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Imagen del crítico Daniel Celina
Daniel Celina
  • Cantidad de críticas: 23
  • Promedio: 70%
  • Críticas favorables: 20/23 (87%)
  • Críticas desfavorables: 3/23 (13%)
  • Diferencia absoluta: 12%
  • Un método peligroso
    Antes de cometer el error de considerar este film como uno de los más impersonales de David Cronemberg, nos permitimos asegurar que esta fiera narración de época -basada en una pieza teatral- ofrece el germen básico (suavizado, pero latente) de gran parte de los maravillosos trastornos psicóticos que David dirigió hace años atrás. Un Método Peligroso es la precuela imposible de casi todo lo que Cronemberg dirigió antes.


    "No me gusta mi piel", declaró Keyra Knightley en cierta ocasión. Quizá por eso decidió internarse en el cuerpo de Sabina Spielrein, alias Mademoiselle Pulsión Sádica, una de las primeras femmes que parió el psicoanálisis. Sabina necesitaba recibir cinturonazos en la cola, era el único modo a través del cual podía gozar (y aniquilar) ciertas calenturas gestadas durante su niñez. El encargado de propiciárselos es su Maestro, nada más ni nada menos que Carl Jung (Michael Fassbender), prestigioso mosntruo del psicoanálisis que en determinado momento deja de lado su etiqueta de ídolo absoluto y sucumbe al placer de resolver las etapas anales mal resueltas de su discípula favorita, pero sin dejar de mantener a su noviecita rubia de ojos claros que vive en una nube de pedos.

    Jung transcurre gran parte de Un Método Peligroso llenando espacios. Llena de moretones las preciosas nalgas de Sabina, llena de bebés -y de aburrimiento- el limitado universo de su noviecita rubia oficial, y llena de contrapropuestas la cabeza de su mentor, Sigmund Freud (Viggo Mortensen), que -semestre de por medio- tiene la deferencia de enviarle a su buen amigo pacientes suicidas y cartas extensas.

    Alguien dijo una vez que el 2 (dos) es un número malcogido, imposible de sostener, a no ser que se lo triangule de alguna forma (incorporando amante, "consejero" ó bebé a la dupla en crisis). Sabina empieza a reclamar cierta regularidad que Jung no está dispuesto a transar, entonces recurre a Sigmund, en parte para cambiar de mentor -está a un par de materias de recibirse- y en parte para ser analizada por el gran maestro. Pero nunca olvidando que el dueño de su progreso mental fué Carl, aunque éste haya procedido con los métodos establecidos por Sigmund.

    Por sobre el atractivo de observar a Viggo luciéndose en su papel, debemos recordar que Un Método Peligroso tiene en Sigmund Freud un puntal imprescindible pero secundario en su historia. El motor del relato radica en Carl gozando de (y gozando a) Sabina, que en determinado momento se hincha las pelotas de su amante irregular y dispara hacia una dirección en la cual Sigmund deberá tomar partido entre una beneficiada por sus métodos y un gran discípulo suyo que los practica e incluso los ubica en tela de juicio.

    Un método peligroso funciona como adelanto imposible de gran parte de la temática que abrazó Cronenberg en films pasados. Aquéllos provienen de éste.
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  • Enter the Void
    Podemos pasar un tiempo extremadamente largo intentando descular con entusiasmo las virtudes técnicas de casi todas las escenas de Enter The Void, pero lamentablemente no podemos dedicarle la misma cantidad de tiempo a hablar de su relato, de su cuento, de su historieta.

    A las películas de Noé se las recuerda por sus letanías más crudas:

    1) "La de la patada en el vientre a la gorda embarazada"
    2) "La de la violación de 10 minutos a Mónica Belucci"

    Ahora corremos el riegso de que Enter The Void sea mencionada en las charlas del futuro como "La del garche filmado desde adentro", ó "La del plano secuencia del aborto", dependiendo del insoportable círculo donde se desarrolle la verbena.

    Cabe destacar lo de la secuencia de sexo interno, y no por que se trate de una auténtica proeza de prótesis plásticas -que cinco ó seis boludos intentarán destruir con intrascendentes vermouths de especialista- si no mas bien por que la cámara está ubicada en el hipotético útero de Paz de la Huerta, una actriz preciosa con unas tetas imposibles que aquí oficia de hermana del muchacho dealer que se muere y la vigila desde arriba, observando todos sus movimientos.

    Los movimientos de Paz -lamentablemente- son en su mayoría tristes, de mal rollo, de purificación a través del dolor (concepto que de tan recurrente en el cine serio europeo ya empieza a resultarnos figurita repetida), de boliches nefastos llenos de nada y de dioramas fluo-fluo que en lugar de hacernos sentir niños nos hacen sentir gusanos con anfetamina.

    No hay nada de malo con el dolor y con lo sórdido, mucho menos con la paja eterna. Lo que puede llegar a incomodarte no radica en el aborto en primer plano si no en la falta de palanca que lo sustente. La historia no camina. Flota, como el muchacho en pena que sobrevuela a su hermana descontrolada. El problema es que si te aburrís no podés agitar tus alas de angelito hacia otra dirección: Estás condenado a ser el mirón privilegiado de una noche fea en la que tu hermana transcurre un rosario de momentos desafortunados. Si ese plan te convence, adelante. A Manohla Dargis le encantó. Además vas a recibir una dosis formidable de diseño sonoro japonés a cargo del bestia Ken Yasumoto. La película es una delicia de frecuencias, de arriba a abajo. Inusual este trato tan privilegiado a los hertz.

    Íbamos a decir que la secuencia de créditos es linda y efervescente, pero la verdad es que se la robó a Godard. Íbamos a legitimar Enter The Void comentando que se estrenó en Cannes, pero TODAS las películas de Noé se estrenaron en Cannes. El tipo hace una película y la estrena en Cannes, así sin más. Y probablemente desayune croissants con Lucile Hadzihalilovic. Beneficios de radicarte en Francia y transgredir.

    Si Gaspar dirigiera films aquí, estrenaría en el Gaumont.
    Es la única conclusión sincera que podemos realizar a esta altura.
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  • Un dios salvaje
    Tal vez uno de los principales atractivos de Un Dios Salvaje radique en la chance de observar lo chula que puede resultar Kate Winslet cuando se afloja la blusa y se permite un par de tragos de más. Una visión por demás deliciosa, más si Kate lleva adelante su numerito en el comedor de tu casa, aún cuando el motivo de su visita radique en el hecho de que su hijo le bajó dos dientes permanentes al tuyo.

    Así, en un palacete de Recoleta -dentro de un living-room plagado de bellísimos ejemplares Taschen- se sucede un match entre dos parejas sólidas y establecidas. El motivo del cónclave ya ha sido especifiado en el párrafo anterior: En una pelea cuasi callejera, el hijo de Jodie Foster y John C. Reilly termina con dos teclas (dientes) menos. El agresor resulta ser el hijo de Kate Winslet y Christoph Waltz.

    Un Dios Salvaje parte de una pieza teatral, de la cual se nutre Roman Polanski para llevar adelante un bienvenido pingpong entre estos cuatro monstruos (nos referimos tanto a sus trayectorias como a sus personajes en sí), y aunque echemos de menos ciertos factores que Polanski siempre supo llevar adelante con envidiable pulso, debemos convenir que aquí tenemos una generosa cuota de intensidad en un espacio bastante reducido. Lo que habla a las claras de la destreza del realizador en tanto puesta y en tanto dirección de actores. Es la clase de film que podría llegar a compararse (en la filmografía del director) con Death and The Maiden, film con el cual comparte espacios reducidos, bandos actorales claramente definidos y la reticencia de los mismos a abandonar sus posturas, así sean falsas ú oscuras.

    El devenir de la charla, con cafecitos y pastel (un pastel que cobrará protagonismo con el correr de los minutos), demostrará que la parejita bienpensante y progre es bastante malcogida y que la parejita profesional y letrada sucumbe cuando el blackberry se queda sin baterías.

    Tal vez surja un problema de empatías con Un Dios Salvaje, tal vez nos cueste un Perú identificarnos con los protagonistas de ese universo ABC1 de bibliotecas nutridas y tulipancitos holandeses sobre la mesita ratona. Donde encontraremos alguna que otra identificación será en la fiereza a través de la cual los papis defienden (ó destrozan) a sus propios hijos.
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  • Drive
    Drive
    ZonaFreak
    "Nice Try!”, exclamó Quentin Tarantino cuando algún trastornado osó preguntarte qué pensaba de Drive. “Buen intento”. Pero si nos permitimos revisar las palabras para darles forma y tono concreto podríamos pensar (de hecho Zonafreak lo hace) que ese “Buen Intento” fue dicho en tono burlón, como cuando te avivás -casi sobre la línea- que están intentando engañarte, o cuando quieren venderte un buzón más grande que el ego de tu amante artista incomprendido.

