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Imagen del crítico Gustavo Martinelli
Gustavo Martinelli
  • Cantidad de críticas: 3
  • Promedio: 73%
  • Críticas favorables: 3/3 (100%)
  • Críticas desfavorables: 0/3 (0%)
  • Diferencia absoluta: 7%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: La Gaceta
  • La invención de Hugo Cabret
    Magia en estado puro

    El gran Martin Scorsese nos tiene acostumbrados a un cine polémico, casi siempre violento y descarnado, pero nunca intrascendente. Sin embargo, con "La invención de Hugo Cabret" nos regala una clase magistral de cine familiar, repleto de ternura, magia, melancolía y belleza sin tiempo. La película, que consiguió 11 nominaciones al Oscar, es en rigor un sentido homenaje a George Méliès, precursor del cine como espectáculo. Aunque, por extensión, también rinde un tributo al arte en general y sobre todo a la literatura. De hecho no hay una sola escena en la que no haya alguna referencia explícita a los orígenes de leyenda que tiene Hollywood o a las obras de escritores como Julio Verne.

    Hugo, un huérfano que vive oculto de la Policía, pasa sus días mirando como un voyeur lo que sucede en la estación central de París de la primera mitad del siglo XX. Allí busca engranajes que lo ayuden a reparar un complejo robot "autómata" que su padre relojero no llegó a componer antes de morir. Atormentado por la pérdida de su progenitor y perseguido por el guardián de la estación, el pequeño busca desesperadamente encajar en el engranaje de la vida y supone que la respuesta está en el autómata. Es en esa París de ensueño -en la que los niños huérfanos son tratados como delincuentes juveniles- donde Hugo se encontrará con Papá George, un juguetero de la estación de tren que esconde un secreto de su pasado ligado al cine.

    Con una narración impecable, una banda sonora perfecta -enorme Howard Shore-, una fotografía deliciosa y un montaje a veces difícil de creer por su planificación, Scorsese nos entrega dos horas de magia en estado puro en las que, entre otras cosas, podemos deslumbrarnos ante el mejor homenaje jamás rodado de la llegada del tren a la estación de la villa de Ciotat o con un increíble paseo por los tiempos de Méliès de la mano del arrebatador Ben Kingsley.

    Por momentos la película recuerda levemente a "Cinema Paradiso", el filme de Giuseppe Tornatore que también rindió un nostágico e inolvidable tributo al cine. Sobre todo cuando aparecen algunas escenas de filmes de Chaplin o del mismísimo Méliès. Es en estos momentos cuando la historia adquiere ribetes de antología y la fantasía comienza a fluir a borbotones, como si se tratara de un río incontrolable. Un devenir incesante de la imaginación en el que hay algunos clichés, como los personajes de la estación (los viejos enamorados, la florista, el guarda) o escenas previsibles (como el momento en el que Hugo casi es arrollado por un tren). Sin embargo, semejantes deslices no alcanzan a opacar el inmenso brillo de esta película. Eso sí, uno se queda con las ganas de ver más al mítico Christopher Lee, en el rol del bibliotecario misterioso que ayuda a desplegar la fantasía de Hugo. Al final, el mensaje es claro y contundente: toda vida tiene un propósito. Y, por eso, tenemos que animarnos a vivir nuestros sueños.

    Mención aparte merece el formato en 3D, herramienta ya prácticamente desvirtuada por su abuso comercial pero que en esta película está puesta al servicio de la fantasía. Tremendo regalo. Y una recomendación: se trata de una película familiar, pero son los adultos los que mejor podrán disfrutar de toda su exquisitez.
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  • Inmortales
    Inmortales
    La Gaceta
    La guerra de los dioses

    El género de la épica clásica siempre le ha dado jugosos dividendos al cine. Así lo demostraron megaproducciones como "Troya" de Wolfgang Petersen (2004) y "300" de Zack Snyder (2007), que sacudieron la taquilla cuando fueron estrenadas. Otras películas, como "Percy Jackson y el ladrón del rayo" (2010, Chris Columbus) o "Furia de titanes" (2010, Louis Leterrier) no tuvieron tanto impacto (la crítica las destrozó), pero igualmente sirvieron para ratificar que el género goza de buena salud. Una salud que el director Tarsem Singh supo capitalizar con "Los inmortales".

    La historia, que tiene sus raíces en la mitología griega, fue explotada al máximo a través de escenas monumentales. Singh es un experto a la hora de crear escenarios que dejan sin aliento al espectador, tal como lo demostró en "La celda". Ahora, en su regreso a la pantalla grande, Singh ratifica que no ha perdido un ápice de su talento. En el filme hay momentos realmente majestuosos. Como la recreación del pueblo en el que vive Teseo, enclavado en las alturas de una gigantesca grieta rocosa. El mismo Singh ha comentado que se inspiró en los cuadros de Caravaggio. Y, en consecuencia, cada uno de los escenarios tiene esa aura clásica, en el que la luz y la sombra juegan un papel fundamental.

