a las hordas de perversitos fanáticos de El Juego del Miedo.
    Mientras se nos dice que el único cine de terror que hacen los estudios son remakes, la remake de Scream se escribe ante nuestros ojos, en el medio se cruzan las generaciones, se incorporan las nuevas tecnologías y los nuevos códigos de los fanáticos del género.

    Scream 4 tiene dignidad, dice lo que a Craven-Williamson les queda por exponer al respecto, y también lo que a Neve Campbell, Courteney Cox y David Arquette. Hay en sus interpretaciones auto-paródicas una nostalgia juguetona, como que con sus exageraciones nos dieran a entender que estas son las ultimas emociones que nos van a dar en esta saga, últimos miedos y risas, todos salen bien parados, regalando una gran diversión, bien interpretada y a la altura de las circunstancias.

    Otro de los pilares de toda la saga han sido sus consideraciones acerca del espectador de cine de terror. En este cuarto capítulo ese dialogo es llevado a limites casi ridículos y divertidos. No sólo se nos indica cómo somos como público, sino también lo que queremos, lo que nos gusta, y lo estúpidos que podemos ser al ver siempre la misma estupidez, todo esto con mucha fluidez y ritmo y contándonos otra vez, la historia de Sidney escapando del asesino misterioso.

    Si el título de esta crítica es “Slasher not dead” es porque este subgénero está muerto en realidad, es un grito de deseo. El Slasher quedó allá en los 80`s y la misma saga de Scream ha sido de lo poco digno que se ha hecho con los asesinos enmascarados. Y con el grado de autoreferencia al que ha llegado con Scream 4, ya nada parece quedar para hacer con él. Y sí, seguirán llegando las buenas remakes como Halloween 2 y las muy malas como Prom Night, pero quizás lo ideal sería que cada 10 años hagan una Scream para que nos diga en que nos equivocamos todos.
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  • Prueba de amor
    El dolor rompe el tiempo

    En su libro Antes del fin, Ernesto Sábato escribe un capítulo dedicado a la muerte de su hijo, Jorge Federico Sábato, titulado -al igual que esta critica- El dolor rompe el tiempo. Allí don Ernesto describe desgarradoramente y con talento, recuerdos, dolores, anécdotas sobre su hijo a modo de duelo literario. Además habla de cómo el dolor y la tragedia destruyen el paso subjetivo del tiempo, algo que todos sospechamos o hemos experimentado: el tiempo roto fluyendo discontinuo, excesivamente largo o desesperadamente corto. Hoy que ya no le tengo tanta simpatía a Sábato, todavía reconozco cómo aquellas páginas suyas me impactaron. Prueba de amor viene a hablarnos de lo mismo, pero de manera tosca y a veces ridícula.

    Vamos por partes, en principio estamos ante la familia Brewer que perdió a uno de sus miembros, el hijo mayor Bennett Brewer (Aaron Johnson). Están atravesando ese duelo cuando aparece Rose (Carey Mulligan), la novia de Bennet, embarazada de tres meses, y allí comienza el conflicto. Así, sin la más minima originalidad, larga este film que hubiera sido más digno de estrenar en el canal Hallmark, pero que en la Argentina se estrena comercialmente, a pesar de ser de 2009, y al parecer sólo porque cuenta con Pierce Brosnan y la siempre rendidora Susan Sarandon, que interpretan a Allen Brewer y Grace Brewer, respectivamente.

    Prueba de amor nada por una corriente de tedio casi todo el tiempo, son tantos los lugares comunes que la componen que no sólo es previsible, sino que carece de total interés. Shana Feste (directora y guionista) no es capaz de tensionar la historia y llevarla a algún lugar de potencia dramática. Están allí los personajes superficiales, con dos o tres conductas reconocibles, deambulando con su dolor y viviendo algunas arbitrariedades que propone la directora, que son como callejones sin salida para una historia tibia y de demasiada corrección política. Como si Feste se hubiera leído una pila de libros de autoayuda y equilibrio espiritual y nos viene a contar como es que una familia burguesa atraviesa o debe atravesar un dolor.