    Drive tiene una secuencia de créditos muy chula, con placas que recuerdan (por color y no por tipografía) a placebos yuppies onda Cocktail con Tom Cruise. Y la música ultracool de Kavinsky nos remite a Optimus Prime recitándole pelotudeces a Sam Witwicky en Transformers. Y la plana actoral contiene a Carey Mulligan, a la cual le deseamos urgente fichaje en una película cómica, o en un documental sobre la alegría de vivir ó en una porno de Bangbros.com o en CUALQUIER ELEMENTO AUDIOVISUAL en donde no tenga que volver a repetir una vez más su papel de María Magdalena silente y estilizada que siempre se calienta (un suponer) con chicos problemáticos que tienen que donar sus órganos vitales ó hermosos muchachotes que la van de raros y transgresores pero que transcurren sus noches trabajando como meros alcahuetes de la mafia más chota y peor dibujada que tenemos el lujo de recordar, haciendo trabajitos de delivery enfundados en lustrosas camperitas de palermo y conduciendo Impalas con la misma velocidad con la que Scarlett saca un disco de covers bienpensantes. No vimos ni heroísmo ni misterio en el personaje de Ryan Gosling (al cual bancamos y aplaudimos en Ides of March) y tampoco tuvimos la suerte de observar el desarrollo de su antihéroe definitivo, por que estábamos muy ocupados haciéndonos una tórrida paja con tanto planito preciosista y tanta musiquita linda. Manchamos la pantalla y todo, mirá.

    De encontrar el modo de insertar globitos de historieta imaginarios en las películas que nos toca en suerte ver -y con las cuales no comulgamos en lo más mínimo- escogeríamos la escena de Drive en la que “el conductor” (es tan jodidamente cool que ni nombre tiene) desayuna tostaditas junto a "Pucherito" Mulligan y su maridito-latino-turbio-que-la-embarazó (las películas artie también se permiten los lugares comunes de cualquier tanque filonazi dirigido por Michael Bay). En determinado momento surge un bache insostenible (perdón, un silencio re-artístico, re film-noir) en el que ningún personaje habla pero todos cruzan miradas entre sí. Ahí, justo ahí hay que poner globitos de historieta. Como para que los personajes se confiesen y digan “Me aburro. Me aburro mal.”

    Drive es al cine lo que Velez Sarsfield al futbol nacional, con todo el respeto que nos merecen los hinchas de Velez Sarsfield.
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  • El topo
    El topo
    ZonaFreak
    Cuando el cine de espionaje cae en manos de un director sueco podés encontrarte con una sorpresa como la siguiente: El capo Mark Strong haciendo justicia sobre la faz británica del tartamudo Colin Firth mientras de fondo suena “El Mar”, interpretada -en recatadísimo francés- por... Julio Iglesias.

    Nos encanta este subgénero lleno de teléfonos pinchados, rusas candentes y mártires de la causa. El Topo se sumerge en plena guerra fría y nos deposita en un incidente caliente, en el cual están en juego los secretos de Su Majestad. La data pasó a ser el objeto especulativo más importante de Gran Bretaña después de la libra esterlina y allí están las jaurías rusas -y las gringas- aguardando la aparición de algún chivato para hundir los dientes en lo más profundo del MI6.

    A falta de James Bond, contamos con George Smiley (Gary Oldman), que de sonriente no tiene nada: Detrás de sus enormes gafas se podría sugerir el fastidio propio de un tipo que ya las vivió absolutamente todas, un auténtico canis lupus que espera el momento de su retiro con resignación y solemnidad. O sea, nada que ver con Danny Glover en Lethal Weapon.

    Una operación fallida eyacula dudas sobre las nalgas de la organización donde Smiley supo ganarse el corazón de su jefe, el Sr. Control. Y sabemos que despertarle ternura a un tipo que se hace llamar Sr. Control debe ser complicadísimo. En resumen, con la muerte de Control surge el Descontrol (talent press, teléfono) y la asadera parece tener un par de pizzetas en mal estado, algo imperdonable en una empresa tan inmaculada como la del espionaje british. Es hora de abrirse y de iniciar una investigación personal.

    Para encontrar al alcahuete que revisa cartitas que no le corresponde revisar, Smiley contará con la inapreciable ayuda de Peter, joven espía interpretado por el genial Benedict Cumberbatch, un actor capaz de mantener la seriedad de un muñeco de cera sólo para largarse a llorar tres segundos después.

    Por supuesto, nada es tan sencillo como parece, el enemigo puede estar más cerca de lo que creemos, los rusos quizá no sean tan malos como los pintan y quizá las Promesas del Este nos terminen seduciendo más que las Realidades del Oeste. Habrá que ver y -mientras tanto- disfrutar.

    El Topo contiene una historia y un desarrollo que nos exige estar espabilados, de modo que recomendamos no observar este film si andamos con sueño. Se trata de una lección de espionaje de ésas en las que los cristales empañados se permiten el lujo de indicarnos que nada hermoso puede estar sucediendo detrás de ellos.
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  • La invención de Hugo Cabret
    Harold Lloyd se aferra a las manecillas del reloj para evitar la muerte. He allí una de las analogías más contundentes de la vida, y también una de las más hilarantes. Por que del otro lado de la ventana hay un gordo que no pretende ayudarte, sino cagarte a piñas. El viejo Georges no se aferra a los relojes pero vive rodeado de elementos que funcionan a cuerda. Es su manera de sobrellevar el presente y de sepultar el pasado. Sin embargo, del otro lado (del mostrador) no hay un gordo con ganas de fajarlo si no un preadolescente que le reclama una libreta que conserva los pasos a seguir para elaborar el duelo que lo dejó huérfano.

    Un autómata funcionará como vehículo en este repaso de la historia –cinematográfica- en la que casi todos nuestros apetitos personales (musicales, cinematográficos) crecen conforme avanza el cuento, para dejarnos con hambre de seguir viendo, escuchando y sintiendo. Por si no fuera suficiente, incluso hay medialunas (croissants) tamaño godzilla que parecen salir de la pantalla para seguir cebándonos el bagre.

    Hablar del film resultaría contraproducente cuando deseamos detenernos exclusivamente en Martin Scorsese para pronunciar lo siguiente: La vitalidad de este señor es increíble. Deseamos de todo corazón que no se muera nunca, por que no queda nadie (nadie) que filme así, que dirija así, que arme y disponga así. Su incursión en el 3D es de lo mejor que se haya visto, así sin más.

    Nuestro débil intelecto nos impide comprender el motivo ó los elementos que llevaron a ciertos críticos del palo serio a ponerle un “Regular” a Hugo, de Martin Scorsese. A nosotros nos pareció maravillosa, emocionante, necesaria, imprescindible. Como Z, de Costa-Gavras, pero en plan bálsamo.

    Alguien incluso nos recordó (para bajarnos a la tierra) que uno de los desencadenantes de la bancarrota depresiva de Melies fue “Bombita” Edison, que básicamente proyectaba las fantasías fílmicas del buen Georges sin pagarle regalía alguna. Interpretamos dicho comentario como una tirada de orejas injusta, un intento Cefyl de ensuciar a Scorsese porque que no recordó incluir el hecho real de que un paisano suyo se mofó de Georges y no le pagó lo que le correspondía. Les faltó decir que si Georges estuviera vivo votaría a favor de la Ley SOPA.

    Zonafreak se conformó con oír la voz en off de Ben Kingsley afirmando que el cinematógrafo lo parieron los Hnos. Lumière. Sea cierto o no, lo consideramos suficiente para tapar el oscuro, sesudo, letradísimo datito de las putas regalías que no pagaba Edison.

    Vayan a ver Hugo, por Dios. En un momento triste en el que la gente se ahoga y se muere podemos permitirnos sumergirnos en una pecera preciosa llena de brillantes sardinas que no duelen. No perdamos la chance.
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  • La chica del dragón tatuado
    David Fincher aprovecha el primer volumen de la trilogía de Stieg Larsson para mandarte directamente a la Tundra de tu Hermana, ese pedacito de frío allá en el norte europeo, donde debajo de las apariencias gourmet de un par de caserones minimalistas –oh, exquisitamente decorados- yace un grosero depósito de sangre de niñas violadas (en cuerpo y secretos) por sus papis, maestros y tutores.

