Tóxico

Crítica de Gaspar Zimerman - Clarín

Por la asombrosa vigencia de sus imágenes, Tóxico asusta. Parece filmada hace dos semanas: los personajes usan barbijos como un accesorio indispensable; el mate es un arma casi mortal y el lavado de manos, indispensable; se discuten distintas teorías conspirativas sobre un virus; hay gente con máscaras entre ridículas y siniestras; se ven paisajes vacíos de toda presencia humana. La paranoia está a la orden del día en esta película que ya estaba lista hace más de un año y se estrena cuando la realidad superó a la ficción.

Lejos del oportunismo, Ariel Martínez Herrera empezó a escribir su segundo largometraje más de una década atrás, con la traumática experiencia de la Gripe A en mente. Pero la historia se repitió más rápido de lo acostumbrado y le dio una actualidad increíble a esta road movie apocalíptica sobre una pandemia que asola a la humanidad. Como ahora, el virus es un enemigo invisible y no está del todo clara la forma en que se contagia, pero no afecta las vías respiratorias sino que produce insomnio.

Insomnes asaltando farmacias en busca de la pastilla mágica que los haga dormir. La policía, empoderada, reprime a gente vestida con pijamas y armada con almohadas. A lo Sueño de Arizona, una tortuga suelta por ahí grafica la sensación del tiempo transcurriendo en cámara lenta. En este contexto caótico, una pareja elige huir de la gran ciudad y refugiarse en el campo. Hacen una suerte de cuarentena móvil, a bordo de una casa rodante cascoteada por fuera y lujosa por dentro.

Tal como está sucediendo ahora, cuando la reclusión forzosa por el coronavirus afecta las relaciones familiares y de pareja, en la ficción hay una doble tensión: las dificultades del contexto general se trasladan a la intimidad. Laura (Jazmín Stuart) y Augusto (Agustín Rittano) no pueden eludir sus diferencias a la par que deben lidiar con la adversidad de la situación.

Pero la gracia de Tóxico está en comprobar las coincidencias entre este cuento premonitorio y lo que está ocurriendo cotidianamente. También, en cómo la producción se las ingenió para usar el bajo presupuesto a favor del carácter onírico de la película. Entre algunos pasos de comedia efectivos y otros descolgados, la historia se atomiza, pierde el rumbo y cae en pozos de tedio. Baches que, aun cuando perjudican notoriamente el resultado final, no dejan de parecerse al aburrimiento real de este insólito momento que estamos viviendo.