    Y si la dirección televisiva y desapasionada de Feste no es suficiente, tenemos al reparto. Susan Sarandon en piloto automático haciendo todo lo que ya le sale por naturaleza, la madre destrozada en busca de respuestas está en su cara, y grita cuando debe gritar y llora desconsoladamente cuando debe llorar aunque no le importe a nadie; Jhonny Simmons quien hace de Ryan Brewer, el hermano menor, un poco adicto a no se sabe bien que droga, y por supuesto atormentado porque todos le prestan atención a su hermano muerto y no a él, que en el fondo también es bueno; es decir, personaje e interpretación sacado del depósito de “elementos de para dramas”. Mulligan compone a Rose como una especie de Juno MacGuff descafeinada. Es quien aporta cierta dulzura pero, como los demás, sólo deambula por ahí en la casa los Brewer. Pero quien está perdido en serio con su interpretación es Brosnan, quien como Allen Brewer aparece con cara de extrañado y cansado durante todo el metraje, como si no supiera bien para dónde ir, como si de repente el agente 007 tuviera familia, y un hijo muriera y no supiera cómo afrontarlo.

    Así las cosas, he podido leer por ahí que “Prueba de amor es una película para ese público que busca llorar y emocionarse en el cine” (¿?). Por mi parte sólo puedo decir que Prueba de amor no emociona, que ni sus golpes bajos alcanzan para hacer llorar, y aburre con su burocrática falta de garra.
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  • El mecánico
    El mecánico
    Fancinema
    Más Statham, menos West

    Antes que nada, el dato que no debe faltar en una crítica de El mecánico: es una remake del film de 1972, The mechanic, protagonizado por Charles Bronson y… bla bla bla. En rigor, estamos ante una película de acción con muchas similitudes con El transportador, un poco torpe en su desarrollo, pero que se deja ver.

    Sólo por el papel en Los indestructibles Jason Statham merece mi respeto, y luego de varios films de acción (toda la saga de El transportador incluida, y buenas cosas como Crank y El gran golpe) podemos decir que estamos ante alguien que ocupa con dignidad el lugar que de a poco han ido dejando Stallone, Van Damme, Schwarzenegger o hasta el mismo Bronson. Statham interpreta casi siempre a un tipo durísimo, sin emociones, eficaz, creativo a la hora de matar, de voz áspera. Lo mismo pasa aquí con su Arthur Bishop de El mecánico, quien es un asesino a sueldo (el mejor) o como él se define “alguien que cumple tareas predeterminadas” (¿hello Transportador?). Esas tareas son, en general, diferentes tipos de asesinatos. Por “trabajo” deberá asesinar a su mentor Harry McKenna (el genio de Donald Sutherland) y luego entrenará al hijo de este, Steve McKenna (interpretado eficazmente por Ben Foster), y comenzará una historia de traiciones, traiciones y traiciones, también de venganza y algo de acción. Vale aclarar que la figura de Simon West, responsable anteriormente de Con Air y Tomb raider, entre otras, tropieza demasiadas veces en este film, con un desarrollo bien tosco, con pocas escenas de acción, bien filmadas pero sin sustancia interesante que las una. Porque luego de un muy buen prólogo enseguida estamos en mitad del film, allí donde no debería pasar nada ¡no sucede nada por demasiado tiempo! Intenta conducirnos por la relación maestro-aprendiz/camarada entre Bishop y Steve McKenna, que no despierta demasiado interés, ya que sospechamos desde temprano que no terminará nada bien. No hay juego con los códigos del género, ni sentido del humor, sólo lugar común tras lugar común, y aunque Statham lo sostiene todo, no puede por sola presencia hacer que la película fluya con más naturalidad.

    Hacia el final El mecánico se despierta, sobre todo con la escena del ataque de los dos protagonistas a Dean (el jefe de la organización para la que trabaja Bishop, interpretado por Tony Goldwyn), aunque no remonta lo suficiente como para olvidar el tedio de unos minutos atrás. Por lo tanto, las dudas de West resultan en un film irregular, que no es un bodrio absoluto pero casi. Una lástima porque podría haber sido el film vertiginoso de los primero minutos, pero termina siendo uno más de los estrenos fallidos y olvidables de este año.
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  • Sanctum
    Sanctum
    Fancinema
    James Cameron’s Boring

    Con muchas personas (amigos, compañeros, lectores de Fancinema) he compartido comentarios o pequeñas discusiones acerca de los lugares comunes, códigos, convenciones y clisés en el cine. Generalmente concluyo, con toda facilidad, que a veces son necesarios y validos, pero que una película no puede ser sólo eso, porque sino pasa lo que en Sanctum 3D.

