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Imagen del crítico Jonathan Santucho
Jonathan Santucho
  • Cantidad de críticas: 80
  • Promedio: 59%
  • Críticas favorables: 48/80 (60%)
  • Críticas desfavorables: 32/80 (40%)
  • Diferencia absoluta: 9%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: Loco x el Cine
  • Torrente 5: Operación Eurovegas
    Fuera de la ley (y de tiempo).

    “¿Nos hacemos unas pajillas?”. Para el punto de esa frase tirada al azar, con la entrega de alguien que propone masturbarse como si fuera una alternativa grupal tan usual como escuchar la radio, José Luis Torrente encontró el punto de conexión con una generación irónica, dispuesta a depositar toda la corrección política por una hora y media de chistes xenófobos, homofóbicos, misóginos y con demás tachados. El secreto de Santiago Segura a la hora de crear la criatura que se volvió la cara taquillera del cine español no es sutil. El asunto fue crear un balance, con un extremo dedicado a la burla kármica a un personaje ridículo y sucio con tintes del Pato Lucas y aires propios de Harry el Sucio, mientras que el lado opuesto jugó con la satisfacción momentánea de las fantasías de una sociedad estereotípica en sus cabezas. En los 16 años que pasaron, Segura llevó esa ecuación a incrementos en oscuridad y presupuesto, con el apoyo taquillero motivándolo a dejar intacta su fórmula. Pero ahora, con el estreno de Torrente 5: Operación Eurovegas (2014), quedó claro que la falta de direcciones dejó al pozo de ideas de esta franquicia definitivamente vacío.

    Igual, la promesa de los primeros minutos ilusionaba con otra cosa. Abriendo en 2018, el film muestra a Torrente saliendo de prisión, un lugar vuelto popular para la gente que ruega entrar, agitando a los guardias condenas por homicidios y violaciones mientras él trata de entender. Y sí, la gente tiene motivos. Mientras el policía estuvo tras las rejas, España fue expulsada de la Unión Europea, volvió a la peseta, sufrió la independencia de Cataluña y ni siquiera pudo conservar a su amado club, el Atleti. Sintiendo el punto de quiebre por una sociedad hundida en la miseria, Torrente se declara un “fuera de la ley”. Por supuesto que, a esta altura, cualquiera que lo haya visto antes ya asumía eso de él. Pero eso no importa cuando el ex-oficial hace un trato con el misterioso estadounidense John Harrison (Alec Baldwin), quien le manda armar un equipo para llevar a cabo un robo maestro, en el único casino restante del fallido proyecto de Eurovegas. Lo que sí importa es que, metiéndose en su primer trabajo de criminal, el ya no tan inflado José Luis se manda un trabajo horrible, amasando un grupo del sector más inepto de la madre patria. Pero con el reloj en marcha hacia la distracción perfecta (la final del Mundial de Fútbol entre, claro, Argentina y Cataluña), el conjunto bizarro tiene que planificar el golpe perfecto.

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    Es en este mundo donde la película se hunde en familiaridades. Por un lado, la decisión sin impacto de volver un directo delincuente a Torrente, antes un antihéroe accidental que sólo hacía justicia cuando estaba en el medio de sus fines perversos, termina de señalar como Segura (quien, de nuevo, dirige, escribe y protagoniza) no cambió lo mínimo que incluso nos agarra a un personaje inmodificable. Lo terrible es el hecho de sumar dos de las faltas más terribles de las comedias actuales: por un lado, pasar al frente la repetición de chistes viejos; por el otro, llevar a cabo la típica parodia del film del robo ideal, la segunda premisa más gastada para una secuela tras la del viaje a Europa (aquí imposible, porque ya están todos en el viejo continente).

    Dedicando una gran parte de la producción a gags sobre La Gran Estafa, Misión Imposible y la saga de James Bond, remates que en sí ya se volvieron una ofensa legal, no hay suficiente material nuevo para justificar muchas sonrisas con la mano del siempre simpático Segura, quien si hace una puesta decente y aún tiene el carisma para sacar algo de risas con el patetismo extremo de su irresistible bestia. Pero, de nuevo, ni una serie eterna de cameos (pasando desde nuestro Ricardo Darin hasta El Gran Wyoming), ni el atractivo comercial de la actuación secundaria de Baldwin (quien, entre su balbuceo constante y distrayente que da vueltas incoherentes entre el inglés y el castellano, su actitud aislada de su rol, y su desperdicio narrativo más allá de los trucos clicheados de tirar puteadas amenas, parece bastante desinteresado), ni el desenlace obligatorio de acción le dan vida a la que, si la palabra de Segura es sagrada, es la final aventura de Torrente. Y quizás eso último sea lo mejor. Después de todo, ni un chiste de pajillas es bueno tras ser contado cien veces.
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  • Los Boxtrolls
    Los Boxtrolls
    Loco x el Cine
    Monstruos, sombreros y queso.

    Anunciando sus intenciones a partir de sus protagonistas, la tercera producción del estudio animado Laika se centra en el relato de un grupo de brillantes mecánicos oprimidos, genios de las tuercas que son forzados a adaptarse a la exterminación del progreso. Claro que, en Los Boxtrolls (The Boxtrolls, 2014), no estamos hablando de los solitarios grandes impulsores del stopmotion en el presente, sino de unas diminutas criaturas de encanto instantáneo, viviendo en las alcantarillas de un pueblo inglés de la época victoriana. Con cajas de mercadería cubriendo sus cuerpos azules y dándoles sus nombres según lo que hayan contenido (por ejemplo, Pez, o Zapato), los inventores de ojos saltones y lenguaje de murmuros pasan las noches robando cosas de la basura, y los días construyendo una sociedad subterránea que los acepte. El detalle de los personajes en las tres oraciones anteriores, así como el hechizo natural de la paciente animación nacida en plastilina, ya logran que sea imposible resistir la personalidad de la producción, incluso a pesar de las lagunas de lógica que plagan con diluir el entorno.

    Todo parte con un tema, y con Laika se está volviendo bastante claro cual es… para todos sus proyectos. Tras mostrar a una chica aislada que entra a un mundo sobrenatural para lidiar con la ignorancia de sus despreocupados padres en Coraline y la Puerta Secreta, y enseñar a un chico ridiculizado que también tiene una conexión con lo fantástico como punto de partida para reconectarse con su aislada familia en ParaNorman, no es difícil imaginar el camino de Los Boxtrolls, aún cuando se basa en la novela ¡Tierra de monstruos!, de Alan Snow. Y, como se espera (lo cual no es una buena señal), nuestra historia esta vez se centra en Huevo, un niño con nombre (y caja) de boxtroll. Habiendo crecido en las alcantarillas por casi toda su vida, él no tiene idea de su verdadera identidad, ni de que su desaparición causó que la población arriba suyo se pusiera en contra de sus criaturas adoptivas. Con muchos de sus amigos desapareciendo por un exterminador con fines maquiavélicos, el joven será forzado a hacer su impacto en la superficie y develar la verdad, con la ayuda de Winnie, una malcriada fan morbosa de la situación.

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    Presumiendo el usual look rico en su minuciosidad, el film es una clara muestra de amor, presente en la vida que da en las dos partes de su sociedad. Por un lado, está el pueblo de Cheesebridge, que como adelanta el nombre es una sociedad aristocrática basada en el amor al queso, y que da al equipo técnico la posibilidad de detallar una mirada casi obsesivo compulsiva de la época británica de principios del siglo XIX. Mientras tanto, el hogar de los boxtrolls es un baño de steampunk y asquerosidad, con una decoración de tuercas y tubos, una red de tuberías de transportación, un cosmos de bombillas y varios jardines de insectos gourmet. Es algo de esa particularidad, llevada a cabo con el villano (obsesionado con conseguir un preciado sombrero blanco y conversar con la élite sobre queso… a pesar de que es mortalmente alérgico), sus secuaces con dilemas existenciales, y el veloz funcionamiento del pueblo (que, en su idioma original, cuenta con las prohibidas en nuestro país voces de Ben Kingsley, Elle Fanning, Nick Frost, Richard Ayoade, Simon Pegg y más), que hacen que esta producción no tenga que envidiarle mucho al trabajo de Aardman o de Henry Selick.

    Pero aún así, también hay cosas que tienen que aprender. Con los típicos mensajes sobre identidad, valor y discriminación presentes antes en la filmografía de Laika (así como en tantos films familiares) forzados algo vagamente, así como un humor que es más astuto que gracioso, el guión tiene una confusa estructura, y su simple conflicto se encierra en agujeros argumentales de los cuales sólo se escapa con estupidez y contradicción de los personajes, con la excusa de “si esto pasara, la película no duraría 96 minutos”. Pero con sus momentos básicos, Los Boxtrolls encuentra su alma entre los residuos.
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  • Los Caballeros del Zodiaco: La leyenda del Santuario
    Mundo ajeno.

    Aunque corro el riesgo de sufrir la ira del juzgado especializado en cultura popular, hoy tan presente como signo de la primera generación nostálgica globalizada, tengo que hacer una confesión: nunca me pude enganchar con Los Caballeros del Zodiaco. En esos hermosos años iniciales del boom de la importación masiva de animé a Latinoamérica, mi atención infantil no estaba depositada en aquellos guerreros protectores de la Tierra; para eso tenía las aventuras destructivas de Goku y Pikachu (aunque, en los días de gloria del hoy fallecido canal Magic Kids, estaba más interesado en las locuras surrealistas de Koni Chan y Yamazaki). Pero de todas formas, la tardía llegada de los dibujos japoneses ochentosos a nuestra región durante la era del uno a uno no tuvo muchos exponentes tan mitológicos o queridos popularmente como los de Seiya y sus amigos, así que estaba dispuesto a darle algo de expectativas al film Los Caballeros Del Zodiaco: La Leyenda del Santuario (Seinto Seiya: Legend of Sanctuary, 2014), sexta película basada en la franquicia que nació del manga de Masami Kurumada en 1986.

    Me equivoqué.

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    Todo es veloz, con una introducción a un universo que vive en contradicciones. ¿Cómo? Desde la primera pelea, que nos deposita en un mundo hecho por computadora, el cambio en la animación es obvio hasta para quien tiene el menor conocimiento del animé. Uno podría decir que es un intento de modernizar la propiedad, tratando de alejarla de los días de la cruda mano para ganarse a la siguiente audiencia pequeña. Otro podría acertar que esto sólo se hace porque el ordenador es más barato que el ahora infame lápiz, y esto es sólo una capa de pintura innecesaria a una obra que ya mostraba un manejo sublime de la arquitectura o el diseño de sus protagonistas. Para nada ayuda la insistencia, en un intento de satisfacer a los viejos fans, de usar las voces originales del animé en esta nueva producción, que pone un dialecto pasado en un intento fallido de presente tecnológico.

    En 2014, el look dado por el director Keiichi Sato es el de un simple videojuego con escenas cinemáticas y todo, que sólo da más capas a las edificaciones y menos distinción a los andróginos personajes. Pero a esto no ayuda el hecho de que, para una película que dura 93 minutos, esta apenas llega a los 20 cuando se trata de desarrollar su historia, con el guionista Kaito Ishikawa reciclando a puro corte y pegado el arco argumental de las 12 casas; ese donde Seiya y los demás santos tratan de llevar a la reencarnación de Atena al santuario protegido por los caballeros dorados de los 12 signos del zodiaco, para salvar al universo. Si eso suena interesante, entonces prepárense para que sus ilusiones sean aplastadas por lo que básicamente es una recopilación apurada de los grandes hits de una temporada, arrojando decenas de personajes a cualquier dirección para compensar el desinterés por el material que no sea el compendio de peleas preparadas por la siguiente hora de metraje.

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    Pero, de nuevo, el proceso es inexplicable. ¿Por qué tiran a la pantalla una trama conocida por los fans, que ya la vieron en forma desarrollada? ¿Por qué creen que los recién llegados a la historia van a entender o preocuparse por algo que no tiene motivación, personajes cuyas acciones o virtudes aparezcan (fuera de los imperiosos clichés actuales del mercado), o algo que no consista en puños y habilidades especiales? ¿Cuál es el público de esta película? Olvidable en sus mejores momentos y tediosa hacia el fin de su sobredosis de enfrentamientos ligeros de peso, Los Caballeros Del Zodiaco: La Leyenda del Santuario es como si un mal amigo te obligase a verlo jugar por una hora y media a su hack and slash favorito, pero sin contarnos cual es o porque es tan interesante para él. Y luego, por alguna razón estúpida, decidiera mostrar su gameplay en los cines (seriamente, uno podría ver esto y ahorrarse dinero). Que pérdida de cosmos.
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  • Un viaje de diez metros
    Sin sentidos.

    Son films como Un Viaje de 10 Metros (The Hundred-Foot Journey, 2014) los que levantan los menos interesantes tipos de preguntas morales al criticismo. ¿Está bien aprobar una clase de cine que, a pesar de su falta de conflicto o búsqueda, sabe apelar exactamente al público en busca de familiaridades y nada más? La respuesta entera quedará para otro día, pero este último esfuerzo del director Lasse Hallström (cuyo historial va de dramas medidos como ¿A Quién Ama Gilbert Grape? o Las Reglas de la Vida a melodramas románticos tirados por la borda al estilo de Siempre A Su Lado, Querido John y Un Lugar Donde Refugiarse) entra en el costado decepcionante de la cuenta.

    Basándose en la novela de Richard C. Morais, Lasse se centra en el relato de Hassan (Manish Dayal), miembro de una familia hindú que abandona la tierra natal tras la muerte de su madre durante conflictos políticos; imaginen cualquiera, el film no se preocupa nada por ser específico. Siguiendo el camino del patriarca Papa (Om Puri, leyenda de Bollywood), todos acaban en un pueblito apenas pasando la frontera francesa. El lugar también es desconocido; de nuevo, no hay muchas ganas de explicar (y eso va también por la temporalidad: por los primeros tres cuartos de su duración, parece que la película toma lugar cincuenta años atrás, hasta que una visita a París cambia las cosas). El único lugar que pone su ubicación en el mapa es el restaurante de la rígida Madame Mallory (Helen Mirren), poseedor de la estrella Michelin y lugar habituado hasta por el presidente. Lo cual es una lástima, porque está también ubicado justo enfrente de una propiedad que llama el ojo de Papa para convertir en hogar y negocio, como local de comida rápida con sabor a India. Y con las ollas en llamas, parece que el talento como cocinero de Hassan es lo único que puede unir a estas dos facciones.

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    Cualquiera con un mínimo de memoria ya se habrá dado cuenta del objetivo básico de esta película: repetir para Hallström el éxito masivo de su previa comedia dramática culinaria basada en una novela sobre personajes que descargaban sus pasiones en la cocina para combatir en el medio de una pintoresca Francia. Sí, es un intento desesperado de repetir la repercusión de Chocolate. Pero si bien la anterior obra (que, aunque nuestra memoria trata de olvidarlo, incluso fue nominada al Oscar a Mejor Película) encontraba algo de personalidad en su tema del florecimiento casi sexual en una villa marcada por la represión, Un Viaje… no tiene nada más que una lista de items que chequear para apelar a una audiencia que arranca en el fin de la mediana edad. ¿Producción situada en un lugar atrapado en el tiempo? Listo. ¿Choque de culturas “exóticas” que parezca ahorrar un viaje a otro país y que apele a las taquillas crecientes de Bollywood y Francia? Listo. ¿Ataques con referencias constantes a los puntos típicos de India y Francia, partiendo de menciones al curry hasta llegar a un análisis eterno de La Marsellesa? Listo. ¿Una visión algo racista del pueblo hindú, que aparentemente puede hablar con los muertos o distinguir el alma en la comida? Listo. ¿Una anciana británica haciendo de un personaje también algo racista que hace todos los chistes de mal gusto que apelan a un público conservador, antes de ser ganada por las peculiaridades forzadas del guión? Listo. ¿Una historia de amor entre el joven protagonista y una chica local (Charlotte Le Bon, adorable), que rellena de gente bonita pero clicheada una obligatoria duración de dos horas? Listo. ¿Una narrativa donde, realmente, no hay desafíos a superar u obstáculos interesantes para el héroe en su camino a la cima? Listo.

    Todo se siente como un paso en una larga fórmula (o una receta, si vamos a entrar a la rutina adictiva de los juegos de palabras) para el éxito, aprovechada por los productores Steven Spielberg y, especialmente, Oprah Winfrey. Después de todo, es fácil imaginarse esto como un plan de ella (si no conocen quien es, imaginen una versión norteamericana de Susana Giménez con el poder de adquisición equivalente al PBI de un país centroamericano), entregado a su público inocente de madres, ancianos y demás audiencias que no pidan mucho. A ellos les puede parecer un plato delicioso, concepción motivada por las actuaciones decentes y la colorida fotografía. Pero cuando una película se siente como un plato rico que perdió el gusto tras tanta repetición, se comete un pecado. Si es de cocina o cine depende de ustedes.
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  • El planeta de los simios: Confrontación
    Naturaleza salvaje.

    Dentro del espectro de las grandes franquicias de ciencia ficción, no existe una saga cinematográfica más pesimista que la de El Planeta de los Simios. Mientras las demás distopías de la pantalla grande se permiten un momento para dedicar una luz de esperanza al futuro posible, la obra sobre una sociedad humana dominada por los primates siempre alterna por ver el vaso medio vacío del circular ciclo bélico en la sociedad. Y la reflexión continúa con El Planeta de los Simios: Confrontación (Dawn of the Planet of the Apes, 2014), fascinante estudio de la organización de la violencia que, a su vez, puede darse el gusto de tener monos montando a caballo mientras disparan ametralladoras.

    Diez años después de que James Franco causó por accidente el apocalipsis de su raza al liberar una pandemia que silenció a la humanidad, el antes inocente chimpancé César (Andy Serkis) es ahora el líder de una creciente comunidad inteligente, en una metrópolis de madera y piedra construida a las afueras de San Francisco. Vuelto padre, marido y mentor, el primer simio parlante trata de construir un nuevo mundo con reglas de respeto, una semblanza de mañana para dejar a sus generaciones. Pero todas sus ilusiones caen en forma de un grupo de hombres, con un encuentro sorpresivo que resulta en un animal herido y el inicio de una serie de idas y vueltas de las cuales se hará más complicado regresar. A pedido de su exigente mano derecha, el violento Koba (Toby Kebbell), César marcha a imponerse frente al improvisado refugio de humanos en la zona. Para un pueblo que sólo esperaba encontrar una nueva forma de generar electricidad e impedir la anarquía que viene con la falta de recursos, el descubrimiento de un ejército de animales que hablan no ayuda nada. Con el reloj contando hacia la aniquilación, los intentos de paz entre César y un explorador humano (Jason Clarke) no harán mucho frente a las presionadas decisiones de sus subordinados y líderes.

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    Ese es el terreno con el cual se maneja Matt Reeves, que ya mostró su marca en el terreno fantástico a través del legado de Cloverfield, que ejecutó el terror en primera persona en mejor forma que sus descendientes (meros intentos de aprovechar con el found footage para sacudir la cámara sin problemas y generar interés), o la remake Déjame Entrar, tan innecesaria en su fundación como hermosamente atractiva en su resultado final. Esta vez, su confianza en el material se vuelve a mostrar desde el primer minuto, en el cual logra transformar el clásico cliché de “noticieros informan sobre el pandemonio” en una simple y conmovedora pieza que refleja la muerte mientras establece la caída de la globalización. A esta altura, esa seguridad se siente refrescante a la hora del climax, con incluso las dedicadas y meritadas batallas explosivas entre humanos y simios tomándose tiempo para momentos de personaje, o estableciendo maestría en composición y elegancia en elementos como la toma continua. Es el enfoque indicado para una secuela que, en lugar de ir específicamente por la premisa hollywoodense más grande, más exorbitante o más loca, agarra un suceso de forma introspectiva para darle sentido a todo lo que viene después. Una historia pequeña que se expande, sin caer en lo sencillo. Un relato pacifista pero no soñador, sobre como padres e hijos se pierden en el precipicio de decisiones sin fundamento y rencores condenados. Para una película que es sobre el preámbulo de una dominación mundial por parte de animales sin pulgares opuestos, es bastante impactante lo serio que se pone.

    Pero es en el enfoque de los guionistas Mark Bomback, Rick Jaffa y Amanda Silver donde todo encaja. En manos de escritores pretenciosos, ingenuos o vagos, el conflicto sería entre dos conjuntos que sólo tienen el prejuicio de que “el otro es distinto”, como en las mil caricaturas que abundan en historias salidas de jardín de infantes. Y si bien el racismo es parte de esta historia, la inteligencia está en no darle tanto lugar como se hace con los complejos ingredientes de la guerra, vistos en pantalla. Por un lado, los humanos están gastando sus chances, con la posibilidad de una presa oculta en el terreno de los simios siendo quizás la última jugada para volver a conectarse a la cordura antes de ser tragados por el caos de la extinción, visto en la década pasada durante la masacre causada por la enfermedad extendida por sus peludos opositores. Mientras tanto, los primates tratan de establecer su propia vida, y saben que la fallida forma humana, aquella que antes los aplastó, los puede volver a perjudicar. ¿Puede uno cuestionar el llanto del líder de los sobrevivientes (interpretado por Gary Oldman) al ver lo que perdió? ¿O manifestar contradicciones a la precaución del pigmeo Koba tras mirar las cicatrices de las muchas torturas que le hicieron quienes ahora les ruegan por ayuda? No, pero es en las consecuencias donde todo se vuelve espeso, sin importar los problemas de energía o la mala sangre. En el reflejo de ambos lados, el drama se vuelve más realista, en especial al trazar paralelos con la triste historia nuestra (si piensan en el Medio Oriente o en la política estadounidense post-11/9, no están enloqueciendo).

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    De todas formas, la ironía es que nada de este intento por tratar nuestra humanidad habría funcionado sin la ayuda de los últimos efectos especiales de primera. Dice bastante sobre el giro de la tecnología como el motion capture, antes repulsivo debido a la falta de alma detrás de los ojos, puede hoy expresar tanto para hacernos creer que un mono puede hablar. Sin embargo, los FX son sólo herramientas, usadas sabiamente como fondo a las interpretaciones. ¿Quieren una prueba? La mitad de la película consiste en gruñidos y usos del lenguaje de señas, enseñado por César a sus compañeros animales. Con la tendencia actual a jugar por lo seguro en los tanques destinados a llenar butacas y vaciar las bolsas de maíz de las confiterías, es genuinamente sorprendente ver una producción que logre apostar a una propuesta de inmensos subtítulos (el veneno de la audiencia estadounidense) y devotos pasajes dedicados a analizar los rostros de los simios digitales. Sólo hay una cosa más sorprendente: el hecho de que funciona. Uno cree que los animales están ahí, especialmente al ver el magnífico uso de la tierra y el agua para darle realismo a sus pieles. Si conocen a un animador, pregúntenle cual es el mayor desafío a la hora de hacer que algo cobre vida. Lo más probable es que les digan que es el pelo.

    Y aún si salimos de los píxeles, si esto cierra, es en su gran parte debido al elenco. No es nuevo alabar a Andy Serkis, pero el hombre se lo merece: con su habilidad para transformar el más extraño de los roles en un trágico personaje, el pionero en lo digital demuestra de nuevo como revoluciona la idea de actuación al darle vida de nuevo al carismático César, y la forma en la cual sus ideales de paz se rompen es imperdible de olvidar. Pero esta vez, hay alguien que le combate el trono al ex-Gollum, y es el británico Kebbell (visto antes en películas como Control y RocknRolla), que le trae ingenio y carisma a su Koba, quien tras ser perturbado por los humanos decide volverse perpetuador, evocando incluso tonos de relatos míticos antiguos. Decir que estos dos se comen al resto es ser breve, pero conciso.

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    Ese es el encanto de El Planeta de los Simios: Confrontación, film que logra ser íntimo, masivo, realista, fantástico, conmovedor y tensionante al mismo tiempo. Mereciendo ser comparado con la entrega original de la franquicia, esta película nos tiene con la boca abierta frente a la maravilla proyectada frente a los ojos y, a la vez, lleva a la mente en un recorrido que, por desgracia, conocemos demasiado.
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  • La mejor oferta
    La mejor oferta
    Loco x el Cine
    Retrato de un hombre solitario.

    Sólo se necesitan dos palabras para saber si uno va o no a aguantar La Mejor Oferta (La Migliore Offerta, 2013): Virgil Oldman. Claro, dicho al azar eso puede sonar insensato, pero cuando uno explica que ese es el nombre de nuestro protagonista, un anciano (“old man”, en inglés) que es virgen a las afecciones de todo tipo, las piezas comienzan a encajar. Ese nombre es sólo el primer exponente de un desfile de metáforas solitarias y desesperadas que el escritor y director Giuseppe Tornatore empuja hacia la audiencia a lo largo de 124 minutos. Es un largo viaje.

    Regresemos a Oldman. El hombre (Geoffrey Rush), obsesivo y respetado director de una casa de subastas en un lugar desconocido (no, en serio, vean las locaciones y traten de adivinar si estamos en las calles de Roma o los barrios bajos de Londres, no cierra la geografìa), pasa otro año sin compañía. Es que, cuando no está imitando el vivir de un comercial turístico de Italia, recuperando antigüedades, vendiendo arte o quedándose con sus piezas favoritas a través de un amigo ofertador (Donald Sutherland, en otra de sus actuaciones despreocupadas que quedan estancadas entre el cameo y el rol secundario), el sexagenario se encierra en su mansión. Y que lugar, bien digno de un villano de James Bond, con cosas como un armario dedicado a guardar sus decenas de guantes (él no puede ni atender su teléfono sin cubrirse), que además resguarda una bóveda para su única compañía: un cuarto repleto de cientos de cuadros de mujeres, observantes de su inexistente actuar.

    Contemplando lo extremadamente peculiar (bordeando en caricatura) de este personaje, la visión del cineasta detrás de clásicos como Cinema Paradiso al tomárselo en serio y sin una pizca de siquiera realismo mágico ya suena errada. Pero por lo menos, él puede anotarse un definitivo acierto, el de haber llamado a Rush. Después de todo, el actor australiano casi engaña con la despreocupación con la que maneja su rostro, poniendo la cara (en varios sentidos) para dar una mirada cómplice en los segmentos comédicos y pasar al instante al drama con la solida solemnidad impresa por su quijada. Ocupado todo el tiempo lanzando aires de peculiaridad o gravedad a Virgil, Rush casi engaña al público, haciendo creer que todo se dirige a un punto. Por desgracia, el resto del film se encarga de negar sus esfuerzos.

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    Todo cambia con la llamada de Claire (Sylvia Hoeks), joven heredera de un sinfin de reliquias, que pide la ayuda de Oldman. Pero hay algo que no cierra: ella no ha mostrado la cara a casi nadie en décadas, y mantiene su agorafobia al confinarse en un cuarto oculto, desde el cual planea dictarle el trato al apreciador de En días, el experto pasa del fastidio a la intriga, queriendo resolver el misterio de la mujer encerrada, así como el estado de una colección de piezas de un autómata esparcidas en su propiedad, que junta con un ingeniero cómplice (Jim Sturgess). Y antes de que se de cuenta, estará atrapado por su devoción, que amenaza con desviarlo al peligro cual ilusión de adolescente en plena pubertad.

    Sin buscar el encasillamiento de géneros, Tornatore inicia guiando a su protagonista con un aire de típica comedia costumbrista, donde su rigidez parece ser cambiada por la extraña sin rostro. Pero, en el arranque del segundo acto, el realizador trata de tirar de la alfombra expectativa al transformar la intriga de Virgil en una suerte de thriller dramático, que trata de emular la angustia interna sangrada en obras como Vértigo y Laura. Sin embargo, los elementos no se unen; un poco por la carencia de tono o tema fijo, otro tanto porque Giuseppe es nuevo al lenguaje anglosajón (este es su segundo largometraje en inglés, si contamos The Legend of 1900), quedan bastante distanciados. Claro, hay un sentido agudo presente en el diseño de producción: uno puede disfrutar la examinación de cada pequeño detalle de un lienzo gobernado o el sistema de pequeñeces que manda el orden del reloj, así como tiene la chance de maravillarse o asquearse por la avasalladora pared de damas inalcanzables de Oldman. Eso, junto a los chirridos y lamentos descomunales de la banda sonora del maestro Ennio Morricone (casi siempre un atractivo por el que vale la pena pagar la entrada), hacen desear que el responsable soltara la cuerda de sus ambiciones y usara sus elementos para hacer un relato extremo.

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    Pero no, Tornatore se planta firme en la creencia de que su historia es naturalista, y cuando la película se lanza en territorios de crecimiento personal y vueltas de tuerca, todo parece venir de la nada y dirigirse al valle de la incredulidad. De un hombre frío y desconfiado que de una escena a la siguiente pasa a ser un eterno romántico drenado de intelecto, a una señora con enanismo que puede hacer cualquier operación matemática y que posee memoria total, la variedad de personajes es a veces ridícula en su presentación, sólo apuntada a vender ese final predecible que se cree una revelación catastrófica. Y el diálogo es peor en su inconsciencia, con una sobredosis de metáforas baratas perforadas una y otra vez en el cráneo de cada espectador, como “Las emociones son como obras de arte. Ellas pueden ser falsificadas y parecer iguales a la original, pero son falsificaciones” o “Vivir con una mujer es como tomar parte en una subasta, tú nunca sabes si vas a tener la mejor oferta”. Para la vigésima analogía relacionada a pinturas, relojes o máquinas, daban ganas de que apareciera el hombre mecánico de La Invención de Hugo Cabret a acabar con todo. Con La Mejor Oferta, Giuseppe ha devaluado.
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  • Bañeros 4: Los rompeolas
    Secos en ideas, ahogados en mediocridad.

    En ciertas formas, Bañeros 4: Los Rompeolas (2014) se asemeja al contenido de una cápsula del tiempo. Pero, al contrario de los elementos icónicos de una época que son metidos ahí, esta “película” (término técnico) más bien recuerda a ese caramelo o dulce que siempre mete alguien a escondidas, porque entonces le sabe bien. Lo que no pensó es que, tras tantos años, el dulce se gastó y pudrió, y todo lo que queda es un insípido pedazo de comida vencido que incluso hacía daño en su momento original. Suena duro, pero la prueba viviente del estado actual del chiste en el país es la defensa a las películas de esta franquicia. Es la marca del cine picaresco, esa que aún en 2014, nos obliga a aclarar una y otra vez que no, no es que toda la comedia tiene que ser como Monty Python y Les Luthiers sino que, fuera de las personalidades de sus estrellas, el tipo de propuestas entregado a nosotros en exceso desde los años ochenta no resiste como historia o pieza desarrollada de humor. Pero de nuevo, vienen los argumentos del placer culpable y de la conexión de estos vehículos de chistes en formato de films con la identidad argentina, haciendo que la ironía y el patriotismo se vuelvan la excusa del éxito. O, en el presente, del marketing.

    ¿Y en dónde quedó el humor picaresco ahora? Todo podría resumirse en la mirada perdida y cansada de Emilio Disi o el look moribundo de Paolo el Rockero, únicos miembros del elenco original en regresar para esta última entrega, aunque en una menor capacidad que antes. Sí, incluso el tipo cuyo rol es un cameo de un hippie que choca con algo está demasiado desganado para esto. Con ellos idos, el foco cae de nuevo en Pablo Granados, Pachu Peña y Freddy Villareal, protagonistas de la anterior entrega, que vuelven a hacer respectivamente de… Pablo, Pachu y Freddy. Siempre es una mala señal cuando nadie se molesta ni en ponerle nombres a los personajes; más aún, cuando no tienen personalidad; definitivamente, cuando lo único que hacen es pararse a improvisar chistes que se pueden ver gratis en televisión o Internet, en lugar de un cine por 60 pesos. En una crítica cualquiera, este sería el momento donde uno relata el argumento de la producción. Hay un problema: acá no existe. Claro, alguien podría decir que se trata de como el trío es llamado por Emilio de nuevo para ser bañeros en Mar del Plata, mientras el balneario vacío que custodian es amenazado por un mafioso con la imparable fuerza de 15 patovicas. Pero eso sería una broma (y no intencional), porque nadie involucrado parece darse cuenta de esas pequeñas cosas llamadas trama y personajes, las cuales son pasadas por arriba o, eventualmente, usadas de excusa para pasar de un show del chiste al siguiente.

    La atención también se va a los nuevos miembros del equipo. Por un lado, aparece Mariano Iúdica, haciendo de Mariano, un compañero del grupo que se les une para correr y gritar por las playas para toquetear chicas o tirar remates que serían rechazados hasta en Sin Codificar. Poco después surge Karina Jelinek (haciendo su debut cinematográfico como… no es necesario darles pistas), cuya única razón por estar frente a la cámara haciéndose clara en su introducción, corriendo como muñeca de cera con pilas a salvar a alguien en cámara lenta y usando un traje de baño rojo de una pieza. Así es: pasaron 23 años, y el director Rodolfo Ledo piensa que aún es gracioso referenciar a Baywatch. ¿Qué más esperar del mismo cineasta que inició su terrible ópera prima, Papá Se Volvió Loco, con una secuencia de títulos hecha con la fuente Comic Sans?

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    La falta de preocupación sigue con Nazareno Mottola, el mismo que antes mostraba promesas con esas graciosas cámaras ocultas de Videomatch en las que hacía de un alumno propenso a los accidentes, volviéndose la pesadilla de profesores de educación física. Pero, en lugar de mostrar su adepta habilidad física (que, en manos de un director competente, podría explotarse), el tipo se une al circo de golpes cantados y desenlaces predecibles. Se olvida, como el resto de los comediantes en pantalla, de que lo hilarante es cuando alguien desprevenido se resbala con la cáscara de banana, no cuando uno agarra la cáscara, la muestra ante todos, se tira encima de esta y consigue un garrote para pegarse de paso. ¿Dónde está la gracia de la sorpresa al pasar un minuto viendo un plano fijo de un tipo distraído con una sombrilla en la playa detrás de una estereotípica pareja tranquila, si ya sabemos de memoria lo que va a pasar? ¿Cuál es el gusto de ver a Gladys Florimonte haciendo una imitación china tan clicheada y racista que hasta Mickey Rooney la desaprobaría desde el más allá? Hablando de obviedades, las adiciones actorales cierran con Fátima Florez, que hace de la dueña de un acuario (más de eso en un momento) y la jefa de los bañeros, que cuando no grita como si estuviera haciendo una mala imitación de mamá de sitcom, se dispone a hacer imitaciones baratas de Moria Casán y Susana Giménez. Y no es la única: además, Freddy se pone media capa de maquillaje (o una máscara comprada en Once, es el mismo efecto) para hacer de Jorge Lanata, Juan Román Riquelme y, en una sorpresa, Pablo Escobar. La innovación del humor para toda la familia, damas y caballeros. De nuevo, esto es lo que te dan por 60 pesos: un elenco que, por momentos, hace que la interpretación de Mónica Gonzaga en las películas de hace décadas se vea como una de Norma Aleandro por comparación.

    Leyendo estas líneas, alguien ya podría estar pensando una frase como “Pero si es una película para la familia, no hay que ser severo”. Error. Esto es un producto, así de simple, y si uno quiere mantener su familia sana debe mantenerla lo más alejado posible de esta abominación impresa en celuloide. La prueba mayor de esto es la muestra de prostitución en pantalla: no física, sino publicitaria. Tomando lugar durante una buena parte en Aquarium, el argumento le hace lugar al show de delfines, lobos marinos, focas, pingüinos y más, planteando una ácida contradicción: la del acuario, amenazado por el mafioso antes mencionado, como centro defensor de animales, no como la cárcel que es considerada desde hace bastante. Es lamentable la vida de un animal marino: un día te encontrás en paz con tu familia en la naturaleza del sur del mundo, y antes de que te des cuenta estás forzado al encierro, a la vida artificial, a los trucos y a hacerle frente a las bobadas que dice el monstruo de Frankenstein de populismo tinellista que es Iúdica. Y no es el único chivo. En el solitario momento gracioso de la producción, una escena de diálogo en la ruta es pausada de la nada para darle paso a una toma detalle en cámara lenta del logo en marcha de un micro Plusmar. Nadie lo menciona, no se repite. Es un oasis bizarro. Lástima que las carcajadas no son por causas intencionales.

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    De nuevo, ¿qué esperar de una producción apurada hace tres meses, con el único objetivo de lucrar con el tedio parental durante las vacaciones de invierno? ¿O qué esperar de Ledo? Ya demostró una y otra vez su incompetencia pero, aún llegando al fondo del pozo, parece que decidió llevar una pala para cavar más profundo. Fallando en tareas tan triviales como ubicar una cámara o establecer continuidad entre toma y toma, ni siquiera preocupándose por la musicalización o hacer que una explosión se vea real (para los que cuentan, son tres reales y el resto se ve peor que Sharknado), el equipo técnico sólo parece estar ahí para apuntar el lente y el boom mientras el elenco vagamente recurre a la serie de trucos del momento, incluyendo la inserción deplorable de cameos con figuras mediáticas salidas de la última temporada de Bailando por un Sueño, referencias a Violetta y las selfies, o una imitación a Charlotte Caniggia. Si se preguntan “¿Quién?”, ya sabrán porque el chiste no funciona. Y si uno puede visualizar un ápice de lamento en Ledo y los guionistas, Salvador Valverde Freire y Salvador Valverde Calvo (busquen sus filmografías y entenderán todo), sería la pena por no haber poder metido menciones de Preguntados, o a alguien cantando “Brasil, decime que se siente”. Para el momento en donde Villareal y Iúdica agarran los peores disfraces posibles para, les juro que es verdad, imitar a los amarillos minions de Mi Villano Favorito, el daño es tóxico.

    Si el único logro de Bañeros 4 es ser tan olvidable como para contrarrestar lo ofensivamente mala que es, el debate de siempre arruina su intención. Deplorable hasta para un film de la saga (al menos los otros ponían algo de atención en los aspectos básicos narrativos y fílmicos), este pedazo de basura de hora y media prueba como la mayoría del género picaresco no es un símbolo del cine popular, sino su destructor. Nadie nos salva de esto, excepto nosotros.
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  • El inventor de juegos
    El inventor de juegos
    Loco x el Cine
    Una partida demasiado segura.

    En un momento particular de El Inventor de Juegos (The Games Maker, 2014), el héroe de la historia es recriminado por causas poco ortodoxas. Ya separado de su familia e internado en el lúgubre colegio Possum, el pequeño Iván Drago (David Mazouz) sigue intrigado por el rompecabezas de su tatuaje, símbolo de su misteriosa habilidad para crear diversiones y nexo a la trágica desaparición de sus padres, cuando es advertido por el principal del lugar. ¿Por qué? Es que, desde su llegada ocurrida una semana antes, todos los chicos están empezando a jugar de forma más alegre, haciéndolo quedar como una amenaza para la estricta institución. Pero hay un inconveniente, y no ocurre dentro de la pantalla: nosotros no vimos nada de eso, porque la semana fue saltada en un fundido a negro tras las escenas de su primer día en el lugar. Como una premonición accidental, eso resume la intención y los resultados de un film que, si bien tiene a su disposición los elementos necesarios para dejar una marca, se pierde en la generalidad del género.

    No es que nadie haya intentado. A la hora de adaptar el libro escrito por Pablo de Santis en 2003, el director rosarino Juan Pablo Buscarini (Cóndor Crux, El Arca) llevó a cabo una labor monumental para llegar a filmar una producción que respetara la escala del material original, logrando una co-producción entre Argentina, Italia, Canadá y Colombia con idioma anglosajón, elenco internacional y visión de estreno masivo, aunque con el corazón en su tierra patria, filmando en locaciones de Buenos Aires, Pilar, Tigre y La Plata. Es por eso que, mientras transcurre este relato atemporal sobre un chico con un destino de gloria como inventor de juegos lidiando con un juego por una fuerza malévola, existe una sincera diversión en ver como se transformaron lugares como el Parque de la Costa y la República de los Niños en un gran contexto libre del espacio y del tiempo a través de un muy buen trabajo técnico, encontrando el look de cuento al expandirlos a escondites de villanos más grandes que la vida y ciudades legendarias, algo que encaja con la mirada nostálgica por el viejo relato fantástico y el juego manual.

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    Pero donde no cierra eso es en el relato mismo, donde las partes usadas para jugar se vienen repitiendo desde hace bastante. Como en tantos otros relatos de jóvenes humildes con habilidades especiales ocultas que tienen que descubrir su lugar antes de que aparezca un enemigo poderoso, El Inventor… no se distancia, apurándose a través de la fórmula sin tener tiempo para establecer alguna impresión propia. Vimos todo esto antes: héroes precoces e inseguros de sus destinos, mentores distanciados, aliados inseparables, amenazas colosales y confiadas. Pero el modelo puede funcionar, y aún lo hace… excepto en este tipo de obras, que están tan preocupadas en la apariencia exterior de sus mundos mágicos que se olvidan del elemento más importante: seres que respiren y vivan a través del lugar. No comprenden que la personalidad es el verdadero hechizo, y la clave al interés por esas antiguas piezas empolvadas.

    Esa falta se ve también en la coraza de las actuaciones, y ocurre con la mayoría del elenco adulto. El caso principal es Morodian, villano interpretado por Joseph Fiennes, que cuenta con un pasado atractivo: Tras la huida de su madre adultera y la muerte de su padre, el trastornado hijo se volvió un productor de juegos nihilistas, que armó una compañía en contra de su anterior pueblo. Uno creería que, con esa historia de fondo, se abrirían muchas posibilidades interesantes. Pero no, al final sólo es una mala imitación del Willy Wonka de Johnny Depp en la remake Charlie y la Fábrica de Chocolate. Lo mismo pasa con la mayoría de los grandes, excepto por Ed Asner y Alejandro Awada (quien antes puso su voz para Buscarini como el protagonista de El Ratón Pérez), quienes no tienen mucho material para aprovechar. En comparación, el elenco infantil los pasa por arriba de forma sorpresiva. Como la figura central, Mazouz (estrella de la serie Touch y próximo Bruce Wayne en el show Gotham) deslumbra en su primer rol cinematográfico, demostrando un carisma innato y una confidencia asegurada haciendo del perseverante Iván. Y no es el único, ya que viene acompañado por una amiga invisible, Anunciación (Megan Charpentier), con quien expresa mayor interés que el resto del elenco junto.

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    Es el interés de un niño lo que mantendrá en una buena posición a El Inventor de Juegos, con la audiencia pequeña logrando atravesar las gastadas aguas de esta producción. Para los que ya vimos esta historia demasiadas veces, el aspecto técnico será lo único a destacar en este producto, que carece de la imaginación de sus protagonistas.
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  • Bajo la misma estrella
    De instantes eternos y lágrimas adolescentes.