    Quien suscribe no tuvo el privilegio de leer la trilogía literaria que derivó en el guión de Steven Zaillan (hoy por hoy un guionista indestructible que debe facturar siete cifras verdes por cada uno de sus trabajos), y debe admitir que durante los primeros diez minutos de metraje se reconoció perdido al punto de pensar que Millenium es una cafetería cool tipo Museo Renault donde se reúne la crema intelectual sueca y no la revista donde el pobrecito de Mikael trabaja a destajo (jo jo) despuntando su vicio investigador.

    Por causa de un “video de Rial” malparido, Mikael necesita borrarse del mapa por unos meses. Oportunidad ideal para aceptar un trabajito en una isla siniestra como la de Scorsese (el peñasco cuenta con su propia extraña dama extraviada y además hay psychonazis por todos lados). El trabajo -periodístico- de Mikael llega a un punto ciego del que sólo se puede salir incorporando una compañera, Lisbeth, simpática muchacha fanática de los fideos maruchán que tiene más talento que piercings y menos vello púbico que paciencia.

    Quienes hayan leído el libro sabrán el desenlace. Quienes no lo hayan leído encontrarán aquí otra pieza contundente de Fincher, acostumbrado a asesinos seriales esquivos y parejas desparejas de investigadores. Ducho al punto de avanzar y acumular films quirúrgicos en los que cada escena contiene al menos dos ó tres joyas dignas del recuerdo, todas ellas apuntaladas (cuando no gestadas) desde el diseño sonoro de Ren Klyce, un tipo que es capaz de hacer sonar el viento al recontra-palo allí donde al capo Stellan Skarsgäard ni siquiera se le despeina el jopo, e incluso de hacernos cerrar los ojos -impulso subconsciente de intentar cerrar los oídos- ante el grito desgarrador de Lisbeth, volcán sonoro -gestado en un ascensor- que nos cuenta una ultradesgraciada historia de vida en 0,5 segundos de bella y suficiente duración. Hablando de duraciones suficientes, el film dura 3 horas y se las quiebra sin ningún inconveniente.

    Zonafreak salió del cine con ganas de ver la continuación.
    Rogando que la dirija Fincher y que mantenga el elenco.
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  • Terror en lo profundo 3D
    Lo único verdaderamente destacable de Terror en lo Profundo se reduce a las criaturas neumáticas de Walt Conti, sensacional artesano que ya hizo de las suyas en Alerta en lo Profundo, Anaconda y La Tormenta Perfecta.

    Podemos cometer un exceso al afirmar que el trabajo de Conti es de lo mejor que se ha visto en cuanto a monstruos acuáticos desde que Bob Mattey diseñó -junto a Joe Alves- al dientudo protagonista de Tiburón (¡1975!, invicta e indestructible), pero en verdad consideramos que los tiburones generados por computadora son horribles: Nos aburren y además lucen muertos como los ojos de la muñequita china que hacía subir la temperatura del Capitán Quint durante su fiebre USS. Indianápolis.

    El film que nos compete no nos produce fiebre. De hecho no nos produce un carajo, pues carece incluso del carácter descerebrado de Piraña 3-D, lo que a esta altura ya es un problema más grande que los tiburones multinorma (martillos, toros, cazones, cigarros, blancos) que de un día para el otro empiezan a poblar los ríos mediterráneos de América del Norte por obra y gracia de tres rednecks de oscuras intenciones y flojos tornillos.

    En el centro de la zona de operaciones de este sospechoso trío piscicultor se halla una isla palaciega, propiedad de una chica que estudia en la versión gringa de la Universidad de San Andrés. La chica en cuestión invita a sus amigarchis a pasar un fin de semana de locura en la isla y a los 10 minutos de arribados al lupanar, uno de los integrantes de la comitiva sufre el revés de su vida: Se hace el banana surfeando y un tiburón enorme -como las tetas de la actriz secundaria- le wachiturrea el brazo de un mordisco, desatando en el grupo de amigarchis una carrera contra la nada que derivará en groseros errores espaciotemporales que hicieron enojar incluso a este cronista, generalmente dócil aunque acérrimo defensor del cine reventado.

    El recurso del 3-D se reduce a un par de explosiones chotas con restos de hierro volando hacia nuestras cabezas y poco más. Los actores hacen lo que pueden, y uno de ellos destaca del resto por que sufre un "rapto maorí" y se mete en el agua decidido a matar tiburones con una lanza.

    Aún en contra de nuestros principios, consideramos que quizá sea mejor bajar este film de Internet para “disfrutarlo” en casa. Hoy por hoy pagar 46 pesos por otra floja película de tiburones ya no es negocio, ni siquiera en tres dimensiones.
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  • La piel que habito
    Las críticas de alta escuela no dejan de ubicar como referencia ineludible a Les Yeux Sans Visage, de Georges Franju. Puede ser. También hay algo de Le Sang Des Bêtes, llegado el caso. Por que Antonio Banderas -su personaje- fabrica piel sintética gracias a las células de la sangre de las bestias (en este caso, chanchitos).

    Y tensando la cuerda también podemos encontrar referencias en Panic Room, de David Fincher. Por que la estilizada obra bioartística del cirujano genetista sueña su sueño en una habitación hermética y monitoreada desde el afuera. Y el pánico propiamente dicho se manifiesta en la rutilante jeta de Marisa Paredes cuando a la mansión (y a la película) llega un gato montés brasileño con ganas de moverse a la obra de arte del eminente cirujano. Diez minutos perfectos, pura tensión, que de por sí valen la película entera.

    El resto de la trama nos ayudará a entenderla (a la trama, digo). A porqué dos irmãos se odian al punto de reventarse la vida mutuamente. A porqué nos cuesta tanto aceptar que algo se termina, prolongándole una agonía tan deliciosa como innecesaria. A la necesidad de fumar amapola que aparentemente tienen los profesionales de la medicina, incluso cuando comprobamos que no hay ningún opiáceo capaz de adormilarnos la obsesión que nos inunda los poros, sean estos sintéticos ó naturales.

    Lo mejor, lector ocasional, es que vayas a verla y saques tus propias conclusiones. No se trata de un film ultracomplejo (basado en una novela compleja… y al mismo tiempo también parece haber sido inspirado en un alucinante film francés) que divide aguas al punto de generarte cuestionamientos respecto a entrarle ó no entrarle, se trata de la última de un gran realizador, y convendría no dejarla pasar.

    Eso sí: quizá sea momento de admitir (desde la impunidad que nos regala el ser cronistas al filo del anonimato) que el trabajo del músico Alberto Iglesias es superlativo al punto de convertir cuatro planos seguidos en una experiencia cinemática profundamente valiosa. Ojo, no estamos desmereciendo a Pedro Almodóvar, pues al fin y al cabo es su película y fueron sus decisiones las que -afortunadamente- hicieron que de la combinación surja la magia.

    La Piel Que Habito es un novelón imprescindible para cualquiera que disfrute de Almodóvar (ya sea del viejo ó el nuevo, para nosotros sigue siendo el mismo individuo). Desde nuestro flanco freak, podemos asegurar que el factor en cuestión está presente y no desentona. El lunar en el culo del brazuca disfrazado de yaguareté no nos permite mentir.
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  • Gigantes de acero
    Lo que más sorprende de Gigantes de Acero es la capacidad del niño para elaborar la muerte de su mamá. Lo hace con la velocidad propia del más avanzado robot. Cahiers du Zonafrèak sostiene que los niños del meinstrin actual elaboran la pérdida de sus seres queridos muy rápido por que tienen bocha de estímulos que atender y poco tiempo que perder y todo eso.

    Parece que cuando tenés la leche de ser un niño -y el destino te deja sin guardián- tus opciones se limitan a buscar desesperadamente una nueva figura de autoridad ó, caso contrario, renegar de la misma y rendirte a los estímulos que se te presentan. Como para olvidarte de lo que pasó y entretenerte un rato. Placebo-Robot.

    Por que el nuevo huérfano que protagoniza Gigantes de Acero es un enfermo de los robots y de las nuevas tecnologías. Y resulta que su padre (Hugh Jackman en su mejor interpretación, lejos) es un tipo que entiende poco de responsabilidades pero mucho de robots, al punto de hacerlos competir en matchs pugilísticos sin sangre pero llenos de bardahl máxima compresión. Al contrario de Transformers, aquí los organismos cibernéticos nos ofrecen coreografías suaves, entendibles, interpretables. En ningún momento perdés la línea respecto de quién le está destrozando la mandíbula (mecánica) a quién. Y eso es un mérito enorme en esta época llena de fuegos artificiales descontrolados.