    Efectivamente, Sanctum es como una fábrica de autos robotizada: rápida, eficiente y sin alma, como si todos los involucrados se hubieran reunido a hacer la película en tiempo, forma y dentro del presupuesto, y ninguno se acordara de llevar el corazón y la garra. No es porque la historia no lo permitiera: hablamos de un relato de supervivencia, en el que un grupo de espeleólogos (exploradores de cuevas) se encuentran en una caverna gigantesca en Papúa-Nueva Guinea. Debido a una fuerte tormenta, esta empieza a inundarse y los protagonistas deberán encontrar la salida por el extremo aun no explorado de la cueva. Entonces tenemos aquí todos los elementos: el experto Frank (un duro Richard Roxburgh), su hijo Josh (Rhys Wakefield), el patrocinador millonario de la expedición Carl (Ioan Gruffudd), su novia (Alice Parkinson) y Crazy George (Dan Wyllie), el amigo de Frank, casi tan experto como él. Hay también un ambiente natural hostil, momentos de decisiones difíciles, cuestionamientos morales que vienen al caso, buenas imágenes de la cueva, 3D. Incluso el director Alister Grierson se encarga de subrayar el tosco desarrollo de la relación padre-hijo entre Frank y Josh; es decir, todo lo esperable y nada mas. Ni la supuesta claustrofobia que se genera en los intricados recovecos de la cueva, ni la aventura prometida que jamás aparece, ni que esté basada en hechos reales, ni el nombre de James Cameron entre los productores que aparece en el afiche, nada es excusa suficiente para la existencia de este bodrio.

    Grierson no logra en ningún momento los clímax necesarios, su cámara va torpe al lado de unos personajes planos, a veces hay imágenes impresionantes del lugar, y otras veces todo es tan confuso, que no se saben ni por dónde vienen ni hacia dónde van Frank y compañía. Sanctum intenta abrirse camino entre lo dramático y el horror, pero se queda en el medio, no intimida y sus personajes no importan.

    Sencillamente, las convenciones y clisés son parte del lenguaje cinematográfico. Ayudan a aceptar, en cierto grado, algunas inverosimilitudes, o al reconocimiento y contextualización de tal o cual género. Pero cuando una película está compuesta sólo por esto, sus responsables abandonaron toda posibilidad artística en ella y estamos ante simple mercancía industrial sin valor y olvidable.

    Por lo tanto, si de cuevas se trata, mejor meterse en la del El Descenso 1 y 2. Chau Sanctum, nos vemos una tarde de sábado en Telefé.
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  • La revelación
    Tibios

    Pensaba en el trío Edward Norton – Milla Jojovich – Robert De Niro antes de empezar a ver La Revelación. Inmediatamente comenzó el intenso prólogo, a todo trapo dramático (alegoría con insecto aplastado incluida), e intenté sacarme de la cabeza al divertido De Niro que aparece en Machete, al Norton de El increíble Hulk y a la Jojovich asesina de zombies de Resident Evil. Poco a poco se empieza a dibujar la historia con el pulso tambaleante de John Curran, que finalmente se queda a medias con todo lo que propone, que tampoco es tanto.

    La cosa es así: Jack Mabry (Robert De Niro), un burócrata oficial de libertad condicional, comienza a tener audiencias con el convicto Gerald “Stone” Creeson (Edward Norton), para tramitar su libertad por buena conducta. La mujer de Stone, Lucetta (Milla Jovovich), intentará manipular a Mabry para conseguir la libertad de su marido.

    En fin, interesante o no, la sinopsis es lo más sólido que se desprende de un guión que tironea entre el thriller y el drama, y en donde ambos se quedan sin fuerza. Porque, por un lado se genera misterio y tensión, a veces sin sentido y casi siempre inconducente; por el otro no hay un desarrollo claro de ninguno de los personajes, ni siquiera de Jack Mabry, cuyo transcurso en el film es previsible y sólo se subraya que es un chupacirios dubitativo (transmisiones de radios religiosas incluidas) y patético a varios niveles (la mueca de la boca torcida hacia abajo de Robert también viene con el combo).