    “Creo que tenemos una elección en este mundo sobre cómo contar historias tristes. Por un lado, podríamos endulzarlo, donde nada está demasiado mal como para no poder solucionarse con una canción de Peter Gabriel. Me gusta tanto esa versión como a cualquier otra chica. Es que no es la verdad. Esta es la verdad”. En el inicio de un largo viaje al sentimiento de los pequeños infinitos, Hazel Lancaster (Shailene Woodley) se apura a decirnos que su historia no es como las otras. Y, en varias formas, lo es y no lo es. Esa es la cruz que se carga encima Bajo La Misma Estrella (The Fault In Our Stars, 2014), donde su lucha entre la entrada a las convenciones de la temática juvenil y la salida a la peculiaridad con un tema real es la pieza central de esta adaptación de la novela best seller homónima de John Green.

    Pero volvamos a Hazel, y su relato de vida que, por el arranque de la película, es resumido en tres palabras, tan simples de pronunciar como de estigmatizar: ella tiene cáncer. Presentándose con su respirador como una parte más de su cuerpo, ella trata de convivir con el hecho de que no le queda mucho; incluso le dicen que tiene suerte de llegar a la adolescencia, como resultado de un exitoso (pero no milagroso) tratamiento experimental que mantiene sus pulmones. No extraña, entonces, que su personalidad sea tan cerrada y antisocial. Pero cuando su familia la obliga a reunirse con un grupo de apoyo, las obligatorias lecciones de moralina y dehumanizaciones accidentales la llevan a conocer a Gus (Ansel Elgort), un compañero de enfermedad con una constante sonrisa y un arsenal de observaciones cargados para cada ocasión. A pesar de ser un ex-atleta que perdió una pierna debido al osteosarcoma, el carismático muchacho no tarda en entrar en su mente, tirando lecciones a cada costado (por ejemplo, siempre lleva una “metáfora” algo pretenciosa de usar un paquete de cigarrillo encima para estar en poder del objeto asesino) y enseñándole como la vida puede disfrutarse y definirse más allá de sus aflicciones.

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    Con ese planteo, el director Josh Boone (Un Lugar Para El Amor) lanza la base que sostiene toda la película: el dúo de Woodley y Elgort. Habiendo aparecido hace pocos meses como hermanos en la película Divergente, la pareja es la química que establece el tono con el cual se va a tratar un tema tan delicado, con el inevitable drama de la situación del cáncer siendo desviado por el encanto de sus estrellas y una sinceridad en el deseo de ver a las personas detrás de la enfermedad. Fue la decisión indicada llamar a Woodley, quien ahora amenaza con tomar la corona sostenida por Jennifer Lawrence sobre el imperio young adult, para traer la impronta. Como Hazel, la actriz de Los Descendientes y The Spectacular Now muestra su gran valor al capturar la inseguridad detrás de alguien que pone un muro entre sí y su mundo, queriendo evitar el menor daño posible, pero arruinando su poca perspectiva; hecho visto también con una bien manejada subtrama con sus padres, interpretados por Laura Dern y Sam Trammell. La sorpresa viene por parte de Elgort, quien impone a su Augustus Waters con el soporte de un carisma innato, de esos que hace pensar en las demencias que genera en las mentes de las chicas en las salas.

    Pero, crease o no, ahí también yace el problema, ya que Gus es tan vivaz y perfecto para ella (en esa forma que se acerca con gusto a la fórmula) que nos hace pensar bastante en modelos vistos antes, personajes como, digamos, Lloyd Dobler. ¿Quién? El que arreglaba todo con un tema de Peter Gabriel, simplemente. Es ahí donde se nota la ruptura entre la intención y la ejecución (algo que se nota al recordar como, hace un par de años, 50/50 logró el mismo cometido con mucha más facilidad). Después de todo, la estructura del film no se distancia de las tantas otras películas indies de la última década sobre “chico/a melancólico que conoce a una persona energética, alegre y peculiar que le enseña a vivir”: la dirección limpia y seca mediante digital de Boone, el soundtrack repleto de artistas emergentes de los últimos seis meses, y una catarata de comentarios astutos para chicos precoces que parecen salidos de la mente de un revivido John Hughes. Es algo peligroso de repetir pero que logra sostenerse, excepto por una cosa: la insistencia en el realismo de la situación. Cuesta cada vez más sostener la conexión con la cercanía cuando, de repente, nos vamos a Amsterdam para conocer a un autor y dar una serie de citas soñadas, experiencias que son puntuadas por una particular visita de Hazel y Gus a la casa de Ana Frank. Sí, esa Ana Frank. Cuando uno mezcla una comparación con una figura histórica real que sufrió distintas y diversas penas con un pasaje repleto de clichés hollywoodenses y aún busca cierto naturalismo, la mayoría de las chances indica que no sabe donde ir.

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    Y aún así, Bajo La Misma Estrella funciona porque está consciente del poder de su elenco, y de una visión de la tragedia que, si bien no evita ciertos golpes bajos, sabe cuando darlos. Vale la pena sufrir un poco por este resultado.
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  • Godzilla
    Godzilla
    Loco x el Cine
    Bajo la sombra de los gigantes.

    Ya existe el complejo de inferioridad, pero el director Gareth Edwards sabe llevarlo a un nuevo extremo con su interpretación de Godzilla. Por un lado, está la razón obvia: sí, esta nueva visión del rey de los monstruos hace que la humanidad se vea como un hormiguero indefenso ante la voluntad de los dioses. Dejando su marca arrasadora en todo el mundo y convirtiendo ciudades plenas en pirámides de polvo y escombros con sólo minutos de paso, las criaturas llenan el requisito apocalíptico que establece su figura, y que satisface a los derramadores de pochoclo. Pero lo que ahora establece el joven cineasta (ya casi un experto en las secuelas de las bestias fantásticas tras su anterior y primer largometraje Monsters, que con unos escasos 500 mil dólares de presupuesto mezcló el enganche de una premisa sci-fi con sátira política y un trágico romance de opuestos), es la personalidad de los kaijus fuera de la destrucción, al mismo tiempo que los implanta en un mundo que, para bien y para mal, sufre con esta plaga.

    Tras unos créditos cubiertos con información comprometida que establecen el misterio elaborado durante la primera mitad del film, nos encontramos en el año 1999; curiosamente, es el año después del desastroso intento anterior por occidentalizar a Gojira, aunque si es o no una referencia a ese horrible robo infantil a Jurassic Park cometido por Roland Emmerich quedará al criterio de cualquiera. En Filipinas, un par de científicos interpretados por Ken Watanabe y Sally Hawkins son llevados a un descubrimiento oculto en las profundidades; algo de proporciones colosales. Mientras tanto, un catastrófico temblor en un pueblo de Japón hace que el físico nuclear Joe Brody (Bryan Cranston) y su hijo Ford pierdan todo. Las autoridades dicen que fue otro terremoto y que la zona está contaminada nuclearmente, mientras que la increíble verdad queda enterrada.

    Quince años después, encontramos al pequeño Ford (Aaron Taylor-Johnson), quien ahora está bastante crecido. Tras volver de un tour como soldado a su esposa (Elizabeth Olsen) y su hijo, lo menos que él quiere es perder tiempo. Pero cuando llega un pedido de ayuda por su ya distanciado padre, el ex-combatiente se lanza en el primer avión de San Francisco hasta Tokio, iniciando la criminal cadena de coincidencias que lo posicionarán como protagonista del film. Arrastrado a su custodiado viejo hogar por Joe, quien desde hace años trata de descubrir la verdadera causa de la tragedia, él queda atrapado en el momento y lugar equivocado, con un mal monumental suelto en nuestro mundo. Es algo que llama la atención de una legendaria bestia expectante desde hace una eternidad en las profundidades del océano. Es hora de que cierto lagarto titánico salga a escena a arreglar las cosas.

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    Al ver la hora inicial de la película, uno no puede evitar notar la forma en que Edwards y el guionista Max Borenstein (ayudado por varios escritores no acreditados, incluyendo a Frank Darabont, de Sueños de Libertad y La Niebla) buscan jugar con nuestras expectativas. Tomando su tiempo bajo los ejemplos de Steven Spielberg en Tiburón y Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, la producción nos tiene esperando por un vistazo entero de Godzilla, quien finalmente aparece en toda su gloria a los 50 minutos de metraje. Y aún así, la batalla entre él y sus enemigos toma su tiempo, evitando mostrarse explícitamente hasta el final. Es un ejercicio peligroso, que esta era de superproducciones premeditadas por comité hace ver como radical en comparación. Por un lado, es refrescante ver una obra que guarda sus cartas hasta el mejor momento, especialmente ahora que, entre tanto genocidio metropolitano vía pixels mostrado por productos sin alma como El Hombre de Acero y El Sorprendente Hombre Araña 2, uno siente que todos los especialistas en efectos visuales tienen un programa específico llamado MasacreUrbana 2.0 o algo así.

    Pero, a la vez, el intento por balancear la intriga del film de 1954 con la manía de lucha libre monstruosa ejecutada por sus secuelas palidece en un punto específico, a la hora de darle el protagonismo a los humanos. Originalmente posicionándose como un drama de padre e hijo encajado en una gran intriga conspirativa, la historia se agarra a las figuras del desesperado Cranston y el precavido Watanabe (quien interpreta al equivalente de Takashi Shimura con frases para el trailer, en resumen), que abrazan la cursilería del material dado con aplomo suficiente para registrarlo de emociones. Pero a la media hora, el paso del foco sacado del ex-Walter White y entregado al olvidable Taylor-Johnson, testea nuestra paciencia. Con el encubrimiento argumental no causando mucho impacto y quedando flojo al lado de los terrores post-Hiroshima de la película original, todo depende de nuestro héroe caucásico, quien rebota de casualidad a casualidad con tanta ilusión como personaje de Emmerich, mientras que mantiene su única expresión facial. No es muy dotado Kick-Ass. Y a sus colegas no les va mucho mejor, tampoco. Elizabeth Olsen, uno de los mejores nuevos talentos femeninos, es reducida al rol estereotípico de cónyuge preocupada. Sally Hawkins, recién nominada al Oscar por Blue Jasmine, queda limitada a hacer caras consternadas y taparse la boca. Y mejor ni desarrollar el desperdicio de Juliette Binoche. Suena justo decir que la pata de Gojira causa más excitación que el elenco entero.

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    Pero cuando Godzilla entra en escena, todo se olvida. El coloso no pide perdón, sólo ahogando a cientos de personas en un tsunami causado por su mera salida del mar. Desde ahí, su misión es simple, concreta y brutal, con un espectral paralelismo esbozado con la vida del soldado que se une en el masivo y verdadero climax, la obliteración de San Francisco. Allí, Edwards mezcla la sensación microscópica de la gente (culminada con la excelente y pulsante mirada del salto de una tropa en paracaídas mientras los engendros radiados sacuden el lugar y arrancan edificios, todo al ritmo de este track de 2001: Odisea del Espacio) con el anticipado conflicto entre los titanes escamosos, que hace que cualquier fan se quiera parar a aplaudir. Ese desenlace salva a la nueva Godzilla, que gracias al talento de Edwards se vuelve una de las mejores entregas y un excitante reinicio. Una verdadera sinfonía de destrucción.
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  • Muppets 2: Los más buscados
    La rana que robó el mundo.

    “Estamos haciendo una secuela / Volvemos por demanda popular / Vamos, todo el mundo, ¡juntemos la banda! / Estamos haciendo una secuela / Eso es lo que hacemos en Hollywood / Y todos saben que la secuela nunca es tan buena”. En los cinco minutos iniciales dedicados a este primer número musical, uno ya sabe si está o no a bordo del tren de la rana Kermit y compañía. ¿Cuántos otros films apuntados al target infantil pueden balancear la fórmula de vodevil con comentarios meta (“El estudio quiere más / mientras esperan a Tom Hanks para hacer Toy Story 4“, canta Gonzo) y referencias a la infame El Padrino III así como a El Séptimo Sello? Claro que, como aclara el redondo científico verde Bunsen durante la canción, la incorrectamente titulada localmente Muppets 2: Los Más Buscados (Muppets Most Wanted, 2014) es la séptima continuación con la troupe de marionetas desde la primera película en 1979.

    Sin embargo, en cierta forma accidental el error tiene algo de sentido. Después de todo, las criaturas del siglo XXI tienen una diferencia en su anarquía con respecto a la de las originales: mientras que las obras creadas con amor por Jim Henson apuntaban su glorioso descontrol desde el corazón del escenario, los trastos revividos por el director James Bobin, el actor/co-guionista Jason Segel y el cantautor Bret McKenzie usaron la excusa del renacer nostálgico para demoler las butacas del teatro y apuntar a la cuarta pared que los dividía de las audiencias en los cines. En ese sentido, la nueva aventura de los títeres más populares se lanza por el mundo con cañones que disparan imparables gags, al mismo tiempo que se refleja con la misma dureza arrojada desde el balcón por los viejos Statler y Waldorf. La pregunta que vale hacerse, entonces, es si llega a funcionar.

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    Arrancando segundos después de la producción de 2011, el siguiente paso para la ex-René, Miss Piggy, Fozzy y el resto tras terminar de reconciliarse es dejar el hogar en una improvisada gira a través de Europa. ¿De quién es la idea? De su nuevo manager, Dominic Badguy (Ricky Gervais, haciendo su algo irritante rutina de ponerse en ridículo con una actitud irónica de reconocerlo); ignoren que su apellido significa “Tipo malo” en inglés, sólo es un inocente francés. Y aunque suena sospechoso, el conjunto firma tras quedar tentado por la idea de dar shows en Berlín, Madrid y Dublín. Lo que no saben es que esto es el plan de Constantine, un anfibio con acento soviético que es casi idéntico a Kermit, y que logra reemplazarlo al dejar que tome su lugar en un gulag siberiano, prisión comandada por Nadya (Tina Fey, exprimiendo la mayor cantidad posible de risa con su humor seco y tono exagerado). Así, el grupo tendrá poco tiempo para darse cuenta del error y evitar ser incriminados por la serie de robos cometidos en la ruta por Constantine y Dominic, quienes apuntan al premio mayor: las Joyas de la Corona en Londres.

    Evitando las complicaciones, el realizador Bobin (quien además co-escribe con Nicholas Stoller) dice esto desde el principio: sí, son los Muppets de vuelta, aunque ahora juegan a estar en un film de cárcel, en una historia más del tour europeo, o en un relato de policías y ladrones (otra vez). Carente en gran parte del corazón aportado antes por Segel (el único en no volver para esta segunda ronda) que a la vez beneficiaba a un centro emocional y negaba algo de tiempo más de locura en alambres, esta nueva producción avanza en el mapa de lo gastado con ardiente ironía y un ojo siempre dispuesto al guiño. Sólo basta ver subtramas como la investigación de los delitos en forma de una resumida parodia de la buddy movie con Sam el Águila y un agente de Interpol con aires de Clouseau interpretado por Ty Burrell, o el espacio dedicado a los intentos de Miss Piggy para finalmente concretar la unión con el batracio de sus sueños. Sumado a la vivaz incorporación de Constantine (quien, entre su voz de viejo comunista y actitud confiada, es una mucho mejor suma que Walter, personaje que ahora deja un inexistente impacto tras haber cumplido su propósito de personificar la introducción al nuevo público en 2011) y a los aún pegadizos temas de McKenzie, el film es una catarata de chistes.

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    Pero, aún así, cerca del final no son suficientes las bromas en un terreno que ya vimos cientos de veces, lo cual tampoco es ayudado por la falta del núcleo emocional de Henson y la extrema burla de la estupidez de nuestros protagonistas. Sí, es bárbaro volver a verlos, pero no cuando se tiran tan abajo que arruinan la imagen por la cual son tan queridos. Hacia su conclusión, la película se siente apurada por ir por los lugares comunes, algo que se siente hasta en aspectos como los clásicos cameos, que en esta ocasión se aumentan a decenas (para listar algunos: Lady Gaga, Tony Bennett, Puff Daddy, Celine Dion, Zach Galifianakis, Josh Groban, Salma Hayek, Ray Liotta, Saoirse Ronan, Stanley Tucci y Christoph Waltz) y terminan chocando en apariciones repentinas que se pierden en un parpadeo sin sentido (aunque es admirable la decisión de hacer que Danny Trejo y el ex-Flight of the Conchords Jemaine Clement más protagónicos que gente como James McAvoy y Frank Langella) Al final, Muppets 2: Los Más Buscados se podría comparar con el corto que lo acompaña al principio: Fiestódromo, un segmento de 6 minutos con los personajes de Monsters University usando las puertas de acceso al mundo humano para robarse una fiesta y volverse el alma del campus. Son obras innecesarias y algo vacías, claro, pero que explotan con valor al gusto de todos. Animal está orgulloso.
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  • La mirada del hijo
    La mirada del hijo
    Loco x el Cine
    Un útero envenenado.

    Cuando Anthony Perkins mostró la sumisión y el daño monumental escondidos tras la cortesía colectiva al hacer que su Norman Bates asegurara que “el mejor amigo de un chico es su madre”, uno no puede evitar pensar en ejemplos dados por seres como Cornelia Keneres (Luminita Gheorghiu) en La Mirada del Hijo (Pozi?ia Copilului, 2013). En una perspectiva lejana, la mujer es un ejemplo: una de las arquitectas más afluentes de Bucarest, frecuente anfitriona de cenas para cantantes de ópera y figuras administrativas de todo tipo, y feliz mitad de un poderoso matrimonio, ella parece tener una imagen impecable. Pero hay alguien capaz de arrancar la máscara que engaña a la clase alta: su hijo adulto Barbu (Bogdan Dumitrache), que en su frecuente distancia saca a la persona rencorosa escondida detrás de pieles costosas y joyería cegadora. Frustrada con el alejamiento de su única criatura y asqueada por su relación con una madre soltera, Cornelia se la pasa frustrada, incluso cuestionando a la mucama que comparten por datos; no sabe como hacer para recuperar su atención. Y entonces ocurre el choque.

    Interrumpida durante su sopor burgués por una llamada, ella corre tras él al oír la noticia. En la ruta, todo se va haciendo más claro. Resulta que Barbu, un hombre no muy iluminado que digamos, estaba excediendo la velocidad de la autopista cuando un niño se le cruzó en el camino. Sin frenar a tiempo, el muchacho fue atropellado, y de manera tal que un funeral a cajón abierto es la opción menos recomendada. Imaginen la situación de la carente familia, y la impotencia sentida con la llegada a bombos y platillos de Cornelia en la estación de policía. Regresando al hijo a su casa, la madre piensa que esta es la oportunidad perfecta para recuperarlo, y decide usar sus influencias para tratar de impedir que él vaya a la cárcel. Al mismo tiempo que ella falsifica evidencia y compra testigos de la tragedia, su foco está en atraer al rencoroso y necio Barbu a sus brazos de regreso. Pocas veces un lazo entre madre e hijo se tira tanto en el medio del thriller y el drama.

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    Para esta serie de eventos, los ojos están sobre Cornelia, manejada por Gheorghiu en una performance absorbente que agarra la pantalla de tal manera que ni la mirada de la cámara ni la nuestra puede alejarse de ella. Ella es el justo centro de esta confiada producción, que logró ganar el Oso de Oro en la Berlinale de 2013, así como la posibilidad trunca de representar a Rumania en la carrera por el Oscar a Mejor Film Extranjero. A través de la visión del director y co-guionista C?lin Peter Netzer (quien se arma para este tercer largometraje suyo con la ayuda de R?zvan R?dulescu, escritor detrás de La Noche del Señor Lazarescu y Aquel Martes Después de Navidad, obras clave de la ahora llamada Nueva Ola del país de Traian B?sescu), ella es otro gran personaje en la búsqueda de realistas y secas narrativas del país, que se ve bien reflejado en papel, aunque no tanto en pantalla (hasta el final). Esto es principalmente debido al capricho pretencioso de maldecir al trípode y filmar todo “de forma documental” (una de las frases con menor sentido de la última década), agarrando la cámara de forma movediza, tan amateur y enfermiza, para pretender cercanía, cuando en realidad parece que el nivel de terremotos en Rumania es tan recurrente que la gente ya ni reacciona del acostumbramiento.

    De todas maneras, eso no importa tanto cuando uno está compenetrado en Cornelia, cosa que ocurre con facilidad. Existe un deseo en los ojos de Luminita cuando está cerca de su hijo ficcional, y no es de amor o respeto. Él es la última posesión, algo que debe estar bajo su completo control, y la búsqueda la frustra tanto como la apasiona. Teniendo al alcance de su mano la élite y el poder de la ciudad, habiendo transformado a su cónyuge en una mísera mascota que asiente a su comando y estando a disposición de costearse hasta la injusticia, el aburrimiento la lleva a este último recurso. Ya sea interrogando a la pareja de Barbu sobre sus preferencias sexuales o frotándole a él las heridas con un ritmo inusual, la actriz desaparece; señal de una excelente labor. Es un trabajo monumental, el único ser visible en un mundo de fantasmas, como su malcriado pero arrepentido descendiente.

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    Pero aún así, no la conocemos. Haciendo una gran apuesta, Netzer nos somete al lento y circular andar de estas irredimibles sombras que habitan la fría comodidad de los ex-países comunistas. La crítica es interrumpida por un final donde el cruce de clases da lugar a una reinterpretación que justifica todas las medidas tomadas hasta el momento, y nos deja con una incógnita por el alma de todos los condenados en pantalla. Para la confiada y extrema La Mirada del Hijo, el sentimiento es la pregunta, y la catársis la respuesta.
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  • Nadie vive
    Nadie vive
    Loco x el Cine
    Cazadores cazados.

    Para bien y para mal, casi ningún género se suele encerrar en sus fórmulas como el terror. Sus premisas, tan vibrantes en papel, suelen cantar el cansancio de tanto uso, aunque ciertas ofertas hacen que uno olvide el deja vu del resto de la oferta. Veamos lo que pasa, por ejemplo, con las posibilidades dadas por el escenario de la invasión hogareña: tenemos examinaciones sobre violencia, sexo y prejuicio como la del maestro Sam Peckinpah en Perros de Paja, ejercicios en controversia estilística similes a los llevados por Michael Haneke en las cuestionables Funny Games (elijan su versión), o historias que aprovechan la pequeña escala para mostrar la pureza de la tensión y la sangre, al nivel de las recientes Los Extraños y Cacería Macabra. De todas formas, las sumas no paran, y también quedamos con resultados como Nadie Vive (No One Lives, 2012), film que no tiene mucho para ofrecer fuera de su amplia dosis de hemoglobina.

    Primero, veamos los ingredientes de la historia. Tenemos una pareja, discutiendo con dudas mientras viajan por la ruta para iniciar de nuevo. Por otro lado, se encuentra una banda de criminales; llamémoslos “el líder solemne”, “el psicópata impaciente que arruina todo”, “el tipo corpulento”, “el novato”, “la chica dura” y “la chica sensible”, porque ese es el único tipo de características distintivas que poseen esos futuros cadáveres. Y, finalmente, se encuentra la joven que tiene estampada en la frente su salvación. Todo parece ir de la manera usual cuando los tórtolos son acosados por el grupo, que los encierra con los típicos fines macabros. Y cuando uno espera que arranque la tortura (de que tipo, dependerá de la tolerancia que tengan), surge un pequeño problema: el inocente hombre (Luke Evans) resulta ser un experimentado y perfeccionista psicópata, que escapa para iniciar su venganza con quienes lo mantuvieron captivo. Pero también hay un par de inconvenientes con esta revelación. En primera instancia, la sorpresa se ve venir desde lejos, debido a la falsa y vaga presentación que se le da al homicida en los somníferos 20 minutos que abren el film. Y, cuando uno considera como sigue el relato tras la sorpresa, el cambio es básicamente inexistente. Pasamos de varios sádicos atormentando a una persona a un sádico atormentando a varios.

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    Claro que, en estos casos, la ejecución es esencial para el éxito. Lamentablemente, en ese aspecto hay poco que ayude, con la labor del japonés Ryuhei Kitamura resultando casi libre de cualquier tipo de marca. Sorprendente, considerando la festiva demencia que había arrojado en los choques de espadas de su adaptación del manga Azumi, o el amoroso homenaje lovecraftiano expresado en El Tren de la Medianoche. Acá, él sólo puede destacarse en el bizarro permitido por los asesinatos, como en un par de escenas donde su homicida sin nombre acaba con el voluminoso malhechor que lo tiene encerrado, para luego usar su gigante cuerpo como disfraz para esconderse del resto. Son momentos entretenidos, pero que representan el diez por ciento de una producción de 86 minutos que, cuando no está cumpliendo el placer de la audiencia por despachar a las insufribles víctimas (como siempre, el debate sobre por qué se dio vuelta la reacción da para un largo debate), entrega un nada apetecedor plato de terribles personajes, acciones sin sentido y diálogos irritantes.

    Encima, las performances están mal manejadas; casi nada de lo que sale de la boca de los actores suena real, con el lenguaje facial y el espacio entre línea y línea dando a entender que varios son alienígenas. Los únicos que se salvan de esto son Evans (visto recientemente en Rápido y Furioso 6 y la última entrega de El Hobbit) y la australiana Adelaide Clemens (Parade’s End, Rectify) tirando algo de dimensión y sarcasmo a sus roles de maniático y mujer final, en una relación que al final no llega a ningún lado. Todo lo que marcha en Nadie Vive es la matanza. El resto perece.
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  • El gran hotel Budapest
    El misterio de los años invisibles.

    “¿Lo ves? Hay atisbos de decencia en este matadero que solíamos llamar humanidad, y lo que tratamos de ofrecer en nuestra sencilla, humilde y digna… oh, a la mierda”.

    Con ese pequeño discurso incompleto, Wes Anderson resume todo lo que será El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014). Aún siendo un portador de un timing envidiable, el texano llega a su octavo largometraje con el mismo semi-clasicismo artesanal, en el punto medio entre lo irónico y lo honesto, que lo popularizó. Habiéndose vuelto uno de los directores más divisivos de la hiperbólica era 2.0 (traten de encontrar a algún cinéfilo que no lo ame o odie), el punto definitorio de la filmografía del realizador de Rushmore, Los Excéntricos Tenenbaum y El Fantástico Sr. Zorro parece, para la mayoría, su estilo de peculiaridad obsesiva. Pero, sin dudas, lo que queda en claro con su última obra es que su imprenta no es un truco sino más bien un punto de partida para establecer cada vez más desafiantes relatos sobre días perdidos y familias improvisadas.

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    Iniciando su homenaje a la mítica era dorada (sea la de los enredos hollywoodenses o las de tiempos de simple ignorancia), Anderson nos lleva a un típico barrio de Europa Oriental, donde una chica visita el cementerio local para rendir respeto a un autor fallecido (Tom Wilkinson) y leer su obra. Ahora, saltamos del presente a 1985, donde el mismo escritor cuenta como se topó con la historia. Y en cuestión de minutos, un par de cosas más cambian: primero que nada, viajamos a 1968, donde el novelista (joven e interpretado por Jude Law) se hospeda en un resort dilapidado y cruza caminos con su enigmático dueño, Zero Moustafa (F. Murray Abraham); pero lo que capta la vista es como el viaje a través de los años cambia la relación de aspecto de un común 1.85:1 al widescreen de 2.35:1. El ingenioso enmarcado nostálgico de las líneas de tiempo continúa cuando Moustafa accede a darle sus memorias, lo que hace que en instantes nos encontremos en 1932, donde la pantalla cobra las dimensiones de un antiguo film de la Academia (1.37:1).

    En menos de quince minutos, la película retrocede una y otra vez a lo largo de 72 años, pero la gracia en su presentación es tanta que sólo puede ser rivalizada por la de su protagonista, el mentor del joven Zero (ahora, Tony Revolori), el conserje Gustave H. (Ralph Fiennes). Dandy y capitán, suelto bon vivant y meticuloso líder, oportunista sinvergüenza y leal camarada, el personaje rebota en el celuloide con puro carisma, ajustado como reloj a la demanda cómica de Wes. Claro que tiene gran material en cuestión de líneas como la que adorna el inicio de este texto, pero donde sorprende Fiennes (ya acostumbrado a que lo llamen para hacer de villano diabólico) es en la extrema calidez y melancolía que le otorga a un hombre sin pasado ni futuro, una persona que sólo vive en la apariencia que presenta ante sus clientes pasajeros.

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    De todas formas, su drama es una textura que sostiene un amplio lienzo, que relata los días de gloria del hotel manejado por él cuando toma a Moustafa como protegido (formando, como en tantas otras producciones de Anderson, una imprevista relación de padre e hijo), mientras ajusta la estructura del edificio y gana dinero extra al acostarse con ancianas. Una de las señoras es Madame D. (Tilda Swinton, abrumada en maquillaje de la tercera edad), mujer de renombre que de la nada es asesinada, y que le hereda a Gustave una millonaria pintura. Por supuesto, eso no le agrada a la familia de la difunta, particularmente, al maquiavélico hijo mayor (Adrien Brody) y su matón (un aterrador Willem Dafoe), quienes ingenian un plan para sacárselo de encima y quedarse con la obra.

    Esa es la base para que Gustave y Zero salgan en una aventura fuera de lo habitual, que toca desde fugas de prisión, persecuciones a toda velocidad en las montañas y tiroteos masivos hasta una sociedad secreta de conserjes y delicatessen armado. Todo es cotidiano en el mundo de Anderson, que muestra una mano suelta pero conocedora en la emoción de las escenas de acción. Tiene sentido, después de todo: él conoce tanto sus mundos (incluso la ficcional nación de Zabrowska, hogar de la narrativa), que el hecho de que flote en su baile a través de la arquitectura del hotel o del mapa no sorprende. Pero aún así, algunos momentos son impresionantes, como un pasaje en clave de thriller con Dafoe y un delegado en la piel de Jeff Goldblum, donde la mezcla de una distorsión de la cinematografía pastel, el diseño detallista de producción y un inquietante ritmo de Alexandre Desplat (en una banda sonora clásica, y una de sus mejores) hace que un museo se convierta en una hipnótica pesadilla.

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    En este amor por las estructuras del ayer, Anderson revela sus intenciones. Sí, hay villanos en este film, pero el verdadero terror es aquel que se asoma al borde de los cuadros. Todo tiempo tiene un fin, y el que camina hacia el hotel Budapest es el fascismo. Aunque en sus últimos minutos el director tropieza al agregar un broche arbitrario e innecesario al mensaje de su obra (y que además busca un golpe que no impacta tanto como, digamos, el final de la superior Un Reino Bajo La Luna), la imagen de un lugar o un tiempo que es irrecuperable basta para decir todo. Gracias a un ojo que sigue tan intacto como el primer día y un inmenso elenco (que, mostrando el poder actual del director y guionista, también incluye roles secundarios de Saoirse Ronan, Mathieu Amalric, Harvey Keitel, Bill Murray, Edward Norton, Léa Seydoux, Jason Schwartzman, Owen Wilson y Bob Balaban), El Gran Hotel Budapest es una imagen intacta de una época que, si bien no ocurrió, no podría sentirse más real en su pérdida. Tarde o temprano, sólo nos quedan las historias, que a veces duran más que un condenado montón de cemento.
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  • Heredero del diablo
    Heredero del diablo
    Loco x el Cine
    Todo un parto.

    En esta época de marketing autópsico y veredictos instantáneos, estrenos como Heredero del Diablo (Devil’s Due, 2014) tienen un lugar bien específico en las carteleras. Con el cansancio con ciertas partes del género, la conexión con el fanático del terror es distante; por supuesto, uno puede ver el póster en los pasillos del cine o observar un par de spots en el medio del zapping televisivo, pero la sensación de deja vu hace un bloqueo automático de la promesa de sustos y sangre. Es duro no sentir el enfoque ajeno, directo a un público adolescente masivo, aquel fresco a la repetición de las mismas convenciones escondidas bajo la última moda (en esta oportunidad, el found footage). Ellos quieren sustos, y el producto se los da. Pero para quienes tengan experiencia, el verdadero temor se encuentra en lo predecible y calculada que es la experiencia.

    Por lo menos, todo inicia de manera feliz para algunos: los protagonistas del film, Zach (Zach Gilford) y Samantha (Allison Miller), un par de tórtolos que están a punto de unirse en matrimonio. En el furor de la ocasión, el novio decide comprar una cámara para filmar todos los momentos de la nueva familia. Y cuando uno dice todos, es literal: en la primera media hora, tiempo tomado para mostrar los preparativos, el casamiento y la luna de miel en República Dominicana, uno sería perdonado por pensar que está viendo por accidente un verdadero DVD de una pareja que no conoce. Al parecer, Zach hace eso porque es una tradición llevada por su padre, que grababa cada instante de su vida. En eso solo consiste la floja excusa para emplear la omnipresente cámara en mano que, junto a varias convenientes grabaciones de amigos, desconocidos y registros de seguridad, forman la vaga visión del relato.

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    Sin embargo, las cosas cambian en la última noche en el extranjero, donde un taxista los convence de ir a un lugar especial. Viendo como el dominicano los arrastra a un barrio no tan distinto a las favelas de Ciudad de Dios y que sus víctimas aún crean en su promesa de conocer un club nocturno, queda bien establecido el nivel de inteligencia para el resto del guión. De todas maneras, a la mañana siguiente ellos no recuerdan nada malo, aunque las sospechas arrancan poco después, cuando la señora descubre que está embarazada.

    A pesar de creer haber estado protegidos para que no ocurriera esa situación, la sorpresa los encuentra felices y expectantes para ser futuros padres. Pero con el paso de los meses, el comportamiento de Samantha se vuelve más errático: ella se congela en trances que no recuerda, comienza a tener bruscos cambios de ánimo, y empieza a desarrollar un apetito por la carne fresca. Sí, suena parecido a la realidad, pero hay una diferencia clave: el bebé es el Anticristo.

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    Eso lo sabemos nosotros de entrada, debido al recurso de la (casi obligatoria para este subgénero) cita bíblica. Entonces, al inicio ya queda establecido que los personajes tienen que actualizarse con nuestra delantera, primera señal de un mal recorrido por un camino que conocemos de memoria. Desde el justificativo para la innecesaria primera persona cinematográfica hasta los clichés argumentales que hoy exasperan (¿acaso todo latino es adivino o cultista en esta clase de proyectos?), los directores Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett siguen al pie de la letra el manual hollywoodense de ruidos fuertes, lugares oscuros y mal montaje para hacer “sustos”, a tal punto que exasperan. No está bien reducir a las obras en fórmulas, pero es imposible no imaginar la propuesta al estudio por esta película como la suma entre El Bebé de Rosemary y Actividad Paranormal, y los realizadores (quienes ya habían probado el terreno en un corto de Las Crónicas del Miedo) chupan sólo los huesos de ambas obras.

    Es una lástima, porque Gilford y Miller son carismáticos al frente de la producción, y tienen suficiente química entre sí para que uno empiece a preocuparse por el bienestar de sus personajes. A Miller le toca la parte más pesada, mezclando su aflicción sobrenatural con un miedo más humano, el de la vida propia después del parto. Pero como tantas cosas, es una vía no explorada por los realizadores, y que se queda en el rostro de la actriz. Así se podría resumir Heredero del Diablo, un intento que sólo puede ser escalofriante para aquel que jamás haya visto un film de terror en su vida. Es algo triste cuando este video en broma de tres minutos es decenas de veces más creativo, interesante y efectivo que tu largometraje.
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  • 300: El nacimiento de un imperio
    El segundo round de la megalomanía griega.

    “Todo en el mundo es sobre el sexo, menos el sexo. El sexo es sobre poder”. Por supuesto, cuando Oscar Wilde pronunció esas palabras, él jamás podría haber imaginado una interpretación tan literal como la otorgada en 300: El Nacimiento de un Imperio (300: Rise of an Empire, 2014), donde una reunión entre rivales se transforma en una batalla erótica de puños y espadas, todo para ver quien se impone arriba en la cama que se vuelve una demolida sala de guerra. La madera vuela, los mapas caen destrozados, y los cuerpos se arrojan entre sí sin la menor indicación de duda. En su arrojo desvergonzado, esta escena resume la actitud de una secuela que, en el salto habitual hacia lo más épico, gana un sentido común en medio de la ridiculez.

    Algo de eso se puede atribuir a los siete años que pasaron desde que la batalla de las Termópilas llegó a las pantallas globales. Armado con la hoja de calcar pegada a la novela gráfica de Frank Miller, un par de trucos de velocidad en el montaje y sus divas, las pantallas verdes y azules, Zack Snyder tomó por sorpresa al mundo en 2007 con su péplum en esteroides, dando a creer a la gente la llegada del nuevo visionario de Hollywood (algo que su filmografía hasta hoy no para de negar). Vista ahora, la película esconde aún menos sus grandes grietas, donde la presentación solemne de su orgía sangrienta camufló la falta de sustancia con una estructura de videojuego y una avalancha de efectos especiales, dejando expuesta la estupidez de los escasos segmentos políticos y filosóficos, fragmentos semi-fascistas que capturan la torcida mente de Miller (no olvidemos, un hombre que durante años planeó un comic con Batman cazando a Osama Bin Laden).

    Pero claro, eso no impidió que, en su momento, la producción cementara el lugar del autor de historietas para adultos, y que, como es habitual en el mercado estadounidense, que reviviera los derivados de fornidos batallando. Hoy, con una oferta que va desde series como Spartacus hasta películas al estilo de Inmortales, la remake de Furia de Titanes, Pompeii y los dos films de Hércules que salen este año, el género está al borde del cansancio, por lo cual el regreso de los griegos y los persas toma la ruta habitual de elevar la escala, ignorando el hecho de que la producción original ya era casi una parodia. Por eso, el director de comerciales Noam Murro (quien, hasta ahora, tenía como único crédito cinematográfico la comedia dramática indie Smart People) toma la batuta del co-escritor y productor Snyder, en un relato que toma lugar antes, durante y después de la trágica lucha entre los 300 espartanos y el ejército de Xerxes (Rodrigo Santoro).

    Eva Green i 300- Rise of an Empire

    Basado en una novela gráfica no publicada de Miller, el film arranca diez años antes del conflicto original, con el general Themistocles (el australiano Sullivan Stapleton), liderando a sus hombres contra los barcos persas. En el calor de la batalla, muere el monarca enemigo, pero eso sólo causa el nacimiento de un rey dios. Una década después, Xerxes comanda su pueblo en una invasión de Grecia, donde Themistocles defiende las costas contra los ataques de la monumental fuerza oriental. Y, en una perspectiva bastante similar a la del dicho de Wilde, todo se levanta a un nivel pornográfico: discursos eternos sobre honor y gloria, sangre que se dispara como cerveza derramada, peleas en el medio del agua con choques de embarcaciones y caballos en llamas, y un apriete sin fin de pechos tan erectos como el Partenón. Por la mayor parte del film, Murro usa con efectividad la bolsa de trucos para la acción de Snyder, incluyendo el infame apuro en velocidad tras varios segundos de velocidad. Si toda la producción transcurriera sin la técnica, quizás se perdería un tercio de metraje.

    Pero atrás de toda la locura, el guión sigue escondido, encadenado para remar según las intenciones de los responsables. Por un lado, la trama, que durante un 80% del tiempo ocurre paralelamente al último combate de Leónidas y sus compañeros de gimnasio (lo cual parece más que nada una excusa para no sacar con dolor la chequera por una aparición de Gerard Butler), es casi totalmente innecesaria, con una presentación de sobras argumentales y cameos de los personajes de 2007 en el plato principal. Es un film de fondo, donde la mayoría de los personajes tienen tan poca profundidad que incluso el 3D (el cual no vale el cargo extra, a menos que alguien sea fan de ver un poco de lanzas, barro y hemoglobina algo más cerca) se siente con más dimensionalidad. Uno puede leer las etiquetas: está el déspota, el guerrero líder (Stapleton, tan remarcable en el thriller Animal Kingdom, es reducido a llenar la cuota de gritos inspiradores por batalla), el joven que quiere luchar para impresionar al padre, el padre que desaprueba a su hijo hasta que se vuelve orgulloso al verlo pelear dos días antes de retirarse, etc. Es todo tan previsible, que el film casi colapsa de tanta repetición.

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    Gracias a todos los cielos por Eva Green, entonces. Como la manipuladora comandante enemiga Artemisia, la actriz francesa (Los Soñadores, Casino Royale) se carga el film a sus espaldas y no lo suelta más, entregando una performance lunáticamente sensual. Ella está dispuesta a todo; sea arrojándose en la escena de sexo mencionada al principio, o cortando, todo con una sonrisa diabólica, un tic que hace parecer que sus ojos van a saltar en cualquier momento, y una serie de trajes ostentosos que solo podrían ser descriptos como el guardarropas de una dragona dominatrix. Sólo alguien con un comprendimiento del tono de la (digital) pantalla que están devorando puede pronunciar frases como “Peleás más fuerte que cogés” y salir ilesa actoralmente. Ella resume el espíritu de 300: El Nacimiento de un Imperio, una continuación exagerada a un film que ya era exagerado. ¿Es superior? No. ¿Es entretenida? Seamos honestos: claro. De todas formas, quien lea esto ya sabe si quiere o no verla, y la decisión entre si se ve atractivo o estúpido vence la persuasión de cualquier frase de este texto. Citando a AC/DC (quizás el equivalente musical a la parafernalia visual de estos sucesos, aunque Black Sabbath suena durante los créditos finales), “si querés sangre, la tienes”. Si buscás algo más, estás en problemas.
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  • Nebraska
    Nebraska
    Loco x el Cine
    Molinos de viento.

    En un subgénero tan cerrado, conocido y probado como el de la road movie, existen pocos que sepan expandirse como Alexander Payne. Tras satirizar las polémicas del aborto y las campañas políticas durante los años noventa en Citizen Ruth y La Elección, respectivamente, la llamada al camino de las rutas lo llevó a ejercitar la velocidad de su fluidez entre comedia y drama, creando, con obras como Las Confesiones del Señor Schmidt, Entre Copas y Los Descendientes, su imagen de intimista a la pequeña vida estadounidense. Ahora, con su nuevo film nominado a seis Oscars (Película, Director, Actor Principal, Actor Principal, Actriz Secundaria, Guión Original y Cinematografía), Nebraska (2013), él vuelve a su hogar natal, echando una mirada agridulce a una tierra olvidada.

    Woody Grant (Bruce Dern) ganó un millón de dólares. O eso cree. Aunque toda su familia en Billings le dice que no, que es una simple estafa para que él compre revistas, el anciano se cuelga a la esperanza del sobre que cayó en sus manos, y sale caminando en el viaje de 1.366 kilómetros a Lincoln, Nebraska para reclamar su premio. No es difícil entender su situación; con los huesos desgastados y la demencia ingresando a su vida, el temor a la fatalidad le llega rápido, como la cadena de hechos que lo devuelve para encontrarse con su hijo menor, David (el ex-SNL Will Forte, en una cuidada performance callada), quien tampoco pasa por un buen momento. Dejado por su novia y estancado en la confusión de la mediana edad, el cuarentón mira a su desgastado padre con una mezcla de pena y rencor por una relación arruinada por el alcohol y el mal temperamento. Buscando pasar tiempo, la fantasía de su progenitor le da la excusa perfecta para acompañarlo, y se ofrece a llevarlo a su invisible fortuna.