    Antes de prestarnos a confusiones, debemos aclarar que Spielberg y Zemeckis produjeron el tanque que nos compete pero no se involucraron en el guión, que pertenece a John Gatis y está basado en un cuento corto de Richard Matheson (que siendo un pichón escribió Duel, que fue el primer telefilm extendido/largometraje de Spielberg). La industria gringa es un boomerang, amigos.

    Y sin embargo, encontramos aquí la historia de un hijo sin madre que busca espabilar el cariño de su padre ausente hasta que se aburre de no conseguirlo y deposita sus esperanzas de afecto en un robot viejo (con corazón de Sinclair Spectrum) que a veces parece estar un poquito vivo. Podría remitirnos a Spielberg. De hecho, lo hace. Y lo hace bien. Y el resultado respecto a Gigantes de Acero es de sorpresa. Se trataba de un film por el cual no nos atrevíamos a apostar ni siquiera un disco de Onda Vaga. Al final nos terminaron tapando la boca todos: Hugh Jackman, el nene, los robots, el guionista, la villana y sus tetas tridimensionales (*), el japo desquiciado que domina el mercado robótico, e incluso Onda Vaga.

    Zonafreak recomienda Gigantes de Acero con fervor.

    Viva el pochoclo, viejo. Viva este pochoclo.
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  • El árbol de la vida
    Una vez que dejás entrar la puntita, terminás aceptándola toda. Al punto de amarla ú odiarla, pero nunca un punto intermedio. Nunca un gris. Para gris, el cabello de Terrence Mallick.

    Amo incuestionable del universo, Mallick es un señor de gorro que cuando se lo propone es capaz de tirar toda la carne al asador, incluso carne de plesiosaurio (*).

    La muerte nos puede hacer pensar en cualquier cosa: Sulfato, clorofila, pies descalzos e incluso sapos atados a cañitas voladoras. Andá a saber. Interpretaciones a un lado, lo que no se discute es la garra que se le puso a esta caricia de tres horas sobre el micro y macrocosmos, o sea un tratado monumental que abarca desde los misteriosos meteoros interestelares que modifican el curso de la evolución hasta los mocos que cuelgan de la nariz de tu hermano menor.

    Queda más que claro que para emprender el viaje se requiere una predisposición semejante a la que deben llevar adelante los tres hermanitos condenados a almorzar bajo la rígida tutela de papá Brad Pitt. Pues algo es seguro: Incluso una caricia puede transfigurarse en herida si se la prolonga hasta los límites de lo permitido (“torturita china”, que le dicen. Te acaricio el hombro tres horas seguidas hasta dejártelo en carne viva).

    El film de Mallick te ofrece tres “ertes”, como los locales de palermo que terminan en "arte" (cocinarte, amueblarte, pintarte, taparte, arroparte, etc) pero con E:

    Conmoverte, sobrecogerte y romperte (la paciencia ó el encéfalo, dependiendo de cómo le entres a este ensayo largo -y tendido- sobre lo que sucede desde antes que empezamos a respirar hasta bastante después de dejar de hacerlo).

    Y así como pensamos que Sean Penn exageró en su declaración pública respecto a este film (“no lo entendí”), también pensamos que lo enaltecedor/abrumador/fastidioso de la experiencia dura lo que el metraje, y luego del mismo ya no nos sentimos tan cebados como para armar mesas redondas respecto a su mensaje (si es que lo tiene) y contenido (lo tiene en abundancia).

    Zonafreak banca El Árbol de la Vida.
    Eso es todo.
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  • Splice
    Splice
    ZonaFreak
    Vincenzo Natali supo adelantarse a Saw cuando lanzó su película coral rendida a la tierna merced de un puzzle asesino (The Cube), y cabría preguntarse si su film Splice (que llega dos años tarde a los cines de Argentina) no podría generar alguna clase de nuevo subgénero del tipo ciencia loca ó similares. Además, la historia es por demás interesante y los resultados de la misma son, cuando menos, provocativos.
    Estamos bastante curados de espanto respecto a científicos o médicos locos (Human Centipede) y a experimentos grossos que salen horriblemente mal (Hollow Man) pero no estamos demasiado acostumbrados a ver genetistas en las películas, y aquí contamos con dos a falta de uno.
    Adrien Brody y Sarah Polley interpretan a dos cocineros genéticos que transcurren sus días elaborando extrañas criaturas unicelulares que generan insulina barata y también agroquímicos poderosos de espectro amplio y caducidad nula. Juguetean con ADN de modo pícaro pero poco peligroso (son empleados de una multinacional del averno onda Monsanto y hacen todo a hurtadillas) hasta que uno de sus cócteles-estrella empieza a crecer velozmente develando una criatura en principio tierna y después sexy.
    Se trata de Dren, un embrión humano bastante tuneado, con ADN de axolote y águila. Cualquier discurso (machista/moralista) es tumbado ante la fuerza de los acontecimientos: El hecho de que el embrión haya sido diseñado "como una hembra, por su docilidad y buen carácter” se ve sacudido por un par de brillantes cachetazos que la Polley surte por ahí. Y la crisis moral que implicaría sentir cariño por un mero producto de laboratorio se ve reducida al minúsculo tamaño de un crayón como los que utiliza Dren para elaborar dibujitos tiernos onda Liniers en su nueva casa, a la cual llegó luego de que sus tutores se hagan con ella y decidan protegerla y cuidarla. Y, de paso, criarla. Porque educar y contener a una criatura 33% humana, 33% axolote, 33% águila y 1% quién-sabe-qué debe resultar divertidísimo.
    El problema con Dren es que está muy enojada (vivir encerrada no ayuda, y más si tenés hambre y lo único que te rodea es un gato al que no deberías comerte) y además empieza a desarrollar curvas -sobre todo en su espina dorsal- y termina resultando una Lolita 2.0 a los ojos de Adrien Brody, quien hallándose un poco hastiado de Sarah Polley (quien le mete adecuada presión con su deseo de ser mamá por derecha, con embarazo, escarpines y toda la movida) empieza a observar con otros ojos la -hasta ese momento aborrecible e improbable- idea de encamarse con la criatura e incluso enamorarse de ella.
    Adelantar el resto de los conflictos y sus resoluciones no resultaría conveniente, basta agregar que Splice nos resulta un thriller guarro con vaivenes, pero nunca aburrido, y con más de un guiño a la etapa gringa de Paul Verhoeven, en tanto bajadas de línea desfachatadas a ciertos sistemas establecidos, matizadas con severas dosis de violencia. Violencia, además, lo suficientemente sexy como para provocar hormigueos hormonales en los momentos más inadecuados.
    Mención de honor para la femme fatale Delphine Chanèac, bombona frenchy que interpreta a Dren cuando está en edad de merecer (y de brindar merecidos a más de uno).
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  • Mi primera boda
    En ciertos avances del film pudimos ver a una Nati Oreiro desaliñada corriendo -motosierra en mano- a los gritos. Desde nuestra inocencia el asunto prometía. Diremos aquí que dicho momento ni siquiera forma parte de una escena. Se trata de un plano suelto, un trick vendetrailer. Aún así, compramos. Y el asunto siguió prometiendo. Y a la hora de la mesa dulce, la boda cumplió.

    Mi Primera Boda podría dividirse en sketches, todos ligados a la situación central (Daniel Hendler pierde los anillos de compromiso media hora antes de la ceremonia y transcurre una hora y media diseñando estratagemas para recuperarlos) sin demasiada fuerza, pero la suficiente como para no dejar de entretenernos. Pues cada pequeña situación percute en la mayor, aumentando el delirio de Hendler y sus secuaces (incluído DeCaro y el Gente Sexy Clemente Cancela) y cebando el mal humor de Natalia Oreiro, que se hace cargo de la fiesta y de los invitados con la mejor sonrisa posible teniendo en cuenta que entre los invitados se cuentan su mamá escabiada (Solita Silveyra, muy bien) y su ex maestro de artes, un profesor hot de UBA, fisgón miserable nene de mamá que la juega de catedrático intelectual anarco-amatorio, interpretado de taquito -o sea, muy bien- por Imanol Arias.