    Qué decir de las interpretaciones, por un lado el exagerado de Norton que compone a un Stone divertido al principio, que se expresa diciendo “fucking” cada dos sílabas y que luego, tras cierto interés religioso, se vuelve tranquilo, aburrido, y no estallará nunca más, aunque por suerte no deja de decir “fucking”. Milla Jojovich hace las veces de Lucetta, la novia de Stone, sobre la cual Curran se encarga de subrayar que lo suyo es el sexo, cuando los demás personajes o ella misma dicen: “Lucetta consigue lo que quiere”, “Luceta hace lo que quiere” están diciendo: “Lucetta te garcha para conseguir lo que quiere”. Su aparición es el catalizador de la historia, sin ella no habría película, o si la habría pero mucho peor, y Jojovich hace más o menos lo que le sale, como todo lo que aquí sucede, nunca se termina de definir bien que es lo que quiere Lucetta, tampoco ayuda su perfil de maestra jardinera- novia de convicto – semi-ninfómana, en fin la verosimilitud tampoco es una virtud que haya importado demasiado a los responsables de esta cosa. Y que mas, De Niro, como muchas veces, a media máquina, con un personaje odiable como Mabry que termina como debe terminar, pero que nunca se va de mambo como debería, ni con Stone, ni con Lucetta ni con su esposa Madylyn (hecha con la cara tensa de Frances Conroy).

    Como a medida que escribo me voy enojando más, sólo decir que la mejor palabra para describir a La revelación es: fallida. Sí, un lugar común de la crítica pero que se inventó para este tipo de situaciones, películas
    burocráticas que se basan en nombres de estrellas, eslóganes, lugares comunes y que no sólo no cumplen con lo que prometen, no queman ni congelan, son tibios.
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  • 127 horas
    127 horas
    Fancinema
    La mano que mece la piedra

    127 horas es otro de los films con varias nominaciones al Oscar que se han estrenado, casi todos, en el ultimo mes en Argentina. Al respecto, sólo voy a decir que está un escalón por debajo de la calidad de films como Red Social, Temple de Acero o la magnifica Toy Story 3.

    Desde los títulos, Danny Boyle nos ofrece un panorama detallado y claro de lo que vamos a ver, la historia de Aaron Ralston (James Franco) en los cañones de Utah narrada al ritmo del videoclip mezclado con publicidad de bebida hidratante y música pop/rock a todo trapo. Es que a esta última creación del bueno de Danny la desmesura le queda bien.

    Basada en el libro de Ralston “Between a rock and a hard place” (expresión equivalente a la castellana “Entre la espada y la pared”) 127 horas relata detalladamente un fin de semana en el que Aaron Ralston pretende hacer rapel en los cañones de Utah, y en una mala maniobra queda atrapado. James Franco interpreta a un hiperactivo Ralston con la suficiente solidez como para sostener solo casi todo el film. Franco compone un ser repleto de energía, que parece que fuera incapaz de detenerse o de salir del estado de ebullición, personaje a la medida de los fines estéticos de Danny Boyle que acompaña con una fotografía saturada de colores ardiendo, música veloz, montaje frenético y con recursos que van desde, la división de pantalla, hasta la utilización de imágenes en video digital. El resultado es pura potencia, una gran cantidad de imágenes apabullantes que logra desde el principio captar el interés, hasta que Aaron queda atrapado.

    Allí comienza otra historia, detenida, sin lugar hacia donde escapar, entonces Boyle sigue hacia delante, continua el viaje (sin sutilezas) desde la psicología del Ralston, alucinaciones, fantasías, recuerdos, sueños, todo pasa delante del protagonista y también delante nuestro, desde aquí la película toma un impulso que le alcanzara hasta el final.

    Boyle es un tipo con oficio y con un estilo fácilmente reconocible, en 127 horas retoma una manera de narrar que le dio sus frutos en la moralmente discutida Slumdog Millionaire (2008) llevándolo a ganar el Oscar. En mi opinión ni esta, ni aquella son sus grandes obras, sobre todo porque se tratan de historias “inspiradoras”, con un mensaje un tanto berreta, aquello del “éxito ante la adversidad extrema”, ante lo cual, le queda un poco ridícula tanta canchereada visual. Personalmente siempre he recordado a Exterminio (28 days later) como lo mejor de este director, su película más sólida, más bestial, de música potente e imágenes inolvidables para quienes gustamos del género.