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    Tras esa introducción, Payne (en su primera película no escrita por él o por su colaborador Jim Taylor, sino por el guionista Bob Nelson) agita la mezcla habitual cuando una serie de maltrechos fuerza a los familiares a detener la travesía y descansar en Hawthorne, el pueblo donde Woody creció. Al ver la locación, una comunidad rural de quizás treinta manzanas que parece morir lentamente tras quedar encerrada en el ayer, se revela la verdadera razón por la cual la producción fue filmada en ese monumental blanco y negro. Claro que ese callado lugar queda revolucionado con las falsas noticias de la suerte de Woody, quien en instantes se vuelve sujeto de admiración, felicitaciones, y la usual llegada de los buitres, en un fin de semana por el cual David descubrirá la verdad sobre (quien está dejando de ser) su padre.

    Repitiendo temas habituales de su filmografía (familia, la naturaleza del tiempo, la tentación del dinero), Alexander aprovecha la historia para dar el retrato definitivo de la tierra de su niñez, vapuleada por una sociedad que la ignoró. Aunque su visión podría haberse ido fácilmente a la crítica como en ese pequeño infierno texano que Peter Bogdanovich plasmó tan bien en La Última Película, el director de 53 años logra darle algo de calidez al decaimiento y la desesperación, generando humanidad incluso en basuras de carne y hueso como Ed Pegram (Stacy Keach, eterno actor secundario que ahora ilumina), un aprovechado conocido de Woody que detiene sus maquinaciones para sacar dinero para cantar algo de Elvis Presley en el karaoke.

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    Pero sin dudas, el centro del apasionado pedido de Payne queda en la forma de Dern, otro perpetuo actor de fondo que ahora tiene su chance de brillar, y que la aprovecha en cada forma posible (no por nada se llevó el premio a Mejor Actor en Cannes). Hecho una sombra de sí mismo, atrapado por los engaños y la cerveza, bailando en cada segundo entre la coherencia y el olvido, y sabiendo que no tiene mucho por delante, su Woody Grant es un Don Quijote de nuestros tiempos, tan patético como cercano, pero con una dedicación admirable.

    La prueba definitiva de su mortal golpe a nuestros sentidos es cuando su historia lo arrastra a los pocos dolores de su vida que recuerda, como prueba una visita a un cementerio con su hijo y su esposa, Kate (June Squibb, la bomba humorística del film, en una excelente entrega de comentarios mordaces y corazón). Al mismo tiempo que ella lanza la historia de aquellos que ya no están en este mundo y aprovecha para presumir sus dotes de la juventud (en más formas de lo imaginado), Woody se hace un fantasma, y muestra sin palabras toda la pena que un hombre puede contener. Este momento, otra evidencia del balance demencial de drama y risas por Payne, hace que uno estire el alcance de sus ojos a más no poder, porque uno quiere ver cada segundo de esa gente, tan palpable en su pequeña existencia. Esta es vida, que como ese pueblo armonizado en la nostalgia de Mark Orton, sólo se disfruta por ese instante caprichoso nuestro.
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  • RoboCop
    RoboCop
    Loco x el Cine
    Humano, después de todo.

    Considerando la avalancha de negatividad dirigida en su dirección, tiene sentido que el director José Padilha ni siquiera espere al león de MGM para tratar de dejar su marca. Sí, el felino abre la boca, pero lo que se escucha no es el icónico rugido del estudio, sino que se trata de las gárgaras de Pat Novak (Samuel L. Jackson), quien se prepara para soltar su infierno demagógico. Su programa, The Novak Element (imaginen una versión futurística del barullo que sale en Fox News), va a abrir y cerrar esta historia ya conocida: RoboCop (2014).

    Pasaron 27 años, pero la historia es parecida. En su clásico ochentoso, el neerlandés Paul Verhoeven usó su debut en las grandes ligas de Hollywood para transformar lo que parecía otra premisa de estilo sobre sustancia en una sátira de la violenta privatización mundial patentada por Ronald Reagan, usando el baño de sangre y fuego como remate a un perverso y brillante chiste. Hoy, tras el olvido generado por la inmensa cantidad de merchandising en contra de su mensaje básico, es el turno de otro extranjero para tomar la batuta con el relato del cyborg. No es difícil entender por qué eligieron al brasileño Padilha: sus filmografía, sea el documental Bus 174 o los dos thrillers de acción de Tropa de Élite, pintaba en sus favelas disparadoras de corrupción el tipo de imagen, quizás el discutible estereotipo latinoamericano, que buscaban los productores estadounidenses para su mirada de la (aún más) decaída Detroit del futuro.

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    Sin embargo, el impulso de la elección es detenido por la más básica contradicción de la meca estelar. La sensación se nota desde el punto de partida del film, que inicia con un prometedor reporte de The Novak Element explicando el mundo de Padilha y el guionista Joshua Zetumer. De Teherán a Buenos Aires, casi todo el mundo está asegurado por los drones de la empresa robótica OmniCorp. Y por “asegurado”, uno quiere decir que es una pesadilla distópica de control total, donde los otrora no comerciales ED-209 marchan por las calles para inspeccionar y atacar a toda la población. Mientras Jackson (de nuevo, levantando lo más posible sus decibeles y pupilas) canta sus alabanzas al sponsor con las imágenes de su ataque a terroristas, un chico que por alguna razón decide llevar un cuchillo frente a las bestias de metal es acribillado.

    El polvo y las cámaras esconden la masacre, pero lo que aparenta ser un fuerte mensaje de manipulación mediática y la inhumanidad del daño colateral en realidad termina pareciendo un cobarde recurso fácil para parecer profundo y no arriesgar la audiencia juvenil. En su manía por esconder, la seguridad sacó el elemento fundamental del film de Verhoeven: la crítica. “Estados Unidos es una potencia aplastadora” no es una primicia, ni aunque lo repitas desde un pedestal.

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    Pero al menos eso concuerda con uno de los temas centrales del film, como vemos cuando OmniCorp trata de resolver su mayor predicamento. Verán, en este futuro indeterminado, Estados Unidos es la única nación del mundo que no tiene máquinas patrullando las ciudades, debido a la inseguridad del público con la idea de un robot sin sentimientos a cargo de la justicia. Entre el brainstorming del CEO Raymond Sellards (Michael Keaton, mezclando a Bill Gates con su Bruce Wayne) para apelar al lobby, sale la idea de meter a un hombre en la máquina. Y ahí es donde entra en escena Alex Murphy (Joel Kinnaman), un policía honesto que persigue un caso de corrupción, quedando víctima de un feroz atentado. Incinerado totalmente y sin alternativa, el padre de familia es el candidato perfecto para los planes de la compañía.

    Centrando la mayor parte del film en la historia de la construcción del híbrido, el film se tira al costado humanista y decide preguntar en que punto inicia el hombre y acaba la máquina. En las escenas donde Murphy se tiene que enfrentar a su nueva naturaleza (sea ver sus pocos restos vitales en toda su luz, o dejar que su familia no lo reconozca fuera de la piel), Kinnaman muestra su valor, dando un verdadero rostro a su dilema y justificando el giro al respecto de la anterior producción: en el ‘87, el organismo se dirigía a lo humano, en 2014, se arriesga al virtualismo. De todas maneras, aunque el actor sueco exprime más su rol que Peter Weller (quien, enfrentemoslo, era más bien indicado para la monotoneidad de RoboCop) y consigue buenas interacciones con su éticamente confundido doctor (interpretado por el gran Gary Oldman), el núcleo del film se queda corto. Miremos lo que pasa con la otra supuesta subtrama personal, que es la de su esposa (una desperdiciada Abbie Cornish), cuyo arco se limita a llorar, arrastrar a su hijo (otra estatua de consternación) y ser un objeto de afecto en lugar de un sujeto con vida.

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    Esa falta de compromiso es algo que se traslada a los temas generales del film, que se martillan una y otra vez pero no se arriesgan a ningún costado fuera de lo obvio; una lástima, porque por cada escena ingeniosa, como las discusiones en las oficinas de OmniCorp sobre como cambiar la opinión pública o los dilemas de Murphy con su rol como monstruo de Frankenstein patentado, hay otros dos pasajes que amenazan con tirar todo atrás, sean referencias al film original (¿cuándo aprenderán que eso casi siempre es una firma involuntaria a la sentencia de muerte para los que reconozcan los guiños?), cansados clichés policíacos (el film no está tan interesado con el “Cop” en RoboCop) o su giro del tercer acto, donde todos los mensajes y personajes se van a la borda para rellenar el desenlace con los obligatorios tiroteos y explosiones que no abundaron antes.

    Lo curioso (aparte de como, excepto por un inventivo tiroteo en la oscuridad, la escasa acción no sorprende demasiado) es que la película no requiere tanto de ese último elemento. Claro, es la premisa, pero uno puede ver a Padilha queriendo alejarse e irse al costado ideológico, biológico, así como se puede ver al estudio arrastrándolo al seguro terreno del conformismo referencial y comercial (ni siquiera el look del Detroit normal del mañana llama mucho la atención, aparte de un par de botones). Así y todo, el RoboCop 2.0 queda en un punto medio, que a esta altura puede parecer un logro si uno lo compara con las recientes reversiones fallidas (ejem, El Vengador del Futuro), pero que a la vez lo destina al seguro olvido.

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    Varias veces, un personaje se refiere al reconfigurado Murphy como un “Hombre de Hojalata”, e incluso le pasa un tema de la banda sonora de El Mago de Oz. Uno podría describir así al film, del cual pensamos que pasaría “si tan sólo tuviera un corazón…” y algo de sangre en sus venas.
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  • Por un puñado de pelos
    En el medio de la nada.

    Allá por el anochecer del siglo XX, cuando Fabio Alberti se ponía un traje de mago barato, un bigote tan pronunciado como falso y un muñeco solemne en su brazo, el gusto no estaba en los chistes de su personaje. Para Beto Tony, uno de los tantos seres que transitaron en el carnaval bizarro del programa Todo Por Dos Pesos, lo que se suponía que era un chiste de mala muerte era sólo el inicio. Sorprendentemente, el típico silencio irrompible del fracaso público era el puente a la verdadera dimensión de esta creación, que con el postergado pero inevitable “¡Está bien!” revivía a aplausos masivos, pasando en un minuto del chiste a la realidad, para luego mutar a un reflejo torcido de nuestro mundo, tan seguro y serio en su visión como para causar la mayor gracia.

    Esa era sólo una muestra del poder de la anti-comedia, fuerza que pocos argentinos entendieron como Néstor Montalbano. Trabajando en memorables hits del humor vía televisión (Cha Cha Cha o el mencionado Todo Por Dos Pesos) y cine (Soy Tu Aventura, Pájaros Volando), el director logró explotar su tejido de las pequeñas costumbres que nos alejan y nos acercan de esa rara convención social. Por desgracia, la racha se corta con Por Un Puñado De Pelos (2014), un producto que no tiene idea de que decir ni como hacerlo en el contexto del ridículo.

    Como se puede notar por su título, Por Un Puñado… llama al clásico film de Sergio Leone, siendo la primera de muchas referencias a la Trilogía del Dólar. Por su parte, la mayoría pasa de forma simpática, como una sutil parodia al uso del primer plano en sus confrontaciones al estilo “Mexican standoff”, o el uso de temas (como el de Allonsanfàn) del maestro supremo del soundtrack, Ennio Morricone. Pero si hay algo que Montalbano resalta, en su misión por crear un western autóctono, es la lucha de todos contra todos que llega con el choque de tradición con modernismo. Para el realizador italiano, la Guerra Civil estadounidense y el avance del ferrocarril eran suficientes mechas para hacer explotar el Oeste. Y en el caso local, un pueblo de San Luis es el lugar a ser revolucionado… por la cabellera.

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    Eso es lo que busca Tuti (Nicolás Vázquez), joven bien de metrópolis con una actitud que grita llevarse el mundo por delante, pero que a la vez duda el doble con sus acciones. Su padre lo evita, las chicas lo ignoran y, por supuesto, el pelo se le despide. Es el momento justo para que este casi pelado escuche la historia de su portero Héctor (Daniel Ferreyra), al cual se le escapa el secreto de una cascada milagrosa bendecida por un santo, que concede fresco cabello. Sí, le suena alocado, pero no tan distante como la infinidad de opciones que ya probó para deshacerse de su condición. Sin muchas opciones, Tuti se manda al hogar de su amigo, donde descubre que la leyenda es realidad. Queda una pregunta. ¿Qué hacer ante esta revelación? Lucrar, por supuesto. Pero para hacer realidad sus sueños de crear un spa y resort, el aprovechado tendrá que lidiar con los orgullosos habitantes del lugar milagroso, mientras una fuerza divina se prepara para repartir retribución a los codiciosos.

    Así se establece el relato de Montalbano y el guionista Damián Dreizik (el mismo de Pájaros Volando), quienes arrancan relatando la devoción mitológica al mítico santo Chapí y presagiando una tragedia con elementos de ridículo, tema expresado con seguridad en la mejor escena del film, que recrea su historia con una animación 2D por computadora que imita las fallas de un show de marionetas. Pero cuando aparece el personaje de Tuti, todo se empieza a desviar al peor resultado. Vázquez, por decirlo de una manera sencilla, parece salido de otro universo ajeno a la película; más específicamente, la dimensión de una novela de Pol-ka. No es por insultar al actor, quien saca buenos resultados en su ámbito común, pero como el protagonista de esta producción, él expresa algo muy artificial con su estereotipo de perdedor. En otras palabras, no es tan orgánico en su miseria como, digamos, un Diego Capusotto o un Luis Luque, y por lo tanto su confrontación rutinaria con los personajes más humanizados no genera nada, ya sea a la hora del humor o del sentimentalismo.

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    De todas formas, la culpa no cae totalmente sobre él, ya que su forma de ser (expresada en tics al estilo de hablar como palermitano hinchado, no saber que no hay WiFi en el campo y pronunciar palabras cualquiera en inglés) es sólo uno de los muchos ejemplos de caracterizaciones chatas que hay en la película, el lado negativo a la falta de chiste. Entre esto y la extrema cantidad de actuaciones especiales sin impacto (incluyendo al futbolista colombiano “Pibe” Valderrama, y al músico uruguayo Rubén Rada), casi no hay humor verdadero, y la promesa de bizarrez queda casi totalmente ignorada. Es así que, cuando llega el innecesariamente aleccionador final, uno no puede evitar estar plagado de preguntas: ¿Cuál era el punto de todo? ¿Cuál es el chiste en ver al Mini de Duro de Domar actuando una escena como abogado? ¿Y cómo puede ser que una película con un falso Luis Miguel en plan de hombre lobo pueda ser tan olvidable? La vida está llena de interrogantes impredecibles, pero ciertas respuestas, como Por Un Puñado De Pelos, son tan pequeñas que parecen nunca haber existido.
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  • Entre sus manos
    Entre sus manos
    Loco x el Cine
    Amar en los tiempos de Nicholas Sparks y YouPorn.

    “Sólo hay unas pocas cosas que realmente me importan en la vida. Mi cuerpo. Mi departamento. Mi auto. Mi familia. Mi iglesia. Mis amigos. Mis chicas. Mi porno”. En menos de cinco minutos, “Don” Jon Martello Jr. explica lo básico de su filosofía de vida, al mismo tiempo que Joseph Gordon-Levitt saca todas las expectativas de la comedia romántica que vende el marketing de Entre Sus Manos (Don Jon, 2013). No sorprende enterarse de que esta sea su ópera prima, si lo consideramos como el último paso en una impredecible carrera, que lo llevó del niño alien de la sitcom 3rd Rock From The Sun a una figura de la escena independiente de la mano de gente como Rian Johnson y Gregg Araki. Ahora que películas como 500 Días Con Ella, 50/50 y los tanques de Christopher Nolan lo catapultaron a gran promesa de carisma popular, el actor decide continuar con la veta abierta por su trabajo en la productora online HitRecord, por lo cual escribe y dirige un nuevo relato de expectativas y realidades de los romances en el siglo XXI.

    Como con tantos realizadores debutantes, es claro que Gordon-Levitt busca llamar la atención usando las armas de la adrenalina y el tabú, como se nota en la criatura que elige iluminar para esta historia. Verán, Jon es lo que se conoce como un “guido”. Orgulloso y grasoso a más no poder, el literal Don Juan se pavonea por la vida en su preservado y fugaz Corvelle, manteniendo tanto el estereotipo (uno de tantos parodiados con una rara suerte de cariño) del italoamericano macho, que uno podría confundirlo con un participante del reality trash Jersey Shore.

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    Sin embargo, hay un patrón en la vida de Jon, reflejado por el vivaz y repetidor estilo ‘casi-pero-no-totalmente-MTV’ del montaje empleado por Joseph. Uno de los mejores aciertos de la película es el trabajo con la sensación de rutina, impuesta como recurso estilístico y deslizada a enemiga a vencer por el protagonista. Del paso por el gimnasio y la confesión semanal en la iglesia hasta el tiempo pasado con su disfuncional familia, la existencia se le pasa de calculadas decepciones. Ni siquiera el sexo lo satisface tanto como quiere. ¿Por qué? Por la promesa de la computadora, que en su infinita oferta de fetiches lo vuelve una suerte de mal hablado catador de pornografía. “Por unos pocos minutos toda la mierda se desvanece”, explica (en una parte que testea el alcance de encanto de Gordon-Levitt para mantener la simpatía por este simpático pervertido), “y la única cosa en el mundo son esas tetas… ese culo… la mamada… el vaquero, el perrito, el acabe y eso es todo, yo no tengo que decir o hacer nada. Yo sólo me pierdo”.

    Es entonces el momento ideal para la llegada de dos mujeres que lo van orientando a la ruta de la realidad. Todo arranca con la aparición de Bárbara (Scarlett Johansson), una chica “diez” que usa su explosivo cuerpo para dominar al antes cazador Jon, quien verá que ella tiene su propia serie de fantasías de vida: las tan temidas comedias románticas. Pero en medio de su odisea por satisfacer las alucinaciones de caballero por su novia, Jon conocerá a Esther (Julianne Moore), una veterana que discutirá su modo de vida.

    De esa manera, Gordon-Levitt plantea su comedia sobre la frustración que causa el amor al reflejo de la pantalla, mostrando brevemente el efecto de las influencias que rodean al adicto al XXX, pasando de su baboso padre (un muy gracioso Tony Danza), a la reacción católica (en una de las mejores escenas de la película, Jon cuestiona el método del cálculo de Padres Nuestros y Ave Marías que debe rezar tras confesar sus instancias de sexo y masturbación), o la habitual venta publicitaria. Es en estas partes que el film vuela, aunque pronto uno se da cuenta que la historia se cree más inteligente de lo que es. Esto queda claro al considerar el arco de Johansson y Moore, estrellas que, a pesar de ser radiantes y divertidas, sufren de la falta de material. Girando alrededor del universo de Martello, las dos sirven una función específica, volviéndose instrumentos de caricatura o tragedia, respectivamente. Eso, sumado a varias escenas redundantes y un giro final a la convencionalidad, hace que la producción se resuma en sólo repetir un dicho: “ellas quieren romance, ellos quieren saltar a la cama”.

    Pero a pesar de esa artificialidad, Entre Sus Manos logra mantener el humor y la energía para encantar por una vez, y Joseph Gordon-Levitt prueba que aún hay formas de girar la fórmula de la típica historia del verdadero amor. Para una película que arranca con un tipo admitiendo que el sonido de inicio de su notebook le da una erección, aún es muy dulce.
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  • La chispa de la vida
    La chispa de la vida
    Loco x el Cine
    Un fuego que no se puede encender.

    No es un buen día para Roberto Gómez. Su gran logro, un icónico eslogan para Coca-Cola, ocurrió hace décadas, y el presente lo encuentra como invisible entregador de curriculums. Es un mundo cruel el que recibe al desempleado, y más aún para este desesperado publicista (interpretado, con una maestría de la impotencia, por el comediante José Mota), que ante la joven digitalización se queda sin opciones para mantener a su familia. Así es como, un poco por memoria de los buenos tiempos y otro tanto por circunstancias de presión, él acaba en el lugar de Cartagena donde pasó su luna de miel, hoy transformado en un museo restaurado.

    Da la casualidad (una de muchas, por no decir demasiadas), que el lugar abre a la prensa justo cuando él llega. Y las cosas empeoran cuando, literalmente empujado adentro por la alta sociedad y los medios, Roberto termina vagando a una inestable zona de construcción, donde la idiotez lo lleva a quedar colgando de una estatua a pisos de altura y, finalmente, caer al suelo. Por suerte, él está en perfecto estado… excepto por su nuca, atravesada por la barra de hierro que se le quedó clavada y que lo tiene inmovilizado sin alternativas.

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    Como su desafortunado protagonista, La Chispa de la Vida (2012) vive manejándose en circunstancias forzadas, bordes extremos y situaciones de caos. Al tratarse del penúltimo film de Álex de la Iglesia (que curiosamente se estrena en Argentina casi dos años después de su salida original, incluso tras Las Brujas), esto es de esperarse, aunque esta vez el director se mueve más al costado del melodrama social. Así es: el cineasta que antes nos trajo obras de lo bizarro como El Día de la Bestia, Acción Mutante y Crimen Ferpecto vuelve entrar de lleno a la crítica de la sociedad española, esta vez metiéndose con la última crisis de la madre patria. No es la primera vez que el bilbaíno toca la historia de su nación; incluso su film anterior, Balada Triste de Trompeta, usaba el franquismo de fondo para el choque trágico de payasos psicópatas. Es curioso el cambio político de De la Iglesia tras su presidencia de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, y como lo mueve hacia el activismo en las situaciones menos indicadas.

    Por desgracia, eso también va con esta producción, donde Álex pretende mezclar su mundo excesivo con un drama didáctico sobre moral, e incluso el escenario duele con sus gritos de obvio simbolismo: sin querer queriendo, Roberto acaba yaciendo inmóvil en una pose calcada a la de Jesús en la cruz, mientras queda atascado en el centro de un teatro romano. Es allí donde volverá el circo, pero en su forma mediática, con la invasión de una plaga de periodistas hambrientos de morbo, médicos distraídos, políticos atentos por esconder o capitalizar y conservadores tratando de cuidar la propiedad. Y, mientras tanto, quedará Luisa (Salma Hayek, reducida a protestas y llantos), la esposa de Roberto, que tratará de espantar a los aprovechadores mientras su marido busca usar sus 15 minutos de fama para conseguir dinero y salvar a sus seres queridos.

    Es un pandemonio total, pero la solemne forma en la cual De la Iglesia desarrolla esta interesante premisa no deja más que un viaje a mitad de camino, donde se dedica a plantear insultos para los poderes actuales al construir caricaturas, pero luego se retracta y toma sus intenciones de forma cuasi real. Así, tenemos a un desinteresado alto miembro de un canal televisivo que vive en un harem, o a un manager diabólico que sugiere asegurar una entrevista por mayor precio si queda claro que Roberto va a morir (su argumento es que a nadie recuerda eventos como el entierro de los mineros chilenos porque todos sobrevivieron). Pero no, según la chupada del humor de Álex, hay que tragar esto como si fuera en serio. Es en esta visión un tanto anticuada, donde la única decencia se encuentra en la familia, que él arrastra su concepto sin importar lo rápido que se despedaza. Cual camarógrafo en las escaleras del coliseo de la acción, Álex de la Iglesia corre ciegamente en La Chispa de la Vida, tan ofuscado por su mensaje que tropieza y cae de forma brutal.
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  • La sospecha
    La sospecha
    Loco x el Cine
    Laberintos bajo la nieve.

    Es más que curioso que el estreno en Argentina de La Sospecha (Prisoners, 2013) coincida con la celebración del Día de Acción de Gracias en Estados Unidos. Parece una cruel broma, considerando como esa fecha de reunión familiar es el punto de partida de la historia, cuando la desaparición de dos chicas transforma una ocasión de celebración en un viaje sin retorno al fondo de la oscuridad que existe en todos nosotros. Aún fuera de la ficción, la película logra lanzar un último y maldito escalofrío. Lo peor es que se lo gana.

    Considerando como la pérdida de un ser querido puede cambiar la vida de alguien para siempre, vale más aún revisar a gente como Keller Dover (Hugh Jackman), quien está al borde de lo socialmente aceptable. Verán, él es un hombre religioso, pero del tipo que en realidad le teme a Dios. Obsesionado por estar listo para sobrevivir a lo que sea, el hombre imparte a su familia sus conocimientos de cazador primitivo, incluso preparando un refugio en caso del apocalipsis. Pero a pesar de todo, él no está preparado para el diluvio personal que es la pérdida de su hija. Con su esposa (Maria Bello) destruida, su pareja amiga (Terrence Howard y Viola Davis) confundida y unida en la tragedia, y el único sospechoso (Paul Dano) dejado en libertad tras la falta de evidencias y su pobre estado mental, Dover se precipita a actuar antes de que sea tarde para las dos nenas. Su idea es simple pero brutal: secuestrar al casi incriminado, y torturarlo hasta que cante la ubicación de las niñas. Ese será sólo el primero de los pasos hacia la locura que emprenderá, todo mientras el detective Loki (Jake Gyllenhaal), cae en abismos similares mientras trata de resolver el críptico caso.

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    De esta manera, el director canadiense Denis Villeneuve (responsable por otro intenso y violento drama familiar, Incendies) plantea esta historia, que no está tan enfocada en el descubrimiento de los culpables, sino más bien en el choque ético contra la falta de opciones, y las líneas que cruza uno para pasar de víctima a victimario. Por un lado, está Dover, quien está tan decidido que incluso llega a fabricar un letal artefacto, encerrando a su moribunda presa hasta la máxima incomodidad y duchándola en agua hirviente. La agudez de los gritos y el constante vapor que se fuga por el único agujero de luz dicen tanto como decenas de golpes. Mientras tanto, está la postura de Howard y Davis, los otros padres perjudicados, quienes se sienten asqueados por el plan de su amigo, pero no evitan el desastre. Y, en otra parte, está Loki, atrapado en la jurisdicción, que le corroe la paciencia hasta llevarlo a su propios abismos. La idea de “¿cuánto haría para proteger a alguien?” se balancea sobre todos ellos.

    Todo esto ocurre en el escenario del estado de Pennsylvania, poblado de items religiosos y de una vida macabra. Es inevitable darle crédito al gran Roger Deakins, quien sigue siendo de los pocos directores de fotografía que hoy manifiestan identidad propia en Estados Unidos. Esta vez, el virtuoso de la lente le da la atmósfera sombría a una locación que cobra vida propia, usando la blancura de la nieve y las tumbas congeladas para ser la perfecta cómplice de secretos, delitos y serpientes (tanto metafórica como literalmente).

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    Pero, aún con todo esto, el film es sobre todo un show actoral, y con ese elenco, es uno de los mejores del año. Ante nada, hay que olvidarse del miserable musical de Tom Hooper, porque este es el verdadero mejor trabajo de la carrera de Hugh Jackman. Su entrega al rol de un padre sin alternativas es tan hipnotizante como brutal, mostrando más ira en dos minutos de pura destrucción que en sus seis apariciones como mutante de Marvel. Pero él no es el único protagonista del cuento, ya que Jake Gyllenhaal es más que un fuerte contrapunto a la bestia australiana. Todo eso queda claro en el último tercio, donde la atención pasa sin inconvenientes a su historia, un único espacio de humanidad en este espectáculo de miserias. Por supuesto, ambos manifiestan fuerte apoyo del resto de los intérpretes, desde los conflictuados Howard, Davis y Bello hasta el aislado Dano, quien encima está acompañado por una escurridiza Melissa Leo.

    Bajo estas lentas pero cautivadoras condiciones, el drama, el thriller y el policial se mezclan sin problemas para crear un producto de densa psicología que ya no aparece tanto en Hollywood. Entre tantos giros, conflictos y dramas, los monumentales 153 minutos pasen en un respiro, esa única toma de aire que permite la película al terminar. Claro, no todo es perfecto; el final sufre el síndrome de la sobre-explicación, mientras que se puede notar que los últimos segundos no concuerdan con la lúgubre dirección de todo lo anterior, haciendo sospechar de un manotazo ajeno. Pero como está, La Sospecha merece compararse con los grandes thrillers de la última década, a la altura de Río Místico y Zodíaco. Esa último producción tenía un lema interesante: “Hay más de una forma de perder la vida por un asesino”. Tiene toda la razón.
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  • Omisión
    Omisión
    Loco x el Cine
    Es 14 de diciembre, y Santiago (Gonzalo Heredia) observa el calendario. Sabemos lo primero, pero no por la acción mencionada. Es porque los constantes carteles temporales invadieron el borde inferior derecho de la pantalla por suficiente tiempo como para que hasta el espectador hundido en el balde de pochoclo entienda el punto. Sin embargo, el sacerdote sigue mirando las semanas. El 10 del mismo mes, el psicólogo Patricio (Carlos Belloso) se le confesó, casi con alegría, sobre un doble asesinato que cometió, el primer acto monstruoso de una serie de homicidios que se reanudará cada cuatro días. Si son veloces, sólo les bastará con estas últimas líneas para notar la importancia de la primera fecha. Pero, al parecer, Santiago necesita analizar la agenda por un minuto, enfocándose tanto en el objeto que sostiene que uno casi podría decir que lo penetra con los ojos. Todo esto, una construcción de intriga de aproximadamente un minuto, para anunciar lo que la sala entera ya conoce: el asesino va a atacar ese día. Puede parecer una escena menor, pero ese breve fragmento resume las pretensiones de Omisión (2013), un thriller que frustra en las formas que presume ser distinto a los demás, cuando en realidad está hundido en el convencionalismo.

    No es que no tenga un mal planteo inicial, de todas formas. Arrancando, el film se centra en estos dos personajes, o más bien, en como encajan en la sociedad moderna. No hace falta entrar demasiado en como cada día, millones de personas se entregan a otra fuerza para buscar una salida a sus dilemas. Por supuesto, la institución clásica es la religión, por la cual gente puede aprovechar la ventaja moral de la fórmula; ejemplo siendo el catolicismo, en el cual por una confesión y un número de rezos, la infracción sale de los registros. Pero en los últimos siglos, el giro brusco hacia la fe en la ciencia dejó con el rol de descargo a las pastillas y a los psiquiatras, que vuelven la desaparición de la culpa interna un servicio comparable a pagar las cuentas. Con tanto descargo, pocos piensan en los roles de la gente detrás de la respuesta, personas que deben mantener un voto de silencio, sin importar las atrocidades que oigan. Por eso, el argumento prometía un interesante enfrentamiento de estos dos lados de la moneda, jugando con las restricciones morales que tocan día a día.

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    Pero no, en realidad todo termina siendo una excusa para otro juego de gato y ratón con una premisa de alto concepto: esencialmente, el conflicto de Santiago entre denunciar los crímenes y colgar los hábitos, o no romper el sigilo sacramental y cometer la omisión del título. Esto funcionó antes, como prueba el film de Alfred Hitchcock cuyo nombre local adorna la cima de esta crítica. Y hay algunos temas clásicos del maestro del suspenso en la obra del escritor y director Marcelo Páez Cubells (cuyo único otro crédito de relevancia es el guión del film de Boogie, el aceitoso), quien tiene una buena mano para la puesta en escena, pero que a la vez no confía en que la audiencia entienda este relato de otro crimen perfecto. Es por eso que su producción se baña en obviedades, siendo clichés narrativos o estilísticos. Hay desde melodramas sobre chicos perdidos en la vida de las villas hasta amores no correspondidos, e incluso suena un tema en piano que se escurre cada vez que aparece una escena emocional, que casi empuja a la gente a pensar “Acá me debo sentir alegre/melancólico/triste” (es multiuso), como esas instrucciones que le dan al público con el que se graban ciertas sitcoms.

    Este es el mundo que habitan Santiago y Patricio, el ambiente que los arrastra como si fueran marionetas. Es que no hay consistencia, ya sea en el tono de la película (que varía entre el policial comercial y el exploitation) o en los personajes, que sufren del control omnipotente: en otras palabras, no actúan por sus personalidades o las acciones de quienes los rodean, sino porque el guión lo ordena. Esto lleva a inconsistencias y muchos momentos de incredulidad, como una (algo graciosa) escena donde los dos protagonistas, conociendo el uno sobre el otro y sabiendo que ambos ya conocen sus intenciones, se encuentran en el diván del doctor. Si uno espera un choque de verdades, va a salir sorprendido. No, se hablan como si nunca se hubieran conocido, pero a la vez tiran pistas de lo que están haciendo. ¿Por qué? Porque se necesita esta escena de tensión aún si no tiene sentido y, de nuevo, el guión lo ordena.

    En el medio de todo, los actores quedan con la tarea de levantar los cimientos y, por la mayor parte, salen bien. Escondiendo su figura de galán de telenovela detrás de la sotana y una barba bien crecida, Heredia es competente como el sufrido hombre de Dios, aunque su interpretación es atacada por lo chato que es Santiago, básicamente un blando santo. Mejor le va al siempre magnético Belloso, quien nunca deja de ser un placer al hacer de un sociópata en acción, aún cuando su Patricio se va de los rieles en el tercer acto. Por desgracia, no corre con la misma suerte Eleonora Wexler, quien es desperdiciada en un papel de interés amoroso/receptora y emisora de exposición. Su malgaste es un símbolo de la forzadez y obligatoriedad que arrasan con la producción.

    Y es una lástima ver que esto no funcione, porque de verdad se necesitan más proyectos argentinos de este tipo de géneros en los grandes cines (como probaron exitosamente Diablo y Hermanos de sangre). Lamentablemente, aún siguen resultando películas como Omisión, que encima de perder, pecan de soberbias.
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  • Las brujas
    Las brujas
    Loco x el Cine
    Ellas, las comehombres.

    La catarsis es algo peligroso para Álex de la Iglesia. Por un lado, el arte motivado por la furia siempre es fuente de grandes pasiones dignas de ver. Por el otro, estamos hablando del mismo hombre que se hizo un lugar en el nicho del culto gracias a su hábito por la farsa extrema, con clásicos como Acción mutante, El día de la bestia, La comunidad, Muertos de risa y Crimen ferpecto; dicho de otra manera, hacer que actúe bajo la influencia de la furia es correr el riesgo de quien le da azúcar a un chico hiperactivo. Es por eso que, al oír sobre como el próximo proyecto del ibérico divorciado iba a ser un relato fantástico sobre la maldad de las mujeres, sonaba normal alarmarse. Sin embargo, por la mayor parte de Las Brujas (2013), el realizador logra volver al hermoso ritmo de sus viejos delirios, hechizo que por desgracia también tiene una hora de desvanecerse.

    El frenetismo no se tarda en llegar. A los pocos minutos de iniciado el film, se lleva a cabo un suceso que funcionaría como la perfecta entrada a un chiste: una estatua viviente de Jesús, un soldado verde y un grupo de muñecos disfrazados entran a un local de empeño en la Puerta del Sol, sacando armas a lo loco y robando todo el oro. De este atraco y la subsecuente persecución con la ley (en la cual ni siquiera Bob Esponja se salva de la balacera), salen de Madrid el mujeriego Tony (Mario Casas) y el separado José (Hugo Silva), quien, ante la situación de poder ver a su hijo en escasos horarios, decide llevarlo en su fuga a Francia.


    Pero para alcanzar su destino, todos tienen que tomar el coche del taxista Manuel (Jaime Ordóñez), un hombre dominado y creyente que decide acompañarlos en su escape… hasta que descubre que tienen que pasar por el pueblo fronterizo de Zugarramurdi. Para el fanático de los shows paranormales, el lugar tiene su historia: sirviendo como hogar del acto de fe por el cual los inquisidores españoles retuvieron a miles de personas y sentenciaron a decenas de mujeres a la muerte, la localidad sirvió como verdadera cuna del mito de la brujería, aún antes de Salem. Como es de esperarse, los criminales no le harán caso, tras lo cual se encuentran con Maritxu (Terele Pávez), Graciana (Carmen Maura) y Eva (Carolina Bang), tres mujeres que hacen lo imposible para atraerlos a sus hogares. Por desgracia para ellos, el amigo chofer tenía razón: en realidad ellas son hechiceras caníbales, inmersas en la tarea de cumplir una profecía sobre el pequeño asunto de traer al Anticristo para acabar con el mundo.

    Basándose en esto, el director y co-escritor español (junto a su colaborador habitual, Jorge Guerricaechevarría) establece una batalla de los sexos sobrenatural, que toca uno de los puntos menos explorados habitualmente en este tipo de relatos (y aún más en versiones fantásticas): la intimidación masculina con la mujer. Tan sólo basta con recordar el origen del concepto que adorna el título del film. Como dictó la historia, la caza de brujas fue la excusa de la Iglesia durante la Edad Media para silenciar a cualquier dama que se atreviera a expresar su pensamiento; de esa forma, el Malleus Maleficarum fue uno de los libros más mortales de la historia. La subversión principal ejercida por De la Iglesia, con sus señoras fuertes y poderosas en varias épocas de la vida, tiene buen gusto; de todas maneras, siendo quien es, el artista recalca la idea con el exceso de la comedia negra y la fantasía de sus primeras obras, empleando torturas, embrujos e incluso una Venus de Wyllendorf de 15 metros de alto, como cereza del postre.

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    Pero, desde luego, todo es una excusa para el mensaje del cineasta, quien pinta a las portadoras de estrógeno como fríos, calculadores y despiadados seres que se alimentan en el aprovecho de la suprema estupidez e incoherencia de los varones. Es en este enfoque, que el bilbaíno se acerca peligrosamente al terreno de la misoginia; no ayuda que, por ejemplo, la ex-esposa de José (interpretada por Macarena Gómez), resulte ser tan brutal como las arpías satanistas que sirven como villanas de la producción. Ahí, Álex se desvía de su film y empieza a lanzar su frustración por la pantalla, amargando el gusto de todo. Por suerte, la ridiculez de su premisa ayuda a que bastante de su enojo entre en la broma de la historia; sin embargo, uno no puede evitar pensar como sus deslices en sus “películas de protesta” (como Balada triste de trompeta y La chispa de la vida, sus últimos trabajos) lo sacan más y más de control.

    Eso es algo que se vuelve a notar al ver la ejecución de su historia, desde el frenesí de acción y bizarrez de la impecablemente dirigida media hora inicial, hasta el desinflado desenlace, un conjunto de peleas aburridas, revelaciones sin sentido y malos efectos especiales que hace que las casi dos horas de duración se tornen un tanto interminables. Por fortuna, la diversión causada por el impecable elenco lleno de figuras del humor (fíjense que plagado de comediantes está esto, que uno tiene que mencionar aparte las apariciones de los grandes Carlos Areces y Santiago Segura, quienes se roban sus escenas con altos niveles de travestismo) y la velocidad feroz de los primeros dos actos hace que los problemas de Álex con el otro sexo queden como asunto para otro día.
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  • The Iceman
    The Iceman
    Loco x el Cine
    Marido, padre y psicópata.

    Cuesta no ver a Michael Shannon como el ser atrapado en el medio de la transformación del doctor Jekyll al señor Hyde. Hay una dualidad plasmada sobre su físico: su mandíbula expectante, su postura mecánica, su mirada falta de control, son todos elementos que lo vuelven una bomba de tiempo, que en cualquier momento puede desgarrarse el traje de hombre para revelar el sadismo de una bestia. En los últimos años, las cámaras supieron aprovechar su figura, con notables roles en films como Sólo un Sueño y Take Shelter, así como en la serie Boardwalk Empire. En The Iceman (2012), Shannon regresa a su juego favorito, metiéndose en la piel de un típico padre modelo de clase media internado en los suburbios de Nueva Jersey. Padre que, por supuesto, logra esconder de su familia el hecho de que es el más infame asesino a sueldo en la historia de la mafia estadounidense.

    El nombre del empleado de la muerte es Richard Kuklinski, y su leyenda crece aún años después de su extinción. Después de todo, su existencia tuvo problemas desde el inicio: nacido en 1935 gracias a la unión de un explosivo inmigrante polaco y una fanática religiosa descendiente de irlandeses católicos, él pasó su juventud bajo el abuso paternal, que costó la vida de su hermano mayor Florian, así como la sanidad de su otro hermano, Joseph, que luego violaría y mataría a una joven de 12 años. Ya crecido, Dick se volvió popular por su reputación como irascible matón en la mesa de pool, que incluso asesinó gente por tan sólo mirarlo de manera equivocada.


    Como era de esperarse, esto captó la atención del inframundo de Jersey, dando inicio a una larga e infame carrera donde él dejaría su marca bajo distintos métodos, el más popular siendo congelar los cadáveres de sus víctimas y evitar delatar el tiempo de sus finales. Así, “The Iceman” (“El Hombre de Hielo”, apodo de la prensa) atemorizó el estado jardín hasta su arresto, en 1986. Serían los años posteriores los que lo harían un mito. Por un lado, se estimó que él se encargó de entre 100 y 250 personas (Kuklinski dijo que había perdido la cuenta). En otra parte, flotó por la atención pública que John Gotti lo había contratado para encargarse de torturar y terminar con el vecino que había atropellado a su hijo por accidente. E, incluso en su lecho de muerte, en 2006, el sicario se jactó de haber sido quien acabó con el sindicalista Jimmy Hoffa.

    Con un individuo de semejante riqueza, las expectativas para su paso al celuloide eran altas. Sin embargo, en el enfoque del director y co-escritor Ariel Vromen, la resolución no se puede acercar a estar a la altura de su protagonista. Es que, para su tercer film, el israelí sólo parece estar enamorado con la superficie de la propuesta. En primera instancia, su mirada permite establecer las bases de una historia épica de delito, pero el contexto en el que sitúa la película (que, fuera del constante cambio de cabello facial de Shannon y el reemplazo de actrices para hacer de sus hijas, no se distancia bastante en el trabajo de época) no es más que un collage de recortes con los grandes puntos de su biografía, unidos por la repetición de la premisa externa de “este hombre de familia es un asesino sin resentimientos”, que no se diferencia de otros films de buenos muchachos.

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    La relación con su esposa (interpretada por la adorable Winona Ryder) y sus hijas es aplastada para darle tiempo a escenas anecdóticas de asesinato, como cuando tortura mentalmente a un pedófilo James Franco (en uno de sus varios cameos anuales obligatorios en films indie). A su vez, aparece una subtrama sin sentido ni interés sobre Roy DeMeo (Ray Liotta, que a esta altura ya tiene memorizado este tipo de papeles) y los problemas generados con otros capos debido a su subordinado Josh Rosenthal (el ex-Friends David Schwimmer, en un rol claramente fuera de su liga), que chupa tiempo sin resolución, y entra en los típicos estereotipos del género, con gangsters que se juntan a molestarse como amigos en oficinas oscuras para luego mandarse a matar al instante. Es una producción que se baña en ese libro de clichés.

    Pero, aún con todo eso, la gran falla de la película es la falta de cualquier tipo de exploración en la mente de Kuklinski. Constantemente, los personajes dentro de su vida personal y laboral repiten una y otra vez, respectivamente, “es un gran padre” o “es un tipo sin culpa alguna”. Sin embargo, Vromen y el co-guionista Morgan Land jamás se paran a preguntar cómo fue que se formó esta monstruosidad, ni tratan de encontrar las pistas de violencia en su vida suburbana. Esto queda obvio en un fragmento donde Richard visita a su hermano Joseph (cameo de Stephen Dorff) en prisión. Enfrentado con la única persona que sabe todo lo que hizo, ¿qué se hace? Una mención a la infancia, flashes de su padre abusivo (en su única mención durante todo el film), un choque breve, y listo. La idea de que este corto melodrama sumado a una simple llamada al pasado (llanamente, explicando las cosas con “tuvo un mal papá”) son suficientes para profundizar décadas de trauma es ilusa y frustrante a la vez.

