Victoria

Crítica de Miguel Fainstein Day - Leedor.com

Victoria, una película que ya estuvo este año en el BAFICI y vimos en el Festival de Cine Alemán, llama al aplauso por el remarcable logro de su producción: una sola toma (plano secuencia) de dos horas y veintitantos minutos en una noche de Berlín que involucra más de veinte locaciones –un bar, una cafetería, un garaje, autos, una terraza, las calles- contenidas en la corta distancia de un par de cuadras a pie y unos pocos minutos en auto en las solitarias calles de la madrugada. El producto de un mes y medio de ensayos para los actores, que fueron improvisando sus líneas de dialogo a partir de un tratamiento de unas catorce páginas, que hacía las veces de estructura y puntapié, hasta que dieron forma a sus personajes en un, presumiblemente, todo más coherente respecto de cómo empezó el proyecto. Los actores, Laia Costa, Frederick Lau, Franz Rogowski, Burak Yigit, Max Mauff, son carismáticos, amigables y elásticos durante la primera parte donde la protagonista, Victoria, es solo una chica en un bar que Sonne trata de seducir con su manera despreocupada y su actitud de yo-no-fui, invitándola a seguir la noche junto a él y su grupo de amigos, Boxer, Blinker y Fuss, que ya a la salida del bar están intentando meterse a un auto ajeno mientras lo reclaman suyo medio en tono de chiste, medio con la expectativa de que la posibilidad de llevarse el auto verdaderamente exista. Después Sonne y Victoria roban unas cervezas a un cajero inmigrante que duerme en el almacén para ir a tomarlas en la terraza de un edificio en el que ninguno de los amigos vive. Victoria se toma todo esto en diversión, aunque amenaza con irse en cualquier momento porque tiene que abrir la cafetería para la que trabaja en unas pocas horas y espera poder dormir un poco antes de hacerlo. Lo que sirve perfecto a los planes de Sonne para hacer que ella se quede, condensando lo que en otras circunstancias habría sido una conquista más lenta, pero que entre tomar algo y pasarla bien consigue una súbita intimidad en unas docenas de minutos que encuentran su mejor momento dentro de la cafetería, a la que Victoria lo invita para que finalmente pasen un rato a solas, donde Sonne, que estuvo tomando alcohol todo este tiempo, con esa contradictoria festividad que hace su forma de seducción, pide que ella le haga una chocolatada. Ahí es que Victoria se sienta a tocar el piano y deja que los sentimientos más oscuros sobre su pasado se escapen entre las notas mientras toca el Vals Mefisto de Franz Liszt. La escena es interrumpida por Boxer, y ese será el final de esta disfrutable rareza de hang-out movie para convertirla en una película de atracos y lovers on the run que, ahora sabemos, fue la intención todo este tiempo y solo tuvo la suerte de haber empezado bien y de manera impredecible, hasta que convirtió su toma única parcialmente improvisada en la encarnación de un descenso al underworld de unos gangsters, deudas de favores entre ex convictos y futuras traiciones, de violencia, donde la inocente Victoria, que solo quería pasarla bien, al igual que Sonne y sus amigos, que dicen ser buenas personas que ocasionalmente hacen cosas malas, se meten en serios problemas, mientras que la película, dirigida por Sebastian Schipper, los apoya todo el tiempo dándoles el crédito de que “las cosas salieron mal”, escondiendo la preocupante imagen de la incondicional lealtad masculina que no se hace preguntas sobre las causas y consecuencias, una actitud que es una reminiscencia estremecedora viniendo de una película alemana, y sirve de oportunidad a Victoria para llenar su forma fatalista de pensar (“solo el diez por ciento de los músicos de conservatorio se convierten en profesionales”, ¿qué más se puede hacer?) y se somete a una observación falsa sobre la necesidad de la libertad -sus decisiones no son la ejecución activa de sus creencias y convicciones, sino que están dictadas por las circunstancias en las que Sonne, en absoluto conocimiento, la puso- que en verdad solo es la orientación hedonista hacia su parte más autodestructiva. A esta altura la toma única, el plano secuencia, se convierte en una suerte de atletismo cinematográfico al servicio de una premisa estúpida de película que no reconoce lo estúpida que es, como una de Tarantino sabe cuándo está siendo estúpida, y tampoco reconoce que su celebración fúnebre de la libertad colapsa previamente en la perversa ilusión de que para que la Libertad suceda primero deben Romperse las Reglas, mientras que esta concepción es inherente a la realización y confirmación de las reglas, esto es, que un sistema de reglas bien construido también impone la forma en que debe ser corrompido, por lo tanto conteniendo su forma lógica de escape dentro del mismo circulo ideológico, esta siendo una expresión de Tiempo y Espacio que en el futuro deberíamos adaptar para controlar nuestras adulaciones ante la sorpresa (“¿¡cómo lo hicieron!?) por el virtuosismo de una producción como esta y no manejar las apreciaciones sobre el Cine y sus posibilidades en un lenguaje que se corresponde más a una conferencia de prensa al final de una victoria de Roger Federer en las semifinales del Us Open. No perdamos de vista que la ontología del Cine está hecha de la misma esencia que la memoria humana, no de sus nervios.