    Este film nos invita a un loco viaje, junto a su protagonista, hacia la libertad absoluta del paisaje desértico de Utah. Contado con una imaginación y desmesura tal que debería ser vista en la sala de cine.
    Danny Boyle no se guarda nada de lo que hoy tiene para ofrecer y logra al menos un film digno, entretenido, explicito y de alto voltaje en todos los sentidos. Y si, también una historia de superación y esperaza

    Queda en el espectador decidir si acompañar o no a Ralston en su viaje y tragedia, en su opresiva trampa de piedra, en su angustia y en su decisión.
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  • Piraña
    Piraña
    Fancinema
    Mil desquiciados y filosos dientes

    Alexandre Aja conoce el cine de terror, sus códigos, clisés y efectismos. Solo con ver esa aplanadora llamada Alta tensión (Haute Tension, 2003) se puede apreciar su habilidad para el uso de la violencia y la revulsión, su muñeca para el suspense, y también nos damos cuenta de que mira cine de terror. Luego en su filmografía siguieron 3 remakes: una versión de El despertar del diablo (The Hills have eyes, 2006) de Wes Craven, técnicamente mejorada y absolutamente brutal; un irregular refrito de la coreana Espejos Siniestros (Mirrors, 2008) y esta desfachatada versión de la ya desfachatada película del talentoso de Joe Dante, Piraña (1978).

    La cosa es así: tras una serie de temblores submarinos se han liberado unos peces prehistóricos devora-hombres en el Lago Victoria, una población que en las vacaciones de primavera se llena de gente joven para divertirse.

    Según nos enseñaron algunas películas (y Los Simpson) las vacaciones de primavera o spring brake norteamericanas son un descontrol total, puro reviente y poca ropa, una via de escape gigantesca para la alienación rutinaria, y eso también es exactamente Piraña 3D. Un irrespetuoso recreo, basura alegre, como panchos y cerveza después de un recital de tu banda preferida.

    Aja utiliza el mismo mecanismo que con El despertar del diablo. Allí mantiene el espíritu del cine explotación de los setenta, pero actualiza la estética, mantiene la crudeza pero aumenta la violencia a niveles asfixiantes. La Piraña original era un intento tardío de explotar la estela de éxito de Tiburón. Era divertida, ingenua y desprejuiciada como lo es Joe Dante en varias de sus incursiones en la pantalla grande: ver sino Aullidos (1981) o Gremlins 1 (1984) y Gremlins 2 (1990), y hasta el mejor capitulo de Masters of horror, ese chiste de una hora llamado Homecoming (2005). Aja conserva ese espíritu desvergonzado, y exagera todo: la loca fiesta en el lago (hasta hay estrellas porno en el reparto); las pirañas son mas grandes, mas letales y con el CGI mas grosero de la historia; la estupidez de algunos personajes y un final al mejor estilo film clase B que quiere convertirse en saga.

    La principal virtud de Piraña 3d es que es honesta y autoconsciente, no hay engaño en su propuesta de “personas escapando de monstruos carnívoros” y está contada como tal, a ritmo frenético, sin detenerse en los personajes o en tal o cual situación, yendo como por un tubo hacia la inevitable orgia de sangre y gore. Y tampoco hay algo más.

    A la hora de los homenajes, aparece el querido Richard Dreyfuss, que ya no tendrá tanta suerte como la tuvo (al menos durante un tiempo) con el tiburón de Spielberg. También está el mejor científico loco de la historia de las historias, Christopher Lloyd, haciendo exactamente de científico fuera de sus cabales, intacto y desquiciado.

    Entonces Piraña 3D es una suma de partes que da un resultado mas o menos, que algunos apreciamos y otros discutirán fuertemente. Es, con todo lo que ello implica, la exaltación al cine de evasión sin la más minima vergüenza. Divertida, sangrienta, sexy, olvidable y caradura.
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  • La casa muda
    La casa muda
    Fancinema
    Destino sudamericano

    La casa muda se presenta desde su web lacasamuda.com, como la primera película en Latinoamérica (y la segunda en el mundo) en ser filmada con una cámara de fotos (una Canon EOS 5D Mark II); y también dice ser la primera de terror filmada en un sólo plano-secuencia, es decir, sin cortes. Con esa información entré al cine, queriendo descubrir de qué se trataban aquellas afirmaciones.