    Es por eso que el único sostén del film es Shannon, quien logra encontrar la textura en ambas caras de su personaje, creando a través de los antes mencionados detalles físicos una conexión entre padre y parca. Pero aún así, las ganas de The Iceman por abandonarse para llegar a las partes jugosas lo deja a la merced de un material que no lo merece. Quizás ese sea el peor crimen de todos.
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  • Tiempo de caza
    Tiempo de caza
    Loco x el Cine
    Unidos por la miseria.
    Fuera de sus dos nombres listos para pegar en los posters, cuesta creer que Tiempo de Caza (Killing Season, 2013) no esté condenada a las góndolas del material directo a DVD. Hace años, el proyecto parecía mostrar promesa: originalmente bajo la dirección del gran John McTiernan (Duro de matar, La caza del Octubre Rojo), el film iba a ser una excusa para reunir a John Travolta y Nicolas Cage tras el éxito del delirio de John Woo que fue Contracara. Pero entonces Cage se bajó, McTiernan se borró y Travolta fue el único en mantenerse en la producción, que recién años después logró sumar a Robert De Niro. Por desgracia, para ese momento Travolta y De Niro ya eran sólo sombras de quienes fueron hace décadas. Bajo la mano de Mark Steven Johnson (quien viene de los ridículos fracasos superheroicos Daredevil: El hombre sin miedo y Ghost Rider - El vengador fantasma, así como la inerte comedia romántica La fuente del amor), y un guión digno de olvidar, este duelo de actores en caída entristece bastante.

    Tras un breve y premonitorio (al menos, en cuestión de su temible calidad) prólogo situado en la Guerra de Bosnia, el film presenta a Benjamin Ford (De Niro, otra vez haciendo el acto de anciano gruñón en clave de sí mismo), un veterano de guerra estadounidense que vive aislado de todos en una cabaña internada en los montes Apalaches. Su soledad, causada por las heridas de guerra que aún quedan dentro de él (tanto metafórica como literalmente), es interrumpida por la sorpresiva llegada del ex-soldado serbio y supuesto turista Emil Kovač (Travolta, que interpreta a su personaje con la misma credibilidad de un antagonista de James Bond), con quien comparte una noche amistosa de historias de caza y Jägermeister. Estas escenas, que establecen la floja psicología de sus protagonistas, son lo más decente del film; decente, claro, si ignoramos como John parece salido de audicionar para ser villano de Rocky y Bullwinkle, si no le prestamos atención al sonambulismo de Robert, y si pasamos por alto la blanda dirección de Johnson.

    Al día siguiente, Kovač y Ford salen a capturar presas, pero el europeo no tarda en revelar su verdadera historia: en realidad, él era un criminal de guerra que el americano creyó haber matado en sus años como coronel, y que tras casi dos décadas de búsqueda apareció para combatirlo, lograr que confiese sus crímenes de guerra y despacharlo. Es así como se da inicio a la más improbable de las luchas, con los dos ancianos intercambiandose en los roles de cazador y cazado con una serie de torturas que incrementa en estupidez y inverosimilitud.

    Es obvio que Johnson y el escritor Evan Daugherty (Blancanieves y el cazador) fueron inspirados para estas partes por el trauma causado por films setentosos como La violencia está en nosotros y El francotirador, que emplearon el shock para estudiar la cultura moral de su época. Sin embargo, los responsables de esto no tienen idea de como hacer eso, y deciden presentar estos fragmentos como si se tratara de una secuela no autorizada a El juego del miedo. Tampoco ayuda que De Niro y Travolta no estén dispuestos de interés o físico para estos intercambios, y que el intento del realizador para cubrirlos sea inútil (el uso obvio de dobles de riesgo, cortes flojos, tomas de archivo y terribles efectos especiales es algo que plaga al film).

    Pero la razón por la cual todo termina de desplomarse es como los traumas de la guerra son usados como excusa para lo que, esencialmente, es un sangriento capítulo en carne y hueso de los Looney Tunes. Todo hasta los últimos veinte minutos, donde la producción se vuelve un melodrama que abusa de su público con simbolismo barato y una moraleja que parece un chiste tras lo visto antes. Así concluye una tortura, dentro y fuera de la pantalla.
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  • Los elegidos
    Los elegidos
    Loco x el Cine
    Los visitantes inesperados.

    “¿Qué es tan especial sobre nosotros?”, pregunta Lacy Barrett (Keri Russell), mientras su cordura se termina de escapar. Su reacción es lógica. Hace semanas, su familia era sólo otro hogar de clase media estadounidense, uno de tantos lugares de preparación de banderas, barbacoas y fuegos artificiales para el 4 de julio. Pero entonces, ellos llegaron. Primero fueron incidentes casuales: ruidos en la noche, una puerta abierta. Sin embargo, las cosas no tardaron en perder sentido, con misterios tan acumulados como las torres de comida que aparecieron erguidas en la cocina, organizadas hasta el último milímetro para enseñar aquellos extraños símbolos de luz. En días, el acoso se volvió imparable: repentinos brotes psicóticos, ataques kamikazes de cientos de aves y, finalmente, ellos, los grises. Ahora, vacía de lógica y de entendimiento, ella está frente al recurso menos esperado, el investigador paranormal Edwin Pollard (J.K. Simmons), buscando entender una causa, preguntando la causa de su maldición. El experto mantiene su expresión de rutina, y responde.

    “Nada”.

    Es en esa lucha contra la imposibilidad en lo que se enfoca Los Elegidos (Dark Skies, 2013). El enfrentamiento va por dos frentes. En un lado, se encuentra el drama, en el cual Lacy y su marido Daniel (Josh Hamilton) tratan de mantener la imagen de familia perfecta, y no ser vencidos por los contratiempos económicos, mientras su hijo mayor Jesse (Dakota Goyo) se les distancia al transitar en el camino de la pubertad. Y, por otra parte, está el terror, con la invasión de criaturas extraterrestres, que causan problemas en la casa desde su contacto con el pequeño Sam (Kadan Rockett).

    En el medio, aparece Scott Stewart, un ex-artista de efectos visuales cuyos previos créditos como realizador incluyen el combo de Legión de ángeles y Priest - El vengador, dos derivativos y aburridos intentos de alto presupuesto para transformar a Paul Bettany en una estrella de acción. Enfrentado con la limitación de dinero (así es como funciona el nuevo sistema de terror comercial: poco presupuesto, mucha publicidad), el director y escritor vuelve a recurrir al licuado de influencias, con obvios ejemplos que van de Encuentros cercanos del tercer tipo a Actividad paranormal (no es una coincidencia que Oren Peli, director del hit del subgénero de found footage, sea productor de este film).

    O y una estructura que va creciendo durante el primer acto, para luego estancarse en la nada tras adelantarse con la causa de su fórmula (esencialmente, imaginen una historia en una casa embrujada donde los fantasmas son reemplazados por alienígenas). Es una tendencia bastante curiosa que se viene dando en el terror: se presenta la premisa, se deletrea a la audiencia la locura que está siendo proyectada, y luego tenemos que ver como la gente en la pantalla resuelve el rompecabezas que ya conocemos de memoria durante la siguiente media hora. La causa de esto, por desgracia, parece un misterio para otras circunstancias.

    Por suerte, Stewart también se toma el tiempo de generar una sobria atmósfera de incertidumbre (escenario ideal para el terror) y hace el acierto de darle aire al dilema de sus personajes, metiendo algo de frescura a su gastado concepto con la inserción del cada vez más recurrente tema de la crisis mundial de 2008. Pero quienes aportan la ayuda definitiva a que uno se identifique y preocupe por ellos son Russell y Hamilton, que encuentran simpatía en sus roles de padres derrotistas enfrentados a los designios de la vida.

    Es así que, entre la competencia del director para sus protagonistas, el buen trabajo del elenco (que también se eleva con el talento del antes mencionado Simmons por un par de escenas) y un par de momentos que funcionan a la hora de provocar la piel de gallina, Los Elegidos cumple. No será nada del otro mundo, pero cuando funciona, funciona.

    @JoniSantucho
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  • Gravedad
    Gravedad
    Loco x el Cine
    En el espacio nadie puede oírte gritar.

    Estamos a 600 kilómetros por encima de la Tierra. El globo domina la toma mediante su grandiosidad mientras, a lo lejos, se empieza a notar un punto en crecimiento. Tras unos segundos, queda claro que lo que se ve es el telescopio Hubble, unido a una nave espacial de la cual están sueltan varias personas. Una de ellas es la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock), quien se trata de adaptar al nuevo entorno, mientras arregla la maquinaria del armatoste. Al mismo tiempo, el astronauta Matt Kowalski (George Clooney) se propulsa con seguridad, controlando su expedición final con la nostalgia de un vaquero en su última cabalgata. Damos vueltas alrededor de ellos, mientras la voz del control de la misión (un escondido Ed Harris) se mantiene firme desde el planeta azul. La fascinación es clara, pero pronto resultará efímera. Esos trece minutos, que presentan a sus protagonistas y al ballet cósmico (la indiscutible tercera estrella de la producción), son sólo la plano-secuencia y primera toma de Gravedad (Gravity, 2013), el inicio de un decidido viaje al terror del vacío.

    El repentino cambio se desencadena cuando el equipo descubre que, debido a una desastrosa explosión durante un operativo ruso, hay escombros de satélite dando vueltas por la órbita, creando una reacción en cadena de destrucción. Por desgracia, ellos tampoco no tienen tiempo para actuar, porque las piezas aparecen segundos después a toda velocidad. Tras la brutal demolición, Stone y Kowalski quedan como únicos sobrevivientes, pero ya no tienen transporte ni comunicación con NASA. Cortos de tiempo y de oxígeno, ellos deberán actuar rápido para encontrar otra forma de volver a casa.

    De esta manera, Alfonso Cuarón presenta un impecable relato, tan grandioso y original en su escenario como sencillo y clásico en sus personajes. Le costó cuatro años, pero el director (que viene en una serie de clásicos, con Y tu mamá también, Harry Potter y el prisionero de Azkaban y la obra maestra Niños del hombre) logra mostrar una versión virtualmente espectacular del espacio: variando entre la belleza y la brutalidad que existe fuera de la atmósfera, él juega con la liberación que le dan los efectos especiales y el uso del silencio, uniendo de forma perfecta los aspectos técnicos para recrear una fuerza cada vez más sádica contra los especialistas, dominándolos y arrojándolos con extrema precisión hacia el peligro de muerte.

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    Como dice el amenazador texto que abre el film, en este lugar, donde lo infinito se vuelve claustrofóbico, la gente no pertenece: son hormigas, tratando de regresar a ese hogar que se ve tan cerca pero que en realidad está tan lejos. Mediante el simple pedido de Cuarón por empatizar con la lucha humana contra elementos fuera de cualquier tipo de control tecnológico, se genera suficiente tensión, que, sumada al ojo omnipresente de la cámara (que incluso se mete en el interior de los cascos de Stone y Kowalski, en tomas subjetivas que aterran más que cien películas de cámara en mano) y al uso magistral de las tres dimensiones, otorga una experiencia inolvidable. La lucha contra la soledad y la búsqueda por ayuda para levantarse, sea Dios, el control de la NASA o un campesino que sirva de oído, se hace perfectamente clara con este concepto. Sin embargo, también es cierto que el producto queda tocado de forma mixta por el guión escrito por Alfonso y su hijo Jonás, quienes agregan algo de melodrama innecesario (por favor, dejemos de usar chicos muertos como un punto argumental al azar) a y una temática a lo new age que está de más, impactando un poco contra las emociones que origina esta historia.

    Por suerte, Cuarón tapa esa fuga gracias al ideal casting. Por un lado, Sandra Bullock entrega una de las mejores performances de su carrera, manifestando en una mirada la confusión y la falta de seguir que no puede aterrizar en el libreto. Y, si bien George Clooney hace de… bueno, George Clooney, su ligera y calma personalidad es justo lo que necesita la producción, que lo hace instrumento de alivio para las escenas pesadas.

    Entre estos elementos, Gravedad es una de esas películas que hacen que uno gaste todo el diccionario de elogios. Pero, cuando uno lo piensa, todo se puede resumir en dos palabras: es cine.
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  • Chicas armadas y peligrosas
    Ellas contra el mundo.

    En los dos años que pasaron desde que la subversiva Damas en Guerra tomó por sorpresa al mundo, los cines fueron testigos del abrazo femenino al lado más grotesco de la nueva comedia americana. Así es: terminó el monopolio masculino de los chistes cargados de drogas, sustancias desagradables y perversión masiva. Por eso, no extraña que tanto el director Paul Feig como la destacada comediante Melissa McCarthy, quienes fueron cruciales para aquella comedia supervisada por Judd Apatow, se hayan reunido y sumado a Sandra Bullock para tocar otro subgénero con la firma de los varones, en la comedia Chicas Armadas y Peligrosas (The Heat, 2013).

    Tomando el aún vital subgénero de la buddy movie policial, la película presenta a la agente del FBI Sarah Ashburn (Bullock), quien es tan reglamentaria, detallista y capaz en su labor como es arrogante, solitaria y antisocial fuera de las horas de trabajo. Buscando deshacerse de ella, su jefe (Demián Bichir) la manda a Boston para desmantelar una organización de narcotráfico, argumentando que la considerará para tomar su posición si logra colaborar con otros. Por desgracia, al llegar a su destino ella no tarda en chocar con la oficial de policía Shannon Mullins (McCarthy), gustosa de aplicar la fuerza sin compasión y de lanzar tantos insultos como balazos.

    Tras esa introducción, uno puede imaginar tranquilamente el resto de la historia, porque el guión de Katie Dippold (Parks and Recreation) no se desvía de la ruta usual del film de la pareja dispareja, desde el enfrentamiento de personalidades hasta la eventual formación del equipo imparable. Y, si bien una fórmula puede funcionar, la verdad es que ya no se puede tener mucha tolerancia con un libreto como el de esta producción, que toca cada uno de los puntos vistos en películas de los años ochenta y noventa. Su predictibilidad es tan grande, que uno incluso podría armar un juego, determinando las siguientes escenas con una precisión aterradora.

    Pero, a pesar de que su argumento no pase de ser una pequeña versión ligera con estrógeno de Arma Mortal, el show sabe ser levantado por sus dos estrellas, quienes tienen una química decente. Por un lado, McCarthy repite su capacidad para el humor físico y el timing suelto que rindió en Damas…, así como en Ladrona de Identidades y ¿Qué pasó ayer? Parte III, aunque su personaje básico está empezando a gastarse con tanto uso. Mientras tanto, Bullock toma partes de su rol en Miss Simpatía y actúa como un buen rebote, la parte nivelada del dúo dinámico. Sumadas a la mano segura de Feig, las protagonistas hacen que Chicas Armadas y Peligrosas se vuelva un caso menor, de esos que entretienen por un par de horas, para luego despedirse de la mente apenas uno sale caminando por los pegajosos pasillos del cine.
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  • Dos armas letales
    Dos armas letales
    Loco x el Cine
    43 millones de razones para matar.

    “Nunca robes un banco que esté al otro lado de la calle de una cafetería con las mejores donas en tres condados”, le dice Trench (Denzel Washington) a su cómplice Stigman (Mark Wahlberg), antes de encender en llamas el lugar donde pidieron su desayuno. Esa línea, así como la discusión de pareja entre los dos criminales que la precede, marca el terreno (en deuda a las novelas pulp de Elmore Leonard y las buddy movies escritas por Shane Black) en el que se maneja Dos Armas Letales (2 Guns, 2013), del islandés Baltasar Kormákur.

    Para meterse en la historia, el film sigue su momento piromaniaco con una retroceso temporal que presenta el conflicto de sus dos protagonistas, quienes viajan a México para lidiar con el temido capo de la droga Papi Greco (Edward James Olmos). Tras un encuentro que cuenta con un toro semental, varias gallinas baleadas y una cabeza decapitada, los delincuentes deciden vaciar los ahorros de su jefe. Sin embargo, ninguno de los dos sabe la verdadera identidad del otro: Trench es un agente infiltrado de la DEA, mientras que Stigman trabaja como Oficial de Inteligencia Naval. La naturaleza de sus misiones secretas chocará cuando descubran que el lugar que hurtaron tiene la sorpresiva suma de 43 millones de dólares, cantidad que los pondrá en la mira del amenazador narcotraficante, un corrupto oficial de la CIA (Bill Paxton) y enemigos más cercanos a sus vidas.

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    Basada en la novela gráfica escrita por Steven Grant en 2007, la película se maniobra por el terreno de la acción y la incorrección política de los films de parejas policiales que abundaban por los años ochenta y noventa, donde los chistes y los insultos volaban a la misma altura que las balas. Mediante una visión limpia, clara y por la mayor parte libre de la grandiosidad actual del cine de tiros y explosiones, Kormákur pasa la prueba en su segunda producción comercial hollywoodense. Por supuesto, la mayoría de la apuesta se basa en la química de su dúo principal, y por fortuna esta producción tiene una unión que funciona perfectamente.

    Por un lado, está Washington, quien juega al alternar entre su falso estereotipo de gangsta (ese del diálogo roto, los dientes de oro y las conexiones eternas) y su clásica personalidad calculadora y segura. Mientras tanto, Wahlberg (quien ya trabajó con Kormákur en el olvidable thriller Contrabando) lo complementa con una versión más ilusa de su usual personaje confiado y canchero. Juntos, ellos forman una de esas verdaderas parejas del género, aquellas que no pueden vivir ni juntas ni separadas.dos-armas-letales-3-locoxelcine

    Claro que, igualmente, ambos están apoyados por un elenco secundario que tiene su parte en la diversión, incluyendo a un desaforado Paxton como un sádico villano texano fanático de interrogar mediante la ruleta rusa, y a Olmos como un líder criminal que se baña en la imagen negativa del vecino del sur de Estados Unidos, incluso en un punto orinando sus propias manos por costumbre familiar.

    De todas formas, todo esto no quiere decir que el film no tenga sus problemas. Como entra con tantas ganas en un subgénero ya conocido, la mayoría del film es bastante predecible y no salta, y, en su intento por sorprender, la cantidad de revelaciones, vueltas de tuerca y traiciones dramáticas del tercer acto pasa de normal a molestamente innecesaria. Pero cuando Washington y Wahlberg iluminan la pantalla, uno puede estar cómodo en la butaca, dejar pasar los balazos y las burlas, y simplemente disfrutar del show. Como divertimento, Dos Armas Letales aprueba tranquila.

    @JoniSantucho
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  • El ataque
    El ataque
    Loco x el Cine
    Tirando la Casa (Blanca) por la ventana… de nuevo.

    Para el canon del cine de súper acción, la situación es típica: un villano tiene acorralado al presidente de Estados Unidos, y decide explicarle su diabólico plan, mezclando su visión patriótica con burlas y negando que “la pluma sea más poderosa que la espada”. Tras un largo discurso digno del manual básico del antagonista, el líder del mundo libre ofrece una reinterpretación de las palabras de Edward Bulwer-Lytton; en otras palabras, le da un plumazo en el cuello. Si bien el remate es gracioso, no quita la fatiga y la solemnidad fallida de la escena. Esos momentos resumen tanto todo lo bueno y malo de El Ataque (White House Down, 2013) como la carrera de su director, Roland Emmerich. Y, aún con varios de los elementos favoritos del realizador presentes en este último esfuerzo, se puede notar que el rey de la destrucción no aprende de sus errores.

    La película porta varios de los fetiches del responsable por Día de la Independencia, El Día Después de Mañana y 2012, arrancando con el padre que tiene que volver a conectarse con su familia. En este caso, él es John Cale (Channing Tatum), veterano de Afganistán y policía, quien no para de decepcionar a su hija Emily (Joey King). Por suerte, él consigue una chance de redención al concertar una entrevista de trabajo con el Servicio Secreto. Por supuesto, esto atrae a su nena, fanática de la Casa Blanca a un nivel enfermo: a la tierna edad de 11, se levanta temprano para ver las noticias políticas, mientras compila datos de WikiLeaks y demás enciclopedias virtuales. Pero cuando la visita a la residencia de Washington es interrumpida por la visita nada amistosa de un grupo paramilitar, el será forzado a probar su valentía al tener que rescatar a su hija, acompañar al presidente James Sawyer (Jamie Foxx) y detener un complot que podría resultar en una guerra nuclear mundial. Todo, claro, entre un sinfín de explosiones, tiroteos, peleas, escombros y cenizas.

    Si piensan que esta sinopsis suena bastante familiar, entonces deben estar pensando en Ataque a la Casa Blanca (Olympus Has Fallen, 2013), estreno que pasó hace apenas meses por las carteleras del mundo. El choque de proyectos similares ya es costumbre en Hollywood: un año son comedias sobre amigos con beneficios, el otro son reversiones de la historia de Blancanieves y, este, son calcos de Duro de Matar en la Oficina Oval. Pero, aunque el film de Antoine Fuqua con Gerard Butler como salvador de la bandera roja, blanca y azul salió primero, en realidad la preproducción de la película del alemán arrancó antes, con la compra del guión de James Vanderbilt por la friolera suma de tres millones de dólares (cantidad bastante cuestionable al ver el resultado en pantalla).

    Vale la pena comparar brevemente estos dos proyectos: la película de Fuqua es una visión más directa, sangrienta, conservadora (allá, los malos eran rebeldes norcoreanos, y había cantos patrios por doquier) y barata (70 millones de dólares), que la versión de Emmerich, que presume de forma limpia su presupuesto de 150 millones a un público más amplio, valiéndose de la excusa políticamente correcta de enemigos internos para darle rienda suelta a la extinción de todo edificio, vehículo o persona al alcance.

    De todas formas, la mayoría del film se basa en las espaldas de Tatum, quien tras probar su rango con Comando Especial y Magic Mike hace una buena transición al rol de líder de tanque pochoclero, y Foxx, quien sigue manierismos y tics para entregar a un Obama que tiene siempre listo el discurso de paz, pero que también está más que dispuesto a tomar las armas (cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia). La química entre los dos es apoyada por algunos eternos intérpretes rendidores, como Maggie Gyllenhaal, James Woods y Richard Jenkins.

    Todo esto divertiría bastante, si la mayoría de la película no insistiera en meterse en terreno que no conoce. La obstinación en subtramas sobre un trato de paz en Medio Oriente y las maquinaciones de las industrias armamentísticas de defensa hace ver a la película con la mentalidad de un chico de 9 años que ve CNN e insiste sin éxito en repetir lo que acaba de escuchar, y la devoción a la bandera norteamericana cansa bastante. Es por eso que el film solo vuela cuando abandona la lógica y se divierte, como cuando se burla del uso de la herramienta expositiva/narrativa/emotiva que es la hija del protagonista, o cuando muestra al hombre común y al presidente esquivando balas y dando vueltas en una limusina por el jardín de la avenida Pennsylvania al 1600, antes de empezar a disparar un lanzacohetes.

    Por eso, la autoconciencia de Emmerich es lo que salva a El Ataque de caer completamente en el adormecedor territorio del protocolo nacionalista, o del mismo cliché. Esta es la tercera vez en la que el director destroza la Casa Blanca pero, aún con ese simbolismo básico, uno no puede evitar volver a tener simpatía por la destrucción.
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  • Las crónicas del miedo 2
    Terror en primera persona.

    Piensen en esas reuniones con amigos donde todos están empecinados en hacer enfocar sus cuentos, que bailan entre el detalle de la realidad, la percepción y la pura imaginación. Esa extraña candidez, que supera los típicos altibajos de los relatos, es el elemento clave que atrae a la gente hacia la antología. Por eso, no resulta difícil encontrar rastros de esa sensación en Las Crónicas del Miedo, donde un conjunto de voces nuevas del horror y el cine mumblecore (esa mezcla indie de amiguismo, actores amateurs y diálogos casi improvisados) aprovecharon las libertades técnicas, económicas y narrativas de la última tecnología para dar rienda suelta a un sangriento grupo de historias políticamente incorrectas. Aunque el resultado final terminó estancado en el terreno mixto, la reacción de la audiencia garantizó una continuación, por lo cual ahora Las Crónicas del Miedo 2 (V/H/S/2, 2013) trae más realizadores, más tipos de pesadillas y más hemoglobina. Y, de nuevo, los resultados varían entre lo regular y lo singular.

    A través de cinco cortos (incluyendo al que provee el marco para los otros cuatro), el polémico subgénero del found footage (o material encontrado) es usado como excusa para unir relatos. Todo arranca con el indiferente segmento Tape 49, de Simon Barrett, que encuentra a dos investigadores privados en una noche normal de trabajo, siguiendo infieles a moteles de mala muerte, para luego filmarlos en el peor momento y chantajearlos (una de las muchas conexiones al voyeurismo que no van a ningún lado). Las cosas se ven interrumpidas cuando les toca visitar el hogar de un joven desaparecido, donde lo más llamativo que encuentran es un rejunte de misteriosos VHS con material snuff (algo curioso, porque todo lo mostrado es filmado digitalmente, así que de entrada el argumento no tiene sentido). Por supuesto, los detectives caerán en el error de ver cassette tras cassette, quedando atrapados en una trampa diabólica.

    La primera de las cintas es Phase I Clinical Trials, de Adam Wingard (quien ya participó en el film original y ahora está por estrenar Cacería macabra), que encuentra a un joven recuperándose de un accidente de auto, con una particular prótesis: un ojo biónico. Aunque el aparato le permite ver con normalidad, también corre con la desventaja de ser un instrumento de prueba, que graba todo para luego mostrarlo a la empresa fabricante. Pero la privacidad será el menor de sus problemas (una lástima, porque el subtexto de la premisa sirve sólo como excusa para poder filmar el segmento) cuando su nuevo órgano empiece a hacer que note la aparición de fantasmas. Si bien esto suena bastante parecido a El ojo, la ejecución plana y predecible de estos minutos (que caen en el típico error del susto barato) no se acerca a la efectividad del J-horror de los hermanos Pang.

    Después, es el turno de A Ride In The Park, que viene de la mano de Eduardo Sánchez y Gregg Hale, quienes fueron co-director y productor en El proyecto Blair Witch, aquel film que inspiró el fenómeno de la cámara en mano. En esta oportunidad, el film se vuelca al terreno de la comedia, al mostrar los incidentes de un joven que atraviesa un parque a toda velocidad con su bicicleta, grabando todo con la cámara GoPro pegada a su casco. Todo arrancará cuando, tras ver a una mujer perseguida, se encuentre víctima de un grupo de zombies, lo que causará una reacción en cadena digna de verse. Con un buen ritmo y un par de momentos visuales que recuerdan la locura de la violencia splatstick de Sam Raimi y Peter Jackson, este segmento supera la falta de trama gracias al humor y al encanto.

    Tras eso, se da lugar al que sin dudas es el mejor segmento del film: Safe Haven, co-dirigida por Timo Tjahjanto y Gareth Evans. Si el último nombre suena familiar, es porque él es el realizador responsable por la obra maestra de acción The Raid. Ahora, se muestra la misma demente pasión al llevar a la pantalla la pesadilla de un equipo de noticias que queda atrapado en los rituales de un culto satánico indonesio. Contar mucho sería un crimen en esta ocasión, así que sólo vale la pena decir que tanto la forma en la cual los directores elevan el clima de tensión e incertidumbre (desde la duda sobre las intenciones de la enigmática secta hasta el terror del explosivo desenlace) como el respeto por la historia fuera del escalofrío merecen ser estudiadas por algunos de los colegas que contribuyen en la película.

    Considerando la longitud de la parte anterior (la más larga de la producción), uno creería que la cosa acabaría ahí. Pero, en realidad, todo concluye con Slumber Party Alien Abduction, de Jason Eisener (el maniático detrás del delirio de exploitation Hobo With a Shotgun). Los protagonistas son unos púberes fanáticos de las películas caseras y fastidiar a los demás, que reciben la visita de unas criaturas del espacio. Pero estos no son los extraterrestres de Super 8, sino más bien los típicos aliens grises con ojos largos y negros que gustan de raptar gente. Eso da lugar a la típica y cansada persecución que uno encuentra a montones en Youtube. En resumen, es básicamente lo que promete el título, y nada más.

    Como la mayoría de las películas que compilan cortos, Las Crónicas del Miedo 2 es una montaña rusa, debido a las muchas diferencias entre sus realizadores. En algunos casos, hay un dominio del estilo, el mensaje y la pasión del pánico; en otros, sólo queda como memoria el vago y reprochable uso de la cámara movediza. En conjunto, la película queda a mitad de camino. Aunque, como con tantas antologías, las opiniones varían más que lo normal.

    @JoniSantucho
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  • Star Trek 2: en la oscuridad
    Viajar al espacio ya colonizado.

    En 2009, el estreno de la secuela, precuela y reinicio Star Trek - El futuro comienza hizo que el entonces ajeno J.J. Abrams (más conocido por su rol como productor de hits televisivos como Lost y Alias) matara dos pájaros de un tiro, entregando un origen que atraía a las audiencias masivas, pero que al mismo tiempo complacía a los fieles seguidores de las historias de la tripulación de la nave Enterprise (e incluso se ataba a la continuidad previa). Ahora, todo el equipo vuelve en Star Trek: En La Oscuridad (Star Trek Into Darkness, 2013), una odisea espacial que mantiene la energía y la aventura del film predecesor, a pesar de algunos percances serios a la hora de explorar nuevos territorios.

    Arrancando con una vibrante misión que no hubiera quedado fuera de lugar en la serie de los años sesenta, la película reintroduce el choque entre la decisión apasionada de Kirk (Chris Pine) y el pensamiento lógico de Spock (Zachary Quinto), durante una situación en la cual el último corre riesgo al quedar atrapado en un volcán mientras trata de salvar un planeta lejano. El vulcano se prepara para abrazar la muerte, pero el capitán lo salva, al costo de revelarse a una civilización primitiva, romper las reglas de Starfleet y perder su posición.

    Sin embargo, eso queda al costado cuando un misterioso terrorista (Benedict Cumberbatch, de Sherlock, luciendo su gran presencia en un personaje muy cercano al Hannibal Lecter de Anthony Hopkins) atenta contra los cuarteles de la flota espacial, acabando con casi toda la cadena de mando. Tras descubrir la locación del atacante en el territorio enemigo de los klingons, los exploradores son armados por el almirante Marcus (Peter Weller) para ir y tomar venganza, sin importar las consecuencias. Pero cuando el culpable de la tragedia resulta ser más de lo que parece, las traiciones, conspiraciones y revelaciones pondrán en peligro al mundo de 2259.

    Todo está balanceado a través del ojo de Abrams, quien mezcla con ritmo y facilidad la química del elenco (casi una familia, a esta altura) en sus escenas íntimas sobre sacrificio y tradición, con la astucia e invención de las escenas de acción, pasando de persecuciones a través de tierra, aire y el cosmos a batallas de buques, phasers y puños. Es realmente remarcable la habilidad del realizador de Misión Imposible 3 y Super 8, que domina la un universo en el punto medio entre el idealismo tecnológico de ayer y hoy, como enseña el estilo retrofuturista de la producción, acompañado por excelentes efectos especiales e incluso un buen uso del 3D. Este film es prueba suficiente de que J.J. está listo para cruzar la vereda a su mayor desafío, que será el próximo episodio de la saga Star Wars, en 2015.

    Además, hay un pequeño lugar para un mensaje en línea con las ideas expresadas hace casi 50 años por Gene Roddenberry, esta vez manejando claras críticas al manejo de la política intervencionista occidental de los últimos tiempos (es curioso como frases clásicas como “las necesidades de la mayoría tienen más peso que las necesidades de los pocos” se pueden volver más siniestras por el contexto actual), que se alinean con lo tocado previamente este año en Iron Man 3. Si bien en ambos casos el mensaje no entra en profundidad, son interesantes muestras del cine comercial post-11/9.

    Por desgracia, no todo el recorrido es placentero, debido a la insistencia de los verdaderos enemigo que desafiaron la calidad del primer film: los guionistas. Ahora que Roberto Orci y Alex Kurtzman (Transformers) usaron el relato de origen, no saben que hacer, y no ayuda que se les sume Damon Lindelof, responsable en las polémicas Prometeo, Guerra Mundial Z y el final de Lost. Por un lado, la mayoría de los personajes originales son olvidados: excepto por las idas y vueltas de los camaradas Kirk y Spock (que repiten sus arcos del film anterior; uno es demasiado inmaduro, y el otro tiene problemas con su lado humano), y por la asistencia cómica de Scotty (un estupendo Simon Pegg) y Bones (el siempre subestimado Karl Urban), el equipo queda en el fondo; las mujeres -Zoe Saldana como Uhura y Alice Eve- están casi pintadas a la escenografía. Por otra parte, la construcción del misterio central (esa gran debilidad de Abrams) y del inescapable guiño lleva a una inmensa cantidad de inconsistencias y errores dentro y fuera de la historia, que plagan la mente horas después de que uno sale del cine.

    Y todo esto lleva a la peor parte de la película, de la cual no se puede deslizar mucho sin entrar al terreno de los grandes spoilers. De todas formas, basta con plantear unas preguntas: ¿para qué meterse en tantos problemas con crear un nuevo comienzo del universo conocido, cuando van a tirar todo por la borda por forzar a un personaje clásico de la mitología trekkie (cuya identidad revelada es insustancial para los que no vieron los films, e inconsistente para los que sí conocen su iracunda personalidad) y calcar escenas de hace tres décadas? ¿Es este el futuro de la franquicia, el modelo de la vieja banda que sólo saca álbums de grandes éxitos reversionados, una y otra vez? Es esta frustración la que invade el final del film, que se pasa en destrucción sin sentido y vueltas tan predecibles como seguras. Después de todo, es cierto lo que cantó alguna vez Anthony Kiedis: “El espacio puede ser la frontera final / Pero está filmado en un sótano de Hollywood”.

    Pero aún a pesar de toda la pereza disfrazada de homenaje, es imposible resistir el encanto que el equipo de Star Trek: En La Oscuridad entrega. Sólo esperemos que, la próxima vez, los creativos se atrevan a ir donde nadie fue antes.
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  • Causas y consecuencias
    Ayer versus hoy.

    ¿Qué pasó con Robert Redford como director? Cuesta creer que el responsable de Quiz Show - El dilema haya caído tanto, aún después del daño de Leones por corderos y El conspirador, que bordearon por el coma de la intención soporífera. Lamentablemente, Causas y Consecuencias (The Company You Keep, 2013) tampoco escapa del martillo moral del realizador, aunque al menos presenta más signos de vida que sus previos esfuerzos.

    En la adaptación de la novela de Neil Gordon, Redford interpreta a Jim Grant, un abogado viudo que vive con su hija en Nueva York. Su paz es interrumpida con el anuncio de la captura de una prófuga activista del grupo Weatherman acusada de asesinato, hecho que motiva la visita del periodista Ben Shepard (un correcto Shia LaBeouf). Cuando la investigación del joven escritor revela su verdadera identidad como ex miembro de la infame organización terrorista, Grant es forzado a huír de la ley para encontrar a sus vínculos del pasado, con la esperanza de limpiar su nombre.

    Mediante esta excusa, el guión de Lem Dobbs (Vengar la sangre, La traición) viaja con su protagonista a lo largo de Estados Unidos, mientras que las reuniones con viejos compañeros de causa indican la única dirección a la que apunta la brújula ideológica del film. Lo que arranca como una buena contextualización de las acciones de los grupos insurgentes durante los años sesenta y setenta se vuelve un planteo orgulloso y unilateral por los resultados del idealismo, que ignora la trágica corrupción del sueño para dar un mensaje que básicamente se reduce a la añoranza de “en mis días, nosotros sabíamos como rebelarnos”. Sumemos frases potentes pero carentes de justificación real, como “El periodismo está muerto” (este film tiene más golpes a la prensa que una temporada entera de The Newsroom) y argumentos de que los chicos de hoy se olvidan de la acción social gracias a Facebook y demás, y tenemos al activista transformado en ese abuelo cascarrabias con el que nadie quiere hablar durante la cena familiar, sólo que con un toque más de peligrosidad.

    También uno podría argumentar que la película está más preocupada por los conflictos internos de sus personajes, pero la verdad es que no tienen una verdadera profundidad: Grant es un sabio mártir, y Shepard es el típico novato insensato que, sí o sí, va a aprender una lección de vida antes del final de la historia. De nuevo, una dinámica cada vez más común en la filmografía de Redford. Si agregamos la inmensa cantidad de personajes atrapados en roles limitados por tiempo o propósito, tampoco queda mucho por ampliar, lo que termina afectando en las vueltas del extenso film.

    Es que el elemento que simula esa profundidad, e incluso casi salva a la producción, es el calibre de su gran elenco, desde el rol principal del carismático Redford hasta los estelares secundarios, incluyendo a Julie Christie, Susan Sarandon, Stanley Tucci, Nick Nolte, Richard Jenkins y muchos más. Lástima que tengan que trabajar con un material tan poco recompensante.

    A fin de cuentas, Causas y Consecuencias está lo suficientemente bien filmada y actuada como para ser pasadera, pero el vacío en su discurso es tan masivo que ni un equipo de primera puede vencer su negación de las huellas de la historia. Si tan solo Robert y compañía no hicieran oídos sordos.
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  • El infiltrado
    El infiltrado
    Loco x el Cine
    Cuando The Rock conoció a Susan Sarandon.

    Podrán salvar el día de criminales, ataques terroristas o invasiones militares, pero las estrellas de acción no suelen salir de la zona de confort cuando están fuera de la pantalla. Claro, siempre habrá gente como Jason Statham o Sylvester Stallone, mezclando el golpe y la patada con el ocasional proyecto fuera de género. Pero, por su mayor parte, los héroes no escapan de su área establecida. De todas formas, eso no impide que gente como Dwayne Johnson busque ampliar sus habilidades, en estrenos como El infiltrado (Snitch, 2013), un drama con tintes de thriller que se queda corto a la hora de desarrollar su planteo inicial.

    La historia “basada en hechos reales” (esa etiqueta en la que ya no se puede confiar) nos presenta a John (Johnson), un dueño de una compañía de construcción, que descubre que su distante hijo fue atrapado con una gran cantidad de éxtasis, lo que lo hace merecedor a una condena de por lo menos 10 años en prisión. Sin embargo, el joven no es un dealer, sino que fue engañado por un amigo arrestado que quiso reducir su sentencia. Tras negociar con la fiscal distrital (Susan Sarandon), el padre entiende que la única opción para acortar los años de cárcel de su muchacho es entregar él mismo la cabeza de un gran capo de los narcóticos. Presionado por el daño sufrido por su chico tras las rejas y por la culpa propia, John se mete en el inframundo criminal, arriesgando su vida al hacerse pasar por un transportador que busca tratos en ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México.

    Con esta base, uno se inclinaría a pensar que se va a establecer un film que analice el lado humano detrás de las inconsistencias de la Guerra contra las Drogas. Pero en las manos del doble de riesgos vuelto director Ric Roman Waugh y el guionista Justin Haythe (El llanero solitario, Sólo un sueño), el tema es pura superficie, una mera excusa para el melodrama. Los pocos indicios de temas a desarrollar (el aprovechamiento político, la contradicción de la culpabilidad) son voces débiles, escondidas por el foco a los estereotipos de familias americanas separadas en busca de esperanza y oscuros criminales de carteles y barrios de clase baja., y ahogadas para la hora del forzado clímax, única muestra real de la acción que prometen falsamente los adelantos publicitarios.

    Estas condiciones no son las mejores para probar un nuevo terreno, pero, en algunas instancias, Johnson tiene éxito. A esta altura, el carisma es su marca registrada (como ya se vió antes este año en G.I. Joe: El contraataque y Rápidos y furiosos 6), y su presencia ayuda a levantar algunos baches del libreto, aunque también salen problemas de esto: durante las escenas íntimas, uno no puede ver al padre típico de clase media que busca el argumento, sino al ex-luchador con appeal masivo que se atrajo por las salas. Se nota más al observar el elenco secundario, que lo ayuda casi tanto como lo opaca, pasando de Sarandon a Michael K. Williams y Jon Bernthal (conocidos por sus trabajos en The Wire y The Walking Dead, respectivamente), quienes se lucen a pesar de lo estereotípico de sus personajes.

    Pero, fuera de la buena labor de sus actores, hay poco que separe a El infiltrado de esas producciones hechas directamente para canales de cable. Así, la inacción de esta pequeña historia termina creando la droga menos deseada para una película: el somnífero.
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  • Vino para robar
    Vino para robar
    Loco x el Cine
    Todo por ese Malbec.

    Hoy en día, el circuito del cine comercial argentino se siente como una suerte de secta. Entre el prejuicio popular y la homogeneidad en propuestas de género, el interés de las audiencias por algo que no invoque a Campanella, Darín, Francella o Suar en el poster es casi inexistente. Es un terreno cruel para los nuevos autores, pero, en los últimos años, algunas figuras lograron atravesar la barrera del público. Una de ellas es Ariel Winograd, quien en 2006 sorprendió con su retrato personal de la vida de country durante la burbuja menemista, en el desborde judaico de Cara de Queso, al que seguiría con un mayor éxito de taquilla en la historia de enredos a lo screwball de Mi Primera Boda. Ahora, el director mueve sus talentos para el terreno de la comedia policial, en Vino Para Robar (2013).

    El film arranca introduciendo a Sebastián (Daniel Hendler), un ladrón de guante blanco, que se arma de una actitud fría y directa para planificar hasta el más mínimo detalle de sus trabajos. Pero aún con su manía por el control, siempre hay un elemento que puede bajar las defensas, y en este caso es su debilidad por Natalia (Valeria Bertuccelli), una estafadora que se hace con su último botín. Tras viajar a Mendoza y atraparla, el criminal cree que tiene todo resuelto. Pero de nuevo, la sorpresa lo aguarda, y él queda atrapado junto a su colega en las amenazas de un empresario (Juan Leyrado), dispuesto a matar para poner sus manos sobre una preciada botella de vino de 1845, proveniente de una rumoreada selección favorita del mismísimo Napoleón Bonaparte.

    Con esa base, el guión de Adrián Garelik se vuelve una fuente de constantes vueltas de tuerca (algunas que funcionan, otras que no), que se amplía mientras Sebastián y Natalia se traicionan, se alejan y se acercan, sin saber lo que vendrá. Pero por otra parte, los deseos de Winograd son bastante claros desde el inicio. Aunque líneas como “Tu nombre en clave es Bond. Juan Bond” y la aparición especial de una remera de Intriga internacional sean un poco demasiado, es cierto que el director ejecuta un digno homenaje estilístico a la saga de 007 y a grandes films del Hollywood clásico como Para atrapar al ladrón y Charada, aunque también uno podrá ubicar a El caso Thomas Crown, La gran estafa o Los simuladores en el cartón de influencias.