    Tal vez algunos chistes (no gags) no nos generen tanta simpatía como otros, pero lo incuestionable radica en que el grueso de la platea recibió con alegría la mayoría de los remates. Este humilde servidor se incluye. Si te causan gracia las agudas percepciones del absurdo cotidiano que vierte el primo de la novia tan solo levantando su ceja izquierda, ésta es tu comedia. Y si te causa gracia ver a Pepe Soriano haciendo de anciano que se pasa toda la película pidiendo porro, también lo es.

    Para compensar la balanza, tenemos a un sacerdote (Mundstock), un rabino (Rabinovich) y un estupendo remisero (Ariel Pérez) que podrían hacer reír a los que no se rieron ni con el primer ejemplo ni con el segundo.

    Incluso hay espacio para escenas verdaderamente sólidas, en las que novia y novio mantienen discusiones propicias para que las diferencias entre uno y otro afloren, al punto de poner en vilo el destino de estas dos almas inadecuadamente gemelas.

    Todos lucen en sus roles, pero quien arranca las mayores sonrisas resulta ser el primo del novio, interpretado por Martín Piroyansky, inclusión que -junto con la tierna secuencia de créditos, el papelito asignado a María Alché y el chiste para entendidos sobre un film de Celina Murga (*)- será harto bienvenida por la Generación NBA (Nacional Buenos Aires).

    Y por nosotros también, he dicho.
    Porque ver a Nati Oreiro diciendo “Cogés mal” hace que la entrada se pague solita.
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  • Fase 7
    Fase 7
    ZonaFreak
    Antes de caer en la tentación de cambiar el título del film por uno más familiar y obvio como, por ejemplo, Walter versus La Pandemia, debemos aceptar que aquél entrañable dormilón telefónico que parió Daniel Hendler está presente aquí sólo de a ratos, pues en el resto del mambo podemos deleitarnos observándolo jugar frente al espejo, bajándole un par de cambios a Jazmín Stuart (embarazadísima), jugando con armas de fuego y afeitándose como un verdadero redneck.


    La trama nos dice que el crecimiento sustentable ya pasó a ser una fábula ó un chiste agresivo, y el planeta entero se encuentra bajo un colapso virósico aparentemente perpetrado por las grandes potencias, aquéllas que básicamente han decidido que ya somos muchos y queda poco morfi y medicamentos. Entonces, armas químicas para casi todos y a otra cosa (*)
    Esto no parece perturbar el microcosmos de Coco y Pipi, que cargan el changuito en Carrefour y pagan con débito para obtener descuentos considerables mientras fantasean y se boicotean el sueño de hipponear en las sierras de córdoba y acomodan las latas de tomate en su espacioso semipiso.

    (*) Un vecino de Coco y Pipi (interpretado por Yayo Guridi, bien por él) es quien aparenta tener la posta respecto a lo que está pasando afuera (calles vacías, algunos muertos y el edificio entero en cuarentena) y es él quien sostiene la hipótesis del ataque químico generalizado para reducir drásticamente la población mundial.

    Pero el edificio (ahora sellado y aislado del afuera) cuenta con una pequeña comunidad que traerá más de una complicación al hermético transcurrir de Coco, Pipi y (si se quiere) Yayo. Porque hay dos vecinos facsistas que hacen simbiosis entre sí y quieren cohetear al más veterano de los inquilinos (¡Federico Luppi con anteojos Poncharello!) porque tiene una pequeña y sospechosa tosecita.

    Fase 7 contiene (además de una trama entretenida y un puñado de gags dignos de aplauso) la posibilidad de observar a Hendler en un registro un poco más exacerbado de su paranoico usual, además de deleitarnos gratamente con el rol secundario del ya mencionado Yayo (bienvenidas sus salidas fáciles y su grosería, sí), y de un alucinante showdown a oscuras entre Luppi, Hendler y Yayo en el garage del inmueble.

    Y la mención (es opinión) casi constante a un Eternauta que ya está pidiendo a gritos su versión cinematográfica de una buena vez.
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  • Piraña
    Piraña
    ZonaFreak
    Existe algo en los films sobre animales acuáticos que, si no nos conmueve, al menos nos convoca y nos excita. Seguimos esperando un sacudón similar al que nos provocó (y nos sigue provocando) Tiburón, y aunque dicho nuevo sacudón jamás nos llegue por completo, seguimos manteniendo un fiel peregrinaje hacia estos exponentes de celuloide sumergido y dentado. En primer término deberíamos aclarar que este film no se trata de un remake tridimensional del clásico pergeñado por Joe Dante hace más de treinta años. Se trata de un vehículo (fuera de borda) que nos conduce a una grande atrocité de 20 minutos -quizá largos- en el que los simpáticos pecesitos hacen de las suyas en un concurso de Culos Reef amenizado por las arengas del autoproclamado “mejor amigo de Quentin Tarantino” (El inimputable Eli Roth, que muere como merece).

    Subyacen aquí varias tramas que fluyen concéntricamente entre sí a las cuales quizá no les prestemos demasiada atención si lo que estamos esperando es el ataque de las mojarras superdotadas: Tenemos un enorme lago que sufre un movimiento tectónico considerable dejando al descubierto una laguna subterránea oculta que está plagada de pirañas antediluvianas enormes y sedientas de sangre. Tenemos una sheriff veterana (Elisabeth Shue) intentando descular la naturaleza de tamaña novedad junto a un experto de gafas y barbita. También tenemos dos niños que se escapan del tutelaje permisivo del hermano mayor de uno de ellos y salen a navegar por el lago en cuestión. Y tenemos al hermano mayor, que está completamente en otra, buscando pinchar con la chica de sus sueños ó con alguna de las conejitas protagonistas del próximo hit de un cineasta porno tipo bangbros (Jerry O´Connel, muy pero muy lejos del muchachito rollizo que interpretó en Stand By Me).

    Estas subtramas aportan poco y nada a excepción de algún flash cárnico de las conejitas en cuestión y alguna participación estelar que ya conocíamos de antemano (Christopher Lloyd). Lo que todos estaremos aguardando será el ataque sobre las playas, momento en el cual la sangre fluye en forma y podremos presenciar un par (o un trío, o un cuarteto) de muertes bastante originales. Es muy probable que este segmento no decepcione a nadie e incluso es probable que la mayoría de nosotros lamentemos que no sea el clímax final del film (el auténtico clímax final resulta flojo en suspenso y bastante predecible en resultado como para superar el frenesí anterior).

    Alexandre Aja nos ofrece una cinta en la cual podemos echar de menos la audacia de Haute Tension y The Hills Have Eyes, en las que el realizador bretón no tenía ningún drama en cohetear niños y hacer que un demente deforme beba -con fruición y lascivia- litros de leche directamente del seno de una desesperada mamá hot. Piraña 3-D sostiene nuestra atención de modo bastante accidentado hasta el momento cumbre del ataque, y aquéllas incorrecciones previas de Aja (que su momento supimos aplaudir) aquí no van más allá de primeros planos de gente jalando cocaína directamente del depilado bajovientre de alguna mocosa y algún que otro plano largo de un órgano específico de la anatomía masculina siendo masacrado y regurgitado por los simpatiquísimos animalitos. Lo que tal vez no hable de un ablandamiento del director, si no mas bien de sus esfuerzos por adaptarse a un mercado que, a cambio de una calificación sumisa, le ofrece una tonelada de dinero en las taquillas (tal y como sucedió). El efecto tridimensional no nos sobrecoge y lo realmente bueno se limita a primeros planos de tripas (y otras achuras) flotando suspendidas en el agua, tal y como ya vimos en Jaws 3-D, pero aquí lucen mejor. Este mambo del 3-D y su utilización "gratuita" suscitó una simpática pelea entre los productores de Piraña 3-D y el William Wyler del 3-D (James Avatar Cameron), que salió a rasgarse las vestiduras proclamando que el 3-D no está para semejantes pelotudeces. Acusación brillantemente contestada por los productores de Piraña 3-D, quienes se defendieron al grito de “Calláte que vos dirigiste Piraña 2 - El Demonio Del Mar, que es malísima”. Gol.

    Bonus track obvio: Quienes amamos Tiburón lograremos reconocer a Richard Dreyfuss en la secuencia inicial del film, graznando la misma cantinela que supo graznar en aquél film junto a Robert Shaw y Roy Scheider.