    En primer lugar, con respecto a la cámara, sea de fotos o no, la calidad de imagen es bastante buena, así como el sonido, digna de ser proyectada en cualquier sala.

    Ahora bien, el tema del plano-secuencia (PS) es un poco más complicado. Este recurso técnico de narración (sin cortes entre los planos) causa sensación de inmediatez y ayuda a crear un clima de tensión, pero también es bastante limitado, y utilizarlo para todo el film plantea desde el principio muchas dificultades y desafíos, que Gustavo Hernández resuelve con oficio la mayoría de las veces. Por momentos la cámara sigue a los personajes desde cerca, luego abre el plano, cambia de punto de vista o se vuelve subjetiva, todo con movimientos fluidos que le dan ritmo al la historia. La utilización del “fuera de campo” también está muy bien, mostrando poco y reduciendo el resto a sonidos y oscuridades, logra momentos de suspenso muy efectivos. Sin embargo, la tensión está distribuida de manera irregular y la historia frena. Porque, mas allá de la muy buena actuación de Florencia Colucci (sobre quien recae todo el peso dramático de la película), al sostener demasiado los momentos de suspenso, estos se van diluyendo y son difíciles de retomar, ya que a veces el remate de la situación llega un poco tarde.

    Y ahora lo más difícil para mi, que le tengo cariño a este film: El gran problema de La casa muda es la subtrama que intenta desarrollar en el medio de la acción, para justificar el accionar (¡viva la redundancia!) de los personajes, sobre todo del personaje de Colucci. Todo esto por simples razones: es confusa, distrae y obliga a la película a un giro sorpresivo brusco, de aquellos que hacen que algunos la odien y otros la adoren. A tal punto, que al salir de la proyección dos pre-adolescentes me preguntaron: ¿Vos entendiste algo?, yo les dije que sí, pero mi explicación las dejó más confusas creo. En fin, subtrama que le quita fuerza al comienzo y molesta, en un film que podría haber sido demoledor.

    Buena noticia, es que al fin se estrena, en circuito comercial, una película de genero Latinoamericana, que puede competir en calidad y factura técnica con la mayoría de lo que nos llega de Hollywood o Europa. Y, agregando que la semana que viene se estrena comercialmente Sudor frío, y que para mas adelante se espera Fase 7 (ambas argentinas), podríamos decir sin timidez, que el cine fantástico del continente está pasando un buen momento, dando un salto de calidad y cantidad que esperemos se prolongue.

    En fin, La casa muda ofrece, miedo, suspenso, una casa horrorosa de la zona rural uruguaya, ¿Qué más querés? Si seguro te bancas cosas horribles de las tierras del Tío Sam. Además ya lo dijo Borges, o lo debe haber insinuado, no hay nada más sudamericano que morir por el filo de un cuchillo, salpicando sangre en los pastos de las llanuras de este bendito continente.


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  • Escupiré sobre tu tumba
    Amarga venganza

    El cine de terror vive en un continuo ciclo de agotamiento de ideas y reinvenciones. Así como a fines de los 90`s y principios de esta década, la veta estaba en las remakes de películas orientales (japonesas sobretodo) con temáticas sobrenaturales, a grandes rasgos, hoy el rumbo está marcado por las remakes del cine de explotación de los 70`s y de los slasher y películas gore de los 80`s. Escupiré sobre tu tumba es la remake del film del mismo nombre de 1978 , y podría clasificarse en un subgénero del cine de explotación llamado rape and revenge (violación y venganza). Este tipo de películas, junto con otras más emblemáticas como La Masacre de Texas o La noche de los muertos vivientes, revolucionaron la forma y el contenido de los films pensados para dar miedo o asco o lo que sea. Usando una fotografía áspera y cruda, casi de documental, y “explotando”, con sensacionalismo, temas como la violencia, el sexo, lo sangriento y sádico, desmayaron a más de uno que no sabia con lo que se iba a encontrar.