    Con una visión firme y una puesta en escena que raramente se encuentra a nivel nacional, el egresado de la Universidad del Cine y su equipo juegan a la ligera con las reglas del subgénero y encuentran el encanto cinematográfico de la tierra del sol y del buen vino, sabiendo como atraer y al mismo tiempo mantenerse fuera de lo que afecta a tantos otros productos del país: el síndrome del infomercial turístico (si, ya entendimos, San Luis es el paraíso del realizador subsidiado). Al mismo tiempo, su devoción por las normas es su base y su defecto: la película raramente se atreve a salir de lo familiar, y por lo tanto hay varios aspectos en los que se queda sólo con las ganas de más.

    Pero claro, es difícil pensar en eso gracias al dúo protagónico: es una dinámica conocida, pero el choque entre copas del discreto Hendler y la histriónica Bertuccelli genera una química digna de verse. De todas formas, ellos están respaldados por un grupo secundario bastante acertado, en el cual los principales ladrones de escenas son Martín Piroyansky y Mario Alarcón, que dan energía a los típicos roles del secuaz nerd que cierra su conexión con el mundo y el familiar conservador que se aprovecha de turistas, respectivamente. A su vez, Leyrado se divierte un poco al interpretar al villano de turno, mientras que Pablo Rago y Alan Sabbagh aparecen por un rato, sin llegar al tiempo necesario para aprovechar sus papeles.

    Así, Vino para Robar termina siendo un esfuerzo simpático, que funciona gracias a las dotes de su realizador y la capacidad de su elenco, a pesar de la familiaridad que fue invitada al argumento. Con un ritmo confiado y un rebote veloz entre sus actores, es un destacable tributo a la picardía del séptimo arte de los años cincuenta y sesenta, en su más mínimo detalle (mención especial a los créditos finales, que enorgullecerían al mismo Saul Bass). A brindar por Winograd.
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  • Wolverine: inmortal
    Wolverine: inmortal
    Loco x el Cine
    Entre dos mundos.

    Cuesta creer que hayan pasado trece años desde que un grupo de mutantes dirigido por Bryan Singer revivió a un subgénero casi muerto, estropeado por el Batman en neón de Joel Schumacher. Es que, desde el estreno de X-Men en 2000, los superhéroes dieron sus vueltas en el celuloide, pasando de la lucha clásica entre el bien y el mal al combate con el mundo que quedó tras los atentados del 11 de septiembre. Eso sí, la popularidad de los justicieros sigue en aumento. En un 2013 en el que las audiencias del mundo ya corrieron a ver las ocurrencias de Iron Man y los lamentos de Superman, Hugh Jackman sale del musical y vuelve a la acción en Wolverine: Inmortal (The Wolverine, 2013), un testamento a lo mejor y lo peor que puede ofrecer el género.

    Basada en una aclamada serie limitada de comics por Chris Claremont y Frank Miller de 1982, la película arranca con un interesante prólogo ubicado en Nagasaki. ¿El día? 9 de agosto de 1945. Los que sepan algo de historia ya conocerán por qué esa jornada es fatídica, así como lo hará Logan (Jackman) cuando cubra a uno de los oficiales japoneses que lo tienen prisionero, rescatándolo de la destrucción atómica. En minutos, la destrucción da oportunidad para la redención, y un hombre queda en deuda.

    Décadas después, Logan está en el otro lado del mundo, aún culpándose por haber matado a su último amor para salvar al mundo. Mientras lleva una vida de ermitaño, en la que su única compañía es el tormento de las visiones de Jean Grey (Famke Janssen), él es contactado por la mortal Yukio (Rila Fukushima), quien lo lleva a Tokio para hablar con el ya moribundo ex-captor que salvó en la Segunda Guerra Mundial. Pero cuando la bestia con garras de adamantio sea tentada con la oportunidad de perder su indestructibilidad, se iniciará una lucha entre varias facciones en busca de Mariko (Tao Okamoto), una mujer que heredará el poder para dominar el país, y que dependerá de Wolverine para sobrevivir.

    Desde ahí, el director James Mangold (responsable por trabajos respetables como Johnny & June - Pasión y locura y la remake El tren de las 3:10 a Yuma, así como fiascos al estilo de Encuentro explosivo y Kate & Leopold) usará la tierra del sol naciente como escenario de una historia centrada en ser la versión definitiva del antihéroe de Marvel, aspirando más arriba que el casi no mencionado desastre de X-Men Orígenes – Wolverine. En un presente donde la mayoría de los films sobre superhumanos parecen seguir el modelo de sufrimiento y destrucción masiva sin importancia patentado por Christopher Nolan, es bueno ver una producción que se distancie y vuelva a darle ánimo a las cosas, dejando que la performance dispuesta de Jackman exprese las capas de su sufrimiento perpetuo, sin necesitar pasar al territorio hueco del estereotipo depresivo. Pero por supuesto, el verdadero coprotagonista de la producción es Japón, que muestra con estilo de western (en su hermoso paralelo al subgénero de espadachines) a los ninjas, yakuzas, trenes balas, sushi, y muchas influencias, pasando de los honorables duelos entre samuráis de Akira Kurosawa hasta las sangrientas luchas de los yakuzas de Takeshi Kitano, y metiendo elementos de manga y animé. De esta manera, los primeros dos tercios del film son atractivos y refrescantes, para lo que es la norma habitual hollywoodense.

    Eso es, hasta que el temido modelo se hace fuerte y claro. Hay que pensar que esta película no se hubiera hecho si no fuera por las recientes bondades de la taquilla internacional; si no, fijense como más estrenos, como Looper – Asesinos del futuro y Iron Man 3, apelan a hacer escenas extra para las ediciones del creciente mercado chino. Con la demanda internacional por productos que normalmente fracasan en Estados Unidos, se está generando un giro en la fabricación de películas. De todas formas, los estudios también tienen que cuidar el ámbito local, y en la búsqueda por satisfacer a todos los cuadrantes, quedan víctimas como esta película, que tiene cambios tan abruptos que hacen sentir a uno como si hubieran reemplazado los rollos por los de otro film, y eso se nota particularmente durante el final: una catarata de giros innecesarios, revelaciones apuradas, villanos incomprensibles y luchas rutinarias que vimos demasiadas veces en el pasado. Sumémosle un 3D que está de más y altos niveles de efectos especiales sin terminar, y queda una muestra del daño del comercialismo de los estudios.

    Por eso, Wolverine: Inmortal es una pelea a mitad de camino entre lo mejor de Oriente y lo peor de Occidente. Igualmente, Logan sobrevivirá; si esperan un poco durante los créditos, verán un adelanto de lo que se vendrá para el regreso de los mutantes en X-Men: Days of Future Past, para mayo de 2014. El equipo está; esperemos que, la próxima, aparezca el valor por hacer algo más que un producto olvidable.
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  • Woody Allen - El documental
    Memorias de una estrella.

    Allan Stewart Konigsberg se sienta en su cama. Rodeándolo, hay tiradas decenas de papeles amarillentos, pensamientos fugaces que atrapó durante su paso por hoteles. Él los agarra y observa, mientras sujeta sus anteojos negros de marco grueso. Todas son ideas de películas. Escaneando tranquilo entre los detalles de anécdotas y chistes por algo especial, el diminuto hombre no es el inquieto neurótico de la pantalla. Igualmente, no puede detenerse; para él, parar es morir. Pasó las seis décadas de carrera, pero sigue encerrado en su trabajo, buscando otra historia. Lo más probable es que vuelva a estar insatisfecho, pero así es Woody Allen.

    Tras insistirle por más de 20 años, Robert B. Weide (director de How to Lose Friends & Alienate People y varias temporadas de la serie Curb Your Enthusiasm) convenció al realizador neoyorkino de dejar a un lado su desprecio por las entrevistas y abrirse para un especial para la cadena televisiva estadounidense PBS. Ahora, ese programa llega a los cines en la versión editada Woody Allen, El Documental (Woody Allen: A Documentary, 2012), que quiere responder todo lo que usted siempre quiso saber sobre el prolífico director, pero que a la vez presenta varias cuestiones que no se atreve a preguntar.

    En la primera parte de la película, donde se narra el origen y el ascenso del artista de Nueva York, se propone un juego bastante interesante. Siendo una mirada a la vida de un director altamente autobiográfico, el reflejo entre la biografía ficticia que el director nos mostró a lo largo de estas décadas y la historia real que se nos presenta ahora es algo divertido. No, él no vivía debajo de una montaña rusa ni acosaba chicas a los 6, pero el cruce de mito con verdad en proyectos como, por ejemplo, Días de Radio, es lo suficientemente fascinante para analizar la descarga del neoyorkino en el séptimo arte.

    Al mismo tiempo, hay un tour por su viejo barrio en Brooklyn (“No parece mucho, y no lo era”, dice), en el que él repasa lugares como la odiada escuela (incluyendo el patio de atrás, donde una vez casi lo atropellan de chico) o, más tristemente, su cine favorito, que hoy es reemplazado por una clínica de cirugía ocular. Su cariño por el pasado también se hace notar cuando él muestra su primera y única máquina de escribir, que desde hace más de 60 años es la única forma de pasar cada guión, ensayo y broma que cruzó su mente. ¿Cómo hace Allen para editar sus textos en la era digital? Escribe un cambio en la vieja Olympia, la corta con tijera y la abrocha a la hoja del libreto. Junto a la parte final, que muestra la relajada y abierta forma de trabajar de Woody detrás de la cámara durante la realización de Conocerás al Hombre de tus Sueños, estos segmentos presentan la verdadera peculiaridad y las barreras melancólicas del romántico de la Gran Manzana, y son lo más profundo y mejor realizado de la producción.

    Pero, por supuesto, la mayoría del film está dedicada al paso cronológico de la obra de Allen, desde sus días como escritor adolescente de chistes, hasta su último resurgimiento popular con Medianoche en París. Entre esos puntos, están sus años de cómico stand up y habitante de late night shows, la fallida primera colaboración con el cine en Qué hay de nuevo, Pussycats?, la decisión por tener el control total de sus producciones, el éxito como director, guionista y actor en sátiras como Robó, huyó y lo pescaron, El Dormilón y Bananas, el paso a trabajos más maduros con los clásicos Annie Hall y Manhattan, la crisis con los fans de sus comedias por sus deseos de emular a sus ídolos Ingmar Bergman y Federico Fellini y su eventual balance de films como Zelig y Hannah y sus hermanas. Aparte de Allen, los testimonios pasan de colaboradores íntimos (su hermana y productora Letty Aronson, su manager Jack Rollins) a musas que se volvieron algo más (Diane Keaton, Louise Lasser) a estrellas de sus films (Scarlett Johansson, Sean Penn, Penélope Cruz), otros neoyorkinos reconocidos (Martin Scorsese, Chris Rock) y más.

    Es en estas escenas tradicionales del género que los seguidores del director se dividirán. Por un lado, los datos serán básicos para los acérrimos analizadores, aunque es posible que disfruten como el espectador casual al oír las anécdotas (como cuando Allen terminó Manhattan y se sintió tan avergonzado que le ofreció al estudio dirigir gratis a cambio de que la oculten) salir de las bocas de los mismos protagonistas. La producción también peca de esquivar casi completamente su período más controversial: si bien los sesenta, setenta y ochenta son tratados en detalle, los noventa apenas se rozan y, aparte de Match Point y Vicky Cristina Barcelona, la primera parte del siglo XXI es inexistente. En otras palabras, el escándalo de su ex-esposa Mia Farrow y el romance con la hija adoptiva de esta, Soon-Yi Previn, queda como una presencia fantasmal colgando por encima de los testigos, que va en contra del espíritu celebratorio construído antes (en un momento, Doug McGrath, co-escritor de Disparos sobre Broadway, habla sobre como la filmación era constantemente interrumpida por misteriosos llamados a Allen por la batalla de la custodia), e insinúa con mostrar un lado oculto de él que al final queda sin resolver; solo logrando que uno se dé cuenta de la poca verdadera intimidad que se llegó a ver en esta película.

    Pero en sus pocos momentos de recuerdos fuera de la entrevista, Allen logra darle suficiente vida a la pantalla. Se han gastado decenas de miles de horas en analizarlo, adorarlo, destruirlo y complacerlo, pero para él solo está su banda de jazz (que se recomienda ver en Wild Man Blues, un documento más íntimo sobre el director), sus Knicks, su esposa y su trabajo. El resto no importa. Para ser una persona que desde hace mucho tiempo representa a la hipocondría en el séptimo arte, vale la pena tratar de seguirlo.
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  • El llanero solitario
    El llanero solitario
    Loco x el Cine
    El esquizofrénico Oeste.

    Si hay algo que se puede aprender de El Llanero Solitario (The Lone Ranger, 2013), es que uno no puede tener todo. El proyecto estaba fijado a lo épico desde el inicio, cuando el productor Jerry Bruckheimer decidió resucitar al héroe del western para crear la próxima gran franquicia tras Piratas del Caribe. Fue solo cuestión de tiempo hasta que la mayoría del equipo que lo acompañó en esa serie se sumara, incluyendo a los guionistas Ted Elliott y Terry Rossio, el director Gore Verbinski y la estrella Johnny Depp. Parecía bien, especialmente al considerar que los últimos dos ya habían tenido experiencia mostrando vaqueros e indios, e incluso colaboraron en el gran homenaje animado Rango. Pero como muestra el resultado final, la pelea entre el estilo comercial de Disney y la reverencia comprometida del realizador resulta en un film que vaga sin una clara personalidad.

    Los problemas con la falta de seguridad arrancan con el protagonista. Aunque, desde su creación para la radio en 1933, las aventuras del Llanero fueron lo suficientemente populares para saltar a la pantalla chica y a la grande, la película se siente insegura por el reconocimiento de su personaje principal (aquí interpretado por el querible Armie Hammer, conocido por su doble papel en Red Social), y le entrega las riendas a su cómplice, el comanche Toro (Depp, que baja un poco la sobreactuación y entretiene), quien relata como ellos se conocieron y se volvieron leyendas, en su búsqueda por ajusticiar al criminal Butch Cavendish (William Fichtner), con quien ambos tienen una cuenta personal. Era claro que no le iban a dar una película de 200 millones de dólares a un desconocido, así como que no iban a perder la oportunidad de captar a la audiencia en busca del nuevo Jack Sparrow. De todas formas, lo que esto logra es agregar otra historia más que desarrollar, que encima tiene que evitar ofender a las tribus nativa americanas.

    Pero donde las cosas se salen de rieles (más que en las variadas escenas de acción sobre las vías del tren) es con el tono del film. En Rango, quedó claro que Verbinski es un fan del lado más oscuro del western, mediante los homenajes al cine de John Ford, John Huston y Sergio Leone, que se balancearon con seguridad entre la lisergia, la acción y la comedia slapstick. Sin embargo, en esta oportunidad el director entrega un trabajo más solemne, con influencias que van desde El maquinista de La General hasta Dead Man, aunque de donde parece que los responsables tomaron más material es el spaghetti de Leone Érase una vez en el Oeste (incluyendo una banda sonora de Hans Zimmer que quizás ponga furioso a Ennio Morricone). El asunto es que el deseo del realizador y los escritores por tocar de forma sucia el clásico tema del paso destructivo del progreso choca de manera estrepitosa con la intención de la casa del ratón por hacer una aventura ligera para toda la familia.

    Así, el film termina como un tire y afloje fallido entre la caricatura y la realidad, lo infantil y lo terrorífico, lo solemne y lo cínico. Es difícil estar seguro de que película se está viendo. En un momento, el villano le arranca el corazón a un sheriff vivo y le pega un mordisco desesperado, frente a la reacción de asco (e incluso el vómito) de sus secuaces. Segundos después, hay una rutina de comedia con Tonto. Ese es el desnivel del film, en segmentos que van de lo absurdo (bromas con conejos carnívoros y pájaros muertos) a lo ofensivo (incluyendo la sangrienta masacre de una tribu comanche entera, que es seguida al instante por el acto de un caballo actuando raro). Para cuando llega el enfrentamiento final en una inventiva e intensa persecución con dos ferrocarriles dando vueltas por las montañas, al ritmo de la icónica obertura Guillermo Tell de Rossini, la película de repente recuerda tener diversión y alma. Pero para entonces, es demasiado tarde para salvar las cosas.

    Quizás el film hubiera tenido mejores chances sin el alargue de la historia a dos horas y media. La narración de Depp en maquillaje de anciano (al estilo de Dustin Hoffman en Pequeño Gran Hombre) sólo interrumpe y no aporta, así como la corta participación de Helena Bonham Carter, quien es desperdiciada como una madame con pierna de marfil. Ella no es la única mujer que sale perdiendo de esto, ya que también hay una demasiado fina subtrama amorosa entre el Llanero y una vieja flama (Ruth Wilson), sólo usada como damisela en apuros. Además, el intento de Verbinski por seguir la estructura lenta y evocativa de sus ídolos lo termina perjudicando, porque él no tiene nada original que mostrar en esta ocasión.

    Por todo esto, el tiroteo entre el estudio y el director hace que El Llanero Solitario salga perdiendo. Sin alcanzar con éxito el inicio de una serie, ni el homenaje a sus figuras centrales, ni la veneración a los grandes del género de vaqueros, ni la denuncia política sobre los pueblos originarios, este estirado producto deambula en el desierto de la nada, donde cada vez más tanques hollywoodenses van a morir.

    @JoniSantucho
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  • Después de la Tierra
    Después de la Tierra
    Loco x el Cine
    Estrellados.

    Es curioso que, para ser un realizador famoso por sus vueltas de tuerca, la mayor sorpresa orquestada por M. Night Shyamalan haya sido la de su propia carrera. Después de todo, cuesta creer que la misma persona que una vez peleó por el Oscar e incluso fue llamado “el próximo Spielberg”, hoy sea un remate hollywoodense, casi un paria. Es que, al final, la condición de ser el primer director hipérbole de la era web fue tanto bendición como maldición. Los que antes lo tenían en la gloria por los remarcables dramas sobrenaturales Sexto Sentido y El Protegido fueron los primeros en tirarle piedras por sus siguientes películas, en particular el combo asesino de La Dama del Agua, El Fin de los Tiempos y El Último Maestro del Aire. No importó el hecho de que su tendencia por lo pretencioso y lo obvio, sus personajes con comportamiento extraterrestre y sus giros obligatorios fueran marca registrada de su filmografía previa.

    Ahora, con Después de La Tierra (After Earth, 2013), el hindú se cuelga de una (¿última?) oportunidad comercial, un proyecto encargado e ideado por Will Smith, quien sigue en su odisea por hacer franquicias de sus hijos. La película, que transcurre un milenio después de que la humanidad arruinara el mundo y se mudara, cuenta la historia de Kitai (Jaden Smith), un joven soldado que vive tratando de complacer a su padre, el héroe de guerra Cypher (Will), con quien tiene fricción debido a una tragedia familiar.

    En un esfuerzo por acercarse, ellos se suman a la tripulación de una misión de rutina, pero los planes acaban cuando una lluvia de asteroides hace que la nave caiga en el planeta azul, dejando al dúo como únicos sobrevivientes. Con su papá casi incapaz de moverse, Kitai tomará la responsabilidad de viajar a buscar un transmisor para pedir ayuda, teniendo que enfrentarse al mortífero ambiente terrícola, que cuenta con aire dañino, cambiantes temperaturas y animales de mayor tamaño. Y como si eso fuera poco, una bestia alienígena suelta lo obligará a enfrentar sus miedos, tanto metafórica como literalmente.


    Lo que sigue es un intento de pase de antorcha, tanto dentro como fuera de la pantalla: mientras el personaje lucha por salvarse y ganar el respeto de su padre, el actor nada en las aguas del tanque y busca el lugar de su progenitor, una de las últimas estrellas en un mundo cada vez más selectivo. Lamentablemente, esta última intención falla porque, si bien de pequeño Jaden había mostrado signos de carisma con En Busca de la Felicidad y la remake de Karate Kid (en las cuales el príncipe de Bel Air también metió las manos), el chico aún no está listo para grandes cosas. Es difícil culparlo, de todas formas: el púber trata lo más posible y a veces saca algún rasgo de inseguridad adolescente a su rol, pero el empujón que le da su padre es demasiado repentino, encima que el material con el que trabaja es hueco a más no poder. Igual, él no es el único al que le pasa: a pesar de prestarse para el rol secundario de apoyo, Will no tiene casi nada que hacer; postrado en una silla durante la mayor parte de la película, el Smith mayor cae víctima del estereotípico papel del militar frío y desconectado, que le quita su personalidad fotogénica y lo transforma en un tronco que sólo da instrucciones, duerme y tira frases para el póster.

    Es que, a pesar de poseer un camino narrativo básico (chico viaja de punto 1 a punto 2) y un conflicto emocional ya visto decenas de veces antes (el rebelde y audaz joven que quiere la aprobación de su duro superior), la película no arranca más. Primero, por tomar una eternidad estresando referencias obvias y mensajes superadores que se acercan a lo peor del new age, haciendo un melodrama con flashbacks innecesarios, pasajes sin sentido y personajes con tan poca profundidad como atractivo. Esto, sumado al ritmo de Shyamalan, hace que este relato básico se vuelva casi agonizantemente lento.

    Las cosas no mejoran con la llegada a La Tierra. Si bien la producción muestra ingenio a la hora de crear la arquitectura y las herramientas de este universo (como un traje que usa el protagonista, y que cambia el color según el peligro), parece que la creatividad se agotó antes de pensar en el diseño de la flora y la fauna del nuevo mundo, simplemente optando por mostrar una selva de clima indeciso con animales un par de tallas más grandes. En este lugar en el que no pasa mucho se llevará a cabo una estructura narrativa no tan lejana a la de un videojuego, aunque con peores efectos especiales y con la desventaja de dejar a la audiencia en el rol pasivo. Para la hora en la que Smith Jr. tenga su inevitable enfrentamiento con el monstruo alien de procedencia conocida, uno se dará cuenta que la acción escaseó bastante en esta historia, aunque hay que marcar que M. Night mejoró un poco en la dirección de estas escenas.

    Al final, Después de La Tierra no logra ninguno de sus objetivos. Entre una historia poco desarrollada, una visión casi sin originalidad y un dúo de actores que no salvan las papas del fuego, el aburrido producto falla como drama familiar, como aventura de ciencia ficción, como traspaso de poder entre familiares y como retorno de un director que hoy es saco de boxeo para los críticos y el público. Esas son las vueltas de la vida.
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  • Samurai
    Samurai
    Loco x el Cine
    Encontrarse entre el honor y la realidad.


    El año es 1879. El lugar, un desconocido rincón montañoso argentino. El conflicto del joven Takeo (el debutante Nicolás Nakayama) es decidirse por cual camino tomar. Por un lado se encuentra su padre, quien tras el exilio de Japón trata de integrar a su familia en esta nueva tierra. Por el otro, está su abuelo, quien se aferra al hogar del cual fueron desterrados, y alimenta a su nieto con lecciones y cuentos del mundo samurai. Entre esas historias, se eleva Saigō Takamori (si no recuerdan, era aquel que fuera interpretado por Ken Watanabe en El último samurai), líder de los rebeldes que conocieron su fin tras la Rebelión de Satsuma, en la cual el moderno emperador Meiji abrió fuego y acabó con la cepa de guerreros, así como con las esperanzas de esta pequeña familia de inmigrantes.

    Es cuando muere el anciano de la familia, tras gastar sus últimas fuerzas para lamentar y delirar por el fracaso del ideal de Saigō, que el inocente Takeo entiende las cosas mal y cree ser enviado a buscar a la legendaria figura, no solo creyendo el rumor de que Takamori se oculta y arma su ejército, sino también convenciéndose de que lo hace en este país. Rechazando el plan de su progenitor de plantarse a sembrar, el muchacho sale con su caballo a buscar el mito.

    Sin embargo, el verdadero descubrimiento llegará mediante el cruce cultural con el gaucho Poncho Negro (Alejandro Awada), lisiado veterano de la Guerra del Paraguay. Deceptivo y misterioso, es uno de esos sujetos que ganan la fama de personajes solo por lograr mantener deudas y rencores en cada madriguera imaginable, pero que afina con el chico: después de todo, el sistema también lo expulsó, aunque las botas que lo aplastaron fueron las de los presidentes fundacionales Mitre, Sarmiento y Avellaneda. Con la etiqueta de bárbaro pegada, Poncho Negro guiará al adolescente, mostrándole el lado sucio de otra sociedad que con la excusa del progreso los tildó de marginales, los aisló y, extrañamente, los unió.

    Así, el director Gaspar Scheuer vuelve al terreno de la épica gauchesca antes abordado en su ópera prima El desierto negro, ahora sumando un drama de tradición con raíces en la tierra del sol naciente, y mezclando estos elementos a través del western, quizás el género más melancólico de todos. Agregando un rico aprovechamiento visual de los paisajes de San Luís, un guión bien marcado en las peripecias y conflictos de sus personajes, y un muy buen trabajo por parte del dúo protagónico, el resultado final es un particular film de iniciación, que mira de forma lenta e introspectiva el choque entre el honor del pasado y el precio de la prosperidad presente. Por eso, esta pequeña coproducción entre Argentina y Francia es una intrigante propuesta para los que quieran encontrar un relato de un tiempo tan olvidado como sus parias.

    @JoniSantucho
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  • Ginger & Rosa
    Ginger & Rosa
    Loco x el Cine
    Días de bunkers y desamores.

    El tiempo pasa, la Tierra gira, y las cosas cambian. Esas verdades universales no parecen demasiado importantes para Ginger (Elle Fanning) y Rosa (Alice Englert), dos chicas londinenses unidas desde que nacieron. Hasta los 17 años, ellas escapan a compartir juegos, verdades y sueños, en particular el de crecer en una forma más libre que sus madres, esclavas del rol de amas de casa, pudieron. Saben que es un tiempo de vueltas, para bien y para mal: mientras ellas descubren el gusto de los labios de un chico o alguna rutina para conseguir un aventón tardío, los capitalistas y los comunistas se enfrascan en una decisiva discusión por los misiles soviéticos descubiertos en Cuba.

    Pero poco a poco, sus placeres las inclinan a rutas distintas. Mientras la callada Ginger se fascina por la poesía y la protesta, Rosa prefiere probar el audaz camino de la revolución sexual. Sin embargo, las grietas en la amistad se marcan con Roland (Alessandro Nivola), el padre intelectual de Ginger, que se aleja más y más de su devastada esposa (Christina Hendricks), todo mientras Rosa toma un interés especial en él. Desesperada por la traición de su compañera y su familia, Ginger sentirá que su mundo está a punto de acabarse, lo que la impulsa a tratar de hacer lo posible para evitar la catástrofe. Aunque sin importar lo que pase, ella no puede dejar de sentir el ritmo del Reloj del Apocalipsis, que se acerca con certeza a la medianoche.

    La intención principal del drama de Sally Potter (Orlando, Las lágrimas de un hombre) es aprovechar un recurso narrativo clásico, que es mezclar las consecuencias de un evento histórico (en este caso, la crisis de misiles de 1962, el punto más candente de la Guerra Fría) con el despertar de un individuo, creando una unión entre contexto y sociedad. El problema en el enfoque de la directora es que ella se estorba al forzar sin resultados interesantes la relación entre la crisis personal y la crisis global, lo que va en contra del ritmo de la historia introspectiva de Ginger, quien es lentamente arrastrada sin querer hacia el desastre.

    Pero al menos Potter tuvo la habilidad de elegir a alguien que pudiera cargar el film en sus espaldas, y esa persona sin dudas es la joven Fanning. Si bien ella ya había mostrado su talento en Somewhere – En un rincón del corazón y Super 8, en Ginger y Rosa prueba más, poniéndose en la piel de una persona varios años mayor que ella y llevando acento británico, pero por sobre todas las cosas, dominando la pantalla con su capacidad para contener con sutileza un océano de emociones, pasando de la despreocupación y felicidad adolescente a la desolación de un presente sin claridad. El hecho de que ella eclipse a intérpretes como Annette Bening, Timothy Spall y Oliver Platt es una señal del gran futuro que tiene en el séptimo arte.

    Si no fuera por el grupo de actores liderado por la fotogénica Fanning, Ginger y Rosa sería un intento completamente obvio y calculado. Pero el elenco logra encontrar el aspecto cálido del relato, haciendo que uno no pueda evitar meterse un poco. Después de todo, cuesta no lamentar como el planeta marcha, sin tiempo para preocuparse por la vida de una pequeña poetisa.
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  • Scary Movie 5
    Scary Movie 5
    Loco x el Cine
    El funeral del humor.

    Usualmente, cuando un crítico agarra un estreno como base para anunciar la “muerte del cine”, conviene esperar una exageración hecha para la pura repercusión; la idea del fin del medio es ridícula, sin importar los vientos en contra. Pero si hay algo que se acerca a la demoledora naturaleza de ese término, debe ser el grupo de “parodias” estrenadas en los últimos años, dedicadas a regurgitar lo último que pasa por la boca popular, sin importar si es cine, televisión o puro chimento. El más reciente espécimen de esto es Scary Movie 5 (2013), la peor entrega de la franquicia que marcó el modelo a seguir para la masacre.

    No toda la serie fue tan mala, de todas formas. El primer film, lanzado en 2000 e ideado por los hermanos Wayans, sacaba un buen número de risas al tocar el mensaje y la respuesta del subgénero de terror adolescente (que en ese entonces era revolucionado por Scream y El proyecto Blair Witch) y mezclarlo con lo más grosero del humor stoner, que se trasladó en menor forma a la segunda parte. E incluso en las terceras y cuartas películas, cuando el director David Zucker (responsable de clásicos como ¿Y dónde está el piloto? y La pistola desnuda) tomó las riendas, quedaron pequeños rastros de la locura slapstick que antes funcionaba.

    Pero igualmente, la superficialidad y predictibilidad de los chistes fue aumentando con el paso del tiempo, lo cual culminó en esta abominación barata, que ni siquiera fija objetivos, decidiendo solo exhibir y reiterar una fórmula oxidada. Tomemos la primera escena, que se burla (si por burlar entendemos “imitar completamente la escena mencionada, pero terminarla con una flatulencia, un golpe en las partes bajas, un insulto o la aparición de un rollo”) de Actividad paranormal, al mismo tiempo que continúa la tradición de poner cameos famosos al inicio: en este caso, los desvergonzados actores son Charlie Sheen y Lindsay Lohan, quienes leen sin ganas o pasión chistes sobre sus escándalos públicos, las primeras de muchas ocurrencias gastadas que incluso podrían ser pensadas por un infante tras un rato de navegar en Internet. Y, sin embargo, esa escena es lo mejor de la película. Mala señal.

    El verdadero argumento (si se puede llamar así) arranca cuando las hijas de Sheen son encontradas tras haber pasado meses perdidas en el bosque, y se van a vivir con sus tíos. Es ahí cuando las seguirá una presencia fantasmal, que aterrorizará el nuevo hogar. Si están pendientes a la cartelera, seguro adivinaron que esa es la historia de Mamá, film estrenado hace cuatro meses. Y, como también deducirán, hay un problema con esto. En su lucha contra el esfuerzo, los realizadores solo agarraron estrenos de los últimos cuatro años, yendo de El cisne negro hasta la remake Posesión infernal (que se estrenó solo una semana antes de este film en Estados Unidos), y pasando por producciones ajenas al horror, al estilo de El origen y El planeta de los simios: (R)evolución. De paso, conocidos de la poca talla de Snoop Dogg y Mike Tyson, así como estrellas de realities que jamás llegaremos a mirar, pasan a buscar sus cheques, e incluso se menciona al hit literario de ventas 50 sombras de Grey. ¿Qué tiene esto que ver con algo? Nada. ¿Cuál es la gracia? Ninguna.

    Si los chistes tuvieran astucia, timing o actores que no pestañearan a la cámara (cuanto les faltó aprender de Leslie Nielsen), se perdonaría la falta de estructura. Pero con la dirección de Malcolm D. Lee, el resultado final es una floja serie de episodios filmados a último momento con la calidad de un producto mandado directo a DVD, que rehace los mismos pasos una y otra vez hasta el cansancio y más allá.

    Al ver este film es inevitable pensar en en el efecto del tiempo. Así como sus chistes, Scary Movie 5 pronto se hundirá en el vacío del olvido. Tal vez sea al minuto de salir de la sala, tal vez sea un mes después, tal vez sea un año. Considerando que es un producto vago, barato y completamente libre de risas y da vergüenza ajena, el destino efímero suena bastante bien.
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  • Spring Breakers: viviendo al límite
    Adolescente fluorescente.


    Sin importar el tiempo, comparar la juventud de ayer con la de hoy es un ritual inevitable, que siempre termina con la última siendo señalada como especial en su pérdida de sentido o moral. Para los ojos más adultos, la “generación perdida” nunca se va, aunque las razones de la atracción adolescente por lo desaprobado varían según quien responda: “¿Es la violencia en los medios?”, “¿Será la sexualización de la cultura?”. El problema es que, a veces, se ignora cuán arduo es el camino hacia la madurez para algunos que, como manotazo de ahogado, idealizan cualquier influencia para tratar de construir un mundo personal. Esto es lo que el bizarro realizador Harmony Korine sugiere en el centro de la espectacular Spring Breakers: Viviendo al Límite (Spring Breakers, 2013), un crudo, sincero e intenso viaje al fondo de una extravagante fantasía de nenas, armas y excesos situado en el reino de los hijos de la era MTV y el imperio Disney.

    La afinidad de Korine por el mundo adolescente se remonta al inicio de su carrera, con los guiones de Kids y Ken Park, retratos de púberes de clase media baja (en especial, de la llamada “basura blanca”) perdidos frente al sexo, las drogas y las expectativas de la cultura estadounidense. Ahora, el realizador vuelve a tocar ese universo de dudas y malas decisiones en una película que, si bien es su producción más comercial, no deja de ser más controversial que casi todo lo que llega a la cartelera local hoy en día, con su ostentación de mujeres en bikinis, sustancias y dealers repletos de armas, así como la destrucción de la imagen pura de las figuras de la fábrica de Mickey (Selena Gomez, Vanessa Hudgens y Ashley Benson). Después de todo, era imposible que el mismo tipo que ideó a los homicidas con placer por los tachos de basura de Trash Humpers saltara de la nada a hacer una película de fiesta al estilo de Proyecto X.

    Para probarlo desde el primer fotograma, Korine arranca con un lento y largo pasaje de la playa de Miami, tierra prometida para nuestras comunes protagonistas, Faith (Gomez), Candy (Hudgens), Brit (Benson) y Cotty (Rachel Korine, esposa del director). Las mujeres desnudas quedan atraídas casi de forma magnética a la cámara, los hombres transpiran y escupen cerveza sobre ellas, la música está a todo volumen, la imagen salta de la pantalla al borde de la saturación, y el descontrol vacila entre lo subversivo y lo decadente al estilo de un producto como Jersey Shore o Girls Gone Wild.

    Pero para las chicas, es el escape perfecto de la rutina y, quizás, un portal al paraíso. Por eso, ante la falta de dinero para cumplir sus sueños e irse de vacaciones de primavera (una tradición anual de los estudiantes de América del Norte), Candy, Brit y Cotty roban un restaurante para cubrir los gastos (“Pretendan que es un jodido videojuego”, se dicen como preparación).

    Al llegar a la tierra del sol y del neón, las cuatro chicas quedan enceguecidas por el ambiente de rebeldía y llevan la locura del momento al máximo nivel, al destrozar el orden público y agarrando cualquier droga o bebida para tragarla como caramelo. Pero la diversión en algún momento tiene que parar, y la policía arresta a las muchachas. Sin dinero e indefensas ante la ley, su salvación viene en la forma del hipnotizado Alien (un demente e irresistible James Franco, en uno de los mejores roles en lo que va del año), rapero y criminal de poca monta, uno de los tantos seguidores de la búsqueda del sueño americano según el gangsta rap y la figura del Tony Montana de Scarface, que se la pasa todo el día presumiendo su plata, su arsenal, sus perfumes y sus shorts de todos los colores. Este blanco en ropas de negro, que lleva su obsesión estética por la cultura del hip hop a un extremo deliciosamente ridículo, será el encargado de llevar al rebaño de chicas a las verdaderas calles salvajes, en donde la pérdida y el redescubrimiento se unirán al peligro y la muerte.

    El cuento de Korine varía entre dos ritmos: por un lado, está el puro descontrol que homenajea al videoclip y al juego, con la banda de sonido del dubstep de Skrillex; por el otro, se encuentra una parte introspectiva adornada con las notas de Cliff Martinez. Combinados con la cautivadora y vivaz fotografía de Benoît Debie, se crea un mundo que bambolea entre el sueño y la pesadilla de nuestras protagonistas.

    Es que este es el punto del film que, a pesar del frenetismo, de la unión de géneros y de la irreverencia, evita la explotación barata y se sumerge en lo profundo de la vida adolescente sin glorificar, apuntar dedos o ahogar con ironía, iluminando el período en la vida en el que la percepción de la inocencia se derrumba y rompe en pedazos. Todo queda claro en el punto más alto del film, cuando el personaje de Franco aprovecha un atardecer junto al mar para tocar en su piano y cantar con las chicas el tema Everytime, de Britney Spears, dando pie a un montaje de caos que es tan estúpido como hermoso. Para entonces, no es difícil adivinar que Korine (otro bad boy más) se encariñó de sus sujetos, ya que nos invita a entender a estos marginales que, si bien no tienen el mejor juicio y cometen errores terribles, cuentan con una pasión tan ardiente por descubrir la vida ideal que es imposible no admirar. Incendiaria, bella, hilarante, reflexiva y brutal, Spring Breakers merece el estatus de culto que seguramente tiene guardado para dentro de unos años.
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  • En trance
    En trance
    Loco x el Cine
    Cabeza borradora.

    No sorprende que, en su momento, Danny Boyle haya saltado en la escena cinematográfica con un film sobre la vida de un grupo de drogadictos; después de todo, su estilo es como una dosis inadulterada de adrenalina, que supo perdurar durante toda su carrera. El tiempo supo recompensarlo con los premios por las tan populares como discutibles Slumdog Millionaire - ¿Quién quiere ser millonario? y 127 horas, y el interrogante era obvio: ¿Y ahora qué sigue?. Para el director británico, la respuesta fue un regreso a su tierra natal con una historia al estilo de sus primeros films, Tumba al ras de la tierra y Trainspotting, relatos plagados de intriga, traiciones, peligro y sexo. Por eso, en su tiempo libre del maquinado de la ceremonia de apertura de Londres 2012, Boyle preparó En trance (Trance, 2013), un thriller que con gusto da vueltas alrededor de la mente humana, pero que no entrega razones claras para viajar en primer lugar.

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    La película arranca con Simon (James McAvoy) recitando a la cámara las reglas en su lugar de trabajo, una casa de subastas de arte. Pero este no es un candidato a empleado del mes, ya que él planea robar una pintura valuada en millones, con la ayuda de un grupo de matones liderado por Franck (Vincent Cassel). Todo sale a la perfección, excepto por un pequeño detalle: debido a un golpe en la cabeza hecho en el medio de la acción, Simon no recuerda dónde dejó la obra. Cuando la tortura no da resultados, la única opción disponible es la hipnosis, por lo cual llaman a Elizabeth (Rosario Dawson), una doctora con intenciones ocultas que iniciará una riesgosa lucha por el control, un viaje que tomará lugar tanto dentro como fuera de la realidad.

    Es en este trayecto en el cual Boyle deleita a la audiencia con un vibrante misterio, un enigma surreal con ritmo de videoclip claramente influenciado por David Lynch y Brian de Palma, aunque muchos también sabrán compararla con otro film que hacía dudar lo que pasa dentro de la mente, El origen. Gracias al cinematógrafo Anthony Dod Mantle y al compositor Rick Smith, el relato sabe entretener y, estilísticamente, se vuelve una suerte de rave, en la cual las identidades, los reflejos y las dobles caras de nuestros protagonistas (McAvoy, Cassel y Dawson, haciendo un muy buen trabajo al turnarse como víctimas y victimarios) hacen un interesante juego de gato y ratón (o ratones).

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    Pero es cuando el viaje empieza a llegar a su fin, y lo que antes parecían giros inesperados se vuelven insensateces que no encajan, que uno se da cuenta que la experiencia es hueca, porque el cuento no tiene más razón que la de acumular vueltas de tuerca. En la última media hora, el guionista John Hodge pierde la ambigüedad y entrega una serie final de roscas (que, para evitar contar demasiado, no se explicarán en este texto) que casi arruinan totalmente las intenciones de Boyle y compañía, tornando el argumento en una ridiculez al estilo de lo último de M. Night Shyamalan.

    Pero a pesar de la manía por la sorpresa que vuelve amargo el resultado final, En trance es un entretenido, sexy y violento thriller que gracias al liderazgo de su realizador, a la fuerza de sus actores y al talento en lo visual y sonoro, continúa el éxtasis de la marca Boyle.

    @JoniSantucho
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  • El nombre
    El nombre
    Loco x el Cine
    El discreto desencanto de la burguesía.

    Calificación - 3/5

    Adaptar una obra de teatro al cine tiene sus riesgos. Si bien los diálogos y las performances pueden funcionar perfectamente en el primer formato, pasarlo a la pantalla grande requiere de sumar una nueva visión sonora y auditiva, de agitar el aspecto estático del escenario. Al mismo tiempo, el traslado a un medio audiovisual no debe evitar que se pierda el alma del libreto original, lo que en casos particulares implica un debate entre el contenido y su actual exploración. Ese dilema es lo que afecta a la muy graciosa comedia francesa El Nombre (Le Prénom, 2012), que trata de encerrarnos en las paredes de las relaciones entre un grupo de acomodados pero que a la vez termina atrapada por su previo formato.

    Vincent (Patrick Bruel) es un playboy inmaduro, que recién después de las cuatro décadas pudo acomodarse con una chica, Anna (Judith El Zein). Y ahora que están esperando un hijo, la habitual cena con amigos y familia se enfoca en ellos. Pero el drama se oculta tras los otros comensales: la hermana de Vincent, Élisabeth (Valérie Benguigui), está ahogada entre el trabajo y el rol de madre, mientras que su esposo Claude (Guillaume de Tonquedec), es adicto al mundo del intelectual; y por otro lado, el compañero Pierre (Charles Berling), parece esconder una faceta fuera de su vida de músico. Pero en esta reunión, una simple broma sobre el nombre del bebé empezará a disolver sus disfraces, y dará lugar a una batalla en la cual la verdad volará por encima de los platos.

    Escrita y dirigida por los autores de la exitosa obra original (que incluso ahora tiene una versión argentina, dirigida por Arturo Puig), Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patelliére, la película arrasó en la taquilla de su país (donde vendió más entradas que Los Vengadores) y consiguió cinco nominaciones a los Premios César. El amor popular tiene sentido: el guión se vale bien de las carcajadas, usando la astucia gala y la química de los actores mientras los personajes pasan de discutir el sentido de un nombre (“¿Creés que Hitler no hubiera sido Hitler si se hubiera llamado Pepito?”) a cuestionar sus estilos de vida, jugando a ver qué vale más a los cuarenta: un conocimiento monumental sobre literatura o un auto cero kilómetro.