    Bonus track extraño: En una feria de DVDs truchos en pleno centro de Cochabamba (Bolivia), un plasma de 42 pulgadas repite una y otra vez la secuencia del ataque de Piraña 3-D (cinerip) ante los regocijados transeúntes andinos, que no dejan de aplaudir la sangrienta suerte que corren esos gringos inadaptados.
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  • Lazos de sangre
    Jennifer Lawrence nos hace acordar a Reneé Zellweger. Facialmente hablando, sólo eso. Si actúa mejor que la pepona de Down With Love aún no podemos discernirlo (tampoco es taaan difícil), pero en Lazos de Sangre contamos con un contundente parámetro como para seguir de cerca -y de modo auspicioso- la labor interpretativa de esta muchachita.
    A la muchachita en cuestión le pasan todas: Un padre adicto al crack que desaparece sin dejar demasiados rastros, una mamá cuyo cerebro ya no carbura (ó carbura en una sintonía diferente a la del resto) y dos hermanitos menores (nene y nena) que tienen el hambre suficiente como para aprender a cazar animalitos silvestres.
    A este captíulo de Bob Esponja tan tierno y colorido hay que sumarle un tío turbio, una amiga fiel y un grupo de violent femmes dispuestas a silenciar a la muchachita así sea de modo violento y -por qué no- miserable. El silencio imperativo que pretenden generar en nuestra muchacha tiene que ver con las tramoyas de su padre, que evidentemente hizo algo más que drogarse y desaparecer sin dejar prenda. Entre las cosas que hizo se puede contabilizar poner la casa de la familia a modo de fianza para costear su último hospedaje carcelario. Si papá no aparece, se ejecuta cierta deuda que deja en la calle -ó en medio de la ruta, ó en lo más recóndito de un bosque absolutamente espeluznante- a la cría completa. Y el invierno amenaza con congelar todo, inclusive las tripas de las ardillas. Perder el techo no es opción, y se hace imperativo salir a buscar a papá, no tanto para desandar su camino y descubrir sus deseos, pasiones e historia… si no mas bien para terminar con el suplicio hipotecario y enterrar sus descompuestos restos como corresponde. Por que tenemos un mundo de posibilidades para elegir: Quizá lo descuartizaron y se lo dieron de comer a los cerdos del vecino. Tal vez lo mandaron a matar. Probablemente se suicidó. También podría ser que no se murió nada. Andá a saber.
    Y allí está Ree (Jennifer Lawrence), ajena a todo lo que no sea llegar a la verdad, paseando sin historia por un museo de rednecks de ésos que cuando menos lo esperás pueden tirarte una taza de agua hirviendo en la cara y desfigurarte. Recibirá alguna ayuda (no demasiada, más ambigüa y sugestiva que otra cosa) y transcurrirá las situaciones más miserables y crueles sin perder la lozanía de sus cachetitos.
    Lazos de Sangre introduce a una excelente y muy joven actriz en un panorama que a los cinco minutos de iniciado el metraje reconocemos absoluta e inquebrantablemente desolador, sin chances de fiesta exceptuando relámpagos de belleza ó de oxígeno traducidos en pollitos jugando sobre vehículos carcomidos por el óxido ó una celebración de cumpleaños con una vieja alucinante (Marideth Sisco, diosa pagana del bluegrass, http://maridethsisco.com) interpretando melodías símil Dónde Estás, Hermano.
    El resto, depende de cómo se vea: Como una linda laceración en forma de película ó como un ejercicio bastante sado consistente en generar situaciones más y más embromadas (realmente una putada atrás de la otra) hasta lograr que finalmente la preciosa e inquebrantable Ree -a esta altura una escultura de mármol- se largue a llorar como la niña de 17 años que es. Y que Jennifer se gane una -merecida, carajo- nominación al oscar.
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  • Los viajes de Gulliver
    La historia es harto conocida: un hombre de estatura normal se pierde y aparece como náufrago en una isla, Liliput, habitada por gente diminuta. Jonathan Swift, el autor de la célebre historia original, dotó de magia y aventuras a su trama, pero no inocencia: había, detrás de los ínfimos liliputenses, una enorme sátira política.
    Pero eso ocurrió en 1726, año en el que se conoció "Los Viajes de Gulliver", y de ese punto en la historia a éste actual, han pasado (léase, se han perdido) muchas cosas. Una de ellas, acaso la más importante, fue el costado satírico, aquí completamente ausente y sustituido por referencias a la cultura pop actual, así como chistes livianos e inocentes, de esos que quitan una sonrisa sin ofender a nadie.
    Las críticas, a nivel global, no fueron demasiado benevolentes: se ha dicho que Jack Black repite su papel de siempre (lo cual es cierto, ¿pero acaso actores más "serios" no hacen lo mismo, a menudo en pos de ganar un Oscar?), que la "esencia" del original se ha perdido (es discutible: "Gulliver..." fue siempre una fábula principalmente orientada a los más pequeños, y eso es algo innegable que mantiene esta megaproducción de la Fox), y que el resultado final de esta película es tan pequeño como sus habitantes: puede que así sea, pero desde un principio los realizadores del film no parecen tener mayores pretensiones.
    Así y todo, las andanzas de este nuevo Gulliver tienen un indiscutible punto a favor, que han perdido muchas producciones infantiles recientes: no traiciona a su target principal (6 a 12 años, seguramente) con implícitos chistes para adultos, no hay muertes trágicas o momentos dramáticos al estilo Disney, ni se hace gala del ya insoportable cliché "para chicos y grandes": aquí los que disfrutan son los niños, y no hay nada de malo en que por una vez alguien piense inocentemente en ellos.
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  • Somewhere - En un lugar del corazón
    Ajá. He aquí el nuevo film de Sofía Cóppola, esta vez protagonizado por el ex-vampiro (The Deacon) y ex-"beatle" (Stuart Sutcliffe) Stephen Dorff. Nuestro héroe se hace llamar Johnny Marco (Suena similar a Donnie Darko, pero no) y es un superstar con una vida huequita como cabeza con trayectoria de bala. Miss Coppola vuelve a mostrar su muñeca respecto a estos asuntos (la vacuidad de las estrellas, lo rutinario y obsoleto de sus transcurrires, estén o no en la cima de su popularidad) pero durante la proyección pudimos escuchar claramente exclamaciones del tipo ¡Dale, hacé un corte, meté un corte YA!.
    Así es: Esta vez nos ponemos de ése lado y le damos la razón al grito: La primera mitad de Somewhere no justifica su extensión, ni siquiera con las dos gatitas siamesas que bailan disfrazadas de tenistas para placer (queremos creer, por que no parece estar disfrutándolo) de Donnie Darko, quien durante la segunda mitad de Somewhere puede y debe empezar a relacionarse con su hija de una buena vez por todas y de este modo caer en cuenta (de modo dulzón, casi diabético) que hay cosas más importantes que estar todo el día peinando mandanga, teniendo sexo con gemelas rubias y fans y sacándose fotos publicitarias de tu último y exitosísimo tanque cinematográfico de 100 millones de dólares.

    Por que, como decía Guille Francella...
    después de todo, lo que más importa es la familia.
    Sobre todo si tu viejo dirigió The Godfather Part II.

    Muy, muy lejos de Virgin Suicides.
    Dando vueltas por sitios frívolos bastante llamativos en su persona.
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  • El Rati Horror Show
    Finalmente, la última bomba de Piñeyro pasó por BAFICI para demostrarnos lo podridas que se hallan nuestras instituciones (la policial y la judicial) y lo avispados que deberíamos de estar para no caer bajo ciertos tentáculos que se desprenden de ambas.
    La Masacre de Pompeya, vista según Piñeyro, resulta en la corrida infernal de un individuo que se muestra asustado ante un Peugeot 504 con personas amenazantes -itaka en mano- en su interior. El individuo acelera su vehículo por que se siente a punto de ser robado, y desde el Peugeot 504 surgen disparos.
    Diecinueve disparos. Quizá más. Uno de estos disparos le parte la mandíbula. En la corrida, el individuo atropella a personas que mueren tras el impacto. Una vez que su vehículo se detiene, del Peugeot 504 surgen cuatro hombres (¿civiles?) que le disparan aún más tiros. El individuo no muere en el acto, pero muere en vida: Se le imputa resistencia a la Ley, y varios homicidios agravados. Treinta años preso.
    Entonces Piñeyro recoge los testimonios, los mapas y las brújulas mientras intenta explicarse los hechos (con esa cuerda tónica que deja retrogusto a envidiable superioridad, cuerda que la mayoría de las veces suele gustarnos) y llega a la inevitable conclusión de que La Masacre de Pompeya fué Masacre, sí, pero perpetrada a raíz de accionares policiales enfermizos.