    Entonces, todo esto para decir que “Escupiré…” no es para todo el mundo, hay que soportar no sólo un nivel se violencia y sadismo extremo, sino también cierto relativismo moral. Sorteando esos escollos es una historia con ritmo, entretenida y aterradora. Evidentemente a Steven R. Monroe, no le quedaba más opción que aumentar la apuesta sangrienta y ponerle un poco de imaginación a las formas en las que la gente debe morir en su película. Porque, por lo demás, el guión es casi idéntico al original con menos lagunas quizás y mejor actuado también, destacando un poco la pequeña demonia de Jennifer Hills (Sarah Butler). La historia avanza sin problemas hasta que llegan a las escenas principales, la de violación y la de venganza. Allí se detiene y se regodea, además, hacia el final, cuando se ataron todos los cabos sueltos lo único que queda es una espiral extrema de sadismo, quedan advertidos. También hay allí una forma de mostrar la violencia sobre los cuerpos hija de Saw (El juego del miedo), super-explicito y super-sangriento, esas escenas que hacen desviar la vista, lo cual es un poco molesto.

    En estas películas el tamaño de la venganza es directamente proporcional al tamaño de la agresión original, así que cuando vean lo que le hacen a la chica estos 5 salvajes, ya se podrán imaginar lo que les espera. Aquí un punto conflictivo del film, por momentos, parece poner al mismo nivel las acciones de la victima y los victimarios, Jennifer de repente parece ser más peligrosa y sádica que aquellos engendros. Y ella lo dice: “Yo también era inocente”. Ok ya sabemos lo que le hicieron. ¡No hace falta justificar el aluvión de violencia Monroe! ¡Además no te preocupó al principio, porque te importó al final!

    Escupiré sobre tu tumba y, La ultima casa a la izquierda de Wes Craven fueron en los 70`s, emblemas del rape and revenge. Hoy, que todo el cúmulo de films de explotación se está reversionando, las remakes de ambas dejan la sensación de causar algo parecido a lo que hacían los originales, escándalo, indignación, terror, pero a una nueva generación acostumbrada a otros códigos y clisés. Porque para ser honestos ni aquellas originales ni estas nuevas versiones son genialidades ni mucho menos. Además en aquella época, Craven ponía mejores títulos de lo que filmaba.

    Por último decir que si te bancaste Irreversible, o La ultima Casa a la izquierda, podés ver esta tranquilamente y entretenerte, o lo que sea que busques mirándola. Y aprovechar para avisar que la gente de Paura Flics, la productora platense, tienen su propia rape and revenge llamada “No moriré sola” que está muy buena y es mas fiel al estilo setentista que las anteriormente nombradas, los mismos responsables de “Sudor Frío” ¡que se estrena esta semana!
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  • Noches de encanto
    Canta, Christina, Canta…

    Tenía mucho sueño antes de entrar al cine para ver Noches de encanto, así que tomé un café negro, reuní optimismo y la esperanza de no dormirme ni aburrirme demasiado.
    No me gustan los musicales, cuando en algunos capítulos de los Simpson se ponen a cantar, cambio de canal; pareciera que los encargados del doblaje no se decidieran del todo entre subtitular las canciones, dejarlas en ingles sin nada, o doblarlas, los resultados son siempre espantosos.
    El musical es un genero con muchas convenciones bastante explicitas, a Noches… no le falta casi ninguna. Ali (Christina Aguilera) es una moza de un bar de mala muerte en un pequeño pueblo, con (al parecer) gran talento para cantar. Harta de su presente decide ir a Los Ángeles a probar suerte y cae en el club nocturno Burlesque dirigido por Tess (Cher) y su amigo Sean (Stanley Tucci). Las cosas comenzaran a mejorar para ella, y luego a empeorar de nuevo para finalmente volver a mejorar. Así las cosas, parece mentira que tres personas hayan sido necesarias para escribir el guión de este artefacto, no sólo porque ha sido visto un millón de veces, sino también porque es demasiado evidente que la historia es un pretexto para unir la secuencias musicales. Demasiada pavada superflua, más allá de buen algún chiste del súper-estereotipado personaje de Stanley Tucci (el amigo gay que merodea los ambientes predominantemente femeninos).
    Leo por ahí, en el recomendable Diccionario de cine de Eduardo A. Russo, en la definición de Comedia Musical: “… Las convenciones del musical, altamente expuestas para el publico, que debía saltar del personaje al actor cantante o bailarín, y luego volver a la trama, llevaron al género a peripecias cada vez más intrincadas, que elevaban a más de un espectador al éxtasis mientras que su vecino de butaca era consumido por el tedio y la irritación más profunda…” Esas sensaciones dispares creo que pueden ocurrirle a gran parte del público, sin embargo, personalmente no fui consumido por el tedio, y mi novia (que gusta mucho de los musicales) no fue elevada al extasis por Noches de encanto. Definitivamente es una película a medias, que no cae en el pozo gracias a Cher, y, por sobre todo, gracias a Christina Aguilera