    Pero a la vez, no se puede evitar notar que los creadores se enamoraron demasiado del formato teatral, de tal forma que, tras la introducción, el estilo del film decae al confinarse en el apartamento del banquete. Eso hace que, con 109 minutos, la historia sobrepase su bienvenida para el cine, en especial al considerar que los films sobre pequeñas luchas burguesas ya son casi un género (y no solo en su tierra natal, si consideramos las similaridades con la reciente Un Dios Salvaje (Carnage) de Roman Polanski).

    De todas formas, El nombre es una opción pasable para ir y reírse un poco, aunque la memoria no pueda esforzarse mucho para guardar algo sustancial. Si uno busca una versión más barata de la obra, se podría decir que es un insólito descuento.
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  • Oblivion: El tiempo del olvido
    Olvido, sorpresa y déjà vu.

    El atractivo de la ciencia ficción es el de un eterno cuestionamiento: “que pasaría si...”. Una chispa sobre lo que no existe hace explotar de repente un nuevo territorio, que le da espacio a las grandes ideas así como a las historias masivas. Es en la unión de estos dos últimos elementos en la cual lo irreal se vuelve cercano, y en la que una obra más se transforma en un clásico. El cine ya nos dió decenas de grandes relatos como estos, llevando al espectador a lugares tan recónditos como los confines del espacio pero, al mismo tiempo, sumergiéndolo en las profundidades de la naturaleza humana. Ahora, Oblivion: El tiempo del olvido (Oblivion, 2013) presenta pretensiones de llegar a estas alturas y, a la vez, entretener a las audiencias con una aventura de misterio y acción. Si bien la película no puede lograr lo primero, tiene bastantes aciertos en el segundo como para dejarla pasar.

    El film se transporta a la Tierra post-apocalíptica de 2077, solo consistente en restos de la guerra interplanetaria que 60 años atrás arrasó con todo. En el área de Nueva York, quedan Jack (Tom Cruise) y Victoria (Andrea Riseborough), quienes tienen la tarea de limpiar el desastre y juntar recursos naturales para transportarlos al resto de la civilización, ahora mudada a una de las lunas de Saturno. Por fortuna para ellos, solo quedan dos semanas más de trabajo, pero la curiosidad de Jack y la llegada de una sobreviviente con secretos (Olga Kurylenko) iniciarán una serie de revelaciones que cambiarán sus perspectivas y al mundo que conocen.

    Joseph Kosinski (Tron: El Legado) plantea una historia de descubrimiento con un ritmo más lento que el de los tanques hollywoodenses habituales -casi moviéndose como un western clásico-, para construir los interrogantes y al mundo que rodea a Jack. Aunque la lentitud pierde sentido cuando aparecen las respuestas hacia la parte final del film, el diseño visual de la producción es espectacular, haciendo gran uso de la mezcla del relieve estéril de Islandia y unos excelentes efectos especiales, llevando a la pantalla un futuro digno de ser visto en la pantalla grande. No sorprende el hecho de que el realizador haya sido profesor de arquitectura: los mundos de sus dos films están meticulosamente armados; en este caso, uniendo en protagonismo a la desolación de desiertos y montañas con la frialdad geométrica de las máquinas y hogares del mañana, al mismo tiempo que deja en lugar secundario a las ruinas de La Gran Manzana.

    Otros recursos de Kosinski para mantener el interés son escenas de acción bien fluidas y enfocadas, una pulsante banda de sonido por M83 (variando entre el tecno noventoso y el estilo bombástico de un seguidor del compositor Hans Zimmer) y con el amuleto que es su protagonista principal. Cruise siempre fue una estrella clásica con los pies en el presente, al estilo de George Clooney: su personalidad básica provee suficiente carisma para sostener el film, a pesar de no estirarse más allá de eso (excepto, claro, por casos como Colateral y Magnolia).

    Pero claro, en la segunda mitad empiezan a notarse los problemas, principalmente cuando el director (quien también fue autor de la historia original, luego reescrita por reconocidos como William Monahan y Michael Arndt) continúa apuntando a lo grande, todo mientras sigue tomando elementos obvios de más y más clásicos de ciencia ficción de los últimos 50 años: desde imágenes de 2001: Odisea del Espacio y Star Wars a temas y personajes vistos en Solaris, Matrix y En la Luna. Este el punto en que muchos se dividirán, diciendo si es un manifiesto de influencias o un atraco a plena vista. De todas formas, Kosinski parece evitar lo último, compensando con su coherencia estilística para atar su universo. Eso sí, es inevitable pensar la gran frase de comparación: “Esto ya lo ví en algún lado”.

    Es una lástima que, a pesar de todo el esfuerzo puesto en la experiencia sensorial del film, no se haya elaborado lo mismo en lo ideológico y lo argumental. Temas como la voluntad propia, la existencia del alma y la lucha del individualismo contra la convención social son introducidos pero no desarrollados, dándoles sólo una resolución veloz. Y la historia del film, si bien es interesante, tiene varios baches y no demasiada profundidad con la historia de los humanos aparte de Cruise, dejando a los actores para valerse por sí mismos: mientras Riseborough y Kurylenko salen a flote con lo poco que les da su material, una subtrama con un grupo de sobrevivientes liderado por el personaje de Morgan Freeman (quien aparece por aproximadamente 15 minutos), queda oculta excepto por cuando se necesita desesperadamente su uso.

    A fin de cuentas, Oblivion es una de esas grandes producciones que, a pesar de estar hecha de partes usadas, tiene suficiente espectáculo y ritmo para entretener y distraer por un par de horas. Si podrá esquivar el olvido, se verá más adelante.

    @JoniSantucho
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  • Profesor Lazhar
    Profesor Lazhar
    Loco x el Cine
    Cómo aprender a vivir después de la muerte.

    Es un día más en una gélida escuela primaria de Montreal. Los alumnos reconocen el inconfundible sonido del timbre para huir al patio, aprovechando la breve libertad del recreo para hacer lo de siempre: jugar, hablar, reír. Pero mientras la mayoría se divierte, un retraído chico decide regresar al edificio. Y así, en una cruel mezcla de azar y destino, él encuentra lo inesperado: el cadáver colgado de su maestra, que decidió dejar su vida en el aula. De esta forma, arranca Profesor Lazhar (Monsieur Lazhar, 2011), un drama franco canadiense dedicado a mostrar lo que pasa con la gente dejada atrás después de la muerte.

    En esta historia -basada en una obra unipersonal escrita por la dramaturga canadiense Évelyne de la Chenelière-, el verdadero cambio inicia con la llegada al colegio de Bashir Lazhar (Mohamed Saïd Fellag), un inmigrante argelino en busca de la posición recién dejada vacía. Lo que él encuentra es un curso que, debido a los intentos de los adultos por evitar tocar los trágicos eventos ocurridos, quedó congelado en el tiempo. Viendo esto, Lazhar decide oponerse a los planes de la directiva y los padres, animando a los estudiantes a abrirse sobre las formas en las que fueron tocados por la muerte. Pero detrás de sus buenas intenciones, existe una parte oculta de su pasado que aún no terminó de cerrarse.

    El premiado film escrito y dirigido por Philippe Falardeau (que incluso consiguió una nominación al Oscar por Mejor Película Extranjera en 2011) usa una estructura demasiado conocida: la del docente nuevo que se propone revolucionar la vida de su alumnado, cueste lo que cueste. Sin embargo, donde se empieza a girar es en el aspecto del trato del luto; esa forma en la cual los idos dominan las vidas de los vivientes, tal como una presencia fantasmal. La película juega entre tres formas de lidiar con la pena: la elusiva postura oficial, el confrontativo y emocional método de Lazhar, y el curioso proceso de descubrimiento de los pequeños. Por la mayor parte esto funciona pero, lamentablemente, en el tercer acto el guión no termina de profundizar lo suficiente para cerrar la historia debidamente.

    De todas maneras, las performances son el verdadero foco del film, y afortunadamente no fallan. Como el personaje del título, Fellag mezcla la cantidad justa de humor, carisma y peso dramático, haciendo su cicatriz presente, pero no de forma obvia. Mientras tanto, la mayoría del elenco infantil cumple con sus interpretaciones a través de una corriente de sensaciones; un logro remarcable, considerando la rareza de los pasables artistas menores.

    A pesar de parecer un cuento familiar, de algún ocasional golpe bajo y de la falta de un desenlace adecuado, Profesor Lazhar es un buen resultado debido al destacable trabajo de los actores y a la leve vuelta argumental con respecto a otras propuestas de este tipo.

    @JoniSantucho
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  • G.I.Joe: el contraataque
    Jugando con soldaditos.

    La franquicia de G.I. Joe no se caracteriza por el realismo o la verosimilitud. Como con su compañera Transformers, las cosas arrancaron durante la explosión comercial de los años ochenta en Estados Unidos, con una serie de figuras de acción. La popularidad llegaría más tarde, con la aparición de comics y una serie animada que, en realidad, servían como publicidad para los juguetes, vendiéndole a los niños la idea de grandes batallas entre militares y terroristas.

    Décadas después, los números generados por la nostalgia lograron que la lucha fuera llevada a la pantalla grande en la olvidable G.I. Joe: El Origen de Cobra, una adaptación decepcionante que solo se parecía al material original por las actuaciones ‘a lo muñeco’ de algunos miembros del elenco. Ahora, el director Jon Chu (cuyo historial previo incluye dos films de Step Up y el documental Justin Bieber: Never Say Never), trata de dar vuelta el rumbo y complacer a los fans con la secuela G.I. Joe: El contraataque (G.I. Joe: Retaliation, 2013).

    Tras los eventos de El Origen de Cobra, los Joe siguen cumpliendo misiones alrededor del mundo, sin saber que su lider, el Presidente de los Estados Unidos (Jonathan Pryce) fue reemplazado por el imitador Zartan (Arnold Vosloo). Y, antes de que se den cuenta, ellos son atacados sin piedad por el villano, quien ejecuta a casi todos los miembros del grupo de elite. Ahora, con Roadblock (Dwayne Johnson), Lady Jaye (Adrianne Palicki), Flint (DJ Cotrona) y Snake Eyes (Ray Park) como únicos sobrevivientes, queda poco tiempo para formar una resistencia antes de que el impostor Zartan, junto al Comandante Cobra (Luke Bracey), el ninja Storm Shadow (Byung-Hun Lee) y Firefly (Ray Stevenson), dominen el mundo.

    Usualmente, las secuelas de los tanques hollywoodenses tienden a agrandar lo que la gente probó en el primer film. En el caso de Chu y los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick (los mismos de Tierra de Zombies), parece que el caso es contrario: en esta oportunidad, los objetivos son complacer a los fans y borrar lo más posible de lo que vino antes. Esto queda bastante claro cuando Duke (Channing Tatum), el previo protagonista, es eliminado a los 15 minutos de iniciada la producción, dándole paso a Johnson para probar su reputación como icono de acción del presente y mejorar el asunto.

    Liderando un elenco dispuesto con carisma (especialmente Jonathan Pryce, sobreactuando y comiendo todas sus apariciones con gusto), el ex-luchador profesional está a gusto en el energético mundo de Chu, que se mata para satisfacer a los entusiastas y se despacha con escenas de acción variadas y fluidas. Así, la película se siente como el producto de un chico que imagina una aventura con sus juguetes, ignorando el hecho de que la realidad no permite cosas como peleas entre ninjas colgados sobre montañas.

    Sin embargo, el film también sufre por esa falta de pensamiento. A pesar de ser una básica historia de ‘buenos contra malos’, el desarrollo del film es bastante lento, de tal forma que recién en la mitad empiezan a moverse todas las fichas del tablero. Encima, todo es demasiado superficial: se tiran decenas tras decenas de personajes (incluyendo a un desperdiciado Bruce Willis, quien aparece por menos tiempo que Tatum) para complacer a los apasionados, pero para después atropellarlos y darle paso a explosiones, tiros y tomas que tratan de justificar un olvidable 3D. Es el sistema de un videojuego, pero sin el alma necesario para que uno realmente se interese. Al final, esto solo logra que cueste bastante recordar algo tras salir del cine.

    Pero de todas formas, G.I. Joe: El Contraataque divierte por el tiempo que está en pantalla. No será memorable o especial, y los no conocedores se sentirán algo excluidos, pero la acción y los protagonistas sabrán complacer a los que busquen enlistarse por una dosis de escapismo.
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  • Una pistola en cada mano
    Los hombres que no amaban a las mujeres.

    En el ojo popular, el género masculino es experto para armar muros a través de las emociones. Mientras las mujeres son caracterizadas por algunos como libros abiertos, el género masculino es concebido como estoico y firme, usando como modelos a toda clase de guerreros. Ahora, el director catalán Cesc Gay (Hotel Room, Krámpack) usa la crisis de la mediana edad para mostrarlos a ellos en su lado más frágil, en Una Pistola en Cada Mano (2012), un film en el que las palabras son todo lo necesario para bajar la guardia. A través de cinco episodios que transcurren a lo largo de un día, esta comedia dramática toca las dudas usuales que llegan a la mente de un tipo que rodea los 40: el temor al futuro, el remordimiento por errores pasados, y el desdén de la rutina del presente; todo, por supuesto, rodeándolas a ellas, presentes en temas como el amor, el sexo y el paso del tiempo.

    Lo particular sobre todo esto es que, en este caso, todo se da simplemente mediante conversaciones casuales. Las situaciones son cotidianas, pero variadas: un fracasado pero feliz ebrio (Eduard Fernández) se encuentra con su amigo, un exitoso pero atemorizado adicto a las pastillas (Leonardo Sbaraglia); un sujeto arrepentido (Javier Cámara) que deja a su hijo en la casa de su ex-mujer (Clara Segura) y trata de iniciar un intento de recuperación, sin saber que lo espera una sorpresa; un marido receloso (Ricardo Darín) que mientras sigue al supuesto amante de su esposa se encuentra con un conocido (Luis Tosar) y choca con la dura realidad; un hombre de familia (Eduardo Noriega) que busca sin resultado efectuar una aventura con una compañera de trabajo (Candela Peña) y, finalmente, dos amigos (Antonio San Juan y Jordi Mollá) que descubren más de lo que imaginaba cada uno sobre el otro, gracias a sus confiadas parejas (Leonor Watling y Cayetana Guillén).

    Así, en seis conversaciones, se abre la puerta a revelaciones que, si bien son cómicas y amplias, sufren por ser demasiado aisladas y ligeras, solo unidas por un flojo nexo argumental que aparece bien al final de la producción. Además, la dirección de Gay es demasiado estática y teatral, lo que es un pecado grave para una película construida enteramente en diálogo. A pesar de eso, la mayoría del elenco estelar tiene suficiente presencia y timing comédico para que esto no se vuelva un defecto irremediable aunque, como en muchas historias corales, se ve la suba y baja de calidad con cada segmento que pasa (aunque nadie se sorprenderá al saber que el corto con Darín y Tosar es el más repleto de humor).

    Al final de cuentas, Una Pistola en Cada Mano es una disfrutable aunque leve mirada al costado desesperado del hombre en el medio de la ruta, quien seguro podrá sintonizarse con placer. Un film apto para los señores de las cuatro décadas.

    @JoniSantucho
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  • Hitchcock: el maestro del suspenso
    Psicosis manufacturada.

    Hoy en día, casi no es necesario aclarar la influencia monumental de Alfred Hitchcock en el séptimo arte. Tras décadas de trabajo, se volvió un ícono asociado directamente al enigma, ganando el apodo de ‘maestro del suspenso’. Pero de todas formas, su vida privada resulta igualmente apasionante: aún después de tanto tiempo, hay gente interesada con su obsesión con las rubias, su amor excesivo por la comida, su personalidad en la pantalla o su relación con su esposa, Alma Reville. De esto han salido muchos relatos, y el último de todos es la biopic Hitchcock (2012), que pretende mostrar al interior del hombre, de la mujer detrás de él y de la que quizás sea su producción más recordada, Psicosis. Pero, mientras que el film de 1960 perdurará en la historia de celuloide, es difícil ver a este simple y artificial relato resistir el olvido tras un rato después de haberlo visto.

    Es complicado crear un producto tan efímero, considerando lo increíbles que son los hechos reales. En 1959, tras el éxito de Intriga internacional, Hitch (Anthony Hopkins) busca su próximo proyecto. Esta vez, sus manos están sobre algo inusual y shockeante: un libro ficcional basado en la historia del asesino serial Ed Gein (Michael Wincott), y que cuenta la perturbadora relación entre un hombre llamado Norman Bates con su violenta "madre". Intrigado por las posibilidades de esta propuesta, el director lleva el proyecto al estudio Paramount, solo para recibir un “no” en la cara, debido a la similaridad con Vértigo (un fracaso en su época). Pero el británico no lo acepta, y accede a financiar el film por su cuenta, en el inicio de una arriesgada lucha que luego invocaría la ira de los censores.

    Unos realizadores con algo de perspicacia y respeto habrían podido hacer un relato sobre esta batalla y sobre la producción del film que redefinió al cine de terror, pero el director Sacha Gervasi (que antes nos dió el documental rockero Anvil! The Story of Anvil) y el guionista John J. McLaughlin (El Cisne Negro) agarran el libro de no ficción Alfred Hitchcock and the Making of Psycho, lo trituran y dejan lo más básico sobre la mesa, todo para darle espacio al verdadero foco del film: la relación fantasiosa entre Hitch y Alma (Helen Mirren), que entra en crisis por las manías clásicas del director, así como por la entrada en escena de Whit (Danny Huston), un seductor y ambicioso guionista.

    Aquí es cuando se nota uno de los grandes problemas de esta producción: con tantas cosas que abarcar, los responsables de este retrato recurren una y otra vez al resumen brutal, dejando que la pelea por Psicosis y los problemas de la realización se vuelvan solo mínimos intermedios, mera trivia entre las discusiones de Hitch y Alma. Esto sería perdonable si los personajes tuvieran una interesante caracterización, pero la sustancia de los roles no podría ser más chata: desde la falta de material para Scarlett Johansson, Toni Collette, James D’Arcy y Michael Stuhlbarg, hasta la simpleza de la exploración de Hitchcock y Reville, que cuando no son caricaturas de los seres reales, parecen salidos de un culebrón, debido al melodrama del forzado triángulo emocional con Whip. En un momento, Vera Miles (Jessica Biel) le dice en el camarín a Janet Leigh (Johansson) que Alfred es como el obsesivo personaje de James Stewart en Vértigo, para que luego aparezca la sombra del perfil regordete que conocemos del director. Luego, martillando el punto en los cráneos de la gente, Hitchcock también se imagina teniendo conversaciones de par a par con el psicópata Gein. Estas superficiales metáforas, explicadas hasta el punto del cansancio, conforman el núcleo de la biografía, que también sufre al ser filmado por Gervasi como un telefilm más.

    Y ni siquiera Hopkins puede sacar las papas del fuego. Enterrado vivo bajo el maquillaje y los prostéticos, el actor no puede sacar a luz el aspecto humano de Hitch; cuando mueve su rostro, se limita a hacer una imitación básica del hombre. La única persona que sale adelante de todo esto es, como siempre, la gran Mirren (que, a esta altura, puede leer la guía telefónica y aún así dar una gran performance), quien a pesar del material logra involucrar a uno en el dilema de una artista encerrada en la sombra de su pareja.

    Pero a pesar de esto, Hitchcock es mucho ruido y pocas nueces. Después de verla, no se siente que hayamos entrado en la mente de uno de los directores más influenciales de la historia, ni que logramos apreciar a la persona que aguantó sus tormentos, o que nos metimos en el detrás de escenas de la película que inició el subgénero slasher. Ningún homenaje va a arreglar el vacío que queda sobre la figura de Alfred, un misterio que aún sigue sin resolver.

    @JoniSantucho
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  • Mamá
    Mamá
    Loco x el Cine
    Un hogar entre las tinieblas.

    En el inconsciente colectivo, la madre siempre es sinónimo de protección, ya sea de las amenazas del presente como de las opacas conjeturas del futuro. Pero, después de todo, ella es humana, así que algunas cosas son inevitables: tarde o temprano, todos nos enfrentamos con la dura realidad. ¿Pero que se puede hacer cuando se destruye esa barrera? Esa idea parece haberle interesado al productor Guillermo del Toro, quien junto con el co-guionista y director argentino Andrés Muschietti transformó a un aterrador corto de tres minutos en un largometraje que mezcla un oscuro cuento de hadas con un drama psicológico sumido en la realidad. Esto es Mamá (2013).

    Desde los primeros segundos, el film muestra esta unión: aparece en la pantalla un “Érase una vez...” con la indudable letra de un chico, y al instante la acción se traslada al colapso financiero de 2008. Mientras las bolsas caen y el pánico aumenta, Victoria y Lilly son llevadas lejos de casa por su padre, prácticamente en lágrimas. Ellas notan algo raro, pero no están cerca de imaginarse lo que pasó; después de todo, como podrían saber esas pequeñas niñas que su papá asesinó a sus compañeros de trabajo, que acabó con la vida de su madre mientras se preparaban para salir, y que él también planea matarlas a ellas y suicidarse, para acabar con el sufrimiento. Las cosas cambian cuando la familia entra en una tenebrosa cabaña en lo profundo del bosque, tras lo cual las nenas desaparecen, así como los rastros de la inocencia.

    Eso no detiene a Lucas (Nikolaj Coster-Waldau), el tío de las chicas, quien gasta tiempo, esfuerzo y dinero al buscarlas sin descanso. Y finalmente, cinco años después, Victoria (Megan Charpentier) y Lilly (Isabelle Nélisse) reaparecen, aunque actuando como criaturas salvajes. Asombrados por el hecho de que hayan sobrevivido tanto tiempo, Lucas y su novia Annabel (Jessica Chastain) las reciben y tratan de iniciar el proceso de reinserción a la sociedad. De todas formas, nada parece progresar: desde el regreso, las chicas sólo piensan en “Mamá”, ese misterioso y dominador personaje que, según ellas, las salvó de la muerte. Al principio, Lucas y Annabel no entienden la causa de esta locura, pero tras ruidos, ataques y tragedias, el espectro hace sentir sus mortales demandas en el hogar.

    Por la mayor parte de su ópera prima, Muschietti hace un muy buen trabajo al adaptar su trabajo previo y construir el temor, dejando la trastornada conducta de las chicas, la sombría presencia secundaria de la criatura fantasmagórica y la fría e íntima estética como elementos suficientes para generar un clima terrorífico. Pero, sin embargo, el elemento en el cual la película funciona más es en su dedicación a mostrar las dificultades de la inclusión de Victoria y Lilly, y la relación que tienen con Annabel, quien de repente tiene que ponerse en el rol de madre. Es en este aspecto en el que la película logra el mayor éxito en distanciarse de otras producciones, principalmente debido a la labor de la camaleónica y estelar Chastain (en esta oportunidad, una morocha con el look del punk rock), así como al sorprendente trabajo de las pequeñas actrices con las que interactúa.

    Sin embargo, el film decae cuando se aleja de su centro para atravesar una ruta demasiado conocida, como suele pasar con muchas historias de horror. Y lo que finalmente arruina algo de la atmósfera es la obligatoria revelación de Mamá, con el uso de efectos especiales que varían bastante, así como la llegada de sustos no tan bien pensados como los que recurrían a su naturaleza oculta. De todas formas, el film se levanta con su conclusión, que cuenta con el misticismo, la belleza y el evidente toque especial del padrino que nos supo dar El Laberinto del Fauno y El Espinazo del Diablo en el pasado.

    A pesar de ciertas obviedades durante su segunda mitad, Mamá es un perturbador viaje hacia el lado tenebroso de la incertidumbre, que gracias a un remarcable elenco, unos personajes bien marcados y un tema debidamente explorado, toca el miedo de forma cercana. Sin abrigo, sin clemencia.

    @JoniSantucho
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  • Magic Mike
    Magic Mike
    Loco x el Cine
    Todo al descubierto.

    En los tiempos duros, la gente tiene que rebuscársela. Por el día, Michael (Channing Tatum) no se diferencia mucho de la clase trabajadora que fue golpeada por la crisis; haciendo varios trabajos a la vez, planeando a futuro sin idea de como cumplir sus metas. Pero cuando el sol cae y las luces del escenario se prenden, el treintañero se transforma para satisfacer a las mujeres de Florida, como el stripper Magic Mike.

    Este ritmo de vida es desconcertante para muchos, incluyendo a Adam (Alex Pettyfer), un chico de 19 años que anda perdido por la vida. Eso cambia cuando Mike decide apadrinarlo y meterlo en el mundo del desnudismo, con la ayuda de su jefe y colega Dallas (Matthew McConaughey). Pero con el paso de los meses, las cosas cambian, y mientras Adam se vuelve adicto a su nueva profesión, Mike se empieza a cuestionar el rumbo de su vida.

    El nuevo (y quizás penúltimo) film del multifacético Steven Soderbergh vuelve al ámbito de la gente que lucra con su cuerpo, un lugar en parte ya explorado por su previa obra Confesiones de una Prostituta de Lujo, aquel drama experimental protagonizado por la pornstar Sasha Grey, y curiosamente también situado durante la el caos económico de 2008. Sin embargo, mientras que Confesiones... era un trabajo frío y distante, Magic Mike lo tiene en un ritmo más cándido, energético y veloz. Poniendo el foco en el lado de la rutina de los muchachos (una interesante vuelta, al considerar la cantidad de películas en las que las mujeres son quienes se quitan la ropa), la película hace un muy buen trabajo al mostrar la camaradería y las vivencias de esta gente en un negocio que a veces es estimulante, mientras que en otros momentos es ridículo. Mezclando risas con carne para ambos sexos, la falta de pudor del film le da el toque fresco que evita el territorio de fracasos como Striptease o Showgirls, films cuya infamia definió al stripper en el cine.

    Y esto en parte se debe a la ayuda de Tatum, quien sin dudas sabe de la profesión: después de todo, la producción está basada en su experiencia real como nudista a los 18 años en Florida. Ahora, él interpreta a un personaje que tiene bastantes similaridades al Tony Manero de Fiebre de Sábado por la Noche: rey en la oscuridad, mendigo en la luz. Él usa esta oportunidad para explotar de nuevo el carisma honesto que le ayudó el año pasado en Comando Especial, y a la vez enseña su viejo talento con una naturalidad sorpresiva. Pero, aunque él y sus jóvenes compañeros de show divierten bastante, la verdadera estrella del espectáculo es el personaje del imperdible McConaughey, quien sigue recuperándose de los años de malas comedias románticas y hace su rol más memorable desde Rebeldes y Confundidos, metiéndose en la piel de un Atlas megalómano y empresario.

    Sin embargo, la película se retrae en el tercer acto, cayendo en un vacío de moralidad que es tan apurado como predecible, y que encima contradice sin continuidad el estilo previo del film. Pero, aún considerando esta decepción de previsibilidad en el resultado final, Magic Mike funciona por la personalidad de sus actores y la entrega de Soderbergh. Una salida para olvidarse de todo.

    @JoniSantucho
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  • Amour
    Amour
    Loco x el Cine
    Hasta que la muerte los separe.

    El cadáver descompuesto de la anciana domina la atención de los bomberos. Ellos ya habían sido sorprendidos antes durante la visita a ese departamento burgués, aunque eso fue por las puertas bloqueadas y el nauseabundo olor del lugar; simples gajes de un oficio ingrato. Pero el cuerpo, dejado durante días, recostado sobre una cama cubierta de flores algo frescas y alejado de todo París, no es algo que se ve todos los días. En esta, la primera escena de Amour (2012), Michael Haneke evita las vueltas y anuncia el inicio de un duro y honesto viaje hacia la inevitable realidad.

    Anne (Emmanuelle Riva) y Georges (Jean-Louis Trintignant) son una pareja de profesores de música retirados que, a pesar de haber pasado la barrera de los ochenta años, se conservan bien: la movilidad no es un gran problema, la chispa del matrimonio se mantiene, y los frutos de sus décadas de labor como padres e instructores están libres para disfrutar. Sin embargo, el cambio no se puede cancelar, y un día Anne tiene un breve episodio en el cual queda catatónica. Preocupado, su marido la obliga a hacerse ver, y ella descubre que tiene una arteria bloqueada, lo cual requiere una operación. Por desgracia, la cura resulta peor que la enfermedad y, como resultado del fracaso de la cirugía, la mujer queda más paralizada, y destinada a una silla de ruedas. Lentamente empieza el verdadero deterioro, que no solo carcome la salud de Anne, sino que también alcanza la mente y el espíritu de la pareja.

    El último film de Haneke (Funny Games, La Cinta Blanca) toca una amenaza tan aterradora como auténtica: la vejez. Uno puede cuidarse todo lo que guste, pero la enfermedad siempre llega, y el temor a la pérdida (ya sea de la vida, de la motricidad, del ser amado o de la cordura) es la fuerza motivadora de esta producción particular, ganadora de la Palma de Oro en Cannes y nominada a cuatro Oscars (Mejor Película, Guión Original, Actriz Principal y -el premio asegurado- Película Extranjera).

    El director nos mete en la posición de una persona con todas las defensas bajas, que se frustra al no poder manejarse por su propia cuenta, y que se vuelve espectadora de su irreversible putrefacción. Para eso, el austríaco genera un clima claustrofóbico y hace del departamento el tercer protagonista de la historia, situando casi toda la película dentro de él (excepto por cinco minutos al principio del film, nunca abandonamos el hogar de la pareja). Además, el uso de recursos como las tomas fijas y la carencia de música (que, en otras circunstancias, le darían al film el defecto de ser demasiado teatral) ayuda a generar esta sensación de impotencia e inutilidad.

    Considerando el nivel de tortura que sufren los personajes de esta historia, vale la pena pensar que, en las manos equivocadas, todo podría haber resultado terriblemente mal. Pero el enfoque de Haneke (que esquiva el melodrama y va por lo cierto) y el trabajo de los actores logra algo que es verdaderamente especial. El dúo principal plantea aflicciones distintas. Por un lado, Riva somete su cuerpo de manera impresionante y se vuelve algo ajeno a lo humano, que lucha por acabar con todo pero que últimamente no puede escapar a la humillación de su antiguo ser. De todas formas, si bien los elogios y premios hacia Emmanuelle son bien merecidos, es sorprendente que menos gente destaque el igualmente excelente trabajo de Trintignant, que muestra con excelencia la obsesión que deriva de los intentos de su personaje por cuidar y proteger a su amor. Y si, “amor” es la palabra clave en el film. A pesar de todo el dolor y el castigo que se invoca, son los pequeños momentos entre ellos dos los que hacen que todo valga la pena. Se entiende porque a Anne le angustia el miedo de volverse una molestia sin sentido, se asimila como Georges puede llegar al borde de la locura por la congoja de su mujer. Es por esto que el film evita el sadismo.

    Al final, Amour es un recorrido apasionante, estremecedor y demoledor que merece ser visto. ¿Es para todos? No, seguramente habrá gente que no esté apta para aguantar tanto. Pero los que si sientan que pueden, deben ir a ver esta gran obra.
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  • Duro de matar: un buen día para morir
    La oveja negra de la familia.

    Es imposible evitar el cambio. Imperios surgen y caen; familias nacen, crecen y mueren; y las historias se reformulan. Un ejemplo de lo último arrancó en 1989, durante el apogeo del guerrero invencible en el cine de super acción, cuando apareció la bocanada de aire fresco que fue John McClane en Duro de matar: un simple policía neoyorquino con la peor suerte, tan apto a acumular problemas personales como a tirar insultos y golpes, pero finalmente dispuesto a salvar el día y a destrozar su cuerpo en el proceso. Inmortalizado por Bruce Willis, que encontró el punto justo entre antihéroe y hombre cualquiera, este personaje atrajo a la gente por su disposición de ser presionado al límite y aún así seguir avanzando, siempre armado con un latiguillo al estilo de “Yippie-ki-yay, motherfucker”.

    Pero con la llegada de cada secuela, la filosofía hollywoodense de agrandar las continuaciones lo fue transformando en una suerte de superhéroe, capaz de saltar de jets y de lanzar autos hacia helicópteros. Y la pérdida de humanidad terminó siendo el talón de Aquiles de McClane, que vuelve con Duro de matar: Un buen día para morir (A Good Day To Die Hard, 2013), la quinta entrega de una franquicia que sin dudas merece descansar en paz.

    En esta oportunidad, John traslada la destrucción a Rusia, en donde su lejano hijo Jack (Jai Courtney) está arrestado por asesinato. El asunto es que el crimen está conectado con el anticipado juicio de Yuri Komarov (Sebastian Koch), quien va a arriesgar su vida declarando en contra del corrupto y peligroso oficial Chagarin (Sergei Kolesnikov). Y, justamente, cuando McClane va a visitar a su primogénito a la corte, un grupo de mercenarios agita las cosas y provoca un atentado. Sin embargo, Jack tiene una sorpresa: en realidad, él es un agente encubierto de la CIA, dispuesto a recuperar un misterioso objeto oculto por Komarov. Ahora, de nuevo en el lugar y momento equivocado, John tendrá que unirse a su chico para sortear decenas de asesinos, descubrir la verdad y terminar la misión.

    En esta sinopsis, se puede empezar a notar uno de los dos grandes problemas con esta película, que vendría a ser el guión por parte de Skip Woods (también culpable por los libretos de Hitman, Agente 47, X-Men Orígenes - Wolverine y Brigada A), quien parece haberle sacado el polvo a una vieja historia de espionaje para luego agregar a último momento a John McClane. Se nota la influencia de films como Los Indestructibles, en las que los fornidos ochentosos aceptan y se burlan de las arrugas y del género. Sin embargo, donde se equivoca Woods es en trabajar con la exacta inverosimilitud del film de Stallone: mientras que Los Indestructibles reconoce su ridiculez y la usa como ventaja, esta Duro de Matar se olvida del chiste y mete misiones, villanos y riesgos que parecen directamente quitados de una película de James Bond, pero que chocan con la astucia y la intriga de los previos capítulos de la saga.

    Como si esto fuera poco, durante la mayoría de la producción, el personaje de John casi es dejado atrás para darle espacio al argumento familiar y a la introducción de Jack (lo que hace sospechar sobre el deseo de los productores de continuar la franquicia con sangre joven). Bruce sigue con el mismo carisma de siempre, pero acá el uso para él está limitado a tres cosas: contar chistes, disparar y poner la cara en los momentos bizarros (piensen en cuanta gente saldría bien después de verse agarrada de un camión colgado sobre un helicóptero volando sobre las ruinas de Chernobyl -no pregunten-). Ni siquiera se puede desarrollar la relación entre padre e hijo que se construía tanto al principio del film: un par de segundos de disculpas a escondidas y se acabó la historia entre Willis y Courtney; aunque, considerando la poca química que tienen, no es tan difícil entender por qué.

    A pesar de todo esto, es cierto que un buen director sería capaz de, al menos, crear un producto mirable con esta fundación. Por desgracia, el responsable de esto es el irlandés John Moore, quien ya usó sus infames manos en la remake de La Profecía y la película de Max Payne, mostrando de nuevo una falta de seguridad remarcable a la hora de filmar acción. Recurriendo demasiado a la cámara en mano, al exceso de malos efectos especiales, a la fotografía “de moda” (ese infame look azul y naranja) y a una edición inentendible, Moore logra solo por segundos captar el trabajo del resto de la gente detrás de cámaras.

    Al final, solo los que busquen acción sin sentido tendrán su cometido porque, exceptuando a Willis (quien eleva todo con cada aparición), Duro de matar: Un buen día para morir va en contra de los elementos que hicieron clásicos a los primeros films. Quién hubiera imaginado que el fin de McClane no llegaría por ladrones o terroristas, sino por realizadores de cine.
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  • La cabaña del terror
    La cabaña del terror
    Loco x el Cine
    Deconstruyendo el horror.

    A pesar de resistir desde hace décadas en el cine comercial, el terror a menudo parece muerto. Es que, debido a la rareza del éxito y por el espacio cerrado para trabajar, las fórmulas se suelen repetir una y otra vez, hasta un punto que pasa el cansancio. Los clichés se usan tanto que llegan a volverse conocidos para los fanáticos del género, quienes empiezan a ver los films de forma más monótona (el gran motivador de frases como "¿Por qué subís por las escaleras cuando te
    persigue un asesino?" o "Tuvieron sexo, es decir que están muertos") o, por el contrario, de manera más confiada. Sabiendo todo esto, La Cabaña del Terror (The Cabin in the Woods, 2012) aprovecha la situación actual de terror para entregar una obra intrigante e impredecible que invita a temer, reir e incluso reflexionar.

    Digan si no conocen esta historia: cinco amigos distintos (un atleta medio pasado, una rubia libidinosa, un fanático de los libros, un fumado sin neuronas y una chica dulce y amable) van a pasar un fin de semana "lejos de la civilización", plagado de fiesta, drogas y sexo. Pero cuando llegan al destino (la cabaña del título), se encuentran con un letal y oscuro secreto, que los eliminará uno por uno.

    Pero lo que en primera instancia parece predecible se vuelve una de las muchas sorpresas preparadas por el director debutante Drew Goddard y del ahora megapopular productor y co-escritor Joss Whedon (quienes trabajaron juntos en las series Buffy, la Cazavampiros y Angel), cuando esta premisa da lugar a un misterioso cuarto de control, manejado por los personajes de los geniales Bradley Whitford y Richard Jenkins, quienes van a asegurarse de que las muertes de los jóvenes salgan paso a paso como suelen esperarse.

    Y es en estas interacciones, entre la historia dentro de la cabaña del título (que pretende seguir las convenciones de la trama popularizada por la saga de The Evil Dead) y los problemas en las oficinas del centro de monitoreo (que emula cierto aire a The Truman Show), en las que esta producción cobra vida, y logra hacer una verdadera subvención de los films dedicados al susto. Esa tarea no es nada fácil: incluso Scream, el film más mencionado por notar las fallas comunes del género, caía en el error de seguir transitando por el camino previamente criticado.

    Pero La cabaña... usa de forma fresca las acciones de los "titiriteros" en control y los intentos de las jóvenes víctimas de
    escapar del destino de horror como una plataforma para tocar y reirse de los estereotipos (la rubia tarada, el anciano profeta) y lugares comunes (los errores estupidos y el crecimiento de hormonas de los protagonistas), y luego se libera aún más para unir a todo el espectro de terror, en un alocado y sangriento recorrido que pasa a referenciar desde las antiguas obras de H.P. Lovecraft hasta el tan infame como popular subgénero del torture porn.

    Y entre tanto desparrame de guiños y de hemoglobina, Goddard y Whedon usan a Jenkins y Whitford (claros avatares de los fanáticos del género) para dar espacio a pensar: ¿Sigue valiendo la pena invertir tiempo en propuestas que, en su mayoría, son tan vacías, manipuladas y predecibles que podemos saber todo lo que viene? ¿O debemos dejar vivir estos intentos? Este dilema, que sabiamente fue dejado enterrado de forma indecisa por los responsables del film, fomentará la
    discusión apasionada afuera de la sala de cine. Mientras tanto, La cabaña del terror es el raro remedio a tanta monotonía en el terror hollywoodense, que merece ser tomado por todos los espectadores, incluso aquellos que creen saberlo todo; para todos, será un laberinto difícil de escapar.
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  • Los ilegales
    Los ilegales
    Loco x el Cine
    Whisky, sudor y sangre.

    1931. Mientras la Ley Seca sigue causando caos en las ciudades de Estados Unidos por el dominio de los gangsters, el área de las montañas es el centro de la producción de alcohol. Y en el estado de Virginia, pocos contrabandistas tienen la reputación de los hermanos Bondurant: por un lado, está el duro e incansable Forrest (Tom Hardy), por el otro, el bruto y arrebatado Howard (Jason Clarke). Afuera de ellos, está el joven y creído Jack (Shia LaBeouf), que busca ansiosamente entrar al negocio familiar. Así, ellos dominan el circuito de la bebida, sin tener que preocuparse por policías o la competencia.

    Pero como las cosas nunca se quedan como están, una ola de cambios altera el clima del condado de Franklin. Primero, aparece en el pueblo Maggie (Jessica Chastain), una chica que conserva claras cicatrices del pasado. Mientras tanto, Jack se encuentra con Martha (Mia Wasikowska), la hija del pastor local, y trata de conquistarla. Pero lo que empeora todo es la llegada del agente especial Charlie Rakes (Guy Pearce), un sádico y corrupto oficial que busca obligar a los hermanos a que se pongan a sus pies. Pero los Bondurant no se inclinan, y pronto inician una guerra sin cuartel que los va a afectar para siempre.

    Esa es la historia de Los ilegales (Lawless, 2012), el nuevo film de John Hillcoat, quien en el pasado trajo el muy buen western Propuesta de muerte y el drama post-apocalíptico La carretera. Esta vez, basándose en el libro de no ficción The Wettest Country In The World, de Matt Bondurant, Hillcoat entrega un giro refrescante al típico film de mafiosos situado en la era de la Prohibición, al usar el ámbito rural para contar un relato sobre leyendas y villanos. Violenta y clásica, la película hace gran uso del gran elenco y de los aspectos técnicos para dar una visión nostalgicamente oxidada de la época de la Gran Depresión.

    Pero es en esta ambición en la cual surge el problema, con el guión escrito por el músico Nick Cave (quien también aporta melodías). En su búsqueda por crear una historia épica de campesinos contra la ley, y por su obligación a darle algo que hacer a todos, Cave no termina de desarrollar sus personajes o las subtramas (el negocio del licor, el enfrentamiento entre las posturas de Jack y Forrest, la lucha de los hermanos contra Rakes, las relaciones de los muchachos con Maggie y Martha). Así, termina quedando una mezcla mixta, que depende de los talentos de los actores para combatir la falta de resolución del argumento.

    El verdadero protagonista de la producción es el personaje de LaBeouf, quien hace tiempo viene mostrando sus deseos por expandirse más allá de los roles en grandes producciones, y esta vez mezcla bien el carisma con algunos momentos serios. Por otra parte, es un placer y una lástima ver a Hardy y Chastain en la pantalla: por un lado, ellos prueban su lugar entre los mejores actores trabajando en la actualidad, definiendo a Forrest y a Maggie con solo miradas y gestos; por el otro, el tiempo limitado que se les da es una prueba de que tan mejor podría haber sido esta obra. El resto del elenco también sufre del desperdicio: ya sea por el tiempo (como es el caso de Clarke y Gary Oldman, que solo aparece en un par de escenas innecesarias y olvidables), o por la dirección, como le pasa a Guy Pearce y a su caricaturesco antagonista.

    Pero a pesar de los desniveles del guión, Los ilegales vale la pena gracias a un buen elenco y a una mirada distinta a los años de la Prohibición. A brindar por la oportunidad.
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  • Mátalos suavemente
    Mátalos suavemente
    Loco x el Cine
    La tierra de las oportunidades.