    Provoca cierta clase de incomodidad (cuando no estupor) observar en pantalla ciertas obviedades, y cómo dichas obviedades pasaron desapercibidas (intentamos ser benignos) por los jueces que decidieron con su fallo los próximos oscurísimos treinta años del individuo de marras.
    Piñeyro, pues, nos introduce en su mundo ultrapragmático de revisar todos los detalles que hacen ruido (incluso detalles de dicción en Magistrados Públicos que, tras el fogoneo de Piñeyro, nos resultan inadmisibles) y nos ofrece un festival de impunidad en el que un testigo clave que sale por Telefé Noticias asegurando falsedades no es ni más ni menos que un compinche histórico de ciertos bestias que deambulan por la Comisaría 32va.
    El Rati Horror Show! no será obligatoria (mucho menos si ya estamos hartos de escuchar una y otra vez lo que ya venimos sospechando hace rato), pero sí sumamente clara en sus postulados. De modo que si queremos seguir envenenándonos con ciertos elementos enquistados en una institución concebida para Servir y Proteger, entonces adelante con este mazazo que, por si fuera poco, incluye momentos de distención muy bienvenidos entre tanta oscuridad.
    Los aspectos formales y técnicos del film serán mejor explicados a través del siguiente diálogo, que se sucedió luego de la proyección, entre Piñeyro y un espectador anonadado.
    Espectador: ¿Por qué utilizaste el recurso del Cine dentro del Cine, mostrándote en cámara mientras llevabas adelante el proceso de montaje del documental?
    Enrique Piñeyro: Por que soy extremadamente narcisista y me encanta verme en pantalla diciendo cosas.
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  • Francia
    Francia
    ZonaFreak
    La niña en realidad se llama Mariana, pero ha decidido ser Gloria. Sucede que en el mundo de los adultos, pleno de preocupaciones y golpes bajos, no hay suficiente espacio para los deseos y necesidades de un niño. Deseos y necesidades que serán cubiertos y cumplidos (en mayor ó menor medida) por mamá Natalia Oreiro y papá Lautaro Delgado, pero aún así, Gloria presenta desórdenes de carácter y trastornos de conducta que ponen en jaque tanto la psicopedagogía creadora de la directora de su escuela privada (Lola Berthet) como la paciencia de su maestra de psicodanza (gol de Violeta Urtizberea).

    Es que, básicamente, el universo de la niña se halla muy distante de todos los inconvenientes que parecen plantear(se) los adultos, y Francia nos ofrece una perspectiva poderosa e impactante -pero también fresca y simpática- que intenta matrimoniar ambos mundos (niño y adulto) y mostrarnos la forma en la cual uno afecta (y modifica) al otro, a través de la puntual y genuina voz cantante de Gloria/Mariana/La Hija de Israel Adrián Caetano, una damita que se devora la pantalla, y no precisamente por su notoria y bonita dentadura.

    "Costumbrismo" que no es tal, situaciones que nos aproximan a lo básico por sobre lo accesorio (amén de un plano secuencia maravilloso que expone el festejo decadente de una familia de posición económica harto holgada) y un psicólogo recién recibido que nos ofrece un acertijo de dudosa resolución para repasar por las noches (antes de dormir) y así despejar la cabeza. Todo eso es Francia, quizá el film más oxigenador del festival hasta el momento.
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  • Tierra de zombies
    Apocalymbo

    El mapa de films que se mofan del género zombie es mas bien extenso: Desde la sólida Shaun of the Dead hasta la simpática Doghouse, pasando por la delirante Stacy: Attack of the Schoolgirl Zombies y la gloriosa The Return of the Living Dead, algo ha destacado a estos films respecto a las propuestas serias y políticamente cargadas de George A. Romero ó de –no tan políticamente cargadas ni tan serias- Dany Boyle. Sus concepciones presentan novedades que refrescan al género y no se quedan en la burla básica y tensan la cuerda ofreciendo algún que otro elemento interesante.

    Zombieland pertenece a éste mapa que nos concierne y sin embargo ocupa un sitial particular en el mismo, pues aquí el zombie no es objeto de burla ó de originalidad. Es un zombie prototípico de fines del siglo XX: Hambriento, cabrón y veloz. Son los vivos los que reciben las pinceladas interesantes, a través de la pluma bipartita de Rhett Reese (aportó lo suyo en el guión de Monsters Inc.) y Paul Wernick.

    Un mozalbete simpático y benigno (que tiene la particularidad de emitir más del 80% de sus líneas de diálogo en off para saciar su parloteo superador personal y para divertirnos a nosotros, sus ávidos espectadores) nos introduce en Zombieland, una América arrasada por zombies en la cual la disciplina es la única bandera que nos puede mantener con vida. Disciplina manifiesta a través de simpáticas reglas (en una secuencia inicial muy chula) que, de no cumplirse, ameritan muerte segura.

    Nuestro héroe deambulará por allí cumpliendo las reglas (e incorporando algunas nuevas) hasta cruzarse con un hipertrofiado BillyBoy (Woody Harrelson), que no sabe nada de reglas pero que, oh casualidad, también ha logrado mantenerse con vida. La química fluye entre ambos (a fuerza de piñas y malos entendidos) y Zombieland nos regala otra pareja dispareja para el olimpo cinematográfico freak, a la altura de Tommy Lee Jones y Will Smith en Men in Black, pero con menos lustre y sofisticación.

    El muchachito quiere cerciorarse de que su familia (hasta ese momento, inexistente en su cerebro) esté con vida, y a BillyBoy no le importa a dónde dirigirse siempre y cuando al llegar allí haya golosinas, entonces emprenden camino hacia la Nada, pues ya sabemos que las chances de encontrar parientes vivos en una epidemia de zombies es harto escasa. En el camino acoplarán a dos Femme Fatales con sus propios planes e intenciones, y el destino final los encontrará a todos en un parque de diversiones atestado de zombies.

    Adelantar las cuestiones ó acciones que hacen que nuestra pareja dispareja acople a dos damas en su derrotero, y por qué todo concluye en un gran parque de diversiones, sería arruinar más de la mitad de las gracias que despertará Zombieland sobre quien decida dirigirse a su sala de cine favorita en busca de un film de zombies jodón. Sólo podemos adelantar que BillyBoy en realidad no es tan abstruso como parece, y que -obviamente- las intenciones del muchachito no son otras que pinchar con Wichita (una de las femmes), por más que dichas intenciones queden cubiertas por su galantería de joven cool lastimoso.

    Promediando el film nos llega un cachetazo de frescura (quizá innecesario, pues el film se sostiene de modo genial y avanza sin mayores inconvenientes) a través de la participación especial de un actor lo suficientemente idolatrado como para justificar la reacción de Woody Harrelson ante su presencia.

    A nivel “novedad zombie”, el film aporta poco y nada. Excepto una secuencia de créditos espectacular colmada de planos en cámara super-lenta. No exageramos al decir que nunca vimos a un zombie vomitar tan lento y tan lindo. La carencia de aportes originales a la composición morfológica o psicológica del zombie nominal no debería ser un inconveniente si dejamos la ortodoxia de lado y disfrutamos la composición morfológica de los personajes (sobre todo de Emma Stone, algo así como una Goldie Hawn joven, tamaño pocket y morocha) y la psicología de los mismos (sobre todo del muchachito y la muchachita). Woody Harrelson, ya lo sabemos, es completamente inimputable y lo amamos. Además aquí hace todo (muy) bien.

    Busquen una sala con aire acondicionado y transcurran un momento grato con Zombieland.

    Bonus Track

    - Los personajes de Zombieland no tienen nombre ni apellido. Sus apodos corresponden a los sitios de los cuales provienen. Si Zombieland transcurriese en Argentina, los personajes podrían llamarse Paternal, Calamuchita, Carapachay y Floresta sin ningún problema. =)

    - Woody Harrelson homenajea, a su modo, al excelente film Deliverance de John Boorman.

    - El freak Jack White tiene un breve cameo de diez segundos (se lo come un zombie).

    - La banda sonora del film es, además de ecléctica, efectiva y bonita. Incluye Metric y ¡Hank Williams!
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  • Eden Lake
    Eden Lake
    ZonaFreak
    Gore y tensión para despedir bien el año

    Hoy en día, con las animosidades de la mayoría de la gente en estado de franco aumento, convendría realizar charlas-debate en torno a Eden Lake, sólo por el simple hecho de molestar a los demás y generar más desconcierto, si al fin y al cabo para eso estamos.