    Pero poner a un sibarita de la fotografía detrás de cámara no garantiza una obra maestra. Y eso es lo que ocurre con "Los inmortales". El primer problema que tiene este filme radica en el guión. La clásica historia narrada en la mitología griega es manipulada hasta el paroxismo con detalles que poco tienen que ver con la odisea de Teseo. El protagonista, por ejemplo, es retratado como un simple campesino adiestrado por Zeus en los secretos de la guerra. Pero de ninguna manera aparece como el mítico rey de Atenas, hijo del dios Poseidón. Los titanes no son gigantes horrendos sino un puñado de reos empalados como un metegol humano; y los dioses no se presentan como inmortales, ya que por una curiosa cláusula divina descubren que pueden matarse entre ellos. Esta mezcla entre mitología y ficción moderna, conspira contra el filme, que por momentos se vuelve monótono. La interacción entre los personajes tampoco ayuda. Los diálogos son más que correctos en su contenido, pero casi ninguno de ellos resulta emocionante. Henry Cavill, en el rol de Teseo, tiene el porte de un dios, pero su discurso no convence y hasta suena demasiado hueco. Sólo las abundantes escenas de acción sacan del letargo al espectador. Y lo hacen con la mayor crudeza: con abundante sangre y mutilaciones. Un párrafo aparte merece la labor de Mickey Rourke, que compone un Hiperión despiadado y fascinante, amante de las mutilaciones y las torturas, que al mismo tiempo deja al descubierto su infierno interior.

    Un consejo: ver la película en 3D puede convertirse en una experiencia inolvidable.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    ¡Larga vida a Harry Potter!

    "It all ends here". Todo termina aquí, se lee en el afiche. Y el vaticinio se cumple a rajatabla. Así está escrito. La última aventura del mago más famoso del mundo será recordada finalmente como uno de esos acontecimientos cinematográficos más impactantes de la historia del cine. Con buena parte del camino dramático ya recorrido en "Harry Potter y las reliquias de la muerte. Parte 1", el director David Yates afronta esta segunda parte con las fuerzas bien dosificadas. Una vez más demuestra que se trata de un realizador contundente: consigue narrar con entusiasmo y pulcritud un final que tiene decididamente ribetes épicos.

    La acción comienza exactamente donde la dejó en la primera película: un Voldemort victorioso eleva a los cielos la varita de Sauco extraída de la tumba del profesor Dumbledore. Yates no se toma el trabajo de recapitular o resumir los acontecimientos narrados anteriormente. Por el contrario, decide sumergir de lleno al espectador en esa lucha entre el bien y el mal. Y lo hace con equilibrio. Sin salirse de los límites. Mientras Harry y sus amigos deambulan buscando los horrocruxes que les permitirán destruir al que ahora sí puede ser nombrado, el resto del mundo mágico se alista para la batalla final. Yates aprovecha este enfrentamiento para atar cabos sueltos. Así, por ejemplo, el espectador descubre el verdadero rostro de Severus Snape (un magistral Alan Rickman), quien en realidad es el protector de Harry y el eterno enamorado de su madre, Lily. Lamentablemente no vive para contarlo y muere a manos de Voldemort, al igual que otros personajes queridos por los fans, como uno de los gemelos Wesley o el licántropo Remus Lupin y su esposa Tonks. El vértigo de la narración no decae en ningún momento. Esa es la mayor virtud del filme y la diferencia con su antecesor. Mientras la primera parte trabajó sobre lo conspirativo y lo conjeturable, la segunda lo hace sobre la acción.

    El trío protagonista cumple correctamente la compleja tarea de dotar a sus personajes de una madurez más visible. Sin embargo, la poca pasión que transmiten los jóvenes actores convierte algunas escenas en meros devaneos infantiles. Sobre todo en el caso de Daniel Radcliffe (Harry), quien entrega el beso menos atractivo y convincente de la historia del cine. Lo opuesto sucede con el elenco de estrellas de factura británica, a quienes les basta una leve aparición para brillar en todo su esplendor. Fiennes, como Voldemort, hiela la sangre; Helena Bonham-Carter, como la trastornada Bellatrix Lestrange, perturba y Maggie Smith, como la profesora Minerva McGonagall, llega arrancar una sonrisa en el momento más dramático de la historia.

    Otra de las fortalezas del filme radica en su asombrosa factura técnica. En realidad, esta última película de la saga es el resultado de un largo y meticuloso período de posproducción, en el que se han corregido fallas y añadido efectos gracias a los prodigios de la tecnología digital. Las dos últimas películas se rodaron entre el 19 de febrero de 2009 y el 21 de diciembre de 2010, pero es obvio que el mundo de Harry tiene mucho de ilusión, y eso es imposible de reflejar mediante los métodos tradicionales. Este filme es, además, el único que se estrenó en el formato 3D, lo que le agrega un atractivo adicional.

    Por último, en este final de saga es posible reconocer algunos recursos narrativos usados, por ejemplo, en "La guerra de las galaxias", "Matrix" o "El señor de los anillos". En un momento de la película, Harry nos recuerda a Luke frente a Darth Vader o a Frodo ante el abismo, tentado por la posibilidad de adquirir un poder inconcebible gracias a la varita de Sauco. Incluso hay una escena donde la realidad y el mundo espiritual (o virtual) se confunden, como ocurría con Neo en la trilogía "Matrix".

    De cualquier forma, Yates demostró que sabe manejar el suspenso mucho mejor que las escenas de guerra. Y entrega una película poderosa, destinada a dejar su huella. En esto también tiene mucho que ver el guión, a cargo del infatigable Steve Kloves, quien ha trabajado otra vez bajo la atenta mirada de la propia J. K. Rowling, productora junto a David Heyman y David Barron. Por lo tanto, es de suponer que nada de lo que la película ofrece, incluidos ciertos cambios respecto de la obra literaria, se ha hecho sin el consentimiento de la máxima responsable de la franquicia.

    No vale la pena contar más datos del argumento. Basta decir que las revelaciones son decisivas e inesperadas, y ello asegura un buen puñado de sorpresas para aquel espectador que no ha leído los siete libros de la saga. Así, el final llega como una despedida entre amigos, al pie del andén en la estación y con los protagonistas junto a sus hijos. Como deseando vivir de nuevos esas mágicas aventuras. ¡Larga vida a Harry Potter!
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