    En la reciente Cosmópolis, de David Cronenberg, se tomaba como base una resonante cita del poeta polaco Zbigniew Herbert (“Una rata se volvió la unidad monetaria”), para iniciar una hipnotizante crítica a los responsables por la última crisis económica. Mientras el canadiense aplicaba su mensaje de forma fría y calculadora al ponerse en el lado de los grandes infractores, el realizador neozelandés Andrew Dominik parece haber tomado nota de la misma frase, para entregar una sucia, violenta y ardiente poesía contra Estados Unidos con el thriller Matalos suavemente (Killing Them Softly, 2012).

    Basada en la novela de 1974 Cogan’s Trade, de George V. Higgins, la película elige situarse en la Nueva Orleans del 2008, una época en la que la gente aún trataba de recuperarse de las consecuencias del huracán Katrina, y en la que tenían que empezar a prepararse para la tormenta producida en Wall Street. La historia es simple: tres criminales de poca monta (Scoot McNairy, Ben Mendelsohn y Vincent Curatola) deciden robarle a la mafia durante una noche de póquer, haciendo al poco confiable manejador Markie (Ray Liotta) el chivo expiatorio. Furiosas, las víctimas llaman al sicario Jackie Cogan (Brad Pitt), para que se haga cargo de los culpables. Pero, a pesar de toda su experiencia, el asesino a sueldo tendrá una buena cantidad de problemas para hacer el trabajo a su manera, incluyendo las políticas de su contratador (Richard Jenkins) y los problemas personales de su colega Mickey (James Gandolfini).

    En esta oportunidad, Dominik (también responsable por Chopper, retrato de un asesino y El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) entrega un muy buen film, plagado de drama, humor y suspenso. Aplicando su estilo visual (variando entre el ritmo del video musical y la atmósfera de un western) a las típicas convenciones del cine de gangsters, él le otorga el mismo atractivo a una sencilla escena de conversación entre dos ladrones de mala muerte que a una elaborada secuencia de Cogan mostrando su talento para acabar con alguien. Esto, sumado a la riqueza de los personajes (algo elaborados de forma tarantinesca) y a las grandes actuaciones de absolutamente todo el elenco, crea un mundo apocalíptico, en el cual la única opción para sobrevivir es aplastar al resto, sin mirar atrás. A pesar de la negación con los valores del país del norte, la verdad es ineludible: en esta nueva era, cada uno se cuida a sí mismo, y a nadie más.

    Sin embargo, el potencial de la película se ve arruinado por una cosa: la forma en la cual Dominik hace claro el mensaje. Desde el primer minuto, el archivo de discursos de George W. Bush, John McCain y Barack Obama sobre las causas y las consecuencias de la caída de la bolsa es repetido una y otra vez, apareciendo en todos los televisores y radios posibles. De la misma forma, incluso los personajes paran el argumento varias veces para ponerse a decir frases fuera de sus contextos sobre los eventos de la época. Al principio, es efectivo (a pesar de su inexistente sutileza, provoca un cierto aura interesante), pero luego de continuar por 90 minutos, los martillazos del escritor y director hacia los cerebros de los integrantes de la audiencia son más fuertes y duros que cualquiera de los disparos, choques o golpizas que ocurren dentro del film. Dentro del odio metido en su mente, Dominik pierde la cuenta por remarcar algo que no necesitaba resaltarse; sin estos toques, la ideología igualmente se hubiera notado, y el resultado final hubiera sido mejor.

    Entre el thriller adictivo y la ira destructiva de una línea obvia, Matalos Suavemente termina ganando, aunque da lástima notar las posibilidades que tenía esta producción de ser mejor. Aún así, una muy buena dirección, un elenco de grandes actores y un grupo de personalidades interesantes hacen que la fórmula funcione. Es la tormenta del sueño americano.
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  • Despedida de soltera
    Despedida de soltera
    Loco x el Cine
    Con amigas como estas, ¿quién necesita enemigas?

    Con el estreno de Damas en guerra el año pasado, se derribó el mito de que las mujeres no podían replicar el humor sucio de los varones y tener el apoyo de las grandes audiencias, todo mantenido con una buena historia y personajes queribles. Con esos mismos ahora llega Despedida de soltera (Bachelorette, 2012), una comedia dramática que, si bien entretiene, no encuentra el balance entre las risas y los momentos serios.

    Las bodas acercan a todos, para bien o para mal. Por eso, Becky (Rebel Wilson) invita a su grupo de amigas de la secundaria, para que sean damas de honor en su casamiento. Ellas son la dedicada y obsesiva Regan (Kirsten Dunst), la lenta y aprovechada Katie (Isla Fisher) y la libre y desgastada Gena (Lizzy Caplan). Las tres tienen algo en común: están mucho más interesadas por armar una fiesta alocada que por la ceremonia en sí. Pero cuando se mandan un error y terminan rompiendo el vestido de la novia horas antes del gran día, las desinteresadas jóvenes tendrán que correr de un lado al otro para arreglar la falta, lo que las llevará a encontrarse con algunas duras verdades sobre ellas mismas.

    Hay que destacar que, en su debut en el cine, la directora Leslye Headland supo conseguir a las actrices adecuadas para traer a la vida el aspecto cínico y políticamente incorrecto de su guión. Los personajes de Dunst, Fisher y Caplan son horribles en sus acciones, pero a la vez uno no puede evitar simpatizar con ellas, debido al encanto, el ritmo y las interacciones que tienen entre ellas, mientras pasan por situaciones absurdas en escenarios como la ceremonia o un club de strippers.

    Lamentablemente, la historia no puede definirse bien. Por la primera mitad del film, es básicamente una versión femenina y más limitada de ¿Qué pasó ayer?, que por la mayoría del tiempo funciona debido a como se abraza el descontrol y la irreverencia de las protagonistas. Pero en el tramo final, se retroceden varios casilleros cuando, de pronto, se siente una necesidad de justificar las acciones de ellas, y se insertan subtramas más reales (involucrando temas como el aborto, el suicidio y la bulimia), que no encajan con el unidimensional y festivo compás llevado antes, y que encima no tienen mucho desarrollo o cierre.

    Al final, Despedida de soltera vale la pena debido al muy buen trabajo de sus damas principales, que se mantienen firmes a pesar de los altibajos del indeciso guión. Si se puede aprender algo de todo esto, es que las groserías valen para ambos sexos.
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  • Juegos de muerte
    Juegos de muerte
    Loco x el Cine
    Sangre y nada más.

    En el género del horror, es muy difícil encontrar a la rara gallina de los huevos de oro; pero es aún más difícil desprenderse de ella. En los inusuales casos en los cuales la gente elige a un nuevo ícono del susto, las secuelas, los herederos y las imitaciones son inevitables. Uno de los últimos casos de esto se dió con la saga de El juego del miedo, que a lo largo de siete entregas logró recaudar cerca de 900 millones de dólares y formar una legión de fans, todo a base de torturas elaboradas, trampas detalladas y giros tan oscuros como súbitos. Ahora que esa historia está muerta, Marcus Dunstan y Patrick Melton (quienes escribieron los libretos de varias partes del relato de Jigsaw) tratan de aprovechar el éxito pasado con Juegos de muerte (The Collection, 2012), una película que, fuera del desparrame de sangre, no aporta casi nada para mantenerse interesado con la pantalla.

    Continuando los eventos de El juego del terror, el film arranca introduciendo a Elena (Emma Fitzpatrick), una joven que decide salir con sus amigos a divertirse. Por desgracia para ella, el lugar elegido es el punto de acción del misterioso Coleccionista, un asesino que ejecuta complejas matanzas para luego secuestrar a los sobrevivientes, y hacerlos parte de su macabra muestra. Uno de los desaparecidos es Arkin (Josh Stewart), que es encontrado por Elena, y logra escapar. Pero ella no corre con la misma suerte, y es abducida por el Coleccionista. Por eso, Arkin es obligado por el padre de Elena para dirigir a un equipo de mercenarios para salvar la vida de la chica, y acabar con el Coleccionista. Sin embargo, el maniático asesino los está esperando en su casa, una ratonera plagada de cadáveres, peligros y desenfrenos, de la cual no será nada fácil escapar.

    Influenciado por el modelo de El juego del miedo, por el tipo de filmación similar al videoclip popularizado por Pecados capitales, y por la atmósfera del cine de Darío Argento, Dunstan (quien además de guionista es el director) entrega algunos buenos momentos en el aspecto visual, en el cual es ayudado por el buen trabajo del equipo de producción, que hace que el absurdamente morboso hogar del Coleccionista se vuelva el verdadero protagonista de la película. A la hora de planear los asesinatos, es evidente que los responsables abrazan el terreno de lo disparatado, como se ve en pantalla: personas son torturadas, mutiladas y descuartizadas en las formas más descabelladas; desde la escena en la cual el Coleccionista se despacha a todo un club repleto de gente, no hay vuelta atrás en el camino hacia la locura.

    No obstante, esto no ayuda a ocultar el hecho de que casi todo lo que ocurre en el film ya se vió decenas de veces antes, y se hizo mucho mejor. No hay un clima atrapante. La historia, casi inexistente, es una excusa para la carnicería; exceptuando a Elena y Arkin, el resto de los personajes son simplemente cuerpos que esperan para ser destrozados por el villano. Tampoco contribuye que la mayoría de los actores (menos Fitzpatrick y Stewart, que luchan con el material que tienen) sean flojos hasta para entregar la más mínima emoción. Y ni siquiera el Coleccionista es interesante: no asusta, ni hace algo razonable (en el universo del film, estamos hablando). Incluso en las secuelas de El juego del miedo, que se enfocaban más en el elemento del morbo, estos elementos estaban tocados; aquí, parece que nadie se preocupó por desarrollar algo fuera del castigo físico.

    Cuando un estilo usado hasta el cansancio impide que haya algo de sustancia, es imposible evitar que el resultado final sea el del aburrimiento, como suele ser el problema con los productos derivados de este tipo. Y Juegos de muerte termina así, siendo una producción tediosa, debido a la ausencia de algo por interesarse fuera de los momentos característicos del género, y por la falta de preocupación que fue dirigida hacia el argumento y las actuaciones. Solo los fanáticos intensos de la hemoglobina disfrutarán de esto, porque los que esperen algo más que un puñado de muertes y un par de imágenes saldrán adormecidos.

    @JoniSantucho
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  • Néstor Kirchner, la película
    Sin respeto por la realidad.

    En este momento, Argentina sufre un problema con la toma de ideologías. Es una división, impuesta por los poderes y aplicada por la mayoría del pueblo, que nubla la razón e impide la discusión civilizada: la idea de que todo lo que se dice sobre el ámbito político del país es una declaración de principios a favor o en contra del gobierno actual. Es en este contexto en el cual parece difícil hablar sobre un documental acerca del ex presidente que dió inicio a esta parte de la historia nacional, en especial cuando cada comentario positivo o negativo sobre el film, una entidad aparte, es tomado erróneamente como una decisión influenciada por una postura. Por eso, Néstor Kirchner, La Película es una prueba perfecta de la falta de profundidad, respeto y delicadeza que padece una parte del pensamiento en el país.

    El proyecto, originalmente a cargo de Adrián Caetano (cuánto de su versión quedó en el producto final, casi nadie sabe) pero luego pasado a Paula de Luque (directora de Juan y Eva), tiene muchos problemas, arrancando con sus intenciones. Es claro que esto fue hecho con el objetivo de ensalzar las virtudes del kirchnerismo y de su líder, fallecido en 2010. El problema con esto es como, en lugar de aprovechar el formato del documental para mostrar la dualidad de Kirchner como político y como ser humano, así como el impacto de sus ideas en los últimos tiempos, de Luque siente la necesidad de ignorar las convenciones vitales del género, introducir elementos de ficción y añadir asuntos relevantes de hoy, generando una mezcla que se aleja de la realidad y entra con todo al terreno de la propaganda.

    Los primeros minutos son una advertencia. Tras un texto de la directora y un testimonio algo forzado por Máximo, el hijo de Néstor, hay un collage de planos (acompañados por la música de Gustavo Santaolalla, el único buen elemento) que apuntan con todo al golpe bajo: chicos jugando y saltando en slowmotion, gente mirando directamente a la cámara de forma solemne, amplias tomas de campos, glaciares y demases marcas naturales del país. Este montaje idílico transcurre por varios minutos, hasta que se pasa a un resumen de las trágicas protestas de diciembre de 2001. El tacto y la sutileza de este fragmento van a continuar por el resto de la película.

    Y lo que sigue no es mejor. El film recurre a dos tipos de testimonios: por un lado, los de los seres queridos (como Máximo o la hermana Alicia; sorprendentemente, no hay declaraciones de su esposa Cristina o de su hija Florencia); por el otro, los de gente inspirada por Kirchner. ¿Cuál es el inconveniente? Es que de Luque elige no identificar las testificaciones anónimas, lo que se podría interpretar como una forma de representar al pueblo en general, pero que choca, distrae y confunde en el formato del documental. Se muestra a un puñado de gente anónima que supuestamente fue ayudada por el presidente, pero no hablan en función de un grupo de un grupo, sino por ellos mismos. Nunca hay una sensación popular, sino de rejunte haciéndose pasar por nación.

    Uno podría argumentar que lo mencionado recién no importa, en tanto que se profundice acerca de la figura de Kirchner. Podría ser, pero desafortunadamente este no es el caso: no entramos casi nunca a conocer al hombre detrás del poder, excepto por un par de declaraciones por parte de su madre y escasos clips. De Luque prefiere convertirlo en santo, compilando los grandes éxitos y discursos de su carrera política, y esquivando varios períodos temporales. Es en este compendio en el cual vuelve a actuar la tijera amarillista, con una edición nefasta que agrega eventos y sensaciones que nunca ocurrieron.

    Un ejemplo de esto es la escena en la cual se toca la recordada visita de Kirchner al Colegio Militar en marzo de 2004, en la cual mandó descolgar los cuadros de los ex presidentes de facto Jorge Rafael Videla y de Roberto Bignone. Sin dudas, un fuerte momento, que no requiere de mucho trabajo para encapsular un costado de la presidencia de Néstor, ¿verdad? Según la producción del film no, porque mediante el zoom, el montaje y la música, era necesario mostrar de forma antagónica a un par de oficiales en el fondo con expresiones de furia y descontento. ¿Ocurrió algo alrededor de eso? No. Pero de todas formas, la huella de la última dictadura es usada para la emoción fácil, en otra muestra del juego de beatificar o demonizar la historia. Este tipo de trucos baratos arruinan los eventos e intenciones reales, y desinflan los cometidos que podían haberse logrado en la realización.

    Ni siquiera el personaje foco del film escapa del maltrato, cuando la producción decide, durante la última parte, distanciarse de él para enfocarse en los eventos rodeando la presidencia de Cristina Fernández. Pasan videos enfocándose en responder su conflicto con el campo, su pelea contra Clarín por la Ley de Medios Audiovisuales, e incluso se frena la película para retratar el repentino cambio de ideas del periodista (hoy bastión de la oposición) Jorge Lanata. Bizarramente, Néstor Kirchner se vuelve un personaje menor en su propia película. Esto es, hasta que llega la hora de relatar su muerte, pero se elige mezclarla con otro suceso relevante de la época: la muerte de Mariano Ferreyra. La forma en la que unen ambos eventos es un símbolo de la ineptitud y la falta de tino de los responsables de este producto.

    Seguramente, en el futuro habrá una obra que muestre al verdadero Kirchner, con sus aciertos y errores; una producción que cautive tanto a sus seguidores como a sus opositores. Hasta entonces, solo queda esta producción, que no merece ser llamada documental. Es un comercial flaco, un panfleto incompetente, un insulto a la audiencia y al hombre que fue retratado. Un producto de su época, que con suerte será olvidado.
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  • Días de pesca
    Días de pesca
    Loco x el Cine
    Picando por el camino.

    El hombre mira a la distancia. Frente a él hay un vasto paisaje, pero lo que importa es la diminuta ruta, casi tragada por la monumental imagen que la rodea. Por suerte, hay algunas personas que la pueden hallar, y logran cruzarse, aunque no los vea nadie. Son esos encuentros, diminutos en la escala del viaje pero colosales en los cambios que generan, los que representan el trabajo del director Carlos Sorín en la serie de films iniciada con Eterna sonrisa de New Jersey (con el gran Daniel Day-Lewis), pero popularizada con Historias mínimas, a la cual siguieron El perro y El camino de San Diego. Ahora, tras haber intentado una historia más estática con La ventana, y haber realizado el muy buen ejercicio de suspenso que fue El gato desaparece, Sorín regresa a la ruta, a los encuentros casuales e incluso a la Patagonia, en Días de pesca (2012), una vuelta que tiene lo suficiente para justificarse.

    Marco (Alejandro Awada) es un viajante de comercio que decide viajar a la localidad sureña de Puerto Deseado. Se encuentra algo frágil: por un lado, debido al peso de sus 52 años; por el otro, como consecuencia del tratamiento que hizo para deshacerse de su adicción al alcohol. Su excusa para ir de Buenos Aires a Santa Cruz es la de probar un hobbie bien particular: la pesca de tiburones. Sin embargo, su misión es otra: volver a conectarse con su hija Ana (Victoria Almeida), a quien no ve desde hace años. En su búsqueda para reparar los errores del pasado, Marco se encontrará con una serie de personas que, de una u otra forma, lo ayudarán a probar nuevos desafíos, dándole otra chance para cambiar su vida.

    En este tipo de producciones, es claro que la gran fuerza de Sorín reside en el universo en el que sitúa a sus relatos: un espacio en el cual las palabras no indican nada y los gestos delatan todo. Mediante la humanización de personajes y momentos que en otras manos serían representados de forma peculiar, él logra lo que pocos intentan, generando un clima cotidiano con el cual uno puede identificarse e incluso reírse. Claro que a veces comete un traspié; el de forzar demasiado sentimentalismo al argumento (mediante música aplastante o cierta dirección impulsiva), lo que saca atención del film y parece una señal de desconfianza al talento que juntó durante la realización.

    Es que, de nuevo, Sorín consiguió un buen equipo para las performances. En el rol principal, Awada se destaca al mostrar de manera balanceada a alguien querible, pero con evidentes rastros de un terrible pasado. Sus interacciones junto a Almeida (que también trabaja y saca brillo de su papel) plantean lo necesario; de nuevo, la clave está en los silencios, las miradas, el movimiento del cuerpo. Ellos son acompañados por no actores (una costumbre del director en estas obras); una medida arriesgada, ya que da lugar tanto a roles muy bien llevados e interesantes (como el de un entrenador de boxeo con el cual se encuentra Marco, quizás el elemento mejor desarrollado del film) como a interpretaciones artificiales y distrayentes (como las de un grupo de turistas colombianos, que cumplen el espacio obligatorio de “gente que vive la vida con todo” que parece imposible de distanciar de estas películas). Afortunadamente, la balanza apunta hacia el lado positivo con respecto al proceder de la mayoría de la gente sin experiencia previa.

    Redondeando, Días de pesca es un digno regreso a las historias de carretera para Sorín. Pequeño pero bien realizado, mantiene el necesario enganche cercano para bajar la velocidad y apreciar un cuento con corazón y humor, algo que a veces es difícil de agarrar.
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  • Locos por los votos
    Locos por los votos
    Loco x el Cine
    Los candidatos del miedo (y de la risa).

    En papel, la idea parecía un éxito asegurado: aprovechar el clima de las elecciones presidenciales estadounidenses para enfrentar en la pantalla grande a dos de los actores más representativos de la llamada ‘nueva comedia americana’, bajo la dirección de un realizador con experiencia en la parodia y el análisis político, y con la producción de un experto a la hora de mezclar risas con comentario social. Lamentablemente, Locos por los votos (The Campaign, 2012) falla a la hora de cumplir estas expectativas, aunque logra sacar suficientes carcajadas para entretener por un rato.

    Para el congresista Cam Brady (Will Ferrell), representar a su pequeño distrito de Carolina del Norte es un voto cantado. Tras cuatro mandatos seguidos y sin ninguna oposición, el candidato demócrata se confía demasiado acerca de ser nuevamente reelecto, lo que lo lleva a descuidarse y revelar un affaire con una de sus seguidoras. En el medio del escándalo, los multimillonarios hermanos Motch (Dan Aykroyd y John Lithgow) deciden usar la ocasión para impulsar a un postulante propio, alguien para usar como títere en sus planes corporativos. ¿El elegido? Marty Huggins (Zach Galifianakis), un ingenuo guía turístico. Con la campaña en marcha, los oponentes están dispuestos a ganar, pero con el paso de las semanas, surge una pregunta: ¿en qué punto van a parar?

    Dirigida por Jay Roach (responsable tanto por las comedias de Austin Powers y La Familia de Mi Novia, así como por los films electorales Recount y Game Change), y con parte de la producción saliendo de Adam McKay (quien ya había criticado fuertemente las movidas de la clase alta ejecutiva en Policías de Repuesto), la película inicia prometiendo una ácida mirada a las intenciones que corren detrás de las acciones democráticas, con una buena dosis del humor políticamente incorrecto que identifica a los responsables de El Reportero: La Leyenda de Ron Burgundy.

    Pero, mientras avanza la producción, se va abandonando la sátira, mientras que el contenido irónico y la irreverencia van lentamente desapareciendo, dando lugar a muchas escenas que se sienten formulaicas y vacías. Claro, ocasionalmente hay una buena escena que mueve las cosas (como aquellas en las que presentan sus anuncios para ensuciar a los contrincantes, llevando a acusaciones cada vez más bizarras), pero la mayoría del tiempo el humor (que a menudo parece improvisado) se siente forzado y extendido, perdiendo su gancho.

    De todas formas, las actuaciones de Ferrell (que mezcla su imitación de George W. Bush en Saturday Night Live con algunos toques de Ron Burgundy) y Galifianakis (reciclando su interpretación hecha en Todo un parto) mantienen a la producción interesante, en un duelo que deja que muestren el talento que los caracteriza. Acompañándolos en la comedia están Jason Sudeikis y Dylan McDermott (como los managers de ambos aspirantes); extrañamente, el segundo resulta ser la revelación humorística del film, robándose todas sus escenas junto a los protagonistas.

    Considerando todo, Locos por los votos se queda a mitad de camino. Si bien no tiene la misma mordida que los proyectos anteriores de sus responsables, el dúo de Ferrell y Galifianakis, así como un par de momentos acertados, hacen que el resultado final valga la pena. Veanla, que no los va a defraudar.

    @JoniSantucho
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  • Sinister
    Sinister
    Loco x el Cine
    El corte final.

    ¿Qué es lo que nos atrae tanto sobre el cine de terror? Una pregunta sin respuestas certeras, pero con muchas opciones. ¿Es por la adrenalina del peligro extremo del cual se nutre el género? ¿Será por la situación inverosímil en la que se pone a prueba a una persona común y corriente? ¿O puede ser que el morbo por sangre y tripas domine la capacidad para condenar lo que usualmente es considerado erróneo? En esto último se basa Sinister (2012), un film de terror que mezcla buenas ideas con malos lugares comunes.

    El proceso de mudarse puede parecer difícil para algunos, pero es mucho más complicado para la familia de Ellison Oswalt (Ethan Hawke): nueva casa, nuevo pueblo, nueva gente, y nuevas muertes que investigar. ¿Por qué esto último? Sucede que Ellison es un escritor de novelas de no ficción, que hace una década consiguió un libro best seller sobre un infame homicidio. El asunto es que el éxito tiene una ley: todo lo que sube, tarde o temprano tiene que bajar. Por eso, el investigador está desesperado por un nuevo suceso y, sin contarle a su esposa o a sus dos hijos, toma una decisión impulsiva: llevarlos a vivir al mismo hogar de un violento misterio sin resolver.

    De todas formas, las cosas parecen ir de forma normal hasta una noche, en la cual Ellison encuentra unas cintas en el formato Super 8, que decide proyectar. ¿Qué tiene de malo ver algunas películas hogareñas, después de todo? Varias cosas, ya que las filmaciones resultan ser muestras de grotescos asesinatos. Él se consterna, aunque lo que lo preocupa es el problema en el que se encuentra: ¿conviene alejarse de este material y seguir por otro lado, o seguir buscando en los enfermizos videos y llegar al fondo del asunto? Pero mientras él se debate, cosas fuera de lo común empiezan a darse alrededor suyo; señales de una fuerza más allá de lo humano, en busca de sangre.

    El film, dirigido por Scott Derrickson (también responsable por El exorcismo de Emily Rose y la infame remake de El día que la Tierra se detuvo), va construyéndose de forma lenta pero segura, generando un oscuro clima de incomodidad y repulsión. Eso sirve como base para el corazón de la historia, que principalmente es el relato de una obsesión. Este aspecto es el que realmente brilla de la producción, beneficiándose del muy buen trabajo por parte de Hawke, interpretando a un hombre determinado por recuperar su vieja fama, representante de una sociedad que no encuentra una buena excusa para dejar de consumir el material perturbante que ahora se vende comercialmente. Sumado a las escenas de las cintas (que provocan los mejores sobresaltos en la película, debido a su creatividad y al efecto aterrador que provoca el uso voyeurista del formato casero), hay un claro sentido de cuestionamiento hacia la audiencia: como el protagonista, el público se encuentra disgustado por lo que ve, pero no puede evitar querer fijarse más; un tema que mantiene las cosas interesantes.

    Lamentablemente, el relato no es tan cautivador como los elementos que trata. Entre algunos recursos bastante forzados para crear una atmósfera de horror (como el hecho de que casi toda la película transcurra en la oscuridad; seriamente, nadie prende la luz para nada en el hogar de Ellison), otros intentos más falsos (como los infaltables e infumables saltos que salen de la nada) y una historia tan predecible como absurda (con un final que se puede ver venir desde lejos), las buenas intenciones se ven dañadas.

    En fin, Sinister es un buen esfuerzo, gracias a un ambiente perturbador, la destacable performance de Ethan Hawke y una temática atrayente, a pesar del daño que provocan sus clichés; balanceando, una propuesta que atraerá a fanáticos del género. Es para echarle un ojo, aunque deben tener cuidado de no quedarse mirando.

    @JoniSantucho
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  • Masterplan
    Masterplan
    Loco x el Cine
    Crimen ferpecto

    Mariano (Alan Sabbagh) tenía todo listo para irse a vivir con su novia Jackie (Paula Grinszpan), hasta que el inspirado plan de su vividor cuñado lo tentó demasiado. Después de todo, ¿qué podía salir mal? La idea parecía simple: gastar totalmente su tarjeta de crédito, fingir que fue robada y disfrutar de las compras sin cargos ni malas consecuencias. Pero la cosa puede fallar y, efectivamente, lo hace, forzando a la ilusa víctima a abandonar en vano su atesorado auto, un clásico Siam Di Tella.

    Ahora, Mariano tendrá que correr de un lado al otro para lidiar con sus problemas: su preocupada pareja, que empieza a preguntar; un impredecible linyera (Andrés Calabria), que usa el vehículo abandonado como hogar propio; los burócratas encargados de chequear que su historia no sea un fraude; y, finalmente, él mismo, que no puede madurar lo suficiente para escapar de su estatus de perdedor.

    De esto se trata Masterplan (2012), comedia que sirve como debut en el terreno del largometraje de ficción para Diego y Pablo Levy (quienes se introdujeron el año pasado con el documental Novias - Madrinas - 15 años). Esta vez, ellos se enfocan en los enredos cotidianamente humorísticos que surgen de una mentira que va en aumento, con un guión (coescrito entre los hermanos y Marcelo Panozzo) adecuado a la hora de construir situaciones y definir las particularidades de los distintos personajes, aunque hay obstáculos a la hora del cierre. Esta aptitud también va a la hora de la dirección, concentrada y justa a pesar de ciertas dificultades ajenas.

    Sin dudas, el elemento en el que la producción puede pasar de lo correcto es el de las actuaciones. En el rol principal, Sabbagh fácilmente logra empatizar con su rol de eterno fracasado. Mientras tanto, Calabria brilla como revelación en el papel del alocado okupa que sirve como confidente del protagonista, y Grinszpan entrega bien su material como la mujer que se cuestiona seguir aguantando el carácter de su enamorado. En sus breves apariciones, Campi y Carlos Portaluppi también sacan sonrisas como un detective de la compañía de seguros y un perito policial, respectivamente. Algo que sí embarra a la producción es el exceso en el uso de no actores: si bien funciona a la maravilla para Calabria, casi todo el resto de los intérpretes se ve con dificultades, algo que distrae bastante.

    Pero, al final de cuentas, Masterplan es un simplemente simpático esfuerzo que por la mayoría del tiempo genera risas gracias a buenas actuaciones, una decente dirección y un libreto preciso, con una buena dosis de situaciones absurdas. Esfuerzos como este dan algo de optimismo por el estado futuro de la comedia nacional, y eso no parece estafa.

    @JoniSantucho
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  • Argo
    Argo
    Loco x el Cine
    Más extraño que la ficción.

    Hace cinco años, muchos se hicieron una pregunta: ¿Quién hubiera apostado que Ben Affleck sería un director tan capaz? Claro, el actor ya había demostrado su talento detrás de las cámaras con el guión de En busca del destino (por el cual tanto él como Matt Damon se hicieron con un Oscar), pero esa memoria casi se borró del inconsciente popular tras su participación en fracasos como Gigli y Daredevil. De todas formas, las cosas cambiaron con su ópera prima, Desapareció una noche, y su siguiente esfuerzo, Atracción peligrosa; películas que mostraron su talento para mostrar escenarios oscuros y atrapantes en una forma apta para las grandes audiencias. Por eso, parece justo que su nueva (y candidata a ser clásica) producción, Argo (2012), trate con una insólita historia verdadera: a veces, la realidad es más inusual que los cuentos más extraños.

    1979: año del estallido de la revolución iraní. Las manifestaciones de odio y violencia aumentan, y no hay lugar para negociar. En un acto de furia tras el apoyo americano al sah Mohammad Reza Pahlevi (el emperador derrocado que huyó del país antes de poder ser juzgado y ejecutado), el pueblo musulmán decide tomar la embajada estadounidense en Teherán, tomando como rehenes a 52 personas. Por suerte, en la conmoción del evento, un grupo de seis empleados puede escapar, logrando esconderse en el hogar del embajador canadiense. Pero, tras el paso de los meses, se hace obvio que ese refugio no va a durar para siempre.

    Es ahí cuando Tony Mendez (Affleck) entra en acción. Mientras los intentos de planes elaborados por otros miembros de la CIA no pueden levantarse, el especialista en infiltraciones va a Hollywood, reclutando al maquillador John Chambers (John Goodman) y al productor Lester Siegel (Alan Arkin). ¿Su idea? Viajar él mismo a Irán con la excusa de buscar locaciones para un falso film de ciencia ficción, y salir con los seis como parte del ficticio equipo de producción. Para poder llevar a cabo su extravagante proyecto y sacar al conjunto, Mendez tendrá que lidiar con las protestas de la agencia de inteligencia, con las extrañas movidas en el mundo del cine y, finalmente, con una cultura distinta al punto del quiebre. El tiempo se acaba, y las vidas en peligro aumentan.

    Con muchas intenciones, el film se divide por la mitad: la primera parte, en la que se relata la toma de la embajada y se prepara el plan de Mendez, va con fluidez entre suspenso, humor (principalmente en las escenas dedicadas a la falsa producción) y una justa crítica al involucramiento del país del norte en la mísera situación de Irán, permitiendo trazar paralelos con una buena cantidad de eventos recientes; mientras tanto, la segunda porción se dedica a construir expertamente la tensión por el escape de Teherán, hasta llegar a un final que, si bien no cuenta con la misma ideología del inicio, es capaz de mantener a las audiencias agarrándose al borde del asiento. Affleck se mueve de un lado al otro al plantear todos los aspectos de esta historia verídica, logrando sacar entretenimiento con la construcción de esta extraña y real idea de rescate, pero a la vez haciendo que la gente no olvide el drama basado en lo que está en juego, con una mirada imparcial entre ambos lados del conflicto.

    Entre todo esto, Affleck muestra su amor por la década de los setenta: desde los segundos iniciales (con el antiguo logo de Warner Bros.), pasando por las referencias a films como Network y La guerra de las galaxias, mostrando la influencia de memorables thrillers políticos como Todos los hombres del presidente y Los tres días del cóndor. Con la ayuda del director de fotografía Rodrigo Prieto, del compositor Alexandre Desplat y de un excelente trabajo de producción, el realizador logra volver a la época del Nuevo Hollywood, y a su vez, enfocarse en el increíble relato. Pero no solo eso: Argo elabora que las historias, y las formas en las que son contadas (como el cine), son de las pocas cosas que rompen las barreras de pensamiento; un mensaje entregado de manera conmovedora por parte del realizador.

    A la hora de actuar, Affleck hace un buen trabajo. Mendez es un hombre común con convicción envuelto en circunstancias mucho mayores de lo que acostumbra; en el quizás mayor defecto del film, su actuación queda algo opacada por el resto del elenco, pero ese hecho no tiene tanta importancia al considerar el grupo de grandes intérpretes que consiguió para esta película. Bryan Cranston (que actualmente sigue recibiendo aplausos por su rol de Walter White en Breaking Bad), finalmente muestra su talento en la pantalla grande, como el jefe de Mendez en la CIA. Como los seis fugitivos de la embajada, Tate Donovan, Clea DuVall, Christopher Denham, Kerry Bishe, Scoot McNairy y Rory Cochrane logran entregar drama y tensión debido a la forma en la que reaccionan al peligro de sus situaciones. Pero, sin dudas, los que se roban la película son John Goodman y Alan Arkin, quienes le dan el alma a la producción. El timing, la dinámica y el humor que entregan es tan excelente que hace desear ver un film entero dedicado solo a ellos.

    Inteligente, graciosa, tensionante y dramática, Argo es definitivamente uno de los mejores estrenos del año, y solidifica a Affleck como uno de los directores de los que no hay que quitarles los ojos de encima. Si alguien hubiera dicho lo último hace una década, nadie lo creería. Pero, como lo demuestra Ben, todo puede pasar.

    @JoniSantucho
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  • Dredd
    Dredd
    Loco x el Cine
    Juez, jurado y verdugo.

    Es el futuro, y las calles de Mega City One están repletas de suciedad y sangre. La metrópolis, mayor refugio de lo que queda de Estados Unidos tras el arrasamiento nuclear, sirve de hogar a cientos de millones de personas, quienes cada día tienen que aguantar el aumento de la pobreza y, especialmente, del crimen. Por eso, ha surgido un nuevo tipo de ley: la de los Jueces, que se dedican a fallar, sentenciar y ejecutar a los delincuentes.

    El Juez más conocido, respetado y temido de todos es Dredd (Karl Urban), quien es asignado con probar a Cassandra Anderson (Olivia Thirlby), una joven aspirante al trabajo que, si bien no tiene las cualidades necesarias, posee habilidades especiales. Para testearla, van a investigar un triple asesinato en un gigantesco edificio de 200 pisos, una pequeña ciudad para la gente sin muchos recursos. Lo que ellos no saben es que ese es el centro de la operación dirigida por la brutal Ma-Ma (Lena Headey), que maneja la distribución de la droga más adictiva del momento, Slo-Mo, una sustancia que permite percibir las cosas al uno por ciento del tiempo normal. Temiendo que la vayan a descubrir, Ma-Ma decide encerrar a los Jueces en el edificio y ordenar sus muertes. Ahora, Dredd y Anderson tendrán que luchar con todo lo que tienen para sobrevivir el ataque de Ma-Ma, terminar la misión e impartir justicia extrema.

    Ese es el conflicto en el centro de Dredd 3D (2012), una nueva adaptación cinematográfica de la historieta creada por John Wagner y Carlos Ezquerra. El personaje ya había pasado antes por la pantalla grande, en la lamentable producción de 1995 estelarizada por Sylvester Stallone, Rob Schneider y Max Von Sydow. En esta oportunidad, los responsables detrás de todo son el director Pete Travis (realizador más conocido por haber hecho Puntos de vista, un film de acción con influencias de Rashomon) y el guionista Alex Garland (quien también escribió Exterminio y Sunshine: Alerta solar), quienes logran crear un universo lleno de vida propia, en el cual la miseria y la inmundicia dominan la vida de la población.

    Pero lo que hace que el mundo de Mega City One se destaque por sobre otros es la forma en la que se glorifica la violencia, tanto por los criminales como por la supuesta ley, que la emplea de una forma mucho más excesiva: cabezas explotan, cuerpos arden en llamas, y gente inocente es baleada, atropellada y aplastada. Esto, sumado a la enriquecida mirada de Garland (sagaz en su humor oscuro) y el muy buen estilo visual de Travis (cuyo estilo veloz y brutal brilla, en particular durante las escenas de tiroteos y del uso de Slo-Mo, que justifican la entrada en 3D) crea una obra cautivante en su presentación.

    Igualmente, esta historia no se sostendría sin un buen protagonista, y Karl Urban logra cumplir el trabajo, sabiendo interpretar a un hombre autoritario, planeador y letal, que ya ha visto todo, y para el cual la situación infernal que lo confronta es solo parte de otro día de trabajo; una tarea complicada, en especial si se considera que el hombre actúa con la mitad inferior de su rostro (como en los comics, Dredd nunca se saca su casco). Acompañándolo, Olivia Thirlby le otorga el corazón y la emoción necesaria a la película, mostrando a una persona conflictuada que se cuestiona sobre los métodos del sistema al que trata de unirse. Mientras tanto, Lena Headey hace un decente trabajo haciendo de la líder criminal que domina con un puño de hierro a la ciudad, aunque su personaje es algo débil, fallando en resultar una verdadera amenaza y perjudicando la tensión del film.

    Violenta, oscura, enriquecida y adictiva en su ejecución, Dredd está entre las mejores (y más sangrientas) películas de acción del año. Con un muy buen elenco, una exhibición dura y cínica del futuro y una buena explotación de los aspectos técnicos, Travis y Garland le hacen justicia al personaje de las viñetas.
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  • El amigo alemán
    El amigo alemán
    Loco x el Cine
    Idas y vueltas.

    Sulamit (Celeste Cid) y Friedrich (Max Riemelt) siempre han estado en los lados opuestos de una barrera. Desde sus infancias como vecinos en la Buenos Aires de los años ‘50, hubo algo que los distanció: ella, hija de inmigrantes alemanes judíos; él, descendiente de uno de los muchos nazis que emigraron a Argentina tras la Segunda Guerra Mundial. A pesar de esto, ellos se aman, pero a lo largo de las décadas sus posturas no harán más que llevarlos a separarse y reunirse una y otra vez, en el contexto de importantes sucesos en la historia de América y Europa.

    Esta es la base de El amigo alemán (2012), una coproducción argentino-alemana escrita y dirigida por Jeanine Meerapfel. En esta oportunidad, la realizadora de La amiga intenta desarrollar temas tratados antes en su filmografía (como la identidad y el redescubrimiento propio), al mismo tiempo que pasa por algunos de los eventos relevantes de los últimos tiempos. Lamentablemente, estas intenciones fallan debido a un guión disperso, repetitivo y artificial que no atiende las cuestiones prometidas, prefiriendo dar escena tras escena salida de telenovela, impidiendo que los personajes avancen o que haya una construcción adecuada del clima. Por eso, se terminan usando los ámbitos de procesos históricos trágicos (como la última dictadura militar argentina) como débiles excusas de obstáculos en el camino de la pareja principal, que ni siquiera es lo suficientemente explorada para que importen de verdad.

    Algo que tampoco ayuda es la dirección, que recurre demasiado al sentimentalismo para pretender un foco emocional y cuidado. Si bien la mayoría de los aspectos técnicos están hechos de forma decente, la forma en la que se ejecutan con respecto a la historia deja ver el vacío de la producción. Estamos viendo a dos personas yendo y viniendo por el mundo repetidas veces sin motivos reales, pero Meerapfel emplea un enfoque demasiado melodramático para fingir la idea de un drama cautivador con enlaces profundos al pasado: el piano que no para de sonar en los momentos para emocionarse, o las decenas de tomas simbólicas que gritan sobre una temática que ni se expande.

    En cuestión de actuaciones, Cid interpreta de manera aceptable el rol protagónico, haciendo lo que puede con lo que se le da. Lo mismo va para Riemelt (mejor conocido por su rol en La ola) y Benjamin Sadler (en la piel de un profesor universitario que toma un gusto en Sulamit), aunque sus papeles se ven afectados por un mal trabajo de doblaje a la hora de las escenas fuera del propio país. El film también cuenta con apariciones de Adriana Aizemberg, Jean Pierre Noher, Carlos Kaspar y Daniel Fanego, pero a ninguno de ellos se les da el tiempo o material necesario para dejar una genuina impresión.

    Al final, El amigo alemán resulta decepcionante debido a la forma convencional, falsa y repetitiva en la cual Meerapfel usa el ayer como pretexto para un relato romántico que termina siendo indiferente y flojo. Un fin que no justificaba estos medios.

    @JoniSantucho
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  • Buscando un amigo para el fin del mundo
    Es el fin del mundo como lo conocemos (y me siento bien).

    El escenario del apocalipsis ha sido retratado una infinidad de veces en el cine. Usualmente, sirve como excusa para mostrar escenas repletas de acción y destrucción masiva, pero raramente fomenta la oportunidad para historias cotidianas, es decir, lo que sucedería con la gente si se supiera que el fin está cerca. Lorene Scafaria trata de cambiar eso con Buscando un amigo para el fin del mundo (Seeking a Friend for the End of the World, 2012), una comedia dramática que, si bien cuenta con una que otra buena idea y dos encantadoras actuaciones principales, no puede explotar la premisa que presenta.

    La humanidad tiene los días contados. En tres semanas, un gigante asteroide llamado ‘Matilda’ chocará con la Tierra, acabando con toda la vida del planeta. Sin embargo, el mundo de Dodge (Steve Carell), termina un poco antes, ya que su esposa decide abandonarlo tras la conmoción por el desastre. Deprimido y solitario, él pasa sus últimos días vagando por su (ya innecesaria) rutina, mientras recuerda a la llama de su juventud, Olivia.

    Sin embargo, su vida toma un giro inesperado cuando se encuentra con su vivaz vecina Penny (Keira Knightley), quien, en el medio de su depresión por no poder ver a su familia, le da una vieja carta de su primer amor. Decidido y sin nada que perder, Dodge hace un trato con Penny: ella lo va a llevar a ver a Olivia y, a cambio, él la va a ayudar a reunirse con sus seres queridos. Así, ellos salen a la carretera, por la cual encontrarán a una serie de gente con distintas formas de enfrentarse al armagedón, lo que los lleva a pensar sobre cambiar sus vidas antes de que se apaguen las luces.

    En su debut como directora, Scafaria (que también fue guionista del grato film juvenil Nick y Norah - Una noche de música y amor, así como de esta película) inicia a pintar el clima antes de la catástrofe con algunas situaciones interesantes, con toques de buen humor negro: es una situación en la que vale todo, en donde ascender en el trabajo es mucho más fácil (ya que todos renuncian o se matan), y las fiestas entre amigos terminan con orgías y probadas de todo tipo de drogas.