    ¿Cómo reaccionar ante un grupete de auténticos cacos que turban el idílico fin de semana que planeaste junto al amor de tu vida?

    Bastante alejados de aquéllos simpáticos cacos que amenizaban el video-clip Señor Kioskero, de Intoxicados -con sus remeras “caco 1” y “caco 2”- los cacos de Eden Lake son jovencitos sajones de un pasar económico digamos más o menos bueno, aprovisionados de tecnología, buena indumentaria y perros de raza.

    Jenny (La colo Kelly Reilly) y Steve (Michael Fassbender) se presentan como una sólida pareja actual -convencionalismos mediante- y discuten por tonterías mientras emprenden camino hacia una reserva forestal con un bosque hermoso, pajaritos, y un lago estupendo. La idea de Jenny respecto a un fin de semana amoroso poco tiene que ver con carpas y fogatas, pero la idea parece girar en torno a ponerle onda a la relación, de modo que Jenny accede con un poco de recelo al rapto boy-scout de Steve, pero sin perder la sonrisa.

    A poco de hallarse asentados en el lago de marras, disfrutando del cinturón lacustre (la playa del lago, digamos), nuestros héroes recibirán la inesperada y poco grata visita de un conjunto de adolescentes con muy pocas pulgas, dispuestos a molestarlos desde el vamos ya sea con su música hip-hop a todo volumen, su perro de 114 kilos que no deja de ladrar y arremeter, ó sus vocablos soeces explicitados a viva voz.

    El asunto se torna interesante (para el espectador) cuando uno de los jóvenes pela un largavistas y se pone a disfrutar de las amenas curvas de Jenny. Y se vuelve un poco más picante y entretenido cuando, luego del esperable enfrentamiento entre el macho Steve y los jóvenes, éstos deciden irse de la playa no sin antes ajusticiar en forma a uno de los bienes personales más apreciados de Steve.

    La situación perderá toda clase de control cuando Steve decida (acompañado por la siempre comprensiva Jenny) continuar el enfrentamiento con el grupo, que a esta altura ya no presenta interés en discernir con cautela el impacto de sus actos. El desmadre comprenderá torturas, muertes y feroces cacerías entre los sobrevivientes de ambos elementos en conflicto.

    Eden Lake nos recuerda (a la ligera, claro está) a Lord of the Flies por el simple hecho de presentar a un grupo de púberes conformando una mini-sociedad que no escatima en resolver sus inconvenientes más profundos con inusitada violencia. En aquélla isla desierta, los púberes no contaban con absolutamente nada más que ellos mismos (además de cascadas y cocoteros).

    Aquí, en Eden Lake, los púberes son cinco ó seis gomas que cuentan con un entorno protector (bastante hostil) colmado de hermanos y tías cuarentonas; entorno al cual volver cuando se les pasa el mambo destructivo. También cuentan con celulares de última tecnología que utilizan como medio de registro para sus locuras hardcore.

    El director James Watkins pifia en apelar a un tip quizá innecesario como justificación extra en el desborde de los jóvenes (el plano de un crío obligado a inhalar popper por otro), pero el resto es -mal que nos pese- puro y duro thriller, gato y ratón en su máxima expresión (inversión de roles incluído), con algunos permisos gore, una femme fatale en potencia (leer bonus track) y la innegable cuota de incomodidad y alarma que nos podría generar el hecho de que una película como ésta se proyecte en Capital Federal.

    No exageraríamos al decir que luego de Eden Lake, algún que otro afiebrado pedirá a los gritos que se agilicen los procesos judiciales ó el accionar policial ó que -directamente- se baje la edad de imputabilidad.

    Bonus Track:

    - La colorada Kelly Reilly ya hizo de las suyas en Puffball, y allí expuso del todo sus curvas, si es que el factor cárnico aportado por el plano mirón los dejó con deseos de más.

    - Junto con Chugyeogja (Hong-Jin Na), Eden Lake presenta uno de los finales más hijos de puta de los últimos años. Finales que no presentan ninguna clase de merced con el espectador cómodo que piensa sabérselas todas, ése que quizá todavía no se entera que incluso en géneros tendientes a los finales no dichosos pero corolarios y tranquilizantes (como el horror) ya podemos empezar a despedirnos del modelo de final feliz y anestésico al que estamos acostumbrados. Auspiciosa señal.
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  • El juego del miedo 6
    Seis para triunfar

    El mejor y único método para lograr escapar del escarnio divino al que puede someterte un individuo como Jigsaw sería, a esta altura de las cosas, transitar por la vida (y de por vida) con una capsulita de veneno alojada en tus encías, para morderla y liberar su elixir autoejecutor segundos antes de formar parte de los ingeniosos juicios de moral y redención que nos invita a jugar el oscuro personaje interpretado por el siempre bienvenido Tobin Bell.

    El personaje de marras, ya fallecido, se guarda para el -hasta ahora- final de la saga una bienvenida pieza de resistencia: Someterá a juicio al máximo ejecutivo de una empresa de medicina privada, simpáticas entidades que juegan a la ruleta con el bienestar y malestar de la gente utilizando el juramento hipocrático como bolita. Probablemente Jigsaw observó la Sicko de Michael Moore y decidió dejar de lado la denuncia simpaticona para encarar directamente al dueño de un gran emporio de salud privado y exigirle que le pague un treatment novedoso para el cáncer que lo aqueja. El ejecutivo se negará y Jigsaw le escupirá un par de verdades (a los gritos), tirará su copia de Sicko al demonio y diseñará un parque temático colmado de situaciones-límite para que el ejecutivo aprenda a ser bueno de una vez por todas.

    ¿Cómo logra un fallecido hacer todo esto sin siquiera mosquearse? A través de flashbacks, claro está. Lo suficientemente bien puestos como para no generar demasiada confusión (aunque sea casi una orden haber visionado las Saw previas para no perderse la mayor parte de los confites importantes). Jigsaw dejó cartas, indicaciones y audios con reglas a seguir, tanto para el sargento Hoffman como para Jill. Amanda, que se nos manifiesta completamente recuperada (en secuencias que abandonan el flashback para mutar hacia una mamúa feroz de metadona) también recibirá alguna indicación oportuna.

    Hay en Saw VI otros personajes, quizá menores en su dimensión protagónica pero vitales para el desarrollo del circuito. Cada uno de ellos gemirá por su vida e intentará conservarla, ya sea mediante ruegos ó lipoaspiraciones muy poco higiénicas ó a través de una muy tétrica e intensa “Rulesita” (conjunción perfecta Ruleta Rusa y Calesita, quizá la mejor secuencia del film).

    Recordemos que John Kramer muta en Jigsaw por que su concepción de la injusticia es tan potente que precisa exprimir hasta la última gota de vida de tu cuerpo para que te conviertas en una masa de voluntad frenética sin dirección puntual, bailando entre dos opciones muy puntales (matar ó morir) que podrían generar en tu persona un cariño más sincero y respetuoso respecto a todo y a todos.

    Los métodos utilizados pueden resultar extremos y gráficos, pero siempre mantienen cierta coherencia freak entre crimen y castigo. Algo así como castigar a un músico abusador de menores tirándole un piano encima desde un décimo piso. Por eso Jigsaw meterá en el juego a una periodista sensacionalista: Por detenerse en los aspectos morbosos de su obra y no precisamente en su titánica misión. Y por que, de un modo u otro, la dama de pelo oxigenado resultará útil en el desenlace del film, que no adelantaremos aquí.

    Intentando dejar de lado el magnífico móvil que lo motiva (y también el hecho de que sus trampas y artefactos funcionan de maravilla) podríamos decir que Jigsaw es la versión triunfante de Willie E. Coyote, aquél mamífero narigón que hizo lo imposible por atrapar al Correcaminos y nunca lo logró. Sólo faltaría que las maquinarias de Jigsaw fueran fabricadas por ACME y que las secuencias en las cuales dichas maquinarias se ponen en funcionamiento sean apuntaladas en lo musical por la alucinante melodía “Powerhouse” de Raymond Scott.

    Si la saga Saw les es familiar, adelante con Saw VI. Y si la saga no les es familiar y tienen ganas de desconcertarse con 30 minutos de flashbacks extraños y escenas de tortura muy ingeniosas (y frenéticamente montadas), adelante también. Probablemente no defraude ni a familiares ni a extraños.

    Bonus Track

    - Desde la productora Twisted Pictures, responsable de la saga, adelantaron que Saw VII, prevista para el año próximo, será la última parte de las macabras aventuras del amigo Jigsaw. ¿Les creemos?
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