    Es que la ex cantante teen pop tiene un vozarrón impactante, y, aunque tenga ese defecto de algunos virtuosos de exagerar en la demostración de sus posibilidades, y además sea de madera terciada para actuar, tiene gracia, talento, sensualidad y el toque justo de inocencia para interpretar los números de cabaret. Es la responsable de la música, y se nota, cada cuadro está hecho para que se luzca en muchos sentidos. Cher de una voz profunda y con mucho más oficio deslumbra y divierte en sus pocas apariciones musicales. Y aquí otro reproche al film ¡no cantan juntas! Como en una película promocionada casi como “la de Cher y Aguilera” a nadie se le ocurrió juntarlas en el escenario, ¡Steve Antin sos un pecho frío!

    En fin, Noches de encanto funciona en la sucesión de cuadros musicales, allí avanza con gracia y entretiene, gracias al verdadero talento de Aguilera y Cher, que es, interpretar canciones, luego tiene al siempre efectivo Stanley Tucci y nada mas. Así que, por favor canta, Christina, canta, que tú no cantas como ninguna
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  • La epidemia
    La epidemia
    Fancinema
    Virus incontrolable

    Ok, otra remake de una película de terror. Aburridísimo si largo acá, en este primer renglón, aquello de “la falta de ideas en la industria”, o lo otro de “lo innecesario de las remakes”. Además no lo creo así, muchas remakes están muy bien, y hasta superan al original. ¿Este es el caso? Más o menos.

    La epidemia es el refrito de un film de George A. Romero (el papá de los muertos vivientes) de 1973 llamado The crazies y la historia, en ambas películas, es básicamente la misma: los residentes de un pequeño pueblo estadounidense empiezan a sucumbir a un desenfreno incontrolable de violencia, causado por un virus experimental del Ejército que se propagó accidentalmente a través del agua. En un intento por controlar la epidemia, las tropas bloquean los accesos a la ciudad, aislando a los pocos ciudadanos no infectados que quedan, y dejándolos a merced de “los locos”.

    Hasta ahí llegan las similitudes, porque mientras el film de Romero se centra en el accionar del Ejército, caricaturizándolo y tratándolo de inoperante (estaba aún viva la guerra de Vietnam), con un estilo casi documental y un montaje por momentos caótico; el de Breck Eisner es un poco más clásico, centrándose casi exclusivamente en el grupo de sobrevivientes, especialmente en David y Judy Dutten (Timothy Olyphant y Radha Mitchell, respectivamente) y logra la primera meta de las remakes, actualizar aceptablemente la técnica y algunos temas del original

    El Ejército en la versión 2010 tiene la carga post 9/11, carece del más mínimo escrúpulo y compasión que Romero mostraba en 1973. Aquí se aniquila con efectividad y jamás se pregunta, son órdenes, y si se va de las manos… bueno ustedes verán La epidemia. En fin, el fascismo sin matices, que le regalan al mundo las tropas de George W.

    La epidemia tiene mesetas, unos primeros 30 minutos demoledores, y luego, de a poco, comienza a diluirse, siempre con picos de suspenso y violencia bastante aterradores. Hacia el final mejora, pero nunca vuelve a ser lo que fue en un comienzo. En conjunto es entretenida y vale la pena si querés ir al cine a ver una de miedo, pero ojo, esto ya lo viste antes, desde Exterminio a El amanecer de los muertos pasando por Portadores.

    Es que en verdad The crazies es de lo más flojito de Romero y esta nueva versión es sólo un poco mejor, más ritmo, violencia y acción, manteniendo cierto discurso en contra de la US Army, entreteniendo a la vez, y sin una pizca de originalidad.

    Este año (al igual que el anterior) viene cargado del virus incontrolable de las reversiones (sobre todo en cine de género), ojalá haya sorpresas. Esta no estuvo tan mal.
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