    El problema es que, a medida que la producción avanza, el relato se va volviendo más optimista y repleto de clichés, abandonando las risas para insertar escenas interminables que resaltan el tema de “apreciar la vida, incluso en circunstancias terminales”, así como una trama romántica literalmente apresurada; aún en el fin de los tiempos, lo vital es conseguir una pareja. Esto culmina en una resolución que es tan forzada que el concepto del film queda casi olvidado, todo por una historia que vimos demasiadas veces (la clásica de “chica sin preocupaciones y llena de alegría que se dedica a alegrarle la vida de forma peculiar al tremendamente sufrido protagonista”).

    Lo que mantiene con vida a la película es el dúo principal de Carell y Knightley, quienes, a pesar de las limitaciones del guión, logran manejar sus roles de manera que se vean reales y tiernos. Acompañándolos, se encuentra un elenco que, si bien está repleto de muy buenos comediantes (se puede encontrar a miembros de las series Parks and Recreation, Community y Childrens Hospital, así como al gran cómico de stand up Patton Oswalt), no da tiempo para que ninguno deje una impresión duradera; sus escenas pasan de manera olvidable. Lo mismo va para un actor de renombre (no adelanto quien es, aunque vale la pena decir que el hombre es familiar con la palabra “apocalipsis”) que aparece cerca del final para personificar al padre de Dodge, aunque su papel es tan corto e ignorado que podría haber sido interpretado por cualquier otra persona.

    En fin, a pesar de un buen elenco (comandado por las simpáticas actuaciones de Carell y Knightley) y algunos toques de oscura hilaridad, Buscando un amigo para el fin del mundo se queda corta debido a un aburrido y decepcionante giro hacia lo habitual. La ópera prima de Scafaria termina retratando un drama que, en unos momentos, recuerda el enfoque de Melancolía, mientras que en otros, retrata la verosimilitud de algo como 2012 (pero sin los efectos especiales, claro). Con esas esquizofrénicas pretensiones, tener éxito es difícil que sobrevivir una catástrofe.
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  • Salvajes
    Salvajes
    Loco x el Cine
    Norte y sur de la frontera.

    Si algo se puede decir sobre el método de Oliver Stone, es que sus relatos siempre cuentan con el elemento del exceso, buscando constantemente llamar la atención. Esto le ha funcionado en films como Wall Street y Pelotón, en los cuales su método maniático para tratar los temas extremos de la conducta humana pasaba con luz verde, debido a la naturaleza de los años ochenta. Sin embargo, esta fórmula también ha resultado en grandes fracasos pasados de ambiciones melodramáticas, como Las Torres Gemelas y Alejandro Magno. Ahora, con Salvajes (Savages, 2012), el director trata de volver a su época de incorrección política que terminó a mediados de los noventa. Afortunadamente para todos, logra hacer un producto entretenido, aunque también bombardeado por malos intentos de agudez.

    Basada en la novela homónima de Don Winslow, la película presenta la historia de Ben (Aaron Johnson) y Chon (Taylor Kitsch) - dos amigos que cultivan la mejor marihuana en California -, así como también cuenta las vivencias del objeto de sus deseos, O (Blake Lively), una joven adinerada que ellos comparten como novia. Si bien los hombres son distintos entre sí (el primero es un pacifista que usa sus millonarias ganancias del cannabis para ayudar a niños africanos a lo Bono; el segundo es un veterano de Afganistán con cicatrices de guerra, tanto en sentido figurado como literal), la blonda los une a ambos, formando un (consensuado) triángulo de pasión.

    Esto es observado por Elena (Salma Hayek), la brutal líder de un cartel mexicano, que secuestra a O para obligar a Ben y Chon a unirse a su operación. Si bien los amantes cumplen las demandas, en secreto ponen en marcha un plan para liberar a la chica en cautiverio. Igualmente, lo que ninguno sabe es que hay otra gente con planes ocultos para todos ellos.

    Como se mencionaba antes, con esta producción Stone busca regresar a los días en los que cautivaba a las audiencias mediante agresivos retratos de una página reciente de la historia. Así, decide tratar el choque entre la nueva generación y el régimen decadente, en el marco del conflicto narcótico que sigue llevándose en la frontera entre Estados Unidos y México. Lo bueno es que, por la mayoría del film, se maneja una buena burla de las percepciones entre las distintas culturas; un violento, apasionado y entretenido juego que se ríe de la forma en la que se ve a la otra cultura (como en varias escenas, en las que videos de tortura son precedidos por un particular ringtone; el tema de El Chavo del Ocho). Sumado a un grupo de intérpretes dispuestos a brillar, una fotografía llamativa y una banda sonora pegadiza, se genera un buen thriller de acción, con una destacable cantidad de momentos sangrientos y sensuales.

    El problema surge cuando Stone cree que de verdad tiene algo más que decir, y pone todo su poder en tratar de crear un clima poético e ingenioso al estilo de Asesinos por naturaleza, pero que termina sintiéndose demasiado artificial para tragar, incluso en el nivel de Stone. Interminables minutos teñidos por una pretenciosa narración omnipresente que ni siquiera tiene sentido, escenas en blanco y negro junto a la playa que parecen más afines a un comercial de perfume que a un largometraje hecho y derecho, un trabajo de edición al estilo de mal videoclip y, por sobre todas las cosas, un final desesperado por ser considerado innovador y perspicaz, pero que en realidad decepciona por el doble, terrible en su concepción y ejecución. Encima, con este material innecesario, a la producción le sobran alrededor de 20 de sus 131 minutos.

    De todas formas, si algo mantiene balanceado al film en esas caídas, es el nivel general de las actuaciones. Aunque Johnson, Kitsch y Lively no son realmente especiales como el trío protagonista, cada uno puede mostrar un buen nivel de intensidad en algunas escenas. De la misma forma, Hayek se planta satisfactoriamente en su rol de jefa con problemas familiares. A pesar de eso, los que sin dudas se roban la película son Benicio del Toro y John Travolta, en sus roles secundarios como el despiadado cómplice de Elena y el corrupto agente de la DEA que juega en varios bandos del conflicto, respectivamente. Ellos le otorgan la mayor cantidad de energía al film, y la única escena en la que comparten pantalla es definitivamente la mejor parte de la historia. Por desgracia, otros actores se quedan sin la suerte de expandir sus roles más allá de breves apariciones, como Demián Bichir (que este año fue nominado al Oscar para el Mejor Actor) y Emile Hirsch.

    En fin, Salvajes es una cinta que, durante un tiempo, logra entretener mediante tiroteos, sangre, sexo y una mirada hilarantemente exagerada del conflicto moderno de las drogas; lástima que Stone termine ahogando a su propia obra en insufribles escenas de alarde. Cuando Oliver se pasa, se pasa.
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  • Todos tenemos un plan
    Todos tenemos un plan
    Loco x el Cine
    Sapo de otro pozo.

    Calificación - 2.5/5

    La apuesta era fuerte: una coproducción entre Argentina, España y Alemania, realizada por una directora debutante, intentando una mezcla entre drama psicológico, thriller policial y pieza de cine negro, y con un gran elenco liderado por la estrella internacional que es Viggo Mortensen, probando su mano en el doble rol y el acento criollo. El resultado de todo esto es Todos tenemos un plan (2012), un film que, si bien tiene buenas intenciones, cae víctima de sus propias ambiciones.

    Agustín (Mortensen) es un hombre retraído y estructurado, que trabaja como pediatra y vive junto a su esposa Claudia (Soledad Villamil) en la parte cómoda de Buenos Aires. Pero lo que parece una vida tranquila se quiebra cuando él entra en una crisis personal, negándose a la idea de adoptar un bebé. Tras recluirse en su soledad, es sorprendido por una visita de su hermano gemelo Pedro (Mortensen, de nuevo), un sujeto sin moral que hace trabajos con una banda de criminales en el Delta del Tigre, regresando debilitado a pedirle un favor a su única familia.

    Pero después de una serie de eventos trágicos, Agustín decide tener una nueva vida, y toma la identidad de su hermano. Así, él abandona la tediosa rutina de la ciudad para entrar en el misterioso territorio de las islas, un salvaje hogar de muchos secretos. Es ahí donde se encontrará con varios conocidos de Pedro: por un lado, la joven Rosa (Sofía Gala Castiglione), en quien encontrará algo de compasión; por el otro, Adrián (Daniel Fanego) y Rubén (Javier Godino), los cómplices en el delito de su hermano, quienes lo buscan para volver a hacer tareas sucias. Ahora, Agustín deberá meterse en el fondo del asunto para averiguar la verdad sobre si mismo, sobre Pedro y sobre sus peligrosas compañías.

    Como se mencionaba antes, la ópera prima de Ana Piterbarg muestra una gran ambición al buscar el cruce del cine de género con el drama personal. El problema que surge debido a esto es que ella (quien también escribió el guión de la producción) no se puede decidir en el rumbo del film. No puede terminar de ser un drama psicológico, porque oculta elementos de los personajes (en especial, el de Agustín, que no tiene casi ningún tipo de justificación o razonamiento para sus acciones) para generar intriga. Además, le cuesta elegir la forma de abarcar los temas de identidad, dualidad y personalidad, ya que a veces recurre de buena forma a la contemplación lenta y simple basada en gestos y miradas, mientras que en otros momentos prefiere martillar metáforas, como la de la organización de las colmenas de abejas, o la relacionada al trabajo del reconocido escritor argentino Horacio Quiroga.

    Esto también causa choques rítmicos con el elemento de thriller del film, ya que se le quita espacio al conflicto para tratar de explorar a Agustín, lo que causa que tanto partes del argumento como personajes aparezcan y desaparezcan del relato. Al final, cuando se empieza a armar una trama relacionada al secuestro y se instalan los elementos para una confrontación climática, no se siente la tensión o el suspenso de este tipo de películas.

    Sin embargo, no todo es negativo. Piterbarg hace un muy buen trabajo a la hora de presentar la atmósfera misteriosa del delta, creando un violento aire apto para la naturaleza oculta de los seres que viven ahí. A la hora de las actuaciones, hay varios destacados. Para responder a la gran incógnita de la mayoría de la gente, sí, Mortensen realiza una buena labor al mostrar sus dos caras, llenando de matices a los dilemas de sus roles (y presumiendo una decente tonada argentina, ya que está). Sin embargo, Viggo es opacado por Daniel Fanego (el mejor elemento de la película), quien le da vida al film al interpretar al torcido y carismático criminal con el que llega a enfrentarse Agustín. Otra persona que sorprende es Sofía Gala Castiglione, que sabe manejar tiempos y silencios al hacer de la no tan inocente Rosa. Por desgracia, Soledad Villamil y Javier Godino no comparten su suerte ya que, si bien pueden mostrar el talento que tienen en sus respectivos roles, sus escenas son pocas, breves y no aportan casi nada a la historia.

    Al final de cuentas, Todos tenemos un plan sufre debido a querer ser tantas cosas, sin tener una idea fija y particular por parte de Piterbarg. Es indecisa para ser un drama, así como muy lenta e incompleta para ser un thriller. A pesar de una buena atmósfera y destacables actuaciones por parte del elenco (en especial Fanego y Mortensen), este estreno decepciona. Un plan que no llega a realizarse.
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  • Cuando los chanchos vuelen
    El puerco de la discordia.

    Uno de los asuntos que se mantienen desde hace décadas en la agenda mundial es el conflicto árabe-israelí, y más precisamente, la oposición entre Israel y Palestina. Este enfrentamiento sirve como base de Cuando los chanchos vuelen (Le cochon de Gaza, 2011), un relato que logra sacar risas, pero que no funciona como declaración de estado.

    A Jaffar (Sasson Gabai) no le sale nada bien: viviendo miserablemente en la zona de Gaza, trata en vano de ganarse la vida como pescador, lo que solo causa quejas por parte de su esposa Fatima (Baya Belal). Sin embargo, las cosas empiezan a cambiar tras una tormenta, cuando el hombre captura algo inesperado en el agua: un puerco, ese animal considerado impuro y pecaminoso tanto por los palestinos como por los israelitas. Tras desesperarse por su desgracia, Jaffar trata de deshacerse del cerdo a como dé lugar, lo que lo lleva a conocer a Yelena (Myriam Tekaïa), una inmigrante rusa que le paga para usar a la criatura en un proyecto de inseminación. Después de esto, iniciará una serie de eventos que moverán la vida de la gente en ambos lados de los muros.

    El film (una coproducción entre Francia, Alemania y Bélgica, escrita y dirigida por Sylvain Estibal) puede dividirse en dos partes. Una abarcaría la primera hora de la producción, que muestra una historia sencilla beneficiada por la muy buena actuación de Sasson Gabai (haciendo un gran trabajo a la hora de encariñar con la ignorancia) y una buena dosis de humor, que varía entre situaciones grotescas y la sátira impulsada por el amigo porcino (el objeto que une a todos los personajes). Pero cuando llega el tercer acto de la película, la historia decae bastante: el cambio al drama y al mensaje pacifista falla, ya que no es natural, encima de que no hay una mayor exploración de los personajes o de las ideas que se quieren transmitir, lo que resulta muy frustrante y simple, haciendo quedar al realizador como falto de conocimientos sobre el conflicto: es fácil decir desde afuera “que se haga la paz”, pero es más complicado explicar por qué no se logra.

    En resumen, Cuando los chanchos vuelen es una buena opción para los que busquen una pequeña historia con buenas dosis de humor, a pesar de un final decepcionante y un mensaje arruinado por la simpleza y la obviedad forzada. Igual, uno solo puede desear que la unión sea tan fácil de conseguir como en las películas.

    @JoniSantucho
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  • Los indestructibles 2
    Los indestructibles 2
    Loco x el Cine
    Duros de matar.

    En una escena cerca del final de Los indestructibles 2 (The Expendables 2, 2012), los personajes interpretados por Sylvester Stallone, Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger observan una avioneta que se ve antigua, pero resistente. “Esa cosa es para un museo”, dice Sly; a lo que Arnold le responde en broma “Todos nosotros lo somos”. En esos segundos, se puede resumir el espíritu de este verdadero tributo al cine de súper acción, que a base de sinceridad, humor y altas dosis de adrenalina supera fácilmente a su antecesor.

    No es que el primer film fuera horrendo, pero el problema que tenía era que, si bien su intención estaba en el lugar correcto, la ejecución dejaba algo que desear. La historia se tomaba bastante en serio y no daba espacio para una verdadera reunión de los grandes de la testosterona; mientras que Stallone recurría bastante y de mala forma a técnicas modernas, como la cámara en mano, la sangre digital y demases efectos especiales, lo que le sacaba disfrute a la película.

    Ahora, la secuela vino con cambios, iniciando con la aparición en la silla de director de Simon West, quien se destacó en Con Air - Riesgo en el aire, así como también decepcionó en Tomb Raider y la remake de Cuando un extraño llama. Afortunadamente, en esta oportunidad West logró mejorar el trabajo, y entregó un film que no carece de escenas espectaculares. Con un mejor ojo para las peleas, los tiroteos y la destrucción, esta entrega trae más y mejor acción, al mismo tiempo que logra que las leyendas del género se junten para reflejarse (con muchas carcajadas) sobre las grandes producciones que los volvieron famosos.

    Tras ser presionado por el señor Church (Willis), Barney Ross (Stallone) acepta liderar a su banda de mercenarios en una nueva misión para compensar la destrucción de los eventos del primer film. Pero lo que parece un trabajo sencillo resulta en tragedia con la aparición del asesino Jean Vilain (Jean Claude Van Damme), que mata brutalmente a uno de los miembros del equipo y roba un mapa con la ubicación de cinco toneladas de plutonio. Ahora, con solo días antes de que se venda el material radiactivo, los indestructibles se ponen en marcha para acabar con el grupo de Vilain, obtener venganza por el compañero caido, y frenar el posible armagedón nuclear.

    Si, la trama es la misma de una infinidad de films bombásticos. Si, los personajes son tremendamente unidimensionales y estereotipados (el joven soldado que tiene los días contados tras mencionar el retiro; el antagonista -literalmente llamado Vilain- que busca beneficiarse con el fin del mundo; la villa de indefensos mineros que requieren la ayuda de las grandes potencias). Si, el argumento es una mera excusa para escenas de golpes, balazos y explosiones. Pero hay una diferencia con respecto a esta película por sobre la anterior: esta vez, todo el equipo sabe esto, por lo que la destrozan al seguir completamente la corriente. Ellos son conscientes de que pasó el tiempo, pero eligen volver al ruedo aceptando los cambios que ocurrieron en las últimas décadas: Schwarzenegger reconoce su problema para volver al cine tras ser gobernador de California, Chuck Norris se ríe de su estatus como fenómeno de Internet, y, por supuesto, se siente el peso de la edad en nuestros protagonistas: no con fátiga o frialdad, sino con muchas risas y esa sabiduría que solo existió en la década de los ‘80.

    En esta ocasión, los miembros del elenco dan todo lo posible de si mismos y crean una auténtica camaradería nostálgica, además de que aún se mantienen en bastante buena forma. Stallone, Jason Statham, Dolph Lundgren, Terry Crews y Randy Couture tienen momentos para brillar y mostrar la química que tienen como equipo. Por otro lado, Van Damme es estupendo como el antagonista, disfrutando cada segundo de interpretar su diabólico personaje (no se preocupen fans, Jean Claude hace su famosa patada helicóptero). Mientras, Liam Hemsworth y Yu Nan hacen un buen trabajo metiendo drama como los nuevos integrantes de la brigada, la segunda ocupando el lugar de Jet Li, que lamentablemente aparece poco en el film (aunque logra lucirse en una impresionante pelea... usando una cacerola). Finalmente, Schwarzenegger, Willis y Norris otorgan las mayores risas y los mejores momentos de acción en sus roles secundarios, que serán la delicia de sus grandes fanáticos.

    Excepto por pequeños defectos (como el contraataque de los malos efectos por computadora, o algunos momentos que no llevan a ningún lado), Los indestructibles 2 es un gran homenaje a una bestia en peligro en extinción: el cine repleto (literalmente) de sudor y sangre, el que dió clásicos como Commando y Cobra. Explosiva, ferozmente violenta, totalmente graciosa y deliciosamente autorreferencial, es ideal para los apasionados que quieran volver a ver a las estrellas de ayer y hoy liquidando gente por centenas. Tras tantas promesas, volvieron, y con todo.
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  • Los tres chiflados
    Los tres chiflados
    Loco x el Cine
    Tontos y retontos.

    Hay poca gente que logró perfeccionar el arte de la comedia física como los integrantes de Los Tres Chiflados. Desde el nacimiento del grupo como de vodevil durante la década del '20, la familia Howard se puso en el firmamento de las estrellas del humor, metiéndose en el corazón de la gente a través de tortazos, piquetes de ojo y bizarras aventuras. Es tal el impacto que lograron arrastrar hasta el día de hoy, que la idea de continuar el legado del trío sin los actores originales, y encima en la actualidad, suena como un desafío imposible. Por suerte para los fanáticos, Los Tres Chiflados (The Three Stooges, 2012) es un buen homenaje al Sagrado Trío de la Comedia, a pesar de sus faltas.

    Moe (Chris Diamantopoulos), Curly (Will Sasso) y Larry (Sean Hayes) pasaron toda su vida en un orfanato, bajo la supervisión de la Madre Superiora (Jane Lynch) y de la Hermana María Mengele (el gran Larry David). Pero tras 35 años de destrucción y travesuras, descubren que la institución que los crió está a punto de cerrar debido a una deuda de 830 mil dólares. Decididos a salvar el lugar, se proponen a recaudar el dinero a como dé lugar, y van a la gran ciudad, en donde se meten en toda clase de situaciones excéntricas.

    De esta forma, Peter y Bobby Farrelly reviven el humor que hizo felices a millones. Los hermanos ya habían demostrado su afición por el estilo del grupo cómico en films como Loco por Mary e Irene, Yo y mi Otro Yo, y el proyecto para ellos había sido una pasión que tomó años en arrancar (en un momento incluso llegaron a confirmar a Benicio del Toro, Sean Penn y Jim Carrey para hacer de Moe, Larry y Curly, respectivamente). Pero ahora, los directores realizaron un trabajo excelente a la hora de recrear la magia original, iniciando por los tres protagonistas, quienes se lucen al ponerse en la piel de los conocidos personajes (lo que hace lamentar que no lleguen copias de este film en su idioma original).

    Además, los hermanos comprenden el timing y las reglas del mundo algo caricaturesco en el que transcurre la trama: la gente no solo no envejece, sino que sobrevive golpes, patadas, punzadas, caídas, choques y explosiones con la gracia de dibujo animado. Por una vez, es lindo ver un film reciente para toda la familia que sea tan políticamente incorrecto a la hora de la violencia; aunque claro, al final hay una aclaración por parte de los realizadores avisando que nadie se lastimó de verdad, lo que queda medio aguafiestas después del festival de accidentes que acaba de pasar.

    Pero a pesar de todos los logros de la película, aún se pueden hallar problemas, el principal siendo que todos los intentos de meter a los chiflados en un contexto moderno fallan. Los personajes están muy conectados con la primera parte del siglo XX, y es algo que puede notarse al ver la historia, desarrollada mediante sketches: casi todas las escenas cómicas están basadas en un corto que conocemos (los chiflados como carpinteros, médicos, vendedores, rompefiestas, etc.), mientras que los intentos por traer la historia al tercer milenio consisten en malos chistes del momento, de esos que pierden la gracia antes de que se enfríe el pochoclo (tales como la aparición del elenco de Jersey Shore, un reality show que nada tiene que ver con el film y que afortunadamente se encamina al olvido). Además, hacia el final se siente un relleno y una repetición de ideas, lo que da lástima, porque desperdician la oportunidad de darle una identidad propia al film.

    A pesar de todo, esta producción merece ser vista por los seguidores de Curly, Larry y Moe. El que busque volver a ver a ese trío de locos lindos tendrá lo que pide (en particular gracias a una buena dirección por parte de los hermanos Farrelly y por muy buenas actuaciones de Diamantopoulos, Sasso, Hayes y David), mientras que el que quiera algo más acorde al humor de hoy saldrá decepcionado. Al fin y al cabo, es para salir del cine queriendo tener corte taza.
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  • Valiente
    Valiente
    Loco x el Cine
    El corazón valiente de Pixar.

    Continuando un buen año para los personajes femeninos en el cine hollywoodense, llega Valiente (Brave, 2012), la nueva realización de Pixar (responsable de clásicos como Toy Story, Monsters Inc. y Los Increíbles), que se destaca por esa peculiaridad: esta es la primera película del estudio protagonizada así como dirigida por una mujer (Brenda Chapman, quien igualmente fue reemplazada por Mark Andrews a la mitad de la producción). El resultado de esta corriente es un film que, si bien no llega al estándar usual de calidad para la productora, es un muy buen entretenimiento para niños y adultos.

    Situada en Escocia durante la Edad Media, Valiente cuenta la historia de la princesa Mérida (voz de Kelly Macdonald), que no muestra agrado por las tradiciones y expectativas puestas en su rol real por su madre, la reina Elinor (Emma Thompson). A pesar del esfuerzo por las dos en comunicarse, ambas mujeres no logran entenderse entre sí, lo que complica la llegada de los clanes aliados al reino, dispuestos a competir por la mano en matrimonio de Mérida. Tras oponerse a la unión por conveniencia y desafiar a todos, la rebelde princesa huye a lo más profundo del bosque, buscando una forma de cambiar el destino que fue puesto sobre ella desde su nacimiento. Justo en ese momento, encuentra un misterioso camino que la lleva a la cabaña de una bizarra bruja (Julie Walters), quien le promete alterar a su madre. Mérida acepta, pero pronto se da cuenta de que ha causado una gran maldición, y se pone en acción para volver las cosas a la normalidad y poner las cosas en claro con Elinor antes de que sea demasiado tarde.

    Lo primero que se debe destacar sobre la película es el gran éxito por parte de los responsables al crear el clima de Escocia y de sus leyendas. Como en toda producción de Pixar, la animación es impresionante, ya sea la del territorio de las Tierras Altas, así como la de Mérida, cuya cabellera pelirroja no necesita de las tres dimensiones para saltar de la pantalla. Además, el elenco de voces fascina con las actuaciones y el idioma de la región, justificando totalmente la visión del film en su versión original. Y, se debe repetir, es bueno ver a dos personajes femeninos tan bien desarrollados como Mérida y Elinor. Si bien la primera usa un poco del modelo de “princesa de Disney”, vale la pena observar a personajes que luchen por la igualdad entre la gente y la individualidad de las acciones propias.

    Por desgracia, la producción no logra alcanzar el nivel de los clásicos de Pixar. Si bien los personajes mencionados logran destacarse, la historia es muy conocida, lo que arruina un poco los logros hechos por su predictibilidad. Eso frustra principalmente porque el film construye en su primera mitad una promesa de grandes aventuras, pero una vez que se aplica el hechizo sobre Elinor, se toma un rumbo hacia lo conocido, lo que hace que las escenas humanas (el gran fuerte del estudio creador de Woody y Buzz) no funcionen como deberían. Además, es necesario aclarar que no vale la pena ver la película en 3D: no se destaca para nada, solo quitando brillo de la excelente animación.

    Entonces, Valiente es una historia familiar que es muy bien contada. A pesar de su familiaridad, la animación, los personajes y el humor de Pixar se mantienen intactos, lo que hace que sea una gran recomendación si se quiere ver en familia. Un último consejo: asegúrense de llegar temprano al cine, para poder ver el gran corto La Luna, escrito y dirigido por Enrico Casarosa. En siete minutos, resume la magia, la poesía y la humanidad que representa el estudio de John Lasseter, que ojalá siga creando historias maravillosas.
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  • Fuera de juego
    Fuera de juego
    Loco x el Cine
    Mala jugada.

    No es necesario aclarar que el fútbol es una pasión de multitudes. Semana a semana, millones de personas se emocionan, para bien o para mal, al poner su ánimo en un grupo de gente que deslumbra con el manejo de la pelota. El balonpie, que generó héroes y villanos, que motivó tantas frases clásicas (seamos sinceros, quién no dijo alguna vez algo como “la pelota no se mancha”) tiene lo necesario para trasladarse al cine, pero eso no se puede ver en Fuera de Juego, una comedia de enredos que pasa por lugares demasiado conocidos.

    Diego (Diego Peretti) es un ginecólogo que no se lleva bien con el fútbol, tras una mala experiencia que tuvo de chico. Pero cuando su tío (Ricardo Darín, en un cameo que es, lejos, lo mejor del film) sufre un infarto y lo convence de hacerse pasar por el representante de Gustavo-César (Ricardo ‘Chino’ Darín Jr.), un jugador promesa que puede fichar con el Real Madrid, el argentino tendrá que viajar a España. Recién llegado en la Madre Patria, Diego se encontrará con Javier (Fernando Tejero), un engañoso manager con el que, debido a circunstancias ajenas, tendrá que compartir el manejo del joven crack. Ahora, para lograr vender al chico al Real, los mentirosos tendrán que meterse en el mundo detrás del deporte, donde nada es lo que parece.

    Primero que nada, las ideas de este film tienen potencial. El aspecto del choque de culturas entre el crédulo argentino y el chanta español funciona bien en la película, y ver lo que sucede detrás de la cancha es una gran oportunidad para buenas escenas. Lamentablemente, este film no pasa de lo predecible y torpe: las manipuladoras botineras, los diabólicos representantes, los temibles padrinos, etcétera. Encima, los enredos en los que se meten los protagonistas con sus mentiras son muy reciclados, sacando casi todo lo referido al fútbol (del cual se ven pocos minutos, lo máximo siendo una aparición en el estadio Mestalla) para darle lugar a subtramas que no van a ningún lado.

    Por el lado de las actuaciones, Peretti y Tejero saben como entregar el pobre material que se les da, y logran dar algunas risas. Mientras tanto, el resto de los actores sale perdiendo en este juego. Carolina Peleritti (quien interpreta a la sufrida esposa de Javier) parece no saber como darle vida a su rol, mientras que el Chino Darin (haciendo su debut en la pantalla grande) le aporta poco a su flojo papel. Además de Darín padre, mantengan sus ojos abiertos por las apariciones de jugadores como Martín Palermo e Iker Casillas, quienes pasan por segundos frente a la cámara.

    Resumiendo, Fuera de Juego no logra dar algo nuevo, ya sea en la forma de contar una historia o meternos en el mundo del deporte. Cada tanto hay un momento que causa gracia, pero la mayoría del tiempo hay que observar al mismo material viejo y gastado de siempre. Con esta estrategia no se gana ni en penales.
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  • Madagascar 3: Los fugitivos
    El show debe continuar.


    Tras pasar por muchas aventuras en las junglas de África, el equipo de Alex (voz de Ben Stiller), Marty (Chris Rock), Melman (David Schwimmer) y Gloria (Jada Pinkett Smith) decide volver al zoológico de Nueva York. Pero para poder hacerlo, los animales necesitan la mano de sus amigos los pingüinos, quienes se encuentran en Monte Carlo. Con la ayuda de los lémures y los chimpancés, los cuatro tienen todo listo para viajar a Europa, reunirse con el resto de sus compañeros y planear la vuelta a América.

    Pero, por desgracia para los peludos personajes, la vuelta a casa no será tan sencilla como esperaban, ya que la temible Chantel DuBois (Frances McDormand), una imparable oficial de control animal (piensen si Terminator se cruzara con Cruella de Vil, y van a tener una idea de como es), se pone a perseguirlos sin descanso. Sin lugar a donde escapar, el grupo se escapa de DuBois al subirse al tren de un circo, encabezado por el tigre Vitali (Bryan Cranston), la jagüar Gia (Jessica Chastain) y el león marino Stefano (Martin Short). Ahora, para poder regresar a Nueva York, los amigos tendrán que viajar por el viejo continente y fingir ser artistas del espectáculo, todo esto mientras DuBois se les acerca rápidamente.

    Después de dos entregas que ganaron el corazón de la gente, Madagascar 3: Los Fugitivos (Madagascar 3: Europe's Most Wanted, 2012) aparece para darle un cierre a la franquicia animada, haciendo que los animales aprendan sobre la amistad y el verdadero hogar durante el camino a Central Park. Si bien la historia es muy familiar, los personajes tienen la chance de divertir bastante, lo que distrae y entretiene. Podríamos meter como ejemplos al rey Julien (Sacha Baron Cohen), que tiene un apasionado romance con una gigantesca osa del circo, o la feroz DuBois, que en un momento inspirado canta a todo pulmón ‘Non, je ne regrette rien’, el famoso tema de Édith Piaf.

    Una buena decisión del film fue enfocarse en el humor y en el aspecto visual del film, que es veloz y deslumbrante. Mientras que los chistes vuelan uno detrás del otro, dando apenas un respiro, las escenas centrales del film (como una persecución destructiva que atraviesa las calles de Monte Carlo, o una función circense llena de luces y colores al ritmo de Katy Perry) están repletas de rapidez y brillo, dando un espectáculo que definitivamente debe ser visto en 3D. Los films de Madagascar siempre apuntaron a la diversión para grandes y chicos, y esta tercera entrega es la que más exito tiene al hacerlo.

    En resumen, Madagascar 3 es un show que puede ser disfrutado por toda la familia. Completa de chistes redondos y escenas vibrantes de sonido e imagen que hacen un gran uso de las tres dimensiones, esta conclusión es una buena oportunidad para reirse, asombrarse e, incluso, poder mover el bote.
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  • Battleship: Batalla naval
    Nos hundimos, capitán.

    Hacer una adaptación nunca es un trabajo fácil. Además del esfuerzo por realizar una buena historia, se suma el peso de complacer a una audiencia fanática preexistente, así como de saber trasladar el espíritu del material original a un nuevo medio. Habiendo dicho eso, hay algunas propiedades que no tienen lo suficiente para poder pasar a la pantalla grande, y un ejemplo de esto es Battleship: Batalla naval, film basado en el juego de mesa del mismo nombre.

    Primero, veamos de que se trata. Alex Hopper (Taylor Kitsch) es un rebelde indisciplinado, que se une a la Marina para satisfacer a su hermano mayor (Alexander Skarsgård) e impresionar a Samantha (Brooklyn Decker). Varios años después de enrolarse, Hopper es un teniente a bordo del barco destructor USS John Paul Jones, pero sus problemas de conducta causan que el almirante Shane (Liam Neeson), padre de Samantha, lo quiera expulsar del servicio.

    Igualmente, eso deja de importar cuando, durante un evento de ejercicios marítimos realizado en Hawaii, varios cruceros se encuentran con un enorme objeto desconocido en el medio del agua. Tras investigar la anormalidad, el objeto revela ser una gigantesca nave alienígena, que procede a poner un escudo impenetrable alrededor de la isla, y atacar ferozmente a las pocas embarcaciones que se quedaron dentro del área.

    Resulta que, tras un mensaje enviado al espacio por parte de NASA, un planeta lejano con formas de vida ha decidido invadir el planeta, por lo cual enviaron algunas naves en forma de prueba. Con casi todos los navíos dentro de la zona destruidos, y sin oportunidad de comunicarse al exterior, la única oportunidad de la raza humana reside en Hopper, quien asume el control del USS John Paul Jones. Ahora, él tendrá que encontrar su potencial para derrotar a la amenaza extraterrestre antes de que la invasión masiva sea inevitable.

    Al ver esta película, es imposible no pensar en Día de la Independencia o en la saga de Transformers, más precisamente, en el estilo del realizador Michael Bay. Si bien esta producción es dirigida por Peter Berg (el mismo de Hancock), podemos encontrar muchas coincidencias entre los films: la acción pasada en su frenetismo, la historia predecible y clicheada que se extiende demasiado, el patriotismo aplastante, los personajes que solo sirven para una función específica (vease “novia escultural sonriendo en pocas ropas” o “nerd que explica todo lo que anda pasando”). Incluso algunos de los diseños alienígenas, que a pesar de poseer excelentes efectos especiales, se ven y suenan directamente como Decepticons, lo que confunde un poco.

    A todo esto, es difícil entender por qué decidieron adaptar Batalla Naval (aparte del reconocimiento del producto y el aumento de las ventas para Hasbro). Incluir aliens en la mezcla ya suena bastante desconcertante, aparte de que la forma de meter el juego dentro de la trama es bastante forzada y sin sentido. A veces, pareciera que los realizadores se dan cuenta de la clase de película que están haciendo (como en una divertida escena involucrando veteranos y un acorazado de la Segunda Guerra Mundial), pero por desgracia, la mayoría del tiempo todo se toma de forma seria, como si esto fuera Rescatando al soldado Ryan.

    A la hora de las actuaciones, hay de todo tipo. Taylor Kitsch, saliendo de John Carter para interpretar al vago que de la nada se vuelve un héroe estratega, es decente en su rol principal. No corren con la misma suerte Brooklyn Decker y Alexander Skarsgård, que no ayudan a esconder la flaqueza de sus personajes. Mientras tanto, Tadanobu Asano y Hamish Linklater sacan un par de risas como un oficial japonés y un científico hawaiano. Por último, hay que advertirle al que vaya a ver esta película por Rihanna o Liam Neeson, que sus roles son muy breves: la cantante pop tiene un rol muy secundario, mientras que el actor aparece menos de 10 minutos, desapareciendo casi completamente del film después de la primera media hora.

    En resumen, Battleship: Batalla naval cumple con las expectativas de los que busquen luchas explosivas y destacables efectos especiales, pero aquellos que quieran ver otra cosa aparte de la misma historia de siempre van a salir bastante decepcionados. Una última nota: quedense después de los créditos, si quieren ver un indicio de una posible secuela. Esperemos que la próxima vez, alguien diga “hundiste mi acorazado”.
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  • Furia de titanes 2
    Furia de titanes 2
    Loco x el Cine
    Los dioses están de regreso.

    Una década después de descubrir sus poderes y derrotar al Kraken, el semidiós Perseo (Sam Worthington), vive apaciblemente como pescador, abandonando las armas para cuidar a su hijo Helius. Pero mientras él busca la paz, un conflicto crece en el centro de la tierra. Debido a la falta de devoción y fe de los humanos, los dioses están perdiendo sus poderes, lo que hace que los peligrosos titanes, liderados por Cronos, empiecen a salir de control y a escapar de la prisión del Tártaro.

    Por eso, cuando Hades (Ralph Fiennes) y Ares (Edgar Ramírez) traicionan a Zeus (Liam Neeson) y lo capturan en el inframundo para revivir al padre de las deidades, Perseo deberá abandonar la tranquila existencia de la villa y volver a la acción. Con la ayuda del hijo de Poseidón, Agenor (Toby Kebbell), y la reina Andrómeda (Rosamund Pike), el héroe deberá enfrentarse a criaturas mitológicas, titanes y dioses para rescatar a su padre Zeus y salvar a la humanidad.

    Con ese argumento arranca Furia de Titanes 2 (Wrath of the Titans, 2012), la secuela de la remake del 2010 hecha por Louis Leterrier. En esta oportunidad, Leterrier es reemplazado en la silla del director por Jonathan Liebesman, realizador de La Masacre de Texas: El Inicio e Invasión al Mundo: Batalla Los Ángeles, quien puede entregar grandes momentos, pero falla a la hora de crear una gran historia.

    Aprendiendo de algunos errores de la primera parte, los responsables de esta película dan un enfoque un poco más realista al mundo fantasioso (en este caso, tiene sentido). Ya se han ido los dioses con trajes salidos de Los Caballeros del Zodíaco y la limpia Grecia, reemplazados por un mundo sucio y destruido, tan decadente como los conflictuados dioses. Hasta Perseo, que de la nada había pasado de pescador a héroe mítico en el primer film, es más convincente esta vez al intentar y fallar en su lucha contra las monstruosidades.

    Algo que también deslumbra en este nuevo mundo es el diseño de las numerosas criaturas mitológicas que aparecen en esta producción. Liebesman sabe aprovecharlas la mayoría de las veces, aunque también hay ocasiones en las que su enfoque es muy errático como para poder ver lo que pasa (se podría teorizar que se le quedó algo de la costumbre de la cámara en mano que plagó Invasión al Mundo: Batalla Los Ángeles).

    Hablando de cuestiones técnicas, seguramente todos se estarán preguntando sobre como se emplea el 3D. Si bien esta producción fue convertida en postproducción, como en el primer film, en esta oportunidad se aprovechó el tiempo extra para idear algo más el uso de las tres dimensiones. Igualmente, solo vale la pena pagar el costo extra si uno es fan de ver la ocasional cabeza de monstruo que sale de la pantalla, o de que le tiren rocas y piedras.

    De todas formas, lo que realmente carece de profundidad en Furia de Titanes 2 es la historia. El único objetivo del guión es mover a Perseo de batalla a batalla, rellenando la película con una tonelada de diálogo sobre como ir de un lado al otro. Es una lástima, porque al ritmo apurado que van ignorando todo pasan volando por algunas ideas interesantes para desarrollar escenas fantásticas. Otras fallas de los escritores incluyen el débil intento de tema de las relaciones familiares entre las familias de dioses (que parece impuesto solo para darles algo que hacer a Fiennes y Neeson hasta el climax final) y una casi inexistente trama amorosa entre los personajes de Worthington y Pike.

    A la hora de las actuaciones, todos hacen lo que pueden. Sam Worthington, Liam Neeson, Ralph Fiennes, Edgar Ramírez, Rosamund Pike, Toby Kebbell y Bill Nighy tratan y tratan, pero los que logran salir intactos en la batalla contra el escaso material son Nighy (interpretando al dios caido Hefesto con su carisma patentado), Neeson y Fiennes, los últimos dos teniendo su cuota de diversión al final (algo que suena raro al pensar que hace casi 20 años compartían pantalla en La Lista de Schindler).

    De todas formas, Furia de Titanes 2 sirve como entretenimiento. Aquellas personas que quieran olvidarse de la rutina y estén en busca de algunas escenas que los diviertan durante hora y media, van a tener lo que pagaron. Ahora, si están en busca de algo más, recen a los dioses.
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  • ¡Esto es guerra!
    ¡Esto es guerra!
    Loco x el Cine
    Dos agentes de la CIA entran en batalla después de descubrir que salen con la misma mujer, en esta floja comedia romántica con toques de acción dirigida por McG.

    FDR (Chris Pine) y Tuck (Tom Hardy) son dos grandes amigos que comparten todo, incluso su profesión. Igualmente, hay algo inusual sobre el trabajo que hacen: ellos son agentes especiales de la CIA. Pero cuando una misión secreta involucrando a un peligroso criminal (Til Schweiger) sale mal y ambos son suspendidos de realizar misiones, van a descubrir otra afición: Lauren (Reese Witherspoon), una testeadora de productos con problemas de confianza tras su última relación.

    Tras cruzarse con FDR y Tuck en ocasiones separadas, Lauren es animada por su amiga Trish (Chelsea Handler) a tratar de salir con ambos al mismo tiempo. De todas formas, en poco tiempo los amigos se enteran de que ven a la misma mujer, aunque deciden que, en lugar de retirarse, van a mantener la boca cerrada y dejar que ella elija al hombre indicado. Pero cuando la rubia no se decide, los hombres van a recurrir a sus arsenales de espionaje para lograr quedarse con la chica, lo que en poco tiempo causa que los antes compañeros luchen el uno contra el otro en una batalla sin piedad.

    Esta es la base de ¡Esto es Guerra! (This Means War, 2012), la nueva película de McG (si, lo están leyendo bien, no acaban de ver el nombre de un nuevo combo de comida rápida), director de películas como Los Ángeles de Charlie o Terminator: La salvación. En esta ocasión, el también responsable de shows como The O.C., Supernatural y Chuck prueba su mano en el complicado terreno de la comedia romántica con elementos de acción, pero el resultado final es decepcionante.

    Modelándose usando como base a Sr. y Sra. Smith (no es casualidad que Simon Kinberg, uno de los guionistas de este estreno, sea el escritor responsable de la película estelarizada por Angelina Jolie y Brad Pitt) el film falla en varios niveles. Falla como comedia romántica porque es extremadamente previsible y repetitiva, además de que los personajes son bastante superficiales (traten de encontrar el encanto en las escenas donde los hombres espían cada movimiento de Lauren, o el romance en la motivación de la chica protagonista de testearlos como si fueran otros productos desechables).

    Si tan solo la película fuera consciente del potencial de la premisa para la comedia negra o el thriller, en lugar de entregar chistes tan blandos y gastados. El trio protagónico de Witherspoon, Pine y Hardy trata débilmente de hacer que el guión trillado sirva, pero solo cumplen su cometido un par de veces; ni siquiera ellos pueden sacar emoción, química o grandes carcajadas de esto. Empeorando las cosas está Chelsea Handler, en el rol de mejor amiga consejera que está forzado a aparecer en este tipo de producciones.

    Igual, tampoco funciona como película de acción, porque las pocas escenas con promesa de dar adrenalina se acaban muy pronto, encima de que casi todas están filmadas para la incomprensión; algo extraño, considerando el muy buen trabajo que hizo McG produciendo escenas explosivas en la cuarta entrega de Terminator. Encima, el supuesto villano interpretado por Til Schweiger (aquel que intimidó a tantos como Hugo Stiglitz en Bastardos Sin Gloria) es reducido a una aparición de menos de cinco minutos: aparece con cara seria un par de minutos al inicio, al medio y al final (en un intento de cierre de la película), y listo.
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