Vigilia

Crítica de Horacio Bernades - Página 12

Cuento de aparecidos que tarda en descubrirse.

Una cosa es la ambigüedad, la pluralidad de sentidos. Otra la pluridispersión, el “todo puede ser”. La primera opción pone en jaque las interpretaciones unidireccionales y disemina un relato en varios posibles. La segunda, al no trabajar sobre un verosímil posible sino varios, termina generando un cualunquismo del relato, por el cual, sumado a importantes baches de información, todo da lo mismo. En Vigilia, ópera prima de Julieta Ledesma, un muchacho que podría ser, o no, el hijo de un matrimonio, vuelve a casa de sus padres (o no) en un paraje rural de lo que parecería ser el litoral argentino o uruguayo, es reconocido (o no) por ellos, encaminándose la peripecia a una tragedia que se respira en el aire, pero cuya raíz el espectador ignora.

Por la abundancia de silencios, se advierte que las cosas no andan bien entre Ernesto (Osmar Núñez) y Carmen (la actriz uruguaya Mirella Pascual, recordada sobre todo por Whisky). Hay una mujer, Tessie (María Inés Sancerni), a cargo de Carmen, quien por lo que sus reacciones indican viene de atravesar una seria crisis psíquica, cuyas secuelas no se han disipado. En un momento dado aparecerá Santiago (Pablo Ríos), un muchacho de camisa roja y pantalón rojo, a quien Carmen y Ernesto recibirán alternativamente como el hijo o como un extraño que se hace pasar por tal, de modo que el espectador quedará un poco en babia. Sobre todo teniendo en cuenta que la información que la película suministra colabora con ese atontamiento. Como un flashback (que no está claro quién lo tiene) en el que se ve a un soldado que podría ser Sebastián (o no) combatiendo (¿y muriendo?) en Malvinas (¿en Malvinas; pero entonces cuándo tiene lugar el relato?).

Sebastián funciona a su vez como una suerte del Terence Stamp de Teorema, pero en menor escala, luciendo aspecto salvaje (o cabello despeinado, al menos), tirándole un piquito a su padre (¿o no es su padre?) y buscando en otro momento contacto sexual con el peón de la finca (Jorge Román, el recordado protagonista de El bonaerense). A propósito de salvajismo, Sebastián se ve asociado con Arón, el perro familiar, adecuadamente negro, quien tras su regreso se habría vuelto cimarrón (¿es esto posible?) y por cuyo lado, y el fusil de Ernesto, se desencadenará la tragedia, como en un cuento campero. Tal vez lo que se quiso contar fue esto, una suerte de cuento rural de aparecidos, pero para ello faltó concentración y sobró dispersión. Hasta el punto que la que más aparece en cámara es María Inés Sancerni, y ese detalle es revelador: si la que más aparece es la enfermera, el cuento de aparecidos no se está narrando bien.